0 calificaciones0% encontró este documento útil (0 votos) 3K vistas6 páginasLa Muerte Del Tigre
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| comunidad de los Bolometic estaba, integrada
‘un mismo linaje. Su espiritu protec:
era el tigre, cuyo nombre fueron «ig:
(i por su bravura y por su audacia,
de las ‘naciones inmemoriales (hu-
dei ry wr tension mele ed
de quella etinpe vinieron a extablecerse en
muontatona de ‘Chiapas, en un valle rico de
arboleda y aguajes. Alli la prosperidad les alz6
os hizo de animo soberbio y rapaz. Con
Jos Bolometic descendian a cebarse en las
es de las tribus préximas.
do la Hegada de los blancos, de los caxlanes,
or belicoso le los Bolometic s¢ lanzé a la bate
{un {mpetu que —al estrellarse contra el hierto :
gor vino a caer desmoronado. Peor que venci- 4
factos, los Bolometic resintieron en su ¢
@ el rigor de la derrota que antes jamis habian |
Fucton despojacos, sujetos a citce, a esla
que lograron huir (la ruindad de su. con:
Tes soplé al oido este proyecto, los hizo inv
Ta saiia de sus perseguidlores para Ilevarlo al
refugio en las estribaciones del certo.
ge detuvieron a recontar lo que se habia resca- i
Ja catistrofe. Alli iniciaron una vida, precar
yue el recuerdo de las pasadas grandezas {ue
en 1a que su historia se convirtié en un
escoldo que ninguno era capaz de avivar.
cuando en cuando los hombres mis valientesbajaban a los parajes veci
Spee es) es
fend alas potcnclad superiores que cesaran, de’ ator
mmentar a su weigel, al tigre, que lon brajos ofan rug,
Polit, en la ecura ee Lor montes, Los Bolomet
tran generosos, para. lay offendas, Y sin embargo sus
Fuego!’ no podlin ser atendios. El tigre aun debia
fecbir muchas heridas mis
Porque Ia codicia de los caxlanes no se aplaca ni
con la predacién ni con los tributos, No duerme. Vela
eardiiaken ven hijon en lew hijo ce wus hijon.Y los
faxlanet avanzaban, despiertos, hollando la tierra con
Jos férreos cascos de sus caballos, derramando, en todo
el alroledof su mirada de gavilin; chaxqueando ‘ner
iostmente. su litigo,
‘Los Bolometic vieron que se aproximaba In ame
naa mo corseson como ans prea uh
gue 74 ho tentan ef coraje de-cxgrimir. Se agruparon,
intlorosos de micdo, a exatinar au condacta, como
Sestuvieran a punto’ de comparecer ante un tribun
taigente'y tn apelacon, No loan a delendene, ¢romo?
St fablag clvidido el ane de guerrear y no. hablan
Sprendide elvde argdirr Iban © humiliate Pero el
Ghrsain dal homire blanco, del Taino, std hecho
de una materia que no se ablanda con’ las. siplicas
{fia clemencin ule bien como el morrion, que alorna
tn yplmo de capitin, no como Warenilla'que man-
tha Hos escrtos del smanuense,
En ‘este papel que habla se conagna Ja. verdad
¥ verdad fe ee iy, con on
eas, para sembrat trgo, con. sun ‘plnates que. har
Ge talarte pars absstecimiento de lef y carton, con
tus los que, moveria molinos, es propiedad ‘de’ don
Diego Mijangos y Orantes, quien "prabo su ‘descen
dentin ditece de aquel cure, Hon ‘Diego "Mijangos,
Gnguistador, y de lor Mijangos que sobrevinieron tc
Duce encomenetos. [Ades que'ti, Sebastiin Gomer
Escopeta, y ti, Lorenzo Pérez Diézmo, y ti, Juan Do-
para trocar es produc.
6
far los santuarios, solici-
Ventana, 0 como te Ilames, estis sobrando,
fnsurpando un lugar que no te pertenece y es un
gees ey pesigue: Vamos, vamos,
aqui :
“Ys siglos de sumisién habian deformado aquella
‘Con prontitud abatieron el rostro en un sign
facatamiento; con docilidad mostraron la espalda
fa fuga. Las mujeres iban adelante, cargando los
y, los enseres mis indispensables. "Los ancianos,
Marlentitud de sus pies, las seguian. Y atrés, para
Ja emigracién, los hombres.
JJomadas duras, sin meta. Abandonando este sitio
Inostil y el otro para no disputirselo a sus duefios.
fearon los viveres y las provisiones. Aquéllos en
res mis cruelmente mordia la necesidad se atre-
on al merodeo nocturno, cerca de las milpas, y
‘aban Ja oscuridad para apoderarse de una
‘en sazén, de Ia hoja de algunas legumbres.
los perros husmeaban la presencia del extrafio
whan su delacién. Los guardianes venian blan-
fun machete y suscitaban tal escindalo que el
O, aterrorizado, escapaba. Alli iba, famélico; fur?
‘con el largo pelo hirsutd y Ia ropa hecha jiro-
“La miseria diezmé a la tribu. Mal guarecida de las
es, el frio le eché su vaho letal y fue amor
én una neblina blancuzca, espesa. Primero
jorian sin comprender por qué, con
fezuelos bien apretados como para guardar la
fa brima de calor. Morian los viejos, acurruca~
junto a las cenizas del rescoldo, sin una queja.
fs mujeres se escondian para morir, con un iltimo
Mig pudor, igual queen los tiempos felices se
m etondido para dar a luz.
fueron los que quiedaron atri, los que ya no
ian aver su nueva patria. El paraje se instalé
im verraplen, alto, tan alto, que partia en dos el
Mel eaxlén aunque es tan duro. Batido de 14
a"fagas enemigas; pobre; desdeiado hasta por la. vege.
acién més rastrera y vil, la tierra mostraba la esteri
lidad de su entrafia en grietas profundas. Y el agua,
de mala indole, quedaba lejos. i
Algunos robaron ovejas prefiadas y las pastorea-
ron a hurtadillas: Las mujeres armaban el telar, agu:
dando el primer esquileo.’ Otros roturaban Ia tierra,
sta tierra indécil, avara; los demés emprendian viajes
para solicitar, en los sitios consagrados a la adoracién,
Ja benevolencia divina.
Pero los afios legaban cefiudos y el hambre andaba
suelta, de casa en casa, tocando a todas las puertas
con st mano huesuda,
Los varones, reunidos en deliberacién, decidieron
partir. Las esposas renunciaron al iiltimo bocado para
no entregarles vacia la red del bastimento. Y en la
encrucijada donde’ se apartan los caminos se dijeron
adiés.
‘Andar. Andar. Los Bolometic no descansaban en
Ja noche. Sus antorchas se veian, viboreando entre la
negrura de los cerros. 4
‘Llegaron a Giudad Real, acezantes. Pegajosa de
sudor Ia ropa desgarrada; la’ coMttas GE lode secas ya
de muchos dias, se les iban resquebrajando lentamen-
te, dejando al descubierto sus pantorrillas desnucas.
En Giudad Real los hombres ya no viven segin su
capricho o su servidumbre a la necesidad. En el trazo
de este pueblo de caxlanes predominé la inteligencia.
Geométricamente se entrecruzan las calles. Las casas
son de una misma estatura, de un homogéneo estilo,
Algunas ostentan en. sus fachadas escudos nobiliarios.
Sus duefios son los descendientes de aquellos hombres,
aguerridos (los conquistadores, los primeros coloniza-
ores), cuyas hazafias resuenan atin comunicando una
vibracién heroica a ciertos apellidos: Marin, De la
Tovilla, Mazari
Durante los siglos de la Colonia y los primeros 1us-
tros de la Independencia, Ciudad Real fue asiento de
18
de la provincia. Detent6*la opulent
danca del tomercio; tradi el foo de In
sélo petmanecié siendo la sede de una ele-
telbsistic: el Obispado.
que ya el esplendor de Ciudad Real, pertenecia a
‘La ruina le comié primero ‘las entratias,
myn audacia y sin iniciativa, pagada de sus blaso-
mnida en la contemplacién de su pasado, solté el
Mel poder politico, abandoné las riendas de las
kas mercantiles, cert el ibro de las dsciplinas in
s Gercada ‘por un estrecho anillo de comu-
Se
wo. siempre con ellas una relacién presidida por
iticia. Ala rapiia sistemitica correspondia un
Tatente de protesta que habia culminado varias
Sven [Link]. Y cada vez Ciudad
SI fue menos capaz de aplacarlas por si misma. Pue-
Hyecinos —Comitin y Tuxtla, Chiapa de Corzo—
ron en auxilio suyo. Hacia ellos emigré a rique-
fama, el mando, Ciudad Real no era ya mis que
intuoso y vacio cascarén, un espantajo eficaz
para el-alma de los indios, tercamente ape
fa al terror.
Bolometi atravesaron la primers calles ent
jta desaprobacién de los transeiintes que
m con remilgados gestos, el roce con aquella of
hiseria.
{ndios examinaban, incomprensiva,_insistente
mente, el espectictlo que se ofrecia a su mi-
‘Tas macizas construcciones de los templos los
como si estuvieran, obligados a sostenerlas
fe suis lomos. La esquisitez de los ornamentos —al-
Tejas de hierro, ef labradlo minucioxo de algunas
Tes movian el deseo de aplastarlas. Refan
Ta repentina aparicién de objetos cuyo uso no
abana suponet: abanicos, figuras de porcelana,
de encaje, Se extasiaban ante esa muestra
Ja habilidad de su trabajo exhibe el fotdgrafo:tarjees postales en las que aparece una melanclica se
Hotta, meditando junto. a” una’ columna truncads,
tientios eh el remota horizonte souere, foelancsi
fpente tambien, el sol,
Ca las penonas? {Cémo veian a. las perionas las
Bolometi No. atverdan 1h Inigniticanca: Ge’ ests
hombrecitos, bajos, regordetes, rubicundos, bagazo de
tian eiticpe enetgicn y owe, ‘Resplandecta Sttciaen
te ante ton ojos el rajo que, en eco tempo, los ani
ilo, ¥ al traves de'le feaided, deta detadencta de
thors, Ia supersticidn del vencido ain vigumbraba
figno lsteriow de la cmniposencia del dion coxlan
Tas mujeres de Ciudad Real, ls “coleta”, se des
lizaban con fu paso menudo, retiente, de paloma con
Jos, ojos bajos lis mefila”arreboladas por la rade
aria del der, EI iuto, el silencio, idan con ella
Nexsid i iatlaba, hablaban’ con evar Ge innags
que adormece a los recién macidos, que Consuela a fon
Getermos, que ayuda a lor moribubdos Ea vor de
quien ‘mira! pasar alos hombres tras una videcra
Hl mereato atrajo a los forasteres con a. bullicio,
‘Aqui extd el lugar de la abundancia. “Aqui el malt
(que tofoca las uojes con su amarller de cro; aqui lat
Htian de sangre foja, destamas, pendiende’ de’ enor,
mes gurfioa” Las frutss polposas”stculemas: ol duras.
10 con au piel siempre joven; los plitanos. vigororor,
machos; la manzana que sabe, en sus filos dcidos, a
cuchillo. Y el café de virtudes yehementes, que llama
desde lejos al olfato. Y los dulces, barrocos, bautiz
dos con nombres gentilcio y distantes: tartarta, a
canos. Y el pan, con el que Dios saluda todas las ma-
fianas a los ibres.
sto fue To que vieron los Bolometic y Jo vieron
con un stombro ue ya no era avider, que desarmabe
todo ademan de posetin, Con un [Link].
EI gendarme, encargado de vigilar aquella zona,
se paseaba distraidamente entre los puestos, anti.
rreando una cancioneilla, espantando, aqui y alld, una
20
“Pero cuando advirtié Ia presencia de esos va-
‘andrajosos (estaba acostumbrado a. verlos p>
‘no en grupo y sin capataz ladino como
Hxlopt automiticamente una actitud de celo.
con mis fuerza el garrote, dispuesto a utili
ya la primera tentativa de robo o de violacién a
nso y nebuloso inciso de la ley, que jamids habia
9 euya existencia sospechaba:_perturbaciones
lien publico. Sin embargo, los Bolometic pare
in tener intenciones pacificas. Se habian alejado de
a ir a buscar un sitio vacio en las gra:
de Ta Iglesia de Ja Merced, Encucilados, los
‘spulgaban pacientemente y comian los pio}
dendatme los observaba. a ditancla, ‘complacido,
fl desprecio estaba de su parte.
seftor, que rondaba en torno de los Bolomet
{por fin, a abordarlos. Rechoncho, calv
pot una falsa jovialidad, les dijo en su di
Klay, chamulas? ¢Estin buscando colocacién?
Bolometic cruzaron entre si ripidas y rece
Cada uno [Link]'e otro la rex
bilidad de contestar, Por ultimo el que parecia
ble (y era mis respetado por sis aifon
Pi ietho un viaje anterior 2 Giudad Real),
jsamente. Y tengo fama de equitativo. Me
juvencio Ortiz
si, Don Juvencio.
tario era, mas que eco de la fama, sea
EL silencio se extendi6 entre los interlo-
omo una mancha. Don Juvencio tamborilea-
‘Ta curva de su abdomen, a la altura del botén
donde deberia enroscarse 1a leontina’ de
que no era propietario atin de nin-
alguna leontina, le hizo hincar espuelas a la conversa don Juvencio mostrd los dientes en una
ion.
onces facemos fnos va con sus ideas. Usted era el que
eee aa ‘ Bere pod falar ex eae mundo, pero
Pero los indios no tenian prisa. Nunca hay prisa Ee yee cy
de caer en la trampa. rnos encargaron sus intereses corren el
—Bajamos de nuestro paraje. Hay escasez alli, pa- a
Re egete oe as once, P ‘us cosechas por falta de mano de
ris a mi favor, chamula, Vamos al despacho para sabios cambiar de opinién, mi querido so-
ultimar los detalles. pero, en fin, ahora no hay
‘Don Juvencio eché a andar, seguro de que los in- jarse. Ahi los tiene usted.
ios lo seguirian. Hipnotizados'por esta seguridad, Ios cio hizo el ampuloso ademin con que el
Bolometic fueron tras él. descorre el velo de las sorpresas. Pero
Lo que don Juvencio Hamaba, con tanta pompa, apreciacién de su socio permanecié in-
su des no era mds que un cuchitril, un cuarto
redondo en una de las calles paralelas a la del mer-
‘cado. El moblaje lo constituian dos mesas de ocote
(en mis de una ocasién las astillas de su mal pulida
jperficie habian rasgado las mangas de los tinicos tra-
se vio en el penoso deber de impos.
qué tono lo dice usted, seftor mio!
jes de don Juvencio y de su socio), un estante repleto les?
de papeles y dos sillas de inseguras patas. En una de JJuvencio se encogié de hombros.
qd con una provisionalidad de péjaro, esta- i ilote en I'anca, como quien dice.
ba el socio de don Juvencio: un largo perfil, protegido lima de la costa. Y como usted
por una visera de celuloide verde. Graznd"cuando tuvo *
ante s{ a los recién yenidos. $e aproximé a su socio, enarbolando
~eQué trae usted de bueno, don Juvencio? icamente amenazante.
ue se pudo conseguir, mi estimado. La com- josdn! Si bien hacen en Iamarle ave de
Pecicn ayaa ‘con menos. méritos @. Pero tenga presente, mi extimado, aquel
iyo tengo titulo de jo, expedido por la Escuela “aconseja no meterse en lo que a uno no
: Es acaso responsabilidad nuestra que es-
de Leyes de Ciudad Reall—y con menos experiencia Santen o no el clima? Nuestra obligacion
‘que yo, me arrebatan los clientes. ‘comparezcan vivos ante el dueno de
—Usan otros métodos. Usted nunca ha querido re- Britie suctda despues ya no. tos incumbe.
currir al alcohol. Un indio borracho ya no se da ‘erie inuevas diquisiciones fue al eitanté
cuenta ni de lo que hace ni de a lo que se compro- Mfajo de papeles: Después de entregarlos
mete, Pero con til de ahorrar lo del trago. ‘don Juvencio se volvié a los Bolometic
sa TNS, 5H ave sovechane de Ia tnconscien. c "
‘estos infelices es, como dice Su Hustrisima, < i
ae a lustrisima, don “chamulas, pénganse en fila. Pasen, uno
2 3per une, ame Ja mesa del velo conteten 10. que
jes pregunte. Sin decir mentira, chamulas, porque el
senior e brujo y los puede dafar. ;Saben para qué se
pone esa vsera’ Para no lastimarlos con la fuetva. de
su vista,
{os ‘Bolometie ecucharon esta, amonestacién con
reciente angustia. ¢Cémo iban a poder seguir ocul.
Gio nae’ verdsdero? Lo ‘erregaron® pusicron
‘a su waigel, al tigre herido, bajo lx potestad de estas,
manos manchadas de tinta,
Pablo Gémez Bolom,
Daniel Hernindez Bolom.
josé Dominguez Bolom.
socio de don Juvencio taladraba a los indios
‘con una imitil suspicacia, Como de costumbre, esta.
ban tomindole el pelo. Después, cuando se escapaban
de las fincas sin satisfacer sus deudas, nadie ‘palia lo.
‘alizarlos porque el paraje al que habian declarado,
pertenecer no existia y los nombres que dieron como,
‘suyos eran. falsos.
Pero no, por la Santisima Virgen de la Caridad,
‘ya bastal EI socio de don Juvencio dio un manotazo,
Sobre la mesa, dispuesto a ieclamar. Sélo que sus co-
nocimientos de la lengua indigena no eran suficientes
‘como para permitirle ensarzars¢ en una discusién. Re-
funfunando, apunté;
—iBolom! Ya te voy a dar tu bolom para que apren-
ais," A ver, ol que sigue. aie
Cuando hubo terminado notifies a don Juvenci
Son cuarenta. ¢A cudl finca los vamos a mandar?
Le taparemos ‘la boca a don Federico Werner,
EE cl gus ms nos spremia, Apunve usted: Bla
“El Suspiro”, Tapachula,
‘Mientras escribia, ‘con los ojos protegidos por la
visera verde, el socio de don fuvenc en la
=No son suficientes.
Que no son suficientes? ¢Cuarenta indios para
on
que recibieron, los Bolometic ini-
Conforme iban dejando ats la
ferrania, un aire tibio, morgso, los envol-
Ta rigider de sw Venteaban,
Jado de confuses aromas, Ia delicia,, Y
¢omo el sabueso cuando le dan a per-
desconocida.
“al desampararlos tan. bruscamente, ‘es
ypanos. Dolian, supuraban, Cuando los
‘al mar creyeron que aquel gran
ia que no se aparté fue la del fro.
‘este reducto del que siempre habia
“agro a la misma hora, aunque el sol
os derriticra las piedras, ei frlo se desen-
de culebra repugnante y recorria el
MBolometic, trabando sus quijadas, sus
‘un terrible temblor. Después de su
los Bolometic quedaba como amortec
endo, poco a poco, para caber en la
eiites de aquel largo vérano no pudie:
‘Las deudas aftadian un eslabén a otro,
En la cicatriz del timpano resonaba,
S débilmente, la vox de sus mujeres, Ia-
de sus hijos, extinguiéndose,
‘el monte nada se volvié a saber.
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