Juana la campa te vengar
Carlos Eduardo Zavaleta
Frente a ste mi ltimo amo, me quedo en pie para no sentir de cerca su casa
bonita y llena de ventanales y libros por todas partes, pero l me dice como nunca
sintate, Juana, vamos a hablar como amigos, ya van tres aos que trabajas en mi
casa; pero yo digo no, muchas gracias, estoy bien as no ms. Me dice que olvide a
mis otros patronos por malos y perversos. Dice que por ser jvenes nos hemos
llevado bien, siempre que yo haya cumplido con mis obligaciones de cocinera y
lavandera. Es la tercera o cuarta vez que me regaa por contestarle mal a su mujer,
tan linda que me asusta cuando la veo.
Mientras agacho la cabeza me est diciendo quin soy, cmo sal de Oxapampa
hasta la cocina de mi primera ama ya muerta, cmo me sent al dejar el monte y
subir a esa casa con ruedas y ronquidos que slo despus supe llamar camin. Me
cuenta hasta cmo, sin saberlo, yo estaba resentida de que mis padres me hubieran
vendido por un corte de tocuyo de veinte soles. Lo dejo hablar: debe ser cierto lo
que dice un maestro de colegio de Media como l. Despus de todo, soy apenas una
campa sin edad precisa aunque joven, sin una partida de bautismo o nacimiento,
sin nadie ms en el pueblo con mi forma de cabeza, cara y piernas. Dice que ha
investigado bien toda mi vida antes de recibirme en su casa y ensearme a leer y
escribir tan bien como a cualquier seorita. Ahora eres otra, puedes pasar muy bien
por mi sobrina se sonre. Y te gusta leer revistas y peridicos ms que a mi
mujer. Te acuerdas cmo llegaste...? Y sigue y sigue hablando como un loro: que lo
haga si cree que va a cambiarme.
Pagaron por ti un corte de tocuyo de veinte soles en el mercado de Oxapampa
dice; a tu lado se vendan pltanos para hacer pan, toda clase de yuca y tapioca,
pias y paltas mejores que las que llevan a Lima y unos monos chicos para comer,
son ricos verdad?, especialmente la cabeza que se chupa durante horas. T eras
otro monito gritn y miedoso, escondido en los andrajos de tu madre. Claro que
ella no te ofreca en voz alta ni deca tu precio, pero los hombres de La Merced o
San Ramn ya saban cmo comprar nias. Ella les pidi dos cortes de tocuyo o seis
tarros de anilina alemana, o una lampa nueva, o dos machetes filudos y de buen
tamao, as fueran usados. Pero dos de esos mercachifles, que metan desafiantes
las botas en el barro, le dijeron un corte de tocuyo o nada; y empezaron a irse para
que tu madre te cargara y los siguiera, rogndoles que te compraran de una vez.
No te diste cuenta sigue diciendo l. En cosa de un rato ya estabas arriba en
el camin de los mercachifles, sentada en la plataforma y mirando al cholito de diez
aos que se haba puesto entre los chanchos y t, para que no te comieran. Sin
duda gritaste mucho viendo que tu madre te dejaba, pero eso pasara pronto o
jams, como todo en el mundo. Con el camin en movimiento la tierra dio vueltas
por primera vez para ti y el monte fue como un solo rbol, cortado en dos por la
cicatriz del camino, sobre el que ya caan hojas y ramas para tratar de borrarlo. El
cholito no entendi lo que pudiste hablar y t creste por un momento que los
chanchos, nuevos para ti, conspiraban en su propio lenguaje; subiendo entre
muchas vueltas, terminaste por gruir como ellos y vomitar un embarrado de
pltano y yuca que hizo fruncir la cara del chico que se alej de ti.
Cada vez que el vmito te exprima haciendo crecer de dolor tu cabeza, el camin
se paraba, uno de los hombres abra la reja de atrs y los dos con el chico bajaban a
un chancho gritn y lo vendan en una puerta, no por un corte de tocuyo sino por
plata o billetes. Y otra vez la marcha, el vmito, los fuertes latidos dentro o fuera de
la cabeza, y de nuevo un chancho menos que grua y pataleaba al despedirse. Y
luego te quedaste solita en la plataforma, porque hasta el chico fue vendido en otra
puerta (lo creste as aunque slo haba vuelto a su casa despus de trabajar). El
camin entr por un camino muy largo lleno de gente y puertas, gente y puertas.
En vez de chozas haba unos grandes bultos techados para la gente, y por todas
partes animales con ruedas como ste, o ms pequeos, movindose y
producindote un dolor en los ojos y el estmago. As conociste La Merced. En la
plaza te dejaron como en una jaula para que los curiosos te miraran, una campa, oh
una campa del monte, sentadita en la plataforma, envuelta en la manta rota lo
nico que te dej tu madre, y sin poder hablar, primero porque apenas estabas
aprendiendo a hacerlo cuando empez este viaje, y luego porque la boca de los
curiosos era totalmente nueva y rara. Hasta que tus dueos los apartaron, subieron
adelante, se movi el gran animal con ruedas y all seguiste bajo el sol de la tarde
por tierras que al fin se vean un poco entre los rboles. Era San Ramn, donde una
banda de viejos y viejas se paseaba por la plaza y te descubri en el camin, hasta
que una pareja de ellos pag el precio y te llev a su cocina cuadrada y pequeita,
con el suelo lleno de hormigas y cruzado por los viajes de cuyes y conejos; te
sentaste quieta como una gallina enferma, mirando el fogn de donde sabas que
tarde o temprano vendra la comida.
Me ro si cree l que sufro con su cuento; me ro y me tomo feliz esa primera
sopa que me dieron ah en el suelo.
Despus, cuando dijeron que mataste a la vieja, los guardias te preguntaron por
qu la escogiste a ella y no a tu amo, un tinterillo famoso por sus maldades. Para m
es fcil de explicar: la vieja estuvo ms cerca de ti que el otro y te insult desde el
primer da, molesta porque no entendas sus rdenes ni su mmica. Cuando abri el
pesebre con pocos chanchos, sin duda para ensearte a darles de comer el sango, te
fuiste derecho a dormir a ese lado; pero ella, con dos tirones de pelos, te volvi a la
cocina para que los cuyes y conejos te enredaran las piernas con sus chillidos y
vocecitas. As comenzaron la muerte de la vieja, sus gritos sealndote el nombre
de las cosas mientras ella coga las cosas mismas en alto, metindotelas por los
ojos; sus empujones en una direccin para que fueras en esa direccin; sus miradas
furiosas sobre las ollas para que aprendieras cmo haca los potajes; los golpes
sobre ti y hasta sobre la escoba de ramas, si barras mal; y los extraos modos de
conectar ese demonio llamado plancha, que a veces poda servir para jugar con la
ropa y a veces para quemarla tan bonito, hacindole huecos en forma de plancha, y
los huecos tan profundos que podan irse hasta el suelo, a travs de la ropa y la
mesa.
Al principio la vieja fue un solo grito que no paraba, un gusano en tus orejas.
Con el tiempo su mirada no slo fueron sus ojos huecos con otros ojos adentro, sino
sus dientes medio quemados, su boca sin labios, su cuerpo deforme, barrign y
jorobado ah, cmo te res no?, una maldicin que te miraba de arriba abajo,
da y noche. Y todo mezclado con los nombres raros que le pona a las cosas y las
rdenes absurdas de ir all cuando te haba mandado ac, de cocinar esto cuando te
haba dicho barre no ms, o limpia, o plancha esa camisa del seor. La obedeciste,
pero no como ella quera: metiste a la olla otro animal, quemaste una parte de la
cocina. Su cara se encendi ms que el fogn y te vino a quemar con un leo de la
bicharra, y cuando caste y te hiciste un ovillo en el suelo, el mismo bulto que
formaste al llegar, una manchita miserable en la cocina...
Qu estar diciendo, habla muy rpido! A qu hora vuelvo a mi cocina?
Despus dir que soy demorona.
Ella llam al viejo de su marido y te seal echando espuma por la boca, hasta
que el viejo se anim a probarte con los pies, y como estabas dura, te meti los
zapatos en la barriga y las piernas. Esa fue la primera gran paliza, all por 1945.
Me equivoco o no?
Si usted lo dice, as debe ser, seor.
Te qued la leccin aunque ella no lo soara verdad? Aprendiste el nombre de
las cosas, una gran parte de lo que no deba hacerse, las costumbres del lavado en la
acequia del pesebre, de ensuciarte y hacer del cuerpo slo junto a las matas de
chincho para el aj, de comer metiendo las manos en las ollas y consumirte de
sueo frente al fogn, pero de pie, y sin doblar las rodillas.
Anda, sigue no ms. Ya te cansaste? Adnde irs a parar?
Crecas y abultabas ms cada semana, pero slo supiste quin eras un domingo
que la vieja se tard en la calle y creste entrar en su dormitorio, pero te metiste un
buen trecho, casi un viaje, dentro del enorme espejo de su ropero: tenas la cabeza
en forma de canoa, en tu cara se vean las lneas azules del tatuaje, tus dientes
enfermos estaban muy flojos, tus pelos eran una cortina estilo reina Cleopatra, s,
s, eso me dijo una vez que su mujer me peg, para pasarme la mano: reina bien
fregada y jodida como yo, seguiste mirando tu cara larga como un cuchillo, esos
brazos largos de mono, esas piernas arqueadas de enana, al fin, al fin se atreve a
insultarme, y aquellos zapatones de soldado que te hacan arrastrar los pies... Entre
esos dos sitios, la cocina y el espejo del dormitorio, empezaste a contar los das sin
saber todava los nmeros, as como tampoco sabas ver el reloj, ese aparatito brujo
que estando lejos de la cocina tena que ver con las ollas y con los puos de la vieja
que te entraban por las costillas. Hasta que una maana la cocina se te escap
corriendo y ya no pudiste volverla a su sitio. Se mova y te engaaba por todas
partes. Creste haber parado la olla de agua con agua, pero estaba seca y se parti
sobre la candela en momentos de entrar la vieja; despus le lleg el turno a la leche,
otra agua que sin duda se haba metido en la olla con su burra o vaca entera, se
hinch hasta arrojar la tapa, chasna y chasna como la misma fiebre de la vieja que
ya haba empezado a pegarte.
Bruta, animal, idiota!, grit al preguntar qu tenas en la tercera olla. No supiste
el nombre pero la abriste: de la carne de varios das que habas guardado para
mordisquear solita salieron unos gusanos lindos, blancos y gordos, incapaces de
molestar a nadie y mucho ms tranquilos que los cuyes de la cocina. La vieja dio un
nuevo grito y te ech a la cara esos pobres gusanos cuyos gemidos de dolor creste
or. Y la carne estaba ahora por el suelo, con lo valiosa que era siempre para ti, y
entonces hubo que darle su merecido con lo primero que hallaras, el cuchillo del
tamao de tu brazo manejado slo para seguir el movimiento de la vieja, la
invitacin al cuchillo invitacin? acaso es un baile? para unir a ambos como
queran, junto a la paletilla, dos veces y nada ms, porque el viejo, con la misma
brujera del reloj, estando lejos descubri lo que suceda y lleg a tiempo o
destiempo, imposible decirlo.
Fue la primera patrona que mat, digo por fin, empezando a sudar.
No la mataste de veras, la heriste, dice l. La mat su marido por no querer
curarla hasta que la vieja revent por la hemorragia del pulmn agujereado: el
hombre ni siquiera pens en llamar a un mdico.
Estaba enamorado de una seorita joven y linda, digo.
S, s, claro, y por eso divulg la noticia de que su mujer estaba enferma de
neumona, de costado como le llaman ac, para decir unos das despus que haba
muerto, y todava la vel dos noches en ese pueblo donde no se necesita un
certificado de defuncin para enterrar a nadie. Despus de todo le hiciste un gran
favor y as el viejo pudo mudarse aqu a Tarma a empezar su nueva vida con la otra
mujer.
Y en el velorio estaba esa seorita, le cuento yo, pero l ya lo saba.
La que fue despus tu ama, dice.
Tan suavecita y buena al comienzo que no so cmo cambiara. Se lo juro.
Tena sus planes y por eso empez a congraciarse contigo: te pas la mano por
los pelos y cada domingo te llev primero a misa y luego al mercado por las calles
llenas de tiendas, las tiendas llenas de telas, las telas llenas de colores, los colores
llenos de ojos que te miraban, sigue, sigue, y yo llena de felicidad, sin pensar en
ollas ni sopas!, y t llevando las canastas por en medio de la gente, sin poder
igualar el paso tan prosista de tu ama joven. Despus de pasar ella, los ojos de los
hombres te envolvan mareados como si tambin fueras alguien digna de
admiracin o envidia, mientras oas frases claras y fciles, sin comprenderlas an.
Mameta, mameta, la llamabas: qui cosa is puta? Alguito bueno como pan o
zucar?
Jajay, tarmeos, qu risa, igualito a lo que hablaba me est remedando!
Calla, cochina!, gritaba ella. Quin te ense a decir eso?
Esos muchachos pasando ti luan decu, constestabas t.
A m?, se sorprenda ella al comienzo, pero despus largaba a rerse: A ver, a ver
qu has odo que me decan esta vez?, preguntaba.
Cololendo.
Soltaba la risa y peda: A ver, dilo de nuevo.
Cololendo.
Culo lindo, pronunciaba ella despacio, al fruncir la boca como para un beso. Culo
lindo: vamos, repite.
Cololendo.
Se apretaba el estmago de la risa, as como t ahora, ya, ya, basta Juana, cmo
nos divertimos no?, y bueno, as fue tomndote confianza, recortndote ella
misma el pelo, hacindote cosquillas y regalndote sus trajes usados, sus zapatos de
tacn alto adonde subirse era muy difcil, o llevndote a una casa que se llamaba
cine y donde haba un enredo de sombras, un hombre que vena a ti con una vela
encendida por un pasadizo interminable, y detrs, en puntitas de pie, lo segua un
monstruo con los colmillos afuera, babeando porque ya iba a comrselo, y a tu lado
tu patrona y un hombre gritaban cogidos de la mano y todos los nios del cine
movan sus sillas chillando menos que t: al caerse la vela, el monstruo apret las
manos sobre el cuello de todos y la gritera fue tal que debiste cerrar los ojos
decidida a no abrirlos ms, hasta que del fondo surgi la lindura de un ro con sus
orillas tejidas de rboles y te quedaste fra, sintiendo que eso eras t, que de ah
venas, pero que ya era imposible volver, y seguiste mirando con fuerza en los ojos,
dispuesta a volar y meterte ah, aunque el ro se fue y te quedaste con sed, sin
comprender que tu ama en la oscuridad estaba comindose la boca de ese hombre y
que se abrazaban hasta hacer crujir las sillas. Esa casa no se llam para ti como se
llamaba la pelcula sino nada ms que El ro, y varias veces volviste con tu ama y el
hombre desconocido, pero jams viste de nuevo caer la vela ni la mano apretando
todos los cuellos, ni el ro o sus rboles que haban muerto para siempre, dejndote
sola.
Se llamaba La venganza de no se quin, de un nombre raro, digo.
Una noche, despus de lavar las ollas y ensartar el trozo de carne en el alambre a
la intemperie, tendiste en el suelo tu cama de pellejos donde no tardaras en morir
hasta resucitar maana bien temprano. Empezaste a cantar no sabas qu, una
larga cancin que te obligaba a repetir los sonidos y volver sobre ellos varias veces,
quiz algo que durara horas y das. De repente se abre la puerta y entra algo as
como el monstruo con la vela encendida; coges el hacha de partir la carne y sin
duda diste un grito. Tu viejo patrn estaba ah con el lamparn de querosene y
finalmente te arroll y te dej sin hacha, cogindote de los pelos:
Dnde est mi mujer? T lo sabes! Con quin va al cine?
Uy, seor, casi me muero!, grito yo tambin, y empiezo a temblar como si viera
otra vez al condenado. El viejo me quera matar, s, s, y yo entonces...
Al salir ya te haba tirado al suelo con un par de puntapis, te dej ardiendo y
latiendo el cuerpo con tanta fuerza que se te fue el sueo hasta la medianoche,
cuando oste gritar a la seora y nacieron otros ruidos salvajes all en el dormitorio.
Sonriendo, casi feliz de que a ella tambin la golpeara, te pusiste a dormir.
Ya quisiera, don. Cmo se sabe que usted no estuvo ah!
Bueno, como sea, a la maana siguiente le toc a la seora entrar en la cocina,
transformada su cara preciosa por la tunda del viejo, T se lo contaste! Fuiste t,
campa del demonio!, chillaba, y se te fue encima. Por un rato pensaste en recoger el
hacha, pero por la poca fuerza de sus manos cerraste la puerta para castigarla de
arriba abajo, de atrs adelante, en medio de tantos pelos y ropas, tumbndola sobre
tu cama de pellejos mientras lloraba como una criatura. Sabas que el viejo haba
salido y as nadie poda robarte esa felicidad. Te olvidaste, claro est, de los vecinos
que omos sus gritos de auxilio y rebuscamos por toda la casa para dar con la pobre,
que ms lloraba de susto que de dolor. As, por fin, te conoc de cerca. Te haba
visto desde el da que llegaste ah al lado y siempre te mir con curiosidad, no lo
niego.
Por mi cabeza fea como un mate, por mis rayas pintadas en la cara, por mis
piernas torcidas...?
No lo niego, porque eres campa y nada ms, sin pensar en hacerte dao. Te vea
comprar el pan, recibir la leche en tu olla o acompaar a tu ama a misa o al
mercado. Esa vez te di de tomar un calmante y me qued en la cocina a conversar
contigo. Te acuerdas? Los dems vecinos se fueron con el cuento de que eras una
salvaje y que, si estuviste casi por matar a tu segunda ama, con toda seguridad que
mataste a la primera.
Me acuerdo, pero usted me preguntaba tanto y yo tena que cocinar.
Te vi hacer tan bien el locro de zapallo, hervir en su punto las ocas, resbalar tan
bien con ceniza el mote de trigo o maz, salar los jamones, lo ms difcil para una
cocinera, adems de barrer la casa de arriba abajo, que desde ah me dio la idea de
traerte a mi casa.
Gracias por defenderme de los guardias, seor, pero usted sabe que tarde o
temprano me ir.
Tambin he pensado en eso. Quiz te vayas a Lima donde a lo mejor estudias
para secretaria o te pones a trabajar en una tienda.
No se burle, don, no me engae.
Y t no me hagas pensar que eres tonta. Por qu no te escapaste luego de la
pelea con tu patrona? Otra empleada hubiera pensado que el viejo te mandara en
el acto a la crcel, cosa que todos los vecinos dbamos por seguro. Habra sido algo
normal, no? Por qu volviste?
Medio que me ro cerrada la boca y mirando a otro lado.
Quin se burla de quin? Te dir yo por qu: el viejo no te denunci, aunque los
guardias se lo pidieron, por miedo a que contaras cmo muri su primera mujer; y
adems, iba a premiarte por haberle dado una paliza a esta su segunda mujer que
lo engaaba con el hombre del cine. As, no te pas nada, y desde entonces (yo te
miraba por la ventana de mi casa) te lucas oronda por el patio, pasando el tiempo
en peinarte y sacarte las liendres y en hacer primero tus cosas. El viejo debi tomar
otra muchacha para la cocina y t solamente lavaras la ropa, cantando en la
acequia junto al pesebre. Fue ah donde asustaste a una seora Bolaos no?
Hoy s me ro de golpe, sin tiempo de taparme los poquitos dientes que me
quedan.
No vi la escena pero la imagino, dice l. T y tu amiga la sirvienta de la seora
Bolaos cantaban felices y lavaban la ropa de sus patronas, cuando la vieja Bolaos,
esa flaca, ese hueso para perros, llega a la acequia y empieza a regaar a tu amiga
porque se demora mucho, porque dej cortarse la leche del da anterior, porque se
agarr dos panes en vez de uno... Entonces le da un segundo para responder, pero,
con el susto, a la india se le traba la lengua y slo se cubre la cara con los brazos,
esperando los golpes. Tienes la conciencia sucia y por eso tiemblas, dice ella.
Contstame!, si bien la otra ya olvid con los nervios de qu se trataba y vuelve a
taparse la cara. Te frunces as para que digan que te pego no?, grita despus y le va
a tirar de las trenzas cuando t le das un empujn. Si le toca un pelo a mi amiga yo
la mato, le dices tranquilamente. O sea que mejor vyase volando. Y te vuelves a la
india para calmarla: No te asustes, Juana la Campa te vengar si algo te hacen. Con
los ojos que se le salen la seora Bolaos retrocede y grita: Y quin eres t para
defenderla? Campa salvaje! Con razn matas a tus patronas! Campa salvaje!,
pero ya lo dice saltando la pirca del pesebre y corriendo por la calle principal,
perseguida por ti.
Se me fue la risa: con los puetes bien cerrados me veo persiguiendo a esa vieja,
pero tambin escapo de los guardias y de este mi nuevo amo que corre detrs: lo
estoy oyendo.
Menos mal que ese da corrimos y eso fue todo verdad, Juana? Te juro que para
m lo peor fue por la noche, cuando ya haba credo que todos en el barrio
dormiramos en paz. O unos golpes raros en el suelo de tu casa (todo se oye de una
pared a otra en las casas de Tarma) y despus no solamente unos gritos de tu ama,
sino gritos tuyos, cosa muy extraa, pues siempre he pensado que t eres ms
valiente y aguantas ms el dolor que cualquier hombre. Me vest y corr como un
loco. Sin tocar el portn sub a oscuras por el lado del pesebre y entr igualito que
un ladrn; en la cocina no estabas ni tampoco en la sala. Me met corriendo en el
dormitorio, como si hubiera mucho sitio para correr, y te hall, recuerdas? con las
manos cubriendo tus ojos, espantada de los hachazos que tu ama joven y bonita,
pero convertida en un monstruo, le daba al viejo en la cama, al viejo que ya estaba
muerto y que ella segua despedazando entre manchas de sangre, una lluvia
increble que tambin me hizo gritar. Y luego te entreg el hacha y te pidi a voces:
Dale t tambin! Te pagar, Juana! Dale t tambin! Mtalo, por favor!
Suerte que usted vio la verdad, digo, temblando y sudando otra vez; el pueblo
entero iba a lincharme cuando ella dijo que yo lo haba matado. Ya era una
costumbre decir que todo lo malo lo haca yo, Juana la Campa.
Parece mentira que hayan pasado varios aos de eso, que t tengas ms de
veinte y que yo siga enseando en el mismo colegio, casado y con un hijo. Estamos
viejos no, Juana?
Yo s y hasta sin dientes, pero usted nunca, seor, digo. Por usted no pasan los
aos; se le ve menor que yo.
Ya te har componer esas muelas podridas desde tu niez, si t me haces un
gran servicio, dice l. Mira que te he defendido de los guardias y te he enseado a
hablar, leer y escribir como a una seorita.
Cul servicio, don?
S que hace tiempo quieres irte de mi casa aunque no lo digas. Quiz slo
esperes que arregle tus papeles, tu partida de bautismo y lo dems, para luego
escaparte a Lima el rato menos pensado.
Agacho los ojos pasando la lengua por mis encas duras como callos.
No te reprocho nada, pero debo viajar urgente a Lima para asuntos de mi trabajo
y no voy a dejar solos a mi mujer y mi hijo, sin nadie que les cocine, lave y planche.
Solamente dos meses, Juana; despus vuelvo, arreglo tus papeles y te vas adonde te
d la gana. Qu dices?
Mejor no se vaya, don.
Es que debo ir de todos modos.
Pero mejor sera...
Tengo que hacerlo.
Si es as est bien, seor.
Se queda asustado del poco rato que le cost convencerme y me mira dos y tres
veces, pero al fin me da la mano diciendo que hemos sellado un compromiso y me
deja ir despus de tenerme una hora parada en su escritorio lleno de ventanales y
libros.
Estoy cansada al volver a la cocina, pero todava hay que lavar las ollas, secar los
platos y cubiertos uno por uno, quitar la ropa de los cordeles del patio, echarle
harta agua al filtro de piedra. Casi me muevo dormida poniendo la mesa con las
tazas del desayuno de maana. Eso s, trato de abrir bien los ojos al devolver a su
sitio los biberones del chiquito, que ya he roto muchos y no quiero ms los con su
madre. Por poco llego gateando a mi cama en el suelo: tengo ms de veinte aos
como l dice, y hablo y escribo como una seorita, pero mi cama sigue siendo de
inmundos pellejos llenos de pulgas, hormigas y araas. Me quito el traje regalado
por ella y en vano pretendo dormir con el discurso del seor en mis odos, con el
servicio que debo hacerle. Dos meses sin l, y yo sola frente a su mujer bonita y
limpia, blanca igual que una sbana, sus pelos negros como la noche, su boca tan
feliz cuando lo mira y sus dientes tan bestias cuando me apuntan y odian, mientras
sus ojos se queman de veras en la luz. Y a cada rato empujndome con sus uas que
rasgan. Cuntas veces no le habr odo rerse de mi cabeza larga como un chiclayo,
de mis colmillos de Drcula (as los llama), de mi tatuaje de chuncha! La soporto
porque mi marido la est estudiando, les dice ella a sus amigas; slo por eso. La
estudia para escribir una tesis sobre la conducta de los campas. Por m la botara
maana mismo y me buscara una menos salvaje y ms limpia. Y sus amigas se ren
sin preguntar, eso no, si alguna vez me han pagado un sueldo que no sea un traje
viejo o una propina que me da justo para la cazuela del cine, ah donde slo suben
los hombres.
Quiero dormir, pero tambin hay que levantarse y resolver esto cuanto antes. No
hay tiempo para caerse de sueo. Me visto de nuevo y muy calladita porque mi
patrn sabe todo lo que sucede en la casa, da y noche. A l nadie lo engaa.
Vestirme en silencio, recoger mi atadito de ropa que por aos me ha esperado ah,
bajo el fogn, y escaparme con los zapatos viejos (tambin regalados por ella) en la
mano para no quedarme a solas con su mujer.
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Me falta muy poco: apenas cruzar medio patio, quitar el pestillo, abrir y juntar
el portn y echarme a correr hasta el mercado donde siempre hay camiones para
Lima. Pero, no ve?, ya l se dio cuenta. Ha prendido su luz y grita: Eres t,
Juana? Sigo mi camino rogando que todava tarde en vestirse, pero justo he llegado
al Club Social Tarma cuando lo veo corriendo con zapatillas y bata. Me da pena
porque va a resfriarse con lo delicadito que es. Corro lo ms que puedo, segura de
ganar, fuerte como soy, pero l es tan decidido que hace un gran esfuerzo y ya me
pisa los talones.
Un trecho ms arriba est la plaza de armas llena de gente paseando como en las
retretas de los domingos. Hasta la medianoche se divierten aquellos ociosos. Es ah
donde mi patrn llama a sus amigos, hombres y mujeres, para formarme un cerco,
me da el primer manotn y grita:
Atjenla! Qu no se vaya! Yo la he comprado y no puede irse sin mi
autorizacin!
Entonces lo miro fijamente, sintiendo que las palabras estn de su lado y no me
defendern, y s que los dos vemos a su mujer muerta en mi cocina y que esta vez
no habr salvacin.
Por favor, djeme ir, le pido.
De ninguna manera!, dice l.
Se lo ruego, seor...
Nada, nada!
Y otra vez s que l y yo vemos a su mujer muerta a mis pies en la cocina, sin que l
me defienda ante los guardias.
Por qu no la mata usted solo y me deja en paz?, digo en voz baja.
No s de qu hablas, mujer.
Entonces grito:
Por qu no la mata usted solo y me deja en paz?
Calla, animal!, grita a su vez, ms fuerte que yo, para despus llamar de nuevo a
sus amigos: Vamos, agrrenla entre todos!
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Cuidado que me muerdas, campa!, dice el primero de ellos, y viene contra m,
cerrando el cerco.
Fuente:
ZAVALETA, Carlos E. y CHIRI JAIME, Sandro. El cuento en San Marcos Siglo XX 1ra Seleccin.
Per:Fondo Editorial de la Universidad Mayor de San Marcos. 2002.
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