100%(1)100% encontró este documento útil (1 voto) 218 vistas42 páginasCaussale Tratado Sobre El Santo Abandono
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J. P. de Caussade, S.J.
TRATADO
DEL SANTO ABANDONO
A LA PROVIDENCIA
DIVINA
APOSTOLADO MARIANO
Recaredo, 44
SEVILLAISBN: 84-7770-402-3
D.L. Gr: 700-98
Impreso en Azahara S|
Printed in Spain
Impreso en EspaiiaPRESENTACION
Jean-Pierre de Caussade nacié el 7 de marzo de
1675 en la regién de Quercy (Francia) y a los diecio-
cho aifios, llevando ya acabados, a tan temprana edad,
sus estudios de humanidades y de filosofia, el 16 de
abril de 1693 ingresé en el noviciado de la Compafia
de Jestis en Toulouse. Aun no habia hecho sus votos
cuando se le confié, en octubre de 1694, una clase de
gramatica en el colegio de Auch, célebre por sus
estudios humanjsticos. De ahi en mas, y durante
muchos aiios, este hombre que amaba el recogimien-
to y la paz interior se verfa siempre cargado de ocu-
paciones exteriores, principalmente clases de huma-
nidades y de filosoffa, con frecuentes traslados de un
colegio a otro de los varios que la Compaiiia tenia en
la regi6n. Comienza en 1702 sus estudios de teologia
en la Universidad de Toulouse, y a finales de 1704 es
ordenado sacerdote, obteniendo al afio siguiente su
doctorado en teologia. Tras la Tercera Probacién bajo
la direccién del P. Godounéche, su Profesion solem-
ne hecha el 15 de agosto de 1708 no traera al parecer
ningtin cambio en su actividad exterior: durante doce
afios mds seguird pasando de un colegio a otro,
ensefiando unas veces griego y otras filosofia, pero
5su condicién sacerdotal agrega ahora a esas tareas
otras responsabilidades -confesor de los alumnos,
prefecto espiritual de la casa, director de congrega-
ciones internas en los Colegios, predicador en la ciu-
dad- que lo van preparando para su verdadera voca-
cién: la direccién de las almas.
Sélo hacia el afio 1720 se vera libre de tareas
docentes y dedicado mas intensamente a la predica-
ci6n, a la direccién espiritual de religiosas, y también
forma parte, al menos durante algunos afios, de un
equipo de jesuitas dedicados a las misiones urbanas
para reavivar en ciudades y aldeas el fervor y la pie-
dad popular. No obstante la absoluta solidez de su
doctrina, no le faltan en aquellos afios oposiciones y
contradicciones, en una atmésfera aun enrarecida por
el jansenismo y donde por otra parte la condenacién,
en 1699, de Fénelon y su pretendido quietismo no
habfan hecho sino exacerbar las polémicas entre los
maestros de la vida espiritual. Sin embargo, en 1733
lo hallamos en Lorena como director de la Casa de
Ejercicios fundada en Nancy pocos afios antes, y con
una actividad muy intensa en la direccién espiritual
de las religiosas del monasterio local de la Visitacién,
que son las que han conservado y transmitido para la
posteridad la mayor parte de sus escritos. En 1740
pasa a Perpignan como rector del Colegio que los
jesuitas tienen alli, y en esa ciudad se imprimen, al
afio siguiente, sus Instrucciones espirituales. Tras
haber sido luego superior en Albi, el P. de Caussade
muere en Toulouse en 1751, a los 77 afios.
6EI presente Tratado no salié de la pluma de su
autor en la forma en que hoy lo conocemos. Su ori-
gen se halla en varias colecciones de cartas -que
muchas veces constituyen verdaderos tratados sobre
determinados temas- escritas por el P. de Caussade a
diversas religiosas de la Visitacién que -como ya diji-
mos-, el dirigia espiritualmente. Varias decenas de
esas cartas, conservadas y copiadas segtin un ordena-
miento tematico en los monasterios de dicha Orden,
junto con fragmentos de platicas dirigidas por el
mismo P. de Caussade a esas comunidades, constitu-
yeron la base de la primera edicién que, con el titulo
de L’abandon a la Providence divine envisagé
comme le moyen le plus facile de sanctification,
ouvrage inédit du R.P.J. Pierre de Caussade, publicd
en Paris en 1861 el P. Henri Ramiére, S.J. con el edi-
tor Régis Ruffet.
El inmediato éxito alcanzado por esta edicién
impuso la necesidad de hacer una segunda al afio
siguiente. Para entonces, las Visitandinas de Nancy
habjan hecho llegar al P. Pamiére otros dos cuader-
nos, que contenian respectivamente 101 y 24 cartas.
Requerido en ese momento por otras ocupaciones, el
insigne promotor del Apostolado de la Oracién y de
la devocién al Sagrado Corazén de Jestis no podia
entonces realizar el trabajo de reelaboracién que la
integracién de ese material hubiera requerido, y por
ello opté por publicar en 1862 una reedicién abrevia-
da dejando para mas adelante la edicién de esa
correspondencia hasta ahi inédita. Nuevas ediciones
7se sucedieron en 1863 y 1864, hasta que finalmente
una quinta edicién, que vio la luz en 1867, com-
prendia el Tratado nuevamente en su texto integro
complementado con 128 cartas y precedido por un
“Discurso del editor sobre el fundamento y la verda-
dera naturaleza de la virtud de abandono para expli-
car y defender la doctrina del P. de Caussade”. Este
texto ha sido desde entonces reproducido en numero-
sas ediciones, acompafiado 0 no por las Cartas (que
separadamente, desde 1961, han sido publicadas en
dos voltimenes de la Coleccién “Christus”, en Paris,
bajo en titulo de Lettres spirituelles, en una edicién a
cargo del P. Michel Olphe-Galliard, S.J.), y comple-
tado a veces con un Apéndice - que omitimos en la
presente edicién- que contiene una seleccién de tex-
tos de San Francisco de Sales, Santa Juana Francisca
de Chantal, Bossuet y el P. Surin relativos a la virtud
del abandono. Hemos crefdo util conservar -por la
especial afinidad que tiene con la Ofrenda diaria de
los socios del Apostolado de la Oracién- el breve
Acto de abandono compuesto por San José Pigna-
telli, S.J., que junto con otros similares esta inclufdo
en la edicién de 1964 que hemos utilizado para la
presente traduccién.
No creemos necesario emprender aqui una expo-
sicién detallada de la doctrina del P. de Caussade ni
de las controversias a que dio lugar en un momento
muy particular de la historia de la espiritualidad
como fueron en Francia los siglos XVII y XVIII.
Hoy la situacién es muy distinta, y creemos que los
8textos del P. de Caussade, con su prosa tersa y preci-
sa, son lo suficientemente claros como para no dar
lugar a interpretaciones equivocadas. Por ello, nos
limitaremos a sefialar brevemente, para orientacién
del lector, lo que podriamos Ilamar las ideas-claves
-pocas y s6lidas, légicamente trabadas entre si- que
constituyen lo esencial de una doctrina que, bien
comprendida y vivida, basta por si misma, con la
ayuda de la gracia que nunca falta, para asegurar la
paz del alma atin en medio de las mayores tribulacio-
nes, y para Ilevarla a la mayor santidad y perfeccion,
siendo al mismo tiempo, por su sencillez, accesible a
toda clase de personas y adecuada a todos los esta-
dos.
Una idea fundamental domina la doctrina espiri-
tual del P. de Caussade: el abandono total y confiado
en Dios, 0 sea el cumplimiento pleno -activo y pasi-
vo- de su Voluntad sobre nosotros, tal como ella se
vaya presentando en cada momento, a través de las
circunstancias y de las criaturas que nos rodean, que
a veces pueden a nuestra mirada superficial parecer-
nos adversas pero sin embargo en el plan divino estan
todas ordenadas a nuestro bien y a la gloria de Dios.
Asi como las especies eucaristicas velan y ocultan la
realidad de la presencia divina -y por eso la Euca-
ristfa es un sacramentum, vale decir un misterio en el
que las apariencias visibles velan y encubren otra
realidad invisible- asi también los acontecimientos y
circunstancias que van entretejiendo nuestra vida no
escapan en ningtin caso a la amorosa disposicién de
9la Providencia divina y bajo ellos, como bajo las
especies sacramentales, se oculta esta realidad de la
accién divina que nos va santificando, que va reali-
zando en nosotros, si somos déciles y fieles, el disefio
Unico e irrepetible que su amor de padre traz6 para
cada uno desde toda la eternidad. Por eso sera una
expresi6n muy cara al P. de Caussade hablar del
“sacramento del momento presente” para referirse a
todo ese conjunto de circunstancias cotidianas que en
cada momento nos ponen frente a una obligacién, a
un dolor, a una alegria inesperada 0 a un contratiem-
po imprevisto, que nunca vienen por obra del azar ni
de la mala voluntad de algunos, que aunque bien pue-
den ser su causa inmediata, empero son siempre
medios e instrumentos previstos en el plan del artffi-
ce divino de nuestra santificaci6n.
“Un alma santa -definira el P. de Caussade- no es
sino un alma libremente sometida a la accién divina
con la ayuda de la gracia”; “hay pues que amar en
todo a Dios y su plan divino; hay que amarlo tal
como se presenta, sin desear nada mas”.
“Los deberes de cada momento son las sombras
bajo las cuales se oculta la accién divina”. La santi-
dad se reduce pues a una sola cosa: la fidelidad al
orden de Dios. Y esta fidelidad esta por igual al
alcance de todos, tanto en su practica activa (hacer la
Voluntad de Dios) como en su ejercicio pasivo (acep-
tar lo que Dios dispone).
Por ello insistiré el P. Caussade en que ningtin
estado y ningtin medio es de suyo indispensable para
10la perfeccion y la santidad (ni el estado religioso, ni
las largas oraciones, ni las lecturas espirituales, ni las
practicas de penitencia, ni el ejercicio concreto de
tales o cuales actos de virtud) y al mismo tiempo nin-
guno la excluye (ni el cuidado de una familia, ni el
desempefio de un oficio en el mundo, ni la falta de
salud fisica 0 de estudios, etc., etc.). Pues todo ello
son medios de los que hemos de usar en tanto en
cuanto formen parte del plan de Dios sobre nosotros,
y son escalones que han de ayudarnos a subir en la
medida en que -aun bajo la apariencia de contradic-
ciones y obstaculos- el designio amoroso de Dios los
pone o los permite en nuestro camino. (Seflalemos
aqui, de paso, la raiz netamente ignaciana de esta
actitud: hemos de ser indiferentes ante las criaturas y
las circunstancias- salud o enfermedad, riqueza o
pobreza, honor o deshonor, vida larga 0 corta, etc.-
queriéndolas 0 dejandolas solamente tanto cuanto
nos ayudan o estorban para nuestro fin, que no es otro
que dar gloria a Dios sometiendo totalmente nuestra
voluntad a la Suya).
Por lo demas, esta doctrina tiene su fundamento
en el mas sélido e irrefutable sentido comtin. Pues,
por una parte, con nada glorificaremos tanto a Dios
como con reconocer nuestra condicién de criaturas
cumpliendo lo mas exactamente posible su Voluntad.
No es mejor intentar grandes empresas y acciones
herdicas y espectaculares, si lo que Dios nos pide es
una vida oculta y anénima buscando la perfeccidn en
el cumplimiento fiel de los pequefios deberes cotidia-
ianos; ni viceversa, refugiarnos con pusilanimidad y so
capa de humildad en esa oscuridad aparentemente
segura, si en verdad el Sefior nos Ilamaba para cosas
mas grandes, que El con su gracia nos ayudarfa a rea-
lizar. En esto consiste la perfeccién -no es buscar
concretamente esto 0 aquello- y no es otra cosa lo
que Cristo nos ensefia, ya que todo a lo largo y ancho
de los Evangelios resalta como su tnica preocupa-
cién y objetivo el cumplir la Voluntad de su Padre:
lta, Pater, quoniam sie fuit placitum, ante Te... Ego,
quae placita sunt et facio semper... Meus cibus est, ut
faciam Voluntatem eiud qui misit me... Non mea
voluntas, sed Tua fiat... Por eso, la verdadera imita-
cién de Cristo no consiste en hacer tales o cuales
cosas, en vivir de tal o cual manera, sino ante todo en
cumplir en nosotros su Voluntad, sea la que fuere. Y
Por otra parte, hemos de tener bien en claro que esto
no constituye en modo alguno lo que nuestros con-
tempordneos intoxicados a veces de psicologismo
Hamarian una alienacién, una limitacién a nuestra
propia “realizacién” personal haciéndola claudicar
ante ese plan de Dios sobre nosotros que nos vendria
de fuera como una imposicién arbitraria y contraria
quizd a nuestras propias aspiraciones. “Querrfas ir
hacia el Oriente, y te lleva hacia Occidente”, escribe
por ahi el P. de Caussade, para luego hacernos caer en
la cuenta de que, si creemos de veras que Dios es
nuestro Padre que nos ama con amor infinito y por lo
tanto quiere para nosotros lo mejor; que es infinita-
mente sabio, y por ende no puede equivocarse y ve
12mucho mis alla de nuestros cortfsimos alcances; que
es todopoderoso y nada escapa a su poder, nada suce-
de fuera del plan de su Providencia, entonces pronto
comprenderemos que no puede hacer para cada uno
de nosotros, un “proyecto de vida” mejor que aquel
que su paternal y amorosa Providencia esboz6 desde
toda eternidad para cada uno, como un modelo tinico
e irrepetible, y por ahi es por donde nos “realizare-
mos” en plenitud, alcanzaremos nuestra propia per-
feccién y nuestra mayor felicidad.
Por eso, hallaremos plena y total paz, suceda lo
que suceda dentro o fuera de nosotros, si compren-
diendo todo esto y sabiendo que nada viene sino de
la mano paternal de Dios y para nuestro bien, nos
abandonamos confiados en el regazo de su
Providencia. Nada ni nadie podra turbarnos, y aun
aquellos que parecen afligirnos y perseguirnos, inclu-
so los mds malvados y animados de las peores inten-
ciones, estan trabajando para nosotros y para nuestra
santificaci6n y se cumple siempre aquello de que
“para los que aman a Dios, todo concurre a su bien”.
En esta vida no vemos sino el revés de la trama, y asi
como el operario que trabaja en un gran tapiz solo ve
los puntos que anuda y al no conocer en ese momen-
to el disefio total puede parecerlo castico el entrecru-
zamiento de hilos y colores, asi también nos ocurre a
nosotros ahora. Pero “todos esos puntos anudados
forman figuras magnificas, que sd6lo apareceran
cuando, una vez concluidas todas las partes, se expo-
ne a la vista el lado derecho del tapiz’”. “Mientras
13duré el trabajo” -vale decir, durante toda esta vida en
que peregrinamos a tientas y muchas veces no alcan-
zamos a comprender el designio divino- “toda esa
belleza y esa maravilla permanecieron en la oscuri-
dad”,
Varios otros aspectos y facetas quedarian aun por
sefialar en esta rica y sélida doctrina del P. de
Caussade -vgr. el abandono que también debemos
tener en cuanto a conocer lo que Dios obra en nues-
tra alma o el grado de progreso espiritual alcanzado,
© la comparaci6n entre nuestro propio camino y los
de otros, y la indiferencia en cuanto a los medios que
nos han de ayudar y la medida en que debemos usar-
los- pero estimamos que con lo dicho basta para
introducir al lector y le dejamos la tarea y el placer de
ir descubriéndolos por si mismo.Libro Primero
NATURALEZA Y EXCELENCIA
DE LA VIRTUD DE ABANDONO
Capitulo I
La Fidelidad al orden de Dios ha hecho toda
la santidad de los justos de la Antigua Ley,
de San José y aun de la misma Maria
Dios sigue hablando hoy como hablaba a nuestros
padres, cuando no habia ni directores ni métodos. La
fidelidad al orden querido por Dios constituia toda la
espiritualidad, pero tal fidelidad no estaba codificada
en un arte que la explicara de una manera tan subli-
me ni tan detallada, ni que contuviese tantos precep-
tos, instrucciones y maximas. Nuestras necesidades
presentes lo exigen, sin duda. Mas no ocurria asf en
los primeros tiempos, cuando se tenia mas rectitud y
sencillez. En aquella época se reconocia que cada
momento trae consigo un deber que hay que cumplir
con fidelidad, y eso bastaba para los espirituales de
entonces. Toda su atencién se concentraba en ello
momento a momento, a semejanza de la aguja que
marca las horas y que, cada minuto, reponte al espa-
15cio que debe recorrer. El espiritu de aquellos hom-
bres, movido sin cesar por el impulso divino, se
encontraba insensiblemente orientado hacia el nuevo
objeto que se ofrecfa a ellos, segtin Dios lo queria, a
cada hora del dia.
Estos, y no otros, eran los resortes ocultos de la
conducta de Maria, la mas sencilla y la mds abando-
nada a Dios de todas las criaturas. La respuesta que
dio al angel cuando se contenté con decirle: Hdgase
en mi segtin lo que has dicho, resumia toda la teo-
logia mistica de sus antepasados. Todo se reducfa en
ella, como se reduce hoy, al mas puro y mas simple
abandono del alma a la voluntad de Dios, bajo cual-
quier forma que ella se presentase.
Esta hermosa y elevada disposicién, que consti-
tufa todo el fondo del alma de Maria, resplandece
admirablemente en esta sencillfsima palabra:
Hadgase. Observad que esta en perfecta consonancia
con aquellas que Nuestro Sefior quiere que tengamos
sin cesar en la boca y en el coraz6n: Hdgase tu volun-
tad. Es verdad que lo que se exigfa a Marfa, en ese
momento célebre, era muy glorioso para ella. Pero
todo el brillo de esa gloria no hubiera hecho impre-
sidn alguna sobre ella, si la voluntad de Dios, tinica
capaz de moverla, no hubiera puesto allf sus miras.
Era esta divina voluntad la que la regia en todo.
Asi fuesen sus ocupaciones comunes 0 relevantes, no
eran a sus Ojos otra cosa que sombras, ya oscuras, ya
brillantes, en todas las cuales hallaba igualmente oca-
si6n de glorificar a Dios y de reconocer las operacio-
16nes del Todopoderoso. Su espiritu, arrebatado de
gozo, miraba todo lo que ella tenia que hacer 0 que
padecer, en cada momento, como un don de Aquel
ue colma de bienes los corazones de los que sdlo en
El -y no en las criaturas ilusorias y aparentes- hallan
su alimento.
Capitulo II
Los deberes de cada momento son las sombras
bajo las cuales se oculta la accién divina.
El poder del Altisimo te cubrird con su sombra,
dijo el angel a Marfa. Esa sombra, tras la cual el
poder de Dios se oculta para producir a Jesucristo en
las almas, es lo que cada momento nos presenta en
cuanto a deberes, atractivos y cruces.
Pues todo ello no es, en efecto, otra cosa que som-
bras, como aquellas a las que damos este nombre en
el orden de la naturaleza y que se extienden sobre los
objetos sensibles como un velo que nos lo oculta.
Asi, en el orden moral y sobrenatural, los deberes de
cada instante, bajo sus oscuras apariencias, ocultan la
verdad del querer divino, tinico que merece nuestra
atencion. Es asf como Maria los encaraba. Y asf esas
sombras que se proyectaban sobre sus facultades,
lejos de inducirla a engafio, colmaban su fe en Aquel
que es siempre el mismo. Retirate, arcangel, no eres
17sino una sombra; tu momento pasa fugaz, y desapa-
reces. Maria te sobrepasa, pues ella siempre avanza.
Tu has quedado lejos, pero el Espiritu Santo que
acaba de penetrarla bajo la forma sensible de esta
misi6n, no la abandonara jamas.
Hay muy pocos rasgos extraordinarios en lo que
se muestra al exterior de la Santfsima Virgen. Al
menos no es eso lo que la Escritura destaca. Su vida
Se nos representa en lo exterior como muy sencilla y
comin. Ella hace y padece lo que hacen y padecen
las demas personas de su condicién. Va a visitar a su
prima Isabel como van las otras parientes. Se retira a
un establo; es una consecuencia de su pobreza.
Vuelve a Nazaret, de donde la habfa alejado la perse-
cucion de Herédes, y allf vive con Jestis y José, que
trabajan con sus manos. He ahi el pan cotidiano de la
Sagrada Familia. Pero {de qué otro pan se nutria la fe
de Maria y de José? {Cudl es el secreto de todos sus
momentos? {Qué descubren en ellos bajo la aparien-
cia comiin de los acontecimientos que los van Ilenan-
do? Lo que se ve desde fuera es semejante a lo que
ocurre a los demas; pero lo invisible que la fe descu-
bre y discierne en ellos es nada menos que Dios
obrando en ellos grandes maravillas. jOh pan de los
angeles, mand celestial, perla evangélica, sacramento
del momento presente! ; Tt nos das a Dios, bajo apa-
riencias humildes como las del pesebre, el heno yla
paja! Pero ga quiénes lo das? A los hambrientos
colma de bienes (Le. 1,53), Dios, se revela a los
pequefios en las cosas mas pequejias, mientras que
18los grandes, quedandose en la corteza, no lo descu-
bren ni siquiera en las cosas grandes.
Capitulo III
Cuanto mas facil se nos harfa la santidad si la
encararamos desde este punto de vista
Si la obra de nuestra santificaci6n nos ofrece difi-
cultades en apariencia tan insuperables, ello se debe
a que no sabemos hacernos de ella una idea adecua-
da. En realidad, la santidad se reduce a una sola cosa:
la fidelidad al orden de Dios. Y esta fidelidad esta por
igual al alcance de todos, tanto en su practica activa
como en su ejercicio pasivo.
La practica activa de la fidelidad consiste en el
cumplimiento de los deberes que nos imponen ya sea
las leyes generales de Dios y de la Iglesia, ya sea el
estado particular que hemos abrazado. Su ejercicio
pasivo consiste en la aceptacion amorosa de todo lo
que Dios en cada instante nos envia.
{Cual de estos dos aspectos de la santidad esta por
encima de nuestras fuerzas? No ciertamente la fideli-
dad activa, puesto que los deberes que ella nos impo-
ne cesan de ser tales desde el momento en que su
cumplimiento est realmente por encima de nuestras
fuerzas. Si nuestro estado de salud no nos permite
asistir a Misa, no estamos obligados a ello. Y asf ocu-
19tre con todos los deberes positivos, vale decir todos
aquellos que prescriben determinados actos a reali-
zar. Solamente no admiten excepcion alguna aquellos
deberes que podrfamos llamar negativos, que prohi-
ben cosas que son malas en si mismas, pues jamas
seria posible que estuviera permitido hacer el mal.
Nada hay pues mis facil ni mas razonable... {Qué
excusa podriamos alegar?... Y sin embargo, esto es
todo lo que Dios exige del alma en la obra de su san-
tificacién. Lo exige de los grandes y de los pequeifios,
de los fuertes y de los débiles; en una palabra: lo
exige de todos, en todo tiempo y en todo lugar. Es
pues verdad que no pide de nuestra parte otra cosa
que lo que es factible y facil, puesto que basta con
mantener esta actitud fundamental tan sencilla para
llegar a una eminente santidad.
Si, mas alld de los mandamientos, Dios nos mos-
trase los consejos como un fin mas perfecto a alcan-
zar, cuida El siempre de acomodar la practica de los
mismos a nuestra situacién y a nuestro cardcter, Nos
da, como signo principal de nuestra vocacién a
seguirlos, los atractivos de la gracia que nos facilitan
su practica. No mueve a cada uno sino en la medida
de sus fuerzas y en la direccién de sus aptitudes. Una
vez mas {qué podriamos imaginar mas equitativo y
justo?
jOh vosotros todos, los que tendéis a la perfeccién
y estdis tentados de desalentaros a la vista de lo que
leéis en la vida de los Santos, y de lo que algunos
libros de piedad prescriben; vosotros, los que os ago-
20bidis a vosotros mismos con las ideas terribles que os
formdis de la perfeccién!, para vuestra consolacién
es que quiere Dios que yo escriba esto. Aprended lo
que parecéis ignorar.
Este Dios de bondad ha hecho faciles y expeditas
todas las cosas necesarias y comunes en el orden
natural, tales como el agua, el sol y la tierra. Nada
mas necesario que la respiracién, el suefo, el alimen-
to; pero también nada mis facil. El amor y la fideli-
dad no son menos necesarios en el orden sobrenatu-
ral; por tanto es preciso que la dificultad para adqui-
rirlos no sea tan grande como algunos la imaginan.
Mirad vuestra vida: de qué se compone? De una
multitud de acciones de bien poca trascendencia.
Pues bien, Dios quiere ciertamente contentarse con
estas cosas tan intrascendentes. En la parte que
corresponde al alma, en la obra de la perfeccién. Dios
mismo nos lo dice demasiado claramente para que
puedan aun quedarnos dudas: “Temed a Dios y
observad sus mandamientos; en esto consiste todo el
hombre” (Dent. 13,4). Vale decir, he ahi en qué con-
siste su fidelidad activa. Que é1 cumpla su parte, lo
demas lo hard Dios. La gracia se reserva esta esfera
de accion, y las maravillas que ella es capaz de obrar
sobrepasan toda la inteligencia del hombre. Pues ni el
ofdo oyé, ni el ojo vid, ni el coraz6n sintid lo que
Dios concibe en su idea, resuelve en su voluntad, eje-
cuta por su poder, en las almas que se abandonan a
El.
La parte pasiva de la santidad es todavia mucho
21mas facil, puesto que ella no consiste sino en aceptar
lo que las mas de las veces no se podria evitar, y en
sufrir con amor, vale decir con consolacién y suavi-
dad, lo que demasiado a menudo se sufre con rabia y
frustraci6n.
Una vez mas; he ahi toda la santidad. He ahi el
grano de mostaza cuyos frutos no se recogen, porque
no se sabe reconocerlo en su pequefiez. He ahf la
drama evangélica, el tesoro que no se encuentra por-
que se lo supone demasiado lejos para buscarlo.
No me preguntéis cual es el secreto para hallar
este tesoro. No existe tal secreto. Este tesoro esta por
todas partes; se ofrece a todos, en todo tiempo, en
todo lugar. Las criaturas amigas y enemigas lo derra-
man ante nosotros a manos Ilenas, y lo hacen desli-
zarse por todas las facultades de nuestros cuerpos y
de nuestras almas hasta el centro de nuestros corazo-
nes. Abramos nuestra boca, y se vera colmada. La
acci6n divina inunda el universo; penetra todas las
criaturas, sobrenada por encima de ellas; en todas
partes donde ellas estén, ahf esta; se les adelanta, las
acompana, las sigue; sdlo hay que dejarse Ievar por
sus ondas.
iQuiera Dios que los reyes y sus ministros, y los
principes de la Iglesia y del mundo, los sacerdotes,
los soldados, los habitantes de las ciudades y los del
campo, en una palabra, todos los hombres conozcan
cuan facil les serfa llegar a una eminente santidad!
No se trata para ellos de otra cosa que de cumplir
los meros deberes de su condicién de cristianos y de
22su estado, y de abrazar con sumision las cruces que
les estén anexas, sometiéndose con fe y amor al
orden de la Providencia en cuanto a todo lo que ince-
santemente se presenta para hacer o para sufrir, sin
que ellos lo busquen. Tal es la espiritualidad que san-
tificd a los patriarcas y a los profetas, antes de que se
hubieran propuesto tantos métodos, y hubiese tantos
maestros.! Es ésta la espiritualidad de todas las €po-
cas y para todos los estados que ciertamente no
podrian ser santificados de una manera mas alta, mas
extraordinaria, mas facil que mediante el simple
aprovechamiento de lo que Dios, el soberano director
de las almas, les da a hacer 0 a sufrir en cada momen-
to.
Nota:
Serfa malinterpretar el pensamiento del autor suponer que
quiere impulsar a las almas a internarse sin director por los cami-
nos del espiritu. El mismo afirma expresamente cn otra parte
que, para estar en condiciones de prescindir de un director, es
menester haber sido primero dirigido habilmente, y durante largo
tiempo. Mucho menos aun es su propésito apartar de las practi-
cas usadas, en la Iglesia para la extirpacién de los vicios y la
adquisicién de las virtudes. Lo que él quiere decir, y que nunca
sera suficientemente inculcado a los cristianos, es que la primera
de todas las direcciones es la conduccién por parte de la
Providencia, y que la mas necesaria y la mas santificantes de
todas las practicas es el cumplimiento fiel y la amorosa acepta-
cién de todo lo que esta paternal Providencia nos ordena hacer 0
suftir. (Nota del P. Henri Ramiére, S.J. a la edicién francesa.)
23Capitulo IV
La perfeccién no consiste en conocer el orden
de Dios, sino en someterse a él
El orden de Dios, el beneplacito de Dios, la volun-
tad de Dios, la accién de Dios, la gracia, son una sola
y misma cosa en esta vida. Es Dios que trabaja para
hacer al alma semejante a El. La perfeccidn no es otra
cosa que la cooperacién fiel del alma a este trabajo de
Dios. Este logro se produce en nuestras almas, se
acrecienta en ellas, se intensifica y se consume en
secreto y sin que ellas mismas lo sepan.
La teologia esta Ilena de concepciones y de expre-
siones que explican las maravillas de este logro en
cada alma, en toda su extensién. Puede uno conocer
todo esto especulativamente, hablar’ admirablemente
de ello, escribir sobre ello, instruir y dirigir las almas,
pero si sdlo se tiene esto en el espfritu es pura teorfa,
frente a las almas que se benefician con los resulta-
dos del orden de Dios y de su divina voluntad aunque
no dominen la teorfa de ello ni conozcan todas sus
partes ni puedan hablar acerca de ello, aquellos pri-
meros se hallan, yo dirfa, como un médico enfermo
frente a personas sencillas que gozan de perfecta
salud.
El orden de Dios, su divina voluntad, recibida con
sencillez por un alma fiel, obra en ella este resultado
divino sin que ella lo advierta, al modo como un
remedio tomado con docilidad obra la salud en un
24enfermo que no sabe nada de medicina ni precisa
saber. Asi como es el fuego el que calienta, y no la
filosoffa de la naturaleza ni el conocimiento de los
elementos y de sus efectos, asi también es el orden de
Dios, es Su voluntad, lo que genera la santidad en
nuestras almas, y no la curiosa especulaci6n acerca
de este principio y de esa realizacién. Cuando uno
tiene sed, para calmarla, ha de dejar los libros que
explican lo que son el agua y la sed, y ponerse a
beber. La curiosidad de saber no puede hacer otra
cosa que causar atin mas sed. Por eso, cuando alguien
estd sediento de santidad, la curiosidad de saber no
sirve sino para alejarlo de ella. Hay que dejar de lado
la especulacién y beber con sencillez todo lo que el
orden de Dios presenta en materia de acciones y de
sufrimientos. Lo que en cada momento nos ocurre
por disposicién de Dios, eso es lo que hay de mas
santo, de mejor y demas divino para nosotros.
Capitulo V
Las lecturas y los demas ejercicios s6lo nos
santifican en tanto son para nosotros
los canales de la accién de Dios
Toda nuestra ciencia consiste en conocer este
orden del momento presente. Toda lectura que se
25hace fuera del orden querido por Dios es perjudicial;
es la voluntad de Dios y su orden lo que es gracia, y
que obra en el fondo de nuestros corazones, tanto a
través de nuestras lecturas como de todas nuestras
demas obras. Sin este orden, las lecturas no son mas
que espejismos y apariencias vanas que, desprovistas
para nosotros de la virtud vivificante del orden de
Dios, s6lo sirven para vaciar el corazén, en raz6n de
la misma satisfaccién que dan a la mente.
Cuando esta divina voluntad se cuela en el alma
de una pobre jovencita ignorante, por medio de algu-
nos sufrimientos o de algunas acciones muy ordina-
rias y comunes opera en el fondo de su corazén ese
logro misterioso del ser sobrenatural, sin ocupar su
espiritu con idea alguna apta para ensoberbecerla;
mientras que en cambio el hombre soberbio que estu-
dia los libros espirituales solamente por curiosidad,
sin unir la voluntad de Dios a su lectura, no recibe
sino la letra muerta sin el espfritu, y se seca y se
endurece atin mas.
El orden de Dios, su divina voluntad, es la vida
del alma, cualquiera sea la apariencia bajo la cual el
alma se la aplique o la reciba.
Cualquiera sea la relacién que esta divina volun-
tad tenga con la inteligencia, ella nutre el alma, yla
hace crecer siempre, dindole lo que es mejor en cada
momento. No es concretamente esto 0 aquello lo que
produce esos felices efectos, sino simplemente lo que
constituye el designio de Dios en el momento pre-
sente. Aquello que era lo mejor hace un momento ya
26no lo es mas, porque ya no coincide con la voluntad
de Dios, que ahora se nos presenta bajo otras apa-
riencias, para hacer brotar el deber del momento pre-
sente, y es este deber, cualquiera sea la apariencia
que asuma, el que es al presente lo que hay de mas
santificante para el alma.
Si la divina voluntad nos presenta como un deber
presente el leer, entonces la lectura obra en el fondo
del alma el resultado misterioso. Si la divina volun-
tad nos hace dejar la lectura en funcién de un deber
de contemplacién actual, entonces este deber es el
que realiza en el fondo del coraz6n el hombre nuevo,
y la lectura serfa entonces perjudicial e indtil. Si la
divina: voluntad nos aparta de la contemplacién
actual, para aplicarnos a una ocupacién exterior, y
eso durante un tiempo considerable, este deber forma
a Jesucristo en el fondo del corazén, y toda la dulzu-
ra y suavidad de la contemplacién no serviria sino
para destruirlo.
Es el designio de Dios lo que constituye la pleni-
tud de todos nuestros momentos. Se va presentando
bajo mil apariencias diferentes, las cuales, al ir cons-
tituyendo sucesivamente nuestro deber presente, for-
man, hacen crecer y consuman en nosotros al hombre
nuevo, hasta la plenitud que la divina sabidurfa nos
ha destinado. Este misterioso crecimiento de la edad
de Jesucristo en nuestros corazones es el logro pro-
ducido por el designio de Dios: es el fruto de su gra-
cia y de su voluntad divina.
Este fruto, como ya lo hemos dicho, se produce,
27se acrecienta y se nutre por la sucesién de nuestros
deberes presentes, que la misma voluntad de Dios va
estableciendo. Cumpliendo estos deberes, estamos
siempre seguros de poseer la mejor parte. No hay
sino dejarla hacer, y abandonarse ciegamente a ella
con una confianza perfecta. Es infinitamente sabia,
infinitamente poderosa, infinitamente bienhechora
para las almas que esperan en ella totalmente y sin
reserva, que no aman y no buscan otra cosa que ella
misma, y que creen, con una fe y una confianza
inquebrantables, que lo que ella hace en cada
momento es lo mejor, sin buscar por otra parte lo mas
© menos, y sin detenerse a considerar los aspectos
concretos de los designios de Dios, la cual conside-
Tacién no es otra cosa que una pura btisqueda del
amor propio.
La voluntad de Dios es lo esencial, lo real y la vir-
tud de todas las cosas; es ella la que las ajusta y las
hace adecuadas al alma; sin ellh, todo es vacfo, nada,
mentira, vanidad, letra muerta, cdscara y muerte. La
voluntad de Dios es la salvacién, la salud, la vida del
cuerpo y del alma, cualquiera sea la apariencia que
ofrezca el tema al cual se aplica.
No hace falta, pues, tomar en consideracién las
relaciones que las cosas tienen con el espiritu y con
el cuerpo para juzgar de su virtud, puesto que estas
relaciones importan poco. Es la voluntad de Dios la
que da a las cosas, cualesquiera ellas sean, la eficacia
para formar a Jesucristo en el fondo de nuestros cora-
zones. No hay que poner en manera alguna normas a
28esta voluntad, ni sefialarle Ifmites, porque ella es
todopoderosa.
Tenga el espiritu las ideas que le plazca, sienta el
cuerpo lo que pueda, asf sean para el primero sola-
mente distracciones y turbaciones, y para el segundo
enfermedades y muertes, lo mismo esta divina volun-
tad es siempre, sin embargo, para el momento pre-
sente, la vida del cuerpo y del alma; pues en ultimo
término el uno y la otra, cualquiera sea el estado en
que se hallen, no se sostienen sino por ella. Sin ella el
pan es un veneno; con ella el veneno se convierte en
un remedio saludable. Los libros sin ella no hacen
sino cegar, mientras que con ella la confusin se con-
vierte en una luz. Ella constituye el todo, lo bueno y
lo verdadero de todas las cosas. En todo, ella nos da
a Dios, y Dios es el ser infinito que colma plenamen-
te al alma que lo posee.
Capitulo VI
La inteligencia y los demas medios humanos sélo
son ttiles en la medida en que sirven de
instrumento a la accién divina.
La mente, con todo lo que de ella depende, quiere
ocupar el primer lugar entre los medios divinos; hay
que reducirla al ultimo, como si se tratara de un
29esclavo peligroso, que no es de fiar. El coraz6n sen-
cillo, si sabe utilizarla, puede sacar de ella gran pro-
vecho; pero no es menos cierto que también puede
estorbar mucho, si no esté bien sujeta. Cuando el
alma se afana por los medios creados, la accién divi-
na le dice al coraz6n que ella sola le basta; cuando en
cambio quiere renunciar a destiempo a ellos, la
accién divina le dice que no son sino instrumentos
que no han de ser tomados ni dejados por sf mismos,
sino que hay que recibirlos de ella y adecuarlos con
sencillez al designio de Dios, usando de todo como si
no usdsemos de nada, estando privados de todo como
si nada nos faltase.
Puesto que la accién divina es de una plenitud sin
limites, no puede ella apoderarse de un alma sino en
tanto en cuanto esa alma esta vacia de toda confian-
za en su propia accion, pues tal confianza es una falsa
plenitud que excluye la acci6n divina.
He ahi el obstaculo que mas la detiene: el que
encuentra en el alma misma; pues en lo que atafie a
los obstéculos exteriores la accién divina sabe, cuan-
do le place, convertirlos en medios. Todo le sirve, y
al mismo tiempo todo le es igualmente intitil. Todo es
nada sin ella, y por ella la misma nada es todo. Sean
lo que fueren en sf mismas la meditaci6n, la contem-
placién, las oraciones vocales, el silencio interior, los
actos de las potencias ya sea sensibles, o distintos, 0
menos percibidos, el retiro 0 la accién, siempre lo
mejor de todo eso para el alma es todo lo que Dios
quiere en el momento presente, y el alma debe mirar
30todo eso con una perfecta indiferencia, como si no
fuese absolutamente nada.
Asf, no viendo sino a Dios en todas las cosas, el
alma debe tomarlas y dejarlas todas ellas segtin el
divino beneplacito, para no vivir ya, ni nutrirse, ni
esperar sino de esa Voluntad divina, y no de las cosas
que s6lo por Dios tienen alguna fuerza o virtud. Debe
decir en cada momento y frente a cada cosa 0 cir-
cunstancia lo que San Pablo: “Senor, {qué queréis
que haga?”. Y no esto 0 aquello, sino jtodo lo que
querdis!. El espiritu ama tal cosa, el cuerpo tal otra:
yo, Sefior, no quiero otra cosa que vuestra santa
Voluntad. La oracién, la accién, la plegaria vocal o
mental, en actos 0 silencio, en la fe oscura o en luces,
en distincién de especies 0 en gracia general, todo
eso, Sefior, es nada, pues vuestra Voluntad es lo tinico
que vale en todo ello. Ella sola es lo que constituye el
objeto de mi devocién, y no las cosas, por mas ele-
vadas y sublimes que sean, porque es la perfeccion
del corazon y no del espfritu o de la mente lo que
constituye el término de la gracia.
La presencia de Dios que santifica nuestras almas
es esa inhabitacién de la Trinidad que se da en el
fondo de nuestros corazones, cuando éstos se some-
ten a la divina Voluntad; pues la presencia de Dios,
que se concreta por el acto de la contemplacién, no
realiza en nosotros esta union intima de otra manera
que como todas las demas cosas que pertenecen al
designio de Dios. Tiene empero el primer lugar entre
ellas, porque es el medio excelente para unirse a
31Dios, cuando la divina Voluntad ordena que se haga
uso de él.
No hay pues nada que no sea legitimo en la esti-
ma y el amor que tenemos por la contemplacién y los
demas ejercicios de piedad, con tal que esta estima y
este amor se remonten integramente al Dios infinita-
mente bueno que ciertamente quiere servirse de estos
medios para darse a nuestras almas. Al recibir al
séquito de un principe se recibe al mismo principe, y
seria hacerle una grave injuria no demostrar ningtin
aprecio por sus ministros, so pretexto de apreciarlo
sélo a él.
Capitulo VII
No hay paz estable sino en la sumisién
a la accién divina
El alma que no se adhiere tinicamente a la
Voluntad de Dios, tampoco encontrar su contento ni
su santificacién en los diversos medios que podra
probar y ni siquiera en los ejercicios mas excelentes.
Si lo que Dios mismo elige para vosotros no os basta,
qué otra mano podra serviros mejor que la suya? Si
os disgusta un manjar que la mismisima divina
Voluntad ha preparado, {qué alimento no resultard
insipido para un gusto tan depravado? Un alma no
32puede ser verdaderamente nutrida, fortificada, purifi-
cada, enriquecida, santificada sino por esta plenitud
del momento presente. ¢Qué mas queréis entonces?
Puesto que hallais allf todos los bienes, ,por qué bus-
carlos en otra parte? ¢O acaso tenéis mejor juicio que
Dios? Puesto que El ordena que ocurra asi, ,podrais
desear que fuese de otra manera? {,Acaso su sabiduria
y su bondad pueden engafiarse? Desde el momento
en que ellas hacen o disponen una cosa, {no debéis
estar plenamente convencidos de que ella es excelen-
te? ,O pensais encontrar la paz poniéndoos a luchar
con el Todopoderoso? ,Acaso no es, por el contrario,
esta lucha -que renovamos con demasiada frecuencia
y casi sin confesdrnoslo a nosotros mismos- lo que es
la causa de todas nuestras agitaciones?
Justo es, en verdad, que el alma que no se satisfa-
ce con la plenitud divina del momento presente sea
castigada con la impotencia para hallarse contenta
con cualquiera otra cosa. Si los libros, los ejemplos
de los santos, los discursos espirituales quitan la paz;
si Henan sin saciar, ello es una sefial de que uno se ha
apartado del puro abandono a la accién divina y llena
el alma con esas cosas buscadas por ellas mismas, y
no en tanto en cuanto responden a la Voluntad de
Dios. Su plenitud entonces cierra la entrada a Dios, y
hay que vaciarse de ellas como de otros tantos obsta-
culos a la gracia. Cuando en cambio es la accion divi-
na la que dispone estas cosas, entonces el alma las
recibe como todo lo demas, vale decir como designio
de Dios. Las deja tales como son, y solo toma de ellas
33el simple uso para ser fiel a lo que Dios en ese
momento quiere, y una vez que el momento de los
pensamientos y discursos ha pasado, los abandona
para contentarse con el momento siguiente. Pues no
hay en efecto, que sea verdaderamente bueno para
mf, sino la accién emanada del designio de Dios. En
ninguna parte puedo encontrar otro medio, por bueno
que sea en sf mismo, que sea mas apropiado para mi
santificacién y mas apto para darme la paz.
Capitulo VIII
La perfeccién de las almas y la excelencia de
los diversos estados se miden segun la
fidelidad al designio de Dios
EI orden querido por Dios da a todas las cosas,
para el alma que a él se conforma, un valor sobrena-
tural y divino todo lo que tal designio impone, todo
lo que él encierra, y todos los objetos a los cuales se
extiende se convierten en santidad y perfeccién, pues
su virtud no tiene limites; diviniza todo lo que toca.
Pero, para no desviarse ni hacia un lado ni hacia
el otro, es menester que el alma no siga ninguna ins-
piracién que ella crea haber recibido de Dios, antes
de haberse asegurado de que esta inspiracién no se
aparta de los deberes propios de su estado. Pues estos
deberes son la manifestacién mas cierta del orden de
34Dios, y nada debe preferirseles; alli no hay nada que
temer, nada que excluir, nada que distinguir. Los
momentos dedicados al cumplimientos de sus debe-
res son para el alma los mas preciosos y los mas salu-
dables, por eso mismo de que le dan la certeza indu-
dable de que estd cumpliendo el beneplacito de Dios.
Toda la virtud de lo que se Ilama santo reside en
esta conformidad con el designio de Dios; por eso no
hemos de rechazar nada, ni buscar nada, sino tomar
todo lo que viene de su mano, y nada sin El. Los
libros, los consejos de los sabios, las oraciones voca-
les, los afectos interiores, si el designio de Dios los
dispone, todo eso instruye, dirige, une. Se equivoca
el quietismo cuando desdefia esos medios y todo lo
sensible, pues hay almas a las que Dios quiere hacer
caminar siempre por esta via, y sus estados y sus
atractivos lo denotan con bastante claridad. En vano
imagina uno maneras de abandono de las que quede
excluida toda la actividad propia; cuando el designio
divino mueve a obrar, la santidad esta en la actividad.
Ademis de los deberes que a cada uno impone su
estado, Dios puede aun pedir determinadas acciones
que no se hallan incluidas en tales deberes, aunque en
manera alguna les sean opuestas. El atractivo y la
inspiracién son entonces la sefial del orden divino, y
lo mas perfecto para las almas que Dios asf conduce
consiste en afiadir a las cosas mandadas las cosas ins-
piradas, pero con las precauciones que la inspiracion
exi-ge para no afectar con ello a los deberes de esta-
do ni a las cosas que son del orden de la pura
35Providencia.
Dios forma a los santos como a El le place; es su
designio el que los conforma a todos y todos estan
sujetos a este designio divino. Esta sumisién es el
verdadero abandono, y el mas perfecto.
El cumplimiento de los deberes de estado y la
aceptacién de las disposiciones de la Providencia, he
ahi el comtin denominador de todos los santos. Viven
ocultos en la oscuridad, pues el mundo es tan funes-
to que ellos evitan sus escollos, pero no es en eso en
lo que hacen consistir su santidad; ésta se cifra toda
entera en su sumision a los designios de Dios. Cuanto
mas absoluta se hace esta sumisién, mas se santifi-
can. No hay que creer que aquellos en quienes Dios
hace brillar las virtudes a través de acciones singula-
res y extraordinarias, y de atractivos e inspiraciones
libres de toda sospecha, vayan por eso menos por la
via del abandono, Desde el momento en que la vo-
luntad de Dios les pone delante como un deber esas
obras espectaculares, no estarfan realmente abando-
nados a Dios y a ésa su Voluntad, y ella no serfa
realmente duefia de todos sus momentos y éstos no se
identificarfan con la Voluntad de Dios, si los tales se
contentasen con los deberes de su estado y las cosas
de pura Providencia. Es preciso que se extiendan y se
midan segtin la extensién de los designios de Dios,
en ese camino que les es intimado por el atractivo. Es
preciso que miren esa inspiracién como un deber, y
que le sean fieles. Y asi como hay almas para las cua-
les todo el deber esta sefialado por una ley exterior, y
36que deben mantenerse dentro de esos limites, porque
el beneplacito de Dios las encierra en ellos, asf tam-
bién es preciso que estas otras, ademas del deber
exterior, sean también fieles a esa ley interior que el
Espiritu Santo graba en sus corazones.
Pero {quiénes son los mas santos? Es pura y vana
curiosidad tratar de saberlo, Cada cual debe seguir el
camino que le ha sido trazado. La perfeccién consis-
te en someterse plenamente al orden de Dios, y no
dejar escapar nada de cuanto en él se halla de mas
perfecto. La comparacién de los diversos estados
considerados en sf mismos no nos sirve de nada, ya
que no es en la cantidad ni en la calidad de las cosas
ordenadas en donde hay que buscar la santidad. Si el
amor propio es el principio que nos mueve a obrar, 0
si no lo rectificamos cuando nos damos cuenta de sus
manejos, seremos siempre pobres en la abundancia
que no proviene del designio de Dios. Empero, para
decidir en cierta manera la cuestién, pienso que la
santidad esta en relacién directa con el amor que se
tiene al beneplacito de Dios, y que cuanto mas se
aman esa Voluntad y ese designio, cualquiera fuera la
naturaleza de que concretamente ordenan, mas hay
allf de santidad. Y esto se ve en Jestis, en Maria y en
José; pues, en sus vidas particulares, hay mas de
amor que de grandeza, mas de forma que de materia.
Y no se escribe que estas personas tan santas hayan
buscado la santidad de las cosas, sino sencillamente
la santidad en las cosas.
Preciso es pues concluir que no hay una via en
37particular que sea la mas perfecta, sino que lo mas
perfecto, en general, es la sumisién a la Voluntad de
Dios, ya sea en el cumplimiento de los deberes exte-
riores, ya en las disposiciones interiores.
Creo que si las almas que tienden seriamente a la
santidad fuesen instruidas acerca de esta conducta
que deben tener, se ahorrarfan muchos trabajos y su-
frimientos. Lo mismo digo de las personas del mun-
do y de las almas entregadas a la divina Providencia.
Si las primeras supiesen el mérito que se esconde en
las cosas que tienen a la mano en cada momento,
quiero decir en sus deberes cotidianos y en las accio-
nes ordinarias de su estado; si las segundas pudieran
persuadirse de que el fondo de la santidad consiste en
las cosas de las que no hacen caso, y que incluso mi-
ran como si les fuesen ajenas; si unas y otras com-
prendieran que, para elevarse al mas alto grado de la
perfeccion, las cruces providenciales, que su estado
les proporciona a cada momento, les abren un cami-
no mucho mas seguro y mas corto que los estados y
obras extraordinarios; si comprendieran que la verda-
dera piedra filosofal es la sumisién a la Voluntad de
Dios, que cambia en oro divino todas sus ocupacio-
nes, sus dificultades, sus sufrimientos jcudn dichose
serian! {Qué consolacién y qué animo sacarfan de
esta consideracion de que, para adquirir la amistad de
Dios y todas las glorias del cielo, no hay que hacer
otra cosa que lo que hacen, ni sufrir mas que lo que
sufren; que eso que ellas desperdician, y que no tie-
nen en cuenta, bastarfa para alcanzarles una santidad
38eminente!
{Cuanto desearia yo, oh Dios mio, ser el misione-
ro de esta santa Voluntad, y ensefiar a todos que nada
hay tan facil, ni tan comin, ni tan presente en las ma-
nos de todos como la santidad! j;Cémo quisiera poder
hacerles comprender bien que, asi como el buen y el
mal ladrén no diferfan en lo que tenfan que hacer y
que sufrir para hacerse santos, de igual manera dos
almas, de las cuales una es mundana y la otra interior
y espiritual, no tienen mas que hacer y que sufrir la
una que la otra, y aquella que se santifica adquiere la
felicidad eterna haciendo por sumisi6n a vuestra Vo-
luntad eso mismo que la otra que se condena hace por
seguir su fantasia, mientras que esta Ultima se conde-
na sufriendo con pesar y con rezongos eso mismo
que la que se salva soporta con resignaci6n! Es pues
la disposici6n interior, el corazén, lo tnico que es
diferente.
jOh, amadas almas que esto leéis!, no os costaré
mas (tender a la santidad): haced lo que ahora hacéis,
sufrid lo que ahora sufris,; sdlo se trata de que cam-
biéis el coraz6n. Lo que se entiende por corazon es la
voluntad, la disposicién interior. Este cambio consis-
te pues en querer lo que nos llega por designio de
Dios. Sf, la santidad del corazén es un simple fiat,
una sencilla disposicién de la voluntad conformando-
se con la de Dios: {que puede haber mas facil? Pues
¢quién no podra amar una Voluntad tan amable y tan
buena? Amémosla pues, y por ese solo amor todo en
nosotros se tornara divino.
39Capitulo IX
Todas las riquezas de la gracia son el fruto de
la pureza de corazén y del perfecto abandono
Aquel pues que quiere gozar de la abundancia de
todos los bienes no tiene que hacer sino una cosa:
purificar su coraz6n, desapegarse de las criaturas y
abandonarse enteramente a Dios. En esta pureza y
este abandono encontrara todas las cosas. {Qué los
demas, Sefior, os pidan toda clase de dones, multipli-
cando sus palabras y sus ruegos; en lo que a mi toca,
Dios mio, no os pido sino un tinico don, y no tengo
mas que esta sola stiplica para haceros: Dame, Sejior.
un corazén puro! jOh corazén puro, qué dichoso
eres! Pues ves a Dios en Si mismo, por la vivacidad
de tu fe. Lo ves en todas las cosas y lo ves en todo
momento, obrando dentro y fuera de ti. Eres en todo
su stibito y su instrumento. El te conduce en todo y te
conduce a todo. Las mas de las veces ni siquiera
piensas en ello, pero El piensa por ti. Lo que te ocu-
tre y debe ocurrirte en virtud de su designio, basta
con que lo desees; El oye tu preparacién. En tu salu-
dable ceguera, si tratas de discernir en ti mismo este
deseo, no lo ves. Pero El si lo ve bien. ;Qué simple
eres! {Ignoras acaso lo que es un corazén en el que
se halla Dios. Al ver en ese corazon sus propias incli-
naciones, Dios sabe bien que siempre permanecera
sumiso a sus designios. Sabe también que apenas sf
sabes lo que te es itil, y por eso El mismo se ocupa
40de dartelo. Poco le importa si para ello te contrarfa:
pensabas ir al Oriente, y te conduce a puerto. Sin
conocer mapas, ni rutas, ni vientos, ni marea, con El
no haces sino viajes felices. Si los piratas surgen y
aumentan ante ti, un inesperado golpe de viento te
pone en un instante fuera de su alcance.
jOh, buena voluntad!, joh coraz6n puro!, cudn
bien supo Jestis ponerte en tu lugar cuando te colocé
entre las bienaventuranzas! {Qué felicidad hay mas
grande que la de poseer a Dios al mismo tiempo que
somos reciprocamente posefdos por El? jEstado deli-
cioso y Ileno de encanto! En él duerme uno apacible-
mente en el regazo de la Providencia; en él juega ino-
centemente con la divina Sabiduria, sin inquietarse
por la travesfa, que no sufre interrupcién alguna y
que, a través de los escollos y de los piratas y entre
las continuas tormentas, se cumple siempre de la
manera mas féliz.
jOh, corazon puro! jOh, buena voluntad!, eres la
Unica base y fundamento de todos los estados espiri-
tuales. Es a ti que son dados los dones de la pura fe,
de la pura esperanza, de la pura confianza y del puro
amor, y es por ti que tales dones aprovechan. Eres el
trono sobre el cual se injertan las flores del desierto,
quiero decir esas gracias preciosas que solamente se
ven florecer en esas almas enteramente desapegadas,
en las que Dios como en un paraje deshabitado, cons-
tituye su morada, con exclusién de todo otro objeto.
Eres esa fuente fecunda de donde parten todos los
arroyos que vienen a regar el vergel del esposo y el
41jardin de la esposa. Y tienes pleno derecho a decir a
todas las almas: “Miradme bien, soy yo quien produ-
ce el amor hermoso, ese amor que discierne lo que
hay de mejor para allf detenerse; yo quien hace nacer
ese temor suave y eficaz, que da el horror al mal y
hace evitarlo sin turbacién; yo quien hace que se
abran las hermosas nociones que nos descubren las
grandezas de Dios y el valor de la virtud que lo
honra; yo, por ultimo, de donde se elevan esos
ardientes deseos, animados sin cesar por una espe-
ranza santisima, que hace practicar constantemente el
bien en espera de ese divino objeto cuyo gozo debe
constituir un dia, como ahora pero de una manera
mucho mas deliciosa, la felicidad de las almas fie-
les”.
Puedes invitarlas a todas a reunirse junto a ti -joh,
coraz6n puro!, joh, buena voluntad!- para enrique-
cerse con tus inagotables tesoros. Todos los estados,
y todos los caminos espirituales, a ti se reducen. Y es
en ti donde toman lo que tienen de bueno, de atra-
yente, de encantador; de ti lo sacan como de una
fuente. Esos frutos maravillosos de gracias y de vir-
tudes de toda clase que vemos brotar por todas par-
tes, en tales caminos, y de los que se nutren quienes
por ellos andan, no son sino productos de tu tronco.
Sobre tus tierras es donde manan los rios de miel; tus
pechos son los que destilan la leche; en tu seno es
donde se recoge el ramillete de mirto, y es sobre tus
dedos donde se ve correr, en toda su pureza, el licor
que de ti mana como de un lagar.
42;Animo pues, queridas almas, corramos y vole-
mos a este mar de amor que nos llama! {Qué espera-
mos? Vayamos ya mismo; vamonos a perdernos en
Dios, en su mismo Coraz6n, para embriagarnos de su
caridad. Encontraremos en ese Corazon la Ilave de
los celestiales tesoros. Emprendamos ya nuestra ruta
hacia el cielo. No hay lugar tan secreto a donde no
podamos penetrar. Nada nos estara cerrado, ni el
jardin, ni la bodega, ni la vita. Si queremos respirar
el aire del campo, sdlo de nosotros dependera el
encaminar hacia alli nuestros pasos; finalmente, ire-
mos y vendremos, entraremos y saldremos a nuestra
guisa, con esta Ilave de David, con esta Ilave de la
ciencia, con esta lave del abismo en donde estan
encerrados los tesoros escondidos y profundos de la
Sabidurfa divina. Es asimismo con esta divina Ilave
con la que se abren las puertas de la muerte mistica y
de sus sagradas tinieblas. Mediante ella es como se
desciende a los lagos profundos y a la fosa de los leo-
nes. Ella es la que empuja a las almas a esas carceles
oscuras para luego sacarlas de alli sanas y salvas.
Ella es la que nos introduce en esa feliz regi6n donde
la inteligencia y la luz ponen su morada, donde el
Esposo toma al fresco la siesta del mediodfa, y donde
revela a sus fieles esposas los secretos de su amor.
jOh divinos secretos, que no es licito revelar y que
ninguna boca mortal puede expresar!.
;Amemos pues, queridas almas! Todos los bienes,
para enriquecernos, no esperan sino al amor. El amor
da la santidad, da todo lo que la acompaiia; ella esta
43a su izquierda y a su derecha, para hacerla manar por
todas partes en los corazones abiertos a todas las
divinas efusiones. jOh divina semilla de la eternidad,
jamds serds suficientemente elogiada! Mas por qué
hablar tanto de ti? Mejor es poseerte en el silencio,
que alabarte con meras palabras. {Qué estoy dicien-
do? Es preciso alabarte, pero no es posible hacerlo
sino en la medida en que se esta posefdo por ti. Pues,
desde el momento en que tomas posesién de un
coraz6n, para él leer, escribir, hablar, obrar, o hacer
todo lo contrario, son una y la misma cosa. No se
desea nada, ni se evita nada; se es anacoreta 0 apés-
tol, sano o enfermo, simple o elocuente; en una pala-
bra, se es todo aquello que tt, amor divino, quieres
que sea. Lo que tti dictas al corazon, éste, tu fiel eco,
lo repite a las demas facultades. Pues en este com-
puesto material y espiritual que te dignas mirar como
tu reino, es el corazén el que reina soberano bajo tus
auspicios, y como no tiene ya otros instintos que
aquellos que tt le inspiras, todo objeto le place en
cuanto que eres tu quien se lo ofrece. Mientras que
aquellos otros objetos que la naturaleza o el demonio
quisieran sustituir a los que tu le presentas, no hacen
sino disgustarlo y sdlo le causan horror. Y si alguna
que otra vez permites que se deje sorprender por
ellos, no es sino para hacerlo mas sabio y mas humil-
de; pero desde el momento en que reconoce su ilu-
sion se vuelve a ti con mas amor, y se une a ti con
mas fidelidad.
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