Cuentos de Andersen: Princesas y Zapatos
Cuentos de Andersen: Princesas y Zapatos
Cuentos
Continuacin
Bailando lleg hasta el cementerio, que estaba abierto; pero los muertos no bailaban,
tenan otra cosa mejor que hacer. Quiso sentarse sobre la fosa de los pobres, donde crece
el amargo helecho; mas no haba para ella tranquilidad ni reposo, y cuando, sin dejar de
bailar, penetr en la iglesia, vio en ella un ngel vestido de blanco, con unas alas que le
llegaban desde los hombros a los pies. Su rostro tena una expresin grave y severa, y en
la mano sostena una ancha y brillante espada.
- Bailars -le dijo-, bailars en tus zapatos rojos hasta que ests lvida y fra, hasta que
tu piel se contraiga sobre tus huesos! Irs bailando de puerta en puerta, y llamars a las
de las casas donde vivan nios vanidosos y presuntuosos, para que al orte sientan
miedo de ti. Bailars!
- Misericordia! - suplic Karen. Pero no pudo or la respuesta del ngel, pues sus
zapatos la arrastraron al exterior, siempre bailando a travs de campos, caminos y
senderos.
Una maana pas bailando por delante de una puerta que conoca bien. En el interior
resonaba un cantar de salmos, y sacaron un fretro cubierto de flores. Entonces supo que
la anciana seora haba muerto, y comprendi que todo el mundo la haba abandonado y
el ngel de Dios la condenaba.
Y venga bailar, baila que te baila en la noche oscura. Los zapatos la llevaban por
espinos y cenagales, y los pies le sangraban.
Luego hubo de dirigirse, a travs del erial, hasta una casita solitaria. All se enter de
que aqulla era la morada del verdugo, y, llamando con los nudillos, al cristal de la
ventana dijo:
- Sal, sal! Yo no puedo entrar, tengo que seguir bailando! El verdugo le respondi:
- Acaso no sabes quin soy? Yo corto la cabeza a los malvados, y cuido de que el hacha
resuene.
- No me cortes la cabeza -suplic Karen-, pues no podra expiar mis pecados; pero
crtame los pies, con los zapatos rojos!
Reconoca su culpa, y el verdugo le cort los pies con los zapatos, pero stos siguieron
bailando, con los piececitos dentro, y se alejaron campo a travs y se perdieron en el
bosque.
El hombre le hizo unos zuecos y unas muletas, le ense el salmo que cantan los
penitentes, y ella, despus de besar la mano que haba empuado el hacha, emprendi el
camino por el erial.
- Ya he sufrido bastante por los zapatos rojos -dijo-; ahora me voy a la iglesia para que
todos me vean-. Y se dirigi al templo sin tardanza; pero al llegar a la puerta vio que los
zapatos danzaban frente a ella, y, asustada, se volvi.
Pas toda la semana afligida y llorando amargas lgrimas; pero al llegar el domingo
dijo:
- Ya he sufrido y luchado bastante; creo que ya soy tan buena como muchos de los que
estn vanaglorindose en la iglesia -. Y se encamin nuevamente a ella; mas apenas
llegaba a la puerta del cementerio, vio los zapatos rojos que continuaban bailando y,
asustada, dio media vuelta y se arrepinti de todo corazn de su pecado.
Dirigindose a casa del seor cura, rog que la tomasen por criada, asegurando que sera
muy diligente y hara cuanto pudiese; no peda salario, sino slo un cobijo y la
compaa de personas virtuosas. La seora del pastor se compadeci de ella y la tom a
su servicio. Karen se port con toda modestia y reflexin; al anochecer escuchaba
atentamente al prroco cuando lea la Biblia en voz alta. Era cariosa con todos los
nios, pero cuando los oa hablar de adornos y ostentaciones y de que deseaban ser
hermosos, meneaba la cabeza con un gesto de desaprobacin.
Al otro domingo fueron todos a la iglesia y le preguntaron si deseaba acompaarlos;
pero ella, afligida, con lgrimas en los ojos, se limit a mirar sus muletas. Los dems se
dirigieron al templo a escuchar la palabra divina, mientras ella se retiraba a su cuartito,
tan pequeo que no caban en l ms que la cama y una silla. Sentse en l con el libro
de cnticos, y, al absorberse piadosa en su lectura, el viento le trajo los sones del rgano
de la iglesia. Levant ella entonces el rostro y, entre lgrimas, dijo:
- Dios mo, aydame!
Y he aqu que el sol brill con todo su esplendor, y Karen vio frente a ella el ngel
vestido de blanco que encontrara aquella noche en la puerta de la iglesia; pero en vez de
la flameante espada su mano sostena ahora una magnfica rama cuajada de rosas. Toc
con ella el techo, que se abri, y en el punto donde haba tocado la rama brill una
estrella dorada; y luego toc las paredes, que se ensancharon, y vio el rgano tocando y
las antiguas estatuas de monjes y religiosas, y la comunidad sentada en las bien
cuidadas sillas, cantando los himnos sagrados. Pues la iglesia haba venido a la angosta
habitacin de la pobre muchacha, o tal vez ella haba sido transportada a la iglesia.
Encontrse sentada en su silla, junto a los miembros de la familia del pastor, y cuando,
terminado el salmo, la vieron, la saludaron con un gesto de la cabeza, diciendo:
- Hiciste bien en venir, Karen. -Fue la misericordia de Dios dijo ella.
Y reson el rgano, y, con l, el coro de voces infantiles, dulces y melodiosas. El sol
enviaba sus brillantes rayos a travs de la ventana, dirigindolos precisamente a la silla
donde se sentaba Karen. El corazn de la muchacha qued tan rebosante de luz, de paz
y de alegra, que estall. Su alma vol a Dios Nuestro Seor, y all nadie le pregunt ya
por los zapatos rojos.
El porquerizo
rase una vez un prncipe que andaba mal de dinero. Su reino era muy pequeo, aunque
lo suficiente para permitirle casarse, y esto es lo que el prncipe quera hacer.
Sin embargo, fue una gran osada por su parte el irse derecho a la hija del Emperador y
decirle en la cara: -Me quieres por marido?-. Si lo hizo, fue porque la fama de su
nombre haba llegado muy lejos. Ms de cien princesas lo habran aceptado, pero, lo
querra ella?
Pues vamos a verlo.
En la tumba del padre del prncipe creca un rosal, un rosal maravilloso; floreca
solamente cada cinco aos, y aun entonces no daba sino una flor; pero era una rosa de
fragancia tal, que quien la ola se olvidaba de todas sus penas y preocupaciones.
Adems, el prncipe tena un ruiseor que, cuando cantaba, habrase dicho que en su
garganta se juntaban las ms bellas melodas del universo. Decidi, pues, que tanto la
rosa como el ruiseor seran para la princesa, y se los envi encerrados en unas grandes
cajas de plata.
El Emperador mand que los llevaran al gran saln, donde la princesa estaba jugando a
visitas con sus damas de honor. Cuando vio las grandes cajas que contenan los
regalos, exclam dando una palmada de alegra:
- A ver si ser un gatito! -pero al abrir la caja apareci el rosal con la magnfica rosa.
- Qu linda es! -dijeron todas las damas.
- Es ms que bonita -precis el Emperador-, es hermosa!
Pero cuando la princesa la toc, por poco se echa a llorar.
- Ay, pap, qu lstima! -dijo-. No es artificial, sino natural!
- Qu lstima! -corearon las damas-. Es natural!
- Vamos, no te aflijas an, y veamos qu hay en la otra caja -, aconsej el Emperador; y
sali entonces el ruiseor, cantando de un modo tan bello, que no hubo medio de
manifestar nada en su contra.
- Superbe, charmant! -exclamaron las damas, pues todas hablaban francs a cual peor.
- Este pjaro me recuerda la caja de msica de la difunta Emperatriz -observ un
anciano caballero-. Es la misma meloda, el mismo canto.
- En efecto -asinti el Emperador, echndose a llorar como un nio.
- Espero que no sea natural, verdad? -pregunt la princesa.
- S, lo es; es un pjaro de verdad -respondieron los que lo haban trado.
- Entonces, dejadlo en libertad -orden la princesa; y se neg a recibir al prncipe.
Pero ste no se dio por vencido. Se embadurn de negro la cara y, calndose una gorra
hasta las orejas, fue a llamar a palacio.
- Buenos das, seor Emperador -dijo-. No podrais darme trabajo en el castillo?
- Bueno -replic el Soberano-. Necesito a alguien para guardar los cerdos, pues tenemos
muchos.
Y as el prncipe pas a ser porquerizo del Emperador. Le asignaron un reducido y
msero cuartucho en los stanos, junto a los cerdos, y all hubo de quedarse. Pero se
pas el da trabajando, y al anochecer haba elaborado un primoroso pucherito, rodeado
de cascabeles, de modo que en cuanto empezaba a cocer las campanillas se agitaban, y
tocaban aquella vieja meloda:
Pero lo ms asombroso era que, si se pona el dedo en el vapor que se escapaba del
puchero, enseguida se adivinaba, por el olor, los manjares que se estaban guisando en
todos los hogares de la ciudad. Desde luego la rosa no poda compararse con aquello!
He aqu que acert a pasar la princesa, que iba de paseo con sus damas y, al or la
meloda, se detuvo con una expresin de contento en su rostro; pues tambin ella saba
la cancin del "Querido Agustn". Era la nica que saba tocar, y lo haca con un solo
dedo.
- Es mi cancin! -exclam-. Este porquerizo debe ser un hombre de gusto. Oye, vete
abajo y pregntale cunto cuesta su instrumento.
Tuvo que ir una de las damas, pero antes se calz unos zuecos.
- Muchas gracias -fue la rplica del porquerizo-. Diez besos de la princesa o me quedo
con el puchero.
- Sabemos quien comer sopa dulce y tortillas, y quien comer papillas y asado. Qu
interesante!
- S, pero de eso, ni una palabra a nadie; recordad que soy la hija del Emperador.
El porquerizo, o sea, el prncipe -pero claro est que ellas lo tenan por un porquerizo
autntico- no dejaba pasar un solo da sin hacer una cosa u otra. Lo siguiente que
fabric fue una carraca que, cuando giraba, tocaba todos los valses y danzas conocidos
desde que el mundo es mundo.
- Nunca o msica tan bella! Oye, entra a preguntarle lo que vale el instrumento; pero
nada de besos, eh?
- Pide cien besos de la princesa -fue la respuesta que trajo la dama de honor que haba
entrado a preguntar.
- Este hombre est loco! -grit la princesa, echndose a andar; pero se detuvo a los
pocos pasos-. Hay que estimular el Arte -observ-. Por algo soy la hija del Emperador.
Dile que le dar diez besos, como la otra vez; los noventa restantes los recibir de mis
damas.
- Sern cien besos de la princesa -replic l- o cada uno se queda con lo suyo.
- Poneos delante de m -orden ella; y, una vez situadas las damas convenientemente, el
prncipe empez a besarla.
Al llegar al patio se adelant callandito, callandito; por lo dems, las damas estaban
absorbidas contando los besos, para que no hubiese engao, y no se dieron cuenta de la
presencia del Emperador, el cual se levant de puntillas.
Y entr en su reino y le dio con la puerta en las narices. Ella tuvo que quedarse fuera y
ponerse a cantar:
Pulgarcita
rase una mujer que anhelaba tener un nio, pero no saba dnde irlo a buscar. Al fin se
decidi a acudir a una vieja bruja y le dijo:
- Me gustara mucho tener un nio; dime cmo lo he de hacer.
- S, ser muy fcil -respondi la bruja-. Ah tienes un grano de cebada; no es como la
que crece en el campo del labriego, ni la que comen los pollos. Plntalo en una maceta y
vers maravillas.
- Muchas gracias -dijo la mujer; dio doce sueldos a la vieja y se volvi a casa; sembr el
grano de cebada, y brot enseguida una flor grande y esplndida, parecida a un tulipn,
slo que tena los ptalos apretadamente cerrados, cual si fuese todava un capullo.
- Qu flor tan bonita! -exclam la mujer, y bes aquellos ptalos rojos y amarillos; y en
el mismo momento en que los tocaron sus labios, abrise la flor con un chasquido. Era
en efecto, un tulipn, a juzgar por su aspecto, pero en el centro del cliz, sentada sobre
los verdes estambres, vease una nia pequesima, linda y gentil, no ms larga que un
dedo pulgar; por eso la llamaron Pulgarcita.
Le dio por cuna una preciosa cscara de nuez, muy bien barnizada; azules hojuelas de
violeta fueron su colchn, y un ptalo de rosa, el cubrecama. All dorma de noche, y de
da jugaba sobre la mesa, en la cual la mujer haba puesto un plato ceido con una gran
corona de flores, cuyos peciolos estaban sumergidos en agua; una hoja de tulipn
flotaba a modo de barquilla, en la que Pulgarcita poda navegar de un borde al otro del
plato, usando como remos dos blancas crines de caballo. Era una maravilla. Y saba
cantar, adems, con voz tan dulce y delicada como jams se haya odo.
Una noche, mientras la pequeuela dorma en su camita, presentse un sapo, que salt
por un cristal roto de la ventana. Era feo, gordote y viscoso; y vino a saltar sobre la
mesa donde Pulgarcita dorma bajo su rojo ptalo de rosa.
Sera una bonita mujer para mi hijo!, dijose el sapo, y, cargando con la cscara de
nuez en que dorma la nia, salt al jardn por el mismo cristal roto.
Cruzaba el jardn un arroyo, ancho y de orillas pantanosas; un verdadero cenagal, y all
viva el sapo con su hijo. Uf!, y qu feo y asqueroso era el bicho! igual que su padre!
Croak, croak, brekkerekekex! , fue todo lo que supo decir cuando vio a la niita en la
cscara de nuez.
- Habla ms quedo, no vayas a despertarla -le advirti el viejo sapo-. An se nos podra
escapar, pues es ligera como un plumn de cisne. La pondremos sobre un ptalo de
nenfar en medio del arroyo; all estar como en una isla, ligera y menudita como es, y
no podr huir mientras nosotros arreglamos la sala que ha de ser vuestra habitacin
debajo del cenagal.
Crecan en medio del ro muchos nenfares, de anchas hojas verdes, que parecan nadar
en la superficie del agua; el ms grande de todos era tambin el ms alejado, y ste
eligi el viejo sapo para depositar encima la cscara de nuez con Pulgarcita.
Cuando se hizo de da despert la pequea, y al ver donde se encontraba prorrumpi a
llorar amargamente, pues por todas partes el agua rodeaba la gran hoja verde y no haba
modo de ganar tierra firme.
Mientras tanto, el viejo sapo, all en el fondo del pantano, arreglaba su habitacin con
juncos y flores amarillas; haba que adornarla muy bien para la nuera. Cuando hubo
terminado nad con su feo hijo hacia la hoja en que se hallaba Pulgarcita. Queran
trasladar su lindo lecho a la cmara nupcial, antes de que la novia entrara en ella. El
viejo sapo, inclinndose profundamente en el agua, dijo:
- Aqu te presento a mi hijo; ser tu marido, y viviris muy felices en el cenagal.
- Coax, coax, brekkerekekex! -fue todo lo que supo aadir el hijo. Cogieron la graciosa
camita y echaron a nadar con ella; Pulgarcita se qued sola en la hoja, llorando, pues no
poda avenirse a vivir con aquel repugnante sapo ni a aceptar por marido a su hijo, tan
feo.
Los pececillos que nadaban por all haban visto al sapo y odo sus palabras, y asomaban
las cabezas, llenos de curiosidad por conocer a la pequea. Al verla tan hermosa, les dio
lstima y les doli que hubiese de vivir entre el lodo, en compaa del horrible sapo.
Haba que impedirlo a toda costal Se reunieron todos en el agua, alrededor del verde
tallo que sostena la hoja, lo cortaron con los dientes y la hoja sali flotando ro abajo,
llevndose a Pulgarcita fuera del alcance del sapo.
En su barquilla, Pulgarcita pas por delante de muchas ciudades, y los pajaritos, al verla
desde sus zarzas, cantaban: Qu nia ms preciosa!. Y la hoja segua su rumbo sin
detenerse, y as sali Pulgarcita de las fronteras del pas.
Una bonita mariposa blanca, que andaba revoloteando por aquellos contornos, vino a
pararse sobre la hoja, pues le haba gustado Pulgarcita. sta se senta ahora muy
contenta, libre ya del sapo; por otra parte, era tan bello el paisaje! El sol enviaba sus
rayos al ro, cuyas aguas refulgan como oro pursimo. La nia se desat el cinturn, at
un extremo en torno a la mariposa y el otro a la hoja; y as la barquilla avanzaba mucho
ms rpida.
Ms he aqu que pas volando un gran abejorro, y, al verla, rode con sus garras su
esbelto cuerpecito y fue a depositarlo en un rbol, mientras la hoja de nenfar segua
flotando a merced de la corriente, remolcada por la mariposa, que no poda soltarse.
Qu susto el de la pobre Pulgarcita, cuando el abejorro se la llev volando hacia el
rbol! Lo que ms la apenaba era la linda mariposa blanca atada al ptalo, pues si no
lograba soltarse morira de hambre. Al abejorro, en cambio, le tena aquello sin cuidado.
Posse con su carga en la hoja ms grande y verde del rbol, regal a la nia con el
dulce nctar de las flores y le dijo que era muy bonita, aunque en nada se pareca a un
abejorro. Ms tarde llegaron los dems compaeros que habitaban en el rbol; todos
queran verla. Y la estuvieron contemplando, y las damitas abejorras exclamaron,
arrugando las antenas:
Pulgarcita
Continuacin
- Slo tiene dos piernas; qu miseria!-. No tiene antenas! -observ otra-. Qu talla
ms delgada, parece un hombre! Uf, que fea! -decan todas las abejorras.
Y, sin embargo, Pulgarcita era lindsima. As lo pensaba tambin
el abejorro que la haba raptado; pero viendo que todos los dems
decan que era fea, acab por crerselo y ya no la quiso. Poda marcharse adonde le
apeteciera. La baj, pues, al pie del rbol, y la deposit sobre una margarita. La pobre se
qued llorando, pues era tan
fea que ni los abejorros queran saber nada de ella. Y la verdad es que no se ha visto
cosa ms bonita, exquisita y lmpida, tanto como el ms bello ptalo de rosa.
Todo el verano se pas la pobre Pulgarcita completamente sola en el inmenso bosque.
Trenzse una cama con tallos de hierbas, que suspendi de una hoja de acedera, para
resguardarse de la lluvia; para comer recoga nctar de las flores y beba del roco que
todas las maanas se depositaba en las hojas. As transcurrieron el verano y el otoo;
pero luego vino el invierno, el fro y largo invierno. Los pjaros, que tan
armoniosamente haban cantado, se marcharon; los rboles y las flores se secaron; la
hoja de acedera que le haba servido de cobijo se arrug y contrajo, y slo qued un
tallo amarillo y marchito. Pulgarcita pasaba un fro horrible, pues tena todos los
vestidos rotos; estaba condenada a helarse, frgil y pequea como era. Comenz a
nevar, y cada copo de nieve que le caa encima era como si a nosotros nos echaran toda
una palada, pues nosotros somos grandes, y ella apenas meda una pulgada. Envolvise
en una hoja seca, pero no consegua entrar en calor; tiritaba de fro.
Junto al bosque extendase un gran campo de trigo; lo haban segado haca tiempo, y
slo asomaban de la tierra helada los rastrojos desnudos y secos. Para la pequea era
como un nuevo bosque, por el que se adentr, y cmo tiritaba! Lleg frente a la puerta
del ratn de campo, que tena un agujerito debajo de los rastrojos. All viva el ratn,
bien calentito y confortable, con una habitacin llena de grano, una magnfica cocina y
un comedor. La pobre Pulgarcita llam a la puerta como una pordiosera y pidi un
trocito de grano de cebada, pues llevaba dos das sin probar bocado. .
-Pobre pequea! -exclam el ratn, que era ya viejo, y bueno en el fondo-, entra en mi
casa, que est bien caldeada y comers conmigo-. Y como le fuese simptica Pulgarcita,
le dijo: - Puedes pasar el invierno aqu, si quieres cuidar de la limpieza de mi casa, y me
explicas cuentos, que me gustan mucho.
Pulgarcita hizo lo que el viejo ratn le peda y lo pas la mar de bien.
- Hoy tendremos visita -dijo un da el ratn-. Mi vecino suele venir todas las semanas a
verme. Es an ms rico que yo; tiene grandes salones y lleva una hermosa casaca de
terciopelo negro. Si lo quisieras por marido nada te faltara. Slo que es ciego; habrs de
explicarle las historias ms bonitas que sepas.
Pero a Pulgarcita le interesaba muy poco el vecino, pues era un topo.
ste vino, en efecto, de visita, con su negra casaca de terciopelo. Era rico e instruido,
dijo el ratn de campo; tena una casa veinte veces mayor que la suya. Ciencia posea
mucha, mas no poda sufrir el sol ni las bellas flores, de las que hablaba con desprecio,
pues no, las haba visto nunca.
Pulgarcita hubo de cantar, y enton El abejorro ech a volar y El fraile descalzo va
campo a travs. El topo se enamor de la nia por su hermosa voz, pero nada dijo,
pues era circunspecto.
Poco antes haba excavado una larga galera subterrnea desde su casa a la del vecino e
invit al ratn y a Pulgarcita a pasear por ella siempre que les viniese en gana.
Advirtiles que no deban asustarse del pjaro muerto que yaca en el corredor; era un
pjaro entero, con plumas y pico, que seguramente haba fallecido poco antes y estaba
enterrado justamente en el lugar donde habla abierto su galera.
El topo cogi con la boca un pedazo de madera podrida, pues en la oscuridad reluce
como fuego, y, tomando la delantera, les alumbr por el largo y oscuro pasillo. Al llegar
al sitio donde yaca el pjaro muerto, el topo apret el ancho hocico contra el techo y,
empujando la tierra, abri un orificio para que entrara luz. En el suelo haba una
golondrina muerta, las hermosas alas comprimidas contra el cuerpo, las patas y la
cabeza encogidas bajo el ala. La infeliz avecilla haba muerto de fro. A Pulgarcita se le
encogi el corazn, pues quera mucho a los pajarillos, que durante todo el verano
haban estado cantando y gorjeando a su alrededor. Pero el topo, con su corta pata, dio
un empujn a la golondrina y dijo:
- sta ya no volver a chillar. Qu pena, nacer pjaro! A Dios gracias, ninguno de mis
hijos lo ser. Qu tienen estos desgraciados, fuera de su quivit, quivit? Vaya hambre la
que pasan en invierno!
- Hablis como un hombre sensato -asinti el ratn-. De qu le sirve al pjaro su canto
cuando llega el invierno? Para morir de hambre y de fro, sta es la verdad; pero hay
quien lo considera una gran cosa.
Pulgarcita no dijo esta boca es ma, pero cuando los otros dos hubieron vuelto la
espalda, se inclin sobre la golondrina y, apartando las plumas que le cubran la cabeza,
bes sus ojos cerrados.
Quin sabe si es aqulla que tan alegremente cantaba en verano!, pens. Cuntos
buenos ratos te debo, mi pobre pajarillo!.
El topo volvi, a tapar el agujero por el que entraba la luz del da y acompa a casa a
sus vecinos. Aquella noche Pulgarcita no pudo pegar un ojo; salt, pues, de la cama y
trenz con heno una grande y bonita manta, que fue a extender sobre el avecilla muerta;
luego la arrop bien, con blanco algodn que encontr en el cuarto de la rata, para que
no tuviera fro en la dura tierra.
- Adis, mi pajarito! -dijo-. Adis y gracias por las canciones con que me alegrabas en
verano, cuando todos los rboles estaban verdes y el sol nos calentaba con sus rayos.
Aplic entonces la cabeza contra el pecho del pjaro y tuvo un estremecimiento;
parecile como si algo latiera en l. Y, en efecto, era el corazn, pues la golondrina no
estaba muerta, y s slo entumecida. El calor la volva a la vida.
En otoo, todas las golondrinas se marchan a otras tierras ms clidas; pero si alguna se
retrasa, se enfra y cae como muerta. All se queda en el lugar donde ha cado, y la
helada nieve la cubre.
Pulgarcita estaba toda temblorosa del susto, pues el pjaro era enorme en comparacin
con ella, que no meda sino una pulgada. Pero cobr nimos, puso ms algodn
alrededor de la golondrina, corri a buscar una hoja de menta que le serva de
cubrecama, y la extendi sobre la cabeza del ave.
A la noche siguiente volvi a verla y la encontr viva, pero extenuada; slo tuvo fuerzas
para abrir los ojos y mirar a Pulgarcita, quien, sosteniendo en la mano un trocito de
madera podrida a falta de linterna, la estaba contemplando.
- Gracias, mi linda pequeuela! -murmur la golondrina enferma-. Ya he entrado en
calor; pronto habr recobrado las fuerzas y podr salir de nuevo a volar bajo los rayos
del sol.
- Ay! -respondi Pulgarcita-, hace mucho fro all fuera; nieva y hiela. Qudate en tu
lecho calentito y yo te cuidar.
Le trajo agua en una hoja de flor para que bebiese. Entonces la golondrina le cont que
se haba lastimado un ala en una mata espinosa, y por eso no pudo seguir volando con la
ligereza de sus compaeras, las cuales haban emigrado a las tierras clidas. Cay al
suelo, y ya no recordaba nada ms, ni saba cmo haba ido a parar all.
El pjaro se qued todo el invierno en el subterrneo, bajo los amorosos cuidados de
Pulgarcita, sin que lo supieran el topo ni el ratn, pues ni uno ni otro podan sufrir a la
golondrina.
No bien lleg la primavera y el sol comenz a calentar la tierra, la golondrina se
despidi de Pulgarcita, la cual abri el agujero que haba hecho el topo en el techo de la
galera. Entr por l un hermoso rayo de sol, y la golondrina pregunt a la niita si
quera marcharse con ella; podra montarse sobre su espalda, y las dos se iran lejos, al
verde bosque. Mas Pulgarcita saba que si abandonaba al ratn le causara mucha pena.
- No, no puedo -dijo.
- Entonces adis, adis, mi linda pequea! -exclam la golondrina, remontando el
vuelo hacia la luz del sol. Pulgarcita la mir partir, y las lgrimas le vinieron a los ojos;
pues le haba tomado mucho afecto.
- Quivit, quivit! -chill la golondrina, emprendiendo el vuelo hacia el bosque.
Pulgarcita se qued sumida en honda tristeza. No le permitieron ya salir a tomar el sol.
El trigo que haban sembrado en el campo de encima creci a su vez, convirtindose en
un verdadero bosque para la pobre criatura, que no meda ms de una pulgada.
- En verano tendrs que coserte tu ajuar de novia -le dijo un da el ratn. Era el caso que
su vecino, el fastidioso topo de la negra pelliza, haba pedido su mano-. Necesitas ropas
de lana y de hilo; has de tener prendas de vestido y de cama, para cuando seas la mujer
del topo.
El patito feo
Qu hermosa estaba la campia! Haba llegado el verano: el trigo estaba amarillo; la
avena, verde; la hierba de los prados, cortada ya, quedaba recogida en los pajares, en
cuyos tejados se paseaba la cigea, con sus largas patas rojas, hablando en egipcio, que
era la lengua que le enseara su madre. Rodeaban los campos y prados grandes bosques,
y entre los bosques se escondan lagos profundos. Qu hermosa estaba la campia!
Baada por el sol levantbase una mansin seorial, rodeada de hondos canales, y desde
el muro hasta el agua crecan grandes plantas trepadoras formando una bveda tan alta
que dentro de ella poda estar de pie un nio pequeo, mas por dentro estaba tan
enmaraado, que pareca el interior de un bosque. En medio de aquella maleza, una
gansa, sentada en el nido, incubaba sus huevos. Estaba ya impaciente, pues tardaban
tanto en salir los polluelos, y reciba tan pocas visitas!
Los dems patos preferan nadar por los canales, en vez de entrar a hacerle compaa y
charlar un rato.
Por fin empezaron a abrirse los huevos, uno tras otro. Pip, pip!, decan los pequeos;
las yemas haban adquirido vida y los patitos asomaban la cabecita por la cscara rota.
- cuac, cuac! - gritaban con todas sus fuerzas, mirando a todos lados por entre las
verdes hojas. La madre los dejaba, pues el verde es bueno para los ojos.
- Qu grande es el mundo! -exclamaron los polluelos, pues ahora tenan mucho ms
sitio que en el interior del huevo.
- Creis que todo el mundo es esto? -dijo la madre-. Pues andis muy equivocados. El
mundo se extiende mucho ms lejos, hasta el otro lado del jardn, y se mete en el campo
del cura, aunque yo nunca he estado all. Estis todos? -prosigui, incorporndose-.
Pues no, no los tengo todos; el huevo gordote no se ha abierto an. Va a tardar mucho?
Ya estoy hasta la coronilla de tanto esperar!
- Bueno, qu tal vamos? -pregunt una vieja gansa que vena de visita.
- Este huevo que no termina nunca! -respondi la clueca-. No quiere salir. Pero mira los
dems patitos: verdad que son lindos? Todos se parecen a su padre; y el sinvergenza
no viene a verme.
- Djame ver el huevo que no quiere romper -dijo la vieja-. Creme, esto es un huevo de
pava; tambin a mi me engaaron una vez, y pas muchas fatigas con los polluelos,
pues le tienen miedo al agua. No pude con l; me desgait y lo puse verde, pero todo
fue intil. A ver el huevo. S, es un huevo de pava. Djalo y ensea a los otros a nadar.
- Lo empollar un poquitn ms dijo la clueca-. Tanto tiempo he estado encima de l,
que bien puedo esperar otro poco!
- Cmo quieras! -contest la otra, despidindose.
Al fin se parti el huevo. Pip, pip! hizo el polluelo, saliendo de la cscara. Era gordo
y feo; la gansa se qued mirndolo:
- Es un pato enorme -dijo-; no se parece a ninguno de los otros; ser un pavo? Bueno,
pronto lo sabremos; del agua no se escapa, aunque tenga que zambullirse a trompazos.
El da siguiente amaneci esplndido; el sol baaba las verdes hojas de la enramada. La
madre se fue con toda su prole al canal y, plas!, se arroj al agua. Cuac, cuac!
-gritaba, y un polluelo tras otro se fueron zambullendo tambin; el agua les cubri la
cabeza, pero enseguida volvieron a salir a flote y se pusieron a nadar tan lindamente.
Las patitas se movan por s solas y todos chapoteaban, incluso el ltimo polluelo
gordote y feo.
- Pues no es pavo -dijo la madre-. Fjate cmo mueve las patas, y qu bien se sostiene!
Es hijo mo, no hay duda. En el fondo, si bien se mira, no tiene nada de feo, al contrario.
Cuac, cuac! Venid conmigo, os ensear el gran mundo, os presentar a los patos del
corral. Pero no os alejis de mi lado, no fuese que alguien os atropellase; y mucho
cuidado con el gato!
Y se encaminaron al corral de los patos, donde haba un barullo espantoso, pues dos
familias se disputaban una cabeza de anguila. Y al fin fue el gato quien se qued con
ella.
- Veis? As va el mundo -dijo la gansa madre, afilndose el pico, pues tambin ella
hubiera querido pescar el botn-. Servos de las patas! y a ver si os despabilis. Id a
hacer una reverencia a aquel pato viejo de all; es el ms ilustre de todos los presentes;
es de raza espaola, por eso est tan gordo. Ved la cinta colorada que lleva en la pata; es
la mayor distincin que puede otorgarse a un pato. Es para que no se pierda y para que
todos lo reconozcan, personas y animales. Ala, sacudiros! No metis los pies para
dentro. Los patitos bien educados andan con las piernas esparrancadas, como pap y
mam. As!, veis? Ahora inclinad el cuello y decir: cuac!.
Todos obedecieron, mientras los dems gansos del corral los miraban, diciendo en voz
alta:
- Vaya! slo faltaban stos; como si no fusemos ya bastantes! Y, qu asco! Fijaos en
aquel pollito: a se s que no lo toleramos! -. Y enseguida se adelant un ganso y le
propin un picotazo en el pescuezo.
- Djalo en paz! -exclam la madre-. No molesta a nadie.
- S, pero es gordote y extrao -replic el agresor-; habr que sacudirlo.
- Tiene usted unos hijos muy guapos, seora -dijo el viejo de la pata vendada-. Lstima
de este gordote; se s que es un fracaso. Me gustara que pudiese retocarlo.
- No puede ser, Seora -dijo la madre-. Cierto que no es hermoso, pero tiene buen
corazn y nada tan bien como los dems; incluso dira que mejor. Me figuro que al
crecer se arreglar, y que con el tiempo perder volumen. Estuvo muchos das en el
huevo, y por eso ha salido demasiado robusto -. Y con el pico le pellizc el pescuezo y
le alis el plumaje -. Adems, es macho -prosigui-, as que no importa gran cosa. Estoy
segura de que ser fuerte y se despabilar.
- Los dems polluelos son encantadores de veras -dijo el viejo-. Considrese usted en
casa; y si encuentra una cabeza de anguila, haga el favor de trarmela.
Y de este modo tomaron posesin de la casa.
El pobre patito feo no reciba sino picotazos y empujones, y era el blanco de las burlas
de todos, lo mismo de los gansos que de las gallinas. Qu ridculo!, se rean todos, y
el pavo, que por haber venido al mundo con espolones se crea el emperador, se hencha
como un barco a toda vela y arremeta contra el patito, con la cabeza colorada de rabia.
El pobre animalito nunca saba dnde meterse; estaba muy triste por ser feo y porque
era la chacota de todo el corral.
As transcurri el primer da; pero en los sucesivos las cosas se pusieron an peor.
Todos acosaban al patito; incluso sus hermanos lo trataban brutalmente, y no cesaban de
gritar: - As te pescara el gato, bicho asqueroso!; y hasta la madre deseaba perderlo de
vista. Los patos lo picoteaban; las gallinas lo golpeaban, y la muchacha encargada de
repartir el pienso lo apartaba a puntapis.
El patito feo
Continuacin
Al fin huy, saltando la cerca; los pajarillos de la maleza se echaron a volar, asustados.
Huyen porque soy feo!, dijo el pato, y, cerrando los ojos, sigui corriendo a ciegas.
As lleg hasta el gran pantano, donde habitaban los patos salvajes; cansado y dolorido,
pas all la noche.
Por la maana, los patos salvajes, al levantar el vuelo, vieron a su nuevo campaero: -
Quin eres? -le preguntaron, y el patito, volvindose en todas direcciones, los salud a
todos lo mejor que supo.
- Eres un espantajo! -exclamaron los patos-. Pero no nos importa, con tal que no te
cases en nuestra familia -. El infeliz! Lo ltimo que pensaba era en casarse, dbase por
muy satisfecho con que le permitiesen echarse en el caaveral y beber un poco de agua
del pantano.
As transcurrieron dos das, al cabo de los cuales se presentaron dos gansos salvajes,
machos los dos, para ser ms precisos. No haca mucho que haban salido del cascarn;
por eso eran tan impertinentes.
- Oye, compadre -le dijeron-, eres tan feo que te encontramos simptico. Quieres
venirte con nosotros y emigrar? Cerca de aqu, en otro pantano, viven unas gansas
salvajes muy amables, todas solteras, y saben decir cuac!. A lo mejor tienes xito,
aun siendo tan feo.
Pim, pam!, se oyeron dos estampidos: los dos machos cayeron muertos en el caaveral,
y el agua se ti de sangre. Pim, pam!, volvi a retumbar, y grandes bandadas de
gansos salvajes alzaron el vuelo de entre la maleza, mientras se repetan los disparos.
Era una gran cacera; los cazadores rodeaban el caaveral, y algunos aparecan sentados
en las ramas de los rboles que lo dominaban; se formaban nubecillas azuladas por entre
el espesor del ramaje, cernindose por encima del agua, mientras los perros nadaban en
el pantano, Plas, plas!, y juncos y caas se inclinaban de todos lados. Qu susto para el
pobre patito! Inclin la cabeza para meterla bajo el ala, y en aquel mismo momento vio
junto a s un horrible perrazo con medio palmo de lengua fuera y una expresin atroz en
los ojos. Alarg el hocico hacia el patito, le ense los agudos dientes y, plas, plas! se
alej sin cogerlo.
- Loado sea Dios! -suspir el pato-. Soy tan feo que ni el perro quiso morderme!
Y se estuvo muy quietecito, mientras los perdigones silbaban por entre las caas y
seguan sonando los disparos.
Hasta muy avanzado el da no se restableci la calma; mas el pobre segua sin atreverse
a salir. Esper an algunas horas: luego ech un vistazo a su alrededor y escap del
pantano a toda la velocidad que le permitieron sus patas. Corri a travs de campos y
prados, bajo una tempestad que le haca muy difcil la huida.
Al anochecer lleg a una pequea choza de campesinos; estaba tan ruinosa, que no saba
de qu lado caer, y por eso se sostena en pie. El viento soplaba con tal fuerza contra el
patito, que ste tuvo que sentarse sobre la cola para afianzarse y no ser arrastrado. La
tormenta arreciaba ms y ms. Al fin, observ que la puerta se haba salido de uno de
los goznes y dejaba espacio para colarse en el interior; y esto es lo que hizo.
Viva en la choza una vieja con su gato y su gallina. El gato, al que llamaba hijito,
saba arquear el lomo y ronronear, e incluso desprenda chispas si se le frotaba a
contrapelo. La gallina tena las patas muy cortas, y por eso la vieja la llamaba tortita
paticorta; pero era muy buena ponedora, y su duea la quera como a una hija.
Por la maana se dieron cuenta de que haba llegado un forastero, y el gato empez a
ronronear, y la gallina, a cloquear.
- Qu pasa? -dijo la vieja mirando a su alrededor. Como no vea bien, crey que era un
ganso cebado que se habra extraviado-. No se cazan todos los das! -exclam-. Ahora
tendr huevos de pato. Con tal que no sea un macho! Habr que probarlo.
Y puso al patito a prueba por espacio de tres semanas; pero no salieron huevos. El gato
era el mandams de la casa, y la gallina, la seora, y los dos repetan continuamente: -
Nosotros y el mundo! - convencidos de que ellos eran la mitad del universo, y an la
mejor. El patito pensaba que poda opinarse de otro modo, pero la gallina no le dejaba
hablar.
- Sabes poner huevos? -le pregunt.
- No.
- Entonces cierra el pico!
Y el gato:
- Sabes doblar el espinazo y ronronear y echar chispas?
- No.
- Entonces no puedes opinar cuando hablan personas de talento.
El patito fue a acurrucarse en un rincn, malhumorado. De pronto acordse del aire libre
y de la luz del sol, y le entraron tales deseos de irse a nadar al agua, que no pudo
reprimirse y se lo dijo a la gallina.
- Qu mosca te ha picado? -le replic sta-. Como no tienes ninguna ocupacin, te
entran estos antojos. Pon huevos o ronronea, vers como se te pasan!
- Pero es tan hermoso nadar! -insisti el patito-. Da tanto gusto zambullirse de cabeza
hasta tocar el fondo!
- Hay gustos que merecen palos! -respondi la gallina-. Creo que has perdido la
chaveta. Pregunta al gato, que es la persona ms sabia que conozco, si le gusta nadar o
zambullirse en el agua. Y ya no hablo de m. Pregntalo si quieres a la duea, la vieja;
en el mundo entero no hay nadie ms inteligente. Crees que le apetece nadar y meterse
en el agua?
- No me comprendis! -suspir el patito.
- Qu no te comprendemos? Quin lo har, entonces? No pretenders ser ms listo
que el gato y la mujer, y no hablemos ya de m! No tengas esos humos, criatura, y da
gracias al Creador por las cosas buenas que te ha dado. No vives en una habitacin
bien calentita, en compaa de quien puede ensearte mucho? Pero eres un charlatn y
no da gusto tratar contigo. Creme, es por tu bien que te digo cosas desagradables; ah
se conoce a los verdaderos amigos. Procura poner huevos o ronronear, o aprende a
despedir chispas.
- Creo que me marchar por esos mundos de Dios -dijo el patito.
- Es lo mejor que puedes hacer -respondile la gallina.
Continuacin
Y envi a un muchacho a casa de su compadre a pedirle que le prestara una medida de
fanega.
Para qu la querr?, preguntse Cols el Grande; y unt el fondo con alquitrn para
que quedase pegado algo de lo que quera medir. Y as sucedi, pues cuando le
devolvieron la fanega haba pegadas en el fondo tres relucientes monedas de plata de
ocho chelines.
Qu significa esto?, exclam, y corri a casa de Cols el Chico.
- De dnde sacaste ese dinero? -pregunt.
- De la piel de mi caballo. La vend ayer tarde.
- Pues si que te la pagaron bien! - dijo el otro, y, sin perder tiempo, volvi a su casa,
mat a hachazos sus cuatro caballos y, despus de desollarlos, marchse con las pieles a
la ciudad.
- Pieles, pieles! Quin compra pieles? - iba por las calles, gritando. Acudieron los
zapateros y curtidores, preguntndole el precio.
- Una fanega de dinero por piel - respondi Cols.
- Ests loco? -gritaron todo -. Crees que tenemos el dinero a fanegas?
- Pieles, pieles! Quin compra pieles? -repiti a voz en grito; y a todos los que le
preguntaban el precio respondales: - Una fanega de dinero por piel.
- Este quiere burlarse de nosotros -decan todos, y, empuando los zapateros sus trabas y
los curtidores sus mandiles, pusironse a aporrear a Cols.
- Pieles, pieles! -gritaban, persiguindolo-. Ya vers cmo adobamos la tuya, que
parecer un estropajo! Echadle de la ciudad!-. Y Cols no tuvo ms remedio que poner
los pies en polvorosa. Nunca le haban zurrado tan lindamente.
Ahora es la ma!, dijo al llegar a casa. sta me la paga Cols el Chico! Le partir
la cabeza!.
Sucedi que aquel da, en casa del otro Cols, haba fallecido la abuela, y aunque la
vieja haba sido siempre muy dura y regaona, el nieto lo sinti, y acost a la difunta en
una cama bien calentita, para ver si lograba volverla a la vida. All se pas ella la noche,
mientras Cols dorma en una silla, en un rincn. No era la primera vez.
Estando ya a oscuras, se abri la puerta y entr Cols el Grande, armado de un hacha.
Sabiendo bien dnde estaba la cama, avanz directamente hasta ella y asent un
hachazo en la cabeza de la abuela, persuadido de que era el nieto.
- Para que no vuelvas a burlarte de m! -dijo, y se volvi a su casa.
Es un mal hombre!, pens Cols el Chico. Quiso matarme! Suerte que la abuela ya
estaba muerta; de otro modo, esto no lo cuenta.
Visti luego el cadver con las ropas del domingo, pidi prestado un caballo a un vecino
y, despus de engancharlo a su carro, puso el cadver de la abuela, sentado, en el asiento
trasero, de modo que no pudiera caerse con el movimiento del vehculo, y parti bosque
a travs. Al salir el sol lleg a una gran posada, y Cols el Chico par en ella para
desayunarse.
El posadero era hombre muy rico. Bueno en el fondo, pero tena un genio, pronto e
irascible, como si hubiese en su cuerpo pimienta y tabaco.
- Buenos das! -dijo a Cols-. Tan temprano y ya endomingado?
- S, respondi el otro -. Voy a la ciudad con la abuela. La llevo en el carro, pero no
puede bajar. Queris llevarle un vaso de aguamiel? Pero tendris que hablarle en voz
alta, pues es dura de odo.
- No faltaba ms -respondi el ventero, y, llenando un vaso de aguamiel, sali a servirlo
a la abuela, que apareca sentada, rgida, en el carro.
- Os traigo un vaso de aguamiel de parte de vuestro hijo -le dijo el posadero. Pero la
mujer, como es natural, permaneci inmvil y callada.
- No me os? -grit el hombre con toda la fuerza de sus pulmones-. Os traigo un vaso
de aguamiel de parte de vuestro hijo!
Y como lo repitiera dos veces ms, sin que la vieja hiciese el menor movimiento, el
hombre perdi los estribos y le tir el vaso a la cara, de modo que el liquido se le
derram por la nariz y por la espalda.
- Santo Dios! -exclam Cols el Chico, saliendo de un brinco y agarrando al posadero
por el pecho-. Has matado a mi abuela! Mira qu agujero le has hecho en la frente!
- Oh, qu desgracia! -grit el posadero llevndose las manos a la cabeza-. Todo por la
culpa de mi genio! Cols, amigo mo, te dar una fanega de monedas y enterrar a tu
abuela como si fuese la ma propia; pero no digas nada, pues me costara la vida y sera
una lstima.
As, Cols el Chico cobr otra buena fanega de dinero, y el posadero dio sepultura a la
vieja como si hubiese sido su propia abuela.
Al regresar nuestro hombre con todo el dinero, envi un muchacho a casa de Cols el
Grande a pedir prestada la fanega.
Qu significa esto?, pens el otro. Pues, no lo mat? Voy a verlo yo mismo. Y,
cargando con la medida, se dirigi a casa de Cols el Chico.
- De dnde sacaste tanto dinero? -pregunt, abriendo unos ojos como naranjas al ver
toda aquella riqueza.
- No me mataste a m, sino a mi abuela -replic Cols el Chico-. He vendido el cadver
y me han dado por l una fanega de dinero.
- Qu bien te lo han pagado! -exclam el otro, y, corriendo a su casa, cogi el hacha,
mat a su abuela y, cargndola en el carro, la condujo a la ciudad donde resida el
boticario, al cual pregunt si le comprara un muerto.
- Quin es y de dnde lo has sacado? -pregunt el boticario.
- Es mi abuela -respondi Cols-. La mat para sacar de ella una fanega de dinero.
- Dios nos ampare! -exclam el boticario- Qu disparate! No digas eso, que pueden
cortarte la cabeza -. Y le hizo ver cun perversa haba sido su accin, dicindole que era
un hombre malo y que mereca un castigo. Asustse tanto Cols que, montando en el
carro de un brinco y fustigando los caballos, emprendi la vuelta a casa sin detenerse. El
boticario y los dems presentes, creyndole loco, le dejaron marchar libremente.
Me la vas a pagar!, dijo Cols cuando estuvo en la carretera. sta no te la paso,
compadre. Y en cuanto hubo llegado a su casa cogi el saco ms grande que encontr,
fue al encuentro de Cols el Chico y le dijo:
- Por dos veces me has engaado; la primera mat los caballos, y la segunda a mi
abuela. T tienes la culpa de todo, pero no volvers a burlarte de m -. Y agarrando a
Cols el Chico, lo meti en el saco y, cargndoselo a la espalda le dijo:
- Ahora voy a ahogarte!
El trecho hasta el ro era largo, y Cols el Chico pesaba lo suyo. El camino pasaba muy
cerca de la iglesia, desde la cual llegaban los sones del rgano y los cantos de los fieles.
Cols deposit el saco junto a la puerta, pensando que no estara de ms entrar a or un
salmo antes de seguir adelante. El prisionero no podra escapar, y toda la gente estaba en
el templo; y as entr en l.
- Dios mo, Dios mo! -suspiraba Cols el Chico dentro del saco, retorcindose y
volvindose, sin lograr soltarse. Mas he aqu que acert a pasar un pastor muy viejo, de
cabello blanco y que caminaba apoyndose en un bastn. Conduca una manada de
vacas y bueyes, que al pasar, volcaron el saco que encerraba a Cols el Chico.
- Dios mo! -continuaba suspirando el prisionero-. Tan joven y tener que ir al cielo!
- En cambio, yo, pobre de m -replic el pastor-, no puedo ir, a pesar de ser tan viejo.
- Abre el saco -grit Cols-, mtete en l en mi lugar, y dentro de poco estars en el
Paraso.
- De mil amores! -respondi el pastor, desatando la cuerda. Cols el Chico sali de un
brinco de su prisin.
- Querrs cuidar de mi ganado? -preguntle el viejo, metindose a su vez en el saco.
Cols lo at fuertemente, y luego se alej con la manada.
A poco, Cols el Grande sali de la iglesia, y se carg el saco a la espalda. Al levantarlo
parecile que pesaba menos que antes, pues el viejo pastor era mucho ms desmirriado
que Cols el Chico. Qu ligero se ha vuelto!, pens. Esto es el premio de haber
odo un salmo. Y llegndose al ro, que era profundo y caudaloso, ech al agua el saco
con el viejo pastor, mientras gritaba, credo de que era su rival:
- No volvers a burlarte de m!
Y emprendi el regreso a su casa; pero al llegar al cruce de dos caminos topse de
nuevo con Cols el Chico, que conduca su ganado.
- Qu es esto? -exclam asombrado-. Pero no te ahogu?
- S -respondi el otro-. Hace cosa de media hora que me arrojaste al ro.
- Y de dnde has sacado este rebao? -pregunt Cols el Grande.
- Son animales de agua -respondi el Chico-. Voy a contarte la historia y a darte las
gracias por haberme ahogado, pues ahora s soy rico de veras. Tuve mucho miedo
cuando estaba en el saco, y el viento me zumb en los odos al arrojarme t desde el
puente, y el agua estaba muy fra. Enseguida me fui al fondo, pero no me lastim, pues
est cubierto de la ms mullida hierba que puedas imaginar. Tan pronto como ca se
abri el saco y se me present una muchacha hermossima, con un vestido blanco como
la nieve y una diadema verde en torno del hmedo cabello. Me tom la mano y me dijo:
Eres t, Cols el Chico?. De momento ah tienes unas cuantas reses; una milla ms
lejos, te aguarda toda una manada; te la regalo. Entonces vi que el ro era como una
gran carretera para la gente de mar. Por el fondo hay un gran trnsito de carruajes y
peatones que vienen del mar, tierra adentro, hasta donde empieza el ro. Haba flores
hermossimas y la hierba ms verde que he visto jams. Los peces pasaban nadando
junto a mis orejas, exactamente como los pjaros en el aire. Y qu gente ms simptica,
y qu ganado ms gordo, paciendo por las hondonadas y los ribazos!
- Y por qu has vuelto a la tierra? -pregunt Cols el Grande. Yo no lo habra hecho, si
tan bien se estaba all abajo.
- S -respondi el otro-, pero se me ocurri una gran idea. Ya has odo lo que te dije: la
doncella me revel que una milla camino abajo - y por camino entenda el ro, pues
ellos no pueden salir a otro sitio - me aguardaba toda una manada de vacas. Pero yo s
muy bien que el ro describe muchas curvas, ora aqu, ora all; es el cuento de nunca
acabar. En cambio, yendo por tierra se puede acertar el camino; me ahorro as casi
media milla, y llego mucho antes al lugar donde est el ganado.
- Qu suerte tienes! -exclam Cols el Grande-. Piensas que me daran tambin
ganado, si bajase al fondo del ro?
- Seguro -respondi Cols el Chico-, pero yo no puedo llevarte en el saco hasta el
puente, pesas demasiado. Si te conformas, con ir all a pie y luego meterte en el saco, te
arrojare al ro con mucho gusto.
- Muchas gracias -asinti el otro-. Pero si cuando est abajo no me dan nada, te zurrar
de lo lindo; y no creas que hablo en broma.
- Bah! No te lo tomes tan a pecho! - y se encaminaron los dos al ro. Cuando el
ganado, que andaba sediento, vio el agua, ech a correr hacia ella para calmar la sed.
- Fjate cmo se precipitan! -observ Cols el Chico-. Bien se ve que quieren volver al
fondo.
- S, aydame -dijo el tonto-; de lo contrario vas a llevar palo -. Y se meti en un gran
saco que vena atravesado sobre el dorso de uno de los bueyes.
- Ponle dentro una piedra, no fuera caso que quedase flotando -aadi.
- Perfectamente -dijo el Chico, e introduciendo en el saco una voluminosa piedra, lo at
fuertemente y, pum!, Cols el Grande sali volando por los aires, y en un instante se
hundi en el ro. Me temo que no encuentres el ganado, dijo el otro Cols,
emprendiendo el camino de casa con su manada.
Continuacin
Aunque no haba lmpara de ninguna clase, el cuarto estaba muy claro, gracias a la luna,
que, a travs de la ventana proyectaba sus rayos sobre el pavimento; pareca de da. Los
jacintos y tulipanes estaban alineados en doble fila; en la ventana no habla ninguno, los
tiestos aparecan vacos; en el suelo, todas las flores bailaban graciosamente en corro,
formando cadena y cogindose, al girar, unas con otras por las largas hojas verdes.
Sentado al piano se hallaba un gran lirio amarillo, que Ida estaba segura de haber visto
en verano, pues recordaba muy bien que el estudiante le haba dicho:
- Cmo se parece a la seorita Line! -y todos se haban echado a rer. Pero ahora la
pequea Ida encontraba que realmente aquella larga flor amarilla se pareca a la citada
seorita, pues haca sus mismos gestos al tocar, y su cara larga y macilenta se inclinaba
ora hacia un lado ora hacia el otro, siguiendo con un movimiento de la cabeza el comps
de la bellsima msica.
Nadie se fij en Ida. Ella vio entonces cmo un gran azafrn azul saltaba sobre la mesa
de los juguetes y, dirigindose a la cama de la mueca, descorra las cortinas.
Aparecieron las flores enfermas que se levantaron en el acto, hacindose mutuamente
seas e indicando que deseaban tomar parte en la danza. El viejo deshollinador de
porcelana, que haba perdido el labio inferior, se puso en pie e hizo una reverencia a las
lindas flores, las cuales no tenan aspecto de enfermas ni mucho menos; saltaron una
tras otra, contentas y vivarachas.
Pareci como si algo cayese de la mesa. Ida mir en aquella direccin: era el ltigo que
le hablan regalado en carnaval, el cual haba saltado, como si quisiera tambin tomar
parte en la fiesta de las flores. Estaba muy mono con sus cintas de papel, y se le mont
encima un muequito de cera que llevaba la cabeza cubierta con un ancho sombrero
parecido al del consejero de Cancillera. El latiguillo avanzaba a saltos sobre sus tres
rojas patas de palo con gran alboroto pues bailaba una mazurca, baile en el que no
podan acompaarle las dems flores, que eran muy ligeras y no saban patalear.
De pronto, el mueco de cera, montado en el ltigo, se hinch y aument de tamao, y,
volvindose encima de las flores de papel pintado que adornaban su montura, grit:
Qu manera de embaucar a una criatura! Vaya fantasas tontas!. Era igual, igual que
el Consejero, con su ancho sombrero; se le pareca hasta en lo amarillo y aburrido. Pero
las flores de papel se le enroscaron en las esculidas patas, y el mueco se encogi de
nuevo, volviendo a su condicin primitiva de muequito de cera. Daba gusto verlo; Ida
no poda reprimir la risa. El ltigo sigui bailando y el Consejero no tuvo ms remedio
que acompaarlo; lo mismo daba que se hiciera grande o se quedara siendo el
muequito macilento con su gran sombrero negro. Entonces las otras flores
intercedieron en su favor, especialmente las que haban estado reposando en la camita, y
el ltigo se dej ablandar. Entonces alguien llam desde e1 interior del cajn, donde
Sofa, la mueca de Ida, yaca junto a los restantes juguetes; el deshollinador ech a
correr hasta el canto de la mesa, y, echndose sobre la barriga, se puso a tirar del cajn.
Levantse entonces Sofa y dirigi una mirada de asombro a su alrededor.
- Conque hay baile! -dijo-. Por qu no me avisaron?
- Quieres bailar conmigo? -pregunt el deshollinador.
- Bah! Buen bailarn eres t! -replic ella, volvindole la espalda. Y, sentndose sobre
el cajn, pens que seguramente una de las flores la solicitara como pareja. Pero
ninguna lo hizo. Tosi: hm, hm, hm!, mas ni por sas. El deshollinador bailaba solo y
no lo haca mal.
Viendo que ninguna de las flores le haca caso, Sofa se dej caer del cajn al suelo,
produciendo un gran estrpito. Todas las flores se acercaron presurosas a preguntarle si
se haba herido, y todas se mostraron amabilsimas, particularmente las que hablan
ocupado su cama. Pero Sofa no se haba lastimado; y las flores de Ida le dieron las
gracias por el bonito lecho, y la condujeron al centro de la habitacin, en el lugar
iluminado por la luz de la luna, y bailaron con ella, mientras las otras formaban corro a
su alrededor. Sofa sintise satisfecha, dijo que podan seguir utilizando su cama, que
ella dormira muy a gusto en el cajn.
Pero las flores respondieron:
- Gracias de todo corazn, mas ya no nos queda mucho tiempo de vida. Maana
habremos muerto. Pero dile a Ida que nos entierre en el jardn, junto al lugar donde
reposa el canario. De este modo en verano resucitaremos an ms hermosas.
- No, no debis morir! -dijo Sofa, y bes a las flores. Abrise en esto la puerta de la
sala y entr una gran multitud de flores hermossimas, todas bailando. Ida no
comprenda de dnde venan; deban de ser las del palacio real. Delante iban dos rosas
esplndidas, con sendas coronas de oro: eran un rey y una reina; seguan luego los
alheles y claveles ms bellos que quepa imaginar, saludando en todas direcciones. Se
traan la msica: grandes adormideras y peonias soplaban en vainas de guisantes, con tal
fuerza que tenan la cara encarnada como un pimiento. Las campanillas azules y los
diminutos rompenieves sonaban cual si fuesen cascabelitos. Era una msica la mar de
alegre. Venan detrs otras muchas flores, todas danzando: violetas y amarantos rojos,
margaritas y muguetes. Y todas se iban besando entre s. Era un espectculo realmente
maravilloso!
Finalmente, se dieron unas a otras las buenas noches, y la pequea Ida se volvi a la
cama, donde so en todo lo que acababa de presenciar.
Al despertarse al da siguiente, corri a la mesita para ver si estaban en ella las flores;
descorri las cortinas de la camita: s, todas estaban; pero completamente marchitas,
mucho ms que la vspera. Sofa continuaba en el cajn, donde la dejara Ida, y tena una
cara muy soolienta.
- Te acuerdas de lo que debes decirme? -le pregunt Ida. Pero Sofa estaba como
atontada y no respondi.
- Eres una desagradecida -le dijo Ida-. Ya no te acuerdas de que todas bailaron contigo.
Cogi luego una caja de papel que tena dibujados bonitos pjaros, y deposit en ella las
flores muertas:
- Este ser vuestro lindo fretro -dijo-, y cuando vengan mis primos noruegos me
ayudarn a enterraros en el jardn, para que en verano volvis a crecer y os hagis an
ms hermosas.
Los primos noruegos eran dos alegres muchachos, Jons y Adolfo. Su padre les haba
regalado dos arcos nuevos, y los traan para enserselos a Ida. Ella les habl de las
pobres flores muertas, y en casa les dieron permiso para enterrarlas. Los dos muchachos
marchaban al paso con sus arcos al hombro, e Ida segua con las flores muertas en la
bonita caja. Excavaron una pequea fosa en el jardn; Ida bes a las flores y las deposit
en la tumba, encerradas en su atad, mientras Adolfo y Jons disparaban sus arcos, a
falta de fusiles o caones.
El cofre volador
rase una vez un comerciante tan rico, que habra podido empedrar toda la calle con
monedas de plata, y an casi un callejn por aadidura; pero se guard de hacerlo, pues
el hombre conoca mejores maneras de invertir su dinero, y cuando daba un ochavo era
para recibir un escudo. Fue un mercader muy listo... y luego muri.
Su hijo hered todos sus caudales, y viva alegremente: todas las noches iba al baile de
mscaras, haca cometas con billetes de banco y arrojaba al agua panecillos untados de
mantequilla y lastrados con monedas de oro en vez de piedras. No es extrao, pues, que
pronto se terminase el dinero; al fin a nuestro mozo no le quedaron ms de cuatro perras
gordas, y por todo vestido, unas zapatillas y una vieja bata de noche. Sus amigos lo
abandonaron; no podan ya ir juntos por la calle; pero uno de ellos, que era un
bonachn, le envi un viejo cofre con este aviso: Embala!. El consejo era bueno,
desde luego, pero como nada tena que embalar, se meti l en el bal.
Era un cofre curioso: echaba a volar en cuanto se le apretaba la cerradura. Y as lo hizo;
en un santiamn, el muchacho se vio por los aires metido en el cofre, despus de salir
por la chimenea, y montse hasta las nubes, vuela que te vuela. Cada vez que el fondo
del bal cruja un poco, a nuestro hombre le entraba pnico; si se desprendiesen las
tablas, vaya salto! Dios nos ampare!
De este modo lleg a tierra de turcos. Escondiendo el cofre en el bosque, entre hojarasca
seca, se encamin a la ciudad; no llam la atencin de nadie, pues todos los turcos
vestan tambin bata y pantuflos. Encontrse con un ama que llevaba un nio:
- Oye, nodriza -le pregunt-, qu es aquel castillo tan grande, junto a la ciudad, con
ventanas tan altas?
- All vive la hija del Rey -respondi la mujer-. Se le ha profetizado que quien se
enamore de ella la har desgraciada; por eso no se deja que nadie se le acerque, si no es
en presencia del Rey y de la Reina, - Gracias -dijo el hijo del mercader, y volvi a su
bosque. Se meti en el cofre y levant el vuelo; lleg al tejado del castillo y se introdujo
por la ventana en las habitaciones de la princesa.
Estaba ella durmiendo en un sof; era tan hermosa, que el mozo no pudo reprimirse y le
dio un beso. La princesa despert asustada, pero l le dijo que era el dios de los turcos,
llegado por los aires; y esto la tranquiliz.
Sentronse uno junto al otro, y el mozo se puso a contar historias sobre los ojos de la
muchacha: eran como lagos oscuros y maravillosos, por los que los pensamientos
nadaban cual ondinas; luego historias sobre su frente, que compar con una montaa
nevada, llena de magnficos salones y cuadros; y luego le habl de la cigea, que trae a
los nios pequeos.
S, eran unas historias muy hermosas, realmente. Luego pidi a la princesa si quera ser
su esposa, y ella le dio el s sin vacilar.
- Pero tendris que volver el sbado -aadi-, pues he invitado a mis padres a tomar el
t. Estarn orgullosos de que me case con el dios de los turcos. Pero mira de recordar
historias bonitas, que a mis padres les gustan mucho. Mi madre las prefiere edificantes y
elevadas, y mi padre las quiere divertidas, pues le gusta rerse.
- Bien, no traer ms regalo de boda que mis cuentos -respondi l, y se despidieron;
pero antes la princesa le regal un sable adornado con monedas de oro. Y bien que le
vinieron al mozo!
Se march en volandas, se compr una nueva bata y se fue al bosque, donde se puso a
componer un cuento. Deba estar listo para el sbado, y la cosa no es tan fcil.
Y cuando lo tuvo terminado, era ya sbado.
El Rey, la Reina y toda la Corte lo aguardaban para tomar el t en compaa de la
princesa. Lo recibieron con gran cortesa.
- Vais a contarnos un cuento -preguntle la Reina-, uno que tenga profundo sentido y
sea instructivo?
- Pero que al mismo tiempo nos haga rer -aadi el Rey.-
- De acuerdo -responda el mozo, y comenz su relato. Y ahora, atencin.
rase una vez un haz de fsforos que estaban en extremo orgullosos de su alta estirpe;
su rbol genealgico, es decir, el gran pino, del que todos eran una astillita, haba sido
un aoso y corpulento rbol del bosque. Los fsforos se encontraban ahora entre un
viejo eslabn y un puchero de hierro no menos viejo, al que hablaban de los tiempos de
su infancia. -S, cuando nos hallbamos en la rama verde -decan- estbamos realmente
en una rama verde! Cada amanecer y cada atardecer tenamos t diamantino: era el
roco; durante todo el da nos daba el sol, cuando no estaba nublado, y los pajarillos nos
contaban historias. Nos dbamos cuenta de que ramos ricos, pues los rboles de fronda
slo van vestidos en verano; en cambio, nuestra familia luca su verde ropaje, lo mismo
en verano que en invierno. Mas he aqu que se present el leador, la gran revolucin, y
nuestra familia se dispers. El tronco fue destinado a palo mayor de un barco de alto
bordo, capaz de circunnavegar el mundo si se le antojaba; las dems ramas pasaron a
otros lugares, y a nosotros nos ha sido asignada la misin de suministrar luz a la baja
plebe; por eso, a pesar de ser gente distinguida, hemos venido a parar a la cocina.
- Mi destino ha sido muy distinto -dijo el puchero a cuyo lado yacan los fsforos-.
Desde el instante en que vine al mundo, todo ha sido estregarme, ponerme al fuego y
sacarme de l; yo estoy por lo prctico, y, modestia aparte, soy el nmero uno en la
casa, Mi nico placer consiste, terminado el servicio de mesa, en estarme en mi sitio,
limpio y bruido, conversando sesudamente con mis compaeros; pero si excepto el
balde, que de vez en cuando baja al patio, puede decirse que vivimos completamente
retirados. Nuestro nico mensajero es el cesto de la compra, pero se exalta tanto
cuando habla del gobierno y del pueblo!; hace unos das un viejo puchero de tierra se
asust tanto con lo que dijo, que se cay al suelo y se rompi en mil pedazos. Yo os
digo que este cesto es un revolucionario; y si no, al tiempo.
- Hablas demasiado! -intervino el eslabn, golpeando el pedernal, que solt una
chispa-. No podramos echar una cana al aire, esta noche?
- S, hablemos -dijeron los fsforos-, y veamos quin es el ms noble de todos
nosotros.
- No, no me gusta hablar de mi persona -objet la olla de barro-. Organicemos una
velada. Yo empezar contando la historia de mi vida, y luego los dems harn lo mismo;
as no se embrolla uno y resulta ms divertido. En las playas del Bltico, donde las
hayas que cubren el suelo de Dinamarca...
- Buen principio! -exclamaron los platos-. Sin duda, esta historia nos gustar.
- ...pas mi juventud en el seno de una familia muy reposada; se limpiaban los
muebles, se restregaban los suelos, y cada quince das colgaban cortinas nuevas.
- Qu bien se explica! -dijo la escoba de crin-. Dirase que habla un ama de casa; hay
un no s que de limpio y refinado en sus palabras.
-Exactamente lo que yo pensaba -asinti el balde, dando un saltito de contento que
hizo resonar el suelo.
La olla sigui contando, y el fin result tan agradable como haba sido el principio.
Todos los platos castaetearon de regocijo, y la escoba sac del bote unas hojas de
perejil, y con ellas coron a la olla, a sabiendas de que los dems rabiaran. "Si hoy le
pongo yo una corona, maana me pondr ella otra a m", pens.
- Voy a bailar! -exclam la tenaza, y, dicho y hecho! Dios nos ampare, y cmo
levantaba la pierna! La vieja funda de la silla del rincn estall al verlo-. Me vais a
coronar tambin a m? -pregunto la tenaza; y as se hizo.
- Vaya gentuza! -pensaban los fsforos.
Tocbale entonces el turno de cantar a la tetera, pero se excus alegando que estaba
resfriada; slo poda cantar cuando se hallaba al fuego; pero todo aquello eran remilgos;
no quera hacerlo ms que en la mesa, con las seoras.
Haba en la ventana una vieja pluma, con la que sola escribir la sirvienta. Nada de
notable poda observarse en ella, aparte que la sumergan demasiado en el tintero, pero
ella se senta orgullosa del hecho.
- Si la tetera se niega a cantar, que no cante -dijo-. Ah fuera hay un ruiseor enjaulado
que sabe hacerlo. No es que haya estudiado en el Conservatorio, mas por esta noche
seremos indulgentes.
- Me parece muy poco conveniente -objet la cafetera, que era una cantora de cocina y
hermanastra de la tetera - tener que escuchar a un pjaro forastero. Es esto patriotismo?
Que juzgue el cesto de la compra.
- Francamente, me habis desilusionado -dijo el cesto-. Vaya manera estpida de
pasar una velada! En lugar de ir cada cul por su lado, no sera mucho mejor hacer las
cosas con orden? Cada uno ocupara su sitio, y yo dirigira el juego. Otra cosa seria!
- S, vamos a armar un escndalo! -exclamaron todos.
En esto se abri la puerta y entr la criada. Todos se quedaron quietos, nadie se
movi; pero ni un puchero dudaba de sus habilidades y de su distincin. "Si hubisemos
querido -pensaba cada uno-, qu velada ms deliciosa habramos pasado!".
La sirvienta cogi los fsforos y encendi fuego. Cmo chisporroteaban, y qu
llamas echaban!
"Ahora todos tendrn que percatarse de que somos los primeros -pensaban-. Menudo
brillo y menudo resplandor el nuestro!". Y de este modo se consumieron.
- Qu cuento tan bonito! -dijo la Reina-. Me parece encontrarme en la cocina, entre los
fsforos. S, te casars con nuestra hija.
- Desde luego -asinti el Rey-. Ser tuya el lunes por la maana -. Lo tuteaban ya,
considerndolo como de la familia.
Fijse el da de la boda, y la vspera hubo grandes iluminaciones en la ciudad,
repartironse bollos de pan y rosquillas, los golfillos callejeros se hincharon de gritar
hurra! y silbar con los dedos metidos en la boca... Una fiesta magnfica!
Tendr que hacer algo, pens el hijo del mercader, y compr cohetes, petardos y qu
s yo cuntas cosas de pirotecnia, las meti en el bal y emprendi el vuelo.
Pim, pam, pum! Vaya estrpito y vaya chisporroteo!
Los turcos, al verlo, pegaban unos saltos tales que las babuchas les llegaban a las orejas;
nunca haban contemplado una traca como aquella, Ahora s que estaban convencidos
de que era el propio dios de los turcos el que iba a casarse con la hija del Rey.
No bien lleg nuestro mozo al bosque con su bal, se dijo: Me llegar a la ciudad, a
observar el efecto causado.
Era una curiosidad muy natural.
Qu cosas contaba la gente! Cada una de las personas a quienes pregunt haba
presenciado el espectculo de una manera distinta, pero todos coincidieron en calificarlo
de hermoso.
- Yo vi al propio dios de los turcos -afirm uno-. Sus ojos eran como rutilantes estrellas,
y la barba pareca agua espumeante.
- Volaba envuelto en un manto de fuego -dijo otro-. Por los pliegues asomaban unos
angelitos preciosos.
S, escuch cosas muy agradables, y al da siguiente era la boda.
Regres al bosque para instalarse en su cofre; pero, dnde estaba el cofre? El caso es
que se haba incendiado. Una chispa de un cohete haba prendido fuego en el forro y
reducido el bal a cenizas. Y el hijo del mercader ya no poda volar ni volver al palacio
de su prometida.
Ella se pas todo el da en el tejado, aguardndolo; y sigue an esperando, mientras l
recorre el mundo contando cuentos, aunque ninguno tan regocijante como el de los
fsforos.
La margarita
Oid bien lo que os voy a contar: All en la campaa, junto al camino, hay una casa de
campo, que de seguro habris visto alguna vez. Delante tiene un jardincito con flores y
una cerca pintada. All cerca, en el foso, en medio del bello y verde csped, creca una
pequea margarita, a la que el sol enviaba sus confortantes rayos con la misma
generosidad que a las grandes y suntuosas flores del jardn; y as creca ella de hora en
hora.
All estaba una maana, bien abiertos sus pequeos y blanqusimos ptalos, dispuestos
como rayos en torno al solecito amarillo que tienen en su centro las margaritas. No se
preocupaba de que nadie la viese entre la hierba, ni se dola de ser una pobre flor
insignificante; se senta contenta y, vuelta de cara al sol, estaba mirndolo mientras
escuchaba el alegre canto de la alondra en el aire.
As, nuestra margarita era tan feliz como si fuese da de gran fiesta, y, sin embargo, era
lunes. Los nios estaban en la escuela, y mientras ellos estudiaban sentados en sus
bancos, ella, erguida sobre su tallo, aprenda a conocer la bondad de Dios en el calor del
sol y en la belleza de lo que la rodeaba, y se le ocurri que la alondra cantaba aquello
mismo que ella senta en su corazn; y la margarita mir con una especie de respeto a la
avecilla feliz que as saba cantar y volar, pero sin sentir amargura por no poder hacerlo
tambin ella. Veo y oigo! -pensaba-; el sol me baa y el viento me besa. Cun bueno
ha sido Dios conmigo!.
En el jardn vivan muchas flores distinguidas y tiesas; cuanto menos aroma exhalaban,
ms presuman. La peonia se hinchaba para parecer mayor que la rosa; pero no es el
tamao lo que vale. Los tulipanes exhiban colores maravillosos; bien lo saban y por
eso se erguan todo lo posible, para que se les viese mejor. No prestaban la menor
atencin a la humilde margarita de all fuera, la cual los miraba, pensando: Qu ricos
y hermosos son! Seguramente vendrn a visitarlos las aves ms esplndidas! Qu
suerte estar tan cerca; as podr ver toda la fiesta!. Y mientras pensaba esto, chirrit!,
he aqu que baja la alondra volando, pero no hacia el tulipn, sino hacia el csped,
donde estaba la pequea margarita. sta tembl de alegra, y no saba qu pensar.
El avecilla revoloteaba a su alrededor, cantando: Qu mullida es la hierba! Qu linda
florecita, de corazn de oro y vestido de plata!. Porque, realmente, el punto amarillo de
la margarita reluca como oro, y eran como plata los diminutos ptalos que lo rodeaban.
Nadie podra imaginar la dicha de la margarita. El pjaro la bes con el pico y, despus
de dedicarle un canto melodioso, volvi a remontar el vuelo, perdindose en el aire azul.
Transcurri un buen cuarto de hora antes de que la flor se repusiera de su sorpresa. Un
poco avergonzada, pero en el fondo rebosante de gozo, mir a las dems flores del
jardn; habiendo presenciado el honor de que haba sido objeto, sin duda comprenderan
su alegra. Los tulipanes continuaban tan envarados como antes, pero tenan las caras
enfurruadas y coloradas, pues la escena les haba molestado. Las peonias tenan la
cabeza toda hinchada. Suerte que no podan hablar! La margarita hubiera odo cosas
bien desagradables. La pobre advirti el malhumor de las dems, y lo senta en el alma.
En stas se present en el jardn una muchacha, armada de un gran cuchillo, afilado y
reluciente, y, dirigindose directamente hacia los tulipanes, los cort uno tras otro.
Qu horror! -suspir la margarita-. Ahora s que todo ha terminado para ellos!. La
muchacha se alej con los tulipanes, y la margarita estuvo muy contenta de permanecer
fuera, en el csped, y de ser una humilde florecilla. Y sinti gratitud por su suerte, y
cuando el sol se puso, pleg sus hojas para dormir, y toda la noche so con el sol y el
pajarillo.
A la maana siguiente, cuando la margarita, feliz, abri de nuevo al aire y a la luz sus
blancos ptalos como si fuesen diminutos brazos, reconoci la voz de la avecilla; pero
era una tonada triste la que cantaba ahora. Buenos motivos tena para ello la pobre
alondra! La haban cogido y estaba prisionera en una jaula, junto a la ventana abierta.
Cantaba la dicha de volar y de ser libre; cantaba las verdes mieses de los campos y los
viajes maravillosos que hiciera en el aire infinito, llevada por sus alas. La pobre
avecilla estaba bien triste, encerrada en la jaula!
Cmo hubiera querido ayudarla, la margarita! Pero, qu hacer? No se le ocurra nada.
Olvidse de la belleza que la rodeaba, del calor del sol y de la blancura de sus hojas;
slo saba pensar en el pjaro cautivo, para el cual nada poda hacer.
De pronto salieron dos nios del jardn; uno de ellos empuaba un cuchillo grande y
afilado, como el que us la nia para cortar los tulipanes. Vinieron derechos hacia la
margarita, que no acertaba a comprender su propsito.
- Podramos cortar aqu un buen trozo de csped para la alondra -dijo uno, ponindose a
recortar un cuadrado alrededor de la margarita, de modo que la flor qued en el centro.
- Arranca la flor! -dijo el otro, y la margarita tuvo un estremecimiento de pnico, pues
si la arrancaban morira, y ella deseaba vivir, para que la llevaran con el csped a la
jaula de la alondra encarcelada.
- No, djala -dijo el primero-; hace ms bonito as - y de esta forma la margarita se
qued con la hierba y fue llevada a la jaula de la alondra.
Pero la infeliz avecilla segua llorando su cautiverio, y no cesaba de golpear con las alas
los alambres de la jaula. La margarita no saba pronunciar una sola palabra de consuelo,
por mucho que quisiera. Y de este modo transcurri toda la maana.
No tengo agua! -exclam la alondra prisionera-. Se han marchado todos, y no han
pensado en ponerme una gota para beber. Tengo la garganta seca y ardiente, me ahogo,
estoy calenturienta, y el aire es muy pesado. Ay, me morir, lejos del sol, de la fresca
hierba, de todas las maravillas de Dios!, y hundi el pico en el csped, para reanimarse
un poquitn con su humedad. Entonces se fij en la margarita, y, saludndola con la
cabeza y dndole un beso, dijo: Tambin t te agostars aqu, pobre florecilla! T y este
puado de hierba verde es cuanto me han dejado de ese mundo inmenso que era mo.
Cada tallito de hierba ha de ser para m un verde rbol, y cada una de tus blancas hojas,
una fragante flor. Ah, t me recuerdas lo mucho que he perdido!
Quin pudiera consolar a esta avecilla desventurada! -pensaba la margarita, sin
lograr mover un ptalo; pero el aroma que exhalaban sus hojillas era mucho ms intenso
del que suele serles propio. Lo advirti la alondra, y aunque senta una sed abrasadora
que le haca arrancar las briznas de hierba una tras otra, no toc a la flor.
Lleg el atardecer, y nadie vino a traer una gota de agua al pobre pajarillo. ste extendi
las lindas alas, sacudindolas espasmdicamente; su canto se redujo a un melanclico
pip, pip!; agach la cabeza hacia la flor y su corazn se quebr, de miseria y de
nostalgia. La flor no pudo, como la noche anterior, plegar las alas y entregarse al sueo,
y qued con la cabeza colgando, enferma y triste.
Los nios no comparecieron hasta la maana siguiente, y al ver el pjaro muerto se
echaron a llorar. Vertiendo muchas lgrimas, le excavaron una primorosa tumba, que
adornaron luego con ptalos de flores. Colocaron el cuerpo de la avecilla en una
hermosa caja colorada, pues haban
pensado hacerle un entierro principesco. Mientras vivi y cant se olvidaron de l,
dejaron que sufriera privaciones en la jaula; y, en cambio, ahora lo enterraban con gran
pompa y muchas lgrimas.
El trocito de csped con la margarita lo arrojaron al polvo de la carretera; nadie pens
en aquella florecilla que tanto haba sufrido por el pajarillo, y que tanto habra dado por
poderlo consolar.
El ruiseor
En China, como sabes muy bien, el Emperador es chino, y chinos son todos los que lo
rodean. Hace ya muchos aos de lo que voy a contar, mas por eso precisamente vale la
pena que lo oigis, antes de que la historia se haya olvidado.
El palacio del Emperador era el ms esplndido del mundo entero, todo l de la ms
delicada porcelana. Todo en l era tan precioso y frgil, que haba que ir con mucho
cuidado antes de tocar nada. El jardn estaba lleno de flores maravillosas, y de las ms
bellas colgaban campanillas de plata que sonaban para que nadie pudiera pasar de largo
sin fijarse en ellas. S, en el jardn imperial todo estaba muy bien pensado, y era tan
extenso, que el propio jardinero no tena idea de dnde terminaba. Si seguas andando,
te encontrabas en el bosque ms esplndido que quepa imaginar, lleno de altos rboles y
profundos lagos. Aquel bosque llegaba hasta el mar, hondo y azul; grandes
embarcaciones podan navegar por debajo de las ramas, y all viva un ruiseor que
cantaba tan primorosamente, que incluso el pobre pescador, a pesar de sus muchas
ocupaciones, cuando por la noche sala a retirar las redes, se detena a escuchar sus
trinos.
- Dios santo, y qu hermoso! -exclamaba; pero luego tena que atender a sus redes y
olvidarse del pjaro; hasta la noche siguiente, en que, al llegar de nuevo al lugar,
repeta: - Dios santo, y qu hermoso!
De todos los pases llegaban viajeros a la ciudad imperial, y admiraban el palacio y el
jardn; pero en cuanto oan al ruiseor, exclamaban: - Esto es lo mejor de todo!
De regreso a sus tierras, los viajeros hablaban de l, y los sabios escriban libros y ms
libros acerca de la ciudad, del palacio y del jardn, pero sin olvidarse nunca del ruiseor,
al que ponan por las nubes; y los poetas componan inspiradsimos poemas sobre el
pjaro que cantaba en el bosque, junto al profundo lago.
Aquellos libros se difundieron por el mundo, y algunos llegaron a manos del
Emperador. Se hallaba sentado en su silln de oro, leyendo y leyendo; de vez en cuando
haca con la cabeza un gesto de aprobacin, pues le satisfaca leer aquellas magnficas
descripciones de la ciudad, del palacio y del jardn. Pero lo mejor de todo es el
ruiseor, deca el libro.
Qu es esto? -pens el Emperador-. El ruiseor? Jams he odo hablar de l. Es
posible que haya un pjaro as en mi imperio, y precisamente en mi jardn? Nadie me ha
informado. Est bueno que uno tenga que enterarse de semejantes cosas por los libros!
Y mand llamar al mayordomo de palacio, un personaje tan importante, que cuando una
persona de rango inferior se atreva a dirigirle la palabra o hacerle una pregunta, se
limitaba a contestarle: P!. Y esto no significa nada.
- Segn parece, hay aqu un pjaro de lo ms notable, llamado ruiseor -dijo el
Emperador-. Se dice que es lo mejor que existe en mi imperio; por qu no se me ha
informado de este hecho?
- Es la primera vez que oigo hablar de l -se justific el mayordomo-. Nunca ha sido
presentado en la Corte.
- Pues ordeno que acuda esta noche a cantar en mi presencia -dijo el Emperador-. El
mundo entero sabe lo que tengo, menos yo.
- Es la primera vez que oigo hablar de l -repiti el mayordomo-. Lo buscar y lo
encontrar.
Encontrarlo?, dnde? El dignatario se cans de subir Y bajar escaleras y de recorrer
salas y pasillos. Nadie de cuantos pregunt haba odo hablar del ruiseor. Y el
mayordomo, volviendo al Emperador, le dijo que se trataba de una de esas fbulas que
suelen imprimirse en los libros.
- Vuestra Majestad Imperial no debe creer todo lo que se escribe; son fantasas y una
cosa que llaman magia negra.
- Pero el libro en que lo he ledo me lo ha enviado el poderoso Emperador del Japn
-replic el Soberano-; por tanto, no puede ser mentiroso. Quiero or al ruiseor. Que
acuda esta noche a, mi presencia, para cantar bajo mi especial proteccin. Si no se
presenta, mandar que todos los cortesanos sean pateados en el estmago despus de
cenar.
- Tsing-pe! -dijo el mayordomo; y vuelta a subir y bajar escaleras y a recorrer salas y
pasillos, y media Corte con l, pues a nadie le haca gracia que le patearan el estmago.
Y todo era preguntar por el notable ruiseor, conocido por todo el mundo menos por la
Corte.
Finalmente, dieron en la cocina con una pobre muchachita, que exclam: - Dios mo!
El ruiseor? Claro que lo conozco! qu bien canta! Todas las noches me dan permiso
para que lleve algunas sobras de comida a mi pobre madre que est enferma. Vive all
en la playa, y cuando estoy de regreso, me paro a descansar en el bosque y oigo cantar
al ruiseor. Y oyndolo se me vienen las lgrimas a los ojos, como si mi madre me
besase. Es un recuerdo que me estremece de emocin y dulzura.
- Pequea fregaplatos -dijo el mayordomo-, te dar un empleo fijo en la cocina y
permiso para presenciar la comida del Emperador, si puedes traernos al ruiseor; est
citado para esta noche.
Todos se dirigieron al bosque, al lugar donde el pjaro sola situarse; media Corte
tomaba parte en la expedicin. Avanzaban a toda prisa, cuando una vaca se puso a
mugir.
- Oh! -exclamaron los cortesanos-. Ya lo tenemos! Qu fuerza para un animal tan
pequeo! Ahora que caigo en ello, no es la primera vez que lo oigo.
- No, eso es una vaca que muge -dijo la fregona An tenemos que andar mucho.
Luego oyeron las ranas croando en una charca.
- Magnfico! -exclam un cortesano-. Ya lo oigo, suena como las campanillas de la
iglesia.
- No, eso son ranas -contest la muchacha-. Pero creo que no tardaremos en orlo.
Y en seguida el ruiseor se puso a cantar.
- Es l! -dijo la nia-. Escuchad, escuchad! All est! - y seal un avecilla gris
posada en una rama.
- Es posible? -dijo el mayordomo-. Jams lo habra imaginado as. Qu vulgar!
Seguramente habr perdido el color, intimidado por unos visitantes tan distinguidos.
- Mi pequeo ruiseor -dijo en voz alta la muchachita-, nuestro gracioso Soberano
quiere que cantes en su presencia.
- Con mucho gusto! - respondi el pjaro, y reanud su canto, que daba gloria orlo.
- Parece campanitas de cristal! -observ el mayordomo.
- Mirad cmo se mueve su garganta! Es raro que nunca lo hubisemos visto. Causar
sensacin en la Corte.
- Queris que vuelva a cantar para el Emperador? -pregunt el pjaro, pues crea que el
Emperador estaba all.
- Mi pequeo y excelente ruiseor -dijo el mayordomo tengo el honor de invitarlo a una
gran fiesta en palacio esta noche, donde podr deleitar con su magnfico canto a Su
Imperial Majestad.
- Suena mejor en el bosque -objet el ruiseor; pero cuando le dijeron que era un deseo
del Soberano, los acompa gustoso.
En palacio todo haba sido pulido y fregado. Las paredes y el suelo, que eran de
porcelana, brillaban a la luz de millares de lmparas de oro; las flores ms exquisitas,
con sus campanillas, haban sido colocadas en los corredores; las idas y venidas de los
cortesanos producan tales corrientes de aire, que las campanillas no cesaban de sonar, y
uno no oa ni su propia voz.
En medio del gran saln donde el Emperador estaba, haban puesto una percha de oro
para el ruiseor. Toda la Corte estaba presente, y la pequea fregona haba recibido
autorizacin para situarse detrs de la puerta, pues tena ya el ttulo de cocinera de la
Corte. Todo el mundo llevaba sus vestidos de gala, y todos los ojos estaban fijos en la
avecilla gris, a la que el Emperador hizo signo de que poda empezar.
El ruiseor cant tan deliciosamente, que las lgrimas acudieron a los ojos del
Soberano; y cuando el pjaro las vio rodar por sus mejillas, volvi a cantar mejor an,
hasta llegarle al alma. El Emperador qued tan complacido, que dijo que regalara su
chinela de oro al ruiseor para que se la colgase al cuello. Mas el pjaro le dio las
gracias, dicindole que ya se consideraba suficientemente recompensado.
- He visto lgrimas en los ojos del Emperador; ste es para mi el mejor premio. Las
lgrimas de un rey poseen una virtud especial. Dios sabe que he quedado bien
recompensado -y reanud su canto, con su dulce y melodioso voz.
- Es la lisonja ms amable y graciosa que he escuchado en mi vida! -exclamaron las
damas presentes; y todas se fueron a llenarse la boca de agua para gargarizar cuando
alguien hablase con ellas; pues crean que tambin ellas podan ser ruiseores. S, hasta
los lacayos y camareras expresaron su aprobacin, y esto es decir mucho, pues son
siempre ms difciles de contentar. Realmente, el ruiseor caus sensacin.
Se quedara en la Corte, en una jaula particular, con libertad para salir dos veces durante
el da y una durante la noche. Pusieron a su servicio diez criados, a cada uno de los
cuales estaba sujeto por medio de una cinta de seda que le ataron alrededor de la pierna.
La verdad es que no eran precisamente de placer aquellas excursiones.
El ruiseor
Continuacin
La ciudad entera hablaba del notabilsimo pjaro, y cuando dos se encontraban, se
saludaban diciendo el uno: Rui, y respondiendo el otro: Seor; luego exhalaban un
suspiro, indicando que se haban comprendido. Hubo incluso once verduleras que
pusieron su nombre a sus hijos, pero ni uno de ellos result capaz de dar una nota.
Un buen da el Emperador recibi un gran paquete rotulado: El ruiseor.
- He aqu un nuevo libro acerca de nuestro famoso pjaro -exclam el Emperador. Pero
result que no era un libro, sino un pequeo ingenio puesto en una jaula, un ruiseor
artificial, imitacin del vivo, pero cubierto materialmente de diamantes, rubes y zafiros.
Slo haba que darle cuerda, y se pona a cantar una de las melodas que cantaba el de
verdad, levantando y bajando la cola, todo l un ascua de plata y oro. Llevaba una cinta
atada al cuello y en ella estaba escrito: El ruiseor del Emperador del Japn es pobre
en comparacin con el del Emperador de la China.
- Soberbio! -exclamaron todos, y el emisario que haba trado el ave artificial recibi
inmediatamente el ttulo de Gran Portador Imperial de Ruiseores.
- Ahora van a cantar juntos. Qu do harn!
Y los hicieron cantar a do; pero la cosa no marchaba, pues el ruiseor autntico lo
haca a su manera, y el artificial iba con cuerda.
- No se le puede reprochar -dijo el Director de la Orquesta Imperial-; mantiene el
comps exactamente y sigue mi mtodo al pie de la letra.
En adelante, el pjaro artificial tuvo que cantar slo. Obtuvo tanto xito como el otro, y,
adems, era mucho ms bonito, pues brillaba como un puado de pulseras y broches.
Repiti treinta y tres veces la misma meloda, sin cansarse, y los cortesanos queran
volver a orla de nuevo, pero el Emperador opin que tambin el ruiseor verdadero
deba cantar algo. Pero, dnde se haba metido? Nadie se haba dado cuenta de que,
saliendo por la ventana abierta, haba vuelto a su verde bosque.
- Qu significa esto? -pregunt el Emperador. Y todos los cortesanos se deshicieron en
reproches e improperios, tachando al pjaro de desagradecido. - Por suerte nos queda el
mejor -dijeron, y el ave mecnica hubo de cantar de nuevo, repitiendo por
trigesimocuarta vez la misma cancin; pero como era muy difcil, no haba modo de que
los oyentes se la aprendieran. El Director de la Orquesta Imperial se haca lenguas del
arte del pjaro, asegurando que era muy superior al verdadero, no slo en lo relativo al
plumaje y la cantidad de diamantes, sino tambin interiormente.
- Pues fjense Vuestras Seoras y especialmente Su Majestad, que con el ruiseor de
carne y hueso nunca se puede saber qu es lo que va a cantar. En cambio, en el artificial
todo est determinado de antemano. Se oir tal cosa y tal otra, y nada ms. En l todo
tiene su explicacin: se puede abrir y poner de manifiesto cmo obra la inteligencia
humana, viendo cmo estn dispuestas las ruedas, cmo se mueven, cmo una se
engrana con la otra.
- Eso pensamos todos -dijeron los cortesanos, y el Director de la Orquesta Imperial, fue
autorizado para que el prximo domingo mostrara el pjaro al pueblo. - Todos deben
orlo cantar - dijo el Emperador; y as se hizo, y qued la gente tan satisfecha como si se
hubiesen emborrachado con t, pues as es como lo hacen los chinos; y todos gritaron:
Oh!, y, levantando el dedo ndice, se inclinaron profundamente. Mas los pobres
pescadores que haban odo al ruiseor autntico, dijeron:
- No est mal; las melodas se parecen, pero le falta algo, no s qu...
El ruiseor de verdad fue desterrado del pas.
El pjaro mecnico estuvo en adelante junto a la cama del Emperador, sobre una
almohada de seda; todos los regalos con que haba sido obsequiado - oro y piedras
preciosas - estaban dispuestos a su alrededor, y se le haba conferido el ttulo de Primer
Cantor de Cabecera Imperial, con categora de nmero uno al lado izquierdo. Pues el
Emperador consideraba que este lado era el ms noble, por ser el del corazn, que hasta
los emperadores tienen a la izquierda. Y el Director de la Orquesta Imperial escribi una
obra de veinticinco tomos sobre el pjaro mecnico; tan larga y erudita, tan llena de las
ms difciles palabras chinas, que todo el mundo afirm haberla ledo y entendido, pues
de otro modo habran pasado por tontos y recibido patadas en el estmago.
As transcurrieron las cosas durante un ao; el Emperador, la Corte y todos los dems
chinos se saban de memoria el trino de canto del ave mecnica, y precisamente por eso
les gustaba ms que nunca; podan imitarlo y lo hacan. Los golfillos de la calle
cantaban: tsitsii, cluclucluk!, y hasta el Emperador haca coro. Era de veras
divertido.
Pero he aqu que una noche, estando el pjaro en pleno canto, el Emperador, que estaba
ya acostado, oy de pronto un crac! en el interior del mecanismo; algo haba saltado.
Schnurrrr!, escapse la cuerda, y la msica ces.
El Emperador salt de la cama y mand llamar a su mdico de cabecera; pero, qu
poda hacer el hombre? Entonces fue llamado el relojero, quien, tras largos discursos y
manipulaciones, arregl un poco el ave; pero manifest que deban andarse con mucho
cuidado con ella y no hacerla trabajar demasiado, pues los pernos estaban gastados y no
era posible sustituirlos por otros nuevos que asegurasen el funcionamiento de la msica.
Qu desolacin! Desde entonces slo se pudo hacer cantar al pjaro una vez al ao, y
aun esto era una imprudencia; pero en tales ocasiones el Director de la Orquesta
Imperial pronunciaba un breve discurso, empleando aquellas palabras tan intrincadas,
diciendo que el ave cantaba tan bien como antes, y no hay que decir que todo el mundo
se manifestaba de acuerdo.
Pasaron cinco aos, cuando he aqu que una gran desgracia cay sobre el pas. Los
chinos queran mucho a su Emperador, el cual estaba ahora enfermo de muerte. Ya haba
sido elegido su sucesor, y el pueblo, en la calle, no cesaba de preguntar al mayordomo
de Palacio por el estado del anciano monarca.
- P! -responda ste, sacudiendo la cabeza.
Fro y plido yaca el Emperador en su grande y suntuoso lecho. Toda la Corte lo crea
ya muerto, y cada cual se apresuraba a ofrecer sus respetos al nuevo soberano. Los
camareros de palacio salan precipitadamente para hablar del suceso, y las camareras se
reunieron en un t muy concurrido. En todos los salones y corredores haban tendido
paos para que no se oyera el paso de nadie, y as reinaba un gran silencio.
Pero el Emperador no haba expirado an; permaneca rgido y plido en la lujosa cama,
con sus largas cortinas de terciopelo y macizas borlas de oro. Por una ventana que se
abra en lo alto de la pared, la luna enviaba sus rayos, que iluminaban al Emperador y al
pjaro mecnico.
El pobre Emperador jadeaba, con gran dificultad; era como si alguien se le hubiera
sentado sobre el pecho. Abri los ojos y vio que era la Muerte, que se haba puesto su
corona de oro en la cabeza y sostena en una mano el dorado sable imperial, y en la otra,
su magnfico estandarte. En torno, por los pliegues de los cortinajes asomaban extravas
cabezas, algunas horriblemente feas, otras, de expresin dulce y apacible: eran las obras
buenas y malas del Emperador, que lo miraban en aquellos momentos en que la muerte
se haba sentado sobre su corazn.
- Te acuerdas de tal cosa? -murmuraban una tras otra-. Y de tal otra?-. Y le recordaban
tantas, que al pobre le manaba el sudor de la frente.
- Yo no lo saba! -se excusaba el Emperador-. Msica, msica! Que suene el gran
tambor chino -grit- para no or todo eso que dicen!
Pero las cabezas seguan hablando, y la Muerte asenta con la cabeza, al modo chino, a
todo lo que decan.
-Msica, msica! -gritaba el Emperador-. Oh t, pajarillo de oro, canta, canta! Te di
oro y objetos preciosos, con mi mano te colgu del cuello mi chinela dorada. Canta,
canta ya!
Mas el pjaro segua mudo, pues no haba nadie para darle cuerda, y la Muerte segua
mirando al Emperador con sus grandes rbitas vacas; y el silencio era lgubre.
De pronto reson, procedente de la ventana, un canto maravilloso. Era el pequeo
ruiseor vivo, posado en una rama. Enterado de la desesperada situacin del Emperador,
haba acudido a traerle consuelo y esperanza; y cuanto ms cantaba, ms palidecan y se
esfumaban aquellos fantasmas, la sangre aflua con ms fuerza a los debilitados
miembros del enfermo, e incluso la Muerte prest odos y dijo:
- Sigue, lindo ruiseor, sigue.
- S, pero, me dars el magnfico sable de oro? Me dars la rica bandera? Me dars la
corona imperial?
Y la Muerte le fue dando aquellos tesoros a cambio de otras tantas canciones, y el
ruiseor sigui cantando, cantando del silencioso camposanto donde crecen las rosas
blancas, donde las lilas exhalan su aroma y donde la hierba lozana es humedecida por
las lgrimas de los supervivientes. La Muerte sinti entonces nostalgia de su jardn y
sali por la ventana, flotando como una niebla blanca y fra.
- Gracias, gracias! -dijo el Emperador-. Bien te conozco, avecilla celestial! Te desterr
de mi reino, y, sin embargo, con tus cantos has alejado de mi lecho los malos espritus,
has ahuyentado de mi corazn la Muerte. Cmo podr recompensarte?
- Ya me has recompensado -dijo el ruiseor-. Arranqu lgrimas a tus ojos la primera
vez que cant para ti; esto no lo olvidar nunca, pues son las joyas que contentan al
corazn de un cantor. Pero ahora duerme y recupera las fuerzas, que yo seguir
cantando.
As lo hizo, y el Soberano qued sumido en un dulce sueo; qu sueo tan dulce y tan
reparador!
El sol entraba por la ventana cuando el Emperador se despert, sano y fuerte. Ninguno
de sus criados haba vuelto an, pues todos lo crean muerto. Slo el ruiseor segua
cantando en la rama.
- Nunca te separars de mi lado! -le dijo el Emperador-. Cantars cuando te apetezca; y
en cuanto al pjaro mecnico, lo romper en mil pedazos.
- No lo hagas -suplic el ruiseor-. l cumpli su misin mientras pudo; gurdalo como
hasta ahora. Yo no puedo anidar ni vivir en palacio, pero permteme que venga cuando
se me ocurra; entonces me posar junto a la ventana y te cantar para que ests contento
y reflexiones. Te cantar de los felices y tambin de los que sufren; y del mal y del bien
que se hace a tu alrededor sin t saberlo. Tu pajarillo cantor debe volar a lo lejos, hasta
la cabaa del pobre pescador, hasta el tejado del campesino, hacia todos los que residen
apartados de ti y de tu Corte. Prefiero tu corazn a tu corona... aunque la corona exhala
cierto olor a cosa santa. Volver a cantar para ti. Pero debes prometerme una cosa.
- Lo que quieras! -dijo el Emperador, incorporndose en su ropaje imperial, que ya se
haba puesto, y oprimiendo contra su corazn el pesado sable de oro.
- Una cosa te pido: que no digas a nadie que tienes un pajarito que te cuenta todas las
cosas. Saldrs ganando!
Y se ech a volar.
Entraron los criados a ver a su difunto Emperador. Entraron, s, y el Emperador les dijo:
Buenos das!.
La sirenita
En alta mar el agua es azul como los ptalos de la ms hermosa centaura, y clara como
el cristal ms puro; pero es tan profunda, que sera intil echar el ancla, pues jams
podra sta alcanzar el fondo. Habra que poner muchos campanarios, unos encima de
otros, para que, desde las honduras, llegasen a la superficie.
Pero no creis que el fondo sea todo de arena blanca y helada; en l crecen tambin
rboles y plantas maravillosas, de tallo y hojas tan flexibles, que al menor movimiento
del agua se mueven y agitan como dotadas de vida. Toda clase de peces, grandes y
chicos, se deslizan por entre las ramas, exactamente como hacen las aves en el aire. En
el punto de mayor profundidad se alza el palacio del rey del mar; las paredes son de
coral, y las largas ventanas puntiagudas, del mbar ms transparente; y el tejado est
hecho de conchas, que se abren y cierran segn la corriente del agua. Cada una de estas
conchas encierra perlas brillantsimas, la menor de las cuales honrara la corona de una
reina.
Haca muchos aos que el rey del mar era viudo; su anciana madre cuidaba del gobierno
de la casa. Era una mujer muy inteligente, pero muy pagada de su nobleza; por eso
llevaba doce ostras en la cola, mientras que los dems nobles slo estaban autorizados a
llevar seis. Por lo dems, era digna de todos los elogios, principalmente por lo bien que
cuidaba de sus nietecitas, las princesas del mar. Estas eran seis, y todas bellsimas,
aunque la ms bella era la menor; tena la piel clara y delicada como un ptalo de rosa, y
los ojos azules como el lago ms profundo; como todas sus hermanas, no tena pies; su
cuerpo terminaba en cola de pez.
Las princesas se pasaban el da jugando en las inmensas salas del palacio, en cuyas
paredes crecan flores. Cuando se abran los grandes ventanales de mbar, los peces
entraban nadando, como hacen en nuestras tierras las golondrinas cuando les abrimos
las ventanas. Y los peces se acercaban a las princesas, comiendo de sus manos y
dejndose acariciar.
Frente al palacio haba un gran jardn, con rboles de color rojo de fuego y azul oscuro;
sus frutos brillaban como oro, y las flores parecan llamas, por el constante movimiento
de los pecolos y las hojas. El suelo lo formaba arena finsima, azul como la llama del
azufre. De arriba descenda un maravilloso resplandor azul; ms que estar en el fondo
del mar, se tena la impresin de estar en las capas altas de la atmsfera, con el cielo por
encima y por debajo.
Cuando no soplaba viento, se vea el sol; pareca una flor purprea, cuyo cliz irradiaba
luz.
Cada princesita tena su propio trocito en el jardn, donde cavaba y plantaba lo que le
vena en gana. Una haba dado a su porcin forma de ballena; otra haba preferido que
tuviese la de una sirenita. En cambio, la menor hizo la suya circular, como el sol, y
todas sus flores eran rojas, como l. Era una chiquilla muy especial, callada y cavilosa,
y mientras sus hermanas hacan gran fiesta con los objetos ms raros procedentes de los
barcos naufragados, ella slo jugaba con una estatua de mrmol, adems de las rojas
flores semejantes al sol. La estatua representaba un nio hermossimo, esculpido en un
mrmol muy blanco y ntido; las olas la haban arrojado al fondo del ocano. La
princesa plant junto a la estatua un sauce llorn color de rosa; el rbol creci
esplndidamente, y sus ramas colgaban sobre el nio de mrmol, proyectando en el
arenoso fondo azul su sombra violeta, que se mova a comps de aqullas; pareca como
si las ramas y las races jugasen unas con otras y se besasen.
Lo que ms encantaba a la princesa era or hablar del mundo de los hombres, de all
arriba; la abuela tena que contarle todo cuanto saba de barcos y ciudades, de hombres
y animales. Se admiraba sobre todo de que en la tierra las flores tuvieran olor, pues las
del fondo del mar no olan a nada; y la sorprenda tambin que los bosques fuesen
verdes, y que los peces que se movan entre los rboles cantasen tan melodiosamente.
Se refera a los pajarillos, que la abuela llamaba peces, para que las nias pudieran
entenderla, pues no haban visto nunca aves.
- Cuando cumplis quince aos -dijo la abuela- se os dar permiso para salir de las
aguas, sentaros a la luz de la luna en los arrecifes y ver los barcos que pasan; entonces
veris tambin bosques y ciudades.
Al ao siguiente, la mayor de las hermanas cumpli los quince aos; todas se llevaban
un ao de diferencia, por lo que la menor deba aguardar todava cinco, hasta poder salir
del fondo del mar y ver cmo son las cosas en nuestro mundo. Pero la mayor prometi a
las dems que al primer da les contara lo que viera y lo que le hubiera parecido ms
hermoso; pues por ms cosas que su abuela les contase siempre quedaban muchas que
ellas estaban curiosas por saber.
Ninguna, sin embargo, se mostraba tan impaciente como la menor, precisamente porque
deba esperar an tanto tiempo y porque era tan callada y retrada. Se pasaba muchas
noches asomada a la ventana, dirigiendo la mirada a lo alto, contemplando, a travs de
las aguas azuloscuro, cmo los peces correteaban agitando las aletas y la cola.
Alcanzaba tambin a ver la luna y las estrellas, que a travs del agua parecan muy
plidas, aunque mucho mayores de como las vemos nosotros. Cuando una nube negra
las tapaba, la princesa saba que era una ballena que nadaba por encima de ella, o un
barco con muchos hombres a bordo, los cuales jams hubieran pensado en que all
abajo haba una joven y encantadora sirena que extenda las blancas manos hacia la
quilla del navo.
Lleg, pues, el da en que la mayor de las princesas cumpli quince aos, y se remont
hacia la superficie del mar.
A su regreso traa mil cosas que contar, pero lo ms hermoso de todo, dijo, haba sido el
tiempo que haba pasado bajo la luz de la luna, en un banco de arena, con el mar en
calma, contemplando la cercana costa con una gran ciudad, donde las luces centelleaban
como millares de estrellas, y oyendo la msica, el ruido y los rumores de los carruajes y
las personas; tambin le haba gustado ver los campanarios y torres y escuchar el taido
de las campanas.
Ah, con cunta avidez la escuchaba su hermana menor! Cuando, ya anochecido, sali a
la ventana a mirar a travs de las aguas azules, no pensaba en otra cosa sino en la gran
ciudad, con sus ruidos y su bullicio, y le pareca or el son de las campanas, que llegaba
hasta el fondo del mar.
Al ao siguiente, la segunda obtuvo permiso para subir a la superficie y nadar en todas
direcciones. Emergi en el momento preciso en que el sol se pona, y aquel espectculo
le pareci el ms sublime de todos. De un extremo el otro, el sol era como de oro -dijo-,
y las nubes, oh, las nubes, quin sera capaz de describir su belleza! Haban pasado
encima de ella, rojas y moradas, pero con mayor rapidez volaba an, semejante a un
largo velo blanco, una bandada de cisnes salvajes; volaban en direccin al sol; pero el
astro se ocult, y en un momento desapareci el tinte rosado del mar y de las nubes.
Al cabo de otro ao tocle el turno a la hermana tercera, la ms audaz de todas; por eso
remont un ro que desembocaba en el mar. Vio deliciosas colinas verdes cubiertas de
pmpanos, y palacios y cortijos que destacaban entre magnficos bosques; oy el canto
de los pjaros, y el calor del sol era tan intenso, que la sirena tuvo que sumergirse varias
veces para refrescarse el rostro ardiente. En una pequea baha se encontr con una
multitud de chiquillos que corran desnudos y chapoteaban en el agua. Quiso jugar con
ellos, pero los pequeos huyeron asustados, y entonces se le acerc un animalito negro,
un perro; jams haba visto un animal parecido, y como ladraba terriblemente, la
princesa tuvo miedo y corri a refugiarse en alta mar. Nunca olvidara aquellos
soberbios bosques, las verdes colinas y el tropel de chiquillos, que podan nadar a pesar
de no tener cola de pez.
La cuarta de las hermanas no fue tan atrevida; no se movi del alta mar, y dijo que ste
era el lugar ms hermoso; desde l se divisaba un espacio de muchas millas, y el cielo
semejaba una campana de cristal. Haba visto barcos, pero a gran distancia; parecan
gaviotas; los graciosos delfines haban estado haciendo piruetas, y enormes ballenas la
haban cortejado proyectando agua por las narices como centenares de surtidores.
Al otro ao toc el turno a la quinta hermana; su cumpleaos caa justamente en
invierno; por eso vio lo que las dems no haban visto la primera vez. El mar apareca
intensamente verde, v en derredor flotaban grandes icebergs, parecidos a perlas -dijo- y,
sin embargo, mucho mayores que los campanarios que construan los hombres.
Adoptaban las formas ms caprichosas y brillaban como diamantes. Ella se haba
sentado en la cspide del ms voluminoso, y todos los veleros se desviaban
aterrorizados del lugar donde ella estaba, con su larga cabellera ondeando al impulso del
viento; pero hacia el atardecer el cielo se haba cubierto de nubes, y haban estallado
relmpagos y truenos, mientras el mar, ahora negro, levantaba los enormes bloques de
hielo que brillaban a la roja luz de los rayos. En todos los barcos arriaban las velas, y las
tripulaciones eran presa de angustia y de terror; pero ella habla seguido sentada
tranquilamente en su iceberg contemplando los rayos azules que zigzagueaban sobre el
mar reluciente.
La primera vez que una de las hermanas sali a la superficie del agua, todas las dems
quedaron encantadas oyendo las novedades y bellezas que haba visto; pero una vez
tuvieron permiso para subir cuando les viniera en gana, aquel mundo nuevo pas a ser
indiferente para ellas. Sentan la nostalgia del suyo, y al cabo de un mes afirmaron que
sus parajes submarinos eran los ms hermosos de todos, y que se sentan muy bien en
casa.
Algn que otro atardecer, las cinco hermanas se cogan de la mano y suban juntas a la
superficie. Tenan bellsimas voces, mucho ms bellas que cualquier humano y cuando
se fraguaba alguna tempestad, se situaban ante los barcos que corran peligro de
naufragio, y con arte exquisito cantaban a los marineros las bellezas del fondo del mar,
animndolos a no temerlo; pero los hombres no comprendan sus palabras, y crean que
eran los ruidos de la tormenta, y nunca les era dado contemplar las magnificencias del
fondo, pues si el barco se iba a pique, los tripulantes se ahogaban, y al palacio del rey
del mar slo llegaban cadveres.
Cuando, al anochecer, las hermanas, cogidas del brazo, suban a la superficie del
ocano, la menor se quedaba abajo sola, mirndolas con ganas de llorar; pero una sirena
no tiene lgrimas, y por eso es mayor su sufrimiento.
- Ay si tuviera quince aos! -deca -. S que me gustar el mundo de all arriba, y amar
a los hombres que lo habitan.
Y como todo llega en este mundo, al fin cumpli los quince aos. - Bien, ya eres mayor
-le dijo la abuela, la anciana reina viuda-. Ven, que te ataviar como a tus hermanas-. Y
le puso en el cabello una corona de lirios blancos; pero cada ptalo era la mitad de una
perla, y la anciana mand adherir ocho grandes ostras a la cola de la princesa como
distintivo de su alto rango.
- Duele! -exclamaba la doncella.
- Hay que sufrir para ser hermosa -contest la anciana.
La doncella de muy buena gana se habra sacudido todas aquellos adornos y la pesada
diadema, para quedarse vestida con las rojas flores de su jardn; pero no se atrevi a
introducir novedades. - Adis! - dijo, elevndose, ligera y difana a travs del agua,
como una burbuja.
El sol acababa de ocultarse cuando la sirena asom la cabeza a la superficie; pero las
nubes relucan an como rosas y oro, y en el rosado cielo brillaba la estrella vespertina,
tan clara y bella; el aire era suave y fresco, y en el mar reinaba absoluta calma. Haba a
poca distancia un gran barco de tres palos; una sola vela estaba izada, pues no se mova
ni la ms leve brisa, y en cubierta se vean los marineros por entre las jarcias y sobre las
prtigas. Haba msica y canto, y al oscurecer encendieron centenares de farolillos de
colores; pareca como si ondeasen al aire las banderas de todos los pases. La joven
sirena se acerc nadando a las ventanas de los camarotes, y cada vez que una ola la
levantaba, poda echar una mirada a travs de los cristales, lmpidos como espejos, y
vea muchos hombres magnficamente ataviados. El ms hermoso, empero, era el joven
prncipe, de grandes ojos negros. Seguramente no tendra mas all de diecisis aos;
aquel da era su cumpleaos, y por eso se celebraba la fiesta. Los marineros bailaban en
cubierta, y cuando sali el prncipe se dispararon ms de cien cohetes, que brillaron en
el aire, iluminndolo como la luz de da, por lo cual la sirena, asustada, se apresur a
sumergirse unos momentos; cuando volvi a asomar a flor de agua, le pareci como si
todas las estrellas del cielo cayesen sobre ella. Nunca haba visto fuegos artificiales.
Grandes soles zumbaban en derredor, magnficos peces de fuego surcaban el aire azul,
reflejndose todo sobre el mar en calma. En el barco era tal la claridad, que poda
distinguirse cada cuerda, y no digamos los hombres. Ay, qu guapo era el joven
prncipe! Estrechaba las manos a los marinos, sonriente, mientras la msica sonaba en la
noche.
Pasaba el tiempo, y la pequea sirena no poda apartar los ojos del navo ni del apuesto
prncipe. Apagaron los faroles de colores, los cohetes dejaron de elevarse y cesaron
tambin los caonazos, pero en las profundidades del mar aumentaban los ruidos. Ella
segua mecindose en la superficie, para echar una mirada en el interior de los
camarotes a cada vaivn de las olas. Luego el barco aceler su marcha, izaron todas las
velas, una tras otra, y, a medida que el oleaje se intensificaba, el cielo se iba cubriendo
de nubes; en la lejana zigzagueaban ya los rayos. Se estaba preparando una tormenta
horrible, y los marinos hubieron de arriar nuevamente las velas. El buque se balanceaba
en el mar enfurecido, las olas se alzaban como enormes montaas negras que
amenazaban estrellarse contra los mstiles; pero el barco segua flotando como un cisne,
hundindose en los abismos y levantndose hacia el cielo alternativamente, juguete de
las aguas enfurecidas. A la joven sirena le pareca aquello un delicioso paseo, pero los
marineros pensaban muy de otro modo. El barco cruja y crepitaba, las gruesas planchas
se torcan a los embates del mar. El palo mayor se parti como si fuera una caa, y el
barco empez a tambalearse de un costado al otro, mientras el agua penetraba en l por
varios puntos. Slo entonces comprendi la sirena el peligro que corran aquellos
hombres; ella misma tena que ir muy atenta para esquivar los maderos y restos
flotantes. Unas veces la oscuridad era tan completa, que la sirena no poda distinguir
nada en absoluto; otras veces los relmpagos daban una luz vivsima, permitindole
reconocer a los hombres del barco. Buscaba especialmente al prncipe, y, al partirse el
navo, lo vio hundirse en las profundidades del mar. Su primer sentimiento fue de
alegra, pues ahora iba a tenerlo en sus dominios; pero luego record que los humanos
no pueden vivir en el agua, y que el hermoso joven llegara muerto al palacio de su
padre. No, no era posible que muriese; por eso ech ella a nadar por entre los maderos y
las planchas que flotaban esparcidas por la superficie, sin parar mientes en que podan
aplastarla. Hundindose en el agua y elevndose nuevamente, lleg al fin al lugar donde
se encontraba el prncipe, el cual se hallaba casi al cabo de sus fuerzas; los brazos y
piernas empezaban a entumecrsele, sus bellos ojos se cerraban, y habra sucumbido sin
la llegada de la sirenita, la cual sostuvo su cabeza fuera del agua y se abandon al
impulso de las olas.
La sirenita
Continuacin
Al amanecer, la tempestad se haba calmado, pero del barco no se vea el menor resto; el
sol se elev, rojo y brillante, del seno del mar, y pareci como si las mejillas del
prncipe recobrasen la vida, aunque sus ojos permanecan cerrados. La sirena estamp
un beso en su hermosa y despejada frente y le apart el cabello empapado; entonces lo
encontr parecido a la estatua de mrmol de su jardincito; volvi a besarlo, deseosa de
que viviese.
La tierra firme apareci ante ella: altas montaas azules, en cuyas cimas resplandeca la
blanca nieve, como cisnes all posados; en la orilla se extendan soberbios bosques
verdes, y en primer trmino haba un edificio que no saba lo que era, pero que poda ser
una iglesia o un convento. En su jardn crecan naranjos y limoneros, y ante la puerta se
alzaban grandes palmeras. El mar formaba una pequea baha, resguardada de los
vientos, pero muy profunda, que se alargaba hasta unas rocas cubiertas de fina y blanca
arena. A ella se dirigi con el bello prncipe y, depositndolo en la playa, tuvo buen
cuidado de que la cabeza quedase baada por la luz del sol.
Las campanas estaban doblando en el gran edificio blanco, y un grupo de muchachas
salieron al jardn. Entonces la sirena se alej nadando hasta detrs de unas altas rocas
que sobresalan del agua, y, cubrindose la cabeza y el pecho de espuma del mar para
que nadie pudiese ver su rostro, se puso a espiar quin se acercara al pobre prncipe.
Al poco rato lleg junto a l una de las jvenes, que pareci asustarse grandemente,
pero slo por un momento. Fue en busca de sus compaeras, y la sirena vio cmo el
prncipe volva a la vida y cmo sonrea a las muchachas que lo rodeaban; slo a ella no
te sonrea, pues ignoraba que lo haba salvado. Sintise muy afligida, y cuando lo vio
entrar en el vasto edificio, se sumergi tristemente en el agua y regres al palacio de su
padre.
Siempre haba sido de temperamento taciturno y caviloso, pero desde aquel da lo fue
ms an. Sus hermanas le preguntaron qu haba visto en su primera salida, mas ella no
les cont nada.
Muchas veces a la hora del ocaso o del alba se remont al lugar donde haba dejado al
prncipe. Vio cmo maduraban los frutos del jardn y cmo eran recogidos; vio
derretirse la nieve de las altas montaas, pero nunca al prncipe; por eso cada vez volva
a palacio triste y afligida. Su nico consuelo era sentarse en el jardn, enlazando con sus
brazos la hermosa estatua de mrmol, aquella estatua que se pareca al guapo doncel;
pero dej de cuidar sus flores, que empezaron a crecer salvajes, invadiendo los senderos
y entrelazando sus largos tallos y hojas en las ramas de los rboles, hasta tapar la luz por
completo.
Por fin, incapaz de seguir guardando el secreto, lo comunic a una de sus hermanas, y
muy pronto lo supieron las dems; pero, aparte ellas y unas pocas sirenas de su
intimidad, nadie ms se enter de lo ocurrido. Una de las amigas pudo decirle quin era
el prncipe, pues haba presenciado tambin la fiesta del barco y saba cul era su patria
y dnde se hallaba su palacio.
- Ven, hermanita -dijeron las dems princesas, y pasando cada una el brazo en torno a
los hombros de la otra, subieron en larga hilera a la superficie del mar, en el punto
donde saban que se levantaba el palacio del prncipe.
Estaba construido de una piedra brillante, de color amarillo claro, con grandes escaleras
de mrmol, una de las cuales bajaba hasta el mismo mar. Magnficas cpulas doradas se
elevaban por encima del tejado, y entre las columnas que rodeaban el edificio haba
estatuas de mrmol que parecan tener vida. A travs de los ntidos cristales de las altas
ventanas podan contemplarse los hermossimos salones adornados con preciosos
tapices y cortinas de seda, y con grandes cuadros en las paredes; una delicia para los
ojos.
En el saln mayor, situado en el centro, murmuraba un grato surtidor, cuyos chorros
suban a gran altura hacia la cpula de cristales, a travs de la cual la luz del sol llegaba
al agua y a las hermosas plantas que crecan en la enorme pila.
Desde que supo dnde resida el prncipe, se diriga all muchas tardes y muchas noches,
acercndose a tierra mucho ms de lo que hubiera osado cualquiera de sus hermanas;
incluso se atreva a remontar el canal que corra por debajo de la soberbia terraza
levantada sobre el agua. Se sentaba all y se quedaba contemplando a su amado, el cual
crea encontrarse solo bajo la clara luz de la luna.
Varias noches lo vio navegando en su preciosa barca, con msica y con banderas
ondeantes; ella escuchaba desde los verdes juncales, y si el viento acertaba a cogerle el
largo velo plateado hacindolo visible, l pensaba que era un cisne con las alas
desplegadas.
Muchas noches que los pescadores se hacan a la mar con antorchas encendidas, les oa
encomiar los mritos del joven prncipe, y entonces se senta contenta de haberle
salvado la vida, cuando flotaba medio muerto, a merced de las olas; y recordaba cmo
su cabeza haba reposado en su seno, y con cunto amor lo haba besado ella. Pero l lo
ignoraba; ni en sueos la conoca.
Cada da iba sintiendo ms afecto por los hombres; cada vez senta mayores deseos de
subir hasta ellos, hasta su mundo, que le pareca mucho ms vasto que el propio: podan
volar en sus barcos por la superficie marina, escalar montaas ms altas que las nubes;
posean tierras cubiertas de bosques y campos, que se extendan mucho ms all de
donde alcanzaba la vista. Haba muchas cosas que hubiera querido saber, pero sus
hermanas no podan contestar a todas sus preguntas. Por eso acudi a la abuela, la cual
conoca muy bien aquel mundo superior, que ella llamaba, con razn, los pases sobre el
mar.
- Suponiendo que los hombres no se ahoguen -pregunt la pequea sirena-, viven
eternamente? No mueren como nosotras, los seres submarinos?
- S, dijo la abuela -, ellos mueren tambin, y su vida es ms breve todava que la
nuestra. Nosotras podemos alcanzar la edad de trescientos aos, pero cuando dejamos
de existir nos convertimos en simple espuma, que flota sobre el agua, y ni siquiera nos
queda una tumba entre nuestros seres queridos. No poseemos un alma inmortal, jams
renaceremos; somos como la verde caa: una vez la han cortado, jams reverdece. Los
humanos, en cambio, tienen un alma, que vive eternamente, aun despus que el cuerpo
se ha transformado en tierra; un alma que se eleva a travs del aire difano hasta las
rutilantes estrellas. Del mismo modo que nosotros emergemos del agua y vemos las
tierras de los hombres, as tambin ascienden ellos a sublimes lugares desconocidos, que
nosotros no veremos nunca.
- Por qu no tenemos nosotras un alma inmortal? -pregunt, afligida, la pequea
sirena-. Gustosa cambiara yo mis centenares de aos de vida por ser slo un da una
persona humana y poder participar luego del mundo celestial.
- No pienses en eso! -dijo la vieja-. Nosotras somos mucho ms dichosas y mejores que
los humanos de all arriba.
- As, pues, morir y vagar por el mar convertida en espuma, sin or la msica de las
olas, ni ver las hermosas flores y el rojo globo del sol? No podra hacer nada para
adquirir un alma inmortal?
- No -dijo la abuela-. Hay un medio, s, pero es casi imposible: sera necesario que un
hombre te quisiera con un amor mas intenso del que tiene a su padre y su madre; que se
aferrase a ti con todas sus potencias y todo su amor, e hiciese que un sacerdote enlazase
vuestras manos, prometindote fidelidad aqu y para toda la eternidad. Entonces su alma
entrara en tu cuerpo, y t tambin tendras parte en la bienaventuranza reservada a los
humanos. Te dara alma sin perder por ello la suya. Pero esto jams podr suceder. Lo
que aqu en el mar es hermoso, me refiero a tu cola de pez, en la tierra lo encuentran
feo. No sabran comprenderlo; para ser hermosos, ellos necesitan dos apoyos macizos,
que llaman piernas.
La pequea sirena consider con un suspiro su cola de pez.
- No nos pongamos tristes -la anim la vieja-. Saltemos y brinquemos durante los
trescientos aos que tenemos de vida. Es un tiempo muy largo; tanto mejor se descansa
luego. Esta noche celebraremos un baile de gala.
La fiesta fue de una magnificencia como nunca se ve en la tierra. Las paredes y el techo
del gran saln eran de grueso cristal, pero transparente. Centenares de enormes conchas,
color de rosa y verde, se alineaban a uno y otro lado con un fuego de llama azul que
iluminaba toda la sala y proyectaba su luz al exterior, a travs de las paredes, y
alumbraba el mar, permitiendo ver los innmeros peces, grandes y chicos, que nadaban
junto a los muros de cristal: unos, con brillantes escamas purpreas; otros, con reflejos
dorados y plateados. Por el centro de la sala flua una ancha corriente, y en ella bailaban
los moradores submarinos al son de su propio y delicioso canto; los humanos de nuestra
tierra no tienen tan bellas voces. La joven sirena era la que cantaba mejor; los asistentes
aplaudan, y por un momento sinti un gozo autntico en su corazn, al percatarse de
que posea la voz ms hermosa de cuantas existen en la tierra y en el mar. Pero muy
pronto volvi a acordarse del mundo de lo alto; no poda olvidar al apuesto prncipe, ni
su pena por no tener como l un alma inmortal. Por eso sali disimuladamente del
palacio paterno y, mientras en l todo eran cantos y regocijo, se estuvo sentada en su
jardincito, presa de la melancola.
En stas oy los sones de un cuerno que llegaban a travs del agua, y pens: De seguro
que en estos momentos est surcando las olas aquel ser a quien quiero ms que a mi
padre y a mi madre, aqul que es dueo de todos mis pensamientos y en cuya mano
quisiera yo depositar la dicha de toda mi vida. Lo intentar todo para conquistarlo y
adquirir un alma inmortal. Mientras mis hermanas bailan en el palacio, ir a la mansin
de la bruja marina, a quien siempre tanto tem; pero tal vez ella me aconseje y me
ayude.
Y la sirenita se encamin hacia el rugiente torbellino, tras el cual viva la bruja. Nunca
haba seguido aquel camino, en el que no crecan flores ni algas; un suelo arenoso,
pelado y gris, se extenda hasta la fatdica corriente, donde el agua se revolva con un
estruendo semejante al de ruedas de molino, arrastrando al fondo todo lo que se pona a
su alcance. Para llegar a la mansin de la hechicera, nuestra sirena deba atravesar
aquellos siniestros remolinos; y en un largo trecho no haba mas camino que un cenagal
caliente y burbujeante, que la bruja llamaba su turbera. Detrs estaba su casa, en medio
de un extrao bosque. Todos los rboles y arbustos eran plipos, mitad animales, mitad
plantas; parecan serpientes de cien cabezas salidas de la tierra; las ramas eran largos
brazos viscosos, con dedos parecidos a flexibles gusanos, y todos se movan desde la
raz hasta la punta. Rodeaban y aprisionaban todo lo que se pona a su alcance, sin
volver ya a soltarlo. La sirenita se detuvo aterrorizada; su corazn lata de miedo y
estuvo a punto de volverse; pero el pensar en el prncipe y en el alma humana le
infundi nuevo valor. Atse firmemente alrededor de la cabeza el largo cabello flotante
para que los plipos no pudiesen agarrarlo, dobl las manos sobre el pecho y se lanz
hacia delante como slo saben hacerlo los peces, deslizndose por entre los horribles
plipos que extendan hacia ella sus flexibles brazos y manos. Vio cmo cada uno
mantena aferrado, con cien diminutos apndices semejantes a fuertes aros de hierro, lo
que haba logrado sujetar. Cadveres humanos, muertos en el mar y hundidos en su
fondo, salan a modo de blancos esqueletos de aquellos demonacos brazos. Apresaban
tambin remos, cajas y huesos de animales terrestres; pero lo ms horrible era el
cadver de una sirena, que haban capturado y estrangulado.
Lleg luego a un vasto pantano, donde se revolcaban enormes serpientes acuticas, que
exhiban sus repugnantes vientres de color blancoamarillento. En el centro del lugar se
alzaba una casa, construida con huesos blanqueados de nufragos humanos; en ella
moraba la bruja del mar, que a la sazn se entretena dejando que un sapo comiese de su
boca, de igual manera como los hombres dan azcar a un lindo canario. A las gordas y
horribles serpientes acuticas las llamaba sus polluelos y las dejaba revolcarse sobre su
pecho enorme y cenagoso.
- Ya s lo que quieres -dijo la bruja-. Cometes una estupidez, pero estoy dispuesta a
satisfacer tus deseos, pues te hars desgraciada, mi bella princesa. Quieres librarte de la
cola de pez, y en lugar de ella tener dos piernas para andar como los humanos, para que
el prncipe se enamore de ti y, con su amor, puedas obtener un alma inmortal -. Y la
bruja solt una carcajada, tan ruidosa y repelente, que los sapos y las culebras cayeron
al suelo, en el que se pusieron a revolcarse. - Llegas justo a tiempo -prosigui la bruja-,
pues de haberlo hecho maana a la hora de la salida del sol, deberas haber aguardado
un ao, antes de que yo pudiera ayudarte. Te preparar un brebaje con el cual te dirigirs
a tierra antes de que amanezca. Una vez all, te sentars en la orilla y lo tomars, y en
seguida te desaparecer la cola, encogindose y transformndose en lo que los humanos
llaman piernas; pero te va a doler, como si te rajasen con una cortante espada. Cuantos
te vean dirn que eres la criatura humana ms hermosa que han contemplado.
Conservars tu modo de andar oscilante; ninguna bailarina ser capaz de balancearse
como t, pero a cada paso que des te parecer que pisas un afilado cuchillo y que te
ests desangrando. Si ests dispuesta a pasar por todo esto, te ayudar.
-S -exclam la joven sirena con voz palpitante, pensando en el prncipe y en el alma
inmortal.
- Pero ten en cuenta -dijo la bruja- que una vez hayas adquirido figura humana, jams
podrs recuperar la de sirena. Jams podrs volver por el camino del agua a tus
hermanas y al palacio de tu padre; y si no conquistas el amor del prncipe, de tal manera
que por ti se olvide de su padre y de su madre, se aferre a ti con alma y cuerpo y haga
que el sacerdote una vuestras manos, convirtindoos en marido y mujer, no adquirirs
un alma inmortal. La primera maana despus de su boda con otra, se partir tu corazn
y te convertirs en espuma flotante en el agua.
- Acepto! -contest la sirena, plida como la muerte.
- Pero tienes que pagarme -prosigui la bruja-, y el precio que te pido no es poco.
Posees la ms hermosa voz de cuantas hay en el fondo del mar, y con ella piensas
hechizarle. Pues bien, vas a darme tu voz. Por mi precioso brebaje quiero lo mejor que
posees. Yo tengo que poner mi propia sangre, para que el filtro sea cortante como
espada de doble filo.
- Pero si me quitas la voz, qu me queda? -pregunt la sirena.
- Tu bella figura -respondi la bruja-, tu paso cimbreante y tus expresivos ojos. Con
todo esto puedes turbar el corazn de un hombre. Bien, has perdido ya el valor?. Saca
la lengua y la cortar, en pago del milagroso brebaje.
- Sea, pues! -dijo la sirena; y la bruja dispuso su caldero para preparar el filtro.
- La limpieza es buena cosa -dijo, fregando el caldero con las serpientes despus de
hacer un nudo con ellas; luego, arandose el pecho hasta que asom su negra sangre,
ech unas gotas de ella en el recipiente. El vapor dibujaba las figuras ms
extraordinarias, capaces de infundir miedo al corazn ms audaz. La bruja no cesaba de
echar nuevos ingredientes al caldero, y cuando ya la mezcla estuvo en su punto de
coccin, produjo un sonido semejante al de un cocodrilo que llora. Qued al fin listo el
brebaje, el cual tena el aspecto de agua clarsima.
- Ah lo tienes -dijo la bruja, y, entregndoselo a la sirena, le cort la lengua, con lo que
sta qued muda, incapaz de hablar y de cantar.
- Si los plipos te apresan cuando atravieses de nuevo mi bosque -dijo la hechicera-,
arrjales una gotas de este elixir y vers cmo sus brazos y dedos caen deshechos en mil
pedazos -. Pero no fue necesario acudir a aquel recurso, pues los plipos se apartaron
aterrorizados al ver el brillante brebaje que la sirena llevaba en la mano, y que reluca
como si fuese una estrella. As cruz rpidamente el bosque, el pantano y el rugiente
torbellino.
Vea el palacio de su padre; en la gran sala de baile haban apagado las antorchas;
seguramente todo el mundo estara durmiendo. Sin embargo, no se atrevi a llegar hasta
l, pues era muda y quera marcharse de all para siempre. Parecile que el corazn le
iba a reventar de pena. Entr quedamente en el jardn, cort una flor de cada uno de los
arriates de sus hermanas y, enviando al palacio mil besos con la punta de los dedos, se
remont a travs de las aguas azules.
La llave de la casa
Todas las llaves tienen su historia, y hay tantas! Llaves de gentilhombre, llaves de reloj,
las llaves de San Pedro... Podramos contar cosas de todas, pero nos limitaremos a
hacerlo de la llave de la casa del seor Consejero.
Aunque sali de una cerrajera, cualquiera hubiese credo que haba venido de una
orfebrera, segn estaba de limada y trabajada. Siendo demasiado voluminosa para el
bolsillo del pantaln, haba que llevarla en la de la chaqueta, donde estaba a oscuras,
aunque tambin tena su puesto fijo en la pared, al lado de la silueta del Consejero
cuando nio, que pareca una albndiga de asado de ternera.
Dcese que cada persona tiene en su carcter y conducta algo del signo del zodaco bajo
el cual naci: Toro, Virgen, Escorpin, o el nombre que se le d en el calendario. Pero la
seora Consejera afirmaba que su marido no haba nacido bajo ninguno de estos signos,
sino bajo el de la carretilla, pues siempre haba que estar empujndolo.
Su padre lo empuj a un despacho, su madre lo empuj al matrimonio, y su esposa lo
condujo a empujones hasta su cargo de Consejero de cmara, aunque se guard muy
bien de decirlo; era una mujer cabal y discreta, que saba callar a tiempo y hablar y
empujar en el momento oportuno.
El hombre era ya entrado en aos, bien proporcionado, segn deca l mismo, hombre
de erudicin, buen corazn y con inteligencia de llave, trmino que aclararemos ms
adelante. Siempre estaba de buen humor, apreciaba a todos sus semejantes y gustaba de
hablar con ellos. Cuando iba a la ciudad, costaba Dios y ayuda hacerle volver a casa, a
menos que su seora estuviese presente para empujarlo. Tena que pararse a hablar con
cada conocido que encontraba; y sus conocidos no eran pocos, por lo que siempre se
enfriaba la comida.
La seora Consejera lo vigilaba desde la ventana.
- Ah llega! -deca la criada-. Pon la sopa. Vamos! Ahora se ha detenido a charlar con
uno. Saca el puchero del fuego, que cocer demasiado! ahora viene! Vuelve la olla al
fuego! -. Pero no llegaba.
A veces ya estaba debajo mismo de la ventana y haba saludado a su mujer con un gesto
de la cabeza; pero acertaba a pasar un conocido y no poda dejar de dirigirle unas
palabras. Y si luego sobrevena un tercero, sujetaba al anterior por el ojal, y al segundo
lo coga de la mano, al propio tiempo que llamaba a otro que trataba de escabullirse.
Era para poner a prueba la paciencia de la Consejera.
- Consejero, consejero! -exclamaba-. Ay! Este hombre naci bajo el signo de la
carretilla; no se mueve del sitio, como no le empujen.
Era muy aficionado a entrar en las libreras y ojear libros y revistas. Pagaba un pequeo
honorario a su librero a cambio de poderse llevar a casa los libros de nueva publicacin.
Se le permita cortar las hojas en sentido longitudinal, mas no en el transversal, pues no
hubieran podido venderse como nuevos. Era, en todos los aspectos, un peridico
viviente, pues estaba enterado de noviazgos, bodas, entierros, crticas literarias y
comadreras ciudadanas, y sola hacer misteriosas alusiones a cosas que todo el mundo
ignoraba. Las saba por la llave de la casa.
Desde sus tiempos de recin casados, los Consejeros vivan en casa propia, y desde
entonces tenan la misma llave. Lo que no conocan an eran sus maravillosas virtudes;
stas no las descubrieron hasta ms tarde.
Reinaba a la sazn Federico VI. En Copenhague no haba an ni gas ni faroles de aceite,
como no existan tampoco el Tivoli ni el Casino, ni tranvas, ni ferrocarriles. Haba
pocas diversiones, en comparacin con las de hoy.
Los domingos era costumbre dar un paseo hasta la puerta del cementerio. All, la gente
lea las inscripciones funerarias, se sentaba en la hierba, merendaba y echaba un
traguito. O bien se llegaba hasta Friedrichsberg, a escuchar la banda militar que tocaba
frente a palacio, y donde se congregaba mucho pblico para ver a la familia real
remando en los estrechos canales, con el Rey al timn y la Reina saludando desde la
barca a todos los ciudadanos sin distincin de clases. Las familias acomodadas de la
capital iban all a tomar el t vespertino. En una casita de campo situada delante del
parque les suministraban agua hirviendo, pero la tetera deban trarsela ellos.
All se dirigieron los Consejeros una soleada tarde de domingo; la criada los preceda
con la tetera, un cesto con la comida y la botella de aguardiente de Spendrup.
- Coge la llave de la calle -dijo la Consejera-, no sea que a la vuelta no podamos entrar
en casa. Ya sabes que cierran al oscurecer, y que esta maana se rompi el cordn de la
campanilla. Volveremos tarde. A la vuelta de Frederichsberg tenemos que ir a Vesterbro,
a ver la pantomima de Arlequn en el teatro Casortis. Los personajes bajan en una
nube. Cuesta dos marcos la entrada.
Y fueron a Frederichsberg, oyeron la msica, vieron la lancha real con la bandera
ondeante, y vieron tambin al anciano monarca y los cisnes blancos. Despus de una
buena merienda se dirigieron al teatro, pero llegaron tarde.
Los nmeros de baile haban terminado, y empezado la pantomima. Como de
costumbre, llegaron tarde por culpa del Consejero, que se haba detenido cincuenta
veces en el camino a charlar con un conocido y otro. En el teatro encontrse tambin
con buenos amigos, y cuando termin la funcin hubo que acompaar a una familia al
puente a tomar un vaso de ponche; era inexcusable, y slo tardaran diez minutos;
pero estos diez minutos se convirtieron en una hora; la charla era inagotable. De
particular inters result un barn sueco, o tal vez alemn, el Consejero no lo saba a
punto fijo; en cambio, retuvo muy bien el truco de la llave que aqul le ense, y que ya
nunca ms olvidara. Fue la mar de interesante! Consista en obligar a la llave a
responder a cuanto se le preguntara, aun lo ms recndito.
La llave del Consejero se prestaba de modo particular a la experiencia, pues tena el
paletn pesado. El barn pasaba el ndice por ,el ojo de la llave y dejaba a sta
colgando; cada pulsacin de la punta del dedo la pona en movimiento, hacindole dar
un giro, y si no lo haca, el barn se las apaaba para hacerle dar vueltas
disimuladamente a su voluntad.
Cada giro era una letra, empezando desde la A y llegando hasta la que se quisiera, segn
el orden alfabtico. Una vez obtenida la primera letra, la llave giraba en sentido opuesto;
buscbase entonces la letra siguiente, y as hasta obtener, con palabras y frases enteras,
la respuesta a la pregunta. Todo era pura charlatanera, pero resultaba divertido. Este fue
el primer pensamiento del Consejero, pero luego se dej sugestionar por el juego.
- Vamos, vamos! -exclam, al fin, la Consejera-. A las doce cierran la puerta de
Poniente. No llegaremos a tiempo, slo nos queda un cuarto de hora. Ya podemos
correr!
Tenan que darse prisa. Varias personas que se dirigan a la ciudad se les adelantaron.
Finalmente, cuando estaban ya muy cerca de la caseta del vigilante, dieron las doce y se
cerr la puerta, dejando a mucha gente fuera, entre ella a los Consejeros con la criada, la
tetera y la canasta vaca. Algunos estaban asustados, otros indignados, cada cual se lo
tomaba a su manera. Qu hacer?
Por fortuna, desde haca algn tiempo se haba dado orden de dejar abierta una de las
puertas: la del Norte. Por ella podan entrar los peatones en la ciudad, atravesando la
caseta del guarda.
El camino no era corto, pero la noche era hermosa, con un cielo sereno y estrellado,
cruzado de vez en cuando por estrellas fugaces. Croaban las ranas en los fosos y en el
pantano. La gente iba cantando, una cancin tras otra, pero el Consejero no cantaba ni
miraba las estrellas, y como tampoco miraba donde pona los pies, se cay, cuan largo
era, sobre el borde del foso. Cualquiera habra dicho que haba bebido demasiado, mas
lo que se le haba subido a la cabeza no era el ponche, sino la llave.
Finalmente, llegaron a la puerta Norte, y por la caseta del guarda entraron en la ciudad.
- Ahora ya estoy tranquila! -dijo la Consejera-. Estamos en la puerta de casa.
- Pero, dnde est la llave? -exclam el Consejero. No la tena ni en el bolsillo trasero
ni el lateral.
- Dios nos ampare! -dijo la Consejera-. No tienes la llave? La habrs perdido en tus
juegos de manos con el barn. Cmo entraremos ahora? El cordn de la campanilla se
rompi esta maana, como sabes, y el vigilante no tiene llave de la casa. Es para
desesperarse!
La criada se puso a chillar. El Consejero era el nico que no perda la calma.
- Hay que romper un vidrio de la droguera -dijo-. Despertaremos al tendero y
entraremos por su tienda. Me parece que ser lo mejor.
Rompi un cristal, rompi otro, y gritando: Petersen!, meti por el hueco el mango
del paraguas. Del interior lleg la voz de la hija del droguero, el cual abri la puerta de
la tienda, gritando: Vigilante!, y antes de que hubiese tenido tiempo de ver y
reconocer a la familia consejeril y de abrirle la puerta, silb el vigilante, y de la calle
contigua le respondi su compaero con otro silbido. Empez a asomarse gente a las
ventanas:
- Dnde est el fuego? Qu es ese ruido? -se preguntaban mutuamente, y seguan
preguntndoselo todava cuando ya el Consejero estaba en su piso, se quitaba la
chaqueta y... apareca la llave; no en el bolsillo, sino en el forro; se haba metido por un
agujero que, desde luego, no debiera de estar all.
Desde aquella noche, la llave de la calle adquiri una particular importancia, no slo
cuando se sala, sino tambin cuando la familia se quedaba en casa, pues el Consejero,
en una exhibicin de sus habilidades, formulaba preguntas a la llave y reciba sus
respuestas. Pensaba l antes la respuesta ms verosmil y la haca dar a la llave. Al fin,
l mismo acab por creer en las contestaciones, muy al contrario del boticario, un joven
prximo pariente de la Consejera.
Dicho boticario era una buena cabeza, lo que podramos llamar una cabeza analtica. Ya
de nio haba escrito crticas sobre libros y obras de teatro, aunque guardando el
anonimato, como hacen tantos. No crea en absoluto en los espritus, y mucho menos en
los de las llaves.
- Ver usted, respetado seor Consejero -deca-: creo en la llave y en los espritus de las
llaves en general, tan firmemente como en esta nueva ciencia que empieza a difundirse,
en el velador giratorio y en los espritus de los muebles viejos y nuevos. Ha odo,
hablar de ello? Yo s. He dudado, sabe usted?, pues soy algo escptico; pero me
convert al leer una horripilante historia en una prestigiosa revista extranjera. Imagnese
seor Consejero! Voy a relatrselo todo, tal como lo le. Dos muchachos muy listos
vieron cmo sus padres evocaban el espritu de una gran mesa del comedor. Estaban
solos e intentaron infundir vida a una vieja cmoda, imitando a sus padres. Y, en efecto,
brot la vida, despertse el espritu, pero no toleraba rdenes dadas por nios.
Levantse con tanta furia, que todo la cmoda cruja; abri todos los cajones, y con las
patas -las patas de la cmoda- meti a un chiquillo en cada cajn, echando luego a
correr con ellos escaleras abajo y por la calle, hasta el canal, en el que se precipit; los
pequeos murieron ahogados. Los cadveres recibieron sepultura en tierra cristiana,
pero la cmoda fue conducida ante el tribunal, acusada de infanticidio y condenada a ser
quemada viva en la plaza pblica. As lo he ledo! - dijo el boticario -. Lo he ledo en
una revista extranjera, conste que no me lo he inventado. Que la llave me lleve, si no
digo verdad! Lo juro por ella!
El Consejero consider que se trataba de una broma demasiado grosera. Jams los dos
pudieron ponerse de acuerdo en materia de llaves; el boticario era cerrado a ellas.
La llave de la casa
Continuacin
El Consejero hizo muchos progresos en la ciencia llaveril. La llave se convirti en su
pasin, en la revelacin de su ingenio.
Una noche, cuando el Consejero se dispona a acostarse y estaba ya medio desnudo,
alguien llam a su cuarto desde el pasillo. Era el tendero, que se presentaba a pesar de lo
avanzado de la hora. Iba l tambin a medio vestir, pero, segn dijo, se le haba ocurrido
una idea y tema no poder guardarla toda la noche.
- Se trata de mi hija Lotte-Lene; quisiera hablarle de ella. Es bonita, est confirmada y
deseara colocarla bien.
- Todava no soy viudo! -dijo el Consejero, con una sonrisa satisfecha-. Ni tengo
tampoco un hijo a quien poder ofrecerle.
- Usted ya me entiende, seor Consejero -replic el droguero-. Mi hija toca el piano y
sabe cantar; la habrn odo desde aqu. No tienen idea de lo que es capaz la chiquilla;
sabe imitar la manera de hablar y los ademanes de cualquier persona. Para el teatro est
que ni pintada, y sta es una buena carrera para muchachas bonitas y de buena familia.
A lo mejor se casan con un conde, pero en esto no es en lo que pensamos, ni yo ni Lotte-
Lene. Sabe cantar y sabe tocar el piano. ltimamente estuve con ella en la escuela de
canto. Lo hizo bien, pero no tiene eso que yo llamo voz campanuda, ni tampoco ese
grito de canario que alcanza las notas ms altas y que se exige a las cantantes, por lo
cual me disuadieron de que emprendiese esta carrera. En fin, me dije, si no puede ser
cantante, podr ser actriz; aqu slo es cuestin de hablar. Esta maana habl del caso
con el instructor, como lo llaman. Es instruida?, me pregunt. No, en absoluto, le
respond. La cultura es necesaria para una artista, replic l. Puede todava adquirirla,
pens, y me volv a casa. Acaso si fuera a una biblioteca circulante y leyera lo que hay
en ella, me dije. Y esta noche, cuando me dispona a desnudarme, se me ocurri de
pronto una idea: Por qu alquilar libros cuando se pueden tener de prestado? El
Consejero tiene muchos y se los dejar leer. En ellos hay toda la ciencia que necesita, y
adems los tendr gratis.
- Lotte-Lene, simptica chica! -respondi el Consejero-, una linda muchacha. No le
faltarn libros para leer. Pero, tiene eso que llaman rasgos de ingenio, cmo le dir yo,
algo de genial, genio, en fin? Y otra cosa no menos importante: tiene suerte?
- Sac dos veces en la tmbola -dijo el tendero-: la primera, un armario ropero, y la
segunda, seis pares de sbanas. Como suerte, no est mal.
- Voy a preguntar a la llave -dijo el Consejero.
Y ponindola sobre su ndice derecho y el del tendero, la hizo girar, sacando letra tras
letra.
La llave dijo: Victoria y suerte. Y con ello qued sellado el porvenir de Lotte-Lene.
El Consejero le dio inmediatamente dos libros: Dyveke y Trato con las personas,
de Khigge.
Desde aquella noche empez una relacin ms ntima entre LotteLene y el Consejero.
Suba a menudo de visita, y el seor la encontraba una muchacha juiciosa, que crea en
l y en la llave. La Consejera vea algo de infantil e ingenuo en la franqueza con que
confesaba su extrema ignorancia. El matrimonio se aficion a ella y a los suyos, cada
uno a su manera.
- Huele tan bien arriba! -deca Lotte-Lene.
Haba un perfume, una fragancia, un olor a manzanas en el pasillo, donde la Consejera
tena un barril de manzanas de Gravenstein; y en todas las habitaciones ola a rosas y a
espliego.
- Es tan bonito! -exclamaba Lotte-Lene. Y sus ojos se recreaban en la profusin de
hermosas flores que la seora tena siempre all; hasta en pleno invierno florecan ramas
de lilas y de cerezo. Las ramas cortadas y deshojadas eran puestas en agua, y en la
caldeada habitacin no tardaban en dar flores y hojas.
- Dirase que las ramas desnudas no tienen vida, y fjate cmo resucitan.
- Nunca se me habra ocurrido -deca Lotte-Lene-. Es hermosa la Naturaleza, despus de
todo.
Y el Consejero le mostr su cuaderno de la llave, donde tena anotadas muchas cosas
sorprendentes que la llave haba dicho, incluso acerca de media tarta de manzana que
haba desaparecido del armario, precisamente una noche en que la criada haba recibido
la visita de su enamorado.
El Consejero haba preguntado a la llave: Quin se comi el pastel, el gato o el
novio?. Y la llave respondi: El novio. El Consejero ya lo haba sospechado antes de
preguntarlo, y la criada lo confes. Aquella maldita llave lo saba todo.
- Verdad que es notable? -dijo el Consejero-. La llave, la llave! Y de Lotte-Lene dijo:
Victoria y suerte. Ya veremos. Yo as lo creo.
- Es estupendo! -dijo Lotte-Lene.
La seora Consejera no estaba tan segura, pero se guardaba sus dudas en presencia de su
marido; ms tarde confi a Lotte-Lene que el Consejero, en su juventud, estuvo loco por
el teatro. Si entonces alguien lo hubiese empujado, indudablemente se habra
distinguido como actor, pero la familia se lo haba quitado de la cabeza. Quera salir a
escena, y con este propsito lleg a escribir una comedia.
- Es un gran secreto esto que acabo de confiarle, mi querida Lotte-Lene. La obra no era
mala, pues la aceptaron en el Teatro Real, aunque la silbaron y ya no se ha vuelto a
hablar de ella; pero yo me alegro. Soy su esposa y lo conozco. Ahora usted quiere seguir
su mismo camino. Le deseo mucha suerte, pero yo no creo que la cosa marche, no tengo
fe en la llave de la calle.
Lotte-Lene s tena, fe, y en esto coincida con el Consejero.
Sus corazones latan al unsono con toda honestidad y respeto mutuo. Por otra parte, la
muchacha posea virtudes que la Consejera apreciaba en alto grado. Saba elaborar
fcula de patata, confeccionar guantes de seda con medias viejas, forrarse sus zapatos de
baile, a pesar de que tena medios para comprrselos nuevos. Segn deca el tendero,
guardaba chelines en el cajn de la mesa, y obligaciones en el arca de caudales. Sera
una esposa excelente para el boticario, pensaba la Consejera; pero se lo callaba y no
quera que lo dijese tampoco la llave. El boticario no tardara en establecerse; pensaba
poner una farmacia en una ciudad cercana.
Lotte-Lene lea constantemente Dyveke y la obra de Knigge Trato con los
hombres. Lea aquellos dos libros desde haca dos aos, y se saba el Dyveke de
memoria, de cabo a rabo, en todos los papeles. Sin embargo, slo quera representar
uno: el de Dyveke, mas no en la capital, donde todo eran envidias y no la queran. Su
proyecto era empezar su carrera artstica, como deca el Consejero, en una populosa
ciudad de provincias.
Y se dio la extraa coincidencia de que fue precisamente en la ciudad en que acababa de
establecerse el boticario, el ms joven de su profesin, aunque no el nico.
Lleg al fin la gran noche, esperada con tanta expectacin. LotteLene se hallaba camino
de la victoria y la felicidad, segn haba pronosticado la llave. El Consejero no estaba
presente; yaca en cama, cuidado por la Consejera, que le pona toallas calientes y le
administraba manzanilla.
El matrimonio no asisti a la representacin de Dyveke, pero s el boticario, el cual
escribi luego una carta a su parienta, la Consejera.
El cuello de la Dyveke fue lo mejor de todo -escriba-. Si hubiese tenido en el bolsillo
la llave del Consejero, la habra sacado para silbar. Se lo mereca la artista y se lo
mereca la llave, que de modo tan desvergonzado le pronostic victoria y suerte.
El Consejero ley la carta. Era maldad pura, dijo, llavifobia que se cebaba en la inocente
muchacha.
No bien se hubo levantado y volvi a ser un hombre de cuerpo entero, envi al boticario
una misiva tan breve como emponzoada; ste respondi como si no hubiese visto en
ella ms que broma y buen humor.
Le daba las gracias por toda su anterior y espontnea contribucin a difundir el valor
incalculable y la incomparable importancia de la llave, y a continuacin comunicaba en
confianza al Consejero que, paralelamente a sus actividades de boticario, estaba
escribiendo una gran novela sobre llaves, en la que todos los personajes eran nica y
exclusivamente llaves. La de la calle era el protagonista, naturalmente, y la del
Consejero le haba servido de modelo, dotada como estaba del don proftico y sibilino.
En torno a ella giraban las dems llaves: la antigua de gentilhombre, habituada al
esplendor y las solemnidades de la Corte; la llave del reloj, pequea, delicada y
distinguida, que costaba cuatro chelines en la quincallera; la del banco de la iglesia, de
condicin clerical y que vio espritus una noche que se haba quedado en la cerradura; la
de la despensa, del cuarto de la lea y de la bodega... todas salan, girando en torno a la
de la calle. Al sol brillaba como plata, y el viento, ese espritu csmico, se entraba en
ella y la haca cantar como una flauta. Era la llave por antonomasia, la llave del
Consejero; y en adelante sera la de la puerta del cielo, la del soberano Pontfice,
infalible como l.
- Maldad! -dijo el Consejero-. Maldad y envidia! -. Nunca volvieron a verse l y el
boticario. Mejor dicho, se vieron en el entierro de la Consejera.
Fue la primera en morir.
En la casa reinaban el luto y la soledad. Hasta las ramas de cerezo que haban dado
nuevas yemas y flores, manifestaron su dolor y se marchitaron. Quedaron abandonadas,
no cuidadas por nadie.
El Consejero y el boticario siguieron tras el fretro, el uno al lado del otro, como los dos
parientes ms prximos. Ni la ocasin ni el estado de nimo convidaban a las pullas y
disputas.
Lotte-Lene puso el crespn de luto en el sombrero del Consejero. Volva a estar en su
casa desde hacia tiempo, sin haber encontrado la victoria y la suerte en el camino del
Arte. Pero no deba desesperar; Lotte-Lene tena ante s un porvenir. La llave lo haba
dicho, y el Consejero tambin.
Subi a verlo y hablaron de la difunta; lloraron, pues Lotte-Lene era sensible. Luego
hablaron de Arte, y Lotte-Lene recobr sus nimos.
- La vida del teatro es encantadora -deca-. Pero hay tanta comadrera y tanta envidia!
Prefiero seguir mi propio camino. Primero yo, despus el Arte.
Lleva razn Knigge, en lo que dice sobre los actores; ella lo vea, y la llave se equivoc;
pero la muchacha no se lo dijo al Consejero. Lo amaba.
Mientras dur el ao del luto, la llave de la calle fue para l un consuelo y un estmulo.
Le plante la pregunta, y ella respondi. Y terminado el ao, una noche que estaba con
la muchacha y el aire era propicio a las expansiones sentimentales, pregunt a la llave:
- Me casar? Y con quin?
No haba nadie para empujarlo, pero l empuj a la llave, la cual dijo:
- Lotte-Lene!
Dicho y hecho: Lotte-Lene convirtise en Consejera.
Victoria y suerte.
Lo que haba profetizado la llave!
Ta Dolor de Muelas
Qu de dnde hemos sacado esta historia? Quieres saberlo?
Pues la hemos sacado del barril que contiene el papel viejo.
Ms de un libro bueno y raro ha ido a parar a la mantequera y a la abacera, no
precisamente para ser ledo, sino como articulo utilitario. Lo emplean para liar
cucuruchos de almidn y caf o para envolver arenques, mantequilla y queso. Las hojas
escritas son tambin tiles.
Y a menudo ocurre que va a parar al cubo lo que no debiera.
Conozco a un dependiente de una verdulera, hijo de un mantequero; ascendi de la
bodega a la planta baja; es hombre muy ledo, con cultura de bolsas de abacera, tanto
impresas como manuscritas. Posee una interesante coleccin, de la que forman parte
notables documentos extrados de la papelera de tal o cual funcionario demasiado
ocupado y distrado; cartas confidenciales de un amigo a la amiga; comunicaciones
escandalosas que no debieran circular ni ser comentadas por nadie. Es una especie de
estacin de salvamento para una parte no despreciable de la literatura, y su campo de
accin es muy amplio, pues dispone de la tienda de sus padres y de la del dueo, donde
ha salvado ms de un libro, u hojas de l, que bien merecan ser ledas y reledas.
Me ense su coleccin de cosas impresas y manuscritas sacadas del cubo, la mayora
de ellas de la mantequera. Haba all varias hojas de un cuaderno relativamente
abultado, del que me llam la atencin el carcter de letra, muy cuidado y claro.
- Lo escribi un estudiante -me dijo-. Un estudiante que viva enfrente y que muri hace
un mes. Padeca mucho de dolor de muelas, por lo que aqu se ve. Es muy divertida su
lectura! Esto es slo una pequea parte de lo que escribi, pues haba todo un libro y
an algo ms. Por l, mis padres dieron a la patrona del estudiante media libra de jabn
verde. Esto es todo lo que pude salvar.
Se lo ped prestado, lo le y ahora voy a contarlo. El ttulo era:
Ta Dolor de Muelas
Cierto que hay algo de poeta en m, pero no lo bastante. A menudo, yendo por las calles
de la ciudad, me parece como si anduviese por el interior de una gran biblioteca; las
casas son las estanteras de los libros, y cada piso es un anaquel. Aqu hay una historia
cotidiana, all una buena comedia u obras cientficas de todas las ramas, acull
literatura, buena o de pacotilla. Y puedo fantasear y filosofar sobre todos esos libros.
Hay algo de poeta en m, pero no lo bastante. Muchas personas tienen de ello tanto
como yo, y, sin embargo, no ostentan ningn escudo ni collar con el ttulo de poeta.
Para ellos y para m es un don de Dios, una gracia concedida, bastante para uno mismo,
pero demasiado pequea para que merezca ser comunicada a los dems. Viene como un
rayo de sol, llena el alma y el pensamiento; viene como aroma de flores, como una
meloda que uno conoce sin acertar a recordar de dnde procede.
Una noche, hace poco, en mi habitacin, senta ganas de leer, pero no tena ningn libro;
y he aqu que de pronto cay del tilo una hoja verde y tierna. Un soplo de aire la
introdujo en mi cuarto.
Nos regalaba confituras y azcar, a pesar del peligro que suponan para nuestros dientes;
pero, como ella deca, los pequeos eran su debilidad. Habra sido cruel privarlos de
aquel poquitn de golosinas que tanto les gustaban.
Era una vieja solterona. Siempre la conoc vieja. Se haba plantado en una misma edad.
Haba sufrido mucho de dolor de muelas, y hablaba constantemente de ello; por eso su
amigo el cervecero Rasmussen, hombre muy chistoso, la llamaba Ta Dolor de Muelas.
ste hacia varios aos que haba dejado el negocio, para vivir de sus rentas; frecuentaba
la casa de la ta y era ms viejo que ella. No le quedaba ni un diente, aparte dos o tres
negros raigones.
De joven haba comido mucho azcar, nos deca; por eso se vea de aquel modo.
Por lo visto, ta nunca debi de haber comido azcar de pequea, pues tena unos
dientes magnficos y blanqusimos.
Los cuidaba bien, por otra parte; nunca se iba a dormir con ellos, deca el cervecero
Rasmussen.
Los nios saban que aquello era pura malicia, pero ta afirmaba que lo deca sin mala
intencin.
Una maana, a la hora del desayuno, cont un sueo desagradable que haba tenido por
la noche: que se le haba cado un diente.
- Esto significa -dijo- que perder un buen amigo o una buena amiga.
- Si el diente era postizo -observ el cervecero con una sonrisa burlona-, tal vez sea un
falso amigo.
Posteriormente dijo que haba sido una broma de su viejo amigo, quien, a su juicio, era
el hombre ms noble de la Tierra, y que cuando muriese sera un angelito de Dios en el
cielo.
Aquella presunta transformacin me dio mucho que pensar. Podra reconocerlo bajo su
nueva figura?
- Ta! -dije-, no crees que va a venir? O que cuando la cigea nos traiga otro
hermanito ser el cervecero Rasmussen?
Ta qued anonadada ante mi fantasa, y exclam: Este nio ser un gran poeta!. Y
lo estuvo repitiendo durante todos mis aos escolares aun despus de mi confirmacin y
cuando era ya estudiante.
Fue y sigue siendo para m la amiga que ms simpatiza con el dolor potico y el dolor
de muelas. Yo sufro accesos de uno y otro.
- Yo s lo que es eso! -deca la ta; y su boca dibujaba una triste sonrisa. Cmo
brillaban sus dientes!
No hay doble ventana, y s en cambio un cristal roto, sobre el cual la patrona ha pegado
un papel. El viento sopla por la raja, con notas comparables a las del zumbido del
tbano. Es mi cancin de cuna. Y si llego a dormirme, no tarda en despertarme el canto
del gallo. Los pollos y gallinas del gallinero del tendero del stano me anuncian que
pronto ser da. Los caballitos que, a falta de establo, estn atados en el cuartucho de
debajo la escalera, no paran de cocear contra la puerta y el panel para desentumecerse.
En cuanto alborea, el portero, que duerme con su familia en la buhardilla, baja las
escaleras con gran ruido: matraquean sus abarcas, sus portazos hacen temblar la casa, y
una vez pasado el temporal el inquilino de arriba empieza con su gimnasia, levantando
con cada mano una bola de hierro que no puede sostener, por lo que se le cae una vez y
otra, mientras la chiquillera de la casa, que debe ir a la escuela, se precipita por las
escaleras saltando y gritando. Yo me voy a la ventana, la abro para que entre aire puro, y
me doy por satisfecho cuando puedo obtenerlo, cosa que slo sucede cuando la
solterona del piso trasero no est lavando guantes con agua de leja, pues tal es su oficio.
Aparte esto, es una casa estupenda, y la familia es muy tranquila.
ste fue el relato que hice a mi ta acerca de mi pensin. Claro que le di algo ms de
vivacidad, pues la exposicin oral tiene siempre acentos ms vivos y amenos que la
escrita.
- Eres un poeta! -exclam mi ta-. Pon esta descripcin por escrito, eres tan bueno
como Dickens. Y mucho ms interesante! Pintas, cuando hablas. Describes tu casa tan
bien, que me parece verla. Me entran escalofros! No te quedes ah: ponle algo vivo,
personas, personas que conmuevan, de preferencia desgraciados.
Ta Dolor de Muelas
Continuacin
Era una noche de invierno, a la hora de salir del teatro; el tiempo era horrible, con una
tempestad de nieve que apenas permita andar.
Mi ta haba ido al teatro, y yo deba acompaarla a su casa, pero cuando uno apenas
puede sostenerse a si mismo, cmo va a sostener a los dems? Los coches estaban
todos alquilados. Mi ta viva en las afueras, mientras mi casa estaba a muy poca
distancia del teatro; de no ser as, habramos tenido que aguardar en la garita.
Avanzamos pisando la espesa nieve, envueltos por los copos arremolinados,
sostenindola yo y ayudndola a caminar. Slo nos camos dos veces, y an sobre suelo
blando.
Al llegar a mi puerta nos sacudimos la nieve, operacin que proseguimos en la escalera,
pues traamos la suficiente para cubrir con ella el piso del rellano.
Nos quitamos todas las ropas posibles. La patrona prest a mi ta medias secas y una
toca. Dijo, y tena razn, que por aquella noche no haba que pensar en volver a su casa,
y as la invitaba a compartir su habitacin; le arreglarla una cama en el sof, colocado
contra la puerta, eternamente cerrada, que comunicaba con mi cuarto.
As lo hicimos.
El fuego arda en mi estufa; trajeron la tetera, y todos nos sentimos confortados en la
pequea habitacin, aunque no tanto como en casa de mi ta, donde en invierno gruesas
cortinas cuelgan ante la puerta, y, otras no menos gruesas ante las ventanas, al tiempo
que el suelo est cubierto por una doble alfombra con tres capas de grueso papel debajo.
All se est como en el interior de una botella llena de aire caliente y bien tapada. Pero,
como ya dije, tampoco se estaba mal en mi cuarto, mientras fuera bramaba el viento.
Ta se puso a hablar y contar. Record su juventud, y con ella volvi el cervecero;
antiguos recuerdos.
Acordbase de cuando me sali el primer diente y de la alegra que aquello produjo en
la familia.
El primer diente! El diente de la inocencia, brillante como una blanca gotita de leche.
Luego sali otro, y otros ms, toda la serie, en fila, arriba y abajo, magnficos dientes de
leche, pero slo la vanguardia, no los autnticos, los que deben durar toda la vida.
Tambin stos llegaron, y las muelas del juicio, el ala extrema de la serie, salidos entre
dolores y con no pocos trabajos.
Y luego se marchan, uno tras otro! Se marchan antes de haber cumplido su tiempo de
servicio; hasta el ltimo se va, y aquel da no es de regocijo, sino de melancola.
Viene la vejez, aunque el corazn se sienta joven. No es que sean agradables esta clase
de pensamientos y conversaciones, pero el hecho es que nos dio por hablar de todas esas
cosas. Retrocedimos a los aos de la infancia, y charla que te charla, de modo que
dieron las doce antes de que mi ta se retirase a descansar.
- Buenas noches, querido! -me dijo-. Yo dormir aqu como si lo hiciese sobre mi
propia cmoda.
Y se fue a descansar, pero no hubo tranquilidad en la casa ni fuera de ella. La tempestad
sacuda las ventanas, golpeaban los largos ganchos de hierro, y la campanilla de la
puerta trasera del patio del vecino no paraba de sonar. Haba llegado el inquilino de
arriba, quien dio su acostumbrado paseto, tirando con estrpito las botas antes de
decidirse a acostarse; pero en cuanto se durmi empez a roncar con tal violencia, que
haba que ser sordo para no orlo a travs del techo.
Yo no dorm ni descans. El tiempo no era para eso, con el ruido que armaba. El viento
silbaba y cantaba a su manera, y mis dientes empezaron tambin a despertarse, a silbar y
cantar a la suya. Pareca anunciarse un fuerte dolor de muelas.
Entraba el aire por la ventana. La luna proyectaba sus rayos en el suelo de manera
intermitente, segn los movimientos de las nubes impelidas por el viento tempestuoso.
La alternancia de luz y sombras originaba un estado de inquietud, hasta que al fin la
sombra del suelo adquiri un aspecto peculiar. Mir aquella masa mvil y sent una
corriente de aire helado.
En el suelo apareca sentada una figura delgada y larguirucha, como cuando los nios
dibujan en la pizarra un objeto que quiere ser un hombre. Forma el cuerpo una nica
raya fina; otras dos laterales son los brazos, cada pierna es otra lnea, y la cabeza es un
polgono.
Pronto la figura se hizo ms precisa, con una especie de ropaje muy sutil, muy fino,
pero que mostraba su pertenencia al sexo femenino.
O un zumbido. Era ella o el viento, que rumoreaba como un tbano al entrar por el
cristal roto?
No, no, era ella en persona, la seora Dolor de Muelas! Su horripilancia satania
infernalis! Lbrenos Dios de su visita!
- Se est bien aqu! -zumb-. Es un buen barrio. Tierra pantanoso, cenagal. Aqu han
zumbado mosquitos de aguijn ponzooso; ahora yo tengo el aguijn, y debo afilarlo en
dientes humanos. Brillan blancos como se de la cama. Han resistido el dulzor y la
acidez, el calor y el fro, las cscaras de nuez y los huesos de ciruela. Pues ahora voy a
menearlos y sacudirlos, a abonar las races con aire corriente, a hacer que sientan un fro
de muerte.
Tal fue el discurso espantoso de la espantosa visita.
- Conque eres poeta, eh? -dijo-. Pues voy a introducirte en todas las rimas del dolor.
Sentirs hierro y acero en el cuerpo, hilos tirarn de tus nervios.
Pareci como si me atravesaran el espinazo con una aguja candente. Yo me revolva y
retorca.
- Estupenda dentadura! -dijo-. Un rgano para tocarlo, un concierto de armnica,
grandioso, con timbales y trompetas, flautines y trompas en la muela del juicio. A gran
poeta, gran msica!
Y tocaba, presentando un aspecto horrible, incluso cuando no vea ms que su mano de
largos dedos de afiladas uas, cada uno de los cuales era un instrumento de martirio: el
pulgar y el ndice tenan tenaza y tornillo, el dedo mayor terminaba en una agudsima
aguja, el anular era un taladro, y el meique, una jeringuilla con veneno de mosquito.
- Yo te ensear el arte de la mtrica! -deca-. A un gran poeta le corresponde un fuerte
dolor de muelas ; para un pequeo poeta, basta uno ligero.
- Ay! Deja que sea pequeo! -imploraba yo-. Que sea muy pequeo! No soy poeta,
adems, slo tengo accesos poticos, accesos de dolor de muelas. Mrchate, mrchate!
- Reconoces ahora que yo soy ms poderoso que la Poesa, la Filosofa, las
Matemticas y que toda la Msica? -pregunt-. Ms poderoso que los sentimientos
pintados y tallados en mrmol? Soy ms viejo que ellos todos. Nac junto al paraso
terrenal, donde soplaba el viento y brotaban los hmedos hongos. Persuad a Eva de que
se vistiese para protegerse del fro, y a Adn tambin. Puedes creerme, haba fuerza en
el primer dolor de muelas.
- Lo creo todo! -dije-. Pero mrchate, mrchate!
- Si te comprometes a renunciar a ser poeta, a no llevar ms versos al papel ni a
registrarlos en tablas ni otro material de escribir, cualquiera que sea, te dejar en paz.
Pero volver en cuanto empieces de nuevo.
- Te lo juro! -respond-. No quiero verte ms, ni sentir tu presencia!
- Verme, s habrs de verme, pero en figura ms amable de la que tengo ahora, Me vers
personificado en ta Mille. Y te dir: Escribe, mi nio querido! Eres un gran poeta, tal
vez el mejor de los que tenemos!. Pero, creme, como empieces a escribir, pondr
msica a tus versos y los tocar en tu armnica. Mi nio querido! Piensa en m cuando
veas a ta Mille!
Y desapareci.
Como despido me propin un pinchazo ardiente, que me lleg al fondo de la quijada.
Pero se calm pronto, y fui sintiendo que me sumerga en agua de rosas, vi cmo se
inclinaban los blancos nenfares con sus anchas hojas verdes, se hundan debajo de m,
se marchitaban y se deshacan, y yo me hunda con ellas, me disolva en la paz y el
descanso...
- Muere, fndete como la nieve! -cantaba algo en el agua Evaprate en la nube, vaga
como ella...!
Desde el fondo del agua vea yo brillar grandes nombres luminosos, inscripciones en
ondeantes banderas victoriosas, la patente de la inmortalidad, escrita en el ala de la
efmera.
El sueo fue profundo, un sueo sin visiones. Ya no o el silbar del viento, ni los
portazos, ni la campana de la puerta del vecino,
ni la ruidosa gimnasia del inquilino de arriba.
La felicidad!
De pronto lleg una rfaga de viento tan fuerte, que abri de un empelln la cerrada
puerta que comunicaba con el cuarto de la ta. sta se levant sobresaltada, y,
ponindose los zapatos y el vestido, entr corriendo en mi habitacin.
Yo dorma como un angelito, me dijo despus. No pudo decidirse a despertarme.
Me despert yo mismo, abr los ojos. Me haba olvidado por completo de que mi ta
estaba en casa, pero pronto me vino a la mente y record la aparicin del dolor de
muelas. Sueo y realidad se confundan.
- No escribiste nada, despus de darnos las buenas noches? -me pregunt-. Qu
lstima! Eres mi poeta y lo sers siempre.
Parecime como si se sonriese prfidamente. No saba si estaba ea presencia de mi
buena ta Mille, que tanto me quera, o de aquel horrible personaje a quien haba dado
mi promesa la noche anterior,
- Has escrito, hijo?
- No, no! -exclam-. T eres ta Mille!
- Quin, si no? -dijo ella. Y lo era, indudablemente.
Me bes y tom un coche de punto para volverse a su casa.
Yo escrib lo que antecede. No son versos, y no se imprimirn jams.
El tullido
rase una antigua casa seorial, habitada por gente joven y apuesta. Ricos en bienes y
dinero, queran divertirse y hacer el bien. Queran hacer feliz a todo el mundo, como lo
eran ellos.
Por Nochebuena instalaron un abeto magnficamente adornado en el antiguo saln de
Palacio. Arda el fuego en la chimenea, y ramas del rbol navideo enmarcaban los
viejos retratos.
Desde el atardecer reinaba tambin la alegra en los aposentos de la servidumbre.
Tambin haba all un gran abeto con rojas y blancas velillas encendidas, banderitas
danesas, cisnes recortados y redes de papeles de colores y llenas de golosinas. Haban
invitado a los nios pobres de la parroquia, y cada uno haba acudido con su madre, a la
cual, ms que a la copa del rbol, se le iban los ojos a la mesa de Nochebuena, cubierta
de ropas de lana y de hilo, y toda clase de prendas de vestir. Aquello era lo que miraban
las madres y los hijos ya mayorcitos, mientras los pequeos alargaban los brazos hacia
las velillas, el oropel y las banderitas.
La gente haba llegado a primeras horas de la tarde, y fue obsequiada con la clsica sopa
navidea y asado de pato con berza roja. Una vez hubieron contemplado el rbol y
recibido los regalos, se sirvi a cada uno un vaso de ponche y manzanas rellenas.
Regresaron entonces a sus pobres casas, donde se habl de la buena vida, es decir, de
la buena comida, y se pas otra vez revista a los regalos.
Entre aquella gente estaban Garten-Kirsten y Garten-Ole, un matrimonio que tena casa
y comida a cambio de su trabajo en el jardn de Sus Seoras. Cada Navidad reciban su
buena parte de los regalos. Tenan adems cinco hijos, y a todos los vestan los seores.
- Son bondadosos nuestros amos -decan-. Tienen medios para hacer el bien, y gozan
hacindolo.
- Ah tienen buenas ropas para que las rompan los cuatro -dijo Garten-Ole-. Mas, por
qu no hay nada para el tullido? Siempre suelen acordarse de l, aunque no vaya a la
fiesta.
Era el hijo mayor, al que llamaban El tullido, pero su nombre era Juan. De nio haba
sido el ms listo y vivaracho, pero de repente le entr una debilidad en las piernas,
como ellos decan, y desde entonces no pudo tenerse de pie ni andar. Llevaba ya cinco
aos en cama.
- S, algo me han dado tambin para l -dijo la madre. Pero es slo un libro, para que
pueda leer.
- Eso no lo engordar! -observ el padre.
Pero Hans se alegr de su libro. Era un muchachito muy despierto, aficionado a la
lectura, aunque aprovechaba tambin el tiempo para trabajar en las cosas tiles en
cuanto se lo permita su condicin. Era muy gil de dedos, y saba emplear las manos;
confeccionaba calcetines de lana, e incluso mantas. La seora haba hecho gran encomio
de ellas y las haba comprado.
Era un libro de cuentos el que acababan de regalar a Hans, y haba en l mucho que leer,
y mucho que invitaba a pensar.
- De nada va a servirle -dijeron los padres-. Pero dejemos que lea, le ayudar a matar el
tiempo. No siempre ha de estar haciendo calceta.
Vino la primavera. Empezaron a brotar la hierba y las flores, y tambin los hierbajos,
como se suele llamar a las ortigas a pesar de las cosas bonitas que de ellas dice aquella
cancin religiosa:
Si los reyes se reuniesen
y juntaran sus tesoros,
no podran aadir
una sola hoja a la ortiga.
En el jardn de Sus Seoras haba mucho que hacer, no solamente para el jardinero y
sus aprendices, sino tambin para GartenKirsten y Garten-Ole.
- Qu pesado! -decan-. An no hemos terminado de escardar y arreglar los caminos, y
ya los han pisado de nuevo. Hay un ajetreo con los invitados de la casa! Lo que
cuesta! Suerte que los seores son ricos.
- Qu mal repartido est todo! -deca Ole-. Segn el seor cura, todos somos hijos de
Dios. Por qu estas diferencias?
- Por culpa del pecado original -responda Kirsten.
De eso hablaban una noche, sentados junto a la cama del tullido, que estaba leyendo sus
cuentos.
Las privaciones, las fatigas y los cuidados haban encallecido las manos de los padres, y
tambin su juicio y sus opiniones. No lo comprendan, no les entraba en la cabeza, y por
eso hablaban siempre con amargura y envidia.
- Hay quien vive en la abundancia y la felicidad, mientras otros estn en la miseria. Por
qu hemos de purgar la desobediencia y la curiosidad de nuestros primeros padres?
Nosotros no nos habramos portado como ellos!
- S, habramos hecho lo mismo -dijo sbitamente el tullido Hans. - Aqu est, en el
libro.
- Qu es lo que est en el libro? -preguntaron los padres.
Y entonces Hans les ley el antiguo cuento del leador y su mujer. Tambin ellos decan
pestes de la curiosidad de Adn y Eva, culpables de su desgracia. He aqu que acert a
pasar el rey del pas: Seguidme -les dijo- y viviris tan bien como yo: siete platos para
comer y uno para mirarlo. Est en una sopera tapada, que no debis tocar; de lo
contrario, se habr terminado vuestra buena vida. Qu puede haber en la sopera?,
dijo la mujer. No nos importa!, replic el marido. No soy curiosa -prosigui ella-;
slo quisiera saber por qu no nos est permitido levantar la tapadera. Estoy segura que
es algo exquisito. Con tal que no haya alguna trampa, por ejemplo, una pistola que al
dispararse despierte a toda la casa. Tienes razn, dijo la mujer, sin tocar la sopera.
Pero aquella noche so que la tapa se levantaba sola y sala del recipiente el aroma de
aquel ponche delicioso que se sirve en las bodas y los entierros. Y haba una moneda de
plata con esta inscripcin: Si bebis de este ponche, seris las dos personas ms ricas
del mundo, y todos los dems hombres se convertirn en pordioseros comparados con
vosotros. Despertse la mujer y cont el sueo a su marido. Piensas demasiado en
esto, dijo l. Podramos hacerlo con cuidado, insisti ella. Cuidado!, dijo el
hombre; y la mujer levant con gran cuidado la tapa. Y he aqu que saltaron dos ligeros
ratoncillos, y en un santiamn desaparecieron por una ratonera. Buenas noches! -dijo
el Rey-. Ya podis volveros a vuestra casa a vivir de lo vuestro. Y no volvis a censurar
a Adn y Eva, pues os habis mostrado tan curiosos y desagradecidos como ellos.
- Cmo habr venido a parar al libro esta historia! -dijo Garten-Ole.
- Dirase que est escrita precisamente para nosotros. Es cosa de pensarlo.
Al da siguiente volvieron al trabajo. Los tost el sol, y la lluvia los cal hasta los
huesos. Rumiaron sus melanclicos pensamientos.
No haba anochecido an, cuando ya haban cenado sus papillas de leche.
- Vuelve a leernos la historia del leador! -dijo Garten-Ole.
- Hay otras que todava no conocis -respondi Hans.
- No me importan dijo Garten-Ole -. Prefiero or la que conozco.
Y el matrimonio volvi a escucharla; y ms de una noche se la hicieron repetir.
- No acabo de entenderlo -dijo Garten-Ole -. Con las personas ocurre lo que con la
leche: que se cuaja, y una parte se convierte en fino requesn, y la otra, en suero
aguado. Los hay que tienen suerte en todo, se pasan el da muy repantingados y no
sufren cuidados ni privaciones.
El tullido oy lo que deca. El chico era dbil de piernas, pero despejado de cabeza, y
les ley de su libro un cuento titulado El hombre sin necesidades ni preocupaciones.
Dnde estara ese hombre? Haba que dar con l.
El tullido
Continuacin
El Rey estaba postrado en su cama de enfermo, y no podra curar hasta que se pusiera la
camisa de un hombre que en verdad pudiera afirmar que jams haba sabido lo que era
una preocupacin o una necesidad. Environse emisarios a todos los pases del mundo,
a castillos y palacios y a las casas de todos los hombres ricos y alegres; pero cuando se
investigaba a fondo, todos haban pasado sus penas y desgracias.
Yo no! -exclam un porquerizo que, sentado al borde de la zanja, rea y cantaba-. Yo
soy el ms feliz de los hombres!. Danos tu camisa, pues -dijeron los enviados-. Te
pagaremos con la mitad del reino.
Pero el hombre no tena camisa, y, sin embargo, se consideraba el ms feliz de los
mortales.
- Qu tipo! -exclam Garten-Ole, y l y su mujer se rieron como no lo haban hecho
desde haca mucho tiempo.
En esto acert a pasar el maestro del pueblo.
- Qu alegres estis! -dijo-. Esto es una novedad en vuestra casa. Habis sacado la
lotera, acaso?
- Nada de eso! -respondi Garten-Ole-. Es que Hans nos estaba leyendo un cuento de
su libro. Era el cuento del Hombre sin preocupaciones, y resulta que no llevaba
camisa. Estas cosas le abren a uno los ojos, y ms cuando estn en un libro impreso.
Cada uno tiene que llevar su cruz, y esto es siempre un consuelo.
- De dnde sacasteis el libro? -pregunt el maestro.
- Se lo regalaron a Hans hace un ao, para Navidad. Se lo dieron los seores. Ya sabe
usted cmo le gusta leer, a pesar de ser tullido. Aquel da hubiramos preferido que le
regalaran camisas. Pero es un libro notable. Parece que responde a nuestros
pensamientos,
El maestro cogi el libro y lo abri.
- Lenos otra vez la misma historia -dijo Garten-Ole-; todava no la comprendo del
todo. Y despus nos leer la del leador.
A Ole le bastaban aquellos dos cuentos. En la msera vivienda, y sobre su nimo
amargado, producan el efecto de dos rayos de sol.
Hans se haba ledo todo el libro de cabo a rabo, y varias veces. Aquellos cuentos lo
transportaban al vasto mundo de fuera, al que no poda ir porque sus piernas no lo
sostenan.
El maestro se sent a la vera de su lecho y los dos se enfrascaron en una agradable
conversacin.
Desde aquel da, el maestro acudi con ms frecuencia a la casa de Hans, mientras sus
padres estaban trabajando. Y cada una de sus visitas era para el nio una verdadera
fiesta. Cmo escuchaba lo que el anciano le explicaba acerca de la inmensidad de la
Tierra y de sus muchos pases, y de que el Sol era medio milln de veces mayor que
nuestro Globo y estaba tan lejos, que una bala de can necesitara veinticinco aos
para cubrir la distancia que lo separa de la Tierra, mientras los rayos luminosos llegaban
en ocho minutos!
Son cosas que sabe cualquier alumno aplicado, pero eran novedades para Hans, ms
maravillosas an que los cuentos del libro.
Varias veces al ao invitaban los seores al maestro a comer, y un da ste les explic la
importancia que para la pobre casa tena el libro de cuentos, y el bien que dos de ellos
haban aportado. Con su lectura, el pobre pero inteligente tullido haba llevado a la casa
la reflexin y la alegra.
Al marcharse el maestro, la seora le puso en la mano un par de brillantes escudos de
plata para el pequeo Hans.
- Sern para mis padres! -dijo el muchacho al recibir el dinero del maestro.
Y Garten-Ole y Garten-Kirsten exclamaron:
- Aun siendo tullido nos trae Hans beneficios y bendiciones.
Unos das ms tarde, hallndose los padres trabajando en la propiedad de sus amos, se
detuvo ante la puerta de la humilde casa el coche de los seores. Era el ama que vena
de visita, contenta de que su regalo de Navidad hubiese llevado tanto consuelo y alegra
al nio y a sus padres.
Le traa pan blanco, fruta y una botella de zumo de frutas; pero lo que ms entusiasm
al muchacho fue una jaula dorada, con un pajarito negro que cantaba maravillosamente.
La pusieron sobre la vieja cmoda, a cierta distancia de la cama del muchacho, para que
ste pudiera ver y or al pjaro. Hasta la gente que pasaba por la carretera poda or su
canto.
Garten-Ole y Garten-Kirsten regresaron cuando ya la seora se haba marchado. Vieron
lo alegre que estaba Hans, pero slo pensaron en las complicaciones que traera aquel
regalo.
- Hay muchas cosas en que no piensan los ricos -dijeron. Ahora tendremos que cuidar
tambin del pjaro, pues el tullido no puede hacerlo. Al fin se lo comer el gato!
Transcurrieron ocho das, y luego ocho ms. En aquel tiempo, el gato haba entrado
muchas veces en la habitacin sin asustar al pjaro ni causarle ningn dao. Y he aqu
que entonces ocurri un suceso extraordinario.
Era una tarde en que los padres y sus hijos haban salido a su trabajo. Hans estaba solo,
el libro de cuentos en la mano, leyendo el de la mujer del pescador que vio realizados
todos sus deseos. Quiso ser reina y lo fue, quiso ser emperatriz y lo fue; ms cuando
pretendi ser como Dios Nuestro Seor, encontrse en el barrizal del que haba salido.
Aquel cuento no guardaba relacin alguna con el pjaro ni con el gato, pero fue
precisamente el que estaba leyendo cuando sucedi el gran acontecimiento. Se acord
de l todo el resto de su vida.
La jaula estaba sobre la cmoda, y el gato, sentado en el suelo, miraba fijamente al
pjaro con sus ojos amarilloverdosos. Haba algo en la cara del felino que pareca decir
al pjaro: Qu apetitoso ests! Cun a gusto te comera!.
Hans lo comprendi. Lo ley en la cara del gato. Fuera, gato! -grit-. Lrgate del
cuarto!
Hbrase dicho que el animal se arqueaba para saltar.
Hans no poda alcanzarlo, y slo tena para arrojarle su mayor tesoro: el libro de
cuentos. Se lo tir, pero soltse la encuadernacin, que vol hacia un lado, mientras el
cuerpo del volumen, con todas las hojas dispersas, lo haca hacia el opuesto. El gato
retrocedi un poco con pasos lentos, mirando a Hans, como dicindole:
- No te metas en mis asuntos, Hans! Yo puedo andar y saltar, y t no.
Hans no apartaba la mirada del gato, sintiendo una gran inquietud; tambin el pjaro
pareca alarmado. No haba nadie a quien poder llamar; pareca como si el gato lo
supiera. Volvi a agacharse para saltar, y Hans agit la manta de la cama, pues las
manos s poda moverlas. Mas el felino no se preocupaba de la manta, y cuando se la
arroj el muchacho, de un brinco se subi a la silla y al antepecho de la ventana, con lo
cual qued an ms cerca del pajarillo.
Hans senta cmo la sangre le bulla en el cuerpo, pero no pensaba en ella, sino slo en
el gato y en el pjaro. Fuera del lecho, el nio no poda valerse, pues las piernas no lo
sostenan. Sinti que le daba un vuelco el corazn cuando vio el gato saltar del
antepecho de la ventana y chocar con la jaula, que se cay, con el avecilla aleteando
espantada en su interior.
Hans lanz un grito, sinti una sacudida en todo su cuerpo y, maquinalmente, baj de la
cama y se fue a la cmoda, donde, echando al gato, cogi la jaula con el asustado
pjaro, y con ella en la mano se ech a correr a la calle.
Con lgrimas en los ojos se puso a gritar:
- Puedo andar, puedo andar!
Acababa de recobrar la salud. Es una cosa que puede suceder y que le sucedi a l.
El maestro viva a poca distancia, y el nio se dirigi corriendo a su casa, descalzo, sin
ms prendas que la camisa y la chaqueta, siempre con la jaula en la mano.
- Puedo andar! -gritaba-. Seor Dios mo! -sollozaba y lloraba de pura alegra.
La hubo, y grande, en la morada de Garten-Ole y Garten-Kirsten.
- Qu cosa mejor podamos esperar en nuestra vida! -decan los dos.
Hans fue llamado a la mansin de los seores; haca muchos aos que no haba
recorrido aquel camino, y le pareci como si los rboles y los avellanos, que tan bien
conoca, lo saludaran y dijeran: Buenos das Hans! Bienvenido al aire libre. El sol le
iluminaba el rostro y el corazn.
Los jvenes y bondadosos seores lo hicieron sentar a su lado, y se mostraron tan
contentos como si fuera de su familia.
Pero la ms encantada de todos fue la seora, que le haba regalado el libro de cuentos y
el pajarillo, el cual haba muerto del susto, es verdad, pero haba sido el instrumento de
su recuperacin, as como el libro haba servido de consuelo y regocijo a sus padres. Lo
guardaba, lo guardara siempre y lo leera, por muchos aos que viviese. En adelante
podra contribuir a sostener su casa. Aprendera un oficio, tal vez el de encuadernador,
pues, deca, as podr leer todos los libros nuevos.
Aquella tarde, despus de hablar con su marido, la seora mand llamar a los padres del
muchacho. Era un mocito piadoso y listo, tena inteligencia y sed de saber. Dios
favorece siempre una causa justa.
Por la noche los padres regresaron a su casa muy contentos, particularmente Kirsten;
pero ya al da siguiente estaba la mujer llorosa porque Hans se marchaba. Iba bien
vestido, era un buen chico, pero tena que cruzar el mar, para ir a una ciudad lejana,
donde asistira a una escuela, y habran de pasar muchos aos antes de que sus padres
volvieran a verlo.
No se llev el libro de cuentos. Sus padres quisieron guardarlo como recuerdo. Y el
padre lo lea con frecuencia, pero slo las historias que conoca.
Y recibieron cartas de Hans, cada una ms optimista que la anterior. Viva en una casa
con personas excelentes, y, lo ms hermoso de todo para l: iba a la escuela. Haba en
ella tanto que aprender y saber! Su mayor deseo era llegar a los cien aos y ser maestro.
- Quin sabe si lo veremos! -dijeron sus padres, estrechndose las manos como cuando
los casaron.
- Qu suerte hemos tenido con Hans! -deca Ole-. Dios no olvida a los hijos de los
pobres, no! Justamente en el tullido iba a mostrar su bondad. Verdad que parece como
si Hans nos leyera un cuento del libro?
Continuacin
No bien el sol hubo desaparecido bajo el horizonte, desprendise el plumaje de las aves
y aparecieron once apuestos prncipes: los hermanos de Elisa. Lanz ella un agudo
grito, pues aunque sus hermanos haban cambiado mucho, la muchacha comprendi que
eran ellos; algo en su interior le dijo que no podan ser otros. Se arroj en sus brazos,
llamndolos por sus nombres, y los mozos se sintieron indeciblemente felices al ver y
reconocer a su hermana, tan mayor ya y tan hermosa. Rean y lloraban a la vez, y pronto
se contaron mutuamente el cruel proceder de su madrastra.
- Nosotros - dijo el hermano mayor- volamos convertidos en cisnes salvajes mientras el
sol est en el cielo; pero en cuanto se ha puesto, recobramos nuestra figura humana; por
eso debemos cuidar siempre de tener un punto de apoyo para los pies a la hora del
anochecer, pues entonces si volsemos haca las nubes, nos precipitaramos al abismo al
recuperar nuestra condicin de hombres. No habitamos aqu; allende el ocano hay una
tierra tan hermosa como sta, pero el camino es muy largo, a travs de todo el mar, y sin
islas donde pernoctar; slo un arrecife solitario emerge de las aguas, justo para
descansar en l pegados unos a otros; y si el mar est muy movido, sus olas saltan por
encima de nosotros; pero, con todo, damos gracias a Dios de que la roca est all. En
ella pasamos la noche en figura humana; si no la hubiera, nunca podramos visitar
nuestra amada tierra natal, pues la travesa nos lleva dos de los das ms largos del ao.
Una sola vez al ao podemos volver a la patria, donde nos est permitido permanecer
por espacio de once das, volando por encima del bosque, desde el cual vemos el palacio
en que nacimos y que es morada de nuestro padre, y el alto campanario de la iglesia
donde est enterrada nuestra madre. Estando all, nos parece como si rboles y
matorrales fuesen familiares nuestros; los caballos salvajes corren por la estepa, como
los vimos en nuestra infancia; los carboneros cantan las viejas canciones a cuyo ritmo
bailbamos de pequeos; es nuestra patria, que nos atrae y en la que te hemos
encontrado, hermanita querida. Tenemos an dos das para quedarnos aqu, pero luego
deberemos cruzar el mar en busca de una tierra esplndida, pero que no es la nuestra.
Cmo llevarte con nosotros? no poseemos ningn barco, ni un msero bote, nada en
absoluto que pueda flotar.
- Cmo podra yo redimiros? -pregunt la muchacha.
Estuvieron hablando casi toda la noche, y durmieron bien pocas horas.
Elisa despert con el aleteo de los cisnes que pasaban volando sobre su cabeza. Sus
hermanos, transformados de nuevo, volaban en grandes crculos, y, se alejaron; pero uno
de ellos, el menor de todos, se haba quedado en tierra; reclin la cabeza en su regazo y
ella le acarici las blancas alas, y as pasaron juntos todo el da. Al anochecer regresaron
los otros, y cuando el sol se puso recobraron todos su figura natural.
- Maana nos marcharemos de aqu para no volver hasta dentro de un ao; pero no
podemos dejarte de este modo. Te sientes con valor para venir con nosotros? Mi brazo
es lo bastante robusto para llevarte a travs del bosque, y, no tendremos entre todos la
fuerza suficiente para transportarte volando por encima del mar?
- S, llevadme con vosotros! -dijo Elisa.
Emplearon toda la noche tejiendo una grande y resistente red con juncos y flexible
corteza de sauce. Tendise en ella Elisa, y cuando sali el sol y los hermanos se
hubieron transformado en cisnes salvajes, cogiendo la red con los picos, echaron a volar
con su hermanita, que an dorma en ella, y se remontaron hasta las nubes. Al ver que
los rayos del sol le daban de lleno en la cara, uno de los cisnes se situ volando sobre su
cabeza, para hacerle sombra con sus anchas alas extendidas.
Estaban ya muy lejos de tierra cuando Elisa despert. Crea soar an, pues tan extrao
le pareca verse en los aires, transportada por encima del mar. A su lado tena una rama
llena de exquisitas bayas rojas y un manojo de races aromticas. El hermano menor las
haba recogido y puesto junto a ella.
Elisa le dirigi una sonrisa de gratitud, pues lo reconoci; era el que volaba encima de
su cabeza, hacindole sombra con las alas.
Iban tan altos, que el primer barco que vieron a sus pies pareca una blanca gaviota
posada sobre el agua. Tenan a sus espaldas una gran nube; era una montaa, en la que
se proyectaba la sombra de Elisa y de los once cisnes: ello demostraba la enorme altura
de su vuelo. El cuadro era magnfico, como jams viera la muchacha; pero al elevarse
ms el sol y quedar rezagada la nube, se desvaneci la hermosa silueta.
Siguieron volando durante todo el da, raudos como zumbantes saetas; y, sin embargo,
llevaban menos velocidad que de costumbre, pues los frenaba el peso de la hermanita.
Se levant mal tiempo, y el atardecer se acercaba; Elisa vea angustiada cmo el sol iba
hacia su ocaso sin que se vislumbrase el solitario arrecife en la superficie del mar.
Dbase cuenta de que los cisnes aleteaban con mayor fuerza. Ah!, ella tena la culpa de
que no pudiesen avanzar con la ligereza necesaria; al desaparecer el sol se
transformaran en seres humanos, se precipitaran en el mar y se ahogaran. Desde el
fondo de su corazn elev una plegaria a Dios misericordioso, pero el acantilado no
apareca. Los negros nubarrones se aproximaban por momentos, y las fuertes rfagas de
viento anunciaban la tempestad. Las nubes formaban un nico arco, grande y
amenazador, que se adelantaba como si fuese de plomo, y los rayos se sucedan sin
interrupcin.
El sol se hallaba ya al nivel del mar. A Elisa le palpitaba el corazn; los cisnes
descendieron bruscamente, con tanta rapidez, que la muchacha tuvo la sensacin de
caerse; pero en seguida reanudaron el vuelo. El crculo solar haba desaparecido en su
mitad debajo del horizonte cuando Elisa distingui por primera vez el arrecife al fondo,
tan pequeo, que habrase dicho la cabeza de una foca asomando fuera del agua. El sol
segua ocultndose rpidamente, ya no era mayor que una estrella, cuando su pie toc
tierra firme, y en aquel mismo momento el astro del da se apag cual la ltima chispa
en un papel encendido. Vio a sus hermanos rodendola, cogidos todos del brazo; haba
el sitio justo para los doce; el mar azotaba la roca, proyectando sobre ellos una lluvia de
agua pulverizada; el cielo pareca una enorme hoguera, y los truenos retumbaban sin
interrupcin. Los hermanos, cogidos de las manos, cantaban salmos y encontraban en
ellos confianza y valor.
Al amanecer, el cielo, pursimo, estaba en calma; no bien sali el sol, los cisnes
reemprendieron el vuelo, alejndose de la isla con Elisa. El mar segua an muy agitado;
cuando los viajeros estuvieron a gran altura, pareciles como si las blancas crestas de
espuma, que se destacaban sobre el agua verde negruzca, fuesen millones de cisnes
nadando entre las olas.
Al elevarse ms el sol, Elisa vio ante s, a lo lejos, flotando en el aire, una tierra
montaosa, con las rocas cubiertas de brillantes masas de hielo; en el centro se extenda
un palacio, que bien medira una milla de longitud, con atrevidas columnatas
superpuestas; debajo ondeaban palmerales y magnficas flores, grandes como ruedas
de molino. Pregunt si era aqul el pas de destino, pero los cisnes sacudieron la cabeza
negativamente; lo que vea era el soberbio castillo de nubes de la Fata Morgana,
eternamente cambiante; no haba all lugar para criaturas humanas. Elisa clav en l la
mirada y vio cmo se derrumbaban las montaas, los bosques y el castillo, quedando
reemplazados por veinte altivos templos, todos iguales, con altas torres y ventanales
puntiagudos. Crey or los sones de los rganos, pero lo que en realidad oa era el rumor
del mar. Estaba ya muy cerca de los templos cuando stos se transformaron en una gran
flota que navegaba debajo de ella; y al mirar al fondo vio que eran brumas marinas
deslizndose sobre las aguas. Visiones constantemente cambiantes desfilaban ante sus
ojos, hasta que al fin vislumbr la tierra real, trmino de su viaje, con grandiosas
montaas azules cubiertas de bosques de cedros, ciudades y palacios. Mucho antes de la
puesta del sol encontrse en la cima de una roca, frente a una gran cueva revestida de
delicadas y verdes plantas trepadoras, comparables a bordadas alfombras.
- Vamos a ver lo que sueas aqu esta noche -dijo el menor de los hermanos,
mostrndole el dormitorio.
- Quiera el Cielo que suee la manera de salvaros! -respondi ella; aquella idea no se le
iba de la mente, y rogaba a Dios de todo corazn pidindole ayuda; hasta en sueos le
rezaba. Y he aqu que le pareci como si saliera volando a gran altura, hacia el castillo
de la Fata Morgana; el hada, hermossima y reluciente, sala a su encuentro; y, sin
embargo, se pareca a la vieja que le haba dado bayas en el bosque y hablado de los
cisnes con coronas de oro.
- Tus hermanos pueden ser redimidos -le dijo-; pero, tendrs t valor y constancia
suficientes? Cierto que el agua moldea las piedras a pesar de ser ms blanda que tus
finas manos, pero no siente el dolor que sentirn tus dedos, y no tiene corazn, no
experimenta la angustia y la pena que t habrs de soportar. Ves esta ortiga que tengo
en la mano? Pues alrededor de la cueva en que duermes crecen muchas de su especie,
pero fjate bien en que nicamente sirven las que crecen en las tumbas del cementerio.
Tendrs que recogerlas, por ms que te llenen las manos de ampollas ardientes; rompe
las ortigas con los pies y obtendrs lino, con el cual tejers once camisones; los echas
sobre los once cisnes, y el embrujo desaparecer. Pero recuerda bien que desde el
instante en que empieces la labor hasta que la termines no te est permitido pronunciar
una palabra, aunque el trabajo dure aos. A la primera que pronuncies, un pual
homicida se hundir en el corazn de tus hermanos. De tu lengua depende sus vidas. No
olvides nada de lo que te he dicho.
El hada toc entonces con la ortiga la mano de la dormida doncella, y sta despert
como al contacto del fuego. Era ya pleno da, y muy cerca del lugar donde haba
dormido creca una ortiga idntica a la que viera en sueos. Cay de rodillas para dar
gracias a Dios misericordioso y sali de la cueva dispuesta a iniciar su trabajo.
Cogi con sus delicadas manos las horribles plantas, que quemaban como fuego, y se le
formaron grandes ampollas en manos y brazos; pero todo lo resista gustosamente, con
tal de poder liberar a sus hermanos. Parti las ortigas con los pies descalzos y trenz el
verde lino.
Al anochecer llegaron los hermanos, los cuales se asustaron al encontrar a Elisa muda.
Creyeron que se trataba de algn nuevo embrujo de su perversa madrastra; pero al ver
sus manos, comprendieron el sacrificio que su hermana se haba impuesto por su amor;
el ms pequeo rompi a llorar, y donde caan sus lgrimas se le mitigaban los dolores y
le desaparecan las abrasadoras ampollas.
Pas la noche trabajando, pues no quera tomarse un momento de descanso hasta que
hubiese redimido a sus hermanos queridos; y continu durante todo el da siguiente, en
ausencia de los cisnes; y aunque estaba sola, nunca pas para ella el tiempo tan de prisa.
Tena ya terminado un camisn y comenz el segundo.
En esto reson un cuerno de caza en las montaas, y la princesa se asust. Los sones se
acercaban progresivamente, acompaados de ladridos de perros, por lo que Elisa corri
a ocultarse en la cueva y, atando en un fajo las ortigas que haba recogido y peinado,
sentse encima.
El jardinero y el seor
A una milla de distancia de la capital haba una antigua residencia seorial rodeada de
gruesos muros, con torres y hastiales.
Viva all, aunque slo en verano, una familia rica y de la alta nobleza. De todos los
dominios que posea, esta finca era la mejor y ms hermosa. Por fuera pareca como
acabada de construir, y por dentro todo era cmodo y agradable. Sobre la puerta estaba
esculpido el blasn de la familia. Magnficas rocas se enroscaban en torno al escudo y
los balcones, y una gran alfombra de csped se extenda por el patio. Haba all
oxiacantos y acerolos de flores encarnadas, as como otras flores raras, adems de las
que se criaban en el invernadero.
El propietario tena un jardinero excelente; daba gusto ver el jardn, el huerto y los
frutales. Contiguo quedaba todava un resto del primitivo jardn del castillo, con setos
de arbustos, cortados en forma de coronas y pirmides. Detrs quedaban dos viejos y
corpulentos rboles, casi siempre sin hojas; por el aspecto se hubiera dicho que una
tormenta o un huracn los haba cubierto de grandes terrones de estircol, pero en
realidad cada terrn era un nido.
Moraba all desde tiempos inmemoriales un montn de cuervos y cornejas. Era un
verdadero pueblo de aves, y las aves eran los verdaderos seores, los antiguos y
autnticos propietarios de la mansin seorial. Despreciaban profundamente a los
habitantes humanos de la casa, pero toleraban la presencia de aquellos seres rastreros,
incapaces de levantarse del suelo. Sin embargo, cuando esos animales inferiores
disparaban sus escopetas, las aves sentan un cosquilleo en el espinazo; entonces, todas
se echaban a volar asustadas, gritando rab, rab!.
Con frecuencia el jardinero hablaba al seor de la conveniencia de cortar aquellos
rboles, que afeaban al paisaje. Una vez suprimidos, deca, la finca se librara tambin
de todos aquellos pajarracos chillones, que tendran que buscarse otro domicilio. Pero el
dueo no quera desprenderse de los rboles ni de las aves; eran algo que formaba parte
de los viejos tiempos, y de ningn modo quera destruirlo.
- Los rboles son la herencia de los pjaros; haramos mal en quitrsela, mi buen
Larsen.
Tal era el nombre del jardinero, aunque esto no importa mucho a nuestra historia.
- No tienes an bastante campo para desplegar tu talento, amigo mo? Dispones de
todo el jardn, los invernaderos, el vergel y el huerto.
Cierto que lo tena, y lo cultivaba y cuidaba todo con celo y habilidad, cualidades que el
seor le reconoca, aunque a veces no se recataba de decirle que, en casas forasteras,
coma frutos y vea flores que superaban en calidad o en belleza a los de su propiedad; y
aquello entristeca al jardinero, que hubiera querido obtener lo mejor, y pona todo su
esfuerzo en conseguirlo. Era bueno en su corazn y en su oficio.
Un da su seor lo mand llamar, y, con toda la afabilidad posible, le cont que la
vspera, hallndose en casa de unos amigos, le haban servido unas manzanas y peras
tan jugosas y sabrosas, que haban sido la admiracin de todos los invitados. Cierto que
aquella fruta no era del pas, pero convena importarla y aclimatarla, a ser posible. Se
saba que la haban comprado en la mejor frutera de la ciudad; el jardinero debera
darse una vuelta por all, y averiguar de dnde venan aquellas manzanas y peras, para
adquirir esquejes.
El jardinero conoca perfectamente al frutero, pues a l le venda, por cuenta del
propietario, el sobrante de fruta que la finca produca.
Se fue el hombre a la ciudad y pregunt al frutero de dnde haba sacado aquellas
manzanas y peras tan alabadas.
- Si son de su propio jardn! -respondi el vendedor, mostrndoselas; y el jardinero las
reconoci en seguida.
No se puso poco contento el jardinero! Corri a decir a su seor que aquellas peras y
manzanas eran de su propio huerto.
El amo no poda creerlo.
- No es posible, Larsen. Podra usted traerme por escrito una confirmacin del frutero?
Y Larsen volvi con la declaracin escrita.
- Es extrao! -dijo el seor.
En adelante, todos los das fueron servidas a la mesa de Su Seora grandes bandejas de
las esplndidas manzanas y peras de su propio jardn, y fueron enviadas por fanegas y
toneladas a amistades de la ciudad y de fuera de ella; incluso se exportaron. Todo el
mundo se haca lenguas. Hay que observar, de todos modos, que los dos ltimos veranos
haban sido particularmente buenos para los rboles frutales; la cosecha haba sido
esplndida en todo el pas.
Transcurri algn tiempo; un da el seor fue invitado a comer en la Corte. A la maana
siguiente, Su Seora mand llamar al jardinero. Haban servido unos melones
producidos en el invernadero de Su Majestad, jugosos y sabrossimos.
- Mi buen Larsen, vaya usted a ver al jardinero de palacio y pdale semillas de estos
exquisitos melones.
- Pero si el jardinero de palacio recibi las semillas de aqu! -respondi Larsen,
satisfecho.
- En este caso, el hombre ha sabido obtener un fruto mejor que el nuestro -replic Su
Seora-. Todos los melones resultaron excelentes.
- Pues me siento muy orgulloso de ello -dijo el jardinero-. Debo manifestar a Vuestra
Seora, que este ao el hortelano de palacio no ha tenido suerte con los melones, y al
ver lo hermosos que eran los nuestros, y despus de haberlos probado, encarg tres de
ellos para palacio.
- No, no Larsen! No vaya usted a imaginarse que aquellos melones eran de esta
propiedad.
- Pues estoy seguro de que lo eran -. Y se fue a ver al jardinero de palacio, y volvi con
una declaracin escrita de que los melones servidos en la mesa real procedan de la
finca de Su Seora.
Aquello fue una nueva sorpresa para el seor, quien divulg la historia, mostrando la
declaracin. Y de todas partes vinieron peticiones de que se les facilitaran pepitas de
meln y esquejes de los rboles frutales.
Recibironse noticias de que stos haban cogido bien y de que daban frutos excelentes,
hasta el punto de que se les dio el nombre de Su Seora, que, por consiguiente, pudo ya
leerse en francs, ingls y alemn.
Quin lo hubiera pensado!
Con tal de que al jardinero no se le suban los humos a la cabeza!, pens el seor.
Pero el hombre se lo tom de modo muy distinto. Deseoso de ser considerado como uno
de los mejores jardineros del pas, esforzse por conseguir ao tras ao los mejores
productos. Mas con frecuencia tena que or que nunca consegua igualar la calidad de
las peras y manzanas de aquel ao famoso. Los melones seguan siendo buenos, pero ya
no tenan aquel perfume. Las fresas podan llamarse excelentes, pero no superiores a las
de otras fincas, y un ao en que no prosperaron los rbanos, slo se habl de aquel
fracaso, sin mencionarse los productos que haban constituido un xito autntico.
El dueo pareca experimentar una sensacin de alivio cuando poda decir: - Este ao
no estuvo de suerte, amigo Larsen! -. Y se le vea contentsimo cuando poda comentar:
- Este ao s que hemos fracasado.
Un par de veces por semana, el jardinero cambiaba las flores de la habitacin, siempre
con gusto exquisito y muy bien dispuestas; las combinaba de modo que resaltaran sus
colores.
- Tiene usted buen gusto, Larsen - decale Su Seora -. Es un don que le ha concedido
Dios, no es obra suya.
Un da se present el jardinero con una gran taza de cristal que contena un ptalo de
nenfar; sobre l, y con el largo y grueso tallo sumergido en el agua, haba una flor
radiante, del tamao de un girasol.
- El loto del Indostn! - exclam el dueo.
Jams haban visto aquella flor; durante el da la pusieron al sol, y al anochecer a la luz
de una lmpara. Todos los que la vean la encontraban esplndida y rarsima; as lo
manifest incluso la ms distinguida de las seoritas del pas, una princesa, inteligente y
bondadosa por aadidura.
Su Seora tuvo a honor regalrsela, y la princesa se la llev a palacio.
Entonces el propietario se fue al jardn con intencin de coger otra flor de la especie,
pero no encontr ninguna, por lo que, llamando al jardinero, le pregunt de dnde haba
sacado el loto azul.
- La he estado buscando intilmente - dijo el seor -. He recorrido los invernaderos y
todos los rincones del jardn.
- No, desde luego all no hay - dijo el jardinero -. Es una vulgar flor del huerto. Pero,
verdad que es bonita? Parece un cacto azul y, sin embargo, no es sino la flor de la
alcachofa.
- Pues tena que habrmelo advertido -exclam Su Seora-. Cremos que se trataba de
una flor rara y extica. Me ha hecho usted tirarme una plancha con la princesa. Vio la
flor en casa, la encontr hermosa; no la conoca, a pesar de que es ducha en Botnica,
pero esta Ciencia nada tiene de comn con las hortalizas. Cmo se le ocurri, mi buen
Larsen, poner una flor as en la habitacin? Es ridculo!
Y la hermosa flor azul procedente del huerto fue desterrada del saln de Su Seora, del
que no era digna, y el dueo fue a excusarse ante la princesa, dicindole que se trataba
simplemente de una flor de huerto trada por el jardinero, el cual haba sido
debidamente reconvenido.
- Pues es una lstima y una injusticia -replic la princesa-. Nos ha abierto los ojos a una
flor de adorno que desprecibamos, nos ha mostrado la belleza donde nunca la
habamos buscado. Quiero que el jardinero de palacio me traiga todos los das, mientras
estn floreciendo las alcachofas, una de sus flores a mi habitacin.
Y la orden se cumpli.
Su Seora mand decir al jardinero que le trajese otra flor de alcachofa.
- Bien mirado, es bonita -observ- y muy notable -. Y encomi al jardinero.
Esto le gusta a Larsen -pens-. Es un nio mimado.
Un da de otoo estall una horrible tempestad, que arreci an durante la noche, con
tanta furia que arranc de raz muchos grandes rboles de la orilla del bosque y, con
gran pesar de Su Seora - un gran pesar lo llam el seor -, pero con gran contento
del jardinero, tambin los dos rboles pelados llenos de nidos. Entre el fragor de la
tormenta pudo orse el graznar alborotado de los cuervos y cornejas; las gentes de la
casa afirmaron que golpeaban con las alas en los cristales.
- Ya estar usted satisfecho, Larsen -dijo Su Seora-; la tempestad ha derribado los
rboles, y las aves se han marchado al bosque. Aqu nada queda ya de los viejos
tiempos; ha desaparecido toda huella, toda seal de ellos. Pero a m esto me apena.
El jardinero no contest. Pensaba slo en lo que habla llevado en la cabeza durante
mucho tiempo: en utilizar aquel lugar soleado de que antes no dispona. Lo iba a
transformar en un adorno del jardn, en un objeto de gozo para Su Seora.
Los corpulentos rboles abatidos haban destrozado y aplastado los antiqusimos setos
con todas sus figuras. El hombre los sustituy por arbustos y plantas recogidas en los
campos y bosques de la regin.
A ningn otro jardinero se le haba ocurrido jams aquella idea. l dispuso los planteles
teniendo en cuenta las necesidades de cada especie, procurando que recibiesen el sol o
la sombra, segn las caractersticas de cada una. Cuid la plantacin con el mayor
cario, y el conjunto creci magnficamente.
Por la forma y el color, el enebro de Jutlandia se elev de modo parecido al ciprs
italiano; luca tambin, eternamente verde, tanto en los fros invernales como en el calor
del verano, la brillante y espinosa oxiacanta. Delante crecan helechos de diversas
especies, algunas de ellas semejantes a hijas de palmeras, y otras, parecidas a los padres
de esa hermosa y delicada planta que llamamos culantrillo. Estaba all la menospreciada
bardana, tan linda cuando fresca, que habra encajado perfectamente en un ramillete.
Estaba en tierra seca, pero a mayor profundidad que ella y en suelo hmedo creca la
acedera, otra planta humilde y, sin embargo, tan pintoresca y bonita por su talla y sus
grandes hojas. Con una altura de varios palmos, flor contra flor, como un gran
candelabro de muchos brazos, levantbase la candelaria, trasplantada del campo. Y no
faltaban tampoco las asprulas, dientes de len y muguetes del bosque, ni la selvtica
cala, ni la acederilla trifolia. Era realmente magnfico.
Delante, apoyadas en enrejados de alambre, crecan, en lnea, perales enanos de
procedencia francesa. Como reciban sol abundante y buenos cuidados, no tardaron en
dar frutos tan jugosos como los de su tierra de origen.
En lugar de los dos viejos rboles pelados erigieron un alta asta de bandera, en cuya
cima ondeaba el Danebrog, y a su lado fueron clavadas otras estacas, por las que, en
verano y otoo, trepaban los zarcillos del lpulo con sus fragantes inflorescencias en
bola, mientras en invierno, siguiendo una antigua costumbre, se colgaba una gavilla de
avena con objeto de que no faltase la comida a los pajarillos del cielo en la venturosa
poca de las Navidades.
- En su vejez, nuestro buen Larsen se nos vuelve sentimental! -deca Su Seora-. Pero
nos es fiel y adicto.
Por Ao Nuevo, una revista ilustrada de la capital public una fotografa de la antigua
propiedad seorial. Apareca en ella el asta con la bandera danesa y la gavilla de avena
para las avecillas del cielo en los alegres das navideos. El hecho fue comentado y
alabado como una idea simptica, que resucitaba, con todos sus honores, una vieja
costumbre.
- Resuenan las trompetas por todo lo que hace ese Larsen. Es un hombre afortunado!
Casi hemos de sentirnos orgullosos de tenerlo.
Pero no se senta orgulloso el gran seor. Se senta slo el amo que poda despedir a
Larsen, pero que no lo haca. Era una buena persona, y de esta clase hay muchas, para
suerte de los Larsen.
Y sta es la historia del jardinero y el seor.
Detente a pensar un poco en ella.
Continuacin
Encontrronse con un tiburn y un viejo pez-sierra; uno y otro tenan noticias de la
extraa anguila de mar, tan larga y delgaducha; como verla, no la haban visto, y a eso
iban.
Acercse entonces un gato marino.
- Voy con vosotros -dijo; y se uni a la partida.
- Como esa gran serpiente marina no sea ms gruesa que una soga de ancla, la partir de
un mordisco-. Y, abriendo la boca, exhibi seis hileras de dientes-. Si dejo seales en un
ancla de barco, bien puedo partir la cuerda.
- Ah est! -exclam el ballenato-. Ya la veo -. Crea tener mejor vista que los dems-.
Mirad cmo se levanta, mirad cmo se dobla y retuerce!
Pero no era sino una enorme anguila de mar, de varias varas de longitud, que se
acercaba.
- sa la vimos ya antes -dijo el pez-sierra-. Nunca ha provocado alboroto en el mar, ni
asustado a un pez gordo.
Y, dirigindose a ella, le hablaron de la nueva anguila, preguntndole si quera participar
en la expedicin de descubrimiento.
- Si la anguila es ms larga que yo, habr una desgracia -dijo la recin llegada.
- La habr -contestaron los otros-. Somos bastantes para no tolerarlo -y prosiguieron la
ruta.
Al poco rato se interpuso en su camino algo enorme, un verdadero monstruo, mayor que
todos ellos juntos. Pareca una isla flotante que no pudiera mantenerse a flor de agua.
Era una ballena matusalnica; tena la cabeza invadida de plantas marinas, y el lomo tan
cubierto de animales reptadores, ostras y moluscos, que toda su negra piel pareca
moteada de blanco.
- Vente con nosotros, vieja -le dijeron-. Ha aparecido un nuevo pez que no podemos
tolerar.
- Prefiero seguir echada -contest la vieja ballena-. Dejadme en paz, dejadme descansar.
Uf!, tengo una enfermedad grave; slo me alivio cuando subo a la superficie y saco la
espalda del agua. Entonces acuden las hermosas aves marinas y me limpian el lomo.
Da un gusto cuando no hunden demasiado el pico! Pero a veces lo hincan hasta la
grasa. Mirad! Todava tengo en la espalda el esqueleto de un ave. Clav las garras
demasiado hondas y no pudo soltarse cuando me sumerg. Los peces pequeos la han
mondado. Buenas estamos las dos! Estoy enferma.
- Pura aprensin -dijo el ballenato-. Yo no estoy nunca enfermo. Ningn pez lo est
jams.
- Dispensa -dijo la vieja-. Las anguilas enferman de la piel, la carpa sufre de viruelas, y
todos padecemos de lombrices intestinales.
- Tonteras! -exclam el tiburn, y se marcharon sin querer or ms; tenan otra cosa
que hacer.
Finalmente llegaron al lugar donde haba quedado tendido el cable telegrfico. Era una
cuerda tendida en el fondo del mar, desde Europa a Amrica, sobre bancos de arena y
fango marino, rocas y selvas enteras de coral. All cambiaba la corriente, formbanse
remolinos y haba un hervidero de peces, en bancos ms numerosos que las innmeras
bandadas de aves que los hombres ven desfilar en la poca de la migracin. Todo es
bullir, chapotear, zumbar y rumorear. Algo de este ruido queda en las grandes caracolas,
y lo podemos percibir cuando les aplicamos el odo.
- All est el bicho! -dijeron los peces grandes, y el pequeo tambin. Y estuvieron un
rato mirando el cable, cuyo principio y fin se perdan en el horizonte.
Del fondo se elevaban esponjas, plipos y medusas, y volvan a descender doblndose a
veces encima de l, por lo que a trechos quedaba visible, y a trechos oculto. Alrededor
rebullan erizos de mar, caracoles y gusanos. Gigantescas araas, cargadas con toda una
tripulacin de crustceos, se pavoneaban cerca del cable. Cohombros de mar -de color
azul oscuro-, o como se llamen estos bichos que comen con todo el cuerpo, yacan
oliendo el nuevo animal que se haba instalado en el suelo marino. La platija y el
bacalao se revolvan en el agua, escuchando en todas direcciones. La estrella de mar que
se excava un hoyo en el fango y saca slo al exterior los dos largos tentculos con los
ojos, permaneca con la mirada fija, atenta a lo que saliera de todo aquel barullo.
El cable telegrfico segua inmvil en su sitio, y, sin embargo, haban en l vida y
pensamientos; los pensamientos humanos circulaban a su travs.
- Este objeto lleva mala intencin -dijo el ballenato-. Es capaz de pegarme en el
estmago, que es mi punto sensible.
- Vamos a explorarlo -propuso el plipo-. Yo tengo largos brazos y dedos flexibles; ya lo
he tocado, y voy a cogerlo un poco ms fuerte.
Y alarg los ms largos de sus elsticos dedos para sujetar el cable.
- No tiene escamas -dijo- ni piel. Me parece que no dar cras vivas.
La anguila se tendi junto al cable, estirndose cuanto pudo.
- Pues es ms largo que yo! -dijo-. Pero no se trata slo de la longitud. Hay que tener
piel, cuerpo y agilidad.
El ballenato, joven y fuerte, descendi a mayor profundidad de la que jams alcanzara.
- Eres pez o planta? -pregunt-. O sers solamente una de esas obras de all arriba,
que no pueden medrar entre nosotros?
Mas el cable no respondi; no lo hace nunca en aquel punto. Los pensamientos pasaban
de largo; en un segundo recorran centenares de millas, de uno a otro pas.
- Quieres contestar, o prefieres que te partamos a mordiscos? -pregunt el fiero tiburn,
al que hicieron coro los dems peces.
El cable sigui inmvil, entregado a sus propios pensamientos, cosa natural, puesto que
est lleno de ideas.
- Si me muerden, a mi qu? Me volvern arriba y me repararn. Ya le ocurri a otros
miembros de mi familia, en mares ms pequeos.
Por eso continu sin contestar; otros cuidados tena. Estaba telegrafiando, cumpliendo
su misin en el fondo del mar.
Arriba, se pona el sol, como dicen los hombres. Volvise el astro como de vivsimo
fuego, y todas las nubes del cielo adquirieron un color rojo, a cual ms hermoso.
- Ahora llega la luz roja -dijeron los plipos-. As veremos mejor la cosa, si es que vale
la pena.
- A ella, a ella! -grit el gato marino, mostrando los dientes.
- A ella, a ella! -repitieron el pez-espada, el ballenato y la anguila.
Y se lanzaron al ataque, con el gato marino a la cabeza; pero al disponerse a morder el
cable, el pez-sierra, de puro entusiasmo, clav la sierra en el trasero del gato. Fue una
gran equivocacin, pues el otro no tuvo ya fuerzas para hincar los dientes.
Aquello produjo un gran revuelo en la regin del fango: peces grandes y chicos,
cohombros de mar y caracoles se arrojaron unos contra otros, devorndose mutuamente,
aplastndose y despedazndose, mientras el cable permaneca tranquilo, realizando su
servicio, que es lo que ha de hacer.
Arriba reinaba la noche oscura, pero brillaban las miradas de animalculos
fosforescentes que pueblan el mar. Entre ellos brillaba un cangrejo no mayor que una
cabeza de alfiler. Parece mentira, pero as es.
Todos los peces y animales marinos miraban el cable.
- Qu ser, qu no ser?-. Ah estaba el problema.
En esto lleg una vaca marina, a la que los hombres llaman sirena. Era hembra, tena
cola y dos cortos brazos para chapotear, y un pecho colgante; en la cabeza llevaba algas
y parsitos, de lo cual estaba muy orgullosa.
- Si deseis adquirir ciencia y conocimientos -dijo-, yo soy la nica que os los puede
dar; pero a cambio reclamo pastos exentos de peligro en el fondo marino para m y los
mos. Soy un pez como vosotros, y, adems, terrestre, a fuerza de ejercicio. En el mar
soy el ms inteligente; conozco todo lo que se mueve ac abajo y todo lo que hay all
arriba. Este objeto que os lleva de cabeza procede de arriba, y todo lo que de all cae,
est muerto, o se muere y queda impotente. Dejadlo como lo que es, una invencin
humana y nada ms.
- Pues yo creo que es algo ms -dijo el pececito.
- Cllate la boca, caballa! -grit la gorda vaca marina.
- Perca! -la increparon los dems, lo cual era an ms insultante.
Y la vaca marina les explic que aquel animal que tanto les haba alarmado y que, por lo
dems, no haba dicho esta boca es ma, no era otra cosa sino una invencin de la tierra
seca. Y pronunci una breve conferencia sobre la astucia de los humanos.
- Quieren cogernos -dijo-; slo viven para esto. Tienden redes, y vienen con cebo en el
anzuelo para atraernos. ste de ah es una especie de larga cuerda, y creyeron que la
morderamos, los tontos. Pero a nosotros no nos la pegan. Nada de tocarla, ya veris
cmo ella sola se pudre y se deshace. Todo lo que viene de arriba no vale para nada.
- No vale para nada! -asintieron todos, y para tener una opinin adoptaron la de la vaca
marina.
Mas el pececillo se qued con su primera idea.
- Esta serpiente tan delgada y tan larga es quizs el ms maravilloso de todos los peces
del mar. Lo presiento.
- El ms maravilloso -decimos tambin los hombres; y lo decimos con conocimiento de
causa.
Es la gran serpiente marina, que desde hace tiempo anda en canciones y leyendas.
Fue gestada como hija de la humana inteligencia, y bajada al fondo del mar desde las
tierras orientales a las occidentales, para llevar las noticias y mensajes con la misma
rapidez con que los rayos del sol llegan a nuestro Planeta. Crece crece en poder y
extensin, ao tras ao, a travs de todos los mares, alrededor de toda la Tierra, por
debajo de las aguas tempestuosas y de las lmpidas y claras, cuyo fondo ve el navegante,
como si surcara el aire transparente, descubriendo el inmenso tropel de peces que
constituyen un milagroso castillo de fuegos artificiales.
All en los abismos marinos yace la serpiente, el bendito monstruo marino que se
muerde la cola al rodear todo el Globo. Peces y reptiles arremeten de cabeza contra l,
no comprenden esta creacin venida de lo alto: la serpiente de la ciencia del bien y del
mal, repleta de pensamientos humanos, silenciosa, y que, no obstante, habla en todas las
lenguas, la ms maravillosa de las maravillas del mar de nuestra poca: la gran serpiente
marina.
El compaero de viaje
El pobre Juan estaba muy triste, pues su padre se hallaba enfermo e iba a morir. No
haba ms que ellos dos en la reducida habitacin; la lmpara de la mesa estaba prxima
a extinguirse, y llegaba la noche.
- Has sido un buen hijo, Juan -dijo el doliente padre-, y Dios te ayudar por los caminos
del mundo -. Dirigile una mirada tierna y grave, respir profundamente y expir;
habrase dicho que dorma. Juan se ech a llorar; ya nadie le quedaba en la Tierra, ni
padre ni madre, hermano ni hermana. Pobre Juan! Arrodillado junto al lecho, besaba la
fra mano de su padre muerto, y derramaba amargas lgrimas, hasta que al fin se le
cerraron los ojos y se qued dormido, con la cabeza apoyada en el duro barrote de la
cama.
Tuvo un sueo muy raro; vio cmo el Sol y la Luna se inclinaban ante l, y vio a su
padre rebosante de salud y rindose, con aquella risa suya cuando se senta contento.
Una hermosa muchacha, con una corona de oro en el largo y reluciente cabello, tendi
la mano a Juan, mientras el padre le deca: Mira qu novia tan bonita tienes! Es la ms
bella del mundo entero. Entonces se despert: el alegre cuadro se haba desvanecido;
su padre yaca en el lecho, muerto y fro, y no haba nadie en la estancia. Pobre Juan!
A la semana siguiente dieron sepultura al difunto; Juan acompa el fretro, sin poder
ver ya a aquel padre que tanto lo haba querido; oy cmo echaban tierra sobre el atad,
para colmar la fosa, y contempl cmo desapareca poco a poco, mientras senta la pena
desgarrarle el corazn. Al borde de la tumba cantaron un ltimo salmo, que son
armoniosamente; las lgrimas asomaron a los ojos del muchacho; rompi a llorar, y el
llanto fue un sedante para su dolor. Brill el sol, esplndido, por encima de los verdes
rboles; pareca decirle: No ests triste, Juan; mira qu hermoso y azul es el cielo!.
All arriba est tu padre pidiendo a Dios por tu bien!.
- Ser siempre bueno -dijo Juan-. De este modo, un da volver a reunirme con mi
padre. Qu alegra cuando nos veamos de nuevo! Cuntas cosas podr contarle y
cuntas me mostrar l, y me ensear la magnificencia del cielo, como lo haca en la
Tierra. Oh, qu felices seremos!
Y se lo imaginaba tan a lo vivo, que asom una sonrisa a sus labios. Los pajarillos,
posados en los castaos, dejaban or sus gorjeos. Estaban alegres, a pesar de asistir a un
entierro, pero bien saban que el difunto estaba ya en el cielo, tena alas mucho mayores
y ms hermosas que las suyas, y era dichoso, porque ac en la Tierra haba practicado la
virtud; por eso estaban alegres. Juan los vio emprender el vuelo desde las altas ramas
verdes, y sinti el deseo de lanzarse al espacio con ellos. Pero antes hizo una gran cruz
de madera para hincarla sobre la tumba de su padre, y al llegar la noche, la sepultura
apareca adornada con arena y flores. Haban cuidado de ello personas forasteras, pues
en toda la comarca se tena en gran estima a aquel buen hombre que acababa de morir.
De madrugada hizo Juan su modesto equipaje y se at al cinturn su pequea herencia:
cincuenta florines y unos peniques en total; con ella se dispona a correr mundo. Sin
embargo, antes volvi al cementerio, y, despus de rezar un padrenuestro sobre la tumba
dijo: Adis, padre querido! Ser siempre bueno, y t le pedirs a Dios que las cosas me
vayan bien.
Al entrar en la campia, el muchacho observ que todas las flores se abran frescas y
hermosas bajo los rayos tibios del sol, y que se mecan al impulso de la brisa, como
diciendo: Bienvenido a nuestros dominios! Verdad que son bellos?. Pero Juan se
volvi una vez ms a contemplar la vieja iglesia donde recibiera de pequeo el santo
bautismo, y a la que haba asistido todos los domingos con su padre a los oficios
divinos, cantando hermosas canciones; en lo alto del campanario vio, en una abertura, al
duende del templo, de pie, con su pequea gorra roja, y resguardndose el rostro con el
brazo de los rayos del sol que le daban en los ojos. Juan le dijo adis con una
inclinacin de cabeza; el duendecillo agit la gorra colorada y, ponindose una mano
sobre el corazn, con la otra le envi muchos besos, para darle a entender que le
deseaba un viaje muy feliz y mucho bien.
Pens entonces Juan en las bellezas que vera en el amplio mundo y sigui su camino,
mucho ms all de donde llegara jams. No conoca los lugares por los que pasaba, ni
las personas con quienes se encontraba; todo era nuevo para l.
La primera noche hubo de dormir sobre un montn de heno, en pleno campo; otro lecho
no haba. Pero era muy cmodo, pens; el propio Rey no estara mejor. Toda la
campia, con el ro, la pila de hierba y el cielo encima, formaban un hermoso
dormitorio. La verde hierba, salpicada de florecillas blancas y coloradas, haca de
alfombra, las lilas y rosales silvestres eran otros tantos ramilletes naturales, y para
lavabo tena todo el ro, de agua lmpida y fresca, con los juncos y caas que se
inclinaban como para darle las buenas noches y los buenos das. La luna era una
lmpara soberbia, colgada all arriba en el techo infinito; una lmpara con cuyo fuego
no haba miedo de que se encendieran las cortinas. Juan poda dormir tranquilo, y as lo
hizo, no despertndose hasta que sali el sol, y todas las avecillas de los contornos
rompieron a cantar: Buenos das, buenos das! No te has levantado an?.
Tocaban las campanas, llamando a la iglesia, pues era domingo. Las gentes iban a
escuchar al predicador, y Juan fue con ellas; las acompa en el canto de los sagrados
himnos, y oy la voz del Seor; le pareca estar en la iglesia donde haba sido bautizado
y donde haba cantado los salmos al lado de su padre.
En el cementerio contiguo al templo haba muchas tumbas, algunas de ellas cubiertas de
alta hierba. Entonces pens Juan en la de su padre, y se dijo que con el tiempo
presentara tambin aquel aspecto, ya que l no estara all para limpiarla y adornarla. Se
sent, pues en el suelo, y se puso a arrancar la hierba y enderezar las cruces cadas,
volviendo a sus lugares las coronas arrastradas por el viento, mientras pensaba: Tal vez
alguien haga lo mismo en la tumba de mi padre, ya que no puedo hacerlo yo.
Ante la puerta de la iglesia haba un mendigo anciano que se sostena en sus muletas;
Juan le dio los peniques que guardaba en su bolso, y luego prosigui su viaje por el
ancho mundo, contento y feliz.
Al caer la tarde, el tiempo se puso horrible, y nuestro mozo se dio prisa en buscar un
cobijo, pero no tard en cerrar la noche oscura. Finalmente, lleg a una pequea iglesia,
que se levantaba en lo alto de una colina. Por suerte, la puerta estaba slo entornada y
pudo entrar. Su intencin era permanecer all hasta que la tempestad hubiera pasado.
- Me sentar en un rincn -dijo-, estoy muy cansado y necesito reposo -. Se sent, pues,
junt las manos para rezar su oracin vespertina y antes de que pudiera darse cuenta, se
qued profundamente dormido y transportado al mundo de los sueos, mientras en el
exterior fulguraban los relmpagos y retumbaban los truenos.
Despertse a medianoche. La tormenta haba cesado, y la luna brillaba en el
firmamento, enviando sus rayos de plata a travs de las ventanas. En el centro del
templo haba un fretro abierto, con un difunto, esperando la hora de recibir sepultura.
Juan no era temeroso ni mucho menos; nada le reprochaba su conciencia, y saba
perfectamente que los muertos no hacen mal a nadie; los vivos son los perversos, los
que practican el mal. Mas he aqu que dos individuos de esta clase estaban junto al
difunto depositado en el templo antes de ser confiado a la tierra. Se proponan cometer
con l una fechora: arrancarlo del atad y arrojarlo fuera de la iglesia.
- Por qu queris hacer esto? -pregunt Juan-. Es una mala accin. Dejad que descanse
en paz, en nombre de Jess.
- Tonteras! -replicaron los malvados-. Nos enga! Nos deba dinero y no pudo
pagarlo; y ahora que ha muerto no cobraremos un cntimo. Por eso queremos
vengarnos. Vamos a arrojarlo como un perro ante la puerta de la iglesia.
- Slo tengo cincuenta florines -dijo Juan-; es toda mi fortuna, pero os la dar de buena
gana si me prometis dejar en paz al pobre difunto. Yo me las arreglar sin dinero. Estoy
sano y fuerte, y no me faltar la ayuda de Dios.
- Bien -replicaron los dos impos-. Si te avienes a pagar su deuda no le haremos nada, te
lo prometemos -. Embolsaron el dinero que les dio Juan, y, rindose a carcajadas de
aquel magnnimo infeliz, siguieron su camino. Juan coloc nuevamente el cadver en el
fretro, con las manos cruzadas sobre el pecho, e, inclinndose ante l, alejse contento
bosque a travs.
En derredor, dondequiera que llegaban los rayos de luna filtrndose por entre el follaje,
vea jugar alegremente a los duendecillos, que no huan de l, pues saban que era un
muchacho bueno e inocente; son slo los malos, de quienes los duendes no se dejan ver.
Algunos no eran ms grandes que el ancho de un dedo, y llevaban sujeto el largo y rubio
cabello con peinetas de oro. De dos en dos se balanceaban en equilibrio sobre las
abultadas gotas de roco, depositadas sobre las hojas y los tallos de hierba; a veces, una
de las gotitas caa al suelo por entre las largas hierbas, y el incidente provocaba grandes
risas y alboroto entre los minsculos personajes. Qu delicia! Se pusieron a cantar, y
Juan reconoci enseguida las bellas melodas que aprendiera de nio. Grandes araas
multicolores, con argnteas coronas en la cabeza, hilaban, de seto a seto, largos puentes
colgantes y palacios que, al recoger el tenue roco, brillaban como ntido cristal a los
claros rayos de la luna. El espectculo dur hasta la salida del sol. Entonces, los
duendecillos se deslizaron en los capullos de las flores, y el viento se hizo cargo de sus
puentes y palacios, que volaron por los aires convertidos en telaraas.
En stas, Juan haba salido ya del bosque cuando a su espalda reson una recia voz de
hombre:
- Hola, compaero!, adnde vamos?
- Por esos mundos de Dios -respondi Juan-. No tengo padre ni madre y soy pobre, pero
Dios me ayudar.
- Tambin yo voy a correr mundo -dijo el forastero-. Quieres que lo hagamos en
compaa?
- Bueno! -asinti Juan, y siguieron juntos. No tardaron en simpatizar, pues los dos eran
buenas personas. Juan observ muy pronto, empero, que el desconocido era mucho ms
inteligente que l. Haba recorrido casi todo el mundo y saba de todas las cosas
imaginables.
El sol estaba ya muy alto sobre el horizonte cuando se sentaron al pie de un rbol para
desayunarse; y en aquel mismo momento se les acerc una anciana que andaba muy
encorvada, sostenindose en una muletilla y llevando a la espalda un haz de lea que
haba recogido en el bosque. Llevaba el delantal recogido y atado por delante, y Juan
observ que por l asomaban tres largas varas de sauce envueltas en hojas de helecho.
Llegada adonde ellos estaban, resbal y cay, empezando a quejarse lamentablemente;
la pobre se haba roto una pierna.
Juan propuso enseguida trasladar a la anciana a su casa; pero el forastero, abriendo su
mochila, dijo que tena un ungento con el cual, en un santiamn, curara la pierna rota,
de tal modo que la mujer podra regresar a su casa por su propio pie, como si nada le
hubiese ocurrido. Slo peda, en pago, que le regalase las tres varas que llevaba en el
delantal.
- Mucho pides! -objet la vieja, acompaando las palabras con un raro gesto de la
cabeza. No le haca gracia ceder las tres varas; pero tampoco resultaba muy agradable
seguir en el suelo con la pierna fracturada. Dile, pues, las varas, y apenas el ungento
hubo tocado la fractura se incorpor la abuela y ech a andar mucho ms ligera que
antes. Y todo por virtud de la pomada; pero hay que advertir que no era una pomada de
las que venden en la botica.
- Para qu quieres las varas? -pregunt Juan a su compaero.
- Son tres bonitas escobas -contest el otro-. Me gustan, qu quieres que te diga; yo soy
as de extrao.
Y prosiguieron un buen trecho.
- Se est preparando una tormenta! -exclam Juan, sealando hacia delante-. Qu
nubarrones ms cargados!
- No -respondi el compaero-. No son nubes, sino montaas, montaas altas y
magnficas, cuyas cumbres rebasan las nubes y estn rodeadas de una atmsfera serena.
Es maravilloso, creme. Maana ya estaremos all.
Pero no estaban tan cerca como pareca. Un da entero tuvieron que caminar para llegar
a su pie. Los oscuros bosques trepaban hasta las nubes, y haban rocas enormes, tan
grandes como una ciudad. Deba de ser muy cansado subir all arriba, y, as, Juan y su
compaero entraron en la posada; tenan que descansar y reponer fuerzas para la jornada
que les aguardaba.
En la sala de la hostera se haba reunido mucho pblico, pues estaba actuando un
titiretero. Acababa de montar su pequeo escenario, y la gente se hallaba sentada en
derredor, dispuesta a presenciar el espectculo. En primera fila estaba sentado un gordo
carnicero, el ms importante del pueblo, con su gran perro mastn echado a su lado; el
animal tena aspecto feroz y los grandes ojos abiertos, como el resto de los espectadores.
Empez una linda comedia, en la que intervenan un rey y una reina, sentados en un
trono magnfico, con sendas coronas de oro en la cabeza y vestidos con ropajes de larga
cola, como corresponda a tan ilustres personajes. Lindsimos muecos de madera, con
ojos de cristal y grandes bigotes, aparecan en las puertas, abrindolas y cerrndolas,
para permitir la entrada de aire fresco. Era una comedia muy bonita, y nada triste; pero
he aqu que al levantarse la reina y avanzar por la escena, sabe Dios lo que creerla el
mastn, pero lo cierto es que se solt de su amo el carnicero, plantse de un salto en el
teatro y, cogiendo a la reina por el tronco, crac!, la despedaz en un momento.
Espantoso!
El pobre titiretero qued asustado y muy contrariado por su reina, pues era la ms bonita
de sus figuras; y el perro la haba decapitado. Pero cuando, ms tarde, el pblico se
retir, el compaero de Juan dijo que reparara el mal, y, sacando su frasco, unt la
mueca con el ungento que tan maravillosamente haba curado la pierna de la vieja. Y,
en efecto; no bien estuvo la mueca untada, qued de nuevo entera, e incluso poda
mover todos los miembros sin necesidad de tirar del cordn; habrase dicho que era una
persona viviente, slo que no hablaba. El hombre de los tteres se puso muy contento;
ya no necesitaba sostener aquella mueca, que hasta saba bailar por s sola: ninguna
otra figura poda hacer tanto.
El compaero de viaje
Continuacin
Por la noche, cuando todos los huspedes estuvieron acostados, oyronse unos suspiros
profundsimos y tan prolongados, que todo el mundo se levant para ver quin los
exhalaba. El titiretero se dirigi a su teatro, pues de l salan las quejas. Los muecos, el
rey y toda la comparseria estaban revueltos, y eran ellos los que as suspiraban, mirando
fijamente con sus ojos de vidrio, pues queran que tambin se les untase un poquitn con
la maravillosa pomada, como la reina, para poder moverse por su cuenta. La reina se
hinc de rodillas y, levantando su magnfica corona, implor:
- Qudate con ella, pero unta a mi esposo y a los cortesanos! Al pobre propietario del
teatro se le saltaron las lgrimas, pues la escena era en verdad conmovedora. Fue en
busca del compaero de Juan y le prometi toda la recaudacin de la velada siguiente si
se avena a untarle aunque slo fuesen cuatro o cinco muecos; pero el otro le dijo que
por toda recompensa slo quera el gran sable que llevaba al cinto; cuando lo tuvo,
aplic el ungento a seis figuras, las cuales empezaron a bailar enseguida, con tanta
gracia, que las muchachas de veras que lo vieron las acompaaron en la danza. Y
bailaron el cochero y la cocinera, el criado y la criada, y todos los huspedes, hasta la
misma badila y las tenazas, si bien stas se fueron al suelo a los primeros pasos. Fue una
noche muy alegre, desde luego.
A la maana siguiente, Juan y su compaero de viaje se despidieron de la compaa y
echaron cuesta arriba por entre los espesos bosques de abetos. Llegaron a tanta altura,
que las torres de las iglesias se vean al fondo como diminutas bayas rojas destacando
en medio del verdor, y su mirada pudo extenderse a muchas, muchas millas, hasta
tierras que jams haban visitado. Tanta belleza y magnificencia nunca la haba visto
Juan; el sol pareca ms clido en aquel aire puro; el mozo oa los cuernos de los
cazadores resonando entre las montaas, tan claramente, que las lgrimas asomaron a
sus ojos y no pudo por menos de exclamar: Dios santo y misericordioso, quisiera
besarte por tu bondad con nosotros y por toda esa belleza que, para nosotros tambin,
has puesto en el mundo!
El compaero de viaje permaneca a su vez con las manos juntas contemplando, por
encima del bosque y las ciudades, la lejana inundada por el sol. Al mismo tiempo
oyeron encima de sus cabezas un canto prodigioso, y al mirar a las alturas descubrieron
flotando en el espacio un cisne blanco que cantaba como jams oyeran hacer a otra ave.
Pero aquellos sones fueron debilitndose progresivamente, y el hermoso cisne,
inclinando la cabeza, descendi con lentitud y fue a caer muerto a sus pies.
-Qu alas tan esplndidas! -exclam el compaero-. Mucho dinero valdrn, tan blancas
y grandes; voy a llevrmelas! Ves ahora cmo estuve acertado al hacerme con el
sable? -. Cort las dos alas del cisne muerto y se las guard.
Caminaron millas y millas montes a travs, hasta que por fin vieron ante ellos una gran
ciudad, con cien torres que brillaban al sol cual si fuesen de plata. En el centro de la
poblacin se alzaba un regio palacio de mrmol recubierto de oro; era la mansin del
Rey.
Juan y su compaero no quisieron entrar enseguida en la ciudad, sino que se quedaron
fuera, en una posada, para asearse, pues queran tener buen aspecto al andar por las
calles. El posadero les cont que el Rey era una excelente persona, incapaz de causar
mal a nadie; pero, en cambio, su hija, ay, Dios nos guarde!, era una princesa perversa.
Belleza no le faltaba, y en punto a hermosura ninguna poda compararse con ella; pero,
de qu le serva?. Era una bruja, culpable de la muerte de numerosos y apuestos
prncipes. Permita que todos los hombres la pretendieran; todos podan presentarse, ya
fuesen prncipes o mendigos, lo mismo daba; pero tenan que adivinar tres cosas que
ella se haba pensado. Se casara con el que acertase, el cual sera Rey del pas el da en
que su padre falleciese; pero el que no daba con las tres respuestas, era ahorcado o
decapitado. El anciano Rey, su padre, estaba en extremo afligido por la conducta de su
hija, mas no poda impedir sus maldades, ya que en cierta ocasin prometi no
intervenir jams en los asuntos de sus pretendientes y dejarla obrar a su antojo. Cada
vez que se presentaba un prncipe para someterse a la prueba, era colgado o le cortaban
la cabeza; pero siempre se le haba prevenido y saba bien a lo que se expona. El viejo
Rey estaba tan amargado por tanta tristeza y miseria, que todos los aos permaneca un
da entero de rodillas, junto con sus soldados, rogando por la conversin de la princesa;
pero nada consegua. Las viejas que beban aguardiente, en seal de duelo lo tean de
negro antes de llevrselo a la boca; ms no podan hacer.
- Qu horrible princesa! -exclam Juan-. Una buena azotaina, he aqu lo que necesita.
Si yo fuese el Rey, pronto cambiara.
De pronto se oy un gran gritero en la carretera. Pasaba la princesa. Era realmente tan
hermosa, que todo el mundo se olvidaba de su maldad y se pona a vitorearla.
Escoltbanla doce preciosas doncellas, todas vestidas de blanca seda y cabalgando en
caballos negros como azabache, mientras la princesa montaba un corcel blanco como la
nieve, adornado con diamantes y rubes; su traje de amazona era de oro puro, y el ltigo
que sostena en la mano reluca como un rayo de sol, mientras la corona que cea su
cabeza centelleaba como las estrellitas del cielo, y el manto que la cubra estaba hecho
de miles de bellsimas alas de mariposas. Y, sin embargo, ella era mucho ms hermosa
que todos los vestidos.
Al verla, Juan se puso todo colorado, por la sangre que afluy a su rostro, y apenas pudo
articular una palabra; la princesa era exactamente igual que aquella bella muchacha con
corona de oro que haba visto en sueos la noche de la muerte de su padre. La encontr
indeciblemente hermosa, y en el acto qued enamorado de ella. Era imposible, pens,
que fuese una bruja, capaz de mandar ahorcar o decapitar a los que no adivinaban sus
acertijos. Todos estn facultades para solicitarla, incluso el ms pobre de los mendigos;
ir, pues, al palacio; no tengo ms remedio.
Todos insistieron en que no lo hiciese, pues sin duda correra la suerte de los otros;
tambin su compaero de ruta trat de disuadirlo, pero Juan, seguro de que todo se
resolvera bien, se cepill los zapatos y la chaqueta, se lav la cara y las manos, se pein
el bonito cabello rubio y se encamin a la ciudad y al palacio.
- Adelante! -grit el anciano Rey al llamar Juan a la puerta. Abrila el mozo, y el
Soberano sali a recibirlo, en bata de noche y zapatillas bordadas. Llevaba en la cabeza
la corona de oro, en una mano, el cetro, y en la otra, el globo imperial.
- Un momento! -dijo, ponindose el globo debajo del brazo para poder alargar la mano
a Juan. Pero no bien supo que se trataba de un pretendiente, prorrumpi a llorar con tal
violencia, que cetro y globo le cayeron al suelo y hubo de secarse los ojos con la bata de
dormir. Pobre viejo Rey!
- No lo intentes -le dijo-, acabars malamente, como los dems. Ven y vers le que te
espera -. Y condujo a Juan al jardn de recreo de la princesa.
Horrible espectculo! De cada rbol colgaban tres o cuatro prncipes que, habiendo
solicitado a la hija del Rey, no haban acertado a contestar sus preguntas. A cada rfaga
de viento matraqueaban los esqueletos, por lo que los pjaros, asustados, nunca acudan
al jardn; las flores estaban atadas a huesos humanos, y en las macetas, los crneos
exhiban su risa macabra. Qu extrao jardn para una princesa!
- Ya lo ves! -dijo el Rey-. Te espera la misma suerte que a todos sos. Mejor es que
renuncies. Me haras sufrir mucho, pues no puedo soportar estos horrores.
Juan bes la mano al bondadoso Monarca, y le dijo que sin duda las cosas marcharan
bien, pues estaba apasionadamente prendado de la princesa.
En esto lleg ella a palacio, junto con sus damas. El Rey y Juan fueron a su encuentro, a
darle los buenos das. Era maravilloso mirarla; tendi la mano al mozo, y ste qued
mucho ms persuadido an de que no poda tratarse de una perversa hechicera, como
sostena la gente. Pasaron luego a la sala del piso superior, y los criados sirvieron
confituras y pastas secas, pero el Rey estaba tan afligido, que no pudo probar nada,
adems de que las pastas eran demasiado duras para sus dientes.
Se convino en que Juan volvera a palacio a la maana siguiente. Los jueces y todo el
consejo estaran reunidos para presenciar la marcha del proceso. Si la cosa iba bien,
Juan tendra que comparecer dos veces ms; pero hasta entonces nadie haba acertado la
primera pregunta, y todos haban perdido la vida.
A Juan no le preocup ni por un momento la idea de cmo marcharan las cosas; antes
bien, estaba alegre, pensando tan slo en la bella princesa, seguro de que Dios le
ayudara; de qu manera, lo ignoraba, y prefera no pensar en ello. Iba bailando por la
carretera, de regreso a la posada, donde lo esperaba su compaero.
El muchacho no encontr palabras para encomiar la amabilidad con que lo recibiera la
princesa y describir su hermosura. Anhelaba estar ya al da siguiente en el palacio, para
probar su suerte con el acertijo.
Pero su compaero mene la cabeza, profundamente afligido.
- Te quiero bien -dijo-; confiaba en que podramos seguir juntos mucho tiempo, y he
aqu que voy a perderte. Mi pobre, mi querido Juan!, me dan ganas de llorar, pero no
quiero turbar tu alegra en esta ltima velada que pasamos juntos. Estaremos alegres,
muy alegres; maana, cuando te hayas marchado, podr llorar cuanto quiera.
Todos los habitantes de la ciudad se haban enterado de la llegada de un nuevo
pretendiente a la mano de la princesa, y una gran congoja reinaba por doquier. Cerrse
el teatro, las pasteleras cubrieron sus mazapanes con crespn, el Rey y los sacerdotes
rezaron arrodillados en los templos; la tristeza era general, pues nadie crea que Juan
fuera ms afortunado que sus predecesores.
Al atardecer, el compaero de Juan prepar un ponche, y dijo a su amigo:
- Vamos a alegrarnos y a brindar por la salud de la princesa.
Pero al segundo vaso entrle a Juan una pesadez tan grande, que tuvo que hacer un
enorme esfuerzo para mantener abiertos los ojos, basta que qued sumido en profundo
sueo. Su compaero lo levant con cuidado de la silla y lo llev a la cama; luego,
cerrada ya la noche, cogi las grandes alas que haba cortado al cisne y se las sujet a la
espalda. Metise en el bolsillo la ms grande de las varas recibidas de la vieja de la
pierna rota, abri la ventana, y, echando a volar por encima de la ciudad, se dirigi al
palacio; all se pos en un rincn, bajo la ventana del aposento de la princesa.
En la ciudad reinaba el ms profundo silencio. Dieron las doce menos cuarto en el reloj,
se abri la ventana, y la princesa sali volando, envuelta en un largo manto blanco y con
alas negras, alejndose en direccin a una alta montaa. El compaero de Juan se hizo
invisible, para que la doncella no pudiese notar su presencia, y se lanz en su
persecucin; cuando la alcanz, se puso a azotarla con su vara, con tanta fuerza que la
sangre flua de su piel. Qu viajecito! El viento extenda el manto en todas direcciones,
a modo de una gran vela de barco a cuyo travs brillaba la luz de la luna.
- Qu manera de granizar! -exclamaba la princesa a cada azote, y bien empleado le
estaba. Finalmente, lleg a la montaa y llam. Se oy un estruendo semejante a un
trueno; abrise la montaa, y la hija del Rey entr, seguida del amigo de Juan, que,
siendo invisible, no fue visto por nadie. Siguieron por un corredor muy grande y muy
largo, cuyas paredes brillaban de manera extraa, gracias a ms de mil araas
fosforescentes que suban y bajaban por ellas, refulgiendo como fuego. Llegaron luego a
una espaciosa sala, toda ella construida de plata y oro. Flores del tamao de girasoles,
rojas y azules, adornaban las paredes; pero nadie poda cogerlas, pues sus tallos eran
horribles serpientes venenosas, y las corolas, fuego puro que les sala de las fauces.
Todo el techo se hallaba cubierto de luminosas lucirnagas y murcilagos de color azul
celeste, que agitaban las delgadas alas. Qu espanto! En el centro del piso haba un
trono, soportado por cuatro esqueletos de caballo, con guarniciones hechas de rojas
araas de fuego; el trono propiamente dicho era de cristal blanco como la leche, y los
almohadones eran negros ratoncillos que se mordan la cola unos a otros. Encima haba
un dosel hecho de telaraas color de rosa, con incrustaciones de diminutas moscas
verdes que refulgan cual piedras preciosas. Ocupaba el trono un viejo hechicero, con
una corona en la fea cabeza y un cetro en la mano. Bes a la princesa en la frente y,
habindole invitado a sentarse a su lado, en el magnfico trono, mand que empezase la
msica. Grandes saltamontes negros tocaban la armnica, mientras la lechuza se
golpeaba el vientre, a falta de tambor. Jams se ha visto tal concierto. Pequeos trasgos
negros con fuegos fatuos en la gorra danzaban por la sala. Sin embargo, nadie se dio
cuenta del compaero de Juan; colocado detrs del trono, pudo verlo y orlo todo.
Lo ms increble
Quien fuese capaz de hacer lo ms increble, se casara con la hija del Rey y se
convertira en dueo de la mitad del reino.
Los jvenes - y tambin los viejos - pusieron a contribucin toda su inteligencia, sus
nervios y sus msculos. Dos se hartaron hasta reventar, y uno se mat a fuerza de beber,
y lo hicieron para realizar lo que a su entender era ms increble, slo que no era aqul
el modo de ganar el premio. Los golfillos callejeros se dedicaron a escupirse sobre la
propia espalda, lo cual consideraban el colmo de lo increble.
Sealse un da para que cada cual demostrase lo que era capaz de hacer y que, a su
juicio, fuera lo ms increble. Se designaron como jueces, desde nios de tres aos hasta
cincuentones maduros. Hubo un verdadero desfile de cosas increbles, pero el mundo
estuvo pronto de acuerdo en que lo ms increble era un reloj, tan ingenioso por dentro
como por fuera. A cada campanada salan figuras vivas que indicaban lo que el reloj
acababa de tocar; en total fueron doce escenas, con figuras movibles, cantos y discursos.
- Esto es lo ms increble! -exclam la gente.
El reloj dio la una y apareci Moiss en la montaa, escribiendo el primer mandamiento
en las Tablas de la Ley: Hay un solo Dios verdadero.
Al dar las dos viose el Paraso terrenal, donde se encontraron Adn y Eva, felices a
pesar de no disponer de armario ropero; por otra parte, no lo necesitaban.
Cuando sonaron las tres, salieron los tres Reyes Magos, uno de ellos negro como el
carbn; qu remedio! El sol lo haba ennegrecido. Llevaban incienso y cosas preciosas.
A las cuatro presentronse las estaciones: la Primavera, con el cuclillo posado en una
tierna rama de haya; el Verano, con un saltamontes sobre una espiga madura; el Otoo,
con un nido de cigeas abandonado -pues el ave se haba marchado ya-, y el Invierno,
con una vieja corneja que saba contar historias y antiguos recuerdos junto al fuego.
Dieron las cinco y comparecieron los cinco sentidos: la Vista, en figura de ptico; el
Odo, en la de calderero; el Olfato venda violetas y asprulas; el Gusto estaba
representado por un cocinero, y el Tacto, por un sepulturero con un crespn fnebre que
le llegaba a los talones.
El reloj dio las seis, y apareci un jugador que ech los dados; al volver hacia arriba la
parte superior, sali el nmero seis.
Vinieron luego los siete das de la semana o los siete pecados capitales; los espectadores
no pudieron ponerse de acuerdo sobre lo que eran en realidad; sea como fuere, tienen
mucho de comn y no es muy fcil separarlos.
A continuacin, un coro de monjes cant la misa de ocho.
Con las nueve llegaron las nueve Musas; una de ellas trabajaba en Astronoma; otra, en
el Archivo histrico; las restantes se dedicaban al teatro.
A las diez sali nuevamente Moiss con las tablas; contenan los mandamientos de Dios,
y eran diez.
Volvieron a sonar campanadas y salieron, saltando y brincando, unos nios y nias que
jugaban y cantaban: Ahora, nios, a escuchar; las once acaban de dar!.
Y al dar las doce sali el vigilante, con su capucha, y con la estrella matutina, cantando
su vieja tonadilla:
Era medianoche,
cuando naci el Salvador!
Y mientras cantaba brotaron rosas, que luego resultaron cabezas de angelillos con alas,
que tenan todos los colores del iris.
Result un espectculo tan hermoso para los ojos como para los odos. Aquel reloj era
una obra de arte incomparable, lo ms increble que pudiera imaginarse, deca la gente.
El autor era un joven de excelente corazn, alegre como un nio, un amigo bueno y leal,
y abnegado con sus humildes padres. Se mereca la princesa y la mitad del reino.
Lleg el da de la decisin; toda la ciudad estaba engalanada, y la princesa ocupaba el
trono, al que haban puesto crin nuevo, sin hacerlo ms cmodo por eso. Los jueces
miraban con pcaros ojos al supuesto ganador, el cual permaneca tranquilo y alegre,
seguro de su suerte, pues haba realizado lo ms increble.
- No, esto lo har yo! -grit en el mismo momento un patn larguirucho y huesudo-. Yo
soy el hombre capaz de lo ms increble -. Y blandi un hacha contra la obra de arte.
Cric, crac!, en un instante todo qued deshecho; ruedas y resortes rodaron por el suelo;
la maravilla estaba destruida.
- sta es mi obra! -dijo-. Mi accin ha superado a la suya; he hecho lo ms increble.
- Destruir semejante obra de arte! -exclamaron los jueces. - Efectivamente, es lo ms
increble.
Todo el pueblo estuvo de acuerdo, por lo que le asignaron la princesa y la mitad del
reino, pues la ley es la ley, incluso cuando se trata de lo ms increble y absurdo.
Desde lo alto de las murallas y las torres de la ciudad proclamaron los trompeteros:
- Va a celebrarse la boda!
La princesa no iba muy contenta, pero estaba esplndida, y ricamente vestida. La iglesia
era un mar de luz; anocheca ya, y el efecto resultaba maravilloso. Las doncellas nobles
de la ciudad iban cantando, acompaando a la novia; los caballeros hacan lo propio con
el novio, el cual avanzaba con la cabeza tan alta como si nada pudiese romprsela.
Ces el canto e hzose un silencio tan profundo, que se habra odo caer al suelo un
alfiler. Y he aqu que en medio de aquella quietud se abri con gran estrpito la puerta
de la iglesia y, bum! bum!, entr el reloj y, avanzndo por la nave central, fue a
situarse entre los novios. Los muertos no pueden volver, esto ya lo sabemos, pero una
obra de arte s puede; el cuerpo estaba hecho pedazos, pero no el espritu; el espectro del
Arte se apareci, dejando ya de ser un espectro.
La obra de arte estaba entera, como el da que la presentaron, intacta y nueva. Sonaron
las campanadas, una tras otra, hasta las doce, y salieron las figuras. Primero Moiss,
cuya frente despeda llamas. Arroj las pesadas tablas de la ley a los pies del novio, que
quedaron clavados en el suelo.
- No puedo levantarlas! -dijo Moiss-. Me cortaste los brazos. Qudate donde ests.
Vinieron despus Adn y Eva, los Reyes Magos de Oriente y las cuatro estaciones, y
todos le dijeron verdades desagradables: Avergnzate!.
Pero l no se avergonz.
Todas las figuras que haban aparecido a las diferentes horas, salieron del reloj y
adquirieron un volumen enorme. Pareca que no iba a quedar sitio para las personas de
carne y hueso. Y cuando a las doce se present el vigilante con la capucha y la estrella
matutina, se produjo un movimiento extraordinario. El vigilante, dirigindose al novio,
le dio un golpe en la frente con la estrella.
- Muere! -le dijo- Medida por medida! Estamos vengados, y el maestro tambin!
adis!
Y desapareci la obra de arte; pero las luces de la iglesia la transformaron en grandes
flores luminosas, y las doradas estrellas del techo enviaron largos y refulgentes rayos,
mientras el rgano tocaba solo. Todos los presentes dijeron que aquello era lo ms
increble que haban visto en su vida.
- Llamemos ahora al vencedor -dijo la princesa-. El autor de la maravilla ser mi esposo
y seor.
Y el joven se present en la iglesia, con el pueblo entero por squito, entre las
aclamaciones y la alegra general. Nadie sinti envidia. Y esto fue precisamente lo ms
increble!
Continuacin
El prisionero se revolva en el suelo, pero la mujer se le sent encima, y hubo de
quedarse quieto.
- Qu hijos ms traviesos tienes! -observ el prncipe.
- Y que lo digas! -asinti la madre-; pero yo puedo con ellos. Ah tenemos al cuarto!
Era el viento de Levante y vesta como un chino.
- Toma, vienes de este lado? -pregunt la mujer-. Crea que habras estado en el
Paraso.
- Maana ir all -respondi el Levante-, pues har cien aos que lo visit por ltima
vez. Ahora vengo de China, donde danc en torno a la Torre de Porcelana, haciendo
resonar todas las campanas. En la calle aporreaba a los funcionarios, midindoles las
espaldas con varas de bamb; eran gentes de los grados primero a noveno, y todos
gritaban: Gracias, mi paternal bienhechor!, pero no lo pensaban ni mucho menos. Y
yo venga sacudir las campanas: tsing-tsang-tsu!
- Siempre haciendo de las tuyas -dijo la madre-. Conviene que maana vayas al Paraso;
siempre aprenders algo bueno. Bebe del manantial de la sabidura y treme una
botellita de su agua.
- Muy bien -respondi el Levante-. Pero, por qu metiste en el saco a mi hermano del
Sur? Djalo salir! Quiero que me hable del Ave Fnix, pues cada vez que voy al jardn
del Edn, de siglo en siglo, la princesa me pregunta acerca de ella. Anda, abre el saco,
madrecita querida, y te dar dos bolsas de t verde y fresco, que yo mismo cog de la
planta.
- Bueno, lo hago por el t y porque eres mi preferido-. Y abri el saco, del que sali el
viento del Sur, muy abatido y cabizbajo, pues el prncipe haba visto toda la escena.
- Ah tienes una hoja de palma para la princesa -dijo-. Me la dio el Ave Fnix, la nica
que hay en el mundo. Ha escrito en ella con el pico toda su biografa, una vida de cien
aos. As podr leerla ella misma. Yo presenci cmo el Ave prenda fuego a su nido,
estando ella dentro, y se consuma, igual que hace la mujer de un hind. Cmo
crepitaban las ramas secas!. Y qu humareda y qu olor! Al fin todo se fue en llamas, y
la vieja Ave Fnix qued convertida en cenizas; pero su huevo, que yaca ardiente en
medio del fuego, estall con gran estrpito, y el polluelo sali volando. Ahora es l el
soberano de todas las aves y la nica Ave Fnix del mundo. De un picotazo hizo un
agujero en la hoja de palma; es su saludo a la princesa.
- Es hora de que tomemos algo -dijo la madre de los vientos, y, sentndose todos junto a
ella, comieron del ciervo asado. El prncipe se haba colocado al lado del Levante, y as
no tardaron en ser buenos amigos.
- Dime -pregunt el prncipe-, qu princesa es sta de que hablabas, y dnde est el
Paraso?
- Oh! -respondi el viento-. Si quieres ir all, ven maana conmigo; pero una cosa debo
decirte: que ningn ser humano estuvo all desde los tiempos de Adn y Eva. Ya lo
sabrs por la Historia Sagrada.
- S, desde luego -afirm el prncipe.
- Cuando los expulsaron, el Paraso se hundi en la tierra, pero conservando su sol, su
aire tibio y toda su magnificencia. Reside all la Reina de las hadas, y en l est la Isla
de la Bienaventuranza, a la que jams llega la muerte y donde todo es esplndido.
Mntate maana sobre mi espalda y te llevar conmigo; creo que no habr
inconveniente. Pero ahora no me digas nada ms, quiero dormir.
De madrugada despert el prncipe y tuvo una gran sorpresa al encontrarse ya sobre las
nubes. Iba sentado en el dorso del viento de Levante, que lo sostena firmemente.
Pasaban a tanta altura, que los bosques y los campos, los ros y los lagos aparecan
como en un gran mapa iluminado.
- Buenos das! -dijo el viento-. An podas seguir durmiendo un poco ms, pues no hay
gran cosa que ver en la tierra llana que tenemos debajo. A menos que quieras contar las
iglesias; destacan como puntitos blancos sobre el tablero verde -. Llamaba tablero
verde a los campos y prados.
- Fue una gran incorreccin no despedirme de tu madre y de tus hermanos -dijo el
prncipe.
- El que duerme est disculpado -respondi el viento, y ech a correr ms velozmente
que hasta entonces, como poda comprobrse por las copas de los rboles, pues al pasar
por encima de ellas crepitaban las ramas y hojas; y podan verlo tambin en el mar y los
lagos, pues se levantaban enormes olas, y los grandes barcos se zambullan en el agua
como cisnes.
Hacia el atardecer, cuando ya oscureca, contemplaron el bello espectculo de las
grandes ciudades iluminadas salpicando el paisaje. Era como si hubiesen encendido un
pedazo de papel y se viesen las chispitas de fuego extinguindose una tras otra, como
otros tantos nios que salen de la escuela. El prncipe daba palmadas, pero el viento le
advirti que deba estarse quieto, pues podra caerse y quedar colgado de la punta de un
campanario.
El guila de los oscuros bosques volaba rauda, ciertamente, pero le ganaba el viento de
Levante. El cosaco montado en su caballo, corra ligero por la estepa, pero ms ligero
corra el prncipe.
- Ahora vers el Himalaya! -dijo el viento-. Es la cordillera ms alta de Asia, y no
tardaremos ya en llegar al jardn del Paraso -. Torcieron ms al Sur, y pronto
percibieron el aroma de sus especias y flores. Higueras y granados crecan silvestres, y
la parra salvaje tena racimos azules y rojos. Bajaron all y se tendieron sobre la hierba
donde las flores saludaron al viento inclinando las cabecitas, como dndole la
bienvenida.
- Estamos ya en el Paraso? -pregunt el prncipe.
- No, todava no -, respondi el Levante-, pero ya falta poco. Ves aquel muro de rocas
y el gran hueco donde cuelgan los sarmientos, a modo de cortina verde? Hemos de
atravesarlos. Envulvete en tu capa; aqu el sol arde, pero a un paso de nosotros hace un
fro glido. El ave que vuela sobre aquel abismo, tiene el ala del lado de ac en el
trrido verano, y la otra, en el invierno riguroso.
- Entonces, ste es el camino del Paraso? -pregunt el prncipe.
Hundironse en la caverna; uf!, qu fro ms horrible!, pero dur poco rato: El viento
despleg sus alas, que brillaron como fuego. Qu abismo! Los enormes peascos de los
que se escurra el agua, se cernan sobre ellos adoptando las figuras ms asombrosas;
pronto la cueva se estrech de tal modo, que se vieron forzados a arrastrarse a cuatro
patas; otras veces se ensanchaba y abra como si estuviesen al aire libre.
Habranse dicho criptas sepulcrales, con mudos rganos y banderas petrificadas.
- Vamos al Paraso por el camino de la muerte? -pregunt el prncipe; pero el viento no
respondi, limitndose a sealarle hacia delante, de donde vena una bellsima luz azul.
Los bloques de roca colgados sobre sus cabezas se fueron difuminando en una
especie de niebla que, al fin, adquiri la luminosidad de una blanca nube baada por la
luna. Respiraban entonces una atmsfera difana y tibia, pura como la de las montaas y
aromatizado por las rosas de los valles. Flua por all un ro lmpido como el mismo
aire, y en sus aguas nadaban peces que parecan de oro y plata; serpenteaban en l
anguilas purpreas, que a cada movimiento lanzaban chispas azules, y las anchas hojas
de los nenfares reflejaban todos los tonos del arco iris, mientras la flor era una
autntica llama ardiente, de un rojo amarillento, alimentada por el agua, como la
lmpara por el aceite. Un slido puente de mrmol, bellamente cincelado, cual si fuese
hecho de encajes y perlas de cristal, conduca, por encima del ro, a la isla de la
Bienaventuranza, donde se hallaba el jardn del Paraso.
El viento cogi al prncipe en brazos y lo transport al otro lado del puente. All las
flores y hojas cantaban las ms bellas canciones de su infancia, pero mucho ms
melodiosamente de lo que puede hacerlo la voz humana.
Y aquellos rboles, eran palmeras o gigantescas plantas acuticas? Nunca haba visto el
prncipe rboles tan altos y vigorosos; en largas guirnaldas pendan maravillosas
enredaderas, tales como slo se ven figuradas en colores y oro en las mrgenes de los
antiguos devocionarios, o entrelazadas en sus iniciales. Formaban las ms raras
combinaciones de aves, flores y arabescos. Muy cerca, en la hierba, se paseaba una
bandada de pavos reales, con las fulgurantes colas desplegadas. Eso parecan... pero al
tocarlos se dio cuenta el prncipe de que no eran animales, sino plantas; eran grandes
lampazos, que brillaban como la esplendoroso cola del pavo real. El len y el tigre
saltaban como giles gatos por entre los verdes setos, cuyo aroma semejaba el de las
flores del olivo, y tanto el len como el tigre eran mansos; la paloma torcaz reluca
como hermossima perla, acariciando con las alas la melena del len, y el antlope,
siempre tan esquivo, se estaba quieto agitando la cabeza, como deseoso de participar
tambin en el juego.
Las velas
rase una vez una gran vela de cera, consciente de su alto rango y muy pagada de s
misma.
- Estoy hecha de cera, y me fundieron y dieron forma en un molde -deca-. Alumbro
mejor y ardo ms tiempo que las otras luces; mi sitio est en una araa o en un
candelabro de plata.
- Debe ser una vida bien agradable la suya -observ la vela de sebo-. Yo no soy sino de
sebo, una vela sencilla, pero me consuelo pensando que siempre vale esto ms que ser
una candela de a penique. A sta le dan un solo bao, y a m me dan ocho; de ah que
sea tan resistente. No puedo quejarme.
Claro que es ms distinguido haber nacido de cera que haber nacido de sebo, pero en
este mundo nadie dispone de s mismo. Ustedes estn en el saln, en un candelabro o en
una araa de cristal; yo me quedo en la cocina. Pero tampoco es mal sitio; de all sale la
comida para toda la casa.
-S, pero hay algo ms importante que la comida -replic la vela de cera-: la vida social.
Brillar y ver brillar a los dems. Precisamente esta noche hay baile. No tardarn en venir
a buscarnos, a m y toda mi familia.
Apenas terminaba de hablar cuando se llevaron todas las velas de cera, y tambin la de
sebo. La seora en persona la cogi con su delicada mano y la llev a la cocina, donde
haba un chiquillo con un cesto, que llenaron de patatas y unas pocas manzanas. Todo lo
dio la buena seora al rapazuelo.
- Ah tienes tambin una luz, amiguito -dijo-. Tu madre vela hasta altas horas de la
noche, siempre trabajando; tal vez le preste servicio.
La hija de la casa estaba tambin all, y al or las palabras hasta altas horas de la
noche, dijo muy alborozada:
- Yo tambin estar levantada hasta muy tarde. Tenemos baile, y llevar los grandes
lazos colorados.
Cmo brillaba su carita! Daba gusto mirarla. Ninguna vela de cera es capaz de brillar
como dos ojos infantiles.
Qu emocionante!, pens la vela de sebo-. Nunca lo olvidar; seguramente no
volver a ver una cosa parecida.
La metieron en la cesta, debajo de la tapa, y el nio se march con ella.
Adnde me llevarn? -pensaba la vela-. A casa de gente pobre, donde no me darn tal
vez ni una mala palmatoria de latn, mientras la buja de cera est en un candelabro de
plata y ve a personas distinguidsimas. Qu esplndido debe ser eso de lucir para la
gente distinguida! Estaba de Dios que yo haba de ser de sebo y no de cera.
Y la vela lleg a una casa pobre, la de una viuda con tres hijos que se apretujaban en
una habitacin reducida y de bajo techo, frente a la morada de los ricos seores.
- Bendiga Dios a la buena seora por lo que nos ha dado! -dijo la madre-. Qu vela
ms estupenda! Durar hasta muy avanzada la noche.
Y la encendieron.
- Qu asco! -dijo-. Me han encendido con una cerilla apestosa. No le ocurrir esto a la
vela de cera de la casa de enfrente.
Tambin en ella encendieron las luces, y su brillo irradi a la calle. Oase el ruido de los
coches que conducan a los invitados, y sonaba la msica.
Ahora empiezan all -pens la vela de sebo, y le vino a la memoria la radiante carita de
la rica muchacha, ms radiante que todas las velas de cera juntas-. Aquel espectculo no
lo ver nunca ms. En esto lleg a la humilde vivienda el menor de los hijos, una
chiquilla. Pasando los brazos alrededor del cuello de su hermano y hermana, les
comunic algo muy importante, algo que tena que decirse al odo:
- Esta noche, fijaos!, esta noche vamos a comer patatas fritas.
Y su rostro brill de felicidad. La vela, que le daba de frente, vio reflejarse una alegra,
una dicha tan grande como la que viera en la casa rica, donde la nia haba dicho:
- Esta noche tenemos baile, y llevar los grandes lazos colorados.
Tan importante es eso de comer patatas fritas? -pens la vela de sebo-. La alegra de
estos nios es tan grande como la de aquella chiquilla. Y estornud; quiero decir que
chisporrote; ms no puede hacer una vela de sebo.
Pusieron la mesa y se comieron las patatas. Qu ricas estaban! Fue un verdadero
banquete; y adems les toc una manzana a cada uno. El nio ms pequeo recit aquel
verso:
Dios bondadoso sea alabado,
que otra vez hoy nos ha saciado.
Amn.
- Lo he recitado bien, madre? -dijo el pequeo.
- No tienes que pensar en ti mismo -le reprendi la madre sino slo en Dios Nuestro
Seor, que te ha dado una cena tan buena.
Los nios se acostaron, su madre les dio un beso, y enseguida se quedaron dormidos,
mientras la mujer estuvo cosiendo hasta altas horas de la noche, para ganar el sustento
de sus hijos y el propio. Fuera, desde la casa rica, llegaba la luz y la msica. Las
estrellas centelleaban sobre todas las moradas, las de los ricos y las de los pobres, con
igual belleza e intensidad.
A fin de cuentas ha sido una hermosa velada -pens la vela de sebo-. Lo habrn
pasado mejor las de cera en sus candelabros de plata? Me gustara saberlo antes de
acabar de consumirme.
Y pens en las dos nias, que haban sido igualmente felices: una, iluminada por la luz
de cera, y otra, por la de sebo.
Y sta es toda la historia.
La historia del ao
Continuacin
Pasaron das y semanas; poco a poco fue dejndose sentir el calor con intensidad
creciente; oleadas ardorosas corran por las mieses, cada da ms amarillas. El loto
blanco del Norte desplegaba sus grandes hojas verdes en la superficie de los lagos del
bosque, y los peces buscaban la sombra debajo de ellas, y en la parte umbra de la selva
- donde el sol daba en la pared del cortijo enviando su calor a las abiertas rosas, y los
cerezos aparecan cuajados de sus frutos jugosos, negros y casi ardientes - estaba la
esplndida esposa del Verano, aquella que conocimos de nia y de novia. Miraba las
oscuras nubes que se remontaban en el espacio, en formas ondeadas como montaas,
densas y de color azul negruzco. Acudan de tres direcciones distintas; como un mar
petrificado e invertido, descendan gradualmente hacia el bosque, donde reinaba un
silencio profundo, como provocado por algn hechizo; no se oa ni el rumor de la ms
leve brisa, ni cantaba ningn pjaro. Haba una especie de gravedad, de expectacin en
la Naturaleza entera, mientras en los caminos y atajos todo el mundo corra, en coche, a
caballo o a pie, en busca de cobijo. De pronto fulgur un resplandor, como si el sol
estallase, deslumbrante y abrasador; y al instante pareci como si las tinieblas se
desgarraran, con un estruendo retumbante; la lluvia empez a caer a torrentes;
alternaban la noche y la luz, el silencio y el estrpito. Las tiernas caas del pantano, con
sus hojas pardas, se movan a grandes oleadas, las ramas del bosque se ocultaban en el
seno de la hmeda niebla, y volvan la luz y las tinieblas, el silencio y el estruendo. La
hierba y las mieses yacan abatidas, como arrasadas por la corriente; daban la impresin
de que no volveran a levantarse. De repente, el diluvio se disolvi en una lluvia tenue,
brill el sol, y en tallos y hojas refulgieron como perlas las gotas de agua, los pjaros se
pusieron a cantar, los peces remontaron raudos la corriente, y los mosquitos reanudaron
sus danzas; y all, sobre una piedra, en medio de las agitadas aguas salobres del mar,
apareci sentado el Verano en persona, robusto, de miembros fornidos, con el cabello
empapado y goteante... rejuvenecido por aquel fresco bao, y secndose al sol. Toda la
Naturaleza en torno pareca remozada, todo se levantaba lozano, vigoroso y bello: era el
Verano, el verano clido y esplendoroso.
Y era suave y fragante el olor que exhalaban los opulentos campos de trbol; las abejas
zumbaban en torno al viejo anfiteatro; los zarcillos de la zarzamora se enroscaban en el
antiguo altar, que, lavado por la lluvia, reluca ahora bajo el sol. A l se diriga la reina
de las abejas con su enjambre, para depositar la miel y su cera. Nadie lo vio, aparte el
Verano y su animosa mujer; para ella ponan la mesa del altar, cubrindola con los
dones de la Naturaleza.
Y el cielo crepuscular brillaba como oro; ninguna cpula de templo poda comparrsele,
y luego brill a su vez la luna, entre el ocaso y el alba. Era el Verano!
Transcurrieron das y semanas. Las relucientes hoces de los segadores centellearon en
los trigales; las ramas de los manzanos se inclinaron bajo el peso de los frutos rojos y
amarillos; el lpulo despeda su olor aromtico, colgando en grandes racimos, y bajo los
avellanos, con sus frutos en apiados corimbos, descansaban marido y mujer, el Verano
con su grave compaera.
- Cunta riqueza! -dijo ella-. Cunta bendicin en derredor! Todo respira bondad e
intimidad, y, sin embargo, no s lo que me pasa... siento anhelo de reposo, de quietud...
no encuentro la palabra. Ya vuelven a arar el campo. Los hombres nunca estn
contentos, siempre quieren ms! Mira, las cigeas se acercan a bandadas, siguiendo al
arado a cierta distancia. El ave de Egipto, que nos trajo por los aires. Te acuerdas de
cuando llegamos, nios an, a las tierras del Norte? Trajimos flores, el sol esplndido y
verdes bosques. El viento los trat duramente; ahora se vuelven pardos y oscuros como
los rboles del Sur, pero no llevan frutos dorados como ellos.
- Quieres verlos? -pregunt el Verano-. Goza, pues! -. Levant el brazo, y las hojas del
bosque se tieron de rojo y de oro; una verdadera orga de colores invadi todos los
bosques; el rosal silvestre brillaba con sus escaramujos de fuego, las ramas del saco
pendan cargadas de gruesas y pesadas bayas negruzcas, las castaas silvestres caan
maduras de sus vainas, de un oscuro color verde, y en lo ms recndito de la selva
florecan por segunda vez las violetas.
Pero la reina del ao estaba cada vez ms callada y plida. - Sopla un viento muy fro!
-se lament-. La noche trae niebla hmeda. Quin estuviera en la tierra de mi niez!
Y vea alejarse las cigeas, y extenda los brazos tras ellas. Mir luego los nidos,
vacos ya; en uno creca la centaura de largo tallo, en otro, el amarillo nabo silvestre,
como si el nido estuviese all slo para resguardarlos y protegerlos, y los gorriones se
suban a l volando.
- Pip! Dnde est Su Seora? Por lo visto, no puede resistir el viento y ha
abandonado el pas. Buen viaje!
Y las hojas del bosque fueron tornndose cada vez ms amarillas y cayendo una tras
otra; arreciaron las tormentas otoales. El ao estaba ya muy avanzado, y sobre la
amarilla alfombra de hojas secas reposaba la reina del ao, mirando con ojos dulces la
rutilante estrella, mientras su esposo segua sentado a su vera. Una rfaga arremolin el
follaje... Cuando ces, la reina haba desaparecido; slo una mariposa, la ltima del ao,
sali volando por el aire fro.
Y vinieron las hmedas nieblas, y con ellas el viento helado y las largusimas y
tenebrosas noches. El rey del ao tena el cabello blanco, aunque lo ignoraba; crea que
eran los copos de nieve cados de las nubes; una delgada capa blanca cubra el campo
verde.
Las campanas de las iglesias anunciaron las Navidades.
- Tocan las campanas del Nacimiento! -dijo el seor del ao-, pronto nacer la nueva
real pareja, y yo me ir a reposar, como ella. A reposar en la centelleante estrella.
Y en el verde bosque de abetos, cubierto de nieve, el ngel de Navidad consagraba los
arbolillos destinados a la gran fiesta.
- Alegra en las casas y bajo las ramas verdes! -dijo el viejo soberano, a quien las
semanas haban transformado en un anciano canoso. Se acerca la hora de mi descanso;
la joven pareja va a recibir la corona y el cetro.
- Pero el poder es tuyo! -dijo el ngel de Navidad-. El poder, mas no el descanso. Haz
que la nieve se deposite como un manto caliente sobre las tiernas semillas. Aprende a
soportar que tributen homenaje a otro, aunque t seas el amo y seor. Aprende a ser
olvidado, aunque vivo. La hora de tu libertad llegar cuando aparezca la Primavera.
- Cundo vendr la Primavera? -pregunt el Invierno.
- Vendr cuando regrese la cigea.
Y con rizos canos y blanca barba quedse el Invierno, helado, viejo y achacoso, pero
fuerte como la tempestad invernal y el hielo, sobre la cima nevada de la colina, mirando
al Sur, como hiciera el Invierno que le haba precedido. Cruji el hielo y crepit la
nieve, los patinadores describieron sus crculos por la firme superficie de los lagos, los
cuervos y las cornejas resaltaron sobre el blanco fondo, y el viento se mantuvo en
absoluta calma. En el aire quieto, el Invierno cerraba los puos, y el hielo se extenda en
espesa capa.
Los gorriones volvieron de la ciudad y preguntaron: -Quin es aquel viejo de all?
Y el cuervo, que volva a estar presente, o tal vez fuera un hijo suyo - lo mismo da -, les
dijo:
- Es el Invierno. El viejo del ao pasado. No est muerto, como dice el calendario, sino
que hace de tutor de la Primavera, que ya se acerca.
- Cundo viene la Primavera? - preguntaron los gorriones-. Tendremos buen tiempo y
lo pasaremos mejor. Lo de hasta ahora no interesa.
Sumido en sus pensamientos, el Invierno saludaba con la cabeza al bosque negro y
desnudo, donde cada rbol mostraba la bella forma y curvatura de las ramas, y durante
el sueo invernal bajaron las nieblas glidas de las nubes: el Seor soaba en los
tiempos de su juventud y de su edad viril, y al amanecer todo el bosque present una
brillante madurez; era el sueo de verano del Invierno, el sol derreta la escarcha de las
ramas.
- Cundo viene la Primavera? preguntaron los gorriones.
- La Primavera! -reson como un eco de las nevadas colinas. El calor se intensific
gradualmente, la nieve se fundi, y los pjaros cantaron:
- Llega la Primavera!
Y, volando en las altas regiones del cielo, apareci la primera cigea, seguida de la
segunda; las dos llevaban sobre la espalda un nio precioso. Descendieron hasta el
campo libre, besaron el suelo y besaron tambin al viejo silencioso, que, como Moiss
en la montaa, desapareci montado en una nube.
La historia del ao haba terminado.
- Est muy bien! -exclamaron los gorriones-. Y es una historia muy hermosa. Pero no
va de acuerdo con el calendario, y, por tanto, es falsa.
La historia del ao
Era muy entrado enero, y se haba desatado una furiosa tempestad de nieve; los copos
volaban arremolinndose por calles y callejones; los cristales de las ventanas aparecan
revestidos de una espesa capa blanca; de los tejados caa la nieve en enormes montones,
y la gente corra, caan unos en brazos de otros y, agarrndose un momento, lograban
apenas mantener el equilibrio. Los coches y caballos estaban tambin cubiertos por el
nveo manto; los criados, de espalda contra el borde del vehculo, conducan al revs,
avanzando contra el viento; el peatn se mantena constantemente bajo la proteccin de
los carruajes, los cuales rodaban con gran lentitud por la gruesa capa de nieve. Y
cuando, por fin, amain la tormenta y fue posible abrir a paladas un estrecho paso junto
a las casas, las personas seguan quedndose paradas al encontrarse; a nadie le apeteca
dar el primer paso y meterse en la espesa nieve para dejar el camino libre al otro.
Permanecan en silencio, sin moverse, hasta que, en tcita avenencia, cada uno ceda
una pierna y la levantaba hasta la nieve apilada.
Al anochecer calm el viento, el cielo, como recin barrido, pareca ms alto y
transparente, y las estrellas brillaban como acabadas de estrenar; algunas despedan un
vivsmo centelleo. La helada haba sido rigurosa: con seguridad, la capa superior de la
nieve se endurecera lo suficiente para sostener por la madrugada el peso de los
gorriones, los cuales iban saltando por los lugares donde haba sido apartada la nieve,
sin encontrar apenas comida y pasando fro de verdad.
- Pip! -deca uno a otro-. A esto le llaman el Ao Nuevo! Es peor que el viejo. No
vala la pena cambiar. Estoy disgustado, y tengo razn para estarlo.
- S, por ah vena corriendo la gente, a recibir al Ao Nuevo, -respondi otro
gorrioncillo, medio muerto de fro-. Golpeaban con pucheros contra las puertas, como
locos de alegra, porque se marchaba el Ao Viejo. Tambin yo me alegr, esperando
que ahora tendramos das clidos, pero qui!; hiela ms que antes. Los hombres se han
equivocado en el clculo del tiempo.
- Cierto que s! -intervino un tercero, viejo ya y de blanco, copete-. Tienen por ah una
cosa que llaman calendario, que ellos mismos se inventaron. Todo debe regirse por l, y,
sin embargo, no lo hace. Cuando llega la Primavera es cuando empieza el ao. Este es el
curso de la Naturaleza, y a l me atengo.
- Y cundo vendr la primavera? -preguntaron los otros.
- Empieza cuando vuelven las cigeas, pero no tienen da fijo. Aqu en la ciudad nadie
se entera: en el campo lo saben mejor. Por qu no vamos a esperarla all? Se est ms
cerca de la Primavera.
- Acaso sea una buena idea -observ uno de los gorriones, que no haba cesado de saltar
y piar, sin decir nada en concreto-. Pero aqu en la ciudad he encontrado algunas
comodidades, y me temo que las perder si me marcho. En un patio cercano vive una
familia humana que tuvo la feliz ocurrencia de colgar tres o cuatro macetas en la pared,
con la abertura grande hacia dentro y la base hacia fuera, y en el fondo de cada maceta
hay un agujero lo bastante grande para permitirme entrar y salir. All construimos el
nido mi marido y yo, y todas nuestras cras han nacido en l. Claro que la familia hizo la
instalacin para tener el gusto de vernos; para qu lo habran hecho, si no? Asimismo,
por puro placer, nos echan migas de pan, y as tenemos comida y no nos falta nada. Por
eso pienso que mi marido y yo nos quedaremos, a pesar de las muchas cosas que nos
disgustan.
- Pues nosotros nos marcharemos al campo, a aguardar la primavera -. Y emprendieron
el vuelo.
En el campo haca el tiempo propio de la estacin; el termmetro marcaba incluso
varios grados menos que en la ciudad. Un viento cortante soplaba por encima de los
campos nevados. El campesino, en el trineo, se golpeaba los costados, para sacudiese el
fro, con las manos metidas en las gruesas manijas, el ltigo sobre las rodillas, mientras
corran los flacos jamelgos echando vapor por los ollares. La nieve cruja, y los
gorriones se helaban saltando en las roderas.
- Pip! Cundo vendr la Primavera? Mucho tarda!
- Mucho! -reson desde la colina, cubierta de nieve, que se alzaba del otro lado del
campo. Poda ser el eco, y tambin poda ser la palabra de aquel hombre singular
situado sobre el montn de nieve, expuesto al viento y a la intemperie. Era blanco como
un campesino embutido en su blanca chaqueta frisona, y tena canos, el largo cabello y
la barba, y la cara lvida, con grandes ojos claros.
- Quin es aquel viejo? -preguntaron los gorriones.
- Yo lo s -dijo un viejo cuervo, que se haba posado sobre un poste de la cerca, y era lo
bastante condescendiente para reconocer que ante Dios todos somos unas pequeas
avecillas; por eso se dignaba alternar con los gorriones y no tena inconveniente en
darles explicaciones-. Yo s quin es el viejo. Es el Invierno, el viejo del ao pasado,
que no est muerto, como dice el calendario, sino que ejerce de tutor de esa princesita
que se aproxima: la Primavera. S, el Invierno lleva la batuta. Uf, y cmo matraquea,
pequeos!
- No os lo dije? -exclam el ms pequen-. El calendario es slo una invencin
humana, pero no se adapta a la Naturaleza. Nosotros lo habramos hecho mejor, pues
somos ms sensibles.
Pas una semana y pasaron casi dos; el bosque era negro, el lago helado yaca rgido y
como plomo solidificado, flotaban nieblas hmedas y glidas. Los gordos cuervos
negros volaban en bandadas silenciosas; todo pareca dormir. Un rayo de sol resbal
sobre el lago, brillando como estao fundido. La capa de nieve que cubra el campo y la
colina no reluca ya como antes, pero aquella blanca figura que era el Invierno en
persona continuaba en su puesto, fija la mirada en direccin del Medioda; ni siquiera
reparaba en que la alfombra de nieve se iba hundiendo en la tierra y que a trechos
brotaba una manchita de hierba verde, a la que acudan en tropel los gorriones.
- Quivit, quivit! Viene ya la Primavera?
- La Primavera! -reson por toda la campia y a travs del sombro bosque, donde el
musgo fresco brillaba en los troncos de los rboles. Y del Sur llegaron volando las dos
primeras cigeas, llevando cada una a la espalda una criatura deliciosa, un nio y una
nia, que saludaron a la tierra con un beso, y dondequiera que ponan los pies, crecan
blancas flores bajo la nieve. Cogidos de la mano fueron al encuentro del viejo de hielo,
el Invierno, se apretaron contra su pecho para saludarlo nuevamente y, en el mismo
instante, los tres y todo el paisaje se esfumaron; una niebla densa y hmeda lo ocult
todo. Al cabo de un rato empez a soplar el viento, y sus fuertes rfagas disiparon la
bruma y luci el sol, clido ya. El Invierno haba desaparecido, y los encantadores hijos
de la Primavera ocuparon el trono del ao.
- A esto llamo yo Ao Nuevo! -exclamaron los gorriones. Ahora nos llega el turno de
resarcirnos de las penalidades que hemos sufrido en Invierno.
Dondequiera que iban los dos nios, brotaban verdes yemas en matas y rboles, creca
la hierba y verdeaban lozanos los sembrados. La nia esparca flores a su alrededor;
llevaba lleno el delantal y habrase dicho que brotaban de l, pues nunca se vaciaba, por
muchas que echara; en su afn arroj una verdadera lluvia de flores sobre los manzanos
y melocotoneros, los cuales desplegaron una magnificencia incomparable, an antes de
que asomaran sus verdes hojas.
Y la nia dio una palmada, y el nio otra, y a esta seal asomaron mil pajarillos, sin que
nadie supiera de dnde, trinando y cantando:
- Ha llegado la Primavera!
Era un espectculo delicioso. Algunas viejecitas salieron a la puerta, para gozar del sol,
sacudindose y mirando las flores amarillas que brotaban por todo el campo,
exactamente como en sus das de juventud. El mundo volva a ser joven. - Qu bien se
est hoy aqu fuera! -decan.
El bosque era an de un verde oscuro, yema contra yema; pero haba llegado ya la
asprula, fresca y olorosa, y florecan multitud de violetas, brotaban anemones y
primaveras; circulaba la savia por los tallos; era una alfombra realmente maravillosa
para sentarse en ella, y all tom asiento la parejita primaveral, cogida de la mano,
cantando, sonriendo y creciendo sin cesar.
Cay del cielo una lluvia tenue, pero ellos no se dieron cuenta: sus gotas y sus lgrimas
de gozo se mezclaron y fundieron en una gota nica. El novio y la novia se besaron, y
en un abrir y cerrar de ojos reverdeci todo el bosque. Al salir el sol, toda la selva
brillaba de verdor.
Siempre cogidos de la mano, los novios siguieron paseando bajo el techo colgante de
follaje, al que los rayos del sol y las sombras daban mil matices de verde. Las delicadas
hojas respiraban pureza virginal y despedan una fragancia reconfortante. Lmpidos y
ligeros, el ro y el arroyo saltaban por entre los verdes juncos y las abigarradas piedras.
Siempre es as, y siempre lo ser!, deca la Naturaleza entera. Y el cuclillo lanzaba su
grito, y la alondra su canto; era una esplndida Primavera. Sin embargo, los sauces
tenan las flores enguantadas; eran de una prudencia exagerada, lo cual es muy
fastidioso.
La pareja de enamorados
Un trompo y una pelota yacan juntos en una caja, entre otros diversos juguetes, y el
trompo dijo a la pelota:
- Por qu no nos hacemos novios, puesto que vivimos juntos en la caja?
Pero la pelota, que estaba cubierta de un bello tafilete y presuma como una encopetada
seorita, ni se dign contestarle.
Al da siguiente vino el nio propietario de los juguetes, y se le ocurri pintar el trompo
de rojo y amarillo y clavar un clavo de latn en su centro. El trompo resultaba
verdaderamente esplndido cuando giraba.
- Mreme! -dijo a la pelota-. Qu me dice ahora? Quiere que seamos novios? Somos
el uno para el otro. Usted salta y yo bailo. Puede haber una pareja ms feliz?
- Usted cree? -dijo la pelota con irona-. Seguramente ignora que mi padre y mi madre
fueron zapatillas de tafilete, y que mi cuerpo es de corcho espaol.
- S, pero yo soy de madera de caoba -respondi la peonza- y el propio alcalde fue quien
me torne. Tiene un torno y se divirti mucho hacindome.
- Es cierto lo que dice? -pregunt la pelota.
- Qu jams reciba un latigazo si miento! -respondi el trompo.
- Desde luego, sabe usted hacerse valer -dijo la pelota-; pero no es posible; estoy, como
quien dice, prometida con una golondrina. Cada vez que salto en el aire, asoma la
cabeza por el nido y pregunta: Quiere? Quiere?. Yo, interiormente, le he dado ya el
s, y esto vale tanto como un compromiso. Sin embargo, aprecio sus sentimientos y le
prometo que no lo olvidar.
- Vaya consuelo! -exclam el trompo, y dejaron de hablarse.
Al da siguiente, el nio jug con la pelota. El trompo la vio saltar por los aires, igual
que un pjaro, tan alta, que la perda de vista. Cada vez volva, pero al tocar el suelo
pegaba un nuevo salto sea por afn de volver al nido de la golondrina, sea porque tena
el cuerpo de corcho. A la novena vez desapareci y ya no volvi; por mucho que el nio
estuvo buscndola, no pudo dar con ella.
- Yo s dnde est! -suspir el trompo-. Est en el nido de la golondrina y se ha casado
con ella!
Cuanto ms pensaba el trompo en ello tanto ms enamorado se senta de la pelota. Su
amor creca precisamente por no haber logrado conquistarla. Lo peor era que ella
hubiese aceptado a otro. Y el trompo no cesaba de pensar en la pelota mientras bailaba y
zumbaba; en su imaginacin la vea cada vez ms hermosa. As pasaron algunos aos y
aquello se convirti en un viejo amor.
El trompo ya no era joven. Pero he aqu que un buen da lo doraron todo. Nunca haba
sido tan hermoso! En adelante sera un trompo de oro, y saltaba que era un contento.
Haba que or su ronrn! Pero de pronto peg un salto excesivo y... adis!
Lo buscaron por todas partes, incluso en la bodega, pero no hubo modo de encontrarlo.
Dnde estara?
Haba saltado al depsito de la basura, dnde se mezclaban toda clase de cachivaches,
tronchos de col, barreduras y escombros cados del canaln.
- A buen sitio he ido a parar! Aqu se me despintar todo el dorado. Vaya gentuza la
que me rodea!-. Y dirigi una mirada de soslayo a un largo troncho de col que haban
cortado demasiado cerca del repollo, y luego otra a un extrao objeto esfrico que
pareca una manzana vieja. Pero no era una manzana, sino una vieja pelota, que se haba
pasado varios aos en el canaln y estaba medio consumida por la humedad.
- Gracias a Dios que ha venido uno de los nuestros, con quien podr hablar! -dijo la
pelota considerando al dorado trompo.
- Tal y como me ve, soy de tafilete, me cosieron manos de doncella y tengo el cuerpo de
corcho espaol, pero nadie sabe apreciarme. Estuve a punto de casarme con una
golondrina, pero ca en el canaln, y en l me he pasado seguramente cinco aos. Ay,
cmo me ha hinchado la lluvia! Creme, es mucho tiempo para una seorita de buena
familia!
Pero el trompo no respondi; pensaba en su viejo amor, y, cuanto ms oa a la pelota,
tanto ms se convenca de que era ella.
Vino en stas la criada, para verter el cubo de la basura.
- Anda, aqu est el trompo dorado! -dijo.
El trompo volvi a la habitacin de los nios y recobr su honor y prestigio, pero de la
pelota nada ms se supo. El trompo ya no habl ms de su viejo amor. El amor se
extingue cuando la amada se ha pasado cinco aos en un canaln y queda hecha una
sopa; ni siquiera es reconocida al encontrarla en un cubo de basura.
El elfo del rosal
En el centro de un jardn creca un rosal, cuajado de rosas, y en una de ellas, la ms
hermosa de todas, habitaba un elfo, tan pequen, que ningn ojo humano poda
distinguirlo. Detrs de cada ptalo de la rosa tena un dormitorio. Era tan bien educado y
tan guapo como pueda serlo un nio, y tena alas que le llegaban desde los hombros
hasta los pies. Oh, y qu aroma exhalaban sus habitaciones, y qu claras y hermosas
eran las paredes! No eran otra cosa sino los ptalos de la flor, de color rosa plido.
Se pasaba el da gozando de la luz del sol, volando de flor en flor, bailando sobre las
alas de la inquieta mariposa y midiendo los pasos que necesitaba dar para recorrer todos
los caminos y senderos que hay en una sola hoja de tilo. Son lo que nosotros llamamos
las nervaduras; para l eran caminos y sendas, y no poco largos! Antes de haberlos
recorrido todos, se haba puesto el sol; claro que haba empezado algo tarde.
Se enfri el ambiente, cay el roco, mientras soplaba el viento; lo mejor era retirarse a
casa. El elfo ech a correr cuando pudo, pero la rosa se haba cerrado y no pudo entrar,
y ninguna otra quedaba abierta. El pobre elfo se asust no poco. Nunca haba salido de
noche, siempre haba permanecido en casita, dormitando tras los tibios ptalos. Ay, su
imprudencia le iba a costar la vida!
Sabiendo que en el extremo opuesto del jardn haba una glorieta recubierta de bella
madreselva cuyas flores parecan trompetillas pintadas, decidi refugiarse en una de
ellas y aguardar la maana.
Se traslad volando a la glorieta. Cuidado! Dentro haba dos personas, un hombre
joven y guapo y una hermossima muchacha; sentados uno junto al otro, deseaban no
tener que separarse en toda la eternidad; se queran con toda el alma, mucho ms de lo
que el mejor de los hijos pueda querer a su madre y a su padre.
- Y, no obstante, tenemos que separarnos -deca el joven Tu hermano nos odia; por eso
me enva con una misin ms all de las montaas y los mares. Adis, mi dulce
prometida, pues lo eres a pesar de todo!
Se besaron, y la muchacha, llorando, le dio una rosa despus de haber estampado en ella
un beso, tan intenso y sentido, que la flor se abri. El elfo aprovech la ocasin para
introducirse en ella, reclinando la cabeza en los suaves ptalos fragantes; desde all pudo
or perfectamente los adioses de la pareja. Y se dio cuenta de que la rosa era prendida en
el pecho del doncel. Ah, cmo palpitaba el corazn debajo! Eran tan violentos sus
latidos, que el elfo no pudo pegar el ojo.
Pero la rosa no permaneci mucho tiempo prendida en el pecho. El hombre la tom en
su mano, y, mientras caminaba solitario por el bosque oscuro, la besaba con tanta
frecuencia y fuerza, que por poco ahoga a nuestro elfo. ste poda percibir a travs de la
hoja el ardor de los labios del joven; y la rosa, por su parte, se haba abierto como al
calor del sol ms clido de medioda.
Acercse entonces otro hombre, sombro y colrico; era el perverso hermano de la
doncella. Sacando un afilado cuchillo de grandes dimensiones, lo clav en el pecho del
enamorado mientras ste besaba la rosa. Luego le cort la cabeza y la enterr, junto con
el cuerpo, en la tierra blanda del pie del tilo.
- Helo aqu olvidado y ausente -pens aquel malvado-; no volver jams. Deba
emprender un largo viaje a travs de montes y ocanos. Es fcil perder la vida en estas
expediciones, y ha muerto. No volver, y mi hermana no se atrever a preguntarme por
l.
Luego, con los pies, acumul hojas secas sobre la tierra mullida, y se march a su casa a
travs de la noche oscura. Pero no iba solo, como crea; lo acompaaba el minsculo
elfo, montado en una enrollada hoja seca de tilo que se haba adherido al pelo del
criminal, mientras enterraba a su vctima. Llevaba el sombrero puesto, y el elfo estaba
sumido en profundas tinieblas, temblando de horror y de indignacin por aquel
abominable crimen.
El malvado lleg a casa al amanecer. Quitse el sombrero y entr en el dormitorio de su
hermana. La hermosa y lozana doncella, yaca en su lecho, soando en aqul que tanto
la amaba y que, segn ella crea, se encontraba en aquellos momentos caminando por
bosques y montaas. El perverso hermano se inclin sobre ella con una risa diablica,
como slo el demonio sabe rerse. Entonces la hoja seca se le cay del pelo, quedando
sobre el cubrecamas, sin que l se diera cuenta. Luego sali de la habitacin para
acostarse unas horas. El elfo salt de la hoja y, entrndose en el odo de la dormida
muchacha, contle, como en sueos, el horrible asesinato, describindole el lugar donde
el hermano lo haba perpetrado y aquel en que yaca el cadver. Le habl tambin del
tilo florido que creca all, y dijo: Para que no pienses que lo que acabo de contarte es
slo un sueo, encontrars sobre tu cama una hoja seca.
Y, efectivamente, al despertar ella, la hoja estaba all.
Oh, qu amargas lgrimas verti! Y sin tener a nadie a quien poder confiar su dolor!
La ventana permaneci abierta todo el da; al elfo le hubiera sido fcil irse a las rosas y
a todas las flores del jardn; pero no tuvo valor para abandonar a la afligida joven. En la
ventana haba un rosal de Bengala; instalse en una de sus flores y se estuvo
contemplando a la pobre doncella. Su hermano se present repetidamente en la
habitacin, alegre a pesar de su crimen; pero ella no os decirle una palabra de su cuita.
No bien hubo oscurecido, la joven sali disimuladamente de la casa, se dirigi al
bosque, al lugar donde creca el tilo, y, apartando las hojas y la tierra, no tard en
encontrar el cuerpo del asesinado. Ah, cmo llor, y cmo rog a Dios Nuestro Seor
que le concediese la gracia de una pronta muerte!
Hubiera querido llevarse el cadver a casa, pero al serle imposible, cogi la cabeza
lvida, con los cerrados ojos, y, besando la fra boca, sacudi la tierra adherida al
hermoso cabello.
- La guardar! -dijo, y despus de haber cubierto el cuerpo con tierra y hojas, volvi a
su casa con la cabeza y una ramita de jazmn que floreca en el sitio de la sepultura.
Llegada a su habitacin, cogi la maceta ms grande que pudo encontrar, deposit en
ella la cabeza del muerto, la cubri de tierra y plant en ella la rama de jazmn.
- Adis, adis! -susurr el geniecillo, que, no pudiendo soportar por ms tiempo aquel
gran dolor, vol a su rosa del jardn. Pero estaba marchita; slo unas pocas hojas
amarillas colgaban an del cliz verde.
- Ah, qu pronto pasa lo bello y lo bueno! -suspir el elfo. Por fin encontr otra rosa y
estableci en ella su morada, detrs de sus delicados y fragantes ptalos.
Cada maana se llegaba volando a la ventana de la desdichada muchacha, y siempre
encontraba a sta llorando junto a su maceta. Sus amargas lgrimas caan sobre la
ramita de jazmn, la cual creca y se pona verde y lozana, mientras la palidez iba
invadiendo las mejillas de la doncella. Brotaban nuevas ramillas, y florecan blancos
capullitos, que ella besaba. El perverso hermano no cesaba de reirle, preguntndole si
se haba vuelto loca. No poda soportarlo, ni comprender por qu lloraba continuamente
sobre aquella maceta. Ignoraba qu ojos cerrados y qu rojos labios se estaban
convirtiendo all en tierra. La muchacha reclinaba la cabeza sobre la maceta, y el elfo de
la rosa sola encontrarla all dormida; entonces se deslizaba en su odo y le contaba de
aquel anochecer en la glorieta, del aroma de la flor y del amor de los elfos; ella soaba
dulcemente. Un da, mientras se hallaba sumida en uno de estos sueos, se apag su
vida, y la muerte la acogi, misericordiosa. Encontrse en el cielo, junto al ser amado.
Y los jazmines abrieron sus blancas flores y esparcieron su maravilloso aroma
caracterstico; era su modo de llorar a la muerta.
El mal hermano se apropi la hermosa planta florida y la puso en su habitacin, junto a
la cama, pues era preciosa, y su perfume, una verdadera delicia. La sigui el pequeo
elfo de la rosa, volando de florecilla en florecilla, en cada una de las cuales habitaba una
almita, y les habl del joven inmolado cuya cabeza era ahora tierra entre la tierra, y les
habl tambin del malvado hermano y de la desdichada hermana.
- Lo sabemos -deca cada alma de las flores-, lo sabemos! No brotamos acaso de los
ojos y de los labios del asesinado? Lo sabemos, lo sabemos! -. Y hacan con la cabeza
unos gestos significativos.
El elfo no lograba comprender cmo podan estarse tan quietas, y se fue volando en
busca de las abejas, que recogan miel, y les cont la historia del malvado hermano, y
las abejas lo dijeron a su reina, la cual dio orden de que, a la maana siguiente, dieran
muerte al asesino.
Pero la noche anterior, la primera que sigui al fallecimiento de la hermana, al quedarse
dormido el malvado en su cama junto al oloroso jazmn, se abrieron todos los clices;
invisibles, pero armadas de ponzoosos dardos, salieron todas las almas de las flores y,
penetrando primero en sus odos, le contaron sueos de pesadilla; luego, volando a sus
labios, le hirieron en la lengua con sus venenosas flechas. - Ya hemos vengado al
muerto! -dijeron, y se retiraron de nuevo a las flores blancas del jazmn.
Al amanecer y abrirse sbitamente la ventana del dormitorio, entraron el elfo de la rosa
con la reina de las abejas y todo el enjambre, que vena a ejecutar su venganza.
Pero ya estaba muerto; varias personas que rodeaban la cama dijeron: - El perfume del
jazmn lo ha matado.
El elfo comprendi la venganza de las flores y lo explic a la reina de las abejas, y ella,
con todo el enjambre, revolote zumbando en torno a la maceta. No haba modo de
ahuyentar a los insectos, y entonces un hombre se llev el tiesto afuera; mas al picarle
en la mano una de las abejas, solt l la maceta, que se rompi al tocar el suelo.
Entonces descubrieron el lvido crneo, y supieron que el muerto que yaca en el lecho
era un homicida.
La reina de las abejas segua zumbando en el aire y cantando la venganza de las flores, y
cantando al elfo de la rosa, y pregonando que detrs de la hoja ms mnima hay alguien
que puede descubrir la maldad y vengarla.
Continuacin
Cogidos de la mano salieron de entre el follaje, y de pronto se encontraron en el
esplndido jardn de la casa paterna; en medio del verde csped, el bastn del padre
apareca atado a una estaquilla. Para los pequeuelos haba vida en aquel bastn; no
bien se hubieron montado en l, el reluciente pomo se convirti en una magnfica
cabeza de caballo, con larga y negra melena ondulante, y de la caa salieron cuatro
patas esbeltas y vigorosas; el animal era robusto y valiente. Se echaron a cabalgar a
galope por el csped.
- Ol!, correremos muchas millas -dijo el muchacho-; iremos a la finca donde
estuvimos el ao pasado.
Y venga cabalgar alrededor del csped, mientras la muchacha, que, como sabemos, era
el hada del saco, gritaba:
- Ya estamos llegando. Ves la casa de campo, con el gran horno que parece un
gigantesco huevo que sale de la pared y da al camino?
El saco extiende sus ramas por encima, y el gallo va de un lado a otro, escarbando el
suelo para sus gallinas. Mira cmo se pavonea! Ahora estamos cerca de la iglesia, en la
cumbre de la colina, entre corpulentos robles, uno de los cuales est medio muerto. Y
ahora llegamos a la herrera, donde arde el fuego, y los hombres, medio desnudos,
golpean con sus martillos esparciendo una lluvia de chispas. Adelante, camino de la
casa de los seores!
Y todo lo que iba nombrando la chiquilla montada en el bastn, lo vea el nio, a pesar
de que no se movan del prado. Jugaron luego en el camino lateral y plantaron un
jardincito en la tierra; ella se sac una flor de saco del cabello y la plant; y creci
como hiciera aquel que haban plantado los viejos cuando nios ya. Iban cogidos de la
mano, como los abuelos hicieron de pequeos, pero no se encaminaron a la Torre
Redonda ni al jardn de Frederiksberg, sino que la muchacha sujet al nio por la
cintura y se echaron a volar por toda Dinamarca; y lleg la primavera, y luego el verano,
el tiempo de la cosecha y, finalmente, el invierno; y miles de imgenes se pintaban en
los ojos y el corazn del nio, mientras la muchachita cantaba: - Jams olvidars esto!
En todo el curso del vuelo, el saco estuvo exhalando su aroma suave y delicioso. Bien
observaba el nio las rosas y las hayas verdes, pero el sabucal ola con mayor intensidad
an, pues sus hojas pendan del corazn de la nia, y sobre l reclinaba el pequeo a
menudo la cabeza durante el vuelo.
- Qu hermoso es esto en primavera! -exclam la muchacha; y se encontraron en el
bosque de hayas en pleno reverdecer, con olorosas asperillas al pie de los rboles y
rosados anemones entre la hierba-. Ah!, por qu no ser siempre primavera en los
perfumados hayales de Dinamarca?
- Qu esplndido es aqu el verano! -exclam ella, mientras pasaban por delante de
viejos castillos del tiempo de los caballeros, cuyos rojos muros y recortados frontones se
reflejaban en los canales donde nadaban cisnes, y a lo largo de los cuales extendanse
antiguas y frescas avenidas. En los campos, las mieses ondeaban como el mar; en los
ribazos crecan flores rojas y amarillas, y en los setos prosperaba el lpulo silvestre y la
florida enredadera. Al anochecer se remont la luna, grande y redonda; los montones de
heno de los prados esparcan su agradable fragancia-. Esto no se olvida nunca!
- Es magnfico aqu el otoo -volvi a exclamar la muchachita. El aire era an ms alto
y ms azul, y el bosque presentaba una bellsima combinacin de tonos rojos, amarillos
y verdes. Pasaban corriendo perros de caza, grandes bandadas de aves salvajes volaban
gritando por encima de los sepulcros megalticos, recubiertos de zarzamoras, que
proyectaban sus sarmientos en torno a las vetustas piedras. El mar era de un azul
negruzco y apareca salpicado de barcos de vela, y en la era mujeres maduras, doncellas
y nios, recogan lpulo y lo metan en un gran tonel; los jvenes cantaban canciones,
mientras los viejos narraban cuentos de duendes y gnomos. Dnde poda estarse
mejor?
Qu hermoso es aqu el invierno! -repiti la nia. Todos los rboles estaban cubiertos
de escarcha, como blancos corales; la nieve crepitaba bajo los pies, como si se llevasen
siempre zapatos nuevos, y en el cielo se sucedan las lluvias de estrellas. En la sala
estaba encendido el rbol de Navidad; haba regalos y buen humor; en las casas de
labranza resonaba el violn, y rebanadas de manzana caan a la sartn. Hasta los nios
ms pobres decan: - Qu hermoso es el invierno!
Y s, era hermoso; y la muchachita enseaba al nio todas las cosas; el saco segua
exhalando su fragancia, y la bandera roja con la cruz blanca segua ondeando; aquella
bandera bajo la cual haba navegado el viejo marino de Nyboder.
El nio se hizo un mozo y tuvo que salir al ancho mundo, lejos, a las tierras clidas,
donde crece el caf. Pero al despedirse, la muchacha se desprendi del pecho una flor de
saco y se la dio como recuerdo. l la puso cuidadosamente en su libro de cnticos, y
siempre que lo abra en tierras extraas, hacalo en la pgina donde guardaba la flor; y
cuanto ms la contemplaba, ms verde se pona ella. Parecale al mozo respirar el aroma
de los bosques patrios, y vea claramente a la muchacha que lo miraba por entre los
ptalos con aquellos ojos suyos azules y lmpidos; y susurraba:
- Qu hermosos son aqu la primavera, el verano, el otoo y el invierno! -. Y centenares
de imgenes cruzaban su mente.
As transcurrieron muchos aos; el muchacho era ya un anciano, y estaba sentado con
su anciana esposa bajo un rbol en flor. Se haban cogido de las manos, como el
bisabuelo y la bisabuela de Nyboder, y, lo mismo que ellos, hablaban de los tiempos
pretritos y de las bodas de oro. La muchachita de ojos azules y de las flores de saco
en el pelo, desde lo alto del rbol, inclinaba la cabeza con gesto de aprobacin y deca: -
Hoy celebris vuestras bodas de oro -. Sacndose luego dos flores de su corona, las
bes, y ellas relucieron primero como plata y despus como oro; y cuando las puso en
las cabezas de los ancianos, cada flor se transform en una urea corona. Y all seguan
los dos, semejantes a un rey y una reina, bajo el rbol fragante; y l contaba a su anciana
esposa la historia del hada del sabucal, igual que se la haban contado antes a l, cuando
era un chiquillo; y los dos convinieron en que en aquella historia haba muchas cosas
que corran parejas con la propia; y lo que ms se pareca era lo que ms les gustaba.
- As es -dijo la muchachita del rbol- Algunos me llaman hada, otros Drada, pero en
realidad mi nombre es Recuerdo. Yo soy la que vive en el rbol, que crece y crece
continuamente. Puedo pensar en lo pasado y contarlo. Djame ver si conservas an tu
flor.
El viejo abri su libro de cnticos, y all estaba la flor de saco, fresca y lozana como si
acabase de cogerla; y el Recuerdo hizo un gesto de aprobacin, y los dos ancianos. con
las coronas de oro en la cabeza, siguieron sentados al sol poniente. Cerraron los ojos y...
bueno, el cuento se ha terminado.
El chiquillo yaca en su cama; haba sido aquello un sueo, o realmente le haban
contado un cuento? Sobre la mesa vease la tetera, pero de ella no sala ningn saco, y
el anciano seor del piso alto se diriga a la puerta para marcharse.
- Qu bonito ha sido! -dijo el pequeuelo-. Madre, he estado en las tierras clidas!
- No me extraa -respondi la madre-. Cuando uno, se ha tomado un par de tazas de
infusin de flor de saco, no hay duda de que se encuentra en las tierras clidas-. Y lo
arrop bien, para que no se enfriara-. Estuviste durmiendo mientras yo y l discutamos
sobre si era un cuento o una historia.
- Y dnde est el hada del saco? -pregunt el nio.
- En la tetera -replic la mujer-, y puede seguir en ella.
Es la pura verdad
- Es un caso espantoso! -exclam una gallina del extremo opuesto del pueblo, donde el
hecho no haba sucedido-. Ha pasado algo espantoso en el gallinero de all! Lo que es
esta noche, no duermo sola. Menos mal que somos tantas -. Y les cont el caso, y a las
dems gallinas se les erizaron las plumas, y al gallo se le cay la cresta. Es la pura
verdad!
Pero empecemos por el principio, pues la cosa sucedi en un gallinero del otro extremo
del pueblo. Se pona el sol, y las gallinas se suban a su percha; una de ellas, blanca y
paticorta, pona sus huevos con toda regularidad y era una gallina de lo ms respetable.
Una vez en su percha, se dedic a asearse con el pico, y en la operacin perdi una
pluma.
- Ya vol una! -dijo-. Cuanto ms me desplumo, ms guapa estoy -. Lo dijo en broma,
pues de todas las gallinas era la de carcter ms alegre; por lo dems, como ya dijimos,
era la respetabilidad personificada. Y luego se puso a dormir.
El gallinero estaba a oscuras; las gallinas estaban alineadas en su percha, pero la
contigua a la nuestra permaneca despierta. Aquellas palabras las haba odo y no las
haba odo, como a menudo conviene hacer en este mundo, si uno quiere vivir en paz y
tranquilidad. Con todo, no pudo contenerse y dijo a la vecina del otro lado:
- No has odo? No quiero citar nombres, pero lo cierto es que hay aqu una gallina que
se despluma para parecer ms hermosa. Si yo fuese gallo, la despreciara.
Pero he aqu que ms arriba de las gallinas viva la lechuza, con su marido y su prole;
todos los miembros de la familia tenan un odo finsimo y oyeron las palabras de la
gallina, y, oyndolas, revolvieron los ojos, y la madre lechuza se puso a abanicarse con
las alas.
- No escuchis esas cosas! Pero habis odo lo que acaban de decir, verdad?. Yo lo he
odo con mis propias orejas; lo que oirn an, las pobres, antes de que se me caigan!
Hay una gallina que hasta tal punto ha perdido toda nocin de decencia, que se est
arrancando todas las plumas a la vista del gallo.
- Prenez garde aux enfants! -exclam el padre lechuza-. Estas cosas no son para que las
oigan los nios.
- Pero voy a contrselo a la lechuza de enfrente. Es la ms respetable de estos
alrededores -. Y se ech a volar.
- Juj, uj! -y las dos se estuvieron as comadreando sobre el palomar del vecino, y
luego contaron la historia a las palomas: - Habis odo, habis odo? Uj! Hay una
gallina que por amor del gallo se ha arrancado todas las plumas. Y se morir helada, si
no lo ha hecho ya! Uj!
- Dnde, dnde? -arrullaron las palomas.
- En el corral de enfrente. Es como si lo hubiese visto con mis ojos. Es un caso tan
indecoroso, que una casi no se atreve a contarlo, pero es la pura verdad.
- La purra, la purra verrdad! -corearon las palomas, y, dirigindose al gallinero de
abajo: - Hay una gallina -dijeron-, y hay quien afirma que son dos, que se han arrancado
todas las plumas para distinguirse de las dems y llamar la atencin del gallo. Es el
colmo... y peligroso, adems, pues se puede pescar un resfriado y morirse de una
calentura... Y parece que ya han muerto, las dos!
- Despertad, despertad! -grit el gallo subindose a la valla con los ojos soolientos,
pero vociferando a todo pulmn: - Tres gallinas han muerto vctimas de su desgraciado
amor por un gallo!. Se arrancaron todas las plumas. Es una historia horrible, y no quiero
guardrmela en el buche. Pasadla, que corra!
- Que corra! -silbaron los murcilagos, y las gallinas cacarearon, y los gallos cantaron:
- Que corra, que corra! -. Y de este modo la historia fue pasando de gallinero en
gallinero, hasta llegar, finalmente, a aquel del cual haba salido.
- Son cinco gallinas -decan- que se han arrancado todas las plumas para que el gallo
viera cmo haban adelgazado por su amor, y luego se picotearon mutuamente hasta
matarse, con gran bochorno y vergenza de su familia y gran perjuicio para el dueo.
Como es natural, la gallina a la que se la haba soltado la plumita no se reconoci como
la protagonista del suceso, y siendo, como era, una gallina respetable, dijo:
- Este tipo de gallinas merecen el desprecio general. Desgraciadamente, abundan
mucho! stas cosas no deben ocultarse, y har cuanto pueda para que el hecho se
publique en el peridico; que lo sepa todo el pas. Se lo tienen bien merecido las
gallinas, y tambin su familia.
Y la cosa apareci en el peridico, en letras de molde, y es la pura verdad: Una
plumilla puede muy bien convertirse en cinco gallinas.
El pacto de amistad
No hace mucho que volvimos de un viajecito, y ya estamos impacientes por emprender
otro ms largo. Adnde? Pues a Esparta, a Micenas, a Delfos. Hay cientos de lugares
cuyo solo nombre os alboroza el corazn. Se va a caballo, cuesta arriba, por entre monte
bajo y zarzales; un viajero solitario equivale a toda una caravana. l va delante con su
argoyat, una acmila transporta el bal, la tienda y las provisiones, y a retaguardia
siguen, dndole escolta, una pareja de gendarmes. Al trmino de la fatigosa jornada, no
le espera una posada ni un lecho mullido; con frecuencia, la tienda es su nico techo, en
medio de la grandiosa naturaleza salvaje. El argoyat le prepara la cena: un arroz
pilav; miradas de mosquitos revolotean en torno a la diminuta tienda; es una noche
lamentable, y maana el camino cruzar ros muy hinchados. Tente firme sobre el
caballo, si no quieres que te lleve la corriente!
Cul ser la recompensa para tus fatigas? La ms sublime, la ms rica. La Naturaleza
se manifiesta aqu en toda su grandeza, cada lugar est lleno de recuerdos histricos,
alimento tanto para la vista como para el pensamiento. El poeta puede cantarlo, y el
pintor, reproducirlo en cuadros opulentos; pero el aroma de la realidad, que penetra en
los sentidos del espectador y los impregna para toda la eternidad, eso no pueden
reproducirlo.
En muchos apuntes he tratado de presentar de manera intuitiva un rinconcito de Atenas
y de sus alrededores, y, sin embargo, qu plido ha sido el cuadro resultante! Qu poco
dice de Grecia, de este triste genio de la belleza, cuya grandeza y dolor jams olvidar el
forastero!
Aquel pastor solitario de all en la roca, con el simple relato de una incidencia de su
vida, sabra probablemente, mucho mejor que yo con mis pinturas, abrirte los ojos a ti,
que quieres contemplar la tierra de los helenos en sus diversos aspectos.
- Dejmosle, pues, la palabra -dice mi Musa-. El pastor de la montaa nos hablar de
una costumbre, una simptica costumbre tpica de su pas.
Nuestra casa era de barro, y por jambas tena unas columnas estriadas, encontradas en el
lugar donde se construy la choza. El tejado bajaba casi hasta el suelo, y hoy era
negruzco y feo, pero cuando lo colocaron esta a formado por un tejido de florida adelfa
y frescas ramas de laurel, tradas de las montaas. En torno a la casa apenas quedaba
espacio; las peas formaban paredes cortadas a pico, de un color negro y liso, y en lo
ms alto de ellas colgaban con frecuencia jirones de nubes semejantes a blancas figuras
vivientes. Nunca o all el canto de un pjaro, nunca vi bailar a los hombres al son de la
gaita; pero en los viejos tiempos, este lugar era sagrado, y hasta su nombre lo recuerda,
pues se llama Delfos. Los montes hoscos y tenebrosos aparecan cubiertos de nieve; el
ms alto, aquel de cuya cumbre tardaba ms en apagarse el sol poniente, era el Parnaso;
el torrente que corra junto a nuestra casa bajaba de l, y antao haba sido sagrado
tambin. Hoy, el asno enturbia sus aguas con sus patas, pero la corriente sigue
impetuosa y pronto recobra su limpidez. Cmo recuerdo aquel lugar y su santa y
profunda soledad! En el centro de la choza encendan fuego, y en su rescoldo, cuando
slo quedaba un espeso montn de cenizas ardientes, cocan el pan. Cuando la nieve se
apilaba en torno a la casuca hasta casi ocultarla, mi madre pareca ms feliz que nunca;
me coga la cabeza entre las manos, me besaba en la frente y cantaba canciones que
nunca le oyera en otras ocasiones, pues los turcos, nuestros amos, no las toleraban.
Cantaba:
En la cumbre del Olimpo, en el bajo bosque de pinos, estaba un viejo ciervo con los
ojos llenos de lgrimas; lloraba lgrimas rojas, s, y hasta verdes y azul celeste: Pas
entonces un corzo:
- Qu tienes, que as lloras lgrimas rojas, verdes y azuladas? - El turco ha venido a
nuestra ciudad, cazando con perros salvajes, toda una jaura.
- Los echar de las islas -dijo el corzo-, los echar de las islas al mar profundo!-. Pero
antes de ponerse el sol el corzo estaba muerto; antes de que cerrara la noche, el ciervo
haba sido cazado y muerto.
Y cuando mi madre cantaba as, se le humedecan los ojos, y de sus largas pestaas
colgaba una lgrima; pero ella la ocultaba y volva el pan negro en la ceniza. Yo
entonces, apretando el puo, deca: -Mataremos a los turcos!-. Mas ella repeta las
palabras de la cancin: - Los echar de las islas al mar profundo! -. Pero antes de
ponerse el sol, el corzo estaba muerto; antes de que cerrara la noche, el ciervo haba sido
cazado y muerto.
Llevbamos varios das, con sus noches, solos en la choza, cuando lleg mi padre; yo
saba que iba a traerme conchas del Golfo de Lepanto, o tal vez un cuchillo, afilado y
reluciente. Pero esta vez nos trajo una criaturita, una nia desnuda, bajo su pelliza. Iba
envuelta en una piel, y al depositarla, desnuda, sobre el regazo de mi madre, vimos que
todo lo que llevaba consigo eran tres monedas de plata atadas en el negro cabello. Mi
padre dijo que los turcos haban dado muerte a los padres de la pequea; tantas y tantas
cosas nos cont, que durante toda la noche estuve soando con ello. Mi padre vena
tambin herido; mi madre le vend el brazo, pues la herida era profunda, y la gruesa
pelliza estaba tiesa de la sangre coagulada. La chiquilla sera mi hermana, qu hermosa
era! Los ojos de mi madre no tenan ms dulzura que los suyos. Anastasia -as la
llamaban- sera mi hermana, pues su padre la haba confiado al mo, de acuerdo con la
antigua costumbre que seguamos observando. De jvenes haban trabado un pacto de
fraternidad, eligiendo a la doncella ms hermosa y virtuosa de toda la comarca para
tomar el juramento. Muy a menudo oa yo hablar de aquella hermosa y rara costumbre.
Y, as, la pequea se convirti en mi hermana. La sentaba sobre mis rodillas, le traa
flores y plumas de las aves montaraces, bebamos juntos de las aguas del Parnaso, y
juntos dormamos bajo el tejado de laurel de la choza, mientras mi madre segua
cantando, invierno tras invierno, su cancin de las lgrimas rojas, verdes y azuladas.
Pero yo no comprenda an que era mi propio pueblo, cuyas innmeras cuitas se
reflejaban en aquellas lgrimas.
Un da vinieron tres hombres; eran francos y vestan de modo distinto a nosotros.
Llevaban sus camas y tiendas cargadas en caballeras, y los acompaaban ms de veinte
turcos, armados con sables y fusiles, pues los extranjeros eran amigos del baj e iban
provistos de cartas de introduccin. Venan con el solo objeto de visitar nuestras
montaas, escalar el Parnaso por entre la nieve y las nubes, y contemplar las extraas
rocas negras y escarpadas que rodeaban nuestra choza. No caban en ella, aparte que no
podan soportar el humo que, deslizndose por debajo del techo, sala por la baja puerta;
por eso levantaron sus tiendas en el reducido espacio que quedaba al lado de la casuca,
y asaron corderos y aves, y bebieron vino dulce y fuerte; pero los turcos no podan
probarlo.
Al proseguir su camino, yo los acompa un trecho con mi hermanita Anastasia a la
espalda, envuelta en una piel de cabra. Uno de aquellos seores francos me coloc
delante de una roca y me dibuj junto con la nia, tan bien, que parecamos vivos y
como si fusemos una sola persona. Nunca haba yo pensado en ello, y, sin embargo,
Anastasia y yo ramos uno solo, pues ella se pasaba la vida sentada en mis rodillas o
colgada de mi espalda, y cuando yo soaba, siempre figuraba ella en mis sueos.
El pacto de amistad
Continuacin
Dos noches ms tarde llegaron otras gentes a nuestra choza, armadas con cuchillos y
fusiles. Eran albaneses, hombres audaces, segn dijo mi padre. Permanecieron muy
poco tiempo; mi hermana Anastasia se sent en las rodillas de uno de ellos, y cuando se
hubieron marchado, la nia no tena ya en el cabello las tres monedas de plata, sino
nicamente dos. Ponan tabaco en unas tiras de papel y lo fumaban; el ms viejo habl
del camino que les convena seguir; sobre l no estaban an decididos.
- Si escupo arriba -dijo-, me cae a la cara; si escupo abajo, me cae a la barba.
Pero haba que elegir un camino; y al fin se fueron, acompaados por mi padre. Al poco
rato omos disparos, otros les respondieron, unos soldados entraron en la choza y se nos
llevaron presos a mi madre, a Anastasia y a m. Los bandidos se haban cobijado en
nuestra choza, y mi padre los haba seguido; por eso se nos llevaban. Vi los cadveres
de los bandidos, vi el cadver de mi padre, y llor hasta que me qued dormido. Al
despertar me encontr en la crcel, cuyo recinto no era ms miserable que nuestra
casucha. Me dieron cebollas y vino resinoso, que vertieron de un saco embreado: no
comamos mejor en casa.
Ignoro cunto tiempo permanecimos encarcelados, pero s s que transcurrieron muchos
das y muchas noches. Al salir de la prisin era la Santa Pascua, y yo llev a Anastasia a
cuestas, pues mi madre estaba enferma, no poda caminar sino muy despacio, y tuvimos
que andar mucho antes de llegar al mar, al Golfo de Lepanto. Entramos en una iglesia,
toda ella un reflejo de imgenes sobre fondo dorado; haba ngeles, oh, tan preciosos!,
aunque Anastasia no me pareca menos bonita que ellos. En el centro del templo, sobre
el suelo, haba un atad lleno de rosas; era Nuestro Seor Jesucristo -dijo mi madre -,
que yaca all en forma de bellas flores. El sacerdote anunci: Cristo ha resucitado!.
La gente se besaba. Todos tenan una vela encendida en la mano; tambin a m me
dieron una, y otra a Anastasia, aun siendo tan pequea. Resonaban las gaitas, los
hombres salan de la iglesia bailando cogidos de la mano, y fuera las mujeres asaban el
cordero pascual. Nos invitaron; yo me sent junto al fuego; un muchacho mayor que yo
me rode el cuello con el brazo y, besndome, dijo: Cristo ha resucitado!. De este
modo nos conocimos Aftnides y yo.
Mi madre saba remendar redes de pesca; era una ocupacin lucrativa all en el Golfo,
y, as, nos quedamos largo tiempo en la orilla del mar, aquel mar tan hermoso que saba
a lgrimas, y que por sus colores recordaba las del ciervo, pues tan pronto era rojo como
verde o azul.
Aftnides saba guiar el bote, yo me embarcaba en l con mi pequea Anastasia, y la
embarcacin se deslizaba por el agua, rauda, como una nube a travs del cielo. Luego,
cuando el sol se pona, las montaas se tean de azuloscuro, una sierra asomaba por
encima de la otra, y al fondo quedaba el Parnaso, con su manto de nieve; al sol poniente,
la cumbre reluca como hierro al rojo vivo. Hubirase dicho que la luz vena de su
interior, pues al cabo de largo rato de haberse ocultado, el sol segua an brillando en el
aire azul y radiante. Las blancas aves marinas azotaban con las alas la superficie del
agua; de no ser por ellas, la quietud habra sido tan absoluta como entre las negras peas
de Delfos. Yo me estaba tendido de espalda en el bote, con Anastasia sentada sobre mi
pecho, y las estrellas del cielo brillaban ms claras que las lmparas de nuestra iglesia.
Eran las mismas estrellitas, y se hallaban en el mismo lugar sobre m que cuando me
encontraba yo en Delfos delante de la choza. Al fin acab parecindome que estaba
todava en Delfos. De sbito se oy un chapoteo en el agua y lanc un grito, pues
Anastasia haba cado al mar; pero Aftnides salt rpidamente tras ella, y pocos
instantes despus la levantaba y me la entregaba. Le quitamos los vestidos, exprimimos
el agua que los empapaba y volvimos a vestirla. Aftnides hizo lo mismo con sus ropas
y nos quedamos en el mar hasta que todo se hubo secado; y nadie supo una palabra del
susto que habamos pasado por causa de mi hermanita adoptiva, en cuya vida, desde
entonces, Aftnides, tuvo parte.
Lleg el verano. El sol era tan ardiente, que secaba las hojas de los rboles. Me
acordaba yo de nuestras frescas montaas, con sus aguas lmpidas; y tambin mi madre
senta la nostalgia de ellas; y as, un atardecer emprendimos el regreso a aquella tierra
nuestra. Qu silencio y que paz! Pasamos por entre altos tomillos, que olan an a pesar
de que el sol haba chamuscado sus hojas. Ni un pastor encontramos, ni una choza en
nuestro camino. Todo estaba silencioso y solitario; slo una estrella fugaz nos dijo que
todava quedaba vida all en el cielo. No s si era el propio aire difano y azul el que
brillaba, o si eran rayos de las estrellas; pero distinguamos bien todos los contornos de
las montaas. Mi madre encendi fuego y as cebollas que traa consigo, y mi
hermanita y yo dormimos entre los tomillos, sin temor al feo smidraki , que despide
llamas por las fauces, ni tampoco al lobo ni al chacal; mi madre estaba sentada junto a
nosotros, y esto, crea yo, era suficiente.
Llegamos a nuestra vieja tierra; pero de la choza quedaba slo un montn de ruinas;
haba que construir otra nueva. Unas mujeres ayudaron a mi madre, y en pocos das
estuvieron levantadas las paredes y cubiertas con otro tejado de adelfa. Con piedras y
corteza de rbol, mi madre trenz muchas fundas de botellas, mientras yo guardaba el
pequeo hato de los sacerdotes. Anastasia y las tortuguitas eran mis compaeras de
juego.
Un da recibimos la visita de nuestro querido Aftnides. Tena muchos deseos de vernos,
dijo, y se qued dos das enteros.
Al cabo de un mes volvi nos cont que pensaba ir en barco a Patras y Corf, pero antes
haba querido despedirse de nosotros; a mi madre le trajo un pescado muy grande. Nos
cont muchas cosas, no solamente acerca de los pescadores de all abajo, en el Golfo de
Lepanto, sino tambin de los reyes y los hroes que en otros tiempos haban reinado en
Grecia como ahora los turcos.
Muchas veces he visto brotar una yema en el rosal y desarrollarse al cabo de das y
semanas hasta convertirse en flor, y hacerse flor antes de que yo me hubiese detenido a
pensar en lo grande, hermoso y, roja que era; pues lo mismo me ocurri con Anastasia.
Era una bella moza, y yo un robusto muchacho. Las pieles de lobo de los lechos de mi
madre y Anastasia, yo mismo las haba arrancado a los animales cazados con mi propia
escopeta. Los aos se haban ido corriendo.
Un atardecer se present Aftnides, esbelto como una caa, fuerte y moreno; nos bes a
todos y nos habl del mar inmenso, de las fortificaciones de Malta y de las extraas
sepulturas de Egipto. Nos pareca estar escuchando una leyenda de los sacerdotes; yo lo
miraba con una especie de veneracin.
- Cuntas cosas sabes -le dije-, y qu bien las cuentas!
- Un da me contaste t la ms hermosa de todas -respondi-. Me contaste algo que
nunca ms se ha borrado de mi memoria: lo de la antigua y bella costumbre del pacto de
amistad, costumbre que yo quisiera seguir tambin. Hermano, vmonos los dos a la
iglesia, como un da lo hicieron tu padre y el de Anastasia. La doncella ms hermosa y
ms inocente es Anastasia, tu hermana: que ella nos consagre! No hay ningn pueblo
que tenga una costumbre tan bella como nosotros, los griegos.
Anastasia se sonroj como un ptalo de rosa fresca, y mi madre bes a Aftnides.
A una hora de camino de nuestra choza, all donde tierra mullida cubre las rocas y
algunos rboles dan sombra, se levantaba la pequea iglesia; una lmpara de plata
colgaba delante el altar.
Yo me haba puesto mi mejor vestido: la blanca fustanela me bajaba, en abundantes
pliegues, por encima de los muslos; el jubn encarnado quedbase ceido y ajustado; en
la borla del fez reluca la plata, y del cinturn pendan el cuchillo y las pistolas.
Aftnides llevaba el traje azul propio de los marinos griegos, exhibiendo en el pecho
una placa de plata con la imagen de la Virgen; su faja era preciosa, como las que slo
llevan los ricos. Bien se vea que nos preparbamos para una fiesta. Entramos en la
solitaria iglesita, donde el sol poniente, penetrando por la puerta, enviaba sus rayos a la
lmpara encendida y a los policromos cuadros de fondo, de oro. Nos arrodillamos en las
gradas del altar, y Anastasia se coloc delante de nosotros; un largo ropaje blanco,
holgado y ligero, cubra sus hermosos miembros; tena el blanqusimo cuello y el pecho
cubierto con una cadena de monedas antiguas y nuevas, y resultaba un magnfico atavo.
El cabello negro recogido; en un moo, estaba sujeto por una diminuta cofia, adornada
con monedas de plata y oro encontradas en los templos antiguos. Ninguna muchacha
griega habra podido soar un tocado ms precioso. En su rostro radiante los ojos
brillaban como dos estrellas.
Los tres orbamos, y ella nos pregunt:
- Queris ser amigos en la vida y en la muerte?
- S! -respondimos.
- Pensaris, suceda lo que suceda: mi amigo es parte de m; mi secreto es su secreto, mi
felicidad es la suya: el sacrificio, la constancia, cuanto en m hay le pertenece como a m
mismo?
Y repetimos:
- S!
Juntndonos las manos, nos bes en la frente, y volvimos a rezar en voz queda. Entr
entonces el sacerdote por la puerta del presbiterio, nos bendijo a los tres, y un canto de
los dems religiosos reson detrs del altar. El pacto de eterna amistad quedaba sellado.
Cuando nos levantamos, vi a mi madre que, en la puerta de la iglesia, lloraba
vehementemente.
Qu alegra, luego, en nuestra casita y en la fuente de Delfos! La velada que precedi al
da de la partida de Aftnides, estbamos l y yo sumidos en nuestros pensamientos,
sentados en la ladera de la pea, su brazo en torno a mi cuerpo, el mo rodendole el
cuello. Hablbamos de la miseria de Grecia, de los hombres en quien poda confiar.
Cada pensamiento de nuestras almas apareca claro, ante los dos; yo le cog la mano.
- Una cosa debes saber, una cosa que hasta este momento, slo Dios y yo sabemos! Mi
alma entera es amor. Un amor ms fuerte que el que siento por mi madre y por ti.
- A quin amas, pues? -pregunt Aftnides, y su rostro y cuello enrojecieron.
- Amo a Anastasia -dije, y sent su mano temblar en la ma, y lo vi palidecer como un
cadver. Lo vi, lo comprend, y, parecindome que tambin mi mano temblaba, me
inclin hacia l y, besndole en la frente, murmur:
- Nunca se lo he dicho; tal vez ella no me quiere. Hermano: piensa en que la he estado
viendo todos los das, ha crecido junto a m, y dentro de mi alma.
- Y tuya ha de ser -respondi l-, tuya! No puedo mentirte, ni quiero. Yo tambin la
amo. Pero maana me marcho. Dentro de un ao volveremos a vernos; para entonces
estaris casados, verdad?. Tengo algo de dinero, qudate con l, debes aceptarlo, debes
aceptarlo -. Seguimos errando por entre las rocas; cerraba la noche cuando llegamos a la
choza de mi madre.
Anastasia sali a recibirnos con la lmpara; cuando entramos, mi madre no estaba all.
La muchacha mir a Aftnides con expresin de maravillosa melancola.
- Maana te vas de nuestro lado! -dijo-, cunto lo siento!
- Te apena! -exclam l, y me pareci observar en sus palabras un dolor tan intenso
como el mo. No pude hablar, pero l, cogindome la mano, dijo: - Nuestro hermano te
ama; lo quieres t a l? En su silencio se expresa su amor.
Anastasia, temblando, rompi a llorar; yo la vea slo a ella, slo en ella pensaba, y,
pasndole el brazo alrededor del cuerpo, le dije:
- S, te amo! -. Oprimi ella su boca contra la ma, y me rode el cuello con las manos;
pero la lmpara se haba cado al suelo, y la habitacin qued oscura, como el corazn
de nuestro pobre y querido Aftnides.
Antes de rayar el alba levantse, se despidi de todos besndonos y emprendi el
camino. Haba entregado a mi madre todo su dinero para nosotros. Anastasia era mi
novia, y pocos das ms tarde se convirti en mi esposa.
Las cigeas
Sobre el tejado de la casa ms apartada de una aldea haba un nido de cigeas. La
cigea madre estaba posada en l, junto a sus cuatro polluelos, que asomaban las
cabezas con sus piquitos negros, pues no se haban teido an de rojo. A poca distancia,
sobre el vrtice del tejado, permaneca el padre, erguido y tieso; tena una pata recogida,
para que no pudieran decir que el montar la guardia no resultaba fatigoso. Se hubiera
dicho que era de palo, tal era su inmovilidad. Da un gran tono el que mi mujer tenga
una centinela junto al nido -pensaba-. Nadie puede saber que soy su marido.
Seguramente pensar todo el mundo que me han puesto aqu de vigilante. Eso da mucha
distincin. Y sigui de pie sobre una pata.
Abajo, en la calle, jugaba un grupo de chiquillos, y he aqu que, al darse cuenta de la
presencia de las cigeas, el ms atrevido rompi a cantar, acompaado luego por toda
la tropa:
Cigea, cigea, vulvete a tu tierra
el segundo chamuscado;
- Escucha lo que cantan los nios! -exclamaron los polluelos-. Cantan que nos van a
colgar y a chamuscar.
- No os preocupis -los tranquiliz la madre-. No les hagis caso, dejadlos que canten.
Y los rapaces siguieron cantando a coro, mientras con los dedos sealaban a las
cigeas burlndose; slo uno de los muchachos, que se llamaba Perico, dijo que no
estaba bien burlarse de aquellos animales, y se neg a tomar parte en el juego.
Entretanto, la cigea madre segua tranquilizando a sus pequeos:
- No os apuris -les deca-, mirad qu tranquilo est vuestro padre, sostenindose sobre
una pata.
el segundo chamuscado.
- No, claro que no! -dijo la madre-. Aprenderis a volar, pues yo os ensear; luego nos
iremos al prado, a visitar a las ranas. Veris como se inclinan ante nosotras en el agua
cantando: coax, coax!; y nos las zamparemos. Qu bien vamos a pasarlo!
- Despus nos reuniremos todas las cigeas de estos contornos y comenzarn los
ejercicios de otoo. Hay que saber volar muy bien para entonces; la cosa tiene gran
importancia, pues el que no sepa hacerlo como Dios manda, ser muerto a picotazos por
el general. As que es cuestin de aplicaros, en cuanto la instruccin empiece.
- Pero despus nos van a ensartar, como decan los chiquillos. Escucha, ya vuelven a
cantarlo.
- S, es magnfico! En todo el da no hace uno sino comer; y mientras nos damos all
tan buena vida, en estas tierras no hay una sola hoja en los rboles, y hace tanto fro que
hasta las nubes se hielan, se resquebrajan y caen al suelo en pedacitos blancos. Se
refera a la nieve, pero no saba explicarse mejor.
- No, no llegan a romperse, pero poco les falta, y tienen que estarse quietos en el cuarto
oscuro; vosotros, en cambio, volaris por aquellas tierras, donde crecen las flores y el
sol lo inunda todo.
Transcurri algn tiempo. Los polluelos haban crecido lo suficiente para poder
incorporarse en el nido y dominar con la mirada un buen espacio a su alrededor. Y el
padre acuda todas las maanas provisto de sabrosas ranas, culebrillas y otras golosinas
que encontraba. Eran de ver las exhibiciones con que los obsequiaba! Inclinaba la
cabeza hacia atrs, hasta la cola, castaeteaba con el pico cual si fuese una carraca y
luego les contaba historias, todas acerca del cenagal.
- Prefieres helarte aqu cuando llegue el invierno? Ests conforme con que te cojan
esos muchachotes y te cuelguen, te chamusquen y te asen? Bien, pues voy a llamarlos.
- Oh, no! -suplic el polluelo, saltando otra vez al tejado, con los dems.
Al tercer da ya volaban un poquitn, con mucha destreza, y, creyndose capaces de
cernerse en el aire y mantenerse en l con las alas inmviles, se lanzaron al espacio;
pero s, s...! Pum! empezaron a dar volteretas, y fue cosa de darse prisa a poner de
nuevo las alas en movimiento. Y he aqu que otra vez se presentaron los chiquillos en la
calle, y otra vez entonaron su cancin:
- Bajemos de una volada y saqumosles los ojos! -exclamaron los pollos- No,
dejadlos! -replic la madre-. Fijaos en m, esto es lo importante: -Uno, dos, tres! Un
vuelo hacia la derecha. Uno, dos, tres! Ahora hacia la izquierda, en torno a la chimenea.
Muy bien, ya vais aprendiendo; el ltimo aleteo, ha salido tan limpio y preciso, que
maana os permitir acompaarme al pantano. All conoceris varias familias de
cigeas con sus hijos, todas muy simpticas; me gustara que mis pequeos fuesen los
ms lindos de toda la concurrencia; quisiera poder sentirme orgullosa de vosotros. Eso
hace buen efecto y da un gran prestigio.
- Dejadlos gritar cuanto quieran. Vosotros os remontaris hasta las nubes y estaris en el
pas de las pirmides, mientras ellos pasan fro y no tienen ni una hoja verde, ni una
manzana.
- Antes hemos de ver qu tal os portis en las grandes maniobras; si lo hacis mal y el
general os traspasa el pecho de un picotazo, entonces los chiquillos habrn tenido razn,
en parte al menos. Hemos de verlo, pues.
- Si, ya vers! -dijeron las cras, redoblando su aplicacin. Se ejercitaban todos los das,
y volaban con tal ligereza y primor, que daba gusto.
Y lleg el otoo. Todas las cigeas empezaron a reunirse para emprender juntas el
vuelo a las tierras clidas, mientras en la nuestra reina el invierno. Qu de
impresionantes maniobras!. Haba que volar por encima de bosques y pueblos, para
comprobar la capacidad de vuelo, pues era muy largo el viaje que les esperaba. Los
pequeos se portaron tan bien, que obtuvieron un sobresaliente con rana y culebra.
Era la nota mejor, y la rana y la culebra podan comrselas; fue un buen bocado.
- Ahora, la venganza! -dijeron.
- Pero, y el que empez con la cancin, aquel mocoso delgaducho y feo -gritaron los
pollos-, qu hacemos con l?
- En el estanque yace un niito muerto, que muri mientras soaba. Pues lo llevaremos
para l. Tendr que llorar porque le habremos trado un hermanito muerto; en cambio, a
aquel otro muchachito bueno - no lo habris olvidado, el que dijo que era pecado
burlarse de los animales -, a aqul le llevaremos un hermanito y una hermanita, y como
el muchacho se llamaba Pedro, todos vosotros os llamaris tambin Pedro.
Y fue tal como dijo, y todas las cras de las cigeas se llamaron Pedro, y todava siguen
llamndose as.
Continuacin
Supo contar bellas historias de los altivos acantilados nrdicos y de las cataratas que se
precipitan espumeantes con un estruendo comparable al del trueno y al sonido del
rgano; y habl del salmn que salta avanzando a contracorriente cuando el Nck toca
su arpa de oro. Les habl de las luminosas noches de invierno, cuando suenan los
cascabeles de los trineos, y los mozos corren con antorchas encendidas por el liso hielo,
tan transparente, que pueden ver los peces nadando asustados bajo sus pies. S, saba
contar con arte tal, que uno crea ver y or lo que describa. Se oa el ruido de los
aserraderos y los cantos de los mozos y las rapazas mientras bailaban las danzas del
pas. Oh! De pronto, el viejo duende dio un sonoro beso a la vieja seorita elfa. Fue
un beso con todas las de la ley, y eso que no eran parientes.
A continuacin las muchachas hubieron de bailar, primero bailes sencillos, luego
zapateados, y bien que lo hacan; finalmente, vino el baile artstico. Seores, y qu
manera de extender las piernas, que no saba uno dnde empezaban y dnde
terminaban, ni lo que eran piernas y lo que eran brazos! Era aquello como un revoltijo
de virutas, y metan tanto ruido, que el Caballo de los Muertos se mare y hubo de
retirarse de la mesa.
- Brrr! -exclam el viejo duende-, vaya agilidad de piernas! Pero, qu saben hacer,
adems de bailar, alargar las piernas y girar como torbellinos?
- Pronto vas a saberlo! -dijo el rey de los elfos, y llam a la menor de sus hijas. Era gil
y difana como la luz de la luna, la ms bonita de las hermanas. Metise en la boca una
ramita blanca y al instante desapareci; era su habilidad.
Pero el viejo duende dijo que este arte no lo poda soportar en su esposa, y que no crea
que fuese tampoco del gusto de sus hijos.
La otra saba colocarse de lado como si fuese su propia sombra, pues los duendes no la
tienen.
Con la hija tercera la cosa era muy distinta. Haba aprendido a destilar en la destilera de
la bruja del pantano y saba mechar nudos de aliso con gusanos de luz.
- Ser una excelente ama de casa! -dijo el duende anciano, brindando con la mirada,
pues consideraba que ya haba bebido bastante.
Acercse la cuarta elfa. Vena con una gran arpa, y no bien puls la primera cuerda,
todos levantaron la pierna izquierda, pues los duendes son zurdos, y cuando puls la
segunda cuerda, todos tuvieron que hacer lo que ella quiso.
- Es una mujer peligrosa! -dijo el viejo duende; pero los dos hijos salieron del cerro,
pues se aburran.
- Qu sabe hacer la hija siguiente? -pregunt el viejo.
- He aprendido a querer a los noruegos, y nunca me casar si no puedo irme a Noruega.
Pero la ms pequea murmur al odo del viejo:
- Esto es slo porque sabe una cancin nrdica que dice que, cuando la Tierra se hunda,
los acantilados nrdicos seguirn levantados como monumentos funerarios. Por eso
quiere ir all, pues tiene mucho miedo de hundirse.
- Vaya, vaya! -exclam el viejo-. Esas tenemos? Pero, y la sptima y ltima?
- La sexta viene antes que la sptima -observ el rey de los elfos, pues saba contar. Pero
la sexta se neg a acudir.
- Yo no puedo decir a la gente sino la verdad -dijo-. De m nadie hace caso, bastante
tengo con coser mi mortaja.
Presentse entonces la sptima y ltima. Y, qu saba? Pues saba contar cuentos,
tantos como se le pidieran.
- Ah tienes mis cinco dedos -dijo el viejo duende-. Cuntame un cuento acerca de cada
uno.
La muchacha lo cogi por la mueca, mientras l se rea de una forma que ms bien
pareca cloquear; y cuando ella lleg al dedo anular, en el que llevaba una sortija de oro,
como si supiese que era cuestin de noviazgo, dijo el viejo duende:
- Agrralo fuerte, la mano es tuya. Te quiero a ti por mujer!
La elfa observ que faltaban an los cuentos del dedo anular y del meique.
Los dejaremos para el invierno -replic el viejo-. Nos hablars del abeto y del abedul,
de los regalos de los espritus y de la helada crujiente. T te encargars de explicar, pues
all arriba nadie sabe hacerlo como t. Y luego nos entraremos en el saln de piedra,
donde arde la astilla de pino, y beberemos hidromiel en los cuernos de oro de los
antiguos reyes nrdicos. El Nck me regal un par, y cuando estemos all vendr a
visitarnos el diablo de la montaa, el cual te cantar todas las canciones de las zagalas
de la sierra. Cmo nos vamos a divertir! El salmn saltar en la cascada, chocando
contra las paredes de roca, pero no entrar. Oh, s, qu bien se est en la vieja y querida
Noruega! Pero, dnde se han metido los chicos?
Eso es, dnde se haban metido? Pues corran por el campo, apagando los fuegos
fatuos que acudan, bonachones, a organizar la procesin de las antorchas.
- Qu significan estas corridas? -grit el viejo duende-. Acabo de procuraros una
madre, y vosotros podis elegir a la que os guste de las tas.
Pero los jvenes replicaron que preferan pronunciar un discurso y brindar por la
fraternidad. Casarse no les vena en gana. Y pronunciaron discursos, bebieron a la salud
de todos e hicieron la prueba del clavo para demostrar que se haban zampado hasta la
ltima gota. Quitndose luego las chaquetas, se tendieron a dormir sobre la mesa, sin
preocuparse de los buenos modales. Mientras tanto, el viejo duende bailaba en el saln
con su joven prometida e intercambiaba con ella los zapatos, lo cual es ms distinguido
que intercambiar sortijas.
- Que canta el gallo! -exclam la vieja elfa, encargada del gobierno domstico- Hay
que cerrar los postigos, para que el sol no nos abrase!
Y se cerr la colina.
En el exterior, los lagartos suban y bajaban por los rboles agrietados, y uno de ellos
dijo a los dems.
- Cunto me ha gustado el viejo duende nrdico!
- Pues yo prefiero los chicos! -objet la lombriz de tierra; pero es que no vea, la pobre.
El yesquero
Por la carretera marchaba un soldado marcando el paso. Un, dos, un, dos! Llevaba la
mochila al hombro y un sable al costado, pues vena de la guerra, y ahora iba a su
pueblo.
Mas he aqu que se encontr en el camino con una vieja bruja. Uf!, qu espantajo!,
con aquel labio inferior que le colgaba hasta el pecho.
- Buenas tardes, soldado! - le dijo -. Hermoso sable llevas, y qu mochila tan grande!
Eres un soldado hecho y derecho. Voy a ensearte la manera de tener todo el dinero que
desees.
- Gracias, vieja bruja! - respondi el soldado.
- Ves aquel rbol tan corpulento? - prosigui la vieja, sealando uno que creca a poca
distancia -. Por dentro est completamente hueco. Pues bien, tienes que trepar a la copa
y vers un agujero; te deslizars por l hasta que llegues muy abajo del tronco. Te atar
una cuerda alrededor de la cintura para volverte a subir cuando llames.
- Y qu voy a hacer dentro del rbol? - pregunt el soldado.
- Sacar dinero! - exclam la bruja -. Mira; cuando ests al pie del tronco te encontrars
en un gran corredor muy claro, pues lo alumbran ms de cien lmparas. Vers tres
puertas; podrs abrirlas, ya que tienen la llave en la cerradura. Al entrar en la primera
habitacin encontrars en el centro una gran caja, con un perro sentado encima de ella.
El animal tiene ojos tan grandes como tazas de caf; pero no te apures. Te dar mi
delantal azul; lo extiendes en el suelo, coges rpidamente al perro, lo depositas sobre el
delantal y te embolsas todo el dinero que quieras; son monedas de cobre. Si prefieres
plata, debers entrar en el otro aposento; en l hay un perro con ojos tan grandes como
ruedas de molino; pero esto no debe preocuparse. Lo pones sobre el delantal y coges
dinero de la caja. Ahora bien, si te interesa ms el oro, puedes tambin obtenerlo, tanto
como quieras; para ello debes entrar en el tercer aposento. Mas el perro que hay en l
tiene los ojos tan grandes como la Torre Redonda. A esto llamo yo un perro de verdad!
Pero nada de asustarte. Lo colocas sobre mi delantal, y no te har ningn dao, y podrs
sacar de la caja todo el oro que te venga en gana.
- No est mal!- exclam el soldado -. Pero, qu habr de darte, vieja bruja? Pues
supongo que algo querrs para ti.
- No - contest la mujer -, ni un cntimo. Para m sacars un viejo yesquero, que mi
abuela se olvid ah dentro, cuando estuvo en el rbol la ltima vez.
- Bueno, pues tame ya la cuerda a la cintura - convino el soldado.
- Ah tienes - respondi la bruja -, y toma tambin mi delantal azul.
Subise el soldado a la copa del rbol, se desliz por el agujero y, tal como le dijera la
bruja, se encontr muy pronto en el espacioso corredor en el que ardan las lmparas.
Y abri la primera puerta. Uf! All estaba el perro de ojos como tazas de caf,
mirndolo fijamente.
- Buen muchacho! - dijo el soldado, cogiendo al animal y depositndolo sobre el
delantal de la bruja. Llense luego los bolsillos de monedas de cobre, cerr la caja,
volvi a colocar al perro encima y pas a la habitacin siguiente. En efecto, all estaba
el perro de ojos como ruedas de molino.
- Mejor haras no mirndome as -le dijo-. Te va a doler la vista -. Y sent al perro sobre
el delantal. Al ver en la caja tanta plata, tir todas las monedas de cobre que llevaba
encima y se llen los bolsillos y la mochila de las del blanco metal.
Pas entonces al tercer aposento. Aquello presentaba mal cariz; el perro tena, en efecto,
los ojos tan grandes como la Torre Redonda, y los mova como s fuesen ruedas de
molino.
- Buenas noches! -dijo el soldado llevndose la mano a la gorra, pues perro como aquel
no lo haba visto en su vida. Una vez lo hubo observado bien, pens: Bueno, ya est
visto, cogi al perro, lo puso en el suelo y abri la caja. Seor, y qu montones de oro!
Habra como para comprar la ciudad de Copenhague entera, con todos los cerditos de
mazapn de las pasteleras y todos los soldaditos de plomo, ltigos y caballos de madera
de balancn del mundo entero. All s que haba oro, palabra!
Tir todas las monedas de plata que llevaba encima, las reemplaz por otras de oro, y se
llen los bolsillos, la mochila, la gorra y las botas de tal modo que apenas poda
moverse. No era poco rico, ahora! Volvi a poner al perro sobre la caja, cerr la puerta
y, por el hueco del tronco, grit
- Sbeme ya, vieja bruja!
- Tienes el yesquero? - pregunt la mujer.
- Caramba! - exclam el soldado -, pues lo haba olvidado! Y fue a buscar la bolsita,
con la yesca y el pedernal dentro. La vieja lo sac del rbol, y nuestro hombre se
encontr de nuevo en el camino, con los bolsillos, las botas, la mochila y la gorra
repletos de oro.
- Para qu quieres el yesquero? - pregunt el soldado.
- Eso no te importa! - replic la bruja -. Ya tienes tu dinero; ahora dame la bolsita.
- Conque s, eh? - exclam el mozo -. Me dices enseguida para qu quieres el
yesquero, o desenvaino el sable y te corto la cabeza!
- No! -insisti la mujer.
Y el soldado le cercen la cabeza y dej en el suelo el cadver de la bruja. Puso todo el
dinero en su delantal, colgselo de la espalda como un hato, guard tambin el yesquero
y se encamin directamente a la ciudad.
Era una poblacin magnfica, y nuestro hombre entr en la mejor de sus posadas y pidi
la mejor habitacin y sus platos preferidos, pues ya era rico con tanto dinero.
Al criado que recibi orden de limpiarle las botas ocurrisele que eran muy viejas para
tan rico caballero; pero es que no se haba comprado an unas nuevas. Al da siguiente
adquiri unas botas como Dios manda y vestidos elegantes.
Y ah tenis al soldado convertido en un gran seor. Le contaron todas las
magnificencias que contena la ciudad, y le hablaron del Rey y de lo preciosa que era la
princesa, su hija.
- Dnde se puede ver? - pregunt el soldado.
- No hay medio de verla - le respondieron -. Vive en un gran palacio de cobre, rodeado
de muchas murallas y torres. Nadie, excepto el Rey, puede entrar y salir, pues existe la
profeca de que la princesa se casar con un simple soldado, y el Monarca no quiere
pasar por ello.
Me gustara verla, pens el soldado; pero no haba modo de obtener una autorizacin.
El hombre llevaba una gran vida: iba al teatro, paseaba en coche por el parque y daba
mucho dinero a los pobres, lo cual deca mucho en su favor. Se acordaba muy bien de lo
duro que es no tener una perra gorda. Ahora era rico, vesta hermosos trajes e hizo
muchos amigos, que lo consideraban como persona excelente, un autntico caballero, lo
cual gustaba al soldado. Pero como cada da gastaba dinero y nunca ingresaba un
cntimo, al final le quedaron slo dos ochavos. Tuvo que abandonar las lujosas
habitaciones a que se haba acostumbrado y alojarse en la buhardilla, en un cuartucho
srdido bajo el tejado, limpiarse l mismo las botas y coserlas con una aguja saquera. Y
sus amigos dejaron de visitarlo; haba que subir tantas escaleras!.
El yesquero
Continuacin
Un da, ya oscurecido, se encontr con que no poda comprarse ni una vela, y entonces
se acord de un cacho de yesca que haba en la bolsita sacada del rbol de la bruja.
Busc la bolsa y sac el trocito de yesca; y he aqu que al percutirla con el pedernal y
saltar las chispas, se abri sbitamente la puerta y se present el perro de ojos como
tazas de caf que haba encontrado en el rbol, diciendo:
- Qu manda mi seor?
- Qu significa esto? - inquiri el soldado -. Vaya yesquero gracioso, si con l puedo
obtener lo que quiera! Treme un poco de dinero - orden al perro; ste se retir, y
estuvo de vuelta en un santiamn con un gran bolso de dinero en la boca.
Entonces se enter el soldado de la maravillosa virtud de su yesquero. Si golpeaba una
vez, compareca el perro de la caja de las monedas de cobre; si dos veces, se presentaba
el de la plata, y si tres, acuda el del oro. Nuestro soldado volvi a sus lujosas
habitaciones del primer piso, vistise de nuevo con ricas prendas, y sus amigos
volvieron a ponerlo por las nubes.
Un da le vino un pensamiento: Es bien extrao que no haya modo de ver a la
princesa!. Debe de ser muy hermosa, pero de qu le sirve, si se ha de pasar la vida en el
palacio de cobre rodeado de murallas y torres? No habra modo de verla? Dnde est
el yesquero? y, al encender la yesca, se present el perro de ojos grandes como tazas de
caf.
- Ya s que estamos a altas horas de la noche - dijo el soldado-, pero me gustara mucho
ver a la princesa, aunque fuera slo un momento.
El perro se retir enseguida, y antes de que el soldado tuviera tiempo de pensarlo,
volvi a entrar con la doncella, la cual vena sentada en su espalda, dormida, y era tan
hermosa, que a la legua se vea que se trataba de una princesa. El soldado no pudo
resistir y la bes; por algo era un soldado hecho y derecho.
Marchse entonces el perro con la doncella; pero cuando, a la maana, acudieron el Rey
y la Reina, su hija les cont que haba tenido un extrao sueo, de un perro y un
soldado. Ella iba montada en un perro, y el soldado la haba besado.
- Pues vaya historia! - exclam la Reina.
Y dispusieron que a la noche siguiente una vieja dama de honor se quedase de guardia
junto a la cama de la princesa, para cerciorarse de si se trataba o no de un sueo.
Al soldado le entraron unos deseos locos de volver a ver a la hija del Rey, y por la noche
llam al perro, el cual acudi a toda prisa a su habitacin con la muchacha a cuestas;
pero la vieja dama corri tanto como l, y al observar que su ama desapareca en una
casa, pens: Ahora ya s dnde est, y con un pedazo de tiza traz una gran cruz en la
puerta. Regres luego a palacio y se acost; mas el perro, al darse cuenta de la cruz
marcada en la puerta, traz otras iguales en todas las dems de la ciudad. Fue una gran
idea, pues la dama no podra distinguir la puerta, ya que todas tenan una cruz.
Al amanecer, el Rey, la Reina, la dama de honor y todos los oficiales salieron para
descubrir dnde haba estado la princesa.
- Es aqu! - exclam el Rey al ver la primera puerta con una cruz dibujada.
- No, es all, cario! - dijo la Reina, viendo una segunda puerta con el mismo dibujo.
- Pero si las hay en todas partes! -observaron los dems, pues dondequiera que mirasen
vean cruces en las puertas. Entonces comprendieron que era intil seguir buscando.
Pero la Reina era una dama muy ladina, cuya ciencia no se agotaba en saber pasear en
coche. Tomando sus grandes tijeras de oro, cort una tela de seda y confeccion una
linda bolsita. La llen luego de smola de alforfn y la at a la espalda de la princesa,
abriendo un agujerito en ella, con objeto de que durante el camino se fuese saliendo la
smola.
Por la noche se present de nuevo el perro, mont a la princesa en su lomo y la condujo
a la ventana del soldado, trepando por la pared hasta su habitacin. A la maana
siguiente el Rey y la Reina descubrieron el lugar donde habla sido llevada su hija, y,
mandando prender al soldado, lo encerraron en la crcel.
S seor, a la crcel fue a parar. Qu oscura y fea era la celda! Y si todo parara en eso!
Maana sers ahorcado, le dijeron. La perspectiva no era muy alegre, que digamos;
para colmo, se haba dejado el yesquero en casa. Por la maana pudo ver, por la estrecha
reja de la prisin, cmo toda la gente llegaba presurosa de la ciudad para asistir a la
ejecucin; oy los tambores y presenci el desfile de las tropas. Todo el mundo corra;
entre la multitud iba un aprendiz de zapatero, en mandil y zapatillas, galopando con
tanta prisa, que una de las babuchas le sali disparada y fue a dar contra la pared en que
estaba la reja por donde miraba el soldado.
- Hola, zapatero, no corras tanto! - le grit ste -; no harn nada sin m. Pero si quieres
ir a mi casa y traerme m yesquero, te dar cuatro perras gordas. Pero tienes que ir
ligero!
El aprendiz, contento ante la perspectiva de ganarse unas perras, ech a correr hacia la
posada y no tard en estar de vuelta con la bolsita, que entreg al soldado. Y ahora
viene lo bueno!
En las afueras de la ciudad haban levantado una horca, y a su alrededor formaba la
tropa y se apiaba la multitud: millares de personas. El Rey y la Reina ocupaban un
trono magnfico, frente al tribunal y al consejo en pleno.
El soldado estaba ya en lo alto de la escalera, pero cuando quisieron ajustarle la cuerda
al cuello, rog que, antes de cumplirse el castigo, se le permitiera, pobre pecador,
satisfacer un inocente deseo: fumarse una pipa, la ltima que disfrutara en este mundo.
El Rey no quiso negarle tan modesta peticin, y el soldado, sacando la yesca y el
pedernal, los golpe una, dos, tres veces. Inmediatamente se presentaron los tres perros:
el de los ojos como tazas de caf, el que los tena como ruedas de molino, y el de los del
tamao de la Torre Redonda.
- Ayudadme a impedir que me ahorquen - dijo el soldado -. Y los canes se arrojaron
sobre los jueces y sobre todo el consejo, cogiendo a los unos por las piernas y a los otros
por la nariz y lanzndolos al aire, tan alto, que al caer se hicieron todos pedazos.
- A m no, a m no! - gritaba el Rey; pero el mayor de los perros arremeti contra l y la
Reina, y los arroj adonde estaban los dems. Al verlo, los soldados se asustaron, y todo
el pueblo grit:
- Buen soldado, sers nuestro Rey y te casars con la bella princesa!
Y a continuacin sentaron al soldado en la carroza real, los tres canes abrieron la
marcha, danzando y gritando hurra!, mientras los muchachos silbaban con los dedos,
y las tropas presentaban armas. La princesa sali del palacio de cobre y fue Reina. Y
bien que le supo! La boda dur ocho das, y los perros, sentados junto a la mesa,
asistieron a ella con sus ojazos bien abiertos.
El ngel
Cada vez que muere un nio bueno, baja del cielo un ngel de Dios Nuestro Seor, toma
en brazos el cuerpecito muerto y, extendiendo sus grandes alas blancas, emprende el
vuelo por encima de todos los lugares que el pequeuelo am, recogiendo a la vez un
ramo de flores para ofrecerlas a Dios, con objeto de que luzcan all arriba ms hermosas
an que en el suelo. Nuestro Seor se aprieta contra el corazn todas aquellas flores,
pero a la que ms le gusta le da un beso, con lo cual ella adquiere voz y puede ya cantar
en el coro de los bienaventurados.
He aqu lo que contaba un ngel de Dios Nuestro Seor mientras se llevaba al cielo a un
nio muerto; y el nio lo escuchaba como en sueos. Volaron por encima de los
diferentes lugares donde el pequeo haba jugado, y pasaron por jardines de flores
esplndidas.
- Cul nos llevaremos para plantarla en el cielo? -pregunt el ngel.
Creca all un magnfico y esbelto rosal, pero una mano perversa haba tronchado el
tronco, por lo que todas las ramas, cuajadas de grandes capullos semiabiertos, colgaban
secas en todas direcciones.
- Pobre rosal! -exclam el nio-. Llvatelo; junto a Dios florecer.
Y el ngel lo cogi, dando un beso al nio por sus palabras; y el pequeuelo entreabri
los ojos.
Recogieron luego muchas flores magnficas, pero tambin humildes rannculos y
violetas silvestres.
- Ya tenemos un buen ramillete -dijo el nio; y el ngel asinti con la cabeza, pero no
emprendi enseguida el vuelo hacia Dios. Era de noche, y reinaba un silencio absoluto;
ambos se quedaron en la gran ciudad, flotando en el aire por uno de sus angostos
callejones, donde yacan montones de paja y cenizas; haba habido mudanza: veanse
cascos de loza, pedazos de yeso, trapos y viejos sombreros, todo ello de aspecto muy
poco atractivo.
Entre todos aquellos desperdicios, el ngel seal los trozos de un tiesto roto; de ste se
haba desprendido un terrn, con las races, de una gran flor silvestre ya seca, que por
eso alguien haba arrojado a la calleja.
- Vamos a llevrnosla -dijo el ngel-. Mientras volamos te contar por qu.
Remontaron el vuelo, y el ngel dio principio a su relato:
- En aquel angosto callejn, en una baja bodega, viva un pobre nio enfermo. Desde el
da de su nacimiento estuvo en la mayor miseria; todo lo que pudo hacer en su vida fue
cruzar su diminuto cuartucho sostenido en dos muletas; su felicidad no pas de aqu.
Algunos das de verano, unos rayos de sol entraban hasta la bodega, nada ms que
media horita, y entonces el pequeo se calentaba al sol y miraba cmo se transparentaba
la sangre en sus flacos dedos, que mantena levantados delante el rostro, diciendo: S,
hoy he podido salir. Saba del bosque y de sus bellsimos verdores primaverales, slo
porque el hijo del vecino le traa la primera rama de haya. Se la pona sobre la cabeza y
soaba que se encontraba debajo del rbol, en cuya copa brillaba el sol y cantaban los
pjaros.
Un da de primavera, su vecinito le trajo tambin flores del campo, y, entre ellas vena
casualmente una con la raz; por eso la plantaron en una maceta, que colocaron junto a
la cama, al lado de la ventana. Haba plantado aquella flor una mano afortunada, pues,
creci, sac nuevas ramas y floreci cada ao; para el muchacho enfermo fue el jardn
ms esplndido, su pequeo tesoro aqu en la Tierra. La regaba y cuidaba,
preocupndose de que recibiese hasta el ltimo de los rayos de sol que penetraban por la
ventanuca; la propia flor formaba parte de sus sueos, pues para l floreca, para l
esparca su aroma y alegraba la vista; a ella se volvi en el momento de la muerte,
cuando el Seor lo llam a su seno. Lleva ya un ao junto a Dios, y durante todo el ao
la plantita ha seguido en la ventana, olvidada y seca; por eso, cuando la mudanza, la
arrojaron a la basura de la calle. Y sta es la flor, la pobre florecilla marchita que hemos
puesto en nuestro ramillete, pues ha proporcionado ms alegra que la ms bella del
jardn de una reina.
- Pero, cmo sabes todo esto? -pregunt el nio que el ngel llevaba al cielo.
- Lo s -respondi el ngel-, porque yo fui aquel pobre nio enfermo que se sostena
sobre muletas. Y bien conozco mi flor!
El pequeo abri de par en par los ojos y clav la mirada en el rostro esplendoroso del
ngel; y en el mismo momento se encontraron en el Cielo de Nuestro Seor, donde reina
la alegra y la bienaventuranza. Dios apret al nio muerto contra su corazn, y al
instante le salieron a ste alas como a los dems ngeles, y con ellos se ech a volar,
cogido de las manos. Nuestro Seor apret tambin contra su pecho todas las flores,
pero a la marchita silvestre la bes, infundindole voz, y ella rompi a cantar con el
coro de angelitos que rodean al Altsimo, algunos muy de cerca otros formando crculos
en torno a los primeros, crculos que se extienden hasta el infinito, pero todos rebosantes
de felicidad. Y todos cantaban, grandes y chicos, junto con el buen chiquillo
bienaventurado y la pobre flor silvestre que haba estado abandonada, entre la basura de
la calleja estrecha y oscura, el da de la mudanza.
La aguja de zurcir
rase una vez una aguja de zurcir tan fina y puntiaguda, que se crea ser una aguja de
coser.
- Fijaos en lo que hacis y manejadme con cuidado - deca a los dedos que la manejaban
-. No me dejis caer, que si voy al suelo, las pasaris negras para encontrarme. Soy tan
fina!
- Vamos, vamos, que no hay para tanto! - dijeron los dedos sujetndola por el cuerpo.
- Mirad, aqu llego yo con mi squito - prosigui la aguja, arrastrando tras s una larga
hebra, pero sin nudo.
Los dedos apuntaron la aguja a la zapatilla de la cocinera; el cuero de la parte superior
haba reventado y se disponan a coserlo.
- Qu trabajo ms ordinario! - exclam la aguja -. No es para m. Me rompo, me
rompo! - y se rompi -. No os lo dije? - suspir la vctima -. Soy demasiado fina!
- Ya no sirve para nada - pensaron los dedos; pero hubieron de seguir sujetndola,
mientras la cocinera le aplicaba una gota de lacre y luego era clavada en la pechera de la
blusa.
- Toma! Ahora soy un prendedor! - dijo la vanidosa -. Bien saba yo que con el tiempo
hara carrera. Cuando una vale, un da u otro se lo reconocen -. Y se ro para sus
adentros, pues por fuera es muy difcil ver cundo se re una aguja de zurcir. Y se qued
all tan orgullosa cmo si fuese en coche, y paseaba la mirada a su alrededor.
- Puedo tomarme la libertad de preguntarle, con el debido respeto, si acaso es usted de
oro? - inquiri el alfiler, vecino suyo -. Tiene usted un porte majestuoso, y cabeza
propia, aunque pequea. Debe procurar crecer, pues no siempre se pueden poner gotas
de lacre en el cabo.
Al or esto, la aguja se irgui con tanto orgullo, que se solt de la tela y cay en el
vertedero, en el que la cocinera estaba lavando.
- Ahora me voy de viaje - dijo la aguja -. Con tal que no me pierda! -. Pero es el caso
que se perdi.
Este mundo no est hecho para m - pens, ya en el arroyo de la calle -. Soy demasiado
fina. Pero tengo conciencia de mi valer, y esto siempre es una pequea satisfaccin. Y
mantuvo su actitud, sin perder el buen humor.
Por encima de ella pasaban flotando toda clase de objetos: virutas, pajas y pedazos de
peridico. Cmo navegan! - deca la aguja -. Poco se imaginan lo que hay en el
fondo!. Yo estoy en el fondo y aqu sigo clavada. Toma!, ahora pasa una viruta que no
piensa en nada del mundo como no sea en una "viruta", o sea, en ella misma; y ahora
viene una paja: qu manera de revolcarse y de girar! No pienses tanto en ti, que dars
contra una piedra. Y ahora un trozo de peridico! Nadie se acuerda de lo que pone, y,
no obstante, cmo se ahueca! Yo, en cambio, me estoy aqu paciente y quieta; s lo que
soy y seguir sindolo....
Un da fue a parar a su lado un objeto que brillaba tanto, que la aguja pens que tal vez
sera un diamante; pero en realidad era un casco de botella. Y como brillaba, la aguja se
dirigi a l, presentndose como alfiler de pecho.
- Usted debe ser un diamante, verdad?
- Bueno... s, algo por el estilo.
Y los dos quedaron convencidos de que eran joyas excepcionales, y se enzarzaron en
una conversacin acerca de lo presuntuosa que es la gente.
- Sabes? yo viv en el estuche de una seorita - dijo la aguja de zurcir -; era cocinera;
tena cinco dedos en cada mano, pero nunca he visto nada tan engredo como aquellos
cinco dedos; y, sin embargo, toda su misin consista en sostenerme, sacarme del
estuche y volverme a meter en l.
- Brillaban acaso? - pregunt el casco de botella.
- Brillar? - exclam la aguja -. No; pero a orgullosos nadie los ganaba. Eran cinco
hermanos, todos dedos de nacimiento. Iban siempre juntos, la mar de tiesos uno al lado
del otro, a pesar de que ninguno era de la misma longitud. El de ms afuera, se llamaba
Pulgar, era corto y gordo, estaba separado de la mano, y como slo tena una
articulacin en el dorso, slo poda hacer una inclinacin; pero afirmaba que si a un
hombre se lo cortaban, quedaba intil para el servicio militar. Luego vena el
Lameollas, que se meta en lo dulce y en lo amargo, sealaba el sol y la luna y era el
que apretaba la pluma cuando escriban. El Larguirucho se miraba a los dems desde
lo alto; el Borde dorado se paseaba con un aro de oro alrededor del cuerpo, y el
menudo Meique no haca nada, de lo cual estaba muy ufano. Todo era jactarse y
vanagloriarse. Por eso fui yo a dar en el vertedero.
- Ahora estamos aqu, brillando - dijo el casco de botella. En el mismo momento lleg
ms agua al arroyo, lo desbord y se llev el casco.
- Vamos! A ste lo han despachado - dijo la aguja -. Yo me quedo, soy demasiado fina,
pero esto es mi orgullo, y vale la pena -. Y permaneci altiva, sumida en sus
pensamientos.
- De tan fina que soy, casi creera que nac de un rayo de sol. Tengo la impresin de que
el sol me busca siempre debajo del agua. Soy tan sutil, que ni mi padre me encuentra. Si
no se me hubiese roto el ojo, creo que llorara; pero no, no es distinguido llorar.
Un da se presentaron varios pilluelos y se pusieron a rebuscar en el arroyo, en pos de
clavos viejos, perras chicas y otras cosas por el estilo. Era una ocupacin muy sucia,
pero ellos se divertan de lo lindo.
- Ay! - exclam uno; se haba pinchado con la aguja de zurcir -. Esta marrana!
- Yo no soy ninguna marrana, sino una seorita! - protest la aguja; pero nadie la oy.
El lacre se haba desprendido, y el metal estaba ennegrecido; pero el negro hace ms
esbelto, por lo que la aguja se crey an ms fina que antes.
- Ah viene flotando una cscara de huevo! - gritaron los chiquillos, y clavaron en ella
la aguja.
- Negra sobre fondo blanco - observ sta -. Qu bien me sienta! Soy bien visible. Con
tal que no me maree, ni vomite! -. Pero no se mare ni vomit.
- Es una gran cosa contra el mareo tener estmago de acero. En esto s que estoy por
encima del vulgo. Me siento como si nada. Cunto ms fina es una, ms resiste.
- Crac! - exclam la cscara, al sentirse aplastada por la rueda de un carro.
- Uf, cmo pesa! - aadi la aguja -. Ahora s que me mareo. Me rompo, me rompo! -.
Pero no se rompi, pese a haber sido atropellada por un carro. Qued en el suelo, y, lo
que es por m, puede seguir all muchos aos.
El nio travieso
rase una vez un anciano poeta, muy bueno y muy viejo. Un atardecer, cuando estaba
en casa, el tiempo se puso muy malo; fuera llova a cntaros, pero el anciano se
encontraba muy a gusto en su cuarto, sentado junto a la estufa, en la que arda un buen
fuego y se asaban manzanas.
- Ni un pelo de la ropa les quedar seco a los infelices que este temporal haya pillado
fuera de casa -dijo, pues era un poeta de muy buenos sentimientos.
- brame! Tengo fro y estoy empapado! -grit un nio desde fuera. Y llamaba a la
puerta llorando, mientras la lluvia caa furiosa, y el viento haca temblar todas las
ventanas.
- Pobrecillo! -dijo el viejo, abriendo la puerta. Estaba ante ella un rapazuelo
completamente desnudo; el agua le chorreaba de los largos rizos rubios. Tiritaba de fro;
de no hallar refugio, seguramente habra sucumbido, vctima de la inclemencia del
tiempo.
- Pobre pequeo! -exclam el compasivo poeta, cogindolo de la mano-. Ven
conmigo, que te calentar! Voy a darte vino y una manzana, porque eres tan precioso.
Y lo era, en efecto. Sus ojos parecan dos lmpidas estrellas, y sus largos y ensortijados
bucles eran como de oro puro, aun estando empapados. Era un verdadero angelito, pero
estaba plido de fro y tirtaba con todo su cuerpo. Sostena en la mano un arco
magnifico, pero estropeado por la lluvia; con la humedad, los colores de sus flechas se
haban borrado y mezclado unos con otros.
El poeta se sent junto a la estufa, puso al chiquillo en su regazo, escurrile el agua del
cabello, le calent las manitas en las suyas y le prepar vino dulce. El pequeo no tard
en rehacerse: el color volvi a sus mejillas, y, saltando al suelo, se puso a bailar
alrededor del anciano poeta.
- Eres un rapaz alegre! -dijo el viejo-. Cmo te llamas?
- Me llamo Amor -respondi el pequeo-. No me conoces? Ah est mi arco, con el que
disparo, puedes creerme. Mira, ya ha vuelto el buen tiempo, y la luna brilla.
- Pero tienes el arco estropeado -observ el anciano.
- Mala cosa sera! -exclam el chiquillo, y, recogindolo del suelo, lo examin con
atencin-. Bah!, ya se ha secado; no le ha pasado nada; la cuerda est bien tensa. Voy a
probarlo! -. Tens el arco, psole una flecha y, apuntando, dispar certero, atravesando
el corazn del buen poeta.- Ya ves que mi arco no est estropeado! -dijo, y, con una
carcajada, se march. Habase visto un chiquillo ms malo! Disparar as contra el
viejo poeta, que lo haba acogido en la caliente habitacin, se haba mostrado tan bueno
con l y le haba dado tan exquisito vino y sus mejores manzanas!
El buen seor yaca en el suelo, llorando; realmente le haban herido en el corazn.
-Oh, qu nio tan prfido es ese Amor! Se lo contar a todos los chiquillos buenos,
para que estn precavidos y no jueguen con l, pues procurar causarles algn dao.
Todos los nios y nias buenos a quienes cont lo sucedido se pusieron en guardia
contra las tretas de Amor, pero ste continu haciendo de las suyas, pues realmente es
de la piel del diablo. Cuando los estudiantes salen de sus clases, l marcha a su lado, con
un libro debajo del brazo y vestido con levita negra. No lo reconocen y lo cogen del
brazo, creyendo que es tambin un estudiante, y entonces l les clava una flecha en el
pecho. Cuando las muchachas vienen de escuchar al seor cura y han recibido ya la
confirmacin l las sigue tambin. S, siempre va detrs de la gente. En el teatro se
sienta en la gran araa, y echa llamas para que las personas crean que es una lmpara,
pero qui!; demasiado tarde descubren ellas su error. Corre por los jardines y en torno a
las murallas. S, un da hiri en el corazn a tu padre y a tu madre. Pregntaselo, vers
lo que te dicen. Creme, es un chiquillo muy travieso este Amor; nunca quieras tratos
con l; acecha a todo el mundo. Piensa que un da dispar, una flecha hasta a tu anciana
abuela; pero de eso hace mucho tiempo. Ya pas, pero ella no lo olvida. Caramba con
este diablillo de Amor! Pero ahora ya lo conoces y sabes lo malo que es.
Abuelita
Abuelita es muy vieja, tiene muchas arrugas y el pelo completamente blanco, pero sus
ojos brillan como estrellas, slo que mucho ms hermosos, pues su expresin es dulce, y
da gusto mirarlos. Tambin sabe cuentos maravillosos y tiene un vestido de flores
grandes, grandes, de una seda tan tupida que cruje cuando anda. Abuelita sabe muchas,
muchsimas cosas, pues viva ya mucho antes que pap y mam, esto nadie lo duda.
Tiene un libro de cnticos con recias cantoneras de plata; lo lee con gran frecuencia. En
medio del libro hay una rosa, comprimida y seca, y, sin embargo, la mira con una
sonrisa de arrobamiento, y le asoman lgrimas a los ojos. Por qu abuelita mirar as la
marchita rosa de su devocionario? No lo sabes? Cada vez que las lgrimas de la
abuelita caen sobre la flor, los colores cobran vida, la rosa se hincha y toda la sala se
impregna de su aroma; se esfuman las paredes cual si fuesen pura niebla, y en derredor
se levanta el bosque, esplndido y verde, con los rayos del sol filtrndose entre el
follaje, y abuelita vuelve a ser joven, una bella muchacha de rubias trenzas y redondas
mejillas coloradas, elegante y graciosa; no hay rosa ms lozana, pero sus ojos, sus ojos
dulces y cuajados de dicha, siguen siendo los ojos de abuelita.
Sentado junto a ella hay un hombre, joven, vigoroso, apuesto. Huele la rosa y ella sonre
- pero ya no es la sonrisa de abuelita! - s, y vuelve a sonrer. Ahora se ha marchado l,
y por la mente de ella desfilan muchos pensamientos y muchas figuras; el hombre
gallardo ya no est, la rosa yace en el libro de cnticos, y... abuelita vuelve a ser la
anciana que contempla la rosa marchita guardada en el libro.
Ahora abuelita se ha muerto. Sentada en su silla de brazos, estaba contando una larga y
maravillosa historia.
- Se ha terminado - dijo - y yo estoy muy cansada; dejadme echar un sueecito.
Se recost respirando suavemente, y qued dormida; pero el silencio se volva ms y
ms profundo, y en su rostro se reflejaban la felicidad y la paz; habrase dicho que lo
baaba el sol... y entonces dijeron que estaba muerta.
La pusieron en el negro atad, envuelta en lienzos blancos. Estaba tan hermosa, a pesar
de tener cerrados los ojos! Pero todas las arrugas haban desaparecido, y en su boca se
dibujaba una sonrisa. El cabello era blanco como plata y venerable, y no daba miedo
mirar a la muerta. Era siempre la abuelita, tan buena y tan querida. Colocaron el libro de
cnticos bajo su cabeza, pues ella lo haba pedido as, con la rosa entre las pginas. Y as
enterraron a abuelita.
En la sepultura, junto a la pared del cementerio, plantaron un rosal que floreci
esplndidamente, y los ruiseores acudan a cantar all, y desde la iglesia el rgano
desgranaba las bellas canciones que estaban escritas en el libro colocado bajo la cabeza
de la difunta. La luna enviaba sus rayos a la tumba, pero la muerta no estaba all; los
nios podan ir por la noche sin temor a coger una rosa de la tapia del cementerio. Los
muertos saben mucho ms de cuanto sabemos todos los vivos; saben el miedo, el miedo
horrible que nos causaran si volviesen. Pero son mejores que todos nosotros, y por eso
no vuelven. Hay tierra sobre el fretro, y tierra dentro de l. El libro de cnticos, con
todas sus hojas, es polvo, y la rosa, con todos sus recuerdos, se ha convertido en polvo
tambin. Pero encima siguen floreciendo nuevas rosas y cantando los ruiseores, y
enviando el rgano sus melodas. Y uno piensa muy a menudo en la abuelita, y la ve con
sus ojos dulces, eternamente jvenes. Los ojos no mueren nunca. Los nuestros vern a
abuelita, joven y hermosa como antao, cuando bes por vez primera la rosa, roja y
lozana, que yace ahora en la tumba convertida en polvo.
En una casa de Copenhague, en la calle del Este, no lejos del Nuevo Mercado Real, se
celebraba una gran reunin, a la que asistan muchos invitados. No hay ms remedio
que hacerlo alguna vez que otra, pues lo exige la vida de sociedad, y as otro da lo
invitan a uno. La mitad de los contertulios estaban ya sentados a las mesas de juego y la
otra mitad aguardaba el resultado del Qu vamos a hacer ahora? de la seora de la
casa. En sas estaban, y la tertulia segua adelante del mejor modo posible. Entre otros
temas, la conversacin recay sobre la Edad Media. Algunos la consideraban mucho
ms interesante que nuestra poca. Knapp, el consejero de Justicia, defenda con tanto
celo este punto de vista, que la seora de la casa se puso enseguida de su lado, y ambos
se lanzaron a atacar un ensayo de Orsted, publicado en el almanaque, en el que, despus
de comparar los tiempos antiguos y los modernos, terminaba concediendo la ventaja a
nuestra poca. El consejero afirmaba que el tiempo del rey dans Hans haba sido el ms
bello y feliz de todos.
Las dos hadas se estaban contando mutuamente sus andanzas de aquel da. La mensajera
de la Suerte slo haba hecho unos encargos de poca monta: preservado un sombrero
nuevo de un chaparrn, procurado a un seor honorable un saludo de una nulidad
distinguida, etc.; pero le quedaba por hacer algo que se sala de lo corriente.
- Tengo que decirle an -prosigui- que hoy es mi cumpleaos, y para celebrarlo me han
confiado un par de chanclos para que los entregue a los hombres. Estos chanclos tienen
la propiedad de transportar en el acto, a quien los calce, al lugar y la poca en que ms
le gustara vivir. Todo deseo que guarde relacin con el tiempo, el lugar o la duracin, es
cumplido al acto, y as el hombre encuentra finalmente la felicidad en este mundo.
- Eso crees t -replic la Preocupacin-. El hombre que haga uso de esa facultad ser
muy desgraciado, y bendecir el instante en que pueda quitarse los chanclos.
- Por qu dices eso? -respondi la otra-. Mira, voy a dejarlos en el umbral; alguien se
los pondr equivocadamente y vers lo feliz que ser.
- Es espantoso cmo est de sucia esta calle! -exclam el Consejero-. Han quitado la
acera, y todos los faroles estn apagados.
La luna estaba an baja sobre el horizonte, y el aire era adems bastante denso, por lo
que todos los objetos se confundan en la oscuridad. En la primera esquina brillaba una
lamparilla debajo de una imagen de la Virgen, pero la luz que arrojaba era casi nula; el
hombre no la vio hasta que estuvo junto a ella, y sus ojos se fijaron en la estampa
pintada en que se representaba a la Virgen con el Nio.
Debe anunciar una coleccin de arte, y se habrn olvidado de quitar el cartel, pens.
Pasaron por su lado varias personas vestidas con el traje de aquella poca.
Volvi a la calle del Este, y casi la haba recorrido toda cuando sali la luna.
Dios mo, qu esperpento han levantado aqu!, exclam al distinguir la puerta del
Este, que en aquellos tiempos se hallaba en el extremo de la calle.
Entretanto encontr un portalito, por el que sali al actual Mercado Nuevo; pero no era
sino una extensa explanada cubierta de hierba, con algunos matorrales, atravesada por
una ancha corriente de agua. Varias mseras barracas de madera, habitadas por
marineros de Halland, de quienes vena el nombre de Punta de Halland, se levantaban
en la orilla opuesta.
Volvise persuadido de que estaba enfermo; al entrar de nuevo en la calle observ las
casas con ms detencin; la mayora eran de entramado de madera, y muchas tenan
tejado de paja.
No, yo no estoy bien! -exclam-, y, sin embargo, slo he tomado un vaso de ponche;
cierto que es una bebida que siempre se me sube a la cabeza. Adems, fue una gran
equivocacin servirnos ponche con salmn caliente; se lo dir a la seora del Agente.
Y si volviese a decirle lo que me ocurre? Pero sera ridculo, y, por otra parte, tal vez
estn ya acostados.
Pero esto es espantoso, no reconozco la calle del Este, no hay ninguna tienda! Slo
veo casas viejas, mseras y semiderruidas, como si estuviese en Roeskilde o Ringsted.
Yo estoy enfermo! Pero de nada sirve hacerse imaginaciones. Dnde diablos est la
casa del Agente? sta no se le parece en nada, y, sin embargo, hay gente an. Ah, no
hay duda, estoy enfermo!.
Empuj una puerta entornada, a la que llegaba la luz por una rendija. Era una posada de
los viejos tiempos, una especie de cervecera. La sala presentaba el aspecto de una
taberna del Holstein; cierto nmero de personas, marinos, burgueses de Copenhague y
dos o tres clrigos, estaban enfrascados en animadas charlas sobre sus jarras de cerveza,
y apenas se dieron cuenta del forastero.
- Es ste El Da de esta tarde? -pregunt, slo por decir, algo, viendo que la mujer
apartaba una gran hoja de papel.
Ella, sin comprender la pregunta, alargle la hoja, que era un grabado en madera que
representaba un fenmeno atmosfrico visto en Colonia.
Los que se hallaban sentados cerca de l, al or sus palabras lo miraron con asombro;
uno se levant, y, quitndose respetuosamente el sombrero, le dijo muy serio:
- Oh, no! -respondi el Consejero-. Slo s hablar de unas cuantas cosas que todo el
mundo conoce.
- La modestia es una hermosa virtud -observ el otro- Por lo dems, debo contestar a
vuestro discurso: mihi secus videtur; pero dejo en suspenso mi juicio.
- Desde luego -contest el Consejero-. Me gusta leer escritos antiguos y tiles, pero
tambin soy aficionado a las cosas modernas, con excepcin de esas historias triviales,
tan abundantes en verdad.
- Oh! -dijo, sonriendo, el hombre-, sin embargo, tienen mucho ingenio y se leen en la
Corte. El Rey gusta de modo particular de la novela del Seor de Iffven y el Seor
Gaudian, con el rey Arts y los Caballeros de la Tabla Redonda; se ha redo no poco con
sus altos dignatarios.
Hasta aqu todo marchaba sin tropiezos; luego, uno de los buenos burgueses se puso a
hablar de la grave peste que se haba declarado algunos aos antes, refirindose a la de
1494; pero el Consejero crey que se trataba de la epidemia de clera, con lo cual la
conversacin prosigui como sobre ruedas. La guerra de los piratas de 1490, tan
reciente, sali a su vez a colacin. Los corsarios ingleses haban capturado barcos en la
rada, dijeron; y el Consejero, que haba vivido los acontecimientos de 1801, se sum a
los vituperios contra los ingleses. El resto de la charla, en cambio, ya no discurri tan
llanamente, y en ms de un momento pusieron los unos y el otro caras agrias; el buen
bachiller resultaba demasiado ignorante, y las manifestaciones ms simples del
magistrado le sonaban a atrevidas y exageradas. Se consideraban mutuamente de reojo,
y cuando las cosas se ponan demasiado tirantes, el bachiller hablaba en latn con la
esperanza de ser mejor comprendido; pero nada se sacaba en limpio.
- Dios mo! pero, dnde estoy? -pregunt, sintiendo que le daba vueltas la cabeza.
- Vamos a tomar un vaso de lo caro! Hidromiel y cerveza de Brema -pidi uno de los
presentes-, y vos beberis con nosotros.
Entraron dos mozas, una de ellas cubierta con una cofia bicolor; sirvieron la bebida y
saludaron con una inclinacin. Al Consejero le pareci que un extrao fro le recorra el
espinazo.
- Pero qu es esto, qu es esto? -repeta; pero no tuvo ms remedio que beber con ellos,
los cuales se apoderaron del buen seor. Estaba completamente desconcertado, y al
decir uno que estaba borracho, no lo puso en duda, y se limit a pedirles que le
procurasen un coche. Entonces pensaron los otros que hablaba en moscovita.
Nunca se haba encontrado en una compaa tan ruda y tan ordinaria. Es para pensar
que el pas ha vuelto al paganismo -dijo para s-. Estoy pasando el momento ms
horrible de mi vida. De repente le vino la idea de meterse debajo de la mesa y alcanzar
la puerta andando a gatas. As lo hizo, pero cuando ya estaba en la salida, los otros se
dieron cuenta de su propsito, lo agarraron por los pies y se quedaron con los chanclos
en la mano... afortunadamente para l, pues al quitarle los chanclos ces el hechizo.
El Consejero vio entonces ante l un farol encendido, y detrs, un gran edificio; todo le
resultaba ya conocido y familiar; era la calle del Este, tal como nosotros la conocemos.
Se encontr tendido en el suelo con las piernas contra una puerta, frente al dormido
vigilante nocturno.
Dios bendito! Es posible que haya estado tendido en plena calle y soando? -dijo-.
S, sta es la calle del Este! Qu bonita, qu clara y pintoresca! Es terrible el efecto de
un vaso de ponche!.
Continuacin
Si son unos chanclos de verdad! -exclam el vigilante-. Sern del teniente que vive
all. Estn delante de la puerta.
El buen hombre tuvo la intencin de llamar y entregarlos, pues en el piso habla luz;
pero, temiendo despertar a los dems vecinos, no lo hizo.
Qu calentito debe sentirse uno con estas cosas en los pies! -pens-. El cuero es muy
suave -. Le venan bien-. Qu extrao es el mundo! El teniente podra meterse ahora
en su cama bien caliente, pero no seor, ni se le ocurre. Venga pasearse por la
habitacin; ste s que es un hombre feliz. No tiene mujer ni hijos, y cada noche va de
tertulia. Qu dicha estar en su lugar!.
Al expresar este deseo, obr el hechizo de los chanclos que se haba calzado: el
vigilante nocturno pas a convertirse en el teniente. Encontrse en la habitacin alta,
con un papel color de rosa en las manos, en el que estaba escrita una poesa, obra del
propio teniente. Pues todos hemos tenido en la vida un momento de inspiracin potica,
y si entonces hemos anotado nuestros pensamientos, el resultado ha sido una poesa. La
del papel rezaba as:
Ese pobre vigilante de la calle es mucho ms feliz que yo; no conoce lo que yo llamo
la miseria; tiene un hogar, mujer e hijos, que lloran con sus penas y gozan con sus
alegras. Ah, cunto ms feliz sera yo si pudiese cambiarme con l, y avanzar por la
vida enfrentndome con sus exigencias y sus esperanzas! Sin duda es ms feliz que
yo!.
En el mismo instante el vigilante volvi a ser vigilante, pues con los chanclos de la
suerte se haba transformado en el teniente, pero, segn hemos visto, se sinti
desdichado y dese ser lo que poco antes era. Y de este modo el vigilante pas de nuevo
a ser vigilante.
Ha sido un sueo muy desagradable -dijo-, pero muy raro. Me pareci que era el
teniente de arriba, y, sin embargo, no me dio ningn gusto. Echaba en falta a mi
mujercita y los chiquillos, que me aturden con sus besos.
All va! -dijo-, pero, qu importa, con las que hay! Me habra gustado ver esas cosas
ms de cerca, especialmente la Luna, que no se escapa tan deprisa como las estrellas
errantes. Segn aquel estudiante, cuya ropa lava mi mujer, cuando morimos vamos
volando de estrella en estrella. Es un cuento, desde luego, pero lo bonito que sera, si
fuera verdad. Ojal pudiera yo pegar un saltito hasta all; el cuerpo podra quedarse
aqu, echado en la escalera.
Sabes?, hay ciertas cosas en el mundo que no deben mentarse sin mucho cuidado; pero
hay que redoblar an la prudencia cuando se llevan puestos los chanclos de la suerte.
Escucha, si no, lo que le sucedi al vigilante.
Todos conocemos la velocidad de la traccin a vapor; la hemos experimentado, ya
viajando en ferrocarril, ya por mar, en barcos; pero este vuelo es como la marcha de un
caracol comparada con la velocidad de la luz; corre diecinueve millones de veces ms
rpida que el mejor corredor, y, sin embargo, la electricidad todava la supera. La muerte
es un choque elctrico que recibimos en el corazn; en alas de la electricidad, el alma,
liberada emprende el vuelo. Ocho minutos y unos segundos necesita la luz del sol para
efectuar un viaje de ms de veinte millones de millas; con el tren expreso de la
electricidad, el alma necesita solamente unos pocos minutos para efectuar el mismo
recorrido. El espacio que separa los astros no es para ella mayor que para nosotros las
distancias que, en una misma ciudad, median entre las casas de nuestros amigos, incluso
cuando son vecinas. Pero este choque elctrico cardaco nos cuesta el uso del cuerpo
aqu abajo, a no ser que, como el vigilante, llevemos puestos los chanclos de la suerte.
En breves segundos recorri nuestro hombre las cincuenta y dos mil millas que nos
separan de la Luna, la cual, como se sabe, es de una materia ms ligera que nuestra
Tierra; podramos decir que tiene la blanda consistencia de la nieve recin cada.
Encontrse en una de aquellas innmeras montaas anulares que conocemos por el gran
mapa de la Luna que trazara el doctor Mdler; lo has visto, verdad? Por el interior era
un embudo que descenda cosa de media milla, y en el fondo se levantaba una ciudad,
cuyo aspecto podemos figurarnos si batimos claras de huevo en un vaso de agua; los
materiales eran blandos como ellas, y formaban torres parecidas, con cpulas y terrazas
en forma de velas, transparentes y flotantes en la tenue atmsfera. Nuestra tierra flotaba
encima de su cabeza como un globo de color rojo oscuro.
Inmediatamente vio un gran nmero de seres, que seran sin duda los que nosotros
llamamos personas; pero su figura era muy distinta de la nuestra. Tenan tambin su
lengua, y nadie puede exigir que un vigilante nocturno la entendiera; pues bien, a pesar
de ello, result que la entenda.
S, seor, result que el alma del vigilante entenda perfectamente la lengua de los
selenitas, los cuales hablaban de nuestra Tierra y dudaban de que pudiese estar habitada.
En ella la atmsfera deba de ser demasiado densa para permitir la vida de un ser
luntico racional. Consideraban que slo la Luna estaba habitada; era, segn ellos, el
astro idneo para servir de vivienda a los moradores del universo.
Pero volvamos a la calle del Este y veamos qu pasa con el cuerpo del vigilante
nocturno.
Yaca inanimado en la escalera; el chuzo le haba cado de la mano, y los ojos tenan la
mirada clavada en la Luna, donde vagaba su alma de bendito.
Ahora bien, cmo se las iba a arreglar el alma, si se le ocurra volver, y, como es muy
natural, buscaba el cuerpo en la calle del Este? All, desde luego, no lo encontrara. Lo
ms probable es que acudiese a la polica, y de ella a la oficina de informaciones, donde
preguntaran e investigaran entre los objetos extraviados; y luego ira al hospital. Pero
tranquilicmonos; el alma es muy inteligente cuando obra por s misma; es el cuerpo el
que la vuelve tonta.
Segn ya dijimos, el cuerpo del vigilante fue a parar al hospital y depositado en la sala
de desinfeccin, donde, como era lgico, la primera cosa que hicieron fue quitarle los
chanclos, con lo cual el alma hubo de volver. Dirigise enseguida al lugar donde estaba
el cuerpo, y un momento despus nuestro hombre estaba de nuevo vivito y coleando.
Asegur que acababa de pasar la noche ms horrible de su vida; ni por un escudo se
avendra a volver a las andadas; suerte que ya haba pasado.
Un nmero de declamacin
Todos los ciudadanos de Copenhague saben hoy da cmo es la entrada del hospital del
rey Federico. Pero como puede darse el caso de que lean la presente historia algunas
personas desconocedoras de la capital, forzoso nos ser comenzar dando una
descripcin de ella.
El hospital queda separado de la calle por una reja bastante alta, cuyos barrotes de hierro
estn tan distantes entre s, que algunos de los estudiantes internos de Medicina, si eran
flacos, podan escabullirse por entre ellos y efectuar sus pequeas correras por el
exterior. La parte del cuerpo que ms costaba de pasar era la cabeza; en este caso, como
en tantos otros que vemos en la vida, las cabezas menores eran las ms afortunadas. Lo
dicho bastar como introduccin.
Uno de los jvenes candidatos, de quien slo desde el punto de vista corporal poda
decirse que tena una gran cabeza, estaba de guardia aquella noche. La lluvia caa a
cntaros, lo cual supona un obstculo ms; pero, a pesar de todo, el mozo tena que
salir, aunque fuere slo por un cuarto de hora. Para una ausencia tan breve no haba
necesidad de dar explicaciones al portero, pens, con tal de poder escurrirse por entre
las rejas. All estaban los chanclos que el vigilante haba olvidado; ni por un momento
se le ocurri que pudiesen ser los de la Suerte, y si slo que con aquel tiempo le haran
buen servicio; por eso se los puso. Le vino entonces la duda de si podra o no pasar por
entre los barrotes, pues nunca lo haba intentado an.
Y all estaba.
Quiera Dios que pueda pasar la cabeza! -dijo, e inmediatamente, a pesar de que era
grande y dura, pas con facilidad y sin contratiempos, gracias a los chanclos; pero no el
cuerpo, y all se qued.
Uf, estoy demasiado gordo! -dijo-. Crea que la cabeza era lo ms difcil. No podr
salir.
Trat entonces de retirarla, pero no hubo medio. Poda mover el cuello fcilmente, pero
eso era todo. Su primer impulso fue de ira, y el segundo, de total desaliento. Los
chanclos de la Suerte lo haban puesto en aquella terrible situacin, y, desgraciadamente
para l, no se le ocurri desear liberarse de ella, sino que continu forcejeando sin
conseguir nada positivo. Segua lloviendo intensamente, y por la calle no pasaba un
alma. Le era imposible alcanzar la cadena de la campanilla de la puerta; cmo soltarse?
Comprendi que tendra que permanecer all hasta la maana; entonces habran de
llamar a un herrero para que limase un barrote; pero esto lleva tiempo. Toda la escuela
de pobres, situada enfrente, acudira con sus alumnos uniformados de azul, todo el
barrio marinero de Nyboder se concentrara all para verlo en la picota; habra una
afluencia enorme, mucho mayor que la del pasado ao en que haba florecido el agave
gigante. Uf, la sangre se me sube a la cabeza, creo que me volver loco! S, me
volver loco! Ah, si pudiese soltarme, todo estara resuelto!.
Hubiera podido decirlo antes! No bien hubo manifestado aquel deseo, quedle libre la
cabeza y se precipit al interior, desconcertado por el susto que acababan de causarle los
chanclos de la Suerte.
Pero no creis que par aqu la cosa, no; lo peor es lo que sucedi ms tarde.
Aquella idea le preocupaba; le habra gustado no poco poseer unos anteojos como los
descritos; utilizndolos bien, tal vez fuera posible ver el mismo corazn de las personas,
lo cual resultara an ms interesante que saber los acontecimientos del prxim