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La Historia de Afortunada

1) Un labrador le deja a sus hijos Afortunada y Bedou algunas posesiones modestas, incluyendo una maceta de claveles y un junco de plata para Afortunada. 2) Bedou trata mal a Afortunada y le roba sus claveles. 3) Afortunada conoce a la Reina de los Bosques, quien la ayuda convirtiendo su cántaro en oro y aceptando su junco de plata.
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La Historia de Afortunada

1) Un labrador le deja a sus hijos Afortunada y Bedou algunas posesiones modestas, incluyendo una maceta de claveles y un junco de plata para Afortunada. 2) Bedou trata mal a Afortunada y le roba sus claveles. 3) Afortunada conoce a la Reina de los Bosques, quien la ayuda convirtiendo su cántaro en oro y aceptando su junco de plata.
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AFORTUNADA

por Madame D’Aulnoy


Érase una vez un pobre labrador, que viéndose a punto de morir, no quiso dejar en la
herencia de sus bienes ningún motivo para que discutieran sus dos hijos, un muchacho
y una jovencita, que le amaban tiernamente.

-Vuestra madre me aportó por dote–les dijo-, dos escabeles y un jergón. Helos aquí
con mi gallina, aparte poseo una maceta de claveles, y un junco de plata, que me fueron
dados por cierta gran dama que en cierta ocasión descansó en mi pobre choza,
recomendándome antes de partir:

-“Buen hombre, he aquí el don que os hago, mas no descuidéis regar bien los
claveles, y guardar el junco. Por otra parte, vuestra hija será de una incomparable
belleza, llamadla Afortunada, y dadle el junco y los claveles para consolarla de su
pobreza.”

Así -agregó el padre-, mi Afortunada, tú tendrás lo uno y lo otro, siendo el resto para tu
hermano.

Los dos hijos del labrador se contentaron con la pobre herencia.

El padre murió, ellos le lloraron y el reparto se hizo sin pleitos. Pero Afortunada,
creyendo que su hermano la quería, al ir a sentarse en uno de los escabeles, tuvo la
sorpresa de oírle decir con aire malévolo:

-Guarda para ti tus claveles y tu junco, y no desordenes mis escabeles pues a mí me


gusta que la casa esté arreglada.

Afortunada, que era muy dulce, se echó a llorar en silencio y permaneció de pie
mientras que Bedou (este era el nombre de su hermano), estaba cómodamente
sentado. Llegó la hora de cenar, Bedou tenía un excelente huevo fresco que había
puesto la única gallina y le tiró la cáscara a su hermana.

-Ten –le dijo-, yo no tengo otra cosa que darte y si no te gusta, vete a cazar ranas; las
encontrarás en el charco más próximo.

Afortunada no respondió nada; ¿qué podía replicar? Levantó los ojos al cielo y lloró,
después entró en su habitación que se hallaba toda perfumada, y no dudando de que
éste fuera el aroma de los claveles, se les acercó tristemente y les dijo: -Hermosos
claveles, cuya variedad me causa tanto placer contemplar, vosotros que alegráis mi
corazón afligido con el dulce perfume que desprendéis, no creáis que os vaya a dejar
sin agua o que cruelmente os arranque de vuestro tallo, pues cuidaré de vosotros ya
que sois mi único bien.
Cuando concluyó de hablar, la joven miró si tenían necesidad de ser regados
encontrándolos muy mustios entonces. Cogió un cántaro, y corrió al claro de luna hasta
el manantial, que estaba bastante alejada.

Como había marchado muy deprisa, fatigada por la carrera, se sentó en el borde
de la fuente para reposar, mas apenas lo había hecho, vio venir a una dama cuyo aire
majestuoso se correspondía bien con el del numeroso séquito que la acompañaba; seis
hileras de doncellas de honor sostenían la cola de su capa, y ella se apoyaba en otras
dos, los guardias marchaban delante suyo, ricamente vestidos de terciopelo color
amaranto con bordados de perlas, portando un dosel campestre, que fue pronto
extendido sobre sus cabezas, y un sillón tapizado en tejido de oro donde la señora
tomó asiento; al mismo tiempo se preparaba una mesa cubierta toda con vajilla de oro y
vasos de cristal.

Se sirvió una excelente cena a poca distancia de la fuente, de la cual el dulce murmullo
parecía un acorde de muchas voces que cantasen armoniosamente.

Afortunada estaba en un rinconcito no osando ni respirar, tan sorprendida se hallaba


ante todo cuanto sucedía. Al cabo de un momento, la reina le dijo a uno de sus
servidores:

-Me parece que hay una pastora muy cerca de la fuente, traédmela.

Entonces Afortunada avanzó y por muy tímida que fuese de natural, no dejó de hacer
una profunda reverencia a la reina, con tanta gracia, que quienes la vieron quedaron
sorprendidos; recogiendo el bajo de su vestido se alzó después delante de la soberana,
los ojos bajos modestamente; las mejillas cubiertas de un rubor que intensificaba la
blancura de su tez y con sus maneras y su aire de sencillez y dulzura, encantó a todo el
mundo.

-¿Que hacéis vos aquí, bella niña –le preguntó la reina-, no teméis a los ladrones?

-¡Ay de mí!, señora –repuso Afortunada-, sino poseo más que un traje de tela ordinaria,
¿qué ganarían ellos con una pobre pastora como yo?

-¿Vos no sois rica? –inquirió la reina sonriente.

-Soy pobre –dijo Afortunada-, pues no he heredado de mi padre otros bienes que una
maceta de claveles y un junco de plata.

-Mas vos tenéis un corazón –prosiguió la reina-, si alguno deseara robároslo, ¿querríais
dárselo?

-Yo no sé que es eso de dar mi corazón, señora –respondió ella-, pues siempre entendí
decir que sin corazón no se puede existir, que cuando está herido preciso es morirse, y,
a pesar de mi pobreza, no estoy cansada de vivir.
-Estáis en lo cierto, bella niña, al defender vuestro corazón. Pero, decidme –agregó la
reina-, ¿habéis cenado?

-No, señora –repuso Afortunada-, mi hermano se lo ha comido todo.

La reina ordenó que le llevasen un cubierto, y haciéndola sentarse a la mesa, ella


misma le sirvió los mejores platos.

La joven pastora estaba tan sorprendida y admirada, como encantada de las bondades
de la reina, que apenas podía comer un bocado.

-Quisiera saber -le dijo la reina-, que es lo que vos habéis venido a hacer tan tarde a la
fuente.

-Señora –contestó Afortunada-, he aquí el cántaro; vine a por agua para regar mis
claveles.

Y hablando así, la muchacha se inclinó con la intención de recoger su cántaro que


estaba cerca de ella, mas en cuanto iba a mostrarselo a la reina, quedó
estupefacta al encontrarlo convertido en oro, todo el cubierto de gruesos
diamantes y lleno de un agua cuyo frescor y aroma n un sabor delicioso.

Sorprendida, no osaba tomarlo, creyendo que no le pertenecía.

-Yo os lo doy, Afortunada –dijo la dama-, id a regar las flores que cuidáis y
acordaos de que la Reina de los Bosques quiere ser vuestra amiga.

Al escuchar tales palabras, la pastora se echó a sus pies.

-Después de haberos dado mis más humildes gracias, señora , por el honor que
me habéis hecho -le contestó ella-, voy a osar tomarme la libertad de rogaros que
me escuchéis un momento; quiero entregaros la mitad de mis bienes, una maceta
de claveles que no podrá jamás estar en mejores manos que las vuestras.

-Id, Afortunada –le dijo la reina acariciándole dulcemente las mejillas-, acepto el
quedarme aquí hasta que retornéis.

Afortunada recogió el cántaro de oro corriendo a su cuartito, pero mientras


estuviera ausente, Bedou había entrado, quitándole la maceta de claveles para
poner en su lugar una gran col. Cuando Afortunada descubrió aquella ordinaria
col, se hundió en la más profunda aflicción y quedó dudando si volver o no a la
fuente. Al final decidióse yendo a postrarse de hinojos delante de la reina.

-Señora –explicó-, Bedou me ha robado mi maceta de claveles, ya no me queda


más que este junco, os suplico, pues, que lo recibáis como una prueba de mi
reconocimiento.

-Si yo acepto vuestro junco, bella pastora –reflexionó la reina-, vos estaréis
arruinada.

-¡Ah, señora! –dijo ella con un aire de ingenua sinceridad-, si tengo vuestra gracia,
no puedo estar arruinada.
La reina aceptó el junco de Afortunada, tomándolo entre sus dedos, enseguida
montó en un carro de coral, enriquecido con esmeraldas, y tirado por seis caballos
blancos de gran belleza. Afortunada le siguió con la mirada hasta que los caminos
del bosque la ocultaron a su vista. Entonces ella volvió a casa de Bedou muy
impresionada por la aventura vivida.

La primera cosa que hizo entrando en su habitación, fue tirar la col por la ventana.
Mas se llevó una gran sorpresa al oír una voz que gritaba:

-¡Ah, soy muerto!

La joven no comprendió nada, ya que normalmente las coles no suelen hablar,


pero, cuando se hizo de día, Afortunada, angustiada por su maceta de claveles,
bajó al patio para buscarla, y la primera cosa con que se tropezó fue a la
malhadada col; a la que le dio un puntapie, increpándola:

-¿Qué haces aquí, tú, que has ocupado en mi cuarto el lugar de los claveles?

-Si no me hubieran llevado a tu habitación–respondió la col-, yo no estaría aquí.

Ella se estremeció, pues tenía mucho miedo; pero la col le dijo todavía:

-Si me devolvéis con mis camaradas, os diré en dos palabras que vuestros claveles
están en el jergón de Bedou.

Afortunada, en su desesperación, no sabía como podría recuperarlos, pero aún así


tuvo el detalle de plantar la col y enseguida cogió la gallina favorita de su hermano y le
dijo:

-¡Malvada bestia, te voy a hacer pagar todas las penas que Bedou me ocasiona!

-¡Ah, pastora –repuso la gallina-, dejadme vivir, y como me gusta chismorrear, os


contaré cosas sorprendentes!

No creaís ser hija del labrador en cuya casa habéis crecido, no, bella Afortunada, él no
era vuestro padre; la reina que os dio la vida tenía ya seis hijas, y como si ella pudiese
a voluntad traer al mundo un varón, su marido y su suegro le dijeron que la apuñalarían
a menos que les diese un heredero.

La desventurada reina, afligida porque estaba encinta de nuevo, fue encerrada en un


castillo, bajo custodia de los guardianes, o mejor dicho, los verdugos que tenían la
orden de asesinarla si daba a luz otra niña.

La pobre reina, alarmada por la desgracia que la amenazaba, no comía , durmiendo


apenas, mas tenía una hermana que era un hada y la reina le escribió contándoselo
todo. El hada también hallábase embarazada pero ella no ignoraba que tendría un
varón.

Cuando éste nació, encargó a los céfiros una cuna en donde introdujo al recién nacido
ordenando que llevasen al pequeño príncipe a la habitación de la reina su hermana,
con fin de cambiarlo por la hija de aquella.
Tal previsión no sirvió de nada, porque la reina no recibió ninguna carta del hada y
aprovechando la buena voluntad de uno de los guardianes, que tuvo piedad de ella,
huyó gracias a una escala de cuerda que aquel le procuró.

Desde que vos nacisteis, la afligida reina, buscando en dónde ocultarse, llegó a esta
casita, medio muerta de cansancio. Yo era labradora y buena nodriza -dijo la gallina-, y
ella me entregó a su hija, y me contó sus pesares, pero se encontraba tan agotada, que
murió sin tener el tiempo de ordenar que podíamos hacer con vos.

Como a mí me ha gustado toda la vida hablar, no podía callarme evitando el contar


esta aventura, de suerte que un día vino aquí una bella dama, a quien relaté todo lo
que sabía. De pronto ella me tocó con su varita y me convertí en gallina, sin poder
hablar más. Mi aflicción fue extrema y mi marido que estaba ausente en el momento de
esta metamorfosis, nunca supo lo que había sucedido.

Cuando volvió, él me buscó por todas partes, y finalmente creyó que me ahogué en el
río o que las bestias del bosque me habían devorado.

Esta misma dama causante de mi infortunio, pasó una segunda vez por aquí y le
ordenó a mi esposo que os diera por nombre Afortunada, haciéndole el presente de un
junco de plata y de una maceta de claveles. Cuando ella estaba dentro de la choza,
llegaron 25 guardias del rey vuestro padre, que os buscaban con malvadas intenciones,
pero la señora dijo entonces algunas palabras y les convirtió en coles verdes, una de
las cuales lanzasteis ayer por vuestra ventana.

Yo no había podido hablar hasta el presente por mi misma, e ignoro por qué hoy me ha
sido devuelta la voz.

La princesa permaneció muy sorprendida de las maravillas que la gallina le estaba


contado y como era de natural bondadoso, le dijo:

-Me causáis una gran piedad, mi pobre nodriza, al haber sido convertida en gallina, y
desearía retornaros vuestra antigua figura si pudiera, mas no desesperéis pues me
parece que todo ese estado de cosas que acabáis de explicarme, no pueden durar
mucho. Y ahora voy a buscar mis claveles, ya que les tengo mucho cariño.

Bedou había ido al bosque, no pudiendo imaginar que a su hermana Afortunada le


habían indicado que buscase en el jergón; a lo que ella, contenta al advertir su
ausencia, supo que nadie iba a impedirle la pesquisa, mas hete aquí que de repente vio
una gran cantidad de ratas prodigiosas y armadas para guerrear. Las ratas se
alineaban por batallones teniendo detrás de ellas el famoso jergón y los escabeles a los
costados, también muchos ratones enormes formaban el cuerpo de reserva, resueltos
al combate como los soldados.

Afortunada quedó muy sorprendida, y no osaba aproximarse, cuando ya las ratas se


tiraban sobre ella y la mordían haciéndola sangrar.

-¿Cómo queridos claveles –gritó ella-, podéis estar en tan mala compañía?

De repente la joven se dio cuenta que tal vez el agua perfumada que llevaba en el
cántaro de oro tuviera una virtud particular y fue a buscarlo tirando después algunas
gotas sobre el pueblo ratonil, y los ratones se salvaron como pudieron, entonces la
princesa cogió prontamente sus hermosos claveles que estaban a punto de
marchitarse de tanto como necesitaban ser regados.

Afortunada les echaba encima toda el agua que había en el cántaro de oro
reanimándolos, cuando escuchó una voz clara y dulce que salía de entre los tallos,
diciéndole:

-Incomparable Afortunada, he aquí el día feliz y tan deseado para declararos mis
sentimientos, sabed que el poder de vuestra belleza es tal, que puede enamorar hasta
a las flores.

Temblorosa la princesa, y sorprendida de haber escuchado hablar, en tan poco tiempo,


a una col, una gallina y a unos claveles, y de haber visto una armada de ratas,
palideció desmayándose.

Bedou llegó entonces: del trabajo y como el sol le habían acalorado poniéndole de
pésimo humor, en cuanto vio que Afortunada había venido a buscar los claveles y que
los había encontrado, la arrastró hasta la puerta echándola fuera de muy malos modos.

Ella, apenas había sentido la frescura de la tierra en el rostro, y, en abriendo sus bellos
ojos, se apercibió de que cerca tenía a la Reina del Bosque, siempre encantadora y
magnífica.

-Tenéis un hermano mezquino, pues ya he visto con cuanta inhumanidad os ha


arrojado al suelo, ¿deseáis que os haga justicia?

-No, señora –le dijo ella-, yo no soy capaz de enfadarme pues su malvado natural no
puede cambiar el mío.

-Os prevengo–agregó la reina-, de que me asalta cierto presentimiento que me asegura


que este tosco labrador no es vuestro hermano, ¿qué pensáis vos?

-Todas las apariencias me persuaden de que lo es, señora –replicó modestamente la


pastora-, y debo creerlo.

-Cómo –continuó la reina-, ¿no habéis oído decir que por nacimiento sois princesa?

-Me lo han dicho hace poco –respondió ella-, sin embargo, ¿osaría vanagloriarme de
una cosa de la que no tengo ninguna prueba?

-Mi querida niña –dijo la reina-, os quiero por vuestro carácter!, y veo que la educación
humilde que habéis recibido no ha variado la nobleza de vuestra sangre. Sí, vos sois
una princesa, pero ello no ha impedido las desgracias que vos habéis tenido que sufrir
hasta esta hora.

Ella fue interrumpida en ese momento por la llegada de un joven adolescente más
hermoso que el día, que iba vestido con una larga túnica entretejida de oro y de seda
verde recamada de esmeraldas, de rubíes y de diamantes, llevaba, además, una
corona de claveles y los cabellos le cubrían las espaldas.

Tan pronto como vio a la reina, el joven puso una rodilla en tierra, saludándola
respetuosamente.
-¡Ah, hijo mío, mi amable Clavel! –le dijo ella-, el tiempo fatal de vuestro
encantamiento acaba de terminar, con la ayuda de la bella Afortunada, ¡que
alegría el veros!

Le abrazó estrechamente, y volviéndose enseguida hacia la pastora, le explicó:

-Encantadora princesa-, sé todo lo que la gallina os ha contado, pero lo que vos


no sabéis es que los céfiros a quienes yo había encargado poner a mi hijo en
vuestro lugar, le llevaron a un parterre de flores.

Mientras ellos iban a buscar a vuestra madre que era mi hermana, un hada que no
ignoraba nada de las cosas más secretas, y con la cual yo estaba peleada desde
hacía tiempo, espió el momento previsto para el nacimiento de mi hijo,
cambiándole por una mata de claveles, y a pesar de toda mi sabiduría, me fue
imposible deshacer el maleficio.

Hundida en la tristeza que sentía, empleé mi arte con fin de hallar algún remedio,
y no encontré nada más seguro que llevar al príncipe Clavel al lugar en donde
habíais de criaros, adivinando que cuando vos hubierais regado las flores con el
agua mágica contenida dentro del cántaro de oro, él hablaría y os amaría, y que
en el futuro nadie iba a entorpecer vuestra felicidad; en cuanto al junco de plata,
que era de mi pertenencia, preciso iba a ser que yo lo recogiese de vuestra mano
en un tiempo futuro, no ignorando que esa sería la señal por medio de la cual
conocería que la hora se aproximaba o el encantamiento perdía su fuerza, a pesar
de las ratas y los ratones que nuestra enemiga pusiera contra nosotros, para
impediros acceder a los claveles.

Así pues, mi querida Afortunada, si mi hijo se casa con vos, vuestra felicidad será
permanente, mirad ahora si el príncipe os parece lo bastante amable para
aceptarle como esposo.

-Señora –replicó ella ruborizándose-, vos me colmáis de favores, con lo cual ya


compruebo que sois mi tía, también por vuestra intervención, los guardias
enviados a matarme, han sido metamorfoseados en coles y mi nodriza en gallina,
y me habéis propuesto la alianza con el príncipe Clavel, que es el más grande
honor al que yo pueda aspirar. Pero os confiaré mis dudas: no conozco su
corazón y empiezo a sentir, por primera vez en mi vida que no podría ser feliz si él
no me amase.

-No tengáis ninguna incertidumbre , bella princesa –le dijo el príncipe-, hace
mucho tiempo que vos me habéis conquistado, y si el uso de la voz me hubiera
sido permitido antes, habría seguido día a día el desarrollo de la pasión que me
consume, mas soy un príncipe desgraciado, por el cual vos no sentís otra cosa
que indiferencia.

Y le recitó entonces, unos versos plenos de amor y ternura.

La princesa estuvo muy contenta con la galantería del príncipe y sus bellos
poemas, elogiando tales versos, y aunque ella no estaba acostumbrada a
escuchar semejantes cosas, los alabó como persona de buen gusto.
La reina, que no podía soportar el verla vestida de pastora, impaciente, la tocó con
su varita, vistiéndola con las más ricas vestiduras que hayan sido jamás vistos, pues
sus humildes ropas de tela áspera se transformaron en brocado de plata bordado de
pedrería, y de su alto peinado cayó un largo velo de gasa entretejido con oro, sus
cabellos negros estaban ornados de mil diamantes, y su tez, donde la blancura
deslumbraba, se encendió en vivos colores, obligándo al príncipe exclamar:

-¡Oh, Afortunada, cuán bella sois y que encantadora!... ¿Seréis vos inexorable con
mis penas? –gimió a continuación.

-No, hijo mío –dijo la reina-, vuestra prima no resistirá a nuestros ruegos.

Mientras ella hablaba así, Bedou apareció, y viendo a Afortunada como una diosa,
creyó soñar. Ella se le dirigió con mucha bondad rogando a la reina tener piedad de él.

-¡Cómo, después de haber sido maltratada! –exclamó la soberana.

-¡Ah, señora –replicó la princesa-, yo soy incapaz de vengarme!

La reina la abrazó y elogió la generosidad de sus sentimientos.

-Para contentaros –dijo ella-, voy a enriquecer al ingrato Bedou.

Y entonces la cabaña se convirtió en un palacio amueblado con gran riqueza, mas


sus escabeles no cambiaron de forma, ni tampoco el jergón, para que el labrador nunca
olvidase los días pasados, empero la Reina de los Bosques suavizó su carácter y le
hizo amable y cortés, cambió su figura y Bedou entonces se encontró incapaz de
reconocerse.

¡Qué no les dijo él, en esta ocasión, a la reina y la princesa para testimoniarles su
agradecimiento.

Acto seguido, y por un golpe de varita, las coles se convirtieron en hombres, la


gallina en una mujer, pero el príncipe Clavel era el único que estaba triste suspirando
por su princesa y le rogó que tomase una resolución que le favoreciera, lo que al final
ella hizo pues le encontraba encantador.

La Reina del Bosque, satisfecha de un tan dichoso matrimonio, no descuidó nada


para que todo fuera suntuoso.

Esta fiesta duró años, y la felicidad de los tiernos esposos tanto como sus vidas.

Traducido del original francés por Estrella Cardona Gamio

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