Konvitz Jeffrey - El Guardian TALO
Konvitz Jeffrey - El Guardian TALO
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J Je ef ff fr re ey y K Ko on nv vi it tz z E El l G Gu ua ar rd di i n n
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Jeffrey Konvitz
EL GUARDIAN
CIRCULO DE LECTORES
Ttulo del original francs: The guardian
Traduccin: Teresa Snajer
Cubierta: Liarte
Ediciones nacionales Edicin no abreviada
Crculo de Lectores Licencia editorial para Crculo de Lectores
Edinal Ltda por cortesa de Editorial Sudamericana
Calle 57,6-35, Bogot Queda prohibida su venta a toda persona
que no pertenezca a Crculo.
J effrey Konvitz, 1978
Editorial Sudamericana, S. A., 1981
Impreso y encuadernado por
Printer Colombiana
Calle 64, 88-30
Bogot 1982
Printed in Colombia
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A Victoria, que lo vivi.
Y a Rufus, que revis el captulo 27.
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PRLOGO
Novi embre de 1963
El doctor Martin Abrams carg con todo cuidado su pipa tallada a mano, la encendi
y ech un vistazo a la carpeta que tena a su derecha, sobre el escritorio.
Cmo se siente? pregunt, enarcando las tupidas cejas castaas.
Cmo me siento... repiti con voz inexpresiva el paciente, sumido en un
profundo trance.
Abrams percibi el malestar del paciente.
Se siente relajado, verdad?
S repuso inseguro el paciente. Muy relajado.
As me gusta.
Silencio. Luego: Quiero que hablemos de su madre dijo Abrams.
El paciente dio muestras de gran agitacin. No recuerdo a mi madre.
S que la recuerda. Lo recuerda todo. Hbleme de ella.
Con tono vacilante, el paciente describi a la mujer y habl de su relacin con ella.
Abrams lo aprob con un gesto. Muy bien. Hizo un par de anotaciones. Ahora
cunteme cmo muri.
No! explot el paciente. No recuerdo.
S que lo recuerda. Hbleme de eso!
Mi madre muri. Hace mucho tiempo.
Cmo muri?
Cncer.
Eso no es cierto. Cunteme cmo muri!
Cncer. Melanoma. Fui a verla al hospital. Sufra terribles dolores.
Eso es todo?
El paciente respondi con un murmullo elusivo. De pronto se detuvo. Sudaba
copiosamente.
Abrams volvi a encender su pipa y le hinc los dientes con fuerza.
Cmo muri? volvi a preguntar. El paciente ech a su alrededor una mirada
de fiera enjaulada. Cmo?
Del hospital la mandaron de vuelta a casa. Una maana, la enfermera que la
atenda se sinti mal y no pudo venir. Mam sufra dolores ms atroces que nunca. Me
dijo que si la amaba, deba ayudarla a morir. Llor. Luego desconect los aparatos que
la mantenan con vida y me fui a la escuela. Cuando volv, estaba muerta.
Cmo se sinti?
Culpable.
Y qu lo llev a hacer su culpa?
No lo recuerdo.
Lo recuerda perfectamente! Dgamelo!
Zozobra. Confusin. Luego: No poda vivir con esa carga.
Y entonces...
Trat de matarme.
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Satisfecho, Abrams sigui buceando ms hondo, y rpidamente llen una docena de
pginas con sus impresiones. Enseguida, dando por concluida la sesin, rompi el
trance. A los pocos segundos el paciente se hallaba lcido.
Abrams le sirvi un caf. Quisiera hacerle algunas preguntas dijo.
El paciente asinti.
Cmo muri su madre?
Cncer.
No fue un asesinato?
Asesinato? Est loco?
Yo? No. Y usted tampoco.
El paciente ri. El psiquiatra sacudi la cabeza.
Hay algo ms que quiero preguntarle.
Cmo no.
Alguna vez trat de suicidarse?
No. J ams.
Est seguro?
S.
Perfecto. Eso est muy bien.
El paciente sonri y lanz un suspiro de alivio.
Abrams se repantig en la silla y arroj al cesto de los papeles el tabaco quemado de
su pipa. Cerr la libreta, hizo un gesto de asentimiento, y se dijo lleno de asombro que
estaba frente al caso de represin ms extraordinario que haba conocido en su vida.
Diciembre de 1966
Arthur Seligson sali de la estacin, en la esquina de Bleecker y Lafayette,
convencido de que haba hecho bien en abandonar el departamento. Por la maana,
Sue habra olvidado la pelea y l podra volver a su casa despus de una noche de
diversin. De todos modos, haca rato que la relacin se arrastraba penosamente.
Arthur estaba harto de mandoneo, y si Sue era incapaz de aceptar que l fuera bisexual
y bastante liberado como para permitirse de tanto en tanto una ocasional compaa
masculina, all ella. Bien poda hacer sus maletas y largarse.
Dobl por Houston, se encamin al sector este del Village y entr en un club
nocturno llamado Soire. Aunque nunca haba estado all, en el ambiente homosexual
todo el mundo conoca el lugar, aun cuando slo fuera por su reputacin. El local no era
muy grande. A decir verdad, resultaba demasiado pequeo para albergar a la nutrida
concurrencia que ya se encontraba en el interior. Haba un bar cerca de la puerta, una
pista de baile un poco ms atrs, y en el fondo un escenario elevado ocupado por
cuatro msicos negros y dos bailarines travests. El decorado era mediocre, pero pocas
de las personas que all se encontraban haban acudido por razones estticas, y aun en
ese caso las luces eran tan tenues y tan denso el humo de los cigarrillos, que era muy
poco lo que se poda ver.
Arthur dej su abrigo en el guardarropa, se acerc al bar y pidi un whisky con hielo.
Cuando el barman le trajo su bebida, ocup el ltimo asiento libre y mir a su alrededor,
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estudiando las caras. Era un lugar distinto, especial. Y tambin la gente era distinta. Un
modo de vida ms libre, ms abierto. Se sinti estimulado.
Se quit el suter de lana mohair y lo dej sobre el respaldo de la silla. La camisa de
algodn que llevaba debajo ya estaba empapada de transpiracin. Pidi un vaso de
agua, rebaj su whisky, y tendi la mano hacia un plato de bizcochos salados para
servirse algunos. El hombre sentado junto a l le sonri; Arthur le retribuy la sonrisa.
El hombre era rubio, atractivo, muy delgado, y deba tener poco ms o menos la
misma edad de Arthur. Estaba elegantemente vestido, con un suter italiano negro
sobre camisa blanca y un blue jean estrechsimo, con el bolsillo bordado.
Qu tal? pregunt el hombre.
Muy bien repuso Arthur. Me llamo J ack. J ack Cooper.
Arthur Seligson.
J ack le brind otra sonrisa de dientes relumbrantes, y bebi un sorbo de su vaso de
Bourbon.
No te haba visto antes por aqu.
A Arthur le agrad el timbre de la voz de J ack: suave, clara, difana, femenina.
Claro, es la primera vez que vengo.
La orquesta de jazz termin su nmero y abandon el escenario. Celebrando el
silencio, Arthur apur su bebida hasta el fondo y protest cuando J ack pidi otra vuelta.
Neoyorquino? pregunt J ack al tiempo que acercaba su silla a la de Arthur.
No. Soy de Yonkers. All me cri. Estudi en Buffalo, y vine aqu para seguir cursos
de posgrado en Columbia. Voy a clase de vez en cuando y trabajo un par de horas en
Bloomingdale's.
Vives solo?
No.
Compartes el departamento?
No. Tengo... una amiga.
Ah!... De modo que esta noche la engaas en forma.
No... no hay secretos. Soy lo que soy y ella lo sabe.
Pero no es fcil.
Nada fcil.
Sonriente, J ack se dirigi al barman y seal los vasos vacos.
Y qu me cuentas de ti? pregunt Arthur, mientras observaba cmo el barman
le llenaba el vaso por tercera vez.
Estudio literatura en la New School y trabajo aqu por la noche.
Haciendo qu?
Por lo general atiendo el bar. Hace unos cuatro aos que vivo en el Village, y
trabaj en casi todos los bares del barrio. Vine de Cincinnati. Quera ser actor, pero no
me fue bien. Hice un corto publicitario para una gaseosa de la que nunca haba odo
hablar, un par de doblajes que al fin no se usaron y seis semanas en el papel del Muro,
con una compaa en gira. Divertido, no? Seis semanas en el escenario sin decir una
sola palabra. Bueno, as es el teatro. Pero qu diablos. Yo no era gran cosa como actor,
aunque en aquel tiempo era incapaz de reconocerlo.
Arthur asinti, comprensivo.
J ack sac un cigarrillo y lo encendi.
Qu piensas hacer cuando salgas de la universidad?
Arthur movi la cabeza.
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No lo s. Creo que me he convertido en estudiante crnico. Los diplomas y las
medallas son muy buenos para adornar paredes, pero no ensean a ganarse la vida.
As que... seguir yendo a clase hasta que me echen, o hasta que me case con la hija
de algn ricachn.
O con el hijo?
O con el hijo sonri Arthur.
Riendo, J ack ech un brazo sobre los hombros de Arthur. Tienes una buena
cabeza. Y una hermosa sonrisa. Me gustas.
Arthur bebi un sorbo de scotch. Y t a m.
J ack le tendi un paquete de cigarrillos. Fumas?
Arthur neg con la cabeza. No replic reprimiendo el hipo, nunca toco un
cigarrillo. (Por Dios, se le haba ido la mano con la bebida.)
J ack guard el paquete. Pues..., s, te lo preguntar.
Qu?
Cundo debutaste?
En la facultad repuso sin vacilar Arthur. En unas vacaciones. Fui a esquiar a
Vermont y conoc a un tipo de la universidad de New Hampshire. Era un buen
esquiador y yo un novato total. De modo que empez a ensearme y nos pasamos la
semana persiguiendo damiselas sin mucho xito. Las ltimas dos noches nos
quedamos en el cuarto del hotel de mi amigo y nos emborrachamos. Y la ltima noche
ocurri.
Te sentiste culpable?
Para nada. Arthur hizo una pausa. J ack ri y sigui bebiendo.Y t?
J ack enarc las cejas. Yo soy un veterano. Empec con un infante de marina que
prestaba servicios en una base de las afueras de Lexington, en Kentucky. Y vaya si fue
un asunto escandaloso! Mi madre nos pesc una noche en el heno. Casi me mata. Por
suerte, mi viejo haba muerto un ao antes, porque si no me hubiera degollado. Te dir
que poco falt para que lo hiciera mam. Era brava. Cien veces me pregunt por qu, y
le dije que si ella hubiese sido un chico, con una vieja como ella rezongndolo todos los
das, se habra agarrado del primer hombre que encontrara para no soltarlo ms.
Bueno..., mi razonamiento no la convenci demasiado, de manera que sigui
torturndome todas las noches durante un mes hasta que no aguant ms, y me
largu... Tom el primer mnibus que pude encontrar hacia el este... Filadelfia, para ser
ms preciso..., y luego me vine para ac. Desde entonces no la vi ms. Alguien me dijo
que el shock de tener un hijo maricn la liquid, pero nunca me preocup por
confirmarlo, porque me importa un rbano.
Arthur dirigi la cronologa. Y desde entonces nunca estuviste con una mujer?
J ack sacudi la cabeza.
Siguieron conversando y bebiendo durante toda otra sesin, hasta que J ack mir su
reloj y tom la mano de Arthur.
Vuelves con tu dama esta noche? pregunt.
Preferira no hacerlo.
Vivo a unas pocas manzanas de aqu. Qu te parece si te vienes conmigo y
compramos una botella de vino? Es un lugar tranquilo. Podremos hablar. Encender la
chimenea, pondr buena msica. Lo pasaremos bien.
Suena prometedor dijo Arthur.
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Ambos se pusieron de pie y se dirigieron hacia la salida. Mientras esperaban que les
entregaran sus abrigos, un hombre rechoncho, vestido con una chilaba marroqu, se
acerc a J ack y lo abraz.
J ack hizo las presentaciones: Charlie Kellerman. Arthur Seligson.
Kellerman salud a Arthur y luego pregunt, dirigindose a J ack:
Te vas?
S. Maana vendr a las doce. Y por la noche trabajar, pero no en el bar. Ech
una mirada a Arthur y aferr a Kellerman por la garganta. No nos vendra mal ser
socios del bar. Este marica se est haciendo rico.
Riendo, Kellerman rode con un brazo la cintura de Arthur.
Piensas pasar la noche con este plomazo?
Arthur sonri sin responder.
Kellerman aspir una profunda bocanada de su cigarrillo: Te lo recomiendo
calurosamente. Pero ten cuidado. Podra ponerme celoso.
Los tres rieron. El encargado del guardarropas les entreg los abrigos. Kellerman
abraz una vez ms a J ack, apret con fuerza el brazo de Arthur, alz la cabeza y con
gesto amanerado arroj un beso al aire.
No hagas nada que no hara yo dijo en tono admonitorio.
Eres el tipo ms cursi que he conocido en mi vida repuso J ack riendo.
Kellerman insinu una sonrisa, volvi a dar una pitada a su cigarrillo y se retir hacia
el interior del local.
J ack tom a Arthur del brazo.
Listo?
Listo.
Se miraron sonrientes y salieron a la calle.
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Cuando los neumticos patinaron irremediablemente en el barro, Annie Thompson se
encogi en su asiento y mir por la ventanilla esforzndose por distinguir el comienzo
del asfalto. Pero fuera de su imagen, reflejada en el cristal, poco ms alcanz a ver. Y
su imagen no contribua a mejorar las cosas. Por Dios, qu aspecto tan horrible tena!
Los ojos inyectados, la cara descolorida.
Aferrado al volante del sedn Volvo, Bobby J oe Masn apret una vez ms el
acelerador a fondo, al tiempo que tomaba a Annie del brazo para impedir que se fuera
hacia adelante.
Con esta pendiente no lo mueve ni un tanque se quej. Mir hacia arriba, al
camino que atravesaba la cima de las Adirondack, y repiti entre dientes: Ni un
maldito tanque!
Esto s que se llama acertar con el tiempo, no? murmur ella sacudiendo la
cabeza mientras oa arreciar la lluvia sobre el techo.
Maldito sea refunfu l.
Las ruedas seguan patinando y arrojando barro a las mordientes rfagas del
vendaval que apenas una hora antes se haba desatado desde el Canad, tomndolos
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desprevenidos a treinta kilmetros de todo lugar poblado. Y pensar que el informe
meteorolgico anunciaba tiempo bueno y soleado para ese fin de semana...
Sobresaltada por el choque de una rama contra el parabrisas casi totalmente
oscurecido, Annie dio un respingo y se golpe la rodilla contra el tablero. Riendo, Bobby
tendi el brazo hacia atrs para buscar su anorak.
Ponte al volante. Voy a empujar. Cuando te grite dale, aprietas el acelerador
hasta el fondo y lo mantienes as.
Crees que resultar?
Ms vale que resulte. De lo contrario, tendremos que desandar el camino y volver
a la ruta.
No por Dios! se lament Annie con un gesto de desaliento.
Bobby salt fuera, corri hacia la parte de atrs del auto, junt coraje y respirando
hondo movi la cabeza con fuerza para sacudirse el agua que le corra por la cara. El
cielo estaba negro. Al frente, el borde del camino se perda en medio de la neblina, que
trepaba por la cuesta enmarcada por una espesa mata de vegetacin. Se sec las
manos, ya lvidas, por el intenso fro.
Dale ahora! grit.
Annie apret el acelerador, y Bobby sinti el salpicn del barro en la cara. El auto se
hamac y las ruedas patinaron con furia tratando de morder el suelo.
Sigue! aull Bobby y sigui empujando, hasta que por fin el auto dio un envin
hacia adelante y subi al pavimento, con el motor rugiendo frenticamente.
Bobby corri hacia la puerta delantera y se meti en el auto.
Salgamos de aqu dijo jadeante.
Annie se inclin hacia l y le limpi la cara sucia de barro. Triunfamos! exclam.
Sonriente, Bobby lanz el vehculo camino arriba, cruz la cima, hizo un rodeo por
una densa extensin boscosa y por fin se detuvo delante de una cabaa de dos
plantas, en un sector de estacionamiento que formaba un proscenio para un anfiteatro
natural de rboles.
Est igual grit Annie, feliz.
Bobby la bes suavemente en la mejilla. Acaso no te lo haba dicho?
Ella le ech los brazos al cuello y hundi la cara en el abrigado suter de Bobby.
Vamos urgi l, apartndola. Se frot las manos para eliminar el barro seco y se
aboton el anorak. Yo bajar las maletas. Ocpate de las provisiones.
De acuerdo.
Cargaron las maletas y los bultos y cruzaron una breve senda de piedra que
conduca hasta el porche; all Bobby extrajo del bolsillo un manojo de llaves y abri la
puerta. Empujaron el equipaje hacia adentro, encendieron las luces, echaron llave a la
puerta y arrojaron sus abrigos sobre un sof muy mullido ubicado en el centro del
cuarto, frente a una vieja chimenea de piedra.
El interior de la cabaa era tal como lo recordaban. Gruesas vigas en el techo.
Muebles bien distribuidos. A la derecha, la cocina. A la izquierda, una escalera que
llevaba a los dormitorios gemelos en el piso de arriba.
Guardar las provisiones dijo Annie.
Con un gesto de asentimiento, Bobby se dirigi hacia la puerta de la leera.
Annie entr en la cocina e inspeccion los armarios y los artefactos. Salvo un frasco
de pimentn, una lata de azcar y varios potes con condimentos, los estantes estaban
casi vacos. La panzuda cocina de modelo anticuado pareca hallarse en buenas
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condiciones; la nevera, en cambio, ola a desuso. La dej abierta mientras vaciaba las
bolsas de provisiones.
La leera est vaca anunci Bobby. El ruido del viento casi apagaba su voz.
Annie mir por sobre el hombro. El empleado de la inmobiliaria dijo que la lea
estaba en el arcn del stano.
Ir a ver.
Annie aguz el odo. La puerta del stano se abri con un chirrido. Oy pasos en la
escalera de abajo, un ruido sofocado y otra vez pasos, esta vez hacia arriba. Luego,
silencio.
Hola!
Se volvi.
Bobby le sonri. Tena los brazos cargados de leos.
Est lleno hasta el tope.
Formidable. Date prisa a encender el fuego. Y qutate ese suter si no quieres
pescar una pulmona.
Bobby sali de la cocina y Annie se masaje los brazos para entrar en calor. Se
senta tiesa, dolorida, agobiada por un malestar nacido de la humedad, el fro y el viento
penetrante. Y al mismo tiempo, increblemente feliz. Bobby y ella de nuevo juntos, solos
en la cabaa como un ao antes, dos semanas despus de haberse conocido en la
universidad a comienzos del semestre de otoo. Entonces lo haban vivido como una
audaz aventura, ya que haca muy poco que ambos hacan vida independiente, lejos
del hogar familiar. Ahora, en cambio, todo era... perfecto, s, sa era la palabra. La
culminacin de un ao juntos, un ao en que compartieron, lloraron, rieron y llegaron a
conocerse como ninguno de los dos haba conocido antes a nadie.
Annie se acerc a la puerta de la cocina y observ a Bobby que se afanaba delante
del hogar con la lea y un trozo de diario. Acercndose en silencio se arrodill detrs de
l, y le; ech los brazos al cuello.
Cmo va eso? pregunt en un susurro.
Ya casi est. Bobby coloc el ltimo leo en la pila, prendi un fsforo y lo
acerc al papel.
Annie tendi el brazo por sobre el hombro de l, tom el fuelle y se lo alcanz; luego,
en un impulso, lo bes en la oreja.
Bobby le roz la mano. Te quiero dijo en voz baja.
El papel se encendi. Bobby aviv las llamas con el fuelle hasta que los leos
empezaron a arder.
Annie estrech su abrazo apretndose contra el cuerpo de l.
Hagamos el amor pidi.
Bobby sonri. Hace un fro infernal.
Pronto va a estar ms tibio. Y lo haremos aqu, frente a la chimenea.
Y si alguien mira por la ventana?
Quin?
Alguien.
Si alguien est en la montaa con este tiempo, bien se merece un espectculo
entretenido.
Rieron. Besndola suavemente, Bobby tendi a su compaera sobre la alfombra,
pero una violenta rfaga de viento le oblig a levantarse. Revis todas las ventanas
para cerciorarse de que no haba nadie all y enseguida volvi junto a Annie.
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Lentamente ella le desabroch la camisa, le acarici el pecho con la lengua, le quit
los pantalones, se puso de pie, y con la misma surgente lentitud se desvisti frente a la
danza de las llamas; luego volvi a tenderse y apret sus senos pequeos y firmes
contra el pecho de Bobby.
Promteme una cosa rog, envolvindolo en la radiante mirada de sus grandes
ojos verdes.
Qu cosa?
Que nunca me abandonars. Ni me dejars ir. Que me amars siempre.
Prometido sonri l.
Annie reclin la cabeza en el hombro de Bobby. El golpeteo de la lluvia la relajaba,
tanto como la clida suavidad del cuerpo de Bobby. Si llova toda la semana, acaso
fuera una bendicin. Podran yacer as juntos, hora tras hora, aislados del mundo. En
verdad hubiera deseado quedarse all para siempre y que todo permaneciera como en
ese momento. Sinti la mano de l entre las piernas, acaricindola suavemente. Lo
deseaba. Lo deseaba muchsimo. Pero estaba cansada. Y el repiqueteo de la lluvia
pareca apagarse, alejarse como el sordo redoble de un tambor.
Un momento ms tarde se qued dormida.
La ltima brasa del hogar mora deshacindose en cenizas cuando Annie abri los
ojos y bostez. El cuarto estaba fro y reinaba una extraa quietud slo quebrada por el
asedio de la tormenta. Extendi un brazo buscando el cuerpo de Bobby, pero slo sinti
el roce spero de la piel de animal que haca de alfombra. Pase una mirada por la
habitacin. Estaba sola; las luces apagadas. Temblando se puso los pantalones y la
blusa y ya vestida removi el rescoldo con el atizador, pero slo quedaban cenizas que
apenas si irradiaban alguna tibieza. Sin duda, haba dormido no menos de cinco horas,
y como haban llegado alrededor de las diez, deban ser las tres de la maana. Una
ojeada a las ventanas y a la compacta oscuridad del exterior la confirm en su clculo.
Estaba enojada. El muy egosta haba subido a acostarse, dejndola helarse sola y
desnuda en el piso del living.
Se puso de pie y trat de encender la lmpara de mesa; nada. Prob con las luces
del techo; tampoco funcionaban. Seguramente haban saltado los fusibles.
Se termin de vestir y camin con precaucin en la oscuridad dirigindose a la
escalera y empez a subir; la madera cruji ruidosamente bajo sus pies. Al llegar al
rellano, donde haba un interruptor, volvi a probar; nada otra vez. Se asom al
dormitorio principal; estaba vaco. Tambin lo estaban el segundo dormitorio y los dos
baos.
Algo andaba mal; lo perciba. Sinti contrarsele el estmago, y un sudor fro le
humedeci la piel.
Baj la escalera corriendo, rpidamente se acerc a la puerta y busc el gancho
donde Bobby haba colgado las llaves de la casa y las del auto. No estaban.
Bobby! grit, al borde de las lgrimas.
No hubo respuesta. Slo el incesante embate de la tormenta y una sensacin casi
audible de terror al acecho.
Abri la puerta de par en par. Una rfaga de viento helado le azot la cara. Sali y se
asom sobre la baranda del porche. La niebla se haba extendido por todas partes y
apenas si pudo distinguir el auto. Baj al barro y avanz con cuidado por la senda.
Abri la puerta del auto. La llave no estaba. Y ni rastros de Bobby. Sac una linterna de
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la guantera, la encendi y al mirar el capot ahog un grito; estaba abierto en parte y del
interior salan trozos de alambre que pasando por sobre el guardabarros llegaban hasta
el suelo.
Sin olvidar que no haba telfono ni forma alguna de bajar de la montaa en medio
de la tormenta, corri de vuelta a la cabaa, cerr de un golpe la puerta tras de s y
corri el cerrojo. Pase la luz de la linterna por todo el cuarto escudriando los rincones
en busca de algn signo de vida. Fuera de la sombra de su propio cuerpo, no haba
nada.
En el interior de la cabaa el fro era intolerable y ella estaba empapada. Tena que
volver a encender el fuego.
Corri hacia la entrada del stano, abri la puerta y su mirada abarc la desvencijada
escalera; el haz de la linterna danz de escaln en escaln. A gritos llam a Bobby a
medida que descenda; nadie le respondi.
El stano se usaba como depsito. Al fondo, haba unos cuantos sofs y sillones
apilados. En los rincones, cajas de cartn llenas de utensilios y restos de muebles
rotos. El arcn de la lea se hallaba debajo de la escalera, junto a uno de los cimientos
laterales.
Dej la linterna en el piso y trat de levantar la tapa del arcn; estaba atrancada.
Forceje hasta que los goznes saltaron y pudo abrirlo. Tante en busca de los leos; el
arcn pareca vaco. Pero si Bobby le haba dicho que estaba lleno!
Recogi la linterna y la enfoc hacia el interior; all estaba Bobby, apretujado en un
rincn, un ojo abierto y fijo, la garganta atravesada por una cuchillada, el cuerpo
descuartizado.
Sus gritos desgarraron el aire hmedo y fro y luego todo fue un gran pozo negro.
Llorando, cegada, subi la escalera aferrndose a las paredes y a la baranda; el haz de
luz rebot enloquecido por las paredes. En el ltimo escaln tropez, la linterna se le
escap de las manos, cay de lado sobre el sof y resbal al suelo. Con gran esfuerzo
logr ponerse en pie, corri a la puerta y la abri.
El terror la petrific en su sitio, un terror tan hondo que el grito que suba a su
garganta enmudeci.
Haba un hombre de pie en el porche; tena las mangas de la camisa baadas en
sangre. Era un viejo enjuto, de corta estatura, los ojos negros hundidos y fros. El pelo
sucio le caa desgreado sobre los hombros y ocultaba en parte su cara maligna
cubierta por una barba de varios das.
El hombre dio un paso hacia el interior de la cabaa lanzando una carcajada
demencial.
Gritando, Annie retrocedi.
Cierra el pico! orden speramente el viejo.
Espantada Annie corri hacia adentro, se lanz escaleras arriba y cay de bruces. Al
alzar la mirada vio erguirse sobre ella las figuras amenazantes de dos adolescentes que
esgriman cuchillos y la miraban rindose.
Dios implor, aydame.
Los muchachos empezaron a bajar. Annie rod por la escalera y cay sobre el piso
del living en medio de un semidelirio.
El viejo la asi por el pelo y los muchachos le arrancaron la blusa y los pantalones.
Trat de defenderse a puntapis pero el viejo, estrujndole los pechos, presion su
cuchillo sobre la garganta de Annie y la abofete una y otra vez.
Ruega por tu vida! dijo.
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Por favor gimi ella, vilenme, hagan lo que quieran, pero no me maten.
Los tres rieron una risa insana, manaca, penetrante.
Annie se aquiet; su mirada pas rpidamente del uno al otro. Dio un empelln al
viejo y se lanz hacia la puerta. Estaba cerrada. Al volverse vio que los tres hombres
avanzaban lentamente hacia ella en las sombras; entonces de un salto atraves la
ventana del frente y cay de cara al suelo sintiendo los trozos de vidrio incrustados en
el cuerpo. Consigui ponerse en pie y cruz corriendo la zona de estacionamiento en
direccin al bosque. Sigui adelante en un frenes de terror, oyendo a sus espaldas las
amenazas de muerte que proferan sus perseguidores. Enfil hacia el camino principal.
Oa a los hombres cada vez ms cerca, senta manar la sangre de sus heridas, pero no
poda ver casi nada. Nada..., salvo una tenue luz a la distancia, que apareci de pronto
cuando despus de trepar una pared baja de rocas se desliz al otro lado.
La luz pareca hallarse cercana, detrs de un grupo de rboles, al otro lado del
camino. Y sin embargo, por lo que Annie recordaba, no haba nada en ese lugar.
El ruido de pies a la carrera la sac de su estupor. Mir por encima del hombro. Los
tres hombres estaban en lo alto de las rocas mirando hacia abajo, haciendo caso omiso
de la lluvia que caa a cntaros. Empez a correr nuevamente, ms rpido esta vez,
hacia la luz que pareca abrillantarse para enseguida desvanecerse. Acaso todo no
fuera ms que una ilusin, una mala pasada de su imaginacin. Quiz no hubiese luz
alguna, slo un diablico ardid de los elementos naturales, un espejismo nacido de su
desesperacin. Si todo no fuera ms que un sueo, pens mientras avanzaba a
tropezones, una pesadilla que terminara en cuanto abriera los ojos... Bobby estara a
su lado, durmiendo. El fuego encendido. El cuarto tibio y seguro. Si slo fuera un
sueo! Lanz un grito cuando el viejo la llam por su nombre. Cmo lo saba?
Lleg a un pequeo barranco y entrecerr los ojos tratando de divisar la luz. S, all
estaba, a no ms de cincuenta metros. Sigui corriendo, consciente de la presencia de
los hombres que la seguan calmosamente, gozando con su martirio.
Apart unas ramas y penetr en un claro. De pie frente a ella vio la figura de una
monja, rodeada por un extrao halo luminoso. Sus ojos, hinchados y saltones, estaban
velados por horribles cataratas blancas. Tena la piel surcada de arrugas, agrietada
como arcilla reseca; los labios, finos y lvidos. El pelo quebradizo y sin vida enmarcaba
una cara del color de la cera. Respiraba pesadamente. Sus manos aferraban un
crucifijo de oro.
Annie se arroj a los pies de la monja. En ese momento los hombres llegaron al claro
y se detuvieron. Al ver a la monja, los dos adolescentes retrocedieron y se perdieron en
las sombras. Pero el viejo permaneci en su sitio.
La cancerbera del Seor! grit.
Estremecida por esa voz, Annie se encogi. Su mirada fue del hombre a la monja.
Sealando a la monja, el viejo dijo:
Ests condenada, Hermana Thrse. La consumacin se acerca. Pronto habrs
cumplido tu penitencia. Dio un paso hacia adelante. Entonces los esbirros
infernales traspasarn estos lmites. Yo, Charles Chazen, declaro que ese momento
est prximo!
La tierra tembl; destellos de luz castigaron los sentidos de Annie. Escondi la
cabeza entre los pliegues del hbito de la monja. Le dola el cuerpo, le zumbaban los
odos, le latan las sienes. Todo empez a dar vueltas a su alrededor. Llor. Grit. Se
clav las uas.
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Y de pronto, todo fue silencio. Annie alz los ojos. Leves gotas de lluvia cayeron
sobre su cara. La monja haba desaparecido; tambin el hombre que se llamaba a s
mismo Charles Chazen. A sus pies Annie vio el cuchillo.
Lo recogi, y arrastrndose hasta el borde del claro, mir hacia adelante sin ver. Una
lgrima rod por su mejilla.
Estaba petrificada, como una estatua en un parque.
Marzo de 1979
En la fachada del Banco di Roma las manecillas del reloj se acercaban a la
medianoche, cuando un Mercedes negro desemboc desde una callejuela en la Via del
Tritone, gir hacia el oeste y enfil rumbo al Vaticano detrs de un camin de
carabinieri.
Desde el asiento trasero del coche, Monseor Guglielmo Franchino pasaba revista a
las calles que desfilaban delante de la ventanilla. Aunque tenso, su rostro era expresivo;
las manos, rematadas por penachos de vello blanco y rizado, descansaban en el
regazo sosteniendo dos carpetas de gran tamao. Era un hombre corpulento y
rubicundo, con los rasgos angulosos caractersticos de las provincias del norte; su
expresin, a la vez autoritaria e introvertida, reflejaba los aos de horas solitarias
dedicados a la historia eclesistica con los auspicios del Cardenal Luigi Reggiani del
Santo Oficio y el Sagrado Colegio.
El Mercedes pas por debajo de Trinit dei Monti, atraves serpenteando la Piazza
dei Popolo, cruz el Tber en direccin a la Plaza de San Pedro y se detuvo frente a la
residencia pontificia. A los pocos minutos, un segundo automvil se detuvo detrs del
primero. Sin volver la cabeza, Monseor Franchino aguard en silencio. La puerta del
segundo coche se abri, se oyeron pasos que se acercaban y apareci el Cardenal
Reggiani sonriendo cordialmente. Franchino baj entonces del auto y los dos hombres
se abrazaron.
Tem que no hubiera recibido mi citacin dijo Reggiani mientras ambos entraban
en el edificio.
Lleg cuando acababa de volver del Lago di Como replic sonriente Franchino.
Reggiani carraspe y se llev a la boca una pastilla medicinal.
Tiene las carpetas?
S. Franchino se las mostr.
Y la hermana Angelina?
Maana me pondr en contacto con ella.
Se detuvieron ante una puerta imponente, en el extremo de un largo corredor.
Reggiani toc el timbre. Segundos ms tarde, la puerta se abri y el secretario del Papa
los invit a pasar.
El Papa, un hombre menudo y apagado de rasgos marcadamente latinos, se hallaba
sentado detrs de un escritorio napolitano del siglo XIV. Se puso de pie cuando el
secretario cerr la puerta de la habitacin. Despus de saludarlo, Franchino y Reggiani
permanecieron de pie, mientras l volva a ocupar su silla.
Rezar por ti, hijo mo dijo el Papa dirigindose a Franchino.
Su Santidad repuso Franchino con una breve inclinacin de cabeza.
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15
Sigui un silencio. Sumido en sus pensamientos, el Papa hizo un ademn sealando
las carpetas.
Franchino le tendi la primera. Los antecedentes de la Hermana Thrse-Allison
Parker inform en un susurro.
El Papa examin el material y se la devolvi.
La sucesin dijo Franchino tendindole la segunda carpeta.
Esta vez el Papa ley ms detenidamente y expres su satisfaccin; luego dej la
carpeta sobre el escritorio y se ech hacia atrs en su silla, aguardando.
De una vitrina ubicada en un rincn el secretario retir un volumen encuadernado en
cuero y adornado con grabados florentinos. Lo abri, y despus de colocarlo junto a la
carpeta abandon la habitacin cerrando la puerta al salir. El Papa se acomod un par
de quevedos sobre la nariz y comenz a leer.
Franchino prepar su cuerpo para las largas horas de fatiga que tena por delante.
Conoca la liturgia, ya que a l mismo le haba tocado en suerte la lectura del texto en el
ritual fnebre por su predecesor, Monseor Wilkins. Saba intuitivamente cules eran
los pasajes importantes y cules aquellos que avivaran dolorosamente la pavorosa
perspectiva del enfrentamiento con Charles Chazen. Inmvil en su sitio, fue cayendo
gradualmente en un letargo del que vino a sacarlo la voz del Papa recitando el mandato
de Uriel al arcngel Gabriel.
Gabriel, a ti te ha encomendado la suerte la misin
de velar para que a este lugar feliz no se acerque
ni entre el mal.
En este da lleg a mi esfera un espritu extrao al cielo.
Un esbirro de la legin maldita se aventur a salir del
abismo. Tuyo es el cuidado de encontrarlo.
Observ la danza de imgenes que como cuadros prstinos surgan de su
imaginacin. Oa la voz de Gabriel convocando a los serafines a la morada del Edn,
donde encontraran a Satans junto al odo de Eva. Y perciba la imagen de Satans,
arrojado del paraso y volviendo como una maligna niebla nocturna para arrastrar al
hombre a su cada.
El Papa relat la cada del hombre, describi cmo Dios envi a su Hijo para
juzgarlo, y sigui leyendo con voz entrecortada, el rostro abrumado por una creciente
fatiga. Por la pequea ventana Franchino pudo distinguir los primeros albores del da,
mientras el Papa narraba el retorno de Satans al purgatorio y la orden de seguirlo al
nuevo mundo que imparti a sus huestes.
Os convoco y proclamo nuestro retorno. Despus de
un xito que ha excedido a mis esperanzas, vuelvo
para sacaros en triunfo de este abismo infernal,
abominable, maldito, morada de desdicha y
mazmorra de nuestro tirano.
Franchino sinti un hormigueo de sudor en el cuerpo cuando como un relmpago
cruzaron por su mente aquellos momentos quince aos atrs, en que Satans intent
emerger de las entraas del infierno. Mir a Reggiani. El cardenal tena los ojos
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16
cerrados, el rostro sereno. Las palabras del Papa parecan llegar como msica a sus
odos. Claro que Reggiani nunca se haba enfrentado con Charles Chazen, como
Franchino.
Hacia el medioda, el Papa casi haba terminado la lectura del texto. Haca doce
horas que estaba de pie. Por fin, el Papa alz el libro y recit el mandato del Altsimo a
sus criaturas. Puesto que el hombre haba pecado corrompiendo el Edn, sobre l
recaera la misin de vigilar para impedir el paso a Satans, del mismo modo que haba
recado sobre Gabriel el mandato de Uriel. Los centinelas, suicidas frustrados, seran
elegidos por esa iniquidad y no slo deberan guardar el Reino del Seor, sino cumplir
penitencia por sus pecados, salvndose as de la condenacin eterna.
Ya no ha de morar el hombre en el paraso.
Explsalo, Hijo.
Sabe, pues, que Satans jur retornar
y ser tarea del hombre impedirlo.
Que su progenie, concebida en pecado,
por su pecado ser elegida como Centinela
y velar para que el Mal no se acerque.
Ganar as mi eterno perdn,
purificando su alma
en la eterna penitencia.
El Papa dej el libro sobre el escritorio y seal la puerta. Franchino la abri para dar
paso al secretario.
Franchino y Reggiani besaron el anillo del Papa y sin una palabra abandonaron la
habitacin. El eco de sus pasos se perdi en el silencio.
El coche de Monseor Franchino sali de la autopista y tom un camino de doble va
que se internaba en las laderas boscosas de los Apeninos. Sentado detrs del
conductor, los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrs, Franchino rezaba para sus
adentros sin prestar atencin a las chacras ni al ramillete de casas encaladas que de
tanto en tanto salpicaban la ruta. Eran las once de la noche y haba partido de Roma
dos horas antes, cuando los ltimos resplandores del da an lucan sobre el horizonte,
hacia el oeste de la ciudad.
Signore... dijo de pronto el chofer rompiendo el largo silencio. Aminor la marcha
del auto y seal un cartel donde se lea PONTE NORTE.
Franchino ech una mirada al lugar donde el camino se bifurcaba y con un ademn
le indic que tomara el tramo que suba en pendiente hacia la derecha.
Con un gesto de asentimiento el chofer cumpli las instrucciones. Entretanto,
Franchino sac las carpetas de un compartimiento adosado a la parte posterior del
asiento delantero y las hoje rpidamente. De pronto, llevndose las manos al pecho,
se lanz hacia adelante. Un agudo dolor le traspasaba el costado, senta la garganta
apretada y respiraba con dificultad. Presa de pnico, volvi a hurgar en el
compartimiento y extrajo un frasco lleno de tabletas azules de nitroglicerina. Se puso
una bajo la lengua y la trag. Al cabo de unos minutos el ataque empez a ceder.
Respir hondo, guard el frasco y registr mentalmente la hora en que se haba iniciado
el cuarto ataque de angina de esa semana.
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17
La tensin lo estaba debilitando; rog a Dios que lo ayudara a cumplir su misin.
Signare... volvi a gritar el chofer sealando hacia adelante.
Franchino sigui un momento ms con las manos sobre el pecho; luego se cal los
anteojos para distinguir con ms nitidez la abada de Montressa, que apareca ahora
ante su vista erguida sobre una meseta, en lo alto de la cuesta.
Siga hasta la entrada del este orden.
S, signare.
Con un ltimo impulso el chofer ascendi el tramo que faltaba y penetr en el camino
de acceso de la abada, donde se detuvo.
Franchino tom las carpetas, abri la puerta del automvil y baj. Al mirar hacia
arriba, advirti que todas las ventanas estaban oscuras, salvo una en el segundo piso.
No tardar mucho dijo.
Traspuso el portal de la abada, cruz el patio y subi por la escalera principal hasta
el primer descanso. Alguien lo aguardaba en la penumbra del corredor.
Hermana Angelina salud, detenindose.
Franchino repuso Angelina.
Franchino sonri. La voz firme y decidida de Angelina no haba perdido nada de su
autoridad en los ltimos quince aos... Pero de veras haba pasado tanto tiempo
desde aquel encuentro en Nueva York?
Se adelant para abrazarla y a la luz de la luna examin los cansados ojos grises de
Angelina. Se la vea envejecida, la cara arrugada, los labios agrietados. Unas hebras
grises se insinuaban bajo el borde de la cofia. Las manos que se posaban sobre los
brazos de Franchino estaban descoloridas y callosas. Pero haba en ese rostro una
solemnidad que envidi. El alma de Angelina haba soportado bien las privaciones
temporales.
Oy llegar el auto? pregunt Franchino.
Ella asinti. Vengo siguiendo su avance desde el Ponte Norte.
Tan observadora como siempre, Hermana.
Lo mismo que usted, Padre. De lo contrario, no estara aqu.
Franchino enarc las cejas sin responder.
Pase lo invit ella tomndolo de la mano. El t est listo, la chimenea
encendida, y las paredes son muy discretas.
Angelina lo condujo hasta un cuarto espartano, sirvi t en dos tazas de cermica y
las coloc sobre una mesa desnuda que ocupaba el centro de la habitacin.
Comentando lo bien que se le vea, atiz el fuego en la chimenea y enseguida se sent
junto a l, que ya haba abierto las carpetas.
Cunto tiempo ha pasado dijo bebiendo un sorbo de t.
S..., mucho. Y cmo le ha ido en estos aos? Bien, espero.
Bastante bien. La gota me perturb un poco. Y hubo algn pequeo malestar. Pero
fui feliz. Y hall la paz. Si algo ms cabe desear, mis pobres sentidos no supieron
encontrarlo.
Me alegro por usted, Hermana.
Y usted, Padre? Por dnde anduvo? Qu le han trado los aos?
Estuve casi todo este tiempo en Roma, en el Vaticano. La expresin de
Franchino se ahond de pronto. Y el resto en Nueva York.
Cmo est la Hermana Thrse?
Franchino ech una mirada a las carpetas. Est bien.
Quiera Dios tener piedad de ella.
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Y protegerla.
Ha recorrido usted un largo camino para encontrarme dijo Angelina mirndolo
fijamente. Y aunque el afecto nos une, su cara me dice que sta no es una mera
visita amistosa.
El Cardenal Reggiani le enva su bendicin replic Franchino, incmodo.
Angelina hizo un gesto de asentimiento.
Y qu quiere Reggiani de m?
Su devocin. Su amor. Su ayuda.
Y usted?
Lo mismo.
Angelina se puso de pie y se acerc a la ventana.
Este es mi lugar. Aqu reina la paz.
El Centinela ha cumplido su penitencia. La Hermana Thrse ha sido tocada por la
mano de Dios. Su vigilia ya casi ha concluido.
Volvindose, Angelina lo mir de frente.
Chazen no esperar. Chazen traer la muerte.
La muerte siempre est presente.
S, lo s..., pero vine aqu para poner distancia. Yo crea, y as lo convinimos, que
mi nico aporte haba sido representar el papel de la agente inmobiliaria.
Claro asinti Franchino. Y comprendo muy bien sus objeciones. Una
confrontacin es ms de lo que puede pedrsele a cualquiera. Pero sin usted nuestra
misin hubiese sido imposible. Allison Parker no se hubiera convertido en la Hermana
Thrse y habra perdido su alma. Acaso se habra roto la lnea sucesoria... Ya una vez
usted encontr en su alma la fuerza necesaria. Y puede volver a hacerlo.
Angelina se cubri el rostro con las manos murmurando una plegaria y enseguida,
recostndose contra la pared, dijo:
Esta vez... no puedo.
Franchino se puso de pie, tom las carpetas y se las arroj.
Tiene que poder!
Retrocedi un paso, interceptando la luz que irradiaba la lmpara de querosn. Tras
un momento de vacilacin Angelina se puso a hojear lentamente las carpetas. Haba
terror e incertidumbre en sus ojos. Pero tambin un profundo inters. Y Franchino saba
que poda confiar en ella.
Angelina dej las carpetas sobre la mesa y lo mir.
Puedo negarme? pregunt.
S replic l apretando las manos y lanzando un suspiro.
Y qu pensara usted de m?
Pensara que su devocin por Cristo se ha debilitado. Pero la comprendera y la
perdonara.
Y si digo que s?
La considerara una tonta. Pero la bendecira.
Franchino bebi un sorbo de t y aguard. Cinco minutos. Diez.
Ir dijo ella por fin.
Franchino la abraz nuevamente.
Qu debo hacer?
Tendr que ir a Nueva York e instalarse en la archidicesis. Una vez all, no har
nada hasta que llegue yo.
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19
Haba olvidado lo persuasivo que puede ser usted, Monseor Franchino dijo
Angelina con una sonrisa casi imperceptible.
No soy yo quien la ha persuadido, sino usted misma. Nada puedo encontrar en su
corazn que ya no est all. No soy ms que un hombre, no un dios.
Nada ms que un hombre... pero un hombre fuerte!
Franchino se acerc a Angelina, la tom por el mentn y mirndola intensamente a
los ojos, movi la cabeza en un gesto afirmativo, convencido de que haban hecho bien
al acudir una vez ms a los servicios de esa mujer.
Ir a Roma con usted? pregunt Angelina.
No respondi l con una sonrisa que trataba de infundirle confianza. Vuelvo a
Roma solo. El jueves mandar un auto a buscarla.
Angelina estaba sentada en su catre. Mientras sus dedos alisaban las arrugas del
cobertor, habl pensativa, como para s misma:
Hace quince aos que no me muevo de este lugar. Aqu pensaba permanecer
hasta mi muerte entregada al amor de Cristo, confiando en lograr el perdn de mis
pecados. Pero saba que algn da usted vendra a buscarme. Hasta en la ms
tranquila de las noches, cuando la brisa de la montaa soplaba apacible sobre la
abada fundindose en una cancin de cuna con el crujir de los cimientos, saba que no
poda durar. Que tendra que abandonar este refugio de salvacin, este lugar donde
haba hallado lo que anhelaba.
Franchino mir su reloj. Debo irme. No es necesario que me acompae.
Lo har, de todos modos.
Franchino la ayud a incorporarse y sali tras de ella al corredor.
Utiliza usted alguna de las otras habitaciones? pregunt mientras se dirigan
hacia la escalera.
Slo el cuarto contiguo al mo y la capilla. Hay muchas habitaciones en las que no
he entrado jams.
Cruzaron el patio, salieron al exterior y se aproximaron al auto. El chofer haba
bajado y apoyado en el portal fumaba un cigarrillo negro que despeda un olor
desagradable. Al or pasos se acerc, abri la puerta trasera y se ubic detrs del
volante.
Franchino se detuvo; su mirada recorri la fachada de la abada y enseguida volvi a
posarse sobre Angelina.
Nos veremos en Roma.
Si Dios lo quiere.
Franchino se desliz en el asiento de atrs y cerr la puerta.
Andiamo orden.
El auto inici la marcha y Franchino volvi la cabeza para observar la figura de la
Hermana Angelina que se perda en las sombras.
Loado sea el Seor pens. Y cerr los ojos.
Angelina volvi a entrar en la abada implorando a Cristo que la guiara y le diera
fuerzas. Siempre haba pensado que acabara sus das en ese lugar. Que no tendra
que volver al pasado. A Nueva York. A Allison Parker! Recordaba su primer encuentro
con la chica. El da en que Allison Parker entr en la agencia inmobiliaria y le mostr el
anuncio. Haba sido todo tan penoso... Le haba costado tanto representar el papel de
la seorita Logan... Y las largas horas de vigilancia para impedir que Allison Parker
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20
sucumbiera a la voluntad de Satans... Charles Chazan. Ahora todo estaba por
recomenzar. Y de nuevo all tendra que representar un papel.
Su mirada ausente recorri los muros sepulcrales abandonados durante casi un
siglo. Subi la escalera hasta el descanso y en la primera arcada abierta se asom
sobre la balaustrada de piedra. All abajo se vean las luces del auto de Franchino.
Estaba sola otra vez, protegida por las paredes familiares.
Entr en su cuarto y se sent a meditar junto a la ventana.
Un chillido agudo hizo trizas el silencio.
Se volvi. Haba algo en la habitacin. Algo que se mova.
Petrificada, tom la lmpara e ilumin los rincones oscuros. Entonces, lanzando un
grito, salt hacia atrs. J unto a la mesa estaba la rata ms enorme que haba visto en
su vida, clavndole la mirada siniestra de sus ojos relucientes.
Tendi el brazo y logr alcanzar el cacharro de cobre que haba sobre la chimenea;
la rata entretanto se acercaba a la luz proyectada por la lmpara. La observ deslizarse
hacia ella, detenerse en el centro de la habitacin, aguardar.
Otro chillido. Y otro ms. Haba una rata en el antepecho de la ventana. Y otra an
ms grande en el rincn, junto a la cama. Se acercaban movindose rpidamente.
Arroj el cacharro a la rata ms grande y err por pocos centmetros. Aterrada, dej
caer la lmpara y corri hacia la puerta. Una rata le mordi la pierna. Sinti la carne
desgarrada y gritando abri la puerta del cuarto. All se detuvo abruptamente.
Haba tres ratas en lo alto de la escalera. Varias ms en el descansillo. Y aun otras
en los contrafuertes del cielo raso.
Mir hacia abajo alarmada por el ruido; una oleada de ratas se diriga a la escalera
desde los rboles de la cuesta. Se cubri las orejas para no or el horrible chillido.
Dios mo! grit. Las venas se marcaban violentamente en la piel flccida de su
cara.
Ms ratas bajaban por las paredes desde el techo.
Desesperada se lanz por el corredor tomndose de la baranda. Al volverse, una
rata le salt a la cara clavndole las garras en las mejillas. Consigui arrancrsela
tomndola por la garganta y llorando cay al suelo. Otra rata le hinc los dientes en el
muslo.
Haba ratas por todas partes. Arriba. Abajo. Chillando. Mordiendo.
Con un esfuerzo se puso de rodillas y se arrastr hasta la capilla dejando tras de s
una huella sangrienta. Casi cegada como estaba, pudo distinguir sin embargo, a pocos
metros, la puerta de la capilla guardada por centenares de ratas que la miraban con sus
ojillos horripilantes.
Cuando alcanz la puerta trat de incorporarse. La furia del ataque aument.
J adeando, maniobr con el cerrojo, que lentamente comenz a deslizarse. Luego una
sacudida. Y el peso de su cuerpo. El cerrojo cedi. La puerta se abri crujiendo, y
Angelina cay sobre el piso de la capilla.
La luz de la luna ilumin el gran crucifijo.
Las ratas se agitaron convulsivamente.
En ese momento Monseor Franchino entraba en la abada. Miles de ratas pululaban
junto al portal. Franchino se arm de un palo y empez a repartir golpes. Las ratas se
arremolinaban a sus pies, amenazantes. Golpeando y matando se abri paso entre
chillidos inhumanos. A gritos llam a Angelina. Nadie le respondi. Luchando, lleg a lo
alto de la escalera. El piso del corredor estaba sembrado de ratas muertas; algunas
todava se retorcan en la agona.
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Tambaleante, lleg a la entrada de la capilla.
La hermana Angelina yaca en el piso en medio de un charco de sangre, tatuada por
la sombra de la cruz. Apenas le quedaba un hlito de vida. Gema y mova la cabeza, y
cuando intent hablar slo unas gotas de saliva afloraron a sus labios. Franchino se
dej caer a su lado, le alz la cabeza y le dio la extremauncin.
Lo siento dijo. Saba que corra peligro; por eso volv. Sinti el escalofro de
la muerte que descenda sobre la monja. Le baj la cabeza y le entreabri el hbito; su
crucifijo haba desaparecido.
Mirando las furias infernales que yacan muertas a sus pies, carg el cuerpo de
Angelina y lo deposit suavemente sobre el catre. No tena tiempo para ocuparse del
entierro. Regresara a Roma y una vez all tomara las medidas necesarias. Le toc la
cara por ltima vez. Perdneme, pens.
Sali del cuarto, baj por la escalera y en el patio aplast con el zapato a una rata
que trat de agredirlo. Era una de las pocas que quedaban con vida. Mir los ojos
vitreos, y la expresin decidida de su rostro se afirm an ms.
Este es el comienzo dijo, desafiante. Este es el comienzo!
EL COMIENZO
1
Cmo estoy? pregunt Ben Burdett, apartndose del espejo.
Faye Burdett, sentada en el sof del camarote, se puso de pie.
Cirrate la chaqueta repuso.
Ben se abroch el botn del medio y permaneci de pie, erguido, los brazos cados a
los lados del cuerpo. Era alto, de tez morena y rostro agradable.
Faye le alis las solapas del smoking, inspeccion los pliegues de la camisa y le
enderez la corbata de lazo un poco ladeada a la derecha.
Te ves esplndido, querido dijo.
Lo bes y se acerc al tocador para arreglar un detalle de su propio atuendo, un traje
de pantaln negro y gris con blusa de seda negra. A sus espaldas, Ben se examinaba
en el espejo moviendo la cabeza con aire aprobatorio. Luego se volvi, e inclinndose
sobre la cuna de su hijo de ocho meses, pas los dedos orgullosamente sobre la
pechera de su camisa de vestir.
Qu tal J oey, te gusta?
J oey lo mir y golpe las manos gozosamente contra el colchn. Ben lo bes y se
sent en el sof dispuesto a esperar que Faye terminara de arreglarse. Bostez,
fatigado. Dos semanas de barco haban acabado por embotar sus sentidos. Estaba
echando panza, tena la piel despellejada por el sol y su expresin de ocio aburrido
clamaba a gritos por un poco de actividad ciudadana. Todo lo cual no significaba que no
hubiera disfrutado el crucero. Al contrario; lo haba disfrutado... hasta el hartazgo. Claro
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22
que afortunadamente, atracaran en Nueva York a la maana siguiente. Slo le
quedaba soportar el banquete de despedida el padre McGuire les haba dicho que l
no asistira y todo habra terminado.
Faye hizo girar su silla y se volvi sonriente hacia Ben; los hoyuelos que luca a
ambos lados de la boca se ahondaron destacndose contra la piel bronceada. El traje le
caa a la perfeccin. Era muy delgada, de piernas largas. Busto chato, pelo rubio y
rizado. Y un rostro que sus admiradores consideraban bonito, armonioso y un tanto
extico.
Qu hora tienes? pregunt.
Ben levant el puo de su camisa y apret el botn del reloj digital.
Las ocho menos diez.
Faye lanz una mirada impaciente a la puerta de la cabina.
La seorita Iverson llegar de un momento a otro.
No seas tan optimista aconsej l.
Veinte minutos ms tarde lleg la niera, una mujer de treinta y cinco aos empleada
durante el da en la peluquera del barco. Se excus por la media hora de demora
aduciendo que el pedido haba sido mal anotado. El banquete estaba anunciado para
las nueve, de modo que ya se habran perdido los mejores hors d'oeuvres y una o dos
vueltas de ccteles.
El barco se meca suavemente cuando ambos salieron de la seccin de popa,
corredor B, y subieron a la cubierta principal para dirigirse al saln de baile. La noche
era ms fra que todas las anteriores; claro que ya no estaban en el trpico. Oan el
rtmico embate de la proa cortando las olas. El cielo estaba claro y una fresca brisa
soplaba a babor. Salvo dos camareros y una solitaria gaviota gris que anunciaba la
proximidad de tierra, todo estaba desierto.
Caminaron de prisa dejando atrs las tumbonas vacas y entraron al bar. Como
haba previsto Ben, ya quedaba muy poca cosa en el buffet. Por las puertas abiertas del
saln podan ver las mesas del banquete que se llenaban rpidamente. El decorado era
brillante y abigarrado, como si slo faltasen algunas horas para Ao Nuevo. Gallardetes
y globos de colores pendan del cielo raso y una orquesta de diez msicos ocupaba el
escenario.
Ben pas de largo delante del buffet y urgi a Faye a seguirlo. Ella se haba servido
un bocadillo de caviar.
Vamos. Podemos comer adentro.
Muy bien, muy bien. Se lami los dedos y bebi rpidamente un sorbo de la
copa de champagne que tena en la mano.
Ben la tom del brazo. Y despus de comer nos pescaremos la borrachera del
ao. De acuerdo?
Ella asinti con una sonrisa picara. Es la mejor propuesta que me han hecho en los
ltimos das.
Abrazados y riendo entraron al saln y desaparecieron en el mar de globos y
gallardetes.
La comida termin a las once y media. Mientras la mayora de los pasajeros
permaneca en el saln, Faye y Ben fueron a tomar una copa a un pequeo bar ubicado
cerca de la proa.
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23
All, junto a la barra, los aguardaba el Padre J ames McGuire bebiendo un vaso de
vino.
Hola, Padre salud Ben.
El sacerdote dej su vaso sobre el mostrador y los abraz.
Lo extraamos durante la cena dijo Faye brindndole una clida sonrisa y
echndose hacia atrs una mecha rebelde. Le gustaba el Padre McGuire: la forma del
mentn, los ojos azules, los clsicos rasgos irlandeses.
Tendrn que disculparme dijo el Padre McGuire mientras los conduca a una
mesa. No quera perderme el banquete, pero me di cuenta de que me sera imposible
terminar el libro antes de desembarcar si no me aislaba.
No tiene por qu disculparse le asegur Ben.
Por supuesto confirm Faye tocando la mano del Padre McGuire. Nos encanta
que por lo menos haya podido venir a tomar un trago con nosotros.
Lentamente el bar empezaba a llenarse. Ben se acerc al mostrador y volvi con dos
vasos de Amaretto.
Cmo estuvo la comida? pregunt McGuire arrellanndose en su silla.
Excelente! respondi Ben y procedi a describir el men, aunque sin decirle que
su ausencia haba convertido el banquete en un hecho olvidable.
Ben tena muy poco en comn con los pasajeros de la mesa diecisiete, en su
mayora gente de pequeos pueblos del Medio Oeste. Haba sido una gran suerte que
al segundo da de navegacin transfirieran al Padre McGuire a esa mesa, en reemplazo
de una pareja de Billings, Montana. El sacerdote, profesor del Seminario Teolgico
Catlico de Nueva York, result ser uno de los mejores conversadores que l y Faye
hubieran conocido jams. Y el hecho de que ambos fuesen escritores profesionales no
afect la relacin, dado que el Padre McGuire escriba tratados teolgicos en tanto que
Ben se hallaba sumergido en su primer libro, una novela de tema poltico. Por otra
parte, el trabajo de redactora publicitaria de Faye tambin era un terreno de inters
comn, ya que al Padre McGuire le preocupaban profundamente los medios de
comunicacin, sobre todo en lo concerniente a los temas religiosos.
Pues la comida que me mandaron al camarote no era tan atractiva dijo McGuire
cuando Ben termin su monlogo. Encendi un cigarro y ofreci otro a Ben. En
realidad, quizs haya sido una suerte. En lugar de perder un tiempo precioso en
devorar manjares, casi no me mov de la mquina.
Ha de saber, Padre dijo Ben echando un brazo sobre los hombros de Faye,
que me hace sentir usted muy culpable.
Cmo es eso? pregunt McGuire.
No he conseguido escribir una palabra, mientras que usted ha terminado un libro
en dos semanas.
Ben, lo suyo es obra de narracin sonri el sacerdote. Usted crea ideas, y eso
es muy difcil. Yo no hago ms que transcribir conclusiones a las que he llegado en
aos de estudio e introspeccin.
Vamos, Padre, no sea tan modesto. Ben agit un ndice admonitorio en el aire.
Su trabajo es importante, y sus alumnos sabrn apreciarlo. Yo sera el ltimo en
minimizar las dificultades y no permitir que lo haga usted. En cuanto a crear ideas...,
lo mo no es ms que arena que se escurre entre los dedos.
Faye se inclin hacia Ben y lo bes en la mejilla.
Tu libro ser un xito, querido.
El Padre McGuire se mostr de acuerdo.
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Se lo he dicho muchas veces, Ben. Si todos los escritores hicieran lo que hago yo,
el mundo de la literatura sera muy aburrido. El deseo de entretener es tan vlido como
el afn de ensear. Cmo juzgar quin presta un mayor servicio a la humanidad?
Ustedes son muy amables replic Ben bebiendo con aire ausente un sorbo de
Amaretto.
En ese momento llegaron al bar dos guitarristas y empezaron a tocar.
Faye y yo dijo Ben queremos que sepa cunto hemos disfrutado con su
amistad, Padre. Y no le decimos esto slo porque el crucero llegue a su fin y
corresponda intercambiar gentilezas.
Incmodo, McGuire se tirone el cuello blanco del clergy.
Les aseguro que el sentimiento es mutuo. Debemos estarles agradecidos a la
pareja de Montana que pidi cambio de mesa, ya que fue la partida de ellos la que nos
permiti conocernos.
Ellos pidieron que los cambiaran de mesa? pregunt Faye encendiendo un
cigarrillo.
Eso tengo entendido. Uno de los camareros mencion algo acerca de un incidente
y un pedido. No estoy muy seguro.
Ben se encogi de hombros.
Quiz slo buscaban un cambio de escenario. Deba decir algo?, se pregunt
devorado de pronto por la curiosidad. Segn el camarero de la noche, el cambio se
haba hecho a peticin de McGuire, quien le pregunt si alguno de los pasajeros de la
mesa diecisiete estaba dispuesto a aceptar. Por qu, entonces, deca ahora otra
cosa?
Los pensamientos de Ben se vieron interrumpidos por la charla y las risas de Faye,
que se dirigi al mostrador en busca de otro Amaretto. A la una de la maana ya haba
despachado tres ms y Ben advirti que estaba bastante mareada.
Ests bien? pregunt con un gesto de complicidad a McGuire.
Faye compuso una expresin juiciosa.
S, por supuesto.
Ben mir su reloj. Antes de salir a comer haban convenido en no quedarse hasta
muy tarde, ya que el barco atracara a las siete de la maana y deban estar listos para
desembarcar a las ocho.
Por qu no caminamos un poco por cubierta? sugiri Ben.
Cmo no dijo McGuire y se puso de pie.
Usted me gusta mucho, Padre McGuire dijo Faye. No soy catlica practicante
y nunca he sentido gran simpata por los curas, pero usted es diferente.
Agradezco sus palabras, Faye... pero recuerde que antes de ser cura fui un ser
humano.
Bien dicho! exclam Ben.
McGuire se mantuvo en su lugar, erguido. En la universidad hasta jugu al ftbol.
Y no fui de los menos revoltosos.
Faye sonri. Permtame decirle. Padre, que a los ojos de una mujer usted es un
hombre muy apuesto y deseable.
McGuire ri.
De veras! insisti ella pasndose la lengua por los labios.
McGuire se ruboriz, lo mismo que Ben.
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Qu puedo decirle? murmur Ben sacudiendo la cabeza.
McGuire le respondi con una sonrisa nada sacerdotal.
Vamos, Faye. Ben pareca dirigirse a una nia malcriada. Volvamos al
camarote.
Bueno, bueno.
Caminaron junto a la borda; Faye iba entre los dos hombres con paso vacilante. Al
llegar al corredor B se detuvieron antes de separarse.
Nos encontraremos por la maana frente a la cubierta de la piscina dijo el Padre
McGuire.
A las ocho? pregunt Ben.
S. McGuire abraz a Faye. Que duerma bien. Y un beso para J oey.
Se lo dar. Buenas noches, Padre.
Buenas noches, Faye. Le dio un apretn de manos a Ben. Hasta maana.
El Padre McGuire se volvi y a paso rpido se alej por la cubierta. Caminaba a
trancos largos, el torso muy erguido, transmitiendo una sensacin de fuerza y
seguridad. Sin duda haba sido un atleta en su juventud. Y acaso an lo fuera.
Y ahora, jovencita dijo Ben con una curiosa expresin en la cara, usted se me
va derechita a la cama.
Ella asinti entre hipos, movindose insegura, y juntos traspusieron la puerta que
conduca a los camarotes.
Un sueo que termin al comenzar se esfum en el olvido cuando Ben abri los ojos
y ech una mirada al reloj. Las cuatro de la maana. Cambi de posicin, con la
esperanza de volver a dormirse. J unto a l dorma Faye con la cabeza hundida en las
almohadas y casi toda la manta enrollada alrededor de las piernas. Ben tir de una
punta para cubrirse y trat de arreglar la sbana de arriba. El barco se mova mucho
ms que unas horas antes. Frustrado en su intento de retomar el sueo, trat de
relajarse. Pero no pudo. Oy pasos en cubierta. Alguien caminaba silenciosamente.
Casi se hubiera dicho que trataba de no ser odo. Eso lo inquiet. Pero qu diablos,
pens. Olvdalo! Hay que dormir. Y ahora no le resultara difcil. La modorra lo iba
invadiendo.
De pronto sinti girar el picaporte.
Se incorpor.
Alguien trataba de entrar en el camarote.
Salt de la cama, se ech encima la bata, abri la puerta y sali al corredor.
No haba nadie.
Subi a cubierta y respondiendo a una corazonada tom hacia la proa bordeando la
piscina para acortar camino. Al llegar al extremo opuesto alcanz a distinguir la silueta
de un hombre que desapareca detrs del saln principal. Se lanz en su persecucin
por la banda de estribor hasta que, exhausto y jadeante, las manos temblorosas, se
detuvo junto a la borda y trat de pensar. Al cabo de unos minutos dio media vuelta
decidido a regresar al camarote.
En la cubierta superior haba un hombre contemplando el cielo.
Era el Padre McGuire!
Sobresaltado, Ben trep por la escalera.
Padre McGuire! llam.
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El sacerdote se volvi lentamente. Ben! exclam sorprendido. Qu hace
aqu a estas horas?
Lo mismo podra preguntarle a usted.
No poda dormir replic con voz calma McGuire. El aire me hace bien. Di un
paseo y estuve meditando.
Entiendo.
McGuire toc el brazo de Ben. Lo veo perturbado. Y jadeante.
S, estuve corriendo.
Ben... ocurre algo?
Ben asinti; su expresin se hizo ms tensa. Alguien trat de entrar en mi
camarote.
McGuire pareci perplejo.
Me despert y o girar el picaporte. Abr la puerta, pero no vi a nadie. Sub a
cubierta y alcanc a ver a alguien que hua. Corr en su persecucin... Y lo encontr a
usted!
Y cree que el merodeador nocturno era yo?
Ben se qued mirndolo. De veras crea eso? No, claro que no. Por qu diablos
habra de hacer algo semejante el Padre McGuire? Eran amigos.
No, Padre dijo.
McGuire sonri. Como usted ver, mi respiracin es normal, Ben. Por lo visto, no
estuve huyendo de ningn perseguidor.
Lo siento, Padre repuso Ben tras una breve vacilacin. No se preocupe. Yo
estara tan inquieto y desconcertado como usted.
Apoyado en la borda, Ben fij la mirada en las columnas de humo gemelas que como
poderosos obeliscos negros se alzaban al cielo.
Maldito sea murmur. Alguien trat de entrar en mi camarote.
McGuire asinti; no poda contradecirlo.
No s qu buscaba, pero de todos modos no lo consigui. Ben pos la mano
sobre el brazo del sacerdote. Siento haberlo molestado, Padre.
No es nada.
Ben volvi a la cubierta principal y se intern en el corredor B. Algo colgaba del
picaporte de su cabina. Se acerc. Era un crucifijo!
Lo tom en la mano y lo examin. Era un crucifijo grande, de metal oscuro y brillante.
Y muy pesado.
Quin lo habra dejado all? Y con qu objeto?
Entr al camarote, dej caer su bata en el sof, ech una ojeada al beb y se meti
en la cama. Faye dorma profundamente.
Se enroll la cadena del crucifijo alrededor de la mano y lo alz hasta sus ojos. Un
escalofro le recorri la espina dorsal. Tuvo una premonicin. Nada concreto... pero
algo.
Lo puso bajo su almohada y volvindose de costado decidi olvidarlo hasta la
maana siguiente.
El Padre McGuire examin cuidadosamente el crucifijo y riendo se lo devolvi a Ben.
No se me ocurre por qu se lo habrn dejado, pero creo que no vale la pena
perder tiempo en especulaciones. Olvdelo. Ahora es dueo de un hermoso crucifijo. Y
ojal lo ayude a ganar el favor de Dios. Palme a Ben en la espalda. En serio.
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Ben mir con recelo al sacerdote y guard el crucifijo en su mochila. En ese
momento se aproxim un mozo para informarles que ya haba descargado el equipaje
del Padre McGuire.
Se lo dijo a su mujer? pregunt el sacerdote.
Por supuesto. Ben alz la mano para saludar a Faye que haba aparecido de
pronto entre la multitud trayendo a J oey.
Todo resuelto dijo al llegar junto a ellos. Los mozos ya se estn ocupando del
equipaje.
Con un gesto de asentimiento, Ben tom en brazos al beb y pregunt.
Qu le parece, Padre? Acerc la cara del nio a la suya. Igualito a m,
verdad?
La mirada de McGuire pas de Ben a Faye y de sta a J oey.
Los ojos replic. En lo dems, como ya se lo he dicho, se parece a Faye.
Idntico!
El beb expres su aprobacin con una serie de gorgoritos. Riendo, Ben se lo
devolvi a Faye, que luca un elegante traje gris con blusa de seda blanca.
Dos mozos pasaron con una carretilla cargada de maletas.
Puedo acercarlos? pregunt el Padre McGuire cuando se dirigan a la salida
. El seminario mand un auto.
Gracias, Padre dijo Ben, pero uno de nuestros vecinos viene a buscarnos.
Ya en la calle, McGuire se limit a rer cuando Faye le interrog acerca del crucifijo y
nuevamente le rest toda importancia.
Me pone histrica dijo Faye. Quiero que Ben lo tire.
McGuire asinti con aire pensativo. Comprendo su reaccin.
Faye mir a Ben, quien sonri con aire defensivo.
Muy bien, lo tirar. O har algo mejor: lo donar a algn hospital catlico.
El auto de McGuire se acerc a la acera. El chofer guard el equipaje en el bal y
abri la puerta trasera. McGuire concertaba un prximo encuentro con Ben y Faye.
Abraz a los dos y al pequeo J oey y dijo sonriendo:
Los echar de menos a los tres. No dejen de llamarme pronto.
Lo haremos le asegur Ben.
McGuire subi al coche y los salud por la ventanilla de atrs.
Ben y Faye respondieron sonrientes al saludo y enseguida se dirigieron a recoger su
equipaje.
2
Era imposible no advertir la llegada del DeSoto 1956 de J ohn Sorrenson. La reliquia
apareci por una bocacalle entre sacudones y ruido de matracas, lanzando al aire
bocanadas de venenoso humo negro; los restos de su guardabarros derecho flameaban
en el viento. Pareca un enorme pez tropical de largas aletas y tena el techo corredizo
descascarado por la corrosin de muchos inviernos. Detrs del volante Ben y Faye
vieron la cabeza cilindrica de Sorrenson que se sacuda al ritmo del coche; tena las
manos aferradas al volante y la mirada tan tendida hacia adelante que pareca pegado
con cemento al parabrisas. No pudieron dejar de rer al verlo, aunque en realidad lo
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admiraban. En un tiempo de inflacin y monstruosas facturas de reparaciones, el primer
violoncelo de la Filarmnica de Nueva York se las arreglaba para mantener ese
grotesco anacronismo, y para mejor con un presupuesto que l mismo tildaba de
insignificante.
El auto se detuvo con un chirriar de frenos y Sorrenson baj.
Maldito cacharro rezong. Se me qued en la calle Cuarenta y Ocho.
De veras? pregunt Faye acercndose con el beb en los brazos.
Conque esa era la explicacin, pens Ben. Haca una hora que aguardaban. Varias
veces consideraron la posibilidad de tomar un taxi, pero como Sorrenson jams faltaba
a una cita, decidieron esperar.
Ben empez a arrastrar el equipaje para cargarlo en el auto.
Qu pas? pregunt encarando al viejo.
Sorrenson enterr las manos en los bolsillos de su cardigan gris.
No lo s repuso con un tono menos amable y controlado que el habitual.
Vena manejando por la Novena Avenida
cuando de pronto se puso a largar humo en medio de un estruendo infernal. Vaya
susto que me pegu! Lo arrim a la acera y all me qued irritado y sin saber qu hacer,
pues no haba ninguna estacin de servicio a la vista. Luego levant la tapa del motor y
dej que se enfriara. Apret por aqu, afloj por all, y le habl con mucha seriedad. Y
entonces... bueno, creo que llegamos a un acuerdo porque al poco rato se puso a andar
como si nada. No es increble?
Faye lo bes en la mejilla. Perfectamente creble; las mquinas y las mujeres
nunca se le han resistido.
Ruborizado, Sorrenson la abraz y acarici la barbilla del beb. Se ofreci a ayudar
con el equipaje pero Ben no estaba dispuesto a permitir que un hombre de setenta aos
levantara maletas pesadas.
En pocos minutos termin de cargar el equipaje y partieron hacia el centro por la
calle Doce.
Y ahora cuntenme cmo les fue en el viaje pidi Sorrenson.
Ben mir a Faye y tom en brazos a J oey.
Cunto hubiera deseado que usted estuviera con nosotros, J ohn dijo Faye,
interrumpindose en la mitad de la frase al or una fuerte explosin en el escape. Fue
fantstico.
Tal como deca yo, no es cierto? exclam Sorrenson en un estallido de orgullo
paterno.
Y tena mucha razn dijo Ben, recordando que haba sido J ohn Sorrenson quien
les sugiri el crucero cuando an no haban resuelto a dnde ir. En realidad agreg
con una curiosa sonrisa, hemos decidido repetir el viaje el ao que viene.
Faye pesc la intencin de la enigmtica sonrisa de su marido.
As es dijo ponindose a tono.
Formidable! grit Sorrenson.
Todo fue perfecto continu Faye, inclusive el sol.
Ya me doy cuenta. Se la ve esplndida. Pero usted, Ben, se sole demasiado.
Sonriendo, Faye le dio un codazo a Ben. Sorrenson carraspe y empez a
acribillarlos a preguntas. Faye trat de contestarlas y luego le pregunt cmo haba
pasado l las ltimas dos semanas.
Lo de siempre repuso doblando por la Setenta y Nueve hacia Broadway.
Tuvimos varios conciertos dedicados a Bach. Ensay con el cuarteto para la temporada
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de verano. Y grabamos un lbum que les har or esta noche; invit a toda la gente del
piso a tomar una copa para darles la bienvenida.
A Ben la novedad le hizo muy poca gracia; deseaba irse a la cama temprano. Claro
que de algn modo el viaje haba sido obra de Sorrenson, de manera que no poda
negarse.
Cmo estn todos? pregunt Ben al tiempo que la calle Ochenta y Nueve
Oeste apareca a la distancia.
Muy bien. Max y Grace Woodbridge cenaron conmigo anoche. El acaba de iniciar
un nuevo negocio. Repuestos de plomera, o algo semejante.
Volvi a Europa Ralph J enkins?
Sorrenson movi la cabeza asintiendo. Hace unos pocos das. A decir verdad, me
cruc con l en el hall y le dije que como ustedes volvan hoy pensaba organizar una
reunin. Y ya saben ustedes cmo es J enkins!
No... cmo es? De veras no tena la menor idea de lo que quera dar a
entender Sorrenson. Ralph J enkins se haba mudado a un departamento del mismo
piso tres meses atrs, y no tuvieron muchas oportunidades de frecuentarlo, dado que
integraba el consejo directivo de la Asociacin Internacional de Anticuarios y viajaba a
menudo a Europa.
Pues bien respondi Sorrenson, a J enkins basta con mencionarle cualquier
fiesta, y all estar sin falta.
Sorrenson detuvo el auto frente a la marquesina del edificio de veinte pisos donde
viva desde haca doce aos. El cacharro protest enojado con otro ruido explosivo.
Sorrenson aludi a su mal comportamiento y amenaz con llevarlo al taller.
Ben, que se apeaba en ese momento, estuvo de acuerdo.
Quiz sea poca cosa, pero creo que es mejor no correr riesgos.
Con ayuda del portero Ben llev el equipaje hasta el ascensor, seguido por
Sorrenson y Faye. El ascensor se elev con una pequea trepidacin y se detuvo en el
piso veinte, donde los tres descendieron.
El departamento de Sorrenson era el primero a la izquierda; el de ellos se encontraba
hacia el otro lado, dos puertas ms all. En total haba ocho departamentos en el ala
sur del edificio: adems del de ellos, los de Sorrenson, Lou Petrosevic, Ralph J enkins,
el seor Woodbridge y seora, Daniel Batille, uno ocupado por dos secretarias y otro
perteneciente a una monja anciana que nunca se mova de su casa.
Sorrenson y los Burdett entraron en el departamento de stos y penetraron en el
living rectangular que se extenda en forma de martillo hasta una zona de comedor
comunicada con la cocina. Mientras Faye encenda las luces, Ben le dio una propina al
portero y llev el equipaje al pasillo que conduca al dormitorio.
Increble la cantidad de polvo que se ha juntado! exclam Faye examinando los
muebles.
Qu esperabas? pregunt Ben, sentndose en el sof. Bastante suerte
tenemos de que est todo razonablemente limpio.
Sorrenson se mostr de acuerdo y les record que de haber aceptado que l viniera
a limpiar, tal como se haba ofrecido a hacerlo, ahora hubieran encontrado todo
inmaculado.
Ya lo s, J ohn dijo Faye, pero si le permitiramos hacer todas las cosas que
usted se ofrece a hacer, nunca tendra tiempo para s mismo.
No necesito tiempo para m mismo afirm Sorrenson sentndose junto a Ben.
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Ben le palme el brazo. No les contar a sus compaeros del cuarteto de cuerdas
lo que acaba de decir.
Puede contarles lo que quiera. Lo que quiera.
Mientras Ben y Sorrenson encendan cigarros, Faye llev a J oey al dormitorio; luego
prepar caf y se acerc al sof para servirlo, pero Sorrenson se apresur a informarle
que deba irse a la una para un ensayo.
Pues entonces tiene media hora, justo lo necesario para echar un vistazo a las
fotos.
Ya las revelaron?
Son instantneas.
Cuando terminaron de mirar el montn de fotos que Faye sac de una de las
maletas, faltaban pocos minutos para la una. Sorrenson mir el reloj, se puso de pie de
un salto y les dio instrucciones para la noche.
Nada de ropa formal les advirti. Es una reunin de amigos. Serviremos unos
bocaditos y haremos msica. A las nueve en punto. No vengan tarde. Sera muy feo
que los homenajeados lleguen cuando toda la comida haya desaparecido.
Ben y Faye lo acompaaron hasta la puerta.
Acaso alguna vez llegamos tarde a sus reuniones ? pregunt Faye.
No..., pero no conviene empezar a sentar malos precedentes.
Faye bes las mejillas arrugadas de Sorrenson y le acomod el cardigan para que
quedara bien ubicado en los hombros.
Es bueno tenerlos de vuelta dijo Sorrenson.
Sobre todo cuando nos aguardan amigos como usted replic Ben.
Ruborizndose, Sorrenson camin apresuradamente hacia la puerta.
Poco despus de la partida del anciano, Faye consigui echar a Ben del
departamento y le orden que no regresara hasta las seis. Luego empez a
desempacar, convencida de que as trabajara mucho ms cmoda que con Ben dando
vueltas por ah.
J unt un montn de ropa que llevara ms tarde al lavadero de la casa, dedic una
hora a guardar todo en los armarios y otra hora a la limpieza. Cumplida esta tarea, sali
de compras con J oey y volvi cuarenta y cinco minutos ms tarde con un carrito
desbordante de provisiones.
Al regresar se top con J oe Biroc, que sala del cuarto donde se guardaban los
artculos de limpieza.
Seora Burdett! salud l con una leve traza de acento eslavo.
Faye sonri. J oe!
Se abrazaron.
Y J oey... mi pequeo J oey.
Biroc tom al nio y lo acun en sus brazos.
Puede subir a tomar un caf? invit Faye.
Biroc mir su reloj. Tomo mi turno a las cinco. Pero si tiene caf instantneo,
dispongo de un par de minutos.
Muy bien, entonces.
Ya en el departamento, Biroc se sent en un silln con el nio y aguard mientras
Faye se afanaba en la cocina. Era un hombrn de ms de un metro ochenta, espaldas
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anchsimas, manos enormes y msculos poderosos. En sus brazos J oey casi desapa-
reca.
Faye regres de la cocina con dos tazas llenas.
Y bien, qu hay de nuevo?
No hay grandes novedades, salvo que... mi hija tuvo un beb.
Un nieto? Qu maravilloso!
Biroc asinti con aire de pedir disculpas, como si vacilara en hablar de su vida
privada con la gente del edificio.
Cunto me alegro por usted! Es el primero?
Claro. Parezco tan viejo como para tener ms de uno?
Ambos rieron.
Se llama Todd. Todd Melincek. Lindo nombre, verdad?
Esplndido. La verdad es que Ben y yo casi lo elegimos para nuestro hijo. J oey
estuvo a punto de ser un Todd.
De veras?
Faye asinti. Dnde vive su hija?
En Long Island.
Y el esposo trabaja en el centro?
No... tiene un taller cerca de la casa. Fabrica ropa tejida para damas.
Ropa tejida? Es un gran negocio, J oe. Si todas las mujeres del pas fuesen como
yo, su yerno sera millonario. Si es que ya no lo es, claro.
Todava le queda mucho camino por recorrer admiti Biroc. Pero aunque
nunca se haga rico, eso no importara. Es muy bueno con mi hija. Y eso es lo principal.
Estoy totalmente de acuerdo con usted.
Biroc sonri y bebi un sorbo de caf.
Ah, casi se me olvidaba exclam Faye de pronto ponindose de pie y
dirigindose al dormitorio. Le trajimos un regalito.
Biroc protest y le advirti que deba bajar a tomar su turno, pero en unos instantes
Faye volvi a la habitacin.
Ben y yo no pudimos resistirnos... Usted ha sido tan increblemente amable...
Le tendi un paquete y l se lo acerc a la oreja.
No parece una bomba.
bralo!
Biroc desenvolvi el paquete y se encontr con un pequeo estuche de madera.
Levant la tapa. Sac del estuche una pipa tallada a mano y murmur:
No debieron molestarse.
Sabemos cunto le gustan las pipas, y nunca habamos visto una tan bonita.
Biroc se llev la pipa a la boca, movi la cabeza, y volvi a guardar la pipa en el
estuche y abraz a Faye.
La pondr sobre el escritorio de recepcin para tenerla siempre a la vista.
Momentos despus, abandon el departamento y Faye volvi sonriendo a la cocina
para guardar las provisiones.
Era una suerte que le hubiera gustado el regalo.
Ben regres a las seis. Se detuvo en el hall de entrada para hablar con Biroc; luego
subi al piso veinte y golpe a la puerta de Max Woobridge.
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Le abri la puerta Grace Woodbridge, una cincuentona menuda, de pelo gris,
incurablemente adicta a las blusas estampadas y las faldas largas. Llevaba en las
manos un molde con un pan de maz recin horneado.
Ben! grit. Max, es Ben.
Max Woodbridge se acerc a la puerta.
Ben, muchacho, me alegro de verlo.
Ben sonri. Slo quera saludarlos y agradecerles por haber regado las plantas.
No tiene nada que agradecernos protest Grace. Fue un placer. Y adems
Faye ya nos lo agradeci. De modo que basta con eso. Vamos, pase. Sintese. Srvase
un trozo de pan de maz. Le gusta el pan de maz, verdad?
Me encanta. Pero acabo de picar algo.
Un pedacito.
Trigalo a casa de Sorrenson.
Para eso lo hice.
Con una sonrisa, Max Woodbridge se pas la mano por su rala cabellera y ajust el
cinturn de su bata.
Seguro que no necesita nada?
Seguro. Ya les dije que slo vine a decir hola y gracias.
Muy bien, si necesita algo ya sabe dnde encontrarnos.
Por supuesto. Nos veremos donde Sorrenson. A las nueve. En punto!
El bueno de Sorrenson dijo Woodbridge riendo. S... el bueno de Sorrenson!
Ben encontr a Faye dormida en el sof, con Ios pies recogidos. J unto a ella haba
un vaso de vino medio vaco.
La tom en sus brazos y la condujo al dormitorio, donde la deposit sobre la cama.
Luego volvi al hall y sac el crucifijo de su mochila. Pensndolo bien haba decidido no
desprenderse de l; abri un cajn del escritorio y lo guard bajo una pila de papeles.
Volvi al dormitorio, se quit la camisa, la arroj sobre el tocador, bes al beb
dormido en su cuna, se acost junto a Faye y se qued dormido.
3
Rodeado por algunos de los invitados, Ralph J enkins peroraba sobre algn asunto
trivial cuando J ohn Sorrenson abri la puerta de su departamento e hizo pasar a Ben y
Faye.
Llegan con media hora de retraso los rega Sorrenson.
Lo siento se excus Faye. Ben y yo echamos una siestecita y no omos sonar
el despertador.
Sorrenson movi la cabeza.
Qu esperaba usted? pregunt J enkins con una mirada a Sorrenson, mientras
se acomodaba sus gruesos anteojos bifocales. Acaban de volver de un crucero, y
usted pretende que desparramen energa?
Claro, J ohn terci Max Woodbridge, si quieren llegar tarde, djelos que
lleguen tarde.
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Pero ustedes saben que...
No sabemos nada! le interrumpi Grace Woodbridge.
Sorrenson volvi a mover la cabeza, juguete con su corbata y ri, reconociendo su
derrota. Usaba un traje de color extrao, y si la vista de Ben no lo engaaba, un zapato
marrn y otro negro. Pero as era J ohn Sorrenson, el msico. Genio y figura! Su ropa
pareca salida de una venta de saldos y su aspecto resultaba aun ms llamativo cuando
se encontraba junto al impecable Ralph J enkins.
Un vaso de vino? sugiri Daniel Batille alzando dos botellas.
Blanco para m dijo Faye. Para los dos? Ben asinti. Dos blancos.
Batille, que costeaba sus estudios de derecho atendiendo un bar, llen dos vasos.
Vino y msica declar Sorrenson dirigindose hacia el tocadiscos.
Algo romntico pidi una de las dos secretarias.
Tengo exactamente lo que me pide. Sorrenson puso en el tocadiscos un disco
viejo de cuarenta y cinco. Sinatra para el recuerdo.
Quin es Sinatra? pregunt con cara de inocencia la otra secretaria.
Todos rieron, brindaron, se movieron de un lugar a otro del living atestado de
chucheras, reliquias de ventas benficas y muebles surtidos... y rieron nuevamente.
Batille acababa de servir una segunda vuelta de bebidas y el disco lleg a su fin.
Entiendo que usted acaba de estar en Europa, verdad, Ralph? pregunt Ben.
As es. Viaje de negocios. J enkins tena poco ms de sesenta aos y una
manera solemne de hablar, con un rastro casi imperceptible de acento extranjero que
Ben nunca lograba identificar; aunque el hombre aseguraba haber nacido en algn
cantn de Bavaria, el acento siempre le haba parecido a Ben curiosamente no ario.
Mis colegas y yo empezamos por Inglaterra y acabamos en Estambul. Buscbamos
objetos de la poca de los Borbones, pero no pudimos encontrar nada de inters. Sin
embargo, descubrimos algunas pistas, y el mes que viene, cuando vuelva a Europa,
pienso investigarlas.
Entonces la frustracin no fue total?
De ningn modo, aunque slo sea porque tuve oportunidad de viajar y trabar
nuevas amistades.
Ben sonri. Pues le dir que los viajes parecen sentarle, Ralph. Se le ve muy bien.
Descansado.
Tambin a usted, Ben. Claro que es bueno estar de vuelta en casa. Aunque esta
vez estar ms ocupado que nunca; tengo que escribir un artculo para el Ladies'Home
Journal y me propongo comenzar un libro sobre antigedades. Sonri. Y cmo
anda su novela?
Como el diablo.
De veras?
No escrib una palabra durante el viaje.
Sorrenson volvi de la cocina con un plato de sandwiches y los distribuy.
Entretanto, J enkins y Ben se acercaron a la ventana.
J enkins mir hacia la calle y durante un momento permanecio pensativo. Qu
me dice usted de la construccin?
J usto enfrente haba una enorme excavacin rodeada por una empalizada de
madera. Ben ya la haba advertido antes y supuso que se trataba de un nuevo
rascacielos.
Qu van a construir?
No lo sabe?
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34
No, cmo iba a saberlo?
Crea haberle hablado del asunto antes de su partida.
Ni una palabra.
La archidicesis de Nueva York construye una catedral.
En ese momento se unieron a ellos Daniel Batille y Sorrenson.
Hablbamos de la nueva catedral les inform J enkins. A mucha gente del
barrio la novedad no les ha cado nada bien.
A m entre ellos anunci Sorrenson. Maldita la gracia que me hace una torre
de iglesia obstruyendo la vista.
Podemos hacer algo para detener el proyecto? pregunt Ben.
J enkins hizo un gesto negativo. Trat de averiguarlo antes de irme a Europa. Me
puse en contacto con la archidicesis pero no hice ms que perder el tiempo. Luego fui
a la municipalidad, pero la archidicesis se haba ajustado a todas las normas de
edificacin vigentes en la zona. Tambin examin el registro de la propiedad y descubr
que el terreno pertenece a la archidicesis desde hace ms de cincuenta aos. Y no
slo el lote donde se est construyendo la catedral sino toda la manzana; las dos
aceras, incluido el terreno en el que se levanta este edificio. Hizo una pausa y estudi
las reacciones de quienes lo rodeaban. Tambin descubr que la compaa a la que
pagamos el alquiler es una empresa controlada por la archidicesis.
La archidicesis es duea de este edificio? pregunt Sorrenson.
S repuso J enkins.
Esto no me gusta nada.
Qu piensa hacer? pregunt Ben. Mudarse?
No lo s. Simplemente, la cosa no me gusta.
Pero J ohn intervino Max Woodbridge, quizs ste sea el camino de nuestra
salvacin. Si nos quedamos, cuando nos llegue la hora no tenemos ms que tomar el
ascensor para subir al cielo.
No le veo la gracia rezong Sorrenson.
Sin duda, el disgusto de Sorrenson era autntico. Ben no lo entenda; a quin poda
molestarle que el edificio perteneciera a la archidicesis?
Quizs eso explique la presencia de nuestra sociable monja apunt Batille.
Es muy probable asinti J enkins recogiendo la idea. Me parece lgico que la
iglesia mantenga a una monja.
Grace Woodbridge, que los escuchaba, inici una charla animada, arrastrando a
todos los presentes a la conversacin.
Me dijeron que la monja fue prisionera de los comunistas durante la revolucin de
1956 en Hungra. Estaba adscrita a la archidicesis de Budapest, pero su tarea
principal era la coordinacin de la resistencia anticomunista. Cuando estall la lucha,
fue arrestada y torturada por la KGB. El Vaticano negoci su liberacin y la trajo aqu. Al
parecer, en Hungra an la recuerdan como a una mrtir. Grace se detuvo y movi la
cabeza. La KGB la arruin para siempre. Est paraltica, sorda, muda y ciega,
confinada en esa silla junto a la ventana.
Es cierto todo eso? pregunt Ben.
Grace se encogi de hombros. No lo s; es lo que me dijeron.
Quin se lo dijo? quiso saber J enkins.
Un refugiado hngaro llamado J an Nagy que viva en el quinto piso. Me dijo que se
haba relacionado con la monja cuando trat de huir de Hungra.
Interesante dijo Sorrenson, pero yo no le dara mucho crdito a esa historia.
J Je ef ff fr re ey y K Ko on nv vi it tz z E El l G Gu ua ar rd di i n n
35
Por qu no?
J an Nagy es un enfermo mental. Chiflado. Un esquizoide. No se le puede creer
nada.
J enkins sonri con aire enigmtico. Una monja anciana. Paraltica. Ciega. Sorda.
Muda. Sentada junto a la ventana de un departamento. No se mueve nunca. No sale
nunca. No tiene visitas. Ni historia. Ni medios visibles de vida. Estoy seguro de que en
una sociedad menos civilizada, una persona as dara pbulo a historias increbles.
Se ri. Una versin femenina del Conde Drcula. Muy misterioso.
Faye cruz los brazos sobre el pecho reprimiendo un escalofro.
Por Dios, Ralph... no me asuste.
Son puras fantasas, Faye. Estoy seguro de que es una viejita simptica.
Una viejita simptica? Sorrenson movi la cabeza. Lo dudo. En realidad,
deberamos tratar de averiguar con exactitud quin es o qu es esa mujer.
Faye lo mir. Creo, J ohn, que lo mejor que podemos hacer es olvidarla y dejarla en
paz.
Por qu dices eso? pregunt Ben.
No lo s. Es una intuicin. Desde que vinimos a vivir a la casa no he hecho ms
que tratar de olvidar que esa mujer est al lado, que nuestro dormitorio queda
justamente detrs del cuarto en el que ella est sentada. Resulta muy desesperante... Y
sabes, Ben, esta maana cuando volvimos sent que me miraba desde su ventana.
Nunca me haba ocurrido antes, ni s por qu ocurri esta maana, pero el hecho es
que lo sent!
J enkins encendi otra lmpara. Creo que sera aconsejable cambiar de tema.
Buena idea aprob Ben, dicindose que ojal no estuvieran desencadenando
una cacera de brujas. Haca tiempo que la vieja monja estaba en la casa, y nada haba
ocurrido que permitiera atribuirle connotaciones siniestras.
Sorrenson coloc en el tocadiscos la nueva grabacin del cuarteto de cuerdas. El
departamento, que haba cado en un pozo de quietud, volvi a la vida.
Ben se acerc a la ventana para hablar con J enkins, quien mostraba una expresin
curiosamente ausente.
Lo veo preocupado dijo. Faye los observaba con curiosidad.
Estaba pensando...
En qu?
En la monja. Y en lo que dijo Faye; que sera mejor para todos olvidarnos de esa
mujer, dejarla tranquila.
Bah!, lo que ocurre es que Faye est amedrentada por esa vieja.
J enkins sonri. S, est amedrentada..., pero creo que tiene razn.
Ben apret la cara contra el vidrio fro de la ventana. Faye. Batille. Sorrenson. Grace
Woodbridge. Y ahora J enkins. Todos asustados por fantasmas. Increble.
Creo que me estoy volviendo loca declar Faye mientras ordenaba sobre la
mesa del comedor el montn de ropa para lavar antes de colocarla en el carrito.
Qu quieres decir? pregunt Ben. Se haba quitado la camisa y fumaba un
cigarro recostado en el sof.
Pues... no te parece que todo esto es algo misterioso? Faye se dej caer en el
sof, junto a Ben. No te parece demasiada coincidencia que de pronto no podamos
dar un paso sin tropezar con la Iglesia Catlica?
No te entiendo.
J Je ef ff fr re ey y K Ko on nv vi it tz z E El l G Gu ua ar rd di i n n
36
Primero conocemos en el barco al Padre McGuire. Luego t te despiertas en mitad
de la noche y encuentras un crucifijo en nuestra puerta. De acuerdo; puede ser pura
casualidad. Pero volvemos a casa y nos enteramos que no slo los terrenos de ambos
lados de la calle pertenecen a la archidicesis, sino tambin este edificio. Y luego, el
asunto de la monja. Vamos, Ben, son demasiadas coincidencias.
Con un gruido, Ben se incorpor.
Eso es precisamente lo que son! Coincidencias. Est bien el tema para una charla
social con los vecinos, pero no nos dejemos envolver nosotros tambin en esto.
Por favor, Ben...
Faye, mi amor, estoy cansado. Acabamos de volver de viaje. No s para qu
habremos ido a casa de Sorrenson esta noche. Francamente, lo nico que quiero es
estar tranquilo y dormir. Mir a Faye, que se mordi el labio, y despus de echar una
ojeada a su reloj agreg: Oye, son casi las doce. Si piensas llevar la ropa abajo esta
noche, ms vale que te apures.
Muy bien, muy bien.
Quieres que te ayude?
No, puedo arreglarme sola. Sali al pasillo, llam al ascensor y observ el lento
trepar de la luz en el panel indicador. Se senta irritada con Ben. Acaso no haba
advertido tambin l las inquietantes coincidencias?
Lleg el ascensor y se abri la puerta. Empuj el carrito de la ropa al interior. Slo se
oa el zumbido del motor y el silbido del viento en el hueco del ascensor. El indicador
registraba el descenso; luego el ascensor aminor la marcha y se detuvo. La puerta se
abri y Faye empuj el carrito hacia el corredor de paredes de ladrillo desnudo.
El lavadero se encontraba en el extremo del subsuelo, donde el oscuro corredor
haca un recodo. Cada vez ms cercano, Faye oa el bramido de la enorme caldera. A
sus espaldas, el ruido del ascensor que volva a subir era apenas audible. Sigui
adelante dicindose que deba permanecer tranquila. Odiaba ese lugar. Pero tena que
lavar la ropa y si esperaba hasta la maana todas las mquinas estaran ocupadas por
las madrugadoras.
Un ruido. Movimiento. En alguna parte, ms adelante. O era su imaginacin? No.
Ms ruidos. Quizs otra mujer. Alguien ms que se apresuraba para conseguir una
mquina de lavar desocupada. Se detuvo, aguz el odo, mir a su alrededor.
No haba nadie all.
Hola dijo al pasar lentamente por delante del cuarto del portero. Un leve eco.
Pero ninguna respuesta.
Hay alguien aqu?
Oy su propia respiracin. Aguard. No hubo respuesta. Todo estaba en orden.
Dobl el recodo. All estaba el cuarto del compactador y ms atrs el lavadero,
iluminado por una mortecina luz roja.
Maldicin! De pronto el carrito le resultaba tan pesado como si estuviera arrastrando
una tonelada de ladrillos. Y senta las piernas duras, como paralizadas.
Avanz por el corredor y se detuvo. Haba una mancha oscura frente al
compartimiento del compactador. Curiosamente, pareca expandirse. Se acerc ms y
se inclin para examinarla. Era sangre; un hilo que se escurra por debajo de la puerta.
Su primer impulso fue correr hacia el ascensor. Pero acaso poda hacerlo? Sin duda
alguien estaba herido, tal vez atrapado en la mquina compactadora.
Hizo girar el picaporte y abri la puerta; la oscuridad era total.
Hay alguien aqu?
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No hubo respuesta. A tientas busc el interruptor y encendi la luz.
Mir hacia el interior.
La piel se le eriz y una bocanada de aire caliente le abras los pulmones.
Entonces grit.
Qu diablos... murmur Ben abriendo con esfuerzo los ojos; el cuarto era una
masa borrosa.
Alguien segua golpeando violentamente a la puerta, llamndolo a gritos.
Ya voy... ya voy. Condenado imbcil, iba a despertar al beb. Y Faye... Haba
vuelto. O no?
Se ech encima la camisa y con paso vacilante lleg hasta la puerta. Corri el cerrojo
y abri. Pero qu...? Qu pasa, J oe?
Biroc entr en la habitacin; en sus brazos estaba Faye semiinconsciente, la cara
muy blanca y los labios de un azul ciantico.
Seor Burdett. Oh, Dios mo!
Ben tom a Faye de los brazos de Biroc y la deposit sobre el sof.
Faye, querida...
No hubo respuesta.
Faye!
Un murmullo entrecortado.
Biroc abri las ventanas.
Qu ocurri? grit Ben. Corri a la cocina y volvi con un trapo hmedo que
puso sobre la frente de Faye.
Ay, seor Burdett dijo Biroc temblando. No estoy seguro. Pero hay algo... algo
horrible. Se interrumpi, llorando.
Ben lo aferr por el cuello de la camisa. Domnese, por todos los diablos! Lo
sacudi con fuerza y lo empuj hasta el sof. Qu pas?
Biroc se tom la cabeza entre las manos y respir hondo un par de veces para
tranquilizarse. Estaba en la puerta, cuando se abri el ascensor y apareci la seora
Burdett gritando. Hablaba confusamente, pero entend algunas palabras. Deca que
haba un muerto en el subsuelo. La dej en la puerta con el seor Spezio del tercero
H, saqu una linterna y un palo del armario y baj.
Y qu encontr abajo? pregunt Ben, que tambin empezaba a perder la
compostura.
Un cadver. Y sangre. En el compactador. Ay, Dios mo... Dios mo...
Llam a la polica?
No.
Ben tom la mano de Faye y sigui apretndole el trapo hmedo sobre la frente.
O una ambulancia?
No.
Ben se precipit al telfono. Las manos le temblaban con tanta fuerza que tuvo que
volver a marcar varias veces. Por fin dio con la operadora y pidi que lo conectara con
la polica. Lograda la comunicacin, repiti lo que le haba contado Biroc; luego colg el
receptor y volvi junto a Faye.
Ella le tendi los brazos, presa de un vivo temblor. Tena espuma en los labios. Ben
la abraz estrechamente. Tena que ser muy horrible lo que Biroc haba visto en el
stano para que un hombre tan fuerte y equilibrado como l se hubiese derrumbado.
Haba muchas cosas que Ben deseaba preguntar, pero permaneci en silencio,
acariciando suavemente a Faye y aguardando.
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No haba muebles, salvo una silla solitaria junto a la ventana central del living. La
puerta estaba cerrada con triple cerrojo. Ninguna luz. En la silla se hallaba sentada una
monja, la Hermana Thrse. Sostena un crucifijo en las manos.
Aunque su estado normal era de total inmovilidad, en ese momento se agitaba
inquieta, el rostro horrible estremecido por un desasosiego que creca por momentos.
Charles Chazen estaba en el edificio!
4
El inspector general J ake Burstein, del Departamento de Homicidios de Manhattan,
sinti que se le revolva el estmago. Haba visto muchos cadveres en su vida, pero
jams uno tan repugnante. El cuerpo haba sido totalmente carbonizado y luego
compactado como un paquete de basura. Slo el brazo derecho, que qued fuera de la
cmara compactadora, haba permanecido completamente intacto, pero las
quemaduras lo hacan irreconocible. El crneo se conservaba en una pieza, aunque
tambin lo haban comprimido. El torso no era ms que un mun; las piernas estaban
destrozadas y calcinadas.
Burstein se desabroch el impermeable acababa de llegar y ech una mirada a
su alrededor. El cuarto no era muy grande, unos tres metros de lado; las paredes eran
de ladrillo y el piso de cemento sin pulir estaba manchado de sangre. Un hilo de sangre
segua escurrindose por la puerta de la cmara.
Quin encontr el cadver? pregunt. Su voz tena las caractersticas
inflexiones de Long Island.
Una mujer del piso veinte respondi el detective Wausau, quien se encontraba
de pie a la derecha de Burstein. Cmo se llama?
Faye Burdett. Wausau mir la libreta que tena en la mano. Nos llam el
marido. Uno de los porteros, un tal Biroc, tambin vio el cadver.
Burstein se acerc al especialista forense que en ese momento cubra el piso con un
polvo detector; otros policas trabajaban en la cmara compactadora debajo de una
lmpara provisoria que haban enganchado en los caos del techo. Quin est a
cargo? pregunt.
El hombre que se encontraba ms prximo a la mquina compactadora se identific.
Hay impresiones digitales? pregunt el inspector.
Hasta ahora nada.
Burstein se escarb los dientes con un palillo para quitarse los restos del roast beef
de la cena. Cunto hace que muri la vctima?
No es seguro. Pero no mucho, por cierto. La piel todava est fresca y no hay
signos de descomposicin. No; yo dira que lo liquidaron esta misma noche.
Lo liquidaron? pregunt Wausau. El forense seal con el dedo. Es un
hombre. Tiene un buen par de genitales para demostrarlo.
Burstein hizo un gesto de asentimiento y respir hondo. El olor ptrido a carne
quemada lo invada todo, intensificado por la falta de ventilacin del cuarto. Se enjug
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la frente con la manga del impermeable y se apoy contra la pared. Era alto, delgado y
calvo; de rostro blando y piel tersa.
Cunto demorarn en identificarlo? pregunt.
Quiz no lo identifiquemos nunca.
Qu quiere decir con eso? Saquen impresiones, controlen los arreglos dentarios.
El forense alz la mano de la vctima; le haban cortado las puntas de los dedos.
No habr impresiones. Y le han sacado todos los dientes.
Burstein ech una mirada al brazo y a los restos de la cabeza. Luego llam a un lado
al forense. Quiero que revisen todo el subsuelo en busca de los trozos de dedos y los
dientes que faltan. Y vean qu otra forma hay de identificar el cuerpo. Marcas.
Cicatrices. Lo que sea.
No se engae. Si hubo marcas o cicatrices, ya no existen.
Frustrado, Burstein se volvi hacia Wausau. Dnde estn el portero y la mujer?
Arriba.
Acompaado por Wausau, Burstein sali al corredor, donde pululaban ahora
detectives y policas uniformados.
El encargado del edificio, un puertorriqueo llamado Vzquez, estaba sentado
delante del cuarto que usaban los porteros para cambiarse. Burstein se present y le
hizo una serie de preguntas. Vzquez le dio los nombres de los empleados del edificio,
detall sus respectivas responsabilidades y explic el procedimiento seguido para la
compactacin de los residuos. La mayor parte del trabajo se haca por la maana. El
portero de turno compactaba la basura acumulada durante la noche en el depsito y la
colocaba en bolsas que eran agregadas a las compactadas el da anterior y colocadas
en la calle para su recoleccin. Aunque el portero hubiese entrado y salido varias veces
durante el da, nadie podra haber entrado despus de las seis de la tarde al
compartimiento de compactacin.
Qu le parece? le pregunt Burstein a Wausau cuando ambos se encaminaban
hacia el ascensor despus de haber interrogado al encargado.
Wausau movi la cabeza. Poco pao para cortar.
S asinti el inspector con una mueca: muy poco!
Inspector general Burstein se present Burstein con tono oficial examinando los
rostros plidos que lo rodeaban.
Ben Burdett repuso Ben; luego present al inspector a J oe Biroc, Ralph J enkins
y J ohn Sorrenson.
Fue usted quien inform sobre el crimen? pregunt Burstein.
S dijo Ben.
Burstein dio unas vueltas por el departamento examinando los muebles mientras
Wausau permaneca junto a la puerta. Sentado en el sof, Sorrenson se afloj el cuello
de la camisa. J enkins se acerc y se sent junto a l.
Dnde est su esposa? pregunt Burstein.
En el dormitorio. Le di tres valium, siguiendo las rdenes del mdico. Est en un
estado de shock y el mdico indic que no se la debe despertar ni interrogar.
Tambin indic cundo estar en condiciones de hablar? La expresin mordaz
de Burstein haca juego con la burlona irona de su voz.
No respondi Ben.
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Entiendo. Burstein se acerc a J enkins y Sorrenson. Alguno de ustedes dos
estaba presente cuando el seor Biroc trajo a la seora Burdett?
Ambos movieron la cabeza negando.
Vinimos para ayudar dijo Sorrenson.
Burstein se sent junto a Biroc.
Se siente bien?
S, seor repuso inseguro Biroc.
No podramos postergar todo hasta maana? pregunt Ben.
No; lo lamento. Si el asesino hubiera tenido alguna consideracin por nuestra
comodidad, habra esperado para matar a su vctima. Pero no lo hizo. De modo que,
desgraciadamente, tampoco yo puedo esperar. Y bien, seor Biroc, quiero que me
cuente lo ocurrido. De acuerdo?
Con un gesto de asentimiento, Biroc procedi a relatar los hechos.
Burstein se limit a escucharlo mientras Wausau tomaba notas. Cuando Biroc
concluy, Burstein acomod el pauelo que asomaba en prolijos pliegues del bolsillo de
su chaqueta deportiva y empez a dar vueltas inquieto alrededor del sof; su mirada
pasaba de Ben a Biroc y de stos a J enkins y a Sorrenson con irritante rapidez.
Tengo entendido, seor Biroc, que la cmara compactadora se cierra a las seis de
la tarde. Es as?
S, seor.
Quin la cierra?
Lo hago yo, seor. Ayer... la cerr exactamente a las seis y cuarto.
Burstein se sent en el brazo del sof.
Vio a alguien en el subsuelo?
No, seor.
Sabe usted de alguien que haya bajado al subsuelo ms tarde?
No tengo modo de saberlo. Seguramente haba algunas mujeres en el lavadero y
hay una entrada trasera que la gente utiliza para guardar sus bicicletas. Siempre hay
alguien all abajo, inspector.
Burstein se volvi hacia Ben, que totalmente concentrado observaba a los dos
hombres como un lince, los ojos muy abiertos.
Por qu estaba en el subsuelo su mujer?
Quera depositar la ropa en una de las mquinas para tenerla lista a la maana
siguiente. Lo hace a menudo, como muchas otras mujeres de la casa. No es nada
inusitado.
Burstein enarc las cejas.
Acaso dije yo que lo fuera? Seor Burdett, no pretendo insinuar que su esposa
haya tenido algo que ver con el crimen. Nada ms lejos de mi intencin.
Ben hizo un gesto aprobatorio.
Con una sonrisa, Burstein volvi a dirigirse al portero.
Seor Biroc, hay gente sospechosa en el edificio? Alguien cuya conducta pueda
considerarse desequilibrada? Algn hecho que le haya llamado la atencin?
Biroc respir hondo.
No, no podra sealar a nadie con el dedo. Claro que... en un edificio tan grande
siempre hay algn chiflado... El seor Cram, del cuarto piso, habla con su bulldog
ingls. Y la seora Schwartz tiene un carcter de todos los demonios.
Sorrenson lo interrumpi.
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Vivo en este edificio desde que se inaugur y he conocido a casi toda la gente que
pas por aqu. Puedo asegurarle que ninguno de ellos sera capaz de una cosa as.
No le parece, Ben?
Ben asinti.
El que hizo esto tiene que haber venido de afuera.
Por qu no me deja sacar las conclusiones a m, seor Burdett? Ser mejor para
todos.
No me gusta el tono que adopta, inspector protest de pronto J enkins . No
creo que estemos bajo sospecha, de modo que no s por qu nos habla como si lo
estuviramos.
Me permito disentir de usted. En este momento todo el mundo se halla bajo
sospecha. Entendido?
Nadie contest.
Hay una cosa... murmur Ben.
Qu cosa?
No s qu relacin podra haber, pero...
Pero qu? lo espole Burstein.
Pues... hay una monja en el departamento contiguo, una monja de lo ms extrao.
Curiosamente, anoche nos encontrbamos todos en el departamento del seor
Sorrenson y ella fue nuestro tema principal de conversacin. Claro que no imagino
cmo podra... Segn me dicen, es paraltica, sorda, muda y ciega.
La cara del polica permaneci totalmente inexpresiva. Ben tuvo la sensacin de que
ya saba algo acerca de la monja. Acaso hasta la haba avistado al llegar, sentada junto
a su ventana del piso veinte.
Cmo se llama la monja? pregunt Burstein.
No lo s repuso Ben. Nadie lo sabe.
Burstein midi la habitacin a pasos lentos; luego se acerc a la ventana y mir hacia
el exterior. Los perfiles de la ciudad aparecan desdibujados. Podra ser una
coincidencia?, se pregunt. Hurg en su memoria en busca de hechos que haban sido
relegados a un archivo policial largo tiempo atrs. La chica. El viejo sacerdote ciego.
Aquella complicada red de crmenes y preguntas sin respuesta que estuvieron a punto
de mandar al manicomio a su predecesor, Tom Gatz. Empez a recordar. Cmo era la
direccin? En algn lugar por las calles Ochenta Oeste? Cerca de dnde se
encontraban en ese momento? Su curiosidad se acentu. Buscara el legajo por la
maana para verificar la direccin. Luego vera. Procedimiento de rutina.
Se volvi hacia los dems; todos lo miraban.
Quin es el propietario del edificio?
La archidicesis de Nueva York le inform J enkins.
Burstein se dirigi a Ben.
Es all donde est la monja? pregunt sealando la pared contigua.
S. Siempre est all. Cuando salga fjese en la ventana. Claro que de noche no
ver gran cosa, pero creo que podr distinguirla. De lo contrario, intntelo maana.
Por la maana hablar con el mdico de su esposa dijo Burstein tras una larga
pausa. Quiero saber cundo podr interrogarla. Y ninguno de los presentes deber
salir de la ciudad sin notificarnos. De acuerdo?
Los hombres asintieron.
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Perfecto. Burstein y Wausau abandonaron el departamento. Ya en el pasillo,
Burstein se detuvo frente a la puerta de la monja. Aguz el odo. Nada. Golpe. Nadie
le respondi.
No me diga que piensa tomar en serio esa historia se asombr Wausau.
Burstein se acerc al ascensor y apret el botn de llamada.
Quiero que me busque un legajo en el archivo... tiene que retroceder unos quince
aos. Fue un homicidio mltiple. El detective Tom Gatz condujo la investigacin. Pruebe
con Allison Parker, Michael Farmer, J oseph Brenner. El caso ha de estar archivado bajo
alguno de esos nombres. Lea el material. Y luego me dir qu piensa de una vieja
monja ciega y paraltica.
Lleg el ascensor y Wausau entr. Muy bien dijo.
Despus quiero que invente una buena excusa y me consiga una orden de
allanamiento.
Para qu?
Antes de responderle y a punto de entrar en el ascensor, Burstein volvi la mirada
hacia atrs.
Quiero entrar en el departamento de la monja.
La puerta del ascensor se cerr.
Faye respiraba lentamente. Muy lentamente. En paz. Un toque sonrosado de vida
haba reemplazado la palidez anmica.
Inclinndose, Ben la bes en la mejilla.
El valium haca su efecto. Ojal pudiera l dormir as.
Tambin el beb estaba tranquilo. Slo se haba despertado una vez durante la
confusin que sigui a la llegada de Biroc, pero haba vuelto a dormirse rpidamente
despus de lloriquear un poco.
Ben se quit los pantalones y los colg cuidadosamente en el respaldo de una silla.
No quera que Faye viera sus ropas tiradas por todas partes al despertar por la
maana. Por una vez sera ordenado. Y no le causara ms problemas, por triviales que
fuesen.
Entr al bao. Una rpida cepillada de dientes. Una mirada a sus ojos rodeados de
abultadas ojeras. El chasquido del interruptor al apagarse la luz. Y a la cama.
La cama mullida. Las mantas abrigadas. La respiracin acompasada de Faye.
Y el tic tac del reloj.
Dej de respirar, temeroso de perturbar la simetra del cuarto, la extraa, casi
buclica atmsfera de oscuridad y silencio.
Tena tantas ganas de dormir...
Cerr los ojos.
Qu haba dicho Faye? Creo que sera mejor para todos olvidarla y dejarla en
paz.
Se volvi de costado.
Maldita sea.
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5
El inspector Burstein lleg al Departamento de Homicidios de Manhattan a las once
de la maana.
Pudo descansar algo? le pregunt el detective Wausau, que sala en ese
momento de la oficina de tareas.
Reprimiendo un bostezo, Burstein movi la cabeza decidido a ignorar los ltimos
aletazos de la penetrante jaqueca que lo haba atenazado poco despus de acostarse a
las cuatro y media de la maana.
Los dos hombres entraron en la oficina del inspector. Burstein colg de un gancho su
abrigo y su sombrero, cruz el cuarto y se instal detrs de su escritorio, atestado
monumento al trabajo excesivo y los sueldos bajos. Sirvi caf de un termo que haba
trado en el bolsillo del abrigo, ech una ojeada a la lista de tareas para el da, alz la
mirada y volvi a bostezar.
Qu hay de la calle Ochenta y Nueve ? pregunt al tiempo que desabrochaba
el cuello de su camisa inarrugable y se aflojaba la corbata.
Wausau carraspe y se ajust los anteojos con montura de carey.
Habl con el forense. Estudiaron los restos, pero no encontraron nada. No hay
huellas digitales. El informe estar aqu al medioda.
Burstein asinti y arregl algunos papeles sobre el escritorio.
Interrogaron a la gente del edificio?
S, pero no pudimos localizar a tres inquilinos, dos de ellos mujeres.
Quin es el hombre?
Wausau abri su libreta.
Se llama Louis Petrosevic. Vive en el piso veinte, enfrente de los Burdett.
Burstein se desperez; luego tom un lpiz y empez a hacer garabatos en el
secante
Cundo se le vio por ltima vez?
Wausau volvi varias pginas de su libreta antes de contestar:
Ayer. En su trabajo. Vende artculos de librera. Llamamos a su oficina y hablamos
con la secretaria. Nos dijo que Petrosevic se haba retirado a las cinco para visitar a un
cliente y que de ah pensaba seguir a su casa. Por lo que sabemos, no volvi al
departamento.
La punta del lpiz se rompi. Burstein lo arroj a un lado y se frot la cara con las
manos.
Muy bien dijo. Es una posibilidad.
Busqu antecedentes, por si acaso.
Bien hecho.
Son el telfono. Atendi Burstein, quien le pas la llamada a uno de los detectives
del cuerpo.
Y qu encontr en el archivo?
La cara de Wausau se vaci de toda expresin.
Nada.
Qu? exclam Burstein. Como movido por un resorte, se puso de pie.
Busqu por todas partes dijo nervioso el detective. Bajo todos los nombres
que usted me dio. Pero no hay nada.
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Ni siquiera la referencia?
S, claro. El caso est registrado por computadora, como los dems. Pero las
carpetas han desaparecido. O fueron traspapeladas, o las robaron. Trat de encontrar
duplicados, pero no hay nada.
Maldita sea rezong amargamente Burstein. Vuelva a buscar para cerciorarse.
Camin nerviosamente alrededor del escritorio. Qu hay de la orden de
allanamiento?
Wausau se puso un chicle en la boca.
Habl con el fiscal del distrito. Necesitamos algo ms que una intuicin para
conseguir la orden.
Me lo figuraba. Burstein mir hacia afuera a travs de las rejas de la ventana. La
vista no era muy amplia. Nada ms que un patio y la pared del edificio vecino. Se
volvi. Necesito algn tiempo para pensar.
Ya sabe dnde encontrarme dijo Wausau y sali de la habitacin.
Burstein busc otro lpiz, hizo algunos garabatos y cerr los ojos. Luego, lentamente,
marc un nmero. Se oy un ruido confuso y enseguida, en el otro extremo de la lnea,
un telfono empez a sonar.
Su llamada fue una verdadera sorpresa dijo el ex inspector general Thomas
Gatz, con su acostumbrado gangueo, tan irritante para el odo como siempre. El sonido
emanaba de las profundidades de su garganta y su conformacin se deba en buena
parte al mentn exageradamente retrado, que provocaba una constriccin de los
msculos y la comprensin de las cuerdas vocales . Cunto haca que no nos
veamos? pregunt centrando su atencin en la cara inexpresiva de Burstein.
Un ao contest aqul, ignorando el estruendo del atestado bar, donde
coman. O quiz ms.
Gatz baj la mirada al bol de caldo de gallina que le haban servido momentos antes.
Era un hombrecito cargado de espaldas, de rostro angular, ojos negros, larga nariz
con una protuberancia en el puente y labios inslitamente finos y plidos. El viejo
chambergo con que se cubra combinaba a la perfeccin con el traje que pareca
flotarle encima. Su camisa estaba adornada con manchas de caf y cenizas cadas del
cigarro muy mordisqueado que le colgaba de un ngulo de la boca y que se mova
arriba y abajo, acompaando el rumiar de su dueo.
Un ao es demasiado tiempo se quej moviendo la cabeza. Y bien, a qu se
debe esta llamada de ahora? Algn problema?
Puede llamarlo as.
Despus de todo lo que le ense!
Burstein enarc las cejas. De veras habra aprendido algo de ese viejo
quisquilloso? Sonriendo, comi un pequeo bocado de su sandwich de corned beef.
Usted me ense mucho, pero hubo casos en los que aun usted qued en la
estacada.
Pocos afirm Gatz con aire de seguridad.
Burstein volvi a sonrer.
Y qu ha estado haciendo?
Poca cosa. No nac para jubilado. Claro... siempre hay algo que hacer. Pero
preferira volver a la polica. Hay veces en que estoy por estallar.
Por qu no toma un trabajo de algunas horas?
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45
Lo hice. Trabajo como sereno tres noches por semana en Edison. J uego de nios,
pero aburrido a muerte. Ya se sabe, no hay muchas oportunidades despus de los
sesenta y cinco.
Burstein murmur unas palabras de simpata.
Acabe con eso! No necesito la compasin de un polizonte judo calvo, con una
esposa rezongona y hemorroides crnicas.
Pues no la tendr, viejo bastardo!
Los dos rieron.
Y la salud? Bien?
Tengo artritis. Pero por lo menos estoy vivo. Trato de mantenerme ocupado. Casi
todas las noches, cuando no trabajo, voy a ver viejas pelculas. Hay un cine que da tres
de esas porqueras por noche. Empiezan a las ocho y terminan cerca de medianoche.
Ayer dieron Alas, El jorobado de Notre Dame y El pequeo Csar.
No creo haber visto ninguna de las tres.
Usted es un analfabeto, Burstein. Lo sabe? No aguard la respuesta. J ams
entender por qu alguna vez me cay simptico.
Burstein volvi a rerse. La camarera dej sobre la mesa dos tazas de caf. Entonces
el inspector se inclin sobre la mesa para acercarse a su antiguo jefe y dijo:
De dnde demonios quiere que saque tiempo para ver viejas pelculas? Tengo
que pagar los estudios de mis dos hijos, y a mi mujer no le regalan las cosas en el
almacn.
Gatz sonri de oreja a oreja.
La familia bien?
Muy bien. Burstein hurg en su billetera, sac tres fotos y las puso sobre la
mesa. Mis dos chicos. Y mi mujer. Seal con el dedo. Este es Michael, el
mayor. Lo recuerda? Gatz asinti. Cursa tercer ao en el Boston College. Cuando
se grade estudiar derecho. No tendr que empezar desde abajo como usted y yo.
Hay cosas peores. Pero si llega a abogado, ser un hombre rico.
Burstein seal nuevamente. Y este es Ricky. Acaba de ingresar en la
Universidad de Siracusa. Un buen muchacho. Estudia para farmacutico.
Gatz recogi la foto del hijo menor.
Un chico apuesto, J ake. Es asombroso lo rpido que han crecido. Recuerdo
cuando usted entr a mi escuadrn. Ricky no tendra ms de dos o tres aos.
As es.
Miro estas fotos y pienso por qu no me cas y tuve hijos. Ri. Bueno..., de
alguna manera tambin yo tuve hijos. Usted y Rizzo. Los quise a los dos... Cuando
Rizzo muri en aquel accidente de auto, se llev un pedazo mo.
Lo s.
El viejo desnudaba su alma buscando un odo complaciente, un amigo. Pero el
recuerdo de Rizzo debi perturbarlo, porque de pronto cambi de tema y volvi a las
viejas pelculas.
Djeme que le cuente dijo quitndose por primera vez el cigarro de la boca para
probar el caldo. En El jorobado de Notre Dame Charles Laughton hace de
Quasimodo, el campanero. Se acuerda de aquel sargento en el escuadrn de
represin del vicio de la calle Ciento Ochenta y Ocho? Melvany, creo que se llamaba.
S.
Se le pareca un poco. Por Dios, Melvany era el tipo ms fiero que conoc en mi
vida.
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Burstein estudi la cara de Gatz. La emocin haba desaparecido. Era el momento.
Quiero hablarle de un asunto... Un problema, como dijo usted.
Cuando era pequeo, Quasimodo fue recogido por un juez de la corte suprema de
Francia y vivi en Notre Dame, porque el hermano del juez era obispo y entonces...
Esccheme.
Haba una chica, una gitanilla llamada Esmeralda, de la que el juez estaba
enamorado...
Tom!
Y el juez mat al amante de la chica.
Tom repiti Burstein, quiero hablarle de Allison Parker.
Silencio.
Qu pasa con ella? pregunt framente Gatz. Su voz traicionaba una profunda
amargura subyacente.
Hubo un asesinato.
Y entonces?
Burstein le cont todo lo ocurrido en el 68 de la calle Ochenta y Nueve Oeste. J ams
haba visto a Gatz tan atento. Al concluir, agreg: Y los legajos han desaparecido.
Gatz lo mir en silencio.
Qu piensa usted? pregunt por fin Burstein.
Qu piensa usted que pienso?
Pues... creo saberlo.
Quiero ver a la monja... hablar con esa gente. Si usted me da permiso.
Lo tiene, siempre que no interfiera en mi investigacin.
No se preocupe. Y le agradezco que haya acudido a m. Ya sabe qu importante
es. Lo tendr al tanto.
No deje de hacerlo.
El almuerzo termin en forma abrupta cuando Gatz se puso de pie y busc en su
bolsillo el dinero necesario para pagar su parte de la cuenta. Burstein le estrech la
mano.
Gatz movi la cabeza con un gesto aprobatorio. Es usted un buen muchacho, J ake
dijo. Luego le dio la espalda y se dirigi hacia la puerta del restaurante.
Burstein se acarici el mentn bien afeitado y pase la mirada por las mesas del
local. Habra obrado bien? No toleraba las interferencias. Pero no se hubiera podido
mirar la cara en el espejo si no le hablaba del asunto a su ex jefe. El viejo haba
esperado una eternidad. No poda excluirlo ahora. Con tal de que no se metiera en
algn lo...
Varias horas despus de haber dejado a Burstein, Tom Gatz sali de la cocina del
departamento de alquiler congelado que ocupaba en el Bronx y se instal ante el
escritorio con una lata de cerveza en la mano.
Tena ante s dos juegos de carpetas abiertas, sustradas aos antes de los archivos
policiales. Desde entonces Gatz las tena guardadas en un estante bajo, sobre el
escritorio. Naturalmente haba olvidado muchos de los detalles del asunto, hecho que
se torn dolorosamente obvio hacia las dos de la tarde, despus de la primera lectura.
Ya haba vuelto a examinar el material otras dos veces, decidido a tener todo
completamente digerido para la medianoche. Si quera presentarse al da siguiente
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47
debidamente preparado en la calle Ochenta y Nueve, deba someterse a una estricta
disciplina.
Nunca hubiera credo que tendra ocasin de reivindicarse. Pero si Burstein estaba
en lo cierto, ahora se le daba la oportunidad, Y no iba a dejarla pasar. Acomod la
lmpara, se cal las gafas de lectura, bebi un sorbo de cerveza directamente de la lata
y una vez ms se sumergi en los legajos.
J oe Biroc mordisque su pipa disfrutando el sabor dulzn del tabaco sueco. La noche
era fra; se senta aterido. Se cerr el cuello del abrigo y golpe los pies contra el suelo
escarchado tratando de estimular la circulacin de sus piernas. Mir el reloj. Las diez de
la noche. Haca tres horas que estaba all, oculto en un rincn del oscuro pasaje, debajo
de una maraa de invasores alambres de ropa. Se agach para recoger el termo de
caf que tena a sus pies, bostez y volvi a apoyarse contra la pared del taller
mecnico. Alz la mirada hacia la ventana iluminada, tres pisos ms arriba. El ex
detective Thomas Gatz segua sentado detrs del escritorio del living, an claramente
visible. Haca ms de una hora que no se mova.
Biroc se sirvi caf en el cubilete del termo y se lo llev a los labios. Todava estaba
caliente. Y saba bien. Sonri, y volvi a dejar el termo en el suelo.
5
El resoplido estridente de los motores del jet atraves el aire helado de la noche y el
avin de Alitalia se apart de la pista y maniobr para acercarse a una de las terminales
de llegada del aeropuerto internacional J ohn F. Kennedy.
Arriba, en la plataforma de observacin, el Padre J ames McGuire se tom
fuertemente de la baranda. Haca ms de una hora que aguardaba, expuesto a los
vientos lacerantes de la Baha de J amaica y sintiendo la descarga de adrenalina que a
menudo acompaa la expectativa. La llegada de Franchino marcaba el comienzo de la
etapa final, aunque ignoraba cmo sera esa etapa. Desde el primer encuentro que
tuvieron en el mes de julio haba seguido las instrucciones de Franchino al pie de la
letra sin hacer preguntas, sabiendo que, dado que lo haban enrolado sin consultarlo en
una empresa clandestina originada en el Vaticano y cuyos propsitos desconoca, no
tena ms remedio que obedecer. Sin embargo, acaso ahora el suspenso llegara a su
fin. As lo haba insinuado Franchino en su telegrama.
Abajo, los pasajeros haban empezado a descender. Franchino fue el cuarto en
aparecer. Haca seis meses que el Padre McGuire no lo vea.
McGuire baj al hall para aguardar a que Franchino recogiera el equipaje y pasara
por la aduana. Veinte minutos ms tarde, lo vio llegar.
Monseor Franchino lo llam.
Los dos hombres se abrazaron.
Su avin lleg puntualmente dijo McGuire.
Tenemos que sentirnos muy agradecidos, Padre. Pocas cosas se hacen con
puntualidad en Italia!
Ambos rieron.
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McGuire seal la puerta de salida. El auto est all afuera.
Con un gesto de asentimiento, Franchino inici la marcha hacia la salida.
Permtame ayudarle se ofreci McGuire quitndole de las manos la maleta de
cuero.
Es usted muy amable, Padre. Fue un vuelo largo y me siento fatigado. Quiz me
est poniendo tan viejo como dice el Cardenal Reggiani. Un chispazo le cruz por los
ojos. No crea una palabra de lo que deca. Cuando un hombre se va acercando a los
sesenta, empiezan a ocurrir muchas cosas, por mucho que se haya cuidado. Usted se
cuida, Padre?
Creo que s, su Eminencia. Siempre que puedo hago gimnasia por la maana, y
una sesin antes de acostarme.
Franchino sonri cordialmente. Ambos salieron de la terminal y subieron al asiento
posterior de un automvil negro. McGuire golpe la mampara divisoria y le indic al
chofer que podan partir. Franchino coloc entre los dos su portafolio negro.
Espero que el vuelo haya sido agradable y tranquilo, Monseor.
Pas rpidamente, y doy gracias a Dios por ello. No me molestan los vuelos de
Nueva York a Roma, ya que tomo el avin de la noche y por lo general duermo durante
todo el viaje. Pero RomaNueva York siempre fue un problema para m. Usted nunca
estuvo en Europa, verdad?
No repuso McGuire como lamentndolo.
Trataremos de corregir esa omisin una vez que hayamos terminado nuestra tarea
en Nueva York. Quiz me lo lleve al Vaticano para trabajar conmigo. O podra
incorporarle al personal de Reggiani.
Usted me halaga, Monseor Franchino! No s si sera capaz de responder a ese
honor.
Franchino lo encar de lleno.
Respeto su modestia, Padre. Pero es inoportuna e injustificada. A usted se le eligi
para ayudarme en esta misin por su capacidad y su talento. Es uno de los sacerdotes
ms inteligentes y expertos en toda la jerarqua eclesistica. Y tiene por delante un
brillante futuro.
McGuire se ruboriz; nada poda estar ms alejado de su mente que los triunfos
seculares.
Siguieron en silencio hasta que el automvil subi la rampa que conectaba con la
autopista de Long Island.
Entonces McGuire se volvi hacia Franchino.
Hay un problema dijo con cautela.
Un problema?
Algo inesperado.
A Franchino no le gustaban las cosas inesperadas; se lo haba dicho con toda
claridad la noche en que se conocieron.
De qu se trata? pregunt.
Anoche hubo un asesinato en el edificio.
Franchino lo mir fijo, profundamente sumido en sus pensamientos.
S.
McGuire le cont los detalles de lo sucedido y enseguida se reclin en el asiento,
inseguro de la reaccin de Franchino, inseguro aun de que el asesinato tuviera alguna
importancia.
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Por supuesto dijo Franchino sin que su voz revelara la menor emocin. Mi
devoto y descarnado Charles Chazen. De modo que as es como hace su aparicin.
Quin es Charles Chazen, Monseor? A McGuire le pareci que Franchino
murmuraba una plegaria.
Charles Chazen es Satans! repuso Franchino con una curiosa sonrisa.
McGuire sinti un escalofro.
Satans?
S. Le asusta eso?
Quiz me asustara si llegara a comprender qu me quiere decir.
Exactamente lo que le estoy diciendo. El hombre que se hace llamar Charles
Chazen es Satans. Satans encarnado!
No hay nadie llamado Charles Chazen en el edificio balbuce McGuire.
Me temo que ahora lo habr. Mucho me sorprendera que un crimen de esa
naturaleza hubiera ocurrido por casualidad.
No entiendo dijo McGuire; sus ojos miraban sin ver los rascacielos de
Manhattan, que ahora ya se encontraban a escasa distancia.
No tiene por qu entender. Lo nico que debe hacer es escuchar y hacer lo que se
le ordena. Sin decir nada ni comentar nada. Nada de lo que haga, sepa o vea.
Monseor... as lo convinimos y as lo jur desde un comienzo. Acaso duda
usted de mi lealtad o de mi fuerza de carcter?
De ninguna de las dos. Pero debo advertirle que la lealtad y la fuerza de carcter
son como polvo en el viento frente al poder de Satans. Le digo esto porque debo
hacerlo. Hasta este momento usted no saba nada. Y aun ahora es poco lo que puedo
decirle. Pero ya conoce usted el hecho ms abrumador, el que debe comprender y
asumir. Nos enfrentamos con Satans en persona. En toda su furia desatada!
El Padre McGuire se estremeci; se senta helado, muerto, como si lo hubieran
encerrado en un congelador. Poda ser cierto lo que acababa de or? Por cierto que
Franchino no era hombre de bromas. Pero esto... Esto escapaba a la comprensin de la
mente humana. Por mucho que su educacin lo hubiera preparado, eran hechos
imposibles de abarcar.
Sabr ms, Monseor Franchino?
A su debido tiempo.
Lograr asumirlo?
No tenemos la menor duda de que usted tiene condiciones para lograrlo. Pero slo
el tiempo lo dir, hijo mo. Debemos tener fe en Cristo, y El nos guiar.
McGuire se enjug la frente con el pauelo.
Retomar sus obligaciones en el seminario continu Franchino. Me mantendr
en contacto permanente con usted. Y deber tener la paciencia de un santo.
Ruego a Dios que me la otorgue.
Franchino se mantuvo en silencio mientras atravesaban un tnel. Cuando volvieron a
la superficie, dijo:
Si Chazen mat al hombre, lo hizo por alguna razn. Apostara a que ha ocupado
el lugar de su vctima. Fue por eso que todos los posibles elementos de identificacin
fueron eliminados. Hizo una pausa, pensativo. Hay muchos hombres en ese
edificio. Pero debemos encontrarlo!
Me ocupar de eso dijo McGuire.
Cmo est la seora Burdett?
Bastante mal.
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El automvil dobl para internarse en el centro.
Padre McGuire dijo Franchino sin poner mayor nfasis en sus palabras, mis
deberes son peligrosos. Es posible que algo me ocurra. Si llego a morir, usted ser mi
sucesor.
McGuire se volvi en su asiento.
Pero yo no s...
Franchino lo interrumpi.
Si muero, usted asumir mi tarea. Recibir instrucciones. Sabr todo lo que s yo.
Y har todo lo que hubiese hecho yo. La nica diferencia es que yo ya me he
enfrentado antes con Chazen. Pero no importa. Usted encontrar fuerzas...
Prefiero pensar que nada le ocurrir, Monseor.
Si Dios lo quiere...
El automvil tom por Broadway. Franchino cambi de tema, aunque saba que
McGuire no poda pensar en otra cosa. Recordaba sus propias reacciones, la confusin
de los comienzos, cuando supo de la existencia del Centinela. Pero eso haba ocurrido
aos atrs. No le hara ningn bien regodearse con las debilidades del pasado.
El automvil dobl por la calle Ochenta y Nueve y se detuvo frente a una vieja casa
de piedra marrn, a unos quince metros de la excavacin donde iba a levantarse la
nueva iglesia de San Simn. Franchino se sinti mareado al bajar del auto. Le ocurra lo
mismo cada vez que volva a ese lugar, cada vez que entraba en la atmsfera de la
Hermana Thrse. Alz la mirada hacia el piso veinte de la casa que llevaba el nmero
68. El ngulo era demasiado oblicuo. No vea nada. Y sin embargo, la Hermana
Thrse estaba all, sola, vigilante. Senta su presencia, su penetrante poder
telekintico. La comunicacin era evidente.
A su lado, tambin McGuire tena la mirada clavada en el edificio.
Alcanza a verla? pregunt Franchino.
S. Quin es?
Se llama Hermana Thrse.
Y es parte de esto?
Quiz. Su voz deca ms que sus palabras.
Entraron al subsuelo de la casa marrn. En el interior la luz era escasa. El corredor
estaba sembrado de basura y el aire estancado ola a humedad.
Al final del corredor haba una puerta; estaba cerrada. McGuire golpe. La puerta se
abri. El hombre encendi la luz. McGuire y Franchino entraron y se sentaron en un
desvencijado sof de pana. No dijeron nada. Tampoco dijo nada el hombre, hasta que
se arrodill y bes la mano derecha de Franchino.
Monseor Franchino dijo Biroc con voz trmula, soy su humilde servidor.
7
Me llamo Gatz. Detective Gatz. Con zeta. Gatz sonri dejando al descubierto
una dentadura de roedor que le cruzaba la cara de lado a lado, dando la impresin de
que la parte inferior de su cabeza fuese un enorme puente dental.
Pase, por favor invit Ben, desarmado por la sonrisa incisiva y ambivalente del
pequeo hurn.
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Gatz penetr en la habitacin con paso firme y una expresin recelosa en la cara.
Sigo sin entender dijo Ben.
Gatz se desaboton la chaqueta y busc un lugar dnde sentarse. Ben le seal el
sof. El detective mordisque nerviosamente la punta de su cigarro y se dej caer en
los almohadones.
No es mi costumbre dar muchos detalles por telfono, seor Burdett. Ya sabe
usted, micrfonos ocultos...
No cree que eso es un tanto paranoico, seor Gatz?
La mirada vivaz del hombrecito recorri el cuarto.
Yo mismo coloqu ms de una vez esos aparatitos. De modo que no es mi
imaginacin. De acuerdo?
Ben asinti. En sus tiempos el detective Gatz deba haber sido un polizonte de pelo
en pecho.
Permtame repetirle lo que le dije por telfono. Hace aos fui jefe de detectives del
Departamento de Homicidios de Manhattan. El inspector Burstein era uno de mis
subordinados. A raz del crimen de la mquina compactadora, Burstein me pidi que
echara una ojeada. Y eso es lo que hago: ojear!
Pero qu busca?
No lo s. No lo s con exactitud. Cort con los dientes la punta de su cigarro, la
hizo rodar entre sus dedos hasta convertirla en una pelota, y la arroj al cenicero.
Le he dicho a la polica todo lo que s dijo Ben.
No lo dudo, seor Burdett replic framente Gatz al tiempo que cruzaba las
piernas. Las suelas de sus zapatos estaban agujereadas y tena el cuello de la camisa
deshilachado. Este edificio tiene unos catorce aos de antigedad. Antes de que lo
construyeran, toda esta franja de terreno estaba ocupada por varias casas viejas de
estilo tradicional. Haba una, en particular... Su aspecto no llamaba la atencin. Una
simple casa de piedra marrn. Pero poco antes de que la demolieran se cometieron all
varios asesinatos. A m me asignaron la investigacin, y oficialmente los casos no
fueron resueltos.
Una historia interesante, seor Gatz, pero han transcurrido quince aos! No
pretender usted sugerir que el crimen de la mquina compactadora tiene alguna
relacin con esos homicidios.
Yo no pretendo nada.
Y por qu diablos nos hemos convertido Faye y yo en el centro de atencin?
Porque ella encontr el cadver?
En parte, seor Burdett. En parte!
Pues... por qu no me cuenta la otra parte?
Gatz se puso de pie, se acerc a la pared que lindaba con el departamento contiguo
y escuch con atencin.
La otra parte?... La monja!
Oiga. Ben se levant de un salto y se acerc al detective. Estoy harto de todo
esto. Hace mucho que esa vieja vive aqu sin molestar a nadie. Si la monja no le cae
bien a la polica o a la administracin del edificio, que la desalojen. Me importa un
bledo, est claro? Ni ella se mete con nosotros ni nosotros con ella. No tenemos nada
que ver con ella, ni ella con nosotros!
Yo no estara tan seguro, seor Burdett.
Pues yo s! grit Ben.
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Seor Burdett dijo Gatz suavizando su expresin, no vine aqu para discutir
con usted. Vine para ayudar. Es posible que alguien en este edificio corra un riesgo
terrible. No s con seguridad quin es, pero puede ser su mujer.
La tensin endureci la cara de Ben.
Fjese, esa vieja casa de la que le habl no tena nada de particular en su aspecto,
pero haba algo que la distingua de otras.
Qu?
En el quinto piso, asomado a la ventana, haba un hombre.
Un sacerdote. Un sacerdote ciego y paraltico sentado siempre junto a la ventana, sin
salir jams de su casa. No le suena familiar?
Una coincidencia afirm desafiante Ben.
Le parece, seor Burdett?
Ben se qued mirndolo.
Dnde est su hijo? pregunt Getz.
Abajo. En el parque, con un vecino.
Y su mujer?
En el dormitorio.
Me gustara hablar con ella.
Todava no se encuentra bien.
Despus de dos das? Seor Burdett! No fue ella la vctima del ataque. Slo
encontr el cadver. Entiendo que est alterada, pero...
Ben frunci el ceo. Tambin a l le pareca extrao que Faye permaneciera durante
tanto tiempo en un estado de intenso shock.
Si est dormida, quisiera darle un vistazo. No la molestar. Es muy importante.
Entraron en el dormitorio. Las cortinas se hallaban corridas. Apenas si un rayo de luz
tamizada se filtraba por la ventana.
Oyeron respirar suavemente a Faye y se acercaron. Ben le tom la mano y ella abri
los ojos. Estaban turbios y enrojecidos.
Cmo te sientes? pregunt Ben.
Cansada; muy cansada. Y mareada.
Ben se sent en la cama y le acarici el pelo, que se vea descuidado y en desorden.
Ella murmur unas palabras ininteligibles. Ben se acerc ms y se esforz por orla.
El seor Gatz es un amigo dijo.
Gatz mir el rostro y las manos de Faye.
Un amigo mo. Quera verte y desearte que te mejores.
Gatz asinti.
Me enter de lo ocurrido, seora Burdett. Lo lamento.
Faye apenas se movi. Los prpados cayeron sobre sus ojos. Estaba demasiado
abarrotada de tranquilizantes e hipnticos como para responder.
Tras una larga pausa Ben se puso de pie.
Ha visto bastante?
S.
Los dos hombres volvieron al living.
Usted cree que se encuentra en estado de shock? pregunt Gatz mientras
colocaba un pie sobre la mesa baja y volva a encender su cigarro decapitado.
S.
igame, Burdett. Me gustara conversar con usted. Pero fuera de aqu. Lejos de su
mujer.
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Ben mir hacia el dormitorio.
De acuerdo, pero un rato nada ms. Ser suficiente.
Abandonaron el departamento, tomaron el ascensor y bajaron. Ya en la calle
cruzaron a la acera de enfrente y all se detuvieron. Gatz seal la ventana de la monja.
Era muy poco lo que se alcanzaba a ver; apenas una silueta.
Ben observ cmo se agitaban y contorsionaban los msculos faciales del ex
inspector. Su concentracin era intensa, casi enajenada.
All ha estado siempre, desde que me mud a la casa dijo Ben, esperando algn
comentario del detective.
No lo hubo. Gatz se limit a seguir mirando hacia arriba.
El bar de O'Reilly, en la esquina de la Avenida Columbus, era un lugar ideal para una
conversacin ntima.
Ocuparon un compartimiento en el fondo, pidieron dos cervezas y aguardaron a que
se las trajeran.
Entonces Gatz carraspe y se inclin hacia adelante.
S que usted es escptico. Y tambin s perfectamente que acaso cuando le haya
dicho lo que tengo que decirle, me mande a paseo. No sera la primera vez que me
ocurre. Pero no creo que lo haga, porque estoy seguro de que lo convencer. Y quiz
todo sea ms fcil de lo que usted cree ahora.
Ben cruz los brazos y se arrellan en su asiento.
No creo nada ni dejo de creer, seor Gatz. Simplemente soy todo odos.
Gatz bebi un largo sorbo de cerveza y espant una mosca de la punta de la nariz.
Esto empez hace quince aos. Un segundo fiscal de distrito llamado Michael
Farmer se estaba enriqueciendo con las propinas que se haca pagar. En la polica
muchos conocamos esa situacin, pero nada podamos hacer sin pruebas. Farmer y yo
nos odibamos cordialmente. Apenas lo conoc supe que era un hijo de perra de marca
mayor, deshonesto y ambicioso. Gatz hizo una pausa, sonri y enseguida prosigui
. Estaba casado con una mujer de sociedad cuyo nombre de soltera era Karen
Birmingham. No era bonita. Ni siquiera rica. Farmer se cas con ella buscando status y
poder, ya que el padre de la muchacha, socio de un bufete de abogados de Wall Street,
ocupaba una posicin importante en el partido Republicano. Desgraciadamente, Farmer
era mujeriego. Se entusiasm con una joven modelo llamada Allison Parker, quien se
enamor de l sin saber que era casado. Cuando descubri la verdad, puso a Farmer
entre la espada y la pared: tena que optar entre su mujer y ella. Farmer pidi el
divorcio. Karen Farmer se neg. Una semana ms tarde la encontraron muerta en un
pasillo de la casa de departamentos donde vivan, en Nueva York. Al parecer se trataba
de un suicidio y me encargaron el caso a m. Yo saba que l la haba matado.
Probablemente ella lo amenaz con denunciar lo de las propinas al fiscal del distrito, y
l decidi que tena que desembarazarse de ella. Lamentablemente, yo no poda
probarlo. El forense calific la muerte de suicidio. No se formul ninguna acusacin y a
m me retiraron del caso, a pesar de que haba reunido algunos elementos de prueba.
En fin, lo que importa que usted sepa es que la mujer de Farmer muri, que yo saba
que l la haba asesinado, y que pocos meses despus Allison Parker, acosada por la
culpa, trat de abrirse las venas. Una vez ms intervine, y una vez ms llegu a un
callejn sin salida.
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Gatz se interrumpi y pidi otra cerveza. Como en un caleidoscopio, Ben vea pasar
la rabia y la frustracin por la cara del hombre.
Gatz sac de su bolsillo un cigarro a medio fumar, lo encendi y se lo puso en la
boca.
Nada ocurri durante dos aos. Hasta que una noche se abrieron las puertas del
infierno. Encontraron a una chica vagando por la calle en camisn a las cuatro de la
maana, totalmente histrica, afirmando que acababa de matar a su padre. Fui al
hospital... ya quin encontr? A Allison Parker. Por lo que nos dijo, pudimos
reconstruir el siguiente cuadro: cuando la seorita Parker se recuper del intento de
suicidio se fue a vivir con Farmer.
Todo anduvo bien durante dos aos, hasta que Allison recibi un mensaje de su
madre avisndole que su padre se estaba muriendo de cncer. La chica volvi a la casa
paterna de Indiana para estar con la familia y le prohibi a Farmer que la visitara. El
anciano sobrevivi penosamente un par de meses que para Allison fueron una tortura,
porque lo odiaba. Al fin muri y la chica regres a Nueva York convencida de que deba
dejar la casa de Farmer y tener su propio departamento. Vio un anuncio, se relacion
con una agente inmobiliaria llamada J oan Logan, y fue a ver el departamento, ubicado
en el tercer piso de una antigua casa de piedra marrn en el nmero 68 de la calle
Ochenta y Nueve. Ben dio un respingo y Gatz se detuvo un momento, para luego
continuar: Mientras examinaba la casa observ a un sacerdote sentado junto a la
ventana del quinto A. La agente le inform que se llamaba Matthew Halliran y le
rest toda importancia diciendo que se trataba de un anciano vecino inofensivo, ciego
y paraltico. La seorita Parker alquil el departamento. Pero pronto empez a sufrir
extraos desmayos. Luego, en las semanas que siguieron, fue conociendo a sus
vecinos. Primero a Charles Chazen, su gata J ezabel y su loro Mortimer, que ocupaban
el quinto B, al lado del departamento del sacerdote. Luego a dos lesbianas del
segundo A que la asustaron bastante. Por fin asisti a una fiesta que dio Chazen
para celebrar el cumpleaos de su gata, donde conoci a Emma y Lillian Klotkin, Anna
Clark y una pareja, los Stinnet, primos de las Klotkin que haban venido a visitarlas. Esa
noche oy pasos y ruidos en el departamento de arriba, aunque se supona que estaba
deshabitado. Se quej entonces a la agente inmobiliaria, quien le asegur que fuera del
sacerdote nadie viva en la casa desde haca aos. La seorita Logan volvi con ella y
la acompa a ver todos los departamentos. Estaban vacos y decrpitos, salvo el del
sacerdote, en el que no pudieron entrar. La seorita Logan se fue. Allison trat de
llamar a Michael Farmer pero no lo encontr. Tampoco pudo dar con su mejor amiga,
una modelo llamada J ennifer Learson. As pues, se qued en la casa marrn. Esa
noche volvi a despertarse a las cuatro de la maana. Nuevamente oy pasos y
estrpito en el departamento de arriba. Se arm de un cuchillo y de una linterna y subi
por la escalera al cuarto piso. A medio subir tropez con la gata, que tena en la boca al
loro, muerto. La gata huy. Allison entr al cuarto A y en el dormitorio en tinieblas se
encontr de pronto frente a su padre muerto. Aterrorizada le clav el cuchillo y sali
corriendo del edificio presa de un ataque de histeria. Y all aparezco yo en el cuadro.
Revisamos la casa. No haba signos de violencia. Ni sangre. Tampoco vecinos.
Tratamos de encontrar a la seorita Logan, pero no lo conseguimos. Hicimos
desenterrar el cadver del padre de Allison Parker. Estaba donde corresponda,
pudrindose en su cajn. Analizamos la sangre que tena Allison en los brazos;
corresponda a su propio grupo. De modo que slo caban dos posibles conclusiones:
primera, que la chica haba tenido una pesadilla o una serie de alucinaciones (lo que no
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hubiera sido nada raro dados sus antecedentes psiquitricos); segunda: que los vecinos
existan y que ella haba matado a alguno. De ser cierta la segunda hiptesis, yo saba
que Michael Farmer tena algo que ver en el asunto. Por desgracia, nada poda hacer
sin un cadver entre manos. Pero al cabo de una semana tuvimos un cadver: un
dudoso investigador privado de psima reputacin llamado William Brenner. Lo
encontraron en el bal de un auto, no lejos de la calle Ochenta y Nueve, con mltiples
heridas de arma blanca. Analizamos la sangre y concordaba con la que tena encima la
chica. Yo estaba convencido de que por alguna razn Farmer haba mandado a
Brenner a la casa marrn disfrazado como el padre de Allison y que sta lo haba
matado por error. Tambin estaba convencido de que Brenner haba tenido algo que
ver con el asesinato de Karen Farmer. Pero durante mucho tiempo no hall manera de
establecer una conexin entre Farmer y Brenner. Hasta que una noche, fatalmente, el
crculo se cerr. Mis hombres descubrieron en el departamento de Brenner informacin
que vinculaba a los dos hombres tanto en el momento de la muerte de Karen Farmer
como en la noche en que Allison Parker supuestamente mat a su padre.
Consegu una orden de arresto y fui en busca de Michael Farmer. Al mismo tiempo
recibimos una llamada de J ennif er Learson informando que Allison se haba dirigido a
la casa marrn y que lo mismo haba hecho Michael Farmer. Al parecer, exista una
extraa conspiracin religiosa en la que estaba implicada la Iglesia Catlica. Fuimos a
la casa marrn y encontramos a Farmer muerto, con el crneo destrozado.
Tambin el Padre Halliran haba muerto. Un infarto. Y Allison Parker haba
desaparecido. Se tomaron medidas para localizarla y detenerla.
Gatz se interrumpi para tomar aliento.
Eso es todo? pregunt Ben.
No. Durante varios das interrogamos a J ennifer Learson y ella nos proporcion
muchas de las piezas faltantes del rompecabezas. Segn nos dijo, despus que Allison
Parker abandon el hospital, ella y Farmer siguieron discutiendo acerca de lo que en
realidad haba ocurrido. Deseosa de aclarar el asunto, Allison fue a ver a la agente
inmobiliaria. Encontr la oficina vaca y abandonada. El calendario indicaba que la se-
orita Logan haba desaparecido la noche en que Allison mat a su padre, lo cual
encajaba con nuestra propia informacin y nuestra imposibilidad de localizar a la
agente. Esa noche Farmer y la seorita Parker salieron a cenar y despus de la comida
entraron al museo de cera Ripley, donde Allison vio la efigie de una mujer ajusticiada
muchos aos atrs en la prisin de Sing Sing. Era Anna Clark, una de las personas que
asistieron al cumpleaos de la gata. Aterrada, Allison huy. Farmer se dirigi entonces
al New York Times para averiguar quin haba publicado el aviso ofreciendo el
departamento alquilado por la seorita Parker. En el diario le informaron que nunca
haba publicado ese aviso. Farmer volvi a su casa. Horas despus apareci la seorita
Parker diciendo que haba estado en una iglesia. Farmer, que admiti ante J ennifer
Learson haber mandado a Brenner a la casa para ver si apareca algn vecino o si
ocurra algo extrao, declar de pronto que en efecto era posible que algo raro
estuviera ocurriendo. El y Allison decidieron registrar la casa marrn. No pudieron entrar
en el departamento del sacerdote; tampoco hallaron rastros de vecinos ni evidencias de
un asesinato. Pero en cambio encontraron un libro. A los ojos de Farmer, el libro estaba
escrito en ingls. En cambio cuando lo lea Allison, estaba en latn. Farmer le pidi a
Allison que anotara las palabras que vea y luego le llev el papel a un profesor de la
universidad de Columbia, un tal Ruzinsky, para que lo tradujera. Esta fue su versin:
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A ti te ha encomendado la suerte
el camino y la misin de velar
para que a este lugar feliz
no se acerque ni entre el mal.
Tratamos sin xito de encontrar a Ruzinsky. Un ao ms tarde su cadver fue
hallado en los bosques cercanos a Bear Mountain. Pero volvamos atrs. Farmer llev la
traduccin a la archidicesis e interpel a un sacerdote,
Monseor Franchino, que era
quien se ocupaba de pagar el alquiler del Padre Halliran. Franchino dijo desconocer el
texto y neg que hubiese nada irregular en relacin con el Padre Halliran.
A Farmer no le convencieron esas explicaciones. Se introdujo subrepticiamente en
las oficinas de la archidicesis, abri la caja fuerte de Franchino y rob varios legajos,
que luego le mostr a J ennifer Learson. Se remontaban a centenares de aos atrs y
correspondan a centenares de individuos. Todos tenan un elemento en comn: en
algn momento haban intentado suicidarse. Todos haban desaparecido un da de la
faz de la tierra para luego reaparecer con una personalidad fabricada: sacerdotes o
monjas ciegos y paralticos. Por qu? Ni Farmer ni Learson lo saban. Pero Farmer
encontr un ltimo legajo correspondiente a Allison Parker y a la Hermana Thrse en
la que aqulla habra de convertirse. Lleg a la conclusin de que a Allison Parker la
estaban programando, hipnotizando. Eso explicaba su sbito deseo de vivir sola, el
hecho de que hubiera visto en el diario un anuncio inexistente y las palabras latinas en
el libro. Tambin dedujo que Allison estaba destinada a ser la sucesora del Padre
Halliran convirtindose en una especie de Guardin o Centinela. Y que la transicin
ocurrira a la noche siguiente. Por eso se dirigi a la casa marrn para impedirlo. Lo
dems, ya lo sabe. A Farmer lo encontraron muerto, lo mismo que al sacerdote. Allison
Parker desapareci. J ennifer Learson nos dijo que al encaminarse a la casa marrn
Farmer se haba llevado los legajos, pero nunca pudimos encontrarlos.
Hicimos toda clase de averiguaciones. Estuvimos en la archidicesis de Nueva
York; hablamos con el dueo de la casa, un tal Caruso, que ms tarde tambin
desapareci. Nadie saba nada de Monseor Franchino ni del texto en latn. Y no
tenamos idea de lo ocurrido aquella ltima noche en la casa marrn. Seis meses ms
tarde el caso qued cerrado.
Y as debe seguir dijo Ben golpeando la mesa con el puo. Esta es la historia
ms increble y disparatada que he odo en mi vida.
Oiga, mi ignorante y petulante amigo; le guste a usted o no, la monja que vive al
lado de su departamento es la Hermana Thrse, es decir Allison Parker, la sucesora
del Padre Halliran. Es necesario reemplazarla, y apuesto a que el prximo Centinela
ser su mujer.
Por qu? Para qu?
Una sonrisa sardnica apareci en los labios del detective. Para cerrarle el paso a
Satans.
Cmo dice?
Ya me oy. El Centinela es el ngel de Dios en la tierra, el sucesor del ngel
Gabriel, a quien el Seor le encomend vigilar para que Satans no se acerque.
De un salto Ben se puso de pie.
Gatz, usted est loco. Le parece que alguien le creer una palabra de todo esto?
Tambin Gatz se puso de pie.
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S... estoy seguro de que usted me creer. Consegu localizar la fuente del texto. Y
tambin tengo otras informaciones que rob en la archidicesis. Si viene a mi
departamento maana le mostrar las pruebas.
Y si digo que no?
Sera un tonto... Pero s que vendr. Garabate su direccin en una servilleta.
Ben la tom, murmur una protesta y se meti la servilleta en el bolsillo. Hubo una
largo silencio. Por fin dijo Ben:
De acuerdo.
Gatz asinti con un gesto formal. En silencio, Ben pag la cuenta.
No se imagina cunto nos divertimos en el parque anunci Sorrenson. Ben y
Gatz lo haban encontrado con J oey al acercarse a la casa. Estoy liquidado. Por
suerte hoy no tengo ningn ensayo.
Ben carg al beb, que ya le tenda los brazos.
Me alegro, J ohn... y le agradezco mucho su ayuda.
No sea ridculo. Pdamelo cuando quiera. Me hace sentir joven otra vez.
Ben se volvi hacia Gatz.
Este es mi hijo, J oey. Y mi vecino J ohn Sorrenson.
Gatz estrech la mano de Sorrenson.
El seor Gatz es un detective privado y colabora con la polica en la investigacin
del asesinato.
Sorrenson palideci.
Preferira no hablar del asunto ahora. Hace dos noches que no duermo.
Ben asinti y mir a un portero.
Biroc est enfermo aclar Sorrenson al ver la expresin interrogativa de Ben.
Este es Surez, un suplente.
Espero que no sea nada serio.
No. Slo una gripe. Volver el lunes.
Gatz se interpuso entre los dos.
Seor Burdett... podra concederme un minuto ms?
Muy bien. Ben se volvi hacia Sorrenson. J ohn, me hara el favor de llevar
arriba a J oey?
Seguro repuso con su modo afable Sorrenson. De todas maneras quiero ver a
Faye.
La puerta est abierta.
Sorrenson tom en brazos al nio y desapareci. Gatz condujo a Ben hasta la acera.
Hurg en su bolsillo, sac una fotografa y se la tendi a Ben.
Allison Parker.
Ben se volvi de espaldas al sol para ver mejor. Allison Parker era indudablemente
atractiva. Alta y angulosa. Piel de seda, pelo castao que le caa hasta la mitad de la
espalda, dos enormes ojos azules y una nariz delicada.
Gurdela dijo Gatz.
Para qu?
Gurdela, simplemente. Tengo muchas copias.
Ben se apoy contra el guardabarros de un auto.
Esto es todo, seor Gatz?
Gatz asinti.
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Lo espero en mi casa maana a la una. Y hgame un favor. Ni una palabra a nadie
de lo que le cont.
De acuerdo.
Sin ms, el detective se alej en direccin a la esquina. Ben se qued observndolo
como a travs de una niebla. De pronto todo pareca irreal. Luego ech una mirada a la
foto de Allison Parker, y moviendo la cabeza entr en el edificio.
8
Al da siguiente Ben se ape de un taxi en el Bronx, frente a la direccin que le haba
anotado Gatz en la servilleta. Esper a que el auto se alejara y luego pase la mirada
arriba y abajo por la casa. No era el mejor de los lugares posibles para vivir. En una
esquina haba una tienda de comestibles y enfrente un bar con las cortinas bajas.
Todos los edificios estaban en mal estado, frentes con puertas rotas, escaleras de
incendio desvencijadas y graffiti en las paredes. Las aceras estaban rotas y sembradas
de basura y abundaban los agujeros llenos de agua estancada y barro. El aire ola a
pobreza y deterioro. Extrao lugar, pens Ben, para que all viviera un ex inspector de
homicidios; claro que la magra pensin de Gatz sin duda no le permita mudarse a un
barrio mejor.
La casa, un dinosaurio de cinco pisos con fachada de ladrillo desnudo y una
enmohecida escalera de incendio, se encontraba a mitad de cuadra. Ben entr y subi
hasta el tercer piso. Haba cuatro departamentos. El de Gatz estaba en el extremo del
pasillo.
Golpe varias veces sin obtener respuesta. Mir su reloj. Faltaban cinco minutos
para la una. Maldicin, Gatz deba estar all, sobre todo despus de haberle dado tanta
importancia a esa cita. Acaso lo habra olvidado? Improbable. Quizs haba salido por
unos minutos y volvera enseguida.
Baj al primer piso y golpe a la puerta del encargado. Lo atendi un hombre de baja
estatura y cabellera rala. Pareca un doble de Winston Churchill vestido con un
abolsado pantaln a rayas y camiseta. Tena en la mano una botella de cerveza.
No hay departamentos disponibles dijo entre dos eructos. Y para los que se
desocupen hay lista de espera.
No busco departamento dijo Ben.
Ah... vendedor, entonces.
Trat de cerrar la puerta pero Ben se lo impidi.
Oiga, no vendo nada, ni busco departamento. Hizo una pausa, tratando de
pensar rpidamente. Soy de la polica. Auditor. Con eso no poda dejar de
impresionarlo . Estaba citado a la una con el seor Gatz para hablar de su pensin.
Pero parece que no est.
No est? pregunt retricamente el encargado mientras se rascaba la axila
derecha. Era uno de los seres ms ordinarios que Ben hubiese visto en su vida. Pues
si no est, no est.
No sabe cundo sali?
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No. No controlo a los inquilinos. Si quieren salir, salen. Si les duele la barriga, la
vacan. Sin mi permiso. Mientras paguen el alquiler puntualmente no me importa que se
tiren al ro. Estamos?
Nuevamente trat de cerrar la puerta y nuevamente Ben se lo impidi.
Oiga... le molestara que hiciera una llamada?
No... pero no puede. El telfono no funciona. Y hgame un favor, no se quede
esperando en el hall. A los inquilinos no les gusta. Los pone nerviosos.
Esperar en la entrada. La perspectiva de esperar en la calle no le haca
demasiado feliz. Puedo hacerle algunas preguntas?
Oiga, don.
Unas pocas, nada ms. Asunto policial.
El encargado vacil; luego asinti a regaadientes. El nombre que se lea en la
puerta era Hardman. Pareca apropiado.
1
Qu sabe usted del seor Gatz?
No gran cosa.
Hace mucho que vive aqu?
El encargado se rasc la calva y meti para adentro el abultado vientre que
desbordaba sobre el cinturn.
Diez, doce aos. Pero es un hombre reservado. Sale poco, habla poco. S. A Gatz
no le gusta hablar. Fue polizonte. Est jubilado. No le molesta a nadie. Y paga el
alquiler puntualmente. Eso es todo lo que s.
Alguna vez mencion a una chica llamada Allison Parker?
Quin?
Una chica. Era obvio que el detective no la haba mencionado nunca.
Tampoco me interesa la vida sexual de Gatz. Ni con quin se acuesta. Ese es
asunto suyo. Mientras no corrompa la moral de la casa, por m puede pasrsela
acostado de la maana a la noche. Aunque le dir que no tolero las busconas baratas.
Que no me traiga por aqu a una de esas putas roosas!
Ben mir la mancha de orina en el pantaln del hombre. Busconas baratas? Putas
roosas? Al hombre no le vendra mal mirarse bien en el espejo.
No puede hacerme pasar al departamento de Gatz? Lo esperara all.
Est loco, don? Hacerlo entrar en el departamento de un inquilino?
Gatz me dijo que se lo pidiera, si l se retrasaba.
Mentiras. El sabe que eso no es posible. Oiga, si usted es del departamento de
polica, por qu no me muestra la placa?
Placa? tartamude Ben. Es que... no soy polica, slo un auditor. Un
trabajador. Como usted.
Pues si no es polica, por qu no se va con sus estpidas preguntas a otra parte o
vuelve con alguien que tenga una linda placa brillante. No me gustan los que hurgan. Y
tampoco me gusta perder el tiempo.
Una vez ms se dispuso a cerrar la puerta, pero se detuvo. Alguien lo llamaba desde
adentro. Se volvi. Una mujer menuda sali de la cocina con un plato en la mano.
Llevaba un vestido amarillo de entrecasa y el pelo recogido en la nuca.
O lo que decas, querido dijo. Gatz est en su departamento. Era una mujer
agradable, casi atractiva, a aos luz de distancia del que pareca ser su marido. Lo vi
1
Hard man = Hombre duro (Nota de la traductora).
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llegar hace media hora, cuando saqu la basura. Me dijo que hoy era un da muy
importante para l. Alguien tena que venir a la una y crea que toda su vida estaba por
cambiar. Me pidi que le hiciera algunas compras del almacn porque l tena que
quedarse a esperar. Insisti mucho en eso. Tiene que estar arriba.
Es imposible dijo Ben de pronto. A menos que est en la ducha.
No hay duchas explic el encargado.
Entonces tiene que haberme odo. Me pas dos o tres minutos golpeando. Ben
estaba perplejo. Volver a probar.
El hombre mir a su mujer.
Est arriba volvi a decir ella.
El encargado se volvi hacia Ben:
Ir con usted.
Rpidamente la mujer desapareci en el interior del departamento.
El encargado cerr la puerta y abri la marcha seguido por Ben.
Me llamo Hardman se present cuando empezaban a subir por la escalera.
Ben Burdett repuso Ben.
Al llegar al departamento de Gatz llamaron a la puerta. No hubo respuesta. El
encargado se encogi de hombros y Ben lo mir de frente. El hombre ech una ojeada
al pasillo y luego, refunfuando, abri la puerta con su llave maestra.
Entraron.
El departamento haba sido saqueado. Por todas partes haba cajones vaciados y
ropas tiradas en el piso. Alguien haba arrancado las cortinas de las ventanas y
desgarrado el forro del colchn.
Qu diablos habra ocurrido? Y dnde estaba Gatz? Si la seora Hardman lo
haba visto media hora antes, quienquiera que hubiese asaltado el departamento tena
que haberlo hecho en los ltimos minutos. Y por cierto que Gatz no se iba a quedar
cruzado de brazos disfrutando del espectculo. Hubiese tratado de impedirlo, hubiese
pedido socorro. Pero no lo hizo. Acaso lo habran asaltado durante la noche? No,
absurdo. Le habra dicho algo a la seora Hardman cuando se cruz con ella.
Ben mir a su alrededor.
Creo que debera llamar a la polica, seor Hardman.
S repuso inseguro el hombre. Levant el telfono que estaba en el suelo,
descolg el auricular y marc un nmero.
Ben empez a hurgar entre las cosas desparramadas. Qu podran buscar los
asaltantes en una casa tan pobre? Tendran algo que ver con Allison Parker?
Revis el dormitorio y el bao sin encontrar nada. Luego examin el escritorio de
Gatz.
Qu busca? le pregunt el encargado.
No lo s.
Ser mejor que espere a que llegue la polica.
Ben se volvi, sonriente; el hombre haba perdido buena parte de su aire bravucn.
Cuando llegue la polica no podr buscar.
Hardman entr en la cocina. Ben oy que abran la canilla mientras l revisaba los
dos estantes que haba sobre el escritorio. Estaban vacos. Casi todos los libros haban
sido arrojados al suelo. Recogi algunos y los hoje. Nada de inters. Examin las
marcas de polvo. En el estante superior haba marcas anchas, que sin duda
correspondan a los libros. Pero en el inferior eran angostas, como de revistas o
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carpetas. Volvi a revisar el piso. Nada de lo que haba a la vista pareca corresponder
a esas marcas.
En ese momento oy gritar su nombre y saltando sobre la silla del escritorio volcada
entr corriendo a la cocina.
El encargado se hallaba de pie junto a la nevera. La puerta estaba abierta y adentro
estaba el detective Gatz mirndolos fijo... muerto...
Cristo! grit Ben.
Qu hacemos? pregunt Hardman con una vocecita tmida, extraa en l.
Nada. La polica estar aqu en unos minutos.
Aqu mismo, en mi edificio murmur el encargado. En mis propias narices.
Hace media hora habl con mi mujer. No puedo creerlo. Cerr la puerta de la nevera.
Pareca a punto de vomitar. Dios!
Dios no lo va a ayudar. Por qu no se sienta? O se moja un poco la cara?
El hombre entr al bao. Ben volvi al living y una vez ms revis el revoltijo de
objetos sin hallar nada. Enderez la silla y se sent. Tena que dominarse. La polica
estaba por llegar y entonces empezara el interrogatorio. Le preguntaran por qu haba
ido a ver a Gatz y tendra que darles una respuesta satisfactoria. Claro que en cuanto
mencionara el crimen de la mquina compactadora no dejaran de establecer una
relacin. Pero no poda evitarlo. Ni desaparecer. El encargado hablara de su visita. Y l
le haba dado su nombre.
Hardman sali del bao y se sent en el borde del sof volcado. Estaba plido y
tena un hilo de saliva en el mentn. Haba vomitado.
Supongo que ahora la pensin no le servir de mucho a Gatz dijo en voz baja.
No. No le servir de nada.
El encargado se cubri la cara con las manos. Ben se ech hacia atrs y cruz las
piernas. De pronto hubo un gran silencio en la habitacin.
Y aguardaron.
Como haba previsto Ben, la polica le interrog sin darle tregua durante ms de una
hora. Ben le dijo que Gatz se haba puesto en contacto con l por consejo y con la
aprobacin del inspector Burstein del Departamento de Homicidios de Manhattan, con
el objeto de conversar sobre el crimen de la mquina compactadora. Que en la primera
entrevista Gatz no le haba explicado nada, de modo que tendran que llamar a Burstein
para averiguar los detalles.
Eso fue, precisamente, lo que intent hacer la polica, pero no pudieron localizarlo.
Segn le informaron, un detective llamado Wausau corrobor la declaracin de Ben, por
lo menos en principio, ya que tampoco l conoca con exactitud lo ocurrido entre su
superior y Gatz.
Poco antes de las cuatro le permitieron irse y tom un taxi para dirigirse al
Departamento de Homicidios.
Durante el viaje hacia el centro, mientras miraba distradamente por la ventanilla,
pas revista a todo lo que le haba dicho Gatz y revivi los terribles acontecimientos de
las ltimas horas. El asesinato de Gatz pareca increble. El detective no era un viejito
indefenso. Tena que ser un hombre muy fuerte el que lo estrangul. Sea como fuere,
una cosa era cierta: estaba muerto. Si Ben quera ahondar en la historia de Gatz tendra
que valerse de Burstein, quien segn aqul se haba relacionado con Allison Parker y
fue testigo de algunos de los extraos hechos vinculados con ella.
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El taxi lo dej frente al Departamento. Ben pregunt por el inspector Burstein y el
polica de guardia se comunic por telfono con el interior del edificio. Minutos ms
tarde baj Wausau acompaado por otro detective.
Seor Burdett lo salud Wausau tendindole la mano.
Ben se la estrech y esper a que le presentara a su acompaante, llamado
J acobelli.
All hay una sala de conferencias donde podremos conversar dijo Wausau
sealando una puerta al final del corredor principal.
Quisiera ver a Burstein dijo Ben.
Primero me gustara hacerle algunas preguntas... acerca de Gatz.
Vea, seor Wausau, en las ltimas dos horas no he hecho ms que contestar
preguntas. Les dije todo lo que s a los oficiales de Homicidios del Bronx, y usted ya
habl con ellos. Si quiere volver a hacerlo, adelante. Pero lo que yo quiero es hablar
con Burstein y volverme a mi casa para ver a mi mujer. De acuerdo?
Cunteme lo de Gatz insisti Wausau. Desde el principio.
A regaadientes Ben repiti todo, eludiendo los detalles de su conversacin con Gatz
en el bar de O'Reilly. Eso se lo reservaba para Burstein, sobre todo porque Gatz le
haba pedido que no dijera nada a la polica.
Durante ms de una hora Wausau lo as a fuego lento y sac conclusiones
arbitrarias acerca de la relacin entre la muerte de Gatz y el asesinato en la calle
Ochenta y Nueve.
Cuando por fin se dio por satisfecho, Ben descarg su enojo contra l.
Maldita sea, hace una hora que estoy aqu contestando preguntas, sin ninguna
obligacin de hacerlo. Ya le di toda la informacin que deseaba. Ahora lo nico que
quiero es hablar con Burstein. No es demasiado pedir, no?
No asinti Wausau. Pero ser difcil.
Por qu?
Porque Burstein ha muerto.
Ben se estremeci como si le hubieran pegado un latigazo.
El y su mujer murieron anoche mientras dorman sigui diciendo Wausau. Lo
descubrimos hace una hora. La casa se incendi. Segn los primeros informes del
cuartel de bomberos, el fuego fue intencional.
Ben estaba sumido en un profundo estupor. Wausau le dijo que se fuera a su casa;
oportunamente la polica se comunicara con l.
Sali del edificio y junto al borde de la acera se detuvo y alz la mirada hacia el cielo.
Dios! grit sin saber por qu, pero lo bastante alto como para que Dios pudiera
orlo, si es que estaba escuchando.
9
El cuerpo en la mquina compactadora. Gatz. El inspector Burstein.
Estaban relacionadas esas muertes? Quiz. Claro que con la misma facilidad poda
descartarse cualquier vnculo entre las tres y explicarlo todo como una mera
coincidencia. Probablemente la anciana monja nada tuviera que ver con el cadver del
compactador. A Gatz sin duda lo haba matado un ladrn. Y lo de Burstein era obra de
un piromanaco luntico. Pero muy en lo hondo Ben saba que los tres crmenes
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estaban vinculados, que a Burstein y Gatz los haban eliminado porque saban
demasiado. Muertos Michael Farmer y el viejo sacerdote (Padre Halliran era su
nombre?), y ahora Burstein y Gatz, no quedaba ningn inocente que tuviera algn
conocimiento del asunto, salvo por supuesto J ennifer Learson, desaparecida tiempo
atrs. Si alguien trataba de borrar toda huella que llevara a la verdad, lo ms probable
era que tambin hubiese eliminado a la seorita Learson, y si an no lo haba logrado,
se sera su prximo objetivo. Pero... El objetivo de quin? De creerle a Gatz, se
impona la conclusin de que los conspiradores estaban vinculados con la monja y ese
rastro conduca inevitablemente a la Archidicesis de Nueva York. Lo inconcebible del
hecho se vea subrayado por el austero ambiente de la catedral de San Lucas, donde
Ben estaba sentado desde haca media hora tratando de introducir algn orden en el
caos. Si por lo menos hubiese alguien a quien pudiera preguntarle, algn lugar al que
pudiese acudir en busca de la verdad. Pero no lo haba. Estaba indefenso; tan
indefenso como Faye, que an yaca en su cama trastornada por el shock y cuya
suerte, segn Gatz, dependa aun ms que de la de l, del desarrollo de los
acontecimientos. Ms que de la de l y la de cualquier ser viviente, salvo, claro est,
Allison Parker y sus sucesores. Abri los ojos; la luz del atardecer que se filtraba por los
vitrales daba mayor relieve al mundo irreal del que acababa de emerger. De pronto la
iglesia le pareci amenazante. Cierto, el lugar era un santuario. Pero en el contexto de
los hechos, qu clase de santuario era? Dedicado a quin? Y con qu fines?
Todo estaba en silencio. Slo haba cuatro personas en la catedral. Haca calor, pero
no tanto como para llevarlo a transpirar tan profusamente ni a sentir el aire tan
enrarecido. Le pareci que estaba a punto de asfixiarse. Se abri el cuello, se levant
del banco y se encamin hacia el fondo. Un sacerdote apareci ante su vista.
Padre! llam Ben, acercndose. Me pregunto si usted podra ayudarme.
El sacerdote sonri.
Por supuesto, hijo mo.
Me han contado una historia que quisiera corroborar con usted.
La expresin del rostro agradable del cura lo alent.
Me han dicho que cada tantos aos la Iglesia selecciona a un lego, le infunde una
personalidad religiosa y lo designa como centinela o guardin. Hizo una pausa, a la
espera de alguna reaccin.
El sacerdote pareca desconcertado.
Con qu objeto, hijo mo?
No estoy seguro.
Hijo, si no puede ser ms concreto, no veo cmo puedo ayudarlo.
No puedo ser concreto, Padre. Pero s que mucha gente ha muerto a raz de esto.
Y hasta es posible que la Iglesia est detrs de varios asesinatos cometidos para
proteger la identidad de esa persona.
El sacerdote se mostr horrorizado.
Hijo mo, esta historia me parece altamente improbable. El solo hecho de sugerir
que la santa Iglesia pueda hallarse mezclada en una violacin de los mandamientos de
Dios, no hablemos de asesinatos, es ofensivo e inconcebible. Quin le cont esas
cosas?
Un polica.
Dnde se encuentra?
Ahora? Probablemente en la morgue de Manhattan. Lo mataron esta maana.
El sacerdote movi la cabeza.
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En mi opinin, toda la historia es inventada. Ignoro para qu la inventaron. Pero
puedo asegurarle que la Iglesia no se mezclara en una cosa semejante.
Quiz tenga usted razn dijo Ben despus de una pausa larga y tensa. Quiz
todo sea un sueo. Quiz me est volviendo loco.
Para qu hablaba con ese hombre? Si por algn increble capricho del destino ese
cura tuviera alguna relacin con el asunto, ciertamente no lo admitira. Y en todo caso
era mucho ms lgico suponer que un hombre de bajo nivel en la jerarqua eclesistica
nada deba saber de intrigas tejidas en las altas esferas de la Iglesia. No, no haca ms
que perder el tiempo. Tena que salir de all.
Es muy probable que usted est en lo cierto, Padre. Hizo un movimiento para
encaminarse a la salida. Seguramente el polica se equivoc. Quiz fuese un poco
paranoico. Y vaya a saber por qu lo mataron. Alguien lo odiaba. S. Sin duda. Sali a
los escalones de cemento que descendan a la calle. Segua viendo al sacerdote que lo
miraba con extraeza; sin duda pensaba que el que estaba un poco loco era l. Gra-
cias, Padre. Le agradezco la atencin que me ha dedicado. Gracias.
Lleg a la acera y se puso en marcha, tomando velocidad a medida que avanzaba.
Tena que volver a su casa, ver a Faye, tratar de relajarse, escapar de toda esa
pesadilla. Pero en lo hondo de su ser saba que ese era apenas el comienzo, aunque
slo fuera porque no poda limitarse a esperar y dejar que el destino decidiera el futuro
de ambos. Tena que saber ms.
Empezara a la maana siguiente!
Qu pasa? Tenemos fiesta? Ben se detuvo en la puerta, sonriente.
Me siento mucho mejor, querido dijo Faye. Con un gesto vivo se levant del sof
para abrazarlo.
Qu le haba dicho yo? grit Sorrenson desde la otra punta de la habitacin.
Todo lo que necesitaba Faye era un par de das. Y cuidados tiernos y cariosos.
Grace Woodbridge sali de la cocina con una bandeja llena de tazas y platillos.
T y caf.
Pngala sobre la mesa sugiri Faye. Condujo a Ben al interior de la habitacin y
lo hizo sentar en el sof junto a Ralph J enkins.
Seguro que ests bien, querida? pregunt Ben.
Me despert hace cerca de una hora sintindome magnficamente. Tom en
brazos al beb, sentado en el regazo de J enkins, y lo acun. Y el ver a J ohn y Ralph
y luego a Grace me hizo sentir an mejor, sabes?
S... lo s.
Dnde estuviste?
Por ah. Hubo alguna llamada?
Ninguna mientras yo estuve aqu dijo Sorrenson. Y estoy desde que usted se
fue.
Pero entonces se perdi el ensayo.
Vaya, qu es un ensayo cuando los amigos nos necesitan? Y no soy el nico que
hizo un sacrificio, si as quiere llamarlo. Ralph falt a una reunin de la sociedad de
anticuarios.
Nada importante acot J enkins . Se concret su encuentro con el polica?
S. Le haba hablado a J enkins del proyectado encuentro con Gatz, sin decirle
de qu se trataba. Ojal su voz no traicionara la gravedad de lo ocurrido. Todo anda
bien aadi.
J Je ef ff fr re ey y K Ko on nv vi it tz z E El l G Gu ua ar rd di i n n
65
Ah, excelente dijo Grace Woodbridge al tiempo que dispona la bandeja para
servir. Era hora que alguien dijera que algo anda bien por aqu. Esta maana Max
sali del departamento entre lamentos y rezongos. Cuando llegu aqu Faye an
dorma y J ohn y Ralph hablaban como si estuviera por producirse un cataclismo que
terminara con el mundo. Todos han empezado a tejer fantasas. Estoy harta! Y no
permitir que enloquezcan a Faye. Todo ha terminado.
Ojal sea as dijo Faye. Sigui meciendo en sus brazos al beb, haciendo
amago de arrojarlo al aire y recogerlo. Encantado con la sensacin, J oey dejaba
escapar un gozoso balbuceo. Todos rieron como haca tiempo que no rean.
Grace Woodbridge distribuy las tazas. Ben hizo sentar a Faye a su lado y la bes.
No sabes lo feliz que me hace verte as. J ohn, Ralph, Grace, les agradezco que se
hayan quedado hoy con Faye. Quiz todo haya terminado. De veras lo crea?.
Qu piensas t, J oey? Andar bien mam?
El beb agit las manos y brind a los presentes su sonrisa desdentada. Todos
volvieron a rer.
Ben se puso de pie y se acerc a una mesa, junto a la ventana, sobre la cual haba
una mquina de escribir. Un gran sobre de papel manila contena un centenar de
pginas de texto y notas que Ben no tocaba desde haca rato.
Quiero que retomes tu libro, querido dijo Faye mientras beba un sorbo de t.
S respondi l sin mucha conviccin, al tiempo que volva las pginas.
J enkins se acerc.
De usted espero una obra maestra, Ben.
De veras? Aprecio sus palabras, Ralph, pero tal como anduvieron las cosas por
aqu me conformara simplemente con terminarlo.
Vamos, lo conozco. Volver al trabajo, lo pulir, lo har publicar y ser todo un
xito.
De sus labios, a los odos de Dios.
J enkins hizo un gesto de sentimiento y en ese momento se aproxim Sorrenson; ms
atrs Faye y Grace Woodbridge hojeaban el ltimo nmero de Yogue.
Quiz les interese saber que hice averiguaciones sobre la identidad de la monja
dijo en voz baja
De veras?
Claro, le dije que lo hara. Eso s, no me pregunten cmo. Lo cierto es que
averig que los cheques del alquiler de la monja los paga un tal M. Leffler.
Quin es? pregunt J enkins.
Ah... tambin eso lo averig. Tengo un amigo que trabaja en la archidicesis. Le
pregunt si saba de esa persona y me inform que M. Leffler es el auditor de la
archidicesis.
Y qu nos agrega ese dato?
Simplemente que adems de ser duea del edificio, la archidicesis tambin paga
el alquiler de la monja. Lo sospechbamos, pero ahora lo sabemos.
Los interrumpi la voz de Faye.
Oigan, qu estn murmurando?
Ben se volvi.
Nada, querida.
Hablaban de la monja, no es cierto?
J Je ef ff fr re ey y K Ko on nv vi it tz z E El l G Gu ua ar rd di i n n
66
Ben carraspe.
Bueno, en cierto modo.
Pero qu empecinados. Les dije que tenemos que olvidarla. Si la Hermana
Thrse quiere estarse all sentada, pues djenla.
Cmo la llamaste? pregunt alarmado Ben.
La Hermana Thrse. As se llama la monja.
Cmo lo sabes?
Faye se encogi de hombros.
Alguien te lo dijo?
No. Lo s, simplemente.
Ben mir a J enkins y Sorrenson. Luego se sent junto a Faye y le tom la mano.
Qu ms sabes?
Qu quieres decir, Ben?
Sabes lo que quiero decir.
Faye no dijo nada; Ben la tom por los hombros y ella se ech hacia atrs.
Cmo se llamaba antes de ser la Hermana Thrse? Casi gritaba. Sorrenson,
J enkins y Grace Woodbridge estaban pasmados Cmo se llamaba?
Faye se estremeci. Allison... Allison Parker.
Ben la solt. Todos contemplaban la escena en actitud tensa. Nadie se atreva a
decir una palabra.
Allison Parker repiti Ben al borde de las lgrimas .S. As se llama. Allison
Parker.
Haca largo rato que Sorrenson, J enkins y Grace Woodridge se haban ido cuando
son el timbre, y Ben sali del dormitorio para atender. Al abrir se encontr con Biroc y
lo hizo, pasar al hall.
Espero no haberlo despertado, seor Burdett dijo Biroc con tono de disculpa.
Ben mir su reloj.
No, J oe. J ustamente estbamos por acostarnos. No lo vi en funciones ayer ni hoy.
Ayer no estuve y hoy empec tarde y slo cumpl medio turno. El administrador del
edificio me recomend que me lo tomara con calma. Ya sabe... despus de lo que
pas.
Claro. Y en qu puedo ayudarlo?
Oh, no, seor Burdett. No vengo a pedirle ningn favor. Slo quera saber si su
seora est bien. No me pareci apropiado subir, pero estaba muy inquieto.
Usted es bienvenido a cualquier hora. Y mi seora est mucho mejor. Se pondr
muy contenta cuando sepa que usted vino.
Biroc sonri.
Me alegro mucho. Estaba muy preocupado. Abri la puerta y sali al pasillo. Si
necesita algo maana, no deje de llamarme, seor Burdett. Cualquier cosa que
necesite. Me ocupar.
Usted es un buen amigo, J oe.
Biroc sacudi la cabeza.
Buenas noches.
Buenas noches, J oe.
Ben cerr la puerta.
J Je ef ff fr re ey y K Ko on nv vi it tz z E El l G Gu ua ar rd di i n n
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Acostado en la cama, se senta como si alguien le hubiese arrojado agua helada
sobre el cuerpo. Senta fro; no un fro superficial como el que se puede sentir en lo ms
crudo del invierno, sino un fro que se alojaba en lo ms profundo de su ser, tan
profundo, pens, como la substancia de su alma.
J unto a l Faye lea un libro. La mir y oy moverse inquieto al beb en su cuna,
invisible en la oscuridad del otro extremo del cuarto. Ben no haba despegado los labios
en los ltimos diez minutos, desde que despidi a Biroc en la puerta, para luego entrar
de puntillas en el dormitorio y meterse en la cama. Este era el momento.
Faye dijo.
S, querido repuso ella sin quitar los ojos del libro.
Podras dejar de leer un momento? Quiero preguntarte algo.
Faye dej el libro sobre la manta.
S, claro.
No te parece extrao que supieras el nombre de la monja?
Alguien me lo habr dicho. Qu otra explicacin puede haber?
Pero no recuerdas que alguien te lo haya dicho, verdad?
Faye hizo un gesto de fastidio.
Ya te dije que no replic impaciente.
Muy bien. Otra cosa...
Faye asinti.
Alguna vez trataste de suicidarte? Nunca le haba visto Ben a su mujer una
expresin tan extraa como la que cruz por su cara en ese momento. Lo hiciste?
Para qu quieres saberlo?
Digamos simplemente que quiero saberlo. Me interesa.
Pero, Ben, llevamos siete aos de casados. Hace doce que nos conocemos. Y de
pronto semejante pregunta. Y justamente ahora...
Ben se removi incmodo en la cama.
Curiosidad, nada mas.
Confusa, ella lo mir a los ojos pestaeando rpidamente.
El se incorpor a medias, apoyndose en las almohadas.
Es muy sencillo, Faye. Si nunca lo intentaste, no tienes ms que decrmelo.
Faye arroj el libro al suelo, irritada; tir de la manta, se cubri hasta el cuello y mir
al espacio.
Y si hubiera tratado de matarme? Qu hay con eso? Su voz sonaba muy
distante, como viniendo de otro [Link] en algo las cosas?
No. Simplemente quiero saberlo.
Pues bien, s. Lo intent. Sus ojos lo perforaron. Cuando era mucho ms
joven.
Durante varios minutos l no dijo nada. Luego pregunt:
Por qu?
Lo hice, eso es todo. J ur que nunca hablara del asunto. A decir verdad, durante
muchos aos negu todo el incidente.
Faye, yo...
Te dije que no quiero hablar de eso. Por favor, no vuelvas a mencionarlo nunca.
Promtemelo.
Muy bien, lo prometo dijo Ben despus de una pausa.
Ahora tena la respuesta, el dato final que le faltaba para reforzar su decisin.
J Je ef ff fr re ey y K Ko on nv vi it tz z E El l G Gu ua ar rd di i n n
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Tena que hacer algo. Por qu? Lo ignoraba. No te parece que es hora de
dormir?
Faye no respondi.
Ben tendi el brazo, apag la lmpara de lectura y se volvi de su lado, dndole la
espalda a Faye. Saba que ella lo miraba. Senta su mirada. Pero no quera volverse, ni
agregar nada ms. Haba dicho bastante. Ahora quera pensar. Dormir. Tena que
levantarse temprano y ponerse en accin.
10
Cuando Ben sali de su casa a las ocho de la maana ya llova intensamente y no
haba un taxi libre a la vista. En Central Park Oeste tom un mnibus que iba al centro,
hizo la combinacin en la calle Cincuenta y Siete y se ape en la Tercera Avenida,
donde un fuerte viento lo envolvi al bajar. Cruz la calle, se zambull en un bar de la
esquina y se sent junto al mostrador. Pidi un caf, sac del bolsillo de su
impermeable la gua de Madison Avenue y estudi la lista de agencias de modelos de
Nueva York. Algunas estaban cerca, otras ms hacia el centro; si el trnsito se lo
permita, en un da podra recorrerlas todas. Aunque confiaba en que no tendra
necesidad de hacerlo; esperaba dar con la pista de J ennifer Learson antes de llegar al
final de la lista. Claro que no sera fcil; haban pasado quince aos. En una actividad
tan fugaz como sa, basada en la belleza de la juventud, lo ms probable era que
ninguna modelo y muy pocos empresarios permanecieran tanto tiempo en el negocio.
Despus de una segunda taza abandon el bar y recorri a pie las agencias
cercanas. Nadie conoca a J ennifer Learson, y si bien dos o tres encargadas de
contratacin recordaban a una modelo llamada Allison Parker, no saban qu haba sido
de ella.
Para cuando empez con las agencias ms cntricas, casi estaba convencido de que
no haca ms que perder el tiempo. Sin embargo, la encargada de una firma pequea
recordaba algo acerca de una modelo que se vio envuelta en una serie de asesinatos y
luego desapareci. Le dijo que una mujer llamada Rusty trabajaba por aquel entonces
en la misma agencia de la chica. La compaa haba desaparecido tiempo atrs, pero
Rusty an segua en el negocio como responsable de contrataciones de la agencia
Blanchard.
Dio las gracias a la mujer, busc la direccin de Blanchard en la gua de telfonos y
en uno de los pocos taxis libres que haba visto en todo el da, se traslad hasta un
viejo edificio de oficinas.
La agencia Blanchard se encontraba en el segundo piso. La duea era una mujer
simptica y atractiva, de poco ms de cuarenta aos. Haba ocho empleadas y una de
ellas era Rusty. Gentilmente la seora Blanchard la dispens por un rato de sus
obligaciones para que hablara con Ben.
Me llamo Ben Burdett dijo Ben estrechando la mano delgada y pecosa de Rusty,
Era una mujer alta y esbelta, de unos cuarenta aos. Tena la tez rojiza, una sonrisa
alentadora y una voz suave y entusiasta.
Y yo soy Rusty.
Rusty, usted puede prestarme una gran ayuda.
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69
Lo intentar, si puedo. Perciba la ansiedad que trasuntaba la expresin del
hombre.
Ben se sent en un sof junto a ella.
Busco a una modelo llamada J ennifer Learson.
Rusty se sorprendi.
J ennifer Learson? Por Dios, hace siglos que no oigo ese nombre. La conoc,
claro. Era una mujer lindsima.
Eso me han dicho. La mir, instndola a seguir hablando.
Era la mejor amiga de una modelo llamada Allison Parker. Yo les consegu muchos
contratos. Lo que les ocurri a esas chicas es una tragedia.
Ben se acerc ms, tan cerca que senta el aliento de la mujer.
Qu ocurri?
Pues... en realidad yo no conozco los detalles. Tendra que dirigirse a la polica.
Eran buenas modelos. En realidad, cuando se produjo la catstrofe a las dos les iba
muy bien. Sobre todo a Allison. Claro, todava no eran estrellas, pero estoy segura de
que hubieran triunfado en toda la lnea, segursima. Eran como hermanas, siempre
juntas, rindose. Si bien recuerdo, Allison era de Indiana y J ennifer de Macn, Georgia.
Haca un par de aos que estaban en Nueva York. Al principio vivieron juntas en el
Village, hasta que Allison se fue a vivir con su novio, un abogado llamado Michael
Farmer.
Ben encendi un cigarro y la observ atentamente; se dio cuenta de que ahora que
la mujer haba empezado a hablar tena mucho que decir y no vacilaba en hacerlo.
Fue terrible. La pobre Allison desapareci de la faz de la tierra despus que
mataron a su novio. Sali en los diarios... toda la historia. Hubo una investigacin pero
creo que la polica no descubri nada.
Ben se pas la lengua por los labios y movi la cabeza resueltamente urgindola a
continuar.
Rusty suspir y junt las manos sobre el regazo.
A la que de veras compadezco es a J ennifer.
Por qu?
Bueno..., pas muy malos momentos. Claro que quiz tambin los haya pasado
Allison, pero como nadie volvi a verla no sabemos nada. Me entiende?
Por supuesto.
Despus del crimen J ennifer estuvo mucho tiempo sin venir. Cuando por fin lo
hizo, era otra persona. Haba cambiado por completo. Como le dije antes, seor
Burdett, era una mujer hermosa. Pelo oscuro, cutis cetrino, una figura magnfica y una
sonrisa capaz de ablandar el mrmol. Qu terrible transformacin! Plida como un
fantasma y con diez kilos menos. Estaba en los huesos, como recin salida de un
campo de concentracin. Tena terribles arrugas debajo de los ojos y las manos le
temblaban. El da que volvi, almorzamos juntas. Me dijo que la polica la haba
interrogado. Y luego balbuce una historia deshilvanada acerca de Allison y Michael.
La confusin de sus ideas era total y nada de lo que deca tena mucho sentido.
Me entiende? Era como escuchar a un delirante. Y qu paranoia! Insisti en hablarme
de una conspiracin de fanticos religiosos. Segn me dijo, la perseguan. Y hasta
llevaba un revlver para defenderse. Trat de calmarla pero no quiso escucharme. O no
pudo. Haca meses que no sala con nadie. Viva encerrada en su departamento por
temor de que la secuestraran. Qu poda decir o hacer yo? Me senta completamente
trastornada. Y bien, J ennifer intent volver a la profesin pero no fue a ningn lado.
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70
Quin iba a contratar a una chica que pareca recin salida de la tumba? Le aconsej
que se tomara un ao de licencia. Me dijo que necesitaba trabajar. Segua un
tratamiento psiquitrico de cuatro sesiones por semana y eso le exiga mucho dinero.
Luego desapareci y volvi a reaparecer varios meses despus. Me pareci
empeorada. Su aspecto era malsimo y la paranoia se haba convertido en una especie
de estado manaco depresivo. A decir verdad, una de las chicas pensaba que era una
esquizofrnica y yo no me hubiera animado a contradecirla. Alrededor de un ao
despus, trat de llamarla. Haba varias pequeas sumas a su favor. Nadie contest al
telfono. Fui a su casa y toqu el timbre. J ennifer me hizo pasar. Me dijo que no atenda
el telfono porque ellos la espiaban y no quera que supieran que estaba en su casa.
Hubiera visto usted lo que era ese departamento. Nadie lo haba limpiado en meses.
Por todas partes, bandejas de cartn. Basura en el piso. Toneladas de platos sucios en
la pileta. Un terrible olor a orina y heces humanas. Dios, era espantoso! Trat de
convencerla para que dejara el departamento pero no lo consegu. Le entregu el
dinero. Me dijo que no volvera a trabajar como modelo, que haba encontrado una
manera mucho mejor de ganarse la vida. Y no tard en darme cuenta de que
necesitaba mucho dinero para sobrevivir. Tena cicatrices en los brazos. Sin duda se
inyectaba algo. Cocana? Herona? Quin lo sabe!
Ben la escuchaba fascinado.
Y todo eso ocurri en el trmino de un ao?
S... hace ms de catorce aos. Rusty hizo una pausa y enseguida prosigui.
Pocos meses despus, por una chica llamada Victoria, amiga de J ennifer y Allison,
supe cmo se ganaba la vida J ennifer. Victoria y su novio caminaban por una calle
cercana a Broadway a la salida del teatro, cuando vieron en una esquina a una
muchacha drogada ofrecindose a los hombres que pasaban. Era J ennifer. Victoria le
habl, pero ella no respondi. En ese momento sali del edificio un proxeneta
acompaado por un puertorriqueo, que tras un breve cambio de palabras hizo subir a
la chica a su automvil y se la llev. Escandalizada, Victoria intent hablar con el otro
hombre, pero l se neg a contestarle y desapareci en una callejuela.
Rusty se interrumpi; estaba tensa y transpiraba copiosamente. Ben le ofreci un
pauelo; ella lo acept y se enjug la cara.
Eso fue lo ltimo que supe de J ennifer hasta dos aos ms tarde. Una noche... Lo
recuerdo bien, era la vspera de Navidad y yo estaba en casa. Son el telfono. Era
J ennifer. Apenas alcanzaba a orla. Me dijo que haba tomado una sobredosis. Llam a
la polica. Fueron a su casa y la hicieron internar en Bellevue. Encontr el telfono de
los padres y los llam. El padre me dijo que no le importaba lo que le ocurriera a la
chica. Si se mora, peor para ella. Y colg. Increble. En fin, habl con J ennifer uno o
dos meses ms tarde. Se estaba tratando como paciente externa en la clnica
psiquitrica de Bellevue. Estaba peor que nunca. Luego desapareci nuevamente.
Cuando volvi a llamar, alrededor de un ao y medio despus, me dijo que haba
estado internada en una clnica pero que ya estaba completamente curada. Y que
quera retornar a su trabajo de modelo. Le dije que viniese a verme aunque saba que
por muchos progresos que hubiese hecho, haba pasado demasiado tiempo. Por suerte
apareci poco antes de la hora de cerrar. Todava no tena treinta aos, pero
aparentaba noventa. Y en sus ojos haba un fulgor salvaje, como en los de un animal
rabioso. Me asust. Le ped a otra de las empleadas que se quedara. Le dije a J ennifer
que de ningn modo poda volver a la profesin. Tem que reaccionara con violencia.
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Pero no lo hizo. Se limit a escucharme, como si hubiese estado preparada para esa
respuesta, y luego se fue tranquilamente. Y esa fue la ltima vez que la vi.
Ben mordi la punta de su cigarro. Un escalofro le recorri la espina dorsal. Dios
mo, pens, Dios mo. Tena la boca reseca como el fondo aterronado de un lago en el
desierto.
Est segura de que nunca volvi a verla?
Con la mirada perdida, Rusty hurg en su memoria.
S, estoy segura.
Y no tiene idea de dnde se encuentra?
No dije eso.
Ben sinti que su cuerpo se pona tenso.
Dnde est?
La internaron en una clnica psiquitrica.
Cul?
El Providence State Hospital. En Riverhead, Long Island. Pero no s si sigue all.
Lo nico que puedo decirle es que no quiero tener nada que ver con el asunto.
Por supuesto.
Rusty se puso de pie; estaba derrumbada.
Se estrecharon las manos.
No s cmo agradecerle dijo Ben.
No es nada. Espero haberle ayudado.
S, le aseguro que s.
Ben agradeci a la seora Blanchard por su colaboracin y se dirigi hacia la puerta
acompaado por Rusty.
Seor Burdett dijo Rusty cuando Ben ya estaba por salir, olvid preguntarle
por qu se interesa tanto por el paradero de J ennifer.
Ben mir sonriendo los ojos felinos de la mujer.
Por qu? Porque creo haber encontrado a Allison Parker.
En los ltimos seis o siete aos dijo con voz suave el doctor Taguichi fue
internada varias veces. Desde un comienzo no hubo la menor duda en cuanto al
diagnstico. Pero lo que de veras nos asombr, ms all de la gravedad de su psicosis,
fue la amplitud de los sntomas y el entrecruzamiento con otros subtipos sindrmicos.
Qu significa eso?
Se dispusieron a cruzar el bien cuidado patio de ejercicios del Providence State
Hospital.
Pues le dir que hay ciertos sntomas de orden general que son comunes a la
mayora de los esquizofrnicos y que nos conducen al diagnstico. Como dije antes, en
el caso de J ennifer Learson se evidenciaban firmes tendencias paranoicas. Manifestaba
tensin, desconfianza, recelo y por momentos hostilidad. Y un delirio organizado de
naturaleza persecutoria.
Qu clase de delirio?
El mdico se lo explic y Ben crey estar oyendo la repeticin de la historia que le
haba contado Gatz. Le dijo a Taguichi que tena razones para suponer que los hechos
que contaba J ennifer Learson podan ser en parte reales. Taguichi admiti esa
posibilidad y sigui describiendo el cuadro de una persona profundamente perturbada.
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Aun suponiendo que el delirio persecutorio, una conspiracin religiosa consumada
por la Iglesia Catlica, tuviera alguna base real, le aseguro que las manifestaciones
posteriores no la tienen. Estaba convencida de que la seguan clrigos con intenciones
criminales. En otros momentos afirmaba que ella estaba destinada a ser la prxima
vctima, el prximo guardin, la sucesora de su amiga Allison Parker, cuya personalidad
y destino ocupaban un lugar importante en su mente. Coexista tambin con esas
fantasas un delirio de grandeza. En ocasiones afirmaba ser la Virgen Mara. Oa voces.
Vea visiones. En cierta oportunidad se crey envuelta en llamas, ardiendo en la
hoguera como J uana de Arco. En otra, percibi que su corazn creca. Y bien, seor
Burdett, estos son sntomas clsicos de esquizofrenia paranoide. Pero como le dije
antes, tambin presentaba una gama de manifestaciones esquizofrnicas generales.
Tena serios trastornos de emisin verbal. Por momentos era totalmente incoherente. A
veces hablaba en trminos simblicos absolutamente indescifrables. Sufra de mutismo,
ecolalia y verbigeracin, formas de demencia verbal y expresiva. Progresivamente fue
mostrando un creciente y grave deterioro en su apariencia y conducta. Un da la
encontramos comiendo sus propias heces.
Ben hizo una mueca; sinti una arcada.
Adems, tena tendencia a los desrdenes afectivos, respuesta emocional
reducida y bloqueo emocional.
Doctor..., la chica deba estar muy enferma. Cmo es que la dejaron salir?
Taguichi asinti con aire pensativo. En ese momento llegaron al final del patio de
ejercicios y entraron al edificio ubicado a la derecha.
Al comienzo la seorita Learson fue una interna voluntaria. Logramos mantener su
esquizofrenia bajo control y peridicamente le permitamos retirarse. Responda bien a
la dosis diaria de cloropromazina y segua el tratamiento como paciente externa.
Cuando la droga dej de actuar la alternamos con otras fenotiazinas, con resultados
diversos. Tambin utilizamos varias formas de psicoterapia, pero los resultados fueron
negativos.
Volvi al hospital por su propia voluntad?
No; la trajo la familia despus de una serie de actos automutilatorios, un episodio
homicida contra un hombre que al parecer le pagaba por servicios sexuales, y un
aumento alarmante del delirio y las alucinaciones.
Subieron por una escalera hasta el segundo piso y empezaron a caminar por un
corredor pintado de blanco.
Ben movi la cabeza.
Quiz yo consiga algo con ella. Quiz le llegue algo de lo que pueda decirle.
Me temo que no, seor Burdett. Es uno de los pocos casos sin ninguna esperanza
que tenemos en el hospital. Claro que esa es una opinin. Pero fundada. Aun en el
caso de que estuviera en la etapa paranoide, sera difcil llegar a ella. Pero en los
ltimos cuatro aos, desde su internacin voluntaria, la enfermedad ha tomado un
cauce alarmante, posiblemente definitivo.
Ben mir los ojos fatigados del mdico.
Se ha convertido en una catatnica.
Una qu?
Ha perdido contacto con el mundo exterior. Es un trauma muy raro hoy da,
aunque hace algunos aos era corriente. Los tratamientos modernos prcticamente
eliminaron la catatona. Pero con la seorita Learson no dieron resultado. No respondi
a las drogas. Tampoco al coma insulnico. Ni al electroshock. Nada la ayud. Hace dos
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aos que yace inmvil en la cama, salivando, presentando a veces una respuesta
catalptica, adoptando posiciones corporales rgidas... en fin. El doctor Taguichi
advirti la mirada de horror y frustracin en los ojos de Ben. Lo lamento.
El mdico abri una puerta y entraron.
A duras penas Ben consigui reprimir las ganas de gritar; se senta an ms
descompuesto que afuera. La mujer que yaca en la cama acaso haba sido hermosa
alguna vez, pero ahora era una vieja decrpita. Un cuerpo arrugado, rgido, vaciado de
expresin, sin un solo rastro de vida.
El doctor Taguichi sigui explicando con mayores detalles el estado de la enferma.
Por un breve instante Ben crey percibir algn movimiento, pero enseguida
desapareci. Trat de hablarle, mencion nombres que quiz pudiera reconocer: Allison
Parker, detective Thomas Gatz, Michael Farmer, Monseor Franchino. La enferma
permaneci muda, aprisionada en un infierno de su propia creacin.
Ben se senta cada vez peor. Mir a Taguichi. No poda derrumbarse delante del jefe
de psiquiatra del hospital.
Sonri desmayadamente.
Es lamentable dijo Taguichi. Hemos hecho todo lo posible por ella, aunque por
supuesto seguiremos tratando.
Ben mir la cama de madera, la sencilla mesa de pino con su silla, las paredes grises
y desnudas; pareca una celda escapada de una novela social de mediados de siglo
XIX.
Quisiera irme dijo, consciente de su propio agotamiento, del rechazo que le
produca esa cosa en la que se haba transformado J ennifer Learson.
Con un gesto de asentimiento Taguichi lo acompa hasta la salida del hospital. All
se detuvieron.
Era evidente que Ben se hallaba muy afectado, pero el mdico le asegur que eso
era inevitable. Nadie penetraba en el mundo de los enfermos mentales sin sufrir un
considerable dao emocional.
Si se produce cualquier cambio, le ruego que me llame, doctor.
Por supuesto.
Ben respir profundamente el aire fresco de Long Island. Hubiera deseado
sincerarse con Taguichi, decirle para qu haba venido, por qu le haba mentido
presentndose como pariente de J ennifer Learson. Pero por su propia seguridad y la de
Faye, no poda hacerlo.
Mir al mdico en la cara, baj la mirada y suspir.
Segundos ms tarde el doctor Taguichi volvi a entrar al hospital y Ben parti hacia
la estacin de tren, de Riverhead.
Haca unos quince minutos que Ben aguardaba en la plataforma cuando el aire vibr
con un rechinar de ruedas sobre los rieles.
Recogi del suelo una vieja revista y se acerc al borde de la plataforma cuidando de
no aproximarse demasiado a las vas.
El tren apareci detrs de una curva y se detuvo en la estacin. Las puertas se
abrieron.
Subi, se quit la chaqueta y se sent en el ltimo asiento del vagn. El tren se puso
en marcha. Se arrellan en el asiento, se relaj y abri la revista. Casi haba terminado
de hojearla cuando su mirada cay sobre el ttulo de un breve artculo. Levant la
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revista para acercarla a la luz. El ttulo deca: J OVEN DE SIRACUSA VIVE EXTRAA
PESADILLA EN LAS MONTAAS ADIRONDAK. NARRA HISTORIA DE ASESINATO Y HECHOS
SOBRENATURALES.
Comenz a leer.
11
Poco despus de las tres de la maana Ben sali por la claraboya del techo y se
corri hacia el frente del edificio.
Por aqu le indic una voz.
Forz la vista pero no pudo ver nada; era como mirar dentro de un agujero negro.
Seor Burdett.
Se volvi. Dos hombres vestidos con ropa negra de gimnasia y zapatillas de goma se
aproximaron a l.
Lamento llegar tarde dijo Ben.
No se preocupe repuso Frykowski. Este es Turner.
Con un gesto Ben salud al segundo hombre, quien sonri y se ajust la gorra de ski
que le cubra la cabeza.
La plataforma est abajo?
Frykowski asinti.
La bajamos esta tarde.
Tuvieron algn problema para entrar al edificio?
No. Le dijimos al encargado que era un trabajo ordenado por la administracin.
Ben se acerc al borde del techo y mir por encima de la pared. La plataforma
colgaba un metro ms abajo. Revis los ganchos. Estaban bien afirmados.
Seguro que aguantarn?
Frykowski se ri.
Hacemos esto todos los das, Burdett. Y no corremos riesgos. Una vez por semana
controlamos todo el mecanismo. Poleas, cuerdas, todo.
Con una sonrisa Frykowski trep por la baranda y se dej caer en la plataforma.
Turner examin los aparejos y lo sigui.
Deslcese por encima de la pared y baje a la plataforma como si se metiera en una
baera de agua caliente. No haga ningn movimiento brusco.
Muy bien.
Ben pas una pierna por encima de la baranda. Los dos hombres lo tomaron por los
brazos y lo ayudaron a bajar. La plataforma se sacudi bajo su peso.
Ahora reljese dijo Frykowski. Nosotros haremos todo el trabajo. Tenemos
que bajar alrededor de un metro. Acabaremos en un momento.
Frykowski y Turner se ubicaron en los extremos opuestos de la plataforma y asieron
las cuerdas del aparejo; gradualmente la plataforma empez a deslizarse hacia abajo.
Sabe, Burdett, no soy tipo de hacer preguntas o de causar problemas, pero nunca
hice una cosa tan loca como sta. Vi a la monja en la ventana y apuesto a que esta
visita no le va a gustar nada.
Es sorda, muda, ciega y paraltica.
S, pero aun as...
Hable en voz baja le advirti Ben.
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La plataforma lleg a la parte superior de la ventana de la monja.
Despacio ahora dijo Frykowski.
Vamos bien repuso Turner y sus manos enguantadas aferraron las cuerdas con
ms fuerza.
Ben se puso de rodillas y apoy las palmas contra el vidrio. A medida que la
plataforma se deslizaba muy lentamente hacia abajo pudo verse una cortina de puntilla
oscura y el rostro y el cuerpo de la monja. Aun a tan escasa distancia, la oscuridad
impeda distinguir sus rasgos.
talo! orden Frykowski.
Turner asegur la cuerda de su lado. Frykowski hizo lo mismo con la suya, se acerc
a Ben y mir por la ventana.
Asombroso dijo moviendo la cabeza. Una vieja con un crucifijo en la mano,
sentada junto a una ventana. Si yo fuera usted, ni loco me acercara a esa bruja.
Le agradezco su preocupacin, Frykowski, pero le pagu para que me trajera
hasta aqu, no para que me diera sermones. De acuerdo?
Claro. Claro.
Una rfaga de viento hizo mover la plataforma y Ben se tir hacia la baranda con un
movimiento de pnico. Frykowski se ri.
No le va a pasar nada, Burdett.
Ben tante la base del marco de la ventana.
Aydeme a levantarla.
Forcejearon. La ventana no se movi. Ben se puso de pie, examin la parte de arriba
del marco inferior y volvi a ponerse de rodillas.
El pasador est descorrido; debe estar atrancada.
Frykowski sac dos cortafierros del bolsillo y le tendi uno a Ben. Insertaron las
herramientas en el borde del marco deslizndolas a travs del revoque endurecido. Una
vez ms Ben intent levantar la ventana, que empez a ceder. La golpearon
repetidamente con los cortafierros y Ben volvi a probar. Esta vez la ventana se desliz
completamente hacia arriba.
Ben apart la cortina a un lado.
No puedo creerlo murmur reprimiendo las ganas de gritar.
Nunca haba visto nada tan repulsivo como esa mujer. La cara arrugada, las manos
nudosas, los vasos capilares distendidos y visibles a travs de la piel, la mata de pelo
enmaraado, los ojos cubiertos por cataratas.
Usaba el hbito negro de su orden. Las manos envejecidas y callosas estaban
rematadas por uas largas y puntiagudas. Ningn signo de vida alentaba en ella. No
haba modo de saber si respiraba.
Malas noticias, amigo dijo Frykowski rechinando los dientes.
Qu pasa? pregunt Turner desde la otra punta.
Nada. T qudate all. Frykowski se volvi hacia Ben. Tenemos que subir.
\Ahora mismo!
No me llevar ms que un minuto. Por favor.
Ben sac del bolsillo un vaso pequeo envuelto en un pauelo y trat de apartar los
dedos de la monja y hacerle soltar el crucifijo. Era increble la fuerza con que lo tena
aferrado. Pidi ayuda a Frykowski, quien se prest a regaadientes y forceje hasta
que la mano izquierda de la mujer solt el metal. Ben le apart los dedos y los ci
alrededor del vaso oprimiendo las yemas. Luego volvi a envolver el vaso con el
pauelo y se lo guard en el bolsillo.
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76
Dos violentas rfagas de viento se sucedieron casi sin transicin, haciendo sacudir la
plataforma de punta a punta.
Vamos a subir dijo Frykowski.
Un segundo rog Ben y empu una Nikon.
Arriba!
Turner empez a desatar las cuerdas del aparejo.
Ben ajust el objetivo y se dispuso a fotografiar a la vieja.
Arriba! volvi a gritar Frykowski y rpidamente se ubic en su lado de la
plataforma y asi las cuerdas.
Turner solt el mecanismo y empez a tirar.
Mejor que se agarre, Burdett recomend Frykowski.
Ben segua maniobrando con la cmara.
Otro golpe de viento los sacudi. La plataforma dio un bandazo y poco falt para que
los arrojara al vaco. Ben se apresur a guardar la cmara en el bolsillo.
Muy bien, vmonos. Pero cirrele la ventana.
Al diablo la ventana! grit Frykowski.
Turner seal hacia arriba:
Miren!
Ben y Frykowski siguieron con la mirada la lnea que indicaba la mano de Turner.
La cuerda! Las dos sogas del soporte de la derecha estaban por cortarse.
Cristo!
La plataforma empez a ladearse hacia el edificio; Ben se asi de la baranda.
Eso no lo ayudar grit Turner.
Tambalendose avanz hacia el centro de la plataforma.
Adentro! Mtase por la ventana.
Frykowski se agarr del marco de la ventana; lo mismo hizo Turner. Ben se fue hacia
atrs y la cmara se le cay del bolsillo al piso de la plataforma; tirndose de cabeza
logr pescarla justo cuando estaba por caer al vaco y se la guard dentro de la camisa.
Turner ya estaba en la ventana.
Vamos, hombre!
Sudando a mares Frykowski logr descolgarse dentro del departamento. Una de las
cuerdas se cort. Ben se aferr del borde exterior de la plataforma y paso a paso
empez a retroceder hacia la ventana.
Los dos hombres se asomaron y trataron de asir las piernas de Ben.
Todo daba vueltas; Ben mir hacia abajo. La calle pareca subir a su encuentro.
El ltimo soporte se rompi y la plataforma se inclin violentamente a un lado. Slo
las cuerdas de la izquierda impedan que se precipitara a la calle. Haba gritos, pero
Ben no oa nada. Estaba colgado de las manos a veinte pisos por encima del suelo.
Tome impulso hacia arriba grit Frykowski.
Ben trat de trepar. La spera superficie de camo le lastimaba las manos; su
cuerpo, cada vez ms pesado, penda como una masa de plomo.
Un golpe de viento le azot la cara. Mir hacia abajo, luego hacia arriba. La otra
cuerda empezaba a deshacerse.
Aydenme rog.
Pero Frykowski y Turner no podan hacer nada.
Tire fuerte! grit Frykowski. Ms fuerte!
Ben estruj la cuerda. Tena las manos y el cuerpo empapados. Ms abajo vio
encenderse de pronto las luces del departamento de los Woodbridge.
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Empez a tirar tratando de subirse y alcanz a agarrarse justo por encima del punto
de ruptura en el momento en que la cuerda se cortaba. Con un gran sacudn la
plataforma se desprendi y cay estrepitosamente a la calle. Ms luces se encendieron.
Se columpi hacia la ventana. Los hombres, asomados, trataron de agarrarlo. No lo
consiguieron. Tom impulso pateando el borde de la ventana vecina a la de la monja y
se zambull en direccin a Frykowski quien logr asirlo por la pierna y lo tom de los
brazos. Segundos ms tarde Ben estaba en el piso del departamento, detrs de la
monja, sacudido por arcadas y temblores.
El departamento se hallaba a oscuras; fuera de la silla que ocupaba la monja, no
haba ningn mueble.
Frykowski y Turner se tiraron al suelo. Se oan voces en el pasillo. Ben reconoci las
de J ohn Sorrenson y una de las secretarias; luego, la de Daniel Batille. Respir hondo,
consciente de lo que pudo haber ocurrido. Unos pocos segundos, un centmetro ms. Y
era hombre muerto.
Usted me asegur que haba revisado las cuerdas.
Frykowski tosi.
Y es cierto. Adems eran cuerdas nuevas, compradas hace menos de un mes. Las
hemos usado por lo menos diez veces. Podra entender que se cortara una. Pero las
cuatro?
No las habr cortado alguien?
Imposible. Las guardamos bajo llave. Y como dije, las revisamos. Estaban en
perfecto estado.
Ben ech una mirada a su alrededor. Lo nico que alcanzaba a distinguir era la
espalda de la monja. Se ergua sobre l, amenazante, como la horrible visin de una
pesadilla.
Algo hizo que esas cuerdas se cortaran! dijo.
Por qu no se lo pregunta a la monja? le espet Frykowski. Le dije que no le
gustara lo que hacamos. Mire a esa bruja. Cree que es humana? De veras lo cree?
Pues si es as, usted est chiflado! Eso no es un ser humano. No s quin es ni de
dnde viene, pero no quiero saber nada con ella. Se puso de pie, ayud a
incorporarse a Turner y se dirigi a la puerta. Afuera todo haba vuelto a la
tranquilidad. Se la cedo enterita. Pero permtame decirle una cosa. La aventura de
esta noche me ha costado una plataforma y...
Se la pagar.
... y casi nos cuesta la vida. Si eso no le hace pensar que aqu pasa algo raro,
usted es un loco peligroso!
Frykowski descorri el cerrojo y abri la puerta. Asom la cabeza y empuj afuera a
Turner, lo sigui y cerr la puerta.
De pronto Ben se encontr a solas con la Hermana Thrse. Se palp en busca de la
cmara. Todava la tena encima, lo mismo que el vaso. Los dos objetos haban salido
indemnes de la aventura.
Se aproxim a la monja y se detuvo a mirarla. El crucifijo que tena en las manos era
idntico al que Ben guardaba bajo un montn de papeles en un cajn de su escritorio.
Sinti que las tinieblas avanzaban cercndolo y lo invadi una sensacin de
claustrofobia. Era como si algo le impidiese seguir avanzando.
Qu quiere usted de nosotros? pregunt.
La mujer no respondi. Ben retrocedi hasta la puerta y cerr los ojos. Dese que
esa visin de pesadilla desapareciera. Luego, respirando hondo, abri la puerta y sali.
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Ben se enjug el sudor de la frente.
Cuando regres al departamento Faye segua durmiendo. El ruido no la haba
despertado como a todos los dems. Esta maana al salir, me cruc con uno de mis
vecinos, Daniel Batille, quien no se explicaba cmo yo no haba odo el estrpito. Dej a
Faye y J oey en el parque y vine directamente para ac. Cmo ests?
Muy bien repuso Nicky Macario mientras manipulaba el vaso bajo la luz de la
lmpara de escritorio. Enseguida tendremos algo.
Ben lo observ trabajar con el polvo detector de huellas.
Macario, a quien Ben haba conocido en un club deportivo, administraba un
restaurante en Greenwich Village. En un tiempo haba sido uno de los mejores
especialistas en huellas dactilares del Departamento de Polica de Nueva York, y pese
a los aos que llevaba desvinculado de esa actividad conservaba sus conocimientos
casi intactos.
De modo que no sabes por qu se cortaron las sogas.
No dijo Ben apoyndose contra la pared del pequeo cuarto. Seguramente
eran defectuosas.
Nicky hizo un gesto de asentimiento.
Sigo sin entender para qu te tomaste tantas molestias.
No te lo puedo explicar, Nicky dijo Ben frunciendo el entrecejo. Lo que s te
aseguro es que para m es muy importante. De acuerdo?
Seguro. No fui yo el que casi se rompe la crisma.
Macario trabaj unos minutos ms; luego le devolvi el vaso a Ben.
Felicitaciones dijo. Pasaste por el infierno intilmente. No hay impresiones.
Cmo que no hay impresiones? Si apret los dedos con fuerza.
El perfil de la impresin est, pero falta el tramado interior.
No entiendo.
Yo tampoco. Macario se encogi de hombros . Pero es as.
Maldicin murmur Ben.
Qu piensas hacer?
Invitarte a cenar para compensar el tiempo perdido.
Prefiero que traigas a tu mujer al restaurante cuando se sienta mejor. Pero no me
refera a m. Qu piensas hacer respecto del hombre?
Ben sacudi la cabeza y ri sin ganas.
No lo s dijo.
Despus de dejar a Macario, Ben tom un caf en un bar y se traslad en taxi a la
zona de los teatros. Baj en la calle Cuarenta y Siete frente a un laboratorio de
tecnicolor.
Se dirigi al jefe de la seccin de revelado, con quien haba hablado el da anterior.
El hombre se llev los negativos y le pidi que esperara. Slo demorara unos minutos.
Ben se sent a leer el diario en la sala de espera. Luego llam a Faye para avisarle
que volvera dentro de una hora, ocup nuevamente su asiento y se puso a hojear un
ejemplar de La semana deportiva. Lo interrumpi momentos ms tarde la aparicin del
empleado, que le tendi a Ben varias fotos.
Extraa vieja coment.
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79
Ben asinti mientras examinaba las pruebas.
Estas son perfectas dijo palmeando al hombre. Exactamente lo que
necesitaba.
Dnde encontr semejante ejemplar?
Sentada por ah repuso Ben con sarcasmo. Oiga, podra hacerme un favor?
Si puedo...
Conserve los negativos para mayor seguridad. Si llego a perder estas fotos,
podremos sacar ms copias. Me sera imposible conseguir que la monja volviera a
posar. Ya la primera vez fue un modelo difcil.
Entiendo. Bueno, no veo por qu no. De acuerdo. Los guardar. Avseme cuando
los necesite.
Desde luego.
Ben le dio las gracias y sali del local. En la esquina de Broadway se detuvo para
estudiar las fotos bajo la luz reveladora del sol de la tarde. La monja era una realidad;
una realidad horrible, decrpita, repugnante, pero un ser viviente al fin. Un
estremecimiento lo recorri. Se guard las fotos en el bolsillo, camin hasta la calle
Cuarenta y Dos y entr al subterrneo.
12
A las diez de la maana Ben descendi de un avin de American Airlines en
Siracusa, Estado de Nueva York. Traa una carpeta que contena el artculo de la
revista, la fotografa de Allison Parker y las instantneas de la monja. Al salir del
aeropuerto detuvo a un taxi y pidi al chofer que lo llevara al 625 de la calle Iroquois, en
un suburbio muy poblado de la zona norte de la ciudad. All toc el timbre en una casa
blanca de tres pisos de estilo colonial y aguard.
Despus de llamar por quinta vez, un hombre alto, vagamente parecido a Lincoln le
abri la puerta.
Seor Burdett? pregunt mostrndose bastante seguro de la identidad de su
visitante.
Ben asinti.
Seor Thompson?
S. Pase, por favor.
Ben sigui a Thompson hasta el living rectangular decorado con un primor arcaico
que le otorgaba un encanto provinciano.
Sintese, seor Burdett invit Thompson.
Ben eligi la mecedora.
No se imagina cunto le agradezco su amabilidad empez a decir Ben,
incmodo. Por dnde empezar? Y cmo hacerlo? . S que esto es muy duro para
usted, pero tengo que ver a su hija.
Los ojos del dueo de la casa reflejaron el dolor de una pena incesante.
Por favor, seor Burdett, usted es tan importante para m como quiz lo sea yo
para usted. Si hay alguna esperanza, recurrir a cualquier medio para ayudar a Annie...
Ben asinti.
Est arriba?
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80
S. Con la enfermera. Despus que conversemos subiremos a verla.
Ben examin cuidadosamente al hombre. Tena rasgos distinguidos, un rastrojo de
barba negra, ojos azules penetrantes y un aire inteligente. Pareca extremadamente
tenso; tena las manos apretadas y un temblor en el mentn; la palidez de su cara la
haca parecer de yeso.
En los ltimos dos aos, seor Burdett, la vida ha sido un infierno para m. Lo
entiende ustedf Por supuesto.
Amo a mi hija ms que a mi vida. Ella es todo lo que me queda. Mi esposa muri
cuando Annie era apenas un beb, y la cri solo. Crame, seor Burdett, Annie era una
chica encantadora. Tan bonita, tan gentil y cariosa. No creo que tuviera un solo
enemigo en el mundo. Sabe lo que signific esto para m? No, nadie puede
imaginarlo. Es como si alguien me hubiese arrancado las entraas. Hubiese sido mejor
que muriera. Entonces yo me habra matado y todo hubiese terminado. No debe
hablar as, seor Thompson. Lo s. Debera simular que nada ocurri. Archivarlo en
un rincn de mi cerebro. Olvidar que no he dormido bien una sola noche desde hace
Dios sabe cunto. Olvidar que mi hija se ha convertido en un zombi. Movi la
cabeza. No crea que se lo reprocho, seor Burdett. Estoy habituado a esos consejos.
Psiclogos, psiquiatras, mdicos, policas. Todos me han dicho lo mismo. Aunque claro
que en trminos mucho ms elocuentes.
Ben baj la mirada; hubiera deseado que se lo tragara la tierra. Sufra por el hombre;
sufra por s mismo.
Seor Thompson, me resulta muy difcil hablarle. Quiero que lo sepa. Si hay
alguien capaz de comprender su situacin, soy yo. Pero en lugar de condenarnos a
nosotros mismos y a los que amamos, debemos trabajar juntos. S lo que sufri su hija.
Mi situacin, usted la conoce. Y si en algo no fui claro por telfono le ruego que me lo
diga.
No, fue usted muy preciso.
Debo convivir con una realidad terrible. Estoy convencido de que su hija vio a la
Hermana Thrse..., la monja cuya sucesora acaso sea mi mujer.
Thompson hizo un movimiento casi imperceptible con la cabeza.
Si nos cercioramos de que las dos monjas son una y la misma persona, podemos
entonces dar crdito a los hechos que me relat el detective Gatz. Y en ese caso...
cualquier cosa sera posible.
Qu, por ejemplo?
No lo s. Algo. Podramos localizar a los sacerdotes implicados en la conspiracin.
Podramos dirigirnos a la alta jerarqua de la Iglesia. Recurrir a la polica. A los diarios.
A los tribunales de Manhattan.
Thompson enarc las cejas.
Sabe usted lo que dice, seor Burdett? Dirigirnos a esa gente en busca de
ayuda? Permtame que le diga algo. Desde el da en que encontraron a mi hija en aquel
claro de la montaa, toda esa gente no ha hecho ms que sealarla con sus sucios
dedos. La polica, la prensa, las autoridades, contra una pobre chica incapaz de
defenderse. Si quiere puedo mostrarle un montn de cartas y artculos que le
revolvern el estmago. Hasta consideraron la posibilidad de reunir un jurado para
juzgar a mi hija por asesinato.
Usted bromea.
No. No encontraron huellas de pasos ni impresiones digitales fuera de los de Annie
y Bobby J oe. Y eso la acusaba a ella, no lo cree?
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81
Ben sacudi la cabeza.
Estaba lcida cuando la trajeron?
Slo por momentos. Desgraciadamente su estado no tard en empeorar y a eso
contribuy la actitud de las autoridades.
Qu dicen los mdicos?
Thompson se encogi de hombros.
No tienen la menor idea. Primero dijeron que era una psicosis. Luego, que se
trataba de un problema fsico. Ms tarde, que haba un poco de ambas cosas. Ninguno
de los anlisis revel nada. Para serle franco, hace meses que no le permito la entrada
a ningn mdico.
Comprendo dijo Ben pasndose la lengua por los labios y mirando en direccin
a la cocina. No tendra un poco de agua?
Por supuesto.
Thompson se encamin lentamente a la cocina y volvi con un vaso. Ben repar en
la pesadez de sus movimientos. Aunque era un hombre alto y esbelto, con fsico de
atleta, era obvio que la tensin mental haba cobrado su tributo.
Ben bebi un sorbo de agua, dej el vaso sobre la mesa baja y sac las fotos. La
primera que le tendi a Thompson fue la de Allison Parker.
Esta era Allison Parker. Gatz me dio la foto.
Thompson asinti sin decir nada. Ben le pas las fotografas de la monja.
Estas las saqu hace dos noches.
Con la misma lentitud de movimientos Thompson examin las fotos. Empez a
transpirar.
Gatz afirmaba que la monja y Allison Parker son la misma persona. Compar las
fotos, pero no estoy seguro. Qu piensa usted?
No s dijo Thompson pensativo. Volvi a revisarlas fotos una por una tratando
de reprimir una expresin de creciente asombro.
Ben vio lgrimas en los ojos del hombre.
Es ella dijo de pronto Thompson sealando las fotos. Esta es la mujer que vio
Annie... mi pobre nia.
Cmo lo sabe?
Lo s. Encaja con la descripcin. Usted la ley en el artculo de la revista. Y sabe
perfectamente bien que coincide. Lo supo en el mismo momento de tomar las fotos.
Pero quera orselo decir a usted.
Pues ahora me ha odo! Empez a sollozar incontroladamente. Dios mo,
Dios mo!
Ben se inclin hacia l y le palme el hombro.
Por favor... s cmo se siente, pero tiene que dominarse. Necesitamos una
enorme cuota de autodominio.
Un berrido casi animal le respondi; Ben se encogi horrorizado. Era como si el alma
de Thompson hubiera escapado por sus labios, rebelada contra la desesperacin que
haba invadido su vida en los ltimos dos aos.
Pasaron varios minutos hasta que logr calmarse. Cuando por fin dej de gemir, Ben
dijo:
Quisiera ver a su hija.
Thompson hizo un gesto de asentimiento y se cubri la cara con sus manos fuertes y
velludas.
Lo siento. A veces me pongo as y no puedo controlarme.
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82
Lo s. La voz de Ben expresaba comprensin y simpata, Vamos. Lo ayud
a ponerse de pie.
Despus de guardar el vaso en la cocina, Thompson gui a Ben escaleras arriba
hasta el segundo piso.
El cuarto donde entraron, en el extremo del corredor, era un mausoleo, una tumba
para Annie Thompson. Silencioso, sombro, sin vida. Las cortinas, sin una sola arruga,
sin duda no se descorran nunca. El tocador, una pieza antigua, estaba desnudo. Todo
en esa habitacin resultaba inanimado, rechazante.
Annie Thompson estaba en la cama, acurrucada bajo el cobertor. J unto a la cama
haba dos sillas, una de ellas ocupada por una mujer de edad. Thompson la present
como la enfermera de Annie y le explic que aunque no contaba con mucho dinero, lo
poco que tena lo destinaba al bienestar de su hija.
Ben se qued de pie en la puerta mirando a la muchacha. Era casi una copia exacta
de J ennifer Learson, desde el color de la piel hasta la expresin sin vida del rostro y el
olor enfermizo que pareca emanar de sus poros.
Se acerc a la cama y examin la cara de Annie. Tena los ojos abiertos y, aunque
no evidenci ninguna reaccin, Ben estaba convencido de que lo vea.
El padre le habl con suavidad, tranquilizndola.
Lo oye? pregunt Ben.
Nadie lo sabe repuso Thompson encogindose de hombros.
Ben roz con la mano la cara de la chica. Seca. Fra. Se frot los dedos para eliminar
la sensacin desagradable.
Hola, Annie. Estoy aqu para ayudarte. S que no puedes hablar, pero acaso me
entiendas. Soy amigo de tu padre y quiero mostrarte algo.
Thompson se mostr inquieto. Qu se propona Burdett?
Voy a mostrarte una foto. Si reconoces a la persona trata de indicrmelo de algn
modo. Cierra los ojos. O mueve un dedo. Yo te entender.
No s si debera... dijo Thompson.
No tenemos nada que perder.
Ben se inclin sobre la cama; su sombra cruz la cara de Annie.
Percibi el fluir desparejo del aliento rancio. Sac las fotos, eligi la mejor y la puso
frente a los ojos de la chica.
Aguardaron.
No comprende dijo tmidamente la enfermera.
Shh. Ben levant la mano pidiendo silencio.
Lentamente los prpados de Annie empezaron a agitarse. Algo estaba ocurriendo.
Empez a moverse en la cama.
Thompson se sent y le tom la mano.
iReconoce a la monja! exclam Ben.
El terror de esa comprobacin invadi el cuarto.
La reconoce! repiti Ben.
La cara de Annie se haba animado.
Es evidente! La reconoce!
Thompson se inclin sobre su hija repitiendo su nombre. Lloraba.
Esta es la monja que viste, no es cierto? pregunt Ben.
La reaccin se haca ms intensa.
No es cierto?
Annie arque el cuerpo echando espuma por la boca. Ben peg un salto hacia atrs.
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83
Cristo! grit Thompson. Aydeme a agarrarla.
Estall el caos. Annie gritaba y pateaba. Ayudado por la enfermera, Ben trat de
dominarla, pero Annie le lanz un puntapi en la ingle que le hizo doblarse de dolor.
Thompson trataba de frenarla; la enfermera gritaba despavorida. Annie, remota,
catatnica durante aos, inerte, se desataba de pronto enloquecida, apretando en la
mano las fotos de la monja.
Todava retorcido de dolor, Ben intent asirla por las piernas.
Tratemos de atarla.
Annie lanz un puntapi a la cara de su padre; la sangre empez a brotar.
Maldicin! grit Ben cuando Annie le mordi la mano y saltando de la cama
sigui embistiendo, la cara transformada en la imagen misma de una clera
sobrenatural.
Hubo ms sangre, lucha, imprecaciones. Luego, de pronto, Annie corri hacia la
puerta derribando a la enfermera. Ben la aferr por el camisn, que se desgarr y le
qued en la mano. Annie, desnuda, choc con el marco de la puerta. Segua con las
fotos estrujadas en la mano.
Detnganla!
El padre se precipit al corredor y se zambull hacia adelante tratando de aferrara
por las piernas, pero tropez con la baranda y rod por la escalera hasta la planta baja,
donde qued tirado, inmvil, extraamente enroscado sobre s mismo como un resorte.
Ben mir hacia abajo; a su lado estaba la enfermera, temblorosa, intil.
Annie!
La chica abri la puerta y sali a la calle.
Ben se lanz escaleras abajo, se detuvo brevemente para mirar a Thompson
desmayado, acaso muerto y sali en pos de la chica desnuda.
Ya se encontraba a mitad de la manzana y se diriga hacia una bocacalle muy
transitada, atrayendo las miradas atnitas de la gente.
Detnganla! grit Ben.
Nadie se movi; permanecieron en sus lugares petrificados, orquestados por la
sirena de una fbrica que de pronto atraves el aire anunciando el medioda.
Sobreponindose a la fatiga dolorosa de sus pulmones, Ben sigui corriendo lo ms
rpido que poda. Dos personas interceptaron a Annie obligndola a aminorar su
carrera. Ben avanz acortando distancias; sus pies golpeaban rtmicamente sobre las
losas de cemento gris.
Annie! grit tratando de enjugarse con la mano el sudor que le penetraba en los
ojos.
La chica tropez, estuvo a punto de caerse, tropez otra vez, lanz un grito y alz la
mano que aferraba las fotos. Estaba en la bocacalle; se volvi y mir de frente a Ben
como si deseara que la alcanzara, que la detuviera, que la liberara de su vida
atormentada.
Ben se detuvo, apenas a unos pasos de distancia. Detrs de Annie el trnsito flua en
olas espasmdicas. Las calles estaban atestadas de peatones que observaban llenos
de asombro la increble escena: una chica desnuda que hua gritando con unas fotos en
la mano, un hombre que la persegua; los dos mirndose fijamente, como animales
salvajes.
Annie... quiero que vengas conmigo. Puedo ayudarte. Hizo una profunda
inspiracin para recobrar el aliento. Por favor, Annie, s que entiendes lo que te digo.
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La chica no dijo nada; segua echando espuma por la boca y temblaba con una
extraa vibracin, como si la temperatura de su cuerpo se hubiese elevado ms all de
lmites humanos.
Ben trat de pensar, de adoptar una conducta lgica. Una chica sumida durante aos
en un trance catatnico despertaba de pronto con furia salvaje. Deba esperar >
correr hacia ella?
Por favor... hganse a un lado. La multitud se haca ms densa; oa los
murmullos mezclados a las risas. Esta chica est muy enferma; por favor.
Nuevamente se dirigi a Annie, trat de convencerla. Oy decir a alguien a sus
espaldas que llamaran a la polica. Pero ya no poda retroceder. Tena que hacerse or
por Annie, tena que tranquilizarla. Acaso entenda sus palabras? Imposible saberlo.
La agitacin de la chica creca por momentos. Una lgrima rod por su mejilla. Se
tambale, sus labios se movieron y entonces lanz un aullido estremecedor, mil veces
peor que el que lo haba espantado un rato antes en boca de Thompson.
Dio un paso hacia adelante de Annie, se larg a cruzar la calle serpenteando entre
los automviles. Un auto roz la cadera de Ben, quien sigui adelante mascullando una
maldicin.
Un mnibus dobl por la esquina y Annie se le tir por delante. El chofer trat de
frenar pero patin y la atropello apretndola contra el vehculo detenido con el motor
ahogado. Annie empez a echar sangre por la nariz y la boca y cuando Ben lleg
corriendo a su lado slo pudo or los sonidos jadeantes de una horrible agona. Trat de
levantarla, pero ya estaba muerta.
No... murmur , no... Por Dios! Una violenta arcada le llen la boca de bilis.
La multitud lo cercaba; a lo lejos se oyeron sirenas policiales. Alguien le golpe en la
cabeza y cay mareado sobre el macadn, luchando con la inconsciencia que le
invada. Pareci pasar una eternidad. Luego su visin se aclar, se puso de rodillas y
trat de encontrar las fotos. No haba ni rastro de ellas. Se meti debajo del mnibus y
de los autos ms cercanos. Las fotos haban desaparecido.
Se puso de pie y empez a alejarse. Tena que volver a la casa, tratar de reanimar al
padre de Annie. Y deba irse antes de que llegara la polica. No quera pasar por otro
interrogatorio.
Abandon la escena del accidente y volvi a la casa de Thompson. El hombre segua
tirado en el piso del hall y la enfermera estaba en el living, llorando.
El seor Thompson...? pregunt Ben al entrar en la habitacin.
Muerto. Llam a la polica y ped una ambulancia.
Entiendo.
Me preguntaron su nombre, pero yo no lo saba. Pidieron que los esperara.
Entiendo repiti Ben. Tena que irse de all.
Llegarn de un momento a otro.
Muy bien. Ben pase a su alrededor una mirada de fiera acosada. Tengo que
ir un momento hasta mi auto. Vuelvo enseguida.
Sin salir de su torpor, la mujer hizo un gesto de asentimiento.
Ben volvi al hall, se detuvo un momento para mirar el cuerpo de Thompson y sali a
la calle.
Annie haba hallado la paz; tambin su padre. Tal vez fuese mejor para los dos,
pens Ben mientras caminaba rpidamente hacia la esquina.
Tal vez.
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Ben cerr la puerta de la cabina telefnica y mir su reloj. Dentro de diez minutos
debera tomar el avin para Nueva York. Le sobraba tiempo.
Sac un taln del bolsillo, mir el nmero de telfono y marc. Lo atendi la
telefonista de Tecnicolor, de Nueva York. Pregunt por el jefe de revelado y esper un
momento.
Seor Burdett... La voz del hombre sonaba tensa.
Oiga dijo Ben, ser breve porque estoy por tomar un avin. Perd todas las
fotos. Quiero que saque otras copias.
Silencio.
Hola!
S, seor Burdett, lo oigo. Pero no puedo.
Por qu? pregunt Ben con la garganta apretada.
Alguien entr anoche en el laboratorio y se llev los negativos.
Despus de una larga pausa, Ben pregunt:
Slo sos?
S, por increble que parezca, slo sos.
Ben apart el auricular de su oreja y se qued mirndolo.
Seor Burdett? se oy la voz del hombre en el telfono Seor Burdett?
Ben no dijo nada. Dej caer el receptor, sali de la cabina y se encamin hacia las
puertas de vidrio que se abran sobre las pistas.
Un solo pensamiento ocupaba su mente; las palabras se destacaban como en un
indicador elctrico: TE ESPERA LA BATALLA DE TU VIDA.
13
Ben! salud el Padre McGuire acercndose por la galera.
Espero no interrumpirle contest sonriendo Ben.
Claro que no. McGuire le estrech la mano. Qu sorpresa.
Andaba cerca y no pude resistir la tentacin de caer por aqu.
Hizo muy bien. McGuire pareca genuinamente contento. Me preguntaba
cundo tendra noticias de ustedes. La verdad es que pensaba llamarlos. Le mostrar
mi agenda, los tengo anotados para el sbado.
Me alegro de verlo, Padre.
Venga, beberemos un vaso de vino en mi oficina. Y me dar noticias de Faye y
J oey.
McGuire seal la ltima puerta del corredor sobre la derecha y condujo a Ben a un
cuarto pequeo y desordenado, en el que slo se vean algunos smbolos religiosos.
Sirvi dos vasos de vino, tendi uno a Ben y se instal detrs de su escritorio. Apenas
si su cabeza era visible detrs del montn de libros y papeles.
Y qu lo trajo al barrio, Ben?
Mi libro. Varios captulos estn ambientados en calles de esta zona, de modo que
las recorro para dar una nota de autenticidad. Tomo nota de algunos nombres y me
empapo de las caractersticas y la arquitectura del barrio. Bebi un sorbo.
Excelente vino.
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McGuire se mostr complacido.
Me alegro de que le guste, Ben. El vino es una de mis manas. Lo que usted est
bebiendo es DucruBeaucaillou cosecha sesenta y cuatro. Fue uno de los mejores
aos.
Ben sabore otro trago y dej que el bouquet impregnara sus fosas nasales.
Es aqu donde escribe usted por lo general? pregunt.
Siempre repuso McGuire. Cierro la puerta y dejo el mundo afuera.
Ojal tuviera yo esa disciplina.
Todo es cuestin de que la mente se imponga a la materia. Nada ms.
Ben sonri, se repantig en la silla de cuero, carraspe y juguete nerviosamente
con su vaso.
McGuire lo observaba con atencin.
Bueno, cunteme de Faye. Est bien?
Ben vacil.
S, aunque estuvo enferma. En nuestro edificio ocurri un hecho muy
desagradable. Hubo un asesinato y Faye descubri el cadver. Le produjo un impacto
muy fuerte y estuvo varios das en estado de shock.
Como en un movimiento de precisin, la expresin de McGuire se apag y volvi a
iluminarse.
Qu terrible! Y ya se repuso?
Todava est tensa. Y no ha podido retomar su trabajo. Quiz la semana que viene
se sienta lo bastante bien como para volver al yugo.
Transmtale mis mejores deseos de pronta mejora. Y si hay algo que yo pueda
hacer, visitarla por ejemplo, estar encantado de hacerlo.
Ben hizo un gesto negativo y se inclin hacia adelante.
No. Faye est bien y tenemos excelentes vecinos. Aunque por supuesto su visita
siempre ser bienvenida.
Los dedos de McGuire se movieron rpidamente sobre el abrecartas de plata que
tena sobre el secante. Ben notaba en su actitud una reserva que las palabras amables
del sacerdote no lograban borrar.
Algo no anda bien, Padre?
No, claro que no. Por qu me lo pregunta?
No s. Lo veo muy distante.
McGuire movi la cabeza asintiendo.
Me pongo as cuando trabajo. Enfermedad profesional. Disclpeme, por favor. Y
cunteme cmo est J oey.
Muy bien. Por suerte es demasiado pequeo para percibir la tensin de su madre.
S, es una suerte.
Y cmo le va a usted. Padre?
Bien, aunque muy presionado por la falta de tiempo. La docencia y el seminario me
exigen enormes energas, y adems escribo. Ojal volviera a tener la soledad de un
crucero.
Ben ech una mirada a los papeles acumulados sobre el escritorio. Fuera lo que
fuese lo que McGuire estaba haciendo, no caba duda de que trabajaba intensamente.
Espero que pueda tomarse un rato libre y coma con nosotros en cuanto Faye se
reponga del todo.
Ser un placer, Ben. Bien lo sabe usted.
J Je ef ff fr re ey y K Ko on nv vi it tz z E El l G Gu ua ar rd di i n n
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Los dos hombres permanecieron en silencio. Ben no recordaba haber mantenido
nunca con McGuire una conversacin tan vaca e insubstancial como sa.
Padre... hay algo que quisiera decirle.
McGuire lo mir con los ojos muy abiertos.
Conozco a una muchacha llamada J ennifer Learson, internada en un instituto
psiquitrico. Los mdicos tratan desesperadamente de descubrir la clave de su
derrumbe mental. Hay un sacerdote, un tal Monseor Franchino, que acaso podra
ayudar ya que tuvo algn contacto con la chica hace aos. Oy hablar de l alguna
vez?
McGuire enarc las cejas y se frot el mentn.
No, el nombre no me resulta conocido. Est vinculado con la archidicesis de
Nueva York?
No lo s. Creo que era residente en Nueva York, pero no tengo idea de la
archidicesis a la que perteneca.
Cundo ocurri todo eso?
Hace quince aos.
Quince aos? McGuire movi la cabeza. Aunque hubiese pertenecido a
la archidicesis de Nueva York, quin sabe qu ocurri en el nterin. Puede haber
muerto. O pueden haberlo transferido...
Tambin es posible que an est aqu. O en algn lugar donde se lo pueda
encontrar.
McGuire asinti.
Podra describrmelo?
No... Y no quiero ponerme pesado, pero necesito ayuda. Llam a la archidicesis y
me dijeron que no lo conocan. Claro que pueden tener sus razones para no dar
informacin. O quiz los registros estn incompletos. Por otra parte, quizs estuvieran
dispuestos a darle informacin a un miembro del clero.
Quiz.
Y si Monseor Franchino pertenece a otra archidicesis, un sacerdote tendra
mayores posibilidades que yo de localizarlo.
Es posible.
Ben sonri.
McGuire se ri.
Me agradara mucho ayudarle. Har algunas averiguaciones y en cuanto sepa algo
se lo har saber.
Seguro que no ser una molestia?
Claro que no, Ben.
Ben se puso de pie y estrech la mano de McGuire.
No s cmo agradecerle.
Tambin McGuire se puso de pie.
No me agradezca nada todava, Ben. No s si podr encontrar al hombre que
usted busca.
De todos modos le agradezco el esfuerzo.
Se encaminaron hacia la puerta.
Padre dijo Ben, debo confesarle que mi visita no fue casual. Vine
concretamente para pedirle ayuda.
Lo s.
Ben pareci sorprendido.
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Cmo lo sabe?
Es usted un mal mentiroso, Benjamin Burdett.
Volvieron a rer.
Le llamar lo antes posible dijo McGuire.
Ben se volvi y se dirigi por el corredor hacia la escalera. Se detuvo al or que
McGuire le llamaba.
Ben, por curiosidad... todava tiene el crucifijo?
S... est en un cajn del escritorio.
McGuire movi la cabeza.
Hasta pronto.
Ben le salud con la mano y empez a bajar la escalera.
El Padre McGuire llam esa misma noche, a las ocho y media.
Creo que he encontrado a su hombre dijo, y poco falt para que Ben dejara caer
el telfono al suelo. Est vinculado con la archidicesis de Nueva York, aunque no
figura en los registros.
Qu puesto ocupa?
Lo ignoro. Trat de averiguarlo pero no pude.
Y Monseor Franchino no le dio ninguna informacin?
No, no lo hizo.
Ben apret el telfono con ms fuerza. Oa llorar al beb en la otra habitacin. Faye
estaba con l; acababan de terminar una cena sencilla y Grace Woodbridge se haba
ido despus de una breve visita.
Puedo verlo?
S. Arregl un encuentro.
Cundo?
Sugiri un almuerzo maana en el Cornell Club. Le dije que hablara con usted y
que si no le daba noticias en contra la cita quedaba confirmada.
Estoy de acuerdo, por supuesto. Ben no poda ocultar su jbilo.
A las doce.
All estar sin falta. Qu dijo cuando usted mencion a J ennifer Learson?
Ese es el problema, Ben.
Problema?
Me asegur que jams conoci a J ennifer Learson. Cuando le dije que el contacto
se haba producido quince aos atrs y que acaso le fallara la memoria, insisti en su
posicin aunque no descart la posibilidad. Por eso acept el encuentro. Pero debo
decirle que se muestra muy escptico.
Veremos, Padre... Franchino no es un apellido corriente.
Bien, espero haberle sido til.
No s cmo agradecerle.
Tngame al tanto.
Por supuesto.
Buenas noches, Ben.
Buenas noches.
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Ben ya haba vuelto al living y estaba sentado frente al televisor cuando Faye sali
del dormitorio.
Quin llam, querido?
Oh... un amigo. Cambi de canal con el control remoto.
Qu amigo?
Qu es esto? Un interrogatorio?
Faye se desliz junto a l en el sof y le ech los brazos al cuello.
Me pareci que estabas muy excitado. No estars vindote con alguna mujer a mis
espaldas, no?
Riendo, Ben le frot los hombros.
Nunca o nada tan ridculo. Qu mujer? Dnde? Ni siquiera tengo fuerzas!
Siempre fuiste muy fuerte conmigo.
T eres especial.
Vamos, Ben rog ella.
El nene duerme? S.
Por qu lloraba?
Quin lo sabe? Ben, ests eludiendo mi pregunta.
Ben apret los labios y esper mientras ella lo azuzaba exigiendo una respuesta.
Muy bien... era el Padre McGuire.
El Padre McGuire? La sorpresa puso una nota aguda en su voz. Por qu no
me pasaste el telfono? Se apart . Cmo pudiste hacer eso? Sabes que me
hubiese encantado hablar con el Padre McGuire.
No te excites, querida. Pronto vers al Padre McGuire. Esta tarde le visit en el
seminario y quedamos en comer juntos... cuando ests del todo bien y puedas salir.
Me siento bien ahora.
Me llam para decirme cunto le haba agradado mi visita. No te dije nada porque
quera que fuese una sorpresa.
Una sorpresa?
S, la cena con el Padre McGuire. Lo haremos la semana que viene. Slo que
ahora ya no ser una sorpresa.
Pues no lo ser.
Ben se concentr en el programa de televisin. Mientras tanto Faye permaneca a su
lado en silencio, an rodendolo con sus brazos. De pronto se puso de pie y apag el
televisor.
Eh! grit l. Qu haces?
Incmoda y ofendida, Faye baj la mirada.
Quiero hablar contigo. Por favor.
Muy bien.
Ben volvi a acomodarse en el sof y Faye se sent en el suelo.
Sabes..., en realidad no hemos hablado mucho desde que encontr el cadver.
Primero, yo no era ms que un vegetal. Luego t estuviste ocupado, no s en qu, pero
ocupado. Casi me siento como si no tuviera marido.
Lo lamento, querida. Los problemas... El libro...
No has tocado el libro!
Es cierto. Hasta hace unos das no andabas muy bien y tu estado me preocupa.
Por eso no estuve muy conversador. Esto ha sido muy difcil para los dos. Y ahora lo
nico que quiero es que olvidemos todo el incidente.
Faye le acarici la mano; sus rasgos estaban tensos por la emocin.
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Fue tan duro murmur casi al borde de las lgrimas. No s por qu tuvo que
pasar todo esto. Estbamos tan bien. Y ahora...
Todo ha pasado dijo l muy serio. No quiero volver a hablar del asunto. No
quiero que te tortures. Mi amor, no hiciste nada malo. Slo encontraste un cadver. Y
qu? Ya ests repuesta. Puedes volver al trabajo cuando quieras. De modo que no hay
razn para que todo no sea sonrisas en esta casa. Hace apenas unos das, cuando
vinieron Sorrenson, J enkins y Grace Woodbridge, t te sentas perfectamente feliz.
Qu pas desde entonces?
No s, quiz pienso demasiado. Ben... qu te parece si nos mudamos?
Tambin l lo haba considerado, pero segn las palabras de Gatz, mudarse no
servira de nada.
Por qu?
No s, para alejarnos del edificio, de los recuerdos.
Vamos, Faye, ya lo superars.
Ben! exclam ella con un estremecimiento , no quiero seguir viviendo al lado
de la monja. No puedo soportarlo. El solo pensar que est all me vuelve loca.
Pero siempre estuvo all, desde que vinimos a vivir a la casa. Por qu ibas a
querer mudarte ahora?
Porque s! Todo este lugar es extrao. Cmo explicas lo de la plataforma que se
cay? Max Woodbridge me dijo que la administracin no haba encargado ningn
trabajo. Por qu estaba en la casa, y por qu se cay?
Por Dios, Faye, cmo quieres que yo lo sepa?
Sabas que la ventana de la monja est abierta?
Bromeas. Se habrn olvidado de cerrarla?
No... mira desde la calle. Mrala.
Muy bien; est abierta. Y no han descubierto la identidad del asesino. Es posible
que todava ande por aqu. Y nadie ha encontrado a Lou Petrosevic. Etctera, etctera.
Ben la mir fijo.
Qu quieres que te diga?
Nada. Slo quiero que comprendas lo que sucede dentro de m.
Muy bien. Comprendo. Y pensar lo de la mudanza. De acuerdo?
Faye hizo un gesto afirmativo.
Eso es todo?
No dijo ella con brusquedad.
Entonces qu, Faye?
ltimamente te conduces de un modo muy extrao, Ben. Quisiera saber por qu.
Ben trat de mantener la compostura.
A qu te refieres?
Admito que mi estado te haya impedido dedicarte al libro, pero aun as hubiera
deseado tenerte cerca. No s si te das cuenta de lo mucho que has faltado de casa. La
noche en que cay la plataforma me despert, aunque a ti te dije que no. No estabas.
En mitad de la noche! Luego, recib una llamada de American Airlines; queran verificar
el nmero de tu tarjeta de crdito. Estuviste en Siracusa el jueves, cuando dijiste que
habas ido a la biblioteca en busca de datos. Y bien, sabes que nunca te interrogu ni
vigil tus idas y venidas, pero acaso no sentiras t curiosidad si estuvieras en mi lugar
y de pronto tu marido desapareciera inventando excusas insostenibles? No la senti-
ras?
S admiti l.
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Y entonces?
La noche de la plataforma no pude dormir y sal a dar una vuelta.
Faye no se movi.
Y lo de Siracusa?
Estuve all por trabajo. El Village Voice me pidi que investigara una historia. Tom
el avin, habl con la gente y al volver present mi informe al diario. Si quieres te dar
el nmero de la secretaria de redaccin. Puedes llamarla y confirmar lo que te digo.
Afortunadamente, Faye dijo que no era necesario.
Si todo esto te molest, debiste habrmelo dicho. Las explicaciones son muy
simples. Y adems sabes que nunca te he ocultado nada. Ni te he mentido. No es
as?
S. Faye se senta incmoda.
Pues entonces enterremos todo el asunto. Si quieres hablar de mudanza, lo
haremos por la maana. O mejor, pinsalo. Decide si de veras quieres mudarte. En tal
caso, veremos. Te parece bien, querida?
S... supongo que s.
Hemos convertido una hormiga en un elefante.
Quiz dijo Faye con muy poca conviccin.
Pero ahora todo est olvidado.
Faye asinti y ri como para s misma.
Quieres que vuelva a encender el televisor? Hizo ademn de levantarse.
No... lo nico que quiero es que te acuestes a mi lado y te relajes.
Es lo nico que quiero. Ven.
Faye se desliz a su lado y lo envolvi en sus brazos acaricindole la espalda con
sus labios suaves.
Te quiero murmur.
Y yo a ti. No lo dudes jams, ni por un instante. Promtemelo!
Prometido dijo ella en un susurro.
Ben cerr los ojos y se entreg a la sensacin de su cuerpo fundindose con el de su
mujer. No haban hecho el amor desde su regreso a Nueva York y la deseaba
intensamente. En momentos como se casi lograba convencerse de que el drama que
estaba viviendo no era ms que una pesadilla pasajera. Casi... Pero por muy relajado
que estuviera, por mucho que lo absorbieran sus sensaciones, all estaban las
inolvidables experiencias de las ltimas semanas, las palabras profticas de Gatz, el
rostro de J ennifer Learson, el inspector Burstein, Annie Thompson y su padre, el cuerpo
en la mquina compactadora, un hombre llamado Franchino, y tantas coincidencias
ilgicas, absurdas... El crucifijo, la plataforma derrumbada, la muerte de Gatz, la monja.
Y ms y ms.
Una embestida aniquilante encerrndolo como una harpa. Dnde iba a terminar?
Y cmo? La nica esperanza que le quedaba era Monseor Franchino. Ojal fuese el
Franchino que buscaba, desenterrado tras quince aos de anonimato. Maana lo
sabra. Mir a Faye en la oscuridad y quiso decir algo, pero no pudo. Estrech su
abrazo y la bes en la cara, luchando por tranquilizar su mente y alejarla del misterio
que la acosaba.
Monseor Franchino.
Maana.
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Es una historia interesante, seor Burdett dijo Monseor Franchino picando de
su plato de fiambres . Muy interesante.
Sonriendo, Ben coloc las dos manos sobre la mesa. El saln estaba colmado y casi
todos los comensales estaban ataviados con trajes serios y conservadores. Las luces
del techo eran suaves y los ruidos llegaban amortiguados. Haca poco ms de media
hora que se encontraban all. Monseor Franchino se haba retrasado unos minutos.
Pero adems de que es totalmente descabellada, yo no soy el Franchino implicado
en ella, si es que de veras hubo un Franchino implicado y si hubo en qu estar
implicado.
Entiendo dijo Ben con la boca llena.
Pero permtame hacerle una pregunta obvia. Con un ademn cuidadoso
Franchino se quit una miga de pan enredada en el pelo blanco de su mano derecha.
Suponiendo que todo eso hubiese ocurrido y que yo fuese el hombre, para qu
querra usted encararse conmigo?
Qu mejor manera de llegar al corazn del asunto?
Franchino asinti y se llev el tenedor a la boca.
Revis los registros de la archidicesis y comprob que hubo varios Franchino en
su jurisdiccin.
Monseores?
No repuso Franchino sonriendo.
Ben adopt una expresin de neutralidad. Estaba decidido a llevar a Franchino a un
terreno defensivo, aunque se daba cuenta de que el sacerdote jugaba con l,
manejndolo con los mismos escamoteos con que maneja a un jurado un experto
litigante.
Usted se encontraba en Nueva York durante el perodo que le mencion?
Ya le dije que no estuve implicado.
Entiendo, pero...
Seor Burdett, si eso lo hace feliz... no, no estaba en Nueva York. Estaba en
Roma. En el Vaticano.
Ben bebi un sorbo de vino.
Le dir, Monseor. Hace casi una hora que estamos hablando. Le he escuchado
atentamente y no tengo ninguna razn para dudar de lo que me dice. Pero por
desgracia, dudo.
Aunque permaneci sentado, todo el cuerpo de Franchino pareci elevarse.
Me acusa usted de mentiroso?
Digamos simplemente que no le creo. Puede usted tildar de disparatada la historia
de Gatz, pero he visto y odo demasiado para descartarla sin ms. Y por supuesto est
la monja.
Una mujer muy desgraciada.
Tal vez.
Es usted muy poco caritativo, seor Burdett. Examin los antecedentes de esa
monja. La archidicesis se encarga de su manutencin. Pas casi toda su vida
enseando en una escuela parroquial del Bronx. Como integrante del personal del
hospital San Vicente prest servicios a enfermos graves. A los cincuenta y seis aos
enferm de esclerosis mltiple y desde entonces se convirti en una carga para la
Iglesia.
Ben lo mir con recelo.
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Por qu acept este encuentro si es inocente? Por qu no le dijo a McGuire que
usted no era el hombre... y punto?
El Padre McGuire insisti mucho.
Vamos, vamos, Monseor Franchino. Hasta dnde pudo llegar su insistencia? Yo
no le cont nada. Y estoy seguro de que el buen Padre no le retorci el brazo para
obligarlo a venir. No, Monseor Franchino, sospecho que usted acept este encuentro
para descubrir cunto s y a quin conozco.
Los ojos de Franchino llamearon.
No quiero ser ofensivo, seor Burdett, pero usted es un hombre suspicaz y
altamente inventivo que, o bien est jugando a algn juego oscuro o sufre de un
desorden psictico.
Le parece?
Franchino se arregl las mangas de la chaqueta.
Y no estoy acostumbrado a que me acusen de pecados mortales. De asesinato,
subterfugio y coordinacin de siniestras conspiraciones contra seres infortunados.
Yo no lo acus de nada.
Pero est implcito en lo que me dice.
Es posible que la vida de mi mujer est en peligro. Y acaso la ma. Si usted ve
propsitos ocultos en mi honesto intento de llegar a la verdad, lo lamento. Claro que si
estoy en lo cierto es lgico que se sienta acusado.
Un ayudante retir los platos de fiambres, mientras los dos hombres se miraban en
silencio y beban vino. Momentos ms tarde llegaron los platos principales y Ben
reanud la conversacin.
Conoca usted al Padre McGuire?
No.
Un hombre magnfico. Muy brillante. Es un crdito para la Iglesia.
No lo dudo.
Pasamos algn tiempo juntos en un crucero. La ltima noche un hombre trat de
entrar en mi camarote. No lo consigui, pero dej un crucifijo colgado del picaporte.
Al parecer es usted objeto de una inquisicin. Franchino ri. Quiz debera
consultar a la polica. O contratar un detective privado.
O tal vez debera tratar de conseguir una audiencia con el Cardenal.
Este es un pas libre, seor Burdett. Prob un bocado de su roast beef, bien
cocido. La comida es muy buena. Espero que la disfrute.
Lo intentar, Monseor. Claro que resultara mucho ms digerible si yo estuviera
con buen nimo, y seguramente estara con buen nimo si usted me dijera la verdad.
Pero si no he hecho otra cosa, seor Burdett!
Perdone mi lenguaje. No estoy acostumbrado a hablarle de este modo a un
sacerdote, pero lo que usted me dijo es pura mierda. Ben no alz la voz; su tono
segua siendo amable. Gatz me dijo que Michael Farmer despus de entrevistarse
con Franchino le cont a J ennifer Learson los resultados del encuentro.
Ya hablamos de eso.
Faltaba un detalle. Farmer fue muy preciso en su descripcin del hombre. Tambin
lo fue la seorita Learson. Y Gatz. Segn parece, las manos de nuestro Franchino eran
muy grandes y musculosas. En el dorso de las palmas tena largos penachos rizados
de pelo blanco. Asi la mano derecha de Franchino y ste no trat de retirarla.
Como estas manos, Monseor. La dureza de la expresin de Franchino sacudi a
Ben. Usted era el hombre con quien Michael Farmer se entrevist quince aos atrs.
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Usted era el hombre ntimamente vinculado a Allison Parker, que es la monja de la
ventana. Y usted es el hombre que quiere apoderarse de mi mujer!
Con un brusco movimiento Franchino se puso de pie tratando de controlarse. Su
figura corpulenta se irgui amenazante sobre la mesa.
Pase usted buenos das, seor Burdett dijo arrojando la servilleta sobre el
plato. La comida est pagada. Que la disfrute. Les deseo lo mejor a usted y a su
mujer. Y espero que no vuelva a molestarme.
Franchino sali a paso vivo del saln. Sin decir una palabra, Ben aguard un
momento y luego se acerc a la ventana que daba sobre la Tercera Avenida, y vio que
el sacerdote suba a un taxi.
Sonri.
Era el Franchino que buscaba.
14
Llova cuando Monseor Franchino lleg a la terraza de la calle Ochenta y Nueve
Oeste 81, junto a la excavacin de la iglesia de San Simn, y enfoc sus binoculares
hacia la ventana de la Hermana Thrse. Estaba abierta, pero eso no le preocup.
Biroc haba informado sobre el incidente de la plataforma a pocas horas de ocurrido.
Tambin fue Biroc quien sigui a Burdett a Siracusa y le quit las fotos a la chica
agonizante, y quien rob los negativos del laboratorio. J oe Biroc era un hombre muy
til.
Franchino apunt los binoculares a los ojos de la Hermana Thrse. Las densas
cataratas brillaban como faros. Pero por horrible que pudiera parecer, la mujer era una
visin hermosa, el ngel de Dios en la Tierra, y gracias a su devocin haba salvado su
alma. Muy pronto se le concedera el descanso eterno y entonces se reunira con su
Dios, como antes que ella lo haba hecho el Padre Halliran.
El Padre Matthew Halliran, nacido William O'Rourke. Quince aos haca ya que no
era ms que un recuerdo. De no ser por el vivo golpeteo de las gotas contra su cara y el
intenso fro que le morda la piel, Franchino acaso hubiera puesto en duda el rpido fluir
del tiempo. A travs de los binoculares le llegaba la visin del pasado, surga aquella
noche, muchos aos atrs, cuando desde ese mismo lugar haba apuntado unos
binoculares parecidos, al departamento del tercer piso que ocupaba Allison Parker.
Tambin aquella noche llova.
Al comprender que Chazen se dispona a actuar contra la chica, Franchino haba
acudido apresuradamente y lleg en el mismo momento en que una figura cruzaba la
calle y entraba en la casa de piedra marrn, una figura identificada ms tarde como el
detective J oseph Brenner. Poco despus Allison Parker, histrica, cubierta de sangre,
apareci en la calle y se lanz a correr bajo la lluvia. Franchino la vio alejarse y entr en
la casa marrn. Qu haba ocurrido? Qu haba hecho Chazen? Y quin haba
entrado al edificio? De pronto encontr el cuerpo del detective Brenner, asesinado de
varias pualadas. Rpidamente lo sac de la casa, lo deposit en el bal de un auto
abandonado y regres al cuarto A para eliminar las huellas de sangre que pudiera
encontrar, aunque tena la certeza de que Chazen alterara las habitaciones para que la
polica no descubriera rastros de lucha. Cumplida la tarea sali del departamento, y fue
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entonces cuando se enfrent con Chazen, de pie en el rellano del tercer piso. J ams
haba experimentado semejante terror. Con el cuerpo cubierto de sudor y penetrado de
dolor hasta el alma, permaneci inmvil haciendo frente a ese objeto maligno mientras
rogaba a Cristo que lo guiara, le diera fuerzas y lo ayudara a sobrevivir. Y de alguna
parte lleg la ayuda. Ante sus ojos Chazen pas a otra dimensin y desapareci.
Franchino recordaba que despus de volver a la archidicesis pas la noche tirado
en su catre boca abajo, llorando. Y luego las imgenes se esfumaron y volvi al
presente... la Hermana Thrse, Ben y Faye Burdett, la lluvia, el fro, las pequeas
punzadas de angina que haba sentido durante el da, cuando acept el hecho de que
una vez ms Chazen se dispona a entrar en accin.
Faye llam Ben adormilado, tratando de distinguir algo en la oscuridad del
dormitorio.
No haba luz en la habitacin. Ni movimiento.
Faye! Ha de estar en la cocina, pens.
Qu hora era? Las tres? Cristo!
El beb se volvi hacia el otro lado y tosi entre sueos.
Ben encendi la luz y salt de la cama. Le dola la cabeza. Ideas negras del
almuerzo del da anterior con Franchino le haban horadado un agujero en el cerebro.
Faye! volvi a llamar asomndose al living.
Nadie en el sof; nadie en la cocina. El bao? No.
Aguz el odo. Llova. A dnde habra ido Faye?
Se visti rpidamente, sali al pasillo y prest atencin al pasar por delante de los
otros departamentos. Tena la esperanza de or voces, la voz de Faye. Quiz no poda
dormir y haba ido a ver a Sorrenson, o a J enkins. Pero no oy nada.
Llam el ascensor y baj.
El portero nocturno dorma en un sof, con un paraguas hmedo apoyado contra las
piernas.
Ben lo despert.
S...? dijo el hombre sobresaltado.
Vio a mi mujer?
El portero lo mir.
Debo haberme quedado dormido. Por quin me preguntaba, seor Burdett?
Mi mujer!
No..., no recuerdo haberla visto. No s cmo me dorm.
Ben asinti, mientras pensaba rpidamente. La calle? Tal vez. Pero por qu?
Tendra que estar loca para salir bajo la lluvia en medio de la noche. Dnde,
entonces?
Si la ve, avseme por el portero elctrico.
Por supuesto, seor. El portero se puso de pie con esfuerzo y se arregl la
chaqueta.
Ben volvi al ascensor y marc el piso veinte.
Dnde? Por qu? Ms preguntas. Su mente era una total confusin.
El ascensor se detuvo y el ruido de la puerta al abrirse rompi el silencio.
A punto de bajar, se apoy contra el marco de la puerta. De pronto supo. El
subsuelo! Faye estaba all abajo!
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Retrocedi hasta el interior y apret el botn del subsuelo. Nuevamente el ascensor
empez a descender. Pero esta vez pareca arrastrarse. Ben casi poda palpar el lento
transcurrir de los segundos burlndose de l. De pronto se sinti claustrofbico.
El subsuelo apareci al otro lado de la puerta corrediza y Ben baj. En algn lugar
del corredor, ms adelante, oy gotear una canilla. Quizs en el cuarto del portero.
Tambin se oa el ruido de la caldera.
Debera llamar? No.
Faye no haba estado en el subsuelo desde la noche en que se descubri el cadver.
Para qu habra bajado ahora? No tena sentido.
Al doblar un recodo oy algo a sus espaldas. Haba alguien all, y no era Faye.
Unos pasos ms y ahora estaba convencido de que haba vida cerca de l. Senta la
presin de un pecho jadeante que se esforzaba por calmar su respiracin para no
traicionarse.
Podra ser Faye? Tena la certeza de que no era as. Faye estaba en alguna parte,
ms adelante.
El corredor giraba a su alrededor mientras con paso vacilante se adelantaba hacia el
compartimiento de la mquina compactadora. Se detuvo a pocos pasos. Ese era el
lugar... Sangre. Un cadver. Muerte... Qu haca Faye all?
Faye... llam. Si estaba en el compartimiento lo oira.
No hubo respuesta, pero sus sentidos percibieron con mayor intensidad la presencia
humana. Haba alguien delante de l, y alguien detrs.
Agarrndose de las paredes se adelant paso a paso hasta el cuarto y mir hacia el
interior.
La luz roja estaba encendida. De pie frente a la mquina compactadora se hallaba
Faye, erecta, petrificada.
Faye!
Ella no se movi.
Entr y la tom por los brazos; estaba rgida. Volvi a llamarla por su nombre y a
sacudirla. Sumida en un trance, aunque lo vea no registraba nada.
Ven, querida, te llevar arriba.
Trat de volverla hacia l, pero Faye tena los pies clavados en el suelo. Tendra que
arrastrarla hasta el ascensor.
La tom por la cintura y en ese momento se qued inmvil. Oy voces en el corredor,
un susurro bajo, sibilante, gatuno.
Faye... me oyes?
Risas en el corredor.
Quiz no fuera nada. Vecinos, chicos que venan de la calle, el portero... Pero a esa
hora de la madrugada?
Hay alguien all? pregunt como un idiota, afectando naturalidad.
Slo le respondi el silencio.
Asom la cabeza y se dispona a volver a preguntar cuando sinti una descarga de
dolor. Se agarr la cara. La sangre le corri por las manos. Otra descarga dolorosa. La
sensacin de puos chocando contra su cara.
Tres hombres lo rodeaban golpendole la cabeza. A travs de la lluvia de sangre
slo lograba distinguir las caras. Eran adolescentes, todos negros. Uno esgrima un
cuchillo. El ms alto tena una cicatriz que le cruzaba la frente.
Ben alz las manos para protegerse. El muchacho del cuchillo le hizo un tajo en la
mueca. Los otros seguan lanzando puetazos.
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Ms sangre.
Lo arrastraron dentro del compartimiento de la mquina compactadora, lo ataron y
empezaron a patearle los genitales.
Asustado, amiguito?
Dios... alguien tena que venir a detener ese espanto. Por favor!
Asustado?
Agrrenla!
No le hagan nada!
Cierra el pico, hijo de puta.
Ben gimi cuando un puntapi aterriz en su entrepierna.
El muchacho alto desgarr la blusa de Faye y le mordi los pechos.
Uno de sus compaeros grit algo en espaol.
Ben grit cuando vio el cuchillo sobre el pecho de Faye y la sangre corrindole por la
piel.
La tiraron al suelo patendola. Faye sali de su trance.
Ben grit al verlo doblado sobre s mismo.
Trat de acercarse pero uno de los muchachos le pis el brazo hundindole el tacn
en la carne y lacerando la piel.
Los tres cayeron sobre ella babosendole la cara con sus lenguas. Cada vez que se
resista le lanzaban una lluvia de puetazos hasta que grandes costurones rojos le
cubrieron las mejillas y acab por quedar sumida en un total estupor.
Cuando Ben trat de protegerla, los atacantes le golpearon la cabeza contra la
pared. Luego se quitaron la ropa y arrastraron a Faye hasta apoyarla en la cmara de
compactacin.
Por favor, djenme! No me lastimen!
Cllate, sucia puta!
Pide, pide el dulce, que te lo vamos a dar!
No! grit Ben.
Entre los tres la zamarrearon, golpearon y hurgaron sus genitales.
Faye balbuceaba histricamente bajo los golpes.
Ben rod boca arriba, alz la cabeza y observ el revoltijo de cuerpos. Luego se
arrastr hacia Faye deslizndose sobre su propia sangre, se incorpor a medias y
aferr una pierna negra y lampia.
Los matar a los tres!
Uno de los negros levant el pie. Ben lo vio venir hacia l; la bota negra llen su
campo visual. Sinti un golpe sordo en la frente.
Y luego no hubo nada.
Con la cara empapada de agua y transpiracin, Monseor Franchino cruz la calle
corriendo, pas bajo la ventana de la Hermana Thrse y se dirigi a la entrada trasera
del edificio. Con aire sombro cruz los charcos, entr al subsuelo y rpidamente enfil
hacia el cuarto del compactador.
Algo haba ocurrido, y se era el lugar.
Cunto tiempo haba estado en la terraza azotada por la lluvia? Ya no importaba.
El cuarto estaba ms adelante.
Ningn ruido... salvo quizs algn quejido.
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Volvi a sentir la punzada en el pecho. Las pastillas? Las haba dejado sobre la
baranda de la terraza.
Qu estaba haciendo Chazen? Y por qu?
Dios le diera fuerzas!
El calor era sofocante. Costaba respirar. O acaso slo sera una manifestacin del
terror que senta?
Al acercarse al cuarto de la mquina compactadora, aferr su crucifijo y entr.
Apoyado en la pared estaba sentado Ben Burdett con la cara cubierta de
magulladuras. Sobre su regazo descansaba la cabeza de Faye. La mirada vaca de la
mujer estaba clavada en el techo. Respiraba dbilmente.
Ben concentr su atencin en Franchino.
Franchino se acerc ms y se arrodill. No dijo nada.
Ben se pas la lengua por los labios lastimados, aspir ruidosamente para
despejarse la nariz y estrech con ms fuerza el cuerpo de Faye, quien dej escapar un
gemido.
Monseor Franchino... murmur Ben. Monseor Franchino.
Haba salido el sol, pintando la ciudad con una capa espectacular de luz
incontaminada. En la calle, bajo el departamento de los Burdett, empezaban a orse los
primeros ruidos del da. Faye yaca en la cama, sumida en un sueo agitado, la cabeza
cubierta de vendas. Ben y Monseor Franchino, exhaustos, beban caf sentados junto
a la mesa del comedor. En la ltima media hora Ben no haba hecho ms que ocuparse
furiosamente de Faye y ahora, sentado frente a Franchino, la furia an no lo haba
abandonado.
Es hora de que usted y yo ventilemos la verdad, Monseor!
Franchino baj la mirada y bebi un sorbo de caf.
O piensa seguir jugando al inocente?
No. No pienso jugar a nada.
El gesto de Franchino era sombro y sin embargo, mucho ms abierto que el que le
recordaba Ben durante el almuerzo.
Qu haca usted en el subsuelo, Monseor?
Franchino respir hondo.
Baj a buscarlos a ustedes .
Segua transpirando; el sudor manaba sobre las marcas de viruela que le cubran la
cara.
Cmo saba que estbamos all?
Lo saba.
Pero cmo?
Acaso importa, seor Burdett? Saba que estaban all. Saba que algo iba a
ocurrir.
Por qu no lo impidi?
No poda.
Ben derram caf sobre el mantel.
Por qu no poda?
Careca del poder necesario.
Oiga, Franchino, ya pas por esas adivinanzas en el almuerzo y no estoy con
humor para aguantarlas ahora. Tres adolescentes negros nos atrapan en el cuarto de la
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compactadora y nos golpean. Cinco minutos despus de irse ellos, llega usted: la
caballera salvadora. Luego dice que saba que eso iba a ocurrir pero que careca del
poder necesario para impedirlo. Franchino, debo admitir que si todo esto le ocurriera a
otro me reira con ganas. Pero me ocurre a m, y no me ro.
Franchino se inclin sobre la mesa.
La Hermana Thrse dijo, la monja del departamento contiguo, fue una vez
Allison Parker. La Hermana Thrse es el Centinela. Todo lo que le cont el detective
Gatz ocurri y es cierto. El papel del Centinela es tal como usted lo entiende. Hay otras
cosas que usted no sabe, pero lo que sabe es suficiente.
Por fin la verdad. Despus de tanto escarbar, se la ponan en las manos.
Por qu me dice todo esto ahora?
Porque necesito su ayuda.
En qu forma?
Se lo explicar.
El Padre McGuire sabe algo de esto?
Franchino hizo un pausa; luego dijo:
No. No conoca al Padre McGuire antes que l se pusiera en contacto conmigo.
Entiendo. Ben se enjug la transpiracin de la cara. De modo que la Hermana
Thrse est sentada junto a esa ventana para impedir que Satans se acerque.
Debera rer?
Precisamente.
Y si Satans decidiera aparecer en Etiopa o en algn otro lugar del mundo
dejado de la mano de Dios?
No importara. Aunque el Centinela cumpla su guardia en la ventana del
departamento de Nueva York, abarca el mundo entero. El departamento es un valor
fsico que perciben los humanos. Las facultades del Centinela son etreas,
omnipotentes y omniscientes. Puede estar en cualquier lugar en cualquier momento. Es
el ngel de Dios en la Tierra, el instrumento de sus poderes. En realidad, lo mismo da
dnde se encuentre. El asiento fsico del Centinela ha sido cambiado muchas veces a
lo largo de los aos segn el capricho de los guardianes religiosos del Centinela, ms
que por cualquier otra razn. El Padre Halliran cumpla su mandato en una casa antigua
de piedra marrn, en este mismo solar; la Hermana Thrse lo hace aqu, como usted
sabe. Y la Hermana Tomasina o Faye Burdett, si usted prefiere, su sucesora,
probablemente lo haga aqu, o quizs en algn otro lugar.
Controlando su ira Ben pregunt:
De modo que Faye ser el prximo... Centinela?
S.
Y de veras cree que yo le permitir salirse con la suya?
No podr impedirlo. Es la voluntad de Dios. Por otra parte, hijo mo, no lo
considere un destino horrible. El Centinela es un ser bienaventurado. Dios ha tendido
sobre l su mano, su perdn. Porque cuando Satans pervirti el Edn a travs del
pecado de la humanidad, y Dios declar que sus ngeles celestiales ya no mantendran
su vigilia para impedir el acercamiento de Satans, decret que un miembro de la
humanidad sera su ngel en la Tierra y cumplira penitencia por su pecado, el intento
de suicidio. S..., ser elegido como Centinela es una bendicin, hijo mo.
Linda bendicin! Usted le robar su vida. La desecar como a una ciruela. Ser
ciega. Sorda. Paraltica. Y puede quedarse ah sentado, dicindome que eso es una
bendicin?
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100
Hijo mo, no piense en el mundo slo en trminos de carne mortal. La belleza se
extingue, la gente envejece, la gente muere. Los cuerpos mortales vuelven al polvo. La
carne no es ms que materia sin rumbo. Es en el alma donde radica la esencia de la
vida, la chispa de Dios y Cristo. A eso es a lo que usted debe aspirar. El alma de Faye
Burdett est en peligro mortal. Su mujer debe expiar su pecado, cumplir su penitencia, o
la espera la eterna condenacin infernal. Faye Burdett ha sido elegida para detener a
Satans. Puede entrar en la luz de la gracia de Dios, hacer que por ella se eleven
preces a lo largo y a lo ancho del reino del Seor... Si yo fuera usted, rezara para que
ella pudiera acceder a esa noble condicin.
Hubo un dejo sarcstico en la respuesta de Ben:
Para qu debo rezar, si acaba usted de decirme que es la voluntad inamovible de
Dios?
Porque hay una voluntad opuesta que es casi tan fuerte como sa: la de Satans.
Por un edicto eterno, si el ngel de Dios en la Tierra fuera pervertido, si pecara contra s
mismo, la cadena se rompera. Entonces no habr Centinela y una vez ms, la
humanidad caer en las garras de Satans. Satans tratar de destruir a Faye Burdett.
Tratar de impulsarla a quitarse la vida antes de su transicin al papel de Centinela. No
podemos permitir que eso ocurra, o la humanidad estar condenada. Por encima de
cualquier otra cosa, no podemos permitir que eso ocurra!
Ben movi la cabeza.
Cmo se propone impedirlo?
No lo s. Pero antes que nada debemos identificar al demonio.
Por qu no lo hace el Centinela?
Ojal fuese posible. Los poderes de Satans son inmensos. Puede cambiar de
forma y de lugar, puede hacer cualquier cosa. Es muy difcil extirparlo, pero eso es
precisamente lo que hay que hacer. Para enfrentarme con l, debo antes localizarlo. El
Centinela percibe la presencia de Satans. Satans est en el edificio. Pero hbilmente
disfrazado. Aguarda. Lo ms probable es que haya adoptado la forma de la pobre alma
cuyo cuerpo fue hallado en la mquina compactadora del subsuelo. Estoy seguro de
que Satans destruy el cuerpo y tom su lugar. S... est aqu. Hasta yo puedo percibir
su presencia. Me he enfrentado antes con l. Hay en el aire una vibracin que me hace
temblar.
Usted asustado, Monseor?
Todos debemos estar asustados! Acaso no lo entiende, seor Burdett?
Ben asinti lentamente, agudamente consciente de que el terror ya haba hecho
estragos en su cuerpo.
Y cul es su papel?
Yo no soy ms que el servidor de Dios. Estoy aqu para proteger a la Hermana
Thrse y para cuidar de que la Hermana Tomasina asuma su destino como
corresponde. Seal la ventana. La Hermana Tomasina tendr condiciones
especiales, que ningn Centinela tuvo antes que ella. Una catedral se elevar para
albergarla; ser un monumento a su martirologio. La sostendr, acrecentar su gloria, la
honrar a los ojos de sus hijos. All ver usted pronto elevarse los cimientos de su
dominio y de su resolucin ltima, una cmara bendita irguindose sobre la ciudad... la
transicin... y luego la inmortalidad!
Y si usted fracasa?
Dios nos ampare a todos.
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101
Ben se puso de pie y lentamente camin alrededor de la mesa; Franchino sigui
sumido en su meditacin.
Usted quiere que lo ayude?
S.
Cmo podra? Usted, la vieja monja y todos los curas locos y los brujos que
andan por aqu no lo han logrado. Cmo diablos podra hacerlo yo?
Le aseguro que puede. Debe escucharme y hacer lo que le diga. Buscar las
respuestas a las preguntas que le propondr. Y entonces...
Ben golpe la mesa con violencia y se inclin sobre el sacerdote temblando.
Usted pretende que le ayude a destruir a mi mujer!
Seor Burdett!
Ben aferr a monseor por el cuello del clergy y lo oblig a bajar la cabeza;
Franchino no hizo ademn de protegerse.
Quiere que la destruya! Hijo de perra!
Con ademn calmo Franchino apart las manos de Ben y se enderez.
Le sugiero que se domine, seor Burdett. Las explosiones temperamentales no
nos ayudarn ni a usted ni a m. No quera decrselo, darle demasiadas esperanzas,
pero hay una alternativa.
Qu me quiere decir?
No puedo ser ms concreto. Pero hay una manera de cambiar el destino de su
mujer sin poner en peligro al hombre mortal. Eso se podra lograr con su cooperacin, y
nicamente con ella. Ser difcil. Pero si usted colabora, le ofrezco la posibilidad de
acabar con su sufrimiento.
Sabe perfectamente bien que har cualquier cosa.
No lo dudo.
Es decir, suponiendo por un breve instante de extravo, que crea todo lo que me
est diciendo.
Seor Burdett, despus de lo que usted ha pasado, despus de lo que ha visto y
odo, si an le quedan dudas acerca de la realidad del Centinela y del peligro que
existe, usted es un tonto, un tonto sin remedio.
Ben se limit a hacer un gesto afirmativo.
Franchino se puso de pie.
Me pondr en contacto con usted para darle instrucciones. Tendr que hacer lo
necesario para que yo pueda conocer a toda la gente de este piso.
Por qu slo este piso?
Porque Satans est aqu!
Muy bien... Pero antes de que se vaya... qu fue lo que de veras pas en el
subsuelo?
A usted y a su mujer los atacaron.
Pero quines fueron? Tres adolescentes negros? Muchachos de la calle?
Franchino se acerc a la puerta.
No. No haba ningn adolescente all abajo. No haba nadie, fuera de usted y su
mujer. Todo fue organizado y orquestado por Charles Chazen, Satans.
Por qu?
Franchino abri la puerta y sali al pasillo. Pareca desconcertado.
No s por qu dijo, y cerr la puerta.
Ben volvi a sentarse junto a la mesa. Se tom la cabeza entre las manos y
permaneci as algunos minutos. Luego empez a llorar.
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102
15
Estaba preocupado anunci J ohn Sorrenson mientras mordisqueaba la punta de
una zanahoria cruda. No era propio de ustedes encerrarse en su departamento y
desaparecer. Y nada menos que por diez das!
Necesitbamos estar solos replic Faye eludiendo la verdad. Ben le haba
advertido que no deba contar a nadie lo ocurrido en el subsuelo ni permitir que
sospecharan que la causa del encierro haba sido la necesidad de reponerse de los
golpes recibidos.
Pero encerrarse de ese modo... eludir los amigos... Ni siquiera nos dirigieron la
palabra!
J ohn, si pudiera hacerle entender...
Sorrenson se rasc la cabeza. Ese da no llevaba sombrero pero luca un traje a
cuadros de colores vivos, camisa rosa y corbata de lazo roja, conjunto que sumado a
sus mejillas especialmente sonrosadas le daba un aspecto de payaso.
Por suerte Biroc me dijo que haba hablado con ustedes y que estaban bien. De lo
contrario, hubiese llamado a la polica.
Faye sonri.
J ohn, siempre puedo contar con usted para preocuparse por nuestro bienestar.
Claro que s. Por supuesto.
Faye lo abraz tratando de que no se le derramara el vaso de vino que tena en la
mano.
Como lo haba sealado Max Woodbridge a poco de llegar a la reunin, Faye se vea
mejor que nunca. Haba recuperado su color saludable y su sonrisa entusiasta. Claro
que sus progresos no parecan inslitos; antes del segundo incidente en el subsuelo iba
en franca mejora y puesto que nadie tena la menor idea de que algo hubiese ocurrido
en el nterin, no tenan razones para sospechar una interrupcin en su continuo
restablecimiento.
En el otro extremo de la habitacin Ben se hallaba de pie, solo, observando a la
gente reunida. Salvo la Hermana Thrse y Lou Petrosevic, todos los vecinos del piso
se encontraban all. Incluido Charles Chazen! Eso le haba asegurado Franchino.
Pero quin era?
Estuve hablando con su amigo dijo J enkins acercndose. Un hombre muy
interesante. Me sorprende que nunca lo haya invitado antes.
Ben se apart de sus pensamientos.
Lo hice, pero estaba muy ocupado. Esta vez tuvimos suerte.
Cmo es eso?
Da clase de historia y religin en la universidad estatal de Nueva York. Cuando le
habl de la monja se sinti interesado y quiso echar una ojeada.
Y qu piensa?
Que es una mujer muy desafortunada.
Pero sin significacin religiosa?
Cralo o no, Ralph, esas fueron exactamente sus palabras.
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103
Cmo me dijo que se llamaba? J enkins se golpete los labios con el ndice.
Franchino.
William?
S.
Ben mir hacia el otro lado de la habitacin; Monseor Franchino se hallaba sentado
en el sof vestido con ropas seglares.
Pues le dir, Ben, que acaso no sepa gran cosa acerca de la monja, pero en
cambio conoce mucho de antigedades.
De veras? Nunca me habl de eso.
Dijo que su ex mujer era aficionada.
Podra ser convino Ben.
Pero claro dijo J enkins sonrindole a Faye que pas junto a ellos, estoy
seguro de que el seor Franchino descubri ms de una pieza importante. Cualquiera
que hable con fluidez tantos idiomas como l, tiene que haber vivido en muchos lugares
de Europa, y esa es la forma ms segura de aprender a apreciar los diversos estilos de
mobiliario.
Cre que Bill slo hablaba italiano e ingls.
Qu esperanza. Tambin puede examinarlo en alemn, espaol, francs, ruso y
polaco.
Asombroso dijo Ben y advirti que en ese momento Franchino se pona de pie y
se acercaba a ellos. Se le vea intensamente alerta a todo lo que ocurra en la
habitacin. No se le escapaba un sonido, un movimiento, una palabra. Y era
comprensible. Charles Chazen conoca b identidad de Franchino; Franchino desconoca
la de Chazen.
No se imagina lo bien que lo estoy pasando, Ben dijo Franchino.
Me alegra mucho que pudiera venir.
Y su mujer es encantadora.
Gracias. Ben lanz una mirada a Faye. A propsito Bill, no saba que usted
fuese un lingista.
Apenas pasable repuso Franchino.
Es usted muy modesto insisti J enkins.
La modestia es una tarea muy pesada para un eglatra dijo Franchino.
Todos rieron y l mir el reloj.
No puedo quedarme mucho ms, Ben. Me espera trabajo en casa y como de
costumbre el tiempo no me alcanza.
Nunca cre que los profesores tuvieran problemas de tiempo coment J enkins
enderezando la solapa de su elegante traje de medida. Ya sabe usted, entre las
horas libres, los aos sabticos, las vacaciones de verano...
Ojal fuera cierto dijo Franchino . Pero cuando uno es titular de la universidad
esperan que publique trabajos, y eso demanda largas horas de dedicacin.
Y en qu est trabajando ahora? quiso saber Ben. Haba preparado la
pregunta con mucha anticipacin.
Franchino hizo una pausa y en ese momento Batille se incorpor al grupo.
Estoy investigando las creencias religiosas del Renacimiento en la Europa eslava.
Ortodoxia oriental? pregunt Batille.
En parte replic Franchino , pero lo que me interesa ms son las variaciones
tnicas y las influencias extracatlicas.
Por ejemplo?
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104
Pues... existi una secta en las provincias de lo que ahora es Bulgaria, que
practicaba un ritual en el que se combinan conceptos de magia negra con los dogmas
de la iglesia ortodoxa. Crean en el poder indeleble de la cruz. Una vez por ao se
reunan para descubrir la seal de Satans.
Y en qu consista esa seal? pregunt Sorrenson, quien se haba acercado
sin que los dems lo advirtieran.
Crean que un crucifijo forjado en mineral de hierro blanco de Bulgaria oriental,
posea facultades especiales que dejaban una marca en las legiones satnicas y en el
mismo Satans: una pequea quemadura producida por el borde del metal. Realizaban
complicadas ceremonias con esos objetos y hacan voto de condenar a muerte a los
que quedaban marcados.
Y alguien qued marcado alguna vez? pregunt Sorrenson.
No lo sabemos con seguridad. Lo que s se sabe por documentos fidedignos, es
que muchos murieron en la hoguera.
Existen todava algunos de esos crucifijos? pregunt Ben. Conoca la
respuesta. Aquella tarde Franchino haba identificado el crucifijo del barco como una de
esas reliquias. Coincidencia? Difcilmente.
S. Hay varios. Yo he identificado por lo menos tres de los cien que fueron
forjados. Formaban parte de una coleccin privada de Bucarest.
De manera que segn usted intervino Batille el mero hecho de tocar el crucifijo
deja una marca.
Si se lo toca durante el ritual.
Qu tonteras! se mof Sorrenson.
En el momento en que Sorrenson pona en duda la veracidad de la historia, Ben sac
el crucifijo del cajn donde lo guardaba.
Este es uno de ellos? pregunt, dndole vueltas en la mano.
Sorprendida, Faye se acerc.
Cre que lo habas tirado!
Ben la mir, hizo un gesto como disculpndose y le entreg el crucifijo a Franchino.
Franchino lo examin.
Desgraciadamente, no. Si lo fuera, tendra mucho valor.
Usted conoce el ritual? pregunt Ben.
S contest Franchino.
Pues pngalo en prctica. Quin sabe? Quiz...
Sorrenson alz los brazos.
Ben, esta es una cena de amigos, no una sesin espiritista.
Anmese, J ohn. Ser divertido. Mir a Faye. Decdelo t.
Faye no dijo nada.
Max Woodbridge se acerc a Ben.
Este no es el momento apropiado, Ben.
Le parece?
Ignorando la objecin de Woodbridge, Ben anunci que Franchino hara una
demostracin del ritual. Pero Franchino dijo:
No s si debo.
Nadie respondi.
Hgalo! insisti Ben.
Con aire de vacilacin Franchino dispuso a los reticentes huspedes en un crculo,
traz una lnea en el piso que divida el crculo en dos partes iguales, y se ubic en el
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centro. Luego hizo apagar las luces y comenz a murmurar en latn. Sonidos
entrecortados, tono gutural. Una vez, y otra. Poco a poco su voz se elev. El eco de las
respiraciones se hizo ms intenso; los Woodbridge, juntos; Ben y Faye uno frente al
otro, las secretarias y Batille enfrentados con Sorrenson y J enkins.
Franchino alz el crucifijo por encima de su cabeza, aceler el ritmo de sus conjuros
y empez a moverse.
Desorientado, Ben se pregunt si el ritual no sera ms que una farsa.
De pronto Franchino grit; el sonido surgi de lo hondo de su diafragma y se disip
enseguida.
Apresuradamente Ben encendi las luces.
De rodillas en el piso, jadeante, Franchino se aferraba el pecho con las manos
haciendo esfuerzos desesperados para respirar.
Qu le ocurre? grit Ben.
En medio del desconcierto todos abandonaron sus lugares y empezaron a moverse.
Franchino seal un bolso negro que haba dejado sobre la mesa. Max Woodbridge
fue a buscarlo, sac un frasco de adentro y se lo alcanz a Ben.
Esto? pregunt Ben.
Franchino asinti y cay de costado retorcindose de dolor.
Grace Woodbridge corri a la cocina y volvi con un vaso de agua.
La piel de Franchino haba tomado un tinte azulado; su cuerpo se estremeca agitado
por temblores.
Ben lo volvi cara arriba y le puso una tableta en la lengua; luego tomndolo por la
mandbula, lo forz a abrir la boca y le hizo beber el agua. Franchino trag entre toses,
derramndose agua encima.
Hace falta un poco de aire dijo Batille.
Las dos secretarias abrieron las ventanas.
Gradualmente Franchino logr incorporarse y se puso de rodillas. Aunque todava se
apretaba el pecho con las manos, Ben not que el dolor estaba cediendo.
Se siente mejor? pregunt Grace Woodbridge.
Franchino esboz una sonrisa desvada. S... angina... Hace aos que la sufro. Va
y viene. Con la nitroglicerina puedo dominarla.
Por qu no se sienta en el sof? sugiri Ben.
Franchino hizo un gesto negativo y con un esfuerzo se puso de pie.
No..., continuemos.
Seor Franchino dijo Grace Woodbridge, no le parece que debera
descansar? La tensin podra...
Estoy bien protest Franchino. Sigamos.
Sorrenson y Batille anunciaron que se iban.
No quiero que nadie se vaya declar Ben.
Est loco, Ben? se indign Sorrenson.
No replic Ben. Pero quiero que terminemos el ritual. Ech una mirada a
Franchino buscando su asentimiento. Y ahora!
Ben consigui que todos volvieran a ubicarse en crculo y volvi a apagar las luces.
Nuevamente Franchino alz el crucifijo por sobre su cabeza y comenz a moverse y
murmurar. De repente Ben sinti un soplo de aire helado en la piel. De dnde
proceda? El acondicionador de aire no estaba encendido, y por otra parte lo que
acababa de sentir no se pareca a nada conocido. Era como si alguien le hubiera
apretado una losa helada contra el cuerpo.
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Franchino interrumpi sus conjuros. Habra sentido alguien ms ese fro ominoso?
La sensacin se hizo ms intensa. Ben empez a temblar. Franchino trat de continuar
pero no pudo.
Hace un fro glacial aqu adentro dijo una de las secretarias.
Luego, un sonido. Una presin sobre los cuerpos, como si alguien los doblara por la
cintura. El grito de Franchino. El ruido de un impacto.
Alguien encendi las luces.
Desplomado en un silln, Franchino luchaba con un par de manos imaginarias que le
apretaban la garganta. Tena un tajo sangrante encima del ojo derecho y la cara
encendida de alguien que se asfixia.
Presa de pnico, Ben se arrodill a su lado.
Franchino!
Qu es esto? chill Grace Woodbridge detrs de l. Franchino echaba espuma
por la boca; tena los ojos en blanco. Ben le afloj el cuello y recogi el crucifijo cado
en el suelo.
Confusin.
Llamen al mdico dijo J enkins.
No! grit Ben. Nada de mdicos.
Arrodillada en el piso, Faye lloraba.
De pronto Franchino dej de retorcerse. Mir a su alrededor y lentamente se puso de
pie.
Qu ocurre? le pregunt Ben.
Chazen no me deja seguir adelante!
Quin es Chazen? pregunt Sorrenson. Todos haban odo el nombre.
Chazen? pregunt Franchino con aire ausente.
S contest Faye. Usted dijo que Chazen no lo dejaba seguir.
Franchino mir a Ben.
Quin es Chazen? volvi a preguntar Faye.
No lo s respondi Franchino con la mirada perdida en el espacio.
Cristo! se asombr J ohn Sorrenson boquiabierto.
Ben pase una mirada por la habitacin; pareca haber sufrido los efectos de un
bombardeo.
Pese a las objeciones de todo el mundo, Franchino haba intentado por tercera vez
practicar el ritual y estuvo a punto de dejar su vida en el intento.
Debe de estar loco gimi Grace Woodbridge tomndose con fuerza del brazo se
su marido. A sus pies yaca la base de una lmpara rota.
Faye tena la cara cenicienta.
Conociste a ese hombre en la universidad? pregunt.
Ben hizo un gesto afirmativo.
Por qu no lo mencionaste nunca hasta esta noche?
Ben se encogi de hombros.
No s, se dio as.
J enkins respir hondo. Tena una solapa desgarrada; obra de Franchino, cuando
J enkins trat de dominarlo durante un ataque para evitar que se tragara la lengua.
Cmo entiende todo lo ocurrido? pregunt mirando fijo a Ben.
J ams he visto nada parecido. Quiz sea enfermo, epilptico. No lo s.
Sorrenson recogi el crucifijo cado sobre la alfombra y lo examin. Estaba
resbaladizo por la transpiracin de Franchino.
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Ben se lo quit de las manos y volvi a guardarlo en el cajn.
Lamento lo que ha pasado y les pido disculpas.
Creo que es hora de que descansemos dijo Faye con cautela, agachndose
para enderezar la mesa baja. Les parece bien?
No hubo oposicin, y a los pocos minutos todos se haban retirado.
El piso estaba seco, una ventaja para su cuerpo empapado. Yaca boca abajo, las
manos enterradas debajo del pecho, los prpados fuertemente apretados, como si se
los hubiesen soldado. Las sienes le palpitaban; senta la presin de sus arterias, el
dolor del pecho.
Abri los ojos y mir hacia adelante; el marco de la ventana estaba en sombras. Por
el rabillo del ojo alcanz a ver el borde del hbito de la Hermana Thrse; ola el hedor
cido de su cuerpo.
Y el dolor segua.
Los miembros. La espalda. Las manos. La cara. Atenazados por las garras de
Charles Chazen, por su furia desatada.
Saba de antemano que Chazen no le permitira completar el ritual. Pero por lo
menos ahora tena la certidumbre. Chazen haba estado esa noche en el departamento
de Ben Burdett!
Una vez ms su mente volvi al pasado. Vea el rostro de Allison Parker, su rostro de
quince aos atrs, la noche en que Franchino dio cumplimiento a la transicin.
Por qu volva a revivir esos hechos? O acaso era Charles Chazen quien se
cebaba en l, torturndolo?
Imgenes.
Habiendo encontrado los legajos de la sucesin y resuelto a impedir que el destino
de Allison Parker se cumpliera, Michael Farmer lleg a la casa marrn poco antes de la
medianoche. Como quince aos atrs, Franchino volva a sentir la oleada de miedo que
lo embarg cuando, desde su puesto de vigilancia en un recoveco del edificio, vio que
Farmer descubra la leyenda inscrita en la pared que daba entrada a las puertas del
infierno: Dejad toda esperanza los que entris. Y la paradjica expectativa cuando el
Padre Halliran descendi por la escalera hasta la planta baja para tratar de advertirle a
Farmer que todo intento de su parte se hallaba condenado al fracaso. Pero Farmer,
incapaz de comprender el mensaje silencioso de Halliran, lo sigui hasta su
departamento del quinto piso y quiso obligar absurdamente al sacerdote mudo, a decirle
la verdad. Al fracasar en su intento, le apret la garganta con las manos y le golpe la
cabeza contra el piso de madera. Fue entonces cuando Franchino se vio forzado a
poner fin a la interferencia de Farmer. Oculto en la habitacin, tom la base de una
lmpara de metal y la descarg en el crneo de Farmer hasta dejarlo muerto. Y
entonces rein el silencio.
Luchando contra los recuerdos, se arrastr hasta la silla de la Hermana Thrse.
Poda verle la cara, baada por la suave luz de una luna menguante. Haba algn
movimiento en sus ojos? No, nada ms que la llama muerta de lo que haba sido, de lo
que era, de la frgil mujer que quince aos atrs Franchino haba visto llegar a la casa
marrn en estado de trance buscando a Michael Farmer, programada por fuerzas que
escapaban a su comprensin, programada para responder, para presentarse, para
obedecer, convocada para cumplir la transicin.
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Una vez ms observ desde las sombras cmo Allison registraba la casa y slo
hallaba un rastro de sangre de Farmer y uno de sus gemelos, cado, mientras
Franchino arrastraba el cuerpo hasta uno de los departamentos cerrados. Aterrada, se
encerr entonces en su propio departamento, segura de que estaba vaco. Pero lo
estaba? Momentos ms tarde oy pasos y se escondi en el armario del dormitorio.
Aunque Franchino estaba en el quinto A con el Padre Halliran, saba lo que ocurri.
Allison Parker se enfrent con el alma de Michael Farmer convertido en soldado de las
legiones de Satans, condenado a la eternidad del infierno por haber mandado asesinar
a su mujer. Y ahora Farmer, convertido en instrumento de Satans, empujara a Allison
al suicidio. Enloquecida al comprender la verdad, Allison sali corriendo y lleg a la
planta baja. Charles Chazen, Satans, la esperaba en el vestbulo principal instndola a
destruirse y librarse de la pestilencia eterna. Allison huy escaleras arriba. Las almas
del ejrcito de Satans los vecinos de Allison, su padre, Michael Farmer la
rodearon. Formas ambiguas, condenadas, amenazantes. Tratando de escapar entr en
el cuarto B. Pero sus perseguidores la acosaron tambin all, guiados por Chazen. La
conminaron a unirse a ellos. A traicionar a su Dios. En ese momento Franchino baj
conduciendo al Padre Halliran. Los ejrcitos de la noche se rebelaron blandiendo sus
lanzas. Millares de cuerpos informes se lanzaron contra el anciano sacerdote. Pero l y
Franchino se mantuvieron firmes en medio del gritero infernal. Firmes y en su puesto.
En busca de la sucesora de Halliran. Allison Parker. La elegida de Dios. El Centinela!
La encontraron en el cuarto B rodeada por la multitud: Chazen, los brazos en alto,
sus legiones cantando, haciendo rechinar sus armaduras, llenando la habitacin, los
pasillos, el edificio entero con los clamores del infierno. Allison se hallaba tirada en el
suelo, temblando, a punto de entregarse, deseando la muerte, convencida de que su
destino era condenarse por su propia mano.
Todava hoy Franchino recordaba el terror que lo estremeca mientras luchaba para
transferir el crucifijo. Y all las imgenes se esfumaban. Los recuerdos se arremolinaban
en torbellino. Siempre haba ocurrido as, desde el momento en que bes el anillo que
llevaba en la mano el Padre Halliran, murmur los ltimos rezos sobre el cuerpo sin
vida del sacerdote, implor el perdn por su propio pecado mortal y arrastr a Allison
Parker, ya convertida en la Hermana Thrse, fuera del edificio.
As ocurrieron las cosas, as terminaron. Y ahora todo recomenzaba.
Aydame, Dios mo implor aferrando la base de la silla que ocupaba la
Hermana Thrse. Dame la fuerza necesaria, te lo ruego. Dame la fuerza.
Dej caer la cabeza sobre el piso mientras un hilo de sudor salado le bajaba a los
labios; luego se acurruc y se dispuso a aguardar, rogando al cielo que llegara la caricia
sensual del sol.
Poco despus de las diez de la maana Franchino lleg a su oficina de la
archidicesis. Estaba exhausto. Tena un hematoma en el pmulo y sangre seca en el
borde del labio superior.
El Padre McGuire lo esperaba.
Se siente bien? pregunt.
S.
Estaba Chazen en la habitacin?
S.
Pero no consigui desenmascararlo?
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No.
McGuire se sent delante del escritorio y le tendi una carpeta a Franchino.
Biroc termin su investigacin dijo, mientras Franchino abra la carpeta. Hizo
un trabajo muy completo, dentro de sus posibilidades. Hay informes sobre Batille,
J enkins, Sorrenson, Max Woodbridge y Lou Petrosevic. Todo concuerda con la
informacin que ya tenemos, salvo en el caso de J enkins. Biroc no pudo verificar ni un
solo hecho. J enkins es nuestro hombre misterioso, acaso el mismo Satans. Esper
un comentario, pero Franchino permaneci silencioso hojeando el informe de Biroc.
De todos modos, cualquiera sea la conclusin, la cosa no tiene sentido. Aunque
Satans hubiese matado a J enkins para reemplazarlo, J enkins tiene que haber tenido
una identidad interior.
Franchino asinti con aire pensativo.
Qu debo hacer? pregunt McGuire.
Franchino alz la mirada.
Dgale a Biroc que vuelva a investigar el pasado de J enkins. Tambin quiero que
consiga el certificado de nacimiento de J oey Burdett.
El beb?
Franchino asinti.
Por qu? Es imposible que Chazen sea el nio. El cuerpo encontrado en la
compactadora era el de un hombre. Y cmo podra influir sobre la vida del Centinela
desde una cuna?
Franchino respondi con enojo:
Haga lo que le digo. Quiero que se investigue al chico y que verifiquen todos sus
datos. Inmediatamente. Me entiende?
Desconcertado, McGuire hizo un gesto de asentimiento.
Tengo que descubrir por qu Charles Chazen se tom el trabajo de montar toda
esa escena en el subsuelo... la paliza a Burdett y a su mujer. Antes que cualquier otra
cosa, debo aclarar ese punto. Es en esa agresin donde se oculta el rastro que lleva a
la Identidad de Satans.
Franchino volvi a concentrar su atencin en el informe.
McGuire aguard un momento hasta que, convencido de que Franchino haba dicho
todo lo que pensaba decir, sali de la habitacin.
16
El smog de la tarde empezaba a disiparse en el crepsculo primaveral. Eran las siete
y media y todava el trnsito estaba muy pesado. Tres das haban transcurrido desde el
fallido intento de Monseor Franchino, y Ben no haba vuelto a tener noticias suyas.
Entretanto Faye haba vuelto al trabajo, y la vida en el edificio haba recobrado una
apariencia de normalidad.
Fue una buena idea volver a casa caminando dijo Faye tomando del brazo a su
marido y apretndose contra l.
Sonriendo, Ben la bes. Doblaron hacia el circuito de bicicletas de Sheep Meadow y
siguieron adelante.
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Haca una hora que estaban en Central Park. Despus de encontrarse frente al
edificio de General Motors en la calle Sesenta, cruzaron el zoolgico en direccin a la
pista de patinaje antes de volver hacia el centro.
Es la noche ms hermosa que recuerdo dijo Faye mirando el cielo a travs de
los rboles. Apenas si haba una nubcula suspendida sobre los edificios de la Quinta
Avenida; por lo dems el cielo estaba despejado y sobre el horizonte, hacia el oeste,
acababa de aparecer la luna junto con una estrella solitaria. No lo crees?
S contest l. Caminaba lentamente y sus pensamientos se hallaban muy lejos
de all.
Sabes, Ben, esta noche me recuerda a Chicago.
De veras?
S. Las noches luminosas, los paseos que solamos dar alrededor del Loop,
nuestro pequeo departamento sobre el lago Michigan.
Y mi apestoso empleo en la compaa area.
Faye movi la cabeza. Quiz nuestro estilo de vida no fuera de lo mejor, pero
ramos tan felices...
Es cierto dijo l acaricindole el pelo, pero acaso no somos felices ahora?
Un destello encendi los ojos de Faye, que se abrieron enormes como fanales.
Felices? Cmo es posible ser feliz despus de lo que hemos pasado? S...,
claro, soy feliz contigo. Siempre lo fui y siempre lo ser. Pero estoy tan confundida. Y
tengo tanto miedo. Cualquier cosa me asusta, un ruido, una sombra. Quisiera que todo
hubiese terminado.
Que hubiese terminado qu?
Lo que est ocurriendo.
Nada est ocurriendo.
Por favor, Ben, no me trates como a una criatura. Algo est ocurriendo. Algo que
nos concierne a ti y a m. Y sabe Dios a quin ms. No entiendo por qu me ocultas la
verdad.
Ben se detuvo, la rode con sus brazos y hundi la cara en su cabellera.
No te oculto nada, querida, porque no hay nada que ocultar. Y ya hemos aclarado
todo esto la semana pasada. Te acuerdas?
Ella lo mir con expresin ausente.
No me digas que no lo recuerdas. La noche en que me preguntaste por lo de
Siracusa.
Faye se apart y adelantndose pas bajo un puente y sigui por un sendero
bordeado de rboles. Ben esper un momento y luego la sigui. Estaba oscureciendo y
no quera que se alejara sola.
Hay otras cosas dijo ella cuando caminando a paso vivo l se puso a su altura.
Cules?
Por qu no llamamos a la polica cuando nos golpearon en el subsuelo?
Ya te lo expliqu. Ninguno de los dos hubiera podido describir correctamente a los
agresores. No habramos hecho ms que perder tiempo y la polica no hubiera podido
detener a nadie.
Muy bien, lo admito. Pero no haba ninguna razn para que nos encerrramos
durante diez das en el departamento.
Ben hizo un gesto como disculpndose.
De acuerdo, quiz no la haba. Pero te imaginas lo que hubiera pasado si
Sorrenson o alguno de los otros se enteraba de lo ocurrido? Hubiera cundido el pnico.
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111
Todava no se ha disipado la histeria por el crimen de la compactadora. Una sola
palabra sobre el episodio del subsuelo y los telfonos de la polica no hubieran
alcanzado. Nos hubieran vuelto locos. No habramos tenido un solo momento de paz.
Faye se sent en un saliente de piedra con la mirada perdida en la distancia. La
oscuridad se haca ms intensa por momentos. Ben se sent a su lado, apoyndose
contra un seto.
Quiz la agresin del subsuelo est relacionada con el crimen. Es una posibilidad,
no te parece?
Ben movi la cabeza.
S, es una posibilidad. Pero poco probable.
Pero suponiendo que hubiese algn vnculo, nuestro deber sera avisar a las
autoridades.
Cul es tu conclusin, entonces?
Faye lo mir tratando de reprimir las lgrimas que le asomaban a los ojos.
No tengo ninguna conclusin. Si la tuviera no estara tan confundida. Ni estara
torturndote y torturndome.
El le pas un brazo por los hombros.
Digas lo que digas sobre el tal Franchino, lo que vi en nuestro departamento no era
normal.
No dije que lo fuera. Obviamente, Franchino es un hombre enfermo.
Y su enfermedad aflora justamente despus del ataque en el subsuelo, que ocurre
justamente despus del crimen, crimen que a la vez se produce en medio de una serie
de extraos incidentes.
Es cierto ri Ben. Suena ridculo.
Lo ves? dijo ella aferrndose a esa concesin parcial. Hasta t te das cuenta.
Muy bien, me doy cuenta. Pero eso es secundario. Lo importante eres t. Lo
importante es que te sientes bien. Que tu cabeza est entera. Que tienes un marido que
te quiere mucho y se preocupar de que nada vuelva a ocurrirte. Y un hijo que en este
momento ha de estar clamando por su madre y volviendo loca a Grace Woodbridge.
Suavemente Ben desliz sus labios sobre la frente de Faye. Ella puso las manos en
las rodillas de l y se acurruc entre sus brazos. No haba ninguna luz. La ms cercana
se hallaba a cincuenta metros de distancia, en la vereda que bordeaba Central Park
Oeste. Estaban aislados, inmviles como estatuas, insensibles al ruido distante de las
avenidas. As permanecieron sentados un cuarto de hora, hasta que las primeras
rfagas fuertes que llegaban del Hudson les azotaron la cara. Entonces se pusieron de
pie y nuevamente emprendieron la marcha por el sendero.
Sabes, Ben dijo Faye cuando entraron en un callejn iluminado, basta que me
abraces para que casi llegue a creer que nada de esto ha ocurrido. Me tranquilizas, y
empiezo a sentir que todo terminar. Que las cosas volvern a ser como antes. Pero al
fin debo reconocer que por primera vez desde que te conozco, no te creo.
El se detuvo y se qued mirndola.
Me ests mintiendo, Ben. No creo una palabra de lo que me dices. Ni una sola
palabra!
No oigo nada dijo Ben asiendo fuertemente la mano de Faye mientras miraba a
su alrededor sin distinguir ms que la maraa verdinegra, grandes rboles fornidos y
sombras cruzadas como estoques.
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Pero yo o algo!
Ben dirigi la mirada hacia Central Park Oeste; estaban frente a la calle Ochenta y
Tres, unos cien metros dentro del parque. La senda bordeada de altos arbustos estaba
totalmente en sombras. Aunque los edificios brillantemente iluminados de Central Park
Oeste se encontraban a escasa distancia, les pareca hallarse a miles de kilmetros de
la civilizacin.
Ben, hace cinco minutos que oigo pasos. Cada vez que nos detuvimos, tambin se
detenan los pasos.
Quiz slo sea tu imaginacin dijo Ben muy poco convencido.
Tengo miedo. Quiero salir de aqu.
Enseguida saldremos. Hay un cruce de sendas poco ms adelante y en unos
minutos estaremos en la calle.
Empezaron a caminar. Y esa vez los dos oyeron los ruidos.
Ben se volvi rpidamente, mientras Faye se apretaba la boca con las manos
sofocando un grito.
Ms pasos. Luego silencio.
Ben se alej hacia el borde de la senda y desapareci en la oscuridad.
Ben, no me dejes sola!
Volvi a su lado.
Salgamos de aqu. Ahora mismo!
La tom de la mano y la arrastr hasta el cruce. Vea el terror en sus ojos, el terror
que l mismo haba experimentado en el subsuelo, antes de que los agredieran. Y
tampoco l estaba inmune. Senta la pulsacin acelerada de la yugular en la garganta y
el sudor fro del pnico le humedeca la ropa.
Dobla grit empujndola hacia el lado de la calle.
Faye se detuvo bruscamente. Un hombre se hallaba de pie a un lado de la senda
unos metros ms adelante, mirndolos. Ocultaba algo en la mano. Extraamente sin
embargo, los pasos continuaban.
Ben se volvi, confundido. Hacia adonde deban dirigirse?
Faye se aferr a l gritando. La transpiracin le empapaba la cara.
Ben dio un paso en direccin al hombre tratando de distinguirlo mejor. Debera
interpelarlo? Gritar?
El brazo derecho de la figura se balanceaba aunque el resto del cuerpo permaneca
rgido. Y los pasos seguan golpeteando entre los arbustos, tan suaves que parecan
arrastrados por el viento. Quienquiera fuese, era evidente que se mova en crculos. Y
la figura de adelante? Habra una relacin entre ambos? El miedo y la desorientacin
embargaban a Ben. Por qu se les habra ocurrido cruzar el parque de noche. Acaso
no saba l que era peligroso?
Por aqu. El matorral!
Corrieron por la senda atravesando una hilera de setos vivos. Faye se cay. El la
ayud a levantarse y siempre mirando a su alrededor la oblig a continuar a travs de
los espinosos arbustos.
Hacia all!
Todava se oan los pasos.
Pero haba luz. Ventanas iluminadas en los altos edificios. Luces callejeras. Faros de
automviles.
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Bordearon el paredn de piedra en direccin a la salida de la calle Ochenta y Seis y
salieron corriendo a la vereda de cemento de Central Park Oeste. Faye volvi a caer y
se lastim la rodilla. La sangre le corri por la pierna. Ninguno de los dos lo advirti.
Exhausto, Ben la hizo sentar en un banco en la vereda y le dijo que esperara. Luego
retrocedi a lo largo del paredn hasta un punto donde se vea la senda que acababan
de abandonar. La figura segua de pie en el mismo lugar. Hizo seas a un patrullero y
bajaron dos agentes uniformados. Les cont lo ocurrido. Uno de ellos pase el haz de
su linterna por la senda e ilumin lo que Ben y Faye haban tomado por un hombre. Era
un farol fuera de uso. Alguien le haba echado encima una chaqueta atando un palo a
una de las mangas. Los policas se rieron. Ben les dio las gracias, regres junto a Faye
y la puso al tanto. Todava aturdida, ella lo abraz.
No es increble?
Por toda respuesta ella movi la cabeza.
Pero y las pisadas? All no haba engao posible. Nadie podra convencer a Ben de
que no los haban seguido.
Dio unos pasos hacia el interior del parque, aguz el odo y trat de distinguir algo en
la oscuridad. Quienquiera fuese el que los segua, haba desaparecido.
Volvi junto a Faye y la ayud a ponerse de pie. No haban hecho ms que iniciar la
marcha, cuando vio correr a alguien para detener un taxi, alguien que muy
plausiblemente poda haber salido en ese momento del parque trepando por sobre la
pared.
El hombre se encontraba a bastante distancia y envuelto en las sombras de la noche.
No obstante, Ben estaba seguro: era el Padre McGuire!
No dijo nada. Esperaron la luz verde del semforo, cruzaron la calle y subieron por
Central Park Oeste hacia la calle Ochenta y Nueve. Mientras caminaban, Ben trataba
de ordenar en su mente las piezas del rompecabezas. Ahora deba incorporar un nuevo
elemento, un elemento que no haba previsto. Y sin embargo, deba haberlo hecho.
Una pesadilla se cerna sobre ellos. Y en esa pesadilla, el Padre McGuire tena un
papel.
J oe Biroc abri la puerta principal del edificio.
Le ocurre algo, seora Burdett?
No, J oe repuso Faye.
No se siente muy bien dijo Ben sostenindola por el brazo . Tendra un vaso
de agua?
Por supuesto. Un segundo.
Un momento ms tarde Biroc volvi con un vaso de cartn desbordante. Ben puso el
bolso de Faye sobre el mostrador de recepcin y le acerc el vaso a los labios tratando
de hacerla beber.
Estbamos en el parque explic . Vinimos caminando desde Central Park Sur.
Una tontera.
Biroc asinti.
Hay que estar loco para meterse all despus que oscurece. No pasa da sin que
haya un asalto.
Tiene razn. Lo cierto es que omos pasos y Faye se asust. Cuando ya
estbamos por llegar empez a sentirse mareada.
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Por favor dijo Faye tratando de recobrarse, ya estoy bien. No tienes por qu
preocupar a J oe.
Disculpe, seora Burdett acot Biroc, pero si alguien tiene que preocuparse
por algo, prefiero ser yo.
Faye sonri y Ben palme afectuosamente el hombro de J oe, quien se les adelant
para llamar el ascensor.
Si tiene algn problema all arriba, seor Burdett dijo, avseme y subir
enseguida.
Gracias, J oe.
En ese momento lleg el ascensor y Ben ayud a subir a Faye mientras Biroc volva
a su puesto en la entrada.
Podra marcar el veinte, por favor? pidi Ben al hombre que se encontraba
junto al tablero de control.
El hombre hizo lo que le peda y el ascensor empez a subir. Ben hizo apoyar a Faye
contra una de las paredes y se mantuvo junto a ella, frente al desconocido. Su instinto
le deca que algo andaba mal.
El hombre pareca mirarlos sin ver. Era alto, delgado, de ojos castaos luminosos,
casi hipnticos. Tena la piel cetrina y los rasgos muy marcados. Usaba blazer azul y
camisa blanca y en los puos luca gemelos de oro con las iniciales MSF. Llevaba la
camisa abierta y se le vea una mancha pequea justo debajo del cuello, a la derecha.
Cmo est usted? pregunt Ben.
El desconocido hizo un gesto con la cabeza y sigui mirando fijo.
Pasa algo? susurr Faye. Haba percibido la tensin del cuerpo de Ben.
No s repuso Ben tambin en un susurro, consciente de que la aventura del
Central Park podra haber teido la impresin que le causaba cualquier extrao.
El ascensor sigui subiendo con un suave balanceo.
Se olvid de marcar su piso seal Ben.
El hombre mir el tablero. Slo el veinte estaba iluminado. Sonri y cerr los ojos.
Ben lanz una rpida mirada a Faye; tambin ella estaba desconcertada y empezaba
a sentirse incmoda.
A quin va a visitar en el piso veinte? pregunt Ben. El hombre lo mir,
carraspe con brusquedad, volvi a sonrer mostrando una dentadura perfecta, y
tampoco esta vez dijo una palabra.
Ben se acerc ms a Faye. Acaso se tratara del asesino?, pens. No... Franchino
le haba asegurado que el crimen era obra de Charles Chazen, quien haba ocupado el
lugar de su vctima, alguien conocido por toda la gente del edificio. Este hombre, en
cambio, era un desconocido. Y sin embargo... algo raro ocurra.
El ascensor aminor su marcha y se detuvo. Los Burdett salieron al pasillo y Ben
sac las llaves de su departamento, ubicado dos puertas ms all. El hombre sali tras
ellos pero se qued cerca del ascensor, mirndolos.
Podemos ayudarlo en algo? pregunt Faye. El hombre movi la cabeza.
Faye tom la mano de su marido y Ben percibi el temblor de sus dedos.
El hombre avanz hacia ellos pero se detuvo cuando el ascensor de servicio se abri
para dar paso a Biroc, que traa el bolso de Faye olvidado en el mostrador de la
entrada.
Entonces camin con paso rpido detrs del portero, pas frente al departamento de
la Hermana Thrse, sac una llave del bolsillo, abri la puerta de J ohn Sorrenson y
entr.
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Quin era ese hombre? le pregunt Faye a Biroc despus de agradecerle por
el bolso.
No s. Debe ser un amigo del seor Sorrenson.
Usted lo vio entrar al edificio? Ben estaba muy perturbado.
No... pero quizs haya entrado antes de que yo tomara mi turno. En qu piso
subi al ascensor?
Ben y Faye cambiaron una mirada perpleja.
En qu piso? repiti Faye. Estaba en el ascensor cuando nosotros entramos.
De veras?
J oe... se siente bien? Faye le roz la mano. Estaba delante de sus ojos, de
pie junto al tablero.
Lo siento, seora Burdett, pero no lo vi. Quizs estara distrado... no s...
pensando en otra cosa.
Ben sinti una oleada de nuseas.
Biroc se acerc al departamento de Sorrenson y llam. Despus del dcimo timbrazo
se volvi.
No hay nadie!
Es imposible. Ben golpe la puerta con violencia. Consiga una llave maestra.
Abra!
Seor Burdett... No puedo hacer eso a menos que haya una emergencia.
Pues la hay grit Faye. Algo puede haberle ocurrido a Sorrenson.
De ningn modo afirm Biroc. Sorrenson sali del edificio apenas cinco
minutos antes de que ustedes llegaran. Se llev el auto y s que todava no regres.
Est seguro?
Por supuesto.
Irritado, Ben descarg el puo contra la puerta de Sorrenson. Slo el eco le
respondi. La puerta sigui cerrada.
Habr que esperar hasta que vuelva Sorrenson dijo Biroc. Pero si oyen algo o
vuelven a ver al hombre, no dejen de avisarme.
Ben asinti y se dirigi a su departamento. Faye se apret estrechamente contra l
rodendole la cintura con el brazo. Detrs de ellos, Biroc entr en el ascensor de
servicio.
Ben se frot la cara con las manos y enseguida acarici tiernamente a Faye.
Qu noche!
Ese hombre tena algo que ver con todo lo que nos pasa, verdad?
No lo s contest Ben. De veras no lo s!
Poco despus de las tres de la maana Ben salt de la cama, descorri las cortinas
del dormitorio y contempl la luna, ms radiante a esa hora de la madrugada. Desde las
dos no haba hecho ms que dar vueltas en la cama, desvelado, reviviendo la impresin
que le haba causado el desconocido del ascensor. Haba algo, algo que perciba sin
llegar a captarlo. Por lo menos no pudo hacerlo mientras permaneci entre las mantas.
Bostezando, oprimi la cara contra el vidrio de la ventana.
Alto, moreno, delgado, piel cetrina. Blazer azul, camisa blanca.
Tom un cigarro de la mesa de luz, se lo puso en la boca y mordisque la punta sin
encenderlo. Mir a Faye dormida; sus pensamientos iban y venan sin orden por un
callejn sin salida.
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Y de pronto la revelacin lo hiri como un rayo.
Record los gemelos. Redondos. De oro. Y con iniciales: MSF. Michael Spencer
Farmer!
Le dije bien claro que no tratara de comunicarse conmigo refunfu Franchino
mientras cerraba la puerta.
Ben se contuvo y mir a su alrededor.
Era una oficina amplia y muy bien amueblada, de acuerdo con la jerarqua del
hombre que la ocupaba. Un crucifijo tallado adornaba una de las paredes, rodeado por
dos retratos: uno del Papa y otro del Cardenal. El parecido de ambos era notable, como
si por algn designio superior Dios hubiese cincelado sobre un mismo molde los rasgos
de sus discpulos. Hasta el rostro de Franchino era vagamente similar.
Qu quiere?
Hablar unas palabras con usted.
Franchino se sent y lo mir.
El Padre McGuire est metido en todo esto, no es cierto?
Franchino sigui mirndolo. Luego asinti.
Nos sigui a Faye y a m en el parque. Por qu lo hizo?
Porque yo se lo orden.
Por qu?
Eso no es asunto suyo. Pero se lo dir, de todos modos. McGuire estaba all para
protegerlos de Chazen.
Por qu no me lo advirti?
Porque no quise.
Miserable hijo de perra.
Cllese la boca y sintese, seor Burdett.
Temblando, Ben se dej caer en un silln.
Ya dijo todo lo que quera? pregunt Franchino.
No. Anoche nos siguieron otra vez. Pero no era McGuire.
Quin, entonces?
Tard unos segundos en contestar.
Un hombre que usaba gemelos de oro con las iniciales MSF.
Franchino no se alter. Asinti con la cabeza, sonriendo.
No era un hombre, seor Burdett. Era un alma. Un miembro de las legiones de
Chazen.
Y qu haca en el edificio?
No lo s.
Vea, Franchino, yo...
No debe volver aqu explot Franchino colrico . No debe tratar de verme.
Debe quedarse en su departamento. De lo contrario...
Ben le lanz una mirada furiosa.
No puedo darme el lujo de permitir su interferencia. Y menos ahora! Esta noche
es decisiva, seor Burdett. Sus quejas ridiculas no son ms que una molestia. Y no
quiero volver a orlas.
Franchino asi a Ben por debajo del brazo, lo oblig a ponerse de pie y lo empuj
hacia la puerta, siguindolo.
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He descubierto la identidad de Charles Chazen. Y esta noche debo enfrentarme
con l.
Quin es?
Salga! Franchino abri la puerta.
Ben vacil y clav la mirada en la mscara de piedra que era la cara del sacerdote.
Salga! repiti Franchino y pasando de las palabras a la accin lo empuj hacia
el pasillo y ech la llave a la puerta.
Hola salud Sorrenson saliendo apresuradamente de su departamento. Tena
un arco de violoncelo en la mano.
Ben, que acababa de subir en el ascensor con Daniel Batille, se volvi y lo mir con
aire ausente. El enfrentamiento con Franchino lo haba dejado insensible a lo que
ocurra a su alrededor.
Qu pasa? pregunt framente.
Pasar? sonri Sorrenson. No pasa nada. Nada malo, quiero decir. No le
cont Faye?
No estuve en casa. Qu tena que contarme?
Encontraron a Lou Petrosevic.
Batille apret con ms fuerza sus libros de derecho.
Dnde? pregunt obviamente complacido.
Pues acabo de hablar con l. Estaba practicando en mi departamento cuando me
llam. No tena idea de lo ocurrido. Ayer le habl por telfono a su secretaria para
disculparse por su desaparicin y ella le inform que la polica lo buscaba, que se
sospechaba de l como autor de un asesinato... o como su vctima.
Linda alternativa coment Batille sin dejar de masticar una pastilla.
Y bien, dnde estaba? pregunt Ben.
Bueno, siempre dije que el ojo de guila que tiene Petrosevic para las mujeres lo
metera en algn lo. Ocurre que el cliente al que fue a visitar Lou el da de su
desaparicin result ser una encantadora damisela, segn me informan, y a nuestro
amigo no se le ocurri nada mejor que darse una escapada con ella a la montaa
para... En fin, llammoslo un rendezvous.
Y no le avis a su secretaria? Parece que no.
Se habr divertido de lo lindo dijo Batille rindose.
Sorrenson lanz una mirada admonitoria al joven estudiante de derecho y enseguida
alz los brazos en un gesto entusiasta.
Lo cierto es que ya habl con la polica, y en principio ha quedado libre de toda
sospecha de complicidad en el asesinato. No es formidable?
Ben detuvo el arco a medio camino hacia su cara.
Me va a sacar un ojo, J ohn.
Sorrenson lanz una risita, se disculp y ocult el arco detrs de su espalda.
No parece muy contento dijo mirando a Ben.
Contento? No..., digamos simplemente que me alegro por Lou. Cundo
regresa?
Dentro de unos das.
Batille se excus y entr en su departamento. Sorrenson se acerc entonces a Ben y
su expresin se hizo ms solemne.
Biroc me cont lo de anoche dijo.
J Je ef ff fr re ey y K Ko on nv vi it tz z E El l G Gu ua ar rd di i n n
118
Usted conoca al hombre?
Sorrenson neg con la cabeza. Pareca perplejo.
No entiendo. Revis el departamento y no faltaba nada. Fuera de una cuerda rota
del violoncelo que seguramente salt sin que nadie la tocara, todo estaba en orden. Por
eso no llam a la polica. Pensativo, se llev un dedo a los labios. Cmo lo
interpreta usted, Ben?
No s cmo interpretarlo respondi Ben mientras introduca la llave para abrir su
departamento. Lo mejor ser que lo olvide. Hizo girar la llave en la cerradura.
Ah... y si vuelve a hablar con Petrosevic dle mis saludos y dgale que me alegra saber
que su situacin se aclar.
Qued quieto como esperando la respuesta.
Cmo no.
Hasta luego, J ohn.
Ben... Sorrenson se interrumpi, impresionado por la expresin grave de su
vecino . Se siente bien? De verdad se siente bien?
Perfectamente repuso Ben y cerr la puerta.
17
Eran las tres y catorce de la madrugada.
El cielo encapotado y el aire caliente cargado de una humedad opresiva anunciaban
lluvia. Las calles estaban desiertas y slo de tanto en tanto se oa en las cercanas el
motor de un taxi o de un patrullero. Todos los lugares de estacionamiento de la calle
Ochenta y Nueve se hallaban ocupados. La cerca de madera que rodeaba el
emplazamiento de la nueva iglesia de San Simn estaba cerrada con candado.
Tambin estaba cerrada la puerta principal del 68 Oeste; el conserje nocturno beba
una taza de caf en su pequeo reducto mientras vea la pelcula de noche en un
televisor porttil.
Nada inusitado.
Al or los golpes, J oe Biroc abri de pronto los ojos y se puso de pie.
Rpidamente apag la luz en el cuarto del portero, cerr la puerta y arrastrando los
pies avanz por el corredor dbilmente iluminado; dej atrs la cmara de
compactacin y el lavadero, y abri la puerta trasera del subsuelo para dar paso a
Monseor Franchino y al Padre McGuire. Cada uno traa una Biblia en la
mano.
Biroc hizo una reverencia, bes el anillo de Franchino y condujo a los dos religiosos
hacia el ascensor.
Llvenos al diecinueve orden Franchino.
Biroc hizo girar la palanca y apret el botn del diecinueve; el ascensor comenz a
elevarse. Franchino y McGuire abrieron sus Biblias y empezaron a rezar. Biroc los
escuchaba sin quitar los ojos de la puerta del ascensor. Segundos ms tarde el
ascensor se detuvo y la puerta se abri. Los dos sacerdotes descendieron.
Rece por nosotros, hijo mo pidi Franchino.
J Je ef ff fr re ey y K Ko on nv vi it tz z E El l G Gu ua ar rd di i n n
119
S, Padre repuso Biroc. Retrocedi hacia el interior de la cabina, maniobr la
palanca y la puerta se cerr.
McGuire sac un reloj del bolsillo.
Las tres y media.
Franchino se dirigi hacia la escalera; McGuire lo sigui, el odo atento a la hipntica
cadencia de los pasos de ambos.
Subieron hasta el piso veinte y se detuvieron ante la puerta de emergencia para
incendios.
Franchino volvi a musitar una plegaria y tendi la mano hacia el picaporte.
Dios nos proteja!
McGuire lo asi por el brazo. Quin es Charles Chazen?
Franchino movi la cabeza; McGuire percibi el temblor de sus manos y sus labios y
trat de dominar una oleada de miedo.
Tiene que decrmelo exigi. Cmo podr enfrentarlo sin saber quin es?
Pronto lo sabr.
Franchino movi lentamente el picaporte. McGuire se enjug las manos transpiradas;
la sangre haba huido de su rostro dejndole un tinte cadavrico.
La puerta se abri y Franchino se introdujo en el pasillo.
Padre! llam urgiendo a McGuire a seguirlo. Tras un segundo de vacilacin,
McGuire obedeci. Con un crujido la puerta volvi a cerrarse.
Se encontraban en el extremo este del pasillo. Todos los departamentos se hallaban
ubicados hacia la izquierda. En la otra punta, una ventana enmarcaba parte del sector
oeste del edificio y un trozo de cielo nocturno. Salvo por un felpudo y un cesto de
papeles cerca del ascensor, el pasillo estaba desnudo. Una de las luces del techo
estaba apagada; las restantes dejaban filtrar un dbil fulgor iridiscente sobre las
paredes recin pintadas.
Chazen est aqu afirm Franchino con los ojos desorbitados y se santigu.
McGuire lo imit y se quit una gota de sudor de los labios.
Franchino se adelant con cautela hasta el centro del pasillo y sigui avanzando
lentamente, penetrado por la presencia del mal.
Monseor murmur McGuire al sentir el primer latigazo en la cara. Trat de
calmarse y apart el mechn de pelo que le haba cado sobre los ojos. Aguz el odo.
El rugido del viento? S! Pero de dnde vena?
Hay algo aqu!
Franchino se detuvo y aguard.
Un nuevo golpe de viento. Vena rectamente por el pasillo, desde la ventana. Pero la
ventana estaba cerrada!
Otra rfaga. Esta vez desde atrs, como si se hubiese colado a travs de la pared.
Franchino se tambale. McGuire se bande hacia adelante frenando su cada con las
manos; su Biblia cay al suelo.
Chazen susurr Franchino.
Un siseo agudo empez a elevarse, acompaado por torbellinos de aire que se
hinchaban cernindose sobre ellos como el comienzo de un tornado. Luego un violento
torrente de viento los cerc por todos lados, como una explosin de agua desbordando
un dique roto. En pocos instantes, un remolino de polvo y escombros invadi todo el
pasillo. El ruido era intolerable.
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120
Una rfaga arroj a Franchino contra el marco de una puerta; un tajo le cruzaba la
cara desde la frente a la mejilla. Y de pronto los lmites se esfumaron, ya no hubo ni
abajo ni arriba. Slo el vendaval de viento y tierra golpeando furiosamente.
Franchino mir a travs de la sangre que le cubra la cara.
Tenemos que salir de aqu. No podemos...
Otra rfaga lo tir contra la pared.
Qu debo hacer? pregunt McGuire gritando para ser odo por sobre el
estruendo.
Franchino seal la puerta de la escalera. McGuire lo aferr tratando de arrastrarlo
hacia all; sus cuerpos rebotaban de pared a pared, sus caras estaban rojas y
lastimadas por el embate enloquecido del viento.
Alguien ms tena que or ese ruido infernal, pens McGuire. Alguien!
Llegaron a la puerta y forcejearon con el picaporte. Estaba atrancado.
Volvieron a sumergirse en el vendaval; la presin del viento les destrozaba la cara.
Apenas podan moverse.
El ascensor! grit McGuire.
Franchino cay al suelo. McGuire lo aferr por el cuello de la chaqueta y palmo a
palmo lo fue llevando hacia el centro del pasillo. Cuando ya casi haban llegado, se
cubri de pronto las orejas con las manos, inclinndose hacia adelante para protegerse
la cara de las partculas hirientes que lo castigaban.
No puedo soportarlo gimi.
Tena las mejillas hinchadas como globos.
Franchino apret el botn del ascensor y jadeando se tir contra la puerta. El viento
era de fuego y les morda las carnes como miles de minsculas lminas cortantes.
La puerta del ascensor se abri y consiguieron arrastrarse adentro. La puerta se
cerr. Y de pronto rein un silencio mortal.
Quedaron tirados en el piso, exhaustos; Franchino se frot el desgarrn que tena en
la cabeza. Aturdido, McGuire se puso de pie con un tremendo esfuerzo y oprimi el
botn de la planta baja.
Nada ocurri.
McGuire volvi a apretar.
Nada!
No nos dejar ir! grit aterrorizado McGuire.
Franchino consigui incorporarse y dio una vuelta por la pequea cabina; hizo
chasquear la lengua contra el paladar y prest atencin al eco.
Hay demasiada quietud dijo esperando lo peor. Demasiada quietud.
McGuire se movi; haba sentido algo. Tambin Franchino. Miraron en derredor. La
cabina empez a vibrar bambolendose de lado a lado y arrojndolos de una a otra de
las estrechas paredes.
La luz del techo se apag. Tinieblas!
Al or ruido de madera que se quebraba, Franchino tante las paredes.
Se estn rajando!
A tientas busc el tablero de control y rpidamente apret los botones.
Volvamos al pasillo! grit.
El piso se estaba astillando, las paredes se rompan, el cable de sostn chirriaba con
creciente violencia cada vez que el ascensor se inclinaba hacia los lados. Desesperado,
Franchino segua oprimiendo botones mientras McGuire introduca las manos en la
junta de la puerta tratando de descorrerla.
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121
Una tabla del piso atraves la pierna de Franchino afectndole el hueso y el
cartlago. McGuire lo apoy contra la pared y sigui forcejeando con la puerta, mientras
trataba de frenar con su cuerpo la madera que volaba en todas direcciones.
De pronto la puerta se desliz sobre el riel. McGuire cay en el corredor y arrastr a
Franchino hacia afuera. Detrs de ellos la violencia aumentaba hasta que en un
paroxismo total la cabina se hizo pedazos y cay por el hueco.
El viento ces; el pasillo estaba silencioso.
Franchino se puso de pie; las piernas le temblaban y a duras penas consegua
mantenerse erecto. McGuire lo observaba desde el piso.
Te desafo, grit Franchino. S quin eres, Charles Chazen! Y te desafo!
Una atronadora explosin de viento barri el pasillo alzando a Franchino en el aire y
arrojndolo contra la pared en la otra punta del corredor. El cuerpo del sacerdote se
estremeci por los efectos del impacto.
El torrente continu, cada vez ms furioso.
Una vez ms, Franchino intent abrir la puerta que daba a la escalera; sus manos
estaban resbalosas por la sangre acumulada. Busc apoyo en la caja de incendios. El
vidrio se hizo aicos y la manguera cay al suelo. Golpe la puerta con los puos.
McGuire se le aproxim arrastrndose de rodillas y se apoy en la pared tratando de
afirmarse. Sbitamente la manguera sali disparada hacia arriba y se enroll alrededor
del cuello de Franchino dejndole grandes marcas rojas y azules. Franchino rechin los
dientes y grit luchando por aflojar la espiral que se estrechaba cada vez ms alrededor
de su cuello, como una boa hambrienta.
Le brotaba sangre de los labios.
McGuire tirone de la manguera sin conseguir aflojarla. El ventarrn segua
envolvindolos y el piso se estremeca con un ruido aterrador. Trozos de cemento y
linleo volaban por el aire; las paredes se sacudan. Herido por los escombros
convertidos en lacerantes proyectiles, McGuire aullaba de dolor. Franchino se puso
lvido y vomit.
Surgieron varios focos de incendio; los artefactos de luz explotaron y el vidrio cay
con estrpito.
Te desafo, Chazen! volvi a gritar Franchino cuando por fin McGuire consigui
liberarlo de la manguera.
Las mangas de Franchino estaban en llamas; tambin los pantalones de McGuire.
Rodaron por el suelo tratando de sofocarlas; McGuire lo consigui; las ropas de
Franchino, en cambio, se inflamaron cada vez ms y el fuego lleg a envolverlo casi por
entero.
Con la cara y los brazos chamuscados, Franchino se puso de pie y gritando y
maldiciendo avanz tambaleante hacia el centro del pasillo.
Te desafo, Chazen!
El pasillo se cerr sobre l rabiosamente, sumergindolo en una granizada de vidrio,
madera, cemento y fuego. McGuire se tir de bruces al suelo para protegerse.
Franchino, vctima y mrtir en la lucha contra Satans, elev las manos. La sangre
manaba de su cuerpo.
Chazen!
Una embestida de viento y ruido.
Chazen!
Una nube de escombros form un gran hongo cerca de la pared, detrs del
sacerdote.
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Chazen!
Y entonces una enorme explosin, como la de un cohete al ser disparado, arras el
pasillo lanzando a Franchino a travs de la ventana hacia el cielo nocturno.
McGuire forz sus ojos lacerados hacia la direccin del grito de Franchino y con un
ltimo resto de conciencia rept por el pasillo hasta la ventana. Al llegar all se incorpor
y mir hacia abajo, al callejn. El cuerpo de Franchino yaca desplomado en el suelo.
Se puso de pie, recorri el pasillo con la mirada y se tom la cara con las manos. Se
le nubl la vista y un manto negro cubri las visiones impas que acababan de inundar
sus ojos.
Luego, todo fue oscuridad.
El detective Wausau se hinc junto al cuerpo de Franchino; sus rodillas se hundieron
en uno de los charcos formados por la llovizna.
Hay marcas? pregunt. Seales de violencia?
El tcnico movi la cabeza.
No, nada. Dudo que sea homicidio. Pero tendremos que esperar los resultados de
la autopsia.
Accidente?
El tcnico alz la mirada hacia la ventana del piso veinte. Las primeras luces
rotundas del nuevo da ya haban invadido el cielo. Eran casi las seis. Se encogi de
hombros.
O un suicidio.
Un sacerdote? Wausau frunci el entrecejo, J ams!
Ech una ojeada al pasaje; estaba limpio y despejado, separado de la calle por un
alambrado. Hacia arriba slo vio la pared lisa del edificio, nicamente interrumpida por
la hilera perpendicular que formaban las ventanas de los pasillos.
Se acerc al alambrado y examin la calle. Varios autos policiales estaban
apostados cerca del edificio. Un pequeo grupo de mirones protegidos por paraguas se
haba reunido en las cercanas. Todo estaba muy tranquilo.
J acobelli! llam.
J acobelli se acerc al tablero del patrullero ms cercano, habl por radio, luego salt
afuera y se aproxim.
Nos comunicamos con la archidicesis. Mandarn a alguien enseguida.
Muy bien. Ellos podrn identificarlo. Si es que de veras es un sacerdote.
J acobelli lo mir intrigado.
Podra haber salido de un baile de disfraz sugiri Wausau sonriendo.
J acobelli asinti.
Investigamos en el edificio.
Alguien vio algo?
Por ahora no tenemos nada.
Hablaron con el conserje?
S. Tampoco l vio ni oy nada.
Wausau le quit el papel a una goma de mascar, la enroll como un felpudo y se la
meti en la boca.
Y qu tal, le gustara vivir en este edificio?
J acobelli ri y se rasc la tupida melena negra.
Ni loco!
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123
Wausau volvi al lugar donde se encontraba el cadver. La lluvia casi haba cesado,
aunque el cielo segua amenazador. El fro era penetrante.
Si encuentra algo, estar arriba dijo Wausau dirigindose al tcnico, a quien ya
se le haba sumado otro miembro del equipo.
El hombre asinti.
Wausau se encamin a paso lento a la entrada abierta, trep la rampa y se detuvo.
Volvi la cabeza, su mirada se detuvo en el cadver y luego subi hasta la ventana
destrozada. El hombre haba cado desde una altura de ms de cincuenta metros. No
era raro que se hubiera quebrado el cuello. Habra sido un accidente? Poco probable.
Sacudiendo la cabeza, entr en el edificio.
Alguien reconoce a este hombre? pregunt Wausau haciendo circular entre los
presentes una foto del cuerpo de Franchino.
Todos asintieron. En ese momento dieron las nueve en el reloj colocado sobre la
repisa de la chimenea.
J ohn Sorrenson se puso de pie y carraspe. La polica haba reunido a todos los
vecinos del piso en su departamento, de modo que casi era natural que l fuera el
vocero de los dems.
Se llamaba Franchino dijo echando una mirada a Ben. Era amigo del seor
Burdett y estuvo en la reunin que organiz en su casa hace dos das.
Wausau desvi su mirada hacia Ben, quien se hallaba sentado en el sof junto a su
mujer, tratando de animarla. Faye se vea demacrada, el pelo desgreado, los ojos
entrecerrados; tena a su hijo en brazos.
S... era amigo mo murmur Ben con tono vacilante.
Excelente, seor Burdett. Entonces quizs usted pueda decirme por qu Monseor
Franchino se paseaba por los corredores en medio de la noche.
La palabra monseor provoc miradas sorprendidas en todas las personas
reunidas en la habitacin.
No lo s respondi Ben.
Wausau empez a medir a grandes pasos la alfombra persa, roja y marrn.
Muy bien, seor Burdett. Entonces dgame lo que s sabe.
No s gran cosa empez a decir Ben tratando de coordinar sus mentiras de
manera convincente. Nos conocimos en la universidad de Chicago. Yo segua cursos
de posgrado y l enseaba historia. Naci una relacin amistosa entre los dos, pero
slo hablamos una o dos veces en los ltimos aos.
Disculpe, inspector intervino Daniel Batille. Dijo usted que Franchino era
sacerdote?
Eso es exactamente lo que dije.
Hubo un intercambio de miradas interrogantes.
Acaso ustedes no lo saban?
No dijo Max Woodbridge.
Pero usted s, verdad, seor Burdett?
Ben mir a J enkins, quien se hallaba junto a la ventana del living vestido con una
bata de seda.
S... Yo saba que era sacerdote.
Pero usted no nos dijo que era casado, Ben? pregunt J enkins.
S.
Y nunca nos dijo que fuera sacerdote.
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124
Lo s. Pero es que no conoc a su mujer. Simplemente me habl de ella. Supuse
que se habra casado antes de tomar los hbitos. Dios, pens Ben. Qu ira a
pasar? El nico contacto que le quedaba era el padre McGuire.
Suponiendo que Monseor Franchino no estuviera casado, que parece la
conclusin ms lgica, cmo explicara usted que haya inventado semejante historia?
No lo s.
Entiendo. Franchino le pidi que no revelara su condicin de sacerdote?
S.
Por qu?
No lo s.
No es mucho lo que sabe usted esta maana, seor Burdett. No le parece?
Ben asinti y tom al nio en sus brazos. Faye se restreg los ojos y volvi a
acomodarse en el sof.
Wausau desenvolvi otra barra de goma de mascar y se la puso en la boca junto a la
otra, tan masticada que ya casi se haba desintegrado.
Por qu vino a su reunin?
Me llam hace unos das dicindome que estaba en Nueva York y que le gustara
verme. Le inform que mi mujer y yo reunamos a algunos amigos esa noche y que me
encantara que viniese. Dijo que lo hara, y en efecto vino.
Dijo que estaba en Nueva York?
S.
Pero si viva aqu!
Todo lo que me dijo fue que haba llegado a la ciudad.
Wausau hizo un globo con su chicle, volvi a aspirarlo y empez a mascar
nuevamente.
Y todos ustedes lo vieron en la reunin que dio el seor Burdett?
Hubo un asentimiento general por parte de Batille, las dos secretarias, los
Woodbridge, J enkins y Sorrenson.
Dijo algo que revelara intenciones suicidas? Algo de lo que hizo les dio la
sensacin de que pudiera sufrir un estado de desequilibrio?
Silencio.
Hice una pregunta y quiero una respuesta!
J enkins se adelant, sac un pauelo del bolsillo, se enjug la cara y emiti una
tosecita que indicaba a las claras su incomodidad.
El seor Franchino, o Monseor Franchino segn parece, era un hombre muy
perturbado.
Wausau se sent en un brazo del sof enfrentando a J enkins. Se puso las manos
sobre las rodillas y pregunt con tono condescendiente:
Qu es para usted un hombre perturbado?
J enkins describi todo lo ocurrido durante la reunin: el ritual, el ataque, la violencia,
todo. Wausau observ cuidadosamente al coleccionista de antigedades sin poder
ocultar su creciente inters; luego le pregunt cmo interpretaba la conducta de
Franchino.
Pues bien... pontific con tono erudito J enkins . Yo dira que era un epilptico,
o bien padeca una psicosis religiosa profundamente arraigada. Si me permite,
inspector, basndome en lo que vi en el departamento de Ben Burdett, no me cabe la
menor duda de que el tal Franchino era capaz de matarse, ya sea en forma consciente
o durante uno de sus trances.
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125
Wausau se sent junto a Ben y pas un brazo por el respaldo del sof.
Dgame qu piensa de esto, seor Burdett. Su mujer descubre un cadver en la
compactadora del edificio y sufre un profundo shock. El inspector Burstein investiga el
caso y se altera mucho al enterarse de que en el departamento contiguo al de ustedes,
vive una anciana monja ciega y paraltica. Me pide que investigue una serie de
asesinatos ocurridos en una vieja casona que exista en el mismo lugar donde ahora se
levanta este edificio. Descubro que los legajos correspondientes a esos crmenes han
desaparecido del archivo. Entonces Burstein se comunica con Gatz, el detective que
tuvo a su cargo la investigacin en aquel entonces. Gatz se relaciona con usted. Lo cita
en su casa. Cuando usted llega, lo encuentra muerto... Asesinado. Va entonces en
busca de Burstein y se entera de que acaba de morir en un incendio provocado
intencionalmente. Y de pronto, salido de la nada, aparece un sacerdote llamado
Franchino al que le da un ataque en medio de un ritual practicado en el departamento
de usted, y que a la noche siguiente se tira por la ventana desde su piso. No le parece
muy interesante todo esto?
S repuso Ben. Es una historia para una novela policial.
O quiz dijo Wausau sonriendo irnicamente, para un informe a un jurado.
Nadie se movi. Nadie dijo nada durante largos minutos.
Por fin Wausau se puso de pie y se encamin hacia la puerta.
Quiero que todos ustedes piensen en lo que acabo de decir; sobre todo usted,
seor Burdett.
Sonri, se puso el sombrero y sali.
18
Su visin borrosa se aclar. El cuarto entr en foco como a continuacin de esos
esfumados que marcaban el paso del tiempo en las viejas pelculas de los aos treinta.
Era un cuarto pequeo, con el cielo raso y las paredes descascaradas y la pintura
blanca, surcada de manchas oscuras.
Se hallaba tendido sobre un colchn gastado, en una cama de hierro herrumbrada. A
su derecha, debajo de un espejo imitacin Chippendale, haba un tocador al que no le
quedaba una sola perilla. En un rincn se vea una silla sumergida bajo un montn de
vestidos, sostenes y prendas interiores usadas. Una bombilla solitaria penda del techo.
La nica ventana existente estaba tapiada.
Se humedeci los labios y trat de ubicarse. Algo recordaba... s, el holocausto del
pasillo... Franchino arrojado por la ventana... el dolor... la oscuridad. Y nada ms.
Cmo haba llegado hasta ese lugar? Dnde estaba?
Se incorpor apoyndose en los codos. El cuarto apestaba a perfume. Sinti
nuseas. Se moj los dedos con saliva y se limpi los ojos. Oy algo, alguien
movindose en otra habitacin.
Se me queda quietito en la cama, me oye?
La voz era femenina y tosca.
Dnde estoy? pregunt McGuire dbilmente.
Dnde est? En una habitacin y en una cama.
Apart la colcha rada; tena el cuerpo cubierto de hematomas.
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Puedo hablar con usted? pregunt.
Por supuesto. Qu clase de negra bruta se cree que soy? Pero aguante un
minuto, Padre. Termino de limpiar su ropa y el t est por hervir. Estar con usted en
menos que canta un gallo.
McGuire volvi a recostarse contra la pila de almohadones forrados de seda. En el
suelo, junto a la cama, haba varios peridicos y un cilindro de plstico.
Segundos ms tarde entr en el dormitorio una mujer negra de unos treinta aos,
alta y bastante atractiva, vestida con una bata blanca. Traa una bandeja con dos tazas
de t y bizcochos, y colgada del brazo la ropa de McGuire.
Vaya, vaya, Padre... Qu facha la suya. Trat de limpiarlo, sabe?, quitarle toda la
mugre que tena encima, pero no fue fcil. No quiero imaginar en qu habr andado
metido. No, gracias.
Qu estoy haciendo aqu, hija ma?
La mujer se ri.
Hija? Mierda! Nunca fui hija de nadie, para que lo sepa. Y si por casualidad lo fui,
ya no me acuerdo.
Alguien me trajo hasta aqu?
Mierda, no... y espero que no lo ofenda mi manera de hablar. Tratar de cuidarme,
pero ya sabe... es difcil ensearle trucos nuevos a un perro viejo.
McGuire se relaj. Se senta seguro con esta mujer. A pesar del maquillaje recargado
y la cicatriz zigzagueante que le cruzaba la cara desde el labio superior hasta la base
del ojo, haba algo en su modo que inspiraba confianza.
Bueno, usted me hizo una pregunta dijo la mujer al tiempo que colocaba la
bandeja sobre la colcha y colgaba la ropa del sacerdote de uno de los barrotes de
hierro de la cama. Lleg aqu slito. Ver; yo volva a casa despus de una noche en
las calles y me lo encontr tirado cara al suelo en los escalones de la entrada. No
pareca muy feliz. Mierda, no, nada feliz. Y claro que no lo iba a dejar as. De modo que
llam a mi amigo J os, el rey de los rufianes de Manhattan, y entre los dos alzamos su
santo trasero por la escalera y lo metimos en la cama. Se interrumpi, sac un
cigarrillo de un bolsillo de su bata, lo encendi con un encendedor de aspecto lujoso y
aspir una profunda bocanada. Sabe, Padre, usted es el primer cura que pisa mi
casa. Bueno, la verdad es que hace siglos que no veo a ninguno de cerca, ni aqu ni en
ningn lado. Me capta, no?
Por supuesto. McGuire gir el cuerpo en busca de una posicin ms cmoda.
Pero Dios est con usted.
La mujer ri dejando al descubierto una dentadura manchada y con cavidades.
Padre, si Dios est conmigo, la de cosas que habr visto. Apuesto que la cara se
le habr puesto verde... suponiendo que tenga cara y que no sea ms que una nube en
el aire.
McGuire sonri.
Dnde estamos?
En la Segunda Avenida y la calle 121. El Harlem hispnico.
McGuire trat de incorporarse.
Despacito Padre. Tenga cuidado. Y antes de que siga preguntndome, le dir que
me llamo Florence. Y aunque s que no le interesa demasiado, tambin le dir que soy
prostituta, y de las mejores. No tiene ms que preguntarle a cualquiera de los
alcahuetes que andan trampeando por ah, y ellos le dirn lo que vale el trasero de la
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127
vieja Florence. Ya lo creo que se lo dirn. Pero con usted no quiero nada, eh? Dios me
torcera el trasero si siquiera se me cruzara por la cabeza semejante idea.
No lo dudo, hija ma. Y tampoco dudo de que Dios guarda en su corazn un rincn
clido para usted y que le perdonar sus pecados.
Amn. Florence lanz una de esas carcajadas agudas y poderosas capaces de
perforar los tmpanos . Y aleluya.
Qu hora es?
Han de ser las diez de la maana. Y ahora beba un poco de t. Le har bien. Si no
le gusta el olor del humo puedo apagar el cigarrillo.
No me molesta el humo. McGuire tom una de las tazas y se sorprendi al
advertir que eran de porcelana fina. Probablemente uno de los gustos que se daba
Florence, pens, y se apresur a ponderrselas.
Gracias, Padre. Es cierto que tengo buen gusto, aunque debo reconocer que la
vajilla es de mi ex amigo.
Ex?
Pues... creo que s. Est a la sombra. Veinte aos por trfico de drogas. Pero tena
buen gusto, tambin l. Estas tazas se las birl a una ricachona de la Quinta Avenida. Y
no vaya a creer que era una damisela blanca, qu va. Era una vieja negra, duea de un
montn de tierras.
Dios tendr que perdonar muchas cosas por estos lados coment McGuire con
una risa divertida.
Florence asinti y bebi un sorbo de t.
Si no son ms que las diez observ McGuire estirando las piernas no puedo
haber dormido mucho tiempo.
Est loco, hombre? No son las diez de la maana siguiente. Hace dos das que
est sin conocimiento. Buen montn de plata me gan mientras usted estuvo roncando.
Y no fue fcil, le aseguro. Si alguno de mis clientes habituales llega a descubrir que la
vieja Florence tiene un cura en su cama, adis negocio.
Dos das? Los ojos de McGuire se abrieron muy grandes.
Ya me oy. Y no fueron dos das muy tranquilos, que digamos. Se lo paso
gimiendo, quejndose y hablando entre sueos.
McGuire alz la cabeza y le aferr la mano.
De qu hablaba?
No estoy segura. Pero me peg un gran susto. Sudaba, maldeca y hablaba de
unos tipos llamados Franchino y Chazen. No haca ms que anunciar que el diablo est
entre nosotros y de eso estoy segura, y que est matando a un montn de gente
y de eso tambin estoy segura. Pero lo que asustaba era la forma en que lo deca.
Gritando que usted sera el prximo. Y bueno... yo no quiero que ningn diablo lo
agarre porque usted parece un buen hombre, y sobre todo no quiero que lo haga
cuando usted est en mi cama y yo no ando muy lejos. Al diablo me lo encontrar tarde
o temprano, pero prefiero que sea lo ms tarde posible.
Estoy seguro de que Dios har que usted salve su alma.
Despus que me arrepienta?
S, hija ma.
Todas esas son palabras bonitas, Padre, pero no tengo tiempo para arrepentirme.
Apenas si tengo tiempo para agarrarme una buena tranca de vez en cuando. Se tap
la boca, azorada.
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128
La sal de la tierra nunca mat a nadie dijo McGuire riendo. Otra vez trat de
incorporarse; sus piernas no lo sostenan. Tendr que ayudarme, hija ma. Debo
regresar a la archidicesis.
Tiene que descansar un da ms. Todava no est bien.
Debo volver, sea como fuera protest McGuire. Bueno, bueno, claro que lo
ayudar. Pero no quedar muy bien que sus amigos me vean arrastrndolo por ah.
De esa parte deje que me preocupe yo, Florence. Para muchos de ellos sera una
bendicin poseer tanta bondad como la que parece poseer usted.
Por Dios, Padre, esto s que es lo ms increble que me han dicho en mi vida.
Bondad? Yo? Espere a que se lo cuente a las otras nenas de la calle.
Por favor, aydeme a vestirme y a conseguir un taxi.
Florence hizo un gesto de asentimiento.
El Padre McGuire le roz afectuosamente la mejilla con la mano.
Cuando todo esto haya terminado rezar una plegaria por usted.
Una plegaria? Muy lindo, Padre, pero nunca supe de una plegaria que sirviera
para llenar el estmago.
McGuire empez a ponerse los pantalones.
Es posible que tenga razn.
Ya lo creo, como que me llamo Florence.
McGuire se qued mirndola. Tena que agradecer a Dios que esa mujer lo hubiera
recogido y cuidado. Le deba mucho. Hurg en su pantaln, sac un billete de veinte
dlares, lo dobl y se lo puso en la mano.
Movi la cabeza instndola a aceptar.
Y ella le respondi del mismo modo.
El Padre McGuire baj a la acera y observ esfumarse la sonrisa de Florence a
medida que el taxi se alejaba. J ams haba conocido a alguien como ella, una filsofa
callejera rebosante de aforismos recogidos en el albaal, sorprendentemente rica y
compleja en su percepcin del mundo, del mundo real, tan distinto del entorno asptico
del ambiente eclesistico.
Cudese, Padre fueron sus palabras de despedida.
El le prometi que lo hara. Esperaba volver a verla; de no ser as, por lo menos
rogara por ella implorndole a Cristo que perdonara sus pecados.
Frente a l se hallaba la entrada a la rectora del seminario.
Cruz la puerta y subi por una escalera que conduca a los dormitorios del tercer
piso.
Qu ocurrira ahora?, se pregunt. A quin deba dirigirse? Y por qu no le haba
revelado Franchino el nombre de Chazen antes de morir? Rogaba por la salvacin de
Franchino y sin embargo no poda dejar de maldecirlo por su discrecin.
Al llegar al tercer rellano avanz por un largo y descolorido corredor. Su celda se
encontraba cerca de la puerta de incendio, unos quince metros ms adelante. Todo
estaba desierto; slo se oan pasos en el piso de arriba. Entr en su habitacin.
Tres hombres lo aguardaban, dos sentados en la cama y el tercero en la silla del
escritorio.
Padre McGuire? pregunt el Padre Tepper levantndose de la silla.
S contest desconcertado McGuire.
Quiera Dios que Monseor Franchino descanse en paz.
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129
McGuire asinti.
El Padre Tepper se adelant hacia l; era delgado, de unos cuarenta aos, tez
rosada y pelo negro.
Tenemos orden de llevarlo.
McGuire mir a los dos hombres sentados en la cama.
Llevarme? A dnde? inquiri con creciente incertidumbre.
Sin contestarle Tepper se acerc a la puerta y la abri.
Qu significa todo esto?
McGuire mir de frente a los tres hombres, uno por uno. Luego sali al corredor.
Subieron a un automvil negro frente a la rectora y enfilaron hacia el bajo; tomaron
la autopista del East Side y cruzaron el East River por el puente de Brooklyn. Despus,
el automvil desvi por calles laterales atravesando los barrios miserables de la ribera.
Giraron hacia el este, cruzaron una barriada predominantemente negra y por fin se
detuvieron frente a una vieja iglesia gtica.
Bajaron en silencio.
McGuire sigui lentamente a los hombres que lo escoltaban y mir hacia la esquina
tratando de leer la chapa indicatoria. Pero la oscuridad se lo impidi. Dio un vistazo al
barrio residencial en el que se encontraban. Algunas personas andaban por la calle;
todos eran blancos. Probablemente se hallaran en Brooklyn Sur, cerca de Flatbush,
aunque no poda estar seguro.
El Padre Tepper abri la puerta central de la iglesia y los condujo por el pasillo de
entrada.
Cuando se dirigan hacia una escalera al final del corredor, McGuire ech una mirada
al interior de la capilla. Estaba vaca y las luces tenues daban ms relieve a las velas
que ardan cerca de los confesionarios.
Bajaron dos tramos de escaleras hasta un segundo subsuelo y se detuvieron frente a
una gran puerta de roble. Tepper la abri e hizo seas a los dems para que lo
siguieran. Entraron a una antecmara con diez hileras de bancos dispuestas delante de
una segunda puerta. El recinto estaba iluminado por dos altos candelabros. En el primer
banco se hallaba sentado un hombre. McGuire lo mir; era Biroc.
Tepper abri la segunda puerta e hizo pasar a McGuire a una pequea capilla. Los
otros dos sacerdotes permanecieron afuera.
Dentro de la capilla, una habitacin desnuda con paredes de ladrillo, se encontraba
de pie otro sacerdote. Estaba solo y tena la cabeza cubierta con una capucha. Un
sencillo crucifijo colgaba de la pared. Sobre el altar haba un atad. McGuire sinti
entrecortrsele la respiracin cuando comprob al acercarse que el cuerpo que
contena era el de Franchino. Debajo del atad haba un segundo altar. Sobre l se
hallaban dos libros, uno abierto, el otro cerrado.
El sacerdote encapuchado condujo a McGuire hacia los libros. Seal una pgina y
le dijo algo en un susurro.
En cumplimiento de la orden recibida, McGuire comenz a leer en voz alta; los labios
le temblaban y parte de su atencin se desviaba hacia el rostro del hombre muerto. La
lectura consista en plegarias latinas de misericordia, votos de lealtad a Cristo y cantos
por los muertos que se prolongaron durante ms de una hora, hasta que lleg a la
ltima pgina del libro abierto. Entonces lo cerr y se volvi hacia Tepper y el sacerdote
encapuchado, que se encontraba de pie detrs de l.
Dios lo ayude, hijo mo dijo el hombre encapuchado . Lo aguarda una dura
prueba.
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McGuire se persign. Oy cerrarse la puerta. Y entonces qued solo, solo con el
cadver de Monseor Franchino, solo para enfrentarse con una desconocida ordala
para la cual se acababa de invocar la proteccin del Todopoderoso.
19
Gracias, Faye dijo Ralph J enkins con vehemencia, lo nico que quiero es un
poco de azcar.
No hay problema repuso Faye al tiempo que recoga del tostador dos tostadas
bien a punto. Pero no le permitir que venga corriendo y se vaya sin tomar un caf.
J enkins se encogi de hombros.
Ben interrumpi la lectura del New York Times y alz la cabeza sonriendo.
No me mire a m, Ralph. La que manda es Faye. Arrglese con ella.
Vamos, sintese. Usted toma el caf con media cucharadita de azcar, verdad?
J enkins se dej de caer en una de las sillas.
S... y una pizca de crema.
Faye abri la nevera.
Ojal pudiera convencerlo de que use edulcorante artificial. Demasiado azcar
arruina la dentadura. Y alimenta las bacterias del cuerpo.
S, lo s, pero prefiero los productos naturales a los compuestos qumicos salidos
de un laboratorio.
Faye seal su desacuerdo sacudiendo la cabeza, sirvi el caf, retir de una olla de
agua hirviendo cuatro huevos pasados por agua y los coloc en las hueveras
dispuestas sobre la mesa. Hecho eso y despus de quitarse el delantal, se acomod la
falda de gamuza que le cea estrechamente la cintura, y la blusa de seda blanca que
ondeaba como una vela desplegada sobre sus anchos hombros y sus pequeos senos.
Se la vea descansada. Haba faltado a la oficina a raz del descubrimiento del cuerpo
de Franchino, y despus de todo un da en el departamento oyendo a Ben aporrear la
mquina de escribir seis horas por la tarde y dos ms por la noche, pareca ansiosa de
volver a su trabajo.
Sali de la habitacin y regres un momento ms tarde con el nio, a quien ubic en
su silla alta. Luego invit a J enkins a servirse un huevo (l lo rechaz; demasiado
colesterol) y se sirvi un caf negro.
Todo bien en el trabajo? pregunt J enkins.
Faye asinti sonriente. Detrs de ella un sol radiante irrumpa por la ventana de la
cocina.
Me han incorporado a un proyecto muy interesante repuso volvindose hacia
J enkins. Una campaa televisiva para un fabricante de yates.
J enkins la escuch con atencin mientras llevaba la taza a sus labios.
Faye mir a Ben.
Sabes, querido, es posible que deba hacer algn viaje por cuenta del cliente.
Ah... murmur Ben. Su atencin segua concentrada en el diario.
Las oficinas de la empresa estn en San Diego.
Formidable.
Faye dobl una esquina del peridico.
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131
Ests con nosotros?
Ben asom por encima del borde.
Por supuesto, oigo todo lo que dicen. Slo que estoy leyendo un...
Pues podras leerlo ms tarde protest ella. Ralph est aqu, es nuestro
invitado. Y t te lo pasas volviendo las pginas e ignorndonos. No es muy amable.
Ben alz la vista.
Muy bien. Qu quieres que haga, querida? Que cante y baile?
Muy gracioso.
Incmodo, J enkins hizo ademn de levantarse.
Oigan, por qu no hablamos ms tarde?
Sintese, Ralph. Slo estamos bromeando. Vamos. Hablaremos y haremos feliz a
Faye.
Faye lo mir de soslayo.
A veces me pones furiosa.
No es ms que una broma. A travs de la arcada que se abra sobre el living,
Ben seal la mesa ubicada junto a la ventana, donde se apilaba un rimero de pginas
en blanco junto a la mquina de escribir. Trato de apartar mi mente de eso.
Por qu? pregunt J enkins.
Estoy empezando a odiarlo. Cada vez que urdo una trama y empieza a andar,
salta de pronto alguna incoherencia que me obliga a reencaminar la narracin o a
romper las pginas y empezar todo de nuevo... Ralph, me temo que sta pueda ser mi
primera y ltima novela.
J enkins hizo un gesto de comprensin y simpata.
Ben volvi a mirar el peridico forzndose a mostrarse lo ms amable que poda.
Una nica realidad importaba: el paradero del Padre McGuire. Haba empezado a
buscarlo en cuanto se fue la polica, la maana en que muri Franchino, pero sin ningn
resultado. La oficina de McGuire en el seminario se hallaba cerrada y el portero le dijo
que no lo vea desde haca das. Lo mismo le informaron en la rectora. Ni rastros del
hombre. Ningn mensaje. Ningn contacto. Ben llam varias veces a la archidicesis
pero las personas que lo atendieron o bien jams haban odo hablar de McGuire o no
supieron darle razn de l. Sin duda el sacerdote estaba al tanto de la muerte de
Franchino, incluso era probable que se hubiera visto envuelto en las contingencias que
la rodearon. Y en algn momento aparecera. Pero lo hara a tiempo?
La espera era angustiosa.
El beb parlote alegremente golpeando las manos contra la bandeja de su silla alta.
Faye se inclin para besarlo y enseguida sonri clidamente a J enkins.
Se da cuenta, Ralph? Basta que usted venga para que todo el mundo se sienta
feliz.
Usted es demasiado amable, Faye, pero quizs el entusiasmo sea contagioso.
Entusiasmo? pregunt Ben. Ya qu se debe su entusiasmo?
Acabo de recibir un envo de Europa. Las cosas estn en mi departamento. Tienen
que venir a verlas, los dos.
A ver qu?
Dos piezas raras de mobiliario Biedermeier diseadas por Karl Friedrich Schinkel
para la reina Luisa de Prusia. Llegaron para ser presentadas en una exposicin privada
y las han confiado a mi cuidado. Son muy raras y valiossimas. S... tienen que venir a
verlas.
Faye se puso de pie.
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Pasar al volver del trabajo. Estar en su casa?
Despus de las siete.
Perfecto.
J enkins mir a Ben, quien en ese momento echaba una ojeada a la ltima pgina de
la primera seccin.
Y usted, Ben?
Ben alz la mirada, preocupado.
Ir en algn momento, esta tarde. Tengo que seguir escribiendo. Le tocar el
timbre cuando pueda.
J enkins asinti aprobatoriamente y se puso de pie en el mismo momento en que
Faye miraba su reloj y haca un gesto de alarma; llegaba tarde.
Mientras ella despejaba la mesa, Ben concentr toda su atencin en el peridico.
Luego lo dobl, carraspe y se reclin en la silla echndola hacia atrs.
Aqu hay algo interesante coment . Una necrologa. Monseor Guglielmo
Franchino. Nacido en Turn, Italia. Fallecido en Nueva York. Tom los hbitos el 11 de
junio de 1939. Se ri, observado por Faye y J enkins, luego arroj el diario sobre la
mesa y sac al beb de su silla.
Que descanse en paz dijo.
Poco antes del medioda, despus de un paseo por el parque, Ben volvi al
departamento con J oey, lo dej en su corralito y se sent ante la mquina de escribir.
Despus de la partida de J enkins y Faye haba tratado una vez ms de localizar a
McGuire y el nuevo fracaso, sumado a la caminata improductiva, le dejaba un nico
recurso para alejar de su mente el destino de su mujer y la desaparicin de McGuire:
dedicarse a su novela.
Empez a elaborar mentalmente un comienzo de captulo y enseguida se puso a
teclear a toda mquina. Cuanto ms escriba, ms creca su mpetu histrico, como si
aporreando en las teclas pudiera descargar su enojo y sus frustraciones. Sigui cada
vez ms rpido, respirando hondo, hasta que arranc del carro la ltima pgina y
despus de revisar lo hecho estruj las hojas y las tir al cesto. Se recost en el sof
tomndose la cabeza, invadido por la desesperacin. Y ahora qu? Otro paseo?
Seguir escribiendo? O dejarse sumergir nuevamente en la continua introspeccin, el
castigo implacable al que estaba sometiendo a su mente y su cuerpo?
Sac al beb del corralito, lo acun en sus brazos, se acerc a la puerta y sali al
corredor. J enkins le haba pedido que fuese a ver las antigedades. Y eso era
precisamente lo que hara. Tena que distraer su mente del problema que lo acosaba.
Toc el timbre en el departamento de J enkins. Oy un arrastrar de pies, luego el
sonido del picaporte al girar.
Ben lo salud J enkins, abriendo la puerta.
Vine a ver sus tesoros dijo Ben sonriendo.
Lo esperaba. Y tambin a J oey, aunque no creo que tenga edad suficiente para
apreciar un Biedermeier.
Ben ri.
Quiz tampoco yo tenga la edad necesaria!
Absurdo replic J enkins hacindolo pasar al living.
La habitacin pareca haber sido trasladada sin modificaciones de alguna exposicin
eclctica en un museo. Fuera de algunos muebles de uso corriente, el departamento
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133
contena sobre todo piezas de mobiliario francs provincial, intactas, decorativas, y
segn J enkins muy valiosas.
No creo que haya visto nunca nada parecido declar J enkins mientras conduca
a Ben al otro extremo del living y quitaba las cubiertas protectoras de los muebles que
acababan de enviarle. Esta es una cama diseada para la reina Luisa. Est
enchapada en madera de peral.
Ben se inclin para ver mejor. La cama pareca una cuna grande y no le deca gran
cosa. Era demasiado delicada y careca de un estilo definido.
Y este es un gabinete de coleccionista prosigui J enkins . Circa 1835.
Enchapado en madera de arce y decorado con medias tintas que reproducen escenas
alemanas. En el interior tiene varios cajones chatos. Abri el mueble y los mostr .
Para los artesanos de la poca este tipo de gabinete constitua una verdadera obra
maestra que pona a prueba el talento del artista, ya que se prestaba especialmente al
lucimiento del enchapado y las tallas. Hermoso, verdad?
Ben asinti, apreciando la pieza. Pareca una caja rectangular puesta de costado y
montada sobre cuatro patas. Pero era elegante, refinadamente ornamentada, y lo
impresionaba ms que la cama.
J enkins volvi a cubrir los objetos. Ben se sent en uno de los dos sofs enfrentados,
enjug la barbilla de J oey, que estaba babeando, y escuch las explicaciones que le
daba J enkins sobre la proyectada exposicin mientras le serva caf y bizcochos.
Y bien, qu le parecen? inquiri J enkins sentndose frente a l.
Son hermosos repuso Ben y admiti que aunque l no tena una particular
sensibilidad para este tipo de piezas, reconoca no obstante su valor intrnseco.
J enkins ri, le perdon su ignorancia, se enjug los labios con un pauelo y dej su
taza sobre la mesa baja.
Hay otra razn por la cual me alegro de que haya venido, Ben. Tengo que hablar
con usted y no quise hacerlo antes en presencia de Faye.
De qu se trata? pregunt desconcertado Ben.
Tengo un amigo en el departamento de polica, que trabaja en la oficina del jefe de
mdicos forenses. Lo llam esta maana para saber a qu conclusiones haban llegado
en cuanto a las causas de la muerte del seor Franchino. Me dijo que a ninguna...
porque les haban robado el cadver!
Cmo? grit Ben echndose hacia adelante a riesgo de hacer caer al beb al
suelo.
Asaltaron la morgue y se llevaron el cuerpo. Puede imaginar algo semejante?
S, poda, pens Ben. Pero no quera alarmar ms a J enkins y dijo:
Increble.
Para qu se le ocurre que alguien podra querer el cuerpo del hombre?
No lo s. Ben se encogi de hombros.
En cambio yo s declar J enkins.
Ben lo mir.
En serio?
J enkins alz su taza y bebi un sorbo de caf.
Por supuesto, Ben... Usted y yo debemos hablar del bien y del mal. Se qued
mirndolo un momento y enseguida prosigui. Me creer usted si le digo que este
edificio se ha convertido en un campo de batalla entre fuerzas opuestas? El Bien frente
al Mal. Dios frente a Satans.
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Ben se puso de pie, el rostro encerrado tras una cortina de miedo. Se forz en
componer una expresin neutra, lanz una mirada atnita al dueo de la casa y
estrech con ms fuerza a su hijo.
No entiendo dijo.
S que entiende. Entiende perfectamente. Sabe que el Centinela cumple su vigilia
por mandato de Dios. Claro que sabe todo eso. O no es as, Benjamn Burdett? El
detective Gatz hizo un gran trabajo. Y tambin monseor Franchino. Usted es muy
versado.
Cmo lo sabe? pregunt Ben dominado por el pnico.
J enkins lanz una carcajada y levantndose del sof se acerc a Ben al tiempo que
se acomodaba su traje de tres piezas.
Est asustado, Ben dijo ajustndose los anteojos. Y es lgico que lo est.
Pero en cuanto usted y yo tengamos una larga charla el miedo se le pasar.
Ben empez a caminar hacia la puerta. Un violento temblor le estremeca el cuerpo.
La expresin de J enkins se haba endurecido como constreida por un molde de acero;
era rgida, sin vida.
Djeme en paz! exclam Ben.
No puedo.
Con un movimiento frentico Ben se lanz sobre la puerta y trat de abrirla pero el
picaporte no gir. Forceje sosteniendo al beb con una mano, mientras pateaba y
araaba la puerta, pero nada consigui. Pareca sellada, como si la hubieran soldado.
Se volvi hacia J enkins.
Haba desaparecido!
Dios mo gimi acunando al nio en sus brazos, tratando de protegerlo de la
presencia desconocida que habitaba el departamento.
Enloquecido empez a caminar de una punta a la otra de la habitacin. Qu deba
hacer? Corri hacia una de las paredes y empez a golpear lo ms fuerte que poda. Si
los Woodbridge estaban en casa lo oiran. Pero no, ahora recordaba que se haban ido
por todo el da. Y de nada le servira golpear las otras paredes, ya que daban sobre la
parte abierta del edificio.
Arranc la cubierta de la cama Biedermeier, acost al nio en el sof y lanz la cama
sobre la puerta tratando de derribarla. La cama se hizo pedazos; la puerta permaneci
intacta.
Oy un movimiento.
J enkins grit volviendo a alzar a J oey.
Ruido de pasos.
Tom el telfono; la lnea estaba muerta. Trat de levantar las persianas de las
ventanas; imposible. Prob con el telfono interno. Nada.
Qu quiere de m? grit.
De pronto, entrando en el living por la arcada del dormitorio, reapareci J enkins.
Ben lo mir, incrdulo y asombrado. Qu era esa ropa que tena puesta? En qu
se haba transformado?
J enkins seal el sof.
Sintese, Ben orden.
Aterrorizado Ben se dej caer en el sof, apretando estrechamente a J oey entre sus
brazos. J enkins se aproxim a l y lo mir con ojos que no eran los suyos, ojos tallados
en granito, ojos hipnticos que clavaron a Ben en su sitio, lo paralizaron, aniquilaron su
voluntad.
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Reza, Ben Burdett. Rzale a tu Dios Todopoderoso.
20
Sepultado en silencio, el Padre McGuire dej correr sus manos sobre los grabados
florentinos como sobre un texto en Braille; luego abri el libro. El tipo de letra era
grande; las palabras, latinas. Ese, entonces, sera el medio por el cual se enterara de
los deberes de Franchino, de ahora en adelante los suyos. Se enjug las gotas de
transpiracin que le humedecan la cara y lanz una mirada a la mscara mortal de su
predecesor, brillante como cera recin fundida bajo la luz temblorosa de las velas. Por
qu se encontraba all el cadver de Franchino?, se pregunt sublevado por la
presencia de la muerte. Bien poda haber ledo el texto sin tener frente a s la
corporizacin de su culpa: l estaba vivo, slo Franchino haba sucumbido por la mano
de Satans.
Con dedos temblorosos empez a recorrer las lneas; lea lentamente, consciente de
que estaba reviviendo los albores de la iniquidad, la confrontacin entre Dios y el
arcngel cado.
La liturgia relataba cmo haba convocado Dios a sus ngeles, quienes acudieron
desde todos los confines del Cielo para or al Todopoderoso revelarles la existencia de
un Hijo al que todo el poder le sera otorgado.
Od, ngeles todos, en este da he engendrado al que
declaro mi nico Hijo. Ante l se doblarn todas las
rodillas en el Cielo, y quien le desobedezca ser
abismado en las tinieblas.
Y hablaba de Satans, el primer arcngel, cuyos celos y envidia se alzaron contra
ese pronunciamiento y que, considerndose menoscabado, resolvi destruir el trono del
Seor.
Sin embargo, el ojo del Eterno, cuya mirada descubre
los ms secretos pensamientos, vio la revelacin
naciente, vio alzarse multitudes para oponerse a su
augusto decreto.
Y el Todopoderoso encomend a su Hijo la proteccin del trono supremo, y el Hijo de
Dios acept el mandato con alegra en el alma. Y el Todopoderoso envi a sus ngeles
Miguel y Gabriel, para combatir con Satans y sus legiones y arrojarlos al lugar de su
castigo, el abismo de Trtaro.
Entonces se desat una tempestuosa furia y se alz un gran clamor.
Con horrible estridencia chocaron armas contra armaduras. El cielo
entero reson con su estruendo cuando de una y otra parte
combatan cual fieros adversarios millones de ngeles.
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McGuire interrumpi su lectura y aguz el odo. Segua reinando un silencio total.
Eludiendo el rostro de Franchino trat de aislarse de la ola de pnico que creca dentro
de l. En las ltimas horas el texto lo haba ganado, invadindolo; las palabras se
transformaban en imgenes vividas, un relmpago increble y penetrante estallando en
su mente. Y pensar que an le faltaba tanto, centenares de pginas ms. Encontr la
lnea donde haba abandonado y volvi a sumergirse en la guerra primordial.
Dos das han pasado desde que Miguel march
a someter a los rebeldes. Tuyo es el tercer da.
Hijo, y tuya la gloria de poner fin a esta gran guerra.
Ve, pues, asciende a mi carro, persigue a esos
hijos de las tinieblas y arrjalos al abismo.
Y el Hijo de Dios cumpli la orden de su Padre y arroj a Satans del paraso.
Arrojlos entonces el Hijo ms all de los confines
del cielo, a las profundidades tenebrosas.
El infierno los recibi y se cerr tras ellos.
El infierno, todo ros de fuego, asilo de desdicha y de dolor.
McGuire sigui leyendo la narracin del triunfante regreso del Hijo al Cielo. Luego,
pese al agotamiento que lo invada, solt el precinto que mantena unidas las pginas
siguientes. Desfilaron entonces la perversin del hombre por Satans, su cada y la
vigilancia que Dios le impuso a travs del Centinela. Luch para mantenerse despierto,
el cuerpo derrumbado por las horas de tensin y esfuerzo. Or por el fin de su
tormento. Pero haba ms y ms, pgina tras pgina de instrucciones detalladas, la
ndole de la transicin, la completa, abrumadora verdad. Y por fin supo todo lo que
haba sabido Franchino.
Presa de vrtigo cerr el volumen y se puso de pie. Se acerc a la puerta de madera,
golpe y aguard. La puerta permaneci cerrada, el cuarto silencioso. Nuevamente
golpe tratando de reprimir una extraa sensacin de terror; luego volvi a su asiento,
reclin la cabeza sobre los libros y cerr los ojos. Qu cansado estaba... Deseaba
dormir.
Oy movimientos. Mir hacia la puerta y trat de identificar el ruido, un ruido que se
hizo ms intenso para enseguida debilitarse hasta terminar por estallar envolvindolo
como una tormenta de emociones. Cubrindose los odos se puso de pie y empez a
retroceder. El cuerpo de Franchino se haba alzado del atad. En medio de un terrible
ulular, se ergua sobre l, amenazante. Aterrado cay de rodillas, los ojos fuertemente
cerrados para alejar la visin, apretndose las orejas para exorcizar el ruido. Se sinti
envuelto en fuego, como tocado por el aliento de Satans. Y entonces fue arrebatado,
transportado hacia atrs en el tiempo, a lo que ya una vez haba sido. Oy el fragor, vio
irrumpir a las almas ululantes, sus cuerpos cubiertos de armaduras, vio al conductor de
las legiones malignas, Charles Chazen, azuzndolas contra su indefensa presa Allison
Parker, tendida en el piso de su departamento en la vieja casona, vio el antagonista de
Chazen, el Padre Matthew Halliran, el Centinela, lo vio avanzar ayudado por Franchino
en un desesperado intento de transferir el crucifijo y volver a arrojar a Satans
encarnado en Chazen, a las regiones infernales de Trtaro para hundirse y arder en los
fuegos eternos. Lanzado a travs del tiempo hacia momentos eternos sin dejar de
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permanecer al mismo tiempo en el cuarto, fue testigo de la transicin y presenci la
imposicin de la penitencia al alma mortal de Allison Parker. La visin de la Hermana
Thrse se desdibuj entonces hasta desaparecer, se apart de su mente para ser
reemplazada por un desgarrante dolor de cabeza y un intenso zumbido en los odos.
Abri los ojos y se estremeci a la vista del cuerpo mortal de Franchino, de pie frente a
l, las carnes marchitas. Nuevamente lo envolvi la oscuridad. Sinti que esa presencia
quera aduearse de l, hacerse una con l. Y en ese momento comprendi! No era
carne mortal la que tena ante s, pues la forma mortal de Franchino an yaca en el
atad. No..., era el alma de Franchino la que buscaba su morada. Esa era la verdadera
prueba que aguardaba al Padre McGuire; la transmigracin, la sucesin no slo del
Centinela sino del serafn mortal reclutado para servir al Todopoderoso, para asegurar
la continuidad de la lnea sucesoria.
Sumido en el delirio, cay de rodillas. Una presencia haba penetrado en su cuerpo
fortaleciendo su voluntad. Se puso rgido y un tumulto de sensaciones lo invadi, hasta
que empapado por un sudor pegajoso se desplom inconsciente sobre el piso.
El Padre Tepper entr a la habitacin y se acerc a la puerta de la capilla. Haba
cambiado de ropas y estaba recin afeitado, pero su expresin segua tan sombra
como lo haba sido desde el comienzo de la ordala de McGuire.
Asi el picaporte de metal y lo hizo girar.
Momentos ms tarde sali el Padre McGuire.
Biroc alz la mirada y lo mir espantado. S, era el Padre McGuire, pero haba
envejecido dando un salto increble a travs del tiempo en las ltimas cuarenta y ocho
horas. Tena el pelo blanco y surcos profundos en la cara; los ojos se haban tornado
fros y distantes.
McGuire y el Padre Tepper se abrazaron.
Biroc permaneci a un lado, penetrado por un temor reverencial.
McGuire se acerc y pos una mano sobre el hombro del eslavo.
Hijo mo dijo. Su tono era consolador y a la vez pleno de autoridad.
Se siente bien, Padre? pregunt Biroc.
McGuire asinti.
Tenemos mucho que hacer.
Soy su servidor, Padre.
McGuire lo condujo hacia la puerta dicindole:
Quiero saber todo lo que sea posible averiguar sobre el hijo de los Burdett y
tambin sobre ellos. Usted pondr en juego sus mltiples recursos para conseguir esa
informacin a la mayor brevedad. Hay poco tiempo y debemos usarlo de la mejor
manera.
Empezar de inmediato.
Excelente repuso sonriendo McGuire y abri la puerta que daba a la
antecmara.
Subieron la escalera. Afuera aguardaba un automvil. McGuire ayud a Biroc a
ubicarse y el auto parti calle arriba.
Entonces McGuire dio media vuelta y volvi a entrar en la iglesia.
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138
21
Cuatro das ms tarde J oe Biroc llam al Padre McGuire al seminario y le inform
que su tentativa de reunir datos acerca del beb de los Burdett haba resultado mucho
ms complicada de lo previsto. Pese a la informacin anterior que posean, segn la
cual el nio haba nacido en el hospital presbiteriano de Manhattan, los registros del
hospital, verificados por Biroc, no contenan la menor referencia a los Burdett. A decir
verdad, no le haba sido posible encontrar ningn detalle relativo al nacimiento del nio
en cualquier otro lugar.
Desconcertado, McGuire le dio instrucciones para que continuara la bsqueda.
Luego llam a los Burdett y supo por Faye, que Ben estaba en el club atltico
Knickerbocker y que regresara en el lapso de una hora.
En lugar de volver a llamar, McGuire decidi tomar un taxi hasta el club y encontr a
Ben en las canchas de squash. Trep al tercer piso, a unos trece metros de altura sobre
la zona de juego, y se apret contra el vidrio de observacin. Momentos ms tarde Ben
lo vio.
El Padre McGuire se apart del vidrio y baj los escalones que llevaban a la cancha;
Ben lo esperaba.
Quiero hablar con usted le espet altaneramente mientras miraba asombrado el
pelo blanco de McGuire. Qu le haba pasado al sacerdote?
Y yo con usted replic McGuire Dnde podemos estar solos?
Ben se pas una toalla por la cara y lo gui hasta una habitacin vaca destinada a
juegos de saln.
Ocuparon una mesa de poker, uno frente al otro. Ben sac un cigarro del bolsillo de
su suter y le ofreci otro a McGuire, quien lo rechaz.
Quiero que me conteste un par de preguntas empez diciendo McGuire despus
de carraspear con gesto ceudo.
Ben golpe los puos sobre la mesa.
No! Aqu el que va a contestar preguntas es usted. De lo contrario puede irse con
la msica a otra parte.
Ben...
Dejmonos de engaos. Padre.
McGuire se ech hacia atrs en la silla tironendose las mangas de la chaqueta.
Usted estaba en este maldito asunto desde el comienzo afirm Ben.
S.
Por eso estaba en el barco.
S.
Y fue tambin por eso que arregl lo del cambio de mesa?
S.
Ben se inclin hacia adelante y le clav una mirada asesina.
Usted dej el crucifijo en mi puerta!
S.
Y de no ser por la muerte de Franchino, se hubiera seguido ocultando.
No puedo contestarle. Hice lo que me ordenaban. No tom iniciativas.
Ben se acod en la mesa.
Lo vi salir del parque, cuando haca seas a un taxi.
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Lo s admiti estoicamente McGuire. Franchino me lo dijo.
Ben aspir una profunda bocanada de su cigarro y lanz un anillo de humo al techo.
Cmo muri Franchino?
No lo s.
Mentira! Le repito: cmo muri Franchino?
La expresin de McGuire cambi.
No exagere la nota, Ben dijo con brusquedad. Si contesto a sus preguntas es
porque quiero hacerlo. Estoy tratando de mostrarle mi buena fe, de ganar su confianza.
Ya no soy un pen en manos de Franchino. Tampoco tengo el lujo de su presencia
junto a m. Los deberes de l son ahora los mos. Y los cumplir sin temor a arriesgar
mi vida y sin aceptar ninguna interferencia.
Ben call, confundido. Trag con fuerza y luego volvi a hablar en un tono menos
agresivo:
Dnde estuvo todo este tiempo? Por qu no se comunic conmigo despus de
la muerte de Franchino?
Me fue imposible. Hubo cosas que debieron hacerse. Pero eso poco importa. Lo
nico nuevo es que yo he asumido el papel de Franchino. Por lo dems, nada ha
cambiado.
Es decir que Faye debe ser el prximo Centinela.
S.
Pero Franchino me dijo que haba una alternativa... una manera de cambiar el
destino de mi mujer.
McGuire asinti. Y sin duda le dijo que para lograrlo usted debera hacer todo lo
que l y yo ahora le dijera. Sin preguntas. Sean cuales fueren las consecuencias.
S... as lo entend.
Bien dijo McGuire ponindose de pie. Se aproxim a la ventana, luego se volvi.
Dnde naci J oey Burdett?
Yo no...
Dnde naci su hijo?
Ben mir al vaco. McGuire observ la reaccin; haba dado en el blanco. Aguard.
En Manhattan respondi Ben.
En qu hospital?
El presbiteriano. En el Columbia Medical Center.
Quin fue el obstetra?
El doctor Herb Raefelson.
Cmo puedo comunicarme con l?
Imposible. Muri de un infarto hace tres meses. Muy hbil, pens McGuire.
Y sus archivos?
Ben arroj su cigarro al piso.
Cmo quiere que lo sepa? No fui su secretario. Se puso de pie y se acerc al
sacerdote. Vea, Padre. No entiendo qu es lo que pretende. Pero no tengo nada que
ocultar. Mi hijo naci en el hospital presbiteriano; Raefelson lo trajo al mundo.
McGuire sonri.
Verificamos los registros del hospital. No hay el menor rastro de J oey Burdett.
Tampoco hay ninguna constancia de la internacin de Faye Burdett. Ni recibo alguno de
pago a su nombre o el de su esposa.
Pues son fallos del hospital. Yo no tengo la culpa de su incompetentes. El beb
naci all, y eso es todo.
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140
McGuire hizo un casi imperceptible movimiento con la cabeza.
Ben... me est diciendo la verdad?
Ben explot.
S, por mil demonios! Y qu hay con eso? Qu importa dnde haya nacido el
chico? Y por qu pierde tiempo cuando est en peligro la vida de mi mujer?
McGuire aferr a Ben por el hombro,
Por qu pierdo tiempo? Creo que usted conoce muy bien la respuesta.
Es imposible que Chazen sea el nio!
Quiz. Pero hay una razn por la que usted me miente. Afloj la presin de su
mano y se dirigi hacia la puerta; all se volvi y encar a Ben con expresin de enojo.
Llmeme si piensa decirme la verdad. De lo contrario, la averiguar por mi cuenta. Y
entonces, Dios lo ayude!
Consumido por una creciente frustracin, McGuire fue a la archidicesis y se encerr
en la oficina que haba sido de Franchino.
Afortunadamente, contaba con Biroc. Si haba alguien que poda desentraar la
verdad y descubrir las razones de la intransigencia de Burdett, ese alguien era el
gigante eslavo. Pero poda llevarle tiempo, y el tiempo escaseaba. La transicin deba
efectuarse el viernes; faltaban seis das.
Acomod la lmpara del escritorio y se restreg los ojos. A sus espaldas las
ventanas estaban cerradas, cubiertas con persianas venecianas corrodas, que no
dejaban filtrar la luz.
Abri un gabinete de doble cerradura colocado detrs del ala izquierda del escritorio.
En el interior haba una serie de legajos dispuestos por orden cronolgico, cada uno
dividido en dos secciones y con tarjetas de identificacin en los bordes.
Sac los dos primeros, Allison Parker / Hermana Threse y William O'Rourke / Padre
Halliran. El legajo de O'Rourke contena la semblanza del hombre que haba sido el
Padre Halliran antes de su reclutamiento. En la segunda seccin estaban los datos de
la identidad dispuesta para el Padre Halliran,
a quien se le atribua un supuesto cargo de pastor en la iglesia Heaven's Angels de
Flushing, Queens, una congregacin desaparecida ms de dos dcadas atrs.
Hoje la carpeta; luego pas el material correspondiente a Allison Parker / Hermana
Thrse; all figuraban en detalle la vida de Allison Parker y los antecedentes fraguados
para dar pie a su nueva personalidad religiosa. *
Y fue entonces cuando empez a aduearse de l un sentimiento de horror nacido
de la increble farsa de la que l formaba parte.
Volvi a colocar en su lugar los dos legajos y sac un tercer sobre, tambin dividido
en dos secciones. Lo puso bajo la luz. Levant la solapa de la primera divisin y
examin los documentos que contena. El principal, en el que concentr su atencin,
era un informe psiquitrico escrito por el doctor Martins Abrams. Describa la psicosis de
su paciente, su intento de suicidio relacionado con la muerte de su madre, y conclua
con un minucioso anlisis de la forma en que el paciente haba reprimido esos hechos.
Ese era el documento ms significativo, la clave para que el paciente fuera elegido
como prximo Centinela, y explicaba por qu el futuro Centinela desconoca
completamente su pasado.
McGuire sigui hojeando las dos secciones, la primera rotulada Padre Bellofontaine;
la segunda, Ben Burdett.
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141
Ben Burdett... el prximo Centinela.
Habra facilitado de veras las cosas el hecho de que Burdett, a travs de una serie
de increbles coincidencias, se hubiera convencido de que era Faye la elegida?
Viendo las cosas retrospectivamente, McGuire estaba seguro de que as era. Por lo
menos eso les haba permitido manejar con ms comodidad a Ben Burdett.
Apag la lmpara, guard el legajo y sali de la oficina.
El lunes por la maana, Biroc llam al Padre McGuire para decirle que haba
descubierto ms informacin y que deba hablarle con urgencia.
McGuire lleg al 81 de la calle Ochenta y Nueve Oeste poco antes de las diez.
222
De qu se trata? pregunt. Senta el pulso acelerado.
Sentado en una cama turca en el subsuelo, Biroc haca rodar entre sus dedos la pipa
que le haban regalado Faye y Ben. McGuire se sent a su lado.
Volv a verificar la informacin que me dieron en el hospital presbiteriano
comenz diciendo Biroc con tono sobrio. Todo era correcto. El chico no naci all.
Tambin le segu el rastro a Raefelson. Es cierto que trat a Faye Burdett, aunque se
desconoce la ndole del tratamiento. Lo cierto es que no era obstetra y no hay nada que
indique que haya atendido el parto. Entonces me dediqu a investigar en todos los
hospitales de Nueva York, extendindome hasta la costa de Nueva Inglaterra. Y
encontr lo que quera.
McGuire se puso tenso; el morboso carcter que tomaban los acontecimientos
alimentaba su curiosidad.
J oey Burdett naci en el Massachussetts General Hospital de Boston prosigui
Biroc. Y Faye Burdett no es su madre natural. La verdadera madre vive en Concord,
Nuevo Hampshire. Su apellido es Burrero. El servicio social del hospital ofreci en
adopcin al beb dos das despus de su nacimiento, y el nio fue entregado el 22 de
julio a Ben y Faye Burdett,
McGuire digiri la inquietante informacin.
Tal como usted me lo pidi continu Biroc, tambin verifiqu los datos
correspondientes a Ben Burdett, En mi opinin, todos sus antecedentes son errneos.
Qu quiere decir con eso? pregunt McGuire.
La informacin que contiene el legajo es errnea en todo lo que se refiere a la
infancia de Burdett. Lo ms importante es que tanto su padre como su madre murieron
de enfermedades coronarias. Nunca hubo un caso de cncer en la familia cercana, y es
seguro que su madre no muri de esa enfermedad. Asimismo, no existe la ms mnima
duda de que la madre muri por causas naturales. Ben Burdett no la mat ni jams
intent suicidarse.
McGuire estaba atnito.
Es imposible. Franchino no puede haber cometido semejantes errores.
No s quin fue, pero lo cierto es que los errores se cometieron. Nunca estuve tan
seguro de nada en mi vida.
Hay algo ms? pregunt McGuire tan confundido que le resultaba casi
imposible pensar con claridad.
S dijo Biroc . Hay una pista. A todo lo largo de mi investigacin apareci
varias veces el nombre de un tal Arthur Seligson. Seligson tuvo algo que ver con Ben
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142
Burdett. Segu averiguando y encontr a un hombre llamado Charlie Kellerman. No
habl con l, pero tengo su direccin.
Podr ayudarnos?
No lo s. Pero es la nica pista que tenemos.
McGuire asinti.
Dnde puedo encontrar a ese hombre?
En el Village contest Biroc y le tendi un papel con la direccin. McGuire ech
un vistazo al papel, lo dobl en cuatro y se lo guard en el bolsillo.
Tendido en su catre, Charlie Kellerman alz la mirada y se lanz a rer; ms que una
risa, era un cloqueo singular, entrecortado por un resuello estridente.
Sintese, Padre invit formando las palabras con los labios, la lengua y el
paladar. No tengo laringe, por eso no me es fcil hablar y a la gente le cuesta
entenderme. Tuvieron que sacrmela. Cncer. Seal con el dedo. Trigase ese
asiento.
McGuire acerc el banco endeble que le indicaba el hombre; cruji bajo su peso.
De modo que quiere hablar conmigo, eh? pregunt Kellerman.
S. Pero antes quisiera encender alguna luz... quiz podramos abrir las ventanas.
Le agradecer que no lo haga. La luz me hiere los ojos y los lentes oscuros ya no
me sirven de nada. Me entiende?
McGuire mir el cuerpo del hombre. Tena las venas de los antebrazos llenas de
costras llagadas. La mueca derecha pareca gangrenada. Las pupilas se vean
enormemente dilatadas y los tobillos, que asomaban por debajo de la chilaba marroqu
que usaba, aparecan hinchados y descoloridos. No caba duda que Kellerman era un
drogadicto veterano.
Le gusta mi casa? pregunt Kellerman abarcando con un amplio ademn de
sus brazos la buhardilla de un solo ambiente.
S. contest McGuire, y trat de mantener una expresin alegre ignorando el
hedor, los montones de ropa y platos rotos y la capa de polvo que cubra todo lo que se
hallaba a la vista.
Hace unos cinco aos que vivo aqu le inform Kellerman. Desde que cerr mi
club de homosexuales, el Soire. Por aquel tiempo ganaba un montn de plata. Tena
un gran dplex en la Tercera Avenida y la Veinte. Toda la droga que necesitaba.
Mujeres. Maricas. Orgas. Se viva. Pero eso fue hace mucho tiempo. Ahora estoy en el
pozo. Se acab el dinero. Me lo tir en coca y herona. Y no pude abrir otro club. No me
quisieron dar el permiso para despachar bebidas alcohlicas porque me haban
agarrado vendiendo droga. Se humedeci los labios y busc una posicin ms
cmoda. S..., as fue la cosa. Pero no me quejo, hombre. Estoy muy bien. Vivo en
una nube. Bien alto, all arriba en el cielo, a la sombra de Dios. Tengo mi ser astral.
Nadie puede tocarme un pelo.
McGuire sacudi la cabeza; senta compasin por ese despojo humano, por su
cuerpo esculido, por su distorsionada visin del mundo nacida de la droga.
Puedo hacer algo por usted, seor Kellerman?
Bueno, ya que me lo pregunta... s, puede. Usted quiere algo de m. Informacin?
De acuerdo. Pues entonces yo necesito algo de usted.
Qu?
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Un par de verdes. Necesito dinero para hacer contactos. Ya no estoy para
meterme en negocios y tampoco puedo andar asaltando gente en la calle. De modo que
esperaba la visita del hada madrina. Hizo una pausa, su cara despleg todo su
catlogo de visajes, y enseguida aadi radiante: Y aqu est usted, seor Hada
madrina.
McGuire sac del bolsillo un billete de cincuenta dlares y lo puso junto al borde de la
almohada.
No, amigo, eso no alcanza le advirti Kellerman.
McGuire dej otro billete igual encima del primero.
Kellerman tom el dinero y lo guard debajo de la manta.
La prxima dosis, por cuenta de J ess, Padre.
McGuire esper que cesara la risa convulsiva del drogadicto, que lo hizo agitarse en
la cama hasta caer rpidamente exhausto.
Podemos hablar? se anim a sugerir por fin.
Por supuesto, Padre. Kellerman espant una cucaracha de las mantas.
Usted quiere hacerme preguntas? Pues yo tengo unas ganas locas de contestarlas.
El nombre Arthur Seligson le dice algo?
Kellerman se esforz por recordar.
No estoy seguro repuso. Me suena conocido.
Se recogi dentro de s mismo murmurando incoherencias mientras mova sus
brazos ulcerados. Varias veces empez a decir algo que se interrumpi rechazando la
idea, trasladndose a otro mbito de tiempo y espacio. McGuire permaneci inmvil
observando cmo el hombre luchaba consigo mismo tratando de resucitar recuerdos.
Tras diez minutos de silencio Kellerman se incorpor a medias apoyndose en la
almohada. Seal un cigarrillo abandonado sobre un cenicero y le pidi a McGuire que
se lo trajera. El sacerdote se lo alcanz (no era ms que una colilla), lo puso en la boca
del hombre y se lo encendi. Enseguida se apart, asqueado por el olor rancio del
tabaco.
S, lo recuerdo dijo Kellerman orgulloso de su hazaa. Sola venir a mi club.
Acab por ser un cliente. Una o dos veces por semana. Era atractivo. Sexy.
Descrbalo!
Pelo oscuro. Estatura mediana. Buenas joyas de familia.
J oyas?
Kellerman lanz una risita.
Bueno, ya sabe, pelotas. De vez en cuando le daba un apretn, aunque tena que
hacerlo a escondidas porque el amante de Seligson era un bastardo muy celoso.
Quin era su amante?
Una loca, llamado J ack Cooper.
McGuire sac una libreta del bolsillo y anot el nombre.
Pues como le iba diciendo continu Kellerman, sola venir un par de veces por
semana para ver a Cooper, que trabajaba para m.
Y cunto tiempo dur eso?
Alrededor de un ao. De pronto Seligson se hizo humo. No volvi a aparecer.
Nunca ms lo vi.
Es todo lo que sabe sobre l?
S. Pero qu ms podra haber? Oiga, Padre, all por los aos sesenta, la
mayora de los maricas no daban la cara. Algunos se ocultaban, otros rondaban por los
bares y las casas de baos. Y haba un montn de tipos que tenan dos personalidades.
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La falsa, que mostraban al mundo real, y la real, que mostraban al mundo de los
homosexuales. Me capta? De modo que si uno quera tener xito manejando un bar,
no haca preguntas. Mientras los clientes pagaban, lo dems me importaba un comino.
Claro que a mis amigos los tena bien calados. Pero con los parroquianos como Arthur
Seligson no haba modo de saber. Iban y venan. Y tarde o temprano todos
desaparecan. Algunos cambiaban de territorio. Otros se iban de la ciudad. Algunos se
regeneraban y se casaban, aunque puedo asegurarle que fueron muy pocos y
espaciados. Hubo quienes se metieron con la droga. Y otros se murieron, simplemente.
No tengo noticias de casi ninguno de ellos. Y a quin le importa! Por m pueden irse a
la mierda. De todos modos eran un montn de cabrones.
Qu fue de J ack Cooper?
Kellerman se recost contra la almohada y aspir una bocanada.
No s. Vino a verme en 1968 y me dijo que se iba de la ciudad. No le pregunt a
dnde iba.
Dnde estaba Arthur Seligson cuando Cooper se fue?
Sabe Dios. Por entonces ya haca un ao que Seligson se haba esfumado. En
realidad, J ack me dijo que tambin l lo haba perdido de vista. Sabe..., Seligson era
bisexual. Todo el tiempo que anduvo con J ack viva con una chica. Quiz se hart de
maricas y decidi casarse con la chica. Y es probable que ahora tenga cinco crios, un
trabajo de nueve a cinco, un montn de facturas y unas tremendas hemorroides.
Y J ack Cooper?
Quizs est muerto el hijo de perra, y no me afligira para nada.
Sabe el nombre de la chica que viva con Seligson?
Kellerman se ri.
Debe estar bromeando, Padre. Bastante trabajo me cost recordar quin era
Seligson. Cmo demonios se le ocurre que puedo acordarme despus de tantos aos
del nombre de esa fulana? Sobre todo que apenas si lo habr odo mencionar una o
dos veces.
McGuire se enderez.
Por supuesto.
Kellerman se encogi de hombros; su cara reseca y demacrada se contrajo.
McGuire se puso de pie.
Seguro que eso es todo lo que recuerda?
Tan seguro como que necesito un pinchazo.
McGuire volvi a sacar la libreta, arranc una hoja, anot un nmero de telfono y se
la tendi a Kellerman.
Si entre maana y pasado se le ocurre algo ms, llmeme. Es importante.
Kellerman sonri.
Con mucho gusto.
McGuire se aboton la chaqueta.
Gracias, nuevamente dijo acercndose a la puerta.
Fue un placer.
Entre parntesis aadi McGuire como si slo en ese momento se le hubiese
ocurrido, qu trabajo haca J ack Cooper para usted?
El bueno de J ack... Pues parte del tiempo se dedicaba a atender el bar.
Y la otra parte?
Kellerman se puso a rer otra vez. McGuire gir sobre s mismo y se acerc. La risa
del hombre despertaba su curiosidad.
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145
Y bien?
Kellerman seal un rincn del cuarto, donde haba una caja de cartn atada con un
cordel. Le pidi a McGuire que se la trajera y deshiciera el nudo. Hecho eso, la abri.
Contena centenares de fotografas. Empez a revolverlas. McGuire se aproxim ms.
De pronto Kellerman se detuvo, cerr la caja, volvi a rer y mir de cerca la foto que
tena en la mano.
S, seor dijo. Este es J ack Cooper. Y usted quiere saber en qu trabajaba?
McGuire asinti una vez ms. Kellerman le entreg la foto; McGuire se acerc a la
ventana cerrada, la entreabri y examin la instantnea.
Segundos despus se volvi hacia Kellerman; el cuerpo y las manos le temblaban.
Ahora saba!
22
Las ruedas del sedn negro se hundieron en los baches sacudiendo el chassis y
arrojando contra la puerta al Padre McGuire, ubicado en el asiento posterior. J unto a l
se hallaba J oe Biroc, las manos ocupadas con un block y una linterna, y los rasgos
tenaces de su rostro ms profundamente marcados que nunca. Haba un tercer hombre
atrs, uno en el asiento auxiliar y otro detrs del volante, todos vestidos con mamelucos
negros manchados y sombreros oscuros. Afuera el cielo estaba encapotado. Hacia
adelante la ruta se perda en la distancia, oscura y sin seales de trfico. Se
encontraban en algn lugar de Westchester, no lejos de Nueva York, costeando una
franja pantanosa y deshabitada. Extrao lugar para sepultar a la vctima de un crimen,
mediando la intervencin del jefe de forenses de la ciudad de Nueva York. Sin embargo
era all, segn la informacin de Biroc, donde estaba enterrado el cadver hallado en la
mquina compactadora.
Falta mucho? pregunt McGuire.
El chofer ech una mirada a un mapa sin desplegar.
No mucho. Un par de kilmetros. Unos diez minutos a lo sumo.
McGuire asinti consultando su reloj, y en ese momento el auto subi un tramo de
camino recin pavimentado. Habiendo dejado atrs los desniveles y los baches, el
conductor aceler; sigui algunos kilmetros hasta el cruce de un ro y desvi hacia un
camino de tierra que trazaba una curva ms all de un molino abandonado.
Inmediatamente detrs estaba la interseccin de rutas; el chofer aminor la marcha,
escudri cuidadosamente el borde del camino y fren.
All es seal.
J usto enfrente haba una alambrada alta y en el centro dos pesados portones
cerrados con cadena y candado. El lugar estaba desierto, envuelto en la oscuridad.
McGuire baj una ventanilla. El aire estaba cargado de un denso olor a cloacas y
reinaba un extrao silencio, que ni siquiera rompan el canto de los grillos o el
movimiento de algn animal nocturno.
El chofer estacion el auto en medio de un grupo de rboles, donde no se lo vera
desde el camino. *
No golpeen las puertas les advirti McGuire. Y si tienen que hablar, hganlo
en un susurro.
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Todos se apearon. Biroc abri el bal del auto, sac un maletn negro y dirigi el haz
de la linterna a la alambrada.
Vamos orden McGuire.
Se pusieron en marcha. La tierra blanduzca y arcillosa se les pegaba a la suela de
los zapatos. Al llegar a la alambrada Biroc extrajo del maletn una pinza cortante, hizo
saltar la cadena y esper a que todos hubiesen entrado. Luego volvi a colocar la
cadena en su sitio, de modo que si alguien llegaba a pasar todo parecera estar en
orden. Enseguida condujo al grupo hacia una hilera de aosos arces, sin dejar al mismo
tiempo de examinar minuciosamente el terreno. El cementerio era una extensin
descuidada donde abundaban las malezas, careca de seales indicadoras y el suelo
estaba cubierto por la misma arcilla rojiza que bordeaba el camino. No haba luces ni
calzadas interiores.
Biroc se detuvo, sac del bolsillo un diagrama del cementerio, se lo mostr a
McGuire e indic la ruta hacia la sepultura de la vctima. McGuire le pidi que los guiara
y despus de una pausa para orientarse, Biroc avanz por una senda de pedregullo
hasta lo alto de una pequea colina y dobl a la derecha internndose entre las hileras
de tumbas.
McGuire, el ltimo de la procesin, senta su nimo profundamente embargado por la
multitud de piedras inertes, los altos sepulcros deteriorados y cubiertos de hiedra. Biroc
y los tres hombres caminaban ms adelante, sin verdadera conciencia de la magnitud y
las implicancias de lo que estaban por hacer.
Vamos bien? pregunt McGuire al ver que Biroc hablaba con el chofer y
despus de cambiar de rumbo segua avanzando.
Biroc se volvi.
Todo en orden dijo.
De repente se detuvo, consult el diagrama y apartndose de la senda, se arrodill
junto a una sepultura sealada con un nmero.
Esta es afirm.
McGuire se enjug la transpiracin y la cara le qued tiznada de arcilla.
Muy bien orden. Squenlo.
Los tres hombres extrajeron palas plegadizas del maletn y empezaron a cavar.
Segn el informe mdico le susurr Biroc a McGuire hay un gancho que
mantiene la rtula en su lugar. Tendremos que ponerlo al descubierto. Tambin hay una
huella de fractura en la cuarta costilla.
McGuire asinti.
Slo se oa el ruido de las palas; la tierra caa al suelo levantando una nube de polvo.
Un golpe y otro, minuto tras minuto... y de pronto el impacto del metal sobre la madera.
Lo tenemos anunci el chofer asomando el cuerpo fuera del foso. McGuire mir
hacia el interior de la sepultura. Debajo de la costra de tierra alcanzaba a verse la tapa
de un sencillo cajn de madera.
branlo! orden.
Los hombres subieron el atad, lo colocaron sobre el montculo de tierra, sacaron
formones del maletn, los introdujeron bajo el borde de la tapa y arrancaron los clavos
de la madera. El Padre McGuire dio un paso atrs, observando. En su cabeza flotaba
una msica leve, el susurro de un coro, recuerdos sepultados en los meandros de su
memoria, vestigios de una pelcula de terror vista cuando nio. La asociacin era tan
vivida que lo estremeci.
Los hombres quitaron la tapa del atad.
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McGuire contempl la masa de carne quemada y descompuesta. Una oleada de
nuseas le subi por el esfago.
Terminemos pronto dijo.
Biroc asi la rodilla derecha del cadver. Restos de ceniza, ceniza que haba sido
carne, se le pulverizaron en la mano. Hizo una mueca pero se acerc ms.
Un potente trueno estall en lo alto.
Biroc alz la vista, aterrado.
Qu es eso? grit.
Quietos! alert McGuire mirando el cielo.
El aire se aquiet recobrando su tranquilidad anterior.
Los tres hombres se apartaron y buscaron refugio debajo de un rbol. McGuire les
ech una mirada y luego se volvi hacia Biroc.
Rpido! susurr.
Biroc se inclin sobre el cajn.
Nuevamente el trueno, reventando en sus odos. Biroc se cubri la cara con las
manos. McGuire lo aferr y lo oblig a mirar dentro del cajn.
Si no lo hace usted, lo har yo. ,
Lo siento, Padre se disculp Birot, luchando con su voluntad.
Un enorme relmpago desgarr el cielo. Aguardaron el estallido del trueno, pero
nada se oy.
Una vez ms Biroc asi la pierna del cadver.
Sbitamente los ojos de McGuire se cerraron con fuerza, deslumhrados por la luz
ardiente que descenda sobre ellos; el calor le quemaba la cara y le chamuscaba los
bordes de la ropa.
Un rayo haba cado sobre el atad, incinerndolo. Biroc qued fulminado en su sitio.
Calcinado, irreconocible, cremado.
Chazen saba! No poda permitirles que examinaran los restos.
Dios! clam McGuire y un trueno ensordecedor le respondi.
Los hombres huyeron despavoridos hacia la salida del cementerio. Conmocionado,
McGuire se arrastr tras ellos por la senda de tierra hacia el camino. Oy el ruido del
motor y corri hacia all, pero tuvo que apartarse cuando el auto retrocedi furiosamente
para girar hacia la ruta. Grit pidiendo socorro, pero enloquecidos de pnico los
hombres lo ignoraron.
El cielo se ennegreci; volvi a orse un sordo rugir de truenos entre intermitentes
destellos de relmpagos. Mareado, McGuire dio vueltas en el lugar cubrindose los
ojos, encorvado por el dolor. El ruido creci; tambin la frecuencia de los relmpagos.
Luego ruido y destellos fueron una sola cosa, un poderoso lser de energa.
Se descarg como el vendaval que le haba costado la vida a Franchino, envolviendo
el automvil en una fisin de calor y fuego. El auto explot en medio de una tremenda
sacudida; trozos de metal envueltos en llamas salieron disparados por el aire. Y
entonces cesaron los truenos y los relmpagos. Pocos minutos despus volvi a reinar
la oscuridad. Y el silencio.
Tambalendose McGuire sigui hacia adelante, su mirada extraviada fija en el
camino. Estaba vivo. La muerte haba pasado a su lado.
Con el rostro cubierto de lgrimas, la ropa desgarrada colgndole del cuerpo,
emprendi la marcha por el camino lamindose los labios abrasados, limpindose la
cara tiznada, rogando por la llegada del nuevo da.
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23
El timbre, querido dijo Faye sentndose en la cama envuelta en una toalla.
Acababa de salir de la ducha y todava estaba mojada. Puedes atender?
Ben sali del bao.
Qu?
Llaman a la puerta.
Ben hizo un gesto de asentimiento, volvi a meterse en el bao y reapareci un
momento ms tarde cubierto con una bata.
Le dije a Sorrenson que no viniese tan temprano rezong echando una ojeada al
reloj del dormitorio. Todava no son las ocho.
Sali del dormitorio, cruz el living y el hall, y lleg a la puerta.
Quin es? pregunt.
El Padre McGuire.
McGuire? murmur Ben.
Descorri el cerrojo y abri la puerta.
Buenos das, Ben. Puedo pasar?
S... por supuesto tartamude Ben y dando un paso atrs mir estupefacto al
sacerdote.
McGuire apart sus manos ensangrentadas del marco de la puerta y entr. Tena los
pies cubiertos de arcilla roja, la cara tiznada y con manchas de sangre. De sus ropas se
desprenda el inconfundible olor del humo.
Dnde est el nio? pregunt al entrar en el living.
En el dormitorio.
Con Faye?
S.
Hgalos venir.
Ben vacil.
Qu le ha pasado, Padre?
Haga lo que le digo!
Encogindose de hombros Ben sali disparado hacia el dormitorio y reapareci
minutos despus con Faye y el beb.
Padre McGuire! exclam Faye al ver al sacerdote. Lo abraz ignorando el
aspecto que traa. Ben le haba advertido en el dormitorio que algo andaba mal. Por
Dios, cunto me alegro de verlo. Me enoj muchsimo cuando Ben no me avis que
usted haba llamado. Pero ahora... Se lo qued mirando. Slo puedo decirle que
espero que se encuentre bien.
McGuire la tom de la mano.
Sintese en el sof. Quiero hablar con usted y con Ben.
Faye se pas la lengua por los labios.
Cmo no, Padre.
Retrocedi hasta el sof y se sent. Ben le puso al nio en el regazo.
Varios das atrs dijo McGuire mirando fijo a Ben le hice algunas preguntas
acerca de su hijo. Tom al nio en sus brazos, lo bes en la mejilla y le ech hacia
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149
atrs los rizos rubios que le asomaban sobre las orejas. An sigue afirmando que
naci en el hospital presbiteriano?
Qu pasa? pregunt alarmada Faye.
Repito: fue all dnde naci? insisti McGuire apremiante.
Ben asinti.
S.
McGuire se volvi hacia Faye.
Dnde naci el nio, seora Burdett?
En el hospital presbiteriano.
McGuire se acerc al sof y acerc la cara del beb a la de Faye, luego a la de Ben.
Estudi las curiosas reacciones de ambos y enseguida devolvi el nio a su madre.
No se les parece mucho, verdad?
No s qu se propone demostrar usted le espet Faye, pero por cierto que se
parece. J oey es igualito a m. Y tiene la nariz del padre.
McGuire le dirigi una sonrisa sardnica.
Es muy posible que tenga la nariz del padre, pero no la de Ben. Y si se parece a
usted, slo se trata de una coincidencia de la naturaleza. Y bien, dganme la verdad.
Silencio. Entonces yo se la dir a ustedes. El nio naci en Massachussets General
Hospital. Su verdadera madre vive en Nueva Hampshire y el padre en el Medio Oeste.
J oey Burdett fue adoptado. Usted nunca estuvo embarazada, Faye. Su embarazo fue
una farsa. No tuvo un hijo. No podra haberlo tenido!
McGuire trag con fuerza y por primera vez un vestigio de miedo se desliz en la voz
y una embestida de pnico erosion la expresin ambivalente que traa al llegar.
Faye estrech al nio contra s. Ben se puso de pie y le pas un brazo por los
hombros.
Y qu hay con eso? dijo. Muy bien, el nio fue adoptado. Qu importancia
tiene?
Qu importancia? estall McGuire; los msculos del cuello se tensaron como
correas. Faye Burdett no pudo tener al nio... porque Faye Burdett es un hombre! Un
hombre que se llamaba J ack Cooper, un travest que pasa por mujer, acaso el ms
convincente que el mundo haya conocido... un pecador contra Dios y Cristo!
McGuire arroj en el regazo de Faye la foto que le haba dado Kellerman.
Mrela!
Faye lo hizo.
J ack Cooper, conocido ahora como Faye Burdett, vestido de mujer en el club
Soire en 1966, un momento antes de salir a escena.
Ben mir al sacerdote; el odio y el miedo combatan en su rostro.
J ack Cooper... Faye Burdett repiti McGuire aproximndose a Ben. Se atreve
a negarlo?
Nos quitarn al nio si se enteran! grit Faye.
Se atreve a negarlo?
No.
Se conocieron en el Soire en 1966. Ben se haca llamar Arthur Seligson, un
nombre ficticio que utilizaba en sus incursiones por los bares de homosexuales, para
proteger la parte normal de su vida. Tuvieron varios encuentros, primeros ocasionales,
luego ms frecuentes, hasta que la amistad se convirti en una relacin amorosa.
Mientras tanto, J ack Cooper segua en el Soire atendiendo el bar y participando en el
nmero de travests. Al cabo de un ao Arthur Seligson desapareci. Ms tarde,
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150
tambin J ack Cooper se esfum. Aferr a Ben por el brazo. Usted es Arthur
Seligson. Mir a Faye. Y usted es J ack Cooper. O por lo menos lo fue.
Ben permaneci inmvil, la cara lvida. Por fin haba saltado la verdad. Saban que
algn da ocurrira. Y qu? Ya encontraran algn modo de conservar al nio.
Ben se acerc a la ventana; Faye lloraba en el sof. El sol de la maana le dio en la
cara. Se volvi.
Muy bien, ahora lo sabe todo. Es cierto, Faye es J ack Cooper. Y adoptamos al
nio. Pero en todo sentido, Faye es una mujer. Y siempre lo fue. Qu debamos
hacer? Anunciarlo al mundo? Si las autoridades se enteraban, nunca hubieran
permitido la adopcin, y si lo descubren ahora nos quitarn a J oey. Padre, qu importa
que las cosas sean como son? Hemos sido felices. Ella es mi mujer. Educaremos al
nio como cualquier otra pareja. J oey ser un nio normal y esplndido. Qu importa
lo dems?
Qu importa? grit McGuire encabritado. No slo es un pecado contra Dios y
Cristo, sino que esta prfida burla ha engaado a todo el mundo poniendo en peligro a
la humanidad entera; posiblemente hubiese puesto fin a toda esperanza. Lo habra
hecho sin duda alguna, de no ser por J oe Biroc, que en paz descanse.
Sin emitir sonido alguno, Ben modul con los labios el nombre Biroc.
La vctima de la compactadora era un hombre. Fue as que Franchino y yo
llegamos a la conclusin de que Chazen, que ocup el lugar de la vctima, tena que ser
un hombre. Cuando el Centinela detect la presencia de Chazen en el piso veinte, las
posibilidades se hicieron ms limitadas. Chazen tena que ser Sorrenson, J enkins,
Batille, Max Woodbridge o Ben Burdett. Atrapados en el enigma, Franchino y yo
permanecimos ciegos ante la verdad, y nos desorient ms an la farsa bien
orquestada por Chazen en el subsuelo, el intento de violacin destinado a camuflar la
verdad, a disipar cualquier sospecha que pudiramos abrigar. Se aproxim a Faye,
quien se hallaba de pie desafiando la mirada acusadora del sacerdote. La verdadera
Faye Burdett o J ack Cooper fue asesinada por Charles Chazen. El cuerpo encontrado
en la compactadora era el de Faye Burdett. Su alma ha sido condenada a arder
eternamente en el infierno, unida a las mismas legiones a las que deba combatir.
Hizo una pausa para darse coraje. T eres Charles Chazen! T eres Satans! Te
maldigo. Te anatematizo. Execro tu existencia. Eres la maldicin eterna. La plaga, el
flagelo, la afliccin del gnero humano. La funesta, ominosa esencia del infierno. Te
maldigo. Y te desafo!
Faye no dijo nada; no hizo nada.
El reloj colocado sobre la chimenea dejaba or su tic tac con la cadencia de un
metrnomo. McGuire sigui lanzando invectivas a la figura que conservaba la
apariencia de Faye Burdett.
Ben se interpuso entre los dos y tom la mano de Faye. Tena la cara empapada de
transpiracin. Poda ser cierto? S, lo era. Lo saba.
Es verdad? pregunt asqueado por la textura de maniqu que haba cobrado de
pronto la piel de Faye y la mirada extraviada de sus ojos.
Ella desprendi la mano y encar a McGuire.
Te desafo! grit McGuire.
Faye lanz una carcajada que fue creciendo en intensidad. Ben y McGuire se
cubrieron las orejas. Faye se les acerc; su expresin se hizo cambiante como cera
caliente, sus rasgos se deslizaron de un gesto a otro mientras su horripilante risa se
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haca ms y ms fuerte. Y el aire empez a oler mal, como si un trozo de carroa
hubiese cado en medio de la habitacin.
Faye! grit Ben. Pero su grito no iba dirigido a ese objeto, sino a su mujer
muerta en la compactadora. Cay de rodillas y ocult el rostro entre las manos.
El delicado perfil del cuerpo de Faye empez a desdibujarse. Lentamente su piel se
torn delgada y quebradiza, cambi de dimensin alterando la forma femenina que la
cubra, hasta materializar la imagen de Charles Chazen que haba conocido Franchino
quince aos atrs.
Un fuerte viento inund el cuarto. Empezaron a volar papeles... los ceniceros se
vaciaron... los cuadros cayeron al suelo... la furia del viento aument. McGuire se afirm
contra la repisa de la chimenea. Ben protegi al nio.
Sin dejar de rer Chazen retrocedi hacia la puerta regodendose con el terror de sus
vctimas.
El aire se oscureci. Todo empez a girar; la fuerza del remolino volcaba muebles.
McGuire y Ben alzaron la mirada. Chazen estaba apoyado contra la pared. Y entonces,
tan sbitamente como haban llegado, el viento y el ruido desaparecieron y as tambin
desapareci Chazen, esfumndose como un espejismo en el desierto.
Tratando de dominar el temblor que lo sacuda, Ben acun al nio entre sus brazos.
Usted es el responsable de esto lo acus McGuire. Por su culpa no tuvimos el
tiempo necesario para enfrentarnos con Chazen.
Al demonio con Chazen. No me importa lo que ocurra.
Eso no es cierto, Ben.
No?
No lo es si usted ama a Dios.
Dios no existe.
Satans existe. Eso le consta. Y puedo asegurarle que Dios existe.
Faye est muerta. Si ella deba ser el Centinela, eso significa que no habr
Centinela.
McGuire se acerc a Ben.
Usted tiene un hermoso hijo. Hay que darle la oportunidad de vivir su vida en
plenitud. Todava hay una posibilidad. Una alternativa.
Cul?
Tiene que confiar en m!
Como confi en Franchino?
Yo no soy Franchino. Y usted no puede elegir. Tiene que escucharme y hacer lo
que le diga.
Ben se qued mirndolo.
Tiene que estar aqu maana a las doce de la noche. Ahora saldr conmigo y
buscar un lugar donde pueda quedarse. Deje al nio con algn familiar. Y vuelva
maana a la medianoche. Me entiende?
S, pero tiene que darme alguna razn.
McGuire sonri.
Una razn? Si no me obedece, y si Satans no lo destruye, ser yo quien lo
haga. A usted y a su hijo! Est claro?
Ben asinti lentamente.
McGuire lo mir en silencio.
Bien fue lo ltimo que dijo.
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24
Los sueos llegaron rpidamente esa noche. Se despert varias veces y dio vueltas
y ms vueltas entre las mantas tratando de separar la realidad de las manifestaciones
de terror y descubrir las respuestas a las preguntas que haba planteado Biroc respecto
de los antecedentes de Ben Burdett. Estaba convencido de que la trayectoria de Burdett
descubierta por Biroc era correcta y demostraba el sorprendente fracaso de la
investigacin llevada a cabo por Franchino. Pero cmo era posible? Franchino no era
hombre de equivocarse. Cmo pudo haber acumulado semejante cantidad de datos
errneos? Y dnde estaba la pieza fltame, el intento de suicidio, la clave que deba
existir en la vida anterior de Ben Burdett para justificar su eleccin como prximo
Centinela? Preguntas difciles, sobre todo en lo profundo de la noche, enfrentado al
espectro de la inminente confrontacin y al recuerdo vivido de la escena en el
departamento de Burdett, la increble transformacin de Faye y el horror de encararse
con la imagen y la esencia del mismsimo Satans.
El despertador son a las diez.
El Padre McGuire salt de la cama, se dio una ducha rpida, se visti, sali del
dormitorio, cruz la calle hasta su oficina, abri la puerta y se detuvo abruptamente al
ver a los tres hombres que lo aguardaban.
Buenos das, Padre salud el detective Wausau.
S..., buenos das contest McGuire desconcertado. Quines son ustedes?
Y qu estn haciendo en mi oficina?
Wausau, sentado delante del escritorio del sacerdote, se puso de pie, le mostr su
placa de identificacin y present a los dos detectives que lo acompaaban: J acobelli y
Dellamare. Luego volvi a sentarse y sealando una silla invit al sacerdote a
responder algunas preguntas.
Indignado, McGuire se dej caer en un silln.
De qu se trata?
Wausau se meti una barra de chicle en la boca.
Asesinato.
Asesinato?
No ser la primera vez que oye esa palabra, verdad, Padre?
McGuire ech una ojeada a los otros dos hombres y parpade molesto por la luz de
la lmpara de escritorio que Wausau haba enfocado hacia l.
Pero por qu quieren hablar conmigo?
Wausau sac una fotografa del bolsillo de su chaqueta y la arroj sobre el escritorio.
El hombre muerto que aparece en esta foto es Guglielmo Franchino. Monseor
Franchino. Varias noches atrs cay por una ventana del piso veinte de la calle
Ochenta y Nueve Oeste 68. Al parecer se trataba de un suicidio, aunque usted y yo
sabemos que es muy improbable que un sacerdote se quite la vida. Y segn lo
informado por la Archidicesis de Nueva York, no cabe duda de que Monseor
Franchino era un sacerdote. Usted lo conoca?
McGuire examin la foto. Habra dicho algo Ben Burdett? Imposible.
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153
No. Lo siento.
Entiendo dijo Wausau con un gesto afectadamente formal. Conoce a un
hombre llamado Ben Burdett?
McGuire trat de guardar compostura; movi la cabeza.
Ya Faye Burdett?
No.
Tampoco conoce a ninguna otra persona del edificio de la calle Ochenta y Nueve
Oeste 68?
McGuire volvi a mover la cabeza.
Wausau fabric una sonrisa que se qued en mueca y se frot las manos
nerviosamente.
Alguna vez estuvo en ese edificio?
No. Por lo que le he dicho hasta ahora, es obvio que no.
Obvio, Padre? Wausau se puso de pie, dio la vuelta alrededor del escritorio y
se sent en el borde. Conoci a un hombre llamado Tom Gatz?
No.
Y al inspector Burstein?
McGuire neg con la cabeza.
Wausau lanz una risita.
Alguna vez lo acusaron de mentir, Padre?
McGuire volvi a negar.
Pues es una lstima. Porque entonces ser yo el primero que lo haga. Tenemos
razones para suponer que usted conoce a todas las personas a las que acabo de
nombrarle. Y que no slo las conoce sino que le ha cabido un papel muy activo en la
vida de esa gente, y posiblemente en la muerte de algunos de ellos: Gatz, Burstein y
Franchino. Qu me dice, Padre? No se encontraba usted con Monseor Franchino la
noche en que muri?
Bruscamente McGuire se puso de pie.
Ya le he dicho que no conoc a ese hombre ni o hablar jams de l.
S, le entend. Wausau hizo una pausa; su mirada vag sin rumbo por un
momento. No mantuvieron una discusin usted y Franchino en el pasillo del piso
veinte la noche del asesinato? No lo amenaz la vctima con revelar a la jerarqua
alguna de las actividades muy poco catlicas a las que usted se dedica? No le peg
usted con una cachiporra que ocultaba entre sus ropas? Y ya inconsciente Franchino,
no lo arrastr usted hasta la ventana del pasillo y lo arroj al vaco, matndolo?
Sin poder dominar su clera, McGuire volvi a negar que tuviera algo que ver con la
vida o la muerte de ninguna de las personas mencionadas por el detective.
Wausau lo escuch, luego sac del bolsillo un par de esposas y se las tir a
J acobelli.
Lale sus derechos.
Tiene que haber algn error! grit McGuire.
Lo lamento, Padre dijo Wausau, pero queda arrestado.
De qu se me acusa?
Del asesinato de Monseor Franchino.
Pero cmo? Por qu? Yo nunca...
Reserve sus argumentos para el jurado lo interrumpi Wausau. Necesitar
mucha ayuda. Hubo un testigo, Padre, un testigo que acaba de presentarse.
Lamentablemente no lo hizo antes por temor a complicarse la vida o sufrir represalias.
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Pero lo vio. Lo vio en el pasillo cuando golpe a Franchino y luego lo arroj por la
ventana. El testigo tambin tom una foto. Nuevamente meti la mano en el bolsillo y
sac una foto que dej caer sobre el escritorio. Atnito, McGuire la recogi. Mostraba a
Franchino tendido en el piso del pasillo, sangrando, y a McGuire inclinado sobre l
esgrimiendo una cachiporra.
Con un ademn furioso McGuire arroj la foto sobre el secante del escritorio.
Esto es una impostura! Una falsificacin!
Los detectives rieron sacudiendo la cabeza. J acobelli sac una tarjeta, dio lectura a
los derechos que asistan al detenido y coloc las esposas en las muecas de McGuire.
Quin fue el testigo? quiso saber el sacerdote.
Wausau se dirigi a la puerta de la oficina y la abri.
Una mujer llamada Faye Burdett repuso.
El martilleo en la base del crneo casi haba acabado por embotar sus sentidos.
Iniciado poco despus de su arresto, sigui agravndose en la estrechez del diminuto
calabozo ubicado en el segundo piso de una comisara, al final de un corredor desnudo.
Lo nico que poda hacer era esperar. Antes que se lo llevaran haba logrado
comunicarse con la archidicesis y hablar con el Padre Tepper. Este le aconsej que
mantuviese la calma y le asegur que se ocuparan de la fianza. Pero hasta ese
momento y eran casi las siete nadie se haba presentado. Era imprescindible
actuar. La transicin tendra lugar a medianoche.
Senta ganas de gritar. Pero quin lo oira? El viejo tendido en el otro catre? Los
dems prisioneros del pabelln? No, sus frustraciones slo tena sentido para l. Slo l
poda medir la monstruosa farsa montada por Chazen al reaparecer bajo la figura de
Faye Burdett y fabricar una foto falsa, colocndolo en una situacin imposible.
A las ocho obtuvo permiso para volver a comunicarse con la archidicesis. Pidi
hablar con Tepper y le dijeron que haba salido. Trat de conectarse con alguna otra
persona que pudiera ayudarlo, pero en ese momento no haba en las oficinas ningn
funcionario con la autoridad necesaria. Llam a la residencia del Cardenal, donde le
informaron que Su Eminencia se haba ausentado de la ciudad y le sugirieron
comunicarse con alguno de sus subordinados a la maana siguiente. Disgustado volvi
al calabozo y se tir en su catre. Yaci con los ojos abiertos, torturado por el dolor de
cabeza, sintiendo crecer en su interior una ola de desesperacin que minaba su
autodominio. El viejo segua durmiendo. Oy voces en los calabozos contiguos. Un
prisionero silbaba. A intervalos regulares un guardin obeso haca su ronda de
inspeccin. Cuando hubo pasado por dcima vez, McGuire mir su reloj. Casi las
nueve. El ventanuco ya estaba oscurecido. Y an no se haba presentado nadie de la
archidicesis. Ninguna noticia, ningn mensaje. Agotada su paciencia se puso de pie y
empez a medir la celda a pasos nerviosos; sudaba a mares y el corazn le lata
aceleradamente. De pronto se abri la puerta y entr el guardin obeso.
Ha venido su abogado le avis.
Mi abogado?
El guardin se retir. McGuire se sent en el catre, ech otra mirada al viejo, mir su
reloj y se puso de pie al or pasos que se aproximaban.
La puerta se abri para dar paso a Ralph J enkins, conducido por el guardin.
Sintese, por favor dijo J enkins quitndose el sombrero.
McGuire estaba estupefacto. Qu haca Ralph J enkins all?
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Me han pedido que lo ayude le inform J enkins . Supongo que usted sabe
quin soy.
Ralph J enkins.
El hombre asinti.
Con Ralph J enkis bastar por el momento. Sonri. Lo sacar de aqu antes de
medianoche.
Cmo?
J enkins enarc las cejas.
La libertad bajo fianza fue denegada hasta la instruccin del juicio, que tendr
lugar maana por la maana.
Pero ser...
Demasiado tarde? S.
Y entonces?
Se han tomado disposiciones.
Qu clase de disposiciones?
J enkins mir por encima de su hombro. El corredor estaba desierto. Mir al anciano
prisionero. McGuire le asegur que estaba dormido.
Lo haremos escapar susurr J enkins.
No puede hablar en serio.
Mantngase calmo y tranquilo, Padre; y no haga preguntas.
McGuire trat de componer una expresin neutra. J enkins volvi a recomendarle que
conservara la calma; luego llam al guardin para que le abriera.
Ya terminaron? susurr el hombre.
S respondi J enkins. Se asom al corredor y desde all se volvi hacia
McGuire. Lo ver por la maana, Padre.
El guardin corri el cerrojo.
Gracias, seor J enkins dijo McGuire unindose a la farsa.
Segundos ms tarde oy cerrarse la puerta principal. Se quit el reloj y lo dej sobre
la almohada, donde poda consultarlo con facilidad. Luego se recost contra la losa fra
de la pared y cerr los ojos, dispuesto a esperar.
Arrojado al piso, se aferr a la pata del catre y la apret con fuerza. Por un momento
el estruendo lo ensordeci. Todo el edificio se sacuda. Se haba producido una
explosin abajo, en el primer piso, o acaso en el stano. Haba olor a humo. Los
conductos de aire acondicionado escupan holln en los dos extremos del corredor. El
pabelln era un pandemnium, se oan gritos de socorro y el ruido de sillas y camas
arrojadas contra las rejas. El viejo se haba despertado y llamaba a gritos a los
guardianes.
Desesperado arranc la funda de la almohada, la dobl por la mitad y la apret
contra su boca para impedir que el humo le penetrara en los pulmones.
Vamos a morirnos llorique el viejo; retrocedi hacia el interior del calabozo y se
aferr al brazo de McGuire.
Nadie morir, hijo mo lo tranquiliz McGuire.
Se oy sonar la alarma.
McGuire oblig al viejo a tirarse al piso en el momento en que otra explosin
estremeca el edificio.
Qudese ah dijo. Hay menos humo.
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El viejo obedeci; en sus ojos se lea el terror.
McGuire aguard. Los gritos continuaban, cada vez ms frenticos. Sera esa la
forma que haban encontrado para que l pudiera huir? Pareca imposible. Arriesgar
tantas vidas slo para sacarlo de all? Improbable. Claro que si l no recuperaba su
libertad, todas esas vidas y muchas otras se veran amenazadas. Apret con ms
fuerza la funda contra su cara y or. Luego mir el reloj: las 10 y 43. Su impresin era
que todos haban huido abandonando a los detenidos a su suerte, dejndolos morir
entre las llamas.
De pronto oy un ruido en el corredor. En medio de un acceso de tos se arrastr
hasta la puerta y mir hacia afuera. Dos guardianes protegidos con mscaras antigs
avanzaban rpidamente abriendo puertas y dejando en libertad a los detenidos, que
corran tratando de llegar a la escalera principal antes que el humo la envolviera.
El guardin obeso abri el calabozo de McGuire.
Vamos grit.
Venga dijo McGuire y ayud a salir al viejo.
Tambalendose, abandonaron el pabelln. En el corredor exterior el humo era
menos denso, aunque no haba muchos motivos para sentirse a salvo. El guardin les
inform que haba explotado la caldera del stano y que parte del primer piso estaba
ardiendo; a travs de las caeras el fuego tambin haba invadido otras partes del
edificio.
A dnde vamos, entonces? pregunt el viejo.
Abajo, por la escalera! grit el guardin.
El viejo se asom por encima de la baranda; la base de la escalera se hallaba
envuelta en llamas.
Es imposible.
El guardin empuj al hombre hacia la escalera.
No tiene otra alternativa. Vamos!
Por favor!
Y rece.
El viejo se agarr fuertemente a la pierna del guardin, pero ste lo pate en la cara
y lo oblig a lanzarse escalera abajo. McGuire trat de seguirlo. El guardin se lo
impidi acorralndolo contra la baranda.
Ese hombre morir! grit McGuire.
Mala suerte. El hombre desenfund su revlver y lo apret contra la sien del
sacerdote. Si baja un solo escaln le vuelo los sesos.
McGuire mir hacia el corredor. Las llamas trepaban por las paredes. El techo
empezaba a combarse.
Tenemos que salir! grit el guardin Pero por all no.
Por dnde, entonces? exigi McGuire tomndolo por el brazo. Su mirada
busc al viejo, pero ya haba desaparecido.
Cllese la boca! orden el guardin y asindolo por el cuello de la camisa
arrastr a McGuire hacia el pabelln que acababan de abandonar.
Est loco? grit McGuire.
Cllese!
Moriremos aqu adentro!
El guardin extrajo de un bolsillo una mscara con la que cubri la cara del
sacerdote. Luego sigui arrastrndolo hacia la salida trasera, la que siempre haba
permanecido cerrada, y abri la puerta con una llave.
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Detrs haba una escalera de cemento libre de humo. Con un gesto el hombre le
indic que bajara. McGuire descendi varios escalones, luego se detuvo y mir hacia
arriba. El guardin haba desaparecido y la puerta se hallaba nuevamente cerrada,
probablemente con cerrojo. Lo nico que poda hacer era seguir bajando. Cuando lleg
a la planta baja comprob que tambin all la puerta estaba cerrada. Forceje con el
picaporte recalentado hasta que de golpe la puerta se abri. Al salir se encontr con el
pasaje que rodeaba la comisara por la parte trasera. Arriba, el edificio arda por todos
lados despidiendo fragmentos ardientes de madera y cemento; el pasaje se hallaba
sembrado de escombros. Abajo se vea un gran agujero en la pared; probablemente era
se el lugar donde haba estallado la caldera.
Uno de los pasajes conduca a la calle sobre la que daba el frente del edificio; el otro
se extenda en direccin contraria. Tom por el segundo y avanz, todava sofocado
por el humo. A sus espaldas oy las sirenas de los bomberos. Hacia adelante, todo era
oscuridad.
A medio andar una figura surgi de una puerta y lo arrastr hacia adentro. Tres
hombres lo rodearon. Uno era Ralph J enkins; el otro, el Padre Tepper. El tercer
hombre, a quien McGuire no haba visto nunca, le aplic un tubo de oxgeno sobre la
boca, retirndolo despus de un par de segundos.
Usted hizo volar el edificio!
J enkins asinti.
Pudo haber muerto mucha gente!
Oramos para que eso no ocurriera.
McGuire empez a toser y J enkins volvi a suministrarle oxgeno. Luego dej el tubo
en el suelo, tom del brazo a McGuire y seal la escalera.
Por aqu, Padre McGuire dijo.
25
Quin es usted? inquiri el Padre McGuire.
Soy su amigo repuso J enkins.
El Padre Tepper estaba sentado en el asiento delantero, pendiente del tortuoso
trayecto que recorra el automvil. Mir su reloj y anunci:
Las once y veintiuno.
Lo dejaremos en la calle Noventa y Cinco y la Avenida Amsterdam dijo J enkins
clavando la mirada en los ojos desesperados de McGuire.
Momentos ms tarde el auto sali del parque en la calle Setenta y Dos y Central Park
Oeste y lentamente enfil hacia el centro.
No piensa responder a mi pregunta? insisti McGuire.
No hay necesidad de preguntas ni de respuestas replic J enkins . Usted
asumi un compromiso y conoce sus obligaciones. Cuando la Hermana Thrse vaya
al encuentro de su Dios, el Padre Bellofontaine debe ocupar su puesto de viga. Esa
responsabilidad le cabe a usted, y nada cambiar por lo que yo pueda revelarle.
Con un gesto de asentimiento, McGuire concentr su atencin en las hipnticas
vibraciones del automvil. En realidad era as. Poco importaba la verdadera identidad
de J enkins. Slo un hecho tena un peso decisivo en su vida: la Hermana Thrse... el
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Padre Bellofontaine... Charles Chazen... Ben Burdett... la transicin. Respir hondo,
tratando de darse nimos. Pas revista mentalmente a las instrucciones del Padre
Tepper, las indicaciones de los textos, las sensaciones subliminales experimentadas
durante el ritual fnebre. Y comprendi que el Padre Bellofontaine no era el nico pen
en manos de Dios. Tambin lo era l; se haba transformado en un instrumento del
Todopoderoso.
Aqu est bien dijo de pronto J enkins, e inclinndose hacia adelante palme el
hombro del chofer.
El chofer apret los frenos y detuvo el auto junto a una boca de incendios.
J enkins abri la puerta de su lado y se ape seguido por McGuire.
Quede usted con Dios le dijo J enkins abrazndolo.
Ojal sea digno de Su amor repuso McGuire.
J enkins volvi a subir al auto, que gir en redondo y se perdi en la distancia.
McGuire camin hacia la esquina de la Avenida Amsterdam, al sur de la Universidad
de Columbia, dejando atrs una hilera de viejas casas de departamentos con fachada
de piedra. Hacia el este se extendan en direccin a Central Park varios bloques de
departamentos baratos, que se elevaban hacia lo alto descollando sobre los edificios
ms antiguos. Las calles estaban sucias, cubiertas de papeles. Haba una serie de
bares irlandeses iluminados, aunque ya casi todos los negocios estaban cerrados y con
las luces apagadas. Unas pocas personas caminaban por las calles y slo se vea uno
que otro auto.
Se aboton la chaqueta; (haba refrescado), y sigui avanzando mientras trataba de
alejar las visiones de Chazen y de sobreponerse a las heladas garras del miedo que lo
araaban por dentro. El sudor le cubri la frente y sus pies comenzaron a arrastrarse a
medida que las cuadras se desvanecan tras de l. Caminaba como enajenado, sin
sensacin de tiempo o espacio. En cada esquina miraba la placa indicadora que iba
marcando su avance hacia la meta. Y entonces, como si nunca se hubiese movido de
all, se encontr frente a la excavacin de la nueva iglesia; alz la mirada y vio la figura
de la Hermana Thrse en su ventana del piso veinte, el contorno de la cabeza
subrayado por la luz de la luna.
Cruz la calle, se intern en el pasaje y subi la rampa hasta la puerta de acceso al
subsuelo, que desde la muerte de Monseor Franchino permaneca cerrada por orden
de los dueos del edificio, la Archidicesis de Nueva York. Abri la puerta con una llave
y desapareci en el oscuro corredor.
Subi solo en el ascensor hasta el piso veinte dominado por una creciente sensacin
de claustrofobia hasta que, despus de minutos que le parecieron muy largos, la puerta
se abri misericordiosamente dejndolo en el pasillo.
Mir a su alrededor percibiendo la presencia de Chazen, penetrado por una
amenazante sensacin de muerte. Pronto, sin embargo, todo habra concluido.
Abri el departamento de Burdett con la llave maestra de Biroc y encendi las luces.
Ben llam enjugndose las palmas sudorosas.
La nica respuesta fue el tic tac de un reloj.
Volvi a llamar, y al no recibir respuesta revis el departamento.
Ben no estaba all!
Pero eso era imposible. Tena que estar! Si no acuda por su propia voluntad, deba
hacerlo movido por el poder de Dios Todopoderoso.
El Padre McGuire mir su reloj: las once y cuarenta y dos.
Algo andaba terriblemente mal!
J Je ef ff fr re ey y K Ko on nv vi it tz z E El l G Gu ua ar rd di i n n
159
El barman vacil antes de llenar el vaso.
Creo que ya ha bebido bastante dijo enarcando las cejas debajo de sus bifocales
con armazn de carey.
Ben movi la cabeza y trat de alzar los prpados.
Estoy bien le asegur, y lanz un eructo de borracho a su imagen reflejada en el
espejo del bar.
No me diga? Oiga, a m no me molesta que se divierta, pero no me gustara verlo
tirado en el piso de mi bar.
Ben se ri, alz el vaso y bebi un sorbo haciendo ruido al aspirar.
Ni siquiera estoy mareado dijo sonriendo, y casi en el mismo instante su
expresin se torn confusa. Vea al barman borrosamente y el local le pareci un
cuadro surrealista de Chagal, en el que se amontonaban sillas, mesas y parroquianos
. Se acuerda de m? pregunt alzando la cabeza.
El barman desvi su atencin hacia otro cliente que lo reclamaba; luego neg con la
cabeza.
Pero tiene que acordarse rog Ben.
El barman le sirvi una cerveza al otro cliente slo haba seis personas en el
lugar y volvi junto a Ben.
Lo siento, pero no lo recuerdo.
Vine hace un par de semanas, por la tarde. Con un detective llamado Gatz.
Yo slo hago el turno de la noche.
Pero me resulta conocido. Estoy seguro de que era usted.
El barman se encogi de hombros y alz la mirada al televisor, colocado en un lugar
alto e inclinado, de modo que todos los clientes pudieran verlo. Luego empez a
despejar el mostrador.
Ben se puso un cigarro en la boca.
Al tipo que vino conmigo lo mataron.
Qu me cuenta.
S... lo asesinaron. Y tambin a muchos otros.
Oiga, no sera mejor que se fuese a su casa a dormir?
Por favor, esccheme. Han destruido mi vida. Todo.
Ben se puso a llorar y el barman se inclin hacia l.
Muy bien, muy bien. Quiere hablar? De acuerdo. Lo escuchar. Oigamos.
Ben se enjug los ojos. No solamente mataron a Gatz, sino a un sacerdote
llamado Franchino. Y a un polica, un tal Burstein. Y a mi mujer.
El barman hizo una mueca, se acomod los anteojos y se sirvi un vaso de cerveza.
Es verdad lo que me cuenta?
Ben asinti y pas las manos por el portafolio marrn que haba dejado sobre el
mostrador y del que sobresala el crucifijo. J enkins le haba dicho que lo llevara consigo,
fuese a donde fuere.
Y la polica est enterada?
Ben se ri; su rostro era una mezcla de humor e indignacin.
Saben de algunos crmenes; todos, en realidad, salvo el de mi mujer. Pero no
tienen la menor idea de quin los cometi.
J Je ef ff fr re ey y K Ko on nv vi it tz z E El l G Gu ua ar rd di i n n
160
El barman parpade rpidamente; Ben haba despertado su curiosidad. Claro que
oa una historia distinta todas las noches. Pero de repente apareca una especialmente
interesante. Y la de esa noche lo era.
Y usted s? pregunt.
Ben asinti.
Pero no puedo decirlo. Eruct; la cabeza le daba vueltas.
Por qu no puede?
Me hicieron jurar que no hablara. Se puso el ndice sobre los labios.
Quin?
Ralph J enkins.
El barman explor sus coronas de oro con un escarbadientes.
Quin es?
Mi vecino.
Y qu tiene que ver l con todo eso?
No se lo puedo decir.
Vea, amigo, si hubo un asesinato, varios asesinatos, y usted sabe quin es el
asesino, tiene que decrselo a la polica.
No servira de nada dijo Ben en medio de un acceso de hipo.
Por qu no?
Porque frente a esto son impotentes. Est metida la Iglesia. Y Dios, y Satans.
Dios y Satans? murmur el barman sacudiendo la cabeza. Est loco?
Puede apostar a que no.
El barman sonri.
Slo apuesto a cosas seguras. Sabe, aqu vienen toda clase de chiflados con
historias sobre el fin del mundo y la llegada del Mesas. Yo no estoy para tragarme
todos esos embustes. No tengo tiempo. De manera que si no le molesta...
Ben asi al hombre por la mueca.
Crame, no son embustes. Todo lo que le dije ocurri. Hay una conspiracin.
El barman desprendi la mano.
Si vuelve a hacer esto le rompo el brazo. Entendido?
Ben se ech hacia atrs, se enjug la saliva de los labios y mir su reloj. Las once y
cuarenta y cinco. Tena que irse. J enkins le haba dicho que esperara a McGuire a
medianoche. Y la caminata hasta el departamento le llevara cinco minutos.
Ser mejor que me vaya dijo y baj del banco alto que ocupaba junto al
mostrador.
Excelente idea, amigo. Vyase a su casa. Mtase en la camita. Y por la maana,
cuando est sobrio, todos los cadveres habrn desaparecido y usted se sentir como
nuevo.
Bambolendose sobre sus piernas vacilantes, Ben dej caer el cigarro sobre el
mostrador, se puso el portafolios bajo el brazo y se dirigi hacia la salida dejando un
rastro en el aserrn. Ya en la calle, mir a su alrededor tratando de orientarse. Su casa
quedaba a cuatro manzanas de distancia, dos hacia el este y dos hacia el norte.
Camin hasta la esquina y cruz la calle. Salvo por el timbre de una alarma
descompuesta que sonaba estridente en el aire apacible de la noche, el barrio estaba
singularmente tranquilo. Se restreg la cara para disipar los efectos del alcohol y se dijo
a s mismo que no era un sueo, que estaba de veras despierto y en camino a una cita
con el terror.
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161
Camin junto al borde de la acera; los faros de los autos lo encandilaban por
momentos. Todos sus sentidos estaban exaltados. Tambin su memoria. Vea a Faye
frente a l, y luego su imagen se funda con la de J ack Cooper. No haba sido su
intencin enamorarse, y menos de un travest. Pero ocurri. Tantas cosas ocurrieron...
Y ahora esto! Qu sera de J oey? Qu le pasara si sa resultara ser la ltima noche
de Ben Burdett, si se una en la muerte con Gatz, con Burstein, con Faye? Una
posibilidad muy concreta pero que extraamente no lo asustaba. No; morir era fcil. Lo
difcil era seguir viviendo y enfrentndose con el horror.
Por qu se haban dado las cosas de ese modo?, se pregunt. Podra haber sido
feliz hasta el fin. Faye era una mujer formidable. A lo largo de los aos su personalidad
femenina floreci en toda plenitud. En los comienzos de la relacin Ben dudaba de que
eso pudiera ocurrir. Y sin embargo as fue. Un cambio sbito y curiosamente
satisfactorio. De repente, sus deseos homosexuales y heterosexuales se vean
colmados por una sola persona.
Pas otro coche, otra explosin de luz, el ruido trepidante del motor. El auto rebot
sobre el macadn roto y tras detenerse un instante, gir en una curva cerrada en
direccin a Ben. El haz de los faros delanteros le castig la cara. Trat de identificar al
conductor. Pero detrs del volante slo vio un agujero negro. Era posible? Mir a su
alrededor; atrs, la pared lisa de un edificio; la esquina a unos veinte metros. El auto
segua cegndolo con sus faros y de pronto cobr velocidad enfilando directamente
hacia l. Se tap la boca para no gritar y empez a moverse pegado a la pared, en
busca de la esquina. Cuando vio que el auto se le vena encima ech a correr. El auto
vir en un ngulo agudo hacia la izquierda, subi a la acera y se fue contra la pared,
errndole por poco. Ben volvi a mirar el interior. Haba alguien en el asiento del
conductor. Charles Chazen. Sonriente. El coche retrocedi, baj de un salto al
pavimento y lo atropello golpendolo de costado en un hombro. Gritando, se cubri la
carne lacerada tratando de detener la sangre. Parte de la clavcula haba quedado al
descubierto y tena el hombro dislocado. Al borde del desmayo, sinti girar todo a su
alrededor.
El motor volvi a acelerar. Detrs del parabrisas Ben atisbo otra vez la cara enjuta y
sardnica de Chazen. Salt por detrs de un camin; el coche se estrell contra el
escaparate de un lavadero chino.
Con un tremendo esfuerzo cruz la calle y se meti en una estacin de subterrneo.
A tropezones baj por las escaleras aferrndose a la baranda con su mano libre.
Localiz la ventanilla de cambio en el fondo, corri hacia all, compr un billete, lo
introdujo en el torniquete, baj la segunda escalera que conduca a los andenes y cay
de rodillas. Estaba empapado y le costaba mantener los ojos abiertos. El lugar se
hallaba desierto. No se oa ningn ruido. Comenz a arrastrarse hacia el final de la
plataforma, donde podra ocultarse en la oscuridad. Avanzaba acuclillado como un
mono, haciendo equilibrio con un brazo. Se detuvo al or pasos que descendan hacia el
andn; ruidos lentos y sordos, intermitentes, deliberados en su indecisin,
expresamente calculados para l. Trat de moverse ms rpido pero no lo consigui.
Mir hacia atrs sin ver a nadie. De pronto otros ruidos le llegaron desde adelante.
Pasos... Y risas. Vio sombras movindose por las paredes. Sofocando un grito de dolor
se encogi sobre s mismo. Un ruido surgi del tnel como el tableteo de una
ametralladora: ritmo de ruedas que aminoraban la velocidad. Al mirar en esa direccin
vio la luz de un tren que doblaba una curva a escasa distancia.
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162
El tren irrumpi en la estacin, las ventanillas desfilaron como espejos volantes.
Enseguida se detuvo y las puertas se abrieron. Ben se meti en el ltimo coche. Las
puertas se cerraron. El coche estaba vaco; slo haba un guarda que viajaba en la
plataforma de enganche. Oy el soplido de los frenos al soltarse y sinti el primer
envin; el tren tom velocidad y se hundi en la oscuridad del prximo tramo de tnel.
En el momento en que el tren abandonaba la estacin, distingui a Chazen en la
plataforma, mirndolo. Se dej caer en un asiento sin dejar de aferrar fuertemente el
portafolios, con el crucifijo en su interior. Aturdido y jadeante, lvido de miedo, enterr la
cabeza en las palmas de sus manos dejndose invadir por el rtmico traqueteo de las
ruedas sobre los rieles. El tren se desplazaba muy rpido, demasiado rpido; el coche
se bandeaba furiosamente a uno y otro lado. Busc con la mirada al guarda, pero ya no
estaba. Se acerc a la puerta y apret la cara contra el vidrio. La estacin siguiente
pas como una exhalacin; el tren no se detuvo ni aminor la marcha. Algo andaba
mal. Fue hasta la puerta de comunicacin y sali del coche para pasar al de adelante;
conserv el equilibrio sujetndose a la cadena. Trat de abrir la puerta; estaba
atrancada. Se volvi entonces hacia la puerta del coche que acababa de abandonar y
asi el picaporte. Tambin esa puerta estaba atrancada. La velocidad aument. Ben
tema que el tren descarrilase en cualquier momento. Apart la cara de las violentas
rfagas que barran el tnel. Otra estacin desapareci. Mir hacia el coche de
adelante. El guarda haba vuelto; estaba de pie, de espaldas a la ventana. Ben golpe
en el vidrio, gritando. El guarda permaneci inmvil. De pronto, ms velocidad.
Tremendas vibraciones. Se agarr del pasamanos. El tren dio un salto hacia arriba
arrojndolo al suelo; el portafolios cay debajo de las ruedas, el crucifijo se hundi en el
pedregullo impregnado de aceite. Mir hacia atrs, se incorpor y volvi a aporrear la
puerta con todas sus fuerzas. El guarda abandon su puesto llevndose una mano a la
gorra; luego se volvi, sonriente.
Charles Chazen!
Cmo?
Ben se encogi; sinti en la boca el gusto a bilis que tan familiar le resultaba en las
ltimas semanas. La mano con que se aferraba del pasamanos afloj su presin,
mientras el tren pegaba enloquecidos cimbronazos. Alcanzaron ciento veinte, ciento
cincuenta kilmetros, velocidad imposible para un subterrneo de Nueva York.
Hacia adelante divis un centelleo de luces. Se agarr de una manija y estir el
cuerpo. Las luces se acercaron y el tren entr en una estacin sin reducir la velocidad.
Ben solt la manija y se lanz hacia afuera. Sinti un impacto al golpear contra la pared
y un dolor agudo le traspas las manos. Tena dos dedos rotos. La sangre manaba de
los profundos tajos que tena en las piernas y en el cuero cabelludo. Oy chirriar los
frenos del tren y luch para incorporarse. El tren se detuvo y enseguida volvi a
arrancar, dando marcha atrs.
Dios musit Ben al cobrar conciencia de que haba perdido el crucifijo.
El tren se detuvo en la estacin y all permaneci silencioso, las puertas cerradas.
Ben ech una ojeada a los coches buscando a Chazen.
Los frenos lanzaron una ruidosa nube de vapor. Luego, nuevamente, silencio.
Retrocedi en direccin al portn de la plataforma.
Las puertas del tren se abrieron. Aguard.
Varios segundos se arrastraron penosamente.
Luego hubo un movimiento fugaz junto a una de las ventanillas.
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163
Cautelosamente Ben sigui avanzando palmo a palmo y al llegar a la puerta tendi la
mano hacia el picaporte.
Ben Burdett! grit Chazen.
Ben volvi la mirada al tren. De pie en el ltimo coche, Chazen lo miraba rindose.
Dios te maldiga! grit Ben; la clera anulaba el terror.
Chazen hizo un amplio ademn con los brazos y la estacin qued a oscuras. Baj y
dio un paso en direccin a Ben, pero de pronto volvi a subir al coche y se perdi de
vista tras las puertas cerradas.
Ben observ cmo el tren sala de la estacin y desapareca, sus luces rojas
sangrando en la distancia.
Qu habra pasado?, se pregunt buscando apoyo en la puerta para no caerse.
Mir a su alrededor; no haba nadie a la vista. Lentamente, dolorosamente, penetr
tambalendose en un pasillo de trnsito que arrancaba de la plataforma.
A las doce de la noche, una descarga emocional que sacudi sus nervios le anunci
al Padre McGuire la presencia de Charles Chazen. Su ausencia, notoria en los ltimos
veinte minutos, le haba producido una sensacin de vaga incomodidad. Pero ahora
Chazen haba vuelto, no haba duda de ello. Haba vuelto para impedir la transicin
entre la Hermana Thrse y el Padre Bellofontaine.
McGuire sali del departamento y entr en el de la Hermana Thrse.
Era la primera vez que entraba; nunca haba visto de cerca a la monja. Aunque
estaba prevenido acerca de lo que encontrara, la realidad le revolvi el estmago. El
departamento estaba vaco y a oscuras. Sentada frente a la ventana abierta se hallaba
la Hermana Thrse inmvil, el cuerpo rgido, la cara tan repulsiva como siempre. Una
oleada de emocin lo invadi cuando la mir, tratando de comprender. Los aos de
devocin a su Dios la haban marcado. Tena el cuerpo cubierto de telaraas y la piel
ulcerada; los ratones se apiaban a sus pies.
Padre McGuire!
Dio media vuelta.
Charles Chazen estaba de pie junto a la puerta. Vesta un viejo traje gris
deshilacliado en los bordes; le faltaban los dos botones superiores de la chaqueta y
tambin los de las mangas, aunque todava se vean los hilos. Tena una flor marchita
en el ojal y un loro verde y amarillo posado sobre el hombro.
Este es Mortimer dijo sealando al pjaro. Y sta, J ezebel. Alz a la gata
adormilada que traa en los brazos . Son amigos de la Hermana Thrse, viejos
amigos. Por eso se me ocurri traerlos para que se despidieran de la buena Hermana.
Entiendo que nos deja esta noche, no es cierto, Padre?
McGuire se acoraz contra la visin.
Vamos, Padre. No me diga que tiene miedo.
Te desafo, Chazen! grit McGuire.
Chazen ri.
De veras? Y dnde est Ben Burdett, Padre?
McGuire se lo qued mirando.
Chazen volvi a rer.
No vendr. No vendr porque est muerto.
McGuire se estremeci.
Te desafo a ti y a tus mentiras! No puedes destruir a un elegido.
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164
Pero l puede destruirse a s mismo. Y lo ha hecho.
Chazen sonri, disfrutando del extrao dilogo.
McGuire seal a la Hermana Thrse.
Ella lo sabra.
La gata escupi a la santa Hermana. Los ojos de Chazen llamearon de odio.
Entonces dnde est?
McGuire se hinc junto a la monja e invoc a Cristo. Al or el nombre del Hijo,
Chazen escupi como la gata, se acerc al sacerdote y alz las manos. La habitacin
se sacudi. Detrs de ellos, cerca de la puerta del departamento, el aire empez a
rielar. McGuire alz la mirada, espantado por la visin que surga a travs de las
paredes. Ante l haba una cama. En ella, una mujer de unos cuarenta aos, las
mejillas hundidas, la piel cenicienta, el cuerpo invadido de cables y tubos conectados
con aparatos y frascos de suero. Respiraba pesadamente. Tena los pies hinchados y
las manos cubiertas de manchas parduscas.
En vano intent McGuire mantener los ojos cerrados.
Me presentar ante el Padre Bellofontaine amenaz Chazen.
Otra visin surgi entonces, un nio vestido con pantaln negro corto y camiseta
blanca. Estaba junto a la cama, tena a la enferma de la mano y le hablaba en voz baja.
La mujer gritaba, desgarrada por el dolor. El chico se puso a llorar. Djame morir,
repeta una y otra vez la enferma. Turbado y confuso, el chico le apretaba la mano con
fuerza. Me quieres?, pregunt la mujer. S, respondi el nio. Pues si me
quieres, desconecta los aparatos y djame morir. Sin dejar de sollozar, el nio
obedeci. La mujer cerr los ojos y sonri. El nio abandon la habitacin.
La visin de la mujer no se disip.
Me presentar ante el Padre Bellofontaine repiti Chazen y revelar su
pecado. Ver lo que una vez fue. Y entonces sabr!
Un viento helado barri la habitacin. Brotaron sonidos de la nada. Temblando,
agobiado de horror, McGuire uni las manos y empez a gemir.
La visin de la mujer se esfum y en su lugar apareci un garaje. Entr un nio, el
mismo que haba aparecido junto al lecho de la mujer muerta. Pero ahora tena varios
aos ms.
Ante los ojos de McGuire el chico cerr la puerta del garaje, subi a un viejo sedn,
puso en marcha el motor y apret el acelerador a fondo. A los pocos segundos
comenz a toser y enseguida cerr los ojos, mareado por las emanaciones.
La visin del chico no se esfum.
Mire! grit Chazen.
El Padre McGuire hizo un desesperado esfuerzo de voluntad; sudaba profusamente,
el cuerpo le temblaba.
El Padre Bellofontaine sabr. Ver su pasado y conocer su futuro.
La visin del chico desapareci. El viento arreci castigando al Padre McGuire y la
frgil figura de la Hermana Thrse. Nuevamente un tropel de ruidos pobl el aire y se
oy resonar la horrible carcajada de Chazen. La oscuridad y el fro se hicieron ms
intensos y de pronto, en medio de un estallido de luz, se perfil la figura de un hombre
sentado con un crucifijo en las manos: el Padre Bellofontaine, el prximo Centinela,
arrugado y decrpito, la cara corroda hasta el hueso e infestada de gusanos.
El Padre McGuire grit.
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Ralph J enkins baj la ventanilla del coche y mir hacia afuera. Oa pasos.
Ya viene dijo el Padre Tepper.
J enkins asinti, se reclin en el asiento y aguard.
El automvil se hallaba estacionado en la parte trasera del pasaje, junto a la pared
que cerraba el callejn. Tena las luces apagadas y a su alrededor todo era oscuridad,
apenas rota por el destello de un farol callejero, unos veinte metros ms adelante.
Ya es medianoche? pregunt J enkins.
S repuso Tepper. Llegaremos tarde.
Dios nos perdone.
Una figura apareci en la entrada del pasaje. Mir a su alrededor y enseguida se
encamin a paso lento hacia ellos. Sus pasos repicaron suavemente entre los edificios.
Encienda las luces orden J enkins.
El conductor encendi los faros.
La figura, una monja, se detuvo delante del coche y parpade, encandilada. Una leve
pelcula de transpiracin cubra sus rasgos. Era negra, de unos treinta aos, bastante
atractiva, y una cicatriz zigzagueante le cruzaba la cara desde el labio superior hasta la
base del ojo. Ya no llevaba el maquillaje que le haba visto el Padre McGuire.
Subi al automvil.
Hermana Florence la salud J enkins tomndola de la mano.
La Hermana Florence bes el anillo de J enkins.
Cardenal Reggiani respondi.
Se siente bien, seor Burdett? pregunt Vsquez, el encargado del edificio,
acercando un vaso de agua a los labios de Ben.
Con un gesto afirmativo Ben bebi unos sorbos y se sent, agarrndose la cabeza y
tratando de recuperar el equilibrio. Vsquez y el portero se arrodillaron a su lado.
Voy a llamar al mdico dijo Vsquez, mientras colocaba una gasa sobre las
heridas que tena Ben en la cabeza.
No! exclam Ben apartando a Vsquez. Nada de mdicos. Estoy bien.
El encargado mir al portero y movi la cabeza.
Tiene unos tajos muy feos, dos dedos rotos y un hombro destrozado.
Ben intent incorporarse.
Estoy bien. Djenme solo.
Pero, seor Burdett...
Qu hora es? lo interrumpi Ben.
El portero ech una ojeada a su reloj.
Las doce y media.
Maldicin!
Vsquez tom a Ben del brazo y le ayud a llegar hasta el ascensor.
Se desmay al entrar.
Por favor, permtame llamar a un mdico. Su esposa se alarmar mucho.
Mi esposa? Se alarmar? Ri histricamente.
Vsquez y el portero se miraron desconcertados.
Cuando lleg el ascensor Ben subi dejando un rastro de sangre. Desde adentro
mir a los dos hombres y sonri.
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Estoy bien les dijo, y se retir hacia el interior de la cabina. Apret un botn y la
puerta se cerr.
Con un suave traqueteo el ascensor empez a subir. Ben se apoy pesadamente
contra la pared. Mareado, luchando para sobreponerse al dolor, trat de recordar todo
lo que J enkins le haba dicho. Confiaba encontrarlo en el departamento segn lo
convenido.
Cuando se abri la puerta del ascensor sali al pasillo. Todo era quietud. J enkins le
haba asegurado que tomaran medidas para evacuar a los ocupantes del piso veinte y
a juzgar por el silencio que reinaba, haba cumplido.
Se acerc a la puerta de la Hermana Thrse y aguz el odo. Nada. Asi el
picaporte y lo hizo girar. La puerta estaba abierta. Respir hondo, cerr los ojos y entr.
26
Padre McGuire llam Ben desde el hall.
Nadie le respondi.
Entr en el living, dio una vuelta alrededor de la silla de la Hermana Thrse y le toc
la cara, acariciando la piel corroda.
Padre McGuire volvi a llamar, con la mano sobre el hombro fracturado.
Una gota de sangre cay sobre el hbito de la hermana; Ben se toc la cabeza, que
segua sangrando, y volvi al hall de entrada.
Estara McGuire en el departamento de al lado?
Oy un ruido.
Quin est ah? grit mirando al pasillo que conduca al dormitorio.
El ruido se repiti: un ligero golpeteo.
Aterrado, se sumergi en la oscuridad y avanz pegado a la pared.
Es usted, Padre McGuire?
Nadie contest.
Seor J enkins?
Ruido de pasos.
Al llegar a la puerta tendi la mano hacia el picaporte pero de pronto retrocedi.
Alguien lo haca girar desde el otro lado.
El Padre McGuire sali de la habitacin.
Dnde se haba metido? pregunt.
El Cardenal Reggiani volvi a llamar el ascensor sin ningn resultado.
Chazen dijo el Padre Tepper.
Reggiani asinti.
Usted debe quedarse aqu, Hermana Fiorence.
La hermana se apart de los dos hombres y se retir hacia la entrada del subsuelo.
Reggiani y Tepper se dirigieron a la escalera e inspeccionaron sus cinturones para
asegurarse de que los crucifijos estaban bien asegurados. Reggiani abri la puerta que
daba a la escalera y pas al otro lado seguido por Tepper.
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El alma de Franchino camina junto a nosotros dijo Tepper cuando empezaban a
subir.
Quiera Dios concedernos un destino mejor repuso Reggiani en un susurro.
Subieron lentamente, uno junto al otro, transpirando, la respiracin entrecortada. Al
llegar al piso veinte Reggiani intent abrir la puerta; estaba cerrada.
Chazen nos espera dijo Tepper.
S repuso Reggiani tomndose de la baranda. Tenemos que bajar. Rpido!
Descendieron jadeantes, salpicando el piso con gotas de transpiracin. Al llegar al
rellano del tercer piso las luces se apagaron.
Estaban atrapados en medio de un embudo, sumergidos en la oscuridad.
Se oy una carcajada siniestra acompaada por una bocanada de aire caliente. De
las tinieblas surgi una voz llamando a Regginai.
Chazen est abajo grit Tepper.
Volvamos a subir urgi Reggiani.
Dieron media vuelta y frenticamente se lanzaron escaleras arriba.
Oyeron un crujir de caeras.
Tenemos que escapar grit Reggiani; ante sus ojos asom la visin de la muerte
de Franchino.
En el piso diecinueve se detuvieron y lanzndose contra la puerta trataron de hacerla
saltar de sus goznes a puntapis.
De repente, Tepper se detuvo.
Algo se acerca musit con voz quebrada. Siento los fuegos del infierno.
En medio de la oscuridad, Reggiani tendi una mano hacia su acompaante.
Padre! llam.
Nadie le respondi.
Sobre su cabeza las caeras seguan crujiendo. Sinti una gota de agua en la
frente. Oy un grito, luego el ruido de un cuerpo al desplomarse.
Padre Tepper!
Estoy bien lo tranquiliz Tepper desde el rellano de abajo. Perd pie.
Una vez ms el agua salpic a Reggiani. Las caeras volvieron a crujir. Se peg a la
pared. Oy el ruido del agua filtrndose por las fisuras. Luego, un reventn sordo. Y el
agua irrumpiendo con violencia en medio de un ruido amenazante. Tena los pies
mojados; ya un torrente se precipitaba por las escaleras. Se dirigi hacia el borde del
rellano.
Chazen quiere ahogarnos! Tenemos que escapar!
No puedo moverme le lleg la voz de Tepper, creo que me he roto una pierna.
Reggiani se afirm en la baranda.
Ya voy! grit.
Se estremeci al or una explosin arriba. Trat de ver algo en la oscuridad, pero
slo sinti el embate del agua contra su cuerpo, cada vez ms feroz. Era evidente que
haban estallado las caeras, acaso tambin el tanque de agua.
Una enorme ola lo golpe alzndolo del piso. Se aferr con desesperacin de la
baranda y escupiendo agua se desliz hacia abajo, tratando de respirar. Oa el jadeo de
Tepper, su manoteo impotente.
El agua brotaba por todas partes en gigantescos remolinos, anegando los escalones
de cemento y arrastrando todo a su paso a travs de la oscuridad.
Luch con frenes contra la marejada que zarandeaba su cuerpo hundindolo, para
enseguida lanzarlo al aire. La enorme presin lo oblig a soltar la baranda
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precipitndolo hacia abajo, de uno a otro rellano. Cegado busc a Tepper, que ya no
gritaba.
Por sobre el tremendo fragor del diluvio, oy rer a Chazen, lo oy gritar su desdn
por Dios y por Cristo.
Cay a otro rellano. Tena la boca y los pulmones llenos de agua. El torrente lo
cubra en su incontenible descenso. Trat de sacar la cabeza fuera del agua, rod
hasta el primer rellano y una enorme ola lo arroj contra la puerta del subsuelo.
El Padre McGuire apunt su dedo ndice hacia Ben.
T eres el prximo Centinela, Ben Burdett. Ben lo mir, impasible. T eres el
sucesor del ngel Gabriel y de los sucesores de Gabriel. Eres aquel que debe velar
para que el Mal no se acerque. Pos las manos sobre los hombros de la Hermana
Thrse. Chazen tratar de forzarte a destruirte. Chazen se ensaar con las
debilidades de tu pasado, enterradas en tu subconsciente. Chazen lo har, a menos
que el crucifijo pase a manos del nuevo viga. Cay de rodillas y comenz a orar. Ben
permaneci inmvil ante la increble visin. Luego McGuire le tendi la mano. T eres
el elegido dijo.
El Cardenal Reggiani abri los ojos; la escalera era una mancha borrosa. Se tom la
cabeza y parpade para ver mejor. Traspasado de fro, temblando, yaca de espaldas
en un charco profundo. La cada de agua casi haba cesado; slo un sordo rumor
quebraba el silencio.
Consigui ponerse de rodillas deslizndose sobre el cemento resbaloso y se pas la
mano por el profundo tajo que le cruzaba el brazo. Cunto tiempo habra yacido
inconsciente? Y dnde estaba el Padre Tepper?
Con paso vacilante se dispuso a subir la escalera.
Tepper! llam estirando el cuello para mirar hacia arriba. Slo un eco sin vida le
respondi. Apenas si le quedaban fuerzas para tomarse del pasamanos. Al llegar al
descanso del segundo piso le llam la atencin una mancha roja y densa mezclada con
el hilo de agua, que an flua por los escalones. Se arrodill para examinarla y la sangre
se le peg en la palma. Algo le cay sobre el hombro. Ms sangre.
El cadver del Padre Tepper se columpiaba un poco ms arriba, la cabeza exnime
encastrada entre dos barrotes; el cuerpo penda como el de un ahogado.
Dios tenga piedad! exclam Reggiani, el rostro endurecido por la ira.
Llevndose la mano derecha al pecho la Hermana Thrse se alz bruscamente de
su silla. El Padre McGuire, que oraba arrodillado, se puso de pie y la sostuvo. Ben se
mantuvo apartado.
La monja aferr el brazo de McGuire. Los vasos sanguneos de su cara estallaron
bajo la piel y los ltimos restos de color la abandonaron rpidamente. Un hilo de saliva
le asom a los labios.
McGuire reprimi una arcada.
Se est muriendo! grit.
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169
Sin decir palabra, Ben se limit a observar. De pronto una explosin luminosa
atraves la habitacin cegndola. En medio de un estruendo creciente, se sintieron
azotados por un viento furioso.
Chazen est aqu! prorrumpi McGuire.
Trozos de yeso cayeron del cielo raso y los vidrios de las ventanas retemblaron.
Las primeras llamas empezaron a trepar por las cortinas.
Vsquez sali corriendo de su departamento y se acerc al telfono interno.
Quin llam? le pregunt al portero.
El seor Cupa, del dieciocho contest agitado el hombre.
Enseguida el encargado llam al 18 E y Cupa le inform que haba fuego en
alguno de los pisos superiores. El olor del humo ya llegaba a su piso y el cielo raso se
estaba recalentando.
Salga inmediatamente de all! vocifer Vsquez. Trate de avisar a la otra
gente del piso. Y usen la escalera. Puede que haya fuego en el pozo del ascensor.
Colg violentamente el receptor y tom del brazo al portero. Haga evacuar el edificio!
Ahora mismo. El portero hizo sonar la alarma y empez a llamar a los
departamentos.
Vsquez dio la vuelta para dirigirse a la escalera y se detuvo asombrado. Los
felpudos estaban empapados y un hilo de agua se escurra por debajo de la puerta.
Asi el picaporte; la puerta estaba atrancada.
El Cardenal Reggiani alz la vista hacia el agujero del techo. Parte de la estructura
del tanque se extenda hacia abajo y el agua todava goteaba por los bordes. Pero
quedaba espacio para trepar, y dado que era la nica forma de salir de la escalera, no
le quedaba alternativa.
Ech una rpida mirada hacia abajo el fuego ya asomaba bajo la puerta que daba
al pasillo del piso veinte y trep por la escala de mano. Al llegar al agujero se agarr
del tanque metlico en busca de apoyo y desde all consigui incorporarse hasta el
techo.
Camin hasta el borde del edificio y examin la hilera perpendicular de ventanas.
J usto al lado vio una caera de desage que bajaba hasta el callejn y por all empez
a deslizarse. A duras penas consigui mantenerse luchando contra el viento y el
vrtigo.
Al llegar a la altura del piso veinte lanz un puntapi contra la ventana; el vidrio salt
en pedazos lastimndole el tobillo. Reprimiendo el dolor pas la pierna por el agujero;
los bordes cortantes se le clavaron en el muslo. Solt la caera, se aferr al marco de
la ventana, tom impulso lanzndose hacia adelante y aterriz en el pasillo.
El Padre McGuire concluy su oracin fnebre junto al cuerpo de la Hermana
Thrse y alz la mirada para encontrar a Ben Burdett, que sostena en sus manos el
crucifijo. El poder del Seor no pareca haberlo alcanzado. Tampoco haba envejecido.
Padre Bellofontaine lo llam McGuire.
Ben se limit a sonrer.
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170
Las llamas surgan por las ventanas de los pisos superiores. Casi todos los
ocupantes de la casa ya haban sido evacuados y los pisos inferiores an permanecan
indemnes, aunque el fuego avanzaba rpidamente por uno de los costados del edificio.
Vsquez y el portero se afanaban con el telfono interno. Una comisin policial ayudaba
a los rezagados.
Siga intentando! orden Vsquez.
El portero apret una vez ms los botones del piso veinte; nadie respondi.
Si alguien qued all arriba, est liquidado.
Al final del pasillo se oy llegar el ascensor. Tres personas salieron corriendo,
cargadas con las pertenencias que haban podido salvar. Vsquez se precipit al
ascensor, entr y apret el botn. La puerta empez a deslizarse, pero un cortocircuito
la detuvo a medio cerrar. Sali entonces, y entre el ulular de las sirenas tom un hacha
del armario de herramientas, corri hacia la puerta de la escalera y atac la cerradura
hasta hacerla saltar. Empuj la puerta, pero las llamas lo obligaron a retroceder. Era
demasiado tarde. Sali corriendo a la calle, donde ya estaba el portero, en el momento
en que las primeras autobombas doblaban por la esquina del Central Park Oeste,
enfilando hacia la calle Ochenta y Nueve. Segundos ms tarde, una violenta explosin
hizo saltar la parte central del edificio.
Vsquez mir hacia arriba y sacudi la cabeza.
Todo ha terminado.
Mientras las figuras de la madre agonizante y de su hijo volvan a surgir a travs de
las paredes acompaadas por la risa de Chazen, el Cardenal Reggiani, sangrando
profusamente por sus heridas, seal a McGuire, que se encontraba en el otro extremo
de la habitacin y a travs del creciente muro de fuego orden:
Tome el crucifijo, Padre Bellofontaine!
McGuire mir a Ben, semioculto por el humo, y enseguida a Reggiani.
No entiendo! grit.
La Hermana Florence avanz en la oscuridad. Su atencin se hallaba concentrada
en los ltimos pisos del edificio. Desde el lugar donde se encontraba, junto a la
alambrada de la nueva iglesia, alcanzaba a ver la fachada ardiente del 68 Oeste y el
pasaje de acceso a la parte posterior del edificio. Reggiani y Tepper no haban salido.
Os convoco y proclamo nuestro retorno clam la horrenda voz de Chazen, por
sobre el rugido del vendaval que asolaba el departamento hendiendo la cortina de
fuego como en las aguas del Mar Rojo. Las huestes de la noche llenaron la habitacin,
listas para el combate contra Dios Todopoderoso y sus elegidos.
Sofocado por el humo, Ben permaneca de pie en silencio junto al cuerpo sin vida de
la Hermana Thrse. Sealado por el dedo justiciero del Cardenal Reggiani, McGuire
yaca encogido en el piso, vomitando. Enroscado sobre su propio pie que se ajaba por
momentos, la voz de Chazen lo arrastraba a la pesadilla de su pasado, desnudando su
subconsciente, desbaratando en un instante aos de represin.
J Je ef ff fr re ey y K Ko on nv vi it tz z E El l G Gu ua ar rd di i n n
171
Era yo el elegido! gimi McGuire. Lo fui siempre, desde el comienzo.
Desde el comienzo afirm Reggiani. Usted es el Padre Bellofontaine. Usted es
el elegido.
Y la voz de Chazen repiti como un eco:
T eres el elegido del Seor, del tirano, nuestro amigo. T eres aquel que deber
guardar y proteger la entrada a la Tierra. T eres aquel que deber empuar el cetro del
Seor. T eres aquel a quien debemos destruir para triunfar. Esta es la hora decisiva de
la accin. La tarea ser cumplida. Te hars uno con nosotros, y entonces juntos
descenderemos a la beatitud del Pecado y de la Muerte. Por tu propia mano te
condenars. Tienes que hacerlo!
El inspector Wausau encendi la lmpara y encandilado por la luz volvi la cabeza
sobre la almohada.
Maldito telfono!
Descolg el receptor. El maldito reloj indicaba las tres y catorce. Plena madrugada. Y
para colmo se haba acostado muy tarde por la explosin en la seccional de polica.
Cunto habra dormido? Cuarenta minutos? Maldicin y remaldicin!
S, quin habla?
El detective J acobelli se identific y lo puso al tanto del incendio en el 68 Oeste.
Wausau se incorpor de un salto y el pantaln del pijama se le fue al suelo.
Cmo fue?
No lo s repuso J acobelli. La comunicacin era mala y resultaba difcil
entenderle. Estoy en el Departamento. Nos pasaron el informe por telfono.
Qudese all. Yo me ocupo.
Colg, se visti a toda prisa y baj a la calle sin dejar de maldecir.
Una aurora de trridas llamas azules bordeadas de blanco enmarcaba el pasillo del
piso veinte. Escudando con su cuerpo al Padre Bellofontaine, que sostena el crucifijo
en las manos, Reggiani mir hacia la puerta del departamento de los Burdett. La
transicin ya se haba cumplido.
De pie bajo la arcada, partcipe involuntario de una pesadilla, Ben se senta muerto
por dentro, desgarrado por su prdida.
Venga conmigo lo urgi Reggiani retrocediendo para protegerse del fuego.
Ben mir al vaco. Las legiones nocturnas se haban batido en retirada junto con la
esencia de Charles Chazen. Ben no dijo nada. Tampoco se movi.
Dios lo perdonar, hijo mo.
Bajo una lluvia de madera y fuego, Reggiani condujo al Padre Bellofontaine hacia la
escalera. Un ruido ensordecedor anunci el inminente derrumbe del techo. Reggiani se
volvi a mirar a Ben. Vio correr las lgrimas por su rostro.
Dios mo! grit Ben desde el fondo de su agona.
Y entonces desapareci sepultado por los escombros, vidamente devorado por el
infierno.
El Cardenal Reggiani tom el brazo al Padre Bellofontaine y juntos iniciaron el
descenso hacia el pozo ardiente, envueltos por las danzantes serpentinas de fuego.
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172
27
El detective Wausau arrim el patrullero a la acera y salt afuera protegindose los
ojos de la cegadora luz. Su mirada explor la calle tratando de localizar a alguna
persona con autoridad, pero slo encontr una gran confusin. Toda la calle estaba
obstruida por las autobombas. Haba policas apostados en los cruces de las dos
avenidas para cerrar el paso a los peatones, y varios agentes patrullaban los pasajes
de acceso.
El infierno desatado menos de una hora antes an no haba sido dominado y
superaba en ferocidad a cualquier incendio que hubiese visto antes. Lo que alguna vez
fuera el 68 Oeste de la calle Ochenta y Nueve estaba envuelto en llamas. El calor era
tan intenso que Wausau tuvo que cubrirse la cara para impedir una quemadura.
Se abri paso en medio del caos eludiendo la confusa red de mangueras tendidas
entre las autobombas y el edificio, y anduvo entre los vehculos un poco perdido. Su
mirada pasaba de las bruidas carroceras a la masa de madera y metal que arda en la
altura; sus pensamientos se agolpaban sin orden imaginario y descartando
posibilidades. Slo unas pocas horas antes una seccional de polica haba volado
quemndose hasta los cimientos, un edificio donde haba estado alojado el Padre
McGuire, detenido por el asesinato de otro sacerdote, Monseor Franchino. Monseor
Franchino, muerto precisamente en la misma casa que se desintegraba rpidamente a
escasos metros de distancia. Claro que ambos incendios podan deberse a causas
naturales. Era ilgico vincularlos. Y sin embargo, era eso justamente lo que estaba
haciendo, y en su razonamiento pesaba en buena medida la muerte prematura del
inspector Burstein por obra de un incendiario. Al parecer el fuego era un elemento de
erradicacin, un medio para destruir a la gente que saba y borrar hechos acusadores.
Localiz al jefe de los bomberos cerca de la autobomba ms grande y se dio a
conocer; los dos hombres subieron a un patrullero estacionado en las cercanas y
cerraron las puertas.
Nos ha desbordado por completo dijo el jefe mirando el edificio a travs de la
ventanilla.
Cunto tiempo llevar extinguir el fuego?
Varias horas por lo menos. Su voz sonaba tensa. Estamos tratando de
dominarlo.
Tienen alguna idea sobre el origen del incendio?
No. Slo suposiciones. Interrogamos a algunos de los ocupantes de la casa. Nada
por ese lado. Por suerte la mayora escap.
Dijo usted la mayora?
El personal del edificio nos ayud a hacer el recuento. Hay quince personas cuyo
destino se desconoce, incluidos todos los ocupantes del piso veinte.
Wausau abri muy grandes los ojos.
Est seguro de eso?
Casi. Seal a un bombero apostado en el sector de comando de las
operaciones. Tendra que hablar con l. Pero no hay prisa. Nadie puede salir de all
con vida. Podemos hacer un recuento exacto ms tarde.
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173
Wausau hizo un gesto afirmativo y se meti en la boca una barra de goma de
mascar.
Dnde empez el fuego?
El jefe se dispona a contestar, cuando lo detuvo una violenta explosin que
estremeci la estructura.
No estamos seguros dijo al fin, aunque es probable que haya sido en uno de
los pisos altos. El portero recibi una llamada de un inquilino del dieciocho informndole
que haba humo en los pasillos y el cielo raso estaba recalentado. Enseguida hizo
evacuar el edificio y llam a los bomberos. Pero cuando llegamos ya el fuego resultaba
indominable. Hizo una pausa y se pas la mano por el rastrojo de barba que le cubra
la cara. Hasta que extingamos el fuego y podamos investigar, no hay forma de
determinar si fue premeditado.
Entiendo dijo Wausau, observando cmo ceda un trozo de pared.
Le dio las gracias al jefe de bomberos, baj del coche y se acerc al hombre que
aqul le haba indicado. Volvi a identificarse y verific la lista de sobrevivientes
conocidos. En ella no apareca ninguno de los ocupantes del piso veinte. Las
posibilidades eran dos; o ninguno se encontraba en la casa al comenzar el incendio
(cosa improbable), o todos haban huido de la casa y del barrio con la mayor rapidez
posible (tambin improbable). Quedaba una tercera: que todos hubiesen muerto.
Wausau devolvi la lista y en ese momento se le ocurri que acaso nunca se
descubrira la verdad acerca del crimen de la mquina compactadora, y la identidad de
la vctima. Mucho menos probable era que se llegara a aclarar la curiosa serie de
hechos recientes y su posible vinculacin, si alguna haba, con la sucesin de muertes
ocurridas en la vieja casona de piedra marrn, ms de quince aos atrs. Alz la
mirada hacia la casa en llamas y se dijo que su nica esperanza era el Padre McGuire.
Slo l posea la clave del misterio. Y el Padre McGuire an no haba aparecido.
Mir su reloj. Pronto amanecera. Quizs el polica que investigaba la explosin de la
seccional hubiese encontrado al sacerdote. O por lo menos, algn dato sobre su
paradero.
Subi a su automvil, se meti otra barra de chicle en la boca, super el cerco
policial y se perdi en la noche.
Dos das ms tarde el detective J acobelli entr en la oficina de Wausau y se sent
frente a su escritorio; traa un manojo de papeles en la mano.
Tiene el informe? le pregunt Wausau, mientras segua dando cuenta de una
lata de cerveza.
No le va a gustar le advirti J acobelli.
Ya lo s.
J acobelli consult sus papeles.
En el incendio de la comisara se comprob la existencia de una sola vctima fatal;
un preso anciano al que encontraron en la escalera. Muri por inhalacin de humo. De
las personas que se hallaban en el edificio, la nica cuyo destino se desconoce es la
del Padre McGuire. No muri en el incendio y suponemos que escap. Cmo? Lo
ignoramos.
Bien dijo Wausau asintiendo.
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174
Y ahora el informe sobre la calle Ochenta y Nueve. Sobrevivieron todos, salvo
cuatro personas. Una de las vctimas fue la monja, la Hermana Thrse. La
encontramos en su departamento del piso veinte. Otra fue el Padre Tepper, al que
hallaron en la escalera. Estamos en contacto con la archidicesis, para que nos ayuden
a conseguir ms informacin a travs de familiares del sacerdote. La tercera vctima,
tambin del piso veinte, fue Benjamn Burdett.
Wausau movi la cabeza.
Y la cuarta fue la mujer de Burdett?
No. No hay rastros de ella. El cuarto cadver es el de un hombre. Al parecer la
seora Burdett no se hallaba en la casa cuando estall el incendio. Tuvimos una
llamada de la gente que tiene a su cuidado al nio; hasta ahora no han recibido noticias
de ella.
Quiero que la encuentren!
Ya he impartido las rdenes necesarias.
Wausau hizo un gesto de aprobacin.
Quin era el hombre?
No lo sabemos. Su cadver apareci en el pozo del ascensor tan calcinado y
descompuesto que resulta imposible identificarlo.
Y el departamento forense no tiene elementos para orientarse?
Lo dudan, pero siguen intentando.
Wausau se inclin hacia J acobelli y le sac los papeles de la mano. Ech una ojeada
al informe sin dejar de menear la cabeza; luego lo dej sobre el escritorio, desenvolvi
otra barra de chicle y se la puso en la boca.
El tubo de escape dej or su habitual acompaamiento de explosiones, cuando J ohn
Sorrenson apret el acelerador de su DeSoto 1956 y entr por Central Park West hacia
la calle Ochenta y Nueve. El da era caluroso y hmedo. El olor acre de la lluvia reciente
an se ola en el aire. La chaqueta de Sorrenson estaba en el asiento posterior junto a
un violoncelo desenfundado y una maleta apresuradamente preparada, que perda su
contenido por todos lados. Su camisa blanca se vea manchada y hmeda de
transpiracin y necesitaba una afeitada urgente.
De pronto detuvo el auto a mitad de manzana y mir atnito el monumento de hierros
retorcidos que ocupaba el lugar donde antes se alzaba el 68 Oeste.
Dios mo! exclam restregndose la barbilla; el cuerpo le temblaba y la
incredulidad y el horror se sumaban a su expresin.
Rpidamente estacion el auto junto a la acera, baj y se apoy contra la valla
destinada a contener los escombros. El aire todava estaba impregnado de olor a humo,
aunque sin duda haban pasado varios das desde el incendio. Ley el cartel colocado
por los bomberos y camin por la acera contemplando los restos.
Qu ocurri? le pregunt a una negra de cierta edad que pasaba en ese
momento.
Un incendio repuso ella balanceando una caja de sombreros en su regordeta
mano derecha. Y de los grandes, segn me cuentan. Tambin hubo muertos.
Cundo? Cmo? balbuce aturdido Sorrenson.
La mujer se lo qued mirando y enseguida prosigui su camino en direccin a la
esquina.
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175
Esta era mi casa! grit Sorrenson lanzndose tras ella. La mujer lo ignor y con
un gesto de desaliento el viejo volvi junto a su auto. Se apoy contra el guardabarros,
se masaje la frente y parpade, cuando un rayo del ltimo sol de la tarde le dio en los
ojos. Luego cruz la calle y mir por un agujero de la cerca que rodeaba el
emplazamiento de la nueva iglesia. El lugar estaba desierto, la excavacin llena de
agua. Haban desaparecido todos los camiones y la maquinaria pesada; tampoco haba
obreros.
Aturdido, volvi a meterse en el auto y encendi el motor. Haba una comisara en la
avenida Columbus, dos calles ms arriba. All podran informarle sobre lo ocurrido,
quizs hasta podan sugerirle con quin ponerse en contacto para averiguar si algo se
haba rescatado. Solt el freno de estacionamiento, apret el acelerador y parti calle
arriba.
El sol haba descendido tras la lnea de los edificios cuando Sorrenson regres al
lugar del desastre y estacion el auto junto a los restos de la casa, que hasta ese
momento haba sido su hogar. Enjugndose las lgrimas coloc las manos en el regazo
y contemplando las ruinas trat de endurecerse para afrontar la dura realidad.
Un fro desapacible haba barrido la calidez de la tarde. Sinti un escalofro; tom la
chaqueta del asiento posterior y se la ech sobre los hombros tratndola con mucho
cuidado. Era lo nico que le quedaba. Todas sus posesiones haban quedado en el piso
veinte y segn acababan de informarle en la polica, no haban conseguido salvar nada.
Tena poca fe en los bancos, de modo que tambin se haban esfumado sus ahorros,
guardados en una caja debajo de la pileta de la cocina.
Para cuando Sorrenson logr arrancarse de su autocompasin, el sol se haba
puesto por completo. No tena familia, pero confiaba en que alguno de sus compaeros
de la orquesta lo alojara por un tiempo, por lo menos hasta que arreglase sus asuntos
y consiguiese un prstamo. Antes que nada ira a la sede de la Filarmnica.
En el momento en que pona en marcha el coche un taxi se detuvo enfrente y de l
se apearon Max y Grace Woodbridge.
Max! llam Sorrenson.
Grace Woodbridge se lanz a gritar, retenida por su marido que trataba de
consolarla. Sorrenson baj del auto y corri al encuentro de la pareja. Presa de un
ataque de histeria, Grace trataba de treparse a la valla protectora, se aferraba a su
marido y lloraba golpendose los puos contra el cuerpo.
No podemos hacer nada trat de aplacarla Max, mientras ella se enjugaba los
ojos con un pauelo.
Nada en absoluto convino Sorrenson, y su tono maltrecho dej traslucir su
propia frustracin. Las cosas ocurrieron y nada de lo que hagamos servir para
devolvernos el edificio ni las cosas que contena.
Los dos hombres ayudaron a Grace a subir al auto de Sorrenson.
Qu pas, J ohn? pregunt Max apoyndose contra el guardabarros.
Acabo de hablar con la polica. La casa ardi cuatro das atrs, en mitad de la
noche. Creen que el fuego se inici en el piso veinte. Los bomberos no pudieron hacer
nada.
Dios, Dios mo gimi Grace Woodbridge.
Max le tom la mano.
Hubo heridos?
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S contest con voz trmula Sorrenson. La vieja monja muri. Y tambin... Ben
Burdett.
Oh, no exclam incrdulo Max.
Y Faye? pregunt Grace sollozando.
La polica no pudo encontrarla. Afortunadamente el nio sobrevivi. Esa noche
Ben haba dejado al pequeo J oey en casa de unos amigos.
Max pas un brazo por los hombros de Sorrenson.
Es increble, J ohn. Sencillamente increble. Cmo vamos a salir a flote despus
de esto?
Sorrenson se encogi de hombros.
Tendremos que hacerlo. No nos queda otro remedio.
Fue una suerte que no estuviramos aqu observ Max tragando con fuerza.
S coincidi Grace. Una gran suerte.
Sorrenson se qued mirndolos.
S... tuvieron mucha suerte. Pero dnde estuvieron?
Qu quiere decir, J ohn? Max estaba desconcertado.
Dnde estuvieron? Adonde fueron? Por qu salieron de la ciudad?
Max mir a su mujer. Su inexpresividad era total. Se frot el mentn, luego dej
correr sus dedos por la rala cabellera negra que empezaba a encanecer.
No lo s contest azorado. Y t, querida?
Grace lo pens un momento y enseguida neg con la cabeza.
Tienen que haber ido a algn lado.
Por supuesto, J ohn dijo de pronto Max sonriendo. Fuimos a...
Volvi a interrumpirse y trat de recordarlo sin conseguirlo.
Max... Sorrenson lo tom con fuerza del brazo. Aqu pasa algo muy raro.
Porque no recordamos adonde fuimos?
S. Y porque tampoco yo lo recuerdo.
De veras?
As es. Tengo una laguna total acerca de lo que hice en los ltimos cuatro das y
no lo advert hasta que la polica me hizo la misma pregunta que acabo de hacerles a
ustedes.
Grace Woodbridge se limpi el rimmel chorreante con una toallita de papel.
No comprendo
Tampoco yo dijo Sorrenson. Ni Daniel Batille, ni las dos secretaras.
Carraspe y se aboton la chaqueta. Todos ellos tambin regresaron tras cuatro das
de ausencia. Ninguno sabe dnde estuvo ni qu hizo.
Y J enkins?
Nadie sabe dnde est. La polica encontr el cadver de un hombre en el pozo
del ascensor. Podra ser l.
Max Woodbridge movi la cabeza.
Cuatro das. Cuatro das borrados. Es imposible!
Sorrenson mir hacia atrs, a los restos del edificio. Un perro hurgaba entre el
montn de madera. Dos chicos jugaban con un marco de ventana que haban
arrastrado por encima de la valla. Por lo dems, el terreno estaba desierto.
Imposible? pregunt sonriendo.
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EPLOGO
Faltaba poco para el medioda. La temperatura era templada, el aire seco y
vigorizante.
En la calle San Ignacio, del barrio Este de Los Angeles, un taxi se detuvo junto a la
acera y deposit a dos pasajeros frente a una casa de tres pisos estilo Tudor. Uno de
los dos escalones de acceso estaba roto y en la planta baja haba varias ventanas
tapiadas. Aunque la casa pareca abandonada, una sombra detrs de la cortina beige
corrida, en la ventana central del tercer piso, sugera la presencia de un ocupante.
El Cardenal Reggiani mir a la Hermana Florence y sonri. Le agradaba la vecindad;
haba sido una sabia decisin alejar al Centinela de Nueva York, y sin duda se era el
lugar indicado.
Subieron hasta la entrada del frente y Reggiani abri la puerta con una llave. Al pie
de la escalera principal se detuvieron y examinaron el interior. Las paredes y los pisos
estaban desnudos. No haba muebles y el aire ola a moho.
La baranda se cimbre cuando empezaron a subir y un escalofro estremeci a la
Hermana Florence, perturbada por el ambiente que la rodeaba, el Cardenal Reggiani la
tranquiliz y la condujo hasta el tercer piso, tan poco acogedor como el resto de la casa.
Enseguida, con la misma llave que haba usado al llegar, abri una puerta prxima.
Entraron.
Haba alguien sentado en una silla de madera frente a la ventana del centro.
Lentamente, Reggiani cruz la habitacin desnuda. La Hermana Florence lo sigui.
Haca mucho fro y un horrible hedor de carne en descomposicin impregnaba la
atmsfera.
Reggiani se aproxim a la silla.
Padre Bellofontaine musit con voz quebrada por la emocin. Se volvi hacia la
Hermana Florence y con un gesto le indic que se acercara. As lo hizo ella, y cuando
estuvo junto a la silla se persign.
Quiera Dios tener piedad de su alma rog.
Reggiani contempl al que haba sido el Padre J ames McGuire. El Padre
Bellofontaine se pareca a sus predecesores. Como ellos permaneca inmvil en su
asiento sosteniendo el crucifijo de oro. Tena la cara marchita y descolorida, la piel
arrugada y cubierta de pstulas, las pupilas veladas por cataratas. El pelo se vea
enmaraado y curiosamente hmedo. Uas largas y curvadas como garras remataban
los dedos, ahuesados y resecos. Ningn movimiento perceptible en el pecho, nada que
indicara que estaba de veras vivo.
Lo estaba, sin embargo. Ocupando su puesto, el que le fuera destinado desde los
comienzos. Poco falt para que fracasaran, pero al fin se haba logrado la salvacin del
Padre Bellofontaine.
Reggiani movi la cabeza. Los ltimos meses, con sus logros y fracasos, casi haban
llegado a amenazar su razn: las muertes de la Hermana Angelina y de Biroc, la
intervencin de Ben Burdett, la de Gatz y tantos otros, la forma en que haban
manejado a Burdett cuando aqul se convenci de que la elegida era Faye, la farsa de
la vigilia fnebre perpetrada para que McGuire siguiera ignorando su destino, la horrible
revelacin de la identidad de Faye, la oposicin de Ben Burdett transformada en
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178
obediencia, la milagrosa huida del edificio en llamas y por fin la muerte de Franchino, su
sacrificio, el increble coraje de un hombre que se haba prestado a ser destruido por
Satans para que el Padre McGuire pudiese transitar hacia su salvacin, ignorndolo.
Tantas cosas, tantos momentos.
Y este es el fin dijo en voz baja, aunque saba que alguna vez todo iba a
recomenzar, y acaso an en vida de l.
En las dos semanas que llevaba en Los Angeles, Reggiani haba adoptado las
disposiciones necesarias para proteger al Padre Bellofontaine. Fue imprescindible
incluir al Cardenal Willings de la Archidicesis de Los Angeles, en el reducido ncleo de
funcionarios eclesisticos que estaban al tanto de los hechos. Se adquirieron los
terrenos que rodeaban el santuario del Padre Bellofontaine, y ya estaban en marcha los
planos para la construccin de una modesta iglesia, desde la cual se podra
discretamente observar y proteger al Centinela. Tambin se haba designado al sucesor
de Monseor Franchino, un miembro de la Archidicesis de Los Angeles. El se
encargara de vigilar la construccin, de garantizar la seguridad del Padre Bellofontaine
y de preparar el camino para el da en que hubiese que elegir un nuevo Centinela.
Debemos irnos dijo Reggiani.
La Hermana Florence asinti, contenta de que Reggiani hubiese accedido a su
deseo de ver al Padre Bellofontaine.
Ya en la calle, alzaron los ojos hacia la ventana donde se perfilaba la silueta del
sacerdote. El sol del medioda que daba de lleno en el vidrio los oblig a apartar la
mirada. Trataron de grabar la imagen en su memoria, doblaron hacia la esquina y se
alejaron.
Momentos ms tarde el Padre Bellofontaine se inclin hacia adelante y sus manos
marchitas bajaron la cruz. Durante varios minutos no hizo nada; luego se ech hacia
atrs, una sonrisa sardnica asom a sus labios y se lanz a rer. Su risa brotaba de
profundidades malignas; gradualmente su cuerpo fue perdiendo substancia hasta
transformarse en el de Charles Chazen, los ojos llameantes de triunfo. La habitacin
entera se pobl de figuras informes que aguardaban una seal. Chazen sonri y entre
el clamor de metales entrechocados y gritos ominosos se dirigi a sus huestes:
Os convoco y proclamo nuestro retorno. En triunfo
os conducir fuera de este abismo infernal.
Cuntas veces haba repetido su llamada en vano. Pero ahora todo era distinto.
Antes de la transicin se haba encarnizado con el Padre McGuire, cuando nadie
estaba all para protegerlo. Por primera vez desde el milenario Satans lograba pervertir
a un elegido, un sucesor del ngel Gabriel. El Padre McGuire se haba suicidado,
incorporndose as a las legiones de la noche. Y Chazen asumi la forma mortal de
McGuire para engaar al Cardenal Reggiani y a Ben Burdett durante la transicin. Tan
consumados eran sus poderes, que hasta impidieron que Dios Todopoderoso
descubriera la impostura. Y ahora slo necesitaba tiempo, tiempo para reunir a los
ejrcitos malignos, las huestes infernales. Embravecido y desafiante volvi a gritar:
En triunfo os conducir fuera de este abismo infernal,
Abominable, maldito, morada de miseria, mazmorra
de nuestro tirano.
J Je ef ff fr re ey y K Ko on nv vi it tz z E El l G Gu ua ar rd di i n n
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Un gran estruendo sacudi la casa; el clamor creci. Chazen se mezcl con sus
huestes y se detuvo ante las formas de J ack Gooper y Ben Burdett, almas sin
substancia como fuegos fatuos. Y entonces traspuso la puerta el alma del ungido, el
Padre J ames McGuire, el elegido del Seor, el instrumento pervertido del
Todopoderoso, que ahora era uno de ellos.
Poseed ahora, como dioses, un espacioso mundo
en poco inferior a nuestro Edn nativo, por mis
aventuras y con duros peligros conquistados.
En medio de un torbellino de vaharadas y luces cegadoras los ecos del infierno
llenaron la habitacin y un temblor de cataclismo estremeci los cimientos de la casa.
Chazen contempl a las inconmesurables hordas y supo que el prximo Mesas sera
l.
Rodeado por el creciente fragor volvi a ocupar su silla y sostuvo en sus manos la
cruz. La sostuvo para perpetuar el engao hasta la hora sealada, para aguardar en
esa casa, al parecer vaca, de un populoso barrio de Los Angeles.
POSDATA
Dos das despus de haber regresado el Cardenal Reggiani a Roma, un ayudante lo
despert a las tres de la maana para entregarle un telegrama marcado urgente.
Proceda de las oficinas de la Archidicesis de Nueva York.
Reggiani se sent en el borde de la cama, encendi la lmpara y abri el mensaje.
Deca as:
REGGIANI. FORENSE NUEVA YORK FINALIZO EXAMEN RESTOS HALLADOS EN INCENDIO
CALLE OCHENTA Y NUEVE OESTE 68. CADVER ENCONTRADO EN POZO ASCENSOR
CATEGRICAMENTE IDENTIFICADO COMO PADRE J AMES MCGUIRE. ROGAMOS ENVIAR
INSTRUCCIONES.
De un salto Reggiani se puso de pie, la mirada perdida en las sombras de la
habitacin.
Le ocurre algo? pregunt el ayudante.
Sin responderle, el cardenal palideci y empez a temblar. La comprensin de lo
ocurrido lo haba alcanzado como una descarga elctrica. Tambalendose, se llev las
manos al pecho. El ayudante lo sostuvo y lo ayud a acostarse. J adeante, sacudido por
convulsiones, Reggiani arque bruscamente el cuerpo y enseguida se derrumb sobre
las sbanas estrujadas.
Estaba muerto.