Para las seis cuerdas (1965)
Jorge Luis Borges
Prlogo
Milonga de dos hermanos
Dnde se habrn ido?
Milonga de Jacinto Chiclana
Milonga de don Nicanor Paredes
Un cuchillo en el Norte
El Ttere
Milonga de los morenos
Milonga para los orientales
Milonga de Albornoz
Milonga de Manuel Flores
Milonga de Calandria
Prlogo
Toda lectura implica una colaboracin y casi una complicidad. En el Fausto,
debemos admitir que un gaucho pueda seguir el argumento de un pera
cantada en un idioma que no conoce; en el Martn Fierro, un vaivn de
bravatas y de quejumbres, justificadas por el propsito poltico de la obra,
pero del todo ajenas a la ndoles sufrida de los paisanos y a los precavidos
modales del payador.
En el modesto caso de mis milongas, el lector debe suplir la msica ausente
por la imagen de un hombre que canturrea, en el umbral de su zagun o en un
almacn, acompandose de una guitarra. La mano se demora en las cuerdas
y las palabras cuentan menos que los acordes.
He querido eludir la sensiblera del inconsolable "tango-cancin" y el manejo
sistemtico del lunfardo, que infunde un aire artificioso a las sencillas
coplas.
Que yo sepa, ninguna otra aclaracin requieren estos versos..
J.L.B.
Buenos Aires, junio de 1965
Milonga de dos hermanos
Traiga cuentos la guitarra
de cuando el fierro brillaba,
cuentos de truco y de taba,
de cuadreras y de copas,
cuentos de la Costa Brava
y el Camino de las Tropas.
Venga una historia de ayer
que apreciarn los ms lerdos;
el destino no hace acuerdos
y nadie se lo reprocheya estoy viendo que esta noche
vienen del Sur los recuerdos.
Velay, seores, la historia
de los hermanos Iberra,
hombre de amor y de guerra
y en el peligro primeros,
la flor de los cuchilleros
y ahora los tapa la tierra.
Suelen al hombre perder
la soberbia o la codicia;
tambin el coraje envicia
a quien le da noche y da
el que era menor deba
ms muertes a la justicia.
Cuando Juan Iberra vio
que el menor lo aventajaba,
la paciencia se le acaba
y le arm no s qu lazo
le dio muerte de un balazo,
all por la Costa Brava.
Sin demora y sin apuro
lo fue tendiendo en la va
para que el tren lo pisara.
El tren lo dej sin cara,
que es lo que el mayor quera.
As de manera fiel
cont la historia hasta el fin;
es la historia de Can
que sigue matando a Abel.
Dnde se habrn ido?
Segn su costumbre, el sol
brilla y muere, muere y brilla
y en el patio, como ayer,
hay una luna amarilla,
pero el tiempo, que no ceja,
todas las cosas mancilla.
Se acabaron los valientes
y no han dejado semilla.
Dnde estn los que salieron
a libertar las naciones
o afrontaron en el Sur
las lanzas de los malones?
Dnde estn los que a la guerra
marchaban en batallones?
Dnde estn los que moran
en otras revoluciones?
- No se aflija. En la memoria
de los tiempos venideros
tambin nosotros seremos
los tauras y los primeros.
El ruin ser generoso
y el flojo ser valiente:
no hay cosa como la muerte
para mejorar la gente.
Dnde est la valerosa
chusma que pis esta tierra,
la que doblar no pudieron
perra vida y muerte perra,
los que en duro arrabal
vivieron como en la guerra,
los Muraa por el Norte
y por el Sur los Iberra?
Qu fue de tanto animoso?
Qu fue de tanto bizarro?
A todos los gast el tiempo,
a todos los tapa el barro.
Juan Muraa se olvid
del Cadenero y del carro
y ya no s si Moreira
muri en Lobos o en Navarro.
No se aflija. En la memoria...
Milonga de Jacinto Chiclana
Me acuerdo. Fue en Balvanera,
en una noche lejana,
que alguien dej caer el nombre
de un tal Jacinto Chiclana.
Algo se dijo tambin
de una esquina y un cuchillo;
los aos nos dejan ver
el entrevero y el brillo.
Quin sabe por que razn,
me anda buscando ese nombre;
me gustara saber
cmo habr sido aquel hombre.
Alto lo veo y cabal,
con el alma comedida;
capaz de no alzar la voz
y de jugarse la vida.
Nadie con paso ms firme
habr pisado la tierra;
nadie habr habido como l
en el amor y en la guerra.
Sobre la huerta y el patio
las torres de Balvanera,
y aquella muerte casual
en una esquina cualquiera.
No veo los rasgos. Veo,
bajo el farol amarillo,
el choque de hombres o sombras
y esa vbora, el cuchillo.
Acaso en aquel momento
en que le entraba la herida,
pens que a un varn le cuadra
no demorar la partida.
Slo Dios puede saber
la laya fiel de aquel hombre;
seores, yo estoy cantando
lo que se cifra en el nombre.
Entre las cosas hay una
de la que no se arrepiente
nadie en la tierra. Esa cosa
es haber sido valiente.
Siempre el coraje es mejor,
la esperanza nunca es vana;
vaya pues esta milonga,
para Jacinto Chiclana.
Milonga de don Nicanor Paredes
Venga un rasgueo y ahora,
con el permiso de ustedes,
le estoy cantando, seores,
a don Nicanor ParedesNo lo vi rgido y muerto
ni siquiera lo vi enfermo;
lo veo con paso firme
pisar su feudo, Palermo.
El bigote un poco gris
pero en los ojos el brillo
y cerca del corazn
el bultito del cuchillo.
El cuchillo de esa muerte
de la que no le gustaba
hablar; alguna desgracia
de cuadreras o de taba.
De atrio, ms bien. Fue caudillo,
si no me marra la cuenta,
all por los tiempos bravos
del ochocientos noventa.
Lacia y dura la melena
y aquel empaque de toro;
la chalina sobre el hombro
y el rumboso anillo de oro.
Entre sus hombres haba
muchos de valor sereno;
Juan Muraa y aquel Surez
apellidado el Chileno.
Cuando entre esa gente mala
se armaba algn entrevero
l lo paraba de golpe,
de un grito o con el talero.
Varn de nimo parejo
en la buena o en la mala;
"en casa del jabonero
el que no cae refala".
Saba contar sucedidos,
al comps de la vihuela,
de las casas de Junn
y de las carpas de Adela.
Ahora est muerto y con l
cunta memoria se apaga
de aquel Palermo perdido
del baldo y de la daga.
Ahora est muerto y me digo:
Qu har usted, don Nicanor,
en un cielo sin caballos
ni envido, retruco y flor?
Un cuchillo en el norte
All por el Maldonado,
que hoy corre escondido y ciego,
all por el barrio gris
que cant el pobre Carriego,
tras una puerta entornada
que da al patio de la parra,
donde las noches oyeron
el amor de la guitarra,
habr un cajn y al fondo
dormir con duro brillo,
entre esas cosas que el tiempo
sabe olvidar, un cuchillo.
Fue de aquel Saverio Surez,
por ms mentas el Chileno,
que en garitos y elecciones
prob siempre que era bueno.
Los chicos, que son el diablo,
lo buscarn con sigilo
y probarn en la yema
si no se ha mellado el filo.
Cuntas veces har entrado
en la carne de un cristiano
y ahora est arrumbado y solo,
a la espera de una mano,
que es polvo. Tras el cristal
que dora un sol amarillo,
a travs de aos y casas,
yo te estoy viendo, cuchillo.
El ttere
A un compadrito le canto
que era el patrn y el ornato
de las casas menos santas
del barrio de Triunvirato.
Atildado en el vestir,
medio mandn en el trato;
negro el chambergo y la ropa,
negro el charol del zapato.
Como luz para el manejo
le firmaba un garabato
en la cara al ms garifo,
de un solo brinco, a lo gato.
Bailarn y jugador,
no s si chino o mulato,
lo mimaba el conventillo,
que hoy se llama inquilinato.
A las pardas zaguaneras
no les resultaba ingrato
el amor de ese valiente,
que les dio tan buenos ratos.
El hombre segn se sabe,
tiene firmado un contrato
con la muerte. En cada esquina
lo anda acechando el mal rato.
Un balazo lo par
en Thames y Triunvirato;
se mud a un barrio vecino
el de la quinta del ato.
Milonga de los morenos
Alta la voz y animosa
como si cantara flor,
hoy, caballeros, le canto
a la gente de color.
Marfil negro los llamaban
los ingleses y holandeses
que aqu los desembarcaron
al cabo de largos meses.
En el barrio de Retiro
hubo mercado de esclavos;
de buena disposicin
y muchos salieron bravos.
De su tierra de leones
se olvidaron como nios
y aqu los aquerenciaron
la costumbre y los carios.
Cuando la patria naci
una maana de Mayo,
el gaucho slo saba
hacer la guerra a caballo.
Alguien pens que los negros
no eran ni zurdos ni ajenos
y se form el Regimiento
de Pardos y de Morenos.
El sufrido regimiento
que llev el nmero seis
y del que dijo Ascasubi:
"Ms bravo que gallo ingls".
Y as fue que en la otra banda
esa morenada, al grito
de Soler, atropell
en la carga del Cerrito.
Martn Fierro mat a un negro
y es casi como si hubiera
matado a todos. S de uno
que muri por la bandera.
De tarde en tarde en el Sur
me mira un rostro moreno,
trabajado por los aos
y a la vez triste y sereno.
A qu cielo de tambores
y siestas largas se han ido?
Se los ha llevado el tiempo,
el tiempo, que es el olvido.
Milonga para los orientales
Milonga que este porteo
dedica a los orientales,
agradeciendo memorias
de tardes y de ceibales.
El sabor de lo oriental
con estas palabras pinto,
es el sabor de lo que es
igual y un poco distinto.
Milonga de tantas cosas
que se van quedando lejos;
la quinta con mirador
y el zcalo de azulejos.
En tu banda sale el sol
apagando la farola
del Cerro y dando alegra
a la arena y a la ola.
Milonga de los troperos
que hartos de tierra y camino
pitaban tabaco negro
en el Paso del Molino.
A orillas del Uruguay,
me acuerdo de aquel matrero
que lo atraves, prendido
de la cola de su overo.
Milonga del primer tango
que se quebr, nos da igual,
en las casas de Junn
o en las casas de Yerbal.
Como en los tientos de un lazo
se entrevera nuestra historia,
esa historia de a caballo
que huele a sangre y a gloria.
Milonga de aquel gauchaje
que arremeti con denuedo
en la pampa, que es pareja,
o en la Cuchilla de Haedo.
Quin dir de quines fueron
esas lanzas enemigas
que ir desgastando el tiempo,
si de Ramrez o Artigas?
Para pelear como hermanos
era buena cualquier cancha;
que lo digan los que vieron
su ltimo sol en Cagancha.
Hombro a hombro o pecho a pecho,
cuntas veces combatimos.
Cuntas veces nos corrieron,
cuntas veces los corrimos!
Milonga del olvidado
que muere y que no se queja;
milonga de la garganta
tajeada de oreja a oreja.
Milonga del domador
de potros de casco duro
y de la plata que alegra
el apero del oscuro.
Milonga de la milonga
a la sombra del omb,
milonga del otro Hernndez
que se bati en Paysand.
Milonga para que el tiempo
vaya borrando fronteras;
por algo tienen los mismos
colores las dos banderas.
Milonga de Albornoz
Alguien ya cont los das,
Alguien ya sabe la hora,
Alguien para Quien no hay
ni premuras ni demora.
Albornoz pasa silbando
una milonga entrerriana;
bajo el ala del chambergo
sus ojos ven la maana,
la maana de este da
del ochocientos noventa;
en el bajo del Retiro
ya le han perdido la cuenta
de amores y de trucadas
hasta el alba y de entreveros
a fierro con los sargentos,
con propios y forasteros.
Se la tienen bien jurada
ms de un taura y ms de un pillo;
en una esquina del sur
lo est esperando un cuchillo.
No un cuchillo sino tres,
antes de clarear el da
se le vinieron encima
y el hombre se defenda.
Un acero entr en el pecho,
ni se le movi la cara;
Alejo Albornoz muri
como si no le importara.
Pienso que le gustara
saber que hoy anda su historia
en una milonga. El tiempo
es olvido y es memoria.
Milonga de Manuel Flores
Manuel Flores va a morir.
Eso es moneda corriente;
morir es una costumbre
que sabe tener la gente.
Y sin embrago me duele
decirle adis a la vida,
esa cosa tan de siempre,
tan dulce y tan conocida.
Miro en el alba mis manos,
miro en las manos las venas;
con extraeza las miro
como si fueran ajenas.
Vendrn los cuatro balazos
y con los cuatro el olvido;
lo dijo el sabio Merln:
morir es haber nacido.
Cunta cosa en su camino
estos ojos habrn visto!
Quin sabe lo que vern
despus que me juzgue cristo.
Manuel Flores va a morir.
Eso es moneda corriente;
morir es una costumbre
que sabe tener la gente.
Milonga de la Calandria
Servando Cardoso el nombre
y o Calandria el apodo;
no lo sabrn olvidar
los aos, que olvidan todo.
No era un cientfico de esos
que usan arma de gatillo;
era su gusto jugarse
en el baile del cuchillo.
Cuntas veces en Montiel
lo habr visto la alborada
en brazos de una mujer
ya tenida y ya olvidada.
El arma de su aficin
era el facn caronero.
Fueron una sola cosa
el cristiano y el acero.
Bajo el alero de sombra
o en el rincn de la parra,
las manos que dieron muerte
saban templar la guitarra.
Fija la vista en los ojos,
era capaz de parar
el hachazo ms taimado.
Feliz quien lo vio pelear!
No tan felices aquellos
cuyo recuerdo postrero
fue la brusca arremetida
y la entrada del acero.
Siempre la selva y el duelo,
pecho a pecho y cara a cara.
Vivi matando y huyendo.
Vivi como si soara.
Se cuenta que una mujer
fue y lo entreg a la partida;
a todos, tarde o temprano,
nos va entregando la vida.