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RICARDO ROJAS,.
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LA PIEDRA MUERTA
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BUENOS AIRES
Martn Garca, editor
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mEBRARYOFTHE
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DEC 3 11957
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J^IVERSITY OF -UNOS
rivadavia
1912
581
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WS
RICARDO ROJAS
LA PIEDRA MUERTA
BUENOS AIRES
Martn Garca, editor
581
rivadavia - 581
1912
,<:
Obras de Ricardo Rojas
La Victoria
del
Hombre (Poema)
El Pas de la Selva
El
alma espaola
Cartas de Europa (Viajes)
Los
lises del
Blasn (Poesas)
Cosmpolis
Blasn de Plata
La restauracin nacionalista
El libro de
Persphone (Poesas)
La ronda de
la
muerte (Cuentos)
La palabra militante {Conferencias)
Bibliografa de Sarmiento
Por Los Uses del Blasn, Cartas de Europa y Blasn de
de
Plata, pueden tirigirse los pedidos por correo la casa editora
Martin Gar.d, Rivadavia 581, Buenos Aires
ADVERTENCIA
El articulo que va leerse fu escrito en
'i
el Tandil, al
dia siguiente de la caida de la Movediza, y publicado por
;:!
*La Nacin^ de Buenos Aires. Cediendo nuestra
>^
cin
\
al
consejo
de
sus amigos,
el
invita-
autor ha querido
reimprimirlo en estas pginas, para que nosotros lo ofre-
ciramos la poblacin que tuvo por numen aquella
Vv
piedra singular,
_5
s
O
5>
cuyo
derrumbamiento
an se deplora.
El Editor
^^^^^^^c^^c^^^^^^43^^^^^^^6^^^^^^^^
La Piedra Muerta
Yo
estaba
ayer en
el
cuando, al
Tandil,
atardecer, ol pueblo entero se conmovi al
mor
m-
de que la piedra que dio fama y espritu
la ciudad pampeana, habase, de pro^nto, de-
rrumbado falda abajo
donde por tanto tiempo
del solio de misterio
la
admiraron. El
es-
tupor de las grandes catstrofes colectivas,
un estupor incrdulo y fatal, cundi en el alma de la muchedumbre emocionada. Vol de
labio en labio la inslita noticia: detenanse
los transentes
para comunicarla avisbanla
;
desde sus puertas los vecinos; llevbanla con
presteza, invisibles agentes, hasta el suburbio
de las quintas lejanas. El eco inesperado de
aquel pregn siniestro, repercuta de alma en
alma con idntico acento de
protesta, de asombro.
que despierta en
el
Eran
los
corazn de
robo de una obra clebre,
el
edificio ilustre, la
tribulacin, de
la
mismos ecos
la
sociedad,
ruina de un
muerte de un gran patricio
convertido por la gloria y
el
tiempo en numen
de su pueblo, la brusca inquietud de los regicidios, el
es
dil
anuncio de los flagelos inevitables.
que la piedra movediza era para
como su
lido
el
Tan-
para Venecia, como su torre
para Pisa, como su golfo para aples, como
su vega para Granada,
como sus almenas pa-
como su cerro para Montevideo, como su baha para Eo, como su colina para
Montmartre, como su floresta para Tucumn.
Era, quiz, ms que todo ello ante la concienra Avila,
cia
de aquel vecindario, pues entre
los rasgos
de la naturaleza que dan fisonoma las ciudades, la piedra cada ayer, no era un espec-
tcTilo sinio
un
un panorama
misterio, no era
sino una presencia.
Como
tai lo sentan
en su
corazn todos los seres que hoy deploran su
como un missombra, como una pre-
inexplicable derrumbamiento:
terio desvanecido
en
la
sencia que ya no tornaremos contemplar
jams.
La noche
noticia.
era inminente cuando cundi la
Tras de
las
cimas familiares
hundise en occidente, velando
el sol
el anfiteatro
que las sierras circundan y definen, y
co casero de la ciudad acongojada.
el blan-
Las azo-
teas se poblaron de gente, fijos los ojos de
ansia dolorosos, all en la negra crestera de
los
montes amados. Suele morir
este valle con
ra,
una
bella
la tarde
y desfallecida dulzu-
que tiene algo de melancola, por
sutil
con que
la luz se
en
el
matiz
esparce y decolora so-
bre el cielo sin nubes, del oro leve un plido
violeta que preanuncia la sombra. Brillaba
tal
ayer
to
de
el cielo del crepsculo,
las azoteas
cuando
urbanas buscaba en
el
gen-
el hori-
zonte montaoso, la silueta de la piedra ad-
herente, que sola cortarse contraluz sobre
la tarde dorada.
Hace apenas dos
viendo de la serrana,
la
lejana
la
tardos, vol-
contemplara yo hacia
sobre su negro
linde del pueblo,
monte liminar, y habaseme antojado, bajo
la
alucinante perspectiva del anochecer, alguno
de esos negros
castillos roqueros,
do haber visto, sobre
el
que recuer-
horizonte de las tar-
des, en la tierra cristiana de Castilla. Busc-
bala el vecindario sobre su cerro, y al descubrir la cima rasa, la
te
pesadumbre de semejan-
verdad planeaba sobre
el
pueblo,
como
el
augurio de una enorme catstrofe, como la
catstrofe misma. Algunos se negaban al tes-
timonio de sus ojos; otros
lo
comprobaban
con protesta no pocos partan, en ese mismo
;
instante,
y pesar de
la
noche inminente, ca-
mino de la piedra, para cerciorarse mejor.
Si el derrumbe era la obra de una mano criminal,
se lo
el
pueblo pedira las autoridades que
entregaran
al autor,
para ajusticiarle
cruelmente. Pregustaban algunos en su exaltacin, el
pedazo de carne sacrilega que ha-
bra de tocarles en la vieng-anza. Todos sen-
como un dolor
tan
mo lo
senta
religioso
filial.
era la tierra de la patria
tramente mutilada en uno de sus
signos de misterio
sible del
En
Yo
belleza por la
mis-
sinieis-
mejores
mano
invi-
Tiempo.
esa tensin de nimo, partimos por
camino de
*'el
Movediza", como tradiciomal-
la
mente llmase en
el
Tandil, la ancha carre-
tera que desde las calles adoquinadas del pueblo,
corre entre chacras y alfalfares, hasta ei
En
pie del famoso monte.
pital
la Estacin,
pasa
el
el
barrio del Hos-
camino por una
al-
tsima y tenebrosa alameda, tan profunda de
solemnidad
la
hora incierta del anochecer,
que parece hecha para proteger lentos coloquios sobre el amor, sobre la fatalidad, sobre
la muerte,
como que
flota entre sus aceras
umbrosas y rumorosas,
los temerarios paisajes
el
sombro encanto de
de Kubin. Traspone
despus la carretera un pequeo puente blanco,
que domina, entre algunos sauces pensa-
tivos, rincones
de romnticas arboledas y de
sierras lejanas.
te,
No
10
aparecen, camino adelan-
mejores cuadros que sealar, pues va
camino media legua
la
el
vera de los alambra-
dos simtricos y horizontales de las chacras
pampeanas. Llegados
al pie del
monte
es
me-
nester subirlo por un sendero donde peldaos
de piedra rstica labrada, escalonndose en
sinuoso faldeo, forman estribo alpestre.
Una
vez en la cumbre, el peregrino llega la an-
cha base de granito, donde se apoyaba
dra
oscilante.
Es una
cual se otea hacia el este
extensin de la pampa,
esa atalaya.
desde
la pie-
torre singular desde la
el sur, la
dilatada
mar verdadero
ante
Es un belvedere espontneo, que
el occidente
hacia
el norte,
muestra
la
sucesin de las canteras, de las serranas, del
pueblo blanco en
el
cercano valle. Es una gran
roca cimera, plana y articulada por
te
el
el
nacien-
escarpada senda del ascenso, y por
poniente redonda, y escurridiza en brusca
con
rampa
la
hacia
el
inmediato precipicio. Era esta
leve sensacin de abismo, lo que daba la
Mo-
vediza en su altura, una evidencia de peligro-
-liso equilibrio, de inminente cada, tornando as
ms emocionante
sil
ya singular fenmeno de
el
animacin.
Cuando
llegu hasta la sierra, llevado por el
deseo de comprobar los rumores que circula-
ban en
la,
ciudad, era ya casi de noche.
Una
agitada muchedumbre hormigueaba al pie del
monte, se diseminaba por las cercanas, ne-
greaba sobre
la
cumbre, suba y bajaba por la
escarpada senda. Oanse las mismas apasio-
nadas parleras que un momento antes, por
las azoteas
ticias,
calles del
pueblo conjeturas, no:
lamentaciones, denuestos. Acababa de
encontrar, por
el
camino, coches, automviles,
bicicletas, caballos
con tres peregrinos mon-
tados escote en la
misma cabalgadura. Los
que venan, daban voces
cruzarse en la carretera
dazos!" '*Se acab
la
los
^
'
que llegaban,
al
Eota en dos pe-
Piedra!" Los que
oan, continuaban, todava incrdulos, hasta
verla. Flotaba
el aire
una inquietud de
fa-
La sombra del anocheceT impersonaan ms aquella muchedumbre; velaba
talidad.
lizaba
en
los rostros;
titud'es
12
acentuaba
las voces.
el
misterio de las ac-
El gento se renovaba:
hombres, mujeres, nios obreros, seores
;
dos iban por
sin
la
acongojada,
to-
escarpada senda, en ascenacesante,
difcil.
El vasto
bloque semiobscuro del cerro, con aquel pe-
noso arrastre humano por su falda, asemej,
de pronto, lugar sagrado
tico santuario en da
sitio
fnebre, rs-
de peregrinacin, uno
de aquellos montes santificados por
el
fervor
popular en las tierras propicias del Oriente.
Y
me
cuando yo tambin llegu
la
cumbre, y
cercior de que la piedra faltaba, y la es-
y rota en su precipicio, recin cada como en una tumba, comprend toda la
pi yacente
honda emocin de aquella muchedumbre que
aquilataba de congojas humanas el impvido
misterio de la naturaleza, y elevando
mi pro-
pia emocin hasta las alturas del ensueo, re-
cord de otras piedras como sta, que los pueblos
"de
antiguos
la
adoraron:
piedras
llamadas
verdad", piedras llamadas "del des-
tino"; las piedras de ordala en cuyo movi-
13
miento los sacerdotes escandinavos consultaban
los designios
consagradas
la
del
tiempo; draconciais
Serpiente y la Luna, como
aquella Otizoe de la Persia, que aconsejaba
magos en
los
Me
contemplar
te
la eleccin
ha tocado, como
la
de sus prncipes.
veis, la triste suerte
de
nuestra del Tandil, un instan-
despus de su derrumbamiento. Casuali-
dad tan emocionante,
se
me
antoja un desig-
dada mi propensin drudica, y me seacomo un deber la publicacin de esta cr-
nio,
la
nica.
Yo
vea en aquella piedra, uno de los
mayores signos de
la
eleccin, entre tantos
Providencia ha dispensado
que
al territorio
de
nuestra patria. Hubiera sido la Draconcia del
Plata, hubiera sido nuestra Otizoe, el da que
todo
el
pueblo argentino, ya en posesin de su
conciencia y de su misin americana, Jmbiera
podido rehallar en
ella la secreta clave
con
que se interpretaba sus movimientos, en
edad de
los dioses
los indios
de
la
y de
pampa
los hroes.
la
Ignoro
la
si
hayan alguna vez
adorado. Quiz los hombres de la sumergida
Atlntida
14
conocieron,
la
como afirma
la
Doctrina Esotrica respecto otras piedras
animadas del viejo mundo,
las ruinas ci-
clpeas de la Isla de Pascua y de Tiaihuana-
En medio
co.
pueblo
de nuestra poca envilecida,
actual de esta nacin
nunca vio en
ella sino
el
predestinada,
un objeto de vanidad
municipal, una curiosidad de turistas, un
lugar propicio para
til.
Colocaban
la
propaganda mercan-
los visitantes en su base vidrios
de vasos y botellas rotas para que
el leve
mo-
vimiento de la enorme mole los hiciese crujir.
Tatubanla con sus nombres y monogramas
los inevitables cretinos,
para que
ella presta-
ra tan pueril glorila un poco de su eterni-
La profanaba con abigarrados anuncios
dad.
el
desenfreno de los mercaderes, ya fuera ste
vendedor de lociones contra
llo,
la cada del cabe-
pcimas
aquel fabricante de novsimas
para restaurar
bres.
Hubo
la precaria salud
los
quien, temeroso del pincel
ta efmera, esculpi golpe
martillo,
de
su
nombre
hom-
la tin-
de punchte y
perecedero
sobre
el
granito
de
la nacin,
base.
la
de
15
Las
la provincia
de
autoridades
y de
comuna,
la
los tres rdenes del estado, asistan indife-
rentes tanto exceso de inconsciencia, de
barbarie, de sensualidad.
Nunca oyeron las vo-
ces que pedan para ella parques, segurida-
des y guardianes. Antes no se present un
da cualquier sindicato europeo compramos
el cerro
misterioso para establecer en
ges canteras
Tan rendidores son
pin-
aquellos
montes de granito, que un propietario de
inmediaciones se ha negado vender
el
las
suyo,
que es pequeo, por tres millones de pesos.
Ya
veis si habra granito en el de la
za,
que es enorme, para dividendos y ''comi-
siones",
como
los polticos llaman,
nado eufemismo,
las
Movedicon
coimas del cohecho.
estoy seguro de que lo hubiesen vendido.
hemos puesto,
subasta ante
ocurre pensar
refi-
No
acaso, la patria toda en pblica
el
si
mercado
del
mundo? Se me
este derrumbamiento de "la
piedra sagrada", no ser una venganza de
nuestros dioses,
el
go sobre su pueblo.
anuncio de un gran casti-
Ya
tar
16
que mis lectores se negarn acep-
estis supersticiones.
Seguramente se ne-
garn aceptarlas hasta
los
que atribuyen
virtud las piedras preciosas, y creen en
el
misterio de los astros y de las aguas bautis-
males. Por qu aceptis que el niee se halla
bajo la influencia de Saturno, y la amatista
de Marte, y
el
gata de Mercurio, y la tur-
quesa de Venus, y
palo de la Luna? Por
el
qu vinculis estas influencias secretas
los
das de la semana, los signos del zodaco,
la fecha
de vuestro nacimiento,
La
vuestros amores?
gaba estas fuerzas en
la vida,
nombre de
doctrina oculta que
la
ha sobrevivido en
gico de las joyas
al
li-
compleja trama de
el
simbolismo m-
pero entre tantos elementos
olvidados corrompidos de la verdad esotrica,
debemos recordar que, como
las piedras opacas
las gemas.,
tambin sustentaron sm-
bolos influencias en la sabidura
religiones arcaicas.
vina
Los pueblos de
lo reconocieron.
la
y en
edad
las
di-
Las hubo que cambiabaii
de lugar como las que movieron Trophonio y
17
Agamedes, en Delfos,
al son
de su
lira: los
himnos prehomricos han conservado su
cuerdo.
Hubo
las
re-
que seguan los hombres
las que caan de sus murallas al son de las
trompas, como los libros bblicos
rido.
Las hubo
como
tra,
oscilantes, al
lo
han
modo de
refe-
la nues-
la ^'clacha-brath" de los celtas; las
hubo que volvan su lugar, como aquella de
la Isla
de Mona, segn
el
testimonio de Giral-
dus Cambrensis. Unas fueron pequeas, otras
enormes como "la piedra colgante" de
bury Plain, monolito de 500 mil
la nuestra se
fuerza
kilos.
De
afirma que pesaba un milln;
bien poda ser, pues,
La
Salis-
el
numen que
amuleto de un pueblo.
la sostena, la
jado caer y morir. Preservmosnos de
ha deella.
Si
era misteriosa cuando oscilaba, no lo es me-
nos ahora, cuando yace, inanimada y rota en
su abismo, como un cadver en su tumba. Los
madonde se
pensamientos de los hombres, buenos
lignos, son fuerzas de la tiniebla,
genera
cita
el
misterio del mundo.
La Blavatsky
una frase de Apolonio de Rodas sobre
18
gnero de estas
cierto
"Piedras colocadas en
piedras
la
oscilantes:
cima de nn tmulo,
y tan sensibles dice que se movan con
la
mente "...
Sin duda os sorprender que insista sobre
fenmeno que ha
este aspecto esotrico del
terminado
ltimo da de Febrero en el Tan-
el
dil,
que ha cambiado simplemente de forma.
Pero
lo
hago porque no
Por otra
loga,
que
la ciencia po-
nada ms que conjetu-
sitiva ofrezca sobre l
ras.
y la paleontoson excelente camino para llegar la
parte, la geologa
frontera teosfica, la cual lleg de
modo
tan
inesperado y genial nuestro Ameghino. Lea
lenta accin del fuego, del viento, de las
aguas, en cataclismos brutales lentos aluviones, bien puede ser
el
modo de obrar de
otras potencias ocultas sobre las pesadas masas del orbe. Advirtese, desde luego, en el
Tandil, la accin externa de los elementos.
Me
he complacido durante das, en emocio-
nantes paseos por
imaginar
la
la
pampa y
la sierra, el
milenaria labor de los fuegos y
19
de las aguas, sobre la fisonoma de aquellos
paisajes.
La
regin orogrfica del Tandil es,
desde luego, una isla geolgica
en nuestra
pampa. Su serrana debi de
ser,
en remotsi-
mos
una
sut3esin de
isiglos,
una
isla real,
peascos sobre los mares primordiales. Cataclismos posteriores determinaron la elevacin patagnica, probablemente sincrnica al
hundimiento de
norte, de la
la
Atlntida en el hemisferio
Lemuria en
el sur,
que es quiz,
Gundwana de los gelogos. La existencia
del mar en tomo de aquellos cerros, puede
la
conjeturarse por
el
yacimiento de minas de
arena poca profundidad, y por uno que otro
marino encontrado en las precisas esca-
fsil
vaciones de los pozos urbanos.
la
pampa que hoy rodea
De
este modo,
las sierras, parece
perpetuar todava, ante los ojos del contemplador, la visin de los mares antiguos, en la
inmensidad solemne de su llanura. Abundan
en la serrana grandes capas de bloques de
granito y gneis perpendiculares, denunciando
la violencia de una subversin anterior, sin
duda producida por
20
el
fuego.
Dan
fe de estos
cataclismos la rotura de los terrenos y los fsiles
encontrados en las minas de arena. Tal
cataclismo, debi arrojar al aire enormes blo-
ques de granito, que volvieron atrados por
la
gravedad, caer sobre las cumbres de aquel
suelo
plutnico.
De
estos
enormes bloques
sueltos, est poblada la serrana tandilemse,
habiendo algunos de forma y posicin tan
ginales, como la piedra suelta y redonda
mada El
orilla-
Centinela, las que forman, en la
falda de la Movediza, la caprichosa gruta co-
nocida por
"La
boca del diablo". Sobre tales
cerros han debido rodar y batir durante millo-
nes de aos las ondas embravecidas de aquel
ocano anterior la cuenca de nuestro ro de
la Plata.
la
Vse
redondez que caracteriza todas las pie-
dras, principalmente en
za.
de tan viejas olas en
la huella
Esa
el
cerro de la Movedi-
lenta labor de las aguas, pasando so-
bre la gran roca cimera, hoy redonda y caediza, sera el
agente que habra ido desgastando
por su base uno de
los
enormes bloques ya-
21
oentes sobre
desgastaron las
la
base
al
le serva
Tanto y de tal modo lo
aguas, que fueron reduciendo
el oerro.
pequeo mun chato y redondo que
de apoyo, segn he podido verlo, hoy
que esa piedra ha cado. As la enorme mole,
antes quieta
como
las otras, habra
cobrado
animacin y movimiento, sobre ese punto de
casual equilibrio. El pequeo punto de apoyo,
gastndose travs de prolongadas edades,
por
la accin
por
la detricin
de las lluvias y de los vientos,
de los vidrios rotos y las os-
cilaciones violentas que la sometan los tu-
habra producido ayer
ristas
el
brusco de-
rrumbamiento.
He
ah la explicacin racional, que con los
datos de la ciencia y de propias visiones sobre
el paisaje,
tre.
Pero
forjaba mi fantasa ante
el
desas-
las objeciones, racionales tambin,
se alzaban en
mi mente. La piedra Movediza
del Tandil, no era un fenmeno nico en la
tierra.
he
Se habla de otras anlogas, segn
recordado,
Irlanda,
en
Persia,
Bretaa,
la India.
lo
Escandinavia,
Su
peligroso
equilibrio,
22
en alturas abruptas planos de
in-
minente cada, es posicin demasiado singular,
para que vindola repetida,
mos creada por
mientos. Su pie
que
los ele-
era un punto pequeo, tanto
permita moverse; su apoyo era una
1^
miraba su
equilibrio.
movindola yo mismo,
que
si
En
oscilacin, pero
asombro su
tearla,
de
la ciega casualidad
piedra caediza y redonda.
cre
la considere-
vindola se ad-
tambin causaba
Hace apenas dos
das,
demasa:
la agit en
continuaba agitndola, podra vol-
y retroced espantado ante
el peligro.
Las personas que me acompaaban, dos amables vecinos del Tandil,
peligro era ilusorio
sas,
me
aseguraron que
tal
que ni los bueyes de Ro-
segn la tradicin ms menos apcrifa
ni diez peones de las canteras, juntos, haban
podido forzarla.
Me
acordaba, en efecto, que
hace doce aos, cuando visitla por primera
vez,
me
pareciera inmvil, y apenas
ligera oscilacin, por
revel su
crujido de los
Y es
que
la
cristales puestos
si se
me
el levsimo
en
su base.
piedra no era propiamente sensi-
23
maoso impulso
en el cual era menester ayudarse con la misma
gravitacin de la mole. Entonces cobraba una
oscilacin pasmosa y asaz visible. Su cuerpo
no era tampoco sensible en toda la masa hable la fuerza, sino cierto
ba puntos en que resista, absolutamente inmvil, la fuerza
ms poderosa.
Me
atreve-
ra decir que no era sensible, en realidad,
sino quien la tocaba en cierto punto de la
sinuosa arista inferior que miraba baca
Los tandilenses, que
sudoeste.
el
la conocan,
pueden ratificar este aserto. As impulsada
comenzaba
la piedra,
ciente oscilacin,
magntico
produca
el
como
animarse de una
si
un resorte
la sostuviera
efecto de
por
cre-
elstico
la base.
No
una masa en equilibrio
por razn de la gravedad. Inquietaba ms
bien,
como
si
fuese la evidencia de una fuerza
terrestre desconocida.
Tal sentimiento se vigorizaba por
xin.
Si era un fenmeno
la refle-
comn de
equili-
asombra desde luego que no se hubiese
roto en tantas vicisitudes como sufri. Un
brio,
^^
24
rayo haba cado sobre
ochenta
aos,
segn
hace ms de
ella,
la tradicin
regional;
rayo tan formidable, que en su extremo ms
largo
le
rompi un trozo de tres
tros cbicos, y hendi
el
cuatro
me-
monte de falda
fal-
da, abriendo en el granito de la base
ta de diez centmetros de ancho.
ta
hendidura con porlan, no
mayormente en
ella
piedra, he podido
una
grie-
Carrada
se
es-
reparaba
pero una vez cada la
comprobar
la
importancia
de la avera en anchor y hondura, y
lo
ms grave aun, que la grieta pasa por
to mismo de la base, advirtindose,
que es
el
pun-
veinte
centmetros, en la lnea del eje, un agujero
que ha sido quiz
la
descarga
el
punto de penetracin de
elctrica.
Ahora
bien:
explica que habiendo perdido la
cmo sa
masa un
tro-
zo tan importante no se desequilibrara; y que
habiendo sufrido esa rotura en un punto de
apoyo tan delicado, no
se
desplomara
dra, ni perdiera su sensibilidad?
la pie-
La movedi
za sufri, adems, la accin de temblores que
suelen repercutir en aquella sierra por sim-
25
pata con la regin andina; los formidables
pamperos que
desde
la
han soplado durante
siglos
sudeste, parte desfavorable por la
el
apertura del mbito, y por la inclinacin que
la piedra toda afectaba hacia el rumbo opuesto;
y ha
sufrido,
sin del aire
en m,
la constante convul-
y del monte, por
el
frecuente es-
tampido de dinamita y plvora, en la labor
de las canteras vecinas. Se dir, sin duda,
que tales causas reunidas, trabajando
se de la piedra, la
caer en
cerla
mo, en
ser.
el
y 6 de
han desgastado hasta ha-
un instante sobre su
instante cuyo cronista
Pero
n.
la ba-
Ha
la tarde,
me ha
abis-
tocado
cado la piedra entre las
en un minuto cuya precisin
se ignora, pues nadie la vio caer, pesar de
que suele ser
tas.
Ha
la
hora preferida por los turis-
cado en
un da sereno, de buena tem-
peratura, sin accidentes ssmicos meteorices
en
las
regiones
prximas. Si hubiese
do por simple desequilibrio,
mun de
la
base y con
el
la
ca-
mole con
el
milln de kilos que
se le asigna por peso, hubiera rayado el gra-
nito el
musgo de
donda que
26
la piedra inclinada
le serva
re-
La he
de sustentculo.
examinado prolijamente, y no he encontrado
rastro alguno, pesar de que el agudo pie
deba ser tan duro que ha resistido siglos
su movimiento y su peso, y de que
el
nito es tan sensible al roce que la roca
gra-
mues-
tra en su declive, hasta las paralelas estras
de
la lluvia,
fas
la
ms
segn
lo
divulgadas.
patentizan su fotogra-
Esto hace suponer que
piedra se habra desprendido sin rozar la
base, lo cual requiere el salto.
salto se corrobora
del
la hiptesis
por haber botado
cincuenta metros sobre la falda del cerro, y
no
al
primer estribo, donde solan caer las asde vidrio que resbalaban del eje
tillas
y por
haber botado con violencia y de cabeza sobre
las otras rocas, pues se ha descoronado, cayen-
do
el
bloque superior
al pie
de
la sierra.
mayor
distancia, casi
Descontado
la
sospecha
de un atentado voluntario, que las mismas autoridades del Tandil se han encargado de des-
autorizar por medio de la prensa, pues no se
27
encuentra huella alguna de explosivos ni de
palanjca,
no nos queda sino
el
aceptar que
nuestra piedra oscilante ha cado de un
modo
tan misterioso como fu su equilibrio:
ais
la
he contemplado yo, descoronada en su tumba,
con la parte inferior vuelta hacia la cima de
su viejo
ge,
desde donde su base ahora
solio,
por uno y otro lado del
eje, las alas
ladas, triangulares, gigantescas,
fin-
ondu-
de una gran
guila herida.
Vuelvo, pues, al concluir esta crnica, taa
dilatada por su propio asunto, al
miento de veneracin con que
Tengo sobre
o trozo de
mesa en que
la
la
mismo
la
senti-
comenzara.
escribo
un peque-
piedra sagrada,
amuleto civiU
me
sugieren es+os
No
csmica gema.
si
sentimientos, el signo de eleccin que yo intua para nuestra tierra en su misterio, la
emocin de fatalidad colectiva que
dumbre tandilea
**
muche-
revelaba, cuando la viera,^
acongojada, ayer, sobre
trofe.
la
el
monte de
la cats-
Pensar que hace dos das estuve
aqu con ella
! '
'
exclamaba una voz annima
28
ante la desolacin de su solio trocado en tmulo, bajo
el cielo
estaba muerta, y sugera al
mas
sencillas las cosas
tumbas, como
de
si
La
piedra
amor de
las al-
ya anochecido.
que decimos ante las
quisiramos, ante el abismo
la muerte, asirnos la sombra,
bin, de nuestros sueos.
La
vana tam-
esfinge,
no ya
de nuestras frgiles vidas, sino del mundo y
de los seres todos, se alz desde el silencio de
pampas, ante mi alma, tambin asida de
dolor y de amor, la piadosa sombra de sus
las
sueos.
ba desde
La Luna era
el silencio
la esfinge
que se eleva-
ocenico de las pampas.
Era una luna tempranera de
esto,
una luna
una luna redonda y plida. Pareca
que llegaba, solemne y callada como la Isis
lrica,
antigua, asistir aquella tragedia de las
hombres, y de la Tierra misma, pobre morada de los hombres. Hasta las propias piedras iban perecer; pero la muchedumbre
segua hormigueando, afanosa, all en los s-
peros ancos de la sierra negra.
sobre la roca que fuera
el
solio
Yo
estabn
de nuestra
29
Draconcia desconocida y sagrada la piedra
oscilante de la Serpiente y de la Luna y sen-
ta el
rumor de
de
el silencio
la
la
muchedumbre en su
flanco
eternidad en su altura.
Una
emocin atvica y sacerdotal me humedeca
los ojos de lgrimas y me preaba de alientos
el
pecho. Ante aquella evidencia total de la
muerte, la quimera de ideal y de amor obstinbase en mi alma cuando, de pronto, hipno;
tizado ante la cara impvida de la Luna, vi
que mi alma emprenda,
de ilusin
ella tambin,
las estrellas,
sintiendo
desde sus hombros icreos hasta
el septentrin,
las dos
Tandil,
I."
el
abrirse
meridin
como dos formidables
mitades de la noche.
Marzo
su vuelo
de 1012.
FIN
alas,
":
Bibliografa
Han
sido comentadores de las obras de Ricardo Ro-
jas, en tribunas, libros peridicos
de Europa y
Am-
rica, los seores:
Jean Jaurs, Enrique Ferri, Adolfo Po-
sada, Miguel de
Unamuno, Jos Enr'que Rod, Manuel
Rubn Daro, Ramiro de Maeztu, Francisco
Ugarte,
Garca Caldern, Francisco Acebal, Enrique Boumann,
Jos Lpez
ri,
Emilio Becher, Atilio M. Chiappo-
Pinillois,
Jos M. Ramos Mejia, Rafael Obligado, Carlos O.
Bunge, Ricardo Senz Hayes, Henry
na,
J.
Ivorin,
Alberto Te-
Nombela y Campos, Alberto Schinka, Rufino
Blanco Fombona, Carlos Guido y Spano, Roberto F.
Gitisti,
Eduardo Talero, Andrs Gonzlez Blanco, Hi-
larin Largua, Jos
Glvez,
Alberini,
Toms
Jos
M. Olmedo, Salvador
Jofr,
Oria,,
Manuel
Eugenio Daz Romero, Coriolano
Ingegnieros,
Emilio
Zucarini,
Vicente
Blasco Ibez, Juan Pablo Echage, Antonio Monteava-ro,
Alberto Zavala Guzmn, Miguel ngel Garmendia,
Guillermo Slivan, Juan Mas y
E^nirique
Gmez
Carrillo,
otros.
P,
Domenico^ Oliva,
-tv
~
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