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Identidad de Género vs. Identidad Sexual

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1

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL

Actas del IV Congreso Estatal Isonomía sobre Identidad de Género vs. Identidad Sexual

Comité Científico Asesor:

Aguilar Ródenas, Consol


Barberá Heredia, Esther
Beguiristain Alcorta, Mª Teresa
Bosch Fiol, Esperanza
Esquembre Valdés, Mar
Ferrer Pérez, Victoria
Fischer Pfaeffle, Amalia Eugenia
Galán Serrano, Julia
Gámez Fuentes, Mª José
Garrigues Giménez, Amparo
Nieva de la Paz, Pilar
Olaria Puyoles, Carmen
Saucedo González, Irma
Sevilla Merino, Julia
Téllez Infantes, Anastasia
Urios Moliner, Yago 
Ventura Franch, Asunción
Vilches de Frutos, Mª Francisca
Zafra Alcaraz, Remedios

Coordinadora técnica de la edición: Carme Pinyana Garí


Coordinadora de la publicación: Alicia Gil Gómez
Traducción del artículo de Teresa de Lauretis: Marta Renau Michavila

Copyright del texto: Las autoras, 2008

Copyright de la presente edición:


Fundación Isonomía para la Igualdad de Oportunidades. Universitat Jaume I, 2008
[Link] isonomia@[Link]
Tel. 34/964 72 91 34 Fax 34/964 72 91 35

Publicacions de la Universitat Jaume I. Servei de Comunicació i Publicacions,


Campus del Riu Sec. Edifici Rectorat i Serveis Centrals. 12071 Castelló de la Plana
[Link] publicacions@[Link]
Tel. 964 72 82 33 Fax 964 72 82 32

ISBN: 978-84-691-5638-4

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


ÍNDICE

Presentación................................................................................................................... 9

I. CONFERENCIAS

Gender identities and bad habits................................................................................... 13


TERESA DE LAURETIS

Sobre las discontinuidades sexo-género-deseo en el arte contemporáneo................... 24


ERNEST ALCOBA

Transexualidad y feminismo: una relación incómoda..................................................... 66


BEATRIZ GIMENO

Di-Versificaciones identitarias. Polifonías del Versus..................................................... 77


MERI TORRAS Y BEGONYA SÁEZ

II. MESAS REDONDAS


3
MESA 1
Las identidades sexuales en la ciencia y la salud

La construcción de la identidad de género y la representación de la maternidad


en la adolescencia.......................................................................................................... 89
MARÍA ANGÉLICA CARVALLO Y AMPARO MORENO

Identidades sexuales en la ciencia y la salud................................................................. 99


CARMEN VALLS-LLOBET

MESA 2
La construcción de la identidad sexual y del género

Identidad sexual y coeducación...................................................................................... 106


ROSA LUENGO Y PRUDENCIA GUTIÉRREZ

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


MESA 3
Orientación sexual, erotismo, vínculo emocional y amor

El amor y la sexualidad en las sociedades post-modernas: el discurso fílmico............. 112


MARÍA LAMEIRAS

Las dificultades sociales de las personas transexuales................................................. 122


JAVIER MONTILLA

El erotismo...................................................................................................................... 132
ELISA COBOS

Introducción a la mesa redonda: Orientación sexual, erotismo, vínculo emocional


y amor............................................................................................................................. 136
ROSARIO ALTABLE

MESA 4
Las identidades sexo/género en la cultura y el arte

Biografía intelectual y reflexividad. Veinte años de investigación sobre élites


profesionales femeninas................................................................................................. 139
MA. ANTONIA GARCÍA DE LEÓN ÁLVAREZ 4

MESA 5
Las identidades sexuales: ética vs. estética

Ética vs. estética............................................................................................................. 148


MAITE BEGUIRISTAIN

MESA 6
Identidades: cultura queer y ciberespacio

Ganímedes emancipado: cine español, adolescencia y homosexualidad..................... 152


JUAN CARLOS ALFEO

Fracturas de género en la red: reivindicaciones de los colectivos sociales................... 166


ORIOL RÍOS

Identidades de género e identidades sexuales:


unas notas sobre feminismo(s) queer............................................................................ 171
GRACIA TRUJILLO

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


MESA 7
Derechos sexuales e identidad de género

Desenmascaramiento del partido socialista respecto a los logros conseguidos


por el colectivo de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales...................................... 179
MANUELA TRASOBARES

La reconstrucción de la memoria histórica transexual y transgénero como paso


imprescindible para la plena igualdad…………………………………………………….... 181
CARMEN GARCÍA

Etnicidad, cultura e identidades de género: los bijagós (Guinea Bissau) y


los zapotecas (México)................................................................................................... 183
ÁGUEDA GÓMEZ

III. COMUNICACIONES

Publicidad e identidad andrógina................................................................................... 195


SUSANA ANDRÉS DEL CAMPO, RODRIGO GONZÁLEZ y ROCÍO COLLADO

La lucha por la igualdad de las mujeres del liberalismo a la Segunda República.......... 200
NATIVIDAD ARAQUE 5

El discurso religioso en la construcción del cuerpo femenino y el cuerpo masculino.... 207


VIRGINIA ÁVILA

La política de lo privado: de la denuncia ética a la estética............................................ 214


SUSANA CARRO

Partir de la experiencia como elemento transformador................................................... 223


ANDREA GARCÍA, ANA ISABEL SIMÓN y GRUPO

La política sexual en la literatura de Quim Monzó. Una anàlisi exemplificadora


d’alguns contes de El perquè de tot plegat.................................................................... 227
ADA GARCÍA RIBERA

Escribir contra la norma: identidad, género y narración en el cine de mujeres.............. 234


SILVIA GUILLAMÓN

Identidad sexual, personas con discapacidad y sida...................................................... 241


PURIFICACIÓN HERAS

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Cuando la identidad de género converge con la identidad cultural: la figura simbólica
de la mujer musulmana en el discurso cultural esencialista........................................... 248
ELENA HERNÁNDEZ

Rasgos expresivos y actitudes sexistas en docentes universitarios españoles............ 253


MARÍA LAMEIRAS, YOLANDA RODRÍGUEZ, MARÍA VICTORIA CARRERA Y MARÍA CALADO

Perspectiva de género en la producción artística de artistas españolas........................ 259


PILAR MUÑOZ

Las identidades sexo/género en el arte.......................................................................... 270


IRENE PELAYO

Mujer, computadoras y videojuegos............................................................................... 275


VERÓNICA PERALES Y FRED ADAM

Casarnos y rectificarnos: la normalización y la disidencia sexual.................................. 279


RAQUEL PLATERO, PALOMA FERNÁNDEZ Y GRUPO

Representaciones de género en revistas femeninas para adolescentes.


Comparativa entre publicaciones españolas y latinoamericanas................................... 285
JUAN PLAZA
6
Sujetos del género: postestructuralismo y psicoanálisis en Judith Buter....................... 291
LETICIA INÉS SABSAY

Derecho Penal Sexual: la prostitución............................................................................ 298


FRANCISCO SANHAUJA

Algunas aportaciones de la Ley Orgánica de Igualdad al problema del acoso sexista


en el trabajo.................................................................................................................... 304
MARIOLA SERRANO

Dentro del diálogo inter-cultural feminista ¿Cuál es el color/clase social y orientación


sexual del paradigma feminista género/sexo?............................................................... 309
XIANA SOTELO

El apellido materno: historia de una discriminación difícil de superar............................ 316


GEMA TOMÁS

Análisis del videoclip downtown de peaches................................................................ 323


LAURA VALERO

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


IV. CONCLUSIONES

Taller 1
Las identidades sexo/género en la cultura y el arte....................................................... 332

Taller 2
La construcción de la identidad sexual y de género...................................................... 334

Taller 3
Orientación sexual, erotismo, vínculo emocional y amor............................................... 336

Taller 4
Las identidades sexuales en la ciencia y la salud.......................................................... 338

Taller 5
Las identidades sexuales: ética vs. estética................................................................... 340

Taller 6
Identidades: cultura queer y ciberespacio...................................................................... 342

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


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IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


E L PROGRAMA DEL IV CONGRESO ISONOMÍA, «Identidad de género versus identidad sexual»,
pretendía profundizar y debatir en torno a la identidad, por cuanto están aflorando dife-
rentes modos de estar en el mundo y de relacionarse tanto con los y las demás como con
uno o con una misma. Así las cosas, y aunque es cierto que la identidad siempre ha marcado
la existencia humana, hoy, más que nunca, cada persona necesita no sólo saber cómo es y
quién es ella misma sino también quién y cómo es la otra y las otras personas con quienes
se relaciona e incluso cómo es percibida por su entorno próximo, personal, y lejano: el con-
junto de la sociedad.
Para complicar aún más este marco de relaciones y de incertidumbres, en ocasiones los
sujetos se sienten invadidos por sus cuerpos de manera que se perciben vertebrados en
torno a una serie de percepciones, valores, comportamientos, actitudes y aptitudes distintas
a las que la sociedad ha proyectado, a través de la educación, para él o para ella atendiendo
a sus características sexuales biológicas. Es decir, que mientras que la sociedad espera que
un ser humano nacido hombre tenga comportamientos asociados a la masculinidad o que,
de nacer mujer, se comporte de manera femenina, existen seres humanos que se sienten
radicalmente extraños a estas demandas contra las que se rebelan, posicionándose en con-
tra hasta el punto de necesitar cambiar su condición sexual biológica para sentirse seres
humanos íntegros, personas con una-otra identidad ajustada a su ser, a su sentir, a su estar 9
en el mundo ajenos a lo que el mundo les demanda.
Además, entre la bipolarización producida entre quienes se pliegan sin dar respuesta al-
guna al papel que les ha sido asignado a partir de su condición sexual y quienes se rebelan
absolutamente, existen múltiples matices que afectan a todas las personas, pues ningún
hombre es estrictamente masculino ni existe mujer alguna que responda, una por una, a
todas las características asociadas a la feminidad, dándose lo que conocemos como subjeti-
vidad. Subjetividad que nuestra sociedad obvia, organizándose en función de una supuesta
«objetividad» sostenida por estereotipos a partir de los cuales se regula qué es «ser normal»
y qué no lo es, cuáles son las «relaciones normales» y cuales no, abriendo así enormes bre-
chas que distancian a unas personas de otras, que las discriminan, que las ponen en riesgo
de exclusión o que las someten a insufribles grados de infelicidad.
Por otra parte, la incursión de las tecnologías y la denominada sociedad del conoci-
miento está provocando transformaciones en el imaginario colectivo y generando nuevos
códigos comunicativos que modifican los modelos no sólo de relaciones personales, sino
también sociales, culturales, económicos, científicos, afectando incluso al transcurrir de
la historia y configurando nuevas dimensiones en las medidas de «tiempo-espacio», de
«ser-estar-tener».
Así mismo, la entrada masiva de las mujeres en la escena pública ha producido impactos
que están provocando transformaciones, sustantivas y sensibles, que trascienden las tradi-
cionales relaciones de género afectadas por la división sexual del trabajo. Igualmente, en el
ámbito del conocimiento, el impacto de las teorías críticas feministas está revolucionando

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


la idea unicista de razón, saber y verdad, incorporando dinámicas, didácticas, métodos y
epistemologías más plurales y participativas.
En este sentido, la amplitud del campo normativo y procedimental en materia de igual-
dad y de género, está facilitando la entrada de sujetos diversos en los espacios de toma de
decisiones que, sin duda, impactarán y modificarán tanto los valores como las maneras de
hacer, teniendo repercusiones imprevisibles, tanto positivas como negativas, sobre la forma
de ejercer el poder que tendrá que atender la existencia de diversos modelos de personas
y las diferencias de sus necesidades y deseos bien para responder a sus expectativas, bien
para ejercer mayor control aún sobre sus destinos.
Así las cosas, tener en cuenta la diversidad identitaria no es aplazable pues todo lo
expuesto se está desarrollando, ya, en un contexto social y económico en el que se con-
funden los conceptos «tener» y «ser», de manera que a veces parece que somos lo que
tenemos o, por el contrario, que tenemos lo que somos, generando más desigualdad, más
vulnerabilidad, más dolor del que arrastra una sociedad singularmente dicotomizada si no
se producen cambios sustantivos que abran espacios a la pluralidad y a la aceptación y el
respeto a la diferencia.
Para abordar estos temas, y otros más, la Fundación Isonomía, a través de la organiza-
ción de este cuarto congreso, abrió un espacio de reflexión, en torno a cómo la creación de
la construcción de la identidad personal desde un único modelo afecta a cada persona, a la
identidad colectiva y, por ende, al conjunto de la sociedad. Un espacio donde se encontraron
algunas de las diferentes alternativas que se vienen articulando con la finalidad de superar
los obstáculos, de identificar los aspectos positivos y negativos de la diversidad y de dar ran-
go de «normal» a cualquier conducta y/o comportamiento humano, marcando como único 10
límite el respeto de la voluntad y de la libertad del otro o de la otra.
Así, el programa del congreso, elaborado desde la perspectiva de los derechos humanos,
mantuvo los principios que los alimentan, pues una sociedad rica en derechos es una socie-
dad más libre, justa, respetuosa y democrática, porque los derechos no obligan a ser aquello
que no se desea ser, ni a relacionarse desde valores ajenos a cada ideología o sensibilidad,
por el contrario, los derechos garantizan la diversidad, el respeto a la diferencia y al desarro-
llo integral de las y los individuos.
Asumiendo estos principios, las y los participantes contribuyeron con su opinión, con su
conocimiento, con su experiencia, en la profundización de temas secularmente ocultados,
invisibilizados, a veces perseguidos, estigmatizados, de modo que, entre todas y todos,
encontramos, intercambiamos y aplicamos las claves que, a partir de este encuentro, nos
van a facilitar minimizar el impacto del dolor, así como dar luz y rango de pluralidad a la
restringida idea de que «lo normal» es un concepto único, contribuyendo cada quién, des-
de sus áreas de conocimiento, desde sus experiencias vitales, desde sus posibilidades
comunicativas y emotivas, a que seamos más felices visibilizando otras maneras de rela-
cionarnos tanto con uno o con una misma como con «lo otro», con las y los demás, con el
mundo donde está teniendo lugar el desarrollo de los diferentes mundos que constituyen
nuestras realidades cotidianas, emocionales, culturales, artísticas, sociales, históricas,
científicas, tecnológicas, económicas...

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Algunas de las personas que han participado en este congreso nos han dejado testimo-
nio de sus trabajos de investigación, de sus reflexiones y análisis, que han sido recogidos
en esta actas cuya lectura deseamos que os produzca tanto placer como el que, el equipo
de la Fundación Isonomía, tuvimos disfrutando con la generosidad y la cercanía de todas y
cada una de las personas que asististeis a este IV Congreso que sin vuestra presencia no
hubiera sido posible realizar.

ALICIA GIL GÓMEZ


Coordinadora general y gerente de la Fundación Isonomía

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IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


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IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Gender identities and Bad Habits
(Identidades de género y malos hábitos)

Teresa de Lauretis

I am delighted to be back in Castellón after several years, and I’m honored to have been
invited to open the work of this conference. The statement of purpose on the Isonomía web
site indicates that this conference is intended as a space in which lo normal, the norm or
normativity, is open to question, under erasure, deprived of its power to discriminate, exclude,
disfigure, wound, or kill; a space of open and public reflection on the construction of identities
and the articulation of diversities in the human community. The conference invites all of us
to contribute our knowledges, our experiences, our diversities to the collective process of
learning; learning how to relate both to oneselves and to one another in such a way that we
can all be happier.

Sexual Identity / Gender Identity?

It was only after reading this statement of purpose —a purpose with which I agree
wholeheartedly— that I started wondering about the title chosen for the conference: Identitad
de Género vs. Identitad sexual. The word versus (vs) seemed to me ambiguous if not 13
inappropriate because versus signifies opposition in a binary system. In what way are sexual
identity and gender identity opposed, I wondered? The concept of gender, as it was first
developed politically by Anglo-American feminism in the 1970s, is by now clearly understood
as a social construction; thus the term sexual identity to which it is opposed would seem to
imply that sexual identity is not a social construction but its opposite, i.e., something innate,
given at birth, something one is born with. However, the idea that sexual identity is innate
in the human body is in contrast with everything I know, personally and as a scholar, about
sexuality.
So I kept asking myself what the phrase sexual identity might mean. The first answer I
came up with was: sexual identity may mean a personal identity or a sense of self based on
one’s sexual orientation, one’s sexual object or desire —as in someone saying «I’m a lesbian.
I can only find sexual satisfaction with women»; or «I’m gay, I’m a man who is sexually
attracted only to men». This kind of identity is based on what, not many years ago, in the
wake of gay and lesbian studies, used to be called sexual preference, that is to say, what type
of person, what kind of body one is attracted to —female or male, same-sex or hetero sex.
That fact this expression is no longer in usage in queer studies suggests that we no longer
think of male and female bodies as two absolutely distinct and mutually exclusive categories.
And this in spite of the fact that bodies are still so classified in legal and medical terms.
Nevertheless, even if sexual identity were understood as personal identity based on
sexual preference, it would not be opposed to gender: one can be a lesbian with masculine
or feminine gender identifications, or a combination of both, and see herself accordingly as

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


butch or femme or both depending on the situation, on her age or circumstances, on her
woman partner, and so on.
The second answer I came up with was: sexual identity is a personal identity or a sense
of self based on one’s perception of one’s own body, on the body as it feels, rather than on
the actual morphology of the body. Here one’s sexual identity would be based on the sense
of a self living in a wrong or alien body, as we know from the narratives of transsexuals and
the personal accounts of individuals with Body Integrity Identity Disorder. In this case the
relation of sexual identity to gender identity can be even further articulated and complicated.
The point is, in all these cases sexual identity is not opposed to gender identity but, on the
contrary, it is imbricated in it in complex and often contradictory ways. And one more thing:
sexual identity has much to do with the body. I’ll come back to this later.
So in what sense can sexual identity be opposed to gender identity? Only, it would seem,
if «sexual identity» is what is written in my passport or ID card;1 as if a person’s entire life,
the experiences, memories, fantasies, feelings and emotions that constitute one’s personal
history could be boiled down or reduced to one of two words that someone else wrote in a
birth certificate: either male or female. And yet the question of sexual identity is not so easy
to answer precisely because of its interconnection with gender —and not only with gender
but also with other parameters of personal identity formation: race, class, ethnicity, religion,
even regionalism. All of these, like gender, are not simply personal but eminently social and
strongly inflect or overdetermine an individual’s apprehension and self-attribution of gender
and sexual identities. Let me give you two examples.
In the early 1980s, before a public reading of her poetry at Stanford University in California,
Audre Lorde identified herself to her audience with these words: «I am a black feminist lesbian 14
warrior poet mother». In the mid 70s, another Afro-American feminist scholar and activist,
Barbara Smith, showed how women’s experience is articulated not only in terms of sexual
and gender identity but also in racial terms, so that neither white women nor black men can
easily comprehend how black women experience racism.2 Let me say it another way: from
a position that is presumed to be racially unmarked —say, the position of a white Western
person— one might think that all black people experience racism while black women also
experience sexism in addition. But what Smith was saying was that black women experience
racism not as «blacks» but as black women: «We struggle together with Black men against
racism» she wrote, while also struggling against the heterosexism in Black men.3
That statement, made by a black lesbian collective in the militant 1970s about the
intersection of race, gender, and sexual identity is the first instance of intersectional theory.
Of course, today’s notion of intersectionality includes other parameters of identity that have
emerged in recent history and that derive, in particular, from the global movement of labor:
ethnic origin, religion, color, and level of education, to name a few. But still today what Gloria
Wekker in The Netherlands and Kimberlé Crenshaw in the US call «intersectional theory»,

1. Identification card, in English; identity card in Italian (carta d’identità).


2. See Barbara Smith, ‘Toward a Black Feminist Criticism’, in All the Women Are White, All the Blacks Are Men, but Some
of Us Are Brave: Black Women’s Studies, ed. Gloria T. Hull, Patricia Bell Scott, and Barbara Smith (Old Westbury, N.Y.:
The Feminist Press, 1982), p. 162.
3. ‘The Combahee River Collective Statement’, in Barbara Smith, ed., Home Girls: A Black Feminist Anthology (New York:
Kitchen Table/Women of Color Press, 1983), pp. 274-78.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


and what Stuart Hall in England, after Ernesto Laclau, calls a «theory of articulation» are
facing the old dangers of racism and general conservatism as well as the new danger of a
rising neoliberalism.4
With this in mind, let us go back to the conference theme, and the relation of gender
identity to sexual identity. I’d like now to examine these two terms, gender and sexuality,
and something of their historical context and current usage, and then look at their relation
in identity formation. In so doing, I may propose a perhaps surprising idea —that gender
and sexuality, however interconnected in lived experience, are indeed two quite different
things, and it is gender identification, and only very rarely sexuality, that makes up personal
identity.

Gender

Take the word gender, to start with. The meaning of gender as «classification of sex»5
is an acceptation specific to the English language and formally recorded in dictionaries in
addition to that of grammatical category. It had no equivalent in romance languages until
recently, when it was introduced as a neologism, as in the title of this conference; for the
Spanish género, like the Italian genere or the French genre, did not carry the denotation
of a person’s gender. That was conveyed in part by the word for sex, which was also used
in English until the past century, and in fact has been retained in the typically conservative
language of bureaucracy and the law.
In Anglophone countries, then, from the late1960s up to the early 1980s, the critical study 15
of gender was virtually an exclusive concern of feminist studies, as it was the notion of
sexual difference, with which it was often synonymous.6 Much had been written, of course, in
psychology and anthropology on gender identity and sex roles, from Robert Stoller’s Sex and
Gender (1968) all the way back to Margaret Mead in the 1930s.7 But what social scientists
wrote about gender was conceived as the result of empirical, objective or neutral research.
On the contrary, the concept of gender as a term of social contestation was introduced and
articulated by feminists in many disciplines as part of the critique of Western patriarchy.8

4. Stuart Hall, Critical Dialogues in Cultural Studies, ed. by David Morley and Kuan-Hsing Chen (London: Routledge, 1996),
p. 141; Gloria Wekker, ‘Building Nests in a Windy Place: Thinking about Gender and Ethnicity in the Netherlands,’ trans.
Gonny Pasaribu, in The Making of European Women’s Studies, vol. iv (Utrecht: Athena, November, 2002), p. 119.
5. This terse definition in The American Heritage Dictionary of the English Language telescopes the history of the
word’s usage given in the oed (Oxford English Dictionary), where the acceptation ‘sex’ is specified as figurative and
documented from the seventeenth century.
6. The first major critical texts of the women’s movement, Kate Millett, Sexual Politics (New York, 1969), her doctoral
dissertation in literature, and Shalamith Firestone, The Dialectic of Sex: The Case for Feminist Revolution (New York,
1970), dedicated to Simone de Beauvoir, had the word sex in their titles, as did de Beauvoir’s The Second Sex (Le
Deuxième Sexe, 1949), but intended it in the sense of gender and not of biological sex or of sexual acts.
7. See Margaret Mead, Sex and Temperament in Three Primitive Societies (1935).
8. Sherry Ortner and Harriet Whitehead pointed out ‘the bias that often underlies studies of both sex roles and male
dominance –an assumption that we know what «men» and «women» are, an assumption that male and female
are predominantly natural objects rather than predominantly cultural constructions.’ See Sherry B. Ortner & Harriet
Whitehead, eds., Sexual Meanings: The Cultural Construction of Gender and Sexuality (Cambridge, Mass.: Cambridge
University Press, 1981), p. 1.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Gender and its near-synonym «sexual difference» were the terms in which feminists
analyzed the sociosexual definition of woman as divergent from the universal standard that
was Man. In other words, gender was the mark of woman, the mark of a sexual difference that
entailed women’s subordinate status in society and a set of character traits correlated to their
anatomical or physiological constitution —traits such as a nurturing or caring disposition,
malleability, vanity… I do not need to go on, you know very well what I mean. Gender, as
feminists redefined it, was the sum of those traits, whether they were thought to have some
basis in nature or to be imposed by culture and social conditioning. In either case, gender
was the name of a social structure.
It was in that context, in the mid 1980s, that I proposed the idea of a «technology of
gender».9 It seemed to me that gender was not the simple derivation of anatomical/biological
sex but a sociocultural construction, a representation, or better, the compounded effect of
discursive and visual representations which, I saw emanating from various institutions —the
family, religion, the educational system, the media, medicine, or law— but also from less
obvious sources: language, art, literature, film, and so on. However, the constructedness
or discursive nature of gender does not prevent it from having real implications, or concrete
effects, both social and subjective, for the material life of individuals. On the contrary, the
reality of gender is precisely in the effects of its representation; gender is realized, becomes
«real» when that representation becomes a self-representation, is individually assumed as a
form of one’s social and subjective identity. In other words, gender is both an attribution and
an assumption: it attributed to me by others and it is assumed by me as my own.
We all know that, by now. But what I want to stress here is that the elaboration of the concept
gender occurred within feminist studies, well before the shift to what is now called gender 16
studies. I stress this because that history is already disappearing: in another decade or so,
perhaps no one will remember that the critical concept of gender, the idea that individuals are
actually constituted as a gendered subjects, did not exist before feminist theory named and
elaborated it as a new mode of knowledge, an epistemic practice arising in conjunction with
a radical, oppositional, political movement. Let me suggest, therefore, that the sexual identity
lesbian, or queer, or trans, also exist in a context of political opposition to discriminatory laws
and oppressive social practices.
Today, the study of gender covers a variety of issues that range from the more conservative,
such as the relations of women and men in the family or in the workplace, to the more
transgressive, such as gender crossing, drag, transvestism, and practices of body modification
—piercing, tattoing, scarification, body building, hormone intake, body-altering surgery— all
of which are seen as ways to deconstruct gender and to blur or dissolve the distinction
between what used to be called «the sexes».
A cursory view of the semiotics of gender over the years shows that the relation of gender to
sex has gone from contiguity to similarity, or from metonymy to metaphor. In the early feminist
studies of the sex-gender system, it was a syntagmatic relation on the axis of combination:
in those studies where gender is understood as culturally specific and constructed, whereas

9. See Teresa de Lauretis, Technologies of Gender (Bloomington: Indiana University Press, 1987). For the Spanish
translation of the first chapter, ‘La tecnología del género’, see Teresa de Lauretis, Diferencias: Etapas de un camino a
través del feminismo, trans. María Echániz Sans (Madrid: Horas y Horas, 1999), pp. 33-69.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


sex is assigned by nature, body and gender exist side by side, distinct though metonymically
related. More recently, where both gender and biological sex are considered discursive
constructions that are neither natural nor fixed for each individual, but can be resignified
in performance or surgically reassigned, the relation of gender and sex is a paradigmatic
relation on the axis of substitution; each can stand for the other. The word transgender goes
one step further: in alluding to, but eliding the sexual of transsexual, transgender bypasses
sex altogether.10 It bears no reference to sex, sexuality, or the body — only to gender.
A stronger emphasis on gender identity rather than sexual identity is also indicated, at
least in the us, by the self-chosen identities of F to M transsexuals as transmen and of M
to Fs as transwomen. On the other hand, the word chosen by those who identify as simply
trans, without specification of sex or gender, suggests that the transformation is not the bodily
transformation from one anatomical/biological sex to another but the transformation into a
being who is beyond the two traditional genders (masculine and feminine), beyond the two
traditional sexes (male and female), and beyond the two allegedly traditional forms of sexual
organization (heterosexual and homosexual). The term trans, then, best conveys the idea
that personal identity is an ongoing process.
All of these terms, however, clearly privilege gender in relation to personal identity, even if
they do it by contesting, deconstructing or «resignifying» gender. Are they perhaps also ways
to actually ignore, downplay or avoid sexuality? What about the sexual, the properly sexual
dimension of the self? What is, exactly, sexuality?

Sexuality 17

I hope we can agree that sexuality is not just the anatomical form of the body or its
chromosonal or hormonal configuration; nor is it merely the reproductive function. The specific
dimension of human sexuality is the mental representation of objects of desire, including
one’s own body, and the imagining of scenes or fantasy scenarios in which the wish for
sexual pleasure or satisfaction may (or may not) be attained. The wish to have children, too,
when it occurs, is precisely a wish, a fantasy; it is not the mechanical or automatic compliance
with an instinct to reproduce but the expectation of attaining a special kind of love or other
gratifications, usually in the scenario of a family. It was Freud’s discovery —and his first
contribution to modern, 20th century epistemology— that the mind is not only able to imagine,
anticipate, or remember sexual pleasure, but it is also able to forget it, or more exactly, to
repress it; that is to say, to remove it from consciousness and yet retain it as a mnemic trace
(the trace of something we cannot remember) in the psychic dimension that he called the
unconscious. The sexual wish, in that case, is expelled from consciousness but it lives on in
the psyche as an unconscious fantasy, a phantasm.
Sexuality, then, or rather the sexual drive, is an affect, an excitation that is felt in the body
but is not merely of the body. It can be given a name and linked to an object —typically a

10. Bearing no reference to sex, sexuality, or the body – only to gender, this term effects the total projection of the axis
of combination onto the axis of selection that, according to Roman Jakobson, characterizes self-referential, poetic
language. And indeed the word transgender is a figure, a trope that fully realizes the nature of the signifier; that is to
say, it is meaningful only as a sign, it signifies ‘I am a signifier.’

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


person, or better said, the mental image of a person— if the sexual wish is acceptable
to the ego, our conscious sense of self, and in particular to what Freud called the moral
component of the ego: that is, the idea of self we acquire in growing up, starting with toilet
training and onward to adult personal hygiene, eating habits, ways of loving, and patterns of
interpersonal behavior (here gender is crucial: the rules of gender we have internalized are
very much part of our conscious sense of self and of our self-image). When a sexual wish is
not acceptable to the conscious ego, then the wish is repressed and remains unconscious,
inexpressible; but it may be felt in the body as a nameless affect, a yearning, a malaise, a
sense of dissatisfaction with ourselves and the world, or even as an urgency that makes us
do what we do not want to do.
If a repressed sexual wish continues to bother us, as Jean Laplanche put it, like a splinter
in the skin, it is because the human psyche is inextricably linked to a body with its specific and
singular history. The history of the body begins in early infancy. The sexual wishes expressed
or repressed, the pleasures enjoyed or forbidden, the satisfaction attained, postponed or
displaced, transferred elsewhere —all these constitute the history of our individual embodiment
over the years, but the greatest part of the repressed, the wishes we do not remember because
they have become unconscious occur during our infancy and childhood. This is Freud’s second
contribution to modern epistemology, the concept of infantile sexuality.
It is a commonplace that infantile sexuality develops in two successive stages, the oral
stage and the anal stage, which precede the development of the sexual organs and the
kicking-in of certain hormones at puberty. The commonplace implies that only the latter is
really sexuality, that is to say, adult sexuality is genital sexuality. But this popular view is
contradicted by obvious considerations: the infantile manifestations of sexual pleasure, oral 18
and anal, remain fully active in adult sexuality; moreover, these and other partial drives,
so-called, can actually be more powerful than genital activity, for example in what were
called the perversions and are now called paraphilias: fetishism, transvestism, pedophilia,
exhibitionism, voyeurism, masochism, and sadism. According to John Money, the term
paraphilias was adopted by dsm-iii, the Diagnostic and Statistical Manual of the American
Psychiatric Association, in 1980.

At the time of its founding in the late nineteenth century, sexology made its entry into the criminal justice
system by way of forensic psychiatry, notably under the aegis of Richard von Krafft-Ebing 1886-1931.
Forensic psychiatry borrowed the nomenclature of the law in classifying sexual offenders as sexual
deviants and sexual perverts. Forensic psychiatry also borrowed from the criminal code its official list of
the perversions. Eventually, the term perversion and deviance would give way to paraphilia.11

Now, the term paraphilia may sound more neutral than perversion, but it still names
sexual behaviors that are considered abnormal. Lo normal is certainly not open to question
in criminal law or forensic psychiatry. And we may remember that John Money initiated
the clinical practice of treating intersexual infants, born with genital organs that medicine
considers «indetermined» —treating them with surgery or hormones in order to «normalize»
their bodies as either male or female.12

11. John Money, The Lovemap Guidebook: A Definitive Statement (New York: Continuum Publishing Company, 1999), p. 55.
12. See Beatriz Preciado, ‘Technologiquement votre’, Actes du colloque Epistémologies du genre: regards d’hier, points
de vue d’auhourd’hui (Paris: Conservatoire National des Arts et Métiers, 23-24 juin 2005).

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


In a book titled The Lovemap Guidebook and ominously subtitled A Definitive Statement,
Money states that the 1994 edition of the Diagnostic and Statistical Manual (DSM-IV)
mentions seven additional paraphilias, including telephone scatologia, zoophilia, necrophilia,
coprophilia, and urophilia. «Remarkably,» he comments, «rape is not included.» We may
conclude either that rape is not a perversion, and therefore it is not included, or that rape
is a perversion, and therefore it should be included. A remarkable example of «scientific
neutrality». But the point I want to make is that among the known sexual behaviors are several
that hark back to infantile pleasures and produce sexual satisfaction even independently of
genital activity.
Psychoanalysis, unlike psychiatry and psychology, is not about sexual normality, lo normal.
On the contrary, for Freud, sexuality is the most complex and pervasive dimension of human
life, ranging from perversion to neurosis to sublimation; it is compulsive, non-contingent,
and incurable. It consists of intangible wishes and fantasies, some of which are conscious,
but others are completely unconscious and manifest as inexpressible feelings or nameless
affects. These, as I said, are variously felt and acted out in the body, including as symptoms,
but are not merely of the body. Where does sexuality come from? In his original and brilliant
reading of Freud, Jean Laplanche has argued that sexuality is not innate, inherent in the
physical body ab origine, but is ‘implanted’ in the infant —a body without language (infans)
and initially without an ego— by the necessary actions of maternal care, feeding, cleaning,
holding, and so on. A sense of well-being, comfort and pleasure are produced in the infant by
the flow of warm milk in the mouth, tongue and palate, and by the stimulation of the skin and
the entire surface of the body, especially its orifices —what will become the erogenous zones.
You may be familiar with Freud’s famous observation that: 19

No one who has seen a baby sinking back satiated from the breast and falling asleep with flushed
cheeks and a blissful smile can escape the reflection that this picture [is the] prototype of the expre-
ssion of sexual satisfaction in later life.13

However, with the development of the ego, the polymorphous pleasures of the infant’s
body (the enjoyment of defecating, for example) will be subjected to rules of self-control
(toilet training), and what was a physical pleasure becomes a disgusting or shameful thing
to the conscious ego —but not necessarily so to the unconscious part of the ego: repressed
infantile sexual wishes and the trace of bodily excitations live on at the unconscious level.
Gender, on the other hand, is a manifestation of the conscious ego. Although it, too, comes
from the other, it is not exactly implanted in the physical infant body as is sexuality, but
rather is assigned by parents and/or medical practitioners even before birth. In fact, both the
assignment of gender by others and the child’s identification with a gender —as a girl or as a
boy, since no other alternative is offered in childhood— often precede the child’s awareness
of anatomical differences.

13. Freud, Three Essays on the Theory on Sexuality, trans. and revised by James Strachey (New York: Basic Books, 1962),
p. 48.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Sexuality and Gender

Laplanche is the only theorist of psychoanalysis I know of who has addressed the issue
of gender. He argues that, unlike the implantation of sexuality, gender assignment occurs on
the basis of sexual anatomy, or rather, of the adult’s perception of it, which in turn is based
on the visibility of the external genital organ. It is for this reason that the category of gender,
like the category of sex, falls under the binary logic of the phallus —either with or without
the penis, either male or female. Noting the tendency in current usage to speak of gender
identity rather than sexual identity, Laplanche suggests that the displacement of the question
of sexual identity onto that of gender identity may be a mark of repression (refoulement): the
repression of the perverse, polymorphous, and unconscious dimensions of sexuality studied
by Freud, and its displacement onto gender as a category more acceptable to the adult’s self-
understanding. Still today, Laplanche writes, «what is most difficult [for adults] to accept are,
as one says, «bad habits»14 (think of Almodovar’s pun, La mala educación). The category
of gender, with its «empirical» genital bias, falls under the phallic logic of castration, either
phallic or castrated, either masculine or feminine. But he goes further: «What sex and its
secular arm, one could say, the castration complex, tend to repress is infantile sexuality»,
writes Laplanche with biting irony; sex-gender and the castration complex, he says, repress
the sexuality that is the crucial discovery of psychoanalysis: perverse, polymorphous, infantile
sexuality, which is oral, anal, para-genital and upstream of sex and gender differences.15 In
other words, those infamous psychoanalytic notions —castration and the Oedipus complex—
are not the enemies but the allies of gender; they are instrumental in constructing gender as
traditionally conceived through repression and identification with the parental figures. Let me 20
put it this way: the trouble with gender is sexuality; what troubles gender identity is the kink in
sex —the perverse, the infantile, the shameful, the disgusting, the «sick», the destructive and
the self-destructive elements that personal identity seldom avows and the political discourse
on gender must elide altogether.
You may object that this view of sexuality is psychoanalytic —and of course it is. But
if I asked you to name the originators of the modern conception of sexuality, you would
probably say Freud and Foucault. And I would agree. I argued elsewhere that these two
theories of sexuality are not in contradiction with one another but actually complementary:
while the first volume of Foucault’s History of Sexuality describes the discursive practices and
institutional mechanisms that implant sexuality in the social subject, Freudian psychoanalytic

14. ‘Je crois que, même de nos jours, la sexualité infantile proprement dite est ce qui répugne le plus à la vision de l’adulte.
Encore aujourd’hui, le plus difficilement accepté, ce sont le «mauvaises habitudes», comme on dit.’ (J. Laplanche, ‘Le
genre, le sexe, le sexual,’ in André Green et al., Sur la théorie de la séduction (Paris: In Press Éditions, 2003), p. 72.
15. ‘Ce que le sexe et son bras séculier, pourrait-on-dire, le complexe de castration, tend à refouler, c’est le sexuel infantil’
(J. Laplanche, ‘Le genre, le sexe, le sexual,’ p. 86). To mark the distinction, Laplanche coins the French neologism ‘le
sexual’ from the German word Freud uses for sexuality in contradistinction to Geschlecht (sex/gender): ‘Il ya bien sûr
Geschlecht qui veut dire le “sexe sexué” mais il y a aussi le sexuel ou le “sexual”…. Il aurait été impensable que Freud
intitulât son ouvrage inaugural: Trois essais sur la théorie du sexué – ou de la sexuation. La Sexualtheorie n’est pas
une Geschlechtstheorie... Le “sexual” est donc extérieur sinon même prealable pour Freud à la différence des sexes,
voire à la différence des genres: il est oral, anal ou para-genital’ (pp. 70-71).

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


theory describes the subjective mechanisms through which the implantation takes, as it were,
producing the subject as a sexual subject. Incidentally, neither Freud nor Foucault had much
to say about gender. I will not repeat my argument here, since it’s already published, but I will
mention an interesting coincidence.16
Laplanche’s theory of primal seduction maintains that sexuality is «implanted» in the
infant by the actions, the conscious investments, and the unconscious fantasies of parents
or adult caretakers. This theory was first sketched out in Laplanche’s acclaimed book Life
and Death in Psychoanalysis, published in 1970. Six years later, Foucault used the same
metaphor, implantation, in the first volume of The History of Sexuality, La volonté de savoir
(1976). He wrote of the «multiple implantation of ‘perversions» in the social body by means
of the institutional (medical, legal, pedagogical) regulation of sexual practices. «The perverse
implantation», for Foucault, was aimed at population control and the management of bio-
power; very similarly, for Laplanche, the «implantation of adult sexuality» in the baby is aimed
at the affective and social management of the individual child.17 The figure of implantation
works in parallel ways in both texts and in both theories.
Implantation is a trope, a figure of speech that retains the etymological connotation of
planting, inserting something into a soil, a depth, in common usage as well as in the medical
acceptation of introducing something under the skin —precisely, an implant. The French
dictionary Petit Robert gives as an antonym déraciner, to uproot; Laplanche speaks of the
repressed memory of sexual trauma as of something «internal-external» like «a spine in
the flesh… a veritable spine in the protective wall of the ego»;18 and with a similar metaphor
Frantz Fanon, the Francophone Martinican psychiatrist who worked for the independence of
Algeria, describes the racist imposition of «a racial epidermal schema» onto the black man’s 21
body: «the movements, the attitudes, the glances of the other fixed me there, in the sense in
which a chemical solution is fixed by a dye.»19

Body

In his first, autobiographic book, Black Skin, White Masks (1952), Fanon describes how
the racial epidermal schema is superimposed onto the corporeal, phenomenal schema
that is the source of bodily sensations and comes to displace it altogether. In this way the
black subject’s perception, subjectivity, and experience are at the same time constituted
and rendered incoherent by two incompatible «frames of reference» (p. 110). In the black
subject’s lived experience, then, the displacement of the corporeal schema by the racial

16. See Teresa de Lauretis, ‘The Stubborn Drive,’ Critical Inquiry, vol. 24, no. 4 (Summer 1998), pp. 851-877.
17. Jean Laplanche, Life and Death in Psychoanalysis, trans. with an introduction by Jeffrey Mehlman (Baltimore: Johns
Hopkins University Press, 1976), 46; Vie et mort en psychanalyse (Paris: Flammarion, 1970), p. 75. M. Foucault, The
History of Sexuality, Vol. I, 36-37; La volonté de savoir, pp. 50-51.
18. Life and Death in Psychoanalysis, 42; Vie et mort en psychanalyse, 70.
19. Frantz Fanon, Black Skin, White Masks, trans. Charles Lam Markmann (New York: Grove Weidenfeld, 1967), pp. 111-
112; ‘l’autre, par gestes, attitudes, regards, me fixe, dans le sens où l’on fixe une préparation par un colorant,’ in Frantz
Fanon, Peau noir, masques blancs (Paris: Seuil, 1995 [1952]), pp. 88-90.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


epidermal schema causes the body —and the embodied ego— to be continually fractured,
time and again denied and re-asserted, in a traumatic, ongoing process of dislocation and
symptomatization.20
It is in this awareness of the excessive and irreducible materiality of the body that Fanon
can teach all of us —feminist, lesbian, gay, transgender, transsexual, intersex, and variously
paraphilic queers. I do not want to imply or suggest that Fanon’s lived experience of the colonial
subject’s racially inscribed body can be translated into or compared to the perception that
other subjects, differently positioned in the geopolitical and social space, have of their bodies.
What I want to emphasize in Fanon’s text is a theoretical point, namely, that the corporeality of
the body —the body as it feels— is experientially distinct, if inextricable, from the body image
and the discursive construction of the body that are culturally imposed, one way or another,
on each social subject. For example, Fanon’s sense of «corporeal malediction,» as he calls
it, the «certain uncertainty» that surrounds his perception of his «physiological self» (pp. 110-
111), returns in the narratives of transsexuals and the critical studies on transsexuality, such
as Jay Prosser’s Second Skins and Gesa Lindemann’s Das Paradoxe Geschlecht.
I also find it in the clinical case histories and personal accounts of individuals with Body
Integrity Identity Disorder (biid); individuals whose psychic image of their bodies demands
the amputation of one or more healthy limbs, legs or arms, for only with an amputated or
‘abbreviated’ body can they feel «normal», as they say, or «whole».21 Paradoxical as it may
seem to others, their conscious perception of bodily integrity is documented in self-narratives
and case histories, witnessed in documentary films like the one entitled, exactly, Whole (dir.
Melody Gilbert, 2003), and the dozens of web sites devoted to information and support for
persons with biid, as well as amputee pornography; one such site «boasts a membership 22
of at least 1,400 subscribers». Here the relation of sexuality to the embodied ego is most
22

explicit, for in these individuals sexual arousal and satisfaction are said to be possible only in
relation to disabled bodies —their own (apotemnophilia) or other people’s (acrotomophilia)—
and with the use of wheelchairs, crutches, braces or other medical equipment evoking or
accompanying amputation.
At a time when Gay marriages seem to be a radical form of social protest; when television
sit-coms vie with one another in normalizing queer (as in ‘Queer Eye for the Straight Guy’) and
speaking «The L Word»; when commercial films make sadomasochism almost respectable
(as in Maîtresse, The Secretary, The Piano Teacher), these less palatable paraphilias are
typically confined to the sites sprawling in the dark entrails of the web. But at least one film,
Cronenberg’s Crash (1996), based on the eponymous novel by J. J. Ballard (1973), suggests
that the eroticization of traffic accidents is a way to deal with unmanageable experiences of
bodily trauma that turn into traumatic psychic events, and the compulsion to repeat them in
crescendo lends some evidence to the sexual nature of the death drive itself.

20. For a longer discussion of Fanon’s book, see my article ‘Difference Embodied: Reflections on Black Skin, White
Masks’, Parallax, vol. 8, no. 2 (2002): pp. 54-68.
21. See John Money and Kent W. Sirncoe, ‘Acrotomophilia, Sex and Disability: New Concepts and Case Report, http://
[Link]/home/Arnelo-Forum/hintergrund/theorie2/[Link], 2/28/2004.
22. [Link] Printed on 2/27/2004 from the Web site «OverGround, dedicated
to providing support and information for those of us who are attracted to others with disabilities.» I owe all biid information
to the extensive research of Timothy Koths, a doctoral student in History of Consciousness at UC Santa Cruz.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


I take from Fanon the suggestion that the body image, whatever its particular configuration,
is the overdetermined internalization of some external imposition. Like sexuality, the body
image is the psychic inscription of what is first an implantation in the body. Sexuality, I said, is
implanted in every human body by the necessity of parental care, but other kinds of implants,
prosthetic or cosmetic, also produce psychic inscriptions; as Beatriz Preciado elegantly puts
it, somatic implants are also fantasmatic implants —they correlate to a fantasy of the body.23
Today, in light of the massive growth of body-altering surgery, there is the possibility of
intervening politically and personally in the construction of the body, and hence of gender and
body image.24 Can this effectively alter the binary logic of gender? I leave the question open
and only add a cautionary remark: in reconstructing identities, let us not ignore the stubborn
demands of the body sexual; let us not think that gender is simply what I want it to be. What
technology makes available, if you permit me an oldfashioned metaphor, is always a double-
edged sword.

23

23. See note 12 above.


24. These technologies of the body are quite a different thing from what Foucault proposed as ‘technologies of the self’.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


SOBRE LAS DISCONTINUIDADES SEXO - GÉNERO - DESEO
EN EL ARTE CONTEMPORÁNEO

ERNEST ALCOBA

INTRODUCCIÓN

L A CUESTIÓN DE LA IDENTIDAD DE GÉNERO constituye un campo de reflexión importante en el


Arte contemporáneo. En absoluto se trata de exigirle al arte que siempre tenga una co-
herencia ideológica o política, o que proponga una visión de la realidad socialmente factible.
Pero el arte no es un fenómeno aislado del mundo. Cuando desde hace unos años se ha
tematizado la cuestión de la identidad sexual y de género en el arte, éste ha encontrado en
lo identitario un campo fructífero de significación y experiencia.
Las propuestas artísticas actuales contribuyen a la transformación de la mirada, incorpo-
rando nuevos factores de sensación, experiencia, comprensión, recepción. Estas caracterís-
ticas a menudo chocan con la opinión pública, oposición que puede constituir un revulsivo
social y que muestra que lo que persigue el arte es una reacción de los/as receptores/as no
siempre relacionada con la contemplación de la belleza. En el arte actual, el movimiento del
espectador es protagonista, estimulado a través del contraste entre la norma y la excepción,
lo previsible y lo insólito, la belleza y la fealdad, la seriedad y el humor, la literalidad y la 24
ironía, el cientifismo y la magia, la construcción y la destrucción, la conformación y la diso-
lución, la autoridad y la impostura, la utilidad y la inutilidad, lo cotidiano y lo excepcional…
Percibiendo la debilidad, se acaba todo absolutismo. No es este el momento de plantear las
ambivalentes relaciones del arte con la esfera pública, ni el rechazo actual a una concepción
estética ilustrada, reflexiones que ya hemos iniciado en otros lugares. Entre las polaridades
hoy debilitadas, encontramos las categorías sexuales de los individuos (se ha puesto en
crisis un concepto biológico de mujer y hombre), de género (conformado a partir de idea-
les construidos social y culturalmente) e incluso de deseo (nuevas visiones de la subjetivi-
dad). Muchas propuestas se dirigen a desvanecer cualquier continuidad entre sexo, género
y deseo, alterando la percepción que los/as espectadores/as mantienen sobre sí mismos/as
como seres sexuales y sexuados en un contexto social.
Tratar la cuestión de la identidad sexual y de género a través del arte no es un ejercicio
banal. Cuando el arte ha trabajado con la definición, ampliación y disolución de los lími-
tes de las identidades sexuales y de género, también ha contribuido a dar forma a nuevas
posiciones vitales emergentes, que han fracturado visiones hegemónicas y han coincidido
con formas de sentir el cuerpo, el deseo y la identidad antes desconocidas. Muchas obras
han reproducido sin más inercias patriarcales ni siquiera cuestionadas, otras han producido
efectos transformadores cuestionando el sexismo, reflejando la viabilidad de realidades más
igualitarias, dando visibilidad a nuevas formas de sentir el propio cuerpo y el propio deseo
que habían sido perseguidas o que simplemente habían pasado desapercibidas. El arte
puede arrojar luz sobre ciertas problemáticas de género en un momento como el actual, en

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


el que la cuestión de la identidad encuentra en la representación, y el reconocimiento sub-
yacente, su manifestación y socialización.
A continuación realizaremos un recorrido por las tensiones crecientes entre sexo, género
y deseo en el arte contemporáneo, para abordar cuestiones sobre la identidad que retoma-
remos en la propuesta final. Antes, debemos realizar una puntualización. En algunos textos
se acusa un cierto reduccionismo, al intentar encajar las obras en abstrusos discursos de
crítica cultural, filosofía, psicología… como si existiera una total adscripción de una serie de
artistas a una determinada tendencia, sin más. De ahí que, siguiendo a Eco (Eco, 1991),
debamos diferenciar la interpretación y el uso de una obra. La interpretación persigue el
respeto a las intenciones del autor, a su época y a la variable independiente de la propia
obra (intentio operis). Con ello, una recepción fiel prioriza ciertas respuestas en torno a un
nódulo de sentidos definido con la ayuda de disciplinas como la historia del arte, la estética,
la crítica... El uso, en cambio, fuerza el arco de plausibilidad de la interpretación para hace
prevalecer un aspecto de la obra sobre los demás, con el objetivo de ilustrar un discurso
decidido más allá de la intención del artista. En aras de dicha plausibilidad, podemos afirmar
que no todas las interpretaciones son usos. Una obra puede ser vista como exponente de
una determinada imagen de la mujer y ser inscrita en un discurso feminista, pero no pode-
mos esperar que se agote en ese discurso, ni que articule las ideas de la misma manera
que un ensayo. Así, nosotros usaremos las obras siendo lo más fieles posible a la intentio
autoris, pero nos centraremos exclusivamente en aquellos aspectos que ilustran el debate
que nos interesa.

25
LA DOBLE VALENCIA DE LA IDENTIDAD

En las sociedades avanzadas es evidente que existe una cierta libertad para elegir entre
una multiplicidad de estilos de vida entorno a la identidad sexual (Giddens, 2000: 24) a través
de pautas de comportamiento, circuitos sociales de expresión, reconocimiento, interacción
y acción. No es exagerado decir que muchos de esos logros se han conseguido a través de
políticas de identidad de muy diverso tipo, entre ellas las relacionadas con el género.
Las políticas identitarias de las sociedades avanzadas han mostrado su utilidad en cuan-
to a la reivindicación social, y la transformación de diversas formas de opresión. La identidad
(sexual, de género, étnica, de clase…) ha permitido que un colectivo se identifique como tal,
que defina mejor sus intereses y los límites de los mismos, que sus acciones sean interpre-
tadas dentro de un espectro de posibilidades, que se coordinen para ahorrar o multiplicar
esfuerzos y, en definitiva, que una determinada comunidad de intereses (identidad) sea
reconocida en su dignidad y en su derecho, a través de políticas y prácticas. Basta aludir a
las mejoras de las políticas de género que afectan a la mujer, la legalidad de la familia homo-
sexual, etc., aunque aún queda mucho camino por recorrer. Por otra parte, no es menos cier-
to que las políticas de identidad también se han concretado en prácticas demasiado rígidas,
prescriptivas sobre cómo deben manifestarse y experimentarse determinadas identidades
de género, reduciendo la amplitud y complejidad del sentimiento y el deseo.
Lo verdaderamente importante para nosotros no es tanto establecer una genealogía de la
identidad (debate entre biología y cultura) sino definir el régimen de interacción que gestiona
las nuevas identidades a través del arte.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


La acción política identitaria genera un doble movimiento: la cohesión de un grupo y la
diferencia del mismo respecto a otros, la identificación entre iguales y la toma de distancia
respecto a los demás. Así, por una parte, la identidad supone la adscripción de colectivos a
ciertos proyectos comunes y constituye un marco de aprehensión e inteligibilidad de la rea-
lidad, elaborando códigos dirigidos a una economía social que hace que no nos tengamos
que plantear demasiadas cosas en nuestras interacciones con los demás. En la interacción
social se dan demasiadas cosas por supuestas. Interpretar la acción individual o colectiva en
función de un espectro de posibilidades reducido a una hegemonía de identidad de sexo o
género es tremendamente injusto. Así, si una joven alumna acaricia el cabello de otra chica
en clase, suponemos que es un signo de amistad, o si en Túnez pasean dos hombres cogi-
dos de la mano pensamos que es un rasgo cultural y su heterosexualidad queda intacta. No
hace falta que nos preguntemos nada más, lo cual es bastante útil. Pero eso implica que si
un hombre occidental afirma que le gusta el cabello de un compañero de trabajo o una chica
exige poder jugar al fútbol en el equipo del instituto, en aras de esa economía intelectiva
rechinarán los ideales de género respecto a la identidad sexual del/de la protagonista.
Cuando no se sigue la continuidad prevista entre el sexo biológico, los ideales de género
y el deseo, esa «economía social» incorpora mecanismos de exclusión en base a nociones
identitarias cerradas, reduciendo la debida complejidad de la acción. En este modelo tradi-
cional, del sexo biológico derivan consecuencias sociales, culturales, psicológicas, que con-
figuran la normalidad de lo que llamamos género. Dicho sistema sexo-género-deseo no es
algo biológicamente dado, sino que se produce y reproduce en lo social, siguiendo patrones
hasta ahora patriarcales y heterosexistas. El género es una construcción cultural objetivada
por lo social con ayuda de una serie de dispositivos científicos y culturales que naturalizan 26
aquello que debiera ser resultado de nuestras decisiones, de nuestras acciones. Pero aque-
lla construcción que debe ser consecuencia de nuestras acciones se interpreta como causa
de las mismas. Toda discontinuidad o fractura se percibe como actos contra natura. Así,
la identidad de género es resultado tanto de unas pautas sociales como de una elección
constreñida por lo posible, dentro de un marco de plausibilidad definido en el régimen sexo-
género-deseo. ¿Cómo escapar de ese continuo?
En las últimas décadas se han originado teorías del género que asumen una crisis del
concepto fuerte de diferencia y otredad (lo otro no sería más que lo segregado por lo mis-
mo), debilitando una idea de identidad unitaria o esencial. Generalizando, las salidas han
consistido en negar el concepto mismo de identidad o en reformular dicho concepto incorpo-
rando nuevos agentes, nuevas vivencias. Ellas, lejos de ser una cuestión particular, inaugu-
ran nuevas posibilidades de cambio.
Una identidad de género unívoca y cerrada se convierte en norma intocable porque se
entiende que es algo natural, inevitable, irracional, lo que limita la acción transformadora.
Defender cualquier práctica de discontinuidad entre sexo, género y deseo produce un vérti-
go al cuestionar un estado de cosas, la posición prioritaria en el mundo, lo que genera una
fuerte represión social. Esa censura puede tener forma de una violencia real o simbólica. El
año 2008 ha superado las ochenta mujeres asesinadas por violencia machista y de género.
Si se llama machista es porque existe una convergencia en las intenciones y objetivos de
dicha violencia, así como del sexo de sus ejecutores, y es de género porque las víctimas
son claramente elegidas por su condición. Los asesinos ven cuestionada toda una forma de
entender el mundo, proyectan la propia frustración en las mujeres, culpables de tener voz,

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


que ya no se conforman con el poco espacio de libertad que les deja esa mentalidad mono-
lítica y patriarcal.
La violencia simbólica se esparce, entre otros, en el lenguaje sexista; en protocolos de
interacción social; en la ausencia de referentes simbólicos positivos en escuelas e institutos
que, por ejemplo, desarrollan programas que ignoran la realidad homosexual.
Pero también existe una violencia de género velada y perversa, que no es consecuencia
tanto de la identidad como del régimen que gestiona la diferencia. Consiste en desplazar
al margen, y a veces disolver en lo banal, las aportaciones realizadas por una identidad no
hegemónica. No todo lo que hacen los gays debe interpretarse como una posición más par-
ticular y sesgada ante la vida que la que haría una persona heterosexual, o no todo lo que
hacen los heterosexuales debe tener una pretensión más universalizadora.
Pongamos un ejemplo de cómo damos por supuestas demasiadas cosas del sujeto sexua-
do de una acción, y de cómo el heterosexismo hegemónico ha restringido al margen iden-
tidades no hegemónicas. Preguntémonos qué hubiera pasado si Fontaine (1917) (figura 1)
no fuese obra de Marcel Duchamp, sino de un artista amigo suyo llamado Charles Demuth,
gran parte de la producción del cual era de temática explícitamente homosexual. La identi-
dad sexual de Demuth, como supuesto artífice de Fontaine, habría sesgado enormemente
su lectura. Como desde una idea reduccionista de identidad es su deseo lo que define al
homosexual, éste habría dictado muchas interpretaciones. Quizás el urinario se referiría a lo
fláccido y dicho objeto del revés haría alusión a lo erecto. Se habría interpretado que la obra
introduce en la galería un deseo otro, a través de la reivindicación de un tradicional lugar de
encuentro entre varones gays: los urinarios públicos. Se habría relacionado Fontaine con el
resto de la auténtica producción de Demuth, que desde 1914, cuando retornó a Nueva York 27
tras un viaje por Europa, encuentra su inspiración en espacios homoeróticos masculinos
(Dos marineros, 1930).

Fig. 1. Marcel Duchamp, Fontaine (1917)

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Pero no ha sido ese el caso. La obra ha sido realizada por un artista presuntamente
heterosexual, Duchamp. Nada queda de un deseo particular, substituido por discursos uni-
versalizadores sobre el arte: la trasgresión del arte y el decoro a través de lo obsceno; el
cuestionamiento del virtuosismo, de la obra única o de la autenticidad del artista; la provoca-
ción a través del contraste entre lo más excelso y lo más vulgar… Todo ello en un artista que
ha realizado Étant Donnés (1946-1966), maravillosa comparación entre la mirada artística y
el voyeurismo erótico. O Paisaje fautif (1945) realizada con esperma. Tampoco ahí el deseo
al que se alude tiene efectos restringidos a una orientación sexual, ni aparece como un otro
particular, sino que se ofrece genéricamente como el deseo. Lo mismo podríamos decir de
Rrose Selavie, dispositivo de alteridad de Duchamp donde el travestismo del artista no se
identifica con el propio deseo, sino con la impostura del artista (Ramírez, 2001: 243).1 Si
Fontaine hubiese sido propuesta por Demuth, su identidad sexual habría dictado muchas
interpretaciones, interrumpiendo otras lecturas. El artista tomaría entorno a su deseo todas
las decisiones de su vida.
Pero no tan solo la acción artística realizada por un gay ha sido tradicionalmente enten-
dida como consecuencia de una identidad no hegemónica. La identidad también envía al
margen la mirada artística de los gays. Se ha dicho que los homosexuales encontraban en
Fontaine «otras» sugerencias: «pues los urinarios se relacionan con lavabos públicos de
caballeros, lugares utilizados a menudo para los contactos entre homosexuales» (Cooper,
1991: 139). La mirada heterosexual es transparente, universalizadora, mientras que la re-
cepción de toda acción realizada por una persona homosexual es sesgada, marginal, parti-
cular, ya que los sujetos se deben a ella en todos los aspectos de su vida.
Pero el problema, en realidad, no son tanto las razones que fundamentan la identidad de 28
género sino cómo ésta puede ser utilizada para actuar o marginar. Así como el envite du-
champiano ha sido asimilado por la academia, ésta prohibió a Charles Demuth la exposición
de Aire distinguido en retrospectiva en el Moma de Nueva York (1950) (figura 2). Más inocen-
te que gran parte de la producción de Duchamp, la representación de un grupo de personas
ambiguas ante una escultura fue motivo para que la acuarela no fuera expuesta. Demuth
tuvo que reservar sus obras más explícitamente homosexuales a clientes privados. El arte
contribuía a una toma de conciencia del deseo homosexual, contando con la complicidad de
clientes y espectadores que participaban de sus códigos formales y temáticos. En el resto de
la producción, dicho deseo era obviado. Esta doble producción de Demuth parte de la doble
valencia de la identidad: posibilita la identificación entre iguales, la acción colectiva, el reco-
nocimiento…, pero también puede limitar la complejidad de la experiencia constituyendo un
enorme sesgo que imposibilita la igualdad de condiciones en muchos aspectos. Podemos
decir que a Duchamp se le ha tomado como sujeto creador, mientras que a Demuth se le
aplican sesgos como sujeto homosexual, y sólo en segundo término como artista. Para que
ello no suceda con artistas como Miguel Ángel o Leonardo, ha sido necesario borrar de su
biografía, durante siglos, aquellos episodios en los que dichos artistas esgrimían explícita-
mente su deseo homosexual. De ahí que hoy día sean exponentes de principios técnicos y
estéticos universales.

1. «No se trata de un fenómeno de travestismo en el sentido habitual, sino de un instrumento intelectual muy útil para
proyectar algunas dimensiones de su creación.»

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Fig. 2. Charles Demuth, Aire distinguido (1930)

En una sociedad heterosexista, unívoca, patriarcal y jerárquica, es más aceptable la es-


tilización duchampiana de la impostura (que pone en jaque todo un sistema cultural) que
el guiño homoerótico de Demuth. Como vemos, a pesar de la efervescencia cultural de la
Europa de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, la emergencia de las vanguardias no
estuvo exenta de limitaciones para los gays. Incluso en ellas, toda provocación homosexual
es posible sólo si entra «por la puerta de atrás». Cuando una identidad gay asume condi- 29
ciones para impugnar los ideales hegemónicos y patriarcales, cuando es alternativa real a
la heteronormatividad, se generan programas de desactivación política y mecanismos de
represión. De ahí que el elitismo, la excentricidad o el escándalo hayan sido excusas para
una visibilización de lo homosexual desactivada e inocua al estar trasladada al margen.
El orgullo homoerótico del dandismo confió en exceso en la apertura de lo social en con-
nivencia con la cultura. A finales del siglo XIX, la sexualidad, que en la pintura de temática he-
terosexual puede ser de lo más explícita, era a menudo tratada de forma compleja al entrar
en el terreno homosexual. Los artistas se vieron enfrentados a la tarea de construir códigos
de presentación pública basándose en lo que podremos llamar «cultura gay», planteando
escenas, temas y guiños de la cotidianidad del deseo y la conciencia homosexual. Como
dichos códigos escaseaban en la plástica al uso, fue necesario recurrir a la literatura. Así,
los grabados de Beardsley ilustran Salomé de Wilde, prefiguración de la femme fatale que
cuestiona y devora al macho. En la ilustración de obras de Aristófanes (figura 3), se esqui-
va lo obsceno tiñéndolo de diversión, guiños intelectuales y excentricidad dandy. El deseo
homosexual tan solo pudo entrar en el arte contemporáneo revestido de un aura excéntrica
y elitista. Estas representaciones eran posibles cuando no cuestionaban el carácter mino-
ritario y excéntrico del deseo homosexual. Una obra no debía mostrar que la perspectiva
femenina y/o homosexual no era menos arbitraria que la masculina y/o heterosexual. De ahí
que la normatividad patriarcal ejerciera una enorme resistencia.
El margen más elitista se convertía en la coartada de la voz homosexual. Pero esta toma
de conciencia decimonónica fracasó al plantearse desde lo marginal, y lo excéntrico, renun-
ciando a proponer una verdadera igualdad de derechos de las diferentes opciones sexuales.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


La homosexualidad fue planteada como una rebelión decadente contra lo burgués. La efe-
bización de los hombres y la androginia de las mujeres (De Diego, 1992), se revestían de
una sofisticación social y una impronta cultural elitista que justificaban esas temáticas como
«licencias poéticas».

Fig. 3. Beardsley, A. Ilustración de Lisístrata de Aristófanes. Litografía (1896)

30
EL GÉNERO COMO PROBLEMA

La obra de Frida Kahlo (1907-1954) reflexiona sobre la mujer en primera persona. A tra-
vés de sus lienzos, la artista se enfrenta a la imposibilidad de satisfacer las expectativas que
una sociedad patriarcal espera del «ser mujer». El cuerpo catalizará dichas reflexiones, si
bien éste se manifiesta a través del dolor y no del placer, de la enfermedad y no de la salud,
de la dificultad para engendrar y no de la maternidad, del extrañamiento y no del reconoci-
miento de la persona con el propio físico.
El dolor que padeció tras un fortuito accidente protagoniza muchas de sus obras, ya sea
representándolo físicamente en su propio cuerpo (sangre, clavos…), o trabajando el lienzo
con pinceladas muy incisivas en un paralelismo a los bisturís sobre su piel. En obras como
Hospital Henry Ford (1932) (figura 4), Kahlo expone partes de su cuerpo que nadie antes
había expuesto (matrices, ovarios, abortos…). Los fantasmas y deseos de una identidad
sexual conformada entorno a un cuerpo problematizado, considerado extraño al no obede-
cer a la propia voluntad, se esparcen en un mundo de plantas, lianas, raíces, flores, frutos,
mariposas, pájaros o monos, que habitan la obra. Frida se separa de sí misma y cuestiona
su identidad como mujer. Su identidad sexual se problematiza en relación con las expec-
tativas sociales sobre lo femenino (la fertilidad, por ejemplo), lo que afecta a la frecuente
masculinización de su rostro y su cuerpo (atención al vello…). Kahlo esperaba una imposi-
ble continuidad entre su sexo y su género. Ante la imposibilidad de dar a luz, se resentía un
género encorsetado por lo patriarcal.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Fig. 4. Frida Kahlo, Hospital Henry Ford (1932)

A lo largo de la historia del arte existe una extensa iconografía patriarcal que ha relacio-
nado a la mujer con lo natural, y al hombre con lo cultural (figura 6), como si ambos mun-
dos fueran estancos o independientes de la finalidad que los separa. Frente a lo cultural,
dependiendo de contingencias humanas, lo natural depende de esencias inmutables. La
mujer, desplazada a lo natural, padece una visión del mundo que la convierte en víctima
de su presunta naturaleza, sobredimensionada. La menstruación se convierte en símbolo y 31
argumento a través de relaciones ancestrales de las mujeres con la luna o las mareas. Ello
las convierte en lunáticas e histéricas, incluso con insólitos apoyos en la ciencia y la psico-
logía. La maternidad las relaciona con la tierra. La madre tierra coarta la estilización sexual
femenina a una finalidad reproductora y doblega las decisiones sobre el propio cuerpo a los
designios de la biología. Frente al reino de la lógica, lo formal, lo científico y masculino (figura
5), las mujeres se han asociado al campo de los sentimientos, los deseos y la intuición, en un
pasado en el que dichas capacidades no eran tan útiles socialmente como hoy. Podríamos
continuar, pero basta decir que un primer esfuerzo del arte feminista de los sesenta y setenta
fue contrarrestar los efectos limitadores de la acción de dicha polaridad para las mujeres,
que acabará centrando la cuestión en el factor género, esto es, los roles impuestos social-
mente asignados por la cultura. No es extraño el gran interés que entonces despertó Frida,
que quedó convertida en prefiguración del feminismo artístico formal.
Volviendo a nuestra pintura, el resultado es una obra dura, angosta, donde la intimidad
expuesta reclama la implicación de las espectadoras. Observemos hasta qué punto pinturas
como esta apelan a la intimidad sexual de las mujeres. Entre el año 1998 y el 2000 tuve la
oportunidad de coordinar en la Universitat de Barcelona (Grupo CREA) el proyecto Sócrates
de investigación MAR. Mujer y Arte Contemporáneo. Se trataba de realizar un material di-
dáctico centrado en el género, dirigido a mujeres no académicas de centros de educación
de personas adultas y realizado por ellas mismas. Para ello contamos con la participación de
diversos centros educativos. En una de las fases, propusimos una serie de obras en las que
diferentes grupos debían analizar las posibilidades didácticas a nivel formal, de contenido…,
dando preeminencia a aquellas cuestiones de género que afectaban la vida de las mujeres.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Se creó un grupo de discusión alrededor de esta obra de Frida Kahlo, surgiendo lecturas
sobre las relaciones convencionales entre feminidad y fertilidad, aborto y fracaso… de una
profundidad tal que incluso hoy día no puedo analizar ciertos aspectos de esta obra más que
por sus ojos. La visión de esas mujeres no académicas eran de una lucidez sorprendente,
al menos para un joven académico y prejuicioso respecto a la imprescindible erudición de la
mirada como yo lo era entonces. Las vivencias personales de algunas mujeres respecto a
su identidad sexual se ofrecían generosamente para prolongar la obra de Frida. La identidad
sexual era lo que unía a las espectadoras y Frida, salvando posibles distancias que hubieran
existido a nivel cultural, de orientación sexual, de clase social… La obra de la artista adquirió
entonces un carácter verdaderamente transformador, apelando a la identidad común de un
grupo de personas. Difícilmente podría ser más fiel a la obra que esas mujeres.

32

Fig. 5. Jacques Louis David, El juramento de los Horacios (1784)

Fig. 6. Paul Delvaux, Los astrónomos (1961)

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


LA IDENTIDAD SEXUAL COMO POSIBILIDAD

La alternativa femenina. Crisis del patriarcado e identidad sexual

En los setenta eclosionó un arte activamente feminista. Se revisaron las imágenes del
cuerpo de la mujer planteadas desde patrones masculinos. Contra el olvido del género del
arte minimal y de la abstracción postpictórica (Guasch, 1997: 391-392),2 el feminismo se
apoyará en temas y formas biológicas, orgánicas, corporales, para mostrar nuevas visiones
de la identidad y el erotismo de la mujer, y así superar el sexismo en la sociedad y el arte
(Chadwick, 1992).
Un ejemplo temprano es Niki de Saint-Phalle (figura 7), que había realizado Nanas, fi-
guras femeninas de vivos colores, algunas inmensas, infantiloides o monstruosas, como la
instalación Hon, (Ella) (Museo de Arte Contemporáneo de Estocolmo, 1966). En la obra, los
espectadores debían entrar a la muestra por una inmensa vagina, en un proceso contrario al
parto. Los espectadores entraban en una exposición lúdica donde se tematizaba la identidad
femenina mostrando el cuerpo y el sexo de la mujer en términos despojados de prejuicios
masculinos. Las alusiones a lo biológico se realizaban temática y formalmente desde una
lógica buscadamente «femenina»: lo lúdico se oponía a lo funcional, lo experiencial a lo fina-
lista, la cualidad a la cuantificación, el placer al esfuerzo, la inconclusión a la conclusión, lo
polícromo al blanco y negro, lo redondeado a lo anguloso. El esencialismo de Hon (Guasch,
2000: 536) parte de considerar que existe una sensibilidad y forma de aprehensión de lo real
y lo imaginario femeninas.
33

Fig 7. Niki de Saint Phalle, Hon (Ella) (1966)

2. Olvido que se intentó compensar posteriormente revisitando el minimalismo introduciendo en él la variable género, por
ejemplo en la exposición comisariada por Lynn Zelevansky «Sense and Sensibility. Women Artists and Minimalists in
the Nineties» (MOMA, Nueva York, 1994).

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Así, el primer paso fue destapar el binomio ancestral entre lo masculino y lo femenino, que
mostraba el empobrecimiento de censurar cualquier aproximación buscadamente femenina a la
realidad, así como que existía una jerarquía patriarcal que reservaba el peor lugar a las mujeres.
Así, se respondía a las diatribas de Frida Kahlo sobre las problemáticas relaciones entre fertili-
dad y feminidad. La fertilidad no era condición sine qua non para la identidad de la mujer; era un
sistema social patriarcal y desigualitario y finalista el que realizaba ese reduccionismo. Ello coin-
cidirá con la invención de la píldora anticonceptiva, el control de la natalidad, la reivindicación del
orgasmo clitoridiano, la separación del sexo de la reproducción a través del deseo y el placer...
La identidad sexual femenina definía un sujeto-mujer que traspasaba diferentes geografías y
épocas. Por eso se ha dicho que este punto de vista es esencialista. Pero notemos que se avan-
za hacia un debate de género, que se lucha contra una idea reduccionista de lo biológico (que
relaciona la mujer con la pasividad) y que sitúa las condiciones de lo femenino en el contexto
histórico, en el plano del reconocimiento y el cambio social. Desde un punto de vista social, esta
posición contribuyó a poner en crisis un patriarcado hasta entonces poco cuestionado.

Una identidad sexual común. Experiencia e historia en clave de mujer

Una obra ejemplar que enarbola una identidad sexual de manera esencialista (Smith,
1982: 31-35) es The Dinner Party de Judy Chicago (1974-79) (figura 8). Transgrediendo el
servilismo que ha condenado a las mujeres a servir la mesa, la artista propone un banquete
simbólico en honor de treinta y nueve grandes mujeres de la historia, invitadas a una cere-
monia de restitución de su debido reconocimiento. Representan la literatura, la historia o el 34
arte de las mujeres (Safo, Virginia Wolf, Frida Kahlo…) según indican los bordados de cada
servicio y el suelo, compuesto de 999 piezas cerámicas triangulares. En esta enorme mesa,
con manteles, cubiertos y copas, cada plato de cerámica tiene un diseño específico, donde
las alusiones a la vagina, son tan poéticas como explícitas. De ahí que esta obra fuera con-
siderada en su momento demasiado provocadora. Judy Chicago elaboró una teoría del nú-
cleo central, según la cual, independientemente de condicionantes culturales, cronológicos o
geográficos, lo que unía a todas las mujeres era su experiencia universal respecto al propio
cuerpo, centrado en la vulva, lo que se diseminaba en maneras de hacer propias.

Fig. 8 Judy Chicago, The dinner party (1974-1979)

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Por una parte se trataba de reflexionar sobre la identidad sexual de la mujer desde la
reconstrucción simbólica de la historia en un registro feminista. Se consideraba que existía
una historia paralela, silenciada, de la mujer. Para plantear el futuro, era necesario convocar
(¿invocar?) aquellas mujeres que constituyen hitos, un patrimonio específico de la mujer que
había que reivindicar y reconocer. Este arte feminista se construyó desde la legitimación de
una historia hilvanada con experiencias de grandes mujeres en una tarea casi arqueológica
de redescubrimiento.
Pero también existía una historia cotidiana resultado de una experiencia femenina. De ahí
que el primer arte formalmente feminista enarbolase ciertas actividades como la artesanía,
con una voluntad reivindicativa y transformadora. Su sola presencia en el ámbito académico
y culto convertía las obras en revulsivos sociales, culturales y sexuales, reivindicando una
historia y una experiencia que formarían parte de la identidad de la mujer. Se pretendía in-
vertir la tendencia por la cual la mujer había sido más objeto de inspiración que sujeto crea-
tivo, y las esferas de creatividad patriarcalmente femeninas habían sido desplazadas a la
levedad conceptual de la artesanía o las labores cotidianas. Por eso, esta obra fue realizada
con la colaboración de ceramistas, bordadoras y otras artesanas anónimas que pusieron
su solidaridad al servicio de una lectura no sexista de la historia. Actividades «femeninas»
relacionadas con la cocina, el bordado o la cerámica constituían un reto capaz de diluir los
límites entre arte y artesanía, lo íntimo y lo social, lo contemplativo y lo práctico, lo culto y
lo popular. Chicago reaccionaba contra un patriarcado que había establecido y jerarquizado
estas parejas de conceptos, que había potenciado un arte formalista de raíz kantiana, sin
otra función que la contemplación y ajeno a problemas políticos y sociales (Lippard, 1980:
118-125). En definitiva, intentaba crear una conciencia feminista en las espectadoras. 35
Judy Chicago, como Miriam Shapiro y otras, se dieron cuenta de la importancia del arte
como forma de difundir el ideario y la acción feministas contra el patriarcado y el sexismo
imperantes. Así, organizaron el curso Feminist Art Program en el California State College
de Fresno (1970). En él, lo personal y lo social, el arte y la vida, no tenían sentido de ma-
nera separada. Las participantes compartían sus obras y experiencias vitales, dialogando
y reflexionando desde lo femenino sobre lo cultural y artístico. Los resultados se expusie-
ron en la exposición Womanhouse (Los Ángeles, 1972), realizada en una casa, donde se
planteaban nuevas visiones del cuerpo, lo doméstico, lo familiar, la belleza, el erotismo... en
experiencias esencialmente «femeninas». Se pretendía movilizar a las mujeres en procesos
de diálogo y solidaridad de género a través del arte. The Dinner Party es el resultado de
un esfuerzo colectivo de las mujeres, académicas y no académicas, para contrarrestar la
construcción patriarcal de la historia, pero es evidente que, en el resultado final, poco sabe-
mos de aquellas mujeres anónimas que han contribuido a su realización. La crítica cultural
cuestionaba el punto de vista masculino, pero la reflexión sobre la identidad sexual no llegó
a todas las mujeres.
The Dinner Party denuncia una historia que, pretendiendo ser neutral, tiene un fuerte
sesgo masculino. Pero este planteamiento constructivista se detiene ante la mujer, plantea-
da como una entidad sexual más allá de vicisitudes históricas y culturales. ¿Es esencialista
este interés por la historia de las mujeres? Antes que introducirnos en cuestiones bizantinas,
quizás debiéramos preguntarnos: ¿fue útil y necesario este ejercicio de reconstruir la historia
en femenino? Debemos responder que sí, pues sentó referentes culturales y contribuyó a
crear un estado de opinión sobre la ocultación de las mujeres.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Identidad homosexual y acción colectiva

Fue el derecho a la propia identidad lo que catalizó el despertar del orgullo gay en los
años setenta, en recuerdo de los sucesos de Stonewall Inn en Nueva York (junio de 1969).
Ello fue resultado de una conciencia de cohesión de un colectivo unido entorno a la identidad
homosexual. Como en el activismo feminista, la identidad sexual dejaba de ser un asunto
individual y se convertía en un derecho colectivo. Gracias a la visibilización de la identidad
sexual, en los setenta eclosionó una cultura gay y algunos artistas pudieron hablar abierta-
mente de la homosexualidad en circuitos comerciales.
No obstante, en las raíces de la cultura gay se polarizaron dos posiciones: el separatismo
y el asimilacionismo, la reivindicación de la diferencia y la normalización homosexual. El pri-
mero de los caminos recuperó la obra de Quaintaince o Tom de Finlandia (figura 9), precur-
sores de una imaginería de consumo y forma de vida gay a través de códigos que aún hoy
sigue vigentes en determinados círculos: hombres hipermasculinos, musculosos, varoniles,
sexualmente hiperactivos, despreocupadamente homosexuales. Se reivindicaba la dignidad
homosexual apropiándose de ideales de género que erosionaban el esencialismo de lo mas-
culino. La masculinidad no era patrimonio exclusivo de los hombres heterosexuales. Era una
puesta en escena a disposición de los homosexuales, siendo considerada una estilización
codificada de la identidad sexual. La libre apropiación de la masculinidad por parte de al-
gunos gays, así como de algunas mujeres, contribuyó a minar el patriarcado. Artistas como
Martín Battersby o Robert Mapplethorpe se interesaron por la apropiación homosexual de la
masculinidad a través de códigos s.m.: tejanos, botas, correas…
36

Fig. 9. Tom of Finland

La obra de juventud de David Hockney, Nosotros dos chicos abrazados (1961) (figura
10) constituye un valiente alegato por la liberación gay a través de una toma de conciencia
a través del arte. Hay que tener en cuenta que la pintura fue realizada años antes de que
Inglaterra legalizara algunos supuestos de la homosexualidad en 1967. Lo personal y lo
social van de la mano: un hecho cotidiano (un beso) se convierte en revulsivo social cuando

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


reclama normalidad. Lo mismo sucede en Escena doméstica. Los Ángeles (1963), donde
la sola visión de una escena de interacción cotidiana entre hombres (asearse en un baño)
se convierte en motivo excepcional, alternativo, a una sociedad (hetero) sexista. Él mismo
describió su arte como «propaganda», como forma de cambiar el sexismo dominante a tra-
vés del arte, reflejo de una identidad homosexual que transgrede al no renunciar a sentirse
hombre, al situar dicha alternativa sexual no en el margen, sino en el centro de lo social. Con
todo, un aire de elitismo y excentricidad envolvió rápidamente la obra de Hockney, cuando se
convirtió en artista de grandes fortunas de Los Ángeles y asistente habitual de determinados
actos sociales. Pero por supuesto que no hay una «esencia gay» que lleve necesariamente
a acomodarse al hedonismo y la comodidad. Más bien, fue resultado de ciertas dinámicas
del mercado artístico en las que no entraremos ahora.

37

Fig. 10. David Hockney, We Two Boys Together Clinging (1961)

LA IDENTIDAD EN SOSPECHA

En los años ochenta, el debate sobre la identidad se ve afectado por la posmodernidad.


Muchas obras cuestionarán una idea unitaria de mujer u hombre independientemente de
la visión que ordene el mundo a nivel simbólico y comprehensivo. Lo que Jacques Derrida
llama «metafísicas de la presencia», vinculadas a la ligazón entre esencia e identidad, son
cuestionadas, y el género se entiende que es una construcción que parte de los prejuicios.
Con ello entran en crisis las políticas de identidad que había hecho posible la visibilización
de las mujeres y gays en ciertas esferas culturales, sociales y políticas. El debate se orienta-
rá hacia el género, sobrepasará lo esencial/natural y se centrará en lo social y el lenguaje.
Un primer feminismo consideraba que la reivindicación de esferas como el bordado, la
cocina o la maternidad era un homenaje a la identidad femenina y un ataque al patriarcado.
En los ochenta, el feminismo de inspiración posestructuralista de Parker y Pollock consideró
que la dignificación de estas parcelas no hacía más que ahondar en los prejuicios patriar-
cales, y que la alusión a la artesanía, por ejemplo, no mostraba el carácter construido de
«lo femenino» por un sistema cultural patriarcal. De ahí que ambas autoras se propusieran

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


analizar históricamente las representaciones que las mujeres han realizado de sí mismas
(Parker y Pollock, 1981), sin interesarse tanto en lo que pintan las mujeres sino en la gramá-
tica diferencial respecto a lo masculino (De Diego, 1999: 445 y ss.).
Quizás había existido un cierto reduccionismo al considerar sin más la feminidad de
ciertas actividades artesanales. Pero no es menos cierto que el posfeminismo, al achacar a
esas actividades el ser un mero reflejo del patriarcado, quizás culpabilizó en ocasiones, más
o menos subrepticiamente, a un gran número de mujeres que realizaba cotidianamente esas
actividades y que no participaban de los debates feministas, cada vez más académicos.
Ellas, sin saberlo, podrían sostener la base de una pirámide patriarcal.
Rosemarie Trockel realizó por esa época obras confeccionadas mecánicamente con lana,
como Sin Título (1985-1988) (figura 11). A modo de díptico, y bicromáticamente, la obra pre-
senta dos símbolos muy usados en la cultura popular contemporánea, el ovillo de lana que
aparece en etiquetas de ropa y el conejito de Play Boy. En esta y otras obras de la artista se
da una contraposición entre lo masculino (serialidad del trabajo mecánico, más mediación
del consumo y el mercado que del sentimiento…) y lo femenino (calidez, paciencia y amor
al trabajo asociados a la confección de la lana). Se polariza así un mundo femenino, íntimo,
cálido y lleno de sutilidades y experiencias, con un mundo masculino, estratégico, orientado
a fines. Pero aquí, lo que le interesa a la artista es problematizar la construcción de la sub-
jetividad femenina.

38

Fig. 11. Rosemarie Trockel, Sin título (1985-1988)


Colección de Arte Contemporáneo Fundació la Caixa

De ahí que esta obra presente objeciones a los planteamientos del arte feminista anterior.
La primera es que la alusión a lo textil no tiene ya ningún componente dignificante (a pesar
de acusar ciertas influencias del movimiento Pattern and Decoration que había reivindicado
en los setenta la artesanía femenina). Se presenta como un producto cultural asociado al
consumo y al mercado, en un universo femenino construido por una sociedad patriarcal.
Así como para Foucault «para descubrir qué entiende nuestra sociedad por cordura, qui-
zás debamos investigar lo que ocurre en el campo de la locura», la postura de Trockel es que

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


para descubrir qué entiende nuestra sociedad por mujer, quizás haya que investigar lo que
ocurre en el patriarcado. Por eso, en sus obras, Trockel deconstruye los logotipos masculinos
que definen lo femenino e intenta mostrar las líneas de fuerza patriarcales de la identidad de
género para después reconstruirlas en su debilidad. ¿Acaso no es patriarcal el maniqueísmo
que divide a las mujeres en supersexuales (objetos de deseo y seres deseantes: el conejito)
o en perfectas amas de casa (el ovillo de lana)? ¿Es posible conseguir satisfacer ambas
tendencias a la vez? Este falso dilema ha generado no pocas preocupaciones a muchas
mujeres. Quizás sea la frustración lo que más define una sociedad patriarcal y heterosexista.
El nivel de exigencia social es tan alto a través de los medios de comunicación, que no se
encuentra fácilmente una identidad sexual plena sin la renuncia a algo: a los sentimientos, a
la comunicación, a la sinceridad...
Los tópicos de género reproducen una sociedad jerárquica y desigual. Esta obra muestra
que es imposible pensar en un sistema sexo-género independientemente de una estructura
social patriarcal que establece la oposición masculino-femenino. La diferencia entre géne-
ros se resuelve en un obsesivo reflejo entre ambos, que muestra la negación de cualquier
esencia identitaria. La oposición entre masculino y femenino formaría parte de una tradición
metafísica occidental que se intentó desmantelar a través de la obra de Hélène Cixous, Luce
Irigaray, el deconstruccionismo de Jacques Derrida o el citado Foucault. El resultado es una
crisis de la identidad de las mujeres y lo femenino. Quizás los logotipos de esta pintura textil
no sean el resultado de una identidad femenina, sino de una estrategia del patriarcado para
anular la discursividad femenina. No puedo evitar pensar que este punto de vista tampoco
deja de ser esencialista e inaferrable.
La segunda objeción a la identidad sexual que trasluce esta obra de Trockel es la renuncia 39
a representar el cuerpo de la mujer, o a definirla biológicamente como una entidad estable.
Las alusiones al sexo están aquí mediatizadas por lo cultural y social, no por lo biológico. Ello
está de acuerdo con las teorías de Jacques Lacan, que lleva al feminismo artístico a con-
siderar que toda representación del cuerpo femenino parte de un icono patriarcal ancestral
que mostraría la ausencia del pene, reduccionismo de la carencia del falo (entidad simbólica
que sirve de llave a la proyección social en oposición a una vida restringida a lo íntimo). Se-
gún eso, la representación formaría parte de una estrategia de apropiación patriarcal de la
mujer a través del dominio de su cuerpo. Incluso el placer de la mirada estaría sesgado por
el patrón patriarcal del género: a la mujer le pertenecería lo pasivo (ser imagen), y al hombre
lo activo (ser portador de la mirada) (Mulvey, 2001: 365-377).
Es cierto que la mujer en el arte fue desterrada del campo de la creación para ser mayo-
ritariamente fuente de inspiración. Ello ha sido denunciado por colectivos de artistas como
Guerrilla Girls (figura 12). A sus presentaciones públicas acuden con una máscara de go-
rila y esgrimiendo no sus verdaderos nombres, sino los de grandes mujeres de la historia
(Christine de Pizan, Frida Kahlo…) cuya autoridad quieren rescatar del olvido. Con ello reali-
zan un movimiento que denuncia los circuitos más sexistas del arte. Las máscaras de gorila
ironizan sobre la legitimidad de un sistema artístico que privilegia al macho. La renuncia al
propio nombre en su actividad artística, por un lado, centra la acción en la reivindicación de
mujeres que podían haber tenido un mayor protagonismo en la historia y, por otro lado, es
una renuncia al individualismo, en un intento de hacer que el arte no tenga un efecto so-
cialmente restringido. Su gramática es el humor, la ironía, la provocación y sus puestas en
escena espectaculares.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Fig. 12. Guerrilla Girls, Do Women Have to Be Naked to Get into the Met. Museum? (1989)

Las teorías de Mulvey sobre los efectos del patriarcado en la estructuración sexista del
cine clásico llevan a la representación del cuerpo femenino a un camino sin salida, ya que
ésta es el resultado de una proyección del deseo masculino, que busca el placer de la vista
(escoptofilia voyeurística) con el cual se legitima una jerarquía sexual. Extrapolando esta
idea a la pintura, la obra de Magritte Le viol (1945) (figura 13) participa con una mirada indi-
ferente de este sistema patriarcal de la representación, estilizando más la mirada voyeurista
del espectador que no la crítica a una visión sexista de la realidad y el arte. En la cultura
visual, el arte feminista de finales de los ochenta ha respondido a estas críticas, al menos,
de dos formas. Por una parte, algunas obras como la de Trockel han renunciado a aludir a
lo femenino a través del cuerpo. Por otra parte, algunas artistas planteaban un cuerpo de la
mujer desestetizado (figura 14), para ofrecer una imagen no cosificada por el patriarcado, no
sometida a los cánones masculinos. ¿No será esta crítica de la representación en sí misma 40
otra renuncia de signo patriarcal que perpetua aún más la alienación de la mujer consigo
misma? ¿Las mujeres no pueden aspirar a un control de la representación de su propio
cuerpo con otros patrones no desigualitarios ni estratégicos? (veremos que en los noventa
se renovará este debate sobre el cuerpo con nuevas aproximaciones) ¿Es necesario que la
mujer sacrifique valores socialmente positivos (sensibilidad, empatía…), o asumir lo peor de
una masculinidad patriarcal (poder, violencia…) para conseguir los fines feministas?

Fig. 13. Magritte, Le viol (1934)

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Fig. 14. Valie Export, Aktionshose: Genitalpanik (1969-1980)

La tercera objeción de Trockel es la del estilo. Si en los setenta se identifican unas formas
femeninas, entendidas como extensión de lo biológico-femenino, esta artista aniquila dicha
noción a través de los logotipos, mediados por lo más estratégico de nuestra cultura, el mer-
cado y el consumo. Nuestra obra muestra una profunda querencia por iconos y formas cultu-
rales que han superado cualquier autoría y están mediadas por el consumo y lo popular. Ello
coincide con el pensamiento de Jacques Derrida, que relaciona la búsqueda del estilo con 41
la propiedad, y la capacidad del lenguaje de «nombrar» con la subjetividad. Según Derrida,
estas estrategias formarían parte de un pensamiento falocentrista, logocentrista, esencialis-
ta, una visión totalitaria del mundo. Desprenderse de la centralidad del cuerpo biológico que
había presidido el arte feminista de los años setenta exigía aceptar, apoyándose en Lacan,
que «ser mujer es, sobretodo, no tener lenguaje propio ni mirada propia» (De Diego, 1999:
447-448). ¿Es el cuestionamiento del estilo y la identidad una renuncia a luchar desde lo
femenino contra una sociedad patriarcal?
En el cuestionamiento de toda autoridad y de la posibilidad de hablar desde una posición
de partida (identidad, estilo, proyecto, ideología…) los análisis posestructuralistas cuestio-
narán también la agencia humana. Todo ello en oposición a un arte feminista previo que en
gran medida se proponía movilizar la esfera pública y conducir a la acción social. Será más
importante la teoría sobre la acción social, por lo que podemos afirmar (Benhabib, 1995) que
fue entonces cuando se abrió una brecha entre las intenciones del feminismo hegemónico y
su acción eficaz en colectivos de mujeres no participantes en circuitos académicos.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


RECUSACIÓN DE LA IDENTIDAD. DISCONTINUIDADES SEXO-GÉNERO-
DESEO

Contra el edificio sexo-género. Nuevas visiones no patriarcales ni hetero-


sexistas del cuerpo

En los ochenta, algunas tendencias artísticas desprestigiaron la representación del cuer-


po femenino, pues se consideraba que reproducía un fetichismo conservador e identitario.
En los noventa se da un nuevo giro en el interés por el cuerpo, hogar de la identidad sexual.
Si se pretendía recusar la identidad era necesario retroceder a lo corporal, para reinterpre-
tarlo de nuevo y así construir un nuevo edificio sexo-género alternativo, más flexible. Paradó-
jicamente, el cuerpo y lo biológico, tantas veces recurso para dotar de legitimidad o no a una
manifestación del género o del deseo, ahora formará parte de una estrategia de apertura de
las identidades de género.
En ocasiones fue necesario comprender al cuerpo como una materia prima en la que
las identidades son suplementarias. Un ejemplo sería Cuerpo extraño (1994), instalación de
Mona Hatoum (figura 15) en la que proyecta imágenes y sonidos del interior de su propio
cuerpo. Su biología aparece como una libreta nueva, sin escribir, despojada de todos unos
significados que debemos construir, sugiriendo in absentia nuestra responsabilidad en la
construcción de las identidades de género. La paradoja es que esa aparente prediscursivi-
dad está plagada de significados, entre ellos, el de un sujeto que se piensa más allá de las
constricciones sexuales y de género.
42

Fig. 15. Mona Hatoum, Cuerpo extraño (1994)

Algo complementario propone Annette Messager, con instalaciones como Penetración


(1993-1994) (figura 16) que invita a pasearnos por un espacio para tocar formas de vísceras
humanas realizadas con fieltro y lana, suaves al tacto, amables, lúdicas. Los términos «penetra-
ción» (que aludiría simbólicamente al tradicional dominio masculino sobre el cuerpo femenino),
o «visceralidad», son aquí tratados en un sentido literal. Irónicamente los/as espectadores/as

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


visitan el interior de un cuerpo, pero es una penetración no patriarcal ni violenta, curiosa,
lúdica. Es «visceral» por radical, no por violenta. Pero aquí poco hay de dominio patriarcal,
ofreciéndose una visión del cuerpo como base para experiencias, sensaciones, lo lúdico. ¿Y
la identidad de género? Quizás todos seamos diferentes, y por eso tan iguales.

Fig. 16. Annette Messager, Penetración (1993-1994)

Messager propone visiones no patriarcales del cuerpo, poco preocupadas por estereo- 43
tipos y apriorismos identitarios. En Mis deseos (1989) (figura 17), la artista comparte con
los/as espectadores/a imágenes de partes de cuerpos deseados. La identidad de Messager
se dispersa en aquello que desea, como la unidad circular de la obra, que se descompone
en fragmentos que son mucho más que anatomías vacías: sexos, miradas, ombligos, tienen
el valor añadido del placer a través del deseo. Aquí, la identidad se construye a través de
la experiencia y el deseo; son sus deseos, lejos de lecturas psicoanalíticas y problematiza-
doras, más allá de las contradicciones sexo-género. En todo caso, el género (aquel valor
añadido cultural otorgado al cuerpo sexuado) siempre está construyéndose, y Messager
propone unas líneas maestras que escapan a apriorismos y organizan de otra manera aquel
edificio que llamamos identidad de género. La obra no invita a iniciar nuestra mirada por un
lugar u otro; es nuestro deseo el que centra y escoge itinerarios de imágenes en las que
compartimos con la autora una cierta excitación. Por eso, la autora define esta obra de la si-
guiente manera: «On dit un film d’amour, on dit un roman d’amour, on devrait dire un peinture
d’amour». Más que lo fotografiado, el protagonismo lo tiene la propia mirada de la artista, en
convergencia con la mirada del espectador. Con ello quizás se nos proponga substituir
una discursividad patriarcal basada en la autoridad, el límite, la coerción y la violencia,
por una discursividad articulada por el placer y el deseo.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Fig. 17. Annette Messager, Mis deseos (1989)

El ideal de un cuerpo mudo, prediscursivo

Si la identidad de género es una construcción social que ubica socialmente a sujetos


sexuados, teóricamente sería posible imaginar una situación inicial de cuerpos mudos,
«anterior(es) a la cultura, en espera de significación» (Butler, 2001: 178). Paul Blanca (figu-
ras 18 Y 19) parece haberse interesado por esta forma de existencia desnuda. Destaca la
desprotección de los protagonistas en zonas pantanosas, que se tapan, se calientan con sus 44
propios brazos, miran temerosos, parecen buscar sin ton ni son en un caos líquido y asocial,
sin rostros diferenciados. Todos tienen la misma apariencia frágil.

Fig. 18. Paul Blanca, First Winter Portrait Dcape (1995)

Fig. 19. Paul Blanca, First Selfportrait Porprint / Scape Winter (1995)

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Todo parece indicar que el paso siguiente será estructurar lo social y lo íntimo de acuerdo
con una jerarquía apoyada en las diferencias anatómicas, en unos genitales a los cuales se
les conferirán atributos y cualidades que van más allá de lo sexual, creando ideales de géne-
ro. Sobre estos cuerpos aún mudos, el patriarcado fundará todo un sistema de significación
y comprensión del mundo, que quedará objetivado a través de lo social y el pensamiento.
La hegemonía de género utiliza la cultura y el lenguaje para naturalizar una cierta relación
entre sexo, género y deseo, cuando en realidad es algo socialmente construido. Así, lo que
Butler llama «heteronormatividad» es esa división del mundo que hemos visto que divide
en dos los sexos, de una manera jerárquica (activo-pasivo, social-íntimo, cultural-natural,
lógica-intuición…). El género inviste el individuo de manera pretendidamente natural, y todo
lo que en este sentido no está acorde con el sexo se presenta contra natura.
Esa matriz heterosexista jerarquizaría a cada individuo según su sexo, y desarrollaría
una serie de implicaciones en cascada en lo social, lo cultural, lo íntimo... En las fotografías
de Paul Blanca, ¿qué hay en esos cuerpos que nos indique que lo que se desea está en
la otra fotografía? ¿En ellos, hay algo que justifique incontestablemente que un sexo lleva
asociado un deseo, un comportamiento diferenciado, una tendencia innata a (pongamos) lo
doméstico?
Desde ese punto de vista, la misma división entre sexo y género, en la cual subyace una
división entre naturaleza y cultura, podría ser vista de manera patriarcal. Lo masculino-nor-
mativo ha segregado la otredad (mujeres, gays, lesbianas…). No existe un sexo más natural
que el género, o un género más cultural que el sexo. El sexo no es prediscursivo, sino resul-
tado de «una visión del mundo» fundada en lo social, en la interacción. La identidad sexual
delimitada, por tanto, sería el resultado de una apropiación patriarcal (neutra, naturalizada) 45
del cuerpo. La identidad de género, por su parte, no es ni más construida ni menos natural;
intenta estabilizar lo que inicialmente es fluido, posponer la acción a la identidad (que la
acción rinda cuentas a la identidad), cuando en realidad es la identidad la que debería ser
el resultado de las acciones libremente desarrolladas por las personas. Las identidades de
género, que deberían ser el resultado de las decisiones y acciones de las personas, pasan
a ser consideradas la matriz de una sociedad que presenta un orden de cosas, y un sistema
de acercamiento a las mismas, una inteleligibilidad, heterosexista.

Apropiaciones queer del arte contemporáneo

Lo queer como antietiqueta

Si queremos fundar nuevas pautas sociales donde sea posible la divergencia, y la acción
y la experiencia no estén constreñidas por prejuicios, debemos imaginar nuevas políticas de
crisis y apertura de las identidades. Uno de los modelos de apertura que más importancia
ha tenido en la última década ha sido la teoría queer.
En los ochenta, el arte y el pensamiento de género había afirmado que los ideales de
género eran construcciones sociales de signo patriarcal, pero ofrecían pocas salidas para li-
brarse de esos patrones opresores. De ahí que a inicios de los años noventa, la teoría queer
supusiera una corriente profundamente renovadora, centrada tanto en fracturar un sistema
patriarcal y heterosexista como en definir las raíces de dicho pensamiento. Teóricas como

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Eve Kosofsky Sedgwick o Judith Butler, grupos activistas como Queer Nation o Outrage, o
un arte poblado de transgéneros, travestis, drags kings, drags queens… (Catherine Opie,
Lyle Ashton Harris, Mathew Barney…) exploraron situaciones de complejidad del compor-
tamiento y el deseo humanos que difícilmente podrían cerrarse en identidades de género
cerradas (Aliaga, 1997: 91-131; Aliaga, 1998: 8-33; Martínez, 2005: 89-103). Más allá de una
«cultura de la queja», era posible el cambio, intervenir teórica y práct icamente en lo íntimo
y lo social, fracturar las identidades de género dadas.
La antietiqueta Queer aglutinó en sus orígenes lesbianas y gays que reaccionaban contra
una sociedad heterosexista centrada en identidades cerradas. Proponían abrir la identidad
de género en base al deseo como uno de los ejes vertebradores, más allá de dicotomías
pertenecientes a una ordenación del mundo patriarcal. Se trataba de reivindicar a las per-
sonas como seres sexuales que desean más allá de conceptos identitarios normalizadores.
Para muchos/as, las identidades unívocas y cerradas eran el resultado de procesos de se-
gregación donde el patriarcado establecía qué es normal y qué no. La identidad gay fue vista
como una construcción dirigida a fines. La tarea era mostrar la debilidad de la estrategia de
lo normal, que lo masculino-patriarcal era una perspectiva más entre otras y, sobretodo, que
las cosas podían cambiar.
Para ello, se tratan de crear situaciones que pongan en perspectiva la masculinidad he-
gemónica (hasta ahora invisible), que muestren la homofobia de una sociedad ordenada en
torno a lo heterosexual, que minen las piedras angulares que sostienen el edificio hetero-
sexista, e incluso sus ramificaciones en el pensamiento gay y feminista más tradicional.

46
Recusación de identidades cerradas

En los años noventa, los debates de género basados en la diferencia son sometidos a
cuestionamiento. Butler mostró que incluso el pensamiento feminista y de género se veía
afectado por un heterosexismo que no cuestionaba lo suficiente la cerrazón de las identida-
des sexuales, un sistema patriarcal, reduccionista, basado en binomios irreconciliables que
ordenaban el mundo (activo-pasivo, macho-hembra, masculino-femenino…). Era necesario
inaugurar una nueva etapa en base a una noción de subjetividad más dinámica, en la que las
personas fuesen más importantes que las etiquetas que las definían. Se intentaba conseguir
que en vez de que las acciones rindieran cuentas a la identidad (que como hemos visto aco-
taba el campo de inteligibilidad de la experiencia), estas identidades fuesen el resultado del
libre albedrío de las personas. El arte contribuyó a expandir dichas propuestas.
Curiosamente, Persona fue el título de una significativa exposición en la Renaissance So-
ciety de la Universidad de Chicago. En la muestra, 17 artistas partían de una noción de iden-
tidad dinámica, caracterizada por la inestabilidad y no como un todo delimitado sino como
un conjunto de características interconectadas. La identidad de los sujetos se situaría en la
relación entre características biológicas (sexo), sociales (género, nacionalidad, religión) o
la combinación de ambas (etnia). Las propuestas presentadas partían de la posibilidad de
alterar dichas relaciones y actuar en los intersticios a través del arte para cuestionar la tiranía
de identidades estables.
Una de las artistas de la muestra fue Catherine Opie, que presentó Self Portrait (1993) (fi-
gura 20). Sobre un fondo clásico y de cierto regusto burgués, con estampados de capricho-

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


sas guirnaldas y ropajes, un autorretrato nos da la espalda. Algo sorprendente si comproba-
mos que en otras fotografías de transexuales, travestis, tatuadores (que cuestionan que la
masculinidad deba ser una posesión única de los hombres, o la feminidad de las mujeres),
sus modelos miran fijamente a la cámara. Llama la atención no su rostro, sino lo que alguien
(¿quién?) ha grabado en su espalda. Si el arte es belleza y placer para los sentidos, ¿qué
hace una casita, dos niñas de la mano y un paisaje naif sangrando la piel? Tras superar un
rechazo inicial, vemos que alguien ha utilizado la piel como lienzo, una aguja como pincel y
la sangre como pigmento. La artista es a la vez sujeto de la obra y objeto de la misma. Pa-
dece aquello que muestra. Es la versión profana de los mártires del arte cristiano. Su orgullo
se manifiesta no a través de un rostro altivo, sino al mostrar su dolor. Su identidad sexual se
construye aprendiendo a llevar los problemas y la estigmatización social a sus espaldas.

47

Fig. 20. Catherine Opie, Self Portrait (1993)

Cuando la artista se propuso realizar un autorretrato podría haber mostrado su cuerpo de


frente, un rostro de deseo o quizás deseable, un cuerpo comprendido como la casa del sexo
y la sexualidad, una autoconciencia clara del propio placer y de la eclosión del mismo. En
vez de ello, contemplando la obra nos encontramos con que el cuerpo es definido en función
de lo más socialmente excluyente del sexo y legitimador de desigualdades, el sexismo. Su
conciencia del cuerpo se manifiesta tras una brutal mediación social (aludida por un dibujo
infantil muy arquetípico realizado por otra/s persona/s) e incluso en el subconsciente que
toma forma en los primeros años de vida), como resultado de ciertos patrones de género
grabados (impuestos) con una aguja en la piel de la artista.
El componente irracional de la sangre y del dibujo infantil remite a la irracionalidad del
sufrimiento y a la socialización de ciertos principios que remiten a un falso mundo feliz,
heterosexual y heterosexista, excluyente; «feliz» (la casita, el sol…) a costa de la piel de la
artista, y de los gays y las lesbianas que tienen que echarse a sus espaldas dichos patrones
de género heterosexistas, que los marcan por su opción sexual. ¿Quién puede sostener
aún la continuidad entre género-sexo-deseo? ¿No damos demasiadas cosas por supuestas
respecto al deseo cuando observamos un cuerpo?

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


La identidad lesbiana ha sido grabada en el lienzo-espalda por otro/a cuyo estilo se con-
funde, está «neutralizada» por lo social, alguien que espera reducir la complejidad de la
artista a su identidad como lesbiana. La identidad sexual y la identidad de género entran en
conflicto cuando la voluntad de la artista no se identifica con la norma social, cuando Opie es
objeto y no sujeto de dichas identidades (fijémonos que nos da la espalda, no el rostro).
Eso es el sexismo, aquella base ideológica que divide desigualitariamente a las personas
según su sexo y que define de manera simplista categorías sexuales. La rigidez de estas
categorías suelen llevar a equívocos, al asimilar erróneamente travestis, transexuales y bi-
sexuales. Un transexual sigue siendo para muchos/as sinónimo de homosexual, cuando en
realidad el/la transexual que logra su voluntad opta por la heterosexualidad en la mayoría
de ocasiones. Lo mismo podríamos decir del travesti, que puede sentirse a gusto con ropa
de mujer y tener relaciones exclusivamente con mujeres, o un transexual que tenga una
orientación homosexual. Las situaciones que cuestionan la estabilidad de estas categorías
son socialmente rechazadas pues muestran el carácter móvil de las identidades, eliminan
seguridades ancestrales y ocasionan una gran incertidumbre al adquirir conciencia de nues-
tra responsabilidad en la construcción de las identidades.
El simplismo sobre su identidad como mujer y sus conflictivas relaciones con la identidad
lesbiana ha dejado una profunda herida en la artista, que es lo que ha querido compartir
con los/as espectadores. Esta obra puede representar muchas personas cuyo rostro quizás
deban ocultar (el famoso «armario» gay), como dramatiza la propia artista. Pero también so-
licita la anulación del propio estar dentro o fuera del armario (Kosofsky , 1998), construcción
homosocial y patriarcal.
Esta es una gran obra no por una morbosidad vacía y distante, sino porque nos hace 48
partícipes de una vivencia causada por una sociedad sexista y absurdamente patriarcal,
menos preocupada por la violencia que por la continuidad de ideales de género opresores.
Aquí, la sexualidad está asociada a un dolor, el brutal tatuaje realizado con una gramática
formal estereotipada. ¿Cuáles son los estereotipos que causan tanto dolor, con los que yo
experimento mi cuerpo, mi placer?, parece preguntarse.
Esta obra despierta rechazo y también curiosidad, nos produce un sentimiento, que de-
riva de «sentir» y de «mente» (Alcoba, 2000: 395-407), que es el que hace que vibremos
con la obra, que participemos del sufrimiento, del orgullo, de la experiencia de la artista, del
cuestionamiento del mundo que nos presenta. Permite desarrollar nuestra empatía con otras
formas de experimentar la vida, y que el arte actúe sobre la realidad de una de las formas
más profundas que existen: desde la visibilización de una injusticia, de la vivencia del deseo,
de una comprensión abierta de la identidad sexual en relación con la identidad de género.
Quizás, más que clausurar la identidad, la artista se propone abrirla a lo dinámico, habida
cuenta de la presencia explícita de códigos identitarios del más diverso tipo que se da en una
obra aparentemente simple (tatuajes, corte de pelo…).
La obra provoca por su proceso de realización, pero también por su sinceridad, por el
cuestionamiento de ciertos principios a los que conduce a los/las espectadores/as, que se
sienten apelados en su intimidad: cuestiona las limitaciones en la construcción de la propia
percepción como sujeto sexual y como sujeto social y socializado. Por eso puede tener una
lectura queer. Fijémonos aquí que no entramos en el debate esencialismo/constructivismo;
el problema no es el origen del deseo, sino la forma en la que la sociedad jerarquiza a las
personas en función de cómo encajan su identidad sexual y de género con la norma. ¿Por

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


qué siente uno u otro deseo? No estamos en condiciones de responder. Lo importante es
cómo crear las condiciones sociales para el respeto a la divergencia, para que la convivencia
de lo diferente sea posible. El primer paso es, sin duda, mostrar la debilidad de conceptos
fuertes de identidad a través de nuestra responsabilidad en su construcción (inestabilidad,
dinamismo, fragmentación). Pero es ahí donde también radica su principal fortaleza (las
personas protagonizan cambios desde la acción cotidiana, que pueden coordinarse para
promover el activismo).
Existe la duda de si la artista ostenta la icónica herida con pesar o con orgullo, como si
el tatuaje fuera similar a las palmas de los mártires cristianos, que son tanto causa como
consecuencia de su rango. Sospecho que Catherine Opie defiende ambas cosas, desarrollar
mecanismos para convivir con un régimen identitario resistente al cambio, pero también es
una mano tendida a la acción transformadora de muchas personas que no siguen los rígidos
patrones identitarios heretosexistas y patriarcales.

Discontinuidades entre sexo, género y deseo como crisis de la masculinidad.


El paradigma adolescente

La teoría queer ha recusado las categorías sexuales cerradas desestabilizando las conti-
nuidades entre sexo y género: no existen gays o lesbianas «auténticos», una persona puede
desear puntualmente a alguien de su mismo sexo sin participar de una identidad homosexual,
hay realidades sexuales y afectivas que difícilmente responden a identidades homosexuales,
heterosexuales… 49
Tal y como se ha producido, la diferencia sexual ha sido construida en torno a prescrip-
ciones de conceptos sociales de hombre y mujer. «Hombres y mujeres existen como normas
sociales», dice Butler (Beck, Butler y Puigvert, 2001: 12). Gran parte del activismo y el arte
susceptible de lecturas queer tratará de destruir la coartada de una ordenación genérica del
mundo donde a ciertas personas les ha tocado una posición desfavorecida. De ahí que sus
obras muestren aquellas discontinuidades entre el sexo, el género y el deseo que las enfren-
tan con las expectativas sociales mayoritarias.
Mucho se ha escrito respecto al carácter subversivo de obras que pone en práctica el
gender surfing, o aquellos deslizamientos entre géneros que muestran los andamios artifi-
ciales de la identidad. Serían obras subversivas al cuestionar el carácter natural del género,
al hacernos ver la realidad de personas que viven más allá de categorías estables y nor-
mativamente correctas. Muestran que los sujetos somos artífices voluntarios o involuntarios
de nuestra identidad, y por eso nos conducen a la acción, nos hacen tomar partido y no ser
simples espectadores. De hecho, Judith Butler se interesó por el fenómeno drag precisa-
mente porque mostraba la capacidad de construir una identidad no constreñida por lo social,
paradójicamente de una manera social o, diríamos nosotros, intersubjetiva.
En la obra de Nan Goldin Jimy Paulette (figura 21) se muestra un momento intermedio en
que dos personas, o bien desmantelan una identidad drag, o bien la construyen. En todo caso,
se sienten a gusto precisamente en ese impás. Esta y otras obras muestran que todos/as nos
disfrazamos de nosotros mismos, pero solo algunos/as encuentran una expresión del gé-
nero no limitada a lo prescrito socialmente. Eso hace que esta obra sea susceptible de una
lectura queer.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Fig. 21. Nan Goldin, Jimmy Paulette and Taboo! Undressing (1991)

Algunas/os artistas (Sarah Lucas, Lyle Ashton Harris, Del LaGrace Volcano…) se han
centrado en el contraste entre ciertas expresiones del deseo, del cuerpo que escapan a lo
normativo… Esa normatividad ha situado en el punto de mira a una masculinidad heteronor-
mativa y patriarcal, responsable de una visión de la realidad que produce desigualdad, que
reprime la multiplicidad de formas que puede adoptar el deseo y el amor entre las personas,
que invisibiliza las normas sociales que prescriben formas adecuadas de subjetividad, que 50
olvida la mirada multicultural… Por eso, algunas/os artistas han optado por poner en cues-
tión la masculinidad tradicional que hasta ahora era normativa, llevándola al absurdo.
Mathew Barney (Aliaga, 1997: 171-191; Grosenick & Riemschneider, 2002: 44; Martínez:
2005, 383-391) es conocido por su ambicioso proyecto Cremaster (figuras 22, 23 Y 24). Los
videos, objetos y fotografías que rodean este enorme drama en cinco actos ponen en fun-
cionamiento numerosos componentes simbólicos que cuestionan la diferenciación sexual.
No es tanto una reflexión sobre la identidad sexual como sobre los procesos en los que
los cuerpos adquieren carácter masculino, femenino o andrógino. En Cremaster 2 (1999),
la masculinidad hegemónica entra en crisis alterando iconos tales como sillas de montar a
caballo. Estas funcionan como un dispositivo simbólico derivado de una posición corporal
retóricamente muy masculina, remite a la tensión del caballo, al culto a la erección y a una
actividad sexual compulsiva. Pero aquí, las lentejuelas substituyen el cuero tradicional. La
indefinición de género se apropia de lo masculino retando la normatividad heterosexista. En
Cremaster 4 (1994/95), la instalación Isle of Man retrata lo masculino hegemónico encum-
brando la estética de la velocidad, la potencia, la competición y lo cuantitativo. La adoración
viril a los potentes y veloces vehículos de carreras ensalzan una masculinidad imposible de
alcanzar que solo produce frustración. La frustración (por el contraste entre los ideales de
género y las propias posibilidades individuales), como dijimos, es uno de los conceptos por
los que el patriarcado pretende evitar cualquier transformación. De ahí que este artista se
interese por el deporte y la competición (él mismo practicó el fútbol americano), mostrando
un sistema en el que lo masculino se afirma en su mismo cuestionamiento. La crisis del
patriarcado está presente, por ejemplo, en Cremaster 1 (1995), donde el propio Barney se

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


trasviste es escenas que mixtifican un escenario de lo masculino (carreras de Fórmula 1) y
el mundo de la revista (escenario del disfraz), asumiendo la frustración de un ideal imposi-
ble de alcanzar.

Fig. 22. Matthew Barney, The Drone’s Fig. 23. Matthew Barney, The Isle of Man
Exposition (Cremaster 2) (1999) (Cremaster 4) (1994/95)

51

Fig. 24. Matthew Barney, Goodyear Chorus (Cremaster 1) (1995)

Otros artistas, como Jason Rhoades (figura 25) han cuestionado la masculinidad hege-
mónica, a través de lo que daremos en llamar aquí «paradigma adolescente», mostrando la
compulsividad y la obsesión masculina por la acumulación, la cuantificación, la funcionali-
dad, la competitividad, la violencia y una sexualidad sublimada en tales términos.
Poner la masculinidad tradicional en crisis (el sistema de continuidad entre sexo, género
y deseo con el cual hemos aprehendido el mundo) nos deja ante el reto de debatir nuevos
protocolos en la construcción de nuevas identidades emergentes. Por eso, me gustaría ha-
cer una propuesta de lectura queer de lo que podríamos llamar «paradigma adolescente»,
que muestra la crisis de dicho sistema y la vulnerabilidad de las personas en la construcción
de una identidad de género demasiado rígida en sus conexiones con el sexo y el deseo.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Según este paradigma, el adolescente es tratado como ser performativo caracterizado por
su dinamismo y la debilidad de los conceptos identitarios que utiliza.

Fig. 25. Jason Rhoades, A Few Free Years (1998)

Los roles de género se socializan a lo largo de toda la vida de las personas. No obstante,
la adolescencia es el periodo en que la construcción de la propia subjetividad asume ideales
de género a menudo bruscos y conservadores, en una imitación acrítica de roles que se
suponen adultos. Ello es resultado de la recepción de los ideales de género normativos en
contraste con la propia subjetividad, vivida como una limitación a superar: un cuerpo real, 52
deseos por explorar, experiencias por vivir. El interés de las fotografías de adolescentes lu-
chadores, deportistas, soldados… de Collier Schorr (figura 26) sugiere la presión social en la
construcción de la identidad, que en modo alguno es un proceso exclusivamente subjetivo.
De ahí que la adolescencia, en su fragilidad, en su rebeldía, en el inútil intento de rechazar
la propia inexperiencia y asumir vivencias ideales transmitidas en medios de comunicación,
historias arquetípicas… haya sido utilizada para mostrar el carácter performativo del género.

Fig. 26. Collier Schorr, The Brothers (A.M. y M.M.) (2003)

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


En el adolescente que nos presenta Carles Congost en A.M.E.R.I.C.A. (figura 27) el
cuerpo es resultado de una socialización tan radical como la fotografía de Catherine Opie
que vimos anteriormente. El protagonista es un adolescente en lucha consigo mismo para
hacer coincidir su subjetividad con ciertos requisitos sociales, a través del cuerpo trabajado.
Un entorno de autoridad masculina (la fotografía, el uniforme), egocéntrico, ordenado, here-
dero del sueño americano de clase media, un cuerpo en una posición prototípica de tensión
y fuerza masculina… muestra que toda manifestación del género es un disfraz, que aquel
modelo al que se acerca es inalcanzable e irreal, que el género se muestra en una «puesta
en escena». Pero en este caso, el acto performativo es subversivo no porque el modelo re-
chace la continuidad sexo-género, sino porque en nuestra mirada observamos demasiada
artificiosidad en la continuidad entre ambos términos, tanta que no podemos contemplar la
imagen sin apreciar cierta ironía.

53

Fig. 27. Carles Congost, A Secret Teenage Conspiracy, Serie A.M.E.R.I.C.A. (2003)

Rineke Dijkstra es una artista holandesa caracterizada por series de fotografías de ado-
lescentes y jóvenes posando: toreros ensangrentados después de la faena; chicos y chicas
del servicio militar obligatorio israelí antes y después de un ejercicio de tiro, jóvenes madres
justo después de dar a luz. Siempre hay un contraste entre la pose estática de los jóvenes
y aquello que sabemos que ha pasado o que pasará. La videoinstalación The Buzzclub…
(1996-97) (figura 28) consistió en la filmación de adolescentes en dos discotecas de Ingla-
terra y Holanda. Se les solicitaba situarse en un espacio lo suficientemente cerca del bullicio
para oír la atronadora música y lo suficientemente aislado para que la persona no se sintiera
arropada por la multitud. Sobre un fondo blanco, desnudo, los adolescentes posaban ante
el video. Sin demasiado esfuerzo vemos la fragilidad de los adolescentes sometidos a una
brutal mediación social. Su vulnerabilidad se manifiesta cuando su comportamiento indivi-
dual no puede camuflarse bajo identidades colectivas: los brazos no acaban de encontrar
su posición con la botella de cerveza, los besos de una pareja dejan de hablar de amor y se
centran en la demostración retórica de una identidad sexual en ebullición, el baile frenético
de una chica vestida de camuflaje deja de ser un signo de radicalidad y habla de la fragilidad,
la necesidad de comunicación, el gregarismo.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Fig. 28. Rineke Dijkstra, The Buzzclub (Detalles) (1996-1997)

54
La identidad tiene que ver con esta arquitectura del deseo prevista y provista socialmente:
permite la cohesión de un grupo y la construcción de una subjetividad en un medio social.
La parodia, la puesta en escena del género, siempre está presente consciente o incons-
cientemente. Con esta idea Butler puso en perspectiva también la masculinidad y feminidad
hegemónica. Pero aquí los protagonistas no parecen controlar esta mascarada, son víctima
de rictus sociales. La socialización de los ideales de género producen tanto los modelos
normalizados como aquellos que deben estar al margen, que suelen consistir en fracturas
entre el sexo, el género y el deseo. De ahí que mientras el paradigma adolescente acepta
prácticas sexuales relajadas y alejadas de ideales de género y categorías sexuales estables
(fotografías de Wolfgang Tillmans, figura 29), este modelo también contempla fracturas que
pueden ser vividas con violencia, con una gran dosis de sufrimiento en muchas ocasiones.
No podemos olvidar los altos porcentajes de suicidio entre adolescentes homosexuales en
relación con los jóvenes heterosexuales.
Respecto a la vulnerabilidad adolescente en la recepción acrítica de ideales de género,
las razones hay que encontrarlas tanto en la ausencia de referentes positivos en la educación
(Talburg y Steinberg, 2005), como en el bombardeo de referentes uniformizadores en lugares
de ocio. En el activismo gay actual, como desde sus orígenes en la Mattachine Society de los
años cincuenta, está latente la conocida polémica entre asimilacionismo y separatismo, en la
que los segundos acusan al llamado «mercado rosa» (circuitos de consumo y ocio dirigidos a
homosexuales) de normalizar y controlar una identidad de manera poco respetuosa con esa
pluralidad que ha de presidir lo gay. Es bien conocido en ese sentido el libro Anti-gay (1996), de
Mark Simpson, que arremete bruscamente contra una identidad cerrada, contra la condición

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Fig. 29. Wolfgang Tillmans, Lutz, Alex, Suzanne & Cristoph on Beach (1993)

55
gay y un orgullo que considera reducido a músculos y consumo (Herrero-Brasas, 2000: 187).
Bien diferente a este anestésico antiactivismo es la posición de la mayoría de activistas, que
encuentran la manera de cuestionar la mercantilización del gay y defender la acción colectiva,
en referencia a un concepto de identidad más aperturista. Así, podemos afirmar que existe un
control identitario por lo que vigilantes de la normatividad gay, que excluye la representación
de los gays pobres, ignora la diferencia cultural de gitanos o árabes, estipula una dictadura
estética que hasta hace bien poco marginaba a los no musculados, a los mayores... De ahí que
después de haber reflexionado sobre espacios de interacción homosexual como urinarios o
parques públicos (Robert Gober), algunos artistas dirijan su crítica a espacios de socialización
y uniformización de identidades gay, como las discotecas. El Queer bar (1998) de Elmgreen
y Dragset (figura 30) puede sostener una lectura queer de la identidad de género. Con el
hedonismo estético de estos dos artistas, quizás imaginan un espacio de ocio gay donde la
identidad de los sujetos se define de manera cerrada, estratégica, uniformizadora y unívoca,
a través de una estructura que físicamente rodea las interacciones gay. Como vemos, la obra
muestra el heterosexismo que aún domina parte del pensamiento de género feminista y gay.
Ello ha conducido a que muchos teóricos y activistas gays anglosajones prefieran referirse a
sí mismos como queer, como forma de debilitar incluso las categorías sexuales de hombre
y mujer (e incluso de gays y lesbianas) (Smalls, 2003: 257). Pero si bien una identidad que
censura la acción es criticable, ¿debemos renunciar a definir grupos que ven vulnerados sus
derechos? Un concepto abierto y plural de identidad aún puede ser útil para definir grupos de
interés y coordinar la acción. Lecturas estrictas de la teoría queer pueden abrir la identidad a la
complejidad de una acción performativa subversiva, transformadora, útil socialmente.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Fig. 30. Michael Elmgreen – Ingar Dragset, Powerless Structures (Queer bar) (1998)

Desactivación queer del heterosexismo y la identidad patriarcal

Judith Butler se ha propuesto desactivar un pensamiento heterosexista que se pretende


a sí mismo invisible y encierra al otro en etiquetas (identidades, Alcoba, 2005 (dentro de
Talburt y Steinberg, 2005: 9-14)). Para ello, ha definido contextos de acción e interacción
performativos, actos corporales subversivos en los que se fractura los ideales de género y
las identidades cerradas, así como se cuestiona una forma patriarcal y unitaria de entender
la realidad (Butler, 2001).
La presentación pública de una persona puede desplegarse en una retórica que no se 56
asocia sin problemas al ideal de género subsiguiente: los/as drag, las butch-femme, los gays
hipermasculinos, los transgéneros… Pero para que el acto performativo sea subversivo, no
basta con imitar un género al que uno, desde un punto de vista heterosexista, no pertenece.
Se trata de mostrar que no existe original y copia, que todo género es un disfraz, que ese
disfraz no es una impostura, o que no es más impostura que un heterosexual atlético y de
apariencia masculina.
A través de los actos performativos, una persona o un colectivo puede ampliar lo que
se considera vivible sin autorización previa (Beck, Butler y Puigvert, 2001: 27), modificar
lo que socialmente se considera inteligible. Dichos actos nos hacen plantear qué es real y
qué no, cómo el género es la estilización de una fantasía que se comparte, y que por tanto
puede ser modificada. En términos de Butler: «… que las realidades que creíamos que nos
limitaban no están escritas en la piedra […]. Ésta es una de las formas en que este asunto
es y continúa siendo político» (Beck, Butler y Puigvert, 2001: 17) En la siguiente imagen de
Lyle Ashton Harris (figura 31) se ofrece una alternativa a la familia nuclear hegemónica, en
una sutil ironía sobre las conexiones entre etnia, sexo y género. Una pose estudiadamente
convencional, un vestuario conservador… son formas subversivas de alterar el orden nor-
mativo heterosexual, que tiene interesantes implicaciones en la política, la cultura, etc. La
transformación social y la política están en la base de lo queer.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Fig. 31. Lyle Ashton Harris, The Child (1994)

Las lecturas queer del arte interpelan nuestras redes de inteligibilidad, muestran su debi-
lidad y artificiosidad, para conducir la atención del espectador/a a entender de forma diferen-
te lo social en relación a lo íntimo. Hacer que se sienta a gusto en el terreno inestable de la
propia responsabilidad, poner en cuestión al género y sus implicaciones en lo social. Trans-
formando las nociones de género se transforma lo social. No se trata de anular el género,
sino (según Butler) de lanzarlo más allá de lo masculino y lo femenino. Tampoco se trata de 57
anular «lo humano» o «los derechos humanos», sino de «ampliar el concepto de lo vivible,
de lo humano y que los derechos humanos estén atentos a nuevas realidades dignas de ser
consideradas humanas» (Beck, Butler y Puigvert, 2001: 23-30).
La pregunta es ¿cómo el arte puede transformar lo social, o cómo desde la estética se
puede plantear una finalidad política? Existen muchos prejuicios respecto a la utilidad social
del arte, debido a la influencia de Kant en la Crítica del Juicio, donde consideraba que el
arte no debía tener otra utilidad que la contemplación de la belleza. En cambio, vemos que
el arte ha ofrecido riquísimas aportaciones a lo queer, con discursos teóricos socialmente
transformadores.
A inicios de los noventa, en plena convulsión por la crisis del sida, González-Torres pro-
puso Sin título. Una esquina de caramelos-bombones (1990) (figura 32), consistente en una
acumulación de caramelos, equivalentes al peso de él y su compañero, en la esquina del
museo. Aludiendo indirectamente a la interacción de las personas con un enfermo de sida,
los caramelos (que los espectadores pueden chupar, comer y llevarse), son un antídoto con-
tra la homofobia y el temor al VIH cuyos anticuerpos tenía el artista cubano.
El arte gay más reciente ha generado un discurso sobre la masculinidad que ha mostrado
que el patriarcado impone a los varones unos patrones imposibles de alcanzar, que sólo pro-
vocan frustración, violencia y desigualdad, coincidiendo con el discurso feminista en cuanto
al carácter cultural del sexo, a través de las más diversas manifestaciones del género y sus
conexiones infinitas con el deseo. Robert Gober, David Wojnarowicz o Félix González-Torres,
entre otros, han reflexionado sobre la identidad masculina homosexual, donde lo gay se sitúa
más allá de la dicotomía masculino-femenino, más allá de un tercer sexo, en una disolución

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


de categorías estables que acercan su obra a la perspectiva queer. González Torres no nos
pretende hacer sentir únicamente, sino que, según sus propias palabras, nos quiere llevar
a actuar. Para él, la estética está impregnada de un sentido político, puesto que consiste en
una serie de normas impuestas; como lo que el artista desea transformar son esas normas
que rigen la intelectividad, al igual que Judith Butler, la estética tiene un campo de acción
política: La estética gira en torno a la política; es la política misma (Martínez, 2005: 275). En
la obra comentada, el carácter subversivo no se origina en la visualización explícita, directa
de actos performativos transgresores, como en otras obras, sino en el movimiento que esta
obra conduce a los/as espectadores/as. La mirada implica una acción, saborear un carame-
lo, que si es realizada crea una experiencia real y simbólica, sutil y profunda, irónica y grave.
En su momento, ser espectador/a de esta obra implicó romper una barrera respecto a una
barrera, poner es segundo plano la identidad sexual a la hora de analizar y superar una en-
fermedad tanto biológica como social: el sida.

58

Fig. 32. Félix González Torres, Sin Título (Ross) (1991)

A diferencia de malinterpretaciones de su obra (que reducen la parodia a vanalización,


espectacularización y deshumanización), Butler pretende ampliar las nociones de lo que se
considera humano y vivible; ella considera que una función del feminismo es reflexionar qué
se entiende por «humano» y estar alerta de cómo los derechos humanos trabajan o no en
favor de las mujeres (Beck, Butler y Puigvert, 2001: 25).

Subversión, utilidad social y futuro de las estrategias queer en el arte

Se ha dicho que la teoría queer pretende aniquilar la identidad de género, pero es mucho
más conveniente afirmar que la recusación queer de la identidad abre ésta a la acción de las
personas. La acción de las personas ha de modelar hasta el éxtasis a los conceptos cerra-
dos de identidad. La agencia humana y su capacidad de decidir libremente, queda sujeta a
un proyecto performativo. ¿Pero cómo encaja el concepto de proyecto en el planteamiento
queer?

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


El uso de la palabra «proyecto» en lo queer es problemático, pues indicaría que las ac-
ciones vienen determinadas en función de un ductus previo que encorsetaría el carácter
performativo de las mismas, esto es, su carácter inaprensible e imprevisible. Si observamos
el desarrollo de algunos planteamientos artísticos buscadamente queer,3 observaremos que
muchos reivindican una fluidez e instantaneidad que rechaza toda idea de proyecto, de dise-
ño previo, pero que a la vez participa de un cierto estilo queer que no deja de ser contradicto-
rio. ¿Es que cuando observamos ciertas obras de arte llamado queer nuestras expectativas
no se ven en cierta manera satisfechas? Con esto no quiero dar a entender que me oponga
a tales dinámicas, sino simplemente deseo llamar la atención sobre la imposibilidad de es-
capar de una cierta inercia del pensamiento capaz de fundar un proyecto compartido. Creo
que eso es positivo, pues de ello depende el reconocimiento, difusión y la capacidad de crear
mundo de esas teorías.
No obstante, en algunas ocasiones observamos un arte llamado queer que en algunas
ocasiones es demasiado coherente con su propia teoría, un estilo queer que niega su carác-
ter extáticamente transformador, un cierto «manierismo queer» más preocupado en adherir-
se a una corriente que en producir fracturas y transformar. Eso es problemático aplicado en
lo queer, que a diferencia de otras posiciones artísticas renuncia a anticipar el cliché sobre la
acción. Prácticas artísticas que surgieron entusiásticamente corren el riesgo de someterse a
relecturas que las neutralicen, por ejemplo, a través de ortodoxias drag. Así, ciertas puestas
en escena drag minan el carácter performativo que Judith Butler asumió en Gender Trouble,
al reforzar lo normal marcando las distancias al respecto, en vez de abrir el concepto de lo
normal a la acción humana.
Como dice Aliaga (Aliaga, 1997: 103), la performativity de Butler exige «incidir en la rup- 59
tura de cánones sexuales», cuestionando hasta el fondo los cánones de género. Ese «llegar
hasta el fondo» a través de la mirada consiste en poner en cuestión nuestro anclaje epis-
temológico y ontológico, que lo que consideramos los conceptos sociológicos de hombre y
mujer no parten de una diferencia sexual (Butler, 2001: 11-13). En cambio, muchas obras
se quedan en una teatralización artificiosa del género, en un divertimento o déjà vu (que a
menudo refuerza el sistema heterosexista que divide original y copia), en una vanalización
del transgénero (que queda reducido a un disfraz impostor y no se entiende como el re-
sultado de una acción tan auténtica o tan falsa como lo pueda ser la de cualquier hombre
heterosexual).
En el párrafo final de «El género en disputa», Butler se anticipa a esta cuestión cuando
afirma «la deconstrucción de la identidad no es la deconstrucción de la política; más bien es-
tablece como política los términos mismos con los que se articula la identidad» (Butler, 2001:
179). En otras palabras, el sentido político que cohesiona lo queer es redefinir los términos
en los que la identidad surge, ampliar las posibilidades de esa redefinición y asegurar que la
participación en las impugnaciones sea lo más amplia posible.

3. Nótese que es aquí donde por primera vez se hace referencia a un arte queer. Hasta ahora nos hemos referido a lec-
turas, interpretaciones o apropiaciones queer del arte contemporáneo, que pueden aplicarse a obras del más diverso
origen, de las cuales descubren las piedras angulares que permiten desestabilizar el edificio sexo-género-deseo. Si el
arte contemporáneo reacciona contra escuelas y movimientos encorsetadores, difícilmente se puede hablar sin más
de un «arte queer», más allá del uso social previsto por el/la artista.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Por todo ello, una posición crítica queer a través del arte no debería forzar a que lo plás-
tico fuese una traducción literal de una determinada propuesta teórica, no debería incidir
tanto en la etiqueta «arte (estilo) queer» como en la existencia de artistas susceptibles de
lecturas queer, que visibilizaría formas de ver el mundo más allá de la continuidad del edificio
sexo-género-deseo.

RECONOCIMIENTO, POLÍTICA Y UTILIDAD

Arte y acción social

La teoría queer persigue alterar las nociones dadas de género a través de la performa-
tividad subversiva, es decir atendiendo a la estilización repetida de un cuerpo sexuado que
se apropie de ideales de género que les deberían ser ajenos para anular su tiranía. Dichos
actos performativos abren nuevas formas de entender el mundo. Por eso, las personas que
viven a distancia, o en la confusión de las normas de género, son «merecedoras de un cierto
tipo de reconocimiento» (Beck, Butler & Puigvert, 2001: 9). Esta aspiración al reconocimiento
implica desdibujar las barreras entre lo íntimo y lo social.
Apoyándonos en Axel Honneth,4 podemos dirigir el reconocimiento hacia la integridad
física de las personas, a sus derechos y al respeto a las diferentes opciones vitales (Hon-
neth, 1997: 117 y ss.). Eso vincula acción crítica y reflexión de género. Un arte performativo
puede contribuir a ese reconocimiento, y así tener un componente político y transformador.
A la performatividad no contribuye en nada el afirmar, por ejemplo, que existen identidades 60
de quita y pon, que el arte debe provocar sin más, persiguiendo un fin puramente estético.
Cuando los sujetos actúan con una independencia de las identidades dadas, sólo abren
nuevas posibilidades entre sexo, género y deseo en la medida del reconocimiento de un
proyecto que actúa en lo real. El reconocimiento socava el menosprecio social, abre nuevas
formas de vida anteriormente no vivibles, como pretende la teoría queer. Podemos esperar
que lo queer en el arte disuelva las barreras tradicionales entre teorías de género, estudios
culturales y teoría critica. Debemos solicitar su capacidad de actuar en lo real, constituido
por las dimensiones culturales y materiales, como asume Nancy Fraser para el feminismo
(Fraser, 1997). La vida cultural que rodea la intersubjetividad transexual, por ejemplo, tiene
una base material; la lucha por el reconocimiento trans a partir de la visibilidad en el arte,
abre mundo tanto a nivel material (de acceso a bienes económicos y materiales), como
culturales (tematiza aspectos antes incuestionados sobre el sexo, el género y el deseo). El
arte puede luchar contra el patriarcado, el racismo, la homofobia o la transfobia a través del
reconocimiento: dinamitando las coartadas simbólicas a las desigualdades materiales. De
buen seguro que esta «utilidad» del arte se opondrá a visiones que expulsan toda función no
estética de la contemplación y el disfrute artístico. Observando el activismo artístico actual,
esa visión autónoma del arte está totalmente superada.

4. Sociólogo que a pesar de formar parte de la Escuela de Fráncfort y colaborar en ocasiones con Habermas, está
influido (a diferencia de éste) no por Kant sino por Hegel, como Judith Butler.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


En la acción Carrying (1992, figura 33) (con un trasfondo formal y simbólico similar a otras
esculturas), Pepe Espaliu fusiona estética e impacto social, sentimiento y difusión pública de
una idea, a partir de una noción de identidad más allá de la continuidad sexo/género. El artis-
ta cordobés organizó una cadena humana para que le trasladara desde las cortes al Centro
de Arte Reina Sofía. Con ello, publicitaba su condición de enfermo de sida, por primera vez
en España, luchaba en cierta forma por la liberación homosexual (en una irónica «sillita de
la reina»), y conseguía públicamente demostrar que el contacto físico, el cariño y el afecto
hacia un enfermo no tenía ningún peligro, contrariamente a lo que el sexismo dominante
preconizaba. Hay espeluznantes declaraciones de cómo se consideraba a los homosexua-
les como culpables de la enfermedad, incluso cuando ésta no se hubiese contraído. Espaliu
ofreció en Carrying una información socialmente tan valiosa o más que la que mostraba la
inevitabilidad y crudeza de la muerte para un seropositivo, que la que aún relacionaba de
manera simplista la enfermedad con la homosexualidad, que la que abiertamente apuntaba
a que la continencia era mejor que el uso del preservativo. Esta acción partía de considerar
que uniendo una identidad sexual a una enfermedad, se hacían culpables a las personas
de haberla contraído, en una especie de justicia heterosexista que hacía sospechosas a las
personas no de ejercer conductas de riesgo, sino de formar parte de un grupo de riesgo.
Quienes participaron en la experiencia tomaron partido, sentaron precedente, cambiaron la
«vida real» (como se dice en cierto activismo) más allá de lo artístico.

61

Fig. 33. Pepe Espaliu, Acción Carrying, San Sebastián (1992)

Pepe Espaliu mostró que no existían grupos de riesgo, que la solidaridad y la conciencia-
ción era la única forma de vencer al sida. Se situó contra un arte inútil opuesto a lo social,
contra una creación artística como algo individual y aislado en el sujeto. Para ello colaboró
con cientos de personas en acciones muy emotivas, casi como rituales de apelación de
aquella humanidad que algo inhumano (un virus, un prejuicio irracional) estaba a punto de
aniquilar. El arte contribuyó a tratar una información (médica, social, humana…) de forma no
sexista. Cometeríamos un error si ingresáramos toda la obra de Espaliú en la etiqueta queer.
No obstante, obras como esta tienen interesantes lecturas queer.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Arte, intersubjetividad y esfera pública

No podemos sostener que toda manifestación del género es performativa, que no existe
original y copia, que todas las personas ponen «en escena» una particular perspectiva sobre
el género y que muchas de ellas contribuyen a ampliar dicho concepto, y a la vez no dar la
voz suficiente a todos aquellos sectores que muestran que no existe un género auténtico.
Hay feministas musulmanas, o mujeres no académicas cuyas aportaciones, capaces de re-
novar el panorama actual, no llegan a conocerse (Puigvert, en: Beck, Butler y Puigvert 2001).
Existen gays y lesbianas gitanos/as, ancianos/as, pobres, obreros de la construcción… que
han desarrollado estrategias para defender identidades no normativas pero que simplemen-
te necesitan un reconocimiento social que contribuya a facilitar el camino a otras personas
en situación similar. Si dichos grupos no aparecen lo suficiente en el arte, es porque quizás
se considere que la performatividad del género es una expresión subjetiva y personal del
propio deseo en relación con el cuerpo.
Pero la teoría queer no es tanto una teoría de la representación como de la resignifi-
cación. Focaliza la atención en situaciones en las que no tiene sentido la diferencia entre
representar (o «pasar como») y «ser». Podemos alterar la normatividad de género a través
de dichas acciones performativas. Las resignificaciones son los procesos de apropiación,
relectura y transformación de los ideales de género. Dichos procesos se producen en una in-
teracción en la que se decide la validez de dicha resignificación. Al utilizar ideales de género
de forma inesperada, estos quedan desprovistos de todo esencialismo.
Pero esta resignificación no se realiza desde el vacío, ni individualmente. Precisamente,
uno de los elementos por los que Judith Butler escogió las drags como ejemplo de perfor- 62
matividad revulsiva respecto al género es porque «las drag performers… suelen vivir en
comunidades y tienen fuertes vínculos rituales… que nos llaman la atención sobre la resig-
nificación de los vínculos sociales que pueden forjar las minorías de género» (Beck, Butler
y Puigvert, 2001: 17). La tiranía de la identidad se produce cuando censura los deseos y los
actos de las personas, cuando es previa a la acción. Por tanto, creo que deberíamos man-
tener una noción débil de identidad donde «débil» no hace tanto referencia a su inoperancia
o fragilidad como a la flexibilidad y apertura al cambio. Manteniendo una noción abierta de
identidad, esto es, que incorpore una autorreflexión y apertura al cambio, sería posible llegar
a aquellos colectivos que ahora no tienen voz, ampliar para ellos el arco de plausibilidad de
sus «vidas vivibles».
Nuevas revisiones de la identidad de género en Irán pueden resultar subversivas, como
muestran las mujeres con burka de Shadi Ghadirian (figura 34), enarbolando objetos prohibi-
dos (ciertos libros, discos compactos…) que transforman la pasividad femenina en resisten-
cia activa a una sociedad patriarcal. La combinación de la pornografía con el bordado es un
gesto que distorsiona la arquitectura del género en el Egipto contemporáneo, donde la obra
de Ghada Amer (figura 35) no se distribuye. En ambas obras, se cuestiona la arquitectura
sexo-género-deseo, también desde el punto de vista cultural, lo que no puede ser desapro-
vechado para renunciar a todo tipo de identidad.
Existe un activismo artístico que intenta involucrar ciertos sectores de la comunidad local
para asegurar el impacto y la viabilidad de las propuestas artísticas (Blanco, P. y otros, 2001).
Despertaron con gran fuerza en los años ochenta, en la era del sida Reegan-Bush, como
Gran Fury, el colectivo WAC (Women’s Action Coalition), Group Material, Guerrilla Girls…

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Estos colectivos observaron que la transformación de los ideales de género a través del arte
no se puede lograr sin la participación de las personas a las que va dirigida. Es lo que en otra
parte he definido como una nueva vuelta de tuerca a la apertura de la obra de arte, en la que
el espectador no es un atrezzo más de la obra, sino que es partícipe de la misma, la hace
posible, es sujeto agente más que mera coreografía (Alcoba, 2005). Es lo que podemos
ver en la Liz Lerman Dance Exchange, compañía de danza creada el 1993 con mujeres de
diferentes culturas y edades, con una fuerte presencia de la tercera edad,5 o en el proyecto
Sócrates MAR (Mujer y Arte Contemporáneo en Centros de Educación de Personas Adultas),
donde se creaban unos materiales de difusión artística desde la acción de mujeres no aca-
démicas destinado a otras mujeres neolectoras (Alcoba, 2001: 395-407).

63

Fig. 34. Shadi Gharidian, Sin Título (1998) Fig. 35. Ghada Amer A Kiss from Alison (2002)

Si bien un acto performativo es transformador cuando lucha contra las apelaciones de


objetividad y universalismo de ciertas visiones patriarcales del género, normativas y mayori-
tarias, las aspiraciones queer frente muestran que un arte verdaderamente subversivo no se
debería conformar con la provocación, sino fundar experiencias donde se reconozcan nue-
vas intersubjetividades que fracturan visiones unívocas de la realidad de género y muestran
el carácter poliédrico de la experiencia de la intimidad.
La crítica queer a la identidad reconoce la existencia de colectivos caracterizados por una
posición de opresión en cuanto a lo sexual. El arte queer debe oponerse activamente «a la vio-
lencia, el racismo, la homofobia y la transfobia» (Beck, Butler y Puigvert, 2001: 17), funciones
que Judith Butler asume para la teoría queer. El creador de la asociación de gays musulmanes
Al Fatiha está condenado a muerte por sectores extremistas. El delito: defender una creencia y
su derecho al deseo. Los/as transexuales tienen enormes problemas para que en su vida diaria
sean vistas/os sin que su condición sexual mediatice cualquier acto, lo que afecta a nivel laboral,
familiar... En España, cientos de mujeres son asesinadas por la frustración de una sociedad aún
patriarcal. Es legítimo defender el derecho de todos/as a decidir sus actos más allá de limitacio-
nes identitarias. Pero ser fiel a sí mismo, hasta el final, es un lujo aún limitado a unos pocos.

5. Felshin, N. (2001): «¿Pero esto es arte? El espíritu del arte como activismo» (dentro de: Blanco y otros, 2001: 91).

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


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65

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


TRANSEXUALIDAD Y FEMINISMO: UNA RELACIÓN INCÓMODA

BEATRIZ GIMENO
Ex presidenta de la FELGTB

E L TEMA QUE LA FUNDACIÓN ISONOMÍA ha escogido para este IV Congreso tiene mucho que
ver con algunas de mis últimas reflexiones y actividades. En los últimos meses, tanto
gracias a mi actividad académica como a mi activismo, he comenzado a relacionarme con
otros discursos, con otras identidades incluso, que creo que es necesario que comencemos
a incorporar a nuestro bagaje feminista. Por una parte, debido a mi actividad académica,
he comenzado a viajar muy a menudo a Latinoamérica. Allí he aprendido que algunas co-
sas que damos por sabidas admiten miradas muy distintas, por ejemplo las identidades de
género, es decir, la transexualidad, que tiene allí un significado muy diferente del que aquí
conocemos. Normalmente en Europa pensamos que las personas transexuales son per-
sonas que han nacido con un sexo biológico que no se corresponde con lo que reconocen
como su identidad de género y que quieren, por tanto, cambiar de sexo. En Latinoamérica,
en cambio, las cosas son mucho más complicadas y la mayoría de las personas transexua-
les no se reconocerían en ese discurso reduccionista. Allí esas identidades son mucho más
variadas, distintas, fluidas, cambiantes, lo que ha llamado desde el principio mi atención. Por
otra parte, últimamente estoy también en contacto con feministas de otros países que están 66
trabajando sobre la necesidad de erradicar la obligatoriedad de la mención de sexo de los
documentos oficiales, como ya ha desaparecido, por ejemplo, la mención del estado civil.
Para justificar esta última propuesta, o para reflexionar sobre ella al menos, mi ponencia
va a versar sobre la transexualidad. En todo caso la transexualidad para mí no es una mera
cuestión teórica, ni algo lejano, sino que es la condición de muchas personas con las que he
convivido íntimamente, a las que respeto y quiero y cuyas reivindicaciones políticas asumo
plenamente. Quizá no esté de más recordar que he sido durante cuatro años presidenta de
la FELGTB, donde la T hace referencia a las personas transexuales.
Antes de conocer a personas transexuales, los discursos y las vivencias, las prácticas
de la transexualidad ya eran importantes para mí en cuanto que siempre han supuesto un
desafío y un estímulo intelectual, así como también político y teórico. Después, conocer a
personas transexuales supuso mucho personalmente. Mientras estuve en el movimiento
feminista, la transexualidad era algo lejano, algo con lo que no teníamos nada que ver, si
acaso reconozco que entonces existía cierta hostilidad contra las mujeres transexuales. Esta
hostilidad en buena medida persiste todavía. Es una hostilidad que suele manifestarse en
forma de silencio e invisibilización por una parte, y por la otra en forma de negación de la
condición de mujeres que parte del feminismo hace de las mujeres transexuales. En Latino-
américa la hostilidad por parte del Movimiento Feminista contras las mujeres transexuales
es muy acusada y se generan enormes problemas cada vez que se celebra un encuentro o
reunión feminista en aquel contienente y las mujeres transexuales quieren participar en el
mismo haciendo valer su condición de mujeres.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


En todo caso, la verdad es que mientras milité en el Movimiento Feminista no conocí a
ninguna persona transexual y no aprendí nada acerca de la transexualidad. Al llegar al Mo-
vimiento LGTB no sólo conocí a personas transexuales que han sido durante muchos años
compañeros/as de militancia y de lucha, sino que puedo decir que hoy algunas de estas
personas se han convertido en amigas muy cercanas y queridas.
Como escritora o teórica puedo acercarme a cualquier asunto y reflexionar sobre ello,
como activista muy disciplinada no me quedaría tranquila si no hiciera una breve justificación
de esta ponencia. Como mujer y lesbiana siempre he exigido que nadie hable por nosotras,
como activista he sabido que para cualquier minoría oprimida, en parte por discursos aje-
nos, un paso muy importante en la liberación es hacer callar a los expertos y tomar la pala-
bra; que seamos las/los protagonistas de las exclusiones las/los que construyamos nuestros
propios marcos teóricos y discursivos. Apropiarse de los discursos opresivos y cambiarlos
es un paso imprescindible en los procesos de liberación. Por tanto, los discursos sobre la
transexualidad les corresponde hacerlos principalmente a las personas transexuales.
Pero no estoy hablando aquí como activista de la FELGTB, ni voy a hablar de la transexua-
lidad como algo ajeno, sino como algo que tengo la convicción de que merece una mayor
reflexión de la que se le ha concedido desde la teoría feminista. El hecho de que las perso-
nas transexuales sean pocas y tengan además muy poco poder (en todos los sentidos), que
incluso hayan vivido, y continúen haciéndolo, en cierta marginalidad social, ha invisibilizado
su presencia. Eso y cierta tendencia, fácilmente observable en una parte del feminismo,
posiblemente aquel que tiene una mayor capacidad y presencia institucional, de no querer
atender a los discursos políticos nacidos en su seno pero que han terminado en sus már-
genes; discursos que en un momento dado podían enturbiar su camino hacia el reconoci- 67
miento institucional: las reivindicaciones políticas de la transexualidad o del lesbianismo, por
ejemplo, así como otras reflexiones sobre prácticas sexuales no normativas. Es triste com-
probar hasta qué punto el feminismo institucional ha abandonado cualquier reflexión sobre
la sexualidad, pero ese es otro asunto y emplazo a las responsables de Isonomía a abordar
este tema en futuros congresos.
Cualquier aproximación a la transexualidad, especialmente si es una aproximación polí-
tica, tiene que comenzar asegurando que independientemente de los análisis teóricos que
puedan hacerse de esta realidad, las personas progresistas o simplemente solidarias tienen
que asumir que las demandas de las personas transexuales, sus reivindicaciones, son en
todo caso justas y que previo a cualquier posicionamiento teórico y más aún si es hecho des-
de fuera, es importante solidarizarse con sus vidas, sus necesidades y sus reivindicaciones.
Es necesario insistir en que las personas transexuales son tratadas de manera manifiesta-
mente injusta y que en muchas ocasiones sus derechos más básicos son manifiestamente
conculcados. Apoyo total, pues, a sus reivindicaciones.
Dicho esto, insisto en que el feminismo español no ha reflexionado mucho (prácticamente
nada) sobre la transexualidad, como tampoco ha reflexionado mucho (aunque un poco más)
sobre el lesbianismo, sobre las consecuencias políticas de la transexualidad o del lesbianis-
mo. Esta omisión es un error porque la existencia de la transexualidad es una interpelación
directa a algunas cuestiones fundamentales relacionadas con la identidad, con el cuerpo,
con la naturalidad del género, con el vínculo entre sexo y género e identidad… Asuntos
todos ellos centrales, seminales casi, para el feminismo. Afortunadamente, podemos ob-
servar que en los últimos años se ha comenzado a producir por parte de algunas jóvenes

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


investigadoras un acercamiento a la realidad de la transexualidad que espero que sea sólo el
comienzo. Ejemplo de este acercamiento son las recientes tesis de Esther Núñez o Beatriz
Cavia Pardo (Osborne, 2006).
Central desde siempre es para el feminismo la cuestión de la diferenciación entre sexo
y género. El feminismo aspiraría (entre otras cosas) a la desaparición de las categorías de
género o, por lo menos, a minimizar el impacto de la estructura de género en el orden social.
Y de alguna manera, las feministas creemos que con el tiempo hemos ido desgastando es-
tas categorías, antes muy rígidas, ahora más flexibles. Y a pesar de lo que queda por hacer
solemos pensar que –al menos en una parte del mundo– las vidas cotidianas de mujeres
y hombres se han ido acercando en lo social y también en lo psicológico, en lo subjetivo
(Núñez, 2003). Se ha avanzado tanto y en tan poco tiempo que a veces tenemos la impre-
sión de que es sólo cuestión de tiempo que el binarismo de género se disuelva o se haga
mucho más flexible hasta el punto de que acabe por desdibujarse y que al final sólo queden
las diferencias biológicas.
Y en cuanto a éstas, al domorfismo biológico, aunque no sea este el lugar para abordar
un tema tan complejo y tan controvertido, la categoría de sexo, de cuerpo sexuado, está tam-
bién cuestionada. Parte de la antropología feminista sostiene que ni siquiera hay dos sexos
(Fausto Sterling, 2000), sino más y que aunque el genéro asignado a cada uno depende en
un principio del sexo biológico percibido al nacer, (percibido sobre la apreciación superficial
de los genitales) también se sabe que el cuerpo es modificado històricamente por el género,
es decir, es modificado por el poder. Nos encontraríamos así con el biopoder del que habla
Foucault, cuerpos históricamente modificados.
Dicho todo esto ¿de qué manera nos interpela a las feministas la existencia de la tran- 68
sexualidad?
Pues porque a pesar de todo lo dicho y en un sentido muy general tendremos que
aceptar que la existencia de la transexualidad, como dice Esther Núñez en su tesis doc-
toral nos demuestra que las diferencias entre ser hombre y mujer no son tan irrelevantes
como podríamos pensar en este momento, sino que, por el contrario, tienen la máxima
importancia para muchas personas. La transexualidad nos supone la medida de hasta
qué punto subsisten en nuestro sistema social distinciones psicológicas y subjetivas muy
importantes entre hombres y mujeres; diferencias que nosotras, personas no transexuales
y en principio conformes con nuestros cuerpos y subjetividades marcadas de mujeres o de
hombres, a lo mejor ni siquiera percibimos. Núñez afirma que «la transexualidad supone la
oportunidad de hacer aflorar las normas de género en una modernidad que parece negar
la presencia de una política de género».
Tanta diferencia ven estas personas entre ser una cosa y ser la otra que están dispuestas
a iniciar un proceso complicado, difícil, caro y muy costoso personalmente… al final del cual,
en todo caso, recibirán un importante estigma social que les dificultará la vida, el trabajo y
las relaciones familiares y personales… Tan importante es para ellas/ellos que se reconozca
que son hombres o mujeres que se habrán echado sobre sí uno de los estigmas sociales
más gravosos que existen, y aun así afrontarán todas las dificultades sin dudarlo y todo con
tal de ser nombradas y reconocidas como mujeres u hombres.
Entonces, tenemos que convenir que tiene que haber algo en ese ser subjetivo de ser
hombre o mujer que a lo mejor no percibimos o a lo cual no le damos la importancia que
tiene. Porque sabemos que subsisten diferencias de poder, económicas, sociales… entre

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


hombres y mujeres y esas diferencias podríamos explicarlas y definirlas. Pero más allá de
eso yo misma no sabría definir un ser ontológico propio de la masculinidad o de la feminei-
dad. ¿Qué es ser mujer más allá de esas diferencias? No me resultaría fácil responder a esa
pregunta. Y, sin embargo, las presonas transexuales si parecen saber en qué consiste esa
diferencia. Lo saben y es además tan importante que las diferencias materiales, objetivas,
simbólicas etc, que los demás percibimos, no tienen ninguna importancia para ellos. Por
ejemplo, en el caso de las personas transexuales de hombre a mujer, perderán gustosamen-
te todos los privilegios que la condición masculina lleva aparejados en esta sociedad y toda-
vía más en otras (como en el caso de países en donde las diferencias de género están muy
marcadas: derechos de ciudadanía, derechos humanos, laborales…) a cambio de poder ser
nombradas como mujeres. Personas que como hombres disfrutarían de la totalidad de sus
derechos, derechos sustantivos, no sólo renuncian a ellos y como mujeres transexuales se
echan encima un estigma difícil de llevar, sino que además en muchas ocasiones se ven
abocadas, por ejemplo, a la prostitución, como sabemos que es el caso de muchas mujeres
transexuales.
¿Cómo analizar esto? Y ¿qué significado tiene para el feminismo?
A lo largo del tiempo se han hecho fundamentalmente dos clases de análisis consecu-
tivos. El primero estaría de acuerdo con los postulados básicos del feminismo, no así el
segundo.
Casi toda la literatura de los noventa se inclina por pensar que la transexualidad suponía
una «transgresión radical del género» en la medida en que rompe absolutamente con la rela-
ción establecida entre sexo y género. Rompe también, en todo caso, con la inevitabilidad del
género en cuanto producto de una socialización determinada. Esta ruptura es fundamental 69
en tanto que nos demuestra que lo que hemos llamado socialización en el género no es tan
importante o no siempre obtiene los resultados esperados. Esa socialización, a la que Tere-
sa de Lauretis ha llamado «tecnologías del género», no es por tanto de resultados siempre
ciertos. Hay personas a las que la socialización no les hace ningún efecto.
Personas que nacen biologicamente de un sexo, que son percibidas como inequivoca-
mente pertenecientes a ese sexo, socializadas como tales, tratadas como tales, desarro-
llan sin embargo una identidad de género contraria a dicha socialización. La transexualidad
prueba así que la supuesta coherencia entre sexo biológico e identidad de género no es tal,
que no es inevitable que exista ningún tipo de concordancia entre el cuerpo y la identidad. La
transexualidad representa un desafío porque rompe de manera muy evidente con la supues-
ta coherencia y naturalidad de una serie de categorías que están en la base de la cultura
patriarcal: sexo, identidad, orientación sexual, y prácticas sexuales. La importancia teórica
de estas rupturas nunca ha sido suficientemente analizada por la teoría feminista.
Respecto a la orientación sexual, es sabido que muchas mujeres transexuales son les-
bianas; de hecho es posible que lo sean en un porcentaje mayor que el que se da entre las
mujeres no transexuales (aunque hablar de cifras es siempre complicado ya que es imposi-
ble conocer con certeza el número de lesbianas). Esto, que es una evidencia para las per-
sonas que conocemos a transexuales, siempre suele generar estupor en personas alejadas
de la transexualidad y que no se han parado a reflexionar sobre este asunto. Cuando ese
estupor se produce en una persona que se supone que maneja con soltura las categorías
de género y de orientación sexual lo que viene a demostrar es lo profundamente enraizadas
que están algunas ideas que se suponen superadas. ¿Por qué sigue generando sorpresa

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


que alguien que era un hombre, se convierta en una mujer y desde ahí se defina como
lesbiana? Creí que cualquier feminista sabía a estas alturas que sexo, orientación sexual e
identidad de género son cosas distintas que no tienen por qué mantener entre ellas una re-
lación predeterminada y que se pueden conjugar de varias maneras en una misma persona.
¿O no lo teníamos tan claro? Lo que dicha sorpresa demuestra es que aún no se ha roto la
suposición, en muchos casos inconscientes, de que existe un vínculo natural, una coheren-
cia, entre sexo, género, orientación sexual, identidad de género y prácticas sexuales. Todas
esas categorías funcionan independientemente unas de otras y dependen cada una, a su
vez, de una multiplicidad de factores que no son fáciles de aislar. La suposición de que si
una persona se siente sexualmente atraída por las mujeres, debe ser siempre y de manera
inevitable desde un cuerpo masculino es claramente, como demuestra la existencia de las
lesbianas, errónea. No existe equivalencia entre ser mujer/hombre y el objeto de deseo. Una
mujer transexual se siente mujer, desea a mujeres desde su identidad femenina y quiere ser
deseada por las mujeres como mujer; exactamente igual que yo.
En cuanto a las prácticas sexuales o al rol sexual creo que no se ha estudiado en absoluto
el significado que puede tener que tantos hombres, tantísimos, pongan su objeto de deseo
en mujeres transexuales sin operar. Esto quiere decir en mujeres con pene. La respuesta
simple de que estos hombres son, en realidad, homosexuales encubiertos no es cierta (no
en todos los casos al menos). Sabemos que muchas mujeres transexuales se dedican a la
prostitución y que de éstas, la mayoría no se ha operado. Es más, una de las razones que dan
para no pasar por la reasignación genital es, precisamente, que de hacerlo dejarían de traba-
jar. Y cuando hablamos de mujeres con pene, hay que decir que se trata de penes capaces
de tener erecciones y penetrar a los clientes, que es por eso por lo que pagan. Más que de 70
homosexualidad encubierta, que es la explicación simple y no siempre cierta, de lo que habla
esta circunstancia es de la fluidez del deseo y de cómo este escapa a los marcos teóricos y
vivenciales que se le quieren imponer desde concepciones rígidas y heteronormativas.
En todo caso, siguiendo con el análisis anterior en el cual se considera que la transexuali-
dad supone una transgresión radical del género, las personas transexuales serían personas
disconformes con el dimorfismo sexual y de género, serían por tanto personas disidentes de
ese dimorfismo. En este sentido en el que desestabilizaba esa coherencia y esa falsa natura-
lización que, además, son una de las bases teóricas del patriarcado, la transexualidad tiene
que ser considerada como acorde con los análisis feministas. Pero, como vamos a ver, a
partir de esta consideración y a partir del mayor conocimiento, así como acceso a la palabra,
de más y más personas transexuales, este análisis comienza a complicarse.
Si retrocedemos un poco en el tiempo hasta los oríegenes de la transexualidad como
identidad diferenciada, vemos que comienza a formarse como tal a finales del siglo XIX y que
a mediados del XX comienza a configurarse como identidad política. Cuando esto ocurre, se
produce una lucha de poder entre distintas concepciones, como pasa siempre que la norma
es desafiada por cualquier desviación a la misma. En esta lucha entre la norma y las des-
viaciones emergentes, se produce por lo general, como nos enseñó Edwin Shur (1980), un
compromiso final en el que la norma se ve obligada a ceder algún espacio a cambio de que
la desviación termine ofreciendo una cara más aceptable o más «normalizada». Siempre se
produce algún tipo de compromiso entre la fuerza emergente y la establecida. Y cuando se
produjo este proceso con respecto a la transexualidad lo que se terminó imponiendo es una
definición de ésta que puede resultar problemática para el feminismo.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Es cierto que la transexualidad rompe y desnaturaliza la relación entre sexo y género
pero lo hace a costa de esencializar la conciencia, la subjetividad, es decir, el género; a cam-
bio, en definitiva de biologizar el género. Y eso evidentemente es muy problemático para el
feminismo. Tradicionalmente se solía entender (simplificando aspectos muy complejos) que
de la ecuación entre sexo y género lo que era más inamovible era el cuerpo; la transexua-
lidad desafía esa creencia manteniendo en algunos discursos, y sobre todo en su discurso
político, que lo verdaderamente fijo es el género. El discuro político transexual trabaja con un
concepto de identidad de género esencial, previo al sexo (biologizado, en realidad).
Por eso algunos teóricos o estudiosos de la transexualidad, como Billings y Urban (1998),
entienden desde ahí que, lejos de transgredir el género, la política transexual y su gestión
reafirman los tradicionales roles de género. De repente, nos encontramos con personas que
reivindican el derecho a la propia identidad de género no porque quieran cambiar su cuerpo
(no todas quieren hacerlo) sino porque aseguran que más allá de lo que digan sus cuerpos,
esa identidad que reivindican es lo que son; por eso afirman que, en realidad no cambian de
sexo, sino que lo reasignan, lo adecúan a lo que siempre ha sido su verdadero yo, una sub-
jetividad determinada por el género, un yo masculino o femenino. Entonces, la pregunta que
nos tenemos que hacer es la siguiente: ¿existe la subjetividad, la conciencia generizada?
¿Dónde reside el verdadero género? Y podemos hacer una pregunta aún más comprometi-
da: ¿Hay entonces una esencia, un «alma», de mujer o de hombre?
Ante la existencia de la transexualidad lo que queda claro es que más que nunca es cier-
to que la anatomía no es un destino, pero no porque nos hayamos liberado de los destinos
impuestos, sino porque, de repente, lo que sí parece ser un destino es el género. Judit Butler
dice que hemos pasado de la anatomía es el destino a el género es el destino. 71
Volviendo al principio ahora tendríamos que decir que el análisis de la transexualidad
requiere aceptar que siguen existiendo ya no hombres y mujeres sino normas de género,
diferencias de género y una estructura política de género que sigue muy viva. Por tanto, que
el género sigue siendo fundamental en la estructuración subjetiva de las personas. Digamos
que el sistema heteropatriarcal ha renunciado (de una manera no muy publicitada, es cierto)
a que sea el cuerpo el que defina el género y eso es un avance, pero es también una nueva
barrera.
Siguiendo de nuevo a Esther Núñez, podemos definir el sistema de sexo-género como un
sistema político asentado sobre la suposición de que hombre y mujer son categorías defini-
das por las siguientes cinco características:

- Son categorías cerradas (asumir algunas características de género supone asumirlas


todas).
- Excluyentes (o lo uno o lo otro).
- No electivas (no se elige, es asignado al nacer).
- Permanentes ( cambiar de género es impensable).
- Inmanentes (el género forma parte del núcleo duro de la personalidad).

Si antes estas categorías se referían, todas ellas, al cuerpo, ahora todas ellas han pasa-
do a hacer referencia al género. La mayoría de las personas transexuales, y especialmente
el discurso político transexual en los países más desarrollados, asume y defiende que las
categorías de género son dos: hombre y mujer; que son categorías cerradas, excluyentes,

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


no electivas, permanentes e inmanentes (equívocadamente asignadas al nacer pero inma-
nentes, ya que lo que se es está en la persona).
Finalmente entonces ¿cómo desestabilizar esta nueva barrera? Si las personas trans
han desestabilizado la categoría de sexo ¿cómo desestabilizamos la de género, que parece
indestructible?
Algunos teóricos afirman que no debemos ver la transexualidad como el problema, sino
por el contrario como la solución al conflicto y que lo que hay que hacer es visibilizar lo que
subyace debajo de ese conflicto que no es otra cosa que una estructura de género que en
la realidad no es tan cerrada, ni tan permanente, ni tan inmanente… como se nos quiere
hacer creer; sería como decir que algunas personas designadas como niñas, no se hacen
mujeres, y algunas personas designadas como varones no se hacen hombres sin que eso
quiera decir automáticamente que se hacen del otro género.
El verdadero problema, pues, no es la transexualidad, sino un sistema que no deja op-
ción, que obliga a que se sea una cosa o la otra y que penaliza a quien no quiere o no puede
elegir o definirse. Podríamos pensar que puede ocurrir que haya personas que no se sientan
cómodas con su asignación de género, y con sus cuerpos en algunos casos, pero que el
sistema binario de dos géneros obliga a escoger. Y siguiendo este razonamiento podríamos
llegar a pensar que si existieran más posibilidades algunas personas, quizá cada vez más,
no se nombrarían ni hombre ni mujer.
En este punto es necesario volver retroceder a comienzos del siglo XX cuando se cons-
truye la identidad transexual y recordar que en la construcción de esa identidad tuvo mucho
que ver la clase médica. Sin que diera tiempo a que las mismas personas transexuales
gestionaran el modelo que se estaba creando, apareció ya el modelo medicalizado de la 72
transexualidad. El objetivo de la medicina y la psiquiatría, instancias de orden al fin y al cabo,
al crear este modelo no era otro que el de procurar mantener a toda costa la coherencia
interna del modelo de sexo/género.
Esta misma operación se realizó con la homosexualidad con la intención, en este caso, de
mantener la coherencia entre sexo/género y deseo. Recordemos que en los primeros mode-
los sobre la homosexualidad dicha coherencia se mantenía a costa de definir a las lesbianas
como hombres en cuerpos de mujer y a los gays como mujeres en cuerpos masculinos; los
propios activistas asumieron en un principio este modelo, siempre más «desculpabilizador»
y con el que resultaba más fácil trabajar y plantear reivindicaciones. Esos cuerpos cambia-
dos era lo único que podía explicar lo que entonces se llamó «impulso sexual contrario». En
definitiva, esta idea del cuerpo equivocado es muy funcional: produce cuerpos correctos,
normativos, genéricamente normales, no importa en realidad, lo que haya que torcerlos.
En ese primer momento medicalizado, como en el primer momento medicalizado de la
homosexualidad, la subjetividad y la identidad transexual se construyeron desde la medici-
na y la psiquiatría con el objetivo de mantener el control social sobre el sistema de género.
Fueron los médicos los que colaboraron decisivamente a que las personas trans –todas– de-
searán a toda costa un cuerpo que reflejara su género sentido de manera que las marcas
de género se inscribieran en el cuerpo, disciplinándolo, tal como sugiere el concepto de
biopoder de Foucalut. Y a todo esto habría que sumar, además, el mercado actual de las
tecnologías del cuerpo, un mercado que mueve mucho dinero y que refleja la reificación y
mercantilización del cuerpo emprendida por el último capitalismo y que ha encontrado en el
cuerpo transexual o no un campo sobre el que extender su panoplia.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Este modelo al que hacemos referencia es aquel que presupone un proyecto existencial
predeterminado y en el que la definición sobre el género es necesaria: es un modelo clara-
mente normalizador. Es el modelo resultante del proceso de lucha de poder entre la la norma
y la disidencia, tras la cual se acepta finalmente que ciertas personas cambien su posición
en la estructura de género pero se las exige que se reubiquen claramente en otra posición a
fin de que la estructura se mantenga intacta. Cambiar para que nada cambie.
Políticamente, para cualquier minoría o grupo social, el proceso de construcción iden-
titario y político, es un proceso de doble vínculo: las identidades fijas y diferenciadas se
construyen con el objetivo de contenar al diversidad dentro de ciertos límites normativos
pero, al mismo tiempo la construcción de subjetividades a partir de las identidades políticas
diferenciadas es necesaria para oponerse a la opresión de la normatividad y alcanzar cier-
to nivel de supervivencia. La desviación hace la norma de la misma manera que la norma
hace la desviación. Que una parte de la población se defina como transexual sirve al resto
para mantener su seguridad en su condición genérica; que una parte de la población se
defina como homosexual sirve para que los demás se definan como heterosexuales. Pero,
al mismo tiempo, es necesario fortalecer las identidades homosexuales y transexuales para
sobrevivir en una sociedad heteronormativa.
Como dije al principio en Latinoamérica las personas transexuales presentan identidades
mucho más flexibles que las que nos encontramos aquí. Una de las razones es que allí no
se ha configurado un movimiento político realmente organizado y con capacidad de interlo-
cución con los poderes públicos. La construcción de un movimiento político mínimamente
empoderado suele significar, de manera paradógica pero inevitable, la homogeneización
de los discursos múltiples o atomizados; la simplificación también. Es lógico que llegado el 73
momento de reivindicar cuestiones concretas y de luchar por su inclusión en las agendas
políticas, se simplifiquen los discursos para hacerlos más comprensibles, así como que bus-
quen presentar su cara más asumible. En este sentido, a la hora de trabajar en las reivin-
dicaciones trans, el movimiento político transexual en los países más desarrollados intenta
homogeinezarse en pos de presentar una faceta unitaria. En Latinoamérica, por el contrario,
al permanecer las personas transexuales en la marginalidad más completa, las identidades
se presentan absolutamente heterogéneas.
En ese sentido es allí donde podemos observar más claramente que las identidades,
incluso las subjetividades, nunca se ajustan perfectamente a los modelos que se ofrecen
como posibles. En el caso de las personas transexuales esto se hace evidente escuchando
sus historias de vida y comprobando que hay muchas personas cuyas identidades se esca-
pan de cualquier intento normativo. Hay personas que siempre se sintieron del otro género,
hay quien siente un enorme malestar con el género asignado y vive mejor con el otro pero
que quizá buscaría un punto intermedio de tener esa posibilidad, hay quien ha cambiado de
género a lo largo de su trayectoria vital varias veces; hay quien ha sentido la llamada del otro
género muy tarde en su vida, y quien la siente muy pronto. He llegado a conocer a personas
que se definen como «transeúntes de género», personas que varían de género de un día
para otro. Como dijo Simmel: «Hay demasiadas categorías (formas de expresión sexual)
y demasiados pocos sexos para explicar la inmensa variedad de la experiencia humana»
(Herdt, 1993).
Quizá lo que existe en esas personas sea un malestar existencial que no encuentra más
salida que la que el sistema le deja, es decir, escoger entre aceptar su asignación de género

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


o designarse como transexual, es decir, del otro género. Mackenzie (1994) dice, en ese mis-
mo sentido, que este malestar por sentir que se ha nacido con un cuerpo erróneo, quizá no
sea así, sino que se trate más bien de un malestar por haber nacido en una sociedad/cultura
erronea.
Podríamos pensar que el dimorfismo radical de dos géneros, dos sexos tiene como ob-
jetivo borrar la realidad de un contínuo entre sexos y géneros que recogería mejor las ne-
cesidades vitales de los seres humanos. Si admitimos de base este continuo estaremos
hablando de personas que no pueden aceptar el dimorfismo radical y que se salen de los
espacios impuestos a lo que la sociedad responde obligándolas a meterse en otros espacios
cerrados. En realidad, en palabras de Nieto, el transexual no rechaza sus genitales, sino los
«genitales culturales» y renuncia a la asociación del género con los genitales, prefiriendo
verse enmarcado en un continuo de masculinidad/femineidad. La imposibilidad de pensar en
la existencia de mujeres con pene o personas que sean mujeres por un tiempo y que sean
hombres por otro, o que quieran ser deseados como hombres, pero parecer mujeres, o no
sean capaces de definirse… demuestra también hasta qué punto el binarismo de género
modela el pensamiento incluso de aquellas que querríamos acabar con él. Alice Schwarzer
afirmó que una de las características de este sistema es que se nos prescribe ser inequí-
vocamente hombre y mujer, que no le basta con que se sea, simplemente, un ser humano.
No hay mediación de la diferencia sexual porque el patriarcado ha prescrito que no debe
haberla (Schwarzer, 1979).
El modelo existente para la transexualidad guarda importantes similitudes con el modelo
de la homosexualidad actual. Partiendo de aquel modelo medicalizado de comienzos del
siglo XX define la transexualidad como consecuencia de particularidades biológicas que se 74
buscan sin fin y nunca se encuentran (como en el caso de la homosexualidad) y no permite
que se entienda en ningún caso como acto de resistencia a la norma. Por eso la creación
de una posición identitaria especifica transexual además de ayudar a que nada se mueva
en el sistema de géneros, también sirve para desviar la atención de la dimensión política de
la conflictividad y de la opresión de las normas de género. Aleja así la voluntad personal del
ámbito de la política sexual, como mantengo que se ha hecho con respecto a la homosexua-
lidad (Gimeno, 2005).
El objetivo político desde el feminismo, desde otra política sexual, para la cuestión de las
identidades sexuales tendría que ser ayudar a (re)construir la posibilidad de un continuo de
generos, de sexos, de roles, de deseos, de todas las intersecciones posibles. Para cualquier
teoría social progresista el objetivo tendría que ser «huir siempre de la explicación más
simple, aceptar lo inacabado, ser conscientes de la falta de control y de la estabilidad de los
cuerpos, de las subjetividades y los deseos» (Nieto, 1998).
La ley española sobre reasignación de género es una ley especialmente progresista que
sin embargo sigue imponiendo las cinco características antes mencionadas acerca del gé-
nero. Para empezar se exige el diagnóstico de un psiquiatra que es el encargado de legitimar
que la transexualidad va a ser permanente. La pregunta que se le tiene que plantear a cual-
quier persona progresista es: ¿y si no lo fuera? En segundo lugar, es necesario el desarrollo
de los carácteres sexuales secundarios. ¿Por qué razón? ¿Por qué se exige a las personas
transexuales, por ejemplo, que acaben con el vello de su cuerpo y esta exigencia no existe,
en cambio, para las mujeres velludas? En tercer lugar, se exige un cambio de rol social ¿Eso
qué significa? Mucha gente desearía la desaparición de los roles sociales sin que dicho

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


deseo tenga que ver con la transexualidad, y por último, la ley española permite cambiar de
nombre pero prohíbe poner nombres que induzcan a error en relación al sexo. La pregunta
vuelve a ser ¿por qué? ¿Por qué ese miedo a la confusión de roles, géneros, sexos, deseos?
Es evidente que el objetivo último de la ley es que se siga manteniendo el sistema de dos
géneros y para ello no puede haber ni flexibilidad ni confusión respecto a éstos.
Finalmente la propuesta política que quería hacer, sólo a modo de reflexión, es la siguien-
te: en un mundo en el que legalmente ya no tiene, y no debe tener, ninguna importancia que
se sea hombre o mujer en tanto que para lo único que tenía importancia era para contraer
matrimonio, y esa exigencia ha desaparecido ¿para qué necesitamos la mención de sexo?
Quizá sea el momento de exigir que la mención de sexo no sea obligatoria o sea más abierta
o que no tenga que aparecer en todos los documentos.
Desde el punto de vista de la identificación personal, la mención de sexo es irrelevante
en este mundo hipercontrolado por las huellas digitales, por el ADN… Y eso teniendo siem-
pre en cuenta que no está muy claro que haya sólo dos sexos. Creo que hay que desesta-
bilizar el género aceptando e incluso potenciando la diversidad, entendiendo que ésta es
siempre un valor. Que cada uno sea lo que quiera, lo que sienta, lo que pueda, que cada
una ame y busque ser amada como quiera, que ningún empresario, ningún organismo, nin-
gún colegio, ningún gobierno tenga que saber de antemano si somos hombres o mujeres o
ambas cosas o un poco de cada uno. En realidad ¿qué más da y para qué es importante?
La mención de sexo y género no debería tener significado alguno desde el punto de vista
de la ciudadanía.
Evidentemente esto no significa que vayan a desaparecer los hombres o las mujeres si
es que a alguien le preocupa. Todos seguiremos, no sabemos si para siempre, siendo asig- 75
nados al nacer a un sexo y, de ahí, a un género. Pero se posibilitaría que existan personas
que sean ambas cosas, o las dos a la vez, o que cambien de sexo o género, y quizás sí los
roles de género se desdibujen definitvamente y queden convertidos, simplemente, en una
posibilidad de libertad y, por tanto, de mayor autonomía y felicidad para todas.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


BIBLIOGRAFÍA

BILLINGS, D. B. y T. URBAN (1998): «La construcción socio-médica de la transexualidad: inter-


pretación y crítica» dentro de NIETO (1998: 91-116).
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New York, Basic Books.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


DI-VERSIFICACIONES IDENTITARIAS.
POLIFONÍAS DEL VERSUS*1

MERI TORRAS Y BEGONYA SÁEZ


Universitat Autònoma de Barcelona

No era tu cuerpo vacío lo que quería de ti.


Tu cuerpo,
sin amor,
no es más hermoso ni más sabio
que cualquier otro cuerpo.
Miriam Reyes

APERTURA ENTRECOMILLAS

Al dramaturgo protagonista de El cuerpo, de Hanif Kureishi, le sucede algo que en princi-


pio (y cabe subrayar este en principio) no suele acontecernos a los y las que estamos presos
y presas de esta realidad (siempre entrecomillada) y sus leyes (todavía más entrecomilla-
das). Si recuerdan el relato, al llegar a esa edad en la que (como suele decirse y en este
caso va a ser muy pertinente) el cuerpo empieza a abandonarle, Adam tendrá la oportunidad
de vivir en otro cuerpo, elegido por él entre la oferta de un banco clandestino de cuerpos 77

de personas fallecidas «jóvenes» (también entre comillas porque la edad máxima de los
codiciados cuerpos –mal que me pese a mí y a mi cuerpo– ronda la cuarentena). Se trata de
traspasar un cerebro sabio y experimentado a un cuerpo potente y a tono o, simplemente, a
aquel cuerpo que siempre se ha querido tener. Pónganse en situación (Kureishi, 2004: 30):

Había filas y filas de cuerpos, suspendidos en arneses: los pálidos, los morenos, los de en medio; los
jaspeados, los de piel inmaculada, los peludos, los lampiños, los barbados y las de pechos grandes;
los altos, los anchos y los regordetes. Cada uno tenía un número dentro de una cartera de plástico,
sobre la cabeza. Algunos parecían desgarbados, como si estuvieran dormidos, con la cabeza lige-
ramente colgando de un lado y las piernas en distintos ángulos. Otros parecían a punto de salir a
correr. […] Me recordaban las filas de trajes que visitaba de pequeño con mi padre.

Corporizadas en las existencias inertes de esta sorprendente galería, las opciones para
quien compra son todas porque –aunque el número de cuerpos es limitado– se advierte
enseguida que no solamente no existe identidad sin fabulación, sino –además– que nadie

1. Este texto es fruto de encuentros diversos, de un lado del que hubo/hay entre las autoras del texto pero, por otro lado
y sobre todo, del que hubo entre el texto y el auditorio heterogéneo que lo escuchó y lo rescribió ya fuera en silencio
ya interviniendo en el debate posterior. Ojalá pudiéramos incorporar de algún modo ese otro texto (que no es otro).
Valga esta nota a pie como el reconocimiento de esta ausencia dolorosa, que ya nos genera la sensación de una
mutilación intertextual, y sirva también para agradecer a Isonomía haber creado el espacio y el lugar para que todo
esto aconteciera.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


ve solamente un cuerpo cuando ve un cuerpo solamente. Y si me permiten abro un breve
excursus para remitirles al programa Identity de TVE, donde a golpe de ojo hay que adivinar
la profesión del cuerpo-persona que se tiene enfrente. Pero volvamos a Kureishi; el todo es
posible viene no tanto por los cuerpos expuestos en sí como por los deseos que un presunto
comprador proyecta en ellos. Dicho de otro modo, el protagonista –escritor, pero en este
caso todos y todas lo somos– viste de relatos ficcionales el cuerpo que lo vestirá de carne y
hueso, lee en él lo que lo hará poder llegar a ser o lo que potenciará lo que cree que ya es.
Su amigo Ralph incluso se atreve a proponerle (no sin cierta ironía) una osada sugerencia
(Kureishi, 2004: 31):

–[…] Tal vez quieras, para cambiar, volver como una mujer. […] Algunos hombres quieren dar a luz.
O tener sexo como una mujer. Uno de tus personajes masculinos dice que en sus fantasías sexuales
siempre es una mujer. […] O podrías escoger un cuerpo negro. Hay algunos en stock […]. Piensa en
lo mucho que podrías aprender de la sociedad y… todo eso.
–Sí –dije–. ¿Pero no podría leer una novela sobre ello?

Cruzar la frontera del sexo-género es una de las fantasías proyectadas: llegar a vivir en
un cuerpo sexuado diferente al presuntamente «originario» (más comillas porque ¿de quién
o de qué es originario? ¿Del cuerpo? ¿Del cerebro?). Una de las preguntas que recorre toda
la trama reincide justamente acerca de cómo el cuerpo material constituye la identidad, de
qué modo uno/a no es completamente el mismo/la misma en otro cuerpo ni tampoco pasa
a ser completamente otro/a, y –aunque no desvelaremos el final del cuento– de qué modo
el/la que vivió en este cuerpo y que con él y en él constituyó el proceso vital de un yo iden-
titario, permanece en el cuerpo, lo sigue habitando, lo marca para cualquiera que se invista 78
de esa corporeidad. Fíjense que la respuesta del escritor apelando a la literatura no deja de
ser un guiño. ¿No podría leer una novela sobre ello? Nosotras/os lo estamos leyendo en un
relato. En un relato donde se habla de leerlo en un relato. Entonces, ¿cuál es la diferencia?
¿Cuándo y cómo se sale de este círculo de ficciones, fabulaciones y confabulaciones? Es-
cuchemos la respuesta siempre sensata y comedida de Ralph (Kureishi, 2004: 31):

Como quieras. Lo único que deseo es que sepas que hay opciones. Tómate tu tiempo. La raza, el
sexo, el tamaño y la edad que prefieras sólo puedes elegirlos tú. Desde mi punto de vista, yo diría
que las personas no son capaces de pensar lo suficiente en estas cosas. Dan por sentado que los
tipos duros son los que se divierten más. Sin embargo, podrías tomar otro cuerpo dentro de seis
meses. ¿O estás particularmente apegado a tu identidad?

A lo que responde el protagonista: «Nunca se me ocurrió no estarlo» (Kureishi, 2004: 31).


Apliquémonos –nunca mejor dicho– el cuento: ¿Somos capaces de pensar suficiente-
mente en estas cosas? ¿Cuál y cuánto es el apego que tenemos a nuestra identidad? ¿Re-
side ésta en nuestro cuerpo? ¿Se transforma si se transforma nuestro cuerpo? ¿Cualquier
transformación corporal supone un cambio de identidad? ¿Cuáles sí y cuáles no y por qué?
El sexo y/o el género, ¿tienen una inscripción corporal? ¿Se contraponen en algún punto?
¿Se complementan en otro? ¿Se buscan, se presienten, se exigen, se abandonan, se eva-
den, se evaporan, se exhalan, se perdonan, se repelen?

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


RECONOCERSE EN EL VERSUS

Identidad de género versus identidad sexual. Del leitmotiv que nos reúne en este congre-
so elegimos elegir el versus para articular nuestra intervención de esta mañana. La prepo-
sición versus, que significa frente a o en contraposición a, es un anglicismo muy criticado
por los filólogos más puristas. El inglés lo tomó del latín desviando el significado del étimo.
Se trata pues, en su re-uso en español, de un barbarismo de un barbarismo: la deformación
de una deformación (lo cual –probablemente– constituye ya una pista de cómo entendemos
nosotras la identidad). Lo deformado implica necesariamente una repetición que difiere de
lo anterior, apelándolo, reproduciéndolo a la vez. En una lectura primera del título de este
congreso, el uso de esta preposición aparentemente podría invitar a pensar en la identidad
sexual en confrontación con la identidad de género. No obstante, les proponemos una lec-
tura cómplice, un camino de vuelta que nunca será el mismo (sino –y no puede ser de otro
modo–una nueva desviación). Intentémoslo desandar para ir hacia otras partes.

• Desandar primero. Precisamente, en latín, la preposición versus indicaba el lugar hacia


donde nos dirigimos (sentido que permanece en el catalán vers y en el italiano verso),
manifestaba –por tanto– la dirección de un trayecto, un camino, un saberse en tránsito.
• Desandar segundo. Además, en su forma nominal, versus (de versare, volver, agitar,
meditar o vertere, volver, girar, cambiar) apuntaba a cada una de las líneas, de los
surcos, que giran y vuelven –iguales pero diferentes– ya en el campo labrado ya en
los caracteres trazados sobre piedra, metal, terracota, tablillas de cera y/o papiros y
pergaminos, mediante cincel, pincel o pluma, esto es: la escritura. 79
• Desandar tercero. De ese volver, también, que el verso poético se caracterice por la
cadencia, esto es la incorporación de una repetición en las palabras o en el conjunto
de palabras que lo conforman, una medida, un fenómeno regular que se repite –un
acento, un ritmo, un corte, una rima, un metro, una estructura, un silencio...

O tal vez dos voces –la de Begonya Sáez y la mía–, que se alternan y se confunden, se
cruzan y se diversifican.

ANDANZAS

Confiando no errar en exceso, propongo ahora desandar lo hasta aquí andado por Meri
Torras, a fin de retroceder, de reversar el verso, y así arribar al punto en donde nos encontrá-
bamos justo antes de iniciar esta andadura; a saber, la supuesta oposición entre la identidad
de sexo y la de género. Y es que, desearía retomar el concepto de identidad aquí barajada
con la intención de trazar desde el mismo los márgenes del camino que es preciso recorrer
para descubrir el alcance de la tan susodicha oposición. Sin embargo, sólo un caminante
imprudente echaría a andar sin contar con un buen equipo.
A modo de primeros pasos, por más que sean hacia atrás, veamos, pues, qué útiles nos
brindan algunos discursos acerca de la identidad en el seno del pensamiento contemporá-
neo. Digo «algunos discursos», porque esta ojeada, además de escueta será selectiva, ya
que los útiles, para que de verdad lo sean, deben elegirse en función del terreno pendiente

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


de abordaje. Y, en el caso que nos ocupa, el terreno primero de la identidad sexual y/o de
género es sin duda alguna el cuerpo. Ésta es una vinculación determinante porque da pie a
definir la identidad desde un contexto al que habitualmente ha sido sustraída.
Ceñir la identidad al cuerpo implica concebirla ya de modo irreversible como una práctica. Es
una práctica porque el cuerpo lo es. La identidad, como el cuerpo, se practica, como se practica
el montañismo o el senderismo. Aunque con una salvedad: que vale para la identidad lo que
dice el verso: «caminante, no hay camino, se hace camino al andar». En este planteamiento se
rehúye por tanto la dualidad ontológica –de nuevo un versus; éste, ya clásico– entre lo que se
da y lo que se hace –o, dicho de otro modo, entre lo que es y lo que no es o entre la realidad y la
apariencia– y no se admite una esencia a partir o incluso en virtud de la cual se actúa, pues lo
que se afirma es que sólo hay ac(tua)ción. Así también se resuelve de un lado que la identidad
no comprende origen alguno sino que arranca, de manera circunstancial, del tiempo y espacio
en que se anda. Y, por otro lado, se resuelve que en la ac(tua)ción se consolida la identidad
aunque siempre entendida como práctica. De nada sirve esperar un resultado concreto y, sobre
todo, definitivo de su realización. En fin, que no hay fin así como tampoco hay principio. Y si el
cuerpo sigue siendo un terreno interesante, fértil, en la discusión acerca de la identidad contem-
poránea, es porque no es considerado ni principio ni fin, sino mero tránsito en tránsito.
Con todo, la práctica de la identidad ceñida al cuerpo ofrece tres rasgos distintivos que
la hace incomparable a cualquier otra práctica y que desearía exponer ahora: (1) En primer
lugar, la práctica de la identidad revierte en quien la realiza de tal modo que sufre modifi-
caciones no ya físicas, que también, por cierto, sino relativas a la concepción de si mismo.
Se trata de una práctica expresa y genuinamente reflexiva, pues el objeto de la práctica
coincide sin excepción con el sujeto que la lleva a término. Se diría, por mantener el símil 80
con el montañismo o el senderismo, que no cabe distinguir aquí entre caminante y camino.
(2) En segundo lugar y en paralelo, la práctica de la identidad no comporta adquisición al-
guna. Si bien es cierto que, como sucede con cualquier otra práctica, la identidad conlleva
un ejercicio sin el cual no es posible aprenderla, no se adquiere identidad con la práctica de
la identidad si por ello se entiende que se transita de un estado carencial a otro de plenitud.
La economía de la identidad en los términos planteados no responde a la lógica del «tener».
En este sentido, el referente de la identidad no es un ser más o menos colmado de atributos
y ajeno a lo que sucede, sino que es propiamente un suceder. Lo que sí se adquiere con la
identidad en tanto que suceder puro es práctica. Este es el desafiante círculo tautológico de
la experiencia que se pone de manifiesto en la línea fronteriza entre el discurso de la meta-
física y el post-metafísico –bien cabría mencionar a este respecto el círculo hermenéutico.
Sea como fuere, lo que no debe pasar inadvertido aquí es, revertiendo el verso, que no sólo
se hace camino al andar sino que, a su vez, el andar hace al caminante. (3) Y, en tercer lugar,
la práctica de la identidad es siempre mediada, es decir, tiene un carácter lingüístico. Y lo
tiene porque el cuerpo es siempre cuerpo inscrito del mismo modo que el terreno es siempre
terreno surcado. Propongo predicar el cuerpo, insisto, el terreno primero de la identidad, me-
diante ese surco que lo recorre de arriba abajo y de vuelta, que lo abre en canal: el lenguaje.
Y propongo pensar el lenguaje como ese surco que media entre las incontables mitades del
cuerpo; y que, de ese modo, deviene ese otro que se hace propio haciendo al cuerpo ajeno
a si mismo. El reconocimiento de lo propio pasa siempre por el reconocimiento de lo ajeno y,
aún, de lo propio como ajeno. Y ello, porque tal reconocimiento pasa indefectiblemente por
el lenguaje. ¿Y qué es el lenguaje sino la experiencia de lo otro? ¿Qué es la palabra sino

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


símbolo? El lenguaje propio del cuerpo atiende al acuerdo general expreso o tácito de la
representación convencional. Y el reconocimiento de lo propio tiene su base en ese acuerdo
general que se manifiesta en el lenguaje, que lo traba, y que en él, se corrobora.
Al llegar a lo que se me antoja la encrucijada de esta presentación, me permito recapitu-
lar, paso atrás, antes de proseguir. Retomando los desandares planteados por Meri Torras,
sucede que la práctica de la identidad ceñida al cuerpo abre un camino particular cuya di-
rección es una no-dirección, pues es un círculo. Andar en la identidad, como se apunta en
la segunda acepción sugerida para nuestro versus, es andar en el vaivén, y ése es, como
todo el mundo sabe, un andar que no se anda nunca con plena seguridad, pues el terreno
es siempre agreste, indómito, inexorable, desconocido. De ahí que el andar en la identidad
sea un andar arriesgado, como lo es el de la escritura, que es, en un sentido más amplio, el
del lenguaje. Pero, sobre todo, andar en la identidad es un andar en el margen, entendido
como el terreno que hay a la orilla del camino, como desaprovechado, empedrado y dificul-
toso. Y no perdamos de vista que también hay un margen para la escritura: ese espacio en
blanco que, sin embargo, es también un espacio de significación, en ocasiones, también
desaprovechado, destinado a nada más y nada menos que las notas marginales: discretos
surcos de la narración que no sólo la acotan, la limitan, sino que la cuestionan por cuanto
que difieren. En ningún otra escritura como en la poética se hace tan significativo el margen,
pues este deja ahí de ser marginal; es decir, constituye el sentido como un surco central en
una clave distinta, como una disonancia, como un contratiempo. Esto lo veremos más ade-
lante. Por ahora, insistamos en que andar en la identidad conlleva transitar el margen, pues
sólo desde el margen cabe experimentar y manifestar a la vez el límite de la representación
convencional. Y éste es el límite de la práctica de la identidad porque es un límite que pone 81
el cuerpo, que se pone con el cuerpo. Se diría, volviendo a la tercera acepción del versus,
que la experiencia del margen es la experiencia de la ruptura del compás, la grieta en la
repetición, la resistencia.
La práctica de la identidad ceñida al cuerpo es un ejercicio ante todo de resistencia. La
identidad, como el cuerpo, resiste y se resiste. Resiste porque se resiste. Este resistirse
consiste en salirse del paso, como quien se sale del GR para abrir una nueva vía de acuerdo
a criterios nuevos, quizás aún exentos de código, alterando el terreno, alterando lo anterior,
alterando la costumbre y la norma. Roturando.

REVESES

Es hora de señalar las dos consecuencias a mi entender fundamentales que se siguen


de captar la identidad como una práctica pautada por y desde el cuerpo. En primer lugar, se
sigue la necesidad de captarla también como una práctica de un lado de usos y costumbres,
es decir, cultural, y de otro, de normas, es decir, política; entiendo que la distinción es rele-
vante, pues lleva la doble seña de la ética: la estrictamente moral y la jurídica o relacionada
con la discusión acerca de la justicia.
Además de que como práctica cultural y política la identidad se ve desplazada del ámbito
de la metafísica tradicional al ámbito de la post-metafísica, desplaza a su vez al cuerpo del
mero ámbito de la biología al ámbito de lo social, que es un ámbito de relaciones mediadas
complejas a las que concientemente oponemos resistencia. Ni qué decir tiene que dicho des-

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


plazamiento resulta posible desde otros discursos del pensamiento contemporáneo que nos
ofrecen asimismo útiles que lo son para esa tarea. Me refiero, por ejemplo, a la pragmática
lingüística, a la deconstrucción –ejemplo de un óptimo uso de esos útiles es la noción de
género preformativo o de performatividad de género de Judith Butler.
En segundo lugar, se sigue de captar la identidad como una práctica pautada por y desde
el cuerpo desplazado al ámbito de lo social (y reitero lo social como ámbito de relaciones
mediadas complejas a las que concientemente oponemos resistencia), que el cuerpo no ad-
mite la distinción entre sexo y género. Se le resiste. Pues la práctica de la identidad consiste
en ejercitar del derecho y, sobre todo, del revés, costumbres y normas, tanto como consiste
en ejercitar del derecho y del revés las prácticas sexuales vigentes. Y es que cuando el
cuerpo (se) rotura lo hace en profundidad. De ello son, volviendo a las andadas, explícita
muestra, los poemas escogidos por Meri Torras para ser revertidos.

INVENCIONES CON VERSOS

Como reverso suplemento constituyente del trayecto desandado, hemos querido con-
versar con versos. Así, les invitamos a detenernos en los libros de cuatro poetas mujeres
que tienen en común haber sido publicados muy recientemente así como proponer –por
verso– una reescritura (perversa, por qué no) de las identidades –de las de género, de las
sexuales… que son todas y ninguna–; una rescritura, por tanto, que participa sin pertenecer
de los componentes del binomio y apuesta –ahora veremos cómo– por el itinerario de un
versus iterativo. Volvamos y revolvamos. 82
Josefa Parra clausura La hora azul (XXI Premio Unicaja de Poesía, 2006) con Las ex-
cusas. Constituida por siete poemas, esta sección condensa la declaración de una poética
de vida y escritura: dos ámbitos indiferenciables para el yo lírico (o la yo poeta) que, como
advirtió Pessoa (alguien con el apellido perfecto para poder ser cualquiera y por lo tanto, de
algún modo, hablar con todos/as y cada uno/a de nosotros/as) –el poeta– es un gran fingidor
que finge incluso lo que es cierto.
Consciente de que el lenguaje deviene la tecnología fundamental que instala la realidad
del texto poético en esta especie de simulacro ineludible, Parra confiesa sus razones para la
escritura en, por ejemplo, «Más razones para la escritura» (Parra, 2007: 44):

Qué inmensa la tristeza de un cuerpo que has amado,


qué abandono tan cruel su peso entre las sábanas
señalando inequívoco las ausencias futuras:
la muerte, el desamor, la enfermedad, el tiempo.
Perfecto en su belleza de un instante. Inasible.
No hay modo
de retenerlo así. Ni las palabras
podrían suspender esa condena
de la fugacidad: escribe y calla.
Que un verso lo sostenga en el vacío,
que milagrosamente se eternice
cuanto vas a perder.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


No es suficiente
que hayas amado mucho y hasta el fondo.
Antes de que la luz se apague, escribe.
Escribe, escribe, simplemente escribe.

Un instante de plenitud que no puede retenerse y apenas va a durar. Solamente las pala-
bras –que no son las cosas sino otras cosas que marcan la ausencia de las cosas– evocan
el momento o, más precisamente, lo recrean (lo vuelven a crear) el mismo y distinto en el
cuerpo de la escritura. La vida solamente permanece diferida y diferente en el lenguaje, que
ya no puede hablar de los hechos y de los acontecimientos sino del mismo lenguaje. Así, la
vida propia se enajena y –literalmente– se altera, se vuelve otra, en el verso (versus) que es
el único modo de que vuelva. Escribir, simplemente escribir.
Aunque escribir no es nada simple. Retener el instante que se va parece otorgar un papel
testimonial y/o documental a la escritura que, sin embargo, la escritura no completa sino,
más bien, nace de la misma impotencia de llevarlo a cabo. Las cosas siempre fueron distin-
tas; las palabras dirán más y menos a la vez de eso que ya fue y no será más nunca.
Publicada también este año 2007 y galardonada con el XI Premio de Poesía Ciudad de
Torrevieja, Habitación de hotel –un particularísimo homenaje de Cristina Peri Rossi al pintor
Edward Hopper– ahonda en el poder creador y configurador de la escritura, de cómo las
palabras hacen las cosas… de otro modo y tal vez por eso, más verdaderas (o no, pero no
importa). Escuchen esta «Lectura del diccionario»:

De pequeña, creía que el diccionario


era una arca inmensa de papel 83
donde se guardaban todos los objetos
de este mundo
a escala reducida

y rebuscando, podía encontrar


el arcón en el fondo de la A
la báscula en la B
la moneda en la M

Ahora
en los días melancólicos
de tu ausencia

busco en el diccionario
no ya los objetos
que nos pertenecieron
(el faro de Eduardo Sanz
la entrada de cine con vale para un almuerzo
de Pans & Company
los vasos de vidrio tallado que compraste en
la última tienda de vidrio soplado, calle Valencia
de Barcelona)

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


sino el nombre del perfil
que dibuja la lluvia en mi ventana
(lluvia de abril, lluvia de mayo)

Las reliquias de la relación que fue –los objetos cotidianos que acompañaron la vida de
este amor– obviamente no están en el diccionario: las palabras que en él se encuentran
tratan, tal vez sin saberlo, del nombre del perfil que dibuja la lluvia en la ventana. Esto es:
el contorno de la ausencia. La plena presencia, lo que llenaría este perfil líquido, fronterizo,
efímero y cambiante, es irrecuperable. Vuelvo al poema:

garduño, mamífero carnicero


de cabeza pequeña que busca
alimento durante la noche
en las crías de otros animales

origen incierto de la palabra garete

nuestro amor se fue al


origen incierto o
desconcierto:
quiere decir que aquella partitura
ya es en realidad un soliloquio
la soledad de un loco
que mata sus recuerdos
con palabras
84

De modo que el grueso volumen con el listado de palabras en orden alfabético, seguido
de sus definiciones más democráticas (y presuntamente polivalentes y objetivas), tendrían
que ser indiferentes –en principio– e igualmente incapaces de decir la pérdida. Pero no es
así. Retomemos los versos (Peri Rossi, 2007: 17-19):

la soledad de un loco
que mata sus recuerdos
con palabras

o todo lo contrario:
los alimenta, los cultiva,

como el garduño, pequeño mamífero


que se alimenta de las crías de los otros.

Porque las palabras, a pesar de todo, a pesar de sí mismas –salvadoras y condenatorias–


dicen y, a juzgar por los dos últimos versos, poeta y palabras y vida parece que se alimentan
–y devoran– pluridireccionalmente, a la façon carroñera del garduño.
No es gratuito que tanto en el poema de Parra como en el de Peri Rossi –estos versos fronterizos
entre la realidad y el deseo, la ausencia y la presencia, las palabras y las cosas– se vertebren a través
de la relación amoroso-sexual que es donde un yo y un yo experimentan un eficaz borrado de los
límites identitarios, y se quieren dos que no son dos pero que se descubren algo más que uno/a.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Solapamientos

Cuánto dura cuanto, el poemario de la tercera invitada con versos de este itinerario con
cadencia, también se publicó en 2007 y condensa una atrevida apuesta literaria de María Eloy-
García. Con esta malagueña nacida en 1972 vamos a interrogarnos a propósito de los límites.
Así se titula el poema (Eloy-García, 2007: 50):

«Los límites»
entre el uno y el dos
que es como decir entre tú y yo
existe un número infinito de líneas y cifras
que tienden a ser tú sin serlo
entre el mundo y yo
existen paralelos y grados
que tienden a ser mundo y no son el mundo
y yo tendiendo a ser el uno sin serlo
y yo tendiendo
signo lingüístico acércate bien y dime
en el significante de las cosas que sé
dónde se fue el significado
y yo tendiendo
intentando que las cosas tiendan a ser
pero
tendida.

85
El gran hallazgo del poema es –sin duda– los juegos con el verbo tender y sus significados.
El lenguaje tiende porque desdobla y extiende (como la ropa mojada al sol); pero también
porque nunca alcanza el objetivo hacia el que se dirige (decir la cosa). Propende hacia él, lo
alarga, nos lo aproxima pero lo mantiene suspendido, tal vez apoyado en dos o más puntos,
para que lo crucemos sin lograr tenerlo (como quien tiende un puente o una cuerda que une
y separa a la vez). Por último, como a la protagonista en los últimos versos, las palabras
pueden echarnos al suelo de un golpe, tumbarnos porque se tienen las ilusiones pero las
trampas o las emboscadas (que nadie se olvide) se tienden. Tanta tendencia a tender tumba
–«pero tendida»– porque tendidas salimos de la vida y la vida no es más que una tendencia
a su reverso: la muerte.
Esa constante reubicación en la tendencia perpetua, cuando las cosas no se alcanzan o
se saben tan sólo –o tan mucho– como un efecto de la tendencia de las palabras, entonces

[…] las verdades no son una usted los puntos numerados


para hallar la figura del siguiente dibujo

y estoy citando otros versos del poemario de María Eloy-García, concretamente de «La
ranura», que concluyen: «la verdad es que el dibujo es/ invéntelo».
Inventémoslo. Y por los paisajes de esta inversión en la invención en verso transitamos
esta mañana: la identidad –iterativa, oximorónica, diferente, diferida…– es: invéntenla. Pero
resístanse a calcar sin más los dibujos establecidos (por las líneas de puntos que no traza-
mos y nos imbuyen a reseguir ciegamente, como si fueran las propias). En eso insiste –y

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


en catalán (ganadora del Premi Amadeu Oller, 2006)– la cuarta y última invitada de esta
conferencia tan polifónica. Cito (Calafell, 2006: 24):

Organismes cibernètics que no reconeixeran


el jardí de l’edèn darrera els gratacels
de la ironia, la mort i la perversitat del cos
que excedeix sempre els seus límits,
que és semblant però diferent,
resultat d’interaccions constants,
un producte social que alguns escolliran
per fer estudis de mercat –de mercat!–
traçant divisions inexistents,
i un grup seran els homes, l’altre les dones
(es venera el dualisme d’uns gèneres artificials)
–i què farem amb els qui habiten la frontera,
què direm a Venus Boyz o Murray Hill?
Podries proposar reformar les bases
i distingir la gent segons les pigues de l’escot,
la fermesa a les natges, la manera de besar,
l’accent a les parpelles o l’elegància de les mans,
sabent que ens transvestim a cada instant.

¿Qué dice el cuerpo que no se puede amordazar de ningún modo? ¿Cuál es su verso y su
reverso? ¿Cuándo es perverso? ¿Y para quién? ¿Qué dicción de la materia corporizada en
acción logra escapar siempre –en su iteración– a los calcos y a los límites de lo establecido?
86
En Poètiques del cos, Mireia Calafell (Barcelona, 1980) convierte el cuerpo en protago-
nista de las batallas identitarias nunca cumplidas. No en vano la primera parte se abre con el
significativo epígrafe de Barbara Kruger: «Your Body is a Battleground» y su itinerario –invi-
tación a lo subversivo– desemboca en la experiencia amorosa (Calafell, 2006: 27-28):

[…] per provocar perills, per ser més tu que mai:


de saltar tan alt les normes
arribaràs volant on et proposis,
esquerdaràs el mur de la veritat,
esfondraràs les lleis de la desídia,
faràs l’amor com mai l’has fet abans.

Así, los cinco textos que conforman la segunda parte, cada uno a su modo y siguiendo
estrategias distintas, dibujan la tendencia a decir lo indecible de la relación amoroso-sexual
en la escritura del verso, la que vuelve y revuelve al yo, al tú, al nosotros/as. La poética del
cuerpo de la escritura sabe que el cuerpo es cuando se escribe, por tanto es en el mismo
instante en que deja de ser para ser otro cuerpo –lenguaje– representación, ausencia (Ca-
lafell, 2006: 33):

Escric per a llegir-te. I devorar-te.


Per vèncer la distància que ha imposat l’atzar,
per convertir-te en mot i proposar deliris
amagant-nos del món sota els rellotges

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


i recitar després els versos
que ens confondran en l’abraçada.

Escric per escoltar-te. I retenir-te.


Però no hi ets i ja te’n vas.

Tal vez porque las palabras y los cuerpos comparten el presentarse con la ausencia a
cuestas: son en la representación y, por tanto, exigen –por un lado– una lectura que será
siempre una mala lectura, porque su significado estará en otra parte (la maldita tendencia),
en ese otro lugar donde se dirán distintos. Y habrá que volver a leerlos porque, eso sí irreme-
diablemente, por otro lado, –las palabras y los cuerpos– los textos exigen un acto de amor.

BIBLIOGRAFÍA

CALAFELL, M. (2006): Poètiques del cos, Barcelona, Galerada.


ELOY-GARCÍA, M. (2007): Cuánto dura cuanto, Granada, El Gaviero ediciones.
KUREISHI, H. (2004): El cuerpo, traducción de Roberto Frías, Barcelona, Anagrama
(2002).
PARRA, J. (2007): La hora azul, Madrid, Visor.
PERI ROSSI, C. (2007): Habitación de hotel, Barcelona, Plaza Janés.

87

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


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IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD DE GÉNERO
Y LA REPRESENTACIÓN DE LA MATERNIDAD EN LA ADOLESCENCIA
MARÍA ANGÉLICA CARVALLO LÓPEZ Y AMPARO MORENO HERNÁNDEZ
Dpto. de Psicología Evolutiva y de la Educación
Universidad Autónoma de Madrid

RESUMEN

En la construcción de la identidad, desempeña un papel central nuestra clasificación


como mujeres y hombres. Y dentro de la identidad femenina, en particular, la función ma-
ternal se ha utilizado como espejo de nuestras características distintivas. En relación con el
ciclo vital, la adolescencia constituye un momento clave de redefinición de la identidad en
diversos aspectos, entre los que se incluyen de manera destacada los relacionados con el
sistema sexo-género. Estas premisas nos condujeron a interesarnos por las visiones de las
adolescentes sobre algunos aspectos relacionados con la maternidad. De este modo, a par-
tir del debate acerca de la maternidad como una construcción biológica, psicológica, social y
cultural (Moreno 2000), llevamos a cabo un estudio exploratorio en el que se analizaban las
representaciones de la maternidad de un grupo de chicas adolescentes. Nuestros objetivos 89
se centraron en: a) conocer las ideas de las adolescentes acerca de la maternidad; b) cono-
cer la percepción de las adolescentes acerca de la cotidianidad de una madre y c) profundi-
zar en el significado de la maternidad adolescente. Nos interesaba principalmente indagar
en el proceso mediante el cual las ideas, creencias y prejuicios que rodean las concepciones
en cuanto a la identidad, el papel social y el grado de participación femenino se transmiten
socialmente a la adolescente mujer bajo el influjo y el poder de la tradición patriarcal.
Las participantes en el estudio fueron 45 chicas madrileñas entre 15 y 16 años. A través
de dramatizaciones y entrevistas grupales se recogieron descripciones sobre el papel de ma-
dre, la maternidad, la experiencia directa en la relación madre-hija y la experiencia ficticia de
una maternidad adolescente. Los resultados concluyen que las adolescentes desempeñan
un papel activo en la construcción de sus concepciones maternales. Nuestro grupo mostró
una valoración alta del papel de la maternidad en la identidad femenina, una concepción ro-
mántica de la maternidad como concepto general, al tiempo que no dejaron de subrayar los
rasgos negativos del ejercicio cotidiano de la maternidad y de las relaciones entre madres
e hijas. Igualmente, observamos cómo las adolescentes se debaten entre la negociación de
un modelo tradicional de maternidad y la búsqueda de un modelo más abierto e igualitario,
donde las relaciones de género se reconstruyen continuamente y recuperan su importancia.
Por último, respecto al sistema educativo, se vivencia la ausencia de un espacio propio de
reflexión de estas ideas en el área del currículum y por tanto de una confrontación gradual
de la mujer adolescente en una etapa crucial de la vida para el desarrollo de su concepto y
autonomía.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


EL DESARROLLO DE LA IDENTIDAD DE GÉNERO
Y LAS REPRESENTACIONES DE LA MATERNIDAD EN LA ADOLESCENCIA

El desarrollo de la identidad de género

Una de las dimensiones fundamentales respecto a la cual nos definimos las personas es
el sistema sexo/género: ser mujer, ser hombre. Las nociones de nociones de sexo y de gé-
nero revisten más complejidad de la que se pueda suponer. Aunque no sea pertinente entrar
aquí en distinciones, basta sólo recordar que existe un sexo anatómico, genital… así como
diferentes formas de conceptualizar el género (un rasgo, un estilo, una forma de actuar) y de
numerar los géneros: ¿dos, tres, cinco?
En relación con nuestra investigación, nos resulta útil distinguir entre identidad sexual e
identidad de género. La identidad sexual sería el juicio sobre la propia figura corporal (mu-
jer-hombre), basado en características biológicas (genitales, figura corporal). Por su lado,
la identidad de género se basaría en el juicio de auto-clasificación como mujer-hombre en
relación con aspectos que a lo largo de la historia han ido conformando culturalmente a la
mujer y el hombre. De forma más extensa, esta identidad de género sería el «resultado de
un proceso evolutivo por el que se interiorizan las expectativas y normas sociales relativas al
dimorfismo sexual, y hace referencia al sentido psicológico del individuo de ser varón o mujer
con los comportamientos sociales y psicológicos que la sociedad designa como masculinos
o femeninos» (Martínez Benlloch y Bonilla, 2000: 90).
La construcción de la identidad de género, como proceso personal y grupal, se inicia en
el nacimiento y podríamos decir que continúa durante toda la vida. Antes del nacimiento, ya 90
existe en los progenitores el deseo de conocer el sexo del bebé y un conjunto de expectativas
y creencias ligadas a su supuesto género que se plasman en dichos populares, por ejemplo,
«Si tiene la tripa más redonda, entonces será niña…». La frecuencia de la pregunta «¿Qué
ha sido, niño o niña?» y el hecho de que, en los 20 minutos posteriores al nacimiento, el 82%
de los comentarios sobre el bebé se refieran a su sexo nos dan una idea de la relevancia de
esta clasificación. Será fundamentalmente durante la infancia cuando niñas y niños apren-
dan sobre identidad sexual y de género y al mismo tiempo incorporen los estereotipos sobre
los papeles de género femenino y masculino. Posteriormente, la adolescencia se erige en
un momento crucial ya que, en su seno, se produce una reelaboración de la definición con
respecto al género, unida al proceso de desarrollo de la identidad personal.
En el caso de la identidad femenina, su definición ha venido ligada al ejercicio de la ma-
ternidad. Los rasgos supuestos de las mujeres son un espejo de los rasgos supuestos de las
madres: la importancia de las relaciones afectivas, la interdependencia, la empatía, la ética
del cuidado elaborada por Gilligan. Por esta razón, entre otras, nos ha interesado conocer
cómo se representan la maternidad nuestras jóvenes.

Las representaciones de la maternidad

Como cualquier hecho central de la vida humana, la maternidad ha ocupado la reflexión


de estudiosos y legos a lo largo de toda nuestra historia. Esta reflexión ha tomado, en la
mayoría de las ocasiones, la forma de consejos sobre cómo las mujeres –madres actuales

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


o futuras– deben desempeñar este papel de forma óptima. En tiempos más recientes, funda-
mentalmente desde los años sesenta y setenta y con anterioridad (S. de Beauvoir, 1949), la
maternidad ha continuado siendo objeto de análisis por parte de diversas disciplinas científicas
–sociología, psicología, antropología, economía, medicina, biología, etc.– y por parte de movi-
mientos sociopolíticos –muy notablemente, los feministas– con la consiguiente proliferación de
publicaciones actuales sobre el tema (D’Amelia, 1997; Beck y Beck-Gernsheim, 2001; Cirillo,
2002; Everingham, 1997; Fernández Montraveta y otros, 2000; Hays, 1998; Lozano, 2000;
Paterna y Martínez, 2005; Roiphe, 1996; Tubert, 1996). Por tanto, no podemos afirmar que la
cuestión tenga características de novedad pero sí que se encuentra de plena actualidad, con
el mantenimiento de problemas clásicos y la aparición de nuevas perspectivas y cuestiones.
En un trabajo nuestro anterior (Moreno, 2000), señalamos cuatro cuestiones fundamen-
tales en torno a las cuales giran la mayor parte de las reflexiones en el análisis de las repre-
sentaciones maternales:

1. La identidad femenina y la maternidad


La maternidad se ha visto como la única vía o una vía obligatoria de realización de las
mujeres y como parte importante de la conformación de la identidad femenina. Así, el
estereotipo femenino -personas afectuosas, bondadosas, generosas y atentas a las
necesidades de los demás- se corresponde con lo que serían los papeles de madre y
esposa. Ser mujer y ser madre se convierten así en conceptos equivalentes.

2. La maternidad idealizada y las maternidades reales


La maternidad ha sido igualmente sinónimo en nuestra cultura de realización, compe- 91
tencia, serenidad, equilibrio, estabilidad de pareja. Ya desde el embarazo las mujeres
deben adecuarse al estereotipo de mujer feliz que jamás estuvo tan hermosa. Sin em-
bargo, como afirma Hidalgo (1998:161-180) frente a la visión romántica que considera
la maternidad y la paternidad como motivos de consolidación, estabilidad y culmina-
ción de las relaciones de la pareja y de la vida adulta, estos procesos pueden al mismo
tiempo considerarse como desencadenantes de cambios, tensiones y redefiniciones
de la propia vida, de la identidad y de las relaciones personales significativas.

3. Los estereotipos de la «buena» y la «mala» madre


Al hecho de «ser madre» se le añade el «deber ser» en los comportamientos estereo-
tipados de «buena y mala madre», como polaridades y ambivalencias que definen las
cualidades de los papeles representados. Swigart (1991:6-7) describe la imagen de
la buena madre como la que quiere lo mejor para sus hijos, disfruta de su cuidado y
satisface con disponibilidad todas las necesidades de éstos ya que criarlos le resulta
natural y placentero, no requiere disciplina ni autosacrificio y no hay cabida para el
aburrimiento. Mientras que la mala madre es una mujer aburrida de sus hijos, distante
y ensimismada, que no conoce sus necesidades ni les proporciona la satisfacción su-
ficiente, causándole daños y desequilibrios. En el camino de conformarse al ideal de
buena madre, las mujeres no han estado solas. Como reza el título de un magnífico
libro –Por su propio bien. 150 años de consejos de expertos a las mujeres (Ehrenreich
y English, 1990)– , éstas han contado con la inestimable ayuda de médicos, psicólo-
gos, filósofos, la mayor parte, varones.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


4. El comportamiento maternal «instintivo» y los diversos comportamientos maternales
La conducta ideal de la madre ha recibido el calificativo de natural. Sin duda, existe
en las crías de nuestra especie y otras especies, la necesidad de establecer vínculos
con adultos de tal manera que se asegure su supervivencia. Está claro además que
gran parte de los progenitores experimenta una fuerte respuesta emocional ante sus
retoños. Pero, como afirma Hays (1998: 38) sobre esta base «natural hay capa sobre
capa de elaboración y reforzamiento socialmente construido».

Así, cuando utilizamos la palabra maternidad, podemos pensar que con ella estamos alu-
diendo exclusivamente a un concepto definido en términos biológicos –el hecho de engendrar,
dar a luz y criar un hijo– y que esta caracterización se aplica de igual manera a todas las hem-
bras de las distintas especies que cumplen o han cumplido esta función reproductora. Es decir,
damos por sentado que el significado de maternidad no varía dependiendo de las diferentes
circunstancias en que se realiza la función de ser madre. Sin embargo, la maternidad es al mis-
mo tiempo una categoría fruto de una construcción social y, por tanto, el término maternidad
albergará realidades diversas de acuerdo con el periodo histórico, la cultura o la clase social en
que nos situemos. El famoso libro de E. Badinter (1991), ¿Existe el amor maternal?, trata de
ser una historia del amor maternal de los siglos XVII al XX en Francia. En él se recogen actitudes
y calidades de amor muy diversas, que según la autora, «van del más al menos, pasando por
nada o casi nada» (Badinter: 14). Esto le lleva a concluir que el instinto maternal es un mito
dada la ausencia de una conducta universal y necesaria de la madre.
Diversas autoras han tratado este polémico concepto de instinto maternal desde diferen-
tes perspectivas y un buen número de ellas han llegado a la conclusión de que no existe 92
esa conducta universal, ahistórica y necesaria de la madre (véase Fernández Montraveta,
Monreal, Moreno y Soto, 2000).

Las representaciones de la maternidad en la adolescencia

Tal como hemos afirmado anteriormente, en la adolescencia se lleva a cabo una reelabo-
ración de la identidad de género y, en relación con ello las adolescentes comienzan a plan-
tearse de forma más explícita cuestiones sobre la maternidad. Sin embargo, el pensamiento
adolescente en relación con sus concepciones maternales ha sido escasamente investiga-
do, habida cuenta de su relevancia personal y social. Resumimos a continuación los estudios
más vinculados a nuestro trabajo.
Prendergast y Prout (1980) entrevistan a chicas adolescentes británicas de 15 años de
clase trabajadora con el fin de explorar y describir la relación existente entre el poder de las
normas sociales acerca de la maternidad y el conocimiento o las ideas que las chicas tienen
al respecto. Hallan que las chicas intentan negociar y resolver por sí mismas las contradic-
ciones entre el conocimiento estereotipado de la maternidad y su conocimiento experimen-
tado en forma directa. Así, encuentran diferencias significativas entre la visión ideal de la
maternidad que mantienen las adolescentes y la descripción de la vida de su propia madre,
más realista y bastante negativa. Por su parte, Ex y Janssens (2000) investigaron las dimen-
siones conceptuales a través de las cuales un grupo de adolescentes y jóvenes (16-22 años)
holandesas conciben la maternidad y también cómo se ven las propias chicas como madres

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


potenciales. Hallaron cuatro categorías conceptuales definitorias de la maternidad, dos de
ellas centradas en las capacidades de las madres –sensibilidad y respuesta ante las criatu-
ras- y dos más ligadas a la madre como mujer y persona por sí misma –actitud autoasertiva
y capacidades relacionales. Encontraron diferencias debidas a la edad y al nivel educativo.
Así, a menor edad y menor nivel educativo, se pone más el acento en las capacidades de las
madres centradas en los hijos mientras mayor edad y nivel educativo significa mayor acento
en no perder la autonomía. Por otro lado, aunque las chicas se percibían como menos tradi-
cionales, más asertivas y con más capacidades de relación, el estudio reveló un dato, no por
esperado menos relevante, la imagen de las hijas como madres potenciales se asocia más
con la percepción de su propia madre que con una imagen ideal de maternidad.

Amórtegui y Moreno (2003) realizaron un estudio en el que se entrevistó individualmente


a chicas adolescentes (15,16,17 años) colombianas de diferentes niveles socioeconómicos
sobre sus ideas de la maternidad y la paternidad. Las preguntas realizadas se centran en
los núcleos ya comentados anteriormente (Moreno, 2000). Les interesaba observar la cer-
canía de las concepciones adolescentes a un modelo más «tradicional» o un modelo más
«crítico» de maternidad. El modelo tradicional afirmaría la existencia del instinto maternal, la
equivalencia entre ser mujer y madre, el ejercicio intensivo de la maternidad aún a costa de
los intereses de la persona y la felicidad innegable de ser madre. El modelo crítico contempla
la maternidad como una opción, niega el carácter instintivo de la maternidad y observa la
tarea de ser madre como fuente de alegrías y también sinsabores. Los resultados mostraron
una mayor presencia del modelo «tradicional» (72 %) frente al modelo «crítico» (28 %). El
modelo tradicional contó con más apoyo en el nivel socioeconómico bajo. 93
Por otro lado, en relación con la maternidad adolescente, es llamativo el énfasis existente en
los estudios de incidencia al contabilizar los hechos consumados como: embarazos (deseados-
no deseados), interrupciones voluntarias (IVES) o abortos (en general) en el colectivo que nos
ocupa. Entre algunos de los estudios realizados en Madrid sobre maternidad adolescente, Mar-
tín (1992: 7) afirma que el embarazo se concibe como «un acontecimiento accidental e impre-
visto» con grandes repercusiones y costes emocionales y sociales que son motivo de preocu-
pación. Y refiere como elemento causal fundamental: «la ausencia de una educación precisa e
integral que contemple todos los aspectos relacionados con la sexualidad». De la Cruz (2002)
apunta que los embarazos no deseados no son exclusivos de la adolescencia y afirma que el
problema debe enfocarse en la etapa adolescente más allá de la capacidad reproductiva en el
conjunto de un planteamiento más amplio que implica considerar otros cambios que afectan
tanto a su cuerpo como a su modo de pensar, de relacionarse y su propia identidad.
En este mismo sentido, López (2000) asevera la complejidad de las causas del embarazo
no deseado. Afirma que las causas están asociadas con los planteamientos contradictorios
que la sociedad ofrece a nuestros adolescentes, a los que permite, incita y sobreestimula
mientras, paralelamente, les niega informaciones y ayudas. Además están las característi-
cas de los propios adolescentes: que tienden a asumir riesgos, minusvalorar lo que dicen las
figuras adultas, acceder a la presión grupal y experimentar nuevas vivencias. Escario (1994),
al profundizar en el tema desde una perspectiva de redefinición de las políticas hacia las
mujeres jóvenes, constata que el embarazo no deseado es cada vez más un problema que
afecta al desarrollo educativo, la vida familiar y social de las adolescentes. También consi-
dera que la confluencia del desfase entre el proceso de maduración sexual (cada vez más

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


temprano en España y en el mundo), la adquisición de independencia de la tutela familiar au-
nado al logro cada vez más tardío de autosuficiencia económica, son los detonantes de este
acontecimiento. Por nuestra parte, subrayaríamos, primero, la fuerte relación entre las condi-
ciones socioeconómicas y la posibilidad de embarazo y maternidad adolescente, y, segundo,
el cambio de una interpretación de la paternidad-maternidad adolescente desde un modelo
muy negativo, de «déficit», a un modelo más equilibrado (Coleman y Hendry, 2003).
El presente estudio asume la importancia que tiene para la vida presente y futura de las
adolescentes y jóvenes mujeres, tomar posición frente a planteamientos ante los que se ven
expuestas, sin contar con mecanismos que favorezcan la autorreflexión y el conocimiento de
sí mismas a lo largo de su desarrollo como personas. Pretendemos así, revelar sus concep-
ciones maternales y los aspectos relacionados de identidad y estereotipos de género.
Desde esta perspectiva, nos planteamos un conjunto de objetivos generales y otros más
específicos.

Objetivos generales

1. Estudiar el proceso de construcción, interiorización y reproducción del comportamien-


to maternal en las mujeres adolescentes y jóvenes españolas.
2. Conocer sus ideas y representaciones maternales.
3. Analizar la relación existente entre el modelo maternal de la propia madre y la cons-
trucción de su modelo personal de maternidad.
4. Investigar la valoración de los comportamientos maternales diferentes a los cultural- 94
mente establecidos en la sociedad.
5. Estudiar la importancia o no que las mujeres adolescentes y jóvenes conceden a la
maternidad como rasgo o componente «fundamental» de su identidad femenina.

Objetivos específicos

1. Conocer las metas más valoradas por las adolescentes y jóvenes españolas.
2. Analizar la valoración que otorgan las hijas a la función maternal de sus madres.
3. Explorar la correspondencia o no de las mujeres adolescentes y jóvenes con el mode-
lo maternal normativo establecido socialmente.
4. Relacionar el modelo maternal normativo tradicional de maternidad con nuevos mode-
los emergentes.

HIPÓTESIS TENTATIVAS

Elaboramos asimismo un conjunto de hipótesis tentativas en virtud de nuestra reflexión


teórica y los anteriores trabajos empíricos. Estas hipótesis fueron:

A) El modelo normativo de maternidad adecuado al ejercicio de la «buena madre» preva-


lece en el imaginario de las mujeres adolescentes y jóvenes por reforzamiento socio-
cultural.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


B) El comportamiento maternal instintivo como conducta universal inherente a la mujer
forma parte de la socialización temprana.
C) El ejercicio de la función maternal de la propia madre, como experiencia directa, cons-
tituye el contexto auto referencial de construcción de la identidad y futura maternidad
para las hijas.
D) La maternidad es una entre otras metas de las mujeres adolescentes y jóvenes españolas.
E) La concepción maternal idealizada y sus prácticas son fuente de conflictos y frustra-
ción en el desarrollo general de las otras metas de la vida de las mujeres.

MÉTODO

1. Participantes

La muestra del estudio estuvo constituida por un total de 45 chicas entre 15 y 16 años,
estudiantes de 3º y 4º de la ESO, de 4 institutos situados en la localidad de Madrid. Las parti-
cipantes, en su mayoría, vivían con sus padres y correspondían a un nivel social medio.

2. Procedimiento

Como punto de partida consideramos el acto narrativo como una herramienta de acceso
al conocimiento. Tal como expresa Bruner (1997:15): «Es a través de nuestras propias na-
rraciones como principalmente construimos una versión de nosotros mismos en el mundo, y 95
es a través de sus narraciones como una cultura ofrece modelos de identidad y acción a sus
miembros».
Para el análisis de los datos, se observaron las grabaciones de las escenas dramatizadas
y de las entrevistas, se transcribieron y se procedió a realizar un análisis cualitativo de las
mismas.

ANÁLISIS DE RESULTADOS

Para la estructuración de los datos se tomaron como referencia las diversas cuestiones teó-
ricas en torno a la maternidad expresadas en relación con seis bloques o núcleos temáticos:
a) Metas de las adolescentes. Identidad femenina y maternidad.
b) Ser madre.
c) Concepto de maternidad.
d) Relación madre-hija.
e) Adolescencia y maternidad.
f) Formación de la identidad de género y estereotipos de género.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


DISCUSIÓN Y CONCLUSIONES

Las adolescentes consideran la vida de una madre, en principio, en relación con la propia
experiencia directa con sus madres y resaltan sus aspectos funcionales negativos. En sus
descripciones de la misma, no distinguen claramente el ser del quehacer: la madre es ma-
dre en cuanto cuida, cría, educa y está en la casa con sus hijos. Esto responde al modelo
tradicional de maternidad adecuado al estilo de la buena madre y a su carga moralizante.
Según esto, una madre es en cuanto hace… una madre hace en cuanto es. El dilema se
plantea en las chicas al pretender equilibrar los costes físicos, emocionales y psicológicos,
que sobrepasan generalmente a la mujer, en aras de la calidad del cuidado, como expresión
principal del papel materno.
Al indagar en su concepto personal sobre la maternidad (en abstracto) observamos la
magnificación del concepto: la maternidad con su significado ideal y romántico asociado al
hecho natural de la procreación que se concibe como un destino muy probable para la mujer.
Por otra parte, les resulta un acontecimiento ajeno y extraño, lo que nos remite a plantearnos
su proceso personal de maduración física y psicológica y a cuestionarnos las razones por
las que se da una escasa o inexistente reflexión sobre el tema, especialmente, al considerar
las diversas instituciones sociales que conforman su socialización. Sau (1995) nos sugiere
el debate sobre una maternidad entendida no biológicamente sino trascendida por lo econó-
mico, político, social, etc. Plantea el aspecto vanguardista del futuro de la mujer, al promover
e instaurar la maternidad como un hecho psico-socio-cultural trascendente, a partir de una
socialización que no tenga como única medida la condición dominante del padre. Las mu-
jeres deben darse un nombre, hay que trascender la esencia de la existencia: ser sujeto de 96
derecho, ser sujetos históricos, ser agentes socio-culturales. Apropiarse de temas como la
división del trabajo, la coeducación, el sistema de representaciones y la igualdad son fun-
damentales. Así como favorecer el cuestionamiento de las ideas de las generaciones más
jóvenes donde se encuentran las miradas reales y las connotaciones ideales.
A partir de la confrontación entre la experiencia de la madre real y su concepto ideal y
romántico de la maternidad en las chicas del estudio, nos preguntamos: ¿dónde queda la
madre real? Y esto expresa, por una parte, la paradoja entre las experiencias directas y los
estereotipos que muchas veces tienden a contradecirse o a reforzarse. Estos estereotipos,
tal como son reflejados por las participantes, se mantienen latentes en la cultura y subyacen
a los pensamientos, actitudes y comportamientos en general. Por lo que terminan instalán-
dose insistentemente en lo más profundo de su estructura psicológica personal y se ven
fortalecidos por los acuerdos o normas sociales.
Tal como podemos notar, las chicas persisten en negociar y renegociar activamente sus
ideas y exponen así cómo se construyen determinados conceptos sociales, especialmente,
sus concepciones maternales y cómo se puede o no sobrevivir o adherirse a ellas. Estos
conceptos no pueden entenderse, como meros constructos e ideas sueltas y etéreas; ya
que, en gran medida, se ordenan y se explican dentro de la dinámica de la vida social que
se comparte y proporcionan un mayor sentido a la interacción humana.
Al favorecer que las chicas se detengan en el planteamiento de sus metas personales
y en la expresión de los aspectos que las hacen específicamente femeninas, encontramos
que éstas piensan en la maternidad como una meta importante (aupada social y cultural-
mente), y como en un rasgo posible de la identidad femenina en su vida adulta. Pero, sin

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


embargo, señalan que no es la única vía para desarrollarse como persona. Ni lo que las
identifica de por sí como mujeres. Ya que no ser madre puede constituir también una opción
para las que así lo desean, o se sientan condicionadas externamente a ello. En este sentido,
experimentan también una contradicción al relativizar en sus argumentos la aprobación o
desaprobación de la no maternidad, lo cual revela cómo se vive esta situación socialmente.
Y aunque confirman de manera generalizada que: «Sería bonito y posible ser madre», tam-
bién mencionan que existe un abanico de posibilidades más amplio para vivenciar su ser
en el mundo, integrado por la participación activa en el trabajo, el estudio y el logro de su
independencia personal.
Ratificamos además a la luz de sus respuestas que la maternidad y su ejercicio signan
las relaciones que se desarrollan entre la mujer-madre y la mujer-hija, la mujer-madre y los
distintos personajes de su grupo familiar y de su entorno social. Aquí las relaciones de «opo-
sición» o «aproximación» se traducen como el producto de las fricciones entre madre e hija
en el vivir diario y como respuesta a las pautas del cuidado y de atención. Dicho esquema
de relaciones se asume «naturalmente» por cada uno de los personajes dentro del escena-
rio social que así lo impone.
La confirmación hecha por las chicas en torno a la ausencia de un planteamiento previo
sobre la maternidad, algo «demasiado complicado y sorprendente» que sólo consideraría
una mujer adulta, nos insta a debatir en relación con los contextos sociales y los meca-
nismos o instrumentos utilizados para transmitir de manera inconsciente, sutil o solapada
ciertos mensajes que rodean las concepciones maternales y la formación de la identidad de
género. Esto representa el aporte más genuino que hace esta población de estudio: ¿Por
qué no hablar de las estructuras de poder existentes en nuestra sociedad que predisponen 97
al hombre y a la mujer a ser y a hacer de determinada manera desde muy temprana edad?
¿Por qué no compartir con los y las adolescentes acerca de sus pautas de comportamiento
sexual? Pero, antes de eso, profundizar acerca de: ¿cómo perciben su sexualidad y cómo
expresan su erótica? Y no solamente cuando se embarazan (ellas) o embarazan (ellos).
¿Por qué no plantearnos qué permite que hombres y mujeres sean desiguales en la distri-
bución del trabajo, en las tareas públicas y privadas? ¿Por qué persistimos en la exaltación
del mito de la buena madre, cuando ésta no representa a la mujer, ni la describe sino que
generalmente la aliena? Y, finalmente, ¿cómo podemos transmitir desde pequeños a niños
y niñas lo valioso de su sexo y de su género? ¿Cuáles son sus posibilidades y limitaciones
personales y peculiares? ¿Qué expectativas sociales se manifiestan ante la riqueza de su
presencia y participación en el mundo social en el que conviven? En definitiva, la cosmovi-
sión de la vida de una madre, vista por las adolescentes, nos remite a la cosmovisión de la
vida de un ser humano, con independencia de si es hombre o mujer.

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IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


IDENTIDADES SEXUALES EN LA CIENCIA Y LA SALUD

DRA. CARME VALLS-LLOBET


Directora del Programa Dona, Salut i Qualitat de Vida del CAPS

(Centre dʼAnàlisi i Programes Sanitaris)

El final de Antígona da pie a una paradoja: por un lado, su entierro se corresponderá en adelante
con la invisibilidad de las mujeres en la historia del género humano, de donde ha sido excluida, bien
porque se las invisibiliza realmente, bien porque se las obliga a permanecer calladas, o bien porque
se habla de ellas como transgresoras para castigarlas. Pero, por otra parte, aquí reside su paradoja,
al enterrarla viva no se permite verla morir, ver su cadáver. Este ha sido sustraído a nuestros ojos, la
muerte no ha sido verificada.
Victoria Sau, 1986

D ENTRO DEL CAMPO DE LA MEDICINA y de las Ciencias de la Salud se podría pensar que la
identidad sexual se relaciona estrictamente con la Biología, y con las diferencias en el
desarrollo del cuerpo de mujeres y hombres, pero la realidad es que tanto la apreciación de
la función del cuerpo de las mujeres, su capacidad reproductiva, su papel activo o de mero
receptáculo, su sexualidad o su desarrollo cognitivo e intelectual ha sido construido desde la
inferioridad o, incluso, desde la invisibilidad de su diferencia, por las ciencias de la salud, o
normativizado por leyes y criterios construidos desde la cultura patriarcal. En el espacio de 99
esta mesa redonda, me centraré en la invisibilidad de las mujeres para la ciencia médica y
en la distorsión del entendimiento de la sexualidad de las mujeres.

INVISIBILIDAD DE LA MUJER COMO SER DIFERENTE


PORQUE SÓLO SE LA VE COMO UN NO SER HOMBRE

Un primer grado de invisibilidad es la exclusión sistemática de las mujeres como sujetos


de los ensayos clínicos y como componentes de la muestra a estudiar, pero un segundo
problema es qué influencia tienen los problemas de género, los estereotipos de género en
la salud, y para esto necesita realizar un esfuerzo metodológico y del significado del género
y de su impacto sobre la salud. Aunque sexo y género se utilizan a veces como si fueran
términos que pueden sustituirse uno al otro, la distinción entre los dos términos es crucial
porque el sexo está determinado por la estructura cromosómica en el momento de la con-
cepción y se reserva para referirse a las características biológicas de los seres humanos, en
cambio el género es lo que la sociedad y la cultura piensa de las características biológicas
diferentes. El género tendrá una profunda influencia en las experiencias vitales y esto no es
reducible solamente a las diferencias cromosómicas, es una categoría social cuyas carac-
terísticas resultan del acceso controlado socialmente a los recursos y oportunidades, y está
determinado socialmente por las actitudes, conductas y valores.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Como ejemplos de problemas de género que pueden influir en la salud podemos tener el
de la violencia física o psíquica contra las mujeres que, ampliamente extendida en las capas
más profundas de las relaciones humanas tanto domésticas como laborales, de ocio o de
convivencia, se traduce en problemas de salud a corto, medio y largo plazo. Esta violencia
ha permanecido muchas veces invisible si no se hace el esfuerzo de estudiar sus implica-
ciones en la salud de mujeres y de hombres. Por otro lado, existe el impacto sobre la salud
del papel de cuidadoras que han mantenido las mujeres tradicionalmente. Este papel está
socialmente determinado y ha establecido que casi el 75% de los cuidados no renumerados
en el hogar está proporcionado por los parientes próximos, los cuales la mayor parte de las
veces (dos de cada tres) son mujeres. Este papel de cuidadoras tiene, además, un impacto
en las trayectorias y en las carreras profesionales de las mujeres porque limita su evolución
personal y condiciona incluso el trabajo que aceptan y realizan.
Precisamente más de la mitad de las mujeres cuidadoras tienen problemas significa-
tivos de salud y casi un tercio de ellas entran en su etapa de envejecimiento con serios
problemas financieros. Una segunda desviación por género implica el hecho de que las
mujeres reclamen más asistencia sanitaria y pidan más atención a su sintomatología y,
por lo tanto, el hecho de que masivamente pidan ayuda en los centros de atención prima-
ria conduce a una mayor prescripción de tranquilizantes y sedantes en primera visita sin
haber efectuado ninguna prueba diagnóstica. Este sesgo de género en la atención y en la
asistencia no tienen ninguna explicación científica y debe ser estudiado desde el punto de
vista de los estereotipos de género que atribuyen a las mujeres muchos más problemas
psicosomáticos y psicológicos sin entender qué bases sociales y culturales tienen sus
demanda. 100
Otro problema que implica relaciones de género sería precisamente el hecho de que los
bajos niveles de empleo, de renta, de trabajo, y de recursos (el denominado empoderamien-
to) que presentan las mujeres condiciona indirectamente problemas de salud tanto porque
tienen poco tiempo disponible para el cuidado de ellas mismas como también porque esto
conduce a una diferencia en la presentación de síntomas y en la percepción de estos sínto-
mas y en la negociación del tratamiento de sus enfermedades con los médicos. Cuando la
sintomatología que se presenta es muy abigarrada y los recursos son escasos existen
muchos límites para presentar estos problemas en el acto médico y se producen invisibilida-
des por falta de valoración de los mismos síntomas.
También es un problema de género la constatación de la denominada paradoja entre
muerte y vida (Verbrugue) de mayor esperanza de vida de las mujeres pero en cambio una
mayor tasa de enfermedad y de discapacidad. Los análisis de género y salud, y longevidad
revelan que las mujeres presentan muchas más enfermedades crónicas incapacitantes, mu-
chas más visitas a los médicos, mucha más prescripción o no prescripción de fármacos uti-
lizados para mejorar su estado de salud sobre todo las situaciones de dolor y de cansancio.
Pero en cambio la esperanza de vida de las mujeres es mucho más dilatada en todos los
países a igualdad de condiciones económicas.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


CUANDO EL CUERPO DE LA MUJER SE HACE INVISIBLE PARA ELLA MISMA

No sabemos la percepción que de su cuerpo tenían las mujeres de la antigüedad aun-


que tenemos las esculturas antiguas incluso de la época neolítica, tanto de las regiones
europeas como las encontradas en la zona de Méjico. En ellas, su cuerpo tiene dos claras
manifestaciones, los caracteres sexuales secundarios, mamas y vulva ostensibles y claras,
y la expresión del embarazo con las barrigas hinchadas y los grandes pechos colgando.
El cuerpo mostrado por el imaginario colectivo era el cuerpo real que cumplía las funcio-
nes fisiológicas de la preparación para la reproducción y para el parto. Todavía es un cuerpo
que vive cambios de forma inconsciente pero en armonía con las funciones fisiológicas para
las que está preparado.
Cuando los pueblos empezaron a guerrear, los cuerpos de las mujeres fueron moneda de
trueque o instrumentos de guerra pues sus violaciones infringieron más daño al enemigo. En esta
época y durante la edad media también, la belleza física suponía un elemento negativo para las
mujeres pues propiciaba el ser compradas como esclavas o poseídas como botín de guerra.
Durante siglos, y sin comprender aún por qué tenían la menstruación o por qué su cuerpo
estaba unido a la reproducción, algunas mujeres sabias comprendieron el arte de las plantas
medicinales y el influjo benéfico hormonal que puede ejercer muchas plantas.
Seguramente estas mujeres empezaron a entender sus cuerpos y los principios de la
farmacopea, pero la mayoría fueron quemadas como brujas por lo que sus conocimientos
no llegaron a la nueva generación.
Huérfanas de información la generación de mujeres que vivieron durante el siglo XIX vivie-
ron el principio del alejamiento sistemático de sus cuerpos y de sus vivencias. La medicina 101
oficial absolutamente androcéntrica no entendió ni los síntomas ni los malestares que las
mujeres aportaban. Sin posibilidad de expresar ni sus deseos, ni su sexualidad, ni de verba-
lizar lo que les ocurría, porque los profesionales no las escuchaban, llegaron a concentrar
en su cuerpo toda la energía que no podían expresar. Los denominados ataques de histe-
ria fueron la primera manifestación corporal de los bloqueos emocionales y del sufrimiento
concentrado en el cuerpo de las mujeres. El cuerpo se volvía rígido y la espalda sufría una
contractura en arco con la cabeza y las extremidades formando las dos puntas.
El porqué los primeros psiquiatras lo denominaron histeria, sólo se explica por el predo-
minio femenino de quien lo padecía. De hecho histerus es útero en latín. Pero la denomina-
ción ha fructificado tanto que durante años cualquier manifestación de las mujeres que se
escapara de las normas establecidas era denominada histeria –aún ahora las mujeres se
califican a sí mismas de histéricas cuando simplemente están agobiadas por todos los tra-
bajos que deben realizar o por seguir los modelos físicos y sociales que les quieren imponer.
Michael Foucault (1989) analizó el proceso de histerización del cuerpo de la mujer:

Triple proceso según el cual el cuerpo de la mujer fue analizado –calificado y descalificado– como
cuerpo integralmente saturado de sexualidad; según el cual ese cuerpo fue integrado, bajo el efecto
de una patología que le sería intrínseca, al campo de las prácticas médicas; según el cual, por último
fue puesto en comunicación orgánica con el cuerpo social (cuya fecundidad regulada debe asegu-
rar), el espacio familiar (del que debe ser un elemento sustancial y funcional) y la vida de los niños
(que produce y debe garantizar, por una responsabilidad biológico-moral que dura todo el tiempo de
la educación): la madre, con su imagen negativa que es la «mujer nerviosa», constituye la forma más
visible de esta histerización.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


EL EROTISMO Y LA SEXUALIDAD FEMENINA

Lo propio de las sociedades modernas no es que hayan obligado al sexo a permanecer en la sombra,
sino que ellas se hayan dedicado a hablar del sexo siempre, haciéndolo valer, poniéndolo de relieve
como el secreto. […] Hace ya varios cientos de años, fue colocado en el centro de una formidable
petición de saber. Petición doble, pues estamos constreñidos a saber que pasa con él, mientras se
sospecha que él sabe qué es lo que pasa con nosotros. Michael Foucault (1989)

Desde el confesionario hasta el diván del analista la sexualidad sea para reprimirla o para
ensalzarla se convierte en el eje de todos los discursos. ¿Pero qué sexualidad? ¿Acaso nadie
piensa que haya una o varias formas de vivirla? ¿Acaso alguien puede pensar que la sexuali-
dad de las mujeres pueda tener condicionantes, vivencias y sensaciones diferentes a la mas-
culina? ¿La sexualidad masculina se reduce tan sólo a la manipulación de sus genitales?
La sexualidad femenina, la gran desconocida, ha permanecido invisible, normativizada,
encerrada, o envuelta y disimulada bajo siete velos. Ni las danzas más eróticas han logrado
desvelar su profunda invisibilidad. La sexualidad de las mujeres ha permanecido oculta du-
rante siglos para ellas mismas y por descontado para el mundo de hombres y de científicos
que pretendían conocerla, explicarla, estimularla, y ponerle normas, para adecuarla a la
sexualidad masculina.
Todos los expertos y expertas en temas de sexualidad están de acuerdo en que la sexua-
lidad femenina es mucho más compleja que la masculina en estos momentos históricos.
Para el psicoanalista Lacan, por ejemplo, no se puede conocer. Sin embargo, existen algu-
nas mujeres que se han atrevido a definir algo más o a descubrir uno de los siete velos que
todavía la cubren. 102
Para la psicóloga Fina Sanz (2007), experta en psicoerotismo:

Una de las características más relevantes que se aprecian en la erótica femenina es su corporalidad
o globalidad, frente a la genitalización masculina. Estos dos conceptos expresan formas de percibir
las sensaciones corporales, aunque pueden extenderse más allá de lo que se entiende por sexual.
Supone también una mirada al exterior, una visión del mundo a partir de las propias vivencias e in-
cluso una cierta estructuración mental.

¿La mujer percibe las sensaciones corporales de forma diferente al hombre porque bioló-
gicamente sus sentidos tienen una sensibilidad diferente, como expliqué en el primer capítu-
lo del libro Mujeres y hombres. Salud y diferencias? Dado que el placer y el deseo sexual se
producen en el cerebro, ¿es la diferencia neurológica entre el cerebro masculino y femenino,
con muchas más conexiones entre los dos hemisferios entre las mujeres, lo que la hace
sentir de forma diferente?
Masters y Johnson fueron la pareja de psiquiatras americanos que describió anatómica y
funcionalmente qué pasaba en el orgasmo femenino y masculino y ya descubrió diferencias.
El orgasmo femenino después de la excitación tenía una fase de meseta mucho más larga
que el masculino, hasta acabar en las pulsiones orgásmicas. Pero además descubrieron que
la mujer tenía capacidad de tener varios orgasmos seguidos durante una relación. La mujer
multiorgásmica, un buen contraste para los que les interesó considerarla frígida.
También durante una década de los setenta a los ochenta del siglo pasado, se habló de
que «no hay mujeres frígidas sino hombres inexpertos» como si el placer sólo dependiera de

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


habilidades técnicas o de posturas más o menos complicadas durante el coito. Proliferaron
gran cantidad de libros y de artículos en las revistas, sobre técnicas sexuales modernas o
determinados afrodisíacos. Sin embargo, estoy de acuerdo con Fina Sanz cuando dice que
«la capacidad de placer depende de la disponibilidad personal más que del virtuosismo aje-
no». Es fácil culpabilizar a las parejas, sean hombres o mujeres cuando no hay deseo propio,
ni disponibilidad. Las mujeres necesitan que la relación sexual se acompañe de una cierta
afectividad, o como mínimo que las relaciones no sean impuestas por el dominio del otro, ni
por su deseo, sino que nazca del mutuo deseo.
Hace más de 110 años, una mujer se atrevió a iniciar el recorrido de la exploración sobre
el propio erotismo, analizando que, en las mujeres los actos que realizan y lo que sienten
y piensan no pueden ir disociados. Me refiero a Lou Andreas Salomé, que en el año 1900
escribía:

En la mujer, ser y obrar coinciden y todas las acciones individuales no son sino un sereno y satisfe-
cho acto de ser en sí mismo y así para la mujer en la vida cuenta lo que es, no ya lo que hace.
En esa diferencia de los sexos radica y se oculta un singular doble aspecto de su relación que con-
vierte a la mujer a la vez en dependiente y en independiente del hombre, como lo es él de ella. La
mujer es por ello el ser humano más físico de ambos pues vive mucho más inmediatamente ligada
a su propia phycis y en ella se evidencia más claramente que toda la vida, incluso la vida espiritual,
no es más que una floración, transformada y refinada, de la gran raíz del existir sexualmente condi-
cionado, una sexualidad sublimada por así decirlo.
Y justamente por ello la vida sexual en la mujer aparece en su pleno sentido físico, no como un
simple impulso aislado, sino como algo que lo penetra y anima todo, que se identifica con las mani-
festaciones totales de la mujer y precisamente por ello no se muestra tan localizado, especializado
103
en su empuje como es el caso en el hombre.

Quizás esta apreciación sea muy idealista para el mundo actual, que ha querido separar
totalmente sexualidad y afectividad, pero en todo caso, abre un camino a la exploración per-
sonal del propio deseo, y no invisibiliza ninguna de las sensaciones y pulsiones que sienten
muchas mujeres a la hora de expresar su deseo sexual.

EL AMOR Y LA AFECTIVIDAD NO HAN SIDO CONTEMPLADOS


EN LA CIENCIA

Para la psicóloga Victoria Sau, profesora emérita de Psicología Diferencial (1993: 92):

El amor vive en la clandestinidad a la espera de que la matriz de relaciones humanas cambie. Mien-
tras, los varones viven en el miedo a amar y el temor manifiesto a que las mujeres no les amen. La
garantía de ser amados sin necesidad de tener que corresponder es la parte de paradigma que se
refiere a lo masculino. Las mujeres, inquietas porque aun amando demasiado no acaban de sentirse
correspondidas, no saben qué hacer a menudo con un amor que no produce los efectos deseados y
que se les plantea como una ambigüedad: solicitadas para que amen a los hombres, se las critica a
la vez por pedirle demasiado a las relaciones con ellos. Esta es la parte del paradigma que se refiere
a lo femenino.
El odio corresponde a la barbarie, el amor a la cultura. Pero en un diseño de sociedad tan primario
como el patriarcal, el amor se niega o ridiculiza. A pesar de todo es un sentimiento humano por
excelencia, del que las mujeres son portadoras y por ello ridiculizadas, así como aquellos varones

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


capaces de experimentarlo. Perder el miedo al amor es perder el miedo al otro como diferente pero
igual en dignidad, en derechos. Es el salto cualitativo que separa un paradigma de otro paradigma.
Y en ello estamos.

Para hacer visible la sexualidad femenina, para hacerla comprensible incluso para las
mismas mujeres, no se la puede separar de la afectividad y del amor, y la evolución de este
capítulo lo demuestra. El yo femenino se construye en relación y con la sexualidad en el
nudo gordiano, en el centro de la subjetividad. Quien se lo niegue a sí misma, muere un poco
cada día, y no revitaliza sus propias conexiones internas y su propia energía.
José Antonio Marina, Premio Nacional de Ensayo en España, reconoce en su libro el
Rompecabezas de la sexualidad (2002) el papel jugado por las mujeres en dar un nuevo
enfoque humano a la sexualidad:

Nos equivocamos al decir que nuestro gran valor es la libertad. No, nuestro gran valor es la autonomía,
es decir, la capacidad para elegir nuestro plan de vida y para realizarlo. Ese plan de vida no tiene por
qué estar desvinculado. Ciertamente en una relación amorosa yo pierdo parte de mi libertad, pero
puedo reforzar mi autonomía, aumentar mis posibilidades, despertar poderes dormidos o embriona-
rios. Es muy interesante el modo en que algunas pensadoras feministas han reformulado el concepto
de autonomía. Sostienen que hay un concepto masculino y otro femenino. La autonomía masculina
enfatiza la autosuficiencia y la independencia. Es una autonomía narcisista. La autonomía femenina es
una autonomía relacional. No se culmina en la autosuficiencia, sino en la colaboración. «Yo soy quien
soy», sería una consigna masculina. «Yo soy quien soy más las relaciones que he establecido», sería
la consigna femenina. Por eso sus expectativas sobre la sexualidad son diferentes, por eso, como he
repetido tantas veces, la sentimentalización de la sexualidad ha sido invento suyo. Por eso debemos
los hombres aprender tanto de ellas. 104

Aunque creo que la gran aportación de la sexualidad femenina no será tan sólo la aporta-
ción de la vertiente afectiva o sentimental en las relaciones interpersonales, sino el redescu-
brimiento del otro como ser humano complejo, con biografía, historia, poesía y matices. Un
descubrimiento no limitante del ser humano, sin etiquetas, sin normas, sin prejuicios y sin
apriorismos. Sólo así podremos encontrar algún día que es la sexualidad femenina y desve-
lar uno a uno los siete velos que la cubren y, en parte, la atenazan.
Teresa de Lauretis (2002) nos propone un trabajo común a quien le interese desarrollar
y reencontrar políticas públicas y encuentros personales que no limiten el desarrollo de la
propia subjetividad sino que la fructifiquen:

A quién interese articular un proyecto común de política de las mujeres a través de nuestras variadas
y múltiples diferencias, propongo entonces volver a pensar la subjetividad en una dimensión material
en sentido amplio, donde la sexualidad es el nudo central, el lugar en donde lo corpóreo, lo psíquico y
lo social se entrecruzan para constituir la subjetividad y los límites del yo… Propongo volver a pensar
la subjetividad femenina teniendo en cuenta qué prácticas comporta y qué necesidades sostiene el
deseo cuando obra desde un cuerpo de mujer.

Volver a encontrar entre todas las mujeres cuáles son las propias prácticas que nos
reconfortan, luchar contra las que nos limitan puede ser un camino para luchar contra la
invisibilización de la sexualidad femenina. De hecho, el patriarcado sí conocía y conoce la
potencia de la sexualidad femenina, es por ello que todavía se practica la mutilación genital

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


femenina a 70 millones de mujeres en el mundo. La ablación del clítoris y los labios menores
de la vulva es una forma de tortura feroz para abolir cualquier posibilidad de placer entre las
mujeres y un eficaz método de control y posesión. En el desarrollado occidente, la mutilación
y extirpación del deseo ha sido mental y ha contribuido a la creencia de que la frigidez era
esencial en el sexo femenino.
Reencontrar qué necesidades tiene el sostenimiento del deseo es un bello camino para
reencontrarnos con la propia subjetividad y para hacerla fructificar.

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IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


IDENTIDAD SEXUAL Y COEDUCACIÓN

Mª ROSA LUENGO GONZÁLEZ y PRUDENCIA GUTIÉRREZ ESTEBAN


Grupo GISA. Universidad de Extremadura

A VECES ES DIFÍCIL REFLEXIONAR sobre las cosas que consideras obvias y que normalmente
incorporas a tu forma de hacer diaria, por eso preguntarnos sobre la identidad sexual
y la coeducación nos suponía un reto más en nuestro trabajo. Pero es más, nos sentimos
enseguida obligadas a hacerlo pues al estar impartiendo docencia en la Facultad de Edu-
cación de la UEX en Badajoz, y trabajar con las y los futuros maestras y maestros pensamos
que serán ellas y ellos los que, en parte, tengan responsabilidad sobre lo que en esto ocurra
y nuestro deber sería por tanto intentar formarlos para lo cual ya debemos estar preparadas
y qué mejor manera que en este congreso.
Para empezar necesitamos interrogarnos por las dos cuestiones que se plantean en el
título: identidad sexual y coeducación. Las primeras preguntas que surgen son: ¿qué es y
cómo se forma la identidad sexual de las personas?, ¿qué es la coeducación?, y ¿existe
alguna relación entre ellas? 106
Para responder a la primera pregunta lógicamente debemos mirar a lo que sabemos
sobre los niños y las niñas, sobre su evolución y su desarrollo pero lo haremos aplicando la
teoría sexo/género.
Esta teoría, surgida de los avances en los estudios feministas de la segunda ola, se
explica con la dicotomía sexo/género, en la que el sexo es una característica biológica que
nos viene dada al nacer, definiendo a las personas como hombre o mujer y diferenciándolas
según los rasgos asociados a los órganos sexuales así como la función que cada sexo tiene
en la reproducción. El género es un principio de organización social, una construcción que
incorporamos poco a poco y con un aprendizaje según unos patrones sociales y culturales
y contempla actitudes, roles, capacidades, intereses y valores.
Por ello, «hablar de género y estudiar el sistema sexo/género implica tomar la realidad
por dos extremos, en un lado las características físicas, las condiciones vitales; en el otro las
características históricas, las condiciones sociales» (Izquierdo, 1983).
Por lo tanto, en nuestra sociedad occidental, cuando hablamos de sexo nos referiremos a
varón y mujer y cuando hablamos de género lo hacemos con los calificativos de femenino y
masculino según unas características y unos roles, asignados por la sociedad, que se fijan
en las mentes y son difíciles de cambiar, de manera que, a lo largo de su desarrollo, cada
persona va a ir adquiriendo las del grupo que le corresponde. La niña las características de
lo femenino y el niño las características de lo masculino. Hay que tener en cuenta también
que la posición de género depende del fenómeno de la adscripción. Independientemente de
su voluntad cada persona es adscrita a un género desde el momento en que nace.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Ésta es una realidad incuestionable y existe abundante bibliografía científica que lo avala.
De esta forma los niños y las niñas van consiguiendo su identidad sexual atendiendo a esas
dos componentes de la dicotomía. Sin embargo, tendemos a hacer de esas características
un dogma y las convertimos en estereotipos que, en general son simplistas y reductores.
Recordemos aquí que los estereotipos son clichés, ideas preconcebidas sobre un de-
terminado grupo social que operan en nuestra mente imponiéndose durante mucho tiempo.
Estereotipo es un juicio que se fundamenta en una idea preconcebida, vulgarmente se en-
tiende como un molde, una caricatura sobre algo o alguien (Taijfel, 1984).
Cuando los estereotipos hacen referencia a los hombres y a las mujeres estamos ante
los estereotipos de género. Askew (1991) nos dice que los rasgos asignados a los varones
en nuestra sociedad son vistos como deseables pues además los estereotipos de género
permiten asegurar y perpetuar las posiciones dominantes privilegiadas que resultan de una
sociedad basada en la desigualdad.
Por su parte, Williams y Best (1991) comprobaron que existía una serie de características
estereotipadas, que se mantenían generalmente y asignaban a los varones rasgos de per-
sonalidad como dominantes, independientes, agresivos, activos, aventureros, arriesgados,
valientes, fuertes, poco emocionales, rudos, progresistas, emprendedores, sensatos y seve-
ros. Mientras que las mujeres se asociaban con rasgos opuestos: miedosas, dependientes,
sumisas, temerosas, débiles, emocionales, sensibles, soñadoras, supersticiosas, afectivas,
sentimentales y tiernas.
En definitiva, los estereotipos de género nos dicen cuáles son las ideas preconcebidas
que tenemos sobre el grupo mujeres o el grupo varones, cómo son y cómo han de compor-
tarse (ver los adjetivos de la lista elaborada por el Feminario de Alicante 1984). 107
Detengámonos ahora en la construcción de la identidad sexual. La configuración de la
identidad personal es claramente un fenómeno complejo sujeto a los vaivenes de las influen-
cias integradas por múltiples factores como la predisposición individual, las capacidades
moldeadas en los procesos educativos y socializadores en los que la persona se va desa-
rrollando. Podemos decir que además intervienen condicionantes psicosociales, y culturales
que en ocasiones se concretan en estrategias de poder. Por ello entendemos que la mas-
culinidad y la feminidad se construyen después de un largo proceso que se va tejiendo a lo
largo de la vida y dependiendo de la interacción con el medio familiar y social.
Sin embargo, desde hace algunos años se viene difundiendo una nueva visión, la llamada
teoría queer que contradice el paradigma dicotómico de los sexos biológicos, y trata de mos-
trar una realidad nueva que presenta un continuo entre lo que conocemos categóricamente
como mujer o varón dentro de la especie humana, tal como expone Anne Fausto–Sterling
(1998) en «Los cinco sexos». Habla de la diversidad intersexual y de cómo la norma sexual
dicotómica de la sociedad occidental presiona a las personas hacia uno de los dos modelos
establecidos y les obliga a interiorizar una identidad de género y a sentirla como propia.
Por su parte, Beatriz Preciado (2002) en el Manifiesto contrasexual nos descubre la pers-
pectiva queer que propugna una sociedad del futuro, y por lo tanto hipotética en la que des-
aparecerían las categorías sexuales hombre/mujer y donde las identidades no son rígidas
sino flexibles; de forma que cada persona elige el modelo, construye su identidad dependien-
do de aquello que se adapta mejor a sus deseos y necesidades. La teoría queer ha realizado
una de las críticas más duras y contundentes al sistema binario de oposición.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


De todas formas, los cambios sociales son lentos y hasta que éstos se materializan
seguimos estando prisioneros de las normas que conforman nuestra socialización y segu-
ramente serán las personas que participan de la cultura queer la semilla que contribuirá al
cambio radical de forma que la sociedad del futuro contenga esas nuevas identidades no
impuestas, diversas, mutables y adaptables a las necesidades vitales de cada persona.
Ahora bien y hasta tanto esto se produzca seguiremos hablando del proceso y procedi-
miento de la construcción de la identidad de género que no se realiza de la misma manera
en las niñas que en los niños, ya que las normas diferenciadas elaboradas por cada socie-
dad para cada sexo no tiene la misma consideración social y existe una clara asimetría de
forma que las personas se adaptan y acomodan a las expectativas que la sociedad tiene
para cada una de ellas.
Según Teresa de Lauretis (2000), los cuerpos son algo parecido a una superficie en la
que se van esculpiendo los modelos y representaciones de la masculinidad y feminidad por
las formas culturales hegemónicas de cada sociedad según las épocas. Y entre las prácticas
discursivas debemos incluir el sistema educativo, los discursos institucionales, las prácticas
de la vida cotidiana, los medios de comunicación, los elementos culturales, etc.
Pero la civilización occidental ha establecido la supremacía de los varones sobre las mu-
jeres en un orden patriarcal, en el que las mujeres se consideran inferiores y la construcción
de su identidad supeditada a las tareas de la reproducción y el cuidado de los hijos y la fami-
lia. Esto ha sido contestado durante todo el siglo XX desde las distintas opciones feministas
y las mujeres han logrado poco a poco, unas condiciones sociales que las equiparan a los
varones. Hablamos del acceso al trabajo, del derecho al voto, de su libertad como ciudada-
nas, etc., pero aún siguen bajo la influencia del orden masculino. 108
Por ello desde el feminismo se considera muy importante que las mujeres puedan, no
sólo conseguir mejores condiciones materiales para su existencia, sino que sean capaces
de producir un nuevo orden simbólico que derive en la construcción de una nueva identidad
femenina.
Para conseguirlo es muy importante la educación, pero una educación que no se limite
a perpetuar los valores establecidos, que reconozca la diferencia sexual lo cual supone un
cambio en lo que hoy hacemos.
Esta reflexión nos lleva a la segunda pregunta ¿qué es coeducación?
Para responderla tenemos primero que remitirnos a la historia de la educación reciente.
Tradicionalmente el modelo escolar español se ha caracterizado por la dualidad de modelos
educativos: el femenino y el masculino de las escuelas separadas. Vigente en toda la etapa
de la dictadura. En segundo lugar, tenemos la escuela mixta en la que los niños y las niñas se
educan en los mismos centros y con el mismo currículo formal pero en la que se mantienen
las diferencias en lo que se ha definido como currículum oculto. Se trata de la ocultación e in-
visibilización de las mujeres en el currículum explícito en todas las áreas que lo componen, así
como la transmisión de la ideología androcéntrica y patriarcal dominante. En definitiva se podría
definir como aquellas facetas de la vida escolar de las que se aprende sin que el profesorado
sea consciente de sus efectos y el alumnado no percibe su transmisión (Sacristán, 1991).
Y la escuela coeducativa aquella en la que se consigue eliminar los estereotipos sexistas
e introducir elementos que hagan visible el currículum oculto. Muchas son las acciones que
se han puesto en marcha para conseguirlo. Podemos destacar el impulso de los estudios
feministas que demostraban tanto en los contenidos como en los materiales curriculares

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


(libros de texto, etc.) como en las actitudes personales la existencia de elementos discrimi-
natorios contra y sobre las mujeres y las niñas.
Además han existido leyes que incorporaron acciones significativas, por citar alguna en
este aspecto creo que la más importante fue la LOGSE pues en ella se acentúa el principio de
no discriminación por razón de sexo y se insiste en la necesidad de evitarla en los centros
escolares a través de diversos procedimientos.
En esta ley apareció, por primera vez, el tema de los transversales e incluía la educación
para la igualdad de oportunidades entre ellos. Voy a detenerme un momento en este punto.
¿Qué supuso? En primer lugar, el concepto de transversalidad que quiere decir que impreg-
na todo el currículum por lo que no se queda relegado a una materia concreta y eso quiere
decir que todos los elementos personales y no personales que intervienen en la educación
deben incorporarlo.
Para entendernos no hay que hablar de la igualdad en la asignatura de Ciencias Sociales,
o leer un texto en el libro de Lengua. Hay que eliminar cualquier comportamiento discrimi-
natorio en el uso de los tiempos y los espacios de la escuela, hay que trabajarlo día a día
en cada cuestión que se plantee. Podría poner muchos ejemplos pero seguro que saldrán
después en el debate.
La coeducación parte de la aceptación del propio sexo y de la asunción social de su iden-
tidad, de tal modo que cada individuo pueda construir su identidad personal, desde un auto-
concepto, positiva y saludablemente. Se trata de propiciar la comunicación entre las perso-
nas de ambos sexos basándola en la superación de los sesgos sexistas, de la consideración
de las categorías de lo femenino y masculino como algo hegemónico y excluyente. Como
dice Marina Subirats (1988): «La coeducación… ya no puede simplemente designar un tipo 109
de educación en el que las niñas hayan sido incluidas en el modelo masculino, tal como se
propuso inicialmente. No puede haber coeducación si no hay a la vez fusión de las pautas
culturales que anteriormente se consideraron específicas de cada uno de los géneros».
Por otra parte, el enfoque coeducativo implica el replanteamiento de los procesos de
enseñanza-aprendizaje. Es decir, incluye repensar desde las finalidades y objetivos hasta
la revisión de los contenidos básicos del currículum, el diseño de las unidades didácticas, la
organización de los centros y las relaciones personales y de comunicación, la revisión de las
orientaciones metodológicas, el diseño de nuevas actividades y la revisión de los criterios
de evaluación.
Existe un aspecto importante en el que es necesario insistir, se trata de la necesidad de
implicar a todo el personal pues la actividad coeducativa no pueda limitarse a la acción vo-
luntaria de un grupo del profesorado que está más o menos motivado. Hay que implicar a la
totalidad de los miembros de la comunidad educativa.
Ahora ¿qué exige este planteamiento? Pues, en nuestra opinión lo primero se necesita
formación, pues sin conocer lo que pasa es muy fácil que pase desapercibido pero sobre
todo exige que nos lo creamos, que estemos convencidas, y lo digo en femenino intencio-
nadamente.
Son muchas las maestras y las profesoras de enseñanza secundaria que consideran
una pesadez tener que estar pendientes de estas cosas en sus aulas. A veces incluso se
resisten, es triste decirlo, y nos encontramos con la paradoja de que sobre el papel está todo
muy bien escrito y, sin embargo, en la práctica siguen produciéndose día a día desajustes y
situaciones que nos hacen ver la conveniencia de seguir insistiendo.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Y por qué esta necesidad. Ahora debo responderme a la tercera pregunta que me plan-
teaba al principio ¿qué relación existe entre identidad sexual y coeducación?
Según los estudios de psicología de identidad sexual se conforma fundamentalmente en
dos periodos: la etapa infantil de 3 a 7 años y la etapa de los 11 a los 15 -16 de la pubertad
y adolescencia. Dejo para mi colega la insistencia en este punto pero debo decir dos cosas:
una que según Bandura y Walters (1974) existe lo que llamamos un aprendizaje por obser-
vación de modelos, que se considera un procedimiento de desarrollo cognitivo muy impor-
tante. Especialmente el niño/niña está recibiendo en la escuela unos patrones de conducta
que después repetirá. Son al menos cinco horas diarias las que pasan en el centro educativo
expuestos a ellas.
Hay que decir además que la educación se estructura siguiendo estas pautas evolutivas
de manera que la etapa Educación Infantil donde se produciría la primera identificación
sexual pues es de los 3 a los 6 años y en la Educación Primaria de los 6 a los 11 en la que
se afianzan los comportamientos aprendidos y sobre todo en la que se produce el primer
paso de socialización entre iguales incorporando el concepto de amistad entre ellos y ellas.
Finalmente la pubertad y adolescencia se hace coincidir con la Educación Secundaria Obli-
gatoria desde los 12 a los 16 años.
¿Dónde estamos hoy? En este nuevo siglo y a pesar de los avances conseguidos yo per-
sonalmente entiendo que se debe seguir insistiendo en los siguientes puntos:

– La formación. El nuevo profesorado va a estar en conexión con nuevos aspectos que


permiten la introducción de la globalidad. La universidad está inmersa en la creación del
Espacio Europeo de Educación Superior en el que se formará al futuro profesorado con 110
unos criterios nuevos en los que imperarán sobre todo las capacidades y los retos de la
profesión.
– En la incorporación sistemática en el Proyecto Curricular del Centro y de forma transver-
sal, la coeducación y su relación con la formación de la identidad sexual del alumnado.
– La incorporación de todos, los agentes que intervienen en la educación, que no por co-
nocidos debemos insistir, nos referimos al profesorado y al PAS, los padres y madres y el
alumnado.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


BIBLIOGRAFÍA

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BANDURA, A. y R. H. WALTERS (1974): Aprendizaje social y desarrollo de la personalidad,
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FAUSTO- STELING, A. (1998): «Los cinco sexos» en NIETO J. A.: Transexualidad, transgene-
rismo y cultura, Madrid, Ed. Talasa.
IZQUIERDO, M. J. (1983): Las, los, les. El sistema sexo/género y la mujer como sujeto de
transformación social, Barcelona, Lasal.
LAURETIS, T. (2000): Diferencias. Etapas de un camino a través del feminismo, Madrid,
Horas y horas.
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Madrid, Ópera Prima.
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WILLIAMS, J. E. y D. L. BEST (1990): Measuring Sex Stereotypes: A Multination Study, New-
bury Park, Sage. 111

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


EL AMOR Y LA SEXUALIDAD EN LAS SOCIEDADES POST-MODERNAS:
EL DISCURSO FÍLMICO

MARIA LAMEIRAS FERNÁNDEZ


Universidad de Vigo

EL CAMINO HACIA LA INDIVIDUACIÓN

Se pueden identificar tres grandes etapas que marcan los cambios que se han super-
puesto en las relaciones entre hombres y mujeres en general y en sus relaciones afectivo
sexuales en particular a lo largo de la historia.
En primer lugar en las sociedades preindustriales, la familia extensa aglutinaba las rela-
ciones en torno a la comunidad económica que forman, sin una diferenciación rígida de los
espacios para los sexos, ocupadas en una economía de subsistencia dentro de las socieda-
des agrícolas y ganaderas previas a la revolución industrial. La ausencia de espacio para el
desarrollo de biografías individuales era el común denominador para ambos sexos.
La segunda etapa viene de la mano de la Revolución industrial del siglo XIX con la que se im-
pone una realidad social, paralela a la realidad económica que emerge, en la que se contrapone 112
el mundo público, identificado con la producción, con el mundo privado, identificado con la repro-
ducción. Esta estructuración de la realidad se organiza a través de una distribución asimétrica de
los espacios y labores para las mujeres y para los hombres: el dominio de la producción para el
hombre frente al dominio de la reproducción para la mujer. Lo que aboca a la mujer a la absoluta
dependencia económica del hombre, quien acapara el poder y dominio del espacio público, y
la relega a las obligaciones del cuidado de los/as hijos/as dentro del espacio privado del «ho-
gar». A partir de este momento la familia extensa, vital para el mantenimiento de las sociedades
preindustriales, deja paso a lo que conocemos como familia «nuclear», en la que solo «caben»
los esposos y sus descendientes directos. Este nuevo «espacio» se abre hacia procesos de indi-
viduación del hombre, que puede construirse a expensas de la relegación de las mujeres, cuya
individualidad queda invisibilizada detrás de la de sus maridos, padres, hermanos o hijos.
La tercera fase, con una corta historia, se inicia en los albores de la década de los se-
senta del siglo XX a partir del cual se abre para las mujeres, aunque todavía no en absoluta
paridad con los hombres, la posibilidad de alcanzar el privilegio y el derecho de cargar con
su propia vida y asumir su propia individuación. En esta última fase, el vínculo afectivo, o el
amor si lo preferimos, emerge como rey absoluto y único responsable y justificador del ma-
trimonio, o mejor dicho, para dejar atrás todas las connotaciones que lastran y sobrepesan
este concepto, de la pareja, y la sexualidad representa su más destacada seña de identidad.
Ya no se permite que las parejas se formen como el resultado de ventajosos acuerdos fa-
miliares en los que nada o poco tenían que opinar los protagonistas, sino que ahora son los
sujetos, cada hombre y cada mujer individualizado, los únicos responsables de esta decisión
que debe decidirse en la intimidad de la díada.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


EL PATRIARCADO, LOS ESTEREOTIPOS DE GÉNERO
Y LAS ACTITUDES SEXISTAS

A pesar de todos los avances que se han dado, el proceso de individuación de hombres y
mujeres, estos siguen diferentes «velocidades». La emergencia de un espacio legítimo para
la individuación de las mujeres, que se abre por primera vez en las últimas décadas, carga
con la herencia del patriarcado que durante siglos ha determinado las relaciones asimétri-
cas entre hombres y mujeres. Pero para comprender en profundidad las repercusiones del
patriarcado como freno o ralentizador del avance de las mujeres hacia su total individuación,
es necesario considerar que éste incorpora dos componentes básicos: una estructura so-
cial, que es el sistema de organización social que crea y mantiene una situación en la que
los hombres tienen más poder y privilegios que las mujeres; y, una ideología o conjunto de
creencias acompañantes, que legitima y mantiene esta situación (Ferrer y Bosch, 2006). La
ideología patriarcal hace referencia al control estructural de los hombres sobre las institucio-
nes políticas, legales, económicas y religiosas; y, como no, sobre las mujeres.
Dentro de la ideología patriarcal el hombre, que ha de ejercer el papel dominante, es el
responsable de mantener la estructura familiar a través de los mecanismos que considere
necesarios. Por el contrario, el papel de la mujer es el de cuidar de todos los miembros de la
familia y ser dependiente de su marido para proteger la estructura familiar.
Sin duda todas las culturas han usado las diferencias biológicas (físicas) entre sexos como base
para hacer distinciones sociales que suponen la asignación de valores, cualidades y normas en
función del sexo al que pertenecemos. Así a través de los estereotipos de género «descriptivos»
se determinan como «deben ser» los hombres y las mujeres (características intelectuales y de 113
personalidad); y a través de los estereotipos de género «prescriptivo» se establecen las conductas
o roles que «deben llevar a cabo» cada uno (conductas). En función de los estereotipos «descrip-
tivos» se especifican los aspectos intelectuales y los rasgos de personalidad. De modo que a los
hombres les «corresponde» la ciencia, la razón y la lógica; y, a las mujeres la estética, la sensibi-
lidad y la intuición. En segundo lugar, en relación a los rasgos de personalidad, a los hombres se
les describe a través de la independencia, asertividad y dominancia; y, las mujeres se las describe
desde la dependencia, la sensibilidad y el afecto (Eagly, 1995). Y son los estereotipos «prescripti-
vos» los que condicionan el tipo de actividades y distribución de las ocupaciones (Pastor, 2000).
De modo que los roles o papeles asignados para cada sexo se proyectan desde los estereotipos
descriptivos. Esto implica reconocer que la existencia de roles o papeles diferenciados para cada
sexo es la consecuencia «natural» de asumir la existencia de características (intelectuales y de
personalidad) diferentes. Lo que supone considerar a los hombres con los rasgos «necesarios»
para ostentar el poder y gobernar las instituciones socio-económicas y políticas, justificando así el
poder estructural masculino, y relegando a la mujer al ámbito familiar y doméstico.
Las expectativas de igualdad de las mujeres promovidas por la enseñanza y el derecho se
contraponen a una realidad de desigualdades en el ámbito del trabajo y la familia. De modo
que las principales limitaciones para la «igualdad» real de las mujeres están en las trabas
que todavía se encuentran para su masiva incorporación al mundo laboral (que explica los
mayores índices de paro del colectivo de mujeres), y el mantenimiento de sus obligaciones
en el ámbito familiar, especialmente en el cuidado y atención a los/as hijos/as. Las puertas
que se abrieron a las mujeres a partir de los años sesenta a la enseñanza permanecían
cerradas en el mercado laboral, que sólo va abriéndose muy lentamente.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Sin embargo, los cambios sociales acontecidos dentro y fuera de nuestras fronteras en
las últimas décadas hacen insostenible el mantenimiento de una asimetría tan rígida (hom-
bre-poder-mundo público versus mujer-sumisión-mundo privado). Así el acceso masivo a la
educación y la incorporación paulatina de la mujer al trabajo remunerado fuera del hogar han
dado al traste con la supremacía masculina en el mundo público y ha impuesto la necesidad de
considerar a éste un espacio a compartir, y reconsiderar el status quo imperante hasta ahora.
Pero la más clara «resistencia» a la igualdad real entre hombres y mujeres, es derivada
de que la entrada de la mujer en el espacio público no se ha correspondido con el tránsito
del hombre al espacio doméstico. Así la transición hacia una realidad más equilibrada entre
géneros se ha dado con la entrada de la mujer en el mundo público a costa de retener sus
«obligaciones» en el mundo privado. Y aunque hay una pequeña evolución siguen siendo las
mujeres, aunque trabajen fuera de casa, las que asumen las tareas domésticas en mayor
medida que sus parejas, fuera (Lennon y Rosenfield, 1994) y dentro de nuestras fronteras
(Instituto de la Mujer, 2005). Así parece que la manera de compensar el esfuerzo y dedica-
ción que requiere la incorporación de la mujer al ámbito laboral se produce no compartiendo
sus cargas intrafamiliares con sus parejas sino disminuyéndolas.
En primer lugar, se demora el nacimiento de los hijos/as y en segundo lugar, se reduce
el número. En este sentido, en España la media de edad de las mujeres en el nacimiento
del primer hijo/a está en 29 años y se incrementa en 4 años desde 1975 (Cantalapiedra y
Panizo, 2002). Además España, junto con Italia, acapara los índices de natalidad más bajos
del mundo, con una media de 1,34 y 1,36 hijos/as por mujer respectivamente, y es precisa-
mente España uno de los países en los que la disminución de este porcentaje ha sido más
drástica, ya que junto con Irlanda (3,93) aglutinaba el mayor índice de natalidad hace tres 114
décadas (2,86). Y las renuncias familiares de las mujeres se incrementan a medida que és-
tas ascienden por la escalera del poder. En su trabajo con mujeres directivas Barberá (2001)
constata que aproximadamente la mitad no tienen hijos/as y un número equivalente no tiene
pareja estable.
Nos encontramos, por tanto, ante una nueva realidad caracterizada por la existencia de
un espacio público compartido, pero que sin embargo todavía no es igualitario; y, de un
espacio privado en el que no se ha producido el «trasvase masculino», debido a la fuerte
resistencia de los hombres a asumir sus responsabilidades en el ámbito familiar. Lo que
irremediablemente deriva en las dificultades que encuentran las mujeres a la hora de com-
patibilizar sus responsabilidades familiares y laborales, persistiendo así la discriminación de
una forma mucho más sutil e implícita, con una falsa sensación de igualdad.
Así que lejos de haberse superado las «luchas» entre los géneros por alcanzar un espa-
cio igualitario en el que convivan de forma lícita ambas individualidades, parece que esta-
mos presenciando nuevas formas de mantener las desigualdades que por ser más sutiles
son por tanto menos obvias pero no menos perniciosas.
Hay que reconocer que las relaciones entre sexos se encuentran necesariamente conno-
tadas, no sólo por relaciones de independencia y diferenciación, sino también por relaciones
de dependencia. Precisamente la compleja trama de relaciones de dependencia e inde-
pendencia hace de las relaciones entre los géneros una realidad diferente y singular, con
elementos no compatibles con los presentes en el resto de las relaciones intergrupales. Por
tanto para maximizar la comprensión de las relaciones entre los géneros ha de reconocer-
se esta singularidad relacional entre los géneros. Esto supone reconocer que las actitudes

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


hacia los géneros serán el resultado de estas fuerzas divergentes de independencia y auto-
nomía en el contexto social (público-laboral) con las fuerzas convergentes de dependencia
y heteronomía en el ámbito relacional. Este reconocimiento ha propiciado el desarrollo de la
más reciente y novedosa teoría sobre el sexismo moderno.
La teoría del sexismo ambivalente de Glick y Fiske (1996) es la primera que reconoce la
necesidad de ubicar en la comprensión del nuevo sexismo la dimensión relacional. Sexismo
que se operativiza con la presencia de dos elementos con cargas afectivas antagónicas:
positivas y negativas (Glick y Fiske, 1996; 1999; 2001; Glick et al., 2000). Dando lugar a dos
tipos de sexismo vinculados: sexismo hostil y sexismo benevolente. El sexismo hostil es una
ideología que caracteriza a las mujeres como un grupo subordinado e inferior y legitima el
control social que ejercen los hombres. Por su parte, el sexismo benevolente se basa en una
ideología tradicional que idealiza a las mujeres como esposas, madres y objetos románticos
(Glick et al., 2000, Lameiras, Rodríguez y González, 2004). Y es sexista también en cuanto
que presupone la inferioridad de las mujeres, ya que este sexismo reconoce y refuerza el
patriarcado, pues considera que las mujeres necesitan de un hombre para que las cuide y
proteja. A su vez utiliza un tono subjetivamente positivo con determinadas mujeres, las que
asumen roles tradicionales, como criaturas puras y maravillosas cuyo amor es necesario
para que un hombre esté completo. Y lo que es muy importante es que precisamente es el
«tono positivo del SB el que debilita la resistencia de la mujer ante el patriarcado, ofreciéndole
la recompensa de protección, idealización y afecto para aquellas que aceptan los roles tradi-
cionales y satisfacen las necesidades de los hombres» (Herrera y Expósito, 2005: 380).

115
LOS SIGNIFICADOS POST-MODERNOS DEL AMOR
Y DE LA SEXUALIDAD

La transformación de la individualidad y la intimidad que ha caracterizado las últimas dé-


cadas del siglo XX, a pesar de todo, parecen dirigir los destinos de los géneros hacia realida-
des más confluyentes, hacia un espacio de convergencias más igualitario en el que ambos
géneros puedan desarrollar plenamente su individualidad.
Para Giddens ese espacio se representa necesariamente por lo que él llama el encuentro
de hombres y mujeres en una «relación pura» y la práctica de una «sexualidad plástica».
Giddens (1993: 11-12) define la «relación pura» como «una relación de igualdad sexual y
emocional, que tiene connotaciones explosivas respecto de las formas preexistentes de las
relaciones de poder entre los diversos papeles sexuales establecidos». Por su parte define
la «sexualidad plástica» como «una sexualidad descentrada liberada de las necesidades de
la reproducción... que libera a la sexualidad de la hegemonía fálica, del desmedido predo-
mino de la experiencia sexual masculina» (Giddens, 1993: 12), que considerada condición
imprescindible para llevarse a cabo una verdadera revolución sexual. Para la que también es
necesario que se produzca toda una revolución en relación al cuerpo y sus significados. Ya
que quien no está reconciliado con su figura corporal, y en última instancia auto-agrede su
cuerpo descontento con una imagen corporal que no se adecua al estándar de belleza im-
perante, parece difícil que pueda relacionarse positivamente con los demás. No solamente
por las dificultades a nivel comunicativo-afectivo, que limitan en gran medida la consecución
de la intimidad, sino además por las que se imponen directamente a nivel sexual, ya que en

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


definitiva la sexualidad es un lenguaje «corporal» y la insatisfacción con el cuerpo limita su
potencialidad comunicativa (Lameiras, 2001).
Sin embargo, aunque hacia este tipo de relaciones y sexualidad «ideales» derivan in-
eludiblemente los cambios que han caracterizado nuestra historia más reciente, su masiva
consecución parece más un reto para el futuro que una realidad del presente.
La teoría psicoanalítica desarrollada por Freud en la última década del siglo XIX y los al-
bores del XX, aportó la primera teoría explicativa de la sexualidad humana eminentemente
psicológica, que ha dejado una persistente huella. Freud entiende al ser humano como un
ser que busca satisfacer sus necesidades innatas (busca el placer), que inevitablemente
chocan con otras características de las relaciones sociales e interpersonales, pero esos
impulsos primitivos se van adaptando y modelando por la cultura para posibilitar acciones
más elevadas. Sin embargo, para Mitchell (1990: 90), uno de los autores más relevantes de
la pujante teoría «relacional» dentro del psicoanálisis, sentencia que con esta consideración
de la sexualidad que hace Freud «todo el campo de las relaciones interpersonales se hun-
de en torno a los impulsos que surgen espontáneamente con significados codificados y a
priori». Para desmontar los cimientos que fundamentan esta idea de la sexualidad Mitchell
recurre a los estudios sobre sexualidad animal de los que concluye que cuando no están
presentes los estímulos externos (presencia de feromonas, periodo de celo en la hembra…)
no se da la conducta sexual ni está presente la tensión. En conclusión, el sexo no es una
pulsión o tensión que surge desde dentro como propuso Freud sino que se estimula desde
fuera exactamente del campo interactivo de las relaciones interpersonales, de modo que la
sexualidad deja de ser un impulso que emana desde dentro para convertirse en una reacción
ante una acción en un contexto interactivo. Mitchell (1990: 142) concluye que la importancia 116
de la experiencia sexual y su papel clave en la psicopatología no se deriva de sus propie-
dades inherentes como creía Freud, sino de «sus significados interactivos y relacionales»
y la importancia de la sexualidad viene dada por su importante papel en el moldeamiento y
mantenimiento del sentido de identidad.
Para el modelo «relacional» que propone Mitchell (1990) las diferencias encontradas entre
los géneros: las mujeres más centradas en el contacto y el apego y los hombres en la identidad
que la sexualidad aporta, representan diferencias no sustanciales que son sin duda marcadas
por la cultura (aunque es posible también que estas se vean influenciadas por diferencias fisio-
lógicas y como no por la calidad de las relaciones objetales –interpersonales–).
Desde el modelo sociológico de la sexualidad de Simon y Gagnon (1973) se plantean que
todos los aspectos de la experiencia sexual, incluso la excitación y la saciedad, provienen de
contextos sociales e implican significados sociales que llaman script (guiones). Si bien estos
guiones reciben su significado del campo social interpersonal, Mitchell (1990) defiende que
estos se vuelven fenómenos intrapsíquicos que producen motivaciones, excitaciones y de-
seos. En definitiva el trascendental mensaje a partir del cual la sexualidad permanece indi-
sociable de las necesidades afectivas lo describe Mitchell cuando afirma que «la sexualidad
absorbe toda la intensidad de las enardecidas luchas por establecer contacto, comprometer-
se, superar el aislamiento y la exclusión» (1990: 126).
Para Beck y Beck (2001) el amor de pareja representa el último refugio en un mundo post-
moderno lleno de inseguridad. Un mundo en donde el sujeto está enfrentado a la consecución
de su individualidad y frente a este estado de «aislamiento» el amor se convierte en la con-
tra-soledad. Alcanzar ese tú con el que conseguir protección, comprensión y comunicación y

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


convertir al amor en el anestésico de una realidad insoportablemente doloroso y angustiante
en la que nos asfixiamos en un intento infructuoso por encontrarnos con el otro, por ser re-
conocidos y valorados por el otro, por construir un mundo desde el yo al tu-yo. A diferencia
de lo que creía Freud, Fairbairn –un destacado psicoanalista que aunque no rompió con la
ortodoxia freudiana hizo aportaciones muy significativas y novedosas– considera que el ser
humano no nace programado para buscar el placer, por otro lado una actividad en la que
cosechamos muchos fracasos, sino en la búsqueda del encuentro afectivo con otro ser hu-
mano, en la «búsqueda del otro» para lo que estamos abocados desde el nacimiento.
Para Beck y Beck (2001) en las sociedades post-modernas el amor se eleva al rango de
una religión al mismo tiempo que se superan la influencia de las religiones. Y consideran que
así como con la religión se esperaba encontrar la vida después de la muerte, con el amor se
cree con la misma fe en la existencia de la vida antes de la muerte. Y aferrados a esa idea
sobrevivimos. Materializar un encuentro con el otro que ampare la levedad de nuestro ser,
con la que entroncar en el mundo y dar sentido a la existencia, que de otro modo puede ser
vivida como fútil y vacía.
Las interesantes aportaciones de Bowlby (1969) con su teoría del apego refuerzan estos
pensamientos. En la teoría del apego se plantea que la calidad de la relación afectiva paren-
tal constituye una variable crucial para el desarrollo de un auto concepto seguro y estable,
indispensable para alcanzar el bienestar. La teoría del apego es aplicada a las relaciones
de amor en los adultos gracias al trabajo de Hazan y Shaver (1987, Shaver y Hazan, 1988).
De acuerdo con estos autores las variaciones en las primeras experiencias interactivas du-
rante la infancia producen unas diferencias relativamente estables en los estilos de relación
que se establecen a partir de la adolescencia. De tal modo que los tres estilos descritos en 117
las relaciones de apego se manifiestan en el amor romántico adulto: seguro, de evitación y
ansioso-ambivalente.

LOS MODELOS DEL AMOR Y LA SEXUALIDAD EN EL DISCURSO FÍLMICO

La socialización comienza con la familia pero no termina con ella, se continúa con la
escuela y encuentra en tercer lugar en los mass media un agente socializador que va aca-
parando mayor potencia e influencia. Desde muy pequeños convivimos con los mensajes e
imágenes que transmiten los medios de comunicación, destacando por encima de todos la
televisión, delante de la que pasamos cada vez ms tiempo y esta exposición se comienza a
más temprana edad.
Dentro de los mensajes mediáticos el lenguaje fílmico es uno de los más omnipresentes
y potentes. Transmite mensajes que penetran en la conciencia con una extraordinaria pre-
cisión, hace emerger todo un universo de descripciones e imágenes a través de las que se
forma una visión del mundo en general y del comportamiento humano en particular (Álvarez,
2007). La cultura mediática nos ofrece materiales sobre los que forjamos nuestras identida-
des, nuestra idea de los que significa ser hombre o mujer, y nuestra idea de lo que significa
el amor y la sexualidad. La temática que ahonda en las relaciones humanas, especialmente
aquellas en las que se evidencia el encuentro en las emociones a través del amor, y de los
cuerpos a través de la sexualidad, se reproducen como hongos en la historia de la filmato-
grafía. Podemos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que no hay tema más incombustible que

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


el amor y ningún tema ha hecho correr más ríos de tinta en la literatura ni más imágenes en
el celuloide. Y junto al amor de forma cada vez más explícita, tanto en los discursos lingüís-
ticos como visuales, siempre aparece vinculado el lenguaje corporal de la sexualidad. Como
nos recuerda Weeks (1993) en el prólogo a su obra El malestar de la sexualidad, «pocos
temas despiertan tanta ansiedad y tanto placer, tanto dolor y tanta esperanza, tantas dis-
cusiones y tantos silencios, como las posibilidades eróticas de nuestros propios cuerpos».
El interés por la sexualidad representa sin duda una de las preocupaciones más intrínseca-
mente humanas y la comprensión de sus significados constituye un aspecto ineludible para
comprendernos como seres humanos, y de ahí su asociación indisociable e indiscutible de
la dimensión emocional.
La mayoría de los films ofrecen una visión estereotipada del amor y de la sexualidad que
los desvirtúa, y confunde al espectador/a, a quien induce a creer que esa es la «verdad»
de la realidad. Transportándonos a vivir las emociones, sensaciones y pensamientos a las
que somos redirigidos en un estado hipnótico y sin oponer apenas resistencia. Propiciando
que esos mensajes nos calen hasta los huesos y se fundan y reelaboren nuestra propia
identidad.
Hacer un estudio extensivo a través de la historia de la filmatografía para hacer un barrido
de los mitos y estereotipos que sobre el significado de ser hombre o mujer, de la afectividad
en general y del amor en particular, y de la sexualidad y sus formas de expresión excede los
propósitos de este trabajo. Lo que aquí proponemos es un repaso de estos mitos y estereo-
tipos a través de una película reciente, de factoría europea (italiana) y que ha tenido la sufi-
ciente difusión y acogida como para que ya nos encontremos con la segunda parte. La pelí-
cula de la que hablamos es Manuale D´amore (Giovanni Veronesi, 2005) en la que se retrata 118
o se pretende retratar una radiografía del amor y las relaciones afectivo-sexuales a través
de un formato que despieza la temática en cuatro grandes apartados: el flechazo: en el que
se aborda el proceso de enamoramiento; la crisis: en el que se aborda los problemas dentro
de una relación de pareja que se mantiene en el tiempo; la traición: en el que se plantea la
realidad de la infidelidad; y el abandono: en el que se plantea la ruptura de la relación.
En cada uno de los apartados, los mitos y estereotipos son abundantes y no dejan lugar
a dudas de qué imagen todavía «persiste» sobre lo que significa el amor, la sexualidad y en
definitiva las fantasías de idealización que quedan implícitas sobre un «mundo feliz» dentro
del vínculo afectivo-sexual. Pero al mismo tiempo evidencian las dificultades y los obstáculos
que se ciernen en el horizonte de las relaciones y que debilitan el vínculo con las crisis, con
las traiciones y que acaban irremediablemente en un abandono o en una consensuada rup-
tura. Que inevitablemente nos llevan a «volver a empezar» la espiral y encontrar de nuevo el
enamoramiento para seguir en la «búsqueda de la felicidad» que se mitifica en el encuentro
con esa persona con la que podremos vivir sin crisis, ni traiciones, ni abandonos, la plenitud
y el esplendor del amor.
Vamos a detenernos esquemáticamente en el análisis de la primera parte de la película:
flechazo-enamoramiento. Este fragmento nos enfrenta al primer mito que supone considerar
el flechazo- enamoramiento el «inicio» de todo, el «comienzo» de todo, que nos lleva a la «lí-
nea de salida». A partir de este fragmento se desarrolla el análisis relativo a los mitos sobre
el amor, los estereotipos sobre la sexualidad y los estereotipos de género presentes.
Mitos sobre el amor: el flechazo/enamoramiento, como primer paso «esperable», «de-
seable» o «indiscutible» para alcanzar el amor y con ello la felicidad. Sin duda el enamora-

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


miento/flechazo es el primer paso, y cuando ya se ha prendido la mecha del enamoramiento
en los dos miembros de la díada llega el momento de tomar decisiones: casarse. El ena-
moramiento deviene en boda, y esta potente asociación de acontecimiento crea un guión,
como dirían Simon y Gagnon (1973), tan resistente que parece difícil sustraernos de este
pensamiento que actúa como un fuerte magnetismo.
Estereotipos sobre la sexualidad: la sexualidad dentro de una relación heterosexual de
una pareja de jóvenes y guapos, en donde el amor que se profesan garantiza la consecución
de una sexualidad satisfactoria. Un mensaje que no se muestra explícitamente pero queda
claramente implícito.
Estereotipos de género: en este caso es el hombre el que «toma la iniciativa» el que
actúa y desarrolla todo el proceso de «seducción» para rendir a sus pies a la mujer que
corteja. Se reproduce así el estereotipo del hombre «activo» frente a la mujer «pasiva». Una
mujer «huidiza», que se «niega» en un primer momento a la relación y que poco a poco es
«doblegada» su resistencia en proporción a la insistencia que opone su enamorado. Queda
claro el mensaje en relación a un mito muy asumido de que «las mujeres cuando dicen no
en realidad quieren decir sí» y «el que la sigue la consigue». También se reproduce la asig-
nación de espacios: el mundo público para él y para ella el mundo privado, relegada a las
tareas domésticas que se ejemplifican en la escena de la cocina.
Estereotipos sobre estados anímicos durante la fase del enamoramiento: los enamorados
viven en «su mundo» ajeno al mundo que les rodea. Insensibles a todo cuanto se produce
fuera de ese reducto en el que sólo caben ellos dos. En esta vida «a dos» no se permiten
intrusos. Tiene el/la enamorado/a la cabeza llena de ilusiones que convulsionan en su ca-
beza como fuegos artificiales. Los enamorados tienen dificultades para concentrarse, para 119
pensar en otra cosa que no sea «su amada/o». El amor le hace ciego a todo lo que hay a
su alrededor, sordo a todo lo que se dice a su alrededor, inapetente a todo lo que no sea
alimentarse del amado/a. El enamorado se comporta como un «demente» pero sólo en este
estado se permite y tolera. Y todo este proceso de «enajenación mental» no parece el más
adecuado para tomar importantes decisiones, las más trascendentes: emparejarse y emba-
razarse. Sin embargo, son precisamente las que con más frecuencia se dan dentro de una
fase de enamoramiento.
Los estudios en neurociencias confirman los cambios que alteran realmente la percep-
ción de la realidad y que tienen que ver con un complejo proceso de producción de hormo-
nas, endorfinas y enzimas. Quizá deberíamos prevenir a los jóvenes de esta «patología»
y prepararlos para «pasar sus síntomas» de la mejor manera posible. Desligando mitos y
fantasías irreales. En definitiva, educándoles para «vivir con los pies en la tierra» y capaci-
tándolos para afrontar crisis, problemas y rupturas.
En la película esto queda totalmente reflejado en los comportamientos de los enamora-
dos, que además confirman la regla de que durante el enamoramiento se toman las más
importantes decisiones de la vida afectiva: casarse y embarazarse.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


CONCLUSIÓN

Los avances que han caracterizado el devenir de las últimas décadas en pro de una
mayor individuación de los géneros, enfrentados a una nueva forma de relacionarnos y co-
municarse, pasando de la abierta asimetría a la búsqueda de la igualdad, no ha hecho más
que empezar. Lejos de consumarse esta deseada realidad, ésta está en obras, y sólo podrá
finalizarse su construcción si consigue sortear con éxito los obstáculos que se oponen a
su crecimiento. Frente a esta imparable evolución los hombres y las mujeres del siglo XXI

caminamos con el sobrepeso a la espalda que deja la historia del patriarcado. Una historia
de injusticias y desigualdades que se resisten a ser desintegradas por completo. En medio
de este panorama los mass media en general y el lenguaje fílmico en particular refuerzan
y apuntalan la supervivencia de mitos y estereotipos sobre los géneros en relación al amor
y la sexualidad sobre los que es necesario estimular una reflexión crítica que los inactive y
desintegre.
Con el recurso fílmico de una película europea de gran difusión (Manuale D´amore, Italia,
2005) se han identificado mitos y estereotipos sobre el amor y la sexualidad, que hemos he-
redado y perviven, siendo todavía mayoritariamente compartidos. Esta ideología expuesta y
difundida a través de los mas media adiestra y modela los pensamientos y expectativas que
hombres y mujeres desarrollamos sobre las relaciones afectivas y la sexualidad. Un mensaje
que afecta especialmente a los más jóvenes que quedan «improntados» por un modelo que
va estableciendo guiones (script) que orientan sus pensamientos, sentimientos y comporta-
mientos en el ámbito afectivo-relacional-sexual. Impronta que es favorecida por la deficitaria
educación emocional y sexual, que estimula una conciencia crítica y reflexiva con la que 120
poder tamizar y descomponer un mensaje mediático interesado, equivocado y embaucador
de una «realidad» que no es real. Un mensaje que puede tener consecuencias dolorosas y
perjudiciales para el bienestar personal.
A través del análisis fílmico se han abordado distintos aspectos relevantes para la des-
mitificación del amor y de la sexualidad: desde la omnipresencia de la heterosexualidad que
eclipsa la aparición de otras opciones sexuales, pasando por la asociación entre sexualidad
y afectividad como culmen del encuentro sexual, la «invisibilidad» de la sexualidad y el ero-
tismo o su expresión estereotipada (sexo = coito), los mitos vinculados al enamoramiento
encumbrado como estado «ideal» para el bienestar personal y sexual, las «fases» de las
relaciones que comienzan con el enamoramiento y terminan con las «crisis» que impone la
rueda de los años y de la cotidianidad sobre el encuentro afectivo-sexual, la reproducción
como fin en sí mismo y garante de felicidad, los valores que hacen prevalecer la fidelidad so-
bre la lealtad, y finalmente la formalización de la pareja a través del matrimonio que culmina
con el nacimiento de los hijos/as.

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IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


LAS DIFICULTADES SOCIALES DE LAS PERSONAS TRANSEXUALES

JAVIER MONTILLA VALERIO

L A HISTORIA SÓLO PUEDE CONTARSE si se tiene memoria y dignidad. Y la historia para las mujeres
y los hombres transexuales empezó una nueva etapa el pasado 1 de marzo de 2007 con la
aprobación de la Ley de Identidad de Género en el Congreso de los Diputados. Ese día pasará
a la historia como el día en que las mujeres y los hombres transexuales comenzaron a romper
las barreras que históricamente la sociedad había puesto hacia ellos. Y no exagero cuando
creo que se ha comenzado a escribir el fin de la discriminación de las personas transexuales.
El futuro empieza ahora, con una nueva ley que otorga un instrumento de libertad, de dignidad,
de reconocimiento legal y amparo jurídico a la diversidad de una realidad.
Es la obligación de un parlamento democrático, que mire hacia sus ciudadanos, hacia
todos sus ciudadanos, porque hasta ahora las personas transexuales debían pasar por un
verdadero calvario para lograr que su identidad sexual coincidiera con la identidad legal. Una
situación que arrastraban día a día, pues no es fácil enfrentarse al mundo bajo un nombre y
sexo asignado legalmente distinto del que uno siente, que es la verdadera identidad sexual,
el sentimiento interno de cada cual de pertenencia a un sexo determinado distinto del sexo
morfológico, la simple apreciación visual de los órganos genitales.
Porque un sexo equivocado quiere decir tener que usar un disfraz a la fuerza, que todos
supongan que sientes lo que no sientes, que no puedan figurarse los sentimientos que bri- 122
llan, que deslumbran en ti, los que te conmueven hasta llorar y es ahí donde surge un drama
del que por fin se empieza a vislumbrar el principio del final.
Es muy larga la estela de sufrimiento moral y físico de las personas transexuales a lo
largo de la historia y del estigma que sobre ellos ha pesado. Por fin, esta ley ha dado una
respuesta a una demanda jurisprudencial y social y se hace eco, además, de la resolución
del Parlamento Europeo de 1989 y de la recomendación del Consejo de Europa del mismo
año. Con la ley se ha dado un paso más para garantizar los derechos al libre desarrollo de
la personalidad, a la dignidad y a la intimidad de las personas. Porque la transexualidad no
es un capricho arbitrario, sino una realidad científica objetiva que requería de una ley como
esta, porque sexo y género no son lo mismo en todos los casos.

ORIENTACIÓN SEXUAL E IDENTIDAD DE GÉNERO

Pero para poder entrar en los conflictos sociales que la mayoría de las mujeres y los
hombres transexuales han de sufrir es importante recalcar las diferencias entre orientación
sexual e identidad de género. No en vano la confusión reinante ha sido el punto de partida de
muchos de los principales problemas que sufren las personas transexuales, fruto de la igno-
rancia y la falta de conocimiento que la sociedad tiene sobre la sexualidad humana. Porque
todo lo que no es afín a nuestra forma de ver las cosas, condicionadas por una educación
basada en un antropocentrismo heterosexista de ver las cosas ha llevado a rechazar al que
es diferente.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Generalmente, tiende a decirse que un transexual es un travesti y por ende homosexual.
La sociedad en muchos casos, e incluso en muchos medios de comunicación, aún confunde
la homosexualidad, la transexualidad y el travestismo, cuando son tres realidades comple-
tamente diferentes. La confusión se origina porque aún no está claro para la sociedad la
diferencia entre sexo biológico, identidad de género, orientación sexual y conducta sexual.
El concepto de sexo biológico hace referencia a la posesión por parte de un individuo de
los atributos fisiológicos que definen al sexo femenino o masculino. Por identidad de género
se entiende la sensación interna de identificación o la falta de identificación que un indivi-
duo tiene en relación con su sexo biológico. Por orientación sexual se entiende la atracción
sexual y afectiva que siente un individuo por otros del sexo contrario o del mismo sexo. Final-
mente, conducta sexual hace referencia a los episodios de carácter sexual en la historia de
un individuo. Así pues, por tanto, la transexualidad se diferencia del travestismo en que los
travestidos mantienen una identidad que sí está acorde con su fisiología genital. Para ellos,
o para ellas, vestirse con ropa del género opuesto, sólo es cuestión de fetichismo o motivado
por un afán lúdico.
Uno de los principales motivos por los que se estigmatiza la transexualidad es por el falso
error de entremezclar orientación sexual e identidad de género. Son cientos de comentarios
los que atribuyen que «un» transexual (en masculino para dejar patente el rechazo a su
condición de mujer) es un gay que se disfraza de mujer, o es un gay que va «más allá». Ser
hombre o ser mujer no tiene nada que ver con la elección de la pareja o de una simple rela-
ción sexual. Las estadísticas muestran que aproximadamente un 30% de las mujeres tran-
sexuales son lesbianas, un índice más elevado que en las mujeres no transexuales. También
puede constatarse la existencia de transexuales gays, así como heterosexuales. Es decir, un 123
arco iris igual de amplio que en el colectivo heterosexual.
Para una persona transexual el hecho de haber pasado o no por el quirófano, se convierte
en ocasiones en un freno muy importante a la hora de buscar la normalidad absoluta dentro
de la sociedad. Porque, generalmente, lo primero que se suele preguntar es si ya está la per-
sona operada. Todo ello es el resultado de una visión que ha dado la sociedad que el sexo
sólo es genitalidad. Soy de la opinión que el sexo está en la cabeza y no en los genitales.
¿Por qué un hecho tan sencillo como la divergencia entre sexo e identidad resulta tan difí-
cil de entender? ¿A qué viene tanto empeño en marcar los límites de nuestro cuerpo en rela-
ción con su vida social o sexual? ¿Por qué se entiende la homosexualidad con más facilidad
que la transexualidad, y para entenderla simplemente se destruye su esencia, convirtiéndola
en lo que no es? La respuesta sólo puede estar en el tabú del cuerpo, que es lo primero que
ven nuestros ojos y nuestro principal vehículo de comunicación con la sociedad.
Decía un día Isabel Coixet que «la vida es básicamente injusta, pero a veces se hace
completamente insoportable». No iba mal encaminada la premiada directora de cine cata-
lana. Esa frase es casi un dogma de vida para las personas que se sienten de un sexo dife-
rente que con el que han nacido. Las personas transexuales durante años han sobrevivido
en una sociedad que les ha conducido al ostracismo. Porque sin lugar a dudas sus vidas son
una continúa superación de obstáculos y barreras. Verdaderamente la barrera personal, a
veces es la más difícil de rebasar. Luego vendrán otras barreras, como la familiar o la social
y ésta sin duda es la más dramática.
Porque, ¿existe una mayor discriminación que aquella que no permite a la persona vivir
con el sexo que verdaderamente siente?

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


¿Quién puede negar que no existe una discriminación, si nueve de cada diez personas
transexuales no puede trabajar por no llevar un DNI acorde al sexo en el que vive y su única
salida es la prostitución?
¿Quién puede negar que el índice de paro en mujeres transexuales supera el 90% y en
los hombres aproximadamente un 70%?
Hay algo que está muy claro: reconocer que tu alma vive en un cuerpo equivocado no es
fácil. Las presiones sociales, el entorno, y, por supuesto, tu propio rechazo personal, son un
búnker difícil de aceptar. Aún hoy, en España, podemos encontrar adolescentes que se suicidan
por no poder soportar la presión que supone vivir en una identidad sexual diferente de la que
marcan tus genitales. No sabes lo que te ocurre, porque siempre te han educado en el hecho de
vestir a los niños de un determinado color y a las niñas de otro o, por otra parte, te han inculcado
unos determinados juegos o comportamientos sociales según el sexo de nacimiento.
Todos estos clichés han originado que la sociedad aún hoy considere a las personas
transexuales como personas raras, e incluso siniestras. En muchas ocasiones aún dicen
que son gente extraña, diferente. Pero lo que está claro es que muchos de los problemas de
autoaceptación que padecen las personas transexuales, son debidos al continuo lastre de la
discriminación social. Es por ello por lo que se puede afirmar que no es fácil la invisibilidad
porque no se encaja en la norma. Y ya sabemos que socialmente el hecho de ser diferente
se entiende como ser peor.

LA AUTOACEPTACIÓN DE LA REALIDAD TRANSEXUAL


124
Pero, ¿cómo es el proceso de autoaceptación? Al contrario que las personas homo-
sexuales en el que ese proceso es gradual y que implica la propia decisión de la persona,
las mujeres y los hombres transexuales salen de ese armario a empujones y rápidamente.
Porque, en muchos casos, es el propio cuerpo y una documentación no acorde al sexo social
de la persona el que los y las delata cuando se empieza el proceso transexualizador.
Es el caso por ejemplo cuando se realizan pagos con tarjetas bancarias, y has de mostrar
la documentación, o en multitud de ocasiones cuando se viaja en avión y a la hora de embar-
car han de escuchar o mirar, ciertas miradas o comentarios que denotan un rechazo.
Lo cierto es que hay muchas maneras de vivir la experiencia transexual. Hay muchas
maneras de darse cuenta de cuál es la situación por la que está pasando. El peor problema
es la hipocresía. Si no puedes tener la vida que la sociedad te ha marcado al nacer, porque
naces con unos determinados genitales, te preguntas: ¿Quién soy? ¿Qué hago? ¿Adónde
voy? Y esa es la gran paradoja. Al contrario que en el caso de las personas homosexuales,
que tienen referentes en el campo de la cultura y en casi todos los ámbitos sociales y civi-
les, no existen referentes de personas transexuales que pudieran facilitar el camino hacia
la propia identidad. Pero, además, como se ha reprimido y hasta la propia ciencia ha sido
un elemento represor, seguimos con gente que no se acepta y llegan a creer, incluso, que
son personas inadaptadas. Otros se obsesionan con el cuerpo, como consecuencia del alto
grado de culto al cuerpo que la sociedad ha canonizado como el modelo social a seguir. Así
que muchas mujeres y hombres transexuales, hipotecan su salud para conseguir ese mode-
lo físico que les haga pasar lo más inadvertido posible. Pero también lógicamente, quieren
un cuerpo con el que poder disfrutar de su sexualidad.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Existen muchos periodos de negación. Momentos de querer buscar algo diferente. Mo-
mentos de oscuridad y de miedo. Luego, cuando se admite que está sucediendo, cuando la
persona se desnuda ante ella misma y se revela su verdadera identidad, un noventa por ciento
decide que para vivir una vida de completa exclusión social y laboral, donde la sociedad no
les admite, donde cuesta mucho encontrar una pareja, deciden tirar por la calle de en medio
y no vivir con verdadera autenticidad su identidad de género. Es por ello, por lo que creo que
esta realidad, este calvario, nos debería a todos hacer reflexionar qué hemos hecho mal como
sociedad en general para que el momento de identificación sexual de una persona llegue a
oscurecer su propia personalidad, convirtiendo su vida en un eterno interrogante.

LA FAMILIA Y EL ENTORNO. UN TEMA CLAVE

Al igual que cualquier persona, las mujeres y los hombres transexuales necesitan relacio-
narse con la sociedad, porque no dejan de formar parte de la estructura social. Y la familia
sigue siendo la célula básica de la sociedad. La afectividad es la columna básica en la que
las personas transexuales se apoyan y esperan reivindicar en todos los frentes su derecho a
compartir el sexo que tienen en la cabeza. Pero, lejos de encontrar en muchos casos el apo-
yo y la comprensión, en muchas ocasiones se encuentran con la desavenencia del entorno
social más directo, principalmente familia y amigos. La reacción habitual entre los familiares
y amigos es de absoluto desconcierto. Se sienten engañados en la mayoría de los casos y
optan por rechazar a la persona.
Para los padres supone un reto aceptar la transexualidad de su hija o hijo. Para ellos 125
sólo es parte de un capricho más o una decisión personal por lo que optan por no apoyar el
proceso que a partir de ese momento empieza. Los prejuicios sociales desarrollados en la
etapa de la educación y la propia difusión folklórica que realizan sin escrúpulos los medios
de comunicación suponen un argumento fáctico que produce un miedo a que su hijo o su
hija sean diferentes.
Beatriz Gimeno, ex presidenta de la Federación Estatal de Lesbianas, Gays y Transexua-
les, la mayor entidad que aglutina una treintena de asociaciones de todo el estado, respecto
a cómo se desarrollan las relaciones de las personas transexuales con su entorno familiar,
recalca:

Las relaciones con su entorno son muy complicadas. De ahí que en muchas ocasiones, las personas
transexuales tengan que salir de su entorno para poder asumir una identidad transexual. Eso favo-
rece también su vulnerabilidad económica y social, porque no suelen contar con el apoyo familiar, al
contrario que lesbianas y gais. La presión del entorno es muy grande. No sólo del entorno inmediato,
sino del entorno social. Por lo que en la mayoría de los casos, les obliga a emprender una especie
de exilio.

Los hombres y las mujeres transexuales necesitan en ese momento el calor de un abra-
zo, el apoyo sin condiciones y normalmente, sólo encuentran el rechazo. Pero es curioso que
la cultura que nos ha educado haya propiciado que los padres ansíen que sus hijas o hijos
aspiren a lo máximo en el mundo laboral, e incluso construyan su propia familia, pero no se
preocupen de qué les ocurre, qué piensan, qué sueñan, a quiénes aman, cómo son.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


Pero, por suerte, también hay excepciones, y también nos encontramos a madres y a
padres que aceptan a su hija/o. Que se sientan a hablar, a pesar de no entender en muchas
ocasiones el proceso, pero que afrontan y acompañan en todo el proceso transexualizador
de su hija/o.
Es el rechazo social lo que estigma principalmente a las mujeres transexuales. Porque,
por lo general, los hombres transexuales tienen una apariencia bastante varonil ya que al
poco tiempo de la hormonación, en la mayoría de los casos, pueden pasar desapercibidos y
su transexualidad no se revela en el aspecto físico. Este hecho produce una disminución de
las posibilidades de ser estigmatizado. Es lo que se conoce como invisibilidad, lo que pro-
duce por tanto una mayor inserción social y laboral de los hombres transexuales. Además,
hay un factor que es muy importante recalcar y es el patriarquismo y el machismo del que
aún no ha conseguido zafarse la sociedad y que también impregna la vida de las mujeres
transexuales. ¿A qué me refiero? Sencillamente, quiero decir que las mujeres transexuales
renuncian para la sociedad al sexo fuerte, que es el masculino, el sexo que domina todos los
ámbitos públicos y sociales, por lo cual socialmente está peor visto. Todo lo contrario que los
hombres transexuales, que han «decidido» optar por el sexo fuerte. Lo que les lleva a una
mayor cohesión dentro de este mundo de hombres y, por tanto, a un menor rechazo.
Pero si hay algún factor que normalmente no es tratado en la opinión pública son las
relaciones de pareja que obviamente también forman parte de la vida de las personas tran-
sexuales y que en la mayoría de los casos es un pilar básico en el equilibro emocional, al
igual que en las personas no transexuales.
La cárcel del cuerpo pasa factura y cuando se trata de entablar una relación es a las mu-
jeres transexuales a las que les afecta directamente. Las parejas de las mujeres transexua- 126
les son escasísimas y es muy difícil encontrar pareja estable, todo lo contrario que en los
hombres transexuales donde las parejas estables se forman con relativa facilidad. Siempre
es más duro para un hombre en una sociedad machista estar con una mujer transexual por-
que al fin y al cabo está vista como un hombre.
No es de extrañar, entonces, que muchas mujeres transexuales piensen que su mejor
pareja sea otra mujer transexual, puesto que la convivencia sería mucho más fructífera, ya
que ambas tienen las mismas perspectivas y los mismos clichés encima.
No obstante, es necesario aclarar que la transexualidad no es fácil para ninguna persona
en esta sociedad. Aunque actualmente haya una ley que permita el cambio de identidad
sexual en la documentación, principal escollo hacia una vida normalizada y acorde al sexo
psicosocial.
Las leyes sólo ponen pilares, argumentos sólidos para cambiar mentalidades, para abrir
ventanas y erigir una sociedad más justa, dónde se construya un verdadero estado de dere-
cho. Por eso, creo necesario la asignatura de Educación para la Ciudadanía. Un instrumento
no creado para adoctrinar, sino para construir. Porque no hay duda, que los valores son los
que hacen a las sociedades más decentes.
Es importarte recalcar y dejar claro estos conceptos, porque es desde la desinformación
donde surge la discriminación.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


MEDIOS DE COMUNICACIÓN. UNA IMAGEN PROYECTADA
ERRÓNEAMENTE

Una de las cosas más importantes para los y las transexuales es la imagen que ellos pro-
yectan hacia la sociedad. Y lo más importante, la imagen que los medios de comunicación
proyectan de las personas transexuales. No hemos de olvidar que los medios de comuni-
cación son el cuarto pilar de un estado de derecho y su poder es clave para un verdadero
desarrollo social y político.
Fue el dramaturgo neoyorquino Douglas Carter el primero que calificó a los medios de
comunicación como «cuarto poder» en la primera mitad del siglo XX.
La transexualidad ha sido tratada de forma diferente ya sea en los medios de comunica-
ción conservadores o los medios autollamados progresistas, pero con algunas similitudes
como veremos a continuación.
En los medios de comunicación conservadores observan y juzgan la realidad y la ac-
tualidad desde su prisma, el único prisma que ven como válido. Detrás de estos medios de
comunicación está la Iglesia Católica, que ha querido y quiere seguir imponiendo su moral,
perfectamente respetable, a través de los medios, sin respetar los derechos humanos y
civiles, e intentado tener voz y voto en los asuntos legislativos, que han llevado a la conse-
cución de la Ley de Identidad de Género, una ley que la Iglesia calificó como destructora de
la familia, de la persona y de la sociedad.
El diario El Mundo, por ejemplo, mostraba una noticia el 20/12/1998 de la siguiente ma-
nera: «Leonardo. Ana para el ejército».
Con más contundencia se han mostrado los grupos y medios ultraconservadores como 127
el Foro de la Familia, cuyo presidente hizo unas declaraciones a la agencia Europa Press,
refiriéndose a la aprobación de la Ley de Identidad de Género, señalando que permitir el
cambio de sexo en el registro sin operación genital desvincula «el sexo de la persona de su
realidad cromosómica», y afirmó que la ley es «profundamente ideológica»
Los medios de comunicación progresistas, encabezados por el Grupo Prisa, también
en diferentes momentos han mostrado su desconocimiento y su desinformación sobre la
realidad del colectivo transexual y se han evadido de sus premisas sociales y progresistas
fomentando la confusión de sus lectores, y por ende, de la sociedad.
Veamos algunos ejemplos:
En el diario El País del 24/06/1999, se puede leer el siguiente titular: «La audiencia de Se-
villa concede a un travestido la tutela de la hija de su compañero ya fallecido». En la noticia,
además, se le llama varias veces hombre a esta mujer transexual.
En el diario El País del 21/12/2002 se puede leer la siguiente noticia: «Un cabo de la
armada comunica a sus superiores que es transexual»: el militar se está sometiendo a un
tratamiento para cambiar de sexo.
Estos dos ejemplos son dos de los muchos ejemplos que podríamos encontrar en los
medios. Detrás de este error de llamar por el género que marcan los genitales, sólo se en-
cuentra una transfobia latente, es decir, un rechazo a las personas transexuales.
En cuanto cómo se nombra, primero hay que aclarar que basándonos en el respeto que
las mujeres y los hombres transexuales se merecen, es necesario utilizar el sexo de «desti-
no» al nombrar a los transexuales. Es una manera de enfocar el tema y de acabar con una
transfobia silenciosa que no hace más que estigmatizar a estas personas.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


CIRUGÍA DE REASIGNACIÓN SEXUAL

En España no existe una reglamentación unificada que limite los criterios a seguir en el
proceso transexualizador. Por eso creo necesario para entender el calvario médico y social
por la que tienen que pasar las mujeres y los hombres transexuales explicar brevemente en
qué consiste. Para empezar a hormonarse, la persona transexual tiene que tener un certifi-
cado de diagnóstico de transexualidad emitido por un psiquiatra o un psicólogo. Una vez que
se tiene este certificado emitido por el profesional de la psiquiatría o la psicología puede em-
pezar el proceso transexualizador con un endocrino. Se necesita que la persona solicitante
sea mayor de edad. El endocrino suministra la terapia hormonal adecuada para obtener el
cambio físico y morfológico para adecuar el sexo social con el aspecto corporal.
La estadística nos dice que la mayoría de las personas transexuales no se opera, princi-
palmente las mujeres. A veces, se manejan solamente datos extraídos de las bases de datos
de los servicios médicos o sanitarios, lo que nos lleva a entender que estos datos no son
extrapolables al conjunto de la población.
Es por ello que la Ley de Identidad de Género prima el sexo social de las personas transexua-
les en contraposición con su genitalidad. Esto significa que a muchas personas que no pueden
pasar por un quirófano se les abre la puerta para acabar con su discriminación. Este es uno de
las grandes reivindicaciones del colectivo transexual. Que el hecho de tener una documentación
que certifique el sexo social no sea a consecuencia del chantaje de pasar por un quirófano.
No obstante, para todas aquellas personas que deseen pasar por un quirófano, sería
necesario un sistema centralizado público que asistiera las operaciones de reasignación
sexual. Pero la situación dista mucho de ser la deseada. 128
La cirugía de reasignación sexual está actualmente excluida de casi toda la totalidad de
las prestaciones de la Seguridad Social española, exceptuando a Asturias, Aragón, Andalu-
cía y Extremadura donde si se financian. En el caso de Extremadura, tiene un convenio para
que las operaciones se realicen en centros sanitarios andaluces.
Hay algunos países europeos que incluyen los procesos de reasignación sexual entre las
prestaciones gratuitas o semigratuitas de sus sistemas de sanidad pública caso de Suecia,
Alemania, Italia, Holanda, Turquía y Reino Unido. Algunos regulan algunos aspectos del
cambio de nombre y sexo en los documentos de identidad, caso de Reino Unido, donde
gozan de una ley muy parecida a la Ley de Identidad de Género española. No en vano, creo
necesario recordar que el Parlamento Europeo aprobó en 1989 una resolución en la que se
pedía a los estados miembros que hicieran un esfuerzo por acabar con la marginación que
sufren las personas transexuales. Lo que sólo ha sucedido en muy pocos casos.
Económicamente hablando, podemos decir que el coste de una operación de reasig-
nación de sexo para un hombre transexual asciende aproximadamente a unos sesenta mil
euros, mayor cuantía que para una mujer transexual que costaría entre nueve mil y once mil
euros. Pero tengamos en cuenta una cosa, si se trata de una operación costosa y que la
mayoría de las personas transexuales no puede acceder al mercado laboral, se trata del pez
que muerde la cola. Con lo cual en muchos casos es imposible acceder desde la sanidad
privada. Si estas operaciones las contemplase la Seguridad Social, en el caso por ejemplo
de Cataluña, únicamente serían necesarios unos doscientos ochenta mil euros al año para
cubrir toda la población transexual de esta comunidad. Y no olvidemos que Cataluña es la
comunidad autónoma con mayor número de personas transexuales.

IDENTIDAD DE GÉNERO VS. IDENTIDAD SEXUAL


LA TRANSFOBIA LABORAL. LA DISCRIMINACIÓN HACIA LAS PERSONAS
TRANSEXUALES EN EL ÁMBITO DEL TRABAJO

La ley ampara a las personas transexuales en la no discriminación por razón de sexo,


según el artículo 14 de la Constitución Española, pero es muy difícil que la ley pueda evitar a
toda costa que la sociedad discrimine. Esto pertenece a otro ámbito, es decir, debería empezar
por la educación. Los empresarios se enfrentan con el miedo a lo desconocido. Como toda la
sociedad, tienen una falta de información referente a la transexualidad que les lleva a asociarla
con algo negativo, por lo cual no consideran a las mujeres transexuales, y a los hombres en
menor medida, como aptas para sus puestos de trabajo. Más del cincuenta por ciento de las
mujeres transexuales tiene estudios universitarios, por lo que están preparadas completamen-
te para ejercer muchos puestos de trabajo y, además, de responsabilidad.
La discriminación laboral la podríamos resumir en tres factores clave que se concretan
de la siguiente manera:

1. En la dificultad de acceder a un trabajo: cualquier rasgo físico que denote la transexualidad


o un simple nombre en el DNI que delate el sexo asignado legalmente al nacer son datos
suficientes para que los técnicos de «recursos humanos» den por concluido el breve pro-
ceso de selección. Partiendo de algunas estimaciones aproximadas, podríamos afirmar
que la tasa de desempleo en personas transexuales durante el proceso de reasignación
de sexo alcanza los preocupantes índices de un 80%. Pero es importante recordar, como