Murray Bookchin
Anarquismo social o
anarquismo personal
Un abismo insuperable
1995
ndice general
Nota de la editorial . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Introduccin (por Juantxo Estebaranz) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Nota a los lectores . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Anarquismo social o anarquismo personal . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Anarquismo individualista y reaccin . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Autonoma o libertad? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
El anarquismo como caos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Anarquismo mstico e irracional . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Contra la tecnologa y la civilizacin . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Misticacin de lo primitivo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Evaluacin del anarquismo personal . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Hacia un comunalismo democrtico . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
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Nota de la editorial
La edicin de este texto, que data del ao 1995, nos vino propuesta por Roser
Bosch, que haba incluido la traduccin de este texto como trabajo de n de carrera
para sus estudios universitarios de traduccin.
Era un texto del que habamos odo hablar, pero que no tenamos previsto editar.
Sin embargo, la lectura del mismo suscit un debate encendido dentro del colectivo
editorial sobre aspectos que compartamos y aspectos que no compartamos del
texto, crticas fundadas en el mismo y otras que nos parecen menos fundadas;
pero en todo caso el propio debate nos hizo pensar que se trataba de un texto que,
ms all de que se comparta o no en su generalidad, planteaba cuestiones sobre
los fundamentos tericos del anarquismo y sobre sus debilidades actuales como
movimiento que nos parecan sucientemente importantes aunque slo sea como
medio o base de discusin.
Nos daramos por ms que satisfechos si la traduccin al castellano de este
breve ensayo sirviera para enriquecer o avivar los debates sobre el futuro del
anarquismo en nuestras tierras y sobre las aportaciones que han hecho o no al
mismo las nuevas corrientes de crtica de la civilizacin industrial.
Nuestro agradecimiento a Roser Bosch, que nos ha cedido gratuitamente la
traduccin, y a Juantxo Estebaranz que, a pesar de no compartir los planteamientos de Bookchin, en su texto introductorio hace una exhausta presentacin y
contextualizacin de las principales claves y guras que son objeto de crtica por
parte de Murray Bookchin.
La traduccin ha sido hecha a partir de la edicin del ao 1995 de la editorial
AK-Press. En la misma guraban notas numeradas al nal del libro y otras con
asterisco a pie de pgina. Nosotros hemos optado por numerarlas todas a pie de
pgina.
el colectivo vrico
Introduccin (por Juantxo Estebaranz)
I. Para mediados del siglo XX, la imposicin del modelo capitalista norteamericano tras la victoria militar aliada era una realidad en la maltrecha Europa. A
travs de las ayudas del capital yankee conocidas como Plan Marshall, un capitalismo basado en la integracin del trabajador, tambin como consumidor, y en
el nuevo papel del Estado como organizador y garante del suministro de servicios
pblicos al conjunto de la poblacin se impona en el Viejo Continente. En algunos pases, el nuevo modelo hegemnico llegara de la mano de la alianza de sus
regmenes con las nuevas instituciones nancieras internacionales, alianza que
3
permitira, en el caso del Estado espaol, transitar de un rgimen de inequvoca
orientacin fascista a un capitalismo autoritario acorde con el modelo en boga.
El modelo requera la salarizacin y urbanizacin de la mayor proporcin de
poblacin posible, proceso que comenzaba con la mecanizacin del campo y la
expulsin de sus pobladores hacia las urbes como fuerza de trabajo de las nuevas
instalaciones industriales. El proceso de industrializacin del campo, que traa
consigo no slo su maquinizacin sino su dependencia de insumos como los fertilizantes, fue conocido, cmo no, como la Revolucin Verde. El desarrollismo,
como fue bautizado por el rgimen franquista aquel proceso, plantaba sus botas
sobre la radical transformacin y minorizacin del sector primario, a la par que
impona un insalubre modo de vida urbano.
Teniendo su origen en el solar norteamericano, sera lgico tambin que las
primeras voces que clamaron contra el nuevo capitalismo partieran tambin de
aquellos territorios. Entre estas despuntaba la de Murray Bookchin, que ya en
plena dcada de los cincuenta consegua formular una consistente sntesis entre
la tradicin anarquista y una precoz crtica ecologista de corte anticapitalista.
Con el paso de los aos, este anarquista norteamericano se convertira en un
referente tambin en Europa para quienes realizaban un anlisis de los procesos
de transformacin social en curso, teniendo especialmente en cuenta la paulatina
degradacin del medio ambiente que stos conllevaban. Una gura que mantena
su prestigio no slo entre las las libertarias sino tambin entre la extensa Nueva
Izquierda norteamericana, para la que sera tambin importante la inclusin de la
perspectiva ecolgica en el nuevo proyecto revolucionario.
Adems de pionero del ecologismo, Bookchin estaba a la vez tambin relacionado con las protestas y propuestas de los nuevos movimientos sociales y juveniles
norteamericanos, y aun cuando segua anclado en la tradicin anarquista, se distanciaba del clsico esquema obrerista, muy propio tambin del anarquismo del
primer tercio del siglo XX. Sus textos iran llegando al Estado espaol con el
deshielo del franquismo que permitira la aparicin de un activo sector editorial
inmerso en la difusin de clsicos hasta la fecha prohibidos y en la traduccin
de volmenes de la contracultura. De este modo, ya para 1974 sera accesible
su El anarquismo en la sociedad de consumo, conjunto de artculos que daban a
conocer sus posicionamientos frente al modelo de capitalismo imperante, pero en
el que aparecan tambin sus crticas hacia formas de oposicin de la izquierda ya
para entonces caducas. Adems de la traduccin de algunos breves textos en la
explosin de revistas libertarias y contra culturales del postfranquismo, su perl
quedaba explcito con la publicacin en 1978 en castellano de otra coleccin de
ensayos escritos en la primera mitad de aquella dcada, y que fue titulada Por una
sociedad ecolgica. En este texto y como le era caracterstico, Bookchin sumaba a
4
la crtica ecolgica de corte libertario, reexiones como la contenida en Espontaneidad y organizacin, que le alejaban de posturas inmovilistas presentes en el
seno del anarquismo.
Su ingente produccin editorial se prolong durante dcadas y abarc tambin
el anlisis histrico (por aquellos aos vera la luz Los anarquistas espaoles (Los
aos heroicos 1868-1936), aunque pese al paso del tiempo la mayor parte de sta permanece inaccesible en castellano; de hecho, el volumen donde Bookchin
sentaba el concepto de ecologa social, considerada su obra fundamental, La
Ecologa de la libertad. La emergencia y disolucin de las jerarquas, debera esperar desde 1972 hasta 1999 para llegar a ser editada en el Estado espaol. Desde
los aos noventa del siglo XX y hasta su fallecimiento en 2006, cobraron especial
inters sus anlisis sobre la participacin en la esfera poltica local, englobados
en el llamado municipalismo libertario, temtica que no siendo novedosa en
sus escritos, sera objeto de una especial difusin en la escena libertaria espaola
por parte de los sectores promotores de la opcin municipalista, sectores que
apoyaran su propuesta basndose en el prestigio de este ya veterano anarquista. 1
Sera en 1995 cuando fuera escrito este Anarquismo social o anarquismo personal
que ahora tienes entre las manos.
II. En 1989 caa el muro de Berln inaugurando una nueva poca, donde el
proyecto capitalista converta su hegemona en totalitarismo, al carecer ocialmente desde entonces de rival conocido. El nal de la Historia, que anunciaban
sus voceros, acababa con la ilusin emancipadora que su espejo, el socialismo
de Estado, haba mantenido pese a s mismo durante las anteriores dcadas. El
neoliberalismo comenzaba a campar a sus anchas, deshaciendo el papel de garante
de un mnimo equilibrio social que el Estado haba detentado hasta entonces, y la
globalizacin capitalista se desnudaba ante un mundo sin apenas referentes de
oposicin. A la par, la segunda Revolucin Verde, la basada en la articializacin de la Naturaleza a travs de las tcnicas de modicacin transgnica, y la
conectividad garantizada por la unin entre el hilo telefnico y la computadora,
bautizada como Internet, ponan las bases materiales para la nueva poca.
La atmsfera asxiante de un mundo bajo un mismo dominio puso en valor experiencias rebeldes pretritas que orecieron en pocas de ahogo similar. De igual
modo, la derrota ya ocial de las formas organizativas de las que se haba dotado
el movimiento obrero empuj a la reconsideracin de muchas de las certezas de
su corpus terico y a la bsqueda de otros referentes histricos.
Estos sectores promoveran la edicin en castellano de Las polticas de la ecologa social: municipalismo libertario, de Janet Biehl, publicado en 1998 en esta casa, aadindose a la autora del volumen
un interesado con Murray Bookchin.
En Norteamrica la mirada se posara sobre la prctica de la desercin, la huida
consciente y colectiva, presente en el desarrollo de la colonizacin del Nuevo
Continente y en las efmeras iniciativas de vida en comn de las que se dotaron
los huidos. La frase de despedida del mundo civilizado Nos vamos a Croatan,
ltimo rastro de un grupo de colonos que decidiera unirse a los salvajes, resume
el sentimiento de una poca que por entonces se repeta. El totalitarismo capitalista
pero tambin la rigidez de las ideologas obreristas potenciaron una voluntad de
hereja que encontr su imagen en grupos disidentes de base religiosa que haban
protagonizado deserciones masivas de profundo calado emancipatorio. La prctica
de los grupos juveniles de la contracultura del desenchufe del sistema en boga,
mediante la puesta en marcha de comunas, sera incluida como otra manifestacin
de esta tradicin emancipatoria local.
Entre quienes impulsaron aquella boyante tendencia se encontraba Peter Lamborn Wilson, cuyos escritos sobre las sectas herticas islmicas preguraban
futuros trabajos que veran la luz durante la dcada de los noventa, como su
inuyente Pirate utopias de 1995, estudio histrico en el que se contemplaba la
potencia de la ota corsaria norteafricana del siglo XVII especialmente como
destino consciente de desertores europeos, a modo de rechazo de su civilizacin
de origen. Los renegados y sus inestables repblicas piratas se unan a una
inaplazable desconexin de la globalizacin capitalista. Pero tras aquel nombre se
encontraba tambin Hakim Bey quien, en 1990, haba concluido su T.A.Z. Zona
Temporalmente Autnoma, donde condensaba su lrica revolucionaria en la que
se hallaban ya sectas herticas, repblicas piratas, explosiones rebeldes y una
apuesta consciente por la provisionalidad en la materializacin del proyecto revolucionario, caracterizado ste por una perpetua huida hacia adelante con la que
dejar tras de s enemigos externos y condicionantes internos. El pseudnimo de
Hakim Bey contena la irona de quien contempla su labor terica como un juego,
lejos de las solemnidades vetustas de las ideologas.
La bsqueda de otros referentes histricos previos y distintos al movimiento
obrero no era privativa del Nuevo Continente. En Europa se realizaba un proceso
similar que relea las guerras campesinas y las herejas igualitaristas, resurgiendo
los ecos del omnia sunt comunia de la rebelin anabaptista que se enfrentaba a
la Reforma como espritu de un emergente Capitalismo.
III. Las dimensiones bblicas del derrame de crudo del petrolero Exxon Valdez
en 1989, demasiado cercano en el tiempo a la marmita atmica de Chernobil, despejaron cualquier duda que pudiera restar sobre si la catstrofe era consustancial
al capitalismo industrial o mera ancdota. El sistema industrial revelaba su capacidad de destruir el mundo con relativa impunidad, mientras la izquierda poltica
y los antiguos movimientos sociales se empantanaban en exigir mejores legislaciones y mayores medios para paliar sus nocivos efectos, enfangndose en argir
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soluciones tcnicas que compartan los presupuestos de quienes se empecinaban
en crujir el globo.
En paralelo, la nueva revolucin tecnolgica basada en la microelectrnica y las
telecomunicaciones que vehiculaban la globalizacin capitalista y que destruan
los puestos de trabajo del hasta entonces vertebral sector secundario, ponan de
nuevo sobre la mesa de debate el papel de la propia tecnologa, que ahora ya
no era percibida comnmente como un aliado de las clases populares para su
mejora material, sino como un instrumento de descomposicin de su capacidad
de reivindicacin y como una herramienta objetiva de pauperizacin de stas.
La crtica desde criterios anticapitalistas y libertarios al sistema capitalista
industrial y a la propia tecnologa cobr entonces un especial inters, aun cuando
con anterioridad y en Norteamrica sta haba ido dando origen a una activa
escena y contaba ya con una madura lnea de pensamiento y accin.
Entre los colectivos que haban empujado en aquella direccin destacaba la muy
veterana revista de Detroit Fifth Estate, en la que podan encontrarse abundantes
textos de crtica antitecnolgica y entre cuyos colaboradores habituales poda
encontrarse a David Watson, las ms de las veces bajo seudnimo o nombre
colectivo.
Ya en 1985, con ocasin de que la revista Times nombrara como Hombre del
Ao 1982 a una computadora, Etctera, en su quinto nmero como revista dedicado al anlisis del papel de la tecnologa en la reestructuracin capitalista, inclua
dos textos de Fifth Estate al respecto, en los que la de Detroit nombraban por
su parte como Herramienta del Ao al mazo luddita, mientras a continuacin
argumentaban sus posiciones bajo el posteriormente clsico Contra la Megamquina. 2 La crtica al propio sistema industrial y a la tecnologa como factor
de destruccin ecolgica, pero tambin como generadora de jerarqua, avanzaba
un paso ms sobre contribuciones pretritas como la de Lewis Mumford, quien
acuara el trmino de megamquina, y trascenda a la anterior generacin
poltica que an posea un notorio optimismo tecnolgico sobre el que hacan
reposar posibilidades para la promocin social.
Un proceso similar al que se haba ido gestando en suelo europeo, en el que
la labor de reelaboracin terica de la escuela postsituacionista alrededor de la
Encyclopdie des Nuissances, generaba reexiones en el mismo sentido durante
la dcada de los ochenta, cuya destilacin, el Mensaje dirigido a todos aquellos que
no quieren administrar la nocividad sino suprimirla, vea la luz en 1990 y lanzaba el
trmino nocividad para designar los efectos perniciosos que comparten tanto
el sistema de dominacin social como el propio aparato de produccin industrial.
2
Se trataba del importante artculo de Watson de 1981 que luego dara igualmente ttulo en 1998 al
volumen en el que el autor agrup sus artculos enviados a Fifth Estate.
La eleccin del mazo luddita por FE tampoco era balad. Constitua un reejo
del renovado inters por las revueltas populares de la primera mitad del siglo
XIX, centradas en el rechazo a la maquinizacin del taller artesano, revueltas
ignoradas o denostadas por los tericos del primer movimiento obrero, pero que
volvan a actualizarse en aquel momento histrico, momento en el que el salto
tecnolgico sobre el que operaba la globalizacin capitalista dejaba a las claras la
falsa neutralidad de la tecnologa.
IV. En 1995 un golpe conmocionaba el orbe. Los diarios Washington Post y New
York Times accedan nalmente a publicar un extenso maniesto, La sociedad
industrial y su futuro, rmado por el grupo F.C. (Fuck Computer), grupo que desde
los aos ochenta llevaba enviando paquetes bomba, principalmente hacia destinos
relacionados con la investigacin tcnica. Meses ms tarde, Ted Kaczynski era
arrestado como autor material de aquellos envos, y su detencin publicitaria indirectamente los contenidos de aquel texto que sera conocido bajo la denominacin
policial de El Maniesto de Unabomber, maniesto en el que se abundaba tanto en
la urgencia de detener la deriva tecnolgica como prioridad revolucionaria, como
en criticar el izquierdismo como ideologa acomodaticia. Unabomber golpeaba
para animar a una contundente oposicin a la dominacin tecnolgica en la que
se basaba el capitalismo, pero tambin para incomodar a una izquierda a gusto en
su papel de minora consentida.
La publicacin del Maniesto y la detencin de Kaczynski visibiliz las iniciativas de una escena activista y terica muy presente en el mundo anglosajn,
especialmente desde la dcada de los ochenta, que se enfrentaba a la extensin de
las grandes infraestructuras y a la destruccin de los vestigios de vida natural an
existentes en aquellos territorios, utilizando entre otros recursos una hbil mezcla
de activismo no violento y de accin nocturna, que sera conocida como ecosabotaje. En el interior de esta extensa comunidad de accin, exista un segmento
que haba llevado su reexin sobre el origen de la voluntad de dominacin hasta
la revisin de conceptos tales como el propio lenguaje humano o la percepcin
del tiempo, y sealaba a la extensin de la agricultura como el factor que haba
posibilitado en origen la jerarquizacin social.
La extensin del patriarcardo y, en resumen, la presencia del factor dominacin
en la mayor parte de las culturas del orbe impulsaban reexiones en lnea con la
investigacin antropolgica. De este modo, el extenssimo periodo de la especie
humana conocido como el Paleoltico, previo a la extensin de las tcnicas agrarias,
era investigado como una poca en la que la articulacin social garantizaba un
estado de felicidad y fraternidad mayor que el obtenido a travs del proceso
civilizatorio, visto ste como proceso de dominacin. Era la tendencia primitivista.
Sus presupuestos de refutacin radical del proceso civilizatorio, visto ahora
como de domesticacin, tenan tambin correspondencia en el otro lado del ocano,
8
y en concreto se alineaban con los hallazgos de la antroploga Gimbutas y de
quienes defendan la existencia de una articulacin social en suelo europeo, previa
a la invasin de los pueblos indoeuropeos, de corte matriarcal e igualitaria.
En Norteamrica, un habitual colaborador de Fifth Estate, John Zerzan, destacaba entre quienes cuestionaban el proceso civilizatorio desde criterios libertarios.
Zerzan 3 haba ido dando forma a su propuesta en forma de artculos que veran
la luz durante la dcada de los ochenta en la revista de Detroit, y que tomaran
cuerpo refundidos en su libro Futuro Primitivo, en 1994 (publicado en castellano
por la editorial valenciana Numa el ao 2001). La emancipacin de la tendencia
primitivista de la lnea predominante de FE era ya un hecho para nales de los
ochenta, cuando John daba a conocer sus ensayos recopilados en el volumen
Elements of Refusal, publicado en Seattle en 1988.
El primitivismo se desembarazaba de la herencia humanista presente en el
anarquismo. Era el ejemplo extremo de que la escena libertaria norteamericana se
renovaba en mltiples direcciones, profundizando en debates e introduciendo nuevos referentes en funcin de sus tensiones contemporneas, lo que conmocionara,
sin duda alguna, los cimientos de la tradicin anarquista.
V. En abril de 1996 el colectivo Solidarios con Itoiz, que haba realizado hasta
la fecha acciones directas con una efectiva repercusin meditica con el nimo
de impulsar la lucha contra el embalse en construccin que anegara aquel valle
navarro, cortaba los cables con los que se distribua el cemento que sellaba la
infraestructura, dando un sonado golpe de mano que paralizara las obras durante
ms de un ao. El colectivo, que beba de las fuentes del ecologismo radical anglosajn, pasaba as a la prctica del ecosabotaje, lo que llevara a los participantes
en el corte a prisin y a la criminalizacin de los considerados hasta entonces
amables activistas verdes. En agosto de aquel ao, se realizaba la primera edicin
de una acampada convocada por la Asamblea contra el Tren de Alta Velocidad en
los aledaos de la localidad guipuzcoana de Tolosa, que constituira, en trminos
ya de Hakim Bey 4, una Zona Temporalmente Autnoma; a estas acampadas, con
el paso del tiempo, ira conuyendo la comunidad antidesarrollista vasca que
liderara una oposicin intransigente contra aquella macroproyecto.
3
Zerzan no era un desconocido en los ambientes antiautoritarios espaoles. Su artculo Quien mat
a Ned Ludd, de 1976, que propona una promocin interesada del sindicalismo como sofoco de
la revuelta de los productores ya desde comienzos del XIX, haba sido publicado en castellano en
1978 en los cuadernos Nada. Este texto era el exponente de una frtil produccin del autor sobre los
tems del movimiento obrero, editados mayormente en la revista Telos.
El T.A.Z. de Bey haba sido publicado en castellano ya en 1996, aun cuando sus propuestas, que
incluan tambin reexiones sobre el papel de las prcticas artsticas, tuvieron un mayor impacto
entre los sectores que impulsaban prcticas creativas de subversin en el marco de las iniciativas
activistas.
En diciembre del mismo ao, la polica espaola detena tras un cruento atraco
en la ciudad andaluza de Crdoba a cuatro anarquistas italianos, vinculados al
rea del anarquismo revolucionario. Estas detenciones de libertarios de un rea
que sera conocida como insurreccionalista, por la llamada a la creacin de una
Internacional Antiautoritaria Insurreccionalista de 1992, visibilizaba la extensin
de sus postulados en territorios espaoles, postulados con especial eco entre una
nueva generacin de militantes libertarios descontentos con la falta de incidencia
de las prcticas anarcosindicalistas. Pronto este descontento se traducira en un
proceso de separacin y de expulsiones en el seno del sindicato CNT, focalizado
principalmente sobre la organizacin juvenil FIJL, que se prolongara durante los
aos 97 y 98, aos en el que la prisin de los compaeros detenidos y la proximidad
de su juicio alentaron la difusin de su opcin libertaria.
La edicin en folleto en otoo de 1998 de La sociedad industrial y su futuro
coincidira en el tiempo con la difusin de los textos de la francesa Encyclopdie
des Nuissances, cuya propuesta de crtica antiindustrial, proporcionara argumentos de hondo calado ideolgico a la comunidad antidesarrollista en formacin 5,
echando ms lea al fuego de una nueva generacin poltica en emancipacin.
Y la dcada cerrara en 1999 con la noticia de la tenaz y diversa oposicin
organizada en la ciudad de Seattle contra la celebracin de la llamada Ronda
del Milenio de las instituciones nancieras del capitalismo, que lanzaba a la
fama meditica las actividades del Black Bloc como lado oscuro del incipiente
movimiento antiglobalizacin, mientras los disturbios en la cercana comunidad
de Eugene publicitaban las iniciativas del anarquismo primitivista y la produccin
terica de John Zerzan.
Con estos condicionantes y a partir del ao 2000, tuvo lugar en el interior de
la escena antiautoritaria del Estado espaol la difusin de las nuevas corrientes
libertarias que ponan su nfasis fuera de los tems del obrerismo, como eran
el inmedatismo de Hakim Bey, la extensin del insurreccionalismo, la crtica
anticapitalista y libertaria a la sociedad industrial y la difusin de las tesis primitivistas. Si bien estas formulaciones tericas se prodigaban en escenas activistas
variadas (los ambientes antiglobalizacin, el rea anarquista revolucionaria o la
escena antidesarrollista), lo cierto es que todas ellas tuvieron su apogeo durante
los aos 2000-2003, aos en los que se multiplicaron los encuentros e iniciativas
activistas o de difusin que aadieron visibilidad y contribuyeron a consolidar las
tendencias locales.
El papel de Miquel Amors, desde 1997, en la difusin de los presupuestos de la EdN es determinante,
as como su produccin terica de 1999 en adelante, partiendo de su texto Dnde estamos? Algunas
consideraciones sobre el tema de la tcnica y la manera de combatir su dominio.
10
Durante aquellos aos se prodigaron colectivos como Llavor dAnarquia, de
inspiracin individualista y primitivista, y muchos otros, que junto con una nueva eclosin de editoriales antiautoritarias promovieron eventos en los que pudo
conocerse de primera mano a aquellos autores que planteaban una renovacin de
algunas de las bases de la tradicin anarquista, includos los autores norteamericanos. 6
Asimismo surgieron nuevos textos que mostraban una maduracin propia de
la escena local en direccin similar a las reexiones previas surgidas en otros
contextos europeos y norteamericanos. El mito de la izquierda, anlisis y crtica
del izquierdismo, folleto del colectivo Zizen en lnea con las armaciones del
Maniesto, la produccin propia del boletn del colectivo homnimo Los Amigos
de Ludd, las 31 tesis insurreccionalistas o el volumen Alando nuestras vidas, o los
textos primitivistas de Anton FDR fueron botones de muestra de ello.
VI. La eclosin local de estas tendencias que se alejaban denitivamente de los
tems del obrerismo del primer anarquismo no estuvo exenta de polmicas con la
lnea del anarquismo tradicional, encarnado en las opciones anarcosindicalistas,
ni tampoco fue armnica la relacin entre las diversas tendencias emergentes. Sin
embargo, los desencuentros no tuvieron el rango de una refutacin global como
la de este Anarquismo social o anarquismo personal de Murray Bookchin, quien
aqu cultiva sin ambages otra de sus principales facetas, la de polemista.
Varios fueron los factores. Por un lado, la inexistencia local de una gura de
prestigio similar a la del anarquista norteamericano que dirigiera su referencialidad contra las nuevas corrientes. Por otro, la ubicacin de las nuevas tendencias
que cuestionaban el hecho tecnolgico en el marco de un rea antiautoritaria,
ms amplia ideolgicamente y por tanto fuera de los mrgenes estrictos de la
tradicin anarquista. 7 Y por ltimo, la vinculacin del nacimiento y desarrollo de
estas tendencias con hechos represivos y movimientos en curso, que dicultaban
una formulacin de diferencias nicamente tericas con las bases del pensamiento
tradicional del anarquismo.
Sirva entonces este texto como exponente de un debate terico que tambin
se realizara localmente de modo fragmentario y muchas veces crispado. Texto
que dara origen en Norteamrica a inmediatas y diversas respuestas por parte
de los aludidos y que enriqueceran indirectamente la reexin terica de los
nuevos anarquismos. Como la de David Watson, que en 1996 entregara para
su publicacin Beyond Bookchin. Preface for a Future Social Ecology (Ms all de
6
As, como ejemplo, John Zerzan realizara diversos debates en ciudades del Estado espaol en
septiembre de 2000 y 2001, y David Watson participara en un encuentro de claro matiz antiindustrial
en Barcelona en noviembre de 2003.
La salvedad, la constituira el anarquismo insurreccionalista, aun cuando las polmicas estaran
teidas de factores concurrentes, como la mencionada crisis entre grupos de FIJL y CNT.
11
Bookchin. Prefacio para una ecologa social futura), en la que el autor desplegara
con coherencia el corpus ideolgico de su propuesta libertaria.
O la que realizara el anarco Bob Black, el gran ausente en los dardos de Bookchin, con su Anarchy after Leftism de 1995, quien adems de llevar a cabo una
refutacin sistemtica y documentada del presente texto, realizara una descripcin apologtica del anarquismo postizquierdista, denominacin a juicio de
Black ms correcta para describir los contornos comunes de los nuevos anarquismos criticados duramente por el veterano autor.
En su respuesta, Bob Black resume el texto que a continuacin presentamos
con el calicativo decadente, aferrndose al signicado estricto del trmino: un
canto de cisne de un anarquismo tradicional en franco retroceso. Paradjicamente,
el trmino de Black sera ms dulce que el que nosotros posiblemente usaramos:
reaccionario, como reaccin airada ante las propuestas herticas de los nuevos
anarquismos y como defensa de unas bases inamovibles de la tradicin ideolgica
libertaria.
Nuevos anarquismos que, como hemos pretendido demostrar, emergen como
respuesta ante los profundos condicionantes de la poca, al igual que las aportaciones novedosas de Bookchin se bregaron al comps de la suya. Nuevas escuelas
libertarias que encontraron su formulacin a travs de la pluma de tambin veteranos y reputados activistas y que, precisamente, al entender estas tendencias
como respuestas ante los condicionantes de un tiempo movilizatorio compartido,
encontraron formulaciones similares en el Viejo Continente y generaron tambin
un rea de pensamiento y accin en nuestra precaria pero diversa escena libertaria
local.
Agosto de 2012
Juantxo Estebaranz, editor, historiador y activista, es autor de Tropikales y radikales (Likiniano Elkartea), Los pulsos de la intransigencia (Muturreko Burutazioak)
y Breve historia del anarquismo vasco (Txertoa).
Nota a los lectores
Este breve ensayo fue escrito para tratar el hecho de que el anarquismo se
encuentra en un punto de inexin de su larga y turbulenta historia.
En un momento en que la desconanza popular en el Estado ha alcanzado unas
proporciones extraordinarias en numerosos pases; en que la divisin social entre
unas pocas personas y empresas con grandes fortunas contrasta drsticamente
con el creciente empobrecimiento de millones de personas en una escala sin
precedentes desde la dcada de la Gran Depresin; y en que la intensidad de la
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explotacin obliga a cada vez ms gente a aceptar una semana laboral de una
longitud caracterstica del siglo XIX, los anarquistas no han logrado ni desarrollar
un programa coherente ni una organizacin revolucionaria que ofrezcan una
direccin para el descontento de las masas que la sociedad contempornea est
engendrando.
En vez de ello, este malestar est siendo absorbido por polticos reaccionarios
y se ha canalizado en una hostilidad hacia las minoras tnicas, inmigrantes y
personas pobres y marginales, como madres solteras, los sin techo, los ancianos
e incluso los ecologistas, a los que se presenta como los principales culpables de
los problemas sociales actuales.
La incapacidad de los anarquistas o, por lo menos, de muchos de los que as
se consideran para llegar a un nmero de seguidores potencialmente grande
radica no slo en la sensacin de impotencia que impregna a millones de personas
hoy en da. Tambin se debe en gran medida a los cambios por los que han pasado
muchos anarquistas durante las ltimas dos dcadas. Nos guste o no, miles de
ellos han abandonado gradualmente la esencia social de las ideas anarquistas
por el personalismo omnipresente yuppie y new age que caracteriza esta poca
decadente y aburguesada. De hecho, han dejado de ser socialistas defensores de
una sociedad libertaria de orientacin comunal y evitan cualquier compromiso
serio con un enfrentamiento social organizado y programticamente coherente
con el orden existente. Cada vez ms, han seguido la tendencia predominante de la
clase media de nuestra poca hacia un individualismo decadente en nombre de su
autonoma personal, un misticismo incmodo en nombre del intuicionismo, y
una visin ilusoria de la historia en nombre del primitivismo. Muchos supuestos
anarquistas incluso han confundido el propio capitalismo con una sociedad
industrial de concepcin abstracta, y las distintas opresiones que ejerce sobre
la sociedad se han imputado burdamente al impacto de la tecnologa, no a
las relaciones sociales subyacentes entre capital y mano de obra, estructuradas
en torno a una economa de mercado omnipresente que ha invadido todos los
espacios de la vida, desde la cultura hasta las amistades y la familia. La tendencia
de muchos anarquistas de culpar de los males de la sociedad a la civilizacin ms
que al capital y la jerarqua, a la megamquina ms que a la mercantilizacin de
la vida, y a unas simulaciones imprecisas ms que a la tirana tan evidente de
la ambicin material y la explotacin, no es diferente de las apologas burguesas
de las reestructuraciones de las empresas modernas de la actualidad como
resultado de los avances tecnolgicos, ms que por el apetito insaciable de
benecio de la burguesa.
Mi nfasis en las pginas siguientes se centra en la continua retirada en nuestros
das de los anarquistas de estilo de vida de aquella esfera social que constitua
el principal escenario de los anarquistas anteriores, como los anarcosindicalistas y
13
los comunistas libertarios revolucionarios, hacia aventuras episdicas que evitan
cualquier compromiso de organizacin y coherencia intelectual; y, lo que es ms
preocupante, hacia un burdo egosmo que se alimenta de la decadencia cultural
general de la sociedad burguesa de hoy en da.
Los anarquistas, es cierto, pueden celebrar con razn el hecho de que buscan
desde hace mucho tiempo la libertad sexual total, la estetizacin de la vida cotidiana, y la liberacin de la humanidad de las restricciones psquicas opresivas que
le han negado su plena libertad sensual e intelectual. Por mi parte, como autor
de Desire and Need [Deseo y necesidad] hace unos treinta aos, no puedo ms
que aplaudir la exigencia de Emma Goldman de que no quiere una revolucin a
menos que pueda bailar a su son; y, como mis vacilantes padres matizaron una
vez a principios de este siglo, ni una en la que no puedan cantar.
Pero, por lo menos, exigan una revolucin una revolucin social sin la que
estos objetivos estticos y psicolgicos no podran alcanzarse para la humanidad
en su conjunto. Y este fervor revolucionario bsico fue central en todas sus esperanzas e ideales. Por desgracia, cada vez menos de los supuestos anarquistas con
los que me encuentro hoy en da poseen este fervor revolucionario, ni tan siquiera
el idealismo altruista y la conciencia de clase en los que reposa. Es precisamente
la perspectiva de la revolucin social, tan bsica para la denicin de anarquismo
social, con todos sus argumentos tericos y organizativos, la que me gustara
recuperar en el examen crtico del anarquismo personal que ocupa las pginas
siguientes. A menos que est gravemente equivocado y espero estarlo los
objetivos revolucionarios y sociales del anarquismo estn sufriendo una erosin
de gran alcance, hasta el punto de que la palabra anarqua pasar a formar parte
del vocabulario burgus chic del siglo XXI: travieso, rebelde, despreocupado, pero
deliciosamente inofensivo.
12 de julio de 1995
Nota: Quisiera agradecer a mi compaera, Janet Biehl, su inestimable ayuda
en la recopilacin del material para este ensayo.
Anarquismo social o anarquismo personal
Durante unos dos siglos, el anarquismo un cuerpo extremadamente ecumnico de ideas antiautoritarias se desarroll en la tensin entre dos tendencias
bsicamente opuestas: un compromiso personal con la autonoma individual y
un compromiso colectivo con la libertad social. Esas tendencias nunca se armonizaron en la historia del pensamiento libertario. De hecho, para muchos hombres
14
del siglo pasado, simplemente coexistan dentro del anarquismo como una creencia minimalista de oposicin al Estado, en vez de una creencia maximalista que
articulara el tipo de nueva sociedad que tena que ser creada en su lugar.
Ello no signica que las diferentes escuelas del anarquismo no abogaran por
unas formas muy especcas de organizacin social, si bien a menudo bastante
divergentes las unas de las otras. No obstante, esencialmente, el anarquismo en su
conjunto avanz hacia lo que Isaiah Berlin ha llamado libertad negativa, es decir,
una libertad de hacer formal ms que una libertad para hacer fundamental.
De hecho, el anarquismo a menudo celebr su compromiso hacia la libertad negativa como prueba de su propia pluralidad, tolerancia ideolgica o creatividad;
o incluso, como ms de un reciente terico posmoderno ha argumentado, de su
incoherencia. La incapacidad del anarquismo para resolver esta tensin, para articular la relacin del individuo con el colectivo, y para enunciar las circunstancias
histricas que haran posible una sociedad anarquista sin Estado, causaron unos
problemas en el pensamiento anarquista que siguen sin resolverse hoy en da.
Pierre Joseph Proudhon, ms que otros anarquistas de su tiempo, trat de
formular una imagen bastante concreta de una sociedad libertaria. La visin
de Proudhon, basada en contratos, esencialmente entre pequeos productores,
cooperativas y comunas, era reminiscente del mundo artesano provincial en el que
naci. Pero su intento de dar forma a una nocin basada en relaciones de patronato,
a menudo patriarcales, de la libertad con acuerdos contractuales sociales pecaba
de falta de profundidad. El artesano, la cooperativa y la comuna, relacionndose
mutuamente en trminos contractuales burgueses de equidad o justicia ms que
en los trminos comunistas de capacidad y necesidades, reejaban el sesgo del
artesano hacia la autonoma personal, dejando indenido cualquier compromiso
moral hacia un colectivo ms all de las buenas intenciones de sus miembros.
En efecto, la famosa declaracin de Proudhon de que quienquiera que ponga
su mano sobre m para gobernarme es un usurpador y un tirano y lo declaro
mi enemigo tiende fuertemente hacia una libertad personalista y negativa que
eclipsa su oposicin a las instituciones sociales opresivas y la visin de la sociedad
anarquista que conceba. Su declaracin est en una lnea similar a la claramente
individualista de William Godwin: Slo existe un poder al que puedo rendir una
obediencia sincera: la decisin de mi propio entendimiento, los dictados de mi
propia conciencia.
La llamada de Godwin a la autoridad de su propio entendimiento y conciencia, como la condena de Proudhon de la mano que amenaza con coaccionar su
libertad, dio al anarquismo un impulso inmensamente individualista.
Estas declaraciones, pese a su atractivo y en los Estados Unidos se han ganado
una admiracin considerable de la llamada derecha libertaria (o ms exactamente,
15
propietarista), con sus reconocimientos de la libre empresa, revelan un anarquismo muy contradictorio. En cambio, Michael Bakunin y Peter Kropotkin tenan
unas opiniones esencialmente colectivistas (en el caso del ltimo, explcitamente
comunistas). Bakunin daba rotundamente prioridad a lo social por encima de lo
individual. La sociedad, escribe,
. . . precede y, al mismo tiempo, sobrevive a todo individuo humano, y es en
este sentido igual a la misma Naturaleza. Es eterna como la Naturaleza o, si se
preere, durar tanto como la Tierra, pues all naci. Una rebelin radical contra
la sociedad sera, por eso, tan imposible como una rebelin contra la Naturaleza,
porque la sociedad humana no es sino la ltima gran manifestacin o creacin
de la Naturaleza sobre esta Tierra. Y un individuo que quisiera rebelarse contra
la sociedad [ . . . ] se situara ms all de la existencia real. 8
Bakunin expres a menudo su oposicin a la tendencia individualista del liberalismo y el anarquismo con un nfasis bastante polmico. Aunque la sociedad
est en deuda con las personas, escribi en una declaracin bastante moderada,
la formacin de la persona es social:
Incluso el individuo ms miserable de nuestra actual sociedad no podra existir y
desarrollarse sin los esfuerzos sociales acumulados de incontables generaciones.
En consecuencia, los individuos, su libertad y su razn, son productos de la
sociedad, y no viceversa: la sociedad no es el producto de los individuos que la
forman; y cuanto ms y ms plenamente desarrollado est el individuo, mayor
es su libertad, y ms es un producto de la sociedad, ms recibe de ella y mayor
es su deuda con ella. 9
Kropotkin, por su parte, mantuvo este nfasis colectivista con una coherencia
notable. En lo que probablemente fue su obra ms leda, su escrito en la Enciclopedia Britnica sobre Anarquismo, Kropotkin ubic claramente las concepciones
econmicas del anarquismo en el ala izquierda de todos los socialismos, abogando por la abolicin radical de la propiedad privada y el Estado en el espritu de la
iniciativa personal y local, y de la federacin libre de lo simple a lo complejo, en
vez de la jerarqua actual que va del centro a la periferia. Las obras de Kropotkin
sobre tica, de hecho, incluyen una crtica continua a los intentos liberalistas de
contraponer lo individual a la sociedad, incluso de subordinar la sociedad al individuo o el ego. l se situ rmemente en la tradicin socialista. Su anarcocomunismo,
8
The Political Philosophy of Bakunin, G. P. Maximo editor (Glencoe, Illinois.: Free Press, 1953), p.
144. Edicin en castellano: Escritos de Filosofa Poltica de Bakunin, compilacin de G. P. Maximogg
(Madrid: Alianza editorial, 1978).
Political Philosophy of Bakunin, p. 158.
16
que se basaba en los avances de la tecnologa y una mayor productividad, pas
a imponerse como ideologa libertaria en los 1890, relegando progresivamente
las nociones colectivistas de distribucin basadas en la equidad. Los anarquistas,
como la mayora de socialistas recalcaba Kropotkin reconocan la necesidad
de periodos de evolucin acelerada a los que se llama revoluciones, dando pie
en ltima instancia a una sociedad basada en federaciones de los grupos locales
de productores y consumidores de toda poblacin o comuna. 10
Con la aparicin del anarcosindicalismo y el anarcocomunismo, a nales del
siglo XIX y principios del XX, la necesidad de resolver la tensin entre las tendencias individualistas y las colectivistas se volvi esencialmente obsoleta. 11 El
anarcoindividualismo qued en gran medida marginado por los movimientos
obreros socialistas de masas, de los cuales la mayora de anarquistas se consideraba el ala izquierda. En una poca de violenta agitacin social, marcada por
el auge de un movimiento de masas de la clase obrera que culmin en los aos
1930 y la Revolucin Espaola, los anarcosindicalistas y los anarcocomunistas, no
menos que los marxistas, consideraban el anarcoindividualismo un lujo extico
de la pequea burguesa. A menudo lo atacaron acusndolo prcticamente de ser
un capricho de la clase media, mucho ms anclado en el liberalismo que en el
anarquismo.
En esa poca los individualistas apenas podan permitirse, en nombre de su
singularidad, ignorar la necesidad de unas formas revolucionarias enrgicas de
organizacin con unos programas coherentes y atractivos. En vez de cobijarse en
la metafsica de Max Stirner del nico y su propiedad, los activistas anarquistas
necesitaban un cuerpo terico y un discuros bsicos de carcter programtico, una
necesidad que fue satisfecha, entre otros, por La conquista del pan de Kropotkin
(Londres, 1913), El organismo econmico de la revolucin de Diego Abad de Santilln
(Barcelona, 1936), y los Escritos de Filosofa Poltica de Bakunin de G. P. Maximo
(publicacin en ingls en 1953, tres aos despus de su muerte; la fecha de la
compilacin original, que no se facilita en la traduccin en ingls, podra ser de
muchos aos, incluso dcadas, antes).
10
11
Peter Kropotkin, Anarchism, artculo de la Enciclopedia Britnica, en Kropotkins Revolutionary
Pamphlets, ed. Roger N. Baldwin (Nueva York: Dover Publications, 1970), pp. 285-287. Edicin en
castellano: Panetos revolucionarios de Kropotkin (Madrid: Editorial Ayuso, Biblioteca de textos
socialistas, n 14, 1977).
El anarcosindicalismo se remonta, de hecho, a unas nociones de unas grandes vacaciones o huelga
general propuestas por los partidarios del cartismo ingls. Entre los anarquistas espaoles, ya era
una prctica aceptada en los aos 1880, aproximadamente una dcada antes de que se deniera
como doctrina en Francia.
17
Ninguna unin de egostas stirneriana, que yo sepa, ha adquirido prominencia en momento alguno, ni siquiera admitiendo que tal unin pudiera formarse y
sobrevivir a la singularidad de sus egocntricos miembros.
Anarquismo individualista y reaccin
Ciertamente, el individualismo ideolgico no desapareci totalmente durante
este periodo de amplios disturbios sociales. Una cantidad considerable de anarquistas individualistas, especialmente en el mundo anglosajn, se alimentaron
de las ideas de John Locke y John Stuart Mill, as como del propio Stirner. Individualistas de cosecha propia con distintos grados de implicacin en las opiniones
libertarias llenaron el horizonte anarquista. En la prctica, el anarcoindividualismo atraa precisamente a personas individuales, desde Benjamin Tucker en los
Estados Unidos, un seguidor de una versin pintoresca de la libre competencia, a
la espaola Federica Montseny, que a menudo honr sus creencias stirnerianas
por su transgresin. Pese a su reconocimiento de una ideologa anarcocomunista,
los nietzscheanos como Emma Goldman permanecieron muy cerca del espritu
de los individualistas.
Apenas ningn anarcoindividualista ejerci inuencia alguna sobre la clase
obrera emergente. Expresaban su oposicin de unas formas singularmente personales, especialmente mediante panetos encendidos, un comportamiento escandaloso y unos estilos de vida aberrantes en los guetos culturales de n de
sicle de Nueva York, Pars y Londres. Como credo, el anarquismo individualista
permaneci principalmente un estilo de vida bohemio, que se manifestaba sobre
todo en sus demandas de libertad sexual (amor libre) y por su pasin por las
innovaciones en el arte, en el comportamiento y en el vestir.
Fue en los tiempos de dura represin de la sociedad y letrgica inactividad
social que los anarquistas individualistas pasaron a un primer plano de la actividad
libertaria; y entonces, principalmente, como terroristas. En Francia, Espaa y los
Estados Unidos, los anarquistas individualistas cometieron actos de terrorismo que
dieron al anarquismo su reputacin de movimiento de conspiracin violentamente
siniestro. Los que se convirtieron en terroristas a menudo no eran socialistas
o comunistas libertarios, sino ms bien hombres y mujeres desesperados que
utilizaban armas y explosivos para protestar por las injusticias y la cortedad de
miras de su poca, tericamente en nombre de la propaganda por el hecho. No
obstante, la mayora de las veces el anarquismo individualista se expresaba a travs
de un comportamiento culturalmente desaante. Pas a adquirir prominencia
dentro del anarquismo precisamente en la medida en que los anarquistas perdieron
su vnculo con una esfera pblica viable.
18
El contexto social reaccionario de hoy en da explica en gran manera la aparicin de un fenmeno en el anarquismo euro-americano que no puede ignorarse:
la difusin del anarquismo individualista. En una poca en que incluso las formas
respetables del socialismo se apresuran a alejarse de los principios que podran
interpretarse de cualquier modo como radicales, las cuestiones relativas al individualismo estn volviendo a suplantar la accin social y la poltica revolucionaria
en el anarquismo. En los tradicionalmente individualistas Estados Unidos y Gran
Bretaa, los 1990 estn rebosando de anarquistas de estilo propio que dejando
aparte su retrica radical extravagante cultivan un anarcoindividualismo moderno que voy a denominar anarquismo personal o anarquismo como estilo
de vida. Sus preocupaciones por el ego y su singularidad y sus conceptos polimrcos de resistencia estn erosionando lentamente el carcter socialista de la
tradicin libertaria. Como el marxismo y otras formas de socialismo, el anarquismo puede verse profundamente inuenciado por el entorno burgus al que profesa
oponerse, con la consecuencia de que la creciente inmanencia y narcisismo
de la generacin yuppie han dejado su marca en muchos radicales declarados. El
aventurismo a la carta, la bravura personal, una aversin a la teora extraamente
similar a los sesgos antirracionales del postmodernismo, las celebraciones de la
incoherencia terica (pluralismo), una dedicacin esencialmente apoltica y antiorganizativa a la imaginacin, el antojo y el xtasis, y un encanto con el da a
da intensamente centrado en s mismo, reejan la mella que la reaccin social ha
hecho en el anarquismo euro-americano durante las dos ltimas dcadas. 12
Katinka Matson, que ha compilado un catlogo de tcnicas para el desarrollo
psicolgico personal, arma que durante los aos 1970 hubo un cambio notable
en el modo en que nos percibimos a nosotros mismos en el mundo. En los aos
1960, contina, haba una preocupacin por el activismo poltico, Vietnam, la
ecologa, los festivales de msica independiente, las comunas, las drogas, etc. Hoy
en da se est produciendo un giro hacia adentro: se busca la denicin personal, el
desarrollo personal, los logros personales y la iluminacin personal. 13 El nefasto
repertorio de Matson, compilado para la revista Psychology Today, cubre todas las
tcnicas, desde la acupuntura al I Ching, pasando por la terapia est y la de zonas.
12
Pese a todos sus defectos, la contracultura anrquica de principios de la dcada de 1960 fue a menudo
intensamente poltica y acu expresiones como deseo y xtasis en unos trminos eminentemente
sociales, con frecuencia ridiculizando las tendencias personalistas de la generacin de Woodstock
posterior. La transformacin de la cultura joven, como fue originalmente denominada, desde el
nacimiento de los derechos civiles y movimientos pacistas hasta Woodstock y Altamont, con su
hincapi en una forma puramente autocomplaciente de placer, se reeja en el paso de Dylan de
Blowin in the Wind al de Sad-Eyed Lady of the Lowlands.
13 Katinka Matson, Preface, The Psychology Today Omnibook of Personal Development (Nueva York:
William Morrow & Co., 1977, s.p.
19
Retrospectivamente, podra haber muy bien incluido el anarquismo personal en
su compendio de soporferos individuos centrados en s mismos, la mayora de
los cuales albergan ideas de autonoma individual ms que de libertad social. La
psicoterapia en todas sus variantes cultiva un ser dirigido hacia uno mismo
que busca autonoma en un estado psicolgico aletargado de autosuciencia emocional; no el ser implicado socialmente, marcado por la libertad. En el anarquismo
personal, al igual que en la psicoterapia, el ego se opone al colectivo; el ser, a la
sociedad; lo personal, a lo comunitario.
El ego o, ms exactamente, su encarnacin en varios estilos de vida se ha
convertido en una idea ja para muchos de los anarquistas de despus de los
1960, que estn perdiendo de vista la necesidad de un enfrentamiento organizado,
colectivista y programtico al orden social existente. Las protestas sin vertebrar,
las escapadas sin direccin, la autoarmacin y una recolonizacin personal del
da a da son paralelas a los estilos de vida psicoteraputicos, new age y centrados
en s mismos de la hastiada quinta del baby boom y los miembros de la Generacin
X. Hoy en da, lo que pasa por anarquismo en los Estados Unidos y cada vez ms
en Europa no es mucho ms que un personalismo introspectivo que denigra el
compromiso social responsable; un grupo de encuentro que se rebautiza indistintamente como un colectivo o grupo de anidad; un estado de nimo que
ridiculiza con arrogancia la estructura, la organizacin y la implicacin pblica; y
un patio de recreo para bufonadas juveniles.
De manera consciente o no, muchos anarquistas personales hacen suyo el
enfoque de Michel Foucault sobre la insurreccin personal ms que la revolucin social, basado en una crtica ambigua y csmica del poder como tal, ms
que en una exigencia de empoderamiento institucionalizado de los oprimidos
en asambleas, consejos y/o confederaciones populares. En la medida en que esta
tendencia descarta la posibilidad efectiva de una revolucin social sea como una
imposibilidad o como algo imaginario, invalida el anarquismo socialista o
comunista en un sentido fundamental. Efectivamente, Foucault alberga la perspectiva de que la resistencia nunca est en una posicin de exterioridad en relacin
al poder [ . . . ] Por consiguiente, no existe, pues, un lugar [lase: universal] del
gran Rechazo alma de la revuelta, foco de todas las rebeliones, ley pura del
revolucionario. Atrapados como estamos todos en el abrazo omnipresente de
un poder tan csmico que, dejando aparte las exageraciones y equivocaciones de
Foucault, la resistencia se convierte completamente en polimorfa, vagamos intil-
20
mente entre la nicidad y la abundancia. 14 Sus ideas llenas de divagaciones
pueden resumirse en la nocin de que la resistencia tiene que ser necesariamente
una guerra de guerrillas siempre presente y siempre abocada a la derrota.
El anarquismo como estilo de vida, como el individualista, muestra un desdn
hacia la teora, con ascendencias msticas y primitivistas generalmente demasiado
vagas, intuitivas e incluso antirracionales para ser analizadas directamente. Son
ms bien sntomas que causas del movimiento general hacia una santicacin
del ego como refugio del malestar social existente. No obstante, los anarquistas
principalmente personalistas an tienen algunas vagas premisas tericas que
conviene examinar crticamente.
Su lnea ideolgica es esencialmente liberal, fundamentada en el mito del individuo plenamente autnomo cuyas exigencias de autogobierno vienen validadas
por unos derechos naturales axiomticos, valores intrnsecos o, en un nivel
ms sosticado, el yo transcendental kantiano intuido que genera toda la realidad
cognoscible. Estas opiniones tradicionales aparecen en el yo o ego de Max Stirner, que comparte con el existencialismo una tendencia a absorber toda la realidad
en s mismo, como si el universo girara en torno a las elecciones del individuo
autosuciente. 15
Las obras ms recientes sobre el anarquismo personal esquivan en general el
yo soberano y globalizador de Stirner, aunque mantienen su nfasis egocntrico, y tienden hacia el existencialismo, el situacionismo reciclado, el budismo, el
taosmo, el antirracionalismo y el primitivismo; o, de modo bastante ecumnico,
todos ellos en sus varias formas. Sus puntos en comn, como veremos, recuerdan
una vuelta ilusoria a un ego original, a menudo difuso e, incluso, insolentemente
infantil que es maniestamente anterior a la historia, la civilizacin y una tecnologa sosticada posiblemente hasta el propio lenguaje, y han alimentado ms
de una ideologa poltica reaccionaria a lo largo del pasado siglo.
Autonoma o libertad?
Sin caer en la trampa del construccionismo social que considera cada categora
como un producto de un orden social determinado, estamos obligados a pregun14
15
Michel Foucault, The History of Sexuality, vol. 1 (Nueva York: Vintage Books, 1990), pp. 95-96. Edicin
en castellano: Historia de la Sexualidad, vol. 1 (Madrid: Siglo XXI, 1990). Bendito sea el da en que
podamos tener formulaciones claras de Foucault, cuyas opiniones se prestan a interpretaciones a
menudo contradictorias.
El pedigr losco de este ego y sus destinos se remonta a Kant pasando por Fichte. La visin
del ego de Stirner era simplemente una variacin burda de los egos kantiano y particularmente
chteano, ms marcado por el autoritarismo que por una comprensin profunda.
21
tarnos por una denicin de la persona libre. Cmo nace la individualidad, y
bajo qu circunstancias es libre?
Cuando los anarquistas personales exigen autonoma ms que libertad, estn
con ello renunciando a las preciosas connotaciones sociales de la libertad. En
efecto, la constante apelacin anarquista de hoy en da a la autonoma ms que
a la libertad social no puede ignorarse como algo accidental, en particular en
las variedades angloamericanas del pensamiento libertario, donde el concepto de
autonoma se corresponde ms estrechamente con el de libertad personal [liberty
en ingls]. Sus races se remontan a la tradicin imperial romana de libertas, en la
que el ego sin ataduras es libre de poseer su propiedad particular as como de
satisfacer sus apetitos personales. Actualmente, muchos anarquistas personales
consideran que la persona dotada de derechos soberanos se opone no slo al
Estado, sino tambin a la sociedad como tal.
Estrictamente, la palabra griega autonomia signica independencia, con una
connotacin de un ego que se gestiona a s mismo, sin ningn tipo de clientelismo
o dependencia de otros para subsistir. Que yo sepa, no era una palabra de uso
generalizado por los lsofos griegos; de hecho, ni tan slo aparece en el lxico
histrico de F. E. Peters de Trminos loscos griegos. La autonoma, como el
trmino ingls liberty, se reere al hombre (o mujer) a quien Platn habra llamado
irnicamente dueo de s mismo, la situacin cuando la parte del alma que es
mejor por naturaleza domina a la peor. Incluso para Platn, el intento de lograr
la autonoma mediante el dominio de s mismo constitua una paradoja, porque
el que es dueo de s mismo es tambin esclavo, y el que es esclavo, dueo; en
resumen, es a la misma persona a la que nos referimos con estas expresiones
(La Repblica, libro IV, 431). Caractersticamente, Paul Goodman, un anarquista
esencialmente individualista, mantena que para m, el principal principio del
anarquismo no es la libertad sino la autonoma, la capacidad de empezar una tarea
y hacerlo del modo que uno quiera: una opinin digna de un esteta pero no de
un revolucionario social. 16
Mientras que autonoma se asocia con el individuo presumiblemente dueo de s
mismo, la palabra inglesa freedom [libertad] relaciona dialcticamente al individuo
con el colectivo; su equivalente en griego es eleutheria y se deriva del alemn
Freiheit, un trmino que an conserva una raz gemeinschaftlich o comunal en la
vida y las leyes tribales teutnicas. Aplicada a la persona, freedom mantiene as una
interpretacin social o colectiva de los orgenes de ese individuo y su desarrollo
como persona. En freedom, la individualidad no se opone o se sita aparte del
colectivo, sino que se ha formado y en una sociedad racional, se realizara en
16
Paul Goodman, Politics Within Limits, en Crazy Hope and Finite Experience: Final Essays of Paul
Goodman, ed. Taylor Stoehr (San Francisco: Jossey-Bass, 1994), p. 56.
22
buena medida gracias a su propia existencia social. Por consiguiente, freedom no
comprende la libertad de la persona o liberty, sino que indica su materializacin. 17
La confusin entre autonoma y libertad [en el sentido de freedom] es ms que
evidente en The Politics of Individualism (POI) de L. Susan Brown, un intento reciente de articular y elaborar un anarquismo bsicamente individualista, manteniendo
no obstante algunas anidades con el anarcocomunismo. 18 Si el anarquismo personal necesita unos fundamentos acadmicos, lo encontrar en esta tentativa de
fusionar a Bakunin y Kropotkin con John Stuart Mill. Por desgracia, se trata aqu
de un problema que va ms all de lo acadmico. La obra de Brown demuestra
hasta qu punto los conceptos de autonoma personal chocan con los de libertad
social. Esencialmente, como Goodman, Brown interpreta el anarquismo como
una losofa no de libertad social sino de autonoma personal. A continuacin,
ofrece una nocin de individualismo existencial que se diferencia profundamente tanto de la del individualismo instrumental (o individualismo posesivo
[burgus] de C. B. Macpherson) como de la del colectivismo, sazonado con
numerosas citas de Emma Goldman, que no era precisamente la pensadora ms
destacada del panten libertario.
El individualismo existencial de Brown comparte el compromiso con la
autonoma individual y la autodeterminacin del liberalismo, segn ella (POI, p.
2). Mientras que gran parte de la teora anarquista ha sido considerada como
comunista tanto por los anarquistas como por los que no lo son, observa, lo que
distingue al anarquismo de otras losofas comunistas es su celebracin inexible
y constante de la autodeterminacin y autonoma individuales. Ser anarquista ya
sea comunista, individualista, mutualista, sindicalista o feminista es rearmar
un compromiso con la primaca de la libertad individual (POI, p. 2). Y aqu
utiliza la palabrafreedom en el sentido de autonoma. Aunque la crtica de la
propiedad privada y defensa de las relaciones econmicas comunales libres del
anarquismo (POI, p. 2) sita el anarquismo de Brown ms all del liberalismo,
mantiene no obstante los derechos individuales por encima y frente a aquellos
de la comunidad.
Lo que distingue [al individualismo existencial] del punto de vista colectivista, contina Brown, es que los individualistas [tanto anarquistas como
17
18
Desgraciadamente, en las lenguas romnticas freedom se traduce generalmente por una palabra
derivada del latn libertas: libert en francs, libert en italiano o libertad en espaol. El ingls, que
conjuga el alemn y el latn, permite distinguir entre freedom y liberty, una diferenciacin que no
existe en otros idiomas.
L. Susan Brown, The Politics of Individualism (Montreal: Black Rose Books, 1993). El vago compromiso
de Brown con el anarcoindividualismo parece derivar ms de una preferencia visceral que de su
anlisis.
23
liberales] creen en la existencia de una voluntad autnticamente libre e internamente motivada, mientras que la mayora de colectivistas entienden a la persona
humana como moldeada externamente por los dems; el individuo para ellos
est construido por la comunidad (POI, p. 12, nfasis aadido). Esencialmente,
Brown rechaza el colectivismo no slo el socialismo de Estado, sino el colectivismo como tal con la patraa liberal de que una sociedad colectivista supone la
subordinacin de la persona al grupo. Su observacin increble de que la mayora
de colectivistas han considerado a las personas individuales como simples escombros humanos arrastrados en la corriente de la historia (POI, p. 12) es prueba
de ello. Stalin defenda denitivamente esta opinin, y tambin muchos bolcheviques, con su hipostatizacin de las fuerzas sociales por encima de los deseos e
intenciones individuales. Pero los colectivistas en s? Hay que ignorar las generosas tradiciones del colectivismo que buscaban una sociedad racional, democrtica
y armoniosa; las visiones de William Morris, por ejemplo, o Gustav Landauer? Y
Robert Owen, los fourieristas, los socialistas democrticos y libertarios, los socialdemocrtas de pocas anteriores, incluso Karl Marx y Peter Kropotkin? No estoy
seguro de que la mayora de colectivistas, incluso los anarquistas, aceptaran el
burdo determinismo que Brown atribuye a las interpretaciones sociales de Marx.
Al crear unos colectivistas de paja que son mecanicistas de lnea dura, Brown
contrapone en su retrica a un individuo misteriosamente y autogenticamente
constituido, por una parte, con una comunidad omnipresente, probablemente
opresiva, incluso totalitaria, por otra. Brown, en efecto, exagera el contraste entre
el individualismo existencial y las creencias de la mayora de colectivistas
hasta el punto que sus argumentos parecen como mnimo errneos y, en el peor
de los casos, falsos.
Es elemental que, pese al rotundo comienzo de El contrato social de Jean-Jacques
Rousseau, la gente denitivamente no nace libre, y mucho menos autnoma.
De hecho es ms bien lo contrario: se nace muy poco libre, muy dependiente y
claramente heternomo. La libertad, independencia y autonoma que las personas
puedan tener en un momento histrico determinado son el producto de largas
tradiciones sociales y, s, un desarrollo colectivo; lo que no implica negar que
24
las personas desempeen un papel importante en dicho desarrollo, sino que, al
contrario, en ltima instancia tienen que hacerlo si quieren ser libres. 19
El argumento de Brown lleva a una conclusin excesivamente simplista. No
es el grupo el que moldea a la persona, arma, sino que son las personas quienes dan forma y contenido al grupo. El grupo es un conjunto de personas, ni ms
ni menos; no tiene vida ni conciencia propia (POI, p. 12, nfasis aadido). Esta
formulacin increble no slo se parece bastante a la famosa declaracin de Margaret Thatcher de que la sociedad no existe, slo existen los individuos; tambin
demuestra una miopa social positivista, incluso ingenua, en la que lo universal
est totalmente separado de lo concreto. Aristteles se pensara que haba zanjado
este problema cuando censur a Platn por crear un reino de formas inefables
que existan separadamente de sus copias materiales e imperfectas.
Es obvio que las personas nunca forman simples conjuntos (salvo tal vez
en el ciberespacio); ms bien al contrario, incluso cuando parecen atomizadas y
hermticas, estn denidas sobremanera por las relaciones que establecen o estn
obligadas a establecer las unas con las otras, debido a su existencia muy real como
seres sociales. La idea de que una comunidad y por extrapolacin, la sociedad
no es ms que un conjunto de personas, ni ms ni menos representa un modo
de abordar la naturaleza de la conso-ciacin humana que no es muy liberal
sino ms bien, especialmente hoy en da, potencialmente reaccionaria.
Al identicar insistentemente colectivismo con un determinismo social implacable, la propia Brown crea un individuo abstracto, uno que ni tan slo es
existencial en el sentido estrictamente convencional de la palabra. Como mnimo,
la existencia humana presupone las condiciones sociales y materiales necesarias
para el mantenimiento de la vida, el juicio, la inteligencia y la palabra; as como las
cualidades afectivas que Brown considera esenciales para su forma voluntarista
de comunismo: preocupacin, empatia y generosidad. Al faltarle la rica articulacin de relaciones sociales en las que las personas estn implicadas desde el
nacimiento hasta la vejez pasando por la madurez, un conjunto de personas
como el postulado por Brown no sera, dicho sin rodeos, una sociedad en modo
alguno. Sera literalmente un conjunto, en el sentido de Thatcher, de mnadas
saqueadoras, interesadas y egostas. Presumiblemente completas en s mismas,
19
En una burla exquisita del mito de que las personas nacen libres, Bakunin declar astutamente:
Cun ridculas son entonces las ideas de los individualistas de la escuela de Jean Jacques Rousseau
y de los mutualistas proudhonianos, que conciben la sociedad como resultado de un contrato libre
pactado por individuos absolutamente independientes entre s, que entran en las relaciones mutuas
slo debido a la convencin establecida entre ellos. Es como si esos hombres hubiesen cado del
cielo trayendo consigo el lenguaje, la voluntad, el pensamiento original, y como si fueran ajenos a
todo cuanto hay en la Tierra, es decir, a todo lo que tiene un origen social. Maximo, Escritos de
Filosofa Poltica de Bakunin, p. 99.
25
estn, por inversin dialctica, inmensamente desindividualizadas por no tener
otro deseo que el de satisfacer sus propias necesidades y placeres (que hoy en da
estn a menudo socialmente construidos, en cualquier caso).
El reconocimiento de que las personas tienen sus propias motivaciones y una
voluntad libre no exige que rechacemos el colectivismo, dado que tambin son
capaces de desarrollar una conciencia sobre las condiciones sociales bajo las que se
ejercen estas capacidades eminentemente humanas. La consecucin de la libertad
depende en parte de factores biolgicos, como sabe cualquiera que haya criado
a un hijo; en parte de factores sociales, como sabe cualquiera que viva en una
comunidad; y, contrariamente a los construccionistas sociales, en parte tambin
de la interaccin entre el entorno y las inclinaciones personales innatas, como
sabe cualquier persona que piense. La individualidad no surgi de la nada. Como
la idea de libertad, tiene un largo historial social y psicolgico.
Abandonado a su suerte, el individuo pierde los cimientos sociales indispensables que conforman lo que se esperara que un anarquista valore de la individualidad: la capacidad de reexin, que se deriva en gran parte del habla; la madurez
emocional que alimenta la oposicin a la falta de libertad; la sociabilidad que
motiva el deseo de cambio radical; y el sentido de responsabilidad que engendra
la accin social.
De hecho, la tesis de Brown tiene unas implicaciones preocupantes para la
accin social. Si la autonoma individual se impone a cualquier compromiso
con una colectividad, no hay base alguna para la institucionalizacin social, la
toma de decisiones o siquiera la coordinacin administrativa. Cada persona, contenida en su propia autonoma, es libre de hacer lo que quiera; presumiblemente,
siguiendo la antigua frmula liberal, si no impide la autonoma de los dems.
Incluso la toma democrtica de decisiones se rechaza por autoritaria. El gobierno
democrtico sigue siendo gobierno, denuncia Brown. Si bien permite ms participacin individual en el gobierno que la monarqua o la dictadura totalitaria,
sigue implicando inherentemente la represin de la voluntad de algunas personas.
Ello choca evidentemente con el individuo existencial, que necesita mantener
su voluntad ntegra para ser existencialmente libre (POI, p. 53). De hecho, la
voluntad individual autnoma es tan transcendentalmente sacrosanta, en opinin
de Brown, que cita la reivindicacin de Peter Marshall de que, segn los principios
anarquistas, la mayora no tiene ms derecho a mandar a la minora, ni tan slo
a una minora de uno, que la minora a la mayora (POI, p. 140, nfasis aadido).
Denominar mandar y gobierno a unos procedimientos racionales, discursivos y de democracia directa para la toma de decisiones colectivas implica conceder
a una minora constituida por un ego autnomo el derecho a impedir la decisin
de una mayora. Pero la realidad es que una sociedad libre o bien ser democrtica,
o bien no ser tal en absoluto. En la situacin muy existencial, si se quiere, de
26
una sociedad anarquista una democracia libertaria directa las decisiones se
tomaran sin duda tras un debate abierto. A continuacin, la minora que hubiera
perdido el voto incluso una minora de uno tendra todas las oportunidades
para presentar argumentos contrarios para tratar de cambiar esa decisin.
La toma de decisiones por consenso, por otra parte, evita la disensin permanente: el tan importante proceso de dilogo continuo, desacuerdo, rplica y
contrarrplica, sin el cual la creatividad tanto social como individual sera imposible.
En cualquier caso, funcionar sobre la base del consenso implica que la toma de
decisiones importantes ser manipulada por una minora o bien se derrumbar
completamente. Y las decisiones tomadas encarnarn el menor denominador comn de opiniones y constituirn el nivel de acuerdo menos creativo. Hablo por la
dura experiencia de muchos aos del uso del consenso en la Alianza Clamshell de
los aos 1970. Justo cuando el casi anrquico movimiento antinuclear estaba en la
cspide de su lucha, con miles de activistas, result destruido por la manipulacin
del proceso de consenso por una minora. La tirana de la falta de estructura
que produjo la toma de decisiones por consenso permiti a unos pocos bien organizados controlar a la mayora desestructurada, desinstitucionalizada y bastante
desorganizada dentro del movimiento.
Tampoco se permiti, entre los abucheos y llamadas al consenso, la existencia
de la disensin y la estimulacin creativa del debate, que fomentaran un desarrollo
creativo de ideas generador de perspectivas frescas e innovadoras. En cualquier
comunidad, la disensin y los disidentes evitan el estancamiento de sta. Las
palabras peyorativas como mandar y gobernar se reeren realmente a silenciar
a los disidentes, no al ejercicio de la democracia; irnicamente, es la voluntad
general consensual lo que podra muy bien, en la frase memorable de Rousseau
de El contrato social, obligar a los hombres a ser libres.
En vez de ser existencial en cualquier sentido terrenal de la palabra, el individualismo existencialista de Brown trata al individuo sin una perspectiva
histrica. Rarica al individuo como una categora transcendental, de modo similar a como, en los aos 1970, Robert K. Wol recurri a conceptos kantianos
del individuo en su dudosa En defensa del anarquismo. Los factores sociales que
interactan con la persona para convertirla en un ser realmente creativo y con
voluntad se subsumen en unas abstracciones morales transcendentales que, con
una vida propia puramente intelectual, existen fuera de la historia y la realidad.
Alternando entre el trascendentalismo moral y el positivismo simplista en
su enfoque sobre la relacin del individuo con la comunidad, los articulados de
Brown encajan igual de burdamente que el creacionismo con la evolucin. La rica
dialctica y la abundante historia que muestran como el individuo se ha formado
27
en gran medida por el desarrollo social y ha interactuado con l, estn prcticamente ausentes de su obra. Con muchas opiniones atomistas y restrictivamente
analticas, y sin embargo abstractamente moral e incluso transcendental en sus
interpretaciones, Brown establece perfectamente una nocin de autonoma que
est en las antpodas de la libertad social. Con el individuo existencial, por una
parte, y una sociedad que consiste en nada ms que un conjunto de personas,
por otra, el abismo entre la autonoma y la libertad pasa a ser insuperable. 20
El anarquismo como caos
Sean cuales sean las preferencias personales de Brown, su libro reeja y a la vez
proporciona las premisas de la transicin de los anarquistas euro-americanos del
anarquismo social al anarquismo individualista o personal. De hecho, el anarquismo personal hoy en da se expresa principalmente a travs de gratis realizados
con spray, el nihilismo posmodernista, el antirracionalismo, el neoprimitivismo,
la antitecnologa, el terrorismo cultural neosituacionista, el misticismo y la
prctica de llevar a cabo insurrecciones personales foucaultianas.
Estas tendencias de moda, que siguen casi todas las corrientes yuppies actuales,
son individualistas en el importante sentido de que son contrarias al desarrollo de
unas organizaciones serias, unas polticas radicales, un movimiento social comprometido, una coherencia terica y una relevancia programtica. Esta tendencia
entre los anarquistas personales, ms orientada a la consecucin de la propia
realizacin que a la de un cambio social esencial, es tanto ms nefasta cuanto
que su giro hacia adentro, como lo ha llamado Katinka Matson, pretende ser
poltico; si bien se parece a la poltica de la experiencia de R. D. Laing. La
bandera negra que los revolucionarios defensores del anarquismo social izaron en
20
Finalmente, Brown malinterpreta signicativamente a Bakunin, Kropotkin y mis propios escritos;
una mala interpretacin que exigira una discusin detallada para corregirla completamente. Por
mi parte, no creo en un ser humano natural, como arma Brown, ms de lo que comparto su
creencia arcaica en una ley natural (p. 159). La ley natural tal vez fue un concepto til durante la
poca de las revoluciones democrticas de hace dos siglos, pero es un mito losco cuyas premisas
morales no tienen ms sustancia en la realidad que la intuicin profunda de la ecologa de valor
intrnseco. La segunda naturaleza de la humanidad (la evolucin social) ha transformado tan
ampliamente la primera naturaleza (la evolucin biolgica) que la palabra natural debe matizarse
con ms cuidado de como lo hace Brown. Su armacin de que yo creo que la libertad es inherente
a la naturaleza confunde terriblemente mi distincin entre una posibilidad y su materializacin
(p. 160). Para claricar mi distincin entre la posibilidad de libertad en la evolucin natural y su
materializacin an incompleta en la evolucin social, vase mi obra ampliamente revisada The
Philosophy of Social Ecology: Essays on Dialectical Naturalism [La losofa de la ecologa social.
Ensayos sobre el naturalismo dialctico] (Montreal: Black Rose Books, 1995, 2 ed.).
28
las luchas insurreccionales en Ucrania y Espaa, se convierte ahora en un pareo
de moda para deleite de pequeoburgueses chics.
Uno de los ejemplos ms desagradables del anarquismo personal es T.A.Z.: Zona
Temporalmente Autnoma, Anarqua Ontolgica, Terrorismo Potico de Hakim Bey
(alias de Peter Lamborn Wilson), una perla de la coleccin New Autonomy Series
(la eleccin de las palabras no es accidental), publicado por el grupo extremadamente posmodernista Semiotext(e)/Autonomedia de Brooklyn. 21 Entre cnticos
al caos, el amour fou, los nios salvajes, el paganismo, el sabotaje
al arte, las utopas piratas, la magia negra como accin revolucionaria, el
delito y la brujera, por no hablar de los elogios al marxismo-stirnerismo,
la llamada a la autonoma se lleva a unos extremos tan absurdos que llegan a
parecer ridiculizar una ideologa absorbida por s misma y autoabsorbente.
T.A.Z. se presenta como un estado mental, una actitud fervientemente antirracional y anticivilizatoria, donde la desorganizacin se concibe como una forma
de arte y los grati suplantan los programas. Bey (su pseudnimo signica jefe o prncipe en turco) no tiene pelos en la lengua a la hora de mostrar su
desprecio por la revolucin social: Por qu molestarse en enfrentarse a un poder que ha perdido todo su signicado y se ha convertido en pura simulacin?
Confrontaciones tales slo han de resultar en grotescos y peligrosos espasmos
de violencia (TAZ, p. 128). Poder entre comillas? Una pura simulacin? Si
lo que est pasando en Bosnia en cuanto a capacidad de destruccin militar es
una pura simulacin, estamos realmente viviendo en un mundo muy seguro y
cmodo! El lector preocupado por la constante multiplicacin de las patologas
sociales de la vida moderna podr tranquilizarse con la opinin altiva de Bey
de que el realismo nos impone no slo dejar de esperar la Revolucin, sino
incluso dejar de desearla (TAZ, p.101). Nos sugiere este pasaje que disfrutemos
de la serenidad del nirvana? O una nueva simulacin baudrillardiana? O tal
vez un nuevo imaginario castoriadiano?
Tras eliminar el objetivo revolucionario clsico de transformar la sociedad,
Bey se burla con condescendencia de aquellos que lo arriesgaron todo por l: el
demcrata, el socialista, el idelogo racional [ . . . ] estn sordos a la msica y les
falta todo sentido del ritmo (TAZ, p. 66). De veras? Han dominado los propios
Bey y sus aclitos los versos y msica de La Marseillaise y bailado extticos a los
ritmos de la Danza de los Marineros Rusos de Gliere? Hay una pesada arrogancia
21
Hakin Bey, T.A.Z.: The Temporary Autonomous Zone, Ontological Anarchism, Poetic Terrorism
(Brooklyn, Nueva York: Autonomedia, 1985, 1991). Edicin en castellano: T.A.Z.: Zona Temporalmente
Autnoma, Anarqua Ontolgica, Terrorismo Potico (Madrid: Talasa Ediciones, 1996). El individualismo de Bey puede parecerse fcilmente al del difunto Fredy Perlman y sus aclitos y primitivistas
anticivilizacin de la revista Fifth Estate de Detroit, salvo que T.A.Z. aboga bastante confusamente
por un paleolitismo psquico basado en la alta tecnologa (p.44).
29
en el desdn de Bey hacia la oreciente cultura que crearon los revolucionarios
del siglo pasado, gente obrera ordinaria de la poca anterior al rock and roll y a
Woodstock.
Efectivamente, cualquiera que entre en el mundo de ensueo de Bey es invitado
a abandonar cualquier contrasentido sobre el compromiso social. Un sueo
democrtico? Un sueo socialista? Imposible, declara Bey con una certeza
absoluta. En el sueo jams nos gobiernan sino el amor o la brujera (TAZ, p.
64). As, Bey reduce magistralmente los sueos de un nuevo mundo evocados
durante siglos por idealistas en grandes revoluciones a la sabidura de su mundo
de sueos febriles.
En cuanto a un anarquismo lleno de las telaraas del humanismo tico, del
librepensamiento, del atesmo muscular y de la tosca lgica fundamentalista cartesiana (TAZ, p. 52), mejor olvidarlo! Bey no slo se deshace, de un solo golpe,
de la tradicin de la Ilustracin en que la se anclaron el anarquismo, el socialismo
y el movimiento revolucionario, sino que adems mezcla naranjas como la lgica fundamentalista cartesiana con manzanas como el librepensamiento y
el humanismo muscular, como si fueran intercambiables o uno presupusiera el
otro.
Aunque el propio Bey no duda en ningn momento en hacer declaraciones
soberbias y lanzarse a polmicas impetuosas, no tiene paciencia con los idelogos
en disputa del anarquismo y del pensamiento libertario (TAZ,p. 46). Proclamando
que la anarqua no conoce dogma (TAZ, p. 52), Bey sumerge a sus lectores en el
dogma ms rgido que haya habido: El anarquismo implica en ltima instancia
anarqua, y la anarqua es caos(TAZ, p. 64). As dijo el Seor: Yo soy aquel que
soy; y Moiss tembl antes de la proclamacin!
Incluso, en un ataque de narcisismo manaco, Bey decreta que es el ego todopoderoso, el Yo altsimo, el Gran Yo el que es soberano: Cada uno de
nosotros [es] el legislador de nuestra propia carne, de nuestras propias creaciones;
y tambin de todo aquello que podamos capturar y conservar. Para Bey, los
anarquistas y monarcas y beys pasan a ser indistinguibles, en la medida en
que son todos autarcas:
Nuestras acciones estn justicadas por decreto y nuestras relaciones se conforman con tratados con otros autarcas. Establecemos la ley en nuestros propios
dominios; y las cadenas de la ley se han roto. Por el momento quizs nos mantengamos como meros pretendientes; pero aun as podemos apoderarnos de algunos
instantes, de algunos metros cuadrados de realidad sobre los que imponer nuestra voluntad absoluta, nuestro royaume. Letat, cest moi. [ . . . ] Si estamos
vinculados a alguna tica o moral ha de ser la que nosotros mismos hayamos
imaginado. (TAZ, p. 67).
30
LEtat, cest moi? Como los beys, me vienen en mente al menos dos personas
de este siglo que disfrutaron de estas amplias prerrogativas: Isif Stalin y Adolf
Hitler. La mayora del resto de los mortales, tanto ricos como pobres, compartimos,
en palabras de Anatole France, la prohibicin de dormir bajo los puentes del Sena.
En efecto, si De la autoridad de Friedrich Engels, con su defensa de la jerarqua,
representa una forma burguesa de socialismo, TAZ y sus secuelas representan
una forma burguesa de anarquismo. No hay devenir, dice Bey, ni revolucin,
ni lucha, ni sendero; [si] t ya eres el monarca de tu propia piel; tu inviolable
libertad slo espera completarse en el amor de otros monarcas: una poltica del
sueo, urgente como el azul del cielo: unas palabras que podran inscribirse en
la Bolsa de Nueva York como credo del egotismo y la indiferencia social(TAZ, p.
4).
Ciertamente, esta opinin no desagradar a los centros de cultura capitalista
ms de lo que el pelo largo, la barba y los vaqueros han desagradado al negocio de la
alta moda. Por desgracia, demasiada gente en este mundo nada de simulaciones
o sueos ni tan slo es duea de su propio pellejo, como lo demuestran los
presos en cuadrillas de encadenados y crceles en su plasmacin ms concreta.
Nadie ha escapado nunca del reino terrenal de la miseria con una poltica de
sueos salvo los pequeoburgueses privilegiados que podran encontrar los
maniestos de Bey distrados especialmente en los momentos de tedio.
Para Bey, de hecho, incluso las insurrecciones revolucionarias clsicas ofrecen
poco ms que un colocn personal, reminiscencia de las experiencias lmite de
Foucault. Una revuelta es como una experiencia lmite(TAZ, p. 100), asegura.
Histricamente, algunos anarquistas [ . . . ] tomaron parte en todo tipo de revoluciones y levantamientos, incluso comunistas y socialistas, pero eso fue porque
encontraron en el momento mismo de la sublevacin la libertad que buscaban. Por
tanto, mientras que la utopa siempre ha fracasado hasta ahora, los anarquistas
individualistas o existencialistas han triunfado en tanto han conseguido (por muy
brevemente que sea) la realizacin de su voluntad de poder en la guerra (TAZ, p.
88). La revuelta obrera austriaca de febrero de 1934 y la guerra civil espaola de
1936, puedo armar, no fueron meramente momentos de insurreccin orgisticos, sino duras luchas mantenidas con una seriedad desesperada y un impulso
magnco, no obstante cualesquiera epifanas estticas.
No obstante, la insurreccin se convierte para Bey en poco ms que un viaje psicodlico, donde el Superhombre nietzscheano, que es del agrado de Bey,
es un espritu libre que no hubiera querido perder el tiempo en agitacin
por la reforma, en protesta, en ensoacin visionaria, en todo tipo de martirio
revolucionario. Probablemente los sueos son aceptables siempre y cuando no
sean visionarios (lase: con un compromiso social); Bey preferira beber vino
31
y tener una epifana privada (TAZ, p. 88), lo que implica poco ms que una
masturbacin mental, libre, sin duda, de los lmites de la lgica cartesiana.
No debera sorprendernos saber que Bey est a favor de las ideas de Max Stirner,
que no se entrega a la metafsica, y no obstante otorga al nico [o sea, el Ego]
una rotundidad absoluta (TAZ, p. 68). Cierto, Bey opina que hay un ingrediente
que falta en Stirner: Una nocin activa de conciencia no ordinaria (TAZ, p.
68). Parece ser que Stirner es demasiado racionalista para Bey. El Oriente, lo
oculto, las culturas tribales poseen tcnicas que pueden ser asimiladas de manera
verdaderamente anrquica [ . . . ] Necesitamos un tipo prctico de anarquismo
mstico [ . . . ] una democratizacin del chamanismo, ebria y serena (TAZ, p.
63). As, Bey llama a sus discpulos a convertirse en brujos y les propone que
utilicen la maldicin malaya del djinn negro.
Qu es, en suma, una zona temporalmente autnoma? La TAZ es como una
revuelta al margen del Estado, una operacin guerrillera que libera un rea de
tierra, de tiempo, de imaginacin y entonces se autodisuelve para reconstruirse
en cualquier otro lugar o tiempo, antes de que el Estado pueda aplastarla (TAZ,
p. 101). En una TAZ muchos de nuestros Verdaderos Deseos podran verse
realizados, aunque slo sea por una temporada, una breve utopa pirata, una zona
libre urdida en el viejo continuum del espacio-tiempo. Entre las TAZ potenciales
estn las reuniones tribales de los sesenta, los cnclaves de ecosaboteadores,
la idlica Beltane de los neopaganos, las grandes conferencias anarquistas, los
crculos gays; sin olvidar los nightclubs, los banquetes y los grandes picnics
libertarios (TAZ, p. 100): nada ms ni nada menos! Puesto que fui miembro de
la Liga Libertaria en los aos sesenta, me encantara ver a Bey y a sus seguidores
aparecer en un gran picnic libertario!
La TAZ es tan pasajera, tan voltil, tan inefable en contraste con el Estado y la
burguesa formidablemente estables que tan pronto como una TAZ es nombrada
[ . . . ] debe desaparecer, desaparece de hecho [ . . . ] resurgiendo de nuevo en otro
lugar (TAZ, p. 101). Una TAZ, en realidad, no es una revuelta sino una simulacin,
una insurreccin tal y como se vive en la imaginacin de un cerebro juvenil, una
retirada segura a la irrealidad. En efecto, Bey proclama: La defendemos [la
TAZ] porque puede proveer la clase de intensicacin asociada con la revuelta
sin conducir necesariamente [!] a su violencia y sacricio (TAZ, p. 101). Ms
precisamente, como un happening de Andy Warhol, la TAZ es un evento pasajero,
un orgasmo momentneo, una expresin fugaz de la fuerza de la voluntad que
es, de hecho, evidentemente incapaz de dejar cualquier marca en la personalidad,
subjetividad o siquiera en la autoformacin del individuo, y menos an de dar
forma a los acontecimientos o a la realidad.
Dada la esencia evanescente de las TAZ, los seguidores de Bey pueden disfrutar
del privilegio pasajero de vivir una existencia nmada, ya que la falta de hogar
32
puede ser en un sentido una virtud, una aventura (TAZ, p. 130). Por desgracia, la
falta de hogar puede ser una aventura si se tiene un hogar confortable al que
volver, mientras que el nomadismo es el lujo caracterstico de aquellos que pueden
permitirse vivir sin ganarse la vida. La mayora de los vagabundos nmadas
que recuerdo tan vivamente de la poca de la Gran Depresin llevaban unas vidas
desesperadas de hambre, enfermedad e indignidad y a menudo moran prematuramente; como an lo hacen hoy en da en las calles de las ciudades estadounidenses.
Las pocas personas de estilo gitano que parecan disfrutar de la vida de la carretera eran, en el mejor de los casos, de carcter idiosincrtico y, en el peor de
los casos, trgicamente neurticos. Tampoco puedo ignorar otra insurreccin
que propone Bey: en particular, la del analfabetismo voluntario (TAZ, p. 129).
Aunque lo deende como una revuelta frente al sistema educativo, su efecto ms
deseable sera hacer los distintos preceptos ex ctedra de Bey inaccesibles a sus
lectores.
Tal vez no pueda darse una mejor descripcin del mensaje de T.A.Z. que el
que apareci en la Whole Earth Review, donde se recalca que el paneto de Bey
est convirtindose rpidamente en la biblia contracultural de los aos noventa
[ . . . ] Mientras que muchos de los conceptos de Bey son anes a las doctrinas del
anarquismo, la revista tranquiliza a su clientela yuppie armando que ste se
aleja deliberadamente de la retrica habitual de derrocar al gobierno. En vez de
ello, preere la naturaleza verstil de las revueltas, que opina que ofrecen unos
momentos de intensidad [que pueden] dar forma y sentido a la totalidad de una
vida. Estas bolsas de libertad, o zonas temporalmente autnomas, permiten al
individuo evadirse de las redes esquemticas del Gran Gobierno y vivir ocasionalmente en unos reinos donde se pueda experimentar brevemente la libertad total
(destacados aadidos). 22
Existe una palabra en yiddish para todo esto: nebbich! Durante los aos sesenta,
el grupo de anidad Up Against the Wall Motherfuckers propag una confusin,
desorganizacin y terrorismo cultural similares, para desaparecer del escenario
poltico poco tiempo despus. Efectivamente, algunos de sus miembros se incorporaron al mundo comercial, profesional y de clase media que antes haban manifestado despreciar. Este comportamiento no es nico de Estados Unidos. Como un
veterano francs del mayo-junio de 1968 dijo cnicamente: Ya nos divertimos
en 1968; ahora es hora de que crezcamos. El mismo ciclo sin salida, salpicado
de referencias anarquistas, se repiti durante una revuelta de jvenes altamente
individualista en Zrich en 1984, que termin con la creacin de Needle Park, un
clebre lugar para adictos a la cocana y el crack establecido por las autoridades
de la ciudad para permitir a los jvenes destruirse a s mismos legalmente.
22
TAZ, The Whole Earth Review (primavera de 1994), p.61.
33
La burguesa no tiene nada que temer de esas proclamas estticas. Con su aversin por las instituciones, organizaciones de masa, su orientacin ampliamente
subcultural, su decadencia moral, su aclamacin de la transitoriedad y su rechazo
de programas, ese tipo de anarquismo narcisista es socialmente inocuo y, a menudo, meramente una vlvula de seguridad para el descontento respecto al orden
social imperante. Con Bey, el anarquismo personal huye de toda militancia social
signicativa y del rme compromiso ha-cia proyectos duraderos y creativos, al
diluirse en las quejas, en el nihilismo postmoderno y en una mareante actitud
nietzscheana de superioridad elitista.
El precio que el anarquismo pagar si permite que esta bazoa sustituya a los
ideales libertarios de las pocas anteriores ser enorme. El anarquismo egocntrico
de Bey, con su alejamiento postmoderno en direccin a la autonoma individual,
a las experiencias-lmite foucaultianas y al xtasis neosituacionista, amenaza
con convertir la misma palabra anarquismo en poltica y socialmente inofensiva:
en una simple moda para el deleite de los pequeoburgueses de todas las edades.
Anarquismo mstico e irracional
La TAZ de Bey no es el nico texto que apela a la brujera o incluso al misticismo. Dada su mentalidad de idealizacin del mundo primitivo, muchos anarquistas
personales se lanzan al antirracionalismo en sus formas ms atvicas. Tomemos
The Appeal of Anarchy (El llamamiento de la anarqua), que ocupa toda la contraportada de una edicin de la revista Fifth Estate (verano de 1989). La anarqua,
proclama, reconoce lainminencia de la liberacin total [nada menos!] y como
signo de tu libertad, desndate en tus ritos. Se nos encarece a bailar, cantar,
rer, darse festines, jugar . . . y cmo podra cualquiera que no sea una momia
gazmoa resistirse a estos placeres rabelaisianos?
Pero, por desgracia, hay una pega. La abada de Thlme de Rabelais, que Fifth
Estate parece emular, estaba llena de criados, cocineros, mozos y artesanos, sin
cuyo duro trabajo los caprichosos aristcratas de su utopa evidentemente de clase
alta se habran muerto de hambre y acurrucado desnudos en los salones ahora fros
de la abada. Por supuesto, el llamamiento de la anarqua de Fifth Estate tal vez
tena en mente una versin materialmente ms simple que la abada de Thlme,
y sus festines tal vez se referan ms a tofu y arroz que a perdices rellenas y
deliciosas trufas. Pero aun as, sin unos avances tecnolgicos importantes para
liberar a las personas del trabajo, incluso para poner tofu y arroz sobre la mesa,
cmo podra una sociedad basada en esta versin de la anarqua esperar abolir
toda autoridad, compartir todo entre todos, hacer festines y correr desnudos,
bailando y cantando?
34
Esta pregunta es especialmente pertinente para el grupo de Fifth Estate. Lo que
es fascinante en la revista es el culto primitivista, prerracional, antitecnolgico y
anticivilizatorio que subyace en la base de sus artculos. As, el llamamiento de
Fifth Estate invita a los anarquistas a proyectar el crculo mgico, entrar en un
trance de xtasis, deleitarse en la brujera que disipa todo poder: precisamente
las tcnicas mgicas que durante siglos han utilizado los chamanes (aplaudidos
al menos por uno de sus autores) en las sociedades tribales, por no hablar de los
sacerdotes en las ms desarrolladas, para elevar su estatus en la jerarqua y contra
los cuales la razn ha tenido que luchar para liberar la mente humana de sus
misticaciones autocreadas. Disipar todo poder? De nuevo, hay aqu un punto
foucaultiano que, como siempre, niega la necesidad de establecer unas instituciones con autogobierno y unos poderes claramente conferidos frente al poder muy
real de las instituciones capitalistas y jerrquicas; an ms, la materializacin de
una sociedad donde pueda conseguirse verdaderamente el deseo y el xtasis en
un comunismo realmente libertario.
El cntico seductoramente exttico de Fifth Estate a la anarqua, tan desprovisto de contenido social dejando aparte todas sus orituras retricas, podra
fcilmente aparecer como un pster en las paredes de una boutique chic o detrs
de una tarjeta de felicitacin. De hecho, unos amigos que fueron hace poco a
Nueva York me dijeron que hay un restaurante con manteles de lino en las mesas,
mens bastante caros y clientela pija en St. Marks Place, en el Lower East Side
un campo de batalla de los aos 1960, que se llama Anarchy. En este lugar
de pasto de la pequea burguesa de la ciudad se exhibe una copia del famoso
mural italianoEl Cuarto Estado, que muestra a unos proletarios insurrectos de n
de sicle marchando con aires de militancia hacia un jefe que no aparece en el
cuadro, o tal vez una comisara de polica. Parece ser que el anarquismo personal
puede convertirse fcilmente en una opcin de consumo selecto. Segn me han
dicho, el restaurante tambin tiene guardias de seguridad, probablemente para no
permitir la entrada a la chusma local como la que gura en el mural.
El anarquismo personal sin riesgo, centrado en s mismo, hedonista e incluso
cmodo puede ofrecer muy bien la verborrea fcil que condimenta los prosaicos
estilos de vida burgueses de los rabelaisianos timoratos. Como el arte situacionista que el MIT exhibi para el deleite de la pequea burguesa vanguardista
hace unos aos, ofrece poco ms que una imagen terriblemente traviesa del
anarquismo me atrevera a decir un simulacro, como las que orecen a lo
largo de toda la costa del Pacco de Estados Unidos y en algunos lugares hacia
el este. Por su parte, la industria del ocio funciona extremadamente bien bajo el
capitalismo contemporneo y podra absorber fcilmente las tcnicas de los anarquistas personales para mejorar una imagen comercial de malos. Hace tiempo
que la contracultura que en su momento choc a la gente bien con sus largas
35
barbas, su vestimenta, su libertad sexual y su arte ha pasado a ser eclipsada por
empresarios burgueses cuyas boutiques, cafs, clubs e incluso campings nudistas
son un prspero negocio, como demuestran los numerosos anuncios picantes de
nuevos deleites en Villa ge Voice y revistas por el estilo.
De hecho, las creencias abiertamente antirracionalistas de Fifth Estate tienen
unas implicaciones preocupantes. Su aclamacin visceral de la imaginacin, el
xtasis y lo primario pone maniestamente en tela de juicio no slo la eciencia
racionalista sino tambin la razn en s. La portada de la edicin de otoo/invierno
de 1993 exhibe el famosamente incomprendido Capricho n 43 de Francisco Goya,
El sueo de la razn produce monstruos. La gura dormida de Goya aparece
desplomada sobre su escritorio delante de un ordenador Apple. La traduccin
inglesa de Fifth Estate es: The dream of reason produces monsters, lo que implica
que los monstruos son un producto de la razn en s. Sin embargo, Goya quera
claramente decir, como su propia nota indica, que los monstruos del grabado estn
producidos por el hecho de que la razn duerma, no de que suee. Como escribi
en su propio comentario: La imaginacin abandonada por la razn produce
monstruos imposibles; unida a ella es, sin embargo, la madre de las artes y la
fuente de sus maravillas. 23 Al menospreciar la razn, esta intermitente revista
anarquista entra en connivencia con algunos de los aspectos ms sombros de la
reaccin neoheideggeriana de hoy en da.
Contra la tecnologa y la civilizacin
An ms preocupantes son los escritos de George Bradford (alias de David
Watson), uno de los principales tericos de Fifth Estate, sobre los horrores de
la tecnologa al parecer, la tecnologa en s. La tecnologa, presumiblemente,
determina las relaciones sociales y no lo contrario, una nocin que se acerca
ms al marxismo vulgar que, por ejemplo, a la ecologa social. En Stopping the
Industrial Hydra [Detengamos la hidra industrial] (SIH), Bradford arma:
La tecnologa no es un proyecto aislado, ni tan slo una acumulacin de conocimientos tcnicos que est determinada por una esfera en cierto modo separada
y ms fundamental de relaciones sociales. Las tcnicas de masas se han convertido, en palabras de Langdon Winner, en estructuras cuyas condiciones de
funcionamiento exigen la reestructuracin de sus entornos, y por consiguiente
de las propias relaciones sociales que las han originado. La tcnica de masas
23
Citado por Jos Lpez Rey, Goyas Caprichos: Beauty, Reason and Caricature [Los Caprichos de Goya:
Belleza, Razn y Caricatura], vol. 1 (Princeton, Nueva Jersey: Princeton University Press, 1953), pp.
80-81.
36
un producto de pocas anteriores y jerarquas arcaicas ha dejado atrs las
condiciones que la generaron, tomando vida propia [ . . . ] Ofrece, o se ha convertido en, un tipo de entorno y sistema social total, tanto en sus aspectos generales
como en los individuales, ms subjetivos [ . . . ]
En una pirmide mecanizada de tal modo, [ . . . ] las relaciones instrumentales
y sociales se reducen a lo mismo. 24
Este cuerpo simplista de nociones ignora tranquilamente las relaciones capitalistas que determinan claramente cmo se utilizar la tecnologa y se centra en lo
que se supone que es la tecnologa. Al relegar las relaciones sociales a algo que no
es fundamental en vez de subrayar el proceso productivo esencial en el que se
utiliza la tecnologa, Bradford otorga a las mquinas y a la tcnica de masas
una autonoma mstica que, como la hipostatizacin estalinista de la tecnologa,
se ha empleado para unos nes extremadamente reaccionarios. La idea de que la
tecnologa tiene vida propia est profundamente arraigada en el romanticismo
conservador alemn del siglo pasado y en los escritos de Martin Heidegger y
Friedrich Georg Jnger, que alimentaron la ideologa nacionalsocialista, aunque
los nazis honoraran su losofa antitecnolgica slo en teora.
En trminos de ideologa contempornea de nuestros propios tiempos, este
bagaje ideolgico es representativo de la armacin, tan comn hoy en da, de que
el desarrollo de nuevos sistemas automatizados cuesta invariablemente empleos
a las personas
o intensica su explotacin. Ambos hechos son innegables, pero obedecen
precisamente a las relaciones sociales de explotacin capitalista, no al progreso tecnolgico en s. Para decirlo sin rodeos: las reestructuraciones actuales no se
deben a las mquinas, sino a los burgueses avariciosos que utilizan las mquinas
para sustituir la mano de obra o explotarla ms intensivamente. 25 De hecho, las
mismas mquinas que los empresarios utilizan para reducir los costes laborales podran, en una sociedad racional, liberar a los seres humanos de penosos
trabajos mecnicos para que pudieran dedicarse a actividades ms creativas y
personalmente ms graticantes.
24
25
George Bradford, Stopping the Industrial Hydra: Revolution Against the Megamachine [Detengamos la hidra industrial: revolucin contra la megamquina], The Fifht Estate, vol. 24, n 3 (invierno
de 1990), p. 10.
La sustitucin del capitalismo por la mquina, desviando por consiguiente la atencin del lector de
las importantsimas relaciones sociales que determinan el uso de la tecnologa hacia la tecnologa en
s, gura en casi toda la bibliografa antitecnolgica de este siglo y los anteriores. Jnger representa
a casi todos los escritores de este gnero cuando observa que debido al progreso tcnico, ese monto
de trabajo se ve constantemente aumentado y por ello en pocas en que el proceso de trabajo tcnico
se ve expuesto a crisis y perturbaciones, cunde la desocupacin. Vase Friedrich Georg Jnger,
Perfeccin y fracaso de la tcnica (Buenos Aires: Ed. Sur, 1968).
37
No hay pruebas de que Bradford conozca bien a Heidegger o Jnger; de hecho, ms bien parece inspirarse en Langdon Winner y Jacques Ellul. Bradford
cita aprobatoriamente a este ltimo: Es la coherencia tecnolgica lo que ahora
conforma la coherencia social [ . . . ] Ella es en s misma no solamente un medio
sino un universo de medios en el sentido de universum, a la vez exclusivo y
total (SIH, p. 10).
En La edad de la tcnica, su libro ms conocido, Ellul anticipaba la sombra tesis
de que el mundo y nuestros modos de pensar siguen las pautas de las herramientas
y las mquinas (la tcnica). Sin ninguna explicacin social de cmo surgi esta
sociedad tecnolgica, la obra de Ellul concluye sin ofrecer esperanza alguna,
y an menos un plan para salvar a la humanidad de su absorcin total por la
tcnica. De hecho, incluso un humanismo que trata de dominar a la tecnologa
para satisfacer las necesidades de las personas queda reducido, en su opinin, a
una esperanza piadosa sin ninguna posibilidad de inuir en la evolucin tecnolgica. 26 Y con toda la razn, si una perspectiva del mundo tan determinista se
sigue hasta su conclusin lgica.
No obstante, por suerte, Bradford nos presenta una solucin: empezar a desmontar la mquina (SIH, p. 10). Y no admite compromisos con la civilizacin,
sino que repite esencialmente todos los clichs casi msticos, anticivilizatorios y
antitecnolgicos que aparecen en determinados cultos medioambientales new age.
La civilizacin moderna, nos dice, es una matriz de fuerzas, incluidas las relaciones mercantilistas, las comunicaciones de masas, la urbanizacin y la tcnica
de masas, junto con [ . . . ] unos Estados nuclear-cibernticos rivales vinculados
entre ellos, todo lo cual converge hacia una megamquina global (SIH, p.
20). Las relaciones mercantilistas observa en su ensayo Civilization in Bulk
[Civilizacin al por mayor] (CIB) no son ms que una parte de esta matriz de
fuerzas en la que la civilizacin es una mquina que ha sido un campo de
trabajo desde sus orgenes, una pirmide rgida de capas jerrquicas, una red
que extiende el territorio de lo inorgnico, y una progresin lineal desde el robo
del fuego por Prometeo hasta el Fondo Monetario Internacional. 27 A continuacin, Bradford reprende el anodino libro de Monica Sjo y Barbara Mor, La Gran
Madre Csmica: Redescubriendo la Religin de la Tierra, no por su tesmo atvico
y regresivo, sino porque las autoras ponen la palabra civilizacin entre comillas,
una prctica que reeja la tendencia de este libro fascinante [!] de presentar
una alternativa o invertir la perspectiva sobre la civilizacin en vez de cuestionar
abiertamente sus trminos (CIB, nota a pie de pgina 23). Probablemente es
26
27
Jacques Ellul, The Technological Society (Nueva York: Vintage Books, 1964), p. 430. Edicin en
castellano: La edad de la tcnica (Barcelona: Ediciones Octaedro, 1964, 2003).
Bradford, Civilization in Bulk, Fifth Estate (primavera de 1991), p. 12.
38
Prometeo a quien hay que amonestar, no a estas dos Madres Tierra, cuyo folleto
sobre divinidades ctnicas, pese a todos sus compromisos sobre la civilizacin, es
fascinante.
Por supuesto, ni una referencia a la megamquina sera completa sin citar el
lamento de Lewis Mumford sobre sus efectos sociales. De hecho, cabe observar
que estos comentarios han malinterpretado a menudo las intenciones de Mumford,
quien no estaba en contra de la tecnologa, como Bradford y otros nos querran
hacer creer; ni tampoco era en ningn sentido de la palabra un mstico a quien
le habra gustado el primitivismo anticivilizatorio de Bradford. Sobre este punto
puedo hablar gracias a mi conocimiento personal directo de las opiniones de
Mumford, cuando hablamos largamente como participantes en una conferencia
en la Universidad de Pensilvania hacia 1972.
Pero slo hay que leer sus escritos, como Tcnica y Civilizacin (TyC), que
el propio Bradford cita, para ver que Mumford trata por todos los medios de
describir favorablemente los instrumentos mecnicos como potencialmente
un vehculo para nes humanos racionales. 28 Recordando reiteradamente al
lector que las mquinas provienen de los seres humanos, Mumford subraya que la
mquina es la proyeccin de un aspecto particular de la personalidad humana
(TyC). Efectivamente, una de sus funciones ms importantes ha sido la de atenuar
el impacto de la supersticin en la mente humana:
Antes, los aspectos irracionales y demonacos de la vida haban invadido unas
esferas que no les correspondan. Fue un paso hacia adelante descubrir que eran
bacterias, y no duendecillos, los que hacan que la leche se cuajara, y que un
motor refrigerado por aire era ms ecaz que la escoba de una bruja para el
transporte a larga distancia [ . . . ] La ciencia y la tcnica fortalecieron nuestra
moral; a la luz de sus propias austeridades y abnegaciones [ . . . ] ponen en
ridculo los temores pueriles, las suposiciones pueriles, as como armaciones
igualmente pueriles. (TyC, p. 324).
Este importante aspecto de la obra de Mumford ha sido descaradamente ignorado por los primitivistas de nuestro entorno; especialmente su creencia de
que la mquina ha tenido la importantsima contribucin de fomentar la
tcnica del pensamiento y la accin cooperativos. Mumford tampoco dudaba
en alabar la excelencia esttica de la forma de la mquina [ . . . ] ante todo, tal
vez, la personalidad ms objetiva que ha surgido a travs de una relacin ms
sensible y comprensiva con estos nuevos instrumentos sociales y a travs de su
28
Lewis Mumford, Technics and Civilization (Nueva York y Burlingame: Harcourt Brace & World,
1963), p. 301. Todas las pginas aqu citadas se reeren a esta edicin. Edicin en castellano: Tcnica
y Civilizacin (Madrid: Alianza, 1998).
39
asimilacin cultural deliberada. Es ms, la tcnica de crear un mundo neutral
de hechos a diferencia de los datos brutos de la experiencia inmediata ha sido la
gran contribucin general de la ciencia analtica moderna (TyC, p. 361).
En vez de compartir el primitivismo explcito de Bradford, Mumford criticaba
duramente a aquellos que rechazan la mquina de manera total, y consideraba
la vuelta al primitivismo absoluto como una adaptacin neurtica a la propia megamquina (TyC, p. 302), incluso como una catstrofe. Ms desastroso
que cualquier mera destruccin fsica de mquinas por el brbaro es su amenaza
de apagar o desviar el poder de la motivacin humana, observ con agudeza,
desalentando los procesos cooperativos de pensamiento y la investigacin desinteresada, que son responsables de nuestros principales logros tcnicos. Y
preconizaba: Tenemos que abandonar nuestras artimaas intiles y lamentables
para resistirnos a la mquina mediante recadas absurdas en el salvajismo (TyC,
p. 319).
En sus obras posteriores no gura ninguna prueba de que cambiara de opinin.
Irnicamente, calic desdeosamente como barbarismo las representaciones
del Living Theater y las visiones del territorio sin ley de las bandas de motoristas,
y menospreciaba Woodstock como la movilizacin en masa de la juventud, de la
que la actual cultura masicada, excesivamente reglamentada y despersonalizada
no tiene nada que temer. 29
Mumford, por su parte, no estaba a favor ni de la megamquina ni del primitivismo (el orgnico), sino ms bien de la sosticacin de la tecnologa en unas
lneas democrticas y de escala humana. Nuestra capacidad de ir ms all de
la mquina [hasta una nueva sntesis] se basa en nuestro poder de asimilar la
mquina, observaba en Tcnica y Civilizacin. Hasta que no hayamos absorbido
las lecciones de la objetividad, la impersonalidad, la neutralidad, las lecciones del
reino mecnico, no podremos avanzar ms en nuestro desarrollo hacia lo ms
sustancialmente orgnico, lo ms profundamente humano (TyC, p. 363, nfasis
mo).
La denuncia de la tecnologa y la civilizacin como inherentemente opresivas
de la humanidad sirve en realidad para encubrir las relaciones sociales concretas
que privilegian a los explotadores respecto a los explotados y a los jefes respecto
29
Lewis Mumford, The Pentagon of Power [El pentgono del poder], vol. 2 (Nueva York: Harcourt
Brace Jovanovich, 1970), leyendas de las ilustraciones 13 a 26 (existe una edicin en castellano a
cargo de la editorial Pepitas de Calabaza, 2001). Esta obra en dos volmenes se ha malinterpretado
sistemticamente como un ataque a la tecnologa, la racionalidad y la ciencia. De hecho, como su
prlogo indica, la obra contrapone ms bien la megamquina en tanto que modo de organizar el
trabajo humano y s, las relaciones sociales con los logros de la ciencia y la tecnologa, que Mumford
sola aplaudir y situaba en el mismo contexto social al que Bradford resta importancia.
40
a sus subordinados. Ms que cualquier sociedad opresora del pasado, el capitalismo oculta su explotacin de la humanidad bajo un disfraz de fetiches, para
emplear la terminologa de Marx en El capital, y sobre todo el fetichismo de la
mercanca, que ha sido embellecido de manera diversa y supercial por los
situacionistas como espectculo y por Baudrillard como simulacro. Al igual
que la apropiacin del exceso de valor por parte de la burguesa se disimula con
un intercambio contractual de salarios a cambio de trabajo, equitativo slo en
apariencia, la fetichizacin de la economa y sus movimientos encubre el dominio
de las relaciones econmicas y sociales del capitalismo.
En este sentido cabe sealar un punto importante, incluso crucial. Este encubrimiento oculta a la esfera pblica la responsabilidad de la competencia capitalista
en la aparicin de las crisis de nuestros tiempos. A estas misticaciones, los antitecnolgicos y anticivilizatorios aaden el mito de la tecnologa y la civilizacin
como inherentemente opresivos, y tapan as las relaciones sociales nicas del
capitalismo especialmente la utilizacin de las cosas (mercancas, valores de
intercambio, objetos . . . llmese como se quiera) para mediar en las relaciones sociales y crear el panorama tecno-urbano de nuestra poca. Al igual que la
sustitucin de capitalismo por la expresin sociedad industrial oculta el papel
especco y primordial del capital y las relaciones mercantilistas en la constitucin
de la sociedad moderna, la sustitucin de las relaciones sociales por una cultura
tecno-urbana, que Bradford realiza abiertamente, encubre el papel primordial del
mercado y la competencia en la formacin de la cultura moderna.
El anarquismo personal, en gran parte porque tiene que ver con un estilo de
vida personal ms que con la sociedad, pinta la acumulacin capitalista, con sus
races en el mercado competitivo, como la fuente de la destruccin medioambiental,
y mira como petricado la presunta ruptura por parte de la humanidad de la unidad
sagrada o exttica con la Naturaleza y el desencanto del mundo por la
ciencia, el materialismo y el logocentrismo.
En consecuencia, en vez de explicar los orgenes de las patologas sociales y
personales de hoy en da, la antitecnologa nos permite sustituir engaosamente
el capitalismo por la tecnologa que esencialmente facilita la acumulacin capitalista y la explotacin laboral como la causa subyacente del crecimiento y
la destruccin del medio ambiente. La civilizacin, encarnada en la ciudad como
centro de cultura, se despoja de sus dimensiones racionales, como si la ciudad
fuera un cncer imparable en vez de la posible esfera para universalizar las relaciones humanas, en marcado contraste con las limitaciones provinciales de la vida
tribal y de pueblo. Las relaciones sociales bsicas de la explotacin y dominacin
capitalista quedan eclipsadas por unas generalizaciones metafsicas sobre el ego y
la tcnica, empaando la comprensin del pblico de las causas esenciales de las
41
crisis sociales y medioambientales; unas relaciones mercantilistas que engendran
a los intermediarios corporativos del poder, la industria y la riqueza.
Ello no implica negar que muchas tecnologas sean intrnsecamente dominantes
y ecolgicamente peligrosas, o armar que la civilizacin ha sido una bendicin
absoluta. Los reactores nucleares, las grandes presas, los complejos industriales
altamente centralizados, el sistema de fbrica y la industria armamentstica al
igual que la burocracia, la decadencia urbana y los medios de comunicacin
contemporneos son perniciosos casi desde que fueron creados. Pero en los
siglos XVIII y XIX no se necesitaron la mquina a vapor, la fabricacin en masa, ni
mucho menos ciudades gigantescas y burocracias de gran alcance para desforestar
reas inmensas de Norteamrica y prcticamente exterminar a sus poblaciones
indgenas, ni erosionar el suelo de regiones enteras. Al contrario, incluso antes de
que el ferrocarril llegara a todas partes del pas, una gran parte de esta devastacin
ya se haba iningido mediante simples hachas, mosquetes de plvora negra,
carros tirados por caballos y arados de vertedera.
Fueron estas sencillas tecnologas las que la empresa burguesa las brbaras dimensiones de la civilizacin del siglo pasado utiliz para excavar una gran parte
del valle del ro Ohio convirtindolo en propiedades inmobiliarias especulativas.
En el sur, los propietarios de plantaciones necesitaban manos esclavas sobre
todo porque no exista maquinaria para plantar y recoger algodn; de hecho, el
arrendamiento rstico ha desaparecido en las ltimas dos dcadas en los Estados
Unidos en buena medida porque se introdujo nueva maquinaria para sustituir el
trabajo de los aparceros negros liberados. En el siglo XIX, los campesinos de la
Europa semifeudal, a travs de rutas por ros y canales, llegaron en avalancha a las
tierras salvajes norteamericanas y, con unos mtodos nada ecolgicos, empezaron
a producir los cereales que nalmente impulsaron el capitalismo estadounidense
a la hegemona econmica mundial.
En pocas palabras: fue el capitalismo la relacin mercantilista llevada a sus
plenos extremos histricos el que produjo la explosiva crisis medioambiental
de los tiempos modernos, empezando por las primeras mercancas producidas en
casas de campo que luego se transportaban por el mundo entero en barcos de vela,
no propulsados por motores sino por el viento. Aparte de los pueblos y ciudades
textiles de Gran Bretaa, donde la fabricacin en masa hizo un avance histrico,
las mquinas que hoy son objeto del mayor oprobio fueron creadas mucho despus
de que el capitalismo primara en muchas partes de Europa y Norteamrica.
No obstante, pese a la oscilacin actual del pndulo de una gloricacin de
la civilizacin europea hasta su plena denigracin, sera conveniente recordar
la importancia del auge del secularismo moderno, el conocimiento cientco, el
universalismo, la razn y las tecnologas que ofrecen potencialmente la esperanza
de una dispensa racional y emancipadora de los asuntos sociales, o incluso de la
42
plena realizacin del deseo y el xtasis sin los numerosos criados y artesanos que
colmaban los apetitos de sus superiores aristcratas en la abada de Thlme de
Rabelais. Paradjicamente, los anarquistas anticivilizatorios que la denuncian hoy
en da son algunos de aquellos que disfrutan de sus frutos culturales y realizan
declaraciones expansivas muy individualistas sobre la libertad, sin ninguna conciencia de los duros acontecimientos de la historia europea que la hicieron posible.
Kropotkin, por ejemplo, daba una gran importancia al progreso de la tcnica
moderna, que simplica maravillosamente la produccin de todos los elementos necesarios para la vida. 30 Para quienes no tienen un sentido de perspectiva
histrica, es fcil mirar hacia atrs con arrogancia.
Misticacin de lo primitivo
El corolario de las tendencias antitecnolgicas y anticivilizatorias es el primitivismo, una gloricacin ednica de la prehistoria y el deseo de volver en cierto
modo a su putativa inocencia. 31 Los anarquistas personales como Bradford se inspiran en pueblos indgenas y mitos de la prehistoria ednica. Segn l, los pueblos
primitivos rechazaban la tecnologa: y minimizaban el peso relativo de las
tcnicas instrumentales o prcticas, dando ms importancia a las [ . . . ] tcnicas
extticas. Esto es porque los pueblos indgenas, con sus creencias animistas,
estaban embebidos de amor por la vida animal y la naturaleza; para ellos, los
animales, las plantas y los objetos naturales eran personas, incluso semejantes
(CIB, p. 11).
En consecuencia, Bradford cuestiona la opinin ocial que calica los estilos
de vida de las culturas recolectoras prehistricas de terribles, salvajes y nmadas,
30
31
Kropotkin, Anarchism, Revolutionary Pamphlets, p. 285.
Cualquiera que nos aconseje reducir considerablemente, incluso drsticamente, nuestro uso de la
tecnologa tambin nos est recomendando, con toda lgica, volver a la Edad de Piedra; por lo
menos, al Neoltico o al Paleoltico (Inferior, Medio o Superior). En respuesta al argumento de que no
podemos volver al mundo primitivo, Bradford ataca no el argumento sino a quienes lo exponen:
Los ingenieros de las empresas y los crticos izquierdistas/sindicalistas del capitalismo rechazan
cualquier perspectiva diferente sobre la dominacin tecnolgica [ . . . ] como regresiva y como
deseo tecnfobo de volver a la Edad de Piedra, lamenta (CIB, nota a pie de pgina 3). No voy a
entrar en la patraa de que favorecer el desarrollo tecnolgico en s implique favorecer la extensin
de la dominacin, presumiblemente de las personas y la naturaleza no humana. Los ingenieros
de las empresas y los crticos izquierdistas/sindicalistas del capitalismo no son de ningn modo
comparables en su visin de la tecnologa y sus usos. Dado que los crticos izquierdistas/sindicalistas
del capitalismo estn encomiablemente implicados en una serie oposicin de clases al capitalismo,
el hecho de que actualmente no hayan logrado atraer a un movimiento obrero amplio es ms una
tragedia que lamentar que un motivo de celebracin.
43
una lucha sangrienta por la supervivencia. En vez de ello, glorica el mundo
primitivo como lo que Marshall Sahlins llam la sociedad opulenta original,
. . . opulenta porque tiene pocas necesidades, todos sus deseos se satisfacen
fcilmente. Su caja de herramientas es elegante y ligera, sus puntos de vista
lingsticamente complejos y conceptualmente pro fundos y sin embargo simples
y accesibles a todos. Su cultura es expansiva y dichosa. No tiene propiedad
privada sino comunal, es igualitaria y cooperativa [ . . . ] Es anrquica [ . . . ]
no tiene que trabajar [ . . . ] Es una sociedad llena de danzas, de cnticos, de
celebraciones, de sueos (CIB, p. 10).
Los habitantes del mundo primitivo, segn Bradford, vivan en armona con
el mundo natural y se beneciaba de todas las ventajas de la opulencia, incluido
mucho tiempo de ocio. La sociedad primitiva, recalca, no tena que trabajar,
puesto que la caza y la recoleccin exigan mucho menos esfuerzo que las ocho
horas que la gente de hoy en da dedica a la jornada laboral. Reconoce compasivamente que la sociedad primitiva poda pasar hambre de vez en cuando.
No obstante, este hambre era en realidad simblica y autoinigida, porque
los pueblos primitivos a veces [escogen] el hambre para mejorar sus relaciones
mutuas, para jugar o para tener trances (CIB, p. 10).
Hara falta todo un ensayo completo para descodicar, por no decir rebatir,
estas sandeces absurdas, en las que guran unas pocas verdades con una mezcla o
una capa de pura fantasa. Bradford basa sus explicaciones, segn nos dice, en un
mayor acceso a las opiniones de la gente primitiva y sus descendientes nativos
mediante una antropologa [ . . . ] ms crtica (CIB, p. 10). En realidad, una gran
parte de esta antropologa crtica parece derivarse de ideas presentadas en el
simposio Man the Hunter [El hombre cazador] celebrado en abril de 1966 en la
Universidad de Chicago. 32 Aunque la mayora de las contribuciones al simposio
fueron enormemente valiosas, algunas de ellas se ajustaban a la misticacin
ingenua de lo primitivo que se ltraba en la contracultura de los aos 1960, y
que an perdura a da de hoy. La cultura hippy, que inuy a unos cuantos
antroplogos de la poca, armaba que los pueblos cazadores-recolectores de hoy
haban eludido las fuerzas sociales y econmicas que operaban en el resto del
mundo y seguan viviendo en un estado prstino, como reliquias aisladas de los
estilos de vida neolticos y paleolticos. Adems, como cazadores-recolectores, sus
vidas eran particularmente saludables y paccas, viviendo tanto entonces como
ahora gracias a la esplndida abundancia de la naturaleza.
32
Los documentos de la conferencia se publicaron en Man the Hunter, editado por Richard B. Lee e
Irven DeVore (Chicago: Aldine Publishing Co., 1968).
44
Por ejemplo, Richard B. Lee, coeditor de la coleccin de los trabajos de la conferencia, estimaba que los pueblos primitivos consuman una cantidad bastante
elevada de caloras y que contaban con abundantes alimentos, alcanzando un
tipo de abundancia virginal en la que la gente slo tena que buscar comida
unas cuantas horas al da. La vida en el estado de la naturaleza no es necesariamente dura, salvaje y corta, escribi Lee. El hbitat de los bosquimanos !kung
del desierto del Kalahari, por ejemplo, es abundante en alimentos que ofrece la
naturaleza. Los bosquimanos del rea de Dobe, que armaba Lee an estaban
rayando en la entrada al Neoltico,
. . . hoy en da viven sin problemas de plantas silvestres y carne, pese a que
estn connados en la parte menos productiva de la zona donde antes se encontraban los pueblos bosquimanos. Es probable que en el pasado estos cazadores
y recolectores tuvieran una base de subsistencia an mayor, cuando podan
escoger entre los mejores hbitats de frica. 33
Ello no es realmente as, como pronto veremos.
Es muy habitual que aquellos que se deleitan con la vida primitiva metan en
el mismo saco muchos milenios de prehistoria, como si unas especies homnidas
y humanas considerablemente diferentes vivieran en un slo tipo de organizacin
social. La palabra prehistoria es muy ambigua. Al igual que el genoma humano inclua a varias especies, no podemos realmente igualar los puntos de vista de los
recolectores auriacienses y magdalenienses (Homo sapiens sapiens) de hace unos
30.000 aos con los del Homo sapiens neanderthalensis o el Homo erectus, cuyas
herramientas, habilidades artsticas y capacidades de habla eran extremadamente
distintas.
Otro problema es hasta qu punto los cazadores-recolectores prehistricos o
buscadores de alimentos de distintas pocas vivan en sociedades no jerrquicas. Si
las necrpolis de Sungir (en el este de Europa) de hace unos 25.000 aos permiten
hacer alguna especulacin (y no podemos contar con gente del Paleoltico para que
nos expliquen su vida), la coleccin extraordinariamente suntuosa de joyas, lanzas,
arpones de marl y ropa con abalorios en las tumbas de dos adolescentes indican
la existencia de unas dinastas familiares de alto estatus mucho tiempo antes
de que los humanos se establecieran para cultivar alimentos. La mayora de las
culturas del Paleoltico eran con toda verosimilitud relativamente igualitarias, pero
la jerarqua parece haber existido incluso a nales del Paleoltico, con distintos
niveles de grado, tipo y alcance de una dominacin que no pueden encasillarse
bajo alabanzas retricas como igualitarismo paleoltico.
33
What Hunters Do for a Living, or, How to Make Out in Scarce Resources, [De qu viven los
cazadores, o cmo subsistir con unos recursos escasos], Man the Hunter, p.43.
45
Otro problema que se presenta es la variedad al principio, la ausencia de la
capacidad comunicativa en distintas pocas. En la medida en que el lenguaje escrito no apareci hasta bien entrados los tiempos modernos, los lenguajes incluso
de los primeros Homo sapiens sapiens apenas eran conceptualmente profundos.
Los pictogramas, glifos y, sobre todo, los conocimientos memorizados en los que
se basaban los pueblos primitivos para conocer el pasado tienen unas limitaciones culturales evidentes. Sin una literatura escrita que registre la sabidura
acumulada de generaciones, la memoria histrica, por no decir los pensamientos
conceptualmente profundos, son difciles de retener; ms bien se pierden con el
tiempo o se distorsionan lamentablemente. La historia transmitida por va oral es
todava menos objeto de una crtica rigurosa, sino que en vez de ello se convierte
fcilmente en una herramienta para los videntes y chamanes de la lite quienes,
ms que ser protopoetas, como los llama Bradford, parecen haberse servido de
sus conocimientos en benecio de sus propios intereses sociales. 34
Lo que nos lleva, inevitablemente, a John Zerzan, el primitivista anticivilizatorio por excelencia. Para Zerzan, una de las rmas destacadas de la revista Anarchy:
A Journal of Desire Armed, la ausencia de habla, lenguaje y escritura es un aspecto
positivo. Zerzan, otro viajero del tnel del tiempo de Man the Hunter, mantiene
en su libro Futuro Primitivo (FP) que antes de la domesticacin, antes de la invencin de la agricultura, la existencia humana consista esencialmente en una vida
de ocio, intimidad con la naturaleza, sabidura sensual, igualdad sexual y buena
salud 35, con la diferencia de que la visin de Zerzan del primitivismo se acerca
ms bien a la de los animales de cuatro patas. De hecho, en la paleoantropologa
zerzaniana, las distinciones anatmicas entre el Homo sapiens por una parte y el
Homo habilis, el Homo erectas y los muy difamados neandertales son dudosas;
todas las especies homnidas tempranas, a su parecer, posean las capacidades
mentales y fsicas del Homo sapiens y, adems, vivieron en un estado de felicidad
primitiva durante ms de dos millones de aos.
Si estos homnidos eran tan inteligentes como los humanos modernos, uno podra preguntarse ingenuamente: por qu no innovaron con cambios tecnolgicos?
Me parece muy plausible, Zerzan conjetura brillantemente, que la inteligencia,
basndose en el xito y la satisfaccin de la existencia de un cazador-recolector,
es el verdadero motivo de la pronunciada ausencia de progreso. La divisin
34
35
Vase especialmente The World of Primitive Man [El mundo del hombre primitivo] de Paul Radin
(Nueva York: Grove Press, 1953), pp. 139-150.
John Zerzan, Future Primitive and Other Essays (Brooklyn, Nueva York: Autonomedia, 1994), p.16.
Edicin en castellano: Futuro primitivo (Valencia: Numa, 2001). El lector que confe en la investigacin
de Zerzan puede tratar de buscar fuentes importantes como Cohen (1974) y Clark (1979) (citados
en las pginas 24 y 29, respectivamente) en su bibliografa: stos y otros autores estn totalmente
ausentes.
46
del trabajo, la domesticacin, la cultura simblica [ . . . ] estos fueron evidentemente [!] rechazados hasta hace muy poco. La especie Homo escogi durante
mucho tiempo la naturaleza en detrimento de la cultura, y por cultura Zerzan
quiere decir la manipulacin de las formas simblicas bsicas (nfasis mo):
una carga alienante. Incluso, contina, no haba lugar para el tiempo reicado,
el lenguaje (escrito, por supuesto, y probablemente el lenguaje hablado durante
todo o la mayor parte del periodo), los nmeros y el arte, pese a una inteligencia
perfectamente capaz de ello (FP, 23-24).
En breve, los homnidos podan dominar los smbolos, el habla y la escritura
pero los rechazaron deliberadamente, puesto que ya se entendan entre s y con su
entorno instintivamente, sin necesidad de ellos. As, Zerzan coincide con entusiasmo con un antroplogo que medita que la comunin de los san bosquimanos con
la naturaleza alcanz un nivel de experiencia que podra llamarse casi mstico.
Por ejemplo, parecan saber qu se senta realmente siendo un elefante, un len o
un antlope, incluso un baobab (FP, 33-34).
La decisin consciente de rechazar el lenguaje, las herramientas sosticadas,
la temporalidad y una divisin del trabajo (probablemente lo probaron y resoplaron: Bah!), fue tomada, nos dice, por el Homo habilis,cuyo cerebro, me permito
observar, tena un tamao de aproximadamente la mitad del de los humanos modernos y quien probablemente no tena la capacidad anatmica para pronunciar
slabas. No obstante, gracias a la autoridad soberana de Zerzan sabemos que el
habilis (y tal vez incluso el Australopithecus afarensis, que podra haber vivido hace
unos dos millones de aos) posean una inteligencia perfectamente capaz
ni ms ni menos!de estas funciones, pero que rechazaban utilizarlas. En la
paleoantropologa de Zerzan, los primeros homnidos o humanos podan adoptar
o rechazar unos rasgos culturales vitales como el habla con una sabidura sublime,
al igual que los monjes hacen voto de silencio.
Pero una vez este voto se rompi, todo empez a ir mal! Por unos motivos que
slo conocen Dios y Zerzan.
La aparicin de la cultura simblica, con su voluntad inherente de manipular y controlar, pronto abri la va a la domesticacin de la naturaleza. Tras
dos millones de aos de vida humana pasados respetando la naturaleza, en
equilibrio con otras especies salvajes, la agricultura modic nuestro estilo de
vida, nuestra manera de adaptarnos, de un modo sin precedentes. Nunca antes
una especie haba conocido un cambio radical tan absoluto y rpido. [ . . . ] La
autodomesticacin a travs del lenguaje, el ritual y el arte inspir la dominacin
de animales y plantas que vino a continuacin (FP, 27-28; nfasis mo).
47
Hay una cierto esplendor en estas bobadas que es verdaderamente cautivador.
Unas pocas, unas especies homnidas y/o humanas y unas situaciones medioambientales y tecnolgicas considerablemente distintas se meten en el mismo saco
de una vida compartida respetando la naturaleza. La simplicacin de Zerzan
de la complejsima dialctica entre los seres humanos y la naturaleza no humana
revela una mentalidad tan reduccionista y simplista que uno no puede ms que
quedarse pasmado.
Sin duda, podramos aprender mucho de las culturas anteriores a la escritura
sociedades orgnicas, como las llamo en La ecologa de la libertad, especialmente acerca de la mutabilidad de lo que se suele llamar naturaleza humana. Su
espritu de colaboracin dentro del grupo y, en el mejor de los casos, sus puntos
de vista igualitarios no slo son admirables y socialmente necesarios en vistas
del precario mundo en que vivieron, sino que ofrecen una prueba convincente
de la maleabilidad del comportamiento humano, contrastando con el mito de que
la competencia y la avaricia son unos atributos humanos innatos. De hecho, sus
prcticas del usufructo y la desigualdad de los iguales son muy relevantes para
una sociedad ecolgica.
Pero que los pueblos primitivos o prehistricos veneraban la naturaleza
no humana es como mnimo dudoso y, en el peor de los casos, totalmente falso.
A falta de entornos no naturales como pueblos y ciudades, la propia nocin
de Naturaleza diferencindola del hbitat an tena que conceptualizarse; una
experiencia verdaderamente alienante, en opinin de Zerzan. Tampoco es probable que nuestros antepasados remotos consideraran el mundo natural menos
instrumental que los pueblos de las culturas histricas. Teniendo debidamente
en cuenta sus propios intereses materiales su supervivencia y bienestar, los
pueblos prehistricos parecen haber cazado tantas presas como podan atrapar,
y si poblaron imaginativamente el mundo animal con atributos antropomrcos, como seguramente hicieron, debi ser para comunicarse con l con el n de
manipularlo, no simplemente para venerarlo.
As, teniendo en mente unos propsitos muy instrumentales, conjuraban animales parlantes, tribus animales (a menudo basadas en sus propias estructuras
sociales) y unos espritus animales receptivos. Lgicamente, dados sus conocimientos limitados, crean en la realidad de los sueos, en los que los humanos
podan volar y los animales hablar, en un mundo onrico inexplicable, a menudo espantoso, que tomaban por la realidad. Para controlar los animales de caza,
para utilizar un hbitat con nes de supervivencia, para luchar contra las vicisitudes del clima y similares, los pueblos prehistricos tenan que personicar
estos fenmenos y hablar con ellos, ya sea directamente o mediante rituales o
metforas.
48
En realidad, los pueblos prehistricos parecen haber intervenido en su entorno
tan resueltamente como podan. En cuanto el Homo erectus o las especies humanas
ms tardas aprendieron a utilizar el fuego, por ejemplo, parecen haberlo usado
para quemar bosques, probablemente provocando estampidas de animales de
caza por precipicios o recintos naturales donde podan matarlos fcilmente. La
reverencia por la vida de los pueblos prehistricos, por consiguiente, reejaba
una preocupacin muy pragmtica por mejorar y controlar su abastecimiento de
alimentos, no un amor por los animales, bosques y montaas (que tal vez teman
como la elevada morada de deidades, tanto benignas como malignas). 36
El amor por la naturaleza que Bradford atribuye a la sociedad primitiva
tampoco representa correctamente a los pueblos recolectores de hoy en da, que a
menudo tratan de manera bastante dura a los animales domsticos y de presa. Por
ejemplo, los pigmeos del bosque de Ituri torturaban a los animales que atrapaban
de manera bastante sdica, y los esquimales solan maltratar a sus huskies. 37 En
cuanto a los indios norteamericanos, antes de entrar en contacto con Europa, alteraron enormemente una gran parte del continente utilizando fuego para despejar
tierras para la horticultura y para tener mejor visibilidad cuando cazaban, hasta
el punto de que el paraso que encontraron los europeos estaba claramente
humanizado. 38
Inevitablemente, muchas tribus indias al parecer agotaron los animales locales de los que se alimentaban y tuvieron que emigrar a nuevos territorios para
36
La bibliografa sobre estos aspectos de la vida prehistrica es muy amplia. El artculo Gazelle
Killing in Stone Age Syria, Scientic American, vol. 257 (agosto de 1987), pp. 88-95 [en castellano:
Caza de gacelas en la Siria de la edad de Piedra, Investigaciones y Ciencia, n. 133 (1987)], muestra
que podra haberse matado a animales migratorios con una ecacia devastadora mediante el uso de
corrales. Un estudio clsico de los aspectos pragmticos del animismo es Magia, Ciencia, Religion de
Bronislaw Malinowski (Barcelona: Ariel, 1994). La antropomorzacin manipuladora es evidente en
lo que cuentan muchos chamanes sobre transmigraciones del reino humano al no humano, como
en los mitos de los makuna de los que habla Kaj rhem en Dance of the Water People [Danza de
la gente del agua], Natural History (enero de 1992).
37 Sobre los pigmeos, vase The Forest People: A Study of the Pygmies of the Congo de Colin M. Turnbull
(Nueva York: Clarion/Simon and Schuster, 1961), pp. 101-102 [edicin en castellano: La gente de la
Selva, Barcelona: Milrazones, 2011]. Sobre los esquimales, vase Kabloona: A White Man in the Artic
Among the Eskimos [Kabloona: un hombre blanco en el rtico entre los esquimales] de Gontran
de Montaigne Poncins (Nueva York: Reynal & Hitchcock, 1941), pp. 208-9, as como muchas otras
obras sobre la cultura esquimal tradicional.
38 Que muchos prados en todo el mundo surgieron a causa del fuego, probablemente ya en la poca
del Homo erectus, es una hiptesis que se encuentra por toda la bibliografa antropolgica. Un
estudio excelente es Fire in America [Fuego en Amrica] de Stephen J. Pyne (Princeton, Nueva
Jersey.: Princeton University Press, 1982). Vase tambin William M. Denevan, en Annals of the
American Association of Geographers [Anales de la Asociacin Americana de Gegrafos] (septiembre
de 1992), citado en William K. Stevens, An Eden in Ancient America? Not Really [Un Edn en la
antigua Amrica? No exactamente], The New York Times (30 de marzo de 1993), p. C1.
49
ganarse materialmente el sustento. Y sera realmente extrao que no hubieran
tenido que emprender guerras para echar a sus habitantes originales. Puede muy
bien ser que sus antepasados remotos provocaran la extincin de algunos de
los grandes mamferos de Norteamrica de la ltima era glacial (especialmente
mamuts, mastodontes, bisontes esteparios, caballos y camellos). An pueden distinguirse grandes acumulaciones de huesos de bisonte en algunos yacimientos
que apuntan a matanzas en masa y carniceras en cadena en unos cuantos
arroyos americanos. 39
Por otra parte, entre aquellos pueblos que se dedicaban a la agricultura, el uso
de la tierra tampoco respetaba necesariamente el medioambiente. En torno al lago
Ptzcuaro en los altiplanos del centro de Mxico, antes de la conquista espaola,
la utilizacin de la tierra en la prehistoria no segua unas prcticas conservacionistas, escribe Karl W. Btzer, sino que causaba unas altas tasas de erosin del
suelo. De hecho, las prcticas agrcolas indgenas podan ser tan perjudiciales
como cualquier uso de la tierra preindustrial en el Viejo Mundo. 40 Otros estudios muestran que la tala excesiva de bosques y el fracaso de la agricultura de
subsistencia socavaron la sociedad maya y contribuyeron a su hundimiento. 41
39
40
41
Sobre el tema tan acaloradamente debatido de las matanzas excesivas, vase Pleistocene Extinctions:
The Search for a Cause [Extinciones del Pleistoceno: bsqueda de una causa], editado por P. S. Martin
y H. E. Wright, Jr. Los argumentos sobre si fueron los factores climticos y/o el exterminio humano
lo que caus extinciones masivas de unos 35 gneros de mamferos del Pleistoceno son demasiado
complejos como para tratarlos aqu. Vase Prehistoric Overkill [Exterminio prehistrico] de
Paul S. Martin, en Pleistocene Extinctions: The Search for a Cause, editado por P. S. Martin and H. E.
Wright, Jr. (New Haven: Yale University Press, 1967). He explorado algunos de los argumentos en
la introduccin a mi edicin revisada de La ecologa de la libertad (Madrid: Nossa y Jara Editores,
1999). No hay todava una evidencia concluyente al respecto. Ahora se sabe que los mastodontes,
considerados antes animales medioambientalmente limitados, eran ecolgicamente mucho ms
exibles y podran haber sido exterminados por cazadores paleoindios, posiblemente con muchos
menos reparos de lo que a los ecologistas romnticos les gustara creer. No sostengo que la caza por
s sola caus el exterminio de estos animales; una cantidad considerable de matanzas podra haber
bastado. Puede encontrarse un resumen de cazas de bisontes acorralados en arroyos en Bison
Hunters of the Northern Plains [Cazadores de bisontes de las llanuras meridionales] de Brian
Fagan, Archaeology (mayo-junio de 1994), p. 38.
Karl W. Butzer, No Eden in the New World [Ningn Edn en el Nuevo Mundo], Nature,\o 1. 82 (4
de marzo de 1993), p. 15-17.
T. Patrick Cuthbert, The Collapse of Classic Maya Civilization [El colapso de la civilizacin maya
clsica] en The Collapse of Ancient States and Civilizations [El colapso de Estados y civilizaciones
antiguas], editado por Norman Yoee y George L. Cowgill (Tucson, Arizona: University of Arizona
Press, 1988); y Joseph A. Tainter, The Collapse of Complex Societies [El colapso de las sociedades
complejas] (Cambridge: Cambridge University Press, 1988), especialmente el captulo 5.
50
Nunca podremos saber si los estilos de vida de las culturas recolectoras de hoy
en da reejan realmente las de nuestro pasado remoto. 42 Las culturas indgenas
modernas no slo se han desarrollado a lo largo de miles de aos, sino que adems
se han visto considerablemente alteradas por la difusin de innumerables rasgos
de otras culturas antes de ser estudiadas por los investigadores occidentales. De
hecho, como Cliord Geertz ha observado con bastante mordacidad, hay muy
poco o nada de prstino en las culturas indgenas que los primitivistas modernos
asocian con los primeros humanos. La comprensin, a su pesar y tarda, de
que [el primitivismo prstino de los indgenas actuales] no es tal, incluso entre
los pigmeos, ni tan slo entre los esquimales, observa Geertz, y que estos
pueblos son en realidad productos de unos procesos de cambio social a mayor
escala que los han convertido, y siguen convirtindolos, en lo que son, ha sido un
motivo de asombro que ha provocado prcticamente una crisis en el campo [de la
etnografa]. 43 Muchos pueblos primitivos, al igual que los bosques en los que
vivan, no eran ms virginales cuando entraron en contacto con los europeos
que los indios Lakota en el momento de la guerra civil estadounidense, pese a lo
que nos hagan creer enBailando con lobos. Muchos de los sistemas de creencias
primitivos tan encomiados de los indgenas actuales se remontan claramente a
42
Es curioso que se me vuelva a decir esta vez por parte de L. Susan Brown que mis pruebas sobre
sociedades orgnicas sin ningn tipo de jerarqua son cuestionables (p. 160, nfasis aadido).
Si Marjorie Cohen, segn Brown, no encuentra convincente la armacin de que la simetra
sexual y la igualdad total puedan demostrarse sistemticamente mediante pruebas antropolgicas
existentes o que la divisin del trabajo segn el sexo no es necesariamente compatible con la
igualdad de sexos, todo lo que puedo decir es: de acuerdo! No estn aqu para contrnoslo, y
menos an para proporcionarnos pruebas convincentes sobre nada. Lo mismo puede armarse
de las relaciones entre los sexos que apunt en La ecologa de la libertad. De hecho, todas las
pruebas antropolgicas contemporneas acerca de la simetra sexual son cuestionables porque
los pueblos nativos modernos estuvieron condicionados, para mejor o peor, por las culturas europeas
mucho antes de que los antroplogos modernos llegaran hasta ellos.
Lo que trat de presentar en ese libro fue una dialctica de la igualdad y la desigualdad entre los sexos,
no un relato denitivo de la prehistoria, un conocimiento al que inevitablemente no tendremos
nunca acceso Brown, Cohen ni yo mismo. Utilic datos modernos de manera especulativa: para
mostrar que mis conclusiones son razonables, lo que Brown rechaza desdeosamente en dos frases
sin datos que lo justiquen de modo alguno.
En cuanto a los argumentos de Brown sobre mi falta de pruebas acerca de cmo apareci la
jerarqua, mi reconstruccin sobre su aparicin queda conrmanda por los descubrimientos recientes
sobre Mesoamrica, tras descifrarse los pictogramas mayas. Por ltimo, la gerontocracia, cuya
prioridad recalco como probablemente la primera forma de jerarqua, es una de las evoluciones
jerrquicas ms extendidas descritas en la bibliografa antropolgica.
43 Cliord Geertz, Life on the Edge [La vida en el lmite], The New York Review of Books, 7 de abril
de 1994, p. 3.
51
inuencias cristianas. Alce Negro, por ejemplo, era un ferviente catlico 44, y la
Danza de los espritus de los indios Paiute y Lakota estaba fuertemente inuida
por el milenarismo de los evangelistas cristianos.
En la investigacin antropolgica seria, el concepto de un cazador exttico y
prstino no ha sobrevivido los treinta aos transcurridos desde el simposio Man
the Hunter. Muchas de las sociedades cazadoras opulentas citadas por los
devotos del mito de la opulencia primitiva haban retrocedido literalmente
probablemente muy en contra de sus deseos de sistemas sociales hortcolas.
Actualmente se sabe que los san del Kalahari haban sido hortelanos antes de
que se les empujara hacia el desierto. Hace varios siglos, segn Edwin Wilmsen,
los pueblos que hablan san se dedicaban a la agricultura y la ganadera, por no
mencionar al comercio con los territorios agrcolas vecinos en una red que llegaba
hasta el ocano ndico. En el ao 1000, segn se desprende de las excavaciones,
su rea, Dobe, estaba poblada por una gente que produca cermica, trabajaba el
hierro y criaba ganado, exportndolos a Europa hacia los aos 1840 junto con
enormes cantidades de marl una gran parte del cual provena de elefantes
cazados por los propios san, que sin duda llevaron a cabo esta matanza de sus
hermanos paquidermos con la gran sensibilidad que les atribuye Zerzan.
Los estilos de vida recolectores marginales de los san que tanto cautivaron
a los observadores en los aos 1960 eran realmente consecuencia de cambios
econmicos a nales del s. XIX, mientras que el aislamiento imaginado por los
observadores externos [ . . . ] no era indgena sino que obedeca al hundimiento
del capital mercantil. 45 Por consiguiente, la situacin actual de los pueblos que
hablan san en el margen rural de las economas africanas, observa Wilmsen,
. . . se explica nicamente por las polticas sociales y las economas de la era
colonial y sus secuelas. Su apariencia de recolectores se debe a que quedaron
relegados a una clase marginada durante el desarrollo de los procesos histricos
que empezaron antes de este milenio y culminaron en las primeras dcadas de
este siglo. 46
Tambin los yuqui del Amazonas podran haber personicado muy bien la
sociedad recolectora prstina ensalzada en los aos 1960. Este pueblo, que no fue
44
45
46
Como William Powers observa, el libro Alce Negro habla se public en 1932. En l no hay ningn
rastro de la vida cristiana de Alce Negro. Un desenmascaramiento a fondo de la fascinacin actual
por la historia de Alce Negro se puede encontrar en: When Black Elk Speaks, Everybody Listens
[Cuando Alce Negro habla, todo el mundo escucha] de William Powers, Social Text, vol. 8, n. 2
(1991), pp. 43-56.
Edwin N. Wilmsen, Land Filled With Flies [Tierra llena de moscas] (Chicago: University of Chicago
Press, 1989), p. 127.
Wilmsen, Land Filled with Flies, p. 3.
52
estudiado por los europeos hasta los 1950, tena un conjunto de herramientas que
consista en poco ms que una garra de jabal y un arco con echas: Adems
de ser incapaces de hacer fuego, escribe Allyn M. Stearman, que los estudi,
no tenan embarcaciones, ni animales domsticos (ni tan slo perros), ni piedras,
ni especialistas en rituales, y s slo una cosmologa rudimentaria. Vivan como
nmadas, vagando por los bosques de las tierras bajas de Bolivia en busca de
animales de presa y otros alimentos que conseguan con sus habilidades recolectoras. 47 No cultivaban alimentos y no conocan en absoluto el uso del anzuelo y
el sedal para pescar.
No obstante, no eran en absoluto una sociedad igualitaria: los yuqui mantenan
la institucin de la esclavitud hereditaria, dividiendo su sociedad en un estrato
privilegiado de lite y un grupo de esclavos postergados que hacan el trabajo.
Esta caracterstica se considera ahora un vestigio de antiguos estilos de vida
hortcolas. Los yuqui, al parecer, descendan de una sociedad precolombina que
tena esclavos y, a lo largo de los aos, experimentaron una desculturizacin,
perdiendo gran parte de su patrimonio cultural al tener que desplazarse y vivir de
la tierra. Pero aunque muchos de los elementos de su cultura se perdieron, otros
no. La esclavitud, evidentemente, era uno de stos. 48
No slo se ha destruido el mito del recolector prstino, sino que Wilmsen y
sus asociados han puesto considerablemente en duda los propios datos de Richard
Lee sobre el consumo de caloras de los recolectores opulentos. 49 El pueblo
!kung viva un promedio de unos treinta aos. La mortalidad infantil era elevada,
y segn Wilmsen (discrepando con Bradford), la gente sufra enfermedades y
hambre en poca de vacas acas. (El propio Lee ha revisado sus opiniones en este
punto desde los aos 1960).
Por consiguiente, las vidas de nuestros primeros antepasados no eran muchas
veces precisamente placenteras. De hecho, su vida era bastante dura, en general
corta y materialmente muy agotadora. Las pruebas anatmicas sobre su longevidad muestran que en torno a la mitad moran durante la infancia o antes de
alcanzar los veinte aos, y pocos vivan ms de cincuenta. 50 Es plausible que vi47
48
49
50
Allyn Maclean Stearman, Yuqu: Forest Nomads in a Changing World [Los yuqui: nmadas de la
selva en un mundo en mutacin] (Fort Worth y Chicago: Holt, Rinehart and Winston, 1989), p. 23.
Stearman, Yuqu, pp. 80-81.
Wilmsen, ob. cit.,pp. 235-39 y 303-15.
Para ver los abrumadores datos estadsticos, vase Corinne Shear Wood, Human Sickness and Health:
A Biocultural View [Enfermedad y salud humanas: una visin biocultural] (Palo Alto, California:
Mayeld Publishing Co., 1979), pp. 17-23. Los neandertales que ms que ser difamados, como
Zerzan pretende, tienen muy buena prensa en estos tiempos reciben un tratamiento muy generoso
en la obra de Christopher Stringer y Clive Gamble En busca de los neandertales (Barcelona: Crtica,
Grijalbo Mondadori, 1996). No obstante, estos autores concluyen: La elevada incidencia en los
neandertales de enfermedades articulares degenerativas tal vez no resulte sorprendente, a la vista
53
vieran ms del carroeo que de la caza y la recoleccin, y probablemente eran
presa de leopardos y hienas. 51
Los pueblos prehistricos y los recolectores ms tardos eran normalmente
cooperativos y paccos con los miembros de sus propias bandas, tribus o clanes;
pero hacia los miembros de las otras eran a menudo belicosos, a veces incluso
genocidas en sus esfuerzos para despojarlos y apropiarse de su tierra. El ms
dichoso de los humanos ancestrales (si nos creyramos a los primitivistas), el
Homo erectas, ha dejado tras de s un funesto historial de masacres entre humanos, segn los datos compilados por Paul Janssens. 52 Se ha sugerido que muchas
personas de China y Java murieron a causa de erupciones volcnicas, pero las
ltimas explicaciones pierden mucha plausibilidad en vista de los restos de cuarenta personas cuyas cabezas, con heridas mortales, fueron cortadas; difcil que
fuera un volcn, observa secamente Corinne Shear Wood. 53 En cuanto a los
recolectores modernos, los conictos entre tribus de indios norteamericanos son
demasiado numerosos para citarlos con extensin; prueba de ello son los anasazi
y sus vecinos del suroeste, las tribus que nalmente formaron la Confederacin
Iroquesa (la cual fue en s misma un asunto de supervivencia, pues si no iban a
exterminarse los unos a los otros), y el continuo conicto entre los mohawks y los
hurones, que llev al prctico extermio y huida de las comunidades de hurones
que quedaban.
Si los deseos de los pueblos prehistricos se satisfacan fcilmente, como
alega Bradford, era precisamente porque sus condiciones materiales de vida y
por ende, sus deseos eran en realidad muy bsicos. Es lo que cabra esperar de
cualquier forma de vida que generalmente se adapta, ms que innovar; que se
conforma con el hbitat del que dispone, ms que tratar de alterarlo para que
se ajuste a sus deseos. Sin duda, los pueblos primitivos conocan increblemente
51
52
53
de lo que sabemos sobre la dureza de la vida que llevaban y sobre el desgaste que aquel modo de
vista impona a sus anatomas. Pero el predominio de lesiones realmente graves es ms llamativo, y
pone de maniesto cun peligrosa era la existencia diaria en las sociedades neandertales, incluso
para aquellos que conseguan alcanzar la tercera edad (p. 107).
Algunos humanos prehistricos vivan sin duda hasta ms all de los 70 aos, como los recolectores
que ocuparon las marismas de Florida hace unos 8.000 aos, pero son unas raras excepciones.
No obstante, slo un primitivista acrrimo se aferrara a estas excepciones y las convertira en la
norma. S, claro: las condiciones son terribles para la mayora de la gente que vive en la civilizacin.
Pero quin pretende argumentar que la civilizacin se caracteriza por la felicidad, festines y amor
innitos?
Vase, por ejemplo, Scavenging and Human Evolution, Scientic American (octubre de 1992), de
Robert J. Blumenschine y John A. Cavallo [en castellano: Carroeo y evolucin humana,Investigacin y Ciencia,octubre de 1992], pp. 90-96.
Paul A. Janssens, Paleopathology: Diseases and Injuries of Prehistoric Man [Paleopa-tologa: enfermedades y heridas del hombre prehistrico] (Londres: John Baker, 1970).
Wood, Human Sickness, p. 20.
54
el hbitat en el que vivan; despus de todo, eran unos seres muy inteligentes e
imaginativos. No obstante, su cultura dichosa estaba inevitablemente llena no
slo de alegra y cnticos [ . . . ], celebraciones [ . . . ] y sueos, sino tambin de
supersticin y temores fcilmente manipulables.
Ni nuestros antepasados remotos ni los indgenas actuales podran haber sobrevivido si mantuvieran las ideas encantadas propias de Disneylandia que les
imputan los primitivistas de hoy en da. Es cierto que los europeos no ofrecieron
a los pueblos indgenas ninguna magnca dispensa social, ms bien al contrario:
los imperialistas sometieron a los nativos a una explotacin extrema, un genocidio total, enfermedades contra las que no tenan inmunidad y un saqueo indigno.
Ninguna conjura animista previno esta arremetida ni poda haberlo hecho, como
la tragedia de Wounded Knee en 1890, donde qued tan tristemente desmentido
el mito de las camisas fantasma que resistan las balas.
Lo que es de una importancia crucial es que la regresin al primitivismo de
algunos anarquistas personales niega los atributos ms destacados de la humanidad, en tanto que especie, y los aspectos potencialmente emancipadores de la
civilizacin euro-americana. Los humanos son innitamente distintos de los otros
animales, ya que hacen ms que simplemente adaptarse a su entorno; innovan y
crean un nuevo mundo, no slo para descubrir sus propias facultades como seres
humanos, sino para hacer el mundo de su entorno ms adecuado para su propio
desarrollo, como personas y como especie. Esta capacidad de cambiar el mundo, pese a su tergiversacin por la sociedad irracional actual, es un don natural,
el producto de la evolucin biolgica humana; no meramente el producto de la
tecnologa, la racionalidad y la civilizacin. Que quienes se llaman a s mismos
anarquistas aboguen por un primitivismo que bordea la bestialidad, con su mensaje apenas disimulado de adaptabilidad y pasividad, empaa siglos de pensamiento,
ideales y prcticas revolucionarios, e incluso difama los esfuerzos memorables de
la humanidad para liberarse del provincianismo, el misticismo y la supersticin y
cambiar el mundo.
Para los anarquistas personales, en particular los del gnero anticivilizatorio y
primitivista, la propia historia se convierte en un monolito degradante que engulle
todas las distinciones, mediaciones, fases de desarrollo y especicidades sociales.
El capitalismo y sus contradicciones se reducen a un epifenmeno de una civilizacin omnvora y sus imperativos tecnolgicos, sin matices ni diferenciaciones.
La Historia, en la medida en que la concebimos como la evolucin del componente
racional de la humanidad el desarrollo de su potencial de libertad, autoconciencia
y cooperacin, es un relato complejo del cultivo de las sensibilidades, intuiciones,
capacidad intelectual y conocimientos humanos, o lo que antes se llamaba la
educacin de la humanidad. Tratar la historia como una cada continua de
una autenticidad animal, como Zerzan, Bradford y sus aclitos hacen en mayor
55
o menor medida, de modo muy similar al de Martin Heidegger, es ignorar los
ideales en expansin de la libertad, la individualidad y la autoconciencia que han
marcado eras de desarrollo humano; por no hablar del potencial cada vez ms
amplio de las luchas revolucionarias para conseguir estos nes.
El anarquismo personal anticivilizatorio es slo un aspecto de la regresin
social que marca las ltimas dcadas del siglo XX. Al igual que el capitalismo
amenaza con deshacer la historia natural hacindola regresar a una era geolgica
y zoolgica ms simple y menos diferenciada, el anarquismo personal anticivilizatorio es cmplice del capitalismo en llevar al espritu humano y su historia a un
mundo primitivo menos desarrollado, menos determinado y libre de pecado: la
sociedad supuestamente inocente anterior a la tecnologa y la civilizacin que
exista antes de que la humanidad cayera en desgracia. Como los comedores
de loto en La Odisea de Homero, los humanos son autnticos cuando viven
eternamente en el presente, sin pasado ni futuro; despreocupados por la memoria
o las ideas, sin tradiciones y sin retos sobre el devenir.
Paradjicamente, el mundo idealizado por los primitivistas excluira en realidad el individualismo radical aclamado por los herederos individualistas de Max
Stirner. Aunque las comunidades primitivas de la actualidad han engendrado
a personas de fuerte impronta, el poder de la costumbre y el alto nivel de solidaridad dentro del grupo exigido por las duras condiciones dejan poco margen
para un comportamiento expansivamente individualista como el que buscan los
anarquistas stirnerianos que celebran la supremaca del ego. Hoy en da, tener
escarceos con el primitivismo es precisamente el privilegio de los urbanitas acomodados que pueden permitirse darle vueltas a las fantasas inaccesibles no slo
a los hambrientos, los pobres y los nmadas que viven por necesidad en las
calles de la ciudad, sino tambin a los empleados sobrecargados de trabajo. Las
madres trabajadoras de hoy en da difcilmente podran prescindir de una lavadora
para aliviarlas, por poco que sea, de sus tareas domsticas diarias, antes de ir a
trabajar para ganar lo que es con frecuencia la mayor parte de los ingresos de su
hogar. Irnicamente, incluso el grupo que publica Fifth Estate acept que no poda
estar sin un ordenador y se vio obligado a comprar uno, publicando el poco
sincero descargo de responsabilidad: Lo odiamos!. 54 Denunciar una tecnologa
avanzada utilizndola al mismo tiempo para generar publicaciones antitecnologa
no slo es hipcrita, sino que tiene unas dimensiones mojigatas: este odio a
los ordenadores parece ms bien el eructo de los privilegiados que, tras darse
54
E. B. Maple, The Fifth Estate Enters the 20th Century. We Get a Computer and Hate It! [The Fifth
Estate entra en el siglo XX. Compramos un ordenador y lo odiamos!], The Fifth Estate, vol. 28, n. 2
(verano de 1993), pp. 6-7.
56
un atracn de exquisiteces, ensalzan las virtudes de la pobreza en la misa del
domingo.
Evaluacin del anarquismo personal
Lo que ms destaca del anarquismo personal de hoy en da es su apetito por
lo inmediato ms que por la reexin, por una simplista relacin directa entre
mente y realidad. Esta inmediatez no slo inmuniza al pensamiento libertario de
las exigencias de una reexin matizada y mediada, sino que tambin excluye
el anlisis racional y, de hecho, la racionalidad en s. Al consignar la humanidad
a una esfera sin tiempo, sin espacio y sin historia una nocin bsica de la
temporalidad basada en los ciclos eternos de la Naturaleza, despoja a la
mente de su singularidad creativa y su libertad para intervenir en el mundo
natural.
Desde el punto de vista del anarquismo personal primitivista, los seres humanos estn mejor cuando se adaptan al resto de la naturaleza, ms que cuando
intervienen en ella, o cuando, sin los lastres de la razn, la tecnologa, la civilizacin e incluso el habla, viven en plcida armona con la realidad existente, tal
vez dotados de unos derechos naturales, en una condicin visceral y exttica
esencialmente inconsciente. T.A.Z., Fifth Estate, Anarchy: A Journal of Desire Armed y revistas ms marginales como la stirneriana Demolition Derby de Michael
William: todos ellos se centran en un primitivismo sin mediaciones, ahistrico y
anticivilizatorio del que hemos cado, un estado de perfeccin y autenticidad
en el que nos guibamos indistintamente por los lmites de la naturaleza, la ley
natural o nuestros vidos egos. La historia y la civilizacin no consisten en nada
ms que un descenso hacia la falta de autenticidad de la sociedad industrial.
Como ya he apuntado, este mito de la cada de la autenticidad tiene sus races
en el romanticismo reaccionario, y ms recientemente en la losofa de Martin
Heidegger, cuyo espiritualismo vlkisch, latente en Ser y Tiempo, surgi ms
tarde en sus obras explcitamente fascistas. Esta perspectiva se ceba ahora en el
misticismo quietista que abunda en los escritos antidemocrticos de Rudolf Bahro,
con su llamamiento apenas disimulado a la salvacin por un Adolf verde,
y en la bsqueda apoltica de realizacin personal y espiritualismo ecolgico
postulada por los ecologistas profundos.
Al nal, el ego individual se convierte en el templo supremo de la realidad,
excluyendo la historia y el devenir, la democracia y la responsabilidad. De hecho,
la convivencia con la sociedad como tal queda debilitada por un narcisismo tan
envolvente que reduce la consociacin a un ego infantilizado que es poco ms que
un puado de exigencias y reclamaciones chillonas de sus propias satisfacciones.
57
La civilizacin meramente obstruye la exttica realizacin personal de los deseos
de este ego, reicado como la satisfaccin nal de la emancipacin, como si el
goce y el deseo no fueran productos de la cultura y el desarrollo histrico, sino
meros impulsos innatos que aparecen de la nada en un mundo sin sociedad.
Como el ego stirneriano pequeoburgus, el anarquismo personal primitivista
no da cabida a las instituciones sociales, las organizaciones polticas y los programas radicales, y menos an a una esfera pblica, que todos los escritores
examinados identican automticamente con la capacidad de gobernar. Lo espordico, lo poco sistemtico, lo incoherente, lo discontinuo y lo intuitivo suplantan
lo coherente, lo deliberado, lo organizado y lo racional, e incluso cualquier forma
de actividad sostenida y centrada, aparte de publicar una revistilla o paneto . . .
o quemar un contenedor de basuras. Se contrapone la imaginacin a la razn y el
deseo a la coherencia terica, como si los dos estuvieran en contradiccin radical.
La admonicin de Goya de que la imaginacin sin la razn produce monstruos se
altera para dar la impresin de que la imaginacin orece gracias a una experiencia directa con una unidad sin matices. Por consiguiente, la naturaleza social se
disuelve esencialmente en la naturaleza biolgica; la humanidad innovadora, en la
animalidad adaptable; la temporalidad, en una eternidad anterior a la civilizacin;
la historia, en una repeticin de ciclos arcaica.
El anarquismo personal convierte astutamente una realidad burguesa, cuya
dureza econmica es ms fuerte y extrema cada da que pasa, en constelaciones de
autocomplacencia, inconclusin, indisciplina e incoherencia. En los aos 1960, los
situacionistas, en nombre de una teora del espectculo, produjeron en realidad
un espectculo reicado de la teora, pero por lo menos ofrecan correcciones
organizativas, como consejos de trabajadores, que daban algo de peso a su esteticismo. El anarquismo personal, al impugnar la organizacin, el compromiso
con programas y un anlisis social serio imita los peores aspectos del esteticismo
situacionista sin adherirse al proyecto de construir un movimiento. Como los
deshechos de los aos sesenta, vaga sin rumbo dentro de los lmites del ego (rebautizado por Zerzan como los lmites de la naturaleza) y convierte la incoherencia
bohemia en una virtud.
Lo ms preocupante es que los caprichos estticos autocomplacientes del anarquismo personal erosionan signicativamente el corazn socialista de una ideologa izquierdista libertaria que en el pasado poda reivindicar una relevancia y un
peso social precisamente por su compromiso inquebrantable con la emancipacin;
no fuera de la historia, en el reino de lo subjetivo, sino dentro de ella, en el reino de
lo objetivo. El gran grito de la Primera Internacional que el anarcosindicalismo
y el anarcocomunismo mantuvieron despus de que Marx y sus seguidores la
abandonaran fue la exigencia: No ms deberes sin derechos, ningn derecho
sin deber. Durante generaciones, este eslogan adorn las cabeceras de lo que
58
ahora llamamos en retrospectiva revistas sociales anarquistas. Hoy en da choca
radicalmente con la demanda esencialmente egocntrica de un deseo armado
y con la contemplacin taosta y los nirvanas budistas. Si el anarquismo social
llamaba al pueblo a alzarse en revolucin y buscar la reconstruccin de la sociedad,
los pequeoburgueses airados que pueblan el mundo subcultural del anarquismo personal llaman a rebeliones episdicas y a la satisfaccin de sus mquinas
deseantes, por utilizar la fraseologa de Deleuze y Guattari.
El continuo retroceso del compromiso histrico del anarquismo tradicional
con la lucha social (sin la cual no puede alcanzarse la realizacin personal y la
satisfaccin del deseo en todas sus vertientes, no nicamente la instintiva) viene
inevitablemente acompaado de una misticacin desastrosa de la experiencia
y la realidad. El ego, identicado de manera casi fetichista como el escenario de
la emancipacin, resulta ser idntico al individuo soberano del individualismo
del laissez faire. Desvinculado de sus races sociales, alcanza no la autonoma sino
una mismedad heternoma de la empresa pequeoburguesa.
En realidad, el ego en su soberana personal no es en absoluto libre, sino que
est atado de pies y manos a las leyes aparentemente annimas del mercado las
leyes de la competencia y de la explotacin, que convierten el mito de la libertad
individual en otro fetiche que oculta las leyes implacables de la acumulacin de
capital.
El anarquismo personal, en efecto, resulta ser otro engao burgus desconcertante. Sus seguidores no son ms autnomos que los movimientos de la bolsa,
que las uctuaciones de precios y los hechos mundanos del comercio burgus. Pese a todas las declaraciones de autonoma, este rebelde de clase media, ladrillo
en mano o no, es totalmente cautivo de las fuerzas subyacentes del mercado que
ocupan todos los espacios supuestamente libres de la vida social moderna, desde
cooperativas agrcolas a comunas rurales.
El capitalismo gira en torno nuestro: no slo material, sino culturalmente tambin. Como John Zerzan justic memorablemente a un sorprendido entrevistador
que le pregunt cmo poda haber una televisin en el hogar de este enemigo de
la tecnologa: Como todas las dems personas, yo tambin necesito narcotizarme. 55
Que el propio anarquismo personal es un autoengao narcotizante puede
verse claramente en El nico y su propiedad de Max Stirner, donde la reivindicacin
a la singularidad del ego en el templo del yo sacrosanto supera con creces las
55
Cita en The New York Times, 7 de mayo de 1995. Hay personas menos mojigatas que Zerzan que han
tratado de escapar de las garras de la televisin y se recrean con buena msica, piezas radiofnicas,
libros, etc. Simplemente no compran una!
59
devociones liberales de John Stuart Mill. De hecho, con Stirner, el egosmo se convierte en un asunto de epistemologa. En medio del laberinto de contradicciones
y armaciones lamentablemente incompletas de las que est repleto El nico y su
propiedad, uno encuentra que el ego nico de Stirner es un mito porque se basa
en su otro aparente: la propia sociedad. Efectivamente: La verdad no puede
manifestarse como t te maniestas, insta Stirner al egosta, no puede moverse,
ni cambiar, ni desarrollarse; la verdad aguarda y recibe todo de ti y no sera si no
fuera por ti, porque no existe ms que en tu cabeza. 56 El egosta stirneriano, en
efecto, se despide de la realidad objetiva, de la realidad factual de lo social, y por
consiguiente del cambio social fundamental y todos los criterios e ideales ticos
ms all de la satisfaccin personal en medio de los demonios ocultos del mercado
burgus. Esta falta de mediacin subvierte la mismsima existencia de lo concreto,
por no hablar de la autoridad del propio ego stirneriano: una reivindicacin tan
absoluta como para excluir las races sociales del yo y su formacin en la historia.
Nietzsche, de manera bastante independiente de Stirner, lleg con su visin
de la verdad hasta su conclusin lgica borrando la existencia y la realidad de
la verdad como tal: Qu es, pues, verdad?, preguntaba. Una multitud movible de metforas, metonimias y antropomorsmos, en una palabra una suma
de relaciones humanas potica y retricamente potenciadas, transferidas y adornadas. 57 Ms directamente que Stirner, Nietzsche mantena que los hechos son
meras interpretaciones; incluso preguntaba: Es, en n, necesario poner todava
al intrprete detrs de la interpretacin?. Parece ser que no, puesto que incluso
esto es invencin, hiptesis. 58 Siguiendo la lgica implacable de Nietzsche, nos
quedamos con un yo que no slo crea esencialmente su propia realidad, sino que
adems debe justicar su propia existencia como algo ms que una mera interpretacin. Un egosmo tal aniquila as el propio ego, que se esfuma en medio de las
propias premisas no declaradas de Stirner.
Despojado de manera similar de la historia, sociedad y realidad factual ms all
de sus propias metforas, el anarquismo personal vive en una esfera asocial en
la que el ego, con sus deseos crpticos, debe evaporarse en abstracciones lgicas.
Pero reducir el ego a la inmediatez intuitiva anclndolo en la mera animalidad,
en los lmites de la naturaleza supondra ignorar el hecho de que el ego es
56
57
58
Max Stirner, The Ego and His Own, ed. James J. Martin (Nueva York: Libertarian Book Club, 1963),
part 2, chap. 4, sec. C, My Self-Engagement, p. 352; nfasis del autor. Edicin en castellano: El
nico y su propiedad, traduccin de Pedro Gonzlez Blanco (Mxico D. F.: Juan Pablos Editor, 1976),
segunda parte, cap. II, sec. 3, Mi goce de m, p. 358.
Friedrich Nietzsche, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral (1873, fragmento), Obras
Completas, vol. I (Buenos Aires: Ediciones Prestigio, 1970), p. 547.
Friedrich Nietzsche, fragmento 481 (1883-1888), The Will to Power (Nueva York: Random House,
1967), p. 267. Edicin en castellano: La voluntad de poder (Madrid: EDAF, 1981).
60
el producto de una historia en continua evolucin, incluso una historia que, si
tiene que consistir en meros episodios, debe utilizar la razn como gua para
los estndares del progreso y la regresin, la necesidad y la libertad, el bien y el
mal, y s! la civilizacin y la barbarie. De hecho, un anarquismo que trate de
evitar los escollos del puro solipsismo, por una parte, y la prdida del yo como
mera interpretacin, por otra, tiene que pasar a ser explcitamente socialista o
colectivista; es decir, tiene que ser un anarquismo social que busque la libertad a
travs de la estructura y la responsabilidad mutua, no a travs de un ego etreo y
nmada que elude los prerrequisitos de la vida social.
Por decirlo sin rodeos: entre la ideologa socialista del anarcosindicalismo y
el anarcocomunismo (que nunca han negado la importancia de la realizacin
personal y la satisfaccin del deseo) y el pedigr esencialmente liberal e individualista del anarquismo personal (que fomenta la incapacidad social, por no decir
directamente la negacin social), existe un abismo que no puede salvarse a menos
que se ignoren totalmente los objetivos, mtodos y losofa subyacente, profundamente distintos, que los diferencian. En realidad, el propio proyecto de Stirner
surgi en un debate con el socialismo de Wilhelm Weitling y Moses Hess, donde
invoc el egosmo precisamente en contraposicin al socialismo. El mensaje [de
Stirner] era la insurreccin personal ms que la revolucin general observa
James J. Martin con admiracin. 59 Una contraposicin que persiste actualmente
en el anarquismo personal y sus variantes yuppies, a diferencia del anarquismo
social con sus races en el historicismo, la matriz social de la individualidad y su
compromiso con una sociedad racional.
La misma incongruencia de estos mensajes esencialmente contradictorios, que
coexisten en cada pgina de las revistas de estilo de vida, reejan la voz febril
del pequeoburgus intranquilo. Si el anarquismo pierde su esencia social y su
objetivo colectivista, si se desva hacia el esteticismo, el xtasis y el deseo e, incongruentemente, hacia un quietismo taosta y un olvido budista como sustitutos
de un programa, una poltica y una organizacin libertarias, pasar a representar
no una regeneracin social y una visin revolucionaria, sino la decadencia social
y una rebelin irritantemente egosta. An peor, alimentar la ola de misticismo
que ya est extendindose a miembros acomodados de la generacin actualmente adolescente y veinteaera. La exaltacin del xtasis que hace el anarquismo
personal, sin duda loable en una matriz social radical pero aqu descaradamente
mezclada con la brujera, est dando lugar a una absorcin irreal con espritus,
fantasmas y arquetipos jungianos en vez de a una conciencia racional y dialctica
del mundo.
59
James J. Martin, introduccin del editor a The Ego and His Own,p. xviii.
61
Como botn de muestra, la portada de una edicin reciente de Alternative Press
Review (otoo de 1994), una era revista anarquista con numerosos lectores en
los Estados Unidos, vena adornada con una deidad budista de tres cabezas en una
pose serena y nirvnica, frente a un fondo supuestamente csmico de espirales
de galaxias y parafernalia new age; una imagen que podra muy bien ir junto al
pster Anarqua de Fifth Estate en una boutique new age. En la contraportada,
un grco postula: La vida puede ser mgica cuando empezamos a liberarnos
(con la A de mgica dentro de un crculo), que nos obliga a preguntarnos:
cmo?, con qu? La revista misma contiene un artculo sobre ecologa profunda
de Glenn Parton (sacado de la revista Wild Earth de David Foreman), titulado: El
Yo salvaje: por qu soy un primitivista, ensalzando los pueblos primitivos cuyo
estilo de vida encaja con el mundo natural recibido, lamentando la revolucin
neoltica e identicando nuestra tarea principal con la de destruir nuestra
civilizacin y restablecer lo salvaje. Las ilustraciones de la revista hacen gala de
una gran vulgaridad: destacan las calaveras humanas e imgenes de ruinas. En
su contribucin ms extensa, Decadencia, reimpresa de Black Eye, se mezcla
lo romntico con lo marginal, concluyendo de manera exultante: Ya es hora de
unas verdaderas vacaciones romanas, que vengan los brbaros!.
Por desgracia, los brbaros ya estn aqu, y las vacaciones romanas se multiplican en las ciudades estadounidenses del presente con el crack, el vandalismo,
la insensibilidad, la estupidez, el primitivismo, la anticivilizacin, el antirracionalismo, y una buena dosis de anarqua entendida como caos. El anarquismo
personal debe considerarse en el contexto social actual no slo de los guetos de
negros desmoralizados y suburbios de blancos reaccionarios, sino tambin de las
reservas indias, esos pretendidos centros de primigenitud, en los que bandas
de jvenes indios andan a tiros los unos contra los otros, el narcotrco prolifera,
y los gratis de las bandas dan la bienvenida a los visitantes incluso en el monumento sagrado de Window Rock, como observa Seth Mydans en The New York
Times (3 de marzo de 1995).
Por consiguiente, una extendida decadencia cultural ha seguido a la degeneracin de la Nueva Izquierda de los aos 1960 hacia el posmodernismo, y de su
contracultura hacia el espiritualismo new age. Para los anarquistas personales
timoratos, el diseo tipo Halloween y los artculos incendiarios empujan la esperanza y la comprensin de la realidad cada vez ms lejos. Atrados por los alicientes
del terrorismo cultural y los recesos budistas, los anarquistas personales se
encuentran en realidad en un fuego cruzado entre los brbaros en la cspide de la
sociedad en Wall Street y la City, y los de abajo, en los lgubres guetos urbanos de
Europa y Estados Unidos. Por desgracia, el conicto en el que se encuentran, pese
a sus loas a los estilos de vida marginales (a los que los brbaros corporativos no
62
son ajenos hoy en da), tiene menos que ver con la necesidad de crear una sociedad libre que con una guerra brutal para ver quin va a participar en los botines
disponibles de la venta de drogas, cuerpos humanos, prstamos exorbitantes . . .
sin olvidar los bonos basura y las divisas.
Un mero retorno a la animalidad o hay que llamarlo des-civilizacin?
no es una vuelta a la libertad sino al instinto, al mbito de la autenticidad que
se gua por los genes ms que por el cerebro. No hay nada que est ms lejos
de los ideales de libertad expresados de formas cada vez ms expansivas en las
grandes revoluciones histricas. Y no hay nada que sea ms implacable en su
total obediencia a los imperativos bioqumicos como el ADN, o que contraste
ms con la creatividad, tica y mutualidad abiertas por la cultura y las luchas por
una civilizacin racional. No hay libertad en lo salvaje, si por pura ereza se
entienden los dictados de las pautas de comportamiento congnitas que conforman
la mera animalidad. Difamar la civilizacin sin reconocer debidamente su enorme
potencial de libertad consciente una libertad conferida por la razn as como la
emocin, por la comprensin as como el deseo, por la prosa as como la poesa
es retroceder al oscuro mundo de la brutalidad, cuando el pensamiento era dbil
y la capacidad intelectual era slo una promesa de la evolucin.
Hacia un comunalismo democrtico
Mi visin del anarquismo personal est lejos de ser completa; la tendencia
personalista de este cuerpo ideolgico permite moldearlo de muchas maneras,
siempre y cuando haya palabras como imaginacin, sagrado, intuitivo, xtasis y
primitivo que embellezcan su supercie.
El anarquismo social, a mi entender, est hecho de una materia fundamentalmente diferente, heredera de la tradicin de la Ilustracin, con la debida consideracin a sus lmites e imperfecciones. Segn como se dena la razn, el anarquismo
social deende la mente humana pensante sin negar de forma alguna la pasin,
el xtasis, la imaginacin, la diversin y el arte. Pero, en vez de materializarlos en
categoras nebulosas, trata de incorporarlos a la vida cotidiana. Est comprometido con la racionalidad, oponindose a la vez a la racionalizacin de la experiencia;
con la tecnologa, oponindose a la vez a la megamquina; con la institucionalizacin social, oponindose a la vez al sistema de clases y a la jerarqua; con
una poltica genuina, basada en la coordinacin confederal de municipios o comunas por el pueblo, con democracia directa cara a cara, oponindose a la vez al
parlamentarismo y al Estado.
Esta comuna de comunas, para utilizar un eslogan tradicional de revoluciones
anteriores, puede denominarse de manera apropiada comunalismo. Pese a la
63
opinin contraria de quienes se oponen a la democracia como sistema, describe
la dimensin democrtica del anarquismo como una administracin mayoritaria
de la esfera pblica. Consecuentemente, el comunalismo busca la libertad ms que
la autonoma, en el sentido en que las he contrapuesto. Rompe categricamente
con el ego psicopersonal stirneriano, bohemio y liberal, en tanto que soberano
contenido en s mismo, armando que la individualidad no surge de la nada, con
unos derechos naturales conferidos desde el nacimiento, sino que la considera
en gran medida el producto en constante evolucin del desarrollo social e histrico,
un proceso de autoformacin que no puede ser petricado por el biologismo ni
preso de dogmas limitados temporalmente.
El individuo soberano y autosuciente siempre ha sido una base precaria
sobre la que fundamentar una perspectiva libertaria de izquierda. Como observ
Max Horkheimer, la individualidad se perjudica cuando alguien decide tornarse
autnomo [ . . . ] El individuo totalmente aislado ha sido siempre una ilusin. Las
cualidades personales que ms se estiman, como la independencia, la voluntad de
libertad, la comprensin y el sentido de justicia, son virtudes tanto sociales como
individuales. El individuo plenamente desarrollado es la realizacin cabal de una
sociedad plenamente desarrollada. 60
Para que una visin libertaria de izquierda de una futura sociedad no desaparezca en un submundo bohemio y marginal, tiene que ofrecer una solucin a los
problemas sociales, no revolotear arrogantemente de un eslogan a otro, evitando
la racionalidad con mala poesa e imgenes vulgares. La democracia no es antittica al anarquismo, ni el gobierno por mayora y las decisiones no consensuadas
son incompatibles con una sociedad libertaria.
Que ninguna sociedad puede existir sin unas estructuras institucionales es
evidente para cualquiera que no haya quedado alelado por Stirner y los de su
especie.
Al negar las instituciones y la democracia, el anarquismo personal se asla
de la realidad social para poder dejarse llevar por una rabia ftil, y quedando
reducido as a una travesura subcultural para jvenes crdulos y consumidores
aburridos de ropa negra y psters excitantes. Argumentar que la democracia
y el anarquismo son incompatibles porque cualquier oposicin a los deseos de
incluso una minora de uno constituye una violacin de la autonoma personal
no es defender una sociedad libre, sino el conjunto de personas de Brown: en
breve, un rebao. La imaginacin dejara de llegar al poder. El poder, que
siempre existir, pertenecer o bien a la comunidad en una democracia cara a
60
Max Horkheimer, The Eclipse of Reason (Nueva York: Oxford University Press, 1947), p. 135. Edicin
en castellano: Crtica de la razn instrumental (Madrid: Editorial Trotta, 2002).
64
cara y claramente institucionalizada, o bien a los egos de unos pocos oligarcas
que crearn una tirana de falta de estructura.
No le faltaba razn a Kropotkin, en su artculo de la Enciclopedia Britnica,
cuando consideraba el ego stirneriano como elitista y lo censuraba por considerarlo jerrquico. Se haca eco, en trminos positivos, de la actitud crtica de V. Basch
respecto al anarquismo individualista de Stirner como una forma de elitismo, al
mantener que el objetivo de toda civilizacin superior no es hacer que todos los
miembros de la comunidad se desarrollen de modo normal, sino permitir a ciertos
individuos mejor dotados desarrollarse plenamente, aun a costa de la felicidad y de
la existencia misma de la gran mayora de los seres humanos. En el anarquismo,
esto genera en efecto un regreso
. . . al individualismo ms ordinario, defendido por todas las minoras que se
creen superiores, para las cuales, ciertamente, el hombre necesita en su historia
precisamente del Estado y todo lo dems que los individualistas combaten. Su
individualismo va tan lejos que conducen a la negacin de su propio punto de
partida, y eso sin hablar de la imposibilidad para el individuo de alcanzar un
desarrollo realmente completo en las condiciones de opresin de las masas por
parte de las bellas aristocracias. 61
En su amoralidad, este elitismo se presta fcilmente a la falta de libertad de
las masas ponindolas en ltima instancia bajo la custodia de los nicos,
una lgica que podra dar lugar a un principio de liderazgo caracterstico de la
ideologa fascista. 62
En los Estados Unidos y gran parte de Europa, precisamente en un momento en
que el desprestigio del Estado ha alcanzado unas proporciones sin precedentes, el
anarquismo va de capa cada. La insatisfaccin con el gobierno como tal es profunda en ambos lados del Atlntico, y pocas veces en el pasado reciente ha habido un
sentimiento popular ms clamoroso demandando una nueva poltica, incluso un
nuevo reparto social que pueda dar a la gente un sentido de direccin que permita
compatibilizar la seguridad y los valores ticos. Si el fracaso del anarquismo para
afrontar esta situacin puede atribuirse a un nico motivo, la estrechez de miras
del anarquismo personal y sus fundamentos individualistas deben ser considerados como los responsables de impedir que un potencial movimiento libertario de
izquierda entre en una esfera pblica cada vez ms reducida.
A favor del anarcosindicalismo cabe decir que en el momento de su apogeo
trat de practicar lo que predicaba y crear un movimiento organizado tan ajeno
al anarquismo personal dentro de la clase obrera. Sus principales problemas no
61
62
Kropotkin, ob. cit., pp. 287,293.
Kropotkin, ob. cit., pp. 292-3.
65
radican en su deseo de estructura e implicacin, de programas y movilizacin
social, sino en el declive de la clase obrera como sujeto revolucionario, particularmente despus de la Revolucin espaola. No obstante, armar que al anarquismo
le faltaba una poltica, entendida en su sentido original del griego como autogestin de la comunidad la histrica comunidad de comunidades es repudiar
una prctica histrica y transformadora que trata de radicalizar la democracia
inherente en cualquier repblica y crear un poder confederal municipalista para
contrarrestar el Estado. 63
El aspecto ms creativo del anarquismo tradicional es su compromiso con cuatro principios bsicos: una confederacin de municipios descentralizados, una
rme oposicin al estatismo, una creencia en la democracia directa y un proyecto de una sociedad comunista libertaria. El problema ms importante al que el
libertarismo de izquierda tanto el socialismo libertario como el anarquismo
se enfrenta hoy es: Qu har con estos cuatro poderosos principios? Cmo les
daremos forma y contenido social? De qu maneras y con qu medios los convertiremos en relevantes para nuestra poca y haremos que sirvan a los nes de un
movimiento popular organizado para lograr el empoderamiento y la libertad?
El anarquismo no debe disiparse en un comportamiento indulgente consigo
mismo, como el de los adamistas primitivistas del siglo XVI, que vagaban por
los bosques desnudos, cantando y bailando, como Kenneth Rexroth observ
con desdn, pasando el tiempo en una orga sexual constante hasta que fueron perseguidos por Jan Zizka y exterminados, con el consiguiente alivio de los
campesinos indignados, cuyas tierras haban saqueado. 64 No debe retroceder al
submundo primitivista de los John Zerzans y George Bradfords. No pretendo en
absoluto argir que los anarquistas no deberan vivir su anarquismo en la medida
de lo posible en el da a da, tanto personalmente como social, esttica y pragmticamente. Pero no deberan vivir un anarquismo que merma, incluso elimina los
rasgos ms importantes que han distinguido al anarquismo, como movimiento,
prctica y programa, del socialismo de Estado. El anarquismo hoy en da debe
63
En su odiosa crtica sobre mi obra The Rise of Urbanization and the Decline of Citizenship [El auge
de la urbanizacin y el declive de la ciudadana], retitulado ms tarde Urbanization Without Cities
[Urbanizacin sin ciudades], John Zerzan repite el despropsito de que la Atenas clsica es desde
hace tiempo el modelo de Bookchin para la revitalizacin de la poltica urbana. De hecho, me esforc
mucho en apuntar los fallos de la polis ateniense (la esclavitud, el patriarcado, los antagonismos de
clase y las guerras). Mi eslogan Democratizar la repblica, radicalizar la democracia, que subyace
en la repblica con el objetivo explcito de crear un poder dual, queda reducido cnicamente
a la interpretacin: Tenemos que [Bookchin] nos aconseja ampliar y expandir gradualmente las
instituciones existentes y tratar de democratizar la repblica. Esta manipulacin engaosa de
ideas es elogiada por Lev Chernyi (seudnimo de Jason McQuinn), de Anarchy: A Journal of Desire
Armed y Alternative Press Review, en su prlogo exhortatorio de Futuro primitivo de Zerzan.
64 Kenneth Rexroth,Communalism [Comunalismo] (Nueva York: Seabury Press, 1974), p. 89.
66
mantener resueltamente su carcter de movimiento social un movimiento social
tanto programtico como activista, un movimiento que conjuga su disposicin a
luchar por una sociedad comunista libertaria con su crtica directa del capitalismo,
sin ocultarlo bajo etiquetas como sociedad industrial.
En resumen, el anarquismo social debe rearmar rotundamente sus diferencias
con el anarquismo personal. Si un movimiento social anarquista no puede traducir
sus cuatro principios confederalismo municipal, oposicin al Estado, democracia
directa y, nalmente, comunismo libertario en una prctica real, en una nueva
esfera pblica; si esos principios se debilitan como recuerdos de luchas pasadas
en declaraciones y encuentros ceremoniosos; peor an, si son subvertidos por la
industria del ocio libertario y por los tesmos asiticos quietistas, entonces su
esencia socialista revolucionaria tendr que restablecerse bajo un nuevo nombre.
Ciertamente, ya no es posible, en mi opinin, llamarse a s mismo anarquista sin
aadir un adjetivo calicativo que lo distinga de los anarquistas personales. Como
mnimo, el anarquismo social est radicalmente en desacuerdo con el anarquismo
centrado en un estilo de vida, la invocacin neosituacionista del xtasis y la
soberana del ego pequeoburgus cada vez ms marchito. Los dos divergen
completamente en los principios que los denen: socialismo o individualismo.
Entre un cuerpo revolucionario comprometido de ideas y prctica, por una parte,
y el anhelo deambulante de placer y autorrealizacin personal, por otra, no puede
haber ningn punto en comn. La mera oposicin al Estado podra muy bien unir
al lumpen fascista con el lumpen stirneriano, un fenmeno que no carecera de
precedentes histricos.
1 de junio de 1995
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La Biblioteca Anarquista
Anti-Copyright
19 de julio de 2013
Murray Bookchin
Anarquismo social o anarquismo personal
Un abismo insuperable
1995
Ttulo original: Social Anarchism or Lifestyle Anarchism: An Unbridgeable Chasm.
Recuperado el 22 de enero de 2013 desde Virus Editorial