Virgilio Piera: La carne.
Cuento
PUBLICADO EL JUNIO 14, 2013 POR ESTOESPUROCUENTO
Sucedi con gran sencillez, sin afectacin. Por
motivos que no son del caso exponer, la poblacin sufra de falta de carne.
Todo el mundo se alarm y se hicieron comentarios ms o menos amargos
y hasta se esbozaron ciertos propsitos de venganza. Pero, como siempre
sucede, las protestas no pasaron de meras amenazas y pronto se vio a
aquel afligido pueblo engullendo los ms variados [Link] que el
seor Ansaldo no sigui la orden general. Con gran tranquilidad se puso a
afilar un enorme cuchillo de cocina, y, acto seguido, bajndose los
pantalones hasta las rodillas, cort de su nalga izquierda un hermoso
filete. Tras haberlo limpiado lo adob con sal y vinagre, lo pas como se
dice por la parrilla, para finalmente frerlo en la gran sartn de las
tortillas del domingo.
Sentse a la mesa y comenz a saborear su hermoso filete. Entonces
llamaron a la puerta; era el vecino que vena a desahogarse Pero
Ansaldo, con elegante ademn, le hizo ver el hermoso filete. El vecino
pregunt y Ansaldo se limit a mostrar su nalga izquierda. Todo quedaba
explicado. A su vez, el vecino deslumbrado y conmovido, sali sin decir
palabra para volver al poco rato con el alcalde del pueblo. ste expres a
Ansaldo su vivo deseo de que su amado pueblo se alimentara, como lo
haca Ansaldo, de sus propias reservas, es decir, de su propia carne, de la
respectiva carne de cada uno. Pronto qued acordada la cosa y despus de
las efusiones propias de gente bien educada, Ansaldo se traslad a la plaza
principal del pueblo para ofrecer, segn su frase caracterstica, una
demostracin prctica a las [Link] vez all hizo saber que cada
persona cortara de su nalga izquierda dos filetes, en todo iguales a una
muestra en yeso encarnado que colgaba de un reluciente alambre. Y
declaraba que dos filetes y no uno, pues si l haba cortado de su propia
nalga izquierda un hermoso filete, justo era que la cosa marchase a
comps, esto es, que nadie engullera un filete menos. Una vez fijados estos
puntos diose cada uno a rebanar dos filetes de su respectiva nalga
izquierda. Era un glorioso espectculo, pero se ruega no enviar
descripciones. Por lo dems, se hicieron clculos acerca de cunto tiempo
gozara el pueblo de los beneficios de la carne. Un distinguido anatmico
predijo que sobre un peso de cien libras, y descontando vsceras y dems
rganos no ingestibles, un individuo poda comer carne durante ciento
cuarenta das a razn de media libra por da. Por lo dems, era un clculo
ilusorio. Y lo que importaba era que cada uno pudiese ingerir su hermoso
filete.
Pronto se vio a seoras que hablaban de las ventajas que reportaba la idea
del seor Ansaldo. Por ejemplo, las que ya haban devorado sus senos no se
vean obligadas a cubrir de telas su caja torcica, y sus vestidos concluan
poco ms arriba del ombligo. Y algunas, no todas, no hablaban ya, pues
haban engullido su lengua, que dicho sea de paso, es un manjar de
monarcas. En la calle tenan lugar las ms deliciosas escenas: as, dos
seoras que haca muchsimo tiempo no se vean no pudieron besarse;
haban usado sus labios en la confeccin de unas frituras de gran xito. Y
el alcaide del penal no pudo firmar la sentencia de muerte de un
condenado porque se haba comido las yemas de los dedos, que, segn los
buenos gourmets (y el alcaide lo era) ha dado origen a esa frase tan
llevada y trada de chuparse la yema de los dedos.
Hubo hasta pequeas sublevaciones. El sindicato de obreros de
ajustadores femeninos elev su ms formal protesta ante la autoridad
correspondiente, y sta contest que no era posible slogan alguno para
animar a las seoras a usarlos de nuevo. Pero eran sublevaciones
inocentes que no interrumpan de ningn modo la consumacin, por parte
del pueblo, de su propia carne.
Uno de los sucesos ms pintorescos de aquella agradable jornada fue la
diseccin del ltimo pedazo de carne del bailarn del pueblo. ste, por
respeto a su arte, haba dejado para lo ltimo los bellos dedos de sus pies.
Sus convecinos advirtieron que desde haca varios das se mostraba
vivamente inquieto. Ya slo le quedaba la parte carnosa del dedo gordo.
Entonces invit a sus amigos a presenciar la operacin. En medio de un
sanguinolento silencio cort su porcin postrera, y sin pasarla por el fuego
la dej caer en el hueco de lo que haba sido en otro tiempo su hermosa
boca. Entonces todos los presentes se pusieron repentinamente serios.
Pero se iba viviendo, y era lo importante, Y si acaso? Sera por eso que
las zapatillas del bailarn se encontraban ahora en una de las salas del
Museo de los Recuerdos Ilustres? Slo se sabe que uno de los hombres
ms obesos del pueblo (pesaba doscientos kilos) gast toda su reserva de
carne disponible en el breve espacio de 15 das (era extremadamente
goloso, y por otra parte, su organismo exiga grandes cantidades). Despus
ya nadie pudo verlo jams. Evidentemente se ocultaba Pero no slo se
ocultaba l, sino que otros muchos comenzaban a adoptar idntico
comportamiento. De esta suerte, una maana, la seora Orfila, al
preguntar a su hijo que se devoraba el lbulo izquierdo de la oreja dnde
haba guardado no s qu cosa, no obtuvo respuesta alguna. Y no valieron
splicas ni amenazas. Llamado el perito en desaparecidos slo pudo dar
con un breve montn de excrementos en el sitio donde la seora Orfila
juraba y perjuraba que su amado hijo se encontraba en el momento de ser
interrogado por ella. Pero estas ligeras alteraciones no minaban en
absoluto la alegra de aquellos habitantes. De qu podra quejarse un
pueblo que tena asegurada su subsistencia? El grave problema del orden
pblico creado por la falta de carne, no haba quedado definitivamente
zanjado? Que la poblacin fuera ocultndose progresivamente nada tena
que ver con el aspecto central de la cosa, y slo era un colofn que no
alteraba en modo alguno la firme voluntad de aquella gente de procurarse
el precioso alimento. Era, por ventura, dicho colofn el precio que exiga
la carne de cada uno? Pero sera miserable hacer ms preguntas
inoportunas, y aquel prudente pueblo estaba muy bien alimentado.