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La ninfa de Rubén Darío: Cuento completo

poesia de Ruben Dario, el príncipe de las letras castellanas, la ninfa es una historia casi herotica de ruben dario
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MONIMBO Nueva Nicaragua

Rubn Daro

Edicin 563 Ao 23

Seccin
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Lit
Liter
erar
aria
ia

Salomn de la Selva

Cuento parisiense LA NINFA


Rubn Daro

En el castillo que ltimamente acaba de adquirir Lesbia,


esta actriz caprichosa y endiablada que tanto ha dado que
decir al mundo por sus extravagancias, nos hallbamos a la
mesa hasta seis amigos. Presida nuestra Aspasia, quien a
la sazn se entretena en chupar, como una nia golosa, un
terrn de azcar hmedo, blanco entre las yemas sonrosadas.
Era la hora del chartreuse. Se
vea en los cristales de la mesa
como una disolucin de piedra
preciosas, y la luz de los candelabros se descompona en las
copas medio vacas, donde
quedaba algo de la prpura del
borgoa, del oro hirviente del
champaa, de las lquidas esmeraldas de la mente.
Se hablaba con el entusiasmo de artistas de buena pasta,
tras una buena comida. Eramos
todos artistas, quin ms, quin
menos; y aun haba un sabio
obeso que ostentaba en la albura de su pechera inmaculada
el gran nudo de una corbata
monstruosa.
Alguien dijo:
-Ah, s, Frmiet!
Y de Frmiet se pas a sus
animales, a su cincel maestro,
a dos perros de bronce que,
cerca de nosotros, uno buscaba

la pista de la pieza, y otro, como mirando al cazador alzaba


el pescuezo y arbolaba la delgadez de su cola tiesa y erecta.
Quin habl de Mirn? El
sabio, que recit en griego el
epigrama de Anacreonte: pastor, lleva a pastar ms lejos tu
boyada, no sea que creyendo
que respira la vaca de Mirn,
la quieras llevar contigo.
Lesbia acab de chupar su
azcar, y con una carcajada argentina: -Bah! Para m los stiros. Yo quisiera dar vida a mis
bronces, y si esto fuese posible,
mi amante sera uno de esos
velludos semidioses. Os advierto que ms que a los stiros
adoro a los centauros; y que me
dejara robar por uno de esos
monstruos robustos, slo por or
las quejas del engaado, que
tocara su flauta lleno de tristeza.
El sabio interrumpi:
-Los stiros y los faunos, los
hipocentauros y las sirenas, han
existido, como las salamandras
y el ave Fnix.
Todos remos; pero entre el
coro de carcajadas, se oa irresistible, encantadora la de Lesbia, cuyo rostro encendido de
mujer hermosa estaba como
resplandeciente de placer.
-S -continuo el sabio-: Con
qu derecho negamos los

modernos, hechos que afirman


los antiguos? El perro gigantesco que vio Alejandro, alto
como un hombre, es tan real
como la araa Kraken que vive
en el fondo de los mares. San
Antonio Abad, de edad de noventa aos, fue en busca del
viejo ermitao Pablo, que viva
en una cueva. Lesbia, no te ras.
Iba el santo por el yerno, apoyado en su bculo, sin saber
dnde encontrar a quien buscaba. A mucho andar, sabis
quien le dio las seas del camino
que deba seguir? Un centauro,
medio hombre y medio caballo,
dice el autor. Hablaba como
enojado; huy tan velozmente
que presto le perdi de vista el
santo: as iba galopando el
monstruo, cabellos al aire y vientre a tierra. En ese mismo viaje,
San Antonio vio un stiro, hombrecillo de extraa figura; estaba junto a un arroyuelo, tena
las narices corvas, frente spera
y arrugada, y la ltima parte de
su contrahecho cuerpo remataba con pies de cabra.
-Ni ms ni menos -me dijo
Lesbia-, M. de Cocureau, futuro miembro del Instituto!
Sigui el sabio:
-Afirma San Jernimo, que
en tiempo de Constantino Magno se condujo a Alejandra un
stiro vivo, siendo conservado

su cuerpo cuando muri. Adems, viole el emperador en


Antioqua.
Lesbia haba vuelto a llenar
su copa de menta, y humedeca
la lengua en el licor verde como lo hara un animal felino.
-Dice Alberto Magno que en
su tiempo cogieron a dos stiros en los montes de Sajonia.
Enrico Zormano asegura que
en tierras de Tartaria haba
hombres con slo un pie, y slo un brazo en el pecho. Vincencio vio en su poca un
monstruo que trajeron al rey de
Francia; tena cabeza de perro
(Lesbia rea); los muslos, brazos y manos tan sin vello como
los nuestros (Lesbia se agitaba

MONIMBO Nueva Nicaragua

LA NINF
A
NINFA
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como una chicuela a quien hiciesen cosquillas); coma carne
cocida y beba vino con todas
ganas.
-Colombine! grito Lesbia. Y
lleg Colombine, una falderilla
que pareca un copo de algodn.
Tomla su ama, y entre las explosiones de risas de todos:
-Toma, el monstruo que tena tu cara!
Y le dio un beso en la boca,
mientras el animal se estremeca e inflaba las narices como
lleno de voluptuosidad.
Y FilegnTraliano -concluy el sabio elegantemente- afirma la existencia de dos clases
de hipocentauros: una de ellas
como elefantes.
Basta de sabidura -dijo Lesbia. Y acab de beber la menta.
Yo estaba feliz. No haba
desplegado mis labios.
Oh! -exclam-, para m las
ninfas! Yo deseara contemplar
esas desnudeces de los bosques
y de las fuentes, aunque, como
Acten, fuese despedazado por
los perros. Pero las ninfas no
existen!
Concluy aquel concierto
alegre con una gran fuga de risas, y de personas.
Y qu! -me dijo Lesbia,
quemndome con sus ojos de
faunesa y con voz callada, para
que slo yo la oyera-, Las ninfas existen, t las vers!
Era un da de primavera. Yo
vagaba por el parque del castillo, con el aire de un soador
empedernido. Los gorriones
chillaban sobre las lilas nuevas,
y atacaban a los escarabajos
que se defendan de los picotazos con sus corazas de esmeralda, con sus petos de oro y
acero. En las rosas, el carmn,
el bermelln, la onda penetrante de perfumes dulces: ms all
las violetas, en grandes grupos,

Edicin 563 Ao 23

con su color apacible y su olor


a virgen. Despus, los altos rboles, los ramajes tupidos llenos
de abejeos, las estatuas en la
penumbra, los discbolos de
bronce, los gladiadores musculosos en sus soberbias posturas
gmnicas, las glorietas perfumadas cubiertas de enredaderas, los prticos, bellas imitaciones jnicas, cariatides todas
blancas y lascivas, y vigorosos
telamones del orden atlntico,
con anchas espaldas y muslos
gigantescos. Vagaba por el laberinto de tales encantos cuando o un ruido, all en lo oscuro
de la arboleda, en el estanque
donde hay cisnes blancos como
cincelados en alabastro, y otros
que tienen la mitad del cuello
del color del bano, como una
pierna alba con media negra.
Llegu ms cerca. Soaba? Oh, Numa! Yo sent lo que
t, cuando viste en su gruta por
primera vez a Egeria.
Estaba en el centro del estanque, entre la inquietud de los
cisnes espantados, una ninfa,
una verdadera ninfa, que hunda su carne de rosa en el agua
cristalina. La cadera a flor de
espuma pareca a veces como
dorada por la luz opaca que
alcanzaba a llegar por las
brechas de las hojas. Ah!, yo
vi lirios, rosas, nieve, oro, vi
un ideal con vida y forma y o,
entre el burbujeo sonoro de la
ninfa herida, como una risa
burlesca y armoniosa que me
encenda la sangre.
De pronto huy la visin,
surgi la ninfa del estanque,
semejante a Citerea en su onda, y recogiendo sus cabellos,
que goteaba brillantes, corri
por los rosales, tras las lilas y
violetas; ms all de los tupidos arbolares, hasta perderse ay! Por un recodo; y qued yo, poeta lrico, fauno burlado, viendo a las grandes aves
alabastrinas como mofndo-

se de m, tendindome sus largos cuellos en cuyo extremo


brillaba bruida el gata de sus
picos.
Despus, almorzbamos
juntos aquellos amigos de la
noche pasada; entre todos,
triunfante, con su pechera y
su gran corbata oscura, el sabio obeso, futuro miembro del
Instituto.
Y de repente, mientras todos charlaban de la ltima obra
de Frmiet en el Saln, exclam Lesbia con su alegre voz
parisiense:
-T!, como dice Tartarn:
el poeta ha visto ninfas!...
La contemplaron todos
asombrados, y ella me miraba,
me miraba como una gata, y
se rea como una chicuela a
quien se le hiciesen cosquillas.

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