Abrir el menú de navegación
Cerrar sugerencias
Buscar
Buscar
es
Change Language
Cambiar idioma
Cargar
Iniciar sesión
Iniciar sesión
100%
(1)
100% encontró este documento útil (1 voto)
432 vistas
66 páginas
Jaime Saenz
Obras inéditas
Cargado por
María José Daona
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido,
reclámalo aquí
.
Formatos disponibles
Descarga como PDF o lee en línea desde Scribd
Descargar
Guardar
Guardar Jaime Saenz para más tarde
Compartir
100%
100% encontró este documento útil, undefined
0%
, undefined
Imprimir
Insertar
Reportar
100%
(1)
100% encontró este documento útil (1 voto)
432 vistas
66 páginas
Jaime Saenz
Obras inéditas
Cargado por
María José Daona
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido,
reclámalo aquí
.
Formatos disponibles
Descarga como PDF o lee en línea desde Scribd
Ir a elementos anteriores
Ir a siguientes elementos
Descargar
Guardar
Guardar Jaime Saenz para más tarde
Compartir
100%
100% encontró este documento útil, undefined
0%
, undefined
Imprimir
Insertar
Reportar
Descargar
Guardar Jaime Saenz para más tarde
pantalla completa
El recogeren un yolumen ues obra indlas de Jaime Stena essin ugar a dudas un acontecimiento, Los relatos El Sefor Balboa y Santiago de Machacaacabads poco ates de mont 4 cuyo anus inclu las prevsiones para una posible publiacin;y el poera Carta de amar eset con toda pro= butilidd durante e ao 1960. El poema anduvoclandestino urante muchos aos, y lo que tal vez mejor fo define es el ‘mismo epigaf: "a historia de amor ha muert /en cuanto ha ‘vid a historia / dl amor que me casa i". Los relatos son “péginas de vidss” ancuadse en forma de ‘uenos El Sefor Balboa nara os himos alos de don Manel Balboa, un persona arapado, se aif ene I sumision y la bell ful, nguet por cuaauie stl de setido pe ‘su vida y persona En Santiago de Machaca, por medio eo ‘ncuntos cone srado, sobre todo, einerpotacidn de ts mons, ene dseha un esqive persone marginal, pane cv dad y parte Altiplano, de esos que, como su céleee apap, ‘bial exe noche paces. En ambos Ubros la nama, expion las posiidades de lo grteso para enzevea, sin “rowers, lo bana eon wascendente ene camino, noma Jos rexquicioseoiianos que confunden vidas y mueres. Luls H, Anterana- Blanca Wiethiehter Lavoe Jane Sane 1921196 ceo sale ios, pout Bl exaplo (1985) Mure orl acta (99D, deals 4 Ea sn (96D, Vane rofnde (968, B10 (1967, Racrer ‘a sac (19H) rcioer 9 as Fines (98), Al pet ont (1962), La mace 140. En ot nh pate rte FaipeDegedo (1%). as exanps Se Indgener pce (197), dato La ears (US) y Is teets de Vids 7 mactr (940, Pests pear eis de a pein (299 9 ‘ova Ls paper de Narco Lin eh 999) FUNDACION SIMON |. PATINO Ediciones Centro Simén I, PatifioOBRAS INEDITAS Carta de Amor Santiago de Machaca El Sefior BalboaJaime Saenz OBRAS INEDITAS Carta de Amor Santiago de Machaca EI Sefior Balboa Ediciones Cento Simin Patt 1996Depésto Lega D.L.21-10596 Derechos reservados por el autar Tora: ov archivo LA ise: Sandro Bays aones Cento Pedic y Calta “Simoni Patino” Impreo ens Talleres Cocos *OOLORGRAP. IMPRESORES? Tellona 58174 = Cale Jorn E723 Cochabamba Bolivia Jaime Saenz Carta de Amor (1960)Jaime Saenz Santiago de Machaca (1985)EI muerto cayé de cabeza, con un ramo de margaritas amarillas -pero no se lastimé Ia cabeza. ‘Yo le pregunté si le dotia la cabeza, y él me dijo: Ni tanto ni tan poco, Luego le pregunté qué se lamaba, y él me dijo: Me llamo Santiago de Machaca; tengo cincuenta afios, y he nacido en San Andrés de Machaca. Conozco el Lago como la palma de mi mano, y he navegado toda mi vida. Pero ahora tengo hambre. Sino me das pan ¥y chancaca, yo te rompo la camba calavera. Yo saqué pan y chancaca de donde no hay y se los di, a fin de conservar mi camba calavera, Y luego le dije: —Se ve que no s6lo estés muerte, sino que estés muerto de hambre. —No sélo estoy muerto de hambre —me dijo €—, sino que estoy més muerto que vi- vo. La fiebre exantemética me ha levado a Ja tumba, pero no ha podido matarme. Hace tres afios me Hlevaron al hospital, y a los po- cos dfas, el médico dijo que estaba muerto; y después me Hlevaron a la morgue, y des- pués me enterraron, La fiebre exantematica 157¢s la cosa més rara; lleva a Ja tumba, pero no mata, Santiago de Machaca devoré el pan y Ia chancaca; y de pronto, buscé entre sus ro- Pas, y sacé un piojo del tamafto de un mos- cardén. Me lo mostrs y dijo: —Ahora ya ves; éste es el piojo; no te asustes. Este piojo leva a la tumba, pero no mata —Si ti lo dices, asi seré —Ie dije yo—, Pero cualquiera se asusta al ver un piojo tan grande, —Son tus netvios —dijo é—. La cosa es que el piojo nunca deja de crecer. Este piojo, Por ejemplo, era casi invisible, pero ha cre- Cido a mi costilla. Dentro de poco, sera mas grande que yo. Dentro de un afo, ser més grande que una casa. Dentro de dos afios, serd més grande que la Garita de Lima. 2 por qué no lo matas? —pregunté yo. —Por una sola razén —repuso él—. La cosa es que si lo mato, muero yo. Bs cierto que este piojo crace a mi costi- lla; pero también es cierto que yo vivo a su costilla Santiago de Machaca guardé el piojo, y dijo: —Asf es la vida. Uno se acostumbra, En Ja tumba tengo otros dos piojos; el uno se 158 lama Pio, y el otto Venancio. La tumba es muy colitala,y ellos me acompanan. El que yo guard no eth Bautizad todavia, pero Joo llam6 Pedro, El pojo que me contagis Zellamaba Bautista y ee sano y fuerte, pero Ios enfermeros le echaron Acido y To mata. ton, Bao mi cama haba un pijo negro, que dormie toda el dia, y que muri de hambre Le gusiaba chupar sangre, pro nadie le da- ta pan ni chancacn. Xo no eabia que los ploos comfan pan chancaca —ije yo. YerMLos plojos comen de todo —declaré
puiNo tines afotol? “Tenge tna lata —repuso la veh yp también quiero una copa Sacé la lata, hizo une mecca, ysivi6 tres eopas,¥ luego bebimes, “sTface fio ~aje yo La sefora Nati vidad eo muy amabl “Yo siempre tengo alcohol —declar6 ella. El alcohol tonic, yo tengo més de Gien ais, sigotomande, Hl alohol quema Tas tips, pero alarga la vida. Mi padre to rmaba custro botella por dla, y muri ala dad de eto velnte aos, Yo he nacido en Gung y hace ockenta aos que vivo en La a, pero sempre voy aii pueblo, Sania go me conoce,yyolo quien come aun ho w\Gracias @ Bios dijo Santiago de Mo chaca—, a seRora Natividad te etna mi cho; yo le tengo veneracGn, siempre ver- 04 vera. lla me rife, me amonetay me critica, y me ensoa a ser gente, Por algo me ha visto nace, Yo sé muchas cosas —aijo a sefora Natividad El Santiago ha estudiado en 167los colegios, ha ido a las universidades, y habla mejor que un doctor, pero nunca a querido ser doctor. Asf es— asintié Santiago de Macha- ca—. Yo nunca he querido ser doctor. Yo siempre he sido indio. Una tarde, cuando yo caminaba por la calle Max Paredes, en busca de alguna boti- ca que me despachara una receta urgente, Santiago de Machaca aparecié de pronto, y se me acercé y me dij: Yo tengo buena vista. A tres cuadras te divisé, y ahora te doy alcance. Un amigo es tun amigo; te invito a tomar una copa. —Una copa jams cae mal —declaré yo-. Acepto, pero antes, quisiera encontrar luna botica que me despache una receta ur- gente. Es listima, pero son muy contadas Tas boticas que disponen de la substancia que precisamente yo necesito. —Claro —dijo 61. Ya se sabe: un poco de cocaina. Pero no te aflijas. Yo tengo la s0- luci6n. En la calle Sebastidn de Segurola hay una gran botica, y el dueio me conoce. Yo siempre le traigo un montén de hierbas ra- ras, que no se consiguen asf només, y él las ‘empaqueta y las vende a precio de oro. Va~ ‘mos. Yo respondo. 16g He Fete As{ diciendo, Santiago de Machaca me ev6 a una botica que, efectivamente era ‘muy grande, con piso de cemento y frascos de todo colo. ‘Nos atendi6 un seftor, de aspecto trucu- lento; y gracias a la intercesion de Santiago de Machaca, me despaché la receta. YY ahora nos encaminamos a una chinga- na que éste conocia, y que quedaba en la ca- Ie Venancio Burgoa —una chingana lobrega ysilenciosa como una tumba. Santiago de Machaca pidi6 una botella de pisco; sirvié dos copas, y empezamos a Deber. Y de pronto dijo: Te voy a comunicar una cosa. Yo tengo tuna mujer, muy triste y muy rara; yo la quiero y la respeto, y hace ya dos afios que Ja conozco. Se llame Rosa Quevedo, y traba- ja en una fabrica de camisas. Pero lo que me da pena es que ella no me estima, y eso que yole doy oro en polvo. —i0ro en polvot —exclamé yo asombra- do—. ZY de dénde sacas oro en polvo? Por toda respuesta, Santiago de Machaca cextrajo un frasquito de su bolsillo, y me lo mostré, Tendrfa unos cuatro centfmetros de alto por dos de digmetro, y contenia un pol- ‘vo metélico que brillaba con reflejos éure0s, Yy que seguramente era oro. - 169 plYo dudé un momento, y le dije: —Francamente, estoy desconcertado, 2Se- 14 realmente oro lo que hay en este frasco? —No lo dudes —repuso él con tono s- ero—. Es oro puro, es oro en polvo. Y para ‘que veas que yo no miento, ni soy un falsa- Tio, te regalo el frasco. Mafiana vas a una jo- yeria, y lo vendes. Deben ser unos veinte ramos, més 0 menos. —Es sencillamente increible —dije yo—. Imaginate, ti me regalas de buenas a prime ras veinte gramos de oro en polvo, como si na- da. En realidad, yo no puedo aceptar tu rega- 4o, Lo has hecho ilevado por el amor propio. —No hay tal —replicé él—. Es s6lo una muestra de afecto, de aprecio, Ademés, yo tengo un lavadero en algiin lugar de Rio Abajo; y en las arenas de ese lavadero se en- cuentra una riqueza inmensa. Nadie lo co- noce; es un secreto mio. Yo voy y lavo, de vez en cuando, y regreso con una buena cantidadcita, Si yo quisiera, me compraria casas, autos y camiones, y vivirfa como principe; pero, en realidad, no podria hacer- lo, por mas que quisiera, ya que mi situa- clon, grave y dificil en esia vida y en este ‘mundo, me io impedirfa. Ya me veo yo dan- dome una gran vida, cuando ni siquiera puedo comer un plato de comida en la reco- va, y cuando me asusto al s6lo pensar que Wm Ae estoy vivo. Esto de vivir una vida en la muerte, y ésto de morir una muerte en la vi da, es muy grave. Santiago de Machaca hizo una pausa Bebié su copa, y luego dij: —Mis bien quisiera pedirte un favor. Un favor de amigo, Quisera que a busques aa Rosa Quevedo y hables con ella. Quisera que me hagas este favor, si no es abusar'de tu bondad. La confianza que depositaba Santiago de Machaca en mi persona me conmovic. —Yo encantado de servir a un ai le dijo—. La misién que me encomiendas me enaltece, y trataré de cumplirla en la mejor forma posible. 2Y qué le digo? —Precisamente, quisiera ponerte en an- tecedentes, para que sepas a qué atenerte =e dijo él—. Lo que pasa es que la Rosa tiene veinticinco aftos, y por lo tanto es mu- cho menor que yo, que tengo cincuenta afios. Por otra parte, esta diferencia de edad no es cose del otto mundo. Hay viejos ~ de ochenta afios que se casan con chicas de veinte, En realidad, Io que me extrafa es la actitud de la Rosa; la Rosa me mira con re- celo; y habrfa que influir en su énimo, para que cambie de actitud. Por ejemplo, si ella ve que tii me estimas, seguro que cambia de actitud. im—Comprendo —dije yo—. Habra que trabajar en el plano psicolégico. Todo es ccuestién de téctica psicol6gica, —Asf es la cosa —admitié él. Y ahora te diré que es cuestién de vida o muerte pa- ra mi, Una bruja famosa, temible por sus he- cchizos y encantamientos, me ha dicho que la nica persona que puede arrancarme de Ta tumba es la Rosa. Y me ha dicho que la Rosa es un ser misterioso, y que mi destino depende de ella —Son cosas realmente inguietantes — observé yo. —Asi es —dijo él—. Ahora ponte la ma- no al pecho, y dime si no tengo razén en afligirme y atormentarme, al ver que la Ro- sa, durante los tiltimos tiempos, ha cambia- do terriblemente, y ha empezado a mirarme con marcada indiferencia, con desdén y has- ta con malignidad. Y ahora ya puedes com- prender por qué te ruego que hables con ella, y me ayudes en un asunto que es de vi- da o muerte para mi, En fin, yo quisiera que le digas toda la verdad, de una vez. por to- das. Si se asusta, allé ella. Quiere decir que no tiene espiritu, y que no es ninguin ser misterioso. —Cuenta conmigo —le dije yo—. Com- prendo perfectamente tu situacin, y me emplearé a fondo para remediar el contficto. 2 Mafiana mismo yo voy y me pongo al habla con la sefiorita Quevedo. Y ya vamos a ver loque dice. Fl dia siguiente, busqué a la seftorita Ro- sa Quevedo, y hablé con ella Vivia con sus padres y sus abuelos, en tuna vieja casa de la calle Hlampu, en un ho- ‘gar muy humilde, pero limpio, con olor a eucalipto y a telas guardadas. Me recibié en la sala, un recinto grande y frfo, con paredes cacaraftadas y tumbado ‘cubierto de lamparones, con oleagrafias y almanaques por aqui y por alls, una alfom- bra con remiendos de cotense y sillas y si- ones que se caian en pedazos. La sefiorita Quevedo era alta y morena, con frente estrecha y ojos oblicuos, nariz aguilena y gesto hermético. En realidad era muy simpética, muy cor: dial, con sencilla blusa de piqué y mirada triste, voz extrafiamente profunda y largo cabello negro, Me ofrecié un sillén, y yo fui directa- mente al grano —le dije que queria hablar sobre ciertos asuntos, de trascendental im- portancia, que se relacionaban con Santiago de Machaca —y ella se ruboriz6. Luego le dij: 173Ante todo, debo informarle que yo he venido por encargo de Santiago de Macha- ca; él me ha enviado. Santiago de Machaca sabe muy bien hasta qué punto lo estimo; y por eso mismo, me ha encomendado la deli- cada misién de hablar con usted. La verdad fs que Santiago de Machaca esti en peligro, yusted no deberia alejarse de él La seftorita Quevedo me mir6 fijamente, y de pronto dijo: Yo no sé, pero usted que lo conoce y que es amigo suyo, tiene que haberse dado ‘cuenta de que la vida de Santiago de Ma- chaca es un misterio; el mismo Santiago de Machaca es un misterio. Yo soy una pobre mujer que se gana el pan honradamente, trabajando dia y noche, y no quiero mez~ clarme en cosas que me intranquilizan, que me asustan y me quitan el suefio. Yo Ie voy a decir que Santiago de Machaca me trae oro y me obliga a que se lo acepte, pero yo no toco ese oro, sino que lo guardo para de- volvérselo en la primera oportunidad, —Ya veo —dije yo—. Pero al margen de tales cuestiones, lo que pasa es que el desti- no de Santiago de Machaca, es decir, la vida y la muerte de Santiago de Machaca, depen- den de usted. Si usted supiera la verdadera verdad, si usted supiera realmente lo que pasa, seguramente cambiaria de actitud. 174 Bs que no se puede —dijo ella con mal disimulada ira—. Las cosas son asi, y nadie las puede cambiar. Tal vez por mi culpa Santiago de Machaca se ha forjado ilusiones y ha tomado las cosas demasiado en serio, pero ahora basta. En realidad, yo estoy de En este momento irrumpié en la sala un viejo, con gorro de lana y abrigo hecho giro- nes; se encaré conmigo y me miré de una pieza, y de repente exclamé: —jLe dan només por el poto, tac-tac barr gona! jMi nieta Rosa es una ladrona, tac-tac barrigona! La seftorita Quevedo se levanté de un salto; y sin mis trémite, agarr6 por el brazo al viejo y Io sacé de la sala. Y luego de cerrar la puerta, visiblemente avergonzada me dijo! "—Usted disculpe; es mi abuelo,y tiene sus ocurrencias. Mejor dicho, esté un poco chiflado. —Simpatico caballero —dije yo—. Los abuelos tienen siempre sus ocurrencias, imaginesé. Un abuelo alegra y duleifica la vvida. Pero volviendo al tema que nos ocupa, yo le diré que estoy muy preocupado. Muy entristecido. Como usted dice, la vida de Santiago de Machaca es un misterio, y el propio Santiago de Machaca es un misterio; pero si usted supiera cudl es el caricter de 175este misterio, no tendria més remedio que condolerse de 61. Lo sinico que yo le puedo decir es que tiene mucho qué ver con la ‘muerte. Con la tumba, La seforita Quevedo se me quedé mi- rando. Estaba completamente inm6vil. Yode pronto pregunté: ZY cual es ese misterio? —Se lo voy a decir —declaré yo—-. Al fin ¥y al cabo, para eso he venido. Y se lo diré en dos palabras. Santiago de Machaca vive en Ia tumba, Esté muerto, y al mismo tiempo esté vivo. En todo caso, quiero puntualizar claramente lo siguiente: la iniea persona ‘que puede arrancarlo de la tumba es usted Esté escrito. —iPero eso es atroz! —exclamé ella con ‘espanto—. ;Ahora veo, Santiago de Macha- ca esté endemoniado! Yo le suplico; yo le imploro; sélveme del endemoniado. Digale que no me ha encontrado, Digale que no ha podido hablar conmigo. Digale que he via- jado, Deme tiempo para irme, para hufr y desaparecer. La sefiorita Quevedo salié precipitada- mente, y al cabo regres6, con un pequefio en- voltorio entre sus manos. Me lo dio, y me dij: —Entréguele ésto, es el oro. Digale que se lo dieron mis padres. Sélveme, tenga pie- dad de mi. No le diga que me ha visto. Di- 176 gale que ya no.estoy aqui, que nadie sabe donde estoy... La sefiorita Rosa Quevedo temblaba y sollozaba con gran angustia, cuando final- mente me despidié. {Qué hacer? ‘Aquella noche, Santiago de Machaca me esperaba en la chingana dela calle Venancio Burgoa; y como no podia ser de otra mane- ra, le di encuentro, y le conté la verdad des- nada Santiago de Machaca se qued6 absorto, con los ojos muy abiertos y guard largo si lencio. Luego se encogis, con gesto grave; profirié una maldicién, y dijo: Yo sabia, Pero, asfy todo, me sorpren- de, Estoy muerto Como ya no quedaba sino un dedo de pisco en la botella, yo ped otra; en las co- pas, y bebimos. “2No te ha dicho nada més? —pregunts de pronto Santiago de Machaca “Nada mas —declaré yo—. Lo tinico que hacia era temblar de tervor y suplicarme que la salvara del endemoniado. No com- prendi6, no vio, no entendid. Una cosa es Glerta: no te quiere nite estima, en absolu- to. Si te quisiera, te comprenderia, En lugar © wsde aterrorizarse, habria corrido a tu lado. La cosa es clara. —Por otra parte, me devuelve el oro — dijo Santiago de Machaca con amargura— Podia haberse mandado hacer un par de brazaletes, 0 un collar. © podia haberlo ven- dido, para comprar una multitud de cosas que toda chica desea. Pero ella me lo de- vuelve; hasta tal extremo me desprecia. Y deben ser unos cien gramos, por lo menos, una fortuna, para una chica pobre como ella. Pero éstas son miserias humanas, Pre- fiero olvidar el asunto, y echarle una cruz. Aquella noche, Santiago de Machaca se emborraché. Sacé un cuchillo, se laments, y loré ~y después se fue. 178 Durante el invierno, Santiago de Macha- a no se dejé ver, sin duda impedido por el intenso frio de su lobrega morada. Tan s6lo a fines de agosto aparecié, fla- co, espectral y encorvado, con impresionan- tes ojos hundidos. Yo lo vi sentado en un pedrén, tomando el sol, cerca del patio de maniobras del fe- rrocarril, y me acerqué y lo saludé. Santiago de Machaca se levanté y me abraz6 con emocién —sélo que yo presenti su esqueleto, y luego su calavera, que respi- raba en secreto. Lo miré largamente, y le dije: Tanto tiempo sin verte, meses y meses que te pierdes. Te noto muy flaco, y quiza muy triste. Seguro que tienes muchas cosas que decir, muchas cosas que contar, —Ven ~me dijo él—. Vamos tomar una copa. Vamos a charlar, hace tiempo que no hablo, Santiago de Machaca me llevé a la pican- teria de la seftora Domitila, que quedaba en la calle Muftecas, y pidié una buena botella —As{ es —dijo ahora—. yo bebo a tu sa- Jud, un amigo es un amigo. Quiero contarte algunas cosas. ‘Yo beb{ mi copa, y escuché con atencién. 179—Bn primer lugar, te cuento que los pic jos han muerto —declaré Santiago de Ma- chaca—. Mala sefia; sefia fatidica. Quiere decir que de aqui a poco tiempo, ya no po- dré vivir en la tumba, y tendré que morir definitivamente. Pero con eso no se acaba én mis tormentos. :Por qué uno se aferra tan desesperadamente a la vida? Por qué ese terror a la muerte? Yo sé. La muerte es un camino de tormento que no termina nunca, un camino que se interna en la eter- nidad, y la vida es una tabla de salvacién, que desgraciadamente s6lo dura unos pocos afios, {Podra uno ocultarse de la muerte? Cosa-imposible; la nica manera de ocultar- se de la muerte es mort. 2Y qué es morir? Cuando yo estoy muerto, sufro horrores in- decibles. No hay palabras para explicarlo Un vacio, un vértigo, una caida; un temblor, una oscuridad, un eterno querer gritar y un eterno querer moverse, un silencio que te golpea la cabeza, y una inmovilidad que te infunde espanto. ¥ de repente uno resucita, ‘en medio de un estruendo. Santiago de Machaca bebié dos copas se- guidas, y luego prosiguié diciendo: —Pero ahora te digo una cosa. Para bien © para mal, tengo un vecino, llamado Aga- pito; y este Agapito me odia y me mira de re0j0, por lo mismo que esta podrido y aca- 180 bado. Y sin énimo de hacer chistes, yo diria que es el muerto més envidioso que pisa la Uerra. Se pone iracundo cuando yo me le- vanto; no ve con buenos ojos que yo me le- vante; y muchas veces su calavera me muer- de cuando yo me levanto. Luego tengo otro vecino, llamado Elias, que se queda quieto, pero que de repente me hace asustar con un grito. Lo han enterrado con un overol dema- siado ajustado, y que ahora est duro como piedra. Y cosa rara: este vécino Elias no se pudre; se seca y se seca y se seca, y ahora parece un lefio calcinado. Cuando grita, su cabeza tiembla y se retuerce, y después se queda quieto. Y's6lo grita cuando yo me le- vanto, Mas aqui hay otro vecino, que se lla ma Cornejo, y que nunca molesta, pero que suspira toda la vida. Y sus suspiros parten el alma, porque suspira con la nariz, con la garganta y con las costillas. ¥ estos suspiros se escuchan en todo Io largo y lo ancho del cementerio. Y este Cornejo esta metido en ‘un costal de cotense, y tiene un espejo roto y una cafiahueca para ahuyentar a los rato- nes que le hacen cosquillas. Y tiene una cor- neta que ya no toca, y que le sirve de talis- min, Ms alld hay otto vecino, sin nombre, que delira todas las noches y a quien escu- chan atentamente los muertos, porque sus delirios son proféticos y profetizan el desti- Bale 181no de los muertos. La otra noche ha delira- do a gritos y sus gritos han. retumbado en Jas tumbas, y ha profetizado matanzas, i cendios, terremotos y hambruna. En rea dad este vecino ha sido enterrado vivo, y por eso tiene el don profstico Santiago de Macaca pidié un pan y se lo trag6, y luego bebié su copa. —Una pregunta —Ie dije yo—: gNo tie- nes hambre en la tumba? No, no tengo hambre. En la tumba na- die tiene hambre. Parece que el horror es un alimento. Parece que el fio y la inmovilidad son alimentos. Parece que la muerte es un alimento. Hay muchos misterios que no se cexplican asi només, y por eso yo soy enemi- go de la ciencia, porque la ciencia trata de explicar lo inexplicable, Como iba diciendo, en Ie tumba no tengo hambre; pero me le- vanto con hambre; y por lo general, me gus- ta comer pan y chancaca. Aqui en la pican- terfa de la sefiora Domitila no hay chancaca, y tengo que contentarme con el pan. Pero ahora voy a comer una papa. Santiago de Machaca pidié una papa y se la tragé. Bebi6 una copa, y de pronto dij: —Después de todo, hay que reconocer que la vida es només una cosa grata, aun a Pesar de los golpes y desengafios que uno recibe, Grandes amigos que yo conocia des- 182 "de que era chico, se vuelven mis enemigos y me hacen toda clase de intrigas, y hasta de las brujas se valen para precipitar mi des- gracia y mi muerte, porque no les ha gusta- do un articulo que yo hice publicar, denun- ciando los abusos, atropellos y latrocinios que cometen con la indiada. ) . =2Y por qué no tomas un abogado y los mandasa la cfrcel? Porque yo no necesito ningtin aboga- do; y ademas, los abogados no me gustan. Yo siempre he dicho que el abogado es men- tiroso, y el mentiroso es abogado. Yo no soy mentiroso ni abogado; y por eso me hago justicia con mis propias manos, y defiendo a Ja indiada aunque me cueste la vida, E] otro dia se me acercé uno de los referidos abusi- vos y examigos, es decir un enemigo, y em- pezé a lenarme de dicterios; pero yo tengo la mala costumbre de enojarme, y le senté la mano. De un pufete, le partf ia cara y lo mandé al suelo, y fue a dar a una canaleta; y or poco no le abro la barriga y lo mando al ‘otro mundo, slo que ese rato yo no tenia el cuchillo a la mano. Claro que habia mucha sangre y mucha gente, y me tomaron preso y me Hevaron a la policfa; pero yo pagué tuna buena multa y le pasé un regalo al co- misario, quien comprendié algunas indica- ciones que yo le hice, y con eso me agrade- lane 183cieron y me felicitaron, y después abrieron la reja y me soltaron. Y después lo agarra- ron a mi enemigo y lo metieron a Ja ducha fra, y encima le dieron una buena pateadu- ra y lo obligaron a tomar orines, para que aprenda. Me alegro —dije yo—. Me alegro y me alegro. Hay que hacer justicia, A esos abusi- vos que cometen atentados con Ia indiada hay que romperles el alma, El vengador tiene que ser sanguinario —sentencié Santiago de Machaca—. A los la- drones que abusan impunemente de la india~ da hay que cacacharlos. Hay que cortarles los huevos, por més que no tengan huevos, y hay que incendiar sus casas y sus camiones. 'Y de una vez hay que hacerlos agarrar ccon los indios de San Andrés de Machaca, que tienen la mala costumbre de quemar vi- vos a los ladrones. En nuestra Patria Bolivia hay muchos ladrones. Tanto los extranjeros como los naciona- les estan cortados por la misma tijera. Los evangelistas con buenos zapatos y con bue- na salud y Jos que sacan la cara por la moral son ladrones. Los que prometen el sol y las. estrellas y los que alaban el progreso y fo- mentan él desarrollo son ladrones. Los que centran y salen de los bancos y los que llevan y traen noticias; los que cada media hora 184 “ van a Estados Unidos y los que creen que Dios es norteamericano son ladrones. —Gran verdad —dije yo. ¥ conste que hay ladrones y ladrones. Ladrén no es el que roba las riquezas de nuestros paises inocentes y hermosos; ladrén es el que roba uun pan para sus hijos. Asi es —asinti6 61. Yo siempre he di- cho que los ladrones son invisibles, y los honrados son visibles. Ni un cataclismo re mediaria el estado del mundo. En cuanto a esos abusives que roban y martirizan a la indiada, ya se sabe que me odian a muerte y me hacen embrujar con una tracalada de Drujas que hacen brujerios a la que te crias- te, Ya se sabe que escriben cartas alos corre gidores y a los curas pidiendo que se me aplique la pena capital, porque yo defiendo ala indiada y porque yo no pido nada a na- die ni me humillo ante nadie. Yo no soy un bienaventurado; yo no soy un pobre de es- piritu, No es por jactarme; pero para mues- tra basta un bot6n, Ti has visto lo que ha pasado con la Rosa Quevedo; seguramente Ja Rosa Quevedo se imaginaba que yo iba a ir y que le iba a llorar y a suplicar; slo que yo no le Horo ni le suplico a nadie. Y muchi- ‘simo menos a la Rosa Quevedo. No vayas a creer que estoy borracho; yo hablé a calzén quitado. Hay que ser macho. - 185—Sin duda —dije yo—. Ha sido una se- vera leccién para la sefiorita Quevedo. En un trance tan peligroso y dificil, y aun a riesgo de sucumbir, has demostrado verda- dra firmeza; te has portado con dignidad y altura. Pero ahora quiero preguntarte una cosa; y tienes que perdonar mi curiosidad, 2Qué has hecho de ese oro que te devolvi6 la sefiorita Quevedo? oro lo he regalado —repuso él con tono solemne—. Ese oro ha tenido la virtud de alegrar a unas huérfanas que viven en la casa del presbitero Navarro. Un sefior Cata- cora, que tiene buen corazén y que las cui- da, lo vendié en mi presencia, y les compré ropa, frazadas, colchones y juguetes, y sepa~ 6 una parte de la plata para mejorar la ali- mentacin de las pobres huérfanas. Yo creo que hice bien. —Claro que hiciste bien. Ya me imagine la alegria que tendrian esas pobres huérfa- nas al recibir semejante regalo, miles y miles de pesos que les cafan del cielo, —Realmente —dijo Santiago de Macha- ca—. Habia que ver la alegria de las huérfa nas, cuando el sefior Catacora les mostr6 un gran montén de billetes y las llevé a las Hendas a comprar maravillas. Y te diré que hasta el sefior Catacora loré de emoci6n, cuando las huérfanas me entregaron un ra- 186 4 mo de margaritas y de retamas, y yo les dije que no era para tanto. Pero ahora una cosa Solamente hablamos de mi y de mi, y yo quisiera saber algo de tus andanzas, cémo te ha ido, cémo te trata la vida, y en qué quedaron esas novelas y los grandes pro- | Yectos literarios de los que con tanto entu- siasmo me hablabas. —A mi no me va del todo mal —dije yo. Sigo viviendo a salto de mata; y de pura rabia, me dedico a recopilar mis poe- mas, con vistas a publicar un libro. Por otra parte, he estado escribiendo dia y noche, pero la novela no marcha. La novela es ditt Gil, porque exige un gobierno y una armonia Interior, y por paradoja, un poco de locura, virtudes éstas que quizé yo no tengo. De to: das maneras hay que trabajar, hay que escri- bir, hay que ser humilde. Y es dificil traba jar, es diffeil escribir, es dificil ser humilde ‘Aquel que se cree ya poeta por haber escrito un miserable poeta, esté perdido. En real ad habria que morir para ser poeta. Por lo demés, yo quiero puntualizar en forma ex- presa y-categorica que aprendo mucho de ti. EI haberte conocido, ha sido providencial para mi. Yo diria que ti eres poeta, porque no necesitas escribir poemas para ser poeta ‘Aquel que escribe poemas para ser poeta, es un pobre infeliz. El poeta es poeta, escriba o 187no escriba poemas. Como ttt sabes, Ja poesia es oscuridad y conocimiento. El poeta se adentra en caininos siempre peligrosos, se place en transitar por el borde del abismo, es alecto a escudrifar en las profundidades, Y muchas veces se pierde en las tinieblas. Y por eso el poeta es poeta, y no necesita es ribir poemas para ser poeta. —Comprendo —dijo Santiago de Macha ca—. El poeta es el hombre; el poeta es el muerto. Ahi tienes —dije yo. El poeta es el rmuerto. Quiere decir que el poeta vive. {Te das cuenta? El poeta es el muerto; el poeta vive. Ti comprendes como poeta que eres, y con ééto queda dicho todo. Pero ahora beba- ‘mos para fester este encuentro. —Mas ain —dijo Santiago de Macha ca—: Bebamos hasta reventar, para festejar este encuentro. Estamos viviendo momen- tos tinicos, que jamés volverén. Ya podemos dar gracias a Dios por habernos concedido €l privilegio de ser To que somos. Pero ahora se me ocurre una cosa, se me ocurre un chis- te, y digo lo siguiente: yo salgo de la tumba, y ti sales de tu casa. Qué te parece. —Es muy cierto —dije yo—. Pero bro 1mas aparte, yo te confieso que no me gusta- fa ponerme en tu pellejo. No me gustaria vverme en el trance de salir de la tumba. Yo 188 te diré que conozco la vida que mueres y la muerte que vives; y tal una frase que me gusta, Pero en realidad no me gusta. ‘Santiago de Machaca me miré pensativa- mente, con una vaga sonrisa, y guardé si- Tencio. ‘Como ya era un poco tarde y la sefiora Domitila nos dijo que querfa descansar, nos fuimos a la bodega de Rigoberto Pedraza, también lamado el Buen Pastor, que queda- ba en la calle Sagérnaga. El Buen Pastor tenfa fama de matén y energiimeno, pero en realidad era muy amable, y ademés me conocia, de modo que nos hizo pasar al asf llamado cuartito secre- to, es decir un recinto prohibido, al que s6lo podian entrar los grandes clientes y los grandes amigos, y nos ofrecié asiento en un inmenso poyo, cubierto de cueros de oveja Y sin esperar ninguna orden, se metié en un cuchitril y aparecié con dos botellas de pisco y dos copas, y las puso on un taburete. Encendié la vela en el fanal y me cobr6 la cuenta; y luego de afirmar con tono de bro- ‘ma que el alcohol hacia mal, se retiré, —Lo malo es que el alcohol no hace mal —declaré Santiago de Machaca. Agarré una botella y sirvi6, y bebimos cuatro copas se guidas. Y luego prosiguié diciendo—: Yo te garantizo: el alcohol es un amigo del hom~ oe 5 186bre, y tiene grandes poderes. Yo no soy un borracho, pero toda mi vida he bebido; y tengo mis razones para alabar las virtudes del alcohol. Te soy franco. A veces me pon- go triste, y me pregunto qué serla de mf si me faltara el alcohol Santiago de Machaca asumié una actitud solemne, y bebié una buena cantidad de la botella, —Hay una cosa —dije yo—: A mi me gustaria saber qué es el alcohol. Yo soy bo- rracho por naturaleza; mejor dicho, soy alco holico. A mé el alcohol me paraliza. Me hun- de y me aniquila. Cuando me agarra, no puedo hacer absolutamente nada, como no sea beber. Imaginate, un infierno. Beba y be- ba y beba, no hay poder humano que me de- tenga. Muchas veces he visto de cerca la muerte; y me he salvado por un pelo, Es muy triste. Yo no acostumbro hablar de mis propios problemas; tii sabrés perdonar este desahogo. Yo quisiera beber como cualquier hijo de vecino; y quisiera ser sobrio con el al- cohol; pero no puedo. Tengo que beber hasta reventar. Con una cara que da asco. Con unos ojos que dan miedo. Temblando de te- ror y viendo visiones. Ensangrentado y em- brutecido, Sin dormir y sin comer. Bebe y be- be. Primero una botella. Y Iuego dos bote- Ilas. Y luego tres, y luego cuatro. Hasta caer 190 fulminado. ¥ conste que he tenido un ataque de demencia, y dos ataques de delirium-tre- mens; y ni por esas escarmiento. Lo que pasa 6 que el alcohol me abre muchas puertas, bajo el signo de un ascuro resplandor; y por es0 me fascina. ¥ por eso me aniquila. Es co- sa grave. Ni mil demonios surgidos de los mundos infiernos resistirian los tormentos del alcohélico. Qué te parece. En este momento, me quedé perplejo me di cuenta de que estaba hablando al va- cio, Santiago de Machaca, repantigado sobre el poyo, se habia quedado dormido, ‘Trabajo me costs despertarlo; me pidié isculpas, una y otra vez y luego, seguimos charlando y bebiendo, ‘A decir verdad, ya no recuerdo lo que en resumidas cuentas hicimos; pero lo que en realidad hicimos fue hacer patalear tres bo- tellas de pisco y dos cuartas de moscatel; y s6lo a medias recuerdo cémo salimos, como dijimos, y emo nos fuimos. Una sefiora, llamada Baruja Montesinos (extrafio nombre: Baruja), que tenia una tienda en la avenida Pando, y que siempre me saludaba con exagerada amabilidad, me Hams una vez, al pasar, y con tono de alar- ‘ma, me dijo que me habia visto con Santi 1910 de Machaca, y que debia cuidarme de él, ya que era un individuo peligroso. Afirmé {que conocia la vida de éste, y me cont6 una historia inguietante, en los siguientes térmi- nos: —Yo lo conozco a Santiago de Machaca; es incendiario, ladr6n y contrabandista, y tiene instintos criminales. En San Andrés de Machaca, donde yo tenia una propiedad y donde vivi largos aos, penetraba a las ca~ sas de los indios y mataba corderos y galli- nas a diestra y siniestra, sin ninguin motivo, y como si eso fuera poco, metia fuego a las ‘casas y Iuego huia. Més de una vez se libré de la muerte, cuando los indios lo buscaban por todas partes para colgarlo 0 quemarlo vivo. En Jestis de Machaca, provocé un gra- ve incendio en una comunidad, y cientos de indios se movilizaron para agarrarlo y arrancarle los ojos, y cortarle las orejas, [a nariz y la lengua, los brazos y las piernas, y hacerio rodar como una pelota. Pero no pu- dieron pescarlo, sino que a los pocos dias, Santiago de Machaca cometié un atentado criminal con una india de tierna edad, luego fugé al Peri, y después regres6 como si na~ da, para seguir con sus crimenes y fechorias. Estaba acostumbrado a profanar las tumbas enel cementerio; desenterraba a los muertos y les cortaba la cabeza, y la colgaba por los 192 cabellos en un palo, y luego colocaba de pie a los cadaveres decapitados y los apoyaba sobre las tumbas, para horror del vecinda- rio. Lo cierto es que su padre era brujo, y se~ gin afirmaciones de un antiguo jilakhata, a uno de sus abuelos lo acusaron de brujeria y Jo quemaron vivo. De paso, yo le diré que los indios de San Andrés de Machaca son fe- roces y sanguinarios, Ahi tiene usted el caso de Santiago de Machaca, quien precisamen- te ha nacido en San Andrés de Machaca. Por otra parte, es de justicia reconocer que San- tlago de Machaca ha sido siempre un gran navegante; pero lo malo es que los contra- bandistas Io contrataban para efectuar pel grosas travesias nocturnas con grandes car- gamentos de mercaderia, y él por su parte, capitaneaba una caterva de facinerosos y criminales que disponian de varios botes, y que sembraban el terror en todos los puertos del Lago. A muchos de ellos los agarrar6n, y los mataron a pedradas y a garrotazos. Pero ‘a Santiago de Machaca, nunca lograron aga rrarlo; é1 siempre escapaba, y se burlaba de sus perseguidores. Una vez lo acusaron de asesinato, pero no presentaron pruebas, y él se les ri6 en la cara. A ralz de sus delitos, es- tuvo prOfugo por algin tiempo, y después apareci6 vestido a la moderna y con mucha plata en el bolsillo, que regalaba por anga y 2 We‘manga para congraciarse con los indios. Luego cometié un gran robo en la iglesia de San Andrés de Machaca y lo dejé amarrado al pirroco, pero nadie pudo agarrarlo para darle un castigo por semejante sacrilegio. Asi las cosas, a los pocos meses y cuando to- dos olvidaron el asunto, vendié unos terre- nos que no le pertenecian y se embolsll6 la plata, y cuando los legitimos dueios metie- ron un gran io y lo amenazaron con la justi- cia, 61 los encert6 y los tapis en una garita de adobe, muy alejada del pueblo, y ali los dej6, para que se mueran de hambre y se pudran de desesperacién. Sin embargo, los 1ptesos salieron del encierro, gracias a unos Indios que los habian echado de menos, y que por suerte localizaron la garita. Lo que pasa es que Santiago de Machaca tiene mu cho cinismo y es muy temerario, y por eso se salva de todos les peligros habidos y por haber, Todos lo miraban con rencor y odio, pero nadie se atrevia a decirle nada, porque manejaba pistola y cuchillo, y podta estran- gular a cualquiera. For algiin tiempo, fue mat6n de los partidos politicos, y tenia vara alta en todos los pueblos del Lago. Como malhechor y como contrabandista, viajaba a Guaqui, viajaba a Tiquina, viajaba a Copa- cabana, viajaba al Desaguadero, viajaba a Puerto Acosta, viajaba a Santiago de Huata, 194 dénde no viajaba, y en todas partes dejaba la sefal de sus maldades. Muchos decian aque tenia lepra, y también decfan que tenla sifilis, y que se habia contagiado de no sé qué enfermedades en sus correrias por el Peri. Y otros decian que tenfa un hijo, que en realidad era un monstruo, que habia na- cido con dos cabezas y seis brazos, y que lo habfa abandonado en la Isla del Sol. A lo mejor es cierto, yo no sé, Pero me consta aque Santiago de Machaca es un forajido y un criminal, que actualmente se oculta bajo el disfraz de honrado comerciante. A mi me tiene miedo, porque sabe que yo lo puedo hundir en cudluiér momento, con los testi- monios que tengo. Ahora usted ve el facine- ros0 no se atreve a pasar por esta calle; y ‘cuando lo hace, pasa por la acera del frente, a toda carrera, Yo conozco sus artimafas, y ss6 muy bien Io que ocurre. Santiago de Ma- chaca, astuto y patranento, desaparecié por un gran tiempo, para ocultar quién sabe qué delitos, so capa de fiebre exantemética; y de repente apareci6, muy campante, haciendo gala de cinismo y desvergiienza por calles y plazas. Yo le diré francamente que me alar- mé, cuando lo vi el otro dia con él. Me han dicho que actualmente maneja oro por mon- tones; de dénde lo saca, yo no sé. Del robo seguramente. Ast las cosas, usted no debe- 195ria meterse con él; usted se desacredita al andar con él. Al fin y al cabo, usted pertene- cea una buena familia, y hace muy mal en lucirse en las calles con un forajido. Cuida- do que en una de esas le haga alguna barba- ridad. Santiago de Machaca es capaz de ma- tar a cualquiera, no tiene alma. Yo le diré que soy una mujer sin pretensiones, una modesta ama de casa; pero tengo una gran moral. Mi padre conocia Alemania, Europa y Roma, y tenia dos fincas en el Lago; y co- ‘mo era un gran fildsofo, me ha inculcado la moral y los buenos sentimientes. Yo lo esti- mo a usted y por eso lo he llamado ahora, y le-he contado la verdad y nada més que la verdad sobre ese forajido. En fin, yo he cumplido un deber al prevenirle sobre el peligro que lo amenaza; ya usted vers lo que hace. ‘Tales las palabras de la sefiora Baruja ‘Monttesinos; tal la historia que me conts. Yo consideré instil refutar sus palabras y poner las cosas en su lugar, habida cuenta el ‘odio fandtico que le profesaba al pobre San- tiago de Machaca. ‘Me limité a agradecerle, y me retiré. 196 -—m— ‘Una noche, cuando yo estaba trabajando en mi cuarto, hundido en un montén de pa- peles, y me debatia en la duda y el desalien- to, incapaz de resolver graves problemas que me planteaba mi famosa novela, recibi Ja visita de Santiago de Machaca y nada me- nos. Confieso que me asusté, inexplicable- mente. Me pareci6 que Santiago de Machaca tenfa una imagen diferente de aquella que yo conocta; y al verlo, un escalofrio recorrié mi cuerpo. Sin embargo, Santiago de Ma- chaca seguia siendo el mismo: afectuoso, sencillo y humilde —pero con todo, en su rostro habfa un no s6 qué, que me infundfa un supersticioso temor, y ademés percibi un olor a humedad, a Jana de oveja Hovida y podrida, que me turbé extraftamente. Sin duda 61 not6 el miedo que me domi naba, cuando me dijo: —No te asustes; no te alarmes; yo sé que estoy de mala cara, porque no he dormido, ni he muerto, ni he descansado, ni he comido, durante los sitimos dias. Te diré que me sien to mal, muy mal. Algo se avecina, por eso he venido. Ti sabes; un amigo es un amigo. Santiago de Machaca se sent en iit ta-~ burete, cerca de mi mesa; sacé una botella 197de su bolsillo y bebi6 avidamente, y nego me la pas6, Yo me vi obligado a beber un trago, con mucha repugnancia, ciertamente, porque en sus labios asomaban unos espu- ‘marajos,ligeramente tehidos de sangre. Le devolvi la botella, y con estudiada in- diferencia le die: —Buen trago. Hacia frio. Lo malo es que por el momento no puedo beber, porque tengo una aguda irritacion al estémago. —Disctlpame, pero te noto un poco raro —aijo él con resentimiento—. No te pongas asi, td sabes cuanto te estimo y cudnto te aprecio, y cuanto te respeto. Si me he atrevi- do a buscarte, ha sido porque estaba deses- perado, y me sentia perdido en este mundo. ‘Te soy sincero, No te extrafie mi aspecto y la espuma en la boca; soy epiléptico, y esta tarde me ha dado un ataque. En realidad, mi desventura es muy grande, mi desventu- 2 €s infinita, y quisiera Hlorar, pero no pue- do. No puedo lorar. De pronto, yo me senti profundamente conmovido, y le dij: —Ti sabes que yo comprendo la vida que vives, y la muerte que mueres. Ti sa- bes que soy tu amigo, y puedes contar con- migo en todo momento. No te aflijas, todo pasa. La vida pasa, la muerte pasa, el mun- do pasa. 198 —Asi es —asintié él. Todo pasa pero la soledad del hombre no pasa —y de repente dijo, inopinadamento—: Hay un amigo, que ime esté esperando afuera, y que quiere cono- carte. Si td me autorizas, yo lo hago entrar. Yo me sorprendi. ¥ me senti ineémodo. De buenas a primeras, Santiago de Machaca me saltaba con un amigo, que queria cono- cerme. 2Y qué clase de amigo seria éste? Va-
‘Shan rar sq ingen doe ered om “ic go gudeemresnuy qo eel nun ame y a0 SF Ln me dene pn nena con cor barr Spade sandr quent eporlpctener seco Soe pcede gs do que como eh Set oe Ec dace nna nna pone ‘Sr unteanonp enim vera sks Jer preeele Sindunanacr incre ro Smt sehr asia ‘argu une i cvs rl ene ue el tn no sya reba ons papte qe de ures se vs. “Tinto a in delaras wn roid do lero seves mena agree co ne eons, {sms hse 0 le eon en ois tens Esk done son coy ene lgno se ‘ore jear dn ane gn cae guecrespnde al ead ara Sng Ur ede en comes tani so ons ln pe ‘tr nremmindc nse Gen pes ue etn hs fries dentro ney goede oc @ ye qe cede ye eee Whe ean ovo nl ado Sendo epiiamene, el eo ‘urcpens hc aaron po eee cosa Steer Bcc ce ne api oe Ctsirothragel eed meno gp leper yaa Iii, ove wana veda opr ss Ds ‘heya ccpov apron Gece yy gb Je foci dma Nd Nat cd acer ad Adem at Te tear Tr pss dean spre eed fi conmig, Port, ss prsecotiacnaf em de ants debe oat ‘Sto decal colp enone and: Alf yoo aed de trekin dela Parson nerd edie be een gan a Spar gla fur conngeenin conrad deanna eee sin, ities murda ean wand contre ‘Eo eset nce rope cece ate yercome came ordpusecmewreclesy dons creme pout de deca por ESE Sta qe lnloc ingore emp. Dsl dene a Inna se ma or ede deta mi er Como geo con tepid cane prado wes,‘meen ome Sto Actbeientcundo seh priv decomeren abaya bode Saad pnes era rab done bbe hats gar revets Enos Sparse mun gn cl tend Soe on so Haber olasone, ‘Ties por jos de codli,co oa eto enna ge ve Lew aloes pals de wn lar puso, ree eae Socal qusele pags Sue compli anlnercn render dels pabreny ‘cdo oder pole sar el ges pre fine sae nosemented ta delacleFgverens ca eeu delet um seamen Ens Gent de San gna lr pre Yyeotlensclenenn Toco dy empire des ech ne ene "spade arin fdr delet pr gr. Me amar ete finns eortundose ste un ln de fog. Tde en noche, ents spre ie fer gus el demoai-y metho de arin demecr n ‘nbn hal cngrgoln alder del ies ptr a ‘rea a lamaecer eos de aca ne Tam y en Gara de Lins en nei Bat Buenos An et eal ‘Max Paes y dpc en elle agi yen clin Posey Taare Panda Paras pane yo roca deSan fn cnc da
También podría gustarte
Reflexiones sobre la humanidad y el tiempo
PDF
100% (1)
Reflexiones sobre la humanidad y el tiempo
29 páginas
Calzadilla - Dictado Por La Jauria PDF
PDF
Aún no hay calificaciones
Calzadilla - Dictado Por La Jauria PDF
32 páginas
Rivera, Julio - Sesenta y Seis Mil Poemas Obra en Construcción
PDF
Aún no hay calificaciones
Rivera, Julio - Sesenta y Seis Mil Poemas Obra en Construcción
60 páginas
Nueve Noches - Bernardo Carvalho
PDF
100% (1)
Nueve Noches - Bernardo Carvalho
90 páginas
Blanca Wiethüchter - Ensayo Breve Sobre Humberto Quino
PDF
100% (1)
Blanca Wiethüchter - Ensayo Breve Sobre Humberto Quino
5 páginas
Bañez, Gabriel - Virgen
PDF
Aún no hay calificaciones
Bañez, Gabriel - Virgen
108 páginas
Alemian - El Regreso - Final (CTP) - Web
PDF
Aún no hay calificaciones
Alemian - El Regreso - Final (CTP) - Web
27 páginas
Arania: Nueva en el Pueblo
PDF
Aún no hay calificaciones
Arania: Nueva en el Pueblo
6 páginas
Estrategia Del Poema Luis Eduardo Garc A
PDF
100% (1)
Estrategia Del Poema Luis Eduardo Garc A
7 páginas
Olegario Victor Andrade - Obras Completas PDF
PDF
Aún no hay calificaciones
Olegario Victor Andrade - Obras Completas PDF
149 páginas
Teófilo Cid - El Tiempo de La Sospecha
PDF
Aún no hay calificaciones
Teófilo Cid - El Tiempo de La Sospecha
51 páginas
Muestrario Poético - Mariano Lebrón Saviñón (1922-)
PDF
Aún no hay calificaciones
Muestrario Poético - Mariano Lebrón Saviñón (1922-)
19 páginas
Báñez, Gabriel. El Circo Nunca Muere, Irina y Estado de Sitio
PDF
Aún no hay calificaciones
Báñez, Gabriel. El Circo Nunca Muere, Irina y Estado de Sitio
25 páginas
Paula Jimenez España La Mala Vida
PDF
Aún no hay calificaciones
Paula Jimenez España La Mala Vida
3 páginas
Poesias Pablo Guevara
PDF
Aún no hay calificaciones
Poesias Pablo Guevara
8 páginas
Aída Cartagena Portalatín - Escalera para Electra PDF
PDF
Aún no hay calificaciones
Aída Cartagena Portalatín - Escalera para Electra PDF
172 páginas
Hora 0
PDF
Aún no hay calificaciones
Hora 0
103 páginas
Angela María Dávila Animal Fiero y Tierno
PDF
Aún no hay calificaciones
Angela María Dávila Animal Fiero y Tierno
42 páginas
Óscar Delgado: Poeta Asesinado
PDF
100% (1)
Óscar Delgado: Poeta Asesinado
80 páginas
Poesía erótica de Carmen Matute
PDF
Aún no hay calificaciones
Poesía erótica de Carmen Matute
11 páginas
Transcript Claroscuro
PDF
Aún no hay calificaciones
Transcript Claroscuro
44 páginas
Poemas de Guillermo Riedemann
PDF
Aún no hay calificaciones
Poemas de Guillermo Riedemann
132 páginas
Pablo Katchadjian EL CAM DEL ALCH
PDF
Aún no hay calificaciones
Pablo Katchadjian EL CAM DEL ALCH
41 páginas
Entre Presencias Visibles e Invisibles, Fernando Rendón.
PDF
100% (1)
Entre Presencias Visibles e Invisibles, Fernando Rendón.
256 páginas
Parabola Del Desconocido
PDF
Aún no hay calificaciones
Parabola Del Desconocido
19 páginas
Canto de Rokha: Música y Poesía Chilena
PDF
Aún no hay calificaciones
Canto de Rokha: Música y Poesía Chilena
26 páginas
RÍOS Damián Habrá Que Poner La Luz (Novela Corta)
PDF
Aún no hay calificaciones
RÍOS Damián Habrá Que Poner La Luz (Novela Corta)
27 páginas
Antología de La Poesía Cósmica de Matanzas, Cuba - Raúl T. Lopez e Iván S Merlín
PDF
100% (1)
Antología de La Poesía Cósmica de Matanzas, Cuba - Raúl T. Lopez e Iván S Merlín
102 páginas
Raúl Navarrete - Memoria de La Especie
PDF
Aún no hay calificaciones
Raúl Navarrete - Memoria de La Especie
44 páginas
Agua de Beber: Una Extraña Antología.
PDF
Aún no hay calificaciones
Agua de Beber: Una Extraña Antología.
43 páginas
Memoria de La Noche
PDF
Aún no hay calificaciones
Memoria de La Noche
72 páginas
Poemas de Carlos Trujillo
PDF
100% (1)
Poemas de Carlos Trujillo
15 páginas
Héctor Murena
PDF
Aún no hay calificaciones
Héctor Murena
9 páginas
Cartografias Adalber Salas Hernandez PDF
PDF
Aún no hay calificaciones
Cartografias Adalber Salas Hernandez PDF
23 páginas
Juan Cunha - Palabra Cabra Desmandada
PDF
100% (1)
Juan Cunha - Palabra Cabra Desmandada
58 páginas
Poemas de Luz y Sombra de Gochez
PDF
Aún no hay calificaciones
Poemas de Luz y Sombra de Gochez
21 páginas
Miltin
PDF
Aún no hay calificaciones
Miltin
240 páginas
Poemas de Jaime Suárez Quemain
PDF
Aún no hay calificaciones
Poemas de Jaime Suárez Quemain
10 páginas
Héctor Libertella: Autobiografía Fantasmal
PDF
Aún no hay calificaciones
Héctor Libertella: Autobiografía Fantasmal
92 páginas
Inventario Colectivo
PDF
Aún no hay calificaciones
Inventario Colectivo
51 páginas
Harry Almela. La Patria Forajida
PDF
Aún no hay calificaciones
Harry Almela. La Patria Forajida
28 páginas
El Signo Del Gorrion 4 PDF
PDF
Aún no hay calificaciones
El Signo Del Gorrion 4 PDF
77 páginas
Juan Rodolfo Wilcock - Los Donguis
PDF
Aún no hay calificaciones
Juan Rodolfo Wilcock - Los Donguis
6 páginas
Hugo Gola
PDF
100% (1)
Hugo Gola
39 páginas
NIEBLA Y RETORNO de René Bascopé Aspiazu
PDF
Aún no hay calificaciones
NIEBLA Y RETORNO de René Bascopé Aspiazu
64 páginas
A Salvo de La Destrucción
PDF
Aún no hay calificaciones
A Salvo de La Destrucción
88 páginas
Poesía Contemporánea de Alejandro Rubio
PDF
Aún no hay calificaciones
Poesía Contemporánea de Alejandro Rubio
41 páginas
No Me Preguntes Como Pasa El Tiempo 1964-1968
PDF
100% (1)
No Me Preguntes Como Pasa El Tiempo 1964-1968
85 páginas
Final de Obra
PDF
Aún no hay calificaciones
Final de Obra
46 páginas
Kurt Folch - Líquenes
PDF
100% (1)
Kurt Folch - Líquenes
89 páginas
Guitarra Negra de Alfredo Zitarrosa
PDF
Aún no hay calificaciones
Guitarra Negra de Alfredo Zitarrosa
3 páginas
En El Lenguaje de Las Burbujas. Gustavo Arrieta Lopez
PDF
Aún no hay calificaciones
En El Lenguaje de Las Burbujas. Gustavo Arrieta Lopez
78 páginas
Fervor de Buenos Aires 1923
PDF
Aún no hay calificaciones
Fervor de Buenos Aires 1923
33 páginas
Ernesto Che Guevara - Poemas
PDF
100% (1)
Ernesto Che Guevara - Poemas
7 páginas
Poesía de Ernesto Guevara
PDF
100% (2)
Poesía de Ernesto Guevara
8 páginas
Castro Dante Tierra de Pishtacos
PDF
100% (2)
Castro Dante Tierra de Pishtacos
78 páginas
La Raza de Bronce
PDF
Aún no hay calificaciones
La Raza de Bronce
9 páginas
Algo sobre la muerte del Mayor Sabines
PDF
Aún no hay calificaciones
Algo sobre la muerte del Mayor Sabines
11 páginas
Boletín y Elegía de Las Mitas - César Dávila Andrade
PDF
100% (1)
Boletín y Elegía de Las Mitas - César Dávila Andrade
6 páginas
Mario Chabes - Ccoca
PDF
100% (2)
Mario Chabes - Ccoca
88 páginas