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Salambó

El documento describe un gran festín celebrado por mercenarios en los jardines del palacio de Hamilcar en Cartago. Los mercenarios, de diversas nacionalidades, comieron y bebieron en abundancia. A medida que se embriagaban, su indignación por la deuda no pagada por Cartago aumentó y estallaron en amenazas y violencia.

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Salambó

El documento describe un gran festín celebrado por mercenarios en los jardines del palacio de Hamilcar en Cartago. Los mercenarios, de diversas nacionalidades, comieron y bebieron en abundancia. A medida que se embriagaban, su indignación por la deuda no pagada por Cartago aumentó y estallaron en amenazas y violencia.

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SALAMMB

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GUSTAVO FLAUBERT

OBRAS

DE

GUSTAVO

TRADUCCION

FLAUBERT

DE

(le venta en esta Casa Editorial

AUGUSTO RIERA
L A SEORA BOVARY.

2 tomos

SALAMB

BARCELONA
CASA EDITORIAL MAUCCLMALLORCA, 2 2 6 y 2 2 8

Buenos Ayres

Mxico

Habana

MAUCCI HERMANOS MAUCCI HERMANOS J . LPEZ RODRGUEZ


Cnyo, 1070
Primera del Reloz, 1
Obispo, 133 y 185

1901

}
f

GUSTAVO FLAUBERT

OBRAS

DE

GUSTAVO

TRADUCCION

FLAUBERT

DE

(le venta en esta Casa Editorial

AUGUSTO RIERA
L A SEORA BOVARY.

2 tomos

SALAMB

BARCELONA
CASA EDITORIAL MAUCCLMALLORCA, 2 2 6 y 2 2 8

Buenos Ayres

Mxico

Habana

MAUCCI HERMANOS MAUCCI HERMANOS J . LPEZ RODRGUEZ


Cnyo, 1070
Primera del Reloz, 1
Obispo, 133 y 185

1901

m f f r
F S Z 7 s

/
1'

El festn

EMP. DE LA CASA EDITORIAL

MAUCCI.BARCELONA

en Megara, arrabal de Cartgo, en


los jardii.es de Hamlcar.
Los soldados que haba capitaneado en
Sicilia celebraban un gran festn para
6) |j|| 0
conmemorar el aniversario de la batalla
M

de Eryx, y como el jefe estaba ausente,


coman y beban en plena libertad.
GiniKg
Los capitanes, que calzaban coturnos
de bronce, estaban colocados en la avenida central, bajo un velo de prpura, franjeado de oro, que
arrancando de la pared de los establos, iba hasta la primera terraza del palacio; los soldados hallbanse bajo los
rboles cerca de una serie de construcciones de techum-

bre plana, donde estaban prensas, bodegas, almacenes,


panaderas y arsenales, y adems un patio para los elefantes, fosos para los animales feroces y una crcel para los
esclavos.
Las cocinas se levantaban entre un grupo de higueras;
un bosque de sicomoros llegaba basta una gran masa de
rboles y arbustos donde resplandecan las granadas, entre las manchas blancas de los algodoneros; las parras cargadas de racimos, suban hasta la copa de los pinos; un
vergel de rosas embalsamaba el aire bajo los pltanos; de
trecho en trecho, sobre el verde musgo, balanceaban su
esbelto tallo los blancos lirios; los senderos estaban tapizados por negra arena mezclada con polvo de coral, y en el
centro del jardn los cipreses de un extremo otro formaban una dobl columnata de verdes obeliscos.
El palacio construido de mrmol numdico, veteado de
amarillo, ostentaba sus cuatro pisos de desigual anchura.
Con BU gran escalinata recta de madera de bano, que tena en los ngulos de cada peldao la proa de una galera
vencida, con sus puertas encarnadas, blasonadas de una
cruz negra, con sus verjas de cobre que al ras del suelo
evitaban el paso de los escorpiones, y sus rejas de barras
doradas que en lo alto cerraban sus aberturas, apareca
los ojos de los soldados, en su feroz opulencia, tan solemne impenetrable como el rostro de Hamilcar.
El Consejo les haba designado su casa para celebrar
aquel festn; los convalecientes que yacan en el templo
de Eschmn, caminando penosamente desde el amanecer,
llegaron hasta el palacio, arrastrndose sobre sus muletas.
A cada instante llegaban nuevos comensales. Por todos
los senderos sallan hombres y hombres, como arroyos que
se precipitan en un lago.
Por entre los rboles, vease correr los esclavos de las
cocinas, atareados y medio desnudos. Las gacelas huan
balando; el sol tocaba BU ocaso y el perfume de los li-

moneros haca an ms penetrante el vaho de aquella


multitud sudorosa.
Haba all hombres de todas las naciones: ligurios, lusitanos, baleares, negros y fugitivos de Roma, Mezclbanse
al pesado dialecto drico las silabas clticas que restallaban como las fustas de los carros de batalla y las terminaciones jnicas, y las consonantes del desierto speras
como los gritos del chacal. Reconocase al griego por su
esbelto talle, al egipcio por sus anchos hombros, al cntabro por sus gruesas pantorrillas. Los carios balanceaban
orgullosamente las plumas de 6U casco, los arqueros de
Capadocia llevaban pintadas grandes flores sobre la piel,
y algunos lidios, con trajes de mujer, coman tranquilamente luciendo grandes aretes en las orejas. Otros, que
por gala se haban pintado con bermelln, parecan estatuas de coral.
Unos, tendidos sobre cojines, coman alrededor de grandes fuentes, y otros, de bruces, cogan los trozos de carne
y se alzaban incorporados sobre los codos en la actitud
pacfica de los leones cuando devoran su presa. Los que
llegaron tarde, de pie junto los rboles, miraban las mesas bajas, que casi desaparecan bajo los tapices de escarlata, y esperaban que llegara su turno.
No siendo suficientes las cocinas de Hamilcar, el Consejo haba enviado esclavos, vajillas y lechos; y se vean
entre los rboles del jardn, como en un campo de batalla
cuando se quema los muertos, grandes hogueras resplandecientes donde se asaban bueyes. Los panes espolvoreados de ans alternaban con grandes quesos, ms pesados que discos, y las crteras llenas de vino estaban junto las cntaras llenas de agua, alrededor de cestas de
oro afiligranadas que rebosaban de flores. La alegra de
poder hartarse su gusto, haca chispear todos los ojos,
y aqu y all empezaban resonar canciones.
Primeramente se les sirvi aves en salsa, verde en fuentes de arcilla roja con dibujos negros, luego toda suerte

de mariscos, que se recogen en las costas pnicas, purs


de guisantes, de habas y de centeno, y caracoles aderezados con comino en fuentes de mbar amarillo.
Despus las mesas se cubrieron de carne: antlopes con
BUS cuernos, pavos con sus plumas, conejos enteros cocidos con vino dulce, piernas de camellos y de bfalos, erizos y cigarras fritas.
En gamellas de madera de Tamrapani flotaban gruesos trozos de grasa en una espesa salsa de azafrn. Todo
estaba recargado de salmuera, de trufas y de asaftida.
Pirmides de frutas se derrumbaban veces sobre las
fuentes de miel, y no se haban olvidado los cocineros de
servir aquellos famosos perritos panzudos de lanas rojas
que se cebaban con caldo de aceitunas, que tanto gustaban los cartagineses y que causaban horror los dems
pueblos.
La novedad de los platos excitaba la avidez de los estmagos. Los galos de larga cabellera ee arrancaban de las
manos naranjas y limones que coman sin mondar siquiera. Los negros que no haban visto jams langostas, se
araaban el rostro con las rojas pas. Los afeitados griegos, ms blancos que los mrmoles de su pas, arrojaban
al suelo los restos de los manjares, en tanto que los pastores del Brucio, cubiertos con pieles de lobo, devoraban silenciosamente su racin sin levantar la cabeza del plato.
Cerrada la noche, se retir el velario que cubra la avenida de los cipreses y los esclavos trajeron antorchas.
Las ondulantes llamas del petrleo que arda en vasos
de prfido asustaron los monos consagrados la luna,
que se mecan en lo alto de los cedros. Lanzaron gritos
que produjeron gran hilaridad entre los soldados.
Llamas oblongas se reflejaron en las corazas de cobre.
Centelleaban con mil luces multicolores las fuentes incrustadas de piedras preciosas. Las crteras que tenan en
BU borde espejos convexos, ampliaban la imagen de los
objetos, y los soldados, apindose alrededor de ellas, se

miraban con asombro, y gesticulaban para excitar la risa.


Lanzbanse bromeando por encima de las mesas, los escabeles de marfil y las esptulas de oro. Beban grandes
tragos los vinos griegos encerrados en odres, los de Campania, contenidos en nforas, y los cntabros que llegan
en toneles y los vinos de cinamono y de loto. Estos vinos
derramados sin cuidado alguno formaban charcos en el
suelo. El vaho de las carnes suba hasta el follaje mezclado con el vapor de los alientos. Se oa la vez, el crujir
de las mandbulas, el ruido de las canciones, de las copas,
el estrpito de los vasos de Campania que se estrellaban
en mil pedazos, y el sonido argentino de las grandes fuentes de plata.
A medida que aumentaba su embriaguez, recordaban
ms vivamente la injusticia de Cartago. En efecto, la Repblica, agotada por la guerra, haba dejado acumular en
la ciudad todas las bandas de mercenarios que volvan de
ella. Giscon, su general, tuvo sin embargo, cuidado de licenciarlos poco poco para facilitar el pago de sus haberes, y el Consejo crey que acabaran por consentir en cobrar con alguna rebaja.
De todos modos, el pueblo les odiaba, porque no poda
pagarles. La deuda se confunda con los tres mil doscientos talentos euboicos exigidos por Lutacio, y aparecan lo
mismo que Roma, como enemigos de Cartago. Los mercenarios lo comprendan, as es que su indignacin estallaba en amenazas y en violencias. Un da pidieron reunirse
para celebrar una de sus victorias y el partido de la paz
consinti para vengarse de Hamilcar que con tanto afn
sostena la guerra. Esta haba terminado contra su voluntad, y desesperando de Cartago, el general entreg Giscon el mando de los mercenarios. Indicar su palacio para
albergarlos, equivala atraer hacia l algo del odio que
los brbaros despertaban. Adems, el gasto deba ser excesivo; Hamilcar lo pagara casi todo.
Enorgullecidos de haber domado la Repblica los mer-

cenarlos, crean que, al cabo, podran volver sus hogares


con el sueldo que haban ganado costa de tantas fatigas,
pero 3tas, vistas travs de los vapores de la embriaguez,
les parecan prodigiosas y mal recompensadas. Ensebanse mutuamente sus heridas, relataban sus viajes y las
partidas de caza de sus pases. Imitaban el grito de los
animales feroces y sus saltos. Luego empezaron las inmundas apuestas. Hundan la cabeza en las nforas y
permanecan bebiendo sin respirar como dromedarios se
dientos. Un lusitano de gigantesca talla, que llevaba un
hombre en cada mano, con los brazos extendidos recorra
las mesas echando fuego por las narices. Unos lacedemo
nios que no se haban quitado las corazas saltaban pesadamente. Varios soldados andaban como las mujeres haciendo contorsiones y ademanes obscenos; otros desnudbanse para luchar la manera de los gladiadores, y un
grupo de griegos, bailaba alrededor de una jarra adornada
con figuras de ninfas, mientras un negro marcaba el ritmo con un hueso de buey sobre un escudo de cobre.
De repente oyeron un canto plaidero, suave y potente
la vez, que ondulaba en el aire como el batir de alas de
un pjaro herido.
Era la voz de los esclavos del ergstulo. Algunos sida
dos se levantaron de un salto para libertarles. Al cabo de
un instante volvieron, empujando delante de ellos, unos
veinte hombres que contrastaban con los dems causa
de la palidez de sus facciones. Un casquete cnico de fieltro negro tapaba su cabeza afeitada. Todos llevaban sandalias de madera, y producan un ruido de hierros entrechocados, que aumentaba con la velocidad de la marcha.
Llegaron hasta la avenida de los ci preses, donde se esparcieron entre la multitud que les interrogaba. Uno de
ellos permaneci un tanto apartado de la multitud y de
pie. A travs de los desgarrones de su tnica, se advertan
los cardenales de sus hombros y espaldas. Con la cabeza
baja miraba alrededor con desconfianza y entornados sus

prpados, como no pudiendo resistir el resplandor de las


llamas. Pero cuando vi que ninguno de aquellos hombres
le atacaba, se escap un hondo suspiro de su pecho. Balbuceaba y murmuraba bajo las lgrimas claras que baaban su rostro; despus, tom por las asas una cntara llena, la levant en el aire con sus brazos encadenados, y
mirando al cielo dijo:
t Salud, oh Baal-Eschmn libertador, quien mis
compatriotas llaman Esculapio! A vosotros, Genios de las
fuentes, de la luz y de los bosques! vosotros, dioses ocultos bajo las montaas y en las cavernas de, la tierral y
vosotros, hombres fuertes, de armaduras relucientes, que
me habis libertado!
Luego, dej caer la copa y cont su historia. Le llamaban Spendio. L03 cartagineses le aprisionaron en la bata
lia de Egineta. E n griego, en ligurio y en pnico di nuevamente gracias los mercenarios. Les besaba las manos,
les felicit.por el banquete, extrandose de no ver en las
mesas las copas de la Legin sagrada. Aquellas copas, que
tenan un pmpano de esmeraldas, en cada una de sus
c a r a s de oro, pertenecan una milicia formada exclusivamente por jvenes patricios. Era un privilegio, casi un
honor sacerdotal; lo cual haca que ninguno de los tesoros de la Repblica, fuera ms envidiado que aquel por
los mercenarios. Detestaban la Legin causa de ello, y
algunos haban arriesgado su vida, para gustar el inconcebible placer de beber en ellas.
Ordenaron pues, que se trajesen las copas. Estaban depositadas entre los Sysitas, asociacin de comerciantes
que coman en comn. Los esclavos volvieron diciendo
que tal hora, los Sysitas dorman.
Que se les despierte,contestaron los mercenarios.
Despus de una nueva tentativa, se le3 dijo que estaban
encerradas en un templo.
tQue se abra,contestaron.

Cuando los esclavos, temblando, hubieron confesado


que estaban en poder del general Giscon, gritaron:
Que las traiga!
Giscon apareci por el fondo del jardn rodeado por
una escolta de la Legin sagrada. Su amplio manto negro,
retenido sobre la cabeza por una mitra de oro, constelada
de piedras preciosas, y que le envolva hasta los pies de
su caballo, se confunda desde lejos con las tinieblas de la
noche. Solo se advertan su barba blanca, las fulguraciones de la mitra y su triple collar de anchas placas azules
que batan contra su pecho.
Los soldados, al verle entrar, le saludaron con una gran
aclamacin gritando:
Las copas! Las copas!
Empez por declarar que, por su valor, eran dignos de
ellas. La multitud lanz alaridos de alegra aplaudiendo.
Bien lo saba l, que les haba capitaneado all abajo, y
que haba vuelto con la ltima cohorte en la ltima galera.
Es verdad! Es verdad!decan.
Sin embargo, Giscon les hizo comprender que la Repblica haba respetado sus divisiones por nacionalidades,
sus costumbres, sus cultos. Eran libres dentro de Cartago! Por lo que hace los vasos sagrados, eran de propiedad particular. De repente, cerca de Spendio, un galo se
lanz hacia Giscon corriendo por encima de las mesas, y
le amenaz con dos espadas desnudas.
El general, sin interrumpir su discurso, le hiri en la
cabeza con su pesado bastn de marfil: el brbaro cay.
Los galo3 rugieron y su furor, comunicndose los dems, iba estallar de un modo formidable. Giscon se encogi de hombros al ver su furia. Pensaba que su valor
sera impotente contra aquellos brutos exasperados. Era
mejor vengarse luego de ellos merced alguna astucia.
Di una orden sus soldados y se alej lentamente. Cuando estuvo en el umbral de la puerta, volvindose hacia

IB

los mercenarios, les dijo que se arrepentiran de su accin.


Prosigui el festn. Pero Giscon poda volver y, rodeando de tropas el arrabal, que llegaba hasta las murallas,
aplastarles sin misericordia. Entonces comprendieron su
aislamiento, pesar de su gran nmero; y la gran ciudad
que dorma junto ellos, envuelta en sombras, les inspir terror con su amontonamiento de construcciones, sus
altos templos donde moraban arcanos dioses ms implacables aun que su pueblo. A lo lejos algunos faroles se
deslizaban por la superficie de las aguas le puerto, y brillaban luces en el templo de Khamon. Se acordaron de
Hamlcar. Dnde estaba? Por qu les abandon una vez
firmada la paz? Sus diferencias con el Consejo no eran
sino una treta para perderles. Su odio no saciado se converta hacia l; le maldecan y se exasperaban unos contra otros movidos de su propia clera. En aquellos instantes se form un gran grupo bajo los pltanos. Era para
ver un negro que se revolcaba por el suelo con los ojos
vidriosos, el cuello envarado, la boca cubierta de espuma.
Alguien grit que estaba envenenado. Todos pensaron estarlo. Acometieron los esclavos; se levant un clamor
formidable y un vrtigo de destruccin se apoder de
aquel ejrcito embriagado. Golpeaban y heran al azar,
rompan y destrozaban cuanto estaba su alcance; algunos lanzaron antorchas entre el ramaje; otros, apoyndose
en la balaustrada de los leones les mataron flechazos;
los ms osados corrieron hacia el patio de los elefantes, y
queran cortarles la trompa y comer marfil.
Los baleares que, para saquear y destruir ms cmodamente, hablan doblado uno de los ngulos del palacio, se
hallaron detenidos por una barrera de bambes de India.
Cortaron con sus puales las correas de la cerradura y se
hallaron en otro jardn cubierto de plantas y arbustos
cortados con arte. Anchas lneas de flores blancas describan sobre la tierra azulada largas parbolas, parecidas
.

regueros de estrellas. Las matas, envueltas en tinieblas


exhalaban suaves olores. Haba altos troncos de rboles'
embadurnados de cinabrio que semejaban sangrientas columnas. En el centro, doce pedestales de cobre soportaban gruesas bolas de vidrio y resplandores rojizos se escapaban de aquellos globos huecos, como enormes pupilas
aun palpitantes. Los soldados se alumbraban con antorchas, tambalendose veces en el resbaladizo suelo
Vieron de pronto un estanque dividido en muchos
compartimientos por paredes de piedra azul. El agua era
tan clara que la luz d l a s antorchas penetraba hasta el
londo formado por blancas guijas y polvo de oro. Burbujeo el agua y algunos peces de fulgurantes escamas aparecieron en la superficie.
Los soldados, riendo, les cogieron por las agallas, y los
J
pusieron sobre las mesas.
Eran los peces de la familia Barca. Todos descendan
de aquellos que rompieron el huevo mstico en que se
ocultaba la Diosa La idea de cometer un sacrilegioreanim el apetito de los mercenarios; pronto pusieron grandes
vasos de cobre al fuego y se divertieron al ver como los
hermosos peces se retorcan en el agua hirviendo
La muchedumbre se arremolinaba. Ya nadie tena mido. Beban sm medida. Los perfumes que en gruesas gotas caan de su frente, manchaban sus tnicas desgarradas, y apoyndose con ambos puos sobre las mesas que
les pareca que oscilaban como un navio en marcha, paseaban su vida mirada 8 U alrededor, para devorar con
la vista lo que no podan coger. Otros, andando sin cuidado alguno por entre platos y fuentes, rompan puntapis los escabeles de marfil y 1 08 frascos tirios de cristal.
Sl eStertorar
los
t Z Z T " 8 ?
esclavos
moribundos entre las copas rotas. Pedan vino, manjares,
oro. Queran mujeres Deliraban en cien idiomas distinto. Algunos imaginaban hallarse en los baos causa
del vapor que flotaba en el jardn, y otros, recordando las

cazas de su pas, corran detrs de sus compaeros como


si fueran alimaas feroces. El incendio se propagaba de
rbol en rbol, y las altas masas de verdura que dejaban
escapar largas espirales blancas, parecan volcanes en actividad.
Los clamores redoblaban. Los leones heridos rugan en
la sombra.
El palacio se ilumin de repente en su ms alta terraza. Abrise la puerta central, y una mujer, la hija del
propio Hamlcar, vestida de negro, apareci en el umbral. Baj la primera escalera que segua oblicuamente la
fachada del primer piso, despus descendi la segunda, la
tercera, y se detuvo en la ltima terraza, en lo alto de
la escalinata de las galeras. Inmvil y con la cabeza baja,
miraba los soldados.
Detrs de ella, y en dos filas, estaban gran nmero de
hombres plidos, cubiertos de tnicas blancas con franjas
rojas, que llegaban hasta ss pies. No tenan ni barba, ni
pelos, ni cejas. En sus manos cuajadas de anillos, sostenan enormes liras y todos coro, con voz aguda, cantaban un himno la divinidad de Cartago. Eran los sacerdotes eunucos del templo de Tanit, quienes Salammb
llamaba menudo su casa.
Baj la escalinata de las galeras. Los sacerdotes la siguieron. Avanz por la avenida de los cipreses y caminaba lentamente entre las mesas de los jefes, que retrocedan al verla pasar.
Su cabellera espolvoreada con finsima arena de color
violeta, y peinada en forma de torre segn la" moda de
las vrgenes cananeas, la haca parecer ms alta. Trenzas
de perlas que arrancaban de sus sienes, bajaban hasta las
comisuras de sus labios, rojos como una granada entreabierta. Llevaba sobre el pecho un mosaico de piedras luminosas, que imitaban en su dibujo el de la piel de las
lampreas. Sus brazos, adornados de diamantes, emergan
desnudos de su tnica sin mangas, constelada de flores

rojas sobre fondo negro. Llevaba en los tobillos una cadenita de oro, y su gran manto de prpura sombra, hecho
de una estofa desconocida, arrastraba detrs de ella, dando la ilusin de una gran ola obscura que la segua.
Los sacerdotes, de cuando en cuando, arrancaban sus
liras acordes casi ahogados, y en los intervalos de la msica resonaba el tintineo de la cadenita de oro mezclado
al pisar de las sandalias de papiro.
Nadie la conoca. Sabase tan slo que viva retirada y
consagrada prcticas piadosas. Algunos soldados la vieron de noche en lo alto de su palacio, de rodillas ante las
estrellas, entre el vapor de cien pebeteros encendidos. La
luna la haba puesto muy plida y algo de la esencia de
los dioses la envolva como en un velo sutil. Sus pupilas
parecan mirar lo lejos ms all de los espacios terrestres. Caminaba con la cabeza inclinada, y llevaba en la
mano derecha una lira de bano.
Los soldados la oyeron murmurar:
Muertos! Todos muertos! Ya no vendris obedeciendo mi voz hasta el borde del estanque para tomar
las pepitas que siempre os daba. El misterio de Tanit brillaba en el fondo de vuestros ojos, ms lmpidos que la
linfa de los arroyos. Les llamaba luego por sus nombres,
que eran los nombres de los meses. Siv! Sivan! Tammuz
Elul, Tischri, Schebar! Tened piedad dem. Oh! Diosa!
Los soldados sin comprender lo que deca se agrupaban su alrededor. Admiraban su traje, pero ella, les
mir con susto y luego, hundiendo la cabeza entre los
hombros y extendiendo los brazos hacia ellos, repiti varias veces:
Qu habis hecho! Qu habis hecho!
Tenais sin embargo para hartaros pan, carnes, aceite,
todo el grano de los graneros! hice traer bueyes de Hecatompylos, envi cazadores al desierto! Su voz se elevaba
cada vez ms; sus mejillas se enrojecan. Aadi: Dn-

de creeis estar? En una ciudad conquistada, en el palacio de vuestro amo? Y que amo! El sufeta Hamilcar,
servidor de los baals! Conocis en vuestras patrias alguien, que sepa guiar mejor en las batallas? Mirad! Los
peldaos de nuestro palacio, no pueden contener los trofeos de nuestras victorias! Continuad! Quemadle! Llevar conmigo el Genio de mi casa, mi serpiente negra, que
duerme all arriba sobre hojas de loto. Silbar, me seguir, y si subo u n galera, se deslizar en la estela de mi
lengua sobre la espuma de las olas.
Las delicadas alas de su nariz palpitaban. Hunda sus
uas entre la pedrera de su pecho. Sus ojos languidecieron y aadi:
Ah pobre Cartago! Desdichada ciudad! No tienes
ya para defenderte los hombres fuertes de otro tiempo,
que iban ms all de los mares levantar templos, sobre
las remotas plazas. Todos los pases, trabajaban para t, y
las llanuras del mar, hendidas por sus remos balanceaban
tus cosechas.
Entonces, cont las aventuras de Melkarth, Dios de los
sidonios y padre de su familia.
Contaba la ascensin las montaas de Ersiphonia el
viaje Tarteso, y la guerra contra Masisabal para vengar
la reina de las serpientes.
Persigui en la selva al monstruo hembra, cuya
cola ondulaba sobre las hojas muertas, como u n arroyo
de plata, y lleg un prado, donde, algunas mujeres con
cola de dragn se agrupaban alrededor de una gran hoguera, erguidas sobre sus colas. La luna, de color de sangre, resplandeca dentro de u n crculo lvido y sus lenguas
de color escarlata, hendidas como los harpones de los pescadores, se alargaban encorvadas hasta el mismo lmite
de las llamas.
Salammb, sin detenerse, cont como Melkarth, desSalammb

pus de vencer Masisabal, puso su cabeza cortada en la


proa de su navio.A cada oleada, se hunda bajo la espuma; pero el sol la embalsamaba y se endureci como si
fuera de oro; sin embargo no cesaban de llorar sus ojos y
las lgrimas se mezclaban las salobres olas.
Contaba aquello en un antiguo dialecto can aneo que
no comprendan los brbaros. Se preguntaban absortos lo
que deca acompandose de tan espantosos gestos y subidos las mesas, sobre los lechos y las ramas de los
sicomoros, con la boca abierta y alargando la cabeza, procuraban comprender aquellas vagas historias que parecan evocaciones de lo pasado vistas travs de la obscuridad de las teogonias, como fantasmas envueltos en nubes.
Unicamente los sacerdotes sin barba, comprendan
Salammb. Sus arrugadas manos se estremecan y de
cuando en cuando arrancaban las liras su sonido lgubre; pues ms dbiles que una mujer vieja, temblaban
un tiempo de emocin mstica y del miedo que les causaban los hombres. Los brbaros, no se cuidaban de ellos,
nicamente tenan ojos para la virgen que cantaba.
Nadie le miraba con tanta atencin como un jefe nmida, joven, sentado en las mesas de los capitanes entre
soldados de su pas. Su cinturn estaba tan repleto de
dardos que formaba como una giba bajo su ancho manto
atado sus sienes por una correa. De tal modo estaba envuelta su cabeza, que solo se vea de su rostro las llamas
de sus dos ojos fijos.
Por casualidad estaba en el festn, pues su padre, le
haca vivir entre los Barca, segn la costumbre de los
reyes que enviaban sus hijos al seno de grandes familias para preparar alianzas; pero despus de seis meses de
estancia, Narr'Havas no haba visto an Salammb; y
en cuclillas, con la barba tocando casi los mangos de sus
javalinas, la miraba con las narices dilatadas, como un
leopardo agazapado entre bambes. Al otro lado de la

estaba un libio de talla gigantesca, con el cabello


negro muy corto.
Solo conservaba su coselete militar cuyas escamas de
cobre desgarraban la prpura del lecho. Un collar de plata casi se esconda entre los pelos de su trax. Manchaban
BU rostro salpicaduras de sangre, y se apoyaba en el codo
izquierdo sonriendo esttico.
Salammb, no cantaba ya segn el ritmo sagrado. Empleaba simultneamente todos los idiomas de los brbaros, lo cual era una delicadeza propia de mujer, para ver
si as, domaba su clera. A los griegos hablaba en griego,
luego se diriga los liguros, los de Campania y los
negros y todos ellos escuchndola, hallaban en aquella
voz la dulzura de su patria. Entusiasmada por los recuerdos de Cartago, cantaba las antiguas batallas contra Roma, y ellos la aplaudan. Inflambase viendo el brillo de
las espadas desnudas. Gritaba, agitando sus brazos. Cayo
su lira y ella call. Apretando su corazn con ambas manos, permaneci algunos minutos con los prpados cerrados, saboreando la agitacin de aquellos hombres.
Matho, el libio, se inclinaba hacia ella. Involuntariamente se le acerc, impulsada por el reconocimiento de
BU orgullo, verti en una ancha copa de oro un chorro de
vino para reconciliarse con el ejrcito.
Bebe!dijo.
Tom la copa, y la acercaba sus labios, cuando un
galo, el mismo quien Giscon haba herido, le toc en el
hombro, bromeando con aire jovial, en la lengua de su
pais.
Spendio, que estaba cerca, se ofreci traducir sus palabras.
Habla!dijo Matto.
Los dioses te protegen, vas ser rico. Cuando es la
mesa

boda?
Qu boda?
- L a tuya! pues entre nosotros,dijo el galo.-cuaado

una mujer da de beber un soldado, es que le ofrece su


lecho.
Aun no haba acabado, cuando Narr'Havas, dando un
salto, sac un dardo de su cintura, y apoyando el pie derecho en el borde de la mesa, lo lanz contra Matho.
dardo, silb entre las copas, y atravesando el brazo
i
del libio, lo clav tan fuertemente en la mesa, que el
mango temblaba en el aire.
Matho, lo arranc en seguida; pero no tena armas, estaba desnudo; al fin levantando con ambas manos la mesa
la tir contra Narr'Havas en medio de la multitud que
se precipitaba para separarlos.
Los soldados y los nmidas estaban tan apretados, que
no podan tirar de sus machetes. Matho adelantaba dando
tremendos golpes con la cabeza. Cuando la levant, Narr'
Havas, haba desaparecido. Le busc con la mirada. Salammb tampoco estaba all.
Entonces, dirigiendo su mirada hacia el palacio, advirti que en lo alto se cerraba la puerta roja con la cruz negra. Se precipit.
Se le vi correr entre las proas de las galeras, luego,
reaparecer lo largo de las tres escaleras hasta la puerta
roja contra la que hizo chocar todo su cuerpo. Se apoy
anhelante contra la pared, para no caer.
Un hombre le haba seguido, y travs de las tinieblas, pues las luces del festn quedaban ocultas por el ngulo del palacio, reconoci Spendio.
Veteldijo.
El esclavo sin contestar, desgarr con sus dientes la tnica y luego arrodillndose junto Matho, le cogi delicadamente el brazo, y le palpaba en la obscuridad para
descubrir la herida.
A la luz de un rayo de luna que se deslizaba entre las
nubes, Spendio, advirti en el centro del brazo un agujero sangriento. Aun cuando Matho, deca: Djame! djame! at alrededor del brazo el trozo de tela,

,Koldijo el esclavo;me has librado del ergstul,


soy tuyo! eres mi dueo! ordena!
Matho, di la vuelta la terraza arrimado las paredes, cada paso escuchaba, y por entre las medias caas
doradas, miraba dentro de las habitaciones silenciosas. Al
cabo se detuvo con ademn desesperado.
Escucha!le dijo el esclavo.Oh! no me desprecies porque soy dbil! H e vivido en el palacio. Puedo
como una vbora deslizarme entre las paredes. Ven! Hay
en el Saln de los Antepasados un lingote de oro debajo
de cada losa; un camino subterrneo conduce sus tumbas.
Qu me importa eso?dijo Matho.
Spendio call.
Estaban en la terraza. Una enorme masa de sombra se
extenda ante ellos, parecida al amontonamiento de moles gigantescas, petrificadas por una accin desconocida.
Una lnea luminosa se elev en Oriente.
A la izquierda, en lo ms profundo, los canales de Megara empezaban vagar con sus sinuosidades blancas la
verdura de los jardines.
Poco poco los techos cnicos de los templos heptgonos, las escaleras, las terrazas, las murallas, se destacaban
con limpieza sobre el fondo plido del cielo; alrededor de
la pennsula cartaginesa, un cinturn de espuma blanca
ondulaba, mientras el mar esmeraldino, pareca inmovilizado por la frescura de la maana.
Luego, medida que el firmamente rosado pareca ensancharse, las altas casas inclinadas sobre las pendientes
del terreno se levantaban, se amontonaban, como un rebao de cabras negras que baja de las montaas. Las calles desiertas, parecan ms largas; aqu y all, las palmeras sobresaliendo de las paredes no se movan; las cisternas llenas parecan grandes escudos de plata abandonados en los patios; el faro del promontorio Hermtee,

empezaba palidecer. En la cima de la acrpolis, en el


bosque de cipreses, los caballos de Eschemun, sintiendo
la aproximacin de la luz, ponan sus cascos sobre el parapeto de mrmol y relinchaban cara al sol.
Apareci; Spendio levantando los brazos lanz un
grito.
Todo se mova en una atmsfera rojiza, pues el Dios,
como desgarrndose, verta sobre Cartago la lluvia de oro
de sus venas. Los bauprs de las galeras centelleaban. El
techo de Khamon pareca arder; y en el fondo de los
templos, cuyas puertas se abran, dirase que haba estallado un incendio.
Los grandes carromatos que llegaban de la campia,
daban sobre las losas de laa calles. Los dromedarios cargados de bagajes, bajaban las cuestas. Los mercaderes,
instalaban sus tiendas en las encrucijadas. Algunas cigeas volaron alejndose, las blancas velas de los buques palpitaban. Se oy en el bosque de Tanit el tamboril de las cortesanas sagradas, y en la punta de los Mappales los hornos de cocer atades de arcilla, empezaban
humear.
Spendio se inclinaba fuera de la terraza, sus dientes entrechocaban, y repeta:
Ah! s... s... Amo mo! comprendo porque desdeabas hace poco el saqueo de la casa.
Matho, pareci despertar al oir el sonido de su voz; pareca no comprender; Spendio aadi:
Ah! cuntas riquezas! y los hombres que las poseen,
no tienen siquiera hierro para defenderlas.
Entonces, sealando con su mano derecha extendida,
algunos hombres de la plebe que se arrastraban sobre la
arena para buscar granitos de oro:
Mira,dijo;la Repblica, es como estos miserables,
inclinada sobre la orilla de los ocanos, hunde en todas
las riberas sus brazos vidos, y el rumor del oleaje, ensor-

dece de tal manera sus odos que no oira el paso de uft


^Arrastr Matho al otro extremo de la terraza, y designndole el jardn donde centelleaban al sol las espadas de
los mercenarios suspendidas de los rboles:
- A q u hay hombres fuertes cuyo odio est exaspera
do! nada les liga Cartago, ni familia, ni juramentos, m
dl

Matho, permaneci apoyado contra la pared; Spendio,

acercndose, prosigui en voz baja:


,. . a
;Me comprendes, soldado? Nos pasearamos cubiertos
de prpura como los satrapas. Nos lavaran con agua^perfumada, yo tendra esclavos mi vez! No ests harto de
dormir sobre la dura tierra, de beber el vmagre de los
campamentos, y de oir de continuo la trompeta? Reposa^
rs ms tarde. No es cierto? Si cuando
corona, para echar tu cadver los cuervos! O quiz,
cuando, apoyado en un palo, ciego, cojo, dbil, irs de P u e ^ "
en puerta cantando tu juventud los ninos, y los vendedores de salmuera! Acurdate de todas las injusticias
de tu jefe; las noches pasadas sobre la nieve, las marchas
bajo un sol abrasador, las tiranas de la disciplina, y la
eterna amenaza de la cruz! Despus de tantas miserias, te
han dado un collar de honor, como se cuelga del pecho
de los asnos un collar de cascabeles para aturdira y hacer que no sientan la fatiga. Un hombre como t ms
valiente que Pyrrho! Si hubieses querido! Ah! ,cun dichoso sers en las amplias y frescas salas, escuchando el
sn de las liras, recostado sobre flores, con bufones y mujeres! No me digas que la empresa es imposible! Acaso
los mercenarios no fueron ya dueos de Reggio y otras
plazas fuertes de Italia? Qu te detiene? Hamcar est
ausente, el pueblo execra los ricos, Giscon nada puede
contra los cobardes que le rodean, pero t, tu eres vahente y te obedecern. Manda! Cartago es nuestra; apodermonos de ella!

No!dijo Matho,la maldicin de Moloch pesa sbre m. Lo he comprendido viendo s^s ojos, y hace poco,
al pasar por un templo, un carnero negro retrocedi. Mi!
rando su alrededor dijo: Dnde est?
Spendio, comprendi que una inquietud inmensa le
absorba y no se atrevi hablar ms.
Detrs de ellos los rboles quemados, humeaban an;
de sus ramas ennegrecidas caan de,1 cuando en cuando
monos casi carbonizados. Los soldados borrachos, roncaban con la boca abierta al lado de los cadveres, y los que
no dorman, inclinaban la cabeza, deslumhrados por la
luz del da. El suelo desapareca bajo grandes charcos rojos. Los elefantes balanceaban entre las estacas de sus
parques, sus trompas sangrientas. E n los abiertos graneros, se velan sacos de trigo medio vertidos; y frente la
puerta de los graneros, una larga lnea de carretas amontonadas por los brbaros. Los pavos reales posados en loa
cedros, desplegaban la cola graznando.
La inmovilidad de Matho, asombraba Spendio; estaba ms plido que antes, y con los ojos fijos, apoyado en
la barandilla de la terraza, miraba algo en el horizonte.
Spendio, encorvndose, descubri lo que contemplaba. Un
punto de oro, rodaba lo lejos, entre el polvo por el camino de Utica; era la trasera de u n carro tirado por dos mulos; un esclavo corra delante de la lanza, sujetndolos por
la brida. En el carro se vean do3 mujeres sentadas. Las
crines de los animales se erizaban entre sus orejas la
moda persa, sujetas por un hilo de perlas azules. Spendio
las reconocio, y ahog un grito. Un gran velo, flotaba al
viento detrs del carro.

II

>

E n Sicca

Sos das despus, los mercenarios salieron


" deCartago.
A cada uno se le entreg una moneda
de oro condicin de que iran acam'
* par en Sicca y se les dijo para halagarles:
Sois los salvadores de Cartago; pero
si permanecais en ella, producirais el
hambre y no podra pagaros. Alejaos. La
Repblica ms tarde os agradecer esta
condescendencia, Inmediatamente vamos decretar impuestos; se os pagar ntegramente y se armarn galeras
para llevaros vuestras respectivas patrias.
No saban qu contestar tales discursos; aquellos hombres, acostumbrados la guerra, se aburran en una ciu-

No!dijo Matho,la maldicin de Moloch pesa sbre m. Lo he comprendido viendo svs ojos, y hace poco,
al pasar por un templo, un carnero negro retrocedi. Mi!
rando su alrededor dijo: Dnde est?
Spendio, comprendi que una inquietud inmensa le
absorba y no se atrevi hablar ms.
Detrs de ellos los rboles quemados, humeaban an;
de sus ramas ennegrecidas caan de,1 cuando en cuando
monos casi carbonizados. Los soldados borrachos, roncaban con la boca abierta al lado de los cadveres, y los que
no dorman, inclinaban la cabeza, deslumhrados por la
luz del da. El suelo desapareca bajo grandes charcos rojos. Los elefantes balanceaban entre las estacas de sus
parques, sus trompas sangrientas. En los abiertos graneros, se velan sacos de trigo medio vertidos; y frente la
puerta de los graneros, una larga lnea de carretas amontonadas por los brbaros. Los pavos reales posados en loa
cedros, desplegaban la cola graznando.
La inmovilidad de Matho, asombraba Spendio; estaba ms plido que antes, y con los ojos fijos, apoyado en
la barandilla de la terraza, miraba algo en el horizonte.
Spendio, encorvndose, descubri lo que contemplaba. Un
punto de oro, rodaba lo lejos, entre el polvo por el camino de Utica; era la trasera de un carro tirado por dos mulos; un esclavo corra delante de la lanza, sujetndolos por
la brida. En el carro se vean do3 mujeres sentadas. Las
crines de los animales se erizaban entre sus orejas la
moda persa, sujetas por un hilo de perlas azules. Spendio
las reconocio, y ahog un grito. Un gran velo, flotaba al
viento detrs del carro.

II

>

E n Sicca

Sos das despus, los mercenarios salieron


" deCartago.
A cada uno se le entreg una moneda
de oro condicin de que iran acam'
* par en Sicca y se les dijo para halagarles:
Sois los salvadores de Cartago; pero
si permanecais en ella, producirais el
hambre y no podra pagaros. Alejaos. La
Repblica ms tarde os agradecer esta
condescendencia. Inmediatamente vamos decretar impuestos; se os pagar ntegramente y se armarn galeras
para llevaros vuestras respectivas patrias.
No saban qu contestar tales discursos; aquellos hombres, acostumbrados la guerra, se aburran en una ciu-

dad, y poco coet convencerles. El pueblo subi las murallas para verlos marchar.
Desfilaron por la calle de Khamon y la puerta de Cyrta
entremezclados, arqueros con honderos, capitanes con soldados, lusitanos con griegos, andaban con paso firme, haciendo resonar sobre las losas los pesados coturnos. Estaban abolladas sus armaduras por las catapultas y sus rostros ennegrecidos por el polvo de las batallas. Gritos roneos se escapaban de las espesas barbas, sus cotas de malla
rotas, batan contra los puos de los machetes, y travs
de los agujeros del cobre se vean sus miembros desnudos,
terribles como mquinas de guerra.
Las largas lanzas, las hachas, los chuzos, las gorras de
fieltro y los cascos de bronce, todo oscilaba la vez impulsos de un mismo movimiento. Llenaban la calle en
toda su anchura, y aquella larga masa de soldados armados discurra por entre altas casas de seis pisos embadurnadas de betn.
. Detrs
sus rejas de hierro de sus celosas, las mu
jeres, cubierta la cabeza con un velo, miraban pasar los
brbaros en silencio.
Las terrazas, las fortificaciones, las murallas desaparecan bajo la muchedumbre cartaginesa vestida con trajes
negros. Las tnicas de los marineros, resaltaban como
manchas de sangre entre aquella sombra multitud, y algunos nios, casi desnudos, cuya piel brillaba bajo sus
brazaletes de cobre, gesticulaban sobre los capiteles de las
columnas entre las ramas de una palmera. Algunos de
los Antiguos estaban en la plataforma de las torres, y admiraba ver de trecho en trecho esos personajes de larga
barba y de actitud meditabunda. Aparecan lo lejos, sobre el fondo del cielo, indistintos como fantasmas, inmviles como piedras.
Todos se sentan oprimidos por la misma inquietud; teman miedo que los brbaros, al verse tan fuertes, quisieran permanecer en la ciudad. Pero marchaban con tanta

confianza, que los

mezclaron con ellos. Se les baca mu p


^
abrazaba. Algunos l
e
s
S
e
les
la ciudad por exceso de hipo esia y
v
le8 e n d echaban perfumes, flores J P
0 e i n haber
gaba amuletos contra las ^
f f ^ r la muerte,
escupido tres veces
^
^
X

Vencible
encerrado dentro pelos de chacay que p
h
cobarda. En voz alta se invocaba el favor
en voz baja su m a l d i c i n ^
de carga y
Segua luego larga fila de bagajes,
dromedarios
de rezagados. Los enfermos geman Bobre lo d
^
y otros se apoyaban cojeando en u n trozo de p
rrachines se llevaban
envuelta
des trozos de carne, r u t ^ p t a . Haba alguen hojas de higuera y meve en sacos de
^ A
nos que llevaban quitasoles y loros ^ M e
de

pecho por medio de una a^cha


que se aguijoneaba con la puna u

BU

lidos por la fiebre, llenOB ao


brbaros,
puma de la plebe cartaginesa q u s e g u a *
^
P
Cuando h u M e r o n p a ^
E1 eircit0 se
eD0S y

" a c e t a r a del itsmo.

a parecieron como alta,


**
eapareci ^

J
^
X

C
,
^
H
C l el S
d k oielo sus almenas i a s .
T r t s t ' t o C l oyeron un gran clamor, creyeron

quei algunos de los suyos que se haban quedado en la


ciudad, se entretenan en saquear el templo. Aquella idea
les hizo soltar grandes carcajadas, y luego continuaron su
marcha.
Sentanse contentos, al verse todos como en otro tiempo, marchando juntos por sembrados y campos. Los griegos
cantaban la antigua cancin de los mamertinos- C o n mi lanza y mi espada labro y cosecho; yo soy
el amo de la casa. El hombre desarmado cae mis rodilias y me llama Seor y Gran-Rey.
Gritaban, saltaban y los ms alegres contaban ancdotas; se haba acabado la miseria. Al llegar Tnez, algunos advirtieron que faltaba un grupo de honderos baleaellos

qUe

GStaban Iej08; n a d i e

P e n s ms en

Unos se alojaron en las casas, otros acamparan al p i e


de las murallas, y los habitantes de la ciudad comparecieron para hablar con los soldados.
, T t e t0 , d ] a I a c h e ^ vi que ardan hogueras lo
lejos hacia el lado de Cartago; aquellas luces se reflejaban
en el lago como antorchas gigantescas.
Nadie poda decir en el ejrcito cuento de qu venan
estas hogueras.
Los brbaros al da siguiente atravesaron una campia
m d a

qUta3de los atricioa


' ^
P

rtL
ban unto al camino; regueros de agua corran entre los
bosques de palmeras; los olivos, trazaban largas lneas de
color verde gris; vapores rosados flotaban en tas gargantas
zonte S o l h ' 7 E l t a a m n t a a S a Z U l 6 S c e r r a b a el horionte Soplaba un viento clido. Por las anchas hojas de
los cactus se arras raban los camaleones. Los brbaros an
daban cada vez ms lentamente
Marchaban en destacamentos aislados que se seguan
8 l a 0 S
r a e i ^ i 0 ?
^
Coman
racimos en los linderos de las vias. Se tendan en la hierba y miraban con estupor loa grandes cuernos de los bue-

yes, artificialmente retorcidos, las ovejas, r e c ^ d 0


nieles para protejer sus vellones, los surcos que se entrec r u z a b a n
formando romboides, las rejas de los arados par cidas anclas de navio y los granados que se regaban
con silphio. A q u e l l a fecundidad del suelo y aquellos inventos les deslumhraban.
.
,
Por la noche se echaron sobre las tiendas sm desplegara s y al dormirse de cara 4 las estrellas sonaron con 1
festn de Hamilcar. Al dia siguiente se detuv eron la
S
de un ro entre plantos de laurel r o s a . J u s
lanzas us escudos y sus cinturones, se lavaban lanzando
l e g r e s gritos, mientras otros beban, echados de bruces
entre las bestias de carga que dejaban caer a .
*
Spendio, sentado sobre un dromedario que rob en los
parques de Hamilcar, advirti de lejos Matho que con
efbrazo en cabestrlo, desnuda la cabeza mclmada h .
ca beber su mulo contemplando como se d e t a b a el
agua Corri rpidamente travs de la multitud llamndol:
2 S S . caso; pero Spendio, pesar de ello le
sigui, y de cuando en cuando volva sus miradas inquietas hacia el Cabo de Cartago.
nrnatitnta
Era el hijo de un profesor griego y de una prostituta
c a m p a b a Enriquecise al principio vendiendo mujer C o a ruinado por un naufragio, hizo la guerra con
\ o s m a n o s con los aldeanos de Sanimo; Le> a p ^ o n a ron v se escap- le aprisionaron de nuevo, y entonces tra
ba^ en las canteras, se tost en las estufas, gr> entre suplicio^ fu esclavo de muchos amos, y conoci todas las
S k s . Un da, desesperado, se lanz la
alto del trireme en que remaba. Los marineros de Ham
car le recogieron moribundo, y le llevaron Cartago, donde fu encerrado en el ergstulo de Megara. P e r o como se
deba devolver Roma sus trnsfugas, aprovechando el
desor^n^huy con los soldados. Durante todo el cammo

permaneci cerca de Matho; le traia comida, le sostena


para bajar del caballo, y por la noche pona un tapiz bajo
su cabeza.
Matho acab por conmoverse al ver tanta solicitud, y
su vez cont al esclavo su vida.
Haba nacido en el golfo de las Sirtes. Su padre le condujo en peregrinacin al templo de Ammn. Despus cas
elefantes en las selvas de los garamantos, y al cabo se alist en las filas de los cartagineses. Le nombraron tetrarca
en la toma de Drepano. La Repblica le deba cuatro caballos, veintitrs medidas de trigo, y el sueldo de un invierno. Crea en los dioses y anhelaba morir en su patria.
Spendio le habl de sus viajes, de los pueblos y de los
templos que haba visto. Saba hacer sandalias, chuzos, redes, domesticar animales feroces y cocer pescados.
A veces, interrumpindose, lanzaba un ronco grito. El
mulo de Matho aceleraba su marcha; los otros se apresuraban para seguirle, y sin cesar Spendio gritaba agitado
por su angustia. Se calm por fin la tarde del cuarto
da.
Marchaban uno al lado del otro, la derecha del ejrcito por la ladera de una colina; la llanura en lo hondo se
prolongaba hasta confundirse con los vapores y sombras
de la noche. Las lneas de los soldados que desfilaban
sus pies, producan ondulaciones en la sombra. De cuando en cuando pasaban por eminencias alumbradas por la
luna, y entonces una chispa brotaba de la punta de las
picas, centelleaban los cascos durante un instante, y todo
desapareca para volver aparecer continuamente. A lo
lejos los rebaos balaban al despertar, y algo de una dulzura infinita pareca bajar sobre la tierra.
Spendio, con la cabeza echada atrs y los ojos entornados, aspiraba con ansia la frescura de la brisa. Abra los
brazos y mova los dedos, para apreciar mejor aquella caricia tibia que envolva su cuerpo. Soaba con transporte
en que al fin poda vengarse. Apret su mano contra la

boca para detener sus sollozos, y embriagado por sus esperanzas solt las bridas del dromedario, que avanzaba
pasos regulares. Matho volva caer en su tristeza; sus
piernas colgaban hasta el suelo, y las yerbas, al rozar con
sus coturnos, producan un Bilbido continuo.
El camino se alargaba indefinidamente. Al extremo de
una llanura se llegaba una meseta circular, luego se bajaba un valle, y las montaas que parecan cerrar el horizonte como que cambiaban de sitio deslizndose la
aproximacin de los soldados. De cuando en cuando apareca un ro bordeado de altos rboles, y despus desapareca tras la colina. A veces surga una roca colosal parecida la proa de un buque, al pedestal de alguna esfinge derrocada. A intervalos regulares se encontraban unos
templetes cuadrados que servan de estaciones los peregrinos que iban Sicca. Estaban cerrados como tumbas.
Los libios, para hacerse abrir, daban fuertes golpes en la
puerta. Nadie les contestaba.
El terreno estaba cada vez menos cultivado. Empezaban
las extensiones de arena erizadas de matas espinosas. Rebaos de carneros pacan entre las piedras; una mujer con
la tnica ceida por un cinturn azul cuidaba de ellos. En
cuanto vi entre las rocas las lanzas de los soldados, huy
lanzando agudos gritos.
Marchaban los mercenarios por un camino hondo, limitado por dos cadenas de montculos rojizos, cuando un
olor nauseabundo hiri su olfato, les pareci ver en lo alto
de un rbol alguna cosa extraordinaria. Una cabeza de
len se elevaba por encima de las hojas. Corrieron hacia
all. Era un len atado por sus cuatro miembros como un
criminal. Su enorme cabeza caale sobre el pecho, y sus
dos patas anteriores, que casi desaparecan bajo su abundante melena, estaban abiertas como las alas de un ave.
Sus costillas se marcaban bajo su piel tensa; sus patas
posteriores estaban clavadas una sobre otra; y un hilo de
negra sangre corriendo entre su pelo, haba formado esta-

lactitas al final de la cola, que penda recta lo largo de


la cruz.
Los soldados se divirtieron su vez; le llamaron cnsul
y ciudadano de Roma y le lanzaron piedras los ojos para espantar los moscardones.
Cien pasos ms lejos vieron otros dos, y luego, de repente, apareci una larga fila de cruces con leones. Unos estaban muertos desde tanto tiempo antes, que slo quedaban
pegados al leo despojos de sus esqueletos; otros, medio
podridos, retorcan la cabeza y contraan la boca con horribles visajes; haba algunos enormes; el rbol de la cruz
se doblegaba bajo su peso, y se balanceaban impulsos
del viento, mientras sobre sus cabezas, bandadas de cuervos revoloteaban sin detenerse jams. As se vengaban los
aldeanos cartagineses cuando cazaban algn animal feroz;
esperaban que el ejemplo aterrorizara los dems.
Los brbaros, recobrando su seriedad, se asombraron.
Qupueblo es este,pausaban,que crucifica los leones?
Los hombres del Norte se sentan inquietos, turbados y
medio enfermos. Sus manos se desgarraban contra las espinas de los loes; grandes mosquitos zumbaban sus
odos, y la disentera empezaba diezmar el ejrcito. Se
asustaban al ver que Sicca no apareca. Tenan miedo de
perderse y de desembocar en el desierto, la regin de las
arenas y los terrores; muchos se negaban andar ms, y
otros tomaron la vuelta de Cartago.
Al sptimo da, despus de seguir durante mucho trecho la falda de una montaa, el camino torci bruscamente la derecha.
Entonces apareci una lnea de murallas, cimentada sobre blancas rocas y confundindose con ellas. De repente
se vi la ciudad entera: velos azules, amarillos y blancos
se agitaban sobre las murallas la luz del sol poniente.
Eran las sacerdotisas de Tanit que acudan para recibir
los hombres. Estaban alineadas lo largo del parapeto,

golpeando tamboriles, sonando las liras, sacudiendo los


crtalos, y los ltimos destellos del sol que se ocultaba
tros los montes de Numidia, pasaban entre las cuerdas de
las arpas ceidas por sus brazos desnudos. Los instrumentos callaban de repente intervalos y estallaba un grito
estridente, precipitado, furioso, continuo, que era como
un aullido que lanzaban los jvenes moviendo la lengua
hacia ambos lados de la boca. Otras permanecan recostadas con la barba en la mano, y ms inmviles que esfinges, fijaban sus grandes ojos negros sobre el ejrcito que
suba.
Aun cuando Sicca era una ciudad sagrada, no poda
contener tal multitud; el templo, con sus dependencias,
ocupaba la mitad del recinto; causa de ello, los brbaros
acamparon en la llanura, los que estaban disciplinados en
formacin correcta, los otros por naciones, siguiendo su
capricho.
Los griegos alinearon en filas paralelas sus tiendas de
pieles; los iberos dispusieron en crculo sus pabellones de
tela; los galos construyeron barracas de madera; los libios
cabaas de piedra sin cemento, y los negros abrieron en
la arena con sus uas fosos para dormir. Muchos, no sabiendo donde ponerse, erraban por entre los bagajes, y
por la noche dorman en el suelo envueltos en sus desgarrados mantos.

La llanura se extenda su alrededor, ceida por un


crculo de montaas. Aqu y all, una palma se inclinaba
sobre la arena; pinos enanos y robles crecan la orilla de
los precipicios. Algunas veces, una tempestad caa sobre
montaas y colinas, como de un desmedido cielo,
mientras la llanura permaneca cubierta de azul y de serenidad. Luego un viento tibio levantaba torbellinos de
Salammb

polvo, y un torrente bajaba espumajeando desde las alturas de Sleca, donde se levantaba, con su techumbre de
oro sostenida por columnas de jaspe, el templo de la
Venus cartaginesa, dominadora de la comarca. Pareca
dominarla con su alma. Con aquellas convulsiones del
suelo, aquellas alternativas de temperatura y aquellos
juegos de luz, manifestaba la extravagancia de su fuerza
y la belleza de su eterna sonrisa. Las montaas tenan la
forma de una media luna en su cima; otras parecan pechos de mujeres, mostrando sus senos hinchados, y los
brbaros sentan un cansancio lleno de delicias.
Spendio, con el dinero que obtuvo de la venta de su
dromedario, comprse un esclavo. Durante todo el da
dorma delante de la tienda de Matho; veces se despertaba sobresaltado creyendo sentir el silbido del ltigo; entonces, sonriendo, contaba con sus dedos las cicatrices de
sus piernas, en el sitio mismo en que los hierres le haban'
sujetado, y luego volva dormirse.
Matho aceptaba su compaa, y Spendio, que llevaba
una larga espada, escoltbale como un lictor cuando sala.
Una noche, en que atravesaban juntos las avenidas del
campamento, vieron unos hombres cubiertos con mantos blancos. Entre ellos estaba Narr' Havas, prncipe de
los n midas. Matho se estremeci.
Tu espada!exclam,quiero matarle!
Aun no,dijo Spendio detenindole. Narr' Havas se
adelantaba hacia l.
Ba j6 los dos pulgares en seal de alianza, achacando
la embriaguez su acceso de clera. Luego habl mucho
contra Cartago, pero no dijo qu objeto le llevaba entre
los brbaros.
Era para traicionarles para traicionar la Repblica.
Spendio trataba en vano de inquirirlo, pero como contaba
aprovechar todos los desrdenes que se produjeran, agra-

i
I
r

deca Narr' Havas las futuras perfidias de que le crea


capaz.
El jefe de los nmidas permaneci entre les mercenarios. Pareca buscar la amistad de Matho. Le enviaba cabras cebada?, polvo de oro y plumas de avestruz; el libio,
asombrado de aquellas atenciones, no saba si aceptarlas
rechazarlas.
Spendio le tranquilizaba, y Matho se dejaba guiar por
el esclavo, irresoluto y como dominado por invencible pereza, modo de aquellos que han bebido un veneno que
poco poco les roe las entraas.
Una maana que salieron para cazar leones, Narr' Havas escondi un pual bajo su manto. Spendio le sigui
continuamente y volvieron al campamento sin que aquel
pual brillase.
Otra vez, Narr' Havas lo arrebat hasta muy lejos, hasta los lmites de su reino; llegaron hasta una estrecha garganta. Narr' Havas, sonriendo, declar no conocer el camino. Spendio lo encontr.
A menudo, Matho, melanclicos orno un augur, al despuntar el alba iba solo pasear por la campia. Se tenda
sobre la arena y permaneca inmvil hasta la noche.
Consult uno tras otro todos los adivinos del ejrcito,
los que observan la marcha de las serpientes, los que
leen en las estrellas, los que soplan sobre las cenizas de
lo3 muertos.
Trag glbano, seseli y el veneno de las vboras que
hiela el corazn. Mujeres negras cantando palabras brbaras la luz de la luna, le pincharon la piel de la frente
con estiletes de oro; 63 carg de collares y amuletos; invoc Baal-Khamon, Moloch, los siete Cabiro3, Tanit y la
Venus griega. Grab su nombre en una placa de cobre y
la hundi en la arena en el umbral de su tienda. Spendio
le vea gemir y hablar solas.
Una noche entr. Matho, desnudo como un cadver, estaba tendido de bruces sobra una piel de len, con el ros-

r
tro entre las manos; una lmpara suspendida alumbraba
sus armas colgadas sobre su cabeza en el mstil de la
tienda.
Sufres?le dijo el esclavo,qu quieres? contstame. Y le sacudi cogindole por el hombro y llamndole
muchas veces: amo! amo!
Matho, le mir al cabo con eus ojos grandes y velados.
Oye!dijo en voz baja,los dioses me castigan! la
hija de Hamlcar me persigue! tengo miedo, Spendio! Y
se apretaba contra su pecho como un nio asustado por
un fantasma.Hblame! estoy enfermo! quiero curar!
Todo lo he probado! Sabes acaso algn dios ms fuerte,
alguna invocacin irresistible?
Para qu?pregunt Spendio.
Golpendose la cabeza con sus puos, Matho contest:
Para alejarla!
Luego, como hablando consigo mismo, deca:
Sin duda soy la vctima de algn holocausto que ella
ha prometido los.dioses... me tiene encadenado por una
cuerda invisible. Cuando yo camino es que ella adelanta;
cuando me detengo, es que ella reposa. Sus ojos me queman, oigo su voz, me rcdea, me penetra. Me parece que
esa mujer se ha convertido en mi alma. Y sin embargo,
hay entre nosotros dos las olas invisibles de un ocano
sin lmites. Cun lejana, y cun inaccesible! El esplendor "
de su belleza la rodea de un nimbo de luz, y veces creo
que jams la he visto... que no existe... que todo eso es un
sueo!
As, Matho lloraba en las tinieblas, los brbaros dorman.
Spendio, mirndole, recordaba los jvenes que, en
otro tiempo, le suplicaban cuando paseaba por las ciuda
des su rebao de cortesanas. Sinti piedad y dijo:
S fuerte, amo mo! Llama tu voluntad, y no implores los dioses, pues stos no hacen caso de los gritos

frican

~ 37 de los hombres! Lloras como un cobarde! No te humilla


que una mujer te haga padecer tanto?
Soy acaso un nio? Cree3 que me enternecen todava sus rostros y sus canciones? En Drepano, tenamos
muchas para limpiar nuestros establos. He violado algunas en los asaltos, bajo los techos que se derrumbaban, y
cuando la catapulta vibraba todava. Pero esta, Spendio,
esta!...
El esclavo le interrumpi:
Si no fuera la hija de Hamlcar!...
No, - grit Matho.No se parece las hijas de los
dems hombres. Has visto sus grandes ojos bajo sus cejas, como soles bajo arcos de triunfo? Acurdate: cuando
ella apareci, palidecieron las antorchas. Entre los diamantes de su collar, brillaban mucho ms que las piedras,
los espacios de su piel desnuda; dejaba al pasar como el
aroma de un templo, y de su sr emanaba algo que era
ms suave que el vino, y ms terrible que la muerte.
Call un instante, con la cabeza baja, las pupilas fijas.
La qidero! la necesito! muero por ella! Al pensar
que puedo estrecharla entre mis brazos un furor de locura me arrebata, y sin embargo, la odio, Spendio. Quisiera
pegarle! Qu hacer? Ganas me dan de venderme para
convertirme en su esclavo. T lo has sido! T podas verla, hablarme de ella! Todas las noches sube la terraza
de su palacio? Ah! las piedras deben estremecerse bajo
sus sandalias y las estrellas inclinarse para verla.
Cay bramando como un toro herido.
Luego Matho cant: Persigui en la selva al monstruo
hembra cuya cola ondulaba eobre las hojas muertas, como un rayo de plata. Y atiplando su voz, trataba de imitar la de Salagab, mientras sus manes hacan los movimientos que viera ejecutar las de aquella.
Quiso despus aturdirse con vino. Despus de sus borracheras, estaba ms triste an. Trat de distraerse echando
las tabas, y perdi una por una, las placas de oro de su

collar. Sa dej conducir junto las sacerdotisas de las diosas, pero baj la colina sollozando como el que vuelve de
un funeral.
Spendio, por lo contrario, era cada vez ms atrevido, y
estaba ms alegre. Se le veia entre los soldados bebiendo
y bromeando de continuo. Compona las corazas abolladas. Jugaba con puales Iba al campo recoger hierbas
para los enfermos. E r a gracioso, decidor, parlanchn y diestro. Los brbaros se acostumbraron sus servicios y ls estimaban.
En vano esperaban stos un embajador de Cartago que
les trajera sobre recua interminable de mulos, cestas repletas de oro; y de condnuo calculaban lo que deban cobrar, trazando con sua dedos cifras en la arena.
Cada cual pensaba como se las arreglara; tendran concubinas, esclavos, tierras. Otros, anhelaban esconder su
tesoro, arriesgarlo en expediciones martimas. Pero
causa de la ociosidad continuada, estallaban muchas disputas entre infantes y jinetes, entre brbaros y griegos.
Cada da llegaban al campamento, muchos hombres
casi desnudos con la cabeza envuelta en hierbas, para evitar los rayos del sol. Eran los deudores de los cartagineses,
obligados labrar sus tierras, que se escapaban de la dominacin odiosa. Tambin afluan libios, aldeanos arruinados por los impuestos, desterrados, malhechores.
Todos abominaban de la Repblica. Spendio ms que
nadie. Se hablaba de marchar en masa contra Cartago y
llamar los romanos.

Una noche, la hora de la cena, se oy un rumor que


cada vez se acercaba ms, y lo lejos, se vi una masa
roja que adelantaba entre las ondulaciones del terreno.
Era una gran litera de prpura que ostentaba en los ngulos ramilletes da plumas de avestruz; guirnaldas de perlas adornaban sus ventanas cerradas. La seguan muchos

camellos, que hacan sonar la gran esquila colgada de su


cuello, y csrca de ellos, galopaban muchos jinetes con armadura de escamas de oro que les cubran desde los talones hasta los hombros.
Se detuvieron trescientos pasos del campamento, para
sacar de los estuches que llevaban la grupa su escudo
redondo, su ancha espada, y BU casco la beocia. Algunos
permanecieron con los camellos, los otros continuaron
adelantando. Al cabo de pocos momentos, aparecieron las
arma3 de la repblica, es decir los pales de madera azul,
terminados en cabezas de caballo y en pias de pino.
Los brbaros se levantaron todos aplaudiendo; las mujeres se precipitaron hacia los guardias da la Legin y les
besaban los pies.
La litera adelant llevada por doce negros, que marchaban pasos cortos y rpidos. No podan adelantar en
lnea recta, porque se oponan su marcha las cuerdas de
las tiendas, los trpodes y los animales domsticos que en
gran nmero corran sueltos por el centro dol campamento. A veces una mano carnosa, liena de sortijas, entreabra
las cortinillas; una voz ronca vomitaba injurias; entonces
los portadores ee detenan, y despus, cambiaban de direccin.
Las cortinas de prpura se levantaron, y se vi sobre
un amplio cojin una cabaza humana impasible y abotagada. Las cejas, formaban como dos arcos de bano unidos por los extremos; lentejuelas .de oro centelleaban entre su pelo lanoso, y el rostro era tan plido que pareca
embadurnado con polvos de mrmol. El resto del cuerpo
desapareca bajo las pieles quo llenaban l litera.
Los soldados reconocieron el hombre tendido al euffeta
Hannon, el que haba contribuido por su torpeza, la
prdida de la batalla de las islas Agates; en cuanto su
victoria, de Hecatmpylo3 sobre los libios, si haba demostrado clemencia, era por avaricia, segn pensaban los brbaros, pues haba vendido por su cuenta todos loa cauti-

vos, habiendo dicho la Repblica que les haba matado.


Despus de escoger sitio propsito para arengar los
soldados, hizo una seal; la litera se detuvo, y Hannon,
sostenido por dos esclavos, baj al suelo tambalendose.
Llevaba botas de fieltro negro adornadas con lunas de
plata. A sus piernas arrollbanse cintas parecidas las de
las momias, dejando escapar trechos las carnes flAcidas.
Su vientre sobresala de la tnica corta de color escarlata
que le llegaba los muslos. La papada caa hasta su pecho y su tnica pintada de flores, pareca estallar en los
sobacos. Llevaba una banda, un cinturn y un ancho
manto negro de dobles mangas. La riqueza de su traje,
su gran collar de piedras azules, sus broches de oro y sus
pesados aretes, hacan m3 asquerosa su deformidad. Hubirase dicho que era un dolo rechoncho mal cortado de
un bloque de piedra, pues una plida lepra extendida sobre todo su cuerpo le daba la apariencia de las cosas
inertes. Sin embargo, su nariz, encorvada como el pico de
un buitre, se dilataba con violencia para aspirar el aire y
sus ojillos pitarrosos brillaban con fulgor duro y metlico. Llevaba en la mano una esptula de oro para rascarse
la piel. Dos heraldos soplaron en sus cuernos de plata;
ces el tumulto, y Hannon habl.
Empez por haccr el elogio de los dioses y de la Repblica; los brbaros deban felicitarse por haberle servido,
mas era preciso mostrarse razonables, pues los tiempcs
eran malos.
Si un amo no tiene si no tres aceitunas, no es justo
que guarde dos para l?
El viejo sufeta esmaltaba su discurso con proverbios y
aplogos, moviendo la cabeza para solicitar la aprobacin.
Hablaba en pnico y los que le rodeaban eran campanianos, griegos y galos, de modo, que nadie le entenda.
Hannon lo advirti, se detuvo, y balancendose pesadamente sobre una y otra pierna, reflexion.

Se le ocurri la idea de convccar los capitanes; y entonces los heraldos gritaron aquella orden en griego,
lengua que, desde Xantippo, se empleaba para las voces
de mando en el ejrcito cartagins.
Los guardias apartaron latigazos la turba de soldados;
y bien pronto, los capitanes de las falanges y los jefes de
las cohortes brbaras, llegaron ostentando las insignias de
su grado y las insignias de su nacin. Haba cerrado la
noche, un gran clamoreo se elevaba en la llanura, aqu y
all brillaban hogueras; todos hablaban preguntndose:
Qu hay? por qu no se distribuye el dinero?
Hannon explicaba los capitanes las cargas infinitas
de la Repblica. Su tesoro estaba agotado. El tributo de
los romanos lo aplastaba.
De cuando en cuando se rascaba los miembros con su
esptula, bien se interrumpa para beber en una copa
de plata que le tenda un esclavo, hecha con cenizas de
esprragos hervidos en vinagre, luego se limpiaba los labios con una servilleta de color escarlata, y aada:
Lo que antes vala un siclo de plata, vale hoy tres
ehekels de oro, y las tierras sin cultivo, durante la guerra,
no producen nada. Nuestras pesqueras de prpura estn
casi perdidas, y las perlas cuestan un ojo de la cara; apenas si tenemos bastantes ungentos para el servicio de los
dioses. En cnanto los manjares resultan carsimos. Por
falta de galeras, no tenemos especias, y cuesta mucho obtener silphio, causa de las rebeliones de Cyrene. Sicilia,
donde tantos esclavos adquiramos, se perdi para nosotros. Ayer mismo, por un baero y cuatro pinches de cocina, di ms dinero que en otras ocasiones por un par de
elefantes.
Desenroll una larga tira de papiro, y ley sin perdonar
una sola cifra, todos los gastos que el gobierno haba hecho:
tanto para reparaciones de templos, como para pavimentar
las calles, para la construccin de buque?, para las pea*


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queras de coral, para la3 mquinas de las minas en el


pas de los cntabros.
Pero los capitanes, lo mismo que los soldados, tampoco
entendan el pnico, aunque los mercenarios se saludaran
en esa lengua.
Los griegos, apretados en sus cinturones de hierro, aguzaban el odo, esforzndose en adivinar sus palabras,
mientras los montaeses, semejantes osos, envueltos en
sus pieles le miraban con desconfianza, bostezaban apoyados en EUS mazas con clavos de cobre. Los galos movan murmurando su cabeza, y los hijos del desierto escuchaban inmviles bajo sus trajes de lana gris. Cada vez
llegaba ms gente, los guardias, quienes la multitud empujaba, tambalebanse sobre sus caballos. Los negros sostenan ramas de pino inflamadas, y el obeso cartagins
continuaba su arenga, subido sobre un montculo de csped.

Le miraron asombrados; luego, todos como por un


acuerdo tcito, creyendo quiz haber comprendido, bajaron la cabeza en seal de asentimiento.
Entonces Spendio empez con voz vehemente:
Ha dicho que los dioses de los dem3 pueblos, no
eran si no quimeras ante los dioses de Cartago! 0.3 ha llamado cobardea, ladrones, embusteros, perro3 hijos de
perras! La Repblica, ha dicho, no se vera obligada pagar, no ser por vosotros, el tributo de los romanos; vuestros desrdenes han hecto que se hayan acabado las provisiones de perfumes, de aromas, de esclavos y de silphio,
pues estis de acuerdo con lo3 nmada?, en la frontera de
Cyrene. Los culpables sern castigados! Ha ledo la enumeracin de sus suplicios; se les har trabajar en empedrar las calles, en armar navios, y los dems, se les enviar abrir las entraas de la tierra en Cantabria.

^ Los brbaros se impacientaban, se levantaron murmullos, y empezaron apostrofar Hannon. Este gesticulaba con su esptula. Los que queran hacer callar los dems, gritando, aumentaban el barullo.
De repente, un hombre de pobre apariencia, lleg hasta
los pies de Hannon, arranc la trompeta de un heraldo,
sopl, y Spendio (pues era l) anunci que iba decir
algo importante.
Al oir aquella declaracin, rpidamente repetida en cinco diversas lenguas, griego, latn, galo, lbico y balear, los
capitanes medio riendo, medio asombrados, contestaron:
Hablal [Habla!
Spendio vacil, temblaba; por fin, dirigindose los libios que eran los ms numerosos dijo:
Todos habis oido las horribles amenazas de este
hombre!
Hannon no replic porque no comprenda el libio; y
para continuar el experimento, Spendio repiti la misma
frase en los dems idiomas de los brbaros.

Spendio dijo las mismas cosas los griegos, los campamos, los baleares; reconociendo muchos de los nombres propios que haban herido sus oidos. Los mercenarios
quedaron convencidos de que reproduca exactamente el
discurso del sufeta. Algunos le gritaron:
Mientes!
Las voces se perdieron en el tumulto que levantaban
las otras. Spendio aadi:
No habis visto que ha dejado fuera del campamento una reserva de sus ginetes? A una seal suja, acudirn para matarnos tolos.
Los brbaros se volvieron hacia aquel lado, y como la
multitud se apartaba entonces, apareci en el centro de
ella, adelantndose con la lentitud de un fantasma, un
sr humano, encorvado, demacrado, enteramente desnudo, y oculto hasta la cintura por largos cabellos entremezclados con hojas seca?, polvo y espinas. Llevaba alrededor de la ciniura y de las rodillas trenzas de paja y harapos de tela. Su piel, blanda y terrosa, colgaba sobre sus
huesos como pingajos de unas ramas secas; sus manos

temblaban con estremecimiento continuo y caminaba


apoyndose en un palo de olivo.
^ Lleg junto los negros que sostenan las antorchas.
Una especie de mueca de idiota descubra sus encas plidas. Sus grandes ojos asombrados recorran las filas de los
brbaros que le rodeaban.
Pero, lanzando un grito de espanto, se ech hacia atrs
tapndose con los cuerpos de aquellos. Balbuceaba: Helos aqu! Helos aqu! sealando les guardias del sufeta
inmyiles dentro de sus relucientes armaduras. Sus caballos piafaban deslumhrados por la luz de las antorchas,
que chisporroteaban en las tinieblas: el espectro humano
se agitaba y gritaba:
Ellos les han matado!
Al oir aquellas palabras que vociferaba en balear, sus
compatricios llegaron y le reconocieron; Bin contestarles
repeta:
S, todos muertoB, todos! Aplastados como pasas!
Cun fuertes eran! Los honderoel Mis compaeros, los
vuestros!
Se le hizo beber vino y llor, luego, volvi hablar.
Spendio no pudo contener su alegra; explicando los
griegos y los libios el hecho que contaba Zarxas, no poda creer en l de puro contento. Los baleares palidecan al saber como haban muerto eus compaeros.
Era una tropa de trescientos honderos, desembarcados
la vspera, que aquel da durmieron demasiado. Cuando
llegaron la plaza de Khamn, los brbaros hablan marchado, y ellos estaban sin defensa, pues sus balas de arcilla se haban cargado con los dems bagajes. Se les dej penetrar en la calle de Satheb hasta la puerta de encina chapeada de cobre. Eatonces el pueblo se lanz contra
ellos con irresistible impulso.
E n efecto, los soldados recordaron un gran grito; Spendio, que hua la cabeza de las columnas, no le haba
odo.

Los cadveres fueron colocados entre los brazos de los


dioses Pataicos que rodeaban el templo de Khamn. Se
le3 ech en cara todos los crmenes d9 I03 Mercenarios.
Su gula, sus robos, sus impiedades, sus desdenes, y la
muerte de los peces en el jardn de Salammb.
Sus cuerpos sufrieron infame3 mutilaciones; los sacerdotes quemaron sus cabellos para atormentar su alma. Se
les colg en pedazos en las tiendas de los carniceros; algunos llegaron morder aquellas carnes; y por la noche,
para ocultar aquella iniquidad, ardieron grandes piras en
las encrucijadas.
Aquellas eran las llamas que haban visto los soldados,
lo lejos, reflejarse en el agua del lago. Pero habindose incendiado algunas casas, echaron por encima de las
murallas los cadveres y los agonizantes; Zarxas permaneci basta el da siguiente entre I03 caaverales de las
orillas del lago; luego se alej campo traviesa en pos del
ejrcito, siguiendo las huellas impresas en el polvo.
Por la maana se ocultaba en las cavernas, y por la noche se pona de nuevo en marcha, cubierto de sangrientas llagas, hambriento, enfermo, viviendo de race3 y de
carroas. Al cabo, un da vi relucir la3 lanzas lo lejos,
y las sigui, pesar de que su razn estaba turbada
fuerza de terrores y de miserias. La indignacin de los
soldados, contenida mientras habl el balear, estall como
una tempestad; queran asesinar I03 guardias y al general. Algunos se interpusieron diciendo que era mejor orle y saber si se les pagara. Entonces todos gritaron: El
dinero! Hannon les contest que lo haba trado.
Corrieron las avanzadas y pronto todo el equipaje del
sufeta lleg sus pies, empujado por los brbaros. Sin
esperar los esclavos, rompieron correas, y destrozaron
cestas. Encontraron trajes preciosos, esponjas, rascadores, cepillos, perfumes y punzones de antimonio para pintarse los ojos.
Todos aquellos objetos pertenecan los guardias, que

eran hombres ricos acostumbrados aquellas delicadozas.


Despus se encontr, sobre un camello, un gran cubo
de bronce; perteneca al sufeta que se baaba en el camino pues habla tomado toda suerte de precauciones,
nasta la de llevarse en jaulas comadrejas de Hecatmpvlcs
que se quemaban vivas para hacer la tisana.
Como su enfermedad lo daba gran apetito, llevaba gran
cantidad de vveres y vino, salmuera, pescados con miel,
grasa de ganso derretida y recubierta de nieva y paja desmenuzada. La provisin era considerable. A medida que
abran las cestas y aparecan aquellos manjares, resonaban formidables carcajadas.
En cuanto dinero, no haba sino dos grandes cofres
de esparto; en uno de ellos haba discos de' cuero de los
que la Repblica se serva para ahorrar el numerario; y
como los brbaros parecieron sorprendidos, Hannon declar que siendo sus cuentas muy embrolladas, los Antiguos no haban tenido espacio para examinarlas. Se les
enviaba aquello cuenta. Entonces todo fu removido,
mu os, criado?, litera, bagajes, provisiones.
Los soldados tomaron las monedas de las sacos para
lapiaar Hannon. Con gran trabajo pudo subir un asno
y huyo agarrndose las crines, lanzando alaridos, liorando y amando la maldicin de todos los dioses sobre
el ejrcito.
Su ancho collar de pedrera, saltando, Regaba hasta su
frente y orejas y le cegaba.
Morda con los dientes su largo manto que arrastraba y
desde lejos los brbaros le gritaban:
-Vete, cobarde! marrano! cloaca, Molocb! desuda tu
oro y tu peste! Aprisa, ms aprisa! La escolta, aterrorizada, galopaoa junto l, pero el furor de loa brbaros no
se apacigu. Recordaron que muchos da ellos que marcharon Cartago, no haban vuelto; les haban matado
sin duda.

Tanta injusticia, les exasper, y arrancaron los palos


de las tiendas, y arrollaron sus mantos y ensillaron sus caballos; cada cual tom su ca-co y espada, y en un instante todos estuvieron prestos. Loa que no tenan armas se
lanzaron los bosques para proveerse de palos.
Amaneca; los habitantes de Sicca, despertados por el
ruido, se agitaban en las calles. Van Cartago, decase,
y aquel rumor se extendi por la comarca entera. De cada
sendero de cada barranco, surgan hombres, los pastores,
bajaban corriendo de las montaas. Cuando los brbaros
habieron partido, Spsndio recorri la llanura montado
sobre un caballo p-dco, llevando con l su esclavo que
conduca de la brida un tercer caballo.
Una sola tienda estaba en pie.
Spendio entr er. ella.
Levntate, amo! levntate! nos marchamos!
Dnde vais?pregunt Matho.
A Cart3go!grit Spendio.
Matho mont de un salto en el caballo que el esclavo tena junto la puerta.

III

Salammb
G\1

>

luna al ras de las olas y sobre la ciudad, aun envuelta en tinieblas,


^ brillaban puntos luminoso?: la lanza de
jAftAOs^O,^ u n c a r r o e n u n patio, el collar de oro en
el pecho de un Dios, u n adorno cualquiera en los tmpanos de los templos. Las
bolas de cristal de los techos de -:tos
resplandecan aqu y all como gruesos diamantes. Pero en cambio, ruinas,
montones de tierra negra y la verdura de I03 jardines semejaban manchas obscuras ms negras que las tinieblas, y ms all de Malqua, las redes de los pescadores
L E V A N T B A S E LI

JfgV|

Salammb

tendidas de una en otra casa, parecan gigantescos murcilagos desplegando sus alas. Solo se oa el ruido de las
ruedas hidrulicas que suban agua al ltimo piso do
los palacios; en el cintro de las terrazas, I03 camellos descachaban tranquilamente con lss patas replegadas bajo el
vientre, modo de avestruces. I os porteros, dorman en
la calle atravesados ante las puertas; la sombra de I03 colosos se alargaba en Jas desiertas plaza?; lo lejos la humareda de un sacrificio que aun arda se escapaba por
entre las tejas de bronce y la brisa petada, traa entremezclados con lea perfumes de plantas aromticas las
emanaciones marinas, y la exhale ci n de las murallas
que despedan en aquella hera el calor que les pre3t el
sol. Alrededor de Cartago resplandecan las sombras inmviles, pues Ja luna alumbraba con sus rayos el golfo
rodeado de montaas y el lago de Tnez, donde I03 fenicopteros entre les bancos de arena, formaban largas rayas
rojas mientras que ms all, junto las catacumbas la
gran laguna salada reluca como un trozo de plata. La bveda del cielo azul, se hunda en el horizonte limitada
un lado por la polvareda de las llanuras y del otro por las
brumas del mar, y en la cima de la Acrpolis, los cipreses
piramidales que rodeaban el templo de Eschmm se balanceaban y murmuraban como las olas que batan lentamente la playa al pie de ios muros.
Salammb subi la terraza de su palacio sostenida
por una esclava que llevaba en una fuente carbones encendidos.
En el centro de la terraza haba un lecho de marfil, cubierto de pieles de lince con cogines de plumas de loro,
animal fatdico consagrado los Dioses y en los cuatro
ngulos, se elevaban altas pebeteros, lienoa de nardo, incienso, cinamomo y mirra. El esclavo encendi I03 pebeteros. Salammb mir la estrella polar; salud lentamente
los cuatro puntos cardinales, y se arrodill sobre el polvo
de azur sembrado de estrellas
de oro imitacin del fir

mamento. Luego, con los codos pegados los costados,


los antebrazos rectos, y las mano3 abiertas echando atrs
la cabeza bajo los rayos de la luna dijo:
,Oh Rabbetnal... Raabet!... Tanit!...Y su voz sonaba de un modo plaidero como haciendo un llamamientoAnaitis! Aetart! Derceto! Astoreth! Mylitta!Athara! Elissal Tiratha! por los smbolos ocultos, por los sistros sonoros, por ios surcos de la tierra, por el eterno silencio y por la fecundidad eterna deminadora del mar
tenebroso y de las playas remotas! oh! reina de las ccsas
hmedas, salud!
Balance el cuerpo entero durante dos tres veces, y
luego cay hundiendo la frente en el polvo, con los brazos extendidos.
Su enclava la levant rpidamente, pues era preciso segn los ritos, que alguien arrancara al penitente de eu
prc&ternacia. Aquello equivala decirle que los dioses
aceptaban su splica, y la nodriza de Salammb cumpla
siempre aquel deber piadoso.
Unos mercaderes de Tetulia la trajeron de nia Cartago, y ni aun despus de obtener su libertad, quiso abandonar sus dueos, como lo probaba su oreja derecha
atravesada por un ancho agujero. Unas sayas multicolores caan desde sus caderas hasta los tobillos, ceidos por
dos aros de estao. Su rostro, como aplastado, era amarillo como su tnica. Largas agujas de plata formaban un
sol detrs de su cabeza. Llevaba en una de las ala3 de la
nariz un botn de coral, y permaneca junto al lecho ms
erguida que un hermes y con los prpados bajos.
Salammb se adelant hasta el extremo de la terraza.
Durante un momento, sus ojos recorrieron el horizonte y
despus se fijaron en la ciudad dormida, y el suspiro que
lanz, levantando los pechos hizo ondular de un extremo
otro la larga simara blanca que penda de su cuello sin
broche ni cinturn. Sas sandalias do punta retorcida des-

aparecan bajo un montn de esmeraldas, y una redecilla


de prpura encerraba su abundante cabellera.
Levant la cabeza para contemplar la luna y mezclando
sus palabras fragmentos de himno, murmur:
Cun ligeramente ruedas sostenida por el eter impalpable! El movimiento que tu agitacin produce, engendra I03 vientos y los rocos profundos. Conforme creces decreces, se ensanchan disminuyen los ojos de los
gatos y las manchas de las panteras. |Las esposas claman
tu nombre entre los horrores del parto! T hinchas las
conchas! Por t hierven los vinos! T corrompes los cadveres! En el fondo del mar las perlas te deben la
vida!
Todos los grmenes oh, Diosa! fermentan en las obscuras profundidades de la humedad. Cuando apareces se esparce una augusta soledad en la tierra; cirrense las flores, las olas se calman, los hombres fatigados se tienden
mostrndote su pecho, y el mundo con sus ocanos y BUS
montes, se mira en tu rostro como en un espejo. Eres
bisnca, dulce, luminosa, inmaculada, protectora, purificadora, serena!
El astro se mostraba entonces sobre la montaa de las
Aguas Calientes, sobre el corte que seperaba sus dos cimas. Debajo de ella, fulguraba una estrella diminuta y
tena en derredor un gran crculo plido. Salammb aadi:
Cun terrible eres, oh, duea! T produces los
monstruos, las fantasmas aterradores! los engaosos en-,
sueos; tus ojos devoran las piedras de los edificios y 'os
monos enferman cada vez que te rejuveneces.
A dnde vas? Per qu cambias perpetuamente de forma? Tan pronto curva y recortada te deslizas por los espacios como una galera sin mstiles, como entre las estrellas pareces un pastor que guarda su rebao. Flgida y.
redonda, roza3 la cima de loa montee como la rueda de
un carro,

Oh! Tanit! me quieres, verdad? Te he mirado tanto! Pero no! T corres en tus dominios de azr, y yo
permanezco sobre la tierra inmvil! Taanach, toma su neval y plsalo y pulsa poco poco la cuerda de plata pue3
mi corazn est muy triste.
La esclava levant una especie de arpa de bano ms
alta que ella y triangular como un delta; puso la punta
en un globo de cristal y empez tocar con ambas manos.
Sucedanse los sonidos sordos y precipitados como el
zumbido de las abejas, y adquiriendo poco poco mayor
sonoridad, huan en alas de la noche con la queja de las
olas y el estremecimiento de los grandes rboles en la
cima de la Aeropoli?.
Cllate!exclam Salamb.
Qu tienes, ama? La brisa que sopla, la nube que
pasa, todo ahora te molesta y agita.
No s.
Las largas oraciones te cansan.
Oh, Taaach, quisiera disolverme en ellas como una
flor en el vino.
Quiz es el aroma de los perfumes.
No!dijo Salammb; el espritu dlos dioses habita
en los perfumes.
Entonces la esclava, le habl de su padre. Sa le crea
en la comarca del Ambar, ms all de las columnas de
Malkarth. Si no vuelve, le deca, ser preciso que escojas ua esposo entra I03 hijos de loa Antiguos, y entonces,
tus penas sa disiparn en brazo3 de un hombre.
Por qu?pregunt la joven.
Todos los que hasta entonces haba visto la causaban
horror con sus risas da animal faroz, y sus miembros groseros.
A veces Taanach, ee exhala del fondo de mi sr como
un hlito ardiente, ms denso que los vapores de un volcn. Oigo voces que me llaman, un globo de fuego, rueda

y sube por mi pecho, me ahoga, voy morir; y luego, algo


suave, corriendo desde la frente hasta los pies, penetra en
mi carne... es una caricia que me envuelve, y me siento
aplastada como si un Dios se tendiera sobre m. Ah quisiera diluircne en la bruma de las noches, en la linfa de
las fuentes, en la savia de los rboles, abandonar mi cuerpo, no ser sino un soplo, an rayo y deslizarme, subir hasta til Oh! Madre!
Levant sus brazos en alto sacando el pecho irguiendo
el talle, plida y ligera como la luna. Luego, cay sobre el
lecho de marfil anhelante; pero Taanach le puso un collar
de ambar con dientes de delfin para-ahuyentar loa terrores, y Salamb dijo con voz casi extinta.
Ve buscar Schahabarin.
Su padre no qui-: o que entrara en el colegio de las sacerdotisas, ni que se le diera conocer los rito3 de la Tanit popular. La reservaba para alguna alianza que pudiera servir sus miras polticas. As es que viva aislada en
el palacio. Su madre haba muerto haca muchos aos.
Creci entre abstinencias, ayunos y purificaciones, siempre rodeada de cosas exquisitas y graves, saturado el cuerpo de perfumes y embebida en oraciones el alqa. Nunca
haba probado el vino, ni comido carne, ni tocado bestia
inmunda ni puesto les pies en la casa de un muerto. Ignoraba los simulacros obscenos, pues cada dio3 se manifestaba bajo formas distintas, rindindosele menudo
cultos contradictorios, y Salammb adoraba la diosa en
su aspecto sideral. La influencia de la luna pesaba sobre
la virgen, y cuando el astro disminua languideca Salammb. Triste y dbil durante el da, se reanimaba por
la noche. Durants un eclipse, poco falt para que muriera.
Pero la Rabbet, celosa se vengaba de aquella virginidad
sustrada sus sacrificios y atormentaba Salammb con
obsesiones tanto ms fuertes, cuanto ms vagas eran.
La hija de Hamilcar pensaba en Tanit continuamente.

Saba toda3 sus aventuras, conoca todos sus nombres que


repeta como si tuvieran para ella una misma significacin. A fia de desentraar las profundidades de su dogma, quera conocer en lo ms secreto del templo el antiqusimo dolo con su manto magnfico del que dependan
los destinos de Cartago, pues la idea de un dios no se desprenda con claridad de su representacin, y tocar, hasta ver su simulacro, era arrancarle parte de su virtud, y
en cierto modo dominarle.
Salammb se volvi. Haba reconocido el ruido de las
campanillas de oro que Sehahabarim llevaba en el extremo de su tnica. El sacerdote subi las escaleras; luego al
llegar al umbral de la terraza se detuvo, cruzando los brazos.
Como lmparas sepulcrales, brillaban sus ojos hundidos, su alto y delgado cuerpo, flotaba dentro de su tnica
de lino, pesada por les cascabeles que alternaban junto
sus talones con bolas de esmeralda. Tena los miembros
dbiles, oblicuo el crneo, puntiaguda la barba; su piel
pareca fra y su rostro amarillo, surcado de profundas
arrugas, delataba una pena horrible.
Era el sacerdote de Tanit el que educara Salammb.
Habla,dijo.Qu quieres?
Esperaba... me habas casi prometidoBalbuceaba, se turb. De repente dijo:
Por qu me desprecias? He olvidado' ncaso algn
rito? Eres mi dueo y ms has dicho que nadie como yo
comprenda el culto de la diosa. Pero yo veo que guardas
secretos para m. Es verdad, oh padre!
Sehahabarim record las rdenes de Hamilcar y' contest:
No, no te oculto nada.
Un genio;replic la joven,me impulsa tal amor.
He subido las gradas de Eschmun, dios de las plantas y
de las inteligencias; he dormido bajo el olivo de oro de
Melkarth, patrn de las colonias tirias; empuj las pUer-

tas de Baal Kharnon, dios de la luz y la fecundidad; he


sacrificado los kabyros subterrneos, I03 dieses de los
bosques, de los vientos, de los ros y de las montaas, pero todos estn harto lejanos, harto elevados, son harto insensibles, comprendes? mientras ella, siento que se mezcla en mi vida, llena mi alma y me estremezco por internos impulsos, como si la diosa quisiera escaparse. Parceme que voy oir su voz, ver su rostro, y me deslumhran
relmpagos fulgurantes, y luego vuelvo hundirme en las
tinieblas.
Callaba el sacerdote. La joven le suplicaba con la mirada.
Al cabo, hizo alejar la esclava que no era de raza cananea, y levantando un brazo en el aire, dijo:
Antes de los dioses solamente existan las tinieblas,
y un soplo pesado indistinto como la conciencia del
hombre flotaba eobre la nada. Se contrajo creando t-1 desierto y la Nube, y del Deseo y de la Nube surgi la Materia primitiva. Era un agua fangosa, negra, helada. Encerraba monstruos insensibles, partes incoherentes, de formas que aun deban nacer, y que estn pintadas en I03
santuarios.
Luego la materia se condens; se convirti en un huevo. Se rompi. La mitad form la tierra, la otra mitad el
firmamento. El sol, la luna, los vientos, las nubes, aparecieron, y al estallido del trueno despertaron I03 seres inteligentes. Entonces Eschmun se extendi por la estrellada
esfera; Khamon resplandeci en el sol, Melkarth con sus
brazos le empuj hacia Gades; los Kabyrios bajaron los
volcanes, y Rabbetna, semejante una nodriza, se inclin
Kobre el mundo vertiendo su luz como leche, y su noche
como un manto.
Y despus?-dijo Salamb.
Despus le cont el secreto de las vrgenes para distraerla de sus obsesiones; pero el deseo de la virgen des-

pert al oir las ltimas palabras y Schahabarim, como ce-.


diendo, dijo:
- Suspira y gobierna los amores de los hombres.
- Los amores de los hombres! - r e p i t i Salammb como
entre sueos.
- Es el alma de Cartago,continu el sacerdotey
aunque alienta en todas partes, aqu es donde habita bajo
el velo t agrado.
Padre me!-exclam Salambla ver, verdadr1
T me guiars! hace mucho tiempo que vacilaba. La curiosidad que siento me devora. Piedad, acude en mi auxilio, partamos!
El sacerdote la apart con un gesto violento y orgulloso.
Jams! no sabes que es un secreto mortal? Los Baals,
hermafroditas, lo dejan caer sus velos para nosotros solos, hombres por el espritu, mujeres por la debilidad. Tu
deseo es un sacrilegio. Bstete la ciencia que posees!
Cay de rodillas poniendo ambos dedos ndices junto
sus orejas en seal de arrepentimiento. Sollozaba oyendo
las palabras del sacerdote, arrebatada la vez de clera,
de terror y de admiracin. Schahabarim permaneca insensible como las piedras del edificio; la miraba temblorosa sus pies y experimentaba una especie de alegra vindola sufrir por su divinidad la que l tampoco poda conocer.
Empezaban piar los pjaros, soplaba un viento fro, y
blancas nubecillas corran por el firmamento plido.
De repente advirti en el horizonte detrs de Tnez, como una niebla ligera que se arrastraba sobre el suelo; despus, aquello se convirti en una cortina de polvo gris, y
entre los torbellinos de aquella masa polvorienta, asomaron cabezas de dromedarios, lanzas y escudos. Era el ejrcito de los brbaros que avanzaba hacia Cartago.

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IV

Bajo las murallas de Cartago


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^ o s habitantes de la campia, montados en
I b asnos corriendo pie, plidos, sin alien to, locos de terror, llegaron la ciudad.
% Huan ante el t-jrcito. En tres das haba
6 M S I S B a l v a < 1 ! a distancia que existe entre Sick
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ca y Cartago para arrasar esta ltima.
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Cerrronse las puertas y casi al mismo
tiempo aparecieron I03 brbaros; pero se
detuvieron en mitad del itsmo, orillas
a
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del lago.
Al principio no se mostraron hostiles. Mucho3 se acercaron ostentando palma3. Se les rechaz flechazos porque inspiraban un terror indecible.
Por la maana y al anochecer, se vea algunos de los
mercenarios errar lo largo de las murallas. Se hacia no-

tar sobre todo por su persistencia un hombrecillo cuidadosamente envuelto en un manto y cuyo rostro desapareca bajo una visera. Durante largas horas permaneca mirando el acueducto con tal insistencia, que sin duda quera engaar los cartagineses acerca de sus verdaderos
designios. Otro hombre le acompaaba, que era una especie de gigante que iba con la cabeza desnuda.
Pero Cartago estaba bien defendida en toda la extensin del itsmo, primero por un foso, despus por un talud
cubierto de c - ped, y por ltimo, por la mu alia, alta de
treinta codos, toda de piedra de sillera, formando doble
cuerpo.
De trecho en trecho se levantaban sobre el segundo
cuerpo grandes torres almenadas que sustentaban escudos de bronce suspendidos unos grandes garfios.
Aquella primera lnea de murallas defenda el barrio de
Malqua, donde vivan marineros y tintoreros. Se vean los
mstiles en que se secaban las velas de prpura, y en las
ltimas terrazas las hornillas de arcilla para cocer la salmuera.
En la parte opuesta de la ciudad extenda en anfiteatro
sus altas casas de forma cbica. Las haba de piedra, de
madera, de guijarros, de caa, de tapia. Los bosques de
los templos, formaban como lagos de verdura en aquella
montaa de bloques pintados de diversos colores. Las plazas pblicas la nivelaban distancias desiguales. Innumerables callejuelas, entrecruzndose, le surcaban de uno
otro extremo.
Se adverta an los recintos de los tres antiguos barrios;
se levantaban aqu y all como grandes escollos, alargando sus enormes masas, cubiertas de plantas trepadoras
ennegrecidas por las inmundicias, y las calles pasaban por
sus aberturas profundas como los ros bajo los puentes.
La colina de la Acropolis, en el centro de Byrsa, desapareca bajo un desorden de monumentos. Veanse templos
de columnas con capiteles de bronce, conos de piedra con

rayas de azur, cpula de cobre, arquitrabes de mrmol,


contrafuertes babilnicos, obeliscos apoyados y hundidos
en el suelo por la punta, semejantes antorchas invertidas. Los peristilos llegaban los frontones; las volutas
serpenteaban entre las columnatas; las paredes de granito
sostenan techumbres de tejas, y todos aquellos edificios suban uno sobre otro, ocultndose medias de una manera
maravillosa incomprensible. Se advertan all la sucesin
de las pocas y el recuerdo de patrias olvidadas.
Detrs del Acropolis, en terrenos arcillosos, el camino
de los mappales bordeado de tumba?, llegaba en linea recta desde la plaza hasta las catacumbas; grandes casas se
erguan en el centro de los jardines, y aquel tercer barrio,
Megara, la ciudad nueva, llegaba hasta el borde del acantilado, donde se levantaba un gigantesco faro que arda
tedas la3 noches.
Cartago se desplegaba asi ante los soldados que ocupaban la llanura.
Desde lejo3 reconocan loa mercados, las encrucijadas;
disputaban acerca del sitio y del nombre de los templos.
El de Khamoa, enfrente de los Sisitas, tena tejas de oro;
Meikartb, la izquierda da Eschmun, ostentaba en su techo ramas de coral; Tanit, ms all, redondeaba entre palmeras su cpula de cobre. El negro Moloeh estaba al pie
de las cisternas, hacia el faro. En el ngulo de los frontispicios, en lo alto de las paredes, en las esquinas de las plaza?, por todas partes, se vean divinidades da asquerosas
cabezas, colosales rechonchas, con vientres enormes, con
las fauces abiertas, extendidos los brazos y llevando en la
mano horcas, cadenas javalinas; y el azul del mar, dibujndose en el fondo de las callee, las haca parecer ms
escarpadas por un efecto de perspectiva.
Una multitud bulliciosa las llenaba desde la maana
hasta la noche; mancebos que agitaban campanillas, voceaban en la puerta de los baos; las tiendas de bebidas
calientes humeaban, y por donde quiera resonaba el ruido

de los yunques y el mugir de las fraguas. Los galles blancos, consagrados al Sol, cantaban en las terrazas; I03 bueyes que se degollaban mugan en los templos, los esclavos
corran con cestas en la cabeza, y en los vanos de los prticos, algn sacerdote apareca envuelto en su obscuro
manto, con los pies descalzos y el gorro puntiagudo.
Aquel espectculo de Cartago irritaba los brbaros.
La admiraban, la execraban y la vez hubiesen querido
habitar la ciudad y destruirla. Qu habla en el Puerto
Militar defendido por triple muralla? Luego, detrs de la
ciudad, en el fondo de Megara estaba ms alto que el
Acropolis, el palacio de Hamilcar. Los ojos de Matho se
fijaban de continuo en l. Suba I03 olivos y se inclinaba, resguardando con la mano sus ojos para ver mejor.
Los jardines estaban vacos, y la puerta roja con la cruz
negra permaneca siempre cerrada.
Ms de veinte veces di la vuelta les murallas buscando alguna brecha para entrar. Una noche se ech al golfo
y durante tres horas nad ein descanso. Llleg hasta el
pie de les Map pales y quiso subir per el acantilado. Desollse las rodillas, rompise las uas y cay de nuevo al
agua sin lograr su objeto.
Su impotencia le exasperaba, estaba celoco de aquella
Cartago que encerraba Salsmmb, como de alguien que
la hubiera posedo. Desapareci su enervamiento, y un
ardor continuado de accin le dominaba. Con las mejillas
inflamadas, irritados los ojos, ronca la voz, atravesaba con
paso rpido el campamento, bien sentado en la orilla,
frotaba con arena su enorme espada. Disparaba flechas
contra I03 buitres que pasaban. Su clera se expanda en
palabras furiosas.
D rienda suelta tu clera, como un carro arrebatado por sus corceles,deca Spendio;grita, blasfema, destruye y mata. El dolor se mata con sangre, y ya que no
puedes satisfacer tu amor, conserva tu clera, ella te sostendr.

Matho tom el mando de su3 soldados. Les haca maniobrar sin descanso. Se le respetaba por su valor y por
su fuerza sobre todo. Inspiraba adems una especie de terror msti o, pues se crea que por la noche hablaba con
fantasmas. Los otros capitanes se animaron al ver su ejemplo. El ejrcito adquiri pronto severa disciplina. Los cartagineses oan desde sus casas I03 toques de atencin y
mando. Al cabo los brbaros se acercaron.
Para aplastarlos en el i'soio, hubiese sido preciso que
dos ejrcitos les acometieran la vez, uno por el golfo de
Utica, ctro por la montaa de Aguas Calientes. Pero, cmo hacerlo con la sola Legin sagrada, fuerte de seis mil
hombres lo sumo?
Si se inclinaban hacia Oiiente, se juntaran los nmadas interceptaran el camino do Cyrene y el comercio
del desierto. Si se replegaban hacia occidente, sublevarase la Numidia. La falta de vveres les hara devastar como
una nube de langostas, las campias; los ricos temblaban
por sus hermosas quintas, por sus vias, por sus cultivos.
Hannon propuso medidas atroces impracticables, tales como prometer fuertes sumas por cada cabeza de brbaro, que por medio de buques y mquinas se incendiara su campamento.
Su colega Giscon quera, por lo contrario, pagarles. Pero
causa de su popularidad, los Antiguos le detestaban,
pues teman una dictadura, y por terror de ella y de la
monarqua, so esforzaban en atenuar lo que de ellas subsista lo que poda restablecerlas.
Fuera de las fortificaciones habitaba nna raza de origen
desconocido, compuesta de cazadores de puerco espines,
que se alimentaban de moluscos y serpientes. Iban las
cavernas coger hienas vivas, que por las noche3 hacan
correr por las arenas de Megara, entre las agujas petreas
de las tumbas. Su3 cabaas de barro estaban pegadas al
acantilado como nidos de golondrinas. Vivan all ein gobierno y sin dioses, entremezclados, completamente des-

nudo3, u n tiempo dbiles y feroces, y execrados desde


antiguo por el pueblo causa de su alimentacin inmunda. Los centinelas advirtieron un da que todos haban
partido.
Por fio se decidieron los miembros del Gran Consejo. I
Fueron al campamento sin collares ni cinturones, calzando sandalias descubiertas, como vecinos. Adelantaban con
calma, saludando los capitanes, se detenan hablando
los soldados, para decirles que todo haba acabado, y
que se atenderan sus reclamaciones.
Muchos de ellos no hablan visto nunca u n campamento
de mercenarios. E n vez de la confusin que se imaginaban, reinaba por do quier un orden y un silencio aterrar
dores.
Una alta trinchera de tierra recubierta de musgo, encerraba el ejrcito como dentro de una alta muralla, inconmovible al choque de las catapultas. El piso de las callee
estaba regado con agua fresca. Por las aberturas de las
tiendas, se vean relucir las pupilas amarillentas de los
soldados. Los haces de picas y las panoplias, deslumhraban los cartagineses como espejos. Hablaban en voz baja. Teman derribar algn objeto con sus largos mantos.
Los soldados pidieron vveres, diciendo que se pagaran
con el dinero que les deban.
Se les enviaron bueyes, carneros, pintadas, frutas secas,
carnes saladas, pero rechazaban desdeosamente les mejores manjares, denigraban lo que se les c recia y queran
pagar las cabras al precio da los pichones, y las aves al
precio de la fruta. Los comedores de cosas inmundas,ejerciendo de rbitros, afirmaban que se les engaaba. Entonces tiraban de sus espadas y amenazaban matar.
Los comisarios del Gran Consejo escribieron el nmero
de aos que se deba cada soldado, pero ahora era imposible saber punto fijo cuntos mercenarios tenan derecho ser pagados, y los Antiguos se asustaron ante lo
exhorbitante de la suma que deberan abonar. Era preciso

vender la reserva de Silfio, sobrecargar de tributos las


colonias; los mercenarios se impacientaban, y Tnez les
apoyaba. Los ricos, aturdidos por el furor de Hannon y
los reproches de su colega, recomendaron los ciudadanos que conocan algn brbaro, que fueran visitarle,
esperando que as calmaran su clera.
Comerciantes, escribas, obreros del arenal, familias enteras fueron al campamento.
Los soldados dejaban entrar en el campamento cuantos lo pedan, pero por un solo paso tan estrecho que no
podan atravesarlo cuatro hombres de frente. Spendio, de
pie junto la barrera, les haca registrar con cuidado. Matho, frente l, examinaba aquella muchedumbre, tratando de hallar uno quien [hubiese visto en el palacio de Salamb.
El campamento pareca una ciudad, segn la agitacin
y la multitud que en l se adverta. Las dos muchedumbres distintas se mezclaban, sin confundirse, una, vestida
de tela de lana con casquetes de fieltro en forma de pifias, y la otra, revestida de hierro, y con cascos. Entre los
criados y los vendedores ambulantes, paseaban mujeres
de todas las razas, morenas como dtiles maduros, verduzcas como aceitunas, amarillas como las naranjas, vendidas por los marineros, escogidas en los lupanares, robadas las caravanas, cogidas en el asalto de las ciudades,
quienes se hartaba de amor mi entras eran jvenes, y de
palos cuando viejas, y que despus de una derrota, perecan lo largo de los caminos, entre los bagajes, junto
las bestias de carga abandonadas. Las mujeres de los nmadas balanceaban sobre sus talones tnicas de pelo de
dromedario de color obscuro; negras, muy viejas, de pechos pendientes, recogan para hacer fuego el fiemo de
los animales, que hacan secar al sol; las siracusanas llevaban discos de oro en la cabellera, las lusitanas collares
Salamb

de conchas, las galas pieles de lobo sobre su blanco pecho; y arrapiezos robustos, sucios, asquerosos, desnudog,
incircuncisos, daban cabezadas en el vientre de los compradores, como tigrezuelos les mordan las manos.
Los cartagineses se paseaban travs del campamento
asombrados al ver la abundancia que all reinaba. Loa
ms pobres estaban tristes, y los otros disimulaban sa
inquietud.
Los soldados les daban golpecitos en el hombro, invitndoles divertirse. En cuanto advertan algn personaje de nota, le invitaban tomar parte en sus juegos.
Cuando jugaban al disco, se las arreglaban para aplastarle los pies, y si se batan puadas, de la primera le
rompan la mandbula. Los honderos asustaban los cartagineses con sus hondas. Los psylos con sus vboras, los
jinetes con sus caballos. Aquellos mercaderes, al recibir
esos ultrajes, bajaban la cabeza y se esforzaban por sonrer.
Algunos, para demostrar que eran valientes, afirmaban
que queran ser soldados. Entonces se les obligaba partir lea y limpiar los mulos. Se les encerraba en una armadura y se les haca rodar como toneles por las callea
del campamento. Luego, cuando queran partir, los Mercenarios se mesaban los cabellos, haciendo contorsiones
grotescas.
Algunos de los soldados, imaginaban que todos los cartagineses seran ricos de un modo desmedido, y les seguan per doquiera, pidindoles todos los objetos que excitaban su codicia, sus sortijas, sus sandalias, sus brazaletes, sus cinturones. Cuando ya les haban despojado, y
no les quedaba nada, si el cartagins deca: Qu queris
de m? unos le contestaban: Tu mujer y otros: Tu
vida.
Las cuentas militares se entregaron los capitanes y
los soldados ya aprobadas en definitiva. Entonces reclamaron tiendas. Se les dieron las tiendas. Despus los po-

lemarcas de los griegos pidieron algunas de aquellas armaduras preciosas que se fabricaban en Cartago. El gran
Consejo, vot un crdito para adquirirlas. Tambin era
justo segn decan los jinetes, que la Repblica les indemnizara de la prdida de los caballos. Uno afirmaba haber
perdido dos en el combate; otro tres en un asedio, otro
diez doce en marchas forzadas. Se le3 ofreci corceles de
Hecatmpylos; prefirieron dinero.
Luego pidieron que se les pagara en plata, todo el trigo
que se les deba al precio ms alto que se vendi durante la guerra, de suerte que algunos cobraron por una medida de harina ms dinero que les haba costado un saco
entero de trigo. Aquella exigencia indign los cartagineses, pero les fu preciso someterse ella.
Entonces los delegados de los soldados y los del Gran
Consejo se reconciliaron, jurando por el Genio de Cartago y por los Dioses de los brbaros. Siguiendo las costumbres' orientales, se hicieron mil cumplidos y cortesas.
Luego los soldados reclamaron como prenda de buena
amistad, el castigo de los traidores que les indispusieron
con la Repblica. Se fingi no comprenderles. Entonces
se explicaron ms claramente diciendo que queran la cabeza de Hannon.
Muchas veces al da, abandonaban el campamento, se
paseaban al pie de las murallas. Gritaban que se les echara la cabeza del sufeta y tendan sus mantos para recibirla.
El Gran Consejo hubiera cedido quiz no ser por una
ltima exigencia ms injuriosa que las otras: pedan en
matrimonio para sus jefes, vrgenes escogidas en el seno
de las grandes familias. Era una idea de Spendio, que los
dems creyeron razonable.
Pero aquella pretensin de querer mezclar su sangre
con la sangre pnica, indign al pueblo; se les dijo brutalmente que nada ms recibiran. Entonces declararon
que se les haba engaado, y que si dentro de tres das no

llevando tatuado en el pecho un loro. Amigos y esclavos,


en gran nmero, todos sin armas, acompaaban al general y los intrpretes. El ejrcito acogi con aclamaciones aquellas tres barcas cargadas hasta los topes.
En cuanto Giscon desembarc, los soldados corrieron
su encuentro. Hizo levantar una especie de tribuna con
sacos, y declar que no se ira antes de haberles pagado
todos.
Largos aplausos estallaron, y durante largo rato, no pudo
hablar. Empez exponiendo los errores de la Repblica y
los de los brbaros; la culpa era de algunos alocados que
con su violencia asustaron Cartago. La mejor prueba de
la buena intencin que guiaba los cartagineses, era su
presencia all, que desde antiguo era adversario del sufeta Hannon. No deban suponer que fuera tan inepto el
pueblo que quisiera irritar unos valientes como ellos, ni
tan ingrato que desconociera sus servicios. Giscon empez
pagar I03 soldados, comenzando por los libios.
Desfilaron ante l por naciones, levantando sus dedos
para decir el nmero de los aos que se les adeudaba; los
escribas tomaban las monedas del cofre abierto, y otros
con un estilete, hacan agujeros en una lmina de plomo.
A los soldados se les marcaba en el brazo izquierdo con
pintura verde para que no pudieran volver presentarse.
Pas ante el general un hombre que marchaba pesadamente como los bueyes.
Ven aqu,dijo el sufeta, sospechando algn fraude
cuntos aos has servido?
Doce aos,contest el libio.
Fu preciso recurrir Giscon; los brbaros aceptaron j
Giscn le toc con los dedos bajo la mandbula, para
su mediacin. Una maana, vieron bajarse las cadenas ver si all tena la3 callosidades que la carrillera del casco
del puerto,'y tres barcos de poco calado, pasando por el produca la larga. Ladrn! exclam el suffeta, los cacanal de la Tania, entraron en el lago.
I llos que te faltan en el rostro, debes llevarlos sobre los
En la proa del primero, estaba Giscon; detrs de l, y hombros.
ms alta que un catafalco, vease una caja enorme, adorY desgarrndole la tnica, descubri su espalda cubiernada de anillas, grandes como coronas. Apareca luego la
Legin de los intrpretes, peinados como las esfinges, y

se les pagaba su sueldo, iran tomarlo dentro de Ca.


tago.
La mala fe de los Mercenarios no era tan grande como
poda suponerse, pues Hamlcar les haba becbo promesas;
exhorbitantes, vagas, pero solemnes y reiteradas. Pudieron creer al desembarcar en Cartago que se pondra su
disposicin la ciudad, que se repartiran tesoros; y cuando
vieron que apenas si podan cobrar su sueldo, la desilusin fu grande para su orgullo y para su avaricia.
Dionisio, Pirro, Agatocles, y los generales de Alejandro, no habian dado el ejemplo de maravillosas fortunas? El ideal de Hrcules que los cananeos confundan
con el sol, resplandeca en el horizonte de los ejrcitos. Se
saba que simples soldados llevaron diademas y el estruendo de los imperios que se derrumbaban haca soar
los galos en sus selvas de encinas y los etiopes en BUS
arenas. Haba un pueblo, dispuesto siempre utilizar e!
valor de los hombres; y el ladrn echado de su asilo, e!
parricida, errante por los caminos, el sacrilego perseguido
por los dioses, todos los hambrientos, todos los desesperados, trataban de llegar al puerto donde Cartago reclutabs
sus soldados. Casi siempre saba mantener la Repblica
sus promesas, pero en aquella ocasin, su avaricia estuvo i
punto de causar su prdida. Los nmidas, los libios, el
Africa entera, iba lanzarse contra Cartago. Solamente e!
mar estaba libre, pero en el mar, encontraba los roma'
nos; y como un hombre asaltado por asesinos, senta que
la muerte aleteaba su alrededor.

ta de roa sangrienta; era u n labrador de Hippo-zaryta. Le


silbaron; se le decapit.
Cuando lleg la noche, Spendio despert los libios y
les dijo:
Cuando los ligurios, los griegos, los baleares y los italianos habrn recibido su paga, marcharn. Pero vosotros
permaneceris en Africa diseminados en cien pueblos distintos y sin ninguna defensa. Entonces la Repblica se
vengar! Desconfiad. Vais dar crdito las palabras de
Giscon? Los dos sufetas estn de acuerdo. Este os enga
a. Acordaos de la isla de I03 Esqueletos y de Xantippo que
enviaron Esparta en una galera podrida.
Qu hacer?preguntaban ellos.
Reflexionad,deca Spendio.
Los dos das siguientes transcurrieron empleados en pagar los soldados de Magdala, de Leptis, de Hecatompylor; Spendio habl los galos.
Se paga los libios, despus se pagar los griegos
los baleares, los asiticos y los dems; pero vosotros como sois pocos, no se os dar nada; no veris ya
vuestra patria! No os darn barcos! Os matarn, para
ahorrarse alimentos.
T
Los galos fueron hablar al suffeta Autarito, aquel
quien Giscon hiri en el jardn de Hamilcar, le interpel.
Desapareci arrojado por los esclavos, pero jur vengarse.
Las reclamaciones, las quejas se multiplicaron. Los ms
obstinados penetraban en la tienda del suffeta; para en
ternecerle le tomaban las manos para hacerle palpar sus
bocas sin dientes, sus brazos adelgazados, las cicatrices de
sus heridas. Los que aun no haban recibido la paga, se
irritaban; los que cobraron ya sueldo, pedan otro para sus
caballos; y los vagabundos, los desterrados, tomando las
armas de los soldados gritaban que se les desatenda. A
cada instante llegaban grupos de hombres, las tiendas i
crujan, caan al suelo; la multitnd apretada entre las mu- -

rallas del campamento, oscilaba desde la puerta hasta el


centro lanzando grandes clamores. Cuando el tumulto
creca demasiado, Giscon, apoyaba un codo en su cetro de
marfil, y mirando al mar, permaneca inmvil con la mano hundida en su barba.
A menudo Matho celebraba largas conferencias con
Spendio. Despus ponase en frente del suffeta, y Giscon
senta perpetuamente sus pupilas fijas en l, llameantes
implacables. Muchas veces travs, de la multitud, se lanzaron injurias sin oirse. Entre tanto la distribucin continuaba y el sufeta saba vencer todos los obstculos.
Los griegos reclamaron acerca de la diferencia de monedas. Les di tan claras explicaciones, que se retiraron
sin chistar. Los negros reclamaron ser pagados en aquellas conchas blancas usadas por el comercio en el interior
del Africa. Les ofreci pedirlas Cartago. Entonces, como
los otros, aceptaron moneda. A los baleares se les haba
prometido algo mejor, mujeres.
El sufeta contest que se esperaba para ellos una caravana de vrgenes; el camino era largo, tardaran seis lunas en llegar, cuando estaran bien gorda3 y con la piel
aromatizada, se enviaran las Baleares bordo de galeras cartaginesas.
De repente Zarxas, vigoroso y fuerte ya, salt sobre los
hombros de sus amigos, y grit:
No guardas alguna para los cadveres?
Al decir esto, mostraba en la muralla de Cartago la
puerta de Khamon.
A los ltimos rayos del sol las planchas de cobre que la
revestan de alto abajo, resplandecan; I03 brbaros creyeron ver lucir en ellas un rastro sangriento. Cuantas veces quiso hablar Giscon, sus clamores ahogaron sus palabras, al fin baj lentamente y se encerr en su tienda.
Cuando sali de ella al apuntar el sol, sus intrpretes,
que dorman al exterior no se movieron; permanecan tendidos boca arriba con los ojos fijos, la lengua entre los

dientes y el rostro azulado. Mucosidades blancas fluan de


sus narices, y sus miembros estaban rgidos como si el
fro de la noche los hubiese helado. Todos tenan en el
cuello un apretado lazo de juncos.
La rebelin fu en aumento desde aquel instante. El
asesinato de los baleares, recordado por Zarcas, confirmaba la desconfianza de Spendio. Imaginaban los brbaros
que la Repblica slo pensaba en engaarles. Era preciso
acabar! No haba necesidad de intrpretes! Zarxas, con
una honda arrollada la cabeza, cantaba canciones de
guerra. Autharito, blanda su larga espada; Spendio daba
armas unos y animaba otros. Los ms fuertes procuraban cobrar por s mismos, los menos furiosos, pedan
que la distribucin continuara. Nadie abandonaba sus armas y todas las cleras iban conlra Giscon en una ola tumultuosa de odio.
Algunos suban su lado en la tribuna. Mientras se
contentaban con vociferar injurias se les escuchaba con
paciencia, pero si le ofendan personalmente inmediatamente eran lapidados se les cercenaba la cabeza. El
montn de sacos estaba ms rojo que un altar.
Despus de las comidas, cuando haban bebido vino,
eran temibles. Beber vino estaba prohibido en el ejrcito
pnico ba jo pena de muerte, y los Mercenarios levantaban ahora sus copas mirando hacia Cartago para ocuparse de su disciplina. A veces se entretenan en matar los
esclavos que contaban su dinero. La palabra hiere distinta
en cada lengua, la comprendan todos.
Giscon saba que la patria le abandonaba; pero pesar
de su ingratitud, no quera deshonrarla. Cuando le recordaron que se les haba prometido barcos, jur por Moloch
que se los dara l mismo su costa, y arrancando su co
llar de piedras azules, lo lanz entre la multitud como
prenda de su juramento.
Los africanos reclamaron el trigo que les prometiera el
Gran Consejo. Giscon ense las cuentas de los Sysitas,

trazadas con pintura violeta sobre pieles de oveja; y ley


cuanto haba entrado en Cartago, mes por mes, da por
da.
De repente ee detuvo con los ojos dilatados, como si
hubiese leido entre las cifras su sentencia de muerte.
En efecto, los Antiguos haban reducido fraudulentamenta aquellas cifras y el trigo vendido durante la guerra figuraba tan bajo precio, que era imposible no advertir el engao.
Habla!gritaron,ms alto! Ah! trata de mentir,
cobarde! Desconemos.
Durante unos momentos vacil. Despus, volvi leer.
Los soldados, sin pensar que se les engaaba, aceptaron
por buenas las cuentas de los Sysitas. Al ver la abundancia de Cartago se apoder de ellos un terrible furor. Rompieron la casa de sicomoro; estaba casi vacia.
Haban visto salir de ella tales sumas que la juzgaban
inagotable. Giscon deba tener el oro en 6U tienda, Escalaron los sacos. Matho les guiaba y como gritaban Dinero!
dinero! Giscon contest al fin:
Que os pague vuestro general!
Les miraba de frente, sin hablar con sus grandes ojos
amarillos que relucan en su rostro ms plido que su
barba... Una flecha, detenida por las plumas, atravesaba
su oreja y un hilillo de sangre se escurra desde su tiara
hasta el hombro.
Matho hizo una seal, y todos adelantaron. Spendio,
con un nudo corredizo le aprision las muecas, otro le
derrib y desapareci entre los remolinos de la multitud
que invada la tienda y la tribuna.
Saquearon su tienda. Slo se hall all lo indispensable
para los usos cotidianos. Luego, buscando mejor, aparecieron tres imgenes de Tanit y una piedra negra, cada de
la luna envuelta en una piel de mono. Muchos cartagineses haban acompaado Giscon; todos eran gente de viso
y partidarios de la guerra.

Se les arrastr fuera de las tiendas y se les precipit en


el foso de la basura. Fueron atados por el vientre slidas estacas y se les alargaba el alimento con la punta de
una jabalina.
Autharito al mismo tiempo que los vigilaba, les injuria- j
ba, pero como no comprendan su lengua no le respondan; los galos, de cuando en cuando, les echaban piedras
para orles gritar.

Al da siguiente una especie de inquietud se apoder


del ejrcito. Como no tenan contra quien dirigir su clera, reflexionaban acerca de lo que haban hecho. Matho
senta una gran tristeza. Le pareca que indirectamente
haba ultrajado Salamb. Los Ricos eran como una dependencia de su persona. Se sentaba por ia noche la orilla de su foso y en sus gemidos oa algo de la voz que llenaba su corazn.
Todos acusaban los libios porque eran los nicos que
haban cobrado, pero al mismo tiempo que crecan los
odios entre nacin y nacin, comprendan todos que era
muy peligroso entregarse tales celos. Despus de un atentado semejante, las represalias deban ser tremendas. Era
preciso adelantarse la clera de Cartago. Todo se volvan
concilibulos y arengas. Todos hablaban y nadie escuchaba. Spendio ordinariamente tan locuaz meneaba la cabeza con desaliento escuchando las diversas proposiciones.
Una noche pregunt Matho si en el interior de la ciudad haba fuentes.
Ni una,contest Matho.
Al da siguiente, Spendio le llev orillas del lago.
Amo!le dijo el antiguo esclavo;si tu corazn es
intrpido te llevar Cartago.
Cmo?
Jura ejecutar todas mis rdenes, seguirme como una
sombra!

Entonces Matho, levantando el brazo hacia el planeta


de Chabar, exclam:
Lo juro por Tanit!
Spendio aadi:
Maana al ponerse el sol, me esperars al pie del
acueducto, entre el noveno y dcimo arco. Trete un pico
de hierro, un casco y sandalias de cuero.
El acueducto de que hablaba, atravesaba oblicuamente
el istmo entero y formaba una obra enorme de cinco arcos superpuestos que llegaba hasta la parte occidental
del Acrpolis, donde pasaba bajo la ciudad para verter casi un ro en la cisterna de Megara.
A la hora convenida, Spendio encontr Matho. At
una especie de arpn al extremo de una cuerda, la hizo
dar vueltas rpidamente como una honda, los garfios de
hierro hicieron presa y los dos, uno detrs de otro, subieron lo alto de la pared.
Cuando hubieron llegado al primer piso, les cost mucho traba jo enganchar de nuevo el harpn, pero por fin lo
lograron. Otras veces, la cuerda amenazaba romperse.
Por fin llegaron la plataforma superior. Spendio, de
cuando en cuando, se inclinaba para palpar las piedras
con la mano.
Aqu es,dijo,empecemos!
Y apoyndose en el pico que trajo Matho, consiguieron
levantar una de las losas.
En aquel instante advirtieron un grupo de jinetes que
galopaban sobre caballos en pelo. Relucan sus brazaletes
de oro entre los obscuros pliegues de sus capas. Delante
del grupo corra un hombre con un penacho de plumas
de avestruz en la cabeza y una lanza en cada mano.
Narr'Havas!exclam Matho.
Qu importa! replic Spendio; y se hundi en el
agujero que acababan de abrir al levantar la losa.
Matho trat de recubrir el agujero; pero no le fu po3
ble.

76 -

Ya volveremos,dijo Spendio;pasa delante. Entonces se aventuraron por el conducto de las aguas.


Les llegaban hasta el vientre. Pronto perdieron pie y
tuvieron que nadar. Sus miembros chocaban contra las
paredes del canal demasiado estrecho. El agua corra, casi
tocando las paredes superiores, y contra ellas se desgarraban la piel del crneo. Luego la corriente les arrastr. Un
aire ms pesado que el de un sepulcro aplastaba tu pecho
y con la cabeza bajo los brazos, juntas las rodillas, pasaban como flechas travs de las tinieblas, ahogndose,
casi muertos. De repente la obscuridad fu completa y
aument la velocidad de las aguas. Cayeron.
Cuando hubieron vuelto la superficie, durante unos
instantes, permanecieron tendidos de espaldas aspirando
deliciosamente el aire. Muchas lneas de arcos, unas detrs de otras, se extendan desde una otra pared de los
grandes depsitos. Todos estaban llenos, y el agua formaba una sola superficie en toda la anchura de la cisterna.
Las cpulas del techo permitan el paso de una claridad
plida que formaba sobre las ondas discos de luz, y las tinieblas de aquel recinto, que se espesaban ms hacia las
paredes, le hacan parecer de una amplitud desmedida. El
menor ruido despertaba un fuerte eco.
Spendio y Matho se pusieron nadar, y pasando por
bajo las aberturas de los arcos, atravesaron muchas salas.
Otras filas de estanques ms pequeos se estendan paralelamente cada lado. Se perdieron; avanzaban, retrocedan. Por fin algo resisti bajo sus talones. Era el piso de
la galera que rodeaba la cisterna.
Entonces, avanzando con grandes precauciones, tantea
ron el muro para encontrar una salida. Pero sus pies se
deslizaban y caan en charcos profundos. Sallan de ellos
y volvan caer de nuevo. Sentan una fatiga espantosa
como si sus miembros al nadar se hubieran disuelto en el
agua. Sus ojos se cerraron. Agonizaban.
Spendio toc con la mano los barrotes de uno reja. Ti-

raron de ella, cedi y se encontraron en una escalera. Una


puerta de bronce la cerraba. Con la punta de un pual
cortaron la barra, y de repente el aire libre azot sus rostros.
La noche era silenciosa, y el cielo pareca estar una
altura desmesurada. Grupos de rboles elevaban sus ramas lo largo de las paredes. La ciudad entera dorma.
Las hogueras de las avanzadas brillaban como estrellas
perdidas.
Spendio, que haba pasado tres aos en el ergstulo, no
conoca los diversos distritos de la ciudad. Matho pens
que para ir al palacio de Hamlcar deban tomar mano
izquierda atravesando los Mappales.
No,dijo Spendio,llvame al templo de Tanit.
Matho quiso hablar.
Acurdate,dijo el antiguo esclavo, y con la mano
le seal el planeta de Chabar que resplandeca.
Entonces Matho, silenciosamente, se dirigi hacia el
Acrpolis.
Se arrastraban lo largo de las lneas de nogales que
bordeaban los senderos. El agua corra desde sus miembros hasta el suelo. Sus sandalias hmedas no producan
ningn ruido; Spendio con ojo3 relucientes como antorchas, registraba todas las matas; iba detrs de Matho, con
la manos puestas sobre los dos puales que llevaba en los
brazos, mantenidos por una argolla de cuero, cerca de los
sobacos.

V
Tanit

|L salir de los jardines, les detuvo la muralla de Megara. Descubrieron una brecha
y pasaron.
El suelo formaba pendiente. Estaban
en una gran plaza.
Escucha,dijo Spendio,y no temas nada; cumplir mi promesa...
Se interrumpi; pareci reflexionar y
medir sus palabras.
Te acuerdas de aquel da, en que, al nacer el sol, te
enseaba yo la ciudad hundida bajo nuestros pies? Aquel
da ramos fuertes, y no quisiste escucharme!
Luego, aadi con voz grave:
Amo en el santuario de Tanit, hay un velo misterioso cado del cielo, que envuelve el cuerpo de la diosa.

Ya lo s,dijo Matho.
bia una gran masa negra: era el templo de Tanit que forS pendi aadi:
maba un conjunto de monumentos y jardines de patios y
Ese velo es divino, pues forma parte de la diosa. Los
antepatios, rodeado de una pared de piedras sobrepuestas.
dioses viven donde estn sus atributos. Cartago es poderoSpendio y Matho salvaron aquella pared.
sa porque le posee.
Aquel primer recinto encerraba un bosque de pltanos
Inclinndose entonces su odo, aadi:
que se plant por precaucin contra la peste y la infeccin
Te he trado conmigo para robarlo!
de la atmsfera. Aqu y all haba tiendas en las cuales,
Matho retrocedi horrorizado:
durante el da se vendan pastas epilatanias, perfumes,
Vete! que otro te ayude! no quiero realizar esa actrajes, dulces en forma de luna, imgenes de la diosa
cin execrable.
representada dentro del templo.
Tanit es t u enemiga,replic Spendio,te persigne
Nada deban temer, porque las noches en que el astro
y te matar. Haciendo lo que te digo podrs vengarte. La no apareca se suspendan todos los ritos. Sin embargo
diosa te obedecer. Sers inmortal invencible.
Matho acort el paso y se detuvo junto los tres peldaos
Matho baj la cabeza, el otro continu:
de bano que daban paso al segundo recinto.
Sucumbiramos; el ejrcito mismo quedara aniquiAdentro!dijo Spendio.
lado. No podemos ni huir ni esperar socorro ni perdn!
Granados, almendros, cipreses y mirtos, inmviles coQu castigo puedes esperar de los dioses, si tienes su fuermo si fuesen de bronce, alternaban unos con otros. E l
za entre las manos? Prefieres mejor una derrota, peresuelo pavimentado de guijarros azules, crugabajo sus pacer manos del populacho, sobre un cadalso? Amo, un
sos y guirnaldas de rosas pendan lo largo del camino.
da entrars en Cartago al igual de los pontfices que beLlegaron u n agujero oval que tena una reja.
sarn tus sandalias; entonces, si el velo de Tanit te pesa
Entonces Matho, quien aquel silencio espantaba, dijo
an, podrs devolverlo la diosa. Sigeme, vamos to Spendio:
marlo.
. Aqu es donde se mezcla las Aguas dulces con las
Uu gran deseo devoraba Matho, hubiese querido apoAguas amargas.
derarse del velo abstenindose del sacrilegio. Se deca que
He visto todo eso en Siria en la ciudad de Maphug.
quizs no era necesario poseerlo para obtener el p o d e r que
Por una escalera de seis peldaos de plata, subieron al
confera.
<jl
tercer recinto.
Vamos,dijo, y se alejaron con paso rpido, uno al:
Un cedro enorme se vea en el centro. Sus ramas infelado del otro sin hablar.
riores desaparecan bajo los collares y las ropas que haban suspendido los fieles. Dieron algunos pasos ms y
El terreno se elevaba y estaban cerca ya de las casas.
apareci la fachada del templo.
Caminaban por entre callejuelas sumidas en tinieblas. En
Dos largos prticos cuyos arquitrabes descansaban souna plaza veanse camellos que rumiaban junto unos bre
pilares muy gruesos, flanqueaban una torre cuadranmontones de yerba. Pasaron luego bajo una galera cu-1
gular
que ostentaba en su plataforma una media luna. E n
bierta de enredaderas. Ladraron algunos perros. De repen-,
ta, se ensancharon las paredes y vieron que estaban cerca
6
SUmb
de la parte occidental de la Acrpolis. Al pie de Bvrsa ha-

los ngulos de los prticos y en las cuatro esquinas de la


torre se elevaban grandes pebeteros llenos de perfumes.
Toda suerte de adornos y dibujos de piedra alternaban en
las paredes, y una valla de filigrana de plata formaba u n
ancho semicrculo delante de la escalera de cobre que bajaba del vestbulo.
Haba en la entrada entre una alta aguja de oro y otra
de esmeraldas, u n cono de piedra; Matho, al pasar por
all, se bes la mano derecha.
La primera sala era muy alta. Innumerables aberturas
dejaban ver el firmamento. Al rededor de lo pared, en
cestas de caa haba muchas barbas y cabelleras, primicias de los adolescentes- En el centro de una sala circular
">1 cuerpo de una m u j e r sala de un estuche sembrado de
-hos femeninos. Gorda, barbuda, y con los prpados
I a )?, pareca sonreir cruzando sus manos sobre el bajo
Qre, liso y afinado por los besos de la multitud.
za
uego se encontraron otra vez al aire libre, en un cocei
r transversal en que un altar de proporciones exiga, ge apoyaba contra una puerta de marfil. No poda
sarj- g8 e yj. o s sacerdotes solamente tenan el derecho
a
brirla, pues u n templo no es punto de reunin para
multitud, sino la vivienda particular de una divinidad.
La empresa resulta imposible,dijo Matho;no haba pensado en esto. Volvmonos!
Spendio examinaba cuidadosamente las paredes. Quera el velo, no porque tuviera fe en su virtud, pues nicamente crea en el Orculo, sino porque estaba persuadido
de que los cartagineses al verse privados de l, temeran
toda suerte de desdichas. Para encontrar salida, dieron
vuelta al altar.
Bajo grupos de terebintos, veanse edculos de distintas
formas. Aqu y all se elevaba un gran falo de piedra, y
varios ciervos se paseaban tranquilamente por aquel es-

pacio empujando con sus pezuas las pinas que haban


caldo al suelo desde lo alto de la copa de los rboles.
Retrocedieron por otro camino distinto entre dos largas
galeras paralelas de las que se adelantaban unos pabellones. Tamboriles y cmbalos pendan de su columnas de
cedro. Algunas mujeres dorman fuera de los pabellones
6obre lechos de hojas. Sus cuerpos ungidos con aceites
perfumados y ungentos, exhalaban u n olor como el de
los pebeteros extintos. Estaban tan cubiertas de sortijas,
de brazaletes, collares y tatuajes, que, sin el movimiento
de su pecho se las tomara por dolos tendidos en el suelo.
Matho se ahogaba en aquella atmsfera pesada en qu
se ola el violento perfume que exhalaban les tabiques y
puerias de cedro. Aquel amontonamiento de smbolos de
la fecundacin, aquellos perfumes, aquellos alientos aromatizados le sofocaban. A travs de los deslumbramientos
msticos, pensaba en la Salammb. La confunda con la
propia diosa y su amor floreca como esos grandes lotos
que crecen junto los estanques profundos.
Spendio calculaba qu suma de plata ganara en otro
tiempo vendiendo aquellas mujeres, y con una mirada
vida avaloraba, al pasar, los collares de oro.
El templo resultaba impenetrable. Spendio buscaba sin
cesar y Matho, prosternado ante la puerta, imploraba
Tanit. Suplicbale que no permitiera tal sacrilegio. Trataba de amansarla con palabras cariosas, como se hace
con una persona irritada.
Spendio vi sobre la puerta una estrecha abertura.
Levntatel dijo Matho, y le hizo poner arrimado
la pared.
Subi sus hombros, su cabeza, y bien pronto desapareci por el agujero.
Despus Matho Binti el golpe de una cuerda con nudos que caa de lo alto. Trep por ella y pronto s encontr cerca de Spendio en una gran sala obscura.
Semejantes atentados se reputaban imposibles. La falta

de vigilancia lo patentizaba. El terror, ms que las paredes y las rejas, defendan los santuarios. Matho crea morir cada paso que daba.
Una luz brillaba en el seno de las tinieblas; se acercaron ella. Era una lmpara que brillaba en el pedestal de
una estatua. Discos diamantinos esmaltaban su amplio
ropaje azul, y cadenas, que se hundan bajo las losas, la
agarrotaban los tobillos. Matho contuvo un grito: Balbuceaba: Aqu estl aqu est!
Spendi tom la lmpara para alumbrarse.
Qu impo!exclam Matho; pero le sigui.
La sala en que penetraron no tena sino una pintura
obscura representando una mujer. Sus piernas llegaban
hasta el techo; el cuerpo ocupaba todo el techo. De su ombligo colgaba un huevo enorme y la cabeza y los brazos
caan hacia la pared opuesta, llegando hasta las losas, en
qu parecan hundirse los dedos puntiagudos.
Para ir ms adentro, levantaron una tapicera; pero sopl viento y la lmpara se apag.
Entonces erraron la ventura, perdidos en aquel ddalo de piedra. De repente sintieron bajo sus pies algo que
tenia una extraa suavidad. Chispillas deslumbrantes brotaban por doquier; dirase que caminaban sobre fuego.
Spendio se baj y vi que el suelo estaba cubierto de pieles de lince; luego les pareci que una cuerda recia, fra y
viscosa pasaba entre sus piernas. Algunas hendiduras de
las paredes dejaban pasar claridades blancas. Adelantaban guiados por aquellas luces. Por fin vieron una gran
serpiente negra. Se lanz hacia las tinieblas, desapareci.
Huyamos!dijo Matho. Es ella! La he visto!
viene!...
No,contest Spendio;-el templo est vaco.
Entonces una luz cegadora les hizo bajar los ojos. Advirtieron su alrededor, en las paredes, infinidad de animales demacrados, anhelantes, con las garras pronto
desgarrar, confundidos y amontonados unos sobre otroa

fe-

de tal manera que producan pavor. Las serpientes tna


pies; los toros alas; pescados con cabeza de hombre tragaban frutas; de entre las quijadas de los cocodrilos emergan flores, y los elefantes, con la trompa levantada pasaban orgullosamente en pleno azur, como guilas. Un esfuerzo terrible dixtenda sus miembros incompletos multiplicados. Pareca que, con la lengua, quisieran sacar su
alma. Todas las formas se hallaban all, como si el receptculo de los grmenes, estallando en impensado mpetu,
se vaciara sobre las paredes de la sala.
Doce globos de cristal la alumbraban dispuestos en crculo, sostenidos por monstruos que parecan tigres. Sus
pupilas eran salientes como los ojos de los caracoles y encorvando sus grupas poderosas miraban hacia el fondo
donde resplandeca en un carro de marfil la Rabbet suprema, la Omnifecunda, la ltima creadaEscamas, plumas, flores, pjaros, la cubran hasta el
vientre. Llevaba por aretes unos cmbalos de plata que
golpeaban sus mejillas. Los grandes ojos fijos, miraban, y
una piedra luminosa, engarzada en un smbolo obsceno,
alumbraba toda la estancia, reflejndose sobre la puerta
en espejos de rojo cobre.
Matho adelant un paso; una losa cedi bajo sus talones, y las esferas rodaron y rugieron las fieras; una harmona semejante la que producen los planetas girando
eternamente en el espacio se elev melodiosa y pura; el
alma de Tanit se esparca por el mbito sagrado. Iba
levantarse, grande como la sala, con los brazos abiertos.
De repente los monstruos cerraron las fauces y los globos
de cristal no giraron.
Despus una modulacin lgubre llen los espacios y
se extingui por fin.
Y el velo? - dijo Spendio.
No pareca. Dnde estaba? Cmo hallarle? Le habran
ocultado los sacerdotes? Matho experimentaba una sensacin desgarradora, como si su fe se hubiese extinguido.

Por aqu,dijo Spendio. Una inspiracin le guiaba.


I-lev Matho hacia una hendidura, ancha de un codo,
que haba en la pared, detrs del carro de Tanit.
Penetraron en una salita circular, tan alta de techo que
pareca el interior de una columna. Haba en el centro
una piedra negra, semi esfrica, como un tamboril; sobre
ella elevbanse llamas; un cono de bano, con brazos y
cabeza, estaba detrs.
Ms all resplandeca como una nube en que refulgan
estrellas; entre sus pliegues aparecan mil figuras; Eschmun con los kabyros, algunos monstruos ya vistos, los
animales sagrados de los babilonios, y otros que ni Matho,
ni Spendio conocan. El velo pasaba como un manto bajo
el rostro del dolo y volva subir estendido hacia la pared la que estaba sujeto por los ngulos, azul como la
noche, amarillo como la aurora, purpreo como el sol,
inmenso, difano, centelleante, ligero. Era el manto de la
diosa, el zaimph sagrado que no poda mirarse.
Palidecieron ambos.
Tmalo!dijo Matho.
Spendio no vacil; apoyndose en el dolo, arranc el
velo que cay en tierra. Cogilo Matho; despus, pas su
cabeza por la abertura, se envolvi el cuerpo en l, y extenda los brazos para contemplarlo mejor.
Vmonos!dijo Spendio.
Matho respirando con fuerza, permaneca con los ojos
fijos sobre las losas.
De repente exclam:
Si fuera verla? Ya no temo su belleza! Qu puede ahora contra m? Ya soy ms que un hombre. Puedo
atravesar las llamas, puedo andar sobre el mar! Salammb! Salammb! Soy tu dueo!
Su voz atronaba. A Spendio le pareci ms alto y como
transfigurado.
Se oy ruido de pasos, se abri una puerta y apareci

un hombre, un sacerdote con su alto casquete y su amplio


manto. Tena los ojos dilatados por el terror.
Antes que hubiese hecho un ademn, Spendio abalanzndose l, le hundi en la espalda sus dos puales. La
cabeza choc contra las losas.
Inmviles como el cadver permanecieron ambos escuchando. Slo se oa el murmullo del viento por la entreabierta puerta.
Daba esta un corredor estrecho. Spendio lo sigui,
Matho tambin y pronto estuvieron en el tercer recinto,
entre los prticos laterales donde estaban las habitaciones
de los sacerdotes; Spendio arrodillndose junto una
gran balsa de mrmol llena de agua, en qu nadaban pe
ees parecidos los del jardn de Salammb, lav sus manos sangrientas. Las mujeres dorman.
Alguien, bajo los rboles, corra detrs de ellos; Matho
que llevaba el velo, sinti varias veces que tiraban de l
suavemente. Era un gran cinocfalo, uno de los que vivan
en libertad en el recinto de la diosa. Como si hubiera tenido conciencia del robo, se asa al manto. No se atrevan
sin embargo pegarle por temor de que gritase. De repente su clera se apacigui y les segua balanceando el
cuerpo y sus largos brazo3. Al llegar la barrera, de un
salto, subise un rbol.
Cuando hubieron salido del ltimo recinto, se dirigieron
al palacio de Hamcar. Spendio comprenda que era intil querer convencer de lo contrario Matho.
Tomaron por la calle de los Curtidores, la plaza de
Muthumbal, el mercado de las Yerbas y la encrucijada de
Cynasyn. Al doblar uua, esquina, un hombre retrocedi
asustado por aquel objeto centelleante que brillaba entre
las tinieblas.
Oculta, el zaimph!dijo Spendio.
Otros transentes cruzaron por su camino, pero no se
fijaron en ellos. Por fin llegaron las casas de Megara.
El faro que se levantaba detrs de ellos, al borde del

acantilado, iluminaba el cielo con su luz roja, y la sombra


del palacio con sus terrazas superpuestas, se proyectaba
en los jardines como una monstruosa pirmide. Entraron
rompiendo con sus puales el seto vivo que cerraba los
jardines.
Todo guardaba aun las huellas del festn de los Mercenarios. Las plantas pisoteadas, los arroyuelos secos, las
puertas del ergstulo abiertas. Nadie se vea junto las
cocinas y bodegas. Les estraaba aquel silencio, interrumpido veces por el resoplido ronco de los elefantes que se
agitaban en sus parques y por la crepitacin del faro en
que arda una pira de loe.
Matho, de cuando en cuando deca:
Dnde est? Quiero verla! Llvame su lado:
Es una locura,contestaba Spendio,llamars, aparecern sus esclavos, y pesar de tu fuerza, morirs.
Llegaron as la gran escalinata de las galeras. Matho,
levant la cabeza, y crey advertir en lo alto una claridad
suave. Spendio, quiso contenerle pero aquel subi las
gradas.
Al encontrarse en aquel sitio en que la haba visto, el
intervalo de los das pasados se borr de su memoria. Todo le hablaba de ella. El cielo, [sobre su cabeza pareca
incendiado; el mar, llenaba el horizonte. A cada uno de
sus pasos una inmensidad mayor le rodaba, y continuaba
subiendo con la estraa facilidad que se esperimenta en
los sueos.
El roce del velo que arrastraba sobre las piedras, le record su nuevo poder, pero en el exceso de su esperanza,
se senta tmido irresoluto.
De cuando en cuando pegaba su rostro las aberturas
cuadrangulares de las habitaciones cerradas, y en muchas
de ellas, crey ver personas durmiendo.
El ltimo piso, ms pequeo, formaba una especie de
dado en la cima de las terrazas. Matho, le di la vuelta
lentamente.

Una claridad blanquecina brillaba sobre las hojas de


talco que tapaban las aberturas de la pared, que como estaban simtricamente diapuestas, parecan hilos de finas
perlas incrustadas en la pared. Reconoci la puerta roja
con la cruz negra. Los latidos de su corazn redoblaron.
Hubiese querido huir. Empuj la puerta; se abri.
Una lmpara en forma de galera, arda suspendida en
el fondo del cuarto y tres rayos que se escapaban de su
cadena de plata, temblaban sobre el suelo: pintado de rojo con raya? negras. En el techo apareca en el centro de
los artesones, amatistas y topacios. En los lados ms largos de la habitacin haba una cama muy baja formada
de correas blancas.
Una grada de nice rodeaba una gran balsa de alabastro,
junto la cual, se vean aun las huellas hmedas de una
persona. Aromas esquisitos llenaban el aire.
Matho se deslizaba por las losas incrustadas de oro, de
ncar y de cristal, y pesar de la dureza del suelo, parecale que sus pies se hundan como si caminara por la
arena.
Haba visto detrs de la lmpara de plata una masa
cuadrada de azur, suspendida en el aire por cuatro cuerdas que pendan del techo, y se adelantaba doblando el
cuerpo, y con la boca entreabierta.
Alas de fenicpteros sujetas mangos de coral negro
estaban tiradas entre cojines de prpura, cofrecillos de
cedro, y espatulas de marfil. A los cuernos de antlope
estaban pasados brazaletes y sortijas, y grandes vasos de
arcilla, se refrescaban en las hendiduras de la pared sobre
caisos.
Muchas veces tropez porque el suelo tena distintos niveles, que formaban en la sala como una serie de habitaciones. En el fondo, balaustres de plata rodeaba un tapiz
sembrado de flores pintadas. Lleg por fin junto la cama suspendida, cerca de un escabel de bano que serva
para subir.

Pero la luz no alumbraba sino la orilla de la cama y


Bolo se vea un ngulo del colchn rojo y ia punta de un
pie pequeo y desnudo. Entonces, Matho, acerc suavemente la lmpara.
Dorma con 1a mejilla apoyada en una mano, y con el
otro brazo tendido. Las ondas de su cabellera se espaican
con tanta abundancia alrededor de ella, que pareca tendida sobre negras plumas y su ancha tnica blanca llegaba hasta sus pies siguiendo las ondulaciones del talle.
Entre los prpados entornados veanse algo sus ojos. Las
cortinas la envolvan en una atmsfera azulada, y el mo
vimiento de su respiracin, comunicndose las cuerdas,
pareca mecerla en el aire. Un mosquito zumbaba.
Matho, inmvil sostena con la mano 1a galera de plata,
y de repente el mosquitero se inflam desapareciendo y
Salammb despertse.
El fuego se extingui por s mismo. La lmpara haca
oscilar en el pavimento sombras y aces de luz.
Qu ocurre?pregunt.
Matho, contestle:
Es el velo de la diosa!
El velo de la diosa?exclam Salamb. Y apoyndose en las mano?, se inclin hacia fuera estremecindose.
El libio aadi:
He ido buscarle para ti en las profundidades del
santuario. Mira!
El zaimph fulguraba despidiendo vivos reflejos.
Te acuerdas?deca Matho;por la noche te me
aparecas en sueo?; pero no adivinaba la muda orden de
tus ojos. Si la hubiera comprendido hubiese venido; habra abandonado el ejrcito. No saliera de Cartago. Para
obedecerte bajara por la caverna de Hadrumeto al Reino
de les Sombras! Perdname. No comprenda lo que me
pasaba, pero algo me arrastraba hacia t! Sin los Dioses,
no me habra atrevido jams!... Marchemos! Es preciso

que me sigas, si no quieres, yo me quedo! que me importa... Anega mi alma en el soplo de tu aliento. Aplstense
mis labios besando tus manos!
Djame ver,deca Salamb,ms cerca! ms
cerca!
Amaneca. Las hojas de talco de las paredes aparecan
teidas de un color gris. Salammb se apoyaba desfallecida en los cojines de la cama.
Te amo!gritaba Matho.
Salammb dijo:
Dmelo!y se acercaba.
Se acercaba ms y ms cubierta con su 6imarra blanca
que arrastraba, y fijos los grandes ojos en el velo. Matho
la contemplaba deslumhrado por los esplendores de su
cabeza y alargando hacia ella el zaimph, iba abrazarla.
Ella, abra los brazos. De repente se detuvo, y quedaron
absortos contemplndose.
Sin comprender lo que solicitaba, sinti horror. Sus
delgadas cejas se enarcaron, sus labios se entreabrieron;
temblaba.
Por fin golpe una de las pteras de cobre que estaban
en los ngulos del colchn y grit:
Socorro! socorro! Atrs sacrilego! Atrs! Infamel
maldito! mi! Taanach, Krom, Ewa, Micipsa, Schavl!
Apareci el rostro de Spendio asustado entre las jarras
de arcilla, y lanz estas palabras:
Huye! llegan!
Un gran tumulto llen las escaleras, y una oleada de
gente, mujeres, criados, esclavos, se lanzaron dentro de la
habitacin, blandiendo estacas, rompecabezas, cuchillos y
puales.
Quedaron como paralizados de indignacin al ver un
hombre; los criados lanzaban el chillido de los funerales,
y los eunucos, palidecan bajo su piel negra.

Matho, estaba d e t r s de los balaustres. E n v u e l t o en el


z ^ m p h pareca u n dios sideral, rodeado del
firmamento.

Los esclavos iban lanzarse sobre l. Salammb les detuvo.


INO le toquis! jes el manto de la diosa'
a r etr0Ced ld0
2 ,
' P - o adelant un paso hacia l, y
k
extendiendo un brazo desnudo:
-Maldicin sobre t que has robado Tanit! Odio!
exf,n

r r t r r r

doiori

***

<que ^

bataas, te destroce! que Mastiman, dios de los muertos,


teahoguelyqueelotro-elque
no debe n o m b r a r s e - t
S a k S k n ! , U n g r t 0 C 0 m 0 8i
Salamb repiti muchas veces:
(Vete, vete!

recibiera

una

estocada.

Los criados se a p a r t a r o n , y Matho, b a j a n d o la cabeza

laTanTa H T 1 6 T

la pUeita
' 66 d e t >
e aDchado

X '
^
de las
estrellas de oro del pavimento. Le arranc con un brusco
movimiento, y baj las escaleras.
86 h a b a

Spendio, s a l t a n d o de terraza e n terraza y salvando sej ^


ta*barreras
y r e g u e r o s de agua, escap de los

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B n d o 8U a l r e d e d o r

se

aleja, baja

Un rumor confuso llegaba sus odos. Parti aquel ruque haban robado el tesoro de la Repblica del templo
Moloch;

otros

hablaban de un sacerdote asesinado;

aquellos afirmaban que los brbaros haban entrado en la


ciudad.
Matho, que no saba como salir de los recintos, caminaba sin vacilar en lnea recta. Cuando advirtieron su presencia, se oy un clamor terrible. Todos comprendieron
lo que ocurra; fu una consternacin primero, despus
una inmensa clera.
Del fondo de los Mappales, de las alturas del Acrpolis,
de las catacumbas, de las orillas del lago, acudan hombres y hombres. Los patricios salan de sus palacios, los
vendedores de sus tiendas, las mujeres abandonaban sus
hijos. Todos cogan hachas, palos, espadas, pero el obstculo que detuvo Salammb les detena tambin ellos.
Cmo cogerle el velo? Su sola vista era un crimen; era de
la propia substancia de los dioses y su contacto produca
la muerte.
En el peristilo de los templos, los sacerdotes desesperados se retorcan los brazos, los guardias de la Legin galopaban al azar; la gente suba los terrados de las casas,
sobre los hombros de los colosos, sobre los mstiles de los
navios. Pero Matho adelantaba, y cada paso aumentaban su rabia y su terror. Las calles, quedaban desiertas
cuando se aproximaba, y aquel torrente de hombres que
huan, llegaba hasta la cima de las murallas. Por todas
partes slo vea ojos dilatados como para devorarle, dientes que crugan, puos amenazadores, y las imprecaciones
de Salammb resonaban multiplicndose.
De repente silb una larga flecha. Despus otra; pasaron zumbando las piedras, pero los proyectiles mal dirigidos porque se tema tocar al zaimph, no alcanzaban
Matho. Por otra parte servale de escudo el velo sagrado;
le tenda derecha, izquierda, delante, detrs, y sus
enemigos, no saban como aprisionarle. Cada vez andaba
ms aprisa. Metindose por las calles que le parecan
abiertas, pero veces las encontraba cerradas al final por
cuerdas y obstculos de toda especie. Lleg la plaza de

K h a m o n , d o n d e m u r i e r o n los baleares. M a t h o se detuvo

palideciendo como el que se siente morir. Aquella vez estaba perdido; la multitud aplauda.
Corri hasta la gran puerta que estaba cerrada. Era
muy alta, de roble, con clavos de hierro, y chapeada de
cobre. Matho trat de abrirla. El pueblo aullaba de alegra viendo la impotencia de su furor. Entonces tom su
sandalia, escupi en ella y abofete las inmviles hojas
La ciudad entera lanz un clamor. Parecan haber olvidado el velo. Iban matarle. Matho pase sobre la multitud una mirada vaga. Sus sienes latan con fuerza inusitada, aturdindole; senta el sopor de los borrachos. De
repente se fij en la larga cadena que haba para hacer
mover la bscula de la puerta.
De un salto, se colg ella, poniendo rgidos los brazos,
y afianzndose con los pies; las enormes hojas se entreabrieron.
Entonces, quitse del cuello el gran zaimph, y lo levant cuan alto pudo de su cabeza. El manto, sostenido por
el viento del mar, resplandeca al sol mostrando sus colores sus pedreras y la figura de sus dioses. Matho, llevndole asi, atraves toda la llanura hasta las tiendas de los
soldados, y el pueblo, en las muralla, miraba alejarse la
fortuna de Cartago.

> """1!HH!i!2B38iI!!!Pin"" <> nMiiilIllliinaffMlllillii'1'"'

VI

Hannon
l
| "EB robarla!deca por la noche Matho
Spendio,era preciso cogerla y arrebatarla de su casa! nadie se hubiera atrevi oponerse mi paso!
Spendio no le escuchaba. Tendido de
espaldas, reposaba con delicia junto una
jarra llena de hidromiel en la que, de
cuando en cuando, meta la cabeza para
beber ms abundantemente.
Matho aadi:
Qu hacer? Cmo volver Cartago?
No lo s,contest Spendio.
Aquella impasibilidad le exasperaba, y exclam:
La culpa es tuja! Me arrastras, y luego me abando-

K h a m o n , d o n d e m u r i e r o n los baleares. M a t h o se detuvo

palideciendo como el que se siente morir. Aquella vez estaba perdido; la multitud aplauda.
Corri hasta la gran puerta que estaba cerrada. Era
muy alta, de roble, con clavos de hierro, y chapeada de
cobre. Matho trat de abrirla. El pueblo aullaba de alegra viendo la impotencia de su furor. Entonces tom su
sandalia, escupi en ella y abofete las inmviles hojas
La ciudad entera lanz un clamor. Parecan haber olvidado el velo. Iban matarle. Matho pase sobre la multitud una mirada vaga. Sus sienes latan con fuerza inusitada, aturdindole; senta el sopor de los borrachos. De
repente se fij en la larga cadena que haba para hacer
mover la bscula de la puerta.
De un salto, se colg ella, poniendo rgidos los brazos,
y afianzndose con los pies; las enormes hojas se entreabrieron.
Entonces, quitse del cuello el gran zaimph, y lo levant cuan alto pudo de su cabeza. El manto, sostenido por
el viento del mar, resplandeca al sol mostrando sus colores sus pedreras y la figura de sus dioses. Matho, llevndole asi, atraves toda la llanura hasta las tiendas de los
soldados, y el pueblo, en las muralla, miraba alejarse la
fortuna de Cartago.

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VI

Hannon
l
| "EB robarla!deca por la noche Matho
Spendio,era preciso cogerla y arrebatarla de su casa! nadie se hubiera atrevi oponerse mi paso!
Spendio no le escuchaba. Tendido de
espaldas, reposaba con delicia junto una
jarra llena de hidromiel en la que, de
cuando en cuando, meta la cabeza para
beber ms abundantemente.
Matho aadi:
Qu hacer? Cmo volver Cartago?
No lo s,contest Spendio.
Aquella impasibilidad le exasperaba, y exclam:
La culpa es tuja! Me arrastras, y luego me abando-

as como u n cobarde q u e eres? Acaso d e b o obedecerte?

Crees ser mi dueo? Ah, alcahuete, esclavo! hijo de esclavo!


Rechinaba I03 dientes, y levantaba contra Spendio su
formidable mano.
El griego no contest. Una lmpara de arcilla brillaba
suavemente, iluminando una panoplia de la que estaba
suspendido el zaimph fulgurante.
De repente, Matho calz los coturnos, ci su coselete
de escamas de bronce, tom su casco.
Dnde vas?pregunt Spendio.
Voy all! Djame! Lo traer! Al que se me oponga,
le aplasto como una vbora! La matar, Spendio!
Call un instante, y luego repiti:
S la matar, ya lo vers, la matar!
Pero Spendio, que aguzaba el odo, arranc bruscamente el zaimph y le ech un rincn, tapndole con pieles.
Se oy un murmullo de voces, brillaron muchas antorchas, y Narr'Havas entr seguido de unos veinte hombres.
Llevaban mantos de lana blanca, largos puales, collares de cuero, aretes de madera y calzado de piel de hiena.
Inmviles en el umbral, se apoyaban en sus lanzas, como
pastores que reposan. Narr'Havas era el ms apuesto de
todos; correas adornadas de perlas cean sus delgados
brazos; el crculo de oro que sostena alrededor de su cabeza el amplio manto ostentaba una pluma de avestruz
que caa hacia su espalda; una eterna sonrisa mostraba
sus dientes; sus ojos eran agudos como flechas y primera vista se adverta su inteligencia y ligereza.
Declar que guerreara con los Mercenarios, porque la
Repblica amenazaba de antiguo su reino. Tena pues inters en socorrer los brbaros, y poda serles til.
Os proveer de elefantes, de vino, de aceite, de cebada, de dtiles, de pez y de azufre, para los sitios; y os proporcionar adems diez mil infantes y diez mil caballos.

Si me dirijo t, Matho, es porque la posesin del zaimph


te ha convertido en el jefe del ejrcito. Y aadi:
Adems, somos antiguos conocidos.
Matho, entretanto, miraba Spendio, que escuchaba
sentado sobre un montn de pieles, asintiendo con la cabeza. Narr'Havas, continu hablando. Invocaba el testimonio de los dio363, maldeca Cartago. En sus imprecaciones rompi una javalina. Su3 soldados lanzaron un
gran clamor, y Matho, arrastrado por aquella clera, dijo
que aceptaba la alianza.
Se trajo entonces un toro blanco y una oveja negra,
smbolos del da y de la noche. Se los degoll la orilla
de una fosa. Cuando sta estuvo llena de sangre, hundia
ron en ella los brazos, luego Narr'Havas, puso su mano
en el pecho de Matho, y ste la suya en el de Narr'Havas.
Repitieron aquel estigma en la tela de sus tiendas. Despus, pasaron la noche comiendo, y se quem el resto de
las carnes, junto con la piel los huesos, los cuernos y las
pezuas.
Una inmensa aclamacin salud Matho al volver trayendo el velo de la diosa; hasta lo3 que no crean en la
religin cananea sintieron que un Genio apareca. En
cuanto tratar de apoderarse del zaimph, nadie se le
ocurri; bastaba el modo misterioso como se habla adquirido para legitimar su posesin. As pensaban los soldados
de raza africana, los otros cuyo odio era menos tenaz, no
saban que resolver. Es casi seguro que, de haber tenido
navios, la mayora de ellos se hubiera marchado.
Spendio, Narr'Havas y Matho, enviaron mensajeros
todas las tribus del territorio pnico.
Cartago extenuaba aquellos pueblos. Les exiga impuestos exorbitantes y el grillete, el hacha la cruz, castigaban los morosos. Era preciso cultivar la tierra, segn
convena Cartago, entregarle lo que peda; nadie se
reconoca el derecho de poseer armas; cuando las aldeas y
Salammb
7

pueblos se rebelaban, se venda sus habitantes como esclavos; los gobernadores, se les estimaba como si fueran
prensas, segn la cantidad que producan. Luego ms all
de las regiones directamente sometidas Cartago, habitaban los aliados que no pagaban si no un mediano tributo;
ms all todava, vagabundeaban los nmadas quienes
se poda lanzar contra los aliados. Siguiendo tal sistema,
las cosechas resultaban siempre abundantes, las yeguadas
florecientes, las plantaciones soberbias. Catn el viejo, tan
entendido en materias de cultivo y de esclavitud, noventa
y dos aos ms tarde admir tal sistema, y el grito de
muerte que repeta en Roma, no era si no la voz de unos
celos feroces.
Durante la ltima guerra, las exacciones haban redoblado, por lo cual, casi todas las ciudades de la Libia,
abrieron sus puertas Rgulo. Para castigarlas se les exigi mil talentos, veinte mil bueyes, trescientos sacos de
polvo de oro, adelantos considerables de semillas, y los jefes de las tribus haban sido clavados en cruz echados
los leones.
Tnez, sobre todo, execraba Cartago. Ms antigua
que la metrpoli, no le perdonaba su grandeza. Permaneca frente sus murallas, hundida en el barro la orida
del agua, como un animal venenoso que la miraba. Las
deportaciones, las matanzas y las epidemias no le debilitaban. Haba sostenido Arcagates, hijo de Agatocles.
Los comedores de cosas inmundas, hallaron dentro de su
recinto cuantas armas quisieron.
. A P8nas recibieron los correos, estall en todas las pro
vincias un indecible regocijo. Sin detenerse ahorcaron
los intendentes de las casas y los funcionarios de la Repblica; sacaron de las cavernas las antiguas armas que
all ocultaban; con el hierro de los arados ee forj espadas;
los nios afilaban las jabalinas, y las mujeres daban sus
collares, sus sortijas, sus aretes, todo lo que poda servir
para la destruccin de Cartago. Todos queran contribuir

ella. Los haces de lanzas se amontonaban en las aldeas


como gavillas de trigo. Sa enviaron ganados y dinero. Matho, pag los mercenarios los atrasos de su sueldo, y
aquella idea de Spendio, la hizo nombrar generalsimo de
las cohortes brbaras.
Al mismo tiempo llegaban innumerables grupos de
hombres para aumentar el ejrcito. Primero aparecieron
los hombres de raza auctoctona, despus los esclavos del
campo. Se apoderaron los soldados de grandes caravanas
de negros, se arm stos, y muchos mercaderes que iban
Cartago, incitados por el lucro, permanecieron entre los
brbaros. Incesantemente llegaban al campamento de los
mercenarios grupos numerosos. Desde las alturas del Acrpolis, vease como aumentaba el ejrcito.
En la plataforma del acueducto, haba centinelas de la
Legin; cerca de ellos, de trecho en trecho, haba calderas
de cobre donde herva asfalto fundido. Al pi de las murallas, la gran muchedumbre se agitaba tumultuosamente.
Mostrbase incierta por que tema asaltar las murallas.
Utica Ippo Zarita, rehusaron su alianza. Colonias fenicias como Cartago gobernbanse si mismo, y en los tratados que firmaba la Repblica, se admita siempre una
clasula en su favor. Respetaban su hermana que las
protega, y no crean que una multitud de brbaros pudiera vencerla; por lo contrario, estimaban que sera ella la
vencedora. Deseaban permanecer neutrales y en paz.
Pero su posicin las haca indispensables. Utica, situada en el fondo de un golfo, poda enviar fcilmente
Cartago socorros del exterior. Si Utica resultaba vencida,
Ippo Zarita situada seis horas ms all, tambin en la eos
ta, la reemplazara, y la metrpoli, as socorrida sera
inexpugnable.
Spendio, quera que se asediara inmediatamente Caitago, pero Narr'Havas se opuso; era preciso ante todo asegurar las fronteras.
Tal era la opinin de los veteranos. Matho, la aprobaba

y qued decidido que Spendio atacara inmediatamente


.Utica, Matho Ippo Zarita, y que el tercer cuerpo de ejrcito, tomando Tnez por base de operaciones, ocupara
la llanura de Cartago, Autharito, se encarg de su jefatura.
En cuanto Narr'Havas, deba volver su reino para
procurarse elefantes, y recorrer los caminos con su caballera, para evitar la llegada de socorros la metrpoli.
Las mujeres se indignaron al saber aquella decisin; envidiaban las joyas de las damas pnicas. Los libios tambin reclamaron. Se les baba llamado contra Cartago, y
ahora se les arrojaba de ella. Matho, mandaba sus compaeros, los beros, los lusitanos y los hombres de
occidente y de las islas, y todos los que hablaban griego,
pidieron servir bajo las rdenes de Spendio, porque fiaban
en su inteligencia.
La estupefaccin fu grande cuando se vi que el ejrcito se mova de repente. Luego, se extendi bajo la montaa Ariana, por el camino de Utica, orillas del msr. Un
gran destacamento permaneci junto Tnez; y el resto,
desapareci y reapareci de all poco la otra orilla del
golfo, cerca de los bosques entre los cuales se perdi.
Eran ochenta mil hombres quiz. Las dos ciudades tirias no resistiran, y pronto volveran contra Cartago. Un
ncleo importante ya la sitiaba ocupando el itsmo por su
base, y bien pronto tendra que rendirse por hambre, pues
no podra vivir sin el auxilio de las provincias. El gnio
poltico, faltaba Cartago, su eterna sed de ganancias le
impeda tener aquella prudencia que proporcionan las
ambiciones ms nobles. Navio anclado en la arena lbica
solo podra permanecer en ella fuerza de trabajo. Las
naciones y las olas mugan de continuo alrededor de ella
y la menor tempestad, conmova el formidable edificio.
El tesoio estaba agotado por la guerra romana, y por
todo lo que se haba derrochado y perdido, mientras se
regateaba con los brbaros. Sin embargo, era preciso encontrar soldados, y no haba un gobierno que fiara en su

buena fe. Ptolomeo, poco tiempo antes le haba rehusado


dos mi talentos. Adems el robo del velo, descorazonaba
los cartagineses, como lo haba previsto Spendio.
Pero aquel pueblo que se senta aborrecido apretaba
contra su corazn su dinero y sus dioses; y su patriotismo
se avivaba por la forma de su gobierno.
El poder dependa de todos sin que ninguno fuera bastante fuerte para acapararlo. Se consideraban las deudas
particulares como deudas pblicas, los hombres de raza
cananea, tenan el monopolio del comercio; sumando los
beneficios de la piratera los de la usura, esplotando rudamente las tierras los esclavos y los pobres, veces, se
llegaba la riqueza.
Esta era la nica que daba acceso todas las magistraturas, y an que t i poder y el dinero se perpetuaran en
las mismas familias, se toleraba la oligarqua por la esperanza de conseguirle.
Las sociedades de comerciantes que redactaban las leyes, escogan los inspectores de hacienda, los cuales al dejar su empleo, nombraban los cien individuos del Consejo de los Antiguos, el cual su vez, dependa de la gran
Asamblea, reunin general de todos los ricos.
En cuanto los dos suffetas, aquellos restos de los antiguos reyes, menos poderosos que Cnsules, se elegan el
mismo da en el seno de dos familias distintas. Se les divida por toda suerte de odios y envidias para que se debilitaran reciprocamente.
No podan deliberar sobre la guerra; y cuando quedaban vencidos, el Gran Consejo les crucificaba.
As pues, la fuerza de Cartago, emanaba de los Pussylas, establecidos en un gran patio en el centro de Malqua,
en el sitio en que haba sacado la primera barca de mari eros fenicios, y que ahora resultaba tenerse firme, porque desde entonces se haba retirado mucho el mar. Haba en aquel patio gran nmero de habitaciones pequeas,
de arquitectura arcaica, construidos de troncos de palme-

ra para que pudieran deliberar las diferentes compaas.


Los ricos, se reunan en aquel sitio y pasaban discutiendo
horas y horas acerca de sus intereses, y de los del gobierno, tratando desde el cultivo de la pimienta hasta la esterminacin de Roma. Tres veces por luna, hacan subir
sus lechos la alta terraza que limitaba las paredes del
patio; y desde abajo se les vea sentados en la altura sin
coturnos y sin mantos, con los diamantes de sus dedos
que se paseaban sobre las carnes, y sus grandes arracadas
que se hundan en las jarras, todos gordos y fuertes, medio desnudos, dichosos, riendo y comiendo en pleno azul,
como tiburones que juegan entre las olas.
En la ocasin presente, no podan disimular su inquie
tud, y estaban plidos; la muchedumbre que les esperaba
en la puerta les escoltaba hasta sus casas para ver de sacarles alguna noticia. Como en tiempo de peste todas las
casas estaban cerradas; las calles se llenaban y vaciaban
en un momento; se suba al Acropolis; se acuda al puerto; el Gran Consejo, delliberaba cada noche.
Por fin el pueblo fu convocado en la plaza de Khamon
y se decidi dar el poder supremo Hannon, el vencedor
de Hecatomphilo.
Era un hombre devoto, taimado, implacable para los
africanop, un verdadero cartagins. Sus rentas eran tan
grandes como las de los Barca. Nadie como l era entendido en administracin.
Decret el alistamiento de todos los ciudadanos vlidos.
Coloc catapultas en las torres, exigi aprestos considerables de armas, orden la construccin de catorce galeras,
que de momento no se necesitaban; quiso que todo se
anotara se detallara. Se hacia trasportar al arsenal, al
faro, al tesoro de los templos; de continuo se vea su gran
litera que oscilando de grada en grada, suba la escalinata
del Acrpolis. Por la noche en su palacio, como no poda
dormir, para prepararse al combate, ordenaba con voz terrible maniobras militares.

Todos por exceso de terror resultaban valientes. Los Ricos desde que cantaban los gallos se alineaban lo largo
de los Mappales, y arremangando sus tnicas se adiestraban en manejar la pica. Pero como no tenan quien les
instruyera disputaban. Sentbanse cansados sobre las tumbas, y luego, volvan empezar. Muchos se sometieron
un rgimen determinado. Unos creyendo que para resistir
las fatigas de la guerra, era preciso comer mucho, se hartaban brutalmente; otros quienes su corpulencia molestaba, se imponan abstinencias y ayunos.
Utica haba reclamado ya muchas veces el auxilio de
Carta go, pero Hannon, no quiso marchar hasta que no
falt ni un clavo las maquinas de guerra. Perdi todava
tres lunas, equipando los ciento doce elefantes que haba
en los establos de las murallas; eran los vencedores de Rgulo; el pueblo les quera; deba tratarse con esmero
aquellos antiguos amigos.
Hannon, hizo refundir las planchas de cobre que cubran su pecho, dorar sus colmillos, ensanchar sus torres
y cortar las piezas de la mejor prpura gualdrapas bordadas con franjas preciosas. Como se acostumbraba llamar
sus conductores los indios,> orden que todos se les
vistiera segn la usanza india, es decir con un turbante
blanco y un taparrabos de bysso que formaba con sus
pliegues transversales modo de las valvas de una concha
sobre Iss caderas.
El ejrcito de Autharito, continuaba ante Tnez. Se
ocultaba detrs de la muralla construida con barro del lago
erizada con su cima de malezas espinosas. Los negros haban puesto sobre altos palos hombres monigotes, mscaras humanas hechas con plumas de pjaros, cabezas de
chacales y de serpientes que abran las fauces de cara al
enemigo, para asustarle. Por tal medio, y creyndose invencibles, los brbaros bailaban, luchaban y jugaban convencidos de que Cartago sucumbira muy pronto. Otro
que no fuese Hannon hubiese aplastado fcilmente aque-

lia muchedumbre la que embarazaban para sus maniobras grandes rebaos y buen nmero de mujeres. Autharito desanimado, no exiga nada de sus subordinados. Se
apartaban cuando pasaba centelleando sus grandes ojos
azules, luego, llegado la orilla del lag>, se quitaba su
sayo de piel de f ca, desataba la cuerda que sujetaba sus
largos cabellos rojos y los sumerga en el agua. Senta no
haber desertado al campo romano con los dos mil galos
del templo de Eryx.
A veces, en mitad del da obscurecase el sol, entonces, el
golfo y el mar libre parecan inmviles, como si fueran de
plomo fundido. Una nube de polvo obscuro llegaba arremolinndose, las palmeras se encorvaban, desapareca el firmamento, oase chocar las piedrezuelas contra la grupa de
los animales, y el Galo con los labios pegados los agujeros de su tienda se ahogaba de sofocacin y de melancola.
Otros, adems de l, echaban de menos su patria, aunque no fuera tan lejana. Los cartagineses cautivos podan
distinguir al otro lado del golfo, en los pendientes de Byrsa los velorios de sus casas tendidos en los patios.
Pero los centinelas les vigilaban de continuo. Se les ha
ba atado todos una cadena comn. Todos llevaban
un yugo de hierro, y la multitud no se cansaba de mirarles. Las mujeres enseaban sus hijos sus preciosas tnicas desgaradas que colgaban de sus miembros demacrados.
Cada vez que Autharito miraba Giscn, senta un tremendo furor al recordar su injuria; le hubiera matado sin
el juramento que hizo Narr'Havas. Entonces volva su
tienda, beba uaa mezcla de cebada y comino hasta emborracharse, y despues, despertaba devorado por una sed
horrible.
Matho entretanto, sitiaba Hippo Zaryta.
La ciudad estaba protegida, por un lago que comunicaba con el mar. Tena tres recintos y sobre las alturas que

la rodeaban haba una muralla flanqueada de torre?. Nunca haba acometido el libio empresas tale3. El recuerdo de
Salamb le obsesionaba y soaba en los placeres que
deba proporcionar su belleza, como delicias de una venganza que le transportaba de orgullo. Pens varias veces
en ofrecerse como parlamentario. Pensaba que si entraba
en Cartago, podra llegar hasta ella. A veces daba la seal
del asalto y se lanzaba como un loco contra una obra de
defensa de los sitiados. Detrs de l iban los brbaros, destruyendo cuanto encontraban, derribando con su espada
y con sus hachas todos los obstculos. Las escalas cafan
con estrpito; resonaban los gritos de angustia de vencidos
y vencedores que caan heridos, y todo volva quedar en
silencio:
Matho se sentaba fuera de las lneas de las tiendas y, '
enjugndose con sus manos su rostro salpicado de sangre,
miraba hacia Cartago,
Delante de l entre los olivos, palmera?, mirtos pltanos, haba dos anchos estanques que se juntaban un lago, cuyos contornos no se vean apenas. Detrs de una
montaa surgan otras montaas, y en el centro del inmenso lago, elevbase una isla negra de forma piramidal.
A la izquierda, al extremo del golfo, montones de arena,
enormes, densas, semejaban olas amarillentas petrificadas de repente, mientras el mar, plano como un pavimento de lapislzuli, elevbase insensiblemente hasta confundirse con las nubes.
Matho lanzaba hondos suspiros. Se tenda de bruces en
la arena y hundiendo en ella sus manos, lloraba. Sentase
solitario, dbil, abandonado. Jams obtendra lo que
anhelaba y ni siquiera poda apoderarse de una ciudad.
Por la noche, en su tienda, contemplaba el zaimph.
Para que le servia aquel atributo de los Dioses? Y de
nuevo dudada. Luego pensaba que aquel manto perteneca Salamb y que un soplo de su alma flotaba entre

sus pliegues; y entonces le palpaba, le olla, hunda en l


su rostro y le besaba sollozando.
Se cubra los hombros con l para formarse la ilusin
de que estaba junto ella.
A veces se escapaba de repente. Saltaba por sobre los
soldados que dorman envueltos en sus mantos, montaba
caballo, galopaba sin descanso y dos horas despus estaba en tica al lado de Spendio.
Al principio hablaba del sitio; pero despus, para mitigar su dodor slo pensaba en Salamb y de ella hablaba. Spendio le exhortaba tener paciencia.
Rechaza esos pensamientos que degraban tu alma.
En otro tiempo obedecas; hoy mandas. Si no conquistamos Cartago, cuando menos se nos conceder algunas
provincias y seremos reyes.
Pero porqu la posesin del Zaimph no les aseguraba
la victoria? Segn Spendio, era preciso esperar.
Matho imaginaba que el zaimph solo tena virtudes
para los hombres de raza cananea y en su malicia de brbaro pensaba; El velo no har nada en mi favor; pero
como se lo han dejado arrebatar, tampoco les favorecer
ellos. >
Despus nuevas dudas le asaltaron. Tena que, sacrificando Aptonknos, dios de los libios, se ofendiera Moloch; pregunt Spendio cual de los dos sera ms prudente sacrificar un hombre.
Es igual,replic Spendio.
El libio no comprenda tal indiferencia imagin que
el griego tena un genio del que no quera revelar el nombre.
Todos IOB cultos como todas las razas alentaban en las
filas de los brbaros. Adems de tener los suyos, respetaban los ajenos. Algunos mezclaban extraas prcticas
sus ritos nacionales. Otros, fuerza de saquear templos
y derribar dolos y degollar BUS sacerdotes, acababan
por no creer si no en el Destino y en la Muerte. Spendio

hubiese escupido Jpiter Olmpico y, sin embargo, tema hablar en voz alta obscuras y cada da se calzaba primero el pie derecho.
Haca levantar enfrente de Utica una ancha terraza
cuadrangular, pero medida que suba elevbanse las
murallas tambin y lo que derribaban unos, casi inmediatamente lo separaban los otros. Spendio procuraba ahorrar las vidas de sus soldados, y procuraba recordar la estratagema que oyo contar en sus viajes. Porque Narr'Havas, no volva? Aumentaba la inquietud.

Hannon haba terminado sus preparativos. En una noche sin luna, hizo atravesar en almada el golfo de Cartago
sus elefantes y soldados.
Luego, dieron la vuelta la montaa de las Aguas Calientes para evitar Autharito, y avanzaron con tal lentitud, que en vez de sorprender los brbaros al amanecer,
como calculaba el Su fleta, se lleg su vista en pleno da
de la tercer jornada.
Utica tena por el lado de Oriente una gran llanura que
llegaba hasta la laguna de Cartago; detrs de ella, empezaba un valle aprisionado entre dos bajas colinas aisladas;
los brbaros estaban acampados ms lejos, la izquierda,
para poder bloquear el puerto; dorman dentro de sus
tiendas, cuando apareci el ejrcito cartagins.
Los honderos iban en las alas. Los guardias de la Legin, sepultados en sus armaduras de escamas de oro, formaban la primera lnea; montados en sus grandes caballos, sin erices ni orejas, y que llevaban en medio de la
frente un cuerno de plata para que semejasen reinoceron
tes. En los huecos que dejaban BUS escuadrones, iban infantes con casco que balanceaban en cada mano una jabalina de fresno. Las largas lanzas de la infantera pesada
asomaban detrs de ellos.
Todos aquellos mercaderes haban acumulado sobre s

el mayor nmero posible de armas. Algunos llevaban la


vez una lanza, un hacha, una maza, dos espadas; y otros
parecidos puerco espines, aparecan erizados de dardos y
sus brazos se apartaban de las corazas formadas de placas
de cuerno de planchas de hierro. Aparecieron luego las
grandes mquinas de guerra; carrobalistas, onagres, catapultas y escorpiones, oscilaban sobre carromatos tirados
por muas y cuadrigas de bueyes. A medida que el ejrcito se desplegaba, los capitanes sofocados, corran derecha izquierda para comunicar rdenes, estrechar filas y
hacer que cada cual ocupara su puesto. Los de los Antiguos llevaban cascos de prpura, cuyas franjas magnificas
y largusimas se enredaban con las correas de los coturnos.
Los cartagineses, maniobraban tan pesadamente, que
los soldados riendo lea invitaron sentarse. Les gritaban
que en seguida les vaciaran las barrigas y les haran beber hierro.
En lo alto del mstil plantado ante la tienda de Spendio, apareci un pedazo de tela roja. Era la seal. El ejrcito cartagins contest ella con gran ruido de trompetera de cmbalos, de flautas hechas con hueses de asno y de
tmpanos. Ya los brbaros haban saltado fuera de las empalizadas. L03 dos ejrcitos estaban tiro de jabalina frente frente.
Un hondero balear adelant un paso, puso una bala de
arcilla en la onda, volte sta; estall un escudo de marfil
y los dos ejrcitos se precipitaron uno sobre otro.
Con la punta de sus lanzas los griegos, pinchando los
caballos en las narices los derribaron sobre sus ginetes.
Los esclavos que deban lanzar piedras, las tomaron demasiado gruesas y no podan arrojarlas lejos. Los infantes
pnicos al herir de tajo con su3 largas espadas, descubran
el flanco derecho. Les brbaros hundieron sus lneas y les
degollaban fcilmente; tropezaban con los moribundos y
los cadveres, cegados por la sangre que les saltaba al ros-

tro. Aquel montn de picas, de cascos, de corazas, de espadas y de miembros confundido?, se revolva, se ensanchaba, se estrechaba en elsticas contracciones. Las cohortes cartaginesas cedieron ms y m?; sus mquinus de
guerra no podan adelantar en la arena; la litera del sufleta, que se vea desde el principio balancear por sobre los
hombros de los soldados como una tarca sobre las olas,
zozobr de pronto. Haba muerto? Los brbaros quedaron solos.
Desvanecase la polvareda alrededor de ellcs y empezaban cantar victoria cuando Hannon apareci montado
en un elefante. Llevaba la cabeza desnuda, y su collar de
placas azules chocaba contra su tnica negra; aros de diamantes compriman sus enormes brazos y con la boca
abierta blanda una pica desmesurada que terminaba en
varias puntas y ms brillante que un espejo. En seguida
retembl el suelo, y los brbaros vieron avanzar en una
sola lnea todos los elefantes de Cartago, con sus colmillos
dorados, las orejas pintadas de azul, cubiertos de bronce y
balanceando sobre sus formidables torres de cuero en que
haba tres arqueros con el arco tendido. Apenas si los soldados pudieron defenderse. Considerando segura la victoria, se hablan desbandado y se alinearon como pudieron. El terror paraliz su empuje y permanecieron indecisos.
Desde lo alto de las torre3 les echaban jabaiinas, flechas,
falaricas, masas de plomo. Alguno?, queriendo subir las
torres, se agarraban las franjas de las gualdrapas. Con
grandes cuchillos se les cortaban las manos, y caan hacia
atrs sobre las espadas en alto. Las pica3, demasiado dbiles se rompan. Los elefantes, pasaban travs de las falanjes, como los jabales por el monte bajo; arrancaban las
estacas del campamento con sus trompas. Atravesaron te de un extremo otro derribando las tiendas con el pecho. T o d o 3 I 0 3 brbaros haban huido. S8 ocultaban en las
colinas por donde los cartagineses llegaron.

H a n n o n vencedor, se present ante las puertas de Uti"


ca. Hizo tocar las trompetas. Los tres jueces de la ciudad
aparecieron en lo alto de una torre entre la almena.
Lo3 de Utica no queran recibir huspedes tan bien armados. Hannon se indign. Por fin consintieron en admitirle con una corta escolta.
Las calles eran demasiado estrechas para los elefantes.
F u preciso dejarles fuera.
En cuanto el sufleta entr en la ciudad, fueron saludarle los principales ciudadanos. Se hizo llevar los baos
y llam sus cocineros.

Tres horas despus, an estaba hundido en el aceite de


cinamomo, del que llenaron la pila; mientras Ee baaba,
coma, sobre una piel de buey tendida, lenguas de fenicopteros con semillas de amapola mezcladas con miel.
Cerca de l, su mdico griego, envuelto en su ampa tnioa amarilla, haca calentar de cuando en cuando la estufa y dos jvenes inclinados sobre los peldaos del bao
le frotaban las piernas. Pero los cuidados de su cuerpo, no
amenguaban su amor la Repblica y dictaba una carta
para el gran Consejo. Como se haban cogido algunos prisioneros, preguntbase qu terrible castigo inventara.
Espera,dijo un esclavo que escriba.Que me los
traigan, quiero verlos!
Desde el fondo de la sal8, llena de un vapor blanquecino en que las antorchas formaban como manchas rojas,
empujaron tres brbaros; un samnita, un espartano y
un capadocio.
Contina,dijo Hannon.
Alegraos, luz de los Baalt! vuestro sufleta ha exterminado los perros voraces! Bendita sea la Repblical Ordenad rezos pblicos!
Vi los cautivos y riendo les dijo;
Ah Ah Valientes de Sicca! Parece que hoy no gri-

tis tan fuerte. Soy yo! Me conocis? Dnde estn, pues,


vuestras espadas? En verdad que sois terribles!
Fingi querer ocultarse como si tuviesen miedo.
Pedais caballos, mujeres, tierras, magistraturas, sacerdocios! Por qu no? S, j o os dar tierras de las que
jams saldris! Se os casar con horcas nuevas! Vuestra
paga? Os la fundiremos en la boca en lingotes de plomo!
Y os pondr en buen sitio, muy alto, casi en las nube?,
para que os acerquis las guilas!
Los tres brbaros desgreados y cubiertos de harapos,
le miraban sin comprender lo que deca. Heridos en las
rodillas, les cogieron echndoles cuerdas, y las gruesas cadenas de sus manos arrastraban por el pavimento.
Hannon se indign al ver su impasibilidad.
De rodillas! De rodillas! Chacales, polvo, gusanos,
excrementos! Y no me contestan! Basta! Callaos! Que
se les depellejei No! Esperad!
Soplaba como un hipoptamo dilatando los ojos. El
aceite perfumado pegndose las escamas de su piel, y la
luz de las antorchas le daba un tinte rosado.
Aadi:
Durante cuatro das hemos sufrido el sol. En el paso
de Macar, hemos perdido las mulap. Ah! Cmo sufro!
Que se calienten los ladrillos hasta el rojo!
Ss oy un ruido de palas y el incienso hume en los
anchos pebeteros y unos esclavos desnudos que sudaban
como espor jas, aplastaron sobre las articulaciones del Sufleta una pasta compuesta de harina, azufre, vino tinto,
leche de perra, mirra, glbano, y styrax. Una sed incesante le devoraba; el hombre vestido de amarillo no cedi
sus ruegos, y tendindole una capa de oro donde humeaba un caido de vbora, bebe, la dijo, para que la fuerza
de las serpientes nacidas del sol, penetre en el tutano de
los huesos. Oh! Reflejo de los dioses! Ya sabes que un sacerdote de Schum observa alrededor del Perro los astros

crueles que engendran tu enfermedad. Padecen como las


mculas de tu piel, y no morirg.
No, verdad?repiti el Suffeta.|No debe morir!
Y de sus labios violceos se escapaba un aliento ms
nauseabundo que la exhalacin de un cadver. Dos brasas
parecan arder en el sitio de los ojos que no tenan pestataas Un colgajo de piel rugosa le caia sobre la frente.
Sus dos orejas apartndose de la cabeza, empezaban
crecer y las arrugas profundas que formaban semicrculos
alrededor de sus narices, le daban u n aspecto extrao y
espantoso, gran semejanza un animal feroz. Su voz extraa pareca un rujido. Dijo:
Quizs tienes razn, Demonades, creo que no debo
morir. [Me sieto fuerte, mira, mira como trago!
Y meno3 por gula que por ostentacin, y para probarse
asimismo que estaba bien, se hartaba de quesos, de pescados limpios de espina, de ostras, huevos, trufas y pajaritos
asados. Mirando los prisioneros se deleitaba pensando en
su suplicio. Al acordarse de Sicca, la rabia de todos sus
dorores se exhalaba en injurias contra aquellos hombres.
- [Ah traidores! Miserables! Malditos! Me ultrajabais
mi! A m, el Suffeta! Sus servicios! El precio de su
Eangre como dicen elllos! Ah! S! Su sangre! Su sangre!
Luego, hablando consigo mismo, aadi:
Todos perecern, no se vender ni uno solo! Mejor
sera conducirlos Cartago. Pero no tengo bastantes cadenas! Escribid que me enven! Cuntos son? No haya
piedad! Que me traigan en cestas todas sus manos cortadas.
En aquel instante estallaron gritos extraos la vez
roncos y agudos, dominando la voz de H m n o n y el ruido
de I03 p'atos que se le servan. Crecieron cada vez m?, y
se oy de sbito el grito furioso de los elefantes, como si
la balaHa empezara de nuevo. Un gran tumulto rode la
ciudad entera.
Los cartagineses no haban tratado de perseguir les

brbaro?. Permanecieron al pie de las murallas con sua


bagajes, sus criados y todo su tren de strapas. Entretenanse en sus tiendas bordadas de perla?, mientras el
campamento de los mercenarios, situado en la llanura no
era sino un monton de ruinas. Spendio recobr su valor
Envi Zarachas al campamento de Matho, recorri los
bosques, reuni sus hombres, los cuales, irritados de haber sido vencidos sin combate, de nuevo formaron sus cohortes y compaas. Entonces encontraron u n gran cubo
de petrleo abandonado sin duda por los cartagineses.
Spendio hizo coger gran nmero de cerdos, los remoj con
el lquido, le inflam y lo3 dirigi hacia Utica.
Los elefantes, asustados por aquellas llamas huyeron.
E l terreno estaba en pendiente all y los cartagineses al
ver la luz de aquello3 animales, les echaron jabalinas que
acabaron de irritarle, y con sus colmillos y bajo sus pies
aplastaban los cartagineses, le3 ahogaban, le.s destrozaban. Detrs de ellos, los brbaros bajaban de la colina;
el campamento pnico s i l empalizadas ni trinchera?, fu
tomado a la primera embestida y los cartagineses fueron
aplastados contra las puertas que no se abrieron por temor los mercenarios.
Apuntaba el da; por occidente se vi llegar la infantera de Matho- Al mismo tiempo apareci gran golpe de jinetes; eran Warr'Havas con sus nmidas. Saltando barrancos y malezas perseguan los fugitivos como lebreles
que dan caza las liebres. Aquel cambio de fortuna, interrumpi al Sufeta. Grit que le sacaran del bao.
Los tres prisioneros permanecan an ante l. Entonces
un negro, el mismo que en la batalla llevaba su quitasol
se inclin su odo.
Qu?...contest el Suffeta lentamente.Ah! mtalos! aadi con tono brusco.
El etiope, Bac del cinto u n largo pual y las tres cabeSalammb

zas cayeron. Una de ellas, botando entre los restos del festn salt dentro de la pila, donde flot unos instantes con
la boca abierta y los ojos fijos.
La claridad de la maana entraba por las aberturas; de
los tres cuerpos tendidos boca abajo, sala borbotones la
sangre como de tres fuentes, y un charco de sangre corra
por el mosico cubierto de polvo azul. El Suft'eta moj la
mano en aquel fango caliente y con l se unt las rodillas.
Era un remedio.
Cuando lleg la noche sali de la ciudad con su escolta, y luego metise entre montaas para reunirse su ejrcito.
Slo encontr los restos.
Cuatro das despus, estaba en Gorza, en lo alto de un
desfiladero, cuando las tropas de Spendio se presentaron
en la parte baja.
Han non reconoci en la reta guardia al rey de los numidas; Narr'Havas se inclin para saludarle, hacindole una
seal que no comprendi.
Volvi Cartago pasando mil penalidades. Unicamente
caminaban de noche; de da se ocultaban en los olivares.
En cada etapa moran muchos; se creyeron perdidos muchas veces; por fin llegaron al cabo Hermteum, donde embarcaron.
Hannon estaba tan fatigado, tan desesperado, que pidi
veneno Demnades. Adems se vea ya crucificado.
Cartago no tuvo fuerza para indignarse contra l. Se
haban perdido cuatrocientos mil novecientos setenta y
dos eiclos de plata, quince mil seiscientos veintitrs shekels de oro, dieciocho elefantes, catorce individuos de
Gran Consejo, trescientos Ricos, ocho mil ciudadanos y
todas las mquinas de guerra! La defeccin de Narr' Havas era cierta, I03 dos sitios empezaron de nuevo. El ejrcito de Autharito, se extenda ahora desde Tnez hasta
Rades.

humaredas que suban hasta el cielo. Eran las quintas de


los Ricos que ardan.
Slo un hombre hubiera podido salvar la Repblica.
Se arrepintieron de haberle desconocido, y hasta el partido de la paz, vot holocaUtos para la vuelta de Hamilcar.
La prdida del zaimph haba transformado Salammb. Por la noche crea oir los pasos de la Diosa y despertaba asustada lanzando gritos. Todos los das mandaba
llevar comida los templos. Taanach se extenuaba cumpliendo sus rdenes, y Schahabarina no la abandonaba.

De lo alto del Acrpolis se vean en la campia espesas

VII

Hamlcar Barca

SL Anunciador de las Lunas, que vigilaba


todas las noches desde lo alto del templo
de Eschmn, para sealar con su trompeta las agitaciones del astro, advirti una
maana por el lado de Occidente, algo
parecido un pjaro rozando con sus
alas la superficie del mar.
Era un navio con tres rdenes de remeros; llevaba esculpido en la proa un caballo. Elevbase el sol; el Anunciador de las Lunas se puso
la mano ante los ojos, y luego, cogiendo su clarn, lanz
un gran grito de cobre hacia Cartago.
De todas las casas sali la gente; no se quera creer lo

que ocurra, disputaban todos y el muelle se llen de curiosos. Por fin se reconoci la trireme de Hamilcar.
Avanzaba orgullosa y feroz con la antena recta, la vela
hinchada y hendiendo la espuma; sus gigantescos remos
se hundan cadenciosamente en el agua. De cuando en
cuando en la extremidad de su quilla, formada como la
reja de un arado, apareca, bajo el espoln que terminaba
la proa, el caballo de cabeza de marfil encabritado, como
si corriera eobre las llanuras del mar.
Junto al promontorio ces el viento, c-ay la vela, .y se
vi junto al piloto un hombre de pie con la cabeza desnuda. Era l, el suffeta Hamilcar! Llevaba alrededor de
la cintura anchas hojas de hierro que relucan, un manto
rojo penda de sus hombros dejando ver sus brazos; do3
perlas muy largas colgaban de sus orejas, y cala sobre su
pecho la barba espesa y negra.
La galera empujada por las olas se acerc al muelle, y
la multitud la segua andando y gritando:
Salud! bendicin! ojo de Kharaon! Ah lbranos!
La culpa la tienen los Ricos! Quieren matarte! Cuidado
Barca!
No contest, como si el clamor del ocano y de las batallas le hubiesen ensordecido. Pero cuando lleg al pie
de la escalera que bajaba del Acrpolis, Halmicar baj la
cabeza, y cruzado de brazos mir el templo de Eschmun.
Su mirada subi ms aun, se perdi en la bveda inmensa; con voz spera di una orden sus marineros; la trireme salt; roz el dolo que se ergua en el ngulo del
muelle para detener las tempestades; y en el puerto del
Comercio, lleno de inmundicias, de trozos de madera y de
cscaras de frutas, rechazaba parta los otros navios
amarrados estacas y que terminaban en forma de mandbulas de cocodrilo. El pueblo, acuda all, y algunos para saludarle de ms cerca se echaron al agua. El buque
estaba ya ante la puerta erizada de clavos. Levantse y la
trireme desapareci bajo la bveda profunda.

El puerto militar estaba completamente separado de la


ciudad; cuando llegaban embajadores les era preciso pasar entre dos murallas por un corredor que desembocaba
la izquierda en frente del templo de Khamon. Aquella
gran extensin de agua redonda como ua vaso, hallbase
rodeada de muelles, donde haba como unos grandes nichos para abrigar los navios. Delante de cada uno de
ellos se levantaban dos columnas que en su capitel tenan
los cuernos de Ammon, lo cual formaba una lnea de prticos alrededor del estanque. En el centro, en una isla, se
levantaba una casa para el suffeta del mar1.
El agua era tan lmpida, que se vea el fondo pavimentado de guijarros blancos. El ruido de las calles no llegaba hasta all, y Hamilcar, pasando, reconoca las triremes
que haba mandado.
Solamente quedaban unas veinte cuidadosamente resguardadas, y cubiertas de dorados y de smbolos msticos.
Pro por la accin del tiempo las Quimeras haban perdido sus alas, los Dioses sus brazos, I03 toros sus cuernos de
plata. Todas medio despintadas, inertes, podridas, pero
llenas de recuerdos exhalaban todava como el aroma de
sus viajes, y al ver pasar Hamilcar, al igual de los soldados mutilados que ven su antiguo jefe, parecan decirle: Somos nosotras! pomos nosotras! T tambin eres
un vencido.
Nadie, fuera del suffeta del mar, poda entrar en la casaalmirante. Hasta que se tena la prueba de su muerte, se
le consideraba siempre como vivo. Los Antiguos evitaban
de aquel modo un amo, y no haban faltado tampoco esta
vez la costumbre. El Suffeta penetr en las salas desiertas. A cada paso encontraba armaduras, muebles, objetos
conocidos, y que sin embargo le admiraban, y en el vestbulo haba an, en un pebetero la ceniza de los perfumes
quemados al partir para conjurar Meikarth. No era de
aquel modo como esperaba volver. Todo lo que haba hecho, cuanto haba visto, apareci ante su memoria: los

asalto?, los incendios,las Legiones, las tempestades, Drepano, Siracusa, Lili vea, el monte Etna, la meseta de Eryx,
cinco aos de batallas, hasta el da funesto en que, deponiendo las armas, ss perdi Sicilia.
Subi al ltimo piso de la casa; luego, sacando de una
concha de oro suspendida . su brazo una esptula adornada de clavos, abri la puerta de u n a salita oval.
Delgadas redondeles negras, hundidas en la pared y
transparentes como cristal, la iluminaban suavemente.
Entre las hileras de aquellos disco3 iguales, se vean unos
agujeros parecidos los de las urnas en los columbarios.
Contena cada uno una piedra esfrica, negruzca, que pareca muy pesada. Unicamente las inteligencias superiores
honraban aquellas piedras desprendidas de la luna. Por
su cada representaban los astros, el cielo, el fuego; por su
color, la noche tenebrosa; por su densidad, la cohesin de
las cosas terrestres. Una atmsfera sofocante llenaba aquel
lugar mstico. Arena del mar que el viento haba empujado sin duda travs de la puerta, blanqueaba algo las
piedras redondas de los nichos. Hamiicar con la punta de
su dedo, las cont todas; luego ocult el rostro bajo un
velo do color de azafrn, y cayendo de rodillas se ech de
bruces con los brazos extendidos.
La luz exterior atravesaba las obscuras hojas que tapaban I33 ventanillas. Arborescencias, montculos, torbellinos, extraos animales, se dibujaban en su espesor difano, y la luz llegaba espantable y pacfica sin embargo, como debe existir detrs del sol, en los tristes espacios de
las creaciones futuras. S9 esforzaba en borrar de su mente todas las formas, todos los smbolos y apelativos de los
Dioses, fin de poder comprender mejor el inmutable espritu que las apariencias ocultan. Algo de las vitalidades
planetarias le penetraba, mientras senta por la muerte y
por todos los azares un desdn ms hondo y ms ntimo.
Cuando se levant, sentase lleno de una intrepidez serena, invulnerable la misericordia, al temor, y como senta

pesar aquella atmsfera sobre su pecho, subi la cima


de la torre que dominaba Cartago.
L% ciudad se extenda en pendiente con sus cpulas,
sus templo?, sus techos de 010, sus casas, sus grupos de
palmsia3, sus bolas de cristal que lanzaban destellos, y las
muralla?, formaban como una gigantesca guarnicin
aquel cuerno de la abundancia que pareca verterse sus
pie?. Abajo, vea los puertos, las plazas, el interior de los
patios, las lneas de las calles, los hombres diminutos casi
pegados al pavimento. Ab! si Hannon no hubiese llegado
demasiado tarde el da de las islas Egatesl Sus ojos se
hundieron en el extremo horizonte, y tendi hacia el lado
de Roma sus brazos temblorosos.
La muchedumbre ocupaba las gradas del Acrpolis. En
la plaza de Kbamon haba empujones para ver al suffeta
cuando saliera. Las terrazas se ilenaban de gente. Algunos
le reconocieron. Se le saludaba; se retir, para mejor excitar la impaciencia del pueblo.
Hamiicar encontr en el gran saln ios hombres ms
importantes de su partido: Istaten, Subeldia, Hictamon,
Jeubas y otros. Le contaron cuanto haba ocurrido desde
que se firm la paz: la avaricia de I03 Antiguo?, la marcha de los soldados, su vuelta, sus exigencias, la captura,
da Gitcon, el robo del Zaimph, Urica socorrida y despus
abandonada; pero nadie se atrevi decirle los acontecimientos que lo concernan. Por fin se separaron para verse de nuevo durante la noche en la asamblea de los Antiguos, en el templo de Moloc'a.
. Acababan de sslir cuando estall un gran tumulto junto la puerta. A pesar de los criados alguien quera entrar; y como el escndalo redoblaba, Hamiicar mand que
introdujeran al desconocido. Se adelant una negra vieja,
encorvada, arrugada, temblorosa, de facha estpida, envuelta hasta los talones en amplios velo3 azules. Lleg
.un paso del suffeta y se miraron uno y otra largo espacio.
De repente Hamiicar se estremeci; un ademn suyo los

esclavos se fueron. Entonces haciendo seal de que anduviera con precaucin le condujo una habitacin apartada.
La negra se ech al suelo y quiso besarle los pies. El la
levant brutalmente.
Dnde le has dejado, Iddibal?
All abajo, amo.
Y desembarazndose de BUS velos, frot con su manga
el rostro. El color negro, el temblor senil, el encorvamiento, desaparecieron. Era un robusto anciano, cuya piel pareca curtida por la arena, el viento y el mar. Un mechn
de cabellos blancos se ergua sobre su crneo como el plumero de un pjaro, y con una ojeada irnica mostraba en
el suelo el dizfraz caldo.
- -Has hecho bien, Iddibal! muy bien!
Luego como atravesndole con su mirada aguda:
Nadie Eospecha todava...
El viejo jur por los kabyros que el secreto estaba bien
guardado. No abandonaban nunca eu cabaa tres das
de Adrumeto, en una plaza poblada de tortugas y con
palmeras sobre las dunas.
- Siguiendo tus rdenes, amo mo, le enseo lanzar
jabalinas y guiar cudrigas.
- Es robusto, verdad?
S, amo, y muy intrpido! No teme ni las serpientes
ni el trueno ni las fantasmas. Corre descalzo como un pastor por la orilla de los precipicios.
Habla! habla!
De continuo inventa trampas para los animales feroces. La otra luna. Lo creers? sorprendi una guila, sta
le arrastraba y la sangre del ave de rapia y la sangre del
nio Be esparcan por el aire en anchas gotas como rosas
voladoras. El animal furioso le envolva con sus alas; l
la estrechaba contra su pecho, y medida que agonizaba
el guila redoblaba su risa, sonora y soberbia como el choque de las espadas.

Hamilcar bajaba la cabeza, deslumhrado por aquellos


presagios de grandeza.
Desde hace algn tiempo siente como una especie de
inquietud. Mira lo lejos las velas que pasan sobre el
mar; est triste, rechaza el pan, quiere conocer los dioses y desea ir Cartago.
No, no! an nol exclam el suffeta.
El viejo exclavo pareci saber el peligro que asustaba
Hamilcar y contest:
Cmo contenerle? Le he de hacer promesas, y no he
venido Cartago sino para comprarle un pual con mango de plata rodeado de perlas.
Luego cont que habiendo visto al suffeta en la terraza,
se haba presentado los guardias del puerto como una de
las mujeres de Salamb para llegar hasta l.
Hamilcar permaneci largo rato como absorto en sus
pensamientos y despus dijo:
Maana estar en Megara al ponerse el sol, detrs de
las fbricas de prpura, imitaras por tre3 veces el grito
del chacal. Si no me ves, el primer da de cada luna volvers Cartago. No olvides nda! cudale! Ya puedes hablarle de Hamilcar.
El esclavo se puso de nuevo su disfraz y ambos salieron
de la casa y del puerto.
Hamilcar continu solo y pie sin escolta, pues las reuniones de los Antiguos eran en las circunstancias extraordinarias muy secretas y se acuda ellas misteriosamente.
Primeramente sigui la fachada oriental del Acrpolis,
pas despus por el Mercado de hierbas, las galeras de
Quinisdo, y por el arrabal de los perfumistas. Las escasas
luce3 se extinguan; las calles ms anchas quedaban silenciosas; despu3 algunas sombras se deslizaron por las tinieblas; le siguieren, y todos se dirigieron como l hacia
los Mappales.
El templo de Moloch estaba edificado al pie de una gar-

gaa escarpada en un lugar siniestro. Desde abajo slo se


vean altoa muros que suban indefinidamente, como las
paredes de una tumba monstruosa. La noche era sombra
una niebla gris pareca pesar sobre el mar. liste, chocaba
c ^ t r a el acantilado con un rumor de estertores y sollozos
y las sombras se desvanecan poco poco como si hubieran pasado travs de las paredes.
I
Tan pronto como se salvaba la puerta apareca un ancho patio cuaorangular con soportales. En el centro, elevbase una masa arquitectnica ochavada. La cubran vanas cpuias que se amontonaban alrededor de un segundo
piso cubierto de una especie de rotonda, de la cual sumerga un cono de vrtice encorvado que terminaba en una
En cilindros de filigrana, embutidos en largas perchas
que Levaban unos esclavos, ardan brillantes llamas
Aquellas luces vacilaban bajo las rfagas de viento y
los esclavos corran y se llamaban para recibir los antiguos.
En el 8eloy de trecho en trecho, es'aban agazapados
guisa d , esfinges enormes leones, smbolos vivientes del
sol dsvorador. Estaban adormilados con loa prpados entreabiertos, pero despertando al ruido de los pasos y de
las voces, se levantaban lentamente, iban hacia los Antiguos, que conocan por su traje y se frotaban con sus piernas enarcando el lomo con bostezos sonoros; el vapor de
su aliento velaba un tanto la luz de las antorchas.
Redoblla agitacin. Cerrronse las puertas, los sacerdotes huyeron y los Antiguos de,aparecieron entre las coiumnes que formaban en torno del templo un inmenso
vestbulo. Estaban dispuestas de manera que reprodujeran en sus filas circulares concntricas, el perodo saturmano conteniendo los aos, les meses; los das; y tocndose al fin cuando llegaban la pared del santuario.
All es donde los Antiguos dejaban sus bastones de
aSta p u e s n n a le
'
y s i e m P ^ e Observada, castigaba con la

muerte al que tomaba parte en la sesin llevando un arma cualquiera. Machos llevaban en la orilla de sus mantos un desgarrn contenido por una franja de prpura,
para demostrar que llorando sus parientes, no haban
cuidado de sus vestidos. Otros tenan su barba encerrada
en un saquito de piel de violeta que dos cordones sujetaban las orejas. Todos se saludaron abrasndose estrechamente. Rodeaban Hamiicar, le felicitaban; hubieran
dicho que eran hermanos que volvan verse.
Aquellos hombres eran casi todo3 rechonchos y anchos
de espaldas y tenan la nariz encorvada como los colosos
asirios. Algunos por su3 pmulos ms salientes, su estatura ms alta y los pies ms estrechos, delataban su origen
africano, antecesores nmadas. Los que vivan de continuo en el fondo de sus tiendas tenan el rostro plido,
otros, ostentaban como la huella de la severidad del desierto. Se conoca los marinos por el balanceo de su
marcha, y los agricultores olan campo, hierbas secas,
y sudor de mulo. Todos aquellos viejos piratas hacan labrar los campos, aquellos acumuladores de dinero
equipaban navios, y aquellos agricultores, alimentaban
esclavos diestros en toda clase de oficios.
Pasaron primeramente por una sala abovedada que tena la forma de un huevo, siete puertas correspondientes
los siete planetas dibujaban en la pared siete cuadro3 de
colores distintos. Despus de atravesar otra sala penetraron en una mayor que las anteriores.
Un candelabro cubierto de flores cinceladas arda en el
fondo y cada uno de sus ocho brazos de oro tena dentro
de clices de diamantes una mecha debysso. Estaba colocado en el ltimo peldao de los que conducan un
gran altar que terminaba en los ngulos por grandes cuernos de cobre. Dos escaleras laterales conducau su cima
plana; no se veian las piedras, pareca una montaa de
cenizas acumuladas en la que algo indistinto humeaba
encima lentamente. Ms all, ms alto que el candelabro

y que el altar se levantaba el Moloch de hierro, con su pecho de hombre en el que se velan muchas aberturas. Sus
alas desplegadas llegaban la pared, sus manos pendientes tocaban el suelo, tres piedras negras rodeadas de un
circulo amarillo figuraban tres ojos en su frente, y como
para mugir levantaba con esfuerzo terrible su cabeza de
toro.
Alrededor de la sala estaban alineados escabeles de bano. Detrs de cada uno, un brcio de bronce que reposaba
sobre sus garras sostena una antorcha. Todas aquellas luces se reflejaban en las losas de ncar que pavimentaban
la estancia. Era tan alta, que el color rojo de las paredes
al llegar cerca de la bveda pareca negro, y los tres ojos
del dolo, fulguraban en lo alto como estrellas perdidas en
las tinieblas.
Los antiguos se sentaron en los escabeles de bano, colocando sobre su cabeza la cola de su traje. Permanecan
inmviles con las manos escondidas en sus anchas mangas, y el pavimento de ncar que pareca un ro luminoso
que corra desde el altar la puerta, se deslizaba bajo sus
pies desnudos.
Los cuatro pontfices estaban en el centro, espalda contra espalda en cuatro sitiales de marfil que formaban cruz.
El gran sacerdote de Schmun, con traje de color de jacinto, el gran sacerdote de Tanit, vestido de blanco, el gran
sacerdote de Khamon con una tnica de lana obscura, y
el gran sacerdote de Moloch, con manto de prpura.
Hamilcar se adelant al candelabro, di una vuelta su
alrededor y despus de mirar las mechas que ardan, ech
sobre ellas un polvo perfumado. Llamas violceas brotaron
en la extremidad de los brazos.
Entonces una voz aguda se levant, otra le contest; y
los cien antiguos, los cuatro pontfices, y Hamilcar de pie,
todos una, entonaron un himno, y repitiendo siempre las
mismas slabas y aumentando de tono, sus voces crecie-

ron, estallaron, produjeron terror, y luego todas callaron


un tiempo.
Permanecieron algunos instantes en silencio. Por fin
Hamilcar sac de su pecbo una estatuita de tres cabezas,
azul como un zafiro y la coloc delante de l. Era la imagen de la verdad, el genio de su palabra. La volvi colocar en su seno y todos como acometidos de una clera repentina, exclamaron:
Son tus grandes amigos los brbaros! Traidorl Infame! Vienes para vernos perccer no es eso? Dejadle hablar!
No, nol
Se vengaban de la prudencia que les haba constreido el ceremonial poltico poco antes, y an cuado deseaban la vuelta de Hamilcar, se indignaban ahora perqu
no previno sus desastres, porque no los haba padecido
como ellos.
Cuando se calm el tumulto, el sacerdote de Moloch se
levant.
Te preguntamos por qu no has vuelto Cartago.
Qu os importa!pregunt con desdn el suffeta.
Los clamores redoblaron.
De qu me acusis? Acaso no he cumplido con mi
deber en la guerra? Ya habis visto el plan de mis batallas, vosotros que decais que mis brbaros...
Basta! bastal
Aadi con voz reconcentrada para que le escucharan
con ms atencin:
Ah es verdad! Me he engaado, lumbreras de los
Baals; tambin hay gente intrpida entre vosotros. Giscon
levntate!
Y recorriendo el peldao del altar, con los prpados entornados como aquel que busca alguien y repiti:
Levntate, Giscon! T puedes acusarme y estos defendern. Pero dnde est?
Luego como comprendiendo:

Ah en en casa sin duda, rodeado de sus hijos, mandando sus esclavos y contando en la pared los collares
de honor que la patria le ha dado!
Todos se agitaron encogindose de hombros como flagelados por un ltigo.
No sabis siquiera si ha muerto vive! Sin cuidarse
de sus clamores, afirmaba que abandonando al suffeta
abandonaron la Repblica. Del mismo modo la paz romana que tan ventajosa les pareci resultaba ms funesta
que veinte batallas. Sus adversarios, jefes de los syssitas
le vencieron por su nmero; los ms importantes ee haban agrupado junto Hannon que estaba sentado en el
otro extremo de la sala, ants una puerta alta cerrada por
un tapiz de color de jacinto.
Haba pintado con colorete las lceras de su rostro, pero el polvo de oro de sus cabellos haba cado sobre sus
hombros y formaba dos placas brillantes, y aquellos parecan blancos, finos y ensortijados como la lana. Paos saturados de un psrfume oleoso que goteaba sobre las losas
envolvan sus manos, y su enfermedad haba empeorado
indudablemente, pues sus ojos desaparecan bajo los pliegues de les prpados, y para mirar tena que echar atrs
la cabeza. Sus partidarios queran que hablase. Por fin dijo una voz ronca y desagradable:
Menos arrogancia, Barcal Todos hemos sido vencidos! Todos nos resignamos! Resgnate t tambin!
- Dinos por lo contrario,exclam sonriendo Hamilcar,como gobernaste tus galeras contra la flota romana.
El viento me empujaba,contest Hannon.
Haces como el rinoceronte que pisotea sus excrementos. T patentizas tu estupidez. Cllate!
Y se recriminaron acerca de la batalla de las islas Egates.
Hannon le acusaba de no haberle auxiliado.
Hubiera sido abandonar Eryx. Era preciso dirigirse

alta mar; quin te lo impeda? Ah! no me acordaba!


Los elefantes temen al mar.
Los amigos de Hamilcar gustaron tanto de la broma
que soltaron grandes carcajadas.
Hannon denunci la indignidad de tal ultraje. Aquella
enfermedad le sobrevino consecuencia de un enfriamiento en el sitio de Hecatompylo, y el llanto corra por
su rostro como una lluvia de invierno por una pared ruinosa.
Hamilcar aadi:
Si me hubireis amado tanto como ste, ahora reinara la alegra en Cartago! Cuntas veces os he invocado!
y siempre rehusbais el dinero!
Lo necesitbamos!contestaron los jefes de los syssitas.
Cuando todo iba de mal en peor, pues hemos llegado
beber los orines de los mulos y comido las correas de
nuestras sandalias, cuando hubiera querido que los tallos
de hierba fueran soldados y formar batallones con la podredumbre de nuestros muertos, acordos de que aqu tenais muchas galeras intactas!
No podamos arriesgarlo todo de una vez,contest
Baat Baal, dueo de minas de oro en Jetulia.
Qu hacais aqu en Cartago en vuestras casas detrs
de las murallas? Haba galos junto al Eridan que era preciso empujar. Cananeo3 en Cyrene que hubiesen venido,
y mientras los romanos enviaban embajadores Petolomer...
Ahora nos elogia los romanos!
Alguien grit:
Cuanto te h a n dado por defenderles?
Pregntalo las llanuras del Brutio, las ruinas de
Locres, de Metaponte y de Heraclea! He quemado todos
sus rboles, he saqueado todos sus templos, y matado
hasta los hijos de sus hijos!
Salammb
9

Declamas como un catedrtico-contest Kapuras,


un mercader ilustre:qu quieres, pues?
- Digo que era preciso ser ms ingenioso ms terrible! Si el Africa entera rechaza vuestro yugo, es que no
sabis uncirlo su cerviz. Agatocles con Regulo, Copio,
todos los hombres atrevidos, con slo desembarcar la toman; y cuando los libios que estn en Oriente, se unan
los nmidas de Occidente, y los nmadas vengan del Sur;
y los romanos del Norte...
Un grito de horror reson en la sala.
- Ah! entonces golpearis vuestros pechos, os revolcaris en el polvo y desgarraris vuestros mantos! de poco
ha de serviros! Iris rodar las muelas de Suburra, y
vendimiar en las colinas de Lacio.
Golpeabnse el muslo derecho para patentizar su escndalo y las mangas de sus tnicas se levantaban como
grandes alas de aves asustadas. Hamlcar, dominado por
su clera, continuaba de pie en el ltimo peldao del altar, tembloroso, terrible. Levantaba los brazos y los rayos
del candelabro que estaba tras l, pasaban entre sus dedos como dardos de oro.
Perderis vuestros navios, vuestros campos, vuestros
lechos suspendidos y los esclavos que os frotan los pies!
Los chacales dormirn en vuestros palacios. El arado volcar vuestras tumbas. Solo quedar el grito dlas guilas
y el montn de las ruinas! Caers Cartago!
Los cuatro pontfices estendieron las manos para apartar el anatema. Todos se hablan levantado, pero el Suffeta
de la Mar, magistrado sacerdotal bajo la proteccin del
sol, era inviolable, mientras la asamblea de los Ricos, no
le hubiese juzgado El altar inspiraba terror. Retrocedieron.
Hamilcar no hablaba ya. Con los ojos fijos y la faz plida como las perlas de su tiara, anhelante, casi asustado
por sus propias palabras, permaneca inmvil. Desde la
altura en que estaba, las antorchas le parecan una ancha

corona de hogueras que ardan al ras del suelo; las negras


humaredas suban hasta las tinieblas de la bveda, y durante algunos minutos fu tan profundo el silencio que se
oa lo lejos el ruido del mar.
Luego, los Antiguos deliberaron. Sus intereses, sus existencias, estaban amenazadas por los brbaros. No se les
poda vencer sin el auxilio del Suffeta y aquella consideracin les hizo olvidar las otra3. Se habl sus amigos.
Hubo reconciliaciones interesadas, pactos y promesas. Hamilcar, no quera figurar en el gobierno; todos se lo suplicaron, y como de nuevo se pronunciara la palabra traicin mont en clera. El solo traidor era el Gran Consejo, pues el tiempo de enganche de los soldados expiraba
con la guerra y eran libres desde que la guerra acab; alab su valor y ponder las ventajas que proporcionaran
la Repblica hacindoles devotos su causa por medio de
donaciones y privilegios.
Entonces Magdassan, antiguo gobernador de provincias
dijo dilatando sus ojos amarillos:
En verdad, Barca, que fuerza de viajar te has convertido en griego en latino. Todava hablas de recompensar esos hombres? Perezcan diez mil brbaros, antes
que uno solo de nosotros.
Los Antiguos, aprobaban con sus movimientos de cabeza murmurando:
S, por qu tantas consideraciones? Siempre se encuentran soldados!
Y es fcil tambin deshacerse de ellos, verdad? Se
les abandona como hicisteis en Cerdea, se advierte al
enemigo el camino qu9 han de seguir, y as, se les coge
como ocurri los galos en Sicilia, se les desembarca en
mitad del mar. Al volver he visto la gran roca blanqueada por sus huesos!
Qu desgracia! replic imprudentemente Kapuras.
No se han pasado mil veces al enemigo? exclamaron otros.

Hamilcar grit:
Pe?ar d e VUestras le e3 le
W S J P *
?
llamasteis
Cartago? Cuando estn aqu siendo pobres y numerosos
junto vuestras riquezas, no se os ocurre debilitarles dividindoles. Despus, les despeds con sus mujeres y ninos, todos, sin quedaros un solo rehn! Pensabais que
se asesinaran mutuamente para evitaros el dolor de quebrantar vuestros juramentos? [Les odiis porque son fuertes. Me odiis an ms m que soy su jefe! Oh! Lo he
comprendido hace poco cuando me besabais las manos v
os contenais para no mordrmelas! Si los leones que dr
man en el patio hubiesen entrado rugiendo, el clamor no
fuera ms espantoso. El pontfice de Echmun se levant
erguido como una estatua y dijo:
-Barca! Cartago necesita que tomes el mando general
de las fuerzas pnicas.
Lo rehuso,-contest Hamilcar.
Te daremos plenos poderes.
-No!

- S i n fiscalizacin, sin que tengas que dividirlo con nadie; te daremos cuanto dinero pidas, todos los cautivos,
todo el botn, cincuenta zerets de tierra por cada muerto
del enemigo.
No! no! porque es imposible vencer con vosotros.
Tiene miedo!
lo~s!PrqUe

sois

cobarde?, avaros, ingratos, pusilnimes y

Les favorece!
Para ponerse su cabeza,dijo alguien.
Y atacarnos nosotros,contest otro.
Desde el fondo de la sala, Hannon vocifer:
Quiere hacerse rey!
Entonces todos se levantaron tirando los escabeles y
las antorchas. Formando un grupo compacto se lanzaron
hacia el altar. Blandan puales, pero buscando bajo sus
mangas, Hamilcar, sac dos grandes cuchillos, y encorva-

do, con el pie izquierdo adelantado, llameantes los ojos,


apretados los dientes, les desafiaba inmvil bajo el candebro de oro.
Resultaba que todos tenan armas; era un crimen; se
miraron unos otro3 asustados. Como todos eran culpables se tranquilizaron; poco poco volviendo la espalda al
Suffeta, bajaron rabiosos por la humillacin. Por segunda
vez retrocedan ante l. Durante algn tiempo permanecieron en pie.
Mucho3 que se haban herido los dedos los llevaban
su boca los envolvan con el borde de sus mantos.
Iban salir, cuando Hamilcar oy estas palabras:
E3 una delicadeza suya para no afligir su hija!
Una voz ms alta dijo:
Sin duda alguna, ya que escoje los amantes entre los
Mercenarios!
Tambalese al oir aquello, y despus sus ojos buscaron
maquinalmente Schahabarim. El sacerdote deTanit era
el nico que permaneca en su sitio, y Hamilcar vea desde lejos su alto casquete. Todos le escarnecan. A medida
que aumentaba su angustia redoblaba la alegra de ellos,
y entre carcajadas imprecaciones, los de las ltimas filas gritaban:
Le han visto salir de su cuarto!
S, una maana del mes de Tammuz!
Es el que rob el zaimph!
Es un buen mozo!
Es ms alto que t!
Arranc su tiara, insigna de su dignidad, su tiara de
ocho hileras msticas en cuyo centro haba una concha de
esmeraldas, y con ambas manos, coa toda su fuerza, la
arroj al suelo. Los crculos de oro rompindose, rebotaron, las perla3 resonaron sobre las losas. Vieron entonces
e n ' k blancura de su frente una larga cicatriz, que semejaba una culebra entre sus cejas. Todos sus miembros temblaban. Subi una de las escalinatas laterales que condu-

can sobre el altar, y march sobre l. Aquello era ofrecerse Dios, entregarse en holocausto. El movimiento de su
manto agitaba los resplandores del candelabro y el polvo
fino levantado por sus pasos, le rodeaba como una nube
hasta la cintura. Se detuvo entre las piernas del coloso de
cobre, tom en sus manos dos puados de aquel polvo
cuya sola vista haca estremecer de horror todos los cartagineses y dijo:
Por las cien antorchas de vuestras Inteligencias! Por
las ocho hogueras de los Kabyros! por las estrellas, los
meteoros y los volcanes! Por todo lo que arde! Por la sed
del desierto y por el salobre del Ocano! Por la caverna
de Hadrumeto, y el imperio de las Almas! Por la exterminacin! Por las cenizas de vuestros hijos! y las cenizas
de los hermanos de vuestros antepasados con quienes ahora confundo la ma! Vosotros, los cien del Consejo de Cartago mentisteis acusando mi hija! Y yo, Hamilcar Barca, Suffeta de la Mar, Jefe de los Ricos, y Dominador del
pueblo, ante Moloch, cabeza de toro, juro:Aqu esperaban algo espantoso, pero aadi con voz ms alta y ms
tranquila;que ni siquiera le hablar de ello!
Los servidores del templo entraron llevando unas esponjas de prpura, y otros palmas. Levantaron la cortina
tendida ante la puerta, y por la abertura, se vi al final de
las otras salas la inmensa bveda rosada que pareca continuar la bveda, apoyndose en el horizonte sobre el mar
azul. El sol emergiendo de las olas suba. Choc de repente contra el pecho del coloso, divididido en siete compartimientos cerrados por rejas. Sus fauces de rojos dientes
se abran con horrible bostezo; las enormes ventanas de
su nariz se dilataban. Le animaba la claridad, y le daba
un aspecto espantable impaciente como si deseara saltar al exterior para mezclarse con el astro, con el Dios y
recorrer con l las inmensidades.
Entretanto las antorchas tiradas al suelo, ardan an,

produciendo sobre el pavimento de ncar como manchas


de sangre.
Los Antiguos se balanceaban extenuados; aspiraban con
ansia la frescura del aire; corra el sudor por sus rostros
lvidos; fuerza de haber gritado, no podan hablar, pero
su clera contra el suffeta no ceda; modo de adis le
lanzaban amenazas y Hamilcar les contestaba:
Hasta la noche prxima, Barca, en el templo de
Ehmun!
Estar!
Te haremos condenar por los Ricos!
Y yo, por el pueblo!
Cuida de no acabar crucificado!
Y vosotros arrastrados por las calles!
Cuando llegaron al umbral del patio, recobraron BU actitud tranquila.

Sus corredores y cocheros les esperaban en le puerta. La


mayora montaron en muas blancas. El Suffeta salt sobre su carro y tom las riendas. Los caballos arrancaron
golpeando cadenciosamente ios guijarros que saltaban, y
subieron escape toda la avenida de I03 Mappales, y el
buitre de plata del extremo de la lanza, pareca volar segn lo pido que pasaba el carro.
El camino atravesaba un campo, donde se erguan altas losas puntiagudas en la cima como pirmides y que
tenan en el centro una mano abierta, como si el muerto
tendido debajo la hubiera levantado al cielo para reclamar algo.
'
Un alto edificio dominaba una serie de construcciones
que se extendan la derecha alineados como dos murallas de bronce.
Cuando el carro fragoroso hubo entrado por la estrecha
puerta, se detuvo bajo un ancho cobertizo, donde muchos
caballos coman montones de hierba.

Todos los criados acudieron. Formaban una gran multitud pues los que trabajaban en el campo, temiendo los
soldados, se refugiaron en Cartago. Los labradores cubiertos de pieles de animales, arrastraban cadenas remachadas en los tobillos; los obreros de las fbricas de prpura
tenan enrojecidos los brazos como verdugos; los marinos
llevaban casquetes verdes; los pescadores, collares de coral; los cazadores, una red sobre el hombro; y los criados
del palacio, tnicas blancas negras, pantalones de cuero
y casquetes de paja, de fieltro de tela, segn su servicio
y sus ocupaciones.
Detrs de ellos, se amontonaba la plebe desarrapada.
V van los que la formaban sin empleo alguno, lejos de
las habitaciones, durmiendo por la noche en los jardines
y devorando los restos de las cocinas, moho humano que
vegetaba la sombra del palacio. Hamilcar los toleraba
ms por previsin que por desdn. Todos en seal de alegra llevaban una flor en la oreja aunque muchos de ellos
no le haban visto jams.
Unos hombres armados de grandes bastones se lanzaron entre la multitud pegando diestro y siniestro.
Era para rechazar los esclavos que deseaban ver al
amo, para que ste no sufriera su contacto ni le molestase
el hedor que despedan.
Todos se echaron de bruces gritando.
Ojal prospere tu casa, Ojo de Baal!
Entre aquellos hombres, tendidos en el suelo en la avenida de los cipreses el intendente de los intendentes, Abdalonm, con una mitra blanca en la cabeza, se. adelant
hacia Hamilcar con un incensario en la mano.
Salamb bajaba entor.ce3 la escalinata de las galeras.
Todas sus doncellas iban detrs de ella y cada uno de
sus pasos bajaban tambin. Formaban una confusin de
vestidos blancos, azules y amarillos y las sortijas, los broches, los collares, las franjas, los brazaletes resplandecan.
Oase un suave ruido de estofas ligeras; resonaban las san-

dalias al posarse sobre las gradas y aqu y all, un gigantesco ennuco que sobresala de todas aquellas mujeres,
sonrea estpidamente. El viento levantaba sus velos. Era
6n el mes de Schebar, en pleno invierno. Los granados en
flor se destacaban sobre el azul del cielo y travs de las
ramas apareca el mar y en l una isla lejana medio oculta por la bruma.
Hamilcar se detuvo viendo Salammb. Naci despus
de morir muchos varones hermanos suyos. Por otra parte,
el nacimiento d6 una hija, pasaba por una calamidad en
las religiones del Sol. Los dioses le enviaron ms tarde un
hijo, pero senta contra ella algo de su esperanza malogroda y de la maldicin que le lanz al nacer. Salammb se
acercaba. Perlas de distintos colores calan en largos racimos desde sus orejas hasta su3 hombros. Su cabellera estaba rizada formando como una nube alrededor de su cabeza. Llevaba en el cuello unas plaquitas de oro cuadrangulares, representando una mujer entre dos leones, y su
vestido reproduca fielmente el traje de la Diosa.
Su tnica de jacinto de anchas mangas ceale el talle
ensanchndose en su parte inferior. El bermelln de sus
labios haca parecer sus dientes ms blancos y el antimonio de sus prpados agrandaba sus ojos. Las sandalias
formadas de plumas de pjaros, tenan los tacones muy
altos y estaba extraordinariamente plida.
Lleg por fin cerca de Hamilcar, y sin mirarle, sin levantar la cabeza, le dijo:
Salud, ojo de Baalim! Gloria eterna! triunfo! dichas!
[satisfaccin! riqueza! Tiempo haca que mi corazn estaba triste. Pero el dueo que llega es como Tammur resucitado, y bajo tu mirada, oh padre, una alegra, una nueva existencia resplandecern por todas partes.
Tomando de manos de Taanach un vasito oblongo donde humeaba una mezcla de harina, manteca y vino:
Bebe,dijo,la bebida del regreso, preparada por tu
sierva.

Hamilcar replic:
Bendicin sobre t.
Y cogi maquinalmente el vaso de oro-que le ofreca.
Pero miraba y examinaba con una atencin tan sostenida Salamb, que sta, turbada, dijo:
Te han dicho, oh dueo!...
S, ya lo s, contest Hamiicar en voz baja.
Era una confesin? Se trataba de los brbaros? Aadi algunas palabras vagas acerca de los asuntos pblicos
que esperaba llevar buen puerto.
Oh, padre! no borrars lo irreparable.
Entonces retrocedi, y Salammb se asombraba de su estupor, pues no pensaba ella en Cartago, sino en el sacrilegio del cual resultaba cmplice.
Aquel hombre que hacia temblar las legiones, le asustaba como un dios. Haba adivinado, lo saba todo, algo
terrible iba suceder.
De pronto grit: Perdn!
Hamilcar baj lentamente la cabeza.
Aun cuando quera cusarse, Salammb no osaba despegar los labios, y sin embargo tena necesidad de ser consolada. Hamilcar dominaba las ganas que senta de quebrantar su juramento. Lo mantena por orgullo por temor; y la miraba de frente, con toda su fuerza, para adivinar lo que ocultaba en el fondo de su corazn.
Salammb hunda la cabeza entre sus hombros, aplastada
por aquella dura mirada. Hamilcar estaba casi seguro de
que habia faltado con un brbaro. Temblaba, levant ambos puos. Ella lanz un grito y cay entre sus doncellas
que la rodearon. Hamilcar volvi la espalda y se alej.
Todos los intendentes le siguieron.
Se abri la puerta de los depsitos y penetr en una
vasta rotonda, donde afluan como los radios de una rueda
su eje, largos corredores que conducan otras salas. Un
disco de piedra se levantaba en el centro con una balaus-

trada para sostener los cojines acumulados sobre la alfombra.


El Suffeta se pase primeramente con paso rpido y
largo, respiraba ruidosamente, golpeaba el suelo con el
pie y se pasaba !a mano por la frente.
Pero al advertir el cmulo de sus riquezas se calm. Su
pensamiento, atrado por los corredores, se lanz hacia
otras salas llenas de tesoros ms preciados. Planchas de
bronce, lingotes de plata y barras de hierro alternaban
con las rieles de estao trados de Cassiterides por el mar
Tenebroso. Las gomas del pas de los Negros reventaban
casi sus saco3 de corteza de palmera, y el polvo de oro colocado en grandes odres, se escapaba insensiblemente por
las costuras desgastadas. Delgados filamentos extrados
de plantas marinas colgaban entre los linos de Egipto, de
Grecia, de Taprovana y de Judea. Las madrporas se erizaban junto las paredes; un olor indefinible flotaba en
la atmsfera, formado por las exhalaciones de los perfume?, de I03 cueros, de las especias y de las plumas de aves
truz atadas en gruesos ramillentes en lo alto de la bveda.
En frente, cada corredor los colmillos de elefante colocados verticlmente, reunindose por los extremos, formaban un arco encima de la puerta.
Por fin subi sobre el disco de piedra. Todos los intendentes estaban con los brazos cruzados y la cabeza baja,
mientras Abdalonm levantaba orgullosamente su mitra
puntiaguda.
Hamilcar interrog al jefe de I03 navios. Era un viejo
piloto, curtido por el viento, y grandes copos blancos bajaban hasta su cintura, como si la espuma de las tempestades se hubiera cuajado en su barba. Dijo que haba enviado una flota por Gades y Thymiamata para llegar
Eziongaber, doblando el Cuerno del Sur y el promontorio
de los Aromas.
Otros buques haban navegado hacia el oe3te durante
cuatro lunas sin encontrar orillas, pero la proa de los na-

vos se enredaba entre espesas yerbas, en el horizonte re-

sonaba continuamente ruido de cataratas, nieblas de color


de sangre obscurecan el sol, una brisa cargada de perfumes adormeca los tripulantes y no podan stos decir
ms porque su razn estaba como turbada.
El rey Ptolomeo haba cogido un cargamento de incienso de Schesbar; Siracusa, el Atia, Crcega y las dems islas nada haban entregado, y el viejo marino baj la voz
para anunciar que una trireme haba sido apresada por
los numidas,pues estn con ellos, amo mo
Hamilcar frunci el entrecejo, despus hizo seal de
que hablara el Jefe de los viajes; envuelto en una tnica
obscura sin ceidor, y con la cabeza rodeada por una ancha tira de tela blanca, que pasando junto su boca, le
caa por detrs de la espalda.
Las caravanas haban marchado al llegar el equinocio
de invierno. Y despus de haber visto muchos pases inmensos reinos donde todos los utensilios eran de oro, y
un ro de color de leche, ancho como un mar, y selvas de
rboles azules y monstruos de rostro humano, cuyas pupilas al mirar se abran como flores, haban vuelto muy pocos de los audaces viajeros.
Otros volvieron de la India con pavos, pimienta y nuevos tejidos. Las caravanas de la Getulia y de Phazzana haban entregado sus rendimientos de costumbre; pero ahora l, el Jefe de los viajes, no se atreva enviar nuevas
expediciones.
Hamilcar comprendi; los Mercenarios ocupaban la
campia. Lanzando un sordo gemido, se apoy en el atracado; y el Jefe de las alqueras tena tanto miedo de hablar que temblaba horriblemente pesar de sus robustos
hombros y dess grandes pupilas rojas. Su rostro, era chato
como el de un dogo, y llevaba en la cabeza una redecilla
de filamentos de rbol; cea su talle un cinturn de piel
de leopardo en que relucan dos formidables cuchillos.
Cuando Hamilcar le mir, empez invocar todos loa

Baals. No era culpa suyal No pudo evitarlo! Haba observado las temperaturas, los terrenos, las estrellas, hecho las
plantaciones en el solsticio de invierno, las labores en luna
menguante, cuidado de los esclavos, ahorrado sus vestidos.
Hamilcar, quien irritaba aquella locuacidad, chasque
la lengua, y el hombre de los cuchillos dijo con voz rpida:
Amo mo! Todo lo han pillado, todo saqueado, todo
destruido. En Marchala han cortado todos I03 rboles, y
en Ubada, I03 graneros fueron derribados y las cisternas
fueron cegadas. En Tesdes se llevaron mil quinientas medidas de harina. En Maraszana mataron los pastores, comironse las abejas, ardi tu casa, tu hermosa casa con
vigas d9 cedro, donde pasabas el verano. Los esclavos de
Tuburbo han huido las montaas. Todas las bestias de
carga han desaparecido. Es una maldicin! No me consolar nunca...
Hamilcar senta una clera espantosa. Estall:
Cllate! Soy acaso un pobre? No mientas! Di la ver
dad! Quiero saber cuanto he perdido, moneda por mone
da! Abdalonm, treme la3 cuentas de los buques, las de
las caravanas, las de las alqueras y las de la casa. Si vuesvuestra conciencia os acusa, ay de vosotros! salid!
Todos los intendentes, andando hacia atrs y con las
mano3 tocando al suelo, salieron.
Abdalonm tom unas cuerdas de nudo?, unas tiras de
tela y papiros y uno3 homoplatos de carnero llenos de finos caracteres. Los puso los pies de Hamilcar, y entre
sus manos, un cuadro de madera con tres hilos interiores
por los que estaban pasadas bolas de oro, de plata y de
asta. Despus dijo:
Ciento noventa y dos casas en los Mappales, alquiladas los nuevos cartagineses, razn de un beka por
luna,
- No, es demasiado! No abuses de los pobres!

Abdalonm qued sorprendido de aquella generosidad.


Hamilcar le arranc de las manos las tiras de tela.
Qu es esto? Tres palacios en Kbamon doce kesitah por mes! ,Pon veinte! no quiero que los ricos me devoren.
El intendente de los intendentes, despus de un profundo saludo, aadi:
Prestado Tigillas, hasta fin de la estacin, dos kikar
devolver tres con inters martimo; Mar-Balkarth, mil
quinientos siclos, dejando en prenda treinta esclavos. Do
ce de stos han muerto en las salinas.
Es que no eran robustos,dijo riendo el Suffeta. No
importa! si necesita dinero, prestrselo.
Entonces el intendente ley lo que haban producido
las minas de hierro de Annaba, las pesqueras de coral, las
fbricas de prpura, el arriendo del impuesto sobre los
griegos domiciliados, la explotacin de plata en Arabia y
las presas de los buques.
Hamilcar contaba con las bolitas que resonaban bajo
6us dedos.
Basta! qu has pagado?
A Stratonicles de Corinto y tres mercaderes de Alejandra contra estas letras, diez mil dracmas atenienses y
doce talentos sirios de oro. El alimento de las tripulaciones cuenta veinte minas por mes, por una trireme.
Ya lo s! Cuntas se han perdido?
He aqu la cuenta sobre estas hojas de plomo. En
cuanto los navios fletados en compaa, como ha sido
preciso echar algn cargamento al mar, se ha repartido
las prdidap segn lo que interesaba cada asociado. Por
cordaje prestado que no ha sido posible devolver, los Lysitas han exigido ochocientos kesitah antes de la expedicin de Utica.
Todava ellos?exclam Hamilcar. Permaneci algn tiempo aplastado bajo el peso de todos los odios que
se despertaban en l y luego dijo:

No veo los gastos de Megara.


Abdalonm, palideciendo, tom de un cajn unas planchitas de sicomoro enhebradas por paquetes en una cuerda de cuero.
Hamilcar le escuchaba queriendo conocer los detalles
de la vida domstica, y se calmaba oyendo la monotona
voz que numeraba cifras y ms cifras. Abdalonm iba cada vez ms despacio. De repente dej caer al suelo las hojas de madera, y se ech de bruces con los brazos extendidos en la posicin de los condenados. Hamilcar, sin conmoverse, recogi las tabletas; sus labios se entreabrieron
y sus ojos se dilataron, cuando vi en los gastos de un solo
da un exorbitante consumo de pjaros, peces, vinos y
aromas y de jarros y copas rotas, esclavos muertos y tapices echados perder.
Abdalonm, siempre prosternado, le cont el festn de
los brbaros. No poda dejar de cumplir la orden de los
Antiguos. Por otra parte, Salammb quera que se prodigase
el dinero para festejar los soldados.
Al oir el nombre de su hija, Hamilcar se levant de un
salto, luego se acurruc entre los cojines, desgarrando las
franjas de su manto con las uas, anhelante, con la mirada fija.
Levntate!dijo, y baj.
Abdalonm le segua; sus rodillas temblaban. Pero apoderndose de una barra de hierro se puso levantar las
losas como si estuviera furioso. Salt un disco de madera
y bien pronto en toda la longitud del corredor, aparecieron muchas de esas anchas tapaderas de los silos donde
se conserva el grano.
Ya lo ves! Ojo de Baal,dijo el intendente temblando.No lo han tomado todo! Son profundos de cincuenta
codos y llenos hasta arriba. Durante el viaje, he hecho
construir en todas partes, en los arsenales y en los jardines.
T casa est llena de trigo, como tu corazn de sab.dura!

U n a sonrisa i l u m i n el rostro d e H a m i l c a r .

Bien Abdalonm,dijo; luego aadi su odo:


Haz traer de Etruria, del Brucio, d e donde quieras,
cualquier precio, amontona y guarda. E s preciso que posea yo todo el trigo de Cartago.
Cuando estuvieron al final del corredor, Abdalonm
con una de sus llaves, abri una cmara cuadrangular,
dividida en dos, por columnas de cedro. Monedas de oro,
de plata y de cobre puestas sobre las mesas hundidas en
nichos, suban lo largo de las cuatro paredes hasta tocar
el artesonado del techo.
Enormes banastas de piel de hipoptamo guardaban en
los rincones filas enteras de saquitos pequeos; montones
de calderilla se elevaban-sobre las losas; aqu y all alguna fila demasiado alta se haba desplomado, semejante
una columna derrumbada.
Las grandes moneda de Cartago q u e representaban
Tanit con un caballo bajo una palmera estaban revueltas
con las de las colonias que representaban en sus caras un
toro, una estrella, un globo una m e d i a luna. E l Suffeta
calcul al punto si las sumas amontonadas correspondan
las ganancias y prdidas que acababan de leer, y se
marchaba ya, cuando advirti tres j a r r a s de cobre vacas.
Abdalonm volvi la cabeza en seal d e horror, y Hamilcar resignado no habl.
%
Atravesaron otros corredores, otras salas y llegaron ante
una puerta que, para estar mejor g u a r d a d a tenia atravesado en su umbral un hombre atado por el vientre una
larga cadena empotrada en la pared; costumbre que los
cartagineses tomaron de los romanos. S u barba y sus uas
haban crecido desmesuradamente, y se balanceaba derecha izquierda con la oscilacin continua de los animales cautivos. Tan pronto como reconoci Hamilcar se
lanz l gritando;
Perdn! Ojo de Baal! Piedad! Matame! Hace diez

aos que no he visto el sol. En nombre de tu padre, perdn!


Hamilcar, sin contestarle, llam con las manos, aparecieron tres hombres, y los cuatro la vez, apalaneando
sus brazos, retiraron de sus anillos la barra enorme qua
cerraba la puerta. Hamilcar, tom una antorcha y desapareci entre las tinieblas.
Crease que aquel subterrneo era el sitio donde se
guardaban las sepulturas de la familia; pero solo se hallaba un ancho pozo, escavado para engaar los ladrones y
que no ocultaba nada. Hamilcar, pas junto l, y despus, bajndose hizo girar sobre sus rulos, una muela muy
pesada, y por aquella abertura entr en una habitacin
que tena la forma de un cono:
Escamas de cobre tapizaban las paredes, en el centro
sobre un pedestal de granito se levantaba una esttua de
Kabyr, llamado Aletos, inventor de las minas en la Celtiberia. Junto su base, en el suelo, haba anchos escudos
de oro, y vasos de plata monstruoso?, de cuello cerrado,
de forma extravagante y que no podan servir; pues para
evitar dilapidaciones y para que los cambios de sitio fue
ran casi imposible?, habla la costumbre de hacer fundir
de aquel modo grandes cantidades de metal.
Con su antorcha encendi una lmpara de minero, fijada en el casquete del idolo; reflejos verdes, azules, amarillos, violetas, de color vino y de sangre, iluminaron de
pronto la sala.
Estaba llena de pedreras que se guardaban en calabazas de oro, colgadas como lmparas de las escamas de cobre, bien hundidas an en sus bloques nativos, alineados junto la pared.
Haba all carbunc'o3 formados por la orina de los linces, piedras cadas de la luna, diamantes, topacios, las tres
clases de rubes, las cuatro de zafiros y las doce de esmeraldas.
Fulguraban semejantes chispas de leche cristales
Salammb
10

azules polvo de ptata, irradiaban sus luces chorros,


en rayos de estrellas; los topacios del monte Zabarca, estaban all para ahuyentar los terrores, se vean palos de la
Bactrana que impiden los abortos y cuernos de Hamon
que se colocan bajo las camas para sear.
Las irradiaciones de las piedras y las llamas de la lm
para, se reflejaban en los escudos de oro.
Hamilcar, de pie, sonrea con los brazos cruzados, y le
deleitaba menos el espectculo que la conciencia de sus
riquezas. Eran inagotables, infinitas. Sus abuelos que dorman bajo sus pies enviaban su corazn algo de su eternidad. Se senta casi igual los genios subterrneos. Era
como la alegra de un Kabyro y los anchos rayos luminosos que heran su rostro parecanle la extremidad de una
invisible red, que travs de los abismos le sujetaba al
centro del mund<\
Una idea le hizo estremecer, y situndose detrs del
idolo march en lnea recta hacia la pared. Despus examin entre los tatuajes de su brazo la lnea horizontal cortada por dos perpendiculares, lo cual expresaba en cifras
cananeas el nmero trece. Entonces, cont hasta la dcima tercera plancha de cobre, levant una vez ms su ancha manga y coh la mano derecha estendida ley en otro
sitio de su brazo otras lneas ms complicadas pasando
sus dedos delicadamente sobre ellas como un tocado de
lira. Por fin di siete golpes con su pulgar, y como un solo
bloque gir un gran trozo de muro.
Disimulaba una especie de cueua donde haba encerradas cosas misteriosas que. no tenan nombre, y de incalculable valor. Hamilcar baj tres peldaos; tom de un
cubo de plata una piel de antlope que flotaba sobre un
lquido negro, luego volvi subir. Abdalonim volvi
caminar delante de l. Hera el pavimiento con su alto
bastn adornado de campanillas en el puo, y ante cada
habitacin gritaba el nombre de Hamilcar, entre alabanzas y bendiciones.

En la galera circular donde acababan todos los corredores, haba acumulados lo largo de las paredes viguetas de algumio, sacos de lansona, conchas de tortugas llenas de perlas. El suffeta pasando, las rosaba con su manto sin mirar siquiera los gigantescos trozos de mbar, materia casi divina formada por los rayos del sol.
Un vaho perfumado invadi la atmsfera.
Empuja la puerta.
Entraron.
Hombres desnudos amasaban pastas, machacaban hierbas, vertan aceite en las jarras, abran cerraban pequeos nichos ovalados, tan numerosos, que la estancia pareca el interior de una colmena. Toda suerte de especies y
de aromas estaban encerrados en aquellas cavidades. Por
todas partes se vean gomas en polvo, races, ramas de
filipndulo, redomas de cristal, ptalos de rosas; y aquel
exceso de perfumes asfixiaba, pesar de los torbellinos
del styrax que arda en el centro sobre una trpode de cobre.
El Jefe de los suaves olores, hombre alto y delgado y
plido como la cera, se adelant hacia Halmilcar para frotarle las manos con metopin mientras dos tres hombres
le frotaban los talones con hojas aromticas. Les rechaz;
eran cirineos de costumbres infames quienes slo se toleraba por los secretos que saban.
Hamilcar mand que unos paquetes de nardo que se
iban remitir ultramar se mezclara un poco de antimonio para que pesaran m3.
Luego pregunt dnde estaban tres copas de psagas,
que destinaba para su uso personal.
El Jefe de los olores confes que no lo saba y que unos
soldados, armados, haban saqueado aquel departamento;
l se vi obligado abrirles todos los escondrijos.
Les temiste ms que m!exclam el Suffeta, y
travs del humo, sus pupilas, como antorchas, fulguraban
sobre el hombre plido.

Abdalonim! Ante que se ponga el sol, hazlo azotar!


(Desgarra BU piel!
Aquel perjuicio, menor que los otros, le haba indignado, pues pesar de sus esfuerzos por olvidarlos, de continuo aparecan los brbaros ante su pensamiento. Sus fechoras le recordaban la verenza de su hija y odiaba
todos su8 servidores porque lo saban.
Fu despus inspeccionar el trabajo de los esclavos
industriales cuyos productos se vendan por cuenta de la
casa Haba sastres que bordaban y guarnecan mantos,
otros que trenzaban redes, pintaban cogines, cortaban sandalias; obreros de Egipto alisaban y pulan papiros con
una concha, la lanzadera de los tejedores no se detena y
los yunques de los armeros resonaban.
Hamlcar les dijo:
Forjad espadas! Forjad sin descanso! Necesito muchas!
Despus sac del pecho la piel de antlope macerada en
venenos para que le cortaran una coraza que deba ser
ms slida que las de bronce, invulnerable al fuego y al
hierro.
Cuando se acercaba los obreros, Abdalonim, para rehuir su clera, vomitaba pestes contra aquellos! Qu trabajo! Es una vergenza! En verdad que el amo es demasiado clemente! Hamilcar, sin hacerle caso, se alejaba.
Casi se detuvo al ver largas hileras de rboles calcinados. Las empalizadas estaban derribadas, el agua de los
arroyuelos formaba fangosas charcas en el suelo y por todas partes se vean cacharros rotos, mesas destrozadas.
Harapos asquerosos pendan de algunas matas, bajo los
limoneros las flores podridas formaban un estircol amarillo. Los criados no haban hecho desaparecer aquellos
despojos, creyendo que el dueo no volvera.
A cada paso descubra un nuevo desastre que le traa
la memoria lo que quera olvidar. Ahora manchaba sus
brodequines de prpra pisando inmundicias, y no tena

49

delante de l aquellos hombres para hacerlos volar por


medio de una catapulta! Sentase humillado al haberlos
detendido, era un engao, una traicin; y como no poda
vengarse de los soldados, ni de los Antiguos, ni de Salammb, ni de nadie, su clera que buscaba una vctima,
conden de una vez las minas todos los esclavos de
los jardines.
Abdalonim se estremeca [cada vez que lo vea acercarse
los parques. Pero Hamilcar tom el sendero de los molinos; de dnde salla una melopea lgubre.
Entre el polvo de pesadas muelas que giraban, se vea
los hombres que las movan. Unos empujaban con pecho
y brazos, otros uncidos, tiraban. El frote de las correas
haba formado junto sus axilas costras purulentas como
tienen en el cuello los asnos, y el harapo negro y lacio
que apenas tapaba sus caderas, penda como una larga
cola. Tenan los ojos rojos, resonaban los grilletes de sus
pies, todos los pechos anhelaban la vez. Tenan en la
boca, sujeto por dos cadenitas de bronce, un bozal, para
que no pudieran comer harina, y unos guanteletes sin dedos les impedan cogerla.
Al entrar el amo, las barras de madera crugieron con
ms fuerza. El grano, chafndose, cruga. Muchos cayeron
de rodillas; los otros, continuando, les pasaron por encima.
Llam Giddenem, el gobernador de los esclavos.
Hamilcar le mand que quitara los bozales. Entonces
todos, con gritos de animales hambrientos, se lanzaron
sobre la harina, que devoraban hundiendo la cabeza en el
montn.
Les matas de hambre!
Giddenem contest que era preciso para dominarlos.
No vaha la pena de enviarte Siracusa la escuela de
los esclavos. Haz venir los dems!
Los cocineros, palafreneros, los corredores, los que llevaban las literas, los baeros, las mujeres con sus hijos,

todos se formaron en una sola fila que llegaba desde la


casa de comercio hasta el parque de las fieras. No se atrevan respirar. Un gran silencio reinaba en Megara. El
sol se reflejaba en la laguna, al pie de las catacumbas. Los
pavos chillaban. Hamilcar caminaba lentamente.
Para qu me sirven esos viejos? Vndelos! Hay demasiados galos; son borrachos! demasiado candiotas; son
embusteros! Compra capadocios; asiticos y negros.
Le admir ver que haba tan pocos nios.
Es preciso que nazca ms gente en la casa, Gidde
nem! Cada noche dejars las habitaciones abiertas, fin
de que puedan mezclarse hombres y mujeres.
Hizo que le presentarn los ladrones, los perezosos, los
revoltosos. Distribua castigos, recriminaba Giddenem y
ste, como un toro, bajaba la cabeza.
Mira, Ojo de Baal, ste quera suicidarse,ymostraba
un libio de alta estatura.
Ah quiers morir?pregunt desdeosamente el
Suffeta.
El esclavo contest con intrepidez.
-Si!
Hamilcar, sin cuidarse del dao pecuniario ni del mal
ejemplo, volvindose hacia los criados, dijo:
Qu muera, pues. Llevoslo.
Giddanem haba ocultado los mutilados detrs de los
otros. Hamilcar los vi:
Quin te ha cortado el brazo?
Los soldados, Ojo de Baal!
Luego un Samita que cojeaba:
Y ti quin te ha hecho esto?
Era el gobernador, que le rompi una pierna con una
barra de hierro.
Aquella atrocidad estpida indign al amo.
Maldito el perro que hiere las ovejas! Limar los
esclavos! Ah! Arruinas tu amo?... Qu se le ahogue en

el estercolero. Y dnde estn los que faltan? Les has asesinado?


Su rostro tena UDa expresin tan terrible que todas las
mujeres huyeron. Los esclavos retrocediendo, formaban
un gran crculo su alrededor; Giddanem besaba frenticamente sus sandalia?; Hamilcar permaneca inmvil.
Es que en aquel instante recordaba mil desastres que
le asaltaron la vez. Los gobernadores del campo haban
huido por miedo los soldados, en conciencia con ellos
quizs; todos le engaaban; no pudo contenerse ms.
Qu los traigan aqu!grit.Mareadles en la frente con un hierro candente, como los cobardes!
Todos fueron puestos de cara al sol hacia el lado de
Oriente donde gestaba el choloch-devorador. Los condenados flagetacin se pusieron de pie contra los rboles con
dos hombres junto ellos, uno que daba los golpes y otro
que los contaba.
Hera con las dos manos. Los ltigos, silbando, hacan
saltar la corteza de los rboles. La sangre manchaba, como
roja lluvia, las hojas y masas rojas; aullando de dolor, se
retorcan al pie de los rboles. A los que se les marcaba,
se arrancaban la carne con las uas. Hacia el lado de las
cocinas unos hombres con grandes soplillos avivaban el
fuego de los hornillo 3 . De cuando en cuando un grito estridente desgarraba el aire. Los azotados se desmayaban,
pero, retenidos por las ligaduras, quedaban con la cabeza
y los brazos colgando. Se ola carne quemada. L03 leones, recordando quiz el festn, rugan.
Entonces apareci Salammb en la terraza. La recorra
rpidamente de derecha izquierda, como asustada. Hamilcar la vi. Le pareci que levantaba los brazo3 hcia
donde l estaba; y con un gesto de horror, fuse hacia el
parque de los elefantes.
Aquellos animales eran el orgullo de las grandes familias nicas. Haban llevado los abuelos, triunfado en
las guerras, se les veneraba como favoritos del Sol.

Los de Megera eran los ms fuertes de Cartago Hamilcar antes de marchar, hizo jurar Abdalonim que los
cuidara. La mayora haban muerto consecuencia de
sus mutilaciones; slo quedaban tres, echados en el centro
del patio, entre el polvo y los destrozados restos del peseLe reconocieron y se le acercaron.
Uno tena las orejas horriblemente cortadas; otro una
gran llaga en las rodillas, el tercero la trompa cortada.
be miraban tristemente, como personas razonables, y el
que no tenia trompa, bajando su cabeza enorme y doblando los jarretes, procuraba acariciarle suavemente con la
extremidad asquerosa de su mun.
Dos lgrimas se escaparon de los ojos de Hamcar. Salt
sobre Abdalonim.

espiaban desde lejos vieron que se apoyaba la pared


para no caerse.
Tres veces seguidas aull el chacal. Hamilcar levantla
cabeza; no profiri una palabra, no hizo un ademn. Cuando se ocult el sol, desapareci detrs de la barrera de
nopales, y por la noche, en la asamblea de I03 Ricos, en
el templo de Eschmum, dijo al entrar:
Antorchas de Baalim, acepto el mando de las fuerzas
pnicas contra el ejrcito de los brbaros!

Ah! miserable! la cruz! la cruz!


Abdalonim, desmayndose, cay de espaldas.
Detrs de las fbricas de prpura, cuyo humo suba hacia las nubes, reson un aullido de chacal; Hamilcar se
detuvo.
Al pensar en su hija, como si hubiese sentido el contacto de un Dios, se calm. Era una continuacin de su
tuerza, la persistencia de su personalidad lo que que entrevea, y los esclavos no comprendan la causa do su calma sbita.
Dirigindose hacia las fbricas de prpura, par por delante del ergstulo, gran construccin de piedra obscura
rodeada de fosos. Baj la prisin. Algunos le gritaron:
Vulvete!; los ms atrevidos le siguieron.
La puerta, abierta, se mova impulsos del viento. El
crepsculo entraba por las estrechas ventanas y rotas cadenas pendan de las paredes.
j Aquello era lo que quedaba de los prisioneros de gueHamilcar palideci extraordinariamente, y los que le

VIII

La batalla del Macar

da siguiente recibi de los Syssitas doscientos veintitrs mil kikar de oro, decret un impuesto de catorce shekel para los
ricos. Hasta las mujeres contribuyeron;
se pagaba por los nios, y, cosa monstruosa para los cartagineses, oblig los colegios de los sacerdotes dar tambin dinero.
Reclam todos los caballos, todos los
mulos, todas las armas. A los que quisieron disimular sus
riquezas se les confisc los bienes, y para vencer la
avaricia ajena, di sesenta armaduras y mil quinientos
gommor de harina, es decir ms l solo que la Compaa
de Marfil.

158 Envi Liguria c o m p r a r soldados; tres mil m t m i . f i *

ses a d u m b r a d o s cazar osos; se Ies p g ? p 0


do seas lunas razn de cuatro minas diariaT

clones dentarias, luego

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oe continuo se oa resonar las trompetas; en grandes ca
PaSaban

t i e n d a s de c a m p a a ,

jeres en los patios hacan hilas y vendajes; el ardor de


unos se comunicaba los otrcs. El alma de Halmicar llenaba la Repblica.
Con los tres mil ligurios y los mejores hombres de Cartago form una falange de cuatro mil noventa y seis hombres defendidos por cascos de bronce, y que manejaban
lanzas de fresno largas de catorce codos.
Dos mil jvenes llevaban hondas, un pual y sandalias.
Se le reforz con ochocientos ms armados de un escudo
redondo y uua espada romana.
La caballera pesada constaba de mil novecientos guardias, cubiertos de escamas de bronce colorado como los
clinbaros asirios. Haba adems cuatrocientos arqeros
caballo con gorras de piel de comadreja, hachas de doble
filo, y tnicas de cuero. Adems haba armado mil dos
cientos negros para apoyar la caballera. Todo estaba
dispuesto y sin embargo Hamibar no marchaba.
A menudo sala por la noche de Cartago y se alejaba
hasta ms all de la laguna, hasta la desembocadura del
Macar Quera unirse los brbaros? L03 liguro3, acampados en los Mappales rodeaban su casa.
Las aprensiones de los Ricos parecieron justificarse
cuando un da, trescientos brbaros se aproximaron
Cartago y Hamilcar mand que se les abriera las puertas:
eran trnsfugas que, por fidelidad por temor, volvan
junto al Suffeta.
La vuelta de Hamilcar no sorprendi los mercenarios;
segn ellos aquel hombre no poda morir. Volva para
cumplir sus promesas, esperanza que nada tena de absurda si se tiene en cuenta que mediaba un verdadero abismo entre la patria y> el ejrcito. Por otra parte, no se
crean culpables y haban olvidado por completo el festn.
Los espas que sorprendieron les desengaaron. Fu un
triunfo para los ms encarnizados, hasta I03 ms tibios se
pusieron furiosos. Luego los do3 sitios les aburran, no
adelantaban un paso, ms vaha una batalla! Al tener no-

ticia de los a r m a m e n t o s de Matho, salt de alegra Por


fin! Por fin! exclam.

Entonces el resentimiento que senta por Salammb


recay en Hamilcar. Su odio vea ahora una presa determinada y crea ya saborear su venganza. Tan pronto se
vea rodeado de sus soldados, llevando la cabeza del Suffeta en una pica como en un lecho de prpura estrechando entre sus brazos l a virgen, cubriendo de besos su rostro, pasando sus manos por su negra cabellera, y aquellas
visiones, que saba que no se realizaran, le atormentaban.
Jur, que ya que sus compaeros le haban nombrado
schalishim, se mostrara digno de tal cargo en la guerra,
y la seguridad de que no volverla de ella le haca implacable.
Fu ver Spendio y le dijo:
Toma tus hombres! Yo traer los mos! Avisa al
galo! Estamos perdidos si Hamilcar nos ataca! No me
oyes? Levntate!
Spendio qued asombrado al oir aquella voz llena de
autoridad. Matho, habitualmente se dejaba guiar por sus
consejos; pero ahora pareca un tiempo ms tranquilo y
ms terrible; una voluntad soberbia fulguraba en sus ojos,
parecida la llama d un sacrificio.
El griego no le escuch. Viva en una de las tiendas
cartaginesas con bordados de perlas, beba refrescos en
copas de plata, dejaba crecer sus cabellos y no se apresuraba en asaltar la ciudad sitiada. Haba entablado negociaciones con la ciudad y estaba seguro de que se rendira
muy pronto. No quera, pues, partir.
Warr'Havas, que siempre iba de un ejrcito otro estaba presente y apoy las razones de Spendio.
Vete, si tienes miedo!exclam Matho Nos habias
prometido pez, azufre, elefantes, hombres, caballos! Dnde estn?
Warr'Havas se excus afirmando que en breve cumplira sus promesas,

Pero en aquel instante, un hombre que no conocan ni


el griego ni el libio entr en lo tienda. En una lengua desconocida hablaba Narr' Hava3 el cual, de repente, corri
hacia sus ginete?. Se alinearon en la llanura formando un
gran semicrculo. Narr' Havas, caballo, bajaba la cabeza y se morda los labios. Por fin dividi sus hombres
en dos mitades; di una orden de que le aguardara y al
frente de la otra se lanz galope tendido hacia las montaas.
Amo!murmur Spendio; no me gustan esas coincidencias. El Suffeta vuelve, Narr' Havas se marcha...
Qu importa! dijo con desdn el libio.
Pero se impona adelantarse Hamilcar, avisando
Autharito El peligro de levantar los sitios estribaba en
que entonces podan los soldados de las ciudades atacarles por la espalda, mientras los cartagineses les combatiran
de frente. Despus de mucha discusin se convino en lo
siguiente.
Spendio con quince mil hombres se adelant hasta el
puente del Macar, tres millas de Utica, que se fortific
con tres torres enormes provistas de catapultas. Con troncos de rboles y peasco3 y muros de piedras se obstruy
en la3 montaas todos los caminos y senderos; en su cimas se amonton gran cantidad de hierba seca que ardera para servir de seales, y de trecho en trecho se colocaron pastores para que vieran estas.
Indudablemente Hamilcar no se tomara como Hannon,
por la montaa de las Aguas Calientes. Pensaran que Autharito, dueo del interior, le cerrara el paso. Adems un
fracaso al principio de la campaa le perdera y una vic
toria no sera decisiva para l, pues los mercenarios le atacaran de nuevo. Poda desembarcar en el cabo de los Racimos ir en socorro de una de las dos ciudades. Pero
quedara entre los des ejrcitos y era aquella una imprudencia que poda costarle muy cara. Lo natural era'que
siguiese la base del Ariana, volviendo luego la izquierda

p a r a evitar la desembocadura del Macar, y dirigindose al

puente. All le esperaba Matho.


Por la noche, la luz de las antorchas, vigilaba los
destacamento, avanzados. Iba Hippo-Zaryta, las obras
de las montaas, no se daba p u n t o de reposo. Spendio envidiaba su robustez; pero en cuanto las obras de defensa, lo que deba hacerse para tener buenos confidentes
y al arte de las mquinas de guerra, Matho tscuchaba
su compaero. Ya no hablaban de Salammb, uno porque
no pensaba en ella, otro porque le avergonzaba pensar
A menudo iba hacia el lado de Cartago para ver si distingua las tropas de H a milear. Fijaba sus miradas en el
horizonte se tenda de bruces con el odo pegado al suelo
y ei zumbido de sus aiterias se le antojaba el rumor de un
ejrcito en marcha.
Dijo Spendio que si dentro de tres das no haba parecido Hamlcar l ira con su ejrcito buscarle para
ofrecerle batalla. Pasaron dos das; Spendio procuraba retenerle, la maana del tercero, parti.

Los cartagineses no esperaban la guerra con menos impaciencia. En las tiendas de campaa y en las casas rei
naban el mismo deseo igual angustia. Todo el mundo se
preguntaba porqu Hamlcar no se decida.
De cuando en cuando suba la cpula del templo de
Eschmun, junto al Anunciador de las Lunas, y consultaDa los vientos.
Un da, el tercero del mes de Tibby, baj precipitadamente la escalinata del Acrpolis. En los Mapapales reson un gran clamor. Pronto rein una gran agitacin en las
calles y los so dados, armndose, se despedan de las mujeres llorosas; luego corran la plaza de Khamon formar. .No se les poda seguir, ni hablarles, ni subir las

murallas: durante algunos minutos la ciudad permaneci


silenciosa como una tumba. Los soldados, apoyados en
sus lanzas, pensaban en su suerte, y los otros, en las casas suspiraban.
Al ponerse el sol el ejrcito sali por la puerta occidental, pero en vez tomar el camino de Tnez el de Utica,
sigui por la orilla del mar; pronto lleg la Laguna, donde grandes manchas de sal, lanzaban reflejos como gigantescas fuentes de plata olvidadas en la orilla.
Las charcas se multiplicaron. El suelo era cada vez ms
blando, los pies se hundan: Hamlcar no retrocedi. Marchaba la cabeza. Su caballo, cubierto de manchas amarillas como un dragn, avanzaba penosamente. Cerr la
noche, noche sin luna. Algunos gritaron que todos iban
perecer; les arranc sus armas, que se entregaron los
criados. El barro era cada vez ms profundo. Fu preciso
subir sobre las bestias de carga. Algunos se colgaron de
las colas de los caballos; I03 robustos ayudaban los dbiles; el cuerpo de los ligurios empujaba los infantes con la
punta de sus picas. La obscuridad redobl. Se haba perdido el camino. Se detuvieron.
Entonces los esclavos del Suffeta se adelantaron para
buscar las boyas que por su orden se haban colocado de
trecho en trecho. Voceaban en las tinieblas y el ejrcito
les segua lo lejos.
Por fin se lleg un terreno firme. Adelantaron ms, y
pronto se descubri en la obscuridad una curva blanquecina. Estaban orillas del Macar. A pesar del fro no se
encendieron hogueras.
A media noche soplaron fuertes rfagas de viento. Hamlcar hizo despertar los soldados; pero ni una trompeta
reson; los capitanes les tocaban en el hombro.
Un soldado de alta estatura entr en el ro; el agua no
le llegaba la cintura; se poda vadear.
El Suffeta orden que treinta y dos de los elefantes se
Slammb
11

pusieron en el rio y que los otros, cien pasos ms abajo,


formando otra lnea detuvieron las filas de hombres que
arrastrara la corriente. As todos, con las armas sobre la
cabeza atravesaron el ro como entre dos paredes. El Suffeta saba que el viento del Oeste, empujando las arenas,
formaba una especie de camino natural en toda su anchura.
Ahora se hallaba el ejrcito en la orilla izquierda, frente
Utica, en una vasta llanura, muy ventajosa para maniobrar los elefantes, que constituan la fuerza principal del
ejrcito.
Aquel rasgo de genio entusiasm los soldados. Todos
haban recobrado la confianza y pedan marshar en seguida contra los brbaros. El Suffeta les hizo reposar durante dos horas. Cuando sali el sol, el ejrcito se movi formando tres lneas; de elefantes la primera, de caballera
infantera ligera la tercera; la falange marchaba retaguardia.
Los brbaros acampados cerca de Utica y los quince
mil que haba junto al puente, quedaron sorprendidos al
ver ondular la tierra lo lejos. El viento, que soplaba con
fuerza, levantaba grandes torbellinos de polvo que ocultaban, como una cortina amarillenta, la marcha del ejrcito
pnico. Algunos, al advertir los cuernos que llevaban en
los cascos los cartagineses, crean que se trataba de una
manada de bueyes; otros, engaados por la agitacin de
los mantos, pensaban que eran olas; los que haban corrido mucho mundo, se encogan de hombros, diciendo que
aquello era un espejismo.
Pronto no fu posible la duda. La masa enorme avanzaba de continuo. Se distingui los elefantes erizados de
picas, los brbaros lanzaron un clamor formidable.
Los cartagineses!y, sin seal, sin q u e n a d i e lo m a n dara, los soldados q u e sitiaban Utica y los q u e guardaban el p u e n t e se lanzaron sin orden n i concierto sobre el
ejrcito de H a m l c a r .

Al oir aquel nombre, Spendio se estremeci. Repeta


maquinalmente: Hamlcar! Hamlcar! Y Matho no estaba all! Qn hacer? No se poda huir. El terror que le
inspiraba el Suffeta, la gravedad de la resolucin que deba tomar, el peligro que creca por momentos, todo le
trastornaba; se vea ya decapitado, crucificado, asaeteado.
Pero le llamaban; treinta mil hombres iban seguirle;
pens que podra lograr la victoria; se ere j ms intrpido que Epaminondas. Para ocultar su palidez se embadurn de bermelln, ci su armadura, bebi una gran copa
de vino puro y corri hacia sus soldados que marchaban
al encuentro d los de Utica,
Se juntaron tan rpidamente, que el Suffeta no tuvo
tiempo de alinear sus hombres en batalla. Poco poco los
cartagineses se detenan. Los elefantes se detuvieron; balanceaban sus pesadas cabezas que ostentaban penachos
de plumas de avestruz y con las trompas se golpeaban las
espaldas.
En los intrvalos que dejaban los elefantes se vean los
vlites, los grandes cascos de los clinabaros, penachos, corazas, estandartes. Aunque el ejrcito cartagins contaba
once mil hombres, no pareca tenerlos porque formaba un
cuadrilongo con los lado3 menores muy estrechos.
Los brbaros, al verlos tan dbiles, lanzaron un clamor
de alegra. El desdn que les inspiraban aquellos mercaderes redoblaba su valor, y antes que Spendio diera una
orden, ya la haban comprendido y la ejecutaba.
Se extendieron en una largusima lnea que rebasaba
por los flancos al ejrcito pnico, fin de envolverlo por
completo. Pero cuando estuvieron trescientos pasos, los
elefantes, en vez de adelantar retrocedieron; los cnavaros, dando media vuelta, les siguieron, la sorpresa de los
mercenarios subi de punto cuando vieron que los bagajeros les imitaban corriendo cuanto podan. Los cartagineses tenan miedo, huan! Un clamor formidable de befa
y de alegra reson en las filas de I03 brbaros y Spendio,

desde lo alto de su dromedario grit: Ya lo saba! Adelante! Adelante!


Entonces las jabalinas, los dardos, las balas de fronda
volaron la vez. Los elefantes, al sentirse heridos en la
grupa, galoparon ms aprisa; una gran polvareda les envolva y se disiparon como sombras. Pero se oa un gran
ruido de pasos, dominado por el ruido de las trompetas
que sonaban con furia. Aquel espacio que los brbaros tenan ante ellos llenos de torbellinos y tumulto, atraa como un abismo; algunos se precipitaron en l. Aparecieron
cohortes de infantera y la caballera galopaba tambin
hacia el enemigo.
Hamilcar haba ordenado la falange que rompiera sus
secciones fin de que los elefantes, las tropas ligeras y la
caballera pasaran por sus intervalos para ir rpidamente
gacia las alas, y calculado tan bien la distancia de los
brbaros, que en el instante en que esto3 chocaron contra
el ejrcito, ste formaba una gran lnea recta. En el centro, estaba la -falange, formada por cuadros de diez y seis
hombres por cara. Los jefes de las filas estaban entre loa
largos hierros aguzados que s breealan desigualmente de
las filas. Todas las caras desaparecan bajo la viseras de
los cascos; lminas de bronce cubran las piernas derechas, anchos escudos cilindricos bajaban hasta las rodillas
y aquella masa cuadrangular se mova como si estuviese
formada de una sola pieza, pareca vivir como un animal
y funcionar como una mquioa. D,)s cohortes de elefan- ^
tes la flanqueaban; contrayendo la piel hacan caer trozos |
de sus escamas. A derecha izquierda de los elefantes
corran los honderos con una honda alrededor de la cintura, otra sobre la cabeza, y otra en la mano derecha. Es
taban luego los clinabaros, acompaado cada uno de un
negro, tendiendo sus lanzas entre las orejas de sus caballos, cubiertos de oro como ellos. Ms lejos, estaban los
soldados armados la ligera con escudos de piel de lince,
de los cuales sobresalan las lanzas de los venablos que

llevaban en la mano izquierda, y I03 tarentinos guiando


dos caballos, formaban los extremos de las dos alas.
El ejrcito de los brbaros no haba podido permanecer
alineado. En su extensin exorbitante haba ondulaciones
y vacos; todos respiraban anhelosamente sofocados por
haber corrido tanto.
La falanje adelant pesadamente enfilando sus lanzas;
bajo este peso enorme la lnea de los mercenarios, harto
endeble, cedi por el centro.
Entonces las alas cartaginesas se desplegaron; los elefantes las seguan. La falanje cort en dos mitades los
brbaros con sus lanzas tendidas oblicuamente; las alas,
flechazos y pedradas acosaban los soldados de Spendo.
Este, orden que se atacase simultneamente la falanje por ambos flancos; fin de desbaratarle. Pero las filas ms estrechas se deslizaban bajo las ms largas, y la
falanje se revolvi contra los brbaros, tan terrible en sus
lados como lo era momentos antes por el frente.
Golpeaban sobre el asta de las lanzas, pero la caballera
atacndoles por retaguardia les impeda dar en firme el
asalto; y la falanje apoyada por los elefantes, se estrechaba se ensanchaba segn lo requeran loe incidentes de
la lucha, formando un cuadro, un tringulo, un rombo,
nn trapecio, una pirmide. Un movimiento interior la remova de la cabeza la cola, pues los que estaban en las
ltimas filas acudan las primeras, y los que formaban
en estas por cansancio por heridas, se retiraban hacia
atrs. Las lanzas se inclinaban y se levantaban alternatitivamente. Se vea un continuo fulgurar de espadas desnudas y la caballera cargaba sin cesar contra aquel mar
de hierro. Los herido3, defendanse con sus escudos, tendan la espada, apoyando el puo contra el suelo, y otros,
revolcndose en charcos de sangre, mordan los talones de
los combatientes. La multitud era tan compacta, el polvo
tan espeso, tari grande el tumulto, que nada poda distinguirse; los cobardes que ofrecieron rendirse ni siquiera

166

se les escuch. Cuando las manos quedaban sin armas, entonces empezaba una lucha cuerpo cuerpo, los pechos
crugan contra las corazas y los cadveres colgaban con la
cabeza hacia atrs entre los brazos crispados. Una compaa de sesenta hombres de la Umbra firmes sobre sus jarretes, con la pica delante de los ojos, inconmovibles, y
rechinando los dientes, obligaron retroceder dos cuadros la vez Pastores epirotas corrieron hacia el escua
drn de los clinabaros y cogiendo los caballos por la
crin, voltearon sus bastones; los animales derribando
sus ginetes huyeron por la llanura.
Los honderos pnicos no podan intervenir en aquella
lucha menos de herir sus propios compaeros. La falanje empezaba oscilar, vociferaban los capitanes, las filas se estrechaban con dificultad y los brbaros atacaban
cada vez con ms mpetu. Su empuje era tremendo; la
victoria era para ellos. De repente un grito, u n espantoso
grito, u n rugido de dolor y de clera se levant de las filas de los brbaros; eran los setenta y dos elefantes que
se precipitaban sobre ellos, formados en doble fila. Los
indios les espoleaban tan vigorosamente que la sangre co
rra por sus orejas. Sus trompas embadurnadas de minio
erguanse en el aire parecidas culebras rojas; en el pecho
llevaban u n cuerno de hierro, en los lomos una coraza, y
sus colmillos estaban alargados por hojas de hierro corvas
como sables. Para hacerles ms feroces se les haba embriagado con una mezcla de vino puro y de incienso.
A fin de resistir mejor su empuje, los brbaros se lanzaron sobre ellos en filas compactas; los elefantes se echaron impetuosamente sobre ellos. Los espolones de su pretal, como proas de navio, hendan las cohortes. Con sus
trompas ahogaban los hombres, levantndolos del suelo
los entregaban I03 soldados de las torres; con sus colmillos les despanzurraban, les lanzaban al aire, y entraas
palpitantes pendan de aquellos como los rollos de cuerdas cuelgan de los mstiles. Los brbaros procuraban re-

167

ventarles los ojos, cortarles los jarretes, otros deslizndose


bajo su vientre les hundan la espada hasta el puo y perecan aplastados; los ms intrpidos, se colgaban de sus
correas y bajo las llamas, bajo las flechas, continuaban
aserrando el cuero, y la torre de mimbres se derrumbaba
como una torre de piedras. Catorce de los que estaban en
el ala derecha, irritados por las heridas retrocedieron; entonces, los indios, cogieron el escoplo y el martillo y aplicando aqul sobre la nuca dieron u n gran golpe. Los enormes animales cayeron unos sobre otros. En aquel montn
de cadveres y de armaduras u n elefante monstruoso llamado Furor de Baal, cogido por la pata entre cadenas,
grit desesperadamente hasta la noche, pues tena una
flecha en u n ojo.
Sin embargo los otros, como conquistadores que se deleitan en el exterminio, derribaban, aplastaban, pisoteaban heridos y moribundos. Para rechazar los manpulos que se apiaban al rededor suyo, giraban sobre sus patas de atrs adelantando siempre. Los cartagineses sintieron avivar su ardor. La batalla empez de nuevo.
Los brbaros cedan; los griegos tiraron sus armas y los
dems, al ver el mal ejemplo se asustaron. Spendio hua
inclinado sobre el cuello del dromedario. Entonces todos
se precipitaron hacia Utica.
Los clinabaros. cuyos caballos estaban rendidos, no trataron de perseguirles. Los figures, extenuados por la sed
queran ir hacia el ro. Los cartagineses que combatieron
en el centro de los cuadros, y que haban sufrido menos,
se desesperaban viendo que no podan completar su venganza. Iban perseguir los mercenarios. Hamlcar apaCon las riendas de plata contena su caballo atigrado
cubierto de sudor. Las tiras que pendan de los cuernos
de su casco ondeaban al viento y traa bajo su muslo izquierdo el escudo oval. Con u n movimiento de su lanza de
tres puntas, detuvo el ejrcito.

La falanje extermin todos los brbaros que aun resistan. Algunos an se defendieron. Se les mat desde lejos bajo una nube de piedras como si fueran perros rabiosos. Hamilcar haba recomendado que se hicieran prisioneros; pero los cartagineses dudaban en obedecerle, ansiosos de hundir sus espadas en el cuerpo de los brbaros.
Anocheci. L03 cartagineses y los brbaros haban desaparecido. Los elefantes que huyeron corran lo lejos
con sus torres incendiadas.
Ardan en las tinieblas aqu y all como faros medio
ocultos entre la niebla; lo lejos solo se vea sobre la llanura la ondulacin del ro que acarreaba los cadveres al
mar.

Dos horas despus lleg Matho. A la luz de las estrellas


vi montones de hombres tendidos en tierra. Eran hileras
de brbaros. Inclinse, todos estaban muertos. Llam con
voz estentrea; nadie le contest.
Por la maana haba abandonado Hippo Zarytacon sus
soldados para marchar contra Cartago. En Utica el ejrcito de Spendio acababa de desaparecer y los habitantes
incendiaban las mquinas de guerra.
Todos se haban batido con saa. Pero como Matho para llegar ms pronto se adelant por entre las montaas y
los brbaros huyeron por la llanura, no tuvo noticia de la
derrota hasta que se encontr en lo que haba sido campo
de batalla.
En frente de l, ms all del ro, vea ras del suelo
unas luces inmviles. Eran los cartagineses que se retiraron detrs del puente y para engaar dos brbaros, el
Suffeta haba colocado avanzadas en la otra orilla. Matho,
adelantando sin cesar, crey ver las insignias pnicas,
pues distingua en el aire cabezas de caballos que no se
movan; oy tambin un gran rumor, ruido de canciones
y de copas que chocaban.

Entonces no sabiendo donde estaba; ni cmo hallar


Spendio, se volvi por el mismo camino. Apuntaba el alba
y su luz vi lo lejos la ciudad y- su alrededor los despojos de las mquinas ennegrecidas por las llama?, como
esqueletos gigantescos apoyados contra las murallas.
Todo reposaba en un silencio extraordinario. Entre los
soldados haba hombres casi desnudos que dorman tendidos de espaldas con la frente apoyada en los brazos. Algunos quitaban de sus piernas tiras de tela ensangrentadas. Los moribundos movan lentamente la cabeza, y otros
arrastrndose les traan agua. A lo largo de los senderos
estrechos, los centinelas caminaban para entrar en calor,
con el rostro vuelto hacia el horizonte permanecan
quietos con la lanza sobre el hombro en actitud feroz.
Matho hall Spendio bajo una tienda desgarrada, con
la rodilla entre las manos y la cabeza baja.
Permanecieron largo rato sin hablar.
Por fin Matho murmur:
Vencidos!
Spendio contest con voz sombra:
S, vencidos!
A todas las preguntas contestaba con ademanes desesperados.
Suspiros y estertores llegaban hasta ellos, Matho entreabri la tienda. Entonces aquel espectculo le record otro
ocurrido all tambin, y dijo rechinando los dientes:
Miserable! ya una vez..
Spendio le interrumpi:
T tampoco estabas.
Es una maldicin,exclam Matho,pero un da
otro llegar hasta l! le vencer! le matar! Ah! Si hubiese estado all!
La idea de haber faltado la batalla le desesperaba ms
que la derrota.
Se arranc del cinto la espada y la tir al suelo.
Cmo os han derrotado los cartagineses?

El antiguo esclavo se puso contar la batalla y las maniobra?. Matho crea verlas, y se irritaba. El ejrcito de
Utica en vez de correr al puente debi atacar Hamilcar
por retaguardia.
Ah! ya lo s,exclam Spendio.
Era preciso doblar tus filas, no comprometer los vlites contra la falanje, dejar paso los elefantes; en un momento deba cambiar la faz de la lucha.
Spendio contest:
Le he visto pasar con un gran manto rojo, levantados
los brazos, ms alto que la polvareda, como un guila que
vuela al lado de las cohortes; cada seal de su cabeza,
se estrechaban, se precipitaban; la multitud no3 ha echado uno contra otro. Me mir; sent en mi corazn como el
fro de una espada.
Se interrogaron tratando de descubrir por qu el Suffeta haba llegado cuando las circunstancias eran ms desfavorables para los brbaros. Hablaron luego de la situacin, y para atenuar su falta para animarse e mismo,
Spendio dyo que aun quedaba esperanza.
Aun cuando no quedase nadie ms, no importa,dijo Matho,hasta solo continuar la guerra!
Yo tambin,grit el griego levantndose de un
salto.
Caminaba largos pasos, centelleaban sus pupilas, y una
extraa sonrisa contraa su rostro de chacal.
Volveremos empezar; no te alejes nunca de mi! no
sirvo para las batallas la luz del sol. El fulgor de las espadas turba m i vista; es una enfermedad; he pasado demasiado tiempo en el erg3tulo. Pero indcame murallas
que escalar durante la noche, y entrar en las ciudadelas
y los cadveres estarn fros antes que canten los gallos!
Ensame alguien, algo, un enemigo, un tesoro, una
mujer; aun cuando fuera la hija de un rey, y traer tu deseo ante tus ojos. Me acusas de haber perdido la batalla,

y sin embargo la gan. Confiesa que mi piara de cerdos


nos sirvi mejor que una falanje de espartanos.
Y cediendo al deseo de realzarse y de tomar desquite,
enumer cuanto hiciera por la causa de los mercenarios.
Yo soydijoquien en I03 jardines del Suffeta empuj al galo. Ms tarde en Sicca les he dado nimo, hacindoles temer la venganza de la Repblica. Giscon les
perdonaba, pero yo no quise que los intpretes hablarad.
Ah! Cmo les salan las lenguas de la boca.Te acuerdas?
Te llev Cartago; he robado el zaimph, te llev su casa. Har ms an: ya vers!
Y se ech reir como un loco. Matho le miraba con los
ojos dilatados. Experimentaba malestar ante aquel hombre que era un tiempo tan cobarde y tan terrible.
El griego aadi con tono jovial chasqueando los dedos:
Evoh! Despus de la lluvia el sol! He trabajado en
las canteras y he bebido vino en una crtera que me pertenece bajo una tienda de brocado de oro como un Ptolomeo. La desgracia sirve para hacernos ms hbiles. A
fuerza de trabajo se doma la fortuna. Esta proteje los
polticos. Ceder!
Volvi hacia Matho, y tomndole por el brazo:
Amo, ahora I03 cartagineses estn seguros de su victoria. Tienes un ejrcito que no se ha batido y tus hombres te obedecen. Ponlos en la vanguardia; los mos para
vengarse les seguirn. Me quedan tres mil caballos, mil
doscientos honderos y arqueros, cohortes enteras. Hasta
podemos formar una falanje! Volvamos!
Matho, aplastado por el desastre, no haba decidido nada para repararlo, Escuchaba con afn, y las planchitas
de bronce que rodeaban su busto se levantaban al impulso de los latidos de su corazn.
Recogi su espada y grit:

172 -

Sigeme! adelante!
Pero laa avanzadas a n u n c i a r o n q u e los m u e r t o s de los
cartagineses h a b i a n sido recogidos, q u e el p u e n t e estaba
q u e m a d o y q u e H a m i l c a r con sus tropas haba desaparecido.

IX

En campaa
StfIlfO
i

Sufceta, pens q u e los Mercenarios le esj_

!
o)

va

Jr peraran en Utica, se revolveran contra


^ c o m p r e n d i e n d o q u e no tena fuerzas
suficientes, n i para acometer, n i p a r a resistir, m a r c h hacia el sur, por la orilla derec h a del ro, lo cual le pona de m o m e n t o
cubierto de u n a sorpresa.

Quera a n t e todo p e r d o n a n d o por entonces su rebelin, separar todas las t r i b u s de los brbaros, y despus, c u a n d o estuviesen aislados, caera sobre
ellos y les e x t e r m i n a r a .
E n catorce da?, pacific la regi c o m p r e n d i d a entre
Thouccaber y Utica, y las ciudades desde Fignicaba, Tess o u r a h , Vacca y otras m s occidentales; Zunghar, edifica-

172 -

Sigeme! adelante!
Pero laa avanzadas anunciaron que los muertos de los
cartagineses habian sido recogidos, que el puente estaba
quemado y que Hamilcar con sus tropas haba desaparecido.

IX

En campaa
StfIlfO
i

Sufceta, pens que los Mercenarios le es Jr peraran en Utica, se revolveran contra


^ comprendiendo que no tena fuerzas
suficientes, ni para acometer, ni para resistir, march hacia el sur, por la orilla derecha del ro, lo cual le pona de momento
o) va
cubierto de una sorpresa.
Quera ante todo perdonando por entonces su rebelin, separar todas las tribus de los brbaros, y despus, cuando estuviesen aislados, caera sobre
ellos y les exterminara.
En catorce da?, pacific la regi comprendida entre
Thouccaber y Utica, y las ciudades desde Fignicaba, Tessourah, Vacca y otras ms occidentales; Zunghar, edificaj_

174

175 -

da en la montaa; Assuras, clebre por su templo; Dgeraado, frtil en viedos; Thapitis y Hagur le enviaron
embajadores. Los campesinos llegaban trayendo vveres,
imploraban su proteccin, besaban sus pies, los de los soldados y se quejaban de los brbaros.
Algunos le ofrecan en sacos cabezas de Mercenarios
muertos por ellos lo que decan, pero que en. realidad
haban cortado los cadveres; pues muchos se haban
perdido huyendo y se hallaban en las vias.
Para deslumhrar al pueblo, Hamilcar envi al da siguiente de la victoria los dos mil soldados que aprision
en el campo de batalla. Llegaron por compaas de cien
hombres cada una, con los brazos atados la espalda
una barra de broce, de cinco en cinco, y los heridos, corran tambin porque los ginetes, detrs les flagetaban con
sus ltigos.
Fu un delirio de alegra! Se afirmaba que haban quedado seis mil brbaros en el campo de batalla, que los
otros no resistiran, y que la guerra haba acabado; la
gente abrazbase en las calles y se frot con manteca y
cinamomo el rostro de los dioses Pataicos, para darles las
gracias. Con sus grandes ojos, su enorme barriga, y sus
dos brazos levantados hasta los hombros parecan vivir hasta por su pintura fresca y participar de la alegra del pueblo. Los Ricos, dejaban sus puertas abiertas, todo era alegra en la ciudad. Los templos estaban iluminados por la
noche, y las sacerdotisas de la diosa bajaban hasta Malqua. Se establecieron en las encrucijadas de sicomoro, y
alH se prostituyeron. Se otorgaron tierras los vencedores, se dispusieron holocaustos para Melkartb, se votaron
cien coronas de oro para el Suffeta, y sus partidarios queran que se tle diera nuevas prerrogativas y nuevos honores.

que componan el ejrcito de Autharito apenas conocan


aquellos Mercenarios que eran de raza griega latina; y
puesto que la Repblica les ofreca tantos brbaros
cambio de tan pocos cartagineses, es que unos tenan mucho valor y los otros carecan de l. Teman caer en un
lazo.
Autharito rehus. Entonces, los Antiguos decretaron la
ejecucin de los cautivos, aun cuando el Suffeta, le hubiese escrito que no los matasen. Quera incorporar los
mejores en sus filas y de tal modo excitar los dems
brbaros desertar. Pero el odio no tuvo espera.
Los dos mil brbaros fueron atados en los Mappales, en
las piedras de los cipos, y los mercaderes, los hinches de
cocina, los sastres y hasta las mujeres, las viudas de los
muertos con sus hijos, cuantos queran, acudieron matarlos flechazos. Se les apuntaba lentamente para prolongar su suplicio; se bajaba el arma, luego volva levantarse y la gente se rea y vociferaba.
Los paralticos se hacan llevar ll en literas; muchos
por precaucin llevbanse la comida, y otros pasaban la
noche en aquel lugar horrible. Se hablan levantado tiendas, y beban discrecin. Muchos ganaron grandes sumas alquilando arcos.
No se retiraron los cadveres crucificados parecidos
estatuas rojas sobre las tumbas.
La sancin de los dioses no falt en aquella ocasin
pues de los cuatro puntos cardinales, llegaban bandadas
de cuervos. Volaban trazando grandes crculos en el aire
y graznando continuamente. A veces, aquella negra nube,
se deshaca de pronto, ensanchando lejos sus espirales
obscuras; era que un guila la atravesaba; en las terrazas,
en las cpulas, en la punta de los obeliscos, y en el frontn de los templos, se vean grandes aves de rapia que
sostenan en su pico enrojecido piltrafas humanas.
A causa del hedor, los cartagineses, se decidieron desatar los cadveres. Se quemaron algunos, se echaron otros

Haba solicitado de los Antiguos, que propusieran


Autharito cambiar Giscon y los otros cartagineses ccn
los otros brbaros si era preciso. Los libios y los nmadas

al mar; y las olas, empujadas por el viento del norte les


depositaron en la playa, delante del campo de Autharito.
Aquel castigo habia aterrorizado los brbaros, y se les
vi plegar sus tiendas, reunir sus rebaos, poner sus bagajes sobre asnos, y aquella nrsma noche el ejrcito entero se alej.

Deba dirigirse desde la montaa de las Aguas Calientes hasta Hippo-Zaryta y privar as al Suffeta la posibilidad de volver Cartago sin combatir.
Entre tanto los otros dos ejrcitos trataran de alcanzarle en el sur.
Spendio por oriente, y Matho por occidente, de modo,
que juntndose los tres, pudieran sorprenderle y aplastarle. Un refuerzo que no esperaban les lleg: Narr'Havas
apareci la cabeza de trescientos camellos cargados de
pez, de veinticinco elefantes, y de seis mil ginetes.
:
Cont que el Suffeta, haba querido sublevar sus subditos, pero que l, prevenido por el hijo de su nodriza,final
sitio donde estaban los rebeldes, y les venci fcilmente.
Los jefes de los cuatro ejrcitos deliberaron acerca de
todo La guerra sera larga y era preciso prever todas las
contingencias.
Se convino en reclamar el auxilio de los romanos y se
ofreci aquella comisin Spendio; pero como era trnsfuga, no se atrevi encargarse de ella. Doce hombres de
las colonias griegas, se embarcaron en Amraba en una
chalupa de los nmidas para ir Roma. Los jefes exigieron de todos los brbaros el juramento de una fidelidad
completa. Diariamente los capitanes inspeccionaban el
uniforme y el calzado; se prohibi los centinelas el uso
del escudo, pues veces, le apoyaban en BU lanza y se
dorman de pie; los que arrastraban algn bagaje, eeles

oblig prescindir de l; como los romanos, todo deba


llevarse la espalda. Por precaucin contra los elefantes,
Matho, instruy un cuerpo de caballera en que el hombre y el caballo desaparecan bajo una coraza de piel de
hipoptamo, erizada de clavos y para proteger I03 cascos
de los caballos, envolvanse sus pezuas en cuerdas de esparto.
Se prohibi saquear los pueblos y tiranizar les habitantes que no fueran de raza pnica. Como el pas iba quedando exhausto, Matho, orden distribuir vveres, sin cuidarse de las mujeres. Primero, las compartan con ellas.
Por falta de alimento, muchos se debilitaban. Aquella era
ocasin incesante de rias y querellas, porque muchos, se
atraan las compaeras de las dems, ofrecindolas su
racin. Matho, orden echar todas implacablemente. Se
refugiaron al campamento de Autharito, pero las galas,
y las libias, fuerza de ultrajes, las obligaron marcharse. Algunas, fueron pedir refugio los cartagineses, y
otras se obstinaron en seguir los ejrcitos, llamando
sus hombres, sujetndoles por los mantos, y ensendoles
sus hijitos desnudos que lloraban.
El genio de Moloch posea Matho.
A pesar de la voz de su conciencia, ejecutaba acciones
espantosas, creyendo que obedeca la voluntad de su Dios.
Cuando no podia talar los campos, mandaba cubrirlos de
piedras para esterilizarlos.
A fuerza de mensajes, obligaba Autharito y Spendio que se apresuraran. Pero las operaciones del Suffeta
eran incomprensibles. Acamp sucesivamente en Eidus,
Monchar, en Tehent; las avanzadas creyeron verle cerca
de Ischul, cerca de las fronteras de Narr'Havas, y se supo
que habla atravesado el ro sobre Teburba como para volver Cartago.
Aquellas marchas y contramarchas fatigaban los cartagineses y las fuerzas de Hamilcar, sin renovarse dismiSalammb
12

Huan de da en da. Los campesinos le llevaban vveres


cada vez de peor gana; por todas partes hallaba una resistencia pasiva, un odio taciturno. A pesar de sus splicas
al Gran Consejo, n o llegaba ningn socorro de Cartago.
Entonces, desesperando de la Repblica, Hamlcar tom de las tribus lo necesario por proseguir la campaa;
granos, aceite, madera, bestias de carga y hombres. Los
habitantes huan de los pueblos su aproximacin. Las
aldeas que se atravesaba estaban vacas y en vano se buscaba dentro de las cabaas; al ejrcito pnico le rodeaba
una soledad espantosa.
Los cartagineses furiosos saquearon todas las provincias;
cegaban las cisternas, incendiaban las casas.
A veces junto los caminos vean relucir dentro de un
grupo de arbustos, unas pupilas centelleantes. Era un
brbaro que, en cuclillas y cubierto de polvo para confundirse con el color de las hojas secas, les espiaba.
Ni Utica ni Hippo Zaryta le enviaron tampoco socorros.
No se atrevan comprometerse y contestaron vagamente.
De todos modos quera un punto en la costa y el puerto
de Utica era el que le convena; as podra aprovisionarse.
El Suffeta di la vuelta al lago de Hippo-Zarjta con gran
cautela, pero despues tuvo que disponer sus regimientos
en columna para subir la montaa que separa los dos valles. Al ponerse el sol, y bajando por una estrecha caada
que se iba ensanchando despues en forma de embudo, advirtieron ante ellos, junto al suelo lobas de bronce, que
parecan correr sobre la yerba.
De repente vieron altos penachos y oyeron un canto
formidable, acompaado de un ritmo de palmas. Era el
ejrcito de Spendio, pues los campamos y griegos, por
odio Cartago, haban adoptado las insignias romanas.
Al mismo tiempo, la izquierda, aparecieron largas lanzas, escudos de piel de leopardo, corazas de lino, hombros

desnudos. Eran los iberos de Matho, los lusitanos, los baleares, los gtulos; reson el relincho de los caballos de
Narr'Havas que se exparcieron alrrededor de la colina.
Luego lleg la muchedumbre que mandaba Autharito;
los galos, los libios, los nmadas; y entre ellos, se vea
los comedores de casas inmundas, que se distinguan por
las espinas de pescado que llevaban en la cabellera.
Los bibaros, combinando exactamente sus movimientos se haban juntado, pero sorprendidos el verse enfrente
del enemigo permanecieron algunos minutos inmviles
Cumo consultndoes.
El Suffeta haba dispuesto sus hombres en crculo cerrado, de manera que pudieran ofrecer por todas partes
igual resistencia. Los mercenarios estaban cansados; mejor era esperar el nuevo da; y seguros de su victoria los
brbaros durante toda la noche, solo se cuidaron de comer
y dormir. Habiendo encendido grandes fogatas que deslumhrndoles dejaban en la sombra al ejrcito pnico.
Hamilca hizo abrir alrededor de su campamento, como
los romanos, un foso ancho de quince pasos y diez codos
de profundidad. Al levantarse el sol, los mercenarios quedaron pasmados vindoles atrincherados como dentro de
una fortaleza.
Comprendieron que si todos atacaban la vez se exponan una derrota segura, porque el mismo exceso de
combatientes les perjudicara. Adems, cmo salvarlos
pasos? En cuanto les elefantes no estaban bastante
adiestrados.
Sois un hatajo de cobardes!exclam Matho.Capitaneando los mejores se dirigi contra la trinchera; una
nube de piedras les hizo retroceder; pues el Suffeta haba
tomado en el puente sus catapultas abandonadas.
Los brbaros, al ver aquella dificultad se amilanaron;
queran vencer, pero arriesgndose lo menos posible. Spendio quera guardar las posiciones que tenan, y rendir por
hambre al ejrcito prnico. El Suffeta entabl negociacio-

nes para ganar tiempo, y una maana los brbaros hallaron en sus avanzadas un pergamino con proposiciones escritas. Deca que los Antiguos le haban obligado hacer
la guerra, y para probarles que mantendran su palabra
les ofreca el saqueo de Utica de Hippo-Zaryta; terminaba diciendo que no les tema, porque haba ganado con
ddivas algunos traidores, los cuales acabaran con ellos.
Los cuatro jefes se reunan todas las noches en la tienda de Matho, y en cuchillas alrededor de un escudo adelantaba y hacan retroceder con cuidado, figuritas de madera, que eran invencin de Pyrrho para ensayar las maniobras.
Mientras los brbaros deliberaban, el Suffeta aumentaBUS defensas; hizo ahondar u n doble foso, y en los ngulos
del campamento levantar torres de madera.
Desde el fondo del anfiteatro en que estaban asediados,
vean de continuo en las alturas los cuatro campamentos
de los brbaros. Algunas mujeres pasaban con cueros en
la cabeza; muchas cabras corran balando entre los pabellones de picas y lanzas; los centinelas se relevaban, y los
soldados coman alrededor de altos trpodes.
Desde el segundo da, los cartagineses haban advertido
en el campamento de los mercenarios, un grupo de unos
trescientos hombree, apartados dlos dems. Eran los Ricos,
prisioneros desde el principio de la guerra. Los libios les
alinearon junto al foso, y apostados detrs de ellas, lambn jabalinas, sirvindose de sus cuerpos modo de escu
dos. Algunos dlos cartagineses sollozaban estpidamente.
otros gritaban sus amigos que tiraran contra los btobaros. Haba uno inmvil y con la frente baja que no hablaDa
nunca. Su gran barba blanca casi le llegaba hasta las manos
cubiertas de cadenas y los cartagineses reconocan Gascn j
en aquel hombre. Aunque el sitio era peligroso, todos se j
empujaban para verlo. Se le haba puesto e n l a , y T
una tiara grotesca de cuero de hipoptamo, incrustada

guijarros. Aquello lo haba inventado Autharito, pero disgustaba Matho.


Hamlcar exasperado, hizo abrir las empalizadas decidido pasar y con mpetu furioso, los cartagineses subieron hasta la mitad de la falda de las colinas.
Pero baj de ellas tal torrente de brbaros, que no tuvisron ms remedio que retroceder apresuradamente. Uno
de los legionarios que qued rezagado, cay entre las piedras. Zarxas fu hacia l, y derribndole le hundi un
pual en la garganta. Lo sac; aplic sus labios sobre la
herida y chup la sangre con avidez. Luego, se sent sobre el cadver y enton una cancin balear, llamando
sus hermanos al festn; luego, baj lentamente la cabeza
y llor. Aquel espectculo aterroriz los brbaros, sobre
todo los griegos.
Los cartagineses no intentaron otra salida y no se atre
van rendirse, seguros de perecer entre atroces suplicios.
El hambre ms horrible reinaba en el campamento.
Quedaba nicamente en l un poco de trigo y unos sacos
de fruta seca. No haba ni carne ni aceite, ni hierba para
los caballos. Todos echaban de menos sus casas, sus familias, de continuo era preciso rechazar ataques; las torres ardan; los comedores de cosas inmundas, asaltaban sus empalizadas. Una lluvia de piedras y de hierro caa sobre las
tiendas. Para librarse de los proyectiles, los cartagineses
levantaron espesos caizos de juncos, se encerraron tras
ellos, y permanecieron sin moverse. Hamcar estaba tan
indignado contra Cartago, que hubiera deseado unirse
los brbaros para ir contra ella. Ni el Gran Consejo, m nadie, enviaba un socorro ni una esperanza. La situacin era
intolerable, pensando que llegara serlo ms.
En Cartago, al tener noticias del desastre se maldijo el
nombre de Suffeta ms que si se hubiera dejado vencer
desde el principio. Faltbanles dinero y tiempo para buscar otros mercenarios, y era imposible equipar nuevos soldados en la ciudad.

El Suffeta haba tomado todas las armas y con l estaban los mejores capitanes. Todos crean que el Suffetadespus de la victoria, debi aniquilar los mercenarios.
Por qu se le ocurri saquear las tribus? Los mercenarios, los pescadores, hasta los baeros y los vendedores de
bebidas calientes, discutan los planes de campaa del Suffeta; no haba hombre que no se creyera con derecho
dar su voto.
Los sacerdotes afirmaban que su derrota era el castigo
de su impiedad; recordaban que jams ofreci holocaustos, que no haba siquiera purificado sus tropas, que rehus llevar augures en sus filas y exigieron del Gran Consejo la promesa de crucificarle si por azar volva Cartago.
Un delirio fnebre agitaba Cartago. Los gritos de las
muieres llenaban las casas y escapndose por entre verjas
y rejas, hacan volver la cabeza los que pasaban. Algunas veces se deca que los brbaros llegaban; que se les
habla visto detrs de las montaas de las Aguas Calientes,
que estaban acampados en la llanura.
Cuando el terror pasaba, la clera renaca. La conviccin de su impotencia aplastaba todos bajo una inmensa tristeza. Aumentaba cuando todos los habitantes subidos una tarde las terrazas lanzaban, inclinndose nueve
veces, un gran grito por saludar al sol. Hundase detrs de
la laguna lentamente, y despus desapareca entre las
montaas, hacia donde estaban los brbaros.
Algunos decan que todas las desdichas provenan de la
prdida del zaimph, Salammb tena indirectamente la
culpa de ello. Deba ser castigada. Aquella idea tom
pronto cuerpo entre el populacho Para calmar los Baalim era preciso ofrecerles algo de un valor inmenso, un
sr hermoso, joven, virgen, de antigua estirpe, un astro
humano. Diariamente hombres desconocidos invadan los

jardines de Megara; los esclavos, temblorosos, no se atrevan rechazarlos. Sin embargo, no llegaban subir por
la escalinata de las galeras. Permanecan al pie de ella con
los ojos levantados hacia la ltima terraza. Esperaban
Salammb y durante horas y horas vomitaban injurias
contra ella como perros que ladran la luna.

La serpiente

clamores del populacho no asustaban la hija de Hamilcar.


Otras inquietudes ms grandes la turbaban; su gran serpiente, el Pyton negro,
estaba enfermo; aquella serpiente era para los cartagineses algo as como un amuleto. Creanla hija del limo de la tierra,
pues emerge de sus profundidades y no
necesita pies para recorrerla; su marcha
recuerda la ondulacin de los ros, su temperatura las antiguas tinieblas viscosas palpitantes de fecundidades, y el
orbe que describe mordindose )a cola, el conjunto de los
planetas, la inteligencia de Echmun.
El de Salammb haba rehusado ya muchas veces los
cuatro gorriones vivos que le ofrecan en el plenilunio y
BELLOS

186

Cada luna nueva. Su hermosa piel, cubierta como el firmamento de manchas de plata sobre fondo negro, amarilleaba y estaba arrugada porque era demasiado ancha para su
cuerpo. De cuando en cuando, Salammb se acercaba la
cesta de hilos de plata en que dorma, y apartaba la cortina de prpura, las hojas de loto, las plumitas de pjaro.
Lo serpiente estaba arrollada sobre s misma, ms inmvil que una liana seca; fuerza de mirarla senta como
otra espiral, como otra serpiente que suba del corazn
la garganta y la ahogaba.
Desesperbase de haber visto el zaimph, y sin embargo
le produca aquello un orgullo ntimo. Un misterio profundo se ocultaba bajo el esplendor de sus pliegues; era
la nube que envuelve los dioses, el secreto de la existencia universal, y Salammb, aun c3ando senta horror de s
misma, deploraba no haber profundizado aquel misterio.
Cansada de sus pensamientos se levantaba, y arrastrando sus sandalias, cuya suela chocaba cada paso con sus
talones, se paseaba al azar por la gran sala silenciosa. Las
amatistas y los topacios del techo, centelleaban produciendo manchas luminosas. Coga por el cuello las nforas colgadas de las paredes; se refrescaba el pecho con anchos
abanicos, y veces se entretena en quemar cinamomo en
el hueco de las perlas. Cuando se pona el sol, Taanach
quitaba las losas de fieltro negro que tapaban las aberturas de las paredes, y entonces sus palomas frotadas con
azmilcle como las de Tanit y con sus patitas rosadas se
deslizaban sobre las losas de cristal entre los granos de cebada que les echaba. Pero de repente estallaba en sollozos, y permaneca tendida en el gran lecho de correas, inmvil con los ojos abiertos, plida como una muerta, insensible, fra.
Algunas veces, durante das enteros, rehusaba todo alimento. Vea en sueos astros y cometas que pasaban bajo
eus pies. Llamaba Schahabarim, y cuando estaba su
lado no saba que decirle.

187

No poda vivir sin su presencia; pero interiormente se


rebelaba contra aquella dominacin; senta por el sacerdote terror, celos y una especie de amor, al mismo tiempo
en reconocimiento de la singular voluptuosidad que se
apoderaba de ella su lado.
No haba nadie en Cartago que fuese tan soberbio como
l. En su juventud estudi en el colegio de los Mogbets,
cerca de Babilonia; despus visit la Somotracia, Efeso,
Tesalia, Judea, los templos de los nabateos, sepultados
ahora entre arenas; y recorri pie desde las cataratas
hasta el mar, el curso del Nilo. Con el rostro cubierto por
un velo y agitando las antorchas, haba echado un gallo
negro la hoguera que fulgura ante la Esfinge, Madre del
terror. Baj las cavernas de Proserpina, sus ojos vieron
dar vueltas las quinientas columnas del laberinto de
Lemmos y resplandecer el candelabro de Tarcuto, que tena tantas luces como das hay en el ao. A veces, durante la noche, reciba viajeros griegos para interrogarles. La
gnesis del mundo era objeto de sus observaciones; estudi en el prtico de Alejandra los equinocios; acompa
Cyrene los bematistas de Evergeta que miden el cielo
calculando el nmero de sus pasos, y de todos aquellos estudios naci en su mente la idea de una religin nueva
sin frmulas ni dogmas, y por lo mismo llena de vrtigos
y ardores. No crea que la tierra tuviera la forma de una
pia. Imaginbala redonda y cayendo eternamente en la
inmensidad con tan prodigiosa rapidez que no se advierte
la cada.
De la posicin del sol sobre la luna, deduca el predominio del Baal, del que el astro no es sino el reflejo y la
figura; y de todo lo que deduca de las cosas terrestres
pensaba que era preciso reconocer como supremo principio la virilidad exterminadora. Acusaba secretamente
la Rabbet del infortunio de su vida. No era acaso por ella,
que en otro tiempo el gran pontfice le arranc bajo una
ptera de agua hirviendo en virilidad futura? Segua con

tnirada melanclica los hombres que al lado de las saefdotieas se ocultaban entre los grupos de los terebintos.
Transcurran sus das iDspeccionando los incensarios,
los vasos de oro, las pinzas, las raquetas para las cenizas
del altar, los vestidos de las estatuas, y hasta la aguja de
bronce que serva para rizar los cabellos de una antigua
Tanit en el tercer edculo, cerca de la parra de esmeralda.
En la aridez de su vida, Salammb le pareca una flor
que crece en la hendidura de u n sepulcro. Sin embargo,
se mostraba duro para ella y la castigaba con penitencias
y amargas palabras. Su condicin estableca entre ellos
como la igualdad de un sexo comn y no le dola tanto
no poder poseer la joven, cuanto verla tan bella y sobre
todo tan pura. A veces adverta que se fatigaba siguiendo
su pensamiento, entonces se marchaba ms triste y se senta ms abandonado, ms solo, ms vaco.
Palabras extraas le escapaban alguna vez, deslumhrando Salammb como amplios relmpagos que iluminan los
abismos.
A veces le expona la teora de las almas que bajan
la tierra siguiendo el mismo camino que el sol por los signos del zodiaco.
Las almas de los muertos,deca,se disuelven en
la luna como los cadveres en la tierra. Las lgrimas formn su humedad, y aquel es u n lugar obscuro, lleno de
barro, de despojos y de tempestades.
Salammb preguntaba cmo acabara ella.
Primeramente languidecers ligera como una nube
que flota sobre las olas, y despus de pruebas y angustias
infinitas, irs al hogar del sol, al manantial mismo de la
Inteligencia.
No le hablaba nunca de la Rabbet. Salammb crea que
era por pudor, y llamndole por u n nombre comn que
desiguala la luna, llenaba de bendiciones al astro t fertil y
suave. El sacerdote exclam:
No, nol al otro debe toda su fecundidad. No la vea

rodar de continuo en tomo de l como una mujer enamorada que corre detrs de uu hombre por los campos?
Y sin cesar, exaltaba la virtud de la luz.
Aun cuando el sacerdote dudaba de Tanit, esforzbase
por creer en ella. En el fondo de su alma senta un remordimiento que le punzaba. Hubiera necesitado alguna prueba, una manifestacin de los dioses, y esperando tenerla,
imagin el sacerdote una empresa que poda salvar una
vez su creencia y su fe.
De continuo deploraba ante Salammb el sacrilegio, y
las desdichas que engendraba hasta en las regiones del
cielo. Luego de repente, le anunci el peligro de Suffeta,
asaltado por tres ejrcitos mandados por Matho; pues Matho, para los cartagineses, era como el rey de los brbaros
causa del velo. Aadi que la salvacin de la Repblica
y de su poder dependa de ella.
De mi?exclam,cmo puedo..?
El sacerdote contest con sonrisa desdeosa:
No consentirs en ello.
Le suplicaba. Por fin el sacerdote dijo:
Es preciso que vayas al campamento de los brbaros
y recobres el zaimph.
Se desplom sobre un escabel de bano y permaneci
con los brazos entre las rodillas, estremecindose como
una vctima al pie del altar. Zumbbanle las sienes, vea
crculos de fuego, y en su estupor, no comprenda sino
una cosa: que iba morir.
Si la Rabbetna triunfaba, si el zaimph pareca y Cartago se salvaba, qu importa la vida de una mujer? pensaba Schahabarim. Por otra parte, quiz obtendra el velo y
no morira.
Estuvo tres das sin parecer. El cuarto, ella le envi
buscar. Para inflamar su corazn le relat todas las inventivas que se lanzaban contra Hamlcar en pleno Consejo.
Se deca que haba faltado, que deba reparar su crimen, y que la Rabbetna ordenaba el sacrificio.

A menudo formidable clamor atravesendo los Mappales, llegaba hasta Megara. Schahabarim y Salammb salan, y desde lo alto de la escalinata de las galeras miraban.
Era una muchedumbre que en la plaza de Khamon pe
dan armas. Los Antiguos no queran proporcionrselas,
estimando intil el esfuerzo. Por fin se les permiti marchar de Cartago y para rendir homena je Moloch, por
un vago instinto de destruccin, arrancaron en los bosques
de los templos grandes cipreses y pegndoles fuego con
las antorchas de los Ivabyros los paseaban por las calles
cantando. Aquellas llamas monstruosas se adelantaban
balanceando suavemente; enviaban sus reflejos las bolas
de cristal de las cresteras de los templos, los colosos, y
los espolones de los navios, salvaban las moles de los edificios, y parecan como sole3 pasendose por la ciudad.
Bajaron por el Acrpolis. La puerta de Malqua se abri.
Ests dispuesta,exclam Schahabarim, bien
quieres que se diga tu padre que le abandonas?
Se ocult el rostro entre los velos, mientras las grandes
antorchas se alejaban con direccin al mar. Un espanto
indeterminado le detena, tenia miedo de Moloch, miedo
de Matho. Aquel hombre de gigantesca talla que era dueo del zaimph, parecale ms fuerte que la Rabbetua,
como el mismo Baal y le apareca rodeado de los mismos
fulgores; adems el alma de los dioses visita algunas veces el cuerpo de los hombres.
Schahabarim, hablando de aqul, no le deca acaso que
era f rzoso vencer Moloch? Confundidos estaban uno
con otro; arabos la perseguan.
Quiso conocer el porvenir y se acerc la serpiente,
pues segn las actitudes que sta tomaba deducanse augurios. La cesta estaba vaca. Salammb turbse. La hall
enroscada por la cola uno de los balaustres de plata, cerca del lecho suspendido, frotndose contra aquel para
desembarazarse de su piel vieja y amarillenta mientras su

cuerpo reluciente y claro se estiraba como una espada que


sale de su vaina.
Luego, durante los das siguientes medida que se dejaba convencer y se mostraba ms dispuesta servir
Tanit, el p j t h o n curaba, engruesaba, pareca revivir.
La certeza de que el sacerdote expresaba la voluntad de
los dioses, penetr entonces en su conciencia. Una maana se despert decidida y pregunt lo que era preciso para
que Matho devolviese el velo.
Reclamarlo.
Y si rehusa?
El sacerdote la mir fijamente con una sonrisa que no
le haba visto jams.
S, cmo hacerlo?repiti Salammb.
Arrollaba entre sus dedos las cintas que colgaban de su
tiara, con los ojos bajos, inmvil. Por fin viendo que no
comprenda le dijo:
Estars sola con l.
Bien.
Sola en su tienda.
Y entonces?
Schahabarim se mordi los labios. Buscaba una frase
un circunloquio.
Si debes morir, ser ms tarde,le contest;no temas nada! Haga lo que quiera no llames! No te asustes
S humilde, oyes? somtete su deseo!
Y el velo?
Los dioses proveern,contest el sacerdote.
No sera mejor que me acompaases? Oh, padre!
No!
La hizo poner de rodillas y levantando la mano izquierda en lo alto y la derecha extendida, jur en nombre de
ella, volver Cartago el manto ele Tanit.
Le indic todas las purificaciones y ayunos que deba
hacer, y el modo de llegar hasta Matho. Por otra parte,
un hombre que conoca los caminos la acompaara.

Se senta dichosa. No pensaba ms que en la dicha de


ver de nuevo el zaimph y bendeca al sacerdote por sus
consejos.

Era la poca en que las palomas de Cartago emigraban


hacia Sicilia la montaa de Eryx, alrededor del templo
de Venus. Antes de su partida durante muchos das se
buscaban para reunirse; por fin tomaron vuelo una tarde;
el viento las e m p u j a b a y aquella gran nube blanca, deslizbase por el firmamento, sobre el mar, muy alta.
Salammb que las miraba alejarse baj la cabeza y Taanach, creyendo adivinar su pena le dijo cariosamente:
Volvern, a m a .
- Y a lo s.
Volvers 'verlas.
Quiz! - contest Salammb suspirando.
No haba confiado nadie su resolucin. Para llevarla
cabo ms discretamente, envi Taanach al arrabal de
Kinisdo que comprara cuanto haca falta: bermelln,
aromas, un cinturn de lino, y un traje nuevo.
A las doce de la noche, vi en el bosque de sicomoros
un ciego con la m a n o apoyada en el hombro de un nio
que marchaba delante de l y que llevaba una especie de
ctara de madera negra. Los eunucos, los esclavos, las camareras haban sido alejados, nadie poda saber el misterio que se preparaba.
Taanach encendi en los ngulos de la habitacin cuatro trpodes con loe y cardamomo. A lo lejos, el rumor
de las calles se debilitaba y al otro lado del golfo, las montaas, los olivares y la amarillenta tierra sin cultivo, on
dulando indefinidamente, se confundan en u n vapor azulado; no se perciba ningn ruido. Una calma indecible,
una pesadez sin lmites, palpitaban en el aire.
Salammb sentse en la grada de nice junto al bao; levant las anchas magnas que sujet por detrs de la es-

palda, y empez sus abluciones como disponen los ritos


sagrados,
Taanach le trajo en un recipiente de alabastro algo lquido y coagulado; era la sangre de un perro negro degollado por mujeres estriles en una noche de invierno en
las ruinas de un sepulcro. Con ella se frot las orejas, los
talones, el pulgar de la mano derecha, y su ua qued
enrojecida como si hubiera aplastado una fresa.
Apareci la luna. Entonces oyse el sonido de una ctara y una flauta. Salammb quitse los aretes, el collar, los
brazaletes, su larga simarra blanca; desat la mata de su
pelo, y durante algunos momentos la sacudi sobre sus
hombros para refrescarse al soltarla. Balanceando el cuerpo, Salammb salmodiaba oraciones, y poco poco iban cayendo sus vestiduras su alrededor. La pesada tapicera
se movi y por encima de la cuerda que la sostena, apareci la cabeza del pyton. Baj lentamente como una gota
de agua que resbala lo largo de una pared, arrastrse
entre la ropa cada, y luego, con la cola pegada al suelo,
se irgui; y sus ojos, ms brillantes que carbunclos, se fijaban en Salamb.
El horror del fro, una oleada de pudor quiz la hicieron vacilar. Pero recordando las rdenes del sacerdote, se
adelant, y entonces la serpiente se dobl poniendo sobre
su nuca el centro del cuerpo, y dejando colgar la cabeza
y la cola como u n collar roto cuyos dos extremos caen
hasta el suelo. Salammb, enrosc la serpiente alrededor de
sus caderas, bajo sus brazos, entre sus rodillas y luego,
tomndola por el cuello, aproxim su boca las fauces
triangulares del ofidio echando atrs la cabeza, y entornando los ojos. La serpiente apretaba contra aquel cuerpo juvenil sus negros anillos atigrados de placas de oro.
Salammb anhelaba bajo aquel peso demasiado grande,
doblbanse sus corvas y se senta morir; con la punta de
Salammb

13

BU cola, golpeaba suavemente BUS muslos; despus al cesaj


la msica la serpiente se desliz al suelo.
Taanach, volvi junto ella, y cuando hubo dispuesto
los dos candelabros, cuyas luces ardan en bolas de cristal
llenas de agua, ti con lausonia la palma de sus manos,
di bermelln sus mejillas, antimonio sus prpados, y
alarg sus cejas con una mezcla de goma, almizcle, bano
y patas de mosca aplastadas.
Salammb sentada en una silla con travesanos de marfil
se entregaba en manos de su esclava. Pero los contactos,
el olor de los aromas, y los ayunos que haba sufrido la
enervaban. Se puso tan plida que Taanach se detuvo:
Contina,dijo Salammb reanimndose.
Entonces sinti impaciencia y procuraba que Taanach
fuera aprisa.
Bien, bien, ama!... no creo que te espere nadie.
Si,contest Salamb;alguien me espera.
Taanach retrocedi sorprendida y para saber de que se
trataba:
Qu me ordenas, ama? Si debes partir por mucho
tiempo...
Salamb sollozaba y la esclava dijo:
Sufres! Qu tienes? Llvame contigo. No te vayas!
Cuando eras nia y llorabas te ponas sobre m pecho y
te haca reir acaricindote. Ahora soy vieja, ya no puedo
nada por t! Ya no me quieres! Me ocultas tus dolores, y
desdeas tu nodriza!
La ternura y su despecho hacan saltar lgrimas de sus
ojos que caan entre las cicatrices de SUB tatuajes.
No,dijo Salammb,no, te quiero! Tranquilzate.
Taanach con una sonrisa parecida los visajes de un
mono viejo, continu su tarea. Sobre la primera tnica,
vaporosa y de color de fresa, puso otra bordada con plumas de pjaro. Escamas de oro se pegaban sus caderas,
y del ancho cinturn bajaban los pliegues de sus pantalones azules estrellados de plata. Despus Taanach le puso

un amplio vestido blanco rayas verdes. Sujet su hombro un chai cuadrado de prpura y por encima de todas
aquellas prendas coloc un manto negro de larga cola. La
contempl y orgullosa de su obra, no pudo menos de decir:
No estars tan hermosa el da de tus bodas.
Mis bodas! repiti Salamb pensativa.
Taanach puso, ante ella un espejo de cobre tan grande
que la reflejaba por entero. Entonces se levant y con el
dedo arregl un bucle de sus cabellos que bajaba demasiado sobre la frente.
Aquellos cabellos estaban cubiertos de polvo de oro; rizados sobre la frente, y calan por la espalda en gruesas
trenzas adornadas de perlas.
La luz de los candelabros avivaba el colorete de sus mejillas, el oro de su traje, la blancura de su piel; tena alrededor del talle, en los brazo?, en las manos y en los dedos
de los pie3 tal abundancia de pedrera que el espejo como
un sol devolva sus rayos. Salammb de pie, sonrea entre
aquella claridad deslumbradora.
Se pase impaciente por la estancia esperando el momento convenido. Ds repente reson el canto del gallo.
Psose un largo velo amarillo, hundi sus pies en unas
botas de cuero azul y dijo Taanach:
Mira si bajo los mirtos hay un hombre con dos caballeros.
Al cabo de un momento la nodriza grit:
Ama!
Taanach se desliz suavemente lo largo de las proas,
hasta abajo de la terraza; Salammb volvise hacia ella, poniendo un dedo sobre la boca, recomendando discrecin;
y desde lejos, la luz de la luna, la nodriza distingui en
la avenida de los ci preses una sombra gigantesca que caminaba la izquierda de Salammb oblicuamente, lo cual
era un presagio de muerte.

Taanach volvi subir la habitacin. Se ech en el


suelo desgarrndose el rostro con las uas; se mesaba los
cabellos, y lanzaba agudos alaridos.
Se le ocurri la idea de que podan orlos; entonces call. Sollozaba sin ruido, con la cabeza entre las manos y el
rostro sobre las losas del pavimento.

XI

En la tienda

hombre que guiaba Salammb la hizo


adelantar primero hacia las catacumbas,
luego bajar lo largo del arrabal de Moluya, lleno de callejuelas escarpadas. Los
dos, caballos al paso, llegaron la puerta
de Teveste.
Sus pesadas hojas estaban entreabiertas; pasaron; aquellas se cerraron detrs
de ellos.
Primeramente siguieron un camino que corre lo largo de las murallas, y una vez dejadas atrs las cisternas,
enfilaron un camino que, entre el golfo y el lago, llega
hasta Rhads.
Nadie haba alrededor de la ciudad, ni en el mar ni en

T a a n a c h volvi subir l a habitacin. Se ech en el


suelo desgarrndose el rostro con las uas; se mesaba los
cabellos, y lanzaba agudos alaridos.
Se le ocurri la idea de q u e podan orlos; entonces call. Sollozaba sin ruido, con la cabeza entre las manos y el
rostro sobre las losas del p a v i m e n t o .

XI

En la tienda

h o m b r e q u e g u i a b a S a l a m m b la hizo
adelantar p r i m e r o hacia las c a t a c u m b a s ,
luego b a j a r lo largo del arrabal de Moluya, lleno de callejuelas escarpadas. Los
dos, caballos al paso, llegaron la p u e r t a
de Teveste.
Sus pesadas h o j a s estaban entreabiertas; pasaron; aquellas se cerraron detrs
de ellos.
P r i m e r a m e n t e siguieron u n c a m i n o q u e corre lo largo de las murallas, y u n a vez d e j a d a s atrs las cisternas,
enfilaron u n c a m i n o que, entre el golfo y el lago, llega
hasta Rhads.
Nadie haba alrededor de la ciudad, ni en el m a r n i en

la c a m p i a . L a s olas de color d e pizarra batan nuevam e n t e la playa y u n viento ligero haca saltar la espuma
de s u s crestas. A pesar de s u s velos, S a l a m m b tiritaba al
contacto del aire. Despus se levant el sol; morda su esp a l d a y su n u c a , y pesar d e s u s esfuerzos, senta invencible somnolencia.
C u a n d o h u b i e r o n d e j a d o atrs la m o n t a a de las Aguas
Calientes, los caballos t o m a r o n u n paso m s vivo porque
el suelo ofreca m a y o r resistencia.
De c u a n d o en c u a n d o u n a pared m e d i o calcinada se lev a n t a b a orillas del camino. Los techo3 de casas y cabafias estaban h u n d i d o s , las paredes cuarteadas y en el inte
rior n o se vea si no muebles destrozados, jarras y nforas
rotas, telas desgarradas: por all haba pasado la devastacin asoladora.
A m e n u d o u n rostro terroso apareca entre aquellas ruin a s y u n c u e r p o cubierto de harapos se ocultaba en algn
a g u j e r o . S a l a m m b y su gua n o se detenan.
Las l l a n u r a s a b a n d o n a d a s se sucedan u n a s otra?. A
veces se vean rincones apacibles d o n d e corra u n arroyuelo e n t r e altas h i e r b a s . S a l a m m b , p a r a refrescar las manos,
coga las h i e r b a s h m e d a s . J u n t o u n g r u p o de laurelesrosas, el caballo d e S a l a m m b di u n salto: haba visto el
cadver de u n h o m b r e t e n d i d o en el suelo.
Por exceso d e precaucin, el gua de Salammb, que era
u n h o m b r e q u i e n S c h a h a b a r i m e m p l e a b a p a r a todas las
comisiones peligrosas, iba pie, j u n t o ella, entre los dos
caballos.
A medioda t r e s brbaros vestidos de pieles cruzaron
con los viajeros. Poco poco a u m e n t a r o n e n nmero y
e n c a n t i d a d los g r u p o s d e mercenarios. Al ver Salammb
algunos m u r m u r a b a n u n a bendicin y otros alguna brom a obscena. E l gua les contestaba todos en su lengua,
dicindoles q u e la h i j a del S u f f e t a era u n nio enfermizo
q u e iba u n t e m p l o lejano.

Acababa el da. Oyronse ladridos de perro; se acercaron hacia el p u n t o donde resonaban.


Por fin vieron u n a cerca de piedras q u e resguardaba
u n a construccin a r r u i n a d a . U n perro corra por all; el
guia le lanz guijarros y e n t r a r o n en u n a sala abovedada.
E n el centro u n a m u j e r en cuclillas se calentaba j u n t o
u n fuego de zarzas, cuyo h u m o se escapaba por los agujeros del techo. Sus cabellos blancos, qua le caan h a s t a
las rodillas, la ocultaban medias; y sin querer contestar,
con expresin de idiota, m u r m u r a b a imprecaciones contra
los brbaros y cartagineses.
E l gua b u s c a b a derecha izquierda. No hallando nada que comer volvi la vieja. Esta, sin volver la cabeza
y con los ojos fijos en los carbones, m u r m u r a b a :
Yo era la m a n o . Los diez dedos e s t n cortados. L a boca ya no come.
E l esclavo le ense u n p u a d o de oro. Se lanz sobre
l la vieja; despus volvi su i n m o v i l i d a d .
El h o m b r e sac u n p u a l y la amenaz. Entonce?, temblando, la vieja sac de d e b a j o de u n a losa u n jarro d e
vino y algunos pescados de Hippo-Zaryta conservados e n
miel.
S a l a m m b no quiso tocar a q u e l m a n j a r i n m u n d o , y se
durmi sobre las m a n t a s de los caballos colocadas en u n
rincn.
Antes del alba se despert.
E l perro aullaba. E l gua se acerc despacito l y con
u n p u a l le m a t de u n solo golpe. Despus, con la sangre, frot el morro de los caballos p a r a reanimarlos. L a
vieja le lacz u n a maldicin. S a l a m m b , al verlo, apret
el amuleto q u e llevaba sobre el corazn.
De nuevo se pusieron en m a r c h a .
De c u a n d o en cuando, p r e g u n t a b a si llegaran pronto.
E l camino o n d u l a b a entre colinas bajas. Se oa el canto
de las cigarras. E l sol r e q u e m a b a la h i e r b a amarillenta. A
veces pasaba u n a vbora; v o l a b a n las guilas; S a l a m m

soaba envuelta en u n velo, y pesar del calor no lo apart a b a por t e m o r m a n c h a r su precioso t r a j e .


De trecho en trecho h a b a torres q u e l e v a n t a r o n los cartagineses para vigilar las tribus. E n t r a b a n en ellas para
descansar y refrescarse, y despus volvan m a r c h a r
L a vspera, por prudencia, h a b a n d a d o u n largo rodeopero ahora no haUaban n i u n b r b a r o siquiera; como l
regin era estril, no se i n t e r n a b a n en ella.
De nuevo aparecieron huellas de las devastaciones. A
veces, en el centro de u n gran campo, s e vea u n mosaicoera el nico resto de u n a q u i n t a : los olivos sin h o j a s parecan grandes m a t a s d e espinas. Atravesaron u n a aldea
cuyas casas estaban arrasadas. J u n t o las paredes haba
esqueletos h u m a n o s . Mulos y d r o m e d a r i o s medio devorar obstruan las calles.
Cerrada la noche el cielo estaba c u b i e r t o d e nubes.
D u r a n t e horas siguieron con direccin Occidente, y
de pronto, aparecieron ante s u s ojos g r a n n m e r o de luces.
Brillaban en el f o n d o de u n anfiteatro. A q u y all se
vean m a n c h a s de oro q u e centelleaban c a m b i a n d o de sitio. E r a n las corazas de loa clinabaros del campamento
pnico; luego distinguieron cerca d e aquellas, otras luces
m s numerosas, pues los ejrcitos d e los Mercenarios uninidos se extendan sobre u n a i n m e n s a superficie.
S a l a m m b hizo u n a d e m n p a r a adelantarse, pero el
gua la llev u n poco m s lejos, h a s t a e n c o n t r a r u n a brecha q u e d a b a paso al c a m p a m e n t o de los brbaros. E n lo
alto de la trinchera se p a s e a b a u n centinela con el arco al
brazo y u n a pica sobre el hombro.
S a l a m m b no cesaba de avanzar. E l b r b a r o se arrodill,
y u n a larga flecha desgarr el b o r d e del m a n t o de aquella.
Como permaneciese inmvil y g r i t a n d o , el soldado la preg u n t lo qu quera.
Hablar M a t h o , - c o n t e s t ; - s o y
Cartago.

u n t r a n s f u g a de

Lanz u n silbido q u e se repiti varias veces como modulado por otros centinelas.
S a l a m m b esperaba. S u caballo asustado d a b a vueltas
relinchando.
Cuando lleg Matho, la l u n a se elevaba espaldas de
S a l a m m b . Pero como t - n a sobre su rostro u n velo amarillo con flores negras y t a n t a s ropas alrededor del cuerpo,
era imposible reconocerla. Desde lo alto de la trinchera
m i r a b a M a t h o aquella f o r m a vaga, que se d i b u j a b a com o u n f a n t a s m a en la p e n u m b r a de la tarde.
Por fin ella dijo:
Llvame t u tienda. Lo quiero!
Un recuerdo q u e no poda precisar brill en su memoria. Senta latir su corazn. Aquel tono de m a n d o le intimidaba.
Sigeme!contest.
Bajse la barrera, y penetr en el campo de los brbaros.
H a b a all g r a n t u m u l t o ; unos otros se l l a m a b a n los
soldados, g r i t a b a n y c a n t a b a n . Los caballos, atados u n a s
estacas clavadas en el suelo, f o r m a b a n largas lneas rectas
entre las tienda?. D e stas las haba redondas, cuadradas,
de cuero y de tela; barracas de caa y agujeros en la aren a como los q u e h a c e n los perros.
S a l a m m b recordaba haberlos visto ya; pero sus b a r b a s
eran ahora m3 largas, sus rostros m s negros, sus voces
m s roncas. Matho, c a m i n a n d o delante de ella, los apartab a con u n a d e m n de su brazo q u e levantaba su m a n t o
rojo. Algunos le besaban las manos; otros inclinndose le
pedan rdenes, p o r q u e ahora, era el verdadero, el nico
jefe de los brbaros; Spendio, Autharito y N a r r ' H a v a s est a b a n d e s a n i m a d o s , y l haba mostrado tal audacia y
obstinacin q u e todos le obedecan.
S a l a m m b siguindole atraves todo el c a m p a m e n t o .
S u t i e n d a estaba en el e x t r e m o trescientos pasos de las
trincheras de H a m i l c a r .

Vi la derecha un ancho foso y le pareci que algunos


rostros asomaban sobre el talud al nivel del suelo, semejantes cabezas cercenadas. Pero sus ojos centelleaban y
de aquellas bocas entreabiertas se escapaban gemidos en
lengua pnica.
Los negros, que sostenan fanales de resina, estaban
ambos lados de la puerta. Matho apart la tela bruscamente. Ella le sigui.
Era una tienda grande, con un mstil en el centro. Una
gran lmpara en forma de loto la alumbraba, llena de aceite amarillento, en que flotaban puados de estopa. Ss vea
entre las sombras arreos militares que relucan. Una espada desnuda se apoyaba en un escabel, cerca de un escudo.
Haba ltigos de cuero de hipoptamo, cmbalos, collares,
campanillas; en un rincn, sobre una piedra redonda, haba puados de monedas de cobre; y por los desgarrones
de la tela, el viento traa el polvo del exterior y las emanaciones de los elefantes, los que se vea comer sacudiendo sus cadenas.
Quin eres?dijo Matho.
Sin contestar, Salammb miraba su alrededor; sus
ojos se detuvieron en un lecho de palma, donde se vea
fulgurar algo azulado y centelleante.
Se adelant vivamente, dejando escapar un grito. Matho, detrs de ella, golpeaba el suelo con el pie.
Qu te trae? por qu vienes?
Ella contest, designando el Zaimph:
(Para tomarlo!y con la otra mano arranc los velos
que la cubran.
Matho retrocedi con los codos echados hacia atrs,
asombrado, casi aterrorizado.
Se senta como apoyada por la fuerza de los dioses; y
mirndole frente frente le pidi el Zaimph; lo reclam
con palabras elocuentes y altivas.
Matho no la oa; la contemplaba, y sn traje, para l, se
confunda con el cuerpo. La suavidad y centelleo de las

ropas eran, como el esplendor de su piel, algo especial


que solo perteneca ella. Sus ojos, SU3 diamantes centelleaban; el brillo de sus uas continuaba el de la pedrera
de sus dedos; los dos broches de su tnica, levantando al
go sus senos, los acercaba uno otro, y Matho pensaba
con decia en aquel estrecho intervalo que les separaba,
por donde corra un hilo de perlas con una placa de esmeraldas que colgaba ms abajo sobre la gasa violada. Sus
aretes eran dos balancitas de zfiro con una perla ahuecada llena de perfume lquido. Por los agujeros de la perla,
de cuando en cuando, caa una gota que mojaba su espalda desnuda, Matho la miraba caer.
Una curiosidad indomable le arrastr, y como un nio
que pone la mano sobre una fruta desconocida, tembloroso, con la punta del dedo, la toc ligeramente en la tabla
del pecho; la carne un poco fra cedi con resistencia elstica.
Aquel contacto, apenas sensible, conmovile hasta el
fondo de sus entraas. Un impulso de todo su sr le precipitaba hacia ella. Hubiera querido envolverla, absorberla, bebera. Su pecho anhelaba, entrechocbanse sus dientes.
Cogindola por las muecas, la atrajo suavemente y se
sent sobre una coraza cerca del lecho de palma, cubierto
con una piel de len. Salammb estaba de pie. Mirbala
l de alto bajo, y tenindola as entre sus piernas repeta:
Qu hermosa eres! Qu hermosa eres!
Sus ojos continuamente fijos en los suyos la hacan sufrir, y aquel malestar, aquella repugnancia aumentaban
de un modo tan agudo, que Salammb deba contenerse
para no gritar. El recuerdo de Schahabarim la contuvo.
Matho continuaba con las manos de ella entre las suyas,
y de cuando en cuando, pesar de la orden del sacerdote,
desviando la cara trataba de apartarle sacudiendo los brazos, El dilataba la nariz para oler mejor el perfume de su

cuerpo. Era una emanacin indefinible, fresca, y que, sin


embargo, aturda como el humo de un pebetero. Senta
la miel, la pimienta, el incienso, las rosas y aun otro sabor.
Cmo estaba cerca de l, en su tienda, su discrecin?
Alguien, sin duda, la haba empujado hasta all. Haba
venido por el Zaimph? Sus brazos cayeron y baj la cabeza abrumado por una duda repentina.
Salammb, para enternecerle, le dijo con voz quejumbrosa:
Qu te hice para que quieras mi muerte?
Tu muerte!
Ella continu:
Te vi una noche la luz de mis jardines incendiados,
entre copas humeantes y mis esclavos que se desesperaban; tu clera era tan grande, que saltaste hacia m y tuve que huir. Luego el terror se ha apoderado de Cartago.
Las ciudades quedaban arrasadas, el fuego devoraba las
campias y los bosques. Mis hermanos de Cartago caan
centenares. Eras t quien los haba perdido, eras t
quien los haba asesinado. Te aborrezco! Tu solo nombre
me roe como un remordimiento! Eres ms aborrecido que
la peste y que la guerra romana! Las provincias se conmueven al sentir tu furor; los surcos estn llenos de cadveres! He seguido la huella de tus hogueras como si marchara detrs de Molochl
Matho se levant de u n salto; un orgullo colosal dilataba su corazn; sentase fuerte como un dios.
Con las alas de la nariz abiertas, apretados los dientes,
continu la virgen:
Como si no fuera bastante tu sacrilegio, viniste mi
estancia durante mi sueo, cubierto con el zaimph! No
comprend tus palabras, pero adivin que queras arrastrarme hacia algo espantoso, al fondo de u n abismo.
Matho, retorcindose los brazos, exclam:
No, no! Era para drtelo, para devolvrtelo! Me pa-

reca que la diosa haba dejado su manto para t, y que te


perteneca! En su templo en tu casa, qu importa? No
eres, acaso, todopoderosa, inmaculada, radiante y bella
como Tanit?
Y con una mirada llena de adoracin infinita:
A menos que no seas la misma Tanit!
Yo? Tanit!pensaba Salammb.
No hablaban. El trueno retumbaba los lejos, los carneros balaban asustados por la tempestad.
Oh! acrcate! acrcate! no temas nada! En otro
tiempo era un soldado igual que los otros mercenarios, y
tan bueno, que ayudaba siempre mis compaeros. Qu
me importa Cartago! La multitud de sus hombres, se agita para m como perdida en el polvo de tus sandalias, y
todos sus tesoros con las provincias, las flotas y las islas,
no despiertan mi deseo como la frescura de tus labios y
el contorno de tus hombros. Si quera derribar sus murallas, era para llegar hasta t, para poseerte! Adems, as
me vengaba. Ahora, aplasto los hombres como si fueran
gusanos, me lanzo sobre las falanges, aparto las lanzas
con las manos, detengo los caballos por los ollares; una
catapulta no me materia! Oh! si supieras como me acuerdo de t! A veces el recuerdo de un ademn, de un pliegue de tu vestido, se apodera de m, me enlaza como una
red! Veo tus ojos en las llamas de las falricas y en el oro
de los escudos! Oigo tu voz en el sn de los cmbalos. Me
vuelvo; t no ests all! y entonces torno la batalla!
Levantaba sus brazos, bajo cuya piel se entrecruzaban
las venas, como la yedra en las ramas de los rboles. Extremecanse sus msculos cuadrados, su respiracin conmova sus costados ceidos por un cinturn de bronce
adornado de cordones que caan hasta sus rodillas, ms
firmes que si fueran de mrmol. Salammb acostumbrada
ver los eunucos se senta dominada por la fuerza de
aquel hombre. Aquello deba ser el castigo de la diosa,
la influencia de Mloch, que alentaba sobre los cinco ejr-

citos. Un gran cansado la venca, escuchaba con estupor


el grito intermitente de los centinelas que se contestaban
unos otros.
Las llamas de la lmpara vacilaban bajo las rfagas de
aire caliente. De cuando en cuaido, lucan amplios relmpagos; luego la obscuridad redoblaba, y no vea sino las
pupilas de Matho, que ardan como dos tizones en la obscuridad. Comprenda que una fatalidad la rodeaba. Que
aquel era un momento supremo, irrevocable, y haciendo
un esfuerzo, fu hacia el zaimph y levant las manos para
cogerlo.
Qu haces?grit Matho.
Ella grit con placidez:
Me vuelvo Cartago.
Se adelant Matho cruzando los brazos con un aspecto
tan terrible, que inmediatamente qued corno clavada en
el suelo.
Volverte Cartago!
Balbuceaba y repeta rechinando los dientes:
Volverte Cartago! jAh Venas para tomar el
zaimph, para vencerme y desaparecer luego! No! no! Me
perteneces! Nadie podr arrancarte de aqu. Oh! no he
olvidado la insolencia de tus grandes ojos tranquilos, ni
como me aplastabas bajo el orgullo de tu belleza! A mi
vez ahora! Eres mi cautiva, mi esclava, mi criada! Llama
si quieres tu padre y su ejrcito! A los antiguos los ricos; y todo tu execrable pueblo! Soy el jefe de trescientos mil soldados! Ir buscar ms Lusitania, las Galias, al Desierto, y derribar tu ciudad, quemar sus templos y los triremes flotarn sobre olas de sangre! No quiero que quede ni una casa, ni una piedra, ni una palmeral
Si los hombres se acaban, atraer los osos de las montaas y empujar los leones! No trates de huir porque te
mato!
Lvido y con los puos orispados, se extremeca como
un arpa cuyas cuerdas van saltar. De repente los sollo-

llos le ahogaron y tambalendose, como si fuera caer,


aadi:
Ah perdname! Soy un infame, ms vil que los escorpiones, que el barro y que el polvo, Hace poco, mientras hablabas, tu aliento ha pasado sobre mi rostro y me
deleitaba como un sediento que bebe en un arroyo. Aplstame, con tal que sienta tus pies! maldceme con tal que
oiga tu voz! No te vayas! Piedad! Te amo! Te amol
Estaba de rodillas ante ella, la rodeaba el talle con ambos brazos, echada atrs la cabeza y errantes sobre el cuerpo de Salammb las manos; los discos de oro que llevaba
en las orejas, relucan sobre su cuello bronceado, gruesas
lgrimas caan de sus ojos, parecidos globos de plata,
suspiraba de una manera acariciadora y murmuraba vagas palabras ms ligeras que la brisa y suaves como un
beso.
Salammb se senta invadida por una languidez en que
perda la conciencio de s misma. Algo ntimo y superior,
un tiempo, una orden de los dioses la obligaba abandonarse; senta como si una nube la levantara del suelo, y
desfallecida, se ech en el lecho, sobre la piel del len.
Matho la cogi los talones, la cadenita de oro se rompi y
I03 dos extremos, parecan dos vvoras saltadoras. Cay el
zaimph envolvindola; y sinti el rostro de Matho que se
acercaba su pecho.
Moloch, me quemas!
Y los besos del soldado, ms devoradores que la llama
recorran su cuerpo, sentase como arrastrada por el huracn, comomo absorvida por la fuerza del sol.
Matho la bes los dedos de las manos, los brazos, los
pies, y las largas trenzas de sus cabellos desde un extremo
otro.
Llvatelo!deca; - q u me importa? Llvame m
tambin! Abandonar el ejrcito! renuncio todo! Ms
all de Gades, mar adentro, hay una isla cubierta de polvo de oro, de verdura y de pjaros; en las montaas, gran-

des flores llenas de perfumes que arden, se balancean como eternos incensarios; en los limoneros ms altos que
cedros, hay serpientes de color de leche, que con los diamantes de sus fauces hacen caer los frutos sobre el cs
ped; el aire es tan suave, que impide morir. Oh! la encontrar, vers. Viviremos en grutas de cristal en la falda de
las colinas. Nadie habita esa isla encantada, y si hay hombres, yo ser su rey.
Limpi el polvo de sus coturnos; quiso que pusiera entre sus labios un gajo de granada; acumul detrs de su
cabeza los vestidos para formarla un cojn. Buscaba todos
los medios de servirle, de humillarse, y puso sobre sus
piernas el zaimph como u n simple tapiz.
Todava guardas aquellos cuernecillos de gacela en
que cuelgas tus collares? [Me ios dars! Los deseol
Hablaba como si la guerra hubiese acabado y rea aleg-emente. Los mercenarios. Hamilcar, todos los obstculos haban desaparecido, La luna se deslizaba entre do3
nubes, la vean por una abertura de la tienda.
Ah! Cuntas noches he pasado contemplndola! me
pareca un velo que ocultaba t u rostro; t me mirabas
travs de l; tu recuerdo se mezclaba sus rayos y no saba distinguiros una de otra.
Y con la cabeza entre sus pechos, lloraba abundantemente.
H aqupensaba ellael hombre formidable que
hace temblar Cartago!
Se durmi. Entonces, soltndose de sus brazos, puso un
pie en su el suelo, y advirti que la cadenilla estaba
rota.
Se acostumbraba en las grandes familias que las vrgenes respetaran esta traba, como una cosa casi religiosa
y Salammb, ruborizndose, arroll alrededor de sus piernas ambos extremos de la cadenita.
Cartago, su casa, su habitacin y la campia que haba atrauesado, se confundan en su mente en imgenes

tumultuosas y sin embargo precisas. Pero el abismo que


se haba abierto ante ella, las alejaba una distancia infinita.
Cesaba la tempestad; pocas gotas de agua cayendo una
tras otra, hacan oscilar el techo de la tienda.
Matho, ccmo u n hombre embriagado, dorma tendido
de lado, con u n brazo fuera del lecho. Su diadema de perlas se haba apartado un poco y dejado al descubierto su
frente. Una sonrisa mostraba sus dientes. Brillaban entre
8 barba negra y sus prpados entornados descubrase
una alegra silenciosa y casi insultante.
Salammb le miraba inmvil con la cabeza baja y la3ma
nos cruzadas. En la cabecera de la cama haba un pual
sobre una mesa de ciprs; la vista de aquella hoja brillante le sugiri un deseo sangriento. Se acerc, lo cogi por
el mango. Al roce de su vestido, Matho entreabri los ojos
alargando la boca hacia las manos. E l pual cay al
suelo.
Oyeronse gritos; un resplandor espantoso fulguraba detrs de la tienda. Matho la levant; vieron grandes llamas
que envolvan el campamento de los libios. Sus barracas
de caa ardan, y las estacas de apoyo, retorcindose estallaban entre el humo; en el horizonte rojizo negras sombras corran desatentadas. Se oan los alaridos de los que
estaban en las cabaas; los elefantes, los bueyes y los caballos, saltaban entre la multitud aplastndola. Las trompetas sonaban. Muchos gritaban:
Matho! Matho!
Algunos queran forzar la puerta.
Ven! Hamilcar incendia el campamento de Autharito.
Se levant de un salto; Salammb qued sola.
Entonces examin el zaimph, y cuando lo hubo contemplodo, qued sorprendida al no sentir la dicha que
Salammb

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imaginara. Permaneca melanclica ante su ensueo realizado.


Entonces se levant la tela de la tienda y apareci una
forma monstruosa. Salammb no distingui de pronto sino
dos ojos y una luenga barba blanca que llegaba casi al
suelo; pues el resto del cuerpo envuelto en los harapos de
un manto obscuro arrastraba por la tierra. Deslizndose
as, lleg hasta sus pies, y Salamb reconoci al viejo
Giscn.
Los mercenarios, para impedir que sus cautivos huyeLos mercenarios, para impedir que sus cautivos huyesen, les haban roto mazadas las piernas; y pudranse todos mezclados en un foso entre las inmundicias. Los ms
robustos, cuando oan el ruido de las gamellas, se levantaban gritando. As es como Giscon haba visto Salammb, haba adivinado una cartaginesa por las pequeas bolas de Sadrastro que golpeaban contra sus coturnos; y presintiendo un gran misterio y hacindose ayudar
por sus compaeros consigui salir del foso; luego con los
codos y las manos se haba arrastrado unos veinte pasos
ms lejos hasta la tienda de Matho. Oy dos voces. Escuch y lo oy tcdo.
Eres t?exclam por fin asustada.
Incorporndose sobre las manos replic:
Si, yo soy! Me creen muerto, no es verdad?
Ella baj la cabeza, y Giscon aadi:
Ah por qu los Baals no me han hecho esta gracia?
Y acercndose tanto que casi la tocaba:
Me habran evitado el dolor de maldecirte!
Salammb se ech vivamente hacia atrs por el indecible miedo que le inspiraba aquel sr inmundo, que era asqueroso como una larva y terrible como un fantasma.
Pronto cumplir cien aos; he visto Agatocles; he
visto Rgulo, y las guilas de los romanos destrozando
las cosechas de los campos pnicos! Presenci todos los horrores de las batallas y vi el mar lleno de los despojos de

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nuestras flotas! Los brbaros que mandaban me han arrojado como un esclavo homicida. Mis compaeros mueren
mi lado. El hedor de sus cadveres me despierta por la
noche. Aparto las aves de rapia que vienen "comerles
los ojos; y sin embargo, ni un slo da he desesperado de
Cartago! Aun cuando hubiese visto contra ella todos los
ejrcitos de la tierra y las llamas sobrepujar los templos,
hubiese credo an en su eternidadl Pero ahora todo ha
acabado! todo est perdido! Los dioses la execran. Maldicin sobre t, que has precipitado su ruina con tu ignominia!
Ella abri los labios.
Ah! estaba aquexclam Giscon.Te he oido gemir de amor como una prostituta.; luego, l te explicaba
su deseo, y t te dejebas besar las manos! Pero si el furor
de tu impudicicia te mova, debas por lo menos hacer como
las bestias feroces que se esconden para ayuntarse, y no
exponer tu vergenza ante los ojos de tu padre!
Cmo?pregunt Salammb.
Ah! no sabas sin duda que las dos trincheras estn
sesenta codos una de otra, y que tu Matho, por exceso
de orgullo, se ha situado frente Hamlcar? All est tu
podre detrs de t; y gi pudiese yo subir este sendero le
gritara:
Ven ver tu hija entre los brazos del brbaro! Se
ha puesto para gustarle el manto de la diosa; y abandonando su cuerpo, entrega con la gloria de tu nombre la
majestad de los dioses, la venganza de la patria, la salvacin misma de Cartago!
El movimiento de su boca desdentada haca mover su
barbf sus ojos, fijos en ella, la devoraban; y repeta convulso entre el polvo:
Ab! sacrilega! maldita seas! maldita! maldita!
Salammb haba apartado la tela, la sostena con la mano
y sin contestarle, miraba hacia al lado de Hamlcar.
Es por aqu, verdad?

Qu te i m p o r t a ! Vulvete! vete! Aplasta t u rostro


contra el suelo! Tu p r e s e n t a m a n c h a r a u n lugar santo!
S a l a m m b arrollse el z a i m p h al talle, recogi vivam e n t e s u s velos y s u m a n t o .
Voy all! exclam; y escapndose desapareci.
P r i m e r a m e n t e a n d u v o p o r las tinieblas sin encontrar
nadie, p o r q u e todos i b a n h a c i a el incendio, y el clamor
redoblaba, y g r a n d e s l l a m a s enrojecan el cielo.
U n grito sonoro se oy sus pies; en la sombra, el mism o q u e haba odo al pie de la escalinata de las galeras,
inclinndose reconoci al g u l a q u e tena del diestro los
caballos.
H a b a p a s a d o la n o c h e entre las dos trincheras, luego
i n q u i e t o al ver el i n c e n d i o , h a b a vuelto a t r s p a r a ver lo
q u e p a s a b a e n el c a m p a m e n t o de Matho.
S u b i caballo, S a l a m m b m o n t sobre el otro, y huyeron todo escape h a c i a el c a m p a m e n t o pnico.

M a t h o h a b a v u e l t o su t i e n d a . L a l m p a r a h u m e a n t e
a p e n a s a l u m b r a b a , y crey q u e S a l a m m b d o r m a . Entonces, palp d e l i c a d a m e n t e la piel del len. Llam. No
le contestaron. A r r a n c u n trozo de tela p a r a hacer entrar
la luz del da; el z a i m p h h a b a desaparecido. L a tierra
t e m b l a b a b a j o pasos multiplicados.. G r a n d e s clamores, relinchos, c h o q u e s de a r m a s ensordecan el aire, y trompetas y clarines t o c a b a n la carga.
E r a como u n h u r a c n q u e se a r r e m o l i n a b a su alrededor. U n f u r o r d e s o r d e n a d o le hizo saltar sobre s u s armas
y se lanz la pelea.
Largas filas de b r b a r o s b a j a b a n corriendo la m o n t a a ,
y los cuadros p n i c o s m a r c h a b a n contra ellos, con una
oscilacin pesada y regular. L a n i e b l a desgarrada por los
rayos del sol, f o r m a b a nubecillas q u e balanceaban, y poco
poco, ascendiendo, descubran los estandartes, los cas
eos y la p u n t a de las picas. B a j o las evoluciones rpidas

grandes trozos de terreno a u n cubiertos p o r la s o m b r a parecan moverse; por otra parte se h u b i e r a dicho q u e los
h o m b r e s eran torrentes q u e chocaban u n o s contra otros.
M a t h o distingua los capitanes, los soldados, los heraldos y h a s t a los criados q u e iban m o n t a d o s en asnos.
E n vez de g u a r d a r su posicin para proteger la infantera, N a r r ' H a v a s volvi bruscamente la derecha como
si quisiera hacerse aplastar por Hamlcar.
Sus jinetes adelantaron los elefantes y todos los caballos a d e l a n t a n d o su cabeza sin brida g a l o p a b a n t a n furios a m e n t e q u e s u vientre pareca rozar la tierra. De p r o n t o
N a r r ' H a v a s dirigise resueltamente u n centinela. Arroj
su lanza, su espada, su jabalina y desapareci entre los
cartagineses.
E l rey de los n m i d a s lleg hasta la r i e n d a de H a m l car; y dijo i n d i c a n d o sus hombres que e s t a b a n detenidos
lo lejos:
Barca! te los traigo, son tuyos!
E n t o n c e s se prostern en seal de esclavitud, y como
p r u e b a de su fidelidad, record toda su c o n d u c t a desde el
principio de la guerra.
Primeramente, haba i m p e d i d o el sitio d e Cartago y la
ejecucin de los cautivos; despus no h a b a aprovechado
la victoria contra H a n n o n en Utica. No h a b a t o m a d o parte en la batalla del Macar; y se haba a u s e n t a d o expresamente para eximirse de la obligacin de c o m b a t i r al suffeta.
Narr'Havas, con efecto, haba pensado engrandecer sus
dominios con las provincias pnicas y h a b a a u x i l i a d o
a b a n d o n a d o los Mercenarios, segn le p a r e c a n favorables adversos para estos los azares de la guerra. Viendo
al cabo q u e la victoria definitiva serla p a r a H a m l c a r se
decidi por l, quiz su odio contra M a t h o , causa del
m a n d o de su a n t i g u o amor.
El Suffeta le escuch sin interrumpirle. C o m p r e n d i enseguida la utilidad de tal alianza p a r a s u s proyectos. Con

los n m i d a s se desembarazaran de los libios; luego, llevara I03 occidentales conquistar Iberia; y sin preguntarle p o r q u e n o h a b a venido antee, ni demostrar ninguna
d u d a acerca d e s u s mentiras, bes N a r r ' H a v a s , chocando p o r tres veces s u pecho contra el suyo,
E r a p a r a r o m p e r el crculo de hierro q u e le envolva,
por lo q u e i n c e n d i el c a m p a m e n t o de los libios. Aquel
ejrcito llegaba como u n socorro de los dioses; disimulando s u alegra respondi:
Que los Baals te favorezcan! Ignoro lo q u e h a r por
t la Repblica, pero H a m l c a r no es ingrato.
E l t u m u l t o "redoblaba, los capitanes e n t r a b a n en la
tienda.
E l s u f f e t a se vesta y h a b l a b a u n t i e m p o .
Ea! l u c h a r ! Con t u s jinetes, aplastars su infantera e n t r e s u s ginetes y los mos. Valor! Exterminal
N a r r ' H a v a s se precipitaba c u a n d o S a l a m m b

apare-

ci.
Salt del caballo, abri su ancho m a n t o y extendiendo
los brazos, despleg el zaimph.
L a t i e n d a de cuero, l e v a n t a d a por las esquinas, dejaba
ver la m o n t a a llena de soldados, y c o m o estaba en el
centro, de t o d a s partes se vea S a l a m m b .
U n clamor i n m e n s o rasg los aires, u n largo grito de
esperanza.
Los q u e e s t a b a n e n m a r c h a , se detuvieron; los moribundos se i n c o r p o r a b a n p a r a bendecirles, todos los brbaros
saban a h o r a q u e h a b a recobrado el z a i m p h . Le vean de
lejos, crean verle; y otros gritos, de r a b i a y de venganza,
r e s o n a b a n atronadores pesar de los aplausos de los cartagineses; los cinco ejrcitos escalonados e n la montaa,
gesticulaban y vociferaban e n torno de S a l a m m b .
H a m i l c a r , sin poder hablar le d a b a gracias con movim i e n t o s de cabeza. S u s ojos m i r a b a n a l t e r n a t i v a m e n t e al
z a i m p h y ella y entonces advirti q u e la cadenilla estab a rota. E n t o n c e s se estremeci asaltado por u n a sospecha

terrible; pero recobrando su impasibilidad mir de soslayo N a r r ' H a v a s .


E l rey de los n m i d a s estaba en u n ngulo en a c t i t u d
discreta. Llevaba en la f r e n t e el polvo q u e toc al prosternarse. E l suffeta se adelant hacia l, y con a d e m n grave
le dijo:
P a r a r e c o m p e n s a r los servicios q u e m e has prestado,
N a r r ' H a v a s , te doy m i h i j a .
Y aadi:
S m i h i j o y d e f i e n d e t u padre!
Narr'Havas, hizo u n s d a m n de sorpresa y luego la bes
las manos. S a l a m m b , i n m v i l como u n a estatua, pareca
no comprender.
Se ruborizaba y e n t o r n a b a los ojos; sus largas p e s t a a s
encorvadas, p r e s t a b a n s o m b r a sus mejillas.
H a m i l c a r quiso unirles i n m e d i a t a m e n t e por medio de
esponsales indisolubles. P u s o entre las m a n o s de Salamb
u n a lanza q u e ofreci N a r r ' H a v a s . Unieron sus pulgares
u n o contra otro con u n a correa, despus, echronles trigo
p o r la cabeza y los granos q u e caan alrededor p e r c u t a n
e n el suelo como granizo q u e rebota.

XII

El acueducto

=OCE horas despus, no q u e d a b a de Mercenarios m s q u e u n m o n t n de heridos,


m u e r t o s y agonizantes.
H a m i l c a r , saliendo b r u s c a m e n t e del
f o n d o de la c a a d a , haba b a j a d o por la
p e n d i e n t e occidental q u e m i r a H i p p o zaryta, y como all h a b a m u c h o c a m p o
libre, c u i d de a t r a e r all los brbaros.
N a r r ' H a v a s les h a b a envuelto con s u s
jinetes; el suffeta les r e c h a z a b a y aplastaba; adems, estab a n vencidos p o r a d e l a n t a d o p o r la p r d i d a del zaimph.
H a m i l c a r cuidndose poco de d o r m i r en el c a m p o de ba-

talla, s retir algo ms lejos la izquierda, hacia unas


alturas de donde les dominaba.
Montones de cadveres ocupaban de alto bajo la montaa entera.
Los supervivientes estaban tan inmviles, como los
muertos. Acurrucados en grupos desiguales se miraban
atortelados sin hablar.
El lago de Hippozaryta resplandeca los rayos del sol
poniente. A la derecha, blancas casas aglomeradas se elevaban sobre su cinturn de murallas. Daspus, el mar se
extenda indefinidamente; y apoyando la barba en sus
manos, los brbaros suspiraban pensando en sus patrias.
Sopl el viento de la noche; entonces, todos los pechos
se dilataron.
En la cima de altos peascos, los cuervos permanecan
inmviles mirando I03 agonizantes.
Cuando cerr la noche, perros de pelaje amarillo, ani
males inmundos que siguen los ejrcitos se presentaron
en el campamento de los brbaros. Primero, lamieron los
cogulos de sangre de los muones aun tibios y despus
empezaron devorar los cadveres comenzando por el
vientre.
Los fugitivos comparecan uno tras otro como sombras;
las mujeres tambin se atrevieron volver, pues quedaban algunas, pesar de la espantosa carneceria consumada por los n midas.
Algunos cogieron trozo3 de cuerda que encendieron
para que sirviesen de antorchas, otros sostenan lanzasentrecruzadas, sobre ellas ponan los cadveres y los transportaban un sitio lejano.
Estaban extendidos en largas lineas de espaldas, con
la boca abierta y la lanza al lado, bien estaban amontonados de cualquier modo, y veces, para descubrir los
que faltaban, era preciso descubrir todo un montn. Luego, se pasaban la antorcha sobre su rostro lentamente*

Aun cuando hubiesen muerto casi todos un tiempo, haba gran diferencia en la corrupcin de los cuerpos; los
hombre3 del Norte presentaban una hinchazn lvida,
mientras que los africanos ms nervosos, parecan curados al humo y se momificaban. Se reconoca I03 Mercenarios por los tatuajes de sus manos: Los viejos soldados
de Antioco tenan grabado un gaviln; los que haban servido en Egipto la cabeza de un mono, los prncipes de
Asia, un hacha, una granada, un martillo, los de las repblicas griegas, el diseo de una ciudadela el nombre de
un arconte; y se vea alguno cuyos brazos estaban cubiertos enteramente de aquellos mltiples smbolos, que se
confundan con sus cicatrices y con las heridas recientes.
Para los hombres de raza latina, samnitas, etruscos
campamos y brucio3 se levantaron tre3 enormes piras.
Los griegos, con la punta de sus espadas, abrieron fosas;
los espartanos envolvieron los cadveres con sus mantos
rojos; los atenienses les tendan de cara oriente; los cntabros los ocultaban bajo un montn de guijarros; los nasamones los doblaban por medio de correas, de modo que
se tocaran cabeza y pies; los garamantos I03 sepultaron
en la playa fin de que fueran eternamente baados por
las olas.
Grandes alaridos resonaban de cuando en cuando; era
para ver si volvan las almas. Luego el clamor se repeta
intervalos iguales obstinadamente.
La luz de la9 grandes piras haca palidecer los rostros
exanges; y las lgrimas excitaban las lgrimas, los sollozos eran cada vez ms agudos y los abrazos los muertos ms frenticos. Haba mujeres que se echaban sobre
los cadveres, boca sobre boca, frente sobre frente y era
preciso golpearlas para que se marcharan al ir enterrar
los difuntos. Verdaderos rugidos se oan pesar del ruido de los cmbalos. Algunos arrancaban sus amuletos y
escupan sobre ellos. Los moribundos se revolcaban entre

el fango sangriento, mordiendo de rabia sus puos mutilados, y cuarenta y tre3 samnitas, todo3 fuertes y jvenes,
se degollaran unos otros como gladiadores. Pronto falt
madera para las piras y se extinguieron las llamas. Cansados de tanto gritar, debilitado3, vacilantes, durmironse
por fin junto sus hermanos, inquietos los que deseaban
vivir, y otros anhelando no despertar jams.

La blanca luz del alba ilumin el campamento de los


brbaros y algunos soldados desfilaron junto l con los
cascos apuntados en las picas; saludando los mercenarios les preguntaban si les gustara ver de nuevo su patria. Otros se acercaron y los brbaros reconocieron en
ellos varios de sus antiguos compaeros.
E l suffeta habla propuesto todos los cautivos que sirvieran en sus filas. Algunos rehusaron intrpidamente y
se les solt ordenndoles no combatir ms contra Cartago.
E n cuanto aquellos quienes el miedo de los suplicios
hacia dciles, se les distribuy las armas del enemigo, y
ahora se acercaban los vencidos, no tanto para seducirlos como movidos de su orgullo y curiosidad.
Contaron los buenos tratamientos del sufeta; los brbaros les escuchaban con muecas de desprecio. No pudiendo
contenerse ms, empezaron coger guijarros, y todos los
mercenarios pasados las filas de Hamilcar, huyeron. Entonces, u n dolor ms profundo que la humillacin de la
derrota, aplan los brbaros.
Pensaban en la inanidad de su valor. Permanecan con
la mirada fija rechinando los dientes.
Se les ocurri una idea: se precipitaron en tumulto EObre los prisioneros cartagineses. Los soldados del sufeta
no se haban acordado de ellos, y permanecan an en el
foso profundo.
Se les aline tendidos en el suelo. Varios centinelas formaron un crculo alrededor de ellos y se dej entrar gru-

pos de treinta cuarenta mujeres. Queriendo aprovechar


el poco tiempo que se les daba corran de uno otro inciertas, palpitantes; luego, inclinndose sobre aquellos pobres cuerpos, los golpeaban como las lavanderas golpean
la ropa. Vociferando el nombre de sus esposos les desgarraban sus uas y les reventaban los ojos con las agujas
que llevaban en la cabellera. Los hombres entraron despus, y les atormentaban cortndoles los pies por los tobillos y arrancando la piel de su frente y 6U cabeza que se
ponan sobre la suya. Los comedores de cosas inmundas
inventaron atrocidades. Envenenaban las heridas, vertiendo en ellas polvo, vinagre y trozos de vidrio; otros esperaban detrs de ellos; corra la sangre y todos se regocijaban como los vendimiadores alrededor de las cubas bumeantes.
Entre tanto, Matho estaba sentado en el suelo en el
mismo sitio en que estaba cuando la batalla termin. Con
los codos sobre las rodillas y las sienes en las manos, no
oa, no vea ni pensaba.
Al oir los alaridos de la multitud levant la cabeza. Ante l haba un trozo de tela enganchado un mstil y que
arrastrando hasta el suelo, cubra confusamente cestas,
alfombras, una piel de len. Reconoci su tienda, y sus ojos
se fijaron en el suelo, como si la hija de Hamilcar al desaparecer hubiese sido tragada por la tierra. La tela desgarrada, agitbase impulsos del viento; algunas veces, pasaba cerca de su rostro y vi en ella una mancha roja
semejante la huella de una mano. Era la de Narr'Havas
la seal de su alianza. Tom un tizn que an arda y l
ech desdeosamente entre los restos de su tienda; luego
con la punta de su coturno empujaba hacia las llamas todo lo que escahaba su accin fin de que todo se consumiese.
De repente, sin que se pudiera adivinar de donde surea
B
apareci Spendio.
'
El antiguo esclavo se haba atado al muslo dos astillas

de lanza; cojeaba con aspecto lastimoso exhalando gemidos.


Qutate eso!le dijo Matho;ya s que eres un valiente!
Estaba tan abrumado por la injusticia de los Dioses,
que no tenia fuerzas para indignarse con los hombres.
Spendio le hizo una seal y le llev hacia el hueco de
una roca en que Zarxas y Autharito estaban ocultos.
Haban huido como el esclavo, an cuando uno fuera
muy cruel y otro muy valiente. Dijeron que era imposible explicarse lo que haba ocurrido, la traicin de Narr'
Ha vas, el incendio del campamento, la prdida del zaimph
y el ataque impensado de Hamilcar.
Spendio no quera confesar su miedo y persista en afirmar que tenia rota la pierna.
Los tres jefes y el schalischim preguntronse lo que
convena hacer.
Hamilcar les cerraba el camino de Cartago; estaban como prisioneros entre sus soldados, y las provincias de
Narr'Havas; las ciudades tirias se uniran los vencedores; se les acorralara hacia el mar, y all se acabara con
ellos. No haba medio de evitar la guerra, pues de lo contrario, estaban perdidos, pero cmo hacer comprender la
necesidad de una interminable batalla todos aquellos
hombres descorazonados y que an sangraban por las heridas?
Yo me encargo de ello,dijo Spendio.
Dos horas despus, un hombre que llegaba del lado de
Hippozaryta subi corriendo la montaa.
Agitaba unas tablillas en la mano, y como gritaba muy
fuerte, los brbaros le rodearon.
Aquellas tablillas estaban escritas por los soldados griegos de Cerdea; recomendaban sus compaeros de Africa que vigilaran Giscon y los dems cautivos. Segn
decan se organizaba un complot para hacerlos evadir.

Aquella estratagema de Spendio no produjo el resultado apetecido. En vez de animar de un nuevo furor los
brbaros, les hizo temer ms tremendos desastres. Algunos, los ms pusi'nimes, se despojaron de sus corazas y
arrinconaron las armas para enternecer al sufeta si se presentaba.
Al da siguiente, apareci un nuevo correo, cansado y
cubierto de polvo. El griego le arranc de las manos un
rollo de papiro lleno de caracteres fenicios. Se suplicaba
los Mercenarios que no desmayaran porque los valientes
tunecinos llegaran con grandes refuerzos.
Spendio ley la carta tres veces, una tras otra, y hacindose sostener por dos capadocios, iba de uno otro
extremo del campamento, y la volva leer.
Durante siete horas habl sin descanso. Recordaba los
mercenarios las promesas de Gran Consejo; los africanos las crueldades de los intendentes, los brbaros en
general, la injusticia de Cartago. La bondad del sufeta en
una estratagema para dividirles. Los que se entregaran
seran vendidos como esclavos; los vencidos moriran en
la cruz. Enseando el papiro desplegado:
Mirad! leed! Ved aqu sus promesas! No soy yo
quien las hace!
Matho le observaba. Y fin de disimular la cobarda
del griego, hacia gala de una clera que poco poco le invada de veras. Lanz terribles maldiciones sobre los cartagineses. El suplicio de los cautivos era una crueldad
intil. Por qu no matarlos y acabar de una vez?
Entonces, volvieron hacia los prisioneros. Algunos aun
vivan; se les mat hundindoles el taln en la boca,
bien traspasndoles con una jabalina.
Pensaron en Gicon. No se le vea por ninguna parte;
una gran inquietud se apoder de ellos. Queran un
tiempo convencerse de su muerte y ser autores de ella.
Por fin tres pastores samnitas le descubrieron quince
pasos del sitio en que estuvo la tienda de Matho. Le reco-

nocieron por su larga barba, y llamaron los dems. Tendido de espaldas, con los brazos pegados al cuerpo y las
piernas juntas, pareca u n muerto preparado para recibir
sepultura. Sin embargo, su trax se alzaba y deprima por
el movimiento respiratorio, y sus ojos abiertos miraban de
una manera fija intolerable.
Los brbaros le miraron con asombro. Desde que viva
en el foso le haban casi olvidado. Pero dominados por
antiguos recuerdos, se mantenan alejados y no se atrevan levantar la mano contra l.
Los que estaban detrs murmuraban y empujaban, y
de pronto un garamanto atraves la multitud blandiendo
una hoz. Todos comprendieron su idea, enrojecironse sus
rostros, y gritaron:
- S , s!
El hombre de la hoz se acerc Giscon; le cogi la ca
beza, y apoyndola en su rodilla la aserraba con rpido
movimiento; cay; dos chorros de sangre hicieron un agujero en el polvo. Zarchas lleg junto al cadver y ms ligero que un leopardo corri hacia los cartagin' ses.
Luego, cuando estuvo en mitad de la colina, sac de su
pecho la cabeza de Giscon, y cogindola por la barba, volte rpidamente su brazo; la masa por fin lanzada, describi una larga parbola y deaapareci detrs de la trinchera pnica.
Entonces cuatro heraldos, escogidos por la anchura de
su pecho, provistos de grandes clarines y hablando por
medio de bocinas de cobre, declararon que desde entonces, entre los cartagineses y los brbaros, no habra ya ni
fe ni piedad, ni Dioses, que rehusaran toda tentativa de
parlamento, y que I03 parlamentarios se les cortara las
manos.
Inmediatamente despus Spendio, march Hippozaryta recoger vveres. La ciudad tiria se los envi aquella
misma noche. Comieron vidamente. Luego, cuando se
hubieron recontado, recogieron el resto de sus bagajes y

sus armas rotas, las mujeres se apiaron en el centro de


la columna y sin cuidarse de los heridos que llevaban al
verse abandonados, con paso rpido anduvieron por la
orilla, como una manada de lobos que se aleja
Marchaban contra Hippozaryta decididos tomarla,
pues necesitaban apoyarse en una ciudad.

Hamilcar, al verlos lo lejos, se desesper pesar del


orgullo que se senta al verlos huir. Comprenda que se les
deba atacar en seguida con tropas de refresco. Con una
nueva derrota se poda acabar con ellos; y en cambio, si
a guerra continuaba volveran ms fuertes; las ciudades
tinas se uniran ellos; su elocuencia por los vencidos no
haba servido para nada. Tom la resolucin de ser implaC8.D1.

La noche misma envi al Gran Consejo un dromedario


cargado con los brazaletes recogidos en el campo de batalla, con la pena de grandes castigos, ordenaba que se le
enviase otro ejrcito.
Los cartagineses le crean perdido haca mucho tiempo
asi es que al tener noticia de su victoria experimentaron
un asombro que tocaba en los lmites del terror. La vuelta
del zaimph que anunciaba vagamente, acababa de sorprenderlos. No haba duda, los Dioses y la fuerza de Cartago parecan pertenecerle.
Ninguno de sus enemigos se atrevi quejarse recriminar. Por el entusiasmo de unos, y por la pusilanimidad de los otros, antes del trmino prescrito, sali de Cartago un ejrcito de cinco mil hombres.
Se dirigi hacia Utica para apoyar al sufeta por retaguardia, mientras tres mil soldados de los mejores que
quedaban se embarcaron en buques que deban llevarles
a ippozaryta fin de rechazar los brbaros.
Hannon, haba aceptado el mando, pero cedile su
oalammb
15

teniente Magdassar fin de dirigir personalmente las tropas de desembarco, pues no poda sufrir los vaivenes de
la litera. Su enfermedad royndole los labios y las narices,
haba abierto un ancho agujero en su rostro, de tal modo,
que diez pasos de distancia se vea el fondo de su garganta. Saba que era tan asqueroso, que se tenia que tapar
el rostro con un velo como una mujer.
Hippozayta, no escuch sus mandatos ni los de los brbaros, pero cada maana los vecinos les bajaban vveres
dentro de las cestas, y en voz alta desde las murallas se
excusaban con el miedo que sentan la Repblica y les
conjuraban alejarse. Dirigan por signos las mismas protestas los cartagineses que permanecan en el mar.
Hannon contentse con bloquear el puerto, sin arriesgarse un ataque. Sin embargo, persuadi los jueces de
la ciudad que recibieran dentro de ella trescientos soldados. Luego se fu hacia el cabo de las Uvass, y di
un largo rodeo para envolver los brbaros, operacin
importuna y hasta peligrosa. Los celos le impedan socorrer al sufeta; detena sus espas, malograba sus planes,
comprometa la empresa. Hamilcar escribi al Gran Consejo que le depusiera; y Hannon volvi Cartago furioso
contra la locura de IOB Antiguos y la cobarda de su colega. As, despus de tantas esperanzas, la situacin era cada vez ms deplorable; pero todos procuraban no pensar
en ella, ni hablar siquiera como si de aquel modo alejaran
el peligro.
Como si todo se conjurara de una vez contra Cartago se
supo que los mercenarios de Cerdea haban crucificado
su general, apoderndose de las plazas fuertes, y dego
liado todos los cananeos. El pueblo romano amenaz
la Repblica con hostilidades inmediatas, y acept la
alianza de los brbaros, envindoles buques cargados de
harina y carne seca. Los cartagineses los persiguieron, y
capturaron quinientos hombres, pero tres das despus,
una flota que traa vveres Cartago naufrag coneecuen-

eia de una tempestad. Los Dioses evidentemente se declaraban contra ella. Entonces los ciudadanos de Hippozaryta pretestando una alarma, hicieron subir los trescientos hombres de Hannon las murallas.
Y por sorpresa y cogindoles por los pies, les echaron
al foso. Algunos que no murieron fueron perseguidos y se
ahogaron en el mar. tica tampoco quera dejar paso
franco los cartagineses, en cambio, se les envi vino con
polvos de mandrgora v les degollaron durmiendo. Magdasar huy al ver que los brbaros se aproximaban; la
ciudad habrales sus puertas, y desde entonces, sus dos
nuevas aliadas les auxiliaron con toda eficacia.
Aquel abandono de la causa pnica era un consejo y un
ejemplo. Las esperanzas de la libertad se reanimaron. Algunas tribus an vacilantes se decidieron. Todo se conmovi. El sufeta lo supo y comprendi que estaba irrevocablemente perdido.
Despidi Narr' Havas para que guardase los lmites
de su reino; en cuanto l resolvi volver Cartago para
alistar nuevos soldados y emprender otra vez la guerra.
Los brbaros establecidos en Hipposarvta vieron que
su ejrcito bajaba la montaa,
Dnde iban los cartagineses? El hambre, sin duda, les
empujaba, y queran librar una nueva batalla. No era eso;
volvieron la derecha; huan. Se les poda alcanzar y
aplastarles. Los brbaros se lanzaron en su persecucin.
Los cartagineses se vieron detenidos por el ro. Aquella
vez ancho, y el viento del oeste no haba soplado. Unos
pasaron nado, otros sobre sus escudos. Se pusieron de
nuevo c-n marcha. Cerr la noche. Desaparecieron.
Los brbaros no se detuvieron; atravesaron el ro tambin. Acudieron los tunecinos y los de Utica. A cada paso
aumentaba su nmero. Los cartagineses aplicando el odo
al suelo, oan el ruido de sus pasos en las tinieblas. De
cuando en cuando, para detenerlos, Barca haca lanzar

una nube de flechas. Cuando amaneci ambos ejrcitos estaban en las montaas de Anana.
Entonces Matho, que marchaba la cabeza, crey distinguir en el horizonte algo verde en la cima de una eminencia. Luego, el terreno se deprimi y aparecieron obeliscos, cpulas y casas! Era Cartago. Se apoy contra un
rbol para no caer, pues su corazn lata con violencia.
Pensaba todo cuanto haba ocurrido desde que por ltima vez pas por all. Luego, sinti alegra al pensar que
volvera ver Salammb. Todas las razones que tena
para execrarla acudieron su memoria; pero las rechaz;
tembloroso y con las pupilas dilatadas, miraba, ms all
de Eschmun, la alta terraza de un palacio; una sonrisa de
xtasis iluminaba su rostro como si llegara hasta l alguna claridad excelsa; abra los brazos, enviaba besos la
brisa y murmuraba:
Ven! ven!
Un suspiro dilat su pecho y dos gruesas lgrimas como
perlas, cayeron de sus ojos.
Qu te detiene?exclam Spendio.Aprisa! En
marcha! El suffeta se nos escapar. Sus rodillas tiemblan
y me miras como un hombre embriagado.
Pateaba de impaciencia; daba prisa Matho y entornando los ojos, como al acercarse una meta deseada:
Ah! ya hemos llegado! Hnos aqu! Ya son mos!
Tena el aspecto tan convencido y triunfante, que Matho sacudiendo su sopor, se sinti arrastrado. Salt sobre
uno de los camellos, le arranc el ramal, y con la larga
cuerda golpeaba los rezagados; corra derecha izquierda retaguardia del ejrcito, como un perro que hostiga un rebao. A su voz tonante las lneas se estrecha
ron, los despeados precipitaron el paso; al llegar al centro
del istmo, la distancia disminuy. Los primeros brbaros,
marchaban entre la polvareda levantada por los cartagine
ses. Los dos ejrcitos se acercaban; iban chocar.
Pero las puertas de Malqua y de Tevsste y la gran puer-

ta de Khamon abrieron sus hojas. El cuadro pnico se


dividi; tres columnas se hundieron dentro de la ciudad,
arremolinndose dajo las arcadas. La masa demasiado
apretada no avanzaba, las lanzas se entrechocaban en el
aire, y las flechas de los brbaros se rompan contra las
murallas.
En el umbral deKahamon se vi Hamlcar, volvise y
grit sus hombres que se apartaran. Baj del caballo; y
pinchndole con la espada le lanz contra los brbaros.'
Era un caballo oringio que se alimentaba con bolitas
de harina y que doblaba las rodillas para dejar subir su
dueo. Por qu lo rechazaba? Era un sacrificio?
El gran caballo galopaba entre las lanzas derribando
los hombres y tropezando sus cascos con las entraas,
caa y luego, se levantaba dando saltos furiosos. Mientras
se apartaban y trataban de detenerle le miraban sorprendidos, los cartagineses entraban en la ciudad; la enorme puerta se cerr detrs de ellos ruidosamente.
No cedi. Los brbaros se estrellaron contra ella, los
cartagineses, que tenan soldados en el acueducso, empezaron tirar piedras balas, y vigas. Spendio aconsej que
no se obstinaran. Se alejaron algo, resueltos sitiar Cartago.

Entre tanto, el rumor de la guerra haba salvado los


confines del imperio pnico; y desde las columnas de Hrcules hasta ms all de Cyrene, los pastores pensaban en
ella guardando sus rebaos, y las caravanas hablaban de
ella la luz de las estrellas. Aquella gran Cartago, dominadora de los mares, esplndida como un sol y espantosa
como un dios, hallaba hombres que se atrevan atacarla! Muchas veces se haba dicho que estaba vencida y todos lo creyeron porque lo deseaban; pero aquella vez su
prdida pareca segura. Las poblaciones sometidas, las aldeas tributarias, las provincias abadas, las hordas inde-

pendientes, todos los que la execraban por su tirana envidiaban sus riquezas, ansiaban tomar parte en la guerra.
Los ms valientes se haban unido los mercenarios. La
derrote del Macar detuvo los otros, pero ahora avanzaban
decididos por las dunas de Clipea y en cuanto vieron
los brbaros se dirigieron hacia ellos.
No eran slo los libios de los alrededores de Cartago,
sino los nmadas de la meseta de Barca, los bandidos del
cabo Phisco, y del promontorio de Dern, los de Fazzana
y de la Marmrica. Haban atravesado el desierto, bebiendo en los pozos salobres de paredes hechas con huesos de camello; los zuaeces, cubiertos de plumas de avestruz que llegaban en cudrigas; los garamantos tapados
con un velo negro, y sentados mujeriegas sobre sus yeguas pintadas; otros, en burros, en onagros, en zebras, en
bfalos; algunos arrastrando con sus familias y sus dolos,
el techo de sus cabaas en forma de chalupa. Haba amonianos con los miembros arrugados por el agua de las
fuentes termales; atarantos que maldicen el sol; trogloditas que entierran riendo sus muertos bajo el ramaje; los
asquerosos auseanos que comen langostas; las akirmakidas que comen piojos, y los gysantes, embadurnados de
bermelln que comen monos. Todos estaban alineados
la orilla del mar en lnea recta. Se adelantaron luego como torbellinos de arena que levanta el viento. En mitad
del istmo la multitud se detuvo, porque los mercenarios
situados delante de ellos, cerca de las murallas, no queran moverse.
Luego, por el lado de la Ariana, aparecieron los hombres de occidente y el pueblo de los nmidas. Desentendindose de Narr' Havas que slo gobernaba los masilialiano3, acudieron todos los cazadores del Malethut-Baal y
del Garafos, tapados con pieles de len, y que guiaban
con el asta de su3 lanzas unos caballitos flacos de largas
crines; luego venan los gtulos con corazas de piel de serpiente; despus, los farusianos que llevaban altas coronas

formadas de cera y resina; los caunos, los macaros, los tillabaros, que llevaban dos jabalinas y un escudo de cuero
de hipoptamo. Se detuvieron cerca de las catacumbas,
junto las primeras charcas de la laguna.
Cuando los libios se movieron, se vi como una nube
obscura rasara el suelo una muchedumbre incontable de
negros. Los haba del Harusch-blanco, del Harusch negro, del desierto de Angilos y hasta de la gran comarca de
Agacymba, que est cuatro meses al sur de los garamantos, y ms all todava. A pesar de sus joyas de madera roja, la grasa de su piel negra les haca parecer moras cadas entre el polvo. Llevaban taparrabos de fibras de
corteza de rboles, tnicas de yervas secas y pieles en la
cabeza. A guisa de estandartes en el extremo de un palo
blandan colas de vaca.
Despus detrs de los nmidas los marusianos y los gtulos, se amontonaban los hombres amarillentos que viven ms all de Taggir en los bosques de cedros. Llevaban la espalda carcajes de piel de gato y sujetaban perros enormes, tan altos como pollinos, que no ladraban.
La confusin de armas no era menor que la de los trajes y la de los pueblos.
Un movimiento continuo agitaba aquella multitud.
Dromedarios alquitranados como navios, derribaban las
mujeres que llevaban sus hijos sobre las caderas. Se derramaban las provisiones de las banastas. Al caminar se
eplastaban trozos de sal, paquetes de goma, dtiles podridos, nueces de gur; y veces se vea sobre pechos cubiertos de pobredumbre, colgado de algn delgado cordn
algn diamante que haban buscado I03 strapas, una piedra casi fabulosa que bastaba para comprar un imperio.
La mayora de ellos no sabia siquiera lo que deseaba.
Una fascinacin, una curiosidad invencible les aguijoneaban; los nmadas que no haban visto ninguna ciudad se
asustaban al contemplar la sombra de sus murallas.
El istmo desapareca bajo aquella muchedumbre in-

mensa, y aquella larga superficie en que las tiendas sobresalan como de entre las aguas de una inundacin, llegaba hasta las primeras lneas de los otros brbaros, cubiertos de hierro y situados simtricamente los dos lados del
acueducto.
Los cartagineses, an asustados por la aparicin de todas aquellas tribus brbaras, vieron llegar hacia ellos una
especie de monstruos con sus mstiles, sus brazos, sus articulaciones, sus capiteles y sus conchas; eran las mquinas de sitio que enviaban las ciudades tirias: sesenta balistas, ochenta onagros, treinta escorpiones, cincuenta tolenones, doce arietes y tres gigantescas catapultas que lanzaban peascos enormes.
Pero faltaban muchos das an para terminar los preparativos del sitio. Los mercenarios, aleccionados por sus
derrotas, no queran reir combates intiles y por otra
parte no tenan prisa alguna, sabiendo que la lucha sera
terrible y que acabara con una victoria con exterminio
completo.
Cartago poda resistir largo tiempo. Sus anchas muralias ofrecan una serie de ngulos entrantes y salientes
propios para rechazar con xito los asaltos.
Spendio tena un proyecto y se decidi realizarlo.
La guerra le haba impedido cumplirlo; y desde que haba vuelto junto Cartago, parecale que los habitantes
sospechaban su empresa. Pero bien pronto disminuyeron
los centinelas del acueducto; era preciso mucha gente para la defensa del recinto.
^ Durante muchos das el esclavo se adiestr en el tiro
del arco. Una noche en que la luna brillaba, rog Matho
que media noche encendiese una hoguera de paja y al
mismo tiempo todos los hombres lanzaran grandes clamores; tomando por compaero Zarxas, fu por la orilla
del g lfo en direccin Tnez.
Al llegar cerca de la ltimas arcadas, se acercaron al
acueducto; y adelantaron arrastrndose hasta la base de

los pilares. Los centinelas de la plataforma se paseaban


tranquilamente.
Brillaron altas llamas; resonaron los clarines, y los soldados que estaban de centinela, pensando que se daba un
asalto, se precipitaron hacia Cartago.
Slo un hombre permaneci en su puesto, se destacaba
sobre el fondo del cielo. La luna le iluminaba por la espalda, y su sombra desmesurada pareca en la llanura un
obelisco en marcha.
Esperaron que estuviese en frente de eos. Zarxas cogi su honda, pero bien por prudencia por ferocidad,
Spendio le detuvo.
No, el silbido de la bala hara ruido. [A m!
Entonces tendi su arco con todas sus fuerzas, apunt
y parti la flecha.
El hombre no cay; desapareci.
. ~ S i estuviese herido, le oiramos,dijo Spendio; y suvi vivamente de piso en piso como haba hecho la primera vez, con auxilio de una cuerda y de un arpn.
Cuando estuvo en lo alto cerca del cadver, solt un extremo de la cuerda. El balear at ella un pico y una barra de hierro y se volvi.
Las trompetas no resonaban ya. Todo estaba tranquilo.
Spendio haba levantado una de las losas, entr en el
agua y cerr la abertura.
Calculando la distancia por el nmero de sus pasos, lleg hasta el sitio en que haba visto una hendidura oblicua; y durante tres horas, hasta la madrugada, trabaj de
una manera continua, furiosa, respirando apenas por los
intersticios de las losas superiores, asaltado por tremendas
angustias, y creyendo morir cada instante; por fin se
oy un crujido; una piedra enorme, rebotando por les arcos inferiores lleg hasta el suelo, y de repente, una catarata, un r;o cay desde el cielo la llanura. El acueducto,
cortado por el centro, se derramaba. Era la muerte para
Cartago y la victoria para los brbaros.

En un instante los cartagineses, despertando, aparecieron sobre las murallas, sobre las casas, sobre los templos.
Los brbaros se empujaban, gritaban, bailaban delirantes
alrededor de la gran cada de agua, y locos de contento,
mojaban la cabeza en el chorro.
Se vi en lo alto del acueducto un hombre con una tnica obscura desgarrada; permaneca inclinado en el borde con las manos en las caderas y miraba hacia abajo como admirado de su obra.
Luego se irgui. Recorri el horizonte con mirada dominadora que pareca decir: Ahora todo esto es mo!
Estallaron grandes aplausos entre los brbaros. Los cartagineses, comprendiendo por fin su desastre, lanzaban
alaridos desesperados. Entonces se puso correr por la
plataforma de un extremo otro, y como un conductor
de carro triunfante en los juegos olmpicos, Spendio, embriagado de orgullo, levantaba los brazos.

Moloch

brbaros no tenan necesidad de circunvalar Cartago por el lado de Africa, pues


ste les perteneca. Pero para hacer ms
fcil el aproche de las murallas, se derri"
i
" b una trinchera que haba junto al foso,
f
j f
Despus, Matho dividi su ejrcito en
grandes semicrculos para envolver mejor
Cartago. Los hoplitas de I03 Mercenarios se colocaron en primera lnea, detrs
de ellos, honderos y jinetes; retaguardia los bagajes, carros y caballos, y delante de toda esta muchedumbre,
trescientos pasos de las torres se levantaban las mquinas
de guerra.

En un instante los cartagineses, despertando, aparecieron sobre las murallas, sobre las casas, sobre los templos.
Los brbaros se empujaban, gritaban, bailaban delirantes
alrededor de la gran cada de agua, y locos de contento,
mojaban la cabeza en el chorro.
Se vi en lo alto del acueducto un hombre con una tnica obscura desgarrada; permaneca inclinado en el borde con las manos en las caderas y miraba hacia abajo como admirado de su obra.
Luego se irgui. Recorri el horizonte con mirada dominadora que pareca decir: Ahora todo esto es mo!
Estallaron grandes aplausos entre los brbaros. Los cartagineses, comprendiendo por fin su desastre, lanzaban
alaridos desesperados. Entonces se puso correr por la
plataforma de un extremo otro, y como un conductor
de carro triunfante en los juegos olmpicos, Spendio, embriagado de orgullo, levantaba los brazos.

Moloch

brbaros no tenan necesidad de circunvalar Cartago por el lado de Africa, pues


ste les perteneca. Pero para hacer ms
fcil el aproche de las murallas, se derri"
i
" b una trinchera que haba junto al foso,
f
j f
Despus, Matho dividi su ejrcito en
grandes semicrculos para envolver mejor
Cartago. Los hoplitas de I03 Mercenarios se colocaron en primera lnea, detrs
de ellos, honderos y jinetes; retaguardia los bagajes, carros y caballos, y delante de toda esta muchedumbre,
trescientos pasos de las torres se levantaban las mquinas
de guerra.

Bajo la variedad infinita de sus apelaciones, podan reducirse dos sistemas; unas obraban como hondas y otras
como arcos.
Los primeros, los catapultas se llamaban tambin onagros como los asnos salvajes que lanzan guijarros con sus
patas. La construccin de las balistas escorpiones exigan para su construccin mucho clculo, pues su madera
deba escogerse entre las ms duras y todas las articulaciones eran de cobre.
Spendio puso las tres grandes catapultas en los ngulos
principales, delante de cada puerta coloc un ariete, y delante de cada torre una basta. Pero era preciso proteger
esas mquinas contra los tiros de los sitiados, y rellenar
el foso que los separaba de las murallas. Catapultas y balistas quedaron defendidas por redes de gruesas cuerdas
embebidas de vinagre para hacerlas incombustibles.
Los cartagineses se preparaban tambin. Hamiicar les
haba tranquilizado declarando que quedaba agua en las
cisternas para ciento veintitrs das. Se arm I03 esclavos. Se vaciaron los arsenales. Cada ciudadano tuvo su sitio y su empleo determinado. Se repasaron toda prisa
las mquinas de guerra.
Por el lado del norte y de oriente, la ciudad, defendida
por el mar y el golfo, era inaccesible. En la muralla que
daba frente al itsmo, que es por donde atacaban los brbaros, se acumularon ramas de rbol, muelas de molino,
grandes recipientes de azufre, cubas llenas de aceite, y se
construyeron muchos hornos. Se amontonaron grandes
rimeros de piedra en la plataforma de las torres, y las casas se llenaron de arena para aumentar su resistencia.
Al ver aquellas disposiciones, los brbaros se irritaron.
Quisieron pelear en seguida. El peso que pusieron en las
catapultas era tan enorme, que las lanzas se rompieron; el
ataque se retard.
Por fin el da trece del mes de Schabar, al apuntar el
sol, reson un gran golpe contra la puerta de Khamon. Se-

tenta y cinco soldados tiraban cuerdas que partan de la


base de una viga gigantesca, terminada por una cabeza
de carnero de cobre. La haban envuelto en pieles de buey;
argollas de hierro la cean de trecho en trecho. Era tres
veces ms gruesa que el tronco de un hombre y de ciento
veinte codos de larga, y al empuje de los brazos desnudos
que la empujaban y la atraan, avanzaba y retroceda con
oscilacin regular.
Los otros asictes colocados ante las dems puertas, empezaron moverse tambin. Las poleas y los capiteles chirriaron, las redes de cuerdas cayeron y una nube de piedras y de flechas atravesaron el aire y dieron contra los
defensores de la muralla.
Algunos se acercaban al muro ocultando bajo sus escudos tarros de resina, y luego los lanzaban violentamente.
Toda aquella lluvia de balas de dardos y de fuegos, pasaba por encima de las primeras filas atravesando una curva, que terminaba detrs de las murallas. Pero en lo alto
de ellas, largas gras se levantaron y bajaron enormes
pinzas que terminaban en dos semicrculos dentados en
la parte interior. Mordieron los arietes. Los soldados, colgndose de la viga, tiraban hacia atrs. Los cartagineses
procuraban hacerla subir, y la porfa dur hasta la noche.

Cuando los mercenarios al da siguiente emprendieron


de nuevo su tarea, todo el adarve de la muralla estaba tapizado de balas de algodn, de cogines; las almenas tapadas con hojarasca y en el parapeto, entre las gras, se distingua gran nmero de horcas y de guadaas. En seguida
se entabl una resistencia furiosa.
Troncos de rboles sostenidos por cables calan y suban
alternativamente golpeando los arietes; grandes garfios
lanzandos por las balistas, arrancaban el techo de las cabaas; y de la plataforma de las torres vertanse torrentes
de slice y guijarro.

Por fin los arietes rompieron la puerta de Khamon y de


Tagaste.
Pero los cartagineses haban amontonado detrs tal
abundancia de materiales, que las hojas no se abrieron.
Permanecieron de pie. Entonces se empuj contra la muralla otras mquinas que aplicndose las junturas de
los bloques, deban hacerlos ceder. Las mquinas fueron
mejor dirigidas. Los sirvientes repartidos por secciones;
desde la maana la coche funcionaron sin interrupcin
con la monotona precisin de un telar.
Spendio no se cansaba de dirigir. Por s mismo hacia
funcionar algunas de las ms difciles, y los eoldado3, admirando su destreza, ejecutaban sus rdenes.
Las mquinas, sin embargo, no demolan la muralla;
derribaban nicamente la parte superior, pero los sitiados,
reparaban por la noche los desperfectos. Se ech al foso
csped, estacas, guijarros y hasta carros con sus ruedas
para llenarlo ms aprisa; y antes que estuviese lleno, la
inmensa muchedumbre de los brbaros ondul en la llanura con movimiento irresistible y fu estrellarse contra
la base de las murallas como un mar desbordado.
Entonces se adelantaron las escaleras de cuerda y las
de madera. Por ellas los mercenarios, puestos en fila, suban llevando las armas en la mano. Ni un cartagins se
vea pesar de que casi tocaban los brbaros el parapeto.
De repente las almenas se abrieron vomitando como gargantas de dragn fuego y humo; la arena candente seesparcia entrando por las junturas dlas corazas; el petrleo
se pegaba los vestidos; el plomo lquido resbalaba sobre
los cascos y agujereaba las carnes. Una lluvia de chispas
chamuscaba los rostros, y rbitas sin ojos parecan llorar
lgrimas grandes como almendras. Hombres cubiertos de
aceite ardan por los cabellos. Corran entre los otros y les
inflamaban su vez. Se les ahogaba, echndoles desde lejos sobre el rostro mantos embebidos de sangre. Algunos
que no tenan heridas aparentes, permanecan inmviles,

tiesos como estacas, con los brazos separados del cuerpo


y la boca abierta.- El asalto dur muchos das, pues los
mercenarios esperaban triunfar por un exceso de fuerza y
de audacia.
Algunas veces, un hombre subido sobre las espaldas de
otro hunda un vstago entre las piedras y luego se serva
de l como un escaln para subir ms arriba, y luego clavaba otro y otro; y protegidos por el borde de las almenas
que sobresalan de las murallas, se elevaban poco poco;
pero siempre al llegar cierta altura, caan.
El gran foso, demasiado lleno, se desbordaba; bajo el
paso de los vivos, los heridos formaban una sola masa con
los cadveres y los moribundos, Entre la3 entraas abierta?, los sesos esparcidos, y los charcos de sangre, los troncos calcinados parecan manchas negras, y brazos y piernas, saliendo de un montn, permanecan derechos como
gruesas cepas en una via incendiada.
Las escaleras eran insuficientes y se emple los tolenones, instrumentos compuestos de una larga viga transversal otra y que llevaba en el extremo una plataforma cuad r a n g l a r con barandillas en que haban treinta infantes
con sus armas.
Matho quiso subir en la primera que se dispuso. Spendio le detuvo.
Unos hombres se encorvaron sobre un cabrestante; la
gran viga se levant hasta ponerse casi vertical, y harto
cargada por el extremo se doblaba como una caa desmesurada. Los soldados, ocultos hasta la barba, se encogan; no se vea sino las plumas de los cascos. Por fin
cuando estuvo cincuenta codos en el aire oscil derecha izquierda varias veces y despus baj. Como un bravo gigante que tuviera en la mano una cohorte de pigmeos, dej al borde de la muralla la plataforma llena de
hombres. Saltaron entre la multitud y nunca ms se vie
ron.
Los otros tolenones pronto estuvieron listos. Pero se hu-

bieran necesitado cien veces m s para t o m a r la ciudad.


Se les utiliz de otra manera: arqueros etiopes se colocaban en las plataformas, y cuando estaban en el airesujetbanse los cables, y as permanecan suspendidos lanzando
flechas envenenadas. Los cincuenta tolenones dominando
las almenas, d o m i n a b a n as Cartago como monstruosos
buitres, y los negros rean al ver como los soldados de
las murallas moran entre convulsiones atroces.
H a m l c a r envi hoplitas, los q u e haca beber cada
m a n a n a el jugo d e ciertas hierbas por protegerles contra
ios venenos.
Una noche obscura embarc sus mejores soldados en
gabarras y les hizo t o m a r tierra en la Tamia. Adelantronse hasta las primeras lneas de los brbaros, y cogindoles
de sorpresa, hicieronles g r a n m o r t a n d a d . H o m b r e s suspendidos de cuerdas, b a j a b a n por la noche d e lo alto de
las murallas con a n t o r c h a s en la m a n o , q u e m a b a n las
obras de los Mercenarios y volvan subir.
Matho se mostraba encarnizado, cada obstculo aumentaba su clera, i d e a b a cosas terribles y escavanantes.
Un da convoc m e n t a l m e n t e S a l a m m b u n a cita: despus esper. No vino, y aquello le pareci u n a nueva traicin, y desde entonces la execr. A u m e n t las avanzadas,
plant horcas bajo las murallas, disimul t r a m p a s en el
suelo, y m a n d los libios q u e le t r a j e r a n u n a selva entera para incendiar Cartago como u n a madriguera de zorras,
bpendio se obstinaba t a m b i n . T r a t a b a de inventar mquinas espantosas c o m o j a m s se haban construido Ning u n a de las tentativas d a b a buen resultado, porque los
sitiados se resistan n o esperando misericordia. A cada
nueva invencin contestaba H a m l c a r con u n a estratagem a nueva. Por fin comprendieron todos, q u e la ciudad
era mespugnable, m i e n t r a s n o se hubiese levantado hasta
la altura de las murallas u n a larga terraza q u e permitiera
pelear sobre u n m i s m o nivel; se empedrara la cima para

hacer rodar por ella las m q u i n a s . Entonces Cartago no


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podra resistir.

Empezaba dejarse sentir la sed. E l agua que vala al


comenzar el sitio dos kesitah por carga, se venda ahora
u u
plata; las provisiones de carne v trigo se
acababan tambin. Apareca el f a n t a s m a del h a m b r e Algunos hablaban de las bocas intiles, lo cual asustaba
todos.
Desde la plaza de K h a m o n hasta el templo de Melkart
haba cadveres en las calles, y como a n duraba el verano, grandes mossas negras hostigaban los combatientes.
Los ancianos transportaban los heridos, y las gentes devotas celebraban funerales por los muertos en el sitio y
en campaa. Estatuas de cera con cabellos y vestidos estaban tendidas travs de las puertas. Se f u n d a n al calor de los cinos q u e ardan cerca de ellas; la pintura se
escurra por sus hombros y el llanto corra sobre el rostro
de los vivientes, que salmodiaban canciones lgubres
La temperatura era tan sofocante, que los cuerpos, hinchndose no podan colocarse en los fretros. Se les quemaba en el centro de los patios, pero las hogueras incendiaban veces las paredes vecinas y largas llamas surgan
de repente de las casas como sangre q u e salta de u n a arteria. Moloch posea por entero Cartago; estrechaba las
murallas, se revolcaba en las calles y devoraba los caddveres.
A fin de retener en la ciudad el genio de los dioses, se
cubierto de cadenas sus simulacros. Se puso velos
negros a los pataicos y cilicios alrededor de los altares,
be procuraba excitar el orgullo y los celos de los Baals, diciendo: Te vas dejar vencer! Los otros son m s fuertes
que t quizs! Presntate, auxilanos, fin de que los pueblos no digan: Dnde estn sus dioses?
Salammb

U n a a n s i e d a d p e r e n n e agitaba los colegios de los pontfices.


Los de la R a b e t c a sobre todo t e n a n miedo, porque el
z a i m p h n o p r o d u j o n i n g n efecto. Se m a n t e n a n encerrados en el t e r c e r recinto inespugnable como ura fortaleza.
Solo u n o d e e l l o s se atreva salir, el g r a n sacerdote Schahabarim.
I b a ver S a l a m m b , pero p e r m a n e c a silencioso cont e m p l n d o l e c o n las pupilas fijas, bien se desataba en
p a l a b r a s y los reproche s q u e le diriga e r a n ms duros
cada vez.
Por u n a c o n t r a d i c c i n inconcebible no perdonaba la
joven el h a b e r seguido sus rdenes;Schahabarim lo haba a d i v i n a d o t o d o , y la obsesin d e esta idea aviva los
celos de su i m p o t e n c i a . L a a c u s a b a de ser la causa de la
guerra. A j u i c i o suyo, M a t h o sitiaba Cartago para apoderarse del z a i m p h otra vez; y profera imprecaciones y
sarcasmos c o n t r a a q u e l brbaro q u e p r e t e n d a poseer cosas
santas. Sin e m b a r g o , el sacerdote se referia algo que no
nombraba.
No i n s p i r a b a S a l a m m b t e m o r alguno; la ansiedad de
q u e antes e s t a b a poseda se h a b a disipado. Una calma
singular l l e n a b a su espritu. S u m i r a d a , menos vaga, brillaba con claro fulgor.
E n t r e t a n t o el p y t h o n h a b a e n f e r m a d o de nuevo, y com o pesar d e ello S a l a m m b pareciese curar, la vieja Ta"
a u a c h se regocij en extremo, convencida de que aquella
dolencia del r e p t i l evitaba la languidez d e su ama.
U n a m a a n a le hall detrs del lecho de cuero enroscado sobre si m i s m o y con la cabeza oculta bajo u n mont o n de gusanos. A s u s gritos acudi la h i j a de Hamilcar.
Le removi c o n la p u n t a de s u sandalia, y la esclava la
sorprendi s u insensibilidad.
S a l a m m b v a no praticaba s u s a y u n o s con igual fervorP a s a b a el da e n lo alto de su terraza, con los codos apoy a d o s en la b a l a u s t r a d a y m i r a b a su alrededor. La cima

de las m u r a l l a s e n el e x t r e m o de la ciudad trazaba en fcl


cielo zig zags desiguales, y las lanzas de los centinelas form a b a n en t o d a su extensin como u n a orla de espigas.
Perciba lo lejos, entre las torres, las m a n i o b r a s oa los
brbaros, c u a n d o cesaban las diarias peleas, poda ver s u s
ocupaciones. Componan s u s a r m a s , se engrasaban la ca
bellera b a a b a n en el m a r s u s brazos ensangrentados;
las tiendas e s t a b a n cerradas, las acmilas coman, y en
lontananza las hoces de los carros, colocados en semicrculo, parecan u n a cimitarra de plata t e n d i d a al pie de las
colinas.
Volvieron s u m e m o r i a las palabras de S c h a h a b a r i m .
Esperaba su desposado N a r r ' H a v a s . No o b s t a n t e su
odio hubiese querido ver de nuevo Matho. De todos los
cartagineses, ella sola tal vez, le h u b i e r a hablado sin
temor.
A m e n u d o su p a d r e e n t r a b a en su habitacin., Se sentaba fatigado sobre los cojines y la contemplaba casi enternecido c o m o si su vista le distrajera de sus t r a b a j o s incesantes. A veces la interrogaba acerca d e su estancia e n
el c a m p a m e n t o de los mercenarios. Le p r e g u n t a b a si alguien le h a b a aconsejado la empresa. Moviendo la cabeza le contestaba q u e no, p u e s estaba orgullosa de h a b e r
salvado el z a i m p h .
El S u f f e t a p r o c u r a b a enterarse de todo lo referente
Matho, p r e t e x t a n d o que le convena p a r a sus planes militares saber q u clase de h o m b r e era. No comprenda porque haba p a s a d o t a n t a s horas en el c a m p a m e n t o . E n
efecto, S a l a m m b n o le h a b l a b a de Giscon, y si callaba
su deseo d e asesinar M a t h o era p o r q u e tema q u e le rep r o c h a r a n n o h a b e r cedido tal deseo. S a l a m m b no contaba m s , p o r vergenza quiz, por q u e u n exceso de
candor h a c a q u e no diera g r a n i m p o r t a n c i a los besos y
abrazos del soldado. Deca n i c a m e n t e , q u e c u a n d o le pidi el z a i m p h el Schalischim pareca furioso, q u e grit
m u c h o y q u e d e s p u s se h a b a dormido.

U n a noche en q u e e s t a b a n as u n o e n f r e n t e del otro,


apareci T a a n a c h asustada. U n viejo con u n n i o estaban
en los patios y q u e r a n ver al S u f f e t a .
H a m i l c a r palideci y luego dijo:
Que subaJ
I d d i b a l entr sin prosternarse- L l e b a b a d e la m a n o un
n i o cubierto con u n m a n t o de piel de cabrn. Levantndole el capullo q u e ocultaba s u rostro:
Hle aqu, tomadlo!
E l S u f f e t a y el esclavo se r e t i r a r o n u n ngulo de la
sala.
E l nio permaneci de pie e n el centro, y con mirada
m s escudriadora q u e a s o m b r a d a , e x a m i n a b a el lecho,
las paredes, el suelo, los collares d e perlas tirados sobre
vestidos y m a n t o de p r p u r a , y a q u e l l a m a j e s t u o s a mujer
joven q u e se inclinaba hacia l.
Quiz tenia diez aos y n o e r a m s alto q u e u n a espada
r o m a n a . T e n a el pelo rizado y la f r e n t e p r o m i n e n t e . Hubirase dicho q u e sus p u p i l a s b u s c a b a n espacio. Las alas
de su nariz delicada p a l p i t a b a n ; e n t o d o su c u e r p o se adverta a q u e l indefinible esplendor d e los q u e estn destin a d o s altas empresas- C u a n d o se h u b o q u i t a d o su mant o h a r t o pesado, qued vestido c o n u n a piel de lince ceid a su c i n t u r a y apoyaba con firmeza sobre el pavimento
sus pies blancos de polvo. A d i v i n sin d u d a q u e se trataba
de cosas i m p o r t a n t e s , p o r q u e p e r m a n e c a inmvil, con una
m a n o en la espalda, la cabeza i n c l i n a d a y u n d e d o j u n t o
la boca.
Por fin H a m i l c a r con u n a d e m n llam Salammb
j u n t o s y le dijo:
L e g u a r d a r s e n t u cuarto, oyes! Es preciso q u e nadie, n i a u n los de la casa, s e p a n q u e existe!
Luego, detrs d e la p u e r t a p r e g u n t de n u e v o Iddib a l si estaba seguro de q u e n a d i e les h a b a visto.
Nadie, d i j o el esclavo; las calles estaban desiertas,

L a guerra azotaba todas las provincias y h a b a temido


por el h i j o de s u a m o .
Entonces, no sabiendo donde ocultarle, se embarc e n
u n a chalupa, y costeando, lleg al golfo. All estaba desde
haca tres das observando las murallas. Como le pareci
que aquella noche los alrededores de K h a m o n estaban desiertos, desembarc cerca del arsenal.

Los brbaros establecieron f r e n t e del p u e r t o m i s m o u n a


inmensa lnea de maderos p a r a i m p e d i r la salida los
cartagineses. Por la parte de tierra, cada da a u m e n t a b a la
altura de la terraza.
E s t a n d o interceptadas las comunicaciones con el exterior u n h a m b r e intolerable se dej sentir. Matronse todos los perros, m u l o s y asnos, y despus los q u i n c e elefantes que el S u f f e t a haba salvado. Los leones del t e m p l o de
Moloch estaban furiosos, y eus g u a r d i a n e s no se atrevan
acercarse ellos. P r i m e r o se les m a n t u v o con los heridos de los brbaros; despus se les ech cadveres a n caJientes. No quisieron comerlos y m u r i e r o n todos. A la
ora del crepsculo, se vea m u c h a gente q u e cogan entre las piedras de los antiguos recintos, hierbas y flores
que cocan en vino; p u e s el vino costaba m e n o s caro qu
el agua. Otros, se deslizaban h a s t a las avanzadas del enemigo y se m e t a n en las tiendas p a r a robar alimentos. Los
brbaros, llenos de asombro, d e j a b a n algunas veces que se
volvieran en paz. Lleg por fin u n dia en q u e los ctutiguos
resolvieron degollar p a r a ellos los caballos de E c h m u n .
Aun que eran animales sagrados no escaparon al hierro,
y sus carnes cortadas en trozos iguales, se escondieron
detras del altar. Todas las noches, alegando cualquier devocin i b a n al t e m p l o y coman escondidas; b a j o su tnicas llevabnse u n trozo p a r a los hijos.
Las piedras de las catapultas y las demoliciones p a r a
atender la defensa, h a b a n a c u m u l a d o grandes monto-

nes de escombros en las calles. Las tre3 grandes catapultas no paraban, sus estragos eran extraordinarios, hasta el
punto de que la cabeza de un hombre fu chocar contra
el frontn de los syssitas; en la calle de Kinisdo, una parturienta fu aplastada por un bloque de mrmol y su hijo,
con la cama, lanzado hasta la encrucijada de Cinasyrs,
donde en encontr la colcha.
Lo ms irritante eran las balas de I03 honderos, calan
sobre los techos, en los jardines y en los patios, mientras
se coma las pocas piltrafas que quedaban. Aquellos atroces proyectiles llevaban grabados leyendas que se impriman en las carnes, y sobre los cadveres se lean injurias
como gorrino, chacal, gusano, y veces sarcasmos: ahi va eso
, bien merecido me lo tengo.
El hambre creca de modo tal, que Hamlcar orden
abrir los silosqueguardaban trigo; sus intendentes lo repartieron al pueblo. Durante tres das todos se hartaron; pero
entonces la sed se hizo intolerable. Y para que fuera ms
triste la situacin, los sedientos vean ante ellos la cascada
de agua clarsima que caa del acueducto.
Hamlcar no se amilanaba. Contaba con u n acontecimiento extraordinario. Con algo decisivo.
Los propios esclavos arrancaron las planchas de plata
del templo de Melkarth, y cuatro grandes buques partieron para las Galias fin de comprar mercenarios cualquier precio. Entre tanto dirase que el furor ms grande
animaba los brbaros. Se le3 vea lo lejos tomar la
grasa de los muertos para tener bien untadas sus mquinas. Otros arrancaban las uas de los cadveres que cosan por los bordes para hacerse corazas. En las catapultas pusieron grandes jarras llenas de serpientes cogidas
por los negros; rompanse los cacharros de arcilla, y las
serpientes corran, pululaban; luego los brbaros, no contentos con su invencin, la perfeccionaron; lanzaban toda
especie de inmundicias, escrementos humanos, trozos de
animales muertos y de cadveres. La peste apareci. Los

dientes de los cartagineses les caan y tenan las encas


descoloridas como las de los camellos despus de un viaje
demasiado largo.
Las mquinas se pusieron sobre la terraza an cuando
no alcanzara por todas partes la altura de las murallas.
Frente las veintitrs torres de las fortificaciones se levantaban otras tantas torres de madera. Todos los tolenones funcionaban, y en el centro apareca la formidable
mquina de Demetrio Poliorceta que Spendio haba reconstruido por fin. Piramidal como el faro de Alejandra
era alta de ciento veinte codos, y ancha de veititrs, con
nueve pisos que iban en disminucin hacia la cima, y
que estaban protegidos por gruesas planchas de cobre.
Haba en cada uno de aquellos pisos llenos de soldados,
numerosas puertas. En lo alto de la plataforma superior
haba una catapulta y dos balistas.
Entonces Hamlcar hizo levantar cruces para los que
hablaban de rendirse; hasta las mujeres fueron alistadas.
Una maana, poco despus de amanecer, oyeron u n
gran clamor lanzado por todos los brbaros la vez. Las
trompetas tocaban, y los grandes cuernos mugan como
toros. Todos se levantaron y fueron hacia las murallas.
Una selva de lanzas, de picas y de espadas se erizaba
en su base. Se lanz contra las murallas, las escalase engancharon en ellas, y por los espacios abiertos de las almenas, aparecieron las cabezas de los brbaros.
Grandes vigas sostenidas por largas filas de hombres
batan las puertas.
Los cartagineses lanzaban contra los asaltantes muelas
de molino, toneles, camas, losas, cubos, todo lo que pesaba y poda matar. Algunos acechaban teniendo en la mano una red de pescar y cuando llegaba un b rbaro, le
aprisionaban entre las mallas. Ellos mismos derribaban
sus almenas, grandes trozos de muro se derrumbaban levantando inmensa polvoreda y las catapultas de la terraza, tirando unas contra otras hacan chocar lo mejor sus

piedras q u e se r o m p a n en m pedazos c a y e n d o como lluvia de eilice sobre los c o m b a t i e n t e s .


Las flechas se d i s p a r a b a n por millares desde lo alto de
las torres de m a d e r a y d e las torres de piedra. Los tolenones movan r p i d a m e n t e s u s largas a n t e n a s y como los
brbaros h a b a n s a q u e a d o b a j o las c a t a c u m b a s el viejo
cementerio de los autctonos, l a n z a b a n sobre los cartagneses las losas de las t u m b a s . B a j o el peso de las plataform a s harto pesadas, a l g u n a s veces se r o m p a n los cables y
m a s a s de h o m b r e s d a n d o alaridos, c a a n desde lo alto.
H a s t a medio da los v e t e r a n o s de los hopltas atacaron
f u r i o s a m e n t e la t a e n i a p a r a p e n e t r a r en el p u e r t o y destruir la flota. H a m i l c a r hizo e n c e n d e r sobre el techo de
L-hamon u n a hoguera de p a j a h m e d a y c o m o el h u m o
les cegaba, f u e r o n h a c i a la izquierda y a u m e n t a r o n la horrible m u c h e d u m b r e q u e se e m p u j a b a h a c i a Malqua. Sint a g m a s c o m p u e s t a s de h o m b r e s r o b u s t o s h a b a n h u n d i d o
tres puertas. Altas b a r r e r a s f o r m a d a s de p l a n c h a s claveteadas les detuvieron. O t r a p u e r t a cedi f c m e n t e ; se
lanzaron pr e n c i m a d e ella corriendo y cayeron en u n
foso lleno de cepos. E n el n g u l o s u d e s t e A u t h a r i t o y sus
hombres, derribaron la m u r a l l a p o r u n a m p l i a grieta tap a d a con ladrillos. E l t e r r e n o se e l e v a b a detrs de la muralla; subieron aprisa pero se e n c o n t r a r o n a n t e u n a seg u n d a m u r a l l a c o m p u e s t a de p i e d r a s y largas vigas.
Atacaron y f u e r o n rechazados.
Desde la c a e de K h a m o n , h a s t a el M e r c a d o de hierbas
todo el trayecto de r o n d a e s t a b a e n p o d e r de los brbaros,
y los s a m n i t a s r e m a t a b a n los m o r i b u n d o s . Los honderos situados retaguardia, t i r a b a n sin descanso, pero
f u e r z a de h a b e r servido, el resorte d e las h o n d a s acamam a n a s se haba roto, y m u c h o s , c o m o los pastores, lanzab a n guijarros con la m a n o , otros, tiraban bolas de plomo
c o n el m a n g o de u n ltigo. Z a r z a s , con los h o m b r o s cubiertos por sus largos cabellos negros, a c u d a todas part e s y arrastraba los baleares. Dos cestas estaban suspen-

pendidas su cintura; de c o n t i n u o h u n d a la m a n o 2quierda en ellas y su brazo derecho volteaba como la rueda de u n carro.
Matho, al principio, se a b s t u v o d e pelear p a r a poder
m a n d a r m e j o r , se le vi lo largo del golfo con los mercenarios, orillas del lago con los negros, y desde el fondo de la l l a n u r a e m p u j a b a c o n t i n u a m e n t e masas de soldados que se estrellaban c o n t r a la linea de las fortificaciones.
Poco poco se f u acercando; el olor de la sangre, el espectculo de aquella carnicera y el estrpito de los clarines, acabaron por embriagarle en f u r o r blico. E n t o n c e s
entr en su t i e n d a y q u i t n d o s e la coraza se puso su piel
de len m s cmoda p a r a la batalla. Las fauces se adaptaban sobre su cabeza, r o d e a n d o el rostro de u n crculo de
dientes; las dos patas anteriores se cruzaban sobre el pecho, y las posteriores a d e l a n t a b a n s u s u a s m s a b a j o de
las rodillas. Llevaba su f u e r t e c i n t u r n del q u e penda u n
h a c h a reluciente de doble filo, y c o n su g r a n espada q u e
e m p u a b a con a m b a s m a n o s , se precipit por la brecha
impetuosamente. Como u n p o d a d o r q u e corta las r a m a s y
trata de derribar el m a y o r n m e r o posible p a r a ganar
ms, as adelantaba segando cartagineses su alrededor.
A los q u e t r a t a b a n de cogerle de lado, les derribaba con
el puo, c u a n d o le a t a c a b a n de f r e n t e les atravesaba; si
huan les henda. Dos h o m b r e s la vez saltaron sobre s u
espalda; retrocedi de u n salto contra u n a p u e r t a y les
aplast. S u espada centelleaba b a j n d o s e y levantndose.
Se rompi contra el ngulo d e u n a pared. E n t o n c e s tom
su pesada hacha, y por d e l a n t e y p o r detrs m a t a b a cartagineses como ovejas. Todos se a p a r t a b a n de a q u e l hombre que s e m b r a b a la m u e r t e , y as lleg slo h a s t a el segundo recinto, al pie de la Acrpolis. Los proyectiles lanzados desde la cima, o b s t r u a n las gradas. Matho, rodeado
de ruinas, se volvi para l l a m a r s u s compaeros.
^ i sus penachos d i s e m i n a d o s entre la m u l t i t u d , se

h u n d a n , iban perecer; se lanz hacia ellos; entonces, el


gran crculo de p l u m a s rojas se estrech y bien pronto le
alcanzaron y le rodearon.
Como atacasen d e nuevo los pnicos sus compaeros
retrocedieron rodendole, y as, casi en volandas, fu
arrastrado f u e r a de l a s murallas, hasta u n sitio donde la
terraza era alta.
Matho di u n a o r d e n i n s t a n t n e a m e n t e todos los escudos se colocaron sobre los cascos; salt encima para
agarrarse las asperezas del m u r o y volver entrar en
Cartago, y blandiendo s u h a c h a corra sobre los escudos,
semejantes olas de bronce como u n dios marino sobre
las olas sacudiendo su tridente.
Un h o m b r e con t n i c a blanca se paseaba j u n t o al borde
de la muralla, impasible ante la m u e r t e que le rodeaba.
A veces pona la m a n o derecha sobre los ojos para descubrir alguien, Matho pas por debajo d e l. De repente
sus pupilas llamearon, su rostro lvido se crisp, y levant a n d o sus brazos dbiles, le i n j u r i a b a gritando.
Matho no le oa; p e r o sinti penetrar en su corazn una
m i r a d a t a n cruel y t a n furiosa que lanz u n rugido. Despidi con fuerza hacia l su larga hacha. Algunos cartagineses se lanzaron sobre Schahabarim, y Matho, no vindole ya, cay rendido p o r los esfuerzos hechos.
_ t e r m i n a r la pelea, y consecuencia de haberse hundido en u n a m i n a abierta espresamente por orden de Hamilcar, la m q u i n a i d e a d a por Spendio, los cartagineses
bajaron de las murallas y atacaron los brbaros de los
q u e hicieron gran carnicera. Pero entonces acudieron los
carros galos de hoces, y galopando contra los cartagineses
les obligaron retirarse. Cerr la noche; y poco poco
los brbaros se retiraron.
No se vea en la llanura sino u n a especie de hormigueo
obscuro desde el golfo azulado hasta la laguna blanquecina; y el lago j u n t o al cual t a n t a sangre se haba derrama-

do, se extenda m s lejos como u n a gran charca de prpura.


L a terraza estaba t a n cargada de cadveres que se la
creyera construida con cuerpos h u m a n o s .
Sobre las murallas se vean anchos surcos abiertos por
el plomo derretido. U n a torre de madera arda; las casas
aparecan v a g a m e n t e como las gradas de u n anfiteatro
arruinado. Densas h u m a r e d a s suban arrastrando chispas
q u e se perdan en las negruras del cielo.

Los cartagineses quienes la sed devoraba se h a b a n


lanzado hacia las cisternas. Rompieron las puertas. Unicamente barro lquido haba en su fondo.
Qu hacer? Los brbaros eran innumerables, y u n a
vez descansados volveran al asalto.
Durante t o d a la noche el pueblo deliber en las encrucijadas. Unos decan que era preciso arrojar de la ciudad
las m u j e r e s , enfermos y viejos; otros, proponan abandonar Cartago y establecerse lejos en u n a colonia.
Pero no h a b a b u q u e s y sali el sol sin que se hubiese
acordado n a d a .
Durante aquel dia no se pele; todoB estaban rendidos;
los soldados q u e dorman parecan cadveres; entonces
los cartagineses reflexionando acerca de la causa de sus
desastres, se acordaron que no haban enviado Fenicia
la ofrenda a n u a l para Melkarth Tirio y u n inmenso terror
se apoder de e los; los dioses indignados con la repblica
persistiran sin d u d a en EU venganza.
Se les consideraba como amos crueles quienes se apaciguaba con splicas, y los que corrompa fuerza de
presentes. Todos eran dbiles comparados con Molochdevorador. L a existencia, la m i s m a carne de los hombres
le perteneca, as es que p a r a salvarla, los cartagineses tenan c o s t u m b r e de ofrecerle u n a porcin d e ella que calmaba su f u r o r .

mechae de l a n a y como aquel m e d i o d e satisfacer al Baal


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Crelan q u e u n a
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C o l a c i n por el fuego pur ficana C a r t a g o . La ferocidad del pueblo gozaba en
e t m l o t b ^ feCdn debk h a C 6 entre los hijos de las g r a n d e s familias.

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asisti T r i C 8 6 r e U n 6 r 0 Q - * 8 6 S n f u l a r ^ H a n n o n
Z
o t J ? m J a n P d a 8 e n t a r s e Permaneci tendido cerca de la puerta, m e d i o oculto entre las f r a n j a s de
la tapicera; y cuando el pontfice de Moloch les pregunt
SU8 hi 08
penTe^n " ^ ^
> 8 z r e s o l de
repente en la sombra c o m o el rugido de u n genio en el

dde eBU tpropia


\ r isangre;
r ~ y Sc eo nnt ea m
' p l1a0b qa U e H
* a*m l- c a rPoder
d
q u e estale t u T t " e l n t r e X t r 6 m de la sala. Al Sufeta
le turn tanto aquella m i r a d a q u e qued aterrado. To v e l t T ! 7 d 0 C O n l a C a b e z a Bucesivamen.
te y s e g n los ntos, tuvo q u e contestar el gran sacer1

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Ent0nces

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g s . decreta-

10 P r m e d
nes L T

d e U n a P e r i f r a 8 i s Profesional,
pues hay cosas que cuestan ms decir que ejecutar

^ Casi i n m e d i a t a m e n t e se s u p o e n todo Cartago la deciResonaron grandes lamentos. P o r todas partes se oa

s & s r

Tres horas despus circul u n a noticia extraordinaria.


E l Suffeta haba hallado m a n a n t i a l e s al pie del acantilado.
Fueron hacia all. Unos a g u j e r o s abiertos en la arena,
se llenaban de agua; algunos echados d e bruces beban ya
en ellos.
Hamlcar no saba si era d e b i d o aquel descubrimiento
u n consejo de los dioses al vago recuerdo de u n a revelacin hecha por su padre; pero a l salir del consejo de los
antiguos haba b a j a d o la plaza, y hcho quitar por los
esclavos los guijarros que c u b r a n la arena.
Di vestidos, calzado y vino. Reparti lo que quedaba
de trigo en su ca?a. Hizo e n t r a r la m u l t i t u d en su palacio y abri las cocinas como los almacenes, y todas las
habitaciones, exceptuando la d e S a l a m m b . Anunci que
seis mil Mercenarios galos i b a n llegar, y que el rey d e
Macedonia enviaba soldados.
Pero desde el segundo da d i s m i n u y e r o n los manantiales su caudal de agua, y al tercer da se haban agotado.
Entonces, el decreto de los A n t i g u o s circul de nuevo, y
los sacerdotes de Moloch empezaron su cometido.
H o m b r e s vestidos de negro, se presentaban en las casas.
Muchos las a b a n d o n a b a n b a j o pretexto de u n negocio
cualquiera; los servidores de Moloch, llegaban y se apoderaban de los nios. Otros los e n t r e g a b a n estpidamente.
Luego los llevaban al templo d e Tanit, donde las sacerdotizas estaban encargadas de distraerles y alimentarles hasta llegar el da solemne.
Llegaron casa de H a m i l c a r de repente y le hallaron
en el jardn:
Barca! Venimos por lo q u e sabes... Tu hijo!
Aadieron que varios ciudadanos le haban visto en los
Mappales acompaado por u n viejo.
De momento, qued como sofocado, pero comprendiendo que toda negativa sera en vano, H a m i l c a r se inclin;

les i n t r o d u j o en la casa de comercio. S u s esclavos vigilab a n los alrededores.


E n t r e n la h a b i t a c i n d e S a l a m m b trastornado. Cogi
p o r u n a m a n o H a n n i b a l , y con la otra, a r r a n c el cord n d e u n vestido; a t sus pies, sus m a c o s , pas el extrem o p o r la boca, p a r a hacerle u n a mordaza y le ocult bajo
l a c a m a de cuero, d e j a n d o caer h a s t a el suelo u n a gran
colcha.
D e s p u s se pase derecha izquierda; l e v a n t a b a los
brazos, d a b a vueltas sobre s m i s m o , se m o r d a los labios,
p e r m a n e c i algunos m i n u t o s con la m i r a d a fija, y el pec h o a n h e l a n t e como si f u e r a morir.
L l a m p o r tres veces con las manos. G i d d e n e m apareci:
E s c u c h a , l e dijo,buscas entre los esclavos u n nio
d e o c h o n u e v e aos con los cabellos [negros y rizados y
l a f r e n t e a b u l t a d a . Trelo! Aprisa!
G i d d e n e m volvi a l cabo de poco, t r a y e n d o al nio.
E r a u n p o b r e m u c h a c h o , la vez d e m a c r a d o hinchado; s u piel estaba a m a r i l l e n t a como el infecto h a r a p o que
l l e v a b a e n l a cintura. B a j a b a la cabeza y con el dorso de
la m a n o se frotaba los ojos, llenos de moscas.
H a b r a q u i n le c o n f u n d i e r a con H a n n i b a l ? Y n o hab a t i e m p o p a r a buscar otro! H a m i l c a r m i r a b a Gidden e m ; s e n t a ganas d e estrangularlo.
_ V e t e ! g r i t ; el gobernador de los esclavos h u y .
D e p r o n t o Abdalonim h a b l detrs d e la p u e r t a . Pedan
p o r el S u f f e t a . Los servidores d e Moloch gse impacientaban.
H a m i l c a r , contuvo u n grito c o m o si sintiera la morded u r a de u n hierro c a n d e n t e ; y de nuevo pase por la est a n c i a c o m o u n insensato.
L a g r a n taza de mrmol, contena a n u n poco de agua
clara p a r a las abluciones de S a l a m m b . A pesar de toda
s u r e p u g n a n c i a y de su orgullo el S u f f e t a b a al nio, y
c o m o u n m e r c a d e r de esclavos se p u s o lavarlo y froV

ti

tarlo con tierra r o j a . T o m despus dos trozos de p r p u r a ;


le puso u n o en el p e c h o y otro en la espalda, y los j u n t
con dos broches de d i a m a n t e s .
Verti p e r f u m e s sobre BU cabez; psole u n collar de
electro, y le calz sandalias con talones de perlas, las sandalias de s u hija! p e r o p a t e a b a de vergenza y de irritacin; S a l a m m b q u e le a y u d a b a estaba t a n plida como
l. El n i o sonrea, d e s l u m h r a d o por aquellos esplendores,
perda su timidez, y empezaba p u l m o t e a r c u a n d o Hamilcar le arrastr.
Le s u j e t a b a por el brazo con fuerza, como si tuviera
miedo de perderle, y el n i o lloriqueaba corriendo j u n t o
l.
Al llegar cerca del ergstulo, b a j o u n a palmera, reson
u n a voz suplicante y dolorida.
H a m i l c a r se volvi y vi su lado u n h o m b r e de alyecta aparencia, u n o de aquellos miserables q u e vivan
en la casa.
Qu quieres?le dijo el Suffeta.
E l esclavo q u e t e m b l a b a de u n m o d o horrible balbuce:
Soy s u padre!
H a m i l c a r , c o n t i n u a b a c a m i n a n d o ; el miserable le segua con las p i e r n a s dobladas y el cuello estirado. S u rostro estaba convulso por u n a angustia indecible y los sollo
zos que contena le a h o g a b a n .
Por fin se atrevi tocarle ligeramente con u n dedo, e n
el codo.
Acaso vas ?...
No t u v o f u e r z a p a r a acabar y H a m i l c a r se detuvo pasm a d o a n t e a q u e l dolor.
J a m s h a b a p e n s a d o q u e pudiera h a b e r entre ellos nad a c o m n . Aquello le paaeci u n a especie de u l t r a j e y
como u n a t a q u e sus privilegios. Contest con u n a mirad a m s fra y p e s a d a q u e el h a c h a de u n verdugo; el es-

X ^ r

y a d o e n

el polvo 8u8

L t r e S h m b r e S V e 8 t d 0 S d e n e S r o ' 1 6 esperaban en la
saia, de p i e , J u n t o al disco de piedra Desgarr sus vestidos, y se revolcaba sobre las losas gritandoH a
r M ^ d a M h l e QSU
? b a l ! 0 h ! h i m o 1 M i speranza!
Z ^ ' / 1
<*>' (Matadme m i tambin! 1Llevadme! Desdicha! desdicha!

alarido??nba ?

r0S

r'f

m e S a b a 108 C a b e l l o s

alaridos c o m o las plaideras de los funerales


moll!V08l0lPadeZ0dema8ado!

lId08!

' y lanzaba

I M a t a d ^ e co-

Los servidores de Moloch se a d m i r a b a n de q u e Hamilcar tuviera t a n poco corazn. E s t a b a n casi enternec.


Se oy u n r u i d o de pies desnudos y un estertor comprimido, s e m e j a n t e la respiracin d e u n a bestia feroz que
se acerca; y en el u m b r a l d e la tercera galera, entre los
T l o s t a
Tfi,:.rreci0
con ios brazos estendidos; grit:
Mi hijo!

h o m b r e lvido, terrible,

H a m i l c a r d e u n salto, se lanz sobre el esclavo. Cubrile ia boca con la m a n o y grit:


q u e ie h a educad

! Le

u a m a

su hijo!

be volver loco! Basta! basta!


Y e m p u j a n d o p o r los h o m b r o s los tres sacerdotes y

H f l S , C a S , V O l - e n d 0 ^ C U a r t 0 d e S a I a m ^ b desat
Hannibal. E l nino, exasperado, le mordi en la m a n o hal ^ J T ^ 1 " 6 - f a r a h a C e r l e e 8 t a r <J uiet > S a l a m m b quiso asustarie c o n Lamia, u n a hada" malfica de Cyrene.
Donde est? - p r e g u n t
band0leM

eiUa

Que v e n g a n , les matar!

Hamilcar le d i j o entonces la espantosa verdad, pero se


enfureci contra s u p a d r e diciendo que poda aplastar al
pueblo entero, ya q u e era el amo de Cartago.
Por fin, e x t e n u a d o por los esfuerzos de su clera se durmi con sueo i n t r a n q u i l o . H a b l a b a soando, tendido sobre un cojn de escarlata; su cabeza estaba echada hacia
atrs, y su brazito, a p a r t a d o del cuerpo, permaneca rgido
en u n a actitud i m p e r a t i v a .
Cuando hubo c e r r a d o la noche, Hamilcar lo cogi suavemente, y baj o b s c u r a s la escalinata de las galeras.
Pasando por la casa d e comercio tom u n a cajita de pasas
y u n a calabaza d e a g u a pura; el nio se despert ante la
esttua de Aletes, e n el subterrneo de las pedreras; y
sonrea en brazos d e s u padre la luz de las claridades
que le rodeaban.
Hamilcar estaba seguro que ya no podran quitarle su
hijo. Entonces c o m o n o tena que disimular, pues nadie le
vea, di rienda s u e l t a su cario. Como u n a madre que
encuentra su p r i m o g n i t o despues de perderle, se lanz
sobre su hijo; le e s t r e c h a b a contra su pecho, rea y lloraba
u n tiempo, le l l a m a b a con los nombres m s cariosos,
le cubra de besos; H a n n i b a l , asustado por aquella ternura, callaba.
Hamilcar volvi paso d e lobo, palpando las paredes;
lleg la gran sala d o n d e entraba la luz de la l u n a por
u n a de las aberturas de la cpula; en el centro, el esclavo
ahito, dorma t e n d i d o sobre el pavimento de mrmol. Le
mir y sinti piedad. Con la p u n t a de su coturno, le puso
una alfombra b a j o la cabeza. Luego levant los ojos y mir Tanit, cuyo c u a r t o creciente brillaba en el cielo, y se
sinti ms fuerte q u e los Baals, y lleno de desprecio por
ellos.
Los preparativos del sacrificio se estaban ultimando.
Scdamml

17

Se derrib u n g r a n trozo d e pared del templo de Moloch p a r a sacar al D i o s de cobre sin tocar las cenizas del
altar. Despus, a p e n a s a p u n t el sol, los hierdulos le emp u j a r o n hacia la p l a z a de K h a m o n .
I b a hacia atrs deslizndose sobre cilindros; sus hombros eran m s altos q u e las murallas; todos los cartagineses q u e le vean a u n q u e f u e r e de lejos, h u a n asustados
p o r q u e n o poda c o n t e m p l a r s e i m p u n e m e n t e a l Baal, sino
e n el ejercicio de su clera.
F u e r t e olor de a r o m a s se esparci por las calles. Todos
los t e m p l o s se a b r i e r o n la vez; salieron los tabernculos
sobre carromatos e n literas q u e los pontfices llevaban.
G r a n d e s p e n a c h o s d e p l u m a s o n d e a b a n en sus ngulos y
vivos rayos e s c a p b a n s e de sus agudos copetes, terminados en bolas de cristal, d e oro, de plata d e cobre.
E r a n los Baalim Cananeos, derivados del Baal supremo
q u e volvan hacia s u principio p a r a h u m i l l a r s e ante su
f u e r z a y anegarse en t u esplendor.
E l pabelln de M e l k h a r t de fina p r p u r a , protega una
l l a m a d e petrleo; en el de K h a m o n , de color de jacinto,
se l e v a n t a b a u n falo d e marfil rodeado d e u n crculo de
pedrera; entre las cortinas de E c h s m u n , azules como el
ter, u n p h y t o n d o r m i d o , f o r m a b a u n crculo con la cola;
y los dioses Pataicos, sostenidos p o r los sacerdotes, parecan n i o s grandes envueltos en p a a l e s cuyos talones rozaban el suelo.
Despus, venan t o d a s las f o r m a s inferiores de la divinidad. Baal S a m i n , dios de los espacios celestes; Baal Peor
dios de los m o n t e s sagrados; Baal Zebup, dios de la corrupcin, y los de los pases vecinos y los de las razas cananeas: el I T a r b a l de la Libia, el A d r a m m e l e e h de Caldea, el K i j u n de los sirios; Derceto, con cara de virgen, se
arrastraba sobre sus aletas y el cadver de T a m m u z iba

arrastrado en el c e n t r o d e u n catafalco, e n t r e antorchas y


cabelleras. P a r a s u p e d i t a r los reyes del firmamento a l Sol
impedir q u e su i n f l u e n c i a particulares contrarrestare la
suya se b anda al estremo de largas perchas estrellas de
metal multiculares. Los Abadirs, piedras cadas de la
l u n a giraban d e n t r o de h o n d a s de hilo de plata; panecillos q u e r e p r o d u c a n el sexo d e u n a m u j e r se amontonaban en las cestas q u e llevaban los sacerdotes de Ceresotros llevaban sus a m u l e t o s ; los dolos olvidados reaparecieron: hasta se t o m de los b u q u e s s u s smbolos msticos, como si Cartago h u b i e s e querido recogerse p o r entero
en u n p e n s a m i e n t o de m u e r t e y desolacin.
A n t e cada a n o d e los tabernculos, u n h o m b r e mantem a en equilibrio sobre su cabeza u n ancho pebetero donde h u m e a b a el incienso.
L a esttua d e cobre c o n t i n u a b a avanzando hacia la plaza de K h a m n . Los Ricos, llevando cetros con p u o de esmeralda acudieron d e s d e el f o n d o de Megara. Los Antiguos e m e n d o s u s d i a d e m a s se reunieron en K i n i s d o y los
gobernadores de provincia, los mercaderes, los soldado
los marineros y la h o r d a n u m e r o s a de empleados de los'
f u n e r a b s , todos, con las insignias de su magistratura,
los i n s t r u m e n t o s de s u oficio se dirigan hacia los tabernculos que b a j a b a n del Acrpolis, entre los colegios de
sacerdotes.
. p o r deferencia h a c i a Moloch, h a b a n revestido s u s trabes m s esplndidos y ostentaban s u s mejores joyas. Centelleaban los d i a m a n t e s sobre los m a n t o s y las tnicas
negras; pero los anillos d e m a s i a d o anchos, caan de los
dedos adelgazados y n a d a t a n lgubre como aquella multitud silenciosa, c u y o s aretes golpeaban contra rostros plidos y en que las u r e a s tiaras cean frentes crispadas
por u n a desesperacin atroz.
Por fin lleg el Baal al centro de la plaza. Sus pontfices
con verjas, dispusieron u n recinto p a r a a p a r t a r la multitud y p e r m a n e c i e r o n s u s pies alrededor de l.

Los sacerdotes de Khamn, con tnicas de lana obscura se alinearon bajo las columnas del prtico; los de
Schmun con mantos de lino y tiaras puntiagudas colocronse en las gradas del Acrpolis; los sacerdotes de Melkar, pusironse del lado de Occidente; los de los Abaddirs, apretados los cuerpos en anchas cintas de telas frigias, quedaron hacia Oriente; y en el Sur, con los magos
de la muerte, cubiertos de tatuajes quedaron los plaideros con sus mantos remendados, los servidores de los Batoeques y los sidonion que, para conocer el porvenir se
ponan en la boca un hueso de muerto.
De cuando en cuando llegaban filas de hombres desnudos por completo con los brazos tendidos hacia delante,
cogidos por los hombros unos otros. Arrancaban de las
profundidades de su pecho u n a voz cavernosa. Los ojos
que miraban al coloso, brillaban entre la polvareda, y
intervalos iguales, toaos una como sacudidos por un solo movimiento, balanceaban sus cuerpos. Estaban tan furiosos, que para restablecer el orden, los hierdulos palos, les hicieron echar de bruces, con el rostro tocando las
verjas de cobre.
Entonces fu, cuando del fondo de la plaza avanz un
hombre vestido de blanco. Atraves lentamente la multitud y se reconoci en l un sacerdote de Tanit, al gran
sacerdote Schahabarim. Una rechifla general le acogi,
pues la tirana del principio viril, prevaleca aquel da en
todas las conciencias, y la diosa estaba de tal modo olvidada, que no se haba notado siquiera la ausencia de sus
pontfices. El pasmo creci de punto, cuando se le vi que
abra una de las puertas destinadas los que haban de
entrar para ofrecer vctimas. Los sacerdotes de Moloch
creyeron que aquel era u n u l t r a j e para su dios; con violentos ademanes trataban de rechazarle. Alimentados con
las carnes de los holocaustos, vestidos de prpura como
reyes, y ciendo triples coronas, mofbanse de aquel plido eunuco extenuado por maceraciones, y carcajadas de

clera, sacudan sobre su pecho su barba negra en forma


de abanico.
Schahabarim sin contestar continuaba andando; y despus de atravesar todo el recinto, lleg entre las piernas
del coloso, y luego, le toc en ambos lados de ellas extendiendo los brazos, lo cual era una frmula solemne de
adoracin. Haca demasiado tiempo que la Rabbet le torturaba, y por desesperacin, quiz falta de un dios
que le satisfaciera por completo su pensamiento, se decida al cabo por aquel.
La multitud, asustada por aquella apostasa, lanz un
prolongado murmullo. Sentase que se rompa el ltimo
lazo que una las almas una divinidad clemente.
Pero Schahabarim, causa de su mutilacin no poda
participar del culto al Baal. Los sacerdotes de rojo manto
le excluyeron del recinto; luego, cuando estuvo fuera, di
la vuelta alrededor de todos los colegios y despu3, el sacerdote sin dios desapareci entre la multitud. Esta se
apartaba su paso.
Entretanto, una hoguera de loes, cedro y laurel, arda
entre las piernas del coloso. Sus largas alas hundan su3
p u n t o en la llama; I03 ungentos con que se le haba frotado, corran como sudor sobre sus miembros de cobre.
Alrededor de la piedra redonda en que apoyaba los pies,
los nios envueltos en velos negros formaban un- crculo
inmvil; y sus brazos desmesuradamente largos, bajbanse hasta ellos como para apoderarse de aquella corona y
llevarla al cielo.
Los Ricos, los Antiguos, las mujeres, toda la muchedumbre se apiaba detrs de los sacerdotes y en las terrazas de las casas. Las grandes estrellas pintadas no se movan ya, los tabernculos estaban en el suelo; y las humaredas de los incensarios suban perpendicularmente semejantes rboles gigantescos, desplegando en pleno azul
sus ramajes azulados.
Muchos se desmayaron, otros permanecan inertes y pe-

trificados e n x t a s i s . U n a a n g u s t i a infinita aplastaba IOB


pechos. L o s l t i m o s clamores se extinguieron uno uno
y el p u e b l o d e Cartago anhelaba, absorvido por el deseo
d e su terror.
Por fin, el g r a n sacerdote de Moloch pas la mano izq u i e r d a b a j o los velos de los nios, y les arranc de la
f r e n t e u n m e c h n de cabellos q u e arroj las llamas. Entonces, los h o m b r e s de rojos m a n t o s e n t o n a r o n el himno
sagrado:
Gloria t, Sol! Rey de las dos zonas, creador que
se engendr, P a d r e y Madre, P a d r e Hijo, Dios y Diosa
Diosa y Dios!
S u voz se p e r d i entre el estruendo de los instrumentos
q u e r e s o n a b a n la vez p a r a ahogar los gritos de las vctimas.
Los h i e r o d u l o s c o n u n largo gancho abrieron los siete
c o m p a r t i m e n t o s del cuerpo del Baal. E n el m s alto se int r o d u j o h a r i n a ; en el segundo, dos trtolas; e n el tercero,
u n m o n o ; en el cuarto, u n carnero; en el q u i n t o u n a oveja; y c o m o n o h a b a b u e y p a r a p o n e r en el sexto, se ech
u n a piel c u r t i d a q u e se tom del santuario. E l sptimo
a g u j e r o p e r m a n e c i vaco.
A n t e s del g r a n sacrificio era conveniente ensayar los
brazos del Dios. U n a s cadenitas q u e a r r a n c a b a n de sus
dedos, llegaban h a s t a las espaldas y volvan bajar por
detrs, d o n d e algunos h o m b r e s , t i r a n d o con fuerza, hacan s u b i r h a s t a la a l t u r a d e los codos las m a n o s abiertas,
las cuales, acercndose u n a otra llegaban h n s t a su vientre; movironse m u c h a s veces seguidas, y despus los inst r u m e n t o s callaron. Crepitaban las llamas.
Los pontfices de Moloch se p a s e a b a n p o r la gran losa,
e x a m i n a n d o lo m u c h e d u m b r e .
E r a preciso u n sacrificio individual, u n a oblacin vol u n t a r i a q u e se consideraba como la iniciadora de las
otras. Pero n a d i e se presentaba, y las siete avenidas que
c o n d u c a n desde las barreras al coloso, estaban vacas. En-

tonces, p a r a a n i m a r al p u e b l o , los sacerdotes sacaron de


su c i n t u r a u n o s p u n z o n e s con q u e se a r a a b a n el rostro.
Se hizo e n t r a r en el recinto los fieles, q u e estaban tendidos de bruces en el exterior. Se les ech u n p a q u e t e de
horribles i n s t r u m e n t o s y c a d a cual escogi su tortura. Se
traspasaban el pecho; se h e n d a n las mejillas; pusironse
coronas de espinas e n la cabeza; luego, enlazando sus brazos y r o d e a n d o los nios, f o r m a b a n otro gran crculo
q u e se contraa y se e n s a n c h a b a . Llegaban h a s t a la balaustrada, se retiraban y volvan empezar l l a m a n d o hacia
ellos la m u l t i t u d por el vrtigo d e a q u e l movimiento de
sangre y de gritos.
Poco poco, g r a n gento e n t r h a s t a el final de las avenidas; lanzaban al f u e g o perlas, d i a m a n t e s ricos, vasos de
oro y de plata. Copas, antorchas, t o d a s s u s riquezas; las
ofrendas se sucedan u n a s otras y e r a n cada vez m s esplndidas y mltiples. Por fin, u n h o m b r e q u e se t a m b a leaba e m p u j u n nio, despus se vi entre las m a n o s
del coloso u n a p e q u e a m a s a negra; se h u n d i en la abert u r a tenebrosa. Los sacerdotes se inclinaron e n la gran
losa y u n n u e v o canto estall, celebrando las alegras de
la m u e r t e y los r e n a c i m i e n t o s de la eternidad.
S u b a n l e n t a m e n t e las vctimas, y como la h u m a r e d a al
volar f o r m a b a altos torbellinos, parecan desaparecer tambin d e n t r o de u n a n u b e . N i n g u n o se mova, estaban atados por las m u e c a s y los jarretes, y los obscuros velos,
t u p i d o s y recios, les i m p e d a n ver y ser reconocidos.
H a m i l c a r , con u n m a n t o rojo como I03 sacerdotes de
Moloch, estaba cerca del Baal; erguido a n t e el dedo gordo
de su pie derecho.
C u a n d o subi el d c i m o c u a r t o nio, todos pudieron advertir q u e se extremeci hizo u n gesto de horror. Pero
bien p r o n t o recobr su actitud, cruzndose de brazos y
m i r a n d o al suelo. Al o t r o lado de la estatua, el gran pontfice permaneca i n m v i l c o m o l. I n c l i n a n d o su cabeza
q u e ostentaba u n a m i t r a asira, observaba sobre su pecho

la placa de oro cubierta de piedras fatdicas, en que las


llamas reflejndose, producan claridades irisadas. Palideca, desesperado. Hamcar inclinaba la frente; y estaban
ambos tan cerca de la pira que la orla de su manto levantndose, los rozaba.
Los brazos de cobre movanse con mayor velocidad. No
se detenan un instante. Cada vez que se pona entre
ellos un nio, los sacerdotes de Moloch extendan la
mano hacia l, para cargarle con todos los crimentes de
pueblo, vociferando:
son hombres, sino bueyes!
Y la multitud repeta:
Bueyes! bueyes!
Los devotos gritaban:
Seor! come!
Y los sacerdotes de Proserpina conformndose por el
terror; las necesidades de Carta go murmuraban la frmula elusiaca:
Vierte la lluvia! Engendra!
Las vctimas apenas llegaban al borde de la abertura,
desaparecan como una gota de agua sobre una placa enrojecida; y una humareda blanca ascenda entre los tonos
de escarlata de la estatua.
Sin embargo, el apetito del dios no se calmaba, quera
ms vctimas. Para darle ms se apil una porcin entre
sus manos con una gruesa cadena que las sostena. Loa
devotos al principio haban querido contarlas para saber
si su nmero corresponda al de los das del ao solar; pero como se echaban tantas, una tras otra, era imposible
contarlas entre aquel movimiento vertiginoso de los brazos. Aquello dur mucho rato, hasta la noche. Luego, las
planchas interiores adquirieron un brillo ms sombro.
Entonces se vieron carnes que ardan. Algunos creyeron
reconocer cabellos, miembros, cuerpos enteros.
Acab el da; gruesas nubes se amontonaron sobre el
Baal, la pira ya sin llamas, formaba una pirmide de car-

bones hasta sus rodillas; completamente rojo, como un gigante cubierto de sangre, pareca con su cabeza echada
hacia atrs vacilar bajo el peso de su embriaguez.
A medida que los sacerdotes se apresuraban, el frenes
del pueblo aumentaba. Disminua el nmero de las vctimas, y unos gritaban perdn y otros que se necesitaban
ms. Hubieran dicho que las terrazas llenas de gente se
hundan bajo los alaridos de espanto y de voluptuosidad
mstica. Luego los fieles llegaron arrastrando sus hijos
que se agarraban ellos; les pegaban para hacerse soltar
y les entregaban los hombres rojos. Los msicos se detenan cansados entonces, se oan los sollozos de las madres y el chirrido de la grasa que caa sobre los carbones
ardientes. Unos borrachos iban cuatro patas, daban vueltas alrededor del coloso y rugan como tigres; los Isidonim
auguraban, los fieles, cantaban con sus labios hendidos; se
haban derribado las verjas; todos queran su parte en el
sacrificio; y los padres, cuyos hijos murieron en otro tiempo, echaban al fuego sus efigies, sus juguetes, sus esqueletos. Algunos que llevaban cuchillos se arrojaron sobre los
otros. Estall una gran matanza. Los hierdulos cogieron
las cenizas de la gran losa y las lanzaron al aire, fin de
que el gran sacrificio se esparciera por la ciudad hasta la
regin de las estrellas.
Aquel ruido y aquella claridad deslumbrante, haba
atrado los brbaros al pie de las murallas, y mirando
desde lo alto de sus mquinas de guerra, contemplaban el
espectculo mudos de horror.

XIV

El desfiladero del Hacha

Sos cartagineses apenas haban vuelto sus


casas cuando las nubes se espesaron; los
que levantaban la cabeza hacia el coloso,
sintieron gruesas gotas; empezaba la lluvia.
Llovi toda noche torrentes; retumbaba el trueno; era la voz de Moloch; haba vencido Tanit y ahora, fecundada,
abra en lo alto del cielo su vasto seno. A
veces se la vea tendida sobre cogines de nubes, luego las
tinieblas la envolvan de nuevo, como si harto cansada
an, quisiera dormir de nuevo.
Los cartagineses, que creen que el agua es hija de la
luna, gritaban para facilitar su trabajo.

La lluvia azotaba las terrazas y formaba lagos en los patios, cascadas en la escalera, torbellinos en las encrucijadas; corra en pesadas masas tibias; de los ngulos de
todos los edificios, saltaban chorros espumosos, y los techos de los templos, lavados, brillaban la luz de los relmpagos. Por mil caminos distintos verdaderos torrentes
bajaban del Acrpolis; las casas se derrumbaban de improviso; y muebles, cascote y astillas pasaban arrastrados
por los arroyos que corran impetuosamente sobre las losas.
Se haban puesto al aire libre nforas, calabazas, telas,
pero las antorchas se apagaban; y los cartagineses, permanecan para beber con la cabeza echada hacia atrs y la
boca abierta. Otros junto las charcas fangosas se tendan
en el suelo, hundan en el agua los brazos y beban tanto
que arrojaban luego como los bfalos. La atmsfera refresc, y una esperanza inmensa llen todos los corazones. Olvidse lo jurado. La patria renaca una vez ms.
Los brbaros haban soportado la tempestad en sus
tiendas mal cerradas, y al da siguiente, transidos de fro,
chapuzaban entre el barro, buscando sus armas estropeadas perdidas.
Hamicar por su propia cuenta fu ver Hannon y
en virtud de los plenos poderes que tena le confi el
mando. El viejo suffeta, vac entre su rencor y su sed de
poder. Acept.
Sin perder momento, Hamilcar hizo salir una galera
con dos catapultas, una proa y otra popa. La puso en
el golfo delante de la barrera establecida por los brbaros,
despus, embarc en sus buques disponibles las tropas
mas robustas. Pareca huir; y poniendo proa al norte, desapareci entre la bruma.
Pero tres das despus (en el punto en que iba reanudarse el ataque) llegaron en tumulto gentes de la costa 11bica. Barca haba penetrado en el pas.

En todas partes se haba racionado y se extenda por la


comarca.
Entonces los brbaros se indignaron como si les hubiese traicionado. Los que ms aburridos estaban del sitio,
en especial los galos, no vacilaron en separarse de I03 menos para dirigirse su encuentro. Spendio quera reconstruir la helepolis; Matho se haba trazado u n a linea ideal
desde su tienda hasta Megara, se haba jurado seguirla, y
ninguno de sus hombres se movi. Los dems al mando
de Otharita, se marcharon, abandonando la parte occiden
tal de las fortificaciones. La incuria de los sitiadores era
tal, que no se pens en substituirle..
Narr'Havas les espiaba de lejos, desde las montaas.
Por la noche hizo avanzar los suyos por el lado exterior
de la Laguna, orillas del mar, y entr en Carta go.
Presentse como un libertador, con seis mil hombres
que llevaban harina bajo sus mantos, y con cuarenta elefantes cargados de forrages y de carne seca. Se les rode
solcitamente, y se les di nombres. La llegada de semejante refuerzo regocij los cartagineses meno3 que la
contemplacin de estos fuertes animales consagrados al
Baal; constituan una prenda de su ternura y probaban
que al fin haba resuelto para defenderles intervenir en la
guerra.
Narr'Havas recibi el homenaje de los Ancianos. En seguida dirigise al palacio de Salammb.
No la haba visto desde el da en que dentro de la tienda de Hamilcar entre los cinco ejrcitos, haba sentido su
manecita fra y suave posarse entre las suyas; despu3 de
los esponsales la joven haba regresado Cartago. Su amor
dominado por otras ambiciones apareca de nuevo, y ahora esperaba gozar de sus derechos, casarse, hacerla suya.
Salammb no comprenda de qu manera aquel joven poda convertirse en su dueo. Por ms que diariamente peda Tanit la muerte de Matho, su horror por el libio disminua. Senta confusamente que el odio con que l la

h a b a perseguido e r a casi r e l i g i o s o - y h a b r a querido ver


C

Z f Z l b l " "

refl6j0 d 6

a Jla

Deseaba conocerle m e j o r , y sin embargo su presencia


la h a b r a t u r b a d o . L e hizo saber q u e no deba r e c S e
Por otra parte, H a m i l c a r haba prohibido sus S e n tes que abrieran l a s p u e r t a s de su casa al rey de l o T n t
midas; difiriendo h a s t a el t r m i n o de la guera Z
Z Z
pensa; esperaba conservar su adhesin
E n c a m b i o se m o s t r altivo con los d e n t . Les hizo van a r eus disposiciones. E x i g i prerrogativas p a r a sus s i
d a d o s y les coloc e n puestos importantes; as l o s 7 J a
ros abrieron los ojos d e s m e s u r a d a m e n t e a ver T l o s n t
n u
m i d a s en las torres.
Mayor f u la sorpresa de los cartagineses al ver llegar
e n viejo t r i r r e m e p n i c o cuatrocientos de los suyos h *
chos prisioneros d u r a n t e la guerra de Sicilia. E n efecto
H a m i l c a r h a b a devuelto secretamente los Quiriles las
d e w T r / 6 l 0 8 , h f ] 6 8 l a t D 0 S c a P ^ a d o s antes de a
le e n l h de las ^ a d e s tirias, y R o m a , por deferencia,

z los galos y todos los b r b a r o s se hallaron sitiados


su vez.
E m p e z entonces hostigarles. Se acercaba ellos, h u a
y repitiendo c o n t i n u a m e n t e esta m a n i o b r a poco poco
les hizo salir de sus c a m p a m e n t o s .
Spendio se vi obligado seguirles, y por l t i m o M a t h o
cedi su vez.
No pas de Tnez. Se encerr en sus m u r o s . E s t a obstinacin revelaba g r a n p r u d e n c i a , porque luego se vi q u e
N a r r ' H a v a s sala por la p u e r t a de K h a m o n con sus elef a n t e s y s u s soldados; H a m i l c a r le h a b a llamado. Pero
los d e m s b r b a r o s v a g a b a n p o r las provincias persiguiendo al suffeta.
E s t e c o n t a b a con tres m i l galos procedentes de E l y p e a .
Recibi a d e m s caballos de la Cirenaica, a r m a d u r a s del
Brucio, y r e a n u d los c o m b a t e s .
J a m s se haba m o s t r a d o t a n impetuoso n i m s frtil
en recursos, d u r a n t e cinco l u n a s les arrastr en pos de s.
Tena su p l a n y quera conducirles u n sitio determinado.
t

SUS CaUtlV0S
b i i n l l
- T a m b i n 108 o s
ha
b i a n rechazado las proposiciones de los mercenarios en
Cerdena y n i a n h a b a n querido reconocer como sbditos los h a b i t a n t e s d e Utica.
Hieron, q u e g o b e r n a b a en Siracusa, imit el ejemplo.

Para conservar sns Estados necesitaba el equilibrio entre


los dos pueblos; interesbale p u e s la s u e r t e ' de los cana
neos y se declar su a m i g o envindoles m i l doscientos buques con c i n c u e n t a y tres mil rebel de trigo p u r o
U n a razn de m s peso les obligaba socorrer Cartago, conocan q u e en el caso de t r i u n f a r los mercenario
desde el soldado hasta el galopn de cocina! W o / s e su
sisrirl11

7 qUe m D g n g0ber0

'

DDgUna casa

P d r a re-

E n t r e tanto H a m i l c a r bata la c a m p i a oriental. Recha-

A n t e todo los b r b a r o s f o r m a n d o pequeos destacamentos h a b a n tratado de envolverle; siempre consegua escapar. S u ejrcito c o n s t a b a de u n o s c u a r e n t a m i l h o m b r e s y
m u c h a s veces se alegraron a l ver retirarse los cartagineses.
Les molestaban infinito los ginetes de N a r r ' H a v a s . A
m e n u d o en las h o r a s d e m a y o r fatiga c u a n d o avanzaban

por la planicie dormitando bajo el peso de sus armas, espesa nube de polvo elevbase en el horizonte; oase el galopar de los corceles y de semejante torbellino, y de
la luz de las pupilas encendidas brotaba una lluvia de
dardos. Los nmidas, cubiertos de blancos ropajes, lanzaban temerosos gritos, levantaban sus brazos apretando entre sus rodillas sus caballos encabritados, volvan bruscamente grupas y desaparecan con rapidez. Siempre teman corta distancia sobre sus dromedarios, acopio de
javalinas, y volvan ms enfurecidos, aullaban como lobos, huan como buitres. L03 brbaros colocados en las filas extremas caan uno uno, y as continuaba la escaramuza hasta la noche, en que trataba de ganar las montaas.
Por ms que estas ofrecan peligro para los elefantes,
Hamilcar sigui avanzando. Sigui la larga cordillera que
se extiende desde el promontorio Hermes hasta la cumbre de Zaguan. Los brbaros creyeron que por este medio
les ocultaba la insuficiencia de su hueste. Pero la incertidumbre continua en que les mantena les exasper ms
que una derrota. Sin descorazonarse marcharon tras l.
Por ltimo una tarde entre la montaa de Plata y la
montaa de Plomo en medio de enormes rocas la entrada de un desfiladero, sorprendieron u n cuerpo de velites; ciertamente el ejrcito entero estaba delante, porque
oyeron u n ruido de pasos y de clarines, al punto los cartagineses huyeron por la caada. Esta conduca una llanura que tena la forma del hierro de u n hacha y estaba
rodeada de altas rocas. Para dar alcance los velites, los
brbaros avanzaron all en el fondo, entre los bueyes que
galopaban; otros cartagineses corran en tumulto. Se vi
un hombre cubierto por rojo manto, era el suffeta; unos
otros se lo dijeron, y redobl su gozo y su furia. Muchos
por pereza prudencia, habanse quedado en la entrada
del desfiladero. Pero la caballera, que saliera de u n bosque, lanzadas y sablazos les empuj al sitio donde los

otros estaban y bien pronto los brbaros todos se hallaron


en las hondonadas, en llano.
Despus la enorme hueste que se haba agitado u n punto, detvose; no descubrieron salida alguna. Se llam
los de las vanguardias excitndoles que siguieran adelante; se estrujaban contra las montaas y de lejos apostrofaron sus compaeros que no saban dar con el camino.
Y apenas haban bajado los brbaros, sus adversarios
ocultos por las rocas, sirvindose de vigas las haban levantado, y como la pendiente era rpida, aquellos bloques
rodando confundidos haban cerrado por completo el estrecho orificio.
E n el otro extremo de la llanura apareca u n largo corredor, agrietado, y que conduca una quebrada por la que
se suba la meseta superior donde estaba el ejrcito pnico. En dicho paso se haban colocado de antemano escalas, y protegidos por las sinuosidades de las resquebrajaduras los velites antes de ser alcanzados pudieron cogerlas y volver subir. Muchos de ellos se hundieron en la
quebrada y fu necesario tenderles cables porque el terreno en tal sitio era de arena movediza y tan inclinado, que
ni an de rodillas era posible subir. En el mismo instante llegaron los brbaros. Pero u n rastrillo de cincuenta codos de alto y construido la exacta medida del intervalo
se hundi de sbito ante ellos, como un baluarte que hubiese caido del cielo.
Por consiguiente haban prosperado los planes del suffeta. Ninguno de los mercenarios conoca la montaa y
marchando la cabeza de las columnas los unos haban
arrastrado los otros. Las rucas, u n poco estrechas en su
base, se haban desmoronado fcilmente, y en tanto que
todos corran, su ejrcito corta distancia haba prorrumpido en gritos de desesperacin. Cierto que Hamilcar poSalammb

18

da perder sus velites, la mitad de ellos pereci tan slo.


El hubiera sacrificado un nmero veinte veces mayor para
el xito de tal empresa.
Hasta la maana siguiente I03 brbaros estrecharon sus
filas de un extremo otro del desfiladero. Tentaban con
sus manos la montaa tratando de descubrir una salida.
Al fin amaneci y por todas partes vieron su alrededor una altsima muralla blanca, cortada pico. Y ni un
Bolo medio de salvacin! Las dos salidas naturales de
aquel callejn cerrado estaban obstruidas, la una por el
rastrillo y la otra por el montn de rocas.
Entonces todos se miraron sin hablar. Y todos sintieron un fro glacial en los rones, y un grave peso en los
prpados.
Se dirigieron resueltamente contra las rocas. Pero las
mas bajas, oprimidas por el peso de las dems, permanecieron inmviles. Trataron de encaramarse para llegar
la cima; la forma redonda de los pesados cuerpos baca
imposible la empresa. Quisieron hender el terreno por los
dos extremos de la caada; sus instrumentos se rompieron. Con los mstiles de sus tiendas encendieron una hoguera; el fuego n o poda quemar la montaa.
Volvieron al rastrillo; estaba guarnecido de largos clavos, gruesos como estacas, agudos como las pas de un
puerco espin. Sin embargo, su furor era tal que se precipitaron contra el obstculo. Los primeros penetraron en
l hasta la cintura, los dems saltaron por cima de sus camaradas, y todos cayeron dejando en aquellas horribles
ramas girones humanos y cabelleras ensangrentadas.
Cuando se hubo disipado su abatimiento examinaron
los pocos vveres que les quedaban. Los mercenarios que
haban perdido sus bagajes, tenan raciones para dos das,
y los dems se encontraban apurados porque esperaban
un convoy prometido por los pueblos del sur.
No obstante, vagaban por alli toros, aquellos que los

cartagineses haban abandonado en el desfiladero fin de


atraer I03 brbaros. Los mataron lanzadas, los comieron, y as que los estmagos estuvieron repletos, los pensamientos fueron menos lgubres.
Al da siguiente degollaron todos sus mulos, prximamente unos cuarenta, y luego rayeron las pieles, cocieron
las entraas y no desesperaron todava, porque el ejrcito
de Tnez, avisado sin duda, iba llegar.
Pero la noche del quinto da, aument el hambre,
mascaron los tahales de sus espadas y las esponjillas
ocultas en el fondo de sus cascos.
Cuarenta mil hombres estaban amontonados en una especie de hipdromo que formaba alrededor de ellos la
montaa. Algunos permanecan ante el rastrillo al pie
de las rocas; los dems confusamente se agrupaban en la
llanura. Los ms fuertes evitaban hablarse y los tmidos
buscaban los valientes, que sin embargo no podan salvarles.
Por va de precaucin se haban enterrado precipitadamente los cadveres de los vlites; ya no se distingua el
sitio de las huesas.
Todos los brbaros languidecan postrados en tierra.
Entre sus filas pasaba un veterano, y ellos prorrumpan
en maldiciones contra los cartagineses, contra Hamilcar y
contra Matho, si bien resultaba inocente del desastre; pero
les pareca que sus dolores hubieran sido ms tolerables si
l los hubiese compartido. Y luego empezaban gemir;
algunos lloraban por lo bajo, como nios.
Se acercaban los capitanes y les pedan algo que mitigase sus padecimientos. Los interpelados no respondan,
bien, arrebatados de furor, cogan una piedra y se la
echaban al rostro.
Muchos guardaban cuidadosamente, en un agujero del
suelo, parte de su alimento, un puado de dtiles, un poco de harina; y lo coman durante la noche, ocultando la
cabeza bajo su manto. Los que tenan espadas las mostra-

ban desnudas en su mano, los ms desconfiados se mantenan en pie, apoyados en la montaa.


Acusaban sus jefes y les amenazaban. Anthasito mostraba miedo. Con esa obstinacin del brbaro al que nada
amedrenta., veinte veces al da avanzaba hasta el fondo,
hacia las rocas, esperando hallarlas separadas, y con sus
hombros formidables cubiertos de pieles recordaba sus
compaeros un oso que, la primavera sale de su caverna, para ver si se ha fundido la nieve.
Spendio, rodeado de griegos, se esconda en una de las
grietas; como senta terror, hizo circular el rumor de su
muerte.
Haban enflaquecido de un modo espantoso; su piel estaba jaspeada de azul. En la noche del noveno da tres
iberos murieron.
Asustados los dems, huyeron de aquel sitio. Se les desnud y sus blancos cuerpos permanecieron expuestos al
sol, en la arena.
Entonces, algunos garamantos empezaron rondar en
torno de los cadveres. Eran hombres acostumbrados la
soledad y que no respetaban > dios alguno. Al fin el ms
viejo hizo una sea incnndose sobre los cadveres cortaron trozos con sus cuchillos, y luego, puestos en cuclillas, comieron. Los dems les miraban de lejos; se oyeron
gritos de horror; con todo, muchos, en el fondo de su corazn, envidiaban aquel valor.
A media noche, algunos de los brbaros se acercaron al
grupo y disimulando su deseo, pedan un bocadito, para
probarlo nada ms. Otros ms atrevidos vinieron, su
nmero aument; pronto formaron enjambre. Pero casi
todos al sentir en sus labios el contacto de la carne fra
dejronla caer de su mano; otros, por el contrario, la devoraban con avidez.
Con objeto de cobrar nimo, se excitaban mutuamente.
Algunos que haban hecho ascos al banquete de los garamantos, no acertaban separarse de stos. Cocan los tro-

a de carne al fuego, nevndolos en la punta de sus espadas los salaban con polvo y se disputaban los mejores.
Cuando no qued nada de los tres cadveres, los ojos vagaron por la anura en busca de nuevo alimento.
Pero, no quedaban los cartagineses, veinte cautivos del
ultimo combate, y en los que nadie hasta entonces haba
pensado? Pronto desaparecieron, una venganza lgica, depues de todo. Y luego como era preciso vivir y como ya
se haba desarrollado el gusto de este alimento, como se
moran de hambre, se degoll todos los aguadores, los
palafreneros, los criados. Diariamente se mataba. Algunos
coman mucho, recobraban sus fuerzas y ya no aparecan
tristes.
A no tardar falt este recurso. Entonces el deseo les hizo fijarse en los Heridos y los enfermos. Ya que no podan
curarse, mas vala ahorrarles sufrimientos; y tan pronto
como un soldado vacilaba todos gritaban que estaba herido y que deba servir los dems de alimento. Para acelerar su muerte empleaban astucias, se les robaba el ltimo resto de su inmunda racin; con afectado descuido se
les pisoteaba; los moribundos para que se les creyera vigorosos, probaban levantar los brazos erguirse y reir.
Hombres desvanecidos se despertaban al contacto de una
hoja mellada que les aserraba un miembro; y mataban
tambin impelidos por el furor, sin necesidad, con el fin
de satisfacer sus instintos.
Una niebla densa y tibia, envolvi al ejrcito el dcimo
cuarto da. Este cambio de temperatura produjo numerosas muertes, y la corrupcin se desarrollaba sensiblemente. La escarcha que caa sobre los cadveres los abland y
pronto convirtise la llanura en vasto pudridero. Vapores
blanquecinos flotaban sobre ella; escocan en las naricespenetraban la piel, turbaban la vista y los brbaros crean
entrever en los hlitos exhalados, las almas de sus companeros. "Va no se resignaban con su suerte: preferan morir.
Dos das despus, el tiempo mejor y el hambre moles" '

t de nuevo. Les pareca veces q u e les a r r a n c a b a n el est m a g o con tenazas. E n t o n c e s se revolcaban acometidos
p o r convulsiones, coman tierra p u a d o s , se m o r d a n
los brazos y p r o r r u m p a n en risas frenticas.
L a sed les a t o r m e n t a b a a u n m s , porque no t e n a n n i
u n a gota d e a g u a en los odres, c o m p l e t a m e n t e agotados
desde el noveno da. Para engaarse, se aplicaban la
l e n g u a las escamas metlicas de los cinturones, los p o m o s
d e marfil, las h o j a s de las espadas. Otros c h u p a b a n u n
guijarro. B e b a n orines e n f r i a d o s e n los cascos de bronce.
jY todava a g u a r d a b a n el ejrcito de Tnezl Lo m u c h o
q u e t a r d a b a era indicio de su llegada p r x i m a . Por otra
parte, Matho, el valiente de los valientes, n o poda abandonarles. Ser maana! se decan, y ese m a a n a , n u n ca llegaba.

Al principio haban rezado, hicieron votos, practicaron


toda clase de encantos. Y ahora no sentan por sus deidades ms que odio, y deseando vengarse trataban de no
creer en ellas.
Los h o m b r e s de carcter violento perecieron los primeros; los africanos resistieron m e j o r q u e los galos. Zarxas,
e n m e d i o de los baleares, permaneca t e n d i d o en el suelo,
esparcidos los cabellos, por c i m a de los brazos inertes.
Spendio encontr u n a p l a n t a de anchas h o j a s llenas de
jugo, y h a b i n d o l a declarado venenosa fin de apartar
s u s camaradas, apagaba su sed con ella.
^ E s t a b a n demasiado dbiles p a r a derribar de u n a pedrad a los cuervos q u e p a s a b a n . A l g u n a vez, c u a n d o u n gipacto, posado en u n cadver, le s a j a b a d e s d e h a c a a l g n
tiempo, u n h o m b r e que traa e n t r e los dientes u n a javalin a se arrastraba hacia l a p o y n d o s e en u n a m a n o , y desp u s de a p u n t a r bien lanzaba s u a r m a . L a bestia d e blanco p l u m a j e , t u r b a d a p o r el ruido, se i n t e r r u m p a , m i r a n d o su alrededor t r a n q u i l a m e n t e , c o m o u n cuervo marin o e n u n escollo, y luego volva h u n d i r e n la carne s u

feo pico amarillo; y el h o m b r e desesperado caa de bruces


en el polvo.
Algunos alcanzaban descubrir camaleones, serpientes.
Pero lo q u e les haca vivir era su a m o r la vida. Se fijab a n en esta idea exclusivamente, y se a f e r r a b a n la existencia con u n esfuerzo q u e la prolongaba.
Los m s estoicos y fros p e r m a n e c a n juntos, sentados
en corro, en m e d i o de la llanura, a q u y all, entre los
muertos; y envueltos en sus mantos, se a b a n d o n a b a n silenciosamente su tristeza.
Aquellos q u e h a b a n nacido en las ciudades se acordab a n de las calles resonantes, d l a s tabernas, de los teatros, de los baos, y las barberas donde se c u e n t a n historias. Otros volvan ver c a m p i a s al declinar la tarde,
c u a n d o los trigos amarillos o n d u l a n y los grandes bueyes
suben las colinas con la r e j a del arado al cuello. Los viajeros s o a b a n con cisternas, los cazadores con sus bosques,
los veteranos con batallas, y en la m o d o r r a q u e les domin a b a , sus p e n s a m i e n t o s f u l g u r a b a n con la viveza y la claridad de u n ensueo. Se a l u c i n a b a n s b i t a m e n t e ; buscab a n en la m o n t a a u n a p u e r t a p a r a h u i r . Otros creyendo
navegar con u n a t e m p e s t a d , m a n d a b a n la m a n i o b r a de
u n navio, bien retrocedan asustados, al percibir batallones pnicos. Los h a b a q u e se figuraban asistir u n festn, y c a n t a b a n .
Muchos de ellos, p o r u n a e x t r a a mana, repetan la
m i s m a p a l a b r a hacan c o n t i n u a m e n t e el m i s m o adem n . Y luego c u a n d o levantaban la cabeza y se m i r a b a n
u n o s otros ahogbanles s u s sollozos al ver los horribles
s e m b l a n t e s marchitos. Algunos y a no padecan y p a r a
m a t a r el t i e m p o c o n t a b a n los peligros q u e h a b a n escapado.
S u m u e r t e era ciertsima, i n m i n e n t e . E n c u a n t o pedir
misericordia al vencedor, cmo hacerlo? Ni a u n s a b a n
d o n d e estaba H a m i l c a r .
E l viento soplaba del lado de la quebrada. H a c a volar

la arena por cima del rastrillo en cascadas, perpetuamente; y los mantos y las cabelleras de los brbaros se cubran
de polvo como si la tierra alzndose hasta ellos quisiera
sepultarles.
Nada se mova; la eterna montaa cada instante les
pareca ms inaccesible.
Algunas veces bandadas de aves cruzaban con las alas
tendidas el espacio azul, en la libertad del aire. Los brbaros cerraban los ojos para no verlas.
Se notaba de pronto como un zumbido en las orejas, se
ennegrecan las uas, enfribase el pecho; s tendan de
lado y se extinguan sin un suspiro.
El da dcimonono haban perecido dos mil asiticos,
quinientos del archipilago, ocho mil libios, los mercenarios ms jvenes y tribus completas, en junto veinte mil
soldados, la mitad del ejrcito.
Antharito, quien no quedaban ms que cincuenta galo?, iba matarse para acabar de una vez, cuando crey
ver frente l en la cumbre de la montaa, una forma
humana.
Esta pareca, causa de la elevacin, un enano. No obstante, Antharito reconoci en su brazo izquierdo un escudo
en figura de trbol. Grit: Un cartagins! Y en la llanura, ante el rastrillo y bajo las rocas, inmediatamente se
levantaron todos. El soldado se hallaba al borde del precipicio; desde abajo mirbanle Jos brbaros.
Spendio recogi una cabeza de buey; luego con dos cinturones form una diadema, y la puso en los cuernos al
extremo de una vara, en demostracin de sus intenciones
pacficas. El cartagins desapareci. Ellos esperaron.
En fin, por la tarde, como una piedra que se desprende
de la montaa, cay de lo alto un tahal. Era de cuero
rojo y estaba cubierto de bordados con tres estrellas de
diamantes, llevaba impreso en el centro el sello del Gran
Consejo: un caballo, bajo una palmera. Era la contestacin de Hamilcar, el salvoconducto enviado por el suffeta.

'

T^

No tenan nada que temer; cualquier cambio de fortuna les permitira ver el trmino de sus male3. Un gozo
desmedido les agit, abrazbanse, lloraban. Spendio, Antharito y Zarxas, cuatro italvitas, un negro y dos espartanos
se ofrecieron como parlamentarios. Se les admiti su ofrecimiento. Sin embargo, no saban como partir.
Pero reson un crujido en direccin de las rocas, y la
ms alta oscilando sobre su base, salt hasta la llanura.
Si por el lado de los brbaros las rocas no podan moverse, porque era preciso subir un plano oblicuo, y, adems
estaban amontonadas en el paso ms estrecho, bastaba en
cambio empujarlas por el otro lado para hacer que se desplomasen. Los cartagineses las movieron y la alborada
avanzaban por la llanura como por las gradas de una inmensa escalera derruida.
Los brbaros no podan an trepar por ellas. Se les tendi escalas; todos se lanzaron al asalto. La escala de una
catapulta les rechaz; slo los Diez subieron.
Andaban entre los clinabares, y para sostenerse apoyaban su mano en la grupa de los caballos.
Ahora que su primera alegra se haba disipado, empezaban mostrarse inquietos. Las exigencias de Hamilcar
resultaran crueles. Pero Spendio les tranquilizaba.
Yo hablar'Y se jactaba de conocer las cosas
buenas para la salvacin del ejrcito.
Detrs de todos los matorrales hallaban centinelas que
se prosternaren ante el tahal que Spendio se haba ceido.
Al Jlegar al campamento pnico, la multitud se agrup
su alrededor y oyeron como un murmullo y risas. Abrise la puerta de una tienda.
Hamilcar estaba dentro, sentado en un escabel, junto
una mesa baja, en la que brillaba una espada desnuda.
Los capitanes de pie, le rodeaban.
Al distinguir los enviados levant la cabeza y luego la
adelant para examinarles bien.
Mostraban las pupilas extraordinarias dilatadas y oje-

ras n e g r a s q u e se prolongaban h a s t a las orejas, s u s narices


azuladas se d e s t a c a b a n sobre las h u n d i d a s mejillas, surcadas por arrugas p r o f u n d a s ; la piel de su cuerpo, demasiado a n c h a p a r a s u s msculos, desapareca b a j o u n polvo
de color plomizo; sus labios se pegaban sus dientes amarillos; e x h a l a b a n u n olor nauseabundo; se les poda t o m a r
por t u m b a s entreabiertas, por sepulcros vivientes.
E n m e d i o de la t i e n d a y en la estera d o n d e los capitanes i b a n sentarse vease u n plato de calabazas h u m e a n tes. Los b r b a r o s clavaban en l sus ojos y t e m b l a b a n de
pies cabeza, la vez q u e vertan lgrimas. No obstante
se contuvieron.
H a m i l c a r se volvi p a r a comunicar u n a orden. E n t o n ces se echaron sobre el plato, de bruces. Sus rostros se emp a p a b a n en la grasa y el ruido de su deglucin se mezclab a con los sollozos de alegra m a l contenidos. Mas p o r sorpresa q u e por l s t i m a se les dej limpiar la gamella. Y
luego, c u a n d o todos se h u b i e r o n levantado, H a m i l c a r con
u n a sea orden al q u e llevaba el tahal q u e hablase.
Spendio tena miedo; balbuceaba.

H a m i l c a r h a c a girar en su dedo u n grueso anillo de


oro m i e n t r a s escuchaba al griego. Lo dej caer al suelo;
fependio lo recogi en seguida; ante su a m o volva ser
u n esclavo h u m i l d e . Los d e m s se estremecieron, indign a d o s de s e m e j a n t e bajeza.

No! m e b a s t a con diez,respondi H a m i l c a r .


Se les dej salir de la t i e n d a fin de q u e deliberasen.
C u a n d o estuvieron solos, el galo protest en n o m b r e d e
los compaeros sacrificados, y Zarxas d i j o Spendio:
Por q u no le has m a t a d o ? su e s p a d a estaba all,
su lado!
A l?prorrumpi Spendio, como a s o m b r a d o de
que creyeran sus compaeros q u e H a m i l c a r no era inmortal.
E s t a b a n t a n abatidos q u e d u r a n t e largo rato t e n d i d o s
de espaldas e n el suelo, permanecieron inmviles sin saber q u partido t o m a r .
E l griego les i n d u c a q u e cedieran; despus de larga
deliberacin, consintieron y entraron de nuevo en la
tienda.
H a m i l c a r puso su m a n o en la de los diez brbaros sucesivamente, apretndoles el pulgar; y luegro, la f r o t e n
su vestido p o r q u e aquella piel viscosa p r o d u c a al tacto
u n a impresin r u d a y blanda, u n hormigueo grasiento
q u e horripilaba. Luego les dijo:
Sois jefes de los brbaros y habis j u r a d o p o r ellos?
-S!
Sin doblez, y con el propsito de cumplir vuestra
promesa?

Pero el griego levant la voz, y relatando los crmenes


de H a n n o n , enemigo de Barca, t r a t a n d o de conmover
ste con la n a r r a c i n de su infortunio, habl largo rato de
u n m o d o rpido, insidioso y a n violento.

Se a f i r m a r o n q u e volvan su c a m p o p a r a ejecutarlo:
P u e s bien,repuso el sufeta:con arreglo al pacto
establecido entre yo, Barca, y los e m b a j a d o r e s de los mercenarios, os elijo vosotros y os quedaris aqui.

E l s u f e t a r e p c q u e aceptaba sus razones. Por lo mism o llegaran la paz, y ahora sta sera d e f i n i t i v a . . pero

Spendio cay d e s m a y a d o . Los brbaros, como si le


a b a n d o n a r a n , se estrecharon u n o s contra otros y n o pron u n c i a r o n u n a sola p a l a b r a n i exhalaron u n a sola q u e j a .

exigi q u e le entregase diez mercenarios p o r l escogidos


sin a r m a s y sin ropajes.
N o esperaban t a l m u e s t r a d e clemencia; Spendio contest:
Oh! Diez, veinte, si los quieres, seor!

Los q u e les a g u a r d a b a n , a l ver q u e n o volvan, se juzgaron vendidos. I n m a g i n a r o n q u e los p a r l a m e n t a r i o s se


n a oan e n t r e g a d o al sueta.
Esperaron dos d a s ms, y en la m a a n a del tercero resolvieron m a r c h a r s e .
Con auxilio d e cuerdas, picas y flechas lograron escalar
las rocas y d e j a n d o tras s los m s dbiles, emprendieron el c a m i n o de T n e z p a r a reunirse con el ejrcito.
L n lo alto del desfiladero, se extenda u n p r a d o con algunos arbustos; los brbaros devoraron las yemas. I n m e d i a t a m e n t e e n c o n t r a r o n u n h a b a r y todo desapareci com o si u n a n u b e d e langosta hubiese pasado p o r all.
E n t r e las o n d u l a c i o n e s d e aquellos montculos brillab a n haces de color de plata; los brbaros, d e s l u m h r a d o s
p o r ei sol, p e r c i b a n m s a b a j o grandes moles negros q u e
los soportaban. S e levantaron como si de p r o n t o se animasen. E r a n l a n z a s q u e brillaban sobre las torres q u e sust e n t a b a n en sus l o m o s u n o s elefantes t e r r i b l e m e n t e armados.
A d e m s del v e n a b l o de su pretal, las p u n t a s de sus colmillos, las l m i n a s de bronce q u e cubran sus costados y
ios p u a l e s de s u s rodilleras, t e n a n en el e x t r e m o de sus
t r o m p a s u n brazalete de cuero por el q u e p a s a b a el m a n go de u n largo cuchillo. H a b a n salido u n a vez todos de
los e x t r e m o s de l a planicie y avanzaban p o r todos lados.
Indecible terror oprimi los brbaros, q u e n i siquiera
trataron de salvarse por la f u g a .
Los elefantes atravesaron aquella m a s a de h o m b r e s y
los espolones de s u pretal la dividan, los p u a l e s de sus
colmillos la r e m o v a n como rejas de arado; cortaban, ra.
jaban, p a r t a n con las hoces de sus trompas; las torres, lieas de f a l a n c a s , s e m e j a b a n volcanes mviles. Los terribles animales al cruzar el llano, trazaban n u e v o s surcos.

E l m s furioso lo conduca u n n u m i d o coronado por u n a


d i a d e m a de p l u m a s . L a n z a b a jabalinas con asombrosa rapidez, lanzando intervalos u n largo silbido agudo; las
enormes bestias dciles c o m o perros, persistiendo e n la
matanza, volvan sus ojos hacia l.
Despus de c u m p l i r la m a t a n z a de u n m o d o metdico
y t r e m e n d o N a r r ' H a v a s calm los elefantes y les hizo
retroceder.
L a l l a n u r a recobr su inmovilidad. Anocheca. H a m i l car se deleit a n t e el espectculo de s u venganza; pero de
pronto se estremeci.
Vea, y todos vieron, seiscientos pasos de all la izquierda, en la c i m a de u n otero, m s brbaros... E n efecto, cuatrocientos de los m s vigorosos, mercenarios etrnseos, libios y espartanos, desde el principio, h a b a n s u b i d o
u n montculo y e n a q u e l lugar se h a b a n m a n t e n i d o indecisos. Despus de la m a t a n z a de sus compaeros, resolvieron atravesar el c a m p a m e n t o cartagins, y b a j a b a n y a
en destacamentos apretados, de u n m o d o maravilloso y
formidable.
I n m e d i a t a m e n t e se les envi u n heraldo. E l sufeta necesitaba soldados, y a d m i r a d o de su bravura, les reciba
sin condiciones. Y' el emisario de Cartago aadi q u e pod a n acercarse u n sitio d o n d e encontraran vveres.
Los b r b a r o s acudieron all y p a s a r o n la noche comiendo. E n t o n c e s los cartagineses empezaron m u r m u r a r de
la parcialidad del sofeta p a r a los mercenarios.
Ceda los i m p u l s o s de u n odio insaciable, b i e n era
aquel u n r e f i n a m i e n t o de perfidia? Al d a siguiente vino
l m i s m o sin espada y con la cabeza descubierta, acompa a d o de algunos clinabaros y les declar que, como tena
q u e a l i m e n t a r m u c h a gente, no poda tomarles su servicio. No obstante faltbanle h o m b r e s , y no saba por q u
m e d i o escojer los buenos, y a3l dispona q u e c o m b a t s
sen entre s, q u e d a n d o admitidos los vencedores e n s u
guardia particular. E r a u n gnero de m u e r t e como cual-

Z e Z V n Z

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maneja-

Colocronse en cuatro filas iguales, al m o d o de los gladiadores, y empezaron por t m i d o s encuentros. Algunos
se h a b a n v e n d a d o los ojos y sus espadas oscilaban en el
aire suavemente, como bculos d e ciego. Los cartagineses
p r o r r u m p i e r o n en injurias, calificndoles de cobardes. Los
brbaros cobraron nimo, y p r o n t o el combate f u general, violento, terrible.
A veces dos h o m b r e s se d e t e n a n ensangrentados y
caan u n o en brazos de otro y espiraban dndose el ltim o beso. N i n g u n o retroceda. Se a r r o j a b a n sobre las h o j a s
tendidas. S u delirio era t a n furioso, q u e lo lejos los cartagineses t e m b l a b a n d e miedo.

de esposa.

con

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ternezas y con

complacencias

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Cartago: h u b i X c r ^ d n ^ h M a i l i b i d o p o r
qUe eran
lumnas.
inscripciones e n co-

Por l t i m o se detuvieron. S u s pechos p r o d u c a n u n


gran ruido sordo, y se perciban sus p u p i l a s entre su larga
cabellera q u e p e n d a como si saliesen de u n p a o de prp u r a . Muchos giraban sobre sus talones r p i d a m e n t e , al
igual q u e p a n t e r a s h e r i d a s en la cabeza. Otros p e r m a n e can inmviles m i r a n d o u n cadver t e n d i d o sus pies; y
de pronto se a r a a b a n el rostro y t o m a n d o con a m b a s m a nos la e s p a d a la h u n d a n en su vientre.
Q u e d a b a n todava sesenta. Pidieron de beber. Se les ord e n que arrojasen sus espadas, y c u a n d o lo h u b i e r o n realizado se les llev agua.
E n tanto q u e beban con la cara h u n d i d a en los vasos,
sesenta cartagineses lanzndose contra ellos, les m a t a r o n
p u a l a d a s p o r la espalda.
H a m i l c a r lo h a b a dispuesto as p a r a satisfacer los instintos de su ejrcito y atrarselo por estos medios.
L a guerra haba t e r m i n a d o ; al m e n o s todos se lo crean;
M a t h o n o deba resistirse; en su impaciencia, el S u f f e t a
di i n m e d i a t a m e n t e la orden de partida.
Los batidores le d i j e r o n q u e h a b a n visto u n convoy
q u e se diriga la M o n t a a de Plomo. H a m i l c a r n o les
hizo caso. U n a vez destruidos los mercenarios, no le molestaran los n m a d a s . Lo m s i m p o r t a n t e era apoderarse
de Tnez. Se e n c a m i n hacia ella m a r c h a s forzadas.

^ 3 6 1 e n c a r g 0 d e l l e Cartago la
o n a ; y e i r e y d 8 i s nmida?
a e sust triunfos, se present Salammb.
n o S k i ^ ^ '

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Narr' H a v a s respondi que los cartagineses se dirigan


hacia Tnez fin de tomarla. A la vez que le expona sus
probabilidades de xito y la debilidad de Matho, la joven
pareca deleitarse en u n a prodigiosa esperanza. Temblaban sus labios, palpitaba su pecho. Cuando l prometi
matarle con sus propias manos, la hija de Hamlcar exclam:
S, mtale; es preciso.
E l n m i d a replic que deseaba ardientemente aquella
muerte, porque u n a vez t e r m i n a d a la guerra sera su esposo.

Esta le recibi en los jardines bajo u n gran sicomoro


entre almohadas de cuero a m a r i l l o ' al lado de Taanach
Su semblante estaba cubierto por f a j a blanca que pa=n

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Estremecise S a l a m m b y b a j la cabeza.
Continuando su discurso Narr' Havas compar sus deseos con flores que languidecen tras la lluvia, con viajeros extraviados que esperan el nuevo da. Tambin le declar que era m s bella que la luna, ms grata que el viento de la m a a n a y el rostro del husped. H a r a que trajesen para ella del pas de los negros cosas n u n c a vistas en
Cartago y esparcilla polvo de oro en los aposentos de su
casa. Declinaba la tarde y llenaban el aire balsmicos olores. Durante largo tiempo se contemplaron en silencio y
los ojos de S a l a m m b semejaban dos estrellas rodeadas
por los celajes de u n a nube. Antes de ponerse el sol, el
n m i d a se retir.
Los Antiguos se sintieron aliviados de u n a gran inquiet u d tan pronto como l sali de Cartago. E l pueblo le haba aclamado con entusiasmo. Si Hamlcar y el rey de los
n m i d a s t r i u n f a b a n por s solos de los mercenarios, sera
imposible resistirles. Por lo tanto se decidi, fin de debilitar Barca, hacer que participase en la liberacin de la
Repblica aquel quien a m a b a n , el viejo H a n n o n .
Este parti sin dilacin p a r a las provincias occidentales
para vengar en el teatro m i s m o de su oprobio. Pero los
habitantes y los brbaros haban muerto a n d a b a n ccul-

de

Salamml

19

tos fugitivos. Entonces descarg su clera en la campi


a. Quem las ruinas de las ruinas y no dej un slo rbol en pie ni perdon una sola hierba; los nios y enfermos mand matarles; por su orden los soldados viola
ban a las mujeres antes de acuchillarlas; las ms bellas le
visitaban en su litera, porque su horrible dolencia le abrasaba en deseos impetuosos y los satisfaca con todo el furor de un hombre desesperado y loco.
A menudo de las cumbres de las colinas negras tiendas
se desprendan como derribadas por el viento y anchos
discos de brillante borde que formaban las ruedas de un
carro giraban con ruido quejumbroso y lentamente se
hundan en los valles. Las tribus que haban abandonado
el sitio de Cartago erraban de este modo por las provin
cas en espera de una ocasin, de una victoria de los mer
cnanos que les permitiese volver las andadas. Mas, impendas por el terror el hambre, todas emprendan el camino de sus comarcas y desaparecieron.
Hamlcar no se mostr celoso de los xitos de Hannon
Deseoso de acabar cuanto antes, le orden cayese sobre
1 nez, y Hannon que amaba su patria, el da sealado
Hallse al pie de los muros de la ciudad.
Esta, para defenderse, contaba con su poblacin autctona con doce m mercenarios y luego con los comedores de cosas inmundas que, al igual que Matho, teman y
deseaban Cartago. Y la plebe y el Schalischim contenpiaban de lejos sus altas muraas tras las que se escondan placeres inefables. En este concierto de odios, la resistencia se organiz rpidamente. Se buscaron odres para
hacer cascos, se cortaron todas las palmeras de los iardines para fabricar lanzas, se construyeron cisternas y en
cuanto los vveres, se pescaron desde las mrgenes del
. 0 g r " e s o s P f 3 8 blancos, alimentados con cadveres
inmundicias Sus muros, que la envidia de Cartago haba
reducido ruinas, eran tan dbiles, que se poda derribarios de una manotada. Matho tap los agujeros con pie-

dras de las casas. Se acercaba el ltimo combate; l nada


esperaba y, sin embargo, no dej de considerar cun mudable es la fortuna.
Al cercarse la muralla, vieron lo3 cartagineses en el
adarve un hombre que sobresala de cintura arriba de
las almenas, las flechas que entorno suyo volaban parecan
inquietarle menos que si fueran un vuelo de golondrinas.
Por caso extraordinario ninguna le alcanz.
Hamlcar estableci su campamento en el lado meridional; su derecha Narr' Havas ocupaba el llano de Rhads y Hannon la margen del lago; los tres [generales deban conservar su respectiva posicin para lanzarse juntos
al ataque.
Sin perder un momento Hamlcar quiso mostrar los
mercenarios que les castigara como esclavos. Mand
crucificar los diez embajadores, unos al lado de otros en
un cerro fronterizo la ciudad.
A este espectculo los sitiados abandonaron el muro.
Matho se haba dicho que poder pasar entre las murallas y las tiendas de Narr* Havas con bastante rapidez
para que lo3 nmidas no tuviesen tiempo de salir, caera
sobre la retaguardia de la infantera cartaginesa, que de
este modo quedara cogida entre su divisin y los del interior. Se lanz fuera de la plaza con sus veteranos.
Vile Narr' Havas y franqueando la playa del Lago,
vol al encuentro de Hannon para decirle que enviase soldados en auxilio de Hamlcar. Crea Barca demasiado
dbil para oponerse los Mercenarios? Era traicin ne
cedad? Nadie pudo averiguarlo.
Deseoso Hannon de humillar su mulo no dud un
solo instante. Mand tocar sus trompetas y su ejrcito en
tero se precipit contra los brbaros. Estos se volvieron y
corrieron en derechura al campamento enemigo; derribaban los soldados, les aplastaban bajo sus pies, y rechazndoles impetuosamente, llegaron hasta la tienda de

H a n n o n que se hallaba rodeada de treinta cartagineses,


los m s ilustres de los Antiguos.
Pareci asombrado de tal audacia; llam s u s capital e s r o d o s se dirigieron airados contra l, v o m i t a n d o i m
precaciones Se e s t r u j a b a n u n a s contra otros, y los que le
r l T n ^

mpedaD

vame!

fga

"

E o t r e

10 q U 6 q u i e r a s l

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! jSl-

Le arrastraban, y si bien pesaba m u c h o , sus pies no to 8U t 6 r r 0 r :


abis
c i d
sov vvuestro
u t ? o cautivo!
! e d ? Wpagar
> M e hOidme,
amigos
!
m
m i rescate!
mos! qu queris? Siempre he sido bueno! Ya veis que
no m e resisto!

Una cruz gigantesca se l e v a n t a b a ante la tienda. Los


brbaros aullaron: Aqu! aquN P e r o l grit m s fuerf n ? m b r e , d e s u s d i o s e s les conjur q u e le llevasen d o n d e estaba el Schalischim, quien tena q u e cond

qUe

dep6nda la saIvaci

todos. Detuvironse al or aquello, y algunos creyeron q u e deba


consultarse Matho. Se f u buscarle.
H a n n o n se desplom en la hierba; y en torno suyo vea
nado
1 Gl S U P 1 C q u e s e l e b a b a ' c o n d e
n a d s e hubiese m u l t i p l i c a d o de a n t e m a n o ; haca esfuer-

le le vantarom ^

"

- H a b l a , - l e d i j o Matho.
E l se ofreci entregarle H a m l c a r , y luego los dos
entraran en Cartago y seran reyes.
M a t h o se alej h a c i e n d o u n a seal los suyos p a r a q u e

: ~ m T

t o

c r e a

q u e se trataba de

H a n n
e s f sittadonL6 ^
^
n 86 h a l I a b a
u n a de
p a r t e o d k b a ^ p t ^ C * U e , n o 6 6 c o d < * a nada, y por otra
p a r t e odiaba de t a l m o d o H a m l c a r , que m e d i a n t e u n a

incierta esperanza de salvacin le h u b i e r a sacrificado con


todos sus soldados.
Al pie de las treinta cruces, tendidos en el suelo y con
cuerdas atadas los sobacos, yacan los treinta cartagineses. Entonces el viejo caudillo, c o m p r e n d i e n d o q u e iba
morir, llor.
Le quitaron lo q u e q u e d a b a de sus vestiduras y apareci el horror de su cuerpo. E s t a b a cubierto de lceras; la
grasa de s u s piernas le cubra las u a s de los pies; de sus
dedos p e n d a n como girones verdosos y las lgrimas q u e
se deslizaban entre los tubrculos de s u s mejillas, comunicaban su s e m b l a n t e u n a expresin de espantosa tristeza, porque p a r e c a n o c u p a r m a s espacio q u e en otro semblante h u m a n o . S u d i a d e m a real, medio desceida, se
arrastraba con sus blancos cabellos por el polvo.
Creyeron n o disponer de cuerdas bastante fuertes p a r a
izarle lo alto de la cruz y le clavaron encima, antes de
levantarla, la u s a n s a pnica. Pero su orgullo se despert
con el dolor. Les llen de i n j u r i a s . E c h a b a e s p u m a r a j o s y
se retorca como u n m o n s t r u o m a r i n o al q u e se degella
en la playa, y les predeca que todos pereceran a u n m s
horriblemente y q u e sera vengado.
Ya lo estaba. Al otro lado de la ciudad, de la q u e al
presente escapaban haces de l l a m a s y c o l u m n a s de h u m o ,
agonizaban los e m b a j a d o r e s de los mercenarios. '
Algunos, q u e p r i m e r a m e n t e se h a b a n desvanecido acab a b a n de despejarse b a j o la frescura del viento, pero perm a n e c a n con la cabeza doblada sobre el pecho y su cuerpo descenda u n poco, pesar de los clavos de sus brazos
asegurados m a y o r a l t u r a q u e la cabeza, de sus talones y
de sus manos; la sangre caa en gruesas gotas, l e n t a m e n t e ,
como de las r a m a s de u n rbol caen los f r u t o s maduros, y
Cartago, el golfo, las m o n t a a s y la llanura, todo les pareca girar su alrededor, al igual de u n a i n m e n s a rueda;
veces u n a n u b e de polvo q u e se l e v a n t a b a del suelo les
envolva en su torbellino; u n a sed horrible les devoraba,

lifMi

su lengua se pegaba al paladar, y sentan deslizarse por


sus miembros un sudor glacial, la vez que su alma les
abandonaba.
Mientras, columbraban una profundidad infinita calles, soldados en marcha, centelleos de espadas; y el tumulto de la pelea llegaba sus odos vagamente, como el
ruido del mar nufragos que mueren abrazados la arboladura de un navio. Zarxas, antes tan vigoroso, colgaba como una caa rota; su lado el etiope tena la cabeza
doblada hacia atrs y apoyada en un brazo de la cruz;
Antharito, inmvil, abra mucho los ojos; su larga cabellera, cogida en una hendidura de la madera, erizbase en su
frente, y su estertor pareca un rugido de clera. En cuanto Spendio, estrao valor le animaba, ahora despreciaba
la vida por la certidumbre que tena de una pronta liberacin eterna, impasible aguardaba la muerte.
En medio de su desfallecimiento, alguna vez se estremecan con un roce de plumas que tocaban su boca,
grandes alas proyectaban sombras en torno de ellos, graznidos breves resonaban en el aire, y como la cruz de Spendio era la ms alta, en sta se pos el primer buitre. Entonces el esclavo volvi el rostro hacia Antharito y le dijo
lentamente, con una sonrisa indefinible:
Te acuerdas de los leones en el camino de Sicca?
Eran nuestros hermanos! -respondi el galo. Y espir.
El Suffeta, mientras tanto, haba agujereado el recinto
llegando la cindadela. A impulso de una rfaga de viento el humo de pronto se desvaneci y descubri el horizonte hasta las murallas de Cartago, y aun crey distinguir peasonas que miraban desde la galera de Eschmun;
luego volvi los ojos y distingui la izquierda, en la margen del Lago, treinta cruces desmesuradas.
Con objeto de hacerlas ms pavorosas, las haban construido con los mstiles de sus tiendas unido3 por los estrenaos; y los treinta cadveres de los Ancianos aparecan

en lo alto, en el cielo. Sobre sus pechos se destacaban como blancas mariposas las barbas de las flechas que desde
abajo les haban tirado.
En la cima de la ms alta brillaba una ancha cinta de
oro; penda sobre el hombro, y faltaba en aquel lado el
brazo, por lo que Hamlcar reconoci difcilmente Hannon. Como sus huesos esponjosos cedan bajo los taladros
de hierro, porciones de los miembros se haban desprendido, y no quedaban en la cruz ms que restos informes,
parecidos esos fragmentos de animales que cuelgan de
la puerta de los cazadores.
El Suffeta no lo haba advertido, delante de l la ciudad
ocultaba todo lo que estaba al otro lado, ms lejos; y los
capitanes enviados sucesivamente los dos generales no
haban reaparecido. Entonces llegaron algunos fugitivos,
que relataron la derrota y el ejrcito pnico se detuvo.
Aquella catstrofe que se produca en medio de su victoria les pasmaba. No se daban ya cuenta de las rdenes.
Aprovechse Matho de esta suspensin para continuar sus
estragos entre los nmidas.
Se habla dirigido contra ellos despus de destruir el
campamento de Hannon. Los elefantes salieron. Pero los
mercenarios, provistos de teas tomadas en los muros,
avanzaban por la llanura rodeados de llamas y las enormes bestias asustadas corran precipitarse al golfo, donde se malaban unas otra3 pugnando por huir y se ahogaban bajo el peso de sus corazas. Narr' Havas haba lanzado contra ellos su caballera, todos se echaron de bruces, y luego, cuando los caballos estuvieron tres pasos
de distancia, se lanzaron sobre su viente y lo abrieron
pualadas, de modo que al llegar Barca haba sucumbido
la mitad de los nmidas.
Cansados y rendidos los mercenarios, no podan sostenerse contra sus tropas. Retrocedieson en buen orden hasta la montaa de las Aguas Calientes. El Suffeta no se
atrevi perseguirles y dirigise hacia el paso del Macar.

L a ciudad de Tnez le perteneca, pero se hallaba reducida u n m o n t n de escombros h u m e a n t e s . Las r u i n a s se


d e s p l o m a b a n por las brechas de las m u r a l l a s h a s t a el centro de la llanura, en el fondo, e n t r e las m r g e n e s del gollo, los cadveres de los elefantes, e m p u j a d o s por la brisa,
c h o c a b a n entre s, como u n archipilago de negras rocas
q u e otase en el agua.
P a r a el sostenimiento de la guerra, N a r r ' H a v a s haba
talado los bosques, levado jvenes y viejos, m a c h o s y
h e m b r a s , y de este m o d o agot la f u e r z a m i l i t a r de s u
reino. El pueblo q u e de lejos les h a b a visto perecer, se
desconsol; los h o m b r e s se l a m e n t a b a n e n las calles y les
l l a m a b a n p o r sus n o m b r e s como d i f u n t o s amigos E l
p r i m e r da solo se h a b l de los c i u d a d a n o s muertos. Pero
al siguiente percibieron las t i e n d a s de los Mercenarios e n
la m o n t a a de las Aguas Calientes. E n t o n c e s la desesperacin f u t a n p r o f u n d a , q u e m u c h a s personas, especialm e n t e las m u j e r e s , se a r r o j a r o n de cabeza desde lo alto de
la Acrpolis.

y los Mercenarios f u e r o n perseguidos, rechazados, hostigados como bestias feroces. Desde q u e e n t r a b a n e n el bosque, los rboles se i n c e n d i a b a n en torno de ellos; c u a n d o
beban en u n a f u e n t e , estaba e n v e n e n a d a , se t a p i a b a n las
cavernas e n q u e se les e n c o n t r a b a dormidos. Las poblaciones que h a s t a hacia poco les h a b a n defendido, 'sus antiguos cmplices, los hostigaban ahora, y reconocan siempre en esas cuadrillas a r m a d u r a s cartaginesas.
Llevaban m u c h o s el rostro desfigurado por rojas pstulas q u e crean contagio de H a n n o n . I m a g i n a b a n otros que
procedan de h a b e r c o m i d o los peces de S a l a m m b , y lejos de arrepentirse, s o a b a n con otros sacrilegios fin de
q u e a u m e n t a r a el oprobio d e los dioses pnicos, los coales h u b i e r a n querido e s t e r m i n a r .
Arrastrronse de este m o d o tres meses por la costa
oriental, y despues por la m o n t a a de Selium y la e n t r a d a
del desierto. I b a n en busca de u n refugio cualquiera. Slo
les eran fieles Utica H i p p o Zayta sitiadas la sazn por
H a m i l c a r . Corrironse despues al norte, i b a n al azar sin
conocer el terreno. T a l c m u l o de desgracias les haba hecho perder el juicio.
S u exasperacin creca y u n da se hallaron en las garg a n t a s del Cabo frente Cartago otra vez!
Multiplicronse entonces los combates. L a f o r t u n a p o r
a m b a s partes era igual, pero u n o s y otros hallbanse t a n
irritados, q u e en vez de escaramuzas sin objeto a n h e l a b a n
u n a batalla decisiva.

Nadie conoca los proyectos de H a m i l c a r . Viva solo en


su tienda, no teniendo su lado m a s q u e u n m u c h a c h o .
Coman solos. Ni a u n N a r r ' H a v a s le a c o m p a a b a . Le trib u t a b a extraordinarios obsequios d e s d e la derrota de
H a n n o n ; pero el rey de los n m i d a s t e n a sobrado inters
en ser su h i j o p a r a desconfiar de tales a t e n c ' o n e s
Tal inercia ocultaba hbiles gestiones. Por m e d i o de
v a n a a o s artificios H a m i l c a r s e d u j o los j e f e s de las aldeas

E s t a proposicin a n h e l a b a presentarla Matho al Suffeta.


Uno de los libios ofrecise d e s e m p e a r la comisin. Creyeron que no volvera, m a s regres por la noche.
E l reto estaba aceptado. E n c o n t r a r a n H a m i l c a r al
da siguiente al a m a n e c e r en la planicie de Rhads.
Quisieron saber los Mercenarios si haba dicho algo m s
y el libio esclam:
V i n d o m e f r e n t e l, m e h a p r e g u n t a d o q u esperaba, le he respondido: La muerte! E n t o n c e s m e h a con-

testado jNoI vete! m a a n a la encontrars con todos t u s


compaeros!
Los brbaros se sorprendieron ante t a l generosidad y
M a t h o l a m e n t q u e no h u b i e r a n m a t a d o al m e n s a j e r o .

Le q u e d a b a n a n tres m i l africanos, mil doscientos


griegos, quinientos samnitas, c u a r e n t a galos y u n a p a r t i d a
de Nafr'ur, bandidos n m a d a s procedentes de la regin de
los ddiles, en j u n t o siete mil doscientos diez y nueve sold a d o s pero n i u n a sintagma completa. H a b a n t a p a d o los
a g u j e r o s de sus corazas con omoplatos de c u a d r p e d o s y
reemplazado sus coturnos de bronce por sandalias estropeadas. A u m e n t a b a n el peso de sus vestidos l m i n a s d e
hierro de cobre; sus cotas de malla estaban hechas pedazos.
L a clera de sus c o m p a e r o s m u e r t o s herva en s u s pechos y m u l t i p l i c a b a su vigor. Y luego, el dolor de u n a injusticia e n o r m e les aguijaba, especialmente c u a n d o vean
en el horizonte Cartago. J u r a r o n combatir u n i d o s h a s t a
la m u e r t e .
Sacrificaron sus acmilas y comieron en a b u n d a n c i a
p a r a r e c u p e r a r las fuerzas; en seguida d u r m i e r o n . A l g u n o s
rezaron, vuelto el rostro constelaciones diferentes.
Llegaron los cartagineses la l l a n u r a los primeros. Frot a r o n con aceite el borde de sus escudos p a r a [que las flechas resbalaran fcilmente; los i n f a n t e s q u e llevaban largos cabellos se los cortaron en la frente, p o r precaucin,
y H a m i l c a r desde la q u i n t a hora, m a n d vaciar todas l a s

gamellas, sabedor
q u e n o d e b e combatirse al enemigo
con el estmago df-maciado lleno. Constaba su ejrcito de
catorce m i l h o m b r e s , el d o b l e del enemigo. A pesar de
esto, n u n c a haba m o s t r a d o m a y o r i n q u i e t u d ; si s u c u m b a
arrastrara en su cada Cartago, y perecera en la cruz;
si t r i u n f a b a llegara I t a l i a d o n d e podra f u n d a r el i m p e rio de los Barca.
Por la noche se levant v e i n t e veces p a r a inspeccionarlo
todo personalmente. E n c u a n t o los cartagineses estaban
exasperados p o r su prolongado terror.
N a r r ' H a v a s d u d a b a de la fidelidad de los n m i d a s . Por
otra p a r t e los brbaros p o d a n vencerles. U n a estraa debilidad le h a b a postrado; c a d a i n s t a n t e beba grandes
copas de agua.
De r e p e n t e u n h o m b r e q u i e n l n o conoca abri su
herida y dej en el suelo u n a c o r o n a de sal g e m a adornad a con d i b u j o s hieraticos t r a z a d o s por m e d i o de azufre y
r o m b o s de ncar; a l g u n a vez se e n v i a b a al desposado su
corona de matrimonio; era u n a p r u e b a d e amor, u n a especie de invitacin.
A pesar de todo, la h i j a de H a m i l c a r n o a m a b a al rey
de los n m i d a s .
Molestbala de u n m o d o intolerable el recuerdo de
Matho, parecindola q u e la m u e r t e de a q u e l h o m b r e libertara su pensamiento. E l r e y de los n m i d a s dependa
de ella, esperaba i m p a c i e n t e los esponsales y c o m o estos
d e b a n s e g u i r la victoria, S a l a m m b le e n v i a b a a q u e l
p r e s e n t e fin de excitar s u valor.
As desapareci s u a n s i e d a d y n o pens m a s q u e en la
felicidad de poseer m u j e r t a n bella.
I g u a l visin haba a s a l t a d o Matho; m a s ste la rechaz en seguida, y su a m o r se estendi e n sus c o m p a e r o s
de a r m a s . Acaricibales c o m o si f o r m a r a n parte de l, de
su odio y se senta m s a n i m o s o . Si veces exhalaba u n
suspiro, es q u e p e n s a b a en S p e n d i o .
Dispuso sus soldados e n seis filas iguales. E n el centro

coloc los etruscos unidos por una cadena de bronce;


los arqueros permanecan detrs, y en las dos alas se situaron los naffur, montados en camellos de pelaje corto
cubiertos de plumas de avestruz.
Dispuso el Suffeta los cartagineses en un orden anlogo. Distanciados de la infantera, al lado de los vlites
aparecan los clinabares ms all los nmidas; y al rayar
el da hallbanse as alineados unos en frente de otros.
Hubo un momento de vacilacin. Por fin se movieron los
dos ejrcitos.
Avanzaban lentamente los brbaros, para no fatigarse;
el centro del ejrcito pnico formaba una curva convexa,
y luego se produjo un choque terrible parecido al crujir
de dos flotas que se juntan. Habindose entreabierto la
primera fila de los brbaros, los arqueros ocultos tras
sus camaradas, lanzaban sus balas, sus flechas, sus jabalinas. En tanto la curva de los cartagineses se enderez poco, se hizo recta y luego se pleg; entonces las dos secciones de los vlites se aproximaron paralelamente, como las
ramas de un comps que se cierra.
Los brbaros obstinados contra la falange penetraban
en la hendidura; se perdan.
Detvoles Matho y en tanto que las alas cartaginesas
continuaban avanzando, hizo desfilar hacia fuera las tres
filas interiores de su lnea; pronto salieron de sus flancos,
y su ejrcito apareci en una triple longitud.
Los brbaros colocados en los estremos eran los ms
dbiles, especialmente I03 de la izquierda que haban vaciado su carcaj, y el destacamento de los vlites, que al
fin caa sobre ellos les desbarat fcilmente.
Matho les orden retroceder. Lanz su derecha compuesta de compaas armadas de hachas contra la izquierda cartaginesa; el centro atacaba al enemigo y los del otro
estremo, fuera de peligro, tenan en jaque los vlitas.
Hamilcar entonces dividi sus jinetes por escuadro-

nes, coloc entre ellos hoplitas, y les lanz contra los Mercenarios.
Los brbaros no podan resistirse; nicamente los infantes griegos tenan armaduras de bronce; los dems, cuchillos en el estremo de una vara, hoces tomadas en las alqueras, espadas fabricadas con la llanta de una rueda;
las hojas demasiado blandas se torcan con los golpes y
en tanto que ellos las enderezaban en sus rodillas los cartagineses, derecha izquierda, les acuchillaban fcilmente.
Mas los etruscos adheridos su cadena no se movan;
los que haban muerto no pudiendo caer formaban con
sus cuerpos una valla, y la gruesa lnea de bronce se separaba y se estrechaba alternativamente, flexible como
una serpiente, inquebrantable como una muralla. Los
brbaros tras ella tomaban aliento y despues volvan ordenados la pelea con los pedazos de su arma en la
mano.
Muchos aparecan inermes y se lanzaban sobre los cartagineses los que mordan en la cara, como perros. Los
galos, por orgullo, se despojaron de sus sayos, mostraban
desde lejos sus grandes cuerpos enteramente blancos, y
para atemorizar al adversario, ensanchaban sus heridas.
En medio de los sintagmas pnicos ya no s oa la voz del
pregonero anunciando las rdenes, los estandartes por cima del polvo repetan sus seales y los soldados se movan con el vaivn de la enorme mole que les rodeaba.
Los nmidas avanzaron por orden de Hamilcar y al
punto se lanzaron su encuentro los naffur.
Vestan amplias tnicas negras, blandiendo un hierro
sin mango atado una cuerda y exhalaban roncos y prolongados gritos. Sus armas caan en sitio adecuado y volvan subir con un seco chasquido arrastrando tras s un
miembro.
La infantera pnica se arroj contra los brbaros logrando romper sus filas. Los manpulos giraban separados

'

de

CUMbares

Sados l u c h a b a n m u c h a .

invencible esfuerzo

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b a n en la sangre; la p e d e n t e n T * C I e g a 8 ' rodar
cadveres al llano. B

cuesta pisoteaba 103 cuerpos

^ f ? * *
^

de

eubir

Luego 88 d t t u v i e r o n todos Los rrfo


cartagineses rechinaron

los dientes y c o n t e m p l a r o n la c u m b r e de la colina, d o n d e


los brbaros e s t a b a n e n pie.
Acometieron n u e v a m e n t e y S8 r e a n u d el combate. Los
Mercenarios les a t r a a n dicindoles q u e se i b a n r e n d i r ,
y de p r o n t o con espantosa carcajada se m a t a b a n y m e
d i d a que caan los muertos, los d e m s p a r a defenderse se
e n c a r a m a b a n m a s arriba. E r a c o m o u n a p i r m i d e q u e
creca l e n t a m e n t e .
Pronto q u e d a r o n cincuenta, y luego veinte, tres, dos t a n
solo, u n s a m n i t a a r m a d o de u n a segur y Matho que a u n
blanda su espada.
E l samnita, con las rodillas en tierra, haca voltear s u
h a c h a y prevena M a t h o de los golpes que le asestaban:
IAqu! por el otro lado! bjate!
Matho h a b a p e r d i d o sus hombreras, su casco, su coraza, estaba c o m p l e t a m e n t e desnudo, lvido, con los cabellos
erizados y la boca cubierta de e s p u m a , y su espada girab a t a n r p i d a m e n t e , q u e f o r m a b a su alrrededor u n a
aureola. U n a piedra la rompi por la e m p u a d u r a ; el
s a m n i t a haba m u e r t o y la m u c h e d u m b r e cartaginesa se
estrechaba, le t o c a b a casi. E n t o n c e s levant al cielo s u s
mano3 inermes, y cerr los o j i s ; abriendo los brazos como
el h o m b r e q u e desde u n p r o m o n t o r i o se arroja al m a r ,
lanzse en m e d i o de las picas.
Separronse estas a n t e el brbaro. Corri n u e v a m e n t e
hacia los cartagineses, pero las a r m a s retrocedan siempre,
h u y e n d o de l.
S u pi tropez en u n a espada. M a t h o quiso cogerla. Se
sinti a t a d o de pies y m a n o s y cay.
M a r r ' H a v a s q u e le segua aprovechndose del i n s t a n t e
en que 6e b a j a b a le h a b a envuelto en u n a de esas f u e r t e s
redes q u e se e m p l e a n p a r a coger las fieras.
Luego le ataron la grupa de u n elefante con los cuat r o miembros e n cruz y todos los que n o estaban heridos
le acompaaron e n u n t u m u l t o indecible hasta Gartago.
L a n u e v a de la victoria haba llegado all antes de la

tercera hora de la noche; la clepsidra de K h a m o n sealaba la hora q u i n t a en el punto que llegaban Malqua; entonces Matho abri los ojos. Las casas parecan arder
causa de las infinitas luces q u e brillaban en la ciudad.
Un inmenso clamoreo llegaba sus odos, y tendido de
espaldas miraba las estrellas. Despus u n a puerta se cerr trs l y las tinieblas le envolvieron.
E l siguiente da la misma hora espiraba en eldesfide
ladero del H a c h a el ltimo de los Mercenarios.
Los brbaros aguardaban Matho y f u e r a descorazonamiento, languidez obstinacin de enfermo no haban
querido salir de la montaa, por ltimo se agotaron las
provisiones y los zuaces partieron.
Sabase que no pasaban de mil trescientos y para acabar con ellos no h u b o necesidad de emplear soldados.
Las fieras, en especial los leones, desde q u e haba empezado la guerra, haca tres aos, se haban multiplicado.
Narr'Havas haba dado u n a batida y luego embistiendo
contra ellos por medio de cabras atadas de trecho en trecho, les haba e m p u j a d o hasta el desfiladero, y todos vivan all cuando lleg el emisario d l o s Ancianos para sa
ber cuantos brbaros quedaban con vida.
E n toda la estensin de la llanura hallbanse t u m b a d o s
leones y cadveres, y los muertos se c o n f u n d a n con las
a r m a d u r a s y los vestidos. A casi todos les faltaba el semblante u n brazo; algunos parecan a n intactos; otros
se haban secado por completo y crneos polvorientos llevaban los cascos; pis descarnados salan de la cnmides;
los esqueletos conservaban sus mantos; huesos m a n d a d o s
por el sol f o r m a b a n m a n c h a s blancas en la arena.
Los leones descansaban con el pecho apoyado en tierra
y las dos patas estiradas, parpadeaban bajo la luz, aument a d a por la reverberacin de las rocas blancas. Otros, sentados sobre sus patas traseras, miraban con fijeza al horizonte, bien, la cabeza oculta bajo sus enormes melenas
dorman hacindose u n ovillo, y todos parecan satisfe-

chos fastidiados, llenos de fatiga. E s t a b a n inmviles como


la m o n t a a y como los muertos. Caa la tarde; anchas fajas rojizas cubran el cielo al occidente.
De uno de los montones esparcidos en el llano, se levant u n a figura m s vaga que u n espectro. Entonces uno
de los leones se incorpor y ech andar, y su f o r m a
monstruosa se destac como u n a sombra negra en el fondo del cielo purpreo; cuando estuvo al lado del hombre,
le derrib de u n zarpaso.
E n seguida, echado sobre l, con el estremo de sus colmillos, lentamente, le sacaba las entraas.
Por ltimo abri la boca cuanto pudo, y d u r a n t e algunos minutos, lanz u n resonante rugido que los ecos del
monte repitieron y que se perdi en el general silencio.
De improviso fragmentos de rocas se desprendieron de
lo alto, se oy el roce de pasos rpidos, y por el lado del
rastrillo y por la caada, aparecieron ocicos puntiagudos y
orejas enhiestas; brillaron en la semi oscuridad pupilas
leonados. E r a n los chacales que acudan para devorar los
restos.
E l cartagins, que miraba inclinado al borde del precipicio, se volvi la ciudad.

Salammb

20

Matho

rebosaba regocijo, regocijo grande, desmedido, frentico, habanse compuesto los boquetes de la ruina, envuelto
pintar las esttuas de los dioses, el mirto alfombraba las calles, el incienso arda
en las encrucijadas y la multitud en las
galeras formaba con sus trajes abigarradme
dos como cestas de flores que se espan^f*
dlan al aire libre.
Oyse entonces un clamor inmenso, los cmbalos y ersonaron ms fuerte, los tambores atronaron, y el
gran palio de prpura se hundi entre dos pilones.

reapareC S a k m m b
andaba
i o lentamente,
D ? ? r y luego
30,
atraves
la galera. Sentse en

R R C ? !

ESCULPD0

6N

CARAPACB0

ga. be coloco bajo 8 U S pis un escabel de marfil de tres


p d a s , en el borde de la primera se arrodillaban d o s 2
nos negros, all de vez en cuando apoyaba en su cabeza
los brazos cargados de anillos.
r ^ o i f P S ! a s c a d e r a s b a i l b a s e envuelta de una red
de mallas que c i t a b a n las escamas de un pez y que h 2
Uaban como ncar; u n cinto azul oprima su tafie deiane8C0 es
a^^mives6^^0^
* de m e d l E ;
arrequives de carbunclos ocultaban los pezones.
Llevaba la cabeza u n a toca de plumas de pavo cuaiaC m la
*
^

^ Z
tia e ^ v
08 108 C d 8 a I CU6r
Ras e o n J I f ,

P' a P ^ a d a s l a s rodiLias, con aros de diamantes en los antebrazos, permaneca
erguido, en actitud hiertica
permaneca

b a t W R e S P ? , h a U b a D S e e n d o s a 8 e ^ o s ms
bajos iSarr Havas vestido con cimarra llevaba su corona
de sal gema de la que salan dos trenzas de c a b e l l o s T r c '
das como cuernos de Hannon; y Hamilcar cub e l con
una tnica goleta sembrada de pmpanos de oro cea
aun su espada de combate.
El piln del templo de Hannon en el espacio encuadra
do por las mesas, se morda la cola d e s c r i b i e n d o u n ^ n
crculo negro en cuyo centro una columna de cobre s 5 t e
na un huevo de cristal; y como el sol daba all su 8 ayos
dispersaban por todas partes, detrs de Sallmmb es
calobanse los sacerdotes de Tanit, su derecha Tos An
canos y al otro lado los Ricos.
En el fondo los sacerdotes de Moloch. Los dems col
gios ocupaban las galeras inferiores. La multitud en^ba
k s calles. Se remontaba por las casas y largas fiL n e e a
de
0p0lis
2pueblo,
1 tsobre
h S Psu
l a elA c rfirmamento,
- T e n yi e en
n d ftorno
s Xsuyo
i elai
cabeza

inmensidad del mar, el golfo, las montaas y la perspectiva de las provincias, Salammb resplandeciente se confunda con Tanit y pareca el genio mismo de Cartago, su
alma corprea.
El festn deba durar toda la noche. Grandes jarros de
mbar, nforas de vidrio azul se mezclaban en la doble
fila de platos; racimos de uvas con sus hojas estaban enroscados como tirsos cepas de marfil, tmpanos de nieve se derretan en bandejas de bano.
Entre tanto los esclavos, con la tnica arremangada corran de puntillas, de vez en cuando las liras tocaban un
himno, bien se elevaba un coro de voces. El rumor del
pueblo continuo como el ruido del mar, flotaba vagamente en torno del festn y pareca arrullarlo con una armona ms prolongada; algunos se acordaban del festn de
los Mercenarios, se conceban ensueos de felicidad; el
sol se encaminaba su ocaso, y el cuarto creciente de la
luna se mostraba ya en el otro estremo del horizonte.
Salammb como si alguien hubiese pronunciado su
nombre, volvi la cabeza; el pueblo que la contemplaba
sigui la direccin de sus ojos.
En la cima de la Acrpolis la puerta del calabozo, tallada en la roca al pi del templo acababa de abrirse y en
el umbral un hombre estaba de pi.
Sali encorvado y azorado como una bestia indmita
-la que se devuelve su libertad.
La claridad le deslumhraba; permaneci un rato inmvil, todos le haban reconocido y contuvieron el aliento.
Aquella vctima representaba para ellos una cosa singular y revestida de un esplendor casi religioso. Se inclinaban para verle, en especial las mujeres. Estas anhelaban
conocer al que haba hecho morir sus hijos y sus esposos, y del fondo de su alma brotaba, pesar suyo, una
curiosidad infame, el deseo de conocerle completamente,
deseo mezclado con remordimientos y que se converta en
un colmo de execracin.

Avanz al cabo; entonces se desvaneci el aturdimiento


de la sorpresa. Muchos brazos se levantaron, y ya no se
J
le vi.
El rumor de las voces se confunda con el grito de los
aguadores que regaban las losas; esclavos de Hamlcar
ofrecan en nombre de su amo cebada perlada y pedazos
de carne cruda; se preguntaban mutuamente; se abrazaDan llorando; las ciudades tirias les haban abierto sus
puertas, y los nmadas andaban dispersos, los brbaros
quedaban aniquilados. La Acrpolis desapareca bajo vea
? l 0 r e 8 ; 1 0 8 j o l o n e s de las trirremes alineados
ms all del muelle resplandecan como diamantes; por
todas partes apareca el orden restablecido y empezaba
una nueva vida; una felicidad sin limites les embargaba:

nmtdt

ament

deSaIammbCOnel

rey d e l o s

En la azotea del templo de Khamon, joyas admirables


enaban tres mesas las que deban sentarse los sacerdote s.los Ancianos y los Ricos; haba otra ms alta para Ha^ Z w T f f P a r a eIla;
Salammb al
restituir el velo haba salvado la Patria, y el pueblo ceebraba sus bodas como una fiesta nacional, y abajo, en
la playa, esperaba su aparicin.
Pero otro deseo ms acre irritaba su impaciencia; le haban prometido para la ceremonia la muerte de Matho
Z r m e lDt r a n- an8 d e bS a0CUearrllee m o r i r e cdhea r l e plomo de7
1 ?
'
^ m b r e ; se le
atara un rbol y un mono le aplastara la cabez con
J t - l

seTePda: ^
tDdd
Otros o p L b n que
Un dromedari
e i H t r ^ ^
. despus de hahno emnlrwl e n d l f e r e n t e s p a r t e s d e l C U e r P mechas de
7 86 r e g 0 c i a b a
del e n o T f
T
j
c o * idea
e r r a t e P r k s CaIle8 d
cotnTn

e la ciudad
como un candelabro agitado por el viento
Pero qu ciudadanos se encargara este servicio v
como desairar los dems? Buscbase un g n ^ o d e

'

muerte del que participara la ciudad entera, y que todas


las manos, todas las armas, todas las cosas y an todas
las piedras de las calles, y las olas del golfo pudiesen desgarrarle, aplastarle, aniquilarle. Por eso los Ancianos decidieron que ira de la crcel la plaza de Khamon, sin
escolta, con los brazos atados la espalda; y quedaba prohibido herirle en el corazn para matarle al punto, tocar
sus ojos impidindole ver el fin de su tortura, lanzar
contra l cosa alguna golpearle con ms de tres dedos
la vez.
Aunque no saldra hasta anochecido, alguna vez crean
verle, y la multitud se precipitaba hacia la Acrpolis, las
calles quedaban desiertas, y luego volvan llenarse con
un rumor prolongado. Desde la vspera, inumerables curiosos permanecan de pie en el mismo sitio, y de lejos le
mostraban las uas increpndole. Otros paseaban agitados; algunos estaban plidos como si se tratase de su propia ejecucin.
De pronto, en los Mappales, altos abanicos de plumas se
levantaron. Era Salammb que sala de su palacio, todos
desahogaron su pecho suspirando. Tard en llegar el cortejo que caminaba despacio.
Iban primero los sacerdotes de los Pataicos, y luego
los de Eschmun, los de Melkarth y los colegios restantes
con las insignias y el orden de un sacrificio. Los pontfices de Moloch pasaron con la cabeza baja, y la multitud
poseda de cierto remordimiento apartaba de ellos la
vista.
Aquel da el elemento femenino lo dominaba todo y
todo lo confunda; una lascivia mstica alentaba en el
aire cargado de perfumes; ardan ya las antorchas en el
fondo de los bosques sagrados; durante la noche deba
imperar la prostitucin ritual; tres buques haban trado
de Sicilia cortesanas y otras haban llegado del desierto.
A medida que iban llegando los colegios alinebanse
en los patios del templo, en las galeras exteriores y lo

largo de las escaleras. Hileras de tnicas blancas aparecan entre las columnatas.
Pronto acudieron los inspectores de las rentas, los gobernadores de las provincias y todos los Ricos. Afluy la
muchedumbre que fu rechazada estacazo limpio por
los hierdulos; y en medio de los Ancianos, con sus tiaras

^ = r

t e r a

cubierta con dosei de

La escalera de la Acrpolis se compona de sesenta pedanos Los baj como si rodase por el cauce de un torrente de lo alto de una montaa; tres veces se le vi rebotar
y luego, al pi de la escalera, cay de rodlas.
De sus espaldas brotaba sangre, su pecho se agitaba
convulsivamente y para romper sus ligaduras hizo tan
sobrehumano esfuerzo, que sus brazos cruzados sobre su
desnuda espalda, se hincharon como anillos de serpiente
Del sitio en que c h a l l a b a partan muchas calles. En ca'
da una de estas, triple hilera de cadenas de bronce, suietas al ombligo de los dioses, se extenda de una otra pared paralelamente: la multitud estaba agrupada junto
las casas y en el centro los servidores de los Antiguos paseaban blandiendo sus ltigos.
andar ^ ^

** e m p U j

dnd

le

Un p a I a

Matho ech

La gente tenda sus brazos por encima de las cadenas


gritando que se le haba concedido un paso muy ancho- y
l andaba pellizcado, punzado, desgarrado por todos
aquellos dedos. Cuando llegaba al estremo de una calle
otra calle apareca ante l; muchas veces se ech un lado para morder sus verdugos, y todos se separaban, las
ca^dT

mUlttUd prorrum

Pa

en

a car-

Un nio le desgarr la oreja; una joven que ocultaba


en su manga la punta de un huro le atraves la mejillale arrancaban puados de cabellos, jirones de carne, otros

con palos en cuya punta haban clavado esponjas empapadas en inmundicias le restregaban el rostro con ellas.
Del lado derecho del cuello brot un chorro de sangre;
entonces fu un verdadero delirio. Aquel ltimo brbaro
representaba para ellos todos los brbaros, todo el ejrcito; se vengaban en l de su3 desastres, de sus derrotas,
de sus oprobios. La rabia del pueblo creca al satisfacerse;
las cadenas demasiado tendidas se arqueaban, iban romperse; ni siquiera sentan los golpes de los esclavos que les
azotaban para rechazarles; otros estaban subidos todas
las salientes de las paredes; todas las aberturas de las casas estaban tapadas con cabezas que se movan frenticas;
y el mal que no podan hacer lo vociferaban.
Eran injurias atroces, inmundas, imprecaciones, y como
no les bastaba su dolor presente, le anunciaban otros ms
terribles para la eternidad.
Aquel tremendo clamor llenaba Cartago con una continuidad estpida. A menudo, una sola silaba, una entonacin ronca, profunda, frentica, era repetida durante unos
minutos por el pueblo entero.
Desde su base hasta su cima, vibraban las paredes y
Matho le pareca que las fachadas le acometan y se levantaban del suelo como do3 brazos inmensos que le ahogasen en el aire.
Se acordaba de que otra vez haba experimentado algo
parecido. Era la misma multitud en las terrazas, iguales
miradas, igual clera; pero entonces caminaba libre, todos
se apartaban, un dios le protega, y aquel recuerdo precisndose poco poco le infunda una tristeza abrumadora.
Nublbanse sus ojos; la ciudad le pareca como agitada
por un torbellino, la sangre se escapaba por una herida de
la cadera, sentase morir, doblronse sus jarretes y cay
sobre las losas.
Alguien cogi en el persistilo del templo de Melkarth la
barra de un trpode enrojecida al fuego, y deslizndola

bajo la primera cadena, la apoy en su Haga. Hume la


carne; la rechifla del pueblo ahog su voz; estaba en pie,
Seis pasos ms lejos cay de nuevo, y volvi caer despus; siempre le levantaba un nuevo suplicio. Por medio
de tubos le lanzaban gotitas de aceite hirviendo; echaron
en el camino que deba recorrer trozos de vidrio; caminaba sin descanso. En la esquina de la calle de Satheb, se
apoj de espaldas contra una pared y se detuvo.
Los esclavos del Consejo le golpearon con sus ltigos de
cuero de hipoptamo tan furiosamente y durante tanto
tiempo, que las franjas de su tnica estaban embebidas
de sudor. Matho pareca insensible; de pronto tom impulso y se puso correr la ventura castaateando los
dientes como si tuviera un fro intenso. Enfil la calle de
Buds y la de Scepo, atraves el mercado de las yerbas y
lleg la plaza de Khamon.
Desde aquel instante perteneca los sacerdotes. Los
esclavos apartaban la muchedumbre. Haba ms espacio Matho mir su alrededor y sus ojos encontraron
Salammb.
Desde el primer paso que haba dado, levantse aqueUa; luego, involuntariamente, medida que se aproximaba, se adelant poco poco hasta el borde de la terraza y
bien pronto borrndose cuando la rodeaba, slo vi MaComo un
mmenso silencio llenaba su alma, uno de
esos abismos en que el mundo entero desaparece bajo la
presin de un pensamiento nico, de un recuordo, de una
mirada. Aquel hombre que caminaba hacia ella la atraa.
No tena ya, salvo los ojos, apariencia humana; era una
larga forma completamente roja; sus cuerdas, rotas, pendan lo largo de sus muslos, pero se las distingua de los
tendones de sus muecas despellejadas. Tena la boca
abierta; de sus rbitas salan dos llamas que parecan suh a e t a 8US

canso!

cabellos;y el miserable caminaba sin des-

Lleg hasta el pie de la terraza. Salammb se inclinaba


sobre la balaustrada; aquellas espantosas pupilas la contemplaban y tuvo conciencia de todo lo que haba sufrido
por ella. Aun cuando agonizaba, le vea en su tienda de
rodillas, rodendole el talle con sus brazos, balbuceando
palabras cariosas; tenia sed de orlas aa, de sentirlas;
no quera que muriera! E n aquel instante Matho tuvo un
gran estremecimiento; Salammb iba gritar. Cay hacia
atr'<8, y no se movi ya.
Salammb, casi desvanecida, fu llevada s u trono por
los sacerdotes que la rodeaban. La felicitaban; era su obra,
todos palmoteaban y vociferaban su nombre.
Un hombre se lanz sobre el cadver. Aun cuando no
llevaba barba, le cubra el manto de los sacerdotes de Moloch, y penda de su cinturn una especie de cuchillo que
les serva para partir las carnes sagradas y que terminaba
en el extremo del mango en una esptula de oro.
De un solo golpe hendi el pecho de Matho, luego le
arranc el corazn, lo puso sobre la cuchara; y Schahabarim, levantando el brazo, lo ofreci al sol. Hundase detrs
de las olas, sus rayos llegaban como largas flechas hasta
el corazn enrojecido. El astro se hunda en el mar medida que las palpitaciones disminua:); al ltimo latido
desapareci.
Entonces, desde el golfo hasta la laguna y del istmo al
faro, en todas las calles, sobre todas las casas y los templos reson un clamor inmenso; veces se detena, despus continuaba; su choque temblaban los edificios; Cartago pareca convulsa en el espasmo de una alegra titnica y de una esperanza sin limites.
Narr'Havas, embriagado de orgullo, ci con su brazo
izquierdo el talle de Salammb en seal de posesin, y con
la derecha, tomando una ptera de oro, bebi por el genio
de Cartago.
Salammb levantse como su esposo con una copa en

la m a n o para beber t a m b i n . Cay con la cabeza b a c a


atrs sobre el respaldo de su trono, plida y con los labios
suelo

"7 S U S

n T l Ia.hja
m a n t o de Tanit.

Cabell

de

desatados

H a m c a r

'

Pr

Ue

g a b a n h a s t a el

haber

tocado el

NDICE
Pginas

E l festn .

E n Sicca

25

Salammb

49

B a j o las murallas de Cartago

59

Tanit

79

. . . .

Hannon

95

H a m c a r Barca

117

L a batalla del Macar

155

E n campaa

173

L a serpiente

185

E n la t i e n d a

197

E l acueducto

217

Moloch
E l desfiladero del H a c h a
Matho

235
;

267
307

CASA EDITORIAL MATJCCI


Mallorca, 226 y 228.Apartado de Correos, 189

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