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*- G A R O A

S.Sateo,i5.sd
H I S T O R I A G E N E R A L
DE E S PA A .
TOMO IV,
H I S T O R I A G E N E R A L
DE E S PA A
L A CO MPUE S T A , E N ME N DA DA Y A A DI DA
POR EL PADRE MARIANA,
CO N L A CO N T I N UA CI N DE MI N I A N A ;
CO MPL E T A DA
CO N T O DO S L O S S UCE S O S QUE CO MPR E N DE N E L E S CR I T O CL S I CO S O BR E E L R E I N A DO DE CA R L O S I I I ,
PO R E L CO N DE DE FL O R I DA BL A N CA , L A H I S T O R I A DE S U L E VA N T A MI E N T O , G UE R R A
Y R E VO L UCI N , PO R E L CO N DE DE T O R E N O ,
T L A DE N UE S T R O S DA S
PO R E DUA R DO CH A O !
ENRI QUECI DA NOTAS HISTRICAS "Y CRI TI CAS, BI OGRAF AS, UNA TABLA CRONOLGI CA DE LOS SUCESOS MAS NOTARLES
t UN NDICE GENERAL PARA SU MAS FCIL INVESTIGACIN V METDICO ESTUDI O,
YA DO R N A DA
con mul t i t ud depr eci osos gr abados y l mi nas s uel t as quer epr es ent an t r a ges , a r ma s ,
a r ma d u r a s j muebl es , monedas y meda l l a s , car act er es pa leo gr f i cos, i sl as de bat al l as y monuni c i i t ns , cos t umbr es y r et r a t os
de l us per s onaj es ma s c el ebr es , desde l os t i empos ma s r emot os has t a l os p r es en t es , el r et r a t o
de Mar i ana y un ma pa gener al de Es paa.
a a $ oxU$ be la florin.
MADRID:
I MPR E N T A YL I BR E R A DE G A S PA R YR O lff, E DI T O R E S :
calle del Principe nm 4.
1 8 5 0 .
bon 3a$ fi l ari a g frana ifrratimca 4/mtaufcq *
os tiempos mas difciles de describir son siempre los mas
distantes y los mas prximos al historiador, pues le sucede
lo que al dibujante con las montaas, que de lejos solo
percibe los contornos y al pi de ellas se ve distrado por
los detalles y no abraza el conjunto. La narracin que
voy emprender encierra los dos siglos y medio ltimos,
vasto perodo, bien sea que la historia cuente, bien que
mida los acontecimientos.
Hay otra dificultad aun mas grave. Ese largo perodo
est grandes trechos oscuros y misterioso porque o
faltau las noticias fidedignas enteramente son vagas
incompletas. A la muerte de Felipe I I , precisamente don-
de yo anudo la relacin de Miniana, no teniendo ya la Es-
paa victorias y conquistas que celebrar, quebr el pueblo el hilo de sus tradiciones y call
la historia.
Aunque as no fuera, la historia de aquellos tiempos, asalariada por los reyes y servida
fiscalizada por el clero, no puede considerarse como un ancho, claro y fiel espejo de aque-
lla sociedad. Los monarcas pensionaban entonces los pintores para adornar sus palacios y
los cronistas para adornar su reinado. Eran ellos mismos con la mano del escritor quienes
trazaban el cuadro de su poca, era este contemplando la nacin por una rendija de la
casa de su amo. Y la verdadera historia no se escribe sino una luz, la de la libertad.
Eso no obstante, ningn acontecimiento notable quedar sin esponer en este libro ni
dejare tampoco de manifestar sus causas, resultados y tendencias segn las hallare mi juicio,
libre del yugo de las preocupaciones y solo animado del amor la verdad.
Debo empero advertir que salgo al encuentro de la monarqua en sus primeros pasos
le descenso, cuando se ocultaba para siempre el sol de Pava y San Quinliu, porque, si se
allasen melanclicas y sombrias algunas pginas, se recuerde que todas las declinaciones
o son tambin. Algunos hechos que brillarn todava no son sino las lcidas horas de una
gloria moribunda
Al llegar nuestros dias, he sollado la pluma para reflexionar acerca de la situacin
.ctual de Europa y preguntarme si, al calor de pasiones recien inflamadas, podra ser e s -
PH E PA C10.
crita esa historia con la serenidad de la fria razn y la severa imparcialidad de la justicia.
He credo que s. En un siglo en que la precipitacin de los sucesos suple la csperiencia de
los aos, nuestra razn envejece antes que nuestra cabeza. El entusiasmo irreflexivo y el
ciego fanatismo desaparecen al fin con los desengaos, y los desengaos son las cenizas del
tiempo. El odio, especie de musgo que las injurias de los hombres y de los aos van for-
mando sobre el corazn humano, no ha podido formarse aun sobre el mi. Y esa ambicin
bastarda, que es una embriaguez de la conciencia, tampoco me ha llevado buscar algn
puesto en las filas de los partidos existentes.
Declaro, sin embargo, desde luego que, creyendo viciosamente constituida la sociedad
actual, yo no sirvo los intereses de las clases producidas y sostenidas por los vicios y defec-
tos de semejante constitucin. Sirvo, en cuanto alcanza una voluntad de conviccin y una
adhesin de simpata, la causa de los intereses lejtimos, racionales, permanentes; y si es
preciso personificar la idea, sirvo la causa eterna del pueblo y de la civilizacin, la causa de
la humanidad.
No es esto condenar de antemano ninguna poca ni ciertas instituciones, pues s bien
cuanto debe esa misma causa las que han caido ya y alas que estn amenazadas de ruina
La monarqua, juntando, por decirlo as, los fracmentosen que el feudalismo habiadividido
la tierra, ha dado el mas grande y acaso mas difcil paso en la fusin de las razas y en la s o-
lidaridad de los intereses universales.
Todo anuncia que va nuestra generacin asistir un nuevo desenvolvimiento de la h u -
manidad, pues por donde quiera se ven indicios de una grande disolucin. Sistemas, pr eo-
cupaciones y principios seculares caen como derretidos al calor de las ideas nuevas, que
manera de torbellino recorren la Europa incendindola su paso cual si llevaran en su seno el
soplo de un volcan. Podria decirse, contemplando ese espectculo angustioso que hoy p r e -
senta la sociedad, esos torrentes de ideas que se chocan y esos charcos de inmoralidad que
esliendencada dia sus orillas, que un nuevo cataclismo amenaza sumergir el mundo.
Empero, los que, como yo, tengan al a Providencia por el primero y el ltimo dogma de
una filosofa sabia, progresiva y consoladora, confiarn sin duda en que, si tan grandes ma -
les sobrevinieren, las aguas no tardarn en reposarse, nuevas tierras aparecern descu-
bierto y descansarn entonces los pueblos al abrigo de instituciones bienhechoras y la som-
bra de una civilizacin pura y fraternal.
A decadencia de la monarqua espaola, cuya
historia puede considerarse este libro, no pri n-
cipia en el reinado de Felipe I I I , como no pri n-
cipia la ruina de un edificio en el primer trozo
que se desprende. Examinando atentamente esos
largos reinados de Carlos I y Felipe I I , tan ce-
lebrados por otras plumas, se hallan en su mis-
mo seno las causas de la disolucin que sufri
muy luego aquella monarqua gigante que cojia
el mundo entero entre sus brazos.
Jams rey alguno recibi una corona sobre
la que brillase porvenir tan grande como en
la que hered Carlos I de los reyes Catlicos. Acababa de constituirse la unidad de la
monarqua; la nacin, en su dilatada y sangrienta lucha con los rabes, se habia hecho
guerrera; la civilizacin oriental, aposentada en los alczares de Crdoba y Granada siete
siglos, iluminaba un mismo tiempo la Europa y al frica; y un nuevo mundo, levan-
tado, por decirlo as, de los abismos del Ocano,' nos ofreca candidamente sus inmensu-
rables regiones inagotables riquezas. Un corazn magnnimo, un alma generosa y una
TOMO iv. 2
11
razn elevada hubieran constituido al mundo por solo el concurso de estas circunstancias,
sin ejemplo en la historia, en una servidumbre voluntaria de semejante nacin. Poderosa
con su prestigio y con su fuerza, hubiera ejercido una fcil y decisiva influencia en todas las
cuestiones europeas; poseyendo los mas rices pases de las cuatro partes del globo conoci-
das, hubiera podido hacerse dueo esclusivo de lodo el comercio de la tierra; y con seguir
el ejemplo de los califas de Granada en su tolerancia religiosa, su amor las ciencias y
las artes, su proteccin la agricultura y la industria, la Espaa del siglo XVI habra
sido por algunos siglos quiz el regulador de las naciones, el brazo de Dios en la tierra.
No fu asi para mengua de aquel monarca y para mal de aquella nacin y del mundo.
Carlos I, dueo los veinte aos de un imperio mayor que haba sido el de Garlo-Magno
y que fu despus el de Napolen, brill sin duda en el mundo quin pudiera negarlo!
pero brill como uno de esos meteoros fugaces que se apagan antes de llegar al horizonte
volviendo dejar la tierra entre tinieblas. Crey que el rey mas grande seria el que con-
tase mas ejrcitos; el estado mas poderoso, el que midiese mas toesas; la nacin mas rica,
la que tuviese mas millones en las arcas reales; y cuaudo se encontr con todo eso en
la corona de Espaa, so el desvaro de una monarqua nica, cuyos lmites fuesen
los del continente europeo; sus administradores, los reyes de las naciones; y estos reyes,
los primeros vasallos de un monarca supremo, el emperador Carlos V de Alemania. ste
sueo, que continu su hijo con la perseverancia de una grande ambicin, solo hubiera
podido realizarse si las naciones y sus reyes hubiesen soado al mismo tiempo en su pro-
pia esclavitud; si los climas, las producciones, la diferencia de razas y de costumbres; si
la obra, en fin, de la naturaleza y de los siglos pudiera desaparecer jams bajo los pies
de un conquistador. Ya se considere como la aspiracin de una sntesis poderosa, ya como
el fin de una ambicin encumbrada, semejante fusin agregacin no estaba reservada al
principio monrquico. Carlos Y, celebrando en vida sus propios funerales, - puede decirse
que asislia tambin los de su mismo pensamiento.
Las guerras en que esa quimera envolvi Espaa durante los dos reinados, guerras
sin un fin poltico noble, sin una mira mercantil siquiera, guerras puramente personales,
nos dieron al pronto una vana gloria, luego las angustias de la miseria y mas tarde, con el
odio y las venganzas de Europa-, una afrentosa ruina. Nuestros famosos tercios humillaron
es cierto, por do quiera ejrcitos, coronas y naciones; pero nada adquiran para su patria
fuera de la estril gloria de los triunfos militares. Vencan nuestras armas, y nada con-
quistaban; ganaban victorias, y perdan el herosmo y la sangre derramada en ellas; por-
que tras el sable que destroza jams iba la magnanimidad que perdona, ni la tolerancia que
consuela, ni la buena administracin que cura, ni la generosa poltica que cautiva y hace
olvidar al vencido la humillacin del vencimiento. No hay mas que esos medios para asegu-
rar las conquistas y absolver de su iniquidad al conquistador; cuando no se emplean, la
guerra es un crimen contra la humanidad que jams queda impune ni en los hombres ni en
las naciones. La Espaa en cuarenta aos de guerra solo consigui sujetar Flandes y el
Brabante: el espritu de libertad, comprimido en los Paises Bajos por el sanguinario "du-
que de Alba, estall con vigor creciente hizo tumba de nuestros valientes soldados aquel
teatro de sus glorias: la guerra contra los turcos solo sirvi para ceir de laurel la frente
del esforzado don Juan de Austria en la memorable batalla de Lepanto. Francia Ingla-
terra, no solo resistieron con valor los ejrcitos y las intrigas de Carlos y Felipe, sino que
al fin lograron coligar toda Europa contra Espaa hicieron sus tercios desandar ven-
cidos el camino de sus victorias.
Una sola conquista aconsejaba el inters de Espaa, conquista no menos gloriosa para
ella y ventajosa para el mundo que la de Amrica, y que hubiera hecho recordar con gr at i -
tud su nombre las generaciones venideras. Sobre el Mediterrneo se levantan las islas
de Crcega, Cerdea, Sicilia, Malta, Canda, etc., como otras tantas nietas, para demos-
trar la lnea divisoria de los dominios de Europa y de frica; pero nada se encuentra entre
las costas meridionales de la Pennsula y las costas paralelas de este continente, puesto que
ef archipilago de las Baleares se halla casi fuera de las aguas que las baan. Colocadas las
poblaciones de las dos costas, por su posicin geogrfica, de centinelas en las puertas que co-
munican el Mediterrneo y el Atlntico, los dos mares mas frecuentados del mundo, mirn-
dose de frente y demasiado prximas las unas las otras, no se concibe entre ellas una
neutralidad duradera, ni aun una amistad comn, menos que se las suponga postradas, i g-
I l t
norantes de su destino y abandonando estraos los cuidados que le son propios. Por el con-
trario, lo natural y lo inevitable parece que sus relaciones se intimen hasta identificarse,
que se rompan y choquen hasta dominarse, acabando en ambos casos por confundirse en una
sola nacin para correr la misma suerte. A la verdad, el Estrecho es demasiado pequeo para
que pueda dividirse y demasiado importante para que pueda cederse. Creemos, pues, que
los lmites naturales de la Espaa por la parte del Sur, no estn en el estrecho; .aserto impor-
tantsimo, cuya demostracin contribuye con luminosas pruebas la historia; pruebas que se
remontan la mas remota antigedad. Carlos I , fu por algn tiempo arbitro de la corona de
Tnez y emprendi la espedicionde Argel tan desgraciada como la de Walia. Felipe II ame-
naz constantemente los reinos de Tnez, Arjel y Trpoli; se apoder del primero por medio
de don Juan de Austria, y se le atribuy el proyecto de conquistar Fez y Marruecos. Cada
uno de estos prncipes se hall en situacin ventajosa para apoderarse de la regin Atlntica,
agregarla la Pennsula, defenderla y conservarla. Pudieron y debieron realizarlo. No lo
hicieron porque no fu consultada la poltica ni el bienestar dla nacin espaola, cuyos r e -
cursos se agotaron en empresas importantes solo la ambicin personal de sus reyes. Fe r -
nando habia heredado con la corona de Aragn las guerras de Italia: Carlos aadi las de
Alemania, el Piamonte yFl andes: Felipe quiso abarcar el mundo invadiendo con sus pre-
tensiones la Inglaterra, la Francia, las naciones del Bltico, etc., etc. Qu hubiera sido
del frica si se hubieran empeado en su conquista los talentos del Gran Capitn, si hubieran
batallado all los tercios que ensangrentaron la Italia y los Paises Bajos, si se hubieran em-
pleado para esta gloriosa y tilsima empresa la tercera parte de los tesoros derramados tan
livianamente en corromper los ingleses, en mantener una faccin en Pars y en reunir y sos-
tener la armada invencible?
Por otra parte, esos afamados monarcas no dirigieron sus golpes contra el frica en el
inters de la Espaa. A qu entonces avanzar en el Mediterrneo y provocar de cerca las iras
de todo el poder del Oriente cuando solo eran dueos de algunas plazas en las costas occiden-
tales? (1)
Apesar de todo eso, la posteridad hubiera absuelto Felipe II de la responsabilidad de
su funesta ambicin, si hubiese asegurado la adhesin del Portugal Espaa. Pero en vez de
asimilarse ese pedazo de la Pennsula, en vez de identificarlo al rgimen general respetando
en l tambin sus leyes y costumbres, en vez de completar, en fin, a obra de la naturaleza y
dla historia, trat sus nuevos subditos, no menos espaoles de nacimiento, como vasa-
llos de conquista y prepar el dia de su emancipacin. Si el Portugal hubiese quedado ent on-
ces ntimamente incorporado Espaa con sus colonias; si una poltica humanitaria hubiese
presidido al gobierno de estas; si el espritu belicoso de ambos pueblos se hubiese dirijido con-
tra el Africa;sien lugar de promover la emigracin Amrica, en busca de una patria me -
nos aflijida por el fisco y quebrantada por estriles guerras, se hubiese favorecido la industria
y el comercio; si los caudales invertidos en levantar treinta ciudadelas, fortificar sesenta y cua-
tro plazas,construir veinticinco arsenales (2) erigir soberbios y numerosos palacios, iglesias y
monasterios; si los veinte millones (3) empleados en remover las enormes canteras del Esco-
rial; si todos esos tesoros se hubiesen empleado en cruzar de caminos y canales la Pennsula
cuan diferente la suerte de ambos estados, y cuan distinta su situacin actual!
Pero la Espaa, arrebatada por la guerra lejanas empresas y embriagada con sus t ri un-
fos, no repar entonces que el camino de las victorias laconducia al abismo. Esa insensata po-
ltica de conquista y vasallageexigi los ejrcitos permanentes, engendr de la ambicin y
el despotismo, y con ellos gruesos manantiales de oro con que sustentarlos. Las guerras contra
Francia, Inglaterra y Holanda costaron Felipe II cerca de seiscientos millones de ducados.
Y para adquirir recursos no hubo medio, por funesto que fuese, que l no apelase: aument
y estendi los impuestos sobre los artculos de primera necesidad; hizo cuantiosas enagena-
ciones; cange con la corte de Roma la facultad de poner contribucin los bienes de la
iglesia por la bula de la Santa Cruzada, con lo cual nada perdi aquella; oblig tambin la
( 1 ) UI CCJO N A R I O DE L A ML I T I CA , enciclopedia de la lengua y de la ciencia poltica y do todos los sistemas societarios
ror E . Chao, A . R omero O rtiz y M. R uiz de Quevedo: Madrid, 1850. ( en publ i caci n. )
( 2 ) E stos arsenales, con que Felipe I I dot varias naciones extranjeras, construan barcos para la guerra no para
protejer la marina mercante.
( 3 ) T ngase en cuenta el diferente valor del numerario con relacin nuestros tiempos. L os admirables trabajos do
Berruguete en la silleria de la catedral de T oledo solo figuran por algunos miles de maravedises en las cuentas que
aquel cabildo conserva y hemos tenido ocasin de ver.
I V
( 1 ) H ubo diputado que gasto 14,000 ducados en su eleccin.
nobleza contribuir con alguna parte del producto de sus bienes al erario; y cuando hubo
agotado todos estos recursos en sus depredaciones por la Europa y los inmensos tesoros dlas
flotas de Amrica, acudi emprstitos onerossimos y se degrad hasta ir pidiendo de casa
en casa un donativo voluntario , como dijo el pueblo, mendigando su sustento de puerta en
puerta.
Sin embargo, no era hasta tal grado cierto, pues en medio de la miseria pblica la casa
real desplegaba la magnificencia que corresponda al que aspiraba ser seor de reyes.
Fernando Isabel habian gastado doce mil maraveds al ao: Garlos I necesit ya ciento
cincuenta mil: Felipe II no tas sus gastos, porque le hubiera parecido degradar su ma-
gestad.
Por eso tampoco consinti en compartir su soberana. Tras la derrota de las comunida-
des, cuyo levantamiento habian producido el desden y las arbitrariedades de la corona, el
predominio de codiciosos extranjeros y la absorcin de la propiedad por el clero y la no-
bleza, y despus de la ejecucin de las libertades aragonesas sobre el cadver de su Justicia
Mayor, aquellas famosas cortes espaolas, nica antorcha de la libertad en el mundo, ya
no fueron convocadas sino para llenar nuevamente el tesoro exhausto por las disipaciones
de la corte para escudar con un simulacro de adhesin nacional las usurpaciones de los
reyes. Felipe II no pudo olvidar jams aquella altiva amenaza dirigida por las cortes su
padre en la solemnidad de su juramento: Tened presente que un rey es tambin un asa-
l ar i ado de sus subditos. Cerr su puerta los concejos y convirti en objeto de vil mer-
canca la representacin de las ciudades (1) distribuyendo entre sus diputados gracias,
honores y riquezas. Desde el momento en que los pueblos vieron desnaturalizado su
derecho y corrompida su voluntad, no se cuidaron de semejante institucin, y pudo aquel
monarca regir el pais su capricho, sin atender sus necesidades ni prestar oidos sus
quejas y lamentos.
Otras causas menos personales contribuyeron poderosamente la rpida decadencia de
la monarqua.
La propiedad se hallaba tan aglomerada en manos improductivas que bien puede ase-
gurarse le pertenecan los tres cuartos del escaso terreno que en labor habia. Los comu-
neros se habian quejado en sus clebres peticiones de que la nobleza, exenta de pechos,
lo poseia casi todo; y en efecto, la renta que perciban solamente los dignatarios se elevaba
1.482,000 ducados anuales, cantidad enorme , si se atiende la depreciacin del nu-
merario en aquellos tiempos. La nobleza su vez, por la boca del duque de Alba, se l a-
mentaba de que la iglesia poseia una renta de dos millones de ducados y no le quedaba
al emperador un palmo de tierra con que recompensar sus capitanes.
. El descubrimiento de las Amricas ha podido ser un acontecimiento providencial, ne-
cesario al armnico desarrollo de la humanidad; pero no es ya un problema para Espaa
que, segn rigi la monarqua su gobierno, consum su propia ruina con la de aquellas
regiones. Bastarde el carcter espiritual de la nacin dispertando en todas las clases el
deseo de una rpida y fcil fortuna; arranc las industrias heredadas de los rabes y los
judos la mitad de sus brazos ; y diezm la poblacin, harto reducida ya por las luchas i n-
testinas. Sus vrgenes tesoros pudieron, bajo un rgimen administrativo inteligente i n-
tegro, haber sostenido constantemente llenas las arcas que vaciaba la guerra; pero el
desorden y las dilapidaciones evaporaban instantneamente los codiciados cargamentos de
sus flotas^En 1595 desembarcaron en San Lcar treinta y cinco millones de escudos de
oro y plata, de los cuales nada existia ya al ao siguiente. El valor de otras remesas en
muy corto nmero de aos ascendi seiscientos millones de reales, igualmente disipados.
Debi tambin el descubrimiento de aquellas frtiles tierras constituirnos dueos del co-
mercio del mundo con mayor razn que lo han sido despus la Holanda y la Inglaterra;
pero la Espaa no acert sino destrozar sus entraas y entregar la presa otras na-
ciones. Como nada producamos, nada nos tocaba de aquellos tesoros, que no hacian mas
que atravesar nuestro suelo. Si la Amrica fu como se ha dicho, el pozo de oro de la
Europa, es evidente que la Espaa no fu mas que la rueda hidrulica, que toma en un
punto para, verter en otro, gastando entretanto su propia existencia. A la muerte deFe-
lipe I I , apesar de tan cuantiosas exacciones, ventas, emprslitosy flotas, qued al erario,
la enorme deuda de ciento cuarenta millones de ducados.
La inquisicin, introducida por un falso celo religioso de los reyes Catlicos, fu dege-
nerando en poltica bajo sus sucesores, que no obtuvieron su cooperacin sino trueque
de concesiones inmunidades funestas para la agricultura, la industria y la ilustracin del
pais. Bajo la sangrienta dominacin del que se llam Santo Oficio cayeron las vctimas
millares: el cardenal Cisneros conden mas de cincuenta y dos mil, de los cuales tres
mil quinientos sesenta y cuatro la hoguera; Torquemada sujet a tormentos brbaros
mas de veinte mil; y el dominico Deza, de treinta y ocho mil cuatrocientos cuarenta reos,
hizo morir abrasados dos mil quinientos ochenta. Segn los clculos mas autorizados, la
inquisicin y la espulsion de la raza musulmana costaron Espaa, solamente en el primer
reinado de la monarqua unida, la inapreciable prdida de dos millones de sus mas labo-
riosos habitantes. A este precio compraron aquellos reyes la unidad religiosa de la mo-
narqua, funesto bien que, cohar lando la libertad al pensamiento, debia quitar de nuestras
manos la bandera de. la civilizacin y colocarnos retaguardia de naciones que obedecan
antes nuestra voz y seguan nuestras huellas.
El estruendo de los combates, la admiracin que infundieron los portentosos descubri-
mientos del Nuevo-Mundo y sus maravillosas riquezas, y el entusiasmo que escitaron los
ingenios espaoles del siglo XYI, ahogaron por mucho tiempo los ayes que arrancaban
tanta miseria y desolacin, porque salian de muy abajo, salian del pueblo. Pero apenas
descendi al sepulcro Felipe I I , cay al suelo la dorada vestidura de la monarqua y apare-
ci la vista de laEuropa el cuerpo examine y lacerado de la nacin.
Este espectculo triste es tambin el que va contemplar el lector.
REI NADO D E F E L I P E I I I .
CA PI T U L O I .
15981609.
Carcter ile Felipe I I I , del duque de L ormu y de don R odrigo Caldern : nepotismo del duque : boda* regios: mi ngas
inmorales contra varios tronos de E uropa.G uerra de los Paises-Bajos: verdadero carcter de su cesin : sucesos de
Bois-lc-Duc y S an A ndrs: convoca el archiduque- los E stados generales en solicitud de recursos : atrevida espedicfon
lelos confederados contra N owport.T entativos desgraciadas contra I nglaterra y A rgel.A dquisiciones en I talia
v A mrica.A lteracin do la moneda.E ncuentros martimos con los H olaudescs.Paz con I nglaterra la muerte de
su reina I sabel.Celebre sitio de O stende y otras ventajas de S pinola.Prdida de la I lota de A mrica : nuevos en-
cuentros martimos con los holandeses.Definitiva fijacin de la corte en Madrid : juicio de esta di sposi ci nPl anos
de S pinola : tregua do 12 aos con H olanda.Ventajas en A mrica.E spedicion contra Marruecos.
A naturaleza no haba dotado al hijo de Felipe II con
ninguna cualidad de mando y sin embargo tenia que
ser rey, y rey de la mas grande monarqua de la tier-
ra! Aquel prncipe, tan severo dentro como fuera de su
palacio, educ su heredero en el temor mstico y la
soledad, alejndolo de todo contacto con aquellos
quienes estaba destinado gobernar, sin esceptuar
su misma hermana: sistema propio de aquel rey, de
su institucin y de su poca tener al pueblo larga
distancia del tabernculo. El arzobispo de Toledo,
clon Garca de Loaysa, trabaj en vano por fecundizar su entendimiento, vivificar su
espritu pusilnime y vencer la natural indolencia de su carcter. Hizo que su amigo el
P. Mariana, telogo, orientalista historiador afamado, escribiese un clebre libro de la
educacin de los prncipes y obligaciones de los reyes que , antes de ser condenado las
llamas por el parlamento de Pars, lo habia sido al desprecio de la persona quien fuera
dedicado. La misma resistencia hall su padre cuando quiso formar en l la instruccin
prctica del gobierno nombrndolo presidente de un consejo de los hombres mas entendi-
dos de su tiempo, que trataban su presencia los negocios arduos de la administracin,
pues jams supo darle cuenta de sus sesiones y menos manifestar un dictamen propio.
Prefera la caza y otras diversiones aquellos cuidados cuyo objeto importancia no al -
canzaba comprender. As el anciano Felipe II solia exclamar tristemente en los ltimos
aos de su vida: Aquel Dios, mi favorecedor con tantsimos estados, no hatenido bien
2 H I S T O R I A DE E S PA A .
agraciarme con un heredero capaz de gobernarlos! Pudiera decirse eu efecto, al ver tan
de ordinario suceder mezquinas medianas los grandes hombres, que era una protesta de
la naturaleza contra el principio hereditario del poder. Cuando aquel lleg su hora pos-
trera , llam su hijo hzole prometer con ruegos y patticas reflexiones que encomen-
dara la direccin del estado los hombres cuya fidelidad y talento habia conocido en el
largo perodo de su reinado; mas no por eso se tranquiliz su semblante, pareciendo r e-
velar en sus ltimas lgrimas aquella ambicin moribunda que lloraba el primero la ruina
de la monarqua.
La nacin , aunque ignoraba las cualidades de su nuevo dueo , celebr su proclama-
cin ( Jl de octubre de 1598) con muestras de regocijo y esperanza, porque el que sufre
tiene siempre lo desconocido por mejor. Tomando por dotes del corazn lo que no era sino
efecto de la humildad de su talento y de la ausencia de toda voluntad, elogi el trato lla-
no y la condicin apacible de aquel joven de veintin aos, en cuya cara crea ver toda-
va, como recuerdos gloriosos, los caracteres de la raza imperial, y hallaba de menos con
satisfaccin los rasgos sombros y secos de su padre. Yi sin desconfianza la elevacin de
su privado, don Francisco Rojas de Sandoval, marqus de Denia, desde su primer escu-
dero consejero de estado, y mir acaso con placer el alejamiento de los espcrimcntados
ministros del anterior reinado, pues el pueblo recibe siempre con aplauso la cada de los
poderosos. Pero no tard mucho en arrepentirse de su ligereza y acrecentar el sordo mur-
mullo con que la nobleza habia acogido por envidia el sbito nombramiento del marqus,
que cambi muy pronto su ttulo por el de duque de Lcrma, con que es en la historia co-
nocido.
Era Sandoval una de esas vulgaridades que hacen fortuna en los palacios por la belle-
za de sus formas, la finura de sus modales y la estudiada afectuosidad de sus palabras;
bueno para ornato de una corte solaz de un prncipe, pero nada mas. Su talento no era
muy superior al de su amo; y, lo nico que puede reemplazarle y hacer un favorito dig-
no de la silla del hombre de estado en algunas circunstancias, la instruccin, no era lo
que mas brillaba en su fcil palabra. La semi-imbecilidad del prncipe y la confianza adqui-
rida en las partidas de caza le haban hecho dueo del nimo de su seor y dejado entrever
la toga del ministro desde la librea del escudero.
No se le ocultaba, sin embargo, que la direccin de una nacin exige una capacidad, y
la busc en uno de sus pajes, el desgraciado don Rodrigo Caldern. Aunque reunia este
algunos alcances mas que sus dos amos, distaba mucho de poseer las eminentes dotes que
exige una grande monarqua amenazada de ruina. Habia ledo la historia, acaso por ent re-
tenimiento mas que por previsin; conoca el vaco que suele haber dentro de los palacios, y
no dejaba tal vez de apreciar debidamente los diversos elementos de gobierno y de resistencia
que encerraba Espaa. Pero careciade toda instruccin especial; no supo atraerse y conser-
var los dos apoyos dla autoridad en aquel siglo, el derecho y la nobleza; su carcter altanero
le cre enemigos poderosos, contra los cuales no tenia mas amparo que el de otra frgil
fortuna; y gustaba de los beneficios tanto como del brillo del poder: defectos que el pueblo
no perdona fcilmente. Tenia adems contra s la ilegitimidad de su nacimiento, que, en me-
dio de una corte henchida de orgullo, era como un padrn de afrenta para ella y un pr e-
gn de escndalo para el pais.
Yino pues quedar la vasta monarqua de Felipe II con tres reyes; de los cuales el
uno llevaba el ttulo, el poder el otro, y el pensamiento el ltimo. El pueblo, que no t e-
nia entonces participacin alguna en el gobierno, pero que se apasiona de la fuerza, aun
de la que le oprime, perdi sus primeras simpatas hacia aquel prncipe que necesitaba dos
pajes para sostenerle la corona en su cabeza. Espaa qued dependiente de una triple t u-
tela y, lo que tiene para ella una significacin harto olorosa, bajo el gobierno del valido
de un valido.
Los primeros actos del nuevo ministro solo fueron bien recibidos del clero, cuyos inte-
reses y esperanzas alhagaba. Sus los don Rernardo de Sandoval y Borja aparecieron sbi-
tamente nombrados, el uno inquisidor general y arzobispo de Toledo, y el otro presidente
del consejo de Portugal; su hermano, virrey de Valencia,'y su cuado, de aples; uno de
sus yernos, general de las galeras de Espaa, y el otro, presidente del consejo de Indias.
Este nepotismo impudente aument el encono de la nobleza, en quien estaban entonces
vinculados los altos cargos y dignidades.
R E I N A DO DE FE L I PE I I I . 3
El pais perdi tambin sus esperanzas al ver la insensata profusin con que se celebra-
ron (1599) las bodas del rey con la hija del archiduque Carlos de Austria, doa Margarita,
y de su hermana la princesa Isabel con el archiduque Alberto. Un milln de ducados, inver-
tidos en regalos nupciales, fueron aumentar la enorme deuda que apareci el dia de la
muerte de Felipe II. Pero si estas locas prodigalidades pudieron disculparse todava con la
solemnidad del suceso, los cuantiosos ausilios y las formales promesas hechas los archidu-
ques en su partida los Paises-Bajos pusieron en evidencia el desastroso sistema que el
duque de Lerma se propona desplegar en el gobierno, mezquino remedo de la funesta po-
ltica del anterior reinado.
Solicit formalmente la cesin de la Bohemia y la Hungra por medio de su embajador
en Viena don Baltasar de Ziga (1); aspir en Italia la Yaltelina y la Savoya; prepar
las intrigas que debian dar su amo el trono de Inglaterra la muerte de la reina l a-
bel (2); y maquin contra el rey de Francia apenas acabada de ratificar la paz de Yer-
vins (3).
La herencia del pensamiento poltico de Felipe II era completa, pues sin reserva se
pretenda cierto vasallaje de todas las coronas la de Espaa (4). Y para apoyar tamaa as-
piracin se sostuvieron dispendios cuantiosos inmorales en Francia como en Inglaterra,
en Alemania como en Italia y el Austria. El duque de Urbino recibia doce mil escudi anua-
les y el sueldo de cuatro coroneles, veinte capitanes, trescientos hombres de caballera y
cuatro compaas de infantera, que debian en la ocasin oportuna estender los dominios
del Milanesado y aples. Los Orsinis, Cesarinis y gran nmero de nobles y cardenales
estaban igualmente sueldo de Espaa para servirla contra su patria (5). En Alemania y la
Gran Bretaa los catlicos, disimulando su venalidad con el celo religioso, se prostituyen de
la misma manera. Y en Austria dos cardenales y el arzobispo de Yiena entran en el reparto
de las gruesas cantidades que se remiten Ziga para negociar la adquisicin de la Hungra
y la Bohemia (6).
Se derramaban por Europa todos estos grmenes de guerras cuando la de los Paises-
Bajos ofreca una siniestra perspectiva. La cesin que Felipe II haba hecho de esta corona
la infanta Isabel no fu sino una generosidad aparente con la mira de sofocar la insurrec-
cin de aquellas provincias quitando de su vista el objeto. Se habia estipulado que las plazas
principales tendran siempre guarniciones espaolas; que los nuevos monarcas haban de
estar en paz en guerra con los amigos y enemigos de Espaa; y que todas sus relaciones
con las dems potencias se someteran al conocimiento y aprobacin de nuestro gobierno.
Eran as los nuevos reyes mas que vasallos coronados de la Espaa? La revolucin no se
dej engaar, antes redobl sus esfuerzos contra unos pretendientes que se presentaban
su pueblo insultndolo, pues en prueba de lealtad hacia sus protectores, llevaron su corte
el traje, los usos, la etiqueta y hasta la lengua de Castilla.
Haban malgastado en las fiestas de su recibimiento los caudales destinados satisfacer
las pagas del soldado, harto predispuesto por los atrasos que sufra la indisciplina. Suble-
vse un cuerpo de dos mil infantes y ochocientos caballos, que se hizo fuerte en Hamont,
ciudad de la Lieja, y promovi la desercin en las dems tropas italianas, alemanas y \va-
lonas. Aprovechndose el prncipe Mauricio de estos desrdenes, acomete cerca de Boi-le-
Duc un trozo de caballera, y sobre los cadveres de quinientos ginetes pasa sitiar la plaza
de San Andrs, recien fortificada yguarnecidalasazonpor mil doscientos soldados, que se
haban contagiado de la rebelin y depuesto sus oficiales. A la vista del enemigo resolvieron
defenderse con tesn, no pensando en convertir un delito de disciplina en un crimen de t r ai -
cin la patria; pero, cuando perdieron las esperanzas de socorro, se rindieron pasando
ngrosar las filas del prncipe.
Una desercin que al consumarse vuelve las armas contra sus jefes es una amenaza de
( 1 ) A rchivo de S imancas: A . 59,192 y 218.
( 2 ) E l embajador de E spaa en Francia, don I igo de Crdenas, pas en 1612 Felipe I U una lista de mas de veinte
nobles escoceses que se ponan su servicio. A rchivo de S imancas : A . 59 y 253.
( 3 ) E n 1605 fu condonado a muerto el conde do Mcirargues, por haber tratado con don Baltasar de Ziga lo en-
trega do Marsella a los espaoles.
() E n la carta que Felipe I I I envi J acobo I de I nglaterra al firmar la paz de 1603, no le dio el tratamiento de
hermano, segn es costumbre, sino el do primo; y de la imprenta R eal sali en 1612 un libro en que se sostena la s u.
perioridad de los reyes Catlicos do E spaa todos los del mundo.
( 5 ) R anke.
( 6 ) 77,777 escudos, sobre 4 millones de real es, valor relativo: A rchivo de S imancas A . 59 y 210.
TOMO. IV. 3
* ni S T O R I A DE E S PA A .
muerte al a causa que laesperimenta; y para evitar que se propagase, los archiduques con-
vocaron a Bruselas los estados. Les manifestaron la causa de aquellos desrdenes, y en
ademan de splica solicitaron socorros estraordinarios, puesto que la inminencia del peligro
no permita aguardar los subsidios de Espaa. Cuando un poder presenta tandesnudasu de-
bilidad hasta la misma adulacin se hace allanera. Los diputados reunidos, que no eran sino
los favoritos de aquella corte nacienterenovaron sus protestas de afecto y fidelidad, pero
negaron los recursos. Iban menguando en su nimo las probabilidades del triunfo de Espaa,
cuya estrella se oscureca visiblemente, y prelesto de la miseria del pas, que haban ven-
dido los extranjeros, indicaron al archiduque una transacion con las provincias confederadas
como medio de salir del conflicto. No se negaron estas entrar en tratos por no desairar al
emperador de Austria, seguras de que se romperan la primera sesin. Los confederados
en efecto no queran una nacionalidad medias, y los archiduques tampoco queran partir
con sus vasallos la corona.
Tras este rompimiento invadieron aquellos Flandes con el objeto de apoderarse de sus
puertos de mar, donde el comercio llevaba medios de resistencia al archiduque. Mauricio
deNasau, general esperimenlado, no haba aprobado esta empresa atrevida, que poda por
la sorpresa aterrar al enemigo, porque una sola plaza distante de la Holanda no permanece-
ra mucho tiempo sin ser combatida y sin sucumbir abandonada. Sin embargo, accedi al
deseo de los confederados y desembarc cerca de Gante un ejrcito de quince mil infantes y
mil quinientos caballos que se encamin rpidamente contra la importante plaza martima
de Ncwport Los archiduques, asombrados mas no abatidos, juntan doce mil hombres; la
princesa Isabel, inspiada por el peligro de varoniles arranques, los entusiasma ofrecindo-
les sus joyas, si necesario fuese, y sus rentas para pago de sus haberes; y una voz unni-
me le responde que Newport ser salvada morirn todos sus puertas. La consternacin
del prncipe Mauricio no fu menor que la de sus contrarios al tener noticia de su aproxi-
macin, porque, no esperndola tan inmediata y habiendo confiado en que la plaza sor-
prendida no tardara en rendirse, no habia fortificado su campo. Los espaoles arrollan
con bro la retaguardia del sitiador y corren envolver al cuerpo situado entre la plaza y el
mar. Esta imprudente operacin, que colocaba los espaoles entre dos fuegos, impedida
en efecto por los certeros disparos de los buques holandeses, vino ser el origen de la der-
rota en que se transform aquella accin tan felizmente empezada. Pelearon con desespera-
cin los espaoles por espacio de algunas horas, hasta que, herido de gravedad Alberto, se
retiraron Brujas no con miedo del enemigo sino de su fortuna. Mauricio prefiri torpe-
mente volver atacar la plaza perseguirlos en su retirada, y purg su error, pues aque-
lla se resisti con tenacidad y le oblig reembarcarse para Holanda, sin ser derrotado, con
la pena de la desgracia que habia presentido.
Fu mas afortunado en el sitio de Rhimberg, plaza cuya posesin importaba sus nue-
vos planes, y de la cual no crey el archiduque apartarlo sino sitiando su vez la de Os-
tende. Empero este sitio memorable, que empez como un recurso estratgico, que ocup
diversos generales y numerosas fuerzas por espacio de tres aos; que absorvi intilmente
tantos caudales y cost ambos ejrcitos tanta sangre, no estorb que Rhimberg y luego
Grave (1602 ),apesar de su denodada resistencia, capitulasen.
Era la Inglaterra quien ayudaba los confederados con sus armas, tesoros y consejos
contraa Espaa, en quien aborreca la reina Isabel la dinasta austraca, que ocupaba su
trono. El de Lerma habia hecho contra ella un desgraciado ensayo de venganza apenas ele-
vado al poder. Equip una armada de cincuenta velas, y el almirante don Martin de Padilla
recibi la orden de encerrar en sus puertos al comercio ingls para hacer sucumbir por ham-
bre el erario de su nacin. Una tempestad, dispersando nuestra escuadra, evit la Inglater-
ra el combate. Aun fu mas desgraciado Lerma en su segunda tentativa contra aquellas islas,
tan bien defendidas por sus soldados como por el Occano. Una fuerte escuadra condujo al a
costa meridional de la Irlanda seis mil plazas de desembarco las rdenes de don Juan de
Aguilar, alumno del duque de Alba, que se apoder muy luego de Kinsale. Desde all envi
dos mil hombres en auxilio del conde de Tirn, que se habi rebelado contra su reina; pero
1
apenas incorporado, el virrey de la isla los derrot , Ocampo, jefe de los espaoles, qued
prisionero, y Aguilar se vio precisado proponer una honrosa capitulacin, que le restituy
eon sus tropas Espaa. La victoria de la Inglaterra no fu brillante ni la derrota de la es-
pedicion costosa; pero el golpe moral que sufri la reputacin de nuestros generales y sida-
R E I N A DO DE FE L I PE I I I . O
dos, y mas aun nuestro gobierno, quien se consideraba en Europa obrando siempre bajo
las inspiraciones de una poltica constante y profunda, nos quit ese prestigio misterioso y
la fuerza que le acompaaba.
Al tiempo que parta la espedicion contra Irlanda, otra de setenta galeras con diez
mil hombres de desembarco, las rdenes de uno de los mas famosos marinos de su po-
ca, se dirigi contra Argel. Los corsarios huyeron su vista, y la plaza no hubiera di s -
putado por mucho tiempo su rendicin; pero una borrasca que sobrevino en medio de la
noche destroz muchos buques, y tuvieron los dems que ir en dispersin buscar un asilo
en los puertos de la Sicilia.
De tales prdidas poco deba consolar la corte la adquisicin del marquesado de Fi -
nal en Italia por el conde de Fuent esgobernador de Miln, ni la terminacin de la con-
quista de Nuevo Mjico en la Amrica septentrional por el general Oate.
La Amrica, abriendo sus entraas la codicia de los gobernadores, no bastaba lle-
nar el vaco de las arcas delerariode la metrpoli ni aliviar lamiseria general dla nacin.
La escasez de numerario era tan grande que el ministro juzg necesario someter la inves-
tigacin de sus causas y la indicacin del remedio al Consejo de Castilla, tribunal de con-
sulta para las grandes cuestiones de estado, que gozaba de una alta reputacin de ciencia y
madurez. Hoy, que la economa poltica ha hecho tantos progresos, su informe nos parece
un examen emprico mas que una apreciacin de estadistas eminentes. Atribuy la escasez
la grande fabricacin de alhajas de oro y plata y la cuantiosa estraccion de estos met a-
les al extranjero; y en su virtud se public una pragmtica prohibiendo una y otra, y or-
denando que todos los subditos de la monarqua presentasen un exacto inventario de cuanto
poseyesen labrado en oro y plata porque, se deca, S. M. tiene entendido que la cantidad
de estos metales es tanta que, si se reduce moneda corriente, bastar para redimir
la nacin de los quebrantos que padece. Cuan pasmosa ignorancia de lo que constituye
la verdadera riqueza de las naciones y del papel que la moneda representa en las transa-
ciones mercantiles! Si el numerario se ocultaba, era simplemente porque se le perseguia
con impuestos exorbitantes; si se le exportaba, si emigraba, era porque tenia que ir
buscar fuera de Espaa lo que en ella no encontraba el consumidor. Faltaba, en una pa-
labra, el numerario porque fallaban los valores que l est destinado representar, por-
que no habia produccin. As la pragmtica, que hubiera sido una medida esencialmente
revolucionaria contra los ricos, que hubiera sido una especie de ley suntuaria, si llenase
su objeto, sublev todos los nimos en general, particularmente la nobleza y al clero,
que dedicaban gruesas cantidades la adquisicin de alhajas. El ministro retrocedi es-
pantado de s mismo ante la actitud de la Iglesia, y apel otro recurso, empleado ya con
desgracia por otros reyes, la alteracin de la moneda.
Alfonso X, don Sancho, Fernando el Emplazado, Alonso XI , Enrique I I I , haban
acuado moneda de baja ley, que no era en realidad sino una falsificacin con el sello del
estado. La Francia dio con harta justicia por esta razn Felipe el Hermoso el apodo de
monedero falso: don Juan I y don Juan II haban respetado la aquilatacion legal; pero ele-
varon el valor de las monedas. Estos dos hechos no son en el fondo mas que uno mismo,
pues de ambos modos la moneda vale menos de lo que representa; con la sola diferencia
de que en un caso se da con engao y en el otro sabiendas. Mas qu importa que este
fraude se haga en la aleacin de los metales en la elevacin de su valor ? Las consecuen-
cias sern siempre las mismas: mientras el comercio no restablece el equilibrio de todos
los valores; mientras no llega pedirse, por ejemplo, veinte reales nominales de la nueva
moneda en vez de los diez efectivos de la antigua; mientras no se aprecia exactamente la
cantidad del fraude para aumentarla descontarla, reinar el caos y huir el crdito, su-
birn de precio todos los artculos, los jornales sern mas crecidos, la agricultura y la i n-
dustria no podrn sostenerse y abandonarn los campos y los talleres, se ocultar el dinero
y se recargarn los impuestos.
Estos fueron precisamente los resultados inmediatos de la alteracin que hizo en la mo-
neda la ignorancia econmica del duque de Lerma y de su poca. Hay que aadir el contra,
bando, escitado por la estafa que hacia el erario, pues los extranjeros, Francia y Genova
principalmente, fabricaron inmensas cantidades de velln con que inundaron fcilmente la
Pennsula para cambiarlo por la moneda de oro y plata, as como sus gneros, que no vendan
otro metal. Llegaron circular de esta maneda, naturalmente mas falsificada que la de
H I S T O R I A DE E S PA A .
( 1 ) E l P, Mariana en su tratado De mulalionc monelw V. Biografa: tomo T.
estado, cerca de treinta millones de reales, y la plata y el oro ganaron el treinta por ciento
en el cambio. No falt quien previera estos males y predijera el sentido clamor de los pue-
blos (1); pero ni la evidencia de sus raciocinios, ni la moderacin del escrito, ni el carc-
ter sacerdotal de su autor le pusieron salvo de un proceso, cuya sentencia se elev hasta
Roma, y de las mas crueles persecuciones. Censurar al poder en aquellos tiempos era so-
licitar el martirio.
La flota que en tan crtica situacin nos traan los galeones de Indias hubo de caer en
manos de los holandeses, que venan perseguir nuestro comercio hasta sus mismos
puertos. No les habia sido propicia hasta entonces la fortuna, pues poco mas de un ao
habia que Padilla, comandante de la escuadra del Mediterrneo, despus de arrojar sobre
sus playas una nube de berberiscos que infestaban aquellas costas, derrotara nueve navios
holandeses. Y en esta ocasin el almirante Brochero apres otros siete sobre el cabo de
San Vicente y ahuyent los dems, salvando los caudales de Amrica, mezquina espe-
ranza de un gobierno inepto que no sabia hallar. en su propio suelo los tesoros que en-
cierra.
Otro acontecimiento mas importante vino este ao (1603) sonrer Espaa con los
alhagos de la paz; fu la muerte de la reina Isabel de Inglaterra. Este ltimo vastago de
la dinasta Tudor juntaba las flaquezas de su sexo una inteligencia superior, un corazn
varonil y un orgullo tan enrgico que podia llevarla hasta la crueldad. Enemiga de la
dinasta austraca, no habia. cesado, desde que subi al trono en 1558, de combatirla en t o -
das partes con una perseverancia que no fueron capaces de quebrantar el gran poder de
Felipe II ni los mayores reveses. Ausili con todos los recursos de la Gran Bretaa la
revolucin de los estados confederados; apoy en Francia, en Italia, en Amrica y donde
quiera los enemigos de Espaa; persigui su comercio, destruy sus escuadras, y ech
los cimientos de esa marina inglesa, que tan funesta habia de sernos. No fueron segura-
mente Luis XIY ni su gran ministro, sino esa reina de grato recuerdo para su nacin,
quien hiri de muerte la monarqua espaola. As su desaparicin de la escena del mundo
fu tan alhagea para esta como sensible para sus enemigos, muy particularmente la Ho-
landa .
Su sucesor Jacobo I , quien Felipe habia ofrecido ausilios cuando Isabel hizo morir
en un cadalso su madre Mara Stuart, senlia cierta inclinacin al a paz con Espaa como
una deuda de gratitud; pero, dbil de carcter, no se neg firmar el tratado secreto que
contra ella le propusieron sus ministros en unin con la Francia. La corte espaola fu
entonces mas hbil que lo habia de costumbre. Se dio orden para que cesasen entera-
mente las hostilidades contra los ingleses y se puso en libertad (cuantos conservbamos pr i -
sioneros. Este acto de generosidad, as como los celos que la Inglaterra iba concibiendo de
la Holanda, que no era sino una repblica de emprendedores mercaderes, allanaron el ca-
mino las negociaciones del clebre diplomtico don Juan de Taxis, conde de Yillame-
diana, que se present en Londres gestionar la paz. El principal y acaso nico obstculo
fu la exigencia hecha por los ministros ingleses, digna de su patriotismo, de que les
fuese permitido los subditos de la Gran Bretaa comerciar en las Indias espaolas. Pa-
rece que los manejos de Villamediana consiguieron aplazar esta resolucin, y el tratado de
paz se firm en Londres el 19 de agosto de 1604 por el duque de Frias, apoderado es-
pecial de Espaa.
Este suceso influy sin duda en la rendicin de Ostende. Hay en la historia moderna
pocos ejemplos como el que ofreci en aquella plaza el honor militar. Hllase Ostende me-
dio enterrada en fango orillas del Ocano y como rodeada por una laja de canales, algunos
de los que pueden ser surcados en las altas mareas por los buques de alto bordo que sos-
tiene el mar. A esta defensa natural se unian las del art e, no menos formidables, hechas
por el duque de Alba y por la Holanda. La parte vieja de la ciudad tiene delante de s un
poderoso dique que la vez la defiende de los mpetus del Ocano y de los ataques de las
escuadras: la parte moderna estaba guarnecida de murallas, bastiones y reductos cientfi-
camente combinados con los canales, que le sirven de foso. Gozaba con [razn entre los mi -
litares la fama de una plaza inespugnable, si se la aseguraban los mantenimientos y municio-
BE lN A DO DE FE L I PE I I I . 7
Doa Margarita de A ustria , mujer de Felipe I I I .
Puso Mauricio el cuidado de su conservacin cargo de Francisco Ver, general nacido
para estas empresas que requieren tanta sangre fria como conocimientos y valor. En un
principio, escasa en nmero la guarnicin, pudo el archiduque conquistarla y estuvo muy
prximo conseguirlo; pero un oportuno refuerzo de tropas de la Zelandia volvi Ver
la resolucin de una heroica defensa, hizo sospechar al sitiador que habia sido bur -
lado por las proposiciones de capitulacin que aquel le hiciera con el objeto sin duda de
ganar tiempo. Arrebatado por un sentimiento de orgullo, orden un asalto general pa-
ra el dia tristemente memorable 7 de enero de 1602. Adelntanse con gran denuedo
los batallones hacia la ciudad que, sumergida en un profundo silencio , parece que el t er-
ror la ha petrificado quitndole la accin y l a voz. Los espaoles se detienen un momento
al pie de aquellas murallas, que no saben si guarda un desierto una sepultura; pero,
apenas haban trepado ellas, una horrible esplosion hace caer mutilados centenares de
cadveres. Ver habia mandado sus valientes soldados cruzar los brazos hasta ver de cerca
la cara al enemigo, y en aquel momento hacer una descarga de morteros con metralla. Los
sitiadores que sobreviven sueltan entonces los lazos de la disciplina, y cada cual bscala
venganza de aquella espantosa carnicera. El defensor, que conoca los desesperados arran-
ques del valor espaol, habia previsto este y preparado las esclusas de los canales, que
una seal suya inundaron en un momento los fosos y todas las cercanas, arrastrando con
los miembros destrozados por la artillera nuevos cadveres. El toque de retirada puso fin
la matanza. La imprudente tenacidad del archiduque quiso renovarla dos dias despus; pero
os soldados, mas entendidos menos ofendidos en su amor propio, se negaron resuelta-
nes, cosa fcil teniendo siempre abierta la ancha puerta del mar. Los ingleses, franceses
y alemanes la sostuvieron sin peligro constantemente abastecida.
?S H I S T O B.I A DE E S PA A .
mente al ataque mientras no llegasen refuerzos con mayores probabilidades de triunfo. Cua-
renta de aquellos bravos militares pagaron con la vida este acto de insubordinacin, digno
sin duda de castigo al frente de una plaza sitiada, y ciento cincuenta fueron condenados
galeras. Apesar de este rigor, no se pas mucho tiempo sin que presenciase otro hecho
de mas fatal agero, pues se pasaron Mauricio tres mil infantes italianos y dos mil ca-
ballos.
Limitse entonces al bloqueo el archiduque; mas con nimo tan resuelto de no dejar
sus contrarios abandonado aquel pedazo de su reputacin, que Mauricio juzg necesario
llamar su atencin con una correra por el Brabante. Salironle al paso, y cay sobre la
plaza de Grave, de la cual, como hemos dicho, se apoder.
En tal estado se hallaba esta empresa sobre la cual toda la Europa tenia fija su vista,
cuando se ofrecieron la Espaa contra la Holanda dos hombres eminentes. Federico y Am-
brosio Spola, hermanos por la naturaleza y el talento, eran originarios de la nobleza de
Genova, donde posean una inmensa fortuna con un ttulo de marqus, que llevaba el pri-
mero. Moviles sin duda el afn de la gloria un secreto presentimiento del porvenir reser-
vado su nombre presentar en Madrid un plan para reducir la obediencia los Paises-
Bajos, plan que los apuros del erario no permitieron al de Lcrma aceptar. Dio, sin embargo,
Federico ocho galeras, con las cuales march en busca de los holandeses; y aunque los
hall en mucho mayor nmero, su escesivo ardimiento le precipit en un combate del cual
sali mortalmente herido. Desde aquel momento renunci su hermano Ambrosio al servi -
cio de la mar y brind Alberto con su espada, ya de bastante brillo para que no fuese
rehusada.
Sus primeros actos as que recibi el mando demostraron ya sus eminentes dotes de
general. Como quien sabe que tiene que adquirir por el talento y la moderacin la autori-
dad que le negaban su juventud y su escasa prctica en el arte de la guerra, convoc una
junta de jefes superiores, ante quienes espuso sus planes para la rendicin de Oslcnde y
la sumisin de los Paises-Bajos, demandndoles su parecer y su ayuda. Esta aparente hu-
mildad produjo el efecto que deseaba, pues todos acallaron por el pronto sus sentimientos
de rivalidad, aguardando ver si se convertan en victorias aquellas brillantes combinacio-
nes. El por su parte lo esperaba tambin para exigir despus la obediencia que entonces su-
plicaba. Conoci asimismo que un general joven y desconocido de sus soldados debia con-
quistar su corazn perderlo en sus primeros hechos, cuyo feliz xito trat de asegurar.
Comprometi su inmensa fortuna para pago de los grandes atrasos que el ejrcito esperi -
mentaba fin de quitar preteslo las insubordinaciones y sembr hbilmente la emulacin
entre espaoles, italianos, walones y alemanes. Con estos elementos se acerc Ostende lo-
grando los pocos dias lo que en dos aos no habian conseguido sus antecesores, cual era
establecer el cerco cubierto de las bateras. Los genios saben verse larga distancia, y
Mauricio vio Spnoladesde estos preliminares del asedio. Hizo sitiar Esclusa; mas a un-
que este acudi su socorro por orden de Alberto, el mismo refuerzo que introdujo en la
plaza aument el consumo de sus vveres y contribuy con esto su rendicin. Kadsant y
algunos otros fuertes que se sostenan su amparo cayeron en seguida tras su apoyo. Un
pequeo choque de armas desgraciado hubiera sido suficiente en estos momentos para que
Spnola, este clebre guerrero del siglo XYII, desapareciese bajo los murmullos dl a e n-
vidia. El conoce que, si deja esta algunos das, sus proyectos, sus aspiraciones de gloria
mueren sofocadas en su primer aliento: sabe del mismo modo que, si ataca la plaza en esta
ocasin, puede perecer. Pero Spnola no era de los hombres que vacilan en esta alternati-
va del descrdito la muerte. Acomete con resolucin la parte vieja de Ostende, que s u-
cumbe , y sin dar tregua al entusiasmo de sus soldados ni al abatimiento de los defensores,
lanza un asalto contra el reducto principal de la ciudad nueva. Varias veces fueron rechaza-
dos los tercios espaoles italianos, dejando el camino sembrado de cadveres, y al fin no
consiguieron ellos apoderarse de aquella formidable posicin, de la cual conocen los sitiados
depende su salvacin su ruina. Los alemanes marchan la brecha con mas sangre tria
. que los dos pueblos meridionales; pera el enemigo no teme menos aquella resolucin que
parece maquinal. Hace volar una mina bajo sus pies que abre un grande claro en las filas;
esta voz, los restos de la divisin se precipitan hacia la abertura del lienzo, y corona su
bandera aquel montn de ruinas y de miembros mutilados. Ostende se rinde en seguida, el
20 de setiembre, saliendo su heroica guarnicin con todos los honores de la guerra.
R E I N A DO DE FE L I PE I I I . 9
Considerado militarmente este triunfo, fu glorioso para el general y la nacin que lo
consiguieron; mas, si la poltica ha de pronunciar su fallo, habr de decirse que de cuantas
clebres empresas de este gnero cuenta la historia, ninguna mas estril, ninguna mas
perjudicial. Esta fu la constante estrella de Spnola: gastar su genio en mezquinos pensa-
mientos, servir causas injustas heridas de muerte. En otro siglo, es decir, bajo la i n -
fluencia de otro espritu, tal vez se veriahoy en l uno de esos hombres que son un tiempo
lanza y verdugo de una idea, un Napolen. En Ostende se gastaron sumas inmensas, p e -
recieron cien mil hombres de ambos ejrcitos, y no se consigui con acumular todas las
fuerzas sobre aquel palmo de terreno sino dejar la Holanda el largo espacio de tres aos
para asegurar su independencia.
Spnola no dej secar los laureles en su frente. March Madrid para asegurar en la
corte su favor y la subsistencia del soldado, volvi presto los Paises-Bajos y sali cam-
paa (1605) con la mira de penetrar en el corazn de las provincias sublevadas. Evit pr i -
meramente el sitio de Amberes, que los estados de Holanda haban ordenado al prncipe
Mauricio; hizo levantar el de Sas de Gant e, y recogi en seguida una serie de triunfos en
las plazas fuertes del Mosa y el Rhi n, en Ordenzeel, Lngen y Wachtendouck. Aqu fu
donde, rechazados los espaoles por Mauricio, vol Spnola su socorro con seiscientos caballos
que llevaban la grupa casi todos los tambores de su ejrcito para persuadir aquel que
acuda con el grueso sus fuerzas. El ardid produjo en efecto la retirada del enemigo y la
rendicin de la plaza, la cual sigui luego la de Cracao.
La escasez de recursos para continuar las operaciones le oblig volver la corte, la
cual encoutr mas ocupada en sentir la prdida de la flota de Amrica, devorada casi e n -
teramente por la mar, que en celebrar sus ltimos triunfos, y por lo tanto poco dispuesta
secundar sus planes. Lo nico que el gobierno hizo fu convidar con un emprstito ven-
tajoso los comerciantes de Cdiz y otras plazas, que permanecieron indiferentes la usu-
ra hasta que Spnola prest segunda vez su fortuna en hipoteca. Esta humillacin, que el
de Lerma sufri sin afectarse, manifiesta el estado lastimoso en que haban caido la ha -
cienda y el crdito de Espaa. Manifiesta tambin el egosmo y la avaricia del capital, que
apenas reconoce reglas de moral ni sentimientos de patriotismo, y est siempre dispuesto
abandonar aquel cuyo amparo creci de quien recibi la existencia.
La guerra por mar no era aun los holandeses mas lisonjera. Don Luis Fajardo, jefe
de una de nuestras escuadras, les quem en las salinas de Arraya diez y nueve buques, y
pas su tripulacin cuchillo en represalia de la de dos buques de trasporte que poco tiem-
po hacia haban aquellos arrojado al mar, dos dos, en el canal de la Mancha. sta fero-
cidad en los combates martimos no tuvo afortunadamente imitadores en los ejrcitos de los
Pases-Bajos. En la India tambin atacaron los holandeses de improviso la ciudad de Mala-
ca defendida por Mendoza, quien auxili tan oportunamente el virrey de Goa que con-
virtieron la retirada de aquellos en una sangrienta derrota.
Por la mar tambin nos era prspera en otras partes la 'fortuna. Los portugueses s e -
guan estendiendo por aquellos pases sus dominios, todava en provecho de la Espaa El
gobernador de Sirian, vencidas las fuerzas navales de Aracan, se apoder del reino de
Pegu, situado en el golfo ue Bengala. Poco tiempo despus (1606) la reconquista de los
Molucas aument la alegra de la corte, ya restituida Madrid no sin disgusto del rey, que
hacia cinco aos la habia trasladado Valladolid por tener all mas medios de satisfacer los
goces de su pasin mstica. Acordse definitivamente esta residencia previo el parecer de
los hombres de estado, que en esta ocasin tambin adolecieron de los errores mas vul -
gares.
La situacin de la capital en Madrid es una de las tristes herencias que ha dejado Es-
paa el espritu absorvente, centralizador, enticamente monrquico de Felipe II. Ansioso
de constituir un poderoso centro de accin en la Pennsula para su gobierno, juzg, segn
las ideas de la poca, que debia colocarlo en el centro matemtico de su suelo para estar
igual distancia de toda su periferia: parece que coji el mapa, traz dos rectas entre sus cuatro
ngulos mas distantes, y en el punto de interseccin
r
donde quiera que cuadrase, levant su
palacio, el crneo de la monarqua. Procediendo de igual manera, el Criador debiera haber
colocado la cabeza del hombre en el centro de su cuerpo. Cierto que no eran de adivinar en-
tonces los descubrimientos del telgrafo y del vapor, especie de alas del ser humano que su-
primen las distancias; pero, si su fin era situar el gobierno iguales distancias del contorno
10 HISTORIA DE ESPAA.
para que un tiempo se oyese y acatase su voz en todas partes, debi haberse aproximado
mas las zonas montuosas, donde las comunicaciones son mas lentas; si los gobiernos se e s -
tablecen para regir los pueblos, debi indagar el centro de la poblacin; y si para adminis-
trar sus intereses, debi apreciar el de su desarrollo. Erigida la capital en Sevilla en Lis-
boa , la vista del Ocano, se habra hecho con el tiempo un poderoso foco de accin para el
comercio, las artes y el pensamiento. Erigida en Lisboa, quiz se habra evitado adems la
separacin del Portugal. Erigida las orillas de alguno de los rios navegables, aunque en el
interior, tambin hubiera podido reunir las ventajas de ambas situaciones. Madrid, asentado
bajo condiciones poco favorables la produccin agrcola y sin elementos para la industria,
no podia llegar ser jams un foco de concentracin y reflexin que sostuviese en perpetuo y
progresivo movimiento todas las facultades productivas. Deba ser verdaderamente la planta
parsita de la nacin, un gran parador de pretendientes, la grande antesala del trono, y
jams otra cosa. Bajo los diferentes sistemas de gobierno que se han sucedido en Espaa, Ma-
drid ha sido siempre el eje de la monarqua, mas nunca la cabeza de la nacin.
Con los recursos que Spnola haba reunido en la corte elev sus fuerzas sobre las de
su competidor, obligndole estar la defensiva. Su pensamiento era entrar en el Be -
tuve por el centro de las provincias unidas hasta situarse al frente de Utrccht; pero las ope-
raciones de Mauricio, que penetr su intencin, se lo estorbaron tanto como las inundaciones
del deshielo, que no le dejaron atravesar el Wahal y el Issel. Circunscribi entonces su pr o-
yecto ocupar la provincia de Zutphen, y luego cayeron en su poder Lucken, Groll y Rhim-
berg, tantas veces conquistada y perdida, apesar de los esfuerzos de los confederados para
asegurar su posesin.
Sin embargo de estas ventajas, debidas principalmente al genio de Spnola, la guerra de
los PasesBajos pareca cada vez mas lejos de la terminacin que la Espaa deseaba. La Ho -
landa , como si recogiera lecciones de sus derrotas, se presentaba en cada campaa poseda
de mayor entusiasmo y mas firme resolucin de combatir por su independencia. La guerra se
habia hecho en ella popular, mientras que los espaoles ignoraban por qu combatan h a -
ban aprendido ya que aquellos raudales de oro y sangre que se derramaban por conservar un
feudo servan nicamente para lisonjear la vanidad de un ministro, que presuma de grande-
za en sus pensamientos. Una costosa derrota hizo pronunciar en este estado los clamores de la
paz, que el mismo Spnola, tan desinteresado poltico como hbil general, habia aconsejado
al archiduque. Alberto.y al de Lerma. La derrota aconteci en las aguas de Cdiz (1607,) donde
una escuadrare/Veintiuna velas fu completamente destrozada por los holandeses, que hicie-^
ron adems SOOTC%S mil prisioneros. Los espaoles no sucumbieron sin gloria en aquel rei -
do combate, que costla vida los jefes de ambas escuadras, Alvarez Dvila y Heemskirk. El
obcecado ministr&tdftpE endi entonces que se necesitaba la paz, siquiera para que llegasen
sin tropiezo la aroa&r-ales que manejaba los convoyes de plata de la Amrica. El prncipe
Alberto no deseaba menos una paz que le permitira reinar tranquilamente en alguna parte de
la donacin que Felipe II habia hecho su esposa.
Los holandeses no creyeron al pronto en la sinceridad de las negociaciones que por e n-
cargo del archiduque hizo el astuto Ney, general de los franciscanos; las consideraron como
una prfida asechanza que era preciso deshacer tomando una actitud mas imponente. El prn-
cipe Mauricio, que veia sin duda escaprsele la dictadura de las manos, era quien se manifes-
taba mas suspicaz. Verdad es que todas las naciones de Europa parecieron asombradas de
que la Espaa solicitase la paz tan repentinamente y en ocasin menos adversa que otras, des-
pus de haber sostenido con terco empeo la guerra por espacio de cuarenta aos. La Francia,
la Inglaterra y la Dinamarca enviaron sus embajadores tomar parie en aquellas negociacio-
nes que podan influir poderosamente en la suerte futura de la Europa.
La elocuencia de Barnevelt, partidario de la paz entre los confederados, triunf dla in-
teresada pertinacia de Mauricio; pero exigieron como condicin preliminar fuese reconocida
su independencia, lo cual era seguramente principiar por el fin. Negse la Espaa conside-
rar como su igual quien estaba acostumbrada tratar como su vasallo, y aqu habran que-
dado tal vez las negociaciones, como en otras ocasiones sucediera, si la diplomacia no hubiera
sugerido una frmula, en la esencia ridicula, que conciliaba las pretensiones de ambas poten^
cas. Se dijo que la Espaa tratara con las provincias unidas como con un pueblo libre. Jun-
tos los plenipotenciarios en el Haya, sentaron las bases de una tregua que se firm en Am-
beres en 9 de abril de 1609 por los representantes de Holanda, Espaa, y Flandes, bajo la
R E I N A DO DE FE L I PE I I I . 11
Don Pedro E nriquez , conde de Fuentes.
Todo present en estos momentos un lisongero aspecto la fatigada Espaa. En el i n-
terior acababa de celebrarse un acontecimiento que es siempre notable en las monarquas
porque encierra todos los alhagos de la esperanza. Habia sido jurado por la nacin reunida
en cortes el heredero de la corona, que habia nacido en Yalladolid tres aos hacia mil seis-
cientos cinco y rein luego bajo el nombre de Felipe V. En el esterior, all donde la paz no
sonrea, deslumhraban su vista los triunfos. Los Araucanos, esta brava nacin, que no quiso
humillar su cuello la voz sino la cuchilla de los conquistadores, no cesaba de agitar la
bandera de la independencia y de llamar su defensa todas las razas solariegas con el
estruendo de sus sangrientos combates. Yivian tan apegados su patria que ellos y ella no
podan separarse sino en pedazos como esas raices profundas que no se arrancan sino des-
trozando el terreno en que han nacido. Navarrete los derrot de nuevo y mat su caudillo
el desgraciado Caupolican; pero no los someti, porque no los acab. Alonso de Ercilla,
IOMO iv. 4
garanta de la Francia y la Inglaterra. Este tratado, que se llam la tregua de los doce aos,
envolva la primera confesin la Europa de la debilidad en que la Espaa habia caido,
pues su primer artculo reconoca espresa y paladinamente lo que por tanto tiempo rehusa-
r a, reconoca libres independientes las provincias unidas. Qued cada ejrcito con las
plazas que la sazn ocupaba, seguramente por no entrar en los pormenores de un tratado
completo que podra frustrar fcilmente el fruto ya conseguido de una paz temporal, que
nadie dej de considerar entonces como un tratado definitivo. Felipe, que no vio en esta
tregua siquiera una concesin la inexorable ley de la necesidad, sino un trozo arrancado
al mapa de sus dominios, se neg obstinadamente darle su aprobacin, siendo preciso
que su confesor viniese Madrid solo para conseguirla fuerza de mximas evanglicas
mas que de reflexiones polticas. La Holanda la acogi con entusiasmo porque adquira
desde entonces un puesto, y sin duda un puesto honroso, entre los estados de Europa, y
porque como pueblo de mercaderes, sentia propensiones la paz.
12 H I S T O R I A DE E S PA A .
soldado de aventura, quien su corazn de poeta llev aquellas conquistas semifants-
ticas, hall en medio de aquellos combates la pluma de su inmortal Araucana, poema bri -
llante , al que sobra sin embargo mucha historia, crnica seductora la que daa tanta
poesa. Los otros pases de la Amrica no demostraron nunca la energa de los Araucanos
en la defensa de su patria.- La provincia de Taracocias ensanch por un lado los lmites
del Per, que aumentaba por otras partes Gonzalo de Sols con sus descubrimientos y
conquistas. Una mujer, la esforzada guipuzcoana Catalina Arauso, llevada por el amor
la pasin lo maravilloso de su sexo, ocupaba en estas espediciones una plaza de soldado-
Su corazn varonil la arrojaba en medio de los mayores peligros, y jams se vio que el h-
bito de los espectculos de sangre y el furor de la pelea apagasen en ella la ternura de los
rentimientos de mujer. Y, lo que hizo de ella un personaje de admiracin, supo como alfe-
sez desempear sus atribuciones de mando con la misma dignidad que haba aplicado los
deberes de la obediencia.
Otro rey, digamos mas bien, otro ministro menos incapaz que el duque de Lerma, al ver
as despejada su situacin en Europa, hubiera lanzado aquel brillante y numeroso ejrcito de
los Pases-Bajos, educado por un general eminente, contra ese pais donde nos llaman t an-
tos intereses, y si, decirse puede, tantos derechos, el frica. La sedicin que arroj Mu-
ley del trono de Fez, Sus y Marruecos debi ser el pretesto de una invasin benfica que
llevase al Oriente por vez primera la luz de la civilizacin del Occidente en cambio de sus
riquezas naturales. Pero el duque de Lerma no supo concebir sino un proyecto mezquino
inmoral que dej sobre la Espaa la sospecha de una perfidia, que es por s sola una man-
cha. Se le dieron Muley los ausilios que pedia para su reposicin en el trono condi-
cin de que seria hecha donacin Espaa de la plaza de Larachc. El marqus de San
Germn, jefe de la espedicion que le acompa, tom en efecto posesin de ella apenas
restituido el berberisco su poder; pero, asesinado este en su tienda por un moro, queda-
ron as los proyectos de Lerma y Caldern sobre el frica. Pereci Muley porque sus es-
tados deban ser la base de la conquista y era necesario quitar otro estado europeo el
derecho de su proteccin? Pereci porque tratase de recuperar el precio de su restaura-
cin? Se ha credo se ha dicho as por algunos historiadores extranjeros; mas en ese
caso porqu no se precipitaron Marruecos nuestros soldados? porqu sigui la inaccin
del asesino la caida del cadver? La suposicin mas autorizada es que un fantico quiso
salvar su pueblo de la ignominia de un rey que habia hecho traiciona su patria y su f.
Lo que manifiesta la empresa contra Marruecos no es un vaco pensamiento poltico
sino el profundo odio religioso que dominaba la corte y dio al fin por resultado el mas
grande y funesto acontecimiento del reinado de Felipe III. Hablamos de la cspulsion de los
moriscos.
CA PI T UL O I I ,
1610.
Deliniliva cspulsion de los moriscos.
QUED con la deportacin de los moriscos terminada la cspulsion de la raza musulmana
en mal hora y bien deslealmente emprendida por los reyes Catlicos y continuada por sus
sucesores. Las estipulaciones acordadas en la rendicin de Granada ponian los musulma-
nes, por un revs de la fortuna, de que la historia ofrece tan numerosos ejemplos, en la
misma situacin que hacia siglos redujeran los godos y espaoles las capitulaciones con-
cedidas por los conquistadores Muza y Tharic y ampliamente confirmadas Teodoredo, s u-
cesor de Rodrigo, por el califato de Damasco. Los musulmanes, convertidos en vasallos de
los cristianos por el mismo derecho que los hiciera sus seores, serian respetados en su se-
guridad personal, en su culto, en su propiedad, en sus leyes, en su administracin judicial,
en sus usos, en sus trajes, en su lengua, en todo finalmente cuanto puede constituir la exis-
tencia individual de un pueblo. En virtud de la capitulacin de Granada, igualmente que
de las de Valencia, Sevilla, et c. , los menguados herederos del poderoso califato de Crdoba
deban conservar indefinidamente aquella patria que, decirse puede, ellos mismos haban
formado, pues todo all era suyo, borradas ya las huellas por la guerra y por los siglos del
[iaso de las dominaciones que precedieron al a suya. Una misma tierra serala patria de dos
R E I N A DO D FE L PE l l . 13
pueblos distintos, que por la accin irresistible del tiempo, de la naturaleza y de los i nt e-
reses, llegaran fundirse en comn provecho.
El fanatismo de los cristianos no consinti que esto sucediera, y en su impaciencia dio
principio las persecuciones desde el dia mismo de su triunfo. Los rabes haban respetado
tan religiosamente los tratos de la rendicin de Toledo que, al reconquistarla don Alonso, en-
contr la mitad del vecindario con las costumbres y el culto pblico de la f catlica que ha-
ban heredado de sus padres. Apesar de este modelo de tolerancia, la mas difcil de adquirir
al corazn humano y que supone ungrande civilizacin, los cristianos, los dos aos de p o -
sesin de la plaza, se haban arrojado alevosamente sobre la mezquita y transformdola en
su templo. Los reyes Catlicos, aunque inspirados por su confesor y el inquisidor general,
no fueron mas religiosos en la inviolabilidad de sus juramentos, porque aquel confesor y
aquel inquisidor eran los clebres Cisneros y Torquemada. No bien se haban instalado en
el palacio de la Alhambra, dictaron el primer decreto de espulsion, que fu contra los judos
y lanz de la Pennsula mas de ochocientas mil personas (1) las mas industriosas y acauda-
ladas de sus estados. Dirigironse en seguida contra los sectarios de Mahoma, en un pr i n-
cipio por los medios evanglicos de la persuasin y la dulzura, haciendo en sus tierras misio-
nes semejantes las que iban catequizar los indios dla Amrica. Pero luego que vieron
su ineficacia, apelaron la violencia, como si ella no fuera el veneno de la conviccin y como
si no hubiera dejado dicho el divino Maestro que no aspiraba otro reino que el de los co-
razones. A ttulo de pertenencia de la iglesia romana, reclamaron todos aquellos que des -
cendan de cristianos, denominados elches, para someterlos al bautismo, que la tortura y la
hoguera les obligaron aceptar con el despojo de sus templos. La resistencia armada, opuesta
por los montaeses de las Alpujarras, Serrana de Ronda y Sierra Bermeja, que las aut o-
ridades llamaron rebelin, no consigui mas que aumentar el encono de los cristianos. En
1501 y 2 se puso en efecto todos los musulmanes de Castilla y Andaluca entre la abj ura-
cin la espulsion; y los que se prestaron aquella, lo menos en la apariencia, son los
que desde entonces se llamaron moriscos y por via de insulto cristianos nuevos. Los que no
quisieron abjurar sus creencias, fueron estraados de su suelo natal, por los puertos de Vi z-
caya , no permitindoles llevar oro ni plata sino muebles gneros, que no podran menos
de ser de mucho mas difcil y costosa traslacin, y en cuya venta deban perder sumas con-
siderables. Aun los convertidos se les ved el uso de armas, tan general en aquel tiempo,
bajo la pena de confiscacin de bienes y hasta de muerte. Carlos V, aconsejado por su p r e -
ceptor el cardenal Adriano instado por el papa Clemente Y1I, estendi la persecucin los
musulmanes de Valencia, Catalua y Aragn, quienes tampoco se postraron ante un nuevo
altar sino cuando otra insurreccin en la sierra de Espadan fu vencida. Su hijo Felipe II
convoc en 1566 una junta de prelados, jurisconsultos y generales para que tratasen del
remedio de los moriscos considerados como una dolencia social; y la pragmtica que en
consecuencia de su dictamen espidi, reasuma fielmente todo el odio de un pueblo fanatizado.
Era la abolicin de sus leyes, porque les expropiaba de sus cadis jueces y los sujetaba
los de los cristianos, sus enemigos, sin pensar por eso en la fusin de las dos razas: era la
abolicin de su religin y de su culto, por cuanto les prohiba las ceremonias establecidas
en sus matrimonios, as como el uso de los baos, cuyos edificios serian destruidos; y les
obligaba tener abiertas las puertas de sus casas en los dias festivos de los mahometanos,
sin esceptuar el viernes, su domingo; y dejar los nombres moros que recibieran de sus
padres para tomarlos del calendario romano: rala abolicin de sus usos y costumbres, puesto
que se les precis vestir el traje de los cristianos, impidiendo muy particularmente las
mujeres salir la calle con velo en el rostro , se les prohibi celebrar regocijos con zam-
bras y kilas (bailes y cantos musulmanes) y se les neg, ciertamente no por espritu evan-
gligo ni por filantropa, el tener esclavos negros, los que, como raza infecta, deberiau
abandonar inmediatamente el reino de Granada. Qu mas? hasta la abolicin de su l en-
gua les fu impuesta! En el espacio de tres aos fueron todos obligados aprender la caste-
llana y quemar los libros rabes; y transcurrido el plazo, no podran hablar, leer ni escri-
bir en este idioma, so pena de nulidad en los contratos y de otros castigos severos.
Cuando estas csposiciones tirnicas, deliberadas y resueltas con una profunda reserva,
se hicieron saber los moriscos, un estupor glacial les impidi creer lo que lean, y r epr e-
( 1 ) Mariano.
14 H I S T O R I A DE E S PA A .
sentaron contra ellas a las autoridades locales y al rey. Pero cuando oyeron ese confir-
marlas y las vieron brutalmente ejecutadas; cuando mir aquel pueblo que le destrozaban
su existencia, como por un impulso de propia conservacin lanz un grito de guerra santa y
se conmovi todo entero. Aquella terrible insurreccin dos veces hizo vacilar en su asiento
al a misma corte de Granada, que no se juzg salvada sino cuando se vio sola. Apelando
una traidora asechanza, fueron reunidos todos los moros de la ciudad que habitaban el cuartel
del Albaicin, y en el acto deportados en masa al interior del reino de la manera mas brbara.
No se dej los hombres volver casa por recursos, ni las madres por sus hijos menores,
(uc muchas perdieron para siempre. Atados en recua y con una cuerda al cuello, como sello
de ignominia, los que no pudieron fugarse las Alpujarras no perecieron al rigor de un
trato despiadado, solo llegaron sus deslinos para ser all vendidos como esclavos por sus
custodios. Jesucristo muri en la cruz por l redencin de todo el gnero humano, y la ca-
tlica Espaa hacia trfico de hombres! A la sumisin de los rebeldes, 'trabajosamente obt e-
nida por el bravo don Juan de Austria, sigui un destierro general las provincias de la
Mancha, Castilla y Extremadura, donde vivieron desde entonces cual una raza proscrita,
como excrecencias de las ciudades, en barrios separados, llamados aljamas moreras.
No vivian, sin embargo, tan aisladamente que no se les reparase laaversion con quemi -
raban la carne de cerdo, vedada por su ley, que hadan uso entre s de la lengua nativa, que
se sujetaban ciertas abluciones secretas, y aun que se entregaban indiscretamente algunas
prcticas esteriores de su culto. A estas acusaciones juntaba el vulgo las que le sugera la
envidia de las riquezas y de la superioridad que le llevaban los moriscos, pues sus campos
eran los mas bien cultivados, sus ganados los mas robustos, sus artefactos los mas ingenio-
samente construidos y el comercio al por menor les perteneca casi esclusivamente. Objetos
del odio de la multitud, no haba robo, violacin, asesinato, delito alguno que, si habia bur -
lado las pesquisas de los tribunales, no se les atribuyese. Los sacerdotes, en vez de calmar
Ja indignacin pblica, le daban pbulo desde el pulpito acusndolos de cuantos crmenes
ha producido la depravacin humana. Habia quienes desechaban estos estravios del vulgo
para profesar mas vergonzosos errores. Al ver que el empadronamiento de moriscos ejecu-
tado en 1563 enumeraba diez y nueve mil trescientos un vecinos en solo el reino de Valen-
cia y que en el verificado treinta y nueve aos despus, en 1602, como un registro de las
vctimas que el fanatismo proyectaba inmolar , suban mas de trescientos mil; al observar
que esta rpida progresin coincida con la disminucin de la poblacin cristiana por efecto
del celibalismo monstico, de las guerras, de las emigraciones avariciosas la America y
del envilecimiento en que se tenia muchos oficios, menguas que no esperimentaban los
moriscos; al reparar sobre todo que las riquezas de la nacin iban parar sus manos y que
nada empleaban en fincas, como quien est sin suelo que le pertenezca y sin leyes que le
protejan, concluan los pensadores polticos de aquel tiempo que bien pronto los cristianos
se encontraran extranjeros en su propia patria, sometidos por la industria y la riqueza mu -
sulmana una forzosa servidumbre de los mismos que habian sido vencidos con las armas,
y que no tardaran estos mucho mas en recuperar sus perdidos dominios ausiliados poi sus
hermanos del frica y los turcos de Constan! inopia, con quienes estaban ya en inteligencia.
Esto era cierto. Todas nuestras costas, pero muy principalmente las del Mediterrneo, se
hallaban infestadas de corsarios turcos y berberiscos que tenan al comercio prisionero en sus
mismos puertos y que una seal convenida, hecha desde la playa la cima de una mont a-
a , una hoguera por ejemplo, se arrojaban tierra haciendo escursiones asoladoras por los
pueblos indefensos. Saqueaban las casas, incendiaban lasmieses, degollaban brbaramente
cuantos se le oponan, y familias enteras iban gemir en el cautiverio. Nuestras escuadras
los perseguan y ordinariamente, cuando les daban alcance, los escarmentaban; pero era
imposible conseguir su esterminio teniendo la vista una estensa costa en que guarecerse y
reparar, con toda seguridad los descalabros. En 1604 el marqus de Santa Cruz, general de
las galeras de aples, apres en el Archipilago varias embarcaciones turcas, saque en se-
guida las islas de Zante, Longo, Patmos y Estatche, y se apoder de la plaza de Durazo s o-
bre las costas de la Albania, regresando rico debotin y de fama. Al ao siguiente el marqus
de Villafranca apres en el estrecho de Gibraltar otros once corsarios turcos, y en frica fue-
ron enrgicamente rechazadas las bruscas acometidas de los moros contra las plazas de Tn-
ger y Arcilla, presidiadas por los espaoles. Se les interceptaron cartas dirijidas al emperador
de Marruecos y de Fez para que viniesen rescatarlos de la opresin en que vivian, ofre-
R E I N A DO DE FE L I PE I I I . l g
A mbrosio S pinola.
de los fieles y los riesgos que el estado corra, la espulson total de la muchedumbre rnaho-
melana. La junta establecida en Granada para tratar los asuntos relativos los moriscos,
folia contestar las denuncias de verdaderos supuestos complots y escndalos que diaria-
mente se dirigan por el clero las cortes de Madrid y Roma, proponiendo los mismos
medios de las misiones y la inquisicin, por cuanto la falta de sus brazos dejara abandona-
das la industria y la agricultura y se llevaran sus grandes caudales los corsarios berberis-
cos, quienes tendran en ellos escelentes guias en cualquiera invasin que intentasen. Estas
consideraciones puramente polticas indicaron los perseguidores el camino que conducira
su propsito, y en electo en 1608 se denunci con grande alarma una vasta conspiracin
que tenia por objeto llamar otra.irrupcin de africanos y entregarles la Espaa maniatada.
El duque de Lerma, que tenia puestos ya sus ojos en el capelo y quera captarse la gr a -
titud de l corte pontificia, habia obtenido del rey en 160S el anhelado edicto de espulsion,
que influencias de intereses no dejaron publicar. Los seores de moriscos iban perder con l
rindole poner sobre las armas cincuenta mil combatientes su presentacin en las costas de
Andaluca.
La inquisicin descubri estos peligros, y el terror que produce su divulgacin, los abul -
ta. En Aragn perciben los clrigos cruzando el aire, y creen oir en efecto los pueblos, el so-
nido de timbales y trompetas de las buestes que en el frica se preparan. En Yalencia miran
los supersticiosos la horrible tempestad que la nacin se prepara en un cielo atravesado de
fajas encarnadas, presagio dla sangre que va acorrer. Por todas partes se estiende la cons-
ternacin y crece el odio la raza musulmana. Pero qu estrao que conspirasen los mori s-
cos contra unos vencedores que haban violado la f de los tratados y que tan cruelmente los
tiranizaban? qu estrao que conspirasen si traian la memoria y comparaban la antigua
grandeza con la miseria presente de la que juzgaban su patria? Conspiraron sin duda, y eso
bast para que el clero, el vulgo y la nobleza pidiesen una voz, fin de evitar el contagio
16 H I S T O R I A DE E S PA A .
los mas inteligentes de sus vasallos, y cierta parte del clero no veia sin disgusto que se di s-
minuiran considerablemente los diezmos, pues no los eximia de este tributo la nota de nuevos
y malos cristianos. Pero estas influencias se sobrepusieron con el tiempo otras mas podero-
sas , en particular la del arzobispo de Valencia don Juan de Ribera, que fu el mas tenaz
inflexible enemigo de los moriscos, porque, como todos los fanticos, no sabia concebir el
amor de una f sin el odio cuantos profesasen otra cualquiera. Las memorias que sobre
este asunto diriji al rey aquel anciano prelado reconocen que los infieles eran mas industrio-
sos y econmicos y trabajaban menos jornal que los espaoles; que mientras los pueblos
de Castilla'y Andaluca, habitados por estos, eran vctimas de la miseria, los de labranza mo-
risca vivan cmodamente; que aquellos apenas podian pagar el precio de sus arriendos, y
estos, encorbados constantemente sobre un suelo rido y teniendo que entregar los propi e-
tarios de las tierras un tercio mas de la cosecha, satisfacan sin penuria las atenciones de su
familia. Deduca de estas y otras consideraciones que debia procederse la espulsion paul at i -
namente, y
7
entretanto obligarles mantener un ejrcito que los sujetase, y algunos miles
cada ao, remar en las galeras y trabajar en las minas, que era tanto como condenarlos la
muerte. Y si han merecido sufrir la esclavitud la muerte , su espulsion de Espaa su Iras-
porte pases que profesen su religin no deber considerarse sino como un acto de clemen-
cia y piedad de parte del rey. El tio del duque de Lerma, el arzobispo de Toledo, no se
contentaba con menos que el esterminio completo de los moriscos, sin esceptuar ancianos y
mujeres, ni siquiera los nios.
La nobleza empero del reino de Yalencia no se dej arrancar en silencio la presa que l l e-
vaba bajo sus brazos desde la conquista, pues sali la defensa de sus vasallos con oirs dos
memorias, mas nutridas en verdad de reflexiones econmicas que de consideraciones polticas
humanitarias. En nombre del Evangelio, yaque no de la filosofa ni de la conveniencia p o -
ltica, debieron entonces los grandes defender sus intereses y los de la sociedad. No hubiera
tardado mucho en aparecer la gran cuestin de la libertad del pensamiento, que cien aos
antes iluminara la cabeza de Lulero, y la libertad de EspaSa hubiera tal vez resucitado
entonces. Pero los barones de Yalencia se empearon en sostener la sincera conversin de los
moriscos, que era evidentemente falsa, y as qued sola la consideracin econmica, muy di-
minuta seguramente al lado de la seguridad del estado y latinidad del dogma. Consultada la
corte romana, orden una junta de obispos que, al cabo de prolijas discusiones, declar los
moriscos tan profundamente enterrados en el fango mahometano que jams podra con [arlos
en su seno la iglesia de Jesucristo. Este dictamen fu el verdadero decreto de espulsion, pues
el rey, vacilante hasta entonces por la genial irresolucin de su carcter, como era devoto
hasta la supersticin, se crey en una obligacin de conciencia de ordenarla inmediatamente,
cualesquiera que fuesen sus consecuencias para la monarqua. Acordada en el Escorial para
mayor sigilo en setiembre de 1609 la renovacin del edicto que cuatro aos antes quedara
sin efecto, se tomaron todas las disposiciones de ejecucin con igual reserva: bajo distintos
pretestos se nombraron comisiones secretas de provincia; se pusieron sobre las armas las co-
fradas militares de la Cruz, creadas poco antes por el duque de Lerma en Yalencia; se t r a-
jeron tropas de Italia, y se esparcieron por la costa del Mediterrneo mas de sesenta galeras
de las armadas de Genova, aples, Sicilia y el Atlntico, llamadas al efecto.
Con estas prevenciones, al aparecer en pblico en setiembre de 1610 el edicto de espulsion
en medio de una grande ostentacin de fuerza, tuvo lodo el carcter de un golpe verdadero
de estado. Y lo era sin duda: ninguna de cuantas espulsiones se haban hecho en Espaa, des-
de la de Barcelona en 1265 de los mercaderes italianos por don Jaime I de Aragn, fu tan
inicua como la que se contenia en las siguientes disposiciones:
Todos los moriscos saldran inmediatamente del reino;
En el trmino de tres das bajo pena de muerte abandonaran los lugares que habitaban
y serian trasladados con escolta los puertos del Mediterrneo sealados para el e m-
barque ;
Despus de aquel trmino, cualquiera estaba autorizado para prender, entregar la jus-
ticia y aun matar al morisco que se resistiese;
Irian nicamente con los bienes muebles que pudiesen llevar sobre sus personas;
El que ocultase lo que no pudiera llevarse consigo pegase fuego su hacienda, seria
ahorcado;
Las casas y cosechas quedaran beneficio del seor de quien los moriscos fuesen va-
sallos;
R E I N A DO DE FE L I PE I I I . 17
Se escepluaban nicamente de la espulsion seis vecinos por cada cien, si as lo quisiesen
sus seores, para que enseasen los cristianos el cultivo del arroz, los cuidados del riego etc.
y cuidasen de la conservacin de sus haciendas hasta hacer su entrega los nuevos co-
lonos;
Podan tambin quedar en Espaa los nios menores de cuatro aos, caso que sus p a -
dres tutores lo consintiesen;
Todo cristiano que ocultase un morisco sus bienes sufrira seis aos de galeras.
A los judos se les habia respetado en sus propiedades y concedido tiempo para permu-
tarlas por frutos y gneros del pais; lo mismo se habia concedido en las espulsiones pos -
teriores: solo los moriscos se les arroja empellones de la Pennsula y se les priva de las
riquezas que eran fruto de su ingenio y laboriosidad! Es que los reyes Catlicos espulsaron
solamente por un indiscreto celo relijioso, y la espulsion de Felipe 111 fu obra de la codicia
tanto como del fanatismo.
Al oir ese despiadado decreto, comparable tan solo las antiguas trasplantaciones de
ciudades y provincias que hacan los conquistadores orientales al as modernas deportacio-
nes ala Siberia ejecutadas por los verdugos de la Polonia, la consternacin se apoder de los
moriscos. Celebraron los de Valencia, los primeros que debian ser espelidos, una junta nume-
rosa para deliberar acerca de su situacin; pero, como el terror es el peor consejero del hom-
bre y se contagia mas fcilmente en las grandes reuniones, no hicieron mas que desahogar
la indignacin de que sus almas estaban posedas y el dolor que agoviaba sus corazones.
Ofrecieron rescatar sus espensas todos los cristianos cautivos en Berbera, mantener las
guarniciones de todos los fuertes del Mediterrneo para proteger el pais de las escursiones
de los corsarios, y pagar una pequea escuadra que vijilase y defendiese sus costas, si se re-
vocaba el edicto. Pero en vano, porque su esterminio estaba decretado, y el virrey se neg
hasta recibir la representacin. Enrique IV entretuvo algn tiempo sus esperanzas. Hu-
bieran intentado una nueva insurreccin si pudiesen concertarse y si, cercados de tropas por
todas partes y perseguidos por una multitud estraviada, que les atribua su miseria, no
conocieran que nada podan hacer sino elevar resignadamente Al sus ojos y entregarse
por completo sus implacables perseguidores. La idea de que volvan su primitiva patria,
de la cual conservaban vivos los recuerdos tradicionales y donde al menos no tendran que
ocultarse de la luz del sol para adorar su dios, ni de la vista de los hombres para hablar la
lengua de sus padres, los consol tal vez en aquellas hondas aflicciones. Declararon una
voz que no aceptaban las escepciones del decreto, que todos marcharan proscritos, y recha-
zaron indignados la proposicin de dejar sus hijos una religin estraa y una patria que
sacrificaba sus padres.
Como por un impulso instintivo, segn obra muchas veces el sentimiento religioso, todos
vistieron al tercer dia sus trajes de fiesta, que contrastaban tristemente con el duelo de sus
semblantes. Juntos los individuos de cada hogar y prximas unas otras las familias unidas
por el parentesco, los pueblos enteros emprendieron en caravana la marcha al son de sus
instrumentos y entonando los himnos religiosos de su ley, como en demanda de amparo la
Providencia. En aquella efusin de sentimientos elevados obrada por la comn desgracia, los
ricos perdonaron los pobres sus deudas, los proletarios olvidaron la codicia de sus amos, y
lodo fu consuelo y fraternidad en medio del infortunio general. Esta alegra no se turbaba
sino cuando dirijian la ltima mirada al campanario del templo de aquel Dios en cuyo nom-
bre se les arrojaba. Comprimiendo un ay! de maldicin, los padres enseaban sus hijos
con las lgrimas en los ojos el suelo en que habian mecido su cuna y que ya no volveran
. ver mas.
En los puertos destinados al embarque juntronse millares de familias que no se habian
visto jams, pero que, hermanos por la desgracia, se abrazaban y lloraban unidos cual si de
largos aos se conocieran. En Denia se reunieron mas de trescientos mil, que con el frica
la vista, se entregaron al placer de recuperar en breve la tierra en que descansaban las
cenizas de sus gloriosos abuelos. No imaginaban que el destino les preparaba all mayores
amarguras!
Faltaron buques de trasporte para tanta muchedumbre, y solo se embarcaron al pronto
cuarenta mil, los primeros que sufrieron el ltimo golpe que les reservbala caridad cri s-
tiana. Apenas habian puesto el pie bordo, los registraban todos, sin respetar el pudor
de las mujeres, para saber'lo que llevaban ; l es exigan el precio del pasaje, que se les h a -
18 ni S T O I U A DE E S PA A .
bia ofrecido gratuito, y los que no lo tenan, que eran los mas, los maltrataban y hasta
los arrojaban al mar, si no los satisfacan los ricos. A muchos de estos los arrojaban luego
tambin mar adentro para apoderarse de sus alhajas y caudales, si buenamente no se d e -
jaban despojar. Un capitn napolitano y otro cataln precipitaron todos los que conducan
su bordo. El fanatismo y el pillaje se combinaron para consumar un acto de salvaje
crueldad.
En las playas que los condujeron, all donde esperaban hallar una patria maternal
que les abriese sus brazos y consolase en su regazo, all encontraron aquellos mrtires del
fanatismo su esterminio. Oran, plaza ocupada por los espaoles, era el punto destinado al
desembarque general, y desde all deban los moriscos dirijirse cualquier estado del
frica. Los vasallos del duque de Ganda que se establecieron en Tremeccn no tardaron en
confundirse con un pueblo que hablaba la misma lengua y profesaba el mismo culto. Pero
fueron ellos los nicos quienes perdon la mala estrella que hacia tiempo empujaba hacia
el abismo aquel pueblo de guerreros y poetas. Los berberiscos , no menos fanticos que
los cristianos , creyendo sincera la abjuracin de la ley de Mahoma hecha en Espaa pol-
los moriscos, rechazaron el nombre de hermanos, cuyo ttulo imploraban su hospitalidad
y compasin, y los trataron mas cruelmente que infieles en castigo de su debilidad.
Despus de robarles los despojos de su fortuna que les habian dejado los cristianos, dego-
llaron los hombres presencia de sus mujeres hijos, quienes redujeron la esclavi-
tud. Los espaoles los proscriban y robaban por mahometanos, y los berberiscos los roba-
ban y asesinaban por cristianos!
La noticia de estos desastres derram el espanto y la desolacin entre los que aun no
se habian embarcado, que, ciegos de furor, ya no pensaron sino en morir luchando contra
el destino. Lanzaron el primer grito de rebelin en el valle de Ayora acaudillados por un
rico vecino de Cutanda llamado Furigi y un molinero de mucho prestigio por su valor, del
pueblo de Guadalesa, que llevaba el nombre de Milino Millini, hizo repetir su eco, seme-
jante al bramido de un tigre, en las escabrosas montaas que rodean el valle de Alahuar-
Inflamados por la venganza y el odio religioso, salan de aquellos valles como los fieras de
sus cuevas para cometer todos los horrores de la desesperacin. Saqueaban, mataban i n -
distintamente con suplicios atroces incendiaban pueblos enteros indefensos. Fu aquello
un crimen en venganza y castigo de otro crimen.
Furigi se fortific en el cerro de Cortes n o tanto quiza por su buena posicin como pol-
l i n a circunstancia bien funesta para l. Hay cerca del pueblo de Cortes una de esas cuevas
sin fin que la supersticin popular hace lbrega vivienda de seres fantsticos y teatro de e s -
cenas sobrenaturales. Una tradicin cuidadosamente conservada por los moros aseguraba
que en la poca de la conquista de Valencia se haba guarecido all un clebre general lla-
mado Alfatima, descendiente de Mahoma, con su fuerte divisin. Aunque n o se le vio mas,
se sabia que moraba all encantado sobre un caballo, verde como todo su ropaje; que tenia
enristrada la lanza contra la entrada del valle amenazando al infiel que osara penetrar en
l persiguiendo los sectarios de su ley; y que su espalda se hallaban numerosos escua-
drones y ballesteros militarmente formados, todos con la vista fija en la pica de Alfatima,
porque su menor movimiento sera la seal dl a invasin dlos cristianos. Confiados en
este poderoso refuerzo, dejaron avanzar don Juan de Cardona con su tercio de Lombar-
da hasta Bicorp, donde este se detuvo receloso de alguna estratagema; mas al ver la i n -
movilidad de los moricos, emprendi de nuevo la marcha en orden de batalla penetrando
en el misterioso valle que guardaba la recndita legin de Alfatima. Como este no sali de
su cueva, los moros le creyeron amedrentado y, sin disparar un tiro, los unos dejaron
caer las armas petrificados de terror, y los otros enarbolaron una cruz improvisada en s e -
al de sumisin huyeron despavoridos en todas direcciones.
Aunque esta victoria no habia costado sangre alguna los cristianos, la soldadesca
cometi tales escesos en el pueblo de Roaya que algunas infelices madres se arrojaron con
sus hijos al Jcar para librarse de sus brutalidades. Furigi se salv entonces atravesando
el rio y emboscndose en la sierra; mas luego, vendido por un pariente, fu 'perecer en
Valencia en medio de los insultos del populacho despus de haber sido atenaceado y de
cortarle la mano derecha.
Los sublevados en el valle de Alahuar tuvieron un fin mas desastroso. Milino lleg jun-
tar en pocos dias ocho mil hombres, los cuales (li alguna organizacin militar; pero t am-
R E I N A DO DE FE L I PE I I I . 19
bien sus alfaqus habian pronosticado que los cristianos cegarian al poner sus pies en el
valle, ocasin oportuna para degollarlos impunemente, y no quiso fortificar su brillante
posicin ni abastecer sino el castillo de Pop. Se vieron cruelmente burlados cuando don
Agustn Mexia los atac por diversos puntos con los tercios de Sicilia y aples y tropas
delpais, sin que se realizase el agero de los alfaqus. Su resistencia fu, sin embargo,
desesperada; pero peleaban mal armados y sin disciplina contra los primeros soldados de
Europa. Milino, batindose cuerpo cuerpo con un sargento, cay atravesado de un bote de
alabarda en un torrente, bajo cuyas olas desapareci con su improvisada magestad. Sus s e -
cuaces se retiraron al castillo de Pop con los habitantes de tres pueblos en nmero de trece
mil almas; y los cristianos, conociendo que pronto los rendiran el hambre y la sed, se con-
tentaron con establecer un cerco. Antes los entreg la supersticin. Atrada por el hedor de
los cadveres, una banda de cuervos fu posarse en una de las torres del pueblo: su vis-
ta, creen los sitiados llegado su fin, y lanzan un grito de terror que las mujeres y los nios re-
piten sin cesar. Un soldado cristiano agita en estos crticos momentos sobre una roca un
pauelo, y aquella muchedumbre desolada, creyendo que se les brinda con la paz, abre
las puertas del castillo y baja besar los pies de sus enemigos. Estos, insensibles su mi -
seria, los reciben con las puntas de sus picas. La venganza, sed que se enciende cuanto mas
se satisface, hizo los vencedores buscar en el esceso de la crueldad el desquite de la san-
gre que otra venganza haba hecho derramar.
Los que no murieron arcabuceados, los ancianos, las mujeres y los nios, que habian
estado mirando desde las playas aquella rebelin que debia decidir su suerte, fueron i nme-
diatamente trasportados para sufrir una suerte igual la de sus compaeros. De los seis
mil que desde Conastal se dirijieron Argel solo uno tuvo la triste fortuna de llegar al
puerto; y una tempestad hizo naufragar un pasaje entero en las costas dl a Provenza.
Aquella raza desventurada no alcanz piedad en parte alguna. Muchos que lograron esca-
par de los alfanjes y de las mazmorras de frica corrieron implorar la compasin de las
cortes de Madrid y Roma; mas en vano, pues hallaron sordos su llanto y sus ruegos
todos los corazones. La sensibilidad se hubiera considerado como una apostasa. Lo nico
que consiguieron los de Aragn y una parte de Castilla fu que en vez de ir embarcarse
en los puertos del Mediterrneo, saliesen por los Pirineos Francia Por lo dems el edicto
se ejecut con un rigor inexorable, y aun las autoridades subalternas lo hicieron mas tirnico
E l duque de L erma.
T O MO I V.
6
20 H I S T O R I A DE E S r-A A .
inhumano. En Catalua fueron confiscados todos los bienes de los espulsados en pago, se
dijo, de las deudas que dejasen los espaoles; sin que por eso les fuesen abonados sus
crditos. En Burgos murieron ahorcados treinta y dos por haberles hallado oculto algn di-
nero y joyas.
Tres aos despites, los comisarios enviados practicar las mas esquisitas investigaciones
acerca del exacto cumplimiento del edicto, especie de ojeadores caza de hombres, partici-
paban al rey que su orden quedaba ejecutada y libre ya la Espaa de la serpiente que habia
abrigado en su seno. Esta metfora mstica encerraba una dolorosa verdad. Los clculos mas
autorizados hacen subir un milln los moriscos espulsados de la Pennsula; pues las aldeas
de Catalua perdieron mas de la mitad de sus habitantes, cuatrocientas cincuenta alqueras
con veintiocho mil albergues se encontraron en el reino de Valencia sin los ciento cua-
renta mil que la poblaban, y Sierra Morena qued enteramente desierta. Y puede creerse
con el monje Bleda, su implacable enemigo historiador, que no sobrevivi una cuarta parte
las matanzas de Espaa, Africa y Francia. Este pequeo resto de los conquistadores de
Damasco, vagando por el mundo en dispersion, cual una raza maldita, y ocultando su exi s-
tencia, vino poco poc mezclarse y estinguirse en medio de otras razas europeas. La
Espaa arrojaba de su seno un milln de habitantes al tiempo mismo en que la codicia de
las prodigiosas riquezas de la Amrica la despoblaban!
No fu, sin embargo, su mas lamentable prdida la que sufri en su poblacin. Apenas
faltaron de la Pennsula sus antiguos seores y colonos, todo vino en ella un mortal decai-
miento. El ministerio confes que habia salido con los moriscos cerca de un milln de duca-
dos; cantidad muy distante de la realidad, pues solamente la suma esportada por l osl 4, 000
de Valencia, que eran los mas ricos, calculando cien reales por persona, asciende mas
de cien millones. Adase el producto de la venta de sus inmuebles, y se tendr una idea
de la enorme cantidad de metlico extrado de la nacin. La industria, sin manos que la
sostuviesen, cay desmoronada, pues sucesivamente fueron desapareciendo del comercio los
curtidos de Crdova, las sederas de la costa de Granada, los paos de Murcia y el papel
de algodn, que se encontraban en todos los mercados de Europa. La tierra ech de menos
los brazos que haban trado de la Persia y del Egipto los mtodos y usos orientales, fruto
de una prctica secular, y se torn estril. En los primeros aos y hasta que los labradores
castellanos, mallorquines italianos fueron repoblando paulatinamente los yermos de Va -
lencia, el aceite y las frutas, de que los moriscos de este reino tan solo abastecan otros
pases, tuvieron que venir de tas islas Baleares para el consumo de Espaa. Merced al a d-
mirable sistema de riegos que ellos haban establecido y que todava sorprende por su i n -
genio y equidad la ciencia y al legislador de nuestros dias, aquellos campos pudieron
recobrar luego su fertilidad; pero lo que no alcanzaron jams los nuevos colonos fu el poder
satisfacer los crecidsimos rditos seoriales que los moriscos habian pagado. De todo esto
se sigui que los artculos de indispensable consumo subieron deprecio estraordinariamente,
v la negra miseria se precipit hambrienta sobre la multitud, que en su torpe estravo
habia inmolado quien podia nicamente defenderla con su ingenio y laboriosidad. La
agricultura principalmente se vio tan profundamente herida que escit la compasin del
duque de Lerma. Eximi del servicio militar los labradores y los declar nobles; disposi-
ciones que la vez revelan el mezquino conocimiento que entonces se tenia de los primeros
elementos de la riqueza pblica, y nos manifiestan el estado del espritu general del pais,
para quien las empresas militares iban perdiendo ya su brillo fascinador.
Apesar de tan desastrosos inmediatos efectos podr creerse que el edicto de espul -
sion, que ordenaba un tiempo la despoblacin de Espaa, el aniquilamiento de la agricul-
tura y la muerte de la industria haya sido el mas popular de aquellos tiempos y rehabilitado
el nombre del duque de Lerma, manchado con las sospechas que sugeran sus profu-
siones?
La espulsion de los moriscos, la distancia que de ella nos encontramos, puede ser juz-
gada por la historia. Un gobierno de nacin, no de secta, que hubiese reprimido el esclusi-
vsmo y la saa del clero, habra podido emprender la fusion de las dos razas, que, aunque
tardamente, llegara sin duda consumarse. Los intereses que desenvuelve la industria
son uno de los mas poderososos agentes de la nacionalidad; y un hombre de espritu s upe-
rior las pasiones del vulgo, apoderado de este resorte, hubiera juntado fcilmente en los
campos y en los talleres las manos de aquellos dos pueblos enemigos para concluir est r e-
R fN A D BE FE L I PE I I I . 21
ohando sus corazones. La Alemania y la Holanda que les abrieron sus brazos, aunque p o -
sedas de un enrjico sentimiento religioso, supieron apropiarse sus conocimientos y no
tardaron en aprovechar en toda Europa sus beneficios. Si era seriamente de temer una
combinacin con los enemigos de Espaa, la internacin y la dispersin en familias por t o -
das las provincias alejaran las inquietudes del peligro y haran mas fcil la comunicacin de
ambos pueblos y su fusin. El uno, reconociendo su debilidad, se hubiera resignado vivir
como vasallo de quien habia sido su subdito; y el otro no hubiera sabido abusar de su victo-
ria contra algunas familias que fomentaban su riqueza.
Pero el duque de Lerma miraba muy diferente luz los acontecimientos. Casi todos los
bienes raices de los espulsados pasaron al dominio de los favoritos cortesanos, que, a un-
que animados de ideas religiosas, no rehusaron aquel obsequio empapado en lgrimas y
en sangre. Los caudales que pudieron aprehender se los repartieron tambin antes de que
llegaran las arcas del erario: el duque de Lerma se apropi doscientos cincuenta mil du-
cados; su hijo el duque de Uceda, tocaron cien mil; la condesa de Lemus, su hija, ci n-
cuenta mil; su marido, cien mil.
Todas estas depredaciones, sin embargo, todos aquellos actos de cruel iniquidad, pol-
lina virtud peculiar del fanatismo, se ejecutaron sin la mas ligera alteracin de la conciencia,
sin el mas leve y fugaz remord miento. El rey en la carta-rden dirijida desde el Escorial
los capitanes generales declara que muchos, muy doctos y santos hombres le exhort a-
ron la cspulsion asegurndole que poda sin ningn escrpulo castigar en las vidas y h a -
ciendas los moriscos, y no vacila en asegurar que les hacia mucha merced en dejarlos
ir y que puedan llevar de los bienes muebles los que puedan sobre sus personas solas para
ayudar su sustento. La espoliacion se converta en una virtud!
CA PI T UL O MI .
1611 1618.
Provelos de E nrique I V de Francia contra E spaa: consecuencias de su asesi nato: casamientos entre ambas familias
rales. G uerra con el duque do S avoya por la sucesin del Monferrato: paz de Pava.Querellas entre los duques de
Cleves y J uliers que ponen en peligro la tregua con la H olanda. Persecucin de los musul manes: triunfos de nues-
tras escuadras: espcilicion contra Marmora: hazaas de R ivera y Mencses: osada del capitn Costa.Planes contra Vc-
necia.
LA paz de Yervins ajustada entre la Francia y la Espaa en 1598 , pocos meses antes de lo
muerte de Felipe II, y ratificada por su hijo en 1601, no habia sido inspirada por un sincero
deseo de concordia ninguna de las partes contratantes. Enrique IV, ocupado en apagar la
hoguera eme las disensiones religiosas haban encendido en el seno mismo de su reino, no
se hallaba todava en estado de oponerse la preponderancia de la casa de Austria. Felipe
II habia agotado inmensos tesoros en abatir las pretensiones de su poderosa rival, con quien
luchara en vano, aunque con gloria, durante su largo reinado. Tal vez sentia acercrsele la
muerte, y le dolia dejar su mas formidable enemigo a las puertas de la monarqua. Pero
al legar su hijo en el lecho mortuorio los pensamientos que habia formado para su en-
grandecimiento , mejor diremos para su agrandamiento, no se olvid de encomendarle la
enemistad de la Francia, cuyos pies debia arrojar en pedazos aquel tratado tan presto c o-
mo los apuros del erario lo permitiesen. Suspendidas las hostilidades de ambas naciones
bajo sus respectivas banderas, no por eso cesaron de combatirse. Enrique IV ausili en
todas partes los enemigos de Espaa con armas y jente, y Felipe III sigui tejiendo a l -
rededor de su falso amigo las intrigas mas desleales. Alent el duque de Savoya que se
resistiese la entrega de marquesado de Saluces, que aquel solicitaba con empeo; escit la
rebelin del duque de Biron, gobernador de Borgoa; invit los hugonotes que hi -
ciesen traicin su patria, ofrecindoles un estado independiente en las provincias occiden-
tales; comprlas cifras de la secretara de estado y soborn la Marquesa de Verneuil,
manceba de Enrique, para poseer todos sus secretos; por ltimo, el mismo embajador espaol
don Baltasar de Ziga contrat la entrega de la importante plaza de Marsella con un hidal-
go de laProvenza, que expi su crimen en un patbulo. El'fin de Felipe I I I , segn aparece
t% nl S T O l U A DE E S PA A .
de las cartas encontradas en una de las paredes del palacio del padre de la Yerneui era que
su hijo fuese reconocido dlfin sucesor inmediato la corona de Francia al fallecimiento
del monarca reinante. Aspiraba reunir en una misma cabeza las dos coronas mas podero-
sas de Europa; es decir, persista en el desvaro de la monarqua continental que habia
agotado los talentos de su padre y los tesoros de la nacin.
Enrique IV, quien se revelan estas traiciones y proyectos, cree llegado el momento
oportuno de rasgar las estipulaciones de Vervins con la muerte de Guillermo, duque de
Cleves y Juliers sin sucesin. Entre sus parientes colaterales estaban el elector de Br an-
demburgo y el conde palatino de Neoburg, que como mas poderosos ocuparon desde luego
la silla vacante. Enrique les ofreci su apoyo porque eran protestantes porque las cor-
tes de Austria, Espaa y Roma prohijaron el derecho de los otros pretendientes. Ya habia
sosegado la Francia y podia disputar la supremaca su rival. Los reyes de Francia y de
Espaa, sola decir, estn como puestos en los platillos de una balanza, y es imposible que
el uno suba sin que el otro baje. Alista casi todos los prncipes de Europa en una liga
contra el formidable poder de la casa de Austria, que los tiene todos sometidos una hu-
millante servidumbre; y son los estados d Italia los primeros que deben emanciparse a pe -
nas pongan all sus pies los soldados franceses en ausilio del duque de Savoya, que arroj a-
r los espaoles del Milanesado. Los ejrcitos marchaban ya las fronteras de la
Champagne y empuaba Enrique su gloriosa espada, cuando el brazo de Ravaillac libr tal
vez la Espaa de una grande catstrofe.
Este peligro de que se salv fu sin duda lo que hizo que algn historiador francs asc-*-
gurase que la Espaa contaba aquella muerte entre sus triunfos. Se hizo memoria de un l i -
bro hasta entonces desapercibido y desde entonces clebre, que hemos citado poco ha, escri-
to algunos aos antes por' el P. Mariana paral a instruccin de Felipe III. En este libro, cuyo
ttulo era De Rege ctRegis institutione, habia un captulo entero consagrado la justificacin
del regicidio en ciertos casos, osadia por cierto bien cstraa en un sacerdote, siquiera sea je-
suta, como hemos dicho en otra parte (1) y bien agena de su siglo en que el principio monr-
quico , ausiliado por la iglesia, habia alcanzado un respeto relijioso. El regicida solo declar
que un ao hacia buscaba su vctima por la proteccin que dispensaba los protestantes, y
aunque respondi que jams habia leido el libro de Mariana, el parlamento de Pars lo con-
den como sedicioso las llamas. Ala verdad la Espaa estuvo contemplando, sin prepararse
la defensa, los grandes aprestos militares que el ministro Sully dispona contra ella; y Mara
de Mdicis, la esposa de Enri que, manifestaba donde quiera sus simpatas hacia Espaa.
Muerto Enrique I V, pas la corona las manos de la viuda, como regenta durante
la menor edad de su hijo Luis XIII. Esta princesa, que habia alterado la paz del ma -
trimonio con su esclusivismo catlico y que sentia por lo mismo cierta inclinacin Espaa,
no vacil en aceptar una alianza defensiva, que le hacan desear por otra parte las dscolas
pretensiones de algunos grandes. Este tratado, que la corte espaola solicitara en vida de En-
rique por medio del casamiento de los herederos de ambas coronas con princesas de las dos
familias, fu aceptado en esta ocasin (1611) con igual garanta. Luis XIII cas con Ana de
Austria Espaa y el prncipe de Asturias con Isabel de Francia; pero no se consum el ma -
trimonio hasta 1615, porque no pasaba de once aos ninguno de los contrayentes, haciendo
antes las princesas solemne renuncia de los derechos que pudieran sobrevenirles la corona
de sus padres. La Europa recibi en general con satisfaccin la noticia de estos enlaces, que
ofrecan algn descanso sus largas agitaciones, y la corte espaola los celebr como un
triunfo de su poltica. Lo era en efecto: el ilustre Sully, que lo conoci, present la dimisin
de su cartera la regenta y abandon una corte vendida al eslranjero (2). El embajador de
Felipe I I I , don Iigo de Crdenas, se crey con bastante influencia para pedir su prisin
Mara de Mdicis (3) y estimular la persecucin de los calvinistas (4).
Vamos, sin embargo, ver cuan poco aprovecharon la Espaa estos oscuros manejos y
aquellas alianzas de familia.
Carlos Manuel, duque de Saboya, aunque ligado la corte de Madrid por los lazos del
( 1 ) E n la biografa del P.Mariana, tomo I . Do paso advertiremos varias erratas que alli so pasaron: en la pagina I I ,
linea 24, inventor por descubridor; en la I I I , linea 1G , pronto por pimo; y en la VI I I se puso la nota ( 3 ) al iinaf de-
primer prrafo debiendo ser al del segundo con referencia al libro De Rege.
( 2 ) E l duque de L orena reciba de Felipe I I I una pensin anual de 30,000 ducados, y, como l, muchos otros pala
ciegos. A rchivo de S imancas: A . 50,100 y 121.
( 3 ) A rchivo de S imancas: A . 59,140.
( 4 ) A rchivo de S imancas: A . 00,151,
R E I N A DO DE FE L I PE I I I . 23
E l cardenal inrante don Fernando.
El saboyano empero jur vengarse de la afrenta que le precisaban su aislamiento y e s -
casas fuerzas. El Monferrato, hermoso pais situado entre los estados de Miln y el Piamonte,
hbia.sido en otros tiempos motivo de sangrientas querellas entre la casa de Savoya y Man-
tua. Su terminacin slo pudo conseguirse por medio de una transacion, que dio al duque de
Mantua, Francisco de Gonzaga, por esposa la hija de Carlos Manuel, con la cesin de sus de-
rechos en ella y sus descendientes. En efecto, k la muerte de Gonzaga, que acaeci bien
pronto, la hija de Margarita, la nia Mara, fu proclamada marquesa del Monferrato,
pasando los dominios de Mantua sutio el cardenal Fernando Gonzaga, porque en ellos no
podan suceder las hembras. La minora de la marquesa ofreca su abuelo, el inquieto y
astuto Carlos Manuel, la ocasin que estaba espiando.
Sedujo con apariencias de legalidad, si no es que soborn, al gobernador de Miln, el
parentesco y por servicios ella prestados en la cuestin del marquesado de Saluces, habia
sido uno de los primeros ausiliares que se ofrecieron Enrique IY. La muerte de este mo -
narca desvaneci en un soplo las alhageas esperanzas que con tan poderosa proteccin
habia concebido, pero no le quit su ambicin. Talento superior, genio altivo y carcter e m-
prendedor hasta pecar en turbulento, no podia mirar sin envidia la prepotencia de Espaa, ni
contemplar sin indignacin la tirana con que trataban la Italia sus gobernadores. Contrajo
una alianza defensiva y ofensiva con Yenecia; solicit de la regenta de Francia la neutralidad
en los proyectos que, como heredera del pensamiento de su esposo, preparaba contra la casa
de Austria; y ofreci Jacobo de Inglaterra la mano de sus dos hijos para el prncipe de
Galles y una de las infantas. No le desconcertaron ni abatieron los desaires que recibi en
todas partes, antes, viendo al gobernador de Miln ocupado en hacer aprestos de guerra,
juzg que, denunciado su plan Felipe I I I , se dirijian contra l y fu esperar su enemi-
go dentro de sus mismos estados. Esta osada aterr al papa, que temi ver la Italia vc-
tima de una guerra sangrienta, interpuso su mediacin. Espaa consinti en retirar sus
tropas precio de una humillante satisfaccin que el hijo de Carlos Manuel present en Ma-
drid nombre de su padre. En ninguna otra ocasin se mostraron los ministros de Felipe III
tan justamente severos y celosos del honor de Espaa.
24 -H I S T O R I A DE E S PA A .
marqus de Hinojosa, y se apoder con sus tropas del Monferrato dando por razn que como
tutor de su nieta debia cuidar de su seguridad y derechos. Solo respet Casal, capital del es-
tado , por su fortaleza, pues la ciudad de Pontestur, ocupada por los espaoles, fu tam-
bin guarnecida por sus soldados. Esta intempestiva violacin de la armona establecida i r r i -
t igualmente la Francia y Espaa: la regenta, interesada por el duque de Mantua, su
sobrino, envi inmediatamente al mariscal Lesdiguieres, que mandaba en el Delibrado
castigar con severidad la insolente osada del savoyano , Hinojosa recibi orden terminante
de romper las hostilidades. Carlos Manuel, mas fecundo en intrigas que en planes de engr an-
decimiento, par con ellas estos primeros golpes: dijo que ponia disposicin de la Francia
las plazas que habia ocupado y someti su justicia el derecho que alegaba; Espaa, no
solo protest de su leal sumisin, esplicando la ocupacin de Pontestur como una pr e -
caucin en su favor, sino que demand su ausiliopara que la Italia no se viera mancilla-
da por las plantas del protestante Lesdiguieres. La corte de Madrid penetr desde luego el
maquiavelismo de estas satisfacciones; pero en vano instaba al marqus de Hinojosa que
arrojase de su territorio al Savoyano, pues no alteraban la lentitud de sus movimientos las
rdenes espresas del rey ni el sitio que puso el invasor Niza de Palla, solo salvada por la
entereza de su gobernador. Todo pareci disipado cuando Carlos Manuel convino en que la
princesa Mara se trasladara Turin; qu su madre casara con su cuado Fernando el
duque de Mantua, y que las tropas serian licenciadas, quedando cargo del ejrcito espa-
ol la conservacin de la paz. La aceptacin no era otra cosa que un nuevo artificio di pl o-
mtico. Mientras buscaba ausilio entre los descontentos de Francia y adquira refuerzos de
Lesdiguieres; mientras se aliaba con el prncipe Mauricio de Nasau , y solicitaba la coope-
racin de Yenecia y otros estados de Italia para defender su ducado contra los espaoles que
tenian orden de invadirlo, reiteraba sus protestas de lealtad y sumisin Felipe I I I , pero
no retiraba sus tropas. Un embajador especial se present en Turin intimarle: que d e -
pusiese las armas; que se obligase no molestar el territorio del duque de Mantua; y que
la Espaa no aceptara ya otras condiciones que las que le impusieran su propia justicia
y moderacin. Este lenguaje encendi la altivez de Carlos Manuel, y por toda contesta-
cin se arranc la orden del toisn de oro tirndolo los pies del enviado y mand
este salir inmediatamente de sus dominios. Corri en seguida ponerse al freute de sus
soldados y rompi abiertamente las hostilidades con el marqus de Hinojosa (1614) r e-
chazndolo fuego y sangre del Piamonte, cuyas puertas habia ya pisado , hasta penetrar
en el territorio de su gobierno. El gabinete de Madrid se felicit tal vez de este at revi -
miento, pues public un manifiesto en que se apropiaba el rey de Espaa la Savoya como
feudo dependiente del Milanesado, y la corte de Yiena amenaz al mismo tiempo Car -
los Manuel con quitarle su corona ducal y arrojarlo del imperio si en el acto no licenciaba sus
tropas. Todava se resisti el indomable campen de la independencia italiana; pero falt-
ronle recursos proporcionados la magnitud de su pensamiento y la gravedad de su si -
tuacin. El marqus de Hinojosa lo lanz de las posiciones que habia tomado orillas del
rio Yersa (1615) y lo persigui hasta las montaas de la cordillera que se estiende mas all
de Ast. Carlos Manuel demostr all poseer juntamente el valor de un soldado y los talen-
tos de un gran general; pero perdi aquella sangrienta batalla, que debi ser el trmino de
la guerra y que, por impericia connivencia, no aprovech el vencedor. En vez de arrojarse
sobre los fujitivos y rendir Asli, discurri mes y medio por] aquellas speras quiebras con
un calor escesivo, que mengu sus filas mas que las armas del enemigo. Y cuando al acer-
carse de nuevo l, le present un tratado de paz muy semejante al propuesto el ao an-
terior por las cortes de Roma y Pars, consinti en firmarlo sin reparar en' que ya no bas -
taba satisfacer las injurias hechas Espaa. El duque de Lerma destituy entonces al
marqus de Hinojosa, y nombr para reemplazarle al de Yillafranca,, acreditado en la corte
y en el pais por un amor desinteresado de su patria y por los talentos que habia desple-
gado en varias comisiones diplomticas. As que lleg Miln, rompi el tratado de Asti
y sali campaa (1616), que no fu en los principios muy brillante, pues tuvo que de-
sistir del cerco de Yercelli, emprendido con sobrada ligereza, y si pudo impunemente sa-
quear los pueblos del Piamonte, los del Monferrato sufrieron igual azote de su enemigo.
La plaza de Yercelli, centinela avanzado de la Savoya por la parte del Milanesado, era de
suma conveniencia para ambos contendientes. Yillafranca ya no quiso volver contra ella
sin tomar un punto de apoyo en la ciudad S. Germano, que rindi; y Carlos Manuel le
R E I N A DO DE FE L I PE I I I . 2o
sali al encuentro presentndole la batalla en los llanos de Aalprlo. El choque fu san-
griento y funesto para el Savoyano. Obligado retirarse Crescentino, Vercelli no tard
en sucumbir dejando abierta la puerta de las riberas del Tanaro, que recorri el vencedor
hasta dar vista las murallas de Asti.
Al riesgo que amenaza su corona, vuelve sus ojos al a Francia, donde acababa de morir
oportunamente Concini, instrumento amigo dla corte de Madrid. Su sucesor autoriz
Lesdiguieres para trasponer los Alpes en ayuda de Carlos Manuel con diez y seis mil sol -
dados, que , cogiendo de improviso los espaoles en los acantonamientos de Feliciano;
los hicieron retroceder al Milanesado, mermado su nmero en cinco mil hombres de las
guarniciones, que pasaron cuchillo. Estos triunfos empero no desvanecieron al Savoyano,
harto aleccionado en los reveses de la fortuna para confiar imprudentemente en ausilios
precarios interesados, y por medio de la Francia solicit la paz, que se firm en Pa -
va (1617) bajo las mismas condiciones del tratado de Asti: Carlos Manuel y el marqus de
Yillafranca licenciaran sus tropas, se restituiran mutuamente las plazas conquistadas, y
daran libertad los prisioneros; el Monferrato quedara agregado los dominios del nue-
vo duque de Mantua. La Espaa por un inters ageno sacrific algunos miles de soldados
y compr este precio el primer desengao de las ventajas que se habia prometido de las
mas estrechas relaciones con Francia.
Durante el curso de estas contiendas con la Savoya, hubo un acontecimiento casual
que alhag las esperanzas del duque y ensanch su pensamiento. En uno de los ba n-
quetes que entretenan en aquel tiempo los ocios de la nobleza alemana, el elector de Bran-
dembourg contest con un ultraje personal una ofensa envuelta en algunas palabras des-
juiciadas del conde Palatino de Neoburg. Est e, para vengar su afrenta, rompi el tratado
que le hacia seor de aquellos estados pro indiviso con el elector, y fin de obtener los r e -
cursos que precisaba para la guerra, se convirti la religin catlica. Bast esto en efecto
para que las cortes de Madrid, Roma y Viena se ios facilitasen, y para que su rival fuese
ausiliado por la Holanda y los prncipes protestantes de Alemania. El prncipe Mauricio
se present en campaa por el elector apoderndose de muchas plazas de los dos ducados-
Spnola, por su contrario, al frente de treinta mil hombres se arroj sobre AixlaChape-
lie , pas el Rhin la vista de Colonia, incorporando las fuerzas de Neoburg se apoder
de Orsoy y de Weseel, que dej guarnecida por espaoles. La tregua entre Holanda y Es -
paa no impedia que sus ejrcitos sirviesen los enemigos de cada potencia; pero deban
evitar el encontrarse, y esto dificultaba las operaciones. Era una guerra en la que deban
combatir sin avistarse, conquistar sin vencerse; lucha de movimientos estratgicos digna
de los talentos de aquellos dos eminentes generales. Esta lucha, sin embargo, era difcil y
peligrosa; podia alterar de nuevo el sosiego general de Europa, que ningn prncipe, fue-
ra del duque de Savoya, apeteca entonces. La Francia y la Inglaterra interpusieron su me-
diacin , y ya que no pudieron conseguir la completa reconciliacin de los dos rivales cuyo
nombre se hacia la guerra, cortaron esta mediante un repartimiento de sus [ducados. Los
ausiliares se retiraron en seguida; pero los holandeses retuvieron como en indemnizacin
la plaza de Juliers, y los espaoles hicieron otro tanto con la de Wesel : que jams dejan
de pagar los dbiles la generosidad de los poderosos. Carlos Manuel habia confiado en que
aquellos acontecimientos llamaran la atencin de Espaa mas que sus pretensiones, y que
la Holanda les prestaria su poderosa ayuda.
No obstante estos diversos incidentes, que ocuparon la corte seriamente, la Espaa no
olvid su odio la raza musulmana, cuyo completo esterminio pareca haber jurado.
Apenas ejecutada la espulsion de los moriscos, las escuadras de Lara, Fajardo y Silva Men-
doza recibieron orden de activar la persecucin de los berberiscos, quienes en breve der-
rotaron (1). El marqus de Santa Cruz, habiendo batido y dispersado en la Goleta una es-
cuadra de once velas, se atrevi practicar un desembarco en la isla de Querquens para
saquearla y entregarla las llamas. El duque de Osuna, virrey de aples, mas osado
todava, sigui el alcance de los piratas berberiscos hasta sus mismas costas, desembarc
cerca de Cirelli, la cual tom por asalto, y volvi con un rico botn por trofeos de su e s -
CI ) U n barco del rey de Marruecos, que conduca 3000 volmenes de obras rabes, cay en su poder: ofreci aquel
por su rescato 70,000 ducados; exigi E spaa la libertad de todos los cautivos cristianos, y en esta J esavenencia fu la
importante presa parar en los empolvados estantes de la biblioteca del E scorial, donde un incendio la devor setenta aos
despus.
26 H I S T O R I A DE E S PA A .
pedicin habiendo castigado las atrocidades de los piratas con otras no menores. Al ao si -
guiente (1613) el comandante de las galeras de su virreinato don Octavio de Aragn
apres seis galeras turcas rescatando del remo doscientos cristianos la vista de otra es-
cuadra enemiga, que no se atrevi disputrselos ni estorbarle en su larga correra por
las costas de Berbera Italia. Poco tiempo despus consigui rechazar otra escuadrilla que
habia osado efectuar un desembarco en Malla.
Pero la espedicion mas notable de las entonces meditadas contra los berberiscos fu la
que sali de Cdiz en direccin la costa occidental de Marruecos, con un designio que no
revelaron suficientemente los resultados. Componase la armada de noventa y una velas;
llevaba tropas escogidas de desembarco; iba las rdenes del afamado Fajardo, y le acom-
paaron, como presenciar un grande espectculo, personas muy ilustres en la guerra,
entre otras el clebre artillero Cristbal Lechuga. Fonde los tres dias la espedicion en
la barra de Marmora, plaza situada cinco leguas de Tnger, y su vista huyeron aterra-
dos por la sorpresa y el nmero los berberiscos. Los espaoles ocuparon casi sin resistencia
aquel punto, que pareca elegido para base de algn vasto proyecto y se redujo un anillo
mas en la cadena de plazas que se hahia echado sobre la costa de frica con nimo de conte-
ner los sarracenos.
Bien distinta seguramente hubiera sido la actividad de los turcos si hubiese tenido igual
fortuna la espedicion que casi simultneamente, en 1616, sali de Constantinopla contra las
costas de Sicilia y la Calabria. Tuvo noticia anticipada el duque de Osuna de los grandes
aprestos martimos que all se hacan; pero sus escaseces eran tales que no le fu posible
mandar guardar los puertos amenazados mas que cinco galeones y un patache con solo
unos mil arcabuceros y seiscientos mas entre artilleros y marineros. Era el comandante de
esta miserable escuadrilla Francisco de Rivera que inmortaliz su valor y serenidad con uno
de los hechos que mas brillan en los anales de la marina espaola. Corri desde aples
hasta Caramnica dando caza varios buques enemigos, y no par sino cuando se hall al
frente de la escuadra vneto-otomana sobre el cabo de Celedonia. Constaba esta de cincuenta
y cinco galeras completamente equipadas; pero Rivera no atiende al nmero, y en vez de
eludir esperar la acometida, es l quien rompe el combate. Tres dias de un mortfero ca-
oneo, solo interrumpido por las tinieblas de la noche y la fatiga de los combatientes, no
hicieron cejar un paso al brabo Rivera que, puesto sobre cubierta, veia impvido su peque-
a armada metida en un crculo de fuego. La furia de los turcos creca con su ignominia;
pero los tres dias viendo hundirse su capitana, abierta al medio por una descarga de su
rival, huyeron dejando la gloria de aquel combate un corazn estraordinario que no p o -
dan menos de admirar. Rivera permaneci aun sobre el teatro de su gloria como para tomar
posesin de la inmortalidad que le esperaba. Cuatro galeras turcas habia echado pique;
treinta y dos llegaron destrozadas alas playas; y las restantes, llenas de averias, inservibles
algunas, llevaron Constantinopla la pavura y la afrenta de su derrota. Mas de tres mil
hombres encontraron su tumba en aquellas aguas; y entre ellos cay el jefe de la escuadra,
quien la muerte salv de la ignominia que le esperaba.
La fama de esta hazaa de nuestra marina, que asombr Europa, corri por las nacio-
nes unida otra no menos heroica. Una escuadra que sali de Lisboa para las Indias orientales
conduciendo un convoy, se vio apoco asaltada por una recia tempestad que la dispers. Ai s-
lada la capitana, que montaba don Juan de Meneses, se encontr inesperadamente cercada
por cuatro piratas ingleses, que rompieron sobre ella un fuego terrible. Dos dias dur tam-
bin este combate desesperado que cost la vida al comandante ingls, y toda su gente la
vergenza de una retirada desastrosa. Meneses tuvo en seguida que abarrancar su nave y
prenderle fuego; pero un recuerdo tradicional sostenido por nuestros marinos lleva de gene-
racin en generacin el nombre ilustre de la capitana San Julin.
Orgullosacon estos triunfos, toda la marina espaola despleg una grande actividad. El
almirante de la escuadra de Cantabria, el infatigable Vidazabal, en una sola correra ar -
ranca los corsarios ricas presas en la baha de Gibraltar, los bate delante de San Lucar,
apresa veinte de las veintiocho naves turcas que venan de saquear las islas Canarias y des-
troza cuatro galeras de los moros en las mismas aguas de Mogador. Pedro de Leyva se
apodera cerca de la isla de Oreta de tres cargamentos venecianos, cuyo valor sube un mi-
lln doscientos mil ducados; y Diego de Yivero, que perteneca tambin la escuadra de
aples, hace otra rica presa de especera y piedras preciosas cerca de la isla de Oreta, y
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( 1 ) E l abale S aint R eal.
T O MO . I V
6
sobre el cabo de Trevisol, rinde dos galeras turcas en una de las cuales iba el baj de la de
Chipre. El capitn Simn Costa sale de Rijoles con solo tres galeras, se presenta en los Dar -
danelos, y la vista de Constantinopla, sorprendida y consternada, quit al sultn varias
de sus embarcaciones.
Algunas de estas espediciones se dirigieron, como hemos visto, contra el comercio de Ve-
necia, con la cual, sin embargo, la Espaa no estaba en guerra. Procedan estas hostilidades
de un pensamiento, al cual la historia no puede asegurar si era estraa la corte de Madrid.
El tratado de Pava impona al marqus de Villafranca, segn se ha dicho, la restitucin
de Vercelli al duque de Savoya; pero aquel gobernador , que haba visto su pesar firmada
la paz, retard cuanto pudo la devolucin bajo especiosos pretestos, confiando sin duda
verla luego rota por la ambicin delsavoyano. Las instancias de la Francia, cuyo honor es-
taba comprometido en el tratado, fueron nicamente las que le obligaron la entrega. Este
hecho induce sospechar que Villafranca entraba en los planes del duque de Osuna y el
marqus de Bedmar, don Alonso de la Cueva, quienes se atribuye la clebre conjuracin
de Venecia que un novelista francs, (1) hizo asunto de una obra acogida en toda Europa
con la f que se dispensa la historia.
La casualidad acaso haba reunido en Italia estos tres hombres identificados en un mismo
pensamiento, el de restituir su patria al esplendor con que habia brillado en el mundo
bajo el cetro del emperador y de su hijo. Colocados bastante distancia de la corte y harto
poseidos de su poder, con frecuencia modificaban desobedecan las rdenes del duque de
Lerma, cuyos mezquinos planes menospreciaban sin recato. No es improbable que ignorase
la corte los planes que trazaron contra Venecia.
Era esta ciudad objeto de su aborrecimiento por sus instituciones en algn modo demo-
crticas , de su codicia por la opulencia de su comercio, de su envidia por la grandeza y
suntuosidad de sus palacios, y era, por los ausilios que haba prdigamente concedido al d u -
que de Savoya y todos los enemigos de la casa de Austria, objeto de su rencor. Tenan por
afrenta que, gobernando ellos en Italia, hubiese en ella un estado, una sola ciudad quien
llamasen unnimemente las naciones la seora del Adritico. Osuna daba acogida en los
puertos de aples los piratas que perseguan su comercio, y l mismo arrojaba sus ma-
rinos contra los mas ricos cargamentos. La Francia y el Papa reclamaban contra esta viola-
cin de los derechos internacionales que podia alterar la paz de Europa; pero el omnipotente
virrey no devolva, muy tarde, los buques sin la carga. Apoderado de Venecia, la Italia en-
tera hubiera caido sus pies y quiz pareca alguno de los triunviros aquella ciudad de
mrmoles levantada como un trono sobre los mares para asiento de un rey. La historia, que
sabe como se han erigido las monarquas, puede sospechar esas lejanas aspiraciones en el
genio del infortunado don Pedro Girn, duque de Osuna.
El plan que escritores extranjeros atribuyen los triunviros de Italia es el siguiente: el
marqus de Villafranca introduciria secretamente en la ciudad mil quinientos hombres,
quienes daria armas en el momento oportuno el marqus de Bedmar, que estaba en ella de
embajador; el arrebato de las campanas anunciara la poblacin el incendio del arsenal; y
en medio del tumulto serian asesinados los senadores y, baados los pies en sangre, tomaran
los conjurados posesin de la ciudad en nombre del rey de Espaa. Bedmar habia comprado
la traicin del regimiento de Liewestein y Nassau, que estaban al servicio de la repblica, y
de algunos oficiales de la guarnicin de Chreme, que deban entregar la plaza los espao-
les. La seal de esta horrible felona debia ser la presentacin del duque de Osuna en las
lagunas con una fuerte escuadra. Dcese que los instrumentos de esta conspiracin fueron va-
rios aventureros franceses, cuyos nombres se citan, los cuales supieron inspirar al consejo de
los Diez que gobernbala repblica confianza suficiente para que los emplease en su servi-
cio. Nmbrase muy sealadamente aun Jacobo Pedro, antiguo corsario, que entr al servi-
cio de su marina, y quien debi la repblica su salvacin; y se aade que en el mismo s e -
nado contaba el embajador quien le comunicase el objeto de sus secretas sesiones.
Como quiera, el marqus de Villafranca march en efecto hacia Chreme, y Osuna parti
al frente de una numerosa armada compuesta de bajeles lijeros y de poca cala que hubieran
podido navegar sin tropiezo en las lagunas. A la noticia de esta espedicion, la corte de Ma-
drid, mas leal ofendida de la soberana que se abrogaban los virreyes, orden que respeta-
28 H I S T O R I A DE E S PA A .
sen la independencia de Yenecia: Yillafranca obedeci; pero el duque de Osuna esper que
una tempestad dispersase su escuadra y echase pique sus proyectos.
Segn unos, fu entonces cuando el consejo de los Diez concibi sospechas de las inten-
ciones de los virreyes, que confirm la delacin de Jacobo Pedro. Otros crepn que este fu
un falso conjurado, quien desde un principio encomend el consejo seguir en medio de ella
los pasos de la conspiracin. Por ltimo, los escritores espaoles tienen por lo cierto que la
repblica habia meditado una empresa contraa casa de Austria y que, inutilizados sus pr e-
parativos por la paz de Pava y comprometida su seguridad para con ella, fragu contra s
misma una conspiracin representada por sus mismos agentes y con sus propios recursos, que
atribuy despus al marqus de Bedmar. Amotinado el pueblo contra los traidores, el conse-
jo hizo morir ahogados mas de quinientos como agentes de Bedmar; pero se dice tambin
que fu inspiracin de un feroz maquiavelismo; que quiso sacrificar sus mismos servidores
para que quedase enterrado en el fango de las lagunas su horrible secreto.
Existieron planes contra Yenecia? Los movimientos de Yillafranca y el armamento del
duque de Osuna lo prueban suficientemente. Entr en los planes la corle de Madrid? Ni n-
gn documento ha podido justificarlo: solo se sabe que Bedmar no fu castigado, antes bien
obtuvo un ascenso saliendo de la embajada de Yenecia para la de los Pases-Bajos y obtuvo
mas adelante el capelo de cardenal. Conspir tambin la repblica contra s misma? La
moral de su gobierno no reprobaba ciertamente estos medios.
La historia debe, en medio de esta incertidumbre, condenar la ambicin porque altera
la paz de los pueblos y execrar la inmoralidad, porque corrompe las naciones.
CA PI T UL O I V.
1618 1621.
E stado miserable do la nacin : informe del consejo de Castilla sobre su remedio.Coida del duque do L erma y don
R odrigo Caldern: privanza del duque do U ccda.Principio de la guerra de los T reinta aos.O cupacin de la Valtc-
iina.Prisin del duque do O suna.Muerto do Folipo U I : juicio do su reinado.
I\o haban transcurrido diez aos desde la espulsion de los moriscos, y la Espaa pagaba
dolorosamente su imbcil inhumanidad. Se secaron un tiempo todos los manantiales de ta
riqueza pblica; la poblacin disminuy cual si una epidemia la devorase ; y como la h a -
cienda tuvo consiguientemente que aumentar las exacciones, la gangrena de los estados, la
miseria, no tard en enseorearse de aquel cuerpo, tan lleno antes de vigor y juventud. La
agricultura y la industria, los dos pechos maternales del pueblo, ya no manaban sino la
sangre en las manos del fisco. La nacin, semejante un nio enfermo ni aun supo sealar
con el dedo el sitio de sus dolencias; pero el duque de Lerma, que veia llegar al erario
los tributos penosamente y oia desde su gabinete Jos aves que arrancaba su estraccion, r e -
conoci al fin los yerros de su ignorancia y de su debilidad. Mal encubriendo al rey la som-
bra amargura de su semblante, le aconsej tomase parecer de las personas mas ilustradas
del estado, que era tanto como abdicar de su poder. Hzosc en efecto la consulta, primero
los hombres afamados de ciencia y desinters, y luego (6 de junio de 1618) al consejo de
Castilla, el ncora de salvacin en los naufragios del estado.
Su informe, sin embargo , ni sealaba los vicios mas graves del gobierno, ni reconoca
todos los males que aquejaban la nacin , ni supo elevarse al conocimiento de sus ver -
daderas causas, ni por consiguiente ofrecer los nicos consejos que su remedio podian
conducir.Atribuy la despoblacin la mayor que se ha visto ni oido en estos reinos a
las demasiadas cargas y tributos impuestos sobre los vasallos de S. M. ; los cuales, no
pudindolos soportar, es fuerza desamparen sus hijos, sus mujeres y sus casas por no mo -
rir de hambre en ellas irse tierras donde esperen poderse sustentar. Y para repoblar
bien el reino de Castilla, decan, no se hade traer gente extranjera; pues los extranjeros
no vienen Espaa sino chuparla y destruirla; y conviene escusar en lo posible el trato
y comercio con ellos. Convendr, si, dentro de estos reinos traspalar de unos lugares otros
la jeute que sobre. La que hay en la corte es escesiva en nmero, y ser muy conveniente
descargarla de mucha parte de ella mandando que la sobrante se retire sus respectivos
hogares. Y en esta dilijencia no se ha de comenzar por la jente comn y vulgar, como se ha
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hecho hasta ahora; pues seria iniquidad dejar los ricos y poderosos, que son los que han
de mantener los pobres, y echar estos donde no tengan que trabajar para ganar la co-
mida. Los que deben salir de la corte son los grandes, los seores, los caballeros y jente
de esa calidad, con gran nmero de viudas que hay ricas y poderosas, y otras que no lo
son tanto y han venido la corte sin legtima causa la buscaron afectada; como tambin
muchos eclesisticos que tienen obligacin de residir en sus iglesias, so color de que tienen
pleitos en esta corte y que sus iglesias los envian la defensa de ellos. Unos y otros se do-
micilian aqui comprando y edificando casas con menoscabo de sus patrias, cuyos pobres se
mantendran la sombra de los ricos si estuvieran en ellas. Atribuy tambin lo gravoso
de los tributos la miseria general que reinaba y aconsejaba al rey, no solo que se fuese muy
la mano en las mercedes y donaciones, si que tambin una revisin de las mas considera-
bles y cuantiosas, para que, si se hallasen algunas que sean inoficiosas, inmoderadas i n -
mensas, Y. M. las revoque todas las mande reformar porque se entiende, le decan, que
han sido muchas y escesivas. Tanto y mas que V. M. sin tocar en su real hacienda ni en
la de sus vasallos, tiene muchas cosas de que hacer merced, como son oficios temporales,
plazas de asiento, hbitos, encomiendas, ttulos, arzobispados, obispados y prebendas
eclesisticas. Pero las alusiones las prodigalidades de la corte, al escesivo fausto de la casa
real y al desorden administrativo aun fueron mas directas: La moderacin y la templanza,
se atrevieron decirle aquellos austeros magistrados, se han de tomar del fin y oficio para
que se hizo el rey, que fu par al a repblica y no la repblica para el rey, como dice
San Bernardo. Los reyes son padres, pastores, rejentes y administradores de la r ep-
blica, y tienen obligacin de justicia de templar y moderar sus gastos y mercedes, no t o -
mando "mas de lo que les baste para su sustento y esplendor, y para cuidar del gobierno y
amparo de sus subditos, fin de que no se enerve y debilite el cuerpo de la repblica,
pues el dao siendo grande es irreparable, y perdindose ella, todo se pierde. Eran ade-
ms (bajo otros monarcas) mucho menores los servicios que los reinos les hacan; pues so-
bre ellos montan cincuenta y cuatro millones desde que V. M. entr reinar. Ni el gasto
era tan grande; pues en veinte aos se podran haber gastado otros cien millones, cosa que
causa pasmo, contando las flotas, las tres gracias y el servicio ordinario y estraordinario de
que Y. M. goza, y otros arbitrios de que se ha valido no poco perniciosos al reino. Con lo
cual parece podia V. M. (como merece y esperamos sus criados y vasallos) ser dueo y se-
or del universo, si en la distribucin y gobierno de esta hacienda hubiera habido la cuenta
y razn que convenia.La censura que hizo del lujo de la corte, aunque en algn punto
ridicula, fu todava mas severa: convendr no haya mas cuellos que los de Holanda; que
no pueda un cuello tener mas de tantos anchos ; que nadie sea abridor de cuellos, i mpo-
niendo graves penas los contraventores; que no pueda haber aprensadores de sedas por-
que las queman y no sirven para nada; que no haya bordadores que haya un cierto
nmero , y estos no puedan bordar colgaduras, camas, faldellines ni otras cosas en que se
gastan grandes sumas, salvo las de la Iglesia, jaeces y otras permitidas; que no entren
sedas de Italia, ni de la China ni de otras partes de fuera del reino, pues si se pierden los
derechos de entrada, se evitarn los daos que causa la introduccin de estas y otras cosas
que son mucho mayores y es justo repararlos. Fuera de que tambin habr menos ocasin
de que se vayan fuera nuestro oro y plata en trueque de bagatelas absolutamente intiles,
instrumentos de vicios, causas incentivos de ellos, coruptela de costumbres, cuya r e -
forma es la mayor ganancia inters que S. M. ha tenido siempre delante de los ojos; que
no haya tanta multitud de escuderos, gentiles hombres, pages y entretenidos, con otra
infinidad de criados (de que salen muchos vagamundos sin oficio de provecho), pues d e -
jan sus tierras y se vienen la corte haciendo-ac mucha sobra y all mucha falta en mi -
nisterios tiles la repblica. Para todo esto conviene mucho que S. M. en su real casa
ponga la misma moderacin en los trajes y vestidos, para que los dems su imitacin
se moderen y corrijan. Lo mismo decimos en la reforma de gastos estraordinarios y a u -
mento de criados, porque de pocos aos esta parte se han aadido en tanto nmero que
el gasto de raciones y salarios viene ser tan escesivo inmenso que hoy monta el de las
casas reales dos terceras partes mas que en el ao de 98 cuando falleci el seor don F e -
lipe I I , cosa dignsima de remedio y de poner en consideracin y aun en conciencia de
S. M.. ..;Y esto se debe procurar por obligacin, pues el tributo, dice Santo Toms, es d e -
bido los reyes para la sustentacin necesaria, no para la voluntaria y que se puede y
30 H I S T O R I A DE E S PA A .
debe cscusav como esta. No menos las jornadas , en las cuales se gasta el doble; y estando
el patrimonio real tan acabado, no conviene que S. M. las haga (no siendo muy forzosas)
i costa del sudor de sus pobres vasallos.En beneficio de la agricul tura propona al gu-
nas exenciones y privilegios, tales como el que los labradores no pudieran ser presos por
deudas, y que se reformasen y moderasen los exentos do cargas personales que son muchos,
especialmente los hermanos de frailes y los que se llaman soldados de la milicia; porque,
sacados los clrigos , las viudas de hidalgos , los familiares del Santo Oficio y otros exentos,
viene cargar todo sobre los pobres. Sin embargo, esceptuaba de aquella gracia las deudas
S. M. y los arrendamientos de las tierras que cultivaban de otros; y los obligaba volver
en dinero el trigo que se les diera para sembrar.Aunque de una manera meticulosa, toc
tambin al verdadero cncer de la poca: Que se tenga la mano, le dijeron, para dar l i -
cencias para fundaciones de religiones y monasterios, poniendo lmites en esto y en el mi -
mero de religiosos, por los graves daos que se siguen de aumentar tantos conventos y
religiones.... El que se sigue contra la universal conservacin de la corona, que con-
siste en la mucha poblacin y copia de gente til y provechosa para ella y para el real ser -
vicio , viene ser muy grande estando relevados' de l los religiosos y religiones en comn
y particular, y lo mismo sus haciendas, que son muchas y muy pinges las que en ella
incorporan, hacindolas bienes eclesisticos, sin que jams vuelvan salir, con lo cual
se empobrece el estado seglar, cargando sobre l solo el'peso de tantas imposiciones. Mas,
en remedio de consecuencias tan ruinosas se atrevi tan solo indicar (pie podra ser medio
muy conveniente el que los religiosos no profesasen antes de los veinte aos, ni fuesen ad-
mitidos en las religiones antes de los diez y seis Ni se tendra por grande inconveniente,
antes por cosa bien t i l , el que hubiese tambin menor nmero de clrigos y lo hubiese
sealado, segn doctrina de los concilios, santos padres y monarcas que examinaron la
materia.Por ltimo, al lado de estas graves consideraciones, el consejo de Castilla des-
ciende hasta pedir que se quiten los cien receptores creados en la corte en 1013 ; porque
consta que de esa nueva creacin han resultado y resultan gravsimos inconvenientes en
dao general del reino y de los pobres que aciertan caer en sus uas
Cuando este informe, que era una franca condenacin de la poltica interior del du-
que de Lerma, lleg manos del rey, el orgulloso privado habia descendido del lugar
que sobre el trono mismo ocupara sin rival durante veinte aos. Cay este valido, como los
mas, precipitado por los mismos que habia colocado su rededor para mas bien sust en- '
tarse sobre el suelo enmaraado y cavernoso de los palacios. La ambicin de la perpetui-
dad le fascin, y las mismas piedras que habia labrado para base de su poder sirvieron
para su sepultura. Coloc en la corle su hijo, el duque de Uceda; pero este joven, here-
dero de los escasos talentos de su padre y de su carcter festivo y lisongero, hered t am-
bin su inmoralidad y su ambicin, que le inspiraron el prfido designio de suplantarle en
el nimo real. Ayudle fray Luis de Aliaga, nombrado por el duque de Lerma confesor
del rey para poder penetrar todas horas en la misma conciencia de su esclavo. Estos dos
conjurados abominables, que las leyes de la naturaleza y de la moral condenan, emanci-
paron bien pronto al rey de la servidumbre de su protector para someterlo la suya. Pa-
reciles entonces humillante tener que agradecer los favores que podian dispensar, y
abrieron una lucha escandalosa los pies del trono y la vista de aquella misma corona
cuyo vasallage se disputaban sus primeros vasallos. Un rival opuesto al nuevo favorito
poda aun salvar al duque de Lerma, y con esta intencin alleg al monarca su sobrino
el conde de Lemos. Este joven, indignado de la conducta de su pri mo, hubiera podido
restituir su tio el poder arrebatado por la traicin de un hijo si bastasen el talento
y la instruccin para merecer las distinciones de un rey y escitar las simpatas de una cor-
te ; pero la conciencia de su superioridad y la severidad de su carcter le hacan poco
propsito para las contiendas palaciegas. Luego que el de Lerma lo conoci, apel otro
recurso muy eficaz al parecer para un espritu religioso y pusilnime, acostumbrado re-
conocer la infalibilidad bajo el traje sacerdotal: solicit y obtuvo el capelo de cardenal,
acaso tambin como la mas cmoda jubilacin de aquellos tiempos. Esto fu precisamente
lo que apresur su caida, porque Felipe III se encontr embarazado en presencia de aquel
quien hasta entonces habia tratado como inferior y quien por otra parte no podia
menos de mirar con el respeto de su nuevo carcter. Los cortesanos, que espiaban estas
impresiones para obrar, volviendo la cara al nuevo sol que se levantaba, vituperaron con
R E I N A DO DE FE L I PE I I I . 31
E l infante don Carlos, hijo "de Felipe H I .
Entre las ruinas del poder derrocado, una hubo contra la cual se ensa el odio de los
cortesanos. Los golpes que no pudieron descargar sobre el duque de Lerma, para quien
la investidura de cardenal habia sido su mortaja, pero mortaja que infunda respeto hacia
su cadver, los lanzaron sobre su predilecto favorito el orgulloso don Rodrigo Caldern.
Lo sumerjieron en un calabozo, martirizaron su altanera con un trato despiadado y le
fraguaron una acusacin tan absurda como sanguinaria. Se le atribuy la muerte de la
reina, que habia sucedido en 1612, por medio de un veneno; le formularon cargos de b e -
rega , y hasta se le trat de brujo. Dos aos dur su proceso, al cabo de los cuales sali
absuelto de doscientos cuarenta y cuatro cargos; pero el encono de sus enemigos no se
calor la conducta de Sandoval y acabaron de impulsar al rey su destitucin. Aun as, no
alwndon el ministro aquel poder que creia sin duda vinculado en su persona, pues sigui
asistiendo la corte hasta que el mismo rey puso en sus manos un billete ordenndole
que eligiese cualquier punto del reino para su retiro. El duque de Lerma veia con asom-
bro aquella entereza del rey agena de su carcter, y no quera creer en un rigor tan des-
naturalizado de parte de su hijo. Se humill hasta suplicar de rodillas su enemigo el padre
Aliaga, quien llev su ingratitud hasta la vileza, manifestndose gozoso de ver un cardenal
sus pies. Corri implorar el amparo de su hermano, el arzobispo de Toledo, que le de-
ba su dignidad, y obtuvo en su escusa un nuevo desengao. El rey, quien se comunica-
ron las relaciones que habia entablado con el prncipe de Asturias por medio del conde de
Lemos, permaneci fri inexorable: aquellas relaciones le hicieron pensar sin duda que
espaldas de su trono habia quien acechaba impaciente el instante de su muerte. Aban-
donado de todos y desgarrado el corazn, fu aquella vctima de las veleidades palaciegas
y de la negra deslealtad de un hijo consumir sus ltimos das en el destierro, tumba de
su grandeza y podero. Sus enemigos le arrojaron all como un escombro de la fortuna que
no debe estorbar el paso y toca al olvido recoger. Su generacin lo olvid en efecto bien pron-
to , y la historia solo debe descubrirlo para condenar sobre su memoria los gobiernos que
imponen las naciones el yugo de validos ignorantes, ambiciosos inmorales
32 H I S T O R I A DE E S PA A .
( 1 ) R eoaian en Felipe I I I los derechos de su madre A na, hija del emperador Maximiliano.
aplac hasta que le vieron en el patbulo, cuyas escaleras le veremos luego subir triunfando
por su entereza y dignidad de la venganza de sus crueles perseguidores.
La ominosa victoria del duque de Uceda sobre su padre fu completa, pues el mismo
rey le ayud en ella concedindole precisamente todos los cargos y dignidades que el caido
desempeara.
La nacin, simple espectadora de todos estos sucesos, no vio en ellos sino una confir-
macin prctica de los lgubres presagios que hacia la monarqua una cola de fuego que
apareci en el cielo. Y la supersticin acab de verlos realizados al anunciarse la guerra di-
nstica y religiosa de Alemania en que la Espaa se vio envuelta, contienda famosa que
es conocida en la historia por su larga duracin, la guerra de los treinta aos.
A la muerte del emperador Matas sin sucesin, se conmovi toda Europa, porque bajo
la monarqua suceso tan ordinario y natural rara vez deja de alterarla paz de las naciones.
La tumba de los reyes es con demasiada frecuencia la cuna de las guerras. Segn el dere-
cho pblico entonces establecido, los derechos de la casa de Espaa, vastago de la de Aus -
tria, eran incontestables ( 1) ; pero Felipe I I I , pensando con desusada prudencia que era
preciso ser un coloso para sostenerse firme, cual el de Rodas, sobre los tronos de Yiena y
Madrid, quedando entre sus pies la Europa entera, habia renunciado sus derechos en el
archiduque Fernando de Gratz, nieto del emperador Fernando I y sus descendientes varones
con una condicin: la de que fuesen reversibles y preferidas las hembras de la casa de Es -
paa en el caso de fallar la lnea masculina: Matas le cedi tambin la Hungra conservan-
do la autoridad real hasta su muerte; cesiones impolticas, origen de la guerra que vio
devorando su corona al bajar al sepulcro.
Fernando de Gratz, dominado por el esclusivsmo de la f catlica que profesaba, qui -
so prohibir en la Bohemia lodo otro culto, como lo haba hecho en sus estados anteriores de
la Stiria. La Bohemia empero, la Moravia, la Silesia y la Lusacia protestaron por medio
de una insurreccin cuya frente se pusieron los condes de Thorn y de Mansfeld. Aquel, en
odio la casa de Austria, que le habia confiscado sus estados, y este, por resentimiento
contra el emperador, que no habia legitimado su bastardo nacimiento del gobernador de
los Paises-Bajos en tiempo de Felipe I I , empearon en esta causa popular el valor y la
pericia que habian acreditado en varias guerras. Matas envi contra ellos al conde Buc-
quoi con un ejrcito que pudo sostener trabajosamente la defensiva. A la muerte de aquel,
la Bohemia contaba ya con ausilios de los turcos y se habia coligado con Betlcen Gabor,
rey de la Transilvania, por el favor de la Puerta, que aspiraba ceirse tambin la diade-
ma de Hungra. La insurreccin prefiri coronarse en la cabeza del elector palatino Fede-
rico V, as por el odio la casa de Austria con que se habia distinguido, como por el
poderoso apoyo que esperaba le prestara el rey de Inglaterra, unido l por el doble lazo
del parentesco y de la religin.
En esta situacin la Espaa se presenta al lado de Fernando II (el de Gratz) sost e-
ner los mismos derechos que habia renunciado por no empearse en una guerra. Ocho mil
hombres del ejrcito de los PaisesBajos marchan incorporarse con Bucquoi, y Spnolase
dirije contra el Palatinado al frente de fuerzas mas respetables. Esta actitud de la Espaa,
que todava conservaba el poder de la fama, conmovi Europa mas all de sus fronte-
ras. El Papa y los dems estados de la Italia la ayudaron con recursos pecuniarios; y el
rey de Polonia envi al emperador diez mil cosacos que cruzaron la Moravia, saquendola,
para ir juntarse con Bucquoi. En defensa de Federico fueron, aunque en corto nmero,
soldados de Holanda y de Inglaterra; los protestantes de Francia le enviaron socorros, y
la Alemania ofreci acudir las armas as que violasen su territorio, violacin que hacan
indispensable las operaciones de la guerra. Spnola se present delante de Coblcnza, y esto
bast para que los prncipes protestantes pusiesen veinte y cuatro mil hombres las r de-
nes del marqus de Anspach. Todo indicaba que las dos religiones iban librarse en esta
larga y cruenta guerra la ltima batalla internacional.
Anspach fu situarse en Oppcnheim para defender el Palatinado; pero el hbil geno-
vs lo separa hacia las ciudades de Francfort y Wormes por medio de un falso ataque, y
se precipita por la puerta que le deja abierta la candida credulidad de su contrario. Asalta
y rinde Oppenheim, atraviesa el Rhin, se derrama por el Palatinado bajo y queda en poco
R E I N A DO DE FE L I PE t i l . 33
tiempo seor de todo el Electorado. Las tentativas de Anspach soo sirvieron para demos-
trarle la superioridad del genio de su enemigo, inferior en fuerzas.
Al mismo tiempo, el elector de Baviera, generalsimo de los ejrcitos de Fernando,
somete e la Lusacia y al Austria baja, entra en la alta y la Silesia, se une con Bucquoi y
marchan juntos sitiar Praga, empresa atrevida que podia por si sola desconcertar y
vencer la insurreccin. Esta conoce que es all donde debe pelear, y disputa con denuedo
pero con desgracia el paso sus enemigos: dos mil bohemios murieron sobre el campo de
batalla, y cinco mil, rendidos ya, fueron asesinados por los feroces cosacos.
Fernando I I , merced la poderosa cooperacin de los espaoles, volvi coger en sus
manos la corona imperial; pero apenas tuvo tiempo de cersela. En las guerras religiosas
las victorias suelen no ser mas que treguas. La Espaa, esta vez como siempre, fu der-
ramar su sangre y sus tesoros por un inters estrao. El celo de un culto que nadie atacaba
dentro de sus dominios la llevaba buscar enemigos en todas partes y preparar su r ui -
na sembrando venganzas por Europa.
La Valtelina, pas catlico sometido los grisones, que eran protestantes, fu vctima
tambin de esta poltica, que en medio de su carcter religioso, no olvidaba los intereses
terrenales. Tiempo hacia que la Espaa codiciaba la posesin de este valle por ser el paso
de comunicacin entre los estados austracos de la Alemania y los dominios espaoles de
Italia. Con este objeto haba el conde de Fuent es, gobernador de Miln construido varias
fortalezas en sus fronteras para sojuzgarlos; pero, mas hbil su sucesor el duque de Feria
promovi una insurreccin en el pais contra sus antiguos dominadores, aprovechando la
diferencia del culto que los separaba. Sublevados los naturales, no tuvo el duque obstculos
que vencer, pues ellos mismos le franquearon sus plazas. Mas tarde pudieron conocer que
no habian conseguido sino cambiar de dueo, pues las tropelas que haban sufrido de los
protestantes, no cesaron bajo el dominio de los catlicos espaoles.
No era Felipe III menos celoso del absolutismo de su poder. Mientras el duque de Osuna
trabaj por ensanchar sus posesiones de Italia, mientras conspir contra la repblica de
Venecia, no se acord de castigarle ni reconvenirle por sus alevosos ataques un estado
con quien la Espaa no estaba en guerra, por sus pirateras contra su comercio, por su
desobediencia varias rdenes reales, ni por ninguno de sus muchos abusos de autoridad.
Pero cuando la envidia cortesana le hizo ver un vasallo altivo y ambicioso temible en el vi r -
rey de aples, lo destituy inmediatamente y lo encerr en las crceles de la Alameda-
Girn era uno de esos caracteres heroicos que se destacan enrjicamente en medio de la so-
ciedad , pero que la historia no puede retratar con fidelidad severa porque una venganza
poderosa y triunfante ha arrojado sobre su fisonoma una sombra densa. Demostr siempre
un vivo deseo del engrandecimiento de su patria; pero cabia muy bien en la independen-
cia de su carcter, en la altivez de su pensamiento y en los arranques de su genio si ngu-
lar una grande ambicin. Menospreciando al duque de Lerma, por la humildad de sus
miras y desdeando al rey, quien llamaba con sobrada exactitud el tambor mayor de la
monarqua, fuese l acostumbrando no reconocer superior su voluntad, y el pueblo
napolitano mirarlo como su soberano verdadero. La usurpacin est muy la mano del
que se encuentra en un caso semejante. El clero y la nobleza eran tratados por l con a l -
tanera : solo mereca sus atenciones el pueblo, porque se hallaba entonces muy abajo de
su posicin y no le inspiraba celos porque pensase apoyarse en l para subir hasta el
trono. Cuntase que, pasando un diapor el mercado, vio dos empleados de la hacienda
que pesaban unos comestibles para cobrarles un impuesto: fuese ellos con la espada des-
nuda y cort los cordeles la balanza. La multitud aplaudi con entusiasmo, y el hecho
corri por todo el virreinato como una muestra de su amor al pueblo. Cuando los sicilia-
nos solicitaron su permiso para celebrar las bodas entre los prncipes espaoles y franceses,
consinti en ello y contribuy por su parte con mucha liberalidad; pero as que estuvo r e -
cogido el dinero, orden que se distribuyese entre las doncellas pobres vituperando que
quisiera celebrarse con funciones dispendiosas de mero espectculo. El ejrcito, compuesto
de unos diez y seis mil hombres, en su mayor parte extranjeros, miraba en l un padre
solcito de su bienestar y un jefe que desplegaba sobre el campo de batalla un gran cor a-
zn. El entusiasmo producido por su carcter caballeresco y el aborrecimiento hacia la corte
de Madrid llegaron constituir un partido adicto su persona que propalaba por todas
partes la conveniencia de una revolucin que lo coronase. Decase que toda la Italia mirara
34 H I S T O R I A BE E S PA A .
( 1 ) E spaa desde el reinado de Felipe I I hasta el advenimiento de los Borbolles, por Mr. V\'eis.
en la emancipacin del reino de las DosSicilias el primer paso hacia la independencia gene-
ral ; que el duque de Savoya ausiliaria la rebelin en venganza de la Espaa; que la misma
Yeneciale ayudara para alejar de sus fronteras la casa de Austria; y que la Francia no
podia permanecer indiferente un pensamiento que le prometa la prepotencia en Europa.
Es de creer que el duque de Osuna no ignorara estas voces estendidas en lodo el vi r -
reinato por confidentes de su intimidad. El proyecto fu, en efecto, comunicado al duque
de Savoya, al consejo de los Diez de Yenecia, al condestable Lesdiguieres y al mismo
Luynes, primer ministro de Lui sXI I I (1); pero la corte de Madrid, que probablemente
tuvo conocimiento de l por este r ey, sorprendi los conspiradores en el hervor de sus
maquinaciones. Envi sigilosamente con alguna fuerza al cardenal don Gaspar de Borgia;
quien se apoder del fuerte de Castellnovo y se dio reconocer como virrey en relevo del
duque de Osuna, al que S. M. destitua y mandaba fuese Madrid. Sobrecogida as la conju-
racin, se dispers sin pronunciar una voz, dejando abandonado al duque de Osuna, que tal
vez pens en aventurar su vida en medio de un combate antes que en ir entregarse sus ri-
vales. Luego que lleg Espaa, se le encerr en una crcel y form un proceso monstruoso,
en el que abundaban los cargos pero escaseaban las pruebas: porqu haba desobedecido
varias rdenes reales"? porqu usaba de cierto lenguaje irreverente para con l? porqu no
usaban sino de sus propias armas las galeras en menosprecio de las de S. M. ? En una pal a-
bra, se le acusaba principalmente de desacato la autoridad real.
Tanta energa inlexibilidad contrastaron con la flaqueza que el rey habia manifestado
en su pretensin de someter las provincias A
r
ascongadas al supremo alvedrio de la voluntad
regia. Intent en 1001 despojarlas de sus fueros principiando por imponerles varios t r i bu-
tos desconocidos paradl as, que se pagaban en Castilla, protesto de las penurias del erario.
Pero los vascongados , que entrevieron en aquella disposicin el mismo pensamiento que
habia arrebatado Castilla y Aragn sus libertades, se juntaron s el rbol de Guernica,
smbolo secular de sus instituciones, y rechazaron el desafuero amenazando con acudir las
armas para hacerse respetar. La esposicion, monrquica en las formas, era una protesta a l -
tivamente republicana: Habiendo sabido, le dijeron, que en recompensa de los muchos y
leales servicios prestados la corona por este seoro, quiere V. M. menoscabar nuestros
derechos, mandando que suframos ciertas gabelas que estn sujetos los castellanos, hemos
convocado asamblea general en Guernica y resuelto, conforme nuestros fueros concedidos
por los reyes vuestros predecesores, y que hoy se quieren poner en duda con tanto rigor,
dirijirnos humildemente vos suplicndoos anulis el decreto que nos concierne. Lo que pe-
dimos es justo, y, si no se hace justicia nuestra peticin, tomaremos las armas para defen-
der nuestra querida patria, aunque hubiramos de ver arder nuestras mujeres y nuestros
hijos, y aunque tuviramos que buscar en seguida otro seor para que nos proteja y
nos defienda. Felipe I I I , amedrentado por esta amenaza, renunci humildemente com-
pletar la unidad poltica de Espaa, con tanta energa emprendida por su abuelo y por
su padre. Querida y amada patria y seora mia, le contest; visto por m la mucha
razn que vosotros tenis en querer gozar de vuestras honradas libertades y haber yo
sido mal informado en querer que me pagsedes los subsidios que los dems mis va -
sallos me pagan, y haber visto en los archivos de Simancas lo que los reyes mis a n -
tepasados dejaron ordenado en lo que toca esa mi querida seora, he mandado se
borre, atilde y leste de mis pragmticas reales en lo que loca esa seora; es que g o -
cis de todas las libertades y exenciones que los dems vuestros honrados padres gozaron,
con las dems que quisiredes gozar y usar de ellas; hacindoos yo de nuevo merced de ello
por los muchos buenos leales servicios que esta corona real ha recibido y recibe de pr e -
sente. Al a vista de este ejemplo, las cortes de Valencia reunidas en 1004 no le otorgaron
un donativo de cuatrocientos mil ducados sino como en pago de la jura de los fueros y l i -
bertades de aquel reino.
Tan patente flaqueza, no bast , sin embargo para revivir el espritu democrtico de las
antiguas cortes de Castilla. En la convocatoria dlas que celebrara en 1598 habia dicho los
pueblos A fin de que oigan y discutan, deliberen y aprueben lo que les ser propuesto; y
al abrirse las sesiones, oblig jurar los diputados, como receloso de su actitud, que pon-
dran en manos del presidente las instrucciones que hubieran recibido recibiesen en el cur -
R U I N A DO DE FE L I PE I I I . 38
(1 ) Dictamen del Consejo de E stado de 1. de febrero de 1619.
T O MO I V.
7
so de la legislatura. Despus ya no se las convoc sino para imponer la nacin nuevas
exacciones para revestir los actos de la monarqua de mayor legitimidad. Reuni las de
Castilla y Len en 1608 para que jurasen al heredero de la corona y para pedirles un dona-
tivo, que se elev esta vez diezisiete millones y medio. El menosprecio fu mayor cuando se
trat la cuestin monstica. Habase hecho moda entre los grandes fundar conventos en los
pueblos de sus estados, aun en aquellos cuyo escaso vecindario no podia atender su sub-
sistencia ni al decoroso mantenimiento del culto. Muchas personas se entraban en ellos mas
huyendo de la necesidad y buscando la ociosidad que por vocacin verdadera (1). Las cortes
de Madrid resolvieron que se negasen lo sucesivo las licencias de introducir institutos nue-
vos y de fundar nuevas casas; pero el rey, juzgando que este asunto no les competa, lo pas
los telogos. Y a pesar de que estos aconsejaron tambin las mismas prohibiciones, y de
que como ellos opin luego el consejo de estado, nada resolvi entonces ni despus, dejando
al mal que estendiese sus raices por toda la nacin.
En medio de la fluctuacin en que estos pareceres y su conciencia religiosa colocaban
Felipe III le lleg la muerte en 1621. Los franceses bajo el testimonio de Bassompierre, que
quiso sin duda aprovechar este suceso para pintar la ridicula etiqueta de la corte espaola,
aseguran que muri tostado por el calor de un brasero que el duque de Alba, gentil-hom-
bre de cmara, se neg llevar de la estancia real porque esta funcin corresponda al duque
de Uceda como sumiller de Corps, el cual se hallaba la sazn ausente.
Como quiera que haya sido, la muerte no sorprendi Felipe III, pues se previno ella
desde el ataque que sufri en el regreso del viaje hecho Lisboa dos aos antes para tomar
las cortes de Portugal el juramento de fidelidad al prncipe de Asturias. Siguiendo el ejem-
plo de su padre, le hizo entrar en su consejo para habituarle al conocimiento de los negocios
que debian pasar un dia baj sus manos. H ah cunto hizo por el porvenir de la monar-
qua! Oh, si pluguiera al cielo prolongar mi vida, esclamaba en su lecho de muert e, cuan
diferente seria mi conducta de la que hastaahorahe tenido!
El reinado de Felipe I I I es un testimonio histrico de que no bastan las virtudes privadas
de un rey para labrar la felicidad de un pueblo. Tenia Felipe la afabilidad ordinaria de los
talentos menguados y la dulzura de todos los caracteres dbiles; era un esposo tierno y un
padre carioso; y su piedad religiosa, llevada hasta el fanatismo, proscriba de su corazn
todo sentimiento inmoral. A pesar de eso, bajo el reinado de esa alma pura, de ese carc-
ter inofensivo, de ese buen esposo y padre, de ese hombre honrado, la monarqua espaola
empez perder la supremaca en Europa y recibi heridas mortales en su mismo seno. Con-
siste en que la direccin de un estado exige dotes y condiciones que son eventuales bajo el
principio monrquico. Tuvo la Espaa todava en el reinado de Felipe I I I dias de gloria que
celebrar; pero en verdad no le pertenecan, porque, conseguidos por los diplomticos y ge-
nerales de su padre, puede decirse que eran el legado' ultra-tumbade FelipeII. La monar-
qua obedeca aun su impulso como el barco amainadas ya las velas. La incapacidad y la
indolencia de Felipe III le pusieron en manos de un valido igualmente inepto como pudo ha-
ber caido en las de un hbil ministro. Lo sostuvo tan largo tiempo en su privanza por la i r -
resolucin de su carcter quiz mas que por afecto que le profesase, fuera de que para conser-
var su gracia, lisonjeaba el duque de Lerma inclinaciones que como ministro debiera haber
combatido: continu, por ejemplo, la guerra contra los protestantes de las provincias unidas
y ejecut laespulsion de los'moriscos, Por consiguiente, la respoMabilidad de los funestos
sucesos que tuvieron lugar bajo el reinado de Felipe III no le pertenece ni pertenece al mi-
nistro que mereci libremente su confianza, pues fueron efecto de los accidentes que la na-r
turaleza sujeta al principio hereditario. Bajo la monarqua absoluta el bien y el mal son una
casualidad para las naciones, un juego de la ciega fortuna.
Es justo empero reconocer que la decadencia interior de la monarqua ni era conse-
cuencia esclusiva del eventualismo de su principio ni de la incapacidad del rey, ni obra de l a
s
disipaciones del duque de Lerma. Provenia igualmente del atraso general en los conoci-
mientos econmicos, pues no se consideraba en toda Europa como verdadera riqueza en
aquel tiempo sino el oro y la plata. La Inglaterra y la Holanda principiaban sospechar otras
ideas. As la Espaa, poseyendo las ricas entraas del Nuevo Mundo, no era otra cosa que la
36 H I S T O R I A DE E S PA A .
A rmadura do Cristbal L echuga. {Armeria Real de Madrid.)
aduana donde se adeudaban todos los tesoros que de all traa la industria de las dems na-
ciones europeas. Un crtico profundo ha dicho con severa exactitud que la Espaa era para la
Europa lo que la boca al cuerpo: pasaba por ella todo el oro que se derramaba por las de-
mas naciones, y nada se quedaba en su seno.
En resumen el reinado de Felipe III fu un descenso suave, pero un descenso al fin, hacia
el abismo que habia sido empujada la monarqua.
Mipe I V .
R E I N A DO DE FE L I PE I V,
CA PI T U L O V.
1621 1634.
S ituacin do E spaa al advenimiento de Felipe I V al trono: carcter de este rey: corta administracin do Ziga: pri-
vanza del Conde-duque de O livares: persigue los anteriores validos: suplicio de Caldern: restituciones al erario.
R enuvase h guerra con las Provincias U nidas: rendicin de Breda: derrota naval de S tevenisse: reincorporacin de
aquella corona la de E spaa: sublevacin de los flamencos y ventajas del principe de O range: la marina holandesa
promueve la espulsion de los portugueses de la I ndia.G uerra de los treinta aos: batalla de S tadlo: derrota del rey
de Dinamarca y paz de L ubeck.Cuestin de la Valtelina con Francia : invade la repblica de G enova : tratado de
Monzn : la sucesin del ducado de Mantua renueva la guerra : sitio de Casal: muerte de S pinola y del duque de
S avoya : paz de Quierasco.E l rey de S uecia , G ustavo A dolfo , loma parte en la guerra de los T reinta aos : batallas
de L eipsick y L utzen : Valstein recupera la S ilesia y muere asesinado por orden del emperador: el duque de Feria
es rechazado de la A lsacia, y el ufante don Fernando consigue la victoria de N orlhinga.E l rey de I nglaterra, desairado
en sus pretcnsiones matrimoniales , euvia una escuadra, que es rechazada en Cdiz.E ncuentros martimos con los
turcos y los berberiscos.
A muerte de Felipe III ofrecia una ocasin oportuna
y decorosa para entrar la monarqua en un rgimjjn
pacfico y econmico que hubiera regenerado en po-
cos aos la nacin. Estaba en paz con la Francia y
T A con Inglaterra; la tregua con la Holanda podia ser
fcilmente convertida en una transacion mercantil
ventajosa ambos pueblos; los estados de Italia
permanecan sosegados. Renunciando a tomar una
parte oficiosa en las disensiones religiosas de la Ale-
mania; dedicando nuestra brillante marina liber-
tar al comercio de los ataques de turcos y berberiscos;
limitndose las conquistas de la Amrica, ya que
habian sido emprendidas y podan recompensar con largueza los sacrificios que costasen ; y
sobre lodo introduciendo algn orden en la administracin de las rentas del estado, el
nuevo rey habra adquirido ttulos suficientes al reconocimiento de la historia dilatando,
aunque otra cosa no fuese, la ruina de aquell a grande monarqua. La Pennsula entera aun
no reconoca mas que un solo cetro; las islas del Mediterrneo, las Baleares, Cerdea,
Sicilia, le rendan vasallage; aples, el Milanesado y la Valtelina, guarnecidas por sus
soldados, sometan la influencia austraca toda la Italia, sin esceptuar la repblica de G-
38 H I S T O R I A BE E S PA A .
nova ; en la cosa septentrional del frica poscia desde Oran Ceuta una lnea de fortale-
zas que concluan de encadenar el Mediterrneo; Mjico y el Per, sometidos al in , aca-
baban de acrecentar las grandes posesiones de l Amrica y las Indias, que habia trado
Espaa la incorporacin del Portugal. Nunca pareci el sueo de Carlos V mas cerca de su
realizacin.
Pero la monarqua, en virtud de ese fatalismo que la sujeta el principio hereditario,
cay en los dbiles brazos de un joven de diez y seis aos, tan escaso en dotes de mando
como en instruccin y conocimiento prctico del gobierno. La gravedad de su semblante,
lisonjeramente interpretada por el lijero vulgo de la corte, no era sino el indicio ostensi-
ble de la apata de su carcter, solo escitablc para los placeres. Podra sospecharse exa-
minando su vida, que l mismo se creia llamado al trono para gozar sin descanso, como el
hijo prdigo, de aquella inmensa herencia.
Apenas ocup el solio Felipe IV, sali desterrado de palacio el duque de Uceda, aquel
maero cortesano con quien el monarca anterior haba querido compartir el crimen de su
abominable ingratitud. El padre y el hijo , arrojados de una misma altura y por iguales
medios, ambos simultneamente en el destierro, fueron por algn tiempo insigne ejemplo
de la instabilidad de la fortuna que se logra en los palacios y testimonio vivo de la justicia
de la Providencia. El hijo, oprimido por los remordimientos, que haban ido sobre l en
su caida, se vio consumir bajo una febril melancola: el padre, vengado ya, dirjia cartas
de consuelo su rival, que habia recobrado al caer los derechos su amor. Me escri-
ben que os mors de necio, le decia : mas temo yo mis aos que mis enemigos. Sin
embargo, el viejo duque de Lerma vivi lo bastante para ver su hijo sucumbir devora-
do por la tristeza.
Le sucedi en el poder el hbil diplomtico don Baltasar de Ziga, uno de los hom-
bres que bajo el anterior reinado haban sostenido con su talento el peso de la monarqua-
No debi sus merecimientos esta elevacin sino la casualidad que le habia hecho ayo
del prncipe de Asturias (ahora rey) cuando el duque de Uceda necesit acreditar su
nombramiento de ministro con la eleccin de personas bien quistas de la nacin por su sa-
ber y patriotismo. Convoc Ziga inmediatamente cortes , y su peticin se acord la
restitucin la corona de las cuantiosas enagenaciones hechas por la prodigalidad del du-
que de Lerma. Esta disposicin de evidente justicia fu luego en otras manos un indigno
medio de venganza. Se redujo adems la tercera parte el crecido nmero de consejeros,
escribanos, procuradores, alcaldes, alguaciles, et c; se fij trmino de permanencia en la
corte los litigantes forasteros; se orden los seores de vasallos que se retirasen vivir
en medio de sus haciendas y tratasen aquellos con moderacin y generosidad; se puso
coto las emigraciones, aun para la Amrica; se atac el lujo de la nobleza prohibien-
do el uso de tejidos de oro; en una palabra, se llev ejecucin el informe del consejo
de Castilla desoido por Felipe I I I , que reasuma toda la ciencia econmica de aquellos
tiempos.
Revelaban lo menos estas disposiciones un buen espritu, que hubiera hallado al lin
los verdaderos medios de regenerar la nacin; pero la sbita muerte del ilustrado Ziga
desvaneci estas nacientes esperanzas. Algunos rumores atribuyeron entonces esta muerte
repentina la impaciente ambicin de su sobrino don Gaspar Guzman y Pimentel, conde
de Olivares, que, como gentil-hombre del prncipe, habia sabido enseorearse del nimo
real- Pimentel se distingua, en efecto , como casi todos los validos, por lo insinuante de
sus maneras y conversacin y por una ambicin altiva y simulada la vez que, aunque
hacindose violencia, sabia acomodarse los diferentes senderos que dentro de las casas
reales conducen al a altura del trono. Se hizo consejero supremo de estado, caballerizo ma-
yor , gran canciller de Indias, tesorero general de Aragn, gobernador de Guipzcoa, ca-
pitn general de la caballera, grande de Espaa, duque de S. Lucar de Barrameda,
siendo desde entonces conocido con el nombre histrico de el Conde-duque. Hablando con
propiedad, debiramos decir que se hizo seor de su rey y rey de Espaa, pues su poder
sobre el nimo de Felipe IV lleg hasta conseguir que parecieran en las conversaciones,
juzgar por el tono de sus voces, pupilo el monarca y el vasallo su tutor.
. A ttulo de reparaciones justicieras, los primeros actos de su administracin no fueron
en realidad sino bastardas venganzas inicuas precauciones contra alguna sorda maqui -
nacin palaciega. Persigui al duque de Uceda hasta que la muerte lo libr de sus as e-
R E I N A DO DE FE L I PE I V. 39
( I ) Muri en 1025, on cuyo ao habia sido obligado pagar setenta y dos mil ducados anuales , juntamente con el
atraso de veinte anualidades titulo de rentas mal adquiridas.
chanzas; abrum al de Lerma con esacciones cuantiosas por va de restitucin al erario
que le humillaron de vergenza y abreviaron su vejez (1); desterr al padre Aliaga des -
poseyndole al mismo tiempo del cargo de inquisidor general , que habia sido el fruto de la
negra ingratitud hacia su bienhechor; encerr al duque de Osuna en las crceles de la
Alameda, donde la inaccin y la pesadumbre de los servicios que habia hecho al trono enve-
nenaron sus ltimos dias; hizo decapitar al infortunado don Rodrigo Caldern. Absuelto
apesar de la brbara prueba del tormento, que no arranc de su lengua un solo gemido ni
de sus ojos una lgrima, sigui preso en las crceles de Madrid hasta que le abri sus
puertas para conducirlo al suplicio el conde de Olivares. Las otras persecuciones pasaron
los ojos de la nacin como actos solemnes de justicia; pero la muerte de Caldern, de este
carcter singular, cuyo orgullo se hizo proverbial entre nosotros, avergonz sus enemi -
gos y admir al pueblo hasta arrancarle esclamaciones de piedad. Vindole marchar al
patbulo, con los vestidos en girones, la barba larga, los cabellos grises de los padeci-
mientos mas que de los aos, y el semblante con la tranquilidad y la palidez de la resigna-
cin , olvid que habia sido por largo tiempo el objeto de sus maldiciones, y llor con l
cuando le mir abrazado al verdugo, nico hombre cuya clemencia no se desde de i m-
plorar. Ciertamente este desgraciado valido habia ofendido la moral pblica con el regio
fausto de su improvisada grandeza; pero no habia cometido delitos que mereciesen una
ignominiosa muerte. Si haba algn crimen, el trono era su cmplice. Renov en seguida
el Conde-duque casi toda la servidumbre de palacio con personas l afectas y separ de
la administracin pblica cuantos haban alcanzado empleos por su adhesin los du-
ques de Lerma y de Uceda. Por ltimo, dio luz un escrito que, mas que un programa
de su sistema de gobierno, era una acusacin sangrienta contra estos dos privados. Re -
prendales el haber consentido que la Francia se entrometiese en la cuestin de la Yalteli-
na; atribua sus desaciertos la liga de los estados italianos contra Espaa; los acusaba
de connivencia en las maquinaciones del duque de Osuna ; y, en fin, decia que eran con-
secuencia de sus malversaciones el que la marina se encontrase tan reducida, sin pagas el
ejrcito y enteramente exhaustas las arcas del erario. Cados al suelo y despedazada su
honra, gozbase este insensato inclemente valido en removerlos para conservar abiertas
sus heridas. Ofreca al mismo tiempo corregir los muchos abusos que se habian introducido
y verificar grandes economas, cuyo efecto nombr un nuevo consejo con amplias facul-
tades , cuya primera resolucin fu un acto que jams se atrevi despus ninguna revo-
lucin. Mand que todos cuantos hubiesen intervenido en el manejo de los caudales pbl i -
cos desde el ao 1603 al 2 1 , es decir por espacio de diez y nueve aos, presentasen una
cuenta religiosa de los bienes con que habian entrado en el servicio y de los que posean su
separacin, para averiguar los adquiridos malamente y secuestrarlos. El tesoro se llen
con estas restituciones que el sentimiento de justicia, siempre vivo en el pueblo, aplau-
di con entusiasmo, aunque hubo algunas injustas y escepciones irritantes. Los hombres
sensatos deploraron en secreto este precedente que se dejaba la rapacidad la venganza
de otro valido.
La nacin tuvo tambin que renunciar bien pronto sus halageas esperanzas. P i -
mentel, ofuscado con el aura popular de que le rodearon estos primeros actos, resolvi
anudar la poltica de Felipe I I , la guerra de conquista. Era preciso justificar el epteto de
Grande que daba Felipe IV y que este aceptaba sinceramente, cuando no era, bien mirado,
sino dado s propio por el orgulloso Conde-duque, siendo l su ministro y su tutor. Los
militares, que no conciben ordinariamente la gloria de una nacin sino en la perdicin de
las dems, clamaban tambin contra aquella inaccin que habia sujetado Espaa el du-
que de Lerma desde sus desgraciadas tentativas contra Inglaterra y otros estados. Decian
que la guerra seria poco mas costosa que aquella paz humillante, calculando tan solo los
hombres que habran de aumentarse los ejrcitos y no la sangre que se derrama en los
combates, ni la desmoralizacin que se recoje en los campamentos, ni los brazos que se quitan
la agricultura y la industria. La guerra qued decretada , lo que es lo mismo, qued
decretada la destruccin de aquella grande monarqua y la ruina de la nacin.
Desgraciadamente la tregua ajustada con la Holanda terminaba el mismo ao de la pro-
O H I S T O R I A DE E S PA A .
( 1 ) L a pintura lia inmortalizado esto hecho" en'cl clenre'cuadi'O ilc Velazquez llamado de las lamas cjue existe en el
Museo. L o vieta que intercalamos en la pgina siguiente es una copia del de este precioso lienzo. '
clamacion de Felipe IV, 1621. Los confederados, cada dia mas orgullosos de su indepen-
dencia y en creciente prosperidad, haban aglomerado los aprestos militares, puesto en
pie respetable sus ejrcitos, aumentado su marina, procurado la amistad de los enemigos
de Espaa, contrado alianzas con la Dinamarca y los berberiscos; haban reunido, en fin,
los elementos necesarios para alcanzar el triunfo definitivo en su noble lucha. Los archi-
duques , mas bien, la Espaa, sin renunciar sus pretensiones, nada habia prevenido
para la renovacin de la guerra, que, sin embargo, anhelaba. Cerrados los holandeses
nuestros puertos, supieron abrirse un camino para las Indias orientales, y ya no precisaron
pagar al comercio espaol su exorbitante precio de monopolio. Apoderados de una parte
de las Molucas y organizada la clebre compaa de las Indias occidentales, consiguieron
en breve suministrar la Europa los artculos coloniales con gran ventaja y regularizar su
trfico, privando Espaa de las riquezas que por tantos aos haba sacado de ellos, acaso
mas importantes aun que las flotas en metlico. Esto arruin los comerciantes de Sevilla
y Lisboa, y acab de exasperar al gobierno de Madrid que estaba viendo perecer al mismo
tiempo el comercio de Amberes por la ocupacin enemiga del Escalda, y huir de Flandes,
as empobrecida, gran parte de su poblacin la misma Holanda, que se enriqueca de un
modo rpido. A vista de tales resultados, los consejos de Indias y Portugal, informaron
Felipe IV que la tregua de los doce aos habia reportado Espaa mas prdidas que cua-
renta y cinco aos de guerra, y que era por consiguiente preferible una paz comprada
tanto precio la guerra mas costosa y asoladora. Los perjuicios no ascenderan , segn sus
clculos, sino unos cincuenta y siete mil escudos al mes, porque entonces no se estimaban
otras prdidas que las del dinero.
El Conde-duque, usando de su genial arrogancia y cual si aquella insurreccin acabase
de estallar, exort las siete provincias unidas antes de romper las hostilidades, como por
va amistosa, juntarse las otras diez para depender de un solo jefe, el designado por
Espaa. Los confederados rechazaron con altivez semejante propuesta y apelaron las a r -
mas. El archiduque Alberto, que haba sostenido con tanto valor la anterior campaa, se
dispona, si bien menos animoso, para esta, cuando la muerte le ataj los pasos, dejando
su esposa, falta de hijos, por nica heredera del cetro que la revolucin les disputaba
Esta sucesin origin luego ntrelos parciales del archiduque disturbios que enervaron mu-
cho los elementos de resistencia y abrieron camino los holandeses al seno de los Paises-
Bajos.
Las escuadras de ambas naciones dieron un tiempo la voz del nuevo combate: la espa-
ola saliendo en el estrecho de Gibrallar al encuentro de veintiocho buques holandeses car-
gados de mercancas y apoderndose de cuatro; y la de los confederados, unida con los
moros, emprendiendo el sitio de Marmora, que se vieron obligados levantar. Ambrosio
Spnola, vuelto de Alemania al antiguo teatro de sus glorias, tard bien poco en apoderarse
de las plazas de Gennep y Meurs, y facilit al conde de Bcrg la rendicin de Juliers (1622)
burlando al prncipe su rival. Quiso este al ao siguiente vengarse con la toma de la im-
portante plaza de Amberes; pero un recio temporal estrell contra la costa seis de sus bu-
ques y avent los dems. Estos reveses, la muerte del prncipe Mauricio y muy luego la
famosa rendicin de Breda acaecida en 1626 (1 ) apesar de los esfuerzos de cuarenta y tres
mil hombres de diferentes naciones que la defendieron por espacio de diez meses, abatieron
mas no postraron los confederados. Habiendo intentado Spnola aprovecharse de la influen-
cia de esta victoria para sorprender la Esclusa, el conde de Hora, enviado al efecto, tuvo
que retirarse herido dejando cuatrocientos hombres en el. campo.
Sucedi Mauricio en el mando del ejrcito holands Federico Enrique de Nasau, su
hermano en el talento, la bravura y el aborrecimiento la casa de Austria. Mientras Sp -
nola le opuso su consumada estrategia, escasas fueron sus ventajas; mas al punto que este
general sali para Italia en 1629 , su sucesor, el conde de Berg perdi las plazas de Boi s-l e-
duc y Wesel, cuya posesin era de grande importancia, porque la primera cerraba los
espaoles el paso del Rhiu cortando la comunicacin entre Flandes y Alemania, y la segun-
da abria al enemigo las puertas del Brabante.
Su fortuna por la mar habia sido mas constante. En 1624 una pequea escuadra se apo-
R E I N A DO DE FE L I PE I V. 41
dor de San Salvador en el Brasil y sigui saqueando los puertos de Callao y Lima. A fin de
evitar estas escursiones asoladoras, fu preciso decretar la formacin en las colonias de mi -
licias urbanas que, sin gravar el erario, cuidasen de la defensa del pais. Alano siguiente
don Fadrique de Toledo logr desalojarlos de la Amrica meridional; pero, si en las Indias
no pudieron lograr que el rey de Achem en 1629 se apoderase de Malaca, tantas veces aco-
metida, algunas de las Antillas pasaron su dominio. Esta misma escuadra, saliendo en las
islas Terceras al encuentro de la Ilota que venia de Mjico, coji los ocho millones que con-
duca y quem los buques. As qued desquitada la Holanda de los grandes daos que caus
su comercio el decomiso hecho cuatro aos antes en los puertos de Espaa de mas de dos-
cientos buques de su nacin, por haberse descubierto que venan atrancar con bandera ale-
mana. Fernambuco resisti denodadamente, pero sucumbi tambin (1630). Todos estos
descalabros, sin duda graves, no produjeron sin embargo tanto ruido en Europa como la
derrota que sufri al ao siguiente una escuadra espaola de noventa velas entre Yiaren y
Stevenisse: setenta y seis cayeron en poder de los holandeses; las dems fueron incendia-
das sumerjidas; y de cerca de seis mil hombres que las tripulaban solo once lograron sal -
varse. Nuestra brillante marina principi eclipsarse desde este dia.
R endicin do Breda.
Alarmado el Conde-duque de las consecuencias que tal suceso pudiera obrar en los
Paises-Bajos, donde se habian manifestado ya grmenes de descontento, hace que la viuda
Isabel devuelva Espaa como cesin el seoro de aquellos estados (1632), quedando en
su nombre de gobernadora. Esto en nada cambiaba realmente la condicin del pais, puesto
que lo mismo habia dependido hasta entonces de la corte de Madrid; y lo que se hizo con ese
simple juego de palabras fu precipitar aquello mismo que se trataba de contener. Creyse
torpemente que los que conspiraban contra una dbil mujer se anonadaran en presencia
de la Espaa. El pueblo de Flandes, quien habia engaado la supuesta cesin de aquella
corona hecha por el astuto Felipe II en Isabel Clara, no tenia olvidado su odio nuestro do-
42 H I S T O R I A DE E S PA A .
minio; y as fu que la noticia de la reincorporacin la corona espaola, en las ciudades
y en los campos se conspir abiertamente para convertir aquellos estados en otra repblica
semejante la de Holanda, cuya prosperidad estimulaba su ardor. Pnense de acuerdo con los
confederados, y el conde de Bcrg, que gobernaba la provincia de Geldres, les vende su
espada. Franqueado este paso, arrojse el prncipe de Orange sobre Ycnl yRuremonda,
sin parar hasta Maestrick, cuyas murallas le detienen por espacio de dos meses hasta que,
derrotado el conde de Papenheim, que vol al socorro de la archiduquesa con veinte mil ale-
manes , se le entreg la plaza, cayendo tras ella las de Limburgo, Orsoy y Ver.
Al mismo tiempo la marina holandesa llevaba por todas las posesiones ultramarinas el
fuego de la insurreccin. Morabaza, escala del comercio portugus, situada en la costa orien-
tal del frica, fu conquistada por los naturales, aliados de la confederacin. Los reyezue-
los de la India, ausiliados por sus escuadras, se emanciparon del Portugal, cspulsando los
que por espacio de cincuenta aos haban sido sus seores. Desde entonces ya no fu Li s -
boa sino Amsterdam el depsito de las producciones del Asia oriental. La escuadra que cru-
zaba los mares de la India logr tambin cojer la rica flota portuguesa que venia de la
China. Y solo los estraordinarios esfuerzos de Jorjc Almeida, indignamente recompensado,
se debi la recuperacin de la isla de Ccilan (1633).
Muri entonces Isabel Clara, princesa que llevaba en su sangre las cualidades caracters-
ticas de su padre. Su falta movi Espaa tratar de avenencia con la revolucin; pero era
tarde, porque las verdaderas revoluciones no transijen sino cuando sucumben. Fule fcil al
embajador francs conseguir que ni las negociaciones se entablasen formalmente. El infante
cardenal, don Fernando, hermano de Felipe IV, nombrado para suceder aquella con el
mismo carcter de gobernador, entr en Bruselas acompaado de la gloria que acababa de
alcanzar en la batalla de Norlhinga, uno de los hechos de armas que mas brillan en la guerra
de los Treinta aos.
Despus de la batalla de Praga, los generales de Fernando prosiguieron el curso de sus
victorias. El conde de Bucquoi tom Presburgo, Tirnaw y otras plazas de las orillas
del Danubio y pereci bizarramente en Neuhasel dejando sojuzgada toda la alta Hungra: en
tal estremo el prncipe de Transilvania, Betlen Gabor, renunci sus pretcnsiones esta co-
rona mediante ciertas indemnizaciones. El marqus de Vacien, el conde de Mansfeld y Cris-
tiano de Brunswick pelearon con desgracia en Hailbron, enDarmstad y en Hoceht, vindose
precisados refugiarse en Francia, por la parte de Champagne, de la cual los reehazaz el
duque de Nevers. Fueron entonces buscar un asilo all donde su bandera ondeaba, j un-
tarse con el prncipe Mauricio en Holanda; pero Gonzalo de Crdoba, general del cuerpo au-
iliar espaol, que se habia distinguido en todos los' encuentros, acab de derrotar en Flerus
los restos de aquel ejrcito. El general en gefe conde de Tilli termin la campaa con la toma
deHeydelbergy Manheim. Y al siguiente ao (1623) la sangrienta batalla de Stadlo contra
Brunswick, que perdi en ella catorce mil hombres, someti al emperador lodo el norte de
la Alemania.
Tres aos despus volvieron en nmero de ochenta mil, ayudados por el rey de Di na-
marca, y todava la suerte les fu adversa. Mansfeld y el duque de Brunswick murie-
ron poco despus de este nuevo vencimiento. El dinamarqus se vio obligado aceptar
en 1629 el tratado de paz firmado en Lubeck, y nada impidi por entonces que el em-
perador se juzgase dueo de toda la Alemania y mandase Italia un cuerpo de su ejr-
cito victorioso en apoyo de la sucesin que, en unin con Espaa, pretenda establecer
en el ducado de Mantua.
La ocupacin de la Valtelina por el duque de Feria habia dado antes lugar serias
reconvenciones de la Francia, que reclam enrgicamente su restitucin los grisones.
Felipe IV consinti en ello por el tratado de Madrid (1021) condicin de que se r e s -
tableciese el culto catlico como en 1617; pero el advenimiento del Conde-duque al mi -
nisterio dej sin efecto este convenio, dando origen la terrible oposicin que con tanta
fortuna como talento hizo la casa de Austria el clebre cardenal de Bichelieu. Apenas
subi al poder este eminente poltico (1624) quien debe la Francia en gran parte el l u-
gar que hoy ocupa entre las naciones y la Espaa la prdida de una supremaca que ha-
ba ejercido en el mundo por espacio de dos siglos, exigi resueltamente la evacuacin
de aquel pais y solicit la alianza del duque de Savoya para arrojar de Italia los es-
paoles. En este apuro, que comprometa seriamente la seguridad de todas nuestras pose-
REINADO DE FELIPE IV. 43
El duque de Feria.
territorio debia ser repartido entre los dos confederados y desaparecer la repblica. Pero
la Espaa atrajo tambin a u n a alianza Genova, Luca, Parma, Toscana y Mdena, y
bast la presentacin de la escuadra del marqus de Santa Cruz en aquella capital, des-
pus de haber ahuyentado la francesa, y la aproximacin del duque de Feria con fuer-
zas imponentes, para que se retirase el savoyano y libertase la repblica de su cons-
ternacin , devolvindole la seguridad. Estrechado Richelieu por este resultado y pol-
las maquinaciones de sus rivales., se avino al tratado de Monzn ajustado en 1626, en
TOMO iv. 8
siones de Italia, el Conde-duque apel un nuevo subterfugio diplomtico. En otro con-
venio firmado en Aranjuez se estipul que la Yaltelina pasase como en depsito poder
del papa hasta que ambas potencias arreglasen su desacuerdo. El duque de Fano, her -
mano del pontfice, tom en efecto posesin de las fortalezas con mil quinientos hom-
bres y quinientos caballos. Richelieu no ignoraba que guarniciones pontificias eran para
Felipe IV como de sus propios soldados; pero le convenia manifestarse satisfecho mi en-
tras no atraa su pensamiento los enemigos de Espaa en Italia. Savoya y Vene
cia firmaron muy luego con la Francia una alianza para sostener en campaa un ej r-
cito de cuarenta y cuatro mil hombres que debera pelear hasta conseguir, no solo la
restitucin definitiva del pais en cuestin, sino tambin los condados de Bormio y Chi a-
venna. Nueve mil franceses fueron en efecto (1625) ayudar los grisones arrojar
las tropas pontificias, y pasaron ocupar este ltimo condado. Por otra parte el duque
de Savoya, reforzado por Lesdiguieres con doce mil infantes y dos mil ginetes, tambin
franceses, caia sucesivamente sobre Acqui, Nuovi, Campo, Mazona y Gavi; y no satis-
fecho, penetra en el Genovesado, ocupa la ribera de levante y amenaza la capital. Sn
M H 1S T 0E I A DE ESPAA.
virtud del cual las tropas del Papa volveran posesionarse depositariamente de la Valtelina
y Chiavenna, y quedaban los grisones sujetos la jurisdicon de la Santa Sede en cuestiones
religiosas.
Envanecido el Conde-duque con esta estril ventaja, no vacil en' entrometerse des-
pecho de la Francia en la querella dinstica que dej Mutua la muerte del duque Vi-
cente sin sucesin, acaecida en 1628. El pariente mas inmediato, Carlos de Gonzaga,
duque de Nevers, fu desechado por el emperador y el rey de Espaa en atencin
los vnculos de parentesco que le ligaban la familia real francesa; y, alegando que aquel
estado era un feudo del imperio, se abrog el derecho de eleccin, prefiriendo al duque
de Guastala, Csar de Gonzaga. Siempre han roto mas sucesiones los mismos reyes
que los pueblos. El duque de Savoya, quien lanzaba cualquier hora en la pelea su
carcter belicoso y sealaba puesto su constante pensamiento de la nacionalidad ita-
liana, se uni en esta ocasin, pesar de los antecedentes, con Espaa, estipulando pr e -
viamente el repartimiento del Monferrato. Pronto ocuparon sus tropas Alba, Monlalbo,
Pontestura y Niza de la Palla, mientras Gonzalo de Crdoba, llamado de Alemania como
gobernador de Miln, sitiaba con diez mil hombres Casal. Richclieu , harto ocupado
la sazn en el famoso sitio de a Rochela , no pudo ausiliar al duque de Nevers
mas que autorizndole levantar algunas fuerzas en los estados que posea en Fran-
cia , las cuales no pudieron pasar los Alpes porque fueron deshechas por el de Savoya en
el marquesado de Saluces. Casal , entregada sus propias fuerzas , iba caer en po-
der de los sitiadores cuando se rindi la Rochela, haciendo cambiar inmediatamente de
aspecto la situacin de los contendientes El mismo Luis XIII se puso la cabeza de
un ejrcito de veintisis mil hombres, se apoder de Susa, y esto bast para que el du-
que de Savoya se declarase neutral y levantasen el sitio de Casal los espaoles (1629). Ri -
chelieu, que deseaba asegurar su triunfo sobre los hugonotes, renov la alianza con la
Savoya, Venecia y Mantua y retir al rey, contentndose por entonces con dejar un
cuerpo de tres mil quinientos hombres en la lnea del P. La casa de Austria conoce
esta necesidad y se aprovecha de ella. Terminada su entender la lucha protestante de
Alemania con el vencimiento del rey de Dinamarca y el tratado de Lubeck, envi el
emperador Fernando al conde de Merode con un ejrcito de dieziseis mil infantes y dos
mil ginetes que se apoderaron de Coira, ocuparon la Valtelina y, pasando al ducado de Man-
tua, se hicieron dueos de las principales plazas fuertes y sitiaron la capital. Felipe IV envi
tambin algunos tercios veteranos de Flandes al mando de Spnola, cuyo hijo Felipe tom
Acqui, Niza de la Palla y otros puntos en tanto que l , apoderado de Pontestura y
Rosignano, ponia nuevo cerco Casal (1630). El general francs Toiras, que la defen-
da , fu rechazado en una salida, y pareca prxima su rendicin cuando la muerte sor-
prendi Spnola en la esperanza de este nuevo triunfo. El ejrcito lo llor, y la Es -
paa sinti luego la falta de sus eminentes talentos polticos y militares: acaso ce ningn
otro general se ha dicho con tanta verdad que fu siempre vencedor, jams vencido.
Su muerte y la rendicin de Mantua por el general austraco Galas, que la entreg al
mas horroroso saqueo, aceleraron la marcha de Richclieu. Este cardenal, cuyo carcter
se asemeja mucho al de Cisneros, puesto al frente de un ejrcito, invade el Piamonle,
vence en el desfiladero de Javenes al duque de Savoya, que habia vuelto la alianza
con Espaa, y, tomando Saluces, se abre paso al Monferrato ; nuevo revs que abre-
vi la vida de Carlos Manuel, corazn esforzado, talento superior y ambicin sin igual.
Si su situacin entre potencias de primer orden si sus medios hubieran ayudado sus
pensamientos, la Italia habra sido constituida en nacin una independiente, y su i n-
fluencia poltico-religiosa en Europa habra salido del eclipse en que ha permanecido has-
ta nuestros dias. Le sucedi su hijo Vctor Amadeo, quien, continuando como todos sus
descendientes la poltica del padre, contribuy elevar la casa de Savoya de una pro-
vincia pequea un estado respetable. Richelieu, libre de temores su espalda, mar -
chaba resueltamente vengar el horroroso saqueo de Mantua cuando un enviado del Papa
Julio Mazarini, cuyo nombre llen luego la Europa, consigui un armisticio de dos me-
ses que se transform muy pronto en un tratado de paz. Se restituyeron al duque de
Mantua todas las plazas de su ducado, y el Monferrato, escepto Pierol, ciudad fronteriza
del Piamonte que la Francia no quiso desalojar, avinindose nicamente hacer al de Savoya
una indemnizacin pecuniaria. En desquite tampoco evacuaron la Valtelina los soldados
R E I N A DO DE FE L I PE I V. O
( 1 ) E ste asunto ha ocupado la clebre pluma de S cuiU cr en la tragedia que lleva el titulo de Yalstein.
del emperador, quien oblig aceptar una tercera ratificacin de la paz acordada en Quie-
rasco el nuevo aspecto que presentaba la guerra de Alemania entrando en su tercer perodo.
Incitado por Richelieu y por los los alhagos de la victoria, se habia declarado contra la
casa de Austria, que pareca amenazar de nuevo la paz de Europa, el clebre rey de Suecia
Gustavo Adolfo. Su espada, vencedora en la Polonia, aparece de improviso en laPomerania,
penetra por la Sajonia, cuyas ciudades con su elector acababan de abandonar la causa del
emperador, y sale al encuentro de Tilly en Leipsick, tiempo en que iba a repetir en ella
la brbara venganza que tom de Magdeburgo saqueando y degollando sus habi t an-
tes. A los infelices que imploraban su clemencia contestaba que debia hacerse al pue-
blo una sangra abundante para que se calmase. La brillante victoria con que abri Gustavo
las pginas de esta otraguerra cost al ejrcito imperial cuatro mil muertos, siete mil pr i -
sioneros y casi toda la artilera (1631). Fu el primer trueno que estall sobre la ca-
beza del emperador la tormenta que iba destruir en breve el gigantesco poder de la casa
de Austria. Dueo de la Sajonia, se precipit el vencedor como un torrente impetuo-
so y asolador por la Franconia, la Suaviay las vertientes del Rhin: la fuerte Magun-
cia sucumbi tambin en su marcha arrolladura, siendo pasada cuchillo la guarnicin
espaola. Ya no le separaba del corazn del imperio mas que una dbil valla, la Ba -
viera, cuando Fernando II acudi como su salvador al ilustre general Walstein, quien
habia poco antes destituido por celos del Conde-duque. Mientras organiz su ejrcito, Gus -
tavo Adolfo rompi en la terrible batalla del paso del Lech las puertas de la Bavi e-
ra y se lanz sobre el occidente de Alemania (1633). Muerto Tilli de resultas de esta
derrota, ya no quedaba al emperador mas esperanza que los talentos y el ejrcito de Vasl-
tein, apesar de que los espaoles haban tomado uno de los generales suecos algu-
nas plazas del Rhin y otro habia sido contenido en la Yestfalia. Yalstein, para cortar
en su carrera triunfal al rey de Suecia, puso sitio Nuremberg, donde en efecto acu-
di; y aunque este no pudo quebrantar sus lneas, en las cuales dej tres mil hom-
bres , no quiso recibir otro ataque y se diriji en unin con el ejrcito de Papenhein
contra el elector de Sajonia. Alcanzlos aquel en la llanura de Lulzen y les present
la batalla: Gustavo Adolfo, sobrado ardoroso en aquel encuentro, que podia decidir la
suerte del imperio, muri los primeros tiros; pero sus soldados, exaltados por la ven-
ganza, lograron que la victoria coronase su cadver. Once mil imperiales quedaron s o-
bre el campo. Sin embargo, la casa de Austria consider como una victoria, y podia
hacerlo, aquella derrota en que, si bien perdi casi toda la Silesia y la Suabia, tambin
habia perecido su mas terrible y afortunado enemigo: en todo el imperio, en Italia y en
Espaa se celebr con fiestas la mortandad de Lutzen. Axel Oxenstiern, canciller de
Suecia y regente del reino en la menor edad de Cristina, hija y heredera de Gustavo,
consider sus proyectos como una manda testamentaria, y orden al duque de Weimar,
sucesor del rey en el mando de los ejrcitos, la continuacin de la guerra. El congreso
de Hailbron, tenido en 1633 por los enemigos de la casa de Austria, inclusa la Francia,
cuyo embajador ofreci cuantiosos subsidios, confirm esta resolucin, que aceptaron con
entusiasmo los generales educados en la escuela del ltimo rey. Un movimiento com-
binado les dio por resultado la ocupacin de casi toda la Alemania occidental despus
de la sangrienta batalla de Hamelen; pero en la parte oriental perdieron toda la Sile-
sia y el Braudemburgo , recuperadas por Walstein en la victoria de Steinau. Frescos es-
tos laureles en su frente, puso fin su gloriosa carrera el pual de un asesino. Los mulos
de su genio hicieron concebir al emperador temores de una conspiracin contra su pe r -
sona acaudillada por l, y estos temores, de ningn modo comprobados, sino es por
una grande ambicin de gloria, sacrific ingratamente al mismo quien debiera por
dos veces la salvacin de su corona. Verdad es que semejante servicio de un vasallo es
un ultraje y una humillacin para monarcas de derecho, divino (1). Su falta movi al
emperador suplicar la cooperacin del infante cardenal don Fernando, hermano de F e -
lipe IV, que del gobierno de Miln debia pasar al de los Paises-Bajos. Envi prime-
ramente al duque de Feria con un ejrcito de catorce mil hombres que consigui algu-
nas ventajas hasta que, acudiendo los generales suecos Iorn y Birkehfel, lo arrojaron
de toda la Alsacia. En su retirada por los Alpes, sorprendidos por los primeros fros
6 H I S T O R I A DE E S PA A .
Don Baltasar Carlos , hijo do Felipo I V.
Uno de ellos era tambin entonces la Inglaterra, con quien se haban rolo torpemente
las buenas relaciones que al advenimiento de Jacobo se establecieran, apesar del refrn
popular que desde Felipe II aconsejaba al trono: Con todos guerra y paz con Inglaterra.
Aquel r ey, deseoso de apartar nuestra corte de la alianza en que se hallaba empeada
contra su yerno el Palatino, solicit el enlace de su hijo Carlos, prncipe de Gales, con la
del invierno, murieron muchsimos soldados de aquel ejrcito, cuyas reliquias volvie-
ron Miln sin su jefe, muerto , dicen, al influjo de la pena que le agoviaha. El car-
denal las recoji, junt diez mil hombres mas y se diriji lavar la mancha de sus
banderas (1634). Sitiaban entonces los suecos la plaza de Norlhinga, cuya rendicin trat
de evitar el joven general amenazando Ratisbona: no "acudieron su socorro y sucum-
bi los dos meses de cerco. Alhagado con este triunfo, march contra el campamento
que asediaba Norlhinga unindose las tropas austracas. AVeimar rechaz fcilmente
la caballera imperial, y sin duda hubiera cojido en aquellos momentos un nuevo laurel,
si los espaoles, apoderados de un bosque, no le hubiesen contenido hasta media n o -
che ante una muralla de fuego. Al siguiente dia se renov la accin con un encarni-
zamiento ejemplar: parecia que los vencedores de Leipsiclc, Lech y Lulzcn peleasen con
un valor religioso por este legado de Gustavo Adolfo, los imperiales por lavar su des-
honra , y los espaoles por patentizar al mundo que eran todava la primera infante-
ra de Europa. Los suecos dejaron sus enemigos por trofeos trescientos estandartes,
ocho mil cadveres, cuatro mil prisioneros , entre ellos el general I l or n, y ochenta c-
nones. Esta batalla, en que brill sobre todas la espada del marqus de Legans, dio por
fruto la reconquista de todas las plazas que el enemigo posea en la Baviera y la
Suavia, y la paz de Praga con el elector de Sajonia y casi lodos los prncipes protes-
tantes. Acaso hubiera adjudicado el triunfo definitivo al emperador, si la casa de Aus-
tria no tuviese por rival la Francia mas bien , si esta no tuviese por ministro absoluto
el carcter imperturbable de Richelicu, que supo atraer una liga general los e ne -
migos de su preponderancia.
R E I N A DO DE FE L I PE I V. " 7
infanta doa Mara, hermana de Felipe IV. El pueblo ingls y el espaol miraron con i n-
dignacin semejante matrimonio, que el inters de ambos aconsejaba, por la diferencia de
religin; pero el Conde-duque, en vez de escusarse francamente con esta misma oposicin
que el fanatismo creaba, foment las esperanzas de la corle britnica hasta dar lugar que
el pretendiente saliese en secreto de Londres en 1623 y se presentase en Madrid gestio-
nar personalmente la mano de su esposa. Recibironle con fiestas pblicas y agasajos, y
se celebraron los esponsales el 8 de julio, juzgndose ya el enamorado prncipe en el t r an-
quilo hogar de Himeneo. Corri empero un mes y otro mes hasta seis, al cabo de los cua-
les se convenci de que se le entretena puerilmente por no tener la corte resolucin bas-
tante para dar una negativa formal. Se tema que una nacin tan poderosa fuese, herida en
su orgullo, ofrecer su apoyo los protestantes de Holanda y Alemania; lo cual vino al
fin suceder. Marchse el prncipe de Madrid esplndidamente regalado con pinturas de
Corregi y de Ticiano, caballos, armas y otras joyas, saliendo Felipe despedirle hasta el
Campillo, camino de Guadarrama: nadie hubiera sospechado, al observar la tierna afec-
tuosidad de su adis, que el uno llevaba en su seno una sed inestinguible de venganza, y
le menta indignamente el otro cario y pesadumbre de su separacin. Al poco tiempo se
rescindieron los esponsales; y cuando dos aos despus subi el desairado prncipe al trono
de Inglaterra, su primer cuidado fu satisfacer en la nacin el resentimiento que le haban
ocasionado sus reyes. Una escuadra de ochenta velas recibi la orden de hacer una escursion
por las costas de Espaa quemando cuantos bajeles encontrase, saquear los puertos en que
pudiese hacer desembarco y recorrer despus de igual manera el litoral de aples y Sicilia.
No atrevindose acometer Lisboa, se entr en la baha de Cdiz, que solo tenia t r es -
cientos hombres de guarnicin, y ech . tierra diez mil que precisaron veinticuatro horas
para apoderarse de la torre del Puntal, desde la que hicieron correras por la costa. El duque
de Medina Sidonia, capitn general del reino de Sevilla, junt presurosamente sus fuerzas y
los oblig reembarcarse, volviendo la escuadra sus puertos con la prdida de treinta bu-
ques. Esta derrota hiri el orgullo de la nacin inglesa, y acab de indisponerla con su rey-
la paz que estableci en 1630 cuando principiaba .oir los rujidos de la revolucin que
deba destronarle en el patbulo. Pero la Inglaterra no olvid su afrenta, y de esta suerte
motivo tan estrao los intereses nacionales, tan personal de ambos reyes, vino ser
origen de la destruccin de nuestra marina, de la ruina de nuestro comercio y de la pr-
dida de nuestras ricas y dilatadas colonias.
A todos estos enemigos es preciso aadir los turcos y berberiscos, que no cesaron de
hostilizar Espaa con el encono propio de su raza. El jefe de las galeras de Sicilia, el i n-
trpido Doria, destroz en 1623 una escuadra turca, y el ilustre Rivera rechaz otra arge-
lina que intentaba hacer un desembarco en nuestras costas. Pocos meses despus, en 1624,
el duque de Alba apres cinco galeras de moros la vista de Arcilla; y en aples el vi r -
rey , conde de Renavente, rindi otras cinco turcas, obligando a su capitana pegar fuego
la Santa Brbara.
As pues, al terminar el ao 1634, la Espaa sostena hostilidades en Holanda, en Ale-
mania, con Inglaterra , con los turcos y berberiscos, con los indgenas d las posesiones
ultramarinas; y en Italia la lucha estaba siempre pronta renacer.
He aqu lo que esperaba Richelieu para declarar la guerra Espaa.
CA PI T UL O Y L
1635.1640.
L ucha diplomtica entro R ichelieu y el Conde-duque: la Francia declara la guerra E spaa.-^E vacuacin de la Valte-
lina : batalla del T csino: tratado de I nspruck: paz con el duque de Parma.Campaa de A lemania: batalla de Y Vis-
lock.G uerra de Fl andcs: derrota de A vcin.S itio de Dole en el Franco-Condado.I nvasin de la Picarda: espedi-
ciones contra Francia por mar y por el Pirineo occidental.R ichelieu levanta nuevos ejrcitos.Batalla de R infelt.
Prdidas en la Picarda : herosmo de un comandante espaol.Conquistas en I talia: escursion del. principe T oms por
el Piamonte : entrada en T urin: sitios de Chivas y Casa: batalla de T urin.S ucesos. de Flandcs: sitios de S an O mer,
T hionvlo, H esdin y\\rras.E spedicion de los holandeses contra el Brasil: desastre de una escuadra espaola en e
canal de la Mancha.G uerra de A lemania.I nvasin del L anguedoe oriental: sitios de L eucate y de Fuenterrahia : ba-
talla de S alsas.
DESDE que Richelieu entr en el consejo de Luis XI I I , la Francia y la Espaa sostuvieron
una lucha incesante, aunque indirecta, y con frecuencia inmoral. Era el cardenal una de
48 H I S T O R I A BE E S I >A A .
esas almas aceradas cuyas concepciones no desaparecen sino cuando se consumen y que se
quiebran antes que doblarse: su imaginacin ardiente y su orgullo le impelan por cual-
quier sendero, torcido rect o, claro tenebroso, que pudiera conducirlo su in. Este
fin, que pareca inoculado por la sangre de Franciso l y Enrique IV, fu el robustecimiento
de la autoridad real y la aniquilacin de la preponderancia austraca. Era harto preciado
de s mismo el Conde-duque y violento para que cediese en presencia de un enemigo cuyos
talentos polticos deduca de su traje. Por otra parle se hacia del poder de Espaa y del
prestigio de su nombre en Europa una idea tan elevada como inexacta, pues en lanto que
esta desenvolva su inteligencia al calor de las cuestiones religiosas, aquella permaneca
sumida en un letal marasmo. La inquisicin habia salvado la nacin espaola de la guerra
civil, pero habia hecho perecer su entendimiento en el vacio. Dueos absolutos ambos mi-
nistros del alvedrio de sus reyes, se consideraron como dos gigantes destinados combatir
hasta que el uno sucumbiese. Richelieu principi ausiliando los holandeses con dos millones
doscientas mil libras para sostener la guerra de los Paises-Bajos y permitindoles levantar
gente en los estados de Francia; autoriz al barn Chamaco, su embajador, para aceptar
el mando de un regimiento, cuyo frente pereci en el sitio de Rreda; consigui que la
Inglaterra les concediese tambin subsidios pecuniarios y que el conde Mansfeld organizase
una legin ausiliar de seis mil hombres; procur con ahinco el enlace del prncipe de Gales
con la hermana de Luis XI I I , que la Espaa habia desechado; incit al rey de Dinamarca
pronunciarse contra el emperador; favoreci los grisones, como se ha visto, enviando
tropas a la Valtelina para arrojar de aquel valle las espaolas y pontificias; en 1031
contrajo con Gustavo Adolfo la alianza de Rernwakl por la que se obligaba este mantener
en Alemania un ejrcito de treinta y seis mil hombres mediante un subsidio anual de sei s-
cientas diez y seis mil libras tornesas que la Francia le dara; y en el congreso de l l ai l -
bron elev esta cantidad hasta un milln. Por su parte el Conde-duque, infiel la poltica
catlico-romana que constantemente habia mantenido Espaa, consign en 1629 al duque
de Rohan una pensin de cuarenta mil ducados anuales y un subsidio de trescientos para
sostener con catorce mil hombres la guerra civil en el territorio francs. Anim tambin la
empresa de don Gastn de Orleans y facilit al duque de Montinorency, que se habia ma -
nifestado en favor del hermano de Luis XI I I , cincuenta mil escudos de oro. Y cuando
en 1634 el marqus de Aitona qued de gobernador interino en los Pases-Bajos, logr que
el duque de Orleans, retirado Bruselas, se comprometiese no transijir con el rey su her -
mano, y en el caso muy probable de estallar la guerra entre Francia y Espaa, que lomara
armas contra aquella al frente de quince mil hombres que le dara Felipe IV. Hubo un mo-
mento, los principios de esta lucha indirecta, en que se temi un rompimiento formal en-
tre ambos estados. Richelieu, en guerra con la repblica de Genova, hizo apresar varios de
sus buques que llevaban ricos cargamentos de Espaa, y los cuales una tempestad preciso
entrar en los puertos de la Provenza. El monarca espaol mand en venganza secuestrar
los bienes de todos los franceses residentes en la Pennsula; y no habian transcurrido veinte
dias cuando el cardenal orden otro tanto con los espaoles y genoveses. Hubo tambin
dos ocasiones, en que el Conde-duque se lisonge de tener al cardenal sus pies: cuando
este solicit la paz de Monzn, que no tenia otro objeto que el poder acudir sofocar las
maquinaciones de sus rivales, acaudillados por el duque de Orleans; y cuando, apoderados
los calvinistas de la Rochela, le pidi, ttulo de guerra catlico romana, la cooperacin de
una escuadra de cuarenta velas para atacar la Gran Bretaa, que los favoreca. El ver-
dadero objeto que en esta alianza se propona era el entretener a los ingleses para que no
ayudaran los sitiados, destruir la marina espaola y ganar tiempo. Rendida en efecto la
Rochela, pronto conoci el orgulloso privado que habia sido juguete de los ardides de su r i -
val , pues despleg mayor actividad y franqueza en ausiliar los enemigos de Espaa. Esta
burla hizo para siempre irreconciliables los dos ministros. Despus de la derrota de Nor-
Ihinga, que pareci muchos decisiva, Richelieu, sin amilanarse, envi al marqus de Feu-
quieres Worms reanimar el valor de los alemanes, y puso disposicin de la Holanda un
cuerpo de ejrcito y un subsidio anual de trescientas mil libras tornesas. Por ltimo, cr e-
ciendo su audacia y resolucin, cuando mas pareca desairarle la fortuna, en 1635 declar
formal y solemnemente la guerra al Austria y la Espaa. Haba en este ac'o un grande ar -
ranque de corazn, porque la Europa , habituada al yugo de la casa imperial, la consideraba
todava como el coloso de las naciones; y porque semejante declaracin, hecha por un carde-
R E I N A DO DE FE L I PE I V. 49
nal del Sacro colegio de Roma las dos potencias defensoras del catolicismo, debia parecer
sus ojos un acto de sacrilega rebelin. Reconvenido un dia por el nuncio apostlico y el
embajador espaol, que se atrevi llamarle cardenal de los demonios, Soy sacerdote, les
contest dignamente, cardenal y buen catlico, nacido en Francia, reino que no produce
infieles; pero soy tambin ministro del soberano de esta nacin, y como tal ni debo ni puedo
proponerme otro objeto que su engrandecimiento, y no el del rey de Espaa, cuyas miras
de dominacin universal son harto conocidas.
El pre testo que apel Richelieu para este rompimiento fu la sorpresa que el oficial
espaol de la guarnicin de Lieja verific en Trveris pasando cuchillo los franceses que
en ella encontr y encerrando en la ciudadela de Amberes al elector, hecho all prisionero.
El Austria y la Espaa comprendieron que era este un duelo muert e, y rogaron todos
los gabinetes de Europa la neutralidad, ya que no la cooperacin. Pero solo Carlos I de In-
glaterra, despecho de su pueblo, acept aquel puesto de espectador en el combate que iba
decidir de la suerte de todas las naciones; si haban de ser la sucesivo austraco-es-
paolas francesas. Apenas lanz Richelieu su grito de guerra, la nacin entera .odediente
su voz, dcil instrumento del destino que iba realizar por su medio una grande t r ans-
formacin en Europa y una asombrosa evolucin moral en el mundo, acudi las armas
y march las fronteras. El ejrcito destinado Flandes iba cargo de los mariscales de
Chatillon y de Brezet; el de Feuquieres y el cardenal de la Yalette condujeron al Rhin
las fuerzas ausiliares del duque de Weiniar; la Lorena y la Alsacia deban ser invadidas
por el mariscal de la Forc; por ltimo el de Crequi y el duque de Rohan fueron envia-
dos sublevar la Italia contra la dominacin espaola. El espritu belicoso de la raza franca,
tanto tiempo comprimido, estall en todas direcciones.
Las fuerzas enviadas Italia encontraron dos ausiliares poderosos en los duques de Sa-
voya y Parma; aquel por cumplir la postuma voluntad de su padre., y este resentido de
la altanera del gobernador de Miln, cuyo territorio invadieron logrando ocupar Vi -
llata y la fortaleza de Candia. Mas osado el duque de Rohan, entra en la Suiza con solo
seis mil hombres, pero los aumenta con jente que en ella engancha, y unido los grisones>
se apodera de toda la Yaltelina, consiguiendo rechazar al conde de Cervellon y al general
austraco Fernamont que intentaron recuperarla. Desde all baj dos veces al Milanesado (1636)
para combinarse con los duques y el mariscal de Crequi y arrojar de la Lombarda sus
enemigos; pero ambas en vano por los diestros movimientos del marqus de Leganes, que
sucedi al duque de Feria, y quiz tambin porque temiese el savoyano ver los franceses
acuartelados en Miln. Tomando su vez los espaoles la ofensiva, acometieron el ducado
de Plasencia: don Martin de Aragn sali al encuentro de Crequi, que sedirijia Bufarola
arrollndolo en el primer mpetu de su ataque hasta el Tesino, por cuya orilla caminaba
el duque de Savoya. Acudi este su socorro y renov una pelea reidsima, que dur
hasta media noche, cuya hora abandonaron un campo, del cual los dos ejrcitos se cr e-
yeron victoriosos. El resultado, sin embargo, fu retirarse en seguida los coligados del Pia-
monte y fijar los espaoles sus cuarteles en los dominios del duque de Parma. Este revs
hizo brotar el disgusto de los grsones, quejosos de qu el de Roban tampoco les restitua el
pas que deca haber ido conquistar definitivamente para ellos, y de que no pagaba las
tropas que en l se habia incorporado. Entablaron negociaciones secretas con la casa de
Austria, la cual les reconoci su independencia por el tratado de Inspruck condicin de
que espulsrian de su territorio los franceses. Pero antes de que esto sucediese el duque
de Rohan se apresur evacuarlo (1637), y el de Parma, encontrndose solo y mirando con
recelo al savoyano, ajust con los espaoles la paz, con conocimiento de Richelieu, cedin-
doles la plaza de Savioneta.
El hambre, ejerciendo sus estragos sobre las tropas enviadas Alemania, las oblig
regresar su patria sin artillera y sin bagajes fin de no entorpecer su retirada; pero, se-
guidas por una divisin que las alcanz una jornada de Metz, tuvieron que aceptar un
combate cuyo resultado fu entrar en la Lorena con seis mil hombres menos. En la campaa
siguiente de 1636 les fu mas favorable la fortuna: Banier restableci en la victoria de Wi s -
lok el dominio de los suecos en el centro de la Alemania; y el general austraco Galas, r e -
chazado de la Lorena y la Borgoa, tuvo que buscar un amparo en la valla del Rhin.
Los mariscales de Chatillon y de Rrezet cruzaron la selva de las Ardenas, penetraron en
Flandes por el Mosa inauguraron la campaa de 1635 con la victoria de Avein alcanzada
80 H I S T O R I A DE E S PA A
sbrelas tropas espaolas, inferiores en nmero, que mandaba el prncipe Toms de Sa-
voya, hermano del duque, y con la toma de Tirlemont, manchada con un brutal saqueo.
En Lovaina fu mas afortunada la resistencia; y como al mismo tiempo la importante plaza
de Skeink, situada sobre el Rhi n, cay en poder de los espaoles por sorpresa, el prncipe
de Orange tuvo que retirarse del Brabante, donde se habia dirijido con los confederados.
El Franco-Condado , como mas ordinariamente se le llamaba entonces, el condado de
Rorgoa, dependa en aquel tiempo de la corona de Espaa, si bien un tratado reciente le
permita observar la neutralidad entre la potencia que por la naturaleza perteneca y la
que la guerra le habia impuesto. Ocupada ya la Alsacia y el condado de Montbeliard, pr o-
yect Richelieu apoderarse de-la Borgoa fin de cstender las fronteras de la Francia hasta
el Jura y de tener un trnsito espedito para la Italia y los Paises-Bajos. El prncipe de
Conde recibi el encargo de realizar este pensamiento con un ejrcito de veintisis mil pla-
zas, que puso inmediatamente sitio Dole. (1036) La resistencia que hizo esta ciudad,
guarnecida por unos cinco mil hombres recogidos entre el paisanaje y algunos cuerpos y
dirigida por un anciano prelado y un parlamento fu de las mas heroicas. Ni los estragos
de las bombas, que por primera vez cayeron dentro de su recinto , ni la vista de las trinche-
ras , llevadas hasta el pie de sus murallas, ni el incendio de sus casas de campo , pudieron
quebrantar el valor y la lealtad de aquellos habitantes, en cuyo socorro se alz luego toda
la provincia y acudi el cardenal infante invadiendo la Picarda. Las tres divisiones espa-
olas que mandaban Picolomini, el prncipe Toms y Juan de Wer t , arrollando cuanto
su paso se opone, se apoderan de la Chapelle y Chatelet, atraviesan el Soma, rinden Roye
y Corbie, y quedan dueas de la llanura que cien aquel rio y el Oise. Dos jornadas mas,
y la bandera espaola podia tremolar por tercera vez en un siglo la vista de Pars. El i n-
menso pueblo de esta ciudad, se conmueve exaltado por el peligro, exije armas, los lacayos
y jornaleros, como dicen por escarnio algunos escritores, forman un ejrcito de veinticinco
mil soldados que se rgimen ta en las calles, y pide salir arrojar de su territorio al ene-
migo. Richelieu, que era de esos corazones que se ensanchan y engrandecen en medio de
la agitacin y la vista de un grave riesgo, llama al prncipe de Orange y toda la nacin
la defensa de la causa comn, junta el ejrcito de Conde, que sitiaba Dole, con el de
Soissons, y, puestos su frente Luis XIII y l, marchan rescatar la integridad de la Fran-
cia. El cardenal infante, que no la habia invadido sino con el objeto de levantar el sitio de
Dole, y que con no menos sorpresa suya que de los pueblos habia avanzado tanto, se guare-
ci tras el Soma y por fin se retir dejando guarniciones en las plazas rendidas, satisfecho de
su espedicion.
El Conde-duque, pensando contener su rival por otro acto de audacia, habia enviado
contra la Francia su marina y sus ejrcitos. Una escuadra de veintids galeras al mando del
marqus de Santa Cruz se present en las costas de la Provenza y se apoder de dos de las
islas de Lerins. Alarmado Richelieu, envi otra escuadra contra Valencia, que consigui
efectivamente llamar as al marqus, aunque dejando fortalecidas las dos islas que asegura-
ban Espaa su dominio en todo el golfo de Len. Su presencia bast para que los franceses
levantasen el sitio que tenan ya establecido. La invasin por tierra se hizo en 1636 por la
parte septentrional del Pirineo. El ejrcito del marqus de Valparaso, virrey de Navarra,
aunque, fuerte de veinticinco mil hombres, no logr reducir San Juan de Pie del Puerto
solo defendido por milicias improvisadas; y al retirarse Espaa con esta humillacin , fu
batido en el famoso desfiladero de Ronccsvalles. El que dirigi el almirante de Castilla En -
riquez de Cabrera fu mas afortunado, pues rompi la lnea del Vidasoa, se apoder de San
Juan de Luz, Sibourre y Socoa, rechaz al marqus de la Vlete y se mantuvo en la tierra
de Labor por algn tiempo. Si hubiera sido mas activo en sus movimientos, habra podido
penetrar tambin en Bayona.
La incursin del cardenal-infante por la Picarda tuvo de funesto para Espaa que dis-
pert en la Francia el entusiasmo de su nacionalidad y revel Richelieu las fuerzas de que
podia disponer. As fu que, apenas desalojado aquel, se ocup en organizar las que el con-
flicto habia aglomerado, y principios de 1637 envi campaa otros cuatro ejrcitos: uno
las rdenes del duque de Longueville para incorporar el Franco-Condado los dominios
de Luis XI I I ; otro las del mariscal de Chatillon, contra los Paises-Bajos; el que di -
rijia el cardenal de la Valettc, recuperar las plazas perdidas en la Picarda; y el que se
entreg al duque de Weimar debia penetral' en la Alsacia. El conde de Ilarcourt, almirante
REINADO DE FELIPE IV. SI
de la marina francesa, recibi tambin la orden de recuperar con su escuadra, que se com-
pona de cuarenta bajeles mayores y veinte galeras, las islas de Lerins: la Santa Margarita,
con el ejemplo de la ciudad de Oristan, en la de Cerdea, que fu saqueada incendiada,
supo resistirse un mes y conseguir una honrosa capitulacin; pero en la isla de S. Hono-
rato un gobernador cobarde manch el honor de su bandera entregndose sin resistencia
discrecin del vencedor.
La primera campaa de Longneville en el Franco-Condado fu un continuado triunfo,
apenas disputado , pues el duque de Lorena, aliado de los Austracos, que march su en-
cuentro se vio derrotado por el de YVeimar cerca de la plaza de Gys. En la segunda campaa
de 1638, se hizo dueo de Poligny, Grimont, Artois y Yadans, al mismo tiempo que Wei -
mar aniquilaba Juan de Wert en la desastrosa batalla de Rinfelt en que hall la muerte.
Apoderado de este punto y de Tribourg, se dirigi contra Brisach, y su conquista quit los
imperiales el ltimo sitio de la Alsacia en que ondeaba su bandera. Los espaoles, est r e-
chados la vez por los ejrcitos enemigos y por el hambre que afligi este ao la Bor-
goa, tuvieron que huir de las campias y replegarse solo cuatro plazas, Besanzou, Gray,
Dole y Salnis, abandonando la tierra llana las devastaciones de los franceses y sus ausi -
liares. Weimar crey que era aquella ocasin favorable para ceirse una corona, la corona
del antiguo reino de Borgoa: junt un numeroso ejrcito, y, en medio del invierno, at ra-
ves el Jura (1639) y discurri por la tierra apoderndose de unos pueblos, incendiando
otros imponiendo en todas partes el culto protestante. La muerte cort el vuelo su a m-
bicin , permaneciendo sus tropas , que pasaron al servicio de la Francia, enseoreadas de
todo el pa s, si se esceptuan las cuatro plazas ocupadas por los espaoles, que se estuvie-
ron la defensiva.
El ejrcito de la Yalette dio principio sus operaciones con la toma de alguno de
los puntos ocupados por el cardenal infante en la Picarda y con el sitio de Landreci,
plaza .del distrito de Henao, que se vio precisada capitular, malogrados los esfuerzos de
un bravo comandante qne vol su socorro. Llambase Alvaro de Yiveros y mandaba t r es -
cientos artilleros espaoles: asaltados en el camino por un regimiento francs de mil cuat ro-
cientas plazas, pele basta que casi todos sucumbieron y que, abrumado por el nmero de
sus enemigos, tuvo que entregarse prisionero. La Yalette, cuyo corazn lata generoso en
presencia de los valientes, le regal una magnfica espada y la facultad de esgrimirla contra
l mismo, pues lo devolvi sus lilas. No pudiendo el cardenal infante por su escasa fuerza sal-
var Landreci ni Breda, cercada por el prncipe de Orange, se arroj sobre Ruremonda
y Yenl y atraves el Sambra en socorro de Chapelle. Pero lleg tarde para evitar su r e n-
dicin , la de Mabeuge y otros puntos de la misma provincia; y lo nico que pudo conseguir
al terminar la campaa fu recuperar Barlaimont y tomar el castillo de Eimerich.
En Italia, despus de la salida del duque de Roban y de la paz establecida con el de
Parma, qued solo el savoyano en campaa contra el marqus de Legans, que le tom la
plaza de Niza de la Palla. Cort sus planes la muerte, quedando sus estados su hijo Fr a n-
cisco Jacinto, y en su menor edad, como regente, su madre Cristina, hermana del rey de
Francia. Esta circunstancia reanim el inters de Richelieu hacia la Italia, que habia deca-
do desde la evacuacin de la Yallelina, y por igual razn se escit la actividad de los espa-
oles. El mariscal de Crequi, acudiendo desde Turin socorrer la fortaleza de Bremo,
sitiada por ellos (1638), lleg tiempo para morir en un reconocimiento, mas no para
evitar su rendicin. La Yalette, su sucesor, tampoco pudo estorbar que la importante pla-
za de Yerecli y el castillo de Pomara sucumbiesen tras ella. El disgusto que tales prdidas
causaron los piamonteses recaa el gobierno de Cristina (que seguia en la regencia por la
minora de Carlos Manuel, hermano de Francisco Jacinto, muy luego fallecido) en quien se
notaban marcadas afecciones hacia la Francia, movi la corte de Madrid aconsejar al
prncipe Toms cuado de la duquesa viuda, su traslacin de Flandes Lombardia, donde
contaba con grandes simpatas en el pueblo. Hzolo i
u e
g o (1639) entregndole el mar-
qus de Legans una parte de sus fuerzas para que recorriese el Piamonte, mientras l se
dirijia al Monferrato. Efectivamente Chivas, Quierz y otras poblaciones abrieron al prnci-
pe sus puertas; acogida alagea que la sujiri el atrevido proyecto de presentarse en Tu-
rin. Junto con el marqus, se diriji el l a; pero, conociendo en las cercanas lo aventurado
de su paso, se encaminaron al medioda tomando posesin de Saluces, Ast, Coni,*Montcal_
vo, Pontestura, Trino y otros pueblos, que le reciban, no como conquistador sino como
TOMO iv. 9
32 H I S T O R I A DE E S PA A .
amigo. Niza y Villafrnca se entregaron tambin su hermano el cardenal de Savoya,
pesar de los esfuerzos de Harcourt que trabajaba por sostener las poblaciones dla marina
rieles ala regente. Seguro del afecto del pais, se arroj por sorpresa sobre Turin, cuyos h a -
bitantes le acojieron con muestras de satisfaccin la vista misma de la guarnicin francesa
que continu en la fortaleza. Este triunfo, empero, perdi casi toda su trascendencia con la
costosa derrota que sufrieron las tropas que fueron al amparo de Chivas, sitiada por la Va
lette. El nuncio apostlico medi para el arreglo de una tregua de setenta dias, transcurri-
dos los cuales, se esforz en vano para prolongarla, 'pues Harcourt que, por muerte de
aquel general, habia tomado el mando del ejrcito francs, se neg terminantemente. Por
el contrario, continuando las operaciones de su antecesor, se apoder de Quierz, donde
corrieron el prncipe Toms y el marqus de Legans consiguiendo circunvalarlo en su
campamento. Parecales seguro que la falla de vveres lo habia de arrojar en sus manos;
pero el hbil marino con esa solemne serenidad que solo adquieren los que combaten con los
elementos, levant su campo en presencia de sus enemigos, ech un puente sobre el Route,
que era uno de los muros con cuya firmeza contaban los espaoles, y se diriji por l i n-
vernar en la parte septentrional del Piamonte sin que lograsen estos detener siquiera su or-
denada marcha. Emprendi la campaa siguiente de 1640 con la loma de los fuertes de
Busque, Dronner y Breder y la ciudad de Revcl, marchando en seguida levantar el sitio
que Casal habia puesto el marqus. Acometiendo una y otra vez hasta cuatro, consigui un
triunfo que cost al vencido seis mil hombres y toda su artillera. Apcsar de eso, Legans,
por uno de esos arranques que solo tiene el genio solo el honor es capaz de producir, reco-
je sus dispersos y marcha sobre Turin tras su vencedor, que haba ido ponerle sitio.
Aparece ala vista de su campamento, crcalo, y duda el francs que sean aquellas las fuerzas
que acaba de desbaratar; pero bien pronto se convence por la tenacidad con que se repiten
los ataques sus trincheras y por la desesperacin con que combaten. Los soldados pare-
can posedos del furor de su general. La victoria, sin embargo, no coron sus esfuerzos:
cuatro mil muertos, la rendicin de Turin, y la retirada del marqus al Monfcrrato con su
valiente guarnicin fueron el fruto de aquella temeridad que una crtica racional debe a b-
solver. Justo es reconocer tambin que pocos generales se han ceido laureles mas merecidos
que Harcourt, colocado en la difcil situacin de sitiador y sitiado un mismo tiempo.
El ejrcito de Chatillon penetr en Flandes por el Luxeniburgo como un torrente i mpe-
tuoso. Yillaine, Siuri, Terte, Dinant, Murnaux, Ham, Loupi , Ivoy y Danvilleno pudieron
resistirle, ni fueron suficientes contenerle cu su rpida carrera los cslraordinarios esfuer-
zos de las guarniciones espaolas de Arlon y Montmcdy y del cuerpo que mandaba el co-
ronel Brontz. Orgulloso con este resultado abri la campaa siguiente (1638) con el sitio
de San Omer, ante cuyos muros, menos lisonjera la fortuna, dos veces lo humill el prncipe
Toms, precisndole retirarse de Flandes, donde al mismo tiempo sufra dos derrotas el
prncipe de Orange alcanzadas por el cardenal infaute. Fulc forzoso limitar sus miras al
asedio de Chatelet, que tom por asalto. Feuquieres, que mandaba cu el Luxemburgo,
emprendi al ao siguiente el sitio de Thionvillc; pero antes de que terminase sus fortifi-
caciones , se vio acometido y derrotado por el general austraco al servicio de Espaa, Pi -
colomini. En su poder qued prisionero el jefe enemigo, toda la artillera y los bagages,
podiendo salvarse nicamente dos mil quinientos hombres de todo el ejrcito sitiador. Esta
batalla hubiera tenido (al vez un xito decisivo, si el mariscal de Chatillon, rindiendo por
el poder de las armas la fuerte plaza de Hesdin, en el Ar tois, y destrozando en las cercanas
de S. Yenant dos pequeas divisiones espaolas, no hubiera disipado instantneamente el
horrible terror del soldado francs. Unido despus el vencedor (1640) los mariscales de
Chaune y Meilleraye, marcharon aponer sitio Arras, capital del Artois, de orden del rey;
yendo este y su ministro miens fin de proceder con mas enerja y rapidez en las ope-
raciones. El duque de Lorena logr apoderarse del cuartel de Ranlzau ; pero cercado por
fuerzas muy superiores y fatigadas las suyas de un largo combate, se vio en la necesi-
dad de retirarse. El cardenal infante procur en vano romper las lneas del enemigo, pues
siempre encontraba su frente al prncipe de Orange, que no le dejaba dar un paso.
Abandonada la plaza sus propios esfuerzos, tuvo al fin que entregarse por capitulacin,
quedando desde entonces espedito para los ejrcitos franceses el camino de Flandes.
Los holandeses, desde que los ejrcitos de la Francia entraron hacer la guerra en
Flandes, debilitaron sus fuerzas y su actividad en ella, tanto porque sospechaban cual seria
R E I N A DO DE FE L I PE I V. 83
la suerte ce una repblica limtrofe d una grande monarqua
t
como porque saban que su
porvenir era esclusivamente martimo; As dedicaron todo el celo de su patriotismo crear
una numerosa marina que se esparci por todas nuestras posesiones para privarnos de
sus riquezas" y arrebatarnos su dominio. Hasta ahora puede decirse que todas sus espedi-
ciones no haban tenido otra mira que la de destruir las formidables escuadras espaolas:
desde hoy su objeto es mas trascendental, mas poltico. La compaa dlas Indias occiden-
tales, organizada en 621 para monopolizar en Europa el comercio de los artculos de aque-
llas frtiles regiones, habia tomado un rpido vuelo, pues contaba entonces sobre oche-
cientos bajeles que, montados en corso, entraban anualmente en los puertos de la Holanda
inmensas riquezas. Los barcos apresados en el espacio de trece aos subieron al nmero de
quinientos cuarenta y cinco, y su venta produjo la increble cantidad de ciento ochenta mi-
llones de libras (1). Tan brillantes resultados infundieron la compaa la ambicin de po-
seer el Brasil. El prncipe Mauricio fu tambin el depositario de este pensamiento y el
encargado de realizarlo. Aport aquellos paises con una escuadra que no tard en sujetar
todo el litoral desde S. Salvador hasta el rio de las Amazonas. La que envi Espaa, com-
puesta de cuarenta y seis velas con cinco mil hombres de desembarco las rdenes del mar-
qus de la Torre para conseguir su rescate, no pudo alcanzar mas que la gloria de cuatro
encarnizados combates con la del almirante Looff. Solo seis naves volvieron nuestros puer-
tos de aquella funesta derrota que asegur la dominacin holandesa en el Brasil hasta la ele-
vacin del duque de Braganza al trono de Portugal. A este descalabro en la Amrica corres-
pondi otro mas ruidoso en Europa. El almirante Tromp desbarat en el canal de la Mancha
la armada que diriga Oquendo, sealando por vez primera la superioridad de la marina ho-
landesa sobre la espaola: de setenta buques solo siete pudieron salvarse en Dunquerque, y
entre muertos, heridos y prisioneros, catorce mil hombres fueron el precio de aquella fu-
nesta derrota. Necesario es decir, que la escuadra inglesa de aquellas costas ayud los
holandeses en su triunfo , pues fingiendo disparar ambos contendientes indistintamente,
es lo cierto, por confesin del mismo Tromp , que mientras en nuestros bajeles hacan
grande estrago, los suyos casi no esperimentaban dao alguno.
A este cuadro de desgracias que esperimenlaba la casa de Austria es preciso aadir
las grandes prdidas de la Alemania. El general Konismark arranc las armas imperiales
la Westfalia, y Banier las arroj la Franconia; la Silesia baja cay en poder de los s ue-
cos; y con la derrota de una divisin en Schonau, apenas qued al emperador en aquellos
paises quien disputase los extranjeros su conquista.
Los ejrcitos espaoles, casi en todas partes limitados la defensiva, solo contra Fran-
cia tomaron el carcter agresivo. Las plazas ocupadas en la Guyena por el almirante de
Castilla, S. Juan de Luz, Pocoa, y las dems parece cjue no fueron abandonadas luego de su
conquista, en 1637, sino para alejar la atencin de Bichelieu de la espedicion que se prepa-
raba en el Rosellon contra el Languedoc oriental. Once mil infantes y dos mil ginetes las
rdenes del duque Carmona y el conde de Cervellon se dirijieron poner sitio Leucate,
que se resisti lo bastante para que el duque de Halluin, gobernador de la provincia, l l e-
gase tiempo de recojer su vista una brillante victoria. A esta agresin correspondi
inmediatamente la Francia con otra (1638). Una escuadra las rdenes del arzobispo de
Burdeos se present delante de Fuenterraba al mismo tiempo que la sitiaba por tierra el
prncipe de Conde despus de haberse apoderado del puerto de Figuer y de Pasages. Pero
aunque en la rada de Guetaria destroz aquella completamente el socorro que llevaba la
plaza una pequea flota armada en los puertos inmediatos, su valerosa resistencia dio tiem-
po que acudiesen el almirante de Castilla y el marqus de los Yelez. La divisin del
marqus de Mortara acometi con tan irresistible brio las trincheras guarnecidas por el ma-
riscal de la Forc, que, arrastrado por su derrota, todo el ejrcito sitiador se precipit
las embarcaciones, abandonando la artillera, y bien pronto la escuadra se alej del puerto.
No arredr esta derrota Richelieu pues el mismo arzobispo de Burdeos volvi al ao s i -
guiente saquear las costas de Vizcaya, misin que solo pudo satisfacer en la villa de Lare-
do. Simultneamente el prncipe de Conde invadi el Rosellon con veinte mil infantes y tres
mil caballos. El ejrcito espaol, que sol contaba la quinta parte de fuerza, no pudo i m-
pedir que el importante castillo de Salses cayese en su poder; pero no prosigui sus ope-
( 1 ) H istoria de las dos I ndias por R oynal.
S niS T O I UA DE ESPAA.
()) E s de observar que los tributos entregados lo corte de Madrid tenan el nombro do donativos.
raciones, porque las enfermedades, diezmando cruelmente sus filas, le obligaron pasar la
Narbona para repararlas. Entretanto la indignacin de los catalanes estalla por todo el
principado, y un ejrcito de diez mil voluntarios, bisoo pero decidido, se presenta al conde
de santa Coloma, virrey de Catalua y al marqus de los Balbases para rescatar la plaza
perdida, donde habia quedado de gobernador el caballero Espernan. Luego le pusieron si -
tio , y presto acudi tambin el prncipe de Conde. El choque se empe en el llano de
Castelvell la vista de la fortaleza, cuya suerte no estuvo por largo tiempo indecisa: la
tenacidad de los catalanes, que peleaban en aquel suelo con el furor de quien defiende su
propio hogar, logr vencer el impetuoso ataque de los franceses y obligarles la retirada.
Salses, cuando desesper de ser socorrida, se entreg por capitulacin.
Suceso tan subalterno y al parecer tan estrao incidental hizo estallar, sin embargo,
la guerra civil en Espaa.
CA PI T UL O VI I .
1640.
n evolucin do Catalua. S acrificios impuestos t todas las provincias: resistencia do las cortes de Barcebna: despotismo
del Conde-duque: escandalosas profusiones do la corte: el rey ataca los fueros de los catalanes obligndoles mantener
su costa el ejrcito: desenfreno do los soldados: choques de S ania Colonia de Farns y R iu de A renas que comprome-
ten al clero cu la lucha: sublevacin de Barcelona promovida por los segadores: saqueos incendios: muerte del vir-
rey conde de S anta Coloma: incidentes que calman el furor de la revolucin: las autoridades procuran cu vano la re-
conciliacin con el rey: la sublevacin so esliendo por todo el principado: las tropas reales se retiran quemando pue-
blos: sitio de Perpian: negociaciones infructuosas : discurso del cannigo Claris en las cortes catalanas: defensa de
I lla: nuevas negociaciones: penetra el marqus de los Veloz en el pais fuego y sangre: rendicin de Cambrils y T ar-
ragona.
DESPUS de la rendicin de Salses, las tropas espaolas volvieron Catalua para invernar
y defender aquella provincia de las agresiones que pudiera intentar el prncipe de Conde.
Escaso de recursos el erario, orden el Conde-duque se mantuvieran costa de los pueblos,
sacrificio de que los eximan sus antiguos fueros y que el estado del pais, apenas termina-
da la guerra tanta costa sostenida por ellos mismos, hacia insoportable. El ministro insis-
ti, sin embargo, porque desde mucho tiempo atrs buscaba la ocasin de vengarse de la
singular enerja con que los catalanes le haban obligado respetar sus libertades.
Cuando, resuelto emprender la desastrosa poltica de conquista, apel al patriotismo
de las provincias, todas contestaron generosamente al llamamiento. Ventilbase la larga
cuestin de la Valtelina con la Francia, y aceptaron gustosas su contingente para sostener
un ejrcito de ciento diez y ocho mil hombres y una escuadra de chenla velas. La casa real
enagen tambin algunas alhajas, como ejemplo de desprendimiento , que fu imitado por
la grandeza y el clero: aquella ofreci nuevecientos mil ducados, y este se comprometi
costear en campaa un cuerpo de veinte mil plazas Empero estas esplndidas promesas no
se realizaron, y fu preciso llamar cortes con el esclusivo objeto de obtener los cuantio-
sos recursos que los vastos proyectos de una loca ambicin reclamaban. Las de Castilla (1625')
otorgaron doce millones de ducados pagar en seis aos: las de Aragn, reunidas en Bar -
bastro (1626) solo concedieron dos mil hombres sostenidos por espacio de quince aos; y las
de Valencia, mil por tiempo indeterminado. Las de Catalua, altivas como todo poder
emanado directamente de la sociedad y conservado largo tiempo sin quebranto, se ofendie-
ron de la manera imperiosa con que el orgulloso valido les pedia lo que estaban acostumbra-
das dar graciosamente (1) y se negaron toda exaccin, prestndose nicamente l evan-
tar alguna gente para una sola campaa. Apenas oyeron hablar de la necesidad de que el
rey impusiera contribuciones las provincias libremente y sin gnero alguno de interven-
cin, un grito indignado de todos los diputados ahog la voz del osado ministro. Si tal con-
sintiramos, le contestaron, no seramos nosotros catalanes, ni ciudadanos, ni aun hom-
bres; seramos esclavos miserables en nuestra persona y haciendas de la voluntad de un solo
individuo, acaso del capricho de un ambicioso valido. Irritronse este y el rey de semejante
alarde de soberana, y abandonaron bruscamente Barcelona jurando vengar aquel ultraje
lamagestad real.
Catalua era en el siglo XVII quiz el nico de los antiguos estados peninsulares don-
R E I N A DO DE FE L I PE IV. 08
E l Conde-duque de O livares. (Copia de Ve osgues. )
Eso, no obstante, cuando hubo agotado en planes desatinados los subsidios que en 1630
le aprontaron el clero y la nobleza, acudi de nuevo las cortes pretesto de la jura del
prncipe de Asturias, que solo tendra tres aos (1632). Esta vez las de Castilla se atrevie-
ron rehusar tambin los pedidos estraordinarios que tenan por objeto la guerra de Ale-
mania , donde se enviaba morir nuestra juventud por una causa estraa al inters de la
de no habia penetrado aun el despotismo monrquico; conservaba sin menoscabo las fran-
quicias y libertades adquiridas recuperadas en tiempo de la conquista, pudiendo decirse
que era el ltimo baluarte en que flotaba la bandera de la Espaa democrtica. Bajo sus fue-
ros el principado habia visto cubrirse de poblaciones industriosas las orillas de sus rios y
sus costas, elevarse el cultivo de sus campos aun grado de perfeccin ejemplar, florecer el
comercio en todo su suelo y cubrirse de gloria su pabelln en Italia, en Grecia y en la Tier-
ra Santa. Al mismo tiempo habia reparado que la decadencia de Castilla y Aragn sobrevino
la ruina de sus libertades De aqu su justo celo y su entusiasmo por unas instituciones
que habian labrado y conservaban la prosperidad del pais. El consejo de los Ciento, asam-
blea soberana donde estaban reunidos los tres brazos que en aquel tiempo se concedan al
cuerpo social, era esencialmente popular por su nombramiento y sus atribuciones. Deposi-
tario del poder pblico, sin limitacin alguna, habia sido por lo comn tan moderado en su
uso, tan circunspecto en sus providencias, tan celoso del bienestar de sus representados,
que los pueblos miraban con cierto respeto religioso cuanto emanaba de sus deliberaciones.
As fu que todo el principado repiti su protesta y su grito de indignacin contra el mi -
li i stro.
56 H I S T O BI A DE E S PA A ,
nacin. Las de Catalua volvieron pronunciar su negativa, y el rey abandonar precipi-
tadamente la ciudad por no sufrir en su rostro tan grave desaire. El infante, que qued en
representacin suya hasta concluir las sesiones, solo pudo obtener ciento veinte mil duca-
dos ; pero no como impuesto sino como donativo gratuito para atender los gastos del viaje.
La humillacin no podia ser mas manifiesta, y desde aquel momento el rey y el consejo de
los Ciento, la monarqua espaola y las libertades de Catalua fueron irreconciliables para
siempre. En la contribucin derramada los pueblos al ao siguiente, el clero mal su grado,
mediante una bula del papa, present diez y nueve millones, y el principado lo que buena-
mente quiso. En 1636 y 37 solo se convocaron las cortes de Castilla, que se vieron preci -
sadas consentir en crecidos donativos para atender la guerra contra Francia.
Los catalanes, sin embargo, no abandonaron la nacin en su conflicto, pues cuando el
prncipe de Conde se apoder de Salses, el consejo present al virrey un cuerpo de diez
mil voluntarios equipado y mantenido sus espensas. Llegaron estos valientes reclutas al
frente del enemigo , y en varios encuentros parciales alcanzaron triunfos que enardecieron
su coraje y avivaron su impaciencia por librar el combale decisivo. El virrey no quiso e m-
pearla receloso de unas tropas que apenas habian recibido el bautismo de las batallas, y
esta desconfianza muy justa en verdad, atribua cobarda al parecer comprobada por una
larga inaccin, introdujo la desercin en las filas catalanas. En vano fu prometer carta de
nobleza los barceloneses y derechos de ciudadana los campesinos que marchasen pe-
lear treinta das bajo los muros de la plaza sitiada. La llamarada del entusiasmo se haba
apagado; y como el entusiasmo no calcula ni se vende jams, no volvi encenderse con
esas proposiciones, que no catequizaron un solo hombre. Pensaba ya el conde de Santa Co-
loma en levantar el sitio cuando un pliego insultante del ministro le forz continuarlo:
Con respecto la penuria de vveres y forrages que comienza haber en el campo, me
contentar con deciros que si vos el primero , toda la nobleza y las comunidades no obligis
los pueblos llevar cuestas todo el trigo, toda la cebada y toda la paja que se encuen-
tren, faltareis unos y otros lo que debis Dios, vuestro rey, la sangre que corre por
vuestras venas y vuestra propia conservacin
Pues si la necesidad de una justa defensa, y el inters de la religin permiten alguna
vez la venta de los clices y vasos sagrados por qu no se haran cosas menos eslraordina-
rias en una ocasin tan urgente? Es constante que, por donde quiera que entran los france-
ses, llevan consigo la secta de Cal vino, y el estado y la religin se hallan en igual peligro. Es
preciso que me esplique claro. Si se puede salir bien de la empresa sin violar los fueros de la
provincia, deben respetarse ; pero, si de observarlos se ha de retardar una hora sola el ser-
vicio del rey, el que se empea en sostenerlos se declara enemigo de Dios, de su rey, de su
sangre yde su patria. Yaadia de su propio puo: No sufra V. E. que haya un solo hom-
bre capaz de trabajar que no vaya al campo, ni ninguna mujer que no sirva para llevar en
sus hombros paja, heno y todo lo necesario para la caballera y el ejrcito. En esto consiste
la salud de todos. No es tiempo de rogar sino de mandar y hacerse obedecer. Los catalanes
son naturalmente volubles, unas veces quieren y otras no quieren, llgales entender V. E.
que la salud del pueblo y del ejrcito debe preferirse todas las leyes y privilegios. Pondr
Y. E. el mayor cuidado en que la tropa est bien alojada y que tenga buenas camas; y si no
las hay, no debe repararse en tomar las de la gente mas principal de la provincia, porque
vale mas que ellos duerman en el suelo que no que los soldados padezcan. Si faltasen gasta-
dores pralos trabajos del sitio y los paisanos no quieren ir trabajar, obligelos V. E. por
la fuerza llevndolos atados siendo necesario. No se debe disimular la menor falta por mas
que griten contra V. E. , aunque quieran apedrearlo. Se debe obligar todo el mundo.
Consiento que se me impute m todo lo que se haga en esto con tal que nuestras armas
queden con honor y no seamos despreciados de los franceses. El rey le escriba al misino
tiempo: Haced prender, si os parece, algunos de esos funcionarios, quitadles la adminis-
tracin de los caudales pblicos, que se emplearn en las necesidades del ejrcito, y conis-
cadles los bienes dos tres de los mas culpables fin de aterrar la provincia. Bueno ser,
que haya algn castigo ejemplar. Se deja conocer que el bien pblico no era aqu sino la
mscara de un odio sediento de venganza. Este fu el primero y mas lamentable desacierto
de la corte, la inoportunidad, pues cuando la Europa se hallaba en armas contra Espaa,
cuando su mas poderoso implacable enemigo colocaba el fuego sus mismas puertas, no
era por cierto ocasin de soplar las brasas de la guerra civil.
H E I N A D DE FE L I PE I V. 67
Se encendi bien pronto. Catalua, como toda la nacin, estaba ademas ofendida de la
perenne orga en que viva la corte. El lluvioso invierno de 1626 hizo salir de madre casi
todos los rios, causando sus avenidas desolaciones universales en toda la Pennsula: el Tor-
mes derrib en Salamanca quinientas casas y doce iglesias; y el Guadalquivir, que perma-
neci en crecida cuarenta dias, arruin en Sevilla tres mil edificios y arrastr gran, nmero
de familias y ganados. El hambre y las enfermedades ocasionadas por la corrupcin de los
pantanos sucedieron estos estragos. El luto era general; y sin embargo, Felipe IV y su
ministro no suspendieron los esplndidos saraos en que consuman las rentas del tesoro ni
proporcionaron alivio alguno las aflicciones pblicas.
A los pocos dias de haber devorado un incendio casi toda la plaza Mayor (1631) en me -
dio de aquel lgubre espectculo y de los lamentos de las familias que haban quedado redu-
cidas la miseria y la orfandad, se corrieron toros y caas. Entre la algazara de los aplausos,
suena la voz de fuego, fuego; la multitud acude al a casa en que dicen haberse renovado; la
escalera se hunde; mueren veinticinco personas, y se estropean muchas mas. El rey, apesar
de todo, no se mueve de su sitio, y manda continuar la fiesta! En 1633, cuando, por la po-
breza de los pueblos, se oblig al estado eclesistico pagar un subsidio de diez y nueve
millones para atender las guerras, era precisamente cuando se invertan inmensos cauda-
les en levantar sobre un arenal el real sitio del Buen Retiro; el palacio, los estanques y
jardines, la casa de fieras Y en los momentos en que con mas urgencia pedia en vano
el cardenal-infante tropas y dinero , si se habia de conservar lo adquirido en Flandes, que
se perdi en efecto muy luego Felipe IV celebraba la exaltacin de Fernando III al trono
imperial en 1637. Las muestras de alegra hechas en Madrid, solo por ser su cuado, fue-
ron tan desmesuradas, que las fiestas duraron mas de mes y medio y se gastaron doce mi -
llones. El ltimo dia, que fu martes de carnaval, dice un austero historiador eclesistico,
fu la conclusin de todo /representando en plaza pblica la comedia de don Quijote de la
Mancha. No podian haber hallado remate mas anlogo. Tambin se Testej esplndida-
mente al ao siguiente la victoria conseguida por Toms de Savoya al frente de San Oraer
sin reflexionar que una derrota podia llegar k tiempo de participar del regocijo, no siendo
aquella una batalla decisiva. Lo que puede completar la idea de la corte de Felipe IV es
la funcin celebrada la noche de S. Juan de 1640. En el centro del estanque grande del Re-
tiro y en un tablado estendido sobre barcas, se form un teatro fantstico iluminado por mi -
llares de luces que reflejaban sus variados colores en las aguas, agitadas por las gndolas
que discurran alrededor con su vistoso cargamento de damas y galanes de la grandeza l u-
josamente ataviados. Los gastos fueron numerosos, dice el mismo historiador poco ha ci -
tado ; pero les pudieron igualar los lutos. En lo mejor del espectculo se levant un impe-
tuoso viento con torbellinos , y en un santiamn desconyunt las amarras, arranc postes
se llev los toldos y todos se vieron en el ltimo peligro. El autor de esta fiesta, y de todas
las que tenian en incesante agitacin la corte, era el Conde-duque, que creia de esta
manera asegurar su estimacin. Parece que se propuso embriagar al j ey con los placeres
y fomentar sus vicios para alejarlo de los negocios del gobierno y ser dueo absoluto del po-
der ( l ) . 1 pueblo, para quien era aun de estraccion divina la persona de sus reyes, no abor-
reca Felipe I V, viendo disiparse de esta manera los tesoros que vertia en las arcas rea-
les ; lo compadeca , quiz mejor le despreciaba. Un dia que fu caza de lobos, la gente
que sali su "paso en la calle Mayor le dijo : Seor, cazad franceses, que son los verda-
deros lobos que nos devoran. A quien odiaba la nacin, porque mancillaba su dignidad,
era al orgulloso privado.
En esta situacin general de los nimos fu cuando se espidi la orden de que el ejr-
cito que habia entrado en Catalua despus de la rendicin de Salses se mantuviese e x -
pensas de los pueblos. Segn los fueros, los catalanes solo estaban obligados dar aloja-
miento de trnsito las tropas; pero la cosa se ha de disponer, dijo el marqus de los
Balbases en una junta los comandantes, de manera que los soldados sean superiores y mas
fuertes que los habitantes de los pueblos donde estn, y no se aparten mucho los cuar -
( I ) Felipe I V tuvo diez y nueve hijos, de los cuales ocho fuera de matri moni o: dos , cuya madre se ignora; cuatro,
de la famosa cmica Mora Caldern, uno el segundo don J uan de A ustria, que adquiri luego nombradla; y dos, de doa
T omasa A ldana, dama de la reina. A lgunos de estos hijos bastardos llegaron obispos.E l conde de Villamediana, que
se preciaba do los escandalosos galanteos que hacia su soberano , apareci uno noche en las calles de Madrid muerto a
pualadas: el vulgo atribuy esta muerte los celos del rey, si bien no falt quien la achacara al hasto de la misma
reina.
>8 H I S T O R I A DE E S PA A .
teles para poderse dar la mano en cualquier acontecimiento. Ordenado todo de este modo
podrn sin temor alguno hacerse contribuir como se ha practicado en Lombarda y otros
reinos de S. M., cuya conciencia queda bien asegurada con el dictamen de los telogos, que
en conformidad sienten no obligar la santsima religin del juramento en casos tan apret a-
dos, y mucho menos en este. Porque la disposicin de las leyes catalanas- que prescriben
la forma los alojamientos no parece deba entenderse cuando se trata de sustentar un
ejrcito ausiliar enviado por su mismo rey para socorrer y defender la provincia, y con-
servar en sus casas los moradores incapaces por s mismos de hacerlo, segn se acaba de
esperimentar, y de resistir aun ejrcito enemigo que infestaba su pais. Esta razn, la
nica que la corte alegaba, equivala decir: Deja que yo te ahogue para que mi enemigo
no te asesine. El catolicismo de nuestro clero autorizaba esta otra muerte. Los catalanes e s -
clamaron que la enemistad de la Francia no la haban atrado ellos; que el gobierno central
no habia sabido librar al comercio de las persecuciones de los corsarios, ni resguardar las
costas de su pillaje, apesar de los cuantiosos subsidios que se le dieran; que en aquella mis-
ma guerra la corte no venciera sin los heroicos sacrificios del principado ; que era un deber
de todas las provincias asistir la conservacin de la unidad nacional amenazada; que, sin
cada una habia de hacerlo aisladamente, en que consista la nacin y para que el gobierno
central con su costoso acompaamiento de cortesanos y palaciegos; y sobre todo, decan,
porqu las provincias Vascongadas no sostuvieron igualmente el ejrcito del almirante de
Castilla cuando fu arrojar al prncipe de Conde del sitio de Fucntcrraba? porqu en
Madrid se malgasta en saraos y fiestas insensatas lo que dan los pueblos penosamente para
su gobierno y conservacin ?
Apesar de estas quejas del pueblo, las disposiciones de Balbases se llevaron desgracia-
damente efecto. El soldado, falto de pagas, mal vestido 'y sabedor del espritu de sus j e -
fes , exiga imperiosamente mas de lo que necesitaba. Oponanse los naturales sus exigen-
cias y altanera con la dureza propia de su carcter; y se orijnaban de aqu mil terribles
querellas que la connivencia de los oficiales dej desarrollar. A las representaciones de las
universidades esponiendo las calamidades que semejante rgimen traera sobre soldados y
paisanos, contest Spnola con un sarcasmo jesutico: que lo que hasta entonces se habia
dado voluntariamente, en adelante se llamara contribucin sin haber mas novedad que mu-
darse el nombre al donativo, obligando la miseria de los tiempos al rey servirse de tan
buenos vasallos, que, reconocidos del servicio que reciban de las armas que los defendan
de la invasin de sus enemigos, queran recompensarlo con este favor; pues que el l abra-
dor y el artesano estaban seguros y tranquilos en sus campos y talleres por la vigilancia y
los peligros de la vida que se esponian aquellos, era justo tambin que contribuyesen por
S u parte su manutencin: que esta carga, estando repartida entre muchos, no podia me-
nos de ser muy lijera, y de tan corta duracin que apenas se sentira: en fin, que, siendo
esta la voluntad del rey, era preciso obedecer. Ya no qued duda los catalanes de que
lo que se pretenda era la destruccin de sus fueros, la muerte de su libertad. Saban que
el despotismo ha procedido siempre con esa innoble y miserable tctica: cambiar un hecho
su nombre, y luego establecer sobre ese cambio un derecho. Y adems, se les hablaba ya de
la voluntad del rey como la ltima razn. Llenos de indignacin, gritaron que sus fueros
estaban protegidos por un doble juramento, el que habia prestado el monarca en las l t i -
mas cortes y el del virrey al tomar posesin de su cargo. Pero la religin nunca ha sido
freno de la tirana.
Los soldados, creyendo complacer con el vandalismo sus jefes, cometieron los escesos
mas abominables: talaban los campos, destrozaban la fruta antes de madurar, se apodera-
ban del ganado, saqueaban los pueblos por donde transitaban, robaban insultaban sus
patrones en los alojamientos, mancillaban su honor en sus hijas y sus mujeres y, cuando la
resistencia les intimidaba, se hacan sus asesinos. Las quejas, los lamentos, los sollozos y las
imprecaciones de los pueblos resonaron en los templos de ia justicia para denunciar estos
crmenes; pero no consiguieron mas que encender la ira de la populosa Barcelona. En las
calles, en los paseos, en las tertulias, como en las casas y las iglesias, no se hablaba sino de
la violacin de las leyes, de la opresin de los pueblos y de la necesidad de vengar estos
y salvar aquellos. Dos hechos llevaron la exasperacin su colmo: algunas tropas de la
caballera napolitana quemaron vivo en su propio castillo un rico hacendado; y el virrey
prohibi la presentacin de toda queja ante los tribunales. li. aqu empujado el pueblo
R E I N A DO DE FE L I PE I V. 89
la revolucin. La queja que se exhala es un consuelo para el oprimido y mantiene una e s -
peranza que le liga su misma desgracia. La historia prueba que cuando al pueblo se le
tapa la boca l se desata los brazos, fl aqu los primeros pasos de la insurreccin. En Santa
Coloma de Farns un tercio que iba de trnsito se vio insultado por los habitantes al pedir
alojamientos. Acudi someterlos la obediencia con otro tercio un alguacil real, muy t e -
mido en el pais por la brutalidad de su carcter y la ferocidad de sus instintos; y su pr e-
sencia , todo el vecindario se refugi en la iglesia. Monredon, no pudiendo castigarlo en sus
personas, mand poner fuego las casas; pero un vecino enfurecido le dispar un pistole-
tazo, y esta fu la seal de un combate sangriento.
Obligado el alguacil hacerse fuerte en una casa, los vecinos le prendieron fuego y t o -
dos murieron abrasados. Dos dias despus corre la voz de que la vanguardia de los napo-
litanos quemaba la iglesia de Riu de Arenas, donde los pueblos comarcanos tenan depo-
sitadas sus alhajas para sustraeras la rapia de los soldados. El paisanaje se conmueve
con este doble ataque la religin y la propiedad, y traba una pelea reidsima con tres
compaas del tercio mas distinguido de todo el principado por su valor y pericia, preci-
sndolas retirarse las Mallorqunas al amparo de todo el regimiento. Este quiere tomar
venganza de aquella ignominia; marcha sobre el pueblo, lo saquea, invade la iglesia, roba
los vasos sagrados , comete todo linaje de profanaciones y por fin la quema. AI calor de este
fuego, siempre horrible, los vecinos se lanzan como fieras sobre el tercio, que solo se salv
merced una rpida fuga por la costa. Pero cuando mas descuidados se encontraban, vol -
vieron los soldados sobre el pueblo, lo saquearon , incendiaron mas de doscientas casas,
y los objetos sagrados fueron materia de nuevos desacatos. Desde este suceso, la rebelin
tom ese siniestro carcter religioso que lleva al combatiente solicitar en la arena de la
lucha la palma del martirio. Los soldados ya no eran tenidos por espaoles ni por cristia-
nos; se les t rat aba como hombres sin Dios, sin ley, sin patria y sin corazn. Las bvedas
de los templos resonaron con terribles imprecaciones contra los herejes, impos y devasta-
dores. La juventud abandon las poblaciones y se retir las montaas para organizarse en
guerrillas, que se ponian veces bajo las rdenes de famosos jefes de cuadrilla (1). La sed
de venganza produca estas monstruosas coaliciones. Equipados la ligera, con gorro la
cabeza, alpargatas por calzado y una ancha manta que les servia de abrigo y de cama, e s -
tos soldados visnos, cuyo alimento consista en algunas galletas que llevaban ensartadas en
una cuerda y en el lquido de una calabaza pendiente la cintura, se arrojaban sobre las
guarniciones se aparecan en los desfiladeros y en los bosques las tropas de trnsito
como enemigos invisibles contra quienes no podan combatir porque el pais los protega.
En medio de esta efervescencia celebr sesin el consejo de los Ciento. Se acercaban los
dias del carnaval, y uno de los diputados, el turbulento Yergs, pide que se prohiban las
diversiones pblicas, ya como muestra de dolor, ya por va de amenaza : otro diputado, el
fogoso Sierra, pide que la asamblea manifieste mejor al pais la parte que toma en sus afliccio-
nes vistindose todos de luto. Por fin se resolvi acercarse por ltima vez al poder real , d e -
mandando remedio, no ya como quien lo suplica sino como quien le es indiferente la
negativa la desea. Represent la nobleza con altivez por medio de su diputado Tamarit;
represent con ardorosa vehemencia por el clero el cannigo Claris, de la iglesia de Urgel;
represent tambin el consejo de los Ciento con palabras de profunda indignacin salidas de
los labios de Yergs y Sierra. Aun era ocasin de aquietar los nimos, calmar la efervescen-
cia y encadenar la guerra civil en sus primeras sacudidas; mas el conde de Santa Coloma,
tomando del odio solamente consejo, mand prender los cuatro diputados fin de pacificar
al pueblo por el terror. El pueblo acept este reto el dia 7 de junio, al cual correspondi
aquel ao la festividad del Corpus.
La magnificencia con que se celebraba en Barcelona atraa desde muy antiguo una gran
concurrencia de los pueblos de la montaa: los segadores particularmente bajaban en gr an-
des cuadrillas y en un dia fijo, el vspera de la funcin, para hacer al paso con los propieta-
rios de las tierras los ajustes de la inmediata siega. Su gnero de vi da, sin familia ni bogar
( I ) E n aquel tiempo jamas faltaban en ciertos lugares speros de la montaa cuadrillas de salteadores, c u T a s filas
so unian cuantos tenan que huir do la vindicta pblica 6 deseaban satisfacer un resentimiento. R oque G uinort Pedraza
y Pedro de S anta Cecilia y Paz fueron los capitanes que mas terror infundieron: este , natural de Mallorca , durante 25
aos que estuvo burlando las persecuciones , veng en 520 personas la muerte de un hermano. Molo : H istoria de la re-
volucin de Catalua: lib. I . cap. 75.
T O MO I V. 1Q
60 H I S T O R I A BE E S PA A .
fijo, su condicin resuelta, su robusted y sus hbitos hechos la fatiga y las privaciones
constituan de esta muchedumbre un poderoso elemento de revolucin. Su trnsito por los
pueblos siempre ocasionaba sobresaltos y temores los habitantes pacficos. El virrey, que
los vio llegar esta vez con alguna anticipacin y en mayor nmero que de ordinario, sos-
pech que materia tan combustible se inflamara con el contacto de la ciudad, indic los
conselleres la conveniencia de negarles la entrada. Escusronse estos con la indispensable
necesidad del objeto que los llevaba, allanndose solo formar algunas compaas para la
conservacin del orden; y el virrey cedi temiendo descubrir flaqueza. Verificaron pues su
entrada mas de dos mil hombres, y luego se not en su semblante algn secreto designio:
juntronse en las plazuelas y las caliesen grandes corrillos, y all hablaban sin reserva y con
gran calor de los ultrajes que sufra de las tropas la provincia y de la urgencia de librarse
de su horrible tirana. Si alguno de otras provincias empleado real pasaba por junto
ellos, lo insultaban con el deseo manifiesto de producir alboroto. La ocasin les lleg cuando
un alguacil reconoci ntrela turba un prfugo de la justicia quien imprudentemente qui-
so prender: sus compaeros salieron a l a defensa, y se trab una reida pelea que quisieron
cortar los soldados del palacio del virrey con un tiro, que nadie ofendi y fu para la r evo-
lucin la voz de alarma. Aparecieron instantneamente centenares de hombres provistos de
trabucos y armas blancas que recorran las calles enfurecidos buscando castellanos que matar:
y castellanos eran todos cuantos no haban nacido en Catalua! Estos infelices, inermes
en su mayor parte, se vieron objeto de un odio que no haban engendrado: muchos fueron
brbaramente inmolados; otros debieron su salvacin la fuga, un disfraz, la ocultacin
aun amigo. Pero muy pocos alcanzaron esta conmiseracin, porque en esos momentos de
frenes se considera un crimen negar una vctima la patria ofendida. Las compaas orga-
nizadas para la conservacin de la tranquilidad mas bien protegan que hostilizaban el t u-
multo. El virrey, embargado hasta aquel da por una presuntuosa confianza y asombrado
entonces de lo que vea, yaca en su palacio aterrado, confuso y casi enteramente abandonado
de aquellos que mas le haban instigado la dureza con sus paisanos. Los conselleres acu-
dieron su rededor para libertarle de alguna violencia de la multitud y exhortarle que
abandonase la ciudad, pues no era ya posible contener la insurreccin. Este consejo, que no
era ciertamente desinteresado, fu demasiado tarde aceptado por Santa Coloma. Sobrecoji-
do de espanto por los gritos de muerte que resonaron al pi de sus balcones, despidi
cuantos le cercaban, quiz para que no les alcanzase ellos la furia que le buscaba acaso
para atender mejor su salvacin, y ofreci acceder cuanto exijian los sublevados: era
tarde. Todas las revoluciones, aun las mas enrjicas, tienen una hora de vacilacin en que
las transacciones son fcil y benvolamente acojidas. El virrey habia perdido esa hora en las
fluctuaciones de la indecisin; y su voz se ahog en el hirviente clamoreo de los que querian
acabar con l creyendo acabar en l la tirana. Conociendo que era imposible domar la rebe-
lin , ya no atendi otra cosa que salvar su vida, cuando debiera atender mas bien sal-
var su honor. No queriendo abdicar su poder en la diputacin, entreg la ciudad al a anar -
qua. Habia en el puerto dos galeras genovesas que le ofrecieron su amparo; mas cuando se
diriji en su busca hacia la orilla del mar, observ con pena que los caones de Atarazanas,
manejados por los insurrectos, las haban obligado ponerse fuera de su alcance. Determi-
n volverse su casa y lleg hasta ella; pero en este retroceso sinti disiparse de su cora-
zn el escaso espritu que hasta entonces le animara. La ciudad entera estaba ya convertida
en un espantoso volcan que arrojaba todas sus escorias la superficie. Las puertas de las
crceles haban sido abiertas, y el crimen sali de all como siempre, exacerbada su sed de
destruccin. Las casas que oponan resistencia eran saqueadas incendiadas; los moradores
asesinados y arrastrados; se violaba la clausura de los templos en pesquisa de mas vctimas, y
los apagados quejidos de los moribundos parecan avivar el furor de los puales. Qu hor-
rible espectculo para el desgraciado Santa Coloma! El estruendo de las casas que arruinaba
el incendio venia interrumpir de cuando en cuando el sordo rujidode las masas: las llamas,
acariciadas por un viento suave, se elevaban grande altura con cierto resplandor lgubre
bajo una espesa capa de humo que cubri toda la ciudad: y una poblacin entera pedia
gritos un cadver, el del vi rrey, el suyo. Acompaado de su hijo y algunos fieles criados
volvi al a orilla del mar: el hijo, enviado delante avisar su llegada al esquife de la galera,
pudo embarcarse; pero el fuego, cada vez mas activo, de lo fuertes, lo precis alejarse,
dejando al conde en la playa. Las lgrimas que brotaron de sus ojos viendo la galera, tal vez
R E I N A DO DE FE L I PE I V. G l
deplorbanla ingrata suerte que l solo habia cabido quiz lloraban la criminal cobarda
de un hijo, que debi rehusar todo medio que le privase de vivir de morir con su padre.
Encamin sus pasos alas peas de S. Beltran y all su cuerpo cay bajo el peso de un mortal
desmayo. Un grupo de los que andaban en su persecucin no se aplac vindole en este esta-
do, y le dieron cinco estocadas. Se dijo que haban asesinado un cadver porque las heridas no
arrojaron sangre. Tal fu el fin del desgraciado don Dalmau de Queralt, que no era en verdad
un tirano. Su corazn, naturalmente bondadoso, vacilaba y se aflijia cada vez que reciba una
orden dura injusta, y en mas de una ocasin tuvo que sufrir agrias reconvenciones del
Conde-duque por las contemplaciones con que procedia. Pero esta conducta, mezquino r e -
curso de las almas dbiles, no le justificaba ante su pas, que veia en l la mano de hierro
que le oprima.
No faltaron en esta conmocin popular algunos de esos incidentes ridculos pueriles
que vienen siempre mezclarse en las mas trgicas escenas de un pueblo y que con f r e-
cuencia tienen una poderosa influencia en su desenlace. En la casa del marqus de Yillafran-
ca, general de las galeras, que fu una de las saqueadas, encontr la multitud un rel que
daba movimiento una figura de mico quien tom por la misma persona del diablo. Col-
garon la mquina de la punta de una pica y la pasearon por la ciudad, concluyendo por lle-
var la inquisicin aquel prfugo del infierno, con quien el marqus debia estar en r el a-
ciones. Los ministros del tribunal ofrecieron asegurar al diablo en sus calabozos y procesar
al brujo; y la multitud se alej de all ya sin el vrtigo de sangre y desolacin que de ella se
habia apoderado. Contribuy aplacarla la presencia del diputado Tamarity los conselleres
extrados de la crcel, quienes llevaron en triunfo sus casas.
Otros sentimientos vinieron por ltimo apagar aquel incendio de las pasiones de un
pueblo. La insurreccin de los barceloneses fu mas bien un estallido de la indignacin p -
blica largo tiempo comprimida, que una revolucin: no se pedia mas; pero tampoco se que-
ria menos- fu un movimiento esencialmente conservador. Faltndole, pues, la audacia de
las aspiraciones nuevas, cuando hubo vencido al virrey y desahogado sus deseos de vengan-
za , no hizo mas que colocar en el asiento vaco de aquel al veguer de la ciudad, segn sus
leyes lo establecan, y presentar sus justificaciones al rey. Ofrecieron los conselleres cinco mil
escudos quien descubriese al matador del conde; recogieron su cadver y le hicieron mag
ficas exequias, acompaando estas mentidas demostraciones de arrepentimiento varias
representaciones la corte pidiendo el olvido de lo pasado y justicia lo venidero.
Pero entretanto la conmocin de Barcelona se estendia por todo el Principado. Lrida, Ge-
rona, Balaguer, en breve todos los pueblos de Catalua reprodujeron el grito, las matanzas y
los incendios de la capital. En Tortosa pretendi el gobernador del castillo impedir la insurec-
cion; pero el pueblo se arroj sobre los tres mil reclutas de guarnicin con que contaba y los
despidi de la provincia obligndoles antes jurar que no tomaran armas jams contra Ca-
talua. El gobernador y otros jefes solo debieron su salvacin al a evanglica piedad del cl e-
ro que, apenas se manifest el tumulto, sali llevando en procesin por las calles el Santsi-
mo Sacramento. Los infelices perseguidos corran asirse de las varas del palio, y el pueblo
los respetaba. Solo al gobernador, qui en tenianmas odio, no bast que se arrojase los
pies del sacerdote y que este le cubriese con su 'casulla; fu preciso que la custodia se interpu-
siera la vctima y alas espadas homicidas. Entonces reson tambin por las montaas y los
valles la terrible voz de Via fora somaten. Por una antigua costumbre, cuyo origen se ignora (1)
al oir ese grito lanzado por un alcalde, queanuncia algn peligro comn, los catalanes que pue-
den manejar un arma, cualquiera que ella sea, trabuco, pistola, sable, cuchillo, palo, pica
hoz palo, la cojen, abandonan sus hogares y se presentan en la casa municipal. Si alguno fal-
tase este llamamiento de la patria, quedara deshonrado, tendra que huir de sus compae-
ros , y no tardara en mudar de vecindad. Pero estos casos son muy raros: el sentimiento
del honor crea y desenvuelve el valor individual y fortifica el intersde la asociacin. Cuan-
do el motivo del llamamiento no es mas que la presentacin de algunos ladrones mal he-
( 1 ) Consta que el gran nmero de ladrones que infestaban la Catalua y otras provincias de E spaa oblig los ro-
manos, y aun antes los cartagineses, tomar varias precauciones, entre ellos la construccin de ciertas torres de tre-
cho en trecho que daban oportunamente la seal de alarma los pueblos circunvecinos. N o es conjetura improbable que
en esta poca se hayan organizado los somatenes. L as palabras de alarma son indudablemente de origen latino: VI A ' FO S A .,
que equivale , A la calle y S O MA T E N , degeneracin de soms alents y sumus aientus, es decir: Aqu estamos, ya alen -
demos 6 ya esperamos.
62 ni S T O I tl A DE E S PA A .
Doa I sabel de Borbon, primera muger do Felipe I V.
La noticia de tan deplorables acontecimientos llen de consternacin todos los hom-
bres sensatos, pues una guerra civil en aquella situacin debia traer en efecto crisis morta-
les para Espaa. Los mismos cortesanos se alarmaron de las consecuencias que un movi-
miento de carcter republicano pudiera sujetar la monarqua. Quiz un solo hombre, el
soberbio y ambicioso privado, desconoci los peligros que sembraba y se afirm en sus pro-
vectos de venganza. Mientras los preparaba, envi de virrey al duque de Cardona, que era
chores en el distrito, los somatenes de dos tres pueblos, reunidos si es necesraio, las
rdenes de sus respectivos alcaldes , los persiguen sin cesar hasta conseguir su desaparicin.
Cuando el peligro parece mas grave, la voz de las campanas se une la voz humana y la
conmocin es mas viva y general. Apoderada de los bosques, de los desfiladeros y los pue-
blos , esta muchedumbre sin organizacin y disciplina, si no sirve para dar batallas campa-
les, puede contener al enemigo, cercenar menudamente sus filas, perseguir su retaguardia,
privarle de alimentos y, en el caso de una retirada, promover la dispersin y conseguir su
completo esterminio. Estas conmociones, que constituyen una de las fases del arte de la
guerra en Espaa, han tenido siempre una grande influencia en la suerte de Catalua. En
el levantamiento contra Felipe IV su ministro, los somatenes acometian como furias las
guarniciones y las pequeas partidas, y las asesinaban brbaramente. La caballera que
mandaba el napolitano Filangieri se salv refugindose en Aragn; pero los cuatro escuadro-
nes de Andaluca, que estaban alojados en los alrededores de Blanes, perecieron casi por
completo en unas angosturas en que los atac el paisanage. Irritados y recelosos de esta der-
rota , los tercios de Arce y Moles, que eran los que mas haban encendido con sus escesos la
ira de Catalua, resolvieron retirarse al Rosellon, marcndola huella del vandalismo.
Al abandonar Blanes saquearon el arrabal, talaron los campos y prendieron fuego los
pueblos del trnsito: Montiro, Palafurgell, Rosas, Aro, Calonje y Castell de Ampurias fue-
ron vctimas de este furor salvage que acab de exasperar todo el pas.
BE I KA DO DE FE L I PE I V. 63
muy querido de los catalanes; pero estos , mirando un lazo en semejante nombramiento, le
demostraron del modo mas significativo su afecto y acataron su autoridad sin obedecerla.
El encono entre soldados y paisanos era cada dia mas vivo. El clero, tomando en esta
lucha mas parte de la que su misin corresponda, seguia llamando desde el pulpito la
rebelin. El obispo de Gerona, la noticia de los brbaros desmanes que los tercios de
Arce y Moles habian perpetrado en su retiradahcia el Rosellon, los escomulg. As el
pueblo, armado y conducido al combale por los ministros de su religin, se creia autorizado
para los mayores escesos. A la sombra de una bandera negra, en la cual llevaban pintada
la imagen del crucificado, rodeada de leyendas de muerte, sembraban el terror entre las fi-
las de los soldados y propagaban elTuego del fanatismo por los pueblos y los campos.
Por su parte las tropas, especialmente los tercios de Arce y Moles, no desistan de su
brutal comportamiento. Cuando llegaron Perpian , los habitantes, temiendo una suerte
igual la de los pueblos que acababan de atravesar,. les cerraron sus puertas y les negaron
los alojamientos, apoyados en sus fueros y en una orden de Santa Coloma. El marqus Xeli,
general de artillera y gobernador del castillo, venci aquella imprudente resistencia arro-
jando sobre la ciudad mas de seis cientas balas y bombas que arruinaron la tercera parte de
la poblacin,. enterrando en sus escombros gran nmero de inocentes.. Despus de este
ominoso triunfo, .permiti el saqueo de las casas que quedaron en pi e, se abrog el mando ci-
vil, atropello los fueros, levant horcas en las calles y redujo auna verdadera esclavitud al
vecindario. Este, llevando la resistencia hasta el herosmo, abandon casi por entero la ciu-
dad; hombres, mujeres y nios se retiraron la montaa, los ricos confundidos con los
pobres,.todos nivelados por la cuchilla del vencedor. Apoderronse los soldados como por d e -
recho de conquista de sus. casas, almacenes y tiendas, y no las abandonaron sino cuando, con-
sumidos sus vveres, fu preciso que se esparcieran por los alrededores, llevndolo todo
saco y fuego. Apenas llegaron conocimiento del duque de Cardona tales violencias se pr e-
sent en Perpian, procur instrucciones veraces, y en virtud de ellas puso en la crcel
de los malhechores los jefes Arce, y Moles con varios oficiales y soldados. Pero el rey de-
saprob estas disposiciones, lo cual equivala .dar su sancin todos los crmenes cometi-
dos y estimular otros; y el pundonoroso Cardona se vio acometido de una calentura que
Lo llev los pocos dias al sepulcro.
Entretanto se entablaban negociaciones para una resolucin pacfica, bien que decir
verdad ambas partes queran obtenerla sin el mas pequeo sacrificio de sus derechos pre-^-
tensiones El Principado envi la corte una diputacin del clero, la nobleza, el pueblo y
la ciudad de Barcelona revestida de amplios poderes para reclamar y conceder lo que est i -
mase justo y conveniente. Receloso el Condeduque de que por su conducto tuviese el rey
conocimiento del estado en que Catalua se encontraba, no los dej pasar de Alcal de He -
nares sino cuando estuvo seguro de neutralizar el efecto de sus informes. Entonces se puso
por condiciones los diputados que habian. de pedir pblicamente perdn nombre de la
provincia con muestras d humildad, que buscaran la intercesin del papa y otros pr n-
cipes, y que haran algn donativo en dinero al tesoro. Los embajadores hubieran acce-
dido si enrjicas reclamaciones secretas del Principado no hubiesen llegado tiempo para
sujetarlos estas dos solas proposiciones: que se castigase l os cabos y dems culpables;
y que se sacase el ejrcito de la provincia, comprometindose esta su propia defensa sin
ausilio alguno. Esto era en realidad alargar el brazo y cerrar la mano. EL Conde-duque-,
irritado de esta entereza, convoc un numeroso consejo de personas l adictas y someti
su deliberacin la guerra Catalua. Una sola voz tuvieron all la razn y la prudencia*
y fu la del septuagenario conde do Oate, presidente del consejo d Ordenes y del de
Estado-: Quin sabe, dijo profticamente, si los catalanes, amenazados con el castigo
por su rebelda, no se arrojarn los pies del mayor mulo del rey? Yo creo que es mas f-
cil pasar de la sedicin la rebelda que de la tranquilidad la sedicin. La.mano diestra
del ginete doma el caballo feroz- y desbocado, n la aguda espuela que se le aplica. Si Ca-
talua se hubiese de humillar la primera amenaza que se le hiciera al primer golpe que
se le diera, seria yo el primero que dira : amenazadla y castigadla. Pero, si se hace con
esto mas obstinada y toma las armas para su defensa espondremos la autoridad del mo-
narca la suerte de dos tres batallas'? qu ejemplo seria para los dems reinos si estos
consiguiesen la victoria ? Pero supongamos por un momento que nuestra suerte es fe-
liz ,, que la victoriacorone nuestros esfuerzos, que entramos en aquella provincia, que t a~
64 lliSTOUA DE ESPAK-4.
lanos los campos, abrasamos b s pueblos y lo destruimos todo qu ganamos con esto?
Montes y desiertos, ciudades y pueblos quemados y ruinas de plazas! Es esto conquistar
y reducir Catalua ? No ; esto es perder Espaa una provincia. Y mientras ocupamos las
tropas en castigar y someter los catalanes, abandonaremos Flandes su suerte, no s o-
correremos la Italia, nuestras armadas no saldrn de los puertos, y seremos por todas pa r -
res el juguete de nuestros enemigos, que nos insultarn impugnemente vengndose de la
humillacin en que los hemos tenido. La clemencia llena de gloria los reyes porque l e-
vanta trofeos en los corazones de los que perdona, que se conservan perpetuamente en la
memoria de los hombres. Mi dictmenes que se oiga los catalanes, se enjugue sus l -
grimas, no se les arroje la desesperacin; que el rey vaya Catalua, se muestre sus
vasallos, ponga su autoridad y su persona en medio de los que le aman y le temen ; se i n-
forme de los delincuentes y los castigue; consuele los unos y reprenda los otros; y luego
le amarn, respetarn y temern todos. Los ojos del prncipe triunfan mas fcilmente de
los subditos rebeldes que los ejrcitos mas poderosos. Contra estas graves consideraciones
polticas y sanas mximas prevaleci la opinin nada evanglica del cardenal don Gaspar de
Borja: este es un delito de la mas alta traicin que no puede castigarse bastante sino con el
fuego y la espada, condenando esa gente tan prfida y maldita al anatema mas atroz de la
guerra. Antes habia dicho que su razn es el solo superior que tienen los reyes; que no
es decente al soberano manifestar al pueblo los motivos y razones que le obligan obrar,y
termin advirtiendo quelos catalanes castigados serviran de ejemplo los presentes y las
generaciones futuras de que no se insulta impugnemente la magestad dlos reyes. En
seguida aquella asamblea de cortesanos, ahijados de un valido , decret la guerra.
El Conde-duque la emprendi con calor. Mand juntar las tropas de Guipzcoa, lava
y tierra de Campos; las guarniciones de las plazas de Aragn , Galicia y Portugal; llam de
nuevo al servicio los soldados y oficiales retirados, ordenando al mismo tiempo que se sus-
pendiesen las licencias; traslad algunos tercios de Italia al Rosellon; pidilos seis mil hom-
bres que debia presentar en caso de guerra la nobleza portuguesa; las dos quintas partes
de las milicias de Castilla, Len, Andaluca, Ext remadura, Granada y Murcia; dos de los
cuatro tercios de Navarra; el de Mallorca acompaado de su nobleza; solicit gentes de Va-
lencia y Aragn; dispuso la inmediata reunin de toda la caballera; que la artillera de
Segovia y Pamplona se dirigiese Zaragoza, plaza de armas elegida para la organizacin
de todas estas fuerzas que se pusieron las rdenes del marqus de los Velez con las mas
amplias facultades para combatir y castigar. Los barceloneses la vista de estos formidables
preparativos cuya intencin no se les ocult, aunque se decian destinados la prxima cam-
paa con Francia, fortificaron la ciudad, levantaron tropas de infantera y caballera, se
apoderaron de las Atarazanas, donde habia un gran repuesto de vveres y municiones, y,
fin de autorizar y dar mayor fuerza la resistencia, hicieron llamamiento cortes sin e s -
ceptuar aquellos cuya desafeccin su causa era conocida. En esta asamblea nadie puso en
duda la justicia que asista al principado y solo una voz , la del obispo de Urgel, se levanto
para recomendar todava el sufrimiento y atemorizar con las consecuencias: Porque no pro-
baremos otros remedios mas suaves y proporcionados antes que el violento de tomar las
armas, del cual podremos usar en cualquier tiempo ? Pretendis vengar la patria de la i n -
solencia y escesos dlos soldados y queris introducir otros nuevos. Pues qu sern estos
segundos mejores que los primeros? Y si estos os injurian y cometen violencias quin p o -
dra contenerlos? La insolencia es propia del soldado por su oficio, no por su nacin. Pero
supongamos que todo nos suceda prsperamente qu es lo que pretendis? quedaros r e -
pblica libre? y cmo os podris sostener en medio de dos monarquas poderosas? Que-
ris nombrar nuevo prncipe? Si dlos naturales qu discordias habr pretendiendo todos
subir un imperio que est vacante creyndose dignos de ocuparle! Si llamis un ext ran-
jero os persuads que ser siempre propicio y benigno? Un solo rey habis ofendido;
pero tened por cierto que se armarn muchos para vengar una injuria que los ofende t o -
dos. El remedio que concluy proponiendo era una nueva diputacin S. M. Fcil fu los
diputados del pueblo y de la nobleza, Quintana y Tamarit, destruir el dbil efecto de este
discurso antes eme el cannigo Claris tomase la palabra para arrojar las cortes luchar con
la monarqua. Profesaba este sacerdote su pais natal y la libertad una adoracin ent u-
siasta. Embebido del espritu democrtico de los libros sagrados, consideraba como un d e -
ber de conciencia el defender al pueblo de todas las tiranas y pelear incesantemente hasta
R E I N A DO DE FE L I PE 17. G o
conducir su patria la repblica. Dotado de una imaginacin ardiente, de una elocuencia
sencilla y enrjica y de una grande instruccin, se atrajo en breve la admiracin del pueblo
y vino ser all el arbitro de la paz. y de la guerra. Pero su voz as en el pulpito como en la
tribuna del consejo, en las calles como en el pulpito, sala siempre inflamada por el fuego
que, como en un crter, herva en el fondo de su corazn. La historia debe trasmitir a l -
gunos de los prrafos de la oracin que pronunci cuando se iba jugando en una votacin
la suerte de su patria. (1) Los que estn criados con la leche de la servidumbre, dijo al u-
diendo al obispo de Urgel, no conocen el valor y la lealtad con que debe un representante
del pueblo defender la libertad. Catalua es esclava de insolentes; nuestros pueblos son
teatro de sus maldades; nuestras haciendas son despojo de su avaricia; los caminos, antes
seguros por la vigilancia de nuestras justicias, se hallan hoy inestados de bandidos; han
convertido en hosteras las casas de los nobles, destrozado sus pueblos y quemado sus pi n-
turas. Mas cmo han de respetarlos palacios los que no se avergenzan de quemarlos tem-
plos? Y hay todava quien vista de tantos ultrajes se atreva hablarnos de paciencia,
mansedumbre y de nuevas negociaciones? Ser acaso para dar mas tiempo nuestros t i -
ranos? No me puedo persuadir que el obispo tenga sentimientos tan crueles contra la patria;
pero el que quiere sofocar el fuego con delgados mimbres antes le da pbulo que lo apaga.
La clemencia es ciertamente una virtud divina; pero cuando se trata de la honra de nuestra
casa el mismo Jesucristo nos ensea como se desci el cngulo para arrojar del templo
los que lo haban convertido en cueva de ladrones. Aconsejarnos que usemos de medios sua-
ves no es acusar nuestra justificacin ? Cunto tiempo ha que sufrimos con paciencia en
esa esperanza! Hemos representado nuestras quejas como un hijo su padre, con la mayor
humildad y respeto, no llegamos al trono sino temblando y qu hemos conseguido?Desde
el ao 26 est nuestra provincia convertida en un cuartel: cremos en el 32 que la presen-
cia del prncipe remediar los quebrantos y le visteis marchar mal enojado contra nosotros
por su ministro. Acabronse ya los medios suaves: harto tiempo rogamos, lloramos y pe-
dimos sin que nadie nos consuele ni oiga. No pienso que se deban abrir las venas al pr i -
mer latido del pulso; pero frecuentemente tolerar los males es agravarlos, y lo que hoy
puede atajarse con una demostracin animosa necesitar despus aos de resistencia. Si el
prncipe es tan piadoso como se nos dice, tanto mas debemos suponer que no castigar
nuestra defensa. Porque el guila sea la reina de las aves no dej la Providencia de armar
los mas dbiles de uas y picos para que atiendan su conservacin. Los hombres hicieron
los reyes, que no los reyes los hombres: si ellos se hubieran hecho s mismos aun
mas altamente se fabricaran. Con todo en el trono se olvidan de lo que son, para quienes
y por quienes han sido hechos, y creen que pueden devorar sus subditos como una ma -
nada de carneros. Yo no comprendo en el nmero de estos prncipes desnaturalizados
nuestro r ey, antes reconozco en l virtudes dignas de amor y reverencia pero qu importa
al vasallo aflijido que se le oprima por malicia por ignorancia? No nos faltarn amigos
que nos ayuden y socorran. Todas las provincias de Espaa no estn cansadas de sufrir
vejaciones? Pues en sacudiendo una y rompiendo las cadenas de la esclavitud, seguirn t o -
das las dems; sed vosotros los primeros en acometer esta empresa, nadie cedis esta glo-
ria. Vizcaya y Portugal han manifestado ya sus sentimientos; y si ahora callan, no es porque
estn contentos sino porque les faltan fuerzas. La voz de Aragn, Valencia y Navarra est
sofocada, pero no los deseos de mejorar su estado: en secreto lloran su desdicha, y cuando
parecen mas humildes, estn mas cerca de la desesperacin. Castilla, acostumbrada de muv
antiguo arrastrar las cadenas, se satisface con que se le deje gozar algn tiempo de una
mezquina soltura como los esclavos: es gente que no conoce ni el valor de la libertad ni la
dignidad del hombre. Tampoco ser difcil que las naciones extranjeras se declaren por
vosotros. De la Francia no se puede dudar, pues el pueblo est acostumbrado vivir libre y
su rey mira con envidia la grandeza de Espaa. Todo os convida la libertad, catalanes:
qu es lo que os falta sino la voluntad? No sois vosotros los descendientes de aquellos
famosos varones que resistieron con tanta gloria la soberbia y los ejrcitos romanos, y que
triunfaron de la bravura africana? no corre ya por vuestras venas la sangre de vuestros an-
tepasados que vengaron las injurias del imperio oriental domeando la Grecia? Yo no dudo
que sois los mismos y que, en cuanto se os ofrezca ocasin, renovareis vuestra fama. Cul
(1) Molo , historiador veraz 6 imparcial do aquella revolucin, pone en boca do Claris este brillante discurso.
66 H I S T O R I A DE E S PA A .
mas justa y gloriosa que la de redimir vuestra patria? Fuisteis vengar agravios de extran-
jeros y no seriis para tomar satisfaccin de los propios? Mirad los cantones de los Suizos
que con sus esfuerzos sacudieron el yugo imperial, y los reyes mas poderosos, llenos de a d -
miracin, solicitan su amparo y sus ausilios. Los Batavos han triunfado de todo el poder de
Espaa; y siendo antes nacin despreciable y pobre, hoy es la potencia mas rica y poderosa
de Europa. El entusiasmo de la libertad los ha llevado tal altura. Si ninguno de estos
ejemplos arroja de vuestro corazn el temor de ser tan dichosos, revolved las piedras de esas
calles, y ellas os dirn que cuando don Juan II de Aragn vino sitiar esta ciudad, tuvo que
capitular nuestro arbitrio, entrando l como vencido y recibindole nosotros como vence-
dores. Si os intimida la grandeza del rey de Castilla, acercaos examinarla y preguntad
que progresos ha hecho, qu conquistas ha conseguido. Mejor se medira su grandeza y
su poder por lo que ha perdido que por lo que ha ganado. En Flandes, Borgoa y Lombar-
dia muchas plazas hallareis apartadas de su obediencia: parece que basta que haya quien
las quiera conquistar para adquirirlas. En las Indias apenas quedan ya provincias que r e -
cuerden nuestro nombre. El mar y el fuego han devorado las armadas: la muerte y el de -
sengao han acabado tambin los capitanes. Esta monarqua, antes tan poderosa, ya no es
sino un cadver. Su espritu y su aliento han pasado otras naciones que, salidas de la os-
curidad , se han hecho ilustres. Quin sabe si nos suceder lo mismo nosotros? Yo no
digo que armis vuestros naturales para dar batallas de xito dudoso, ni que con escesos
se busque la indignacin del r ey, ni le neguis el nombre de seor. Mi opinin es que se
tomen inmediatamente las armas; que pongis en estado de defensa vuestras fortalezas
que proveis de tropas y municiones las plazas; que, hecho esto, pidis enticamente sa-
tisfaccin de los delitos que han cometido los brbaros; que salgan de nuestra tierra para
siempre, y, si no alcanzis esto con las splicas, lo ejecutis vosotros con las armas. Pero
si aun os parece atrevida esta resolucin, abandonemos esta miserable patria otros hom-
bres de mas corazn para que no sea jams habitada por esclavos y dominada por tiranos.
Os hablo con tanta franqueza porque vuestros males agovian mi alma; mas si alguno piensa
que por estar mas exento del peligro, le llevo l y la provincia, renuncio desde luego
mi puesto y la parte que me toque en el gobierno. Volved enhorabuena los pies del s o-
berano , suplicad y llorad all, humillaos para aumentar la insolencia de nuestros perse-
guidores, y sea yo el primer acusado en sus tribunales. Y si con mi muerte ha de cesar la
Pablo Claris.
R E I N A DO DE FE L I PE I V. 67
tempestad y el peligro de la patria, yo mismo, desde este lugar donde me colocasteis para
atender al bien de la repblica, ir arrastrando cadenas la presencia del enojado monarca
para ser mi fiscal y acusador. Muera yo y muera infamado con tal que respire y viva la
afligida Catalua! A este hbil y elccuenfe discurso, cuyo ltimo pensamiento asombr en
Danton siglo y medio despus, contest una aclamacin general por la guerra, la cual se
prepararon.
Cambrils, Bellpuig, Granollers y Figueras fueron designadas para plazas de armas;
organizaron por vegueras tercios de gente voluntaria que pusieron las rdenes de jefes
prcticos, reservndose la diputacin el mando supremo; fortificaron los pueblos, y por
ltimo buscaron en la Francia un protector, desconfiando de la suficiencia de sus fuerzas
contra el numeroso ejrcito que se formaba en Aragn. Richelieu dijo su rey que, favo-
reciendo los catalanes no hacia mas que vengarse de los alborotos que los espaoles ha-
ban promovido en el Poitu, y bien pronto se ajust un tratado por el cual se obligaba el
Principado emplear toda su fuerza en resistir los ejrcitos reales hasta arrojarlos de su
territorio; el rey de Francia ayudarles por espacio de dos meses con dos mil caballos y
seis mil infantes pagados por cuenta de la generalidad; no enviar mas que los cabos y ofi-
ciales que le pidiesen; no entrar en ningn punto de la provincia ni alojarse sino en
aquellos en que hubiese guarnicin de catalanes. 1 por garanta de que estos no ajustaran
paz ni tregua con Felipe IY sin intervencin de la Francia, dieron en rehenes tres diputa-
dos de cada orden.
La escuadra que mandaba el almirante Brez dispar los primeros caonazos en esta
nueva fase de la contienda con Francia. Cinco galeones, que montaban mas de treinta y
seis caones, fueron completamente destruidos cerca de Cdiz, siendo mayor todava este
desastre por la prdida de sus cargamentos, pues solo el de la capitana importaba mas de
seiscientos mil escudos de oro, y por la de cerca de mil quinientos marinos escojidos.
Al ir emprender las hostilidades, el marqus de los Yelez puso en conocimiento de
la diputacin la misin que le llevaba Catalua, la cual no era otra que la restitucin y
consolidacin del poder real. Contestronle que ni con ejrcito ni sin l seria admitido, i g-
norando que al mismo tiempo una traicin le abra las puertas del Principado entregndole
Tortosa. Triunfo tan fcil fu celebrado con la muerte de los principales caudillos del pueblo
quienes se hizo perecer en el patbulo. La templanza, la generosidad podian quebrar el
nimo de la resistencia: la venganza no produjo el terror sino la desesperacin. El pueblo
de Illa, situado en la Cerdaa, rechaz dos asaltos que le dio don Juan de Caray con fuer-
zas muy desproporcionadas tan corto vecindario. Este ensayo desgraciado hizo conocer al
Conde-duque que el xito de una lucha con aquel pais sublevado en masa era'dudoso cuan-
do menos costoso y tardo. Trat de apartar al clero de su unin con el pueblo por medio
del nuncio apostlico; pero este se neg tomar parte en una cuestin interior: hizo que Za-
ragoza interpusiese su mediacin, que no fu aceptada: por ltimo se decidi escribir
la diputacin que S. M. sacara sus ejrcitos del territorio si se le dejaba construir dos forta-
lezas , una en Monjuich y otra en la inquisicin, desde las cuales hubiera tenido siempre
postrada sus pies la ciudad. No qued al orgulloso ministro mas esperanza que la guerra.
Tres ejrcitos deban penetrar la vez en el pais, llevndolo lodo fuego y sangre: uno
por la parte de Tortosa y otro por el llano de Urgell mientras un cuerpo del Rosellon prac-
ticara un desembarco en la costa. La diputacin no contaba para contrarestar tantas fuerzas
mas que con su firme resolucin y el entusiasmo de los pueblos. Habiendo el marqus de los
Yelez hchose reconocer virrey de Catalua su llegada Tortosa en medio de un simula-
cro de cortes formadas con los diputados de las poblaciones sujetas su dominio ; mas la
diputacin, el consejo de los Ciento y los conselleres resolvieron que Tortosa y cuantos pue-
blos siguieran su ejemplo fueran segregados del Principado, privados de sus fueros v consi-
derados como traidores. Comprendieron que la cnerja deba suplir la fuerza.
Antes de emprender las operaciones, el marqus de los Yelez envi dos cuerpos contra
Cherta y Perell, que pagaron cruelmente la osada de la resistencia con el incendio de
sus moradas. Yeinte y tres mil infantes, tres mil cien caballos, veinte y cuatro piezas de a r -
tillera y algunas horcas componan el ejrcito con que se diriji contra Cambrils. Al at rave-
sar el Coll de Balaguer deshizo un cuerpo de gente mal disciplinada eme quiso cortarle el
paso; se arroj en seguida sobre el pequeo fuerte del Hospitalet y colg de las almenas
nueve paisanos. Quera ir precedido del terror., y no hacia mas que llamar l adesespc-
T O MO iv. \ \
68 H I S T O R I A DE E S PA A .
Voluntarios catalanes do la bandera do S anta E ulalia.
tampoco pudo resistir las mayores fuerzas de Veloz. Mr. d, Espernan se retir con todos los
honores de la guerra, y Rosell, rechazando las lisongeras proposiciones del enemigo, se es-
cap con su tercio de la ciudad en los momentos en que esla hacia su entrega. Solo la
guerra de guerrillas era hasta entonces propicia los catalanes. El cabecilla San Pol se
. meti en Aragn por la parte de Lrida, y apoderndose por sorpresa de Tamarite acuchi-
ll algunas tropas de Navarra hizo mas de ciento cincuenta prisiones. La partida de Co-
plas logr tambin entrar de improviso en la villa de Orta.
Preparbase el ejrcito vencedor marchar sobre Barcelona para corlar en su cabeza la
revolucin, cuando llega su jeneral, comunicada por la corte, la noticia de otra revolucin
funesta que arranc una joya la corona de Castilla y dio la pennsula espaola dos s e -
ores
racin. Cainbrils en efecto se resisti bizarramente hasta que los estragos de la artillera la
obligaron capitular. Evacuaban la plaza los rendidos entre dos filas de caballera que los
recibieron con insultos, propasndose algunos despojarlos de sus ropas. Uno quiso robar
un cataln su capa gascona; pero este sac un alfange y castig al cobarde que le ultraja-
ba en la desgracia. Los compaeros del herido quieren vengar aquel atrevimiento; suena
la voz de traicin, y bien pronto cayeron acuchillados al pi de aquellas murallas setecien-
tos de los valientes que las haban defendido. Apesar de eso, el marqus hizo ahorcar
aquella misma noche los jefes militares y civiles del pueblo, y mand colgarlos por los pies
de las almenas, vestidos con todas sus insignias. Semejante crueldad era adems una
perfidia, pues aunque la rendicin no se habia estipulado por escrito, la promesa de perdn
estaba pronunciada, y ciertamente no se habran entregado para ser inhumanamente de-
gollados. Tarragona, defendida por Mr. d' Espernan, general del ejrcito francs ausiliar, y
el tercio de la bandera de Sta. Eulalia de Barcelona al mando del conseller tercero Rosell,
R E I N A DO DE FE L I PE I V.
09
CA PI T UL O VI I I .
1640.
E mancipacin de Portugal. T irana de E spaa: tumultos de E vora: el duque de Braganza: asechanzas que le arma O li-
vares: conspiracin de Pinto H ibeiro: irresolucin de Braganza: su esposa: rasgos de herosmo maternal: estalla la
insurreccin en L isboa: coronacin de don J uan I V de Braganza: carcter de la revolucin: el Conde-duque y Feli-
pe I V.
Quiero y es mi voluntad que los dichos reinos de la corona de Portugal hayan siempre de
andar y anden juntos y unidos con los reinos de la corona de Castilla, sin que jams se pue-
dan dividir ni apartar los unos de los otros por ninguna cosa que sea, por ser esto lo que
mas conviene para la seguridad, aumento y buen gobierno de los unos y los otros, y para
poder mejor ensanchar nuestra S anta F Catlica y acudir la defensa de la I glesia. T al
era la voluntad de Felipe I I , para cuyo cumplimiento, sin embargo, nada hicieron ni l ni
sus sucesores. T rataron al Portugal como territorio de conquista, aunque tantas considera-
raciones aconsejaban una poltica que hiciese olvidar aquel pueblo, justamente orgulloso
de su historia, la humillacin que lo habia unido la corona de Castilla. E n las corles de
T homar, celebradas por aquel monarca, se habia estipulado que un consejo compuesto ni -
camente de portugueses gobernara aquellos estados, condicin que violaron todos los vali-
dos. E l consejo, en tiempo de Felipe I V, se redujo dos solas personas que se prestaron
seni r el despotismo y la avaricia de O livares. Miguel Vasconcelos y Diego S uarez su yerno,
ambos con el ttulo de secretarios de estado de Portugal, este con residencia en Madrid y
aquel en L isboa, fueron sus instrumentos, al a verdad no faltos de ese talento de artificios y
subterfugios en que algunos hacen consistir el mrito de la diplomacia. Vasconcelos descolla-
ba adems por una desmedida arrogancia y la mas ardorosa innoble de las ambiciones, la
del oro: puesto en el lugar del monarca, se hacia respetar como tal de la grandeza, del cle-
ro y del pueblo. Un dia que el arzobispo de Braga, consejero predilecto de la virreina,
Margarita de S avoya, duquesa de Mantua, se atrevi preguntarle con qu autoridad ha-
bia , por una lev e falta, hecho rasurar uno la cabeza y la barba, el orgulloso lugar-teniente
le contest: Con la misma con que os desterrar si os melis criticar mis acciones.
E normes y continuadas exacciones fueron impuestas sin autorizacin de las cortes para
atender guerras lejanas que ningn inters reportaban al pas. S e dice q en el corto es-
pacio de cuarenta aos, desde 1 S 8 1626 estos impuestos subieron al a increble cantidad
de doscientos millones de escudos de oro. A las quejas que elevaron los pueblos contest el
Conde-duque que las necesidades de un gran rey deban ser satisfechas y que se usaba de
mucha moderacin y modestia cuando se pedia lo que podia exijirse por la fuerza. O tras
cosas ya no se pedan que se tomaban como de reconocida propiedad de E spaa. E n S evilla
llegaron juntarse nuevecientas piezas de artillera de las plazas portuguesas y as en otros
puntos de la frontera hasta el nmero de mas de dos mil de bronce y hierro; disposicin
que tenia sin duda por objeto quitar todo medio de resistencia aquel pueblo tiranizado.
L os alhagos de aduladores cortesanos fueron pagados con las rentas de sus iglesias, y los des-
linos pblicos se vendan como en subasta al que mas daba, que era por la misma razn el
que mas oprima y saqueaba a los pueblos. E n los siete primeros aos del reinado de Fel i -
pe I V las escuadras portuguesas perecieron casi enteramente en servicio esclusivode los i n-
tereses de E spaa; y la marina mercante perdi mas de doscientos buques que dejaron ar-
ruinado todo el comercio, y desiertos y silenciosos sus puertos. E nvueltos en el odio de
I nglaterra, H olanda y Francia, se vieron acometidos en sus mismas costas y arrancadas su
dominio todas las posesiones de frica, A sia y las I ndias. E l Brasil, lamas rica de todas,
cay en poder del prncipe Mauricio. E ntonces, dice un historiador portugus despus de
enumerar individualmente sus prdidas, la inmensa estension de los mares se abri los
piratas, que atacaron por todas partes nuestros buques mercantes, al paso que nuestra mari,
ria de guerra y los tributos de nuestros pueblos se empleaban en proteger las costas de Cas-
tilla. S i alguna vez cruzaban nuestras costas navios espaoles para defenderlas de los insul-
tos del enemigo, tenamos que hacer los gastos y adelantarlos. A dase todos estos motivos
generales de disgusto, que el pueblo veia arrancar de sus hogares sumas florida juventud
para ir derramar su sangre por genos intereses; que el clero se miraba tratado con des-
70 U i B O hl A D t S t . uA
precio, adjudicndose sus mas altas dignidades los espaoles, quienes no dejaban de
considerar Como extranjeros; y que la nobleza relegada sus estados, se sentia como u l -
trajada privndola del fausto y la ostentacin, que constituyen la principal condicin de su
existencia. De todas las violaciones perpetradas en sus fueros la que mas irrit los por t u-
gueses, porque les quitaba su carcter de nacin en cierto modo todava independiente, fu
el que se convocasen sus cortes fuera del reino. Qu se habia hecho, pues, para que la vo-
luntad de Felipe II se cumpliera? para que la simple agregacin de dos coronas, ejecuta-
da por l, se convirtiese en una ntima incorporacin de ambos pueblos? Nada, y parece
que no se los habia juntado sino para que se odiasen mas de cerca.
Los primeros efectos de la indignacin de los portugueses se manifestaron en varias se-
diciones que tuvieron lugar en 1637 en las principales ciudades. En Madrid se les dio con
desprecio el nombre de los tumultos de Evora, y se propuso al rey que llamase los magis-
trados del pueblo pedirle perdn cubiertos con el saco de los criminales y llevando al pes-
cuezo la cuerda del suplicio. Por no dejar al a corona sin vindicta, los caudillos Sesnando y
Barradas fueron ajusticiados en eijie; y cuando el ilustre Mel hizo su historia con ingenua
imparcialidad, creyendo ser ltil la corte de Castilla, quien servia, se le encerr en una
crcel. Adems ofrecieron al Conde-duque estos primeros chispazos un feliz protesto para
imponer por va de castigo todo el reino un crecido tributo. Quiso tambin que los grandes
consintiesen en la unin de Portugal la corona de Castilla tal como cualquiera de las otras
provincias de la monarqua; es decir en la espontnea renuncia de sus libertades y adhesin
la esclavitud, y se veng de la negativa haciendo prender varios y exijindoles un cuan-
tioso donativo por su libertad.
Tal era el estado de los nimos en Portugal cuando estall la sublevacin de Catalua,
que vino avivar sus deseos de emanciparse. Por consejo de Suarez, que previo este efecto,
Olivares orden que sus tropas fueran unirse al ejrcito del Principado hizo que Felipe IV
escribiera toda la grandeza para (pie, puesta su frente, marchase sostener la monar-
qua, amenazada en su integridad. Pero esta segunda orden envolva un prfido lazo.
Habia entre la nobleza portuguesa uno cuyo regio linage tenia en perenne inquietud la
corte de Madrid; era el duque de Braganza, nieto de Catalina y nico descendiente de los
antiguos reyes de Portugal quien la ley fundamental de Lamcgo no escluia de la corona
Aunque de carcter tmido, desprendido de toda ambicin y entregado los placeres de la
caza y la msica, una vijilancia suspicaz le segua en todos sus pasos: tal vez no se vcia en l
mas que un instrumento, y en este concepto no eran vanos los temores. El duque era es-
plndido, instruido, afable y bondadoso, buen marido y buen padre, cualidades que, si no cons-
tituyen un rey digno, bastan para hacer popular un pretendiente. Los portugueses haban
fijado en l su vista al reparar en su servidumbre, y quiz era esta mas que el amor al regio
vastago quien les hacia apetecer su elevacin un trono restaurado. El Conde-duque le mi -
raba con cierta prevencin siniestra. Durante las alteraciones de Evora se le habia oido de-
cir: No habr reposo en Portugal mientras la mala yerba no cubra los palios y las escaleras
del palacio de Villaviciosa. Intentando apoderarse de su persona, le ofreci el gobierno de
Miln, que el duque rehus preteslando no conocer los negocios de Italia y estar su salud
muy quebrantada para tan largo viaje. Le llam para que acompaase al rey al frente de la
nobleza en una espedicon que preparaba contra Catalua; y se cscus con el estado de sus
rentas que no le permita sostener su rango en la corle. Le encomend la defensa de las cos-
tas, que podian ser acometidas por los franceses, con amplias facultades, dando orden al mis-
mo tiempo secretamente al jefe de la escuadra espaola en aquellas aguas para que le l l a-
mase bordo con cualquier pretesto y lo prendiese; pero una tempestad dispers la escuadra
y burl la perfidia. Sin renunciar ella, le escribi en seguida muy afectuosamente nom-
brndole general y encargndole que visitase las plazas fuertes, fin de examinar su estado
de defensa. Los gobernadores tenan la misma orden; pero el duque habia entrado en sos-
pechas de tan tenaz insistencia, y se hizo acompaar de una crecida y valerosa guardia. Qui -
z fu entonces cuando por primera vez conoci que no le separaba del trono gran distancia.
Las gentes salian su encuentro en la entrada de los pueblos y le despedan con muestras de
un entusiasmo comprimido. El escuchaba todos indistintamente, agasajaba los soldados,
alhagaba los oficiales, trataba al clero con respeto, los nobles con deferencia; y as, de
propsito sin repararlo, iba caminando al a revolucin y al trono por el sendero que Oliva-
res le abra para su perdicin.
R E I N A DO DE FE L I PE I V. 71
Despus del odio que los pueblos tenan la dominacin espaola, el ausiliar mas p o -
deroso del duque fu su mayordomo Pinto Biveiro. Este hombre osado, sagaz y persuasivo
que se distingui por un vehemente y desinteresado patriotismo, fu tal vez quien primero
concibi el pensamiento de una conspiracin para entronizar su amo. Richelieu, que desde
1634 no habia cesado de estimular la ambicin de Braganza, le ofreci su apoyo; pero este
era demasiado pusilnime para aspirar con ardor ni aun una corona, y no le autoriz para
lomar su nombre, conformndose tan solo con el papel que cuadraba muy bien la pol -
tica de su carcter, que er a: dejarse llevar. En un principio encontr algunas dificultades
el activo jente, pues habia otros pretendientes que alegaban derechos de sangre, y no fal-
laba tambin quien prefiriese, ejemplo de la Holanda, cuya prosperidad iba en aumento,
una repblica federativa. La adhesin del arzobispo de Lisboa, resentido de que la virreina
le hubiese pospuesto al de Braga en su gracia, y el inters de casi toda la nobleza, ofen-
dida de los ultrajes de la corte de Madrid y de su lugar-teniente, aunronlos pareceres mas
pronto que vencieron la irresolucin del duque, fluctuanle entre los halagos de una co-
rona y los peligros que era necesario arrostrar hasta ella. Cuando una comisin de la gran-
deza se present ofrecrsela, vacil todava y fu preciso que su secretario le dijese: Si
todo el reino cansado de esperar resolviese erigirse en repblica preferirais sus intereses
los de Castilla?Sin duda me declarara por mi pais. Pues entonces es intil que yo
os d consejo. Quien se decide arriesgar su vida por ser vasallo de una repblica hallar
mas gloria en conducirla recibiendo de ella el ttulo de rey. Pero qu he de hacer?
Seor, es necesario dejarse llevar de la corriente, porque es imposible prever todos los i n -
cidentes que obligan variar un plan. El que quisiera preveerlo todo jams se determinara
ninguna cosa: es preciso dejar mucho la contigencia. Suceda lo que sucediere, cuando
hay derechos la corona, nada debe omitirse por defenderlos, aunque se tuviera certeza
de sucumbir, porque hay en ello gloria y en abandonarlos ignominia. En fin consultad
vuestra esposa, y lo que ella os aconsejare seguidlo sin dudar. Esta seora, cuya r e -
solucin se dejaba la suerte de un trono, era doa Luisa de Guzman, hija del duque de
Medina Sidonia, general del reino de Sevilla. Habia en su alma cierta elevacin de pensa-
mientos y en su corazn cierta intrepidez, poco comunes en su sexo. Un genio vivo, per s -
picaz y enrgico concurra hacer de esta mujer una de esas ambiciones de alto vuelo que,
aun ciertas de que el sol les derretira las al as, se dirigiran l. Vale mas morir despus
de llevar un dia una corona en la cabeza, contest su marido, que vivir largos aos arras-
trando una cadena. La muerte te espera en Madrid, acaso tambin la encontrars en Lisboa;
pero en la corte de Espaa morirs ignominiosamente, como un miserable prisionero, y en la
de Portugal, cubierto de gloria y como rey: esto es lo peor que te puede suceder. Desde
este momento estuvo disposicin de los conjurados, cuyo nmero fu creciendo en todas
las clases.
El Conde-duque, alarmado con las muestras de simpata que todo el pueblo de Lisboa
manifest al de Braganza en una visita que hizo la virreina, le orden que se presentase
inmediatamente en Madrid fin de informar al rey del estado en que se hallaban las pl a-
zas y las tropas de Portugal. No se escus esta vez, y para engaar mas fcilmente la
corte, el gentilhombre que llev la noticia de que se pondra muy pronto en camino, a l -
quil una magnifica casa y entretuvo algn tiempo en amueblarla suntuosamente. Ent r e-
tanto iba estendiendo la conspiracin sus hilos y abreviaba el plazo de su rompimiento.
Admira ciertamente que una conspiracin tan vasta, que afili hombres de tan distintas
condiciones intereses y que se agitaba en medio de sus enemigos, no haya llevado en
su seno un espritu dbil traidor que la vendiese. Preciso es que la tirana de que se que-
jaban los portugueses existiese realmente; que el odio hacia ella fuese general, y unnime
el deseo de quebrantar su yugo. Lo era en efecto hasta en las mujeres. La condesa de At ou-
gia, al acercarse la hora en que debia estallar la insurreccin, sac la espada de su esposo
que habia servido en las Indias, arm por sus propias manos sus dos hijos, harto jvenes
todava, y los despidi dicindoles: Hijos mios, id pelear por la patria. S i me lo per mi -
tieran mis fuerzas y mi sexo, yo os acompaara para vencer morir con vosotros por la
salud de mi pais. La seora de Lancastre repeta los suyos las palabras de la madre espar-
tana: Es hora, partid, y volved libres no volvis.
El dia primero de diciembre de 1640 JPinto Riveiro dio la seal disparando un pistole-
tazo en la plaza, al cual contestaron todos los conspirados con el grito de Libertad, viva don
72 H I S T O R I A DE E S PA A .
Juan IVde Braganza, rey de Portugal arrojndose sobre las escasas tropas alemanas y
castellanas que componan la guarnicin. Un sacerdote, llevando un crucifijo en una mano
y en la otra una espada, llamabalos combatientes y los animaba con su valor. Pinto, mos-
trndose tan enerjico en la accin como hbil en el consejo, habia penetrado ya en el palacio de
Vasconcellos matando cuantos se oponan su paso, y todava ignoraba el arrogante ds-
pota que la ciudad estaba en combustin. Informado de la inminencia del peligro, parece
resignarse morir heroicamente exclamando : Avisado Csar de que se le iba asesinar
en el Senado, no por eso dej de i r: yo le imitar ponindome en manos de la fortuna. Sin
embargo, cuando los conjurados penetraron en su estancia, se escondi en un armario, del
cual lo sac la debilidad de una mujer. Muerto de un pistoletazo y atravesado su cuerpo
estocadas, lo arrojaron por la ventana para que el pueblo lo arrastrase. La virreina quiso
transijir, pero ya no era tiempo : aquella hoguera estaba fundiendo una corona. Qu
puede hacerme el pueblo? pregunt uno de los sublevados. Seora, nada mas que ar -
rojaros por la ventana. Se entreg prisionera y, apesar de su varonil pero intil firmeza,
tuvo que firmar las rdenes para que los fuertes que cercan Lisboa fuesen entregados. Des-
de que su autoridad sucumbi, todos le tributaron las atenciones debidas su desgracia y
su sexo. Al abandonar el reino, el pueblo manifest su generosidad asistiendo en lodos los
puntos del trnsito su paso sin proferir un insulto ni una queja. Los gritos de Libertad.
Independencia eran la nica venganza que tomaba de setenta aos de tirana.
Tres horas fueron suficientes para derrocar un poder que sus dueos crean indestructi-
ble y erigir otro en medio de sus ruinas, del cual la verdad no se habia mostrado muy digno
el sucesor. En vez de ayudar sus amigos de Lisboa el duque de Braganza, sublevando al mis-
mo tiempo los pueblos de su distrito, como habia ofrecido, se encerr en su palacio de Yi -
llaviciosa esperar noticias de la capital. Quiz pensaba ya como rey que los subditos le
debian el sacrificio de su vida! Pero as que supo su triunfo, se present de incgnito en
Lisboa y, pasando por en medio de la multitud que no le conocia y no obstante le aclamaba
su soberano, fu tomar posesin del real palacio. A los pocos das solo una fortaleza en
todo el reino, la ciudadela de S. Juan en la embocadura del Tajo, conservaba la bandera de
Castilla; pero su gobernador don Fernando de la Cueva parece que no la defendi bizarra-
mente sino para venderla mejor. el 15' de diciembre, en la misma plaza en que quince
dias antes habia sido proclamado por una revolucin, el duque de Braganza, puesto de r o-
dillas sobre un tablado, teniendo por testigos al cielo y al pueblo, juraba las libertades y la
independencia de Portugal.
Bast esto para dejar satisfecho al pueblo, que la verdad no obr en aquella subleva-
cin sino como instrumento de la nobleza. Esta se apresur rodear el trono y colmarle de
lisonjas para obtener sus favores. Los reyes de la poca anterior haban llevado el t r at a-
miento de alteza, que pareci demasiado humilde los nuevos cortesanos, y lo trocaron por
el de magestad. El mismo Pinto Ribeiro, el mas desinteresado de aquel club de escudos y
coronas ducales, en la ltima entrevista que tuvo con su seor, en vsperas dla insurrec-
cin, se arroj sus pies diciendo: Proximus accingendus habelur pro accincto. Vuestra
Magestad debe ser aclamado rey y seor legtimo de mi pais, y yo le reconozco por tal: por
tanto puedo besarle la mano y ser el primero que le rinda este homenage.No vendamos
la piel antes que la carne, le contest modestamente el duque; pero l insisti asegurn-
dole que el xito aun iria mas all de sus deseos. Mas lo que revela mejor que nada el ca-
rcter de esta revolucin es la respuesta de Pinto cuando marchaba apoderarse de palacio,
uno que le preguntaba sobre sus resultados: no os tomis la pena de lo que ha de venir.
Vamos l a sala del trono simplemente poner un rey en el sitio de olro rey,
Tan lejos estaba el Conde-Duque de sospechar esta catslrofe que el primero que le
comunic sus recelos, el corregidor de Badajoz, iba sentir todo el peso de su orgullo
ofendido cuando lleg la confirmacin. Aparent entonces considerarlo como un suceso de f-
cil remedio que proporcionara Espaa un nuevo triunfo; mas con todo ningn cortesano,
temiendo incurrir en su enojo, se atrevi comunicar la infausta noticia al r ey, que la i g-
noraba todava cuando el mas oscuro de sus subditos la deploraba. Fu el mismo Olivares
quien por salutacin se la dio un dia con la sonrisa en los labios: Seor, traigo Y. M.
una noticia muy agradableCul? La de haber ganado en un momento un ducado y bell-
simas tierras.Pues como ? Porque el duque de Braganza ha perdido la cabeza y se ha de-
jado proclamar por la plebe rey de Portugal: por lo tanto sus bienes, que valen doce millones,
R E I N A DO DE FE L I PE I V. - 73
quedan confiscados y agregados la corona de Y. M. Ni una reconvencin, ni una queja,
ni un ay! arranc Felipe IV este suceso que partia su corona en dos pedazos y ofreca
la Francia ancho terreno dentro de la Pennsula donde colocar sus bateras contra Espaa.
Es preciso poner remedio eso fueron las nicas palabras que salieron de sus labios,
y aquella misma noche asisti sus diversiones habituales. Cuan necia confianza cuan
criminal imbcil indiferencia! Los estudiantes portugueses que habia en Salamanca, as
que supieron el alzamiento , volaron ayudar su patria; y no era de temer que las tro-
pas portuguesas del ejrcito de Catalua imitasen su ejemplo introdujesen la desercin en
sus filas?
CA PI T UL O I X .
16401642.
G uerra de Catalua: sorpresa do Constanli: sitio do Martorell: sitio y batalla de Barcelona: incorporacin de Catalua
con Francia: e ejrcito real es sitiado en T arragona: el R osellon pasa al dominio de la Francia. E l reino de Por-
tugal se consolida: las colonias siguen el ejemplo de la metrpoli: incursiones asoladoras en la frontera: conspiracin
del arzobispo de Braga contra J uan I V.A mbicin del duque de Medina-S idonia.Prdidas en los Paises-Bajos.G uerra
de los T reinta aos : derrotas de las armas imperiales. Perdidas en el Piamonte. Muerte de R ichelieu. Coida de
O livares.
L A sublevacin de Portugal precis al marques de los Velez apresurar su marcha sobre
Barcelona, apurado por el Conde-duque. La situacin de esta ciudad no era ventajosa:
Espernan, apesar de las vivas instancias de la diputacin y de los ruegos de los pueblos,
no quiso quebrantar el artculo de la capitulacin de Tarragona que le obligaba retirarse
Voluntario de la bandera catalana.
Francia; las fuerzas de la revolucin se reducan a algunos tercios mal organizados por
jefes que no tenan por lo comn la prctica ni el arte de la guerra; y los reveses esperi-
Ti H I S T O R I A DE E S PA A .
( 1 ) S abau : T ablas cronoljicas do la historia de E spaa.
mentados hasta entonces debilitaban el valor natural, que tambin perda mucho de su im-
portancia sin la disciplina, impulsado por un ardor imprudente. Sin embargo, la diputa-
cin resolvi salir al encuentro del ejrcito real al paso del Llobregat, en Martorell, y
orden don Jos Margarit, guerrillero que habia estendido su fama desde las quebradas
del Monserrate, pasase al campo de Tarragona fin de entorpecer su marcha y acometerle
por la espalda oportunamente. En efecto, cuando, vencida por la artillera la resistencia
del pueblo de San Sadurni, se preparaba el marqus atacar a Martorell, supo que el
inmediato Constanti, donde tenia sus hospitales y mas de trescientos prisioneros, habia
sido sorprendido y acuchilladas con inhumano furor la guarnicin y cuatrocientos enfermos
en venganza de las crueldades de Cambrils. Por tan pequeo triunfo se le confia al guer-
rillero la defensa de Martorell y hierve el entusiasmo en Barcelona. Las parroquias, dice
un grave y prolijo historiador (1), gremios, cofradas , conventos y universidades, todos
porfa mostraron el mayor celo por la defensa de la patria , ofrecindose sin reserva
sacrificar su vida y sus intereses por salvarla; y as como se iba juntando la gente, se en-
viaba sin detencin. Compaas de clrigos y frailes armados con el fusil iban con las de
los sastres y zapateros midiendo las fuerzas y el valor por el deseo de conservar sus fueros.
En muy poco tiempo se juntaron mas de tres mil personas de esta condicin que, aunque
armadas de todas armas, no conocian ni el uso de ellas ni tenian sino la apariencia de mi -
litares, y eran mas propias para entorpecer las operaciones y defensa de las fortificaciones
que para ayudarlas. As fu que este refuerzo no impidi que Martorell, atacada ines-
peradamente por un punto descuidado, cayese en poder del ejrcito r eal , que su vez se
veng de la carnicera de Constanti pasando saco y cuchillo los habitantes, sin perdo-
nar edad ni sexo, aunque era el pueblo del marqus. La guarnicin se habia retirado en
orden provocando al vencedor; pero, rota la barrera del Llobregat, no tard este en presen-
tarse delante de la capital.
Vindose Barcelona entregada s misma, al frente de un ejrcito poderoso y con es-
casos medios de resistencia, la diputacin, por consejo de Claris, acord la separacin de Ca-
talua de la obediencia al rey de Espaa, puesto que habia violado sus juramentos, y ent r e-
garse la Francia, con cuyo amparo esperaban conjurar el peligro que les amenazaba. El
consejo de los Ciento aprob esta determinacin que calmara las inquietudes del pueblo, y
solamente los sndicos dlos cabildos y universidades se abstuvieron de votar por no creerse
autorizados para resolucin tan grave. Lo era en efecto: la corte qued como asombrada,
y todas las provincias se alarmaron de un suceso que amenazaba con la disolucin la
monarqua espaola tan trabajosamente constituida tras una lucha de siglos. Con todo, nos-
otros demostraremos luego con el testo del convenio, poco adelante estipulado formal y d e -
finitivamente, que este acontecimiento, hijo de las circunstancias en que el pais se encon-
tr , no merece las agrias censuras y los baldones que otras plumas han arrojado sobre sus
autores.
En su virtud entraron fuerzas francesas en Barcelona, cuya importancia no estaba tanto
en el nmero como en la pericia de sus oficiales, y se organiz la defensa en esta forma: don
Francisco Tamarit, el conceller en cap de la ciudad, y Mr. Plesis obtuvieron el mando supe-
rior de las armas bajo la direccin de un consejo de guerra compuesto por Mr. Serignan,
fray Miguel de Torrellas, Juan de Vergs y Jaime Dami, patricios fogosos; el importante
puesto de Monju se confi Mr. d'Aubigni", y los dems fuertes jefes catalanes y france-
ses en unin; se orden al conceller tercero, que la sazn se hallaba en Tarrasa, bajase
molestar los sitiadores y estorbarles el que se fortificasen; y don Jos Margarit, el guer-
rillero del Monserrate, le encargaron volviese cubrir aquellos pasos para interceptar los
convoyes que el enemigo pudiese recibir y corlarle la retirada, si tal caso llegaba. El
marqus tom posiciones alrededor de la plaza y dio la orden de acometida para el dia 26
de enero de 1641. Bajo su mando estaban Xeli, general de artillera; Garay, gefe respetado
en todo el ejrcito por sus conocimientos; el marqus de Torrecusa, Carlos Carracciolo,
querido de los soldados por su sereno valor; su hijo, el conde, de San Jorje, ante cuya lanza'
haban huido tantos valientes; el irlands Tirn, Quiones y muchos otros olicialcs'dc pun-
donor y bizarra. A su vista un siniestro clamor, parecido al rugido del len que se prepara
la lucha, se levant dla ciudad y aparecieron las murallas coronadas de defensores. La po-
REINADO DE FELIPE IV. 78
Conde.
que quiso en vano con un tesn heroico sostener. Desde la media luna de la puerta de San
Antonio lo acribillaban balazos, y fule preciso abandonar aquella brillante flor de su co-
rona. Sali una partida de mosqueteros perseguirle en combinacin con la caballera de la
plaza, que andaba por las afueras, y consiguieron hacerle vctima de una estratagema.
Retirndose varias veces ante sus ataques, lo llevaron en uno hasta muy cerca de las bat e-
ras de S. Antonio, donde las descargas de la artillera y los mosquetes lo dejaron casi solo.
Enfurecido con la vista de los que huan, se arroj en busca de la muerte y la hall: los
pocos de sus compaeros que no perecieron en aquella terrible lucha consiguieron nica-
mente arrancar su cadver de las manos del enemigo. La noticia de este triunfo entusiasma
los defensores y les inspira confianza suficiente para enviar cerca de dos mil mosqueteros
cscojidos por su valor y agilidad Monju, que pedia soeorros recelando de la actitud amena-
zadora de Torrecusa. En vano quiso impedirse que llegasen su deslino pues, trepando
TOMO iv. 12
pulosa Barcelona se estiende magestuosamente desde las playas del mar por una dilatada
llanura tocando en uno de esos montes completamente aislados de que la geologa cita pocos
ejemplares. Sobre la cumbre de este monte se levanta el terrible fuerte de Monju que, er i -
zado de caones, semeja la boca de una fiera, pronta destrozar la presa que tiene entre