Catecismo Romano
Catecismo Romano
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INTRODUCCIÓN AL CATECISMO ROMANO
No siendo posible considerar las maravillosas excelencias de la obra inmortal de un Dios
misericordioso, cual es la Iglesia católica, sin que la más profunda veneración hacia la misma se apodere de
nuestro ánimo, ya se atienda a los hermosos frutos de santidad que han aparecido desde su institución, ya a sus
constantes esfuerzos para elevar al hombre, ya a su prodigiosa influencia en todos los órdenes de la vida, para
la realización del reinado de Jesucristo en medio de la sociedad, ¿cómo no deberá aumentar más y más esta
admiración si nos fijamos en lo que ha hecho la Iglesia católica para propagar las verdades revela-das por
Jesucristo, de las que la hiciera depositaria, tesorera y maestra infalible?
Que la Iglesia haya cumplido el encargo de su divino Fundador de enseñar a los hombres toda la verdad
revelada, lo están pregonando los mil y mil pueblos que conocen al verdadero Dios, y le adoran; son de ello
monumento perenne todas las instituciones cristianas encaminadas al auxilio de las necesidades de los
hombres redimidos por Jesucristo.
No solamente ha propagado la Iglesia católica las verdades que recibió de Jesucristo, sino que, como la
más amante de las mismas, ha condenado cuantos errores a ellas se oponían. Cuantas veces se han levantado
falsos maestros para negar las verdades evangélicas, cuantas veces el espíritu del mal ha querido sembrar
cizaña en el campo de la Iglesia, cuantas veces el espíritu de las tinieblas ha intentado obscurecer la antorcha
de la fe, ella ha mostrado a sus hijos, al mundo entero, cuál era la verdad, en dónde estaba el error, cuál era el
camino recto y cuál el que conducía al engaño y a la perdición.
Desde las páginas evangélicas en que el Apóstol amado demostró a los adversarios de la divinidad de
Jesucristo su divina generación, hasta nuestros días, en que hemos contemplado cómo el sucesor de San Pedro
anatematizaba la moderna herejía, siempre ostenta la Iglesia, en frente del error, en frente de la herejía, su más
explícita y solemne condenación.
Este carácter de la Iglesia santa, esta su prerrogativa, esta su nota de acérrima defensora de la verdad,
tal vez no ha brillado jamás tan resplandeciente, quizá no la ha contemplado jamás el mundo con tanto
esplendor como en el siglo décimosexto.
Grandes fueron los esfuerzos de las pasiones para la propagación del error, para su defensa, para
presentarlo como el único que debía dirigir la humana conducta, como el único salvador y regenerador de la
sociedad. No podía permanecer en silencio la Iglesia de Jesucristo en tales circunstancias, y no permaneció,
según nos lo demuestran clarísimamente cada una de las verdades solemnemente proclamadas en el Concilio
Tridentino, cada uno de los anatemas fulminados por aquella santa asamblea contra la herejía protestante.
Congregado aquel Concilio Ecuménico para atender a las necesidades que experimentaba el pueblo cristiano,
no le fué difícil comprender la importancia y necesidad de la publicación de un Catecismo destinado a la
explicación de las verdades dogmáticas y morales de nuestra santa fe, para contrarrestar los perniciosísimos
esfuerzos de los novadores al esparcir por todos los modos posibles, aun entre el pueblo sencillo e incauto, sus
perversas y heréticas enseñanzas. Tal podríamos decir que fué el principal objeto de la publicación de este
Catecismo. Y con esto queda ya indicado lo que es el Catecismo Tridentino: una explicación sólida, sencilla y
luminosa de las verdades fundamentales del Cristianismo, de aquellos dogmas que constituyen las solidísimas
y esbeltas columnas sobre las cuales descansa toda la doctrina católica.
En primer lugar, lo que distingue a este preciosísimo libro, a este monumento perenne de la solicitud de
la Iglesia para la religiosa instrucción de sus hijos, del pueblo cristiano, es la solidez. Esta se descubre y
manifiesta en los argumentos que emplea para la demostración de cada una de las verdades propuestas a la fe
de sus hijos. No pretende ni quiere que creamos ninguno de los artículos de la fe sin ponernos de manifiesto,
sin dejar de aducir aquellos testimonios de la divina Escritura reconocidos como clásicos por todos los grandes
apologistas cristianos, por los grandes maestros de la ciencia divina. Este es siempre el primer argumento del
Catecismo; sobre él descansan todos los demás, demostrándonos cómo la enseñanza cristiana, la fe de la Iglesia
católica, está en todo conforme con las letras sagradas. Este modo de demostrar la verdad católica, además de
enseñarnos el origen de la misma, era una refutación de los falsos asertos de la nueva herejía, pues no
reconociendo ésta otra verdad que la de la Escritura, por la misma Escritura, se la obligaba a confesar por
verdadero lo que con tanto aparato quería demostrar y predicaba como erróneo y falso.
Es tal el uso que de las Escrituras se hace para demostrar las verdades del Catecismo, que, leyéndolo
atentamente, no podemos dejar de persuadirnos que es éste el más sabio, el más ordenado, el más completo
compendio de la palabra de Dios.
Al testimonio de las Sagradas Escrituras, añade el Catecismo la autoridad de los Santos Padres. Estos,
además de mostrarnos el unánime consentimiento de la Iglesia en lo relativo al dogma y a la moral, además de
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ser fieles testigos de las divinas tradiciones, esclarecen con sus discursos las mismas verdades, las confirman
con su autoridad y nos persuaden que asintamos a las mismas, tan conformes así a la sabiduría como a la
omnipotencia del Altísimo.
Es tan grande la autoridad atribuida por el Catecismo a los Santos Padres, que, en relación con la
importancia y sublimidad de los dogmas propuestos, está el número de sus testimonios aducidos. Así, para
enseñarnos la doctrina de la Iglesia relativa al divino sacramento de la Eucaristía, no se contenta con
recordarnos las palabras de los santos Ambrosio, Crisóstomo, Agustín y Cirilo, sino que nos invita a leer lo
enseñado por los santos Dionisio, Hilarlo, Jerónimo, Damasceno y otros muchos, en todos los cuales podremos
reconocer una misma fe en la presencia real de Jesucristo en el sacramento del amor.
Por último, quiere el Catecismo que tengamos presente las definiciones de los Sumos Pontífices y los
decretos de los Concilios Ecuménicos, como inapelables e infalibles, en todas las controversias religiosas. He
ahí indicado de algún modo el carácter que tanto distingue, ennoblece y hace inapreciable al Catecismo. Más no
se contentó la Iglesia con dar solidez a su Catecismo, sino que le dotó de otra cualidad que aumenta su mérito y
le hace sumamente apto para la consecución de su finalidad educadora: es sencillo en sus raciocinios y ex-
plicaciones. Quiso el Santo Concilio que sirviera para la educación del pueblo, y para ello ofrece tal diafanidad
en la expresión de las más elevadas verdades teológicas, que aparece todo él, no como si fuera la voz de un
oráculo que reviste de enigmas sus palabras, sino como la persuasiva y clara explicación de un padre
amantísimo, deseoso de comunicar a sus predilectos y tiernos hijos el conocimiento de lo que más les interesa,
el conocimiento de Dios, de sus atributos, de las relaciones que le unen con los hombres y de los deberes de
éstos para con su Padre celestial. Si alguna vez se han visto en amable consorcio la sublimidad de la doctrina
con la sencillez embelesadora de la forma, es, sin duda ninguna, en este nuestro y nunca bastante elogiado
Catecismo.
Este carácter, que le hace tan apreciable, nos recuerda la predicación evangélica, la más sublime y
popular que jamás escucharon los hombres. Esta sublime sencillez se nos presenta más admirable cuando nos
propone los más encumbrados misterios, de tal modo expuestos, que apenas habrá inteligencia que no pueda
formarse de los mismos siquiera alguna idea. Como prueba de esto, véase cómo explica con una semejanza la
generación eterna del Verbo: ―Entre todos los símiles que pueden proponerse —dice— para dar a entender el
modo de esta generación eterna, el que más parece acercarse a la verdad es el que se toma del modo de pensar
de nuestro entendimiento, por cuyo motivo San Juan llama Verbo al Hijo de Dios. Porque así como nuestro
entendimiento, conociéndose de algún modo a sí mismo, forma una imagen suya que los teólogos llaman
verbo, así Dios, en cuanto las cosas humanas pueden compararse con las divinas, entendiéndose a sí mismo,
engendra al Eterno Verbo‖. Otras muchas explicaciones de las más elevadas verdades hallamos en este
Catecismo, todas las cuales nos demuestran cuánto desea que sean comprendidas por los fieles y el gran interés
que todos debemos tener para procurar su inteligencia aun por los que menos ejercitada tienen su mente en el
conocimiento de las verdades religiosas.
De la solidez y sublime sencillez, tan características de este Catecismo, nace otra cualidad digna de
consideración, y es la extraordinaria luz con que ilustra el entendimiento, sin omitir de un modo muy eficaz la
moción de la voluntad para la práctica de cuanto se desprende de todas sus enseñanzas.
Después de la lectura y estudio de cualquiera de las partes del Catecismo, parece que la mente queda ya
plenamente satisfecha en sus aspiraciones, y no necesita de más explicaciones para comprender, en cuanto es
posible, lo que enseña y exige la fe. Mas no se contenta con la ilustración del entendimiento, sino que, según
hemos ya indicado, se dirige especialmente a que la voluntad se enamore santamente de tan consoladoras
verdades, las aprecie y se esfuerce en demostrar con sus obras que su fe es viva, práctica, y la más pode-rosa
para la realización de la vida cristiana, aun en las más difíciles circunstancias.
Varios son los nombres dados a este Catecismo según los diferentes respectos con que se le considere.
Es conocido con el nombre de Catecismo Tridentino, por haberse empezado por disposición de aquel Concilio
Ecuménico; Catecismo de San Pío V, porque fué aprobado y publicado por este Soberano Pontífice, y también
Catecismo Romano, por ser el que la Iglesia Romana propone a quienes tienen el encargo de enseñar su
doctrina al pueblo como norma segura, exenta de error y la más acomodada a la capacidad de la generalidad de
los fieles.
Para demostrar con cuánta verdad se le da el nombre de Catecismo Tridentino, no tenemos más que
recordar lo establecido por aquella santa Asamblea en su sesión XXIV, cap. 7, por estas palabras: ―Para que los
fieles se presenten a recibir los sacramentos con mayor reverencia y devoción, manda el santo Concilio a todos
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los obispos que expliquen, según la capacidad de los que los reciben, la eficacia y uso de los mismos
Sacramentos, no sólo cuando los hayan de administrar por sí mismos al pueblo, sino también han de cuidar de
que todos los párrocos observen lo mismo con devoción y prudencia, haciendo dicha explicación aun en lengua
vulgar si fuere menester y cómodamente se pueda, según la forma que el santo Concilio ha de prescribir
respecto de todos los Sacramentos en su Catecismo, el cual cuidarán los obispos se traduzca fielmente en
lengua vulgar, y que todos los párrocos lo expliquen al pueblo‖.
No habiendo sido posible terminar el Catecismo antes de la clausura del Concilio Tridentino, el Sumo
Pontífice Pío IV encomendó este asunto al cuidado de algunos obispos y teólogos para que preparasen la
materia necesaria a tan útil obra. Los principales a quienes eligió para esta importante empresa fueron Muelo
Calina1, Leonardo de Marinis2, Egidio Fuscario3 y Francisco Foreiro4.
También cooperaron a la misma el Cardenal Seripando5, Miguel Medina6, y Pedro Galesino7.
Reunido todo lo necesario para la composición de la obra, escogió a Mucio Calino, Pedro Galesino y
Julio Poggiani8 para que la ordenasen y compusiesen en estilo elegante y el más acomodado a la sublimidad del
asunto.
Constando el Catecismo de cuatro partes, encomendó las dos primeras, esto es, el Símbolo y los
Sacramentos, a Mucio Calino; el Decálogo, a Pedro Galesino, y la Oración Dominical, a Julio Poggiani. Este
empleó los últimos cuatro meses del año de 1564 en la redacción de la última parte del Catecismo. Cuando
Mucio Calino y Pedro Galesino hubieron terminado el Símbolo, los Sacramentos y el Decálogo en el año de
1565, quisieron que Julio Poggiani revisara, corrigiera y enmendase cuanto habían hecho, dando a toda la obra
uniformidad de estilo, como si fuese tan sólo uno mismo el autor de ella.
Muerto el Papa Pío IV en el año de 1565, le sucedió Pío V, al que rogó en gran manera San Carlos
Borromeo la publicación del Catecismo Tridentino. De nuevo fué revisado y perfeccionado por el cardenal
Sirleto9, Mucio Colino, Leonardo de Marinis, Tomás Manrique10, Eustaquio Locatello y Curcio Franco.
Terminados todos estos estudios, y perfeccionada la obra por tan eminentes teólogos y literatos, en
octubre del año de 1566 se encomendó su impresión a Paulo Manucio, quien la publicó en Roma, con privilegio
del Santísimo Papa Pío V, en hermosos y nítidos caracteres, excelente papel, aunque sin las divisiones
introducidas posteriormente.
1 Mucio Calino, natural de Brescia, varón de mucha piedad y adornado de no vulgar ciencia, primeramente fué obispo de
Zara, y últimamente de Terni. Por mandato de Pío IV y Pío V, colaboró en la redacción del Catecismo Tridentino, Indice de
libros prohibidos, Breviario y Misal.
2 Leonardo de Marinis, O. P., fué creado por Julio III obispo de Laodicea y sufragáneo del obispo de Mantua; después Pío
IV le hizo arzobispo. Enviado al Concilio Tridentino, se portó muy dignamente, mereciendo ser alabado y admirado por
aquella santa Asamblea. Los Sumos Pontífices le enviaron tres veces como Legado Apostólico a diferentes Príncipes.
Finalmente, trasladado al obispado de Alba, murió en Roma el año de 1578. Trabajó en la reforma del Breviario, Misal
Romano y en la redacción del Catecismo del Concilio Tridentino.
3 Egidio Fuscario, O. P., fué Maestro del Sacro Palacio en el Pontificado de Paulo III. El Papa Julio III le creó obispo
Munitense. Fué en gran manera perseguido y acusado de herejía, pero calmada esta tempestad, y convencidos todos de la
pureza e integridad de su fe, fué enviado por el Sumo Pontífice Pío IV al Concilio de Trento, en el cual dio ilustres pruebas
y el más brillante testimonio de católica fe, eximia doctrina y singular prudencia. Murió en Roma el año de 1564.
4 Francisco Foreiro, O. P., insigne por sus estudios teológicos y literarios, fué enviado por el rey de Portugal como teólogo
al Concilio Tridentino, en el cual brilló en tanto grado por su ingenio, que, disponiéndose a partir de Trento, terminado el
Concilio, pidió san Carlos Borromeo al rey de Portugal le dejase ocupar en la composición del Catecismo.
5 Jerónimo Seripando, natural de Nápoles, cardenal de la Santa Iglesia Romana del título de santa Susana, fué enviado por
lenguas hebrea, griega y latina. Defendió con mucho valor la Iglesia Católica, así con escritos como de palabra.
7 Pedro Galesino, de Milán, fué Protonotario Apostólico. Poseía en grado superior las lenguas hebrea, griega y latina.
Fué secretario de tres cardenales, Dandini, Truxi y Borromeo. Los Papas Pío IV y Pío V le confiaron este mismo cargo.
Escribió las Actas del primer Concilio Provincial de Milán. Murió el año de 1562.
9 Guillermo Sirleto, no fué noble por su cuna o riquezas, sino por sus virtudes y doctrinas. Habiéndose instruido en
Nápoles en las lenguas hebrea, griega y latina, vino a Roma, en donde fué muy amado de Paulo IV y del Cardenal
Borromeo. Paulo IV le creó obispo y después cardenal de la santa Romana Iglesia. El Papa san Pío V le nombró revisor del
Catecismo Tridentino. Murió el año de 1581.
10 Tomás Manrique, O. P. Español, descendiente de una noble familia, brilló en tanto grado por su prudencia y erudición,
que fué Procurador de su Orden, y después de pocos años, el Papa Pío IV le nombró Maestro del Sacro Palacio. Habiendo
creado el Papa Pío V una Cátedra de Teología en la Basílica Vaticana, fué el primero que la regentó.
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Concilios y Sumos Pontífices que lo han recomendado
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En este mismo año de 1579, el clero de toda la Galia, en la asamblea de Melun, ordena: ―Que aquellos
que tienen cura de almas tuviesen continuamente entre manos el Catecismo del Concilio Tridentino‖.
El Concilio Provincial de Ruan, celebrado en el año 1581 bajo la presidencia del cardenal Carlos de
Borbón, en el tít. De Curat. Officiis, manda: ―Para que todo párroco pueda cumplir con su oficio, tengan todos
el Catecismo Romano en latín y francés, y, según él prescribe, enseñen la doctrina del Credo, de los
Sacramentos, del Decálogo y demás cosas necesarias para la salvación‖. Fué aprobado por el Sumo Pontífice
Gregorio XIII, el 19 de marzo de 1582.
El Concilio Provincial de Burdeos, celebrado en el año 1583 por Antonio Prevoste, en el tít. VIII De
Sacramentis, ordena: ―A los párrocos que traigan continuamente entre manos el Catecismo del Concilio
Tridentino, en donde con toda claridad se explica la virtud y eficacia de los Sacramentos‖. En el tit. XVIII de
Parochis, dice: ―Todos los días de fiesta expliquen los párrocos al pueblo alguna cosa del Catecismo Tridentino
(el cual, publicado ya por nuestra orden en latín y francés, les encargamos le tengan consigo), en orden a todo
lo que el cristiano ha de saber, a fin de que así entiendan los fieles qué es lo contenido en los artículos de la fe y
qué piden cuando rezan la oración dominical y cuál es el número, virtud, eficacia y efecto de los Sacramentos‖.
Fue aprobado este Concilio por el Papa Gregorio XIII el día 3 de diciembre de 1583, y por los cardenales
intérpretes del Concilio Tridentino el día 9 del mismo mes y año.
El Concilio Provincial de Turs, celebrado el año de 1583 y presidido por el arzobispo Simón de Maille,
en el tít. De proff. fid. tuenda, manda : ―Que todos los admitidos a oír confesiones estén obligados a tener el
Catecismo del Concilio Tridentino y a saberlo de memoria‖. Fue aprobado por el Sumo Pontífice Gregorio XIII,
el día 8 de octubre de 1584.
El Concilio de Reims, celebrado en 1583 por el cardenal arzobispo Ludovico de Guisa, en el título VI, de
Curatis, establece: ―Que los párrocos no sólo vivan santamente, sino que, además, tengan siempre en las manos
algún libro que trate del modo de administrar los Sacramentos, o el Catecismo del Concilio Tridentino, ya en
latín o en lengua vulgar, del cual saquen cada domingo lo que sea conforme al Evangelio y se deba proponer al
pueblo‖. Fué confirmado por el Papa Gregorio XIII, como puede leerse en las letras que expidió el día 30 de
julio de 1584.
El Concilio Provincial de Aix, celebrado el año, de 1585 bajo la presidencia del arzobispo Alejandro
Canigiano, determina en el tít. de Parochis: ―Para que cada párroco pueda desempeñar su cargo, tenga el
Catecismo Romano en latín y francés, y enseñe la doctrina del Credo, Decálogo, Sacramentos, oración
dominical y demás cosas necesarias para la salvación, según él enseña y prescribe‖. Y en el título De Seminario:
―Este sea el uso perpetuo de todos los Seminarios, que el Catecismo Romano se lea primero y se explique con la
mayor diligencia a los jóvenes y no se deje parte alguna suya, de cuyas doctrinas no queden aquéllos imbuidos
con todo el cuidado posible‖. Fué aprobado este Concilio por el Sumo Pontífice Sixto V, el día 4 de mayo de
1586, y por los cardenales intérpretes del Concilio Tridentino el día 5 del mismo mes y año,
El Concilio Provincial de Gnesma, en Polonia, celebrado en 1589 bajo la presidencia de Estanislao Kankouski,
en el tít. De Parochorum ofjicio, número VII estableció: ―Que todos los días de fiesta propusiesen los párrocos
al pueblo alguna cosa del Catecismo Romano, el cual procuraremos adquiera en breve nuestra provincia,
acerca de lo que todos han de saber para salvarse, para que así entiendan los fieles qué es lo que comprenden
los artículos de la fe, qué es lo que contiene el Decálogo, qué piden al decir la Oración Dominical, cuál es el
número de los Sacramentos, su virtud y eficacia, cuál su uso, y cómo deben estar dispuestos los fieles para
recibirlos‖. Este Concilio fui aprobado por la Congregación de los cardenales intérpretes del Concilio
Tridentino, el día 6 de marzo de 1590, y por el Papa Sixto V, el día 9 del mismo mes y año.
El Concilio Provincial de Tolosa, celebrado el ario de 1590, siendo su presidente el cardenal arzobispo
Francisco de Joyosa, en la part. 1, capítulo III, De Parochis, núm. II, estableció: ―Para que más fielmente
puedan (los párrocos) cumplir con su oficio, tengan perpetuamente el Catecismo Latino-Francés de la Fe
Romana, y expliquen al pueblo siempre que fuere necesario, las cosas que en él se contienen acerca del Credo,
Decálogo, Sacramentos y demás cosas necesarias para la salvación‖. En la part. II, cap. I, número I: ―Nunca los
obispos ni los párrocos pasarán a administrar los Sacramentos, sin que primero hayan explicado por el
Catecismo del Concilio Tridentino, su provechoso uso y maravillosa virtud a los que los reciben y a los demás
que oyen‖. En la part. III, capítulo V, De Seminariis Clericorum: ―El Catecismo Romano se leerá con la mayor
frecuencia a los alumnos de los Seminarios en ciertos y determinados días‖.
El Concilio Provincial de Tarragona, celebrado en 1581, siendo su presidente Juan Torres, arzobispo,
recomienda que: ―Los párrocos lean y enseñen con diligencia el Catecismo Romano‖.
El Concilio Provincial de Aviñón, celebrado el año de 1594 por el cardenal arzobispo Francisco María
Taurusi, en el tít. De Officio Parochi, se lee: ―Tenga continuamente cada párroco entre manos el Catecismo
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Romano, para que con su auxilio pueda conocer bien el modo de administrar debidamente los Sacramentos y
pueda imbuirse de sana doctrina para la predicación al pueblo que está a su cargo‖.
El Concilio Provincial de Aquileya, celebrado en 1596 por el arzobispo Francisco Barbaro, se expresa
así: ―Deseamos que el clero de Eslavonia lea con frecuencia el Catecismo Romano, traducido ya en lengua
eslavona por disposición de Gregorio XIII, y tengan los obispos el cuidado de guardar en el archivo arzobispal
un ejemplar muy correcto del mismo Catecismo, para que a su contexto se puedan en lo sucesivo reconocer y
aprobar los demás ejemplares‖. También fué aprobado este Concilio por los cardenales intérpretes de Concilio
Tridentino.
El Concilio Provincial de Burdeos, celebrado el año de 1624, siendo presidente el cardenal De Sourdis,
en el cap. XII, De praedicatione Verbi Dei, establece: ―Los que tienen cura de almas expliquen a sus
parroquianos, desde el púlpito, el Catecismo Romano‖.
Últimamente, el Concilio de Cremona, celebrado en 1603 por César Spaciani, dice: ―Inspirados por el
Espíritu Santo aquellos Padres que presidieron el Concilio Tridentino, mandaron que se compusiese cuanto
antes el Catecismo Romano, para que de él, como de fecundísimas fuentes de la santa Madre Iglesia, pudiesen
todos los clérigos beber la suavísima leche de la doctrina eclesiástica; por tanto, los clérigos destinados a la
enseñanza de los jóvenes guarden inviolablemente de aquí en adelante, bajo pena de suspensión, la costumbre
santamente introducida en nuestros Seminarios de explicar a todos los clérigos el Catecismo Romano,
haciéndolo cada día o por lo menos tres veces a la semana‖.
Después de tan ilustres testimonios, después de tantas recomendaciones, después que con voz unánime
es proclamada la excelencia del Catecismo Tridentino, no creo sea posible que nadie deje de convencerse del
mérito de una obra así alabada y con tantos encomios enaltecida. Y no solamente los Concilios reconocieron y
confesaron sus excelencias, sino que los mismos Soberanos Pontífices, Maestros infalibles de la Iglesia, son los
primeros en mostrarnos el aprecio con que debe ser tenido; ellos mismos procuraron su difusión y propaga-
ción.
El Sumo Pontífice San Pío V, según puede verse por el siguiente Breve dirigido a Manucio el día 26 de
septiembre de 1566, procuró adelantar cuanto le fué posible su publicación. ―Deseando ejecutar, por razón de
nuestro cargo, ayudados por la divina gracia con la mayor diligencia lo que fué decretado y ordenado por el
Concilio Tridentino, hemos procurado que se compusiera en esta ciudad, por algunos escogidos teólogos, el
Catecismo, con el cual los párrocos enseñen a los fieles lo que conviene conozcan, profesen y guarden. El cual
libro, habiendo de ser publicado con toda perfección, con la ayuda de Dios hemos dado providencia a fin de que
se imprima con la mayor diligencia posible‖11.
En la Bula, de fecha 8 de marzo de 1570, establece que en todos los Monasterios del Císter se tenga este
Catecismo, juntamente con la Biblia y las obras de San Bernardo. En otra Bula, publicada el día 30 de junio de
1570, ordena que en todos los Conventos de los Siervos de María se lea este Catecismo todos los días festivos.
Finalmente, lo hizo traducir al italiano, francés, alemán y polaco, según asegura Gabutio en la vida de este
celosísimo y preclaro Pontífice.
Gregorio XIII, en un Breve del año de 1593, afirma que por su mandato y con su aprobación se publicó
de nuevo el Catecismo; ordenó que fuese traducido en lengua eslava, y aprobó con su autoridad suprema
muchos Concilios Provinciales que recomendaron el uso del Catecismo Tridentino; todo lo cual claramente nos
indica el aprecio y estima con que miraba el Catecismo Tridentino.
La santidad del Papa Clemente XIII, en sus Letras Apostólicas de 14 de junio del año de 1761, entre
otras cosas, decía así para recomendar el Catecismo Tridentino: ―Este libro, que los Pontífices Romanos
quisieron proponer a los Pastores, como norma de fe católica y máximas cristianas, para que también en el
modo de enseñar la doctrina fuesen todos uniformes, ahora es cuando más os lo recomendamos, venerables
hermanos, y os exhortamos encarecidamente en el Señor mandéis que todos cuantos ejercen cura de almas
usen de él cuando enseñan a los pueblos la verdad católica, para que así se guarde tanto la uniformidad de
enseñar cuanto la caridad y concordia de los ánimos‖.
Para enseñarnos el intento de la Iglesia en la publicación de este Catecismo, se expresa de este modo:
―Después que el Concilio Tridentino condenó las herejías que en aquel tiempo intentaban ofuscar la luz de la
Iglesia, y, como desvaneciendo la niebla de los errores, expuso con más clara luz la verdad católica, viendo los
mismos predecesores nuestros que aquella sagrada asamblea de la universal Iglesia usaba de tan prudente
11―Pastorali officio cupientes quam diligentissime divina adiuvante gratia fungi, et ea, quae a sacro Tridentino Concilio
statuta et decreta fuerunt, exequi, curavimus, ut a delectis aliquot Theologis in hac alma Urbe componeretur Catechismus,
quo Christi fideles de iis rebus, quas eos nosse, profiteri et servare oportet, Pare, chorum suorum diligentia edocerentur.
Qui liber cum Deo iuvante perfectus in lucen edendus sit, providendum duximus, ut quam diligentissime imprimatur‖.
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consejo y de tanta moderación, que se abstenían de condenar las opiniones sostenidas por la autoridad de los
doctores escolásticos, quisieron que, según la mente del mismo Sagrado Concilio se compusiese una obra que
comprendiese toda la doctrina de que fuera necesario instruir a los fieles y estuviese muy lejos de todo error.
Este fué el libro que imprimieron y publicaron con el nombre de Catecismo Romano, mereciendo con esto ser
alabados por dos títulos, ya porque en él juntaron aquella doctrina que es común en la Iglesia y está lejos de
todo peligro de error, ya también porque, con clarísimas palabras, propusieron esta misma doctrina para ser
enseñada públicamente al pueblo, obedeciendo con esto al precepto de Cristo Señor, quien mandó a los
Apóstoles que publicasen delante de todos lo que Él había dicho en las tinieblas, y que predicasen sobre los
tejados lo que habían aprendido en el secreto del oído‖.
El Sumo Pontífice León XIII, en la Carta Encíclica al clero de Francia, de 8 de septiembre de 1899,
escribe así con relación al Catecismo Tridentino: ―Recomendarnos que todos los seminaristas tengan en sus
manos y relean frecuentemente el libro de oro, conocido con el nombre de Catecismo del Santo Concilio de
Trento o Catecismo Romano, dedicado a todos los sacerdotes investidos del cargo pastoral. Notable por la
riqueza y exactitud de la doctrina a la vez que por la elegancia de su estilo, este Catecismo es un precioso
resumen de toda la Teología dogmática y moral. Quien lo posea a fondo, tendrá siempre a su disposición los
recursos con cuya ayuda puede un sacerdote predicar con fruto, ejercer dignamente el importante ministerio de
la confesión y de la dirección de las almas y refutar victoriosamente las objeciones de los incrédulos‖12.
Finalmente, el Santísimo Papa Pío X, en la Encíclica Acerbo nimis, de 15 de abril de 1905, ordenaba lo
siguiente: ―Ya que, principalmente en nuestros aciagos días, la edad viril necesita tanto de instrucción religiosa
como la edad de la niñez, todos los párrocos y demás que tengan cura de almas, fuera de la acostumbrada
homilía del Evangelio, que se debe predicar todos los días festivos en la misa parroquial, expliquen también el
Catecismo a los fieles, en lenguaje sencillo y acomodado al auditorio, a la hora que estimen más oportuna para
la concurrencia del pueblo, exceptuando solamente la del Catecismo de los niños. Por lo cual deben seguir el
Catecismo del Concilio de Trento, procurando al cabo de cuatro o cinco años abarcar todo lo referente al
símbolo, sacramentos, decálogo, oración y mandamientos de la Iglesia‖.13
Si bien con lo apuntado hasta aquí podemos formarnos el concepto más elevado sobre la excelencia del
Catecismo del Concilio de Trento, no queremos perder ocasión tan propicia para dejar consignados algunos
encomios tributados al mismo por hombres distinguidos, después de estudiar y admirar los tesoros de
sabiduría verdaderamente cristiana que en él están como depositados para enriquecer la inteligencia de
cuantos en sus hermosas páginas quisieran estudiar la doctrina de la Iglesia.
Si el catolicismo no pudiera ostentar otros mil títulos que le hacen acreedor a la admiración y al amor de
todos los hombres, este solo libro sería suficiente para colocarlo en el lugar más eminente y superior al de todas
las comuniones separadas de la Iglesia Romana. ¿Cuál de éstas puede ofrecer un compendio tan sabio, tan
ordenado y luminoso como el que nos presenta la Iglesia Católica en el Catecismo Romano?
―Sólo él contiene más verdad y ciencia y más espíritu y unción celestial y divina sabiduría que los
portentosos y abultados volúmenes de todos los modernos reunidos‖. Jorge Eder. In praefat. ad partitiones
Catechismi, anni 1567.
―Es como un compendio de todos los Catecismos católicos, porque en él se enseña toda la teología
necesaria para la formación de los párrocos e instrucción de los pueblos. Sus doctrinas fueron dictadas por el
Santo Concilio Tridentino, inspirado por el Espíritu Santo‖. Posevino. Bibli., libro VII, capítulo XII.
12 ―Nous recommandons que tous les Seminaristes aient entre les mains et relisent souvent le livre d'or, connu sous le nom
de Catechisme du S. Concile de Trente ou Catechisme Romain dedié a tous les prêtres investis de la charge pastorale
(Catechismus ad parochos). Remarquable á la fois par la richesse et l'exactitude de la doctrine et par l'elegance du style, ce
Catechisme est un precieux abrégé de toute la Theologie dogmatique et morale. Qui le possederait á fond aurait toujours á
sa disposition les ressources à L'alde desquelles un prêtre peut prêcher avec fruit, s'acquitter dignement de l'important
ministere de la confession et de la direction des ames, et être de refuter victorieusement les objections des incredules.‖
13 ―Quoniam vero, praesertim hac tempestate, grandior aetas non secas ac puerilis religiosa eget institutione; parochi
universi ceterique animarum curam gerentes, praeter consuetam homiliam de Evangelio, quae festis diebus omnibus in
parochiali Sacro est habenda, ea hora quam opportuniorem duxerint ad populi frequentiam, illa tantum excepta qua pueri
erudiuntur, catechesim ad fideles instituant, facili quidem sermone et ad captum accommodato. Qua in re Catechismo
Tridentino utentur, eo utique ordine ut quadriennii vel quinquennii spatio totam materiam pertractent quae de Symbolo
est, de Sacramentis de Decalogo, de Oratione et de praeceptis Ecclesiae.‖
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―Lo que el Santo Concilio de Trento dijo sucintamente sobre las principales verdades de la religión, eso
explica y propone más difusa y distintamente el Catecismo Romano según la mente del mismo Concilio. Por lo
cual, veo que su doctrina es de tanta autoridad, que el contradecirla es manifiesta temeridad, ya porque la
doctrina de este Catecismo es, en cierta manera, doctrina del Concilio Tridentino, ya también porque este
Catecismo fué publicado por dos autoridades, a saber: la de un Concilio general y la del Sumo Pontífice, por lo
cual, con justa razón, parece se ha de afirmar que fué compuesto con especial asistencia del Espíritu Santo‖.
Juan Bellarini. In praef. ad lib. De doct. Cathol.
―Si por gran beneficio se suele estimar una obra que por dictamen particular de un hombre se publica
para ilustración de la fe católica, ¿cuánto debemos apreciar este Catecismo, que, comenzado por dictamen de
un Concilio general, y perfeccionado por los desvelos de los varones más célebres de toda la cristiandad, ha sido
confirmado por la autoridad de la Silla Apostólica, y, finalmente, publicado por mandamiento de San Pío V,
Pontífice tan prudente como el que más en el gobierno de la Iglesia, y tan santo, que apenas le aventaja otro en
estos tiempos en religión? ¿Por ventura, después de las santas Escrituras, hay otra obra que deba ocupar las
manos de los Pastores con preferencia al Catecismo Romano?‖ Andrés Fabricio Leodio. In praef. ad
Catechism.
―Es tal este libro, que sólo él equivale a todos, ya por cuanto consolida toda la jerarquía antigua de la
Iglesia, ya también por el método prontísimo con que ataja y extingue las peregrinas extravagancias que
esparcen los herejes. Cualquiera que se familiarice con el estudio de este Catecismo, con su frecuente lectura,
oirá, no palabras de hombres que se deban examinar a la luz de la razón, o comparar con otros dictámenes de
otros sabios, sino las mismas lenguas de los apóstoles que hablan las grandezas de Dios‖. Alberto, duque de
Baviera.
―Este Catecismo es antídoto contra el veneno de las herejías, piedra de toque e infalible norma a cuyo
contraste se han de examinar todas las doctrinas, teniendo el primer lugar entre todos los escritos de los
Doctores, porque expresa, no el pensamiento de un hombre particular, sino el juicio de toda la Iglesia, que es
columna y firmamento de la verdad‖. Jaime Bayo.
―El Catecismo Romano es obra tan excelente, que, ya en lo relativo a la gravedad de las sentencias, ya
por la elegancia de sus palabras, juzgan los hombres doctos que no ha salido otra más ilustre desde muchos
siglos, porque todas las cosas tocantes a la instrucción y educación de las almas, están explicadas en él con
tanto orden, tal claridad y majestad, que parece no habla hombre alguno, sino que la santa Madre Iglesia
enseñada por el Espíritu Santo, es la que instruye a todos‖. Agustín Valerio, cardenal y obispo de Verona.
―Los Pastores y demás encargados de la cura de almas deben traer entre manos día y noche este
Catecismo del Concilio Tridentino, que goza en la Iglesia Católica de grandísima autoridad, para que puedan
imbuir de sana doctrina y educar con buenas costumbres el pueblo que Dios les ha confiado‖. Ignacio Jacinto
Gravesón.
Si por los frutos se conoce el árbol, necesaria-mente los que ha de producir este Catecismo han de ser
copiosos y excelentes, ya que él es reconocido universalmente por su relevante mérito.
El primer fruto que ha de producir su estudio es la renovación de las ideas y enseñanzas adquiridas en
el estudio de la Sagrada Teología. Por esta razón dijo el inmortal León XIII de este Catecismo que era “Un
precioso resumen de toda la Teología dogmática y moral”. Ahora bien, ¿a quién no puede ser de sumo
provecho después de haber terminado el estudio de la ciencia sagrada, conservar siempre claro su recuerdo por
medio de un precioso compendio de la misma? Es verdad que a muchos, por razón de sus ocupaciones, ni
tiempo les resta para dedicarse sosegadamente a tan provechoso estudio; pero ¿quién no podrá hallar cada día
algunos momentos para consagrarlos a una ciencia necesaria, y de tan gran provecho, así para nosotros
mismos como para los confiados a nuestro cuidado? Y si bien existen muchos compendios de Teología, ¿cuál
como este tan sabiamente escrito, tan claro y de tanta autoridad?
Además, uno de los principales cargos de los que tienen el cuidado de los fieles es la enseñanza ca-
tequística. Esta es una obligación ineludible, necesaria y de gran responsabilidad. Su cumplimiento exige
preparación, exige estudio, exige un conocimiento perfecto de las verdades cristianas, de las obligaciones
propias de cada estado. No basta un conocimiento general y superficial de los divinos dogmas, si la enseñanza
catequística ha de ser provechosa y fructífera. La necesidad de esta preparación nos la recuerda el Papa Pío X
en su inmortal Encíclica Acerbo nimis, con estas palabras: ―No quisiéramos que nadie, en razón de esta misma
sencillez que conviene observar, imagine que la enseñanza catequística no requiere trabajo ni meditación; por
lo contrario, los exige mayores que otra alguna. Es más fácil hallar un orador sagrado que hable con
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abundancia y brillantez, que un catequista cuyas explicaciones merezcan en todo alabanza. De suerte que, por
mucha facilidad de formar conceptos y expresarlos con que le haya dotado la naturaleza, sépase que nadie
hablará bien de Doctrina cristiana, ni alcanzará fruto en el pueblo y en los niños, si antes no se ha preparado y
ensayado con seria meditación. Se engañan, pues, los que, fiando en la inexperiencia y torpeza intelectual del
pueblo, creen que pueden proceder negligentemente en esta materia; antes al contrario, cuanto mayor sea la
incultura del auditorio, mayor celo y cuidado se requiere para acomodar la explicación de las verdades
religiosas (de suyo tan superiores a un entendimiento vulgar) a la débil comprensión de los ignorantes, que no
menos que los sabios necesitan conocerlas para alcanzar la eterna bienaventuranza‖.14
Esto supuesto, ¿en dónde hallar un libro más propio para la instrucción y formación de aquellos que
han de enseñar la Doctrina cristiana al pueblo como el que ofrece a todos los párrocos la Iglesia en el Catecismo
Tridentino?
Este debería ser el libro favorito, el más apreciado por los que tienen el deber de ilustrar la mente de los
ignorantes en las verdades religiosas, por los que han de procurar la verdadera regeneración de la sociedad
cristiana mediante el conocimiento de las verdades de la fe, únicas que, enseñando al cristiano sus deberes, su
dignidad, su fin sobre la tierra, pueden hacerle feliz en este mundo, mostrándole el camino infalible de la ver-
dadera dicha mediante el amor y la obediencia a su Padre celestial.
Este debería ser el consultor y el maestro de aquellos que, por amor de Dios y del prójimo, se todo fruto
sazonado, nada se halla en el inútil, nada superfluo.
Es modelo perfectísimo que todos deberíamos imitar en la exposición de las verdades religiosas.
Cuantas veces lo leo, 'me admiro del modo ingenio-so con que sabe proponer los misterios de la fe para
hacernos comprender la importancia de los mismos.
He aquí, en confirmación de esto, cómo empieza a tratar de cada uno de los Sacramentos:
―El que atentamente leyere al Apóstol tendrá por cosa cierta que el perfecto conocimiento del Bautismo
es muy importante a los fieles, persuadiéndose de esto por la mucha frecuencia y gravedad de palabras llenas
del Espíritu de Dios con que el santo renueva la memoria de este misterio, recomienda su divina virtud y nos
pone ante los ojos la muerte, sepultura y resurrección del Redentor, ya para considerarlas, ya también para
imitarlas‖.
―Si algún tiempo requiere en los Pastores gran cuidado para explicar el Sacramento de la Confirmación,
ninguno en verdad más que el presente pide que se exponga con toda claridad, cuando en la Iglesia de, Dios
muchos abandonan del todo este Sacramento y son poquísimos los que procuran sacar de él el fruto que
deberían de la divina gracia‖.
―Así como entre todos los sagrados misterios que como instrumentos ciertísimos de la divina gracias
nos encomendó nuestro Salvador y Señor, ninguno hay que pueda compararse con el Santísimo Sacramento de
la Eucaristía, así tampoco hay que temer de Dios castigo más severo de alguna otra maldad, como de que no se
trate por los fieles santa y religiosamente una cosa llena de toda santidad, o más i bien, que contiene al mismo
Autor y fuente de la santidad‖.
14“Nolumus porro, ne ex eiusmodi simplicitatis studio persuadeat quis sibi in hoc genere tractando, millo labore
nullaque meditatione opus esse: quin immo maiorem plane, quam quodvis genus aliad, requirit. Facilius longe est
reperire oratorem, qui copiose dicat ac splendide, quam catechistam qui praeceptionem habeat omni ex parte
laudabilem. Quacumque igitur facilitate cogitandi et eloquendi quis a natura sit nactus, hoc probe teneat, numquam se
de christiana doctrina ad pueros vel ad populum cum animi fructu esse dicturum, nisi multa commentatione parafum
atque expeditum. Falluntur sane qui plebis imperitia ac tarditate fisi, hac in re negligentius agere se posse autumant. E
contrario, quo quis ruidores nactus sit auditores, eo maiore studio ac diligentia utatur oportet, ut sublimissimas
veritates, adeo a vulgari intelligentia remotas, ad obtusiorem imperitorum aciem accomodent, quibus aeque ac
sapientibus, ad aeternam beatitatem adipiscendam sunt necessarias.”
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Del Sacramento ele la Penitencia.
―Así como es a todos manifiesta la fragilidad y miseria de la naturaleza humana y cada uno luego la
reconoce en sí por experiencia propia, así ninguno puede ignorar lo muy necesario que es el Sacramento de la
Penitencia. Y por esto, si el cuidado que han de poner los párrocos en cada argumento debe medirse por la
gravedad e importancia del asunto que tratan, necesariamente debemos confesar que, por muy diligentes que
sean en la explicación de este Sacramento, nunca les ha de parecer suficiente‖.
―Dándonos las Divinas Escrituras, este documento: "En todas tus obras acuérdate de tus postrimerías, y
nunca más pecarás", tácitamente amonestan a los párrocos que en ningún tiempo se ha de dejar de exhortar al
pueblo fiel a que ande meditando continuamente la muerte. Y como el Sacramento de la Extremaunción no
puede menos de recordar este último día, es fácil comprender que se debe tratar de él con frecuencia, así
porque conviene en gran manera descubrir y explicar los misterios de lo conducente a la salvación, como
también porque, considerando los fieles la necesidad de morir en que todos nos vemos, refrenen sus
depravados apetitos‖.
―Si se considerare con cuidado la naturaleza y condición de los demás Sacramentos, luego se verá que,
en tanto grado dependen todos ellos del Sacramento del Orden, que, sin él, Apóstol que ―cada uno tiene su
propio don de Dios, uno de una manera y otro de otra‖, y además de esto, estando el Matrimonio dotado de
grandes y divinos bienes, de suerte que se cuenta verdadera y propiamente entre los demás Sacramentos de la
Iglesia Católica, y habiendo el mismo Señor honrado con su presencia la celebración de las bodas, bien
podemos comprender que se ha de explicar esta materia, mayormente si atendemos a que, así San Pablo como
el Príncipe de los Apóstoles, dejaron escrito en muchos lugares lo relativo al Matrimonio, no solamente en
orden a su dignidad, sino también a su oficio‖.
¿No es verdad que con tan pocas palabras nos enseña la necesidad que hay de explicar cada uno de los
Sacramentos, indicándonos los motivos más poderosos y que más deben movernos a procurar que sea perfecta
su explicación? Pues bien, como los párrafos transcritos hallará muchísimos quien se resuelva al estudio de
este precioso tesoro, pues verdadero tesoro es para todo cristiano ilustrado, para todo celoso catequista, para
todo ministro de la divina palabra.
Si son pruebas evidentes de la bondad de un libro sus repetidas y numerosas ediciones, ciertamente
nuestro libro debe ser de los mejores, pues difícilmente se podrán contar las veces que ha sido editado, así en
lengua latina como en otras varias. No siendo nuestro ánimo estudiar esta interesante y curiosa cuestión,
solamente queremos dejar consignado que la biblioteca de nuestro Monasterio de Montserrat posee más de
quince diferentes ediciones.
La nueva que ahora nos decidimos a ofrecer al público, tiene por objeto la publicación de un estudio
más cabal y perfecto del mismo Catecismo. Cuántos lean este libro, podrán observar cómo repetidas veces nos
advierte e indica la necesidad de consultar los Santos Padres y Doctores de la Iglesia a fin de adquirir un
conocimiento más profundo acerca de los misterios propuestos; con mucha frecuencia aduce, como prueba de
sus asertos, diferentes lugares de las Sagradas Escrituras, indicándonos tan sólo que en varios lugares de la
misma los hallaremos confirmados; las mismas virtudes enseñadas por el Catecismo han sido de nuevo
proclamadas por el magisterio de la Iglesia; a satisfacer, pues, los deseos e indicaciones del Catecismo, es lo
único a que aspira esta edición.
En ella hallará el lector algunos lugares de los Santos Padres reconocidos como clásicos para confirmar
las principales verdades del Catecismo; en ella tienen lugar preferente las definiciones de los Sumos Pontífices
y de los Concilios Ecuménicos, como pruebas e intérpretes infalibles de la divina revelación; los diversos
lugares de las Sagradas Escrituras, tan sólo indicados, se podrán leer íntegramente. Además, hemos hecho un
estudio comparativo de los diversos símbolos o profesiones de fe para comprobar, así la antigüedad, como
universalidad de nuestras cristianas creencias.
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Finalmente, incluimos en nuestra edición dos exposiciones hermosísimas, escritas por el Ángel de las
escuelas, Santo Tomás de Aquino, una del Símbolo, y de la Oración Dominical la otra, como páginas bellísimas
y luminosas que, sin duda, han de contribuir a la mayor inteligencia de las dos partes importantísimas de
Catecismo: el Credo y la oración del Padre nuestro.
Quiera Nuestro Divino Maestro Jesús bendecir estas humildes páginas destinadas al conocimiento y a la
práctica de su celestial doctrina, única que puede hacer verdaderamente feliz al hombre y a la sociedad.
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ENCÍCLICA SOBRE LA ENSEÑANZA
DE LA DOCTRINA CRISTIANA
A nuestros Venerables Hermanos, Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios en paz y
comunión con la Sede Apostólica.
Pío X, Papa
Venerables Hermanos
Salud y Bendición Apostólica.
Aciagos sobremanera y difíciles son los tiempos en que, por altos juicios de Dios, fue nuestra flaqueza
sublimada al supremo cargo de pastor universal de la grey de Cristo; porque es tal, en efecto, la diabólica
astucia con que el enemigo cerca y acecha al rebaño, que no parece sino que, hoy más que nunca, tienen
acabado cumplimiento aquellas proféticas palabras del Apóstol a los ancianos de la Iglesia de Éfeso: “Sé que
entrarán... lobos rapaces entre vosotros, que no perdonarán la grey15‖. Cuántos se sienten aún animados por
el deseo de la divina gloria, buscan las causas y razones de esta decadencia religiosa; y, en consonancia con sus
diferentes investigaciones, eligen los diversos caminos que a cada cual dicta su parecer para el restablecimiento
y conservación del reino de Dios sobre la tierra. Nos, Venerables Hermanos, sin desconocer el mayor o menor
Influjo de las demás causas, creemos que están en la verdad los que piensan que, tanto la actual indiferencia y
embotamiento de los espíritus, como los gravísimos males que de aquí se originan, reconocen por causa
primaria y principal la ignorancia de las cosas divinas; lo que admirablemente concuerda con lo que el mismo
Dios dijo por el Profeta Oseas: “...Y no hay en la tierra ciencia de Dios. La maldición, y a mentira, y el
homicidio, y el robo, y el adulterio, todo lo Inundan, y la sangre sobre la sangre se ha derramado. Por esto
caerán el llanto y la miseria sobre la tierra y todos los que la habitan”16. Y efectivamente, comunísimos son y,
por desgracia, no injustos los clamores que nos advierten que en nuestra época hay muchos entre el pueblo
cristiano sumidos en la más completa ignorancia de las verdades necesarias para la salvación eterna.
Y al decir pueblo cristiano, no nos referimos sólo a la plebe o a los hombres de humilde condición, cuya
ignorancia hasta cierto punto es excusable, pues sometidos como están a la dura ley de sus señores, apenas les
queda tiempo para atender, a sí mismos; sino también, y muy principalmente, a aquellos que, no careciendo de
ilustración y talento, como lo prueba su erudición en las ciencias profanas, sin embargo, en materia de religión,
viven con lamentable temeridad y con ciega imprudencia. Es increíble la obscuridad que acerca de esto los
envuelve y, lo que es peor, se mantienen en ella con la más perfecta tranquilidad! Ni un pensamiento acerca de
Dios, supremo Autor y Moderador de todas las cosas, ni una idea sobre la fe cristiana; nada saben, por tanto, de
la Encarnación del Verbo, ni de la perfecta restauración del género humano, que fue su consecuencia ; nada de
la gracia, principalísimo auxilio en la consecución de los eternos bienes; nada del augusto sacrificio, ni de los
sacramentos, por medio de los cuales recibimos y conservamos esa misma gracia. Cuánta sea la malicia, cuánta
la fealdad y torpeza del pecado, jamás se tiene presente para nada; de donde resulta el ningún cuidado por
evitarlo o salir de él; y así se llega hasta el supremo día, y el sacerdote entonces, para no frustrar todo esperanza
de salvación, tiene que dedicarse a la enseñanza sumaria de la religión los últimos momentos de aquella alma,
momentos que sólo debiera emplear en excitarla a hacer actos de amor a Dios; y esto si no es que, como sucede
con frecuencia, sea tal la culpable ignorancia del moribundo, que estime inútil la obra del sacerdote y, sin
aplacar en modo alguno a Dios, se atreva a entrar con ánimo sereno por el tremendo camino de la eternidad.
Por eso dijo con razón nuestro Predecesor Benedicto XIV: “Afirmamos que una gran parte de los que se
condenan, llegan a esta perpetua desgracia por la ignorancia de los misterios de la fe que es necesario
conocer y creer para conseguir la felicidad eterna17‖. Siendo esto así, Venerables Hermanos, ¿qué tiene de
admirable que no ya entre las naciones bárbaras, sino aun entre las mismas que blasonan de cristianas, sea tan
profunda y tienda cada día a serlo más la corrupción de hábitos y costumbres? Es cierto que el Apóstol San
Pablo decía a los efesios: ―La fornicación y toda inmundicia y la avaricia, ni de nombre deben conocerse entre
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vosotros, como cumple a los santos; ni tampoco palabras torpes ni truhanerías‖ 18 ; pero, como fundamento de
tanta santidad y pureza, de ese pudor que sirve de freno a los desordenados apetitos, puso la ciencia de las
cosas divinas: “Mirad, hermanos, con cuánta cautela debéis andar; no como ignorantes, sino como sabios...
No queráis, pues, ser imprudentes, sino sabed primero la voluntad de Dios”19.
Y con mucha razón. Porque la voluntad humana apenas retiene ya algo de aquel amor innato a lo recto y
honesto con que Dios mismo la había enriquecido, y mediante el cual se veía como arrastrada por el verdadero
bien. Depravada por la corrupción de la primera culpa y casi olvidada de Dios, su Creador, todo su afán lo ha
puesto en correr tras la vanidad y la mentira.
Extraviada, pues, y obcecada por desenfrenadas concupiscencias, la voluntad necesita un guía que le
muestre el camino y la enderece por los malamente abandonados senderos de la justicia. Ahora bien, este guía
no está lejos; nos lo ha dado la misma naturaleza y no es otro que nuestra propia razón; y si ella se ve privada
de la verdadera luz, es decir, del conocimiento de las cosas divinas, será un ciego que guía a otro ciego, y, por
consiguiente, ambos darán luego en el abismo. El santo Rey David, alabando a Dios por haber concedido al
hombre la luz de la verdad, decía: “Grabada está, Señor, sobre nosotros, la luz de tu rostro”20; y para decirnos
los efectos de este don, agrega: Has dado la alegría a mi corazón; esto es, aquella alegría que ensancha nuestro
corazón para correr por el camino de los divinos mandatos.
Y que no puede ser de otro modo, lo verá fácilmente cualquiera que piense en ello, en efecto, la
sabiduría cristiana nos da a conocer a Dios y sus infinitas perfecciones, con mucha mayor amplitud que cuánto
pidieran hacer las solas fuerzas naturales. ¿De qué manera? Mandándonos al mismo tiempo que reverenciemos
a Dios por medio de la fe, que pertenece al entendimiento; de la esperanza, que nace de la voluntad; de la
caridad, que arraiga en el corazón; y así somete todo el hombre a su supremo Autor y Moderador, igualmente,
la doctrina de Jesucristo es la única que constituye al hombre en su verdadera y sublime dignidad, haciéndole
hijo del Padre celestial que está en los cielos, criado a su semejanza y partícipe con El de la bienaventuranza
eterna.
Pero, de esta misma dignidad y de su conocimiento, deduce Cristo que los hombres deben amarse entre
sí como hermanos, vivir en la tierra la vida de los hijos de la luz, no en medio de la gula y de la ebriedad, no en
concupiscencia y torpeza, no en rivalidades y emulaciones21; nos manda también que pongamos toda nuestra
confianza en Dios, que cuida de nosotros; nos manda dar a los pobres, hacer a los que nos odian y anteponer
los bienes eternos a los caducos intereses del tiempo. Y, para no entrar en más pormenores, ¿no es, acaso,
consejo y precepto de Cristo la humildad, fundamento y origen de la verdadera gloria?
“Aquel que... se humillare... ese será el mayor en el reino de los cielos”22. La humildad es la que nos
enseña la prudencia del espíritu para dominar con ella la prudencia de la carne; la justicia, para dar a cada uno
lo que le pertenece; la fortaleza, para estar dispuesto a arrostrar con ánimo sereno todos los padecimientos por
la causa de Dios y por nuestra eterna salvación; la templanza, en fin, para que, sin temor a ningún respeto
humano, nos gloriemos en la misma cruz. En resumen, por medio de la sabiduría cristiana, no sólo adquirimos
para nuestro entendimiento la luz de la verdad, sino que también se mueve y enfervoriza nuestra voluntad y
elevándonos hasta Dios, nos unimos a El por el ejercicio de la virtud. Muy lejos estamos, pues, por cierto, de
asegurar que la perversidad del alma y la corrupción de costumbres no puedan ir unidas con la ciencia
religiosa.
¡Ojalá no lo probaran cumplidamente los hechos! Sostenemos, sin embargo, que, con la mente envuelta
en las tinieblas de crasa ignorancia, no pueden ir unidas ni la voluntad recta, ni las buenas costumbres. Es
verdad que el que camina con los ojos abiertos puede voluntariamente apartarse del camino recto y seguro;
pero al que camina ciego amenaza este peligro a cada instante.
Más aún: la sola corrupción de costumbres, si no se ha extinguido ya del todo la luz de la fe, deja al
menos la esperanza de la enmienda; mas, si unir la perversidad de costumbres y la falta de fe e ignorancia, ya
es casi imposible el remedio y sólo queda abierto el camino de la ruina. Si, pues, juntos y tan graves males se
derivan de la ignorancia de la religión; y si, por otra parte, es tal la utilidad y necesidad de la instrucción
religiosa que en vano pretenderá cumplir con sus deberes de cristiano el que de ella carezca; será ya oportuno
averiguar a quién corresponde en definitiva disipar de las inteligencias esta perniciosísima ignorancia, y, por
consiguiente, ilustrarlas con la necesaria ciencia.
18 Ephes. V, 3, 4.
19 Ibidem., V, 15, 17.
20 Ps., IV, 7.
21 Rom., XIII, 13.
22 Matth., XVIII, 4.
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Plantear esta cuestión es resolverla, Venerables Hermanos: esta gravísima obligación incumbe
directamente a todos los pastores de almas. Ellos son los que, según el precepto de Cristo, deben conocer y
apacentar sus ovejas; ahora bien, apacentar es, ante todo, enseñar: ―Os daré, dice Dios por el Profeta Jeremías,
pastores según mi corazón, y os apacentarán en la ciencia y la doctrina‖23. Por eso decía también el Apóstol San
Pablo: “No... me envió Cristo a bautizar, sino a evangelizar”24, para dar a entender que la principal obligación
de los que de cualquier modo tienen parte en el gobierno de la Iglesia, consiste en dar a los fieles la instrucción
religiosa. Inútil nos parece ponderar las alabanzas de esta instrucción y cuán agradable sea ante los ojos de
Dios. La limosna que damos al pobre para aliviar sus necesidades es ciertamente muy grata a Dios; pero quién
podrá negar que han de serle mucho más gratos el deseo y el trabajo con que nos consagramos, no ya al alivio
de las miserias transitorias del cuerpo, sino de las eternas necesidades del alma, por medio de la enseñanza y
de la exhortación? Nada puede haber más deseable, nada más agradable para Cristo, Salvador de las almas, que
dijo de Sí mismo por el Profeta Isaías: ―A evangelizar a, los pobres me ha enviado‖25. Y aquí es del caso;
Venerables Hermanos, dejar bien en claro que no puede haber para el sacerdote obligación más grave, ni
vínculo más estrecho que éste. ¿Quién negará que en el sacerdote, a la santidad de la vida, debe: unirse la
ciencia? “Los labios... del sacerdote custodiarán la, ciencia”26. Y en realidad la Iglesia la exige severísimamente
en los que han de ser elevados al sacerdocio. Pero, ¿por qué razón? Porque el pueblo cristiano espera de ellos el
conocimiento de la luz divina, y porque Dios los destina para propagarla: “Y de su boca aprenderán la ley;
porque es el ángel del Señor de los ejércitos”27. Por eso el obispo, en la sagrada ordenación, dirigiéndose a los
presbíteros ordenados, dice: ―Sea vuestra, doctrina medicina espiritual para el pueblo de Dios; sean próvidos
cooperadores nuestros; que, meditando día, y noche en su ley, crean lo que leyeren y enseñen lo que creyeren 28.
Y si no hay sacerdote alguno a quien esto no concierna, ¿qué diremos de aquellos que, revestidos de la potestad
de jefes, ejercen el cargo de rectores de almas en virtud de su misma dignidad y, podría decirse, de una especie
de solemne pacto? Deben, en cierto modo, equipararse a aquellos doctores y pastores elegidos por Cristo para
evitar que los fieles, como débiles niños, sean arrastrados por los vientos de nuevas doctrinas inventadas por la
maldad de los hombres, y para hacer que, adultos y fuertes en la verdad y en el amor, permanezcan en todo
unidos a Cristo que es su cabeza29.
Por esta razón, el Santo Concilio de Trento, al tratar de los pastores de almas, declara que su principal y
más grave obligación es enseñar al pueblo cristiano. Por eso les manda que, prediquen al pueblo en los
domingos y fiestas más solemnes, por lo menos, y durante el Adviento y la Cuaresma, lo hagan diariamente o,
al menos tres veces por semana. Y, no contento con esto, agrega que están obligados también los párrocos, por
lo menos en esos mismos domingos y días festivos, a instruir a los niños, por sí mismos o por otros, en las
verdades de la fe, y a enseñarles la obediencia a Dios y a sus padres. Y, si se trata de administrar los
Sacramentos, manda que a cuántos los han de recibir se les dé a conocer en lenguaje claro y sencillo su eficacia.
Estas prescripciones del santo Concilio fueron breve y distintamente compendiadas y definidas en las
siguientes palabras de la Constitución: Etsi minime, de nuestro Predecesor Benedicto XIV: Dos cargas
principalísimas fueron impuestas por el Concilio de Trento a los que tienen cura de almas: la primera, que
prediquen al pueblo en los días festivos sobre las cosas divinas; la segunda, que instruyan a los niños y a todos
los ignorantes en los rudimentos de la fe y de la ley de Dios.
E hizo muy bien el sapientísimo Pontífice al deslindar estas dos obligaciones, es decir, la predicación,
enseñanza de la doctrina cristiana; porque no faltarán tal vez algunos que, llevados por el afán de disminuir su
trabajo, lleguen a persuadirse de que una homilía será suficiente catequismo. Lo cual es, ciertamente, un error
bien manifiesto; porque la predicación acerca del Evangelio está destinada a los que ya tienen suficiente
instrucción religiosa; es como el pan que se distribuye a los adultos; mientras que, por el contrario, el
catequismo viene a ser como aquella leche que, según el Apóstol San Pedro, debían desear los fieles del modo
que la apetecen los niños en su más tierna infancia.
El oficio del catequista se reduce a esto: escogida una verdad, de fe o de moral, explicarla con la mayor
claridad y extensión; y, como el fin de la enseñanza es la enmienda de la vida, debe el catequista poner frente
afrente lo que Dios manda hacer y lo que en la práctica hacen los hombres; en seguida, por medio 1 de
oportunos ejemplos, elegidos con tino en la Sagrada Escritura, en la Historia Eclesiástica o en la vida de los
23 Jer.,III, 15.
24 Cor., I, 17.
25 Luc. IV, 18.
26 Malach. II, 7.
27 Ibidem.
28 Pontif.Rom.
29 Ephes., IV, 14, 15.
17
santos, persuadir a sus oyentes de la necesidad de reformar sus costumbres, mostrándoles como con la mano el
modo de efectuarlo; concluir, finalmente, con una exhortación al aborrecimiento y la fuga del vicio, y al amor y
práctica de la virtud.
No ignoramos, es cierto, que este oficio de enseñar la doctrina cristiana es por muchos tenido en menos,
como cosa de poca monta y tal vez inadecuada para captarse el aura popular; pero Nos creemos que sólo
pueden pensar así los que ligeramente se dejan llevar por las apariencias más que por la verdad. No
escatimamos, naturalmente, nuestra aprobación y alabanza a los oradores sagrados que, inflamados por el celo
de la divina gloria, se consagran a la defensa de la fe o a la glorificación de los santos; pero esa obra exige un
trabajo previo, el trabajo de los catequistas: si éste falta, falta el fundamento y en vano trabajarán los que
edifican la casa. Atildadísimos discursos, aplaudidos como preciosísimas joyas literarias, no logran muchas
veces otro fruto que halagar gratamente los oídos, dejando absolutamente frío el corazón.
Por el contrario, la instrucción catequística, aun la más humilde y sencilla, es como aquella palabra de
Dios, de la cual dice El mismo por Isaías: “Ahí como la lluvia y el rocío que descienden del cielo no toman allí,
sino que alegran la tierra, la empapan y fecundan, y dan fruto al que siembra y pan al que come; así también
será la palabra salida de mi boca; no volverá vacía, sino que hará lo que Yo quiero y fructificará en la misión
que le he confiado (16)30. De igual modo pensamos respecto de los sacerdotes que, para ilustrar las verdades de
la religión, se dan a escribir gruesos volúmenes: nada más justo que tributarles por ello el más cumplido elogio.
Pero, ¿cuántos son los lectores que saquen de tales libros un fruto proporcionado a las esperanzas y fatigas del
autor? En cambio, la enseñanza de la doctrina cristiana, hecha como es debido, nunca deja de producir utilidad
para los oyentes.
Porque, a la verdad (y lo repetimos para inflamar el celo de los ministros del Señor), hay un grandísimo
número de cristianos, que va creciendo aún de día en día, que o están en la más absoluta ignorancia de la
religión, o tienen tales nociones acerca de Dios y la fe cristiana que, sin embargo de estar rodeados por la
esplendorosa luz de la verdad católica, viven como si fueran, idolatras. Cuántos hay, cuántos son los niños, y no
sólo los niños, sino también los adultos y hasta los ancianos, que ignoran totalmente los principales misterios
de la fe, y al oír el nombre de Cristo exclaman: “¿Quién es... para creer en él”31. Así se explica que no tengan
empacho alguno de vivir criando y fomentando odios, pactar los más inicuos compromisos, realizar negocios
altamente inmorales, apoderarse de lo ajeno mediante la usura, y tantas otras maldades de esta naturaleza. Así
se explica que, ignorando la ley de Cristo, que no sólo condena las torpezas, sino hasta el deseo o pensamiento
voluntario de cometerlas, aunque por cualquier causa extraña vivan alejados de los placeres obscenos, acepten
sin reparo tales y tantos torpísimos pensamientos, que verdaderamente multiplican sus iniquidades sobre los
cabellos de su cabeza.
Y esto sucede es necesario repetirlo no sólo en los campos o entre el mísero populacho, sino también, y
quizás con mayor frecuencia, entre las clases elevadas, entre aquellos a quienes la ciencia hincha, que,
envanecidos por su falsa sabiduría, creen poder reírse de la religión y “blasfeman de todo lo que ignoran”32.
Ahora bien, si es inútil esperar fruto de una tierra donde nada se ha sembrado, ¿cómo pretender que se
formen generaciones morales, si no han sido oportunamente Instruidas en la doctrina cristiana? De donde con
razón deducimos que, si tanto languidece hoy la fe, hasta quedar en muchos casi extinguida, es porque, o se
cumple mal con la obligación de enseñar la religión por medio del catequismo, o totalmente no se cumple.
Sería, en verdad, muy pobre y torpe excusa la del que alegase que la fe es un don gratuito que a cada uno se nos
infunde en el bautismo; porque, si bien es cierto que todos los bautizados en Cristo quedamos enriquecidos con
el hábito de la fe, ese germen divinísimo no crece... y forma grandes ramas33 por sí solo y como por virtud
innata.
También el hombre posee desde su nacimiento la facultad de la razón; pero necesita de la palabra de su
madre que la avive y la excite a obrar. No de otra manera acontece al cristiano, que, al renacer por el agua y el
Espíritu Santo, lleva en sí engendrada la fe; pero necesita de las enseñanzas de la Iglesia para alimentarla,
robustecerla y hacerla fructífera. Por eso escribía el Apóstol: “La fe entra por el oído, y al oído llega la palabra
de Cristo”34; y para manifestar la necesidad de la enseñanza religiosa, agrega: “¿Cómo... oirán si no se les
predica?”35.
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Y, si con lo que hemos dicho queda probada la importancia de la enseñanza religiosa, toca a Nos
emplear la más exquisita solicitud en que esta obligación de enseñar la doctrina cristiana, la más útil, como
dice nuestro Predecesor Benedicto XIV, para la gloria de Dios y salvación de las almas 36, se mantenga siempre
en todo su vigor y, si en alguna parte estuviere descuidada, recobre su antiguo lustre.
Deseando, pues, Venerables Hermanos, satisfacer a este gravísimo deber de nuestro Supremo Apostolado, y
uniformar en todas partes el método en cosa de tanta importancia; en virtud de nuestra suprema autoridad,
establecemos y mandamos severísimamente que en todas las diócesis se observe y practique lo que sigue:
I. Todos los párrocos y, en general, cuántos tengan cura de almas, instruirán a los niños y niñas, en los
domingos y días festivos del año, sin exceptuar ninguno, valiéndose del catecismo elemental, y por espacio de
una hora íntegra, sobre lo que cada uno debe creer y obrar para conseguir la salvación.
II. Los mismos, en determinados tiempos del año, prepararán a los niños y niñas para la conveniente
recepción de los Sacramentos de la Penitencia y Confirmación, precia una instrucción de varios días.
III. Igualmente, y con especialísimo cuidado, en todos los días de Cuaresma y, si fuere necesario, en los
días siguientes a la Pascua, instruyan a los jóvenes de uno y otro sexo, por medio de oportunas enseñanzas y
exhortaciones, de modo que puedan recibir los santos frutos de la primera Comunión.
IV. Institúyase en todas y cada una de las parroquias la asociación canónica llamada vulgarmente
Congregación de la doctrina cristiana. Por medio de ella encontrarán los párrocos, especialmente donde sea
escaso el número de sacerdotes, auxiliares laicos para la enseñanza del catequismo, que prestarán este servicio,
ya por el celo de la gloria de Dios, ya también para lucrar las numerosísimas indulgencias concedidas por los
romanos pontífices a los que se dedican a este magisterio.
V. En las principales ciudades, y especialmente en aquellas que estén dotadas de universidades y liceos,
ábranse cursos de religión, a fin de que pueda instruirse en las verdades de la fe y en las prácticas de la vida
cristiana, esa juventud que asiste a los colegios superiores, donde para ; nada se hace mención de la enseñanza
religiosa.
VI. y ya que, principalmente en nuestros aciagos días, la edad viril necesita tanto de instrucción
religiosa como la edad de la niñez, todos los párrocos y demás que tengan cura de almas, fuera de la
acostumbrada homilía sobre el Evangelio, que se debe predicar todos los días festivos en la iglesia parroquial,
hagan también el catequismo a los fieles, en lenguaje sencillo y acomodado al auditorio, a la hora que estimen
más oportuna para la concurrencia del pueblo, exceptuando solamente la hora del catequismo de los niños.
Para lo cual deben seguir el catecismo del Concilio de Trento, procurando que, al cabo de cuatro o cinco años,
abarquen todo lo referente al símbolo, sacramentos, decálogo, oración y mandamientos de la Iglesia.
Tal es lo que Nos, Venerables Hermanos, en virtud de nuestra autoridad apostólica, establecemos y mandamos:
a vosotros toca procurar eficazmente que, en cada una de vuestras diócesis, se ponga sin demora alguna y
totalmente en práctica; vigilar, además, y hacer uso de vuestra autoridad, a fin de que nada de lo que
mandamos se eche a olvido, o, lo que sería lo mismo, se cumpla a medias y con tibieza. Y para que
efectivamente tal cosa no suceda, es indispensable que recomendéis a los párrocos, insistiendo frecuentemente
en ello, que nunca hagan su catequismo sin previa y diligente preparación; que no usen el lenguaje de la
humana sabiduría, sino que, con simplicidad de corazón y con la sinceridad de Dios37, sigan el ejemplo de
Cristo que, aunque conocía lo más oculto desde el principio del mundo38, sin embargo, todo lo comunicaba por
medio de parábolas a las turbas, y nunca les hablaba sin parábolas39. Esto mismo sabemos que hicieron los
Apóstoles, enseñados por el Señor, y de ellos decía Gregorio Magno: Pusieron especial cuidado en predicar a las
gentes rudas, cosas fáciles y sencillas, no materias arduas y elevadas40. Y en lo que se refiere a la religión, la
mayor parte de los hombres debe, en nuestra calamitosa época equipararse a la gente ruda.
No queremos, sin embargo, que, engañado por el deseo de esta misma sencillez, se figure alguno que, en
esta materia, no necesita ningún trabajo ni preparación; muy al contrario: es este el género que con más
19
necesidad lo requiere. Mucho más fácil es encontrar un orador grandilocuente y fecundo, que un catequista
perfecto. Por muy admirable que sea pues la facilidad del pensamiento y expresión con que la naturaleza haya
dotado a alguno, tenga siempre por cierto que, si no se prepara con larga preparación y cuidado, nunca
reportará frutos espirituales de la enseñanza de la doctrina a los niños o al pueblo. Engáñanse muy mucho los
que, confiados en la ignorancia y rudeza del pueblo, pretenden que, para instruirle, no se requiere ninguna
diligencia. Al contrario, mientras más rudo sea el auditorio, mayor esfuerzo y cuidado es necesario para
amoldar a la capacidad de esas e incultas inteligencias esas sublimísimas verdades, tan superiores a toda vulgar
comprensión, y tan necesarias a sabios como a ignorantes para conseguir la eterna felicidad.
Séanos ya permitido, Venerables Hermanos, para concluir, dirigirnos a vosotros con las palabras de
Moisés: “El que sea del Señor, sígame”41. Ponderad un momento, os lo rogamos y suplicamos, cuántos males
puede acarrear a las almas la ignorancia de una sola de las verdades divinas. Muchas y muy útiles y muy
laudables instituciones tendréis, a no dudarlo, en vuestras diócesis, para bien de vuestra grey: no dejéis, sin
embargo, de procurar, ante todas las cosas, con todo el empeño, con todo el celo, con toda la solicitud de que
sois capaces, que el conocimiento de la doctrina cristiana llegue a todos los fieles y se inculque profundamente
en sus almas. “Cada uno de vosotros -son palabras del Apóstol San Pedro-, comunique a los demás la gracia
en la medida que la haya recibido, como buenos dispensadores de la multiforme gracia de Dios”42.
Haga próspera vuestra diligencia y fecundo vuestro celo, por mediación de la Beatísima Virgen
Inmaculada, nuestra apostólica bendición, que, como testimonio de nuestro amor y como feliz augurio de las
gracias celestiales, a vosotros y al clero y pueblo a cada uno de vosotros confiado, otorgamos de todo corazón.
Dado en Roma, en San Pedro, el día 15 de abril del año 1905, segundo de nuestro pontificado.
Pío X, Papa.
[1] La inteligencia del hombre, aunque puede, con mucho trabajo y actividad, conocer la existencia de
Dios y algunas de sus perfecciones a partir de la creación (Rom. 1 20.), no puede conocer la mayor parte de
aquellas cosas por las que se consigue la salvación eterna, a no ser que Dios le revele por la fe esos misterios.
[2] Esta fe se recibe por la audición. Por eso, Dios no dejó nunca de hablar a los hombres por medio de
los profetas, para revelarles, según la condición de los tiempos, el camino recto y seguro que conduce a la
eterna felicidad. [3] Es más, Dios quiso hablarnos por medio de su Hijo, mandando que todos le escuchasen. Y,
después de habernos enseñado la fe, el Hijo constituyó apóstoles en su Iglesia para que ellos y sus sucesores
anunciaran la doctrina de vida a todas las gentes.
[4] Por lo tanto, los fieles deben recibir la predicación de sus pastores, no como una palabra humana,
sino como la palabra divina del mismo Jesucristo (Lc. 10 16.).
[5] Esta predicación, que nunca debe omitirse en la Iglesia, es mucho más necesaria en los tiempos
actuales, a fin de que los fieles sean fortalecidos con doctrina sana y pura; pues se han presentado en el mundo
falsos profetas (Jer. 23 21.), que pervierten las almas cristianas con doctrinas falsas y perversas; y habiendo
conseguido arrastrar a sus errores provincias enteras, que antes profesaban la religión verdadera, tratan de
penetrar furtivamente en todos los lugares y regiones. [6] Y sabiendo que no pueden llegar a todos por la
palabra, esos herejes tratan de difundir sus errores por medio de libros que combaten la fe católica, y por
medio de obritas de apariencia piadosa, para engañar las almas de los sencillos.
[7] Por eso, el Concilio de Trento juzgó conveniente, con el fin de remediar tan gran mal, dar un
catecismo para la instrucción del pueblo cristiano; [8] catecismo publicado con la autoridad del mismo
Concilio, y que diese a los que han recibido el cargo de enseñar, la regla de exponer la fe y de instruir al pueblo
fiel en todos los deberes de la religión. [9] Con esto, el Concilio no se propone explicar minuciosamente todos
los dogmas de la fe cristiana, sino sólo exponer a los párrocos aquellas cosas que pudieran ayudarles en la
enseñanza de esta misma fe.
PRELIMINARES
DE LA NECESIDAD, AUTORIDAD Y DEBERES DE LOS PASTORES DE LA IGLESIA,
Y DE LAS PARTES PRINCIPALES DE LA DOCTRINA CRISTIANA
I. Necesidad de la divina revelación para el conocimiento de la mayor parte de las verdades del
orden sobrenatural.
1. Es de tal naturaleza la Inteligencia humana, que aun habiendo descubierto y conocido por sí misma,
después de haber empleado grande aplicación y estudio, muchas de las verdades que pertenecen al
conocimiento de las cosas divinas, nunca pudo, con la sola luz natural, conocer o alcanzar la mayor parte de las
verdades por las cuales se consigue la eterna salvación, y para cuyo último fin fue el hombre creado y hecho a
imagen y semejanza de Dios. Pues, según enseña el Apóstol ―las perfecciones invisibles de Dios, aun su eterno
poder y su divinidad, se han hecho visibles después de la creación del mundo, por el conocimiento que de ellas
nos dan las criaturas‖43. Mas aquel misterio44 escondido desde los siglos y generaciones, de tal manera
sobrepuja a la inteligencia humana, que si no hubiera sido manifestado a los santos, a quienes Dios quiso hacer
notorias por el don de la fe, las riquezas de la gloria de este gran sacramento en las gentes, que es Cristo,
ningún hombre podría aspirar a tan alta sabiduría45.
III. Cristo enseñó la fe, que después propagaron los Apóstoles y sus sucesores.
3. Pero como tenía prometido que había de enviar al Doctor de la Justicia para luz de las gentes49, y para
que fuese su salud hasta los fines de la tierra, últimamente nos habló por medio de su Hijo 50, mandando por
voz venida del cielo desde el trono de su gloria que todos lo oyesen y obedeciesen a sus mandamientos. Luego
43 “Invisibilia enim ipsius, a creatura mundi, per ea quae facta sunt, intellecta, conspiciuntur: sempiterna quoque eius
virtus et divinitas.” Rom., I, 20.
44 “Mysterium quod absconditum fuit a saeculis, et generatiombus, nunc autem manifestum est sanctis eius, quibus
voluit Deus notas facere divitias sacramenti huius in gentibus, quod est Cristus.” Colss., I, 26, 27.
45 Cuanto nos enseña el Catecismo en este primer párrafo fué confirmado por el Concilio Vaticano con estas palabras: ―La
misma Santa Madre Iglesia tiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser ciertamente conocido con
la luz natural de la razón humana por las cosas creadas, pues las cosas de El invisibles, se ven después de la creación del
mundo, considerándolas por las obras creadas, pero esto no obstante, plugo a su sabiduría y bondad revelar al género
humano por otra vía, y esa sobrenatural, a sí mismo y los decretos eternos de su voluntad, pues dice el Apóstol”.
“Habiendo hablado Dios muchas veces y en muchas maneras a los padres en otro tiempo por los profetas, últimamente
en estos días nos ha hablado por el Hijo. A esta divina revelación se debe ciertamente el que aquellas cosas del orden
divino, no inaccesibles por si a la razón humana, puedan ser conocidas por todos, aun en el estado actual del género
humano, fácilmente, con certeza y sin mezcla de error alguno. Mas no por esta causa se ha de tener por absolutamente
necesaria la revelación, sino porque Dios, en su bondad infinita, ordenó al hombre a un fin sobrenatural, es decir, a
participar de bienes divinos que exceden a toda inteligencia de mente humana.‖ De la Sesión III, cap. 2. °, del Concilio
Vaticano, celebrada el día 24 de abril de 1870.
46 “Fides ex auditu”. Rom., X, 17.
47 “Quomodo audient sine praedicante? Quomodo vero praedicabunt nisi mittantur” ? Rom., X, 14, 15.
48 “Multifariam, multisque modis olim Deus loquens patribus in prophetis.” Hebr., I, 1.
49 ―Ecce dedi te in lucem gentium, ut sis salus meã usque ad extremum terrae.” Isai., XLIX, 6.
50 “Accipiens a Deo Patre honorem et gloriam, voce delapsa ad eum huiuscemodi a magnifica gloria. Hic est Filius meos
VIII. Por qué mandó el Concilio Tridentino que se publicase este Catecismo58.
51 “Et ipse dedit quosdam quidem apostolos, quosdam autem prophetas, alios autem pastores et doctores...omni
vento simus parvuli fluctuantes, et circunferamur omni vento doctrinae.” Eph., IV, 11.
52 “In quo et vos coaedificamini habitaculum Dei in Spiritu.” Eph., II, 22.
53 “Qui vos audit, me audit: et qui vos spernit, me spernit.” Luc., X, 16
54 “Ecce ego vobiscum sum omnibus diebus, usque ad consummationem saeculi.” Matth., XXVIII, 20.
55 “Doctrinis variis et peregrinis nolite abduci.” Hebr., XIII, 9.
56 “Non mittebam prophetas, et ipsi currebant: non loquebar ad eos, et ipsi prophetabant.” Hier., XXIII, 21.
57 “Super hanc petram aedificabo ecelesiam meam, et portae inferi non praevalebunt adversus eam.” Matth., XVI, 18.
58 El día 13 de abril de 1546 se propuso a los Padres de Concilio Tridentino un proyecto de decreto sobre la publicación de
un Catecismo en latín y en lengua vulgar, ex ipsa sacra Seriptura a pattious orthodoxis exceptum, para la instrucción de
los niños y de los ignorantes, que necesitan leche de doctrina antes de poder digerir el alimento sólido. Aprobada esta
moción por la mayoría de los Padres, decretóse a 16 del dicho mes: Que se hiciese, y que sólo se pusieran en él las cosas
que miran a los fundamentos de la fe. Nombróse una comisión para redactarlo; pero no tuvo tiempo de hacerlo antes de
la clausura del Concilio. Con todo, antes de separarse, el Concilio encargó al Papa el cuidado de la terminación y
publicación del Catecismo. Sess. XXV.)
23
8. Por esta razón, deseando en gran manera los Padres del santo Ecuménico Concilio de Trento aplicar a
este tan grande y pernicioso mal algún saludable remedio, no se contentaron con la definición de las más
importantes verdades opuestas a las herejías de nuestros tiempos, sino que además de esto juzgaron
indispensable proponer una norma y método de instruir al pueblo cristiano en los rudimentos de la fe, por el
cual se guiasen todos los que han de ejercer el cargo de legítimo pastor y maestro en toda la Iglesia.
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este sumo y perfectísimo bien; pues en unirse con él, está la verdadera y sólida felicidad, como claramente lo
conocerá el que pueda decir con el Profeta: ―¿Qué tengo yo en el cielo? ¿O fuera de ti, Señor, qué quise sobre la
tierra?68. Este es aquel camino más excelente69 que señaló el mismo Apóstol, dirigiendo toda la suma de su
doctrina e instrucción a la caridad que nunca fenece70. Pues ya se proponga lo que se ha de creer, esperar, o lo
que se deba practicar, de tal manera debe siempre encomendarse el amor de Dios, que entendamos que todas
las obras de la perfecta virtud cristiana, ni nacen de otro principio71 que de la caridad, ni deben ordenarse a
otro fin que la misma caridad.
14. Si en toda clase de disciplina importa en gran manera el método según el que deben ser tratadas,
ciertamente esto debe observarse de un modo muy especial cuándo se trata de la instrucción del pueblo
cristiano. Pues, para que quien ejercita el cargo de maestro, se haga todo para todos a fin de ganarlos a todos 72
para Cristo, y se muestre fiel ministro y dispensador, y como siervo bueno y fiel que se ha hecho digno de ser
constituido por el Señor sobre muchos bienes73, debe tener muy en cuenta la edad, ingenio, costumbres y
condición de los oyentes.
15. No crea que tiene a su cargo una sola clase de personas, de suerte que con un mismo modo y forma
de enseñar pueda instruir igualmente a todos en la piedad cristiana, ya que siendo los fieles, unos infantes74,
otros que ya empiezan a crecer en Cristo, y algunos ya robustos en la virtud, es menester mirar con discreción
quienes necesiten de leche75, quienes de manjar más sólido, y dar a cada uno aquellos alimentos de doctrina
que más fortalezcan su espíritu, ―hasta que todos, como varones perfectos a la medida de la grandeza de Cristo,
le salgamos al encuentro en unidad de fe, y conocimiento del Hijo de Dios‖76. Esto enseñó el Apóstol a todos
con su ejemplo, diciendo que era deudor77 a griegos y bárbaros, a sabios e ignorantes, para que con eso
entendiesen los que son llamados a ese cargo, que de tal modo se deben acomodar a la capacidad de los oyentes
al explicar los misterios de la fe y mandamientos de la ley, que no se contenten con proveer de alimento
espiritual a los ya adelantados en virtud, dejando perecer de hambre a los párvulos, los cuales pidiendo pan no
haya quien se lo parta78.
Ni debe nadie mostrar menos solicitud y desvelo en la enseñanza, porque algunas veces sea necesario
instruir al oyente en aquello que parece humilde y sencillo, cuya explicación suele molestar especialmente a los
que se dedican a contemplar cosas más sublimes. Porque si la misma Sabiduría del eterno Padre descendió a la
tierra para que en la humildad de nuestra carne nos enseñase los mandamientos de la vida celestial, ¿a quién
no obligará la caridad de Cristo79 a hacerse pequeño entre sus hermanos80, y a desear cual tierna madre para
con sus hijos, la salvación de sus prójimos, con tal afecto que a imitación del Apóstol, no solamente quiera
enseñarles el Evangelio, sino aun dar por ellos su vida?81
68 “Quid enim mihi est in coelo, et a te quid volui super terram?” Psal., LXXII, 25.
69 “Et adhuc excellentiorem viam vobis demonstro.” I. Corin, XII, 31.
70 “Caritas nunquam excidit.” L. Corint, XIII, 8.
71 “Omnia vestra incaritate fiant.” I. Corin., XVI, 14.
72 “Cum líber essem ex omnibus, omnium me servum feci, ut plures lucrifacerem.” I. Corint., IX, 19.
73 “Euge serve bone, et fidelis quia super pauca fuisti fidelis, super multa te constituam.” Matth., XXV, 23.
74 “Sicut modo geniti infantes.” I. Petr., II, 2.
75 “Lac vobis potum dedi, non escam.” I. Corint, III, 2.
76 “Donec ocurramus omnes in unitatem fidei, et agnitionis Filii Dei, in virum perfectum, in mensuram aetatis
Thess., II, 8.
82 “Attende lectioni, exhortationi, et doctrina.” I. Tim., IV, 13.
25
propia para enseñar, para convencer, para corregir a los pecadores, para dirigir a los buenos en la justicia o
virtud; en fin para que el hombre de Dios sea perfecto, y esté apercibido para toda obra buena”83.
XIV. Cómo ha de distribuirse la doctrina del Catecismo para cada una de las Dominicas.
18. Así, pues, ha parecido conveniente advertir a los Párrocos que cuántas veces se ofrezca la ocasión de
explicar el Evangelio, o cualquier otro lugar de la divina Escritura, sepan que la sentencia de este lugar, sea el
que fuere, pertenece a alguna de aquellas cuatro partes que dijimos, a donde acudirán: como a fuente de la
doctrina que se deba explicar; Si se ha de explicar, por ejemplo, el Evangelio del; domingo primero de
Adviento: “Erunt signa in sole et luna” etc.; lo que conviene a este asunto está declarado en aquel artículo del
Credo: Ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, y tomándolo de allí, a un tiempo y con un mismo
trabajo, enseñará el pastor al pueblo fiel, el Credo y el Evangelio. Por esta razón, tendrá de costumbre en todas
sus doctrinas y sermones dirigir sus discursos a aquellos cuatro puntos principales, en donde dijimos que
estaba contenida toda la virtud y doctrina «le la sagrada Escritura. Pero acerca del orden de enseñar, observará
aquel que pareciere más acomodado así al auditorio como al tiempo.
83 “Omnis scriptura divinitus inspirata, utilis est ad docendum, ad arguendum, ad corripiendum, ad erudiendum in
justitia: ut perfectas sit homo Dei, ad omne bonum instructus.” II. Tim., III, 16, 12.
84 ―He aquí cómo definió la fe el Concilio Vaticano: ―Esta fe, principio de la humana salvación, profesa la Iglesia católica,
que es una virtud sobrenatural, con la cual, mediante la inspiración y el auxilio de la gracia de Dios, creemos que lo
revelado por El es verdadero, y esto no porque alcancemos con luz natural de razón la intrínseca verdad de las cosas
reveladas, sino por motivo de la autoridad del mismo Dios revelador, que no puede engañarse ni engañar.‖ Con. Vat., Cap.
III de la Fe.
85 “Sine fide impossibile est placere Deo.” Hebr., XI, 6.
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Y si bien son muchas las acepciones en que se toma la Fe, y varias sus diferencias, tanto en la. Grandeza
como en la dignidad y excelencia, (porque en las sagradas letras se dice así: “Hombre de poca fe, ¿por qué
dudaste?”86. Y: “Grande es tu fe”87. Y: “Auméntanos la fe”88. También: “La fe sin, obras está muerta”89. Y: “La
fe que obra por caridad”90, esto no obstante, ella siempre es de un género, y una misma definición comprende
sus varios y diferentes grados. Más de cuánto fruto sea esta fe, y cuánto provecho nos venga de ella, se dirá en
la explicación de los artículos. Las cosas, pues, que los cristianos deben saber y creer, son aquellas que los
santos Apóstoles, caudillos y maestros de la fe, instruidos por el Espíritu Santo, distribuyeron en los doce
artículos del Credo.
Corin., I, 10.
94 “Sed propter subintroductos falsos fiatres, qui subintroierunt explorare libertatem nostram.” Galat, II, 4.
95 “Non sumus sicut plurimi, adulterantes verbum Dei, sed ex sinceritate, sed sicut ex Deo, in Cristo loquimur.” II.
Naturaleza y necesidad de la fe
Fe es la virtud por la que asentimos firmemente a las verdades que Dios ha revelado. Esta fe es un
conocimiento: • necesario para alcanzar la salvación (Heb. 11 6.), ya que el fin que Dios ha designado al
hombre para su felicidad supera la agudeza de su inteligencia, y por eso le era necesario recibir de Dios este
conocimiento; • firme, de modo que ninguna duda pueden tener los fieles de las cosas reveladas por Dios.
Qué es el Credo
El Credo es la fórmula de fe cristiana compuesta por los Apóstoles para que todos los cristianos piensen
y confiesen la misma creencia. Lo primero, pues, que deben creer los cristianos, son aquellas cosas que los
Apóstoles, inspirados por el Espíritu Santo, pusieron distintamente en los doce artículos del Credo.
Los Apóstoles llamaron «Símbolo» a esta profesión de fe porque servía de señal y contraseña con que se
reconocían los verdaderos cristianos y se distinguían de los falsos hermanos introducidos furtivamente y que
adulteraban el Evangelio.
El Credo nos enseña lo que como fundamento y suma de la verdad debe creerse: • sobre la unidad de la
divina esencia; • sobre la distinción de las tres Personas; • sobre las operaciones que a cada una de ellas se
atribuye por alguna razón particular, a saber: la obra de la Creación a la persona de Dios Padre, la obra de la
Redención humana a la persona de Dios Hijo, y la obra de la Santificación a la persona de Dios Espíritu Santo.
Todo ello nos lo enseña en doce sentencias o «artículos», entendiendo por artículo cada uno de los puntos que
debemos creer distinta y separadamente de otro.
CAPÍTULO I
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Primer artículo del Credo
CREO EN DIOS PADRE OMNIPOTENTE,
CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA
INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO
[1] Con estas palabras se expresa: • la fe en Dios Padre, primera Persona de la Trinidad; • su poder
omnipotente, con que creó el cielo y la tierra, y todo cuanto contienen; • su providencia, que conserva y
gobierna lo creado; • el sumo afecto y piedad por el que debemos tender hacia El como al bien sumo y
perfectísimo.
«Creo»
[2] Creer no significa «pensar», ni «juzgar», ni «opinar», sino dar un asentimiento certísimo por el
que el entendimiento adhiere firme y constantemente a Dios y a las verdades y misterios que El le manifiesta.
Por lo tanto, la fe es un conocimiento certísimo, pues aunque los objetos que la fe nos propone para creer no se
vean, no por eso nos deja dudar sobre ellos. [3] De lo cual se deduce que el que cree no debe escudriñar con
curiosidad, duda o soberbia, lo que Dios le manda creer, sino que, libre de la curiosidad de investigar, debe
aceptarlo con sencillez y descansar en el conocimiento de la verdad eterna. Dios exige al alma el asentimiento
de la fe sin darle pruebas o demostraciones de lo que le manda creer; El es veraz (Sal. 115 11.), y eso debe
bastarnos para darle crédito.
[4] Pero no basta, para salvarse, asentir íntimamente a la verdad revelada; sino que, además, el que dice
«creo» debe profesar públicamente su fe, sin avergonzarse de ella (Rom. 10 16.).
«En Dios»
[5] 1º La excelencia de la fe se manifiesta en que nos concede el conocimiento de la cosa más sublime
y más digna de ser deseada, a saber, Dios. [6] Sin embargo, el conocimiento que la fe nos da sobre Dios difiere
mucho del que nos da la razón.
a) Por la razón, y a partir de las criaturas, los hombres pueden llegar al conocimiento de la existencia de
Dios y de algunas de sus perfecciones, como su espiritualidad, infinidad, simplicidad, omnipotencia, sabiduría,
veracidad y justicia. Pero este conocimiento: • es sólo un conocimiento natural, que tiene por única guía a la
luz natural de la inteligencia, y que sólo conoce a Dios por sus efectos, pero no como es en Sí mismo; • se
adquiere sólo después de largo tiempo, y con mucho trabajo; • con gran mezcla de errores; • y sólo lo poseen
algunos pocos hombres.
b) Por la fe conocemos estas mismas verdades, y penetramos incluso en los secretos de la vida íntima de
Dios, conociéndolo tal como es en Sí mismo, y ello: • con autoridad divina, que nos da una certeza mucho
mayor que la que procede de la razón; • con gran facilidad y sin trabajo; • sin mezcla alguna de error; • y
pudiendo llegar a él todos los hombres, incluso los rudos.
[7] 2º Es preciso confesar, ante todo, que Dios es uno solo, y que no hay muchos dioses. Así lo
afirman claramente las Sagradas Escrituras (Deut. 6 4; Ex. 20 3; Is. 44 6; 48 12; Ef. 4 5; Apoc. 1 8; 22 13.).
Pues Dios es sumo y perfectísimo, y lo que es sumo y perfectísimo no puede hallarse en muchos a la vez. En
efecto, si hubiese varios dioses, a cada uno de ellos le faltaría algo para ser sumo, y por lo tanto, sería
imperfecto, y no le convendría la naturaleza divina. [8] Y si alguna vez se da en las Escrituras el nombre de dios
a alguna criatura (como a los profetas y jueces), es impropiamente, según el modo ordinario de hablar, en
razón de alguna cualidad o misión excelente recibida de Dios.
29
«Padre»
La fe cristiana confiesa a Dios: uno en naturaleza, sustancia y esencia; pero a la vez trino, como se
deduce de la presente palabra, «Padre».
[9-10] Dios es llamado «Padre» por varias razones:
1º Por modo general, es llamado Padre de todos los hombres, por ser su Creador y por la admirable
Providencia que tiene de todos ellos, de modo parecido a como los gentiles llamaban «padre» a la persona de
quien descendía una familia y la regía con su autoridad.
2º Por modo especial, es llamado Padre de los cristianos con más propiedad, a causa de la espiritual
adopción por la que Dios los llama hijos suyos y los convierte realmente en tales (I Jn. 3 1.), siendo también, a
este título, hermanos de Cristo y herederos de Dios (Rom. 8 17 y 29.).
3º Por modo propio, es llamado Padre de su Hijo, que es Dios como El, a quien engendra desde toda la
eternidad, comunicándole su misma esencia divina. Por ahí se nos enseña la unidad de esencia (I Jn. 5 7.) y
la trinidad de personas en Dios (Mt. 28 19.), de manera que hay que confesar: • en la esencia, la unidad:
una misma es la esencia y sustancia de las tres divinas personas; • en las personas, la propiedad: Dios Padre,
primera persona de la Trinidad, principio sin principio, contemplándose a Sí mismo engendra al Hijo, segunda
persona de la Trinidad, e igual a El; y del mutuo amor de caridad de los dos procede el Espíritu Santo, tercera
persona de la Trinidad, que es el vínculo eterno e indisoluble que une al Padre con el Hijo; de modo que sólo al
Padre le conviene no ser engendrado y engendrar al Hijo eternamente, sólo al Hijo le conviene ser engendrado
eternamente por el Padre; y sólo al Espíritu Santo le conviene proceder eternamente del Padre y del Hijo; • en
la Trinidad, la igualdad: pues la religión católica predica la misma eternidad, la misma majestad de gloria y las
mismas perfecciones infinitas en las tres personas, de modo que ninguna de ellas es anterior o posterior a las
otras, ni mayor o menor.
«Omnipotente»
[11] 1º Entre los muchos atributos propios de Dios, la Sagrada Escritura le atribuye con mucha
frecuencia la virtud omnipotente, enseñándonos que este atributo conviene muy especialmente a la esencia
divina. Entendemos por esta omnipotencia que nada hay de perfecto, ni nada se puede pensar ni imaginar, que
no pueda Dios hacer. [12] Sin embargo, Dios no puede mentir, o engañar, o pecar, o morir, o ignorar algo,
porque estas acciones son propias de la naturaleza imperfecta y débil, mientras que Dios es infinitamente
perfecto y tiene el sumo poder.
[13] 2º Este artículo sólo nos propone para creer el atributo divino de la omnipotencia, por
varias razones: • porque este atributo engloba en cierto modo todos los demás, los cuales, si le faltaran,
difícilmente podríamos comprender cómo es todopoderoso; y así, al decir que Dios todo lo puede, reconocemos
también que tiene conocimiento de todas las cosas, y que todo está sujeto a su poder y dominio; • para
confirmar nuestra fe: sabiendo que Dios todo lo puede, creeremos todos los misterios que nos revele, por muy
elevados y prodigiosos que sean; • para confirmar nuestra esperanza: todo podemos esperarlo de Dios, ya que
El todo lo puede; y se ha de tener muy presente esta verdad de fe cuando le pedimos por la oración algún
beneficio (Mt. 17 19; Sant. 1 6 y 7.); • para procurarnos otros bienes y utilidades: la modestia y la humildad (I
Ped. 5 6.), el temor de Dios (Lc. 12 5.) y la gratitud (Lc. 1 49.).
[23] 3º Adviértase, sin embargo, que la creación es obra común de las tres divinas personas,
pues la Sagrada Escritura afirma que la creación es también obra del Hijo (Jn. 1 3.) y del Espíritu Santo (Gen. 1
2; cf. Sal 32 6.). [14] Sin embargo, se atribuye especialmente al Padre por ser la fuente de todo principio, como
atribuimos la sabiduría al Hijo y la bondad al Espíritu Santo, a pesar de que la sabiduría y la bondad sean
también comunes a las tres divinas personas.
[15] 1º Creador. Dios creó el mundo: • no de materia alguna, sino de la nada; • no obligado por
necesidad alguna, pues siendo feliz por Sí mismo, de nada necesita; sino por voluntad suya libre, con el fin de
comunicar su bondad a las cosas que hiciese; • por un solo acto de su querer; • tomándose a Sí mismo como
prototipo o modelo de todas las cosas.
[20] 2º Por cielo y tierra debe entenderse todo lo que en ellos se encierra (Sal. 88 12.), o más aún,
toda criatura, lo visible y lo invisible, esto es, el mundo material y el mundo espiritual o angélico.
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[16] a) Cielo corporal. Creó Dios el sol, la luna y los demás astros, organizándolos con un movimiento
constante, uniforme y permanente, para que señalen las estaciones, los días y los años.
[17] b) Cielo espiritual. Juntamente con el cielo corporal, creó Dios innumerables ángeles, que son
naturalezas espirituales, para que le sirviesen y asistiesen; a los cuales, desde el primer instante de su ser,
adornó con su gracia santificante, y los dotó de elevada ciencia (II Rey. 14 20.) y de gran poder (Sal. 102 20.).
Pero muchísimos de ellos se rebelaron por soberbia contra Dios, su Padre y Creador, por lo que al punto fueron
arrojados al infierno, donde son castigados eternamente (II Ped. 2 4.).
[18] c) Tierra. Al crear la tierra, la colocó Dios en el centro del universo, separó las aguas de lo seco, y
en lo seco levantó los montes, hizo los valles, adornó la tierra con gran variedad de árboles y plantas, y pobló
las aguas de peces, los aires de aves y la tierra de animales. [19] Finalmente, a partir del lodo de la tierra, creó
al hombre a su imagen y semejanza, con un cuerpo impasible e inmortal, con un alma libre y dotada de
integridad, otorgándole el don de la justicia original, esto es, la vida divina, y dándole imperio y dominio sobre
todos los demás animales.
[21] 3º Las cosas creadas por Dios no pueden subsistir, después de creadas, sin su virtud infinita. Por
eso mismo, Dios está presente a todas las cosas creadas por su Providencia, conservándolas en el ser con el
mismo poder con que las creó al principio, sin lo cual volverían a la nada (Sab. 11 26.). [22] En esta
providencia, Dios no impide la acción de las causas segundas, sino que, previniendo su acción, se sirve de ellas,
ordenándolo todo con fuerza y con suavidad (Sab. 8 1.).
CAPÍTULO II
DEL 1° ARTÍCULO DEL SÓMBOLO
96He aquí varias de las formas con que algunas Iglesias particulares expresaban su fe sobre los principales
misterios de nuestra santa religión:
Símbolo Niceno
[Versión sobre el texto griego]
Creemos en un solo Dios Padre omnipotente, creador de todas las cosas, de las visibles y de las invisibles; y en un solo
Señor Jesucristo Hijo de Dios, nacido unigénito del Padre, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, luz de luz, Dios
verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial al Padre, por quien todas las cosas fueron hechas, las
que hay en el cielo y las que hay en la tierra, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió y se encarnó,
se hizo hombre, padeció, y resucitó al tercer día, subió a los cielos, y ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Y en el
Espíritu Santo.
Mas a los que afirman: Hubo un tiempo en que no fue y que antes de ser engendrado no fue, y que fue hecho de la nada, o
los que dicen que es de otra hipóstasis o de otra sustancia o que el Hijo de Dios es cambiable o mudable, los anatematiza la
Iglesia Católica. [Dezinger. Nº 54.]
Del estudio comparativo de las diferentes fórmulas o profesiones de fe de las Iglesias particulares, se deduce
claramente que en todas ellas se hace mención explícita de las tres Personas de la Santísima Trinidad. En todas se atribuye
la omnipotencia al Padre; la obra de la redención al Hijo, y después de confesar la existencia del Espíritu Santo, casi
inmediatamente se pone la obra propia de la tercera Persona, esto es, la remisión de los pecas dos. En todas se mencionan
los doce artículos que forman el Símbolo Apostólico, excepto en la forma Romana, y; en la de Aquileya, en las cuales nada
se dice de ―La vida perdurable‖. La Comunión de los Santos, que forma parte del artículo noveno, solamente la hallamos
explícita en la profesión de la fe de la Iglesia Gálica. Tan sólo en la forma de la Iglesia de África y en la Gálica se atribuye la
creación al Padre; en las otras no se menciona.
Todas llaman a Jesucristo Señor Nuestro en el art. II, excepto la Iglesia Gálica. Las formas Romana, Aquileya y
Africana nada dicen del descenso de Jesucristo a los infiernos.Los artículos III, VI, VII, VIII, X y XI expresan las mismas
verdades y casi con las mismas palabras.
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II. Qué significa la palabra Creo.
25. Esta palabra creer no significa aquí lo mismo que pensar, sentir u opinar, sino, como enseñan las
santas Escrituras, tiene fuerza de un certísimo asentimiento, con que la mente cree firme y constantemente a
Dios que revela sus misterios.
Por lo cual aquel cree (en el sentido que aquí se explica) que sin duda alguna se halla persuadido de algo
como totalmente cierto.
Como particularidades dignas de atención, podemos notar en todas estas profesiones de fe el indicarse a Pondo
Pilato como autor de la condenación de Jesús; además, todas ellas dicen que Jesucristo resucitó al tercer día.
97 “Deus qui dixit de tenebris lucem splendescere, ipse illuxit in cordibus nostris.” II. Corin., IV, 6.
98 “Quod si etiam opertum est evangelium nostrum, in iis, qui pereunt est opertum.” II. Corin., IV, 3.
99 “Est autem Deus verax: omnis autem homo me dax.” Rom., III, 4.
100 “Credidi propter quod locutus sum.” Psal. CXV, I
101 “Non loqui.” Act., IV, 20.
102 “Non erebusco Evangelium, virtus enim Dei in salutem omnl credenti.” Rom., I, 16.
103 “Corde creditur ad justitiam, ore autem confeb sio fit ad salutem.” Rom., X, 10.
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dice el Príncipe de los Apóstoles, experimentemos con sumo gozo del alma que somos llamados de las tinieblas
a una admirable luz104, y creyendo, nos regocijemos con una alegría inexplicable105. Con mucha razón, pues,
confiesan ante todo los fieles que creen en Dios, cuya majestad, según dice Jeremías, es incomprensible106. Y el
Apóstol afirma que: “habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre vio, ni pudo ver”107, pues como El
dijo, hablando con Moisés: “No me verá el hombre y vivirá”108. Y la razón de esto, es porque nuestra alma para
llegar a Dios, que es lo más sublime, es necesario que enteramente esté libre de los sentidos, lo cual no
podemos naturalmente hacer en esta vida109.
104 “Qui de tenebris vos vocavit in admirabile lumen suum.” I. Petr., II, 9.VI, 16.
105 “Credentes exultabitis lsetitia inenarrabill.” I. Petr., I, 8.
106 “Incomprehensibilis cogitatu.” Hier., XXXII, 19.
107 ―Lucem Inhabitat inaceessibilem, quem nullus hominum vidit, sed nec videre potest.” I. Tim., VI, 16.
108 “Non enim videbit me homo, et vivet.” Exod., XXXIII, 20.
109 No queremos dejar de transcribir aquí la definición que de Dios nos da el Concilio Vaticano. Dice así: “La Santa Iglesia
Católica, Apostólica, Romana cree y confiesa que hay un solo Dios verdadero y vivo, Creador y Señor del Cielo y de la
tierra, todopoderoso, eterno, inmenso, incomprensible, infinito en entendimiento y voluntad y en toda perfección; el cual
siendo una sustancia espiritual, singular, simple de todo punto e inmutable, debe ser predicado como real y
esencialmente distinto del mundo, dichosísimo en sí y por sí, e inefablemente excelso sobre todo cuanto fuera de Él existe
y puede ser concebido.” Cap. I, de la ses. III, del Conc. Vat.
110 ―Dios no puede concebirse de otra manera sino confesando que es cierto espíritu libre, independiente de la materia, el
cual todo lo siente y mueve.‖ Cic, I, Tus., 66.‖ ―Los bienes de que usamos, la luz que nos ilumina, y el espíritu que nos
mueve, todo lo recibimos de Dios.‖ Coc. pro Bosc. ―Los dioses constantemente nos benefician con sus dones. Sus dones
algunas veces los derraman espontáneamente, otras los conceden a quienes los piden. ¿Quién no ha experimentado la
munificencia de los dioses? Nadie hay que no haya experimentado los beneficios celestes, nadie existe que no haya
participado algo de aquella fuente benignísima.‖ Séneca, 4, Benef., c. 44.
111 “Spiritus est Deus.” Joan., IV, 24.
112 “Estote vos perfecti, sicut et Pater vester coelestis perfectus est.” Matth., V, 48.
113 “Omnia nuda et aperta sunt oculis eíus.” Hebr., IV, 14.
114 “O altitudo divitiarum sapientiae et scientiae Dei.” Rom., XI, 33.
115 “Deux verax eat” Rom., III, 4.
116 “Aperis tu manum tuam, et imples omne animal benedictione.” Psal., CXLIV, 16.
117 “Quo ibo a spiritu tuo? et quo a facie fugiam? Si ascendero in coelum, tu illic es: si descendero in infenium, ades. Si
sumpiero pennas meas ducculo, et ha bitavero in extremis maris.” Pral., CXXXVIII, 8, 9, 10.
118 “Numquid non coolum et terram ego impleo, dicit Dominus?” Hier., XXIII, 24.
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31. Más aun en esto mismo conoceremos la necesidad de la doctrina revelada, si advertimos que la fe no
sólo sirve, como ya dijimos, para que los hombres rudos y sin letras conozcan fácil y prontamente lo que sólo
los sabios llegaron a descubrir después de un largo y porfiado estudio, sino que aprovecha también para que la
noticia de las cosas que se alcanza por la fe se comunique a nuestras almas mucho más cierta y más exenta de
todo error, que si las alcanzáramos instruidos por la ciencia humana. Pero ¿cuánto más alto y sublime se ha de
reputar aquel conocimiento de Dios que ninguno pudo jamás alcanzar por la sola contemplación de las
criaturas, sino que solamente le adquieren los fieles por la luz de la fe? Pues éste se contiene en los artículos del
Símbolo, los cuales nos enseñan la unidad de la divina esencia, la distinción de las tres personas, y que el
mismo Dios es el último fin del hombre, de quien ha de esperar la posesión de la celestial y eterna
bienaventuranza, según aprendimos del Apóstol, quien afirma “que Dios es remunerador de los que le
buscan”119.
Cuán grandes sean estas cosas, y si son o no de esta calidad los bienes a que pudo aspirar el humano
conocimiento, lo mostró, mucho antes que el mismo Apóstol, el profesa Isaías con estas palabras: ―Desde que el
mundo existe, jamás nadie ha entendido, ni ninguna oreja ha oído, ni ha visto ojo alguno, sino sólo tú, oh Dios,
las cosas que tienes preparadas para aquellos que te están aguardando‖120.
de Dios con aquellas palabras: “Credo in unum et solum verum Deum”. En el Símbolo de Nicea leemos: “Credimus in
unum Deum”.
126 “Unitas in Trinitate, et Trinitas in unitate veneranda sit.” Ex symbolo Athanasiano.
127 “Mundus administratur providentia deorum.” Cicer., I, divin.
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pues leemos: ―¿Por ventura es él tu Padre, que te poseyó, amo y creó?‖128. Y en otra parte: ―¿Por ventura no es
uno el Padre de todos nosotros? ¿No nos crió un solo Dios?‖129.
128 “Numquid non ipse est pater tuus, qtii possedit, et fecit et ereavit te.” Deut., XXXII, 6.
129 “Numquid non pater unus omnium nostrum? numquid non Deus unus ereavit nos?” Malach., II, 10.
130 “Non enim accepistis spiritum servitutis iterum in timore, sed accepistis spiritum adoptionis filiorum, in
semejanza, la cual no imprimió a otras inferiores criaturas.―El es tu Padre que te crió y te hizo.‖ También se llama Padre,
por razón del modo con que nos gobierna. Aunque gobierna todas las cosas, a nosotros nos gobierna como a señores, a las
otras criaturas como a esclavos. ―Tu Providencia, oh Padre, gobierna todas las cosas.‖ ―Y nos gobiernas con Misma mo-
deración.‖ Asimismo se llama Padre, porque nos ha adoptado; a las otras criaturas les ha dado ciertos regalos, pero a
nosotros nos ha confiado su heredad, y esto como a hijos, y si somos hijos también nos pertenece la herencia. ―No habéis
recibido ahora el espíritu de servidumbre para obrar todavía solamente por temor como esclavos, sino que habéis
recibido el espíritu de adopción de hijos, en virtud del cual clamamos con toda confianza: Abba, esto es, ¡oh Padre mío!‖
―Cualquiera que adora a un Dios y le ruega, debe adorarle y rogarle como a Padre, no solamente para testificar su respeto,
sino también para reconocer que como Padre nos da la vida y todos los bienes.‖ Lactancio. De ver. sap., I, 4.
135 “Qui cum unigenito Filio tuo, et Spiritu sancto, unus es Deus, unus es Dominus: non in unius singularitate personae,
136 “Qui scrutator est Maiestatis, opprimetur a gloria.” Prov., XXV, 27.
137 “Docete omnes gentes baptizantes eos in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti.” Matth., XXVIII, 19.
138 “Tres sunt qui testimonium dant in coelo : Pater, Verbum et Spiritus Sanctus, et hi tres unum sunt.” Joan., V, 7.
139 “Ego Deus omnipotens.” Gen., XVII, 1.
140 “Deus autem meus omnipotens faciat vobis placabilem.” Gen., XMII, 14.
141 “Doininus Deus, qui est, et qui erat, et qui venturas est, omnipotens.” Apoc, I, 8.
142 “Dies magnus Dei omnipotentis.” Apoc, XIV, 14.
143 “Non erit impossibile apud Deum.” Luc, I, 37.
144 “Numquid manus Domini invalida est?” Num., XI, 23.
145 “Subest tibi, cum volueris, posse.” Sab., XII, 18.
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aniquilarlo todo, y crear de repente muchos mundos, sino que también están en su poder otras mucho
mayores, que ni imaginarlas puede el entendimiento humano.
Pero aunque Dios puede todas las cosas, no se sigue de ahí que pueda mentir, engañar o ser engañado,
pecar, perecer o ignorar; pues estas cosas son propias de aquella naturaleza cuyas acciones son imperfectas.
Pero Dios, cuya acción es siempre perfectísima, en tanto se dice que no pueden estas cosas, en cuánto tal poder
nace de imperfección, no de suma virtud, cual es la que tiene Dios. Y así de tal manera creemos que Dios es
Omnipotente, que al mismo tiempo entendemos estar muy lejos de su Majestad todo lo
que no es muy conforme y conveniente a su naturaleza.
146 “Si habueritis fidem sicut granum sinapis dicetis monti huic: Transi hine illuc, et transibit; et nihil impossibile erit
ergo aestimet homo ille quod accipiat aliquid a Domino.” Jac, I, 67.
148 “Humiliamini sub potente mana Dei.” I. Petr. V, 6.
149 “Ostendam vobis quen timeatis. Timete eum qui Postquam occiderit, habet protestatem mittere in gehennam.” Luc,
XII, 5.
150 “Fecit milii magna qui potens est.” Luc, l, 40.
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todo origen, así como al Hijo que es la palabra eterna del Padre atribuimos la sabiduría, y la bondad al Espíritu
Santo que es el amor del Padre y del Hijo, aunque estos y otros semejantes nombres se digan comúnmente de
todas tres Personas según la regla de la fe católica.
XX. De qué hizo Dios al mundo, de qué modo y para qué fin.
44. Creador del cielo y de la tierra. Cuán necesario haya sido instruir a los fieles, en primer lugar, sobre
el conocimiento de Dios Omnipotente, se puede ver por las cosas que ahora se han de explicar acerca de la
creación del universo. Porque tanto más fácilmente se cree el milagro de una obra tan grande, cuánto no hay
duda alguna acerca del inmenso poder del Creador. No fabricó Dios el mundo de materia alguna, sino que le
creó de la nada151, ni hizo esto forzado de alguna violencia o necesidad, sino de su libre y mera voluntad 152. Ni
hubo otra causa que le indujese a esta obra, sino la de comunicar su bondad a las cosas que creó. Porque la
naturaleza de Dios siendo por sí misma infinitamente bienaventurada, de nada necesita, como dice David:
―Dije al Señor, tú eres mi Dios, porque no necesitas de mis bienes‖ 153. Así como movido de su bondad hizo
cuánto quiso, así también, al crear todas las cosas, no se guió por algún ejemplar o modelo que estuviese fuera
de sí mismo, sino que por contenerse en su inteligencia divina el ejemplar de todas ellas, viéndole en sí mismo
el supremo artífice, y como imitándole, creó en el principio el universo con aquella sabiduría e infinita virtud
que le es propia. “Porque él dijo, y las cosas fueron hechas; él mandó y luego fueron creadas”154.
151 Firmemente creemos y confesamos llanamente, que hay un solo y verdadero Dios, el cual con su omnipotente virtud
creó de la nada juntamente desde el principio del tiempo a entrambas criaturas, a la espiritual y corporal, a saber a la
celestial y a la del mundo, y, finalmente, al hombre como compuesto de espíritu y cuerpo.‖ Ex Conc. Lateran., IV.
―Firmemente cree, profesa y predica que un verdadero Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo es el criador de todo lo visible e
invisible.‖ Ex Conc. Florent.
―Si alguno negare a un solo verdadero Dios, Criador y Señor de todas las cosas visibles y de las invisibles, sea
excomulgado.‖ Ex Conc. Vat., Can. 1, de Deo Creat.
―Si alguno no confesare que el mundo y todas las cosas que en él se contienen, las espirituales y las materiales, en la
totalidad de su sustancia han sido producidas de nada por Dios, sea excomulgado.‖ Ex Conc. Vat., Can. 5, de Deo Creat.
152 ―Este único y verdadero Dios, por su bondad y omnipotente virtud, y no para aumentar su dicha, ni para adquirir su
perfección, sino para manifestarla por los bienes que a las criaturas otorga; con libérrimo consejo desde el principio del
tiempo, hizo de nada juntamente a una y otra criatura, espiritual y corporal, o sea angélica y mundana, y, por fin, la
humana formada de espíritu y de cuerpo, como común a entrambas.‖ Ex Conc. Vat. Cap. I, de Deo Creat. Sesión III, 24
abril de 1870.
153 “Deus meus es tu, quoniam bonorum meorum non eges”. Psalm., XV, 1.
154 “Ipse dixit et facta sunt: ipse mandavit, et creata sunt”. Psalm., CXLVIII, 5.
155 “Quoniam videbo coelos tuos, opera digitorum tuorum: lunam et stellas, quae tu fundasti.” Psal.VIII, 4.
156 “Fiant luminaria in firmamento coeli, et dividant diem ac noctem, et sint in signa et tempora, et dies et annos.” Gen.,
I, 14.
157 “Tu Domine mi rex, sapiens es, sieut habet sapientiam angelas Dei, ut intelligat omnia super teiram.” II, Reg, XIV,
26.
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mandamientos”158. Por esta razón se llaman muchas veces en las sagradas letras virtudes y ejércitos del Señor.
Pero aunque todo ellos fueron enriquecidos con celestiales dones, no obstante muchísimos por haberse
apartado de Dios su Padre y Criador, fueron derribados de aquellas sublimes tronos y encerrados en una
oscurísima cárcel de la tierra, donde pagan las penas eternas de su soberbia. De ellos escribe así el Príncipe de
los Apóstoles: “No perdonó Dios a los ángeles que pecaron, antes amarrados con las cadenas del infierno, los
entregó a sus tormentos, reservándolos para el juicio”.
XXV. Por los nombres de cielo y tierra se entienden todas las cosas visibles e invisibles.
49. Estas son las cosas que sobre la creación del Universo se han de entender por las palabras Cielo y
Tierra, lodo lo cual comprendió brevemente el Profeta con estos términos: “Tuyos son los cielos y tuya es la
tierra, la redondez de ella con todas las cosas de que está poblada, tú la fundaste”159. Pero, aún más
brevemente los expresaron los Padres del Concilio de Nicea con aquellas palabras: visibles e invisibles que
añadieron al Símbolo. Porque todas las cosas contenidas en el universo y que confesamos haber creado Dios, o
se pueden percibir por algún sentido, y por lo mismo se llaman visibles, o se pueden percibir con el
entendimiento, y ésas se denotan con el nombre de invisibles.
40
la doctrina de los Apóstoles, que el Padre es creador del cielo y de la tierra, y en las santas Escrituras leemos
esto mismo del Hijo: “Todas las cosas fueron hechas por él”162. Joan., I, 3, y también del Espíritu Santo: “El
Espíritu del Señor era llevado sobre las aguas”163. Gen., I, 2. Y en otra parte: ―Con la palabra del Señor se
hicieron firmes e incorruptibles los Cielos, y con el Espíritu de su boca se hizo toda su virtud y adorno” 164.
Psalm., XXXII, 6.
41
Segundo artículo del Credo
Y EN JESUCRISTO, SU ÚNICO HIJO,
NUESTRO SEÑOR
INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO
[1] La confesión de este segundo artículo del Credo, esto es, de la divinidad de nuestro Señor Jesucristo,
es el fundamento de nuestra redención y salvación (Cf. I Jn. 4 15; Mt. 16 17.). [2] Ello se verá mejor si se
considera la pérdida del estado felicísimo en que Dios creó al hombre. Adán, al violar el mandamiento de Dios
(Gen. 2 16-17.), perdió el estado de justicia original no sólo para sí, sino también para toda su descendencia. [3]
Y el género humano no podía levantarse de esa caída y salir de ese estado ni por obra humana ni por obra
angélica: el único remedio era que el Hijo de Dios, revistiendo nuestra naturaleza humana, expiase la ofensa
infinita del pecado y nos reconciliase con Dios por su muerte sangrienta.
[4] Por este motivo la fe en la Redención fue siempre necesaria, y sin ella no pudo salvarse hombre
alguno. Y por eso también Jesucristo, el Redentor, fue anunciado muchas veces por Dios desde el principio del
mundo. Al mismo Adán que acababa de pecar, Dios le promete la redención y el Redentor (Gen. 3 15.); más
tarde declara a Abraham (Gen. 22 16-18.), a Isaac y a Jacob (Gen. 28 12-14.), que saldrá de su descendencia.
Con este fin escoge al pueblo hebreo y le da un gobierno y una religión, a fin de conservar por él la verdadera fe
y la esperanza del Redentor; y hace que el Redentor sea figurado en el Antiguo Testamento por personajes e
incluso cosas inanimadas. Finalmente, anuncia por los profetas todo lo que se refiere al nacimiento, doctrina,
vida, costumbres, pasión, muerte y resurrección del Redentor, de modo que no existe diferencia entre los
vaticinios de los profetas y la predicación de los apóstoles, ni entre la fe de los antiguos patriarcas y la nuestra.
«Y en Jesucristo»
[5] 1º Jesús es nombre exclusivo del que es Dios y Hombre, impuesto por Dios a Cristo (Lc. 1 31.), y
significa «Salvador», porque vino para salvar a su pueblo de sus pecados (Mt. 1 20-21.). Además, es un nombre
que encierra el significado de los demás nombres que los profetas dieron al Redentor para expresar los
diferentes aspectos de esta salvación. [6] Y aunque algunos llevaron antes este nombre de «Jesús», no les
convenía como conviene a Cristo, por varias razones: • no dieron la salvación eterna, liberando de las cadenas
del error, del pecado y del demonio, reconciliando con Dios y adquiriendo un reino eterno, sino una salvación
temporal, liberando del hambre, o de la opresión de los egipcios o babilonios; • ni la trajeron a todos los
hombres, sino sólo a un pueblo determinado; • ni a todos los tiempos.
[7] 2º Cristo significa «Ungido». En el Antiguo Testamento eran ungidos y llamados tales tres clases
de hombres, por representar por sus cargos la majestad de Dios: • los sacerdotes, encargados de ofrecer
sacrificios y oraciones a Dios por el pueblo; • los reyes, encargados de gobernar a los pueblos y defender la
autoridad de las leyes; • los profetas, que como intérpretes de Dios revelaban los misterios del cielo e instruían
con preceptos saludables.
El Redentor, al venir al mundo, recibió en grado sumo y excelente el estado y las obligaciones de las tres
personas: de profeta, de sacerdote y de rey, y por eso fue llamado Ungido (Sal. 44 8; Is. 61 1; Lc. 4 18.). En
efecto, El es: • sumo Profeta y Maestro, que nos enseñó la voluntad de Dios y nos comunicó el conocimiento
del Padre celestial; • sumo Sacerdote, de un nuevo sacerdocio que remplaza al de Leví (Sal. 109 4; Heb. 5 6.);
• sumo Rey, no sólo en cuanto Dios, sino también en cuanto hombre, porque Dios atesoró en El todo el poder,
grandeza y dignidad de que era capaz la naturaleza humana, y le dio el reino sobre todo lo creado, reino que ya
empieza a ejercer en su Iglesia, rigiéndola con admirable providencia, defendiéndola contra sus enemigos,
imponiéndole leyes, dándole santidad y justicia, y facilitándole los medios y fuerza para que se mantenga firme.
[8] Por estas palabras confesamos: • que Jesucristo es la segunda Persona de la Santísima Trinidad,
igual en todo a las otras dos (Jn. 1 1.); • y que Jesucristo es Hijo de Dios y Dios verdadero, como lo es el Padre
42
que lo engendra desde la eternidad. Este nacimiento divino del Hijo de Dios no es como el nacimiento terreno y
mortal, y por eso, no pudiéndolo percibir ni entender perfectamente por la razón, debemos creerlo y adorarlo
admirados por la grandeza del misterio. [9] La comparación que más ayuda a nuestra razón a explicarse dicho
misterio, es la siguiente: así como el entendimiento, al conocerse a sí mismo, se forma una idea de sí mismo,
llamada «verbo»; así también Dios Padre, entendiéndose a Sí mismo, engendra al Verbo eterno.
Engendrado por el Padre en cuanto Dios antes de todos los siglos, Jesucristo es engendrado como
hombre en el tiempo por la Santísima Virgen María. Por lo tanto, debemos reconocer en Jesucristo dos
nacimientos, pero una sola filiación, la divina, porque una sola es la persona.
[10] Por lo que se refiere a la generación divina, Jesucristo no tiene hermanos, por ser el Hijo unigénito
del Padre; pero en lo que se refiere a su generación humana, es primogénito de muchos hermanos, que son
aquellos que, habiendo recibido la fe, la profesan de palabra y la confirman con obras de caridad.
«Nuestro Señor»
[11] Algunas cosas se dicen de Jesucristo en cuanto Dios, como ser omnipotente, eterno e inmenso, y
otras en cuanto hombre, como padecer, morir y resucitar. Pero hay otras cosas que convienen a Cristo según
sus dos naturalezas, como ser Señor de todas las cosas. En efecto:
1º Le conviene en cuanto Dios, porque, siendo un solo y mismo Dios con el Padre, es también con El
un solo y mismo Señor.
2º Le conviene en cuanto hombre, por dos razones: • la primera, en virtud de la unión hipostática, o
unión de las naturalezas divina e humana en una sola persona; por esta maravillosa unión mereció ser
constituido Señor de todas las cosas; • la segunda, por derecho de conquista, esto es, por haber sido nuestro
redentor y habernos librado de la esclavitud de los pecados (Fil. 2 8-11.).
[12] Justo es, pues, que llevando nosotros el nombre de cristianos, nos entreguemos y consagremos
como esclavos a nuestro Redentor y Señor. Eso mismo prometimos al recibir el bautismo, declarando
renunciar a Satanás y al mundo, y entregarnos del todo a Jesucristo; por lo que muy culpables seríamos si
ahora viviéramos según las máximas y leyes del mundo, como si nos hubiéramos consagrado al mundo y al
diablo, y no a Cristo.
CAPÍTULO III
DEL 2° ARTÍCULO DEL SÍMBOLO
165 “Quisquis confessus fuerit, quoniarn Jesús est filius Dei, Deus in eo manet, et ipse in Deo.” I. Joan, IV, 15.
166 “Beatus es, Simón Jona: quia caro et sanguis non revelavit tibi, sed Pater meus, qui in coelis est.” Matth., XVI, 17.
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en cualquier día que comieres de él, morirás‖167; incurrió en aquella suma calamidad de perder la santidad y
justicia en que había sido creado, y en el sufrimiento de otros males que copiosamente explicó el santo Concilio
Tridentino168. Además, advertirá que el pecado y su pena no se limitaron a solo Adán, sino que de él, como de
principio y causa, se propagaron en justo castigo a toda la posteridad.
IV. Sin la fe en la redención, ninguno pudo salvarse; por eso Cristo fue profetizado muchas
veces desde el principio del mundo.
56. La fe y confesión de la redención es y fue siempre necesaria a los hombres para salvarse, y por lo
mismo Dios la manifestó desde el principio del mundo. Porque en aquella sentencia de condenación que dio al
género humano luego después del pecado, significó también la esperanza de la redención en las mismas
palabras con que intimó al demonio el daño que le había de hacer redimiendo a los hombres: “Yo pondré
enemistades entre ti y la mujer, y entre tu rasa y la descendencia suya; ella quebrantará tu cabeza, y tú
andarás acechando a su calcañar”169. Después confirmó también muchas veces esta misma promesa, y
manifestó más claramente su determinación, especialmente a algunos hombres a quienes quiso favorecer con
muestras de singular benevolencia.
Y entre otros, después de haber declarado muchas veces este misterio al Patriarca Abraham, se lo
manifestó más claramente al tiempo que obedeciendo al mandamiento de Dios, quiso sacrificar a su único hijo
Isaac, pues le dijo: “En vista de la acción que acabas de hacer, no perdonando a tu hijo único por amor de mí,
yo te llenaré de bendiciones, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo, y como la arena que
está, en la orilla del mar; tu posteridad poseerá las ciudades de sus enemigos, y en un descendiente tuyo
167 “De omin ligno paradisi comede: de ligno aetem scientise boni et mali ne comedas. In quocumque enini die comederis
Arausicano II en el año 529 contra los Semipelagianos. Dice así en el Canon I: ―Sí alguno dice que por la ofensa de la
prevaricación de Adán, no fué conmutado todo el hombre según el cuerpo y el alma, sino que permaneciendo ilesa la
libertad del alma, cree que tan sólo el cuerpo está sujeto a la corrupción, engañado por el error de Pelagio, contradice a la
Escritura que afirma: el alma que pecare, la misma muera. Y: ―¿No sabéis que si os ofrecéis por esclavos de alguno para
obedecer a su imperio, quedáis esclavos de aquel a quien obedecéis?‖
Y: ―quien de otro es vencido, por lo mismo queda esclavo del que le venció.‖ Can. II. ―Si alguno asegura que la
prevaricación de Adán solamente dañó a él y no a su descendencia, o dice que tan sólo pasó a todo el género humano la
muerte del cuerpo, la cual es pena del pecado, y no también el pecado que es muerte del alma por causa de un hombre;
acusa de injusticia a Dios, contradiciendo a las palabras del Apóstol : “Por un solo hombre entró el pecado en este mundo,
y por el pecado la muerte; así también, la muerte se fué propagando en todos los hombres, por aquel en quien todos
pecaron.” Del Concilio Arausicano, II, 529.
―Si alguno no confiesa que Adán, el primer hombre, cuando quebrantó el precepto de Dios en el paraíso, perdió
inmediatamente la santidad y justicia en que fué constituido, e incurrió por la culpa de su prevaricación en la ira e
indignación de Dios, y consiguientemente en la muerte con que el Señor le había antes amenazado, y con la muerte en el
cautiverio bajo el poder mismo que tuvo el imperio de la muerte, es, a saber, del demonio; y no confiesa que todo Adán
pasó por el pecado de su prevaricación, a peor estado en el cuerpo y en el alma; sea excomulgado.‖ Canon I de la sesión V
del Conc, Trident, 17 de junio de 1546.
Can. III ―Si alguno afirma que el pecado de Adán le dañó a él solo, y no a su descendencia; y que perdió para sí, y no
también para nosotros, la santidad y justicia que de Dios había recibido; o que manchado él mismo con la culpa de su
inobediencia, sólo transmitió la muerte y penas corporales a todo el género humano, pero no el pecado, que es la muerte
del alma; sea excomulgado, pues contradice al Apóstol que afirma: ―Por eso el hombre entró el pecado en el mundo, y por
el pecado la¡ muerte; y de este modo pasó la muerte a todos los hombres por aquel en quien todos pecaron.‖ Canon II del
Conc. Trident., en la sesión V, 17 de junio de 1546.
169 “Inimicitias ponarn inter te et mulierem, et semen tuum et semen illius: ipsa conteret caput tuum, et tu insidiaberis
170 “Quia fecisti hanc rem, et non pepercisti filio tuo unigenito propter me: benedicam tibi, et multiplicabo semen tuum,
sicut stellas coeli, et velut arenam quoe est in littore maris: possidebit semen tuum portas ini-micorum suorum, et
Benedicentur in semine tuo omnes gentes terree, quia obedisti voci meae.” Gen., XXII, 16, 17, 18.
171 “Ego sum Dominus Deus Abraham patris tui, et Deus Isaac: Terram, in qua dormis, tibidabo et semini tuo. Britque
semen tuum quasi pulbis terrae: dilataberis ad occidentem, et orientem, et septentrionem, et meridiem : et Benedicentur
in Te et in semine tuo cunctae tribus terrae.” Gen., XXVIII, 13, 14.
172 Acerca de la venida del Mesías anunciaron los profetas:
1.° Que nacería en Belén. Así dice Micheas: ―Tú, Belén, Efratea, pequeña entre los millares de Judá, de ti saldrá el que sea
Dominador en Israel, y su salida (o nacimiento) desde el principio, desde los días de la eternidad.‖ Mich., V, 2.
2.° El Mesías debía venir luego que faltara el reino de Judá. Así lo vaticinó Jacob al bendecir a sus hijos, diciendo a Judá:
―No faltará de Judá el cetro (el reino) hasta que venga el que ha de ser enviado, y él es expectación de las gentes.‖ El reino
de Judá desapareció en tiempo de Heredes, o por lo menos cuando fué destruida Jerusalén por los romanos, y los judíos
diseminados por toda la tierra.
3.° El Mesías había de nacer de una Virgen de la familia de David Dice Dios a Achaz, por el profeta Isaías, que pida una
señal de su omnipotencia, y rehusándolo el rey, dice el Profeta: ―Por esto el mismo Dios os dará una señal. He aquí que
una Virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y su nombre será Emmanuel (Dios con nosotros). Isaías, VII, 15. Por Jeremías
anunció el Señor: “Yo suscitaré a David un retoño justo, y reinará como rey y será sabio, y su nombre sería: El Señor
nuestro justo.”
Acerca de la persona del Mesías, he aquí lo que habían predicho los profetas:
1.° Que sería Hijo de Dios. Prometiendo Dios a David el Salvador, por medio del profeta Nathán, dice: “Yo seré su Padre y
El Será Hijo mío.” II, Reg. VII, 10. Y en un salmo, dice Dios al Mesías: “Hijo mío eres tú; hoy te he engendrado.” Psal., II,
7.
2.° Sería a un mismo tiempo Dios y Hombre. Isaías dice: “Un niño nos ha nacido y un hijo se nos ha dado, y su nombre
será: Admirable, consejero, Dios.” IX, 6. “El mismo Dios vendrá y nos salvará.” Is., XXXV, 4.
3.° Sería un gran Taumaturgo. ―Entonces se abrirán los ojos de los ciegos, y los oídos de los sordos estarán expeditos;
entonces saltará como ciervo el que había sido cojo, y quedará libre la lengua de los mudos.‖ Isaías, XXXV, 6.
4.° Sería Sacerdote como Melquisedec. David pone en boca de Dios Padre estas palabras, dirigidas al Mesías: ―Tú eres
Sacerdote eternamente, según el orden de Melquisedec‖. Psalm., CIX, 4. Cristo, como Melquisedec, ofreció pan y vino en
la última Cena, y lo ofrece todos los días por sus ministros los sacerdotes.
5.° Sería un gran Profeta o Maestro. Ya a Moisés había dicho Dios: “Yo suscitaré un profeta, de en medio de vuestros
hermanos, que será semejante a ti.” Deut., XVIII, 18. Por eso los judíos designaban al Mesías como el Profeta que había de
venir al mundo. S. Juan, VI, 14. Como Profeta, debía también el Mesías enseñar y hacer vaticinios. Asimismo había de ser
el Maestro de los gentiles. Isaías, XLIX, 1-6.
VI. Aunque muchos se han llamado con este nombre, a ninguno conviene como a Cristo.
58. Es cierto que otros muchos se llamaron con este nombre, según las divinas Escrituras. Pues el
misino nombre tuvo el hijo de Nave, que sucedió a Moisés, quien, lo que a Moisés no fue concedido, Introdujo
en la tierra de promisión al pueblo que Moisés había libertado de Egipto. Con el mismo nombre se llamó
también el hijo de Josedech, sacerdote. Pero ¿con cuánta más razón se ha de llamar con este nombre a nuestro
Salvador? El dio la luz, la libertad y la salud, no a un pueblo sólo, sino a todos los hombres de todas edades, y
no oprimidos al hambre o esclavitud de Egipto o Babilonia, sino a los que vivían en tinieblas y sombras de
muerte, y esclavizados bajo las durísimas cadenas del pecado y del diablo.
El los reconcilió con Dios Padre, adquiriéndoles el derecho y la herencia del reino celestial. Por último,
vemos que aquellos fueron representación y figura de Cristo Señor, el cual coligó al linaje humano de los
beneficios que hemos dicho. Además de esto, todos los otros nombres con le decían las profecías que se había
4.° Sus discípulos le abandonarían en su Pasión. "Hiere al Pastor, y sean dispersadas las ovejas." Zac, XIII, 7. Así
aconteció en el prendimiento de Jesús. "Entonces sus discípulos, abandonándole, huyeron todos." Marc, XIV, 50. Sólo
Pedro y Juan le siguieron de lejos hasta el vestíbulo del sumo sacerdote. San Juan, XVIII, 15.
5.° El Mesías sería burlado. “El oprobio de los hombres, y el desecho de la plebe.” Psalm., XXI, 7.
Abofeteado, escupido: “Entregué mis mejillas a los que mesaban mi barba, no retiré mi rostro de los que me escarnecían
y escupían.” Isai., L, 6.
Azotado: “Soy azotado todo el día, y comienza ya mi castigo desde el amanecer.” Psal., LXXII, 14.
Coronado de espinas: “Salid afuera, oh hijas de Sion, y veréis al rey Salomón con la diadema con que le coronó su madre
en el día de sus desposorios, día en que quedó colmado de júbilo su corazón.” Cant., III, 11.
Y daríanle a beber hiel y vinagre: “me Prestaron hiel para alimento mío, y en medio de mi sed me dieron a beber
vinagre.” Psalm., LXVIII, 22.
6.° Sobre su vestidura se echarían suertes: “Repartieron entre si mis vestidos, y sortearon mi túnica.” Psalm., XXI, 19.
Los soldados hicieron cuatro porciones de los vestidos de Cristo, y cada uno tomó su parte; pero no quisieron rasgar la
túnica, porque no era cosida, sino tejida de una pieza. S. Juan, XIX, 23. Por eso echaron suertes sobre ella.
7.° Sus manos y pies serían taladrados: “Han taladrado mis manos y mis pies.” Salmo, XXI, 17. Cristo fué clavado con
clavos en la cruz; y por esto pudo mostrar a Tomás las heridas de sus manos y decirle: ―"Mete aquí tu dedo.” San Juan,
XX, 27.
8.° Él Mesías había de morir entre los malhechores. Isaías dice: “Se le dará la sepultura entre los impíos, mas con los
ricos estará después de su muerte.” Isai., LIII, 9. Jesús murió entre dos salteadores de caminos, que con El fueron
crucificados. Luc, XXIII, 33.
9.° En su Pasión seria manso como un cordero: “Conducido será a la muerte como va la oveja al matadero, y guardará
silencio sin abrir siquiera su boca, como el corderito que está mudo delante del que le esquila.” Isai., LIII, 7. Y rogaría por
sus enemigos: ―Ha rogado por los transgresores.‖ Isaías, LIII, 12.
10.° Moriría por su voluntad en satisfacción de nuestros pecados: “Fué ofrecido en sacrificio porque él mismo quiso. Es
verdad que él mismo tomó sobre sí nuestras dolencias, y cargó con nuestras penalidades.” Isaías, LIII, 4-7.
173 ―Ecce concipies in utero ,et paries filium, et vocabis nomen ejus Jesum.‖ Luc, I, 31.
174 ―Joseph, fili David, noli timere accipere Mariam conjugem tuam: quodenim in ea natum est, de Spiritu sancto est.
Parlet autem filium: et vocabis nomen ejus Jesum: ipse enim salvum faciet populum sieum a pec catis eorum.‖ Matth., I,
20, 21.
46
de llamar el Hijo de Dios175, se reducen a sólo este nombre de Jesús. Porque significando cada uno de ellos una
sola parte de la salud que nos había de dar, sólo éste reunió en sí la suma y compendio de toda la salud de los
hombres.
VII. De lo que significa el nombre Cristo, y por cuántos títulos convenga a nuestro Jesús.
59. Al nombre de Jesús se añadió además el de Cristo que significa Ungido, y es nombre de honor y
oficio, no propio de solo uno, sino común a muchos: ya que nuestros padres antiguos llamaban cristos 176 a los
sacerdotes y reyes que Dios había mandado ungir por la dignidad de su oficio. Porque el ministerio de los
sacerdotes consiste en rogar a Dios por el pueblo con oraciones continuas, ofrecer sacrificios al Señor, y
suplicarle por la prosperidad de los que les están encomendados. Mas a los reyes se encomendó el gobierno de
los pueblos; y así su principal cargo está en defender y proteger la autoridad de las leyes, amparando a los
inocentes y reprimiendo la osadía de los malos. Y porque ambos oficios representan en la tierra la majestad de
Dios por eso se ungían los que eran escogidos para ejercer el cargo real o sacerdotal.
También hubo costumbre de ungir a los profetas, los cuales como Intérpretes y medianeros de Dios
inmortal, nos manifestaron los secretos celestiales, y nos exhortaron a la enmienda de las costumbres con
saludables preceptos y profecías. Mas cuándo nuestro Salvador Jesucristo vino al mundo, se encargó de los
oficios y empleos de las tres clases de personas que hemos indicado, es a saber, de Profeta, Sacerdote y Rey; y
por estas causas fue llamado Cristo, y fue ungido para ejercer estos cargos, no por mano de algún hombre sino
por virtud del Padre celestial, ni con ungüento de la tierra, sino con óleo espiritual; porque se derramó sobre su
santísima alma la plenitud del Espíritu Santo, su gracia, y todos los dones, en tanta abundancia que nunca
hubo otra naturaleza criada capaz de ella, y esto declaró muy bien el Profeta cuándo al hablar del mismo
Redentor decía: ―Amaste la justicia y aborreciste la iniquidad; por eso te ungió, oh Dios, el Dios tuyo con óleo
de gracia, con preferencia a tus compañeros‖. Lo mismo manifestó mucho más claramente Isaías por estas
palabras: “El Espíritu del Señor ha reposado sobre mí; porque el Señor me ha ungido, y me ha enviado para
evangelizar a los mansos y humildes”.
Y así, Jesucristo fue sumo Profeta y Maestro que nos enseñó la voluntad de Dios, y por cuya doctrina
recibió el mundo el conocimiento del Padre celestial. Y tanto más propia y debidamente le conviene este
nombre, cuánto todos los demás que fueron honrados con el mismo nombre, habían sido sus discípulos, y
enviados principalmente a anunciar este Profeta que había de venir para salvar a todos. También Cristo fue
sacerdote, no de aquel orden de que fueron los sacerdotes de la tribu de Leví en la ley antigua, sino de aquel de
que David Profeta cantó: “Tú eres Sacerdote sempiterno, según el orden de Melquisedec”. Cuyo argumento
desarrolló diligentemente el Apóstol, escribiendo a los hebreos. Asimismo, reconocemos también por Rey a
Jesucristo, no sólo en cuánto Dios, mas también en cuánto hombre, y según que es participante de nuestra
naturaleza, lo cual atestiguó el Ángel diciendo: “Reinará en la casa de Jacob para siempre, y su reino no
tendrá fin”. El cual reino de Cristo es espiritual y eterno que empieza en la tierra y se perfecciona en el cielo. Y
en verdad hace los oficios de Rey para con su Iglesia con maravillosa providencia. Pues Él la gobierna, Él la
defiende del furor y asechanzas de sus enemigos, Él ordena sus leyes, y Él comunica con abundancia no
solamente santidad y justicia, sino también virtud y fuerza para perseverar en ella. Y aunque este reino
comprende en su seno así buenos como malos, y por lo mismo todos los hombres pertenecen a él con derecho,
con todos los que participan de la suma rondad y largueza de nuestro Rey, más que todos los demás, son
aquellos que hacen una vida inocente y perfecta con arreglo a sus preceptos. Cristo no poseyó este reino por
derecho de herencia o por derecho humano, aunque descendía de reyes muy esclarecidos, sino fue Rey porque
Dios le dio, en cuánto hombre, toda aquella potestad, grandeza y dignidad de que es capaz la naturaleza
humana. Y así le entregó el reino de todo el mundo, y efectivamente en el día del juicio se le rendirán todas las
cosas entera y perfectamente, lo cual ha empezado ya a realizarse.
VIII. De qué modo hemos de creer y confesar que Jesucristo es Hijo único de Dios.
60. Su único Hijo. Altos son los misterios que en estas palabras se proponen a los fieles para creerlos y
contemplarlos; a saber, que el Hijo de Dios es también Dios verdadero, así como lo es el Padre que lo engendró
desde la eternidad. Además de esto, confesamos que El es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, igual
175―Su nombre será Emmanuel, o Dios con nosotros. Isaías, VII, 14. "He aquí el varón cuyo nombre es Oriente.‖ Zacarias,
VII, 12.
176 ―Loquimini de me coram Domino, et coram Christo ejus." I. Reg., XII. "Cunque ingressi essent, vidit Eliab, et ait:
Num corana Domino est Christus ejus." I, Reg. XVI, 6. "Pro-pitius sit mihi Dominus, nec faciam hanc rem domino meo,
Christo Domini.‖ I, Reg. XXIV, 7.
47
en todo a las otras dos Personas; porque ninguna cosa desigual y desemejante hay, ni aun fingir debemos en las
tres divinas Personas. En todas tres reconocemos una misma esencia, voluntad y potestad; lo cual además de
otros muchos testimonios de las santas Escrituras, se declara de un modo muy excelente en aquel del apóstol
San Juan, que dice: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios”177. Mas
cuándo decimos que Jesús es Hijo de Dios, no hemos de pensar que intervino en este nacimiento alguna cosa
terrena o mortal, sino debemos creer constantemente y venerar con suma piedad de ánimo aquella generación
con que el Padre engendró desde la eternidad al Hijo, la cual de modo alguno se puede declarar ni entender
perfectamente, y así sobrecogidos de admiración por tan gran misterio, hemos de exclamar con el Profeta:
“¿Quién será poderoso para referir su generación?”178. Por tanto, se debe creer que el Hijo tiene la misma
naturaleza, la misma potestad y la misma sabiduría que el Padre, como más claramente confesamos en el
Símbolo Niceno por estas palabras: “Y en Jesucristo, único Hijo de Dios, y nacido del Padre antes de todos los
siglos; Dios nacido de Dios, luz nacida de luz, Dios verdadero, nacido de Dios verdadero, engendrado, no
hecho, de una misma sustancia con el Padre, por quien fueron hechas todas las cosas”179.
IX. Explicase la generación eterna de Cristo con una semejanza; y de sus dos nacimientos y
filiación.
61. Entre todas las semejanzas que se suelen aducir para dar a entender el modo de esta generación
eterna, parece que el más propio es el que se toma del modo de pensar de nuestro entendimiento ; por lo cual
llamó San Juan al Hijo de Dios, Verbo, o concepto del entendimiento, porque así como éste al entenderse de
algún modo a sí mismo, forma su misma imagen y semejanza, la cual los teólogos llaman verbo o concepto; así
también, Dios, según es posible de algún modo comparar lo divino con lo humano, entendiéndose a sí mismo,
engendra al Verbo o concepto eterno. Aunque es mejor contemplar lo que propone la fe, y creer y confesar
sencillamente que Jesucristo es verdadero Dios, engendrado por el Padre antes de todos los siglos; mas, en
cuánto hombre, nacido en tiempo de María Virgen su Madre. Y aunque reconocemos estos dos nacimientos,
creemos que él es un solo Hijo; porque es una sola Persona, en la cual se unen la divina y humana naturaleza.
177 “In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Deus erat Verbum.” Joan.; I, 1.
178 “Generationem eius quis enarrabit.” Isai., LIII, 8.
179 “Et in unum Dominum Jesum Christum, Filium Dei unigenitum; et ex Patre natum ante omnia saecula: Deum de Deo,
lumen de lumine, Deum verum de Deo vero, genitum, non factum, consubstantialem Patri, per quem omnia facta sunt.”
Ex Symb. Nic.
180 ―Anunciaré tu nombre a mis hermanos.‖ Hebr. II, 12.
181 ―Por manera que sea el mismo Hijo el primogénito entre muchos hermanos.‖ Rom., VIII, 20.
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cosas, y le dio Nombre superior a todo nombre: a fin de que al Nombre de Jesús se doble toda rodilla en el
cielo, en la tierra y en el infierno; y toda lengua confiese, que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios
Padre”. Y El mismo dijo de sí después de la resurrección: “Se me ha dado toda potestad en los cielos y en la
tierra”. También se llama Señor, porque en una sola persona juntó las dos naturalezas divina y humana. Por
esta maravillosa unión, aunque no hubiese muerto por nosotros, mereció ser constituido Señor de un modo
general de todas las criaturas, y en particular de los fieles que le obedecen y sirven con sumo afecto de su alma.
XII. Los cristianos nos hemos de entregar totalmente a Jesucristo despreciando al mundo y al
demonio.
64. Por tanto, lo que ahora resta es, que el Párroco avise y exhorte al pueblo fiel a que conozca cuán
justo es, que nosotros que tomando nuestro nombre de Cristo, nos llamamos cristianos, y no podemos ignorar
cuántos beneficios nos ha hecho, pues los conocemos por el don de la fe con que nos ha favorecido, cuán debido
es, digo, que nosotros nos entreguemos por siervos, y nos consagremos para siempre a nuestro Redentor y
Señor. V. a la verdad esto profesamos ante las puertas de la Iglesia cuándo fuimos bautizados; porque entonces
declaramos que renunciábamos a Satanás y al mundo, y que nos entregábamos enteramente a Jesucristo. Pues
si para ser alistados en la milicia cristiana nos ofrecimos a nuestro Señor con tan santa y solemne profesión,
¿de qué castigo seremos dignos, si después de haber entrado en la Iglesia, conocido la voluntad y leyes de Dios,
y haber recibido la gracia de los Sacramentos, viviéremos según las leyes y máximas del mundo y demonio,
como si al ser bautizados nos hubiéramos dedicado al demonio y mundo, y no a Jesucristo Señor y Redentor
nuestro?
Pero ¿qué alma habrá que no arda en llamas de amor al contemplar aquella tan gran benignidad y
caridad del Señor para con nosotros, que teniéndonos bajo su potestad y señorío como siervos que rescató con
su sangre, con todo nos abraza tan amorosamente llamándonos no siervos, sino amigos y hermanos? Esta es
verdaderamente una justísima causa, y dudo exista otra mayor, por la cual le debemos reconocer, venerar y
reverenciar perpetuamente por nuestro Señor.
49
Tercer artículo del Credo
QUE FUE CONCEBIDO DEL ESPÍRITU SANTO,
Y NACIÓ DE MARÍA VIRGEN
INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO
[1] En el capítulo anterior se vio el gran beneficio que hizo Dios al género humano al redimirlo de la
esclavitud del demonio. Pero la bondad y liberalidad de Dios hacia nosotros se manifiesta más por el modo con
que quiso hacer esto.
El sentido de estas palabras es: Creemos y confesamos que Jesucristo, único Señor nuestro, Hijo de
Dios, cuando tomó por nosotros carne humana en el seno de la Virgen María, fue concebido, no por obra de
varón, como los demás hombres, sino de modo sobrenatural, por virtud del Espíritu Santo; de tal manera
que la misma persona del Verbo, sin dejar de ser Dios, empezó a ser hombre (Jn. 1 1 y 14.). [2] De este modo
se realizó una perfecta unión de las naturalezas divina y humana, pero guardando cada una de ellas sus
acciones y propiedades, y subsistiendo ambas en una sola persona, que es la del Verbo.
[3] 1º Esta obra de la Encarnación no es exclusiva del Espíritu Santo, sino común a las tres
divinas personas, según la regla de fe cristiana: Todo lo que Dios hace fuera de Sí en las cosas creadas es
común a las tres personas, de modo que ni una hace más que las otras, ni una hace algo sin las otras. Pero, sin
embargo, las Sagradas Escrituras suelen atribuirla muy convenientemente al Espíritu Santo, que es el Amor
increado, porque esta obra expresa la bondad singular de Dios para con nosotros.
[4] 2º En la concepción de Cristo hubo cosas según el orden natural, como ser formado su cuerpo a
partir de la sangre materna; pero hubo también cosas según el orden sobrenatural, como son: • ser
formado el cuerpo de Cristo en María sin concurso de varón, por el poder del Espíritu Santo; • unirse el alma
creada a este cuerpo en el mismo instante de su concepción, sin esperar un determinado tiempo para
informarlo; • unírseles la divinidad en el mismo instante en que el alma se unía al cuerpo, de donde resulta que
en un mismo tiempo fue Jesucristo verdadero hombre y verdadero Dios (Lc. 1 31-32; 43.), y que la Virgen
Santísima es llamada verdadera y propiamente Madre de Dios y del hombre, por haber concebido en un mismo
momento a Dios y al hombre (Is. 7 14.); • ser enriquecida el alma de Cristo con los dones del Espíritu de Dios y
la plenitud de la gracia. [5] Sin embargo, aunque Jesucristo tenga la plenitud del Espíritu por el que los
hombres consiguen la adopción de hijos de Dios, no se le puede llamar Hijo adoptivo de Dios, porque siendo
Hijo de Dios por naturaleza, no le conviene el nombre ni la gracia de adopción.
[6] De todo ello deben los fieles no olvidar y meditar con frecuencia: • que es Dios el que tomó
carne humana, aunque de un modo que no podemos comprender ni explicar; • que quiso hacerse hombre para
que los hombres llegásemos a ser hijos de Dios; • que hay que adorar con corazón humilde los misterios que
este artículo encierra, sin querer escudriñarlos con altivez.
[7] Jesús no sólo fue concebido por virtud del Espíritu Santo, sino que nació y fue dado a luz por la
Virgen María. Y así, celebramos a María como Madre de Dios, porque dio a luz a una persona que es
juntamente Dios y Hombre.
[8] Este nacimiento de Cristo, como su concepción, excedió el orden de la naturaleza; pues nació Cristo
sin menoscabo de la virginidad perpetua de su santísima Madre, saliendo de su seno como salió después del
sepulcro cerrado y sellado (Mt. 28 2.), o como se presentó en el cenáculo cerradas las puertas (Jn. 20 19.), o
como los rayos del sol pasan por el vidrio sin hacerle la menor lesión. [10] Estos misterios de la concepción y
nacimiento de Cristo fueron anunciados con muchas figuras y profecías: • la puerta del templo que Ezequiel vio
cerrada (Ez. 44 2.); • la piedra arrancada al monte, de la visión de Daniel (Dan. 2 34.); • la vara florida de
Aarón (Núm. 17 8.); • la zarza que Moisés vio arder sin consumirse (Ex. 3 2.).
50
[9] Jesucristo es llamado «nuevo Adán» por San Pablo, por vivificar a todos los que el primer Adán hizo
morir, y por ser Padre en el orden de la gracia y de la gloria de todos aquellos que tienen a Adán por padre en el
orden de la naturaleza. Del mismo modo, la Virgen Madre debe ser llamada «nueva Eva»: • pues Eva dio
crédito a la serpiente, dándonos la maldición y la muerte; María creyó al Angel, dándonos la bendición y la
vida; • Eva nos hizo nacer hijos de ira (Ef. 2 3.); María nos hace nacer hijos de la gracia al darnos a Jesucristo;
• Eva tuvo el castigo de parir a sus hijos con dolor; María dio a luz a Jesucristo sin dolor alguno.
[11] Los fieles, al meditar el misterio de la Encarnación, deben sacar como principales frutos: • dar
gracias a Dios frecuentemente por tan inmenso beneficio; • imitar la humildad de que Jesucristo les da
ejemplo por su encarnación, nacimiento y circunstancias que lo acompañaron, abrazando en su seguimiento
todos los oficios de humildad; • considerar que Dios quiso someterse a la pequeñez y fragilidad de nuestra
carne, para poner al linaje humano en el grado más alto de dignidad: el Hijo de Dios es hueso de nuestros
huesos, y carne de nuestra carne; • preparar sus corazones para que no suceda que el Hijo de Dios no
encuentre en ellos, como en Belén, lugar para nacer espiritualmente; • imitar la concepción y nacimiento de
Cristo: así como El fue concebido por obra del Espíritu Santo, y nació por modo sobrenatural, y fue Santo y la
Santidad misma, así también nosotros debemos nacer de Dios (Jn. 1 13.), proceder después como nueva
criatura (Gal. 6 15.), y guardar una perfecta santidad y pureza de alma.
CAPÍTULO IV
DEL 3° ARTÍCULO DEL SÍMBOLO
Que fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de María Virgen.
II. En la Encarnación del Verbo Divino no se hizo confusión184 alguna, de las dos naturalezas
divina y humana.
182 ―Qui propter nos homines, et propter nostram salutem descendit de caelis: Et incarnatus est de Spiritu Sancto et Maria
Virgin, et homo factus est.‖ Symb. Constantip.
183 ―In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Deus erat Verbum. Et Verbum caro factum est, et habitavit in
nobis.‖ S. Joan, I.
184 Esta verdad que enseña aquí el Catecismo fué definida por el Concilio Calcedonense, celebrado en el año 451, por estas
palabras: “Siguiendo a los Santos Padres, enseñamos todos unánimemente que debe confesarse a uno y a un mismo Hijo
y Señor nuestro Jesucristo, al mismo perfecto en la deidad, y al mismo perfecto en la humanidad, verdadero Dios y
verdadero hombre, con alma racional y cuerpo, consubstancial al Padre según la deidad y consubstancial con nosotros
51
66. Porque el Verbo divino que es una hipóstasis de la naturaleza divina, de tal modo tomó la naturaleza
humana, que fue una misma la hipóstasis y persona de ambas naturalezas, divina y humana; de dónde provino
que esta tan maravillosa unión conservara las acciones y propiedades de las dos naturalezas; y, como enseña
aquel gran Pontífice San León, ni la gloria de la superior absorbió a la inferior, ni la unión con la inferior
disminuyó la superior.
según la humanidad, semejante en todo a nosotros fuera del pecado ; engendrado antes de los siglos por el Padre según
la deidad, y el mismo en los últimos días por nosotros y por nuestra salud engendrado de María Virgen Madre de Dios,
según la humanidad: uno y el mismo Cristo Hijo Señor unigénito debe ser conocido inconfusamente, inmutable, indivisa
e inseparablemente en dos naturalezas; jamás debe dejarse la diferencia de naturalezas por causa de la unión, antes
debe quedar salva la propiedad de cada naturaleza que concurre en una persona y subsistencia, rió dividido en dos
personas, sino uno y el mismo Hijo Unigénito Dios Verbo Señor Jesucristo.”
185 He aquí cómo expresa esta verdad católica San Gregorio Niceno: “Toda acción proveniente de Dios a las criaturas, la
cual según varias nociones y consideraciones recibe nombre, parte del Padre y progresa por el Hijo y se perfecciona en
el Espíritu Santo. Por lo tanto, en la "multitud de operaciones el nombre de eficacia no se deshace, porque lo que se
intenta no está separado de cada uno o es peculiar respecto de alguna cosa, sino que cuanto se hace perteneciente o a
nuestra providencia o a la administración y constitución de todas las cosas, se obra por las tres Personas, aunque no
son tres cosas las que se hacen.” Ep. ad Ablarium (Mig., 45, 126).
186 ―Ecce conciples in utero, et paries filium, et vocabis nomen eius Jesum, Hic erit magnus, et filius Altissimi vocabitur.‖
Luc, I, 31.
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se cumplió también lo profetizado por Isaías cuándo dijo: “He aquí concebirá una Virgen, y dará a luz un
hijo”187. Finalmente, esto mismo declaró Santa Isabel, cuándo llena del Espíritu Santo entendió la concepción
del Hijo de Dios, y dijo aquellas palabras: “¿De dónde a mí la dicha, de que la Madre de mi Señor, venga a
mí?”188. Mas así como el cuerpo de Cristo fue formado de la purísima sangre de la castísima Virgen sin obra
alguna de hombre, como antes dijimos, sino por sola virtud del Espíritu Santo, así también en el mismo
momento en que fue concebido, recibió su alma grandísima riqueza del espíritu de Dios, y toda la abundancia
de sus dones; pues, como dice San Juan, no da Dios a Jesucristo la gracia con medida, como a los demás
hombres que florecieron en Santidad y gracia, sino que colmó, toda su alma con toda gracia y tan
abundantemente que de su plenitud hemos recibido todos nosotros.
VII. Cómo se entiende haber nacido Cristo de Santa María Virgen. Y nació de María Virgen.
71. Esta es la segunda parte de este artículo, en cuya explicación se ocupará con diligencia el Párroco;
pues los fieles no solamente deben creer que Jesucristo Señor nuestro fue concebido por obra del Espíritu
Santo, sino también que nació y salió a luz de María Virgen. Y con cuánta alegría y suavidad de ánimo se haya
de meditar este misterio, bien lo muestra la voz de aquel Ángel que primero anunció al mundo esta felicísima
embajada; pues dice: ―Vengo a daros una nueva de grandísimo gozo para todo el pueblo‖ 189. También nos lo
demuestra el cántico de la celestial milicia: ―Gloria a Dios en lo más alto de los cielos, y paz en la tierra a los
hombres de buena voluntad‖190. Aquí empezó también a cumplirse aquella tan magnífica promesa, que Dios
hizo a Abraham, diciéndole que vendría tiempo cuándo todas las naciones serían benditas por medio de su
posteridad. Porque María a quien predicamos y adoramos por verdadera Madre de Dios, por haber dado a luz
la persona que juntamente es Dios y Hombre, descendió del linaje del rey David.
Así se expresa el Concilio Lateranense celebrado el año 649 siendo Pontífice Martín I° ―Si alguno no confiesa, según los
Santos Padres, a la Santa y siempre Virgen Inmaculada María, propia y según la verdad Madre de Dios, ya que concibió sin
concurso de varón por el Espíritu Santo e incorruptiblemente engendró especial y verdaderamente al mismo Verbo de
Dios, el cual nació antes de los siglos de Dios; Padre, permaneciendo después de su parto indisoluble su virginidad; sea
condenado.” Paulo IV en la Constitución: “Cum quoromdam” dada el año 1555, contra los Socinianos, y confirmada por
Clemente VIII en el año 1603, dice así: ―Y la misma Beatísima Virgen María no es verdadera Madre de Dios, ni que
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verdaderas. Este misterio se realizó por virtud del Espíritu Santo, quien de tal modo asistió a la Madre en la
concepción y parto del Hijo, que le dio fecundidad, y juntamente la conservó en perpetua virginidad.
IX. Con razón se llama Cristo segundo Adán, y María segunda Eva.
73. Suele algunas veces el Apóstol192 llamar a Jesucristo el segundo Adán, y compararlo con el primero;
porque así como todos los hombres murieron en aquél, así todos resucitan por este, y así como Adán fue Padre
de todo el linaje humano en cuanto a la generación natural, así Cristo es autor y principio de toda gracia y
gloria. De este modo podemos también comparar con Eva a la Madre Virgen193, de suerte que a aquella primera
Eva corresponda esta segunda Eva que es María, así como hemos dicho que al primer Adán corresponde el
segundo que es Cristo. Porque si Eva ocasionó la maldición y muerte al linaje humano por haber creído a la
serpiente; creyendo María al Ángel, hizo la bondad de Dios, que descendiera a los hombres la bendición y la
vida; y si por Eva nacemos hijos de ira, de María hemos recibido a Jesucristo, por quien renacemos hijos de la
gracia; y si a Eva se dijo: “Con dolor darás a luz a tus hijos”; María estuvo libre de esta pena, pues dio a luz a
Jesús, Hijo de Dios, quedando salva e incólume su virginal pureza, y sin dolor alguno.
XI. Con mucha frecuencia se debe inculcar al pueblo cristiano el misterio de la Encarnación y el
provecho que meditándole sacaremos.
75. Debe procurar el Párroco que estos misterios escritos para nuestra enseñanza, perseveren grabados
en el ánimo y consideración de los fieles. Primeramente para que al acordarse de tan gran beneficio den
algunas gracias a Dios su autor, y luego para proponer a su imitación un dechado tan admirable y singular de
perseverase en la virginidad integra, antes del parto, en el parto y después del parto perpetuamente; de parte del
Omnipotente Dios Padre, Hijo, y Espíritu Santo con la Apostólica autoridad lo requerimos y avisamos.”
192 ―Así como en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados.‖ I, Corint, XV.
También los Santos Padres comparan muchas veces a Cristo con Adán. San Pedro Crisólogo, se expresa así: ―Adán, primer
hombre, padre del linaje, origen de la generación, perdió de tal manera el bien de la naturaleza, la libertad y vida de su
descendencia cuando pecó, que transmitió el mal de la naturaleza, la servidumbre y la muerte a sus descendientes. De aquí
es que Cristo naciendo, renovó la naturaleza, muriendo destruyó la muerte, resucitando vuelve la vida, y el que habla dado
al hombre e1 alma del cielo, hizo también que tuviese carne, para que la terrena corrupción no sumergiese de nuevo el
sentimiento de las cosas celestiales, diciendo él Apóstol: “El primer hombre de la tierra, terrenos el segundo del cielo,
celestial: como fue el terreno así son los de la tierra, y como el celeste así los del cielo.” Serm. CLVI, de Epiph. et Mag. San
Agustín se expresa del modo siguiente: “Este es el fundamento de la fe cristiana, uno y uno: un hombre de quien viene la
ruina; otro hombre de quien viene la reparación.” De Verb. Apost, n. S. “Por causa de dos hombres; por Uno fuimos
vendidos por el pecado, por el otro somos redimidos del pecado.” De pecc. orig., c. 24, n. 28.
193 ―Por los mismos grados por los cuales había perecido la humana naturaleza fué reparada por Jesucristo. Adán
soberbio, Cristo humilde”; por la mujer la muerte, por la mujer la vida; por Eva la ruina, por María la salud. Aquélla
pecando siguió al seductor, ésta íntegra dio a luz al Salvador. Aquélla recibió de buena gana el veneno proporcionado
por la serpiente y le entregó a Adán, por el cual mereció también la Muerte; ésta con la gracia celestial infusa de lo alto
produjo la vida.” S. Agustín, Sermón 3°, a los Catecúmenos, n. 4.
194 “Y díjome el Señor: Esta puerta estará cerrada, y no se abrirá, y no pasará nadie por ella: porque por ella ha entrado el
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humildad. Porque ¿puede haber nada más útil para nosotros, y más propia para humillar la soberbia y altivez
de nuestros corazones, que pensar con frecuencia que Dios así se humilló a fin de comunicar su gloria a
nosotros, tomando nuestra debilidad y flaqueza? ¡Que Dios se haga hombre, y que aquella suma e infinita
Majestad a cuyo poder y presencia tiemblan y se estremecen las columnas del cielo; se digne servir al hombre!
¡Y que nazca en la tierra Aquel a quien los Ángeles adoran en el cielo!
Y a la verdad, si Dios hace estas cosas por nosotros, ¿qué deberemos hacer nosotros para servirle? ¿Con
qué prontitud y alegría debemos amar, abrazar, y ejercer todos los oficios de humildad? Consideren los fieles
qué doctrina tan saludable nos enseña Jesucristo en su mismo nacimiento, antes de empezar a hablar palabra
alguna. Nace pobre, nace como peregrino en una posada, nace en un vil pesebre, nace en medio del invierno,
pues así escribe San Lucas: “Y sucedió que hallándose allí, le llegó la hora del parto. Y dio a luz a su hijo
primogénito, y envolvióle en pañales, y recostóle en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la
posada”199.
¿Por ventura pudo el Evangelista compendiar con palabras más humildes toda la majestad y gloria de
cielos y tierra? Porque no escribe que no hubo lugar en la posada, sino que no le hubo para Aquel que dice:
―Mía es la redondee de la tierra, y cuánto hay en ella‖ 200. Lo cual atestigua también otro Evangelista diciendo:
―A los suyos vino, y los suyos no le recibieron‖201. Consideren, pues, los fieles estas cosas ante sus ojos, y
reflexionen que Dios quiso tomar la humildad y flaqueza de nuestra carne, para que el linaje humano fuese
colocado en un grado muy alto de dignidad y honor. Porque para declarar la excelente dignidad y alteza que
recibió el hombre por este divino beneficio, es suficiente que sea ya hombre aquel mismo que es verdadero y
perfecto Dios, de suerte que podemos ya gloriarnos de que el Hijo de Dios es nuestro hueso y nuestra carne, lo
cual no pueden aquellos dichosísimos espíritus; porque nunca, como dice el Apóstol, “tomó la naturaleza de
los Ángeles, sino la posteridad de Abraham”202. Además de esto, debemos procurar que no suceda por nuestra
grandísima desgracia, que así como no halló en la posada de Belén lugar para nacer, así tampoco lo halle en
nuestros corazones para nacer en espíritu cuándo ya no nace en carne.
Siendo El amantísimo de nuestra salud desea esto en gran manera, porque así como se hizo hombre y
nació por obra del Espíritu Santo sobre el orden de la naturaleza, y fue Santo y aun la misma santidad; así
también es menester que nosotros nazcamos, no de la sangre, ni del apetito de la carne, sino de Dios, y que en
adelante vivamos como nuevos hombres regidos de nuevo espíritu, y guardemos aquella santidad y pureza de
corazón que tanto conviene a unos hombres reengendrados con el espíritu de Dios. Así grabaremos en nosotros
de alguna manera la imagen de la santa concepción y nacimiento del Hijo de Dios, que fielmente creemos, y
creyendo veneramos, adorando la sabiduría de Dios oculta en aquel misterio.
199 “Factum est, cnm essent ibi, impleti sunt dies ut pareret, et peperit filium suum primogenitum, et papnis, eum
involvit, et reclinavit eum in prassepio, guia non erat ei locus in diversorioi.” Luc., II, 6, 7.
200 “Meus est orbis terra, et plenitudo ejus.” Psalm. XLIX, 12.
201 “In propria venit, et sui eum non receperunt.” Joan., I, 11.
202 “Nusquam enim Angeles apprehendit, sed semen Abrahae apprehendit.” Hebr., II, 18.
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Cuarto artículo del Credo
PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO
INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO
[1] El conocimiento de este artículo es necesario (I Cor. 2 2.) para que los fieles, movidos por el
recuerdo de tan gran beneficio, se entreguen a la contemplación del amor y bondad de Dios para con nosotros.
Su significado es el siguiente: que Cristo nuestro Señor fue crucificado cuando Poncio Pilato gobernaba la
Judea, después de haber sido apresado, escarnecido y objeto de varias clases de infamias y tormentos; y que
después de crucificado, realmente murió y fue sepultado.
«Padeció»
[2] Cada una de las dos naturalezas de Cristo conservó sus propiedades; por eso, aunque su naturaleza
divina permaneció impasible e inmortal, su naturaleza humana fue pasible y mortal, y así pudo padecer los
tormentos mencionados, no sólo en su cuerpo, sino también en su alma (Mt. 26 38.).
[3] Se señala esta circunstancia por dos motivos: • el primero, porque el conocimiento de un hecho tan
importante y necesario puede adquirirse más fácilmente, si se determina el tiempo en que sucedió; • el
segundo, para mostrar cumplida la profecía del Salvador, de que iba a ser entregado a los gentiles para ser
escarnecido, azotado y crucificado (Mt. 20 19.).
«Fue crucificado»
[4] El Salvador eligió sin duda el género de muerte que más convenía para la redención del linaje
humano, aunque fuese también el más afrentoso e indigno, tanto entre los gentiles, pues estaba reservado a los
esclavos, como entre los judíos, pues la ley de Moisés declaraba maldito al que era colgado de un madero (Deut.
21 23; Gal. 3 13.). Entre las muchas razones con que los Santos Padres explicaron la conveniencia de la muerte
de Cruz, tenemos dos: • Cristo quiso ser «maldito» por nosotros, para que nosotros alcancemos la bendición
de Dios; • Dios decretó que «de donde había salido la muerte, de allí mismo renaciese la vida, y que el que en
un árbol había vencido [a nuestros primeros padres], en un árbol fuese vencido por Jesucristo nuestro Señor»
(Prefacio de la Santa Cruz.).
[5] Los fieles deben saber bien los puntos principales de este misterio de la Cruz, que se juzgan más
necesarios para confirmar la verdad de nuestra fe, pues la religión y la fe cristiana se apoyan en este artículo
como en seguro fundamento, y fijo éste, fácilmente se establecen los demás. En efecto: • el misterio de la Cruz
es el más difícil de creer; • pero es también el que mejor manifiesta la sabiduría de Dios: no habiendo los
hombres conocido a Dios por la sabiduría humana, quiso Dios salvarlos por la locura de la Cruz (I Cor. 1 21.);
• por eso, Dios lo anunció en el Antiguo Testamento por medio de figuras (Abel, el sacrificio de Isaac, el
cordero pascual, la serpiente de bronce) y por medio de profecías (entre las que sobresalen el Salmo 21 y el
capítulo 53 de Isaías); • y por eso también los Apóstoles dedicaron todos sus esfuerzos y sus afanes en someter
a los hombres a la potestad y obediencia del Crucificado.
«Muerto»
[6] Es una verdad de fe que Jesucristo murió verdaderamente en la Cruz, ya que todos los Evangelistas
convienen en que expiró, y porque siendo verdadero y perfecto Hombre, podía morir. Además, era conveniente
que Cristo muriera, para destruir por su muerte al que tenía el imperio de la muerte, el diablo, y para librar de
la muerte a los que el diablo mantenía en servidumbre (Heb. 2 10, 14-15.). Así, cuando decimos que Jesucristo
56
murió, queremos decir que su alma se separó de su cuerpo (pues en eso consiste la muerte), pero
permaneciendo unidos ambos (cuerpo y alma) a la divinidad.
[7] Cristo murió voluntariamente, porque quiso (Is. 53 7; Jn. 10 17-18.), y en el tiempo y lugar en que
quiso (Lc. 13 32-33.); por donde conocemos la infinita y sublime caridad de Jesucristo, que se sometió gustoso
por nuestro amor a una muerte de la que fácilmente podía librarse. Por eso, la consideración de las penas y
tormentos de nuestro Señor debe excitar los sentimientos de nuestro corazón al agradecimiento por tan gran
caridad, y al amor de quien tanto nos amó.
«Fue sepultado»
[8] No sólo creemos que fue sepultado el cuerpo de Cristo, sino Dios mismo, ya que la divinidad
permaneció unida al cuerpo, el cual estuvo encerrado en el sepulcro. Esta palabra se ha añadido por dos
motivos: • para que sea menos posible dudar de la muerte de Cristo, ya que la sepultura de alguien es la mejor
prueba de que realmente ha muerto; • para que se manifieste y brille más el milagro de su Resurrección.
[9] Sobre esta sepultura, conviene notar dos cosas: • que el cuerpo de Cristo no sufrió corrupción
alguna, conforme estaba profetizado (Sal. 15 10.); • que la sepultura, y asimismo la pasión y la muerte, aunque
se atribuyen a Dios (por decirse de alguien que fue al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre),
convienen a Jesucristo sólo en cuanto hombre, pero no en cuanto Dios, porque el padecer y morir sólo caben
en la naturaleza humana.
[10] 1º Quién es el que padece todo esto. — Es el Verbo de Dios (Jn 1 1.), el resplandor de la gloria
del Padre y la imagen perfecta de su sustancia (Heb. 1 2-3.), Jesucristo, Dios y Hombre; padece el Creador por
sus criaturas, el Señor por sus siervos, Aquél por quien fueron creadas todas las cosas. Por eso, si hasta las
criaturas que carecen de sentido lloraron la muerte de su Creador (Mt. 27 51; Lc. 23 44-45.), han de considerar
los fieles cuánto se han de doler ellos también.
[11] 2º Por qué quiso Cristo padecer. — Dos son las principales causas de la Pasión de Cristo, una
respecto de nosotros, otra respecto de su Padre.
a) Respecto de nosotros, la causa es el pecado original de nuestros primeros padres, y los vicios y
pecados actuales de los hombres, cometidos desde el inicio del mundo hasta el fin de los siglos. Cristo quiso,
pues, redimir y borrar los pecados de todos los siglos, y satisfacer por ellos a su Padre abundante y plenamente.
Y así, el amor de Cristo engloba, no sólo a todos los pecadores, sino también a sus mismos verdugos y a los que
caen con frecuencia en pecados, los cuales crucifican de nuevo, en cuanto está de su parte, a Cristo, y actúan
peor que los judíos, pues éstos lo crucificaron sin conocerle, mientras que aquellos afirman conocerle, y sin
embargo vuelven a crucificarle con sus obras.
[12] b) Respecto de su Padre, la causa fue la voluntad del Padre de entregar a su propio Hijo por
nosotros (Rom. 8 32.) y de cargar sobre sus espaldas la iniquidad de todos nosotros (Is. 53 6-8.); voluntad a la
que el Hijo se sometió, ofreciendo su vida por nosotros (Is. 53 10.).
[13] 3º Cuán grande fue la amargura de la Pasión. — Cristo nuestro Señor sufrió los mayores
dolores, así en el alma como en el cuerpo, como lo muestra ya el sudor de sangre que tuvo en la agonía al
simple pensamiento de males tan próximos.
a) Cristo padeció en su cuerpo: • en todos sus miembros: cabeza, manos y pies, rostro, cuerpo entero;
• por parte de todo tipo de personas: amigas (uno de sus apóstoles lo traiciona, otro lo niega, los demás lo
abandonan) y enemigas, judíos y gentiles, autoridades y plebe; • el suplicio más ignominioso y atroz de
cuantos existían: lo primero, por ser propio de hombres criminales y de perversas costumbres, y lo segundo,
por la lentitud en el morir, que alargaba el dolor; • y todos estos dolores los sufrió más intensamente que todos
los demás hombres, por la perfección de su naturaleza humana y la viveza de su potencia sensitiva.
b) Cristo padeció en su alma: sin querer aceptar en su dolor la mitigación y consuelo interior con que
Dios recrea a todos los santos en sus tribulaciones (Col. 1 24; II Cor. 7 4.), sino dejando padecer a su naturaleza
humana toda la fuerza de los tormentos, como si sólo fuese hombre y no también Dios.
[14] 4º Bienes y ventajas que Jesucristo nos adquirió por su Pasión. — Cristo nos adquirió
por su Pasión: • la remisión de los pecados (Apoc. 1 5; Col. 2 13-14.); • la liberación de la tiranía del demonio
(Jn. 12 31-32.); • la remisión de la pena debida por nuestros pecados; • la reconciliación con el Padre, que nos
devolvió aplacado y propicio; • la entrada en el cielo, cerrado por el pecado común del linaje humano (Heb. 10
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19.), y figurada en la remisión que se concedía en el Antiguo Testamento a quienes se encontraban en las
ciudades de refugio, y que sólo podían volver a sus patrias al morir el sumo sacerdote.
[15] Y todos estos bienes nos vinieron de la Pasión del Señor: • primero, porque ésta fue una
satisfacción completa y perfecta que Jesucristo ofreció al Padre por nuestros pecados, pagando un precio no
sólo igual a nuestras deudas, sino que las supera con exceso (I Ped. 1 18-19.); • segundo, porque fue un
sacrificio muy del agrado de Dios (Ef. 5 2.), el cual, al ofrecérsele su propio Hijo en el ara de la cruz, aplacó la
ira e indignación del Padre (Gal. 3 13.).
[16] 5º Virtudes de que Jesús nos dio ejemplo en su Pasión. — El ultimo beneficio que sacamos
de la Pasión del Señor es tener en ella ejemplos brillantísimos de todas las virtudes: paciencia, humildad,
caridad, mansedumbre, obediencia, fortaleza en sufrir dolores y muerte por la justicia, y otras; de modo que en
un solo día de pasión el Salvador practicó en sí mismo, para ser nuestro ejemplo, todas las virtudes que nos
había enseñado de palabra en el tiempo de su predicación.
CAPÍTULO V
DEL 4° ARTÍCULO DEL SÍMBOLO
II. El alma de Cristo según la parte inferior sintió los tormentos como si no hubiera estado
unido con la Divinidad.
77. Nadie debe dudar que el alma de Cristo, por lo que se refiere a la parte inferior, sintiese estos
tormentos; porque como El tomó verdaderamente la naturaleza humana, es necesario confesar que padeció en
su alma gravísimo dolor, por lo cual dijo: “Triste está mi alma hasta la muerte”. Pues si bien la naturaleza
humana se juntó a la persona divina, con todo sintió tanto lo acerbo de su pasión como si nunca se hubiese
hecho tal unión; porque en la única persona de Jesucristo se conservaron las propiedades de ambas
naturalezas, divina y humana, y por eso lo que era pasible y mortal, quedó mortal y pasible, y lo que era
inmortal e impasible, como sabemos que era la naturaleza divina, quedó también inmortal e impasible.
III. Por qué se expresa en el Símbolo el Presidente de Judea bajo cuyo poder padeció Jesús.
78. Mas por lo que se refiere a haberse observado en este lugar tanto cuidado como vemos, que
Jesucristo padeció en el tiempo que Poncio Pilatos gobernaba la provincia de Judea, enseñará el Párroco que
esto se hizo, porque el conocimiento de una cosa tan grande y tan necesaria como ésta podía ser más cierto y
obvio a todos, notándose determinadamente el tiempo en que esto sucedió, lo cual leemos haber hecho
también el Apóstol San Pablo204. Además por estas palabras se declara el cumplimiento de aquella profecía del
Salvador: ―Será entregado a los Gentiles, para ser escarnecido, azotado y crucificado‖205.
IV. No fue casualidad que Cristo muriese en la Cruz, sino disposición de Dios.
203 “Non enim iudicavi me scire aliquid inter vos, nisi Jesum Christum, et hunc crucifixum.” I, Corin., II, 2.
204 ―Yo te ordeno en presencia de Dios que vivifica todas las cosas, y de Jesucristo que ante Poncio Pilato dió testimonio.‖
I, Tim., 6, 13.
205 “Tradent eum gentibus ad illudendum, et flagellandum, et crucifigendum.” Matth., 20, 19.
58
79. Asimismo el haber muerto Cristo en el madero de la Cruz, y no de otro modo, se ha de atribuir al
consejo y ordenación de Dios, para que de donde había nacido la muerte, de allí mismo brotase la vida 206. Y a
fin de que la serpiente que había vencido en un árbol a los primeros padres, fuera vencida por Cristo en el árbol
de la Cruz. Muchas razones que los santos Padres explicaron difusamente, pudiéramos alegar aquí para
declarar que fue conveniente padeciese nuestro Redentor muerte de cruz, mejor que otra alguna. Pero advierta
el Párroco que basta crean los fieles que el Salvador escogió aquella manera de muerte, porque parecía la más
propia y acomodada para la redención del linaje humano, así como en efecto era la más vergonzosa e indigna
de cuántas había. Porque el suplicio de la cruz no solamente entre los gentiles fue aborrecible y lleno de
grandísima ignominia y afrenta, sino que en la ley de Moisés se llama maldito el hombre que está pendiente en
el madero.
206 “Et unde mors oriebatur, inde vita resurgeret.” Ex Praefatio de Santa Cruce.
207 “Nam, guia in Dei saptentia non cognovit per sapientiam Deum placuit Deo per stultitiam praedicationis salvos
facere credentes.” I Cor., I, 21.
208 “Dixitque Cain ad Abel fratrem suum Egredianur foras. Cumque essent in agro, consurrexit Cain adversus fratrem
gladium. Cumque duo pergerent simul, dixit Isaac patri suo: Pater mi. At illle respondit : Quid vis fili? Ecce, inquit,
ignis et ligna: ubi est victima holocausti ?... Et venerunt ad locum quem ostenderat ei Deus, in quo aedificavit altare, et
desuper ligna composüiut: cumque alligasset Isaac filium suum, posuit eum in altare super struem lignorum.
Extenditque num, et arripuit gladium, ut imolaret filium suum” Gen., ir, 6, 7, d, 10.
210 “Erit agnus absque macula, masculus, anniculus, iusta quem litum tolletis et oedum, Et servabitis e usque ad
quartam decimam diem mensis huius: immolabitque eum universa multitudo filorum Israel ad vesperam. Et sument de
sanguine eius, ac ponent super utrumque postem, et in superliminaribus domorum, in quibus comedent illum.” Exod.,
XII, 6, 7, 8.
211 “Fecit ergo Moyses Serpentem aeneum, et posuit eum pro signo: quem cum percussi aspicerent, sanabantur.” Num.,
XXI, 9. “Et sicut Moyses exaltavit serpertem iu deserto; ita exaltari oportet Filium hominis.” Joan, III, 14.
212 Los gnósticos negaron que Cristo muriese en la cruz.
59
verdad no podemos dudar en manera alguna, pues todos los Evangelistas213 afirman que Jesús expiró. Además
de esto, como Cristo fue verdadero y perfecto hombre, pudo también morir verdaderamente; y porque el
hombre muere cuándo el alma se separa del cuerpo, por lo mismo cuando decimos que Jesús murió,
significamos que su alma se separó del cuerpo, mas no por eso concedemos que la divinidad se apartase del
cuerpo, antes creemos y confesamos constantemente que separándose su alma del cuerpo, siempre la divinidad
estuvo unida así al cuerpo en el sepulcro como al alma en los infiernos. Además, era conveniente que el Hijo de
Dios muriese, para que por medio de su muerte destruyese al que tenía el imperio de la muerte, esto es al
diablo y para poner en libertad a los que el temor de la muerte traía toda su vida en continua servidumbre.
IX. Dos cosas que principalmente se han de observar acerca, de la pasión y sepultura de Cristo.
84. En orden a la naturaleza y lugar de la sepultura, bastará al Párroco lo que escribieron los santos
evangelistas. Mas hay dos cosas que principalmente se han de observar: la una es, que el cuerpo de Cristo no
padeció la más mínima corrupción en el sepulcro, lo cual ya el Profeta había predicho: “No permitirás que tu
Santo experimente corrupción”216. La otra, que pertenece a todas las partes de este artículo, es que así la
sepultura como también la pasión y muerte, convienen a Cristo Jesús, no en cuánto Dios, sino en cuánto
hombre, porque sola la humana naturaleza es capaz de padecer y morir; aunque también se atribuyen a Dios
213 ―Entonces Jesús, clamando de nuevo con una voz grande, entregó su espíritu.‖ San Mateo, XXVII, 50. ―Mas Jesús
dando un gran grito expiró.‖ Marcos, XV, 37. ―Jesús, luego que chupó el vinagre, dijo: Todo está cumplido. E inclinando su
cabeza, entregó su espíritu.‖ S. Juan, XIX, 30.
214 “Ego pono animam meam, ut iterum sumam eam; nemo tollit eam a me, sed ego pono eam a me ipso: potestatem
habeo ponendi eam, et potestatem habeo iterum sumendi eam.” Joan, X, 17, 18.
215 “Dicite vulpi illi, ecce eiicio Daemonia, et sanitates perficio hodie, et cras, et tertia die consummor; veruntamen
oportet me hodie, et cras, et sequenti die ambulare; quia non capit Prophetam perire extra Hierusalem” Luc, XIII, 32,
33.
216 “Non dabis sanctum iuum videre corruptionem.” Psalm., XV, 10.
60
estas cosas, pues es claro que se dicen bien de aquella persona que juntamente fue perfecto Dios y perfecto
hombre217.
XI. 1.° Cristo padeció por el pecado original y por los actuales; 2.° Los que le ofenden le
crucifican de nuevo.
86. También se han de explicar las causas de la pasión, para que así se manifieste más la grandeza y
virtud de la divina caridad para con nosotros. Si alguno, pues, desea conocer por qué causa el Hijo de Dios
quiso padecer aquella acerbísima pasión, hallará que, además del pecado original, principalmente fueron los
vicios y pecados que los hombres han cometido desde el principio del mundo hasta hoy, y los que cometerán
hasta el fin del mundo. Porque el fin a que el Hijo de Dios atendió en su pasión y muerte, fue redimir y borrar
los pecados de todas edades y satisfacer por ellos al Padre abundante y copiosamente. Otra cosa hay también
que realza el mérito de su pasión, y es que no solamente padeció Cristo por los pecadores, sino por aquellos
mismos que fueron los autores y ministros de todo cuánto sufrió, lo cual nos enseña el Apóstol escribiendo a los
Hebreos con estas palabras: “Acordaos de aquel que sufrió tantas contradicciones de los pecadores, para que
no desmayéis en las adversidades”222. Y de esta culpa son ciertamente reos aquellos que caen muchas veces en
pecado. Porque así como nuestros pecados fueron los que movieron a Cristo Señor a padecer el tormento de la
Cruz, del mismo modo los que de nuevo pecan y le ofenden, crucifican otra vez en si mismos, cuánto es de su
parte, al Hijo de Dios y le escarnecen. Y esta maldad mucho más grave puede parecer en nosotros que en los
judíos, porque éstos, como afirma el Apóstol: “Si le hubieran conocido, nunca crucificaron al Señor de la
gloria”223. Mas nosotros profesamos haberle conocido, y con todo negándole con las obras, parece que en
alguna manera ponemos manos violentas en él.
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lleno del espíritu de Dios, contemplando al Señor llagado y herido, dijo: “Como ovejas descarriadas hemos
sido todos nosotros; cada cual se desvió de la senda del Señor para seguir su propio camino, y a él solo le ha
cargado el Señor sobre las espaldas la iniquidad de todos nosotros”225. X del Hijo está escrito: “Porque dio su
vida por el pecado, verá una dilatada posteridad”226. Esto mismo declaró el Apóstol con palabras aún más
graves, mostrando por otra parte lo mucho que podemos esperar en la inmensa bondad y misericordia de Dios,
pues dijo así: “El que aun a su propio Hijo no perdonó, sino que lo entregó a la, muerte por todos nosotros,
¿cómo nos negará ya cosa alguna?”227.
XIII. Cuán acerba fue la pasión de Cristo así en el cuerpo como en el alma.
88. Ahora se sigue que el Párroco enseñe cuán grande fue la amargura de la pasión, aunque si tenemos
presente aquel sudor en que el Señor derramó gotas de sangre hasta la tierra al considerar los dolores y
tormentos que poco después había de padecer, fácilmente conocerá con esto cada uno, que aquel dolor llegó a
lo sumo de todo dolor. Porque si sólo el pensamiento de los tormentos inminentes, fue tan amargo, como lo dio
a conocer el sudor de sangre, ¿cuál no sería el sufrimiento de los mismos? Más de todos modos es cierto que
fueron muy grandes los dolores que Cristo Señor padeció tanto en el alma como en el cuerpo. Porque
primeramente no hubo parte alguna de su cuerpo que no sintiese gravísimas penas: porque así las manos como
los pies fueron clavados en la Cruz, la cabeza fue atravesada con espinas y herida con la caña, el rostro afeado
con salivas y atormentado con bofetadas, y finalmente todo el cuerpo fue azotado.
Además de esto, hombres de todos órdenes y condiciones conspiraron unánimes contra el Señor y su
Cristo. Porque los gentiles y los judíos fueron consejeros, autores y ministros de la pasión; Judas le entregó;
Pedro le negó, y todos los demás le desampararon. Y en la misma cruz, ¿de qué nos lamentaremos más? ¿O de
la grandeza del tormento, o de la afrenta que recibió, o de ambas juntas?
Verdaderamente no se podía excogitar género de muerte ni más afrentosa ni más cruel que aquella,
porque si miramos a la afrenta, solamente se castigaban con aquel género de muerte los hombres más
perniciosos y malvados, y si a la pena, la lentitud de la muerte hacía más sensible el sumo dolor y tormento.
Acrecentaba también todas estas penas, la complexión del cuerpo de Jesucristo; porque como fue formado por
obra del Espíritu Santo, fue mucho más perfecto y sensible que lo pueden ser los cuerpos de los demás
hombres, y por eso tuvo más vivo el sentido, y le causaron mucho mayor dolor todos aquellos tormentos.
Asimismo, por lo que toca al dolor interno del alma, nadie puede dudar que fuera sumo en Cristo.
Porque todos los Santos que padecieron dolores y tormentos, recibían de Dios en su alma consuelo y alegría
con que recreados pudiesen sufrir con igualdad de ánimo la fuerza de los tormentos; y lo que es más la mayor
parte de ellos estaban llenos de una interior alegría, como dice el Apóstol: “Estoy gozoso en los trabajos que
padezco por vosotros con los cuales cumplo lo que de nuestra parte faltaba a la pasión de Cristo, padeciendo
en mi carne, por su cuerpo que es la Iglesia”. Y en otra parte: “Estoy inundado de consuelo, reboso de gozo en
medio de todas mis tribulaciones”228. Mas Cristo Señor con ninguna suavidad ni consuelo templó el
amarguísimo cáliz de su pasión; pues permitió a la naturaleza humana que había tomado, que sintiese todos los
tormentos, como si solamente fuera hombre, y no Dios.
225 “Omnes nos quasi oves erravimus, unusquisque in viam suain declinavit, et posuit Dominus in es iniquitatem
eius, quod est Ecclesia Repletus sum consolatione, superabundo gaudio in omni tribulatione nostra.” Colos., I, 24. II,
Corint., VII, 4.
229 “Dilexit nos, et lavit nos a peccatis nostris in sanguine suo”. Apoc, I, 5.
230 “Conviviticavit cum illo, donans vobis omnia delicta, delens quod adversum nos erat, chriographum decreta, quod
erat contrarium nobis, et ipsum tulit de medio, affigens illud cruci.” Colos , II, 13, 14.
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También nos sacó de la tiranía del demonio; pues el mismo señor dice: ―Ahora ha de ser juzgado el
mundo: ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera, y yo cuándo fuere levantado en la cruz atraeré
a Mí todas las gentes”231. Asimismo pagó la pena que debían nuestros pecados. Además de esto, por cuánto no
pudo ofrecerse a Dios sacrificio más agradable y acepto que éste, por él nos reconcilió con el Padre, y nos le
volvió aplacado y propicio. Y finalmente habiendo borrado los pecados, nos abrió también la puerta del cielo
que estaba cerrada por el pecado original del género humano. Esto es lo que significó el Apóstol con aquellas
palabras: “Tenemos ya la confianza de entrar en el cielo por virtud de la sangre de Cristo”232. Y aun en la ley
antigua no faltó cierta figura e imagen de este misterio: porque aquellos a quienes estaba prohibido volver a la
patria antes de la muerte del sumo sacerdote, significaban que a ningún justo, por santo que hubiese sido, se
abría la puerta de la patria celestial, antes que muriese aquel sumo y eterno sacerdote Cristo Jesús, el cual
muerto, al punto se abrieron las puertas del cielo, para los que lavados con los sacramentos, y adornados de fe,
esperanza y caridad se hacen participantes de su pasión.
XV. Por qué la pasión de Cristo nos alcanzó todos estos bienes.
89. Enseñará el Párroco que todos estos grandísimos y divinos bienes nos vinieron por la pasión de
Cristo, en primer lugar porque ella es una entera y perfectísima satisfacción, que de un modo maravilloso dió
Jesucristo por nuestros pecados a Dios Padre. Pues el precio que en ella pagó por nosotros, no solamente fue
igual y proporcionado a nuestras deudas, sino muy superior a todas ellas. Además de esto, ella fue un sacrificio
muy agradable a Dios, el cual ofrecido por su Hijo en el ara de la cruz, aplacó totalmente la ira e indignación del
Padre. De este nombre de sacrificio A usó el Apóstol cuándo dijo: “Cristo nos amó, y se ofreció a sí mismo a
Dios en oblación y hostia de olor suavísimo”233. Y finalmente ella fue redención, de la cual el Príncipe de los
Apóstoles dice así: “No habéis sido redimidos de la vana conducta de vuestras antiguas tradiciones con oro,
ni plata corruptibles, sino con la preciosa sangre de Cristo, que es como cordero inocente y sin mancha”234. Y
el Apóstol enseña: “Cristo nos libró de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros maldito”235.
231 “Nunc iudicium est mundi nunc princeps huius mundi eficietur foras: et ego si exaltatus fuero a terra omnia traham
ad meipsum.”
232 “Habemus fiduciam in introitu sanctorum in sanguine Christi.” Heb., X, 11.
233 “Christus dilexit nos, et tradidit semetipsum pro nobis oblatlotiem, et hostiam Deo in odorem suavitatis.” Ephe., V, 2.
234 “Non corruptibilibus auro vel argento redempti estis de vana vestra conversatione paternse traditionis, sed precioso
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Quinto artículo del Credo
DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS;
AL TERCER DÍA RESUCITÓDE ENTRE LOS
MUERTOS
INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO
[1] En este artículo, según la autoridad de los Santos Padres, se tratan dos grandes triunfos de nuestro
Señor después de su Pasión: el primero, la victoria sobre el diablo y el infierno; el segundo, su propia
resurrección.
En esta primera parte del artículo se nos propone creer dos cosas: • que en muriendo Cristo, su alma
descendió a los infiernos y permaneció allí todo el tiempo que su cuerpo estuvo en el sepulcro; • que en ese
mismo tiempo la persona de Cristo estuvo a la vez en los infiernos (por la unión de su alma y su divinidad) y
en el sepulcro (por la unión de su cuerpo y su divinidad).
[2] 1º Por «infiernos» entendemos, no el sepulcro, sino aquellas moradas ocultas en donde están
detenidas las almas que no han conseguido la felicidad celestial. En este sentido la han usado muchas veces las
sagradas Escrituras. [3] Sin embargo, estas moradas no son todas de la misma clase; sino que hay tres de ellas:
• el infierno de los condenados (Lc. 16 22.), o gehena (Mt. 5 22.), o abismo (Apoc. 9 11.), que es aquella cárcel
horrible donde son atormentadas las almas de los que murieron en pecado mortal, juntamente con los espíritus
infernales; • el purgatorio, donde se purifican por tiempo limitado las almas de los justos todavía manchadas
antes de entrar en el cielo; • el seno de Abraham, donde residían, sin sentir dolor alguno y sostenidas por la
esperanza de la redención, las almas de los santos antes de la venida de nuestro Señor. [4] A este último lugar
descendió Cristo realmente, esto es, su alma (Sal. 15 10.) y su divinidad, y no sólo su poder y virtud.
[5] 2º Este descenso a los Infiernos no disminuyó absolutamente nada del poder y majestad
infinita de Cristo, antes al contrario, manifestó claramente que El era el Hijo de Dios, por varias razones:
• no bajó cautivo, como los demás hombres, sino libre entre los muertos, victorioso sobre el diablo, y libertador
de las almas justas; • no bajó para padecer cosa alguna, como padecían las almas allí encerradas (al menos la
privación de la visión de Dios), sino para liberar las almas santas y justas, y comunicarles el fruto de su pasión.
[6] 3º Por lo tanto, dos son las causas por las que Jesucristo bajó a los infiernos: • para liberar las
almas de los santos Padres y demás almas piadosas que allí estaban esperando la Redención, y comunicarles la
visión beatífica; pues la Pasión fue causa de la salvación no sólo de los justos que existieron después de la
venida de Cristo, sino también de los que le habían precedido desde Adán; y, por consiguiente, antes de que el
Señor muriese y resucitase, para nadie estuvieron abiertas las puertas del cielo, sino que las almas de los justos,
cuando éstos morían, eran llevadas al seno de Abraham; • para manifestar también allí su poder y majestad,
como lo había manifestado en el cielo y en la tierra, a fin de que a su nombre se doble toda rodilla en los cielos,
en la tierra y en los infiernos (Fil. 2 10.).
«Resucitó»
[7] Después de morir en la cruz, nuestro Señor fue descendido de ella por sus discípulos y sepultado en
un sepulcro nuevo de un huerto próximo; allí, al tercer día de su muerte, que era domingo, su alma se unió de
nuevo a su cuerpo, volviendo así a la vida y resucitando el que por tres días había estado muerto.
[8] 1º La resurrección de Cristo tiene esto de exclusivo y de singular, que resucitó por su propio
poder, a diferencia de los demás resucitados. En efecto, eso es propio del poder divino; ahora bien, como la
divinidad no se separó nunca ni del cuerpo de Cristo en el sepulcro, ni de su alma cuando bajó a los infiernos,
había virtud divina así en el cuerpo para poder unirse de nuevo al alma, como en el alma para poder unirse de
nuevo al cuerpo; y con esta virtud pudo Cristo volver por Sí mismo a la vida y resucitar de entre los muertos.
Así lo había predicho ya David (Sal. 15 8-10.) y nuestro Señor mismo (Jn. 10 17-18; Jn. 2 19-21.). Y si alguna
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vez leemos en las Escrituras que Cristo nuestro Señor fue resucitado por el Padre (Act. 2 24; Rom. 8 11.), esto
se le ha de aplicar en cuanto hombre.
[9] 2º También fue singular en Cristo ser el primero en gozar del beneficio divino de la
resurrección perfecta, esto es, la resurrección por la cual, quitada ya toda necesidad de morir, somos
elevados a la vida inmortal, de manera que Cristo no muere ya otra vez, y la muerte no tiene ya dominio sobre
El (Rom. 6 6.). Pues todos los que resucitaron antes que Cristo, revivieron con la condición de morir otra vez.
Por esta razón, Cristo es llamado el Primogénito de entre los muertos (Col. 1 18; Apoc. 1 5.) y Primicias de los
que se durmieron (I Cor. 15 20-23.).
[10] Cristo permaneció en el sepulcro, no tres días enteros, sino un día natural entero, parte del
anterior y parte del siguiente. Y quiso hacerlo así, por una parte no resucitando enseguida que murió, para que
creyésemos que era verdadero hombre y que había muerto realmente; y, por otra parte, tampoco al final de los
tiempos, con los demás hombres, para manifestar su divinidad.
[11] Los Padres del concilio de Constantinopla añadieron estas palabras para manifestar cuán
importante es el misterio de la resurrección para nuestra fe. En efecto, San Pablo declara que sin este misterio,
nuestra fe sería vana (I Cor. 15 14 y 17.); igualmente, San Agustín afirma que todos, paganos y judíos, creen que
Cristo murió, pero sólo los cristianos creen que resucitó; finalmente, por ese mismo motivo, nuestro Señor la
predijo a sus apóstoles, no hablando casi nunca de su pasión sin hablar de su resurrección (Lc. 18 32-33.) y
dando a los judíos como única prueba de su divinidad la señal del profeta Jonás, esto es, su futura resurrección
(Mt. 12 39-40.).
[12] 1º Causas por que fue necesario que Cristo resucitase. — Era conveniente que Cristo
resucitase: • para que se manifestase la justicia de Dios, ensalzando a Aquel que se había humillado hasta la
muerte para obedecerle (Fil. 2 8-9.); • para que se confirmase nuestra fe, pues el haber resucitado Cristo de
entre los muertos es la mejor prueba de que es Dios; • para que se alentase y sostuviese nuestra esperanza,
porque si resucitó Cristo, que es nuestra Cabeza, también resucitaremos nosotros, que somos sus miembros (I
Cor. 15 12; I Tes. 4 13; I Ped. 1 3-4.); • para que del todo se terminase el misterio de nuestra redención y
salvación; pues Cristo con su muerte nos libró de los pecados, pero con su resurrección nos devolvió los bienes
principales que perdimos por el pecado (Rom. 4 25.).
[13] 2º Qué bienes resultan a la humanidad de la resurrección de Cristo. — Son los
siguientes: • por la resurrección reconocemos que Cristo es Dios inmortal, lleno de gloria y vencedor de la
muerte y del demonio; • la resurrección de Cristo es la causa eficiente y ejemplar de la resurrección de nuestros
cuerpos: causa eficiente, porque en todos los misterios de nuestra redención Dios se valió de la humanidad de
Cristo como de instrumento eficiente; y así, su resurrección fue instrumento para conseguir la nuestra (I Cor.
15 21.); causa ejemplar, porque la resurrección de Cristo es modelo de la nuestra: resucitaremos como Cristo,
dotados de gloria e inmortalidad (Fil. 3 21.); • finalmente, la resurrección de Cristo es también el modelo de la
resurrección de nuestras almas, estimulándonos a morir definitivamente al pecado y a vivir para Dios (Rom. 6
3-13.).
[14] 3º Qué ejemplos debemos sacar de la resurrección de Cristo. — Dos ejemplos debemos
sacar de ella: • que después de haber lavado las manchas de los pecados, emprendamos un nuevo género de
vida, en el cual brillen la pureza de costumbres, la inocencia, la santidad, la modestia, la justicia, la caridad, la
humildad y todas las virtudes; • que de tal modo perseveremos en este modo de vida, que con la gracia de Dios
nunca más nos separemos del camino de la justicia; pues las palabras de San Pablo (Rom. 6 3-13.) no
demuestran únicamente que la resurrección de Cristo se nos propone como modelo de nuestra resurrección,
sino también declaran que nos concede virtud para resucitar y que nos da fuerzas para permanecer en santidad
y justicia, y para observar los preceptos divinos.
[15] 4º Por qué señales reconocemos haber resucitado espiritualmente con Cristo. — Son
dos principalmente: • el deseo del cielo y de los bienes celestiales (Col. 3 1.); • y el gusto, agrado y gozo interior
de los mismos bienes (Col. 3 2.).
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CAPÍTULO VI
DEL 5° ARTÍCULO DEL SÍMBOLO
III. Cuántos son los lugares en que están las almas no bienaventuradas.
94. Más no todos estos cielos son de una misma calidad. Pues hay una crudelísima y oscurísima cárcel,
donde las almas de los condenados son atormentadas juntamente con los espíritus inmundos en un perpetuo e
inextinguible fuego238, la cual se llama también valle de tristeza, abismo, y con propiedad Infierno.239 Además
de esto hay también un fuego que purifica, el cual atormentando las almas por determinado tiempo, las limpia
para que puedan entrar en la patria celestial, en la cual no se admite nada que esté manchado240. Y tanto más
236 Calvino y Beza afirmaron que por el nombre de infierno se había de entender el sepulcro. Durando dijo que Cristo bajó
a los infiernos tan sólo en sentido metafórico, es decir, (con sólo su virtud y eficacia, y no su alma verdadera y realmente.
Este modo de entender esta verdad es calificado de erróneo y herético por Suárez. Expresamente confiesan que Cristo bajó
a los infiernos las formas a profesiones de fe de las iglesias de Aquileya, de España y de la Galia. En el cap. I Firmiter del
Concilio de Letrán se lee: “Descendit ad inferos, resurrexit a mortus et ascendit in coelum. Sed descendit in anima.” Y en
el Símbolo Atanasiano: “Qui passus est pro salute nostra, descendu ad infernos.” Además, Inocencio II en el Concilio de
Soisons en el año 1140 condenó a Abelardo: “Quod anima Christi per se non descendit ad infernos, sed per potentiam
suam”.
237 ―In nomine Jesu omne genufectatur coelestium, terrestrium, et infernorum.” Philip., II, 10.
238 “Timete eum qui potest et animam et corpus perdere in gehennam.” Matth., X, 28.
239 “Mortuus est autem et dives, et sepultos est in inferno”. Luc, XVI, 22,
240 Para probar la existencia del purgatorio, nos conformaremos con aducir los Siguientes testimonios: En la profesión de
fe propuesta por Clemente IV a Miguel Paleólogo en el año 1627, se lee: ―Si vere poenitentes in caritate decesserint,
antequam dignis poenitientiae fructibus de commissis satisfecerint et omissis; eorum aminas poenis purgatoriis, seu
catharteriis, sicut nobis frater Joannes explanavit, post mortem purgari, Esto mismo y con las mismas palabras lo
hallamos en el Decreto para la unión de los Griegos del Concilio Flotentino. Uno de los errores condenados por León X en
la Bula ―Exsurge Dominea‖ del 16 de mayo de 1520, leemos: ―Purgatorium non potest probari ex Sacra Scriptura quae sit
in canone.‖ En el ―Decretum de Purgatorio‖ de la sesión XXV del Concilio Tridentino, se dice: ―Cum catholica Ecclesia,
Spiritu Sancto edocta, ex sacris litteris et antiqua Patrum traditione, in sacris Conciliis, et novissima in hac oecumenica
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cuidadosamente y con frecuencia habrá de tratar el Párroco de la verdad de esta doctrina, la cual los santos
Concilios declaran estar confirmada con testimonios así de las Escrituras como de la tradición Apostólica,
cuánto estamos en unos tiempos en que los hombres no admiten la sana doctrina. Finalmente la tercera clase
de infierno, es aquel en que eran recibidas las almas de los Santos antes de la venida de Cristo Señor, y en
donde permaneciendo con la esperanza de su dichosa redención sin dolor alguno, gozaban de aquella morada
pacífica. A estas almas, pues, que en el seno de Abraham estaban esperando al Señor, las libró Cristo cuándo
bajó a los infiernos.
IV. El alma de Cristo bajó a los infiernos no sólo por su virtud, sino también con su presencia
real.
95. Ni se ha de pensar que Cristo bajó a los infiernos de modo que solamente llegase a los mismos su
virtud y poder, mas no su alma, sino que se ha de creer constantemente que la misma alma con real y
verdadera presencia bajó a los infiernos, sobre lo cual está aquel firmísimo testimonio de David: “No
consentirás que mi alma quede en el infierno”.
Synodo decuerit, Purgatorium esse, animasque ibi detentas‖, ete. En la profesión de fe prescrita por Pió IV el día 18 de
noviembre de 1564, Se lee: ―Constanter teneo, purgatorium esse, animas que ibi detentas fidelium sufragiis juvari.‖
241 “Aestimatus sum cum desdendentibus in lacum: factus sum sicut homo sine adiutorio inter mortuos liber.” Psalm,
LXXXVII, 6.
242 “Hodie mecum eris in Paradiso.” Luc, XXIII, 43.
243 “Ero mors tua os mors, morsus tuus ero, inferne.” Osee. XIII, 14.
244 “Tu quoque in sanguine testamenti tui emisisti vinctos tuos de lacu, in quo non est aqua.” Zac, IX, 11.
245 “Expoliara principatus, et potestates traduxit confidenter, palam triumphans illos in semetipso. ” Colos, II, 15.
67
ángeles, como de hombres y demonios. En lo cual, alguien dejará de admirar y de maravillarse de la suma
benignidad de Dios para con el linaje humano, al ver que no se contentó con padecer por nosotros la más
dolorosa muerte, sino que quiso asimismo bajar hasta los ínfimos senos de la tierra para sacar de allí sus muy
amadas almas y llevarlas consigo a la gloria.
246 “Memor est Dominiun Jesum Christum resurrexisse a mortuis.” II, Tim., II, 8.
247 “Salvavit slbi destera eius, et brachium sanctum eius.” Psalm., XCV1I, 2.
248 ―Ego pono animain meam, ut iterum sumani eam; et potestatem habeo ponendi eam, et potestatem habeo iterum
resurrectio mortuorum. Et sicut in Adam omnes moriuntur, ita et in Christo omnes vivificabuntur. Ununsquisque autem
in suo ordine, primitiae Christus: deinde ii qui sunt Christi.” I, Corint., XV, 20.
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sujetando a la muerte de tal modo que ya no podía morir otra vez, lo cual se confirma con aquel clarísimo
testimonio que dice: “Cristo resucitado de entre los muertos, no muera ya otra vez, la muerte no tendrá ya
dominio sobre él”.
XI. Por qué el Concilio de Constantinopla añadió en el Credo según las Escrituras.
102. Los padres del primer Concilio de Constantinopla añadieron a este artículo estas palabras: según
las Escrituras; las cuales tomándolas del Apóstol las pasaron al Símbolo, por cuánto el mismo Apóstol ensenó
ser sumamente necesaria la fe del misterio de la resurrección, hablando de este modo: “Si Cristo no resucitó,
luego vana es nuestra predicación, y vana es también vuestra fe. Y si Cristo no resucitó, falsa es vuestra fe,
porque de ese modo aun estáis en vuestros pecados”253. Por lo cual admirado San Agustín de la fe de este
artículo, escribió así: “No es cosa grande creer que murió Cristo; los paganos, los judíos y todos los malvados
creen esto, todos creen que murió. Mas la fe de los cristianos es la resurrección de Cristo; esto es lo que
tenemos por cosa grande, creer que él resucitó”254. Este fue también el motivo porque el Señor habló tan
frecuentemente de su resurrección, y de no haber tratado casi vez alguna con sus discípulos de la pasión, sin
que hablase asimismo de la resurrección, y así habiendo dicho: “El Hijo del Hombre será entregado a los
Gentiles, y será escarnecido, azotado y escupido, y después que le hubieren azotado, le duran la muerte; al fin
añadió: Y resucitará al tercer día”.255
Y habiéndole pedido los judíos que confirmase su doctrina con alguna señal o milagro, respondió que
no les daría otra señal que la de Jonás Profeta256; porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el
vientre del pez; así afirmó que el hijo del hombre estaría tres días y tres noches en el seno de la tierra. Mas para
entender mejor el alcance y sentido de este artículo, hemos de averiguar y saber tres cosas: la primera, por qué
fue necesario que Cristo resucitase; la segunda, cuál fue el fin de la resurrección, y la última, cuáles sean las
utilidades y provechos que de la misma nos han provenido.
253 “Si Christus non resurrexit, inanis est ergo praedicatio nostra, inanis est et fides vestra; et si Christus non resurrexit,
vana est fides vestra: adhuc enim estis in peccatis vestris.” I, Corint., XV, 14, 17.
254 D. Agust. exposit. in Psalm. C.X.X.
255 “Filius hominis tradetur gentibus, et iludetur, et fagellabitur, et conspuetur, et posteaquam flagellaverint, occident
tribus noctibus; sic futurum affirmavit filium hominis in corde terrae tribus diebus et tribus noctibus.‖Matt, XII, 29.
257 “Humiliabit semetipsum factus obediens usque ad mortem, mortem auteni crucis: propter quod et Deus exaltabit
259 ―Sienim credimus quod Jesus mortuus est, et resurrexit: ita et Deus eos, qui dormierunt per Jesum, adducet cum eo.‖
Thess., IV, 13.
260 “Benedictus Deus, et Pater Domini nostri Jesucristi, qui secundum misericordiam suam magnam regeneravit nos in
complantati facti sumus similitudini mortis eius, simul et resurrecionis erimus. Scientes quod Cristus resurgens ex
mortuis, iam non moritur: mors illi ultra non dominabitur. Quodenim mortuus est peccato, mortuus est semel: quod
autem vivit, vivit Deo. Ita es vos existimate, vos mortuos quidem esse peccato, viventes autem Deo in Christo Jesu
Domino nostro.” Rom., VI, 4, 5, 9, 10, 11.
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conseguir la santidad, sino que nos esfuerza para perseverar en esta nueva vida, sirviendo piadosa y
santamente a Dios. Porque esto principalmente hizo el Señor por su resurrección, que cuántos antes estábamos
junto con él muertos a los pecados y a este mundo, resucitásemos juntamente con él a nuevo método y
conducta de vida.
265 “Si consurrexistis cum Christo, que sursum sunt quaerite, ubi Christus est in dextera Dei sedens.” Colos., III, 1.
266 “Quae sursum sunt sapite, non quae super terram.” Colos., III, 2.
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Sexto artículo del Credo
SUBIÓ A LOS CIELOS; ESTÁ SENTADO A LA
DIESTRA DE DIOS PADRE OMNIPOTENTE
INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO
[1] Deben los párrocos explicar a los fieles este artículo con diligencia, y los fieles, no sólo creerlo por la
fe, sino traducirlo en las acciones de la vida. Es el sentido de su primera parte: que una vez realizado el
misterio de nuestra Redención, subió Cristo al Cielo en cuerpo y alma, en cuanto hombre; porque, en cuanto
Dios, nunca se separó de él, ya que por su divinidad está en todas partes.
[2] Dos cosas conviene enseñar sobre la ascensión de Cristo: • que Cristo subió a los cielos por su
propia virtud, y no por poder ajeno, como Elías; • que esta virtud procede de El no sólo como Dios, sino
también como Hombre: pues su cuerpo, dotado ya de las cualidades gloriosas, obedecía fácilmente a las
órdenes de su alma, que lo movía.
[3] Esta expresión, que es metafórica, se explica de la siguiente manera: • «estar a la diestra» significa
que, así como en las cosas humanas atribuimos mayor honra al que está colocado a la derecha, así también
Cristo ha obtenido del Padre en cuanto hombre una gloria y poder muy superior al de los demás (Ef. 1 20-22.);
se designa así una gloria tan propia y singular de Cristo, que no puede convenir a ninguna otra naturaleza
creada (Sal. 109 1; Heb. 1 13.); • «estar sentado» expresa, no la postura del cuerpo, sino la posesión firme y
estable de la regia y suprema potestad que recibió del Padre.
[4] 1º Importancia de la Ascensión de Cristo al Cielo. — Debe el párroco exponer este artículo,
haciendo notar ante todo: • que todos los demás misterios se refieren a la Ascensión como a su fin; pues así
como los misterios de nuestra Religión tienen su origen en la Encarnación, así también encuentran su
perfección y cumplimiento en la Ascensión; • que en la Ascensión, como también en la Resurrección, se
manifiesta la gloria infinita y divina majestad de Cristo, a diferencia de los demás artículos del Credo sobre
nuestro Señor, que manifiestan su naturaleza humana, y su suma humildad y abatimiento.
[5] 2º Por qué Cristo quiso subir al Cielo. — Las principales razones son: • porque a su cuerpo, ya
glorioso, no le correspondía ya la morada de esta vida terrena y mortal; • para tomar posesión del trono de su
Gloria y de su Reino, que había merecido por su sangre; • para cuidar de todo cuanto es conveniente a nuestra
salud espiritual; • para demostrar que su Reino no trae origen de este mundo; y así no es perecedero, ni
inconstante, ni se apoya en las fuerzas materiales y en el poderío de la carne; en suma, no es terreno, como lo
esperaban los judíos, sino espiritual y eterno; por eso, para mostrar que espirituales son su poder y sus
riquezas, y que los más ricos en el reino de los cielos son los que más riquezas espirituales tienen, fijó su
residencia en el Cielo; • para que nosotros le acompañemos en su Ascensión con el espíritu y el corazón,
enseñándonos a trasladarnos al Cielo con el pensamiento y el afecto, a confesar que somos peregrinos y
huéspedes sobre la tierra (Heb. 11 13.), y a buscar nuestra verdadera patria, el Cielo, esforzándonos por ser
conciudadanos de los santos y familiares de Dios (Ef. 2 19.).
[6] 3º Bienes que nos ha obtenido la Ascensión de Cristo. — Muchos son los beneficios y
ventajas que nos provienen de la Ascensión de Cristo.
a) Bienes generales: • «Al subir Cristo a lo alto, llevó cautiva a la cautividad» (Sal. 67 19; Ef. 4 8.):
Cristo, como Cabeza nuestra, tomo posesión del Cielo en nuestro nombre, preparándonos allí una morada,
abriéndonos de nuevo las puertas del cielo, cerradas por el pecado, y allanándonos el camino para llegar a la
celeste felicidad; y para mostrarlo, llevó consigo, a la mansión de la eterna bienaventuranza, a las almas de los
72
justos, que había libertado del Infierno; • «Dio dones a los hombres» (Sal. 67 19; Ef. 4 8.): Cristo, a los diez
días, envió a los apóstoles el Espíritu Santo, y con El toda clase de bienes y dones celestiales, cumpliendo así la
promesa que les había hecho (Jn. 16 7.); • El mismo se presenta ahora ante el acatamiento de Dios, para
desempeñar ante el Padre el oficio de Abogado, y a fin de ser el Defensor de nuestra causa y el Mediador de
nuestra salvación (I Jn. 2 1-2.).
[7] b) Bienes de virtudes: la Ascensión de Cristo: • aumenta el mérito de nuestra fe, por ser ésta una
virtud que tiene por objeto lo que no se ve, y por haber declarado el mismo Señor bienaventurados a los que
creyeron sin haber visto (Jn. 20 29.); • arraiga la esperanza en nuestros corazones, pues, siendo nosotros los
miembros de Cristo, nos hace esperar estar un día allí donde ahora está nuestra Cabeza (Jn. 17 24.);
• perfecciona nuestra caridad, al arrebatar nuestro amor hacia el Cielo e inflamarlo con su divino Espíritu (Mt.
6 21.); [8] razón por la cual convenía que Cristo se fuera (Jn. 16 7.), pues si hubiese permanecido en la tierra,
nuestro amor se fijaría en su figura y proceder humano, y le estimaría con amor humano; mas la Ascensión
hizo más espiritual nuestro amor, y que amemos como Dios a quien ahora consideramos ausente; lo cual se ve
patentemente en los Apóstoles; • finalmente, es para nosotros no sólo el ejemplar en que aprendemos a dirigir
la vista a lo alto y a subir al Cielo con el espíritu, sino que, además, nos concede la gracia para llevarlo a la
práctica.
[9] c) Bienes a la Iglesia: la misma Iglesia quedó sumamente enriquecida después de la Ascensión de
Cristo, ya que: • será gobernada, a partir de entonces, por la virtud y dirección del Espíritu Santo; • Cristo
instituirá a Pedro como Pastor y Sumo Pontífice de Ella entre los hombres (Jn. 21 15.); • le dejará a unos como
apóstoles, a otros como profetas, a otros como evangelistas, a otros por pastores y doctores (I Cor. 12 28.), por
los que Cristo sigue distribuyendo sus dones.
CAPÍTULO VII
DEL 6° ARTÍCULO
II. Cristo subió al cielo no sólo por virtud de la divinidad, sino también de la humanidad.
108. Mas enseñe que Cristo subió por su propia virtud, no levantado por otro como Elías268 que fue
arrebatado a lo alto por una carroza de fuego, o como el Profeta Abacuch269, o como Felipe diácono270, que
elevados por los aires por virtud divina, volaron largos espacios de tierra. Ni solamente subió a los cielos por el
infinito poder de su divinidad sino también por el que tenía en cuánto hombre.
267 “Omnes gentes plaudite manibus, iubilate Deo in voce exultationis: ascendit Deus in iubilo.” Psalm., XLVI, 2, 6.
268 “Cumque pergerent, et incedentes sermocinarentur, ecce currus igneus, et equi ignei diviserunt utrumque: et ascendit
Ellias per turbinem in coelum.” IV, reg., II, 11.
269 “Et apprehendit eum Angelus Domini in vertice eius, et portavit eum capillo eapitis sui, posuitque eum in Babylone
VIII, 39.
73
Porque si bien no pudo hacer esto por las fuerzas naturales, pero aquella virtud de que su
bienaventurada alma estaba dotada, pudo mover el cuerpo a su arbitrio, y asimismo el cuerpo que había ya
conseguido la gloria, fácilmente obedecía al impulso del alma que le movía. Por esto creemos que Cristo subió a
los cielos por su propia virtud, no sólo en cuánto Dios sino también en cuánto hombre.
III. De lo que significa estar Cristo a la diestra de Dios Padre, que es la segunda parte de este
artículo.
109. La segunda parte de este artículo dice así: “Está sentado a la diestra de Dios Padre‖. En este lugar
conviene advertir que hay tropo o mudanza de palabra del sentido propio al impropio, modo de hablar muy
usado en las divinas Escrituras, cuándo acomodando a Dios a nuestro modo de entender, le atribuimos afectos
y miembros humanos, pues no se puede pensar que realmente haya en él cosa corporal, por ser espíritu. Más
por cuánto en el trato humano juzgamos que se hace el mayor honor al que se coloca a la derecha, aplicando
esto mismo al tratamiento del cielo, para explicar que Cristo en cuánto hombre goza de mayor gloria que todos
los demás hombres, confesamos que está sentado a la diestra del Padre.
Estar sentado no significa en este lugar la posición o figura del cuerpo, sino declara aquella posesión
real y suma potestad y gloria que Cristo recibió del Padre, de la cual habla el Apóstol cuándo dice que el Padre
“le resucitó de los muertos y le colocó a su diestra en los cielos sobre todo Principado, Potestad, Virtud y
Dominación, y toda criatura que se puede nombrar, no solamente en el siglo presente sino también en él
venidero, y que todas las cosas sujetó a sus pies”271. De las cuales palabras se deja entender que esta gloria es
tan propia y particular del Señor que no puede convenir a otra naturaleza criada. Por lo cual, en otro lugar el
mismo Apóstol dice así: “¿A cuál de los ángeles dijo alguna vez: Siéntate a mi diestra?”272.
IV. Por qué se ha de recordar con frecuencia al pueblo cristiano la historia de la Ascensión de
Cristo.
110. Pero el Párroco explicará con más extensión el sentido del artículo, siguiendo la historia de la
Ascensión que con orden maravilloso escribió San Lucas Evangelista en los Hechos de los Apóstoles273. Y lo
primero que conviene observar en su explicación, es que todos los demás misterios se ordenan a la Ascensión
como a fin, y que en ésta se contiene la perfección y cumplimiento de todos ellos; porque así como todos los
misterios de nuestra religión comienzan en la Encarnación del Señor, así todos ellos terminan con su
Ascensión. Además, los otros artículos del Símbolo que pertenecen a Cristo Señor declaran su grande humildad
y abatimiento, pues no se puede imaginar cosa más abatida y humilde que haber querido el Hijo de Dios tomar
por nosotros nuestra débil naturaleza padecer y morir.
Mas la confesión que en el artículo anterior hacemos de haber resucitado de entre los muertos, y en éste
de haber subido a los cielos y. estar sentado a la diestra de Dios Padre, es lo más magnífico y maravilloso que se
puede decir para declarar su gloria suma y divina majestad.
271 “Suscitans illum a mortuis, et constituens ad dexteram suam in coelestibus, supra omnem principatum et potestatem,
virtutem et dominationem, et omne nomen, quod nominatur non solum in hoc saeculo, sed etiam in futuro. Et omnia
subjecit sub pedibus ejus.” Eph., I, 20, 21, 22.
272 “Ad quem autem Angelorum dixit aliquando: Sede a dextris meis?” Hebr., I, 13.
273 ―He hablado en mi primer Libro, !oh Teófilo!, de todo lo más notable que hizo y enseñó Jesús, desde su principio,
hasta el día en que fué recibido en el cielo, después de haber instruido por el Espíritu Santo a los Apóstoles, que él había
escogido: A los cuales se había manifestado también después de su pasión, dándoles muchas pruebas de que vivía,
apareciéndoseles en el espacio de cuarenta días, y hablándoles de las cosas tocantes al reino de Dios. Y por último,
comiendo con ellos, les mandó que no partiesen de Jerusalén, sino que esperasen el cumplimiento de la promesa del
Padre, la cual—dijo—oisteis de mi boca. Y es que Juan bautizó con el agua, mas vosotros habéis de ser bautizados en el
Espíritu Santo dentro de pocos días. Entonces los que se hallaban presentes le hicieron esta pregunta: Señor, ¿si será
éste el tiempo en que has de restituir el reino de Israel? A lo cual respondió Jesús: No os corresponde a vosotros el saber
los tiempos y momentos que tiene el Padre reservados a su poder soberano: Recibiréis, sí, la virtud del Espíritu Santo,
que descenderá sobre vosotros, y me serviréis de testigos en Jerusalén, y en toda la Judea, y en Samaría, y hasta el cabo
del mundo. Dicho esto, se fué elevando a vista de ellos por los aires, hasta que una nube le encubrió a sus ojos. Y estando
atentos a mirar como iba subiéndose al cielo, he aquí que aparecieron cerca de ellos dos personajes con vestiduras
blancas, los cuales les dijeron: Varones de Galilea, ¿por qué estáis ahí parados mirando al cielo? Este Jesús, que
separándose de vostros se ha subido al cielo, vendrá de la misma suerte que le acabáis de ver subir allá.” Act. Apost., I,
111.
74
111. Explicado esto, se ha de enseñar con cuidado por qué subió Cristo Señor a los cielos. Primeramente
subió por cuánto a su cuerpo que había sido ya dotado de la gloria de la inmortalidad en su resurrección, no era
proporcionado ni conveniente esta terrena y oscura habitación, sino el altísimo y brillantísimo cielo. Porque no
solamente subió a gozar el solio de aquella gloria y reino que con su sangre había merecido, sino también a
disponer y cuidar de lo perteneciente a nuestra salvación. Además, para confirmar con este hecho que su reino
no era de este mundo; pues los reinos del mundo son terrenos y perecederos, fundándose sobre grandes
riquezas y poderío de la carne, mas el reino de Cristo no es terreno como esperaban los judíos, sino espiritual y
eterno.
Y en este reino aquellos son más ricos y dotados de mayor abundancia de bienes, que con más solicitud
buscan las cosas de Dios. Porque el apóstol Santiago afirma: “Que Dios escogió a los pobres en este mundo,
ricos en la fe, y herederos del reino que prometió a los que le aman”. Y también quiso el Señor subiendo a los
cielos, que le siguiéramos nosotros con el entendimiento y voluntad. Porque así como con su muerte y
resurrección nos había dado ejemplo de morir y de resucitar en espíritu, así con su Ascensión nos enseña e
instruye de que suerte estando en la tierra podemos subir con el alma a los cielos, confesando que somos
peregrinos y huéspedes en el mundo, y que buscando la patria, somos ciudadanos de los santos y domésticos de
Dios. Pues, como dice el Apóstol “nuestro trato y conversación es en los cielos”.
274 “Pater, quos dedisti mihi, volo, ut ubi ego sum et illi sint mecum.” II. Joan., XVII, 24.
75
contemplándole ahora ausente, le veneremos y amemos como a Dios. Esto se comprende en parte por la
experiencia de los Apóstoles los cuales mientras tuvieron al Señor presente parecía que sentían de él como de
solo hombre, y en parte se confirmó por testimonio del mismo Señor cuándo dijo: ―Os conviene que yo me
vaya‖275. Porque aquel amor imperfecto con que amaban a Jesucristo presente, se había de perfeccionar por el
amor divino, y esto con la venida del Espíritu Santo. Y por lo mismo añadió inmediatamente: ―Porque si no me
fuere, no vendrá a, vosotros el Espíritu Santo‖276.
[3] También son dos las veces que el hombre debe comparecer ante el Señor para ser juzgado por El:
1º En el juicio particular: cuando cada uno de nosotros sale de este mundo, inmediatamente
comparece ante Dios y es juzgado por todas las acciones de su vida.
2º En el juicio general: cuando todos los hombres, en un solo día y lugar, al fin de los tiempos,
comparecerán ante Jesucristo, en cuerpo y alma, para ser juzgados públicamente, esto es, para que se haga
pública la sentencia de su eterna salvación o condenación.
[4] Era conveniente que, después del juicio particular, tuviera lugar otro juicio universal, por los
siguientes motivos:
1º Para que se conozca la influencia del buen o mal ejemplo de cada hombre sobre sus
descendientes, y haya un examen perfecto de este proceso de hechos y dichos, buenos y malos, con los cuales
aumenta el premio o la pena de los ascendientes muertos.
2º Para que sean ensalzados los justos, muchas veces privados en esta vida de la honra, y
humillados los impíos, muchas veces ensalzados injustamente.
3º Para que sean juzgados y premiados o condenados, no sólo nuestras almas, sino también nuestros
cuerpos, que fueron los instrumentos de sus acciones.
4º Para que se manifieste la acción infinitamente justa y sabia de la Providencia de Dios en
las cosas prósperas y adversas que indistintamente suceden a buenos y a malos, e incluso cuando permite el
mal o la humillación del justo y la prosperidad del malvado; no sea que se crea que Dios no se ocupó de las
cosas humanas, ni tenga motivo alguno la queja que esta manera de obrar arrancó a veces a los mismos
hombres justos (Sal. 72 2-3 y 12-14; Job 21 7; Jer. 12 1-2.).
5º Para infundir en esta vida ánimo a los justos de seguir haciendo el bien, y temor a los
pecadores de hacer el mal, ante el pensamiento de este juicio riguroso en que el justo será recompensado y el
impío castigado.
77
Quién será el Juez
El Juez de este juicio universal no será otro que nuestro Señor Jesucristo, a quien se atribuye muy
particularmente:
[5] 1º En cuanto Dios, porque aunque la potestad de juzgar es común a las tres divinas personas, se
atribuye más especialmente a la Sabiduría, por ser el juicio un acto de sabiduría.
[6] 2º En cuanto hombre, por afirmarlo así las Escrituras (Jn. 5 26-27.), y por ser conveniente en
razón de dos motivos: • el primero, porque, al ser un juicio sobre hombres, conviene que lo haga un Juez
visible, cuya sentencia pueda ser escuchada por los sentidos del cuerpo y por el alma; y para ello, nadie más
propio que quien es el Hijo del hombre [esto es, la nueva Cabeza del género humano]; • el segundo, para
exaltar a Jesucristo, constituyendo Juez universal de todos los hombres (Act. 10 42.) a quien por amor nuestro
quiso someterse a un tribunal humano y ser condenado por tan inicuas sentencias de hombres.
Señales de la proximidad del Juicio final
[7] Tres son las principales, según las Sagradas Letras: • la predicación del Evangelio a todo el
mundo (Mt. 24 14.); • la apostasía de las naciones (II Tes. 2 3.); • la aparición del Anticristo (II Tes. 2
3.).
[8] Por las profecías de Daniel (Dan. 7.), de los sagrados Evangelistas (Mt. 24-25.) y del Apóstol (II Tes.
2.), podemos deducir que el juicio se realizará en los siguientes pasos:
1º Después de la aparición del Anticristo, vendrá la conmoción general de los astros y la
conflagración de la tierra.
2º Luego, la resurrección general de todos los hombres.
3º Finalmente, el Juicio mismo: • separación de buenos y malos; • revelación de las conciencias;
• recompensa de los justos (Mt. 25 34.); • y castigo de los impíos (Mt. 25 41.): [9] pena de daño, o privación
eterna de Dios («apartaos de Mí»); ausencia total de todo bien, y presencia de todo mal («malditos»); [10] y
pena de sentido, o aflicción por parte de las criaturas, especialmente por el tormento del fuego, duración eterna
de esa pena («al fuego eterno») y compañía de los demonios («que fue destinado para el Diablo y sus
ángeles»).
[11] La materia del Juicio debe inculcarse con frecuencia en el espíritu del pueblo fiel, por dos
motivos: • porque es muy útil para alejar al pecador del pecado, refrenar sus pasiones (Eclo. 7 40.), y llamarlo
a la práctica de la piedad, al considerar que tendrá que dar un día a Dios una cuenta rigurosa de todos sus
pensamientos, palabras, obras y deseos; • y para estimular a los justos a perseverar en la práctica del bien,
aunque para ello pasen la vida en la miseria, deshonrados y perseguidos, con la esperanza del día en que serán
declarados vencedores en presencia de todos los hombres, y ensalzados eternamente con los honores divinos
de la gloria celestial.
CAPÍTULO VIII
DEL 7° ARTÍCULO
del Señor:
“El Señor juzgará los términos de la tierra, y dará el imperio a su rey, y ensalzará el poder de su Cristo.” I, Reg., II, 10.
“Hasta los árboles de las selvas manifiesten su alegría, en presencia del Señor, porque viene, viene para juzgar la
tierra.” Psalm. XCV, 13.
“Batan palmas los ríos y alégrense los montes a la vista del Señor, porque viene a juzgar la tierra,” Psalm. XCVII, 8.
―Porque he aqui que el Señor vendrá en fuego, y sus carros así como torbellino, para retornar con saña su furor, y su
represión con llama de fuego. Porque el Señor juzgará discerniendo a toda carne, con fuego y con cuchillo, y serán
muchos los que el Señor matará.” Isai., LXVI, 15, 16.
“Sonad la trompeta en Sion, dad alaridos en mi santo monte, estremézcanse todos los moradoies de la tierra, porque
viene el día del Señor, pues está cerca.” Joel., II, 1.
“He aquí que vendrá un día encendido como horno, y todos los soberbios, y todos los que obran impíamente serán como
estopa, y los abrasará el día que debe venir, dice el Sefior de ios ejércitos, sin dejar de ellos ni rafe ni renuevo.” Halac,
IV,1.
“Porqué como el telámpago brilla y se deja ver de un cabo del cielo al otro, iluminando la atmósfera, así se dejaré ver el
Hijo del hombre en el día suyo.” Luc., XVII, 24.
“Varones de Galilea ¿por qué estáis ahí parados mirando al cielo? este Jesús que, separándose de vosotros, se ha subido
al cielo, vendrá de la misma suerte que le acabáis de ver subir allá.” Act„ I, 11.
“En aquel día en que Dios juzgará los secretos de los hombres, por medio de Jesucristo, según la doctrina de mi
Evangelio.” Rom., II, 16.
“Porque delante de Dios es Justo que él aflija a su vez aquellos que ahora os afligen, y vosotros, que estáis ál presente
atribulados, os haga guiar juntamente con nosotros del descanso eterno, cuando el Señor Jesús descenderá del cielo y
aparecerá con los ángeles, que son los ministros de su poder, guando vendrá con llamas de fuego a tomar venganza de
los que no conocieron a Dios y de los que no obedecen al Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.” II, Tesalon., I, ―6, 7, 8.
“Vi a los” muertos grandes y pequeños, estar delante del trono, y abriéronse los libros de las condenas, y abrióse
también otro Libro, que es el de la vida, y fueron juzgados los muertos, por las cosas escritas en los libros, según sus
obras. El mar, pues, entrega los muertos que había en él, y la muerte y e1 infierno entregaron los muertos que tenían
dentro, y se dió a cada uno la sentencia según sus obras.” Apoc CI XX, 3.2 y 13.
“Después de la muerte del hombre se abre su testamento; lo mismo acontece con la conciencia, la cual se descubrirá
también en la muerte. Cuando el sol penetra en un aposento, se ven en el aire millares de polvillos; así veremos las
menores faltas cuando, después de la muerte, el Sol de justicia entrará en nuestra alma. Como los presos son llevados
con 0us cadenas a la presencia del Juez, así las almas, atada» con sus pecados, serán presentadas ante el tribunal
divino” (S. Crisóstomo.)
“Cuando sale el sol se derrite la nieve, y todas las cosas que están debajo salen a la vista. Así sucederá en el juicio final:
El sol de la justicia lo descubrirá todo. Todos los pecados quedarán manifiestos, y producirán en los condenados una
vergüenza más terrible que el mismo infierno, Mas a los justos sus pecados perdonados no les servirán de infamia, antes
les será gloriosa la penitencia que por ellos hicieron. Los pecados no se verán en la blanca vestidura de la gracia
santificante, pues en lugar de las manchas, borradas ya por la penitencia, habrá bordados preciosos.” (Sta. Gertrudis.)
79
último a la sentencia del Juez. El primero es, cuándo cada uno de nosotros sale de esta vida; porque en el
instante es presentado en el tribunal de Dios, y allí se hace severísimo examen de todas las cosas que en su
vida, hizo, dijo y pensó; y esto se llama juicio particular. El segundo es, cuándo en un mismo día y lugar todos
los hombres serán presentados ante el tribunal del supremo Juez, para que viendo y oyendo todos los hombres
de todos los siglos, reciba cada uno el decreto y sentencia que se le diere. La pronunciación de esta sentencia
será desde luego para los impíos y malos una gran parte de su pena y castigo; mas los justos y buenos
conseguirán con ella gran premio y fruto, porque entonces se publicará cual haya sido cada uno en esta vida.
Este se llama juicio universal.
281 ―Mei pene moti sunt pedes, pene effusi sunt gressus mei, quia zelavi super iniquos, pacen peccatorum videns.‖ Psalm.,
LXXII, 2.
282 “Ecce ipsi peccatores, et abundantes in saeculo obtinuerunt divitias, et dixi: Ergo sine causa justificavi cor meum: et
lavi inter innocentes manus meas: et fui flagellatus tota die, et castigatio mea in matutinis.” Psalm., LXXII, 12, 13.
283 “Quare ergo impii vivunt, sublevati sunt, confortatique divitiis?” Job., XXI, 7. “Quare via impiorum prosperatur:
bene est omnibus qui praevaricantur et inique agunt? Plantasti eos, et radicem miserunt: proficiunt, et faciunt fructum:
prope eg tu ori eorum, et longe a renibus eorum.” Jem., XII, 1, 2. “Quare respicis super iniqua agentes, et taces
devorante implo justiorem se” Habac, I, 13.
80
tristes por su ausencia, para consolarlos con estas palabras: “Este Jesús que de vuestra compañía ha subido al
cielo, vendrá así como le habéis visto ir al cielo”284.
284 “Hic Jesus, qui assumptus est a vobis in coelum, sic veniet, quemadmodum vidistis eum euntem in coelum.” Act. I, 11.
285 “Tunc exultabunt omnia liana silvarum a facie Domini, quia venit: quoniam venit iudicare terram.” Psalm. XCV, 13.
Filius enim hominis venturus est in gloria Patris sui cum angelis suis: et tune reddet unicuique secundum opera eius.”
Matth., XVI, 27. “Vigilate itaque, omni tempore orantes, ut digni habeamini fugere ista omnia, quae futura sunt, et stare
ante Pilium hominis”. Luc, XXI, 38. “Neque enim Pater judicat quemquam, sed omne judicium dedit Filio.” Joan., V, 22,
286 “Sicut Pater habet vitam in semetipso, sic dedit et filio habere vitam in semetipso; et potestatem dedit el judicium
y los cabellos de su cabeza como lana limpia. Su trono de llama de fuego, sus ruedas, fuego encendido. Un río de fuego, e
impetuoso, salía ante su faz. Millares de millares le servían, y diez mil veces cien mil estaban delante de él. Se sentó el
juicio, y fueron abiertos los libros.‖ Dan., VII, 9, 10.
291 ―Porque como el relámpago sale del Oriente y se deja ver en un instante hasta el Occidente, asi será el advenimiento del
Hijo del hombre.‖ Matth., XXIV, 27. ―Entonces se verá al Hijo del hombre sobre las nubes, con gran poder y gloria. El cual
enviará luego sus ángeles y congregará sus escogidos de las cuatro partes del mundo, desde el último cabo de la tierra
hasta la extremidad del cielo.‖ Marc, XIII, 26, 27. ―Entonces será cuando verán al Hijo del hombre venir sobre una nube
con grande poder y majestad.‖ Luc.y XXI, 27.
292 ―En un momento, en un abrir y cerrar de ojos, al son de la última trompeta porque sonará la trompeta y los muertos
resucitarán en un estado incorruptible, y entonces nosotros seremos inmutados.‖ I, Corint., XV, 52. ―Por cuanto el mismo
81
habrán de explicar con cuidado en este lugar, la sentencia que pronunciará el Juez. Porque Cristo nuestro
Salvador mirando con ojos festivos a los buenos puestos a su derecha, pronunciará sobre ellos la sentencia con
suma benignidad de este modo: “Venid benditos de mi Padre, poseed el reino que os está preparado desde el
principio del mundo”293. Las cuales palabras son tan dulces, que no se pueden oír otras de mayor gozo, como se
verá comparándolas con la condenación de los malos, y considerando que por ellas son llamados los piadosos y
justos de las fatigas al descanso, del valle de lágrimas al sumo gozo, y de las miserias a la perpetua
bienaventuranza que merecieron con los ejercicios de la caridad.
Señor a la intimación, y a la voz del Arcángel y al sonido de la trompeta de Dios, descenderá del cielo, y los que murieron
en Cristo, resucitarán los primeros.‖ I, Then., IV, 15.
293 “Venite, benedicti Patris mei, possidete regnum, quod paratum est vobis a constitutione mundi.” Matth., XXV, 34.
294 “Discedite a me, malediciti, in ignem aeternum, qui paratus est Diabolo et Angelis eius.” Matth., XXV, 41.
295 “In omnibus operibus tuis memorare novissima tua, et in aeternum non peccabis.” Eccl., VII, 40.
82
Octavo artículo del Credo
CREO EN EL ESPÍRITU SANTO
INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO
[1] Después de exponer lo que mira a las dos primeras personas divinas de la Santísima Trinidad, toca
explicar lo que la fe enseña sobre la tercera, conocimiento que es sumamente necesario a los fieles (Act. 19 2-
3.), y del que deben sacar gran humildad a la par que gran confianza en el auxilio divino.
El nombre de «Espíritu Santo»
[2] La expresión «espíritu santo», en sí misma, conviene también al Padre y al Hijo, pues ambos,
siendo Dios, son Espíritu y Santo; y también a los ángeles bienaventurados y a las almas de los justos. Es, pues,
una palabra ambigua, un nombre común, que puede convenir a muchos. Sin embargo, las Escrituras, tanto del
Antiguo Testamento (Sal. 50 13; Sab. 9 19.) como del Nuevo (Lc. 1 35; Jn. 1 33; Mt. 28 19.), designan por «Es-
píritu Santo» a la tercera persona de la Santísima Trinidad.
[3] Si se designa a la tercera persona de la Trinidad con este nombre común, y no con otro que le sea
propio, es porque nos vemos obligados a tomar prestados de las cosas creadas los nombres que se aplican a
Dios. Ahora bien, en las cosas creadas no conocemos otro modo de comunicarse la propia naturaleza y esencia
que la generación. Y así, damos este nombre de generación a la producción de la segunda persona por la
primera, y llamamos Hijo a la persona que nace, y Padre a aquella de quien nace. Y por eso mismo, al no existir
entre nosotros el modo por el que Dios se comunica totalmente a Sí mismo por virtud del amor, no podemos
expresar con palabra propia la producción de la tercera persona y, por lo tanto, tampoco la persona producida
de este modo; sino que llamamos a esta producción «espiración», y a la persona «espirada», «Espíritu Santo».
[4] 1º Es Dios lo mismo que el Padre y el Hijo, de su misma naturaleza, e igual a ellos en
omnipotencia, sabiduría, eternidad y perfección infinita. Esto se confirma con los testimonios de las Sagradas
Escrituras: • San Pedro llama Dios al Espíritu Santo (Act. 5 3-4.), y también lo hace San Pablo (Act. 28 25; I
Cor. 12 6 y 11.); • nuestro Señor Jesucristo manda que se cite en el bautismo el nombre del Espíritu Santo junto
al del Padre y del Hijo (Mt. 28 19.), obligándonos por ahí a confesar que si el Padre es Dios, y el Hijo es Dios,
también es Dios el Espíritu Santo, unido a ellos en igual grado de honor; • lo mismo nos enseñan San Juan (I
Jn. 5 7.) y la doxología que concluye los Salmos y las divinas alabanzas: «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu
Santo»; • finalmente, las Escrituras atribuyen al Espíritu Santo cosas propias de Dios, como el honor de los
templos (I Cor. 6 19.), la santificación (II Tes. 2 12; I Ped. 1 2.), la vivificación (Jn. 6 64; II Cor. 3 6.), la
penetración de las cosas más profundas de Dios (I Cor. 2 10.), el hablar por los profetas (II Ped. 1 21.) y el estar
en todas partes (Sal. 138 7; Sab. 1 17.).
[5] 2º Es la tercera persona de la naturaleza divina, subsistente por sí misma, distinta del Padre
y del Hijo, y producida por la voluntad, esto es, por vía de amor. Así lo confirman la forma del bautismo (Mt.
28 19.), las palabras de San Pablo (II Cor. 13 13.) y las palabras que los Padres del Concilio de Constantinopla
añadieron al símbolo de Nicea, en que se confiesa al Espíritu Santo como Señor y Vivificador: siendo Señor, es
superior a los ángeles, que fueron creados por Dios y son sus servidores; y siendo Vivificador, de El procede la
vida divina, y la unión del alma con Dios.
[6] 3º Procede del Padre y del Hijo como de un solo principio, por procesión eterna. Así lo
enseñan las Escrituras, en las que el Espíritu Santo es llamado unas veces Espíritu del Padre (Mt. 10 20; Jn. 14
26; Jn. 15 26.), y otras veces Espíritu de Cristo (Jn. 16 14; Act. 16 7; Rom. 8 9; Gal. 4 6.), y dícese enviado, ya
por el Padre, ya por el Hijo, para demostrar claramente que procede igualmente de ambos. Así lo enseña
también el Magisterio de la Iglesia 296.
296Concilio IV de Letrán, Dz. 428; Concilio II de Lyon, Dz. 460; Concilio de Florencia, Dz. 691 y 703; Concilio de Trento,
Dz. 782.
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[7] Aunque las obras de la Santísima Trinidad que se hacen fuera de Dios son comunes a las tres
personas divinas, sin embargo se atribuyen como propias al Espíritu Santo las que nacen del amor inmenso de
Dios para con nosotros, por ser El el Amor increado en la Trinidad. Y por eso mismo el Espíritu Santo es
llamado «Don»; pues con la palabra «don» se designa lo que se da gratuitamente, por puro amor. [8] Entre las
obras atribuidas al Espíritu Santo contamos:
1º En cuanto Señor, la creación del mundo (Job 33 4; Sal. 32 6.) y la conservación y gobierno de las
cosas creadas (Sab. 1 7.).
2º En cuanto Vivificador, el acto de dar vida (Ez. 37 6.); sobre todo la vida divina, esto es, la gracia
santificante, con que nos sella (Ef. 1 13.), haciéndonos hijos de Dios, justificándonos, y excitando en nuestros
corazones grandes sentimientos de piedad por los que emprendemos una nueva vida.
3º En cuanto Santificador le atribuimos más propia y especialmente los dones del Espíritu Santo:
espíritu de sabiduría y de entendimiento, de consejo y de fortaleza, de ciencia y de piedad, de temor de Dios (Is.
11 2-3.), que son los efectos propios y principales de su acción en las almas, de los que se sacan los preceptos de
la vida cristiana, y por los cuales conocemos si el Espíritu Santo habita en nosotros.
CAPÍTULO IX
DEL 8° ARTÍCULO
297 “Nemo potest uiceie, Domimis Jesus, nisi in Spiritu Sancto. Divisiones vero gratiarum sunt, idem autem Spiritus.” I,
Corint., XII, 3, 4.
298 “Spiritus est Deus.” Joan., IV, 24.
299 “Et clamabant alter ad alterum, et dicebant: Sanctus, sanctus, sanctus, Dominus Deus exercituum. ” Isai., VI, 3.
300 “Et ad Angelos quidem dicit: Qui facit angelos saos spiritus.” Hebr., I, 7.
301 “Exibit spiritus eius.” Psalm., CXI; V, 4.
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Pues David ruega: ―Y no apartes de mi Espíritu Santo‖302. Y en el libro de la Sabiduría leemos: ―¿Quién
alcanzará tu sentir, si tú mismo no dieres sabiduría y enviares tu Espíritu Santo desde las alturas?‖ 303. Y en otra
parte: ―El mismo creó la sabiduría por el Espíritu Santo‖304. Mas en el nuevo Testamento se nos manda que
seamos bautizados305 en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Leemos también que la
Santísima Virgen306 concibió por obra del Espíritu Santo. Además de esto San Juan307 nos remite a Cristo que
nos bautiza por el Espíritu Santo, y finalmente en otros muchísimos lugares ocurre al lector esta voz308.
III. Por qué la tercera Persona no tiene nombre propio, como las dos primeras.
128. Ni debe alguno maravillarse de que no se haya atribuido nombre propio a la tercera Persona, así
como a la primera y segunda. Porque la segunda tiene su nombre y se llama Hijo, por cuanto su eterno
nacimiento del Padre se llama propiamente propio generación, como se ha explicado en los artículos
anteriores. Y por este nombre de generación con que se declara su nacimiento, a la persona que dimana
llamamos Hijo, y Padre a aquella de quien dimana. Mas como la producción de la tercera Persona no tiene
nombre alguno propio, sino se llama espiración o procesión, por esto la Persona producida carece también de
nombre propio.
Y el motivo de carecer esta dimanación de nombre propio es, porque nosotros necesariamente hemos de
tomar; de las criaturas los nombres que atribuimos a Dios, y como en éstas no conocemos otro modo de
comunicar la naturaleza y el ser, sino por vía de generación, de ahí resulta que no podemos explicar con propio
vocablo el modo con que Dios se comunica todo en fuerza del amor, y esta es la causa porque la tercera Persona
fue llamada con el nombre común de Espíritu Santo. El cual en tanto entendemos que le conviene con toda
propiedad, en cuanto nos infunde la vida espiritual, y sin el aliento de este divino Espíritu nada podemos hacer
digno de la vida eterna.
II.
309 “Anania, cur tentavit Satanas por tuum, mentiri te Spiritu Sancto? Non es mentitus hominibus, sed Deo.” Act., V, 3,
4.
310 “Divisiones operationum sunt, idem vero Deus, qui operatur omnia in omnibus. Haec autem omnia operata unus,
V. Que el Espíritu Santo es tercera Persona, distinta de las dos primeras, y quién da vida a las
almas.130
130. Además de esto, se ha de explicar cuidadosamente a los fieles que el Espíritu Santo de tal suerte es
Dios que al mismo tiempo es necesario confesar que es en la naturaleza divina tercera Persona, distinta del
Padre y del Hijo, y producida por la voluntad. Porque omitiendo los demás testimonios de las Escrituras, la
forma misma del Bautismo que nuestro Salvador enseñó, manifiesta clarísimamente que el Espíritu Santo es
tercera Persona, que subsiste por sí misma en la divina naturaleza y es distinta de las otras. Lo mismo declaran
también las palabras del Apóstol cuando dice: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, y la caridad de Dios, y
la comunicación del Espíritu Santo, sea con todos vosotros. Amén”320.
Pero se que mucho más claramente descubre esta verdad, son las palabras que en el primer Concilio de
Constantinopla añadieron los Padres a este artículo, a fin de convencer la impiedad de Macedonio, diciendo
así: “Y en el Espíritu Santo, Señor y vivificador, el cual procede del Padre y del Hijo, y es adorado y
glorificado juntamente con el Padre y el Hijo, quien habló por los Profetas”321. Cuando confiesan, pues, aquí
los Padres que el Espíritu Santo es Señor, declaran lo mucho que sobrepuja a los ángeles, no obstante que Dios
hizo también , ellos espíritus muy nobles, porque todos ellos no asegura el Apóstol322 que son unos espíritus
dedicados al servicio de Dios, y destinados para ministros de aquellos que alcanzan la heredad de salvación. Se
311 “Audivi vocem Domini dicentis: Quem mittam Et dixit milii: Vade: et dices populo huic: Exereea co populi huius, et
aures eius aggrava, et oeulos eius clan de, ne forte videat oralis suis, et auribus suis audiat. ” Isai., VI, 8.
312 “Bene Spiritus Sanotus locutus est per Isaiatn Prophetam. ” Act., XXVIII, 19.
313 “Tres sunt, qui testimonium dant in ecelo, Pater, Verbum et Spiritus Sanctus, et hi tres unum sunt. ” I, Joan., V, 7.
314 “An nescitis quoniam membra vestra templum sunt Spiritus Sancti?” I, Corin., VI, 9.
315 ―Nosotros debemos siempre dar gracias a Dios por vosotros, oh hermanos amados de Dios!, por haberos Dios escogido
por primicias de salvación, mediante la santificación del espíritu y la verdadera fe que os ha dado.‖ II, Thess., II, 12.
―Elegidos según la previsión de Dios Padre, para ser santificados del Espíritu Santo.‖ I, Petr., I, 2.
316 ―El Espíritu es el que vivifica.‖Joan., VI, 64.‖La letra mata, mas el Espíritu vivifica.‖ II,Corint.,III, 6.
317 ―El Espíritu lo penetra todo, aun lo profundo de Dios.‖ I, Corint., II, 10.
318 ―Porque no traen su origen las profecías de la voluntad de los hombres, sino que los varones santos de Dios hablaron,
XIII, 13.
321 “Et in Spiritum Sanctum Dominum, et vivit cantem, qui ex Patre, Filioqne procedit, qui cum Pater et Filio simul
favor de aquellos que deben ser los herederos de la salud?‖ Hebr., I, 14.
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llaman Vivificador, porque más vi el alma unida a Dios, que el cuerpo junto con el alma. Y siendo el Espíritu
Santo a quien las santas Escrituras323 atribuyen esta unión del alma con Dios, es manifiesto que con toda
propiedad se llama vivificador.
VI. Se prueba que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo como de un principio324.
131. En orden a las palabras que siguen: “El cual procede del Padre y del Hijo” se ha de enseñar a los
fieles que el Espíritu Santo procede desde la eternidad del Padre y del Hijo como de un principio; porque esto
es lo que nos propone para creer la regla de la Iglesia, de que no es lícito al cristiano desviarse un punto, y lo
que también confirma la autoridad de las divinas Escrituras y Concilios325.
Porque Cristo Señor hablando del Espíritu Santo, dijo: “El me glorificará, porque recibirá de lo mío”326.
Esto mismo se colige también porque en las santas Escrituras se llama al Espíritu Santo, ya Espíritu de
Cristo327, ya Espíritu del Padre, algunas veces enviado por el Padre, otras por el Hijo, con lo cual
manifiestamente se declara que procede igualmente del Padre y del Hijo. “El que no tiene el Espíritu de Cristo,
323 ―Pero vosotros no vivís según la carne, sino según el espíritu: si es que el espíritu de Dios habita en nosotros. Que si
alguno no tiene el Espíritu de Cristo, este tal no es de Jesucristo.‖ Rom., VIII, 9. ―Así como el cuerpo humano es uno, y
tiene muchos miembros, y todos los miembros, con ser muchos, constituyen un solo cuerpo, así también el cuerpo místico
de Cristo.‖ ―A cuyo fin todos nosotros somos bautizados en un mismo espíritu para componer un solo cuerpo, ya seamos
judíos, ya gentiles, ya esclavos, ya libres: y todos hemos bebido un mismo Espíritu.‖ I, Corint., XII, 12, 13.
324 ―No consta de manera cierta quién haya sido el autor de esta palabra Filloque introducida en el símbolo. Con todo,
parece cierto que este uso de cantar en la misa el símbolo con la partícula Filioque primeramente comenzó en la iglesia de
España, en el tiempo en que los godos abjurada la herejía arriana profesaron la fe católica por el año 589 en el Concilio III
de Toledo. De España luego pasó a las Galias, después a la Germania, y finalmente a Italia. Los Romanos Pontífices se
condujeron pasivamente hasta los tiempos de Foeio, y parece verosímil que fué añadido al símbolo romano en el intervalo
de tiempo que medió entre Focio y Milíuel Cerulario, cuando Benedicto VIII, suplicándolo Enrique emperador, concedió,
no de buena gana, que en Roma en la misa se cantase el símbolo Constantinopolitano con aquella partícula. ‖ Hurter.
Theolog. Dog., T. III, pag. 156.
325 En varios Concilios hallamos explícitamente confesado el dogma de la procesión del Espíritu Santo. En el de Toledo
celebrado el año 447 por mandato del Papa León, se dice expresamente: ―Est... unigenitus Paler, genitus Filius, non
genitus Paracletus, sed a Patre Dialogue procedens.‖ Este es el documento más antiguo en que vemos usada la palabra
Filioque. En el Símbolo Atanasiano leemos: “Spiritus Sanctus a Patre et Filio, non factus, nec ereatus, nec genitus, sed
procederes.” En el símbolo de fe del Concilio Toledano XI, celebrado el año 675, se dice: ―Creemos también que el Espíritu
Santo, que es la tercera persona de la Trinidad, es un Dios e igual con el Padre y el Hijo, de una misma substancia y de una
misma naturaleza; con todo, no engendrado o creado, sino que procede de entrambos y es Espíritu de ambos.‖ En el
Símbolo de fe del Papa León IX está escrito: “Creo también en el Espíritu Santo, perfecto y verdadero Dios, que procede
del Padre y del Hijo, coequal, coesencial, coomnipotente, y coeterno en todo al Padre y al Hijo, que habló por los
profetas.” “El Padre de ninguno, el Hijo de sólo el Padre, y el Espíritu Santo juntamente de ambos: sin principio, siempre
y sin fin: el Padre engendrando, el Hijo naciendo, y el Espíritu Santo procediendo.” Ex cap. I, Conc. Lateran., IV, a. 1215.
Finalmente, nada tan claro y terminante como la siguiente definición del segundo Concilio Ecuménico celebrado en Lión:
“Con fiel y devota profesión confesamos, que el Espíritu Santo eternamente del Padre y del Hijo, no como de dos
principios, sino como de un principio, no con dos aspiraciones, sino que procede con una aspiración: esto ha profesado
hasta ahora, predicó y enseñó, esto firmemente tiene y predica, profesa y enseña la sacrosanta Romana Iglesia, madre
y maestra de todos los fieles; esto sienten como verdadero e inmutable los Padres ortodoxos y Doctores asi Latinos como
Griegos. Mas porque no pocos a causa de la ignorancia de la irrefragable verdad sobredicha, han caído en varios
errores: Nosotros deseando cerrar el camino a semejantes errores, aprobándolo este sagrado Concilio, condenamos y
reprobamos todos los que presumieren negar que eternamente el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo; o que
temerariamente se atrevan a asegurar que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo como de dos principios y no
tan solamente de uno.” Definíción del 2.° Concilio de Lión celebrado en el año 127
En el Decreto de la unión de los Griegos del Concilio Florentino, se lee: “Definimos, además, que la explicación de
aquellas palabras, Filioque, para aclaración de la verdad, y por causa de inminente necesidad en aquel tiempo, licita y
racionalmente fueron añadidas al símbolo.”
En la profesión de fe prescrita por el Concilio Tridentino en la sesión XXIV, se dice: ―Creo... en el Espíritu Santo, Señor y
vivificador, que procede del Padre y Hijo, que juntamente con el Padre y el Hijo es Dios glorificado, el cual habló por los
Profetas.‖
326 “Ule me clarificabit, quia de meo accipiet.” Jo XVI, 14.
327 “Non permísit eos Spiritus Jesu.” Act. XVI, 1 “Scrutantes in quod vel quale tempus significaret in eis Spiritus Christi.”
I, Petr., I, 11.
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dice San Pablo, este no es suyo”328. También le llama el Espíritu de Cristo cuando dice a los de Galacia: “Envió
Dios a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: Padre, Padre”329.
Mas en San Mateo se llama Espíritu del Padre: “No sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de
vuestro Padre”330. Y el Señor dijo en la cena: “El Espíritu, que yo os enviaré, Espíritu de verdad, que procede
del Padre, aquel es el que dará testimonio de mí”331. Asimismo en otra parte aseguró que el Padre enviaría al
Espíritu Santo, con estas palabras: “A quién el Padre enviará en mi nombre”332. Y como con estos testimonios
se nos da a entender la procesión del Espíritu Santo, es claro que El procede del Padre y del Hijo. Estas son las
cosas que se habrán de enseñar acerca de la Persona del Espíritu Santo.
VII. Por qué ciertas obras maravillosas, aunque comunes a las tres Personas, se atribuyen al
Espíritu Santo.132
132. Además de esto convendrá enseñar que hay algunos efectos maravillosos y magnifícentísimos
dones del Espíritu Santo, que nacen y manan de él como de una perenne fuente de bondad. Pues aunque las
obras de la Santísima Trinidad que se realizan fuera de ella sean comunes a las tres Personas, con todo muchas
de ellas se atribuyen al Espíritu Santo como propias, para que entendamos que nos vienen de la inmensa
caridad de Dios.
Porque como el Espíritu Santo procede de la divina voluntad inflamada de amor, bien se deja
comprender que los efectos atribuidos al Espíritu San