Ovejn.
Luis Manuel Urbaneja Achelpohl..
Ovejn:
Y en las bocacalles, sobre el camino real, se aglomeraban grupos de curiosos,
que, alarmados, Repetan:
Ovejn! Ovejn!...
Sin embargo, en la carretera no se distingua nada, sino el sol arageo dorando
la polvareda.
Nadie habalo visto, pero la gente armada que en su seguimiento vena desde
Zuata, atropellando el sendero, as lo aseguraba. Ellos dieron la voz de alarma.
Tal husped no era para dormir con las puertas de par en par, segn la vieja
costumbre de los vecinos, quin sabe si obligados por el cultivo que constitua una
de las fuentes de su prosperidad: el ajo, el ajo, que por cuentas de ristra, como
blancas y nudosas crinejas colgaban en todas las ahumadas vigas de las cocinas,
en las madrinas de los corredores, en las salas y an en la misma sacrista de la
vieja iglesia, por los grandes das de la cosecha, en aquel risueo poblado, el ms
alto orgullo de la feroz comarca.
Ovejn, como de costumbre, haba desaparecido a la vista de sus perseguidores,
en el momento trgico, cuando bien apuntado lo tenan y con slo tirar del gatillo
de las carabinas, hubiese rodado hecho un manare al ancho pecho. Pero el
bandido extendi ante ellos como una niebla cegadora y escap. Ovejn. Ovejn
saba muchas oraciones.
Los grupos de curiosos desperdigbanse, volvan a sus casas comentando lo
ocurrido: aquello era lo de siempre, carreras y sustos, y Ovejn haciendo de las
suyas. Aquellas horas, cun lejos estara de los alrededores...
..
Con una suave tonalidad de violetas, en el vasto cielo inicibase el crepsculo, un
crepsculo de seda. En las colinas desnudas de altos montes tendase un verde
como nuevo y lozano, un verde de primavera, y en las crestas montaosas, un
oscuro verde intenso, como el perenne de los matapalos laureles. Casi blanca,
cual una flor de urape, la estrella de los luengos atardeceres, en el Poniente, en
apariencia fija y silenciosa, prestaba al ambiente una dulcedumbre pastoril. Todo
en la campia era grave y apacible; sobre la alta flecha de la iglesia se
espolvoreaba una rubia mancha de luz. En el paso del ro, en medio de los
caamargales, el agua se deslizaba, clara, limpia, con un grato rumoreo, y en
medio de las caas y malezas brillaban destellos de sol azulosos y anaranjados.
Un mendigo, sucio y roto, abofallado el rostro, los labios gruesos y la piel cetrina,
llena de nudos y pstulas, penosamente arrastraba un pie descomunal, hinchado,
deforme, donde los dedos erectos semejaban pequeos cuernos bajo una piel
agrietada y escamosa. Un destello de sol violceo y fulgente envolva al mendigo,
quien haca por esguazar el ro saltando sobre las chatas piedras verdosas y
lucientes por la babosidad del limo. A lo lejos un manchn de boras, cual una
diminuta isla anclada en medio de la corriente, se meca, y el nenfar de los ros
criollos comenzaba a entreabrir sus anchos clices sobre las aguas tibias. De
cuando en cuando, desde una caa cimbreante, el martnpescador se dejaba
caer como una flor de oro al agua y alzaba de nuevo revoloteando, entre sus gritos
secos.
El mendigo se apoyaba en una vara alta y su burda alforja limosnera le colgaba a
un lado, esculida, sin que en ella siquiera se dibujara el disco abultado y duro de
una arepa aragea, dorada al rescoldo.
...
Avanzaba el mendigo y la luz fuerte y violcea hera sus ojos opacos, en tanto que
tanteaba con la vara la firmeza de los pedruscos y alargaba con precaucin su pie
deforme. La babasa era traidora y la luz cegaba, y el mendigo cay de bruces
contra las piedras y la estacada, que cual una triple hilera de dientes enjuncados,
resguardaba de los embates de las crecientes a aquellas prdigas tierras de
labranto, famosas ya, antes que el sabio germano las apellidara jardn.
A los ayes lastimeros del mendigo surgi un hombre apartando la maleza. Era de
mediana estatura y sus ojos fulguraban. Su mirar era inquieto, pero en las lneas
duras de su boca vagaba en veces una sonrisa bonachona y mansa.
El hombre se lanz al ro, como si el mendigo fuese un nio, lo tom por debajo de
los brazos y lo sac con gran suavidad al talud. El mendigo era todo ayes y
lamentos. Su carne podrida, magullada, no haba cmo tocarla. El tobillo deforme
sangraba. Un aragato con sus curvas y recias espinas rasgara profundamente
aquellas carnes fofas. Gruesas lgrimas abotonbanse al borde de sus prpados
hinchados.
El hombre levant los ojos y mir alrededor. Su mirada fue larga y honda, como
una requisitoria que llegara al fondo de los boscajes y las malezas. Y todo era
calma y penumbra en la solemnidad del atardecer. Slo el martnpescador,
desde la caa cimbreante se dejaba caer como una flor de oro al agua y alzaba
revoloteando, entre sus secos gritos.
El hombre se aproxim al mendigo, examin la herida y con el agua del ro
comenz a lavarla, como lo hiciera una madre a su tierno infante. La sangre no se
detena, no era violenta, pero s continua. El hombre se alej. Inclinado sobre la
tierra buscaba entre los yerbajos. Se incorpor. Entre sus dedos fuertes tena
hecha una masa con unos tallos verdes. La aplic a la herida y como el mendigo
no tuviese un trapo propio para su vendaje desabroch la amplia camisa de
arriero, que le cubra del cuello a la pantorrilla, y sac un pauelo de seda, uno de
esos vistosos pauelos de pura seda, con que la gente que vena de Las Canarias
gustaba regalarnos en su comercio de contrabando.
El mendigo vea hacer al hombre sin decir palabra y ste slo atenda a la herida.
Cuando la sangre se mengu, el hombre aplic el vendaje. Ni la ms ligera
sombra purpurada tea la albura de la seda. Una sonrisa de satisfaccin apunt a
los labios del hombre. El mendigo murmuraba:
Gracias!... Estoy curado.
El hombre: No tengas miedo. El cosepellejos cerrar tu herida.
...
El mendigo haca por levantarse. El hombre le tendi la mano cordialmente y le
puso en pie. Sus ropas estaban empapadas, adheridas al cuerpo. El hombre se
deshizo de su camisola de arriero y se la obsequi.
El mendigo le miraba admirado; bajo la burda camisa, el hombre llevaba encima
un terno fino de blanco hilo. Y mientras ste le ayudaba a cubrir con la camisola, le
examinaba atento. Un detalle se fij en su mente: los ojos eran brillantes, muy
brillantes, y el pelo, crespo y melcochado.
El hombre, al ponerle en sus manos la vara en que se apoyaba, recogi del suelo
la alforja limosnera y viendo que sta se hallaba vaca, desabroch la ancha faja,
de la que pendan un pual y un revlver de grueso calibre y de ella extrajo, una
tras otra, muchas bambas y, como en ellas viniera un venezolano de oro, lo mir
un instante y ech todo en la alforja y dijo: Para ti debe ser, porque por su boca
sali.
El mendigo quiso besarle las manos. Era aquello un tesoro con que no haba
soado nunca. Dbale las gracias y le bendeca. Caminaba tras l con la boca
rebosando gratitud. El hombre se volvi y dijo: Hoy por ti, maana por m.
El sol ya no ofuscaba los ojos del mendigo. El poblado no estaba distante. An
brillaba una dulce claridad en aquel largo atardecer de otoo y ech a andar
alegremente, sin cuidarse de su pie deforme. Venus ya no era una ntida flor de
urape, sino un venezolano de oro en la gloria del crepsculo.
An el farolero no se haba entregado a su habitual tarea. Su escalera hallbase
arrimada a la pared bajo el farol por el cual comenzaba siempre. Adentro, en la
pulpera, en un vaciar de tragos, comentaba junto con otros la ltima hazaa de
Ovejn. En Zuata robara a un hacendado y matara un hombre a pualadas.
A la puerta de la pulpera asom la faz abofallada, llena de nudos y pstulas, el
mendigo. Ante su pie deforme, todos callaron, esperando or su voz plaidera
implorando la caridad, en tanto que su esculida mano alargara el sombrero, sucio
y deshilachado, para recoger la ddiva. Pero el mendigo se lleg hasta el
mostrador y pidi un trago. Bajo la luenga camisola senta la humedad de sus
ropas y tena hambre y fro. Bebi la caa vieja y paciente se dio a masticar el pan
duro de la mendicidad.
Los otros, sin verle, prosiguieron su charla. Dijo el farolero: De que tiene
oraciones, las tiene.
Un negro embarrador de caa en una hacienda vecina, pringoso y oliente a
melaza, afirm: Lo que tiene es un escapulario ensalmado. Mientras lo lleve
encima, nunca le pegar una bala.
El pulpero, descredo: Lo que tiene son alcahuetes; a que si le espanto un tiro con
mi morocha se le acaba la gracia!
Un mocetn aindiado: Yo quisiera conocer a Ovejn por ganarme los quinientos
pesos. Quinientos pesos dan a quien lo coja vivo o muerto.
El negro pringoso: Es muy fcil. Es un catire, de buen tamao, con los ojos como
dos monedas y el pelo como una melcocha bien batida. Anda, ve a buscarlo al
monte. Cuando lo traigas me brindars el trago.
El farolero: Este trago ya me lo estoy bebiendo. No hay mejor aguardiente como el
de los velorios.
El mendigo haca por ablandar entre su boca el ribete de una torta de cazabe e
interiormente pensaba: "El hombre del ro, el hombre del ro es Ovejn. Quinientos
pesos a quien le entregue vivo o muerto. El brujo Ovejn, quien tiene el alma
vendida. Si le entregara no perdera ms. No me arrastrara por los caminos. Me
curara mi pierna. Quinientos pesos!... Con dinero los mdicos me sanaran." El
mendigo meti la mano en su alforja en busca de otro pedazo de cazabe y sus
dedos tropezaron con las monedas. All estaba el venezolano de oro. Torn a
pensar: "Ovejn debe tener muchos como ste. No tiene grima en dar. Es un buen
corazn, y por qu robar? Es caritativo. Estos, los que aqu estn, me tienen
asco, no me hubieran lavado el pie. Por qu inspir lstima a se, quien mata y
roba en los caminos?" Y record sus ojos y sus cabellos melcochados. Su boca
dura y su mansa sonrisa.
En la calle sinti el paso largo y acompasado de una cabalgadura. El mendigo se
volvi para ver.
En un caballo moro iba un hombre de altas botas jacobinas, con una cobija de
pelln en el pico de la silla. Al pasar frente a la pulpera marchaba a todo andar. El
hombre del caballo volvi la faz y los ojos del mendigo se encontraron con los del
jinete. La boca de aqul se abri, alargada, pero se cerr en seguida.
El pulpero sac la cabeza para ver. El del caballo iba lejos; el pulpero observ:
Buena bestia.
El mendigo, interiormente: "Es l, Ovejn; le vi los ojos, lucan como dos monedas,
como dos puales." El farolero: Voy a encender el farol.
Un negro pringoso, mechificando al indio: Por qu no te has ido en busca de
Ovejn? Cuidado si esta noche lo tropiezas metido en tu chinchorro. Anda por el
pueblo. Esta noche es de patrulla. Cuidado con Ovejn.
El mendigo, para s: "Era l, era l. Va huyendo. Mat a uno. Rob a otro. A
quin matara? A quin robara?"
Por el camino se acercaban cuatro hombres corriendo. Venan armados. Entraron
en la pulpera de sopetn.
No le han visto pasar?
El pulpero: A quin? A quin?
A Ovejn! A Ovejn!...
Todos se vuelven asombrados: A Ovejn! A Ovejn!
Los hombres: Se ha robado la yegua mora. La montura y las botas del general!...
Los hombres: No le han visto pasar?
El Pulpero: Uno pas.
Los hombres: En la Yegua mora?
El Pulpero, volvindose al mendigo: Mira t, que te pusiste a mirar. Era una
yegua mora?
El mendigo: No la vi.
El pulpero: Suelten la potranca. Ella buscar el rumbo de la madre.
El indio: Suelten la potranca y los quinientos pesos sern nuestros.
...
El mendigo se escurri como una sombra. A lo largo de la calle se alejaba
renqueando. El farolero encenda los mecheros. La gente, armada, soltaba la
potranca y corra tras ella. El mendigo haba dejado atrs la ltima casa del
poblado y se perda en la carretera. Se detuvo en un recodo. Era aqul un paso
estrecho y peligroso. Se agazap contra el talud.
Pronto sinti el correr menudo de la potranca. Era una potranca nuevecita. A lo
lejos se oa el voceo de los hombres, quienes venan reclutando voluntarios. El
trote se hizo ms cercano. La potranca estaba all, en el recodo El mendigo alz
su palo con ambas manos y lo descarg con fuerza sobre la cabeza del animal. La
potranca se detuvo, aturdida. Otro golpe la hizo precipitar al barranco.
El mendigo gan los sombros cafetales e interiormente murmuraba:
"Hoy por ti, maana por m."
Y Venus, en el ocaso, resplandeca como un venezolano de oro.