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De Como El Hambre ME HIZO ESCRITOR

Este documento narra la historia de cómo Lucio V. Mansilla se encontró sin dinero después de llegar a Paraná desde Buenos Aires. Fue invitado a una fiesta en Santa Fe para celebrar la inauguración de la navegación del río Salado, aunque finalmente no resultó ser navegable. En la fiesta, el gobernador le pidió a Mansilla que escribiera una descripción de la navegación a pesar de que Mansilla le dijo que no sabía escribir. Mansilla se sintió obligado a escribir la descripción a pesar

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De Como El Hambre ME HIZO ESCRITOR

Este documento narra la historia de cómo Lucio V. Mansilla se encontró sin dinero después de llegar a Paraná desde Buenos Aires. Fue invitado a una fiesta en Santa Fe para celebrar la inauguración de la navegación del río Salado, aunque finalmente no resultó ser navegable. En la fiesta, el gobernador le pidió a Mansilla que escribiera una descripción de la navegación a pesar de que Mansilla le dijo que no sabía escribir. Mansilla se sintió obligado a escribir la descripción a pesar

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Lucio V.

Mansilla

De cmo el hambre me hizo escritor

2003 - Reservados todos los derechos


Permitido el uso sin fines comerciales

Lucio V. Mansilla

De cmo el hambre me hizo escritor


Al seor don Mariano de Vedia
Si vous voulez bien parler et bien
crire, ncoutez et ne lisez que des
choses bien dites et bien crites.
BUFFON

Sal de la crcel...as como suena, de la crcel; no han ledo ustedes mal; no puedo
declararlo bien alto y en puridad; tanto ms, cuanto que, siendo honrosos los motivos, como
los mos lo fueron, hace ms bien que mal saber prcticamente qu diferencia hay entre la
cruja y la celda y, como Gil Blas, dueo de mi persona, y de algunos buenos pesos, me fui
al Paran.
Digo mal, no me fui precisamente como Gil Blas, porque ste le haba hurtado
algunos ducados a su to, y la mosca que yo llevaba habamela dado mi queridsimo to y
padrino, Gervasio Rozas.
Pero llevaba cierto bagaje de malicia del mundo, que le haca equilibrio a mi buena
fe genial.
Yo me deca, estando en el calabozo: Cuando me pongan en libertad padeca por
haber defendido a mis padres -, har tal o cual cosa....
La prisin me haba hecho mucho bien. Cun instructivas son las tinieblas!
El hombre propone, Dios, o el Otro dispone.
No hay quien no tenga su anank, prescindiendo de la lucha entre el bien y el mal,
que ser eterna, como aquellos dos genios de lo bueno y de lo malo: Dios, o el Otro.
Me pusieron en libertad, si en libertad puede decirse ser desterrado, y todos aquellos
castillos en el aire, hechos a la sombra y en las sombras, se desplomaron, zapados por lo
inesperado de mi nueva situacin.
Aquella transicin fue como pasar de lo quimrico a lo real; tiene uno que volver a
hacer relacin consigo mismo, que preguntarse: quin soy?qu quiero?adnde voy? y
no andarse con sofismas e imposturas.
Cuando me pregunt quin soy?, la voz interior me dijo: un federal de familia. Y
no digo de raza, porque mi padre fue unitario, en cierto sentido.
Cuando me pregunt lo otro, el eco arguy elocuentemente: Vas donde debes,
tendrs lo que quieres.
Efectivamente, en el Paran gobernaba el espritu de la Federacin.
Buenos Aires estaba, por eso, segregado.
Explico mi fenmeno, no discuto ni provoco discusin.

Llegu al Paran; llevaba la bolsa repleta, e hice como la cigarra.


Tuve amigos en el acto.
Se acab el dinero; los amigos desaparecieron, como las moscas cuando se acaba la
miel.
El mundo es as; no hay que creerlo tan malo por eso; es mejor imputar esos chascos
a la insigne pavada de la imprevisin, que es la ms imperdonable de todas las pavadas.
Mi insolvencia de dinero era mayor que la insolvencia capilar de Roca o la ma
propia, que por ah vamos ahora. Tout passe avec le temps, y el pelo, con las ilusiones.
Me quedaban cinco pesos bolivianos, y como dicen en Italia, la ben fattezza de mi
persona, o la estampa, como dicen en Andaluca. Y qu capital suele ser!
En Santa Fe se aprestaban para una fiesta; queran, bajo los auspicios del pobre viejo don
Esteban Rams y Rubert (l construy la casa donde est el Club del Plata), hacer navegable
el ro Salado, e inauguraban su navegacin.
Todo el mundo estaba loco en Santa Fe, todos eran argonautas: era el
descubrimiento del vellocino de oro.
Cinco pesos bolivianos, lo repito, me quedaban; nada ms!
Pues a Santa Fe, me dije, ya que aqu no me dan nada los federales; y me largu al
puerto, haciendo cuentas as: dos reales de pasaje, con el Monito. Era ste un botero muy
acreditado, el que llevaba la correspondencia, algo como un correo de gabinete, mulatillo
de color pero blanco como la nieve en sus acciones.
Doce reales de hotel, en tres das...(si no me quedo), me sobra, tengo hasta para las
allumettes chimiques del estudiante...adelante.
Me embarqu; bamos como en tranway, decentemente, confortablemente, todos
mezclados, tocndonos lo suficiente.
Llegu.
Al desembarcar, un federal me reconoci ya era tiempo- , y me llev a su casa; era
un excelente sujeto, listo, perspicaz, bien colocado, con su platita, con familia interesante y
lindas hijas.
Los dioses se ponan de mi lado.
- Llega usted me dijeron en el mejor momento: qu gusto para nosotros!
Maana estamos de fiesta, de gran fiesta y me explicaron y me demostraron la
navegacin del Salado, que no haba quien no conociera al dedillo, lo mismo que en los
placeres no hay quien no sepa lavar un poco de arena, para extraer un grano de oro.
La hospitalidad me haba puesto en caja. Yo no era otro, pero me senta otro. Vean
ustedes lo que es no estar solo; y despus predican tanto contra las sociedades de socorros
mutuos, como la Bolsa! Dorm bien. Oh, sed siempre hospitalarios, hasta con los que os
lleven sus primeras elucubraciones! Pensad cuntos no sern los ingenios que se esterilizan
por no tener dnde ubicar.
Al da siguiente, a las 10 de la maana, estbamos a bordo de un vaporcito
empavesado, que era una tortuga que no pudo con la corriente, contra la que podan las
canoas criollas, y no se naveg el Salado; pero se navegara...
Ay del que se hubiera atrevido a negarlo! Sera como negar ahora, por ejemplo...a
ver algo en lo que todos estemos de acuerdo, para no chocar a nadie. Ya lo tengo...que
hace ms fro en invierno que en verano.
La flor y la nata de ambos sexos santafecinos estaba all. Yo me mantena un tanto
apartado, dndome aires: tena toda la barba, larga la rizada melena, y usaba un gran
chambergo con el ala levantada, a guisa de don Flix de Montemar.

Mi apostura, mi continente, mi esplendor juvenil, llamaron la atencin de don Juan


Pablo Lpez (a.) Mascarilla (el pelafustn, segn otros), gobernador constitucional, en ese
momento, y dirigindose a mi husped, le dijo:
- Quin es aquel profeta?
Romntico, o poeta, o estrafalario, o algo por el estilo, algo de eso, o todo eso, quiso
implicar y no otra cosa. Tena quizs el trmino, no le vena a las mientes. Vea una figura
discordante, en medio de aquel cuadro uniforme, de tipos habituales la incongruencia le
chocaba sin fastidiarlo y expresaba su impresin, vaga, confusa, insaisissable,
inagarrable, como caa, tomndola por los cabellos, y la sintetizaba, calificndome de
profeta.
Oh! esta afasia de la mente, que para expresar una idea toma una palabra, que no
suele tener con ella ninguna relacin, no es slo una enfermedad de la ignorancia supina.
Cuntos que tienen cierta instruccin no emplean trminos que, para entenderlos, hay que
interpretarlos al revs!
Era este caudillo un curioso personaje: hablaba con mucha locuacidad, amontonaba
abarrisco palabras y palabras, con sentido para l, pero que el interlocutor tena que
escarmenar para sacar de ellas algo en limpio.
Fuimos amigazos despus.
Un da, queriendo significarme que l no era menos que Urquiza su mulo -,
menos que otro, me dijo:
- Porque, amigo, ni naides es menos nadas, ni nadas es menos naides.
Qu tiempos aquellos!
Los santafecinos no vieron lo que esperaban, ni los santiagueos tampoco:
decididamente no era navegable el Salado, o los ingenieros sublunares no daban en bola.
Haba que recurrir a esos de que nos hablan algunos astrnomos, los cuales pretenden que
en el planeta Marte se han abierto canales y operado transformaciones, que de seguro no
sospecha aqu Pirovano, con todo su elenco selecto del Departamento de Ingenieros.
Pero, qu importaba que las cosas no hubieran andado, como se deseaba?Qu
sera de la humanidad sin la esperanza!
Era necesario contar, difundir, divulgar lo hecho, lo intentado y lo tentado; sobre
todo, describir la fiesta.
Resolv acostarme, despus de haber pasado un da agradabilsimo, para los dos que
lleva todo hombre dentro de s mismo, porque observ y com.
Me desped de mis huspedes, me fui a mi cuarto, y cuando haba empezado a
despojarme, llamaron a la puerta, preguntando si se poda entrar.
-Cmo no? repuse.
Era el dueo de casa.
- Amigo, vengo a ver si le falta algo.
- Nada, estoy perfectamente, gracias!
Me mir, como quien no se atreve a atreverse, y atrevindose, por fin, me dijo:
- Tengo que pedirle a usted un servicio.
-Con mucho gusto le contest; pero estando a un milln de leguas de sospechar
que yo pudiera hacer otra cosa que no fuera casarme otra vez (lo haba hecho pocos meses
antes), con alguna de sus hijas. Yo era muy pnfilo a los veintitrs aos, a pesar de mis
largos viajes, de mis variadas lecturas y de las picardas que haba hecho y visto hacer. Fue
ms lento mi desarrollo moral que mi desarrollo intelectual.

- Pues bien, necesito que usted me escriba la descripcin de la navegacin del


Salado, para mandarla a publicar en el diario de Paran.
-Yooo?
- S, pues; pero sin firmar: yo la mandar como cosa ma.
-Si yo no s escribir, seor!
-Cmo, usted no sabe escribir y ha estado en Calcuta! Y habla una porcin de
lenguas!No me diga, amigo!
- Le aseguro que no s, que no he escrito en mi vida, sino cartas a mamita y a tatita,
y hecho una que otra traduccin del francs.
-Ah! Ve usted. Y eso no es escribir?
No hubo qu hacer: yo tena que saber escribir. Aquel hombre lo quera: me haba
dado hospitalidad.
- Bueno le dije - , har lo que pueda.
Brill un rayo de felicidad en sus ojos.
-Voy a traerle todo.
Se fue y volvi trayndolo; nos despedimos.
Me puse a llorar en seco.
Me senta desgraciado. En castigo de qu pecado haba ido yo a Santa Fe? Era toda
mi inspiracin sobre la navegacin del Salado.
Mis cinco bolivianos no haban mermado, sino de dos reales, importe del pasaje
pagado al Monito. Pero qu era eso, en presencia de la fatalidad, que me sorprenda
hirindome como el rayo al desprevenido labrador?
Qu pararrrayos oponerle a mi malhadada suerte?
Me sent, me puse a coordinar esas como ideas, que no son tales, sino nebulosos
informes del pensamiento.
Poco a poco, algo fue trazando la torpe mano; borraba ms de lo que quedaba
legible. Tena que describir lo que no haba visto: la navegacin de lo innavegable; de lo
que era peor, lo que haba visto, lo innavegable de la navegacin, y slo me asaltaban en
tropel recuerdos de la China y de la India, de la Arabia ptrea y del Egipto, de Delhi, de El
Cairo y de Constantinopla; no vea sino desierto en todo, pero desierto sin fantsticas Fata
Morganas siquiera, y todo al revs,dado vuelta.
Era un ple-mle de impresiones en fermentacin.
Qu noche aqulla!
Como quien espanta moscas que perturban, las fui desechando, desenmaraando, y
pude, al fin, sentirme algo dueo de m mismo, y haciendo pasar lo que quera del cerebro a
la punta de los dedos, escribir una quisicosa, que tom forma y extensin.
Fue un triunfo de la necesidad y del deber sobre la ineptitud y la inconsciencia. Yo
no saba escribir, pero poda escribir. Ah! Eso s, no escribira ms. No haba nacido para
tales aprietos y conflictos.
Al da siguiente, mi husped llevme el mate a la cama, en persona, y con la voz
ms seductora me pregunt si ya estaba eso, echando al mismo tiempo una mirada furtiva
a la picota de mi sacrificio intelectual, donde yaca desparramada, en carillas ilegibles para
otro que no fuera yo, mi hazaa cerebral de hroe por fuerza.
- A ver dijo con impaciencia.
Me puse a leer, con no poca dificultad, pues yo mismo no me entenda.
-Bien, muy bien, perfectamente deca a cada momento, exclamando una vez que
hube concluido - Ah, mi amigo, qu servicio me ha hecho usted!

Yo estaba atnito.
Positivamente, como Mr. Jourdain, haba escrito prosa sin quererlo.
- Ahora me dijo- me lo va usted a dictar.
Pusimos manos a la obra, y a las dos horas estaba todo concluido, con una atroz
ortografa.
Pero yo me deca, como el cordobs del cuento, al que le observaron que el
gallinceo que llevaba lo pringaba: Para lo que es ma la pava....!
Mi husped se fue.
Almorzamos despus y el da se pas sin ninguno de esos incidentes que se graban
per in ternum en la memoria de un joven.
Pero mis cinco bolivianos disminuan...
Y vosotros, slo comprenderais mi situacin, los que os hayis hallado, habiendo
nacido en la opulencia, reducidos a tan mnima expresin monetaria.
Pens en regresar; en el hotel del Paran tena crdito; escribira adems a Buenos
Aires.
Estaba escrito que me haba de quedar all.
Qu haba pasado?
Mi husped haba ledo en pleno cenculo oficial, como suya, mi descripcin; no le
haban credo, lo haban apurado, haba tenido que declarar el autor.
Entonces el ministro de Mascarilla, que le deba su educacin a mi padre, que no se
me haba hecho presente, mirndome de arriba abajo, casi con desdn, exclam: Discpulo
mo en la escuela de Clarmont, latinista, gran talento, se llevaban todos los premios, entre l
y Benjamn Victorica (falso, falssimo por lo que a m respecta). Y al da siguiente se me
present, para hacerme sus excusas, que yo acept encantado, pues slo ms tarde ca en
cuenta.
Mi magnfica descripcin haba marchado para el Paran. All se publicara en el
Diario Oficial. En Santa Fe, no haba diario; as habl l, continuando:
-Y qu piensa usted hacer? Ya lo saba por mi husped, con el que yo haba
tenido mis desahogos.
Le trac mi plan, lo reprob y me dijo:
-No, usted no se va de ac. Yo voy a darle imprenta, papel, operarios y un sueldo, y
usted nos har un diario para sostener al Gobierno.
- Yo? Aquello era una conjuracin.
- S, usted.
- Yo no soy escritor.
- Que no es usted escritor; y escribe usted descripciones esplndidas, sublimes,
admirables!
- Seor!
- Nada, nada; usted se queda, reflexione. Es su porvenir.
Y se march, dejndome absorto.
Ca en una especie de abatimiento soporfero. Yo, escribir para el pblico! me
deca - . Yo, periodista!Yo!
Me paseaba agitado por el cuarto; iba, vena; en una de sas, me detuve, me mir al
espejo turbio, que era todo el ajuar de tocador que all haba, y mi cara me pareci grotesca.
Haba metido involuntariamente las manos en las faltriqueras, sent que mis cinco
bolivianos se haban reducido casi a cero, y aquella sensacin dolorosa (o no es dolorosa?)

decidi de mi destino futuro, porque me incit a pensar, y del pensamiento a la accin no


hay ms que un paso.
Hice cuentas: me salan bien; era la oferta tan clara!
Pero los que no me salan bien eran los clculos sobre el tiempo que tendra que
invertir en escribir mis artculos. Aquellas columnas macizas me horripilaban de antemano.
Sobre qu escribira? El pblico, sobre todo, me aterraba: tena el ms profundo respeto
por l. Ignoraba entonces que, a veces, lo mismo lee al derecho que al revs.
Presa de esas emociones, que otro nombre no tienen, era yo, cuando se me present
mi husped, y abrazndome me felicit: el ministro haba dado por hecho que yo me
quedaba a redactar un peridico.
Al da siguiente tuvimos una segunda conferencia con l, y me decid, urgido por la
necesidad, qu digo?, por el hambre.
Una vez solo, cara a cara con mis compromisos, me sent desalentado y estuve por
escribir una carta, diciendo: Huyo, no puedo y por fugar. Me haca a m mismo el
efecto de un delincuente. O la audacia no es un delito algunas veces?Por qu haba
entonces en el templo de Busiris esta inscripcin: Audacia, Audacia y en el segundo
prtico interior - : No mucha audacia?
El Chaco sali. Qu extravagante ttulo! Y sin embargo fue una intuicin.
El Chaco santafecino es hoy da, sin la navegacin del Salado, lo que yo
profetizaba.
Don Juan Pablo Lpez, no haba preguntado al verme: Quin es aquel profeta?
Y despus dirn que no es uno profeta en su tierra!
Mi colega y mi amigo en la Cmara de Diputados, el doctor Basualdo, comparti
conmigo las primeras tareas de la imprenta. Era un chiquiln; pero debe acordarse de Juan
Burki, el editor responsable pro forma, un pobre colono sin trabajo, que andaba casi con la
pata en el suelo. La primera vez que le pagaron, lo primero que hizo fue comprarse unas
botas en la zapatera de enfrente, botas que fueron su martirio fsico y moral. Primero, por
lo que le hacan doler; despus, porque nadie reparaba en ellas ex profeso, tanto que a las
pocas horas de haberlas inaugurado, no pudo resistir, y reuniendo a los tipgrafos y
sealndoselas les observ, en su media lengua: Ese botas, lindo.
Los tipgrafos soltaron una carcajada homrica, y le ensearon, colgadas en una
aldaba, sus alpargatas sucias y rotosas de la vspera, como dicindole: Te conocemos; la
mona, aunque se vista de seda, mona se queda.
A qu contar mis primeras angustias, mis partos para producir? Haran llorar, y
estoy harto de tristezas.
Pero no omitir aqu que era yo tan pobre entonces, que no tena ms cama que las
resmas de papel: es un buen lecho de algodn.
Querido Vedia:
Me deca usted ayer:
Qu es lo que hace usted, general, para escribir como habla?
Mientras me da la respuesta a esa pregunta y mientras me refiere, cual me lo tiene
prometido, cmo el hambre le hizo escritor, veamos qu otra dificultad se presenta para el
xito de la conversacin escrita.
Contesto: Me ha parecido ms natural, ms propio, ms concienzudo, pagar la
deuda que voluntariamente contraje, contndole primero cmo fue que el hambre me hizo
escritor.

Ya est pagada. La otra, que usted me imputa con su gentil curiosidad, tambin la
acepto, la reconozco, mas ser para despus. Necesito tomarme para ello algn tiempo
moral, siendo el asunto o tema algo ms subjetivo que ste.
Hoy por hoy, concluyo, sosteniendo que slo los que han sido pobres merecen ser
ricos. De ah mi poca admiracin por los grandes herederos, que no tienen ms ttulo que
sus millones; mi estimacin, mi aprecio, mi respeto, por todo hombre que se hace a s
mismo.

El presente libro ha sido digitalizado por el voluntario Gonzalo Pedro


Pagani.
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