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1 - Abandonando El Pecado Surge La Santidad

Este documento discute la importancia de la santidad para los cristianos. Explica que la santidad es un proceso continuo de transformación hacia ser más como Dios, no un evento único. También aclara que aunque los cristianos son santos por su posición en Cristo, todavía deben trabajar para alcanzar la santidad completa en su vida diaria. Finalmente, enfatiza que la santidad no depende de circunstancias externas sino de un cambio profundo en el corazón.

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1 - Abandonando El Pecado Surge La Santidad

Este documento discute la importancia de la santidad para los cristianos. Explica que la santidad es un proceso continuo de transformación hacia ser más como Dios, no un evento único. También aclara que aunque los cristianos son santos por su posición en Cristo, todavía deben trabajar para alcanzar la santidad completa en su vida diaria. Finalmente, enfatiza que la santidad no depende de circunstancias externas sino de un cambio profundo en el corazón.

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VISION MUNDIAL PARA LA FAMILIA

ABANDONANDO EL PECADO
SURGE LA SANTIDAD

No importa qué hayamos logrado u obtenido en la vida. Si no tenemos la santidad, hemos


perdido lo fundamental. Para desarrollar el tema de la santidad partamos del imperativo de Pablo
en Colosenses 3 de «desvestirse» y «vestirse». Por último destaca cuatro conceptos de 2ª
Corintios 7:1 de cómo el creyente llega a la santidad.

Tratar el tema de la santidad es como caminar por un campo minado: debe hacerse con
mucha cautela. Pues, al tocar el tema, nos acercamos a uno de los nervios principales y más
sensibles del cuerpo cristiano.

Todos sabemos cuál es el principal mandamiento de Dios, aquel que dirige todo lo que Dios
demanda de nosotros. Fue declarado directamente por nuestro Señor Jesucristo: «Ama al Señor tu
Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.» (Marcos
12:30) En la misma oportunidad, pronunció el segundo gran mandamiento en escala de
importancia: «Ama a tu prójimo como a ti mismo.» (Marcos 12:31)

Con estos dos mandamientos, se enmarca la mayor parte de la vida cristiana. Pero, quisiera
sugerir uno en el tercer lugar de importancia: «Sean ustedes santos, porque yo soy santo.» (1ª
Pedro 1:16)

No es una «sugerencia», y “no hay alternativa”. Dios demanda nuestra santidad. Y para
acentuar la importancia que tiene la santidad en nuestra vida, el autor de Hebreos afirma
categóricamente: «Pues sin la santidad, nadie podrá ver al Señor.» (Hebreos 12:14)

Este último versículo debe encender una luz roja de advertencia en nuestra mente. Sin
ninguna duda los temas de actualidad en nuestras iglesias son importantes: la alabanza, la
evangelización, el estudio, la liberación, la oración, etcétera. Pero a pesar de la importancia de los
muchos temas que manejamos, la realidad es que «sin la santidad, nadie podrá ver a Dios». Si
descuidamos esta dimensión de la vida cristiana, ninguna de las otras tiene valor.

Cinco aclaraciones

Primero, somos santos, pero no lo somos. Es decir, la Biblia dice que ya somos santos, sin
embargo, también deja claro que todavía no lo somos en su sentido pleno.

El significado principal de la palabra «santo» es simplemente «separado». Una cosa o


persona «santa» es aquella que ha sido separada para Dios. El cristiano es «santo» porque ya no

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VISION MUNDIAL PARA LA FAMILIA
es «hijo de Satanás» sino hijo de Dios. Ha sido apartado de la «humanidad» para participar en un
reino diferente, para participar en y con un pueblo diferente.

Es por esta razón que Pablo llama «santos» a «todos los que en cualquier lugar invocan el
nombre de nuestro Señor Jesucristo.» (1ª Corintios 1:2). Si soy de Cristo, soy santo.

Pero ser santo como Dios es santo es otro tema. Ya no está hablando de nuestra posición en
Cristo, sino de nuestra calidad de vida. Uno puede ser hijo de Dios, pero, aun así, puede estar
siguiendo un estilo de vida que está lejos de ser santo. Seguramente todos conocemos a muchos
hermanos que son capaces, inteligentes y conocedores de la Palabra. Pero también, seguramente,
hemos de conocer a pocos santos.

Segundo, la santificación no es un evento, es un proceso. Es tentador pensar que la


conversión, u otra experiencia cristiana, incluyera la santificación como un hecho acabado
definitivamente. Pero, es una ilusión.

Siempre ha habido quienes piensen que esto sí es posible, especialmente en el siglo


pasado. El planteamiento de esta gente es que un cristiano puede experimentar una
«consagración», un «bautismo», una «unción» u otra clase de experiencia que lo deja libre de
pecado.

Pero el apóstol Juan enseña que esta pretensión es mentira. La persona que piensa que ha
superado al pecado se engaña a sí misma (1ª Juan 1:8). Una buena parte del Nuevo Testamento
es exhortación a apartar de nuestra vida ciertas actitudes y prácticas, y a agregar a ella otras. Si
fuera posible reducir el proceso a una «experiencia», buena parte del Nuevo Testamento no sería
necesario.

Tercero, la santificación es inalcanzable. Una multitud frente al trono de Dios en el cielo nos
afirma la verdad: «Pues solamente tú eres santo» (Apocalipsis 15:4). Toda santidad humana o
angélica es una pálida reflexión de la santidad de Dios. Al lado de él todo blanco parece gris y toda
luz, es amarillenta.

La persona que piensa que ya ha alcanzado la santidad simplemente tiene un dios enano. Al
contrario, nuestra actitud debe ser igual a la de Pablo cuando dijo: «No quiero decir que ya lo haya
conseguido todo, ni que ya sea perfecto; pero sigo adelante con la esperanza de alcanzarlo.»
(Filipenses 3:13)

Felizmente, nuestro Dios es muy grande, así que siempre estaremos lejos de ser como él, y
siempre tendremos abundante espacio para crecer.

Cuarto, la santidad no es para una minoría elegida. A veces pensamos que es para personas
como Billy Graham u otro reconocido ministro y con eso, nos disculpamos. Pero la exhortación está
dirigida a toda la iglesia: «Porque ya sabéis qué instrucciones os dimos por el Señor Jesús; pues la
voluntad de Dios es vuestra santificación.» (1ª Tesalonicenses 4:2,3)

La voluntad de Dios para nosotros no es que seamos felices, ni «realizados», ni prósperos,


sino santos. No importa cuánto éxito tengamos en la vida y en la iglesia, si perdemos en este
aspecto, a los ojos de Dios, habremos fallado en lo principal.

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VISION MUNDIAL PARA LA FAMILIA
Quinto, la santificación nada tiene que ver con aislarse del mundo. Tal como el pecado tiene
sus raíces profundas dentro de nosotros (Marcos 7:20-23).

Así también la santidad se genera desde muy adentro. Afecta nuestras actitudes y conducta,
pero trasciende a ellas. En términos bíblicos, tiene que ver con el «corazón», con ese núcleo muy
interno que controla todo lo que somos.

La santidad nada tiene que ver con las circunstancias que nos rodean. Una persona puede
ser santa en el negocio, aula o cocina. Pero a la vez puede ser un diablo en el hogar.

El movimiento monástico nació, en parte, a raíz de esa búsqueda. «Si uno se aparta de la
ciudad, busca la soledad de las montañas o del desierto, allí puede encontrarse con Dios, allí
puede encontrar la santificación. » Pero no es así, porque llevamos el mal en nosotros dondequiera
que vayamos.

El Señor Jesús es el mejor ejemplo de esto. Lo criticaron porque no se apartó de los


pecadores; peor, frecuentaba los lugares «mundanos». La gente religiosa lo condenó fuertemente
por esa causa (Lucas 7:34).

Pero sabemos bien que la gente y los lugares «mundanos» no contaminaron de ninguna
manera al Señor, porque es el único hombre verdaderamente santo que ha caminado sobre esta
tierra.

Ser y no ser

¿Cómo llegamos a la santidad? Pues, en la práctica, es como una moneda, tiene dos caras.
Por un lado, las Escrituras nos exhortan a ser, pero por el otro, nos instan a no ser. O, para utilizar
la figura de Pablo en Colosenses, es «desvestirnos» de una forma de vida y «vestirnos» de otra
(Colosenses 3).

Ser santo es «sencillamente» ser más parecido a Dios. Nada tiene que ver con
conocimiento, capacidad, dones, carismas, etcétera. Todos estos aspectos son importantes, pero
ninguno es necesariamente evidencia de la santidad. Porque la santidad nada tiene que ver con
presencia, sino con esencia. No tiene que ver con apariencia o características personales, sino con
lo más profundo del ser humano.

Insisto en esto, porque es tan fácil confundir la imagen con la realidad. Hoy día la industria
cinematográfica puede producir imágenes que, aparentemente, no distan de ninguna manera de la
realidad. Nos convencen totalmente. Sin embargo, son imágenes, apariencias.

El problema es que lo mismo puede fácilmente ocurrir en la iglesia. Aprendemos a


representar excelentemente el «papel» de buen creyente. Sabemos cómo vestimos, cómo cantar y
orar, cómo relacionarnos con los demás hermanos. Son aspectos sociales y visibles de la vida
cristiana que aprendemos, esencialmente, por imitación.

Pero el verdadero peligro se presenta cuando confundimos estos buenos hábitos


evangélicos con la espiritualidad. Lamentablemente, uno no se hace santo simplemente porque ha
aprendido a ajustarse convenientemente al molde que suponemos es la santidad.

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VISION MUNDIAL PARA LA FAMILIA
A primera vista, el santo es una persona común y corrientemente. No presenta una cara más
piadosa, ni tampoco una aureola.

Es cuando comenzamos a conocerlo que descubrimos que tiene otra dimensión, que tiene
una realidad y profundidad espirituales más allá de lo común. Es cuando comenzamos a conocerlo
que descubrimos a Dios en su vida.

Así era el Señor Jesús. Isaías 53:2 sugiere que no tenía un aspecto atrayente. Era un
barbudo entre muchos barbudos. Aun sus propios discípulos se confundieron y se preguntaron « es
este hombre?» Creían, pero no lo entendían, porque Jesús era realmente un hombre, pero a la vez,
más que un hombre.

Sí, ser santo es «sencillamente» ser cada vez más parecido a Dios. Es una transformación y
renovación de nuestra personalidad, cosmovisión, emociones, de todas esas dimensiones
profundas de nuestro ser.

Pero la moneda tiene otra cara, «no ser». La mayoría de nosotros no somos santos porque
mantenemos factores en nuestra vida que lo impiden. Por esta misma razón las Escrituras abundan
en exhortaciones a evitar, poner de lado, huir, despojarse, rechazar, etcétera.

No hay un camino mágico hacia la santidad. No se basa simplemente en una decisión o una
experiencia. El santo se forja en medio de la lucha, y muy a menudo a través del sufrimiento. Es
aquella persona que elige el camino estrecho, que nada contra la corriente.

El enclave principal de la lucha se llama «pureza».

La pureza es, en su esencia, la ausencia de contaminantes. Aquello que es puro no tiene


mezclas, en él no existe pizca de material extraño. Es aquella persona que en su vida ha hecho
desaparecer las distorsiones comunes del pecado.

Por supuesto, nunca debemos confundir la pureza humana con la de Dios. Aun con los
medios científicos más sofisticados es difícil crear una sustancia perfectamente pura. Con la sola
presencia de un átomo ajeno, se pierde la pureza.

De la misma manera, nosotros solamente podemos aproximarnos a la pureza de Dios. Aquí


también interviene un factor de relatividad, factor debido a nuestra humanidad. Lo ilustro de esta
manera:

Si tomamos un litro de agua de la cloaca, y sacamos ochenta por ciento de las impurezas, el
agua ha progresado mucho en su procesamiento hacia la pureza. Sin embargo, ¿quién se atrevería
tomar un vaso de esa agua?

Pero por otro lado, si tomamos un litro de agua de un manantial y sacamos ochenta por
ciento de sus impurezas, también es un logro importante, sin embargo, hay poca diferencia entre el
agua original y el agua «purificada».

Así es también con la pureza espiritual humana. Hay personas que comienzan su vida
cristiana saliendo del pozo más profundo de degradación humana. Puede ser que en su lucha hacia

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VISION MUNDIAL PARA LA FAMILIA
la santidad tengan grandes logros, con cambios obvios para el observador externo..., aunque el
resultado todavía pudiera parecer muy lejano de lo ideal.

Pero por otro lado, otros comienzan como el joven rico (Marcos 10:20), relativamente sanos
y sin mayores distorsiones morales. Ellos también tienen sus luchas en el camino de la santidad,
pero para el observador externo, sus grandes logros son apenas perceptibles

La conclusión es sencilla: nunca podremos medirnos teniendo como referencia a otras


personas. Es despreciable y peligroso pensar «no soy tan santo como Fulano, pero felizmente
estoy mejor que Mengano». Pablo habla de los que «cometen una tontería al medirse con su propia
medida y al compararse unos con otros.» (2ª Corintios 10:12)

En la práctica, tenemos que mirar en dos direcciones. Hacia adelante, para fijarnos en el
modelo que tenemos, el Señor Jesucristo; solamente podemos compararnos con él. Pero a la vez,
debemos mirar hacia atrás con frecuencia y preguntarnos:

¿Soy igual hoy que hace seis meses, un año, dos años? Lo importante no es dónde estemos
en el camino hacia la santidad, sino cuánto hemos avanzado.

Pero la lucha para lograr la santidad es mucho más que «evitar» o «resistir» el pecado. El
santo odia el pecado (Proverbios 8:13; Amos 5:15; Romanos 12:9).

El pecado es muy dañino, extremadamente odioso para el santo, de tal manera que estará
dispuesto a tomar cualquier medida para eliminarlo de su vida.

Es la actitud del que tira esa revista a la basura porque sabe que le hace daño. Es esa
actitud que apaga la televisión porque dicho programa inunda la casa y la mente con actitudes
dañinas, o que sale de la sala cinematográfica antes de que termine la película, porque ésta lo
corrompe.

La regla es sencilla: si alimentamos nuestra mente con basura, se hace imposible tener una
mente pura. No pensemos que podemos sumergirnos en la cultura mundana y salir sin mancha.

Pablo subraya el papel decisivo de nuestras mentes con estas palabras: «Por último,
hermanos, piensen en todo lo verdadero, en todo lo que es digno de respeto, en todo lo recto, en
todo lo puro, en todo lo agradable, en todo lo que tiene buena fama. Piensen en todo lo que es
bueno y merece alabanza. Pongan en práctica lo que les enseñé y las instrucciones que les di, lo
que me oyeron decir y lo que me vieron hacer: háganlo así y el Dios de paz estará con ustedes.»
(Filipenses 4:8,9)

La pureza es una de las claves de la santidad, pero también es su eslabón débil. Ya escucho
las reacciones: «¿De qué planeta vienes? Vivimos en un mundo real. Si hablamos de pureza, se
mueren de risa. Si tratamos de vivir en pureza, nos comen vivos»

Pero, ¿qué alternativa tenemos? «pues, sin santidad, nadie podrá ver al Señor».

¿Cómo llegamos a ser santos?

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VISION MUNDIAL PARA LA FAMILIA
Un versículo clave es 2ª Corintios 7:1, y quisiera destacar cuatro de sus conceptos. A la luz
de estas promesas. ¿Qué tenemos?

¿Cuáles promesas?

Pues, tenemos que considerar el contexto, porque este versículo es la conclusión, la


aplicación de lo que Pablo acaba de afirmar.

Somos, dice Pablo, templo del Espíritu Santo (6:16). La iglesia, nosotros, formamos la casa
donde el Espíritu ha venido a residir. En cumplimiento a sus promesas, Dios vive entre nosotros,
anda entre nosotros (v. 6). Esta idea nos hace recordar a Juan 14:23: «El que me ama, hace caso
de mi palabra; y mi Padre lo amará, y mi Padre y yo vendremos a vivir con él. »

Pero no sólo habla de la habitación de Dios con nosotros, sino que también el Señor Jesús
habla de una relación Padre e hijo, una relación íntima, cálida.

Las promesas son la presencia real, cercana, íntima de Dios en nuestra vida. Sin embargo,
en la práctica, aunque cantamos «Dios está aquí», con toda pasión, nos quedamos muy lejos de
Dios.

¿Por qué? Porque pensamos, hablamos y actuamos como si él no estuviera presente. En la


práctica, nuestra regla es «nadie verá, nadie sabrá, nadie se preocupará». Hemos olvidado
completamente que: «Nada de lo que Dios ha creado puede esconderse de él; todo está
claramente expuesto ante aquel a quien tenemos que rendir cuentas. » (Hebreos 4:13)

Seguramente, si pudiéramos verlo físicamente a nuestro lado, nuestra vida sería muy
diferente. Pero vivimos por fe... y, lamentablemente, muy poca fe.

Un factor esencial para crecer en la santidad es estar consciente de la constante presencia


de Dios. Es vivir como dicen las Escrituras que lo hacía Moisés, «como si viera al Dios invisible»
(Hebreos 11:27).

En este sentido, la santidad es contagiosa. La «absorbemos» cuando conscientemente


andamos y conversamos con nuestro Padre.

En el temor de Dios

El salmista nos dice que temer a Dios es el comienzo de la sabiduría (Proverbios 9:10). Este
pasaje indica que también nos inicia en el camino de la santidad.

Pero esta es una dimensión de nuestra fe evangélica que casi se ha perdido. Concebimos a
Dios muy pequeño, muy «domesticado». Reducimos el valor de su existencia solamente para el
alivio de nuestras necesidades.

Entiendo a los hermanos que oran al «papito Dios», pero veo en las Escrituras que las
personas que tuvieron un encuentro cercano con Dios reaccionaron de una manera muy diferente.
Juan, por ejemplo, era el discípulo más íntimo de Jesús, es del único que se dice específicamente
que Jesús lo amaba (Juan 19:26, 21:20).
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VISION MUNDIAL PARA LA FAMILIA
Sin embargo, cuando vio a Jesús glorificado, cayó a sus pies como muerto (Apocalipsis
1:17). Por tener un concepto pobre de Dios, no sabemos qué es «temer» a Dios.

La palabra griega traducida «temer» aquí (2ª Corintios 7:1), muchas veces se traduce por
«miedo». El temor casi llega al miedo. Seguramente, como hijos, no debemos sentir miedo a Dios...
la gente de afuera, sí, pero nosotros, no. Juan afirma que el amor echa fuera el miedo (1ª Juan
4:16). Pero el temor y el miedo son muy parecidos. El temor es lo .que sentimos cuando estamos
frente a algo muy grande, sumamente poderoso... y algo misterioso.

Señalando la actitud que debemos tener frente a Dios, el autor de Hebreos nos exhorta a
que «sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego
consumidor.» (Hebreos 12:28b, 29)

El que teme á Dios está consciente de que está constantemente en la presencia de aquel
que sabe todo lo que uno es y lo que uno piensa; en la presencia del Ser que hizo todo el universo
con su palabra, del Ser a quien nadie ha visto, ni puede ver (1ª Timoteo 6:16). No podemos jugar
«juegos religiosos» con él.

Limpiarnos de toda contaminación

¿Quién es el verdadero responsable para borrar nuestra santificación? Pues, en un sentido,


soy yo. Es cierto que la obra de santificación es de Dios, pero depende de mí, depende de cuánto
estoy dispuesto, realmente, a pagar el precio.

La traducción de esta frase en la Versión Popular (<mantenernos limpios») despista. Porque


no es una actitud pasiva, sino activa. No es meramente mantener lo que ya he logrado, sino ir a la
ofensiva, conquistar terreno nuevo. Pero si soy el responsable en el proceso de mi santificación,
también soy el problema principal. El obstáculo mayor no es algo que anda por ahí en el mundo,
sino lo que está aquí, bien dentro de mí. Bien dijo el Señor que aquí adentro está el egoísmo, la
falta de paciencia, los deseos innecesarios.

Muchas veces echamos la culpa de nuestros fracasos espirituales a las circunstancias. Los
«culpables» son mis padres y la manera en que me criaron, o mi esposa y su falta de comprensión,
o la situación económica que me tiene atado. Pero esas cosas llegan a ser un problema porque yo
estoy mal. La gente que me rodea no debe afectar mi estado de ánimo. La situación económica no
tiene nada que ver con mi vida real.

O también echamos la culpa a nuestro carácter. «Soy así, y no voy a cambiar a esta altura
de mi vida… » Pero afirmar que hay una falla de nuestro carácter que Dios no puede cambiar es
negar todo lo que Dios dice. Porque, justamente, son esas fallas personales lo que Dios se propone
cambiar, «.. .el que está unido a Cristo es una nueva persona» (2ª Corintios 5:17). Esas fallas
personales —enojo, impaciencia, etcétera— son fruto del pecado, y Dios quiere que llevemos fruto
del Espíritu.

El pasaje dice que debemos limpiarnos de lo que puede manchar tanto el cuerpo como el
espíritu. Es decir, la tarea no se limita a ejercicios religiosos y mentales. Tiene que ver también con
lo que hacemos con las manos y los pies, qué tocamos, a dónde vamos. Y en nuestra cultura, se
refiere al sexo. Pablo en 1ª Corintios 6:20 dice que debemos glorificar a Dios con nuestro cuerpo;
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VISION MUNDIAL PARA LA FAMILIA
en este contexto la frase tiene que ver con el abuso del sexo. Es un tema amplio a causa de sus
distorsiones culturales, y por su exaltación en los medios de comunicación. Pero Dios quiere que
también nos limpiemos en esta área de nuestra vida.

Perfeccionando la santidad

La palabra «perfeccionar» en este pasaje significa completar, lograr, llevar a su término.


Subraya de nuevo el hecho de que la santificación es un proceso. Siempre estamos en camino;
siempre tenemos nuevas alturas para escalar en el horizonte.

El llamado de Pablo es un llamado a la persistencia, a la disciplina. Es el mismo llamado que


escuchamos por todas las Escrituras: «Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu alma,
con toda tu mente y con todas tus fuerzas.» (Marcos 12:30) Una buena ilustración es la parábola
del Señor acerca de las dos casas (Lucas 6:46-49). Siempre la utilizamos en la evangelización,
pero también es una certera ilustración de este tema.

Porque uno puede forjar una vida que, aparentemente, es un éxito en todo aspecto. Un buen
trabajo, una linda familia, hasta una participación activa en la iglesia. Pero frente a las demandas de
Dios, todo se derrumba.

Es posible tener todo, sin embargo, no tener nada.

Apóstol Daniel Márquez

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