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Juan Vernet
Los origenes del islam
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eeeIDCOM anos ce Peet seC CC Rie e
cional en el campo de la ciencia dra-
be. Catedratico de la Universidad de
Pre C RC om Co rem Cnttaceme Cs
las Academias de Buenas Letras y del
Institut d’Estudis Catalans de Barce-
lona, de la Internacional de Historia
CCU Or Canto C Ms Cae ete re ey TO
diente, entre otras, de las Reales de
Ciencias de Madrid y Barcelona, y de
la de Estudios Islamicos de Amman.
Miembro honorario de la Royal Asia-
tic Society de Londres y de la Société
Asiatique de Paris. Ha recibido mu-
chos e importantes galardones por su
Prashant tats mere Ting
Las mil y una noches. Es autor de nu-
merosos libros, entre los que destaca-
mos Lo que Europa debe al Islam de
Esparia (El Acantilado, 1999), Astro-
CALERA
to (El Acantilado, 2000) y Literatura
drvabe (de proxima aparicién en esta
eM Cee aeJUAN VERNET
LOS ORIGENES DEL ISLAM
BARCELONA 2001 | EL ACANTILADOPRIMERA EDICION EN EL ACANTILADO noviembre de 2001
Publicado por:
EL ACANTILADO
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© deesta edicién: 2001 by Quaderns Crema, S.A.
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ISBN: 84-95359-62-6
DEPOSITO LEGAL: B. 46.242 - 2001
En la cubierta, tres lineas en las que se contiene,
entre otras palabras, el texto que dice: «Hoy os he completado
vuestra religin y he tetminado de daros mi bien.
Yo os he escogido el Islam por religisn.»
(Contenido en la azora 5 [La Mesa], versiculo 3.)
MERITXELL ANTON Prodacctén editorial
EDIGESTIO Preimpresion
ROMANYA-VALLS —Inppreston y encuadernacibn
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TABLA
Prélogo,7
1. Los arabes, 10
11. Los arabes segtin sus fuentes antiguas, 33
111. Mahoma, 55
iv. Elnacimiento de un estado, 75
vy. Evolucion tematica en el Coran, 93
vi. El texto actual del Coran, 111
vit. Asihicimos de vosotros una comunidad
moderada, 129
vit. La politica interna de los dos umares, 145
1x. Utmanb. Affan, 167
x. Alib. Abi Talib, 196
Textos y documentos, 217
Bibliografia, 251
Nota bibliografica ala presente edicion, 260PROLOGO
La historia del nacimiento del islam sélo posee unas
cuantas fuentes coetaneas: los testimonios escritos (el
Coran), algunos papiros y las referencias de autores no
musulmanes—pocos—escritas en lenguas distintas del
arabe (griego, armenio, pahlevi o persa medio...). Como
el periodo del que aqui tratamos (aproximadamente has-
ta el 661 d.C.) estd narrado con cierto detalle, el lector ha
de suponer que éste ha sido extrafdo de las crénicas de
los historiadores Arabes que escribieron un par de siglos
después de los hechos relatados, basdndose en la tradi-
cién oral que habia ido pasando desde los coetaneos de
los acontecimientos a sus hijos o discipulos, y de éstos
alos suyos correspondientes, durante tres o cuatro gene-
raciones y, tal vez, de algtin breve texto escrito. Por eso,
lo que en el gran historiador al-Tabari (m. 310/923) nos
parece falta de sentido histérico, quiza no lo sea. Todo lo
contrario: es rigor histérico. En sus Avales recoge para
un determinado hecho todas las versiones—aunque sean
contradictorias—, una detras de otra, que han llegado
hasta él y, siempre que puede, tiene cuidado en anotar la
cadena o sucesién de transmisores del mismo. Nos da,
pues, el material en bruto, tal como le ha llegado.
Un ejemplo bastara: por su crénica y por las bizanti-
nas sabemos que tuvo lugar una gran batalla naval en que
los 4rabes, en fecha indeterminada, pero alrededor del
7650, vencieron a la flota de Constantinopla. El hecho, en
si, es indiscutible. En cambio, los detalles no. Los testi-
monios reunidos por Tabari y otros autores 4rabes no
concuerdan y el relato de los mismos dependerd del cré-
dito que cada uno de ellos merezca al historiador (ya no
cronista ni analista) de turno: se enfrenta ante un proble-
ma cuya solucién conoce, pero cuyos precedentes pue-
den ser muy distintos, al igual que sus consecuencias, En
la citada batalla, la flota arabe pudo estar integrada por
naves sirias, egipcias o de ambas regiones; el jefe de las
mismas pudo ser uno cualquiera de los gobernadores de
esas regiones o los dos conjuntamente. No cabe duda
de que los arabes vencieron. En cambio, si puede discu-
tirse por qué no explotaron su victoria, si fue por causas
politicas, religiosas 0 econémicas.
Cada autor es libre de escoger, dentro de la masa de
noticias, aquellas que le parezcan que explican mejor la
concatenacién de los hechos reales que conoce con segu-
tidad, aunque a veces tenga que recurrir a manejar deta-
Iles procedentes de distintos transmisores. Este cruce de
hadices, sumamente criticable y poco riguroso, es el que
se ha seguido en las paginas siguientes: era el Gnico siste-
ma para dar al lector una idea de qué fue el islam en sus
inicios y cémo consiguié una expansién tan répida.
Alescribirlas hemos pensado con frecuencia en fené-
menos paralelos que ocurrieron a los espafioles que, hace
quinientos afios, descubrieron e iniciaron la conquista de
América, y éstos, a su vez, recuerdan la conquista de la
Peninsula Ibérica por los caudillos arabes en el siglo vitt.
En otros casos las noticias puestas por escrito dos si-
glos después y que sélo nos constan por un solo autor, y
son probablemente falsas (primera flota drabe ante las
costas de Espafia en tiempos de Utman b. Affan), se han
incluido a titulo de inventario y por hacer referencia a la
Peninsula Ibérica.
Otra observacién que hay que tener presente es la de
las citas cronoldgicas que, a partir del momento de la hé-
gira se han expresado, siempre que ha sido posible, en
la forma: afio hégira/afio cristiano. Para las discordancias
que pueden encontrarse con respecto a la fecha de un
acontecimiento determinado puede verse en el texto, al
tratar de Umar b. al-Jattab, lo que escribimos sobre el ori-
gen de la era de la hégira. Igualmente, en este tipo de do-
ble fecha se puede encontrar para un mismo ajfio de la
primera dos afios distintos de la segunda (afio musulmén,
sana, lunar, de 354 dias/aiio cristiano, am, solar, de 365
dias), lo cual motiva la progresiva retrogradacién del mes
de ramadan, por ejemplo, a lo largo de las distintas esta-
ciones del afio. El uso indiscriminado por los cronistas
arabes de ambos calendarios para fechar acontecimien-
tos parece haber durado atin en la época de Muawiya.
En los primeros capitulos citamos las azoras del Co-
ran con una doble numeracién, la tradicional, seguida
del nimero de los versiculos aludidos, y luego, tras el sig-
no = (igual), el namero de la misma segiin el orden crono-
légico dentro dela Revelacién. Asi, por ejemplo, la cita 96,
1/1-5/5 = 1 indica que nos referimos a la azora 96 conside-
rada por Blachére y Néldeke como la primera revelada.
Hay casos en que solo damos una parte del versiculo, la
que interesa al contexto. Entonces los puntos suspensi-
vos (...) indican esta omisién y vienen a equivaler al i/a-/-
aya (y el resto) de los textos arabes y de los hafizes.LOS ARABES
Elislam es hoy una religién que, como el cristianismo, se
extiende por toda la superficie de la Tierra sin distincion
de razas ni naciones. Pero, a diferencia de otros credos,
su expansién fue muy répida y, un siglo después de la
muerte de su Profeta, Mahoma, sus fieles se encontraban
ya en gran parte del Antiguo Continente, desde el S4hara
y los Pirineos hasta las planicies del Asia Central yel
Indico. Hasta estos territorios tan distantes del hogar en
que nacié—las ciudades de La Meca y Medina—la lleva-
ton los ejércitos de sus primeros prosélitos, los drabes.
/ Después del primer siglo de existencia, la nueva reli-
gion continué avanzando con mas lentitud y con otros
misioneros, pero siempre de manera firme y segura, hasta
el punto de que los estados que actualmente tienen ma-
yor numero de musulmanes (Indonesia, Pakistan) sdlo fue-
ron rozados por la «explosién» arabe del siglo 1 de la hé-
gira/vin d.C. Los lugares alcanzados por la marea de esta
religisn—con excepcién de Espafia, la Palestina de los
Cruzados y, tal vez, el actual Israel—jamas han conocido
el reflujo. Cifiéndonos al perfodo que hemos de conside-
rar, podria decirse que los limites alcanzados pot los ara-
bes que introdujeron la nueva religion coincidieron con
los del cultivo del olivo, de las zonas de estepas 0 de llu-
vias escasas que se extienden a uno u otro lado del para-
lelo 40° norte que cruza el Antiguo Continente. Igual-
10
mente se ha observado—y refiriéndonos siempre al si-
glo 1/v1i—que los ejércitos arabes quedaron detenidos
ante las grandes cordilleras, como el Taurus 0 el Céucaso,
con que tropezaron en su avance. Sin embargo, y como
ocurte a veces en este tipo de afirmaciones, ninguna de
ellas, por sf sola, explica el que alrededor del 132/750 la
expansion del islam perdiera fuerza y que los avances
posteriores, por importantes que fueran, se realizaran a
un ritmo menor. En todo caso parece claro que la prime-
ra «explosidn» arabe llevé a individuos de esta etnia, en
mayor o menor cantidad, hasta las regiones antes men-
cionadas y que éstos, verdaderos misioneros, difundie-
ron el islam como religion y su lengua, la arabe, la misma
en que esté escrito su libro revelado el Corn, por los te-
rritorios que ocuparon: por eso hoy unos veinte Estados
la tienen como lengua oficial y ésa es la lengua en que se
escriben sus periddicos y en que se emiten sus programas
de radio y televisién.
Pero ¢quiénes eran los 4rabes antes de Mahoma? Tres
tipos de fuentes distintas nos dan noticia de ellos: 1) los
textos de los pueblos de la antigiiedad cuyo dominio se
extendio a lo largo de las fronteras de la Peninsula Ara-
biga (Asiria, Persia, Grecia, Roma, Egipto...) y tuvieron
relaciones incluso con Abisinia; 2) los hallazgos arqueo-
légicos—ruinas, inscripciones epigraficas—en la misma
Peninsula, y 3) los datos histéricos que se encuentran en
textos arabes, posteriores al islam, y que con frecuencia
no concuerdan con los dos primeros tipos de fuentes,
aunque conserven, en el fondo, ciertos residuos de veri-
cidad, como acostumbra a ocurrir con la mayorfa de leyen-
das (ayyam al-arab o «jornadas de los arabes») que, con
més o menos fortuna, fueron utilizadas por los cronistas,
analistas o historiadores 4rabes de primera hora que, en
ILtodo caso, escribieron, como minimo, unos dos siglos
después de haber ocurrido los hechos que narraban. Si
bien es cierto que la transmision oral, generacién tras ge-
neracidn, es mucho mas fiel de lo que suponemos cuando
Se practica en medios que desconocen 0 utilizan poco la
escritura (cf. pag. 112), incurre frecuentemente en erro-
tes y de aqui el nacimiento de las leyendas,
Los textos antiguos mencionan a los 4tabes como ha-
bitantes de la Peninsula que atin hoy Ileva su nombre y
que queda bien delimitada, geograficamente, por tres de
Sus partes: al oeste el istmo del Sinai y el mar Rojo, al sur
el océano Indico y al este por el golfo de los Atabes que
los iranies y la cartografia occidental de hoy designan
como el golfo Pérsico: esta discrepancia en la denomina-
cién de un mismo lugar seografico muestra ya el choque
de intereses politicos entre dos pueblos distintos, uno
semita y el otro indoeuropeo, a lo largo de muchisimos
siglos y que continwia atin hoy en dia, a pesar de tener am-
bos la misma religion, el islam, aunque, eso si, practican-
dolo segtin dos ritos distintos: el sunniy el xif. La fronte-
ra del norte es mucho mas imprecisa, pero ha corrido casi
siempre a lo largo del paralelo 30°; al sur de éste, pueblos
del mundo clasico (Asiria, Babilonia, Egipto, Grecia,
Roma, Persia) chocaron con fuerza con la masa amorfa
de los arabes dispersos por la Badiyat al-Sam (la estepa de
Siria).
Sobre un mapa contemporaneo, y siguiendo el orden
anterior, las zonas costeras teciben el nombre de Hichaz
(Hichaz = terreno tocoso) en las cuales se encuentran las
ciudades de Medina y La Meca, la Tihama (zona de gran-
des calores), Asir yel Yemen (Yaman). Las costas de estas
tegiones cuyas aguas vierten en el mar Rojo han tenido
frecuentes relaciones humanas y comerciales con las de
12
los pueblos que viven enfrente: Egipto, Abisinia y Soma:
lia; el Indico bafia las playas del Yemen emocrat co,
cuyo puerto de Adén fue base de los navios que emi
o dos mil afios recorrian la ruta de la India y las re nes
de Hadramawt, Dhofar (Zufar), Oman aad ne
puerto de Muscat (Masqat); y, ya en el golfo Arabe (Per
sico), los puertos—hoy famosos por sus export ne
petroliferas—de Dubai (Dubayy), Abu Dhabi ( be? al »)
Doha (al-Dawha, en Qatar); la isla de Bahrain (Ba wy :
y Kuwait (Kuwayt), que linda con Iraq; las costae le i
actual Arabia Saudi, que bafia el golfo Pérsico, re eee
nombre de al-Hassa (al-Hasa; enla Edad Media: ee as
nombre de su capital). Mas dificil de delimitar son las re
giones del interior de Arabia: de norte a sur se encuentra
la Badiyat al-Sam, ah Natu (al Nafud. 0 ee
ermeable por el que se infi ;
agua) ton el Jabal Shammar (Chabal Seth ee
i cleo de poblacién es Hail; el ejd (N jm
rhe verteno elevado) con la capital Riyad, y, tingl
mente, el Rub al-Khali (Rub al-Jali) ° «la cuarta pa ‘
vacia de Arabia», una de las zonas mas inhospitas cle
Tierra, y a la que un estrecho brazo (érq), al-Dahna,
oo nlcleente, y cerca del mar Rojo, corre une cadena
de montafias (al-Sarat) que alcanzan alearas de hasta ms
i os y que encierran una serie de fé
onciunien de manera abrupta; en cambio, el descenso be
cia el este es suave. Lo mismo ocurre con las montaiia * ave
bordean el océano Indico. Frecuentemente aparece re
rrenos cubiertos por Piedras nears y basalto v ve gue
an el origen volcanico de los m: ; :
plas depresiones (chawf, chaww), barrancos (wedi) Por
donde corren las actuales, escasas y torrenciales lluvi
13tacionales (piénsese en lo que ocurre con las ramblas del
Levante espajiol, generalmente en otofio) y charcas (gawr)
similares a las que en Castilla la Nueva se forman en perio.
do de lluvias y conservan «hibernada» su propia flora
fauna; si estos depésitos contienen sal reciben el nombre
de sabja jawr y sus orillas el de satt. En estas zonas crecen
plantas haléfilas, es decir, vegetales capaces de vivir en tie-
tras salobres y, si éstas faltan, mantenerse en tierras nor-
males como flora residual, ya que no pueden competir con
aquellas que son propias de tierras mas htimedas (v, g. Sali-
cornis) como la atocha, el esparto yel matorral de albardin
(palabra que procede del arabe al-bardi, Lygeum spartum)
que se adaptan bien a la estepa. Estas charcas contienen
aguas salobres, que muchas veces beben los camellos pero
no los hombres que, en cambio, se hidratan con la leche de
aquéllos; cuando estan secas, es decir, la mayor parte del
ano, presentan, al ser iluminadas por el sol, un aspecto bri-
Hante ¢ inconfundible, como hoy puede comprobar cual-
quiera que sobrevuele esos lugares.
Segan Se acepte uno u otro limite septentrional de
Arabia, este territorio ocupa alrededor de 2.500.000 km:
con una poblacién de casi diez millones de habitantes
que viven en un suelo que, en su mayor parte, es inhdspi-
to, aunque no siempre lo fue. Efectivamente: en el cua-
ternario se dieron varios periodos frios en que los hielos
polares avanzaron hacia el ecuador disminuyendo la al
tura de las aguas ocednicas, al tiempo que la vegetacion
tipica de los actuales climas himedos alcanzaba hasta
cerca del estrecho de Gibraltar; el mar Muerto elevaba
el nivel de sus aguas y los actuales desiertos del Sahara
y el Rub al-Jali (250.000 km), por ejemplo, eran cruza-
dos por rios i
perennes en tiempos relativ:
amente cerc:
a nosotros, ames
Esta zona «vacia» (jal/), que es donde tuvo que re-
fugiarse Ibn Saud, el re-fundador de la actual dinastia
saudita, a principios de este siglo, para escapar de sus
enemigos, y en la que hoy apenas hay medios de subsis-
tencia, fue hace unos milenios emporio de la vida, segtin
indican los restos de hipopotamos, toros y ovejas que hoy
pueden encontrarse, al igual que una gran industria li-
tica que prueba que el hombre vivié siglos y siglos en
esa zona. Al iniciarse la sequia, quedaron en el interior
del Rub al-Jali lagos residuales en torno a los cuales se
agruparon algunos animales y hombres entre los afios
100.000 y 5.000 antes de nuestra era, mientras que otros
escaparon hacia el norte y dieron origen a la invasion del
Creciente Fértil por la primera oleada de pueblos semi-
tas. Aparecieron las arenas y los ergs (masas de dunas).
El hombre fue testigo de la glaciacién llamada de
Wiirm y de las oscilaciones 0 pulsaciones del clima que la
siguieron, y tuvo que adaptarse. Hace unos diez mil afios
el clima era mas frio y el limite de las nieves perpetuas
que cubrian las montafias estaba unos 800 metros mas
bajo que el actual; cinco milenios después, cuando em-
pieza aproximadamente el neolitico, la temperatura, mas
alta que la actual, habia hecho retroceder las nieves per-
petuas 400 metros, pero, hacia el 2400 a.C., un nuevo
enfriamiento, ya en plena época hist6rica en el Préximo
Oriente, frend, aunque no par6, el deshielo progresivo y
motivé la retirada de las Iluvias y prados hacia los Polos,
transformando las praderas en estepas y las estepas en
desiertos. En el Préximo Oriente estos cambios desvia-
ron ligeramente la direccién del monzén de verano que
atin sopla—y lleva las Iluvias—a la India y Uman, pero
que antes penetraba de leno y regularmente en el Rub
al-Jali, en vez de hacerlo, como ahora, muy de tarde en
1starde (v.g. tres semanas en julio de 1977) e impedir, dada
la necesidad de agua de la tierra, la formacién de lagunas
o charcas. Pero el cambio fue mas lento: atin dura y hace
que el Sahara haya iniciado la invasién de Europa por Al-
meria y que las aguas del puerto de Barcelona hayan as-
cendido algunos centimetros en lo que va de siglo. Por
consiguiente, los habitantes de esas regiones pudieron
emigrar hacia regiones vecinas 0 aclimatarse, hasta don-
de la naturaleza humana es capaz de hacerlo, a las nuevas
circunstancias: para protegerse del polvo microscépico
del desierto hombres y mujeres tuvieron que adoptar el
velo que impidiera que aquél les penetrara por los ojos, la
nariz y los ofdos, y los largos recorridos de los pastores en
busca de alimento para sus animales les facilité el ser bi-
gamos—de esta costumbre nacié uno de los mejores gé-
neros de la poesia 4rabe—o poligamos. Igualmente se
acostumbraron a pasar muchas horas sin beber y por eso
no es de extrafiar que en los recientes secuestros de avio-
nes en que las victimas son a la vez occidentales y bedui-
nos aquéllos padezcan los efectos de la deshidratacién
uno 0 dos dias antes que éstos.
Es en este momento, en el tercer milenio a.C., cuando
los arabes aparecen por primera vez mencionados en los
textos escritos de los pueblos vecinos cuyas tierras ambi-
cionaban para poder apacentar a sus animales o—algu-
nos—para recuperar la condicién de agricultores seden-
tarios que conocieron sus antepasados. Con un poco de
imaginaci6n puede creerse que es a ellos a quienes se re-
fieren algunos textos sumerios, pero, en todo caso, no
queda mas remedio que admitir que los arabes propia-
mente dichos se encontraban ya en el primer milenio en
las fronteras de Palestina, Siria y Mesopotamia, y que el
desierto hacia dificil la comunicaci6n por elinterior dela
16
Peninsula de los estados riberefios del estrecho de Bab
al-Mandab (Saba) o de las costas del {ndico y que duran-
te un milenio (¢del 500 a.C. al 500 d.C.?) continuaron
existiendo gracias a grandes obras de irrigacién y a su po-
sicién estratégica que les permitia dominar los caminos
de los aromas y de las especias, y el mar desde Somalia
hasta la India.
Sin embargo, gracias a los avances en la domesticacién
de animales, los arabes siguieron saliendo de la ratonera
en que se estaba transformando el sur de la Peninsula,
cuya 4rea de cultivo disminuia poco a poco y no bastaba
para alimentar a toda su poblacién. La primera innova-
cion, y la mas importante, fue la introduccion del came-
Ilo. Este animal, el de dos jorobas (Camelus bactrianus), pa-
rece haber sido domesticado en el Turan durante el tercer
milenio a.C. y fue usado, a partir de entonces, como me-
dio de transporte del cual se descabalgaba para entrar en
combate. Sus pies, protegidos por una especie de almo-
hadilla natural, le permiten andar por terrenos arenosos
sin hundirse en ellos. Por la misma €poca recorrian el
Préximo Oriente (excepto Arabia) y el norte de Africa
manadas de dromedarios (dromedarium; camellos de una
joroba) en estado salvaje. Un milenio mas tarde se habia
conseguido domesticarlos y recibieron el nombre de cha-
mal, en los dialectos semiticos del Norte, y de sbil en el
Yemen. Ambas palabras han entrado a formar parte del
léxico 4rabe corriente.
En el primer milenio a.C., y segtiin testimonio de Es-
trab6n (63 a.C.-19 d.C.), los némadas vivian en el Hichaz,
al lado de una serie de animales cuyo eco se encuentra en
los nombres de algunas tribus de la época de Mahoma, e
incluso en antropénimos de hoy en dia. Tales, por ejem-
plo, las tribus de asad (le6n), gurays (tiburén), fahd (pan-
17tera), mmr (tigre), onagros, ciervos, gacelas, vacas, etc.
Estos animales tuvieron que retirarse hacia el norte, don-
de los asirios—recuérdese el magnifico bajorrelieve de
Asurbanipal en el que se da caza a una leona—y otros
pueblos del Creciente Fértil los exterminaron. La suerte
de sus congéneres de Africa les llevé a escapar, a unos
hacia la selva tropical, donde atin sobreviven, y a otros ha-
cia el norte. Aqui, los elefantes africanos fueron utili-
zados por Anibal en sus campajias contra Roma y, poco
a poco, tanto los elefantes como los demds animales de
las praderas, fueron exterminados como en el Préximo
Oriente: el hombre y el estrecho de Gibraltar fueron las
vallas naturales que les impidieron escapar hacia el nor-
te, como habian hecho, posiblemente, en el ultimo perio-
do interglaciar conocido como Riss-Wiirmiense.
El dromedario tuvo suerte distinta: capaz de alimen-
tarse en un pais semidesértico (entre 200 y 300 mm de
Muvias por afio) a base de matorrales espinosos, salados y
acidos (hamd), y de plantas haléfilas como la atocha (alfa),
el esparto, el albardin, etc., que no admiten ni las cabras
ni las ovejas, constituyeron el verdadero motor de la ex-
pansién arabe por tierra, a pesar de que los pozos se ago-
taran y los oasis estuvieran cada vez mas separados entre
si. Estrabén (16, 4, 18) asegura que los debai de la Tihama
viven de sus camellos; con ellos combaten; con ellos viajan
y se alimentan de su leche y de su carne. Y, efectivamente,
un dromedario, més resistente que su pariente bactriano,
va, al paso, mds deprisa que un caballo, puede recorrer
300 km en un dia, llevar mas de 200 kg de carga y beber,
de una sola vez, hasta 130 litros de agua que le conceden
—en caso necesario—una autonomia de 17 dias de mar-
cha con temperatura ambiente de 50 grados. Un animal
de este tipo fue, pues, un verdadero «barco» de transpor-
18
te y, si era necesario, montura de guerra, que se utilizaba,
ya en el siglo 111 d.C., en gran numero, en Egipto y la Ci-
renaica. Los arabes llegaron con ellos hasta orillas del
Atlantico y, dado el nimero de animales que procedian
de los oasis de Mahra, este nombre sirvi6 a los franceses,
muchos siglos después, para llamar mebari a los soldados
que los montaban.
El caballo (Equus caballus), por su parte, parece ha-
ber sido domesticado en la Transcaucasia en el segundo
milenio a. C., y yaa principios del primer milenio, se re-
gistran ataques al Creciente Fértil en que se utiliza. Suin-
troduccién en Arabia debié de ser lenta pues, si el came-
Ilo necesita una alimentacién dulce (julla; de aqui que los
arabes digan que «la ju/:/a es el pan del camello y el hamd
son sus frutas y su carne») en cambio el caballo ha de co-
mer y beber cada dia (avena, heno, paja cortada) y su vi-
talidad es inferior a la de las ovejas y cabras, que sdlo
pueden pacer durante parte del afio con vegetacién muer-
ta, propia de las regiones semiaridas (200-350 mm de llu-
via), siempre y cuando puedan beber cada dos dias.
A principios de nuestra era se encontraban caballos
en el Nachd, y las tribus crearon reservas (bimd) de pas-
tos, alo largo del Wadi al-Rumah, en los que pacian junto
a los camellos, agresivos por naturaleza, los timidos y
asustadizos caballos. La leyenda asegura que todos los
caballos arabes descienden de Zad al-Rakib, regalado
por Salomén a la tribu de azd. En todo caso, las reservas
se multiplicaron y en ellas se alimentaron tanto caballos
como camellos. Fueron célebres las de Dariyya, las de al-
Baqi (cerca de Medina), las de Rabada, etc. que, originaria-
mente, eran propiedad privada de la tribu que sefioreaba
sus tierras. Entre éstas se encontraban los gatafan, los ta-
glibies, los absies, los anazies que desde Nufud emigra-
19ron hacia Siria y, ya en el /zmes (frontera de la Badiyat al-
Sam), los gassanies—que vendian los caballos a Bizan-
cio—y los lajmfes, que los recibian de Persia.
Al principio, los beduinos cabalgaban a pelo, pero,
poco a poco, protegieron los cascos con cuero y mas tar-
de con fundas de hierro, e introdujeron la silla, el bocado
y el freno. Por otra parte, el estribo, utilizado en China
desde el siglo 11 d.C., lo llevaban ya los arreos utilizados
por los caballeros del /émes—aunque fueran de made-
ra—en el siglo v y sdlo en el 79/699 Abu Sufra, goberna-
dor de la Chazira, los hizo forjar en hierro.
La utilizacién conjunta del camello (transporte) y del
caballo (arma de ataque) esta atestiguada a partir del si-
glo 1v d.C.—y hasta principios del xx en que atin lo em-
pleaba Abd al-Aziz al-Saud (1320/1902-1372/1953)—y
permitié hacer cada vez mas incisivas y decisorias las al-
gaztias (gazwa) de los beduinos: los primeros transporta-
ban el agua y el pienso que los segundos necesitaban dia-
riamente, y los jinetes utilizaban a éstos en el momento
del ataque decisivo.
En el momento de la unificacién de la Peninsula por
Mahoma, las bimas o reservas pasaron a ser dominio del
islam, y cualquier ataque de los beduinos contra las mis-
mas se consideré como pecado (haram), puesto que sdlo
Dios y su Enviado podian dar seguro (hima) a las perso-
nas, animales y cosas. En cierto modo el islam politico,
que en los primeros afios de su existencia andaba escaso
de estos animales, procedia, en el momento del triunfo, a
nacionalizar las cabafias y a prohibir la exportacion de
sus animales en virtud de la revelacién que recibié el Pro-
feta antes de la campafia de Uhud (8, 62/60 = 107): Pre-
parad contra ellos (los coraixtes] la fuerza y los caballos en-
jaezados que poddis... y, en el momento de la ocupacién
20
de La Meca, los banu sulaym tuvieron que entregarle
ochocientos caballos.
Los algaztias de las tribus preislamicas y las guerras
del Profeta muestran que la cooperacién entre caballeros
y camelleros fue frecuente, y que la derrota de las fuerzas
castellanas de Alfonso VI en la batalla de Sagrajas/Zalaca
se debe exclusivamente a que los caballos de la Meseta
vieron, por primera vez, a los agresivos camellos (detalle
éste al mismo tiempo cierto e incierto, pues un siglo antes
Almanzor ya los habfa utilizado) y ala falta de costumbre
de enfrentarse con ellos. El lector que ame los animales
sabe que el gato y el perro son amigos (y no lo contrario)
cuando se les cria juntos. En todo caso, estos animales, que
aparecieron en gran numero ante los ojos europeos, per-
miten fijar la fecha post quem de la Chanson de Roland,
que los menciona reiteradas veces (versos 31, 129, 184,
645, 847...).
El desarrollo de la trashumancia trajo consigo ciertas
modificaciones sociales como que el sayyid (sefior) de la
tribu se transformase en jeque say, cuyo cargo pasé a con-
siderarse como vinculado al clan mas importante, pero
sin reglas estrictas que regulasen la sucesidn, lo cual llevé
con frecuencia a enfrentamientos entre parientes préxi-
mos y a crear una «ciencia» de las genealogias que se utili-
zaba para justificar los mejores derechos de determinados
candidatos al mando. Muchas veces los Arboles genealé-
gicos asi constituidos fueron pura ficcién.
E] armamento de la época (espadas, lanzas, arcos, fle-
chas...) no era complicado ni dificil de fabricar, y de aqui
que los beduinos pudieran disponer de él, enfrentarse en
igualdad de condiciones con sus vecinos del limes y,
practicando la tactica del tornafuye (al-karr wa-l-farra),
perderse de nuevo en el desierto—donde los ejércitos re-
2gulares no se atrevian a entrar—con el botin conseguido.
Las armas de tipo pesado sélo apareceran de modo espo-
rédico antes de la expansi6n del islam.
Los arabes montados a caballo fueron malos arque-
ros y como el terreno por el que se movian no era apto
para el manejo de carros de guerra, cuya utilizacion en
masa habfan descubierto los asirios en el siglo viii a.C. (fue
estudiada por los estrategas alemanes para preparar la
Blitzkrieg de los afios 1939-41), tuvieron que cefiirse en
sus algaziias al combate singular entre caballeros, si es
que los arqueros, debidamente protegidos por el terreno,
eran desbordados por aquéllos, como ocurrié en la bata-
lla de Uhud.
La migraci6n de los arabes a partir de las tierras del
sur se realizé en todas direcciones. La palabra markab
significa, indistintamente, animal de carga y barco. Los
primeros se utilizaron en la marcha hacia el norte, si-
guiendo los valles de los antiguos rfos cuyas escasas aguas
corrian bajo tierra, cada vez mas profundas, y a las que
intentaron llegar con pozos (bir), algunos de ellos con
agua tan salobre (/awr) que sdlo era apta para los came-
llos; pero, una vez transformada por éstos en leche, los
hombres podian saciar su sed; a veces emplearon canales
subterrdneos (falach) con pozos de aireacién, de proce-
dencia mesopotdmica, que se difundieron por el mundo
antiguo en época romana y que recibieron distintos nom-
bres, segtin los paises, como ganats, foggaras, jattaras, mi-
nas, viajes, matrices: este ultimo nombre dio origen al ac-
tual de Madrid, También se abrieron cisternas (hawd) de
grandes bocas para recoger el agua de las lluvias torren-
ciales (hasta 150 mm/afio) que, si cafan, con frecuencia lo
hacian de una vez transformando los terrenos afectados,
ramblas (rama), en verdaderos prados por pocas sema-
22
nas. Estos oasis o puntos de agua, en especial los iltimos,
podian desaparecer con los temporales de arena y tener
que ser buscados de nuevo, bien en el mismo emplaza-
miento, bien en sus alrededores, empledndose para ello
rabadanes—incluso ciegos—especialmente dotados para
percibir la humedad. Sin embargo, a grandes rasgos, las
rutas de los caminos registrados en los textos clasicos se
han mantenido hasta la época islamica.
Varios caminos reales (darb) cruzaban la Peninsula: 1)
el que remontaba desde Adén hacia el Norte por Timna,
Marib, Main (Qarnawu), Nachran (Nagarana), Tabala
(Thumala), La Meca (Macoraba), Yatrib (Medina, Iath-
rippa), Madain Salih (Egra), Tabuk y Petra desde donde
bifurcaba hacia Gaza o bien hacia Damasco pasando por
Bosra. Era la ruta principal de los aromas y las especias
cultivadas en el sur de Arabia y sélo perdié importancia
al iniciar los egipcios sus grandes navegaciones por el
mar Rojo en época de los tolomeos (siglos u1-1v a.C.).
Dadas las ofrendas que los Reyes Magos hicieron al Nifio
Jests (oro, incienso y mirra) (cf. Mateo 2, 11 y Coran 22,
17/17 = 52) cabria pensar si éstos procedian de Saba, en
Arabia, o bien, como otras tradiciones quieren, del Ka-
san persa; 2) Otro camino real, el darb Petra, se prolonga-
ba desde Damasco hacia Mesopotamia bordeando por el
norte la Badiyat al-Sam pasando por Seleucia, Babilonia
y desembocando en el mar en Kuwayt (Coromanis). Un
par de caminos permitian cruzar el Nachd y otro bordear
el Rub al-Jali.
Los barcos que surcaban el océano Indico salfan de
varios puertos: Adén (Arabia emporium de Tolomeo), que
estaba construido sobre el cono de un volcan extinguido
(Urr Adan), unido con la Peninsula por una lengua de tie-
rra solo utilizable durante las horas de marea baja. Para
23evitar el aislamiento, los persas construyeron un puente,
al-Maksir, y éstos, o bien los sabeos, abrieron cincuenta
pozos capaces de embalsar dos millones de litros de agua.
La tradicion atribuye la fundacién de la ciudad a Saddad
b. Ady sostiene que en la misma esta enterrado Cain y que
a este territorio se refiere el Corn 22, 44/45 = 52 (jCudn-
tos pozos abandonados!) y ala ciudad de los ad, Tram, la de
las columnas (89, 6/6 = 6). También se cree que encontra-
ron refugio en la ciudad los guzzr y, en todo caso, parece ser
que en la misma vivieron cristianos desde el siglo 1 d.C.
Siguiendo la costa en direccién este se encontraban
los puertos de Hisn al-Gurab, a cuatro kilémetros del ac-
tual Bir Ali (Qana, Cane emporium de Tolomeo), donde
recalaban las naves que enlazaban Egipto con la India; de
Mascate (Muscat, Cryptus Portus) y, ya en el golfo Pérsi-
co, el de la antigua Dilmtin sumeria que tal vez se corres-
ponda con el actual Bahrayn.
Durante los tres tiltimos milenios en que nos consta
una cierta actividad maritima por parte de los arabes—la
frase que en sentido contrario se atribuye al califa Umar
b. al-Jattab se ha sacado frecuentemente de contexto—
€stos no zarparon tnica y exclusivamente de los puertos
que hemos mencionado y que tuvieron sus altibajos. Puer-
tos como Qisn (Trétus portus), Raisut, Salala (Diane ora-
culum), contribuyeron a la poblacién de la isla de Soco-
tora (Dioscuridu, Sogotra); sus gentes se deslizaron por
las costas del este de Africa alcanzando, en época tem-
prana, Kilwa, en la actual Kenia, y que era rica en oro. En
esta zona debieron coincidir con los javaneses quienes,
con un tipo de embarcaciones muy distintas a las del an-
tiguo continente y mas propias de los polinesios, estaban
empezando a poblar Madagascar, las Comores (Qumr) y
que alcanzaron, incidentalmente, Adén.
24
Las flotas del sur de Arabia compitieron con las per-
sas—basadas en Siraf—en el comercio con la India o
China. Antes del islam, sus naves llegaban a Daybul, cer-
ca de la desembocadura del Indo, a las costas de Malabar
y hasta Palembang (Sumatra) que, en el 55/674, estaba go-
bernada por un drabe; y algo mas tarde (140/758), ataca-
ron la misma Canton. Por otra parte, el hallazgo de mone-
das chinas en el golfo Pérsico, y 4rabes de Kilwa en alguna
zona de Australia, prueba la amplitud del trafico comer-
cial de hace dos milenios sobre aguas del Indico, gracias
al correcto conocimiento de los monzones (del arabe maw-
sin, vientos de temporada; vientos etesios de los textos
clasicos) que los pueblos de las costas de aquel océano
conocieron bastante antes que los del mundo clasico.
Si se dejaron arrastrar por los monzones en alta mar,
cabe suponer que disponian de algtin sistema para fijar
aproximadamente el rumbo. Tal seria el caso si las estre-
las Canope (Suhayl), Sirio, Régulo (Qalb al-Asad) y Al-
debaran hubieran sido adoradas como dioses por algu-
nas tribus. Los lugares del orto y del ocaso de las mismas
habrian servido para orientar a los pilotos en las vecin-
dades del Ecuador. Pero esta suposicién, que reposa en
textos tardios, deberia ser comprobada, a pesar de que
apunten en este sentido algunos antiguos tratados de
cosmogtafia (achatb) del Indico (111/1x).
Los testimonios escritos mds antiguos que nos hablan
de los arabes son externos a éstos y designan a los bedui-
nos que viven al norte del Rub al-Jali, citandolos siempre
en plural o como un colectivo (arab) y habitantes de tien-
das (jayma). Los comentaristas de textos poéticos arabes
preislamicos, si es que han conservado bien la tradicién,
permitirian fijar hacia el siglo 11 d.C. la formacién de gru-
pos militares que recibirfan el nombre de samis y jums. La
25etimologia de estas palabras, emparentadas con el nime-
ro cinco, seria el origen no sélo de nombres especificos
de cuerpos de tropas a lomo de dromedario, sino también
de un sistema de reparto de botin, el quinto, y que bajo la
forma banu al-ajmas («hijos del quinto») ha hecho correr
bastante tinta entre los historiadores espafioles.
En cambio, los arabes de orillas del Indico y del sur
del mar Rojo, los sabeos, mahries, katabanios, hadra-
mawties, umanies, etc., o vivian sedentarizados en valles
bien irrigados 0 bien—y algunos de ellos han llegado casi
hasta nuestros dias—en abrigos rocosos 0 cuevas natura-
les; adoraban betilos y tenian lugares sagrados. Jamas se
designaron a si mismos como drabes.
La vida de los primeros presenta hitos cronolégicos
mas seguros que la de los segundos: Salmanasar III com-
bate a Gindibu rey de Aribi (854 a.C.), que tiene un ejér-
cito de mil camellos. Los dominios de éste se encontra-
rian entre Palmira (Tadmur), el wadi Sirhan, y tendria
como base el oasis de Dumat al-Chandal en Dumaytha,
en el Chawf. Posiblemente, a esas tribus se referia Jere-
mias (25, 24) «los reyes de Arabia y todos los arabes que
viven en el desierto»; en el afio 732 a.C. la reina Samsi de
Aribi reine una coalicion contra Tiglat Pileser III en que
entran el rey de Damasco, las gentes de los oasis de Tay-
ma (Thaema), al-Ula (Dedan) y Saba (?). Mas adelante,
Nabucodonosor (Bujtnasar, c. 550) marché sobre los pal-
metales de Medina (Yatrib), construyé un templo dedi-
cado al dios Luna representado por el creciente (corigen
de la ensefia en forma de media luna caracteristica del is-
lam, hilal?) y un palacio en el oasis de Tayma. El Coran
(21, 11/-11= 88 y ss.) parece aludir a este hecho.
En esta zona del valle de al-Ula, en Madain Salih y Ju-
tayba (Dedan), se han encontrado inscripciones en lihya-
26
ni—lengua emparentada con el 4rabe—con alfabeto sud-
semitico (siglo 11 a.C.), A sus autores la tradici6n islamica
los confunde con los tamud (Dios les habria enviado
como profeta a Salé, Coran 7, 71/73 = 91y ss., y habrian
vivido cerca del actual Madain Salih, donde Dios habria
ordenado a Abraham que abandonara a Agar e Ismael).
Los nabateos de al-Hichr (Egra) ayudaron a Tito con mil
caballos y cinco mil soldados en su ataque a Jesuralén (67
d.C.), infiltrandose poco a poco en el Hawran (territorio
entre Siria y Jordania; en la correspondencia de Tell-
Amarna y en el Deuteronomio se llamaba basan); textos
arabes los consideran restos de los churhum. En todo
caso, el nombre de lihyan pervivié hasta el islam y sus
genealogistas los consideraron como 4rabes del norte,
fraccién de los hudaylies y enemigos del Profeta (yawm
al-Rachi; aio 4/625). En esta zona se superponen varios
pueblos y tribus cuyo eco llegé hasta los logégrafos ara-
bes; asi, por ejemplo, los mineos (no confundir con los
mineos de Qarnawu) cuyo comercio se extendié desde
Fayyum a Delos.
Los pueblos del sur de Arabia tienen una gran histo-
ria atestiguada por multiples inscripciones halladas in
situ y por las leyendas recogidas muy pronto por los pue-
blos «civilizados» del norte, con los que comerciaban
por tierra y por mar, y a los cuales facilitaban aromas y
especias, bien producidas por ellos, bien importadas
desde la India o el Africa Oriental. Dominarlos fue una
ambicién perseguida por los persas y de aqui el doble
nombre (4rabe/irani) de muchos topénimos de las cos-
tas del Indico, como ocurre en la Europa actual (Bra-
tislava/Pressburgo, Lovaina/Leeuven, etc.). Los persas
consiguieron alguna vez sus propésitos, pero el domi-
nio aqueménida o sasanida fue de corta duracién. Los
27romanos, que también lo intentaron, no tuvieron mayor
exito.
La cronologia absoluta puede oscilar, para los acon-
tecimientos mAs antiguos, hasta en dos siglos (el viii 0 el
vi a.C.) y, dada la similitud que existe entre las lenguas
semiticas, a veces es dificil establecer la filiacién de de-
terminados vocablos que se prestan, sobre todo si se tra-
ta de topdnimos, a confusiones (piénsese en los nombres
espaiioles formados con las palabras de Medina, Aldea,
etc, que hay que determinar con el locativo correspon-
diente, o en los arabes Kilwa), Tedricamente y por ejem-
plo la reina de Saba, que visité a Salomén y de la cual
queda eco en el Coran (27, 15/15-45/44 = 75), deberia
proceder del Yemen, pero en esa época hay una tribu de
saba que corre por el norte de Arabia.
En todo el sur de la Peninsula se realizaron grandes
obras de regadio y entre éstas destaca el dique de Marib,
en Saba, que sdlo fue definitivamente destruido en el 575
d.C., y durante cerca de mil afios, y tras varias reformas,
aseguré la riqueza agricola de la comarca. Varios cami-
nos cruzaban la zona y era importante el que desde el
puerto de Qana atravesaba la cordillera costera hasta Sab-
wa y seguia, bifurcandose en Atam, hacia Main (Qrnw) y
Marib. Los sedentarios saba parece que tuvieron como
auxiliares beduinos, desde el siglo 111 a.C., a la tribu de
kinda, la cual se desplaz6, a lo largo de los aftos, hacia el
norte, para hacer realidad el proverbio arabe «el Yemen
es la cuna de los arabes y el Iraq, su tumba». Otras de es-
tas tribus fueron la de sabwa, siban y tarim; estas dos ulti-
mas, sobre el wadi Hadramawt, son los nicleos més an-
tiguos y principales del pais llamado por los autores
clasicos Chatramotitai. Al este estaba el reino de Mahra y
en esa zona, ademas de cultivarse los sahumerios, se en-
28
contraban yacimientos de sal. Esos pueblos del sur, es
decir, los saba, mineos, hadramawties, mahries y qataba-
nies hablaban una lengua distinta del arabe que ha sobre-
vivido en algunas regiones practicamente hasta nuestros
dias, y varias de ellas convivieron sobre un mismo territo-
rio, puesto que las inscripciones de unas se sobreponen a
las de otras.
Este hecho puede comprenderse sin dificultad. Si
dentro de dos mil afios, ocurriera una catastrofe mundial
que destruyera toda nuestra documentacién histérica y
solo sobreviviera la epigrafica, el historiador de ese futu-
rible tendria que explicar por qué en Catalufia, Euskadi y
Galicia, e incluso Madrid, se encontraban inscripciones,
en el mismo lugar, en dos 0 tres 0 cuatro lenguas (caste-
Iano, catalan, vasco y latin). Sia esto afiadimos que esas
inscripciones no tendrian una era en comtin—como ocu-
rre con la gran masa de inscripciones sudarabigas que se
refieren a un afio de gobierno de un rey 0 de un empera-
dor-sacerdote (mukarrib), 0 a determinados epdnimos
cuya sucesién no se puede asegurar—, podria llegarse a
la conclusién de que al «Afto de la Victoria» (1939) le si-
guid el afio de las nieves (para Barcelona, 1962) y a éste el
segundo afio triunfal (1937). Por tanto, y a pesar de ha-
berse fechado algunos acontecimientos por la era sabea
que se inicié en el 115 a.C., los datos que siguen, salvo que
lleven una fecha de nuestra cronologia absoluta actual,
habria que considerarlos como acaecidos entre el siglo v
a.C.yelvd.C.
Los qataban fueron sedentarios; los citan las fuentes
clasicas pero no las arabes; ocuparon fundamentalmente
el territorio comprendido entre el Wadi Bayhan y el Wa-
di Harib (¢Caripeta de Plinio?), lugar hasta el que parece
haber Ilegado la expedicién romana de Elio Galo (24 a.C.)
29antes de su fracaso. En ciertos momentos llegaron a con-
trolar politicamente Adén y, con ello, el trafico de mer-
cancias entre la India y Egipto; en consecuencia, sufrie-
ron la influencia, directa o indirecta, de Grecia, como se
refleja en su arte y en su moneda, imitacién de la atenien-
se del siglo 111 a.C. Ademds, se han encontrado leones de
bronce de tipo helenistico y loza romana aretina. Poli-
ticamente constituyeron una confederacién de pueblos
(sab) cuyo jefe era el mukarrib, que siempre era rey; el
caso inverso, en cambio, no es cierto. El régimen de aguas
conducidas por acueductos hacia fértiles sus tierras y era
responsabilidad de todos los sab.
Finalmente, y a partir del siglo 111 d.C., alo largo dela
costa del Indico, a caballo de los actuales estados del Ye-
men Democratico y Uman, se encontraban los mahra a
los que la leyenda arabe hace descendientes de los ad que
escaparon del castigo divino (26, 123/133-140/140 = 78,
etc.), se instalaron en el Zufar y emigraron a la isla de So-
cotora. Al pie de una de sus montaiias se cree que esté la
tumba del profeta Hud. En todo caso, hay que reconocer
que este pueblo debié de tener grandes marinos puesto
que el piloto de Vasco de Gama—cantado por Camées
en Os Lustadas—, Ibn Machid al-Mahri, llevaba, como
otros navegantes, su gentilicio.
Cuatro de los cinco pueblos que acabamos de enume-
tar eran conocidos en el mundo helenistico, ya que Teo-
frasto (c.372-287a.C.), en su Historia Plantarum (9, 4,2),
los cita a todos excepto alos mineos y nos dice que el in-
cienso se recogia en Saba, la mirra en Hadramavt, la ca-
sia en Qataban y la canelaen Mamali (Mahra).
Hacia mediados del siglo 11 d.C. las fechas empiezan
a precisarse. Una tribu habasat (;cuidado!, las consonan-
tes son las mismas con que los arabes designan a los abisi-
30
nios y es también el nombre de unas montaiias situadas al
noreste del Yemen Democratico) se mueve en los alrede-
dores del mundo sabeo. Poco después (328 d.C.) se re-
dacta la inscripcién de Namara, que pasa por ser la pri-
mera escrita en drabe. Entre otras cosas, afirma: Agu
estd la tumba de Imru-l-Qays b. Amr [de la tribu de lajm],
rey de todos los érabes (en plural) quien... vencio hasta el si-
tio de Nachran, capital de Sammar. Por consiguiente, el per-
sonaje en cuestién era un rey de beduinos némadas que
tenia que vérselas con los saba y otros sedentarios cuya
ctonologia absoluta puede establecerse en algtin caso.
Asi, la del rey sammar [Samir] Yuharis (305-315 d.C.) ola
de Abikarib Asad, quien, a principios del siglo v, se titu-
laba «rey de Saba, de Du Raydan, Hadramawt, Yamnat y
de los arabes (en plural) de las tierras altas (Arabia Cen-
tral) y de Tihama (Hichazy Asir)».
Pero inmediatamente, y junto al aumento de la se-
quia, ocurre la destruccién de acueductos, cisternas y di-
ques, en especial de Marib, que aseguraban la vida agri-
cola de los reinos sudarabigos, a los cuales llegan las
luchas entre romanos 0 bizantinos contra los persas; la
intervencién de los primeros a través de Abisinia y la de
los segundos, directamente, en los reinos antes citados.
La utilizacién de Arabia y sus oasis como refugio por los
judios y cristianos disconformes con la presién econémi-
cao religiosa de los estados del /imes, contribuyen a po-
ner fin ala Arabia Feliz de los clasicos. Asi, el rey del Ye-
men Madikarib Chafur marché (522) contra Mundir III
de Hira, pero la crisis econdémica le obligé a abdicar en
Yusuf Asar o Du Nuwias, judio. Este, con la ayuda de la
tribu de hamdan, persiguié a los cristianos de Nachran, y
a ello parece aludir el Cordn (85, 4/4-7/7 = 34), en el afio
523; los cristianos reaccionaron con la expedicién de cas-
31tigo abisinia del 525 y la intervencién, cada vez mas de-
cidida, de los africanos en el sur de Arabia. Al fin, se hi-
zo cargo del poder Abraha, procedente de Adulis, quien
adopté el mismo titulo real que Abikarib. Posiblemente
era nestoriano, pues una de sus inscripciones empieza
«Por el favor y la misericordia de Dios y de su Mesias y del
Espiritu Santo» (rb qds, cf. pag, 89), lo cual le enfrentaba
con la cancilleria abisinia, monofisita, que empleaba la
formula Ex nombre de Dios y de su hijo el Cristo victorio-
soy el Espiritu Santo (nfs qds).
Abraha atacé la Arabia del norte y, segtin la tradicién,
los hamdan le apoyaron en la campaiia. En todo caso, se
le atribuye, a él o a un homénimo, la marcha sobre La Me-
ca, a lomos de un elefante, que habria sido detenida, por
voluntad divina (Coran, azora 105 = 24), el afio del naci-
miento del Profeta Mahoma (570). El resultado de sus
maniobras fue, historicamente, la intervencién militar de
la Persia sasanida cuyo general, Wahriz (esta palabra
también es el titulo de un cargo), ocupé el Yemen (570).
Tal era la situacién en Arabia—seguin las fuentes histéri-
cas no musulmanas—en el momento en que ibaa nacer el
islam.
32
Il
LOS ARABES SEGUN
SUS FUENTES ANTIGUAS
Las noticias que nos transmiten los textos utilizados en el
capitulo anterior difieren mucho de las que recogen los
primitivos historiadores arabes que escribieron sus créni-
cas mas de cien afios después de la muerte del Profeta Ma-
homa y que habian recibido la informacién a través de
una transmisién oral. La poesia pasé de la boca del poeta
(sair) al oido del discipulo (raw7), quien, con frecuencia,
se transformaba en poeta y reiniciaba, junto con la trans-
mision de los versos del maestro, la de los suyos propios.
Lo mismo ocurrié con los hechos histéricos que, al pasar
de memorién a memori6n, sufrieron sucesivas amplifica-
ciones que terminaron por constituir leyendas, mas o me-
nos coherentes, mas 0 menos exactas, que quedaron pe-
trificadas al ponerlas por escrito. La eventual coincidencia
de las alusiones que en las mismas se encuentran a hechos
acaecidos tres 0 cuatro siglos antes con los documentos
puntuales coetaneos alos mismos (papiros, inscripciones,
etc.) se debe al uso de una misma fuente comtin que, en
bastantes casos, resulta ser la Biblia, el Avesta, los Evange-
lios canénicos 0 apécrifos y ciertas levendas persas—co-
mo la de Rustam—que se infiltraron por el //mes, al igual
que textos de historiadores clasicos, etc.
La transmisidn de las antiguas tradiciones histéricas
—a diferencia de lo que ocurre con las de la poesia y las
religiosas que mas tarde nacerian con la revelacién del is-
33lam—no necesité garantes, es decir, el establecimiento de
una cadena de narrador—alumno/narrador—alumno/na-
rrador... conservando con ello sus datos biograficos, sus
cualidades fisicas (memoria) y morales (veracidad) para
establecer si cronolégicamente era posible la transmision
de boca a ofdo y sila misma podia considerarse aceptable
ono. Por tanto, las noticias de las jornadas de los arabes
(ayyam al-arab en singular yawm, v.g. «el dia de la revolu-
cién de octubre o /as jornadas de octubre») son tanto mas
inciertas cuanto mas alejadas se presentan del historia-
dor, mientras que las referentes a acontecimientos poste-
riores a la hégira a veces pueden fecharse correctamente
e incluso seguir su desarrollo con relativa seguridad. Por
otra parte, algunas se refieren a un mismo acontecimien-
to, a una misma guerra, y entonces muestran una secuen-
cia temporal.
Estadisticamente se cuentan 132 jornadas preislami-
cas—en su mayor parte inconexas entre si—y 88 poste-
tiores. Generalmente el origen de las mismas se encuen-
tra en una reyerta entre individuos de distintos clanes
—mias frecuentemente tribus—en la que se pasa del in-
sulto a las manos, de las manos a la pedrea y de la pedrea
al uso generalizado de las armas. Una vez derramada san-
gre, la lucha puede eternizarse, o bien, y era lo mas fre-
cuente, cortarse mediante la intervencién de un mediador
que establecia las indemnizaciones a pagar. Las querellas
nacian, la mayor parte de las veces, por el uso 0 mal uso
de un pozo de agua—elemento fundamental para la su-
pervivencia en la estepa—, por el rapto de mujeres 0 ca-
ballos, como venganza de una sétira o una calumnia, el 23
de febrero, etc.
El caso mas tipico de vertebracién histérica de una
guerra preislamica a través de los «dias» es la de Dahis y
34
Gabra, que duré unos cuarenta afios (650-690?). La ve-
racidad de la leyenda es secundaria; la del fondo, impor-
tante: el gran valor que los arabes del siglo v1 atribuian a
los caballos. El primero, Dahis—que dio origen al pro-
verbio «mas nefasto que Dahis»—habia nacido como re-
sultado de la copula de sus padres, realizada sin permiso
del duefio del semental, quien intenté extraer, sin éxito,
el semen de su animal de la yegua-madre. Dahis pasé a
ser propiedad de los absies, cuyo jefe era Qays b. Zuhayr
b. Chadima, y mont6 ala yegua Gabra. Por otra parte, los
banu fazara, fraccién de los banu dubyan que tenia por
jefe a Hudayfa b. Bach, mantenian una fuerte enemistad
con los absies, que eran capaces de movilizar mas de mil
corceles. Ambos rivales acordaron una carrera (hoy po-
dria haber pasado en un hipédromo o haber sido un par-
tido de fitbol) ala que cada uno aportarfa un semental y
una yegua. Los abs presentaron a Dahis y Gabra, y los Fa-
zara a al-Jattar y al-Hanfa. El jefe de éstos, Hudayfa, dis-
puesto a ganar, obstaculizé el camino de Dahis hasta que
los otros caballos estuvieron cerca de la meta, pero, a pe-
sar de esto, Dahis, una vez en campo abierto, consiguié re-
cuperar el terreno perdido y llegar inmediatamente des-
pués de Gabra y, como las maniobras de Hudayfa no
habian pasado inadvertidas a los duefios de Dahis, se ini-
cié la guerra entre los dos bandos que iba a incluir unos
cuantos «dias» célebres como los de Du Husa, Jatira,
Urair... Piénsese en lo que en nuestra historia reciente
significan el «dia del Dos de Mayo», la noche de San Da-
niel, el 18 de julio, el 23 de febrero, etc.
Un autor de la época abbasi, Hisam b. Muhammad b.
al-Saib al-Kalbi (120/737-206/821) escribié un libro so-
bre los idolos de la Arabia preislamica (Kitab al-asnam)
basandose en la tradicidn que, salvo en unos pocos casos,
35no coincide, con los datos facilitados, con los textos ex-
ternos expuestos en el capitulo 1; y cuando se encuentran
paralelismos, éstos se deben, en la mayor parte, a que
derivan de una fuente comtin. Entre todas estas divinida-
des se encuentran las diosas citadas en el Corén (53,
19/20 = 44): Lat, Uzza y Manat. Las tres aparecen en las
inscripciones preislamicas de la Arabia septentrional o
central. Al-Lat era una divinidad solar, tenia su santuario
en Taif y era la diosa tutelar de los taqif. Su nombre apa-
rece ya citado por Herodoto, y los textos antiguos apun-
tan que tenia también un templo en Palmira. Sus fieles
crefan verla en un roquedo cuadrado blanco, y los pere-
grinos acudian a darle las gracias al regreso de los viajes
que habian realizado sin contrariedades y se afeitaban los
cabellos en su santuario. Algunas de las etimologias desu
nombre llevarian a considerarla la «diosa» por antono-
masia, a/-ilahat.
Uzza habria sido diosa tutelar de los nabateos y luego
de los coraix, con santuario en al-Hurad, en el camino de
La Meca al Iraq, y residia en un Arbol sagrado (sammu-
ra/acacia) ante el cual se sacrificaban camellos; ademas,
habia tenido una capilla en la Kaaba y algunos autores la
identificaron con el planeta Venus tal y como brilla en
la aurora dela mafiana.
La tercera, Manat, diosa del destino, fue adorada por
los gatafan, los kinana, los hawazin, los lajmies de Hira...
y se la habria supuesto representada en una gran piedra
negra en contraposicién a Du-l-Jalasa, que habia residi-
do en un santuario—Ilamado al-Kaaba al-Yamaniyya (La
Kaaba del sur)—situado a medio camino entre La Meca y
el Yemen. Aquélla, Manat, tenia un santuario en Qudayd, a
orillas del mar, en el camino de La Meca—ciudad en la
que tenia una capilla—y la habrian adorado los aws y los
36
jazrach, habitantes de Yatrib, los nabateos y los tamu-
deos, y su influjo habria Hegado hasta Palmira. Seguin la
tradicién, el culto de estas diosas habria sido introducido
por un antepasado de Mahoma, Qusayy, al regreso de un
viaje por los confines de Bizancio, haciendo asi la «com-
petencia» a Hubal, sefior de La Meca. El Coran (71, 22/
23-23/23 = 45) cita, ademas, a Wadd, adorado por los kalb.
Se representaba con forma de hombre ante el cual habia
una lanza hincada en tierra y un carcaj de flechas. Tenia
su santuario en Dumat al-Chandal. Cita también a Suwa,
adorada por los huday], que procedia del mundo sudara
bigo, y que se representaba en forma de mujer y tenia el
santuario en Ruhat, cerca de La Meca. Y a Yaqut («el que
socorre»), adorado en el Yemen y por los murad, que se re-
presentaba en forma de leén. Yauq («el que defiende»),
dios de los hamdan, tenia forma de caballo. Y a Nasr, cu-
yos principales fieles estaban entre los du-l-kila del Ye-
men (himyarfes) y tenia forma de Aguila.
Inscripciones, nombres teoféricos del tipo «esclavo»
o«siervo de» y la misma tradici6n, permiten atestiguar la
existencia de otros dioses. Asi, Abdusara—esclavo de
Du-l-Sara (Dusares en griego)—atestigua la adoracién
del idolo de este nombre por los banu hérit, grupo que
pertenecia a los azd y cuyo santuario, con su kaaba y ha-
ram correspondientes, se encontraba en la Nabatea. En
cambio, en La Meca, Hubal lego a ser la divinidad mas
importante y a veces tiende a identificarsele con Wadd.
Los dioses de Arabia del Sur aparecen jerarquizados
en triadas (¢formaban una triada las tres diosas anteci-
tadas?) y a una de ellas parece aludir el Coran (55, 4/5-5/6
= 20) si una palabra que en este pasaje acostumbra a tra-
ducirse por hierba, pero que a la vez significa astro, se
vierte asi: El Sol y la Luna estén sometidos a un ciclo, el
37Astro (Venus) y el arbol se prosternan. La variante asi in-
troducida podria apoyarse en algunos comentarios clasi-
cos. Esas triadas tienen distintos nombres segiin el pue-
blo de que se trate, aunque pueda discutirse el cardcter
astral o agrario (caso del dios Almaqah de Saba) de mu-
chos de ellos.
En todo caso, y en el conjunto de Arabia, hubo unos
cuantos dioses de origen totémico (v.g. la hormiga del
Coran 27, 18 = 75) y astral que presentan un interés espe-
cial para la historia de la navegacién (Canope o Suhayl,
Leén, Pléyades, Aguila...) y cuyo culto como dioses fue
ciertamente conocido en época de Mahoma puesto que el
Coran (53, 50/49 =54), hablando de Dios, nos dice que E/
es el Seor de Sirio. Estos detalles presentan un notorio
interés para la antropologia cultural puesto que, al ampa-
to de sus fiestas (ferias), se fue garantizando la seguridad
del comercio y se fue desarrollando progresivamente la
idea de unos dias—Iuego meses—sagrados y de un Dios
que tenia una jerarquia superior a los demas, como ocu-
rre con Jupiter en la mitologia clasica. Ese dios fue el Dios
por antonomasia, designado en la mayor parte de las len-
guas semiticas con la palabra Allah, «el dios», en drabe;
Elohim, en hebreo; I/, El, en arameo (recuérdese el Elé
({Dios mio!) de Jestis en la Cruz (Mateo, 27, 46). A este
Allab—nombre cuya etimologia ha dado lugar a milti-
ples discusiones—se le fueron dando atributos de otros
dioses, como Rahman (Clemente), Rahim (Misericordio-
so), Taala (ensalzado).,. que, en el momento de la revela-
cién coranica formaron una unidad con El mismo. Estos
dioses tenian sus propios tesoros, mal allah, expresion
que sdlo se encuentra una vez en el Coran (24, 33/33 = 69)
yala que los comentaristas del Libro dan, generalmente,
una interpretacién que parece referirse a la prostitucién
38
ritual—gexistio?—tan comun en el Préximo Oriente An-
tiguo, cuando en realidad su origen puede derivarse del
tesoro del dios, administrado por el mukarrib segin las
necesidades del estado. Si esta interpretacion fuera vali-
da tendriamos aqui un embridn de lo que fueron las pri-
mitivas finanzas ptblicas en el islam de Medina y la ex-
plicacién del interés de Mahoma por ver el tesoro de la
Kaaba (cf. pag. 87).
Si se sittin los santuarios de los dioses sobre un mapa
de Arabia, como ha hecho Husayn Munis con treinta y
dos de ellos, se ve que casi se superponen con los cami-
nos mas frecuentados por las caravanas comerciales de la
época preislamica, y que las ferias o mercados empeza-
ban en marzo en Dumat al-Chandal, alcanzaban su maxi-
mo en las zonas riberefias del golfo Pérsico en los meses
de abril a julio—gllegada de los productos del Indico
trasportados en los barcos que aprovechaban el monz6n
de primavera que sopla de este a oeste?—y seguian por el
Yemen (septiembre) y Hadramawt (agosto-noviembre)
pata celebrarse en el Hichaz y Palestina (Bosra) en no-
viembre-diciembre (cf. pag. 131), Estos mercados podian
celebrarse bien en un lugar determinado de la ciudad 0
bien en un descampado, cerca de un cruce de caminos,
en el cual sdlo existian unos pocos edificios permanentes
que constitufan el nticleo del zoco que, a veces, recibia su
apelativo por el dia de la semana en que se celebraba (v.g.
Suq al-arbd, zoco del miércoles, del cual derivan los nom-
bres actuales de una ciudad de Marruecos y de otra persa).
Prescindiendo de la feria de La Meca, la mas impor-
tante de la época preislamica, fue la de Ukaz, donde, se-
gun la leyenda, se habrian celebrado justas 0 certamenes
poéticos en que los ganadores tenfan derecho a colgar sus
composiciones—de aqui el nombre de #zual-laqas («col-
39gadas») con que se conocen algunos de esos poemas 0 ca-
sidas que han llegado hasta nosotros—, escritas con le-
tras doradas, en la Kaaba. De esas poesias premiadas hoy
sélo podemos leer cinco—siete 0 diez segiin los criti-
cos—y la cronologia y la autenticidad de todos sus versos
no se puede garantizar. Posteriormente, y ya en tiempos
islamicos, pasaria a desempefiar este papel el mirbad, lu-
gar de Basora en el que se descargaba a los camellos y que
les servia de establo.
La tradicién sabia que habia habido, antiguamente,
emigraciones de los arabes del sur hacia el norte, e inven-
t6 un sistema genealdgico, inspirado en el que se deduce
de los libros del Antiguo Testamento, para explicar las
agrupaciones de tribus, clanes y familias que intervinie-
ron en la politica desde los tiempos preisl4micos hasta el
principio del califato abbas{. Los arabes descendian de
Adan, como es légico, pero unos, los del sur (yemenfes 0
kalbies) se habrian separado del tronco comtn, antes de
Abraham, y tendrian como epénimo a Qahtan; los otros
habrian tomado conciencia de su identidad al conside-
rarse descendientes de Ismael, hijo de Abraham y Agar,
hija del rey del Hichaz, enlazando asi la tradicién biblica
con la drabe. Aceptaron como epénimo a Adnan (arabes
del norte o qaysies). Los pueblos citados en el Coran (sa-
beos, tamudeos, etc.) los consideraron emparentados con
los yemenies 0 bien los tuvieron por «extinguidos»,
El desarrollo de las luchas tribales les llevaron a ad-
mitir que algunos arabes del sur (kindies) habian mar-
chado hacia el norte en épocas remotas. Asi explicaron el
asentamiento de tribus yemenjes en la parte septentrio-
nal de Mesopotamia y en el limes, es decir, la frontera en-
tre Persia y Bizancio con la Peninsula (lajmies, gassanies),
y que los habitantes de Medina (aws, jazrach), futuros
40
adefensores» de Mahoma, vivieran al norte de La Meca,
patria del Profeta, que era coraixi y cuya genealogia enla-
zaban con Adnan. El ejemplo mas tipico de los despla-
zamientos e interferencias territoriales de estos grupos
lo representan los churhum que, en un momento dado,
ocuparon La Meca hasta que los juzaa (adnanies), dirigi-
dos por Amr b. Luhayy, cuando regresaban de tomar
aguas en unas termas helenisticas, los expulsaron y éste
introdujo el politeismo, los ritos que reprueba el Coran
(5, 102/103 = 94) y la talbiya, entendiendo por esta pala-
bra un tipo de adivinacién por flechas—distinto pero pa-
recido al que hoy practican, con carta, los «trileros»—,
que nada tiene que ver con el significado que mas tarde
tuvo este vocablo con el islam (; Aqui estamos, Sefior!).
La tribu (gabila) es algo sumamente fluctuante: es
una rama del pueblo (sab) que, a su vez, se subdivide en
subtribus (éara), y éstas en las fracciones (batn). El Co-
ran atestigua la existencia de clanes y, dentro de éstos, de
familias (70, 13/13 = 94; 11, 93/91 =99).
Ninguno de estos términos queda claramente defini-
do en los textos antiguos. En todo caso, existe una pro-
gresiva divisién dicotémica que aparece ya en la Biblia
con los hijos de Adan: Cain y Abel son los que atrastran
al resto de los descendientes de la primera familia huma-
na y encarnan unos intereses determinados y contrapues-
tos (ganaderfa, agricultura), con olvido de los que pue-
dan tener el resto de los parientes. Se trata del usufructo
del poder por el mas fuerte y, cuando los intereses estan
muy equilibrados, bastard con que una fracci6n o un clan
cambie de bando para romper la balanza del poder. Por
eso un poeta, al-Qutami, o sea, Umayr b. Sulaym al-Ta-
glabi, afirma que si no se encuentran enemigos ajenos
hay que iniciar una discordia familiar: ;Ob tu, a quien la
41civilizacién maravilla! ¢Qué tipo de beduinos sois? Noso-
tros montamos caballos hermosos y empuiamos largas lan-
zas. St avanzamos hacia cualquier region, recogemos el bo-
tin, y si no encontramos enemigo, la emprendemos contra
nuestros hermanos de bakr.
Husayn Munis, refiriéndose a la situacién de Arabia
en el momento de la predicacion del islam, compara a sus
habitantes con una nebulosa en continua transformacion
segtin se altere el juego de las alianzas en virtud de los
centros de atraccién y de los intereses de unos y otros;
Por eso, a veces, grupos mintsculos imponen sus ideas al
pasar a ser lo que hoy se Ilaman partidos bisagra.
En Yatrib los yemenies de aws, que vivian en los su-
burbios, se enfrentaban a sus hermanos jazrach, que ocu-
paban el centro de la ciudad. Pero el fiel de la balanza
entre las dos facciones lo tuvieron los judfos, hasta que
aparecié un arbitro de la otra «raza», el coraixi Mahoma.
En La Meca los hasimies perdieron su hegemonia ante
los omeyas. Mahoma, desde Yatrib, devolvié por unos
afios el poder a los clanes yemenies, hasta que éstos lo
perdieron definitivamente tras el triunfo de aquéllos.
Mucho més tarde estos enfrentamientos cambiaron su
denominacién tribal para aceptar nombres de familias.
El limite de la conciencia de unidad quedaba fijado por
el de los individuos (agila) que, en caso de cometerse un
homicidio, se veian obligados, por la presién social, a pa-
gar el precio dela sangre 0, como dirfamos hoy, la indem-
nizaci6n judicial.
Las tribus tenfan entre mil y dos mil individuos y es-
taban dirigidas por un sayy/d, sefior, titulo que también
recibian los jefes de los clanes. Posteriormente se utilizé
mas el de say/, jeque, anciano, cuyo poder parece que
sdlo estaba limitado por la obligacién de consultar a una
42
asamblea de notables o jefes de clan (3, 153/159 = 106; 42,
36/38 = 85). En tiempos postislamicos esa asamblea con-
sultiva (mala, maswar, machlis, nukaba) aparecera, devez
en cuando, como una serpiente de verano, segan las ne-
cesidades de los gobernantes.
La actuacion correcta de un arabe de pura cepa, se-
gtin los textos antiguos, venia determinada por el honor
(ird) y la hombria (muruwwa), conceptos muy amplios
que no se corresponden exactamente con los islamicos,
y menos con los nuestros. En todo caso, podia ser manci-
Ilado por una calumnia, injuria o satira dirigida contra la
tribu, la familia o el individuo. Para evitar caer en el des-
honor era licito emplear cualquier sistema de defensa,
incluso el asesinato de los maldicientes que, en general,
eran poetas (cf. pag. 45, 87). Los actos que actecentaban
esta virtud eran la generosidad, la protecci6n del débil,
etc., y dentro de la sociedad preislamica se jerarquizaba
dando mayor importancia al libre frente al esclavo; al
hombre frente ala mujer; al noble frente al humilde. Ma-
homa, con su mensaje, relativizé alguno de estos con-
ceptos al hacer, por ejemplo, ante la religién, la riqueza,
la generosidad, la nobleza y la ascendencia iguales ala
piedad, hasta el punto de que bastaba con esta virtud
para ser todos iguales ante Dios y hacer valida la expre-
sién: Di: yo soy asi y no digas asi fue mi padre. Esos valo-
res de la sociedad preislamica fueron exaltados, espe-
cialmente, por los poetas... si (cosa dudosa) todos los
versos que conservamos a partir de principios del siglo
vi d.C. son auténticos. Ejemplos de los mismos son los
de un coetaneo (c. 580-c. 640) del Profeta, primero con-
verso, luego (632) apdstata y que, vuelto al redil, acabo
sus dias en tiempos del califa Umar. Al-Hutaya, tal es su
nombre, en un elogio alos érabes—que resumimos—dice:
4BLAS TRIBUS DE ARABIA
44
Es un beduino que lleva tres dias sin comer, que mata su ham-
bre apretandose el cinturén, sin encontrar vestigio de vida en
el desierto en que vive en compafia de una mujer avejentada,
enfrente de la cual hay tres muchachos semejantes a cabritillos:
descalzos, jamas han probado el pan ni conocen el sabor del
trigo. A lo lejos, entre la bruma, descubrié una sombra y se
gsust6, pero cuando distinguié que era un huésped, qued6
preocupado al pensar que no podia ofrecerle comida. Uno de
sus hijos, al ver su pesadumbre, le pidié que le sacrificara y le
ofreciera su carne, pues aquel que llegaba podia pensar que
eran ricos y no querian invitarle. De repente el padre, que per-
manecia indeciso, vio a lo lejos un grupo de onagros que co-
trian a abrevar, Se lanzé tras ellos, pero mientras los animales
buscaban el agua él buscaba su sangre. Los dejé beber hasta
que se hartaron y entonces, lanzando una flecha, abatio a una
hembra gorda, tierna, sabrosa. La alegria se apoderé de la fami-
lia al ver la herida y la sangre: la arrastraron como botin, obse-
quiaron con su carne al huésped y el padre pasé la noche afable
como padre, y la madre sintié la alegria de ser madre.
Pero este mismo individuo era capaz de componer—jhas-
ta contra su propia madre, que nunca quiso reconocerlo
como hijo!—las satiras mas venenosas. La lengua, como
dice un proverbio arabe, causa mds muertos que la espa-
da, y algunas invectivas—las mas suaves—ya levantaban
ampollas en la piel del hombre mas curtido al que, por
ejemplo, se consideraba inferior al lagarto, al jerbo, ala
hiena, al puerco espin o a cualquier otro animal despre-
ciable del desierto.
Al lado del poeta, representaron un papel preponde-
rante, en la sociedad arabe de la época, el brujo y el sacer-
dote. Del primero se esperaba que con sus conjuros atra-
jera la desgracia sobre el enemigo, y del segundo que
cuidara del santuario del dios respectivo, el betilo, du-
rante las migraciones (piénsese el Taberndculo, el Arca de
45la Alianza y las Tablas dela Ley, Exodo, passinz), y que ro-
gase por los guerreros al entrar en combate (cf. la peti-
cién de Francisco José de Austria, en 1914, al Santo Padre
para que bendijera al ejército austriaco que empezaba la
guerra, alo que Pio X replicé que él sélo rezaba por la paz).
La hombria implica la buena educacién, las virtudes
del caballero, la grandeza de alma, el valor, la generosi-
dad, el sentimiento del honor, la cortesia, etc., significa-
dos todos ellos englobados, segtin Dozy, en la palabra ca-
talana ensenyament en su valor medieval y que el judio
catalan Jafuda Bonsenyor (m. 1330) emplea en sus Dits:
«Bon nodriment és ensenyament a que no fassas res en
celat que n’hages vergonya si és sabut» («Bien nacido es
aquel que nada hace en privado de que tenga que aver-
gonzarse si se conoce»).
A partir de mediados del siglo 111 d.C., la leyenda dra-
be va recogiendo nombres de personajes de cuya existen-
cia no cabe dudar, pues los confirman textos externos.
La emperatriz «romana» Zenobia (Zabba, en arabe),
duefia de Palmira, se habia casado con Yadima al-Abras
(«el leproso»), cuya existencia, a su vez, consta en una
inscripcién de Umm al-Chimal, en que se nos indica que
éste era rey de los tanuj. Poco a poco, dos grupos yeme-
nies se asentaron en las fronteras de los grandes impetios
de aquel momento sirviendo de fuerza de choque en el
caso de incursiones de los beduinos: los gassan prefirie-
ron el /imes bizantino y los lajm, el persa.
Los primeros eran una rama de los azd y, a cambio de
un subsidio anual que les pagaba Constantinopla y de los
titulos de filarca, clarisimo, patricio y glorioso—que es-
taba autorizado a utilizar su jefe—suministraban a sus
protectores escuadrones de caballeros, vigilaban las ca-
ravanas comerciales de los coraix que habia empezado a
46
organizar, a partir del 467, un antepasado de Mahoma,
Hasim b. Abd Manaf, y atacaban a los judios del Hichaz.
Uno de sus soberanos, al-Harit b. Chabala (526-569) lu-
ché contra los persas a las érdenes de Belisario, el gran
general de Justiniano y, mas tarde, derroté en Qinasrin al
lajmi al-Mundir b. al-Numén en el «dia» de Halima
(554). La aceptacion y la difusién del monofisismo (Cris-
to era Dios, pero no un hombre perfecto; herejia conde-
nada en el Concilio de Calcedonia, 451) fue causa de que
su sucesor, al-Mundir, fuera desterrado a Sicilia. El ulti-
mo de sus soberanos, Chabala b. al-Ayham (m. 23/644),
consiguio reconstruir su patrimonio después de la ava-
lancha persa de Cosroes II Parviz (590-628; Abarwiz, en
las fuentes arabes) y posterior victoria de Heraclio, pero,
vencido por los musulmanes, se convirtié a la nueva fe.
Sin embargo, fue incapaz de comprender el principio
fundamental de ésta: que la piedad (cf. pag. 43) pasa por
delante de todas las virtudes preislamicas, razén por la
cual apostaté y fue a terminar sus dias en Bizancio, y de
él, segtin Ibn Hayyan, descienden los condes de Barcelo-
na y, en consecuencia, el actual rey de Espaiia.
A esta dinastia se debe la construccién de las cister-
nas de Sergidpolis (Rusafa); de la iglesia monofisita extra-
muros, del palacio de Jirbat al-Bayda y de los edificios
permanentes de Chabiya, ambos al sur de Damasco. Este
ultimo complejo, en el cual se encontraba un monasterio
cristiano, constituia el nticleo de sus dominios y a su alre-
dedor alzaban los beduinos sus tiendas, ya que disponian
de abundantes praderas y fuentes.
La dinastia rival, la de los lajm, protegia la frontera
petsa. Habia llegado a la misma, procedente del sur, ha-
cia el siglo 111. Sin embargo, no hay seguridad ninguna
acetca de esta filiacion y es posible que fueran arabes del
47norte a los que, por motivos politicos, les interesara disi-
mular su origen. El primer rey conocido fue Amr b. Adi,
sobrino del antecitado Chadima «el leproso». Combatié
a Zenobia y protegié el maniqueismo (sincretismo del bu-
dismo, mazdeismo y cristianismo; fundado en 241) cuan-
do éste fue perseguido en Persia, del mismo modo que
sus sucesores acogieton a los nestorianos (que sostenian
la herejia, condenada en el concilio de Efeso del 431, se-
gtin la cual la Virgen no fue madre de Dios, pues no pudo
engendrar una naturaleza divina igual ala de Dios Padre)
cuando éstos tuvieron que huir de los dominios bizanti-
nos. Aprovechando la decadencia de Edesa y Palmira los
lajm transformaron su campamento-base (Aira en drabe
epigrafico del sur; Airta en sitiaco) en una verdadera ca-
pital, etapa imprescindible en los caminos que, desde el
este o desde el sur de Arabia, bordeando el golfo Pérsico,
se dirigian a Siria y al Hichaz. Uno de sus sucesores, Nu-
man al-Awar («el tuerto») construyé el palacio de Jawar-
naq, cerca de Nachaf, que fue considerado por los poetas
arabes preislamicos como una de las treinta maravillas
del mundo.
El soberano mas importante de esta dinastia, Mundir
III (503-554), mantuvo relaciones con los sudérabes Yu-
suf Du-Nuwas y Abraha (cf, pag. 32), colaboré con los
persas en la batalla de Callinicum (531), en que derrota-
ron a los bizantinos mandados por Belisario, y protegié y
auxilié la politica de la tribu de kinda dirigida a dominar
el norte de Ja Arabia central. A pesar de ello, Numan IV
b. al-Mundir (580-602), rey cantado por el poeta Nabiga
Dubyani y mandado asesinar por Cosroes II Parviz, no
pudo evitar la derrota de la hegemonia kindi en el «dia»
de Chabala o al-Nug, ni la incorporaci6n de su estado al
imperio sasdnida que asi se privo del servicio de una fa-
48
milia experta en los asuntos drabes y en la defensa de la
frontera ante sus incursiones.
Los persas sufrieron pronto las consecuencias: ban-
dadas de beduinos se infiltraron a través de las guarnicio-
nes sasanidas y, poco después, los derrotaron en el «dia»
de Du-Qar. La noticia legé pronto a La Meca y una tra-
dicién sostiene que Mahoma dijo: Este es el primer dia en
que los drabes han vencido a los persas y es gracias a mi por
lo que han sido ayudados por Dios. La mala nueva la reci-
bid Cosroes II en el palacio de Jawarnagq, y los ultimos
lajmies, pronto convertidos al islam, llegaron a Espaiia
donde, segitin la leyenda, sus sucesores fueron reyes del
reino taifa de Sevilla en el siglo x1 (dinastia abbadj).
Allado de los textos aqui utilizados encontramos otros,
poéticos, que cuando son auténticos, arrojan alguna luz
sobre la vida y la historia de los dos siglos anteriores a la
aparicion de Mahoma en la peninsula de los arabes. Ahora
bien: los poemas que han Llegado hasta nosotros y que se
atribuyen a ese periodo fueron coleccionados, por escri-
to (lo cual no implica que antes no se encontraran textos
cortos) por dos grandes fildlogos, Hammad al-Rawiyya
(75/69 4-155/771), de origen persa, que fue el primero en
reunir las wual-laqas, y Jalaf al-Ahmar (siglo 11/vii1), que
recogié casidas de Sanfara, Tabbata Sarrdn, etc., poetas
muy antiguos y cuya obra hay que situar a principios del
siglo v1. Ambos editores, Hammad y Jalaf, que pretendian
saber de memoria millones de versos, fueron acusados,
coetaneamente, de falsarios, y la critica interna de los poe-
mas antiguos muestra que muchos de sus versos con in-
terpolaciones posteriores son invenciones. Sin embargo,
como no se presta a quien no tiene, no puede rechazarse
en bloque toda la poesia drabe preislamica, y mas si se
tiene en cuenta que testimonios externos—bizantinos—
49aseguran que en €poca de Zenobia ya existia esta poesia
en forma de canciones, aunque hoy no poseamos ningtin
texto cuya atribucion al siglo 111 sea posible.
Otro problema radica en la estructura formal de la
casida. Los criticos estan de acuerdo en que se «inventé»
poco tiempo antes del nacimiento de Mahoma y encon-
tré su origen a caballo entre los reinos de los lajmies y de
los gassanies pero, especialmente, en el primero. Aqui
adquirirfa su caracteristica estructura tripartita y por eso
los topénimos de esas tierras aparecen con mayor fre-
cuencia que otras mas meridionales. Una serie de poetas,
como Abid b. al-Abras, Tarafa, Nabiga al-Dubyani, Adi
b. Zayd, Amr b. Kultum, habrian ocupado la escena lite-
raria del mundo arabe en la segunda mitad del siglo vi y
sus versos se habrian mantenido incélumes en la memo-
tia de los transmisores gracias al metro prosdédico y al
sonsonete de la rima. Pero el problema no tiene facil so-
lucién, ya que la memoria puede jugar malas pasadas y
reemplazar, voluntaria o involuntariamente, una palabra
© un grupo de palabras por otro del mismo metro 0 rima
y, en consecuencia, engafiarnos en las deducciones histé-
ticas o sociales que creemos poder conocer a través del
andlisis de esos versos.
Sea como fuere, estamos seguros de que en vida de
Mahoma la casida arabe tenfa existencia plena y de que el
Profeta, en los inicios de su vida en Yatrib, lamenté viva-
mente el carecer de poetas—es decir, de periodistas—a
su servicio para responder a las invectivas de sus enemi-
gos (22, 224-226 = 52): ¢Acaso he de informarte sobre quién
descienden los demonios? Descienden sobre todos los em-
busteros pecaminosos que explican lo otdo, pero, en su ma-
yoria, son embusteros; descienden sobre los poetas, y son
seguidos por los seductores. ¢No ves como andan errantes
so
por todos los valles y dicen lo que no hacen? Sin embargo,
cuando empez6 a tener buenos literatos a su servicio,
como Hassan b. Tabit, que se habia formado en el limes
de Hira, se derog6, en parte, la afirmaci6n anterior con la
incrustacion del versiculo 227: Exceptdase los que creen,
hacen obras pias, invocan con frecuencia a Dios y se defien-
den después de haber sido vejados.
Los datos que nos transmite esta poesia preislamica
contribuyen a dar a conocer el Ambito en que se movié la
vida arabe en los tiempos inmediatamente anteriores al
inicio de la predicacién mahometana y, aunque haya que
partir del principio de que una gran parte de los versos
utilizados para establecer hechos y costumbres del siglo
v1 fueron inventados o compuestos por los dos editores
antecitados, siempre hay que admitir la autenticidad de
algunos de ellos—tal vez un treinta por ciento—que ha-
brian sido imitados, amplificando una idea central, un
nticleo que subyace en los desarrollos ulteriores, del mis-
mo modo que las vidas de Antara, de al-Battal, de Didge-
nes Akritas o del Cid dieron origen a posteriores narra-
ciones literarias en sus respectivas culturas 4rabe, turca,
bizantina, castellana, conservando sélo una visién par-
cial del pasado.
En este aspecto es impresionante la casida inventada
por Jalaf al-Ahmar y puesta en boca de un presunto poe-
ta ladron, Sanfara, que habria vivido a principios del si-
glo vi. Teéricamente, habria sido un azdi del Yemen que,
acusado de un crimen por sus propios familiares, habria
corrido a buscar refugio en el desierto donde habria en-
contrado su verdadera familia: el ledn veloz, la pantera y
la hiena, que nunca confiesan a nadie lo que saben, que
no son delatores. Lo que de ellos le distingue es la gene-
rosidad: cuando se lanzan sobre una presa, deja que se
51sacien antes de «matar» su propia hambre. Es valiente y
sabe qué hacer y, desde luego, no comete la imprudencia
de consultarlo nia su propia mujer, siendo su tnico lecho
la tierra, y su almohada, el brazo. Esta composicién reci-
be el nombre de poema rimado en / de los arabes; fue co-
nocida por los historiadores occidentales desde el princi-
pio del siglo x1x, y éstos han visto en ella una descripcién
del temperamento de los mas antiguos beduinos.
En otros casos, como el de Umayya b. abi Salt, taqifi
coetaneo de Mahoma, se han querido encontrar ecos del
ambiente que, en favor del monoteismo, reinaba en la Ara-
bia de la época, y se han subrayado determinados parale-
lismos, ideoldgicos y léxicos, entre su obra y la del futuro
Profeta. Ni uno de ellos, ni todos ellos reunidos, arrojan
la menor sombra sobre la autoria del Coran.
Es sumamente curioso observar que toda esta poesia,
incluso la que pueda ser auténtica, ha llegado censurada
desde el punto de vista religioso—no se explica la falta
de versos 0 de invocaciones que se refieran a los antiguos
dioses—y, ademas, ha sido «islamizada», 0 cuando me-
nos «monoteizada», mediante la intercalacién del nom-
bre del Dios unico (Allah) o de referencias y alusiones a
libros considerados como sagrados por los musulmanes
(Biblia). ¥ eso ocurre por igual con los textos atribuidos
a Abu Sufyan b. Harb (m. 32/653), jefe del clan de los
Abd Sams, epénimo de la dinastia omeya y feroz enemigo
de Mahoma; con los de Imru-1-Qays, hijo de Huchr, tlti-
mo rey de los kinda, protegido inicialmente por Sama-
wal, judio, duefio del castillo de Ablaq en Tayma y a la
vez poeta; mas tarde, Imru-l-Qays tuvo que buscar refu-
gio en la Constantinopla de Justiniano, sedujo a una prin-
cesa bizantina y murié (c. 550), al igual que Hércules, enve-
nenado al vestir una tinica impregnada de anilina téxica
52.
que le habia regalado el Emperador; con los de Labid,
autor de una muwal-laga y que se convirtié al islam, en el
629, al ofr recitar uno de los fragmentos mas hermosos
del Coran (2, 15/16-19/20 = 7.4): A aquellos que trocaron la
verdad por el error, no les reportard beneficios su negocio,
pues no estan en el camino recto. Les ocurre lo mismo que a
quienes han encendido un fuego: cuando ilumina lo que
esté.a su alrededor, Dios les arrebata la luz y los abandona
en las tinieblas: no ven; sordos, mudos y clegos no se re-
tractaran. Son como una nube tormentosa del cielo: en ella
hay tinieblas, truenos y relémpagos; ponen los dedos en sus
oidos por temor de los rayos, para escapar de la muerte.
Pero Dios rodea a los infieles. Los reldampagos cast les
arrancan la vista: cada vez que los iluminan, andan; pero
en cuanto reaparecen las tinieblas, se detienen. Si Dios qui-
siera les quitaria el otdo y la vista... Que un literato acepte
ideas distintas de las suyas en cuestiones de estética es
comprensible; que todas las gentes, cultas y analfabetas,
hagan lo mismo, es més dificil de entender, y este ultimo
hecho es el que constituye el tnico milagro narrado en el
Corén y aceptado por todos los musulmanes (cf. pag. 60).
En algunos casos, las anécdotas inconexas a base de
las cuales podemos reconstruir algunos de los episodios
de la época preislamica permiten trazar un caflamazo
cronolégico relativamente aproximado. Asi, puede esta-
blecerse que el fin de la hegemonia de la tribu de kinda
acaecié alrededor del 530, cuando fue asesinado Huchr,
padre de Imru-l-Qays, por los sublevados. De aqui sur-
gid la enemistad entre éste y otro gran poeta, sayyid de
los asad, Abid b. al-Abras (muerto antes del 554). Coeta-
neo de ambos debié ser el chusami—taglibi Amr b. al-
Kultum, nieto de otro sayyéd—poeta, al-Muhalhil, quien
habia vivido a principios del siglo v, de quien se dice que
53invent6 la casida (forma estréfica de los poemas arabes
clasicos) y tomé parte en los «dias» de la guerra de Bastis
sostenida entre los bakr b. Wail y los taglib b. Wail—es
decir, dos tribus emparentadas—por la posesidn de unos
pastos y unos cotos de caza, iniciada a consecuencia de un
incidente fortuito: la muerte de un animal que pacia fue-
ra de su dominio y que dio origen al proverbio «Mas ne-
fasto que la camella de Bastis».
54
Ill
MAHOMA
La dificultad de escribir una biografia del Profeta del is-
lam radica en que los textos, las fuentes, en que hay que
basarse son tardios—uno o dos siglos posteriores a su
muerte—y laudatorias siempre—las musulmanas—o des-
pectivas—las cristianas—. Sdlo en los siglos x1x y xx al-
gunos autores han intentado describir la vida de Maho-
ma prescindiendo de todo tipo de connotaciones previas
y basandose en el desarrollo y estudio de los datos auto-
biograficos que sobre él mismo proporciona el Coran,
procedimiento éste utilizado con frecuencia por los his-
toriadores alemanes el siglo x1x, y seguido también por
los de otras nacionalidades. A pesar de ello, y simultanea-
mente, han ido apareciendo estudios tendenciosos por
uno y otro lado: los trabajos del P. Lammens (m. 1937) hi-
cieron observar a I. Goldziher, uno de los maximos ara-
bistas contempordneos, que no quedarfa nada de los
Evangelios si a éstos se aplicara el mismo método critico
que el de aquél a el Coran. En esta misma linea hay que si-
tuar el trabajo del dominico G. Théry, quien adopté el
pseuddénimo de Hanna Zacarias (1891-1959) cuando no re-
cibié el imprimatur para publicar sus trabajos en que, reco-
giendo y desarrollando ideas de G. Weil (1843) y A. Spren-
ger (1858), sostiene que Mahoma fue un 4rabe inculto del
que un rabino maquiavélico, dispuesto a extender el ju-
daismo por el mundo, hizo su hombre de paja. Asi, en las
55frases cordnicas que empiezan por Di, seria ese rabino el
que hablaba y no Dios, conforme pretende la tradicién
musulmana undnimemente. Por su parte, algunos criti-
cos marxistas intentaron demostrar que Mahoma jamas
tuvo una existencia histérica (c. 1930), del mismo modo
que procedié A. Drews, citado incidentalmente por Le-
nin, para negar la existencia real de Jestis; otros intenta-
ron justificar el nacimiento del islam como consecuencia
de una lucha de clases en el seno de la Arabia preisl4mi-
ca, etc.
En el sentido opuesto van las biografias de Muhammad
Husayn Haykal (1935), de al-Aqqad o de Muhammad Ha-
midullah que partiendo de una sélida—aunque a veces
no segura—base documental, intenta acomodar la reali-
dad con la tradicién.
La verdad debe andar a medio camino entre unos y
otros: aceptando los pasajes biograficos que se conservan
en el Corén—sobre cuya autenticidad y contemporanei-
dad con los hechos no cabe dudar—no hay por qué admi-
tir todas las ampliaciones que de los mismos, previa reco-
leccién de las tradiciones (hadices) orales, realizé Ibn Ishaq
(85/704-150/768) y reelaboré Ibn Hisam (m. 218/833).
Pero tampoco hay por qué aceptar que todas esas amplia-
ciones sean una invencién de los discipulos del Profeta.
EI Gnico camino para acercarse a la verdad consiste en
emplear, llegado el caso, los mismos métodos que el his-
toriador estuviera dispuesto a utilizar para el andlisis de
los origenes de sus propias creencias.
La transmisién oral de los hadices en el islam primiti-
vo no fue siempre tan fiel como cabria desear y, por ello,
se encuentran versiones contradictorias de un mismo he-
cho cuyo punto de arranque esta en el testimonio de la
misma persona que los presencid. Un ejemplo trasladado
56
a nuestros dias seria: Vernet (nacido en 1923) oy6 contar
asu maestro Mills (1897-1970), quien lo habia ofdo a su
vez de su maestro Barjau (1852-1938), que dada la insegu-
ridad ciudadana imperante en los tiempos del reinado de
Amadeo de Saboya (1870-73), no pudo realizar un viaje
que tenia previsto a Francia. Vernet, que escribe en 1990,
da testimonio asi de una tradicién oral que no coincide
con la de la documentaci6n conservada y que fija la fecha
del hecho narrado a principios de 1875, es decir, en los
inicios del reinado de Alfonso XII. Y, todo ello, ocurrié
hace ciento veinte afios; la sucesion 0 cadena (isuad) de
narrantes es segura, pues la fechas que delimitan las res-
pectivas biografias permiten suponer que se conocieron
entre sien edad de razon, y por otras fuentes se sabe que,
bromas aparte, siempre decian la verdad. Por tanto, el
contenido (matn) de la anécdota debiera ser cierto (sahih,
sano). Y, siguiendo este mismo criterio, podriamos gene-
ralizar este hecho a toda la historia de Espafia y deducir
que las comunicaciones de Espajfia con Francia, a través
de los Pirineos, hace ciento veinte afios, eran inseguras.
¢Fue asi? De un hecho particular, sucedido en un mo-
mento y lugar dados, hemos sacado una conclusién gene-
ral sin testimonios suficientes.
La carta que Urwa b. al-Zubayr (m. 94/712) escribid
al califa Abd al-Malik (m. 86/705), narrandole la biogra-
fia del Profeta y los origenes del islam, merecié la sanci6n
de la escritura mas de cien afios después de ocurridos los
hechos que nos relata, y por ello no cabe admitir que se
introdujeran en la misma datos que no se correspondie-
ran con la realidad. En todo caso, se esta de acuerdo en
que Mahoma (en arabe, Muhammad, el Alabado) vino al
mundo en el afio en que Abraha, gobernador abisinio del
Yemen, realizé una expedicién contra La Meca. En la
57misma figuraba un elefante y de aqui que el aiio en cues-
tidn fuera conocido, en lo sucesivo, como «afio del ele-
fante», y a ese momento alude (azora 105 = 24) el Coran.
¢Cual fue la fecha exacta de la expedicion? En una ins-
cripcién fechable en el 550 d.C., encontrada en Moray-
gan, entre Nachran y La Meca, se cita a un personaje lla-
mado Abraha, que debia ser cristiano nestoriano a juzgar
por la cruz que figura en la misma y otros detalles, y que
estaba realizando una algaztia por aquellas tierras. Ma-
homa pudo haber nacido entonces y habria muerto a los
ochenta y dos afios de edad.
Sin embargo, la tradicién apunta a otra fecha. El Co-
ran (10, 17/16 = 95) asegura que el Profeta, antes de em-
pezar la predicacién, vivid una vida (ur) entre los co-
raix, y esta expresi6n significa cuarenta afios. Una noticia
que remonta a Hassan b. Tabit nos asegura que fue pro-
feta en La Meca durante diez afios y pico y, como sabe-
mos con certeza que abandoné esta ciudad el afio 622,
debié nacer entre el 567 y el 572. La fecha del 580, pro-
puesta por Lammens, debe rechazarse, pues significa tra-
ducir la voz wmr con un significado distinto del habitual
(hombre de treinta afios, en lugar de cuarenta).
Nacido en La Meca, Mahoma pertenecia al clan de
los hasimies, que si bien entonces era poco influyente,
conservaba atin parte de su antiguo prestigio, y éste le
sirvid de escudo en los momentos mas dificiles de su pre-
dicacién, pues sus enemigos, si se mofaron de él, no se
atrevieron a asesinarle para no caer en el circulo vicioso
de la ley del talién. Por parte materna es posible que tu-
viera parientes en Yatrib, la futura Medina. Es muy poco
lo que conocemos de su infancia y juventud. Huérfano
prematuramente de padre y madre, fue recogido por su
abuelo, Abd al-Muttalib, y luego por su tio, Abu Talib,
58
quien le protegié hasta que Mahoma contrajo matrimo-
nio con una viuda rica que le doblaba la edad, Jadicha,
con la cual, si hay que hacer caso de las tradiciones, fue
completamente feliz. Con ella tuvo varios hijos, pero to-
dos, a excepcion de Fatima, le premurieron.
Al principio de su matrimonio se consagré a cuidar
los negocios de su mujer y es posible, pero no seguro, que
realizara algunos viajes en el transcurso de los cuales po-
dria haber llegado hasta Siria, donde habria conocido a
un monje, Bahira (ges el nombre Pajuru que figura en una
inscripcién nabatea?), quien le habria dado a conocer el
monoteismo. Pero su posterior vocacién religiosa puede
explicarse sin la existencia de contactos con el mundo
no arabe. En esa época debié de ser un pagano piadoso:
creia en genios, demonios y augurios; La Meca era un lu-
gar santo para él y admitia los sacrificios cruentos y la pe-
regrinacién. En un momento dado, bien como resultado
de una lenta maduracién o bien de repente, como San
Pablo, se sintié llamado por Dios para conducir a sus
contribulos, y recibié la primera revelacion. Esta debié
de llegar entre los afios 610 y 612 y el texto de la misma
nos lo conserva el Coran, aunque los tradicioneros no se
hayan puesto de acuerdo en cual fue de los tres que se
disputan la preeminencia. He aqui el principio de los tres
(2, 183/185 = 74): En el mes de ramadan se hizo descender
el Cordn como guia para los hombres y pruebas de la Guia y
de la Distinci6n...; (74, 1-7 = 30): ;Oh el arropado! jIncor-
porate y advierte!... (96, 1-5 = 47): ;Predica en el nombre
de tu Senor, el que te ha creado!...
Estas primeras comunicaciones con la divinidad se
describen con un cierto detalle en el Coran. En el mo-
mento de recibir la revelacién se envolvia en un manto y
parecia ser un poseso, un sacerdote o un brujo. Estas des-
59cripciones, desarrolladas por la tradicién, llegaron a ha-
cer creer al historiador bizantino Teéfano (c. 202/817)
que el fundador del islam habia sido un epiléptico. Cuan-
do se encontraba en plena crisis percibia palabras, rara
vez visiones, que quiza habia oido pronunciar en estado
de vigilia sin prestar atencién. Este pudo ser el modo
como se inttodujeron en la nueva religion las influencias
judias y cristianas, pero debidamente reelaboradas en su
subconsciente por la voluntad divina. Este mecanismo
explica la sinceridad de la predicacion de Mahoma y su
conviccion de ser el Enviado de Dios a los arabes desde el
instante en que la revelacién divina coincide, en general,
con las recibidas por otros profetas.
La honradez que preside estas primeras revelaciones
caracteriza las que le llegaron a lo largo de toda su vida y
las tradiciones que se traen a colacién en sentido contra-
rio no quitan un pice a la sinceridad con que el Profeta
se creia el Enviado de Dios. La frase de Lammens de que
«el triunfo fue fatal a su lealtad, hasta eclipsarla definiti-
vamente» queda en una pura afirmacion. La base real de
la revelaci6n era, segtin Mahoma, un libro guardado en el
cielo que sdlo llegaban a conocer los puros. El, personal-
mente, no lo leyé, pero en cambio, se le recité en bloque
en el momento de la primera revelacién y lo olvidd. Pos-
teriormente Dios, en la mds pura lengua arabe, le iba re-
cordando los fragmentos que le eran necesarios en cada
momento por medio de un Espiritu o de angeles. Sdlo es
en un pasaje coranico tardio cuando se precisa que el en-
cargado de transmitirle la revelacion era el arcangel Ga-
briel.
Ni Mahoma pretendid, ni sus contempordneos lo cre-
yeron, que el nuevo Profeta realizara milagros. La orto-
doxia de aquel entonces basaba su fe ciega en el estilo li-
60
terario, extraordinariamente bello, en que iba revelando
el texto del Coran, y que era inimitable porque su autor
era el propio Dios. El mismo—el Libro contiene Su pala-
bra eterna—lo manifesto asi en el versiculo del desafio
(tahaddi, 17, 90/88 = 80): Di: «Aunque se reuniesen los
hombres y los gentos para traer algo semeyante a este Co-
rén, no traerian nada parecido, aunque se auxiliasen unos
a otros.»
Al admitir un argumento estético para justificar la ver-
dad de la nueva religién, Mahoma se exponia a ser com-
batido por cualquier escritor que creyera en su buena
pluma, y dejé abierto un campo de discusién distinto al
de otros credos. Al andlisis légico de esta inimitabilidad
se han consagrado numerosas obras, de las cuales la prin-
cipal es el tratado de al-Bagillani (m. 403/1013). Pero,
evidentemente, hubo autores musulmanes que discrepa-
ron: asi, Ibn al-Rawandi (245/859), al-Hallach (m. 309/
922) Abu-l-Alé al-Marri (m. 449/1058)—a quien se atri-
buye el haber escrito una imitacién del Coran (cuando se
le sefialaban sus defectos, contestaba: «Dejad que lo lean
durante cuatro siglos en los pulpitos de las mezquitas y
después decidme si hace efecto»)—y al-Mutanabbi (m.
354/965), cuyo nombre significa «el que se las da de Pro-
feta». Este, en su juventud, quiso imitar a Mahoma, escri-
bio un Coran y se lanzé al campo para defender con las
armas «su revelacién», y cayé en manos de las autorida-
des ortodoxas. De aplicarse el texto coranico tal y como
hoy se explica, deberia haber sido ejecutado, pero no lo
fue, sino que lo encerraron en una mazmorra durante
meses y, cuando se arrepintié, entré al servicio de los se-
fiores del Proximo Oriente y llegé a ser—y como tal es
considerado—el maximo poeta arabe de todas las épo-
cas. La sentencia dictada contra él (carcel) es absoluta-
61mente correcta en virtud del Coran (5, 37/33 = 94), que
ofrece a las autoridades una serie abierta de opciones: La
recompensa de quienes combaten a Dios y a su Enviado, y
se esfuerzan en difundir por la tierra la corrupcion, consis-
tird en ser matados o crucificados, o en el corte de las ma-
nos 0 los pies opuestos, o en la expulsion de la tierra en que
habitan...
El «milagro» que defiende el versiculo del desafio fue
conocido por los cristianos—Ramon Llull, Ramon Mar-
ti—y judios—Mosé b. Ezra—que intentaron probar, si-
glos mas tarde, que sus respectivos Libros Sagrados eran
tanto o mAs elocuentes que el Corén, y asi, los creyentes
de las tres religiones monoteistas, contribuyeron al des-
arrollo dela retérica en sus respectivas lenguas.
A lo largo de los veinte afios durante los cuales se re-
velé el Coran, un mismo tema es recogido de manera simi-
lar y con frecuentes ampliaciones una y otra vez, y de aqui
que detalles medinies (1/622-11/632) arrojen una luz in-
tensa sobre acontecimientos del periodo mequt (612-622).
El nicleo principal de la predicacién consiste en creer en
Dios, pedir el perdén de los pecados, rezar frecuente-
mente, evitar el engafio, llevar una vida casta y no come-
ter infanticidios (6, 152/151 = 103): no mataréis a vuestros
bijos por temor a la miseria. Estos principios constitufan
el ideal del hombre piadoso, sometido a Dios, el musul-
man o hanif. Olvidando a Hud, Suayb y Salé, se conside-
ra el unico profeta y amonestador de los érabes.
La predicacién de la buena nueva se acostumbra a di-
vidir en dos grandes periodos: la realizada en la época en
que Mahoma vivié en La Meca (612-622), y en Medina.
Ambas admiten nuevas subdivisiones, bien por los moti-
vos literarios y religiosos que predominan en el primero,
bien por motivos politico-bélicos que afloran con mucha
62
intensidad en el segundo. En el primer periodo mequi
(612-615) aparecen elementos escatoldégicos en que Dios
se muestra Seftor de la Justicia y, en conjunto, la doctrina
que predica esté mAs cercana del cristianismo que del ju-
daismo. Su esposa Jadicha fue el primer creyente, y Abu
Bakr, futuro califa y entonces rico comerciante, la siguié
poco después. Pero los prosélitos de esta época fueron,
en general, pobres, ya que los ricos vefan en la nueva reli-
gion un peligro para las posiciones privilegiadas que les
daba el santuario de Hubal y la peregrinacion.
El segundo perfodo mequi (615-619) se caracteriz6 por
las continuas presiones que los politeistas dirigieron con-
tra los fieles y que, posiblemente, llegaron hasta el punto
de intentar lapidar a algunos neéfitos. Esta situacién
planted la primera crisis de conciencia de la joven comu-
nidad musulmana: algunos de sus miembros apostataron
seducidos por las glorias mundanales; otros, aproximada-
mente un centenar de débiles de caracter, fueron manda-
dos por el Profeta a Abisinia, donde el Negus los acogié
favorablemente. Pero, cuando afios mas tarde regresaron
al seno de la comunidad isl4mica instalada en Medina,
Mahoma los acogié con frialdad por no haber sabido so-
brellevar la dureza de la represién. Y, sin embargo, de
creer algunas tradiciones, muy inseguras, parece ser que
él mismo tuvo un corto momento de vacilacién, en caso
de ser verdad que reconocié como eficaz, junto al Dios
Gnico, la intercesién de los idolos al-Lat, Uzza y Manat
en los versiculos satanicos que se habrian insinuado en su
mente durante algunas horas y que deberian haber di-
cho: Esas son las mujeres hermosas, excelsas, cuya interce-
st6n se espera, hasta el momento en que Dios le revelé el
texto del Coran (53, 19-23 = 44) que afirma: ¢Habéis visto
a Lat, Uzza y Manat, la otra tercera?... Eso no son mds que
63nombres que, vosotros y vuestros padres, les habéis dado.
Dios no ha hecho descender ningun poder en ellas...» Pres-
cindiendo del problema de exégesis textual que plantea
este texto, y que tantos rios de tinta ha hecho correr re-
cientemente, hay que recordar que también fueron tenta-
dos Moisés y Jestis, segtin reconocen los textos sagrados
admitidos por judios y cristianos y segtin atestigua el
Coran (22, 51/52 = 52): Antes de ti no hemos mandado a
ningtin Enviado ni Profeta sin que el demonio echase el pe-
cado en su deseo cuando lo deseaban..., para admitir, a con-
tinuaci6n, en este versiculo (y otros), que la ley mas re-
ciente deroga a las anteriores en todo lo que se oponga a
ella. Es el principio del abrogante y abrogado, o el dero-
gante y derogado, que ha dado origen a ramas enteras de
estudio en la historia de las religiones y de la jurispruden-
cia cuando no podemos situar exactamente la cronologia
absoluta o relativa de textos del mismo libro que discre-
pan entre si, como ocurre, por ejemplo, con la Biblia y el
Coran.
Sea como fuere, hay que confesar que no existe el me-
nor indicio fehaciente de que Mahoma dudara en ningun
momento de la unidad y omnipotencia del Dios tinico.
En cambio, sf estamos seguros de que en este periodo fue
objeto de toda clase de intrigas, zancadillas, afiagazas,
amenazas, etc., de sus enemigos, de las cuales s6lo pudo
escapar gracias a la proteccién de sus parientes del clan
hasim{ presidido, después de la muerte del abuelo Abd
al-Muttalib, por su tio, el pagano Abu Talib (m. c. 619),
que fue padre del futuro califa Ali (m. 39/659). Algunos
politeistas de clanes enemigos parece que intentaron boi-
cotear a los hasimies, pero éstos—excepto Abu Lahab—,
prescindiendo de sus creencias, formaron un bloque tras
ély defendieron la libertad personal y religiosa de un pa-
64
riente. Este periodo, largo y dificil, probé la grandeza de
4nimo del Profeta: Umm Chamil, la mujer de Abu Lahab,
arrojé un dia en el camino que seguia Mahoma un hato de
lefia espinosa y éste recibié, con gran consuelo, la revela-
cion de la azora 111.
El ultimo periodo de su vida en La Meca (619-622) se
inicia con la muerte de Abu Talib y de Jadicha. Carente del
apoyo del primero, pronto se intensificaron las amenazas
de sus contribulos. Abu Lahab tomé, inicialmente, su
proteccién, pero se la retir6 muy pronto, en cuanto Ma-
homa, segtin una tradici6n insegura, tuvo la valentia de
confesarle que Abd al-Muttalib, padre y abuelo respec-
tivamente de ambos, se encontraba en el infierno por
haber muerto pagano. El Profeta, desilusionado por la
reaccion del interesado, llegé a convencerse de que la vo-
luntad de Dios era la de destruir a todos los coraixies y,
en un intento de ganar adeptos entre los taqif, marché a
Taif, cuyos habitantes no quisieron escuchar su predica-
cin. Pero en éste y en otros fracasos se fundaba la gran-
deza del islam: los profetas descritos en el Coran son pu-
ramente nacionales, sdlo se dirigen a su nacién. Mahoma,
fracasando ante sus contribulos, pas6 a tener una vision
universalista de su misién. El tnico consuelo que tuvo
fue el enterarse, en el camino de regreso a La Meca, en
uno de sus ensuefios, que existian genios creyentes. Pudo
entrar de nuevo en la ciudad gracias a la proteccién que
le prometiéd Mutim b. Adi y, durante este perfodo, tu-
vieron lugar dos hechos—su viaje nocturno a los cielos
(17, 1/1, 62/60 = 80) y el pseudo milagro de la luna par-
tida—que tanta trascendencia han tenido en la cultura eu-
ropea.
Pero, paralelamente a estos acontecimientos, se pro-
ducian otros, de modo independiente o no, que iban a te-
65ner una influencia decisiva en el triunfo del islam. Por un
lado, la conversién de Umar, que llegaria a ser el segundo
califa, acto que impresioné a los coraixies por la situa-
ci6n que éste ocupaba entre ellos. Por otro, las primeras
negociaciones con los habitantes de Yatrib, la futura Ma-
dinat al-Nabf (la ciudad del Profeta).
Los habitantes de Yatrib estaban divididos por gran-
des discordias internas: junto a una numerosa poblacion
judia, integrada no sélo por las tribus de la ciudad sino
por los judaizantes de sus aledafios, vivian las tribus 4ra-
bes—que mantenjan viva cierta tendencia al matriarca-
do—de aws y jazrach, antiguos adoradores de Manat. Las
dos habian dirimido sus propias diferencias en la batalla
(yawn) de Buat (617). Los aws vencieron, con el apoyo de
las tribus judias de qurayza y nadir, pero no consiguieron
una paz estable. Entonces, con el fin de eliminar a los ju-
dios como arbitros en sus discordias, empez6 a abrirse
paso entre ellos la idea de elegir un juez que no fuese de
los suyos, y pensaron en Mahoma:; y éste, a su vez, creyo
que habia el momento de abandonar la dialéctica y pasar
alaacci6n.
Las negociaciones se llevaron a cabo a lo largo de dos
afios. Algunos jazrachies, llegados a La Meca con la pere-
grinacién, se convirtieron viendo en él al Profeta nacio-
nal de los érabes, a aquel que podria librarles de la préxi-
ma hegemonia de los hebreos que esperaban la Ilegada
inminente del Mesias. En el afio 621, durante la peregri-
nacion, un grupo de awsies y jazrachies juraron, en una
colina cercana a La Meca, la de Aqaba, defender a Maho-
ma como a sus propias mujeres y creer en un solo Dios, no
robar, no cometer adulterto, no matar a las hijas, no decir
mentiras y no desobedecer a Maboma. Mahoma, en cambio,
envié a Musab b. Umayr para que instruyera a los neé-
66
fitos y extendiese la buena nueva por toda la ciudad. Este
compromiso recibié el nombre de Juramento de las Mu-
jeres.
En la peregrinacién siguiente, Musab b. Umayr pudo
presentar al Profeta, en la colina de Aqaba, a un buen ni-
mero de nuevos adeptos (a fines de junio del afio 622).
Los musulmanes de Medina prometieron seguir la nueva
religion y obedecer a Mahoma. Este, por su parte, asegu-
r6 que estarfa a su lado cualesquiera que fuesen las vicisi-
tudes de la suerte, diciéndoles: Vuestra sangre es la mia;
lo que deis, daré; me pertenecéis y yo os pertenezco; comba-
tiré a quienes os combatan y pactaré con quienes pactéis.
Un tio del Profeta, atin pagano, al-Abbds (epénimo de la
futura dinastia abbasi) asistié a esta reunién como repre-
sentante del clan hasimi e hizo notar a los medineses que
debian respetar la promesa, puesto que al marcharse Ma-
homa de La Meca ya no podia estar bajo la proteccién de
sus familiares. Este, para asegutarse un respaldo minimo
en las tribus entre las que iba a residir, nombré doce con-
sejeros (zakib, plural nukabd), de los cuales nueve eran
jazrach y tres aws. Es curioso ver como el ntmero doce
aparece como idéneo para las juntas consultivas 0 ejecu-
tivas en las mds variadas ocasiones: las tribus de Israel,
los Apéstoles, los maestros maniqueos, los consejeros de
Abu Amir y, mas tarde, en las distintas sectas islamicas.
También es curioso ver que tan pronto como las circuns-
tancias de excepcién que motivaron la eleccidbn—y asi
procedié Mahoma—fueron perdiendo, por olvido o por
falta de ejercicio, sus funciones, el cargo se transformé
en puramente honorifico hasta que murieron todos sus
miembros desapareciendo asi, si convenia, la institucién.
Los medineses juraron defender a Mahoma de todos
sus enemigos, designados con el nombre de negros (mo-
67renos, arabes) y rojos (rubios, bizantinos y pueblos no
arabes). Por ello, esta segunda reunion de al-Agaba reci-
be el nombre de «juramento de los hombres» 0 «de la
guerra». Los creyentes empezaron a emigrar en peque-
fos grupos, y a ellos, poco después, se unieron Mahoma,
Abu Bakr y Ali, que permanecieron hasta el ultimo mo-
mento en La Meca para no despertar la suspicacia de sus
ciudadanos y facilitar asi la marcha de sus correligiona-
tios. En estas circunstancias, Mahoma era un rehén que
escapé en el ultimo instante a la vigilancia del enemigo.
La tradicién adorna la huida con una serie de detalles in-
verosimiles. Aparte de éstos se admite que el Profeta,
acompatiado por Abu Bakr, salié de La Meca un lunes, se
refugid en una caverna durante tres dias para escapar de
los coraixfes que le perseguian y luego tard6 cuatro jor-
nadas en Ilegar a Quba, punto situado ya en el oasis de
Medina y en el que luego construy6 (9, 109/108-111/110
= 86): Una mezquita que, fundada por la piedad desde el
primer dia, es mds digna de que permanexcas en ella [y no
en la perjudicial citada en 108/107]. En &ésta encuentras
hombres que aman el purificarse... ¢Quién es mejor: quien
fund6 un edificio en el temor y la satisfaccién de Dios 0
quien fundo un edificio en el borde de un talud a punto de
desmoronarse y de precipitarse con élen el fuego del Infier-
no?... El edificio que han construtdo no dejard de consti-
tuir una duda en sus corazones, a menos de que sus corazo-
nes se desgarren...
Hay unanimidad en aceptar que estaba ya en este lu-
gar el 12 de Rabi I, que equivale al 24 de septiembre del
afio 622. El primer dia del afio que entonces transcurtia
(1 demuharram) coincidié con el16 de julio, segtin el calcu-
lo retrospectivo que mand6 hacer el califa Umar (afio 17/
638 0 18/639),y esa fecha y ese afio fueron considerados
68
como origen de la cronologia musulmana que, desde en-
tonces, se rige por la era de la hégira (emigracién).
La situacién en Medina en el momento de la llegada
del Profeta era la siguiente: por un lado estaban los aws y
los jazrach musulmanes (ansar, defensores); y por otro,
los miembros de estas tribus dirigidos por el irresoluto
jazrachi Abd Allah b. Ubayy b. Salul, que aceptaban a
Mahoma sélo por la fuerza de las circunstancias. Este
grupo recibié el nombre de hipécritas (munafiqun), y alo
largo de los diez afios que vivi6 el Profeta en Medina, el
Coran los designé primero (624-626) como los que en su
corazon tienen una enfermedad y en dos épocas determi-
nadas (626-627 y 630-632) los acusé de hipocresia (nom-
bre con el que la posteridad ha designado a los que se opu-
sieron a Mahoma), sin que, necesariamente, los miembros
de los tres grupos fueran los mismos y profesaran idén-
ticas ideas. El Profeta tenia los mas fieles amigos en los
coraixfes que habian sufrido persecucién, como él, en La
Meca, y que habian emigrado a su lado (muhachirdin),
puesto que el fracaso de este experimento podia repre-
sentar el fin de todos los creyentes. Pero los mayores y
mas astutos enemigos de Mahoma eran los judios, que te-
mian perder el papel de arbitros y, por tanto, de su gran
fuerza politica entre los aws y los jazrach. Los cristianos
contaban poco, dado lo escaso de su numero, y tenian
poca simpatia por el Profeta desde que éste, en el ultimo
periodo mequi (619-622), habia empezado a atacar los
dogmas cristologicos.
La situacién legal de todos estos elementos se refleja
en un pacto establecido entre los musulmanes y cuyo tex-
to ha llegado hasta nosotros. En él se especifica que el
convenio obliga por igual a los creyentes coraixies y me-
dineses y a sus vasallos; declara que los individuos de esta
69alianza forman una comunidad tnica (wmma) distinta de
las de los demas hombres y, dentro de la misma, se acuer-
da que los varios grupos gozaran de una amplia autono-
mia sin interferirse los unos en los asuntos—pactos de
clientela—que son de la incumbencia de los otros. Pero
deben hacer frente, mancomunadamente, a quienes les
ataquen y perseguir a quien obre injustamente, aunque
sea el propio hijo. Ningan creyente debe matar a otro por
causa de un infiel, ni puede prestar socorro a un infiel
contra un creyente. Han de aceptar que la proteccién de
Dios es tnica y alcanza hasta a los mas humildes. La si-
tuacién de los hebreos se define en razon de sus vinculos
con los defensores. Desde el punto de vista del derecho
privado se reconoce que los musulmanes no son solida-
trios entre sien casos como el precio de la sangre (ag/, in-
demnizacién que el homicida debe pagar a la familia del
difunto para que ésta renuncie a aplicar la ley del talidn);
pero si alguien muere en servicio de Dios, la comunidad
debe hacerse cargo de la familia si ésta carece de bienes
(comparese con las pensiones actuales a mutilados y viu-
das). Como en el momento de firmarse el acuerdo aun vi-
vian politeistas en Medina, se les reconoce el derecho a
continuar en sus casas en tanto y cuanto sean vasallos de
los creyentes, a pesar de que se encuentran en un valle
que se declara sagrado desde el mismo momento en que
Mahomase instala en él.
Este convenio crea, en definitiva, un estado con liber-
tad de cultos y hace del Profeta el arbitro indiscutible de
todas las dudas que puedan surgir en el transcurso de su
aplicacién. Para afianzar mds los lazos que unian a defen-
sores y emigrados, establecié una fraternidad biunivoca
entre ellos que se mantuvo en vigor hasta el momento en
que el botin de la batalla de Badr empez6 a dar medios
jo
propios a estos ultimos. Por otra parte inicié rapidamen-
te la construccion de la mezquita e instituyé que la llama-
daa la oracién se hiciera por medio de almuédanos.
La nueva situacién perjudicaba politicamente a los
judios y, para evitar la enemistad total de éstos, propugnd
una serie de normas cultuales para permitir la coexisten-
cia, en paz, de las dos religiones: prescribié el ayuno dela
asura (Levitico, 16, 29) en el dia 10 del primer mes del afio
(muharram), a semejanza del gran ayuno judio de yom
kippur (10 de tisri, también primer mes del afio judfo).
Implanto la oracién del mediodia y las purificaciones
que le preceden; dispuso (?) que la alquibla de la mezqui-
ta que estaba construyendo se orientara en direccién a
Jerusalén, ciudad desde la cual, segtin la tradicién, habia
iniciado su viaje hacia los cielos, pero, en cambio, mantu-
vo la oracién publica en el viernes, tal y como la habia
instituido Musab b. Umayr, y se ratificé en sus afirmacio-
nes de la época mequi en el sentido de que la creacién del
universo no tenia por qué fatigar a Dios y obligarle a des-
cansar el sébado 0 séptimo dia conforme dice el Génesis
(2, 2-3). El Coran afirma tajantemente (50, 37/38 = 68): He-
mos creado los cielos, la tierra y lo que bay entre ambos en
sets dias; no hemos sentido fatiga. Estas concesiones fue-
ron poco eficaces: tan sélo dos rabinos y unos cuantos ju-
dios se convirtieron al isam—y en el desarrollo de éste
ejercieron una gran influencia—y, en cambio, aparecie-
ron herejias sincretistas (9, 108/107 = 86): Y entre ellos
hay quienes utilizan una mezquita perjudicial para los ver-
daderos fieles, por impiedad, para dividir a los creyentes y
para guiar a quienes combatian a Dios y a su Enviado con
anterioridad. Estos juran «no deseamos mds que la hermo-
Sa recompensa», pero Dios atestigua que mienten, versicu-
lo en que, segtin la tradicién, se aludiria a un monje cris-
71tiano, Abu Amir, que habfa incitado a doce hipécritas a
construir la mezquita perjudicial cerca de Quba, llevan-
dole su arrojo hasta enfrentarse con el Profeta. Vencido
por éste, habia huido a Siria para poner fin al islam, pero
muri6 antes de conseguir su objetivo el afio 9/630. Tam-
bién surgieron polémicas religiosas cuyo trasfondo era de
tipo politico. Mahoma, que conocia peor que sus adversa-
trios el Antiguo Testamento, llevé la peor parte, y corté
por lo sano poniendo fin a sus concesiones y, a continua-
ci6n, atacé a sus enemigos.
La concepcién que tenia de como recibia la nueva re-
velacién y el contenido de ésta le permitié realizar el
cambio de frente sin faltar a su verdad. A los reproches
que le dirigian por su escaso conocimiento de la Biblia
respondia que los judios s6lo habian recibido una parte
del Libro y algunas leyes particulares; les acusaba de re-
citar las Escrituras con mala dicci6n, lo cual podia creer
sinceramente si pensamos que por ser el drabe y el hebreo
lenguas semiticas muy proximas, algunas frases (por ejem-
plo, la de ojo por ojo...) tienen practicamente la misma
pronunciacién, aunque a veces no signifiquen lo mismo
(por ejemplo, burro significa en espafiol asno, y en italia-
no manteca) y les reprochaba el haber afiadido o supri-
mido pasajes de las mismas: en suma, que los conocian
tan bien como las caballerias a los libros que transporta-
ban asu lomo (62, 5/s = 72): Los que fueron cargados con
el Pentateuco y luego se descargaron, se parecen a un asno
cargado de libros. ;Cudn malo es el parecido de las gentes
que desmienten las aleyas de Dios!...
Mahoma, sin fuerzas suficientes para castigar a los ju-
dios, rompio con ellos y, en espera de un momento propi-
cio, empezé6 a derogar, en el afio 2/623 algunas de las nor-
mas judaizantes promulgadas anteriormente y cambié la
72
direccién de la alquibla (2, 139/144 = 74): Vemos tu rostro
revolviéndose al mirar al ctelo. Te volveremos hacia una al-
quibla con la que estards satisfecho: Vuelve tu rostro en di-
recct6n a la Mezquita Sagrada. Dondequiera que estéts,
volved vuestros rostros en su direccion... El texto del ver-
siculo permite ver que este cambio habia sido preparado
con antelacion y que al elegir La Meca, sede de la Mez-
quita Sagrada, como punto de mira de los musulmanes,
se daba un primer paso, timido, en busca de la concilia-
cién con los clanes arabes enemigos.
Rompiendo del todo con los judios, sustituyé el ayu-
no de la asura (sdlo estuvo en vigor un afio, pero siguidé
admitiéndose como practica piadosa y ha sido conserva-
do hasta hoy por los xifes) por el ayuno de ramadan, cuyo
origen tal vez se encuentra en los ritos maniqueos. Todas
estas reformas consagraban al islam como una religién
ecuménica en la cual su fundador era (33, 40/40 = 73):
Maboma... el Enviado de Dios y Sello de los Profetas. La
tradicién ha procurado reforzar la idea de que «Sello»
implica ser el tiltimo de los profetas, pero a lo largo de la
historia del islam han aparecido pseudoprofetas e, inclu-
so, sectas, como las actuales de los behaies y ahmadies,
que sostienen que con el ultimo de los Profetas no se cor-
t6 la comunicacién de Dios con los hombres, la cual con-
tinuara en el futuro, basandose en (7, 33/35 = 91): ;Hijos
de Adan! Os vendran [en el futuro] enviados salidos de en-
tre vosotros que os recitardn mus aleyas. Quienes teman y
se reformen, no tengan temor, pues no serdn afligidos.
La influencia y adaptacién de creencias propiamente
arabe s o sudarabes fue acrecentandose y se admitid que
Abraham no fue ni iddlatra ni judio ni cristiano, sino,
simplemente, el gran hansf, palabra de dificil traduccién
y cuyo significado en el Coran sélo puede deducirse gra-
73cias a la critica interna del mismo. El caracter sagrado de
La Meca era debido a que el templo habia sido fundado
por Abraham e Ismael y, por tanto, habia que purificarlo
antes de que los musulmanes pudieran acudir a él en pe-
regrinacién. Como es légico, los coraixies no iban a ce-
der el templo facilmente, y Mahoma lo sabia. Para conse-
guirlo era necesario cambiar de politica, a fin de castigar
a sus conciudadanos, y por su propia mano, con el tor-
mento con que Dios, reiteradamente, les habia amenaza-
do. Habia que convencer a los musulmanes de que su
ideario también podia conseguirse con las armas y, como
el pacto de Aqaba era puramente defensivo, esperar un
momento oportuno para pasar al ataque.
74
lv
EL NACIMIENTO DE UN ESTADO
Para pasar del dicho al hecho, Mahoma empezé por re-
forzar su autoridad personal prescribiendo que los cre-
yentes debian obedecer a Dios y, por consiguiente, a su
Enviado. Quienes fueran reacios tendrian por refugio el
infierno, ya que el Profeta representa a Dios y en él hay
que confiar, puesto que Dios y los angeles son sus protec-
tores. Asi las cosas, una patrulla musulmana facilité el
inicio de las hostilidades: en pleno mes sagrado de rachab
atacé a una caravana en Najla, maté a uno de los viajeros
y regres6 a Medina con importante botin. La ciudad, in-
dignada, taché a los combatientes de bandoleros. Maho-
ma esperé a que se calmasen los 4nimos y, a continuacién,
dio a conocer el versiculo (2, 214/217 = 74): Te preguntan
por el mes sagrado, por la guerra en él. Responde: Un com-
bate en él es pecado grave, pero apartarse de la senda de
Dios, ser infiel con Ely la Mezquita Sagrada, expulsar asus
devotos de ella, es mds grave para Dios... A continuacién
anuncié que él, personalmente, ibaa salir en algazta y pi-
dio voluntarios.
Abu Sufyan, que desde Siria se dirigia a La Meca, fue
sorprendido por los musulmanes en Badr el 17 de rama-
dan del aiio 2/13 de marzo del 624 y, a pesar de disponer
de mayores fuerzas, no pudo soportar el asalto de los cre-
yentes. Los coraixfes huyeron dejando un rico botin y va-
tios prisioneros, entre ellos al-Abbas b. Abd al Muttalib,
75tio del Profeta. La cifra de combatientes y bajas que nos
conserva la tradicién permiten deducir que la batalla fue
un simple ataque por sorpresa, amplificado por la propa-
ganda musulmana con fines politicos, pues Mahoma, en
cuanto llegé a Medina robustecido por este éxito, expuso
un nuevo programa de gobierno (8, 57/55-60/58 = 107):
romper el pacto del 622 con todos aquellos que no qui-
sieran aceptar la nueva politica: Las peores acémilas ante
Dios son los infieles, pues ellos no creen; quienes pactan
con ellos y a continuacién rompen su pacto en cada ocasion,
pues ellos no son piadosos. Si los encuentras en la guerra,
dispersa con ellos a los que vienen detrds suyo: tal vex me-
diten. Si temes una traicion por parte de las gentes, denin-
ciales el pacto igualmente: Dios no ama a los traidores.
Los primeros en sufrir las consecuencias del triunfo
de Badr fueron los hebreos banu qaynuga. Un incidente
en el mercado le permitié asediarlos en su barrio y obli-
garles a capitular. Los hipécritas y otras tribus hebreas
no quisieron intervenir en la lucha y los vencidos tuvie-
ron que emigrar a Transjordania. En lo sucesivo, cada
victoria o derrota de los musulmanes ira seguida de un
ataque a los judios, que seran tomados como victimas
propiciatorias, vengando asi los desprecios e intrigas de
que habian hecho objeto a Mahoma durante los dos pri-
meros afios de su residencia en Medina. Los hebreos le
pagaron con la misma moneda y Kab al-Asraf, el mejor de
sus poetas, fue a La Meca para lanzar satiras y mas satiras
contra el Profeta y cantar a los muertos de Badr. Hasta
ese momento Mahoma no habia tenido un gran aprecio
por la poesia (26, 221-226 = 78), tal vez por no tener bue-
nos vates a su lado. Pero ahora disponia ya de Hassan b.
Tabit, y mandé que replicara. Los versos de éste, ponien-
do en la picota a los huéspedes de Kab, fueron tan viru-
76
lentos que el poeta judio tuvo que regresar a Medina,
junto alos suyos, y terminé siendo asesinado por un mu-
sulman.
El Profeta se sentia cada vez mds seguro en su posi-
cién de arbitro de la comunidad de Yatrib, que ahora ya
empezaba a Ilamarse Madinat al-Nabi (la ciudad del Pro-
feta), pero, conociendo las costumbres arabes, también
sabia que los coraixies intentarian, mas pronto o mas tar-
de, vengarse de la afrenta sufrida en Badr. Para ponerse a
cubierto de posibles sorpresas, Mahoma se alié con los
beduinos de los alrededores de la ciudad y pronto sus es-
pias le anunciaron que un fuerte ejército coraixi se habia
puesto en marcha.
Los Animos se encendieron y a pesar de su inferiori-
dad numérica (unos mil trescientos hombres) y de los
consejos que le dieron los hipécritas para que rehuyera el
encuentro, salié a campo abierto presionado por los mu-
sulmanes jévenes. En Uhud se encontraron los dos ejér-
citos (6 de sawwal del afio 3/22 de marzo de 625). El mequi
estaba integrado por unos tres mil hombres; la impe-
dimenta iba a lomos de tres mil camellos y éstos transpor-
taban, ademas, trescientas corazas y la comida y arreos
de doscientos caballos. Entre los combatientes se encon-
traban algunos hanifes, como el llamado Abu Amir, y un
grupo de awsallah (awsmanat), clan medini que habia
emigrado a La Meca para no reconocer al Profeta. Antes
de empezar la batalla, Abd Allah b. Ubayy, pretextando
que su consejo de hacerse fuerte en la ciudad no habia
sido escuchado, abandoné, con unos cuatrocientos hom-
bres, las filas musulmanas. Mahoma, para compensar
esta pérdida e impedir las maniobras de la caballeria ene-
miga, cubrié las laderas de Uhud con cincuenta arqueros
mandados por Abd Allah b. Chubayr, dandoles érdenes
77severisimas para que no abandonaran la posicion en nin-
gun caso: tanto si los musulmanes vencian como si pare-
cian derrotados.
Mahoma esper6 la acometida, contraatacé y los co-
raixies iniciaron una retirada, tal vez un tornafuye (a/-
karr wa-l-farr) premeditado para separar a los musulma-
nes de sus arqueros; éstos creyeron que el combate se ha-
bia decidido a su favor y, vidos de botin, abandonaron
sus puestos. Al acto, el gran estratega Jalid b. al- Walid,
futuro conquistador de Arabia y Siria, aprovech6 el des-
orden y, al frente de la caballeria, envolvié a los creyentes
y los puso en fuga: en la desbandada hacia Medina corrié
el rumor de que Mahoma habia muerto cuando en realidad
sélo habfa sufrido pequefias heridas. Con este motivo,
Dios revel6 (3, 138/144 = 106): Mahoma no es mds que un
Enviado. Antes de él han pasado otros enviados. jY qué!
Si muriese o fuese matado, ¢os volvertais sobre vuestros ta-
lones? Quien vuelva sobre sus talones no perjudicard a
Dios en nada, pero Dios recompensaré a los agradecidos.
Los coraixies, incapaces de sacar provecho de la victo-
ria, regresaron a La Meca. Por su parte, Mahoma reparé
rapidamente su pérdida de prestigio: una serie de revela-
ciones justificaron la derrota, y unas cuantas disposicio-
nes—como la supresién del sitio de honor del que goza-
ba Abd Allah b. Ubayy en la mezquita—humillaron a los
hipécritas.
Los beduinos, algo inquietos, se apaciguaron en cuan-
to vieron la mano dura empleada, y los judios fueron los
que salieron peor parados. Los banu nadir, con inhabili-
dad sorprendente, se confabularon para asesinar al Pro-
feta. Y éste, enterado, les conminé a que abandonaran
sus fortalezas y emigraran en condiciones similares a las
de los banu qaynuqa. Al negarse—confiaban en el auxi-
78
lio de Abd Allah b. Ubayy—, los sitid, talé parte de sus
palmerales y les expulsé incautandose de todos sus bie-
nes, que fueron distribuidos entre los emigrados (59, 8/8
= 38): El botin pertenece a los emigrados pobres expulsa-
dos de sus casas, separados de sus bienes, por buscar el fa-
vor y la satisfacci6n de Dios y auxtliar a Dios y a su Envia-
do... Este reparto de los bienes de los vencidos permitié a
los mequies musulmanes dejar de ser una carga para los
defensores en cuyas casas vivian.
Simultaneamente aparecen gran cantidad de disposi-
ciones que tienden a fortalecer el poder politico del Pro-
feta: para evitar la confraternizacién de los musulmanes
y sus convecinos de otras religiones, restringe (pero no
prohibe) el consumo del vino y de los juegos de azar, con
lo cual limita indirectamente la asistencia de los primeros
a los lugares ptblicos en los cuales podfan ofr habladu-
rias y criticas contra su politica; legisla contra la calum-
nia en general y en particular, declarando asi inocente a
su esposa favorita, Aisa, de la acusacién de adulterio que
pesaba sobre ella, pues ésta, que acompafiaba a Mahoma
en una de sus expediciones (contra los banu mustaliq;
afio 6/628), se habia alejado algo del campamento para
satisfacer una necesidad natural y debié tardar mas tiem-
po del que pensaba. El caso es que al regresar, la caravana
se habia alejado llevandose su palanquin sin apercibirse
de que ella no estaba en el interior. En estas circunstan-
cias, y sola, la encontré un musulman, quien le hizo mon-
tar en su camello mientras él, a pie y detras, la condujo
hasta Medina. En la ciudad empezaron los dimes y dire-
tes, y algunos, entre ellos Ali, primo de Mahoma y futuro
califa, la miraron con recelo, hasta que Dios revelé unas
aleyas que, de hecho, impedian probar la culpabilidad de
Aisa (4, 19/15-22/18 = 93 y 24, 11/11-26/26 = 69).
79Teniendo ya controlada la situacién interior, volvié
a reanudar los ataques contra los coraixies. Estos, insti-
gados por los judios—en especial los de Jaybar, donde
se encontraban refugiados algunos banu nadir—, forma-
ron una gran coalicién (33, 10/10-27/27 = 73) y se dispu-
sieron a poner fin a las andanzas de los musulmanes.
Reunieron diez mil hombres, de los cuales cuatro mil
eran coraixies y a los que se habia unido la confederacién
de las tribus venidas a menos, a las que se llamaba ahabis,
y gtupos de otras etnias. Todos se pusieron en marcha ha-
cia el norte, mandados por Abu Sufyan, y siguieron el
mismo camino que en la campafia de Uhud.
El Profeta debié de vacilar, al principio, sobre como
debia hacer frente a un ataque tan importante, dada la
desproporcién de fuerzas. Opté por aceptar la opinién
de un esclavo persa, Ruzbe, que se habia convertido al is-
lam y que habia sido rescatado por sus nuevos correligio-
narios, quienes le conocieron como Salman al-Farisi—tal
como atin hoy en dia se le conoce, pues es persona de ca-
pital importancia dentro del desarrollo histérico del xiis-
mo—. Este sugirié a Mahoma la estrategia de seguir fren-
te a los coraixies. Los musulmanes se encerraron en la
ciudad y la transformaron en una fortaleza: como Medi-
na carecia de murallas, éstas fueron improvisadas en la
parte alta de la ciudad, por donde se desembocaba al
campo por calles estrechas y bastaba con unir las tiltimas
casas con tapias lo més fuerte y altas posible. En la parte
baja esto no era factible, pues las calles eran mucho més
anchas y terminaban en una explanada que permitiria
maniobrar a la caballeria coraixi y la invitarfa a lanzarse
hacia el interior. Como era imposible, por falta de tiem-
po, amurallar toda esa extension, se excavé un foso (jan-
daq) lo suficientemente ancho para que los caballos no
80
pudieran saltarlo, y lo bastante profundo para que, si lo
intentaban, no pudieran salir de él. La tierra se amontoné
en el interior formando una burda muralla, y se dejaron a
mano cuantas mas piedras, mejor. En estos trabajos de
fortificacién tuvieron que colaborar, mas o menos volun-
tariamente, todos los habitantes de la ciudad, hipécritas
y hebreos incluidos (24, 62/62 = 69).
El asedio duré unas semanas (del 8 al 23 de du-l-qada
del afio 5/del 31 de marzo al 15 de abril del afio 627), pues
los coraixfes no supieron qué hacer ante un enemigo
puesto a la defensiva y que, antes de encerrarse detras de
las fortificaciones, habia recogido la cosecha dejando a
sus enemigos sin la posibilidad de abastecerse sobre el
terreno. El ejército atacante, que disponia del mejor es-
tratega del siglo en campo abierto, Jalid b. al- Walid, ni
pens6 en expugnar la ciudad rompiendo el muro des-
guarnecido que unia las casas, ni pudo cruzar el foso de-
fendido desde el otro lado por tres mil musulmanes. Los
intercambios de flechas y dardos hicieron muy pocas vic-
timas, pues los muertos de ambas partes, durante toda la
campaifia, no llegaron a diez. Al no poder conseguir una
rapida solucién militar del conflicto, los coraixies procu-
raron asegurar su campo y lograron que los judios banu
qurayza rompieran el pacto que, indirectamente, los li-
gaba a Mahoma como vasallos de los aws. Pero ni aun asi
supieron conquistar Yatrib, y Mahoma reaccioné alian-
dose con los gatafan y sembrando cizafia entre los coali-
gados que se vieron obligados a levantar el asedio de la
ciudad.
Entonces, Mahoma se revolvié contra los banu qu-
rayza y les obligé a rendirse. Los vencidos esperaban ob-
tener las mismas condiciones que los banu nadir, ya que
si por éstos habjan intercedido los jazrach, sus sefiores, a
81ellos podian protegerles los aws, de los que eran clientes.
EI Profeta dejé que un awsi, enemigo suyo y herido en el
combate del foso, Sad b. Muad, decidiera su suerte, y
éste decidié aplicar la ley hebrea del berem, es decir, juzgd
alos hebreos de acuerdo con el Deuteronomio (20, 10-16):
muette para los adultos, esclavitud para imptberes y mu-
jeres (9 de du-l-hichcha del afio 5/1 de mayo del 627), Los
bienes fueron repartidos entre los emigrados, previa in-
demnizacién a los defensores de las tierras que habian
dado con anterioridad a aquéllos. El Profeta, por su par-
te, reclam6 para si una hermosa hebrea (Deuteronomio
21, ¥o-13) que prefirié ser su esclava antes que su esposa.
La victoria del foso, la mano dura empleada con los
judios y los continuos ataques a las caravanas, hicieron
mucho en favor del islam: los beduinos de los alrededo-
res de Medina, que habian sido hasta entonces hostiles a
Mahoma y la nueva religién, se ligaron mas y mas a su
suerte y Qays b. Asim, tamimi, recibié el titulo honorffi-
co de sefior de los némadas (sayyid abl al-wabar). La opi-
nién de La Meca empezé6 a serle favorable desde el mo-
mento en que los coraixies se dieron cuenta de que
Mahoma no les despojaria de sus derechos comerciales ni
religiosos. En consecuencia, empezaron a pensar seria-
mente en la manera de poner fin a las rapifias de los mu-
sulmanes mediante un pacto con ellos. Precipité los
acontecimientos una visi6n que tuvo Mahoma en la que
se le mandaba ir en romeria—es decir, no en una peregri-
nacién solemne—a los lugares santos. Asi podria tantear
la resistencia de sus enemigos.
Se puso en marcha con sus fieles—unas mil perso-
nas—sin mas armas que los sables. Los mequies enviaron
asu encuentro a Jalid b. al-Walid, y Mahoma hizo un alto
en Hudaybiyya, en los confines del territorio sagrado, y
82
se prepar6 a negociar enviando a La Meca a uno de los
pocos miembros del clan coraixi de los omeyas que se ha-
bia convertido al islam, Utman (futuro tercer califa). Dias
después circulé el rumor de que el mensajero habfa sido
asesinado, y Mahoma reunié a los romeros debajo de un
Arbol sagrado, un samura o acacia (cf. p. 36), e hizo que
hasta el ultimo de sus compagfieros le jurara fidelidad. Fi-
nalmente el rumor fue desmentido, Utman regreso y se
iniciaron unas negociaciones que fueron llevadas con
mucho tacto por Mahoma y concluyeron en el acuerdo de
que éste renunciaba a seguir adelante aquel afio a cambio
de que al siguiente los mequies evacuarian la ciudad du-
rante tres dias, y no pondrian trabas ala peregrinacion de
los musulmanes. Algunos detalles mas, sobre los que vol-
veremos enseguida, constituyeron el acuerdo conocido
por tregua de Hudaybiyya.
Mahoma, siguiendo las exigencias del ritual, hizo in-
molar en su campamento las victimas propiciatorias, se
corté el cabello y regresé a Medina. Calmé el desconten-
to que la retirada habia causado entre sus partidarios con
una nueva campafa contra los judios. Esta vez le tocé el
turno a los de Jaybar (muharram del 7/ mayo del 628). El
asedio fue largo y durante él Mahoma dict6 unas cuantas
disposiciones: prohibicién de la muta o matrimonio tem-
poral (cf. pag. 99) y prohibicion de comer carne de asno.
Los judios capitularon, al fin, y quedaron instalados, a ti-
tulo precario, en sus propias tierras, que cultivaron hasta
que el califa Umar los expulsé del suelo de Arabia. Ma-
homa se cas6, seguin la costumbre, con la hija de uno de
los vencidos, Zaynab, la cual intenté, sin éxito, envene-
narlo.
Esta conquista, asi como las de Fadak y wadi-l-Qura,
enriquecié a los musulmanes y permitié iniciar la implan-
83tacion de las leyes por las que, en lo sucesivo, debian regir-
se los pueblos sometidos que estuvieran en posesién de un
libro revelado, 0 sea los démmies. En efecto: hasta ahora la
expansi6n del islam habia sido acompafiada, cuando me-
nos, por la deportacién de los vencidos y la cesién de sus
bienes a los vencedores. Pero Jaybar se encontraba dema-
siado lejos de Medina para que sus tierras pudieran intere-
sar alos musulmanes y, por tanto, habia que establecer un
sistema de explotacién que conviniera a éstos y a aquéllos.
Se obligé a los judios a pagar una gabela especifica, la chiz-
ya, y a reconocer la preeminencia del islam a cambio de
poder conservar las tierras y la religion. Estas disposicio-
nes, que en principio slo afectaban a judios y cristianos,
se hicieron extensivas pronto a los mazdeos, «adoradores»
del fuego o parsis, y se admitié el matrimonio de sus hijas
con los musulmanes. La aplicacién de estos principios por
el propio Profeta tiene un interés muy especial para com-
prender la politica seguida un milenio mas tarde por los
soberanos espajfioles con judios, mudéjares y moriscos.
Mahoma se habia comprometido, en Hudaybiyya, a
no acoger a los fugitivos de La Meca y, en caso necesario,
devolverlos a esta ciudad. Pero esta clausula, tremenda-
mente criticada por los musulmanes en el momento del
acuerdo, fue ineficaz. El primer problema se presenté
con su esposa Umm Kultum, refugiada en Medina y re-
clamada por sus dos hermanos. Mahoma se negé a entre-
garla, puesto que en el tratado la clausula de extradicién
solo se referia alos hombres. Estos, efectivamente fueron
devueltos, pero sin escolta. Por tanto, podian hacerse
con armas, escapar, agruparse en guerrillas y atacar por
su cuenta al comercio coraixi.
En esta circunstancias (du-l-qada del 7/ febrero-mar-
zo del 629) se realizé la peregrinacién, tal y como se ha-
84
bia convenido en el pacto de Hudaybiyya: los mequies
evacuaron la ciudad, los visitantes no fueron molestados
y Mahoma aproveché el momento para casarse por ulti-
ma vez. Tocé el turno a una viuda de veintiséis afios, May-
muna bint al-Hirit, pariente de al-Abbas y del mejor ge-
neral coraixi, Jalid b. al-Walid. Con este pretexto intent6
prolongar su estancia en la ciudad y, si bien no tuvo éxito,
consiguié dos conversiones secretas de la maxima impor-
tancia: la del general citado y la de Amr b. al-Asi, futuros
conquistadores, de Siria y de Egipto, respectivamente.
Al retirarse dejaba en la ciudad, intrigando, a su tio, al-
Abbas, y a Abu Sufyan, su constante enemigo y jefe de los
omeyas que ya empezaba a pensar en una proxima conver-
sion al islam para salvaguardar asf sus intereses comer-
ciales y los de su familia.
Al llegar a Medina inicié una febril etapa diplomatica
de negociaciones con las tribus. Los analistas han situado
en esta época el envio de una serie de embajadas a los
principales soberanos del mundo: a Heraclio, emperador
de Bizancio, al Negus de Abisinia, al rey de los persas,
etc. Las mandara 0 no, lo cierto es que el hecho de que los
cronistas las mencionen implica que empezaba a existir
un sentimiento nacional entre los 4rabes de aquel enton-
ces. Este pueblo se habia dado cuenta de que entre ellos
habia surgido alguien capaz de entablar didlogo en pie de
igualdad, y por primera vez en la historia, con los princi-
pales personajes del mundo, y se planteaban el problema
de hasta qué punto Mahoma creia en la ecumenidad de
su mision.
La ocupacion de Jaybar ponfa en sus manos una base
de valor inigualable para atacar a los arabes vasallos de
Bizancio. En consecuencia, envié contra ellos un ejérci-
to mandado por Zayd b. Harit: en Muta, al sur del mar
85Muerto, tuvo lugar la batalla en la que los musulmanes
fueron derrotados y sus jefes muertos. Pero consiguieron
escapar a una verdadera catastrofe gracias ala capacidad
de maniobra de Jalid b. al-Walid, que acababa de incor-
porarse a sus filas. La noticia de la derrota fue mal recibi-
da en Medina, pero se olvidé rapidamente pues el propio
Mahoma entro en accién. Es posible, pero no seguro, que
con motivo de este acontecimiento Dios revelase el siguien-
te texto (30, 112-2/3 = 53): Los bizantinos han sido venct-
dos en los confines de la tierra. Ellos, después de su derro-
ta, serén vencedores, 0, en pocas palabras, que una guerra
la gana quien vence en la ultima batalla y, en consecuen-
cia, que la derrota de Muta no era mas que un descalabro
temporal como el que habia sufrido Heraclio delante de
Cosroes Parviz y que terminé con la victoria del primero,
después del 624, recuperando la reliquia de la Cruz en
que, segtin la tradicién, habia muerto Jesucristo. Pero el
mismo texto consonantico del Coran admite otra vocali-
zacién que permite traducir: Los bizantinos han vencido
en los confines de la tierra. Ellos, después de su victoria, se-
ran vencidos, y, en este caso, aludiria ala derrota de Muta
y la posterior conquista arabe del Préximo Oriente.
Basandose en que los coraixies habian prestado auxi-
lio a los bakries y en que éstos habian atacado a los juz-
raies, aliados de los musulmanes, consideré roto el pacto
de Hudaybiyya y marché sobre La Meca. Abu Sufyan le sa-
lid al encuentro y viendo lo inttil de la resistencia, regresé
ala ciudad para convencer a sus conciudadanos, después
de una rapida negociacion, de que era necesario capitular.
Los coraixies, cuya economia estaba en crisis, accedieron
y se pusieron en manos del Profeta casi sin condiciones.
Mahoma mand6 destruir los fdolos, proclamé que La
Meca habia sido conquistada por la fuerza y que, por tan-
86
to, todos sus habitantes eran sus cautivos y, a continua-
cién, los dejé en libertad. Sin embargo, sus més acérri-
mos enemigos tuvieron que huir a ufia de caballo y unos
pocos fueron asesinados. Los mas perseguidos fueron los
poetas que, periodistas de la época, y al servicio de sus
mecenas, habian colmado de injurias en sus versos a Ma-
homa. Uno de ellos, Kab b. Zuhayr, cargado de culpa,
tuvo la valentia de presentarse ante el Profeta de impro-
viso y declamar unos versos en su honor. El Profeta, até-
nito ante la belleza de la casida, le perdoné y le regalé su
propia capa (burda), y de aqui el nombre con que se co-
noce el poema—imitado posteriormente a lo largo de los
siglos—de Burda. A otros, como a Abd Allah b. abi Sarh,
que habia sido secretario del Profeta y habia intentado
falsificar la revelacién al ponerla por escrito, y que una
vez descubierto, habia huido a La Meca y habia apostata-
do, Mahoma les perdoné la vida gracias a la intervencién
de Utman b. Affan.
Todos los coraixies, hombres y mujeres, le juraron ra-
pidamente obediencia, le reconocieron como Enviado de
Dios y le mostraron el tesoro de la Kaaba que contenia
setenta mil onzas de oro que ni tocé. Los defensores me-
dinies, viendo lo generoso que se mostraba con los corai-
xfes, llegaron a temer que quisiera quedarse en La Meca.
Mahoma los tranquilizé rdpidamente garantizandoles
que, tanto en la vida como en la muerte, estaria con ellos.
La alegria mas profunda le embargaba y, para atraer a sus
parientes, dio un nuevo destino al azaque o limosna (9,
60/60 = 86) e inicié una nueva campafia, ahora contra
Taif, pues esta ciudad y su campifia eran las que abaste-
cian de viveres La Meca. Durante la marcha, sus tropas
fueron hostigadas, y las tribus de la Arabia Central, y en
especial los hawazin, le atacaron por sorpresa. La van-
87guardia musulmana fue vencida, pero Mahoma, al frente
de los defensores, pudo transformar la derrota en victo-
ria. Tal fue la batalla de Hunayn (9, 25/25-26/26 = 86):
Dios os ha socorrido en miiltiples campos de batalla y en el
dia de Hunayn, cuando vuestro gran ntimero os maravilla-
ba, pero no os servia de nada: la tierra os parecia estrecha, a
pesar de que era ancha; os volvistets retrocediendo. Dios
hizo descender enseguida Su Presencia sobre su Enviado y
sobre los creyentes, e bizo descender ejércitos de angeles
que no vetais y atormento a quienes no cretan... A conti-
nuaci6n, puso sitio a Taif, ciudad en la que vivian inge-
nieros militares. No pudo conquistarla pero poco des-
pués sus habitantes abrazaron el islam espontaneamente.
El triunfo hizo que muchas tribus—los tamim, los asad,
los bakr, los taglib...—reconocieran su mision, y sus doc-
trinas empezaron a conocerse mas alla de la frontera per-
sa, despertando la consiguiente inquietud en las florecien-
tes comunidades judias de Mesopotamia que conocian
bien lo que habia sucedido a sus correligionarios de Me-
dina y Jaybar. Los cristianos temian menos por su porve-
nir, en caso del triunfo de la nueva religidn, pues el Coran
(5, 85/82-88/89 = 94) los citaba con mayor simpatia que a
aquéllos: Ex los judios y en quienes asocian [paganos] en-
contrards la mds violenta enemistad para quienes creen. En
quienes dicen: «Nosotros somos cristianos» encontrards a
los mas proximos en amor para quienes creen, y eso porque
entre ellos hay sacerdotes y monjes y no se enorgullecen...
cA qué cristianos se refiere? Mahoma conoeia, al menos
parcialmente, los Evangelios, pues alude—entre otros—a
San Marcos 10, 25 (en 7, 38/40 = 91): Para quienes hayan des-
mentido nuestras aleyas y se hayan enorgullecido ante ellas,
no se abrirén las puertas del cielo ni entraran en el Paraiso
hasta que penetre el camello por el agujero de una aguja...
88
Es curioso observar que los comentadores del Corén
que escribieron en 4rabe, lengua hermana del arameo en
que estuvo redactado originalmente el Evangelio (llega-
do a nosotros en la version griega), y que sabian que el
texto del Libro estaba escrito sélo con consonantes, vo-
calizaran éstas como chamal (camello) y no como chumal
(calabrote), palabra que conocian y que es con la que
debe restituirse el texto de San Marcos.
Evidentemente, el Coran niega los dogmas de la Tri-
nidad y de la divinidad de Jestis (4, 169/171 = 93): ;Gente
del Libro! No exageréis en vuestra religion ni digéis sobre
Dios mds que la verdad. Realmente el Mesias, Jesus, hijo
de Maria, es el Enviado de Dios, su Verbo [kalimatu-hu]
que ech6 a Maria y un espiritu procedente de El. Creed en
Dios y en sus enviados. No digdis «Tres.» Dejadlo. Es me-
jor para vosotros. Realmente, el Dios es un dios tinico. ; Loa-
do sea! ¢Tendria un hijo cuando tiene lo que estd en los cie-
losyenlatierra?...
El texto en cuestidn niega el monofisismo, el arrianis-
mo, se acerca al nestorianismo y, en otro versiculo (2, 110/
116 = 74) pondria el principio doctrinal del adopcionis-
mo de Félix de Urgel (m. c. 811) y Elipando de Toledo
(716-c. 800): Dicen: «Dios ha adoptado un Hijo.» jLoado
sea! ;No! A El pertenece todo cuanto hay en los cielos y en
la tierra. Todo le adora. Por otra parte defiende la virgini-
dad de Maria (19, 20/20 = 54 y passim): Ella dijo: «¢ Como
tendré un muchacho si no me ha tocado un mortal y no soy
una prostituta?», idea que, por lo demas—una mujer vir-
gen madre de un dios—estaba difundida por la Nabatea,
o al menos asi lo pretenden algunos autores antiguos que
fijan el natalicio en el 6 de enero, ya que la raiz &b en ara-
be conlleva la idea de virginidad. En este orden de ideas
cabria buscar la etimologia de la Cava, causante (?) de la
89invasion de la Peninsula, en dicha raiz (kb), y no en la de
ghb (prostituta).
En lo que si estaban, y estan de acuerdo cristianos y
musulmanes es en que adoraban, y adoran, al mismo
Dios Padre. Los arabes cristianos (Devocionario, en ara-
be, catdlico-latino, de los Padres Franciscanos de Jerusa-
lén, 1961) utilizan, l6gicamente, la palabra 4rabe Allah
para Dios.
Mahoma, al regresar a Medina, se dispuso a vengar la
derrota de Muta. Los hipécritas hicieron todo lo posible
para evitar el alistamiento de voluntarios, y tal vez haya
que situar en este momento el episodio de la mezquita
perjudicial de Abu Amir Abd Amr (m. 9/630) que hemos
citado més arriba. Por su parte, los beduinos y los defen-
sores se mostraron reacios a partir, y Mahoma recurtié a
llamamientos que por su patetismo recuerdan los de sus
primeros tiempos en La Meca, e inicié una revisién del
concepto de «guerra santa» con el fin de poder reclutar
las tropas necesarias para abrir los caminos comerciales
del Préximo Oriente y extirpar el politeismo en Arabia,
pues no querfa mezclarse mas con los idélatras en un acto
de culto. Por eso, en el afio 8/630 puso al frente de la pe-
regrinacion a Attab, mientras que él se contentaba con
una umra. El aito siguiente, 9/631, la envid bajo la presi-
dencia de Abu Bakr y Alf, e hizo anunciar que, en lo suce-
sivo, ningun idélatra podria tomar parte en ella y que los
destruiria, dandoles un plazo de cuatro meses para con-
vertirse, emigrar o hacer la guerra. Estas nuevas disposi-
ciones tendian a reunir un ejército bien disciplinado cu-
yos miembros debian ser implacables con los infieles,
aunque quedara en sus manos una amplia serie de opcio-
nes para negociar la paz. Pero, a pesar de estas disposi-
ciones, Arabia no se vio libre de paganos, como minimo,
90
hasta el 34/654, cuando el califa Utman se atrevié a de-
rruir el templo fortificado de Gumdan, cerca de Sana,
cuya trayectoria histérica es una de las pocas que puede
seguirse a través de textos yemenies y arabes antiguos.
Cuando por fin consiguié el apoyo de los beduinos,
emprendié la marcha hacia Tabuk, en la frontera bizanti-
na; de paso, segtin algunos hadices, destruyé la mezquita
de Abu Amir y lleg6 a sus objetivos sin dificultad, consi-
guiendo los tributos de los principes cristianos del norte
de la Peninsula, de los habitantes de Adruh y de los ju-
dios del puerto de Makna. Por su parte, Jalid b. al-Walid
ocup6 Dumat al-Chandal (9/630), oasis situado sobre el
Wadi Sirhan, a medio camino entre Medina y Damasco.
Todos estos movimientos debieron verse facilitados por
la inmigracién en Siria y Mesopotamia de numerosos
grupos arabes desde bastantes siglos antes.
Cuando regresé a Medina, su situacién habia mejora-
do notablemente, pues, entre otras circunstancias, murié
el jefe de los hipécritas, Abd Allah b. Ubayy. Las nuevas
disposiciones que promulg6 contribuyeron a consolidar
el naciente estado: remaché que en adelante iba a existir
una comunidad, wma, basada en la religién, puesto que
los musulmanes tenian que ser hermanos entre si; sdlo se
diferenciarian por la piedad, y su conducta se inspiraria
en el Coran. Seguro ya de la pervivencia de su obra, Ma-
homa se dispuso a realizar una peregrinacién solemne
(du-l-hichcha del 10/marzo del 632) que ha recibido el
nombre de «peregrinacién de despedida». Los prepara-
tivos se hicieron de una manera febril y recibié muchisi-
mas revelaciones de cardcter religioso-cultural destina-
das a restaurar definitivamente los ritos de Abraham, con
exclusién de todas las ceremonias paganas. Durante la
Peregrinacidén pronuncié un discurso, posiblemente dia-
91logado, en que abolié la usura con efectos retroactivos y
suprimié el mes intercalar (zas7) del calendario musul-
man. Posiblemente, sintiéndose ya enfermo, recibié la ul-
tima revelaci6n (5, 5/3): Hoy os he completado mi religion
y he terminado de daros mi bien. Yo os he escogido el islam
por religion.
Al regresar a Medina se dedicé a preparar una expe-
dicién hacia los confines sirobizantinos. Aun asistié a al-
gunas ceremonias religiosas y en una de ellas se humillé
ante todos los fieles pidiendo perdén por las ofensas que
hubiera podido hacer. Unos dias después (13 de rabi I del
afio 11/8 de junio del 632) murié, victima de la malaria, en
brazos de Aisa.
92
Vv
LA EVOLUCION TEMATICA EN EL CORAN
Hemos apuntado més arriba las dificultades en que se
encuentran los tratadistas del Coran para establecer una
sucesién cronoldgica de las aleyas a lo largo de todo el
proceso de la revelacién. Ya en tiempos antiguos, cuando
se procedié a dar un titulo a las azoras y, a continuacién,
indicar si habian sido reveladas en La Meca 0 en Medina,
después de esta tltima mencién incluian, a veces, la indi-
cacién de «excepto las aleyas...» que fueron reveladas en
Medina o La Meca segtin los casos. Es decir, tuvieron
idea clara de que en la azoras medinjes se incrustaban
aleyas mequifes y viceversa. Por tanto, y con muchas re-
servas, damos a continuacion una lista de temas aborda-
dos en el Texto Sagrado siguiendo un dudoso orden cro-
noldgico. Asif, en 96, 1/1-5/5, Dios se manifiesta como tal
por primera vez: es el Creador del hombre, le ensefia y da
el sustento; duefio de todo, juzga, castiga; es Omniscien-
te, Todopoderoso, Unico, Misericordioso, Eterno; y en
112, 1/1-4/4 = 49 leemos: Di: El es Dios, es tinico. Dios, el
solo. No ha engendrado ni ha sido engendrado y no tiene a
nadie por igual, texto arabe que emplearon los califas ome-
yas cuando empezaron a emitir moneda propia.
Dios es el Creador del mundo en seis dias, ha enviado
los profetas a los hombres; posee los nombres mis bellos
(59, 22/22-24/24 = 38) que, como atributos, se presentan
en el mundo semitico al menos desde la época babildni-
93ca, pues se parte del principio de que nada tiene existen-
cia si no se le da nombre, y de aqui que el Poema de la
Creacion babilénico afirme: Cuando en lo alto los cielos
no tenian nombre; cuando abajo, en la tierra, ni un nombre
se habia dado. Por eso, a los dioses habia que darles nom-
bres de los cuales alguno quedaba desconocido. Del dios
lunar Sin decian que su verdadero nombre se ignoraba;
podfa ser impronunciable, como el Yahvé biblico, pron-
to transformado en Adonai («mi Sefior»); a Marduk se
le atribuyeron cincuenta nombres, y atin hoy sucede con
los politicos (por ejemplo, Stalin = «acero») y con los
religiosos, que al profesar las érdenes, adoptan apelati-
vos que indican las cualidades que el neéfito cree encon-
trar en la persona del pasado a la que quiere asemejar-
se. Igualmente, y en el Préximo Oriente, se desarrolla-
ron desde el primer milenio a.C. sistemas de cifrados de
los nombres que reaparecen en los primeros siglos del
islam.
En este orden de ideas los musulmanes Ilegaron a
dar a Dios noventa y nueve sinénimos, siendo el nimero
cien el desconocido, su tetragramaton. Al lado de estos
apelativos aparecen otros, hasta doscientos, que la tra-
dici6n, y en algunos casos el mismo Cordn, aplican a Ma-
homa.
Dios es justo y a El debemos volver; la creacién le glo-
rifica; dirige o extravia a quien quiere, permite que haya
asociadores 0 politeistas. En el Juicio Final decidird so-
bre aquello en que discrepan los hombres. Es el Duefio,
conoce los misterios de la creacién y podria crear, si qui-
siera, otro universo. Es el Perdonador que pone a prueba
al hombre y eleva y humilla a quien le place. Uno de los
versiculos mas hermosos es el del trono (Aurs/) que figura
en 2, 256/255 = 74: El Dios, no hay dios sino El, el Vivien-
94
te, el Subsistente. Ni la somnolencia ni el sueno se apode-
raran de El. A El pertenece cuanto hay en los cielos y en la
tierra. ¢Quién intercederd ante El si no es con su permiso?
Sabe lo que esta delante y detrds de los hombres, y éstos no
abarcan de su ciencia sino lo que El quiere. Su trono se ex-
tiende por los cielos y la tierray no le fatiga la conservacion
de todo esto. El es el Altisimo, el Iumenso. Y, enuna de las
ultimas revelaciones sobre este tema (3, 16/18 = 106),
proclama una vez mas su unidad: Dzos atestigua que no
hay dios sino El; los angeles y los poseedores de ciencia
obrando con equidad dicen: «No hay dios sino El, el Pode-
roso, el Sabio.»
Otro de los temas tratados desde muy pronto fue el
de la existencia de profetas enviados con anterioridad a
Mahoma, y que conocemos a través de los Libros Sagra-
dos de la antigiiedad. Pero al lado de Abraham, Noé,
etc., figuran alusiones a enviados tipicamente arabes,
como Hud, profeta del pueblo de ad (89, 6/6 = 6), Salé,
Du-1-Kifl, Idris, Suayb... cuya identificacién es mas que
problematica, pero que, en algtin caso, tal vez pudieran
enlazarse con viejas leyendas babilénicas (18, 59/60 = 81)
si se admite que el paje de Moisés, llamado por los co-
mentadores al-Jidr 0 al-Jadir, equivaldria a Gilgalmés,
antiguo héroe acddico. Este relato, progresivamente am-
plificado, se habria incrustado posteriormente en la le-
yenda de Alejandro entre otros. Pero en el Coran los an-
tiguos enviados sirven como argumento dialéctico para
probar el adagio popular de que nadie es profeta en su
tierra y que, por ese motivo los coraixies, al oponerse a
Mahoma, no hacian mas que seguir una costumbre inve-
terada del género humano. En estas discusiones los poli-
teistas debieron darse cuenta de que el Profeta habia in-
currido en alguna contradiccién u omisién, puesto que
95ya en 87, 6/6-7/7 = 7 se anuncia el principio del derogan-
te y derogado: Te haremos recitar El Coran y no lo olvida-
ras exceptuando aquello que Dios quiera...
Un tratamiento especial merece la figura de Jesus, el
mayor de los profetas para los musulmanes, cuya muerte
en la cruz se niega formalmente en una aleya medini (4,
156/157 = 93) en la que arremete contra los judios: Ellos
dicen: «Ciertamente nosotros hemos matado al Mestas, Je-
sts hijo de Maria, Enviado de Dios.» Pero no le mataron ni
crucificaron, pero a ellos se lo parecié... no le mataron. Esta
afirmacién tiene mucho interés, pues en ella se basa el
origen y la doctrina de los ahmadies, que en la actualidad
realizan una activisima campajia proselitista como prue-
ba la mezquita Basharat de Pedro Abad (Cérdoba) y las
traducciones a distintas lenguas del Coran.
Desde muy pronto (57, 27/27 = 15): se demuestra co-
nocer la existencia de cofradias de ascetas: ... hicimos se-
guir a Jestis, hijo de Maria, al que dimos el Evangelio. En el
corazon de aquellos que le siguen hemos puesto compa-
si6n, misericordia y monaquismo, que ellos han ideado...
pero no lo han observado como debian... Este versiculo
prueba la existencia de comunidades religiosas—alguna
tal vez de hanifes—en la Arabia de la época y dio pie, con
el correr de los siglos, a la organizacién en el islam de or-
ganismos similares (tarigas) y al prestigio de los morabi-
tos 0 santones que, por lo demas, se rechazaban expresa-
mente en el Coran al negar que el hombre necesitara
intercesores para relacionarse con Dios. De aqui que los
encargados del culto pudieran asimilarse, ya en vida del
Profeta, a simples funcionarios—v.g. el primer almuéda-
no, Bilal—despojados de todo caracter sagrado y, en con-
secuencia, no equiparables a los antiguos sacerdotes (ka-
hin; hebreo cohén) paganos. Igualmente se hace eco de la
96
existencia de angeles (74, 31/31 = 30), algunos de ellos de
origen persa (2, 96/102-94/103 = 74) a los cuales, en un
Ultimo estadio, se divide en varias categorfas segtin los
pares de alas que tengan (35, 1/1 = 83).
La reforma del culto pagano, adaptandolo a las nece-
sidades del monoteismo, empieza a aparecet ahora inten-
tando modificar la liturgia de la peregrinacién (22, 28/27
= 52), aunque manteniendo buena parte de los ritos tra-
dicionales y, entre ellos, el corte de los cabellos para los
hombres y la cabeza tapada para las mujeres, con un pa-
fiuelo o velo (sutur/satur; chador, hoy; el significado de
esta palabra varia con el transcurso de los siglos y las re-
giones) cuyo origen remonta a la época clasica, al cris-
tianismo primitivo (1 Corintios, 4 y ss.), pero no ala Arabia
preislamica en que las mujeres parecen haber circunvalado
el Templo de La Meca destocadas. Alguien, interpretan-
do abusivamente textos antiguos con los que buscaban
justificar la afirmacién del versiculo del desaffo, aludian
a la belleza corporal de los coraix diciendo que ésta les
venia de que las mujeres: dan las vueltas rituales descu-
biertas (otra traduccion podria decir «desnudas»] y asis-
ten a las ceremonias sin velos. Los coraixies las escogen al
verlas y asi consiguen a las principales y mas hermosas. De
aqui les viene la superioridad con que se distinguen y...
como también oyen los dialectos de todas las tribus drabes,
escogen de cada uno de ellos lo mejor... Han rectbido la pu-
reza del lenguaje de Quien les escogio las palabras al igual
que ellos escogen las mujeres.
La fe no se impone (49, 14/14 = 54): Los beduinos han
dicho: «Creemos.» Responde: «jNo creéis! Decid: Nos is-
lamizamos.» La fe no ba entrado en vuestros corazones...
Si voluntariamente se acepta el islam, no puede abando-
narse (16, 108/106 = 87), pero en modo alguno se admite
97la conversion forzosa o por coaccion social (2, 257/256
= 74). Dos 0 tres siglos después de cerrada la revelaci6n
los juristas idearan una especie de tribunal de la inquisi-
cién al mismo tiempo que, desarrollando la afirmacién
de 48, 2/2 = 51, afirmarén que Mahoma nunca pecé (isma),
lo cual parece proceder de una exégesis abusiva del con-
junto del Coran.
La doctrina expuesta en La Meca—que fue, por las
circunstancias, esencialmente religiosa—recibi6 su codi-
ficacién durante el periodo de Medina con disposiciones
sucesivas que forman ya un catecismo practico de los de-
beres del buen musulm4n; a su lado apareceran y se desa-
rrollaran las leyes civiles y penales por las que debe regir-
se el ciudadano del naciente estado.
Las primeras consisten en ratificar el viernes como
dia de la plegaria publica rechazando la posibilidad de
que tenga que ser festivo (62, 9/9-11/11 = 69), y estable-
ciendo las reglas de las abluciones (5, 8/6-9/6 = 9.4): Cuan-
do os dispongdis a hacer la plegaria, lavad vuestras caras y
vuestras manos hasta los codos. Pasad la mano por la cabe-
za y por los pies hasta los tobillos. Si estdis impuros, purifi-
caos; st estdis enfermos, en viaje, o viniese uno de vosotros
del retrete, o hubieseis tocado a las mujeres y no encontra-
seis agua, frotaos con polvo bueno—arena—y lavaos vues-
tros rostros y vuestras manos. Dios no quiere poneros en
dificultad, pero desea que os purifiquéts... La aplicacion
de este precepto no debio ser estrictamente obligatoria,
puesto que un hadiz narra la historia de uno de sus gene-
rales que, en circunstancias de una fuerte helada y sin
arena a mano, prescindié de la purificacién ritual, por-
que hubiera tenido que realizarla con el agua fria del des-
hielo. Al contarle las circunstancias al Profeta, éste con-
sider6 valida la oracién.
98
Igualmente es ahora cuando se precisan con detalle
los ritos a seguir durante el ayuno de ramadan y la pere-
grinacion. Las tradiciones que se forman en torno a estos
dos hechos dan origen al ulterior calendario religioso
musulman. De paso se delimita la responsabilidad del
hombre por sus actos: si en las azoras mequies predomi-
naron las afirmaciones favorables a la libertad humana,
ahora, y en forma de oracidn, se establece la base de la
cual partiran los tedlogos de los siglos posteriores para
aceptar el libre albedrio 0 el determinismo y fatalismo de
los musulmanes (2, 286/286 = 74): Dios no obliga a un
alma sino en la medida de su capacidad: tendrd lo que haya
adquirido y se le reprochard lo que haya adquirido. ;Senor
nuestro! No nos reprendas si nos olvidamos o faltamos.
jSefor nuestro! No nos agobies con un fardo semejante al
que cargaste sobre quienes nos precedteron. jSenor nues-
tro! No nos cargues con lo que no tenemos fuerza para so-
portar. ;Borra nuestras faltas! ;Perdénanos! jTen misert-
cordia de nosotros! Tu eres nuestro Seftor: auxilianos
contra la gente infiel.
La organizacién del estado fue paralela a la reordena-
cién de las costumbres matrimoniales de los drabes. Para
Mahoma el problema no se planteé mientras vivid Jadi-
cha, pues fue mondgamo y, de creer a los hadices, com-
pletamente feliz. Pero entre sus compatriotas vivian tri-
bus matriarcales (las menos) y patriarcales; existia la
monogamia junto a la poligamia y se practicaba el ma-
triarcado, la prostitucién y el matrimonio a plazo. Este
ultimo (muta) fue consentido por el Profeta, al menos
durante sus campaiias largas, por ejemplo la de Jaybar (4,
28/24 = 93) para que sus hombres satisficieran sus nece-
sidades sexuales, evitando la incontinencia con las muje-
res (no musulmanas) de los vencidos: ... Os es licito, fuera
99de eSOS CaSOS, buscar, con vuestras riquezas, esposas recata-
das, no como fornicadores; por lo que gocéis con ellas, dadles
sus salarios como donativo. No hay falta para vosotros en
lo que acordéis mutuamente después del donativo... Ma-
homa, en este aspecto, adopt6 la practica de casarse iz
situ con las viudas de los vencidos—sélo desposé a una
mujer virgen, Aisa, hija de Abu Bakr—, constituyendo
asi un harén en el que las mujeres—enfrentadas a veces
entre si—podian defender la causa de sus contribulos.
Dado que (2, 223/223 = 74): Vuestras mujeres son vuestra
campina. Id a vuestra campitia como querdis pero haceros
preceder, es légico que autorizase el coitus interruptus
(azl) como modo de satisfacer los deseos de sus hombres
cuando a éstos no les constaba si las mujeres de que iban
a gozar estaban embarazadas. Ambas practicas, la muta
entre los xifes y el az/ en todo el dominio del islam se
mantienen vivos hoy en dia.
En el mismo orden de ideas, no admitié la prostitu-
cion como negocio (24, 33/33 = 69): Si desean ser mujeres
honradas, no obliguéis a vuestras esclavas a prostituirse...
Quien las obligue serd el tinico culpable, pues Dios serd
indulgente y misericordioso con ellas después de su viola-
cién. Pero no pudo impedirla y, segtin la tradicién, su
propio médico, al-Harit b. Kalada, tuvo abierta una casa
de tolerancia en Taif. En ciertos casos, personas que al-
canzaron cargos importantes desearon conocer su filia-
cién paterna dados los antecedentes o rumores que cir-
culaban sobre la virtud de sus madres, y a los que
se debe el apodo de «hijo de su padre»—es el caso, a fi-
nes del siglo 1/vur, del célebre Ziyad b. Abihi—. Pero
para ello tuvieron que entablar un proceso judicial que
les reconociera como hijos legitimos. Este proceso se
substanciaba ya en la época preislamica por la compara-
100
cién de las huellas de los pies entre querellante y quere-
lado.
En ningtn lugar del Coran se ofrece la posibilidad de
casar, por temor reverencial (chahr) ala mujer con quien
no quiere y, en cambio, ya en las primeras revelaciones
(58, 1/1-5/4 = 19) se rechaz6 la costumbre pagana del re-
pudio instantaneo mediante la formula llamada zéhar (su
etimologia viene de zahr, «espalda»). Consistia en decir:
«Eres para mi como la espalda de mi madre.» Esto era su-
ficiente para que el matrimonio quedara anulado como
si, realmente, la rechazada hubiera sido la madre del ma-
rido (33, 4/4 = 73). La revelacion de la azora 58 descendid
con motivo del repudio por Aws b. al-Samit de su mujer
Jawla bint Talaba. Esta se quejé al Profeta haciéndole ob-
servar que en el momento de contraer matrimonio era jo-
ven, hermosa, rica, de buena familia y que su marido la
dejaba vieja, fea, pobre y sin parientes.
Como consecuencia de la evolucién politica del esta-
do medini, Mahoma tuvo que modificar o regular algunas
disposiciones anteriores, buenas en la teorfa pero no en la
practica: recién llegado a Medina habia establecido que los
defensores y emigrados se unfan biunivocamente, que pa-
saban a ser como hermanos, uno por cada lado, de modo
que aquel que sobreviviera al otro era su heredero. Asi,
Sad b. Rabi, muerto en Uhud, dejé a su mujer encinta y
con dos nifios pero, en virtud de la muaja (hermandad)
establecida, sus bienes debian pasar a Abd al-Rahman b.
Awf, un emigrado. La viuda se presenté ante Muhammad
y protesto. Este reflexiono y después recibié una revela-
cidn segtin la cual los dos hijos debian recibir dos tercios
del total de la herencia; ella, como viuda, una octava par-
te, y el resto correspondia al hermano de la fraternidad.
La aplicacién de ésta y de otras normas detalladas en el
101Coran dio origen a una rama muy importante de las ma-
tematicas, el calculo con fracciones, que es uno de los
mas complicados de la jurisprudencia musulmana: la de
la particién de herencias (lm al-faraid).
Si los vinculos de hermandad eran modificados con
motivo de las circunstancias, igual ocurrié con los de la
adopcién preislamica: Zaynab bint Chahs se habia casa-
do con Zayd b, Harita, hijo adoptivo del Profeta y lleva-
ba el nombre de Zayd b. Muhammad. Por tanto éste no
podia casarse con su nuera (comparese con el bautismo
catélico, que impide a los padrinos casarse con sus ahija-
dos). El cémo se planteé el caso, las circunstancias socio-
légicas y la solucién del mismo ha sido objeto de agrias
discusiones entre los musulmanes y dimmies, pues las
tradiciones presentan varias versiones. Parece ser que el
Profeta fue a ver a Zayd a su casa y que al llamar y ver
Zaynab de quién se trataba no quiso hacerle esperar, sin
darse cuenta de que estaba vestida muy a la ligera. El
Profeta, al ver una mujer tan hermosa, exclamé: ;Ob Dios
omnipotente! ;Oh Dios que trastornas los corazones!, ein-
mediatamente se marché. Zaynab se habia dado cuenta
de lo que sentia Mahoma, y cuando regresé Zayd se lo
conté todo. Este se marché inmediatamente a ver a su pa-
dre adoptivo y le ofrecié divorciarse de su mujer, como
hizo acto seguido. Pero Muhammad no podia casarse,
dado el vinculo de parentesco voluntario que le ligaba
con su nuera segtin las costumbres paganas, lo cual le
hizo comprender lo improcedente de esta tradicién, y
Dios la suprimié (33, 36/36 = 73).
La politica matrimonial del Profeta, las facilidades
del divorcio preislamico sélo limitadas con la prohibicién
de la formula del zébar, fueron restringidas también pro-
curando limitar las peleas conyugales (2, 230/230 = 74):
102
Si él la repudia por tercera vez, ella no le es lictta después
hasta que se haya casado con otro esposo. Si éste la repudia,
no hay pecado para ellos si vuelven a unirse, si creen que
seguirdn las prescripciones de Dios... La aplicacién poste-
rior de este versiculo dio origen a una numerosa y pica-
resca casuistica y al reconocimiento de que la mujer tam-
bién tenia derecho a pedir el divorcio. Mayor orden
introdujo en estas cuestiones la limitacién del ntmero de
mujeres legitimas a cuatro (4, 3/3 = 93) y el establecimien-
to de que todas debian ser tratadas equitativamente, re-
velacién que ha hecho pensar, ya en nuestro siglo, que el
islam, de hecho, implanté la monogamia ante la imposi-
bilidad del hombre de dar el mismo trato, exactamente, a
varias esposas. En todo caso, el Corn (33, 52/52 = 73)
previé como debia proceder el Profeta en la reduccién
de su harén—no contraer nuevos matrimonios—hasta
haber alcanzado el nimero que ahora se establecia. La li-
mitacién de mujeres legitimas, reemplazables por divor-
cios—matrimonios consecutivos como ocurre hoy en
Occidente—era mas te6rica que real, ya que los musul-
manes seguian autorizados a tener concubinas.
A pesar de esta libertad sexual, el adulterio siguid
existiendo. Como hemos sefialado mas arriba, en Medina
circularon rumores de que Aisa lo habia cometido, y el
mismo Ali aconsejé a Mahoma que se separara de ella y la
sustituyera por otra mujer: «;Hay tantas!», le dijo. Este,
tras un mes de indecision, comparecié en publico censu-
rando las calumnias que se difundian acerca de su vida
privada. Esta intervencién motivé una pelea, en la mez-
quita, entre los partidarios de una y otra opinion. Maho-
ma pudo calmar los dnimos y unos dias después tuvo una
revelacién en que se declaraba inocente a la calumniada
(24, 11/11-26/26 =69).
103Posiblemente la larga crisis del Profeta se debié a un
problema de orden juridico-religioso, ya que los versicu-
los 4, 19/15-22/18 = 93, relativamente benignos para con
los adilteros, parece ser que habian sido derogados por
otro que no figura en la recensién actual del Corn, pero
que atin hoy aplican muchos xifes y que la tradicién pone
en boca de Umar b. al-Jattab: No os apartéis de la costum-
bre de vuestros padres, pues es una impiedad. Cuando un
viejo y una vieja cometen adulterio, lapidadles siempre. Es
un castigo procedente de Dios. Dios es poderoso, sabio (cf.
Deuteronomio 22, 21/24), que quedaba ahora derogado
por el 24, 2/2 = 69: A la adiiltera y al adiltero, a cada uno
de ellos, dales cien azotes. En el cumplimiento de este pre-
cepto de la religion de Dios, si creéis en Dios y en el Ultimo
Dia, no os entre compasi6n de ellos. ; Que un grupo de cre-
yentes dé fe de su tormento! En cambio, estos preceptos
—como los restantes del derecho civil y penal en que no
hubiera musulmanes de por medio—se aplicaban los res-
pectivos textos sagrados de los dimmies.
Algunos delitos aparecen ahora acompafiados de sus
penas. En el caso de asesinatos (2, 173/178-175/179 = 4):
Se os prescrebe la ley del taltén en el homicidio: el libre por
el libre, el esclavo por el esclavo, la mujer por la mujer. A
quien se le perdonase algo por su hermano, se sustanctard
el pleito segin lo acostumbrado y se le indemnizaré con
largueza. En la ley del talién tenéis vuestra vida, job posee-
dores de entendimiento!... (cf. 5, 48/44-49/45 y Exodo 21,
23-25), teniendo que ejecutar la venganza (17, 35/33
= 80): Elamtigo de aquel que fue muerto injustamente... no
se exceda en el asesinato. El serd auxtliado. En modo algu-
no se alude a la intervencion de la autoridad en la cues-
tion, y el problema se soluciona de modo parecido al de
la Arabia preislamica, pero se tiene muy en cuenta (4,
104
94/92 = 93) si el homicidio ha sido involuntario, en cuyo
caso se prevén una serie de indemnizaciones pecuniarias
al margen del talién.
El robo tiene un castigo especifico (5, 42/38 = 94):
Cortad las manos del ladron y de la ladrona en recompensa
de lo que adquirieron y como castigo de Dios... Las tradi-
ciones discuten la cuantia del robo para decidir la aplica-
cion de una pena tan grave y, analizando lo que ocurria
en la época preislamica y algunos ejemplos, cabe pensar
que sdlo se aplicé a los salteadores de caminos y bandole-
ros que despreciaban las vidas humanas. En el mundo se-
mitico antiguo, al ladrén vulgar (cf. 2 Samuel 10, 4-5) se le
humillaba, se le escarnecia, se le cortaba la barba en pa-
blico, se le mesaba 0 se le arrancaba pelo a pelo; en el An-
tiguo Oriente se les mutilaba.
Al margen de estos preceptos quedan otros que la tra-
dicién ha mirado con recelo 0, lo que es més, ha implanta-
do a partir de tendencias que predominaron o creyeron
que habian sido mayoritarias en el islam primitivo, tal, por
ejemplo, la pretendida prohibicién de la musica, del baile
y del canto que nos consta que se practicaban en Medina,
antes y después de la predicacién; tal la afirmacion de que
el arte islamico no puede representar figuras de seres vi-
vos, y menos humanas—cuando parece demostrado que el
Profeta tuvo tapices de este tipo, que alguna de sus bande-
ras llevaba bordada un dguila y que las primeras acufiacio-
nes musulmanas representaban al califa de pie, con el sa-
ble al cinto—. Que més adelante (en el siglo 11/viit), y por
motivos politicos, los omeyas intervinieran en los asuntos
cristianos apoyando a los iconoclastas, es otra historia.
E] juego—en el caso de los nifios—se ve de modo in-
diferente, aunque utilicen mufiecos; el de los adultos se
prohibe si leva consigo la apuesta de bienes (4, 33/29
105= 93): No comdis vuestras riquezas con lo futil, salvo si se
trata de un negocio hecho de mutuo acuerdo..., 0 sea, que
las pérdidas debidas a un fracaso comercial son licitas,
pero no las del juego. Este y el vino vienen unidos en dis-
tintos versiculos que van, desde aquellos en que se aprue-
ba el ltimo (16, 69/67 = 87): Obtenéis bebidas fermenta-
das y un buen alimento de los frutos de la palmera y de las
vides..., hasta los que suponen una franca restriccion (s,
92/90 = 94). Pero estos textos habian sido revelados para
impedir que los creyentes se mezclaran en las tertulias de
los idélatras y judios, en las que se calumniaba al Profeta
y asu familia. Sin embargo, no se fijaron penas para quie-
nes no respetaran este consejo, y fue Abu Bakr—jamas
pretendié haber recibido revelaciones divinas—quien fijé
la pena de ochenta azotes para el borracho. Se traté, pues,
de una clausula de derecho positivo como la que hoy
obliga alos conductores a someterse a la prueba del alco-
holé6metro—que, inicialmente, apenas debié aplicarse—.
La tradicién narra que, al ocupar Mahoma los castillos de
Nattah (Jaybar), mand6 derramar por el suelo todo el
vino alli almacenado. Sélo un musulm4n, llamado Abd
Allah y apodado el borracho, opiné que era mejor beber-
lo, lo cual le valié que el propio Profeta le diera unas
cuantas patadas, invitando a seguir su ejemplo a los pre-
sentes. Pero, a pesar de esto y de la norma de Abu Bakr
citada, nuestro hombre seguia bebiendo atin en tiempos
del califa Umar, y todos los testimonios inducen a pensar
que salvo en caso de notoria embriaguez, las autoridades
de entonces (y de mucho después) prefirieron no ente-
rarse de este tipo de infracciones.
Pero la obra mas importante realizada por Mahoma
en Medina fue la creacién de un estado musulman que
pudo hacer frente a todos los enemigos interiores y exte-
106
riores que intentaron destruirlo en cuanto murid. Por
tanto, en ese instante estaban ya formadas, aunque fuera
de modo embrionario, las instituciones basicas del mis-
mo: el cuerpo de funcionarios, la organizacién militar, la
hacienda publica y las relaciones exteriores.
El primero se basaba en la delegacién total del poder
durante todo su mandato de acuerdo con lo que se dedu-
ce de las aleyas de los principes (4, 61/58 = 93): Dios os
manda que devolvdis los depositos a sus duenos, y cuando
juzguéts entre los hombres, que juzguéis con justicia. | Qué
bello es lo que Dios os manda! Dios es oyente, clarividente.
/OA los que creéis! ; Obedeced a Dios, obedeced al Enviado
y a los que ostentan poder de entre vosotros! Si disputdis
por algo, llevadlo ante Dios y el Enviado... Igualmente
ocurria cuando un ejército (chund, palabra de origen ira-
nio que ya aparece con este significado en el Coran) se
ponja en campafia: el general que lo mandaba ejercia todos
los poderes y los combatientes eran voluntarios en el caso
de una acci6n ofensiva. En caso de tener que hacer frente
aun ataque se procuraba movilizar a todos los musulma-
nes, excepto a los inutiles, y se coaccionaba a los ricos
que intentaban eludir el servicio (9, 82/81-97/96 = 86).
Es cierto que mientras el Profeta residié en Medina
estuvo en constante estado de guerra con unos u otros de
sus vecinos, pero de los textos no se deduce que tuviera que
realizar ofensivas constantes pensando en someter al mun-
do entero al islam por la fuerza de las armas. Las teorias
que respecto a la «guerra santa» (chihad) elaboraron los
juristas un par de siglos més tarde se basan en la tradicion
que, mayoritariamente, no preveia la existencia de residen-
tes musulmanes en territorios dominados politicamente
por autoridades no musulmanas. Por tanto, el problema
de conciencia que se planted a estos grupos se solucioné
107bien por la via de la hipocresia legal (tagivya), en que se
«fingia» adoptar la religion del enemigo si el no hacerlo
ponia en peligro la vida, el mayor bien que Dios ha con-
cedido al hombre (mudéjares y moriscos en el siglo xv1),
o bien, y en tiempos contempordneos, comentar las alu-
siones coranicas referentes a los emigrados a Medina y,
sobre todo, los que aluden a los criptomusulmanes que
permanecieron en La Meca durante los seis afios (622-
630) en que, después de la hégira, atin duro el gobierno
politeista. Es por este camino por el que algunos pensa-
dores musulmanes justifican la existencia de buenos fran-
ceses, espafioles, rusos, ingleses, etc. (en la emigracién,
challiyya actual), musulmanes que pagan sus impuestos,
nacionales o no, a autoridades dimmies.
En cambio, Mahoma si tom6 providencias detalladas
para evitar ser atacado por sorpresa y entre ellas figura la
promulgacién del rito de la oracién en tiempos de peligro
(4, 102/101-104/103 = 93): Cuando recorréts la tierra no co-
metéis falta al abreviar la plegaria si teméis que os ataquen
quienes no creen... ;Profeta! Cuando estés entre los creyen-
tes y los dirijas en la plegaria, permanexca una parte de ellos
Junto a tiy coja sus armas. Cuando los que rezan se proster-
nen, que estén detras de ellos. Luego venga la otra parte que
no ha rezado y ore contigo. Los que ya hayan rezado, pon-
ganse en guardia y cojan las armas. Quienes no creen desea-
rian que descutdaseis vuestras armas, pues caerian sobre vo-
sotros en una carga unica... Igualmente previé los detalles
para el establecimiento de treguas, incluso con los paga-
nos (9, 1/1-12/12 = 86), y admitié la intervencién en el cam-
po de batalla de seres sobrenaturales, creyendo, como la
mayor parte de los semitas, en la existencia de ejércitos
celestes (para unos, los angeles; para otros, las estrellas
encuadradas en los regimientos de las constelaciones).
108
La hacienda publica tuvo por base el botin de las con-
tinuas campaiias victoriosas que, en principio, pertenecia
a Mahoma (8, 1/1 = 107), pero que éste acostumbraba a
repartir segtin unas normas, relativamente estrictas, ins-
piradas, en parte, en las de la Arabia preislamica (8, 42/41
=107): Sabed que de cualquier cosa que forme parte del bo-
tin que obtengdis, pertenece el quinto a Dios, al Enviado, a
los allegados del Enviado, a los huérfanos y al viajero...
Evidentemente, en ese botin entraban los tesoros de los
dioses que desaparecian ante el triunfo musulman (24, 33/
33 = 69) y el azaque o limosna, voluntario en el periodo de
La Meca (73, 20/20 = 16) y casi obligatorio (2, 104/110 =
74) durante el perfodo de Medina; a éste, facultativamen-
te, podia afiadirse la limosna (sadaga) 0 donativo (9, 60/
60 = 86). La usura quedaba terminantemente prohibida.
Una buena fuente de ingresos fue la capitacién 0 chiz-
ya pagada por los judios, cristianos y sabeos 0 mazdeos
(démmies) que se quedaron a vivir en las zonas del territo-
rio del islam (9, 29/29 = 86) que no habian sido declara-
das prohibidas (bara) para los infieles y cuyo importe
variaba segtn el acuerdo concluido con ellos en el mo-
mento dela capitulacién.
Resumiendo, al morir Mahoma se encontraban séli-
damente establecidos los fundamentos de las cinco obli-
gaciones que el islam impone a sus fieles: 1) creer en la
unidad de Dios; 2) cumplir las oraciones prescritas, tres
o cuatro veces al dia: posteriormente se aumenté a cinco
el ntimero, puesto que qued6 fijado que la oracion del
mediodia del viernes fuera obligatoria para todos, al igual
que el sermon que se incluia en la misma y que Mahoma
pronuncié siempre que pudo. En caso contrario, delega-
ba sus funciones en un émam (iman) y un jatib (predica-
dor) que le sustituian esporddicamente. Instituyé también
109las abluciones rituales; 3) pagar un impuesto (azaque)
destinado a los musulmanes pobres; 4) observar el ayuno
de ramadan; y 5) en caso de tener los medios econémicos
suficientes, realizar la peregrinacién a La Meca.
La evolucién de estas lineas maestras de la nueva reli-
gién, hacia lo que hasta casi nuestros dias se ha conside-
rado dogma del islam y que se ha fosilizado en distintos
credos (agida), fue obra humana, de un grupo de tedlo-
gos de ideologia muy concreta. Puede en cierto modo
pensarse qué hubiera ocurrido con el naciente cristianis-
mo si, en vez de triunfar las ideas de San Pablo, hubiera
sido sobre las de San Pedro (cf. Galatas 2, 11 y ss.) sobre
las que se hubiese instituido la iglesia.
110
vi
EL TEXTO ACTUAL DEL CORAN
La palabra Coran aparece numerosas veces en el Libro y,
fijandose en los contextos en que se inserta, puede intuir-
se lo que Mahoma entendia con ella: guia para los hom-
bres; prueba de que es verdad lo que en él se afirma; me-
dio para discernir la verdad del error; camino recto, etc.
En 6, 19/19 = 103 dice claramente: Dios... me ha inspirado
este Cordn a fin de que os advierta con él, asi como a quie-
nes alcance. Cuando se escucha, los fieles deben mante-
nerse callados. Tiene el mismo rango que el Pentateuco,
el Evangelio y los libros sagrados de las otras religiones. La
palabra en si parece que deriva del siriaco geryana, que
significa salmodeo, lectura en voz alta, predicacion.
EI sistema grafico en uso en la Arabia del Norte a
principios del siglo vi era suficiente para la notacién de
textos de uso corriente, preferentemente comerciales,
pero, falto como estaba de vocales, signos auxiliares y
puntos diacriticos, carecia de los elementos necesarios
para fijar de modo invariable obras de caracter altamente
literario en las cuales aparecfan reflejadas muchas veces
los més finos valores del espititu. Las palabras de Maho-
ma, a quien la tradicién dominante supone analfabeto,
por mas que conozcamos otras que dicen todo lo contra-
tio, fueron puestas por escrito de modo muy rudimentario,
pero que permitia a los memoriones reproducirlas fiel-
mente, pues la fijacidn escrita de las consonantes ayuda-
qIIba a reconstruir las palabras, a pesar de que la figura de
varias letras se confundia entre si. Por ejemplo, en posi-
ci6n inicial, un mismo signo representaba la b, lat, laz, la
n, la y. Aun hoy en dia esas letras slo se distinguen por la
adicién de puntos diacriticos cuyo olvido, mala coloca-
cién o forma, tan malos ratos hacen pasar a los estudian-
tes de paleografia arabe. El texto coranico estuvo sujeto,
pues, en sus inicios, a dos fijaciones independientes: la
escrita, en que un discipulo, celoso y letrado a la vez, re-
cogia el ductus de la revelacién, y la oral en que al mismo
tiempo fijaba en la memoria las vocales largas, cortas y
consonantes que tenian que articular en el momento en
que transmitiera el texto a sus discipulos. La tradicién
nos ha conservado los nombres de los principales escri-
bas de Mahoma: Muad b. Chabal, Ubayy b. Kab y Zayd
b. Tabit (m. 45/666). Parece ser que todos ellos fueron
fieles al texto dictado, a pesar de que una tradicién popu-
lar—utilizada como argumento apologético por cristia-
nos nuevos como el alfaqui Juan Andrés en su Libro que
se llama confusion de la secta mahometana y del Alcorén
(Valencia, 1515)—incita a pensar que algun escriba de
poca talla o mala fe se permitid correcciones de estilo que
fueron rechazadas inmediatamente.
Cuando el Profeta recibia una revelacién, en especial
durante el periodo medinj, lamaba a sus secretarios que lo
escribian en pedazos de cuero, omoplatos de camello y
otros objetos entonces empleados como material de es-
critorio—corteza de palma—y, tal vez, papel importado
desde China. Es dificil saber si todo el texto revelado fue
puesto por escrito en los dos 0 tres tiltimos meses de la
vida del Profeta, pero si parece deducirse que él mismo
cerr6 su obra con el versiculo (5, 5/3 = 94): Hoy os he com-
pletado vuestra religion y he terminado de daros mi bien.
112,
Yo os he escogido el Islam por religion. Estas palabras pa-
recen haber sido reveladas poco antes de su muerte. Pero
desde que el Profeta habfa Ilegado a Medina habia envia-
do «memoriones» a llevar la buena nueva a distintas tri-
bus y es légico que mientras éstos estuvieran ausentes si-
guiera recibiendo la revelacién. Por tanto, a su regreso,
los viajeros se vefan obligados a aprender las aleyas que
desconocfan y, en consecuencia, puede pensarse que Ma-
homa, una vez consolidada su situacién en Medina, hacia
llevar a sus secretarios un registro puesto al dia del Tex-
to, y que las tradiciones que nos afirman que ningtin me-
mori6n supo el Coran por completo deben entenderse en
el sentido de que, mientras el Profeta vivid, el texto podia
aumentarse, y que los memoriones que habian sido envia-
dos a instruir a nuevos conversos no tenfan noticia de las
Ultimas adiciones habidas hasta su regreso a Medina.
Una vez promulgado el pasaje citado (5, 5/3 = 9.4) fue ya
posible encontrar hafices que conocieran todo el Coran,
pues el Profeta sabia que no recibiria nuevas revelacio-
nes. Si debe ser verdad que muchos hafices debian dis-
crepar entre sf al pronunciar algunas vocales y consonan-
tes, las primeras por no escribirse y las segundas por no
tener representaci6n propia (unas diez) a falta de puntos
diacriticos. Estos defectos graficos permitian introducir
una fluctuacién de matiz que no cabe creer que admitiera
el Profeta.
Es dificil poner un ejemplo de lo que decimos dada la
diferente estructura filolégica del arabe y el espafiol.
Pero una secuencia de consonantes como ms el lector po-
dra leerla como masa, mesa, misa, Mosa, musa, amas, mes,
remesa, etc. Sin embargo, si se encuentran mas consonan-
tes podra intentar resolver el acertijo, por ejemplo, /rms
podria permitir deducir La remesa, El rio Mosa, etc. Un
113caso de este tipo es, dada la estructura lingiiistica, de mu-
cha mas facil solucién en las lenguas semiticas, y el arabe
entre ellas, que en las romances.
En cambio, parece seguro que fue el propio Mahoma,
quien alteré el orden de las revelaciones en el texto cora-
nico, mandando incrustar las aleyas que recibja en los ca-
pitulos y lugares que estimaba convenientes. Una tradi-
cién que remonta a Ibn Abbas parece confirmar lo dicho.
Y, en consecuencia, que el texto que tenemos ante nues-
tros ojos en lo que dice el ductus consondntico es el mismo
comunicado por Dios a Mahoma, conforme dice el ver-
siculo 0 aleya 5, 5/3=94y apuntala 34, 40/40= 76.
Pero como sélo existia un texto, el original, éste se
iba adecuando a las necesidades de la revelacién o, en
otras palabras, sdlo existia un archivo cuyas «papeletas»
se cambiaban de sitio; entre ellas se intercalaban otras
nuevas y se suprimian algunas antiguas. Muerto el Profe-
ta, las «fichas» sobre las que estaba escrita la revelacion
podrian perderse, cambiar de lugar o ver cémo se intro-
ducian otras en medio. Los que evitaban este desbara-
juste eran unos cuantos «memoriones», que iban cayen-
do progresivamente en los campos de batalla, y por ello,
Umar b. al-Jattab, viendo la cantidad de «expertos» muer-
tos en el combate de Aqraba contra el falso profeta Mu-
saylima (11/633), llamo la atencién del califa Abu Bakr
(11/6 32-13/634) sobre el problema. Este, dandose cuenta
de la gravedad del asunto, ordeno que evitara tal desastre
a un medinj de veinte afios que habia sido escriba del
Profeta, y a la vez memorién, Zayd b. Tabit b. al-Dahhak
al-Ansari (m. 45/666). Empezé su trabajo reuniendo to-
dos los textos escritos que pudo hallar, los copié en hojas
(suhuf) 0 pergamino y recopilé aquellas que sdlo conocian
algunos memoriones, al menos asi lo afirma alguna tradi-
114,
cién. Ejemplo de un «descubrimiento» serian los actua-
les versiculos 9, 129/128-130/129 = 86, que habria recita-
do un fiel en tiempos de la compilacién definitiva de Ut-
man. El texto as{ establecido pasé a ser propiedad
particular del califa y luego de su sucesor, Umar. Al ser
asesinado éste, lo hered6 su hija Hafsa (607-45/665), es-
posa que habia sido del Profeta.
Muchos fieles, por su parte, habian recogido por es-
crito el texto del Coran, y de algunos de ellos, cuando
menos de seis, tenemos noticia de su existencia y, en cier-
tos casos, de su contenido: el de Abd Allah b. Abbas
(619-6 8/687), primo del Profeta, representaba una recen-
sion medinesa similar a las de Ubayy 0 Ibn Masud, y con-
tenia dos azoras («Renegamos» y «La carrera») que no fi-
guran en la Vulgata; el de Alf b. abi Talib, primo y yerno
del Profeta, asi como cuarto califa (c. 600-40/660), quien
parece que intenté ordenar las azoras cronoldégicamente.
Por motivos politicos, el corpus asi constituido debié te-
ner un valor considerable para los xifes, pero las copias
que se sacaron del mismo discreparon mucho entre si,
hasta el punto de que al publicarse la compilacién de Ut-
man yal disponer el islam de un texto oficial, éste despla-
z6 entre los mismos xifes al de su jefe, Ali. Hay noticias
de que atin en el siglo 1v/x existian copias del texto reu-
nido por Ubayy b. Kab, escriba del Profeta. Al parecer,
éste discrepaba notoriamente de la Vulgata, con la que
no coincidia ni en el orden ni en el titulo de las azoras;
eran ciento dieciséis en lugar de las ciento catorce actua-
les, y entre ellas se contaban las dos mencionadas al ha-
blar del texto de Abd Allah b. Abbas. Otra coleccién fue
la de Abd Allah b. Masud (m. c. 30/650), beduino de ori-
gen coraixi y cuyas simpatias se inclinaban por Ali. Fue
uno de los primeros conversos al islam y servidores de
115Mahoma a quien debié llegar a conocer intimamente. Su
texto no coincidia ni con el actual de la Vulgata ni con el
de Ubayy y en él no figuraban nila primera ni las dos tilti-
mas azoras.
En la mayoria de estos textos las azoras estaban dis-
puestas en orden decreciente de longitud y debian existir
bastantes variantes de lectura, y una muestra de esto se
encontraria en 103, 1/1-3/3 = 33. Que hubiera variantes de
este tipo es légico, dado el defectuoso sistema empleado
en la notacidn grafica del primitivo Coran. La continua
muerte de memoriones y el aprendizaje cada vez mas ex-
tendido y por gentes de diversos dialectos arabes iba au-
mentando las discrepancias, y una tradicién hace repetir
al emir Hudayfa, antes de salir en campafia hacia Arme-
nia (30/650), ante el califa Utman, los mismos argumen-
tos empleados por Umar b. al-Jattab veinte afios antes
para convencer a Abu Bakr de la necesidad de establecer
una compilacin oficial antes de que los fieles discrepen
sobre el Libro de modo parecido a como lo hacen judios y
cristianos. El califa le hizo caso y pidio a Hafsa el texto
del Coran compilado por Zayd b. Tabit y puso a éste al
frente de una comisién compuesta por Abd Allah b, al-
Zubayr (2/624-72/692), Abd al Rahman b. al-Hirit y
Said b. al-As. Algunas tradiciones hacen aumentar el nu-
mero de sus miembros a doce.
Utman mandé que en caso de discrepancia sobre la
articulacién de una palabra debja prevalecer el dialecto
de La Meca, porque en éste se habia revelado el Corn.
La medida era sumamente politica desde el momento en
que se tomaba como base el texto de Hafsa, que habia
sido mujer del Profeta, y venia garantizado con la auto-
tidad de los dos primeros califas ya entonces aureola-
dos de gloria por su espiritu de equidad y sus grandes
116
triunfos militares. La comisién hizo todo lo posible para
hacer olvidar que, de hecho, excepto su presidente Zayd
b. Tabit, era una emanaci6n de los coraix. Llena de es-
crupulos corrigi6 e incrementé (?) el texto inicial con mu-
cho cuidado y una paciencia digna de loa, y no vacilé
en desplazarse y tomar nota de todas las adiciones y en-
miendas propuestas, que eran contrastadas con el mayor
celo.
Estos hombres, como el mismo califa, sabian que exis-
tian otros textos aparte del de Hafsa y que los sirios pre-
ferfan el de Abd Allah b. Masud, los de Basora, el de Ubayy
b. Kab, ete. Por tanto, si querian que su obra fuera acepta-
da universalmente no podian incrementar el texto, pero
si podian corregir la lectura dudosa de alguna letra que
no implicara modificacién del sentido, puesto que el res-
to de la grafia no lo hubiera permitido; podian desplazar
algin versiculo o grupos de versiculos de una azora a
otra, pero no podian suprimirlos, siendo, por tanto, suma-
mente sospechosos los textos que se nos han conservado
de doce pretendidos versiculos omitidos, de entre los cua-
les, el mas importante, es el de la lapidacién de los addl-
teros, por el uso que del mismo han hecho recientemen-
te, algunos estados musulmanes.
Es més, cuando Utman decidié hacer suya la obra de
la comisi6n es posible que, como indica un hadiz, por lo
demas sospechoso, mandara destruir todos los textos
fragmentarios escritos sobre material de fortuna (omo-
platos, corteza de palma, etc.). El original de Hafsa, en
cambio, se devolvié a ésta, y no persiguié ni buscé los c6-
dices de propiedad privada cuya existencia le constaba:
desaparecieron con el correr del tiempo. De la compila-
cién redactada bajo la presidencia de Zayd b. Tabit, or-
dené sacar cuatro o siete copias (el nimero varia segin
17las tradiciones), las mando distribuir por las principales
ciudades del islam y sdlo en algtin caso, como el de Ibn
Masud, protesté por motivos de prestigio, tal como indi-
ca la siguiente frase que se le atribuye: «Me han tenido
apartado de la copia de los ejemplares del Coran y en cam-
bio la han encargado a un hombre que, en el momento de
mi conversién, atin estaba en los rifiones de su padre», con
lo que aludia a (86, 5/5-7/7 = 35): Ha sido creado de agua
eyaculada que sale de entre los riftones y el mediastino.
Mucho més importante es anotar que Ali b. abi Talib
no rechazé el texto utmaniano—que generalmente deno-
minamos Vulgata y es el que hoy se utiliza en todo el mun-
do musulman—y este detalle es interesantisimo, puesto
que si el califa hubiera suprimido del texto los pasajes
pro-alies que algunos xifes actuales creen que figuraban
en el corpus primitivo, Ali hubiera protestado enseguida,
puesto que era enemigo de Utman, y su situacion familiar
(yerno del Profeta) y social (uno de los primeros conver-
sos al islam) le daba libertad de palabra; y sino la hubiera
podido o querido ejercer en el momento de divulgarse la
compilacién, nadie le hubiera impedido hacerlo al ser pro-
clamado califa después del asesinato de Utman. .
Si el texto consondntico de la Vulgata, tal y como hoy
lo leemos, puede creerse que es el mismo autorizado por
Mahoma antes de su muerte, no ocurre lo mismo con los
signos de puntuacién (0 auxiliares) y las vocales. Para es-
tos detalles siguieron siendo necesarios los memoriones,
y el poder—en especial los primeros omeyas—procuro ir
eliminando, sin coaccién, los corpus privados, asi el de
Hafsa—que habia setvido de base ala Vulgata—a la muer-
te de ésta, y poco a poco, imitando lo que hacian judios y
cristianos para salvaguardar sus textos sagrados, fue in-
troduciendo las vocales para evitar que los lectores, cons-
118
ciente o inconscientemente, matizaran a su gusto el texto
consonantico.
Esta politica de convivencia se trocé en violenta cuan-
do bajo el califato de Abd al-Malik se vio que algunos lec-
tores (qurra), como Anas b. Malik (m. c. 91/709), toma-
ban parte en los levantamientos antidindsticos y que, con
mala fe, inventaban variantes de bulto. Entonces, el go-
bernador del Iraq, al-Hachchach (m. 87/705), inicié la
destruccion de los textos privados pero, en modo alguno,
como pretenden algunos orientalistas hipercriticos (Ca-
sanova), «
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