Francisco Brines
Ensayo de una despedida
Poesa completa
(1960-1997)
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LA MUERTE DE SCRATES
Despus de muchas horas de discusin enfebrecida
proclamaron: Ha de morir el hijo de la partera,
su elocuente palabra puede conducirnos a todos a la muerte.
Haca ya tres noches que Atenas comentaba, por boca de los
jvenes,
el entusiasmo, que en la casa de Cfalo, se apoder de los
presentes
al sealarles Scrates las normas que habran de regir el
nuevo Estado.
sta fue la razn de que aprobasen, en concilibulo secreto, la
muerte del filsofo,
ya que a su vez todos estaban condenados por la palabra de
aquel hombre.
Muy larga fue la discusin, y acalorada, pero tambin fue
noble por parte de unos pocos;
y slo al argumento de estos ltimos, pasados tantos aos de
aquel torpe homicidio,
debo yo darle vida en mis palabras.
Porque sus corazones eran buenos,
aun advirtiendo en ellos acciones muy confusas
cuyos informes trazos eran fruto de la debilidad del ser humano,
injustos hechos, por no haber alcanzado todava
aquel conocimiento deseado de la oculta verdad,
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y otros sucesos mnimos, no menos deplorables.
Mas repasando ahora sus vidas, otras acciones fueron
las que debieron merecer la gratitud de los conciudadanos,
pues al odo de sus hijos
pusieron como ejemplo a imitar el de aquellos varones.
Esto es cierto, los corazones nobles eran pocos:
la miserable envidia, el temor de perder la preeminencia, ruin
resentimiento,
oscuras fueron las razones que impulsaron la muerte.
Pero no en los que digo, tan slo coincidentes en el miedo a
morir,
pues sustentaban la sentencia en una reflexin
que admita, acaso, alguno de vosotros.
Es ms, mientras vivieron
sintieron el dolor por la muerte de Scrates,
el hombre en quien vean al mejor ateniense,
y an propusieron aplicar, y as lo hicieron, algunas de sus
normas.
La creacin del nuevo Estado
significaba el sacrificio de los que hubieran alcanzado mayor
edad de los diez aos,
deportados en masa para labrar la tierra,
porque segn los estatutos de la nueva Repblica
la educacin viciaba los espritus todos.
Estimaba el mejor que el sacrificio suyo no importaba
(pues era desasido de los bienes y tambin de la vida;
digno de figurar, si no al lado de Scrates, en lnea con Glaucn
o con su hermano),
pero tena un hijo de tres aos,
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tullido de las piernas, y aunque de bella faz,
incapaz de ejercicios gimnsticos;
segn la nueva ley,
condenado a morir por vicio natural.
Otras razones personales nos parecen ms dbiles,
pues alguien defenda la vida de un pariente querido
condenado, sin duda, por ser incorregible su maldad en algunos
aspectos de su alma.
Eran siempre razones personales,
como el miedo a morir que a todos dominaba,
o esta extraa razn que algunos expusieron con documentos
abundantes:
la calidad de los discpulos
era inferior, en mucho, a la de Scrates,
y algunos no llegaban a la altura de los medianos ciudadanos.
Y al repasar la vida y las costumbres de cada uno de ellos
advirtieron que no correspondan la palabra y el acto;
era simulacin en ellos la doctrina,
y el hecho evidenciaba su condicin hipcrita.
Las razones ms nobles de que muriera Scrates
fueron, pues, stas (dbiles, sin embargo, al sereno entender
de la historia futura):
engendra, muchas veces, acerba crueldad
la mirada del puro,
pues no ve que del justo principio se deriva el error en
ocasiones;
y en el ojo del puro se adhiere red tupida
que impide distinguir en los discpulos la verdad del espritu.
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Y, sin embargo, Scrates saba
que su Estado no habra de existir sobre la tierra,
pues slo era un modelo de virtud
para ayudar al hombre a que ordenase la conducta del alma.
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(Este seco relato de aquel crimen poltico
lo dejaron escrito, y hoy se escribe, se escribir maana,
al cumplirse cien aos del oscuro homicidio.)
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