Letrero
Letrero
Huelva 2006
Servicio de Publicaciones
letrero de albergue
a la memoria de Orfelina Lobos, albergue de verdad
I
yo era un equívoco letrero de albergue
Rimbaud
etrás del pensamiento hay un palo quebrado. Un
palo que arrastró la corriente hasta los pies de la cama.
Los vidrios son retratos donde los muertos preguntan
por sus manos. Detrás de los espejos hay otra planta-
ción erizada. Hilos de fuego que pulsan las muchachas
en coma. Un túnel lleno de semanas. Un túnel quiere
decir túnel. Lo que quiere decir cáncer. Invernadero y
sed. Bolsa marsupial. Leche de oído. El hígado habla en
las esquinas. Un vino lleno de números. Un saco de
hojas secas detrás de la mirada. Una bolsa de té. Un
ataúd repleto de ramas. Debajo de la edad están los años
muertos. Debajo de la luz los prismas resucitados. Un
niño carga un puente que carga a otro niño que no carga
nada. El vacío es una enfermedad a la sangre. Decanta
como el óxido en las redes de pesca. En todos los arma-
rios hay espectros. En los cajones manos desconsola-
das. Las paredes las ha rayado nadie. El otoño tiene
muchos nombres. Detrás del pensamiento yo sé quien
es nadie.
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ómo será la mano que en los laboratorios reparte el
peso de la muerte. Cómo será la mano que de día se
escribe y de noche se borra. Un ataúd de plata donde
cabe el maquillaje para desesperados. La mariposa del
faro tiene hambre. El traje debe entrar a escena. Hay
ruido en los nidos. Un pez que desemboca. Por los
caminos botones de caballo dejan un caballo comple-
to. Distribuyen el peso de una sombra que avanza. Los
viajes tienen orejeras. Un viaje debe durar toda la
noche. La caja de ajedrez con su crimen vacío. El tran-
sistor de niebla del hospital en llamas. Espejismo sin
nombre. Alta perdiz del triángulo descalzo. La oficina
desnuda. La central de operaciones de la seda. Silla
parlante. Dialecto de cintura. Le puse nombre de morir
al caballo.
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l excesivo equipaje no deja caminar a la sombra. El
vagabundo visita la provincia otoñal, el silabario de tiza
de las cantinas donde aprenden a leer los fantasmas. La
sombra, por supuesto, es esta voz. Por supuesto, esta
mano que esconde un alfiler de gancho en el bolsillo de
un muchacho dormido. Un muchacho desnudo sobre la
pelusa fértil del bosque. Llueve debajo de las mantas.
Llueve una lluvia interminable. La sombra cuenta los
días con los dedos. Un bote colorado cruza un río verde.
La sombra se embarca, orina en la vertiente helada. Hace
sombra, humo hace. Humo contra el tamiz de la luz. Así
el día se abre, se corona de agua. De cadáver y viñedo de
mar se fecunda la noche. Canta la voz su hueco sin voz.
Los insectos se alían contra el miedo. Cruje el grillo de
los espinos rojos. La luna hace lo que puede en abril. Le
lima las uñas a los perros. La nariz se mece entre las
ramas. Aletea como pez en la arena. Todo podría conti-
nuar así. La sombra me toma de la mano. Me lleva a un
jardín con miedo. A un parque con estatuas vendadas.
Dónde iremos mi poema y yo. La sombra sabe de qué
hablo, del fuego que salta entre los álamos. La voz flota
en el lago de caucho. Se escucha en los pozos sellados.
Qué dice el caminante que visitó los puertos. Qué oyó de
la boca del mar y sus milicianos húmedos. Lo que oyó
apoyado en sus hondas rodillas, con la lengua en los
odres. Lo que anduvo, lo que amó, el agua que dejó
correr. Todas las cosas. La aldea y sus ciervos helados. El
río con su pata de alma de molino viejo. La estrechez de
la sombra. La más delgada voz. En fin, la voz.
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II
yo era un equívoco
uiénes son estas personas, alimento de quién, ojos
en trance,
carne acostumbrada a vestiduras negras.
Suya es la falsedad, ropajes y caballos
se desfondan en la encarnación del jardín,
roen los dedos de la noche y le hablan, le hablan,
luz donde acuñar monedas.
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el poema navegable sobre la luz del oro
lianas de ardiente catedral, glande que irradia en los
mosaicos
juventud que se echa a morir en el follaje de un naranjo
cortado
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sol de palabras menores y mayores
ruido de fondo ante la mortalidad de los álamos
la niebla nos devora con su hospital tardío
con su boca pintada donde perros y trenes vagan sin
sentido
las hogueras no mienten, el lenguaraz murmullo
del día que se estira para seguir hablando
la enfermedad pasea con patas afiladas
saliva por los parques, animal influyente
con los brazos abiertos, como un herido a bala
reconoce la espesa cerradura, bajo la cruz el filo
que mide la altitud del día con su muerte
el espécimen blanco en la torre de escombros
ejercicio vacío, roedor del espejo
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ejo la piedra en el cielo, temperatura que tuvo
final,
un plumaje que ardió en la bodega, cerca de los
descubrimientos.
Lejos se va, tras su mano que se despide, tras su
agujero el día.
Vamos a darle tregua a la noche, arena descalza,
partida en dos.
Seré tu fuego y tu sombra a la vez, seré tu calavera,
una flor que se pudre en la mano, la lluvia, el filamento,
mi cuerpo que se dedica al oro, a la raíz del pájaro.
Sígueme, si quieres. No encontraremos nada.
Dejo la piedra tibia, su peso de cadáver.
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saste la máscara sin ojos para asustar al viento,
la fauce secreta y su espejo al final de la nube que
cierra la puerta.
La máscara de contar y procrear, te pusiste los dedos
como un reloj que recuerda la tachadura exacta de tus
manos.
Los cepos también se acuerdan de tus manos, la cruz en
las muñecas,
la piedad del caballo que acorta el camino y se bebe los
techos
y devora tus pasos que insisten en perforar la nieve
encerrada detrás de la lápida como humo en un cerco.
Si entras al armario nocturno y abres el portón
y caminas muy lento hasta el bosque y en un claro te
pones a pensar
en tus hijos y en las altas paredes y entonas una canción
misteriosa
el mar no tendrá tiempo para recordarte.
Podrá decir tu nombre y silbar todo el invierno como
loco
pero no te tentará con la fruta aguda de los acantilados.
Anda tranquilo, hunde la mano a través de la ventana:
en la otra orilla hay unos árboles inmensos.
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el viento mueve las hojas de la muerte
y yo escribo, escribo en servicio siniestro
sobre la pared donde los labios piden ayuda a quien sea
y quien sea borra la palabra amor de las cartas
la cama negra y en el dedal del miedo las almohadas
el duelo entre el viento y el pliego del alma que se
desmorona
mientras tú escribes por mí me trizo sobre el hielo
y celebro el teatro de las muecas, el color de las botas
casacas de hombres de cuero
el piso falso donde nunca podré contravenir las normas
del espejo
en mí la celda anda sin miedo
estoy pensando que todos se van a morir en la costa
con un gatillo de carne entre los dientes
el viento arrastra una paloma enferma
y ya no puedo comunicar más que noche
el tabú de las piedras que sonríen diezmadas
mientras escribes por mí levanta mi genital punta de
miedo
yo pulsaré una cuerda que me haga morir
un poema que no debe revelarse sino al ganglio de fieltro
voy a dejar que el anciano ponga huevos en el esternón
de las moscas
y un río absurdo y rojo empiece a nacer en los campos
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III
¿Quién oyó?
¿Quién oyó?
¿Quién ha visto lo que yo?
Góngora
dónde está la oreja noche. dónde está la noche oír y no
temer. para qué tiene oreja la noche. oír qué. queda
batalla. los collares exaltan un ave del montón y ese
pájaro sufre. sufre su cáñamo azul. su madera de lince.
su páramo. su puerta. quien se marcha no deja decir. su
minuto no dice. oigo el pie del ladrón. qué se lleva
pequeño asustado. pequeño quemado. lo lleva al sol. al
mar. lo lleva al precipicio. un liquen santo. un manojo
húmedo que da de comer. lámpara da de comer. arte-
facto de espuma y demonio no dice. para qué va a decir
el pulmón. lo llena de rizos. lo riza su madre. yo llega-
ré hasta aquí. dormido seré el ilegible. cargo piedras de
río. oreja de piedra. tuve sed y permiso de la sed. tuve
sed y dominio. no la garganta. me sigue por la cuesta.
algo me va diciendo. vi los pobres muertos. lejos de
lavativa y vecindad. lejos de nadie. la cajita feroz. un
párpado nupcial. otro de lepra. la noche se degüella de
pie. cascabeles. circo de pus. muebles con tetas. a dónde
va la oreja. la dejo de alguacil. la alejo entre sus pasos.
como gran alacrán. como anzuelo que como. mi ojo sin
ciudad. mi pez sin candelabro. oír y no temer. llevo la
cuenta
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es él. es el incendio. tiene las manos rojas de animales.
manadas que no logran huir. espejos. acueductos. el
seso se inflama como un pendón. un álamo. un oro enal-
tecido. dentro del cerco cruz. incienso de mansión y
capilla sin eco. tristes tablas. el paisaje con soga reful-
ge entre los astros. la horca y la nariz guardan el pano-
rama en una caja. es él. a dónde va el amante. el ciervo
iluminado. la intemperie lo calza. al alba entre las fle-
chas. me pregunta hacia dónde. cómo salir de aquí.
quién conoció los barcos. y no perdió su transparencia
en el humo. no abandonó a su perro amarrado al palo
sin habla. le digo que los árboles ya van de camino. que
viene el incendio. es él. es el testigo. es el bosque. tiene
pies mojados
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perros había ayer. yo ayer había. rodilla y vendaval y su
cadera. un tintineo fijo y una piedra. ciega la muerte y
su cristal vacío. ciega la madre y su domingo estático. y
yo sin ojo raro. sin antorcha. perros había hoy. detrás
del dedo. y la luna en su ojal. cómo te llamas. descam-
pado de arar la misma máquina. y contra el cielo solo
los galpones. y nada más que yo bajo los leños. contra
mí. contra nadie estaba enfermo. lengua de la vocal.
larga la tarde. sorbe de su animal la simetría. caballo
sobre el mar y basurales. el alma entre los muebles. el
triángulo del alma. el pensador del alma. el cuerpo. el
diente. el cuerpo por qué no. luz de rodillas. centro del
arcabuz. oro disuelto. y su horizonte sin edad. vestigio
nuevo. la novia en el lagar. los funerales. y su elemento
fijo que camina. y en el camino el retablo doloroso. los
huesos del amor desparramados. sobre la luz hay sangre
sin medida. un alto lenocinio de señales. vomita su ten-
dal. gira en la noria. resopla sobre el lienzo donde mira.
perros mañana había entre las cejas. el hijo y su vocal
que se avecina
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IV
Pestaña matinal, no os levantéis
César Vallejo
el cajón del villorrio donde se cocinan los cueros y
sepultan el lomo gravísimo. en las casas altas donde
devoran el ombligo de los inocentes. las madres saben
a dónde va un cuchillo. va a dar al mar o a la vena de
oro. si regresan a dormir las manos cambian. despare-
cen, barajan, pierden compostura, se tiñen los dedos
unas a otras. con frutos de miedo cocido, con la made-
ra liviana de los arrozales, con la suela del puma, atra-
viesan paisajes mojados, tercas alcantarillas bebesti-
bles, para volver al poder de sus amos. toda esa gente
grita en las esquinas, quieren saber dónde se derritieron
sus dobles. la noche entera los perros rondan el olor de
los armarios, los quiebran, se suben a los caminos para
llorar con la voz enroscada al cuello. altos espejos y
mujeres sin uñas visitan a su enfermo. en los parques
arrestan a los cadáveres. el circo se caga en la explana-
da. la escritura abre la boca
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la escritura que abre la boca qué preguntas le hace al
incendio que se come las uñas tras el vendaval. o bien
el río suena como piedra colgada y la arena en el pie
mete ruido hasta despertar a los perros. vidrio que pes-
tañea tras los pulmones vacíos del edificio de dios.
quién es, boca sin nadie, el libro al que debes ceder
todas tus cosas. la lengua tartamuda que viene a hablar
a solas con el depredador de los hoteles de paso. allí,
sobre la nieve, no puede amanecer el que canta. el faro
pedagogo ilumina las tetas proscritas de su hermano. el
mar de palestina donde el oro no sabe qué ponerse en
los dedos. el rostro que me pongo como la inmensidad
de blancos límites, como sombrero domado en el hom-
bro tan difícil. lejos se oye el paso del gusano, viene a
comerse el pan de los pies pasado mañana. la escritura
que se abre en canal se compara con toda la noche que
se pasa de largo. el peso de la luz, la prosa como media
mentira donde duermen los pájaros en llamas. el padre
paranoia, su falo contra el sol. voz de hombre y de trac-
tor, de mujer y pantano
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no es traducible el hueso, lo que viene después del
hueso, paloma sometida dentro del cadáver. la mano
donde cabe la mano que hizo todo el fuego, la imagen
cuando cae en la sombra adivina la crueldad de los
restos, pianos elementales contra el objeto norte, con-
tra el fragmento alzado. los dedos muertos crecen en
el bosque, el árbol acaba de parir piedra a la espalda,
té de espinas en la cabeza del pastor, pozo allegado al
misterio. no puedo traducir el señuelo, el hocico de los
largos inviernos, esta lluvia que acorta las distancias,
moja el hospicio de los muertos. un rostro no es tra-
ducible, el horizonte no es traducible, tu rostro veró-
nica en las manos no dice nada al humo en el camino,
no habla entre los sexos espontáneos. hay un suicidio,
hay algo entre las piernas. una boca en el agua me son-
ríe, un alto filamento abre las puertas, pero muestra
los dientes y se cierra
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un olvido, un olvido sin techo para poner a aullar sobre
la mesa, una caja en silencio para no levantar resto de
nadie. como vaso ninguno, abrazamos un río caliente.
bocas y dedos, el cuerpo absurdo que tiene ley y peso,
con su ojo su ojo su ojo se agita hasta conseguir una
manta. debajo de la manta caben más, debe aprender el
andamio, escribe en mi pecho la sentencia que ladra.
entonces la tierra digo yo para qué la tierra, si la tierra
palabras de amor saliva leche sangre. la boca llena de
tierra más saliva más sangre. los dientes nuevos nacen
en la oscuridad, los dedos congelados en el patio. cartas
que no se pueden leer, no se deben leer, qué dicen las
cartas. el ciego raspándose en las letras, el mensaje del
árbol, las hojas dibujadas por la vena insistente. empie-
za a amanecer el ombligo, el cauterio ordeñado por
nadie. un olvido, un ataúd lleno de pan caliente. olor a
leche, árbol colgado de los pies. la cabeza comienza a
cantar, esta boca no es mía. mejor el mar, el mármol,
aunque al menos tierra, aunque nunca tierra al menos
cuanto antes
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oh el alto genital de dios dentro del bosque, la forma
muerta en el caballo y flechas en los troncos, en el
pecho, en las armas del jinete disecado, desnudo antes
de hablar, de proferir entonces una ira, una historia de
la forma. la mano se despeña entre las sombras, urna de
perfil, tálamo danzante, dios danzante entre las redes y
las trampas, el cuello de los mártires con su vino azula-
do, con su sangre extranjera ofrecida en los vasos, que
al alba parecen engendrar, herir sobre la mesa, los pies
paridos, bien preñados, su señor que acaba de nacer,
roto en el muro, silba con la boca tapada, con los brazos
en alto. una historia de la forma, una historia de la san-
gre en la sangre, el cuerpo que no alcanza a oír dentro
del bosque, su fragmento
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y dime ahora tú que vas a nacer en el principio, cuerpo
desnudo que desde el hueco avanzas y lascivo te arro-
jas al izquierdo pozo de mi cabeza con espejismo y
cumples ritual dentro del más opaco miembro que a los
labios se acerca y tomas con el rostro la realidad en las
manos
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vamos a ver, dios, tú eres el primero que vi, los niños
no quieren morir engañados. dice el orfebre, en su car-
bón hay tren, en su carbón en tren irán a la otra orilla,
donde el pulmón masturba levemente a los álamos,
ofrece pregunta natural a la respuesta blanca, da de
comer abejas peces pasos, carga labios en carretillas
delicadas, pistolas arrastra a una subasta muda
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a la hora de salida del carbón, cuando amanece el tren
a las puertas de nadie, se hará un nudo de las calles y no
habrá más despidos, labrarán los hermanos con la luz
del farol un pulgar en medio de la cinta de traslado, la
carta invidente será escrita, los que yacen al fondo de la
mano con la boca tapada, como letras de un himno, sil-
barán su desgracia. entonces se entenderá dónde obli-
gan a ir a ese hombre, amanece, las migas de pan lo han
perdido
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V
breve la voz en mitad de cien caminos
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aún no es tiempo para cometer una temeridad y colo-
carle música al tocadiscos de los árboles, joyería de
caza mayor, donde giran cabezas heridas a bala, sus-
pendida en el bosque, una mano que sostiene una boca.
la fiesta entre las tablas lisas, las puertas que arrastran
habitaciones, personas sojuzgadas, tiemblan cuando el
abrazo no se refleja y se mantiene fresco para siempre,
como la sangre que persigue a los pájaros. no es tiempo
para que los cuerpos descerrajados salgan de sus vesti-
dos con las piernas en cruz y el guardarropa ruede guar-
dabajo más allá del invierno. con un poco de frío, qué
van a darle de comer a mis manos
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la cabeza que arrastran los pastores fuera del baño aulla-
ría en las pautas del jardín su celibato. por las rocas,
debajo del camastro, pellejos y animal encapuchado, me
mira con el ojo de no volver. entre las prosas del año, des-
pués de los sufijos, por el camino que rayan las hormigas,
habitan las máscaras vacías, maraña del anfibio y de su
cárcel. el ojo encontrará la mitad de la luz como esmalte
de un libro que se pinta en los sótanos, como están los
heridos convertidos en hueso, tallados en la mesa que
abandona. si la cabeza que arrastran los pastores fuera un
limo encendido, manzana en la piscina de petróleo, darí-
amos concierto con la mano que esconde en este patio el
agua lluvia, las escenas que todos desmenuzan, el pájaro
que tiembla desmedido y la música sola, como primer
delito. se acude donde un dios cuando hay sequía y se
degüella al rey de tanto en tanto. los pastores arrastran la
cabeza en un prado de risas y ponen el mantel sobre el
retablo. surtidores de miel, pan de mercurio, los pies de
agamenón hechos pedazo
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abre la mano su retórica negra, sin miedo de noche,
abre los portones castaños junto al río que anda enca-
denado, a eso de las cuatro contra el hueco del árbol y
su moldura a tientas que registra los dientes, libre pero
necio lavas la ropa negra de los álamos, pones los boto-
nes del carro de vestir en boca equivocada, y tu mone-
da y tú caminan cuesta abajo y sin embargo, más allá de
sus puertas, un viejo gobierno se triza y se desgarra, el
eje rojo que orienta la escritura hacia los nombres que
laten, las butacas recién amanecidas, los planetas que
acaban de saltar de su equipaje hacia ninguna parte. allí
estaban construyendo un río, el cielo retumbaba, la nie-
bla abría los brazos en la nueva recámara, el orfanato de
cuero pedía absolución para ir al cortejo, pocas veces se
vio un espejismo igual a esas monturas anudadas, cebo
y caballo, escama sin arpón, oro de ghetto. incendiarán
las puertas y tapiarán los puentes para que no vuelva el
ganado al establo, el rumor de los perros con su sed pro-
letaria. mientras unos bailan, a otros los molerán las
ruedas. es verdad, ellos también tienen madre. los pri-
sioneros mueren como amargos delfines, su triste y frío
diente, su tibio y dulce frío, contra el patio enrejado
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se manifiesta una rueda de oro, una pierna que tintinea
lejos, su cadera como una luna más y una carta donde
están escritas todas sus letras. salgo por las mañanas bus-
cando a alguien que me diga dónde ir, una boca con una
tierra nueva dentro, sentada. ninguna palabra que pro-
nuncio tiene cara, no tiene cara ni manos hasta mucho
después. lo que camina entonces está condenado, cada
vez más lejos de su risa, su regreso a casa. la casa apenas
anda por caminos de tierra, se cruza con la rueda en la
montaña, cava la orilla negra del lago de perfil, la nieve
de la cama que no ha besado a nadie todavía, no ha
engendrado nada. entonces esa pierna, que apenas se ten-
dió en la muralla, un poco de esa sombra y de esa dicha,
marca el paso y se larga a otra parte
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así los mandatos, la madera del mal que ejecuta las
horas con seco golpeteo de cascos, el retrato vacío que
vigila la sed en los estantes, el dibujo de un abierto
caballo contra un cielo que insiste en predecir tormen-
ta. o mi insistencia sea la lámpara sin sien que en la
cabeza escribe la orilla del desastre, la ebriedad del
cuchillo, la selva, el desacato, la hambrienta inundación
que viene a hablar por mí, su lengua rala, la mano que
reúne las aves migratorias y el hangar del asfalto, la piel
con que comercian los amigos del día y los altos noc-
turnos enfundados. aquí está la mitad, el pedazo que
falta, el caballo acostado en la niebla
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tras la hilera de robles, los vocablos, el rostro rubio heri-
do a lápiz o a cuchilla, hendido el hijo pardo va dejando
en la sangre su dialecto, su vibración sin llave en el sen-
tido, la raíz luminosa que precede a la fuente como acá-
pite, que procede a las cosas paralelas, desvencijadas,
mustias, sin regreso. río que dice di y verás el tiempo,
dice dime y verás lo que dijeron, lo que promulga el dedo
con sus perros de caza, sus hoces, sus dominios que caen
bocabajo, voces que en el fresco desnudo se besaban,
música de carne tras la hilera de filos, de palabras, teatro
lleno de escarcha, entrepierna y joroba de cristales, pri-
mero el monumento quebradizo, un instrumento suave a
la hora de la instrucción del plexo, algo que poner entre
soplo y arcilla, entre quebrantahuesos y anfibio metal
decapitado. arriba sale el sol, cruje el diluvio, trina la cos-
tilla galante y el invierno, cuidado, concentrado, presun-
tuoso, le dice sí, lo piensa, dice no, dice veremos
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si me quedo solo se apaga la luz, lo que no ofrece dudas
está mal zurcido, las avenidas tiemblan frente a los ven-
tanales como lluvia sin miedo, sangre fresca en los par-
ques recién pintados a mano, su sexo espacioso que se
deja acariciar por las tardes, pero se enrolla a destiem-
po para volver a casa. sobre la alfombra, la misma nuca
al aire, fruta para soldar, hija de anzuelo. insistencia del
viento en la rueda y el pañuelo marcado y la seda con
hambre para hacer de mortaja, de cuchilla sin crías, con
su alacrán exhausto. la pradera salvaje sin prefijos, la
escritura rupestre no vende paseos herbívoros, el libro
se come la casa. no se le dice nada en la cara a la nada,
al miedo se lo puede llamar como se quiera, mientras se
lea en voz baja. si me quedo contigo se apaga la luz, el
mar no se avergüenza, las rocas cortan la transmisión de
las olas, los radioescuchas meten el bote en la jaula, los
pescadores pierden sepultura, oyen un ruido blanco,
una cortina espesa que separa las aguas, un lóbulo en la
ruta, un ganglio que odia las cucharas
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el niño no sabe el fuego que dice, está en la rueda, un
pequeño pensamiento de tierra donde dormita el gas de
las armas, su acertado prefacio cuando el oído es pan y la
arena está entera dibujada, dibujada y perdida de una vez,
con su hogaza trigueña en los leños, con su dedo grueso
entre los pajonales, cuando habla de nadie y anda mucho
el abismo despojado, y al mismo tiempo hay alguien por
ahí, su gorra de tela y su visera bizca, mecha blanca en
medio del candil, a pie sobre el costal de las constelacio-
nes, sin ganas de mentir, casi resucitado, con la procaci-
dad cetrina de la estrella, el ídolo que pagan, el hígado de
lana que tejen las coníferas internas con su luz enlutada,
lo de abajo que habla a lo de abajo, el viejo prisma que
se muere de sueño, el predilecto con sus dados adversos
ante las puertas cerradas, con su juego de anillos en las
piernas del hambre
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sale del agua una mañana cualquiera, las cosas vivas
llevan un pez a la espalda. reparte el pan de nunca, abre
los labios, la profecía igual que un anfiteatro, dice bai-
lad muchachas, bailad muchachos, hijos de abril, ama-
dos deudos, éste es el tiempo para tallar un símbolo, su
cabeza de alcurnia y de montaje, acercad este sentido a
la oreja cortada. nieve a nieve se hace mención a los
hermanos, el ancestro de tundra silba en las montañas,
alguien trató de pronunciar un libro, los caminos tan
altos se quebraron. vino la insurrección, arreó el gran
vidrio, tuvo cabida la oquedad, el rostro atávico. hubo
aplausos y un río, aplausos y un río que se puso de pie,
un más allá que dijo vamos, la lumbre misma habló, la
ameba roja, sale del agua, pero es agua y se quema
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para darme una carne que en la carne sonara como mía,
hace falta que sueñe lo enterrado. cuando me allego al
pozo escucho voces, heridas, hecatombes, perros que
desmalezan los pezones cristianos. para escribir mi cuer-
po, aquello que ninguno de nosotros conocemos, trans-
parente se acerca a la inminencia y deja entre los dedos
que caen sobre un vidrio, al alba, las pruebas del relám-
pago y la lluvia, su verdad ardiente, sin miradas descal-
zas que crucen los caminos, los esteros en cruz, la edad
adolorida con los pies en la mano. oh víspera y sentido,
si la celeste bestia, cabeza donde llueve y donde late, se
inclinara a morir entre mis dedos, dejaría mi carne adul-
terada y me iría a vivir con los insectos
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al cielo pervertido de tu norma, otra escena de agudas
elegidas. carne, carne que entró en la habitación de al
lado, brilló en el círculo converso, sábado al paredón y
dardos en la almohada. baila, su paso va a caer, cajas de
agua, peldaños de agua, sacos como norias, su paso va
a sonar despavorido, el perímetro falso que cierra las
imágenes, las labra, las deja hablar al sol, tacha las
notas, los collares que llaman al invierno. las hortelanas
giran, bailan, láminas expuestas al tormento de la risa,
libres al fin, inciertas, destetadas, delgado diamante
entre las vírgenes. carne su paso, su dura esquirla me
llevó consigo, conmigo me llevó, me trajo al filo, al pri-
mer libro, letras líquidas que el tiempo no derrama, des-
tila alrededor, baila en la arena, su paso popol vuh hari-
na pisa, todo tranquilo, soledad, inmóvil
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la luna seria con su luna encinta dice a la tierra éste es el
ensayo general de las aguas, qué va a hacer la noche con
la luz que le pongo entre las piernas, joven y desnuda la
imaginación se quema, recién lavado el mar, espejo en
fuga que se acaba en el acto, allí el mensaje único en las
venas, allí la vulva niña de selene grave, el telar en la
oreja masculina, la paloma central y su disco de caucho
que envenena la pleura tantas veces, tantas veces me dijo
que callara, que auscultara los dínamos que bajan y que
suben, que bajan y que suben desprovistos de estirpe,
igual que entre dos silos los pasillos delgados que comu-
nican muerte, la garganta perfecta que apura a los enfer-
mos y los traga, el gramo monocorde que testifica el vivo
santuario de las gotas, cerco de plumas contra el salvo-
conducto, oruga y desdecir que hay en la médula, la
estrella clandestina que a los dormidos ata sobre su proa
nueva, allí yo veo el órgano que encanta, la lengua inten-
sa siento que me nombra, su multitud tan muda que
domina, la boca fresca al fondo de las cosas
63
el retrato, rostro sobre la luz o cualquier cosa, rostro que
hemos de hacer como las manos construyen el auxilio de
los cercos o el pecho de mi padre que se hace a sí mismo
respirando y todo lo imposible, catedral refugiada con-
tra el sol de las ánimas, contra nosotros mismos que éra-
mos sin pensar los elegidos, abocados al río, al segui-
miento de la arena en el agua, el andar por la tierra que
fustiga los pasos de los siervos, semejante a la gloria y a
la furia, el rostro infinito a la hora de decir que estuvo
muerto, ahuecado igual que el sueño en los bolsillos, el
cráneo que en los cajones las madres atesoran y los hijos
auscultan como locos. ahora, liso el tren, los espejismos
ya no están allá abajo, oh don resplandeciente y de rodi-
llas, el cielo rebalsa las cabezas. sí, había unas cabezas
bajo el sol, unas rodillas negras, unas cajas hechas a
medida, repletas de noche y de implementos, de sobre-
dosis limpias, imágenes prestadas. no sé dónde caímos,
no sé cuándo quebramos los moldes para el vidrio par-
lante, el gran desierto que estaba preparado, el bosque y
el bosquejo. entonces el retrato, a bien con su persona,
rostro en la mesa naufragando, vuelve a brillar de pie
sobre la tierra, salvador, allende
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PEDAGOGÍA DE LA PRIMAVERA
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una certeza que les permitiera incendiar el paraíso
repleto de camas inmóviles
y voltear al espejo otra vez.
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Dudas en primavera:
o educar a los bosques o cortarse la lengua.
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DEDICATORIAS Y REFERENCIAS
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“a la hora de salida del carbón”, Las estrellas para quien
las trabaja, Juan Carlos Mestre
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J.R.J.
Colección de Poesía
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17. «Antología Personal». Eugenio Florit (retrato lírico del poeta
por Juan Ramón Jiménez).
18. «Minero de Estrellas y otros poemas». José María Morón.
19. «Oficio de Responso». Carlos A. Díaz Barrios (Premio
Hispano-americano de Poesía «Juan Ramón Jiménez» 1994).
20. «Anteo». Miguel Florián (Accésit Premio Hispanoamericano de
Poesía «Juan Ramón Jiménez» 1994).
21. «El Sudario de Laertes». José María Algaba (Accésit Premio
Hispanoamericano de Poesía «Juan Ramón Jiménez» 1994).
22. «La Luz y el Unicornio». Carmen Ciria.
23. «Son perversos los límites». Gaspar Moisés Gómez (Premio
Hispanoamericano de Poesía «Juan Ramón Jiménez» 1996).
24. «Oscuro Corazón de la Llama». Ángel Pariente (Accésit
Premio Hispanoamericano de Poesía «Juan Ramón Jiménez»
1996).
25. «¿Quién como yo?». Daniel Lebrato.
26. «Jacinto. (Primera versión de la 2.ª parte)». Rafael Ballesteros.
27. «El Poema del Bendito (Masnaví Mubarak)». Bahá ‘U’ Lláh.
28. «La densidad de los espejos». Manuel Rico. (Premio
Hispanoame-ricano de Poesía «Juan Ramón Jiménez» 1997).
29. «Arte del olvido». José Ramón Trujillo (Accésit Premio His-
panoamericano de Poesía «Juan Ramón Jiménez» 1997).
30. «Último sueño». Rosario Hiriart.
31. «Mar de fondo (poesía 1978-1998)». Ana María Navales.
32. «No se trata de un juego». Eduardo García. (Premio
Hispanoame-ricano de Poesía «Juan Ramón Jiménez» 1998).
33. «Palabras Indefensas». Esteban Martínez. (Premio
Hispanoame-ricano de Poesía «Juan Ramón Jiménez» 1999).
34. «La conquista del aire». Alexandra Domínguez (Premio Hispa-
noamericano de Poesía «Juan Ramón Jiménez» 2000).
35. «Antología de la poesía Chilena Contemporánea. Informe de
Extranjeros». Tomo I.
36. «Antología de la poesí Chilena Contemporánea. Informe de
Extranjeros». Tomo II.
37. «Diálogo de mis lámparas. Tabú, Desposeído». Magloire-
Saint-Aude.
38. «Los días del tiempo». Ramón Bascuñana. (Premio Hispano-
americano de Poesía «Juan Ramón Jiménez» 2002).
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39. «Viento favorable». Fernando Valverde (Accésit Premio
Hispanoamericano de Poesía «Juan Ramón Jiménez» 2002).
40. «La luz de los pantanos». Jesús Aguilar Marina (Accésit Premio
Hispanoamericano de Poesía «Juan Ramón Jiménez» 2002).
41. «Poemas para ser leídos en el metro». Arturo Dávila. (Premio
Hispanoamericano de Poesía «Juan Ramón Jiménez» 2003).
42. «Intravenus». Amalia Iglesias y Lola Velázquez.
43. «La Marca de los Potros». Luz Pichel González. (Premio
Hispanoamericano de Poesía «Juan Ramón Jiménez» 2004).
44. «Sonata para un abecedario» Javier García Cellino (Premio
Hispanoamericano de Poesía «Juan Ramón Jiménez» 2005).
45. «Nosotros, los Borges» Miguel de Torre Borges.
46. «El perfume de Magdalena». Santiago Aguaded Landero.
47. «Letrero de albergue». Javier Bello (Premio Hispanoamericano de
Poesía «Juan Ramón Jiménez» 2006).
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Este libro, se acabó de imprimir
el día 22 de mayo de 2006,
siendo Presidente de la Excma.
Diputación Provincial de Huelva
don José Cejudo Sánchez