0 calificaciones0% encontró este documento útil (0 votos) 309 vistas68 páginasAzaña, Manuel - Cervantes Y La Invencion Del Quijote (PDF) PDF
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CERVANTES Y LA INVENCION DEL
“QUIJOTE” (1)
odra ser que alguien me reproche la
P eleccién de un tema distante de las
preocupaciones actuales de nuestra li-
teratura como mala correspondencia a la dis-
tincién de franquearme esta tribuna, que otros
se han encargado de ilustrar. Muchas perso-
nas, cuando hablan al putblico, empiezan por
confundirse en excusas, o alegan razones jus-
tificativas, presentandose el orador forzado a
romper en palabras por alguna exigencia sin
remedio. Del tiempo en que mi aguante per-
sonal para los discursos ajenos se mantenia
(x) -Conferencia en “Lyceum” (Club femenino espafiol) el
dia 3 ce mayo de 1930.M A N U E L A ZA WN A
intacto (y ustedes, puesto que las veo aqui,
deben de estar cursando ahora la misma ex-
periencia por cuenta propia), conservo, en-
‘tre otras, una impresion inicial: la disculpa
mas Ilana, la justificacién mas asequible so-
lia ser la importancia actual del tema del dis-
curso. El parlante podia revelarse desde el
primer acorde verboso o premioso; podia
anunciar un fastidio provisional, hartas ve-
ces cuajado en aburrimiento definitivo; por
todo habiamos de pasar y tenerlo en estima,
en virtud de ponerse el orador al servicio de
la actualidad urgente. Ambas me parecen mal:
la propensi6n a disculparse y la disculpa mis-
ma. Un discurso se justifica por su propia
utilidad inmediata, si estamos en el orden
de la oratoria util, dirigida a promover una
accion, aunque sea una accidn interior del
Animo; 0 no admite ni tolera justificacién al-
guna, si estamos en el orden de las palabras
puramente bellas, dirigidas al placer. Hablar
es un placer, de los mas vives que se ha pro-
6CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
curado la inteligencia. Como otros grandes
placeres, el de hablar es contagioso y comu-
nicable; mejor dicho, el placer personal de
quien habla se halla sujeto a la condicién de
. suscitar un placer correlativo en los oyentes:
el placer de ser hablado. Dos actitudes psi-
colégicamente opuestas se afrontan, se com-
pletan, para que salte de la una a la otra una
chispa de gozo y deleite cuyo mayor precio
consiste en su rareza y fugacidad. Es un lu-
gar comtn, asidero de la rutina como todos
los lugares comunes, deplorar la brevedad de
los placeres. Se ha convertido en topico de la
conversacién el lamento del poeta antiguo:
‘Cuan presto se va el placer.
Cémo después de acordado
da dolor;
Placer y persistencia son términos inconci-
liables; el placer reside en colmar un deseo
que no puede como tal deseo sobrevivir a su
logro. Es también falso que el placer acabado
7M A N U EL A ZA NA
duela, si lo que de veras se acaba es el placer
y no la posibilidad de gozarlo. No esperéis,
por tanto, que me justifique; ni que os diga
cosas ittiles; no me propongo induciros a nin-
guna accién trascendental. Si quisiera, para
‘que mi placer persona! de hablar no se frus-
tre, promover el vuestro de ser habladas. Se
necesita que mis palabras sean rapidas; se
necesita sobre todo que os diviertan, en el
sentido exacto de divertir, 0 sea apartar, se-
parar la atencion de lo que se estaba haciendo.
Se ve, pues, que no puedo sujetarme al ca-
non de Ja actualidad si he de divertiros. En
ningun caso me parece plausible que un hom-
bre se ponga a hablar de cualquier cosa en
virtud de que todo el mundo viene hablando
de ella; mas bien seria motivo para mudar la
conversacién. Por otra parte, el concepto de
lo actual es engafioso, resultante de una apre-
ciacién ingenua del tiempo. Esta ingenuidad
tiene dos formas. La primera gradua la pro-
ximidad de las cosas por su presencia en el
8CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
tiempo, referida a su division civil en aftos y
meses, division necesaria en el comercio de
la vida, pero inadecuada a la actividad inter-
na y total del espiritu. La segunda es un error
de Optica, error de la mirada interna, dificil
de corregir. Nuestro tiempo psicoldgico, que
se Ilena de nuestra experiencia, nos brinda
una magnitud entre puntos bien marcados por
la memoria, pero no sabemos aplicarla como
término de medida a la relacién temporal con
las cosas anteriores, si no es haciendo un es-
fuerzo extraordinario de concentracién y de
adaptacién a la distancia. Las cosas ajenas a
nuestro curso en el tiempo se nos aparecen en
un apartamiento que no guarda proporcién
con la magnitud del tiempo vivido; se relegan
aun averno sin profundidad, en que estan co-
mo retraidas, donde pueden ser penetradas
por la inteligencia, pero no rodeadas por la
sensibilidad, en tanto que percibimos tumul-
tuosas y de bulto las que van pasando por el
arco de nuestro espiritu y reciben su forma.
9M A N U EL A ZA NA
Entre esos dos errores en la apreciacion del
tiempo se introduce el concepto de lo actual,
que fuera de lo anecdotico es una alucinacion.
Mirar lo que esté pasando impide ver lo que
no pasa, es decir, lo que nunca deja de pasar.
Lo actual excluye a lo perdurable, palabra que
no podemos referir a una eternidad, sino a la
historia del espiritu humano. Este espiritu, que
ha inventado conceptos tan ajenos a la expe-
riencia como lo infinito y lo eterno, y pretende
abarcarlos, como si de ello recibiese una mag-
nitud, una duracién inmensurables, siente la
mocion de salir de la atmésfera fenomenal en
que vive sumergido y arribar a un punto don-
de se borren los accidentes de lugar y tiempo,
y alcance una percepcién estatica, contempla-
tiva. Cervantes roza de pasada el tema cuan-
do Don Quijote oye al hijo de don Diego Mi-
randa glosar estos cuatro versillos:
Si mi fué tornase a es,
sin esperar mas sera,
© viniese el tiempo ya
de lo que sera después,
10CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
Si mi fué tornase a es: que el tiempo vivido
se revoque y se adense en el ahora, no como
si las cosas jamas hubiesen pasado, sino que
todas juntas se retraigan al presente, sin ex-
cluir nada de él fuera de la sucesién.
Sin esperar mds serd: abolir 1a agonia con
el futuro, que tiene en sus fauces al presente
y lo devora; supresion del serd, no como ex-
periencia posible, sino radicalmente, en el in-
terior del animo, suprimiendo la esperanza,
que, contra la creencia vulgar, lejos de soste-
ner la vida, la destruye. En el orden moral de
la conducta el pice de la sabiduria ha consis-
tido siempre en no esperar nada.
O viniese el tiempo ya de lo que serd des-
pués: aqui no se suprime, pero se precipita la
realizacién del deseo, y de su venenoso aci-
cate se libra el alma angustiada rasgando has-
ta el cabo el secreto del tiempo y poseyéndolo
sin antes ni después.
EI hijo de don Diego Miranda, empapado
ile retérica de la universidad, recita una glosa
ulM AN U EL A ZA NA
desatinada en el fondo, y mudando en temor
a la muerte, en temor a lo que sera después
el ansia de infinito palpitante en los cuatro
versos, no acierta a desprender Ja conclusion
implicita en ellos: revocado el fué, suprimido
el serd, el espiritu lega a la posesién beata en
que consiste el ser feliz.
Cervantes pudo y debid haberlo sabido me-
jor que Don Quijote, porque Don Quijote es
hombre de acci6n, y por alto ideal que lo guie
su vida se Ilena de anécdotas, de actualidad,
0 se libra de ellas con esperanzas desorbita-
das, a fuerza de dilatar el sera, en tanto que
Cervantes parece un sofiador ocioso, contem-
plativo, y en la enormidad misma del ensuefio
se engendra por contraste su buen humor.
Pero Cervantes no era mistico, sino intelec-
tual; poeta, pero embebido en las realidades
sensibles; y en posesion magistral de la-sor-
na, de la burla reticente, el mas auténtico fru-
to y el mas peligroso don de su tierra nativa.
Fuera de las vias del conocimiento, y ate-
12CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
niéndonos a lo que por modo directo toca en
la sensibilidad, sigue siendo un equivoco pe-
ligroso el concepto de Jo actual. No hablo
ahora del artista creador. Me refiero al espi-
ritu sensible que gusta de esparcirse en la
contemplacién de Jas obras bellas. Su impul-
so lo ditige a explorar en busca de la zona
de respiro adecuada. Propende a elevarse
hasta el punto en que su densidad y la-densi-
dad del ambiente se equilibran, donde puede
flotar apaciblemente segiin su fuerza. Cada
cual se detiene en Ja altura propia de su pla-
cer y en ella encuentra la felicidad inherente
al disfrute de unas dotes, al empleo de un ta-
lento, a la expansién de un gusto en toda la
redondez de sus limites. Ese movimiento as-
censional que puede, claro esta, detenerse a
ras de tierra, significa que en cada tiempo la
sensibilidad personal, avezada a procurarse el
goce mas digno, busca a sus contemporaneos
y Se pone en su estela, por lejano que parezca
el foco de donde viene la estela. Lo contempo-
13M A N U EL A Z A NA
raneo es, pues, distinto de lo actual, y en cier-
to sentido incompatible con ello. Lo actual se
obtiene mediante cortes verticales en la cinta
del tiempo que transcurre. Hoy es actual lo
que ayer no lo fué ni lo serd mafiana. Lo con-
temporaneo se establece en la dimensién pro-
funda, penetrando de una en otra capa para
abrir comunicaci6n entre una sensibilidad per-
sonal de hoy y obras y personas de otros dias.
Emboscarse en lo actual, poner la sensibilidad
al filo de lo actual, suele ser aturdimiento na-
cido de la frivolidad y conduce a perderse, El
ingenuo gustador de cosas literarias que se
imagina estar a tono con la sensibilidad del
dia, no sabe siquiera por dénde va la suya
propia ni a qué tiempo pertenece, porque lo
actual abarca direcciones no sdlo miltiples,
sino contrapuestas.
El tiempo moral de una generacion carece
de limites. Todavia hay escritores actuales
contemporaneos de Larra, mas atin, que van
hacia Larra; como hay dramaturgos actuales
14CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
contemporaneos de Eguflaz o de Garcia Gu-
tiérrez. Palacio Valdés y Unamuno son escri-
tores actuales; pero Unamuno ges contempo-
raneo de Palacio Valdés 0 de Quevedo? Cal-
der6én es culterano; fué su actualidad y él la
padece, como cada cual la suya. A Fernando
de Rojas se le ocurre que Melibea, a punto de
suicidarse, pronuncie un discurso entreverado
de citas clasicas; era la actualidad retdrica, y
el poeta se ufana de sus buenas humanidades.
Pero Segismundo y Melibea, en su propio ser
poético, depurado de lo actual, son sefiales en
el tiempo sidéreo, que Ilaman y suscitan a mul-
titud de contemporaneos cada vez mas aleja-
dos de la actualidad en que tales ilustres crea-
ciones transcurrieron. He nombrado sola a
Melibea, y advierto que esté mal hecho. No
puede nombrarse a Melibea sin su amor, es
decir, sin su amante. No asi a Segismundo.
Es de tal magnitud la figura de Segismundo,
que excede de los limites de la escena, y él
por si solo incorpora y expresa un drama eter-
15M A N U EL A ZA NR A
no que no necesita para plantearse el concur-
so de otra persona. La torre y el reino, Clarin
y Rosaura son accidentes necesitados por la
evidencia escénica. Si Segismundo se expre-
.Sara en mondlogos, o el autor lo hubiese tra-
tado en forma poematica, su drama no seria
menos grande, como que es intimo y de con-
ciencia, nacido de 1a angustia metafisica so-
bre el valor incierto de la vida. En cambio,
Melibea sin Calixto, Calixto sin Melibea, no
existirfan; su conflicto, que es desposesién o
enajenacién amorosa, no Ilegaria a ser dra-
matico sin el concurso de los dos, y su giro
lastimoso—privaci6n irrevocable de la perso-
na amada—pende rigurosamente de un capri-
cho de Ja fortuna: Calixto pudo no caerse del
muro, pudo no matarse cayendo; en tanto que
a Segismundo le basta el delito de haber naci-
do, es decir, la fatalidad ingobernable de su
destino.
Se trata, pues, de hallar en busca de lo con-
temporaneo, a través del tiempo engafioso, un
16CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
punto de ternura del alma, gracias al cual la
emoci6n represada en la obra poética pueda
empaparnos y se produzca el milagroso apo-
deramiento de un sentir personal, acaso bal-
buciente, acaso dormido, pero resuelto en ple-
nitud de expresién al ser vibrado y suscitado
por el poeta, que le presta su verbo y, en cier-
to modo, lo prohija. Una gran obra poética,
no tanto nos imbuye modos nuevos de sentir
robados en otra esfera, como nos alumbra y
descubre los que nosotros virtualmente posee-
mos, al modo que la sonda artesiana perfora
la corteza terrestre y hace surtir un caudal
apenas creible, de tan profundo como era. Es-
ta magia suscita la posteridad de una obra,
que se dilata en razon de su poder penetrante
en la sensibilidad. No es la posteridad—viene
a decir agudamente Proust—quien descubre,
encumbra o sanciona fa virtud de una obra,
es la obra misma, segtin sea de fecunda, quien
engendra su propia posteridad. Asi nosotros,
posteridad del Quijote, no somos acreedores
17 2M A N U E L A Z A N A
del libro por haberlo puesto en el predicamen-
to que lo tenemos, antes le somos deudores
de una parte de nuestra vida espiritual, somos
criaturas cervantinas, y el poeta podria mirar-
_ se en nosotros como el patriarca complacido
en su linaje.
Modo descaminado de ingresar en el linaje
poético de una creacion seria resucitar su ac-
tualidad, las circunstancias de su concepcion
y alumbramiento, y prenderla de nuevo en las
ligaduras con que viene al mundo. Una obra
no sube a la inmortalidad por los mismos va-
lores que fundan su buen éxito inmediato y la
esparcen en su tiempo presente. El Quijote es
una satira de los libros de caballerias; pero
los libros de caballerias han desaparecido de
nuestro horizonte: de esa manera, el Quijote
se desprende de una parte considerable de su
actualidad, la mAs embarazosa, la mas cae-
diza, y asciende, por otros motivos, de suceso
literario que se habria desvanecido con el re-
sabio del gusto que se propuso enmendar, al
18CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
puesto de suceso capital en la historia del es-
piritu humano. Nosotros no podemos reirnos
con el Quijote como se refan los pajes en ias
antecamaras cuando el libro se publicé, por-
que abolida la presencia real de la cosa paro-
diada, somos inmunes a la fuerza hilarante de
la parodia. La grotesquez del caballero re-
sulta de confrontarlo con un andante genuino,
con Amadis, u otro ser poéticamente vivo en
la imaginacién. Quitado el modelo subsiste la
monstruosa caricatura, que ya no parece tal,
sino trasunto verdadero. Y el adefesio inven-
tado para cubrir de ridicufo un prototipo ar-
caico, todavia vigoroso, cobra, en cuanto el
prototipo muere, valor propio, independiente
de la intencién satirica; cobra la vida lamen-
table de un monstruo en quien la voluntad y
la fantasia, potencias creadoras, fracasan, no
por hostilidad del mundo exterior, luchando
con el cual podria el personaje subir a la no-
ble categoria de los héroes, sino por ingénita
debilidad de los medios, que como siempre
19M A N U EL A ZA N A
esta a la vista del lector sin que se le consien-
ta no advertirla u olvidarla, no le permite si-
quiera forjarse la ilusién del heroismo, por
mas que el animo del personaje sea heroico.
_E] Quijote, leido y gustado en la actualidad
de su aparicién por un pitblico que tenia pre-
sente la literatura caballeresca, no era triste,
aunque fuese ya cruel, sino jocundo, y el con-
tenido atroz de su jocundidad en gran parte
se les ocultaba por el efecto inmediato de la
parodia. No han sospechado el valor del libro
quienes deleitandose en su lectura, antes de
operarse la demudacion del personaje, se mu-
rieron; porque la desnudez de lo human sélo
podia aparecer al derrumbarse el catafalco
de lo caballeresco. Seria falso, por tanto, y
un poco barbaro, si la barbarie admite poque-
dad, creer que vale mas acercarse al Quijo-
te en su primera flor, asimilandose para ob-
tenerla las historias de Esplandianes, Amadi-
ses y Palmerines, ya en el modo ingenuo, re-
haciéndose la mente de la virgen de Avila en
20CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
su nifiez, ya en el modo erudito, buscador de
concordancias librescas y de alusiones locales
y temporales. Si fuese posible semejante ope-
racién, reducirfamos el invento a su germen,
y desandarfamos el progreso del espiritu de
Cervantes y el que a su vera vamos haciendo.
Seguramente, Clemencin,.o don Pascual Ga-
yangos, que arriesgaba su salvacién eterna
para adquirir de cualquier modo libros de ca-
ballerias, no entendieron el Quijote mejor
que nosotros, los profanos.
Son, pues, conciliables la opinién de que el
Quijote, y Cervantes con él, no fueron bien
estimados en su tiempo, y el suceso editorial
de la novela, de que el autor se enorgullece.
EI Quijote no habia labrado atn su posteri-
dad. Convenia que el autor fuese desestima-
do. Convenia que Lope pudiese decir: nadie es
tan necio que alabe el Quijote; porque Lope
no era tonto, ni esas palabras son puramente
emulacién baja. Claro esta que si la maledi-
cencia a nadie aniquila ni constituye al maldi-
21M A N U EL A ZA NA
ciente en jerarquia superior, tampoco la des-
consideracién de un autor vivo es garantia y
Seguro de inmortalidad.
En nuestros dias, un gran entendedor del
Quijote ejecuta a Cervantes en su magnitud
de poeta, mediante una operacion critica muy
personal, que nunca he podido resolverme a
tomar al pie de la letra. La operacién consiste
en escindir al personaje poético y a su autor
y mirarlos disociados; y asi que los disocia, la
operaci6n se contintia, restableciendo en par-
te una actualidad: no la actualidad pasajera
de la obra, que conduciria a achicarla, sino la
actualidad imperante en el animo del autor en
el punto y hora de concebir la idea realizada
en su creacion. E! Quijote, reducido a una sa-
tira de los libros de caballerias, seria para
nosotros poca cosa; pero si Cervantes no hu-
biese tenido otro horizonte que la satira mis-
ma, y los personajes se le hubiesen escapado
de entre las manos, lanzandose por su cuenta
a mejor vida de la que podian tomar en el es-
22CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
piritu del poeta, Cervantes, reducido a tal pe-
quefiez, seria un monstruo afortunado, a la vez
estéril y fecundisimo, y realizaria este absur-
do: un contenido mayor que el continente don-
de se inscribe. Unamuno, en quien pienso al
decir esto, se encara con Don Quijote como
personaje independiente, de muy mayores di-
mensiones que el espiritu de quien ya no se-
ria su inventor. Cervantes se lo habria trope-
zado un poco al azar, mirdndolo con los ojos
burlones y no muy inteligentes del bachiller
Sans6n Carrasco, y su papel consistiria en el
desempefio de lo que su artificio literario fin-
ge: traducir a Benengeli, servir de truchiman
entre una realidad poetica superior a su pe-
netracién y nuestra sensibilidad de especta-
dores. Si fuese necesario resolverse en pro 0
en contra de este punto de vista, pirande-
liano avant la letire; yo lo desecharia. El
comentario de Unamuno a la vida de Don
Quijote y Sancho entrafia, como movimiento
lirico, una revelacién del espiritu quijotesco
23M A N U EL A Z A N A
del autor, acaso la mejor autobiografia espi-
ritual de un espafiol moderno. A mi modo de
ver, Unamuno nada ha escrito de si propio
‘equivalente a la glosa de Jas palabras “jYo
. 8é quién soy!”, proferidas por Don Quijote
cuando su convecino el labrador Pedro Alon-
so lo recoge del suelo donde yace después de
la aventura con los mercaderes toledanos que
iban a comprar seda a Murcia. En el orden
critico, el comentario de Unamuno se dirige
a fundir el ideal de la caballeria profana, alen-
tado por la sed de renombre, de inmortalidad,
y el ideal de 1a caballeria cristiana, endereza-
da también a conquistar vida perdurable.
Unamuno hace de nuestro sefior Don Quijote
el Cristo de una religién de la fe, manantial
del animo heroico; fe sin dogmas definidos,
como no sea el dogma del albedrio de la pro-
pia conciencia (“jyo sé quién soy!”), y animo
heroico para violentar el mundo aparencial,
fallecedero, de cuyo prestigio viven neciamen-
te esclavos los hombres sensuales, y sobrepo-
24CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
nerlo el mundo fundamental, en cuya revela-
cién consiste para el vulgo 1a locura. Unamu-
no, al esculpir a Don Quijote-redentor, cum-
ple sobre el mundo poético en que el persona-
je novelesco se incrusta la misma operacién
que sobre el mundo sensible de donde salen
los personajes de sus novelas originales. Al
componer una novela aisla al hombre de su
contorno, omite los paisajes, el ambiente, lo
pintoresco; mas que desnudo, deja al hombre
en los huesos, y él explica en alguna parte
por qué trabaja sobre el hueso. Después, re-
une los paisajes desaprovechados en las no-
velas y escribe un libro con ellos. Este modo
de componer, de cuyas ventajas e inconvenien-
tes no seria oportuno hablar ahora, y que aca-
so preserve de corrupcién prematura a la no-
vela, reaparece en la traza de Don Quijote,
descarnado por Unamuno. Don Quijote pier-
de el cobijo del mundo en que Cervantes Io
vid. Unamuno deja a Don Quijote en soledad
de Viernes Santo, como el Cristo clavado en
25M A N U E L A ZA WN A
la cruz, enhiesta en lo sumo de un cerro, ex-
plorando las tinieblas. Alli esta Don Quijote,
profiriendo sus voces, sus alaridos, por los
que parece mas loco cuanto en mayor soledad,
-y nadie le escucha con amor, si no es el escu-
dero, que en la figuracién de Unamuno repre-
senta al pie de la cruz el papel de discipulo
amado.
Las cosas, a mi parecer, son de otro modo,
mirando a la totalidad del universo poético en
que Don Quijote sobresale. En el Quijote, no
no lo es todo el caballero de la Triste Figura.
Mas atin: Don Quijote no podria ser, si abs-
trayésemos la sustancia realista y poética que
lo envuelve, de la cual se nutre. Aislandolo, se
obtendria una criatura descomunal, sin ante-
cedente, ni congénere, ni causa, y podria de-
cirse entonces, como Unamuno dice, que Cer-
vantes no era capaz de inventarlo. Pero ese
aistamiento es una operacién del potente y
avasallador subjetivismo de Unamuno. Don
Quijote emerge de un sistema. Proviene del
26CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
encuentro de fuerzas que apretadamente con-
vergen y rompen hacia lo alto, y encumbran
sobre los materiales que permanecen sirvien-
do de escalén y asiento, una cima sefiera, do-
minante. Bien puede creerse, por compara-
cién con la naturaleza fisica, que en el espi-
ritu de un gran poeta ocurre un fendmeno se-
mejante al afrontarse y chocar dos movimien-
tos de la sensibilidad, acaudalados por expe-
riencias diferentes. El resultado es una con-
mocién, creadora de formas nuevas. Son visi-
bles en el Quijote las dos corrientes de la sen-
sibilidad que al cruzarse en el espiritu de Cer-
vantes han producido el alzamiento culminan-
te en la figura del triste caballero. Una con-
siste en experiencia realista; otra en suges-
tiones poéticas. Una proviene de la observa-
cién, del comercio cotidiano con los seres mas
triviales; otra, de la tradici6n, irreal, nunca
vivida por nadie en los términos que la tradi-
cién misma declara; parto de una fantasia an-
tigua, sin apellido personal, engrosada a tra-
27M A N U EL A ZA N A
vés del tiempo por la fantasia innumerable de
cuantos han apacentado en ella su capacidad
de ensuefio. Transcurre por el Quijote un
mundo concreto, Ileno de seres y enseres, ya
‘de Ia naturaleza fisica, ya de la animada, que
hinchen de materia no s6lo el perimetro de la
novela, sino cada palabra, repleta de sustan-
cia hasta reventar. De tal magnitud de volu-
menes proviene en el Quijote la sensacién es-
pacial. La venta y el castillo, la ciudad y la
aldea, el camino y la sierra, dilatan el horizon-
te sensible de la novela. Son los hitos mayo-
res, ligados por el trazo ideal de la accion,
que no se perfila a la manera de silueta esque-
matica sobre una tela creada por sugestién
en la fantasia del lector, ni va referida a un
mundo sin gravidez ni bulto, ni es suscitada
por un espfritu ciego ante la realidad exterior
y Cuyo mecanismo se nos revela por el andli-
sis, sino que va continuamente apoyada en un
objeto fisico y se traslada de uno a otro, pal-
pandolos, agarrandolos, y es determinada por
28CERVANTES Y LA: INVENCION DEL “QUIJOTE”
la azarosa sucesién con que los objetos apa-
recen a la vista del caballero. Los incontables
objetos en que la accién se apoya, como si no
pudiera tenerse en pie lejos de aquella uni-
versidad de cuerpos: brocal de un pozo, cue-
ros de vino, dornajo de un cabrero, pufio de
bellotas, enjalmas de una recua, la cola del
buey barroso, la bacia que refulge al sol, la
nariz de Cecial, un leon que se espolvorea las
fauces, un gaban, la mula muerta de Carde-
nio, y tantos y tantos, nos mantienen en el rei-
no de los nombres, de las palabras cargadas
con la designacién directa de las cosas por su
apariencia sensual, donde todo Io que puede
decirse de ellas en virtud de sus cualidades y
de su posicién relativa se omite por el pronto.
Las cosas no estan insinuadas, aludidas, tras-
puestas, sino representadas, ocupando sitio,
hasta donde alcanza el poder representativo
de los vocablos. La representacién de las co-
sas, en su indiferencia esencial, en su inocen-
cia propia, anterior a toda calificacién, ante-
29M A N U EL A Z A N A
tior sobre todo al acto y al habito de colorear-
las con destellos de nuestra vida interior, brin-
_ da alos entendidos en das virtudes del lengua-
je el puro placer de la sensualidad de la ex-
presion, el sabor carnal de las palabras y el
gozo de acariciar su contorno, como los de-
dos expertos del artista acarician la perfec-
cién de la materia esculpida.
Mas hondo que la experiencia realista cir-
cula por el Quijote aquel otro caudal, el to-
trente poético alimentado por fa tradicion, en
el cual se sumerge la humanidad del Quijote.
En cada pagina el rumor de esa corriente pro-
funda se deja sentir. La sombria vulgaridad
de las figuras se enciende y colorea, traspa-
sada por los fuegos de una iluminacién remo-
ta, como el sol invisible a nuestros ojos exalta
las delgadas formas inscritas en los plomos
de un vitral. Las criaturas cervantinas, de
cualesquiera calidad y porte, se placen en los
ecos, en los destellos de aquellas voces, de
aquellas luces, ultimo sefiuelo de su capaci-
30CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
dad de crear, de su capacidad de sofiar, y re-
ciben del sentimiento comtm— aspiracién al
reposo en un mundo imaginario, compensa-
dor del mundo cotidiano—, un aire de fami-
lia inconfundible, como participes y guardia-
nes conservadores del tesoro poético nacio-
nal. El caudal poético—ya se adivina—con-
siste en la trasposicién fabulosa de Ja historia
espafiola, y en la presencia real, con la reali-
dad de la imaginacién, mas poderosa para
este resultado que los textos veraces, de los
mitos traidos directamente al mundo por in-
vencion de la fantasia.
Si la mitad, digamoslo asi groseramente,
del Quijote proviene de 1a experiencia realis-
ta, de la observacion, de un designio satirico
y costumbrista, la otra mitad aprisiona los
frutos de una elaboracién poética, asimilada
por el pueblo, de mas antigtiedad que su ex-
presion literaria en el romancero, tal como lo .
conocemos. El choque y reaccién de ambas
corrientes en el espiritu de Cervantes, mas
3M A N U EL A ZA WN A
que hacer posible podria decirse que determi-
na la creacion de la figura de Don Quijote, el
cual no viene a nosotros con la violenta se-
quedad de un guijarro disparado desde lo os-
curo por mano incognita, ni aparece como
cardo espinoso, hostilmente solitario en un
erial, sino suscitado en la masa de aquella ri-
ca pulpa realista, por el soplo poético de lo
maravilloso. El prodigio en la composicion de
la novela—éste es el acto sacramental logra-
do por el poeta—consiste en haber fundido
la corriente realista y la mitolégica en una
emocién sola. Emocién inquietante, agridulce.
Los mitos se humanizan, se avienen a partici-
par en la realidad concreta, entran en un sis-
tema de alusiones, como pertenecientes a la
experiencia de cada cual, ni mas ni menos que
ahora, muchedumbre de espafioles, sin cono-
cimiento directo del Quijote, lo aluden, mane-
.jan los mitos creados por él, poniéndolos en
linea con sus nociones experimentales. Y a la
inversa: la humanidad del Quijote, cuando
32
j
{CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
mas denso parece su realismo, va como arre-
batada en una onda, que sopla no se sabe de
qué parte; o tal vez lo sabemos: del limbo de
creencias poéticas que influye en las criaturas
cervantinas mas prosaicas su primer aliento.
De esta manera me explico, sin salir de lo
normal en la génesis de una obra literaria, la
invencién de Ja figura de Don Quijote. Cer-
vantes la inventé al sentir levantarse en su
espiritu, delante de una realidad contempla-
da con la pupila que dilata la fantasia, la mis-
ma emocién sentida por nosotros al leer el
Quijote; sdlo que a nosotros nos dan ya la
fantasia estilizada, operante sobre lo real; re-
cibimos el prodigio cumplido. En los compo-
nentes de la invencién, lo risible era la reali-
dad primaria del personaje; lo serio es la fan-
tasia, la corriente maravillosa que Cervantes
introduce en lo real para descomponerlo. Es
facil ver en la biografia de Don Quijote dén-
de acaba la observacién, donde comienza el
invento. La realidad es Alonso Quijano. Un
33 3M A N U EL A Z A N A
viejo chiflado que en el ocio, el silencio y la
soledad de su aldea se encalabrina por un te-
ma hasta la obsesién delirante; lejos de ser
extraordinario, parece un caso de observacién
comin. El tema es lo de menos. En cien luga-
res de la Espajia actual viven otros tantos se-
fiores alucinados por la arqueologia, vocacion
que, si penetra en un espiritu falso, mal equi-
librado por carencia de estudios, se exaspera,
y de trabajo intelectual adviene a sentimiento,
se gradia de pasion, y retrae al espiritu soli-
tario a una posicién anacronica. No hace mu-
cho tropecé en un pueblo castellano con un
erudito de este porte, extremadamente ama-
ble, que luego de mostrarme los rincones mas
sucios del lugar me dijo con aire de triunfo:
—Veremos ahora el sitio por donde Alfon-
so VI aportillé las murallas para asaltarnos.
Salimos en busca de las murallas. El ar-
. quedlogo me explicé Jos trabajos de aproche,
el ataque, la defensa, el tamafio de la brecha,
y otras mil cosas, con la precisién de un tra-
34CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
tado de poliorcética, que es, segin me han
dicho, el arte de expugnar los recintos forti-
ficados. De las murallas que asalté Alfon-
so VI no queda un grano de arena; pero el
arquedlogo las veia tan de bulto como pudo
verlas Rodrigo de Vivar.
Alonso. Quijano era un espiritu igualmente
extraviado por la disposicién arqueoldgica.
Su objeto no eran los monumentos, ni siquie-
ra los textos literarios, ni menos el lenguaje,
sino cierta estructura social, cierto modo de
vivir, en los cuales se zambullia, restituyendo
sus potencias a una actualidad fabulosa o
abolida. La determinacién inmediata, fatal, de
una fuerza alucinante tan rigurosa, es repo-
ner los seres al estado que tuvieron, segin los
ve, o tratarlos como si ya estuviesen repues-
tos. El arquedlogo de mi ejemplo—se me ha-
bia olvidado decirlo—, tomandome por quien
no soy, me suplicé que intercediese con mis
amigos de Madrid y buscasemos empefios pa-
ra un papel elevado al Gobierno: instaba la
35M A N U EL A ZA FR A
conservacién de las murallas del pueblo; co-
mo no existen, conservarlas era rehacerlas,
por mas que nadie sepa como fueron. Revivir
la andante caballeria es movimiento parejo,
_ en la linea normal de accion de un espiritu
desposeido por el influjo de tal sofiada her-
mosura. Cervantes observ6, pues, la realidad
del tipo de Alonso Quijano en su primer ex-
travio, de que se hallan por el mundo ejem-
plares analogos; y observaria también el im-
pulso restaurador, el movimiento de recons-
truccién del arquetipo sofiado, sin necesitar
conocimientos facultativos sobre las anorma-
lidades mentales, sin ser un psiquiatra, por-
que el dato pertenece a la experiencia cotidia-
na y pueden aprovecharlo la conciencia vaga
y la conciencia profesional. Pero entramos
aqui en una zona misteriosa, conturbadora. El
orbe de la observacién realista y el orbe de la
fantasia se cortan, se invaden. Cervantes pu-
* do conocer realmente a un Alonso Quijano re-
suelto a restaurar la caballeria andante, de
36CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
donde vino la estupenda ocurrencia de con-
vertir a Quijano en Don Quijote; pongamos
que en efecto lo observé en la vida real. Pero
eno pudo Cervantes observarlo en su propio
espiritu? Este seria el gran caso, y si se pro-
dujo como yo pienso, la fuente verdadera de
la invencién.
Asi como en cierto punto de la especulacién
filosdfica se introdujo, al dilucidar el. proble-
ma del ser, un psicologismo veraz, analitico,
que restituye el proceso interior mediante la
observacién de la propia conciencia, es nece-
sario, mas que legitimo, aplicar el mismo mé-
todo a la investigaci6n del ser artistico, de la
criatura germinada en el seno del poeta, si
queremos llegar a las rafces mas sutiles por
donde la obra se nutre del espiritu genitor. Es
un hecho de la experiencia que el espiritu ar-
tista, en su desarrollo, conoce una fase de in-
determinacién imitativa, causada por la lec-
tura, el medio social, el espectaculo de Ja na-
turaleza u otra sugestién poderosa. No ha-
37M A N U EL A ZA WN A
blo de imitacién de obra hecha, imitacién de
artifice aprendiz que se ensaya en lo ya lo-
grado por otros. Hablo de una fase anterior,
cuando el artista, quiza ignorante de que lo
sea, sin proponerse hacer nada, se entrega
candorosamente y permite que su espiritu se
guie y se modele por el prestigio de aquellas
sugestiones, La fase es tanto mas fecunda
cuanto mas vivas las dotes radicales del ar-
tista: la facultad alucinante y la plasticidad
de sus alucinaciones. El hombre en tal estado
se disocia y multiplica. Uno lo ven por fuera
en su condicién social, y otro, y aun muchos,
es él por dentro, en los cuales muchos encar-
na y los personifica, ofuscada momentanea-
mente la identidad personal. En modo vulgar,
esa ofuscacién prolifica declara lo que un
hombre querria ser, como quisiera ser, 0 cé-
mo, si a tanto llega, intimamente es. Ya den-
“tro del arte, y del arte literario, la alucina-
cién y la plasticidad, que anuncian la inven-
tiva novelesca y dramatica, denotan al poner-
38
ieCERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
se por obra, no lo que el artista quisiera ser,
sino como ha ido siendo por dentro en la fase
tal vez inacabable de la indeterminacion imi-
tativa. No diriamos, pues: Segismundo es Cal-
derén; ni Calderén habla por boca de Segis-
mundo; ni Hamlet es Shakespeare; sino que
Calderén y Shakespeare han sido Segismun-
do y Hamlet. A fuerza de vivir en ellos, de po-
nerse en ellos, pueden disociarlos y arrancar-
los de si, con las fatigas del alumbramiento,
y también un poco de tristeza, como quien
abandona una parte querida de su recato.
Cervantes poseyé en grado descomunal el po-
der alucinante y plastico. Su gran novela lo
declara. Es forzoso que Cervantes haya so-
fiado y delirado, viéndose muchas veces otro,
con el relieve, doloroso a fuerza de ser vivo,
impuesto por una capacidad plasmante sin
igual. Se habra visto en todas las formas de-
seables para colmar la felicidad de su vida.
Fué, imaginariamente, cuanto hubiese querido -
ser: enamorado dichoso, capitan ilustre, gran
39M A N U E L A Z A WN A
ministro, sultan de Turquia, Papa, o pastor
de la Arcadia. De seguro se vid, en la fuerza
de su juventud, caballero andante, por con-
tagio imitativo de los libros de caballerias.
‘ Otras gentes se lanzaban a fundar, reformar
y conquistar, buscando por diversos caminos
eterno nombre y fama. En el caso de Cervan-
tes, dado su espiritu aventurero y el ansia de
inmortalidad, el influjo de los libros de caba-
llerias tuvo que ser decisivo. Cervantes se
embriag6 en las mismas lecturas que Alonso
Quijano. Se advierte en el Quijote 1a fiebre
que le produjeron. La reaccién no seria tan
profunda, si a él no lo hubiesen en cierta edad
avasallado. No hubiera sido joven, ni sensi-
ble, ni creador si, embriagado en su lectura,
dejara de entrar imaginariamente, por des-
doblamiento de artista, en la misma figura~
cién que Alonso Quijano padeciera por sim-
-pleza y mentecatez. Cervantes nunca renegd
de los libros de caballerfas. Manda a la ho-
guera los malos libros, monstruosos, mal con-
40CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
cebidos y escritos; a otros los pone sobre su
cabeza. A todo lo largo del Quijote traspare-
ce, por entre la burla y la caricatura, una son-
risa magistral, como diciendo:
——Veran ustedes qué libro de caballerias
voy a escribir, si me lo propongo.
Y en rigor, los trabajos de Periandro y Au-
ristela son, psicolégicamente, un libro de ca-
ballerias, la narracion del heroismo incansa-
ble en busca de la gloria, de la felicidad.
Se vid, pues, supongo que de mozo, caba-
Ilero andante. Al ponerse, ya maduro, a es-
cribir el Quijote, toma su coraz6n juvenil en
las manos y con delectacién irdénica lo di-
seca. La alucinacién de Quijano creyéndo-
se caballero andante, mas atin, siéndolo, es
la misma alucinacién del autor, gozada por
hechizo de los libros de caballerias. La raiz
de la estupenda invencién es autobiografica.
Hacer pasar por el filo de la inteligencia ya
madura las quimeras fervientes de la moce-
dad, llamar a juicio la vida que quiso ser y no
41M A N U EL A ZA NA
fué, ante la vida como ha sido, implica una
operaci6n terrible a par que gustosa, fecun-
da en reacciones enérgicas. Es introducir un
hierro candente en una balsa de agua fria.
Prodiicese desprendimiento de vapor, gasto
de fuerza, mutacién de la materia, entre chi-
tridos y estridores que representan, en la
figuracion propuesta, el dolor del espiritu al
cauterizarse; predomina la callada frialdad
del agua, de que sale el hierro con mejor
temple y firmeza, como el espiritu se vigori-
za al dominar la serenidad de la inteligen-
cia experta el fuego sentimental. Esta crisis
sefiala la madurez: entonces, o nunca, es Ile-
gado el otofio copioso. Cervantes la padece
al concebir el Quijote y llamar a capitulo las
memorias de su vida interior: Don Quijote se
absorbe repetidamente en sus “eternas memo-
rias”, memorias, como bien sabemos, de lo
que nunca sucedid. La introspeccién, que
alumbra a Cervantes manantiales no catados,
explica las diferencias de fondo entre el Qui-
42CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
jote y las demas obras del autor. Si el Cer-
vantes del Quijote parece otro comparado al
de La Gitanilla 0 El amante liberal, no se de-
be al encuentro con Quijano o con Don Qui-
jote en persona, sino al retorno sobre su fue-
ro interior, que le permite encontrarse a si
propio. Encuentro felicisimo por lo que tiene
de problematico; encuentro menos facil, ha-
cedero y normal de lo que pensara algtin pro-
fano, porque las mantillas de una escuela li-
teraria o los andadores de una retérica de
encargo pueden privar a un espiritu del libre
movimiento que su vigor pediria, amenguar
su fecundidad o esterilizarlo por completo. En
el Quijote, Cervantes se exime de la retdrica
convencional y del realismo impasible: estiliza
sus quimeras y halla los dones otofiales, la
dulzura, la melancolia, el humor y aquella re-
signacién placentera ante el rigor de la vida
imperfecta, hermanastra de su ensuefio. La
resignacion alegre, la piedad sonriente sobre
si propio y el mundo, no desmentidas en tran-
43M A N U EL A ZA NA
ce mortal (“jadiés gracias, adids donaires,
adiés regocijados amigos?’”’) recapitulan co-
mo el final de una sinfonia beethoveniana, la
inspiracion de Cervantes al confrontar en el
Quijote las promesas de la vida, sensibles atin '
€n su corazén viejo, como sonaron con todos
sus timbres y brillaron con todos sus resplan-
dores en el céncavo de su espiritu, y la corta
ventura del ser humano que, triunfante o fra-
casado, reconoce tardiamente lo fragil de su
ilusién, 1a futilidad de las razones que se la
hicieron entrafiable. La profunda resonancia
del Quijote no proviene de que el libro sea el
poema de un fracaso, fracaso de Don Quijote
o fracaso de Cervantes, sino de conocer y
aceptar la condicién subalterna de cada hom-
bre ante el fendmeno inexplicable de la vida:
quien mas la posee, importa lo que un inciden-
te apasionado. Cervantes comprende, acepta
y se resigna. Su comprension y su indulgencia
no significan indiferentismo moral, ni asola-
miento nihilista, ni un grosero y plebeyo “Fqué
44CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
se me da a mi!” La formacion clasica y caté-
lica le delimitaba claramente los tres érdenes
del universo: el orden de lo divino, el orden
natural y el orden intimo del espiritu. Cervan-
tes no los niega, todo su sistema se apoya
mentalmente en la vigencia de sus valores.
Pero el orden del espiritu nace y perece den-
tro de los otros dos, y no puede, como quisie-
ra, subordindarselos. El ansia de inmortalidad,
en Don Quijote, en Cervantes, no tiene otro
origen. Un ansia tan fuerte viene lacerada por
la percepcién de su propia imposibilidad. El
valor de Ja vida se engrandece al mismo paso
que un espiritu es mas capaz y sublime; po-
dria decirse, por comparacion con los inferio-
res, que la vida es creada y repensada en los
mas altos. En desquite, a tales pensamiento
y re-creacién acompaifia, antagonista tragico,
la evidencia, igualmente proporcionada, de la
nulidad del esfuerzo si se encamina a la po-
sesién de aquello mismo que concibe. Quien
mas tesoros inventa, mAs siente la privacion
45M A N U EL A ZA NA
de gozarlos. El dltimo aprendizaje de un es-
plritu superior vendria a ser, segiin la fuerte
expresién de Goethe, ensefiarse a desesperar.
Desesperanza de este género, que no deses-
peracién, es la de Cervantes, sin funebridad,
rebelion ni frenes{ romanticos, nimbada por
las suaves luces del otofio sereno.
Esto halla Cervantes al soltar el raudal de
su lirismo, frenado por la sabiduria, y expli-
ca no sdlo la ventaja inicial del Quijote en la
produccién cervantina, sino otra importancia
reconocida: la proyeccién nacional del libro.
Con razon se atribuye al Quijote mayor signi-
ficado que representar inmediatamente los va-
lores sensibles y poéticos prisioneros en la
expresi6n literaria. La actitud, los motivos de
la humanidad quijotesca reciben, por don gra-
cioso de 1a magnificencia de Cervantes, fuer-
za segunda, ulterior a los propdsitos conse-
guidos en la pagina final de la novela: 1a fuer-
za de representarnos el espiritu hispano en la
mas dramatica crisis de su historia. Quere-
46CERVANTES Y LA INVENCION ‘DEL “QUIJOTE”
mos ver en la derrota y desilusién de Don
Quijote el fracaso mismo de Espafia. Habria,
segtin esto, un propdsito de moralista mas que
una inspiracién de poeta en la fuente del Qui-
jote. Pero a m{ no me interesa cargarlo de se-
gundas y aun de quintas intenciones, roerlo
como texto criptografico, resistente a toda cla-
ve, porque las alusiones, despiques y enojos
que Cervantes haya puesto en su novela nada
importan a la figuracién nacional de Ja obra,
que se engendra en la actitud reflexiva del
poeta sobre su propio ser y es irreductible a
una alegoria satirica.
La abundancia, serenidad y hondura del
manadero lirico en Cervantes, lo sittan sobre
todos los narradores, dramaturgos y moralis-
tas que en su tiempo, por diversa via, trataron
la materia espafiola: ninguno expresé de Es-
pafia tanto como él. Cervantes podra cifrar
en su obra, voluntariamente, cuanta oposicién
se quiera: mas se opuso Quevedo, con rara
violencia, y no asciende a Ja representacién
47M A N U EL A ZA N A
que Cervantes en el Quijote. Aquella fuerza
poética de Cervantes, que saca a luz recon-
ditos matices de una saz6n contemporanea
muy compleja, viene a ser el lauro de dos cua-
lidades temibles para la felicidad personal se-
- gitn el mundo: la ingenuidad y la ternura. La
ingenuidad incurable, resistente a la vejez, a
los resabios del oficio, no es candorosa nifie-
ria propia del menor de espiritu, sino dispo-
sicién al abandono gozoso traida por la vir-
tud natural de impresionarse. La térnura si-
gue a la ingenuidad como el regusto al pla-
cer: el Animo facil en percibir lo bello, logra,
por el frecuente disfrute de la emocion, virtud
semejante al don de lagrimas. Contemplar di-
rectamente en nuestro fuero interno, sin me-
diacion de los sentidos, es la vara magica que-
rompe la pefia de Horeb y desaltera el alma.
Los descriptivos, que toman notas para re-
producir Jo real, no entenderdn el caso.
La ingenuidad y la ternura nada implican
alas dotes de la inteligencia; tampoco tienen
48CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
que ver con las prendas del caracter. Ignora-
mos el de Cervantes, pero es comtn imaginar-
selo ponderado, apacible, de tales sensatez y
buena hombria como parecen en las diserta-
ciones morales de Don Quijote. Imaginacion
arbitraria, no muy sagaz, en cuanto persigue
un reflejo de la actitud estética de Cervantes,
y atribuye al cardcter el hechizo de su facul-
tad sensible. La frescura, novedad y presteza
de la emocién en Cervantes; el alborozo, la
gratitud de abrirse a las impresiones; el ren-
dimiento del espiritu del poeta y su sonrisa al
resolver los contrastes, efunden por el Quijo-
fe reposo, serenidad y calma: los lectores, in-
cluso lectores poco ordinarios, traducen tales
obras del sentido estético en bondad, nobleza
y elevaciOn de animo, calidades de la com-
plexién moral. Sin quitar ni poner coma en
su obra, Cervantes pudo igualmente ser ge-
neroso o envidioso, avaro o esparcido, con-
versable o taciturno, mansueto o camorrista.
De la calidad estética no puede concluirse al
49 4M A N U EL A ZA N A
caracter, aun poniéndolo en contrastes violen-
tos como acabo de ponerlo; menos en los ma-
tices de la verosimilitud humana, pendiente de
un acento indefinible.
De aquella disposicién estética de Cervan-
tes, acompafiando a su vida mediocre, a su
no muy copiosa fertilidad, al tardio desgarra-
miento de su mundo interior en el Quijote,
puede inducirse, si no el caracter, la actitud
del hombre ante sus préjimos. Ambicioso,
mas por el ansia de adornar la vida que por
instinto rapaz y vanagloria, hollé diversos ca-
minos sin andar resueltamente ninguno. Paje,
soldado, alcabalero, colector de viveres y
otros oficios en que fuese cayendo, los tuvo
ano poder mas; también por necesidad es-
cribié, hasta donde la corta ganancia y su na-
tural indolente le consentian adquirir con los
escritos algo de fo necesario. La variedad de
empleos poco lucidos denota incertidumbre,
un no saber qué hacerse, a merced de la for-
tuna; denotan quiza en hombre tan descomu-
50CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
nal algtin defecto que le hiciese de acomodo
dificil, poco cursable. Barruntaba su obra,
conocia el minero yacente sin explotar en su
espiritu, se toméd la pausa y el remanso de
quien estuviese seguro de vivir cien afios: por
un poco nos quedamos sin el segundo Quijo-
te, Apacentaba su indolencia en las promesas
rientes de la vida interior, fastuosas como
ninguna realidad del mundo; indolencia favo-
recida por carecer de acicate en Ja codicia: un
dios benigno, el genio protector de la gran
Compluto, le privé de ganar con la pluma, en
resguardo de su salud intelectual y de su en-
tereza artistica, a cambio de que hoy le llame
holgazan un historiador de nuestra literatura.
Y asi librando la raz6n de vivir a un mafiana
confuso, menos estimado de lo que pensaba
merecer, dolido de su oscuridad, Cervantes,
que refrenase o no los piques de la emulacién
ocasionados al rencor y a los desaires, debia
de ser no tan campechano como su facundia
promete, y mas capaz de cobrar autoridad en
51M A N U EL A ZA WN A
un momento critico que de ir sembrando a vo-
leo adhesiones frivolas. Hombre de culmina-
cién tardia, de los embobados por cierta mu-
sica que ellos solos perciben, a quien moteja
.el vulgo por rezagarse en la carrera.
Hombres de tal arte facilmente son tenidos
en poco por los beocios encaramados en al-
gun ramo del saber, y por los dioses popula-
res. Alguien le llamé ingenio lego. jYa se ve!
Hubiera sido catedratico, hubiera lefdo Prima
o Decreto en Alcala, y otro gallo nos cantara.
Lope desdefia a Cervantes: las observaciones
del canénigo anticipan el fallo universal so-
bre la produccién dramatica de Lope. Y no
quiero saber 1a opinién de los doctos sobre
un autor que escribia “fracasar armadas” y
otras incorrecciones notables. Hombre de tan
corta ventura supo abarcar en espfritu la sa-
z6n contemporanea, acompasarse al ritmo de
su edad como nadie lo habia hecho ni ha vuel-
to a hacerlo. Ya maduro, percibe las zarzas
en que se dejara prendidos los mas bellos or-
52CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
namentos del vivir, y resulta analizado, estri-
cado, el secreto crepuscular de un pueblo. Es-
pafia resuena en el espiritu de Cervantes, que
nos devuelve el son como si fuese propio.
Con ninguna obra de ningun otro poeta su-
cede lo mismo. La identidad del Quijote y Es-
pafia es nica, como 1a posicién de Cervantes.
La generacién anterior, violenta y primaveral,
expansiva, cursa en ciertos respectos el apren-
dizaje: el espiritu publico asciende todavia.
En fa generacién posterior a Cervantes hay
un punto corrompido, algo y aun muche de
exquisito, de hostil a lo cotidiano; el espiritu
ptblico en decadencia se torna a contemplar
el pasado. La gente mejor se contrae, se li-
mita, menguada por las circunstancias. Que-
vedo, moralista, fildsofo, muy sabio compara-
do a Cervantes, se carga de intenciones aje-
nas a la poesia y al arte; amargo y violento,
© cierra a la percepcidn tranquila de los va-
lores humanos. Al oidor, padre de dofia Cla-
ra; al cuadrillero de la venta, a Ginés, Que-
53M A N U EL A Z A N A
vedo los habria hecho ceniza con tales dicte-
rios y sentencias de su prodigiosa invencién
verbal, que les quitarian literariamente la vi-
da, lejos de soltarlos en la blanda atmésfera
en que Cervantes los deja respirar.
Cervantes, de mds dichosa generaci6n,
transcurre en zona templada. Todavia, a la
cabecera de su cuna, llega el resplandor me-
ridiano de los tiempos nuevos. Al filo de la
senectud, todo en el mundo espajiol periclita;
ya no hay so! en las bardas. Que una biogra-
fia personal mire a dos horizontes, que el de-
clinar apesarado de un hombre, de una gene-
racion, y la clausura de un movimiento hist6-
rico coincidan, no puede menos de ser raro.
Yo he conocido dos comienzos de tiempos
nuevos, falacia pura, que al disiparse solo
puede levantar la inspiracién literaria a lo ele-
giaco personal. En realidad, Espafia no ha
vuelto a conocer tiempos nuevos desde la tl-
tima década del siglo XV y primeros del XVI.
Nuevas la politica, las armas, las letras, la
54CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
extensién del orbe, nueva la ambicién: descu-
bierto el arcano de un plan providente que
repartia a Espafia el primer papel. Cervantes
crey6 haber visto en el cenit la estrella del im-
perio catélico y espafiol. La “naval” le pare-
ce una ocasién sin posible semejanza. El ino-
cente orgullo de recordar su presencia en la
batalla prueba que, floreciente la edad, de oro
los cabellos y la fantasia, ansioso de aventu-
ras, Cervantes gozé entonces la ocasi6n in-
signe de toda su vida. No el brillo de las ar-
mas, no el espectaculo atroz y magnifico del
choque, no el furor combatiente conmueven,
a tan gran distancia, el corazon de Cervantes,
sino el creer y confesar la grandeza de una
causa en cuyo séquito ha merecido gloria. La
fuerza expansiva de su alma halla en el gran
suceso un objeto condigno. jQué no podria
esperarse de tal historia, inaugurada a lo
grandioso en el verdor quimerista del poeta!
Treinta y cinco afios mas tarde, el mismo
hombre, sin oro en los cabellos ni verdor en
55M A N U EL A ZA RN A
el alma, considera la vida, de que ya pronto
ha de partirse, como un bien positivo. No le
reprocha su brevedad, no impropera al des-
tino, no entenebrece el mundo con su duelo
- personal. La objetividad del universo perma-
nece. El poeta ha penetrado en él por merced
divina: no es invencién ni proyeccién suya; el
poeta cree en la realidad sensible. Esta de
presente en ella, con fugaz presencia, entre
un fué y un sera, de cuya real sucesién no se
le ofrece tampoco la menor duda. Cervantes,
entrandose por la vejez, posee, como todo el
que traspasa esa linde, cierta magnitud tem-
poral experimentada, que le sirve, por com-
paracion, de unidad de medida, y le permite
advertir lo inminente del no ser. Comparados
el fué y el sera, desde el punto de vista de la
duracién, se anticipa la vigorosa presencia
del instante en que la carrera personal y la
carrera del mundo se bifurcan para siempre.
Esta crisis dispone e! dnimo a considerar
cuanto ha sido, cuanto ha hecho, la obra des-
56CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
prendida del claustro de nuestra intimidad.
La melancolia, el sarcasmo, el furor, la man-
sedumbre u otro modo cualquiera en que re-
accione el espiritu ante esa contemplacién,
nos revela su indole mas secreta.
Cervantes, viejo y pobre, considera el ca-
mino andado desde el dia de la naval; com-
para el teatro fluctuante de su ambicién hen-
chida por la rafaga voluminosa del mar, y la
quietud silente, reseca, de su estado en Es-
quivias: la novedad, la galanura, se resumen,
triste suerte, en el veduiio jaen de los majue-
los que le aporta dofia Catalina. Yendo con
su mujer, las tardes congojosas del agosto,
a probar los pintones, el hidalgo zozobra en
esa paz, muy sin objeto: percibe lo inutil de
su presencia en tales sitios, a tales horas. Sa-
lir a este sosiego y postracién del mundo des-
via sus ensuefios. gAdénde vuela la imagina-
cién del viejo, ensefiada a concertar, enfrente
de lo real, quimeras disformes? Pondera, en
su ya no corto viaje, el verdor de la partida,
57M A N U EL A ZA N A
la marchitez del retorno. De cuanto quiso ser
y tener, al ser de cuanto tiene, no va menor
distancia que de Alonso Quijano a Roldan. La
imagen brota del contraste: en lo sumo del
alcor, oloroso a hierbas agostizas, un caballe-
ro columbra la planicie fantasmal, leonada de
oro viejo, y la rara amenidad de unos juncos,
el perfil de aquel dlamo, delator de un arroyo.
El sol trucida la sierpe de! arroyo; a trozos
lo sepultan las guijas: insectos zancudos las
pasan a pie seco y engendran la tradicién de
un milagro. Quedan laminas de plata, guarne-
cidas de berros y juncia, y la rana verdinegra
en cuclillas, que de un brinco se zambulle.
No hay mas en la Ilanura, si no es el molino
en vias de agigantarse, y las ovejas, todavia
rebafio y no ejército, por falta de una arenga.
jQué risotada la de Cervantes al descubrirse
caballero en tal rocin, delante de tal paisaje,
y compararse, enfermo y macilento, con el
brioso caballero andante que pudo ser! ;Qué
parodia de !a ambicion, de la fuerza! A igua-
58CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
les risotada y parodia le provoca Alonso Qui-
jano, portador del ensuefio y la experiencia
de Cervantes. Sin dejar de compadecerlo, se
burla de Quijano. De Don Quijote no tenia
por qué burlarse ni compadecerse. Lo risible
proviene en Don Quijote de saber que no es
Don Quijote, sino Quijano, quien habla y tra-
baja. Cervantes no ridiculiza el animo heroi-
co, sino la impotencia alucinada. Don Quijote
no desiste de su empefio: vencido en Barce-
lona, purgard en su aldea el vencimiento, pa-
ra volver a las andadas. Tampoco se muere
Don Quijote: el personaje heroico se desva-
nece en el caletre de Quijano y asciende a los
senos de Ja fantasia, para siempre. Quien re-
nuncia y se muere es Alonso Quijano. Reco-
bra la raz6n, deja de ser Don Quijote (asun-
cion del héroe) y abjura la caballeria. Se mue-
re de cordura. Cervantes se enternece por
Alonso Quijano cuando lo ve morir, pesaroso
de su quimera. Nadie aborrece a Don Quijo-
te como lo aborrece Quijano en su lecho de
59M A N U EL A ZA WN A
muerte. Despierta del quijotismo como de unz
pesadilla, se arrepiente como de una aberra-
cién; estaba poseido de un demonio malo
Mas el morir de que se muere Alonso Quija-
no nada mengua la vida de Don Quijote. Cer-
vantes los disocia, y perece Alonso Quijano,
aposento ruin del quijotismo.
La vida de Cervantes, si llegé a contem-
plarla con sitbita y profunda iluminacion al
trasponer los umbrales de fa vejez, como yo
me lo imagino, corresponde al estado de la
sensibilidad nacional mas padecida. En los
mismos afios, el yelmo de la monarquia espa-
fiola vino a ser Ja celada de cartén que Don
Quijote, cautamente, se guarda de poner a
prueba. Prefiere creerla util, sabiendo que se
engafia: es, como tantos valores del pais, an-
tiguos 0 modernos, pura apariencia prestigio-
sa, que subsiste a condicién de no usarla. Qui-
jano, para hacer de Don Quijote, ha de supri-
mir el sentido critico. La vida de Cervantes
estA, pues, crucificada en la declinacién es-
60
rrCERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
pafiola. El mismo hombre para quien las he-
tidas “resplandecen” en el pecho del soldado,
dedica un soneto, no amargo, no iracundo, si-
no burton, al ejército que debié socorrer a Ca-
diz, saqueado sin estorbo por el inglés. Es-
cribe el soneto burlén precisamente por haber
creido, y creer como si estuviese viéndolo, en
el “resplandor” de las heridas. Equipara las
tropas del duque de Medina Sidonia a los “ar-
mados” de las procesiones de Sevilla: menos-
precio y desanimo, fruto del conocimiento de
una realidad que se defiende con celadas de
carton. :
Otras mentes estaban ya en el secreto. Cer-
vantes, por su calidad de poeta, sus levanta~
dos pensamientos y su ambiciéa, profundizd
el rigor de un destino que, lejos de subirlo y
sostenerlo con el auge de una civilizacién en
creciente, lo coarta con la rémora de una so-
ciedad exangiie. En tal estado, dificil es no
sentirse acreedor del tiempo en que se vive,
dificil no encararse con el destino y pedirle
61M A N U EL A ZA WN A
cuenta de su aspereza. El paso siguiente, por-
que el artista se ama sobre todas las cosas,
consiste en hacerse traicién, claudicar en lo
intimo, ponerse de parte de la adversidad, de
parte del destino, traerlos a composicién,
adornarse de sus mismos males, ser gracioso
en virtud de ellos, y amable. De tal flaqueza
no veo exento a Cervantes en el Quijote, fla-
queza que puede alicortar—no lo sé en este
caso—los vuelos del poeta. Si Cervantes, des-
pués de pedirle cuentas, transige con su suer-
te, y transige convirti¢ndola en sustancia de su
inspiracién, desciende de 1a categoria de nu-
men a la de hombre. No es puro marmol, es
un corazon lastimado. Por ahi, Cervantes no
se eleva sobre su tiempo ni sobre tiempo al-
guno. Quizds le falte soberbia, frialdad, mi-
santropia. Es muy de un lugar. No se pone a
distancia. Alterna con todos. Lo que su obra
y su figura pierden de majestad olimpica, tal
vez de duracién, lo ganan de profundidad res-
pecto de su mundo propio. Lo gana de ternu-
62CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
ta y compasion: porque Cervantes necesita
como nadie del coraz6n ajeno simpatico, le-
jos de cuyo calor se entristece. La arrollado-
ta simpatia de Cervantes y la universal adhe-
sién que goza, recompensan su menor cuali-
dad: el placer de contar con el prdjimo y de
sentirse crecer a medida que la estimacion del
prdjimo aumenta.
Cervantes conoce su mala suerte y la adop-
ta en su intimidad, le da forma universal: he
aqui mi cruz. Al expresarse, expresa a Espa-
fia: resume en sf, ordena y estiliza lo que an-
da disperso en el animo de la gente comin.
Antes, todo podia ser confuso; en hablandé
él, nada nos queda por saber. Cervantes alar-
ga hasta lo infinito 1a distancia entre el deseo
y su logro: en esta zona patética, su sensibi-
lidad es como nunca la de su pueblo. jIdeales
nobles, pensamientos elevados, vida colmada
de obras: plausibles cosas, y bellas, como los
bienes del mundo, deseables y positivos! Si;
pero soltar el freno al deseo y ordenar la vi-
63M A N U E L A ZA NA
da acolmarlo es locura que prefiere la buena
esperanza a la posesién ruin; s{; pero restrin-
girse a un orden pacato es cordura, penosa
renuncia a lo codiciable por falta de confian-
' za en el esfuerzo propio. Asi, entre desear y
privarse, no hay vivir dichoso, cabal, tran-
quilo. Nadie esta seguro de no recobrar la ra-
zon al borde del sepulcro y horrorizarse de
cuanto ha hecho, deplorar cuanto ha dejado
de hacer, que ya no sabra nunca si fué locu-
ra, si fué cordura. La operacién personal, te-
trible, de Cervantes, consiste en haber fiado
la representacion del deseo y la locura, no a
‘un caballero poderoso que, muerto en la de-
manda, llevado a galeras, o finando de otro
modo lamentable, probaria de sobra el fraca~
so; sino a un vejestorio invalido. Es decir, so-
bre mostrar el fracaso, se burla de él y de la
victima.
La risa es genial en Cervantes; cualidad que
le desliga de su mundo, le alza, le confiere
dominio y libertad que el patetismo, por si so-
64CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
Jo, nunea le darfa. El buen humor de Cervan-
tes es caudal de fuente, irrestafiable, profun-
do, de la entrafia. jQué mirar de codicia y de
gozo al encararse con su gente menuda y oir-
la hablar y sentenciar! {Como nota las pala-
bras, el ademan, Ia inflexion, el acento, el hilo
de sus ideas! No siempre su risa procede del
buen humor, ni el buen humor es brote espon-
taneo del temperamento alegre, sino experien-
cia fermentada, zumo clarisimo de un espiritu
afioso, que no se deja ya prender en la cate-
goria usual de males y bienes. Esta risa so-
brehumana pocos la han tenido en nuestro
pais: comparesela con el sarcasmo bilioso de
Quevedo; de segiiro nadie la ha poseido co-
mo Cervantes, de donde nace esa grande im-
presién de excelsitud, de serenidad ilustre y
predominio, que repone al poeta, derrocado
por el patetismo, en el predicamento de los
niimenes.
Como Cervantes cree en el valor de la vida
y lleva en si desleido el sinsabor de su men-
65 5M A N U EL A ZA NA
gua personal y el de la sociedad que lo en-
vuelve, su contemplacién risuefia no encubre
la melancolia. Si los destinos de Espafia hu-
biesen sido otros, quizds no percibiéramos
ahora el punto melancdlico del espiritu de
Cervantes, 0 quizds nos pareciera un rasgo
secundario y rigurosamente personal del poe-
ta. La historia no ha hecho sino cuajar y con-
solidar cuanto Cervantes, como espafiol, sen-
tia adensarse en torno; no ha hecho sino con-
vertir en problema critico lo que entonces era
una realidad de conciencia. Esta proyeccién
del Quijote es, por lo tanto, la mas poderosa.
La proyeccién social de la novela—que so-
mete al reactivo del sentimiento del poeta el
orden donde vive prisionero—se logra del
modo mas directo: merced al contraste de la
agitacion del personaje principal y la quietud,
{a calma, la flema de los otros. Los personajes
del Quijote viven reclusos en el corto ambito
de su oficio, sin preocupacién alguna de or-
den general. No parecen estar en la edad mas
66CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
importante de su pais, respecto del mundo.
Como el circulo de la Corte no trasciende ni
por asomo al Quijote, se acentia la impresién
de que los espafioles estaban muy lejanos de
los asuntos piiblicos. No sélo el Cura y el Bar-
bero, por ejemplo, cuyo porte y conversacion
evocan la pequefiez silenciosa y recatada de la
aldea; también el duque, personaje principal,
que por su rango hubo de ser consejero de
algiin Consejo, gobernador, capitan general o
visorrey; también los burgueses de Barcelo-
na, en quienes ninguna cosa ni palabra recuer-
dan o reflejan el ambiente de la ciudad. A Cer-
vantes no le da el naipe por lo urbano. Cada
vez lo veo mas rural, 0 si se quiere, de aire
libre. Todo lo que tienen de magnifico el epi-
sodio de Roque Guinart, el de Claudia Jero-
nima; toda la radiante hermosura de las ma-
niobras del cuatralvo en aguas de Barcelona
—el mar, la chusma, la artilleria—se reduce
a enteca figuracién en ei ambito barcelonés;
tanto, que no existe. Siempre me ha parecido
67M A N U EOL A Z A N A
que don Antonio Moreno y los demas acom-
paflantes de Don Quijote se pasean por las ca-
lies de una ciudad de cartén. Tan sdlo los que
se contagian un poco de la locura de Don Qui-
jote, como Sancho, se salen de su casilla per-
sonal; o los que sienten, aunque por modo dis-
tinto, el impulso antisocial, como los galeotes.
Eiios sienten en sus costillas el azote que para
el caballero se representa en agravios y en-
tuertos necesitados de enmienda. Todos los
demas son lo que Haman ahora “masa neutra”,
gente extrafia a las preocupaciones generales.
Pocas veces tocan en ellas los personajes del
libro. Se alude a los armamentos del turco
para dar ocasién a que Don Quijote incida en
e] tema de su locura; se enumeran los motivos
de sostener una guerra justa y se pone con
énfasis el primero: por defender ja fe catéli-
ca. En fin, Cervantes dramatiza una crisis na-
cional, la expulsién de los moriscos, en el en-
cuentro de Sancho y Ricote, lance el mas sig-
nificativo. Del contraste de Don Quijote fre-
68CERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
nético y un ambiente tan en calma, proviene
uno de fos efectos mas admirables de la com-
posicidn cervantina, que transporta a la esfe-
ra de lo social el punto de vista autobiografi-
co, la efusién lirica, motores originales del
Quijote. El caudal mas intimo, mas recatado,
se encarna en una accién transcendente a lo
social en cuanto la personifica un caballero
desfacedor de agravios. El frenesf antisocial
de Don Quijote viene a ser la descarga de la
tensién insufrible de un alma dolorida, tierna,
amante; su grandeza, su extravio, su vida des-
comunal, revelan la fuga de un ensuefio gi-
gantesco desde la prision de lo mediocre.
Es hora de hacer punto en estas habladu-
rias y sdlo he conseguido llegar al umbral de
las cuestiones. He mostrado por qué caminos
pretendo subir a la contemporaneidad de Cer-
vantes. Queda para otra ocasién mostrar los
hallazgos de mi viaje, es decir, en qué medi-
da, proporcién y parte, un espafiol de nuestro
tiempo puede reconocerse en Cervantes y ser
69M A N U EL A Z A RN A
expresado ¢ interpretado por él. Digo un es-
pafiol, no un hombre cualquiera, porque el
Quijote no es el monumento de una civiliza-
cién abolida, como la /liada; continuamos la
ruta del Quijote, poblamos su tierra, habla-
mos su lengua, y somos conterraneos, vecinos
y tal vez amigos del cura y el barbero, de Ca-
rrasco, del duque y de Ginés. Los espafioles
tenemos la rara fortuna de encontrar, volvien-
do la vista atras, esa enorme represa de la
vida nacional, formada, como jugando, por el
Quijote. Siendo yo espafiol, me interesa Cer-
vantes, mas que nada, como escritor. Sera
una extravagancia de mi caracter, que tiene
algo de selvatico; pero en Cervantes lo que
me importa exclusivamente es el escritor; no
digo el prosista, ni el estilista, ni siquiera el
inventor de novelas; sino la operacién del ta-
lento que, mediante la materia literaria, y con
sus signos, implanta ante mis ojos unas for-
mas de vida no expresadas antes por nadie.
Me importa saber cémo absorbe y elabora la
aeCERVANTES Y LA INVENCION DEL “QUIJOTE”
materia espafiola; y estando sumergido en el
mismo medio, cémo y por donde su sensibili-
cad se impresiona de las mismas cosas que a
mi me hieren. Otros se acercan a Cervantes
por motivos puramente actuales. Por ejemplo:
un hombre ha escrito un folleto titulado: Cer-
vantes, administrador militar. Idea diabdlica
seguida también por otros. La misma Acade-
mia se apropia a Cervantes como arquetipo
del lenguaje que se imagina conservar: quiere
hacerlo pasar por escritor castizo, tiene col-
gada su efigie en un salon y cada afio le dice
una misa, rodeando el timulo un piquete del
Cuerpo de Invalidos. Lo hacen asi académico
post morten, cliente de los semanarios grafi-
cos y miembro de los institutos armados, co-
mo declara el articulo de honor del Regla-
mento del Cuerpo de Invalidos. Esta manera,
que no censuro, no es la mia. Tengo la pre-
tensién de que la verdadera vida de un escri-
tor esta en sus obras, y de Cervantes, todo lo
que se puede y conviene conocer destella en el
aM A N U EL A ZA Ww A
Quijote. Cuando su lectura no me basta la
completo hablando con las personas que él
traté, o me vuelvo a los paisajes que forma-
ron su infancia, poniéndome al borde de la
' tumba del famoso moro Muzaraque, enterra-
do—segin palabras de Cervantes — “en la
cuesta Zulema, no lejos de la gran Complu-
to”, Pero esta perspectiva no he de entre-
abrirla siquiera.
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ALATORRE, Antonio (2012), Los 1001 Años de La Lengua Española, México, SEP, Pp. 193-205.
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