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Caussale Tratado Sobre El Santo Abandono

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J. P. de Caussade, S.J. TRATADO DEL SANTO ABANDONO A LA PROVIDENCIA DIVINA APOSTOLADO MARIANO Recaredo, 44 SEVILLA ISBN: 84-7770-402-3 D.L. Gr: 700-98 Impreso en Azahara S| Printed in Spain Impreso en Espaiia PRESENTACION Jean-Pierre de Caussade nacié el 7 de marzo de 1675 en la regién de Quercy (Francia) y a los diecio- cho aifios, llevando ya acabados, a tan temprana edad, sus estudios de humanidades y de filosofia, el 16 de abril de 1693 ingresé en el noviciado de la Compafia de Jestis en Toulouse. Aun no habia hecho sus votos cuando se le confié, en octubre de 1694, una clase de gramatica en el colegio de Auch, célebre por sus estudios humanjsticos. De ahi en mas, y durante muchos aiios, este hombre que amaba el recogimien- to y la paz interior se verfa siempre cargado de ocu- paciones exteriores, principalmente clases de huma- nidades y de filosoffa, con frecuentes traslados de un colegio a otro de los varios que la Compaiiia tenia en la regi6n. Comienza en 1702 sus estudios de teologia en la Universidad de Toulouse, y a finales de 1704 es ordenado sacerdote, obteniendo al afio siguiente su doctorado en teologia. Tras la Tercera Probacién bajo la direccién del P. Godounéche, su Profesion solem- ne hecha el 15 de agosto de 1708 no traera al parecer ningtin cambio en su actividad exterior: durante doce afios mds seguird pasando de un colegio a otro, ensefiando unas veces griego y otras filosofia, pero 5 su condicién sacerdotal agrega ahora a esas tareas otras responsabilidades -confesor de los alumnos, prefecto espiritual de la casa, director de congrega- ciones internas en los Colegios, predicador en la ciu- dad- que lo van preparando para su verdadera voca- cién: la direccién de las almas. Sélo hacia el afio 1720 se vera libre de tareas docentes y dedicado mas intensamente a la predica- ci6n, a la direccién espiritual de religiosas, y también forma parte, al menos durante algunos afios, de un equipo de jesuitas dedicados a las misiones urbanas para reavivar en ciudades y aldeas el fervor y la pie- dad popular. No obstante la absoluta solidez de su doctrina, no le faltan en aquellos afios oposiciones y contradicciones, en una atmésfera aun enrarecida por el jansenismo y donde por otra parte la condenacién, en 1699, de Fénelon y su pretendido quietismo no habfan hecho sino exacerbar las polémicas entre los maestros de la vida espiritual. Sin embargo, en 1733 lo hallamos en Lorena como director de la Casa de Ejercicios fundada en Nancy pocos afios antes, y con una actividad muy intensa en la direccién espiritual de las religiosas del monasterio local de la Visitacién, que son las que han conservado y transmitido para la posteridad la mayor parte de sus escritos. En 1740 pasa a Perpignan como rector del Colegio que los jesuitas tienen alli, y en esa ciudad se imprimen, al afio siguiente, sus Instrucciones espirituales. Tras haber sido luego superior en Albi, el P. de Caussade muere en Toulouse en 1751, a los 77 afios. 6 EI presente Tratado no salié de la pluma de su autor en la forma en que hoy lo conocemos. Su ori- gen se halla en varias colecciones de cartas -que muchas veces constituyen verdaderos tratados sobre determinados temas- escritas por el P. de Caussade a diversas religiosas de la Visitacién que -como ya diji- mos-, el dirigia espiritualmente. Varias decenas de esas cartas, conservadas y copiadas segtin un ordena- miento tematico en los monasterios de dicha Orden, junto con fragmentos de platicas dirigidas por el mismo P. de Caussade a esas comunidades, constitu- yeron la base de la primera edicién que, con el titulo de L’abandon a la Providence divine envisagé comme le moyen le plus facile de sanctification, ouvrage inédit du R.P.J. Pierre de Caussade, publicd en Paris en 1861 el P. Henri Ramiére, S.J. con el edi- tor Régis Ruffet. El inmediato éxito alcanzado por esta edicién impuso la necesidad de hacer una segunda al afio siguiente. Para entonces, las Visitandinas de Nancy habjan hecho llegar al P. Pamiére otros dos cuader- nos, que contenian respectivamente 101 y 24 cartas. Requerido en ese momento por otras ocupaciones, el insigne promotor del Apostolado de la Oracién y de la devocién al Sagrado Corazén de Jestis no podia entonces realizar el trabajo de reelaboracién que la integracién de ese material hubiera requerido, y por ello opté por publicar en 1862 una reedicién abrevia- da dejando para mas adelante la edicién de esa correspondencia hasta ahi inédita. Nuevas ediciones 7 se sucedieron en 1863 y 1864, hasta que finalmente una quinta edicién, que vio la luz en 1867, com- prendia el Tratado nuevamente en su texto integro complementado con 128 cartas y precedido por un “Discurso del editor sobre el fundamento y la verda- dera naturaleza de la virtud de abandono para expli- car y defender la doctrina del P. de Caussade”. Este texto ha sido desde entonces reproducido en numero- sas ediciones, acompafiado 0 no por las Cartas (que separadamente, desde 1961, han sido publicadas en dos voltimenes de la Coleccién “Christus”, en Paris, bajo en titulo de Lettres spirituelles, en una edicién a cargo del P. Michel Olphe-Galliard, S.J.), y comple- tado a veces con un Apéndice - que omitimos en la presente edicién- que contiene una seleccién de tex- tos de San Francisco de Sales, Santa Juana Francisca de Chantal, Bossuet y el P. Surin relativos a la virtud del abandono. Hemos crefdo util conservar -por la especial afinidad que tiene con la Ofrenda diaria de los socios del Apostolado de la Oracién- el breve Acto de abandono compuesto por San José Pigna- telli, S.J., que junto con otros similares esta inclufdo en la edicién de 1964 que hemos utilizado para la presente traduccién. No creemos necesario emprender aqui una expo- sicién detallada de la doctrina del P. de Caussade ni de las controversias a que dio lugar en un momento muy particular de la historia de la espiritualidad como fueron en Francia los siglos XVII y XVIII. Hoy la situacién es muy distinta, y creemos que los 8 textos del P. de Caussade, con su prosa tersa y preci- sa, son lo suficientemente claros como para no dar lugar a interpretaciones equivocadas. Por ello, nos limitaremos a sefialar brevemente, para orientacién del lector, lo que podriamos Ilamar las ideas-claves -pocas y s6lidas, légicamente trabadas entre si- que constituyen lo esencial de una doctrina que, bien comprendida y vivida, basta por si misma, con la ayuda de la gracia que nunca falta, para asegurar la paz del alma atin en medio de las mayores tribulacio- nes, y para Ilevarla a la mayor santidad y perfeccion, siendo al mismo tiempo, por su sencillez, accesible a toda clase de personas y adecuada a todos los esta- dos. Una idea fundamental domina la doctrina espiri- tual del P. de Caussade: el abandono total y confiado en Dios, 0 sea el cumplimiento pleno -activo y pasi- vo- de su Voluntad sobre nosotros, tal como ella se vaya presentando en cada momento, a través de las circunstancias y de las criaturas que nos rodean, que a veces pueden a nuestra mirada superficial parecer- nos adversas pero sin embargo en el plan divino estan todas ordenadas a nuestro bien y a la gloria de Dios. Asi como las especies eucaristicas velan y ocultan la realidad de la presencia divina -y por eso la Euca- ristfa es un sacramentum, vale decir un misterio en el que las apariencias visibles velan y encubren otra realidad invisible- asi también los acontecimientos y circunstancias que van entretejiendo nuestra vida no escapan en ningtin caso a la amorosa disposicién de 9 la Providencia divina y bajo ellos, como bajo las especies sacramentales, se oculta esta realidad de la accién divina que nos va santificando, que va reali- zando en nosotros, si somos déciles y fieles, el disefio Unico e irrepetible que su amor de padre traz6 para cada uno desde toda la eternidad. Por eso sera una expresi6n muy cara al P. de Caussade hablar del “sacramento del momento presente” para referirse a todo ese conjunto de circunstancias cotidianas que en cada momento nos ponen frente a una obligacién, a un dolor, a una alegria inesperada 0 a un contratiem- po imprevisto, que nunca vienen por obra del azar ni de la mala voluntad de algunos, que aunque bien pue- den ser su causa inmediata, empero son siempre medios e instrumentos previstos en el plan del artffi- ce divino de nuestra santificaci6n. “Un alma santa -definira el P. de Caussade- no es sino un alma libremente sometida a la accién divina con la ayuda de la gracia”; “hay pues que amar en todo a Dios y su plan divino; hay que amarlo tal como se presenta, sin desear nada mas”. “Los deberes de cada momento son las sombras bajo las cuales se oculta la accién divina”. La santi- dad se reduce pues a una sola cosa: la fidelidad al orden de Dios. Y esta fidelidad esta por igual al alcance de todos, tanto en su practica activa (hacer la Voluntad de Dios) como en su ejercicio pasivo (acep- tar lo que Dios dispone). Por ello insistiré el P. Caussade en que ningtin estado y ningtin medio es de suyo indispensable para 10 la perfeccion y la santidad (ni el estado religioso, ni las largas oraciones, ni las lecturas espirituales, ni las practicas de penitencia, ni el ejercicio concreto de tales o cuales actos de virtud) y al mismo tiempo nin- guno la excluye (ni el cuidado de una familia, ni el desempefio de un oficio en el mundo, ni la falta de salud fisica 0 de estudios, etc., etc.). Pues todo ello son medios de los que hemos de usar en tanto en cuanto formen parte del plan de Dios sobre nosotros, y son escalones que han de ayudarnos a subir en la medida en que -aun bajo la apariencia de contradic- ciones y obstaculos- el designio amoroso de Dios los pone o los permite en nuestro camino. (Seflalemos aqui, de paso, la raiz netamente ignaciana de esta actitud: hemos de ser indiferentes ante las criaturas y las circunstancias- salud o enfermedad, riqueza o pobreza, honor o deshonor, vida larga 0 corta, etc.- queriéndolas 0 dejandolas solamente tanto cuanto nos ayudan o estorban para nuestro fin, que no es otro que dar gloria a Dios sometiendo totalmente nuestra voluntad a la Suya). Por lo demas, esta doctrina tiene su fundamento en el mas sélido e irrefutable sentido comtin. Pues, por una parte, con nada glorificaremos tanto a Dios como con reconocer nuestra condicién de criaturas cumpliendo lo mas exactamente posible su Voluntad. No es mejor intentar grandes empresas y acciones herdicas y espectaculares, si lo que Dios nos pide es una vida oculta y anénima buscando la perfeccidn en el cumplimiento fiel de los pequefios deberes cotidia- ia nos; ni viceversa, refugiarnos con pusilanimidad y so capa de humildad en esa oscuridad aparentemente segura, si en verdad el Sefior nos Ilamaba para cosas mas grandes, que El con su gracia nos ayudarfa a rea- lizar. En esto consiste la perfeccién -no es buscar concretamente esto 0 aquello- y no es otra cosa lo que Cristo nos ensefia, ya que todo a lo largo y ancho de los Evangelios resalta como su tnica preocupa- cién y objetivo el cumplir la Voluntad de su Padre: lta, Pater, quoniam sie fuit placitum, ante Te... Ego, quae placita sunt et facio semper... Meus cibus est, ut faciam Voluntatem eiud qui misit me... Non mea voluntas, sed Tua fiat... Por eso, la verdadera imita- cién de Cristo no consiste en hacer tales o cuales cosas, en vivir de tal o cual manera, sino ante todo en cumplir en nosotros su Voluntad, sea la que fuere. Y Por otra parte, hemos de tener bien en claro que esto no constituye en modo alguno lo que nuestros con- tempordneos intoxicados a veces de psicologismo Hamarian una alienacién, una limitacién a nuestra propia “realizacién” personal haciéndola claudicar ante ese plan de Dios sobre nosotros que nos vendria de fuera como una imposicién arbitraria y contraria quizd a nuestras propias aspiraciones. “Querrfas ir hacia el Oriente, y te lleva hacia Occidente”, escribe por ahi el P. de Caussade, para luego hacernos caer en la cuenta de que, si creemos de veras que Dios es nuestro Padre que nos ama con amor infinito y por lo tanto quiere para nosotros lo mejor; que es infinita- mente sabio, y por ende no puede equivocarse y ve 12 mucho mis alla de nuestros cortfsimos alcances; que es todopoderoso y nada escapa a su poder, nada suce- de fuera del plan de su Providencia, entonces pronto comprenderemos que no puede hacer para cada uno de nosotros, un “proyecto de vida” mejor que aquel que su paternal y amorosa Providencia esboz6 desde toda eternidad para cada uno, como un modelo tinico e irrepetible, y por ahi es por donde nos “realizare- mos” en plenitud, alcanzaremos nuestra propia per- feccién y nuestra mayor felicidad. Por eso, hallaremos plena y total paz, suceda lo que suceda dentro o fuera de nosotros, si compren- diendo todo esto y sabiendo que nada viene sino de la mano paternal de Dios y para nuestro bien, nos abandonamos confiados en el regazo de su Providencia. Nada ni nadie podra turbarnos, y aun aquellos que parecen afligirnos y perseguirnos, inclu- so los mds malvados y animados de las peores inten- ciones, estan trabajando para nosotros y para nuestra santificaci6n y se cumple siempre aquello de que “para los que aman a Dios, todo concurre a su bien”. En esta vida no vemos sino el revés de la trama, y asi como el operario que trabaja en un gran tapiz solo ve los puntos que anuda y al no conocer en ese momen- to el disefio total puede parecerlo castico el entrecru- zamiento de hilos y colores, asi también nos ocurre a nosotros ahora. Pero “todos esos puntos anudados forman figuras magnificas, que sd6lo apareceran cuando, una vez concluidas todas las partes, se expo- ne a la vista el lado derecho del tapiz’”. “Mientras 13 duré el trabajo” -vale decir, durante toda esta vida en que peregrinamos a tientas y muchas veces no alcan- zamos a comprender el designio divino- “toda esa belleza y esa maravilla permanecieron en la oscuri- dad”, Varios otros aspectos y facetas quedarian aun por sefialar en esta rica y sélida doctrina del P. de Caussade -vgr. el abandono que también debemos tener en cuanto a conocer lo que Dios obra en nues- tra alma o el grado de progreso espiritual alcanzado, © la comparaci6n entre nuestro propio camino y los de otros, y la indiferencia en cuanto a los medios que nos han de ayudar y la medida en que debemos usar- los- pero estimamos que con lo dicho basta para introducir al lector y le dejamos la tarea y el placer de ir descubriéndolos por si mismo. Libro Primero NATURALEZA Y EXCELENCIA DE LA VIRTUD DE ABANDONO Capitulo I La Fidelidad al orden de Dios ha hecho toda la santidad de los justos de la Antigua Ley, de San José y aun de la misma Maria Dios sigue hablando hoy como hablaba a nuestros padres, cuando no habia ni directores ni métodos. La fidelidad al orden querido por Dios constituia toda la espiritualidad, pero tal fidelidad no estaba codificada en un arte que la explicara de una manera tan subli- me ni tan detallada, ni que contuviese tantos precep- tos, instrucciones y maximas. Nuestras necesidades presentes lo exigen, sin duda. Mas no ocurria asf en los primeros tiempos, cuando se tenia mas rectitud y sencillez. En aquella época se reconocia que cada momento trae consigo un deber que hay que cumplir con fidelidad, y eso bastaba para los espirituales de entonces. Toda su atencién se concentraba en ello momento a momento, a semejanza de la aguja que marca las horas y que, cada minuto, reponte al espa- 15 cio que debe recorrer. El espiritu de aquellos hom- bres, movido sin cesar por el impulso divino, se encontraba insensiblemente orientado hacia el nuevo objeto que se ofrecfa a ellos, segtin Dios lo queria, a cada hora del dia. Estos, y no otros, eran los resortes ocultos de la conducta de Maria, la mas sencilla y la mds abando- nada a Dios de todas las criaturas. La respuesta que dio al angel cuando se contenté con decirle: Hdgase en mi segtin lo que has dicho, resumia toda la teo- logia mistica de sus antepasados. Todo se reducfa en ella, como se reduce hoy, al mas puro y mas simple abandono del alma a la voluntad de Dios, bajo cual- quier forma que ella se presentase. Esta hermosa y elevada disposicién, que consti- tufa todo el fondo del alma de Maria, resplandece admirablemente en esta sencillfsima palabra: Hadgase. Observad que esta en perfecta consonancia con aquellas que Nuestro Sefior quiere que tengamos sin cesar en la boca y en el coraz6n: Hdgase tu volun- tad. Es verdad que lo que se exigfa a Marfa, en ese momento célebre, era muy glorioso para ella. Pero todo el brillo de esa gloria no hubiera hecho impre- sidn alguna sobre ella, si la voluntad de Dios, tinica capaz de moverla, no hubiera puesto allf sus miras. Era esta divina voluntad la que la regia en todo. Asi fuesen sus ocupaciones comunes 0 relevantes, no eran a sus Ojos otra cosa que sombras, ya oscuras, ya brillantes, en todas las cuales hallaba igualmente oca- si6n de glorificar a Dios y de reconocer las operacio- 16 nes del Todopoderoso. Su espiritu, arrebatado de gozo, miraba todo lo que ella tenia que hacer 0 que padecer, en cada momento, como un don de Aquel ue colma de bienes los corazones de los que sdlo en El -y no en las criaturas ilusorias y aparentes- hallan su alimento. Capitulo II Los deberes de cada momento son las sombras bajo las cuales se oculta la accién divina. El poder del Altisimo te cubrird con su sombra, dijo el angel a Marfa. Esa sombra, tras la cual el poder de Dios se oculta para producir a Jesucristo en las almas, es lo que cada momento nos presenta en cuanto a deberes, atractivos y cruces. Pues todo ello no es, en efecto, otra cosa que som- bras, como aquellas a las que damos este nombre en el orden de la naturaleza y que se extienden sobre los objetos sensibles como un velo que nos lo oculta. Asi, en el orden moral y sobrenatural, los deberes de cada instante, bajo sus oscuras apariencias, ocultan la verdad del querer divino, tinico que merece nuestra atencion. Es asf como Maria los encaraba. Y asf esas sombras que se proyectaban sobre sus facultades, lejos de inducirla a engafio, colmaban su fe en Aquel que es siempre el mismo. Retirate, arcangel, no eres 17 sino una sombra; tu momento pasa fugaz, y desapa- reces. Maria te sobrepasa, pues ella siempre avanza. Tu has quedado lejos, pero el Espiritu Santo que acaba de penetrarla bajo la forma sensible de esta misi6n, no la abandonara jamas. Hay muy pocos rasgos extraordinarios en lo que se muestra al exterior de la Santfsima Virgen. Al menos no es eso lo que la Escritura destaca. Su vida Se nos representa en lo exterior como muy sencilla y comin. Ella hace y padece lo que hacen y padecen las demas personas de su condicién. Va a visitar a su prima Isabel como van las otras parientes. Se retira a un establo; es una consecuencia de su pobreza. Vuelve a Nazaret, de donde la habfa alejado la perse- cucion de Herédes, y allf vive con Jestis y José, que trabajan con sus manos. He ahi el pan cotidiano de la Sagrada Familia. Pero {de qué otro pan se nutria la fe de Maria y de José? {Cudl es el secreto de todos sus momentos? {Qué descubren en ellos bajo la aparien- cia comiin de los acontecimientos que los van Ilenan- do? Lo que se ve desde fuera es semejante a lo que ocurre a los demas; pero lo invisible que la fe descu- bre y discierne en ellos es nada menos que Dios obrando en ellos grandes maravillas. jOh pan de los angeles, mand celestial, perla evangélica, sacramento del momento presente! ; Tt nos das a Dios, bajo apa- riencias humildes como las del pesebre, el heno yla paja! Pero ga quiénes lo das? A los hambrientos colma de bienes (Le. 1,53), Dios, se revela a los pequefios en las cosas mas pequejias, mientras que 18 los grandes, quedandose en la corteza, no lo descu- bren ni siquiera en las cosas grandes. Capitulo III Cuanto mas facil se nos harfa la santidad si la encararamos desde este punto de vista Si la obra de nuestra santificaci6n nos ofrece difi- cultades en apariencia tan insuperables, ello se debe a que no sabemos hacernos de ella una idea adecua- da. En realidad, la santidad se reduce a una sola cosa: la fidelidad al orden de Dios. Y esta fidelidad esta por igual al alcance de todos, tanto en su practica activa como en su ejercicio pasivo. La practica activa de la fidelidad consiste en el cumplimiento de los deberes que nos imponen ya sea las leyes generales de Dios y de la Iglesia, ya sea el estado particular que hemos abrazado. Su ejercicio pasivo consiste en la aceptacion amorosa de todo lo que Dios en cada instante nos envia. {Cual de estos dos aspectos de la santidad esta por encima de nuestras fuerzas? No ciertamente la fideli- dad activa, puesto que los deberes que ella nos impo- ne cesan de ser tales desde el momento en que su cumplimiento est realmente por encima de nuestras fuerzas. Si nuestro estado de salud no nos permite asistir a Misa, no estamos obligados a ello. Y asf ocu- 19 tre con todos los deberes positivos, vale decir todos aquellos que prescriben determinados actos a reali- zar. Solamente no admiten excepcion alguna aquellos deberes que podrfamos llamar negativos, que prohi- ben cosas que son malas en si mismas, pues jamas seria posible que estuviera permitido hacer el mal. Nada hay pues mis facil ni mas razonable... {Qué excusa podriamos alegar?... Y sin embargo, esto es todo lo que Dios exige del alma en la obra de su san- tificacién. Lo exige de los grandes y de los pequeifios, de los fuertes y de los débiles; en una palabra: lo exige de todos, en todo tiempo y en todo lugar. Es pues verdad que no pide de nuestra parte otra cosa que lo que es factible y facil, puesto que basta con mantener esta actitud fundamental tan sencilla para llegar a una eminente santidad. Si, mas alld de los mandamientos, Dios nos mos- trase los consejos como un fin mas perfecto a alcan- zar, cuida El siempre de acomodar la practica de los mismos a nuestra situacién y a nuestro cardcter, Nos da, como signo principal de nuestra vocacién a seguirlos, los atractivos de la gracia que nos facilitan su practica. No mueve a cada uno sino en la medida de sus fuerzas y en la direccién de sus aptitudes. Una vez mas {qué podriamos imaginar mas equitativo y justo? jOh vosotros todos, los que tendéis a la perfeccién y estdis tentados de desalentaros a la vista de lo que leéis en la vida de los Santos, y de lo que algunos libros de piedad prescriben; vosotros, los que os ago- 20 bidis a vosotros mismos con las ideas terribles que os formdis de la perfeccién!, para vuestra consolacién es que quiere Dios que yo escriba esto. Aprended lo que parecéis ignorar. Este Dios de bondad ha hecho faciles y expeditas todas las cosas necesarias y comunes en el orden natural, tales como el agua, el sol y la tierra. Nada mas necesario que la respiracién, el suefo, el alimen- to; pero también nada mis facil. El amor y la fideli- dad no son menos necesarios en el orden sobrenatu- ral; por tanto es preciso que la dificultad para adqui- rirlos no sea tan grande como algunos la imaginan. Mirad vuestra vida: de qué se compone? De una multitud de acciones de bien poca trascendencia. Pues bien, Dios quiere ciertamente contentarse con estas cosas tan intrascendentes. En la parte que corresponde al alma, en la obra de la perfeccién. Dios mismo nos lo dice demasiado claramente para que puedan aun quedarnos dudas: “Temed a Dios y observad sus mandamientos; en esto consiste todo el hombre” (Dent. 13,4). Vale decir, he ahi en qué con- siste su fidelidad activa. Que é1 cumpla su parte, lo demas lo hard Dios. La gracia se reserva esta esfera de accion, y las maravillas que ella es capaz de obrar sobrepasan toda la inteligencia del hombre. Pues ni el ofdo oyé, ni el ojo vid, ni el coraz6n sintid lo que Dios concibe en su idea, resuelve en su voluntad, eje- cuta por su poder, en las almas que se abandonan a El. La parte pasiva de la santidad es todavia mucho 21 mas facil, puesto que ella no consiste sino en aceptar lo que las mas de las veces no se podria evitar, y en sufrir con amor, vale decir con consolacién y suavi- dad, lo que demasiado a menudo se sufre con rabia y frustraci6n. Una vez mas; he ahi toda la santidad. He ahi el grano de mostaza cuyos frutos no se recogen, porque no se sabe reconocerlo en su pequefiez. He ahf la drama evangélica, el tesoro que no se encuentra por- que se lo supone demasiado lejos para buscarlo. No me preguntéis cual es el secreto para hallar este tesoro. No existe tal secreto. Este tesoro esta por todas partes; se ofrece a todos, en todo tiempo, en todo lugar. Las criaturas amigas y enemigas lo derra- man ante nosotros a manos Ilenas, y lo hacen desli- zarse por todas las facultades de nuestros cuerpos y de nuestras almas hasta el centro de nuestros corazo- nes. Abramos nuestra boca, y se vera colmada. La acci6n divina inunda el universo; penetra todas las criaturas, sobrenada por encima de ellas; en todas partes donde ellas estén, ahf esta; se les adelanta, las acompana, las sigue; sdlo hay que dejarse Ievar por sus ondas. iQuiera Dios que los reyes y sus ministros, y los principes de la Iglesia y del mundo, los sacerdotes, los soldados, los habitantes de las ciudades y los del campo, en una palabra, todos los hombres conozcan cuan facil les serfa llegar a una eminente santidad! No se trata para ellos de otra cosa que de cumplir los meros deberes de su condicién de cristianos y de 22 su estado, y de abrazar con sumision las cruces que les estén anexas, sometiéndose con fe y amor al orden de la Providencia en cuanto a todo lo que ince- santemente se presenta para hacer o para sufrir, sin que ellos lo busquen. Tal es la espiritualidad que san- tificd a los patriarcas y a los profetas, antes de que se hubieran propuesto tantos métodos, y hubiese tantos maestros.! Es ésta la espiritualidad de todas las €po- cas y para todos los estados que ciertamente no podrian ser santificados de una manera mas alta, mas extraordinaria, mas facil que mediante el simple aprovechamiento de lo que Dios, el soberano director de las almas, les da a hacer 0 a sufrir en cada momen- to. Nota: Serfa malinterpretar el pensamiento del autor suponer que quiere impulsar a las almas a internarse sin director por los cami- nos del espiritu. El mismo afirma expresamente cn otra parte que, para estar en condiciones de prescindir de un director, es menester haber sido primero dirigido habilmente, y durante largo tiempo. Mucho menos aun es su propésito apartar de las practi- cas usadas, en la Iglesia para la extirpacién de los vicios y la adquisicién de las virtudes. Lo que él quiere decir, y que nunca sera suficientemente inculcado a los cristianos, es que la primera de todas las direcciones es la conduccién por parte de la Providencia, y que la mas necesaria y la mas santificantes de todas las practicas es el cumplimiento fiel y la amorosa acepta- cién de todo lo que esta paternal Providencia nos ordena hacer 0 suftir. (Nota del P. Henri Ramiére, S.J. a la edicién francesa.) 23 Capitulo IV La perfeccién no consiste en conocer el orden de Dios, sino en someterse a él El orden de Dios, el beneplacito de Dios, la volun- tad de Dios, la accién de Dios, la gracia, son una sola y misma cosa en esta vida. Es Dios que trabaja para hacer al alma semejante a El. La perfeccidn no es otra cosa que la cooperacién fiel del alma a este trabajo de Dios. Este logro se produce en nuestras almas, se acrecienta en ellas, se intensifica y se consume en secreto y sin que ellas mismas lo sepan. La teologia esta Ilena de concepciones y de expre- siones que explican las maravillas de este logro en cada alma, en toda su extensién. Puede uno conocer todo esto especulativamente, hablar’ admirablemente de ello, escribir sobre ello, instruir y dirigir las almas, pero si sdlo se tiene esto en el espfritu es pura teorfa, frente a las almas que se benefician con los resulta- dos del orden de Dios y de su divina voluntad aunque no dominen la teorfa de ello ni conozcan todas sus partes ni puedan hablar acerca de ello, aquellos pri- meros se hallan, yo dirfa, como un médico enfermo frente a personas sencillas que gozan de perfecta salud. El orden de Dios, su divina voluntad, recibida con sencillez por un alma fiel, obra en ella este resultado divino sin que ella lo advierta, al modo como un remedio tomado con docilidad obra la salud en un 24 enfermo que no sabe nada de medicina ni precisa saber. Asi como es el fuego el que calienta, y no la filosoffa de la naturaleza ni el conocimiento de los elementos y de sus efectos, asi también es el orden de Dios, es Su voluntad, lo que genera la santidad en nuestras almas, y no la curiosa especulaci6n acerca de este principio y de esa realizacién. Cuando uno tiene sed, para calmarla, ha de dejar los libros que explican lo que son el agua y la sed, y ponerse a beber. La curiosidad de saber no puede hacer otra cosa que causar atin mas sed. Por eso, cuando alguien estd sediento de santidad, la curiosidad de saber no sirve sino para alejarlo de ella. Hay que dejar de lado la especulacién y beber con sencillez todo lo que el orden de Dios presenta en materia de acciones y de sufrimientos. Lo que en cada momento nos ocurre por disposicién de Dios, eso es lo que hay de mas santo, de mejor y demas divino para nosotros. Capitulo V Las lecturas y los demas ejercicios s6lo nos santifican en tanto son para nosotros los canales de la accién de Dios Toda nuestra ciencia consiste en conocer este orden del momento presente. Toda lectura que se 25 hace fuera del orden querido por Dios es perjudicial; es la voluntad de Dios y su orden lo que es gracia, y que obra en el fondo de nuestros corazones, tanto a través de nuestras lecturas como de todas nuestras demas obras. Sin este orden, las lecturas no son mas que espejismos y apariencias vanas que, desprovistas para nosotros de la virtud vivificante del orden de Dios, s6lo sirven para vaciar el corazén, en raz6n de la misma satisfaccién que dan a la mente. Cuando esta divina voluntad se cuela en el alma de una pobre jovencita ignorante, por medio de algu- nos sufrimientos o de algunas acciones muy ordina- rias y comunes opera en el fondo de su corazén ese logro misterioso del ser sobrenatural, sin ocupar su espiritu con idea alguna apta para ensoberbecerla; mientras que en cambio el hombre soberbio que estu- dia los libros espirituales solamente por curiosidad, sin unir la voluntad de Dios a su lectura, no recibe sino la letra muerta sin el espfritu, y se seca y se endurece atin mas. El orden de Dios, su divina voluntad, es la vida del alma, cualquiera sea la apariencia bajo la cual el alma se la aplique o la reciba. Cualquiera sea la relacién que esta divina volun- tad tenga con la inteligencia, ella nutre el alma, yla hace crecer siempre, dindole lo que es mejor en cada momento. No es concretamente esto 0 aquello lo que produce esos felices efectos, sino simplemente lo que constituye el designio de Dios en el momento pre- sente. Aquello que era lo mejor hace un momento ya 26 no lo es mas, porque ya no coincide con la voluntad de Dios, que ahora se nos presenta bajo otras apa- riencias, para hacer brotar el deber del momento pre- sente, y es este deber, cualquiera sea la apariencia que asuma, el que es al presente lo que hay de mas santificante para el alma. Si la divina voluntad nos presenta como un deber presente el leer, entonces la lectura obra en el fondo del alma el resultado misterioso. Si la divina volun- tad nos hace dejar la lectura en funcién de un deber de contemplacién actual, entonces este deber es el que realiza en el fondo del coraz6n el hombre nuevo, y la lectura serfa entonces perjudicial e indtil. Si la divina: voluntad nos aparta de la contemplacién actual, para aplicarnos a una ocupacién exterior, y eso durante un tiempo considerable, este deber forma a Jesucristo en el fondo del corazén, y toda la dulzu- ra y suavidad de la contemplacién no serviria sino para destruirlo. Es el designio de Dios lo que constituye la pleni- tud de todos nuestros momentos. Se va presentando bajo mil apariencias diferentes, las cuales, al ir cons- tituyendo sucesivamente nuestro deber presente, for- man, hacen crecer y consuman en nosotros al hombre nuevo, hasta la plenitud que la divina sabidurfa nos ha destinado. Este misterioso crecimiento de la edad de Jesucristo en nuestros corazones es el logro pro- ducido por el designio de Dios: es el fruto de su gra- cia y de su voluntad divina. Este fruto, como ya lo hemos dicho, se produce, 27 se acrecienta y se nutre por la sucesién de nuestros deberes presentes, que la misma voluntad de Dios va estableciendo. Cumpliendo estos deberes, estamos siempre seguros de poseer la mejor parte. No hay sino dejarla hacer, y abandonarse ciegamente a ella con una confianza perfecta. Es infinitamente sabia, infinitamente poderosa, infinitamente bienhechora para las almas que esperan en ella totalmente y sin reserva, que no aman y no buscan otra cosa que ella misma, y que creen, con una fe y una confianza inquebrantables, que lo que ella hace en cada momento es lo mejor, sin buscar por otra parte lo mas © menos, y sin detenerse a considerar los aspectos concretos de los designios de Dios, la cual conside- Tacién no es otra cosa que una pura btisqueda del amor propio. La voluntad de Dios es lo esencial, lo real y la vir- tud de todas las cosas; es ella la que las ajusta y las hace adecuadas al alma; sin ellh, todo es vacfo, nada, mentira, vanidad, letra muerta, cdscara y muerte. La voluntad de Dios es la salvacién, la salud, la vida del cuerpo y del alma, cualquiera sea la apariencia que ofrezca el tema al cual se aplica. No hace falta, pues, tomar en consideracién las relaciones que las cosas tienen con el espiritu y con el cuerpo para juzgar de su virtud, puesto que estas relaciones importan poco. Es la voluntad de Dios la que da a las cosas, cualesquiera ellas sean, la eficacia para formar a Jesucristo en el fondo de nuestros cora- zones. No hay que poner en manera alguna normas a 28 esta voluntad, ni sefialarle Ifmites, porque ella es todopoderosa. Tenga el espiritu las ideas que le plazca, sienta el cuerpo lo que pueda, asf sean para el primero sola- mente distracciones y turbaciones, y para el segundo enfermedades y muertes, lo mismo esta divina volun- tad es siempre, sin embargo, para el momento pre- sente, la vida del cuerpo y del alma; pues en ultimo término el uno y la otra, cualquiera sea el estado en que se hallen, no se sostienen sino por ella. Sin ella el pan es un veneno; con ella el veneno se convierte en un remedio saludable. Los libros sin ella no hacen sino cegar, mientras que con ella la confusin se con- vierte en una luz. Ella constituye el todo, lo bueno y lo verdadero de todas las cosas. En todo, ella nos da a Dios, y Dios es el ser infinito que colma plenamen- te al alma que lo posee. Capitulo VI La inteligencia y los demas medios humanos sélo son ttiles en la medida en que sirven de instrumento a la accién divina. La mente, con todo lo que de ella depende, quiere ocupar el primer lugar entre los medios divinos; hay que reducirla al ultimo, como si se tratara de un 29 esclavo peligroso, que no es de fiar. El coraz6n sen- cillo, si sabe utilizarla, puede sacar de ella gran pro- vecho; pero no es menos cierto que también puede estorbar mucho, si no esté bien sujeta. Cuando el alma se afana por los medios creados, la accién divi- na le dice al coraz6n que ella sola le basta; cuando en cambio quiere renunciar a destiempo a ellos, la accién divina le dice que no son sino instrumentos que no han de ser tomados ni dejados por sf mismos, sino que hay que recibirlos de ella y adecuarlos con sencillez al designio de Dios, usando de todo como si no usdsemos de nada, estando privados de todo como si nada nos faltase. Puesto que la accién divina es de una plenitud sin limites, no puede ella apoderarse de un alma sino en tanto en cuanto esa alma esta vacia de toda confian- za en su propia accion, pues tal confianza es una falsa plenitud que excluye la acci6n divina. He ahi el obstaculo que mas la detiene: el que encuentra en el alma misma; pues en lo que atafie a los obstéculos exteriores la accién divina sabe, cuan- do le place, convertirlos en medios. Todo le sirve, y al mismo tiempo todo le es igualmente intitil. Todo es nada sin ella, y por ella la misma nada es todo. Sean lo que fueren en sf mismas la meditaci6n, la contem- placién, las oraciones vocales, el silencio interior, los actos de las potencias ya sea sensibles, o distintos, 0 menos percibidos, el retiro 0 la accién, siempre lo mejor de todo eso para el alma es todo lo que Dios quiere en el momento presente, y el alma debe mirar 30 todo eso con una perfecta indiferencia, como si no fuese absolutamente nada. Asf, no viendo sino a Dios en todas las cosas, el alma debe tomarlas y dejarlas todas ellas segtin el divino beneplacito, para no vivir ya, ni nutrirse, ni esperar sino de esa Voluntad divina, y no de las cosas que s6lo por Dios tienen alguna fuerza o virtud. Debe decir en cada momento y frente a cada cosa 0 cir- cunstancia lo que San Pablo: “Senor, {qué queréis que haga?”. Y no esto 0 aquello, sino jtodo lo que querdis!. El espiritu ama tal cosa, el cuerpo tal otra: yo, Sefior, no quiero otra cosa que vuestra santa Voluntad. La oracién, la accién, la plegaria vocal o mental, en actos 0 silencio, en la fe oscura o en luces, en distincién de especies 0 en gracia general, todo eso, Sefior, es nada, pues vuestra Voluntad es lo tinico que vale en todo ello. Ella sola es lo que constituye el objeto de mi devocién, y no las cosas, por mas ele- vadas y sublimes que sean, porque es la perfeccion del corazon y no del espfritu o de la mente lo que constituye el término de la gracia. La presencia de Dios que santifica nuestras almas es esa inhabitacién de la Trinidad que se da en el fondo de nuestros corazones, cuando éstos se some- ten a la divina Voluntad; pues la presencia de Dios, que se concreta por el acto de la contemplacién, no realiza en nosotros esta union intima de otra manera que como todas las demas cosas que pertenecen al designio de Dios. Tiene empero el primer lugar entre ellas, porque es el medio excelente para unirse a 31 Dios, cuando la divina Voluntad ordena que se haga uso de él. No hay pues nada que no sea legitimo en la esti- ma y el amor que tenemos por la contemplacién y los demas ejercicios de piedad, con tal que esta estima y este amor se remonten integramente al Dios infinita- mente bueno que ciertamente quiere servirse de estos medios para darse a nuestras almas. Al recibir al séquito de un principe se recibe al mismo principe, y seria hacerle una grave injuria no demostrar ningtin aprecio por sus ministros, so pretexto de apreciarlo sélo a él. Capitulo VII No hay paz estable sino en la sumisién a la accién divina El alma que no se adhiere tinicamente a la Voluntad de Dios, tampoco encontrar su contento ni su santificacién en los diversos medios que podra probar y ni siquiera en los ejercicios mas excelentes. Si lo que Dios mismo elige para vosotros no os basta, qué otra mano podra serviros mejor que la suya? Si os disgusta un manjar que la mismisima divina Voluntad ha preparado, {qué alimento no resultard insipido para un gusto tan depravado? Un alma no 32 puede ser verdaderamente nutrida, fortificada, purifi- cada, enriquecida, santificada sino por esta plenitud del momento presente. ¢Qué mas queréis entonces? Puesto que hallais allf todos los bienes, ,por qué bus- carlos en otra parte? ¢O acaso tenéis mejor juicio que Dios? Puesto que El ordena que ocurra asi, ,podrais desear que fuese de otra manera? {,Acaso su sabiduria y su bondad pueden engafiarse? Desde el momento en que ellas hacen o disponen una cosa, {no debéis estar plenamente convencidos de que ella es excelen- te? ,O pensais encontrar la paz poniéndoos a luchar con el Todopoderoso? ,Acaso no es, por el contrario, esta lucha -que renovamos con demasiada frecuencia y casi sin confesdrnoslo a nosotros mismos- lo que es la causa de todas nuestras agitaciones? Justo es, en verdad, que el alma que no se satisfa- ce con la plenitud divina del momento presente sea castigada con la impotencia para hallarse contenta con cualquiera otra cosa. Si los libros, los ejemplos de los santos, los discursos espirituales quitan la paz; si Henan sin saciar, ello es una sefial de que uno se ha apartado del puro abandono a la accién divina y llena el alma con esas cosas buscadas por ellas mismas, y no en tanto en cuanto responden a la Voluntad de Dios. Su plenitud entonces cierra la entrada a Dios, y hay que vaciarse de ellas como de otros tantos obsta- culos a la gracia. Cuando en cambio es la accion divi- na la que dispone estas cosas, entonces el alma las recibe como todo lo demas, vale decir como designio de Dios. Las deja tales como son, y solo toma de ellas 33 el simple uso para ser fiel a lo que Dios en ese momento quiere, y una vez que el momento de los pensamientos y discursos ha pasado, los abandona para contentarse con el momento siguiente. Pues no hay en efecto, que sea verdaderamente bueno para mf, sino la accién emanada del designio de Dios. En ninguna parte puedo encontrar otro medio, por bueno que sea en sf mismo, que sea mas apropiado para mi santificacién y mas apto para darme la paz. Capitulo VIII La perfeccién de las almas y la excelencia de los diversos estados se miden segun la fidelidad al designio de Dios EI orden querido por Dios da a todas las cosas, para el alma que a él se conforma, un valor sobrena- tural y divino todo lo que tal designio impone, todo lo que él encierra, y todos los objetos a los cuales se extiende se convierten en santidad y perfeccién, pues su virtud no tiene limites; diviniza todo lo que toca. Pero, para no desviarse ni hacia un lado ni hacia el otro, es menester que el alma no siga ninguna ins- piracién que ella crea haber recibido de Dios, antes de haberse asegurado de que esta inspiracién no se aparta de los deberes propios de su estado. Pues estos deberes son la manifestacién mas cierta del orden de 34 Dios, y nada debe preferirseles; alli no hay nada que temer, nada que excluir, nada que distinguir. Los momentos dedicados al cumplimientos de sus debe- res son para el alma los mas preciosos y los mas salu- dables, por eso mismo de que le dan la certeza indu- dable de que estd cumpliendo el beneplacito de Dios. Toda la virtud de lo que se Ilama santo reside en esta conformidad con el designio de Dios; por eso no hemos de rechazar nada, ni buscar nada, sino tomar todo lo que viene de su mano, y nada sin El. Los libros, los consejos de los sabios, las oraciones voca- les, los afectos interiores, si el designio de Dios los dispone, todo eso instruye, dirige, une. Se equivoca el quietismo cuando desdefia esos medios y todo lo sensible, pues hay almas a las que Dios quiere hacer caminar siempre por esta via, y sus estados y sus atractivos lo denotan con bastante claridad. En vano imagina uno maneras de abandono de las que quede excluida toda la actividad propia; cuando el designio divino mueve a obrar, la santidad esta en la actividad. Ademis de los deberes que a cada uno impone su estado, Dios puede aun pedir determinadas acciones que no se hallan incluidas en tales deberes, aunque en manera alguna les sean opuestas. El atractivo y la inspiracién son entonces la sefial del orden divino, y lo mas perfecto para las almas que Dios asf conduce consiste en afiadir a las cosas mandadas las cosas ins- piradas, pero con las precauciones que la inspiracion exi-ge para no afectar con ello a los deberes de esta- do ni a las cosas que son del orden de la pura 35 Providencia. Dios forma a los santos como a El le place; es su designio el que los conforma a todos y todos estan sujetos a este designio divino. Esta sumisién es el verdadero abandono, y el mas perfecto. El cumplimiento de los deberes de estado y la aceptacién de las disposiciones de la Providencia, he ahi el comtin denominador de todos los santos. Viven ocultos en la oscuridad, pues el mundo es tan funes- to que ellos evitan sus escollos, pero no es en eso en lo que hacen consistir su santidad; ésta se cifra toda entera en su sumision a los designios de Dios. Cuanto mas absoluta se hace esta sumisién, mas se santifi- can. No hay que creer que aquellos en quienes Dios hace brillar las virtudes a través de acciones singula- res y extraordinarias, y de atractivos e inspiraciones libres de toda sospecha, vayan por eso menos por la via del abandono, Desde el momento en que la vo- luntad de Dios les pone delante como un deber esas obras espectaculares, no estarfan realmente abando- nados a Dios y a ésa su Voluntad, y ella no serfa realmente duefia de todos sus momentos y éstos no se identificarfan con la Voluntad de Dios, si los tales se contentasen con los deberes de su estado y las cosas de pura Providencia. Es preciso que se extiendan y se midan segtin la extensién de los designios de Dios, en ese camino que les es intimado por el atractivo. Es preciso que miren esa inspiracién como un deber, y que le sean fieles. Y asi como hay almas para las cua- les todo el deber esta sefialado por una ley exterior, y 36 que deben mantenerse dentro de esos limites, porque el beneplacito de Dios las encierra en ellos, asf tam- bién es preciso que estas otras, ademas del deber exterior, sean también fieles a esa ley interior que el Espiritu Santo graba en sus corazones. Pero {quiénes son los mas santos? Es pura y vana curiosidad tratar de saberlo, Cada cual debe seguir el camino que le ha sido trazado. La perfeccién consis- te en someterse plenamente al orden de Dios, y no dejar escapar nada de cuanto en él se halla de mas perfecto. La comparacién de los diversos estados considerados en sf mismos no nos sirve de nada, ya que no es en la cantidad ni en la calidad de las cosas ordenadas en donde hay que buscar la santidad. Si el amor propio es el principio que nos mueve a obrar, 0 si no lo rectificamos cuando nos damos cuenta de sus manejos, seremos siempre pobres en la abundancia que no proviene del designio de Dios. Empero, para decidir en cierta manera la cuestién, pienso que la santidad esta en relacién directa con el amor que se tiene al beneplacito de Dios, y que cuanto mas se aman esa Voluntad y ese designio, cualquiera fuera la naturaleza de que concretamente ordenan, mas hay allf de santidad. Y esto se ve en Jestis, en Maria y en José; pues, en sus vidas particulares, hay mas de amor que de grandeza, mas de forma que de materia. Y no se escribe que estas personas tan santas hayan buscado la santidad de las cosas, sino sencillamente la santidad en las cosas. Preciso es pues concluir que no hay una via en 37 particular que sea la mas perfecta, sino que lo mas perfecto, en general, es la sumisién a la Voluntad de Dios, ya sea en el cumplimiento de los deberes exte- riores, ya en las disposiciones interiores. Creo que si las almas que tienden seriamente a la santidad fuesen instruidas acerca de esta conducta que deben tener, se ahorrarfan muchos trabajos y su- frimientos. Lo mismo digo de las personas del mun- do y de las almas entregadas a la divina Providencia. Si las primeras supiesen el mérito que se esconde en las cosas que tienen a la mano en cada momento, quiero decir en sus deberes cotidianos y en las accio- nes ordinarias de su estado; si las segundas pudieran persuadirse de que el fondo de la santidad consiste en las cosas de las que no hacen caso, y que incluso mi- ran como si les fuesen ajenas; si unas y otras com- prendieran que, para elevarse al mas alto grado de la perfeccion, las cruces providenciales, que su estado les proporciona a cada momento, les abren un cami- no mucho mas seguro y mas corto que los estados y obras extraordinarios; si comprendieran que la verda- dera piedra filosofal es la sumisién a la Voluntad de Dios, que cambia en oro divino todas sus ocupacio- nes, sus dificultades, sus sufrimientos jcudn dichose serian! {Qué consolacién y qué animo sacarfan de esta consideracion de que, para adquirir la amistad de Dios y todas las glorias del cielo, no hay que hacer otra cosa que lo que hacen, ni sufrir mas que lo que sufren; que eso que ellas desperdician, y que no tie- nen en cuenta, bastarfa para alcanzarles una santidad 38 eminente! {Cuanto desearia yo, oh Dios mio, ser el misione- ro de esta santa Voluntad, y ensefiar a todos que nada hay tan facil, ni tan comin, ni tan presente en las ma- nos de todos como la santidad! j;Cémo quisiera poder hacerles comprender bien que, asi como el buen y el mal ladrén no diferfan en lo que tenfan que hacer y que sufrir para hacerse santos, de igual manera dos almas, de las cuales una es mundana y la otra interior y espiritual, no tienen mas que hacer y que sufrir la una que la otra, y aquella que se santifica adquiere la felicidad eterna haciendo por sumisi6n a vuestra Vo- luntad eso mismo que la otra que se condena hace por seguir su fantasia, mientras que esta Ultima se conde- na sufriendo con pesar y con rezongos eso mismo que la que se salva soporta con resignaci6n! Es pues la disposici6n interior, el corazén, lo tnico que es diferente. jOh, amadas almas que esto leéis!, no os costaré mas (tender a la santidad): haced lo que ahora hacéis, sufrid lo que ahora sufris,; sdlo se trata de que cam- biéis el coraz6n. Lo que se entiende por corazon es la voluntad, la disposicién interior. Este cambio consis- te pues en querer lo que nos llega por designio de Dios. Sf, la santidad del corazén es un simple fiat, una sencilla disposicién de la voluntad conformando- se con la de Dios: {que puede haber mas facil? Pues ¢quién no podra amar una Voluntad tan amable y tan buena? Amémosla pues, y por ese solo amor todo en nosotros se tornara divino. 39 Capitulo IX Todas las riquezas de la gracia son el fruto de la pureza de corazén y del perfecto abandono Aquel pues que quiere gozar de la abundancia de todos los bienes no tiene que hacer sino una cosa: purificar su coraz6n, desapegarse de las criaturas y abandonarse enteramente a Dios. En esta pureza y este abandono encontrara todas las cosas. {Qué los demas, Sefior, os pidan toda clase de dones, multipli- cando sus palabras y sus ruegos; en lo que a mi toca, Dios mio, no os pido sino un tinico don, y no tengo mas que esta sola stiplica para haceros: Dame, Sejior. un corazén puro! jOh corazén puro, qué dichoso eres! Pues ves a Dios en Si mismo, por la vivacidad de tu fe. Lo ves en todas las cosas y lo ves en todo momento, obrando dentro y fuera de ti. Eres en todo su stibito y su instrumento. El te conduce en todo y te conduce a todo. Las mas de las veces ni siquiera piensas en ello, pero El piensa por ti. Lo que te ocu- tre y debe ocurrirte en virtud de su designio, basta con que lo desees; El oye tu preparacién. En tu salu- dable ceguera, si tratas de discernir en ti mismo este deseo, no lo ves. Pero El si lo ve bien. ;Qué simple eres! {Ignoras acaso lo que es un corazén en el que se halla Dios. Al ver en ese corazon sus propias incli- naciones, Dios sabe bien que siempre permanecera sumiso a sus designios. Sabe también que apenas sf sabes lo que te es itil, y por eso El mismo se ocupa 40 de dartelo. Poco le importa si para ello te contrarfa: pensabas ir al Oriente, y te conduce a puerto. Sin conocer mapas, ni rutas, ni vientos, ni marea, con El no haces sino viajes felices. Si los piratas surgen y aumentan ante ti, un inesperado golpe de viento te pone en un instante fuera de su alcance. jOh, buena voluntad!, joh coraz6n puro!, cudn bien supo Jestis ponerte en tu lugar cuando te colocé entre las bienaventuranzas! {Qué felicidad hay mas grande que la de poseer a Dios al mismo tiempo que somos reciprocamente posefdos por El? jEstado deli- cioso y Ileno de encanto! En él duerme uno apacible- mente en el regazo de la Providencia; en él juega ino- centemente con la divina Sabiduria, sin inquietarse por la travesfa, que no sufre interrupcién alguna y que, a través de los escollos y de los piratas y entre las continuas tormentas, se cumple siempre de la manera mas féliz. jOh, corazon puro! jOh, buena voluntad!, eres la Unica base y fundamento de todos los estados espiri- tuales. Es a ti que son dados los dones de la pura fe, de la pura esperanza, de la pura confianza y del puro amor, y es por ti que tales dones aprovechan. Eres el trono sobre el cual se injertan las flores del desierto, quiero decir esas gracias preciosas que solamente se ven florecer en esas almas enteramente desapegadas, en las que Dios como en un paraje deshabitado, cons- tituye su morada, con exclusién de todo otro objeto. Eres esa fuente fecunda de donde parten todos los arroyos que vienen a regar el vergel del esposo y el 41 jardin de la esposa. Y tienes pleno derecho a decir a todas las almas: “Miradme bien, soy yo quien produ- ce el amor hermoso, ese amor que discierne lo que hay de mejor para allf detenerse; yo quien hace nacer ese temor suave y eficaz, que da el horror al mal y hace evitarlo sin turbacién; yo quien hace que se abran las hermosas nociones que nos descubren las grandezas de Dios y el valor de la virtud que lo honra; yo, por ultimo, de donde se elevan esos ardientes deseos, animados sin cesar por una espe- ranza santisima, que hace practicar constantemente el bien en espera de ese divino objeto cuyo gozo debe constituir un dia, como ahora pero de una manera mucho mas deliciosa, la felicidad de las almas fie- les”. Puedes invitarlas a todas a reunirse junto a ti -joh, coraz6n puro!, joh, buena voluntad!- para enrique- cerse con tus inagotables tesoros. Todos los estados, y todos los caminos espirituales, a ti se reducen. Y es en ti donde toman lo que tienen de bueno, de atra- yente, de encantador; de ti lo sacan como de una fuente. Esos frutos maravillosos de gracias y de vir- tudes de toda clase que vemos brotar por todas par- tes, en tales caminos, y de los que se nutren quienes por ellos andan, no son sino productos de tu tronco. Sobre tus tierras es donde manan los rios de miel; tus pechos son los que destilan la leche; en tu seno es donde se recoge el ramillete de mirto, y es sobre tus dedos donde se ve correr, en toda su pureza, el licor que de ti mana como de un lagar. 42 ;Animo pues, queridas almas, corramos y vole- mos a este mar de amor que nos llama! {Qué espera- mos? Vayamos ya mismo; vamonos a perdernos en Dios, en su mismo Coraz6n, para embriagarnos de su caridad. Encontraremos en ese Corazon la Ilave de los celestiales tesoros. Emprendamos ya nuestra ruta hacia el cielo. No hay lugar tan secreto a donde no podamos penetrar. Nada nos estara cerrado, ni el jardin, ni la bodega, ni la vita. Si queremos respirar el aire del campo, sdlo de nosotros dependera el encaminar hacia alli nuestros pasos; finalmente, ire- mos y vendremos, entraremos y saldremos a nuestra guisa, con esta Ilave de David, con esta Ilave de la ciencia, con esta lave del abismo en donde estan encerrados los tesoros escondidos y profundos de la Sabidurfa divina. Es asimismo con esta divina Ilave con la que se abren las puertas de la muerte mistica y de sus sagradas tinieblas. Mediante ella es como se desciende a los lagos profundos y a la fosa de los leo- nes. Ella es la que empuja a las almas a esas carceles oscuras para luego sacarlas de alli sanas y salvas. Ella es la que nos introduce en esa feliz regi6n donde la inteligencia y la luz ponen su morada, donde el Esposo toma al fresco la siesta del mediodfa, y donde revela a sus fieles esposas los secretos de su amor. jOh divinos secretos, que no es licito revelar y que ninguna boca mortal puede expresar!. ;Amemos pues, queridas almas! Todos los bienes, para enriquecernos, no esperan sino al amor. El amor da la santidad, da todo lo que la acompaiia; ella esta 43 a su izquierda y a su derecha, para hacerla manar por todas partes en los corazones abiertos a todas las divinas efusiones. jOh divina semilla de la eternidad, jamds serds suficientemente elogiada! Mas por qué hablar tanto de ti? Mejor es poseerte en el silencio, que alabarte con meras palabras. {Qué estoy dicien- do? Es preciso alabarte, pero no es posible hacerlo sino en la medida en que se esta posefdo por ti. Pues, desde el momento en que tomas posesién de un coraz6n, para él leer, escribir, hablar, obrar, o hacer todo lo contrario, son una y la misma cosa. No se desea nada, ni se evita nada; se es anacoreta 0 apés- tol, sano o enfermo, simple o elocuente; en una pala- bra, se es todo aquello que tt, amor divino, quieres que sea. Lo que tti dictas al corazon, éste, tu fiel eco, lo repite a las demas facultades. Pues en este com- puesto material y espiritual que te dignas mirar como tu reino, es el corazén el que reina soberano bajo tus auspicios, y como no tiene ya otros instintos que aquellos que tt le inspiras, todo objeto le place en cuanto que eres tu quien se lo ofrece. Mientras que aquellos otros objetos que la naturaleza o el demonio quisieran sustituir a los que tu le presentas, no hacen sino disgustarlo y sdlo le causan horror. Y si alguna que otra vez permites que se deje sorprender por ellos, no es sino para hacerlo mas sabio y mas humil- de; pero desde el momento en que reconoce su ilu- sion se vuelve a ti con mas amor, y se une a ti con mas fidelidad. 44

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