0% encontró este documento útil (0 votos)
990 vistas3 páginas

Juan Carlos Onetti - Ella PDF

Cargado por

Joseph Irwin
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
990 vistas3 páginas

Juan Carlos Onetti - Ella PDF

Cargado por

Joseph Irwin
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Juan Carlos Onetti

Ella

De Cuentos Completos, Alfaguara, Buenos Aires, 2006.

Cuando Ella muri despus de largas semanas de agona y morfina, de


esperanzas, anuncios tristes desmentidos con violencia, el barrio norte
cerr sus puertas y ventanas, impuso silencio a su alegra festejada con
champn. El ms inteligente de ellos aventur: Qu quieren que les
diga. Para m, y no suelo equivocarme, esto es como el principio del
fin.
Tantas cosas, pobres millonarios, les haba hecho tragar Ella. Y lo
triste era que Ella haba sido infinitamente ms hermosa que las gordas seoras, sus esposas, todava con olor a bosta como dijo un argentino. Ahora tambin podan tragarse las sonrisas cordiales con que
haban acogido las rdenes y las humillaciones. Porque todos sentan,
sin ms pruebas que discursos vociferados en la Plaza Mayor, que Ella
era, en increble realidad, ms peligrosa que las oscilaciones polticas,
econmicas y turbias, de l, el mandatario mandante, el que a todos
nos mandaba.
Cuando al fin Ella muri, rematando esperanzas y deseos, estbamos a
fin de julio; en una fecha abundante en crueldades, en fro, viento,
aguacero. De los cielos negros de nubes y noche, caa una lluvia lenta,
implacable, en agujas que amenazaban ser eternas. Se desinteresaban
de abrigos y pieles humanas para empapar sin dilaciones huesos y
tutanos.
La humedad aumentaba el mal olor de las gastadas ropas de luto improvisado: casi inmviles, sin palabras porque su desdicha tena un
slo culpable y ste no poda ser nombrado aunque dueo del fro, de
la lluvia, el viento y la desgracia.
Segn la pequea historia, tantas veces ms prxima a la verdad que
las escrita y publicadas con H mayscula, cinco mdicos rodeaban la
cama de la moribunda. Y los cinco estaban de acuerdo en que la ciencia tiene sus lmites.
Y en la planta baja, impaciente, pasendose, atendiendo las preguntas
telefnicas que le hacan los periodistas amigos o dadivosos, haba
otro hombre, tal vez tambin mdico, aunque esto no tenga la menor
importancia.
Era un cataln, embalsamador de profesin conocida y llamado por l
desde haca un mes para evitar que el cuerpo de la enferma siguiera el
destino de toda carne.
Y haba una lucha silenciosa pero tenaz entre los cinco de arriba y el
solitario de abajo. Porque si ste slo crea con distraccin en la Virgen de Montserrat, los de encima, estaban divididos entre la de Lujn,
la de La Rioja, la de las Siete Llagas, entre la de San Telmo y la del
Socorro. Pero coincidan en lo fundamental, en la Santa Iglesia Apostlica Romana. Y crean en los eructos dominicales de los curas.

Para cumplir lo contratado con l, el embalsamador cataln tena que


aplicar una primera inyeccin al cadver media hora antes de ser decretado tal. Los pertinaces creyentes del piso superior se oponan a
toda intencin de embalsamar, pese a que el contratado cataln haba
repartido generoso pruebas indiscutibles de su talento. Recuerdo la
foto, en un folleto, de un nio muerto a los doce aos, plcidamente
colocado en un silln y luciendo un traje marinero impecable. Lo exhiban cada vez que la momia hubiera tenido que cumplir aos l se
burlaba, el tiempo no exista, sus mejillas seguan rosadas y sus ojos
de vidrio brillaban con malicia cuando inexorablemente, cumpla
una fecha de muerto. Dos veces al ao ocupaba el puesto de honor y
los parientes que le iban quedando el tiempo exista lo rodeaban
tomando t con pasteles y alguna copita de ans.
Se oponan a la primera e imprescindible inyeccin. Porque la Santa
Fe que los aunaba reparta almas para que escucharan eternamente
msica de ngeles que jams cambiaran de pentagrama o tal vez
sus cabecitas equvocas las hubieran grabado o para disfrutar suplicios nunca concebidos por un polica terrestre.
De modo que, cuando aquellos litros de morfina dejaron de respirar,
se miraron asintiendo y consultaron relojes. Eran las veinte en punto.
Alguno encendi un cigarrillo, otros rindieron sus fatigas a los sillones.
Ahora esperaban que la pudricin creciera, que alguna mosca verde, a
pesar de la estacin, bajara para descansar en los labios abiertos. Porque la Santa Iglesia les ordenaba respirar cadaverina, hediondez casi
enseguida, y adivinar la fatigosa tarea de siete generaciones de gusanos. Todo esto adecuado a los gustos de Dios que respetaban y teman.
Los minutos pasan pronto cuando un diplomado vela por su fe.
Emilio, el ms obediente a las manifestaciones indudables de la Divinidad, dijo:
Che, aument la calefaccin.
Ms tarde, resolvieron bajar para dar la noticia, triste y esperada.
l estaba cenando y asinti con la cabeza. Luego agradeci los servicios prestados y rog que le fueran enviados los honorarios. Despus
seal con un dedo a uno cualquiera de los uniformados y le orden
ordenar a las radios, primicia para la suya, que difundieran la noticia.
Y qued as, rehecha, corregida, discutida: El Ministerio de Informacin y Propaganda cumple con el doloroso deber de anunciar que a las
veinte y veinticinco Ella pas a la inmortalidad.
El mdico cataln subi los escalones de dos en dos, molestado por su
pequea maleta. Prepar la inyeccin y estuvo consternado palpando
la frialdad del cuerpo.

Las puertas no se abran y la multitud comenz a porfiar y moverse.


Los policas dejaron de ofrecer vasitos de caf enfriado y de inmediato
aparecieron vendedores de chorizos, de pasteles, de refrescos entibiados, de manes, de frutas secas, de chocolatines. Poco ganaron porque
el primer contingente comenz a llegar a las nueve de la noche y provena de barriadas desconocidas por los habitantes de la Gran Aldea,
de villas miseria, de ranchos de lata, de cajones de automviles, de
cuevas, de la tierra misma, ya barro. Ensuciaron la ciudad silenciosos

y sin inhibiciones, encendan velas en cuanta concavidad ofrecieran


las paredes de la avenida, en los mrmoles de ascenso a portales clausurados. A algunas llamas las respetaban las lluvias y el viento; a otras
no. All fijaban estampas o recortes de revistas y peridicos que reproducan infieles la belleza extraordinaria de la difunta, ahora perdida
para siempre.
A las diez de la maana les permitieron avanzar unos metros cada
media hora, y pudieron atravesar la puerta del Ministerio, en grupos
de cinco, empujados y golpeados, los golpes preferidos por los milicos
eran los rodillazos buscando los ovarios, santo remedio para la histeria.
A medioda corri la voz de cuadra en cuadra, metros y metros de cola
de lento avanzar: Tiene la frente verde. Cierran para pintarla.
Y fue el rumor ms aceptado porque, aunque mentiroso, encajaba a la
perfeccin para los miles y miles de necrfilos murmurantes y enlutados.

También podría gustarte