“ROBERT, UN POLICÍA DE LA GRAN MANZANA”.
Un frío día de invierno, un policía transitaba lenta y pausadamente por la famosa Quinta
Avenida de Nueva York. Era muy temprano, concretamente las seis de la mañana, y la
cantidad de transeúntes con los que se cruzaba era muy escaso. Se llamaba Robert y no
temía a nada ni a nadie, si acaso únicamente a la muerte. Tenía cuarenta años y ya había
sido suficientemente castigado por la vida. Era viudo y desde que su mujer murió, hace
diez años, no había vuelto a tener otra relación duradera. Más bien, al contrario, las que
había mantenido fueron esporádicas. Y lo peor era que ninguna había estado a la altura
de sus expectativas.
Robert entró en la comisaría saludando con leves inclinaciones de cabeza a los que hasta
no hace mucho tiempo atrás eran sus compañeros. Todos lo conocían y lo respetaban en
grado sumo, pues había ejercido su profesión durante veinte largos años. Era, pues, uno
de los miembros más veterano, a la par que cualificado, de la policía local. Sin embargo,
en el instante en el que estaba cruzando de extremo a extremo la comisaría, algo extraño
estaba sucediendo ya que un policía de unos cincuenta años se puso a dar instrucciones
para que todos abandonarán el lugar..
El rostro de Robert era duro como el granito y frío como el mármol. Su vida había sido
excesivamente gris y anodina desde que hace un año y, por culpa de un inexplicable e
imperdonable error, confundió a un inocente con un sádico asesino en serie. Formaba
parte de la brigada de homicidios y aquel desdichado suceso fue el desencadenante de
su particular descenso a los infiernos. Fue, en primer lugar, degradado por su superior y,
después, suspendido de empleo y sueldo de forma indefinida. Robert no tuvo otra salida
que vivir durante aquel nefasto año de las rentas acumuladas. La reciente llamada de su
1
jefe había sido vital para él, pues podía significar un nuevo comienzo, el renacer de sus
esperanzas y sus ilusiones, y una oportunidad única para su redención.
El jefe de Robert, en unas pocas frases, le puso a éste al corriente del motivo por el que
lo necesitaba. Todos los efectivos con los que contaba habían sido movilizados para
practicar una redada en los suburbios de la ciudad contra una banda de mafiosos
italianos. La detención de varios de sus integrantes en una operación antidroga anterior
y la confesión de uno de ellos, había puesto a la policía neoyorquina sobre la pista de
los cabecillas de la organización.
Robert, por su parte, debía ir al Bronx y detener a unos traficantes latinos muy
peligrosos que durante la noche habín entrado en un piso y habían tomado como
rehenes a la familia que vivía en el mismo. Al parecer, bajo los efectos de la droga,
aquellos delincuentes habían decidido retener a la desafortunada familia y pedir a
cambio de su rescate la apreciable cifra de un millón de dólares. Y a esos mismos
traficantes no se les ha ocurrido otra cosa que llamar a la comisaría de policía donde
Robert había estado destinado durante toda su vida.
Robert debía ir allí y limitarse a tranquilizarles. Su jefe se comprometió a enviarle
refuerzos cuando pudiera. Asimismo, le anuncia que su excompañera Allison le está
esperando en el garaje para acompañarle en la misión.
Robert abandonó el despacho y camina por el pasillo hasta llegar a un ascensor. Entró
en el mismo y le dió al botón de la planta baja. Allison era su antigua compañera de
peripecias y aventuras. Tenía la mañana libre, pero el jefe se había comprometido a
otorgarle una retribución extra por ejercer, nuevamente, de compañera de Robert. Era
una mujer de treinta y cinco años que poseía un gran atractivo físico. Gracias a sus
loables atributos había llegado a tener varios amantes. Pero, para su desgracia, todos
ellos fueron hombres sin escrúpulos que la dejaron plantada cuando más los necesitaba.
2
Allison estaba muy feliz por volver a reencontrarse con Robert. Por el contrario, Robert
se sintió repentinamente apesadumbrado, presa de un pesimismo notorio. Le dijo a
Allison que para él aquella misión era como un oasis en el desierto, pues estaba
convencido de que significaría su canto del cisne como policía. Le aseguro que cuando
el día terminará, con total certeza, volvería a estar condenado al ostracismo. Allison
replicó que le daba igual y que, para ella, el hecho de estar con él, aunque sólo sea por
espacio de una hora, significa un premio de incalculable valor. Robert volvió a
contestarle que se equivocaba y que, al fin y al cabo, él era un policía normal y
corriente, nada del otro mundo. Eso sí, marcado por el transcurrir inexorable de los
años.
Inesperadamente, Robert pareció volver a dar muestras de un cambio en su estado de
ánimo cuando le transmitió a Allison que debía demostrar su valía en aquella misión,
para dejar constancia de su categoría como policía y devoto de su oficio.
Allison cambió de tercio y le preguntó cuál sería el coche que utilizarían para
desplazarse hasta el Bronx. Robert no tardo en inclinarse por su tartana favorita, un
destartalado Ford, y eso que también tenían disponible un flamante Mercedes Clase E.
Pero aquel impresionante vehículo poco podía hacer frente a la nostalgia de un viejo
sabueso, pensaba Robert..
Robert y Allison llegaron al edificio del Bronx cuya dirección les había facilitado su
jefe en una nota. Debían subir al tercer piso. De repente, cuando ya transitaban por éste,
oyeron unos disparos procedentes de la última puerta al fondo del pasillo, a la derecha.
Los dos se precipitaron ágil y sigilosamente hacia allí, pero quedaron paralizados
cuando la puerta se abrió violentamente. La voz agitada de un hispano se impuso,
rompiendo abruptamente el silencio que había reinado en la planta hasta entonces. Las
respectivas figuras de un hispano y un anciano de ochenta años salieron al exterior, y el
3
primero le propinó una patada al segundo, que cayo al suelo desangrándose. El hispano,
que aún no había visto a la pareja de policías que se acercaban, maldijo a todos los
agentes del orden, pues le habían prometido que enviarían a alguien con el dinero que
habían exigido en una hora como máximo, y todavía no había aparecido nadie por allí.
Finalmente, se volvió a meter en el piso. Entonces, se oyeron más disparos procedentes
del interior del piso y Allison, más entrenada que Robert, llegó antes que su compañero
al umbral de la puerta, justo antes de que el hispano se dispusiera de nuevo a cerrarla.
La compañera de Robert, vencida por la rabia de contemplar a un cadáver ante sus pies,
se puso a disparar hacia el interior del piso con una furia desconocida y descontrolada,
pero fue alcanzada por un disparo y Robert, lamentablemente, llegó tarde y no pudo
hacer nada por evitarlo. El hispano volvió a salir del piso, y creyendo que está muerta,
le dió una patada a Allison, reprobándole, como si todavía estuviera viva, que hubiera
matado a todos sus compañeros. En ese momento, oyó el sonido del percutor de una
pistola. Robert le estaba apuntando y el traficante rápidamente alzó su revolver también.
El hispano lanzó a su contrincante una mirada desafiante, dándole a entender que está
confiado en que acabaría con él, pero no contaba con las irrefrenables ansias de
venganza del curtido policía. Transcurrieron unos instantes de tensa espera, el duelo
final estaba servido y su desenlace no se hizo esperar. El fuego cruzado alcanzó a los
dos, pero Robert, que había tenido mejor puntería provocó a su rival una herida mortal.
Aún así, el policía también había salido herido. El hispano le había ocasionado heridas
en el brazo izquierdo y la pierna derecha. Robert se aproximó, renqueante, a los
cadáveres de Allison y el hispano, pero su sorpresa fue mayúscula cuando su
compañera, todavía con vida, le miró e intentó, con denodados esfuerzos,
reincorporarse. Robert se resistía a creerlo pero su compañera continuaba con vida.
Ambos oyeron de fondo el ruido de las sirenas de varios coches patrulla. Robert le rogó
4
que, por su bien, no hiciera más esfuerzos, pues pronto llegaría una ambulancia y sería
trasladada hasta cómoda cama de un hospital, donde indudablemente, se recuperaría.
Allison le miró con una triste sonrisa y le contestó que eso no sucedería y que pronto
estaría transitando hacia la otra vida, y esperaba que su destino fuera el cielo, pues
pensaba que no había sido tan mala como para acabar en el infierno. Robert le suplico
que continuará hablando y afirmó, de forma tajante, que ella no iba a morir. Allison
hizo un nuevo esfuerzo por incorporarse y hablar por última vez con Robert. La
moribunda le pidió que antes de descansar en paz le respondiera a una pregunta que
desde que le conoció le había corroído las entrañas por no tener la respuesta, y ésta no
era otra que si en todo aquel tiempo había albergado algún sentimiento de amor hacia
ella. Robert se quedó perplejo pero después respondió si vacilación alguna. Su respuesta
fue afirmativa. El rostro de Allison fue todavía capaz de dibujar una amplia sonrisa y le
rogó a Robert que diera un abrazo y la besara muy fuerte. Finalmente, cuando ella
expiró, Robert lanzó al aire un grito desgarrador. A continuación, y antes de que al lugar
de los hechos lleguen los refuerzos policiales, se dijo a sí mismo que aquella había sido
la segunda mujer a la que había amado en su vida y que no había podido quererla como
se merecía por haber estado con la primera. ¡Maldita paradoja!, exclamó. Sabía
perfectamente que no iba a surgir una tercera que le pudiera aliviar su dolor por la nueva
perdida. Había vivido ya lo suficiente y no pensaba hacerlo más. Así que decididió
sumergirse ya en el sueño eterno, un sueño en el que, a su juicio, tenía que haber
entrado antes. Por lo que, sin pensárselo dos veces, se descerrajó un tiro en la sien. El
frustrado policía quedó tendido al lado de Allison. Ahora sí que ya nadie les podría
separar, pues seguirán estando juntos, unidos para toda la eternidad.