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Héroes Cansados: Reflexión Literaria

Breve biografía de lector de Arturo Pérez Reverte, refiriéndose a su querido "Los tres mosqueteros". Buen ejemplo de relato auto-biográfico de recorrido lector.

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Gustavo Aragon
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HROES CANSADOS

Arturo Prez-Reverte1

Lo encontr por primera vez cuando era joven


e impulsivo, inexperto provinciano montado
en su jaco amarillo para rechifla de los paisanos y de los agentes del cardenal Richelieu. Y
cuatrocientos veinticinco captulos despus
de que entablsemos conocimiento en
Meunp sur Loire aquel primer lunes de abril
de 1626, cincuentn y resabiado, curtido en
mil peripecias, cuando por fin estaba a punto
de con seguir el bastn de mariscal frente a
las murallas y trincheras de Maastricht, me lo
mat una bala holandesa. De estar vivo para
comentar el suceso, Athos nos habra mirado
con aquellos ojos serenos donde al emborracharse apareca la imagen de Milady, diciendo
que era una ms de las jugarretas del destino.
Porthos habra soltado una risotada jovial,
quitndole importancia a ese incidente de
morirse. En cuanto a Aramis, el nico que no
muri jams, habra asentido en silencio
desde la penumbra, como si todo estuviese
escrito de antemano en un libro secreto que
l tuviera en su poder.
Hay libros tan ntimamente ligados a viejas
imgenes, olores, sensaciones, que resulta
1

Crnica del autor, de Abril 25 de 1993. Ha sido


utilizada para prologar la edicin de Mondadori
de Los tres mosqueteros.

imposible abrirlos de nuevo sin que, de golpe,


revivas todo ese fragmento de pasado que antao rode su lectura. Si el solar de un hombre lo constituyen, sobre todo, su memoria y
sus recuerdos de infancia, ciertos libros, los
que ms huella dejaron, terminan adoptando
ellos mismos, con el paso del tiempo, el carcter de bandera o de patria. Esto ocurre a menudo con algunas pginas ledas en aos frtiles, cuando la poderosa imaginacin de un
nio o un muchacho an mantiene, por fortuna, difusas las fronteras entre realidad y ficcin que despus, tan cruelmente, delimitarn el mundo de los adultos razonables.
Son tres los libros que, por diversas razones y
circunstancias, ms veces he reledo en mi
vida: La Cartuja de Parma, La montaa mgica
y el ciclo completo de las andanzas de d'Artagnan y sus amigos, que incluye Los tres mosqueteros, primera parte y la ms conocida,
que antecede a Veinte aos despus y a El vizconde de Bragelonne. De todos ellos, la ms
temprana pasin corresponde a la triloga escrita por Dumas. Una fascinacin surgida en
un jovencsimo lector de nueve aos al descubrir cuatro antiguos volmenes encuadernados en piel en la biblioteca de su abuelo, y que
se fragu en das de lluvia y gripe en la cama
devorando pginas, o largas tardes de verano
a la orilla del mar.
Novela folletinesca, sin duda. Caudal de peripecias con todos los pecados propios en las
obras de su clase. Pero tambin folletn ilustre, muy superior a los niveles comunes del
gnero, que permanece fresco y vivo, que dispara ecos, resortes ntimos en la imaginacin
y los sentimientos de quien se enfrenta a sus
pginas, sumindolo en una aventura apasionante para hacerlo correr galopando sin
aliento de la ruta de Calais a Belle Isle, batirse

en las posadas o en los caminos, esquivar el


veneno y el pual en los corredores del Louvre, amando, matando y muriendo en una
aventura que en realidad no es sino la aventura que late en cualquier corazn humano:
voluntad ardiente, melancola, amistad, elegancia sutil y galante, valenta, lealtad y ese
tono de escptica sabidura, de ligero pesimismo que impregna el relato, lucidez ante la
condicin humana con lo que sta tiene de
abyecto y entraable.
Sobre todo, los hroes de Dumas estn vivos:
tienen carne y sangre. D'Artagnan y sus compaeros son seres humanos sujetos a pasiones y recuerdos. Hombres que aman y odian,
que se quieren y son leales a pesar de las contradicciones y de las piruetas que, con el paso
de los aos, la vida impone. Puestos a extremar con ellos el rigor, Athos puede resultar un
fatuo trasnochado y borracho que se aferra a
su honor como nico recurso para no volarse
la tapa de los sesos; Porthos, un gigante irresponsable y fanfarrn; Aramis, un mujeriego
intrigante e hipcrita. En cuanto a d'Artagnan,
no saldra mejor librado. Su fama de espadachn es discutible, pues en Los tres mosqueteros slo asistimos personalmente a cuatro de
sus duelos y en algunos vence aprovechando
que Jussac, por ejemplo, se est levantando,
o que el adversario, ciego en el ataque, se ensarta solo en su espada. En el desafo con los
ingleses nicamente desarma al barn, que al
retroceder resbala y cae. En cuanto a su tica,
al duque de Wardes le roba un salvoconducto
con malas artes y recurre a una baja maniobra
para acostarse con su amante. Por cierto, en
cuanto a amantes slo conquista cuatro: Milady - con subterfugios -, una criada de la que
se aprovecha, la pequea burguesa Bonancieux y la fondista Magdalena que lo mantiene veinte aos despus. Y no hablemos de
dinero: la primera ronda general que vemos
pagar a d'Artagnan es despus de capturar al
general Monk, cuando hace tres dcadas que

lo conocemos sin verle soltar un duro. Quiz


ah est la clave: en la abrumadora humanidad de los cuatro hroes de Dumas. En Veinte
aos despus militan en bandos opuestos,
desconfan unos de otros, se engaan y acuden armados a la cita de la Plaza Real en el captulo XXXI, donde discuten y sacan las espadas. Despus, d'Artagnan se lleva al buen
Porthos a Inglaterra con engaos y ambos
ayudan a Cromwell mientras sus amigos defienden a Carlos I. Todava en Inglaterra, el
gascn se negar a estrechar la mano de Athos, cuyo anticuado sentido del honor los ha
puesto en peligro. Sin embargo, la amistad inquebrantable que se profesan los mantiene
unidos, aunque vuelvan a enfrentarse en El
vizconde de Bragelonne por el asunto Fouquet y la Mscara de Hierro, mintindose y
adorndose al mismo tiempo unos a otros,
dispuestos a batirse contra el mundo si es necesario, jugndose a cara o cruz, por lealtad al
pasado, a los peligros que compartieron y a su
vieja amistad, posicin, dinero, honor y vida.
Ejemplo admirable de valor, fidelidad y constancia. En un mundo hostil de adversarios,
cortesanos y enemigos poderosos, de reyes
ingratos y maniobras polticas, en el torbellino
de las sucesivas intrigas en que participan, los
cuatro antiguos mosqueteros jams perdern
de vista un lmite tico, un vnculo moral indisoluble que justifica cualquiera de sus actos y
mantiene a salvo su honor y dignidad.
Y de ese modo, durante 2.200 pginas y cuarenta aos de sus vidas extraordinarias, los
acompaamos hasta el ocaso. Cumpliendo la
ley de la vida se van acercando a l cansados,
con el alma llena de ingratitudes y desengaos, pero tambin de los buenos momentos
vividos juntos, del herosmo compartido, de la
amistad que sobrevivi a todo lo dems como
un hilo de acero constante bajo la trama. Sobre sus viejos corazones feles va cayendo el
teln con un tono de melancola resignada y
valerosa. Los cuatro hombres que hicieron

temblar a reyes y cardenales aceptan resignadamente su destino y se extinguen con el relato. Los hroes estn cansados; sus sombras
se apagan con los rescoldos de su poca mientras recuerdan con nostalgia a los viejos
enemigos, que el tiempo vuelve tan entraables como los viejos amigos. Desaparecidos
unos y otros porque ya no quedan hombres
de su temple, de su clase, el mundo en que
vivieron y lucharon agoniza con ellos. El buen
Porthos, el gigante generoso, es el primero en
irse. Es demasiado peso, dice antes de sucumbir en la gruta de Locmara, rodeado de
cadveres de adversarios que, fiel a s mismo,
se lleva por delante. Le seguir Athos, mirando con serenidad al ngel de la muerte
cara a cara, digno y honrado como vivi siempre. Y despus, mientras Aramis se sume en
las sombras convertido en general de los jesuitas, d'Artagnan morir de pie como los viejos soldados valientes, con sangre en el pecho
y el nombre de sus amigos en los labios, rozando con la punta de los dedos el rostro, que
siempre le fue esquivo, de la gloria.
Esas lneas las habr ledo ocho o nueve veces
en mi vida, y siempre llego a ellas con una sospechosa humedad en los ojos. Y cuando cierro
el ltimo tomo no puedo evitar hacerlo despacio, como quien corre la lpida de una
tumba, con la misma melancola que rodea los
ltimos momentos de mis mosqueteros perdidos. Al fin y al cabo, con ellos muere tambin cada vez lo mejor, lo ms noble y generoso que existe en la condicin humana. Pero
tambin queda el consuelo de saber que Athos, Porthos, Aramis y d'Artagnan no se han
ido para siempre. Dentro de dos, cuatro o
cinco aos, un da abrir el primer volumen
por la primera pgina, y todo empezar otra
vez desde el principio. Una mujer rubia y enigmtica en una carroza. Un hombre con una cicatriz. Y un joven gascn de dieciocho aos
sobre un jamelgo amarillo, el primer lunes de
abril de 1626. Y yo cabalgar con l, de nuevo

joven y valeroso, en busca de aventuras y peligros. Al encuentro de los mejores amigos


que tuve jams.

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