Juan Rulfo
(Mxico, 1918-1986)
Es que somos muy pobres
(El Llano en llamas, 1953)
AQU TODO VA de mal en peor. La semana pasada se muri mi ta
Jacinta, y el sbado, cuando ya la habamos enterrado y
comenzaba a bajrsenos la tristeza, comenz a llover como nunca.
A mi pap eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada
estaba asolendose en el solar. Y el aguacero lleg de repente, en
grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder
aunque fuera un manojo; lo nico que pudimos hacer, todos los de
mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejavn, viendo cmo el
agua fra que caa del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan
recin cortada.
Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir
doce aos, supimos que la vaca que mi pap le regal para el da
de su santo se la haba llevado el ro.
El ro comenz a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada.
Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traa el ro
al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la
cama con mi cobija en la mano, como si hubiera credo que se
estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero despus me volv a
dormir, porque reconoc el sonido del ro y porque ese sonido se
fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueo.
Cuando me levant, la maana estaba llena de nublazones y
pareca que haba seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el
ruido del ro era ms fuerte y se oa ms cerca. Se ola, como se
huele una quemazn, el olor a podrido del agua revuelta.
A la hora en que me fui a asomar, el ro ya haba perdido sus
orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba
metindose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la
Tambora. El chapaleo del agua se oa al entrar por el corral y al
salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y vena
caminando por lo que era ya un pedazo de ro, echando a la calle
sus gallinas para que se fueran a esconder a algn lugar donde no
les llegara la corriente.
Y por el otro lado, por donde est el recodo, el ro se deba de
haber llevado, quin sabe desde cundo, el tamarindo que estaba
en el solar de mi ta Jacinta, porque ahora ya no se ve ningn
tamarindo. Era el nico que haba en el pueblo, y por eso noms la
gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la ms
grande de todas las que ha bajado el ro en muchos aos.
Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel
amontonadero de agua que cada vez se hace ms espesa y oscura
y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. All
nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella.
Despus nos subimos por la barranca, porque queramos or bien
lo que deca la gente, pues abajo, junto al ro, hay un gran ruidazal
y slo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y
como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos
subimos por la barranca, donde tambin hay gente mirando el ro y
contando los perjuicios que ha hecho. All fue donde supimos que
el ro se haba llevado a la Serpentinala vaca esa que era de mi
hermana Tacha porque mi pap se la regal para el da de su
cumpleaos y que tena una oreja blanca y otra colorada y muy
bonitos ojos.
No acabo de saber por qu se le ocurrira a La Serpentina pasar el
ro este, cuando saba que no era el mismo ro que ella conoca de
a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo ms seguro es
que ha de haber venido dormida para dejarse matar as noms por
noms. A m muchas veces me toc despertarla cuando le abra la
puerta del corral porque si no, de su cuenta, all se hubiera estado
el da entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como
se oye suspirar a las vacas cuando duermen.
Y aqu ha de haber sucedido eso de que se durmi. Tal vez se le
ocurri despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las
costillas. Tal vez entonces se asust y trat de regresar; pero al
volverse se encontr entreverada y acalambrada entre aquella
agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bram pidiendo
que le ayudaran. Bram como slo Dios sabe cmo.
Yo le pregunt a un seor que vio cuando la arrastraba el ro si no
haba visto tambin al becerrito que andaba con ella. Pero el
hombre dijo que no saba si lo haba visto. Slo dijo que la vaca
manchada pas patas arriba muy cerquita de donde l , estaba y
que all dio una voltereta y luego no volvi a ver ni los cuernos ni
las patas ni ninguna seal de vaca. Por el ro rodaban muchos
troncos de rboles con todo y races y l estaba muy ocupado en
sacar lea, de modo que no poda fijarse si eran animales o troncos
los que arrastraba.
Noms por eso, no sabemos si el becerro est vivo, o si se fue
detrs de su madre ro abajo. Si as fue, que Dios los ampare a los
dos.
La apuracin que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el da
de maana, ahora que mi hermana Tacha se qued sin nada.
Porque mi pap con muchos trabajos haba conseguido a la
Serpentina, desde que era una vaquilla, para drsela a mi
hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a
ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las ms
grandes.
Segn mi pap, ellas se haban echado a perder porque ramos
muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde
chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por
andar con hombres de lo peor, que les ensearon cosas malas.
Ellas aprendieron pronto y entendan muy bien los chiflidos, cuando
las llamaban a altas horas de la noche. Despus salan hasta de
da. Iban cada rato por agua al ro y a veces, cuando uno menos se
lo esperaba, all estaban en el corral, revolcndose en el suelo,
todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.
Entonces mi pap las corri a las dos. Primero les aguant todo lo
que pudo; pero ms tarde ya no pudo aguantarlas ms y les dio
carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no s para
dnde; pero andan de pirujas.
Por eso le entra la mortificacin a mi pap, ahora por la Tacha, que
no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir
que se qued muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya
no va a tener con qu entretenerse mientras le da por crecer y
pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para
siempre. Y eso ahora va a estar difcil. Con la vaca era distinto,
pues no hubiera faltado quien se hiciera el nimo de casarse con
ella, slo por llevarse tambin aquella vaca tan bonita.
La nica esperanza que nos queda es que el becerro est todava
vivo. Ojal no se le haya ocurrido pasar el ro detrs de su madre.
Porque si as fue, mi hermana Tacha est tantito as de retirado de
hacerse piruja. Y mam no quiere.
Mi mam no sabe por qu Dios la ha castigado tanto al darle unas
hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para
ac, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor
de Dios y eran muy obedientes y no le cometan irreverencias a
nadie. Todos fueron por el estilo. Quin sabe de dnde les vendra
a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le
da vueltas a todos sus recuerdos y no ve claro dnde estuvo su
mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala
costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y
dice: Que Dios las ampare a las dos.
Pero mi pap alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa
es la que queda aqu, la Tacha, que va como palo de ocote crece y
crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser
como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio
alborotados para llamar la atencin.
S dice, le llenar los ojos a cualquiera dondequiera que la
vean. Y acabar mal; como que estoy viendo que acabar mal.
sa es la mortificacin de mi pap.
Y Tacha llora al sentir que su vaca no volver porque se la ha
matado el ro. Est aqu a mi lado, con su vestido color de rosa,
mirando el ro desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara
corren chorretes de agua sucia como si el ro se hubiera metido
dentro de ella.
Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora
con ms ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se
arrastra por las orillas del ro, que la hace temblar y sacudirse
todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido
que viene de all salpica la cara mojada de Tacha y los dos
pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de
repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su
perdicin.