1932.
Mi primer libro en prosa fueron los Apuntes de un lugareo,
que dict en Barcelona, ausente de la patria, recordndola a toda hora. De
los desvanes oscuros de mi memoria fui extrayendo recuerdos de infancia,
ropas radas por la miseria, prendas intiles, retratos cubiertos de polvo,
miniaturas de mujeres rotas por el olvido y paisajes araados por la mano
cruel del tiempo. Al evocar estos aos de mi vida, tan lejos de mi pueblo,
emocionbame profundamente, pero no me interesaba describirlos. Quera
pasar por ellos de prisa, para llegar a los captulos de las ingratitudes
polticas y desahogar la amargura de mi destierro. Entonces, de un soplo
apagu las lmparas que ardan en el altar de mis ms caros afectos y que,
sin merecerlo, iluminaban los retratos de todos mis amigos desleales.
Palabras ledas por Jos Rubn Romero en el Lyceum y Lawn Tennis Club de
la Habana, el 28 de abril de 1942.
Jos Rubn Romero
Apuntes de un lugareo
(Primera parte)
Al fin y al cabo todos escribimos para darnos
gusto: quien lo niegue se engaa a s mismo
Ludwig
La nica cosa de que puede uno enorgullecerse
es de haber hecho su obra de tal modo, que nadie
pueda pensar en concedernos una recompensa
oficial por nuestro trabajo
Cocteau
RECUERDOS LEJANOS
I
Pintada de un ail corriente se alzaba mi casa cerca de las cuatro
esquinas. En el fondo del patio, poblado de geranios y rosales, la
sombra prieta de los vstagos sobre la pila siempre rezongona. Angostos
corredores llenos de macetas. Cuartos bastante oscuros. Este es el
recuerdo que tengo de la casa donde nac, y que me perdone mi madre
si no le hago mejores elogios, a pesar de la veces que le he odo decir
que era preciosa.
Cotija de la Paz! Cinco aos! Las primeras letras aprendidas,
bendito entre las mujeres, en la escuela particular de doa Merceditas.
Dos salones para clases matutinas Amigo de los nios,
catecismo, cuentas y un amplio corredor lleno de bastidores y de
sillas bajitas de tule, para la costura y el bordado.
De aquella escuela solamente dos detalles guardo en la memoria:
que me saqu un plato de cajeta quemada en una rifa y el suave y
perfumado recuerdo de los das de campo organizados como premio a la
aplicacin o como descanso mensual a la tarea de conjugar un verbo o
de multiplicar por nueve, y eso las alumnas ms aprovechadas,
cantidades de cuatro guarismos.
Qu alboroto en el amanecer nacarado! Cmo gorjeaban y rean
las colegialas, en la inquietud de la partida!
Sobre los trajes claros, triangulaban los pechos las cintas de Hijas
de Mara, tercibanse rebozos, se aprestaban sombrillas y paraguas y
as se iniciaba el avance por las calles del pueblo, olorosas a establo,
rumbo al rancho escondido entre las milpas en jilote.
A estos paseos campestres el nico asistente masculino era yo,
montado sobre un manso burrito y llevando a la cabeza de la silla el
pequeo morral de mi bastimento: sabrosas gorditas de maz rellenas
de arroz, de longaniza y de frijoles.
Ya en el dorado atardecer, matizaban el regreso las voces
femeninas cantando la cancin en boga, que suspiraba quejumbrosa por
las ondulaciones del sendero.
Carolina, Lugarda, caminen de prisa, que se nos hace noche!
chillaba doa Merceditas a las rezagadas.
Y yo, trotando en mi burrito, abra los ojos desmesuradamente,
para verles las piernas a las colegialas que, remangndose las ropas,
brincaban las cercas de piedra.
Un gran reloj la luna apareca colgado en el espacio y el grillo
crac, crac, crac, crac sonaba su invisible minutero.
II
Quiero hablar un poco de las personas que formaban mi familia,
tal como yo las recuerdo.
Mi padre tendra en aquella poca unos treinta y seis aos. Era
alto, delgado, muy feo, pero muy simptico. Gozaba fama de hombre a
carta cabal y se haca querer de las personas que lo trataban, por
alegre y divertido.
Su traje era una mezcla del lagartijo y del provinciano: sombrero
de bola, saco cruzado de casimir francs y botines baratos, muy
polvosos y descuidados. Usaba tambin algunas tardes el tpico traje de
charro, todo negro, con botonadura de plata. Saba mover con destreza
un caballo y cuando ste no era de gran alzada, seis cuartas a lo ms,
ejecutaba en l suertes vistosas, como la de levantar del suelo un
pauelo, en el instante mismo de sentar el cuaco.
Orlo referir sus andanzas era para m verdadero deleite,
pidindole siempre de sobremesa, que las relatara.
Pap, cuntame cuando saliste de ngel en un carro alegrico y
te tuvieron que bajar por feo, o dime otra vez cmo te escapaste a
Colima cuando tenas doce aos.
Y mi padre me complaca de muy buen humor.
En el pueblo todos eran conservadores fanticos, menos mi padre
y otros cuatro o cinco, que se reunan en una tienda llamada La
sonmbula. Las gentes los tildaban de masones y como apodo les
decan los sonmbulos, por su tertulia en la tienda.
Cuando las viejas beatas los vean pasar, les hacan a hurtadillas
la cruz.
El cura lanzaba sobre sus cabezas los ms terribles anatemas,
excitando a los fanticos para que acabaran con ellos.
Mi obligacin de buen pastor clamaba piadosamente es
ensearles al lobo para que se libren de l.
Sin embargo de estas amenazas, acorralados y maltrechos, estos
liberales tuvieron la audacia de pedir al Gobierno el cumplimiento de
las leyes de Reforma, sostenindose contra las embestidas de todo el
pueblo.
Un cajn de ropa situado en la Plaza de Armas y otra de esas
tiendas caractersticas de pueblo en donde lo mismo se vende una vara
de longaniza que el ungento doble del soldado, constituan los
arbitrios de mi padre. l atenda a los dos negocios. Al primero con mi
hermano de catorce aos, que haca de dependiente y a la tienda de
abarrotes con un tal Gabino, tipo afeminado, de andares
zarandeadores, pleitero contumaz con todas las comadres del barrio y
que, como una mujer, se cobijaba con un chal a cuadros y fumaba
sostenindose un codo con la otra mano.
En esta tienda haba siempre una gran tertulia discutiendo,
charlando y refiriendo cuentos subidos de color, que truncaban
impacientemente, cuando yo llegaba. Los o muchas veces, bajando la
voz, decir cosas como stas: ella se acerc el cura dijo Y como
fin, estallaba una gran explosin de carcajadas, incomprensible para
m.
Mi madre era mujer hermosa, fresca, blanca, con la cara llena de
lunares y un pelo tan negro como si se lo hubieran pintado con tinta
china. Por su severo continente, yo le tena ms miedo que a mi padre.
Mi madre lea mucho, libros grandes con bellas estampas. El
Quijote, Gil Blas, Cuentos de Octavio Picn, que yo a veces hojeaba
para ver los monitos, pudiendo casi asegurar que en ellos aprend a
leer. Bordaba perfectamente, decorando cojines y pauelos con flores y
mariposas caladas, que causaban la admiracin de nuestras vecinas.
Pasaba largas horas, en las maanas, frente a los fogones de la
cocina, preparando cositas sabrosas a las que todos ramos afectos.
Ms que mi padre, mi madre conversaba de asuntos literarios o
histricos con los dos o tres mdicos que haba en Cotija y con las
personas de mayor cultura. Fue a ella a quien primeramente le o la
palabra revolucin, y ahora supongo que debe haberse referido a la
francesa. Le prestaban con gusto cuantos libros llegaban al pueblo y
ella externaba su juicio sobre ellos, segn parece, con bastante
acierto.
Jams olvidar un percance doloroso acaecido a mi madre en el
templo y que a m me produjo una impresin terrible.
Cierto da en que iba a tejer y a conversar a casa de unas amigas,
entr de paso a la parroquia, llevando en las manos el cesto de su
costura: ovillos de estambre y ganchos de hueso, largos y puntiagudos.
Dej, mientras se arrodillaba, la costura sobre el asiento del
banco y, al pretender sentarse una aguja de aquellas se le clav en un
muslo.
Acudieron las gentes a sus gritos, colocronla en una silla y la
llevaron a casa cubierta con un rojo sarape. Yo jugaba en la calle con
unos chicos vecinos nuestros, cuando uno de ellos, todo asustado, se
me acerc y me dijo:
Traen a tu madre muerta!
Corr despavorido a su encuentro y me abrac llorando a las
rodillas de los hombres que la cargaban.
Esta fue la primera impresin dolorosa que tuve en mi vida.
Mi hermano contaba ocho aos ms que yo y era bastante gordo,
fresco y parecido a mi madre.
Un poco regan, como todos los hermanos mayores, pasaba la
vida comprando palomos y conversando en tarasco con los indios de los
pueblos vecinos, que acudan a Cotija para vender violines y guitarras
de Paracho.
A mi hermano una vez por poco lo mato. Escardando un chilar en
el patio de la casa, negme no s qu intervencin en sus cosas y yo,
sigilosamente, tom el machete del ocote descargndolo con todas mis
fuerzas sobre su cabeza. Afortunadamente no pas de un golpe sin ms
consecuencias que unos cuantos azotes que a m me propinaron.
Por aquellos das naci mi hermana, rubia y bonita, y mi padre
me propuso:
Mira una nia que nos venden. Das t por ella los diez reales
que tienes en la alcanca?
No doy ni un real, porque no tiene cejas dije receloso y
hurao.
Le pusieron por nombre Rebeca y esto hizo exclamar a Rafaela la
dulcera:
Pero cmo les ha gustado a los seores este nombre! Al nio le
pusieron Rub y ahora a la nia le ponen Rubeca.
Mi abuela era una viejecita como de Nacimiento, gruesa, alta,
chapeada, con los ojos azules y el pelo blanco, quebrado. Estoy
satisfecho y feliz de haber tenido esta abuelita. La abuelita de todos
los cuentos, todos los sueos, la que arrulla, la que besa, la que mima.
Y, sin embargo, ella no me bes ni me arrull nunca. Era tan adusta!
Pero qu decorativa y qu buena! Jams me neg un centavo.
Pasaba el maestro Jorge con la fruta de horno?
ndale, mam Lolita, que se va el de la fruta de horno!
Y un centavo para una cajeta y otro para una comalona, y otro
para una charamusca. Ella daba, siempre, siempre.
Debajo de la falda tiesa de almidn su bolsa sonaba al andar por
los corredores, olorosos a ladrillo mojado, cautivndome con su
tintineo de esquila.
Mi abuelo Ramn era un viejecito chaparro, moreno, cabezudo y
ms feo que mi padre y que yo. Viva en Guadalajara, pero algunas
temporadas las pasaba con nosotros en nuestro pueblo. Desde que
llegaba se converta en mi compaero inseparable y juntos recorramos
todas las calles de arriba abajo.
Al atardecer acostumbrbamos sentarnos en el puente, por donde
pasaban arrieros y aguadores. Mientras duraba el descanso l, con su
navaja, me labraba varitas de membrillo, adornndolas con guilas,
serpientes y florecillas.
Me contaba historias religiosas de Jess, que yo interrumpa con
algn razonamiento profano:
Jess tuvo mujer, abuelo?
No, hijo, qu disparate!
Hijos, tuvo?
Tampoco.
Pues me hubiera gustado ser hijo suyo para que me hiciera
pajaritos de lodo que volaran.
Mi abuelo quedbase frecuentemente como en xtasis.
Andando los aos sufri una perturbacin mental y fue preciso
internarlo en un sanatorio. Deca que l era Jos de Arimatea, que vea
a la Virgen y al Nio Jess y que conversaba con ellos las cosas ms
corrientes de su vida.
Una vez se cort una oreja porque dijo que Jesucristo se lo haba
ordenado.
En otras cosas era, como Don Quijote, un hombre discreto,
paciente y de buen corazn.
Se cas tres veces: las dos primeras con viudas y la tercera, con
una mujer joven que le dio muchos hijos. Cuando realiz este
matrimonio, mi padre era ya un hombre y le sirvi de padrino en la
boda.
Contaba mi padre que, al salir del templo, mi abuelo se le colg
del brazo y con una gran satisfaccin le dijo:
Hasta que me voy a fumar un cigarro entero; ya estaba cansado
de pedirles a los muertos la viejita.
El resto de mi parentela, por las dos ramas,
era de una
abundancia bblica: tas y tos carnales, primas y primos hermanos, sin
tomar en cuenta parientes ms alejados. En suma, todo el pueblo
formado por unas cuantas viejas familias ligadas entre s.
Decan de nosotros en los pueblos vecinos:
Vmonos para Cotija,
que all son buenos cristianos,
y por no perder la sangre,
se casan primos hermanos.
De algunos de mis parientes yo me acuerdo muy bien.
De los hijos bien numerosos de Lupe, mi prima; las chicas muy
guapas, blancas, de grandes ojos negros y los chicos ms o me nos de mi
edad, excepcin de Luis, mucho mayor que nosotros y a quien le
decamos la viborita. Para darse importancia de persona mayor, pagaba
a sus hermanos porque delante de la gente le llamaran to, y yo
tambin me ganaba algunos cuartillos, honrando a Luis con el ttulo
ambicionado.
Haba un estanque dentro de su casa y todos nadaban en l como
unos charales, menos yo que no me resolva a meterme al agua,
siempre medroso y tiritando de fro.
Ellos tenan una ta llamada Quica, hermana de su madre y prima
ma tambin, revoltosilla y amante de saber vidas ajenas, a quien por
su afn de correr por el pueblo en busca de noticias, apodaban la
bicicleta.
Desde muy temprano sacaba una silla a la puerta de su casa,
entretenindose en preguntar a cuantos pasaban por la calle:
Para dnde lleva la leche?
Quin estaba en misa?
Cunto le pagan en donde est sirviendo?
Y todos, por tratarse de persona tan principal, le contestaban
diligentemente. Slo un tal Jos Mara pas por delante de ella,
llevando en el dedo la carne para la olla, sujeta, como de costumbre,
con una fibra de palma, y al interrogarle cunto haba comprado, Jos
Mara le contest:
Mire, nia, Quica, llevo todos los das real y medio de carne.
Cuando por alguna cosa merque ms o merque menos, yo mismo se lo
avisar sin que usted me lo pregunte.
Ella se qued algo cortada, y durante algn tiempo no le
pregunt ms.
Tuve un to muy bueno a quien borrosamente recuerdo, don
Juanito Gonzlez, hermano de mi madre.
Mordisqueando su puro, sentado en un equipal, me contaba
cuentos sencillos y me haca la promesa inverosmil de regalarme un
caballito pinto, que es la ms grande ilusin de los nios.
To Juanito preguntbale siempre que lo vea cmo ser la
potranca, negra con manchas blancas o tordilla con pintas negras?
To Juanito deca a todo que s, y mi fantasa se forjaba el resto.
Cuando cumpl seis aos, mi padre realiz el sueo dorado: tuve
mi yegita blanca, mi silla plateada, mis espuelas de Amozoc. Recorr
todas las calles del pueblo, azotando orgulloso al noble animal,
mientras las campanas llamaban afanosas al rosario y los dems chicos
se juntaban en el atrio de la parroquia para recoger cazuelitas
perfumadas de gigante.
Otro hermano de mi madre, mi to Pancho, era ciego, fornido,
calvo, con los ojos un poco saltones pero sin que se le notara su
ceguera.
Tocaba muy bien la guitarra y cantaba todo el repertorio de
canciones regionales. Era muy alegre y dicharachero y le gustaba tomar
aguardiente.
En el fondo de su alegra quiz se agitaba una tragedia como
tantas.
No se entenda con su mujer y sta acab por dejarlo. Entonces
se acentuaron las borracheras del to Pancho y comenz a rodar de
tienda en tienda.
A veces, en las noches, al pasar por su casa, se le oa tocar la
guitarra, solo, en medio de un cuarto obscuro, mezclando al bordonazo
de las cuerdas el desgarrador sollozo de alguna triste cancin.
Tambin me acuerdo de mi to don Ppulo, a quien todos los
chicos del pueblo explotbamos, hacindonos pasar por sus nietos.
Estaba ya tan viejecito!
Lo sacaban a tomar el sol a la puerta de su casa.
Adis, padre Ppulo le decamos besndole la mano.
Y l, medio
invariablemente:
ciego,
nos
De quin eres t, pequeo?
tentaba
la
cara
preguntndonos
Y con responder nosotros que de alguno de sus hijos, ya estaba
ganado el medio.
Hubo vez que pasramos por su lado recurriendo a este truco, los
cuarenta chiquillos de la escuela.
Jess, mi primo, era un verdadero diablo. Mocoso, despeinado,
con las medias cadas, siempre hecho una facha, pero tena cosas
notables: una gran memoria y una facilidad nada comn para leer,
desde muy pequeo, cuantos papeles encontraba a mano. Cartas de
familia, de negocio, misivas que su madre reciba de mi to llenas de
ternuras y de intimidades, Jess se pona en media calle a leerlas a
grito pelado, y as todo el mundo se enteraba de las minucias de su
casa.
Yo lo vea, no s por qu, con la desconfianza que sienten los
gatos por los perros, siempre dispuestos a correr y en ltimo extremo,
a defenderme.
A una criada vieja y regaona, Antonia la Padilla, se la
consideraba tambin como de nuestra parentela. Por las noches me
llevaba de la mano a la plaza para que yo tomara una racin de pollo
en la mesa de ta Chana.
Un hombre, arrebujado en su sarape, mantena el fueg o del
hachn que se instalaba frente de la mesa y el resplandor rojizo del
ocote, prestaba a sus facciones no s qu de infernal que me haca
estremecer y apretujar la mano de la nana.
Despus, regresbamos a casa y sentados a la puerta, bajo el
palio estrellado del cielo, otra ta muy querida, mi ta Micaela, me
arrullaba suavemente, dulcemente, hasta quedar dormido en su
regazo
III
No tuve amigos de mi edad. Los amigos de mi padre fueron los
mos.
Los Barraganes celebraron mis primeras travesuras. Tenan un
montepo en la esquina de mi casa y de l hice mi cuartel general. Pero
no rieron siempre todas mis ocurrencias de nio malcriado.
A Barragn calvo le puse un zapote prieto como solideo; a otro de
ellos pens asustarlo con la detonacin de un apequea pistola y le
romp una oreja. Tambin a veces ellos, enfadados, me sacudieron uno
que otro guantazo y yo, como los hombres, los soport sin chistar.
Pancho Orozco fue mi maestro de picardas. l me ense a decir
pendejo, carajo y a veces en su tienda me oblig a tomar copas de
mistela.
Un da me llam y me dijo:
Mira, chato, cuando Mara valla a coser a tu casa, si duerme la
siesta, mtele la mano por debajo de las enaguas y me cuentas lo que
tiene adentro.
Yo lo hice y Mara se despert, pero no antes de que mis dedos
hubieran llegado al oloroso secreto de su virginidad.
Qu le encontraste? me pregunt Pancho Orozco.
Nada. Barbas como las que tiene mi to Valentn en los cachetes
le contest sin darle ms importancia al asunto.
IV
Guayabas peruanas de la huerta del doctor Cuevas, rojas
granadas de las Chiquilinas, duraznos jugosos de la Casita, chrenes
aterciopelados, arrallanes agridulces del patio de mi madrina. Cmo
mi paladar los rememora deleitosamente!
A la salida del pueblo haba un camichn corpulento que los chicos
zarandebamos sin piedad para poder saborear los higos pequeitos y
cimarrones de que se llenaba.
Por las tardes, armados de estacas y piedras, nos
desparrambamos en la falda del cerro Calabazo, buscando jpitas
aguanosas.
La msica de cuerda se instalaba en el cerro los domingos y
mientras nosotros, correteando de aqu para all, destrozbamos los
pantalones sobre la resbaladiza pendiente de la ladera, las seoras
chismorreaban de guisos y de rezos; los hombres, en corro, jugaban a
los cntaros y las mozas de quince, detrs de la encina gruesa,
dialogaban sus cosas ms ntimas:
Secundino me dio una carta en la plaza.
Y a m el mandadero me trajo una de Rafael.
Yo la de Secundino la traigo en el pecho.
Anda, Angelita, deja que la vea!
Tmala, pues.
Mara Pursima, pero si es igual a la ma! Se las debe haber
hecho la misma persona.
V
En mi pueblo haba muchos tontos: unos que recorran las calles
pidiendo limosna; otros que vivan a costa de algn pariente, y stos,
por lo visto, no eran tan tontos como parecan.
Francisco de la Baba y Coreta, astroso, viejecito, con su gran
nariz aguilea y sus ojos azules como canicas desteidas.
Ayudaba al organista moviendo el fuelle del rgano y se daba con
esto una gran importancia. l deca, como el mosquito del cuento:
Tocamos en misa.
Toco yo, que no es lo mismo enmendbale el organista.
Pero una maana, cuando el sacerdote se prepar a levantar la
hostia y el msico a teclear en el rgano con ms vehemencia, el tonto
detuvo la palanca del fuelle.
Aire, Francisco! chill el organista todo sofocado.
Aire? Pues no dice usted que yo no toco?...
Sola tambin decir esta frase profunda y sencilla que ya la han
parafraseado casi todos los polticos: si me corren de mi empleo,
renuncio.
Cleofs, medio loco, medio imbcil, iba por calles y plazas,
cuando lograba romper la clausura a que lo sometan sus parientes,
cantando una cancin atrabiliaria, obscena e incomprensible: los
cucunitos.
En cuntas ocasiones me hizo esconder detrs de las puertas,
para no verlo pasar, y alguna vez, dentro de un cajn de panocha, en la
tienda de mi seor padre!
Levntate, Cleofs dijronle un da.
No puedo respondi l, acurrucado en su miserable camastro.
Pero, por qu no puedes holgazn? Ya el sol est muy alto!
Porque estoy criando. Anoche tuve cuatitos.
Y los cuatitos eran dos enormes serotes que calentaba bajo sus
cobijas.
Cirilo era el tipo del simple refinado, mezcla extraa de mstico
y sensual.
Qu quieres t ser? preguntle una vez su patrn.
Yo? La mula que monta mi ama, para poderla sentir a ella sobre
mi lomo.
El cura de mi pueblo organiz unos ejercicios espirituales, pero
como por esta poca Cirilo cuidaba de una piara de cerdos, no pudo
asistir a todos los actos religiosos. Ya en vsperas de que terminaran los
ejercicios, el cura exhort a sus feligreses para que tuvieran en la vida
resignacin y paciencia:
Los pecadores sumisos deben cargar con su cruz y ofrecerla en
holocausto al Seor.
Al da siguiente, a la hora de la misa cantada, Cirilo se present
en el templo llevando un cerdo gordo sobre los hombros. El animal
chillaba a ms y mejor.
Pero, qu es esto, Cirilo? grit el cura desde el plpito.
La cruz ms grande que tengo en mi vida y como su merc
recomend, la traigo a los pies del Seor! Estos malditos puercos me
estn volviendo protestante!...
Blas era tan slo un inocente. Todos los chicos, al encontrarlo le
decamos:
Blas, Blas, qu gloria te mamars!
Y l contestaba iracundo, persiguindonos con una piedra:
Mmatela t, cochino.
VI
Vas a tener que ir maana a Tingindn, le dijo el cura al
mandadero.
S, seor contest ste sin entrar en mayores detalles.
Al da siguiente el cura se levant y busc al muchacho para
hacerle las recomendaciones que motivaban el viaje, pero no pudo dar
con el mozo por ninguna parte.
Diantre de tonto! Dnde se habr metido?
Y el cura pens buscar otro mozo para mandarlo a Tingindn con
los encargos.
Ms he aqu que obscureciendo se encuentra con el mandadero,
todo sudoroso y empolvado.
De dnde sales t a estas horas, bellaco?
Fui muy temprano a Tingindn, como su paternidad me lo
orden
Mi primer viaje fue por el estilo
Me llevaron precisamente a Tingindn a unas fiestas, pero no
conservo ningn detalle de esta excursin.
Despus fui con mi padre a Jiquilpan, tambin a unas fiestas, y
de esta salida ya guardo recuerdos precisos.
Los caballos estaban ensillados y nos esperaban por fuera de la
casa, desde antes de que amaneciera.
Ola a estircol. Haca fro.
Emprendimos la marcha muy cobijados. Yo, con un sarape de
merino que tejiera mi madre, y mi padre con un grueso poncho de seda
atigrado.
El campo estaba mojado por reciente lluvia y las hierbas, al
pasar, nos humedecan los estribos.
En plena sierra ya, el sol comenz a alumbrarnos dbilmente. Me
dolan las manos agarrotadas, sin lograr calentarlas con el vaho de mi
boca.
Poco despus comenzamos a subir la cuesta de Moral, no sin que
antes se cerciorase mi padre de que nadie bajaba por el mismo camino,
estrecho y peligroso; por un lado, el cerro muy alto se nos vena encima
como una muralla lisa, a cordel, y a los pies, el desfiladero inquietante
y profundo. Los caballos jadeaban y se detenan fatigados para volver a
emprender la marcha pesadamente. El mo, abriendo las patas traseras,
se puso a orinar, y a m me pareci un siglo el tiempo invertido en esta
operacin, que soport bien cogido de las crines, con los ojos muy
abiertos, temeroso del precipicio.
Llegamos a Jiquilpan en plena maana. Haba feria y una msica
recorra las calles haciendo el convite para los toros.
Fuimos a parar a la casa de un hermano de mi padre, quien,
regocijado, sali a recibirnos junto con mis primas, muy numerosas y
bonitas.
Enriqueta Y Elvira, de mi edad, me ensearon la casa, grande y
ms bien amueblada que la nuestra, con un patio lleno de flores, otro
plantado de rboles frutales limas y naranjos y un enorme corral con
graneros y caballerizas, en donde relinchaban hermosos caballos. Todo
me pareci admirable.
A duras penas consent en quitarme los tacos de montar, por
haberlos estrenado ese da y ser prendas muy de mi gusto. Cuando se
retiraron las visitas que haban ido a saludar a mi padre, nos sentaron a
la mesa.
La comida se compona de muchos platos: dos sopas, antojitos
regionales y dulces variados. Yo, que siempre fui muy remilgoso para
comer, preguntaba a todo con impertinencia: qu contiene esto? Hasta
que mi to me contest enfadado: Contenga lo que contenga, usted se
lo toma, pero ni por esas lograron hacerme comer en debida forma.
En la tarde fuimos a los toros.
La plaza se alzaba en un solar a las orillas del pueblo, hecha con
tablas y morillos mal ensamblados y constaba de un palco demasiado
enclenque, cubierto de mantas para resguardar del sol a las seoras y
unas cuantas gradas oscilantes destinadas al resto de la concurrencia. A
nosotros nos acomodaron en el palco.
Echaron un toro grande, prieto y unos hombres lo torearon con
unas cobijas coloradas, sufriendo uno de ellos un revolcn que puso en
pie, sobre las tablas mal unidas, a todos los asistentes, pareciendo que
se acababa el mundo, segn los gritos de las mujeres. Enseguida un
charro de Guaracha, sobre un caballo alazn, coloc al toro unas
banderillas a dos manos. Despus salieron otros charros y con crinolinas
vistosas, derribaron al novillo para ponerle un pretal. Un mozo de mi
to le mont al toro, se lo soltaron, aguantando los tres reparos de
rigor: uno en el lomo, otro en el aire y otro en el suelo, con
acompaamiento de silbidos y de gritos ensordecedores.
Siguieron tres toros por el mismo estilo, pero yo me divert ms
oyendo a mis primas platicar de sus cosas, apretujado amablemente
entre ellas.
Despus de los toros dimos unas cuantas vueltas alrededor de la
Plaza de Armas, oyendo la msica y las voces del gritn de la lotera,
que pregonaba las figuras que iban saliendo.
Por la noche, despus de cenar fuimos a los gallos Quitupan
contra Jiquilpan, segn rezaban los programas.
Yo por primera vez vea este espectculo y me admiraron todos
sus detalles.
De unas bolsas de lienzo sacaron los gallos, los pesaron en unas
romanas pequeitas, como de juguete. Un hombre los sostena mientras
les amarraba la navaja, ensalivando frecuentemente las botanas. Los
pusieron pico con pico para carearlos y les jalaron las plumas del
pescuezo. Qu malos hombres pensaba yo cmo los maltratan! Yo
no hara eso con los pollos mos.
Y comenz la gritera:
Cincuenta pesos al colorado!
Veinte pesos al colorado!
Pesos a seis reales!...
Los que gritaban corran por dentro el anillo como si fuera un
circo, y yo crea imposible que lograran entenderse.
Soltaron en la raya los gallos que, rpidamente se atacaron,
resultando en el primer encuentro, uno con la pata rota. El otro, en
tanto, no dejaba de acuchillarlo, y fue cosa de un momento que se
decidiera la pelea.
Gan la chica, gan el giro!
No hay quin reclame?
Que abran la puerta!
Y la msica comenz a tocar el acostumbrado acompaamiento de
las canciones, para que la cantadoras se lucieran:
Si alguna vez en tu camino apuras
Pero, qu bien hace segunda la chaparrita! decan algunos.
Hay que pedir que la refresquen.
Mientras nosotros tombamos puchas con sendas copas de
rompope, rifaron una caja de mascadas de todos colores y al terminar
la funcin, a los nios nos mandaron para casa y las gentes grandes se
quedaron en la partida, jugando albures y ruleta.
Permanecimos en Jiquilpan unos das ms, con idnticos
entretenimientos. Mis primas tocaban la mandolina, cantaban, y yo me
holgaba de estar entre ellas acompandolas ntimamente.
Pero una maana, al amanecer, por los mismos solitarios caminos
que nos trajeron, emprendimos la vuelta, al tranco de nuestros caballos
descansados.
Dej Jiquilpan con tristeza, con esa vaga melancola del que
despierta de un bello sueo y bajando por la cuesta empinada,
comenc, sin querer, a silbar La Golondrina.
VII
Tuvo mi padre que salir de Cotija. Las tiendas no prosperaban y l
resolvi establecerse en Mxico. Una vez ms los mochos le hacan una
trastada. En los comercios de mi padre no compraba nadie, boicoteados
por los fanticos conservadores.
A los liberales, enemigos de Dios, haba qu destruirlos. Fuera
los masones!, como ellos decan.
Mi padre sali primero, lleg a Mxico, instal una casa de
comisiones y pasados seis meses orden que mi madre y los chicos nos
moviramos. Ella, como pudo, cobrando cuentas, malbaratando cosas,
rematando muebles, prepar nuestro viaje.
A m me pareca que ir a Mxico era emprender el camino del
otro mundo. Primero a caballo, despus en un barco de vapor y despus
en el tren. Yo no conoca ni barcos ni trenes y mi fantasa trabajaba
afanosamente desde mucho antes de la salida, suponindolo todo.
Lleg la hora de emprender el viaje, y los vecinos despidieron a
mi madre con grandes muestras de cario. Ella era muy buena, pero mi
padre, el hereje!
Caminamos todo un da a caballo, por montes espesos y por llanos
fecundos, mullidos como alfombras damasquinas.
En brazos de un mozo de a pie, mi hermana pequeita, bajo el
toldo de una sombrilla, no cesaba de hablar: Los pipis ganis, deca.
Los piojos grandes, quera decir, refirindose a los pjaros que se
posaban en las verdes cabezas de los rboles.
Llagamos a hacer noche en el rancho de la Palma, a orillas del
lago de Chapala.
Dentro de un jacal de madera, tirados en el suelo, se pusieron los
colchones para dormir, pero nos tuvimos que levantar a poco de
acostados, porque el olor de los bastimentos atrajo incontables
ejrcitos de hormigas. Hormigas diminutas, coloradas, que el matarse
despedan un olor repugnante a excremento; grandes chancharras
negras, cabezonas, bravas, que se me suban por las piernas y me
picaban despiadadamente.
El alba nos sorprendi, cansados y soolientos, sin haber podido
pegar los ojos.
A las ocho de la maana, nos instalamos en el vapor que deba
conducirnos a Ocotln.
Yo comenc a recorrer el barco sin hacer caso de los grandes
aspavientos de mi madre, que gritaba despavorida, temiendo que me
cayera al agua.
El vaporcito era grande, de dos pisos y algunos camarotes que,
precisamente en el viaje nuestro, ocupaban los familiares de su
propietario, don Diego Moreno, y unas tres o cuatro religiosas, de
negros hbitos y capuchas blancas.
Durante la travesa las monjas no dejaron de rezar, y yo me
acomod en todas las posturas para ver si les poda ver las piernas,
porque dudaba que las tuvieran como todas las gentes.
Al pasar por media laguna, apareci una torre ruinosa que dijeron
haba sido prisin en pocas pasadas. Me enderec para verla y
comenc a marear a cuantos estaban a mi alcance, con preguntas que,
a la postre, nadie me supo contestar.
Llegamos a Ocotln, desembarcamos, recorrimos unas cuantas
calles llenas de polvo y nos fuimos a la estacin para esperar el tren.
El tren!, que yo crea un juguete precioso y que me result una cosa
pesada y fea, llena de humo, con un olor intolerable.
Yo no me voy en esto a Mxico, le dije a mi madre, medio
espantado y curioso, pero me subieron a remolque, me acomodaron
cerca de una ventanilla, en un asiento de felpa despeluchada y no tuve
ms remedio que entretenerme con el movimiento de la estacin:
gentes que paseaban al sol, bien vestidas, procedentes de Guadalajara;
otras comprando cantaritos de jocoque, quesos frescos o frutas.
Llegaban grupos de labriegos, los varones con la maleta de cretona
rayada en el hombro y canastas repletas en las manos, y las mujeres
vestidas de percal chillante, con zapatos nuevos, rechinones,
caminando como espinadas y conduciendo, casi a rastras, chicos
requemados, tan boquiabiertos ante la novedad del tren, como yo.
Muy cerca de nuestro vagn descubr a un cura platicando
animosamente con unas seoras, y como yo haba odo decir que la
culpa de nuestro viaje la tenan los curas, escondindome presuroso, le
dije a mi madre:
Mam, mam, un cura viene siguindonos!
Pero cuando vi que todos rean me tranquilic.
Pasamos por La Piedad, y ah compramos chongos zamoranos.
Irapuato. Otra nueva vigilia, aunque sin las hormigas de la Palma,
y una espera muy larga para cambiar de tren.
Cenamos en el hotel de una seora muy gorda, rubia, francesa, a
quien venamos recomendados que, envuelta en blanco matine,
zarandeaba sus carnes opulentas por todos los corredores de la casa. Su
marido, tambin muy grueso, no paraba de escribir en un libro
grandote.
Te ha gustado el hotel? me dijo mi madre.
S, mam, parece una engorda de gentes, le respond muy
serio.
Despus nos fuimos al andn, sin ms luz que las linternas rojas
de los veladores de seales. Yo me acomod a dormir sobre un gran
cajn hasta que los gritos de los vendedores me despertaron:
Limas de Amacueca!
Fresas!
Costureros de Silao!
Un viejo rascaba una guitarra pidiendo limosna y un muchacho,
sin brazos, tocaba trabajosamente en un rgano.
Yo me com por entero una cesta de fresas, cobrando tal
indigestin, que no olvidar en mi vida.
Dolor de cabeza, mareos, vmitos, regaos, carreras al excusado,
zurradas Y Mxico envuelto en las gasas del amanecer.
VIII
Llegu a Mxico de siete aos, y de aquella poca puedo recordar
ms detalles que de cosas recientes.
Le dijeron en la estacin al cochero: Cocheras 22, y yo, en el
trayecto comenc a pensar: debe ser una calle donde guardan todos los
carruajes de Mxico. No result sino una calle vieja, empedrada y
triste.
El veintids de Cocheras era bastante feo. En la parte de fuera,
con ventanas enrejadas a la antigua, tena mi padre el despacho
ocupando una pieza, con mostrador y escritorio y tres o cuatro bodegas
atiborradas, por lo regular, de quesos de Cotija.
Un pasillo angosto y obscuro comunicaba con el interior de la
casa, que, al llegar al patio, cambiaba de aspecto. El patio era
hermoso, lleno de luz, con los corredores apretados de macetas tanto
en la parte baja como en los altos. Tena en un costado una pila muy
grande y unos lavaderos siempre cubiertos de ropa.
En la casa vivan gentes buenas, que despus conoc una por una:
Manzano el violinista; la familia del cojo Saldaa; la madre de Nico mi
amigo, y una tal Soledad, paisana nuestra, alta, prieta, gritona, que
nos prepar la comida el da que llegamos.
Mi padre nos recibi muy contento, a pesar de estar en cama,
enfermo.
Yo no quera salir ni al zagun porque me haban dicho que me
cuidara de los coches; pero en la tarde vinieron unos primos por m,
mayores que yo, y me dijeron que saban que me gustaban mucho los
caballos y que me llevaran a ver uno muy pequeito.
Salimos por Santo Domingo, pasamos por Catedral, me metieron
de la mano por una calle llena de gente, Plateros, me sentaron un rato
en un banco, debajo de unos grandes rboles, la Alameda, y me pararon
delante del Caballito de Troya, que contempl con ojos asombrados.
Este de arriba fue cirquero, Manuel? le pregunt a uno de mis
primos, recordando que todos los cirqueros que yo haba visto en Cotija
usaban una vestimenta parecida a la de Carlos IV.
Regres rendido y encantado a Cocheras.
Mi padre me pregunt si me haba gustado la vuelta, y yo le
contest que s, pero no haba encontrado en las calles gentes
conocidas, como en mi tierra.
Pocos das despus, mi padre se levant de la cama y alquil una
casa para nosotros en la calle de Celaya.
Creyeron necesario buscarme una escuela. Buscaron y
encontraron la del seor Barona, por el rumbo del Carmen, y all me
metieron. Si no fuera por esto, los paps seran completamente
adorables.
La escuela estaba servida por la familia Barona, don Pablo con sus
hijos don Rafael, don Arturo y otros tres profesores ms: el seor
Casas, el seor Violante y el seor Pea.
Guardo fielmente el recuerdo de cada uno de ellos.
Don Pablo era un viejecito venerable, de barba blanca, con cara
de apstol. Era mdico, licenciado en Leyes, telegrafista y muy
aficionado a los experimentos fsicos, e igual escriba con la mano
izquierda que con la derecha. Pasaba las horas en su laboratorio
manejando campanas neumticas o botellas de Leiden y cuando por
alguna causa entrbamos en su cuarto, haciendo oficios de recaderos,
l nos explicaba el mecanismo de todas las cosas. Era para nosotros
como llegar a un mundo nuevo, lleno de milagros y maravillas.
Tambin don Rafael tena trazas de apstol, pero de apstol
joven, fuerte, de barba cuidada y ojos agarenos. Se distraa mucho y a
veces, ensimismado, no atenda las respuestas disparatadas que
nosotros le dbamos. Uno dijo que los espaoles haban llegado por el
estrecho de Bering, otro cont que los chinos eran los habitantes de la
luna, y ms bien pareca que don Rafael era el que andaba en ese
planeta.
Don Arturo era muy alegre, pero cuando se enojaba nos haca ver
las estrellas tirndonos con fuerza, de los pelos de la nuca. Buen
sistema, segn l, para estudiar cosmografa.
Andaba de prisa, cantando y en clase se pasaba siempre el tiempo
escribiendo cartas llenas de pendoleos, que supongo seran para
mujeres.
Era el seor Casas, alto, flaco, cetrino, grun como pocos. Por
motivos balades, haca zumbar la regla, midindonos con ella las
espaldas.
En materia de estudios nos apretaba sin consideraciones, pero yo
encontr un truco para librarme de sus exigencias. A la hora de las
lecciones haca alguna diablura, llenaba de escupitinas las paredes,
daba algn garnuchazo al vecino o tiraba cscaras de naranja con un
resorte.
Romero, a la tarima! ruga el seor Casas. Y yo me
acomodaba lleno de mansedumbre, a las plantas del maestro, mientras
los dems cancaneaban su leccin.
Este pequeo ardid slo tena una quiebra: al profesor le olan los
pies en una forma que asfixiaban.
El seor Violante apenas haba cruzado los lindes de la
adolescencia. Era presuntuoso, un poco lagartijo y nos doblegaba a
cada paso, con el rigor de su autoridad.
Qu va usted a ser de grande, Romero?
General.
Pues cuando usted sea general, yo ser arzobispo de Mxico!
A m me distingua con una aversin injusta, porque una vez salio
de clase, recomendndome que yo cuidara el orden y cuando volvi,
algunos de mis compaeros fumaban tranquilamente. Lvido de rabia
nos reprendi, y a m en particular, por haber permitido que los chicos
fumaran.
En la tarde, al abrirse la clase apareci en el pizarrn, a grande
letras, un insulto soez para el seor Violante, nombrndole a su madre.
Supe quin lo haba escrito, pero l me acus a m y estuve a
punto de que me expulsaran de la escuela. La ofensa le doli en tal
forma, que lo hizo llorar, pero tuvo un impulso generoso y nos perdon
a todos.
No era mala persona a pesar de su porte estirado.
En cambio qu sencillo, qu humilde, qu bueno era el seor
Peita! Discreto para hablar, suave para rer y al hacerlo dejaba
entrever unos dientes blancos y hermosos. La nica cosa bella que
tena, que, por lo dems, era bastante feo!
Habamos descubierto su gran parecido con don Jos Mara
Morelos, en ese retrato en que el hroe aparece con un pauelo
anudado en la cabeza, como si estuviera sufriendo una neuralgia
constante y a veces, cuando nos queramos referir a l sin que lo
notara, le llambamos con el nombre del insurgente michoacano.
Pobremente vestido, daba la sensacin de que una gran miseria
desolaba su vida. Quin sabe! Yo creo que mal coma y creyndolo as
me impuse la tarea de llevarle golosinas de mi casa, que l saboreaba
furtivamente.
Slo una vez lo vimos exaltarse, cuando Martnez, encogindose
de hombros, exclam con desprecio:
Indio maldito, que se vino a rajar!
No hable usted as de un semejante!
Yo no soy indio! le replic Martnez, parndosele como un
gallito de tepalcate.
Qu dara usted por serlo! dijo el seor Peita con tristeza.
Yo s lo soy y conozco la pena de haber corrido los caminos, con los pies
desnudos en busca de trabajo. Si usted supiera cmo me hice maestro?
Escardando el potrero de da para ganar 2 reales y estudiando de noche
con libros prestados. Esta ropa es la primera de catrn que me pongo.
Y se palpaba cariosamente su saco verdoso y rado.
Ustedes que tienen otros medios para
estudien, que nunca les pesar.
hacerse
hombres,
Desde entonces lo respetamos menos, es cierto, pero lo quisimos
ms y en concilibulo secreto, junto a la pila del segundo patio, le
cambiamos el nombre de Morelos por el de Jurez.
IX
Lola, la criada de mi casa, me ensaaba sus pechos, grandes y
morenos, me dejaba tocarlos.
Estas excursiones manuales me aficionaron tanto, que sala de la
escuela apresuradamente y sin perder el tiempo en juegos o reyertas,
me encaminaba derechito a casa para dar principio a la amable tarea.
Lola me esperaba en un corredor obscuro y apartado, poniendo
all a disposicin de mi malicia, el archivo secreto de su persona.
Sirvi para ampliar mis conocimientos en la materia, la visita,
muy numerosa, de unas primas a quienes hubo que instalar
repartindolas por toda la casa.
En el cuarto en que yo dorma con mi abuelita, colocaron a una
de ellas, y qu festines tan esplndidos se dieron mis ojos fingindose
los dormidos!
Ignorante del espionaje, mi prima, al acostarse, cambiaba de
camisa, dejando al descubierto cosas que no se parecan a las de Lola
la criada y en el alboroto del sueo, cuando las sbanas resbalaban
como si fuesen cmplices de mi deseo, asomaban sus nalgas frescas y
vistosas, que yo miraba con acuciamiento.
Un da de San Juan, me vistieron de soldado: guerrera, chac,
espada y unas barbas grandes, negras y rizadas. Esto lo traigo a
colacin , porque las barbas me hicieron ganar una apuesta.
Haba en la escuela, en quinto ao, un muchacho presumidor de
hombre, que aseguraba tener el empeine cubierto de pelo. Oyndole
una vez, me vino la idea de acomodarme mis barbas en el mismo sitio y
acompaado de otros chicos, lo ret para que saliera al comn y nos
enseara aquello, apostndole que, siendo yo menor, tena ms.
El muchacho me midi con la vista, hizo sus clculos y dijo:
acepto.
Echamos llave al excusado, l descubri su pelusa incipiente y yo,
destapndome un poco, saqu entre los dedos unas cuantas hebras
largas y quebradas.
Mi contrario se qued atnito y tuvo que pagar los 200 huesitos
de chavacano que se cruzaron como apuesta. Despus, me busc para
preguntarme curiosamente:
Oye, Romero, qu te pones para que te salga tanto pelo?
A ti te lo dir porque eres mi amigo, pero no le cuentes a nadie:
babas de becerro prieto.
X
Tuve una bicicleta de mujer, que mi padre me compr en un
empeo y fue cosa de un instante que me enseara a andar en ella.
Primeramente no sal del patio de Cocheras, pero despus iba y venia a
mi casa por las calles de Santo Domingo, con gran peligro de sufrir un
atropello.
A este nio la va a matar un tren! deca don Pedro Molfi, el
de El Pico de Orizaba, mirndome pasar frente a su tienda como alma
que lleva el diablo.
Sin embargo, nunca tuve un accidente y ayudado pro la bicicleta,
conoc toda la ciudad de Mxico.
Tena mi bicicleta debajo del manubrio, con letras doradas, la
marca de fbrica Judea, que yo traduje en Judas y con este nombre
bautic el vehculo.
Mam, voy a sacar a Judas a dar una vuelta.
Mi madre, muy seria, la llamaba lo mismo, como si se tratara de
una persona y todas las maanas me deca:
Quita a Judas del corredor, que estorba para regar las macetas.
Los sbados de Gloria adornaba sus ruedas con flores y lazos de
papel, para festejar su santo.
Algunas veces me puse de acuerdo con mis primos para salar la
escuela. A pie, nos bamos hasta Chapultepec; por el camino
comprbamos membrillos y los comamos tendidos bajo los rboles,
esperando que diera la hora del regreso a nuestras casas.
Una tarde comenz a llover horriblemente, se desencadenaban
sobre nuestras cabezas, culebra tras culebra. Aquello pareca un nuevo
Diluvio.
Nosotros corrimos a refugiarnos en la caseta del guardava de
Dolores y cuando pas la tormenta, emprendimos el regreso, con tan
mala suerte, que las calles estaban anegadas y no pudimos llegar sino
hasta el Caballito.
Qu pintoresco el aspecto de la ciudad! Se improvisaban puentes
de una acera a otra. En las esquinas, los cargadores con el agua sobre
la rodilla, hacan su agosto pasando a canchas mujeres que chillaban,
con las piernas al aire. En los zaguanes inundados, chapoteaban los
chicos y desde los balcones las gentes asistan al espectculo, con ms
regocijo que a un teatro.
As debe ser Venecia! dijo Manuel, sugerente y reflexivo.
No, hombre! repuse yo. Aquello tiene cascadas en las calles
y el agua es de colores.
T qu sabes, baboso!
Yo lo he visto en el Circo Orrin, en esa pantomima que se llama
Un Carnaval en Venecia!
Lo malo estuvo en que mi madre se alarm por mi tardanza y
llamando al Chamuco, un cargador conocido, lo mand a la escuela en
mi busca, pero como no me encontr, descubrieron nuestras frecuentes
pintas.
Yo llegu a mi casa muy orondo, calada hasta los forros la capita
dragona.
De dnde vienes? me pregunt mi madre.
De la escuela, mam.
No alcanc a decir ms. Me metieron de las orejas y la tunda se
oy por toda la vecindad.
XI
Fui un chico imaginativo, de inteligencia precoz, que luego se
apag, a decir del doctor Macouzet. Desde pequeo comprend los
libros, las obras de teatro y me gustaron los versos. Me saba de
memoria El Escndalo, de Alarcn; llor muchas veces con El Culpable
de Cope, y dije en todos los tonos los poemas de Nez de Arce.
Un pariente nuestro, medio hipocritn, censuraba a mi madre
porque me dejaba leer libros impropios de mi edad.
Pero si puede darnos clases de picarda! Qu quieres que le
enseen los libros que lee?
Fui un devoto ferviente de las obras de teatro, desde el drama
del Hidalgo, El Jorobado, con Montoya haciendo la sensacional
transformacin, hasta las Instantneas del Principal. Slo Jack, el
Destripador de Mujeres, me impresion de tal manera que me quit el
sueo durante muchas noches seguidas. Despus de atrancar las puertas
de mi casa con cuantos palos me encontraba a mano, no me senta
seguro y juntando mi cama a la de mi abuela, me pegaba a ella como
una cataplasma.
Los domingos me daba mi padre un peso para que fuera al teatro,
pero para contentar con algo ms mi excesiva aficin, yo me escapaba
entre semana y recoga los programas de todos los espectculos,
coleccionndolos en tal nmero que, no teniendo dnde guardarlos, los
tuve que vender como papel de envoltura.
Tres prendas de vestir ejercan en mis juegos influencias
opuestas: un sorbete de mi padre. Con l puesto, me senta mdico,
recetaba a las muecas de mi hermana o funga de director de circo,
haciendo estallar mi ltigo por toda la casa.
Un chambergo de plumas que compr a Neyra, el cmico que
viva en los bajos de nuestra vivienda. Con l era prncipe,
representaba dramas y embozado en una colcha roja, declamaba lo
versos del Tenorio. Frecuentemente se oan los gritos de la criada,
pidiendo auxilio, ante las embestidas donjuanescas de mi flamante
espada de tejamanil.
Un bonete viejo que adquir por unos cuantos centavos, de un
monaguillo de Santa Catarina, me serva para confesar metido en una
cmoda desvencijada y para predicar sermones entreverados de latines
falsos y de gangosos padrenuestros.
Mi hermana, diariamente, me deca sus pecados:
Acsome de que le saqu la lengua a la abuelita.
Pues te doy como penitencia, que me traigas el pan de tu
merienda.
El sistema de todos los curas.
XII
Las Gmez eran unas vecinas nuestras muy alegres, que
comenzaron a ir a mi casa despus de cenar. As se inici una tertulia
que parientes y amigos completaron.
Cada quien luca sus habilidades: Lola, mi prima, tocaba Poeta y
Campesino; Mercedes, el vals Torbellino, y Micaela, con voz entonada,
cantaba las canciones que aprendiera en Cotija: Oye la voz de mi
dolor, Mara Si tomo entre mis manos
Algunas noches se jugaban juegos de estrado. Yo estaba en esa
edad chocante en que los nios quieren intervenir en las cosas de las
personas mayores. Bailaba, cumpla mis sentencias a la perfeccin y
deca pesadeces que me acarreaban algunos soplamocos.
En la desbordante inquietud de mis adelantados diez aos, me
enamor por primera vez! Ella tena dieciocho, era mi prima y
mantena relaciones formales con mi hermano.
Con qu religiosa devocin la vea, la segua, la palpaba! Las
cosas mejores de mi casa eran para ella: la silla ms cmoda, el lugar
preferente, los claveles de las macetas de mi madre. Y ella, ignorante,
atizaba el fuego de mi pasin, con un cario hecho de complacencias y
de mimos.
Venan tambin algunas veces a nuestra tertulia, dos seoritas
cotorronas, bastante cursis, inquilinas de una casa de mi to
Crescencio. Cantaban muy mal y a su costa, se hacan chistes poco
recomendables.
Para celebrar un santo de mi madre, se organiz una fiestecita
con ms formalidad. Hubo pasteles, jaletinas, tamales.
Nmeros escogidos de concierto:
Vals de Fausto, violn Carolina Muncharraz.
Si t me amaras, romanza, Adela Gmez.
Etctera, etctera.
Pero a alguien se le ocurri que las inquilinas tambin cantaran y
entonces yo, que me encontraba en una puerta de la sala, dirigindome
a un joven desconocido, lo invit al comedor con insistente
impertinencia.
Mira, nio, van a cantar. Despus iremos.
Precisamente por eso lo convido. Esas seoras son una lata.
As se los digo yo, porque son mis hermanas, pero ellas se
empean en hacer el ridculo.
No volv a darle lacara ni a presentarme en la fiesta!
XIII
Mi padre haca una vida alegre y disipada. Sus negocios en un
principio marcharon bien, gan dinero, logr hacerse de una buena
clientela y de varios puntos de la Repblica, le consignaban
mercancas: quesos, ganados, semillas. Pero era un manirroto y
fcilmente dilapidaba las utilidades.
Pronto se hizo en ciertas esferas un tipo muy conocido. Las
mujeres se dejaban prender en las redes de su simpata y los hombres
buscaban su amistad, por despilfarrado y resuelto. Daba con igual
prontitud un peso que una bofetada.
Pero vindolo vivir de este modo, mi madre sufra y lloraba en
silencio. Cuntas veces la luz ceniza del amanecer la sorprendi detrs
de los visillos del balcn, atento el odo para captar los pasos del
trasnochador!
Y como corolario fatal, vino el declive de los negocios: clientes
que ya no enviaron mercancas, alarmados por noticias de constantes
derroches, cuentas insolutas y la suerte, con su poquito de irona,
interviniendo siempre en contra del que se despea.
Mi padre, por ejemplo, dio los fondos necesarios para que un
seor Buenrostro estableciera frente al teatro Principal, una cantina.
La Cuarta Plana se llamaba y como el socio era un hombre de bien,
prosper rpidamente. Pero una tarde de toros Buenrostro fue arrollado
por un tranva y muerto ya, lo llevaron a su casa.
Mi padre habl con la viuda urgindole liquidaciones y dineros,
mas la seora, muy dada a prcticas espiritistas, le contest que
primeramente se comunicara con el espritu de su marido para saber
cmo quedaba aquello. El muerto no acudi a la cita y por eso a mi
padre nunca le pagaron.
Se vendi el casern de mi pueblo; clausurse el despacho de
Cocheras y fueron pignoradas todas las alhajitas de mi familia. El nudo
ciego de las necesidades nos apret terriblemente.
Mi padre entonces, ya contrito de sus locuras, pugnaba en vano
por detener la cada. Forjbase proyectos descabellados de nuevas
empresas, tardos propsitos de ahorro. Todo intil!
Para los ms apremiantes menesteres, los objetos de mi casa, uno
a uno, tomaron el camino del Monte de Piedad.
Qu mi padre se presentaba sin traer el gasto, triste y rendido?
Mi madre resignadamente deca a Vicente, la criada viejecita:
Lleve usted este cuadro o estos cubiertos.
Y la pobre mujer ocultaba las prendas debajo del rebozo,
regresando con unas cuantas monedas de plata que pona en manos de
mi madre.
No hubo da en que nosotros no encontrramos pronta y caliente
la sopa en los platos; pero al sentarnos a la mesa notbamos
sorprendidos que faltaba el reloj del comedor o algn cacharro de vieja
porcelana, de aquellos que mi abuela recibi de donas.
Mi casa se fue desamueblando poco a poco, como si hubiramos
de emprender un largo viaje.
De improviso, el callejn de dolor tuvo una salida: en nombre del
gobernador Mercado buscaron a mi padre y le ofrecieron la prefectura
de un distrito. Se haban acordado, por fin, de que era liberal,
inteligente y atrevido!
Pudo reunirse lo indispensable para que mi padre saliera. Prepar
ste su maleta diligentemente y abandon la casa, lleno otra vez de
jovialidad y optimismo.
Mandar muy pronto por ustedes nos dijo al despedirse.
Yo fui con l hasta la estacin y en ella slo una persona lo
esperaba para decirle tambin adis: don Prisciliano Carriedo, amigo
leal y francote.
Lleva usted pistola, don Melesio?
Nos la comimos hace poco.
Pues ah va la ma para que lo acompae a todas partes, como
una buena mujer!
Y desenfundando su pistola, se la entreg a mi padre.
La noche en que ste se fue, cenbamos todos tristemente,
alrededor de nuestra mesa. Ninguno de nosotros dejaba de pensar en
l, pero nadie se atreva a nombrarlo.
De improviso, mi hermana, sealando la cabecera vaca, le
pregunt a mi madre:
Volver pronto pap?
No, hija, nosotros iremos a buscarlo. Y al contestar, sus ojos
se nublaban de lgrimas.
Pero mam!... repuse yo.
Djame llorar tranquila, que hoy no lloro de pena, sino de
alegra! Volveremos a nuestra vida sosegada de pueblo, todos juntos
como antes. Ya vers, hijita, tendremos una casa muy grande, macetas,
pollos pequeitos para que t juegues con ellos. Le compraremos un
caballo a Rubn. Su pap volver a ser bueno y yo me sentir feliz.
Tanto he sufrido en la ciudad, que prefiero un rincn cualquiera en la
paz de mis campos nativos!...