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El Vacío

El documento cuenta la historia de Ricardo y María, una pareja que se reúne en un café. Discuten sobre visitar la casa de los padres de María y también sobre viajar a Lisboa, un lugar con significado para Ricardo. A pesar de sus discusiones, demuestran su afecto y compromiso el uno con el otro.

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El Vacío

El documento cuenta la historia de Ricardo y María, una pareja que se reúne en un café. Discuten sobre visitar la casa de los padres de María y también sobre viajar a Lisboa, un lugar con significado para Ricardo. A pesar de sus discusiones, demuestran su afecto y compromiso el uno con el otro.

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EL VACIO

No quería esperar a que llegara para tomarse ese café. Hacía frío en la puerta y hacía rato que
morían a la altura de sus tobillos las últimas bocanadas de la colilla de un cigarrillo que su boca
ya extrañaba. De memoria todas las noticias de la tapa de hoy, que se mecía errática colgando
de un alambre a metros de él, mientras el canillita contaba el vuelto con dedos temblorosos
escapándose de unos guantes deshechos. Así que decidió entrar, se sentó en la mesa en la
esquina, en ese justo resquicio donde podía ver a todos y nadie le prestaba atención. Sacó de su
bolso de cuero su bloc de notas y su notebook, y las llenó de una frase a cada una. A su bloc de
notas, le tocó la frase “Diez años y todavía no volviste a verla”, a su notebook, “google maps
lisboa”. Recorrió con el dedo el camino que hacía de su trabajo a su casa, pasando por la
pescadería donde había probado por primera vez el verdadero sabor del mar, y luego siguió un
poco más, al lugar donde le dijo a su pareja que se volvía a Argentina para luego secarle las
lágrimas hasta el amanecer. Su bloc recibió otra frase: “María, no llores por favor que así me
obligás a llevarte conmigo”. Quedó un buen rato su birome dando vueltas en la o, y así lo
encontró María, la argentina, cuando entró al bar con toda su exhuberante humanidad y tres
bolsas verdes con letra blanca en las manos.

- Perdón por la demora, perdón perdón! – le dijo.


- No pasa nada, sabés que si tengo la notebook te puedo esperar sin problemas.
- Justamente por eso te pido perdón, si a vos te encantan los problemas, cómo me vas
a esperar tranquilo? – le dijo con tono irónico.
- Dame un beso o mis problemas, mi notebooks y yo nos vamos a buscar a una con
bolsas rojas. Estas verdes no te combinan con los zapatos, cómo te dejaste estar ahí.
Ya no sos la misma – le dijo mientras negaba con la cabeza.

No recibió un beso de María, la argentina. Ella era más sabia que eso y en su lugar inclinó la
cabeza y lo obligó a acariciarle la cara, agarrando directamente su mano, como explicándole la
manera correcta de recorrer el lado derecho, ese donde se le hacen los pocitos cuando se ríe, ese
que Ricardo guarda en su billetera desde hace cinco años.

- Hoy tengo que ir a lo de mis viejos, no tengo nada de ganas –refunfuñó María.
- Te acompaño o me dás el día? – le preguntó Ricardo. Sus suegros no eran crueles,
pero eran suegros al fin.
- No sé, tenés algún plan mejor para hoy?
- Si, irme a la mierda. Te compro un pasaje?
- Nah, alquilamos un gomón y remamos, démosle un giro más poético che… -dijo
María. Era impresionante su capacidad para no arquear las cejas ante las embestidas
dialécticas de su marido.
- Bueno, pero compremos chocolate para el camino, nos vamos a Lisboa.

El rostro de María se puso serio, duro.

- Ahí la cagaste. Mal. De todos los lugares del mundo, elegís el lugar donde te pierdo. Y
encima con una tocaya. – En un súbito movimiento, ya no había más manos
entrelazadas y el campo de batalla delimitado por la taza de café y el servilletero
parecía imposible de atravesar por ningún posible gesto conciliatorio. Ni las palabras.
- ¿No dijiste que querías estar con un tipo diez años más joven? Esta es tu
oportunidad, llevame ahí y vas a verme hecho un pendejo.
- Ricardo Echenique: tu vida corre peligro. Pero si estás hablando en serio de ir, no me
queda otra que acompañarte. Soy la mujer de tu vida. O la reencarnación de la mujer
de tu vida. En cualquier caso, soy.
- No te preocupes, antes de volver a un lugar donde ya fui feliz, quiero serlo en otro.
Hoy hago el intento con la casa de tus viejos, pero lo veo difícil, sobretodo si tu vieja se
pone a hervir coliflor. Cuántos vecinos sobreviven todavía?
- No te burles que todo vuelve, y ya hervirás coliflor para malcriarme, sabés que lo
adoro – dijo María.
- ¿Qué haría yo sin vos? – preguntó Ricardo al aire.
- Embolarte soberanamente. Vamos al cine esta noche? – sugirió María.
- Sólo si me invitás a comer. Vamos yendo?

Cuando conoció a su segunda María, esa señal fue atractiva. Después se escudó en ella para
sostener una relación que avanzaba más rápido de lo que su corazón timorato se lo permitía. Hoy
creía fervientemente en que había una sola María, en definitiva, cómo la virgen, y que lo único
que las diferenciaba era el lugar donde las había visto aparecer, el lugar donde el milagro se
había llevado a cabo. Una había sido Lisboa, la otra, una fiesta a orillas del río donde ella por fín
le habló de la vez que lo había visto, de reojo, mientras pasaba, garabatear su nombre en un bar,
y que por eso decidió pedirle a su compañera que le cambiara la mesa ese turno, y volver a
pedírselo cada día durante un año entero, para después no verlo más y escalofriarse hasta la
médula por ello.

A veces le preguntaban a Ricardo si era feliz. Él odiaba esa pregunta, y con los años desarrolló
una respuesta tajante y suficientemente enrevesada como para espantar a los ocasionales e
interesar a los comprometidos con dicha pregunta. Decía que su felicidad y su tristeza eran dos
vasos, y su vida la acción de pasar agua de uno al otro. Y su problema mayor eran las pocas
gotas que a veces se perdían en el movimiento y caían muertas fuera de los vasos. Aunque
fueran mínimas en comparación, les temía: eran la nada absoluta. El limbo de lo gris. El vacío.

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