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Revelaciones de Santa Brígida

Este documento presenta extractos de las Profecías y Revelaciones de Santa Brígida de Suecia. En el primer capítulo, Jesucristo habla sobre su encarnación, nacimiento virginal y crucifixión. Lamenta ser ahora ignorado y despreciado por la humanidad. Exhorta a Brígida a amarlo sobre todas las cosas. En el segundo capítulo, Jesucristo explica los términos de la verdadera fe y las cualidades que debe tener la esposa (Brígida) para el Esposo (Jesucristo). En el tercer

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Revelaciones de Santa Brígida

Este documento presenta extractos de las Profecías y Revelaciones de Santa Brígida de Suecia. En el primer capítulo, Jesucristo habla sobre su encarnación, nacimiento virginal y crucifixión. Lamenta ser ahora ignorado y despreciado por la humanidad. Exhorta a Brígida a amarlo sobre todas las cosas. En el segundo capítulo, Jesucristo explica los términos de la verdadera fe y las cualidades que debe tener la esposa (Brígida) para el Esposo (Jesucristo). En el tercer

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COM

Las Profecías y Revelaciones de Santa


Brígida de Suecia

Libro 1
Palabras de nuestro Señor Jesucristo a su elegida y muy querida esposa,
declarando su excelentísima encarnación, condenando la violación profana y
abuso de confianza de nuestra fe y bautismo, e invitando a su querida esposa a
que lo ame.

Capítulo 1

Yo soy el Creador del Cielo y de la tierra, uno en divinidad con el


Padre y el Espíritu Santo. Yo soy el que habló a los profetas y
patriarcas, y a quien ellos esperaban. Para cumplir sus deseos y de
acuerdo con mi promesa, tomé carne sin pecado ni concupiscencia,
entrando en el cuerpo de la Virgen, como el brillo del sol a través de
un clarísimo cristal. Igual que el sol no daña al cristal entrando en él,
tampoco se perdió la virginidad de mi Madre cuando tomé la humana
naturaleza. Tomé carne pero sin abandonar mi divinidad.

No fui menos Dios, todo lo gobernaba y abastecía con el Padre y


el Espíritu Santo, pese a que, con mi naturaleza humana, estuve en el
vientre de la Virgen. Igual que el resplandor nunca se separa el fuego,
tampoco mi divinidad se separó de mi humanidad, ni siquiera en la
muerte. Lo siguiente que deseé para mi cuerpo puro y sin mancha fue
ser herido desde la planta de mis pies hasta la coronilla de mi cabeza,
por los pecados de todos los hombres, y ser colgado en la Cruz. Ahora
mi cuerpo se ofrece cada día en el altar, para que las personas puedan
amarme más y recordar mis favores con más frecuencia.
Ahora, sin embargo, estoy totalmente olvidado, ignorado y
despreciado, como un rey desterrado de su reino en cuyo lugar ha sido
elegido un perverso ladrón al que se colma de honores. Yo quise que
mi reino estuviera dentro del ser humano, y por derecho yo debería ser
Rey y Señor de él, dado que Yo lo creé y lo redimí. Ahora, sin
embargo, él ha roto y profanado la fe que me prometió en el bautismo.
Ha violado y rechazado las leyes que establecí para él. Ama su propia
voluntad y despectivamente se niega a escucharme. Encima, exalta al
más malvado de los ladrones, el demonio, por encima de mí y en él
deposita su fe.

El demonio es realmente un ladrón porque, debido a sus perversas


tentaciones y falsas promesas, roba para sí mismo al alma humana que
Yo redimí con mi propia sangre. Y aunque se lleva a las almas, esto no
se debe a que él sea más poderoso que Yo, pues Yo soy tan poderoso
que puedo hacer todo mediante una sola palabra, y soy tan justo que
no cometería la más mínima injusticia ni aunque me lo pidieran todos
los santos.

Sin embargo, ya que el hombre, al que se ha dado libre albedrío,


desprecia voluntariamente mis mandamientos y consiente al demonio,
entonces es justo que también experimente la tiranía del demonio. El
demonio fue creado bueno, pero cayó debido a su perversa voluntad y
ha quedado como un verdugo para infligir su retribución a los
pecadores. Pese a que ahora soy tan menospreciado, aún soy tan
misericordioso que perdonaré los pecados de cualquiera que pida mi
misericordia y se humille a sí mismo, y lo liberaré del perverso ladrón.
Pero aplicaré mi justicia sobre aquellos que perseveren en
menospreciarme, y los que la oigan temblarán, mientras que los que la
experimenten dirán: ‘¡Ay de nosotros, que fuimos nacidos o
concebidos! ¡Ay, que hemos provocado la ira del Señor de la
majestad!’.

Pero tú, hija mía, a quien he elegido para mí y con quien hablo en
el Espíritu, ¡ámame con todo tu corazón, no como amas a tu hijo o a tu
hija o a tus padres sino más que cualquier cosa en el mundo! Yo te
creé y no evité que ninguno de mis miembros sufriera por ti. Aún amo
tanto a tu alma que, si fuera posible, me dejaría ser de nuevo clavado
en la cruz antes que perderte. Imita mi humildad: Yo, que soy el Rey
de la gloria y de los ángeles, fui vestido de pobres harapos y estuve
desnudo en el pilar mientras mis oídos oían todo tipo de insultos y
burlas. Antepón mi voluntad a la tuya porque mi Madre, tu Señora,
desde el principio hasta el final, nunca quiso nada más que lo que yo
quise. Si haces esto, entonces tu corazón estará con el mío y lo
inflamaré con mi amor, de la misma forma que lo árido y seco se
inflama fácilmente ante el fuego.

Tu alma estará llena de mí y Yo estaré en ti, todo lo temporal se


volverá amargo para ti, y el deseo carnal te será como el veneno.
Descansarás en mis divinos brazos, donde no hay deseo carnal sino
sólo gozo y deleite espiritual. Ahí, el alma, colmada tanto interior
como exteriormente, está llena de gozo, no pensando en nada ni
deseando nada más que el gozo que posee. Por ello, ámame sólo a mí
y tendrás todo lo que desees en abundancia. ¿No está escrito que el
aceite de la vida no faltará hasta el día en que el Señor envíe lluvia
sobre la tierra según las palabras del profeta? Yo soy el verdadero
profeta. Si crees en mis palabras y las cumples, ni el aceite ni el gozo
ni la alegría te faltarán jamás en toda la eternidad.

Palabras de nuestro Señor Jesucristo a la hija que ha tomado como esposa, en


relación con los términos de la verdadera fe, y sobre qué adornos, muestras e
intenciones debe tener la esposa en relación al Esposo.

Capítulo 2

Yo soy el Creador de los Cielos, la tierra y el mar, y de todo lo


que hay en ellos. Yo soy uno con el Padre y el Espíritu Santo, no como
los ídolos de piedra o de oro, como en una ocasión se ha dicho,
tampoco soy varios dioses, como la gente acostumbraba a pensar, sino
un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y una
sustancia, Creador de todo pero no creado por nadie, inmutable y
omnipotente, sin principio ni fin. Yo soy el que nació de la Virgen, sin
perder mi divinidad pero uniéndola a mi humanidad, de modo que en
una persona fuese verdadero Hijo de Dios e Hijo de la Virgen. Yo soy
el que fue colgado en la cruz, muerto y sepultado y aún así mi
divinidad permaneció intacta.

Pese a que morí en la humana naturaleza y el cuerpo que Yo, el


único Hijo, había adoptado aún vivía en la naturaleza divina, en la que
Yo era un Dios junto con el Padre y el Espíritu Santo. Yo soy el mismo
hombre que resucitó de la muerte y ascendió al Cielo, y quien ahora
habla contigo a través de mi Espíritu. Te he elegido y tomado como
esposa mía para mostrarte mis secretos, porque así quiero hacerlo.
Poseo cierto derecho sobre ti porque tú sometiste tu voluntad a la mía
cuando murió tu marido. Tras su muerte, tú pensaste y rogaste sobre
cómo hacerte pobre por mí, y deseaste dejarlo todo por mi bien. Por
eso, tengo justo derecho sobre ti y, por esa gran caridad tuya, yo tengo
que proveerte. Por ello, te tomo por esposa para mi propio
beneplácito, el que conviene que tenga Dios con una alma casta.

Es un deber de la esposa estar preparada para cuando el Esposo


decida celebrar la boda, de forma que pueda estar correctamente
vestida y limpia. Estarás limpia si tus pensamientos están siempre
centrados en tus pecados, sobre cómo te purifiqué del pecado de Adán
por el bautismo y sobre cuán a menudo te he apoyado y sostenido
cuando has caído en el pecado. La esposa también ha de ponerse las
prendas del novio sobre el pecho, es decir, debes recordar los favores
y beneficios que te he hecho, como cuán noblemente Yo te creé
dándote un cuerpo y un alma; cuán noblemente te enriquecí dándote
salud y bienes temporales; cuán amorosamente te rescaté cuando morí
por ti y restituí para ti tu herencia, por si desearas tenerla. La novia
debe también hacer la voluntad de su Esposo. ¿Cuál es mi voluntad
sino que quieras amarme por encima de todas las cosas y que no
desees nada más que a mí?

Yo he creado todas las cosas por el bien de la humanidad y todo lo


he puesto a su disposición. Y aún así, los seres humanos aman todo
menos a mí y no aborrecen nada más que a mí. Les restituí la herencia
que habían perdido por el pecado, pero ellos se han enajenado tanto y
se han alejado tanto de la razón que, en lugar de la gloria eterna en la
que están todos los bienes duraderos, prefieren la honra pasajera que
es como espuma de mar, que aumenta un momento, como una
montaña, y rápidamente se deshace en nada. Esposa mía, si no deseas
nada más que a mí, si desprecias todo por mi bien –tanto hijos como
padres, lo mismo que las riquezas y los honores—Yo te daré el más
precioso y dulce regalo.

No te daré ni oro ni plata como pago sino a mí mismo como


Esposo tuyo, Yo, que soy el Rey de la gloria. Si te avergonzases de ser
pobre y despreciada, considera cómo tu Dios lo ha sido antes que tú,
cuando sus sirvientes y amigos le abandonaron en la tierra, porque Yo
no busqué amigos en la tierra sino en el Cielo. Si estás preocupada y
temerosa de verte cargada de trabajo y enferma, considera qué grave
es arder en el fuego. ¿Qué hubieras merecido si hubieras ofendido a un
maestro terreno, como has hecho conmigo?

Porque, aunque Yo te amo de todo corazón, nunca actúo contra la


justicia, ni aún en un solo detalle. Igual que tú has pecado en todos tus
miembros corporales, también debes reparar en cada miembro. Sin
embargo, debido a tu buena voluntad y a tu propósito de enmienda, Yo
conmuto tu sentencia por una de misericordia y remito el duro suplicio
a cambio de una módica enmienda. Por esta razón, ¡abraza de buena
gana tus pequeñas cargas para que puedas quedar limpia y conseguir
cuanto antes tu gran premio! Es bueno que la esposa se canse y
comparta las fatigas del Esposo, de forma que descanse así más
confiadamente con Él”.

Palabras de nuestro Señor Jesucristo a su esposa sobre su formación en el amor


y honor a Él, su Esposo; sobre el odio de los malvados hacia Dios, y sobre el
amor del mundo.

Capítulo 3

Yo soy tu Dios y Señor, a quien tú veneras. Soy Yo quien sostiene


el Cielo y la tierra mediante mi poder, sin que tengan estribos ni
columnas para sostenerse. Soy Yo quien cada día es ofrecido en el
altar, verdadero Dios y hombre, bajo la apariencia del pan. Yo soy
quien te ha escogido. ¡Honra a mi Padre! ¡Ámame! ¡Obedece a mi
espíritu! ¡Ten a mi Madre por tu Señora! ¡Honra a todos mis santos!
Mantén la verdadera fe que te sea enseñada por alguien que ha
experimentado en sí mismo el conflicto entre los dos espíritus, el de la
falsedad y el de la verdad, y que venció con mi fe. ¡Preserva la
verdadera humildad!

¿Qué es la verdadera humildad sino alabar a Dios por todo lo


bueno que nos ha dado? Hoy en día, sin embargo, hay muchas
personas que me odian y que consideran mis obras y mis palabras
como dolor y vanidad. Ellos le dan la bienvenida al adulterador, el
demonio, con los brazos abiertos, y le aman. Todo lo que hacen por mí
lo hacen quejándose y con resentimiento. Ellos ni siquiera
pronunciarían mi nombre si no fuera por que temen la opinión de los
demás. Tienen un amor tan sincero hacia el mundo que no se cansan
de trabajar por él noche y día, y siempre son fervientes en su amor
hacia él. Pero su servicio es para mí tan grato como si alguien pagara
dinero a su enemigo para matar a su hijo.

Esto es lo que ellos hacen. Me dan alguna limosna y me honran


con sus labios para conseguir éxito en el mundo y permanecer en sus
privilegios y en su pecado. El buen espíritu está, en ellos,
completamente impedido de progresar en la virtud. Si quieres amarme
con todo tu corazón y no deseas nada sino a mí, Yo te atraeré a mí a
través de la caridad, como un imán o magnetita atrae al hierro hacia sí.
Te haré descansar en mi brazo, que es tan fuerte que nadie lo puede
extender y tan rígido que nadie lo puede doblar cuando está extendido.
Es tan dulce que sobrepasa a todos los aromas y no se pude comparar
con los deleites de este mundo.

EXPLICACIÓN

Este fue un santo, un doctor en teología, que se llamó Maestro


Matías de Suecia, canónico de Linköping, quien glosó toda la Biblia
de manera excelente. Sufrió tentaciones muy sutiles del demonio,
incluidas una serie de herejías contra la fe católica, todas las cuales
superó con la ayuda de Cristo, y no pudo ser superado por el demonio.
Esto está todo escrito en la biografía de Doña Brígida. Fue este
Maestro Matías quien compuso el prólogo de estos libros, que
comienza así: “Stupor et mirabilia, etc.” Él fue un hombre santo y
muy poderoso en palabras y en obras. Cuando murió en Suecia, la
esposa de Cristo, que entonces vivía en Roma, oyó en su oración una
voz que le decía a su espíritu: “Feliz de ti, Maestro Matías, por la
corona que ha sido preparada para ti en el Cielo. ¡Ven ahora a la
sabiduría que no tiene fin!” También se puede leer sobre él en el Libro
I, revelación 52; Libro V, en respuesta a la pregunta 3 en la última
cuestión, y en el Libro VI, en las revelaciones 75 y 89.

Palabras de nuestro Señor Jesucristo a su esposa en las que le dice que no se


preocupe ni piense que lo que se le revela a ella procede de un espíritu maligno,
y sobre cómo distinguir a un Espíritu bueno de uno malo.

Capítulo 4

Yo soy tu Creador y Redentor ¿Por qué has temido mis palabras?


¿Por qué te has preguntado si proceden de un espíritu bueno o de uno
malo? Dime, ¿has encontrado algo en mis palabras que no te haya
dictado tu propia conciencia? ¿Te he ordenado algo contrario a la
razón?” A esto, la esposa respondió: “No, al contrario, tus palabras son
verdaderas y yo estaba en un error”. El Espíritu, su Esposo agregó:
“Yo te ordené tres cosas. En ellas podrías reconocer al buen Espíritu.
Te ordené que honraras a tu Dios, que te creó y te ha dado todo lo que
tienes. Te ordené que te mantuvieras en la verdadera fe, es decir, que
creyeras que nada se ha creado ni se puede crear sin Dios. También te
ordené que mantuvieras una razonable continencia en todas las cosas,
dado que el mundo se ha hecho para uso del hombre, a fin de que las
personas lo aprovechen para sus necesidades.

De la misma forma, también puedes reconocer al espíritu


inmundo por las tres cosas contrarias a éstas: Te tienta a que te alabes
a ti misma y a que te enorgullezcas de lo que se te ha dado; te tienta a
que traiciones tu propia fe; también te tienta a la impureza en todo el
cuerpo y en todas las cosas, y hace que arda tu corazón por ello.
A veces también engaña a las personas bajo la forma de bien. Por
esto te he mandado que siempre examines tu conciencia y que se la
expongas a prudentes consejeros espirituales. Por ello, no dudes de
que el buen Espíritu de Dios esté contigo cuando no desees otra cosa
que a Dios y de Él te inflames toda. Sólo Yo puedo crear ese fervor y
así al demonio le es imposible acercarse a ti. Tampoco les es posible
acercarse a las malas personas, a menos que yo lo permita, bien por
los pecados humanos o por alguno de mis ocultos designios, porque él
es mi criatura, como todas las demás, y fue creado bueno por mí,
aunque se pervirtió por su propia maldad. Por tanto, Yo soy Señor
sobre él.

Por esta razón, me acusan falsamente quienes dicen que las


personas que me rinden gran devoción están locas o poseídas. Me
hacen aparecer como un hombre que expone a su casta y fiable mujer
a un adúltero.

Eso es lo que Yo sería si dejara que alguien que me amase plena y


rectamente fuese poseído por un demonio. Pero, puesto que Yo soy
fiel, ningún demonio podrá nunca controlar el alma de ninguno de mis
devotos sirvientes. Pese a que mis amigos a veces parezcan estar casi
fuera de su razón, no es porque sufran debido al demonio ni porque
me sirvan con ferviente devoción. Más bien se debe a algún defecto
del cerebro o a alguna otra causa oculta, que sirve para humillarlos. A
veces, también puede ocurrir que el demonio reciba de mí un poder
sobre los cuerpos de las buenas personas, para un mayor beneficio de
éstas, o que oscurezca sus conciencias. Sin embargo, nunca puede
conseguir el control de las almas de aquellos que tienen fe y se
deleitan en mí.

Amorosas palabras de Cristo a su esposa, con la preciosa imagen de una noble


fortaleza, que simboliza a la Iglesia militante, y sobre cómo la Iglesia de Dios
será ahora reconstruida por las oraciones de la gloriosa Virgen y de los santos.

Capítulo 5
Yo soy el Creador de todas las cosas. Soy el Rey de la gloria y el
Señor de los ángeles. He construido para mí una noble fortaleza y he
colocado en ella a mis elegidos. Mis enemigos han perforado sus
fundamentos y han prevalecido sobre mis amigos, tanto que les han
amarrado a estacas con cepos y la médula se les sale por los pies. Les
apedrean los huesos y los matan de hambre y de sed. Encima, los
enemigos persiguen a su Señor. Mis amigos están ahora gimiendo y
suplicando ayuda; la justicia pide venganza, pero la misericordia
invoca al perdón.

Entonces, Dios dijo a la Corte Celestial allí presente: “¿Qué


pensáis de estas personas que han asaltado mi fortaleza?” Ellos, a una
voz, respondieron: “Señor, toda la justicia está en ti y en ti vemos
todas las cosas. A ti se te ha dado todo juicio, Hijo de Dios, que existes
sin principio ni fin, tú eres su Juez. Y Él dijo: “Pese a que todo lo
sabéis y veis en mi, por el bien de mi esposa, decidme cuál es la
sentencia justa”. Ellos dijeron: “Esto es justicia: Que aquellos que
derrumbaron los muros sean castigados como ladrones; que aquellos
que persisten en el mal, sean castigados como invasores, que los
cautivos sean liberados y los hambrientos saturados”.

Entonces María, la Madre de Dios, que al principio había


permanecido en silencio, habló y dijo: “Mi Señor e Hijo querido, tú
estuviste en mi vientre como verdadero Dios y hombre. Tú te dignaste
a santificarme a mí, que era un vaso de arcilla. Te suplico, ¡ten
misericordia de ellos una vez más!” El Señor contestó a su Madre:
“¡Bendita sea la palabra de tu boca! Como un suave perfume, asciende
hasta Dios. Tú eres la gloria y la Reina de los ángeles y de todos los
santos, porque Dios fue consolado por ti y a todos los santos deleitas.
Y porque tu voluntad ha sido la mía desde el comienzo de tu juventud,
una vez más cumpliré tu deseo”. Entonces, él le dijo a la Corte
Celestial: “Porque habéis luchado valientemente, por el bien de
vuestra caridad, me apiadaré por ahora.

Mirad, reedificaré mi muro por vuestros ruegos. Salvaré y sanaré


a los que sean oprimidos por la fuerza y los honraré cien veces por el
abuso que han sufrido. Si los que hacen violencia piden misericordia,
tendrán paz y misericordia. Aquellos que la desprecien sentirán mi
justicia”. Entonces, Él le dijo a su esposa: “Esposa mía, te he elegido y
te he revestido de mi Espíritu. Tú escuchas mis palabras y las de los
santos quienes, aunque ven todo en mí, han hablado por tu bien, para
que puedas entender. Al fin y al cabo, tú, que aún estás en el cuerpo,
no me puedes ver de la misma forma que ellos, que son mis espíritus.
Ahora te mostraré lo que significan estas cosas.

La fortaleza de la que he hablado es la Santa Iglesia, que yo he


construido con mi propia sangre y la de los santos. Yo mismo la
cimenté con mi caridad y después coloqué en ella a mis elegidos y
amigos. Su fundamento es la fe, o sea, la creencia en que Yo soy un
Juez justo y misericordioso. Este fundamento ha sido ahora socavado
porque todos creen y predican que soy misericordioso, pero casi nadie
cree que yo sea un Juez justo. Me consideran un juez inicuo. De
hecho, un juez sería inicuo si, al margen de la misericordia, dejara a
los inicuos sin castigo de forma que pudieran continuar oprimiendo a
los justos.

Yo, sin embargo, soy un Juez justo y misericordioso y no dejaré


que el más mínimo pecado quede sin castigo ni que aún el mínimo
bien quede sin recompensa. Por los huecos perforados en el muro,
entran en la Santa Iglesia personas que pecan sin miedo, que niegan
que Yo sea justo y atormentan a mis amigos como si los clavaran en
estacas. A estos amigos míos no se les da gozo y consuelo. Por el
contrario, son castigados e injuriados como si fueran demonios.
Cuando dicen la verdad sobre mí, son silenciados y acusados de
mentir. Ellos ansían con pasión oír o hablar la verdad, pero no hay
nadie que les escuche ni que les diga la verdad.

Además, Yo, Dios Creador, estoy siendo blasfemado. La gente


dice: ‘No sabemos si existe Dios. Y si existe no nos importa’. Arrojan
al suelo mi bandera y la pisotean diciendo: ‘¿Por qué sufrió? ¿En qué
nos beneficia? Si cumple nuestros deseos estaremos satisfechos, ¡que
mantenga Él su reino y su Cielo! Cuando quiero entrar en ellos, dicen:
‘¡Antes moriremos que doblegar nuestra voluntad!’ ¡Date cuenta,
esposa mía, de la clase de gente que es! Yo los creé y los puedo
destruir con una palabra. ¡Qué soberbios que son conmigo! Gracias a
los ruegos de mi Madre y de todos los santos, permanezco
misericordioso y tan paciente que estoy deseando enviarles palabras
de mi boca y ofrecerles mi misericordia. Si la quieren aceptar, yo
tendré compasión.

De lo contrario, conocerán mi justicia y, como ladrones, serán


públicamente avergonzados ante los ángeles y los hombres, y
condenados por cada uno de ellos. Como los criminales son colgados
en las horcas y devorados por los cuervos, así ellos serán devorados
por los demonios, pero no consumidos. Igual que las personas
atrapadas en cepos no pueden descansar, ellos padecerán dolor y
amargura por todas partes.

Un río de fuego entrará por sus bocas, pero sus estómagos no


serán saciados y su sed y suplicio se reanudarán cada día. Pero mis
amigos estarán a salvo, y serán consolados por las palabras que salen
de mi boca. Ellos verán mi justicia junto a mi misericordia. Los
revestiré con las armas de mi amor, que les harán tan fuertes que los
adversarios de la fe se escurrirán ante ellos como el barro y, cuando
vean mi justicia, quedarán en vergüenza perpetua por haber abusado
de mi paciencia”.

Palabras de Cristo a su esposa sobre cómo su Espíritu no puede morar en los


malvados; sobre la separación de los buenos y los perversos y el envío de los
buenos, armados con armas espirituales, a la guerra contra el mundo.

Capítulo 6

Mis enemigos son como la más salvaje de las bestias, que nunca
pueden estar satisfechos ni permanecer en calma. Su corazón está tan
vacío de mi amor que el pensamiento de mi pasión nunca lo penetra.
Ni siquiera una sola vez, desde lo más íntimo de su corazón, ha
escapado una palabra como ésta: “Señor, tú nos has redimido,
¡alabado seas por tu amarga pasión!” ¿Cómo puede vivir mi Espíritu
en personas que no sienten el divino amor por mí, personas que están
deseando traicionar a otros por conseguir su propio beneficio?

Su corazón está lleno de viles gusanos, es decir, lleno de pasiones


mundanas. El demonio ha dejado sus excrementos en sus bocas y, por
eso, no tienen gusto por mis palabras. Por ello, con mi serrucho, los
cortaré para apartarlos de mis amigos. No hay forma peor de morir
que bajo la sierra. Igualmente, no habrá castigo que ellos no
compartan: serán serrados en dos por el demonio y apartados de mí.
Los encuentro tan odiosos que todos los que se adhieran a ellos se
separarán de mí.

Por esta razón, estoy enviando a mis amigos para que ellos
separen a los demonios de mis miembros, ya que los demonios son
mis verdaderos enemigos. Los envío como nobles soldados a la
batalla. Todo el que mortifique su carne y se abstenga de lo ilícito es
mi verdadero soldado. Como lanza llevarán las palabras de mi boca y
en sus manos esgrimirán la espada de la fe; en sus pechos estará la
coraza del amor, por lo que, pase lo que pase, no dejarán de amarme.
Deben tener el escudo de la paciencia en su costado, de forma que
soporten todo con paciencia. Los he atesorado como oro en un
estuche: ahora deben salir y andar por mis caminos.

Según los designios de la justicia, Yo no podría entrar en la gloria


de mi majestad sin soportar tribulación en mi naturaleza humana. Por
tanto ¿cómo entrarán ellos? Si su Señor sufrió, no es de extrañar que
ellos también tengan que sufrir. Si su señor soportó latigazos, no será
para ellos gran cosa el soportar palabras. No han de temer porque
nunca les abandonaré. Igual que es imposible para el demonio entrar
en el corazón de Dios y dividirlo, igual de imposible le será separarlos
de mí. Y como, ante mi vista, son como oro purísimo, pues han sido
testados con un poco de fuego, no les abandonaré: es para su mayor
recompensa.

Palabras de la gloriosa Virgen a su hija, sobre la forma de vestir y el tipo de


ropas y ornamentos con los que la hija debe adornarse y vestirse.
Capítulo 7

Yo soy María, que alumbró al Hijo de Dios, verdadero Dios y


verdadero hombre. Soy la Reina de los ángeles. Mi Hijo te ama con
todo su corazón ¡Ámale! Debes de adornarte con muy honestos
vestidos y yo te mostraré cómo y qué tipo de ropas deben ser. Igual
que antes tenías una enagua, una túnica, calzado, una capa y un broche
sobre tu pecho, ahora has de cubrirte de ropas espirituales. La enagua
es la contrición. Igual que la enagua se viste pegada al cuerpo, así la
contrición y la conversión son el primer camino de conversión a Dios.
A través de ello, la mente, que en su momento encontró gozo en el
pecado, se purifica, y la carne impura se mantiene bajo control.

Los dos zapatos son dos disposiciones, en concreto la intención de


rectificar las transgresiones pasadas y la intención de hacer el bien y
mantenerse lejos del mal. Tu túnica es la esperanza en Dios. Igual que
la túnica tiene dos mangas, ha de haber justicia y misericordia en tu
esperanza. De esta forma, esperarás a la misericordia de Dios porque
no olvidarás su justicia. Piensa en su justicia y en su juicio, de forma
que no olvides su misericordia, porque Él no emplea la justicia sin
misericordia ni la misericordia sin justicia. La capa es la fe. Lo mismo
que la capa lo cubre todo y todo está contenido en ella, la naturaleza
humana puede igualmente abarcar y conseguir todo mediante la fe.

Esta capa debe ir decorada con las insignias del amor de tu


Esposo, o sea, de la forma que te ha creado, de la forma que te ha
redimido, de la forma que te alimentó, te atrajo hacia su Espíritu y
abrió tus ojos espirituales. El broche es la consideración de su pasión.
Fija firmemente en tu pecho el pensamiento de cómo Él fue burlado y
mortificado, cómo se mantuvo vivo en la cruz, ensangrentado y
perforado en todas sus fibras, cómo a su muerte su cuerpo entero se
convulsionó por el agudo dolor de la pasión, cómo encomendó su
Espíritu en manos de su Padre. ¡Que este broche permanezca siempre
en tu pecho! Sobre tu cabeza, póngase una corona, es decir, castidad
en tus afectos, que prefieras resistir los azotes antes que volver a
mancharte. Se modesta y digna. No pienses ni desees nada más que a
tu Dios y Creador. Cuando le tienes a Él, lo tienes todo. Adornada de
esta forma, debes esperar a tu Esposo.

Palabras de la Reina de los Cielos a su querida hija, enseñándole que debe


amar y alabar a su Hijo junto a su Madre.

Capítulo 8

Yo soy la Reina de los Cielos. Estás preocupada sobre cómo


tienes que alabarme. Ten por seguro que toda alabanza a mi Hijo es
alabanza a mí. Y aquellos que lo deshonran, me deshonran a mí, pues
mi amor hacia él y el suyo hacia mí es tan ardiente como si los dos
fuéramos un solo corazón. Tanto me honró a mí, que era un vaso de
arcilla, que me ensalzó por encima de todos los ángeles. Por ello, tú
me has de alabar así: “Bendito seas, Señor Dios, Creador de todas las
cosas, que te dignaste descender dentro del vientre de la Virgen María.
Bendito seas, Señor Dios, que quisiste habitar en las entrañas de la
Virgen María, sin ser una carga para Ella y te dignaste a recibir su
carne inmaculada sin pecado.

Bendito seas, Señor Dios, que viniste a la Virgen, dándole gozo a


su alma y a todos sus miembros y que, con el gozo de todos los
miembros de su cuerpo sin pecado, de Ella naciste. Bendito seas,
Señor Dios, que, después de tu ascensión alegraste a la Virgen María
con frecuentes consolaciones y con tu consolación la visitaste. Bendito
seas, Señor Dios, que ascendiste el cuerpo y el alma de la Virgen
María, tu Madre, a los Cielos y la honraste situándola junto a tu
divinidad, sobre todos los ángeles. Ten misericordia de mí, Señor, por
sus ruegos e intercesión”.

Palabras de la Reina de los Cielos a su querida hija sobre el hermoso amor que
el Hijo profesaba a su Madre Virgen; sobre cómo la Madre de Cristo fue
concebida en un matrimonio casto y santificada en el vientre de su madre; sobre
cómo ascendió en cuerpo y alma al Cielo; sobre el poder de su nombre y sobre
los ángeles asignados a los hombres para el bien o para el mal.
Capítulo 9

Yo soy la Reina del Cielo. Ama a mi Hijo, porque él es el


honestísimo y cuando lo tienes a Él tienes todo lo que es honesto. Él
es lo más deseable y cuando lo tienes a Él tienes todo lo que es
deseable. Ámalo, también, porque Él es virtuosísimo y cuando lo
tienes a él tienes todas las virtudes. Te voy a contar lo hermoso que
fue su amor hacia mi cuerpo y mi alma y cuánto honor le dio a mi
nombre. Él, mi hijo, me amó antes de que yo lo amara a Él, pues es mi
Creador. Él unió a mi padre y a mi madre en un matrimonio tan casto
que no se puede encontrar a ninguna pareja más casta.

Nunca desearon unirse excepto de acuerdo a la Ley, sólo para


tener descendencia. Cuando el ángel les anunció que tendrían una
Virgen por la cual llegaría la salvación del mundo, antes hubieran
muerto que unirse en un amor carnal pues la lujuria estaba extinguida
en ellos. Te aseguro que, por la caridad divina y debido al mensaje del
ángel, ellos se unieron en la carne, no por concupiscencia sino contra
su voluntad y por su amor hacia Dios. De esta forma, mi carne fue
engendrada de su semilla a través del amor divino.

Cuando mi cuerpo se formó, Dios envió al alma creada dentro de


Él desde su divinidad. El alma fue inmediatamente santificada junto
con el cuerpo y los ángeles la vigilaban y custodiaban día y noche. Es
imposible expresarte qué grandísimo gozo sintió mi madre cuando mi
alma fue santificada y se unió a su cuerpo. Después, cuando el curso
de mi vida estuvo cumplido, mi Hijo primero elevó mi alma, por haber
sido la dueña del cuerpo, a un lugar más eminente que los demás,
cerca de la gloria de su divinidad, y después mi cuerpo, de forma que
ningún otro cuerpo de criatura está tan cerca de Dios como el mío.

¡Mira cuánto amó mi Hijo a mi alma y cuerpo! Hay personas, sin


embargo, que maliciosamente niegan que yo haya sido ascendida en
cuerpo y alma, y hay otras que simplemente no tienen mayor
conocimiento. Pero la verdad de ello es cierta: Fui elevada hasta la
Gloria de Dios en cuerpo y alma. ¡Escucha ahora lo mucho mi Hijo
honró mi nombre! Mi nombre es María, como dice el Evangelio.

Cuando los ángeles oyen este nombre, se regocijan en su


conciencia y dan gracias a Dios por la grandísima gracia que obró en
mí y conmigo, porque ellos ven la humanidad de mi Hijo glorificada
en su divinidad. Las almas del purgatorio se regocijan de especial
manera, como cuando un hombre enfermo que está en la cama
escucha alentadoras palabras de otros y esto agrada a su corazón
haciéndole sentir contento. Al oír mi nombre, los ángeles buenos se
acercan inmediatamente a las almas de los justos, a quienes han sido
dados como guardianes, y se regocijan en sus progresos. Los ángeles
buenos han sido adjudicados a todos como protección y los ángeles
malos como prueba.

No es que los ángeles estén nunca separados de Dios sino que,


más bien, asisten al alma sin dejar a Dios y permanecen
constantemente en su presencia, mientras siguen inflamando e
incitando al alma a que haga el bien. Los demonios todos se espantan
y temen mi nombre. Al sonido del nombre de María, sueltan
inmediatamente a la presa que tengan en sus zarpas. Lo mismo que un
ave rapaz, cebada en su presa con sus garras, la deja en cuanto oye un
ruido y vuelve después cuando ve que no pasa nada, igualmente los
demonios dejan al alma, asustados, al oír mi nombre, pero vuelven de
nuevo rápidos como una flecha a menos que vean que después se ha
producido una enmienda.

Nadie está tan enfriado en el amor de Dios –a menos que esté


condenado—que no se aleje del él el demonio si invoca mi nombre
con la intención de no volver más a sus malos hábitos, y el demonio se
mantiene lejos de él a menos que vuelva a consentir en pecar
mortalmente. Sin embargo, a veces se le permite al demonio que lo
inquiete por el bien de una mayor recompensa, pero nunca para que
llegue a poseerlo.
Palabras de la Virgen María a su hija, ofreciéndole una provechosa enseñanza
sobre cómo debe de vivir, y describiendo maravillosos detalles de la pasión de
Cristo.

Capítulo 10

Yo soy la Reina del Cielo, la Madre de Dios. Te dije que debías


llevar un broche sobre tu pecho. Ahora te mostraré con más detalle
cómo, desde el principio, nada más aprender y llegar a la comprensión
de la existencia de Dios, estuve siempre solícita y temerosa de mi
salvación y observancia religiosa. Cuando aprendí más plenamente
que el mismo Dios era mi Creador y el Juez de todas mis acciones,
llegué a amarlo profundamente y estuve constantemente alerta y
observadora para no ofenderlo de palabra ni de obra.

Cuando supe que Él había dado su Ley y mandamientos a su


pueblo y obró tantos milagros a través de ellos, hice la firme
resolución en mi alma de no amar nada más que a Él, y las cosas
mundanas se volvieron muy amargas para mí. Entonces, sabiendo que
el mismo Dios redimiría al mundo y nacería de una Virgen, yo estaba
tan conmovida de amor por Él que no pensaba en nada más que en
Dios ni quería nada que no fuera Él. Me aparté, en lo posible, de la
conversación y presencia de parientes y amigos, y le di a los
necesitados todo lo que había llegado a tener, quedándome sólo con
una moderada comida y vestido.

Nada me agradaba sino sólo Dios. Siempre esperé en mi corazón


vivir hasta el momento de su nacimiento y, quizá, aspirar a
convertirme en una indigna servidora de la Madre de Dios. También
hice en mi corazón el voto de preservar mi virginidad, si esto era
aceptable para Él, y de no poseer nada en el mundo. Pero si Dios
hubiera querido otra cosa, mi deseo era que se cumpliera en mí su
deseo y no el mío, porque creí en que Él era capaz de todo y que Él
sólo querría lo mejor para mí. Por ello, sometí a Él toda mi voluntad.
Cuando llegó el tiempo establecido para la presentación de las
vírgenes en el templo del Señor, estuve presente con ellas gracias a la
religiosa obediencia de mis padres.
Pensé para mí que nada era imposible para Dios y que, como Él
sabía que yo no deseaba ni quería nada más que a Él, Él podría
preservar mi virginidad, si esto le agradaba y, si no, que se hiciera su
voluntad. Tras haber escuchado todos los mandamientos en el templo,
volví a casa aún ardiendo más que nunca en mi amor hacia Dios,
siendo inflamada con nuevos fuegos y deseos de amor cada día. Por
eso, me aparté aún más de todo lo demás y estuve sola noche y día,
con gran temor de que mi boca hablase o mis oídos oyesen algo contra
Dios, o de que mis ojos mirasen algo en lo que se deleitaran. En mi
silencio sentí también temor y ansiedad por si estuviera callando en
algo que debiera de hablar.

Con estas turbaciones en mi corazón, y a solas conmigo misma,


encomendé todas mis esperanzas a Dios. En aquel momento vino a mi
pensamiento considerar el gran poder de Dios, cómo los ángeles y
todas las criaturas le sirven y cómo es su gloria indescriptible y eterna.
Mientras me preguntaba todo esto, tuve tres visiones maravillosas. Vi
una estrella, pero no como las que brillan en el Cielo. Vi una luz, pero
no como las que alumbran el mundo. Percibí un aroma, pero no de
hierbas ni de nada de eso, sino indescriptiblemente suave, que me
llenó tanto que sentí como si saltara de gozo. En ese momento, oí una
voz, pero no de hablar humano.

Tuve mucho miedo cuando la oí y me pregunté si sería una


ilusión. Entonces, apareció ante mí un ángel de Dios en una bellísima
forma humana, pero no revestido de carne, y me dijo: ‘Ave, llena
gracia…’ Al oírlo, me pregunté qué significaba aquello o por qué me
había saludado de esa forma, pues sabía y creía que yo era indigna de
algo semejante, o de algo tan bueno, pero también sabía que para Dios
no era imposible hacer todo lo que quisiese. Acto seguido, el ángel
añadió: ‘El hijo que ha de nacer en ti es santo y se llamará Hijo de
Dios. Se hará como a Dios le place’. Aún no me creí digna ni le
pregunté al ángel ‘¿Por qué?’ o ‘¿Cuándo se hará?’, pero le pregunté:
‘¿Cómo es que yo, tan indigna, he de ser la madre de Dios, si ni
siquiera conozco varón?’
El ángel me respondió, como dije, que nada es imposible para
Dios, pero ‘Todo lo que él quiera se hará’. Cuando oí las palabras del
ángel, sentí el más ferviente deseo de convertirme en la Madre de
Dios, y mi alma dijo con amor: ‘¡Aquí estoy, hágase tu voluntad en
mí!’ Al decir aquello, en ese momento y lugar, fue concebido mi Hijo
en mi vientre con una inefable exultación de mi alma y de los
miembros de mi cuerpo. Cuando Él estaba en mi vientre, lo engendré
sin dolor alguno, sin pesadez ni cansancio en mi cuerpo. Me humillé
en todo, sabiendo que portaba en mí al Todopoderoso. Cuando lo
alumbré, lo hice sin dolor ni pecado, igual que cuando lo concebí, con
tal exultación de alma y cuerpo que sentí como si caminara sobre el
aire, gozando de todo. Él entró en mis miembros, con gozo de toda mi
alma, y de esa forma, con gozo de todos mis miembros, salió de mí,
dejando mi alma exultante y mi virginidad intacta.

Cuando lo miré y contemplé su belleza, la alegría desbordó mi


alma, sabiéndome indigna de un Hijo así. Cuando consideré los
lugares en los que, como sabía a través de los profetas, sus manos y
pies serían perforados en la crucifixión, mis ojos se llenaron de
lágrimas y se me partió el corazón de tristeza. Mi hijo miró a mis ojos
llorosos y se entristeció casi hasta morir. Pero al contemplar su divino
poder, me consolé de nuevo, dándome cuenta de que esto era lo que él
quería y, por ello, como era lo correcto, conformé toda mi voluntad a
la suya. Así, mi alegría siempre se mezclaba con el dolor.

Cuando llegó el momento de la pasión de mi Hijo, sus enemigos


lo arrestaron. Lo golpearon en la mejilla y en el cuello, y lo escupieron
mofándose de él. Cuando fue llevado a la columna, él mismo se
desnudó y colocó sus manos sobre el pilar, y sus enemigos se las
ataron sin misericordia. Atado a la columna, sin ningún tipo de ropa,
como cuando vino al mundo, se mantuvo allí sufriendo la vergüenza
de su desnudez. Sus enemigos lo cercaron y, estando huidos todos sus
amigos, flagelaron su purísimo cuerpo, limpio de toda mancha y
pecado. Al primer latigazo yo, que estaba en las cercanías, caí casi
muerta y, al volver en mí, vi en mi espíritu su cuerpo azotado y
llagado hasta las costillas.
Lo más horrible fue que, cuando le retiraron el látigo, las correas
engrosadas habían surcado su carne. Estando ahí mi Hijo, tan
ensangrentado y lacerado que no le quedó ni una sola zona sana en la
que azotar, alguien apareció en espíritu y preguntó: ‘¿Lo vais a matar
sin estar sentenciado?’ Y directamente le cortó las amarras. Entonces,
mi Hijo se puso sus ropas y vi cómo quedó lleno de sangre el lugar
donde había estado y, por sus huellas, pude ver por dónde anduvo,
pues el suelo quedaba empapado de sangre allá donde Él iba. No
tuvieron paciencia cuando se vestía, lo empujaron y lo arrastraron a
empellones y con prisa. Siendo tratado como un ladrón, mi Hijo se
secó la sangre de sus ojos. Nada más ser sentenciado, le impusieron la
cruz para que la cargara. La llevó un rato, pero después vino uno que
la cogió y la cargó por Él. Mientras mi Hijo iba hacia el lugar de su
pasión, algunos le golpearon el cuello y otros le abofetearon la cara.
Le daban con tanta fuerza que, aunque yo no veía quién le pegaba, oía
claramente el sonido de la bofetada.

Cuando llegué con Él al lugar de la pasión, vi todos los


instrumentos de su muerte allí preparados. Al llegar allí, Él solo se
desnudó mientras que los verdugos se decían entre sí: ‘Estas ropas son
nuestras y Él no las recuperará porque está condenado a muerte’. Mi
Hijo estaba allí, desnudo como cuando nació y, en esto, alguien vino
corriendo y le ofreció un velo con el cuál el, contento, pudo cubrir su
intimidad. Después, sus crueles ejecutores lo agarraron y lo
extendieron en la cruz, clavando primero su mano derecha en el
extremo de la cruz que tenía hecho el agujero para el clavo. Perforaron
su mano en el punto en el que el hueso era más sólido. Con una
cuerda, le estiraron la otra mano y se la clavaron en el otro extremo de
la cruz de igual manera.

A continuación, cruzaron su pie derecho con el izquierdo por


encima usando dos clavos de forma que sus nervios y venas se le
extendieron y desgarraron. Después le pusieron la corona de
espinas[1] y se la apretaron tanto que la sangre que salía de su
reverenda cabeza le tapaba los ojos, le obstruía los oídos y le
empapaba la barba al caer. Estando así en la cruz, herido y sangriento,
sintió compasión de mí, que estaba allí sollozando, y, mirando con sus
ojos ensangrentados en dirección a Juan, mi sobrino, me encomendó a
él. Al tiempo, pude oír a algunos diciendo que mi Hijo era un ladrón,
otros que era un mentiroso, y aún otros diciendo que nadie merecía la
muerte más que Él.

Al oír todo esto se renovaba mi dolor. Como dije antes, cuando le


hincaron el primer clavo, esa primera sangre me impresionó tanto que
caí como muerta, mis ojos cegados en la oscuridad, mis manos
temblando, mis pies inestables. En el impacto de tanto dolor no pude
mirarlo hasta que lo terminaron de clavar. Cuando pude levantarme, vi
a mi Hijo colgando allí miserablemente y, consternada de dolor, yo
Madre suya y triste, apenas me podía mantener en pie.

Viéndome a mí y a sus amigos llorando desconsoladamente, mi


Hijo gritó en voz alta y desgarrada diciendo: ‘¿Padre por qué me has
abandonado?’ Era como decir: ‘Nadie se compadece de mí sino tú,
Padre’. Entonces sus ojos parecían medio muertos, sus mejillas
estaban hundidas, su rostro lúgubre, su boca abierta y su lengua
ensangrentada. Su vientre se había absorbido hacia la espalda, todos
sus fluidos quedaron consumidos como si no tuviera órganos. Todo su
cuerpo estaba pálido y lánguido debido a la pérdida de sangre. Sus
manos y pies estaban muy rígidos y estirados al haber sido forzados
para adaptarlos a la cruz. Su barba y su cabello estaban
completamente empapados en sangre.

Estando así, lacerado y lívido, tan sólo su corazón se mantenía


vigoroso, pues tenía una buena y fuerte constitución. De mi carne, Él
recibió un cuerpo purísimo y bien proporcionado. Su cutis era tan fino
y tierno que al menor arañazo inmediatamente le salía sangre, que
resaltaba sobre su piel tan pura. Precisamente por su buena
constitución, la vida luchó contra la muerte en su llagado cuerpo. En
ciertos momentos, el dolor en las extremidades y fibras de su lacerado
cuerpo le subía hasta el corazón, aún vigoroso y entero, y esto le
suponía un sufrimiento increíble. En otros momentos, el dolor bajaba
desde su corazón hasta sus miembros heridos y, al suceder esto, se
prolongaba la amargura de su muerte.
Sumergido en la agonía, mi Hijo miró en derredor y vio a sus
amigos que lloraban, y que hubieran preferido soportar ellos mismos
el dolor con su auxilio, o haber ardido para siempre en el infierno,
antes que verlo tan torturado. Su dolor por el dolor de sus amigos
excedía toda la amargura y tribulaciones que había soportado en su
cuerpo y en su corazón, por el amor que les tenía. Entonces, en la
excesiva angustia corporal de su naturaleza humana, clamó a su Padre:
‘Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu’.

Cuando yo, Madre suya y triste, oí esas palabras, todo mi cuerpo


se conmovió con el dolor amargo de mi corazón, y todas las veces que
las recuerdo lloro desde entonces, pues han permanecido presentes y
recientes en mis oídos. Cuando se le acercaba la muerte, y su corazón
se reventó con la violencia de los dolores, todo su cuerpo se
convulsionó y su cabeza se levantó un poco para después caérsele otra
vez. Su boca quedó abierta y su lengua podía ser vista toda sangrante.
Sus manos se retrajeron un poco del lugar de la perforación y sus pies
cargaron más con el peso de su cuerpo. Sus dedos y brazos parecieron
extenderse y su espalda quedó rígida contra la cruz.

Entonces, algunos me decían: ‘María, tu Hijo ha muerto’. Otros


decían: ‘Ha muerto pero resucitará’. A medida que todos se iban
marchando, vino un hombre, y le clavó una lanza en el costado con
tanta fuerza que casi se le salió por el otro lado. Cuando le sacaron la
espada, su punta estaba teñida de sangre roja y me pareció como si me
hubieran perforado mi propio corazón cuando vi a mi querido hijo
traspasado. Después lo descolgaron de la cruz y yo tomé su cuerpo
sobre mi regazo. Parecía un leproso, completamente lívido. Sus ojos
estaban muertos y llenos de sangre, su boca tan fría como el hielo, su
barba erizada y su cara contraída.

Sus manos estaban tan descoyuntadas que no se sostenían siquiera


encima de su vientre. Le tuve sobre mis rodillas como había estado en
la cruz, como un hombre contraído en todos sus miembros. Tras esto
le tendieron sobre una sábana limpia y, con mi pañuelo, le sequé las
heridas y sus miembros y cerré sus ojos y su boca, que había estado
abierta cuando murió. Así lo colocaron en el sepulcro. ¡De buena gana
me hubiera colocado allí, viva con mi Hijo, si esa hubiera sido su
voluntad! Terminado todo esto, vino el bondadoso Juan y me llevó a
su casa. ¡Mira, hija mía, cuánto ha soportado mi Hijo por ti!

[1] Explicación del Libro 7 - Capítulo 15 (from the english


translation): "Entonces la corona de espinas, que habían removido de
Su cabeza cuando estaba siendo crucificado, ahora la ponen de vuelta,
colocándola sobre su santísima cabeza. Punzó y agujereó su
imponente cabeza con tal fuerza que allí mismo sus ojos se llenaron de
sangre que brotaba y se obstruyeron sus oídos."

Palabras de Cristo a su esposa sobre cómo Él mismo se entregó, por su propia y


libre voluntad, para ser crucificado por sus enemigos, y sobre cómo controlar el
cuerpo de movimientos ilícitos ante la consideración de su pasión.

Capítulo 11

El Hijo de Dios se dirigió a su esposa, diciendo: “Yo soy el


Creador del Cielo y la tierra, y el que se consagra en el altar es mi
verdadero cuerpo. Ámame con todo tu corazón, porque yo te amé y
me entregué a mis enemigos por mi propia y libre voluntad, mientras
que mis amigos y mi Madre se quedaron en amargo dolor y llanto.
Cuando vi la lanza, los clavos, las correas y todos los demás
instrumentos de mi pasión allí preparados, aún así acudí a sufrir con
alegría. Cuando mi cabeza sangraba por todas las partes desde la
corona de espinas, aún entonces, y aunque mis enemigos se
apoderasen de mi corazón, también, antes que perderte, dejaría que lo
hiriesen y lo despedazasen.

Por ello serías muy ingrata si, en correspondencia a tanta caridad,


no me amases. Si mi cabeza fue perforada y se inclinó en la cruz por
ti, también tu cabeza debería inclinarse hacia la humildad. Dado que
mis ojos estaban ensangrentados y llenos de lágrimas, tus ojos
deberían apartarse de visiones placenteras. Si mis oídos se obstruyeron
de sangre y oí palabras de burla contra mí, tus oídos tendrían que
apartarse de las conversaciones frívolas e inoportunas.
Al habérsele dado a mi boca una bebida amarga y negársele una
dulce, guarda tu propia boca del mal y deja que se abra para el bien.
Puesto que mis manos fueron estiradas y clavadas, que las obras
simbolizadas en tus manos se extiendan a los pobres y a mis
mandamientos. Que tus pies, o sea, tus afectos, con los que debes
caminar hacia mí, sean crucificados a los deleites de manera que, igual
que Yo sufrí en todos mis miembros, también todos tus miembros
estén dispuestos a obedecerme. Demando más servicios de ti que de
otros porque te he dado una mayor gracia”.

Acerca de cómo un ángel reza por la esposa y cómo Cristo le pregunta al ángel
qué es lo que pide para la esposa y qué es bueno para ella.

Capítulo 12

Un ángel bueno, el guardián de la esposa, apareció rogando a


Cristo por ella. El Señor le respondió y dijo: “Una persona que reza
por otra debe rogar por la salvación de la otra. Tú eres como un fuego
que nunca se extingue, incesantemente ardiendo con mi amor. Tú ves
y conoces todo cuando me ves y no quieres nada más que lo que yo
quiero. Por ello, dime ¿qué es lo que conviene a esta esposa mía? Él
contestó: “Señor, tú lo sabes todo”. El Señor le dijo: “Todo lo que se
ha creado o se creará existe eternamente en mí. Entiendo y conozco
todo en el Cielo y en la tierra, y no hay cambio en mí.

Pero, para que la esposa pueda reconocer mi voluntad, dime qué


es bueno para ella, ahora que está escuchando”. Y el ángel dijo: “Ella
tiene un corazón altanero y grande. Por ello, necesita palos para
hacerse dócil”. Entonces, el Señor dijo: “¿Qué pides para ella, mi
amigo?” El ángel dijo: “Señor, te pido que le garantices la
misericordia junto con los palos”. Y el Señor agregó: “Por tu bien, lo
haré, pues nunca empleo la justicia sin misericordia. Es por esto que la
novia debe amarme con todo su corazón”.
Acerca de cómo un enemigo de Dios tenía tres demonios dentro de él y acerca
de la sentencia que Cristo le aplicó.

Capítulo 13

Mi enemigo tiene tres demonios en su interior. El primero reside


en sus genitales, el segundo en su corazón, el tercero en su boca. El
primero es como un barquero, que deja que el agua le llegue a las
rodillas, y el agua, al aumentar gradualmente, termina llenando el
barco. Entonces se produce una inundación y el barco se hunde. Este
barco representa a su cuerpo, que es asaltado por las tentaciones de
demonios, y por sus propias concupiscencias, como si fueran
tormentas. La lujuria entró primero hasta la rodilla, es decir, a través
de su deleite en pensamientos impuros. Al no resistir con la penitencia,
ni tapar los agujeros mediante los parches de la abstinencia, el agua de
la lujuria creció día a día por su consentimiento.

Entonces, el barco repleto, o sea, lleno por la concupiscencia del


vientre, se inundó y hundió el barco en lujuria, de forma que no pudo
llegar al puerto de la salvación. El segundo demonio, que residía en su
corazón, es como un gusano dentro de una manzana, que primero
come la piel de la manzana y después, tras dejar ahí sus excrementos,
merodea por el interior de la manzana hasta que todo el fruto se
descompone. Esto es lo que hace el demonio. Primero debilita la
voluntad de la persona y sus buenos deseos, que son como la cáscara,
donde se encuentra toda la fuerza y bondad de la mente y, cuando el
corazón se vacía de estos bienes, pone en su lugar, dentro del corazón,
los pensamientos mundanos y las afecciones hacia los que la persona
se haya inclinado más. Así, impele al cuerpo hacia su propio placer y,
por esta razón, el valor y entendimiento del hombre disminuyen y su
vida se vuelve aburrida.

Es, de hecho, una manzana sin piel, o sea, un hombre sin corazón,
pues entra en mi Iglesia sin corazón, porque no tiene caridad. El tercer
demonio es como un arquero que, mirando por la ventana, dispara a
los incautos. ¿Cómo no va a estar el demonio dentro de un hombre
que siempre lo incluye en su conversación? Aquél que amamos es a
quien más mencionamos. Las duras palabras con las que él hiere a
otros son como flechas disparadas por tantas ventanas como veces
mencione al demonio o sus palabras hieran a personas inocentes y
escandalicen a la gente sencilla.

Yo, que soy la verdad, juro por mi verdad que lo condenaré como
a una ramera, a fuego y azufre; como a un traidor insidioso, a la
mutilación de sus miembros; como a un bufón del Señor, a la
vergüenza eterna. Sin embargo, mientras su alma y su cuerpo
permanezcan unidos, mi misericordia está aún abierta para él. Lo que
exijo de él es que atienda con mayor frecuencia los divinos servicios,
que no tenga miedo de ningún reproche ni desee ningún honor y que
nunca vuelva a tener ese siniestro nombre en sus labios.

EXPLICACIÓN

Este hombre, un abad de la orden cisterciense, ha enterrado a una


persona que había estado excomulgada. Cuando estaba rezando la
oración correspondiente sobre él, Doña Brígida, en rapto espiritual,
escuchó esto: “Él utilizó su poder y lo enterró. Puedes estar segura de
que el próximo entierro después de éste será el suyo, pues pecó contra
el Padre, quien nos ha dicho que no mostremos parcialidad ni
honremos injustamente a los ricos. Por un favor propio, perecedero,
este hombre honró a una persona indigna y lo situó entre los dignos,
cosa que no debió hacer. Ha pecado contra mí también, el Hijo, porque
Yo he dicho: “Aquél que me rechace será rechazado”. Este hombre
honró y exaltó a alguien que mi Iglesia y mi vicario habían
rechazado”. El abad se arrepintió cuando oyó estas palabras y murió al
cuarto día.

Palabras de Cristo a su esposa sobre la manera y respeto con que se debe


conducir en la oración, y sobre tres clases de personas que sirven a Dios en este
mundo.

Capítulo 14
Yo soy tu Dios, el que fue crucificado en la cruz, verdadero Dios
y hombre en una persona, y el que está presente todos los días en las
manos del sacerdote. Cuando me ofrezcas una oración, termínala
siempre con el deseo de que se haga mi voluntad y no la tuya. Cuando
rezas por alguien que ya está condenado no te escucho. A veces
tampoco te oigo si deseas algo que pueda ir contra tu salvación. Es,
por ello, necesario que sometas tu voluntad a la mía, porque como Yo
sé todas las cosas, no te proveo de nada más que de lo que es
beneficioso. Hay muchos que no rezan con la intención correcta y es
por esto que no merecen ser atendidos. Hay tres tipos de personas que
me sirven en este mundo.

Los primeros son los que creen que soy Dios y el proveedor de
todas las cosas, que tiene poder sobre todo. Estos me sirven con la
intención de conseguir bienes y honores temporales, pero las cosas del
Cielo no les importan y están hasta dispuestos a perderlas con tal de
obtener bienes presentes. El éxito mundano se ajusta completamente a
su medida, según sus deseos. Puesto que han perdido los bienes
eternos, Yo les compenso con consuelos temporales por cualquier
buen servicio que me hagan, pagándoles hasta el último cuadrante y
hasta el último punto.

Los segundos son los que creen que soy Dios omnipotente y Juez
estricto, pero me sirven por miedo al castigo y no por amor a la gloria
celestial. Si no me temieran no me servirían.
Los terceros son los que creen que soy el Creador de todas las
cosas y Dios verdadero y los que me creen justo y misericordioso.
Estos no me sirven por miedo al castigo sino por divino amor y
caridad. Preferirían soportar cualquier castigo, por duro que fuese,
antes que provocar mi enfado. Éstos merecen verdaderamente ser
escuchados cuando rezan, pues su voluntad coincide con mi voluntad.
El primer tipo de sirvientes nunca saldrá del castigo ni llegará a ver mi
rostro. El segundo, no será tan castigado, pero tampoco alcanzará a
ver mi rostro, a menos que corrija su temor mediante la penitencia.
Palabras de Cristo a la esposa describiéndose a sí mismo como un gran Rey;
sobre dos tesoros que simbolizan el amor de Dios y el amor del mundo, y una
lección sobre cómo mejorar en esta vida.

Capítulo 15

Yo soy como un gran Rey magno y potente. Cuatro cosas


corresponden a un rey. Primero, tiene que ser rico; segundo, generoso;
tercero, sabio; y cuarto, caritativo. Yo tengo esas cuatro cualidades que
he mencionado. En primer lugar, Yo soy el más rico de todos, pues
abastezco las necesidades de todos y no tengo menos después de haber
dado. Segundo, soy el más generoso, pues estoy preparado para dar a
cualquiera que lo pida. Tercero, soy el más sabio, pues conozco las
deudas y las necesidades de cada persona. Cuarto, soy caritativo, pues
estoy más dispuesto a dar de lo que está cualquiera para pedir. Yo
tengo, digamos, dos tesoros.

En el primer tesoro guardo materiales pesados como el plomo y


los compartimentos donde se encuentran están cubiertos por
afiladísimos clavos. Pero estas cosas pesadas llegan a parecer tan
ligeras como plumas para la persona que empieza a cambiarlas y
revolverlas y que, después, aprende a cargar con ellas. Lo que antes
parecía tan pesado se convierte en luz y las cosas que antes se veían
afiladas y cortantes se vuelven suaves. En el segundo tesoro, se ve oro
resplandeciente, piedras preciosas, y aromáticas y deliciosas bebidas.
Pero el oro es realmente barro y las bebidas son veneno.

Hay dos caminos hacia el interior de estos tesoros, pese a que


antes solo había uno. En el cruce, o sea, a la entrada de los dos
caminos, hay un hombre que, gritando a tres hombres que toman el
segundo camino, les dice: ‘¡Escuchad, escuchad lo que tengo que
deciros! Si no queréis escuchar, al menos emplead vuestros ojos para
ver que lo que digo es cierto. Si no queréis usar ni vuestros oídos ni
vuestros ojos, al menos usad vuestras manos para tocar y daros cuenta
de que no hablo en falso’. Entonces, el primero de ellos dice: ‘Vamos
a atender y ver si lo que dice es cierto’. El segundo hombre dice:
‘Todo lo que dice es falso’. El tercero dice: ‘Sé que todo lo que dice es
cierto, pero no me importa’.

¿Qué son estos dos tesoros sino amor por mí y amor por el
mundo? Hay dos senderos hacia estos dos tesoros. El rebajarse uno
mismo y la completa autonegación conduce a mi amor, mientras que
el deseo carnal conduce al amor del mundo. Para algunas personas, la
carga que soportan en mi amor parece hecha de plomo, porque cuando
tienen que ayunar o mantener la vigilia, o practicar la restricción,
piensan que están acarreando una carga de plomo. Si tienen que oír
burlas e insultos porque emplean tiempo en la oración y en la práctica
de la religión, es como si se sentaran sobre clavos, siempre es una
tortura para ellos.

La persona que desea estar en mi amor, primero tiene que revertir


el plomo, o sea, hacer un esfuerzo para hacer el bien anhelándolo con
un deseo constante. Entonces levantará un poquito, paulatinamente, o
sea, hará lo que pueda, pensando: ‘Esto lo puedo hacer bien si Dios
me ayuda’. Entonces, perseverando en la tarea que ha asumido,
comenzará a cargar con todo lo que antes le parecía plomo, con una
disposición tan alegre que todos los trabajos o ayunos y vigilias, o
cualquier otro trabajo, será para él tan ligero como una pluma.

Mis amigos descansan en un lugar que, para los malvados y


desidiosos, parece estar cubierto de espinas y clavos, pero que a mis
amigos les ofrece el mejor reposo, suave como las rosas. El camino
directo hacia este tesoro es desdeñar tu propia voluntad. Esto sucede
cuando un hombre, pensando en mi pasión y muerte, no se preocupa
de su voluntad sino que resiste y lucha constantemente para mejorarse.
Pese a que este camino es algo difícil al principio, aún hay un montón
de placer en este proceso, tanto que todo lo que en un principio
parecía imposible de cargar se llega a volver muy ligero, de forma que
uno puede decirse con toda razón a sí mismo: ‘Leve es el yugo de
Dios’.

El segundo tesoro es el mundo. Ahí hay oro, piedras preciosas y


bebidas que parecen deliciosas, pero que son amargas como veneno
cuando se prueban. Lo que ocurre a todos los que llevan el oro es que,
cuando su cuerpo se debilita y sus miembros fallan, cuando su médula
se desgasta y su cuerpo cae en tierra debido a la muerte, entonces
dejan el oro y las joyas y no merecen más que barro. Las bebidas del
mundo, es decir, sus placeres, parecen deliciosos, pero cuando llegan
al estómago debilitan la cabeza y hacen pesado al corazón, arruinan el
cuerpo y la persona entonces se marchita como el heno. A medida que
se aproxima el dolor de la muerte, todas estas delicias se hacen tan
amargas como el veneno. La propia voluntad conduce a este deseo,
cuando una persona no se preocupa de resistir sus apetitos y no medita
sobre lo que Yo he ordenado y sobre lo que he hecho, sino que en todo
momento hace lo que se le antoja, sea lícito o no lo sea.

Tres hombres caminan por este sendero. Me refiero a todos los


réprobos, todos aquellos que aman al mundo y a su propio deseo. Yo
les grito desde el cruce de caminos, a la entrada de los dos, porque al
haber venido en carne humana he mostrado dos caminos a la
humanidad, en concreto uno para ser seguido y el otro para ser
evitado, o sea, un camino que lleva a la vida y otro que conduce a la
muerte. Antes de mi venida en carne tan sólo había un camino.

En él todas las personas, buenos y malos, iban al infierno. Yo soy


el que clamé y mi clamor fue este: ‘Gentes, escuchad mis palabras,
que conducen al camino de la vida, emplead vuestros sentidos para
comprender que lo que digo es verdad. Si no las escucháis o no podéis
escucharlas, entonces al menos mirad –o sea, emplead la fe y la razón
—y ved que mis palabras son ciertas. De la misma forma que una cosa
visible puede ser percibida por los ojos del cuerpo, así también lo
invisible se puede percibir y creer mediante los ojos de la fe.

Hay muchas almas simples en la Iglesia que hacen pocos trabajos,


pero que se salvan gracias a su fe, por creer que soy el Creador y
redentor del universo. Nadie hay que no pueda comprender o llegar a
la creencia de que Yo soy Dios, tan sólo si considera cómo la tierra
contiene frutos y los Cielos producen la lluvia; cómo se hacen verdes
los árboles; cómo subsisten los animales, cada uno en su especie;
cómo los astros son útiles al ser humano, y cómo ocurren cosas
contrarias a la voluntad del hombre.

Partiendo de todo esto, una persona puede ver que es mortal y que
es Dios quien dispone todas estas cosas. Si Dios no existiera todo
estaría en desorden. Por consiguiente, todo ha sido creado y dispuesto
por Dios, todo se ha ordenado racionalmente para la propia instrucción
del ser humano. Ni siquiera la más mínima cosa existe ni subsiste en
el mundo sin razón. Por tanto, si una persona no puede entender o
comprender mis poderes debido a su debilidad, al menos puede ver y
creer por medio de la fe.

Pero si aún --¡oh hombres!—no queréis emplear vuestro intelecto


para considerar mi poder, podéis usar vuestras manos para tocar las
obras que Yo y mis santos hemos realizado. Son tan patentes que nadie
puede dudar de que se trata de obras de Dios ¿Quién, sino Dios, puede
resucitar a los muertos o devolverle la vista a un ciego? ¿Quién sino
Dios expulsa a los demonios? ¿Qué he enseñado que no sirva para la
salvación del alma y del cuerpo, y sea fácil de llevar?

Sin embargo, el primer hombre o, más bien, algunas personas


dicen: ‘¡Escuchemos y comprobemos si esto es cierto!’ Estas personas
están algún tiempo a mi servicio, pero no por amor sino como
experimentación y a imitación de otros, sin renunciar a su propia
voluntad sino tratando de conjugar su propia voluntad junto con la
mía. Éstos se encuentran en una peligrosa posición porque quieren
servir a dos maestros, aunque no pueden servir bien a ninguno de los
dos. Cuando se les llame, serán recompensados por el maestro que
más amaron.

El segundo hombre, es decir algunas personas, dicen: ‘Lo que


dice es falso y la Escritura es falsa’. Yo soy Dios, el Creador de todas
las cosas, nada se ha creado sin mí. Yo establecí los testamentos nuevo
y antiguo, ambos salieron de mi boca y no hay falsedad en ellos
porque Yo soy la verdad. Por ello, aquellos que digan que Yo soy falso
y que las Sagradas Escrituras son falsas, nunca verán mi rostro porque
su conciencia les dice que Yo soy Dios, pues todo ocurre según mi
deseo y disposición.

El Cielo les da luz, ellos no se pueden alumbrar a sí mismos; la


tierra da frutos, el aire hace que fecunde la tierra, todos los animales
tienen ciertas disposiciones, los demonios me confiesan, los justos
sufren de manera increíble por su amor a mí. Ellos ven todo esto y aún
no me ven. Podrían verme en mi justicia, si considerasen cómo la
tierra se traga a los impíos o cómo el fuego consume a los malvados.
Igualmente, también podrían verme en mi misericordia, cuando el
agua fluyó de la roca para los rectos o las aguas se abrieron para que
pasaran ellos; cuando el fuego no les quemó, o los Cielos les dieron
alimento como la tierra. Pues por ver todo esto y aún decir que miento,
éstos nunca verán mi rostro.

El tercer hombre, o sea, ciertas personas, dicen: ‘Sabemos muy


bien que Él es Dios en verdad, pero no nos importa’. Estas personas
serán atormentadas eternamente, porque me desprecian a mí, que soy
su Señor y su Dios. ¿No es un grandísimo desprecio por su parte usar
mis regalos y rehusar a servirme? Si al menos hubieran adquirido todo
eso por su cuenta y no enteramente por mí, su desdén no sería tan
grande. Pero Yo daré mi gracia a aquellos que comiencen
voluntariamente a revertir mi carga y luchen con un deseo ferviente de
hacer lo que puedan.

Yo trabajaré junto a esos que porten mi carga, o sea, los que


progresen cada día por amor a mí. Seré su fuerza y los inflamaré tanto
que estarán deseosos de hacer más. Los que perseveran en el lugar que
parece pincharles –pero que en verdad es pacífico—son quienes se
afanan día y noche sin descanso, haciéndose incluso más ardientes,
pensando que lo que hacen es poco. Estos son mis amigos más
queridos y son muy pocos, pues los demás encuentran más placenteras
las bebidas del segundo tesoro.

Cómo la esposa vio a un santo hablando a Dios acerca de una mujer que había
sido terriblemente afligida por el demonio y que después se convirtió gracias a
las oraciones de la gloriosa Virgen.
Capítulo 16

La esposa vio que uno de los santos le decía a Dios: “¿Por qué
está el demonio afligiendo el alma de esta mujer que tú redimiste con
tu sangre?”. El demonio contestó de inmediato diciendo: “Porque es
mía por derecho”. Y el Señor dijo: “¿Con qué derecho es tuya?”. El
demonio le contestó: “Hay –dijo—dos caminos. Uno que conduce al
Cielo y otro al infierno. Cuando ella se topó con estos dos caminos, su
conciencia y razón le dijeron que eligiera mi camino. Y como tenía
libre voluntad para elegir el camino de su agrado, pensó que sería más
ventajoso dirigir su voluntad hacia el pecado, y así comenzó a caminar
por mi sendero. Después, la engañé con tres vicios: la gula, la codicia
de dinero y la lujuria.

Ahora habito en su vientre y en su naturaleza. La tengo asida por


cinco manos. Con una mano le cierro los ojos para que no vea cosas
espirituales. Con la segunda, sujeto sus manos, de forma que no pueda
hacer ninguna obra buena. Con la tercera le sostengo los pies, de
manera que no camine hacia la bondad. Con la cuarta, sujeto su
intelecto para que no se avergüence de pecar y, con la quinta, le
sostengo el corazón para que no sienta contrición”.

La bendita Virgen María le dijo entonces a su Hijo: “Hijo mío,


haz que diga la verdad sobre lo que quiero preguntarle”. El Hijo
contestó: “Tú eres mi Madre, eres la Reina del Cielo, eres la Madre de
la misericordia, el consuelo de las almas del purgatorio, la alegría de
los que peregrinan por el mundo. Eres la Soberana de los ángeles, la
criatura más excelente ante Dios. También eres Soberana sobre el
demonio Ordénale tú misma a este demonio, Madre, y él te dirá lo que
quieras”. La bendita Virgen preguntó entonces al demonio: “Dime,
Satanás, ¿qué intención tenía esta mujer antes de entrar en la Iglesia?”.
Satanás le contestó: “Tomó la resolución de no volver a pecar”.

Y la Virgen María le dijo: “Aunque su intención anterior le


conducía al infierno, dime, ¿en qué dirección apunta su actual
intención de alejarse del pecado?” El demonio le respondió con
desgana: “La intención de abstenerse de pecar la conduce hacia el
Cielo”. La Virgen María dijo: “Como tú aceptaste que era tu derecho
alejarla del camino de la Santa Iglesia debido a su anterior intención,
ahora es cuestión de justicia que debe ser conducida de vuelta a la
Iglesia, dada su presente intención. Ahora, demonio, te voy a hacer
otra pregunta: Dime ¿qué intención tiene en su actual estado de
conciencia?”. El demonio le contestó: “En su mente está terriblemente
contrita y arrepentida, llora por todo lo que ha hecho. Ha decidido no
cometer semejantes pecados nunca más y enmendarse en todo lo que
pueda”.

La Virgen, entonces, preguntó a demonio: ¿Podrías decirme si los


tres pecados de lujuria, gula y codicia pueden existir en un corazón
junto a sus tres buenas resoluciones de contrición, arrepentimiento y
propósito de enmienda?”. El demonio contestó: “No”. Y la bendita
Virgen dijo: “¿Me dirás, entonces, cuáles tienen que retroceder y huir
de su corazón, las tres virtudes o los tres vicios que, según tú, no
pueden ocupar el mismo lugar al mismo tiempo?”. El demonio
replicó: “Digo que los pecados”. Y la Virgen agregó: “El camino al
infierno está entonces cerrado para ella y el camino del Cielo le queda
abierto”.

De nuevo, la bendita Virgen María inquirió al demonio: “Dime, si


un ladrón acechara a las puertas de la esposa y quisiera violarla ¿qué
tendría que hacer el Esposo?” Satanás contestó: “Si el Esposo es
bueno y valiente, debe defenderla arriesgando su vida por el bien de
ella”. Entonces, la Virgen dijo: “Tú eres el ladrón malvado. Esta alma
es la esposa de mi Hijo, quien la redimió con su propia sangre. Tú la
corrompiste y la atacaste a la fuerza. Por lo tanto, y puesto que mi
Hijo es el Esposo de su alma y Señor sobre ti, retírate de su
presencia”.

EXPLICACIÓN

Esta mujer era una prostituta, que después de arrepentirse quiso


volver al mundo porque el demonio la molestaba día y noche, tanto
que visiblemente presionaba sus ojos y, delante de muchos, la
arrastraba fuera de la cama. Entonces, en la presencia de testigos
fiables, la santa doña Brígida dijo abiertamente: “Márchate, demonio,
has vejado ya bastante a esta criatura de Dios”. Después de dicho esto,
la mujer se quedó quieta por media hora, con los ojos fijos en el suelo
y, después, se levantó y dijo: “En verdad he visto al demonio en una
forma abominable saliendo por la ventana y oí su voz que me decía:
‘Mujer, verdaderamente has quedado liberada”. Desde ese momento,
esta mujer, ha vencido toda impaciencia, cesaron sus sórdidos
pensamientos y ha venido a descansar en una buena muerte.

Palabras de Cristo a su esposa, comparando a un pecador con tres cosas: un


águila, un cazador y un luchador.

Capítulo 17

Yo soy Jesucristo, que está hablando contigo. Soy el que estuvo


en el vientre de la Virgen, verdadero Dios y hombre. Pese a que estuve
en la Virgen, aún regía todo junto con el Padre. Ese hombre, que es un
perverso enemigo mío, se parece a tres cosas. Primero, es como un
águila que vuela por los aires mientras que otras aves vuelan por
debajo; segundo, es como un cazador volatero que entona dulces
melodías con una fístula embadurnada de goma pegajosa, cuyos tonos
deleitan a las aves, de forma que vuelan hasta la fístula y se quedan
pegadas en la goma; tercero, es como un luchador que gana todos los
combates.

Es como un águila porque, en su orgullo, no puede tolerar que


haya nadie por encima de él y hiere a cualquiera que esté a su alcance
con las uñas de su malicia. Cortaré las alas de su poder y de su orgullo
y eliminaré su maldad de la tierra. Le meteré en una olla inextinguible
donde será eternamente atormentado, si no enmienda su camino. Es
también como un cazador que atrae a todos hacia sí con la dulzura de
sus palabras y promesas, pero quien se acerca a él queda atrapado en
la perdición sin poder escapar. Por esta razón, las aves del infierno le
picotearán los ojos para que nunca pueda ver mi gloria sino tan solo la
oscuridad perpetua del infierno. Le cortarán las orejas, para que no
oiga las palabras de mi boca.

A cambio de sus dulces palabras, le darán amargos tormentos,


desde la planta de sus pies hasta la coronilla de su cabeza y resistirá
tantas torturas cuantos fueron los hombres que condujo a la perdición.
Es también como un luchador pendenciero, quien gusta de ser el
primero en maldad, no queriendo ceder ante nadie y siempre
determinado a derrotar a cualquiera. Como luchador, pues, tendrá el
primer lugar en cada castigo; sus tormentos se renovarán
constantemente y nunca terminarán. Aún así, mientras su alma esté
unida a su cuerpo, mi misericordia permanece quieta, esperándole.

EXPLICACIÓN

Este fue un poderosísimo caballero que odiaba mucho al clero y


acostumbraba a lanzarle insultos. La precedente revelación es sobre él,
igual que la que sigue: El Hijo de Dios dice: “¡Oh, mundano caballero,
pregunta a la sabiduría qué le ocurrió al soberbio Amán, que
despreciaba a mi gente! ¿No fue la suya una muerte ignominiosa y una
gran degradación? De igual forma, este hombre se burla de mí y de
mis amigos. Por esto, lo mismo que Israel no lloró por la muerte de
Amán, a mis amigos no les dolerá la muerte de este hombre. Tendrá
una muerte muy amarga, si no enmienda su camino”. Y eso fue lo que
pasó.

Palabras de Cristo a su esposa sobre cómo tiene que haber humildad en la casa
de Dios; sobre cómo dicha casa denota la vida religiosa; sobre cómo los
edificios, las limosnas y demás deben ser donados por los bienes rectamente
adquiridos y sobre cómo hacer la restitución.

Capítulo 18

En mi casa tiene que haber tanta humildad como esa que ahora
sólo recibe desprecio. Tiene que haber una fuerte pared divisoria entre
los hombres y las mujeres, porque aunque Yo soy capaz de defender a
cada uno y de apoyarlo, sin necesidad de pared, por precaución, y
debido al merodeo del demonio, quiero un muro que separe las dos
residencias. Tiene que ser una pared fuerte, pero modesta y no
demasiado alta. Las ventanas tienen que ser muy sencillas y
transparentes, el tejado moderadamente alto, de forma que no se vea
allí nada que no indique humildad.

Los hombres que, hoy día, edifican casas para mí son como
constructores magistrales que llevan por los pelos al Señor de la casa
y, cuando entra, le pisotean los pies. Elevan el barro muy alto y
colocan el oro por debajo. Eso es lo que hacen conmigo. Construyen
barro, o sea, acumulan bienes temporales y perecederos hasta el Cielo
mientras que descuidan a las almas, que para mí son más preciadas
que el oro. Cuando intento ir hacia ellos a través de mis prédicas o
mediante buenos pensamientos, me agarran por los pelos y me
pisotean, o sea, me atacan con blasfemias y consideran mis trabajos y
palabras tan despreciables como el barro. Se creen así mucho más
sabios.

Si quisieran construir algo para mí y para mi gloria, lo primero


que harían sería construir sus propias almas. Quien construya mi casa
ha de tener máximo cuidado de no dejar que entre un solo céntimo que
no haya sido recta y justamente adquirido para destinarlo al edificio.
Hay muchas personas que saben que poseen bienes conseguidos
ilícitamente y no se apenan por ello, ni tienen intención de restituir y
satisfacer sus robos y estafas, pese a que podrían hacerlo si quisieran.
Sin embargo, como saben que no pueden mantener estas cosas para
siempre, le dan una parte de sus bienes mal adquiridos a las Iglesias,
como si me pudieran aplacar por su donación. Las posesiones
legítimas se las reservan a sus descendientes. Esto no me agrada nada.

Una persona que desee complacerme con sus donaciones tiene


que tener, ante todo, el deseo de enmendar su camino y después hacer
todo el bien que pueda. Debe lamentarse y llorar por el mal que haya
hecho y restituirlo, si puede. Si no puede, debe tener la intención de
hacer restitución de sus bienes fraudulentamente adquiridos. Entonces,
tiene que cuidarse de no volver a cometer dichos pecados. Si la
persona a la que tiene que restituir sus bienes mal adquiridos ya no
está viva, entonces me puede hacer a mí la donación, que a todos
puedo devolverles el pago. Si no puede restituirlos, siempre que se
humille ante mí con un propósito de enmienda y un corazón contrito,
tengo los medios de hacer la restitución y, bien ahora o en el futuro,
restaurar su propiedad a todos aquellos que hubieren sido estafados.

Te explicaré el significado de la casa que quiero construir. La casa


es la vida religiosa. Yo soy el Creador de todas las cosas, a través de
quien todo se ha hecho y existe, soy su fundamento. Hay cuatro
paredes en esta casa. La primera es la justicia por la cual juzgo a los
que son hostiles a esta casa. La segunda pared es la sabiduría, por la
cual ilumino a sus habitantes con mi conocimiento y comprensión. La
tercera es el poder mediante el cual los fortalezco contra las
maquinaciones del demonio. La cuarta pared es mi misericordia, que
acoge a cualquiera que la pida. En esta pared está la puerta de la
gracia, a través de la cual, todos los buscadores son bienvenidos. El
tejado de la casa es la caridad, mediante la cual cubro los pecados de
aquellos que me aman, de forma que no sean sentenciados por sus
faltas. El tragaluz del techo, por el que entra el sol, es la consideración
de mi gracia.

A través de él se introduce en los habitantes el candor de mi


divinidad. Que la pared sea grande y fuerte significa que nadie puede
debilitar mis palabras ni destruirlas. Que debería ser moderadamente
alta significa que mi sabiduría puede ser entendida y comprendida en
parte, pero nunca completamente. Las ventanas sencillas y
transparentes refieren que mis palabras son simples y, aún así, llega al
mundo, a través de ellas, la luz del conocimiento divino. El tejado
moderadamente alto significa que mis palabras no deben manifestarse
de manera incomprensible o inalcanzable, sino en forma comprensible
e inteligible.

Palabras del Creador a la esposa acerca del esplendor de su poder, la sabiduría


y la virtud, y sobre cómo aquellos que ahora se dicen que son sabios son los que
más pecan contra Él.
Capítulo 19

Yo soy el Creador del Cielo y la tierra. Tengo tres cualidades. Soy


el más poderoso, el más sabio y el más virtuoso. Soy tan poderoso que
los ángeles me honran en el Cielo, y en el infierno los demonios no se
atreven a mirarme. Todos los elementos responden a mis órdenes y
llamada. Soy tan sabio que nadie consigue alcanzar mi conocimiento.
Mi sabiduría es tal que sé todo lo que ha sido y lo que será. Soy tan
racional que ni siquiera la más mínima cosa, ni un gusano ni ningún
otro animal, por deforme que parezca, se ha hecho sin causa. También
soy tan virtuoso que todo el bien emana de mí como de un manantial
abundante, y toda la dulzura viene de mí como de una buena viña.

Sin mí, nadie puede ser poderoso, nadie es sabio, nadie es


virtuoso. Por esto, los hombres poderosos del mundo pecan contra mí
en exceso. Les he dado fuerza y poder para que puedan honrarme,
pero se atribuyen el honor a sí mismos, como si lo hubieran obtenido
por sí mismos. Los desgraciados no consideran su imbecilidad. Si les
enviara la más mínima enfermedad, ellos inmediatamente se
derrumbarían y todo para ellos perdería su valor. ¿Cómo, pues, van a
ser capaces de soportar mi poder y los castigos de la eternidad? Pero
aquellos que ahora se dicen sabios, pecan aún más contra mí. Porque
les di el sentido, el entendimiento y la sabiduría, para que me amaran,
pero lo único que entienden es su propio provecho temporal. Tienen
ojos en su cara, pero tan sólo miran a sus propios placeres.

Están ciegos hasta para darme las gracias a mí, que les he dado
todo, pues nadie, ni bueno ni malo, puede percibir o comprender nada
sin mí, aún cuando permita a los malvados inclinar su voluntad hacia
lo que desean. Tampoco nadie puede ser virtuoso sin mí. Ahora podría
usar un proverbio común: ‘Todos desprecian al hombre paciente’.
Debido a mi paciencia, todos creen que soy un pobre fatuo y es por
esto que me miran con desprecio. ¡Pero pobre de ellos cuando,
después de tanta paciencia, les haga su sentencia! Ante mí serán como
fango que se desliza hacia las profundidades sin parar, hasta llegar a la
parte más baja del infierno.
Grato diálogo entre la Virgen Madre y el Hijo y entre ellos con la esposa, y
acerca de cómo la novia se tiene que preparar para la boda.

Capítulo 20

Apareció la Madre diciéndole al Hijo: “Eres el Rey de la gloria,


Hijo mío, eres el Señor de todos los señores, tú creaste el Cielo y la
tierra y todo lo que hay en ellos. ¡Sean cumplidos todos tus deseos,
hágase toda tu voluntad!”. El Hijo respondió: “Hay un antiguo
proverbio que dice: ‘lo que se aprende en la juventud se retiene hasta
la vejez’. Madre, desde tu juventud aprendiste a seguir mi voluntad y a
someter todos tus deseos a mí. Tú has dicho correctamente: ‘¡Hágase
tu voluntad!’. Eres como oro precioso que se extiende y machaca
sobre el duro yunque, porque tú has sido golpeada por todo tipo de
tribulación y has sufrido en mi pasión más que todos los demás.

Cuando, por la vehemencia de mi dolor en la cruz, mi corazón se


partió, esto hirió tu corazón como afiladísimo acero. Hubieras deseado
ser cortada en dos, de haber sido esa mi voluntad. Aún, si hubieras
tenido la capacidad de oponerte a mi pasión y hubieras demandado
que me fuera permitido vivir, no habrías querido obtener esto de
ninguna manera que no fuera acorde con mi voluntad. Por esta razón,
has hecho bien al decir: ‘¡Hágase tu voluntad!’”.

Entonces María le dijo a la esposa: “Esposa de mi Hijo, ámalo,


porque Él te ama. Honra a sus santos, que están en su presencia. Son
como estrellas incontables, cuya luz y esplendor no se puede comparar
con ninguna luz temporal. Así como la luz del mundo es distinta de la
oscuridad, igual –pero mucho más—ocurre con la luz de los santos,
que difiere de la luz de este mundo. Te diré ciertamente que, si los
santos fueran vistos claramente, como son, ningún ojo humano lo
podría soportar sin verse privado de su vista corporal”.

Entonces, el Hijo de la Virgen habló con su esposa diciendo:


“Esposa mía, debes tener cuatro cualidades. Primero, tienes que estar
preparada para la boda de mi divinidad, donde no hay deseo carnal
sino solo el más suave placer espiritual, de la clase que es propio que
Dios tenga con un alma casta. De esta forma, ni el amor por tus hijos,
ni los bienes temporales, ni el afecto de tus parientes te debe separar
de mi amor. No dejes que te pase lo que a aquellas vírgenes fatuas que
no estaban preparadas cuando el Señor quiso invitarlas a la boda y se
quedaron fuera. Segundo, has de tener fe en mis palabras.

Como soy la verdad, nada sino la verdad sale de mis labios, y


nadie puede encontrar en mis palabras otra cosa que la verdad. A veces
lo que digo tiene un sentido espiritual y otras veces se ajusta a la letra
de la palabra, en cuyo caso mis palabras tienen que entenderse según
su sentido literal. Por lo tanto, nadie me puede acusar de mentir. En
tercer lugar, has de ser obediente para que no haya ni un solo miembro
de tu cuerpo por el que hagas el mal, y para que no se someta a la
correspondiente penitencia y reparación. Aunque soy misericordioso,
no dejo de lado la justicia.

Por ello, obedece humildemente y con agrado a aquellos a los que


estás sujeta a obedecer, de forma que no hagas ni lo que te parecería
útil y razonable, si es que esto va contra la obediencia. Es mejor
renunciar a tu propia voluntad por la obediencia, aún si su objetivo es
bueno, y ajustarte a la obediencia de tu director, siempre y cuando no
vaya contra la salvación de tu alma ni sea irracional. En cuarto lugar,
debes ser humilde porque estás unida en un matrimonio espiritual. Por
ello, tienes que ser humilde y modesta cuando llegue tu marido. Que
tu sirviente sea moderado y refrenado, o sea, que tu cuerpo practique
la abstinencia y esté bien disciplinado, porque vas a portar la semilla
de un retoño espiritual para el bien de muchos. De la misma forma que
al insertar un brote en un tallo árido el tallo comienza a florecer, tú
debes portar frutos y florecer por mi gracia. Y mi gracia te embriagará,
y toda la corte celestial se regocijará por el dulce vino que te he de dar.

No desconfíes de mi bondad. Te aseguro que, al igual que


Zacarías e Isabel se regocijaron en sus corazones con un gozo
indescriptible por la promesa de un futuro hijo, tú también te
regocijarás por la gracia que te quiero dar y, a la vez, otros se
alegrarán a través de ti. Fue un ángel quien habló con los dos, Zacarías
e Isabel, pero soy Yo, Dios Creador de los ángeles y de ti, quien te
habla ahora. Por mi bien, aquellos dieron nacimiento a mi más querido
amigo, Juan. A través de ti, quiero que me nazcan muchos niños, no de
carne sino de espíritu. En verdad, Juan fue como una caña llena de
dulzura y miel, pues nada impuro entró jamás en su boca ni jamás
traspasó los límites de la necesidad para obtener lo que necesitaba para
vivir. Nunca salió semen de su cuerpo, por lo que bien se puede llamar
ángel y virgen”.

Palabras del Esposo a su esposa recurriendo a una alegoría sobre un


hechicero, para ilustrar y explicar lo que es el demonio.

Capítulo 21

El Esposo, Jesús, habló a su esposa en alegorías, empleando el


ejemplo de un sapo. Dijo: “Cierto hechicero tenía un oro finísimo y
reluciente. Un hombre sencillo y de modestos modales vino a él y le
quiso comprar el oro. El hechicero le dijo ‘No conseguirás este oro a
menos que me des un oro mejor y en mayor cantidad’. El hombre
contestó: ‘Deseo tanto tu oro que te daré lo que quieras antes que
quedarme sin él’. Después de darle al hechicero un oro mejor y en
mayor cantidad, se llevó el oro reluciente que éste tenía y lo guardó en
una maleta, planeando hacerse un anillo para el dedo. Al poco tiempo,
el hechicero fue a ver al hombre y le dijo: ‘El oro que compraste y
guardaste en tu maleta no es oro, como crees, sino un sapo feo, que se
ha alimentado a mis pechos y comido de mi alimento.

Y, para testar la verdad de la cuestión, abre la maleta y verás


cómo el sapo saltará a mi pecho, del que se alimentó’. Cuando el
hombre trataba de abrir la maleta para averiguar, pudo ver a un sapo
dentro de ésta, que ya tenía cuatro goznes a punto de romperse. Al
abrir la cerradura de la maleta, el sapo vio al hechicero y saltó a su
pecho. Los sirvientes y amigos del hombre vieron esto y le dijeron:
‘Maestro, su oro está dentro del sapo y, si lo desea, fácilmente puede
conseguir el oro’. ‘¿Cómo?’ –`preguntó-- ¿Cómo podré? Ellos dijeron:
‘Si alguien tomara un bisturí afilado y calentado y lo insertara en el
lomo del sapo, enseguida saldría el oro de esa parte del lomo en la que
hay un agujero. Si no pudiera encontrar el agujero, entonces, tendrá
que hacer todo lo posible para insertar el bisturí firmemente en esa
parte y así es como conseguirá recuperar lo que compró’.

¿Quién es el hechicero sino el demonio, persuadiendo a las


personas hacia los fatuos placeres y glorias? Él asegura que lo que es
falso es verdad y hace que lo verdadero parezca falso. Él posee ese oro
precioso, es decir el alma, que –mediante mi divino poder—hice más
preciosa que todas las estrellas y planetas. Yo la hice inmortal y
estable y más deliciosa para mí que todo el resto de la creación.
Preparé para ella un eterno lugar de descanso y morada junto a mí. La
arrebaté del poder del demonio con un oro mejor y más caro, al darle
mi propia carne inmune a todo pecado, resistiendo una pasión tan
amarga que ninguno de los miembros de mi cuerpo quedó ileso.

Puse al alma redimida en una maleta hasta el momento en el que


le diera un lugar en la corte de mi divina presencia. Ahora, sin
embargo, el alma humana redimida se ha convertido en un sapo torpe
y feo, brincando en su soberbia y viviendo en el fango de su lujuria. El
oro, es decir, mi propiedad por derecho, me ha sido arrebatado. Por
ello el demonio aún me puede decir: ‘El oro que compraste no es oro
sino un sapo, alimentado a los pechos de mis placeres. Separa el
cuerpo del alma y verás como éste vuela derecho al pecho de mi
deleite, donde se alimentó’.

Mi respuesta a él es esta: ‘Puesto que el sapo el horrible para ser


mirado, horrible para ser oído, venenoso para ser tocado y en nada me
agrada pero a ti sí, a cuyos pechos se alimentó, entonces puedes
quedártelo, pues tienes derecho a ello. Así, cuando se abre la
cerradura, o sea, cuando el alma se separa del cuerpo, ésta volará
directamente a ti, para quedarse contigo eternamente’. Tal es el alma
de la persona que te estoy describiendo. Es como un sapo maligno,
lleno de inmundicia y lujuria, alimentado a los pechos del demonio.

Ahora hablaré de la maleta, es decir, del cuerpo de esa alma, por


la muerte que le sobreviene. La maleta se sujeta por cuatro goznes que
están a punto de romperse, en el sentido de que su cuerpo se mantiene
por las cuatro cosas que son: fuerza, belleza, sabiduría y visión, las
cuales están ahora empezando a fallarle. Cuando el alma se separe del
cuerpo, volará derecha al demonio de cuya leche se alimentó, porque
se ha olvidado de mi amor al haber cargado yo, por su bien, con el
castigo que mereció. No repone mi amor con amor sino que, en su
lugar, me arrebata la posesión que me corresponde. Me debe más a mí
que a nadie, pero encuentra mayor placer en el demonio.

El sonido de su oración es, para mí, como la voz de un sapo, su


aspecto me resulta detestable. Sus oídos no escuchan mi gozo, su
corrompido sentido del tacto nunca sentirá mi divinidad. Sin embargo,
como soy misericordioso, si alguien quisiera tocar su alma, aunque sea
impura, y examinarla para ver si hay alguna contrición o algún bien en
su voluntad, si alguien quisiera introducir en su mente un bisturí
afilado y caliente, es decir, el temor de mi estricto juicio, aún podría
esta alma obtener mi gracia, siempre y cuando él consintiera. Si no
hubiera contrición ni caridad en él, aún podría haber alguna esperanza,
en el caso de que alguien lo perforara con una afilada corrección y lo
castigara fuertemente, porque, mientras el alma vive en el cuerpo, mi
misericordia está abierta a todos.

Date cuenta de que Yo morí por amor y nadie me compensa con


amor, sino que se apoderan de lo que, en justicia, es mío. Sería justo
que la persona mejorase su vida en proporción al esfuerzo que costó
redimirla. Sin embargo, ahora la gente quiere vivir lo peor, en
proporción al dolor que sufrí redimiéndoles. Cuanto más les muestro
lo abominable de su pecado, más osadamente le lanzan a pecar. Mira,
pues, y considera que no sin motivo estoy enojado. Se las arreglan
para cambiar por sí mismos mi buena voluntad en enfado. Los redimí
del pecado y ellos se enredan cada vez más en el pecado. Por ello,
esposa mía, dame lo que estás obligada a darme, es decir, mantén tu
alma limpia para mí porque yo morí por ella para que tú pudieras
mantenerte pura para mí”.
La amable pregunta de la Madre a la esposa, humilde respuesta de la esposa a
la Madre, la útil réplica de la madre a la esposa y sobre el progreso de las
buenas personas entre los malvados.

Capítulo 22

La madre habló a la esposa de su Hijo diciéndole: “Tú eres la


esposa de mi Hijo. Dime, ¿qué es lo que hay en tu mente y qué es lo
que desearías?” La esposa respondió: “Señora mía, tú lo sabes, porque
tú lo sabes todo”. La bendita Virgen agregó: “Aunque yo lo sepa todo,
me gustaría que me lo dijeras en presencia de estas personas que te
escuchan”. La novia dijo: “Señora mía, temo dos cosas. Primero –dijo
— temo no lamentarme ni enmendarme por mis pecados tanto como
desearía. Segundo, estoy triste porque tu Hijo tiene muchos
enemigos”.

La Virgen María contestó: “Te daré tres remedios para la primera


preocupación. En primer lugar, piensa en cómo todos los seres que
tienen espíritu, como las ranas o cualquier otro animal, de vez en
cuando tienen problemas, incluso cuando sus espíritus no son eternos
sino que mueren con sus cuerpos. Sin embargo, tu espíritu y toda alma
humana vive para siempre. Segundo, piensa en la misericordia de
Dios, porque no hay nadie que, por muchos pecados que tenga, no sea
perdonado si tan sólo reza con contrición y con la intención de
mejorar. Tercero, piensa cuánta gloria consigue el alma cuando vive
con Dios y en Dios eternamente.

Te voy a dar también tres remedios para tu segunda preocupación


sobre lo abundantes que son los enemigos de Dios. Primero, considera
que tu Dios y Creador y el de ellos es también su Juez, y que ellos
nunca le volverán a sentenciar, aunque soportó pacientemente su
maldad durante un tiempo. Segundo, recuerda que ellos son los hijos
de la infamia, y piensa en lo duro e insoportable que será para ellos
arder eternamente. Son siervos tan pésimos que se quedarán sin
herencia, mientras que los buenos hijos sí la recibirán. Pero tal vez te
preguntes: ‘¿Nadie, entonces, ha de predicar para ellos?’ ¡Claro que sí!
Recuerda que, muy a menudo, las buenas personas se mezclan
con los perversos y que los hijos adoptivos a veces se alejan de los
buenos, como el hijo pródigo que se marchó a una tierra lejana y llevó
una vida de perdición. Pero, a veces lo predicado revierte su
conciencia y ellos vuelven al Padre, y yo les acepto como antes de
pecar. Así que se debe predicar especialmente para ellos porque,
aunque un predicador pueda encontrar sólo gente perversa a su
alrededor, debe pensar en sus adentros: ‘Tal vez haya algunos entre
ellos que se volverán hijos de mi Señor. Por ello, predicaré para ellos’.
Ese predicador será muy premiado.

En tercer lugar, considera que a los malvados se les permite


continuar viviendo como prueba para los malos, para que ellos,
exasperados por lo hábitos de los perversos, puedan conseguir su
remuneración como fruto de su paciencia. Esto lo podrás entender
mejor por medio de un ejemplo. Una rosa desprende un agradable
aroma, es bella para la vista y suave para el tacto, pero crece entre
espinas que pinchan si las tocas, son feas a la vista y no desprenden
ningún buen olor. Igualmente, las personas buenas y rectas, pese a que
pueden ser agradables por su paciencia, bellas por su carácter y suaves
por su buen ejemplo, aún no pueden progresar ni ser puestas a prueba
a menos que estén entre los malvados.

La espina es, a veces, la protección de la rosa, de forma que nadie


la arranque en plena floración. Igualmente, los malvados ofrecen a los
buenos la ocasión de no seguirles en el pecado cuando, debido a la
maldad de otros, los justos se reprimen ante la ruina a que les llevaría
una inmoderada alegría o cualquier otro pecado. El vino no mantiene
su calidad excepto entre excrementos y tampoco las personas buenas y
Justas pueden mantenerse firmes en el avance hacia la virtud sin ser
puestas a prueba mediante tribulaciones y siendo perseguidas por los
injustos. Por ello, soporta con alegría a los enemigos de mi Hijo.
Recuerda que Él es su Juez y, si la justicia demandara que Él los
destruyera por completo, acabaría con ellos en un instante. ¡Toléralos,
pues, tanto como Él los toleró!”.
Palabras de Cristo a su esposa describiendo a un hombre que no es sincero,
sino enemigo de Dios, y especialmente sobre su hipocresía y sus características.

Capítulo 23

La gente lo ve como a un hombre bien vestido, fuerte y digno,


activo en la batalla del Señor. Sin embargo, cuando se quita el casco,
es repugnante de mirar e inútil para cualquier trabajo. Aparece su
cerebro desnudo, tiene las orejas en la frente y los ojos en la parte
trasera de su cabeza. Su nariz está cortada. Sus mejillas están
hundidas, como las de un hombre muerto. En su lado derecho, su
pómulo y la mitad de sus labios han caído por completo, o sea, que no
queda nada en la derecha excepto su garganta descubierta. Su pecho
está plagado de gusanos; sus brazos son como un par de serpientes.

Un maligno escorpión se sienta en su corazón; su espalda parece


carbón quemado. Sus intestinos apestan a podrido, como la carne llena
de pus, sus pies están muertos y son inútiles para caminar. Ahora te
diré lo que todo esto significa. Por fuera es el tipo de hombre que
parece ataviado de buenos hábitos y de sabiduría, y activo en mi
servicio, pero no es así realmente. Porque si se le quita el casco de la
cabeza, es decir, si la gente lo viera como es, sería el hombre más feo
de todos. Su cerebro está desnudo, tanto que la fatuidad y frivolidad
de sus maneras son signos suficientemente evidentes, para los
hombres buenos, de que éste es indigno de tanto honor.

Si se conociera mi sabiduría, se darían cuenta de que cuanto más


se eleva él en su honor sobre los demás, mucho más que los demás
debiera él cubrirse de austeros modales. Sus orejas están en su frente
porque, en lugar de la humildad que debiera tener por su alto rango y
que debiera dejar brillar para otros, él tan solo quiere recibir halagos y
gloria. En su lugar, él pone el orgullo y es por esto que quiere que
todos le llamen grande y bueno. Tiene ojos en el cogote, porque todo
su pensamiento está en el presente, y no en la eternidad. Él piensa en
cómo complacer a los hombres y en sobre lo que se requiere para las
necesidades del cuerpo, pero no en cómo complacerme a mí, ni en lo
que es bueno para las almas.
Su nariz está cortada, tanto que ha perdido la discreción mediante
la cuál podría distinguir entre pecado y virtud, entre la gloria temporal
y eterna, entre las riquezas mundanas y eternas, entre los placeres
breves y los eternos. Sus mejillas están hundidas, o sea, todo su
sentido de vergüenza en mi presencia, junto con la belleza de las
virtudes por las cuales podría complacerme, han muerto por completo
al menos en lo que a mí respecta. Tiene miedo de pecar por miedo de
la vergüenza humana, pero no por miedo de mí. Parte de su pómulo y
labios han caído, sin que le quede nada salvo la garganta, porque la
imitación de mis trabajos y la predicación de mis palabras, junto con
la oración sentida desde el corazón, se han derrumbado en él, por lo
que no le queda nada salvo su garganta glotona. Pero él encuentra, en
la imitación de lo depravado y en el involucrarse en asuntos
mundanos, algo a la vez saludable y atractivo.

Su pecho está plagado de gusanos porque, en él, donde debiera


estar el recuerdo de mi pasión y la memoria de mis obras y
mandamientos, tan solo hay preocupación por asuntos temporales y
deseos mundanos. Los gusanos han corroído su conciencia, de forma
que ya no piensa en cosas espirituales. En su corazón, donde a mí me
gustaría morar y donde debería residir mi amor, reside un maligno
escorpión de cola venenosa y rostro insinuante. Esto es porque de su
boca salen palabras seductoras y aparentemente sensibles, pero su
corazón está lleno de injusticia y falsedad, porque no le importa si la
Iglesia a la que representa se destruye, mientras él pueda seguir
adelante con su voluntad egoísta.

Sus brazos son como serpientes porque, en su perversidad,


alcanza a los simples y los atrae hacia sí con simplicidad, pero, cuando
se acomodan a sus propósitos, los desahucia como a pobres
desgraciados. Lo mismo que una serpiente, se enrosca sobre sí
escondiendo su malicia e iniquidad, de tal forma que difícilmente se
pueda detectar su artificio. A mi vista él es como una vil serpiente
porque, igual que la serpiente es más odiosa que cualquier otro animal,
él también es para mí el más deforme de todos, en la medida en que
reduce a nada mi justicia y me considera como alguien reacio a infligir
castigos.

Su espalda es como el carbón negro, aunque debiera ser como el


marfil, pues sus obras deberían ser más valientes y puras que las de
otros, para apoyar a los débiles con su paciencia y ejemplo de buena
vida. Sin embargo, es como el carbón porque, también él, es débil para
resistir una sola palabra que me glorifique, a menos que le beneficie a
él. Aún así se cree valiente con respecto al mundo. En consecuencia,
aunque él crea que se mantiene recto caerá en la misma medida de su
deformidad y privado de vida, como el carbón, ante mí y mis santos.

Sus intestinos apestan porque, ante mí, sus pensamientos y afectos


huelen a carne podrida, cuyo hedor nadie puede soportar. Ninguno de
los santos lo puede soportar. Al contrario, todos alejan su cara de él y
exigen que se le aplique una sentencia. Sus pies están muertos, porque
sus dos pies son sus dos disposiciones en relación conmigo, o sea, el
deseo de enmienda por sus pecados y el deseo de hacer el bien. Sin
embargo, estos pies están muertos en él porque la médula del amor se
ha consumido en él y no le queda nada más que los huesos
endurecidos. Es en esta condición que está ante mí. Sin embargo,
mientras su alma permanezca en su cuerpo podrá obtener mi
misericordia.

EXPLICACIÓN

San Lorenzo se apareció diciendo: “Cuando yo estuve en el


mundo tenía tres cosas: continencia conmigo mismo, misericordia con
mi prójimo, caridad con Dios. Por esto, prediqué la palabra de Dios
celosamente, distribuí los bienes de la Iglesia con prudencia, y soporté
azotes, fuego y muerte con alegría. Pero este obispo resiste y camufla
la incontinencia del clero, gasta liberalmente los bienes de la Iglesia
en los ricos, y muestra la caridad hacia sí y hacia lo suyo. Por lo tanto,
declaro para él que una nube luminosa ha ascendido al Cielo,
ensombrecida por llamas oscuras, de tal forma que muchos no la
pueden ver.
Esta nube es el ruego de la Madre de Dios para la Iglesia. Las
llamas de la avaricia y de la ausencia de piedad y de justicia la
ensombrecen, de tal manera que la amable misericordia de la Madre
de Dios no puede entrar en los corazones de los oprimidos. Por ello,
que el arzobispo vuelva rápidamente a la caridad divina corrigiéndose,
aconsejando a sus subordinados de palabra y de obra, y animándolos a
mejorar. Si no lo hace sentirá la mano del Juez, y su Iglesia diocesana
será purgada a fuego y espada, y afligida por la rapiña y la tribulación,
tanto que pasará mucho tiempo sin que nadie la pueda consolar”.

Palabras de Dios Padre a la Corte Celestial, y la respuesta del Hijo y la Madre


al Padre, solicitando gracia para su Hija, la Iglesia.

Capítulo 24

Habló el Padre, mientras atendía toda la Corte Celestial, y dijo:


“Ante vosotros expongo mi queja porque he desposado a mi Hija con
un hombre que la atormenta terriblemente, ha atado sus pies a una
estaca de madera y toda la médula se le sale por abajo”. El Hijo le
respondió: “Padre, Yo la redimí con mi sangre y la acepté por Esposa,
pero ahora me ha sido arrebatada a la fuerza”. Entonces habló la
Madre, diciendo: “Eres mi Dios y Señor. Mi cuerpo portó los
miembros de tu bendito Hijo, que es el verdadero Hijo tuyo y el
verdadero Hijo mío. No le negué nada en la tierra. Por mis súplicas,
¡ten misericordia de tu Hija!”. Después de esto, hablaron los ángeles,
diciendo: “Tú eres nuestro Señor.

En ti poseemos todo lo bueno y no necesitamos nada más que tú.


Cuando tu Esposa salió de ti, todos nos alegramos. Pero ahora
tenemos razones para estar tristes, porque ha sido arrojada en manos
del peor de los hombres, quien la ofende con todo tipo de insultos y
abusos. Por ello, apiádate de ella por tu gran misericordia, pues se
encuentra en una extrema miseria, y no hay nadie que pueda
consolarla ni liberarla excepto tú, Señor, Dios todopoderoso”.
Entonces, el Padre respondió al Hijo, diciendo: “Hijo, tu angustia es la
mía, tu palabra es la mía y tus obras son las mías. Tú estás en mí y Yo
estoy en ti, inseparablemente. ¡Hágase tu voluntad!”. Después, le dijo
a la Madre del Hijo: “Por no haberme negado nada en la tierra,
tampoco yo te niego nada en el Cielo. Tu deseo debe ser satisfecho”. A
los ángeles les dijo: “Sois mis amigos y la llama de vuestro amor arde
en mi corazón. Por vuestras plegarias, tendré misericordia de mi Hija”.

Palabras del Creador a la esposa sobre cómo su justicia mantiene a los


malvados en la existencia por una triple razón.

Capítulo 25

Yo soy el Creador del Cielo y la tierra. Te preguntabas, esposa


mía, por qué soy tan paciente con los malvados. Esto se debe a que
soy misericordioso. Mi justicia los aguanta por una razón triple y
también por una razón triple mi misericordia los mantiene. En primer
lugar, mi justicia los aguanta de forma que su tiempo se complete
hasta el final. Podrías preguntar a un rey justo por qué tiene a algunos
prisioneros a quienes no condena a muerte, y su respuesta sería:
‘Porque aún no ha llegado el tiempo de la asamblea general de la
corte, en la que pueden ser oídos, y donde aquellos que los oyen
pueden tomar mayor conciencia’.

De forma parecida, Yo tolero a los malvados hasta que llega su


tiempo, de manera que su maldad pueda ser conocida por otros
también ¿No previne ya la condena de Saúl mucho antes de que se
diera a conocer a los hombres? Lo toleré durante largo tiempo para
que su maldad pudiera ser mostrada a otros. La segunda razón es que
los malvados hacen algunos buenos trabajos, por los cuales han de ser
compensados hasta el último céntimo. De esta forma, ni el mínimo
bien que hayan hecho por mí quedará sin recompensa y,
consiguientemente, recibirán su salario en la tierra. En tercer lugar, los
aguanto para que se manifieste así la gloria y la paciencia de Dios. Es
por esto que toleré a Pilatos, Herodes y Judas, pese a que iban a ser
condenados. Y si alguien preguntara por qué tolero a tal o cual
persona, que se acuerde de Judas y de Pilatos.
Mi misericordia mantiene a los malvados también por una triple
razón. Primero, porque mi amor es enorme y el castigo es eterno y
muy largo. Por eso, debido a mi gran amor, los tolero hasta el último
momento para que se retrase su castigo lo más posible en la extensa
prolongación del tiempo. En segundo lugar, es para permitir que su
naturaleza sea consumida por los vicios, pues experimentarían una
muerte temporal más amarga si tuvieran una constitución joven. La
juventud padece una mayor y más amarga agonía en la hora de la
muerte. En tercer lugar, por la mejora de las buenas personas y la
conversión de algunos de los malvados. Cuando las personas buenas y
rectas son atormentadas por los perversos, esto beneficia a los buenos
y justos, pues les permite resistirse a pecar o conseguir un mayor
mérito.

Igualmente, los malvados a veces tienen un efecto positivo en


otras personas perversas. Cuando éstos últimos reflexionan sobre la
caída y maldad de los primeros, se dicen a sí mismos: ‘¿De qué nos
sirve seguir sus pasos?’ Y: ‘Si el Señor es tan paciente será mejor que
nos arrepintamos’. De esta forma, a veces vuelven a mí porque se
atemorizan de hacer lo que hacen los otros y, además, su conciencia
les dice que no deben hacer ese tipo de cosas. Se dice que, si una
persona ha sido picada por un escorpión, se puede curar cuando se le
unte aceite en el que haya muerto otro alacrán. De forma parecida, a
veces una persona malvada que ve a otro caer puede verse
aguijoneado por el remordimiento, y curado, al reflexionar sobre la
maldad y vanidad del otro.

Palabras de alabanza a Dios de la Corte Celestial; sobre cómo habrían nacido


los niños si nuestros primeros padres no hubieran pecado; sobre cómo Dios
mostró sus milagros a través de Moisés y, después, por sí mismo a nosotros con
su propia venida; sobre la perversión del matrimonio corporal en estos tiempos
y sobre las condiciones del matrimonio espiritual.

Capítulo 26
La Corte Celestial fue vista ante Dios. Toda la Corte dijo:
“¡Alabado y honrado seas, Señor Dios, tú que eres, eras y serás sin
fin! Somos tus servidores y te ofrecemos una triple alabanza y honor.
Primero, porque nos creaste para que gozásemos contigo y nos diste
una luz indescriptible en la que regocijarnos eternamente. Segundo,
porque todas las cosas han sido creadas y son mantenidas en tu
bondad y constancia, y todas las cosas permanecen a tu conveniencia
y se someten a su palabra. Tercero, porque creaste a la humanidad y
adoptaste una naturaleza humana por su bien.

Nos regocijamos grandemente por esa razón, y también por tu


castísima Madre, que fue hallada digna de engendrarte a ti, a quien los
Cielos no pueden contener ni limitar. Por ello, por medio del rango
angélico que tú has exaltado en honor, ¡que tu gloria y bendiciones se
viertan sobre todas las cosas! ¡Que tu inagotable eternidad y
constancia sea sobre todo lo que pueda ser y permanecer constante!
Sólo tú, Señor, has de ser temido por tu gran poder, sólo tú has de ser
deseado por tu gran caridad, sólo tú has de ser amado por tu
constancia. ¡Alabado seas sin fin, incesantemente y para siempre!”.
Amén.

El Señor respondió: “Me honráis dignamente por toda la creación.


Pero, decidme, ¿por qué me alabáis por la raza humana, que me ha
provocado más indignación que ninguna criatura? La hice superior a
las criaturas menores y por ninguna he sufrido tanta indignidad como
por la humanidad, ni he redimido a ninguna a tan alto precio. ¿Qué
criatura, aparte del ser humano, no se conduce por su orden natural?
Me causa más problemas que las demás criaturas. Igual que os creé a
vosotros, para alabarme y glorificarme, hice a Adán para que me
honrara. Le di un cuerpo para que fuera su templo espiritual, y
coloqué en él un alma como la de un bello ángel, porque el alma
humana es de virtud y fuerza angélica. En ese templo, Yo, su Dios y
Creador, era el tercer acompañante, para que él disfrutara y se
deleitara en mí. Después le hice un templo similar de su costilla.

Ahora, esposa mía, para quien hemos ordenado todo esto, puedes
preguntar: ‘¿Cómo hubieran tenido hijos si no hubieran pecado?’ Te
diré: La sangre del amor hubiera sembrado su semilla en el cuerpo de
la mujer sin ninguna lujuria vergonzosa, mediante el amor divino, el
afecto mutuo y el intercambio sexual, en el que ambos habrían ardido,
uno por el otro, y así la mujer fecundaría. Una vez concebido el hijo,
sin pecado ni placer lujurioso, Yo habría enviado un alma de mi
divinidad dentro de él y ella habría engendrado al hijo y lo habría
parido sin dolor. El niño habría nacido inmediatamente perfecto, como
Adán. Pero él despreció este privilegio al consentir al demonio y
codiciar una mayor gloria de la que yo le hubiera proporcionado.

Tras su acto de desobediencia, mi ángel vino a ellos y ellos se


avergonzaron de su desnudez. En ese momento, experimentaron la
concupiscencia de la carne y sufrieron hambre y sed. También me
perdieron. Antes me tenían, no sentían hambre, ni deseo carnal, ni
vergüenza, y sólo Yo era todo su bien, su placer y perfecto deleite.
Cuando el demonio se alegró por su perdición y caída, me conmoví de
ellos con dolor y no los abandoné sino que les mostré una triple
misericordia. Vestí su desnudez, les di pan de la tierra y, a cambio de
la sensualidad que el demonio generó en ellos tras su acto de
desobediencia, infundí almas en su semilla a través de mi divino
poder.

También convertí todo lo que el demonio les sugirió en algo para


su bien. Después les mostré cómo vivir y cómo hacerse dignos de mí.
Les di permiso para tener relaciones lícitas y lo hubiera hecho antes,
pero ellos estaban paralizados de miedo y temerosos de unirse
sexualmente. Igualmente, cuando Abel fue muerto, y estuvieron
condolidos largo tiempo manteniendo abstinencia, fui movido a
compasión y los conforté. Cuando se les hizo saber mi voluntad,
comenzaron de nuevo a tener relaciones y a procrear hijos. Les
prometí que Yo, el Creador, nacería de entre su descendencia.

A medida que creció la maldad de los hijos de Adán, mostré la


justicia a los pecadores y la misericordia a mis elegidos. Así me
complací, los preservé de la perdición y los crié, porque mantuvieron
mis mandamientos y creyeron en mis promesas. Cuando se acercó el
momento de mi misericordia, permití que mis poderosas obras fueran
conocidas a través de Moisés y salvé a mi pueblo, según mi promesa.
Los alimenté con maná y caminé frente a ellos en una columna de
nube y fuego. Les di mi Ley y les revelé mis misterios y el futuro
mediante mis profetas.

Después de esto, Yo, Creador de todas las cosas, elegí para mí a


una Virgen nacida de un padre y una madre. Con ella tomé carne
humana y acepté nacer de ella sin coito ni pecado. Lo mismo que
aquellos primeros hijos habrían nacido en el paraíso a través del
misterio del amor divino y del amor y afecto mutuo de sus padres, sin
ninguna lujuria vergonzosa, así mi divinidad adoptó una naturaleza
humana de una Virgen, engendrado sin coito ni daño a su virginidad.
Al venir en carne Yo, verdadero Dios y hombre, cumplí la Ley y todas
las escrituras, tal como antes se había profetizado sobre mí.

Introduje una nueva Ley, porque la antigua había sido estricta y


difícil de cumplir, y no fue más que un molde de lo que había de
hacerse en el futuro. En la vieja Ley había sido lícito para un hombre
el tener varias mujeres, de forma que las generaciones venideras no se
quedaran sin niños o tuvieran que unirse a los gentiles. En mi nueva
Ley se ordena al marido que tan sólo tenga una esposa y se le prohíbe,
durante el tiempo que ella viva, el tener varias mujeres. Aquellos que
se unen sexualmente mediante el amor y temor divino, por el bien de
la procreación, son un templo espiritual donde deseo morar como
tercer compañero.

Sin embargo, la gente de estos tiempos se une en matrimonio por


siete razones. Primero, por la belleza facial; segundo por la riqueza;
tercero, por el placer grosero y gozo indecente que experimenta en el
coito; cuarto, por las festividades y glotonería descontrolada; quinto,
por que aflora el orgullo en el vestir, en el comer, en las distracciones
y en otras vanidades; sexto, para tener retoños, pero no para Dios ni
para las buenas obras sino para el enriquecimiento y el honor;
séptimo, se une por la lujuria y el lujurioso apetito de las bestias.[1]

Estas personas se unen ante la puerta de mi Iglesia con acuerdo y


armonía, pero sus sentimientos y pensamientos internos son
completamente opuestos a mí. En lugar de mi voluntad, prefieren su
propia voluntad, que se inclina por complacer al mundo. Si todos sus
pensamientos se dirigiesen a mí, y si confiaran su voluntad en mis
manos y se casaran en temor divino, entonces les daría mi aprobación
y Yo sería un tercer compañero con ellos. Pero ahora, pese a que Yo
debería de estar a su cabeza, no consiguen mi aprobación porque
tienen más lujuria que amor por mí en su corazón. Suben al altar y allí
oyen que deberían ser un solo corazón y una sola mente, pero mi
corazón se aparta de ellos porque ellos no poseen el calor de mi
corazón y no conocen el sabor de mi cuerpo.

Ellos buscan un calor perecedero y una carne que será roída por
los gusanos. Así, estas personas se unen en matrimonio sin el lazo y
unión de Dios Padre, sin el amor del Hijo y sin el consuelo del
Espíritu Santo. Cuando la pareja llega a la cama, mi Espíritu les
abandona, al tiempo que se les acerca el espíritu de la impureza,
porque tan sólo se unen en la lujuria y no argumentan ni piensan en
nada más. Pero aún mi misericordia puede estar con ellos, si se
convierten, porque Yo amorosamente coloco un alma viviente, creada
por mi poder, en su semilla. A veces, permito que los malos padres
tengan buenos hijos, pero es más frecuente que nazcan malos hijos de
los malos padres, pues estos hijos imitan la iniquidad de sus padres
tanto como pueden, y les imitarían aún más si mi paciencia se lo
permitiera. Una pareja así nunca verá mi rostro, a menos que se
arrepientan, porque no hay pecado tan grave que no pueda ser
limpiado por la penitencia.

Hablaré ahora del matrimonio espiritual, del que es apropiado que


contraiga Dios con un cuerpo casto y un alma casta. En él hay siete
beneficios, que son los opuestos de los males mencionados arriba. En
él no hay deseo de belleza de formas o hermosura corporal ni de vistas
placenteras, sino tan solo de la vista y el amor de Dios. Tampoco hay –
en segundo lugar—ningún deseo de poseer nada ni por encima ni más
allá de lo necesario que se requiere para vivir sin exceso. Tercero, los
esposos evitan las conversaciones frívolas y ociosas. Cuarto, no les
preocupa el reunirse con amigos o parientes sino que Yo soy lo único
que ellos aman y desean.
Quinto, mantienen una humildad interior en su conciencia y
también externamente en su forma de vestir. Sexto, nunca tienen
voluntad alguna de conducirse por la lujuria. Séptimo, engendran hijos
e hijas para Dios, por medio de su buen comportamiento y buen
ejemplo, y mediante la prédica de palabras espirituales. Así, al
preservar su fe intacta, se unen ante la puerta de mi Iglesia, donde me
dan su aprobación y Yo les doy la mía. Suben a mi altar y disfrutan del
deleite espiritual de mi cuerpo y de mi sangre. Deleitándose en ello,
desean ser un corazón, un cuerpo y una voluntad y Yo, verdadero Dios
y hombre, poderoso sobre el Cielo y la tierra, seré su tercer compañero
y llenaré su corazón.

Aquellas parejas mundanas dejan que su apetito por el


matrimonio se base en la lujuria de las bestias, ¡y peor que las bestias!
Estos esposos espirituales fundamentan su unión en el amor y temor
de Dios, y no desean complacer a nadie más que a mí. El espíritu del
mal llena a los primeros y les incita al deleite carnal, donde no hay
nada más que podredumbre apestosa. Los últimos se llenan de mi
Espíritu y se inflaman con el fuego de mi Espíritu que nunca les
fallará. Yo soy un Dios en tres personas. Yo soy una sustancia con el
Padre y el Espíritu Santo.

Así como es imposible para el Padre estar separado del Hijo, y


para el Espíritu Santo estar separado de ambos, así como es imposible
que el calor esté separado del fuego, igual de imposible es para estos
esposos espirituales estar separados de mí. Yo estoy con ellos como su
tercer compañero. Mi cuerpo fue herido una vez y murió en la pasión,
pero nunca más será herido ni morirá. De igual forma, aquellos que se
incorporen a mí a través de una fe recta y una voluntad perfecta, nunca
morirán a mí. Donde quiera que estén, se sienten o caminen, estaré
con ellos como su tercer compañero”.

[1] La Planificación Familiar Natural es una forma pecaminosa


para el control de la natalidad (PFN)
San César de Arles: “TANTAS VECES COMO CONOZCA A SU
ESPOSA SIN EL DESEO DE TENER HIJOS... SIN DUDA
ALGUNA COMETE PECADO”. (W.A. Jurgens, La Fe de los
Primeros Padres, Vol. 3:2233)

El Papa Pío XI, en su Casti Connubii (#’s 53-56), del 31 de


diciembre, 1930: “Pero ninguna razón sin importar cuán grave sea,
pueda anteponerse para que cualquier cosa intrínsicamente en contra
de la naturaleza se vuelva acorde a la naturaleza y sea moralmente
buena. Debido a que el acto conyugal, por lo tanto, está destinado por
la naturaleza principalmente para engendrar hijos, aquellos que
ejerciéndolo deliberadamente frustran sus poderes y propósito
naturales pecan en contra de la naturaleza y cometen un acto que es
vergonzoso e intrínsicamente vicioso.
“No es de extrañarse, por lo tanto, que la Sagrada Escritura
atestigüe que la Majestad Divina considera con el mayor
aborrecimiento este crimen horrible y, a veces, lo ha castigado con la
muerte. Tal como lo denota San Agustín, ‘El acto conyugal, aún con la
legítima esposa de uno, es ilegal y malvado cuando se previene la
concepción de la progenie.’ Onán, el hijo de Judá, hizo esto y el Señor
lo mató por lo mismo (Génesis 38:8-10).”

En la realidad, el argumento en contra de la Planificación Familiar


Natural puede resumirse muy sencillamente. El dogma católico nos
enseña que el propósito principal del matrimonio (y del acto conyugal)
es la procreación y la educación de los hijos.

El Papa Pío XI en su Casti Connubii (#17), del 31 de diciembre,


1930: “El fin principal del matrimonio es la procreación y la
educación de los hijos.”

El Papa Pío XI en su Casti Connubii (#54) del 31 de diciembre,


1930: “Debido a que el acto conyugal, por lo tanto, está destinado por
la naturaleza principalmente para engendrar hijos, aquellos que
ejerciéndolo deliberadamente frustran sus poderes y propósito
naturales pecan en contra de la naturaleza y cometen un acto que es
vergonzoso e intrínsicamente vicioso.”
“Debido a que, por lo tanto, el apartarse abiertamente de la
tradición cristiana no interrumpida, algunos recientemente han
juzgado que es posible declarar solemnemente a otra doctrina en
relación a este asunto, la Iglesia Católica, a quien Dios le ha confiado
la defensa de la integridad y la pureza de la moral, manteniéndose
erguida en medio de la ruina moral que la rodea, para que ella puede
evitar que la castidad de la unión nupcial sea mancillada por esta
mancha inmunda, eleva su voz a favor de su divino embajador y a
través de Nuestra boca proclama nuevamente: cualquier uso del
matrimonio ejercido de tal manera que el acto sea frustrado
deliberadamente en su poder natural para generar la vida es una ofensa
en contra de la ley de Dios y de la naturaleza y quienes se complacen
en eso quedan marcados con la culpa de un pecado grave.”

Por lo tanto, a pesar que la PFN no interfiere directamente con el


acto del matrimonio en sí, tal como sus defensores gustan enfatizar, no
hay diferencia alguna. La PFN está condenada porque subordina el fin
primordial (o propósito) del matrimonio y del acto matrimonial (la
procreación y educación de los hijos) a los fines secundarios.

La PFN subordina el fin primordial del matrimonio a otras cosas,


intentando deliberadamente evitar hijos (es decir, evitar el fin
principal) mientras se tienen relaciones maritales. Por lo tanto, la PFN
invierte el orden establecido por el mismo Dios. Hace lo mismísimo
que el Papa Pío XI solemnemente enseña que no puede hacerse
lícitamente. Y este punto destruye todos los argumentos hechos por
aquellos que defienden la PFN; ya que todos los argumentos dados por
aquellos que defienden la PFN están enfocados en el acto marital en
sí, mientras que ignoran ciegamente el hecho de que no hay diferencia
alguna si una pareja no interfiere con el acto en sí, si subordinan y
desbaratan el PROPÓSITO principal del matrimonio.

A pesar que esta enseñanza Magisterial condena la Planificación


Familiar Natural, la lógica sencilla le dirá a los católicos que es malo.
Si la Iglesia ha condenado la contracepción artificial porque previene
la concepción de la progenie, ¿por qué sería permisible hacer lo
mismo por medio de un método diferente? Es como si el deseo o
pensamiento de asesinar a alguien no fuese pecaminoso, de acuerdo a
los defensores de la PFN, sino únicamente el acto del asesinato en sí.

En las publicaciones que promueven la PFN, el período fértil de


la esposa está clasificado a veces como “no seguro” y “peligroso”,
¡como si el generar una nueva vida fuese considerado una seria
violación de la seguridad nacional y un infante pequeño un criminal
traidor! Esto es realmente abominable.

¿Podría ser más claro que aquellos que se suscriben a este tipo de
comportamiento y a este método echan fuera a Dios y a los hijos y los
reemplazan con su propia agenda egoísta?

Tobías 6:17 – “El santo joven Tobías se acerca a su novia Sara


después de tres días de oración, no por lujuria carnal sino solo por el
amor a la posteridad. Habiendo sido instruido por el Arcángel San
Rafael que para comprometerse en el acto marital debe de estar
movido por el amor a los hijos en vez de la lujuria. Porque aquellos
que de tal manera reciben el matrimonio, como para echar fuera a
Dios de ellos mismos, y de sus mentes, y entregarse a su lujuria, como
el caballo y la mula que no tienen comprensión alguna, sobre ellos
tiene su poder el Demonio.”

La palabra matrimonio significa “el oficio de la maternidad.”


Aquellos que usan la PFN intentan evitar el matrimonio (el oficio de
la maternidad) y echan fuera a Dios de sí mismos.

La Planificación Familiar Natural también involucra una falta de


fe por parte de aquellos que la usan y la promueven. ¿Poseen las
parejas que usan la PFN, o los sacerdotes que la promueven, la fe
natural en la providencia de Dios? ¿Creen que Dios es quien envía la
vida? ¿Tiene cualquiera el derecho de tener tres hijos cuando Dios les
ha mandado tener diez? Dios está perfectamente conciente de las
necesidades de cada pareja y él sabe precisamente lo que pueden
manejar. Aquellos que tienen la verdadera Fe católica deberían estar
totalmente despreocupados de los calendarios y los cuadros. Todos
ellos son instrumentos no naturales que frustran la voluntad de Dios.
Hacer caso omiso de esta tontera y aceptar el hecho de que Dios no les
enviará hijos que no pueden manejar. Él no los agobiará con algo
demasiado pesado, porque Su yugo siempre es fácil y Su carga
siempre es liviana. Si los que usan la Planificación Familiar Natural se
saliesen con la suya no habría familias con más de 10 niños, ni santos
que provinieran de estas familias (por ejemplo, Santa Caterina de
Siena, la hija 23 de 25). Los sacerdotes que promueven la Limitación
Familiar “Natural”, así como las parejas que la usan, son culpables de
un serio pecado. Es contrario a las enseñanzas de la Iglesia y es
contrario a la ley natural. Es un insulto a la providencia de Dios y es
una absoluta falta de fe. Por qué no practican la castidad en vez de
cometer el pecado mortal de la Planificación Familiar Natural. ¡La
verdadera santificación proviene a través de la virtud de la castidad!
Cuando un hombre y su esposa desean tener relaciones maritales
únicamente para satisfacer sus lujurias, realmente son como asesinos.
La única razón permisible para tener relaciones maritales que puede
tener una pareja es para que puedan recibir la progenie para honrar y
glorificar a Dios. La enseñanza Magisterial del Papa, de la Biblia, así
como las palabras de Nuestro Señor en las Revelaciones de Santa
Brígida entre los otros incontables santos y doctores, todos condenan
tales acciones como mortalmente pecaminosas. Tal como lo pueden
leer, ninguna razón sin importar cuán grave sea, puede aceptarse si
subordina el fin (o propósito) principal del matrimonio y el acto del
matrimonio (la procreación y la educación de los hijos) a los fines
secundarios.

El Papa Pío XI en su Casti Connubii (#’s 53-56), del 31 de


diciembre, 1930: “Pero ninguna razón sin importar cuán grave sea...”
El infierno será largo para aquellos que practican la Planificación
Familiar Natural en contra de la ley natural. Nosotros le imploramos a
todos los sacerdotes y laicos que acepten la enseñanza de la Iglesia
sobre este tema, y recobren la fe en la providencia de Dios. Si usted ha
sido convencido en creer en esta herejía abominable que contradice a
la ley natural, arrepiéntase y confiese su pecado inmediatamente.
Acá hay un artículo más detallado sobre la Planificación Familiar
Natural (PFN). ¡Haga clic aquí!

Palabras de la Madre a la esposa sobre cómo hay tres cosas en una danza,
sobre cómo esta danza simboliza al mundo y sobre el sufrimiento de la Madre
en la muerte de Cristo.

Capítulo 27

La Madre de Dios habló a la esposa, diciendo: “Hija mía, quiero


que sepas que donde hay danza hay tres cosas: alegría vacía, voces
confusas y trabajo sin sentido. Si alguien entra en la danza angustiado
y triste, entonces su amigo, que se encuentra en pleno disfrute de la
danza pero que ve a un amigo suyo entrando triste y melancólico, deja
inmediatamente su diversión, abandona la danza y se conduele con su
angustiado amigo. Esta danza es el mundo, que siempre se encuentra
atrapado por una ansiedad que a los vacuos les parece gozo. En este
mundo hay tres cosas: alegría vacía, palabrería frívola y trabajo sin
sentido, porque un hombre ha de dejar tras de sí todo aquello en lo que
se afana.

¡Quién, en la plenitud de esta danza mundana, va a considerar mis


fatigas y angustias y se va a condoler conmigo –que abandoné todo
gozo mundano—y va a apartarse del mundo! Cuando mi Hijo murió
yo era como una mujer con el corazón traspasado por cinco espadas.
La primera fue su vergonzosa y afrentosa desnudez. La segunda
espada fue la acusación contra Él, pues le acusaron de traición, de
falsedad y de perfidia. Él, quien yo sabía que era justo y honesto y que
nunca ofendió ni quiso ofender a nadie. La tercera espada fue su
corona de espinas, que perforó su sagrada cabeza tan salvajemente que
la sangre saltó hasta su boca, su barba y sus oídos. La cuarta espada
fue su voz mortecina en la cruz, con la que gritó al Padre diciéndole:
‘Padre ¿por qué me has abandonado? Era como si dijera: ‘Padre, nadie
se apiada de mí, sólo tú’. La quinta lanza que cortó mi corazón fue su
amarguísima muerte.
Su preciosísima sangre se le derramaba por tantas venas como
espadas traspasaron mi corazón. Las venas de sus manos y pies fueron
horadadas, y el dolor de sus nervios perforados le llegaba hasta el
corazón y desde su corazón volvía de nuevo a recorrer sus
terminaciones nerviosas. Su corazón era fuerte y vigoroso, al haber
sido dotado de una buena constitución, esto hacía que su vida
resistiera luchando contra la muerte y que su amargura se prolongara
aún más en el colmo de su dolor. A medida que su muerte se
aproximaba y su corazón reventaba ante tan insoportable dolor, de
repente todo su cuerpo se convulsionó y su cabeza, que se le iba hacia
atrás, pareció erguirse de alguna manera.

Abrió levemente sus ojos semicerrados y a la vez abrió su boca,


de forma que pudo verse su lengua ensangrentada. Sus dedos y brazos,
que habían estado muy contraídos, se le estiraron. Nada más entregar
su espíritu, su cabeza se abatió sobre su pecho. Sus manos se corrieron
un poco desde el lugar de las heridas y sus pies tuvieron que soportar
la mayor parte del peso. Entonces, mis manos se resecaron, mis ojos
se nublaron en oscuridad y mi rostro se quedó lívido como la muerte.
Mis oídos no oían nada, mis labios no podían articular palabra, mis
pies no me sostenían y mi cuerpo cayó al suelo.

Cuando me levanté y vi a mi hijo, con un aspecto peor que un


leproso, le entregué toda mi voluntad, sabiendo que todo había
ocurrido según su voluntad y no habría sucedido si él no lo hubiese
permitido. Le di las gracias por todo y cierto júbilo se entremezcló con
mi tristeza, porque vi que Él, quien nunca había pecado, por su
grandísimo amor, quiso sufrirlo todo por los pecadores. ¡Que esos que
están en el mundo contemplen lo que pasé cuando murió mi Hijo, y
que siempre lo tengan en su memoria!”.

Palabras del Señor a la esposa describiendo cómo fue juzgado un hombre ante
el tribunal de Dios, y sobre la horrible y terrible sentencia dictada sobre él por
Dios y por todos los santos.

Capítulo 28
La esposa vio que Dios estaba enojado y dijo: “Yo soy sin
principio ni fin. No hay cambio en mí ni de años ni de días. Todo el
tiempo del mundo es como una sola hora o momento para mí. Todo el
que me ve, contempla y entiende todo lo que hay en mí en un instante.
Sin embargo, esposa mía, al estar tú en un cuerpo material no puedes
percibir ni conocer igual que un espíritu. Por ello, por tu bien, te
explicaré lo que ha sucedido. Yo estaba, por así decirlo, sentado en el
tribunal para juzgar, porque todo juicio me ha sido dado, y cierta
persona vino a ser juzgada ante el tribunal.

La voz del Padre resonó y le dijo: ‘Más te valiera no haber


nacido’. No era porque Dios se arrepintiese de crearlo, sino como
cualquiera que sintiera preocupación por otra persona y se
compadeciese de él. La voz del Hijo intervino: ‘Yo derramé mi sangre
por ti y acepté una durísima penitencia, pero tú te has enajenado
completamente y eso ya no tiene nada que ver contigo’. La voz del
Espíritu dijo: ‘Yo busqué por todos los rincones de su corazón para ver
si podía encontrar algo de ternura y caridad, pero es tan frío como el
hielo y tan duro como una piedra. Este hombre no me concierne’.

Estas tres voces no se oyeron como si fueran tres dioses, sino que
han sido hechas audibles para ti, esposa mía, porque de otra forma no
habrías podido comprender este misterio. Las tres voces del Padre, el
Hijo y el Espíritu Santo se transformaron inmediatamente en una sola
voz que retumbó y dijo: “¡De ninguna manera merece el reino de los
Cielos! La Madre de la misericordia permaneció en silencio y no
desplegó su merced pues el defendido no era digno de ello. Todos los
santos clamaron a una voz diciendo: ‘Es justicia divina para él el ser
perpetuamente exiliado de tu reino y de tu gozo’. Todos en el
purgatorio dijeron: “No tenemos una penitencia suficientemente dura
para castigar tus pecados. Habrás de soportar mayores tormentos y,
por lo tanto, tienes que ser apartado de nosotros’.

Entonces, el mismo defendido exclamó con una horrenda voz:


‘¡Ay, ay de la semilla que fecundó en el vientre de mi madre y de la
que yo me formé!’. Por segunda vez exclamó: ‘¡Maldita la hora en la
que mi alma se unió a mi cuerpo y maldito aquél que me dio un
cuerpo y un alma!’. Volvió a clamar una tercera vez: ‘¡Maldita la hora
en la que salí a vivir del vientre de mi madre!’ Entonces llegaron tres
voces horribles del infierno, que le decían: ‘¡Ven con nosotros, alma
maldita, como el líquido que se derrama hasta la muerte perpetua y
vive sin fin!’ Por segunda vez, las voces lo volvieron a llamar: ‘¡Ven,
alma maldita, vaciada por tu maldad! ¡Ninguno de nosotros dejará de
llenarte de su propio mal y dolor!’. Por tercera vez, agregaron: ‘¡Ven,
alma maldita, pesada como una piedra que se hunde y se hunde y
nunca alcanza fondo en el que descansar! Descenderás más bajo que
nosotros y no pararás hasta que no hayas llegado a lo más profundo
del abismo’.

Entonces, el Señor dijo: ‘Como un hombre con varias esposas,


que ve caer a una y se aparta de ella y se vuelve hacia las otras, que
permanecen firmes, y se alegra con ellas, así Yo he apartado de él mi
rostro y mi merced y me he vuelto a los que me sirven y me obedecen
y me alegro con ellos. Por tanto, ahora que has sabido de su caída y
desdicha, ¡sírveme con mayor sinceridad que él, en proporción a la
mayor misericordia que te he dispensado! ¡Apártate del mundo y de
sus deseos! ¿Acaso acepté yo tan acerba pasión por la gloria del
mundo, o por que no podía consumarla en menos tiempo y con más
facilidad? ¡Claro que podía! Sin embargo, la justicia exigía eso. Como
la humanidad pecó en todos y cada uno de sus miembros, se tuvo que
hacer cumplida justicia en todos y cada uno de los miembros.

Por esto, Dios, en su compasión por la humanidad y en su


ardiente amor hacia la Virgen, recibió de ella una naturaleza humana a
través de la cual pudo soportar todo el castigo al que estaba abocada la
humanidad. Al haber tomado Yo vuestro castigo sobre mí, por amor,
permanece firme en la verdadera humildad, como mis siervos ¡Así no
tendrás nada de que avergonzarte ni nada que temer más que a mí!
Guarda tus palabras de tal forma que, si esa fuera mi voluntad, tú no
hablarías. No te entristezcas por las cosas temporales, que tan sólo son
pasajeras. Yo puedo hacer a quien yo quiera rico o pobre. ¡Así pues,
esposa mía, deposita toda tu esperanza en mí!”.

EXPLICACIÓN
Este hombre era un canónico de noble reputación y subdiácono,
quien, habiendo obtenido una falsa dispensación, se quiso casar con
una rica doncella. Sin embargo, fue sorprendido por una muerte
repentina y no consiguió su objetivo.

Palabras de la Virgen a la hija, sobre dos señoras, una que se llama “soberbia”
y la otra “humildad”, simbolizando esta última a la más dulce de las Vírgenes,
y sobre cómo la Virgen acude a reunirse con aquellos que la aman a la hora de
su muerte.

Capítulo 29

La Madre de Dios se dirigió a la esposa de su Hijo diciéndole:


“Hay dos señoras. Una de ellas no tiene un nombre especial, pero no
merece nombre; la otra es la humildad, y se llama María. El demonio
es el maestro de la primera señora, porque tiene dominio sobre ella.
Uno de sus caballeros le dijo a esta dama: ‘Señora mía, estoy
dispuesto a hacer lo que pueda por ti, si pudiera copular contigo al
menos una vez. Al fin y al cabo, soy poderoso, fuerte y tengo un
corazón valiente, no temo nada y estoy hasta dispuesto a morir por ti’.
Ella le contestó: ‘Sirviente mío, tu amor es grande. Sin embargo, yo
estoy sentada en un trono muy alto, tan sólo tengo un asiento y hay
tres puertas entre nosotros.

La primera puerta es tan estrecha que cualquier prenda que un


hombre lleve sobre su cuerpo se engancha y queda rota y arrancada.
La segunda puerta es tan aguda que corta hasta las fibras nerviosas. La
tercera, arde con un fuego tal que nadie escapa a su ardor sin quedar
derretido como el cobre. Además, estoy sentada tan en lo alto que
cualquiera que quiera sentarse conmigo –al tener yo un solo trono—
caería en las grandes profundidades del caos debajo de mí’. El
demonio le respondió: ‘Daré mi vida por ti, pues una caída no
representa nada para mí’.
Esta señora es la soberbia y cualquiera que quiera llegar a ella
pasará como por tres puertas. Por la primera puerta entran aquellos
que dan todo lo que tienen para recibir honores humanos, por su
soberbia, y si no tienen nada vuelcan toda su voluntad en vivir con
orgullo y cosechar alabanzas. Por la segunda puerta entra la persona
que dedica todo su trabajo y todo lo que hace, todo su tiempo, todos
sus pensamientos y toda su fuerza para satisfacer su soberbia. Y aún
así, si tuviera que dejar que hirieran su cuerpo, por conseguir honores
y riquezas, lo haría gustosa. Por la tercera puerta entra la persona que
nunca se calla ni se aquieta sino que arde como el fuego con el
pensamiento de cómo conseguir algún honor mundano o posición de
soberbia, pero cuando obtiene lo que desea no puede permanecer
mucho tiempo en el mismo estado sino que termina cayendo
miserablemente. Pese a todo esto, la soberbia aún permanece en el
mundo.

“Yo soy –dijo María—la más humilde. Estoy sentada en un trono


espacioso. Sobre mí no hay sol, ni luna ni estrellas, ni siquiera nubes,
sino un brillo inconcebible y una calma maravillosa de la clara belleza
de la majestad de Dios. Por debajo de mí no hay ni tierra ni piedra
sino un incomparable descanso en la bondad de Dios. Cerca de mí no
hay ni barreras ni paredes sino la gloriosa corte de los ángeles y de las
almas santas. Aunque estoy sentada en un trono sublime, oigo a mis
amigos que viven en la tierra, entregándome diariamente sus suspiros
y sus lágrimas. Veo sus luchas y su eficacia, que es mayor que la de
aquellos que luchan por su dama, la soberbia. Por ello, los visitaré y
los reuniré conmigo en mi trono, porque éste es espacioso y hay sitio
para todos.

Sin embargo, aún no pueden venir y sentarse conmigo porque hay


aún dos muros entre ellos y yo, mediante los cuales los conduciré
confiadamente para que puedan llegar hasta mi trono. El primer muro
es el mundo, y es estrecho. Así, mis servidores en el mundo recibirán
consolación de mi parte. El segundo muro es la muerte. Por eso, yo, su
más querida Señora y Madre, acudiré a reunirme con ellos en la
muerte, de manera que aún en la misma muerte puedan sentir mi
refrigerio y consuelo. Los reuniré conmigo en el trono del gozo
celestial de manera que, en la alegría sin fin, puedan descansar
eternamente en brazos del amor perpetuo y de la gloria eterna”.

Amorosas palabras del Señor a la esposa sobre cómo se multiplica el número de


falsos cristianos hasta el punto de que están volviendo a crucificar a Cristo, y
sobre cómo aún Él está dispuesto a aceptar la muerte una vez más por la
salvación de los pecadores, si fuera posible.

Capítulo 30

Yo soy Dios. Yo creé todas las cosas para beneficio de la


humanidad, para que todo le sirviera e instruyera. Pero, hasta su
propia condenación, los seres humanos abusan de todo lo que hice
para su beneficio. Les importa menos Dios y le aman menos que a las
cosas creadas. Los judíos prepararon tres tipos de castigo para mí, en
mi pasión: primero, la madera en la que, después de haber sido
azotado y coronado de espinas, fui colgado; segundo, el hierro, con el
cual clavaron mis manos y mis pies; tercero, la hiel que me dieron a
beber. Además me lanzaron blasfemias, como si Yo fuera un fatuo
debido a la muerte que libremente soporté, y me llamaron falso debido
a mis enseñanzas.

El número de personas así se ha multiplicado ahora en el mundo y


hay muy pocos que me consuelen. Me cuelgan en el madero por su
deseo de pecar; me azotan con su impaciencia, pues nadie soporta ni
una palabra por mí, y me coronan con las espinas de su soberbia, que
hace que quieran llegar más alto que Yo. Clavan mis manos y pies con
el hierro de sus corazones endurecidos, puesto que se glorían de pecar,
y se endurecen tanto que no me temen. Por hiel me ofrecen
tribulaciones y, por haber sufrido mi pasión con alegría, me llaman
falso y vanidoso.

Soy lo suficientemente poderoso como para hundirlos, y también


al mundo entero, si quisiera, por causa de sus pecados. Sin embargo, si
les hundiese, los que quedasen me servirían por temor y eso no sería
correcto, porque las personas deben servirme por amor. Si viniese
personalmente y me mezclase con ellos en una forma visible, sus ojos
no soportarían el verme ni sus oídos escucharme ¿Cómo podría un ser
mortal mirar a otro inmortal? Aún así, volvería a morir por la
humanidad, si fuera posible”.

Entonces apareció la bendita Virgen María y su Hijo le preguntó:


‘¿Qué deseas, Madre mía, mi elegida?’ Y ella contestó: ‘¡Ten
misericordia de tu creación, Hijo mío, por tu amor!’ Él agregó: ‘Seré
misericordioso una vez más, por ti’. Entonces, el Señor hablo a su
esposa, diciéndole: ‘Yo soy tu Dios, el Señor de los ángeles. Soy
Señor de la vida y de la muerte. Yo mismo deseo habitar en tu corazón
¡Te amo tanto! Los Cielos, la tierra y todo lo que hay en ella no me
pueden contener, pero aún así deseo habitar en tu corazón, que no es
más que un pedazo de carne. ¿Qué has de temer o qué te ha de faltar
cuando tengas dentro de ti a Dios todopoderoso, en quien se encuentra
toda la bondad?

Tiene que haber tres cosas en un corazón para que me sirva de


morada: una cama en la que podamos descansar, un asiento donde nos
podamos sentar y una lámpara que nos dé luz. Haya, pues, en tu
corazón una cama para un sereno reposo, donde puedas descansar de
los bajos pensamientos y deseos del mundo ¡Acuérdate siempre del
gozo eterno! El asiento ha de ser tu intención de permanecer conmigo,
aún cuando a veces tengas que salir. Iría contra la naturaleza que
permanecieras continuamente en pie. La persona que está siempre de
pie es la que siempre desea estar en el mundo y nunca viene a sentarse
conmigo. La luz de la lámpara ha de ser la fe, mediante la cual crees
que Yo puedo hacer cualquier cosa, que soy todopoderoso sobre todas
las cosas”.

Sobre cómo la esposa vio a la dulcísima Virgen María engalanada con una
corona y otros adornos de extraordinaria belleza, y sobre cómo San Juan
Bautista explicó a la esposa el significado de la corona y de las demás cosas.

Capítulo 31
La esposa vio a la Reina de los Cielos, la Madre de Dios, luciendo
una preciosa y radiante corona sobre su cabeza, con su cabello
extraordinariamente bello suelto sobre sus hombros, una túnica dorada
con destellos de un brillo indescriptible y un manto del azul de un
cielo claro y calmo. Estando la esposa colmada de maravilla ante esta
amorosa visión y manteniéndose en su encantamiento como
sobrecogida de gozo interior, se le apareció el bendito San Juan
Bautista y le dijo: “Presta mucha atención a lo que todo esto significa.
La corona representa que ella es la Reina, Señora y Madre del Rey de
los ángeles. Su cabello suelto indica que ella es una virgen pura e
inmaculada. El manto del color del cielo quiere decir que ella está
muerta a todo lo temporal. La túnica dorada significa que ella estuvo
ardiente e inflamada en el amor a Dios, tanto internamente como en el
exterior.

Su Hijo le colocó siete lirios en su corona y, entre los lirios, siete


piedras preciosas. El primer lirio es su humildad; el segundo, el temor;
el tercero, la obediencia; el cuarto, la paciencia; el quinto, la firmeza;
el sexto, la mansedumbre, pues Ella amablemente da a todo el que le
pide; el séptimo es su misericordia en las necesidades, pues en
cualquier necesidad que se encuentre un ser humano, si la invoca con
todo su corazón, será rescatado. Entre estos lirios resplandecientes, su
Hijo colocó siete piedras preciosas. La primera es su extraordinaria
virtud, pues no existe virtud en ningún otro espíritu ni en ningún otro
cuerpo que ella no posea con mayor excelencia.

La segunda piedra preciosa es su perfecta pureza, pues la Reina


de los Cielos es tan pura que ni una sola mancha o pecado se ha
encontrado nunca en ella desde el principio, cuando vino al mundo por
primera vez, hasta el día final de su muerte. Todos los demonios no
podrían encontrar en ella ni la mínima impureza que cupiese en la
cabeza de un alfiler. Ella fue verdaderamente pura, pues El Rey de la
gloria no podía haber estado sino en la más pura y limpia, en el vaso
más selecto entre los seres humanos. La tercera piedra preciosa fue su
hermosura, para que Dios sea constantemente alabado por la belleza
de su Madre. Su hermosura llena de gozo a los santos ángeles y a
todas las almas santas.
La cuarta piedra preciosa de la corona de la Virgen Madre es su
sabiduría, pues Ella fue colmada con toda la divina sabiduría en Dios
y, gracias a ella, toda la sabiduría se completa y perfecciona. La quinta
piedra es su poder, pues Ella es tan poderosa ante Dios que puede
aplastar cualquier cosa que haya sido hecha o creada. La sexta piedra
preciosa es su radiante claridad, pues ella resplandece tan clara que
aún arroja luz sobre los ángeles, cuyos ojos brillan más claros que la
luz, y los demonios no se atreven ni a mirar el brillo de su claridad.

La séptima piedra preciosa es la plenitud de todo deleite y dulzura


espiritual, porque su plenitud es tal que no hay gozo que ella no
incremente ni deleite que no se haga más pleno y perfecto por ella y
por la bendita visión de ella, pues está llena y repleta de gracia, más
que todos los santos. Ella es el vaso puro en el que descansa el pan de
los ángeles y en el que se encuentra toda dulzura y belleza. Estas son
las siete piedras preciosas que colocó su Hijo entre los siete lirios de
su corona. Por ello, como esposa de su Hijo, dale honra y alábala con
todo tu corazón ¡Ella es verdaderamente digna de todo honor y
alabanza!”

Sobre cómo, tras el consejo de Dios, la esposa elige la pobreza para ella y
renuncia a las riquezas y deseos carnales; sobre la verdad de las cosas a ella
reveladas y sobre tres personas notables mostradas a ella por Cristo.

Capítulo 32

Has de ser como alguien que se desprende y, a la vez, cosecha.


Tienes que desprenderte de las riquezas y cosechar virtudes, deja estar
aquello que pasará y acumula bienes eternos, abandona las cosas
visibles y hazte con lo invisible. A cambio del placer del cuerpo, te
daré la exultación de tu alma; a cambio de las alegrías del mundo te
daré las del Cielo; a cambio del honor mundano, el honor de los
ángeles; a cambio de la presencia de la familia, la presencia de Dios; a
cambio de la posesión de bienes, te me daré a mí mismo, dador y
Creador de todas las cosas. Responde, por favor, a las tres preguntas
que te voy a formular: Primero dime si quieres ser rica o pobre en este
mundo”.

Ella respondió: “Señor, prefiero ser pobre, pues las riquezas me


crean ansiedad y me distraen de servirte”. “Dime –en segundo lugar—
si has encontrado algo reprensible para tu mente o falso en las
palabras que oyes de mi boca”. Y ella dijo: “No Señor, todo es
razonable”. “Tercero, dime si el placer de los sentidos que tú has
experimentado antes te agrada más que los gozos espirituales que
ahora tienes”. Y ella respondió: “Me avergüenzo en mi corazón de
pensar en mis deleites anteriores y ahora me parecen como veneno,
más amargo cuanto mayor era mi deseo de ellos. Prefiero morir antes
que volver a ellos; no se pueden comparar con el deleite espiritual”.

“Por lo tanto –dijo Él— “puedes comprobar que todas las cosas
que te he dicho son ciertas ¿Por qué, entonces, tienes miedo o estás
preocupada de que yo retrase todo lo que he dicho que se hará? ¡Ten
en cuenta a los profetas, considera a los apóstoles y a los santos
doctores de la Iglesia! ¿Descubrieron ellos algo en mí que no fuera la
verdad? Es por esto que a ellos no les importó ni el mundo ni sus
deseos ¿O por qué crees que los profetas predijeron acontecimientos
futuros con tanta antelación si no hubiera sido porque Dios quiso que
ellos dieran a conocer las palabras antes que los hechos para que los
ignorantes fueran instruidos en la fe?

Todos los misterios de mi encarnación fueron dados a conocer


con antelación a los profetas, incluso la estrella que guió a los magos.
Ellos creyeron en las palabras del profeta y merecieron ver aquello en
lo que habían creído, y se les dio certeza en el momento en el que
vieron la estrella. De la misma forma, ahora mis palabras han de ser
anunciadas, después vendrán los hechos y se creerá en ellos con
mayor evidencia.

Te mostraré tres personas. Primero, la conciencia de un hombre


cuyo pecado hice manifiesto y demostré por signos evidentes ¿Por
qué? ¿No podría haberlo destruido personalmente? ¿No podría haberlo
arrojado a las profundidades en un segundo, si Yo hubiera querido?
Claro que hubiera podido. Sin embargo, lo soporto aún para la
instrucción de otros y en prueba de mis palabras, mostrando lo justo y
paciente que soy y lo infeliz que es este hombre, a quien gobierna el
demonio.

El poder del demonio sobre él ha aumentado por su intención de


permanecer en pecado y por su deleite en él, con el resultado de que ni
las palabras amables ni las duras amenazas o el miedo del Gehenna (el
infierno) lo pueden recuperar. Y también en justicia, porque en tanto
que él ha tenido una constante intención de pecar, aún si no lo ha
puesto en práctica, merece ser enviado al demonio por toda la
eternidad. El mínimo pecado es suficiente para condenar a quien se
deleite en él y no se arrepienta.

Te mostraré a otros dos. El demonio atormentó el cuerpo de uno


de ellos, pero no llegó a entrar en su alma. Ensombreció su conciencia
mediante sus maquinaciones, pero no pudo entrar en su alma ni
adquirir poder sobre él. Tú puedes preguntar: ‘¿Acaso no es la
conciencia lo mismo que el alma? ¿No está él en el alma cuando está
en la conciencia?’ Por supuesto que no. El cuerpo posee dos ojos para
ver, pero aún perdiendo el poder de la vista el cuerpo puede
mantenerse sano. Pasa igual con el alma. Aunque el intelecto y la
conciencia a veces se turban en la confusión como medio de
penitencia, aún así, el alma no siempre queda dañada de manera que
incurra en la culpa. Así pues, el demonio dominó la conciencia de un
hombre, pero no su alma.

Te mostraré a un tercer hombre cuyo cuerpo y alma están


completamente sujetos al demonio. A menos que lo coaccione con mi
poder y gracia especial, nunca podrá ser expulsado ni salir de él. El
demonio sale de algunas personas por propia voluntad y disposición,
pero de otros tan sólo sale resistiéndose y bajo coacción. Aunque entra
en algunas personas, bien debido al pecado de sus padres o a algún
oculto designio de Dios –como, por ejemplo, en niños o en los que
carecen de inteligencia—en otros entra por su infidelidad o por el
pecado de otro.
De estos últimos, el demonio sale voluntariamente cuando es
expelido por personas que conocen conjuros o el arte de expulsar
demonios, siempre que no lo hagan por vanagloria o por algún tipo de
beneficio temporal, pues el demonio tiene poder para entrar en uno
que lo expulsa o para volver de nuevo a la misma persona de la que ha
sido sacado, si no hay amor de Dios en ninguno de ellos. Nunca sale
del cuerpo o el alma de los que posee completamente, excepto
mediante mi poder.

Como el vinagre, cuando se mezcla con el vino dulce, infecta la


dulzura del vino y ya no puede ser sacado de él, igualmente el
demonio no sale del alma de ninguno a quien posea, excepto mediante
mi poder. ¿Qué es este vino sino el alma humana, que fue más dulce
para mí que ningún otro ser creado, y tan querida por mí que incluso
dejé que mis fibras fueran cortadas y mi cuerpo magullado hasta las
costillas por su salvación? Antes que perderla, acepté morir por ella.

Este vino fue conservado entre residuos, igual que coloqué al


alma en un cuerpo donde fue custodiado por mi voluntad como en una
urna sellada. Sin embargo, el peor vinagre se mezcló con este vino
dulce, me refiero al demonio, cuya maldad es más agria y abominable
para mí que el vinagre. Por mi poder, este vinagre será eliminado de la
persona cuyo nombre te diré, de manera que pueda Yo revelar así mi
merced y sabiduría a través de él, pero mostraré mi juicio y mi justicia
a través del hombre anterior.

EXPLICACIÓN

El primer hombre fue un noble y soberbio cantante, quien acudió


a Jerusalén sin el permiso del Papa y fue atacado por el demonio (Se
habla también algo de este endemoniado en el Libro III revelación 31
y en el Libro IV, revelación 115). El segundo endemoniado fue un
monje cisterciense. El demonio lo atormentó tanto que apenas podían
sujetarlo entre cuatro hombres. Su lengua agrandada se parecía a la de
una vaca. Los grilletes de sus manos fueron hechos pedazos de forma
invisible.
Este hombre fue salvado por las palabras del Espíritu Santo a
través de Doña Brígida al cabo de un mes y dos días. El tercer
endemoniado era un concejal de Östergötland (Suecia). Cuando se le
recomendó que hiciera penitencia, le dijo al que le aconsejó: “¿No
puede el dueño de una casa sentarse donde quiera? Si el demonio
posee mi corazón y mi lengua ¿cómo puedo hacer penitencia?”
Maldiciendo a los santos de Dios, murió esa misma noche sin los
sacramentos ni la confesión.

Advertencias del Señor a la esposa en relación con la verdadera y la falsa


sabiduría, y sobre cómo los buenos ángeles asisten a los buenos aprendices,
mientras que los demonios asisten a los malos aprendices.

Capítulo 33

Algunos de mis amigos son como estudiantes con tres


características: una inteligencia para discernir mayor de lo que es
natural al cerebro; segunda, sabiduría sin ayuda humana, tanta como
yo les enseño interiormente; tercera, están llenos de dulzura y amor
divino, con los cuales derrotan al demonio. Pero hoy en día la gente
aborda sus estudios de otra manera. Primero, buscan el conocimiento
con arrogancia, para ser considerados buenos alumnos. Segundo,
buscan el conocimiento para mantener y obtener riquezas. Tercero,
buscan el conocimiento para alcanzar honores y privilegios. Por ello,
cuando acudan a sus escuelas y entren allí, me apartaré de ellos, pues
estudian por orgullo, aunque Yo les enseñé humildad.

Entran por codicia, cuando Yo no tuve ni donde reposar la cabeza.


Entran para obtener privilegios, envidiosos de que otros estén situados
en lugares más altos que ellos, mientras que Yo fui sentenciado por
Pilatos y burlado por Herodes. Es por eso que los abandono, porque
no estudian mis enseñanzas. Sin embargo, como soy bondadoso y
amable, le doy a cada uno lo que pide. El que me pide pan, lo
consigue, pero al que me pide paja le doy paja.
Mis amigos piden pan, porque buscan y estudian la divina
sabiduría, donde mi amor se puede encontrar. Otros, en cambio, piden
paja, es decir, sabiduría mundana. Igual que la paja no sirve para nada
y es el alimento de los animales irracionales, igualmente no hay
ningún uso en la sabiduría del mundo que persiga el alimento del
alma. No hay nada más que una pequeña reputación y esfuerzo sin
sentido, pues cuando un hombre muere, todo su conocimiento se borra
de la existencia y aquellos que la emplearon para ensalzarlo ya no lo
pueden ver. Yo soy como un gran señor con muchos sirvientes que,
por mediación de su señor, distribuyen a las personas lo que necesitan.

De esta forma, los ángeles buenos y los malos permanecen bajo


mi autoridad. Los ángeles buenos ayudan a las personas que estudian
mi conocimiento, o sea, a aquellos que me sirven, nutriéndoles de
consolaciones y de disfrute en su trabajo. Los ángeles malos asisten a
los sabios del mundo. Les inspiran lo que ellos quieren y les forman
según sus deseos, inspirándoles especulaciones junto con gran
cantidad de trabajo. Aún así, si vuelven sus ojos hacia mí, podría
darles el pan que no tuvieron por su trabajo y bastante del mundo
como para saciarles de lo que nunca se pueden saciar, pues ellos
mismos convierten lo dulce en amargo.

Pero tú, esposa mía, has de ser como un queso y tu cuerpo como
el molde en donde el queso se moldea hasta que adopta la forma del
molde. De esta forma, tu alma, que es para mí tan deliciosa y sabrosa
como el queso, debe ser probada y purificada en el cuerpo el tiempo
suficiente para que el cuerpo y el alma se pongan de acuerdo y para
que ambos mantengan la misma forma de continencia, de manera que
la carne obedezca al espíritu y el espíritu guíe a la carne hacia la
virtud.

Instrucciones de Cristo a la esposa sobre la forma de vivir. También sobre cómo


el demonio admite ante Cristo que la esposa ama a Cristo sobre todas las
cosas; sobre la pregunta que el demonio le hace a Cristo de por qué la ama
tanto y sobre la caridad que Cristo tiene hacia la esposa, como descubre el
demonio.
Capítulo 34

Soy el Creador del Cielo y la tierra y, en las entrañas de la Virgen


María, fui verdadero Dios y hombre, que morí, resucité y ascendí a los
cielos. Tú, mi nueva esposa, has llegado a un lugar desconocido y, por
ello, has de aprender cuatro cosas: Primera, el idioma del lugar;
segunda, cómo vestirte adecuadamente; tercera, cómo organizar tus
días y tu tiempo según los usos del lugar; cuarto, acostumbrarte a una
nueva alimentación. Igual que has venido de la inestabilidad del
mundo hasta la estabilidad, debes aprender un nuevo idioma, o sea,
cómo abstenerte de palabras inútiles y aún de las más legítimas,
debido a la importancia del silencio y la quietud.

Has de vestirte de humildad interior y exterior, de forma que ni te


ensalces a ti misma interiormente por creerte más santa que otros, ni
externamente te sientas avergonzada de actuar públicamente con
humildad. Tercero, tu tiempo ha de ser regulado de manera que, igual
que a menudo acostumbrabas a dedicarle tiempo a las necesidades del
cuerpo, ahora sólo tengas tiempo para el alma y nunca quieras pecar
contra mí. Cuarto, tu nueva alimentación es la prudente abstinencia de
la glotonería y los manjares, tanto como lo puede soportar tu natural
constitución. Los actos de abstinencia que exceden la capacidad de la
naturaleza no me agradan, pues Yo exijo racionalidad y sumisión de
los deseos”.

En ese momento, apareció el demonio. El Señor le dijo: “Tú fuiste


creado por mí y viste en mí toda justicia. ¡Dime si esta nueva esposa
es legítimamente mía por derecho demostrado! Te permito que veas y
entiendas su corazón para que sepas cómo contestarme. ¿Ama ella
algo más que a mí o me cambiaría por algo?” El demonio le contestó:
“Ella no ama nada como a ti. Antes que perderte se sometería a
cualquier tormento, siempre que tú le dieras la virtud de la paciencia.
Veo como un vínculo de fuego descendiendo de ti hasta ella, que
amarra tanto su corazón a ti que ella no piensa ni ama nada más que a
ti”.
Entonces, el Señor le dijo al demonio: “Dime qué siente tu
corazón y si te gusta el gran amor que siento hacia ella”. El demonio
respondió: “Tengo dos ojos, uno corporal –aunque no soy corpóreo—
por medio del cual percibo las cosas temporales tan claramente que no
hay nada escondido ni tan oscuro que se pueda esconder de mi. El
segundo ojo es espiritual, y con él veo todo el dolor, aunque sea muy
leve, y puedo entender a qué pecado pertenece. No hay pecado, por
tenue y leve que sea, que yo no pueda ver, a menos que haya sido
purgado por la penitencia. Sin embargo, pese a que no hay órganos
más sensibles que los ojos, dejaría que dos antorchas ardientes
penetraran mis ojos a cambio de que ella no viera con los ojos del
espíritu.

También tengo dos oídos. Uno de ellos es corporal, y nadie habla


tan privadamente que yo no lo pueda oír y saber gracias a este oído. El
segundo es el oído espiritual y, ni los pensamientos ni los deseos de
pecar se me pueden ocultar, a menos que hayan sido borrados con la
penitencia. Hay cierto castigo en el infierno que es como un torrente
hirviendo que chorrea de un terrible fuego. Lo sufriría dentro y fuera
de mis oídos sin cesar si, a cambio, ella dejara de oír con los oídos de
su espíritu. También tengo un corazón espiritual. Dejaría que lo
cortaran interminablemente en trozos, y que se renovara
continuamente para ser cortado de nuevo, si así su corazón se enfriase
en su amor hacia ti. Pero, ahora, como tú eres justo, te quiero hacer
una pregunta para que me la respondas: Dime ¿por qué la amas tanto y
por qué no has elegido a alguien de mayor santidad, riqueza y belleza
para ti?”.

El Señor respondió: “Porque esto es lo que la justicia demanda.


Tú fuiste creado por mí y viste en mí toda justicia. Ahora que ella
escucha ¡dime por qué fue justo que tú cayeras tan bajo y en qué
pensabas cuando caíste!”. El demonio contestó: “Yo vi tres cosas en ti:
Vi tu gloria y honor sobre todas las cosas y pensé en mi propia gloria.
En mi soberbia, estaba dispuesto no sólo a igualarte sino a ser aún más
que tú. Segundo, vi que eras el más poderoso de todos y yo quise ser
más poderoso que tú. Tercero, vi lo que había de ser en el futuro y,
como tu gloria y honor no tienen ni principio ni fin, te envidié, y pensé
que con gusto sería torturado eternamente con toda suerte de castigos
si así te hacía morir. Con tales pensamientos caí y así se creó el
infierno”.

El Señor agregó: “Me has preguntado por qué amo tanto a esta
mujer. Te aseguro que es porque Yo cambio en bondad toda tu maldad.
Al volverte tan soberbio y no querer tenerme a mí, tu Creador, como a
un igual, humillándome yo de todas las maneras reúno a los pecadores
conmigo y me hago su igual compartiendo mi gloria con ellos.
Segundo, por ese deseo tan bajo de querer ser más poderoso que Yo,
hago a los pecadores más poderosos que tú y comparto con ellos mi
poder. Tercero, por la envidia que me tienes, estoy tan lleno de amor
que me ofrezco a todos. Ahora, pues, demonio –continuó el Señor—tu
corazón de oscuridad ha salido a la luz. Dime, mientras ella escucha,
cuánto la amo”.

Y el demonio dijo: “Si fuera posible, estarías dispuesto a sufrir en


todos y cada uno de tus miembros el mismo dolor que sufriste en la
cruz antes que perderla”. Entonces el Señor replicó: “Si soy tan
misericordioso que no rehúso perdonar a nadie que me lo pida,
humildemente pídeme tú mismo misericordia y Yo te la daré”. El
demonio le respondió: “¡Eso no lo haré de ninguna manera! En el
momento de mi caída se estableció un castigo para cada pecado, para
cada pensamiento o palabra indigna. Cada uno de los espíritus que
caiga tendrá su castigo. Pero antes que doblar mi rodilla ante ti, me
tragaría todos los castigos mientras mi boca se pudiera abrir y cerrar
en el castigo y se renovara eternamente para ser castigado de nuevo”.

Entonces, el Señor le dijo a su esposa: “¡Mira qué endurecido está


el príncipe del mundo y qué poderoso es contra mí gracias a mi oculta
justicia! Ten certeza de que podría destruirlo en un segundo por medio
de mi poder, pero no le hago más daño que a un buen ángel del cielo.
Cuando llegue su tiempo, y ya se está acercando, lo juzgaré a él y a
sus seguidores. Por esto, esposa mía, ¡persevera en las buenas obras!
¡Ámame con todo tu corazón! ¡No temas a nada más que a mí! Pues
Yo soy el Señor por encima del demonio y de todo lo que existe”.
Palabras de la Virgen a la esposa, explicándole su dolor en la pasión de Cristo,
y sobre cómo el mundo fue vendido por Adán y Eva y recuperado mediante
Cristo y su Madre la Virgen.

Capítulo 35

Habló María: “Considera, hija, la pasión de mi Hijo. Sentí como


si los miembros de su cuerpo y su corazón fueran los míos. Lo mismo
que los otros niños son normalmente gestados en el útero de su madre,
igual ocurrió en mí. Sin embargo, Él fue concebido por la ferviente
caridad del amor de Dios, mientras que otros son concebidos por la
concupiscencia de la carne. Así, su primo Juan dijo rectamente: ‘El
Verbo se hizo carne’. Él vino y estuvo en mí por el amor. El verbo y el
amor lo crearon en mí. Él fue para mí como mi propio corazón y, por
ello, cuando di a luz sentí que la mitad de mi corazón había nacido y
salido de mí.

Cuando Él sufría, sentía cómo sufría mi propio corazón. Cuando


algo está mitad fuera y mitad dentro, si la parte de fuera es dañada, la
parte de adentro siente un dolor parecido. De la misma manera,
cuando mi Hijo fue azotado y herido, era como si mi propio corazón
estuviera siendo azotado y herido. Yo era la persona más cercana a Él
en su pasión, y nunca me separé de Él. Estuve al lado de su cruz y,
como quien está más cerca del dolor lo sufre más, así su dolor fue peor
para mí que para los demás. Cuando Él me miró desde la cruz y yo lo
miré, mis lágrimas brotaron de mis ojos como sangre de las venas.

Cuando Él me vio desbordada de dolor, se sintió tan angustiado


por mi dolor que todo el dolor de sus propias heridas se amainó al ver
el dolor en mí. Por ello puedo decir que su dolor era mi dolor y que su
corazón era mi corazón. Igual que Adán y Eva vendieron el mundo por
una sola manzana, puedes decir que mi Hijo y Yo recuperamos el
mundo con un solo corazón. Así, hija mía, piensa en cómo estaba yo
cuando murió mi Hijo y así no te resultará difícil prescindir del
mundo”.
Respuesta del Señor a un ángel que estaba rezando, de que a la esposa se le
darían padecimientos en el cuerpo y en el alma, y sobre cómo a las almas más
perfectas se les dan mayores molestias.

Capítulo 36

El Señor dijo a un ángel que rezaba por la esposa de su Señor:


“Eres como un soldado del Señor, que nunca abandona su puesto por
causa del tedio y que nunca aparta sus ojos de la batalla por miedo.
Eres tan firme como una montaña y ardes como una llama. Eres tan
limpio que no hay mancha en ti. Me pides que tenga misericordia de
mi esposa. Aunque conoces y ves todo en mí, dime, mientras ella
escucha, ¿qué tipo de misericordia estás pidiendo para ella? Al fin y al
cabo la misericordia es triple.

Está la misericordia por la cual el cuerpo es castigado y el alma


apartada, como ocurrió con mi siervo Job, cuya carne fue sujeta a todo
tipo de dolores, pero cuya alma se salvó. El segundo tipo de
misericordia es aquella mediante la cual el cuerpo y el alma son
apartados, como fue el caso del rey que vivió con todo tipo de lujos, y
no sintió dolor ni en su cuerpo ni en su alma mientras estuvo en el
mundo. El tercer tipo de misericordia es la que hace que cuerpo y
alma sean castigados, con el resultado de que ambos experimentan
angustias en su cuerpo y dolor en su corazón, como es el caso de
Pedro, Pablo y otros santos.

Hay tres estados para los seres humanos en el mundo. El primer


estado es el de aquellos que caen en pecado y se levantan de nuevo.
Algunas veces permito que estas personas experimenten angustia en
su cuerpo para que se salven. El segundo estado es el de aquellos que
viven siempre con el objetivo de pecar siempre. Todos sus deseos se
dirigen al mundo. Si hacen algo por mí, muy de cuando en cuando, lo
hacen con la esperanza de conseguir beneficios temporales de
engrandecimiento y prosperidad.
A estas personas no se les dan muchos dolores de cuerpo ni de
corazón. Les dejo que sigan con su poder y deseos, porque ellos
recibirán aquí su recompensa hasta por el mínimo bien que hayan
hecho por mí, pues les espera un castigo eterno, tanto como eterna es
su voluntad de pecar. El tercer estado es el de aquellos que tienen más
miedo de pecar contra mí y de contrariar mi voluntad que del castigo
en sí. Antes elegirían el insoportable castigo eterno que provocar
conscientemente mi enojo. A estas personas se les dan tribulaciones en
el cuerpo y en el corazón, como es el caso de Pedro, de Pablo, y de
otros santos, de forma que corrijan sus transgresiones en este mundo.
También son castigados durante cierto tiempo para merecer una gloria
mayor o como ejemplo para otros. He explicado esta triple
misericordia a tres personas de este reino cuyos nombres tú conoces.

Así pues, ángel y siervo mío, ¿qué tipo de misericordia pides para
mi esposa?” Y él dijo: “Misericordia de cuerpo y alma, para que ella
pueda enmendar sus transgresiones en este mundo y ninguno de sus
pecados se someta a tu juicio”. El Señor respondió: “¡Hágase según tu
voluntad!”. Entonces, se dirigió a la esposa: “Eres mía y haré contigo
lo que yo quiera. ¡No ames a nada más que a mí! Purifícate
constantemente del pecado en todo momento, según el consejo de
aquellos a quienes te he encomendado. ¡No ocultes ningún pecado!

No dejes que quede nada sin examinar ¡No pienses que ningún
pecado es leve o sin importancia! Cualquier cosa que pases por alto Yo
te la recordaré y juzgaré. Ningún pecado tuyo será juzgado por mí si
ha sido expiado en esta vida mediante tu penitencia. Aquellos pecados
por los cuales no se haya hecho penitencia serán purgados, bien en el
purgatorio o por medio de alguno de mis juicios secretos, si aún no se
ha reparado aquí en la tierra”.

Palabras de la Madre a la esposa describiendo la excelencia de su Hijo; sobre


cómo Cristo es ahora crucificado más duramente por sus enemigos, los malos
cristianos, que por los judíos, y sobre cómo, en consecuencia, esas personas
recibirán un castigo más duro y amargo.
Capítulo 37

La Madre dijo: “Mi Hijo tuvo tres bondades. La primera fue que
nadie tuvo jamás un cuerpo tan refinado como Él, al tener Él dos
naturalezas perfectas, una divina y otra humana. Él fue tan puro que,
igual que no se puede encontrar ni una mota en un ojo cristalino, ni
una sola deformidad podía hallarse en su cuerpo. La segunda bondad
fue que Él nunca pecó. Otros niños, a veces, cargan con los pecados
de sus padres, además de los suyos propios. Este niño, que nunca
pecó, cargó con los pecados de todos. La tercera bondad fue que,
mientras que algunas personas mueren por Dios y por una mayor
recompensa, Él murió tanto por sus enemigos como por mí y sus
amigos.

Cuando sus enemigos lo crucificaron, le hicieron cuatro cosas. En


primer lugar, lo coronaron de espinas. En segundo lugar, clavaron sus
manos y pies. Tercero, le dieron hiel para beber y, cuarto, traspasaron
su costado. Pero mi dolor es que sus enemigos, que ahora están en el
mundo, crucifican a mi Hijo más duramente de lo que lo hicieron los
judíos. Aunque podrías decir que Él no puede sufrir y morir ahora, aún
lo crucifican a través de sus vicios. Un hombre puede lanzar insultos e
injurias sobre la imagen de un enemigo suyo y, aunque la imagen no
sintiera el daño, el perpetrador sería acusado y sentenciado por su
maliciosa intención de injuriar.

Igualmente, los vicios por los que crucifican a mi Hijo, en un


sentido espiritual, son más abominables y más serios para Él que los
vicios de quienes lo crucificaron en el cuerpo. Pero puedes preguntar
‘¿Cómo lo crucifican?’ Bien, primero lo colocan sobre la cruz que han
preparado para Él. Esto es, cuando no tienen en cuenta los preceptos
de su Creador y Señor. Después lo deshonran cuando Él les advierte, a
través de sus siervos, que han de servirle, y ellos desoyen las
advertencias y hacen lo que les apetece. Crucifican su mano derecha
confundiendo justicia e injusticia al decir: ‘El pecado no es tan grave
ni odioso para Dios como se dice, ni Dios castiga a nadie para siempre
sino que sus amenazas son para asustarnos.
¿Por qué habría de redimirnos si quisiera que muriésemos?’ Ellos
no consideran que hasta el más mínimo pecado, en el que una persona
se deleite, es suficiente para entregarle a él o a ella al castigo eterno.
Puesto que Dios no deja ni que el más mínimo de los pecados quede
sin castigo, ni el mínimo bien sin recompensa, ellos serán castigados
siempre que mantengan la intención constante de pecar y mi Hijo, que
ve sus corazones, cuenta eso como un acto. Pues si mi Hijo se lo
permitiera, ellos obrarían según sus intenciones.

Crucifican su mano izquierda convirtiendo la virtud en vicio.


Quieren continuar pecando hasta el fin, diciendo: ‘Si, al final, una vez,
decimos “¡Dios, ten misericordia de mí!”, la misericordia de Dios es
tan grande que el nos perdonará’. El querer pecar sin enmendarse,
querer la recompensa sin luchar por ella, no es virtud, a menos que
haya algo de contrición en su corazón o a menos que la persona desee
realmente enmendar su camino, siempre que no se lo impida una
enfermedad o cualquier otra condición.

Crucifican sus pies complaciéndose en el pecado, sin pensar ni


una sola vez en el amarguísimo castigo de mi Hijo, ni darle las gracias
de corazón, diciendo: ‘¡Señor, qué amargamente has sufrido! ¡Alabado
seas por tu muerte!’ Tales palabras nunca sale de sus labios. Lo
coronan con una corona de irrisión al burlarse de sus siervos y
considerar inútil su servicio. Le dan hiel a beber cuando se regodean y
complacen en pecar. Nunca sienten en el corazón lo serio y múltiple
que es el pecado. Le traspasan el costado cuando tienen la intención de
perseverar en el pecado.

Te digo en verdad, y se lo puedes decir a mis amigos, que para mi


Hijo esas personas son más injustas que aquellos que lo sentenciaron,
peores enemigos que aquellos que lo crucificaron, más faltos de
vergüenza que quienes lo vendieron. A ellos les espera mayor castigo
que a los otros. De hecho, Pilatos supo muy bien que mi Hijo no había
pecado y que no merecía la muerte. Sin embargo, por temor a perder
el poder temporalmente y por la insistencia de los judíos, aún reacio,
tuvo que sentenciar a muerte a mi Hijo. ¿Qué temerían estas personas
si lo sirvieran? ¿O qué honor o privilegio perderían si lo honrasen?
Ellos recibirán, pues, una más dura sentencia, por ser peores que
Pilatos en la consideración de mi Hijo. Pilatos lo sentenció por temor,
sometiéndose a la petición e intenciones de otros. Estas personas lo
sentencian por su propio beneficio y sin temor alguno, deshonrándolo
por el pecado del que podrían abstenerse, si así lo quisieran. Pero ellos
no se abstienen de pecar ni se avergüenzan de haber cometido
pecados, pues no toman en consideración que no merecen ni la
mínima consideración de aquél a quien ellos no sirven. Son peores que
Judas, pues Judas, después de haber traicionado al Señor, reconoció
que Jesús era el mismo Dios y que él había pecado gravemente contra
Él.

Se desesperó, sin embargo, y se precipitó hasta el infierno,


pensando que ya no merecía vivir. Pero estas personas reconocen su
pecado y, aún así, perseveran en él sin arrepentimiento en sus
corazones. Más bien, desean arrebatarle a Dios el reino de los cielos
por una especie de fuerza y violencia, creyendo que lo pueden
conseguir, no por sus hechos sino por una vana esperanza, vana
porque no se le dará a nadie más que a los que trabajan y hacen algún
sacrificio para el Señor. Son peores que los que lo crucificaron.
Cuando vieron las buenas obras de mi Hijo, como la resurrección de la
muerte o la curación de leprosos, pensaron en sus adentros: ‘Este obra
maravillas inauditas e inusitadas, superando a todos a voluntad con
sólo una palabra, conociendo nuestros pensamientos, haciendo todo lo
que desea.

Si continúa así, tendremos que someternos a su poder y hacernos


siervos suyos’. Por ello, en lugar de someterse Él, lo crucifican con su
envidia. Pero si supieran que Él es el Rey de la Gloria nunca lo
habrían crucificado. Por otro lado, estas personas ven cada día sus
grandes obras y milagros y se aprovechan de su bondad. Escuchan
cómo tienen que servirlo y se acercan a Él, pero en sus adentros
piensan: ‘Sería duro e insoportable renunciar a nuestros bienes
temporales para hacer su voluntad y no la nuestra’ Por ello, desprecian
la voluntad de Él, colocan por encima sus deseos egoístas y crucifican
a mi Hijo por su terquedad, acumulando pecado sobre pecado contra
su propia conciencia.

Son peores que sus verdugos, pues los judíos actuaron por envidia
y porque no sabían que Él era Dios. Estos, sin embargo, saben que es
Dios y, por maldad, por presunción y codicia, lo crucifican en un
sentido espiritual más duramente que los que crucificaron físicamente
su cuerpo, pues estas personas ya han sido redimidas y aquellos aún
no lo eran. ¡Así pues, esposa, obedece y teme a mi Hijo, pues todo lo
que tiene de misericordioso lo tiene también de justo!”

Agradable diálogo de Dios Padre con el Hijo; sobre cómo el Padre le dio al
Hijo una nueva esposa; acerca de cómo el Hijo la tomó gustosamente para sí y
cómo el Esposo enseña a la esposa sobre la paciencia y la simplicidad mediante
una parábola.

Capítulo 38

El Padre le dijo al Hijo: “Acudí con amor a la Virgen y recibí de


Ella tu verdadero cuerpo. Tú, por tanto, estás en mí y Yo en ti. Igual
que el fuego y el calor nunca están separados, así de imposible es
separar tus naturalezas divina y humana”. El Hijo respondió: “¡Gloria
y honor para ti, Padre! ¡Hágase tu voluntad en mí y la mía en ti!” El
Padre, por su parte, agregó: “Mira, Hijo mío, te confío esta nueva
esposa como un cordero que ha de ser guiado y alimentado. Como un
pastor, entonces, has de procurarle queso para comer, leche para beber
y lana para vestir. En cuanto a ti, esposa, tienes que obedecerle. Tienes
tres deberes: has de ser paciente, obediente y alegre”.

Entonces, el Hijo le dijo el Padre: “Tu voluntad viene con poder,


tu poder con humildad, tu humildad con sabiduría, tu sabiduría con
misericordia ¡Que tu voluntad, que es y siempre será sin principio ni
fin, se haga en mí! A ella le abriré las puertas de mi amor, en tu poder
y en la guía del Espíritu Santo, al ser nosotros no tres dioses sino un
solo Dios”. Entonces, el Hijo le dijo a su esposa: “Has oído cómo el
Padre te ha confiado a mí como un cordero. Por ello, has de ser simple
y paciente como un cordero y producir alimento y vestido.

Hay tres grupos de personas en el mundo. El primero está


completamente desnudo, el segundo sediento y el tercero hambriento.
Los primeros equivalen a la fe de mi Iglesia, que está desnuda porque
todos se avergüenzan de hablar sobre la fe y mis mandamientos. Y si
alguien habla, se le desprecia y se le llama mentiroso. Mis palabras,
procedentes de mi boca, han de vestir esta fe como la lana. Igual que
la lana crece en el cuerpo de la oveja mediante el calor, así mis
palabras han de entrar en tu corazón a través del calor de mis
naturalezas divina y humana. Ellas vestirán mi santa fe en, el
testimonio de verdad y sabiduría, y demostrarán que lo que ahora se
considera insignificante es verdadero. Como resultado, las personas
que hasta ahora han sido tibias sobre el vestir su fe en obras de amor
se convertirán cuando oigan mis palabras de amor y serán
reencendidas para hablar con fe y actuar con coraje.

El segundo grupo equivale a aquellos amigos míos que poseen un


sediento deseo de ver mi honor repuesto y se apenan cuando soy
deshonrado. La dulzura que sienten con mis palabras los embriagará
con un mayor amor por mí y, junto a ellos, otros, que ahora están
muertos, se reencenderán en mi amor, cuando oigan sobre la
misericordia que he demostrado con los pecadores. El tercer grupo de
personas son aquellos que, en su corazón, piensan así: ‘Si al menos
supiéramos –dicen—la voluntad de Dios y de qué manera hemos de
vivir y si al menos se nos enseñara la forma correcta de vivir, con
mucho gusto haríamos lo que pudiéramos’. Estas personas están
hambrientas de conocer mi camino, pero nadie los satisface, pues
nadie les muestra exactamente lo que han de hacer. Aún si alguien se
lo muestra, nadie vive de acuerdo a ello. Por tanto, las palabras
parecen estar como muertas para ellos, pues nadie vive de acuerdo a
ellas. Por eso, Yo directamente les mostraré lo que han de hacer y los
colmaré de mi dulzura.

Las cosas temporales, que parecen las más ansiadas por todos
ahora, no pueden satisfacer a la naturaleza humana sino más bien
avivar el deseo de buscar más y más cosas. Mis palabras y mi amor,
sin embargo, satisfacen a los hombres y los colman de abundante
consolación. Por eso tú, esposa mía, que eres una de mis ovejas,
cuídate de mantener la paciencia y la obediencia. Eres mía por
derecho y, por ello, has de seguir mi voluntad. Una persona que desea
seguir la voluntad de otro hace tres cosas: primero, tiene el mismo
pensamiento que el otro; segundo, actúa de forma similar; tercero, se
mantiene alejada de los enemigos del otro. ¿Quiénes son mis
enemigos sino el orgullo y cada uno de los pecados? Por ello,
mantente alejada de ellos si deseas seguir mi voluntad”.

Sobre cómo la fe, la esperanza y la caridad se hallaron perfectamente en Cristo


en el momento de su muerte y deficientemente en nosotros.

Capítulo 39

Yo tuve tres virtudes en mi muerte. Primero, fe, cuando doblé mis


rodillas y recé, sabiendo que el padre podía librarme de mi
sufrimiento. Segundo, esperanza, cuando perseveré resueltamente
diciendo: ‘No se haga mi voluntad’. Tercero, caridad, cuando dije:
‘¡Hágase tu voluntad!’ También padecí agonía física debido al temor
natural a sufrir, y un sudor de sangre emanó de mi cuerpo. Por ello,
para que mis amigos no teman ser abandonados cuando les llegue el
momento de la prueba, Yo les demostré en mí que la débil carne
siempre trata de escapar del dolor. Podrías preguntar, quizá, cómo fue
que mi cuerpo segregó un sudor de sangre.

Bien, de la misma forma en que la sangre de una persona enferme


se reseca y se consume en sus venas, mi sangre se consumió por la
angustia natural de la muerte. Queriendo mostrar la manera en la que
el Cielo se abriría y cómo las personas podrían entrar en él después de
su exilio, el Padre amorosamente me entregó a mi pasión para que mi
cuerpo fuera glorificado una vez que la pasión se hubiera consumado.
Porque mi naturaleza humana no podía simplemente entrar en su
gloria sin sufrir, pese a que Yo fui capaz de hacerlo mediante el poder
de mi naturaleza divina.
¿Por qué, entonces, las personas con poca fe, vanas esperanzas y
sin amor merecerían entrar en mi gloria? Si tuvieran fe en el gozo
eterno y en el terrible castigo, no desearían nada más que a mí. Si ellos
realmente creyeran que yo veo todas las cosas y tengo poder sobre
todas las cosas, y que Yo exijo un juicio para cada uno, el mundo les
resultaría repugnante, y no osarían pecar en mi presencia, por temor a
mí y no a la opinión humana. Si tuvieran una firme esperanza, todo su
pensamiento y entendimiento se dirigiría hacia mí. Si tuvieran amor
divino, sus mentes pensarían al menos sobre lo que hice por ellos, los
esfuerzos que hice al predicar, el dolor que padecí en mi pasión, el
gran amor que tuve al morir, tanto que preferí morir antes que
perderlos.

Pero su fe es débil y vacilante, apuntando a una caída fulminante,


porque están dispuestos a creer cuando están ausentes los impulsos de
la tentación, pero pierden confianza cuando se topan con la
adversidad. Su esperanza es vana, porque esperan que su pecado sea
perdonado sin un juicio y sin una correcta sentencia. Confían en que
pueden conseguir el Reino de los Cielos gratuitamente. Desean recibir
mi misericordia sin la moderación de la justicia. Su amor hacia mí es
frío, pues nunca se ponen a buscarme ardientemente a menos que se
sientan forzados por la tribulación.

¿Cómo me voy a compadecer de las personas que ni sostienen una


fe recta ni una firme esperanza ni una ferviente caridad hacia mí? Por
ello, cuando me imploren y digan ‘¡Señor, ten piedad de mí!’ no
merecerán ser oídos ni entrar en mi gloria. Si no quieren acompañar a
su Señor en el sufrimiento no lo acompañarán en la gloria. Ningún
soldado puede complacer a su señor y ser bien recibido de nuevo
después de un desliz, a menos que primero se humille para reparar su
ofensa.

Palabras en las que el Creador plantea tres preguntas de Gracia a su esposa: la


primera sobre la servidumbre del marido y la dominación de la mujer; la
segunda sobre el trabajo del esposo y el gasto de la esposa; la tercera sobre el
Señor despreciado y el sirviente ensalzado.
Capítulo 40

Yo soy tu Creador y Señor. Respóndeme a tres preguntas que te


voy a plantear. ¿Cuál es la situación en una casa en la que la esposa
está vestida como una gran señora y el esposo como un sirviente? ¿Es
eso correcto? Ella respondió interiormente en su conciencia: “No, mi
Señor, eso no está bien” Y el Señor dijo: “Yo soy el Señor de todas las
cosas y el Rey de los ángeles. Yo he vestido a mi servidor, es decir, a
mi naturaleza humana, tan solo con vistas a la utilidad y a la
necesidad. No he deseado nada del mundo, aparte del somero alimento
y vestido. Tú, sin embargo, que eres mi esposa, quieres igualarte a una
gran señora, con riquezas y honores, ser ensalzada. ¿Cuál es el
beneficio de todo ello? Todas las cosas son vanidad y todas las cosas
tienen que ser abandonadas. La humanidad no ha sido creada para esa
frivolidad sino para poseer lo que necesita la naturaleza.

El orgullo ha inventado lo superfluo, que ahora se mantiene y se


desea como lo normal. En segundo lugar, dime, ¿es correcto que el
marido trabaje desde la mañana hasta la noche mientras su mujer se
gasta en una hora todo lo que él ha conseguido con su esfuerzo? Ella
contestó: “No es correcto. Al contrario, la esposa debe vivir y actuar
siguiendo la voluntad de su esposo”. Y el Señor dijo: “He obrado
como el hombre que trabaja de la mañana a la noche. He trabajado
desde mi juventud hasta el momento de mi sufrimiento, mostrando el
camino hacia el Cielo, predicando y poniendo en práctica lo que
predicaba.

La esposa, o sea, el alma humana, que debería ser como mi mujer,


se gasta todo mi salario en vivir lujosamente. Como resultado, de nada
de lo que he hecho se puede beneficiar, ni encuentro en ella virtud
alguna en la que recrearme. Tercero, dime, ¿no es erróneo y detestable
para el señor del hogar ser despreciado y para el sirviente ser
ensalzado? Y ella dijo: “Sí, así es, bien cierto”. El Señor dijo: “Yo soy
el Señor de todas las cosas. Mi hogar es el mundo. Todos los
miembros de la humanidad deberían estar a mi servicio. Sin embargo,
Yo, el Señor, ahora soy despreciado en el mundo, mientras que la
humanidad es ensalzada. Por lo tanto, tú, a quien Yo he elegido,
cuídate de cumplir mi voluntad, porque ¡todo en el mundo no es más
que una brisa marina y un falso sueño!”.

Palabras del Creador, en presencia de la Corte Celestial y de su esposa, en las


que se queja de los cinco hombres que representan al papa y a sus clérigos, los
laicos corruptos, los judíos y los paganos. También sobre la ayuda enviada a
sus amigos, que representan a toda la humanidad y sobre la dura condena de
sus enemigos.

Capítulo 41

Yo soy el Creador de todas las cosas. Nací del Padre antes de que
existiera Lucifer. Existo inseparablemente en el Padre y el Padre en mí
y hay un Espíritu en ambos. Por consiguiente, hay un Dios –Padre,
Hijo y Espíritu Santo—y no tres dioses. Yo soy el que le hizo la
promesa de la herencia eterna a Abraham y conduje a mi pueblo fuera
de Egipto a través de Moisés. Yo soy el que habló a través de los
profetas. El padre me puso en el vientre de la Virgen, sin separarse de
mí, permaneciendo conmigo inseparablemente para que la humanidad,
que ha abandonado a Dios, pueda retornar a Dios a través de mi amor.

Ahora, sin embargo, en vuestra presencia, Corte Celestial, pese a


que veis y sabéis todo de mi, por el bien del conocimiento y la
instrucción de esta desposada mía, que no puede percibir lo espiritual
sino es por medio de lo físico, yo declaro mi pesar ante vosotros en
relación de los cinco hombres aquí presentes, por ser ellos ofensivos
para mí de muchas maneras.

De la misma forma que yo, en una ocasión, incluí a todo el pueblo


israelita en el nombre de Israel en la Ley, ahora mediante estos cinco
hombres me refiero a todos en el mundo. El primer hombre representa
al líder de la Iglesia y sus sacerdotes; el segundo, a los laicos
corruptos, el tercero a los judíos, el cuarto a los paganos y el quinto a
mis amigos. En lo que a ti respecta, judío, he hecho una excepción con
todos los judíos que son cristianos en secreto y que me sirven en
caridad sincera, conforme a la fe y en sus trabajos perfectos en
secreto. En relación a ti, pagano, he hecho una excepción con todos
aquellos que con gusto caminarían por la senda de mis mandamientos
si tan solo supieran cómo y si fueran instruidos, los que tratan de
poner en práctica todo lo que pueden y de lo que son capaces. Éstos,
no serán de ninguna manera sentenciados con vosotros.

Ahora declaro mi disgusto contigo, cabeza de mi Iglesia, tú que te


sientas en mi asiento. Le concedí este asiento a Pedro y a sus
sucesores para que se sentaran con una triple dignidad y autoridad:
primero, para que pudieran tener el poder de atar y desatar a las almas
del pecado; segundo, para que pudieran abrirle el Cielo a los
penitentes; tercero, para que cerraran el Cielo a los condenados y a
aquellos que me desprecian. Pero tú, que deberías estar absolviendo
almas y presentándomelas, eres realmente un asesino de almas.
Designé a Pedro como el pastor y el sirviente de mis ovejas, pero tú
las disipas y las hieres, eres peor que Lucifer.

Él tenía envidia de mí y no persiguió matar a nadie más que a mí,


de forma que pudiera él gobernar en mi lugar. Pero tú eres lo peor en
que, no sólo me matas al apartarme de ti por tu mal trabajo sino que,
también, matas a las almas debido a tu mal ejemplo. Yo redimí almas
con mi sangre y te las encomendé como a un amigo fiable. Pero tú se
las devuelvas al enemigo del que yo las redimí. Eres más injusto que
Pilatos. Él tan sólo me condenó a muerte. Pero tú no sólo me condenas
como si yo fuese un pobre hombre indigno, sino que también
condenas a las almas de mis elegidos y dejas libres a los culpables.
Mereces menos misericordia que Judas. Él tan solo me vendió. Pero
tú, no solo me vendes a mí, sino que también vendes a las almas de
mis elegidos en base a tu propio provecho y vana reputación. Tú eres
más abominable que los judíos. Ellos tan sólo crucificaron mi cuerpo,
pero tú crucificaste y castigaste a las almas de mis elegidos para
quienes tu maldad y trasgresión son más afiladas que una espada.

Así, puesto que eres como Lucifer, más injusto que Pilatos, menos
digno de misericordia que Judas y más abominable que los judíos, mi
enfado contigo está justificado. El Señor dijo al segundo hombre, es
decir, al que representa a los laicos: “Yo creé todas las cosas para tu
uso. Tú me diste tu consentimiento a mí y Yo a ti. Tú me prometiste tu
fe y me juraste que me servirías. Ahora, sin embargo, te has apartado
de mí como alguien que no conoce a Dios. Te refieres a mis palabras
como mentiras y a mis trabajos como carentes de sentido. Tú dices
que mi voluntad y mis mandamientos son muy duros. Has violado la
fe que prometiste. Has roto tu juramento y has abandonado mi
Nombre.

Te has disociado a ti mismo de la compañía de mis santos y te has


integrado en la compañía de los demonios, haciéndote socio suyo. Tú
no crees que ninguno merezca alabanza y honor salvo tú mismo.
Consideras difícil todo lo que tiene que ver conmigo y lo que estás
obligado a hacer por mí, mientras que las cosas que te gusta hacer son
fáciles para ti. Es por esto que mi enfado contigo está justificado,
porque tú has quebrado la fe que me prometiste en el bautismo y en
adelante. Encima, me acusas de mentir sobre el amor que te he
mostrado de palabra y de hecho. Dices que yo era un loco por sufrir”.

Al tercer hombre, es decir al representante de los judíos, le dijo:


“Yo comencé mi amoroso idilio contigo. Te elegí como mi pueblo, te
libré de la esclavitud, te di Mi Ley, te conduje hasta la Tierra que les
había prometido a tus padres y te envié profetas que te consolaran.
Después, elegí una Virgen de entre vosotros y tomé de ella naturaleza
humana. Mi disgusto contigo es que aún rehúsas creer en mí, diciendo:
“Cristo no ha venido todavía sino que tiene que venir”.

El Señor dijo al cuarto hombre, es decir a los paganos: “Yo te creé


y te redimí para que fueras cristiano. Hice contigo todo el bien. Pero tú
eres como alguien que está fuera de sus sentidos, porque no sabes lo
que haces. Eres como un ciego, porque no sabes hacia dónde te
diriges. Adoras a las criaturas en lugar de al Creador, a la falsedad en
lugar de a la verdad. Te arrodillas ante las cosas que son inferiores a ti.
Esta es la causa de mi disgusto en relación a ti”. Al quinto hombre le
dijo: “¡Acércate más, amigo!” Y se dirigió directamente a la Corte
Celestial: “Queridos amigos, este amigo mío representa a mis muchos
amigos. Él es como un hombre cercado entre los corruptos y
mantenido en un duro cautiverio. Cuando dice la verdad le arrojan
piedras en la boca. Cuando hace algo bueno, le clavan una lanza en el
pecho. ¡Ay, mis amigos y santos! ¿Cómo puedo soportar a esas
personas y cuánto tiempo me mantendré con semejante desprecio?”.

San Juan Bautista respondió: “Eres como un espejo inmaculado.


Vemos y sabemos todas las cosas en ti como en un espejo, sin
necesidad de palabras. Eres la dulzura incomparable en la que
saboreamos todo lo bueno. Eres como la más afilada de las espadas y
un Juez justo”. El Señor le respondió: “Amigo mío, lo que has dicho
es cierto. Mis elegidos ven toda la bondad y justicia en mí. Aún los
espíritus diabólicos lo hacen, aunque no en la luz sino en su propia
conciencia. Como un hombre en prisión, que se aprendió las letras y
aún las conoce cuando se encuentra en la oscuridad y no las ve, los
demonios, pese a que no ven mi justicia a la luz de mi claridad, aún
así, conocen y ven en su conciencia. Yo soy como una espada que
corta en dos. Le doy a cada persona lo que él o ella merecen.
Entonces, el Señor agregó, hablando al Bienaventurado Pedro: “Tú
eres el fundador de la fe y de mi Iglesia. Mientras lo escucha mi
Ejército, ¡declara la sentencia de estos cinco hombres!”.

Pedro contestó: “¡Gloria y honor para Ti, Señor, por el amor que
has demostrado a la tierra! ¡Que toda tu Corte te bendiga, porque Tú
nos haces ver y saber en Ti todo lo que es y lo que será! Vemos y
sabemos todo en Ti. Es verdaderamente justo que el primer hombre, el
que se sienta en tu asiento mientras que realiza los hechos de Lucifer,
vergonzosamente deba renunciar a ese asiento en el que presumió
sentarse y compartir el castigo de Lucifer. La sentencia del segundo
hombre es que aquél que haya abandonado la fe debe descender al
infierno con la cabeza abajo y los pies arriba, por haberte despreciado
a Ti, que deberías ser su cabeza y por haberse amado a sí mismo.

La sentencia del tercero es que no verá Tu rostro y será


condenado por su perversidad y avaricia, puesto que los que no creen
no merecen contemplar la visión de Ti. La sentencia del cuarto es que
debería ser encerrado y confinado en la oscuridad, como un hombre
fuera de sus sentidos. La sentencia del quinto es que deberá serle
enviada ayuda” Cuando el Señor oyó esto, respondió: “Prometo por
Dios, el Padre, cuya voz oyó Juan el Bautista en el Jordán, que haré
justicia a éstos cinco”.

Después, el Señor continuó, diciendo al primero de los cinco


hombres: “La espada de mi severidad atravesará tu cuerpo, entrando
desde lo alto de tu cabeza y penetrando tan profunda y firmemente que
nunca podrá ser sacada. Tu asiento se hundirá como una piedra pesada
y no cesará hasta que alcance la parte más baja de las profundidades.
Tus dedos, es decir, tus consejeros, arderán en un fuego sulfuroso e
inextinguible.

Tus brazos, es decir, tus vicarios, que debieran de haber


conseguido el beneficio de las almas, pero que en su lugar
consiguieron provechos mundanos y honores, serán sentenciados al
castigo del que habla David: ‘Que sus hijos queden huérfanos y su
mujer viuda, que los extraños le arrebaten su propiedad’. ¿Qué
significa ‘su mujer’ sino el alma que ha sido separada de la gloria del
Cielo y que quedará viuda de Dios? ‘Sus hijos’, es decir, las virtudes
que aparentaron poseer y mi gente sencilla, aquellos que se les
sometieron, serán apartados de ellos. Su rango y propiedad caerá en
manos de otros, y ellos heredarán la eterna vergüenza en lugar de su
rango privilegiado.

Sus mitras se hundirán en el barro del infierno y ellos mismos


nunca se levantarán de él. Por ello, lo mismo que el honor y el orgullo
que alcanzaron sobre otros aquí en la tierra, se hundirán en el infierno
tan profundamente, más que los demás, que les será imposible
levantarse. Sus extremidades, o sea, todos los sacerdotes aduladores
que les secunden, serán separados de ellos y aislados, igual que una
pared que se derrumba, en la que no quedará piedra sobre piedra y el
cemento ya no se adherirá a las piedras. La misericordia nunca les
llegará, porque mi amor nunca les calentará ni les repondrá en la
eterna Mansión Celestial. En su lugar, despojados de todo bien, serán
eternamente atormentados junto a sus líderes.
Al segundo hombre, Yo le digo: Dado que tú no quieres
mantenerte en la fe que me prometiste ni manifestar amor hacia mí, te
enviaré un animal que procederá del torrente impetuoso para
devorarte. Y, lo mismo que un torrente siempre corre hacia abajo, así
el animal te llevará a las partes más bajas del infierno. Tan imposible
como es para ti viajar corriente arriba contra un torrente impetuoso,
igual de difícil será para ti ascender desde el infierno.

Al tercer hombre, le digo: ‘Ya que tú, judío, no quieres creer que
Yo ya he venido, por ello, cuando vuelva para el segundo juicio, no
me verás en mi gloria sino en tu conciencia, y comprobarás que todo
lo que te dije era verdad. Entonces ahí quedará que seas castigado
como mereces’. Al cuarto hombre, le digo: ‘Como no te has ocupado
de creer ni has querido saber, tu propia oscuridad será tu luz y tu
corazón será iluminado para que comprendas que mis juicios son
verdaderos pero, sin embargo, tú no alcanzarás la luz’.

Al quinto hombre, le digo: ‘Haré tres cosas por ti. Primero, te


llenaré internamente de mi calor. Segundo, haré que tu boca sea más
fuerte y más firme que cualquier piedra, de modo que las piedras que
te arrojen serán rebotadas. Tercero, te armaré con mis armas, de forma
que ninguna lanza te dañará sino que todo cederá ante ti como la cera
frente al fuego.

Por tanto, ¡hazte fuerte y resiste como un hombre! Como un


soldado que, en la guerra, espera la ayuda de su Señor y lucha
mientras le quedan fluidos de vida, así también tú, ¡mantente firme y
lucha! El Señor, tu Dios, aquél a quien nadie puede resistir, te ayudará.
Y, como vosotros sois pocos en número, os daré honor y os convertiré
en muchos. Mirad, amigos míos, veis estas cosas y las reconocéis en
Mí y, por ello, se mantienen ante mí’. Las palabras que ahora he
pronunciado se cumplirán. Aquellos hombres nunca entrarán en mi
Reino mientras yo sea el Rey, a menos que enmienden sus caminos.
Porque el Cielo no será sino para aquellos que se humillan a sí
mismos y hacen penitencia”. Entonces, toda la corte respondió:
“¡Gloria a Ti, Señor Dios, que no tienes principio ni fin!”.
Palabras de la Virgen aconsejando a la esposa cómo tiene que amar a su Hijo
sobre todas las cosas, y sobre cómo cada virtud y gracia está contenida en la
Virgen gloriosa.

Capítulo 42

La Madre habló: “Yo tenía tres virtudes por las cuales agradé a mi
Hijo. Tenía tanta humildad que ninguna criatura, ni ángel ni ser
humano, era más humilde que yo. En segundo lugar, yo tenía
obediencia, por la cual me esforcé en obedecer a mi Hijo en todas las
cosas. En tercer lugar, tenía una gran caridad. Por esta razón he
recibido un triple honor de mi Hijo. Primero, se me dio más honor que
a los ángeles y los hombres, de forma que no hay virtud en Dios que
no irradie de mí, pese a que Él es la fuente y el Creador de todas las
cosas. Pero yo soy la criatura a la que Él ha garantizado la Gracia
principal en comparación con las demás.

Segundo, en razón de mi obediencia he adquirido tal poder que no


hay pecador, por manchado que esté, que no reciba el perdón si se
vuelve a mí con propósito de enmienda y corazón contrito. Tercero, en
razón de mi caridad, Dios se ha acercado tanto a mí que cualquiera
que vea a Dios me ve a mí, y cualquiera que me vea puede ver la
naturaleza divina y humana en mí y a mí en Dios, como si fuera un
espejo. Porque quien vea a Dios ve tres personas en Él, y quien me
vea a mí me ve como si fuera tres personas. Porque Dios me ha asido
en alma y cuerpo a Sí Mismo y me ha colmado de toda virtud, de
manera que no hay virtud en Dios que no brille en mí, pese a que Dios
es el Padre y el dador de todas las virtudes. Como si se tratara de dos
cuerpos conjuntados --uno recibe lo que recibe el otro—así ha hecho
Dios conmigo. No existe dulzura que no esté en mí.

Es como alguien que tiene una nuez y comparte un trozo con otra
persona. Mi alma y cuerpo son más puros que el sol y más limpios que
un espejo. Por ello, igual que las Tres Personas se verían en un espejo
si se situaran frente a él, así el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo
pueden verse en mi pureza. Una vez tuve a mi Hijo en el vientre junto
a su Naturaleza Divina. Ahora Él ha de verse en mí con sus dos
naturalezas, Divina y Humana, como en un espejo, porque yo he sido
glorificada. Por ello, esposa de mi Hijo, procura imitar mi humildad y
no ames a nada más que a mi Hijo”.

Palabras del Hijo a la esposa sobre cómo las personas se elevan de un pequeño
bien al bien perfecto y se hunden de un pequeño mal al mayor castigo.

Capítulo 43

El Hijo dijo: “A veces surge un gran beneficio a partir de un


pequeño bien. La palmera posee un olor maravilloso y dentro de su
fruto, el dátil, hay como una piedra. Si esta semilla se planta en un
suelo fértil, brotará y florecerá, creciendo hasta convertirse en un
altísimo árbol. Pero si se planta en suelo estéril, se secará. El suelo que
se deleita en el pecado es absolutamente estéril, carente de beneficios.
Si se siembra ahí la semilla de las virtudes no podrá brotar. Rico es el
suelo de la mente que conoce su pecado y se lamenta de haberlo
cometido. Si la ‘piedra’ del dátil, o sea, el pensamiento de mi severo
juicio y poder, se siembra ahí, echará tres raíces en la mente.

La primera raíz es el darse cuenta de que una persona no puede


hacer nada sin mi ayuda. Esto le hará abrir la boca en acción de
pedirme. La segunda raíz es comenzar a encomendarme a algunas
almas pequeñas por el bien de mi Nombre. La tercera raíz es retirarse
de los propios asuntos para servirme. La persona, entonces, empieza a
practicar la abstinencia, el ayuno y la negación de sí misma: este es el
tronco del árbol. Después, van creciendo las ramas de la caridad a
medida que uno conduce hacia el bien a todos los que puede.
Posteriormente, crece el fruto cuando instruye a otros según su
conocimiento y, piadosamente, trata de hallar maneras de darme una
mayor gloria. Este tipo de fruto es el más placentero para mí. De esta
forma, a partir de un pequeño comienzo uno se eleva hasta la
perfección. Mientras que la semilla forma raíz al principio mediante la
piedad, el cuerpo crece por medio de la abstinencia, las ramas se
multiplican por mediación de la caridad y el fruto crece a través de la
predicación.

De igual manera, una persona se hunde a partir de un ligero mal


hacia la máxima condena y castigo. ¿Sabes cuál es la carga más
pesada que impide que las cosas crezcan? Con certeza es la carga de
un niño que está a punto de nacer, pero que no puede salir y muere en
el vientre de la madre, y a la madre se le hace una hernia de la que
muere, y el padre la lleva a la tumba, con el niño dentro, y la entierra
con la materia putrefacta. Esto es lo que hace el demonio con el alma.
El alma inmoral es como la esposa del demonio que se somete a su
voluntad en todo. Ella concibe al hijo por el demonio, al obtener
placer en el pecado y regocijarse en él. Igual que una madre concibe y
engendra el fruto mediante una pequeña semilla que es casi
insignificante, igualmente, deleitándose en el pecado, el alma da
mucho fruto al demonio.

Posteriormente la fuerza y los miembros del cuerpo se van


formando a medida que se añade pecado sobre pecado y aumenta cada
día. La madre se hincha con el aumento de los pecados. Quiere dar a
luz pero no puede porque su naturaleza se ha consumido con el pecado
y se ha cansado de la vida. Ella hubiera preferido continuar pecando,
pero no puede, y Dios no se lo permite. Entonces el miedo se hace
presente porque ella no puede realizar su deseo. La fuerza y la alegría
se le acaban y se ve rodeada de preocupaciones y pesares. Entonces su
vientre revienta y ella pierde la esperanza de hacer el bien. Muere
mientras blasfema y reniega de la justicia divina. Y, así, es conducida
por el padre, el demonio hacia el sepulcro del infierno, donde ella
queda enterrada para siempre con la podredumbre de su pecado y con
el hijo de su depravado deleite. Ves así cómo un pecado, pequeño al
principio, llega a aumentar y crecer hasta la condenación”.

Palabras del Creador a la esposa sobre cómo Él es ahora despreciado y


ultrajado por personas que no prestan atención a lo que hizo por amor, al
aconsejarles mediante los profetas y mediante su propio sufrimiento para su
salvación. También sobre cómo ignoran el enfado que Él dirigió a los
obstinados corrigiéndolos severamente.
Capítulo 44

Yo soy el Creador y Señor de todas las cosas. Yo hice el mundo y


el mundo me evita. Oigo en el mundo un ruido parecido al de las
abejas que acumulan miel sobre la tierra. Cuando la abeja está volando
y comienza a aterrizar emite un zumbido. Ahora oigo como una voz
que zumba en el mundo y que dice: ‘¡No me importa!’. De hecho, la
humanidad no presta atención ni se preocupa de lo que hice por amor,
aconsejándoles mediante los profetas, por mi propia predicación y
mediante mi sufrimiento por ellos. No les importa lo que hice en mi
enojo, al corregir a los malvados y desobedientes. Sólo ven que son
mortales y se sienten inseguros sobre la muerte, pero no les preocupa.

Oyen y ven la justicia que infligí al Faraón y a Sodoma, debido al


pecado, y la que aplico sobre otros reyes y princesas, permitiéndola
diariamente mediante la espada y otras desgracias, pero parece que
están ciegos ante todo esto. Igual que las abejas, vuelan por donde
quieren. De hecho, a veces vuelan como si se disparasen hacia lo alto,
cuando se exaltan a sí mismos por el orgullo, pero enseguida caen de
nuevo rápidamente cuando vuelven a su lujuria y a su gula.

Reúnen miel de la tierra para sí mismos, fatigándose y


acumulando por si apremia la necesidad del cuerpo, pero no para el
alma. Buscan lo terreno más que el honor eterno. Convierten lo
pasajero en un auto castigo, lo inútil en tormento eterno. Sin embargo,
por los ruegos de mi Madre, enviaré mi voz clara a esas abejas,
excepto sobre mis amigos, que se encuentran en el mundo tan sólo en
cuerpo, y predicaré misericordia. Si me atienden se salvarán.

Respuesta de la Madre y de los ángeles, los profetas, los apóstoles y los


demonios a Dios, en presencia de la esposa, testimoniando su Grandeza en la
Creación, Encarnación, Redención y demás; sobre cómo la gente contradice
hoy todas estas cosas, y acerca de su severo juicio sobre ellos.
Capítulo 45

La Madre de Dios dijo: “Esposa de mi Hijo, vístete y permanece


firme porque mi Hijo se acerca a ti. Has de saber que su carne fue
estrujada como la uva en un lagar; pues debido a que el hombre pecó
con todos los miembros de su cuerpo, mi Hijo realizó la expiación en
todos los miembros de su Cuerpo. Los cabellos de mi Hijo fueron
arrancados, sus tendones distendidos, sus articulaciones desencajadas,
sus huesos dislocados, sus manos y pies completamente perforados.
Su mente fue agitada, su corazón afligido por el dolor, su estómago
absorbido hacia su espalda, y todo esto porque la humanidad había
pecado con cada miembro de su cuerpo.

Entonces, el Hijo habló en presencia de la Corte Celestial y dijo:


“Aunque todo lo sabéis en mí, hablo para esta esposa mía que está
aquí. A vosotros me dirijo, ángeles, decidme: ¿Quién es el que no tuvo
principio ni tendrá fin? ¿Y quién es el que creó todas las cosas y no
fue creado por nadie? Hablad y dad testimonio. Respondieron los
ángeles todos a una voz: “Señor, ése eres Tú, y damos testimonio de
tres cosas: Primero, de que eres nuestro Creador y de todo lo que hay
en el cielo y en la tierra. Segundo, de que eras y serás sin principio, tu
dominio es sin fin y tu poder eterno. Nada se ha hecho sin ti y sin ti
nada puede existir. En tercer lugar, testimoniamos que vemos en ti
toda justicia además de todo lo que ha sido y será. Todas las cosas son
presentes para ti, sin principio ni fin”.

Después, dijo a los profetas y patriarcas: ¿Quién os condujo de la


esclavitud a la libertad? ¿Quién dividió las aguas ante vosotros?
¿Quién os dio la Ley? Profetas, ¿quién os dio inspiración para hablar?
Ellos respondieron: “Tú, Señor. Tú nos sacaste de la esclavitud. Tú
nos diste le Ley. Tú inspiraste nuestro espíritu para hablar”.

Posteriormente, le dijo a su Madre: “¡Da verdadero testimonio de


todo lo que sabes de mí! Ella respondió: “Antes de que el ángel que
me enviaste viniera a mí, yo estaba sola en cuerpo y alma. Cuando
fueron pronunciadas las palabras del ángel, tu Cuerpo estuvo dentro de
mí en sus naturalezas divina y humana, y sentí tu Cuerpo en mi
cuerpo. Te engendré sin dolor. Te parí sin angustia. Te envolví en
pañales y te alimenté con mi leche. Estuve contigo desde tu
nacimiento hasta tu muerte.

Entonces, dijo el Señor a los apóstoles: “¡Decid a quién visteis,


oísteis y percibisteis con vuestros sentidos! Ellos le respondieron:
“Oímos tus palabras y las escribimos. Oímos tus palabras prodigiosas
cuando nos diste la Nueva Ley, cuando con una palabra Tú diste la
orden a los demonios y ellos salieron, cuando con una palabra
resucitaste a los muertos y sanaste a los enfermos. Te vimos en un
cuerpo humano. Vimos tus milagros en la gloria divina de tu
naturaleza humana. Te vimos apresado por tus enemigos y colgado en
una Cruz.

Te vimos sufrir de la manera más amarga y, después, ser enterrado


en un sepulcro. Te percibimos con nuestros sentidos cuando
resucitaste. Tocamos tu cabello y tu rostro. Tocamos tus miembros y
tus partes llagadas. Tú comiste con nosotros y compartiste nuestra
conversación. Tú eres verdaderamente el Hijo de Dios y el Hijo de la
Virgen. También te percibimos con nuestros sentidos cuando
ascendiste, en tu naturaleza humana, a la derecha del Padre, donde
estás eternamente”.

Después, le dijo Dios a los espíritus inmundos: “Aunque en


vuestra conciencia ocultáis la verdad, os ordeno que digáis quién fue
el que menguó vuestro poder”. Ellos le respondieron: “Como ladrones
que no dicen la verdad, a menos que tengan los pies atrapados en un
durísimo madero, nosotros no diríamos la verdad si no fuéramos
forzados por tu tremendo y divino poder. Tú eres quien descendió al
infierno con toda tu fuerza. Tú menguaste nuestro poder en el mundo.
Tú te llevaste del infierno lo que te correspondía por propio derecho.
Entonces el Señor dijo: “Date cuenta, todos los que tienen un espíritu
y no están arropados por un cuerpo declaran su testimonio de la
verdad ante mí. Pero aquellos que tienen un espíritu y un cuerpo, en
concreto los seres humanos, me contradicen. Algunos de ellos conocen
la Verdad, pero no les importa. Otros no la conocen y por ello dicen
que no les importa, pero afirman que todo es falso”.
Él le dijo, de nuevo, a los ángeles: “Los seres humanos dicen que
vuestro testimonio es falso, que yo no soy el Creador y que no todas
las cosas se conocen en mí. Por tanto, aman más a lo creado que a
mí”. Él dijo a los profetas: “Los hombres os contradicen y dicen que la
Ley no tiene sentido, que vosotros os liberasteis gracias a vuestro
propio valor y capacidad, que el Espíritu era falso y que vosotros
hablasteis por propia voluntad”. A su Madre le dijo: “Algunos dicen
que tú no eres Virgen, otros que Yo no me encarné de ti, otros conocen
la Verdad pero no les importa”.

A los apóstoles les dijo: “Os contradicen diciendo que sois


mentirosos, que la Nueva Ley es inútil e irracional. Hay otros que
creen que es verdadera pero no les importa. Ahora, pues, Yo os
pregunto: ¿Quién será su juez? Todos ellos le contestaron: “Tú, Dios,
que eres sin principio ni fin. Tú, Jesucristo, que eres uno con el Padre.
El Padre te ha otorgado todo el poder de juzgar, Tú eres su Juez”. El
Señor contestó: “Yo fui su acusador y ahora soy su Juez. Sin embargo,
pese a que todo lo sé y todo lo puedo, ¡dadme vuestro veredicto sobre
ellos!

Ellos respondieron: “Lo mismo que el mundo entero pereció en


sus comienzos por las aguas del diluvio, igual ahora el mundo merece
consumirse en fuego, pues la iniquidad y la injusticia son ahora más
abundantes que entonces”. El Señor respondió: “Como soy justo y
misericordioso y no hago juicio sin misericordia ni misericordia sin
justicia, una vez más enviaré mi misericordia al mundo por los ruegos
de mi Madre y de mis santos. Si los seres humanos no quieren
escuchar, les seguirá una justicia que será, con mucho, la más severa”.

Mutuas palabras de alabanza que, en presencia de santa Brígida, se dan Jesús y


María, y sobre cómo las personas ven ahora a Cristo como innoble,
desgraciado e indigno, le dicen que Él es así, y sobre la eterna condena de estas
personas.

Capítulo 46
María habló a su hijo, diciendo: “¡Bendito seas tú, que eres sin
principio ni fin! Tú tuviste el cuerpo más noble y bello; tú fuiste el
más valiente y virtuoso de los hombres. Tú fuiste la más digna de las
criaturas”. El Hijo respondió: “Las palabras que salen de tus labios me
resultan dulces y deleitan lo más profundo de mi corazón como la más
dulce de las bebidas. Tú eres para mí la más dulce de las criaturas. De
la manera en que una persona puede ver distintos rostros en un espejo
pero ninguno le agrada más que el suyo propio, así, aunque Yo ame a
mis santos, a ti te amo con un particular amor, porque Yo nací de tu
carne.

Tú eres como un incienso selecto, cuyo olor subió hasta la


divinidad y la atrajo a tu cuerpo. Esta misma fragancia elevó tu cuerpo
y tu alma hasta Dios, donde tú estás ahora en cuerpo y alma. Bendita
seas, porque los ángeles se regocijan en tu hermosura y todos los que
te invocan con un corazón sincero quedan liberados gracias a tu poder.
Todos los demonios tiemblan ante tu luz y no se atreven a permanecer
en tu esplendor porque ellos siempre quieren estar en las tinieblas.

Tú me has alabado por tres cualidades. Has dicho que Yo tenía el


cuerpo más noble, después has afirmado que Yo era el más valiente de
los hombres y, tercero, has dicho que Yo era la más digna de las
criaturas. Estas cualidades son contradichas, ahora, tan sólo por
aquellos que poseen un cuerpo y un alma. Dicen que Yo poseo un
cuerpo innoble, que soy el hombre más desgraciado y la más indigna
de las criaturas. ¿Qué es más innoble que arrastrar a otros al pecado?
Esto es lo que dicen de mi cuerpo: que conduce al pecado. Dicen,
literalmente, que el pecado no es tan repugnante ni disgusta a Dios
tanto como lo que Yo he dicho. ‘Porque –según ellos—nada existe a
menos que Dios quiera y nada ha sido creado sin Él. ¿Por qué,
entonces, no podríamos usar todo lo creado como nosotros queramos?
Nuestra natural fragilidad así lo exige y esta es la forma en que todos
hemos vivido antes y aún vivimos’.

Así es como, ahora, las personas se dirigen a Mí. Mi naturaleza


humana, con la que aparecí entre los hombres como Dios verdadero,
es efectivamente considerada por ellos como innoble, a pesar de lo
mucho que Yo aparté a la humanidad del pecado y les mostré lo grave
que esto era, como si Yo les hubiera alentado a hacer algo inútil y
torpe. Dicen, literalmente, que nada es noble excepto el pecado y todo
aquello que satisfaga sus caprichos. También dicen que Yo soy el más
desgraciado de los hombres. ¿Quién es más desgraciado que alguien
que, cuando dice la verdad, ve su boca magullada por las piedras que
le arrojan y es golpeado en la cara y, encima de todo eso, escucha los
reproches de la gente diciéndole: ‘si fuera un hombre se vengaría’?.
Esto es lo que hacen conmigo.

Hablo con ellos a través de sabios doctores y de la Sagrada


Escritura, pero ellos dicen que Yo miento. Hieren mi boca con piedras
y con puñetazos cometiendo adulterio, matando y mintiendo. Dicen:
‘Si fuera un hombretón, si fuera el más poderoso de Dios, se vengaría
de estas transgresiones’. Sin embargo, Yo sufro en mi paciencia. Cada
día, les oigo afirmar que el castigo ni es eterno ni tan severo como se
ha dicho, y mis palabras se consideran mentiras.

Por último, me ven como la más indigna de las criaturas. ¿Qué es


más despreciable en la casa que un perro o un gato que alguno estaría
más que contento en cambiar por un caballo, si pudiera? Pero la gente
sostiene que Yo soy peor que un perro. No me tomarían si para ello
tuvieran que desprenderse del perro, y antes me rechazarían y me
negarían que quedarse sin la caseta del perro. ¿Hay algo tan
insignificante para la mente que no sea considerado de más valor o
más deseado que yo? Si me tuvieran en mayor estima que a las demás
criaturas me amarían más que los demás. Pero no poseen nada tan
insignificante que no lo amen más que a mí.

Se apenan de cualquier cosa más que de mí. Se disgustan por sus


propias pérdidas y por las de sus amigos. Se apenan por una sola
palabra ofensiva. Se entristecen por ofender a personas de mayor
rango que ellos, pero no les importa ofenderme a Mí, el Creador de
todas las cosas. ¿Quién hay que sea tan despreciado que no sea
escuchado cuando pide algo o que no sea compensado cuando ha dado
algo? Yo soy rematadamente indigno y despreciable a sus ojos, tanto
que no me consideran merecedor de ningún bien, pese a que Yo les he
dado todo lo bueno.

Madre mía, tú has saboreado más de mi sabiduría que los demás y


nada más que la verdad ha salido de tus labios. Tampoco de mis labios
puede salir otra cosa más que la verdad. En presencia de todos los
santos Yo me exculparé a mí mismo ante el primer hombre, el que dijo
que Yo tenía un cuerpo indigno. Demostraré que, de hecho, poseo el
cuerpo más noble, sin deformidad ni pecado, y ese hombre caerá en el
eterno reproche para que todos lo vean. Al que dijo que mis palabras
eran mentira y que no sabía si Yo era o no era Dios, le demostraré que
Yo verdaderamente soy Dios y él se deslizará como el barro hasta el
infierno. Y al tercero, al que sostuvo que Yo era indigno, lo condenaré
al castigo eterno, de manera que nunca vea mi gloria ni mi gozo”.

Entonces, le dijo a la esposa: “¡Mantente firme a mi servicio! Tú


has resultado verte rodeada por un muro, como si dijéramos, del cual
no puedes escapar ni excavar sus fundamentos. ¡Asume
voluntariamente esta pequeña tribulación, y llegarás a experimentar el
eterno descanso en mis brazos! Tú conoces la voluntad del Padre,
escuchas las palabras del Hijo y conoces mi Espíritu. Obtienes deleite
y consuelo en conversación con mi Madre y mis santos. Por ello
¡mantente firme! De lo contrario, llegarás a conocer esa justicia mía
por la cual te verás forzada a hacer lo que, ahora amablemente, Yo te
estoy alentando a que hagas.

Palabras del Señor a la esposa sobre la adhesión a la Nueva Ley; sobre cómo
esa misma Ley es ahora rechazada y desestimada por el mundo; sobre cómo los
malos sacerdotes no son sacerdotes de Dios sino traidores de Dios, y acerca de
su maldición y condena.

Capítulo 47

Yo soy el Dios que, en un tiempo, fui llamado el Dios de


Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Yo soy el Dios que di la
Ley a Moisés. Esta Ley era como una vestidura. Igual que una madre
embarazada prepara los vestidos para su niño, así Dios preparó la Ley,
que era como la ropa, sombra y señal de los tiempos venideros. Yo me
vestí y me envolví a mí mismo con las vestiduras de la nueva Ley.
Cuando un niño crece, sus ropas son cambiadas por otras nuevas.

De igual manera, cuando las vestiduras de la Vieja Ley estaban a


punto de ser abandonadas, Yo me vestí con la nueva ropa, o sea, con la
Nueva Ley, y se la di a todos lo que quisieron tenerme a mí y a mi
ropaje. Esta ropa no es ni muy apretada ni difícil de llevar sino que
está bien proporcionada por todas partes. No obliga a las personas a
ayunar o a trabajar demasiado, ni a matarse, ni a hacer nada que esté
más allá de los límites de sus posibilidades, sino que es provechosa
para el alma y conducente a la moderación y castigo del cuerpo.

Porque, cuando el cuerpo se adhiere demasiado al pecado, este


pecado consume al cuerpo. Dos cosas pueden hallarse en la Nueva
Ley. Primera, una prudente templanza y el recto uso de todos los
bienes espirituales y físicos. Segunda, una gran facilidad para
mantenerse en la Ley por el hecho de que, una persona que no puede
mantenerse en un estado, puede quedarse en el otro. Aquí uno puede
ver que una persona que no podía vivir celibato, todavía puede vivir
en un matrimonio con honor, podía levantar otra vez y seguir. Pero,
ahora Mi ley esta rechazada y despreciada.

La gente dice que la Ley es demasiado estrecha, pesada y nada


atractiva. La llaman estrecha porque nos obliga a contentarnos con lo
que es necesario y a abandonar lo que es superfluo. Pero ellos quieren
tener de todo más allá de la razón y más de lo que el cuerpo puede
acarrear, como si fueran reses. Es por esto que les parece muy
apretada o estricta. En segundo lugar, dicen que es pesada porque la
Ley dice que uno debe ser indulgente con los deseos de placer
ateniéndose a la razón y en momentos determinados. Pero ellos
quieren ser indulgentes con el placer más de lo que les conviene y más
allá de lo delimitado. Tercero, dicen que no es atractiva porque la Ley
les ordena que amen la humildad y que atribuyan a Dios todo lo
bueno. Quieren ser orgullosos y ensalzarse a sí mismos por los buenos
regalos que Dios les ha dado, y es por esto que la Ley no es atractiva
para ellos.

¡Mira cómo desprecian ellos las vestiduras que Yo les di! Yo


terminé con las formas antiguas e introduje las nuevas para que
duraran hasta el día en que Yo volviera para el Juicio, porque los
viejos caminos eran demasiado difíciles. Pero ellos, afrentosamente,
han descartado las ropas con las que Yo cubrí el alma, es decir, una fe
ortodoxa. Encima de todo eso, añaden pecado a pecado porque
también quieren traicionarme. ¿No dice David en el Salmo ‘Aquel que
comió de mi pan planeó la traición contra mí’? Yo quiero que anotes
dos cosas en estas palabras. Primero, él no dice “planea” sino
“planeó”, como si fuera algo ya pasado.

Segundo, él apunta sólo a un hombre como el traidor. Sin


embargo, Yo digo que son todos aquellos que en el presente me
traicionan, no los que han sido ni los que serán, sino aquellos que aún
están vivos. Digo también que no es sólo una persona sino mucha
gente. Pero tú me puedes preguntar: ‘¿No hay dos tipos de pan, uno
invisible y espiritual en el que viven los ángeles y los santos y otro
que pertenece a la tierra, mediante el cual se alimentan los hombres?
¿Pero, si ángeles y santos no desean nada que no esté de acuerdo con
tu voluntad, y los hombres no pueden hacer nada que tú no aceptes,
cómo pueden traicionarte?’

En presencia de mi Corte Celestial, que sabe y ve todo en mí,


respondo por tu bien, de forma que puedas comprender: Hay, de
hecho, dos tipos de pan. Uno que es de los ángeles, que comen mi pan
en mi Reino y están colmados de mi gloria indescriptible. Ellos no me
traicionan porque no quieren nada más que lo que yo quiero. Pero
aquellos que toman mi pan en el altar me traicionan. Yo soy
verdaderamente ese pan. Tres cosas se pueden percibir en ese pan: la
forma, el sabor y la redondez. Yo soy, de hecho, ese pan y –al igual
que el pan—tengo tres cosas en mí: sabor, forma y redondez. Sabor,
porque todo es insípido, insustancial y carente de sentido sin mí, lo
mismo que una comida sin pan no tiene sabor y no es nutritiva. Yo
también tengo la forma del pan, en cuanto que Yo soy de la tierra.
Soy de la Madre Virgen, mi Madre es la de Adán, Adán es de la
tierra. También tengo redondez en cuanto que no existe principio ni
fin, porque yo no tengo ni principio ni fin. Nadie puede encontrarle un
fin o un principio a mi sabiduría, a mi poder o caridad. Yo estoy en
todas las cosas, sobre todas las cosas y más allá de todas las cosas.
Aún si alguien volara perpetuamente como una flecha, sin parar,
nunca encontraría un final o un límite a mi poder y a mi fuerza. A
través de esas cosas, sabor, forma y redondez, Yo soy el pan que
parece y sabe a pan en el altar, pero que se transforma en mi cuerpo
que fue crucificado. Igual que cualquier materia fácilmente inflamable
es rápidamente consumida cuando se coloca en el fuego, y no queda
nada de la forma de la madera sino que todo se convierte en fuego, así
también sucede cuando se dicen estas palabras:

‘Éste es mi Cuerpo’, lo que antes era pan se convierte


inmediatamente en mi cuerpo. Se hace una llama, no mediante el
fuego como con la madera sino mediante mi divinidad. Por ello,
aquellos que comen mi pan me traicionan ¿Qué clase de asesinato
puede ser más aborrecible que cuando alguien se mata a sí mismo? ¿O
qué traición podría ser peor que cuando, entre dos personas unidas por
un vínculo indisoluble, como una pareja de casados, una traiciona a la
otra? ¿Qué hace uno de los esposos para traicionar al otro? Él le dice a
ella, a modo de engaño: ‘¡Vamos a tal y tal sitio, de forma que yo
pueda hacer mi porvenir contigo!’

Ella va con él en toda la simplicidad, preparada para satisfacer


cualquier deseo de su marido. Pero, cuando él encuentra la
oportunidad y el lugar, arroja contra ella tres armas traicioneras. O
bien emplea algo lo suficientemente pesado como para matarla de un
golpe, o lo suficientemente afilado como para rebanar exactamente sus
órganos vitales, o algo tan asfixiante que sofoca directamente en ella
el espíritu de vida. Entonces, cuando ella ha muerto, el traidor piensa
para sus adentros: ‘Ahora he obrado mal. Si mi crimen sale a la luz y
se hace público, seré condenado a muerte’. Entonces él se lleva el
cuerpo de la mujer a algún lugar escondido, de forma que su pecado
no sea descubierto.
Esta es la forma en la que soy tratado por los sacerdotes que me
traicionan. Porque ellos y yo estamos unidos mediante un solo vínculo
cuando ellos toman el pan y, pronunciando las palabras, lo
transforman en mi verdadero Cuerpo, que yo recibí de la Virgen.
Ninguno de los ángeles puede hacer esto. Yo les he dado sólo a los
sacerdotes esa dignidad y les he seleccionado de entre las más altas
órdenes. Pero ellos me tratan como traidores. Ponen una cara feliz y
complaciente para mí y me llevan a un lugar escondido en el que
puedan traicionarme. Estos sacerdotes ponen cara de felicidad,
aparentando ser buenos y simples. Me llevan a la cámara escondida
cuando se acercan al altar. Allí Yo soy como la novia o la recién
casada, dispuesta a complacer todos sus deseos y, en lugar de eso, me
traicionan.

Primero me golpean con algo pesado, cuando el Oficio Divino,


que ellos recitan para mí, se vuelve pesaroso y cargante para ellos. De
buena gana dirían cien palabras para el bien del mundo que una sola
en mi honor. Antes darían cien lingotes de oro por el bien del mundo
que un solo céntimo en mi honor. Trabajarían cien veces por su propio
beneficio antes que una sola vez en mi honor. Ellos me presionan con
este pesado fardo, tanto que es como si estuviese muerto en sus
corazones. En segundo lugar, me atraviesan como con una afilada
cuchilla que penetra mis órganos vitales cada vez que un sacerdote
sube al altar, sabiendo que ha pecado y se arrepiente, pero está
firmemente decidido a volver a pecar una vez que ha terminado su
oficio. Éste dice para sus adentros: ‘Yo, de hecho, me arrepiento de mi
pecado, pero no pienso dejar a la mujer con la que he pecado hasta que
ya no pueda pecar más’. Esto me perfora como la más afilada de las
cuchillas.

Tercero, es como si asfixiaran mi Espíritu cuando piensan para


sus adentros: ‘Es bueno y agradable estar en el mundo, es bueno ser
indulgente con los deseos y no me puedo contener. Haré eso mientras
sea joven y, cuando me haga mayor ya me abstendré y enmendaré mis
caminos. Por este perverso pensamiento ellos sofocan el espíritu de la
vida. ¿Pero cómo sucede esto? Pues bien, el corazón de éstos se
vuelve tan frío y tibio hacia mí y hacia cada virtud que nunca más
puede ser calentado o renacer a mi amor.

Igual que el hielo no coge fuego ni aunque se sostenga encima de


una llama sino que tan solo se derrite, de la misma manera, aún si Yo
les di mi gracia y ellos escuchan palabras de advertencia, no vuelven a
levantarse a la forma de la vida, sino que apenas crecen estériles y
flojos respecto de cada una de las virtudes. Y así me traicionan en que
aparentan ser simples cuando, en realidad, no lo son, y están
deprimidos y disgustados a la hora de darme la gloria, en lugar de
regocijarse en ello, y también en que intentan pecar y continúan
pecando hasta el final.

También me ocultan, por decirlo de alguna manera, y me colocan


en un lugar escondido, cuando piensan en sus adentros: ‘Sé que he
pecado, pero si me abstengo de realizar el Oficio, seré avergonzado y
todos me van a condenar’. Así que, imprudentemente, suben al altar y
me manejan a mí, verdadero Dios y verdadero hombre. Estoy como si
me hallara con ellos en un lugar escondido, puesto que nadie sabe ni
se da cuenta de lo corruptos y sinvergüenzas que son.

Yo, Dios, estoy ahí tendido frente a ellos como en un


encubrimiento, porque, aún cuando el sacerdote es el peor de los
pecadores y pronuncia estas palabras “Este es mi Cuerpo”, él aún
consagra mi Verdadero Cuerpo, y Yo, Verdadero Dios y Hombre, me
tiendo ahí ante él. Cuando me pone en su boca, sin embargo, Yo ya no
estoy presente para él en la gracia de mis naturalezas divina y humana
–sólo queda para él la forma y el sabor del pan—no porque yo no esté
realmente presente para los perversos igual que para los buenos,
debido a la institución del Sacramento, sino porque los buenos y los
perversos no lo reciben con el mismo efecto.

Mira, ¡esos sacerdotes no son mis sacerdotes sino, en realidad,


mis traidores! Ellos también me venden y me traicionan, como Judas.
Yo miro a los paganos y a los judíos pero no veo a nadie peor que
estos sacerdotes, dado que han caído en el pecado de Lucifer. Ahora,
déjame decirte su sentencia y a quién se asemejan. Su sentencia es la
condena. David condenó a aquellos que desobedecían a Dios, no por
ira o por mala voluntad ni por impaciencia sino debido a la divina
justicia, porque él era un honrado profeta y rey. Yo, también, que soy
mayor que David, condeno a estos sacerdotes, no por la ira ni la mala
voluntad sino por la justicia.

Maldito sea todo lo que toman de la tierra para su propio


provecho, porque no alaban a su Dios y Creador que les dio esas
cosas. Maldito sea el alimento y la bebida que entra por sus bocas y
que alimenta sus cuerpos para que se conviertan en alimento de los
gusanos y destinen sus almas al infierno. Malditos sean sus cuerpos,
que se levantarán de nuevo en el infierno para ser abrasados sin fin.
Malditos sean los años de sus vidas inútiles. Maldita sea su primera
hora en el infierno, que nunca terminará. Malditos sean por sus ojos,
que vieron la luz del Cielo.

Malditos sean por sus oídos que oyeron mis palabras y


permanecieron indiferentes. Malditos sean por su sentido del gusto,
por el cual paladearon mis manjares. Malditos sean por su sentido del
tacto, mediante el cual me manejaron. Malditos sean por su sentido del
olfato, por el cual olieron exquisitos aromas y me descuidaron a Mí,
que soy el más exquisito de todos.

Ahora, ¿Cómo son exactamente malditos? Pues bien, su visión


está maldita porque no disfrutarán de la visión de Dios en sí sino que
tan solo verán sombras y castigos del infierno. Sus oídos están
malditos porque ellos no oirán mis palabras sino tan sólo el clamor y
los horrores del infierno. Su sentido del gusto está maldito, porque no
degustarán los bienes y el gozo eternos sino la eterna amargura. Su
sentido del tacto está maldito, porque no conseguirán tocarme sino tan
sólo al fuego perpetuo.

Su sentido del olfato está maldito, porque no olerán ese dulce


aroma de mi Reino, que sobrepasa a todas las esencias, sino que sólo
tendrán el hedor del infierno, que es más amargo que la bilis y peor
que sulfuro. Sean malditos por la tierra y el cielo y por todas las
bestias. Esas criaturas obedecen y glorifican a Dios, mientras que ellos
le han rehuido. Por ello, Yo prometo por la verdad, Yo que soy la
Verdad, que si ellos mueren así, con esa disposición, ni mi amor ni mi
virtud les cubrirá. Por el contrario, serán condenados para siempre.

Sobre cómo, en presencia de la Corte Celestial y de la esposa, la divina


naturaleza habla a la naturaleza humana contra los cristianos, igual que Dios
habló a Moisés contra el pueblo; sobre los sacerdotes condenables, que aman el
mundo y desprecian a Cristo, y sobre su castigo y maldición.

Capítulo 48

La Corte Celestial fue vista en el Cielo y Dios les dijo: “Mirad,


por el bien de esta esposa mía, aquí presente, que me dirijo a vosotros,
amigos míos que me estáis escuchando, vosotros que sabéis,
comprendéis y veis todo en mí. Como si alguien hablase consigo
mismo, mi naturaleza humana le va a hablar a mi naturaleza divina.
Moisés estuvo con el Señor en la montaña cuarenta días y cuarenta
noches. Cuando el pueblo vio que él se había marchado por largo
tiempo, tomaron oro, lo fundieron en el fuego y crearon con él un
becerro al que llamaron su dios. Entonces, Dios le dijo a Moisés: ‘El
pueblo ha pecado. Los eliminaré, igual que se borran las letras de un
libro’.

Moisés respondió: ‘¡No lo hagas Señor! Recuerda cómo los


guiaste desde el Mar Rojo y obraste maravillas por ellos. ¿Si los
eliminas, dónde quedará entonces tu promesa? No lo hagas, te lo
ruego, pues tus enemigos dirán: El Dios de Israel es malvado, condujo
a la gente desde el mar y los mató en el desierto’. Y Dios se aplacó
con estas palabras.

Yo soy Moisés, figuradamente hablando. Mi naturaleza divina


habla a mi naturaleza humana, igual que lo hizo con Moisés,
diciéndole: ‘¡Mira lo que ha hecho tu pueblo, mira cómo me han
despreciado! Todos los cristianos morirán y su fe quedará borrada’. Mi
naturaleza humana responde: ‘No, Señor. ¡Recuerda cómo dirigí al
pueblo a través del mar por mi sangre, cuando fui apaleado desde la
planta de mis pies hasta la coronilla de mi cabeza! Yo les prometí la
vida eterna. ¡Ten misericordia de ellos, por mi pasión! Cuando la
naturaleza divina oyó esto, se apiadó de él y le dijo: ‘¡Así sea, pues se
te ha dado todo el juicio!’. ¡Fijaos cuánto amor, amigos míos!

Pero ahora, en vuestra presencia, mis amigos espirituales, mis


ángeles y santos, y en presencia de mis amigos corpóreos, que están
en el mundo aunque sólo lo están en su cuerpo, me lamento de que mi
gente esté acumulando leña, encendiendo una hoguera y arrojando oro
en ella de la que emerge un becerro para que ellos lo adoren como a
un dios. Como un becerro, se sostienen a cuatro patas y tienen una
cabeza, una garganta y un rabo.

Cuando Moisés se retrasaba en la montaña, la gente decía: ‘No


sabemos qué ha podido ocurrirle’. Se lamentaron de que les hubiese
guiado para salir de su cautiverio y dijeron: ‘¡Vamos a hacer otro dios
que nos dirija!’. Así es como estos malditos sacerdotes me están
tratando ahora. Ellos dicen: ¿Por qué vivimos una vida más austera
que los demás? ¿Cuál es nuestra compensación? Estaríamos mejor si
viviéramos sin preocupaciones, en la abundancia. ¡Vamos, pues, a
amar al mundo del cual tenemos certeza! Al fin y al cabo, no estamos
seguros de su promesa’. Así, reúnen leña, o sea, aplican todos sus
sentidos a amar al mundo. Encienden una hoguera cuando todo su
deseo es para el mundo, y arden a medida que crece su codicia en su
mente y termina resultando en obras.

Después, le arrojan oro, que significa que todo el amor y respeto


que me deberían profesar lo dedican a obtener el respeto del mundo.
Entonces, emerge el becerro, es decir, el amor total del mundo, con
sus cuatro patas de indolencia, impaciencia, alegría superflua y
avaricia. Estos sacerdotes, que deberían ser míos, sienten pereza a la
hora de honrarme, impaciencia ante el sufrimiento, se exceden en
vanas alegrías y nunca se conforman con lo que consiguen. Este
becerro también tiene una cabeza y una garganta, es decir, un deseo de
glotonería que nunca se aplaca, ni aunque se tragara el mar entero.
El rabo del becerro es su malicia, pues no dejan que nadie
mantenga su propiedad, extorsionan siempre que pueden. Por su
ejemplo inmoral y su desprecio, hieren y pervierten a los que me
sirven. Así es el amor al becerro que hay en sus corazones, y en él se
regocijan y deleitan. Piensan en mí igual que aquellos hicieron con
Moisés: ‘Se ha ido por mucho tiempo –dicen--. Sus palabras parecen
sin sentido y trabajar para él es muy pesado. ¡Hagamos lo que nos de
la gana, dejemos que nuestras fuerzas y placeres sean nuestro dios!
¡No se contentan, tampoco, quedándose ahí y olvidándome por
completo sino que, encima, me tratan como a un ídolo!

Los gentiles acostumbraban a adorar pedazos de madera, piedras


y personas muertas. Entre otros, adoraban a un dios cuyo nombre era
Belcebú. Sus sacerdotes le ofrecían incienso, genuflexiones y gritos de
alabanza. Todo lo que era inútil en su ofrenda de sacrificios se
arrojaba al suelo y las aves y moscas se lo comían. Pero los sacerdotes
solían quedarse con todo aquello que pudiera resultarles útil.
Entonces, echaban un cerrojo a la puerta de su ídolo y guardaban la
llave personalmente, de forma que nadie pudiese entrar.

Así es como los sacerdotes me tratan en estos tiempos. Me


ofrecen incienso, o sea, hablan y predican bellas palabras a la gente
para conseguir respecto hacia sí mismos y provechos temporales, pero
no por amor a mí. Y lo mismo que no se puede sujetar el aroma del
incienso, aunque lo huelas y lo veas, tampoco sus palabras tienen
efecto alguno en las almas como para echar raíces y mantenerse en sus
corazones, sino que son palabras que sólo se oyen y complacen
pasajeramente.

Ofrecen oraciones, pero no todas son de mi agrado. Como quien


grita alabanzas con sus labios pero mantiene su corazón callado, se
mantienen cerca de mí rezando con los labios pero en el corazón
merodean por el mundo. Sin embargo, cuando hablan con una persona
de rango, mantienen su mente en lo que dicen para no cometer errores
que podrían ser observados por otros. En mi presencia, sin embargo,
los sacerdotes son como hombres atontados que dicen una cosa con la
boca y tienen otra en el corazón. La persona que los escuche no puede
tener certeza sobre ellos. Doblan sus rodillas ante mí, es decir, me
prometen humildad y obediencia, pero en realidad son tan humildes
como Lucifer. Obedecen a sus propios deseos, no a mí.

También me encierran y se guardan la llave personalmente. Se


abren a mí y me ofrecen alabanzas cuando dicen ‘¡Hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo!’ Pero después me vuelven a encerrar al
poner en práctica sus propios deseos, mientras que los míos se vuelven
como los de un hombre preso e impotente porque no puedo ser visto
ni oído. Ellos guardan la llave personalmente en el sentido de que, por
su ejemplo, también conducen al extravío a los que quieren seguir mi
voluntad y, si pudieran, evitarían que saliera mi voluntad y se
cumpliese, excepto cuando ésta se ajustase a su propio deseo.

Se quedan con todo lo que, en las ofrendas de sacrificios, es útil


para ellos y exigen todos sus derechos y privilegios. Sin embargo,
parecen considerar inútiles los cuerpos de las personas que caen al
suelo y mueren. Para ellos están obligados a ofrecer el sacrificio más
importante, pero los dejan ahí para las moscas, o sea, para los gusanos.
No se preocupan ni se molestan por los derechos de esas personas ni
por la salvación de las almas.

¿Qué fue lo que se dijo a Moisés? ‘¡Mata a los que hicieron este
ídolo!’ Algunos fueron eliminados, pero no todos. Así pues, mis
palabras vendrán ahora y los matarán, a algunos en cuerpo y en alma a
través de la condenación eterna; a otros en vida, para que se
conviertan y vivan; otros aún mediante una muerte repentina, al
tratarse de sacerdotes que me son totalmente odiosos ¿Con qué los voy
a comparar? De hecho son como los frutos del brezo, que por fuera
son bonitos y rojos pero por dentro están llenos de impurezas y de
espinas.

Igualmente, estos hombres acuden a mí como rojos de caridad y a


la gente le parecen puros, pero por dentro están llenos de porquería. Si
estos frutos se colocan en el suelo, de ellos salen y crecen más brotes
de brezo. Así, estos hombres esconden su pecado y su maldad de
corazón como en el suelo, y se vuelven tan arraigados en la maldad
que ni siquiera se avergüenzan de mostrarse en público y alardear de
su pecado. Por ellos, otras personas no sólo hallan ocasión de pecar
sino que quedan seriamente dañadas en su alma, pensando para sus
adentros: ‘Si los sacerdotes hacen esto, más lícito será que lo hagamos
nosotros’.

Ocurre, así, que no sólo se parecen a la fruta del bierzo sino


también a sus espinas, en el sentido de que éstos desdeñan ser
movidos por la corrección y la advertencia. Piensan que no hay nadie
más sabio que ellos y que pueden hacer lo que les parezca. Por lo
tanto, juro por mis naturalezas divina y humana, en la audiencia de
todos los ángeles, que atravesaré la puerta que ellos han cerrado de mi
voluntad. Mi voluntad se cumplirá y la suya será aniquilada y
encerrada en un castigo sin fin. Entonces, como se dijo antiguamente,
mi juicio comenzará con mi clero y desde mi propio altar”.

Palabras de Cristo a la esposa sobre cómo Cristo es figuradamente comparado


con Moisés, dirigiendo al pueblo fuera de Egipto, y sobre cómo los condenables
sacerdotes, que Él ha elegido en lugar de los profetas como sus mejores amigos,
gritan ahora: “¡Aléjate de nosotros!”

Capítulo 49

El Hijo habló: “Antes me he comparado figuradamente con


Moisés. Cuando él guiaba al pueblo, el agua se sujetó como una pared,
a la izquierda y a la derecha. De hecho Yo soy Moisés, figuradamente
hablando. Yo guié al pueblo cristiano, es decir, abrí el Cielo para ellos
y les mostré el camino. Pero ahora he elegido a otros amigos para mí,
más especiales e íntimos que los profetas, en concreto, mis sacerdotes.
Éstos no solo oyen y ven mis palabras, cuando me ven a mí, sino que
hasta me tocan con sus manos, cosa que ni los profetas ni los ángeles
pudieron hacer.

Estos sacerdotes, que Yo escogí como amigos en lugar de los


profetas, me aclaman, pero no con deseo y amor como hicieron los
profetas, sino que me aclaman con dos voces opuestas. No me
aclaman con hicieron los profetas: ‘¡Ven, Señor, porque eres bueno!’
En lugar de esto, los sacerdotes me gritan: ‘¡Apártate de nosotros,
pues tus palabras son amargas y tus obras son pesadas y nos resultan
escandalosas!’ ¡Fíjate lo que dicen estos condenables sacerdotes!

Estoy ante ellos como la más mansa de las ovejas, ellos obtienen
de mí lana para sus vestidos y leche para su refresco, y aún así me
aborrecen por amarles tanto. Estoy ante ellos como un visitante que
dice: ‘¡Amigo, dame lo necesario, que no lo tengo, y recibirás la
máxima recompensa de Dios!’ Pero, a cambio de mi mansa
simplicidad, me arrojan afuera, como si fuera un lobo mentiroso en
espera de la oveja principal. En lugar de darme su acogida me tratan
como a un traidor indigno de hospitalidad y se niegan a alojarme.

¿Qué hará entonces el visitante rechazado? ¿Se armará contra el


anfitrión, que lo echa fuera de su casa? De ninguna manera. Eso no
sería justo, pues el propietario puede dar o negar su propiedad a quien
él quiera. ¿Qué hará, pues, el visitante? Ciertamente, habrá de decirle
a quien lo rechaza: ‘Amigo, sí tú no quieres alojarme, me iré a otro
que se apiade de mí’. Y, yéndose a otro lugar, podrá oír de un nuevo
anfitrión: ‘Bienvenido, señor, todo lo que tengo es tuyo. ¡Sé tú ahora
el amo! Yo seré tu siervo y tu invitado’.

Esos son los tipos de casa en los que me gusta estar, donde oigo
esas palabras. Yo soy como el visitante rechazado por los hombres.
Aunque puedo entrar en cualquier lugar, en virtud de mi poder, aún
así, bajo el mandato de la justicia, tan sólo entro allí donde las
personas me reciben de buena voluntad como a su verdadero Señor, no
como a un huésped, y confían su propia voluntad en mis manos”.

Palabras de mutua alabanza de la Madre y el Hijo, sobre la gracia concedida


por el Hijo a su Madre para las almas del purgatorio y los que aún están en este
mundo.

Capítulo 50
María habló a su Hijo diciéndole: “¡Bendito sea tu nombre, Hijo
mío, bendita y eterna sea tu divina naturaleza, que no tiene principio
ni fin! En tu naturaleza divina hay tres atributos maravillosos de
poder, sabiduría y virtud. Tu poder es como la más ardiente de las
llamas ante la cual cualquier cosa firme y fuerte, así como la paja seca,
pasará por el fuego. Tu sabiduría es como el mar, que nunca se puede
vaciar debido a su abundancia, y que cubre valles y montañas cuando
aumenta y las inunda. Es igualmente imposible comprender y penetrar
tu sabiduría. ¡Qué sabiamente has creado a la humanidad y la has
establecido sobre toda tu creación!

¡Qué sabiamente ordenaste a las aves en el aire, a las bestias en la


tierra, a los peces en el mar, dando a cada uno su propio tiempo y
lugar! ¡Qué maravillosamente a todo das la vida y se la quitas! ¡Qué
sabiamente das conocimiento a los incipientes y se lo quitas a los
soberbios! Tu virtud es como la luz del sol, que brilla en el cielo y
llena la tierra con su resplandor. Tu virtud, de esa manera, satisface lo
alto y lo bajo y llena todas las cosas. ¡Por eso, bendito seas Hijo mío,
que eres mi Dios y mi Señor!”.

El Hijo respondió: “Mi querida Madre, tus palabras me resultan


dulces, pues proceden de tu alma. Eres como la aurora que avanza en
clima sereno. Tú iluminas los Cielos; tu luz y tu serenidad sobrepasan
a todos los ángeles. Por tu serenidad atrajiste a ti al verdadero sol, es
decir, a mi naturaleza divina, tanto que el sol de mi divinidad vino
hasta ti y se asentó en ti. Por su candor, tú recibiste el candor de mi
amor más que todos los demás y, por su esplendor, fuiste iluminada en
mi sabiduría más que todos los demás. Las tinieblas fueron arrojadas
de la tierra y todos los cielos se alumbraron a través de ti.

En verdad Yo digo que tu pureza, más agradable para mí que


todos los ángeles, atrajo tanto a mi divinidad hasta ti que fuiste
inflamada por el calor del Espíritu. En Él tú engendraste al verdadero
Dios y hombre, resguardado en tu vientre, por el que la humanidad ha
sido iluminada y los ángeles colmados de alegría. ¡Así, bendita seas
por tu bendito Hijo! Y por ello, ninguna petición tuya llegará a mí sin
ser escuchada. Cualquiera que pida misericordia a través de ti y tenga
intención de enmendar sus caminos conseguirá gracia. Como el calor
viene del sol, igualmente toda la misericordia será dada a través de ti.
Eres como un abundante manantial del que mana toda la misericordia
para los desdichados”.

A su vez, la Madre respondió al Hijo: “¡Tuyos sean todo el poder


y la gloria, Hijo mío! Eres mi Dios y mi merced. Todo lo bueno que
tengo viene de ti. Eres como una semilla que, aún sin ser sembrada,
creció y dio cientos y miles de frutos. Toda misericordia emana de ti y
aún, siendo incontable e indecible, puede simbolizarse por el número
cien, que representa la perfección, pues todo lo perfecto y la
perfección se deben a ti. El Hijo respondió a la Madre: “Madre, me
has comparado correctamente a una semilla que nunca fue sembrada y
aún así creció, pues en mi divina naturaleza Yo acudí a ti y mi
naturaleza humana no fue sembrada por inseminación alguna y aún así
crecí en ti, y la misericordia emanó desde ti para todos. Has hablado
correctamente. Ahora, pues, porque extraes de mí misericordia por la
dulzura de tus palabras, pídeme lo que desees y se te dará”.

La madre agregó: “Hijo mío, por haber conseguido de ti la


misericordia, te pido que tengas misericordia de los desgraciados y los
ayudes. Al fin y al cabo hay cuatro lugares. El primero es el cielo,
donde los ángeles y las almas de los santos no necesitan nada más que
a ti y te tienen, pues ellos poseen todo bien en ti. El segundo lugar es
el infierno, y aquellos que viven allí están llenos de maldad, por lo que
están excluidos de cualquier piedad. Así, nada bueno puede entrar en
ellos nunca más. El tercero es el lugar de los que son purgados. Éstos
necesitan una triple merced, pues están triplemente afligidos. Sufren
en su audición, pues no oyen nada más que lamentos, dolor y miseria.
Son afligidos en su vista, pues no ven más que su propia miseria. Son
afligidos en su tacto, pues tan sólo sienten el calor del fuego
insoportable de su angustioso sufrimiento ¡Asegúrales tu misericordia,
Señor mío, Hijo mío, por mis ruegos!”.

El Hijo contestó: “Con gusto les garantizaré una triple


misericordia, por ti. En primer lugar, su audición será aliviada, su vista
será mitigada y su castigo será reducido y suavizado. Además, desde
este momento, aquellos que se encuentren en el mayor de los castigos
del purgatorio pasarán a la fase intermedia, y los que estén en la fase
intermedia avanzarán a la condena más leve. Los que estén en la
condena más leve cruzarán hacia el descanso”. La madre respondió:
“¡Alabanzas y honor a ti, mi Señor!” Y, de inmediato, añadió: “El
cuarto lugar es el mundo. Sus habitantes necesitan tres cosas: primera,
contrición por sus pecados; segunda, reparación; tercera, fuerza para
obrar el bien”.

El Hijo respondió: “A todo el que invoque mi nombre y tenga


esperanza en ti junto con el propósito de enmienda por sus pecados,
esas tres cosas se les darán, además del Reino de los Cielos. Tus
palabras son tan dulces para mí que no puedo negarte nada de lo que
me pidas, pues tú no quieres nada más que lo que Yo quiero. Eres
como una llama brillante y ardiente por la que las antorchas apagadas
se reencienden y, una vez reencendidas, crecen en fuerza. Gracias a tu
amor, que subió hasta mi corazón y me atrajo a ti, aquellos que han
muerto por el pecado revivirán y los que estén tibios, y oscuros como
el humo negro, se fortalecerán en mi amor”.

Palabras de la Madre de alabanza al Hijo y sobre cómo el Hijo glorioso


compara a su dulce Madre con un lirio del campo.

Capítulo 51

La Madre habló a su Hijo diciéndole: “¡Bendito sea tu nombre,


Hijo mío, Jesucristo! ¡Alabada sea tu naturaleza humana que
sobrepasa a toda la creación! ¡Gloria a tu naturaleza divina sobre todas
las bondades! Tus naturalezas divina y humana son un solo Dios”. El
Hijo respondió: “Madre mía, eres como una flor que ha crecido en un
valle a cuyo alrededor hay cinco montañas. La flor ha crecido de tres
raíces y tiene un tallo muy derecho, sin nudos. Esta flor tiene cinco
pétalos suavísimos. El valle y su flor sobrepasaron a las cinco
montañas y los pétalos de la flor se extienden sobre cada altura del
cielo y sobre todos los coros de ángeles.
Tú, mi querida Madre, eres ese valle en virtud de la gran
humildad que posees en comparación con los demás. Éste sobrepasa a
las cinco montañas. La primera montaña fue Moisés, debido a su
poder. Porque mantuvo el poder sobre mi pueblo por medio de la Ley,
como si lo sostuviera firme en su puño. Pero tú mantuviste al Señor de
toda Ley en tu vientre y, por ello, eres más alta que esa montaña. La
segunda montaña fue Elías, quien fue tan santo que su cuerpo y su
alma ascendieron al lugar sagrado. Tú, sin embargo, querida Madre,
fuiste asunta en alma al trono de Dios sobre todos los coros de los
ángeles y tu más puro cuerpo está allí junto a tu alma. Tú, por tanto,
mi querida Madre, eres más alta que Elías.

La tercera montaña fue la gran fuerza que poseía Sansón en


comparación con otros hombres. Aún así, el demonio lo venció con
argucias. Pero tú venciste al demonio por tu fuerza. Así pues, tú eres
más fuerte que Sansón. La cuarta montaña fue David, un hombre
acorde con mi corazón y deseos, que sin embargo cayó en el pecado.
Pero tú, Madre mía, te sometiste completamente a mi voluntad y
nunca pecaste. La quinta montaña era Salomón, quien estaba lleno de
sabiduría, pero pese a ello se hizo fatuo. Tú, en cambio, Madre,
estabas llena de toda la sabiduría y nunca fuiste ignorante ni engañada.
Eres, pues, más alta que Salomón.

La flor brotó de tres raíces en el sentido de que tú poseíste tres


cualidades: obediencia, caridad y entendimiento divino. De estas tres
raíces creció el más derecho de los tallos, sin un solo nudo, es decir, tu
voluntad no se inclinó a nada más que a mi deseo. La flor también
tenía cinco pétalos más altos que todos los coros de los ángeles. Tú,
Madre mía, eres en efecto la flor de esos cinco pétalos. El primer
pétalo es tu nobleza, que es tan grande que mis ángeles, que son
nobles en mi presencia, al observar tu nobleza la vieron por encima de
ellos y más exaltada que su propia santidad y nobleza.

Tu eres, por tanto, más alta que los ángeles. El segundo pétalo es
tu misericordia, que fue tan grande que, cuando viste la miseria de las
almas, te compadeciste de ellas y sufriste enormemente el dolor de mi
muerte. Los ángeles están llenos de misericordia, aún así, nunca sufren
dolor. Tú, sin embargo, amada Madre, tuviste piedad de los miserables
a la vez que experimentaste todo el dolor de mi muerte y, por esta
merced, preferiste sufrir el dolor que librarte de él. Es por esto que tu
misericordia sobrepasó a la de todos los ángeles.

El tercer pétalo es tu dulce amabilidad. Los ángeles son dulces y


amables, desean el bien para todos, pero tú, mi queridísima Madre,
tuviste tan buena voluntad como un ángel, en tu alma y en tu cuerpo
antes de tu muerte, e hiciste el bien a todos. Y ahora no rehúsas
atender a nadie que rece razonablemente por su propio bien. Así, tu
amabilidad es más excelente que la de los ángeles. El cuarto pétalo es
tu pulcritud. Cada uno de los ángeles admira la pureza de los demás y
ellos admiran la pulcritud de todas las almas y de todos los cuerpos.
Sin embargo, ven que la pureza de tu alma está por encima del resto
de la creación y que la nobleza de tu cuerpo excede a la de todos los
seres humanos que han sido creados.

Así, tu pulcritud sobrepasa a la de todos los ángeles y toda la


creación. El quinto pétalo fue tu gozo divino, pues nada te deleitó más
que Dios, lo mismo que nada deleita a los ángeles más que Dios. Cada
uno de ellos conoce y conoció su propio gozo dentro de sí. Pero
cuando vieron tu gozo en Dios dentro de ti, les pareció a cada uno en
su conciencia que su propia alegría resplandecía en ellos como una luz
en el amor de Dios. Percibieron tu gozo como una grandísima
hoguera, ardiendo con el más encendido de los fuegos, con llamaradas
tan altas que se acercaban a mi divinidad. Por ello, dulcísimo Madre,
tu divina alegría ardió muy por encima de la de los coros de los
ángeles.

Esta flor, con estos cinco pétalos de nobleza, misericordia,


amabilidad, pulcritud y sumo gozo, era dulcísima en todas sus facetas.
Quien quiera que desee probar su dulzura debe acercarse a ella y
recibirla dentro de sí. Esto fue lo que tú hiciste, buena Madre. Porque
tú fuiste tan dulce para mi Padre que él recibió todo tu ser en su
Espíritu y tu dulzura le deleitó más que ninguna. Por el calor y energía
del sol, la flor también engendra una semilla y, de ella, crece un fruto.
¡Bendito sea ese sol, o sea, mi divina naturaleza, que adoptó la
naturaleza humana de tu vientre virginal! Igual que una semilla hace
brotar las mismas flores donde sea que se siembre, así los miembros
de mi cuerpo son como los tuyos en forma y aspecto, pese a que yo fui
hombre y tú mujer virgen. Este valle, con su flor, fue elevado sobre
todas las montañas cuando tu cuerpo, junto a tu santísima alma, fue
elevado sobre todos los coros de los ángeles”.

Palabras de alabanza y oraciones de la Madre a su Hijo, para que sus palabras


se difundan por todo el mundo y echen raíces en los corazones de sus amigos.
Sobre cómo la propia Virgen es maravillosamente comparada a una flor que
crece en un jardín, y sobre las palabras de Cristo, dirigidas a través de la
Esposa al Papa y a otros prelados de la Iglesia.

Capítulo 52

La bendita Virgen habló al Hijo diciéndole: “¡Bendito seas, Hijo


mío y Dios mío, Señor de los ángeles y Rey de la gloria! Ruego que
las palabras que has pronunciado echen raíces en los corazones de tus
amigos y se fijen en sus mentes como la brea con la que fue untada el
arca de Noé, que ni las tormentas ni los vientos pudieron disolver. Que
se extiendan por el mundo como ramas y dulces flores cuya esencia se
impregna a lo largo y a lo ancho. Que también den frutos y crezcan
dulces como el dátil cuya dulzura deleita el alma sin medida”.

El Hijo respondió: “¡Bendita seas tú, mi queridísima Madre! Mi


ángel Gabriel te dijo: ‘¡Bendita seas, María, sobre todas las mujeres!’
Yo te doy testimonio de que eres bendita y más santa que todos los
coros de los ángeles. Eres como una flor de jardín rodeada de otras
flores fragantes, pero que a todas sobrepasa en fragancia, pureza y
virtud. Estas flores representan a todos los elegidos desde Adán hasta
el fin del mundo.

Fueron plantadas en el jardín del mundo y florecieron en diversas


virtudes, pero, entre todos los que fueron y los que luego serán, tú
fuiste la más excelente en fragancia de una vida buena y humilde, en
la pureza de una gratísima virginidad y en la virtud de la abstinencia.
Doy testimonio de que tú fuiste más que un mártir en mi pasión, más
que un confesor en tu abstinencia, más que un ángel en tu misericordia
y buena voluntad. Por ti Yo fijaré mis palabras como la más fuerte de
las breas en los corazones de mis amigos. Ellos se esparcirán como
flores fragantes y portarán frutos como la más dulce y deliciosa de las
palmeras”.

Entonces, el Señor habló a la esposa: “Dile a tu amigo que debe


procurar remitir estas palabras cuando escriba a su padre, cuyo
corazón está de acuerdo con el mío, y él las dirigirá al arzobispo y,
después a otro obispo. Cuando éstos hayan sido ampliamente
informados, él ha de enviarlas a un tercer obispo. Dile, de mi parte:
‘Yo soy tu Creador y el Redentor de almas. Yo soy Dios, a quien tú
amas y honras sobre todos los demás. Observa y considera cómo las
almas que redimí con mi sangre son como las almas de aquellos que
no conocen a Dios, cómo fueron cautivas del demonio en forma tan
espantosa que él las castiga en cada miembro de su cuerpo, como si
las pasara por una prensadora de uvas.

Por tanto, si en algo sientes mis heridas en tu alma, si mis azotes y


sufrimiento significan algo para ti, entonces demuestra con obras
cuánto me amas. Haz que las palabras de mi boca se conozcan
públicamente y tráelas personalmente hasta la cabeza de la Iglesia. Yo
te daré mi Espíritu de forma que, donde sea que haya diferencias entre
dos personas, tú las puedas unir en mi nombre y mediante el poder que
se te da, si ellas creyesen. Como ulterior evidencia de mis palabras,
presentarás al pontífice los testimonios de aquellas personas que
prueban mis palabras y se deleitan con ellas. Pues mis palabras son
como manteca que se deshace más rápidamente cuanto más caliente
esté uno en su interior. Allí donde no hay calor, son rechazadas y no
llegan a las partes más internas.

Mis palabras son así, porque cuanto más las come y las mastica
una persona con caridad ferviente por mí, más se alimenta con la
dulzura del deseo del Cielo y de amor interior, y más arde por mi
amor. Pero aquellos que no gustan de mis palabras es como si tuvieran
manteca en su boca. Cuando la prueban, la escupen y la pisotean en el
suelo. Algunas personas desprecian así mis palabras porque no poseen
gusto alguno de la dulzura de lo espiritual. El dueño de la tierra, a
quien he escogido como uno de mis miembros y he hecho
verdaderamente mío, te auxiliará caballerosamente y te abastecerá de
las provisiones necesarias para tu camino, con medios correctamente
adquiridos”.

Palabras de mutua bendición y alabanza de la Madre y del Hijo, y sobre cómo


la Virgen es comparada con el arca donde se guardan la vara, el maná y las
tablas de la Ley. Muchos detalles maravillosos se contienen en esta imagen.

Capítulo 53

María habló al Hijo: “¡Bendito seas, Hijo mío, mi Dios y Señor de


los ángeles! Eres ese cuya voz oyeron los profetas y cuyo cuerpo
vieron los apóstoles, aquél a quien percibieron los judíos y tus
enemigos. Con tu divinidad y humanidad, y con el Espíritu Santo, eres
uno en Dios. Los profetas oyeron al Espíritu, los apóstoles vieron la
gloria de tu divinidad y los judíos crucificaron tu humanidad. Por
tanto, ¡bendito seas sin principio ni fin!” El Hijo contestó: “¡Bendita
seas tú, pues eres Virgen y Madre! Eres el arca del Antiguo
Testamento, en el que había estas tres cosas: la vara, el maná y las
tablas.

Tres cosas fueron hechas por la vara. Primero, se transformó en


serpiente sin veneno. Segundo, el mar fue dividido por ella. Tercero,
hizo que saliera agua de la roca. Esta vara es un símbolo de mí, que
descansé en tu vientre y asumí de ti la naturaleza humana. Primero,
soy tan terrible para mis enemigos como lo fue la serpiente para
Moisés. Ellos huyen de mí como de la vista de una serpiente; se
aterrorizan al verme y me detestan como a una serpiente, aunque Yo
no tengo veneno de maldad y soy pleno en misericordia. Yo permito
que me sostengan, si lo desean. Vuelvo a ellos, si me lo piden. Corro
hacia ellos, como una madre hacia su hijo perdido y hallado, si me
llaman. Les muestro mi piedad y perdono sus pecados, si lo imploran.
Hago esto por ellos y aún así me aborrecen como a una serpiente.
En segundo lugar, el mar fue dividido por esta vara, en el sentido
de que el camino hacia el Cielo, que se había cerrado por el pecado,
fue abierto por mi sangre y mi dolor. El mar fue, de hecho, desgarrado,
y lo que había sido inaccesible se convirtió en camino cuando el dolor
en todos mis miembros alcanzó mi corazón y mi corazón se partió por
la violencia del dolor. Entonces, cuando el pueblo fue guiado por el
mar, Moisés no les llevó directamente a la Tierra Prometida sino al
desierto, donde podían ser testados e instruidos.

También ahora, una vez que la persona ha aceptado la fe y mi


comando, no se la lleva directamente al Cielo, sino que es necesario
que los seres humanos sean testados en el desierto, es decir, en el
mundo, para ver hasta qué punto aman a Dios. Además, el pueblo
provocó a Dios en el desierto por tres cosas: primero, porque hicieron
un ídolo para sí mismos y lo adoraron; segundo, por el ansia de carne
que habían tenido en Egipto; tercero, por soberbia, cuando quisieron
ascender y luchar contra sus enemigos sin que Dios lo aprobara. Aún
ahora, las personas en el mundo pecan contra mí de igual modo.

Primero, adoran a un ídolo porque aman al mundo y a todo lo que


hay en él más que a mí, que soy el Creador de todo. De hecho, su Dios
es el mundo y no Yo. Como dije en mi evangelio: ‘Allí donde está el
tesoro de un hombre está su corazón’. Su tesoro es el mundo porque
tienen ahí su corazón y no en mí. Por tanto, lo mismo que aquellos
perecieron en el desierto por la espada que atravesó su cuerpo,
igualmente, éstos caerán por la espada del castigo eterno atravesando
su alma y vivirán en eterna condena. Segundo, pecaron por
concupiscencia de la carne.

He dado a la humanidad todo lo que necesita para una vida


honesta y moderada, pero ellos desean poseerlo todo sin moderación
ni discreción. Si su constitución física lo aguantase, estarían
continuamente teniendo relaciones sexuales, bebiendo sin restricción,
deseando sin medida y, tan pronto como pudieran pecar, nunca
desistirían de hacerlo. Por esa razón, a éstos les pasará lo mismo que a
aquellos del desierto: morirán repentinamente. ¿Qué es el tiempo de
esta vida cuando se compara con la eternidad si no un solo instante?
Por tanto, debido a la brevedad de esta vida, ellos tendrán una rápida
muerte física, pero vivirán eternamente en dolor espiritual. Tercero,
pecaron en el desierto por orgullo, porque desearon lanzarse a la
batalla sin la aprobación de Dios.

Las personas desean ir al Cielo por su propio orgullo. No confían


en mí sino en ellos mismos, haciendo lo que quieren y
abandonándome. Por lo tanto, igual que aquellos otros fueron matados
por sus enemigos, así también, éstos serán muertos en su alma por los
demonios y su tormento será interminable. Así, me odian como a una
serpiente, adoran a un ídolo en mi lugar, y aman su propio orgullo en
lugar de mi humildad. Sin embargo, soy tan piadoso que, si se dirigen
a mí con un corazón contrito, me volveré hacia ellos como un padre
entregado y les abriré los brazos.

En tercer lugar, la roca dio agua por medio de esta vara. Esta roca
es el endurecido corazón humano. Cuando es perforado por mi temor
y amor, afluyen enseguida las lágrimas de la contrición y la
penitencia. Nadie es tan indigno ni tan malo que su rostro no se inunde
de lágrimas ni se agiten todos sus miembros con la devoción cuando
regresa a mí, cuando refleja mi pasión en su corazón, cuando recobra
la conciencia de mi poder, cuando considera cómo mi bondad hace
que la tierra y los árboles den frutos.

En el arca de Moisés, en segundo lugar, se conservó el maná. Así


también en ti, Madre mía y Virgen, se conserva el pan de los ángeles
de las almas santas y de los justos aquí en la tierra, a quienes nada
complace más que mi dulzura, para quienes todo en el mundo está
muerto y quienes, si fuese mi voluntad, con gusto vivirían sin
nutrición física. En el arca, en tercer lugar, estaban las tablas de la Ley.
También en ti descansa el Señor de todas las leyes. Por ello, ¡bendita
seas sobre todas las criaturas en el Cielo y la tierra!”.

Entonces, se dirigió a la esposa y le dijo: “Dile a mis amigos tres


cosas. Cuando habité físicamente en el mundo, atemperé mis palabras
de tal forma que fortalecieron a los buenos y los hicieron más
fervientes. De hecho, los malvados se hicieron mejores, como fue
claramente el caso de María Magdalena, Mateo y muchos otros. De
nuevo, atemperé mis palabras de tal forma que mis enemigos no
pudieron disminuir su fuerza. Por esa razón, que aquellos a quienes
son enviadas mis palabras trabajen con fervor, de manera que los
buenos se hagan más ardientes en su bondad por mis palabras y los
perversos se arrepientan de su maldad; que eviten que mis enemigos
obstruyan mis palabras.

No le hago más daño al demonio que a los ángeles del Cielo.


Pues, si quisiera, podría muy bien pronunciar mis palabras de forma
que las oyera todo el mundo. Soy capaz de abrir el infierno para que
todos vean sus castigos. Sin embargo, eso no sería justo, pues las
personas entonces me servirían por temor, cuando por lo que me
tienen que servir es por amor. Pues sólo la persona que ama ha de
entrar en el Reino de los Cielos. Es más, le estaría haciendo daño al
demonio si me llevase conmigo a los esclavos que él adquiere, vacíos
de buenas obras. También haría daño al ángel del cielo si el espíritu de
una persona inmunda se pusiera en el mismo nivel de otro que está
limpio y es ferviente en el amor.

Por consiguiente, nadie entrará en el Cielo, excepto aquellos que


han sido probados como el oro en el fuego del purgatorio o quienes se
han probado a sí mismos a lo largo del tiempo haciendo buenas obras
en la tierra, de tal manera que no quede en ellos mancha alguna
pendiente de ser purificada. Si tú no sabes a quién han de dirigirse mis
palabras te lo voy a decir. Aquél que desea obtener méritos a través de
las buenas obras para venir al Reino de los Cielos o quien ya lo ha
merecido por buenas obras del pasado es digno de recibir mis
palabras. Mis palabras han de ser desplegadas a los que son así y han
de penetrar en ellos. Aquellos que sienten un gusto por mis palabras, y
esperan humildemente que sus nombres se inscriban en el libro de la
vida, conservan mis palabras. Aquellos que no las saborean, al
principio las consideran pero después las rechazan y las vomitan
inmediatamente.
Palabras de un ángel a la esposa sobre si el espíritu de sus pensamientos es
bueno o malo; sobre cómo hay dos espíritus, uno increado y uno creado, y sobre
sus características.

Capítulo 54

Un ángel habló a la esposa, diciendo: “Hay dos espíritus uno


increado y uno creado. El increado tiene tres características. En primer
lugar, es caliente, en segundo lugar es dulce y en tercer lugar es
limpio. Primero, emite calor, no de las cosas creadas sino de sí mismo,
pues, junto con el Padre y el Hijo, el es Creador de todas las cosas y
todopoderoso. Él emana calor cuando toda el alma se inflama de amor
por Dios. Segundo, es dulce, cuando nada complace ni deleita al alma
más que Dios y la acumulación de sus obras. Tercero, es limpio y en
Él no se puede hallar pecado ni deformidad, ni corrupción o
mutabilidad.

Él no emana calor, como el fuego material o como el sol visible,


haciendo que las cosas se derritan. Su calor es más bien el amor
interno y el deseo del alma, que la llena y la agranda en Dios. Él es
dulce para el alma, no de la misma forma en que lo es el vino o el
placer sensual o algo que sea dulce en el mundo. La dulzura del
Espíritu no se puede comparar con ninguna dulzura temporal y es
inimaginable para aquellos que no la han experimentado. Tercero, el
Espíritu es tan limpio como los rayos del sol, en los que no se puede
encontrar mancha alguna.

El segundo, es decir, el espíritu creado también tiene tres


características. Es ardiente, amargo e inmundo. Primero, quema y
consume como el fuego, pues encandila al alma que posee con el
fuego de la lujuria y el deseo depravado, de forma que el alma no
puede ni pensar ni desear otra cosa que en satisfacer su deseo, hasta el
punto de que, como resultado de ello, su vida temporal a veces se
pierde con todo su honor y consolación. Segundo, es tan amargo como
la hiel, pues al inflamar el alma con su lujuria los demás gozos se le
hacen insulsos y los gozos eternos le parecen fatuos.
Todo lo que tiene que ver con Dios, y que el alma habría de hacer
por Él, se le vuelve amargo y tan abominable como un vómito de bilis.
Tercero, es inmundo, pues hace al alma tan vil y propensa al pecado
que no se avergüenza de pecar ni desistiría de hacerlo si no fuera por
que teme verse avergonzada ante otras personas, más que ante Dios.
Es por esto que este espíritu arde como el fuego, porque quema por la
iniquidad y encandila a los otros junto con él. También es por esto que
este espíritu es amargo, porque todo lo bueno se le hace amargo y
desea tornar lo bueno en amargo para los demás igual que hace
consigo mismo. También es por esto que es inmundo, porque se
deleita en la corrupción y busca hacer a los demás como a sí mismo.

Ahora bien, tú me puedes preguntar y decir: ‘¿Acaso no eres


también tú un espíritu creado como ese? ¿Por qué no eres igual?’ Yo te
respondo: Por supuesto que estoy creado por el mismo Dios que
también creó al otro espíritu, pues tan sólo hay un Dios, Padre, Hijo y
Espíritu Santo, y estos no son tres dioses sino un solo Dios. Ambos
fuimos bien hechos y creados por Dios, porque Dios tan sólo ha
creado lo bueno. Pero Yo soy como una estrella, pues me he
mantenido fiel en la bondad y en el amor de Dios, en quien fui creado,
y él es como el carbón, porque ha abandonado el amor de Dios. Por
ello, igual que una estrella tiene brillo y esplendor y el carbón es
negro, un buen ángel, que es como una estrella, tiene su esplendor, o
sea, el Espíritu Santo.

Pues todo lo que tiene lo tiene de Dios, del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo. Crece inflamado en el amor de Dios, brilla en su
esplendor, se adhiere a él y se conforma a sí mismo con su voluntad
sin querer nunca nada más que lo que Dios quiere. Es por esto que
arde y es por esto que está limpio. El demonio es como feo carbón y
es más feo que ninguna otra criatura, porque, igual que era más
hermoso que los demás, tuvo que volverse más feo que los demás
porque se opuso a su Creador. Igual que el ángel de Dios brilla con la
luz de Dios y arde incesantemente en su amor, así el demonio está
siempre quemándose en la angustia de su maldad. Su maldad es
insaciable, como la gracia y la bondad del Espíritu Santo es
indescriptible. No hay nadie en el mundo tan enraizado en el demonio
que el buen Espíritu no lo visite alguna vez y mueva su corazón.
Igualmente, tampoco hay nadie tan bueno que el demonio no trate de
tocarlo con la tentación. Muchas personas buenas y justas son tentadas
por el demonio con el permiso de Dios. Esto no es por maldad alguna
de su parte sino para su mayor gloria.

El Hijo de Dios, uno en divinidad con el Padre y el Espíritu Santo,


fue tentado en la naturaleza humana que tomó. ¡Cuánto más son sus
elegidos puestos a prueba para una mayor recompensa! De nuevo,
muchas buenas personas caen a veces en pecado y su conciencia se
oscurece por la falsedad del demonio, pero ellos se vuelven a levantar
robustecidos y se mantienen más fuertes que antes mediante el poder
del Espíritu Santo. Sin embargo, no hay nadie que no se dé cuenta de
esto en su conciencia, tanto si la sugestión del demonio conduce a la
deformidad del pecado como a la bondad, sólo con pensar en ello y
examinarlo cuidadosamente. Y así, esposa de mi Señor, tú no has de
dudar sobre si el espíritu de tus pensamientos es bueno o malo. Pues tu
conciencia te dice qué cosas has de ignorar y cuáles escoger.

¿Qué ha de hacer una persona que está llena del demonio si, por
esta razón, el Espíritu bueno no puede entrar en ella? Tiene que hacer
tres cosas. Ha de hacer una pura e íntegra confesión de sus pecados, la
cual, aún cuando no pueda estar profundamente arrepentida, debido a
la dureza de su corazón, aún le puede beneficiar en la medida en que –
debido a su confesión—el demonio le de cierta tregua y se aparte del
camino del Espíritu bueno. Segundo, ha de ser humilde, decidir
reparar los pecados cometidos y hacer todo el bien que pueda, y
entonces el demonio empezará a abandonarla. Tercero, para conseguir
que vuelva a ella de nuevo el buen Espíritu tiene que suplicar a Dios
en humilde oración y, con el verdadero amor, arrepentirse de los
pecados cometidos, ya que el amor a Dios mata al demonio. El
demonio es tan envidioso y malicioso que antes muere cien veces que
ver a alguien hacer con Dios un mínimo bien por amor”.

Entonces, la bendita Virgen habló a la esposa, diciendo: “¡Nueva


esposa de mi Hijo, vístete, ponte el broche, es decir, la pasión de mi
Hijo!” Ella le respondió: “¡Señora mía, pónmelo tú misma!” Y Ella
dijo: “Claro que lo haré. También quiero que sepas cómo fue dispuesto
mi Hijo y por qué los padres lo desearon tanto. Él estuvo, como si
dijéramos, entre dos ciudades. Una voz de la primera ciudad le llamó
diciendo: ‘Tú, que estás ahí entre las ciudades, eres un hombre sabio,
pues sabes cómo protegerte de los peligros inminentes. También eres
lo bastante fuerte como para resistir los males que amenazan. Además
eres valiente, pues nada temes. Hemos estado deseándote y
esperándote ¡Abre nuestra puerta! ¡Los enemigos la están bloqueando
para que no se pueda abrir!’

Una voz de la segunda ciudad se oyó diciendo: ‘¡Tú hombre


humanísimo y fortísimo, escucha nuestras quejas y gemidos!
¡Considera nuestra miseria y nuestra miserable penuria! Estamos
siendo trillados como hierba cortada por una guadaña. Estamos
languideciendo, apartados de toda bondad y toda nuestra fuerza nos ha
abandonado ¡Ven a nosotros y sálvanos, pues solo a ti hemos
esperado, hemos puesto nuestra esperanza en ti como libertador
nuestro! ¡Ven y termina con nuestra penuria, transforma en gozo
nuestros lamentos! ¡Sé nuestra ayuda y nuestra salvación! ¡Ven,
dignísimo y benditísimo cuerpo, que procede de la purísima Virgen!’

Mi Hijo escuchó estas dos voces de las dos ciudades, es decir, del
Cielo y del infierno. Por ello, en su misericordia, abrió las puertas del
infierno mediante su amarga pasión y el derramamiento de su sangre,
y rescató de allí a sus amigos. También abrió el Cielo, y dio gozo a los
ángeles, al conducir hasta allí a los amigos que había rescatado del
infierno ¡Hija mía, piensa en estas cosas y mantenlas siempre ante ti!”

Sobre cómo Cristo es equiparado a un poderoso señor que construye una gran
ciudad y un magno palacio, que equivale al mundo y a la Iglesia, y sobre cómo
los jueces y trabajadores de la Iglesia de Dios se han convertido en un arco
inútil.

Capítulo 55
Yo soy como un poderoso señor que construyó una ciudad y le
puso su nombre. En la ciudad construyó un palacio donde había varias
habitaciones pequeñas para almacenar lo que se necesitara. Tras haber
construido el palacio y organizado todos sus asuntos, dividió a su
pueblo en tres grupos, diciendo: ‘Me dirijo a ciudades remotas
¡Manteneos firmes y trabajad con valor por mi gloria! He organizado
vuestra comida y necesidades. Tenéis jueces para que os juzguen,
defensores para que os defiendan de vuestros enemigos, y he
encargado a unos empleados que os alimenten. Ellos han de pagarme
el diezmo de su trabajo, reservándolo para mi uso y en mi honor’.

Sin embargo, pasado cierto tiempo, el nombre de la ciudad cayó


en el olvido. Entonces, los jueces dijeron: ‘Nuestro señor se ha
marchado a regiones remotas. Vamos a juzgar correctamente y a hacer
justicia de modo que, cuando vuelva, no seamos acusados sino
elogiados y bendecidos’. Entonces, los defensores dijeron: ‘Nuestro
señor confía en nosotros y nos ha encargado la custodia de esta casa.
¡Vamos a abstenernos de alimentos y bebidas superfluas, para no
hacernos ineptos en caso de batalla! ¡Abstengámonos del sueño
inmoderado, para no ser capturados de improviso!

¡Estemos también bien armados y constantemente alerta, para no


ser sorprendidos con la guardia baja por un ataque enemigo! El honor
de nuestro señor y la seguridad de su pueblo depende mucho de
nosotros’. Después, los empleados dijeron: ‘La gloria de nuestro señor
es grande y su recompensa gloriosa. ¡Vamos a trabajar fuerte y
démosle no sólo un diezmo de nuestro trabajo sino todo lo que nos
sobre de lo que nos gastemos en vivir! Nuestros salarios serán todos
más gloriosos cuanto más amor vea nuestro señor en nosotros’.

Tras esto, pasó algo más de tiempo y el señor de la ciudad y su


palacio fueron quedando olvidados. Entonces, los jueces se dijeron a
sí mismos: ‘Nuestro señor se retrasa mucho. No sabemos si volverá o
no ¡Juzguemos como queramos y hagamos lo que nos apetezca!’ Los
defensores dijeron: ‘Somos unos tontos porque trabajamos y no
sabemos cuál será nuestra recompensa ¡Aliémonos con nuestros
enemigos y durmamos y bebamos con ellos! Pues no es asunto nuestro
de quién hayan sido enemigos’. Tras esto, los empleados dijeron:
‘¿Por qué reservamos nuestro oro para otro? No sabemos quién se lo
llevará después de nosotros.

Es mejor, pues, que lo usemos y dispongamos de ello a nuestro


antojo. Demos los diezmos a los jueces y, teniéndolos de nuestra parte,
podremos hacer lo que queramos’. En verdad, Yo soy como ese
poderoso señor. Construí Yo mismo una ciudad, es decir, el mundo y
allí coloqué un palacio, o sea, la Iglesia. El nombre dado al mundo era
sabiduría divina, pues el mundo tuvo este nombre desde el principio,
al haber sido hecho en divina sabiduría. Este nombre era venerado por
todos y Dios era alabado por su conocimiento y maravillosamente
aclamado por sus criaturas. Ahora, el nombre de la ciudad ha sido
deshonrado y cambiado, y la sabiduría mundana es el nuevo nombre
que se usa.

Los jueces, que en el pasado emitían sentencias justas, en el temor


del Señor, ahora se vuelcan en soberbia y son la ruina de la gente
sencilla. Aparentan ser elocuentes para ganarse los elogios humanos;
hablan complacientemente para conseguir favores. Soportan cualquier
palabra ligera para ser llamados buenos y mansos, pero permiten ser
sobornados para dictar sentencias injustas. Son sabios en lo que
respecta a su propio beneficio mundano y a sus propios deseos, pero
mudos en mi alabanza. Menosprecian a la gente sencilla y los
mantienen quietos. Extienden a todos su codicia y convierten lo
correcto en erróneo.

Este es el tipo de sabiduría que hoy en día se tiene en más estima,


mientras que la mía ha caído en el olvido. Los defensores de la Iglesia,
que son los nobles y los caballeros, ven a mis enemigos, a los
asaltantes de mi Iglesia, y disimulan. Escuchan sus reproches y no les
importa. Conocen y comprenden las obras de aquellos que violan mis
mandamientos y, sin embargo, los soportan pacientemente.

Los observan diariamente perpetrando todo tipo de pecado mortal


con impunidad y no sienten compunción sino que duermen junto a
ellos e intercambian tratos y favores, uniéndose a su compañía
mediante juramento. Los empleados, que representan a toda la
ciudadanía, rechazan mis mandamientos y se quedan con mis regalos
y diezmos. Sobornan a sus jueces y les muestran reverencia para
conseguir su favor y beneplácito. Me atrevo a decir, de hecho, que la
espada del temor hacia mí y hacia mi Iglesia en la tierra ha sido
envilecida y que se ha aceptado un saco de dinero a cambio de ella.

Palabras en las que Dios explica la revelación precedente; sobre la sentencia


emitida contra estas personas y sobre cómo Dios, en algún momento, aguanta a
los malvados por el bien de los justos.

Capítulo 56

Ya te dije antes que la espada de la Iglesia había sido envilecida y


un saco de dinero había sido aceptado a cambio. Este saco está abierto
por un extremo. En el otro extremo es tan profundo que todo lo que
entra nunca alcanza el fondo, por lo que el saco nunca se llena. Este
saco representa la codicia. Ésta ha excedido todos los límites y
medidas y se ha hecho tan fuerte que el Señor es despreciado y nada
se desea más que el dinero y el egoísmo. Sin embargo, Yo soy como
un señor que a la vez es padre y juez.

Cuando su hijo llega a la audiencia, los allí presentes dicen:


‘¡Señor, procede rápidamente y emite tu veredicto!’ El Señor les
responde: ‘Esperad un poco hasta mañana, porque puede que mi hijo
se reforme mientras tanto’. Cuando llega el día siguiente, la gente le
dice: ‘¡Procede y da tu veredicto, Señor! ¿Cuánto tiempo vas a retrasar
la sentencia y no vas a condenar a culpable?’ El Señor responde:
‘¡Esperad un poco más, a ver si mi hijo se reforma! Y luego, si no se
arrepiente, haré lo que sea justo’. De esta manera, soporto
pacientemente a las personas hasta el último momento, pues a la vez
soy Padre y Juez. Sin embargo, como mi sentencia es inconmutable,
pese a que emitirla lleva mucho tiempo, castigaré a los pecadores que
no se reformen o, si se convierten, les mostraré mi misericordia.
Ya te dije antes que he clasificado a las personas en tres grupos:
jueces, defensores y empleados. ¿Qué simbolizan los jueces sino a los
clérigos que han convertido mi divina sabiduría en corrupción y vano
conocimiento? Como estudiantes avanzados, que recomponen un texto
de muchas palabras en otro más breve, y con pocas palabras dicen lo
mismo que se decía con muchas, los clérigos de hoy en día han
tomado mis diez mandamientos y los han recompuesto en una sola
frase. ¿Y cuál es esa sola frase?: ‘¡Saca tu mano y danos dinero!’ Esta
es su sabiduría: hablar elegantemente y actuar maliciosamente, fingir
que son míos y actuar con iniquidad contra mí.

A cambio de sobornos, amablemente soportan a los pecadores en


sus pecados y, con su ejemplo, provocan la caída de la gente sencilla.
Además, odian a aquellos que siguen mis caminos. Segundo, los
defensores de la Iglesia, los nobles, son desleales. Han roto su
promesa y su juramento y toleran con gusto a aquellos que pecan
contra la fe y la Ley de mi Santa Iglesia. En tercer lugar, los
empleados, o la ciudadanía, son como toros salvajes, porque hacen
tres cosas: Primero, marcan el suelo con sus pisadas; segundo, se
llenan hasta saciarse; tercero, satisfacen sus propios deseos tan sólo de
acuerdo con su voluntad individual. Ahora los ciudadanos ansían
apasionadamente los bienes temporales. Se reafirman a sí mismos en
la glotonería inmoderada y en la vanidad mundana. Satisfacen sus
deleites carnales de manera irracional.

Pero, aunque mis enemigos son muchos, aún tengo muchos


amigos en medio de ellos, algunos ocultos. A Elías, quien pensaba que
no quedaba ya ningún amigo mío más que él, se le dijo: ‘Tengo a siete
mil hombres que no han doblado sus rodillas ante Baal’. Del mismo
modo, aunque los enemigos son muchos, aún tengo amigos
escondidos entre ellos que lloran diariamente porque mis enemigos
han prevalecido y porque mi nombre es despreciado. Como un rey
bueno y caritativo, que conoce los hechos perversos de la ciudad, pero
soporta pacientemente a sus habitantes y envía cartas a sus amigos
alertándolos del peligro que corren, igualmente, en atención a sus
oraciones, Yo envío mis palabras a mis amigos.
Estos no son tan ocultos como aquellos del Apocalipsis que revelé
a Juan bajo un velo de oscuridad para que, a su tiempo, pudieran ser
explicados por mi Espíritu cuando yo lo decidiera. Tampoco son tan
enigmáticos que no puedan ser manifestados –como cuando Pablo vio
algunos de mis misterios que sobre los que no le fue permitido hablar
—sino que son tan evidentes que todos, cortos o agudos de
inteligencia, pueden entenderlos, tan fáciles que todo el que quiera los
puede captar. Por tanto, que mis amigos vean cómo mis palabras
alcanzan a mis enemigos, de forma que quizá sean convertidos ¡Que
se les den a conocer sus peligros y juicio para que se arrepientan de
sus obras! De lo contrario, la ciudad será juzgada y, como sucede con
un muro derrumbado en el que no queda piedra sobre piedra, ni
siquiera dos piedras unidas en sus fundamentos, así ocurrirá con la
ciudad, es decir, con el mundo.

Los jueces, seguramente, arderán en el fuego más vehemente. No


hay fuego más ardiente que el que se alimenta con grasa. Estos jueces
estaban grasientos, pues tuvieron más ocasiones de satisfacer su
egoísmo que los demás, sobrepasaron a los demás en honores y
abundancia mundana, y abundaron más que los demás en maldad y
crueldad. Por ello, arderán en la más caliente de las sartenes.

Los defensores serán colgados en el más alto de los patíbulos. Un


patíbulo consiste en dos piezas verticales de madera con una tercera
colocada arriba de forma transversal. Este patíbulo con dos postes de
madera representa su cruel castigo que, por decirlo de alguna forma,
está hecho con dos piezas de madera. La primera pieza significa que ni
tuvieron esperanza en mi recompense eternal ni trabajaron para
merecerla por sus obras. La segunda pieza de madera indica que ellos
no confiaron en mi poder y bondad, creyendo que Yo no era capaz de
hacer todo o que no les quise proveer suficientemente.

La pieza transversal representa su torcida conciencia –torcida


porque ellos entendieron bien lo que estaban haciendo, pero hicieron
el mal y no sintieron vergüenza de ir contra su conciencia. La cuerda
del patíbulo representa el fuego inextinguible, que no puede ser
apagado por el agua, ni cortado por tijeras ni quebrado y caduco por la
vejez. En este patíbulo de castigo cruel y fuego inextinguible, ellos
colgarán avergonzados como traidores. Sentirán angustia pues fueron
desleales. Oirán burlas, porque mis palabras les eran desagradables.

En sus gargantas habrá gritos de dolor porque se deleitaron en su


propia alabanza y gloria. Cuervos vivientes, es decir, demonios que
nunca se sacian, les picotearán en este patíbulo pero, a pesar de quedar
heridos, nunca serán consumidos: vivirán en tormento sin fin y sus
verdugos vivirán para siempre. Sufrirán un duelo que nunca acabará y
una desgracia que nunca se mitigará. ¡Hubiera sido mejor para ellos
no haber nacido, que su vida no se hubiera prolongado!
La sentencia de los empleados será la misma que para los toros.
Los toros tienen una piel y una carne muy gruesas. Por ello, su
sentencia es afiladísimo acero. Este afiladísimo acero significa la
muerte infernal que atormentará a aquellos que me hayan despreciado
y que hayan amado sus deseos egoístas más que mis mandamientos.

La carta, es decir, mis palabras han sido escritas. Que mis amigos
trabajen para hacerlas llegar a mis enemigos con sabiduría y
discreción, en la esperanza de que atiendan y se arrepientan. Si,
habiendo oído mis palabras, alguno dijera: ‘Esperemos un poco, aún
no llega el momento, aún no es su hora’… Entonces, por mi divina
naturaleza, que arrojó a Adán del paraíso y envió diez plagas al faraón,
juro que vendré antes de lo que piensan. Por mi humana naturaleza
--que asumí sin pecado de la Virgen por la salvación de la humanidad
y en la que sufrí aflicción en mi corazón, experimenté dolor en mi
cuerpo y morí para que los hombres vivieran, y en ella resucité de
nuevo y ascendí, y estoy sentado a la derecha del Padre, verdadero
Dios y hombre en una persona--, Yo juro que llevaré a cabo mis
palabras.

Por mi Espíritu --que descendió sobre los apóstoles en el día de


Pentecostés y les inflamó tanto que hablaron los idiomas de todos los
pueblos--, juro que, a menos que enmienden sus caminos y vuelvan a
mí como humildes siervos, me vengaré de ellos en mi enojo.
Entonces, se lamentarán en cuerpo y alma. Se lamentarán de haber
venido a vivir al mundo y de haber vivido en él. Se lamentarán de que
el placer que experimentaron fue muy pequeño y ahora es nulo y, sin
embargo, su tortura será para siempre. Entonces se darán cuenta de lo
que ahora se niegan a creer, o sea, de que mis palabras eran palabras
de amor. Entonces comprenderán que Yo les advertí como un padre,
pero ellos no quisieron escucharme. En verdad, si no creen en las
palabras de benevolencia, tendrán que creer en las obras que están por
venir.

Palabras del Señor a la esposa sobre cómo Él es abominable y despreciable


nutrición en las almas de los cristianos, mientras que el mundo es deleitable y
amable para ellos, y sobre la terrible sentencia que recaerá en tales personas.

Capítulo 57

El Hijo dijo a la esposa: “Los cristianos me tratan ahora de la


misma forma que me trataron los judíos. Los judíos me echaron del
templo y estaban enteramente resueltos a matarme, pero como aún no
había llegado mi hora, escapé de sus manos. Los cristianos me tratan
así ahora. Me echan de su templo, es decir, de su alma, que debería ser
mi templo, y si pudieran me matarían enseguida. En sus labios, Yo soy
como carne podrida y apestosa, creen que estoy mintiendo y no se
preocupan de mí en absoluto. Me vuelven sus espaldas, pero Yo
apartaré mi rostro de ellos, pues no hay nada más que codicia en sus
bocas y sólo lujuria bestial en su carne. Sólo la soberbia les complace,
sólo los placeres mundanos deleitan su vista.

Mi pasión y mi amor les resultan odiosos, y mi vida una carga.


Por consiguiente, actuaré como el animal que tiene muchas cuevas:
cuando los cazadores lo acosan en una cueva, escapa a otra. Haré esto,
porque estoy siendo perseguido por los cristianos, con sus malas
obras, y arrojado de la cueva de sus corazones. Por ello, me iré a los
paganos en cuyas bocas ahora soy amargo e insípido pero llegaré a
serles más dulce que la miel. Sin embargo, aún soy tan misericordioso
que con gusto abriré mis brazos a quien me pida perdón y diga:
‘Señor, sé que he pecado gravemente, y libremente quiero mejorar mi
vida por tu gracia. ¡Ten piedad de mí, por tu amarga pasión!’
Pero a aquellos que persistan en el mal, les llegaré como un
gigante con tres cualidades: terrible, muy fuerte y muy áspero. Llegaré
inspirando tanto miedo a los cristianos que no se atreverán ni a
levantar el dedo meñique contra mí. También vendré con tanta fuerza
que serán como mosquitos ante mí. Tercero, vendré en tal aspereza
que sentirán dolor en el presente y se lamentarán sin fin”.

Palabras de la Madre a la esposa; dulce diálogo de la Madre y el Hijo y sobre


cómo Cristo es amargo, muy amargo, amarguísimo para los malvados, pero
dulce, muy dulce, dulcísimo para los buenos.

Capítulo 58

La Madre dijo a la esposa: “Considera, esposa nueva, la pasión de


mi Hijo. Su pasión sobrepasó en amargura a la pasión de todos los
santos. Igual que una madre quedaría amargamente destrozada si
tuviera que presenciar cómo cortan en pedazos a su propio hijo vivo,
así fui yo destrozada en la pasión de mi Hijo, cuando vi la crueldad de
todo aquello”. Entonces, le dijo a su Hijo: “Bendito seas, Hijo mío,
pues eres santo, como dice la canción: ‘Santo, santo, santo es el Señor,
Dios del Universo’. ¡Bendito seas, pues eres dulce, muy dulce y el
más dulce! Eras santo antes de la encarnación, santo en mi vientre y
santo después de la encarnación. Fuiste dulce antes de la creación del
mundo, más dulce que los ángeles y el más dulce para mí en tu
encarnación”.

El Hijo respondió: “¡Bendita seas, Madre, sobre todos los


ángeles! Igual que Yo fui el más dulce para ti, como decías ahora,
también soy amargo, muy amargo, el más amargo para los malvados.
Soy amargo para aquellos que dicen que Yo creé muchas cosas sin
razón, que blasfeman y dicen que creé a las personas para morir y no
para vivir. ¡Qué idea tan miserable y sin sentido! ¿Acaso Yo, que soy
el más justo y virtuoso, creé a los ángeles sin una razón? ¿Habría Yo
dotado a la naturaleza humana de tantas bondades si la hubiera creado
para condenarse? ¡De ninguna manera! Yo lo hice todo bien y, por
amor, a la humanidad le di todo lo bueno. Sin embargo, la humanidad
convierte todo lo bueno en malo para sí.

No es que Yo haya hecho nada malo sino que son ellos quienes lo
hacen, dirigiendo su voluntad a todo menos a lo que deberían de
acuerdo a la ley divina. Eso es lo que es malo. Yo soy más amargo
para aquellos que dicen que les di libre albedrío para pecar y no para
hacer el bien, que dicen que soy injusto porque condeno a algunas
personas mientras que a otras las justifico, que me culpan de su propia
maldad porque aparto de ellos mi gracia. Yo soy muy amargo para
aquellos que dicen que mi ley y mis mandamientos son demasiado
difíciles y que nadie los puede cumplir, que dicen que mi pasión es
indigna para ellos y que es por eso que no la tienen en cuenta.

Por tanto, juro sobre mi vida, como juré una vez por los profetas,
que defenderé mi causa ante los ángeles y todos mis santos. Aquellos
para quienes Yo soy amargo comprobarán por sí mismos que Yo creé
todo racionalmente y bien, para utilidad e instrucción de la
humanidad, y que ni el más pequeño de los gusanos existe sin razón.
Aquellos que me encuentran más amargo comprobarán por sí mismos
que Yo, sabiamente, le di al ser humano libre albedrío con respecto a
lo bueno. Descubrirán también que Yo soy justo, dando el reino eterno
a las buenas personas y castigando a los malvados.

No sería correcto que el demonio, a quien creé bueno pero quien


cayó por su propia maldad, estuviera en compañía de los buenos. Los
malvados también comprobarán que no es culpa mía que ellos sean
perversos, sino suya. De hecho, si fuera posible, con gusto me
sometería, por todos y cada uno de los seres humanos, al mismo
castigo que acepté una vez en la cruz por todos, para restituirles su
herencia prometida. Pero la humanidad está siempre oponiendo su
voluntad a la mía. Les di libertad para que me sirvieran, si quisieran, y
mereciesen así el premio eterno. Pero si ellos no quisieran, tendrían
que compartir el castigo del demonio, por cuya maldad y sus
consecuencias fue justamente creado el infierno.
Como estoy lleno de caridad, no quise que la humanidad me
sirviera por miedo ni que fuese obligada a hacerlo como los animales
irracionales, sino por amor a Dios, porque nadie que me sirva contra
su voluntad o por temor de mi castigo podrá ver mi rostro. Aquellos
para quienes soy muy amargo se darán cuenta en su conciencia de que
mi ley era leve y mi yugo suave. Estarán inconsolablemente tristes de
haber menospreciado mi Ley y de haber amado al mundo en su lugar,
cuyo yugo es más pesado y mucho más difícil que el mío”.

Entonces, su Madre agregó: “¡Bendito seas, Hijo mío, mi Dios y


Señor! Porque tú eras mi dulce delicia, ruego que los demás puedan
hacerse partícipes de esta dulzura”. El hijo respondió: “¡Bendita eres
tú, mi queridísima Madre! Tus palabras son dulces y llenas de amor.
Por ello, buenamente acudiré a quien reciba tu dulzura en su boca y la
conserve perfectamente. Pero quien la reciba y la rechace será
castigado de la forma más amarga”. La Virgen respondió: “¡Bendito
seas, Hijo mío, por todo tu amor!”.

Palabras de Cristo, en presencia de la esposa, conteniendo símiles en los que


Cristo se compara con un labriego; los buenos sacerdotes con un buen pastor;
los malos sacerdotes con un mal pastor y los buenos cristianos con una esposa.
Estos símiles ayudan de muchas maneras.

Capítulo 59

Yo soy el que nunca ha pronunciado mentira alguna. El mundo


me toma por un labriego cuyo mero nombre les resulta despreciable.
Mis palabras se toman por fatuas y mi casa se considera un vil tugurio.
Ahora bien, este labriego tenía una esposa que no quería más que lo
que él quería, que poseía todo en común con su marido y lo aceptó
como a su maestro, obedeciéndole en todo como a su maestro. Este
campesino también tenía un montón de ovejas y contrató a un pastor
para que las cuidara por cinco piezas de oro y por la provisión de sus
necesidades diarias. Este era un buen pastor que hizo un buen uso del
oro y del alimento, en la medida de sus necesidades.
A medida que pasó el tiempo, este pastor fue sucedido por otro
pastor, uno inferior, quien empleó el oro para comprarse una esposa y
darle su alimento, que descansaba con ella constantemente y no
cuidaba de las pobres ovejas, que fueron acosadas y dispersadas por
bestias feroces. Cuando el labriego vio su rebaño disperso, gritó
diciendo: ‘Mi pastor no me es fiel. Mi rebaño se ha dispersado y
algunas ovejas han sido devoradas indefensas, por bestias feroces,
mientras que otras han muerto aunque sus cuerpos no han sido
destrozados. Entonces, la mujer del campesino le dijo a su marido:
‘Señor, es cierto que no recuperaremos los cuerpos que han sido
devorados. Pero vamos a llevarnos a casa y a usar aquellos cuerpos
que han quedado intactos, aunque ya no haya respiro vida en ellos.

No podríamos soportar el quedarnos sin nada’. Su marido le


respondió: ‘¿Qué podemos hacer? Al tener los animales veneno en sus
dientes, la carne de las ovejas está infectada de veneno mortal, su piel
está corrompida, la lana está amazacotada’. Su mujer agregó: ‘Si todo
se ha desperdiciado y todo se ha perdido, entonces ¿de qué vamos a
vivir? El marido dijo: ‘Veo que hay algunas ovejas aún vivas en tres
lugares. Algunas de ellas parecen muertas y no se atreven a respirar,
por temor. Otras están enterradas en barro y no pueden levantarse. Aún
otras están escondidas y no se atreven a salir. ¡Ven, esposa, vamos a
levantar a las ovejas que están tratando de ponerse de pie pero no
pueden sin ayuda, y vamos a usarlas!

Observa, Yo, el Señor, soy el campesino. Los hombres me ven


como si fuera el trasero de un burro criado en un establo, según su
naturaleza y hábitos. Mi nombre es la mente de la Santa Iglesia. Ella
es considerada como despreciable en la medida en que los
sacramentos de la Iglesia, bautismo, crisma, unción, penitencia y
matrimonio, son, de alguna forma, recibidos con irrisión y
administrados a algunos con codicia. Mis palabras se tienen por
fatuas, pues las palabras de mi boca, pronunciadas en parábolas, han
pasado de un entendimiento espiritual a ser convertidas en
entretenimiento para los sentidos. Mi casa es vista como despreciable
en cuanto que las cosas de la tierra son amadas más que las del Cielo.
El primer pastor que tuve simboliza a mis amigos, o sea, a los
sacerdotes que acostumbraba a tener en la Santa Iglesia (por uno
quiero decir muchos). A ellos les confié mi rebaño, es decir mi
venerabilísimo cuerpo, para que lo consagraran, y las almas de mis
elegidos para que las gobernaran y protegieran. También les di cinco
cosas buenas, más preciosas que el oro, en concreto, una captación
inteligente de todos los temas enigmáticos para que distinguieran entre
el bien y el mal, entre la verdad y la falsedad. Segundo, les di
penetración y sabiduría de temas espirituales. Esto se ha olvidado
ahora y, en su lugar, se ama el conocimiento del mundo. Tercero, les di
castidad; cuarto, templanza y abstinencia en todo para un autocontrol
de su cuerpo; quinto, estabilidad en los buenos hábitos, palabras y
obras.

Tras este primer pastor, o sea, después de estos amigos míos que
solía haber en mi Iglesia en tiempos pasados, ahora han entrado otros
pastores malvados. Ellos han comprado una esposa para sí mismos a
cambio del oro, o sea, a cambio de su castidad, y, por esas cinco cosas
buenas, tomaron para sí el cuerpo de una mujer, es decir, la
incontinencia. Por ello mi Espíritu se ha apartado de ellos. Cuando
tienen total voluntad de pecar y de satisfacer a su esposa, es decir, a su
lujuria, según su sentido del placer, mi Espíritu está ausente de ellos,
pues no se preocupan de la pérdida del ganado mientras puedan seguir
su propia voluntad. Las ovejas que fueron completamente devoradas
representan a aquellos cuyas almas están en el infierno y cuyos
cuerpos están enterrados en tumbas a la espera de la resurrección del
eterno castigo.

Las ovejas cuyos cuerpos están intactos, pero cuyo espíritu de


vida ya no está en ellos, representan a las personas que ni me aman ni
me temen, no sienten devoción alguna ni les importo. Mi Espíritu está
lejos de ellos, pues los dientes envenenados de las bestias han
contaminado su carne. En otras palabras, sus pensamientos y espíritu,
como lo simbolizan la carne y entrañas de la oveja, son para mí tan
repugnantes como lo es comer carne envenenada. Su piel, es decir, su
cuerpo, está desprovisto de toda bondad y caridad y no vale para servir
en mi Reino. Al contrario, será enviado al fuego sempiterno del
infierno después del juicio. Su lana, o sea, sus obras, son tan inútiles
que no hay nada en ellos que les haga merecer mi amor y mi gracia.

Entonces, buenos cristianos –es decir, esposa mía-- ¿qué podemos


hacer? Veo que aún hay ovejas vivas en tres lugares. Algunas se
parecen a la oveja muerta y no se atreven a respirar por miedo. Estos
son los gentiles que de buena gana adoptarían la verdadera fe si la
conocieran. Sin embargo, no se atreven a respirar, o sea, no se atreven
a perder la fe que ya tienen y no se atreven a aceptar la verdadera fe.
El segundo grupo de ovejas es el de aquellas que están escondidas y
no se atreven a salir. Estas representan a los judíos que, por decirlo de
alguna manera, están como detrás de un velo. Con gusto saldrían, si
tuvieran certeza de que yo nací. Se esconden tras el velo en la medida
en que su esperanza de salvación está en las figuras y signos que
acostumbraban a simbolizarme en la antigua Ley, pero que fueron
verdaderamente realizados en mí, cuando me encarné.

Por su vana esperanza tienen miedo de salir a la verdadera fe. En


tercer lugar, las ovejas que quedaron atrapadas en el barro son los
cristianos en estado de pecado mortal. Por su miedo al castigo, están
deseosos de levantarse de nuevo, pero no pueden debido a lo grave de
sus pecados y porque les falta caridad. Por eso, esposa mía, o sea mis
buenos cristianos, ¡ayudadme! Igual que la mujer y el hombre son
considerados una sola carne y un solo miembro, así el cristiano es mi
miembro y Yo soy de él, pues estoy en él y él está en mí. Así pues,
esposa mía, mis buenos cristianos, ¡acudid conmigo a las ovejas que
aún respiran un poco y vamos a levantarlas y revivirlas! ¡Sostened sus
lomos mientras yo les sostengo la cabeza! Me regocija el llevarlas en
mis brazos. Una vez las cargué todas sobre mi espalda, cuando ésta
estaba toda herida y pegada a la cruz.

¡Oh, amigos míos! Amo tan tiernamente a estas ovejas que, si me


fuese posible sufrir, por cualquiera de estas ovejas individualmente, la
muerte que sufrí una vez en la cruz por todas ellas, antes que
perderlas, así las redimiría. Por ello, con todo mi corazón, les ruego a
mis amigos que no escatimen esfuerzos ni bienes por mí. Si Yo no
escatimé reproches cuando estuve en el mundo, que no se achiquen
ellos a la hora de decir la verdad sobre mí. Yo no me avergoncé de
morir una muerte despreciable por ellos, sino que me mantuve ahí
igual que cuando vine al mundo, desnudo ante los ojos de mis
enemigos.

Fui golpeado en los dientes por sus puños; fui arrastrado por el
pelo de sus dedos; fui azotado por sus azotes; fui clavado en la madera
con sus herramientas, y colgado en la cruz junto a maleantes y
ladrones. ¡Por tanto, amigos míos, no escatiméis esfuerzos por mí, que
resistí todo esto por mi amor hacia vosotros! ¡Trabajad valientemente
y ayudad a mi necesitado rebaño! Por mi naturaleza humana --que es
el Padre porque el Padre está en mí-- y por mi naturaleza divina --que
es mi Espíritu porque el Espíritu está en ella y porque el mismo
Espíritu está en mí y en Él, siendo estos tres un solo Dios en tres
Personas--, juro que acudiré a aquellos que se esfuercen en cargar mis
ovejas conmigo, los ayudaré mientras caminan y les daré un precioso
estipendio: Yo mismo, en su gozo sempiterno.

Palabras del Hijo a la esposa sobre tres tipos de cristianos, simbolizados por
los judíos que vivían en Egipto, y sobre cómo éstas revelaciones fueron dadas a
la esposa para que fueran transmitidas, publicadas y predicadas por los amigos
de Dios.

Capítulo 60

El Hijo habló a la esposa, diciéndole: “Yo soy Dios de Israel, el


que habló con Moisés. Cuando fue enviado a mi pueblo, Moisés pidió
un signo, diciendo: ‘El pueblo no me creerá de otra manera’. Si el
pueblo, al que Moisés fue enviado, pertenecía al Señor ¿por qué
carecía de confianza? Has de saber que había tres tipos de personas
entre los judíos. Algunos creían en Dios y en Moisés. Otros creían en
Dios, pero carecían de confianza en Moisés, preguntándose si, tal vez,
no estaría él diciendo y haciendo todo por propia invención y
presunción. El tercer tipo eran aquellos que no creían ni en Dios ni en
Moisés.
Igualmente, hay ahora tres tipos de personas entre los cristianos,
como lo simbolizan los hebreos. Hay algunos que realmente creen en
Dios y en mis palabras. Hay otros que creen en Dios, pero que carecen
de confianza en mis palabras, porque no saben cómo distinguir entre
un espíritu bueno y otro malo. Los terceros son los que no creen en mí
ni en ti, esposa mía, a quien he hablado mis palabras. Pero, como dije,
pese a que algunos de los hebreos carecían de confianza en Moisés,
todos –sin embargo—cruzaron el Mar Rojo con él hacia el interior del
desierto, donde los que no tenían confianza adoraron ídolos y
provocaron el enfado de Dios, que es por lo que su fin fue una muerte
miserable, aunque todo no lo hicieron sólo los que obraron de mala fe.

Por esta razón, como el espíritu humano es lento para creer, mi


amigo debe transmitir mis palabras a aquellos que crean en él.
Después, ellos las divulgarán a otros que no saben cómo distinguir a
un espíritu bueno de otro malo. Si los oyentes le piden un signo, que
muestre a esas personas una vara, como lo hizo Moisés, es decir, que
les explique mis palabras. La vara de Moisés era recta y, por su
transformación en una serpiente, también fue temible para ellos.
Igualmente, mis palabras son rectas y no hay falsedad en ellas. Son
temibles, también, porque emiten un juicio verdadero.

Que expliquen y declaren que, por las palabras y sonido de una


sola boca, el demonio se apartó de criaturas de Dios, ése mismo
demonio que podría mover montañas si no estuviera restringido por
mi poder. ¿Qué clase de poder le correspondió, con el permiso de
Dios, cuando fue hecho para huir ante el sonido de una sola palabra?
Según esto, de la misma forma que aquellos hebreos que no creían en
Dios ni en Moisés también dejaron Egipto hacia la tierra prometida,
siendo, de alguna forma, forzados junto con los demás, de igual
manera, muchos cristianos irán ahora, sin desearlo, junto con mis
elegidos, sin creer en mi poder para salvarlos. No creen en mis
palabras de ninguna manera, tan sólo tienen una falsa confianza en mi
poder. Sin embargo, mis palabras se cumplirán sin que ellos lo deseen
y, en cierto modo, serán forzados a caminar hasta la perfección hasta
que lleguen donde a mí me conviene”.
LIBRO 2

Las instrucciones del Hijo a la novia acerca del Demonio; la respuesta del
Hijo a la novia acerca del por qué ÉL no aparta a quienes hacen el mal
antes de que caigan en el pecado; y sobre cómo el reino del cielo es dado a
las personas bautizadas que mueren antes de alcanzar la edad de la
discreción.

Capítulo 1

El Hijo habló a la novia, diciendo: “Cuando te tiente el Demonio, dile estas


tres cosas: ‘Las palabras de Dios no pueden ser nada más que la verdad.’
Segundo: ‘Nada es imposible para Dios, porque Él puede hacer todas las
cosas.’ Tercero: ‘Tú demonio, no me puedes dar un fervor de amor tan
grande como el que Dios me da.’ Nuevamente el Señor le habló a la novia,
diciendo: “Veo a la gente de tres maneras: primero, su cuerpo externo para
ver en qué condición se encuentra; segundo, su conciencia interna, a qué se
inclina y de qué manera; tercero, su corazón, y qué es lo que desea. Como un
pájaro que ve un pez en el mar y calcula la profundidad del agua y también
tiene en cuenta los vientos de tormenta, Yo, también, conozco y evalúo la
manera de ser de cada persona y tomo nota de qué es lo que le toca a cada
una, ya que tengo una vista fina y perspicaz y puedo evaluar la situación
humana mejor de lo que una persona se conoce a sí misma.

Por lo tanto, porque veo y sé todas las cosas, pueden preguntarme por qué no
me llevo a quienes hacen el mal antes que caigan en las profundidades del
pecado. Yo mismo formulé la pregunta y Yo mismo te la responderé: Yo soy
el Creador de todas las cosas, y todas las cosas me son conocidas de
antemano. Yo conozco y veo todo lo que ha sido y lo que será. Pero, aunque
conozco y puedo hacer todas las cosas, aún así, por razones de justicia, no
interfiero con la constitución natural del cuerpo como tampoco lo hago con
la inclinación del alma. Cada ser humano continúa existiendo de acuerdo a la
constitución natural del cuerpo tal cual es y fue desde toda la eternidad en mi
conocimiento previo. El hecho que una persona tenga una vida más larga y
otra más corta tiene que ver con la fuerza o debilidad naturales y está
relacionada con su constitución física. No es debido a mi conocimiento
previo que una persona pierde su vista u otra se vuelve coja o algo parecido,
ya que mi conocimiento previo de todas las cosas es de tal forma que por él
nadie ha empeorado, ni tampoco le ha hecho daño a alguien.

Es más, estas cosas no ocurren por el curso y la posición de los elementos


celestiales, sino por algún principio oculto de justicia en la constitución y
conservación de la naturaleza. Porque el pecado y el desorden natural
conllevan a la deformidad del cuerpo de muchas maneras. Esto no sucede
porque es mi voluntad directa, sino porque permito que ocurra para que haya
justicia. A pesar de que Yo puedo hacer todas las cosas, aun así no obstruyo a
la justicia. Como corresponde, la longevidad o brevedad de la vida de una
persona, está relacionada con la fuerza o debilidad de su constitución física,
tal como estaba en mi conocimiento previo el cual nadie puede contravenir.

Puedes entender esto a través de un símil. Imagínate que había dos caminos
con un camino que conduce a ellos. Había muchas tumbas en ambos
caminos, cruzándose y empalmándose una sobre otra. El final de uno de los
dos caminos se pronunciaba directamente hacia abajo; el final del otro hacia
arriba. En el cruce estaba escrito: ‘Quien viaje por este camino lo empezará
con placer y deleite físicos y lo terminará en miseria y vergüenza. Quien
tome el otro camino lo comenzará con un esfuerzo moderado y soportable,
pero alcanza el final con un gran gozo y consolación.’ Una persona que
caminaba sola sobre el camino solitario se hallaba completamente ciega. Sin
embargo, cuando llegó al cruce de caminos sus ojos se abrieron y vio lo que
estaba escrito acerca de cómo terminaban ambos caminos.

Mientras estaba estudiando el letrero y pensándolo consigo misma,


repentinamente se aparecieron junto a esta persona dos hombres a quienes se
les había confiado el cuidado de ambos caminos. A medida que observaban
al caminante en el cruce de caminos, se dijeron el uno al otro: 'Observemos
cuidadosamente cuál de los caminos decide tomar y entonces él pertenecerá
a aquél de nosotros cuyo camino seleccione.' El caminante, sin embargo,
estaba considerando consigo mismo el fin y las ventajas de cada camino.
Tomó la prudente decisión de seleccionar el camino cuyo principio
involucraba algo de dolor pero al final tenía gozo, en vez del camino que
empezaba con alegría y terminaba con dolor. Decidió que era más sensato y
tolerable cansarse al hacer un poco de esfuerzo al principio pero descansar
con seguridad al final.

¿Entiendes lo que significa todo esto? Te lo diré. Estos dos caminos son el
bien y el mal al alcance humano. Está dentro del libre albedrío y poder de la
persona el escoger lo que él o ella deseen al llegar a la edad de la discreción.
Un camino solitario lleva a los dos caminos de elección entre el bien y el
mal; en otras palabras, la época de la niñez lleva a la edad de la discreción.
El hombre al caminar sobre este primer camino como un ciego porque lo
está, ciego desde su niñez hasta que llega a la edad de la discreción, sin saber
cómo distinguir entre el bien y el mal, entre el pecado y la virtud, entre lo
que se ordena y lo que está prohibido.

El hombre caminando en este primer camino, es decir, en su época juvenil,


es como si estuviera ciego. Sin embargo, cuando llega al cruce de caminos,
es decir, la edad de la discreción, se abren los ojos de su entendimiento.
Entonces sabe cómo decidir si es mejor experimentar un poco de dolor pero
el gozo eterno o un poco de gozo y el dolor eterno. Cualquier camino que
escoja, no le faltarán quienes le cuenten cuidadosamente sus pasos. Hay
muchas tumbas en estos caminos, una seguida de otra, y una encima contra
la otra, porque tanto en durante la juventud como en la vejez, una persona
puede morir antes, otra después, una en la juventud, otra en la vejez. El final
de esta vida está simbolizado adecuadamente con tumbas: le llegará a todos,
a uno de esta forma, a otro en aquélla, de acuerdo a la constitución natural de
cada quien y exactamente como Yo lo he sabido con anticipación.

Si Yo tomase alguno, yendo en contra de la constitución natural del cuerpo,


el demonio tendría fundamento para acusarme. Consecuentemente, para que
el demonio no pueda encontrar nada en mí que en lo más mínimo vaya en
contra la justicia, no interfiero con la constitución natural del cuerpo como
tampoco interfiero con la constitución del alma. ¡Pero consideren mi bondad
y misericordia! Porque, como dice el maestro, doy virtud a aquellos que no
tienen virtud alguna. Debido a mi gran amor les doy el reino del cielo a
todos los bautizados que mueren antes de llegar a la edad de la discreción.
Como está escrito: Ha complacido a mi Padre el dar el reino del cielo a
personas como estas. Debido a mi tierno amor, muestro piedad hasta por los
niños de los paganos.

Si alguno de ellos muere antes de la edad de la discreción, dado que no


pueden conocerme cara a cara, en lugar de esto van a un lugar que no te está
permitido saber pero en el que vivirán sin sufrimiento. Aquellos que hayan
avanzado en el primer camino alcanzarán esos dos caminos, es decir, la edad
de la discreción entre el bien y el mal. Entonces tienen la facultad de escoger
lo que más les guste. La recompensa seguirá a la inclinación de su voluntad,
puesto que para entonces, ya saben cómo leer el letrero escrito en el cruce de
caminos, el cual les dice que es mejor experimentar un poco de dolor al
comienzo y que el gozo los esté esperando, que experimentar gozo al
principio y dolor al final. Algunas veces ocurre que algunas personas son
llevadas más temprano de lo que su constitución física natural normalmente
lo permitiría, por ejemplo, a través del homicidio, borrachera y cosas de esa
naturaleza.

Esto es porque la maldad del demonio es tal que el pecador en este caso
recibiría un castigo extremadamente largo si llegase a continuar en el mundo
por más tiempo. Por lo tanto, algunas personas son llevadas más temprano
de lo que su condición física natural lo permitiría, debido a las demandas de
justicia y por sus pecados. He sabido de su remoción de este mundo desde
toda la eternidad y es imposible para alguien contravenir mi conocimiento
previo. A veces las personas buenas son llevadas también antes de lo que su
constitución física natural lo permitiría. Debido al amor tan grande que les
tengo, y por su ardiente amor y sus esfuerzos para disciplinar su cuerpo por
Mí, algunas veces la justicia requiere que sean llevados, como lo He sabido
desde toda la eternidad. Por lo tanto, no interfiero con la constitución natural
del cuerpo como tampoco interfiero con la constitución del alma.”

La acusación del Hijo sobre cierta alma que se iba a condenar ante la
presencia de la novia, y la respuesta de Cristo al demonio acerca de por qué
permitió a esta alma y a otros malhechores tocar o recibir su verdadero
cuerpo.

Capítulo 2

Dios se mostró enojado y dijo: “Esta obra de Mis manos, la cual destiné para
gran gloria, me desprecia mucho. Esta alma, a quien le ofrecí todo mi
amoroso cuidado, me hizo tres cosas: Desvió sus ojos de Mí y los volvió
hacia el enemigo. Fijó su voluntad en el mundo. Puso su confianza en sí
mismo, porque tenía la libertad de pecar contra mí. Por esta razón, porque no
se molestó en tener ninguna consideración por mi, ejercí mi repentina
justicia sobre él. Porque había fijado su voluntad contra Mí y había
depositado una falsa confianza en sí mismo, le arrebaté el objeto que
anhelaba.” Entonces un demonio gritó, diciendo: “Juez, esta alma es mía.”
El Juez contestó: “¿Qué argumentos tienes contra ella?” Respondió: “Mi
acusación es la declaración en tu propia denuncia, que él te despreció, su
Creador, y debido a eso su alma se ha vuelto mi sirviente.

Además, puesto que fue llevado repentinamente, ¿cómo podría empezar


repentinamente a agradarte? Ya que, cuando tenía cuerpo sano y vivía en el
mundo, no te sirvió con un corazón sincero, puesto que amaba las cosas
creadas más fervientemente, y tampoco soportó con paciencia la enfermedad
ni se reflejó en tus obras como debió haberlo hecho. Al final no ardía con el
fuego de caridad. Él es mío porque te lo llevaste repentinamente.”

El Juez contestó: “Un final repentino no condena a una alma, a menos que
haya inconsistencia en sus acciones. La voluntad de una persona no es
condenada para siempre sin una cuidadosa deliberación.” Entonces la Madre
de Dios vino y dijo: “Hijo Mío, ¿si un sirviente flojo tiene un amigo quien
tiene relación íntima con su amo, no debería venir su amigo íntimo en su
ayuda? ¿No debería ser salvado si lo está pidiendo, por el bien del otro?”. El
Juez respondió: “Todo acto de justicia debe de ir acompañado de
misericordia y sabiduría – misericordia con respecto a perdonar la severidad,
sabiduría para asegurar que se mantenga la equidad. Pero si la transgresión
es de tal tipo que no merezca remisión, la sentencia aún puede ser mitigada
por la amistad sin infringir la justicia. Entonces su madre dijo: “Mi bendito
Hijo, esta alma me tuvo constantemente en su mente y me mostró reverencia
y frecuentemente estaba movida a celebrar la gran solemnidad en mi honor,
a pesar que haya sido fría hacia Ti. Así es que, ¡ten piedad de ella!”

El Hijo respondió: “ Madre Bendita, tú ves y sabes todas las cosas en Mí.
Aunque esta alma te haya tenido en la mente, lo hizo más por su bienestar
temporal que por el espiritual. No trató Mi purísimo cuerpo como debió. Su
malhablada boca lo privó de disfrutar Mi caridad. El amor mundano y la
descomposición le escondieron mi sufrimiento. El dar por hecho Mi perdón
y el no pensar en su fin aceleraron su muerte. Aunque Me recibía
constantemente, esto no lo mejoró mucho, porque no se preparaba
adecuadamente. Una persona que desea recibir a su noble Señor e invitado
no sólo debe de preparar la habitación sino todos los utensilios. Este hombre
no lo hizo así, puesto que, aunque limpiaba la casa, no la barría
reverentemente con cuidado. No esparció el piso con las flores de sus
virtudes o llenó los utensilios de sus extremidades con abstinencia. Por lo
tanto, ves suficientemente bien que lo que se le debe hacer es lo que merece.

Aunque Yo sea invulnerable y esté por encima de la comprensión y estoy en


todo lugar por Mi divinidad, mi deleite está en lo puro, aún cuando entro
tanto en los buenos como en los malditos. Los buenos reciben mi cuerpo, el
cual fue crucificado y ascendido al cielo, el cual fue prefigurado por el maná
y por la harina de la viuda. Los malvados también lo hacen así, pero,
mientras que para el bueno lo conduce a una mayor fortaleza y consolación,
a los malvados los conduce a una condenación más justa, en tanto que, en su
falta de méritos, no temen acercarse a tan digno sacramento.” El demonio
contestó: “Si se acercó indignamente a Ti y su sentencia se hizo más estricta
por esto, ¿ por qué permitiste que se acercara a Ti y Te tocara a pesar de ser
tan indigno?”

El Juez contestó: “No preguntas esto por amor, ya que no tienes ninguno,
pero Mi poder te obliga a preguntarlo por el bien de mi novia quien escucha.
De la misma manera en tanto el bueno como el malo me manejaron en Mi
naturaleza humana para probar la realidad de Mi naturaleza humana así
como mi paciente humildad, así también los buenos y los malvados me
comen en el altar – los buenos hacia su mayor perfección, los malos para que
no crean ellos mismos que ya están condenados de tal forma que, habiendo
recibido mi cuerpo pueden ser convertidos, siempre que decidan reformar su
intención. ¿Qué amor más grande les puedo mostrar que Yo, el más puro,
entraré hasta en los recipientes más impuros (aunque como el sol material no
puedo ser profanado por nada)? Tú y vuestros camaradas desprecian este
amor, puesto que se han endurecido en contra del amor.” Entonces la Madre
habló de nuevo: “Mi buen Hijo, cada vez que se acercaba a Ti, él aun te tenía
reverencia, aunque no como debía habértela tenido. También se arrepiente de
haberte ofendido, aunque no perfectamente. Hijo Mío, por mi bien,
considera esto en provecho de él.” El Hijo respondió: “Como dijo el profeta,
Yo soy el verdadero sol, a pesar de ser mucho mejor que el sol material. El
sol material no penetra montañas o mentes, pero yo puedo hacer ambas
cosas.

Una montaña puede obstruir al sol material teniendo como resultado que la
luz solar no llega a la tierra cercana, pero ¿qué puede ponerse en Mi camino
excepto la pecaminosidad que previene que esta alma sea afectada por Mi
amor? Aun si se retirara una parte de la montaña, la tierra en las cercanías no
recibiría la calidez del sol. Y si yo entrara dentro de una parte de una mente
pura, ¿qué consuelo tendría si pudiese oler la fetidez de alguna otra parte?
Por lo tanto, uno debe de deshacerse de todo lo que esté sucio, y entonces el
dulce gozo seguirá a la hermosa limpieza.” Su Madre respondió: “¡Que se
haga Tu voluntad con toda misericordia!”

EXPLICACIÓN

Éste fue un sacerdote quien frecuentemente había recibido amonestaciones


concernientes a su comportamiento incontinente y que no quería atender
razones. Un día cuando salió a la pradera a cepillar a su caballo, vinieron
truenos y un rayo que le cayó y lo mató. Su cuerpo quedó totalmente ileso
excepto por sus partes privadas, las cuales se podían ver totalmente
quemadas. Entonces el Espíritu de Dios dijo: “Hija, aquellos que se dejan
enredar en tales placeres despreciables, merecen sufrir en sus almas lo que
este hombre sufrió en su cuerpo.”

Palabras de asombro de la Madre de Dios a la novia, y sobre cinco casas en


el mundo cuyos habitantes representan cinco estados de personas, a saber
Cristianos infieles, Judíos y paganos obstinados separadamente, Judíos y
paganos juntos, y los amigos de Dios. Este capítulo contiene muchas
observaciones útiles.

Capítulo 3

María dijo: “Es una cosa horrible que el Señor de todas las cosas y Rey de la
Gloria sea despreciado. Él fue como peregrino en la tierra, deambulando de
lugar en lugar, tocando en muchas puertas, como un caminante buscando
acogida. El mundo fue como una propiedad que tenía cinco casas. Cuando
mi Hijo llegó a la primera casa vestido como peregrino, tocó a la puerta y
dijo: ‘Amigo, ábreme y déjame entrar para descansar y a quedarme contigo,
¡para que los animales salvajes no me hagan daño, para que las lluvias
torrenciales y aguaceros no me caigan encima! ¡Dame algo de tu ropa para
calentarme del frío, para cubrir mi desnudez! ¡Dame algo de tu comida para
refrescarme en mi hambre y algo de beber para revivirme! ¡Recibirás una
recompensa de tu Dios!

La persona que estaba dentro respondió: ‘Eres demasiado impaciente, de


manera que no puedes vivir pacíficamente con nosotros. Eres demasiado
alto. Por tal razón no te podemos arropar. ¡Eres demasiado codicioso y
glotón, de manera que no te podemos satisfacer, ya que no tiene fin tu
apetito avaro! Cristo el peregrino responde desde afuera: Amigo, déjame
entrar alegre y voluntariamente. No necesito mucho espacio. ¡Dame algo de
tu ropa, ya que no hay ropa tan pequeña en tu casa que no pueda ofrecerme
al menos algo de calor! Dame algo de tu comida, ya que aun un diminuto
bocado me puede satisfacer y una simple gota de agua me refrescará y
fortalecerá.’ La persona que estaba dentro replicó: ‘Te conocemos bastante
bien.

Eres humilde al hablar pero inoportuno en tus solicitudes. Haces ver que te
contentas fácilmente con poco pero, de hecho, eres insaciable cuando deseas
llenarte. Estás demasiado frío y difícil de arropar. ¡Vete de aquí, no te
recibiré!’ Entonces fue a la segunda casa y dijo: ¡Amigo, ábreme y mírame!
Te daré lo que necesitas. Te defenderé de tus enemigos.’ La persona que
estaba dentro respondió: ‘Mis ojos están débiles. Les dolería el verte. De
todo tengo suficiente y no necesito nada de lo tuyo. Soy fuerte y poderoso,
¿quién podrá hacerme daño?’ Llegando, entonces, a la tercera casa, dijo:
‘¡Amigo, préstame tus oídos y escúchame! ¡Estira hacia adelante tus manos
y abrázame! ¡Abre tu boca y pruébame!’

El habitante de la casa respondió: ‘¡Grítame más fuerte para que te pueda oír
mejor! Si eres amable, te atraeré hacia mí. Si eres agradable, te dejaré
entrar.’ Entonces Él fue a la cuarta casa cuya puerta estaba entre abierta.
Dijo: ‘Amigo, si te pusieras a considerar que tu tiempo ha sido inútilmente
usado, me permitirías entrar. Si pudieras comprender y escuchar lo que he
hecho por ti, tendrías compasión de mí. Si pusieras atención a cuánto me has
ofendido, suspirarías y rogarías perdón.’ El hombre contestó: ‘Estamos casi
muertos de estar esperándote y añorando tu presencia. Ten compasión de
nuestra desgracia y estaremos más que listos para entregarnos a ti.
Contempla nuestra miseria y ve la congoja de nuestro cuerpo, y estaremos
listos para lo que desees. Entonces llegó a la quinta casa, la cual estaba
completamente abierta. Dijo: ‘Amigo, con gusto entraría aquí, pero debes
saber que busco un lugar para descansar más suave que el que provee una
cama con plumas, un calor mayor que el que se obtiene de la lana, una
comida más fresca de la que la carne fresca de un animal puede ofrecer.’

Quienes estaban adentro respondieron: ‘Tenemos martillos tendidos aquí


cerca de nuestros pies. Gustosamente los usaremos para hacer añicos
nuestros pies y piernas, y te daremos la médula que fluya de ellos para que
sean tu lugar de descanso. Con gusto abriremos nuestras partes más internas
y entrañas por ti. ¡Pasa adentro! No hay nada más suave que nuestra médula
para que en ella descanses, y nada mejor que nuestras partes más internas
para calentarte. Nuestro corazón es más fresco que la carne fresca de
animales. Estaremos felices de partirlo para que sirva de tu alimento. ¡Tan
sólo entra! ¡Porque eres dulce al gusto y maravilloso de disfrutar!’ Los
habitantes de estas cinco casas representan cinco estados diferentes de
personas en el mundo. Los primeros son los infieles cristianos quienes
llaman injustas las sentencias dadas por mi Hijo, sus promesas falsas, y sus
mandamientos insoportables.

Éstos son aquellos que en sus pensamientos y en sus mentes y en sus


blasfemias les dicen a los predicadores de mi Hijo: ‘Muy bien puede ser
Todopoderoso, pero está lejos y es inalcanzable. Es alto y ancho y no puede
ser arropado. Es insaciable y no puede ser alimentado. Es impacientísimo y
no te puedes llevar bien con él.’ Ellos dicen que está lejos porque son
endebles en buenas acciones y caridad y no tratan de elevarse a su bondad.
Dicen que es ancho, porque su propia codicia no conoce límites: ellos
siempre están fingiendo que les falta o que necesitan algo y siempre se están
imaginando problemas antes de que éstos lleguen. También lo acusan de ser
insaciable, porque el cielo y la tierra le son insuficientes, y demanda regalos
aún mayores de la humanidad.

Piensan que es insensato renunciar a todo por el bien de su alma, de acuerdo


con el precepto, y dañino darle al cuerpo menos. Ellos dicen que es
impaciente porque odia el vicio y les envía cosas contra sus voluntades.
Piensan que nada está bien o útil con excepción de aquello que los placeres
del cuerpo les sugieren. Por supuesto, mi Hijo es verdaderamente
Todopoderoso en el cielo y en la tierra, el Creador de todas las cosas y
creado por nadie, que existió antes que todo, después de quien nadie ha de
venir. Él está verdaderamente lejano y es el más ancho y el más alto, dentro
y fuera y sobre todas las cosas.

Aunque Él es tan poderoso, hasta en su amor quiere ser arropado con ayuda
humana – Él, que no tiene necesidad de vestirse, quien viste a todas las cosas
y está Él mismo vestido eterna e incambiablemente en perpetuo honor y
gloria. Él, quien es el pan de ángeles y de hombres, quien alimenta todas las
cosas y Él mismo no necesita nada, quiere ser alimentado con el amor
humano. Él quien es restaurador y autor de paz pide paz de los hombres. Por
lo tanto, quien quiera darle la bienvenida en una mente jovial puede
satisfacerlo aun con un bocado de pan, siempre y cuando sea buena su
intención. Lo puede arropar con un solo hilo, mientras su amor esté
ardiendo. Una sola gota puede apagar su sed, siempre y cuando la persona
tenga la disposición correcta.

Siempre que la devoción de una persona sea ferviente y firme, puede darle la
bienvenida a mi Hijo dentro de su corazón y hablar con Él. Dios es espíritu,
y por esa razón, ha deseado transformar criaturas de carne en seres
espirituales y seres efímeros en eternos. Él piensa que lo que le pase a los
miembros de su cuerpo también le pasa a Él mismo. No sólo tiene en cuenta
el trabajo o las habilidades de una persona, sino también el fervor de su
voluntad y la intención con la que se lleva a cabo un trabajo. En verdad,
cuanto más les grita mi Hijo a esta gente con inspiraciones ocultas, y cuanto
más les advierte a través de sus predicadores, más endurecen su voluntad
contra Él.

Ellos no escuchan ni le abren la puerta de su voluntad ni le permiten entrar


con actos caritativos. Por consiguiente, cuando llegue su hora, la falsedad en
que confían será aniquilada, la verdad será exaltada, y la Gloria de Dios se
manifestará. Los segundos son los judíos obstinados. Estas personas se ven a
ellos mismos como razonables en todos los sentidos y consideran la
sabiduría como justicia legal. Ellos hacen valer sus propias acciones y
declaran que son más honorables que el trabajo de otros. Si oyen las cosas
que mi Hijo ha hecho, las desprecian. Si escuchan sus palabras y
mandamientos, reaccionan con desdén.

Peor aún, se consideran ellos mismos como pecadores e impuros si lo fueran


a escuchar y reflexionar en cualquier cosa que tenga que ver con mi Hijo, y
sería aun más despreciable y miserable si fueran a imitar sus obras. Pero
mientras los vientos de fortuna mundana todavía soplan sobre ellos, piensan
que son muy afortunados. Mientras se sientan fuertes en su fortaleza física,
ellos se creen los más fuertes. Por esa razón, sus esperanzas se volverán nada
y su honor se tornará vergüenza.

Los terceros son los paganos. Algunos de ellos gritan burlonamente todos los
días: ‘¿Quién es Cristo? Si es gentil al dar bienes presentes, gustosamente lo
recibiremos. Si es gentil en condonar pecados, aun más gustosamente lo
honraremos.’ Pero estas personas han cerrado los ojos de su mente para no
percibir la justicia y piedad de Dios. Taponan sus oídos y no escuchan lo que
mi Hijo ha hecho por ellos y por todos. Callan sus bocas y no se informan de
cómo será su futuro o qué es lo que está a su favor. Cruzan sus brazos y
rehúsan hacer un esfuerzo en buscar la manera en que puedan escapar a las
mentiras y encontrar la verdad. Por lo tanto, ya que no quieren entender o
tomar precauciones, aunque ellos pueden y tienen el tiempo para hacerlo,
ellos y su casa caerán y serán envueltos por la tempestad.

Los cuartos son aquellos judíos y paganos que quisieran ser cristianos, si tan
sólo supieran cómo y en qué forma complacer a mi Hijo y si tan sólo
tuvieran quien los ayudara. Ellos oyen de gente en regiones vecinas todos los
días, y también saben de las súplicas de amor dentro de ellos mismos, así
como de otras señales, cuánto mi Hijo ha hecho y sufrido por todos. Es por
esto que claman a Él en su conciencia y dicen: ‘Oh Dios, hemos oído que
prometiste darte a nosotros. Así es que te estamos esperando. ¡Ven y cumple
tu promesa! Vemos y entendemos que no hay poder divino en aquellos que
son adorados como dioses, sin amor por las almas, sin apreciar la castidad.
Sólo encontramos en ellos motivos carnales, un amor por los honores del
mundo actual. Sabemos acerca de la Ley y oímos sobre las grandes obras
que has hecho en piedad y justicia, escuchamos lo dicho por tus profetas que
están esperándote a Ti, a quien han predicho. Así es que, ¡ven amable Dios!
Queremos entregarnos a Ti, porque entendemos que en Ti hay amor por las
almas, el uso correcto de todas las cosas, pureza perfecta, y vida eterna. ¡Ven
sin demora e ilumínanos, pues estamos casi muertos de esperarte!’ Así es
como claman a mi Hijo. Esto explica por qué su puerta está medio abierta,
porque su intención es completa con respecto al bien, pero aún no han
alcanzado su cumplimiento. Éstas son personas que merecen tener la gracia
y consuelo de mi Hijo.

En la quinta casa hay amigos de mi Hijo y míos. La puerta de su mente está


totalmente abierta para mi Hijo. A ellos les da gusto que Él los llame. Ellos
no sólo le abren cuando les toca sino que alegremente corren a su encuentro
cuando entra. Con los martillos de los divinos preceptos destrozan lo que
encuentran distorsionado en ellos mismos. Preparan un lugar de descanso
para mi Hijo, no de plumas de pájaros sino de la armonía de sus virtudes y el
refreno de afectos diabólicos, el cual es la misma médula de todas las
virtudes. Ellos ofrecen a mi Hijo una clase de calor que no viene de la lana
sino de un amor tan ferviente que no sólo le brindan sus pertenencias sino
también se brindan ellos mismos. También le preparan comida más fresca
que cualquier carne: es su corazón perfecto el cual no desea ni ama nada
sino a su Dios.

El Señor del Cielo mora en sus corazones, y Dios quien nutre todas las cosas
es dulcemente nutrido por su caridad. Ellos mantienen continuamente sus
ojos en la puerta no sea que entre el enemigo, ellos mantienen sus oídos
vueltos hacia el Señor, y sus manos dispuestas a dar batalla al enemigo.
Imítalos, hija mía, tanto como puedas, porque sus cimientos están fundados
en roca sólida. Las otras casas tienen sus cimientos en el lodo, por lo cual
serán agitados cuando llegue el viento.”

Las palabras de la Madre de Dios a su Hijo de parte de su novia, y acerca


de cómo Cristo es comparado a Salomón, y sobre la severa sentencia
contra los falsos cristianos.

Capítulo 4

La Madre de Dios habló a su Hijo, diciendo: “Hijo mío, mira cómo está
llorando tu novia porque tienes pocos amigos y muchos enemigos.” El Hijo
respondió: “Está escrito que los hijos del reino serán arrojados fuera y no
heredarán el reino. También está escrito que cierta reina vino de lejos a ver la
riqueza de Salomón y a escuchar su sabiduría. Cuando ella vio todo, se
quedó sin aliento del puro asombro. Sin embargo, las personas de su reino
no prestaron atención a su sabiduría ni admiraron su riqueza. Yo soy
prenunciado por Salomón, aunque soy mucho más sabio y rico que lo que
Salomón lo fue, tanto como que toda la sabiduría viene de mí y cualquiera
que es sabio, de mí obtiene su sabiduría. Mis riquezas son la vida eterna y
gloria indescriptible. Yo prometí y ofrecí estos bienes a los cristianos como a
mis propios hijos, para que puedan poseerlos para siempre, si me imitan y
creen en mis palabras. Pero no prestan atención a mi sabiduría.

Toman mis escrituras y promesas con desdén y respecto a mi riqueza, como


despreciable. Entonces, ¿qué debo hacer con ellos? Con seguridad, si los
hijos no quieren su herencia, entonces los extraños, es decir, los paganos, la
recibirán. Como esa reina extranjera, a quien tomo para que represente a las
almas fieles, vendrán y admirarán las riquezas de mi gloria y caridad, tanto
que se apartarán de su espíritu de infidelidad y serán llenados de mi Espíritu.
¿Entonces, qué debo hacer con los hijos del reino? Los manejaré en la forma
en que lo hace un hábil alfarero quien, cuando observa que el primer objeto
que hizo de arcilla no es ni hermoso ni utilizable, lo tira a la tierra y lo
despedaza. Manejaré a los cristianos de la misma forma. A pesar que
deberían ser míos, puesto que los hice a mi imagen y los redimí con mi
sangre, resultaron estar lamentablemente deformes. Por lo tanto, serán
pisoteados como la tierra y arrojados al infierno.”

La palabra del Señor en presencia de la novia concerniente a su propia


majestad, y una maravillosa parábola que compara a Cristo con David,
mientras que los judíos, malos cristianos, y paganos son comparados con
los tres hijos de David, y cómo la iglesia subsiste en los siete sacramentos.

Capítulo 5

Yo soy Dios, no hecho de piedra o madera ni creado por otro sino el Creador
del universo, permanente sin principio ni fin. Soy aquel que vino dentro de
la Virgen y estuvo con la Virgen sin perder mi divinidad. A través de mi
naturaleza humana estuve en la Virgen mientras que aún retenía mi propia
naturaleza divina, y soy la misma persona que, a través de mi naturaleza
divina, continúa mandando sobre cielos y tierra junto con el Padre y el
Espíritu Santo. A través de mi Espíritu encendí el fuego en la Virgen – no en
el sentido que el Espíritu que le encendió en fuego fuese algo separado de
mí, ya que el Espíritu que le prendió fuego fue el mismo que estaba en el
Padre y en Mí, el Hijo, tanto como el Padre y el Hijo estaban en Él, estos
tres siendo un solo Dios, no tres dioses.

Yo soy como el Rey David que tuvo tres hijos. Uno de ellos se llamó
Absalón y buscó la vida de su padre. El segundo, Adonías, buscó el reino de
su padre. El tercer hijo, Salomón, obtuvo el reino. El primer hijo denota a los
judíos. Ellos son las gentes que buscaron mi vida y muerte y desdeñaron mi
consejo. Consecuentemente, ahora que su retribución es conocida, puedo
decir lo que dijo David con la muerte de su hijo: ‘¡Hijo mío, Absalón!’ es
decir: Oh judíos hijos míos, y ahora ¿en dónde están vuestras añoranzas y
expectativas ahora? Oh hijos míos, ¿ahora cual será vuestro fin? Sentí
compasión por vosotros porque anhelabais que viniera – porque Yo, quien
ustedes supieron por las muchas señales, que había venido – y porque
ustedes anhelaron gloria que rápidamente se desvanecía, toda lo cual ya ha
desaparecido. Pero ahora siento mayor compasión por ustedes, como David
repitiendo esas primeras palabras una y otra vez, porque veo que terminarán
en una muerte desdichada.

Por lo tanto, como David, digo con todo mi amor: ‘Hijo mío, ¿quien me
dejará morir en tu lugar?’ David sabía bien que no podía traer de regreso a su
hijo muerto si muriera por él, pero, para mostrar su profundo afecto paternal
y el ansioso anhelo de su voluntad, aunque sabía que era imposible, estaba
preparado para morir en lugar de su hijo. De la misma manera, ahora digo:
Oh mis hijos judíos, aunque tuvisteis una mala voluntad hacia mí, e hicisteis
todo lo que pudisteis en mi contra, si fuera posible y mi Padre lo permitiera,
voluntariamente moriría de nuevo por vosotros, ya que me da lástima la
miseria que vosotros mismos os habéis acarreado como requiere mi justicia.
Os dije lo que debíais haber hecho a través de mis palabras y os lo mostré
con mi ejemplo. Fui por delante de vosotros como una gallina protegiéndoos
con sus alas de amor, pero vosotros lo rechazasteis todo. Por lo tanto, todas
las cosas que anhelabais han desaparecido. Vuestro fin es la desgracia y todo
vuestro trabajo desperdiciado.

Los malos cristianos son simbolizados por el segundo hijo de David quien
pecó contra su padre a avanzada edad. Razonó consigo mismo de esta
manera: ‘Mi padre es un hombre anciano y le fallan sus fuerzas. Si le digo
algo equivocado, él no me responde. Si hago algo en su contra no se venga.
Si acometo contra él, lo soporta pacientemente. Por consiguiente, haré lo que
yo quiero.’ Con algunos de los sirvientes de su padre David, se fue a una
arboleda de pocos árboles para jugar a ser rey. Pero cuando la sabiduría e
intención de su padre se hicieron evidentes, cambió su plan y los que estaban
con él cayeron en descrédito.
Esto es lo que los cristianos me están haciendo ahora. Piensan dentro de
ellos: ‘Las decisiones y señales de Dios no se manifiestan tanto ahora como
lo hacían antes. Podemos decir lo que queramos, ya que Él es misericordioso
y no presta atención. ¡Hagamos lo que nos plazca, ya que cede fácilmente!
Ellos no tienen fe en mi poder, como si fuera más débil ahora de lo que era
antes en hacer mi voluntad.

Ellos se imaginan que mi amor es menor, como si ya no estuviera dispuesto


a tenerles piedad como a sus padres.

También piensan que mi juicio es cosa de risa y que mi justicia no tiene


sentido. Por lo tanto, ellos también van a una arboleda con algunos de los
sirvientes de David para jugar al rey con presunción. ¿Qué es lo que
significa esta arboleda con algunos árboles, si no la Santa Iglesia
subsistiendo a través de los siete sacramentos como si fuesen algunos
árboles? Ellos entran dentro de esta iglesia junto con algunos sirvientes de
David, es decir, con algunas buenas obras, para ganar el reino de Dios con
presunción.

Hacen un modesto número de obras buenas, confiando que por éstas, sin
importar en qué estado de pecado se encuentren o qué pecados hayan
cometido, aún pueden ganar el reino del cielo como por derecho de herencia.
El hijo de David quería obtener el reino en contra de la voluntad de David
pero fue sacado en desgracia, ya que tanto él como su ambición eran
injustos, y el reino le fue dado a un mejor hombre y más sabio. De la misma
manera, estas personas serán expulsadas de mi reino.

Les será dado a quienes hagan la voluntad de David, puesto que sólo una
persona que tiene caridad puede obtener mi reino. Sólo una persona que es
pura y es conducida por mi corazón puede acercarse a mí que soy el más
puro de todos.

Salomón fue el tercer hijo de David. Él representa a los paganos. Cuando


Betsabé oyó que otro que no era Salomón – a quien David le había
prometido sería rey después de él – había sido elegido por ciertas personas,
ella fue a David y le dijo: ¿Señor mío, me juraste que Salomón sería rey
después de ti. Ahora, sin embargo, otro ha sido electo.

Si éste es el caso y continúa así, terminaré siendo sentenciada al fuego como


adúltera y mi hijo señalado como ilegítimo.’ Cuando David oyó esto, se puso
en pie y dijo: ‘Juro por Dios que Salomón se sentará en mi trono y será rey
después de mí.’ Enseguida ordenó a sus sirvientes que pusieran a Salomón
en el trono y lo proclamaran como el rey que David había elegido. Llevaron
a cabo las órdenes de su amo y encumbraron a Salomón otorgándole gran
poder, y todos aquellos que habían dado su voto a su hermano fueron
dispersados y reducidos a servidumbre. Esta Betsabé, que había sido tomada
como adúltera si se hubiese elegido a otro rey, no simboliza otra cosa que la
fe de los paganos.

Ninguna clase de adulterio es peor que venderse uno mismo en prostitución


lejos de Dios y de la fe verdadera y creer en otro dios distinto al Creador del
universo. Justo como hizo Betsabé, algunos de los gentiles vienen a mí con
humildad y con corazones contritos, diciendo: ‘Señor, nos prometiste que en
el futuro seríamos cristianos. ¡Cumple tu promesa! Si otro rey, si otra fe que
distinta a la tuya ganase nuestra ascendencia, si te retiraras de nosotros,
arderíamos en la miseria y moriríamos como una adúltera que ha tomado un
adúltero en vez de un esposo legítimo. Además de que, aunque Tú vives por
siempre, aún así, estarás muerto para nosotros y nosotros para ti en el sentido
que retirarías tu gracia de nuestros corazones y nos pondríamos en tu contra
por nuestra falta de fe. Por lo tanto, ¡cumple tu promesa y fortifica nuestras
debilidades e ilumina nuestra oscuridad! ¡Si tardas, si te retiras de nosotros,
pereceremos! Habiendo oído esto, me enfrentaré resueltamente como David
a través de mi gracia y piedad.

Juro por mi divina naturaleza, la cual está unida a mi humanidad, y por mi


naturaleza humana, que está en mi Espíritu, y por mi Espíritu, el cual está en
mis naturalezas divina y humana, estas tres no siendo tres dioses sino un
solo Dios, que cumpliré mi promesa. Enviaré a mis amigos para que traigan
a mi hijo Salomón, es decir, los paganos, dentro de la arboleda, es decir,
dentro de la iglesia, la cual subsiste a través de los siete sacramentos como
siete árboles (a saber bautismo, penitencia, la unción de la confirmación, el
sacramento del altar y del sacerdocio, matrimonio, y extremaunción). Ellos
estarán apoyados en mi trono, es decir, en la fe verdadera de la Santa Iglesia.

Además, los malos cristianos serán sus sirvientes. Los primeros encontrarán
su gozo en una herencia imperecedera y en el dulce alimento que Yo les
prepararé. Los segundos, sin embargo, gemirán en la miseria que para ellos
dará principio en el presente y perdurará por siempre. Y por tanto, ya que
aún es el tiempo de estar vigilantes, ¡que mis amigos no se duerman, que no
desfallezcan, ya que una gloriosa recompensa les aguarda a su duro trabajo!”
Las palabras del Hijo en presencia de la novia concernientes a un rey
parado en un campo de batalla con amigos a su derecha y enemigos a su
izquierda, y acerca de cómo el rey representa a Cristo quien tiene cristianos
a la derecha y paganos a la izquierda, y acerca de cómo los cristianos son
rechazados y Él envía sus predicadores a los paganos.

Capítulo 6

El Hijo dijo: “Soy como un rey parado en un campo de batalla con amigos a
su derecha y enemigos a su izquierda. La voz de alguien gritando llegó a
aquellos que estaban parados a la derecha donde todos estaban bien
armados. Sus yelmos estaban ceñidos y sus rostros vueltos hacia su señor. La
voz les gritó: ‘¡Vuélvanse a mí y confíen en mí! Tengo oro para darles.’
Cuando oyeron esto, se volvieron hacia él. La voz habló por segunda vez a
aquellos que se habían volteado: ‘Si quieren ver el oro, desabróchense sus
yelmos, y si desean conservarlo, yo se los abrocharé nuevamente cuando yo
lo desee.’ Cuando asintieron, les abrochó los yelmos con la parte delantera
hacia atrás. El resultado fue que la parte delantera con las rendijas para ver
estaba en la parte trasera de sus cabezas mientras que la parte trasera de sus
yelmos cubría sus ojos de manera que no podían ver. Gritando de esta
manera, los condujo a él como hombres ciegos.

Cuando había hecho esto, algunos de los amigos del rey informaron a su
amo de que sus enemigos habían engañado a sus hombres. El le dijo a sus
amigos: ‘Vayan entre ellos y griten: ¡Desabróchense sus yelmos y vean
cómo han sido engañados! ¡Regresen a mí y les daré la bienvenida en paz!’
Ellos no quisieron escuchar, y pensaron que era burla. Los sirvientes oyeron
esto y se lo comunicaron a su señor. El dijo: ‘Bien, entonces, puesto que me
han desdeñado, vayan rápido hacia el lado izquierdo y díganle a todos
aquellos que están parados a la izquierda estas tres cosas: El camino que los
conduce a la vida ha sido preparado para ustedes. La puerta está abierta. Y el
señor mismo desea venir a encontrarlos con paz. ¡Por lo tanto crean
firmemente que el camino ha sido preparado! ¡Tengan una inquebrantable
esperanza en que la puerta está abierta y sus palabras son verdaderas! ¡Vayan
a encontrar al señor con amor, y él les dará la bienvenida con amor y paz y
los conducirá a una paz imperecedera! Cuando oyeron las palabras del
mensajero, creyeron en ellas y fueron recibidos en paz.

Yo soy ese rey. Tuve cristianos a mi derecha, ya que les había preparado una
recompensa eterna. Sus yelmos estaban abrochados y sus caras estaban
vueltas hacia mí en tanto tuviesen la intención total de hacer mi voluntad, de
obedecer mis mandamientos, y siempre que todo su deseo apuntase al cielo.
Con el tiempo la voz del diablo, es decir, el orgullo, sonó en el mundo y les
mostró riquezas mundanas y placer carnal. Se volvieron hacia cediendo su
consentimiento y deseos al orgullo. Debido al orgullo, se quitaron los
yelmos llevando a cabo sus deseos y prefiriendo bienes temporales a los
espirituales. Ahora que ya hicieron a un lado sus yelmos de la voluntad de
Dios y las armas de la virtud, el orgullo los ha dominado de tal forma y se
han ligado tanto al mismo, que se sienten demasiado felices de seguir
pecando hasta el fin y les gustaría vivir para siempre, con la condición de
que pudieran pecar por siempre.

El orgullo los ha cegado tanto que las aberturas de los yelmos por las cuales
deberían de ver están en la parte trasera de sus cabezas y en frente a ellos
hay oscuridad. ¿Qué otra cosa representan estas aberturas en los yelmos sino
la consideración del futuro y la circunspección providente de realidades
presentes? A través de esta primera apertura, deberían de ver las delicias de
las futuras recompensas y los horrores de castigos futuros, como también la
terrible sentencia de Dios. A través de la segunda apertura, deberían de ver
los mandamientos y prohibiciones de Dios, también cuánto pudiesen haber
transgredido los mandamientos de Dios y cómo deben mejorar. Pero estas
aberturas están en la parte de atrás de la cabeza donde nada puede verse, lo
que significa que la consideración de realidades celestiales ha caído en la
indiferencia.

Su amor a Dios se ha enfriado, mientras que su amor por el mundo es


considerado con deleite y abrazado de tal forma que los conduce como una
rueda bien lubricada adonde vaya a dar. Sin embargo, viéndome deshonrado
y las almas alejándose y el diablo ganando control, mis amigos me suplican
diariamente por ellos en sus oraciones. Sus oraciones han alcanzado el cielo
y llegado a mi oído. Conmovido por sus oraciones, he enviado mis
predicadores diariamente a estas personas y les he mostrado señales y les he
incrementado mis gracias. Pero, en su desdén por todo, han acumulado
pecado sobre pecado.

Por lo tanto, le diré ahora a mis sirvientes y haré que mis palabras con toda
certeza entren en vigor: Sirvientes Míos, vayan al lado izquierdo, es decir, a
los paganos, y digan: ‘El Señor del cielo y el Creador del universo tiene que
decirles a ustedes lo siguiente: El camino del cielo está abierto para ustedes.
¡Tengan la voluntad de entrar en él con una fe firme! La puerta del cielo se
mantiene abierta para ustedes. ¡Tengan firme esperanza y entrarán por ella!
El Rey del cielo y Señor de los ángeles vendrá personalmente a encontrarlos
y a darles paz y bendiciones imperecederas. ¡Vayan a encontrarlo y recíbanlo
con la fe que les ha revelado a ustedes y que ya ha preparado como camino
al cielo! Recíbanlo con la esperanza con la que ustedes esperan, ya que él
mismo tiene la intención de darles el reino.

Ámenlo con todo su corazón y pongan su amor en práctica y entrarán por las
puertas de Dios, de las que fueron arrojados aquellos cristianos que no
quisieron entrar y quienes se hicieron indignos por sus propios actos.’ Por mi
verdad les declaro que pondré mis palabras en práctica y no las olvidaré. Los
recibiré como hijos míos y seré su padre, Yo, a quienes los cristianos han
mantenido desdeñoso desprecio.

Entonces ustedes, amigos míos, quienes están en el mundo, vayan adelante


sin temor y griten fuerte, anúncienles mi voluntad y ayúdenlos a llevarla a
cabo. Yo estaré en sus corazones y en sus palabras. Yo seré su guía en la vida
y su salvador en la muerte. Yo no los abandonaré. ¡Vayan audazmente –
cuanto más duro sea, mayor la gloria!

Yo puedo hacer todas las cosas en un instante y con una sola palabra, pero
quiero que crezca su recompensa a través de sus propios esfuerzos y que mi
gloria crezca con su valentía. No se sorprendan con lo que digo. Si el
hombre más sabio del mundo pudiera contar cuantas almas caen en el
infierno cada día, sobrepasarían el número de granos de arena del mar y de
guijarros en la orilla. Esto es un asunto de justicia, porque estas almas se han
separado ellas mismas de su Señor y Dios. Estoy diciendo esto para que los
números del diablo puedan disminuir, y se conozca el peligro, y se llene mi
ejército. ¡Si tan sólo escucharan y entraran en razón!”

Jesucristo habla a la novia y compara su divina naturaleza a una corona y


usa a Pedro y a Pablo para simbolizar los estados de clérigo y laico, y sobre
las maneras de lidiar con los enemigos, y sobre las cualidades que los
caballeros en el mundo deberían tener.

Capítulo 7

El Hijo habló a la novia, diciendo: “Yo soy el Rey de la corona. ¿Sabes por
qué dije ‘Rey de la corona’? Porque mi naturaleza divina fue y será y es sin
principio o fin. Mi naturaleza divina es aptamente comparada a una corona,
porque una corona no tiene punto de principio ni de fin. Justamente como
una corona está reservada para el futuro rey en un reino, así también mi
naturaleza divina fue reservada para ser la corona de mi naturaleza humana.
Tuve dos sirvientes. Uno era un sacerdote, el otro un laico. El primero era
Pedro quien tuve un oficio de sacerdocio, mientras que Pablo fue, como era,
un laico. Pedro estaba vinculado en matrimonio pero cuando vio que su
matrimonio no era consistente con su ministerio sacerdotal, y considerando
que su recta intención podría ser puesta en peligro por falta de continencia,
se separó del por lo demás lícito matrimonio, y se divorció del lecho
conyugal, y se dedicó a Mí de todo corazón.

Pablo, sin embargo, observó el celibato y se mantuvo sin mancha del lecho
conyugal. ¡Ve que gran amor tuve por estos dos! Le di las llaves del cielo a
Pedro de manera que lo que atara o desatara en la tierra pudiera quedar atado
o desatado en el cielo. Le permití a Pablo ser como Pedro en gloria y honor.
Como fueron iguales juntos en la tierra, ahora están unidos en gloria
imperecedera en el cielo y glorificados conjuntamente. Sin embargo, aunque
mencioné expresamente a estos dos por nombre, por y a través de ellos
deseo también mencionar a otros amigos míos. En una forma similar, bajo el
anterior pacto, Yo solía hablarle a Israel como si me dirigiese a una sola
persona, aunque me refería a toda la gente de Israel con ese único nombre.
De la misma manera, ahora, utilizando a estos dos hombres, me refiero a la
multitud de aquellos a quienes he llenado de Mi gloria y amor.

Con el paso del tiempo, la maldad empezó a multiplicarse y la carne se hizo


más débil y más propensa al mal que lo usual. Por lo tanto, establecí normas
por cada uno de los dos, es decir, para los clérigos y los laicos, representados
aquí por Pedro y Pablo. En mi piedad decidí permitir al clero poseer una
moderada cantidad de propiedad de la iglesia para las necesidades corporales
para que pudieran crecer más fervientes y constantes al servirme. También le
permití al laicado el unirse en matrimonio conforme a los ritos de la iglesia.
Entre los sacerdotes había cierto buen hombre quien pensó para sí mismo:
‘La carne me arrastra hacia el placer básico, el mundo me arrastra hacia
dañinas visiones, mientras que el diablo prepara varias trampas para hacerme
pecar. Por lo tanto, para no ser atrapado por el placer carnal, observaré
moderación en todos mis actos. Seré moderado en mi descanso y
esparcimiento.

Le dedicaré el tiempo apropiado al trabajo y la oración y refrenaré mis


apetitos carnales a través del ayuno. Segundo, para que el mundo no me
arrastre alejándome del amor de Dios, renunciaré a todas las cosas
mundanas, ya que todas ellas son perecederas. Es más seguro seguir a Dios
en la pobreza. Tercero, para no ser engañado por el diablo quien siempre nos
está mostrando falsedades en vez de la verdad, me someteré a la regla y
obediencia de otro; y rechazaré todo egoísmo y demostraré que estoy listo
para tomar cualquier cosa que me ordene la otra persona.’ Este hombre fue el
primero en establecer una regla monástica. Él perseveró en ella de forma
elogiable y dejó su vida como un ejemplo a seguir por los demás.

Por un tiempo la clase de los laicos estuvo bien organizada. Algunos de ellos
cultivaron la tierra y valientemente perseveraron trabajando la tierra. Otros
zarparon en navíos y llevaron mercancía a otras regiones para que los
recursos de una región abastecieran las necesidades de otra. Otros fueron
hábiles artesanos y artífices. Entre estos estaban los defensores de mi iglesia
a quienes ahora se les llama caballeros.

Tomaron las armas como vengadores de la Santa Iglesia para poder combatir
a sus enemigos. Ahí entre ellos apareció un buen hombre amigo mío quien
pensó para sí: ‘Yo no cultivo la tierra como un granjero. No trabajo en los
mares como un mercader. No trabajo con mis manos como un hábil artesano.

¿Entonces, qué puedo hacer o con qué trabajo puedo agradar a mi Dios? No
tengo la energía suficiente para servir a la iglesia. Mi cuerpo es muy blando
y débil para soportar daños físicos, a mis manos les faltan fuerzas para
derribar enemigos, y mi mente se inquieta considerando las cosas del cielo.
¿Entonces qué puedo hacer?

Ya sé lo que puedo hacer. Iré y me sujetaré con un juramento estable a un


príncipe secular, jurando defender la fe de la Santa Iglesia con mi fuerza y
con mi sangre.’ Ese amigo mío fue al príncipe y le dijo: ‘Mi señor, soy uno
de los defensores de la iglesia. Mi cuerpo es muy débil para soportar daños
físicos, mis manos carecen la fuerza para derribar a otros; mi mente es
inestable cuando se refiere a hacer lo que es bueno; mi libre voluntad es lo
que me complace; y mi necesidad de descanso no me permite una postura
firme por la casa de Dios. Me vinculo por lo tanto con un juramento público
de obediencia a la Santa Iglesia y a ti, o Príncipe, jurando defenderla todos
los días de mi vida para que, aunque mi mente y mi voluntad sean tibias con
respecto a la lucha, pueda yo ser obligado a trabajar debido a mi juramento.’
El príncipe le contestó: ‘Iré contigo a la casa del Señor y seré testigo de tu
juramento y tu promesa.’ Ambos vinieron a mi altar, y mi amigo hizo la
genuflexión y dijo: ‘Tengo un cuerpo muy débil para soportar daños físicos,
mi libre voluntad me complace demasiado, mis manos son muy tibias
cuando se refiere a dar golpes.

Por lo tanto, ahora les prometo obediencia a Dios y a ti, jefe mío,
vinculándome por un juramento a defender la Santa Iglesia contra sus
enemigos, confortar a los amigos de Dios, hacerle el bien a viudas,
huérfanos, y a los fieles a Dios, y nunca hacer nada que esté en contra de la
iglesia de Dios o de la fe. Además, me someto a tu corrección, si llegara a
cometer algún error, para que, obligado por obediencia, pueda temer aún
más al pecado y egoísmo y aplicarme más fervientemente y de buena gana a
llevar a cabo la voluntad de Dios y tu propia voluntad, sabiéndome más
merecedor de condenación y desacato si yo me atrevo a violar la obediencia
y trasgredir tus mandamientos.’ Después de haber hecho esta profesión en mi
altar, el príncipe sabiamente decidió que el hombre debería vestir en forma
distinta a los otros laicos como símbolo de su autorrenuncia y como un
recordatorio que tenía un superior a quien debía someterse.

El príncipe también puso una espada en su mano, diciendo: ‘Esta espada es


para que la uses para amenazar y dar muerte a los enemigos de Dios.’ Él
puso un escudo en su brazo y le dijo: ‘Defiéndete con este escudo contra los
proyectiles del enemigo y pacientemente aguanta lo que se arroje contra el
mismo. ¡Que primero lo puedas ver abollado que haber huido de la batalla!’
En la presencia de mi sacerdote quien que estaba escuchando, mi amigo hizo
la firme promesa de cumplir todo esto. Cuando hizo su promesa el sacerdote
le dio mi cuerpo para proporcionarle fuerza y fortaleza para que, ya unido
conmigo a través de mi cuerpo, nunca pueda mi amigo separarse de mí. Ese
fue mi amigo Jorge, como también muchos otros. Así también deben ser los
caballeros. Se les deberá permitir mantener su título como resultado del
mérito y usar su atuendo de caballeros como resultado de sus acciones en
defensa de la Santa Fe. Escuchen cómo mis enemigos van en contra de las
primeras acciones de mis amigos. Mis amigos solían entrar al monasterio
por su sabia reverencia y amor a Dios. Pero aquellos quienes ahora están en
los monasterios salen al mundo debido al orgullo y a la codicia, siguiendo su
propia voluntad, satisfaciendo el placer de sus cuerpos. La justicia exige que
la gente que muere con tal disposición no debe experimentar el gozo del
cielo sino por contrario obtener el castigo sin fin del infierno. Sepan,
también, que los monjes enclaustrados que son forzados en contra de su
voluntad a ser prelados por amor a Dios, no deben de ser contados entre su
número. Los caballeros que solían portar mis armas estaban listos para dar
sus vidas por la justicia y derramar su sangre por la causa de la santa fe,
llevando la justicia al necesitado, derribando y humillando a quienes hacían
el mal.

¡Pero ahora oigan cómo se han corrompido! Ahora prefieren morir en la


batalla por el bien del orgullo, la avaricia, y la envidia a las incitaciones del
diablo en vez de vivir de acuerdo a mis mandamientos y obtener el gozo
eterno. Pagas justas, por lo tanto, serán otorgadas en el juicio a todas las
personas que mueran en tal disposición, y sus almas serán enyugadas al
diablo para siempre. Pero los caballeros que me sirvan recibirán su debida
paga en la hueste celestial para siempre. Yo, Jesucristo, verdadero Dios y
hombre, uno con el Padre y el Espíritu Santo, un Dios desde siempre y para
siempre, he dicho esto.”

Palabras de Cristo a la novia sobre la deserción de cierto caballero del


verdadero ejército, es decir, de la humildad, obediencia, paciencia, fe, etc.,
al falso, es decir, a los vicios opuestos, orgullo, etc., y la descripción de su
condenación, y sobre cómo uno puede encontrarse con la condenación
debido a una voluntad maligna, tanto como a actos malignos.

Capítulo 8

Yo soy el Señor verdadero. No hay otro señor más grande que yo. No hubo
señor antes que yo y no habrá otro después de mí. Todos los señoríos vienen
de mí y a través de mí. Es por esto que yo soy el Señor verdadero y por lo
que nadie sino sólo Yo puede ser verdaderamente llamado Señor, ya que
todos los poderes provienen de mí. Yo te estaba diciendo antes que tenía dos
sirvientes, uno quien valientemente tomó un camino de vida digno de elogio
y lo mantuvo valientemente hasta el fin. Otros incontables lo siguieron en
ese mismo camino de servicio caballeroso. Ahora te hablaré sobre el primer
hombre que desertó de la profesión de caballería, tal como fue instituida por
mi amigo. No te diré su nombre, porque no lo conoces por nombre, pero
descubriré su objetivo y deseo.

Un hombre que quería ser caballero vino a mi santuario. Cuando entró, oyó
una voz: ‘Tres cosas se necesitan si deseas ser caballero: Primero, debes
creer que el pan que ves en el altar es verdadero Dios y verdadero hombre, el
Creador del cielo y tierra. Segundo, una vez tomas tu servicio de caballería,
debes ejercitar más auto-restricción de la que estabas acostumbrado a
ejercitar antes. Tercero, no te debe importar el honor mundano. Más bien te
daré gozo divino y honor imperecedero.

Escuchando esto y considerando consigo mismo estas tres cosas, oyó una
voz maligna en su mente haciendo tres propuestas contrarias a las tres
primeras. Dijo: ‘Si me sirves, te haré otras tres propuestas. Te permitiré
tomar lo que ves, oír lo que quieres, y que obtengas lo que desees.’ Cuando
escuchó esto, pensó dentro de sí mismo: ‘El primer Señor me ofreció tener
fe en algo que no veo y me prometió cosas desconocidas para mí. Él me dijo
que me abstuviera de los placeres que puedo ver, y que anhelo, y que
esperase cosas de las cuales no tengo certeza. El otro señor me prometió el
honor mundano que puedo ver y el placer que deseo sin prohibirme oír o ver
las cosas que me gustan.

Con seguridad, es mejor para mí seguirlo y obtener las cosas que veo y
disfrutar las cosas que son seguras en vez de esperar cosas de las que no
estoy seguro.’ Con pensamientos como éste, éste fue el primer hombre en
comenzar la deserción del servicio de un verdadero caballero. Él rechazó la
verdadera profesión y rompió su promesa. Arrojó el escudo de la paciencia a
mis pies y dejó caer de sus manos la espada para la defensa de la fe y dejó el
santuario. La voz maligna le dijo: ‘Si, como dije, serías mío, deberás
entonces caminar orgullosamente en los campos y calles. El otro Señor
ordena a sus hombres ser constantemente humildes. Por lo tanto, ¡asegúrate
de no evitar cualquier signo de orgullo y ostentación! Mientras que el otro
Señor hacía su entrada en obediencia y sujetándose Él mismo a la obediencia
en todo sentido, no debes permitir que nadie sea tu superior. No dobles tu
cuello en humildad ante otro. ¡Toma tu espada para derramar la sangre de tu
vecino y hermano para poder adquirir su propiedad!

¡Sujeta el escudo en tu brazo y arriesga tu vida para obtener reconocimiento!


En lugar de la fe que Él da, da tu amor al templo de tu propio cuerpo sin
abstenerte de ninguno de los placeres que te deleitan.’ Mientras el hombre se
decidía y fortalecía su resolución con tales pensamientos, su príncipe puso
su mano sobre el cuello del hombre en el lugar indicado. Ningún lugar en
absoluto puede hacer daño a alguien que tiene buena voluntad o ayudar a
alguien que tiene una mala intención. Después de la confirmación del
nombramiento de caballero, el desgraciado traicionó su servicio de
caballería, ejercitándolo solamente con una visión de orgullo mundano,
aclarando el hecho de que él ahora estaba bajo una mayor obligación de vivir
una vida más austera que antes. Innumerables ejércitos de caballeros
imitaron y aún imitan a este caballero en su orgullo, y él se ha hundido más
hondo en el abismo debido a sus votos de caballero. Pero, dado que hay
mucha gente que desea ascender en el mundo y obtener reconocimiento pero
no lo han logrado, podrías preguntar: ¿Deben estas personas ser castigadas
por la maldad de sus intenciones tanto como aquellos que lograron alcanzar
sus deseos? A esto te respondo: Te aseguro que cualquiera que intente
completamente elevarse en el mundo y hace todo lo que puede para obtener
un vacío título de honor mundano, aunque su intención nunca logre su efecto
debido a alguna decisión secreta mía, tal hombre será castigado por la
maldad de su intención tanto como aquél que logra alcanzarla, es decir, a
menos que rectifique su intención por medio de penitencia.

Mira, te pondré el ejemplo de dos personas bien conocidas para mucha


gente. Una de ellas prosperó de acuerdo a sus deseos y obtuvo casi todo lo
que deseaba. La otra tenía la misma intención, pero no las mismas
posibilidades. La primera obtuvo el reconocimiento mundial; él amaba el
templo de su cuerpo en su completa lujuria; tenía el poder que quería; en
todo lo que ponía su mano prosperaba. El otro era idéntico a él en intención
pero recibió menos reconocimiento. Él voluntariamente habría derramado
cien veces la sangre de su vecino para poder llevar a cabo sus planes de
avaricia.

Hizo lo que pudo y llevó a cabo su voluntad de acuerdo a su anhelo. Estos


dos fueron iguales es su horrible castigo. Aunque no murieron exactamente
al mismo tiempo, aún puedo hablar de un alma en vez de dos, ya que su
condenación fue una y la misma. Ambos tuvieron lo mismo que decir
cuando su cuerpo y alma fueron separados y el alma partió. Una vez
abandonó el cuerpo, el alma le dijo: ‘Dime, ¿dónde están las vistas para
deleitar mis ojos que me prometiste, dónde está el placer que me mostraste,
dónde están las placenteras palabras que me pediste usar? El diablo estaba
ahí y contestó:

‘Las vistas prometidas no son más que polvo, las palabras sólo aire, el placer
es tan solo lodo y podredumbre. ¡Esas cosas no tienen valor para ti ahora!’
El alma entonces exclamó: ‘Ay de mí, ay de mí, ¡he sido desgraciadamente
engañado! Veo tres cosas.

Veo Aquél que me fue prometido bajo la semblanza de pan. Él es el mismo


Rey de reyes y Señor de señores. Veo lo que prometió, y es indescriptible e
inconcebible. Escucho ahora que la abstinencia que recomendó fue
verdaderamente muy útil.’ Entonces, con una voz aún más fuerte, el alma
gritó ‘ay de mí’ tres veces: ‘¡Ay de mí por haber nacido! ¡Ay de mí que mi
vida en la tierra fue tan larga! ¡Ay de mí que viviré en una muerte perpetua e
interminable!’

¡Contempla qué desdicha tendrá el desdichado a cambio de su desprecio por


Dios y su fugaz gozo! ¡Por lo tanto debes agradecerme, novia mía, por
haberte llamado alejándote de tal desdicha! ¡Sé obediente a mi Espíritu y a
mis elegidos!”
Palabras de Cristo a la novia dando una explicación del capítulo
precedente, y sobre el ataque del diablo al antes mencionado caballero, y
sobre su terrible y justa condena.

Capítulo 9

La duración total de su vida es como si fuera una sola hora para mí. Por lo
tanto, lo que ahora te estoy diciendo siempre ha sido de mi conocimiento. Te
conté anteriormente acerca de un hombre que inició la verdadera hidalguía,
y sobre otro que la desertó como un canalla. El hombre que desertó de los
rangos de la verdadera caballería arrojó su escudo a mis pies y su espada
junto a mí al romper sus sagradas promesas y votos. El escudo que arrojó no
simboliza otra cosa que la honrada fe con la cual se iba a defender de los
enemigos de la fe y de su alma. Los pies, sobre los cuales camino hacia la
humanidad, no simbolizan otra cosa más que el deleite divino por el cual
atraigo a mí a una persona y la paciencia por la cual yo lo tolero
pacientemente. Arrojó este escudo cuando entró en mi santuario, pensando
dentro de sí: quiero obedecer al señor que me aconsejó no practicar
abstinencia, el que me da lo que deseo y me deja oír cosas placenteras a mis
oídos. Así fue como arrojó el escudo de mi fe por querer seguir su propio
deseo egoísta en vez de a mí, amando más a la criatura que al Creador.

Si hubiera tenido una verdadera fe, si hubiera creído que yo era


todopoderoso y un juez justo y el dador de la gloria eterna, no hubiera
deseado otra cosa más que a mí, no le hubiera temido a nada sino a mí. Pero
arrojó mi fe a mis pies, despreciándola y tomándola como nada, porque no
buscó complacerme y mi paciencia no le importó. Entonces él tiró a mi lado
su espada. La espada no denota otra cosa sino el temor de Dios, la cual los
verdaderos caballeros de Dios continuamente deben tener en sus manos, es
decir, en sus acciones. Mi lado no simboliza otra cosa que el cuidado y la
protección con la que yo cobijo y defiendo mis hijos, como una gallina
cobija sus polluelos, para que el diablo no les haga daño y no les lleguen
pruebas insoportables. Pero el hombre arrojó la espada de mi temor al no
molestarse en pensar acerca de mi poder y sin tener consideración por mi
amor y paciencia.

Lo arrojó a mi lado como si dijera: ‘No le tengo temor de tu defensa y la


misma no me importa. Obtuve lo que tengo por mis propios actos y por mi
noble cuna.’ Rompió la promesa que me había hecho. ¿Cuál es la verdadera
promesa a la que un hombre está obligado a jurar a Dios? Sin duda, son
actos de amor: lo que haga una persona, lo debe de hacer por amor a Dios.
Pero esto lo hizo a un lado al convertir su amor por Dios en amor a sí
mismo; él prefirió su egoísmo al futuro y al gozo eterno.

De esta manera él se separó de mí y dejó el santuario de mi humildad. El


cuerpo de cualquier cristiano regido por la humildad es mi santuario.
Aquellos regidos por el orgullo no son mi santuario sino el santuario del
diablo quien los conduce hacia los deseos mundanos para sus propios
propósitos. Habiendo salido del templo de mi humildad, y habiendo
rechazado el escudo de fe santa y la espada del temor, él caminó
orgullosamente hacia los campos, cultivando toda lujuria y deseo egoístas,
desdeñando el temerme y creciendo en pecado y lujuria.

Cuando llegó la parte final de su vida y su alma había abandonado su


cuerpo, los demonios corrieron a su encuentro. Podían escucharse tres voces
del infierno hablando en su contra. La primera dijo: ‘¿No es este el hombre
quien desertó de la humildad y nos siguió en el orgullo? Si sus dos pies lo
pudieran poner aún más alto en el orgullo para sobrepasarnos y obtener la
primacía en orgullo, lo haría rápidamente.’ El alma le contestó: ´’Yo soy
ése.’ La justicia le respondió: ‘Ésta es la recompensa a tu orgullo:
descenderás llevado por un demonio y entregado a otro más abajo, hasta que
llegues a la parte más baja del infierno. Y dado que no hubo demonio que no
conociera su propio castigo en particular y el tormento a ser inflingido por
cada pensamiento y acción inútiles, tampoco escaparás al castigo por parte
de cualquiera de ellos, más bien compartirás la malicia y la maldad de todos
ellos.’ La segunda voz gritó diciendo: ‘¿No es éste el hombre que se separó a
sí mismo de su profesado servicio a Dios y en vez de esto se unió a nuestras
filas?’

El alma contestó: ‘Yo soy ése.’ Y la justicia dijo: ‘Ésta es tu recompensa


adjudicada: que todo el que imite tu conducta como caballero lo añada a tu
castigo y pena por su propia corrupción y dolor y te golpeará a su llegada
como con una herida mortal. Serás como un hombre afligido por una grave
herida, ciertamente sufriendo por una herida sobre otra herida hasta que todo
el cuerpo esté totalmente lleno de llagas, que soporta intolerable sufrimiento
y lamenta su destino constantemente. Aun así, experimentarás miseria sobre
miseria. En la cúspide de tu dolor, el mismo será renovado y tu castigo
nunca terminará y tus aflicciones nunca decrecerán.’ La tercera voz clamó:
‘¿No es éste el hombre que cambió al Creador por criaturas, el amor de su
Creador por su propio egoísmo?’ La justicia le respondió: ‘Ciertamente lo es.
Por lo tanto, se le abrirán dos hoyos. Por el primero entrará todo castigo
obtenido por su menor pecado hasta el más grande, por cuanto cambió a su
Creador por su propia lujuria. A través del segundo, entrará en él toda clase
de dolor y vergüenza, y nunca vendrá a él ninguna consolación divina o
caridad, por cuanto se amó a sí mismo en lugar de a su Creador. Su vida
durará por siempre y su castigo durará para siempre, ya que todos los santos
se han alejado de él.’ Novia mía, ¡ve cuán miserables serán esas personas
que me desprecian y cuán grande será el dolor que compran al precio de tan
poco placer!”

Así como Dios le habló a Moisés desde el arbusto ardiente, Cristo le habla a
la novia sobre cómo el demonio es simbolizado por el Faraón, los
caballeros de hoy en día por el pueblo de Israel, y el cuerpo de la Virgen
por el arbusto, y sobre cómo actualmente están preparando los caballeros y
obispos de hoy un hogar para el demonio.

Capítulo 10

“Está escrito en la ley de Moisés que Moisés cuidaba los rebaños en el


desierto cuando vio un arbusto que se incendiaba, sin quemarse, y le dio
temor y se cubrió el rostro. Una voz le habló desde el arbusto: ‘He oído del
sufrimiento de mi pueblo y siento piedad por ellos, porque están oprimidos
en una cruel esclavitud.’ Yo, quien ahora hablo contigo, soy esa voz que
escuchas del arbusto. He oído de la miseria de mi pueblo. ¿Quiénes
formaban mi pueblo si no el pueblo de Israel? Usando este mismo nombre
ahora designo a los caballeros del mundo que han hecho los votos de mis
caballeros y que deberían ser míos pero están siendo atacados por el
demonio.

¿Qué le hizo el Faraón a mi pueblo Israel en Egipto? Tres cosas.


Primero, cuando estaban construyendo sus paredes, no podían ser ayudados
por los recogedores de paja que anteriormente los habían ayudado a hacer
ladrillos. En vez. Tenían que ir ellos mismos y recolectar la paja en donde
pudiesen a lo largo de todo el país. Segundo, los constructores no eran
agradecidos por su trabajo, a pesar que producir el número de ladrillos que
se les había impuesto como meta. Tercero, los capataces les pagaban
cruelmente cuando no llegaban a la producción normal. En medio de su
gran aflicción, es mi pueblo construyó dos ciudades para el faraón.
Este faraón no es otro que el demonio que ataca a mi pueblo, es decir,
a los caballeros, que deberían ser mi pueblo. Realmente te digo que si los
caballeros hubiesen cumplido con el arreglo y con el reglamento que fueron
establecidos por mi primer amigo, hubiesen estado entre mi amigos más
queridos. Así como Abraham, quien fue el primero a quien se le dio el
mandamiento de la circuncisión y me fue obediente, se convirtió en mi
amado amigo, y cualquier que imitó la fe y las obras de Abraham compartió
en su amor y gloria, así también los caballeros fueron especialmente de mi
agrado entre todas las demás órdenes, ya que prometieron derramar por mí
lo que les era más querido, su propia sangre. Con este voto se hicieron muy
de mi agrado, así como lo hizo Abraham en cuanto a la circuncisión, y ellos
se purificaron diariamente viviendo de acuerdo a su profesión y practicando
la santa caridad.

Estos caballeros ahora están tan oprimidos por su detestable esclavitud


bajo el demonio, quien los hiere con una herida mortal y los arroja al dolor y
al sufrimiento. Los obispos de la iglesia están construyendo dos ciudades
para él, así como los hijos de Israel. La primera ciudad simboliza el trabajo
físico y la ansiedad sin sentido por la adquisición de los bienes mundanos.
La segunda ciudad simboliza la inquietud y la congoja espirituales, por
cuanto nunca se les permite descansar del deseo mundano. Hay trabajo en la
parte externa e inquietud y ansiedad en la parte interna, las cosas espirituales
considerando como una carga.

Así como el Faraón no le proporcionó a mi pueblo las cosas


necesarias para hacer los ladrillos, ni le dio los campos llenos de grano ni el
vino u otras cosas útiles, y las personas tenían que ir con tristeza y
tribulación en el corazón a buscar por sí mismas las cosas, así mismo el
demonio los trata ahora igual. A pesar que trabajan y codician el mundo con
lo más profundo de sus corazones, aún así no pueden satisfacer su deseo ni
calmar la sed de su avaricia. Son consumidos por dentro por la tristeza y por
fuera por el trabajo. Por esa razón, los compadezco por sus sufrimientos ya
que mis caballeros, mi pueblo, están construyendo casas para el demonio y
están trabajando sin cesar, porque no pueden obtener lo que desean y porque
se afligen por bienes sin sentido, a pesar que el fruto de su ansiedad no es
una bendición sino más bien la recompensa de la vergüenza.

Cuando Moisés fue enviado al pueblo, Dios le dio una señal milagrosa
por tres razones. Primero, porque cada persona en Egipto adoraba a su
propio dios individual y porque había innumerables seres que decían ser
dioses. Por lo tanto, era apropiado que hubiese una señal milagrosa para
que, a través de la misma y por el poder de Dios, las personas creyeran que
había un solo Dios y un solo Creador de todas las cosas debido a las señales,
y para que todos los ídolos demostrasen no tener valor alguno. Segundo,
también se le dio a Moisés una señal como símbolo que preanunciara mi
futuro cuerpo. ¿Qué simbolizaba el arbusto en llamas que no se consumía
sino a la Virgen que concibió por el Espíritu Santo y dio a luz sin corrupción
alguna? Yo provine de este arbusto, asumiendo una naturaleza humana del
cuerpo virginal de María. Similarmente, la serpiente dada a Moisés como
una señal simbolizó mi cuerpo. En tercer lugar, se le dio a Moisés una señal
para confirmar la verdad de los eventos venideros y para preanunciar las
señales milagrosas que habían de realizarse en el futuro, demostrando que la
verdad de Dios era mucho más verdadera, y más segura cuanto más
claramente se cumplían aquellas cosas simbolizadas por las señales.

Ahora envío mis palabras a los hijos de Israel, es decir, a los


caballeros. Ellos no necesitan tres señales milagrosas por tres razones. Esto
es porque, en primer lugar, el único Dios y Creador de todas las cosas ya es
adorado y conocido a través de las Santas Escrituras, así como a través de
muchos signos. En segundo lugar, ahora no están esperando que yo nazca
porque saben que realmente nací y me encarné sin corrupción alguna, por
cuanto las escrituras se han cumplido en su totalidad. Y no existe una fe
mejor y más certera que deba tenerse y creerse que la que ya ha sido
predicada por mí y por mis santos predicadores. No obstante, he hecho tres
cosas a través tuyo por las cuales podrá creerse. Primero, estas son mis
verdaderas palabras y no difieren de la verdadera fe.

Segundo, con mi palabra un demonio fue expulsado de un hombre


poseído. Tercero, le di a cierto hombre el poder de unir a los corazones
desconfiados en caridad mutua. Por lo tanto, no tengas duda alguna sobre
aquellos que creerán en mí. Aquellos que creen en mí también creen en mis
palabras. Aquellos que me aprecian también aprecian con deleite mis
palabras. Está escrito que Moisés cubrió su rostro después de hablar con
Dios.

Tú, sin embargo, no necesitas cubrir tu rostro. Abrí tus ojos


espirituales para que pudieses ver las cosas espirituales. Abrí tus oídos para
que pudieras escuchar las cosas que son del Espíritu. Te mostraré una
semejanza de mi cuerpo como era durante y antes de mi pasión y como era
después de la resurrección, tal como lo vieron Magdalena y Pedro y otros.
También escucharás mi voz tal como le habló a Moisés desde adentro del
arbusto. Esta misma voz habla ahora dentro de tu alma.”
Las palabras encantadoras de Cristo a la novia sobre la gloria y el honor
del caballero bueno y verdadero y sobre cómo los ángeles salen a
encontrarlo, y sobre cómo la gloriosa Trinidad le la bienvenida con afecto y
lo lleva a un lugar de descanso indescriptible como recompensa por un
esfuerzo casi pequeño.

Capítulo 11

“Te conté anteriormente sobre el fin y el castigo de ese caballero que


fue el primero en desertar del servicio de caballeros que él me había
prometido. Ahora te describiré por medio de metáforas (porque de lo
contrario no podrás comprender las cosas espirituales) la gloria y el honor de
él, quien fue el primero en tomar varonilmente el verdadero servicio de
caballero y se mantuvo valientemente en eso hasta el final. Cuando este
amigo mío llegó al final de su vida y su alma dejó su cuerpo, se enviaron
cinco legiones de ángeles para darle la bienvenida. Junto con ellos también
llegó una multitud de demonios para averiguar si podían reclamarle algo,
porque están llenos de malicia y nunca descansan de la malicia.

Entonces se escuchó una vez alegre y clara en el cielo que decía: ‘Mi
Señor y Padre, ¿no es este el hombre quien se ciñó a tu voluntad y la
cumplió a la perfección?’ El mismo hombre entonces respondió con su
propia conciencia: ‘Ciertamente yo soy.’ Se escucharon tres voces. La
primera era la voz de la naturaleza divina que dijo: ‘¿No te creé y te di un
cuerpo y una alma? Tu eres mi hijo y habéis hecho la voluntad de tu Padre.
¡Ven a mi, tu Creador todopoderoso y querido Padre! Te has ganado una
herencia eterna porque eres un hijo. Te corresponde la herencia de tu Padre,
porque habéis sido obediente con el.

Por lo tanto, querido hijo, ¡ven a mí! Te daré la bienvenida con


alegría y honor.’ La segunda voz fue la voz de la naturaleza humana, que
dijo: ‘Hermano, ¡ven a tu hermano! Me ofrecí por ti en batalla y derramé mi
sangre por ti. Tu, quien obedeciste mi voluntad, ¡ven a mí! Tu, quien pagó
sangre por sangre y que estabas preparado para ofrecer muerte por muerte y
vida por vida, ¡ven a mí! Tu, que me imitaste en tu vida, ¡entra ahora en mi
vida y en mi alegría sin fin! ‘Te reconozco como mi hermano.’ La tercera
voz fue aquella del Espíritu (pero las tres son un solo Dios, no tres dioses)
que dijo: ‘¡Ven, mi caballero, tu, cuya vida interior fue tan atractiva que yo
ansiaba morar en ti!
En tu conducta exterior eras tan varonil que mereciste mi protección.
¡Entra, entonces, en el descanso en recompensa por todos tus problemas
físicos! En recompensa por tu sufrimiento mental, ¡entra en un consuelo sin
descripción alguna! En recompensa por tu caridad y tus múltiples luchas,
ven a mi y moraré en ti y tu en mí! Ven a mí, entonces, mi caballero
excelente, ¡quien nunca añoró nada más que a mí! ¡Ven y serás llenado de
santo placer!’ Después se escucharon cinco voces de cada una de las cinco
legiones de ángeles.

La primera habló, diciendo: ‘Marchemos enfrente de este excelente


caballero y llevemos sus armas delante de él, es decir, presentemos a nuestro
Dios la fe que él conservó inmutable y que defendió de los enemigos de la
justicia.’ La segunda voz dijo: ‘Carguemos su escudo delante de él, es decir,
mostrémosle a nuestro Dios su paciencia la cual, a pesar que Dios ya la
conoce, será aún más gloriosa debido a nuestro testimonio. Por medio de su
paciencia no solo toleró pacientemente las adversidades sino también le
agradeció a Dios por esas mismas adversidades.’

La tercera voz dijo: ‘Marchemos delante de él y presentémosle a Dios


su espada, es decir, mostrémosle la obediencia por medio de la cual
permaneció obediente, tanto en momentos difíciles como fáciles de acuerdo
a su juramento.’ La cuarta voz dijo: ‘Vengan y mostrémosle a Dios su
caballo, es decir, ofrezcamos el testimonio de su humildad. Así como un
caballo carga el cuerpo de un hombre, así también su humildad lo precedió y
lo siguió, llevándolo hacia delante para desempeñar toda buena obra. El
orgullo no tuvo que ver con él, razón por la cual el cabalgó seguro.’ La
quinta voz dijo: ‘Vengan y presentémosle a Dios su casco, es decir, ¡seamos
testigos de la divina añoranza que él sintió por Dios!

El meditó sobre Dios en su corazón en todo momento. Lo tenía en sus


labios, en sus obras y lo añoró sobre todas las cosas. Por su amor y
veneración se hizo morir para la mundo. De tal manera, presentémosle estas
cosas a nuestro Dios para que, en recompensa por una pequeña lucha, este
hombre ha merecido el descanso y la alegría eternos con su Dios por quien
él tanto añoró tan a menudo!’ Acompañado por los sonidos de estas voces
así como de un maravilloso coro de ángeles, mi amigo fue llevado al
descanso eterno.

Su alma lo vio todo y se dijo a sí misma en alborozo: ‘¡Feliz soy por


haber sido creado! ¡Feliz de haber servido a mi Dios a quien ahora
contemplo! Feliz soy, porque tengo la alegría y la gloria que nunca
finalizarán¡’ De tal manera vino mi amigo a mí y recibió tal recompensa. A
pesar que no todos derraman su sangre por amor a mi nombre, no obstante,
todos recibirán la misma recompensa, siempre y cuando tengan la intención
de entregar sus vidas por mí si llega a presentarse la ocasión y las
necesidades de la fe lo demandan. ¡Vean cuán importante es la buena
intención!”

Las palabras de Cristo a la novia sobre la naturaleza sin cambio alguno y a


la duración eterna de su justicia, y sobre cómo, después de tomar la
naturaleza humana, reveló su justicia a través de su amor en una nueva luz,
y sobre cómo ejerce con ternura la misericordia hacia los condenados y les
enseña suavemente la misericordia a sus caballeros.

Capítulo 12

“Yo soy el verdadero Rey. Nadie merece ser llamado rey excepto yo,
porque todo el honor y todo el poder provienen de mí. Yo soy aquel quien
rindió juicio sobre le primer ángel que cayó por orgullo, la avaricia y la
envidia. Soy aquel quien rindió juicio sobre Adán y Caín, así como sobre
todo el mundo, enviando el diluvio debido a los pecados de la raza humana.
Soy el mismo que permitió que el pueblo de Israel llegase a ser cautivo y
milagrosamente lo guié fuera del cautiverio con signos milagrosos. Toda la
justicia ha de encontrarse en mí. La justicia siempre estuvo y está en mí sin
principio ni fin. En ningún momento disminuye en mí sino permanece en mí
fiel y sin cambio alguno. A pesar que en el tiempo actual mi justicia parece
estar un poco más benigna y Dios parece ser ahora un juez más paciente,
esto no representa cambio en mi justicia, la cual nunca cambia, sino
únicamente muestra aún más mi amor. Ahora juzgo al mundo con esa
misma justicia y ese mismo juicio que con los que permití que mi pueblo se
convirtiera en esclavo en Egipto y que sufriera en el desierto.

Mi amor estuvo escondido antes de mi encarnación. Lo mantuve


escondido en mi justicia como la luz oscurecida por una nube. Una vez ya
había tomado una naturaleza humana, a pesar que había cambiado la ley
dada anteriormente, la justicia en sí no cambió sino estuvo mucho más
claramente visible y se mostró bajo una luz mucho más abundante en el
amor a través del Hijo de Dios. Esto sucedió de tres maneras. Primero, se
mitigó la ley, ya que había sido severa por culpa de los pecadores
desobedientes y endurecidos y era difícil poder amaestrar a los orgullosos.
Segundo, el Hijo de Dios sufrió y murió. Tercero, ahora mi juicio parece
estar más alejado y parece haberse pospuesto por la misericordia y, al mismo
tiempo, ser más benigno hacia los pecadores que antes. Ciertamente, los
actos de justicia relacionados a los primeros padres o al diluvio o a aquellos
que murieron en el desierto, parecen ser rígidos y estrictos. Pero la misma
justicia todavía está conmigo y siempre ha estado. Sin embargo, ahora la
misericordia y el amor son más aparentes. Anteriormente, por razones
sabias, el amor estaba escondido en la justicia y se exhibía con misericordia,
aunque de una manera más escondida, porque nunca hice justicia y nunca la
hago sin tener misericordia, ni tengo bondad sin justicia. Ahora, sin
embargo, puedes preguntarte: si muestro misericordia en toda mi justicia,
¿de qué manera soy misericordioso con los condenados? Te responderé por
medio de una parábola.

Es como si un juez estuviese en un juicio y su hermano llegase a ser


sentenciado. El juez le dice: ‘Tu eres mi hermano y yo soy tu juez y, a pesar
que te amo sinceramente, no puedo actuar en contra de la justicia y tampoco
sería correcto que lo hiciera. En tu conciencia ves lo que es justo en relación
a lo que mereces. Es necesario sentenciarse acordemente. Si fuese posible
ir en contra de la justicia, gustosamente tomaría la sentencia para mí.’ Yo
soy como ese juez. Esta persona es mi hermano debido a mi naturaleza
humana. Cuando él viene a ser juzgado por mí, su conciencia le informa de
su culpa y él comprende lo que debería de ser su sentencia. Debido a que
soy justo, le respondo al alma – hablando en forma figurada – y le digo: ‘Tu
ves en tu conciencia todo lo que es justo para ti. Dime lo que mereces.’
Entonces el alma me responde: ‘Mi conciencia me informa sobre mi
sentencia. Es el castigo que me merezco porque no te obedecí.’ Yo
respondo: ‘Yo, tu juez, tomé sobre mí todos tus castigos y te hice saber del
peligro, así como de la forma para escapar al castigo. Era una justicia
simple el hecho que tu no pudieses entrar al cielo antes de expiar tu culpa.
Yo tomé tu expiación porque eras incapaz de soportarla tu solo.

A través de los profetas yo te enseñé lo que me pasaría y no omití


detalle alguno de lo que predijeron los profetas. Te mostré todo el amor que
pude para hacer que regresaras a mí. Sin embargo, debido a que te has
alejado de mí, mereces ser sentenciado, porque despreciaste la misericordia.
Sin embargo, aún así soy todavía tan misericordioso que si fuese posible
morir nuevamente, por tu bien yo nuevamente soportaría el mismo tormento
que una vez soporté en la cruz, en vez de verte sentenciado a tal sentencia.
Sin embargo, la justicia dice que es imposible para mí morir nuevamente,
aunque la misericordia me diga que quiero morir por tu bien nuevamente, si
fuese posible. Así es lo misericordioso y amoroso soy, aún hacia los
condenados. Yo amo a la humanidad desde el inicio, aún cuando yo parecía
estar enojado, pero a nadie le importó ni le puso atención a mi amor.
Debido a que soy justo y misericordioso, les advierto a los llamados
caballeros que deberían buscar mi misericordia, no sea que mi justicia los
encuentre. Mi justicia es tan inamovible como una montaña, quema como el
fuego, es tan aterradora como el trueno y tan repentina como un arco con
una flecha. Mi advertencia es triple. Primero, les advierto como lo hace un
padre a sus hijos, para hacer que regresen a mí, porque soy su Padre y
Creador. Deja que regresen y les daré el patrimonio que les corresponde por
derecho. Deja que regresen porque, a pesar que he sido desdeñado, aún así
les daré la bienvenida con alegría y saldré a recibirlos con amor. Segundo,
les pido como hermano que recuerden mis llagas y mis obras. Deja que
regresen y los recibiré como a un hermano. Tercero, como su Señor les pido
que regresen al Señor a quien le han prometido su fe, a quien le deben su
alianza y a quien se han jurado a sí mismos por juramento.

Por lo tanto, o caballeros, regresen a mí, su padre, quien los crió con
amor. Piensen en mí, su hermano, quien se hizo uno de ustedes por su
propio bien. Regresen a mí, su Señor amable. Es altamente deshonesto
prometer su fe y alianza a otro señor. Me prometieron que defenderían mi
iglesia y que ayudarían a los necesitados. ¡Vean ahora cómo le prometen
alianza a mi enemigo y tiran mi bandera e izan la bandera de mi enemigo!

Por lo tanto, oh caballeros, regresen a mí en verdadera humildad, ya


que me desertaron por medio del orgullo. Si algo parece ser difícil de
soportar por mí, ¡tomen en cuenta lo que yo sufrí por ustedes! Por sus
bienes, fui a la cruz con mi pies sangrando; mi manos y mis pies fueron
perforados por ustedes; no escatimé extremidad alguna por ustedes. Y sin
embargo, ignoraron todo esto alejándose de mí. Regresen, y les daré tres
clases de ayuda. Primero, fortaleza, para que puedan soportar a sus
enemigos físicos y espirituales. Segundo, una generosidad valiente, para que
no teman a nada más que a mí y que consideren una alegría el esforzarse por
mí. Tercero, les daré sabiduría para que puedan comprender la verdadera fe
y la voluntad de Dios. Por lo tanto, ¡regresen y pronúnciense como
hombres! Porque yo, que les doy esta advertencia, soy el mismo a quien
sirven los ángeles, el que liberó a sus primeros padres que eran obedientes
pero que sentenciaban al desobediente y humillaban a los orgullosos. Fui el
primero en la guerra, el primero en el sufrimiento. Síganme, entonces, para
que no sean derretidos como la cera por el fuego. ¿Por qué están rompiendo
sus promesas? ¿Por qué desdeñan su juramento? ¿Soy de menor valor o
más indigno que algún amigo mundano de ustedes a quien, una vez le
prometen su fe, lo cumplen? A mí, sin embargo, el dador de la vida y del
honor, el conservador de la salud, no le rinden lo que han prometido.
Por esta razón, buenos caballeros, cumplan su promesa y, si son
demasiado débiles para hacerlo por medio de obras, ¡por lo menos tengan la
voluntad de hacerlo! Siento compasión por la esclavitud que el demonio ha
impuesto sobre ustedes, así que aceptaré su intención como una obra. Si
regresan a mí en amor, entonces afánense en la fe de mi iglesia y saldré a
encontrarlos como un padre amoroso junto con todo mi ejército. Les daré
como recompensa cinco cosas buenas. Primero, en sus oídos sonará siempre
una alabanza sin fin. Segundo, el rostro y la gloria de Dios siempre estarán
delante de sus ojos. Tercero, la alabanza a Dios nunca dejará sus labios.
Cuarto, tendrán todo lo que sus almas puedan desear, y no desearán nada
más de lo que tienen. Quinto, nunca serán separados de su Dios, pero su
alegría perdurará sin fin alguno y vivirán sus vidas en alegría sin final.

Así serán sus recompensas, mis caballeros, si defienden mi fe y se


esfuerzan, más por el bien de mi honor que por su propio honor. Si tienen
algún sentido, recuerden que he sido paciente con ustedes y que ustedes me
han insultado de tal manera que ustedes mismos no tolerarían. Sin embargo,
a pesar que puedo hacer todas las cosas por razón de mi omnipotencia, y a
pesar que mi justicia clama vengarse en ustedes, aún así mi misericordia, la
cual está en mi sabiduría y bondad, los perdona. Por lo tanto, ¡pidan
misericordia! En mi amor otorgo lo que una persona me pide en humildad.”

Las palabras fuertes de Cristo a la novia en contra de los caballeros de hoy


y sobre la manera apropiada de crear caballeros y sobre cómo Dios da y
confiere fortaleza y ayuda en sus acciones.

Capítulo 13

“Yo soy un Dios junto con el Padre y el Espíritu Santo en una trinidad
de personas. Ninguna de las tres puede separarse o dividirse de las otras,
pero el Padre está tanto en el Hijo como en el Espíritu y el Hijo está tanto en
el Padre como en el Espíritu y el Espíritu está en ambos. La Divinidad le
envió su Palabra a la Virgen María a través del ángel Gabriel. Sin embargo,
el mismo Dios, tanto el que enviaba como el enviado por sí mismo, estaba
con el ángel y él estaba en Gabriel y él estaba en la Virgen antes de Gabriel.
Después que el ángel entregó su mensaje, el verbo se hizo carne en la
Virgen. Yo, que hablo contigo, soy esa Palabra.

El Padre me envió a través de sí mismo, junto con el Espíritu Santo, al


vientre de la Virgen, a pesar que no de tal manera que los ángeles quedasen
sin la visión y la presencia de Dios. En vez, yo, el Hijo, quien estaba con el
Padre y con el Espíritu Santo en el vientre virginal, permanecí siendo el
mismo Dios ante la vista de los ángeles en el cielo, junto con el Padre y el
Espíritu, rigiendo y sosteniendo todas las cosas. Sin embargo, la naturaleza
humana asumida por el único Hijo estuvo en el vientre de María. Yo, que
soy un Dios en mis naturalezas divina y humana, no menosprecio hablar
contigo y manifestarte mi amor y fortalecer la santa fe.

A pesar que mi forma humana parece estar acá ante ti, habla contigo,
no obstante es más verdadero decir que tu alma y tu conciencia están
conmigo y en mí. Nada en el cielo o en la tierra es imposible o difícil para
mí. Soy como un rey poderoso que llega a una ciudad con su tropa y toma
todo el lugar, ocupándolo todo. De igual manera, mi gracia llena todas tus
extremidades y las fortalece todas. Estoy dentro de ti y sin ti. A pesar que
puedo estar hablando contigo, permanezco igual en mi gloria. ¿Qué podría
ser difícil para mí que sostengo todas las cosas con mi poder y arreglo todas
las cosas en mi sabiduría, sobrepasando todo en excelencia? Yo, que soy un
único Dios junto con el Padre y el Espíritu Santo, sin principio ni fin, que
asumió una naturaleza humana por el bien de la salvación de la humanidad,
permaneciendo intacta la naturaleza divina, quien sufrió, resucitó y ascendió
al cielo, ahora realmente hablo contigo.

Te conté previamente sobre los caballeros que una vez me fueron de


mucho agrado porque estaban comprometidos a mí por el vínculo de la
caridad. Ellos se obligaron por medio de su juramento a ofrecer su cuerpo
por mi cuerpo, su sangre por mi sangre. Es por esto que les di mi
consentimiento, el por qué los uní a mí en un único vínculo y una única
compañía. Ahora, sin embargo, mi agravio es que estos caballeros, que
deberían ser míos, se han alejado de mí. Yo soy su Creador y redentor, así
como quien los ayuda. Hice un cuerpo con todas sus extremidades para
ellos. Hice todo en el mundo para que lo usaran. Los redimí con mi sangre.
Traje una herencia eterna para ellos con mi pasión. Los protejo en todo
peligro.

Ahora, sin embargo, se han alejado de mí. A ellos nada le vale mi


pasión, desatienden mis palabras que deberían de deleitar y nutrir sus almas.
Ellos me desprecian, prefiriendo con todo su corazón y alma ofrecer sus
cuerpos y dejar que los hieran a cambio de la alabanza humana, derramar su
sangre por satisfacer su avaricia, felices de morir por una locución mundana,
demoníaca y vacía. Pero aún así, a pesar que se han alejado, mi misericordia
y mi justicia están sobre ellos. Los vigilo misericordiosamente para que no
sean entregados al demonio. En justicia soporto con ellos pacientemente y
si llegaran a regresar, les daría la bienvenida felizmente y gozosamente
saldría a su encuentro.

Dile a ese hombre que desea poner a mi servicio su ser caballero que
me puede agradar una vez a través de la siguiente ceremonia. Cualquier que
desee hacerse un caballero deberá proceder con su caballo y armadura hacia
el patio de la iglesia, dejar su caballo allí, ya que no se hizo para el orgullo
humano sino para que sea útil en la vida y en la defensa y para pelear contra
los enemigos de Dios. Entonces, que se ponga su capa, colocando su broche
en su frente, similar a lo que hace un diácono cuando se pone su capa como
señal de obediencia y santa paciencia. De igual manera, así deberá ponerse
su capa y colocar el broche en su furente como señal, tanto de sus votos
militares como de la obediencia tomada para la defensa de la cruz de Cristo.

Delante de él deberán cargar una bandera del gobierno secular,


recordándole que deberá obedecer su gobierno mundano en todas las cosas
que no estén en contra de Dios. Una vez ha ingresado al patio de la iglesia,
los sacerdotes deberán salir a encontrarlo con la bandera de la iglesia. En
ella deberán estar representadas la pasión y las heridas de Cristo, como un
signo que él está obligado a defender la iglesia de Dios y cumplir con sus
prelados. Cuando él entra en la iglesia, la bandera del gobierno temporal
deberá permanecer afuera de la iglesia mientras que la bandera de Dios
deberá ir delante de él, dentro de la iglesia, como un signo que la autoridad
divina precede a la autoridad secular y que uno debe de preocuparse más por
las cosas espirituales que por las cosas temporales.

Cuando se celebra la Misa y se ha llegado hasta el Agnus Dei, el


oficiante que preside, es decir, el rey o alguien más, deberá llegar hasta el
caballero en el altar y decir: ‘¿Quieres que se te haga caballero?’ Cuando el
candidato responde, sí,’ el otro deberá agregar las palabras: ‘Prométele a
Dios y a mí que defenderás la fe de la Santa Iglesia y obedecerás a sus
líderes en todas las cosas que pertenezcan a Dios!’

Cuando el candidato responde ‘Sí, quiero’ el otro deberá colocar una


espada en sus manos diciendo: ‘Contempla, coloco una espada en tus manos
para que no escatimes ni tu propia vida por el bien de la iglesia de Dios, para
que puedas aplastar a los enemigos de Dios y proteger a los amigos de Dios.’
Entonces deberá darle el escudo y decir: ‘ Contempla, te doy un escudo para
que puedas defenderte en contra de los enemigos de Dios, para que puedas
ofrecer ayuda a las viudas y los huérfanos, para que puedas añadirle a la
gloria de Dios de todas las maneras posibles.’ Entonces deberá colocar su
mano sobre el cuello del otro, diciendo: ‘Contempla, ahora estás sujeto a
obediencia y a la autoridad. Ahora, entonces, ¡debes de realizar en la
práctica a lo que te has obligado con tus compromisos!’ Después de esto,
deberán colocarse la capa y sus broches sobre él para recordarle diariamente
tanto de sus votos a Dios como que, por su profesión ante la iglesia, se ha
comprometido a hacer más que los demás para defender a la iglesia de Dios.

Una vez se han hecho estas cosas y se ha dicho el Agnus Dei, el


sacerdote que celebra la Misa deberá darle mi cuerpo para que pueda
defender la fe de la Santa Iglesia. Yo estaré en él y él en mí. Le
proporcionaré ayuda y fuerza y lo haré quemarse con el fuego de mi amor
para que no desee otra cosa sino a mí y que no le tema a nada sino a mí, su
Dios. Si llegase a estar en una campaña cuando emprenda este servicio para
mi gloria y para la defensa de mi fe, aún así le beneficiará, siempre y cuando
su intención sea justa.

Estoy en todos lados por virtud de mi poder, y todas las personas


pueden complacerme con una intención justa y una buena voluntad. Yo soy
amor y nadie puede venir a mí más que una persona que tenga amor. Por lo
tanto, no ordeno a nadie a que haga esto, ya que en ese caso me estarían
sirviendo por temor. Pero aquellos que desean emprender esta forma de
servicio de caballero serán de mi agrado. Sería apropiado que ellos
mostraran a través de la humildad que ellos desean regresar al verdadero
ejercicio de la caballería, en tanto la deserción de la profesión de un
verdadero caballero ocurre por el orgullo.”
EXPLICACIÓN

Se cree que este caballero fue Sir Karl, el hijo de Santa Brígida.

Sobre Cristo simbolizado por un orfebre y las palabras de Dios como oro, y sobre cómo
deberán transmitirse estas palabras a las personas con el amor de Dios, una
conciencia justa y sus cinco sentidos bajo control, y sobre cómo los
predicadores de Dios deberían ser diligentes en vez de perezosos al vender el
oro, es decir, en transmitir la palabra de Dios.

Capítulo 14

“Yo soy como un orfebre habilidoso que envía a su sirviente a vender


su oro por todo el país, diciéndole: ‘Debes de hacer tres cosas. En primer
lugar, no debes de confiar mi oro a nadie excepto a aquellos que tienen ojos
calmados y límpidos. En segundo lugar, no lo confíes a personas que no
tienen conciencia. En tercer lugar, ¡pon mi oro a la venta por diez talentos
pesados dos veces! Una persona que rechaza pesar mi oro dos veces no lo
obtendrá. Debes tener cuidado de tres armas que usan mis enemigos en tu
contra. Primero, él quiere volverte lento en poner mi oro en exhibición.
Segundo, desea mezclar un metal inferior con mi oro para que aquellas
personas que lo vean y lo prueben piensen que mi oro es tan solo arcilla
podrida.

Tercero, instruye a sus amigos a que te contradigan y que reclamen


constantemente que mi oro no es bueno.’ Yo soy como ese orfebre. Yo forjé
todo lo que está en el cielo y en la tierra, no con martillos y herramientas
sino con mi poder y fuerza. Todo lo que es y que era y que será me es
previamente conocido. Ni siquiera la lombriz más pequeña o el grano más
pequeño puede existir o continuar existiendo sin mí. Ni la cosa más pequeña
escapa a mi presciencia. Entre todas las cosas que he hecho, sin embargo,
las palabras que he dicho con mis propios labios son lo de más valor, así
como el oro es más valioso que los otros metales.

Es por eso que mis sirvientes, a quien despaché con mi oro por todo el
mundo, deben de hacer tres cosas. Primero, no deben de confiar mi oro a
personas que no tiene ojos calmados y claros. Se pueden preguntar: ‘¿Qué
significa tener una vista clara?’ Bueno, una persona con visión clara es
aquella que tiene sabiduría divina junto con la caridad divina. Pero, ¿cómo
has de saber esto? Es obvio. Una persona es de visión clara y se le puede
confiar mi oro si vive de acuerdo a la razón, quien se remueve de la vanidad
y la curiosidad mundanas, quien busca nada más que a su Dios. Pero una
persona es ciega si tiene el conocimiento pero no pone en práctica la caridad
cristiana que comprende. Parece tener sus ojos puestos en Dios pero no,
porque sus ojos están en el mundo y le ha dado su espalda a Dios.

Segundo, mi oro no ha de confiarse a alguien que no tiene conciencia.


¿Quién tiene conciencia si no la persona que maneja sus bienes temporales y
perecederos con vista a la eternidad, quien tiene su alma en el cielo y su
cuerpo en la tierra, quien sopesa diariamente cómo va a dejar el mundo y le
responderá a Dios por sus actos? Mi oro deberá confiársele a tal persona.
Tercero, deberá poner mi oro a la venta por diez talentos pesados dos veces.
¿Qué simboliza la balanza con la cual se pesa el oro sino la conciencia?
¿Qué simbolizan las manos que pesan el oro si no una buena voluntad y un
buen deseo? ¿Para qué han de usarse los contrapesos sino para las obras
espirituales y corporales?
Una persona que desea comprar y guardar mi oro, es decir, mis
palabras, deberá examinarse correctamente en las balanzas de su conciencia
y considerar cómo ha de pagarlo con diez talentos pesados cuidadosamente
de acuerdo a mis deseos. El primer talento es la visión disciplinada de la
persona. Esto lo hace considerar la diferencia entre la visión corporal y la
visión espiritual, qué uso hay en la belleza física y la apariencia, cuánta
excelencia hay en la belleza y la gloria de los ángeles y de los poderes
celestiales que sobrepasan a todas las estrellas del cielo en cuanto a
esplendor, y qué deleite gozoso posee un alma en los mandamientos de Dios
y en su gloria.

Este talento, quiero decir, la visión física y la visión espiritual, que se


encuentra en los mandamientos de Dios y en la castidad, no han de medirse
con la misma balanza. La visión espiritual vale más que la clase corporal y
pesa más, en tanto que los ojos de una persona deben de estar abiertos a lo
que es benéfico para el alma y necesario para el cuerpo, pero cerrados a las
tonteras y a la indecencia.

El segundo talento es escuchar bien. Una persona debería


considerarse digna de un lenguaje indecente, tonto y burlón. Ciertamente,
no vale más que un soplo vacío de aire. Es por esto que una persona debería
escuchar las alabanzas e himnos de Dios. Debería escuchar las obras y los
dichos de mis santos. Debería escuchar lo que necesita para poder educar su
alma y cuerpo en virtud. Esta clase de escucha pesa más en las balanzas que
el escuchar indecencias. Esta buena clase de escucha, cuando se pesa en las
balanzas en contra de la otra clase, hundirá las balanzas hasta abajo,
mientras que la otra clase vacía de escuchas será levantada y no pesará nada.

El tercer talento es de la lengua. Una persona deberá pesar la


excelencia y la utilidad de un diálogo edificante y medido en las balanzas de
su conciencia. También deberá tomar nota del daño e inutilidad del diálogo
vano e indolente. Entonces deberá guardar el diálogo vano y amar el
diálogo bueno.

El cuarto talento es el gusto. ¿Qué es el gusto del mundo si no la


miseria? Trabajar al inicio de una empresa, penar a medida que continúa, y
sentir amargura al final. Acordemente, una persona debería pesar
cuidadosamente el gusto espiritual en contra del tipo mundano y el espiritual
sobrepasará al gusto mundano. Nunca se pierde el gusto espiritual, nunca es
aburrido, nunca disminuye. Esta clase de gusto comienza en el presente a
través de la restricción de la lujuria y a través de una vida de moderación y
dura para siempre en el cielo a través del disfrute y dulce deleite de Dios.
El quinto talento es el del sentido del tacto. Una persona deberá pesar
cuánto cuidado y cuánta miseria siente debido al cuerpo, a todas las
preocupaciones mundanas, a todos los muchos problemas con su prójimo.
Entonces él experimenta miseria en todos lados. Que también sopese qué
gran paz la del alma y de una mente bien disciplinada, cuánto bien hay en no
preocuparse sobre posesiones vanas y superfluas. Entonces experimentará
consuelo en todos lados. Quien quiera medirlo bien deberá poner en la
balanza los sentidos espirituales y físicos del tacto y el resultado será que lo
espiritual sobrepasa a lo corporal. Este sentido espiritual del tacto comienza
y se desarrolla a través de resistencia paciente a los contratiempos y a través
de la perseverancia en los mandamientos de Dios, y dura para siempre y
felicidad y un descanso pacífico. Una persona que le da más peso al
descanso físico y a los sentimientos mundanos de felicidad que a aquellos de
eternidad, no es digno de tocar mi oro ni de disfrutar mi felicidad.

El sexto talento es el trabajo humano. Una persona deberá pesar


cuidadosamente en su conciencia tanto el trabajo espiritual como el trabajo
material. El primero lleva al cielo y el segundo al mundo; el primero a una
vida eterna sin sufrimiento y el segundo a un dolor y un sufrimiento
tremendos. Quien desea mi oro deberá darle más peso al trabajo espiritual,
el cual se hace en mi amor y por mi gloria, en vez de al trabajo material, ya
que las cosas espirituales perduran mientras que las cosas materiales pasan.

El séptimo talento es el uso ordenado del tiempo. A una persona se le


da cierto tiempo para que se dedique únicamente a las cosas espirituales,
otro tiempo para las funciones corporales, sin las cuales es imposible la vida
(si se usa razonablemente, se cuenta como un uso espiritual del tiempo), y
otro tiempo para una actividad física útil. Debido a que una persona debe
rendir cuentas de su tiempo así como de sus acciones, por lo tanto debe de
darle prioridad al uso espiritual del tiempo antes de recurrir al trabajo
material, y manejar su tiempo de tal manera que se les dé más prioridad a las
cosas espirituales que a las cosas temporales para que no se permita que
tiempo alguno pase sin el examen y la balanza correcta requeridos por la
justicia.

El octavo talento es la administración justa de los bienes temporales


que se dan, lo que significa que una persona rica, en tanto lo permitan sus
medios, deberá darle a los pobres con caridad divina. Pero puedes
preguntarte: ‘¿Qué debe de dar una persona pobre que no posee nada?’
Deberá tener la intención correcta y tener los siguientes pensamientos: ‘Si
tuviese algo, gustosamente lo daría generosamente.’ Tal intención le vale
como una obra. Si la intención del hombre pobre es tal que quisiera tener
posesiones temporales como los demás pero tiene la intención de sólo dar
una pequeña suma y meras bagatelas a los pobres, esta intención le es
reconocida como una obra pequeña. Por lo tanto, una persona rica con
posesiones deberá practicar la caridad. Una persona necesitada deberá tener
la intención de dar y le ganará méritos. Quien quiera que le dé más peso a lo
temporal que a lo espiritual, quien quiera que me dé un chelín a mí y al
mundo cien y para sí mismo mil, no usa un estándar justo de medición. Una
persona que usa un estándar de medición como eso, no merece tener mi oro.
Yo, dador de todas las cosas, quien también puede quitar todas las cosas,
merezco la porción más valiosa. Los bienes temporales fueron creados para
uso y necesidad humanos, no para la superfluidad.

El noveno talento es el examen cuidadoso de los tiempo que ya


pasaron. Una persona deberá examinar sus obras, qué clase de obras fueron,
su número, cómo las ha corregido y con qué mérito. También deberá tomar
en cuenta si sus buenas obras fueron menos que sus obras malas. Si
encuentra que sus actos malos fueron más numerosos que sus buenos,
entonces deberá tener un propósito perfecto de enmienda y estar realmente
contrito por sus obras malas. Esta intención, si fuese verdadera y firme,
pesará más a los ojos de Dios que todos su pecados.

El décimo talento es tomar en cuenta el tiempo venidero y la


planificación del mismo. Si una persona tiene la intención de no querer
amar nada más que las cosas de Dios, de no desear nada más que lo que sabe
es agradable a Dios, de abrazar voluntaria y pacientemente las dificultades,
aún los dolores del infierno, si eso le diera a Dios cualquier consuelo y fuese
la voluntad de Dios, entonces este talento excede a todos los demás. A
través de este talento, todos los peligros se evitan fácilmente. Quien quiera
que pague estos diez talentos obtendrá mi oro.

Sin embargo, como lo dije, el enemigo quiere impedir de tres maneras


que las personas entreguen mi oro. Primero, desea hacerlos lentos y
perezosos. Existe una pereza física y una espiritual. La física es cuando un
cuerpo se cansa de trabajar, de levantarse y así sucesivamente. La pereza
espiritual es cuando una persona enfocado en lo espiritual, conociendo el
dulce deleite y gracia de mi Espíritu, prefiere descansar en ese deleite en vez
de ir a ayudar a que los demás participen de ello con el. ¿No
experimentaron Pedro y Pablo el dulce deleite desbordante de mi Espíritu?
Si hubiese sido mi voluntad, hubiesen preferido mantenerse ocultos en la
parte más baja de la tierra con el deleite interior que tenían, en vez de salir al
mundo.
Sin embargo, para que los demás pudieran ser partícipes de su dulce
deleite y para poder instruir a los demás junto con ellos, prefirieron salir por
el bien de las demás personas así como por su propia mayor gloria, y no
permanecer solos sin fortalecer a los demás con la gracias que les fue dada.
De igualmente, mis amigos, a pesar que quisieran estar solos y disfrutar ese
dulce deleite que ya tienen, ahora deben ir adelante para que los demás
también puedan ser partícipes de su alegría. Así como alguien con
posesiones abundantes no las usa para sí mismo sino las confía a los demás,
así también mis palabras y mi gracia no deberán mantenerse ocultas sino
deberán transmitirse a los demás, para que ellos también puedan edificarse.

Mis amigos pueden darle ayuda a tres clases de personas. Primero, a


los condenados; segundo, a los pecadores, es decir, aquellos que caen en
pecados y se levantan nuevamente; tercero a los buenos que se mantienen
firmes. Pero puedes preguntar: ‘¿Cómo puede una persona darle ayuda a los
condenados, viendo que no son dignos de gracia y que es imposible que
ellos regresen a la gracia?’ Te contestaré por medio de un símil. Es como si
hubiesen incontables agujeros en el fondo de cierto precipicio y cualquiera
que cayese en ellos necesariamente se hundiría en las profundidades. Sin
embargo, si alguien fuese a taponar uno de los agujeros, la persona que cae
no se hundiría tan profundamente como si ninguno de los agujeros hubiese
sido taponado. Esto es lo que le pasa a los condenados. A pesar que por
razón de mi justicia y su propia malicia endurecida tienen que ser
condenados a un tiempo definido y conocido de antemano, aún así su castigo
será más leve si son retenidos por otros de hacer ciertas maldades y en vez
urgidos a hacer algo bueno. Así es cuán misericordioso soy aún con los
condenados. A pesar que la misericordia clama por indulgencia, la justicia y
su propia maldad la contra-demandan.

En segundo lugar, ellos pueden darle ayuda a aquellos que caen pero
se levantan nuevamente, enseñándoles a cómo levantarse, haciendo que
tengan cuidado de no caer, e instruyéndoles sobre cómo mejorar y resistir
sus pasiones.

En tercer lugar, pueden ser de beneficio para los justos y perfectos.


¿No se caen ellos mismos también? Claro que sí, pero es por su mayor
gloria y la vergüenza del demonio. Así como un soldado que está levemente
herido en la batalla se agita debido a su herida y se vuelve mucho más
perspicaz para la batalla, así también la tentación diabólica de la adversidad
agita a mis escogidos, más por la lucha espiritual y por la humildad, y hacen
el progreso más ferviente hacia obtener la corona de la gloria. Por lo tanto,
mis palabras deberán mantenerse escondidas de mis amigos, porque
habiendo escuchado sobre mi gracia, se agitarán más en cuanto a la devoción
hacia mí.

El segundo método de mi enemigo es usar el engaño para que mi oro


parezca barro. Por esta razón, cuando se transcriben cualesquiera de mis
palabras, el que transcribe deberá traer a dos testigos confiables o un hombre
de conciencia demostrada para que certifique que ha examinado el
documento. Solo entonces podrá ser transmitido a quien quiera, para que no
llegue a ser no-certificado en manos del enemigo, quien pudiese agregar
algo falso, lo que conllevaría a que las palabras de la verdad fuesen
denigradas entre las personas sencillas.

El tercer método de mi enemigo es hacer que sus propios amigos


prediquen la resistencia a mi oro. Entonces mis amigos deben de decirle a
aquellos que los contradicen: ‘El oro de estas palabras contiene, por decirlo
así, únicamente tres enseñanzas. Ellas te enseñan a temer correctamente, a
amar piadosamente, a desear el cielo inteligentemente. Prueben las palabras
y vean por ustedes mismos y, si encuentran otra cosa allí, contradíganlo’”

Las palabras de Cristo a la novia sobre cómo el camino al paraíso se abrió


con su venida y sobre el amor ardiente que él nos mostró al soportar tantos
sufrimientos por nosotros, desde su nacimiento hasta su muerte, y sobre
cómo el camino al infierno se ha vuelto ancho ahora y el camino al paraíso,
estrecho.

Capítulo 15

“Estarás preguntándote por qué te digo estas cosas y por qué te revelo
tales maravillas. ¿Será únicamente por tu propio bien? Claro que no, es
para la edificación y la salvación de otros. Ves, el mundo era como una
especie de selva o desierto en donde había un camino que llevaba hacia
abajo, al gran abismo. En el abismo había dos cámaras. Una era tan
profunda que no tenía fondo y las personas que bajaban a ella nunca subían
de vuelta. La segunda no era tan profunda ni tan aterradora como la
primera. Aquellas personas que bajaban en ella tenían un poco de esperanza
de recibir ayuda; ellas experimentaban ansiedad y retraso pero no miseria, la
oscuridad pero no el tormento. Las personas que vivían en esta segunda
cámara enviaban diariamente sus lamentos a una ciudad magnífica que
estaba cerca y que estaba llena de toda cosa buena y todo deleite.
Ellas clamaban audazmente porque conocían el camino a la ciudad.
Sin embargo, el bosque salvaje era tan espeso y tan denso que no lo podían
cruzar ni hacer avance algún debido a su densidad y no tenían la fuerza para
hacer un camino a través del mismo. ¿Cuál era su clamor? Su clamor era el
siguiente: ‘Oh, Dios, ven y ayúdanos, muéstranos el camino e ilumínanos,
¡te estamos esperando! No podemos ser salvados por nadie más que por ti.’
Este lamento llegó a mi en el cielo y me conmovió a la misericordia.
Aplacado por sus lamentos, vine a la selva como un peregrino.

Pero antes de comenzar a trabajar y hacer mi camino, una voz habló


delante de mí, diciendo: ‘El hacha ha sido puesta en el árbol’ Esta voz no
era otra más que la de Juan Bautista. Fue enviado antes que yo y clamó en
el desierto: ‘El hecha ha sido puesta en el árbol,’ es decir: ‘Que la raza
humana se prepare porque ahora el hacha está lista, y ha venido a preparar el
camino a la ciudad y está arrancando todos los obstáculos.’ Cuando vine,
trabajé de sol a sombra, es decir, me dediqué a la salvación de la humanidad,
desde mi encarnación hasta mi muerte en la cruz. Al inicio de mi empresa,
me fui a la selva, lejos de mis enemigos, más precisamente, de Herodes
quien me perseguía; fui probado por el demonio y sufrí persecución por
parte de los hombres. Más tarde, mientras soportaba mucho trabajo, comí y
bebí y sin cometer pecado alguno cumplí con las demás necesidades para
poder formar la fe y mostrar que realmente yo había tomado la naturaleza
humana.

Mientras preparaba el camino a la ciudad, es decir, al cielo, y


arrancaba todos los obstáculos que habían surgido, zarzas y espinas
rasguñaban mi costado y clavos ásperos herían mis manos y mis pies. Mis
dientes y mis mejillas fueron maltratadas. Lo soporté con paciencia y no di
la vuelta, sino fue hacia delante con más celo, como un animal que es
llevado por la inanición que, cuando ve a un hombre que le apunta con una
lanza, se deja ir contra la lanza en su deseo que atacar al hombre. Y entre
más empuja el hombre la lanza en las entrañas del animal, más se tira el
animal en contra de la lanza en su deseo que llegar al hombre, hasta que al
fin sus entrañas y todo su cuerpo han sido perforados. De igual manera,
ardía con tal amor por el alma que, cuando observé y experimenté todos
estos ásperos tormentos, entre más ávidos estaban los hombres de matarme,
más ardiente me volví por sufrir para la salvación de las almas.

Así, hice mi camino en la selva de este mundo y preparé un camino a


través de mi sangre y mi sudor. El mundo podría muy bien llamarse una
selva, ya que carecía de toda virtud y continuaba siendo una selva de vicio.
Tenía tan solo un camino sobre el cual todos descendían al infierno, los
condenados hacia la condenación, los buenos hacia la oscuridad. Escuché
misericordiosamente su deseo de largos años de una salvación futura y vine
como un peregrino para poder trabajar. Desconocido para ellos en mi
divinidad y mi poder, preparé el camino que lleva al cielo. Mis amigos
vieron este camino y observaron las dificultades de mi trabajo y mi avidez
de corazón, y muchos de ellos me siguieron por mucho tiempo en alegría.

Pero ahora ha habido un cambio en la voz que clamaba: ‘¡Prepárense!’


Mi camino ha sido alterado, y han crecido arbustos espinosos y maleza, y
aquellos que avanzaban en ese camino se han detenido. El camino al
infierno se ha abierto. Es un camino ancho y muchas personas viajan sobre
él. Sin embargo, para que no se olvide del todo mi camino ni se abandone,
mis pocos amigos todavía viajan sobre el mismo en su ansias por su hogar
celestial, como los pájaros que se mueven de arbusto en arbusto, por decirlo
así, y me sirven por temor, ya que todos hoy en día piensan que el viajar por
el camino del mundo conlleva a felicidad y alegría.

Por esta razón, debido a que mi camino se ha vuelto estrecho mientras


que el camino del mundo se ha vuelto ancho, ahora grito a mis amigos en la
selva, es decir, en el mundo, que ellos deberán eliminar los arbustos
espinosos y las zarzas del camino que lleva la cielo y que recomienden mi
camino a aquellos que hacen su camino.

Como está escrito: ‘Benditos aquellos que no me han visto y que han
creído’. Así mismo, felices aquellos que ahora creen en mis palabras y las
ponen en práctica. Como puedes ver, soy como una madre que sale
corriendo a encontrar a su hijo vagante. Ella le sostiene una luz en el
camino para que él pueda ver el camino. En su amor, ella va a encontrarlo
en el camino y acorta su viaje. Llega a él y lo abraza y le da la bienvenida.
Con un amor como ese saldré corriendo a darle la bienvenida a mis amigos y
a todas las personas que regresan a mí, y les daré a sus corazones y a sus
almas la luz de la sabiduría divina. Los abrazaré con gloria y los rodearé
con la corte celestial en donde no hay cielo arriba ni tierra abajo, sino
únicamente la visión de Dios; en donde no hay alimentos ni bebidas, sino
únicamente el disfrute de Dios.

El camino al infierno está abierto para los malvados. Una vez entran
en él, nunca subirán nuevamente. Estarán sin gloria ni arrobamiento y
estarán llenos de miseria y de reproche sin fin. Es por esto que digo estas
palabras y revelo este mi amor, para que aquellos que se han alejado puedan
regresar a mí y me puedan reconocer, su Creador, a quien ellos han
olvidado.”

Las palabras de Cristo a la novia sobre por qué habla con ella en vez de
con los demás que son mejores que ella y sobre tres cosas que se mandan,
tres que se prohíben, tres que se permiten y tres recomendadas a la novia
por Cristo; una lección sumamente excelente.

Capítulo 16

“Muchas personas se preguntan por qué hablo contigo y no con otros


que viven una mejor vida y que me han servido durante más tiempo. Les
respondo con una parábola: Cierto señor es dueño de varios viñedos en
varias regiones distintas. El vino de cada uno de los viñedos tiene el sabor
específico de la región de donde proviene. Una vez ha sido prensado el
vino, el dueño del viñedo a veces bebe el vino mediocre y más débil y no el
mejor. Si cualquiera de los presentes lo ven y le preguntan a su señor por
qué lo hace, él les responderá que este vino específico le supo bien y dulce
en ese momento. Esto no significa que el señor se deshaga de los mejores
vinos o los contemple en desdén, sino que los reserva para su uso y
privilegio en una ocasión apropiada, cada uno de ellos en la ocasión en que
son adecuados. De esta manera trato contigo.

Tengo muchos amigos cuya vida es más dulce para mí que la miel,
más deliciosa que cualquier vino, más brillante a mi vista que el sol. Sin
embargo, me complació escogerte en mi Espíritu, no porque seas mejor que
ellos o igual a ellos o que estés mejor calificada, sino porque yo quise – yo,
que puedo hacer sabios de tontos y santos de pecadores. No te concedí una
gracia tan grande porque tenga a los demás en desdén. En vez, los estoy
reservando para otro uso y privilegio tal como lo demanda la justicia.
Humíllate entonces en todo y no dejes que nada te aflija más que tus
pecados. Ama a todos, aún a aquellos que parecen odiarte y calumniarte,
¡porque ellos solo te están proporcionando una mayor oportunidad para que
ganes tu corona! Te ordeno que hagas tres cosas. Te ordeno a que no hagas
tres cosas. Te permito que hagas tres cosas. Te recomiendo que hagas tres
cosas.

Te ordeno que hagas tres cosas, entonces. Primero, desear a nadie ni


nada más que a tu Dios; segundo, que arrojes todo orgullo y arrogancia;
tercero, que siempre odies la lujuria de la carne. Tres cosas te ordeno no
hacer. Primero, no amar el lenguaje vano e indecente, segundo, no comer
excesivamente ni ser superfluo en otras cosas y, tercero, huir del regocijo y
la frivolidad mundanos. Te permito hacer tres cosas. Primero, dormir
moderadamente por el bien de una buena salud; segundo, realizar vigilias
templadas para entrenar al cuerpo; tercero, comer moderadamente para la
fortaleza y mantenimiento de tu cuerpo.

Te recomiendo tres cosas. Primero, afanarte en ayunar y realizar


buenas obras que ganen la promesa del reino del cielo; segundo, deshacerte
de tus posesiones para la gloria de Dios; tercero, piensa en todo lo que he
hecho por ti, sufriendo y muriendo por ti. Tal pensamiento agita el amor a
Dios. Segundo, considera mi justicia y el juicio venidero. Esto inculca
temor en tu mente. Finalmente, hay una cuarta cosa que ordeno y mando y
recomiendo y permito. Esto es obedecer como debes hacerlo. Ordeno esto
en vista que soy tu Señor. Te permito esto en vista que soy tu novio.
También lo recomiendo en vista que soy tu amigo.”

Las palabras de Cristo a la novia sobre cómo la divinidad de Dios


realmente puede llamarse virtud y sobre la caída múltiple de la humanidad
instigada por el demonio, y sobre el remedio múltiple para ayudar a la
humanidad que fue dado y proporcionado a través de Cristo.

Capítulo 17

El hijo de Dios la habló a la novia diciendo: “¿Crees firmemente que


lo que el sacerdote sostiene en sus manos es el cuerpo de Dios?” Ella
respondió: “Creo firmemente que, así como la palabra enviada a María se
hizo carne y sangre en su vientre, así también lo que veo en las manos del
sacerdote es el verdadero Dios y hombre.” El Señor le respondió: “Soy el
mismo que habla contigo, permaneciendo eternamente en la naturaleza
divina, habiéndose hecho humano en el vientre de la Virgen, pero sin perder
mi divinidad. Mi divinidad puede ser nombrada correctamente virtud, ya
que hay dos cosas en ella: el poder más poderoso, la fuente de todo poder, y
la sabiduría más sabia, la fuente y la sede de toda sabiduría. En esta
naturaleza divina todas las cosas que existen están ordenadas sabia y
racionalmente.

No existe ni un pequeño ápice en el cielo que no esté en ella y que no


haya sido establecido y previsto por ella. Ni un solo átomo en la tierra, ni
una sola chispa en el infierno está afuera de su reglamento y no puede
esconderse de su conocimiento previo. ¿Te preguntas por qué yo digo ‘ni un
solo ápice en el cielo’? Bien, un ápice es el último trazo en una palabra
acotada. Ciertamente la palabra de Dios es el trazo final en todas las cosas y
fue ordenada para la glorificación de todas las cosas. ¿Por qué digo ‘ni un
solo átomo en la tierra’, si no es porque todas las cosas mundanas son
transitorias? Ni siquiera los átomos, sin importar cuán pequeños son, están
fuera del plan y la providencia de Dios. ¿Por qué dije ‘ni una chispa en el
infierno,’ si no porque no hay nada en el infierno excepto envidia? Así como
una chispa proviene del fuego, así toda clase maldad y enviada proviene de
los espíritus inmundos, con el resultado que ellos y sus seguidores siempre
tienen envidia pero nunca amor de clase alguna.

Por lo tanto, el conocimiento y el poder perfectos están en Dios, razón


por la cual cada cosa está arreglada de tal manera que nada es más grande
que le poder de Dios, ni nada puede causarse a estar en contra de la razón,
pero todas las cosas han sido hechas racionalmente, adecuadas a la
naturaleza de cada cosa. Entonces, la naturaleza divina, en vista que puede
ser llamada correctamente una virtud, mostró su mayor virtud en la creación
de los ángeles. Los creó para su propia gloria y para su deleite, para que
pudieran tener caridad y obediencia: caridad por la cual aman a nadie más
que a Dios; obediencia por la cual obedecen a Dios en todas las cosas.
Algunos ángeles se fueron por mal camino en forma malvada y
malvadamente pusieron su voluntad en contra de estas dos cosas. Volvieron
su voluntad directamente en contra de Dios, tanto así que la virtud se les
hizo odiosa y, por lo tanto, lo que estaba opuesto a Dios les era amado.
Debido a esta dirección desordenada de su voluntad, merecieron caer. No
fue que Dios causara su caída, sino ellos mismos se la causaron a través del
abuso de su propio conocimiento.

Cuando Dios vio la reducción en los números de huéspedes celestiales


que había sido causada por pecado, nuevamente mostró el poder de su
divinidad. Porque él creo a los seres humanos en cuerpo y alma. Les dio
dos bienes, específicamente la libertad de hacer el bien y la libertad de evitar
el mal, porque, dado que ya no iban a ser creados más ángeles, fue apropiado
que los seres humanos tuviesen la libertad de elevarse, si así lo deseaban, al
rango angelical. Dios también le dio al alma humana dos bienes,
específicamente una mente racional para poder distinguir lo opuesto de lo
opuesto y lo mejor de lo superior; y fortaleza para poder perseverar en el
bien. Cuando el demonio vio este amor de Dios por la humanidad,
consideró así en su envidia: ‘¡De manera que Dios ha hecho una cosa nueva
que puede elevarse a nuestro lugar y por sus propios esfuerzos que nosotros
perdimos a través de la negligencia!
Si lo podemos engañar y causar su caída, cesará en sus esfuerzos y
entonces no se elevará a dicho rango.’ Entonces, habiendo pensado un plan
de engaño, engañaron al primer hombre y prevalecieron sobre él con mi
justo permiso. Pero ¿cómo y cuándo fue derrotado el hombre? Con
seguridad, cuando dejó la virtud e hizo lo que estaba prohibido, cuando la
promesa de la serpiente lo complació más que la obediencia a mí. Debido a
esta desobediencia, no pudo vivir en el cielo, ya que había odiado a Dios y
tampoco en el infierno, ya que su alma, usando la razón, examinó
cuidadosamente lo que había hecho y tuvo contrición por su crimen.

Por esa razón, el Dios de la virtud, considerando la bajeza y desgracia


humanas, arregló una clase de encarcelamiento o lugar de cautiverio, en
donde las personas pudiesen llegar a reconocer su debilidad y expiarse por
su desobediencia hasta que pudiesen merecer elevarse al rango que habían
perdido. Para mientras, el demonio, tomando esto en cuenta, quería matar el
alma humana por medio de ingratitud. Inyectando su escoria en el alma,
oscureció tanto su intelecto que ya no tenía ni amor ni temor a Dios. Fue
olvidada la justicia de Dios y su juicio fue despreciado. Por esa razón, la
bondad y los dones de Dios ya no fueron apreciados y cayeron en el olvido.

Por lo tanto, Dios no fue amado y la conciencia humana estuvo en un


estado miserable y cayó en mayor vileza. A pesar que la humanidad estaba
en dicho estado, aún así no faltaba la virtud de Dios; en vez, reveló su
misericordia y su justicia. Reveló su misericordia cuando le reveló a Adán y
a otras buenas personas que obtendrían ayuda en un momento
predeterminado. Esto agitó su fervor y amor a Dios. También reveló su
justicia a través del diluvio en la época de Noé, lo cual llenó los corazones
humanos con temor a Dios. Aún después de eso, el demonio no dejó de
molestar a la humanidad, sino que la atacó por medio de otras dos maldades.
Primero, inspiró falta de fe en las personas; segundo, falta de esperanza.
Inspiró falta de fe para que las personas pudieran no creer en la palabra de
Dios sino atribuir sus maravillas al destino. Inspiró falta de esperanza por si
esperaban ser salvados y obtener la gloria que habían perdido.

El Dios de la virtud proporcionó dos remedios para luchar contra estas


dos maldades. En contra de la falta de esperanza ofreció esperanza, dándole
a Abraham un nuevo nombre y prometiéndole que de su semilla nacería
aquel que lo guiaría a él y a los imitadores de su fe a la herencia perdida.
También nombró a los profetas a quienes les reveló la manera de la
redención y los momentos y los lugares de su sufrimiento. En relación a la
segunda maldad de falta de fe, Dios le habló a Moisés y le reveló su
voluntad y la Ley y respaldó sus palabras con portentos y obras. A pesar que
se hizo todo eso, aún así el demonio no desistió de su maldad. Urgiendo
constantemente a la humanidad a peores pecados, inspiró otras dos actitudes
en el corazón humano: primero, haciendo que la ley se considerara
insoportable y perdiendo la paz mental al tratar de vivir según la misma;
segundo, inspiró el pensamiento que la decisión de Dios de morir y sufrir
por caridad era demasiado increíble y dificilísimo de creer.

Nuevamente, Dios proporcionó dos remedios adicionales para estos


dos males. Primero, envió a su propio Hijo al vientre de la Virgen para que
nadie perdiera su paz mental sobre cuán difícil era cumplir la Ley, ya que
habiendo asumido la naturaleza humana su Hijo cumplió con los
requerimientos de la Ley y luego la hizo menos estricta. En relación al
segundo mal, Dios exhibió el ápice de la virtud. El Creador murió por la
creación, la justa por los pecadores. Siendo inocente, sufrió hasta la última
gota, así como había sido predicho por los profetas. Aún entonces, la
maldad del demonio no cesó, sino nuevamente se elevó en contra de la
humanidad, inspirando dos males adicionales. Primero, inspiró al corazón
humano a despreciar mis palabras y, segundo, a dejar que mis obras cayeran
en el olvido.

Nuevamente se inició la virtud de Dios para indicar dos nuevos


remedios en contra de esos dos males. El primero es regresar a mis palabras
y honrar y esforzarse por imitar mis obras. Es por esto que Dios te ha
guiado en su Espíritu. También ha revelado su voluntad sobre la tierra a sus
amigos, a través tuyo, por dos razones en particular. La primera es que para
poder revelar la misericordia de Dios, para que las personas pudiesen
aprender a recordar la memoria del amor y el sufrimiento de Dios. La
segunda es recordarles sobre la justicia de Dios y hacerlos temer la severidad
de mi juicio.

Por lo tanto, dile a este hombre que, dado que mi misericordia ya ha


llegado, debería sacarla a luz para que las personas puedan aprender a buscar
la misericordia y precaverse del juicio sobre ellos mismos. Más aún, decirle
que, a pesar que mis palabras han sido escritas, tienen que ser predicadas y
puestas en práctica primero. Puedes comprender esto por medio de una
metáfora. Cuando Moisés estaba por recibir la Ley, se hizo una vara y se
labraron dos planchas de piedra. No obstante, no hizo milagros con la vara
hasta que hubo necesidad de hacerlo y lo demandó la ocasión. Cuando llegó
el momento aceptable, entonces hubo una muestra de milagros y se
demostraron mis palabras con obras.
Así mismo, cuando arribó la Nueva Ley, primero mi cuerpo creció y
se desarrolló hasta el momento adecuado y de allí en adelante se escucharon
mis palabras. Sin embargo, a pesar que se escucharon mis palabras, aún así
no tenían la fuerza y la fortaleza en ellas mismas hasta que fueron
acompañadas por mis obras. Y no se cumplieron hasta que yo cumplí todas
las cosas que habían sido predichas sobre mí a través de mi pasión. Ahora es
lo mismo. A pesar que mis palabras amorosas han sido escritas y debieran
trasladarse al mundo, no pueden tener fuerza alguna hasta que hayan sido
sacadas completamente a la luz.”

Sobre tres cosas maravillosas que Cristo ha hecho por la novia y sobre
cómo la visión de los ángeles es demasiado bella y la de los demonios
demasiado horrible para que lo pueda soportar la naturaleza humana, y
sobre por qué Cristo ha condescendido a venir como huésped a una viuda
como ella.

Capítulo 18

“He hecho tres cosas maravillosas por ti. Tu ves con ojos espirituales.
Escuchas con oídos espirituales. Con el toque físico de tu mano sientes mi
espíritu en su pecho viviente. No ves lo que tienes delante de ti como es en
realidad. Porque si vieras la belleza espiritual de los ángeles y de las almas
santas, tu cuerpo no soportaría verla sino que se rompería como un
recipiente, roto y descompuesto debido a la felicidad del alma con esa
visión. Si vieras los demonios como son, continuarías viviendo con un gran
pesar o te tendrías una muerte súbita con la vista terrible de ellos. Es por
esto que los seres espirituales se te aparecen como si tuviesen cuerpo.

Los ángeles y las almas se te aparecen a semejanza de los seres


humanos que tienen alma y vida, porque los ángeles viven por su espíritu.
Los demonios se te aparecen en forma mortal y que pertenece a la
mortalidad, como en forma de animales u otras criaturas. Dichas criaturas
tienen un espíritu mortal, ya que cuando muere su cuerpo también mueren
sus espíritus. Sin embargo, los demonios no mueren en el espíritu sino están
muriéndose por siempre. Las palabras espirituales se te dicen por medio de
analogías, ya que contrariamente no puedes asirlas. La cosa más maravillosa
de todo es que sientes que mi espíritu se mueve en tu corazón.”

Entonces ella respondió: “Oh, mi Señor, Hijo de la Virgen, por qué


has condescendido a venir como un huésped de una viuda tan ruin, quien es
pobre en cuanto a buenas obras y tan débil en comprensión y discernimiento
y que ha cabalgado con el pecado durante tanto tiempo?” El le respondió:
“Yo puedo hacer tres cosas. Primero, puedo hacer que una persona pobre
sea rica y que una persona tonta de poca inteligencia sea capaz e inteligente.
También soy capaz de restaurar a una persona de edad a una con juventud.
Es como el fénix que junta las ramitas secas. Entre ellas está la ramita de
cierto árbol que por naturaleza es seco por fuera y cálido por dentro. La
calidez de los rayos solares llega primero a él y lo enciende, entonces todas
las ramitas prenden fuego. De la misma manera deberías reunir las virtudes
por medio de las cuales puedes ser restaurada de tus pecados.

Entre ellas deberías tener un pedazo de madera que es cálida por


dentro y seca por fuera; quiero decir tu corazón, que deberá estar seco y
puro de toda la sensualidad mundana por fuera y tan lleno de amor por
dentro que no quieres nada y no ansías nada más que a mí. Entonces el
fuego de mi amor vendrá primero dentro del corazón y, de esa manera, serás
encendida con todas las virtudes. Totalmente quemada por ellas y purgada
de tus pecados, surgirás como el pájaro rejuvenecido, habiéndote quitado la
piel de la sensualidad.”

Las palabras de Cristo a la novia sobre cómo Dios le habla a sus amigos a
través de sus predicadores y a través de los sufrimientos, y sobre Cristo que
está simbolizado por un dueño de abejas y de la iglesia por una colmena y
los cristianos por las abejas, y por qué se permite que los malos cristianos
vivan entre los buenos.

Capítulo 19

“Yo soy tu Dios. Mi Espíritu te ha guiado a escuchar y a ver y a


sentir: escuchar mis palabras, tener visiones, sentir mi Espíritu con la
alegría y devoción de tu alma. Toda la misericordia se encuentra en mí junto
con la justicia y hay misericordia en mi justicia. Soy como un hombre que
ve a sus amigos muy alejados de él, sobre un camino en donde hay una
horrible brecha profunda de la cual es imposible escalar. Les hablo a estos
amigos a través de aquellas personas que tienen comprensión sobre las
escrituras. Hablo con brusquedad, les advierto de su peligro. Pero
simplemente actúan contrariamente. Se dirigen hacia la dificultad
insuperable y no les interesa lo que yo digo.
Tengo una sola cosa que decir: ‘¡Pecador, regresa a mí! Te diriges al
peligro; hay trampas por todo el camino, de la clase que te está escondida
debido a la oscuridad de tu corazón.’ Ellos desdeñan lo que digo. Ignoran
mi misericordia. Sin embargo, a pesar que mi misericordia es tal que le
advierto a los pecadores, mi justicia es tal que, aunque todos los ángeles los
arrastraran de regreso, no podrían convertirse a menos que ellos mismos
dirijan su propia voluntad hacia el bien. Si ellos giraran su voluntad hacia mí
y me dieran el consentimiento de su corazón, ni todos los demonios juntos
podrían retenerlos.

Existe un insecto llamado abeja el cual es mantenido por su señor y


maestro. Las abejas muestran respeto a su gobernante, la abeja reina, de tres
maneras, y derivan beneficio de ella de tres maneras. Primero, las abejas
llevan a su reina todo el néctar que encuentran. Segundo, se quedan o se van
a su entera disposición, y a donde quiera que vuelan y en donde quiera que
aparecen, su amor y caridad siempre están para la reina. Tercero, la siguen y
la sirven, quedándose uniformemente cerca de su lado. En recompensa por
estas tres cosas, las abejas reciben un triple beneficio por parte de su reina.

Primero, su señal les da un tiempo determinado para que salgan y


trabajen. Segundo, ella les da dirección y amor mutuo. Debido a su
presencia y gobierno y debido al amor que ella tiene hacia ellos y ellos hacia
ella, todas las abejas están unidas entre sí por amor, y cada una se regocija
por los demás y por su adelanto. Tercero, se hacen fructíferas a través de su
mutuo amor y de la felicidad de su líder. Así como los peces descargan sus
huevos mientras juegan juntos en el mar, y sus huevos caen en el mar y
rinden fruto, así también las abejas se vuelven fructíferas a través de su
mutuo amor y el efecto y felicidad de su líder. Por mi maravilloso poder,
una semilla que parece sin vida brota de su amor y recibirá vida a través de
mi bondad.

El maestro, es decir, el dueño de las abejas, le habla a su siervo porque


está preocupado por ellas: ‘Mi siervo,’ le dice, ‘me parece que mis abejas
están enfermas y ya no vuelan del todo.’ El siervo le responde: ‘No
comprendo esta enfermedad, pero si es así, te pregunto cómo puedo aprender
sobre la misma.’ El maestro responde: ‘Puedes inferir su enfermedad o
problema por medio de tres signos. El primer signo es que están débiles y
lentos en el vuelo, lo que significa que han perdido a la reina de quien
recibían fuerza y consuelo. El segundo signo es que salen en horas al azar y
no planificadas, lo que significa que no están obteniendo la señal de la
llamada de su líder.
El tercer signo es que no muestran amor por la colmena y, por lo
tanto, regresan a casa llevando nada, saciándose a sí mismas pero no
trayendo néctar alguno para poder vivir en el futuro. Las abejas saludables y
aptas son firmes y fuertes en su vuelo. Mantienen horas regulares para salir
y regresar, trayendo cera para construir sus moradas y miel para su
nutrición.’ El siervo le responde a su maestro: ‘Si son inútiles y están
enfermas, ¿por qué les permites que sigan y no te deshaces de ellas?’ El
maestro responde: ‘Les permito vivir por tres razones, en vista que
proporcionan tres beneficios, a pesar que no por su propio poder.

Primero, porque ocupan las moradas que les fueron preparadas, los
tábanos no vienen a ocupar las moradas vacías ni molestan a las abejas
buenas que quedan. Segundo, otras abejas vienen más fructíferas y
diligentes en su trabajo debido a lo malo de las abejas malas. Las abejas
fructíferas ven que las abejas malas y no fructíferas trabajan únicamente para
satisfacer sus propios deseos y se vuelven más diligentes en su trabajo de
juntar para su reina entre más prestas se ven las abejas malas recolectando
para sus propios deseos. En tercer lugar, las abejas malas son útiles para las
abejas buenas cuando se trata de su defensa mutua. Porque existe un insecto
volador que está acostumbrado a comer abejas. Cuando las abejas perciben
que se acerca este insecto, todas lo odian en común.

A pesar que las abejas malas pelean y lo odian por envidia y auto-
defensa, mientras que las buenas lo hacer por amor y justicia, tanto las
abejas buenas como las malas trabajan juntas para atacar a estos insectos. Si
todas las abejas malas fuesen llevadas y quedaran solo las buenas, esta
insecto rápidamente prevalecería sobre ellas, ya que serían menos. Es por
esto,’ dijo el maestro, ‘que aguanto a las abejas inútiles. Sin embargo,
cuando llega el otoño, les proveeré a las abejas buenas y las separaré de las
malas, las cuales si se dejan fuera de la colmena morirán de frío.

Pero si permanecen adentro y no se reúnen, estarán en peligro de


inanición, en vista que han desatendido recolectar comida cuando pudieron.’
Yo soy Dios, el Creador de todas las cosas; soy el dueño y señor de las
abejas. Por mi ardiente amor y con mi sangre fundé mi colmena, es decir, la
Santa Iglesia, en la cual deberían reunirse los cristianos y habitar en unidad
de fe y amor mutuos. Sus moradas están en sus corazones y la miel de los
buenos pensamientos y afectos deberían habitar en ellos. Esta miel debe
llevarse ahí tomando en cuenta mi amor en la creación y mi trabajo afanoso
en la redención y mi respaldo y misericordia pacientes para llamar de vuelta
y la restauración.
En esta colmena, es decir, en la Santa Iglesia, existen dos clases de
personas, así como había dos clases de abejas. Las primeras son aquellos
malos cristianos que no recolectan el néctar para mí sino para sí mismos.
Ellos regresan sin traer nada y no reconocen a su líder. Ellos tienen un
aguijón en vez de miel y lujuria en vez de amor. La abejas buenas
representan a los buenos cristianos. Ellos me muestran respeto de tres
maneras. Primero, me tienen como su líder y señor, ofreciéndome miel
dulce, es decir, las obras de caridad, que me son agradables y son útiles para
ellos. Segundo, me atienden según mi voluntad. Su voluntad está de acuerdo
a mi voluntad, todo su pensamiento está en mi pasión, todas sus acciones son
para mi gloria. Tercero, me siguen, es decir, me obedecen en todo.

Donde quiera que estén, ya sea afuera o adentro, ya sea en pena o


alegría, su corazón siempre está unido a mi corazón. Es por esto que derivan
beneficio de mí de tres maneras. Primero, a través del llamado de la virtud y
mi inspiración, ellos tienen tiempos fijos y certeros, noche durante la noche
y día durante el día. Ciertamente, ellos cambian la noche a día, es decir, la
felicidad mundana en felicidad eterna, y la felicidad perecedera en una
estabilidad sin fin. Ellos son sensibles en todo aspecto, en vista que hacen
uso de sus bienes actuales para sus necesidades; son firmes en la adversidad,
cautelosos en el éxito, moderados en el cuidado del cuerpo, cuidadosos y
circunspectos en sus acciones. Segundo, como las abejas buenas, tienen
amor mutuo, de tal manear que todos son un solo corazón hacia mí, amando
a su prójimo como a sí mismos pero a mí sobre todas las cosas, aún por
encima de ellos mismos.

Tercero, se hacen fructíferos a través de mí. ¿Qué es ser fructífero


sino el tener mi Santo Espíritu y estar lleno de él? El que no lo tiene y
carece de su miel no es fructífero y es inútil; se cae y perece. Sin embargo,
el Santo Espíritu enciende a la persona en la cual habita el fuego con amor
divino; abre los sentidos de su mente; arranca el orgullo y la incontinencia;
estimula al alma a la gloria de Dios y al desprecio por el mundo.

Las abejas no fructíferas no conocen este Espíritu y, por lo tanto,


desdeñan la disciplina, huyendo de la unidad y el compañerismo del amor.
Están vacíos de obras buenas; cambian la luz del día a la oscuridad, el
consuelo a la aflicción, felicidad al pesar. No obstante, los dejo vivir por
tres razones. Primero, para que los tábanos, es decir, los infieles, no se
metan a las moradas que han sido preparadas. Si los malvados fuesen
removidos de una vez, quedarían muy pocos cristianos y, debido a su
pequeño número, los infieles, siendo mayor en número, vendrían y vivirían
lado a lado con ellos, causándoles mucho disturbio. Segundo, son tolerados
para probar a los buenos cristianos, porque como sabes, la perseverancia de
las buenas personas se pone a prueba con la maldad de los malvados.

La adversidad revela cuán paciente es una persona, mientras que la


prosperidad hace simple cuán perseverante y templado es. Debido a que los
vicios se insinúan a sí mismos de vez en cuando en los buenos caracteres, y
las virtudes a menudo pueden volver orgullosas a las personas, se les permite
a los malos que vivan a la par de los buenos para que éstos no se enerven por
demasiada felicidad o se duerman por pereza y, además, para que puedan
fijar frecuentemente su mirada en Dios. En donde hay pequeña lucha
también hay una recompensa pequeña. En tercer lugar, son tolerados por su
ayuda para que ni los gentiles ni otros infieles hostiles puedan hacerles daño
a aquellos que parecen ser buenos cristianos, sino en vez que los puedan
temer porque son más en número. El bueno le ofrece resistencia al malo por
justicia y amor a Dios, mientras que los malos lo hacen únicamente por auto-
defensa y para evitar la ira de Dios. De esta manera, entonces, los buenos y
los malos se ayudan mutuamente, con el resultado que los malos son
tolerados por el bien de los buenos y los buenos reciben una corona más alta
por la maldad de los malvados.

Los cuidadores de las abejas son los prelados de la iglesia y los


príncipes de la tierra, ya sean buenos o malos. Les hablo a los cuidadores
buenos y yo, su Dios y guardián, los amonesto para que mantenga seguras a
mis abejas. ¡Qué ellos tomen en cuenta las venidas e idas de las abejas!
¡Qué ellos tomen nota si están enfermas o saludables! Si por casualidad no
saben cómo discernir esto, a continuación expongo tres signos que les di
para que lo reconozcan. Aquellas abejas que son lentas en el vuelo, erráticas
en sus horas y contribuyen con nada para traer la miel son las inútiles. Las
que son lentas en el vuelo son aquellas que muestran más preocupación por
los bienes temporales que por los eternos, quienes le temen más a la muerte
del cuerpo que a la del alma, quienes se dicen esto a sí mismas: ‘¿Por qué
estar lleno de inquietud cuando puedo tener paz y quietud? ¿Por qué me
debo de morir cuando puedo vivir?’

Estos malvados no reflexionan sobre cómo yo, el poderoso Rey de la


gloria escogí no tener poder. Yo conozco la mayor paz y quietud y,
ciertamente, yo soy la paz en sí, y sin embargo escogí entregar la paz y la
quietud por su bien y librarlos a través de mi propia muerte. Ellas son
erráticas en sus horas ya que sus afectos tienden hacia lo mundano, su
conversación hacia la indecencia, su trabajo hacia el egoísmo y arreglan su
tiempo de acuerdo a los antojos de su cuerpo. Las que no tienen amor
alguno por la colmena y no reúnen el néctar son aquellas que hacen algo de
buenas obras por mi pero únicamente por temor al castigo. Aunque realizan
algunas obras de piedad, aún así no entregan su egoísmo ni pecado. Ellos
quieren tener a Dios pero sin abandonar al mundo ni soportar privaciones o
penurias.

Estas abejas son de la clase que se apresura a casa con los pies vacíos,
pero su prisa no es sabia, ya que no vuelan con el tipo de amor correcto.
Acordemente, cuando llega el otoño, es decir, cuando llega el momento de la
separación, las abejas inútiles serán separadas de las buenas y sufrirán
hambre eterna como recompensa por su amor y deseos egoístas. Por haber
despreciado a Dios y por su disgusto hacia la virtud, serán destruidas con
frío excesivo pero sin ser consumidas.

Sin embargo, mis amigos deberían estar en guardia en contra de tres


males provenientes de las abejas malas. Primero, en contra de dejar que su
podredumbre entre en los oídos de mis amigos, ya que las abejas malas son
venenosas. Una vez se les ha acabado su miel, no queda nada dulce en ellas;
en vez están llenas de amargura venenosa. Segundo, deberían cuidar las
pupilas de sus ojos en contra de las alas de las abejas malas, las cuales son
tan puntiagudas como las agujas. Tercero, deberán tener cuidado de no
exponer sus cuerpos a las colas de las abejas, porque tienen púas que
aguijonean agudamente. Los eruditos que estudian sus hábitos y sus
temperamentos pueden explicar el significado de estas cosas. Aquellos que
no pueden comprenderlo deben de estar cautelosos sobre los riesgos y evitar
su compañía y ejemplo.

De lo contrario, aprenderán por experiencia lo que no pudieron


aprender con solo escuchar.” Entonces su Madre dijo: “Bendito eres, mi
Hijo, ¡tú que eras, eres y siempre serás! Tu misericordia es dulce y tu
justicia grande. Pareces recordarme, Hijo mío – hablando figurativamente –
de una nube que se eleva en el cielo precedida por una leve brisa. Una
mancha oscura apareció en la nube y una persona que estaba afuera,
sintiendo la leve brisa, elevó sus ojos y vio la nube negra y pensó para sí:
‘Esta nube oscura me parece que indica lluvia.’ Y prudentemente se
apresuró a un refugio y se resguardó de la lluvia.

Otros, sin embargo, que estaba ciegos o quizá que no les importaba,
no le dieron importancia a la leve brisa y no le tuvieron miedo a la nube
oscura, pero aprendieron por experiencia lo que significaba la nube. La
nube, cubriendo todo el cielo, llegó con una conmoción violenta y un fuego
tan furioso y poderoso que las cosas vivas expiraban con la conmoción. El
fuego consumía todas las partes internas y externas del hombre, de tal
manera que nada quedó.

Hijo mío, esta nube es tu palabra, que parece oscura e increíble para
muchas personas ya que no ha sido escuchada mucho y ya que le fue dada a
las personas ignorantes y no ha sido confirmada por portentos. Estas
palabras fueron precedidas por mi oración y por la misericordia con la cual
tu tienes misericordia por todos y, como una madre, atraes a todos hacia ti.

Esta misericordia es tan leve como una suave brisa por tu paciencia y
sufrimiento. Es cálida con el amor con el cual tu enseñas la misericordia a
aquellos que te provocan a ira y ofreces bondad a aquellos que te desprecian.
Por lo tanto, que todos aquellos que escuchan estas palabras eleven sus ojos
y vean y conozcan su fuente. Ellos deberían considerar si estas palabras
significan misericordia y humildad. Ellos deberían reflexionar sobre si las
palabras significan cosas presentes o futuras, la verdad o la falsedad. Si
encuentran que las palabras son ciertas, que se apresuren a un refugio, es
decir, a la verdadera humildad y amor a Dios. Porque, cuando venga la
justicia, entonces el alma será separada del cuerpo y será envuelta por el
fuego y se quemará, tanto por fuera como por dentro. Se quemará, con
seguridad, pero no será consumida. Por esta razón, Yo, la Reina de la
misericordia, clamo a los habitantes del mundo: ¡que eleven sus ojos y
contemplen la misericordia! Yo amonesto e imploro como una madre,
aconsejo como una dama soberana.

Cuando llegue la justicia, será imposible soportarla. Por lo tanto, ¡ten


una fe firme y se considerada, prueba la verdad en tu conciencia, cambia tu
voluntad, y entonces el que te ha enseñado las palabras de amor también
mostrará las obras y prueba de amor!” Entonces el Hijo me habló, diciendo:
“Sobre todo, en relación a las abejas, te mostré que ellas reciben tres
beneficios de su reina. Ahora te digo que esos cruzados a quienes he
colocado en las fronteras de las tierras cristianas deberán ser como esas
abejas. Pero ahora están batallando en mi contra, porque no les importan las
almas y no tienen compasión de los cuerpos de aquellos que han sido
convertidos del error a la fe católica y a mí.

Ellos los oprimen con penurias y los privan de sus libertades. Ellos no
los instruyen en la fe, sino los privan de los sacramentos y los envían al
infierno con un mayor castigo que si se hubiesen quedado en su paganismo
tradicional.
Además, ellos pelean únicamente para incrementar su propio orgullo y
aumentar su avaricia. Por lo tanto, el tiempo vendrá para ellos cuando
rechinen sus dientes, se mutile su mano derecha, se desuna su pie derecho,
para que puedan vivir y puedan conocerse.”

La queja de Dios concerniente a tres hombres yendo ahora alrededor del


mundo, y acerca de cómo desde el principio Dios estableció tres estados, a
saber, aquellos del clero, los defensores, y los obreros; y acerca del castigo
preparado para los ingratos y la gloria dada a los agradecidos.

Capítulo 20

El gran anfitrión del cielo fue visto, y Dios le habló, diciendo: “Aunque
tu conoces y ves todas las cosas en mí, sin embargo, porque es mi deseo,
estableceré mi queja ante ti concerniente a tres cosas. La primera es que
aquellas adorables colmenas, que fueron construidas en el cielo desde toda la
eternidad y de la cual salieron aquellas despreciables abejas, están vacías. La
segunda es que el foso sin fondo, contra el cual ni rocas ni árboles sirven de
nada, permanece siempre abierto. Almas descienden dentro de él como la
nieve cae del cielo a la tierra. Como el sol disuelve la nieve en agua, así
también las almas son disueltas de todo bien por ese terrible tormento y son
renovadas en todo castigo. Mi tercera queja es que poca gente nota la caída
de almas o las moradas vacías de las cuales los ángeles malos se han
desviado. Por lo tanto tengo razón al quejarme.

Escogí a tres hombres desde el principio. Con esto estoy hablando


figurativamente de los tres estados en el mundo. Primero, escogí a un clérigo
que proclamase mi voluntad en sus palabras y que lo demostrase en sus
acciones. Segundo, escogí a un defensor, que defendiera a mis amigos con su
propia vida y que estuviera listo para cualquier encomienda por mi bien.
Tercero, escogí a un obrero para que trabajara con sus manos para
proporcionar comida al cuerpo a través de su trabajo.
El primer hombre, es decir, el clero, se ha vuelto leproso y mudo.
Cualquiera que mire para ver en él un carácter fino y virtuoso se retrae al
verlo y se estremece al acercarse a él por la lepra de su orgullo y codicia.
Cuando (el) quiere escucharlo, el sacerdote esta mudo respecto a alabarme
pero parlotea alabándose a sí mismo.

Así es que, ¿cómo ha de abrirse el sendero que conduce al gran gozo, si


quien debe de guiar el camino es tan débil? Y si es mudo aquel que debe
estar proclamando, ¿cómo se escuchará ese gozo celestial? El segundo
hombre, el defensor, se estremece en su corazón y sus manos están ociosas.
El se estremece por causar escándalo en el mundo y perder su reputación.
Sus manos están ociosas porque no realiza ninguna obra sagrada. En lugar
de esto, todo lo que hace, lo hace por el mundo. ¿Quién, entonces, defenderá
a mi gente si el que debe de ir a la cabeza tiene miedo?

El tercer hombre es como un asno que baja su cabeza al suelo y se para


con sus cuatro patas juntas. Ciertamente, en verdad, la gente es como un
asno que no espera nada sino cosas de la tierra, que descuidan las cosas del
cielo y van en busca de bienes perecederos. Tienen cuatro patas ya que
tienen poca fe y su esperanza es ociosa; tercero, no tienen buenas obras, y,
cuarto, están empeñados y resueltos en pecar. Esta es la razón por la cual
siempre tienen su boca abierta para la glotonería y la avaricia. Mis amigos,
¿cómo puede reducirse ese interminable profundo foso o llenarse la colmena
con gente como ésta?”

La Madre de Dios replicó: “¡Bendito seas, Hijo mío! Tu queja es


justificada. Tus amigos y yo tenemos tan sólo una palabra de excusa para
que salves a la raza humana. Es esta: ‘¡Ten misericordia, Jesucristo, Hijo del
Dios viviente!’ Este es mi clamor y el clamor de tus amigos.” El Hijo
replicó: “Tus palabras son dulces a mis oídos, su sabor deleita mi boca, ellas
entran en mi corazón con amor. Tengo un clérigo, un defensor y un
campesino. El primero me complace como una novia cuyo honesto
prometido anhela y ansía con divino amor. Su voz será como la voz
clamorosa de un discurso cuyo eco se escucha en el bosque. El segundo
estará listo para dar la vida por mí y no temerá el reproche del mundo. Lo
armaré con las armas de mi Espíritu Santo. El tercero tendrá una fe tan firme
que dirá: ‘Creo tan firmemente como si hubiera visto en lo que creo. Tengo
esperanza en todas las cosas que Dios ha prometido.’ El tendrá la intención
de hacer el bien y crecer en virtud y evitar el mal.

En la boca del primer hombre pondré tres dichos para que proclame. Su
primera proclamación será: ‘¡Permítanle a aquél que tiene fe poner en
práctica lo que cree!’ La segunda: ‘Permítanle a aquél que tiene una
esperanza firme ser inquebrantable en toda buena obra.’ La tercera:
‘¡Permítanle a aquél que ama perfectamente y con caridad anhelar
fervientemente ver el objeto de su amor!’ El segundo hombre trabajará como
un fuerte león, tomando cuidadosas precauciones contra la perfidia y
perseverando inquebrantablemente. El tercero será tan sabio como una
serpiente que se para sobre su cola y eleva su cabeza a los cielos. Estos tres
llevarán a cabo mi voluntad. Otros los seguirán. Aunque hablo de tres, por
ellos me refiero a muchos.” Entonces habló a la novia, diciendo: “¡Mantente
firme! No te preocupes por el mundo ni por sus reclamos, ya que yo, que oí
todo tipo de reproches, soy tu Dios y tu Señor.”

Las palabras de la gloriosa Virgen a su hija acerca de como Cristo fue


bajado de la cruz y acerca de su propia amargura y dulzura en la pasión de
su Hijo, y acerca de cómo el alma es simbolizada por una virgen y el amor
del mundo y el amor de Dios por dos jóvenes, y acerca de las cualidades
que un alma debe de tener como virgen.

Capítulo 21

María habló: “Debes de reflexionar en cinco cosas hija mía. Primero,


como cada miembro del cuerpo de mi Hijo se puso rígido y frío con su
muerte y como la sangre que fluyó de sus heridas mientras sufría se secó y
se aferró a cada miembro. Segundo, como su corazón fue perforado tan
amarga y despiadadamente que el hombre que lo lanceó introdujo la lanza
hasta que pegó en la costilla y ambas partes del corazón estuvieron en la
lanza, dividiendo el corazón en dos partes. Tercero, reflexiona sobre ¡cómo
fue bajado de la cruz! Los dos hombres que lo bajaron de la cruz usaron tres
escaleras: una llegaba a sus pies, la segunda justo debajo de sus axilas y
brazos, la tercera a la mitad de su cuerpo.

El primer hombre subió y lo tomó de en medio. El segundo, subiéndose


en otra escalera, primero sacó un clavo de un brazo, entonces movió la
escalera y sacó el clavo de la otra mano. Los clavos pasaban a través del
travesaño. El hombre que había estado sujetando el peso del cuerpo bajó
entonces tan lenta y cuidadosamente como pudo, mientras que el otro
hombre subió en la escalera que llegaba a los pies y extrajo los clavos de los
pies. Cuando fue bajado al suelo, uno de ellos le asió el cuerpo por la cabeza
y el otro por los pies. Yo, su Madre, lo tomé de la cintura. Y así, nosotros tres
lo llevamos a una roca que yo había cubierto con una sábana blanca y en ella
envolvimos su cuerpo. No cosí la sábana al unirla, porque sabía que él no se
descompondría en la tumba.

Después de esto llegaron María Magdalena y las otras santas mujeres.


También innumerables ángeles, tantos como los átomos del sol, estaban ahí,
mostrando su lealtad a su Creador. Nadie se da cuenta de la pena que sentí
en ese momento. Estaba como una mujer dando a luz que se estremece en
cada extremidad de su cuerpo después del alumbramiento. Y a pesar que por
el dolor casi no puede respirar, aún así se regocija internamente tanto como
puede porque sabe que ese niño que acaba de tener nunca volverá a la
experiencia penosa por la que acaba de pasar. De esta misma manera, aunque
ninguna pena se puede comparar a mi pena por la muerte de mi Hijo, me
regocijé en mi alma porque sabía que mi Hijo no habría de morir más, sino
que habría de vivir y triunfar eternamente.

De este modo mi pena fue mezclada con una medida de gozo. Puedo
verdaderamente decir que había dos corazones en la tumba donde mi Hijo
fue sepultado. ¿Acaso no se dice: ‘Donde está tu tesoro, allí también está tu
corazón’? De la misma manera, mi corazón y mi mente iban
constantemente al sepulcro de mi Hijo.” Entonces la Madre de Dios
prosiguió diciendo: “Describiré a este hombre por medio de una metáfora,
cómo estaba situado y en qué tipo de estado y cómo era su presente
situación. Es como si una virgen fue prometida en matrimonio a un hombre
y dos jóvenes estaban parados ante ella. Uno de ellos, a quien la virgen se
había dirigido, le dijo a ella:
‘Te aconsejo que no confíes en el hombre a quien estás prometida en
matrimonio. El es inflexible en sus acciones, lento en pagar, miserable en sus
regalos. Más bien, pon tu confianza en mí y en las palabras que te digo, y te
mostraré otro hombre que no es duro sino gentil en todos los aspectos, que te
da lo que quieres en seguida y te da abundantes obsequios placenteros y
deliciosos.’

La virgen, oyendo esto y pensando esto en su mente, contestó: ‘Es


bueno oír tus palabras. Tu mismo eres gentil y atractivo a mis ojos. Creo que
seguiré tu consejo.’ Cuando se quitó el anillo para dárselo al joven, vio tres
refranes escritos en él. El primero fue: ‘Cuando llegues a la cima del árbol,
¡ten cuidado de no apoyarte en una rama seca del árbol para sostenerte y
caigas!’ El segundo refrán fue: ‘Cuídate de no tomar consejo de un
enemigo!’

El tercer refrán fue: ‘¡No pongas tu corazón entre los dientes de un


león!’ Cuando la virgen vio estos refranes, retrajo su mano y se quedó con el
anillo, pensando dentro de ella misma: ‘Estos tres refranes que veo quizás
puedan significar que este hombre que me quiere tener como su novia no es
de confiar. Me parece que sus palabras son vacías; está lleno de odio y me
matará.’ Mientras ella pensaba esto, miró de nuevo y notó otra inscripción
que también tenía tres dichos.

El primer dicho era: ‘¡Da al que te de a ti!’ El segundo dicho era: ‘¡Da
sangre por sangre!’ El tercer dicho era: ‘¡No tomes del dueño lo que le
pertenece!’ Cuando la virgen vio y oyó esto, ella pensó para sí misma de
nuevo: ‘Los primeros tres refranes me informan como puedo escapar a la
muerte, los otros tres como puedo obtener vida. Por lo tanto, es para mi
correcto seguir las palabras de vida.’ Entonces la virgen prudentemente
requirió que viniera a ella el sirviente del hombre con quien primeramente
estaba comprometida. Cuando él vino, el hombre que la quería engañar se
retiró de ellos.

Así es con el alma de esa persona prometida a Dios. Los dos jóvenes
parados ante el alma representan la amistad de Dios y la amistad del mundo.
Los amigos del mundo se han acercado más a él hasta ahora. Le hablaron de
riquezas y gloria mundanas y casi les dio el anillo de su amor y casi
condescendió con ellos en todo sentido. Pero con la ayuda de la gracia de mi
Hijo el vio una inscripción, es decir, el oyó las palabras de su misericordia y
a través de ellas entendió tres cosas. Primero, que el debe de cuidarse no sea
que, entre más alto se elevaba y entre más se apoyaba en cosas perecederas,
peor sería la caída que lo amenazaba.

Segundo, entendió que no había otra cosa en el mundo sino


desconsuelo y cuidado. Tercero, que su recompensa por parte del demonio
será mala. Entonces vio otra inscripción, quiero decir, oyó sus reconfortantes
mensajes. El primer mensaje fue que debía de dar sus posesiones a Dios de
quien ha recibido todas ellas. La segunda fue que debía de dar el servicio de
su propio cuerpo al hombre que derramó su sangre por él. El tercero que no
debía distanciar su alma de Dios que la había creado y redimido. Ahora que
ya ha oído y considerado cuidadosamente estas cosas, los siervos de Dios se
le acercan y está complacido con ellos, y los siervos del mundo se alejan de
él.

Su alma esta ahora como una virgen que se ha levantado fresca de los
brazos de su prometido y quien debe de tener tres cosas. Primero, ella debe
de tener finas ropas para que no se rían de ella las sirvientas de la realeza, si
algún defecto en su ropa se llegara a notar. Segundo, debe de regirse por la
voluntad de su prometido para no causarle deshonor de su parte, si algo
deshonroso llegara a descubrirse en sus acciones. Tercero, ella debe de estar
completamente limpia no sea que el prometido descubra en ella cualquier
mancha por la cual el prometido la pueda menospreciar o repudiar.

Permítanle tener gente que la guíe a la habitación de su prometido para


que no pierda su camino por el recinto o en la elaborada entrada. Un guía
debe de tener las dos características siguientes: primero, la persona que lo
sigue debe de poder verlo; segundo, uno debe de poder oír sus indicaciones
y oír donde él pisa. Una persona que sigue a la otra que guía el camino debe
de tener tres características, Primero, no debe de ser lenta o perezosa al
seguir. Segundo, no debe de esconderse de la persona que guía el camino.
Tercero, debe de poner cuidadosa atención y ver los pasos de su guía y
seguirlo entusiastamente. Así, para que esa alma pueda llegar a la habitación
del prometido, es necesario que sea guiada por el tipo de guía que
exitosamente la pueda conducir a Dios su prometido.”

La enseñanza doctrinal gloriosa de la Virgen a su hija acerca de las


sabidurías espiritual y temporal y a cual de ellas debe uno imitar, y acerca
de cómo la sabiduría espiritual conduce a una persona a consolación
imperecedera, después de una pequeña lucha, mientras que la sabiduría
temporal conduce a la condenación eterna.

Capítulo 22

María habló: “Está escrito que ‘si fueras sabio deberías de aprender
sabiduría de una persona sabia.’ Por consiguiente, te doy el ejemplo
figurativo de un hombre que quería aprender sabiduría y vio a dos maestros
parados ante él. El les dijo: ‘Me gustaría mucho aprender sabiduría, si tan
sólo supiera a dónde me conduciría y de que uso y finalidad es.’ Uno de los
maestros contestó: ‘Si siguieras mi sabiduría, te llevará a lo alto de una
montaña a través de un sendero que es áspero y pedregoso debajo de los
pies, empinado y difícil de subir. Si tú luchas por esta sabiduría obtendrás
algo que es oscuro en el exterior pero brillante en el interior. Si te aferras a
él, asegurarás tu deseo.

Como un círculo que gira dando vueltas, te llevará a él más y más,


dulcemente y aún más dulcemente, hasta que con el tiempo estés imbuido en
felicidad por todos lados.’ El segundo maestro dijo: ‘Si sigues mi sabiduría,
te llevará a un exuberante y hermoso valle con frutas de todas las naciones.
El sendero es suave debajo de los pies y el descenso tiene poca dificultad. Si
perseveras en esta sabiduría, obtendrás algo que es brillante por fuera, pero
cuando lo quieras usar, volará lejos de ti. También tendrás algo que no
perdura sino termina repentinamente. Un libro, también, cuando lo hayas
leído hasta el fin, cesa de existir junto con la acción de leer, y te quedas
ocioso.’

Cuando el hombre oyó esto, pensó dentro de sí mismo: ‘Oigo dos cosas
asombrosas. Si subo a la montaña, mis pies se debilitan y mi espalda se
vuelve pesada. Entonces, si obtengo la cosa que es oscura en el exterior, ¿de
qué bien me servirá? ¿Si lucho por algo que no tiene fin, cuando habrá
alguna consolación para mí? El otro maestro promete algo que es radiante
por fuera pero que no perdura, una clase de sabiduría que terminará cuando
termine de leerla. ¿De que me sirven las cosas sin estabilidad? Mientras
pensaba esto en su mente, repentinamente apareció otro hombre entre los
dos maestros y dijo: ‘Aunque la montaña es alta y difícil de subir, aún así
hay una nube brillante sobre la montaña que te dará comodidad.

Si el recipiente prometido, que es oscuro por fuera, puede de alguna


manera romperse, obtendrás el oro que está oculto adentro y lo poseerás
felizmente para siempre.’ Estos dos maestros son dos clases de sabiduría, a
saber la sabiduría del espíritu y la sabiduría de la carne. La clase espiritual
consiste en renunciar a tu propia voluntad por Dios y aspirar a las cosas del
cielo con todo tu deseo y acción.

Realmente no se le puede llamar sabiduría si tus acciones no


concuerdan con tus obras. Esta clase de sabiduría conduce a una vida
bendita. Pero consiste en una llegada rocosa y una pronunciada subida, tanto
como resistir tus pasiones parece un camino duro y rocoso. Esto implica una
subida pronunciada para rechazar placeres habituales y no amar honores
mundanos. Aunque es difícil, para la persona que reflexiona cuan poco
tiempo hay y como terminará el mundo y quien fija constantemente su
mente en Dios, sobre la montaña ahí aparecerá una nube, es decir, el
consuelo del Espíritu Santo.

Una persona digna del consuelo del Espíritu Santo es la que no busca a
ningún otro consolador más que a Dios. ¿Cómo hubiesen podido todos los
elegidos tomar tan dura y ardua tarea si el Espíritu de Dios no hubiera
cooperado con su buena voluntad así como con un buen instrumento? Su
buena voluntad atrajo al buen Espíritu hacia ellos, y el amor divino que
tenían por Dios lo invitó, ya que ellos lucharon con corazón y voluntad hasta
que se hicieron fuertes en obras.

Ellos ganaron el consuelo del Espíritu y también pronto obtuvieron el


oro del divino deleite y amor que no solo los hicieron capaces de soportar
muchas grandes adversidades sino también les permitió regocijarse al
soportarlas ya que pensaban en su recompensa. Tal regocijo parece oscuro a
los amantes de este mundo, ya que ellos aman la oscuridad. Pero para los
amantes de Dios es más brillante que el sol y brilla más que el oro, pues
ellos rompen la oscuridad de sus vicios y escalan la montaña de la paciencia,
contemplando la nube de ese consuelo que nunca termina, sino que empieza
en el presente y gira como un círculo hasta que alcanza la perfección. La
sabiduría mundana conduce a un valle de miseria que parece exuberante en
su abundancia, hermosa en reputación, suave en lujo. Esta clase de sabiduría
terminará rápidamente y no ofrece beneficio adicional más allá del que usó
para ver y oír.

Por lo tanto, hija mía, busca sabiduría del sabio, quiero decir, ¡de mi
Hijo! El es la sabiduría en sí, de quien proviene toda sabiduría. El es el
círculo que nunca termina. Te ruego como una madre lo hace a su hijo: ama
la sabiduría que es como oro en su interior pero deleznable en el exterior,
que quema adentro con amor pero requiere esfuerzo en el exterior y da fruto
a través de sus obras. Si te preocupas por la carga de todo, el Espíritu de
Dios será tu consolador.

Ve y sigue tratando como alguien que continúa hasta que el hábito se


adquiere. ¡No te regreses hasta que hayas alcanzado la cima de la montaña!
No hay nada tan difícil que no se vuelva fácil a través de una perseverancia
firme e inteligente. No hay búsqueda tan noble desde el comienzo que no
caiga en la oscuridad por no llegar a completarse. ¡Avancen, entonces, hacia
la sabiduría espiritual! Los conducirá a trabajo físico, a despreciar al mundo,
a un poco de dolor, y a consuelo eterno. Pero la sabiduría mundana es
engañosa y oculta una picadura. Te llevará al acaparamiento de bienes
temporales y prestigio presente pero, al final, a la mayor infelicidad, a menos
que seas cauteloso y tomes cuidadosas precauciones”.

Las gloriosas palabras de la Virgen explicando su humildad a su hija, y


acerca de cómo la humildad es comparada a una capa, y acerca de las
características de la verdadera humildad y sus maravillosos frutos.

Capítulo 23

“Mucha gente se pregunta, por qué te hablo. Es, por supuesto, para
mostrar mi humildad. Si un miembro del cuerpo está enfermo, el corazón no
está contento hasta que haya recuperado su salud, y una vez es restaurada la
salud, el corazón está más contento. De la misma manera, por mucho que
una persona pueda pecar, si regresa a mí con todo su corazón y un verdadero
propósito de enmienda, estoy inmediatamente preparada para darle la
bienvenida cuando venga. Ni tampoco pongo atención a cuanto pudo haber
pecado sino a la intención y al propósito que tiene cuando regresa.
Todos me llaman ‘Madre de misericordia.’ Verdaderamente, hija mía, la
misericordia de mi Hijo me ha hecho misericordiosa y la revelación de su
misericordia me ha hecho compasiva. Por esa razón, esa persona está
miserable cuando, pudiendo, no recurra a la misericordia. ¡Ven por lo tanto,
hija mía, y acógete bajo mi manto! Mi manto es desdeñable por fuera pero
muy provechoso por dentro, por tres razones. Primero, te resguarda de los
impetuosos vientos; segundo, te protege del frío extremo; tercero, te
defiende contra las lluvias del cielo.

Este manto es mi humildad. Los amantes del mundo desprecian esto y


piensan que imitarla es una superstición tonta. ¿Qué hay más despreciable
que el ser llamado idiota y no enojarse o contestar en forma parecida? ¿Qué
es más vil que el renunciar a todo y ser pobre en todo? ¿Qué les parece más
lastimoso a las almas mundanas que el ocultar el propio dolor y pensar y
creer que uno mismo es más indigno y más inferior que todos los demás? Tal
era mi humildad, hija mía. Este era mi gozo, este mi único deseo. Sólo pensé
en cómo complacer a mi Hijo. Esta humildad mía fue útil de tres maneras
para aquellos que me siguieron.

Primero, fue útil en el tiempo pestilente y tormentoso, es decir, contra


burlas y desdén humanos. Un poderoso y violento viento tormentoso golpea
a una persona en todas direcciones y lo congela. De la misma manera, las
burlas fácilmente destrozan a una persona impaciente que no reflexiona
sobre realidades futuras; aleja al alma lejos de la caridad. Cualquiera que
estudie cuidadosamente mi humildad debiera considerar las clases de cosas
que yo, la Reina del universo, tuve que oír, así es que debiera buscar mi
alabanza y no la suya.
Permítanle recordar que las palabras no son mas que aire y pronto se
calmará. ¿Por qué la gente mundana es tan incapaz de enfrentar las burlas
verbales, si no porque buscan su propia alabanza en vez de la de Dios? No
hay humildad en ellos, porque sus ojos se vuelven legañosos por el pecado.
Por lo tanto, aunque la ley escrita dice que nadie sin causa justa debe de
darle oído al lenguaje insultante ni tolerar el mismo, aún así es una virtud y
un premio escuchar pacientemente insultos y tolerar los mismos por Dios.

Segundo, mi humildad es una protección contra el frío que quema, es


decir, contra la amistad carnal. Ya que hay un tipo de amistad en la cual una
persona es amada por el amor a las comodidades presentes, como las
personas que hablan de esta forma: ‘¡Aliméntame en el presente y te
alimentaré, ya que no me concierne quien te alimentará después de la
muerte! Dame respeto y te respetaré, ya que no me concierne en lo más
mínimo que clase de respeto futuro vendrá.’ Esta es amistad fría sin el calor
de Dios, tan dura como la nieve congelada, refiriéndose a amar y sentir
compasión por nuestro prójimo que tiene necesidades, y estéril es su
recompensa.

Una vez queda disuelta una sociedad y se desocupan los escritorios, la


utilidad de esa amistad inmediatamente desaparece y se pierde su ganancia.
Sin embargo, quien quiera que imite mi humildad, le hace el bien a todos por
el amor a Dios, tanto a enemigos como amigos por igual: a sus amigos,
porque perseveran firmemente en honrar a Dios; y a sus enemigos, porque
son criaturas de Dios y pueden llegar a ser buenos en el futuro.

En tercer lugar, la contemplación de mi humildad es una protección


contra la lluvia y las impurezas provenientes de las nubes. ¿De dónde vienen
las nubes, si no de la humedad y vapores que emanan de la tierra? Cuando
suben a los cielos debido al calor, se condensan en las regiones más elevadas
y, de esta forma, se producen tres cosas: lluvia, granizo, y nieve. La nube
simboliza al cuerpo humano que proviene de impureza. El cuerpo trae tres
cosas con él al igual que las nubes. El cuerpo trae oído, vista, y tacto. Debido
a que el cuerpo puede ver, desea las cosas que ve. Desea cosas buenas y de
formas hermosas; desea posesiones extensas.

¿Qué son todas estas cosas si no una especie de lluvia proveniente de


las nubes, que mancha el alma con una pasión por el acaparamiento,
inquietándolo con preocupaciones, distrayéndolo con inútiles pensamientos
y perturbándolo con la perdida de sus bienes acaparados? Porque el cuerpo
puede oír, gustosamente oiría sobre su propia gloria y de la amistad del
mundo. Escucha cualquier cosa que sea placentera al cuerpo y dañina para el
alma. ¿A que se parecen todas estas cosas si no a la nieve que se derrite
rápidamente, haciendo que el alma se enfríe hacia Dios y se le nublen los
ojos hacia la humildad?

Porque el cuerpo siente, gustosamente sentiría su propio placer y


descanso físico. ¿A que otra cosa se parece esto si no al granizo que está
congelado de aguas impuras y que hace al alma infructífera en la vida
espiritual, fuerte con respecto a la búsqueda de lo mundano y blanda con
respecto a comodidades físicas? Por lo tanto, si una persona quiere
protección de esta nube, déjalo correr hacia mi humildad para estar seguro
allí y la imite. A través de ella, el está protegido de la pasión por ver y no
desea cosas ilícitas; el está protegido del placer de oír y no escucha a nada
que vaya en contra de la verdad; está protegido de la lujuria de la carne y no
sucumbe a impulsos ilícitos.
Yo les aseguro: La contemplación de mi humildad es como un buen
manto que abriga a aquellos que lo usan; quiero decir a aquellos que no solo
lo usan en teoría sino también en la práctica. Un manto físico no da calor a
menos que se use. De la misma forma, mi humildad no hace bien a aquellos
que nada más piensan en ella, a menos que cada uno se esfuerza por imitarla,
cada quien a su manera. Por lo tanto, hija mía, viste el manto de humildad
con todas tus fuerzas, ya que las mujeres mundanas usan mantos que son una
cosa de soberbia en el exterior pero son de poco uso en el interior. Evita del
todo esas ropas, ya que, si el amor por el mundo no se te hace repugnante
primero, si no estás pensando constantemente en la misericordia de Dios
hacia ti y tu ingratitud hacia él, si no tienes siempre en mente lo que él ha
hecho y lo que tú haces, y la justa sentencia que te espera a cambio, no
podrás ser capaz de entender mi humildad.

¿Por qué me humillé tanto o por qué merecí tal favor, si no porque
consideré y estaba convencida de que yo no era nadie y no tenía nada por mí
misma? Esto también es la razón por la cual jamás procuré mi propia gloria
sino únicamente la de mi Dador y Creador. Por lo tanto, hija, ¡refúgiate en el
manto de mi humildad y piensa de ti como la más pecadora entre todos los
demás! Pues aunque veas a otros que son malvados, no sabes cual será su
futuro mañana; ni sabes con que intención y conocimiento hacen sus obras,
si por flaqueza o deliberadamente. Esta es la razón de por qué no debes
considerarte mejor que otros ni en tu conciencia juzgues a nadie.”

La exhortación de la Virgen a su hija, quejándose de cuan pocos son sus


amigos; y acerca de cómo Cristo le habla a la novia y describe sus sagradas
palabras como flores y explica quién es la gente en quienes las palabras
deben de dar fruto.

Capítulo 24

María estaba hablando: “Imagina una gran multitud en algún lado y a


una persona caminando a su lado con una carga pesadísima en su espalda y
otra en sus brazos. Con sus ojos llenos de lágrimas, mirará a la multitud para
ver si habría alguien que se compadeciera de él y le aliviara su carga. Con
esta misma suerte me sentí. Desde el nacimiento de mi Hijo hasta su muerte,
mi vida estuvo llena de tribulación. Llevé una pesada carga sobre mi espalda
y perseveré firmemente en el trabajo de Dios y pacientemente soporté todo
lo que me sucedió. Me aguanté cargando una carga muy pesada en mis
brazos, en el sentido que sufrí más pesar de corazón y tribulación que
criatura alguna.

Mis ojos estaban llenos de lágrimas cuando contemplé los lugares en el


cuerpo de mi Hijo destinados a los clavos, tanto como a su futura pasión, y
cuando vi que se cumplían en él todas las profecías que habían oído
vaticinadas por los profetas. Mas ahora veo a todo el mundo para ver si hay
alguno que pueda compadecerse de mí y esté consciente de mi pena y
tribulación. Y así, hija mía, ¡no me olvides! Aunque soy menospreciada por
muchos, mira mi dolor, e imítame en lo que puedes. Considera mi pena y
lágrimas y laméntate que sean pocos los amigos de Dios. ¡Permanece firme!
Ahora viene mi Hijo aquí.”

Vino inmediatamente y dijo: “Yo soy”, le dijo Jesucristo, “tu Dios y tu


Señor, el que habla contigo. Mis palabras son como flores de una hermosa
planta. Aunque todas las flores nazcan de una misma raíz, no todas llevan
simiente ni fruto. Así, mis palabras son como unas flores que salen de la raíz
del amor de Dios, las cuales las reciben muchos, pero no en todos dan fruto,
ni llegan a madurar, porque unos las reciben y las retienen poco, y después
las sacan de sí, porque son ingratos con mi espíritu; otros las reciben y las
retienen, porque están llenos de amor a Dios, y en estos dan el fruto de la
devoción y de obras santas y perfectas.

Tu, por lo tanto, mi novia, que eres mía por derecho divino, debes de
tener tres casas. En la primera, debe de haber el alimento necesario que entre
al cuerpo; en la segunda la ropa que viste al cuerpo exteriormente; en la
tercera las herramientas que se necesitan usar en la casa. En la primera debe
de haber tres cosas: primero, pan; luego bebida; y tercero, carnes. En la
segunda casa debe de haber tres cosas: primero, ropa de lino; luego de lana;
y después la ropa hecha por gusanos de seda. En la tercera casa también
debe de haber tres cosas: primero herramientas y recipientes para llenarlos
con líquidos; segundo, instrumentos vivientes, como caballos y burros y lo
que se le parezca, con los que puedan transportarse los cuerpos; y, tercero,
instrumentos que sean movidos por seres vivientes.”

El consejo de Cristo a la novia sobre las provisiones en las tres casas y


sobre cómo el pan representa una buena voluntad, la bebida una
premeditación santa y las carnes la sabiduría divina, y sobre cómo no hay
sabiduría divina en la erudición sino únicamente en el corazón y en una
buena vida.
Capítulo 25

“Yo, quien habla contigo, soy el Creador de todas las cosas, creado
por nadie. No había nada antes que yo y no puede haber nada después que
yo, ya que siempre fui y siempre soy. Soy el Señor cuyo poder nadie puede
soportar y de quien provienen todo el poder y soberanía. Te hablo como un
hombre le habla a su esposa: Esposa mía, deberíamos de tener tres casas. En
una de ellas debería haber pan y bebidas y carnes. Pero, te puedes
preguntar: ¿Qué significa este pan? ¿Me refiero al pan que está sobre el
altar? Esto ciertamente es pan, antes de las palabras “Esto es mi cuerpo”,
pero una vez se han dicho las palabras, ya no es pan sino el cuerpo que tomé
de la Virgen y que verdaderamente fue crucificado sobre la cruz. Pero acá
no me refiero a ese pan. El pan que deberíamos almacenar en nuestra casa
es una voluntad buena y sincera. El pan físico, si es puro y limpio, tiene dos
efectos. Primero, fortalece y da fuerza a todas las venas y las arterias y
músculos. Segundo, absorbe cualquier impureza interior, llevándola para ser
removida a medida que sale, y para que la persona quede limpia. De esta
manera, una voluntad pura proporciona fuerza.

Si una persona no desea nada más que las cosas de Dios, trabaja para
nada más que para la gloria de Dios, desea con todo su deseo dejar el mundo
y estar con Dios, esta intención la fortalece en bondad, incrementa su amor
por Dios, hace que el mundo le parezca repulsivo, fortifica su paciencia y
refuerza su esperanza de heredar la gloria hasta el punto en que él,
alegremente abraza todo lo que le sucede. En segundo lugar, una buena
voluntad remueve toda impureza. ¿Qué es la impureza que es dañina al
alma sino el orgullo, la avaricia y la lujuria? Sin embargo, cuando la
impureza del orgullo o de algún otro vicio entra en la mente, la dejará,
siempre y cuando la persona razone de la siguiente manera: ‘El orgullo no
tiene significado, ya que no es el recipiente el que debería alabarse por los
bienes que le son dados, sino el dador. La avaricia carece de significado ya
que todas las cosas de la tierra se quedarán atrás. La lujuria no es nada más
que porquería. Por lo tanto, yo no deseo estas cosas sino quiero seguir la
voluntad de Dios cuya recompensa nunca finalizará, cuyos buenos regalos
nunca envejecerán: Entonces toda tentación al orgullo o a la avaricia lo
dejará y él perseverará en su buena intención de hacer el bien.

La bebida que deberíamos tener en nuestras casas es una


premeditación santa sobre todo lo que ha de hacerse. La bebida física tiene
dos efectos buenos. Primero, ayuda a una buena digestión. Cuando una
persona se propone hacer algo bueno y, antes de hacerlo, considera para sí y
cuidadosamente le da vuelta en su mente sobre qué gloria saldrá de hacerlo
para Dios, qué beneficio para su prójimo, qué ventajas para su alma y no lo
quiere hacer a menos que lo juzgue que le será de alguna utilidad divina en
su trabajo, entonces ese trabajo propuesto saldrá bien o será, por decirlo así,
bien digerido. Entonces, si ocurre cualquier indiscreción en el trabajo que
hace, se detecta rápidamente. Si algo está malo, es corregido rápidamente y
su trabajo será correcto y racional y edificante para los demás.

Una persona que no muestra una premeditación santa en su trabajo y


no busca el beneficio para las almas ni la gloria de Dios, aunque su trabajo
resulte bien durante un tiempo, no obstante al final llegará a ser nada. En
segundo lugar, la bebida sacia la sed. ¿Qué clase de sed es peor que el vil
pecado de avaricia e ira? Si una persona piensa de antemano qué utilidad
saldrá de ello, cuán miserablemente terminará, qué recompensa habrá si le
hace resistencia, entonces esa vil sed es rápidamente saciada a través de la
gracia de Dios, lo llenan el amor celoso a Dios y los buenos deseos, y surge
la alegría porque él no ha hecho lo que le vino en su mente. Examinará la
ocasión y cómo puede evitar en el futuro aquellas cosas por las cuales se
tropezó más, si no hubiese tenido una premeditación, y tendrá más cuidado
en el futuro para evitar tales cosas. Mi novia, esta es la bebida que deberá
almacenarse en nuestro desayunador.

Tercero, también deberían haber carnes allí. Estas tienen dos efectos.
Primero, saben mejor en la boca y son mejores para el cuerpo que solamente
el pan. Segundo, ayudan a tener piel más suave y menor sangre que si solo
hubiese pan y bebida. La carne espiritual tiene un efecto parecido. ¿Qué
simbolizan estas carnes? La sabiduría divina, claro está. La sabiduría le
sabe muy bien a una persona que tiene una buena voluntad y desea nada más
que lo que Dios quiere, mostrando una premeditación santa, sin hacer nada
hasta que sabe que es para gloria de Dios.

Ahora, te puedes preguntar: ‘¿Qué es la sabiduría divina?’ Debido a


que muchas personas son sencillas y únicamente saben una oración – el
Padrenuestro, y ni siquiera esa correctamente. Otras son muy eruditas y
tienen un amplio conocimiento. ¿Es esto la sabiduría divina? De ninguna
manera. La sabiduría divina no se encuentra precisamente en la erudición,
sino en el corazón y en una buena vida. La persona que reflexiona
cuidadosamente sobre el camino hacia la muerte, sobre cómo morirá y sobre
su juicio después de la muerte es sabia. Esa persona tiene las carnes de la
sabiduría y el sabor de una buena voluntad y una premeditación santa, quien
se desprende de la vanidad y de las superficialidades del mundo y se
contenta con las necesidades básicas y lucha en el amor a Dios, de acuerdo a
sus habilidades.

Cuando una persona reflexiona sobre su muerte y sobre su desnudez al


momento de morir, cuando una persona examina el terrible tribunal de juicio
de Dios, en donde nada se esconde y nada se remite sin un castigo, cuando
también reflexiona sobre la inestabilidad y la vanidad del mundo, ¿no se
regocijará entonces y saboreará dulcemente en su corazón la entrega de su
voluntad a Dios junto con su abstinencia de los pecados? ¿No es fortalecido
su cuerpo y su sangre mejorada, es decir, toda debilidad de su alma, como
son la pereza y la disolución moral, ahuyentada y rejuvenecida la sangre del
amor divino? Esto es porque razona correctamente que ha de amarse un
bien eterno en vez de uno perecedero.

Por lo tanto, la sabiduría divina no se encuentra precisamente en la


erudición sino en las buenas obras, ya que muchos son sabios de manera
mundana y que van detrás de sus propios deseos, pero son del todo tontos en
relación a la voluntad y los mandamientos de Dios y en relación a disciplinar
su cuerpo. Tales personas no son sabias sino tontas y ciegas, porque
comprenden las cosas perecederas que son útiles para el momento, pero
desprecian las cosas para la eternidad y se olvidan de las mismas. Otros son
tontos en relación a los deleites mundanos y a la reputación pero sabios al
considerar las cosas que son de Dios y son fervientes en su servicio.

Dichas personas son realmente sabias porque saborean los preceptos y


la voluntad de Dios. Realmente han sido iluminadas y mantienen su ojos
abiertos en cuanto a que siempre toman en cuenta la manera en la cual
pueden alcanzar la vida y la luz verdaderas. Otras, sin embargo, caminan en
la oscuridad y les parece más deleitable estar en la oscuridad que inquirir
sobre la manera por la cual pueden llegar a la luz. Por lo tanto, novia mía,
almacenemos estas tres cosas en nuestras casas, específicamente una
voluntad buena, la premeditación santa, y la sabiduría divina. Estas son las
cosas que nos dan el motivo para regocijarnos. A pesar que a ti te digo mi
consejo, por ti me refiero a todos mis escogidos en el mundo, ya que el alma
justa es mi novia, porque yo soy su Creador y Redentor.”

El consejo de la virgen a su hija sobre la vida y las palabras de Cristo a la


novia sobre la ropa que deberán guardar en la segunda casa y sobre cómo
esta ropa denota la paz de Dios y la paz del prójimo y las obras de
misericordia y abstinencia pura, y una explicación excelente sobre todas
estas cosas.
Capítulo 26

María habló: “Coloca el broche de la pasión de mi Hijo firmemente


en ti, así como San Lorenzo lo colocó firmemente en sí. Cada día
acostumbraba a reflexionar en su mente como sigue: ‘Mi Dios es mi Señor,
yo soy su siervo. El Señor Jesucristo fue desnudado y burlado. ¿Cómo
puede ser correcto que yo, su siervo, esté vestido con galas? Fue latigueado
y atado al madero. No es correcto, entonces, que yo, que soy su siervo, si
realmente soy su siervo, no tenga dolor ni tribulación.’ Cuando fue estirado
sobre los carbones y la grasa líquida corrió hacia abajo sobre el fuego y todo
su cuerpo prendió fuego, sus ojos vieron hacia arriba, al cielo, y dijo:
‘¡Bendito seas tú, Jesucristo, mi Dios y mi Creador!

Se que no he vivido bien mis días. Se que he hecho poco por tu


gloria. Es por esto, viendo que su misericordia es grande, te pido que me
trates de acuerdo a su misericordia.’ Y con estas palabras su alma fue
separada de su cuerpo. ¿Ves, mi hija? Amó tanto a mi Hijo y soportó tal
sufrimiento por su gloria que aún así dijo que no era digno de llegar al cielo.
¿Cómo, entonces, pueden ser dignas esas personas que viven según sus
propios deseos? Por lo tanto, mantén siempre en mente la pasión de mi Hijo
y de sus santos. Ellos soportaron tales sufrimientos no sin ninguna razón,
sino para darles a los demás un ejemplo de cómo vivir y mostrarles que mi
Hijo exigirá un pago estricto por los pecados, ya que mi Hijo no quiere que
ni el más mínimo quede sin corrección.”

Entonces el Hijo vino y le habló a la novia, diciendo: “Te dije


anteriormente lo que debería almacenarse en nuestras casas. Entre otras
cosas, deberá haber tres clases de vestimentas: primero, ropa hecha de lino,
lo cual se produce y crece en la tierra; segundo, aquella hecha de cuero, que
viene de los animales; tercero, la hecha de seda, que viene de los gusanos de
seda. La ropa de lino tiene dos efectos. Primero, es suave y benévolo contra
el cuerpo desnudo. Segundo, no pierde su color, más bien entre más se lava
más limpio se pone. La segunda clase de vestimenta, es decir, el cuero, tiene
dos efectos.

Primero, cubre la vergüenza de una persona; segundo, proporciona


calor contra el frío. La tercera clase de ropa, es decir, la seda, también tiene
dos efectos. Primero, se ve que es muy bella y fina; segundo, es muy
costosa para comprar. La ropa de lino que es buena para las partes desnudas
del cuerpo, simboliza paz y concordia. Una alma devota debería usar esto en
relación a Dios, para que pueda estar en paz con Dios, tanto para no querer
nada más que lo que Dios quiere, o de forma distinta a la que esta alma
quiere, y no exacerbándolo a través de los pecados, ya que no hay paz entre
Dios y el alma a menos que ella deje de pecar y controle su concupiscencia.

También deberá estar en paz con su prójimo, es decir, no causándole


problemas, ayudándolo si tiene problemas y siendo paciente si peca en
contra de ella. ¿Qué causa más tensión desafortunada sobre el alma que
siempre estar ansiando pecar y nunca tener suficiente de ello, siempre
deseando y nunca descansando? ¿Qué atormenta más fuertemente al alma
que estar enojada con su prójimo y envidiar sus bienes? Es por esto que el
alma debería estar en paz con Dios y con su prójimo, ya que nada puede ser
más tranquilizante que descansar del pecado y no estar ansioso por el
mundo, nada más tierno que regocijarse con los bienes del prójimo y no
desearle lo que no desea para uno mismo.

Esta ropa de lino deberá usarse sobre las partes desnudas del cuerpo
porque, más adecuadamente y de manera más importante que las otras
virtudes, la paz debe de alojarse más cerca del corazón, lugar en donde Dios
quiere tomar su descanso. Esta es la virtud que Dios inculca y mantiene
inculcada en el corazón. Como el lino, esta paz nace y crece de tierra, ya
que la verdadera paz y la verdadera paciencia brotan de la consideración de
la debilidad propia. Un hombre que es de la tierra debería tomar en cuenta
su propia debilidad, específicamente que es más rápido para el enojo si es
ofendido, rápido para sentir dolor si es golpeado. Y si reflexiona de esta
manera, no le hará al prójimo lo que él no puede tolerar, reflexionando para
sí: ‘Así como soy débil, así lo es también mi prójimo.

Así como no quiero aguantar tales cosas, tampoco él.’ Luego, la paz
no pierde su color, es decir, su estabilidad, más bien se queda cada vez más
constante ya que, tomando en cuenta la debilidad de su prójimo en sí mismo,
se vuelve más dispuesto a soportar las lesiones. Si la paz del hombre se
ensucia de cualquier manera con la impaciencia, se vuelve más limpia y más
brillante ante Dios entre más frecuente y rápidamente se lava por medio de
la penitencia. También se vuelve mucho más feliz y más prudente en la
tolerancia, entre más a menudo se irrita y luego se lava nuevamente, ya que
se regocija en la esperanza de la recompensa que espera le llegará por su paz
interna, y es más cuidadoso de no dejarse caer debido a la impaciencia.

La segunda clase de ropa, específicamente el cuero, denota obras de


misericordia. Estas prendas de cuero son hechas de pieles de animales
muertos. ¿Qué simbolizan estos animales si no mis santos, que fueron tan
sencillos como los animales? El alma debería estar cubierta con sus pieles,
es decir, debería imitar y realizar sus obras de misericordia. Estas tienen dos
efectos. Primero, cubren la vergüenza del alma pecadora y la limpian para
que no aparezca manchada a mi vista. Segundo, defienden el alma en contra
del frío. ¿Qué es el frío del alma sino la dureza del alma en relación a mi
amor? Las obras de misericordia son efectivas en contra de dicha frialdad,
envolviendo el alma para que no perezca del frío. A través de estas obras
Dios visita el alma y el alma se acerca más a Dios.

La tercera clase de ropa, aquella hecha de seda elaborada por los


gusanos de seda, que parece muy costosa de comprar, denota el hábito puro
de la abstinencia. Esto es bello a la luz de Dios y de los ángeles y los
hombres. También es cara de comprar, ya que parece difícil a las personas
restringir su lengua de habladurías ociosas y excesivas. Parece difícil
restringir el apetito de la carne por exceso y placer superfluos. También
parece duro ir en contra de la propia voluntad. Pero, a pesar que puede ser
duro, es útil y bello de cualquier forma. Es por eso, novia mía, por quien me
refiero a todos los fieles, en nuestra segunda casa deberíamos almacenar paz
hacia Dios y el prójimo, obras de misericordia a través de la compasión por
los miserables y ayuda para los mismos, abstinencia de la concupiscencia.

A pesar que la última es más costosa que las demás, es también mucho
más bella que las otras vestimentas de tal forma que ninguna otra virtud
parece bella sin esta. Esta abstinencia deberá ser producida por los gusanos
de seda, es decir, por la consideración del exceso propio en contra de Dios,
por medio de la humildad y por mi propio ejemplo de abstinencia, porque yo
me volví como un gusano por el bien de la humanidad. Una persona deberá
examinar en su espíritu cómo y cuán a menudo ha pecado en mi contra y de
qué manera ha hecho enmiendas. Entonces descubrirá por sí mismo que
ninguna cantidad de trabajo y abstinencia de su parte puede enmendar el
número de veces que ha pecado en contra de mí.

También deberá ponderar mis sufrimientos y de aquellos de mis


santos, así como la razón por la que soporté dichos sufrimientos. Entonces
realmente comprenderá que, si exijo un pago tan estricto por parte de mis
santos, que me han obedecido, cuánto más exigiré en venganza de aquellos
que no me han obedecido. Un alma buena, por lo tanto, deberá intentar
practicar la abstinencia, recordando que sus pecados son malos y que rodean
el alma como gusanos. Así, de estos gusanos bajos, el alma coleccionará
seda preciosa, es decir, el hábito puro de la abstinencia en todas sus
extremidades. Dios y todo la hueste celestial se regocija en esto. Se le
otorgará felicidad eterna a la persona que almacene esto, quien de lo
contrario hubiese tenido un pesar eterno, si no hubiese venido en su ayuda la
abstinencia.”

Las palabras de Cristo a la novia sobre los instrumentos en la tercera casa


y sobre cómo dichos instrumentos simbolizan buenos pensamientos, sentidos
disciplinados y una verdadera confesión, también se le da una explicación
excelente sobre todas estas cosas en general y sobre las cerraduras de estas
casas.

Capítulo 27

El Hijo de Dios le habló a la novia, diciendo: “Te dije anteriormente


que debería haber tres clases de instrumentos en la tercera casa. Primero,
instrumentos o recipientes en los cuales se vierten los líquidos. Segundo, los
instrumentos con los cuales se prepara la tierra exterior, como son los
azadones y hachas y herramientas para reparar las cosas que se rompen.
Tercero, instrumentos vivos, como son los asnos y caballos y cosas parecidas
para transportar tanto a los vivos como a los muertos. En la primera casa, en
donde se encuentran los líquidos, deberá haber dos clases de instrumentos o
recipientes: primero, aquellos en los cuales se vierten sustancias fluidas y
dulces, como el agua y el aceite y el vino y parecidos; segundo, aquellos en
los cuales se vierten sustancias acres o espesas, como son la mostaza y
harina y parecidos. ¿Comprendes lo que significan estas cosas? Los
líquidos se refieren a los pensamientos buenos y malos del alma.

Un pensamiento bueno es como un aceite dulce y como un vino


delicioso. Un mal pensamiento es como la mostaza amarga que vuelve al
alma amarga y vil. Los pensamientos malos son como los líquidos espesos
que a veces necesita una persona. A pesar que no son muy buenos para
nutrir al cuerpo, aún así con benéficos para la purga y cura tanto del cuerpo
como del cerebro. A pesar que los malos pensamientos no engordan ni curan
el alma como el aceite de los buenos pensamientos, aún así son buenos para
la purga del alma, así como la mostaza es buena para la purga del cerebro.
Si los malos pensamientos no se entrometiesen de vez en cuando, los seres
humanos serían ángeles y no humanos, y pensarían que obtuvieron todo por
sí mismos.

Por lo tanto, para que un hombre pueda comprender su debilidad, que


proviene de sí mismo, y la fortaleza que proviene de mí, a veces es necesario
que mi gran misericordia le permita ser tentado por malos pensamientos. En
tanto no consienta a ellos, son una purga para el alma y una protección de
sus virtudes. A pesar que pueden ser tan acres al tomar como lo es la
mostaza, aún así son muy curativos para el alma y la guían hacia la vida
eterna y hacia la clase de salud que no puede ganarse sin un poco de
amargura. Por lo tanto, deja que los recipientes del alma, en donde se
colocan los buenos pensamientos, sean preparados cuidadosamente y
mantenidos siempre limpios, ya que es útil que hasta los malos pensamientos
surjan tanto como una prueba como por el bien de obtener un mérito mayor.
Sin embargo, el alma deberá esforzarse diligentemente para no consentir a
los mismos ni deleitarse en ellos. De lo contrario, la dulzura y el desarrollo
del alma se perderán y únicamente quedará la amargura.

En la segunda casa deben de haber también instrumentos de dos


clases: primero, los instrumentos del exterior, como el arado y el azadón,
para preparar la tierra exterior para la siembra y para arrancar las zarzas;
segundo, instrumentos que son útiles tanto para propósitos del interior como
del exterior, como son hachas y parecidos. Los instrumentos para cultivar la
tierra simbolizan los sentidos humanos. Estos deberán usarse para el
beneficio de nuestro prójimo, así como el arado se usa en la tierra. Las
personas malas son como el suelo de la tierra, porque siempre están
pensando de manera mundana. Ellos están desprovistos de compunción por
sus pecados, porque piensan que nada es pecado. Son fríos en su amor a
Dios, porque buscan nada más que su propia voluntad.

Son pesados y lentos cuando hay que hacer el bien, porque están
ansiosos de reputación mundana. Es por eso que una buena persona deberá
cultivarlos a través de sus sentidos externos, así como un buen agricultor
cultiva la tierra con un arado. Primero, deberá cultivarlos con su boca,
diciéndole cosas a ellos que son útiles para el alma e instruyéndolos sobre el
camino a la vida; luego, haciendo las buenas obras que puede. Su prójimo
puede formarse de esta manera con sus palabras y motivarse a hacer el bien.
Luego, deberá cultivar a su prójimo por medio del resto de su cuerpo para
que pueda rendir fruto.

Hace esto a través de sus ojos inocentes que no ven cosas no castas,
para que su prójimo no casto también pueda aprender la modestia en todo su
cuerpo. Deberá cultivarlo por medio de su oídos que no escuchen cosas
inadecuadas así como por medio de sus pies que están prontos a hacer las
obras de Dios. Yo, Dios, daré la lluvia de mi gracia al suelo así cultivado por
medio del trabajo del agricultor y el trabajador se regocijará con el fruto de
la tierra una vez estéril a medida que comienza a dar brotes.
Los instrumentos necesarios para las preparaciones internas, como el
hacha y herramientas similares, significan una intención discernidora y el
santo examen del trabajo de uno. Cualquier bien que haga una persona no
debe hacerse por el bien de la reputación y alabanza humanas sino por amor
a Dios y por el bien de la recompensa eterna. Es por esto que una persona
deberá examinar cuidadosamente sus obras y, con esa intención y por cuál
recompensa las ha realizado. Si descubre cualquier clase de orgullo en sus
obras, que inmediatamente lo corte con el hacha de la discreción.

De esta manera, así como cultiva a su prójimo que está, por decirlo
así, afuera de la casa, es decir, fuera de la compañía de mis amigos debido a
sus malas obras, así también puede rendir fruto por sí mismo internamente a
través del amor divino. Así como el trabajo de un agricultor pronto se
reducirá a nada si no tiene instrumentos con los cuales reparar las cosas que
se han descompuesto, así también, a menos que una persona examine sus
obras con discernimiento y cómo puede aligerarse si está demasiado pesado
o cómo puede mejorarse si ha fracasado, no alcanzará resultado alguno.
Acordemente, uno debería trabajar eficazmente no solo afuera, sino debe de
considerar atentamente por dentro cómo y con qué intención se hace el
trabajo.

Deberán haber instrumentos vivos en la tercera casa para transportar a


los vivos y a los muertos, como son los caballos y los asnos y otros
animales. Estos instrumentos significan la verdadera confesión. Esto
transporta tanto a los vivos como a los muertos. ¿Qué denota lo vivo sino el
alma que ha sido creada por mi divinidad y vive para siempre? Esta alma
cada día se acerca más y más a Dios a través de una verdadera confesión.
Así como un animal se vuelve una bestia de carga más fuerte y más bella
para contemplar entre más y mejor se alimenta, así también la confesión –
entre más a menudo se usa y entre más cuidadosamente se hace tanto para
los pecados menores como los mayores – transporta al alma cada vez más
hacia delante y es tan agradable a Dios que guía al alma al mismísimo
corazón de Dios. ¿Qué son las cosas muertas que son transportadas por la
confesión sino las buenas obras que mueren por el pecado mortal? Las
buenas obras que mueren por los pecados mortales están muertas a los ojos
de Dios, porque nada bueno puede agradar a Dios a menos que primero se
corrija el pecado, ya sea a través de una intención perfecta o con obras.

No es bueno combinar en el mismo recipiente las sustancias de aroma


dulce con las que apestan. Si alguien mata sus buenas obras a través de los
pecados mortales y hace una verdadera confesión de sus crímenes con la
intención de mejorar y evitar el pecado en el futuro, sus buenas obras que
anteriormente estaban muertas pueden cobrar vida nuevamente a través de la
confesión y la virtud de la humildad y ganan mérito para la salvación eterna.
Si él muere sin hacer una confesión, a pesar que sus buenas obras no pueden
morir ni ser destruidas, no puede merecer la vida eterna debido al pecado
mortal, aún así pueden merecer un castigo más liviano para él o pueden
contribuir a la salvación de otros, siempre y cuando haya efectuado las
buenas obras con una santa intención y para gloria de Dios. Sin embargo, si
ha efectuado las obras por el bien de la gloria mundana y su propio
beneficio, entonces sus obras morirán cuando el hacedor muera, ya que ha
recibido su recompensa del mundo, a favor de lo cual trabajó.

Por lo tanto, novia mía, por quien me refiero a todos mis amigos,
debemos de almacenar en nuestras casas aquellas cosas que dan surgimiento
al deleite espiritual que Dios quiere tener con un alma santa. En la primera
casa debemos de almacenar, primeramente, el pan de una voluntad sincera
que no quiere nada más que lo que Dios quiere; segundo, la bebida de una
premeditación santa no haciendo nada a menos que se piense sea para gloria
de Dios; tercero, las carnes de la sabiduría divina siempre pensado en la
vida venidera y cómo deberá ordenarse el presente.

En la segunda casa almacenaremos la paz de no pecar en contra de


Dios y la paz de no pelear con nuestro prójimo; segundo, las obras de
misericordia a través de las cuales podemos ser de beneficio práctico para
nuestro prójimo; tercero, una abstinencia perfecta por medio de la cual nos
restringimos de aquellas cosas que tienden a turbar nuestra paz. En la
tercera casa, debemos de almacenar pensamientos sabios y buenos para
poder decorar nuestra casa por dentro; segundo, sentidos templados y bien
disciplinados para que sean una luz para nuestros prójimos en la parte
exterior; tercero, una verdadera confesión que nos ayuda a revivir, si
llegamos a ser débiles.

A pesar de tener las casas, las cosas almacenadas en ellas no pueden


mantenerse a salvo sin puertas, y las puertas no pueden abrirse ni cerrarse
sin bisagras ni se les puede echar llave sin cerrojos. Es por esto, para que los
bienes almacenados se mantengan seguros, que la casa necesita la puerta de
una esperanza firme para que no la rompa la adversidad. Esta esperanza
deberá tener dos bisagras para que una persona no se desespere en alcanzar
la gloria ni en escaparse del castigo, sino que siempre en toda adversidad
tenga la esperanza de cosas mejores, confiando en la misericordia de Dios.
El cerrojo deberá ser la caridad divina que asegura la puerta en contra del
ingreso del enemigo.
¿De qué sirve tener una puerta sin el cerrojo, ni esperanza sin amor?
Si alguien tiene esperanza de las recompensas eternas y la misericordia de
Dios, pero no ama ni teme a Dios, tiene una puerta sin un cerrojo a través de
la cual su enemigo mortal puede entrar cuando quiera y lo mate. Pero la
verdadera esperanza es cuando una persona espera también hacer las buenas
obras que puede. Sin estas buenas obras no puede llegar al cielo, es decir, si
sabía y podía hacerlas pero no quiso.

Si alguien se da cuenta que ha cometido una infracción o no ha hecho


lo que podría haber hecho, deberá tomar una buena resolución de hacer el
bien que todavía puede. En cuanto a lo que no puede hacer, que espere
firmemente que él será capaz de venir a Dios gracias a su buena intención y
a su amor a Dios. De tal manera, que la puerta de la esperanza sea
asegurada con la caridad divina de tal manera que, así como un cerrojo tiene
adentro muchos pestillos para prevenir que el enemigo la abra, esta caridad
por Dios también deberá acarrear la preocupación de no ofender a Dios, el
temor amoroso de estar separado de él, el fervor ardiente de ver a Dios
amado, y el deseo de verlo imitado. También deberá acarrear pesar, porque
una persona no es capaz de hacer tanto como quisiera o, a lo que sabe que
está obligado a hacer, y la humildad que hace que una persona piense que es
nada lo que logra hacer en comparación a sus pecados.

Deja que el cerrojo se vuelva fuerte con estos pestillos, para que el
demonio no pueda abrir fácilmente el cerrojo de la caridad e inserte su
propio amor. La llave para abrir y cerrar el cerrojo deberá ser el deseo
únicamente por Dios, junto con la caridad divina y las santas obras, para que
una persona no desee tener nada excepto a Dios, aún si lo pudiese obtener, y
todo esto por su gran caridad. Este deseo encierra a Dios en el alma y al
alma en Dios, ya que son voluntades en una.

Únicamente la esposa y el esposo deben de tener esta llave, es decir, a


Dios y el alma, para que tan a menudo como Dios quiera entrar y disfrutar
de las cosas buenas, específicamente las virtudes del alma, pueda tener libre
acceso con la llave de un deseo estable; tan a menudo nuevamente como
quiera el alma entrar en el corazón de Dios, lo pueda hacer libremente ya
que no desea nada más que a Dios. Esta llave la guarda la vigilia del alma y
la custodia de su humildad, por medio de la cual ella atribuye a Dios todo
bien que ha hecho. Y esta llave también la guarda el poder y la caridad de
Dios, no sea que el alma sea volteada por el demonio. ¡Contempla, novia
mía, cuánto amor tiene Dios por las almas! ¡Por lo tanto, mantente firme y
has mi voluntad!”
Las palabras de Cristo a la novia sobre su naturaleza inalterable y sobre
cómo sus palabras se cumplen, aún que no las sigan inmediatamente las
obras; y sobre cómo nuestra voluntad deberá confiarse totalmente a la
voluntad de Dios.

Capítulo 28

El hijo le habló a la novia, diciendo: “¿Por qué estás tan alterada


porque ese hombre declaró que mis palabras eran falsas? ¿Estoy en peor
situación debido a su menosprecio o estaría mejor por su alabanza?
Ciertamente soy inalterable y no me puedo volver más grande ni más
pequeño, y no tengo necesidad de alabanza. Una persona que me alaba
obtiene un beneficio por su alabanza a mí, no para mí sino para él mismo. Yo
soy la verdad y la falsedad nunca procede de mis labios ni puede proceder de
ellos, ya que todo lo que he dicho a través de los profetas o de otros mis
amigos, ya sea en espíritu o en cuerpo, se cumple como yo lo intencioné en
ese momento.

Mis palabras no son falsas si dije una cosa en cierto momento, otras
cosas en otro momento, primero algo más explícito y luego algo más oscuro.
La explicación es que, para poder demostrar la confiabilidad de mi fe, así
como el fervor de mis amigos, reveló mucho de lo que pudiera entenderse de
maneras distintas, tanto bien como mal, por medio de personas buenas y
malas de acuerdo a los distintos efectos de mi Espíritu, dándoles así la
posibilidad de realizar diferentes actos buenos en sus distintas
circunstancias.

Así como asumí una naturaleza humana en una persona en mi


naturaleza divina, así también he hablado a veces a través de mi naturaleza
humana, la cual está sujeta a mi naturaleza divina, pero otras veces a través
de mi naturaleza divina como el Creador de mi naturaleza humana, tal como
queda claro en mi evangelio. Y de esta manera, a pesar que las personas
ignorantes o los detractores puedan ver en ellas significados divergentes, aún
así son palabras verdaderas de acuerdo a la verdad. Tampoco me era
razonable el haber dado algunas cosas en forma oscura, ya que era correcto
que mi plan de alguna manera estuviese escondido de los malvados y, al
mismo tiempo, que todas las personas buenas pudiesen esperar
vehementemente mi gracia y obtener la recompensa de su esperanza. De lo
contrario, si se hubiese implicado que mi plan vendría en un punto
específico del tiempo, entonces todos hubieran perdido sus esperanzas y su
caridad debido a la gran longitud del tiempo.

También prometí cierto número de cosas que, sin embargo, no


ocurrieron debido a la ingratitud de las personas que vivían entonces. Si
hubiesen dejado sus fechorías, ciertamente les hubiera dado lo que había
prometido. Es por esto que no debes de alterarte por reclamos que mis
palabras son mentiras. Porque lo que parece ser humanamente imposible, es
posible para mí. Mis amigos también están sorprendidos que las obras no
sigan a las palabras. Pero esto, nuevamente, no es irrazonable.

¿No fue enviado Moisés al Faraón? Sin embargo los signos no


siguieron inmediatamente. ¿Por qué? Porque si los signos y portentos
hubiesen sucedido inmediatamente, ni la crueldad del Faraón ni el poder de
Dios se hubiesen manifestado ni se hubiesen mostrado claramente los
milagros. Aún así el Faraón hubiese sido condenado por su propia maldad,
aunque Moisés no hubiese venido, a pesar que así su crueldad no hubiese
estado tan manifiesta. Esto también es lo que pasa ahora. ¡Por lo tanto, se
valiente! El arado, a pesar que es halado por los bueyes, es dirigido por la
voluntad de quien ara. Así mismo, a pesar que puedes escuchar y conocer
mis palabras, no resultan ni se cumplen de acuerdo a tu voluntad, sino de
acuerdo a la mía. Por que conozco el arrasamiento de la tierra y cómo debe
de cultivarse. Pero tú debes de confiar toda tu voluntad a mí y decir: ‘¡Que
se haga tu voluntad!’ ”

Juan Bautista amonesta a la novia a través de una parábola en la cual Dios


es simbolizado por una urraca, el alma por sus polluelos, el cuerpo por su
nido, los placeres mundanos por animales salvajes, el orgullo por las aves
de rapiña, júbilo mundano por una artimaña.

Capítulo 29

Juan Bautista le habló a la novia, diciendo: “El Señor Jesús te ha


sacado de la oscuridad a la luz, de la impureza a la pureza perfecta, de un
lugar estrecho a uno ancho. ¿Quién es capaz de explicar estos dones o cómo
podrías agradecerle tanto como debieras por ellos? ¡Simplemente has lo que
puedes! Existe una clase de ave llamada urraca. Ella ama a sus polluelos
porque los huevos de donde salieron los polluelos estuvieron en su vientre.
Esta ave hace un nido para sí de cosas viejas y usadas con tres propósitos.
Primero, un lugar de descanso; segundo, un refugio de la lluvia y de la
grandes sequías; tercero, para poder alimentar a sus crías cuando salen de los
cascarones. El ave empolla a sus crías colocándose amorosamente sobre los
cascarones. Cuando nacen los polluelos, la madre los seduce de tres
maneras a que vuelen. Primero, con la distribución de los alimentos;
segundo, con su voz solícita; tercero, con el ejemplo de su propio vuelo.
Debido a que aman a sus madre, los polluelos, una vez se han acostumbrado
a los alimentos de su madre, primero viajan poco a poco más allá del nido
con la madre guiándoles el camino. Luego se alejan más a medida que su
fuerza se los permite, hasta que se vuelven versados en el uso y la destreza
del vuelo.

Esta ave representa a Dios, quien existe eternamente y nunca cambia.


Del vientre de su divinidad proceden todas las almas racionales. Se prepara
un nido de cosas usadas para cada alma, en tanto al alma se le une un cuerpo
de la tierra, por el cual Dios la nutre con los alimentos de buenos afectos, la
defiende de las aves de malos pensamientos, y la alivia de la lluvia de las
malas acciones. Cada alma se une al cuerpo para que pueda regir al cuerpo
y de ningún modo sea regida por el cuerpo, para que pueda estimular al
cuerpo a que luche y le provee inteligentemente. Así, como una buena
madre, Dios le enseña al alma a avanzar hacia cosas mejores y le enseña a
dejar su confinamiento hacia espacios más amplios. Primero, la alimenta
dándole inteligencia y razón de acuerdo a la capacidad de cada quien y
señalándole a la mente qué debe de escoger y lo que debe de evitar.

Así como la urraca guía a sus polluelos más allá del nido, así también
la persona humana aprende primero a tener pensamientos del cielo y también
a pensar que confinado y vil es el nido del cuerpo, cuán brillantes son los
cielos y cuán deleitable son las cosas eternas. Dios también guía al alma
hacia fuera cuando llama: ‘Aquel que me sigue tendrá vida; aquel que me
ame no morirá.’ Esta voz guía hacia el cielo. Cualquiera que no la escuche
es sordo o mal agradecido por el amor de su madre. Tercero, Dios guía al
alma hacia fuera a través de su propio vuelo, es decir, a través del ejemplo de
su naturaleza humana. Esta naturaleza humana gloriosa tuvo, por decirlo
así, dos alas. La primera era que había únicamente pureza y ninguna
contaminación en la misma; su segunda ala era que hizo todas las cosas bien.
Sobre estas dos alas voló la naturaleza humana de Dios por el mundo. Por
esta razón, el alma debería seguirlas tan lejos como pueda y si no lo puede
hacer con obras, por lo menos que trate en su intención.

Cuando vuela el polluelo joven tienen que tener cuidado con tres
peligros. El primero son los animales salvajes. No debe de posarse cerca de
ellos en la tierra, porque el polluelo no es tan fuerte como ellos. Segundo,
debe de tener cuidado de las aves de rapiña, ya que el polluelo no vuela
todavía tan rápidamente como esas aves, motivo por el cual es más seguro
quedarse escondido. Tercero, deberá tener cuidado de ser inducido por un
señuelo puesto como cebo. Los animales salvajes que mencioné son los
placeres y los apetitos mundanos. El joven polluelo debe de cuidarse de
ellos, porque es bueno conocerlos, excelentes de poseer, bellos de
contemplar. Pero cuando piensas que ya los has agarrado, rápidamente se
van. Cuando piensas que te dan placer, te muerden sin piedad.

En segundo lugar, el polluelo debe de cuidarse de las aves de rapiña.


Estas representan al orgullo y la ambición. Estas aves siempre desean
elevarse más y más alto y estar delante de las demás aves y odian a aquellas
que vienen atrás. El polluelo debe cuidarse de ellas y deberá querer
permanecer en un escondite humilde, para que no se enorgullezca de la
gracia que ha recibido ni odie a aquellas que están atrás de él y que tengan
menos gracia, y que no se considere mejor que las demás. Tercero, el
polluelo deberá tener cuidado de ser inducido por un señuelo puesto como
cebo. Esto representa el júbilo mundano. Podrá parecer bueno tener la risa
a flor de los labios y sentir sensaciones agradables en el cuerpo, pero hay
una observación irónica en estas cosas. La risa inmoderada lleva a un júbilo
inmoderado, y el placer del cuerpo conlleva a una inconstancia de la mente,
lo que hace que surja la tristeza, ya sea a la hora de la muerte o antes, junto
con congoja. ¡Por lo tanto, debes de apurarte, hija mía, a dejar tu nido por
medio del deseo del cielo! ¡Cuídate de las bestias del deseo y de las aves del
orgullo! ¡Cuídate de los señuelos de un júbilo vacío!”

Entonces habló la Madre a la novia y dijo: “Ten cuidado del ave que
está embadurnada de alquitrán, porque quien quiera la toque se manchará.
Esto representa la ambición mundana, tan inestable como el aire, repulsiva
en su manera de buscar un favor y manteniendo una mala compañía. ¡Que
no te importen los honores, no te preocupes por los favores, no le pongas
atención a la alabanza ni al reproche! De estas cosas viene la inconstancia
del alma y la disminución del amor a Dios. ¡Se firme! Dios, quien ha
comenzado a sacarte del nido, continuará nutriéndote hasta tu muerte.
Después de la muerte, sin embargo, ya no anhelarás más. También te
protegerá de la tristeza y te defenderá en la vida, y después de la muerte ya
no tendrás nada que temer.”

La súplica de la Madre a su Hijo por su novia y por otra santa persona, y


sobre cómo es recibida la súplica de la Madre por Cristo y sobre la certeza
en relación a la verdad o falsedad de la santidad de una persona en esta
vida.

Capítulo 30

María le habló a su Hijo diciendo: “Hijo mío, ¡otórgale a tu nueva


novia el regalo, que tu cuerpo dignísimo pueda echar raíz en su corazón,
para que ella pueda ser cambiada en ti y sea llenada con tu deleite!”
Entonces ella dijo: “Este santo hombre, cuando vivía en su tiempo, estaba
firme en la santa fe como una montaña intacta por la adversidad, no distraído
por el placer. Fue tan flexible hacia tu voluntad como el aire en movimiento,
a donde quiera que la fuerza de tu Espíritu lo condujo. Fue tan ardiente en tu
amor como el fuego, calentando a aquellos vueltos fríos y atajando al
malvado. Ahora su alma está contigo en la gloria, pero el recipiente que usó
está enterrado y yace en un lugar más humilde que lo apropiado. Por lo
tanto, Hijo mío, eleva su cuerpo a una estación más alta, hazle el honor,
porque te honró a ti a su propia manera pequeña, elévalo, ¡porque te elevó
tan alto como pudo por medio de su trabajo!”

El Hijo respondió: “Bendita tú, que no pasas por alto nada en los
asuntos de tus amigos. Ves, Madre, de nada sirve darle la buena comida a
los lobos. De nada vale enterrar en lodo el zafiro que mantiene saludable a
todos los miembros y fortalece a los débiles. De nada sirve encender una
candela para los ciegos. Este hombre ciertamente estuvo firme en la fe y
ferviente en la caridad, así como estaba presto de hacer mi voluntad con la
mayor continencia. Por lo tanto, el me sabe a mí como la buena comida
preparada con paciencia y tribulación, dulce y bueno en la bondad de su
voluntad y afectos, aún mejor en sus luchas humanas para mejorar, excelente
y dulcísimo en su manera loable de terminar sus obras. Por lo tanto, no es
correcto que dichos alimentos sean elevados ante los lobos, cuya avaricia
nunca se sacia, cuya lujuria por el placer huye de las hierbas de la virtud y
sedientos de carne podrida, cuya conversación sagaz es dañina para todos.

Se asemeja al zafiro de un anillo por la brillantez de su vida y


reputación, demostrándose ser un novio de su iglesia, un amigo de su Señor,
un conservador de la santa fe y un desdeñador del mundo. Por lo tanto,
querida Madre, no es correcto que dicho amante de la virtud y novio tan
puro sea tocado por criaturas impuras, ni que un amigo tan humilde sea
manejado por los amantes del mundo. En tercer lugar, por su cumplimiento
de mis mandamientos y por la enseñanza de una buena vida, fue como una
lámpara en una mesa de noche. A través de sus enseñanzas, fortaleció a
aquellos que se mantenían de pie, no fuera que se cayeran. A través de sus
enseñanzas elevó a aquellos que se caían. A través de las mismas también
ofreció inspiración a aquellos que lo seguían para buscarme a mí.

Ellos no son dignos de ver esta luz, tan ciegos como están por su
propio amor. Ellos son incapaces de percibir esta luz, porque sus ojos están
enfermos con orgullo. Las personas con manos costrosas no pueden tocar
esta luz. Esta luz les es odiosa a los avaros y a aquellos que aman su propia
voluntad. Es por esto, antes que pueda ser elevado a una estación más alta,
que la justicia requiere que aquellos que no están limpios sean purificados y
aquellos que están ciegos sean iluminados.

Sin embargo, en relación a ese hombre a quien las personas de la


tierra llaman santo, tres cosas muestran que no fue santo. La primera es que
no imitó la vida de los santos antes de morir; segundo, no estaba
gozosamente listo para sufrir el martirio por Dios; tercero, no tenía una
caridad ardiente y discernidora como los santos. Tres cosas hacen que
alguien le parezca santo al gentío. La primera es la mentira de un hombre
engañador e ingrato; la segunda es la fácil credulidad de los necios; la
tercera es la codicia y tibieza de los prelados y examinadores. Ya sea que
esté en el infierno o en el purgatorio no se te hará saber hasta que llegue el
momento para decirlo.”
Libro 3

Advertencias e instrucciones al Obispo sobre cómo comer, vestir y orar, y


sobre cómo él debe comportarse antes de las comidas, durante las comidas,
y después de las comidas, e igualmente sobre su descanso y cómo debe
cumplir el oficio de obispo siempre y en todo lugar.

Capítulo 1

“Jesucristo, Dios y hombre, quien vino a la tierra para asumir


una naturaleza humana y salvar almas a través de su sangre, quien
reveló el verdadero camino al cielo y abrió las puertas del mismo,
Él mismo me ha enviado a todos vosotros. Escucha, hija, tú a quien
se le dado el escuchar verdades espirituales. Si este obispo propone
caminar por el estrecho sendero tomado por pocos y ser uno de
aquellos pocos, déjale antes que haga a un lado la carga que le
acosa y le lastra – quiero decir sus deseos terrenales - usando el
mundo sólo para las necesidades consistentes con el modesto
sustento de un obispo. Esto es lo que aquel buen hombre Mateo
hizo cuando fue llamado por Dios.

Al abandonar las pesadas cargas del mundo, encontró una


carga liviana. En segundo lugar, el obispo debería ser ceñido para
el viaje, para usar las palabras de las escrituras. Tobías estaba listo
para su viaje cuando se encontró al ángel de pie allí ceñido. ¿Qué
significa decir que el ángel estaba ceñido? Significa que cada
obispo debe estar ceñido con el cinturón de la justicia y la divina
caridad, listo para trillar el mismo camino que Aquel que dijo: 'Yo
soy el buen pastor y doy la vida por mis ovejas'. Él debe estar listo
para decir la verdad con sus palabras, listo para ejecutar justicia en
sus acciones, tanto las referidas a sí mismo como a las referidas a
los otros, sin descuidar la justicia a causa de amenazas y
provocaciones o a falsas amistades o temores vacíos. A cada obispo
así ceñido, vendrá Tobías, es decir, los rectos, y ellos seguirán su
sendero.
En tercer lugar, debe comer pan y agua antes de que emprenda
su viaje, como leemos acerca de Elías, quien levantándose del
sueño, encontró pan y agua en su cabecera. ¿Qué es este pan dado
al profeta sino los bienes materiales y espirituales a él concedidos?
Porque el pan material le fue dado en el desierto como una lección.
Aunque Dios podía haber mantenido al profeta sin alimento
material, quiso que el pan material fuese preparado para él para
que el pueblo pudiese entender que era el deseo de Dios que ellos
hicieran uso de los buenos dones de Dios con moderación para el
consuelo del cuerpo. Además, una infusión del Espíritu inspiró al
profeta cuando se mantuvo cuarenta días con la fuerza de aquel
alimento. Pues, si no hubiera inspirado una unción interior de
Gracia a su mente, Él ciertamente hubiera desistido durante el
arduo trabajo de aquellos cuarenta días, porque en sí mismo él era
débil pero en Dios él tuvo la fuerza para completar tal viaje.
Por tanto, así como el hombre vive con cada palabra de Dios,
instamos al obispo a tomar el bocado de pan, es decir, amar a Dios
sobre todas las cosas. Él encontrará este bocado en su cabeza, en el
sentido de que su propia razón le dice que Dios ha de ser amado
sobre todas las cosas y antes de todas las cosas, a causa de la
creación y la redención y también a causa de su paciencia y bondad
duraderas. Le ofrecemos asimismo que beba un poco de agua, es
decir, para pensar en su fuero interno sobre la amargura de la
pasión de Cristo. ¿Quién es suficientemente digno de ser capaz de
meditar sobre la agonía de la naturaleza humana de Cristo, la
agonía Él estaba sufriendo en el momento en que pidió que el cáliz
de la Pasión fuera apartado de él y cuando gotas de su sangre
fueron derramándose hacia el suelo? El obispo debe beber esta
agua junto con el pan de caridad y será fortalecido para el viaje a lo
largo del camino de Jesucristo.
Una vez el obispo ha emprendido el camino de la salvación, si
quiere hacer mayor progreso, le es útil dar gracias a Dios con todo
su corazón desde la primera hora del día, considerando sus propias
acciones cuidadosamente y pidiéndole a Dios ayuda para llevar a
cabo Su voluntad.
Entonces, cuando se está vistiendo, debe rezar de esta manera:
'Las cenizas a las cenizas, el polvo al polvo. Pues aunque soy
obispo por la providencia de Dios, estoy poniendo estas ropas
hechas del polvo de la tierra sobre ti, mi cuerpo, no por el bien de
la belleza u ostentación sino como cubierta, de modo que tu
desnudez no se vea. Ni me preocupa si tus ropas son mejores o
peores, sino sólo que el hábito del obispo sea admitido como
reverencia a Dios, y que a través de su hábito la autoridad del
obispo pueda ser reconocida para la corrección e instrucción de
otros. Y por eso, amable Dios, te suplico que me des firmeza de
mente para que no me enorgullezca de mis cenizas y polvo
preciosos ni neciamente me glorifique en los colores del mero
polvo. Concédeme fortaleza para que, así como la vestimenta del
obispo es más distinguida y respetada que otras a causa de su
divina autoridad, la vestimenta de mi alma pueda ser aceptable ante
Dios, no sea que yo sea empujado al más profundo abismo por
haber sostenido autoridad de una mediocre e indigna manera o no
sea que yo sea ignominiosamente despojado por haber vestido
neciamente mi venerable vestimenta para mi propia condenación.'

Después de eso él debe leer o cantar las horas. Cuanto más alto
es el rango que una persona alcanza, más gloria debe él o ella
rendir a Dios. Sin embargo, un corazón puro agrada a Dios tanto
estando en silencio como cantando, siempre que una persona esté
ocupada con otras tareas rectas y útiles. Después de celebrar la
Misa, el obispo debe cumplir sus obligaciones episcopales,
teniendo diligente cuidado de no darle más atención a las cosas
materiales que a las espirituales. Cuando se acerque a la mesa de
sus alimentos, éste debe ser su pensamiento: 'Oh, Señor Jesucristo,
tú mandas que el cuerpo corruptible sea sostenido con alimento
material, ayúdame a darle a mi cuerpo lo que necesita de manera
que la carne no se vuelva vergonzosamente insolente contra el
alma a causa de comida superflua ni de indolencia en tu servicio
por imprudente abstinencia.
Inspira en mí una adecuada moderación de manera que cuando
este hombre de la tierra se alimente a sí mismo con cosas de la
tierra, el Señor de la tierra no sea llevado a la ira por su criatura de
la tierra.' Mientras esté a la mesa, al obispo se le permite tomar la
clase de refrigerio moderado y conversación en que se evita la
necia vanidad y ninguna palabra se pronuncia ni se oye que pueda
ofrecer a los oyentes ocasión de pecado. Antes bien, que sean todas
apropiadas y saludables.

Si el pan y el vino faltan en la mesa material, todo pierde su


sabor; de la misma forma, si la buena doctrina y la exhortación
faltan en la mesa episcopal y espiritual, todo lo colocado sobre ella
parece insípido para el alma. Y por eso, para evitar cualquier
ocasión de frivolidad, algo que pueda ser de provecho para
aquellos sentados allí, debe leerse o recitarse a la mesa. Cuando se
finaliza la comida y la bendición de acción de gracias ha sido
rezada a Dios, el obispo debe planear lo que tiene que hacer o leer
libros que puedan conducirle hacia la perfección espiritual.
Después de la cena, sin embargo, puede entretenerse con los
compañeros de su casa. No obstante, así como una madre que
amamanta a su bebé unta sus pezones con cenizas u otra sustancia
amarga hasta que desteta al bebé de la leche y lo acostumbra a
comidas sólidas, así también el obispo debe atraer a sus
compañeros más cerca de Dios mediante el tipo de conversación
por la cual ellos deben de llegar a temer y amar a Dios,
convirtiéndose de este modo no sólo en su padre mediante la divina
autoridad puesta en él, sino también en su madre mediante la
formación espiritual que les da.
Si está consciente de que cualquiera en su casa está en estado
de pecado mortal y no se ha arrepentido a pesar de admoniciones,
entonces debe separarse de él. Si lo retiene por conveniencia o por
consolación temporal, no tendrá inmunidad contra el pecado del
otro. Cuando vaya a la cama, debe examinar cuidadosamente sus
actos e impresiones del día que ha transcurrido, teniendo los
siguientes pensamientos: 'Oh, Dios, Creador de mi cuerpo y de mi
alma, contémplame en tu misericordia.
Concédeme tu gracia, para que no me haga tibio en tu servicio
por dormir de más ni me debilite en tu servicio a causa de sueño
disturbado, sino concédeme para tu gloria esa medida de sueño que
nos has prescrito para dar descanso al cuerpo. Dame fortaleza para
que mi enemigo, el demonio, no pueda perturbarme ni arrastrarme
lejos de tu bondad.' Cuando se levanta de la cama, debe lavar en
confesión cualesquiera lapsos que la carne pueda haber sufrido,
para que el sueño de la noche siguiente no comience con los
pecados de la noche anterior.”
Las palabras de la Virgen a su hija sobre la oportuna solución a las
dificultades que encontrará el obispo en el camino estrecho, y sobre cómo
la paciencia es simbolizada por la ropa y los Diez Mandamientos por diez
dedos, y el anhelo de la eternidad y el disgusto hacia lo mundano por dos
pies, y sobre tres enemigos del obispo a lo largo de su camino.

Capítulo 2

De nuevo la Madre de Dios habla: “Dile al obispo que, si él


emprende este camino, se encontrará con tres dificultades. La
primera dificultad es que es un camino estrecho; la segunda, que
hay agudos espinos en él; la tercera, que es un camino rocoso e
irregular. Te daré tres consejos a este respecto. El primero es que
el obispo debe vestir ropas fuertes, resistentes y tejidas bien
ajustadas en preparación para el estrecho camino. El segundo es
que debe mantener sus diez dedos frente a sus ojos y mirar a
través de ellos como a través de barrotes para no ser arañado por
los espinos.

El tercero es que debe caminar cautamente y poner a prueba


cada paso que da para ver si su pie encuentra un sustento firme
cuando lo apoya, y no debe apoyar apresuradamente ambos pies
al mismo tiempo sin antes comprobar la condición del camino.
Este estrecho camino no simboliza otra cosa sino la malicia de la
gente malvada hacia el justo, la clase de gente que se burla de los
actos honestos y pervierte los caminos y las honradas advertencias
del justo, y que da poco peso a cualquier cosa que tenga que ver
con la humildad y la piedad. Para confrontar a tal gente el obispo
debe vestirse con la prenda de la paciencia duradera, pues la
paciencia hace las cargas placenteras y alegremente acepta el
insulto que recibe.

Los espinos no simbolizan otra cosa sino las penurias del


mundo. Para confrontarlas, los diez dedos de los mandamientos
de Dios y sus consejos deben ser mantenerse alzados para que,
cuando el espino de las penurias y la pobreza le arañen, pueda
recordar los sufrimientos y pobreza de Cristo. Cuando el espino
de la ira y la envidia le arañen, debe recordar el amor de Dios que
se nos ha mandado mantener. El amor verdadero no insiste en
obtener lo que le es propio, sino que se abre enteramente a la
Gloria de Dios y al beneficio del prójimo.

Que el obispo ha de caminar cautamente significa que debe


en todo lugar, tener una actitud de precaución inteligente. Porque
una buena persona debe tener dos pies, por así decirlo. Un pie es
el anhelo de la eternidad. El otro es un disgusto hacia el mundo.
Su anhelo por la eternidad debe ser circunspecto, en el sentido
de que no ha de desear cosas eternas para sí solo, como si fuera
digno de ellas; más bien, debe colocar todo su anhelo y deseo así
como su recompensa en las manos de Dios. Su disgusto por el
mundo debe ser cauto y lleno de temor, en el sentido de que este
disgusto no debe de ser el resultado de sus privaciones en el
mundo ni de la impaciencia con la vida, ni debe de ser en honor a
vivir una vida más tranquila o de ser liberado de realizar trabajo
beneficioso para otros. Más bien, debe sólo ser el resultado de su
aborrecimiento del pecado y su anhelo de la eternidad.

Una vez estas tres dificultades han sido superadas, advertiría


al obispo sobre tres enemigos en su camino. Verás, el primer
enemigo intenta silbar al oído del obispo para bloquear su
escucha. El segundo está frente a él para sacarle los ojos a
arañazos. El tercer enemigo está a sus pies, gritando alto y
sosteniendo una soga para atrapar sus pies cuando los levante del
suelo. Los primeros son aquellas personas o aquellos impulsos
que tratan de apartar al obispo del camino correcto, diciendo:
'¿Por qué te impones tanto trabajo y por qué te conduces sobre un
camino tan estrecho? En vez de eso sal al verde camino por el que
tantas personas caminan. ¿Qué te importa cómo se comporta esta
o aquellas personas? ¿Por qué te molestas en ofender o censurar a
aquellas gentes que podrían honorarte y apreciarte? Si ellos no te
ofenden ni ofenden a aquellos cercanos a ti, ¿qué te importa cómo
viven o si ofenden a Dios? Si tu mismo eres un buen hombre,
¿por qué te preocupas juzgando a otros? ¡Mejor intercambia
regalos y servicios! Haz uso de tus amistades humanas para ganar
elogios y una buena reputación durante tu vida.'
El segundo enemigo quiere cegarte como los filisteos
hicieron con Sansón. Este enemigo es la belleza y las posesiones
mundanas, ropas suntuosas, las diversas trampas de la pompa,
privilegios y favores humanos. Cuando tales cosas te son
presentadas y agradan a tus ojos, se ciega la razón, el amor a los
mandamientos de Dios se vuelve tibio, se comete el pecado
libremente y, una vez cometido, se toma a la ligera. Por eso,
cuando el obispo tiene una moderada provisión de los bienes
necesarios, debe estar contento. Porque demasiada gente hoy en
día encuentra más agradable estar parado con Sansón a la rueda
de molino del deseo que amar a la iglesia con una disposición de
elogio hacia el ministerio pastoral.

El tercer enemigo grita alto y lleva una soga y dice: '¿Por qué
estás andando con tanta precaución y con la cabeza agachada?
¿Por qué te humillas tanto, tú que podrías y deberías ser honorado
por mucha gente? ¡Sé sacerdote de modo que te sientes entre los
de primer rango! ¡Sé obispo para ser honorado por muchos!
¡Avanza a puestos más altos para obtener mejor servicio y
disfrutar mayor relajación! ¡Almacena un tesoro con el cual tú
puedas ayudarte a ti mismo, así como a los otros y ser confortado
por otros en retribución y ser feliz dondequiera que estés!'

Cuando el corazón se inclina a tales sentimientos y


sugerencias, la mente pronto camina hacia los apetitos mundanos,
levantando como si fuera el pie de la base del deseo, con lo que
queda tan enredado en la trampa de las preocupaciones mundanas
que apenas puede levantarse para tomar en cuenta su propia
miseria o a aquella de las recompensas y castigos de la eternidad.
Tampoco eso es sorprendente, pues las escrituras dicen que aquel
que aspira al oficio de obispo desea una noble tarea para el honor
de Dios. Ahora, sin embargo, hay muchos que quieren los honores
pero holgazanean en la tarea en la cual se encuentra la eterna
salvación del alma. Es por esto que este obispo debe quedarse en
la posición que ostenta y no perseguir una más alta, hasta que a
Dios le plazca darle otra.”
Una completa explicación al obispo por parte de la Virge,n sobre cómo
debe de ejercer su oficio episcopal para darle Gloria a Dios, y sobre la
doble recompensa por haber mantenido el rango de obispo de una manera
verdadera y sobre la doble desgracia de haberlo mantenido de una manera
falsa, y sobre cómo Jesucristo y todos los santos dan la bienvenida a un
obispo honesto y verdadero.

Capítulo 3

La Madre de Dios estaba hablando: “Deseo explicar al obispo


lo que debe de hacer para Dios y lo que le dará gloria a Dios.
Todo obispo debe sostener su mitra cuidadosamente en sus
brazos. No debe venderla por dinero ni darla a otros por el bien de
la amistad mundana ni perderla por negligencia ni tibieza. La
mitra del obispo no significa otra cosa más que el rango del
obispo y el poder para ordenar sacerdotes, para preparar el
Crisma, para corregir a aquellos que van por el mal camino y
animar al negligente mediante su ejemplo. Porque sostener esta
mitra cuidadosamente en sus brazos significa que debe reflexionar
cuidadosamente sobre cómo y por qué recibió su poder episcopal,
cómo lo ejerce, y cuáles son sus efectos y propósito.

Si el obispo examinara cómo es que recibió su poder, primero


debe de examinar si deseaba el episcopado para su propio bien o
para el de Dios. Si era para su propio bien, entonces su deseo era
sin duda carnal; si era para honra de Dios, esto es, para darle
gloria a Dios, entonces su deseo era merecedor y espiritual.
Si el obispo considerara para qué propósito ha recibido el
episcopado, seguramente fue para que entonces pudiera
convertirse en un padre para los pobres y en consuelo e intercesor
de las almas, porque los bienes del obispo están intencionados
para el bien de las almas. Si sus medios son consumidos
ineficazmente y malgastados de una manera pródiga, entonces
aquellas almas gritarán para vengarse de la administración injusta.
Te diré la recompensa que vendrá por haber tenido el rango de
obispo. Será una doble recompensa, como dice Pablo, tanto
corporal como espiritual.
Será corporal, porque él es el vicario de Dios en la tierra y
por ello los hombres le conceden honor divino como una manera
de honrar a Dios. En el cielo será corporal y espiritual a causa de
la glorificación del cuerpo y del alma, porque el sirviente estará
allí con su Señor, debido tanto a la forma en que vivió como
obispo en la tierra como por su humilde ejemplo por el cual incitó
a otros a la gloria del cielo junto consigo mismo. Todo el que
tiene el rango y atuendo de obispo pero evade la manera de vida
episcopal, merecerá una doble desgracia.

Que el poder del obispo no ha de ser vendido significa que el


obispo no debe cometer conscientemente simonía o ejercer su
oficio por el bien del dinero o por el favor humano, ni promover a
hombres que sabe que son de mal carácter porque la gente le pida
que lo haga. Que la mitra no debe otorgarse a otros por amistad
humana, significa que el obispo no debe de disfrazar los pecados
del negligente ni dejar que aquellos a los que puede y debe
corregir se vayan sin castigo, ni pasar por alto en silencio los
pecados de sus amigos debido a la amistad mundana, ni tomar los
pecados de sus subordinados sobre sus propias espaldas, porque el
obispo es el centinela de Dios.

Que el obispo no debe perder su mitra por negligencia


significa que el obispo no debe delegar en otros lo que él mismo
debe y puede hacer con más provecho, que no debe por el bien de
su propio bienestar físico, transferir a otros lo que él mismo es
capaz de realizar con más perfección, pues la obligación del
obispo no es descansar sino trabajar. El obispo no debe de ignorar
la vida y la conducta de aquellos en quienes delega sus tareas. En
vez debe conocer y revisar cómo observan la justicia y si se
conducen a sí mismos prudentemente y sin avaricia en las tareas
que se les asignan. Quiero que sepas, también, que el obispo en su
papel de pastor, debe de llevar un ramo de flores bajo sus brazos
para atraer a ovejas, tanto lejanas como cercanas, a que corran
alegremente tras su perfume.
Este ramo de flores significa la predicación piadosa del
obispo. Los dos brazos de los cuales el ramo divino cuelga son
dos clases de trabajos necesarios para un obispo, es decir, buenas
obras públicas y buenas obras escondidas. Así, el rebaño cercano
en su diócesis, viendo la caridad del obispo en sus obras y
oyéndola en sus palabras, dará gloria a Dios a través del obispo.
Asimismo, el rebaño lejano, oyendo de la reputación del obispo,
querrá seguirle. Éste es el ramo más dulce: no avergonzarse de la
verdad y humildad de Dios y predicar buena doctrina y practicarla
al tiempo que se predica, ser humilde cuando se es elogiado y
devoto en la humillación. Cuando el obispo haya llegado al final
de este camino y alcance la puerta, debe de tener un regalo en sus
manos para presentárselo al alto rey. Por consiguiente, que tenga
en sus manos una preciosa vasija para él, una vacía, para
ofrecérsela al alto rey.

La vasija vacía a ser ofrecida es su propio corazón. Él debe


luchar noche y día para que esté vacío de toda lujuria y del deseo
de fugaz elogio. Cuando un obispo como este es conducido al
reino de la gloria, Jesucristo, verdadero Dios y hombre, vendrá a
su encuentro junto con la corte entera de santos. Entonces
escuchará a los ángeles diciendo: '¡Dios nuestro, nuestra alegría y
todo bien! Este obispo era puro en el cuerpo, varonil en su
conducta. Es adecuado que Te lo presentemos, pues anheló mucho
nuestra compañía todos los días. ¡Satisface su anhelo y magnifica
nuestra alegría con su llegada!' Entonces, también, otros santos
dirán 'Oh, Dios, nuestra alegría es tanta por Ti y en Ti y no
necesitamos nada más.

Sin embargo, nuestra alegría es aumentada por la alegría del


alma de este obispo que Te anheló mientras era aún capaz de
anhelar. Las dulces flores de sus labios aumentaron nuestros
números. Las flores de sus obras consolaron a aquellos que
moraban lejos y cerca. Por tanto, déjale regocijarse con nosotros y
regocíjate Tú mismo de él, pues tanto lo anhelaste cuando moriste
por él.' Finalmente el Rey de la gloria le dirá: 'Amigo, has venido
a presentarme la vasija de tu corazón vaciado de tu egoísta
voluntad. Por ello, te llenaré de mi deleite y gloria. Mi alegría será
tuya y tu gloria en mí nunca cesará.' ”
Las palabras de la Madre a su hija sobre la codicia de los malos obispos;
explica en una larga parábola que muchas personas mediante sus buenas
intenciones alcanzan el rango espiritual que los obispos desmedidos
rechazan a pesar de haber sido llamados a ello en un sentido físico.

Capítulo 4

La Madre de Dios habla a la novia del Hijo diciendo: “Estás


llorando porque Dios ama tanto a las personas pero la gente ama
tan poco a Dios. Así es. ¿En d