V
EL SEPULTURERO
Ledesma)
(Edson
Ya le dije que no hay que asustarse. A todos les
pasa lo mismo. Primero es una sensacin
desconcertante, una picazn rabiosa en todo el cuerpo,
pero es slo la tierra que lo aprisiona a uno por todos
lados. Quin lo dira, joven! , y a sus aos ya lo
tenemos por ac. Habr sido algn accidente, o tal vez
una enfermedad larga y dolorosa. Y tan jovencito, oiga.
Quin lo dira.
Le digo que se est quieto, que no trate de
moverse, porque es peor, deje que las cosas sigan su
curso natural. Usted es ya slo un cuerpo sin nada ms
y tiene que pudrirse Disculpe si suena tan feo eso,
pero es que uno se la pasa lavndose las manos,
cambindose de ropa, engominndose el pelo para verse
bien, y al final, ya ve. A pudrirse se ha dicho! No llore,
no sirve de nada. Ni siquiera tendr el consuelo de
sentir la tibieza de las lgrimas corrindole por las
mejillas Ve? Slo consigue que se le llene la cara de
barro.
Resgnese, le digo, an no se acaba de enfriar y
todava no le pasa nada. Luego ir sintiendo el cambio.
Primero son los rganos ms blandos. Los ojos se abren
como flores, vacindose, dejando las cuencas listas para
no ver otra cosa que la tierra que las llena; en el hueco
de la boca, donde antes estaban las palabras, estar
ahora un montn de gusanos retorcindose; sus labios
se entreabren, y salen envueltos en la baba caliente que
era su lengua; es entonces cuando se hincha el vientre,
y el da menos pensado lo halla hecho una membrana
transparente que se parte por cualquier lado, dejando
escapar sus vsceras deshechas. Ah va a tener que
aguantarse el olor igual; al fin y al cabo, se trata de
usted mismo.
Eso viscoso y negruzco son su estmago, su
pncreas, sus otros intestinos. Por una parte, es mejor,
creo yo, quedarse as vaco; de ese modo, el hambre ya
no significa nada.
Esto es otra vida Se da cuenta? El hombre se
resigna a todo, o decir una vez a alguien.
Cmo no se va a acostumbrar a estar
muerto!
Pero usted tuvo mucha suerte , sabe? Lo
trajeron en esta poca, cuando el sol se encuentra con el
suelo en un solo abrazo, formidable, como viejos
hermanos, y no hay problemas entonces; uno se toma su
tiempo, se descompone tranquilo, y cuando ya est
acostumbrado, recin viene el fro del invierno y cae la
lluvia a raudales, mojndolo todo, sin respeto de los
despojos de los muertos. En la madrugada, ya va a ver,
se va a cubrir con mortajas de hielo; se va a estremecer
una y otra vez sin poder hacer nada. Acurdese, va a
ser slo un pobre desecho aterido.
Yo s de esto. Cuando mozo fui sepulturero.
Perd la cuenta de las cruces que clav despus de las
paladas, para evitar que la gente viera cmo sus seres
queridos se iban poniendo hediondos y horribles Ve?
Nadie es ms humanitario que el sepulturero. Incluso
enterr a los cinco hijos que tuve, y los enterr como a
todos, yo mismo, con estas mismas manos,
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echando el cuerpo a la fosa, tapndolos y poniendo una
cruz blanca con sus nombres; y como estaba aqu
mismo, me sentaba todas las tardes sobre sus tumbas a
conversarles sobre la vida y la muerte, para que se
fueran acostumbrando, porque eso s que lo s Le dije
ya que era sepulturero? Y despus, igual ; cuando ya no
me la pude con la pala y era estorbo, me qued la
costumbre de venir todos los das a sentarme sobre los
nichos , y conversar con todos los difuntos. Con Gerardo
Juvencio Barra, all, tres tumbas ms atrs que usted.
En diecisis aos no le pude sacar palabra.
Solamente, a veces, cuando la lluvia corre
furibunda por el valle y todo es un bramido ronco,
Gerardo repite un nombre de mujer, bajito, para que
nadie lo escuche. El pobre vivi sufriendo por ella, y
ahora que est bien muerto sigue sufriendo igual Se da
cuenta? A veces, con la muerte no se termina nada, ms
bien prolonga los dolores de la vida hasta la eternidad.
Usted, me imagino, sus amores habr tenido; o
al menos, habr empezado a tenerlos. Mire, fjese. Ese
cardo que est brotando justo encima de su pecho, en
unos meses ms hundir sus races duras como garras
donde antes haba estado su corazn. Ah, ve?. Ya las
va a sentir. Siempre es lo ltimo en deshacerse, hasta
los gusanos lo rehyen. Mire. Ah!, su corazn era una
maraa de tristezas que no quiere desaparecer, y ah
est sobre usted. Salieron al mundo vueltas una planta
de flores diminutas, que el miedo cubre de espinas
Sabe?, parece que usted era bien sensible.
Yo s que se siente solo y no quiere decir nada.
Se le nota. Es la experiencia de tantos aos en esto.
Los primeros meses duele, se aora la presencia de todo
lo querido. El domingo pasado lo vinieron a ver todos.
Vino ese seor gordo y severo, que debe ser su padre;
esa seora tan demacrada vestida de negro, y esa
seorita de ojos lindos que debe ser hermana suya.
Usted no lo saba, pero iba a ser to. Bueno, ahora ser
solamente un recuerdo hecho de palabras en la memoria
de su sobrino. Yo tuve varios hijos. Me bast con verla
andar. Pero no se haga ilusiones, siempre pasa igual.
Los que se quedan vivos tambin se acostumbran a la
muerte. Vienen todos los domingos, despus de or
misa, a regar la tumba con un puado de flores frescas,
que usted no podr ver ni oler. Ellos se sienten bien,
djelos noms. Sacarn brillo a su nombre en bronce y
se irn despus de haber rezado un poco. Como le digo,
joven, no se haga ilusiones. Eso puede durar un ao.
Nunca ms de uno. Luego las visitas se distancian, su
nombre se opaca, y las flores deshojadas las esparce el
viento por todo el camposanto.
Piensan que su alma est protegida junto a
Dios; adems, si lo piensan bien, qu sentido tiene
cortar flores para dejarlas secar sobre un montn de
tierra y las sobras de un cuerpo. El alma es lo que
importa. Lo que ellos ignoran es que el cuerpo se queda
incrustado en la tierra existiendo igual. Yo lo justifico,
sabe? No se van a dar cuenta hasta que les toque el
turno.
Escucha? Eso es una cancin de cuna.
Esa voz tan dulce, a su costado izquierdo, es la difunta
Margarita Osorio, y si afina un poco ms el odo, es
posible que sienta los gorjeos de su guagita. Las
enterr yo mismo hace no s cuantas dcadas. Fue una
callejera; vivi ofrecindose en las esquinas a cambio de
unas monedas sucias. Ella jams supo del verdadero
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amor, hasta que se le ocurri tener esa vida minscula
en su vientre, as, annimamente, sin un padre que se la
arrebatara y la echara a vagar, como a ella. Y fjese,
despus de pasarse nueve interminables meses, amando
como nunca esa llamita latente en su seno, cuando ya
pensaba que su felicidad iba a morderle sus pechos de
hembra recorrida, vino la muerte y se las llev a las dos.
La muerte! En el instante supremo de la vida. Ella
misma me lo cont. Pero ahora est contenta; ya tiene
lo que le haca falta, por eso la arrulla, le canta a su
niita de calavera; a todas horas, como si no estuviera
ya dormida. Si no lo escuch, no importa. Ya tendr
tiempo de orla.
No se mueva, joven, no sea tan impaciente. En
un tiempo ms ser un difunto como todos los difuntos,
vestido de nada, hecho una basurilla amarillenta y dura.
Los bichos son tan voraces oiga, que lo van a dejar
limpio, como las piedras o las hojas de los rboles,
despus que el agua las recorre . Hgame caso, y no
trate de moverse, no podra. Tiene que mezclarse con
la tierra. Usted est recin llegado y lo comprendo, para
eso soy sepulturero. No llore ms, no se asuste con los
ruidos de afuera; a veces no son lo que parecen. No le
haga caso al viento que alla trayendo presagios
funestos. La muerte es tan simple. Ah est usted, aqu
estoy yo a su lado; los dos cubiertos por el mismo
espesor de tierra, en este cementerio abierto a la
inclemencia, al olvido, y al tiempo, que ya no debiera
importarle nada.
.oOo.