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Jordi Gracia
El intelectual
melanclico
Un panfleto
EDITORIAL ANAGRAMA
Barcelona
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Diseo de la coleccin: Julio Vivas y Estudio A
Ilustracin: Josep Cisquella, Coca Cola Sign on Modernist Wall
(detalle), 2004
Primera edicin: octubre 2011
Jordi Gracia, 2011
EDITORIAL ANAGRAMA, S. A., 2011
Pedr de la Creu, 58
08034 Barcelona
ISBN: 978-84-339-6333-8
Depsito Legal: B. 24627-2011
Printed in Spain
Reinbook Imprs, sl, Mrcia, 36
08830 Sant Boi de Llobregat
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Por definicin los panfletos no se de
dican, e incluso es aconsejable que sean
annimos. ste incumple los dos requisi
tos y va dedicado a Isabel, a Laura, a Joan
y a Guillem, antdotos de mis melan
colas.
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No nos consolamos de haber sido engaados por nuestros enemigos y traicionados por los
amigos, y en cambio a menudo nos satisface ser
engaados y traicionados por nosotros mismos.
La Rochefoucauld
When I was young, it seemed that life was so wonderful,
a miracle, oh it was beautiful, magical. (...)
Then they send me away to teach me how to be sensible,
oh logical, responsible, practical.
And they showed me a world where I could be so dependable,
clinical, oh, intellectual, cynical.
Supertramp
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Este cuadernillo ha acabado titulndose El
intelectual melncolico. Un panfleto porque el editor no aceptaba titularlo Panfleto contra el prestigio
de la melancola entre los intelectuales afectados por
el sndrome del narciso herido. Al final ha quedado
reducido a su asepsia actual porque el mismo editor crey que era demasiado ttulo para tan poco
texto y tena razn. Es mucho ms exacto ahora y
no desmiente lo que le pasa al autor: prefiere la
sombra de Falstaff, del Doctor Johnson, de la tradicin estoica o epicrea y le subleva la afectacin
melanclica, teatralmente motivada. Pero sobre
todo le revienta la particular deformacin intelectual que proyecta sobre la realidad un estado de
nimo de etiologa estrictamente privada y llamativamentemente sencilla: la frustracin en el lmite
de la edad productiva, el desengao frente a las mu11
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taciones sociales imprevistas, la herida abierta de
una vanidad nunca estabilizada.
Las enfermedades morales nos las ganamos a
pulso cada uno de nosotros, as que el veneno no
est en la afectacin individual sino en el crdito
pblico que prestigia la melancola del intelectual. Muchos de ellos encarnan hoy las mltiples
variantes del xito, pero demasiadas veces escriben
desde el resentimiento y son escuchados como
prncipes valientes contra el envilecimiento moral
y cultural de nuestra sociedad. La melancola se ha
adueado de ellos porque nada est siendo como
debera y, para empezar por lo inmediato, las cifras de ventas de sus libros suelen estar lejos de las
escandalosas cantidades que manejan otros: unas
veces ms jvenes, otras insolentemente ms jvenes, y por lo general, a sus ojos, semideficientes o
puros indigentes intelectuales.
El lector ya sabe, por tanto, que este librito
llega de otro melanclico fundamentalmente asustado e incluso proclive a contraer la enfermedad
de forma prematura. A veces me parece que este
panfleto nace del miedo a la melancola y de la
necesidad de conjurarla, aunque uno est bien lejos de ostentar autoridad alguna, como no sea en
el muy inestable territorio de su parcela acadmica. Es verdad tambin, sin embargo, que la me12
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lancola de la que trata este libelo procede de una
estirpe diversa de la que Aristteles asoci con la
genialidad o Marsilio Ficino peg a la creacin o
Robert Burton rastre como un sabueso enloquecido en la tradicin de Occidente. Mi melancola protagonista no es la del poeta inspirado o
el novelista mayor ni es la resonancia necesaria de un solo de John Coltrane o de un fotograma de Von Stroheim. Ni siquiera es esa melancola
que necesita la alegra para detectarse tontamente
dormida.
La melancola de mi susceptibilidad es el aire
de hasto cansado y de abandono, de derrota y de
renuncia que genera la transformacin desordenada del presente en intelectuales con muy pocas
razones para quejarse y sin argumentos ms all
de la irritabilidad que el desorden suscita en sus
rdenes fosilizados. Profetizan el apocalipsis que
anida en cada nuevo gesto social o pblico para
denunciar la disolucin de la alta cultura en la
sociedad atolondrada del presente. Mi ira viene
de la melancola que se activa detrs de la ultimsima estadstica sobre faltas de ortografa de los
escolares, o en las ltimas conjeturas sobre la decadencia docente, o en los ndices de audiencia de
un programa televisivo de chorradas, o en la fortuna editorial de un escritor patoso pero comer13
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cial: avisos angustiosos que slo ellos detectan de
una regresin civil y educativa irreversible o, peor
an, definitivamente abocada al submundo de lo
humano.
Me he sentado tambin yo con espanto junto a mis hijos cuando escriben en sus redes sociales, con sus manos maltratan mi hipersensibilidad
lingstica y humildemente deduzco mi impotencia para hacer frente al desorden: por qu no acentan, por qu no puntan, por qu garabatean el
teclado alocadamente, por qu no leen ms, por
qu no piensan mejor, por qu no hacen lo que
deben hacer y como debe hacerse. Pero el asalto
dura poco, a veces porque contraargumentan con
celeridad y osada, a veces porque huyo despavorido de casa, a veces porque los echo literalmente
a empellones de mi mesa de trabajo. Entonces
me siento yo y escribo atacado de los nervios,
tras repasar a mis clsicos, tras leer el ltimo artculo de fondo en El Pas de Ferlosio, si es posible o el ltimo ensayo, grueso, maduro y excelso
de Anagrama o Taurus, o busco la agenda cultural de la Caixa y compro compulsivamente entradas para los conciertos de las tres temporadas siguientes. Cuando se acaba el ataque del miedo y
agonizo en el teclado, levanto los ojos y una rara
claridad regresa.
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Entonces entiendo que quiz haya algo de
deformacin ptica o de visceralidad incontrolada, y sospecho que no siempre ser capaz de dete
ner el ataque, como quiz le sucede al intelectual
melanclico de nuestro tiempo. Entonces entiendo que su perspectiva est daada por numerosos
factores pero quiz uno de ellos es la proximidad
biolgica al lmite de su tiempo de fecundidad:
apresuradamente, muy cerca de la campana, levanta los puos en un ltimo esfuerzo para clamar exaltado que el desacato a los Grandes Nombres se pagar muy caro en un futuro que ya es
lgubre presente. Heredan del cristianismo la
propensin mesinica y el redentorismo retrico:
hablan como enviados de los dioses para salvarnos de la insalubridad de un tiempo domado por
valores disminuidos, e incurren en algo todava
peor, que es lo que los hace verdaderamente dainos: su apocalipsis domstico ciega las vas de
remedio prctico y racional para las taras que las
novedades, como las tradiciones, comportan. En
lugar de cooperar, se apartan casi siempre envueltos en un aura de melancola que nos deja el
muerto entre los trenos.
Una mirada menos apasionada tiende sin
embargo a ver cosas ms sencillas: pese al crdito
de sus figuras y a una fortuna social muy alta a
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menudo inflacionaria, el semforo para el retiro
intelectual empieza a parpadear en mbar. A algunos el parpadeo del semforo los deja como estaban: fecundamente ocupados. A otros, en cambio, les espanta ya con un verde definitivo y
funerario, aunque estn lejos de la edad provecta.
Escriben y piensan como quienes sienten el olor
de la muerte social y reclaman con la dignidad
que conjeturan en los viejos maestros el lugar
de la sabidura y la rectificacin del rumbo presente. Antes de cruzar la calle definitivamente
quieren dejar sealada, para leccin de los jvenes insulsos, el desdn que les merece su desatencin, su falta de gusto, su mala educacin y su
pobreza de espritu incapaz de hacerles caso, o de
hacerles ms caso del que les hacen, en lugar de
perder el tiempo con las naderas masivas y publicitadas sin tasa por los peridicos (en los que
por supuesto escriben tambin los melanclicos
en ventajosa competencia con los nuevos).
La melancola no es un estadio fijo ni se alcanza (necesariamente) en el ltimo paso de una
vida fecunda; de hecho, es sobre todo un estado
de nimo que predice el desfondamiento de las
esperanzas de hacer de la sociedad o de todo
Occidente el bosque rico de imaginacin, fuerza creadora y atadura a la tradicin que ha sido
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siempre y ya no va a ser ms. El descrdito de la
cultura humanstica o la disolucin del saber clsico en manos de muchachos descerebrados y profesores comidos por enfermedades crnicas del
espritu es slo el icono visible de una devastacin moral encubierta... Pero que sea un estado
de nimo y de casta intelectual por cierto, en su
mayora profesores de universidad no significa
que todos hayan complicado su entrada en la madurez embarrancando en la melancola depresiva
y desdeosa.
El lector que an no haya sido abducido por
la evidencia del final de los tiempos del humanismo no ser capaz de recordar apocalipsis retrico alguno como no sea irnico y autopardico
ni en Jorge Luis Borges, Alfonso Reyes o Mara
Zambrano, ni en Alejandro Rossi, Juan Benet o
Rafael Snchez Ferlosio, ni en Carmen Martn
Gaite, Carlos Monsivis o Gabriel Zaid, ni en
Vargas Llosa, Jorge Semprn o Fernando Savater, por mucho que hayan tenido todos buenas
razones para alimentar una melancola hecha de
ausencias e infinitos tiempos muertos ya. Casi
todos perdieron amigos en el camino del alcohol,
de la enfermedad, del suicidio o incluso de la melancola. Pero no se prestaron a incrementar con
su propio prestigio el prestigio social de la queja
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por la equivocacin de los nuevos tiempos. Combatieron cada uno por su cuenta la neurosis del
narciso herido con su trabajo y con algo ms: con
las armas de la ecuanimidad y la prudencia, de la
irona y la conciencia nihilista. Las primeras son
virtudes del hombre honrado desde la tica a
Nicmaco, puestos a no perder de vista a los clsicos, y las segundas son las hogueras de la lucidez modernista en medio de la selva.
Ninguno de ellos suscribira este panfleto.
Pero es lo que me gustara imaginar que diran
privadamente, en un arrebato de locuacidad de
satada y casi irresponsable, o un punto etlica. Por
eso es un panfleto escrito desde la confortable
posicin de otro funcionario universitario que ve
con melancola tonificante la proliferacin de
desmayos artificiales y sensibles depresiones. El
autor es hijo inconfundible de la vulgaridad contempornea, alrgico militante a las relamidas y
egostas razones cultas y criado en la montaa pe
lada del Carmelo en Barcelona, como las criaturas de ficcin de Juan Mars, que es, por cierto,
otro al que tampoco habrn odo quejarse contra
el desorden de los tiempos modernos.
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