El domingo por la tarde luego de vender la ltima gallina mi madre sinti un dolor helado en toda su estructura, y metiendo su cuerpo
menudo bajo la sbana dijo que
un poco de sueo aliviara sus pesares. Durmi sin cenar hasta la maana del lunes
cuando, obligada por una tembladera que empezaba en las piernas y terminaba en las
mandbulas, decidi ir al hospital, "ha de ser una gripe que se ha quedado del invierno"
la o decir mientras cruzaba la puerta que daba a la calle. Febrero haba trado el granizo
que muchos nios chupbamos tiritando, y algunos vecinos ms imaginantes hablaban
de nieve en la madrugada frotndose las manos entre s y aspirando aire entre los dientes. Pero mi madre no volvi a casa si no hasta el jueves en la madrugada cuando los
mdicos ya no supieron qu hacer con una mujer que se les empezaba a hinchar como
muerto. Mientras soaba que se me caa un diente o entre el sueo el rugido de un
motor. Tras mltiples intentos fallidos de la medicina humana los doctores decidieron que la muerte tendra mejor remedio. A la media noche la sacaron del hospital en el camin con el que recogan los cadveres de la guerra para que nadie se diera el
trabajo de pensar que era un enfermo sin remedio el que andaban a oscuras. Forzaron las
cerraduras y a tientas la dejaron en su habitacin sin decir palabra.
***
El jueves mam amaneci hinchada y no pudo levantarse para ver al
ejrcito pasear por nuestra calle el tanque de guerra que el gobierno central
enviaba para el resguardo de las fronteras en una guerra que suceda lejana y
sin noticia, slo los cadveres adolescentes recogidos en camin como reses
para el mercado eran seal de que algo suceda en alguna parte ms all del
ro. En la tarde cuando mi madre haba cambiado el llanto leve por el silencio, decid
ir a buscar a mi hermana. Rosa, su primera hija, hizo una pequea fortuna luego de los
funerales de mi padre con los pocos animales que nadie pudo impedir que se llevara del
corral; haba abandonado la casa cuando mi madre se neg a entregarle ms tierras
de las que su ambicin ya haba medido. Instalada al otro canto de la ciudad, cerca
al ro, viva con sus dos pequeos hijos y su esposo, un comerciante de baratijas que cada vez que me hallaba en su camino me escupa una flema verde
cerca de los pies, haca un gesto espurio de alegra y continuaba su camino.
Empez a chispear en gotas delgadas una premonicin de lluvia. Sal al
patio a guardar en seco a rataplam, el viejo caballo de mi padre que Rosa no
quiso llevarse. Como mi madre no pudo levantarse ese da, me serv de desayuno los
frejoles fros del lunes que resultaron horas mas tarde en un revoltijo intestinal sin remedio. Desat al jamelgo del almendro y un chirrido en el estomago me oblig a
correr hacia unas matas de verbena a devolver el desayuno. Tres frejoles intactos
fueron a dar al cesto de una dama sobre un billete de diez soles de oro; lo embolsill
con la prisa que da el temor al reclamo, guard el rocn en el establo y corr hacia la
cuadra ocho del Jirn Germn Aliaga.
Mi padre, un militar retirado, haba muerto de insolacin hace ya ms de un ao,
luego de quedarse dormido camino a casa embebido de caa tras perder una partida de
naipes en el que hubo apostado sus tierras. Miguel, mi hermano mayor, haba huido con
el circo antes que viniera el reparto de las tierras; me confes una noche mientras molamos el maz para los tamales que mam venda en un carretilla en las afueras del
mercado, que una gitana le tir la baraja y que su suerte estaba fuera de estas tierras. Mi
madre y yo vivamos solos en una casa con paredes de madera y techo de zinc levantada
por mi padre con su sueldo de artillero; desde que la sacaron del mercado el mismo da
que muri mi padre y le robaron la carretilla de repartir tamales, sus manos se fueron
volviendo intiles para las labores ms sencillas. A parte del viejo caballo, una retrocarga oxidada, y las dos hectreas que dej mi padre tierras muertas donde la mala hierba se secaba en los primeros brotes , no tenamos para alimentarnos ms que unos
troncos de pltano en el patio de la casa que daban unos frutos enfermos, tan flacos y
desabridos, que nunca pudimos venderlos en el mercado.
***
Rosa, mam se est muriendo. Necesita medicina.
Pero est lloviendo, yo no quiero mojarme con esta lluvia.
Pero es que mam se est muriendo.
Mi hermana cerr la puerta con violencia, y el golpe de la puerta tambin
fue en mi corazn. Camin hacia casa secndome el rostro de lluvia y lgrima sin
saber qu hacer con mis ocho aos y una madre que se hinchaba como si leudara. Saqu
el pauelo alcanforado que mi madre siempre meta en mis bolsillos para cuando estuviera triste. El olor a mi madre me detuvo frente a ella hirviendo las ramas de alcanfor para aromar los pauelos que siempre acostumbraba a colocar entre las cosas de
toda la familia, y tras de ella, sentado junto a la mesa de la cocina con su camisa amarillentada al viejo Abdn separando las ramas buenas de las mas esculidas. Lo haba
conocido un da que mi madre lo trajo desde su casa a orillas del ro a regaadientes de
mi padre, cuando Rosa haba despertado con el cuerpo lleno de mordiscos negros y la
piel tan blanca que todos pensbamos que ya estaba muerta; desde ese da sigui visitando a mi madre de cuando en cuando, aun con la negativa de mi padre. Corr hacia el
ro, busqu su casa en las riberas, una casucha de caa y techo de palma. Llam a la
puerta y me recibi el mismo viejo con fama de hechicero que hace varios aos mi padre ech a empujones de la casa luego que hiciera morder a su hija con un murcilago para curarle de la anemia.
Mi mam se est muriendo dije sin esperanza empapado de lgrima y
de lluvia, ms a modo de anuncio que de suplicante.
Ay Juanita! Suspir hondo al reconocerme, si la muerte no te
recoge es porque llora cuando te siente cerca con tanta pena.
El viejo sac su paraguas y anduvimos a su ritmo hasta la casa. Te
doli mientras caa? me pregunt a pocas cuadras ya de llegar, mas no le
preste atencin o confund su voz con la cada de la lluvia, y me apresur hasta
la entrada para abrirle la puerta.
Le tom el pulso en silencio con los ojos puestos en algn punto fijo como si mirara la frecuencia de sus latidos en alguna mquina inmaterial, le levant los prpados, oli su cabello, agit en el aire un frasquito de vidrio y observ su lquido prpura como quien aprieta la vista intentando adivinar al que
llega a lo lejos. Apunt en un papel unas palabras en su letra de mdico, le imprimi una firma sencilla y me dijo Juanita se pondr bien, luego agreg
Trae esto de la botica. Se las vas a dar una cada ocho horas. Acomod el
cabello de mi madre, bes su frente y se levant diciendo Eso es todo, nos
vemos Juanita, venga a visitarme
Avanc hacia la botica movido por el acto mecnico de la obediencia
imaginando entristecido que no tena con qu comprar la medicina. Al pasar
por un puesto de viandas para el almuerzo sent el crujir de las tres de la tarde
sin nada en la panza, record los frijoles del desayuno y a la mujer blanca con
su vestido romano sentada en un banco de mrmol sosteniendo un canasto de
flores a la izquierda del billete. Son diez soles de oro me dijo el boticario
mientras me alcanzaba una tableta de pastillas de las que hoy no recuerdo el
nombre ni la forma. Me desped del billete con el que haba imaginado un trompo nuevo bailando en mi mano, unos bodoques de leche para ganar en las bolitas, y un jebe nuevo para la valadora con la que cazara al mono que se coma
nuestros pltanos por la noche, aunque al final sent compasin por el mono
que se tragaba esos pltanos rancios malcrecidos.
Regres a casa a toda prisa impulsado por la frentica idea de la muerte. Con la
ayuda de una cuchara abr la boca de mi madre, le met la primera pastilla a la fuerza
con un poco de agua, la abrigu, beb un poco del agua que qued en el vaso y me acost a su lado sin sueo. Deb quedarme dormido en algn momento porque a la media
noche me despert un ruido en la cocina. Al principi repar en que eran las goteras de
la lluvia que se filtraban por los agujeros carcomidos por el oxido, pero ya no se escuchaba su golpear en las calaminas. Trat de hablarle a mi madre, de llamarla por su
nombre, pero no me contestaba. Levant la "retrocarga", emboqu un cartucho en el
can y avanc silencioso hacia el ruido con el temor de que sabiendo a un nio y a una
madre enferma alguien se hubiera metido a robar en la noche. En la cocina raspando en
las ollas mi madre con el cuerpo compuesto a su normalidad buscaba con qu saciar el
hambre contenido desde el domingo. Corr hacia ella y en silencio la abrac como si
llegara de un viaje largo. Sin decir palabra, porque nunca he tenido palabras para la
muerte, limpindome las lgrimas sal al patio, cort una cabeza de pltano y la arrastr
hasta la casa; prend el fuego y sin pelar los ech sobre las brasas; herv agua sobre el
carbn y descascarando los pltanos cocidos los aplast con una piedra de sal en el agua
hervida formando una masa espesa; puse la mesa y le emboqu las primeras cucharadas.
Comi apresurada sin decir palabra hasta que el sol que entr por entre las uniones de
los tablones y dio en su rostro iluminando sus ojos grises y dorndole las canas. Corr
hasta el patio vecino, arranqu una rosa, la hund en un vaso con agua y se la di de beber
muy despacio del mismo modo que ella me la diera cuando Miguel dej la casa y no
par de llorar durante siete das.
***
Aos ms tarde volv a soar que se me caa un diente, me levant de madrugada
muy adolorido, hice grgaras de agua con sal y pude ver un delgado hilillo de sangre en
el escupitajo, palp cada diente para asegurarme pero ninguno pareca haber cado. Dos
das despus llamaron para anunciar que mi madre haba muerto en circunstancias que
nadie se preocup en averiguar por lo avanzado de sus aos. El da de su velorio apareci mi hermana Rosa llorando como cuando se enter que pap no le haba dejado la
casa. Aquel da yo la largu a empujones para la calle sin que nadie me lo impidiera y
cerr la puerta muy despacio para que no pudiera dolerle en el corazn.