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El Malon Cuentos

El documento narra la historia de Florián Castro, un joven de 23 años que es capturado durante un malón en su rancho. Es llevado cautivo a una toldería indígena, donde sufre maltratos inicialmente pero logra ganarse la confianza de los indígenas. Con la ayuda de una mujer indígena con la que se casa, Florián planea su escape. Luego de una extenuante jornada a pie y a caballo, Florián logra llegar a una laguna, donde queda inconsciente por el agotamiento. Al despertar, desc

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El Malon Cuentos

El documento narra la historia de Florián Castro, un joven de 23 años que es capturado durante un malón en su rancho. Es llevado cautivo a una toldería indígena, donde sufre maltratos inicialmente pero logra ganarse la confianza de los indígenas. Con la ayuda de una mujer indígena con la que se casa, Florián planea su escape. Luego de una extenuante jornada a pie y a caballo, Florián logra llegar a una laguna, donde queda inconsciente por el agotamiento. Al despertar, desc

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(CUENTOS Y ESPAMPAS CAMPERAS)

EL MALON
(Ao 1947)

POLO GODOY ROJO

INDICE

EL CAUTIVO............................................................................... 2 EL MALON ................................................................................. 5 LA CRECIENTE.......................................................................... 7 LA MALA ESTRELLA ............................................................. 10 HIJO DE MI TIERRA ............................................................... 14 LOS FORTINERO DEL CHAAR .......................................... 16 EL PUMA ................................................................................... 19 JUGAR CON FUEGO ............................................................... 20 LA SED ....................................................................................... 24 ESTAMPAS EL ABUELO............................................................................... 28 AGUA CLARA ........................................................................... 31 LOS ULTIMOS DURAZNOS ................................................... 33 LA MADRE ................................................................................ 36

EL CAUTIVO

Era una tarde triste, con humos lejanos y cielo agrisado; ya se iba el sol, y en el pequeo ranchero las mujeres apuraban el asado o la carbonada, en tanto los chicos venan jugando con sus carguitas de lea o arriando unas pocas cabras. Un gallo chilln se desgaitaba en un alarido inacabable; todo era quietud, golpes amortiguados entre las sombras que paso a paso se cerraban. De pronto all, tras la lomita lejana, se oy un temblar afiebrado, un resonar vibrante de la tierra bajo unos cascos que golpeaban enloquecidos. Un grito de terror sacudi todos los labios: El maln, el maln! Pero ya la salvacin era imposible; sin la caballada lista, no podran ganar la sierra, conforme lo haban hecho otras veces; no haba modo de huir. En pocos momentos la poblacin despavorida se hallaba rodeada por un cerco de lanzas agudas, de caballos jadeantes y de gestos adustos y enemigos. Qu vala en ese momento el valor de los pocos hombres? Qu poda influir el medroso llorar de las mujeres y el afligente llanto de los nios?. Uno a uno todos fueron maniatados tras contestar a la pregunta que hacan los indios con su lengua enredada: Yendo con indio, cristiano salvando. No querer indio, indio degollando, sangre bebiendo. Y uno a uno tambin fueron hurgados todos los ranchos y despojados de cuanto de valor o reluciente hallaron. Florin Castro, mozo de veintitrs aos, era de los valientes que haban vendido muy cara su libertad; y ahora, en la noche, fuertemente atado al caballo, con los ojos vendados, iba rumbo a las tolderas, pensando en el destino de los suyos y en lo que a l mismo esperaba. Cuando la indiada detena la marcha y tiraba los prisioneros a tierra, Florin rasguaba la tierra; masticando y oliendo los yuyos, si los haba, poda darse cuenta por qu tierras y con qu rumbo lo llevaban. Y as, andando casi sin descanso, magullado el cuerpo, rendido de fatiga, olvid cunto tiempo haba durado la marcha.

Pero ya estaba ah en la toldera, multitud de curucunchos, cuyo interior era un hervidero de indios, chicos y viejos, semidesnudos, de piel morena, que hablaban gesticulando, comiendo tiras de charqui y bebiendo y bailando como locos. Una angustia indecible le ajust la garganta, y mordindose los labios ataj el grito de desesperacin que naca de su alma. Qu soledad le rodeaba! Qu distancia infinita le separaba de los seres que tanto amaba!. Por un instante sinti el corazn quebrado; pero luego se reanim. Unos indios chicos que vinieron a mirarlo de cerca lo sacaron de sus pensamientos lejanos y lo volvieron a la realidad. Tena los labios secos, partidos, y una gran sed le mortificaba. Como pudo se hizo entender con los curiosos que deseaban agua; unos, dando gritos, le amenazaron, otros bailaban salvajemente, y an quisieron atajar al que se encaminaba al toldo para satisfacer su pedido; volvi en seguida y acompaando el ademn con palabras que Florin no entenda, le alcanz el lquido; se miraron a los ojos y Florin intuy que ese nio haba simpatizado con l y le convendra valerse de esa amistad para ms adelante. Por la tarde cumplieron con la costumbre de desollar manos y pies a los cautivos, y Florin, muerto de dolor y rabia, vi agonizar el primer da de su cautiverio entre los salvajes, y con las primeras fogatas que empezaron a arder en la noche, sinti arder tambin, por encima de su desconsuelo, su valor de mocetn fornido, que a las primeras de cambios habra de jugarse la vida si era necesario, para conseguir la libertad perdida. Todo lo duro que puede imaginarse fueron los primeros tiempos que Florin pas en cautiverio; al dolor fsico, a la imposibilidad de andar se una el hambre y el asco que senta por todo lo que vena de manos indgenas, y el dolor lacerante de su alma que evocaba tiempos pasados en su rancho, pobre, pero tan querido, del que conservaba ya para toda su vida el recuerdo ltimo que estaba entretejido con gritos y ayes, y columnas de humo que se elevaban de los ranchos en llamas. Pero, firme en su propsito, acept cuanto le dieron e hicieron sin que jams ni en su mirada, dejara traslucir sus pensamientos. Porque el indio era desconfiado y muy astuto y sabe leer hasta en los ojos, el pensamiento que incuba una traicin. Florin, reservado en todo, comedido, carioso con el pequeo salvaje que se haba hecho su gran amigo, se gan, al cabo de un tiempo, y cuando ya no extraaba tanto, la primera prueba de confianza que el salvaje da a su cautivo blanco: elegir una china. Quince indias morenas, musculosas, de crenchas despeinadas, le fueron presentadas para que eligiera. Y si su corazn se opuso a hacerlo, prevaleci el deseo de acopiar confianza para ver facilitada su libertad y eligi una. Haba dado gran paso, porque desde entonces ya fu considerado como uno de los propios que poda participar en sus diversiones y en ciertas tareas, como en las correras de avestruces o en el adiestramiento de caballos. Florin se admiraba de los fletes tan diestros y tan giles que sacaban; si eran como plumas de livianos, resistentes y bien tirados de la boca; le

sorprenda las grandes distancias que lo hacan saltar y la resistencia que alcanzaban hacindolos correr por tierras floja. La china result buena y fiel y ayud a Florin a sobrellevar con menores sacrificios sus tristes das. Un atardecer en que estaban sentados junto a su curucuncho, l, dejando vagar su mirada y sus pensamientos, sinti una invasin de queridos recuerdos, que le hicieron estremecer el alma y humedecer los ojos. Ah, su tierra lejana, all bajo aquel cielo que divisaba distante, la vida que perdi la libertad! Sinti ganas de gritar y de atacar, enfurecido, a todos; pero no: ah estaba su fiel compaera, y en ella cifraba ahora toda su vida, y a ella se entreg. Le habl suavemente, explicndole la pena que senta, el dolor que ensombrec a sus das, el gran deseo de volver que constantemente le desvelaba, y termin pidindole le ayudara a escapar. Por leguas le acompa y le dej en el linde de sus dominios. La luna que sala cerca del alba lo hall disparando en potro tordillo que ella misma le dio, y ahora se jugaba el todo por el todo; si haba sido descubierta su fuga en seguida de salir, no morira peleando antes de volver; si le daban tiempo, andara hasta que el animal no diera ms; despus, Dios hara lo dems. Un sol calcinante le abras desde temprano, y an cuando en su andar dio varios descansos a su cabalgadura, que a su impaciencia le parecieron de siglos, lleg un momento en que el potro se aplast de cansancio. Carg los chifles y las bolsitas de charqui y sigui de a pie hacia el rumbo sealado. Corra a ratos como si ya lo fueran a alcanzar, y al mirar luego hacia atrs y comprobar que an no era as, moderaba la marcha y peda a Dios ms aliento para continuar. Su corazn latale agitadamente y tena la cara amoratada y la cabeza le zumbaba como un avispero. Era la sed de su impaciencia que le nublaba la razn; era el ansia sagrada de la libertad ya cercana. Dos veces cay tendido en el clido arenal que atravesaba, extenuados sus miembros por el esfuerzo; otras tantas se levant y continu, dicindose a s mis mo palabras alentadoras: Un poquito ms; all est la vida; un poquito ms La lanza le estorbaba y muchas veces, rendido ya ante su fatiga, la consider innecesaria para defenderse y estuvo a punto de abandonarla, mas se repuso de nuevo y sigui; en todo el horizonte no se vea ms que arena, churquis y espinillos raquticos. Al atardecer, lleno de jbilo, descubri la superficie plateada de una gran laguna. Su china le haba dicho que de all distaba an una larga jornada; pero cuando pes sus fuerzas, todos sus pensamientos se ensombrecieron porque comprendi que as no podra llegar. Estaba rendido. Un cerrado espartillal creca en la misma, y un aire fresco, que aspir con delicia, le salud al llegar; se tir como quiso entre ellos, y ah, en el agua fresca, zambull la cabeza afiebrada; un adormecimiento imposible de evitar fu ganando su cuerpo, y los ojos, an a su pesar se fueron

cerrando; era un bienestar superior a sus ideas que paulatinamente lo fu aniquilando. No supo decir Florin cuanto tiempo estuvo as; slo que entre sueos sinti un agua helada que le corra por el rostro y entre las oladas de viento que silbaba entre los juncos y espartillos, oa confusamente la voz de unos indios; le parec a hallarse atormentado por una gran pesadilla que no le dejaba ordenar las ideas, y cuando, tras un esfuerzo despert totalmente, se di cuenta de que una fuerte lluvia se desencadenaba y que ah, a pocos pasos, los indios en sus caballos inquietos, hablaban y gritaban nerviosamente busc ndole. Sin duda que lo haban seguido por el rastro y estaba ya perdido; tarde o temprano caera, muerto o vivo, en su poder; y Florin se resign a morir. En todo esto pensaba tirado an y tratando de orientar sus ideas desmadejadas, cuando a la luz de un relmpago descubri que ah mismo, a sus pies, cubierta por la maleza, abra su boca una gran cueva; cautelosamente dio vuelta y meti instintivamente la lanza y comprob con gran alegra que se perda totalmente; su nica salvacin estaba en ella; se arrastr sigilosamente, y cuando todo su cuerpo se hubo perdido, con el mayor cuidado cubri de nuevo la entrada. Afuera la tormenta ruga infernalmente; veinte indios enfurecidos pasaron y repasaron un montn de veces por la boca misma de la cueva, y empapados, tras largas consultas, dieron rienda suelta a los pingos hacia otro lado en busca del fugitivo, cuyas huellas la fuerte tormenta haba ayudado a perder. Florin Castro vivi muchos aos y muri creyendo en los milagros.

EL MALON

Por una cuesta ahondada por las ltimas crecientes baj con cuidado al ro, resonando los cascos del caballo al galopar en las piedras. A la orilla de la corriente desmont, quit el freno a su caballo, le afloj la cincha y lo dej que bebiera; mirando correr el agua que se estriaba cristalina en pequeos rombos, qued pensando. Volva de ver sus animalitos, unas pocas vacas y terneros que haba reservado para carne y a los que pronto podra utilizar. El caballo termin de beber, levant la cabeza de repente y amusg las orejas; Fabin mir hacia la barranca esperando que alguien bajara por ella; pero nada. El caballo bebi otros sorbos y qued borbotando agua del hocico.

Fabin estaba intranquilo; todo el da haba andado desmigajando un presentimiento amargo; no saba qu poda ser, pero esperaba un suceso desagradable, bien abierto los ojos y pronto el cuchillo en la cintura. Enfren el caballo, acomod su apero y enseguida subi la barranca por el lado opuesto al que bajara; el sol, ponindose ya, dejaba una gran mancha roja; el ro, abajo, rezaba sosegadamente. Fabin marchaba al tranco en busca de su rancho; ya lo estaran esperando su madre, su mujer e hijito; aquella misma preocupacin que lo haba estado trabajando todo el da fu la que lo hizo dar vuelta la cabeza: all, ms all de la sierrita chica se alzaba una columnita de humo, una pequea cinta azulada que se anudaba al cielo. Le di un golpe el corazn, se le nubl el entendimiento y al tiempo de espolear su caballo, dijo tembloroso: indios ! Oh, era tan conocido! Esa noche estaran all. Lleg a su casa a la oracin; nada dijo; en silencio empez a acomodar sus cosas, a guardar cuanto poda, procurando salvarlo de la furia salvaje que se aproximaba; examin con disimulo las puertas; pero todo esto no escap a la mirada de Mara, su mujer. El tan slo le seal la columna de humo que ya ahumaba el cielo hacia el sur; ella, muda, no atin ms que a persignarse; busc rpidamente a sus pequeos hijos que jugaban y acaricindolos, los sent alrededor de la mesa; prendi la vela de sebo y cenaron con prontitud: un asadito y tortas; rezaron con infinita piedad y tras encomendarse a Dios, la madre fu acostando a sus hijos de uno por uno. La abuela, inocente, con el rosario en manos, pasaba lentamente sus viejas cuentas. As haba llegado la noche, silenciosa, calma, templada; slo a lo lejos se oa llorar algunos perros; Fabin no durmi, con el trabuco en mano, iba y vena, ya midiendo la seguridad de la puerta, ya apegndose a ella procurando percibir ruidos extraos . Ya llegaba el alba, y crea que la indiada poda haber enderezado hacia Punta del Monte, cuando escuch el temblor de la tierra; la desenfrenada furia la hac a resonar como un tambor gigante; aullaron los perros desesperadamente, acobardados, medrosos y se perdieron con sus desgarradores lamentos hacia el pajonal del norte. S, ya llegaban, ya se escuchaba ntido su grito desaforado, hiriente, que penetraba hasta el alma desgarrndola; era clarinada de muerte, el anuncio terrible de horas pobladas de los ms crudos suplicios. Ah, ah, ah! era el alarido ululante, interminable, proferido a todo pulmn y cortado tan slo por los golpes de la mano dados en la boca. Fabin se parapet tras la puerta; Mara y la abuela, despiertas, rezaban sollozantes; los nios lloraban temblando de miedo. Por el techo del casern se oyeron caer las primeras flechas con paja encendida; el rancho poda arder de un momento a otro; pero tan volado estaba el techo, tantos vientos y lluvias lo haban azotado que slo haban quedado las tortas de barro; podra suceder que no prendiera y entonces habra esperanza de salvacin mientras la puerta resistiera. En el corredor mismo sofrenaron sus pingos, que resoplaban sudorosos; ya los gritos enloquecan; los golpes en la puerta, el destrozo que hac an en todo lo que hallaban afuera, la bulla chillona, les llegaba ntida y les estremeca del terror.

Dios los protega hasta ese momento porque el rancho no arda, no arda! Pero un fuerte golpe dado en la puerta sacudi a Fabin, ya calculaba: con un grueso tirante abandonado en el patio, los salvajes intentaban forzarla; era una gruesa puerta, fuerte, resistente, pero no dudaba Fabin que ante semejantes golpes, a la larga aflojara; seguan los golpes rudos, constantes, que cimbraban las paredes y desmoronaban tierra del techo; una de las criaturas estaba desmayada; la madre y la abuela en vano los apretaban cariosamente contra su pecho. El dueo de casa, de pie ante la puerta, esperaba trabuco en mano, decidido a vender cara su vida y la de los suyos; ante un nuevo golpe, cruji la gruesa hoja de algarrobo y se parti medio a medio; otro golpe y salt la mitad hacia adentro; la primera claridad del alba se gan en la pieza y entre alborozados gritos, asom una cabeza, sobre la que, sin vacilar, Fabin descarg su trabuco. Un gemido y un borbolln de sangre, saltaron hacia fuera. Carg de nuevo su arma apresuradamente y asegur la mitad de la hoja con la gruesa tranca. Esper hubo afuera consultas, gritos, discusiones; Fabin, resignado, posedo de un valor sobrenatural, enceguecido, esperaba la carga ltima que terminara con su vida. Pero nadanada Oy luego los pasos livianos que se alejaban; escuch el galopar impetuoso de cincuenta caballos y en seguida vi que la claridad que llegaba del naciente se encenizaba con el polvo que levantaban los que se iban. Sali con precaucin: ah, junto a la puerta, vi un gran charco de sangre; arriba en el techo, humeaban las flechas encendidas que no propagaron el fuego por falta de paja; vi el rastrero de pies descalzos y de cascos giles y oy, ms all del ro, que blanqueaba esa maana con el penacho de sus cortaderas, c mo se perda el galope alocado de cincuenta jinetes, sembrando a su paso el terror y dejando vibrante en el aire, el temblor de su grito interminable que helaba la sangre y estremec a de terror en el alma: Ah, ah, ah, ah, ah!

LA CRECIENTE Corre el ao 1870. El pueblecito est despierto y de sus dos grandes curtiembres, fbricas como ah les llaman, llega intermitente el bullicio del constante faenar. El ro Conlara pasa mansamente por la orilla y les surte del agua que necesitan y a la que hacen llegar por medio de canaletas de cuero, hbilmente construidas, hasta las grandes piletas. Un tupido cortaderal balancea sus penachos blancos, largo a largo en ambas orillas, y en la fina arenisca, levantadas las polleritas de alegres colores, con los pies descalzos, corren las chiquillas alborozadas salpicndose con el agua tan clarita de la corriente.

Por las duras calles de piedras del pueblo, que queda ah no ms, entra una tropa de carretas entre el crujir de coyundas y golpetear de cansadas pezuas, que vuelve del Rosario, adonde han llevado cueros manufacturados para retornar trayendo gneros, comestibles y las mil chucheras que enloquecen a las damas. Detenido el convoy ante el almac n ms fuerte del lugar, el viejo Lzaro, moreno y alto, con la picana en la mano todav a, parado frente a su carreta, divisa hacia el ro y ve, entre las chiquillas que ren y gritan alegremente, a Sarita, la hija de su patrn, la pequea de ocho aos, cuyos cabellos rubios, con el sol del atardecer, brillan divinamente. Lzaro siente un gozo infinito y sin darse cuenta deja caer lgrimas de sus ojos. El no tiene familia porque los indios se han llevado a los que quedaron con vida en tantos malones y desde hace aos trabaja con Levy, gana para vivir y es feliz porque ah tiene un tesoro que le consuela de todos los golpes recibidos: Sarita, la nica hija de su patrn. Al viejo no le importa que le digan de ese hombre que es malo y ambicioso o que no es cristiano o tambin, que se aprovecha de sus trabajadores; l ha tomado tal cario por la criatura que es capaz de soportar todo con tal de no separarse de ella; y goza cuando se le aproxima y le abraza y galopa en sus piernas o cuando tironendole la blanca barba le dice: Otro cuento, abuelito Lzaro. Hace meses que anda de viaje y por fin vuelve a su pueblo ansioso de verla y entregarle el regalito que jams ha dejado de traerle de los viajes que hace frecuentemente. Ahora que est contemplndola cmo juega tan feliz en el ro, quisiera correr y llegar ah al bajo para besarla y entretenerse jugando un momento, olvidado de todo, pero lo detiene el cumplimiento de su deber. Ha bajado ya la tarde cuando concluyen de descargar y es en ese momento, al salir del gran almacn, dispuesto a iniciar la marcha para cruzar el ro y desatar las carretas en el corraln de la fabrica, cuando empieza a soplar un vientecillo que agita los cordeles de las campanitas de la capilla; es un viento fresco y aromado de agua que llega desde el sur, el viento que tras una tormenta por experiencia probada, sobresalta a los vecinos del lugar, pues le anuncia la eminente llegada de una creciente que, ms de una vez, ha logrado escapar del lecho madre. La peonada de la fbrica, terminada la jornada, lo ha cruzado ya de vuelta y viene charlando animadamente, enlazndose a sus risas las de las nias que todava juegan en la arena. En la tarde muerta y desde lejos, empieza a alzarse un sonoro bramar, ronco, continuado, aterrador, que avanza por el ro, creciendo entre el gritero confuso de los que huyen hacia los bordos y lomadas. No hay tiempo para nada apenas si las madres han podido recoger a sus chiquillas. Sarita alcanza a llegar a su casa y oye cmo del pueblo, de la otra banda, mientras llega ya el aluvin que ensordece, todos le gritan a su padre, desesperados: -Dispare, don; gnese pala loma! Dicen que la crece es muy grande!. El, desde la orilla, con seas, le responde negativamente. Y eso que el peligro es ms grande en su casa, levantada en el codo mismo del ro y donde la barranca no alcanza mayor altura.

Cuando su mujer, desesperada ante el peligro, le clama que huyan, l altaneramente, contesta: -Huir? No, mujer; los criollos de todo se asustan. No pasar nada. Sarita quiere llorar impresionada por el gritero angustioso que vuela en el viento; pero hace esfuerzos por creer en su padre y cuando l las manda adentro de las habitaciones y cierra todas las puertas, tiembla y se refugia en brazos de su madre que reza desconsolada. En la otra banda, la capilla se ha llenado de hombres y mujeres que rezan en voz alta, suplicando a su santito milagroso que haga decrecer el caudal que ya en muchas partes desborda. Slo Lzaro permanece en la orilla viendo como las aguas suben minuto a minuto. En el encajonado lecho el agua negra brama entre las piedras y silba por entre las chilcas que se quiebran y aplastan bajo la enorme fuerza. Gruesos rboles de las mrgenes son derribados en un segundo, y arrastrados al medio se suman al turbin. Las grandes olas se levantan y saltan hacia atrs entrechocndose y produciendo un soplo con sonoridad imponente, furiosa, que aterra. Lzaro, mordindose los labios, ve pasar los horcones y ranchos enteros, majadas de cabras y cuanto puede guardar una vivienda campesina: sillas de cuero, cajas, frazadas, lazos Mira hacia la fbrica y ve como el agua, desborda ya, rodea la casa aislando por completo a sus moradores. Tiene una condena muda para su patrn, en los labios apretados y el corazn se le sale por boca de angustia. Piensa en la criatura, en las horas de horror que estar viviendo por culpa de un capricho sin sentido y una desazn inexplicable se apodera de l. No hay salvacin; el agua sube en altura y furia y el viento fro parece traer las sombras de la noche en sus alas hmedas. Lzaro, antes que la noche suba ms, va a tomar una resolucin. Sus viejas piernas lo llevan corriendo hacia la capilla adonde las campanitas suenan a consuelo entre el murmullo de los rezos que apagan un tanto el rumor aterrador del agua. Ah, al primero que encuentra, le dice: -Sarita se est ahogando; aydeme a salvarla! No le atiende; repite a otro el pedido pero todos estn demasiado preocupados en la salvacin propia para pensar en la ajena y nadie le escucha. El debe salvar a su Sarita; no sabe c mo, pero debe hacerlo; ya no siente el cansancio que tantas jornadas le haban amontonado en los huesos; se siente fuerte como cuando era joven y slo la cabeza, esa cabeza de pelos duros que blanquea, no le ayuda, en su turbacin, a dar con la idea salvadora. Vuelve por la calle hacia el ro, desesperado, llorando de impotencia, cuando se acuerda del piquete; da vuelta y corre hacia los cuartos donde descansan y habla con uno de ellos, que parece ser el jefe: -Seor, le dice, hay que salvar a Sarita! Aqul, le mira y cree que ese hombre est perdido o borracho. -Seor, Sarita, la hija del patrn, se est ahogando; dme usted dos hombres y tres caballos papasar a salvarla. -Lhijae don Levy? le contesta por fin, impasible. La mesma; ya les tapa las puertas el agua

-Agrega temblando el viejo. -Y nues que don Levy se haca el juerte? Quiaguante! -El s, tuito lo quiust quiera, pero su hijita no, porques un angelito sin culpa; yo tengo que salvarla. Si usted no miayuda, yo me tirar al ro paver si llego! Estaba plido, estremecido de emocin y las manos tironeaban inconscientes a la barbita blanca. Prendido de la cola de sendos caballos, con riesgo tremendo de sus vidas, tres hombres envueltos en la hmeda oscuridad de la noche, llegaban a la otra orilla, jadeantes y cubiertos de barro. -Abra, abra! Era el grito desesperado que se encenda y apagaba entre el rumor de las olas enfurecidas. Lamentos y gritos se oan adentro, pero la puerta no se habra, por lo que los tres salvadores, prevenidos, procedieron a astillar la puerta con fuertes golpes de hacha. El cuadro que se les present a la luz mortecina de la lmpara que penda del techo, era imponente; entre un montn de cosas que nadaban, trepada sobre la fuerte mesa de algarrobo, estaba la abnegada esposa con su hijita en brazos e inconsciente, aplastado por el peso de su culpa, que juzgaba irreparable, estaba de pie Levy, ya sin accin ninguna, yerto, con el agua que le llegaba al pecho. De la mejor manera que pudieron acomodaron a las vctimas y llevando Lzaro en brazos a Sarita, echaron a nadar hacia unos altos que quedaban en la misma banda, mientras la noche daba un tinte fuertemente trgico al acto. Al otro da, desde ah contemplaban que de lo que haba sido gran fbrica, no quedaba nada, nada y en el pueblo se volva con resignacin a reiniciar la vida. Y doa Sara, vieja ya, con lgrimas en los ojos, nos dec a, ensendonos una medallita de oro que penda de fina cadena:-Y aquella noche misma, entre el agua y las sombras que me sobrecogan de espanto, Lzaro dejaba en mi mano su regalito, que ya esperaba, y que me haca olvidar las horas que estbamos viviendo, mientras llegaba el alba; medallita y cadena que jams se separaron de m.

LA MALA ESTRELLA Tengo pam, que he sufriu lo que nadie en este mundo; cuando nuera por un casual, era que yo mesmo haba ido a buscar otra desgracia; y as he vivu, joven, los noventa y pico que tengo, siempre a ponchazos con la mala suerte y clariando otra vez cuando ya me cruzabahe brazos padejarme morir. As me habl aquella noche don Nacianzeno, un viejo duro y sufrido, que a los noventa y pico, como l deca, era capaz todava de mirar la

vida frente a frente desde la soledad de su pobre rancho. Una amistad firme haba nacido entre nosotros, y siempre que me era posible, llegaba hasta su casa, y ah, sentados en el patio, bajo un viejo algarrobo, escuchando el murmurar del agua cuajada de estrellas de la acequia, sola contarme pasajes de su vida. En este momento recuerdo como si juese ahurita no ms, la forma en que empez la cadenae mis padeceres; ver ust, joven Se qued pensando un momento, chup dos o tres veces su cigarro de chala, y cuando le entregu el mate, pareci alcanzar la palabra o el episodio que andaba buscando en leguas y leguas de recuerdos. Mi haba mandau ese da el finatoe tata, a quin Dios tenga en su santo descanso, a atajar el agua en una represita que tenamos campo arribae nuestra propiedad. Tendra paentonces unos trece aos y ya me senta muy a gusto cuando poda ayudar a tata en taretas dihombre. Viv amos en un ranchito muy cercae la faldae la sierra, junto a mama y a dos hermanas ms chicas que yo, todos contentos y trabajando en una y otra cosa. Tenamos una quintita como no haba otra en unas cuantas leguas a la redonda y dende muchas partes mandaban a buscar empezando por las brevas hasta los duraznos y naranjas que nunca faltaban, ya juera en fruta o en dulces; pero no por eso simagine ust que tuitas eran flores porque hi va andar equivocao, siempre haba el peligroe la indiada que nos atacaba del laue Ro Cuarto y dialgn caudillo alzau que ciba cuando menos lo esperbamos y arreaba con cuanto le caba en gracia. Antese que yo saliera, esa maana, tata sihaba ido a trabajar en una minga en la que haca das ayudaba, de manera que no quedaban ms que las mujeres en la casa. Endilgu mi petizo pal laue la sierra cantando y silbando sin descanso, quas son las criaturas de inocentes, sin pensar en nada, sin miedo a naide. Ataj lagua como mihaba ordenau tata, pero como me parec a poca la que vena, me puse andar sierra arriba, padestapar vertientes y limpiar lacequita y hi me demor ms e la cuenta. Al c ir la tarde bajaba palas casa, paque decirle, aunque con hambre, pero siempre cantando y silbando; ya cuando vena cerca me llam latencin un aullar de perros y alborotoe gallinas que daba miedo. Entr, sin darme cuenta, a pensar zonceras y a imaginar cosas malas, cosas e cuento. Aqu se detuvo como para tomar aliento; despus, al continuar, sus palabras tuvieron un soplo de dolor, de desgarramiento interior, que interrumpa por momentos su encendido relato. Pero no, joven, pami desgracia, tuito era cierto; mi rancho nuestaba, era slo un montn de cenizas. Mi gente tampoco, nuhaba naide, nada. Cmo hara pacontarle lo que sent entonces; era muy hombrecito pero se me aflojaron las lgrimas y entr a llorar a los gritos en esa tarde mortal, en esa tarde tan triste en que hasta los pobrecitos animales, del gran susto, gritaban y disparaban a la yanca. Despus diun buen rato, cuando pude atar ideas, mont a mi petizo y le meti galope en buscae tata. Otra desgracia mesperaba; tampoco haba naidees decir. S haba pero todos haban sido pasaus a degello.

Ju aqul el dolor ms grande y como una vbora juriosa sent revolverse el hambre que llevaba en m. Paqu, me dije, hay quiaguantar y hacerse juerte. Cav una sepultura como Dios me ayud paenterrar a tata y viendo ya que mama nuestaba por ningn lado, despus e despedirme pasiempre del muerto querido, di la media gelta pacasa; pudiera ser, pensaba, que mama haya tenu tiempo padisparar y ande por la sierra. Qu maln ju aqul, Dios mo: Si no qued nada, nada que valiera, ni gente viviente por ah cerca! Sentau cerca del rancho en ruinas, me qued tuita esa noche esperando que volviera si es que sihaba salvau. Pero as lleg lalba y mencontr hecho un hombre, con el corazn lleno esombras y la boca cuajada diamargas palabras. No lo pens mucho, porque ya diantes me pareca que estaba dispuesto phacerlo; jams podra vivir tranquilo pensando que mi madre pudiera estar cautiva; por eso mialegr lidea dir a entregarme a los salvajes. Qu podran hacerme que no valiera el gustoe volver a ver a mi querida madrecita! Mont en mi petizo y llevando a tiro el overitoe tata quihaba quedau escondu en una espesuritael monte, me di enseguir a los salvajes marchando por sobre el rastrero quentuava se vea fresquito phacer lo que naide hubiera hecho. Al atardecer del segundo da ya empec a divisar ms cerca la polvareda, y luego, siempre al galope, les di alcance. Apenitas me vieron se me vinieron al humo; me quitaron el cuchillo y miataron las manos. Estirndome lo que pude, alcanc a ver algunos cautivos, pero por ms quhice, a mama no la distingu. Eran unos doscientos indios que se mov an en la noche y quiban muy apuraus, segn vi por la ligereza con que carniaron unas yeguas que comieron ah no ms diuna sentada. Ju al otro da, cuando bamos cruzando un gran arsenal, donde mi alegre mi suerte: ah, entre los cautivos, media desmayada, iba mama. Y paqu demorar en contarle tantas cosas que pensaba y tantas que pasaron! Cuando estuvimos en la toldera que lhaban levantau entre dos sierritas y donde tuito verdeaba, empez el padecer y empez la esperanza. No le digo? S, mi vida ha su eso: una carrera con la mala estrella! Y as, como era un chico, no mhicieron mucho caso y me dejaron medio descuidau. A veces, dende lejos, alcanzaba a ver a mi mama, pero nunca demostr alegra; ya saba disimular. Alguna vez miacuerdo, la vi apaliada por un indio grandote y clinudo, pero nohice ms que morderme hasta hacer sangrar los labios. Eso diandar sufriendo y hacerlo saber a gritos sihaba acabau pam; haba que tragar calladito tuito lo que viniera. Y as ju como estando en ese campamento inmundo, sin ver ms que tierra y cielo, mhice amigo diun cautivo viejo, que, quin sabe cuntos aos llevara viviendo con ellos y que ni se acordabae pegar la guelta. Mihaba cobrau afecto, y un da en que me preguntaba cosas mas, sealando padone estaba mama, a lo lejos, le dije: Slvela, don, slvela; ust puede hacerlo. Es mi mama!

-Tu mama? El hombre me mir un rato; quin sabe cunto tiempo hara que no deca panada, esa palabra. Despus, sin despegarme la mirada, dijo: -Tihalls capaz diacompaarla? -Y no! contest parecindome quialcanzaba el cielo con la mano. -Diaqu a dos nochestate listo, que si tuito viene bien yo les ayudar a salir. Paqu decirle del gusto que llen a mi corazn. Poder besar a mi madre, poder volver a mi pago!. Me guardar paotra ocasin el relato de nuestra huda; porque aquel hombre, aprovechando que lindiada haba saliu a molinar cumpli su palabra. Ju el caso quun da, despus diunos cuantos meses, entramos de gelta al lugar que tanto habamos queriu. Sihaba puesto vieja mi mama en el tiempoe cautiverio; cuando pudimos hablar, ya sin miedo, le dije lo quihaba pasau y ella me cont despus sus sufrimientos; de las chicas no saba nada y ju en vano tambin cuanto hicimos a la gelta por averiguarlo; algunos vecinos que sihaban salvau disparando, no las haban visto, por lo que coleg, quial nuestar tampoco entre lindiada, habran sido muertas. As me ju quedando solo, pero a la fecha, aunque enferma y envejecidae golpe, tena a mi madre. Trabaj como un hombre entero paalzar el rancho y ganar el pan; pero era intil cuanto hiciera; no bien empezaba a entrar la tarde y tuito se cerraba con sombras, en el silencio mortal no se oa ms que los sollozos y rezos de mi pobre mama. taba de ms que quisiera consolarla. Tambin yo me sentaba hi cerca a pensar zonceras y a lamentarme pam solo, de tal suerte. S mentraba miedo cuando se acercaba la noche, porquempezaba a padecer los mesmos males ya padecidos y l acequia que deca con su agua las mesmas cosas di antes, el vientoe la sierra que volva con el mesmo perjumee sus molles y peperinas, nos enfermaban de recuerdosY mama se dentr a secar Y una noche clarita, con luna redonda y grandota, me dej pasiempre. Sin tener pande mirar, solo en el mundo, me largu a rodar tierra. Y hi viene otro eslabne la cadena que le contar en cualquier nochecita destas. Dijo estas palabras y arroj su pucho que, como un tuco brill en la noche y luego cay desparramando chispas en el suelo. As conclua siempre sus relatos; y mientras yo disimulaba mi emocin, me pareca adivinar en sus ojos que el corazn le estaba pidiendo rienda para llorar como cuando era un nio.

HIJO DE MI TIERRA Era una maana de invierno; cuando el sol empez a bailotear sobre el cerro, Nicasio Castro ya marchaba por el senderito montado en su alazn. Le lata alegremente el corazn y haciendo jugar la lanza, se dejaba ganar por su sueo de gaucho y de patriota: Libertad o muerte. Los pjaros helados saltaban en las ramas desnudas de los rboles y fu una fragancia de hierbas marchitadas la que le llen el corazn con la despedida de su pago. En tanto all en el rancho, sentado en un taco de algarrobo, el hijo, que an no cuenta doce aos, est deshilando las ltimas frases de su padre: -Yo me voy, le haba dicho, que ust es, dende hura, el hombre de la casa. El clarn ha sonau y no hai quedar un criollo que no rumbie a cumplir con su deber. Haca tiempo que me preparaba para ir, por eso es que me vi afilando tantas madrugadas esta media luna! All, atrs desos cerros, muri su agelo, mhijo, mordido por el juego el enemigo no lo llor la madre porque ya no estaba, pero lo acompa hasta su sepultura la bandera azul y blanca ques como decir la madree tuitos los hijos dest tierra. A m me toca esta gelta y estoy contento porque voy a poner el pecho paque ningn intruso venga a pisotear la vieja posesin de mis agelos. Este pedazoe tierra y esta aguada nos viene dende muy lejos y no las perderemos por maulas ni por flojos. Aqu hemos vivido alegres a veces, tristes otras, porque eso es la ley, pero siempre clavaus en la tierra, arando y cosechando a juerza dihoz la espiga pal pan nuestro. Y hura quel peligro llega hemos de perder tuito por confiar en quotros salven lo ques de nosotros. Los panales sihacen y tienen miel porque tuitas las abejas trabajan y a la que no lo hace la matan, por zngano, comprende mhijo? As tambin, lo mismo quiun panal sihace la patria, ques decir el hogar de tuitos, mejor dicho, la madre de tuitos. Y pierda ust cuidau, que mientras corra bajo nuestro cielo ese trapo azul y blanco, ques sagrado, no hay miedo a nada, porque ella es como el brazo que nos ha de guardare todo mal extrao y la que nos da esa juerza que nadie ju capaz de aguantar cuando el caso lleg. Por esa bandera muri su agelo, hura va tras ella su tata, y mientras dure mi ausencia, ust hi ser el hombrecito que cuidare su mama y desta tierra. Y no siolvide, mhijo, la patria est ah, donde le dije, en el pao azul y blanco: ella ser su luz y amparo en todo trance difcil. Despus bes a su familia y parti al galope entonando una vidalita. Pasaron varios das; ausente la madre y la hermana qued solo al cuidado del ranchoy una tarde

Haba estado rociando un pedazo de monte cuando divis a lo lejos una polvareda. Indios! pens primero, pero luego su vista de guila le permiti distinguir los fusiles relucientes; con un escalofro comprendi que eran godos. Adelante ondeaba una bandera que no era azul y blanca; instintivamente fue a buscar su petizo overo para huir; pero lo plant en el acto el recuerdo de las palabras de su tata y ah qued afirmado a un horc n esperando la llegada del grupo. Eran treinta jinetes sudorosos y cubiertos de tierra; al llegar, hicieron varias preguntas al muchacho que contest guardndose muchas palabras. Luego desensillaron y soltaron sus cabalgaduras en el pastizal de una hondonada; enlazaron la vaquita lechera y en seguida chirriaba el asado de un costillar en el fuego. El pequeo dueo tragaba saliva amarga; ya llegara la hora. La noche se acerc y cubri con su oscuridad a todas las cosas de la tierra; un fro glacial apualeaba los cuerpos. La tropa prepar sus ponchos y caronas y de inmediato se tendi bajo el ramadn. En el pequeo rancho y afuera en el patio, cuatro de ellos quedaban de centinelas. -y t, dnde duermes?- le pregunt uno de ellos al muchacho al ver que an no se acostaba. -Ya gu tender mis pilchas bajo ese arbolito noms, dijo sealando un corpulento quebracho que se alzaba en el medio del patio. Ya tena bien pensado lo que hara. Bien pronto la soldadesca cay rendida de sueo. Los centinelas cabeceaban vencidos por sopor mortificante. Y fue en un instante como vbora se arrastr hasta ganar la cuesta, ah embozal el nochero con un torzal cualquier y, muy despacio primero, y a toda furia despus se dirigi hacia la sierra. El bien saba, porque su padre muchas veces haba conversado, que arriba, en la cumbre misma, por razones estratgicas, vigilaba permanentemente todos los pasos cerreros un cuerpo de ejrcito patriota; y recordaba tambin que en ese lugar desamparado se levantaba su bandera, esa bandera que hoy le daba fuerzas para vencer el miedo y que tanto se apegaba en ese instante a su alma que su pao vendito le calentaba el cuerpo, porque no senta fro a pesar de no llevar su poncho ni su viejo sombrerito, ni tampoco le dolan las heridas que le abran las espinas de talas y cardones porque ella milagrosamente se las iba restaando. Retumbaban en los abismos las piedras que se desmoronaban de la angosta senda, pero a l no le importaba nada porque le pareca que Dios lo llevaba tomado de la mano, ya que avanzaba tan rpido y seguro. Clareaba la luna cuando se descolg de su cabalgadura en el rancho que ostentaba la ensea de sus sueos. Y se sinti hombre como quera su padre que fuese, hombre as como lo haba sido su abuelo y, como tal, di, ante los compatriotas admirados, el aviso que lo haba llevado volando a ese sitio. Por el culebreante sendero, treinta prisioneros espaoles marchan lamentando su poca suerte. Adelante, enarbolada por tosca mano, va flameando la bandera azul y blanca; y all, desde el rancho que se divisa al pie de la sierra, un muchachito moreno, con el sombrero en alto le va

dando el adis cariosamente, mientras de sus ojos oscuros resbalan cristalinas lgrimas. Lgrimas de emocin y alegra de un nio argentino que, como tantos, supo cumplir con su deber!

LOS FORTINERO DEL CHAAR Apenas despunt el alba, veinte de los veintitrs soldados de la guarnicin, obedeciendo a rdenes expresas, marcharon al fortn de Las Vizcacheras, distantes veinte leguas al sur. Hasta uno dos o tres das, quedaban slo tres hombres para defender esa avanzada, si bien no se esperaba amenaza alguna ya que la indiada haba sido duramente castigada haca slo muy pocos das. Vicente Arias, Dardo Quiroga y Juan Reyes, eran soldados fuertes y sufridos, que se haban batido valientemente al lado de jefes de renombre. Cuando la tropa se perdi a lo lejos, Juan empez a ensillar su caballo; los dos compaeros, se entretenan alisando sus lanzas mientras fumaban y tomaban mate. -Ya sals, Juan? -Y como si tiha antojau no salir a voz, ir yo a la recorrida. -Y geno, hijo, and noms, dijo Vicente dndose unos tironcitos al bigote. Yo tiacomodar la yerbita paque matis y el churrasquito tambin te lohei poner. No sabs qu pocas ganas tengo ahora dihablar con estos indios condenaus, concluy mientras se levantaba para echar en una bolsita las cosas necesarias para los vicios. -Te comprendo; a m tambin me ha pasado eso; voy con gusto. -Gracias, hermano. Sali al tranco lento de un zainito flaco, casi tocando el suelo con sus largas piernas y en seguida no ms desapareci tras un montecito de algarrobos. -Dardo, dame otro mate, y si tens sueo, tirate noms a dormir. -Vas a montar guardia vos? -Y si no? -Pens que no tendras ganas tampoco. -Ch, nues patanto. En los ojos de Vicente brillaba la picarda. -Yo que vos hubiera ido a cumplir; si te tocaba a vos, porque te queds arrinconau sin salir. Pero todo era broma para Vicente que continuaba con ganas de rerse de algo. -Pobre Juan, lo vis geno y tiaprovechs; qu diras si lo encontrarn algunos desos indios quiandan dejaritaus por el monte? Vicente no contest. -Tan contento questa lo que le falta poco pala licencia! Si nosotros tuviramos una novia como l, nos echaramos paatrs en los entreveros; pero l, ya a vis, como si nada.

Ahora se despint la alegra de la cara de Vicente. -Es cierto, Dardo; estoy arrepentido; a m o a vos, que puede hacernos que los salvajes nos llenen el cuero de agujeros; pero a l no, tens razn, yo deb salir; a m me tocaba esta gelta. Ah noms se levanta, desata el pingo que est bajo los algarrobos, lo acerca a la puerta del rancho y va a sacar las coronas -Quhacs, hermano. Le pregunta Dardo. -Nada; tengo vergenza; lo alcanzar a Juan y lo har volver; ya thi dicho: a m me toca esta campiada. Pero Dardo lo detiene Tarde, hermano; sosiguese; busque los chifles, ponga agua al fuego prepare el asau pal medioda y no despegue el ojoe contrae la sierra ni cierre las orejas; yo gua echar un sueito, quianoche nohi dormu nadita. -Y geno; as ser mi comendante, concluye entre risueo Vicente, volviendo sus matras al lugar de donde las haba retirado. Y mientras Dardo duerme, Vicente hace cuanto se le ha ordenado. El rancho que sirve de fortn se acurruca bajo un viejo chaar de deshilachada corteza. El da es agrisado, invernal y la gruesa nubazn, slo a momentos deja ver el sol, la lomada spera, fuera de algn algarrobo o tala, no tiene ms que piedras y piedras para mostrar. Es una soledad inmensa y desconsoladora la que aprieta el corazn de aquellos hombres que an no se han habituado a mirarla con naturalidad. Y as transcurre el da entre un menester y otro, buscando el agua y la lea, avivando el fuego, asegurando la empalizada, limpiando los viejos fusiles o haciendo cualquier cosa, pero siempre con el odo y el ojo alertas. La lucha con el indio les ha enseado muchas cosas y, entre ellas, la de no confiarse jams, porque de pronto, tras una loma un mdano o una mata de churqui, puede salir silbando la muerte en la spera punta de una flecha. La tarde llega mansamente con su desgranar de horas tristes y desalentadas. Toda la grandiosidad del paisaje, todas las ansias de descanso, todos los recuerdos llegan en este momento y hasta el pecho de los soldados rudos golpean y les dejan los ojos tristes y el corazn inquieto: en ese momento, el mate es ms amigo y es como un abrazo fraternal y tibio que los acerca ms. As sucedi cuando el da estaba concluido, cuando nada lo anunciaba, el tropel indgena reson con furia golpeando sobre las lajas distantes y creci volando en el ululante aullido salvajeQuin sabe de dnde, quin sabe por qu rastrillada secreta haban marchado y ciegos de ira hallaban a su paso el Fortn del Chaar! Dardo y Vicente, como un solo hombre se pusieron de pie y prepararon sus armas; y a esa hora de dos luces vieron llegar quince salvajes rabiosos, anhelantes de tomarse un cruel desquite. Qu dura iba a ser la tenida! Esperanza de afuera no haba ninguna, a no ser la llegada de Juan, que para el caso no vala. Juan! Por la cabeza de los dos hombres cruz la idea de la buena suerte del compaero ausente. Vicente se alegr de que su presentimiento hubiera servido para salvarle; pero ya no haba tiempo para gastar en razonamientos: cerrada la puerta, los indios saltaban afuera en remolinos, la melena sobre los ojos, dando gritos feroces y golpeando con furia la

gruesa tabla que serva de puerta. Los dos, desde adentro, fusil en mano, atisbaban listos para el disparo; y as , al tiro certero, cayeron dos o tres salvajes; y as creci el furor. Fu de un momento para otro que el rancho ardi prendida la paja del techo; la gruesa cumbrera y luego los horcones agarraron fuego de inmediato y todo el rancho fu una llamarada. Cegados y semiasfixiados por el humo, Vicente y Dardo, firmes an, salieron a jugarse la vida; al frente, en delirante algazara, blandiendo sus lanzas, los salvajes prolongaban el goce de su prximo triunfo. Algn nuevo disparo los contena un tanto, pero luego, en grupo, volvan a la carga, no para matar pronto, porque estaba visto que no lo deseaban sino para hacer padecer a los dos blancos. Uno al lado de otro, sudorosos, con la llamarada que les quemaba la espalda, y al frente con los salvajes, amenaza segura de muerte, con palabras entonadas en voz baja se daban aliento y consuelo entre ellos mismos; repetidos lanzazos les haban abierto ya hondas heridas y las ropas destrozadas a puntazos, cubran con sus hilachas aquellos cuerpos que bailoteaban sudorosos, esquivando el golpe postrero que ya llegaba; pero no perdan la esperanza. De acuerdo a la costumbre, al atardecer volva Juan, pensando en su novia y en la dicha cercana, cuando de pronto vi la humareda que lo intranquiliz; ya ms cerca, al doblar un montecito de algarrobos, vi que el fortn arda y que las llamas, como olas deslumbrantes azotaban a uno y otro lado. Calcul de inmediato toda la espantosa tragedia de sus compaeros, y cuando lo divis parapetados defendindose como leones y recordando que todo pedido de auxilio era intil, ya no pens en volver atrs; es ms, espole su flaco matungo y dando muerte a dos indios que le salieron al paso, lleg adonde se hallaban sus compaeros. Todav a tuvieron aliento para darle la mano; pero la fiebre de la muerte les agrandaba los ojos y les pona en los rostros morenos y sudorosos una expresin de locura. Y ah los tres, lanza en mano, sin carga para su armamento, extinguida la muralla de llamas que los protega con terrible calor por la espalda, entre el humo y enloquecedor gritero, y valientemente, sin dejar escapar un ay! c ayeron bajo la furia de las agudas lanzas, roto el corazn, al que jugaron ntegro en tan desigual demanda. Al amanecer, el refuerzo que vena y tropas de paso, dieron con un rancho de cenizas, y ah mismo, a los tres compaeros muertos en cumplimiento del deber. Tal es la historia de Los Fortines del Chaar.

EL PUMA

Van tres noches con sta que salgo a recorrer los sembrados con el propsito de perseguir a las liebres que me los invaden y destruyen; cargo la escopeta y llevo tambin una linterna grande y as, enfocndola, las mato por docenas. Voy solo orillando los surcos; hacia mi derecha queda un bosque espeso de algarrobos, chaares y espinillos; la noche es bastante oscura y silenciosa; desde lejos me llega el rumor del ro. En este momento veo saltar una liebre desde un desplayado, como a unos doscientos metros; me ha dado la impresin de venir huyendo de algo; la enfoco y queda inmvil; hago el disparo y veo c mo pega un salto y cae; apago la luz y sigo avanzando, pues conozco estos cercos desde mi infancia, de manera que no me cuesta hacerlo. Cuando calculo que he llegado, alumbro, y, efectivamente, el animal est muerto. Me inclino para levantarlo, pero al enderezarme, me llevo el susto ms grande de mi vida: dos ojos enormes, de un desconocido poder magntico, se clavan en los mos y me paralizan; enfoco la linterna y descubro un animal enorme, grisceo, que se ha detenido encandilado como a unos cuatro metros desde donde estoy. Comprendo el peligro en que me encuentro, porque, caminando distrado no he cargado la escopeta; el puma, pues se trata de un puma tan grande como jams imagin pudiera hacerlo, enceguecido por la luz, husmea y trata de descubrir qu hay ms all de ella; mueve la cabezota a derecha e izquierda y a momentos se para sobre las patas buscando eludir esa luz que lo ciega. Sosteniendo firme la linterna con una mano, intento cargar la escopeta con la otra y forcejeo intilmente por abrirla; con el consiguiente peligro, vista la inutilidad del esfuerzo, me decido a utilizar la otra mano, pero apenas lo hago, desviada la trayectoria de la luz, la fiera avanza aproximndoseme peligrosamente; guiado por mi instinto retrocedo y cargo con rapidez; pero cuando vuelvo a enfocar ya tengo sobre m al puma; al tiempo que doy un salto hacia atrs hago el disparo. Ya est Resuena el tiro por las barrancas cercanas mas comprendo en seguida que he errado; el animal contina avanzando lentamente, pero, por suerte, al enfocarlo de nuevo, se detiene. Sintiendo cmo me tiembla el pulso, aprovecho esta tregua para poner otro cartucho y cerrar velozmente el arma, y dispuesto a jugarme entero en el disparo, apunto cuidadosamente. Y as quedamos un momento: el puma tratando de localizarme y yo esperando poder hacerle un disparo definitivo a la paleta, oportunidad que no se me presenta. Como no estoy muy lejos de las casas, silbo y grito a

los perros, que son brav simos y que, en numerosas ocasiones, han acreditado su vaqua para empacar pumas; pero ninguno me oye. Ahora, al parecer fastidiado, el animal se da vuelta y sigue por la orilla del sembrado; yo voy tras l, buscando ese momento que ahora anso y sin quitarle la luz de encima. El susto tan grande del primer momento se me ha pasado y camino ahora enfurecido, sin despegarle ojo y pisada a mi enemigo. As recorremos unos trescientos metros, el puma adelante, erguido, musculoso, de brillante pelaje, cimbreante la larga cola terminada en una abultada borla redonda y negra; yo atrs, encarnizado, sudoroso, lista la escopeta. Sin darme cuenta hemos llegado a unas hondas barrancas abiertas por las crecientes en el fondo de mis propiedades y comprendo que si deseo triunfar debo hacerlo antes de que se descuelgue por ah Al darme el flanco, rpidamente apunto a la paleta y tiro pero el puma, feroz, elstico, increblemente elstico, pega media vuelta en el aire con la agilidad de un gato y en vez de largarse por la barranca, marcha de nuevo haca m; me asusto, pero sin despegarle la luz de la linterna empiezo a retroceder. S que no tengo tiempo para cargarla de nuevo; no podra tampoco, porque con los ojos fulgurantes que me ponen los pelos de punta, me tiene vencidoY avanzaavanzalentamente, enorme, monstruoso. Una sombra me nubla el entendimiento y no veo ms que dos luces poderos simas, que me calan hasta los huesos y me hacen seales de la muerte. Siento que entro por ella y estoy fro, fro y aplastado por esos ojos duros, terribles, que me consumen la vida y me dejan vaco. No siento nada, no soy nada, nada veonada ms que dos llamas hirientes, abrasadoras. Me sacudo el polvo; me duele la cabeza y mucho, mucho, la garganta. La escopeta est cada; la linterna, tirada tambin, todava alumbra. No s cmo estoy con vida; poco recuerdo; slo se que al ver avanzar la fiera, he gritado, he gritado como un loco, desesperadamente, a la vez que le amenazaba con la escopeta descargada. Es un milagro. Vuelvo a casa; el aire fresco me reanima, pero voy haciendo girar sin descanso la luz de la linterna, porque de todas partes me parece que ha de surgir la figura imponente, soberbia, del puma que me acaba de perdonar la vida.

JUGAR CON FUEGO Rosario era lo que se llama la flor del pago, morocha, de ojos suaves, sombreados por negras pestaas, labios finos y bien dibujados, tena tambin un cuerpo gracioso que saba lucir con desenvoltura.

No es de extraar entonces que la rondaran en busca de la miel prometida, todos los mozos de unas veinte leguas a la redonda. Cuando Juan, una noche de baile, tras cortejarla mucho tiempo, recogi el si, dicho con vocecita encantadora, fu el hombre ms feliz. Para algo, se dijo, haba ganado la fama de guapo y trabajador que tena y que tan bien completaba su figura de mocetn donoso y fuerte. Y cuando pidi permiso para visitarla, llegaron los momentos prometidos. Al paso de su caballo bajaba en las tardecitas y ya, desde lejos, contra el azul de la sierra, la contemplaba esperndolo bajo los rboles o sentada en el brocal del pozo, siempre adornado su negro pelo con una hermosa flor blanca que se colocaba para darle en el gustoel gusto a l. Ni una discusin ni una nube de celos puso sombras nunca a un amor tan tierno. Pero lleg el da en que Juan, con el propsito de ganar unos pesos ms para apresurar el casamiento, acept el trabajo que le ofrecan en una mina y tuvo que alejarse del lugar. -Vendr todos los meses. Me esperars? Y ella le responda con besos. Al mes volvi con el corazn enfermo, deseoso de verla. Esper impaciente la llegada de la tarde, y al bajar el sol, puso su caballo alazn al tranco en direccin a la casa de Rosario; a mitad de camino se encontr con un conocido: -De gelta? -Yya lo ve. -Pint bien? -Y lindazo, amigo! -Ya veo, le contest el otro, y ya al alejarse, agreg: -Va pall? sealando con el rebenque para el lado de la sierra. -Ni adivino que juera. Y su gozo revent en una risa. -Andese con cuidau, Juancito, que liandan leando el cerco. Quiso volverse para preguntar, pero su amigo, de un azote, haba hecho galopar el caballo y se alejaba. Ms all, al pasar los chaares florecidos, se encontr con unas conocidas que venan en sulky. -Oh, Juancito; de gelta? Y tras el apretn de mano hall la forma de seguir. Pero antes las mujeres hallaron tiempo para decirle: -Rosarito lo espera ya estaba matiando con el Negro. Esto ltimo se lo dijeron de una manera y lo rubricaron con una risa que le hizo dar rabia, y contra su costumbre descarg un fuerte talerazo sobre el brioso alazn. El Negrosi haban querido decirle que se festejaba a su novia l no poda, no deba creerles; si era un pobre infeliz, incapaz de todo, haragn, que viva borracho y sin un centavo en el bolsillo. Se tranquiliz hablndose de esta manera a s mismo, pero cuando lleg, en verdad, ella mateaba con ese hombre. Aunque se haba hecho el propsito de no hablar de eso, al quedar solos, no pudo sufrir: -Y esa visita era paut? Ella se sonroj. Siempre viene; es amigo de la casa

-Ta geno ms vale amigo de la casa y no de la nia de la casa. Quiso disimular, borrar esos celos que le gritaban mil cosas. Ella, a su vez, lo atac : Y qu se piensa ust? Me crees tan infeliz para andar dejndome enamorar por se? Quin no le iba a creer al verla as, agitada, blanqueando un poquito los hermosos ojos; pero todav a continu: -Y despus dice que me quiere? Ust no me quiere, ahora entiendo bien que no me quiere. Las lgrimas llovieron dcilmente y Juan se vi en figurillas para disculparse. A la noche, tras las mil promesas y los besos infinitos, volvi al tranco, alegre, parecindole ms oloroso los yuyos que perfumaban el ambiente. Pero ella sigui jugando. Una tarde, poco despus, volvi El Negro, como siempre, tratando de mejorar su persona con un pauelo blanco, grandote al cuello, pero mostrando su infelicidad desde las alpargatas al sombrero averiado. -Tanto tiempo perdido ya lo lloraban muerto, le dijo entre coqueteos. -Y como ust me dijo aquello, no quise ponerla en compromiso que si por m juera -Y se va a poner a hacer juicio a lo que diga mi tata? Aqu nadie est jugando con fuego; lo que pasa es que a nadie le importa nada de m, concluy Rosario con gran resentimiento. El Negro se agach y dej pasar. -Y l se ju ya? -S, claro que se ju! -Pero, cortaron las relaciones? se atrevi a preguntar. -Cortar? Le parece tan fcil? Aunque uno quiera, no se puede de un da para otro. el Negro, siempre por lo bajo, con voz resignada, slo dijo: -Como ust mihaba prometido -Y ta cansado ya de esperar? En la voz de ella sonaban todas las glorias de sus besos y se abran en flor todos los sueos que prometan sus hermosos ojos. -Cansado? Nunca, Rosarito; si debo esperar toda la vida, esperar a ratos ni quiero otra cosa. Y cuando l se iba a alejar, Rosario le dijo mirndolos ardientemente: -Volver pronto? No tendr miedo? -Volver; cmo podr sufrir! Y ahora deme la flor que tiene en su pelo pallevarla conmigo, pacreer que puedo seguir esperando. Ella se la di y sus ojos hablaron ms que todas las palabras. El Negro tambin crea en ese amor y se prometa mejorar y hacer todo lo posible para cargar con esa prenda. Esa noche en qu cosa no pensaba Si supiera tener mucha plata para ofrecerle; si pudiera sac rselo a Juan de en medio!Pero no, en tanto ella no lo hiciera, tendra que esperar, esperar, aunque su amor por esa mujer creca y lo cegaba de tal manera, que slo pensaba en ella y viva tambin tan slo para ella.

Juan estuvo de vuelta dispuesto a fijar fecha para la boda; como haba llegado a su casa un poco tarde, dej la visita a casa de Rosario para el da siguiente; y esa noche, de acuerdo con algunos amigos, se prepar para ir a la funcin religiosa que se celebraba en la capilla del pueblo. Haba comprado un revlver flamante y con la carga completa, listo ya para partir, lo guard en la cartuchera. Nunca haba usado armas, pero ya que lo haba comprado, se dispuso a lucirlo ante los amigos. Una vez en el pueblo, buenamente bailaron y divirtieron cantando y echando un trago en un lado y otro; entre la algazara de una multitud de creyentes y aprovechados negociantes, ellos iban y venan, dicindoles cosas lindas a las chicas, invitndolas con pastillas y riendo como nios, contagiados tambin por tanta alegra y bullicio. A medianoche iniciaron el retorno; iban cinco, y entre ellos, por llevar el mismo rumbo, marchaba tambin El Negro. A la claridad de la luna, volvan los jinetes y aquella chispa de alcohol se les converta en cantos y chistes que todos festejaban ruidosamente. En eso que iban, Juan se acord de su revlver, al que no haba tocado todav a. -Muchachos, les dijo, tengo un revlver nuevo; ni s qu tal es; acorten la rienda que lo voy a probar. Tres estampidos sacudieron la noche campesina y algunos de los caballos encabritados, hicieron el gozo de sus jinetes parndose en dos patas. -Lindo, hermanohuijaaaa y el grito dispar por el cielo infinito, seguido de otro y otro. -Dale, Juancito. Y Juan no se hizo de rogar. Dos fogonazos brillaron en la noche y nuevamente la algazara festej el susto de las bestias, acompaada de lonjazos y sofrenadas. -Ponele otro, hermano, que sueno lindo tu revolvito e cebas, le gritaban de nuevo. Pero Juan termin con la broma; guardndolo, les dijo: - Me ha quedado una sola bala y la guardo por las dudas. Y otra vez, olvidados de aquellos, entre jarana y jarana, llegaron as hasta el cruce de caminos. Tres se separaron y Juan y El Negro, tomaron por el mismo sendero; hablaban de todo: de los bailes, de las mozas, de los amigos. Juan haba olvidado ya que aquel que iba con l era, o haba pretendido ser su enemigo en amor. El Negro, con cautela, haba sacado de nuevo la conversacin sobre las armas de fuego y de pronto, naturalmente, pudo decir: -Qu lindo revlver si ha trido, Juancito. -Te parece? Tambin es el mejor quihaba. -Lindo, lindo, si yo pudiera me comprara uno igualito. -Yandando en tiempo, dijo Juan. Hubo un silencio, mientras los caballos marchaban a compasadamente, y luego: -Pselo, Juancito, paque tiremos lltima bala a ese bicho-le dijo sealando a una lechuza que alertaba en un poste a la orilla del camino. -Ya que te gustan las armas has de tener gena puntera; a ver, probate.

Si se hubiera fijado cuando entreg el arma, hubiera visto como al Negro le temblaba la mano vacilante, porque en ese momento un solo pensamiento le llenaba enteramente la cabeza: matarlo, matarlo!. Ahora que se acercaba el momento, una excitacin desconocida lo descompona y no lograba sobreponerse. Pero un poquito ms all de sta corajeada cobarde, estaba ella, prometindole toda sus gracias con los ojos, y con los divinos gestos de toda su encantadora persona. Y cuando pens en esto, ya no vacil; no tuvo ms que dar vuelta el cao, de la lechuza que vol chillando sobre su cabeza, a Juan que cay inerte. A medianoche, unos vecinos alarmados ante el galopar furioso de un caballo encontraron al alazn de Juan, ensillado y sin jinete. Siguiendo los rastros dieron con l y con el revlver cado a un costado. Al otro da, en el lugar del hecho, dos milicos rotosos, consultndose y haciendo alarde de grandes pesquisantes ante los vecinos conmovidos, dijeron terminantemente: Suincidio; y al mes, con el fandango ms grande que se recuerda en el pago, Rosarito Montero se casaba con Mximo Carreras, un mocito nuevo, cado de quin sabe de dnde por el pago.

LA SED

Es solemne la calma: las chicharras abrazando las ramas, han quedado en silencio; el sol, como una ascua, parece que va a licuar hasta las piedras; los rboles, achatados por el calor, sueltan sus ramas que se desflecan laxas y botan, de rato en rato, las hojas achicharradas; el cielo es inmenso espejo azul que al medio tiene una tenue mechita blanca: toda la tierra hierve, vida de agua y gruje y se resquebraja en sus entraas. Ni un pjaro, ni una brizna de aire pasa por los rboles. Por la senda culebreante, levantando a su paso un polvo humoso, avanza al trote una vaca famlica, de huesos puntudos y mirada brava, seguida por su cra que bala lastimeramente. El rancho, como un pjaro de alas cadas, all en el alto, espa por los ojos del muchacho que ha tendido una coronilla bajo el ramadn. Adentro, una cabeza blanca, apoyada en dos manos arrugadas, libra agudo combate; piensa; despus, deja caer una mano y achicando los ojos mira hacia afuera, hacia ese campo de luz que enceguece e incendia; y, finalmente, vencido, larga tambin la cabeza. El muchacho, afuera, que ve pasar disparando la vaca, suelta sus palabras lerdas y entonadas: -Padrino, la dej entrar a lazuleja? Puall va. El viejo endereza la cabeza, con los ojos hmedos:

-Dentrar? Pa qu! Que se muera que se muera, repite diciendo esto ltimo como una oracin dolorossima. El muchacho se levanta, se asoma a la puerta y le dice persuasivo: -Padrino, al pobre ternerito, siquiera y arriesga tmidamente: -del cntaro El viejo mata bruscamente la idea que concibi el muchacho: -No faltaba ms; que se muera tambin; no sihan muerto cien? Que se mueran todos, como se han muerto los pjaros, como se estn muriendo los rboles, como nos moriremos nosotros tambin muy pronto. El muchacho, abriendo grande los ojos, mientras siente que el corazn le golpea con un tic-tac de reloj seco, le dice: -Y ahura vendrn, padrino, a llevar ms agua y se enojarn lo que no les damos! Ya rotos los nervios por tanto da de tensin y espera, ante la suposicin del muchacho, el viejo grita enfurecido: -Darles ms? Si ya se la llevaron a toda! No les hi dau en tuitos los das durante ms diun mes? Si quieren agua, quihurguen la tierra! Que caven, que caven! Las manos se le anudan y en el rostro se le ahondan las arrugas. El recuerda Empezaron a secarse las represas, primero; despus sucedi que el agua del arroyo, escassima, no alcanzaba al llegar a las bebidas; y todo era en vano; la lluvia que todo lo hubiera remediado, no llegaba; y no quedaba ms recurso que esperar, siempre esperar. Cuando todas las represas se agotaron, qued slo la de l, ms profunda y sobretodo, ms firme para conservar el agua. Y empezaron a llegar los vecinos a surtirse de ah; era aquello como una romera; los muchachos con sus burros cargados de tarros, los hombres con bordelesas, las mujeres con sus c ntaros que se balanceaban en blandos pachiquil, sostenidos por cuellos firmes, morenos y brillantes. El viejo, da a da, senta crecer el miedo que lo aterraba: se quedara sin agua si no llov a pronto y todo su trabajo de cincuenta aos, sus campos y animales, perdidos ya en gran parte, se perderan en su totalidad para siempre. No haba salvacin posible! Y cuando pensaba en esto, se propona negar el agua; se parara en la puerta de bastidor y nadie pasara, nadie! El agua que haba en la represa era suya y la conservara para s y para los suyos. -Por qu, pensaba, se iba a quedar sin agua y sufrir mil penurias por darle a todos? Pero cuando los vecinos llegaban su conciencia le deca: Es posible negarle una gota de agua a un cristiano? Y les ceda, mansa, buenamente, creyendo en Dios y en la lluvia que dejara caer. Pero as fueron pasando los das, oh, si lo recuerda, y al par que se agotaba el agua, se moran sin remedio sus animales. Ayer por la maana llen bien el cntaro, el cntaro grande que hizo hacer cuando se casaron, con su vieja, que, para suerte de ella, muri el ao anterior. Por la tarde los chicos mugrientos y las mujeres hilachentas, llevaron hasta el barro cuajado de mojarras que quedaban en la represa. Calculaba tener agua para diez das despus El muchacho, desabridamente desde la puerta, le corta el hilo de su pensamiento:

-Padrino, y si vienen ahura a ped agua? El viejo se estremece; es la pregunta que desde hace rato lo est mordiendo de adentro: Si vienen, si vienen -Si vienen? Que lihace! No hay agua! No la llevaron ellos a la ltima, acaso? -Y si quieren de nuestro cntaro? Vuelve a preguntar el muchacho. El viejo ya no puede ms y estalla, indignado consigo mismo, con todo: -Dios mo! Nunca sern tan atrevidos! No les hi dau toda la quhi teniu, nohi dejau morir mis animales para poderles dar esa agita a ellos? Querrn ms todava? Sern tan malos paquererse beber hasta mis lgrimas, hasta mi sangre? Y as, cubierta la cara con las manos, llora, llora de abatimiento, de rabia. El muchacho lo mira asustado y comprende la situacin terrible: morir de sed! Y sin darse cuenta, siente que pesadas lgrimas le resbalan por las mejillas. Y ambos, con sus pensamientos, se hunden en terrible cavilacin. Bajo el ramadn estn agrupados treinta muchachos de todas las edades, desarrapados y sucios, los ojos brillantes y los labios resecos. Su grito es uno, claro, sin variante: Queremos agua! Al escucharlos, el muchacho se asoma a la puerta, mira y vuelve. padrino, le dice, quieren agua. Y luego acercndose ms: No les d, padrinito, quiere? Nos moriremos de sed si nos toman el agua, agrega acongojado. Temblando de ira, se levanta el viejo, dicindole: -No tenga miedo, mhijo y sale, altiva su cabeza blanca, decidido y va a plantarse frente a las visitas. -Qu quieren, ahura? Los ms grandes, le responden: -Agua, agua, que nos morimos de sed! El viejo, plido de rabia, no vacila: -No se lhan llevau a toda? Qu quieren ahura? -El agua de la que ust toma, de esa queremos, le replican todos. El viejo quiere gritar el derecho que tiene ganado en dolor y sufrimiento sobre esa agua que esconde; pero calla, calla, ahora la ira le sacude y le mueve los labios, pero no dice nada; Piensa en tantas cosas! En la vida, en la muerte, en la escopeta cargada que guarda junto a la cama De su frente, caen gruesas gotas de sudor. Finalmente, con violencia, da vuelta y penetra en la habitacin; toma el cntaro, el cntaro querido; vuelve y lo deposita bajo el ramadn, al alcance de las bocas sedientas, de los labios partidos y resecos que se hunden vidamente, mientras los ojos escrutan desconfiados los movimientos posibles del viejo que los mira, descompuesto el rostro y el equilibrio vacilante. Cuando todos se han ido, el silencio queda dueo del rancho. Despus, tmidamente, el muchacho se acerca al cntaro que est en medio de un pequeo charco y exclama con gozo: -Han dejau, padrino, han dejau como paun da entuava! El, nada responde; sigue mudo, sofocada la palabra por el atropello de que ha sido v ctima. Ya no sufre ni llora. En este instante est ciego y slo

deseara que todo ardiera como en el infierno mismo; ya nada le importa de nada. Y as quedan largo rato; el muchacho azorado, arrimado a un poste, mordindose las uas mira alternativamente a su padrino y al campo desolado, por donde se ha perdido ya la procesin de sedientos; y el viejo, sentado, abatido, sin accin para nada, con un ir y venir de pensamientos en la cabeza que se le han calentado como si fuera una caldera. De pronto, prendido de una resolucin, se levanta enrgicamente, toma el cntaro con las dos manos y con todas sus fuerzas, lo hace aicos contra el suelo. Saltan los pedazos de arcilla endurecida y las gotas dispersas humedecen la tierra y las paredes que las sorben con avidez. El muchacho slo atina a decir: -Padrino! Pero l no le deja terminar la frase: -Vaya, traiga su petizo y mndese a cambiar; gnese pala sierra donde halle agua pabeber -Yo solito, y ust? Dice el ahijado que no gana para sustos. -Aqu me quedar. Le responde alzndose arrogante, despeinada la blanca melena sanguinolentos de ira los ojos. -Aqu nac, au hei de morir con los animalitos que quedan, con las plantas. Vyase, le digo; si llueve pronto, gelva y sin, paque. Y aade con ms fuerza: Y no me pregunte ms, oye? -Ta bien, padrino; chame su bendicin. Y alzando nada ms que un freno y una coronilla, con tronco pesado se encamina hacia el campo. El viejo, al verlo partir, quiere gritarle, primero, que vuelva y luego ya decide marcharse tras l. Pero el deseo de que se salve, por una parte, y ese amor desenfrenado que siente por su ranchito, lo retienen inmvil, sin que acierte a nada. Luego, a lo lejos, ya montado en su petizo tostado que es slo un montn de pelos y huesos, ve a su ahijado que se aleja, zangoloteando las piernas sin descanso, perdida la cabeza bajo el sombrero blanco de brin entre un nubarrn de polvo ceniciento que sube al cielo, y donde, olfateando osamentas, vuela plcidamente una nube de chimangos. El viejo, sin poder contenerse, llorando, se gana en su habitacin. Afuera, la tarde, pesadamente, vuela levantando bocanadas asfixiantes; en el monte todo es quietud desconsoladora y en el vaho que la tierra levanta y en toda esa calma mortecina que flota enmadejando a seres y cosas, se eleva como una oracin la splica: Un poquito de agua, por Dios! A la madrugada, mojado hasta los huesos, vuelve el muchacho en su petizo que chapotea alegremente en los charcos del sendero, mientras que mil pjaros parecen saludarlos alegremente. Qu aguacero lindo! Ha llovido toda la noche y las crecientes bajan bramando del lado de la sierra. Nadie podra decir cmo fue que una nube de nada se uni a otra que pasaba como oveja perdida por el cielo y que as fueron agrupndose para formar una tormenta inesperada. Ahora si la vida canta de nuevo y el muchacho que viene al galope, sacndose el sombrero y agitndolo alegremente, saluda a su padrino, que

en el bordo de la represa, llena completamente de agua, con la agilidad de un joven, pala en mano, le abre rpidamente los desages para que no reviente. Y en seguida los dos, olvidados del ayer, estarn mirando por dnde trazarn las primeras melgas.

ESTAMPAS

EL ABUELO

Los rboles aosos, los rboles que plant su tata, cubren totalmente el patio y tapan el rancho; la acequita muere en la puerta misma, donde, bordeada de achiras, mentas y hierbas del pjaro, abre su lanzada la represita. Naci ah y ah piensa morir; su vida consagrada al trabajo va llegando al fin y en este ocaso que no siente, ha encontrado un motivo ms para querer prolongarla indefinidamente en el cario de sus nietos. Verdad que todos en el vecindario le quieren y le llaman cariosamente Abuelo al ver asomar su figura alta y desgarbada en el patio de las casa; pero si a l le halaga ese cario y respeto que inspira, nada puede hacerle olvidar al que le demuestran sus nietecitos: el Negro y la Pancha, flacos y morenitos, hurfanos de padre y que tienen en sus ojos la lucecita inocente de un prematuro dolor que va prendido en ellos. El abuelo que aprendi a leer de joven en la escuela difcil de la vida, siente que su garganta se anuda cuando piensa en ellos, en la orfandad en que quedarn el da que l se vaya. La madre, desde su viudez, ha pensado siempre ms en ella que en sus hijos y ha sido el pobre viejo quien ha debido velar por el cuidado y salud de los pequeos. En esa maana, bajo el nogal frondoso, sentado en su silla de cuero, el abuelo sorbe lentamente el mate que le alcanza sin tregua la Panchita; oye la acequita que sin descanso va llenando la represa y siente que por su frente aletean las mariposas juguetonas y frescas del vientecillo serrano; en el hueco de su mano rugosa, el mate entibia sus pensamientos dichosos: vivir tranquilo en su rancho, oliendo el aroma de las flores y del campo que le trae el aire fresco, y sintiendo cerca, como a dos indefensas palomas, a sus dos nietecitos; en ellos est su vida.

Mientras la Panchita espera que le devuelvan el mate, el Abuelo la mira con ternura; recorre sus manecitas morenas, su pollerita floreada que l le compr cuando pudo vender una vaquita, sus cimpitas negras que le caen airosamente por la espalda; luego ve con sorpresa que en las cuencas de sus ojos estn temblando unas lgrimas. Ella no dice nada; tiene las manos cruzadas adelante y la mirada tendida indefinidamente en mansa actitud de espera. El Abuelo siente un tenaz asalto de dudas y por eso pregunta: -Qu tiene, mhija? La Panchita no puede responder porque su voz est encajada en un sollozo que desde hace rato le est clavando una horqueta de amargura en la garganta; se cubre la cara con las manos y no pudiendo esconder por ms tiempo a su dolor, rompe a sollozar. El Abuelo la mira, piensa y no sabe qu hacer; en vano se pregunta la causa del sufrimiento de su nieta que viene ahora a turbar su tranquilidad. Al entregarle el mate, la toma de un brazo y la acerca; la acaricia con ternura, le acomoda las cimpas , le seca los ojos; y slo cuando los sollozos se van espaciando se atreve a hacer de nuevo la pregunta; ella primero calla, pero luego, con voz entrecortada, dice: -Maana nos v amos, agelito. -Irse, Y pande? pregunta el viejo con angustia. Ella no sabe; la madre lo ha resuelto as y al otro da al alba, partirn en un carro con otros que van a la cosecha; el Abuelo, an oyndola, no cree, pero ya siente el fatal galope de la soledad que vendr, de la ausencia de cantos y risas de su rancho, de sus ojos enormemente abiertos en las noches oscuras. -Irse, Y pande? Se pregunta irritado. Con sus pasos largos y an seguros, airosamente vertical su alta figura, pasa bajo el parral que dora sus racimos al sol y penetra en el rancho, donde su hija prepara ya las maletas. -Ans que te vas? Ella apenas si lo mira y no responde; el Abuelo, temblando, espera la repuesta; como no llega, vuelve a interrogar: -Es cierto que te vas, Parmenia? -S, tata, y me llevo los chicos. El Abuelo no llora porque ya se ha olvidado de hacerlo; pero no puede hablar, no puede decir ese dolor que siente ni ese derecho que tiene ganado por acciones y evidencias a evitar, no la partida de ella, que ya no le importa, sino la de los nios; y, silenciosamente, sale oyendo el chasquear de sus usutas, el revolar de pjaros en las higueras y nogales aosos, y sintiendo en su interior que su alma es apenas un hilo pegado al cuerpo que amenaza cortarse; mira hacia la sierra que a esa hora suele tener verdores inusitados y la encuentra gris y triste; mira ms cerca ah, a su rancho y lo encuentra emponchado de pena, achatado y feo; quiere caminar, quiere irse por los senderos de siempre, donde mil mariposas suelen amenazarlo con sus alas pintadas, pero encuentra cansados sus miembros y desganada su voluntad. Integramente deshecho, apenas si alcanza a llegar a su vieja silla de cuero. Pero el pensamiento es un ala que se ha ido a volar por otros cielos; y hueco, sin

pensamiento ni accin, ah queda, mirando pasar la procesin fnebre de esos das temidos que vendrn. Los zorzales y las mandiocas ignoran la pena del Abuelo y por eso, en el arrollo cercano que est impregnado con el aroma de los cocos y tomillos, hacen retumbar por el bajo la dulzura de sus silbos. As pas el da el pobre Abuelo, y la noche lo encontr perdido en la magnitud de todo un da de llorar para adentro, cortados todos los caminos de su felicidad por la desdicha y alumbrando con ojos turbios la oscuridad del rancho. La noche, vestida de negros nubarrones, llor tambin y el tamborileo de las gotas reson lgubremente en su corazn; al alba, recibi el beso mojado de dolor que le dejaron sus nietos; y luego, por el carril, oy el zarandear del carro y el desganado golpear de un buge y otro; despus, todo l no fu ms que un pensamiento hecho hilo de camino acompandolos sin descanso; y as, tambin l fu por Las Horquetas, por La cruz, por todos los puntos donde, en su lento marchar, llegaran ms tarde o ms temprano. Encerrado en su rancho, triste nido abandonado, el Abuelo, sin otro bien que el mate, pas el da encomendndole a Dios a sus nietecitos. Todo fu aguas y brumas; la sierra, con una amplia vincha blanca, de rato en rato, descolgaba gruesos nubarrones bajos que llenaban todo de niebla, humedeciendo el valle. Brumas afuera y brumas adentro, el Abuelo, en su soledad, no recordaba que en su vida hubiera pasado da ms aciago. Para l, andar con oscuros pensamientos le tapaban la huella, era su liberacin, pero ahora, ni eso. La noche lleg otra vez y trajo con sus sombras desvelados fantasmas que le estuvieron repitiendo incesantemente el nombre de las criaturas queridas. Ah, si ellos volvieran! pensaba. Pero los recordaba tan nios, tan sumisos a su madre que en seguida su idea tena una cruz y su corta vida muchos das menos. A medianoche ces la lluvia y el Abuelo sinti un inexplicable golpe de gozo en el corazn dado con taido de campana sonora. No pudo permanecer ms en su cuja y volvi a prender fuego, a matear y a pitar sin descanso. Lobo, su perro, sacudindose a ratos, se arrimaba a l y luego marchaba hasta la tranquera; era una misma impaciencia, un mismo inexplicable esperar lo que los una esa noche. El bien saba que no tena por qu hacerlo, pero fomentaba esa locura de su corazn que a los setenta aos le daba por florecer en ilusiones como haca tiempo no lo haba sabido hacer. Y se senta ms joven y se vea trabajando para sus nietos, bregando da y noche para hacerlos ms buenos. Tambin as, pensaba, cuando yo me baya, mi alma quedar floreciendo en la palabra siempre agradecida de ellos. Estos dulces pensamientos habanlo hecho olvidar de su soledad e infortunio, cuando Lobo lo sac de su letargo corriendo furiosamente hacia la tranquera. Desde la puerta qued a la espera de la atropellada, pero sta se diluy en fiestas y cordial agasajo; y luego, entre sombras, vi avanzar hacia el rancho a dos figuras tomadas de la mano que al llegar a l, chorreando agua y llenas de fango, cayeron llorando en sus brazos.

El viejo no se atreva a creer en lo que sus ojos vean a esa hora de dos luces, pero viv a su momento ms feliz apretando contra el pecho a sus dos nietecitos y bendeca a Dios por haber inspirado tal desobediencia. En el cielo fulguraba ya el lucero, claro anuncio de un nuevo y luminoso amanecer.

AGUA CLARA

Es la hora triste de la tarde; las sombras y el silencio se pegan al da que ya muere y de las cosas vuela un aire de misterio; el casern, de ruinosa presencia, con el techo derrudo y con su cinturn de quebrachos y algarrobos, parece agazaparse en la sombra vespertina para aguardar el sueo. Las gallinas en el aoso tamarindo, con la cabeza bajo el ala, espan con un ojo, como al descuido, hacia abajo. En el monte cercano algn pjaro se encaja entre las ramas y all, muy lejos, el silbo melanclico de la perdiz quiebra el silencio completo. El estrecho patio que est encerrado por una quincha de jarilla y que comunica con el borroso camino, alberga las sombras de ella y de l, que acaba de llegar del trabajo, cansado y sudoroso. La melancola vive en el lugar y vive tambin en las almas. El silencio llena horas y horas y la amargura inexpresada en veinticinco aos se patentiza en los ojos. De pronto, la mujer, con voz cansada, pregunta: -Hacharon mucho? El, perezosamente, larga las palabras desganadas: - Ta la carga pamaana. Tiene los brazos doloridos y a las piernas las siente flojas; se dice fcil que se ha completado la carga, pero es difcil rendir a los gruesos algarrobos. Con todo, l se siente feliz de decir que puede voltear rboles hasta llenar el carro y despacharlo al pueblo. Flota otra vez el silencio sin que los pensamientos espiguen. Luego, otra vez la voz de ella: -Echarn lagua maana el Ro Seco? Los ojos borrosos quedan mirando la sombra de su interlocutor y ste, levantndose de la silla que ocupa, con voz gruesa, responde: -Al Alba. Los pasos se pierden y ella queda pensando en el hilo de agua que llegar al da siguiente de la sierra; ese hilo de agua, mensajero de su primer amor Agua clara! Los ojos de ella relumbran con llama de juventud y las canas de su cabeza y las arrugas de su rostro apergaminado desaparecen y es otra vez aquella joven bella y llena de sueos primaverales.

El haba echado aquel da el agua a casa de sus padres y ah lo conoci: y lo am; se amaron con un cario claro, as como el agua de la cantante acequita que fue testigo de tanta dicha; y cada vez que l vena recorriendo su curso, volva el motivo para decirse de nuevo las mismas palabras y soar y soaron en hacer su ranchito tibio, alegre, lleno de plantas y flores, todo l un jardn al que le pondran el nombre de Agua Clara. Agua Clara, porque el agita de la sierra les haba trado el dichoso mensaje de amor! Inconscientemente una sonrisa se asienta en su rostro y suea con sus primeros das de casados, con l que era tan bueno, con todos sus proyectos que ya tena principio de realizacin. De pronto, un grito parte la quietud; es un grito largo desaforado, un chillido que pone escalofros en la mdula. Herida por l, cae de su frondoso sueo; la realidad tremenda le ha puesto de nuevo la punta del pual en el alma. Soaban con el primer hijo, como todos los padres, con un amor acendrado. El quera un varn para hacerlo un hombre de campo que administrara, andando el tiempo, las propiedades de Agua Clara, que seran hermosas para esa poca. Ella quera una nia, morenita, preciosa, para que fuera su buena compaera. Y Dios quiso lo primero, pero slo a medias; el nio fu tonto. Desde temprano acus su inferioridad mental que fu patentizndose con el transcurso del tiempo: dificultad para hablar, escaso raciocinio y una risa de idiota perennemente desplegada en el rostro. Su desdicha de madre defraudada no caba ya en su corazn y lloraba da y noche, y desvelndose, lo besaba febrilmente queriendo arrancarle el mal que haba trado. El intentaba consolarla dicindole que el tiempo abra de mejorarlo. Ah, el tiempo! Es remedio peligroso El grito que acababa de desgarrarle el alma, era de su hijo. Volva siempre al oscurecer del campo y llegaba a la casa largando la majada, volteando las gallinas del rbol, castigando los perros y dando chillidos salvajes que helaban la sangre. Al pasar tres aos, Dios les trajo la promesa de otro hijo; y las esperanzas yertas quisieron brotar de nuevo y Agua Clara, an con su dolor presente, sinti aletazos de alegra. Ella oraba fervientemente y l, que antes no crea en nada, le peda a ella le enseara sus rezos y sus esperanzadas rogativas. Fu en vano; el nuevo nio ahond la desesperacin anterior, que poco despus, con la llegada de un tercero, demente tambin, colm la desdicha de los pobres padres. Y desde aquella poca, ella, hecha una sombra ms en la sombra de la noche, all, prxima a ese casern que ayud a construir y que hoy es el s mbolo de la ruina, llora mientras recuerda. Perdida la fe, todo se fu con ella; se borraron las sendas que los comunicaban con los vecinos, pues, todos se fueron alejando. Quedaron pobres, solos, amargados, en ese lugar, que, como una burla, continuaba llamndose Agua Clara. Agua turbia, muy turbia era la que bajaba de la montaa de sus vidas al valle de las almas abatidas! Agua turbia, donde chapoteaban sus tres hijos tontos, llenando de barro y dolor las esperanzas ajadas y ya desvanecidas

Despus, l, abatida su paciencia por la falta de entendimiento y perjuicios que ellos le ocasionaban, fu dejndose llevar; y el corazn de mrtir de la pobre madre tuvo que llevar una cruz ms. Al comprobar sus diabluras, cuando poda darles alcance, les daba latigazos brutales, en medio de gritos y llantos desesperados. Y ella se esconda para dejar que su corazn estrujara a tanto cruel dolor! Se seca ahora sus lgrimas y contempla el cielo que tiene unas estrellas grandes y hermosas. Queda exttica, perdida en ellas y cuando se recobra, comprende el bien que hace mirar hacia arriba. Observa a su alrededor y ve en la puerta de la cocina dibujados los bultos de sus tres hijos. Han quedado callados y estn esperando su pedazo de torta y su leche de chiva para irse a dormir. Por el caminito llega l del monte, cierra la tranquera y se acerca a ella:- Haga limpiar lacequita e la represa maana temprano, le dice y sale de nuevo. La pobre vieja, entre el silencio, cae nuevamente deslumbrada por el pensamiento del agua que llegar al otro da al alba. Agua Clara, perfumada y cantante, igual que en otros tiempos! Promesa de das felices que nunca llegaron! Amargura de tantos das idos que la han gastado por dentro y la han dejado seca, sin otro bien que sus lgrimas y sus hijos infortunados. La noche oscura la rodea; desde lejos llega el aullido de un zorro y las gallinas se inquietan medrosas. Sobre Agua Clara cruza una sombra ms densa de infortunio y la ruina y el misterio reinan en el casern y en los ojos doloridos de los seres que lo habitan. A tientas, con el nombre de Dios en los labios, se dirige al interior de la habitacin en busca de su rosario de cuentas gastadas; va en seguida hacia la cocina, da el alimento a sus hijos y luego, el murmullo de su rosario, angustiado, sollozante, se oye en la noche, en esa noche de misterio doloroso que aletea como un cuervo negro sobre la soledad de Agua Clara.

LOS ULTIMOS DURAZNOS

La sierra, en la noche, parece el lomo negro de un gigante impasible. El carro avanza lentamente desgranando con sus llantas las piedras del camino entre los secos golpes de los bujes gastados y rayos crujientes. El chasquido de un azote que resuena a lo lejos, junto al tintinear de cadenas y el traquetear acompasado de los cascos de las mulas, despiertan el silencio de la noche serrana.

Por el hueco de un ventanuco, all a lo lejos, asoma la lumbre que ubica al rancho en lo alto de la quebrada. Los dos viejecitos dominados por esa calma profunda, tambin callan y parecen soar; l, saca su vieja tabaquera, separa dos hojitas de chala ya cortada y le pasa una a ella; diestros en la armada, arde luego en sus bocas la punta roja de los dos cigarros. Callan siempre; ahora cruzan el arroyo que levanta de su agita divina, un murmullo que es msica de leyenda o de historia inmortal. Por su cauce corre pegada el agua una corriente de aire aromtico que azota las guedejas blancas de la viejecita y que le infla los pulmones a l al aspirar con fruic in deliciosa. Las mulas, maosamente, animadas a grito leve y a chasquido de pico y lengua, suben el repecho. La oscuridad de la noche se ilumina ahora con las palabras de l: Viejo:(Sesenta y tantos aos de penurias y achaques; vida miseranda y esperanza dispersa en los tres hilos de todos los carriles falderos; si el que va parriba la trajo un da, el que cae al valle muy pronto se la llev.) Va cansada la zaina. Vieja: (De aos no menos que l; tal vez con menos esperanzas siempre, sufrida en el trabajo y buena, buena como la torta que sus manos ha amasado en miles de das; su voz helada en muchos inviernos, apenas si responde): La pobre Y siguen gachos bajo su toldo, haciendo brillar de a ratos la brasa de los puchos. El carro, adentro, est impregnado de olor a duraznos. Viejo (Con pena): El ltimo viaje; y ahura? (La respuesta se queda en la noche hasta que ella la engancha y trae hecha palabras la idea). Vieja: Todos los aos se acabaron los duraznos y siempre nos preguntamos lo mismo; hasta hoy nada falt en el rancho; Dios no falta a sus hijos (suspira). Los aos que se fueron le han enseado al viejo a dudar un poco de la providencia y creer ms en la fuerza de su brazo y en el acierto de sus disposiciones. Mas los aos que se acaban lo impulsan a creer en El; y su corazn, por ello, se balancea dudando amargamente. Viejo: Diosas es, no falta a sus hijos; pasaremos el invierno que viene, recogeremos otra vez los duraznitos de esa gerta que parece e virt y a los cuatro vientos desparramaremos la frutasiempre en el mismo carro siempre con las mismas mulas todo igual, s lo nosotros Vieja: (En voz baja): Un poquito ms viejos pero siempre juntos; si estando juntitos a lo mejor la muerte Viejo (Burln): Nos deja pasemilla quiantojo! Quedan algunos hijos que son la continuacin de la hebra, entonces, qu importa que nos lleve! Vieja (Resignadamente triste): Ah, los hijos! Siempre ingratos! Si alguno siquiera se acordara de nosotros no tendramos necesidad de andar das y das pajuntar unas monedas! Viejo: Y todava piensa en que puedan volver? Cuando a m me vienen esas ideas las descuartizo por ridculas. Ayuda de los hijos, paque? Pensemos ms bien en nuestra quintita e duraznos y roguemos a Dios que no nos d un mal ao pa poder seguir ganando el pan nuestro. Despusandar? Que importa! A lo mejor, si

nos cerrara tuitos los carriles pa no dejarnos salir, moriramos de pena como pobres calandrias enjauladas. Vieja: Siempre pienso que algn da se acordarn de nosotros y vendrn y entonces Viejo (Vencido por la fuerte idea de ella): Podremos dar gracias a Dios y a la vida. Ah, los hijos ausentes, cmo estarn de cambiados! El silencio cae pesadamente de nuevo y les sella las bocas; las mulas, tomando olor a la querencia, sobreponen su porfa el cansancio y alargan y apuran el paso; los ejes secos chirran de vez en cuando y el golpeteo de las ruedas resuena a lo lejos como si bajara de la montaa una tropa de carros gigantescos. El, cuando se acuerda, tira con sus manos curtidas los duros torzales que le sirven de rienda. Va pensando en la flor del duraznero a la que sola compararla con sus gurises de entonces. Hoy que las viejas plantas estn a punto de secarse, tambin aquella esperanza, aquella flor que esperaba ver abrirse, poco a poco se fu secando sin cuajar. En el presente son ptalos diseminados en muchos aos de los que apenas se acuerda. Ella, de su madeja de sueos, hila y deshila pensamientos, los que se hacen a veces cristal de lgrimas. Los rboles aosos de la huerta levantan ya sus ponchos de sombras; las mulas descuelgan, tras el repecho, el pequeo cuesta abajo y jadeantes, llegan. El ranchito, sin una luz, se adormece bajo un algarrobo gigante. La voz de ella, ahogndose en la esperanza, slo puede musitar: nada! El, acoge la palabra de ella y como en un abismo infinito la deja caer y, al derrumbarse, le va repitiendo dolorosa, amargamente: nadanada! Trabajosamente, con los miembros adormecidos, bajan y son recibidos por el fiel Cacique que los enloquece a fiestas y aullidos; y mientras l, con mano incierta desprende y desata cadenas y collares, ella se encamina en busca del mechero. Los dos estn suspendidos de la misma idea que es la misma esperanza escondida que abrigan desde hace mucho tiempo: que al retorno, algn da, un hijo los espere con la lumbre encendida. Pero hoy no fu, como no haba sido tampoco anteriormente; esperarn maana, pasado y siempre, mientras siga nevando tiempo en sus cabezas; y muy solos, silenciosamente, seguirn pensando en lo que sera el futuro y en la fuerza que adquiriran para volar las alas envejecidas de sus almas si uno solo de aquellos ingratos volviera. Porque ellos piensan que los ltimos duraznos, los ms ric os y jugosos, tendrn que ser, seguramente, aquellos que cortan las manos de sus hijos.

LA MADRE

Esta dormido el rancho y estn dormidos los ruidos del diario faenar; slo del corral de vez en cuando, llega el balar desesperado de una cabra o el sonoro tintinear del cencerro; un airecillo liviano, una ala, se astilla en las pajas del alero y silba nostlgicamente: nostalgias milenarias de la sierra que exhala suspiros por el valle Adentro, en el rancho, la llama de una vela se debate en luminosas contorsiones y temblante se pega a las cuatro paredes; hay dos camitas; una ms tendida en el suelo, las sillas de cuero, el aparador de rsticos cajones, la mesa de macizo algarrobo Como un ngel, vela una mujer, la exaltacin suprema del amor, la santsima Madre! Tiene hmedos los ojos y secos, resecos los labios salados; apretadas las manos entre s, sombreado de preocupacin el rostro an joven, siente cmo afuera se agranda la soledad y adentro la tristeza. Cuando escapa de su pensamiento que la ata profundamente, mira con ojo piadosos a sus nios que duermen inocentes. Sus cinco pobres nios! En una tarde cercana, una tarde sombra con nubarrones y vientos alocados, los pocos vecinos de su rancho les llevaron el padre para siempre; lo llevaron al bajo, a la centenaria villa que se aroma de romeros y eucaliptos que suea con hechos del pasado. Y ah quedaron esperando en vano su retorno, acurrucados al lado de su madre, ms pequeitos an ante el infortunio, cobardes, sollozantes. Ella recuerda ahora todo aquello y [Link] duros fueron los primeros das! Cunta soledad y abatimiento! Cunta impericia para el manejo de las riendas hogareas! Caterva de pensamientos indefinidos la llevan fluctuante por el aire; y en su desolacin no hallaba consuelo ni asidero alguno que le permitiera afrontar la gran lucha que, impensadamente, hoy trababa con la vida. Todo cuanto lo rodeaba le hablaba de l y cuando intentaba hacer se quebraba de pie ante sentimientos que le tean de negro la vida del futuro, obligndola a marchar a tientas; los nios igual; todas eran penas, lgrimas, miserias, lamentaciones; cunto sufrimiento, cunto llanto convulso! Y en ese cuadro de lanzas inquebrantables de dolor y evocacin que la heran desde todos los ngulos, muy rara vez hallaba en s el punto luminoso que la orientaba; pero era tan fugaz, que luego desvanecida y puesto en cruz su ruego y su esperanza, caa, caa en la ineptitud y en la nada; y entonces no saba ms que besar a sus hijos y rogar a Dios la hiciera fuerte para evitar aquello que todos le aconsejaban: dar a algunos de sus hijos! Pero la miseria la aplastaba y vacilante, vencida, al fin haba consentido sin protestas.

Pasa ahora sus manos morenas y speras por el renegrido cabello y sus ojos se dilatan involuntariamente no recuerda, no sabe de donde fluyeron a su cabeza ni a su corazn tantas fuerzas el da que quisieron llevarle el ms pequeo. Por primera vez despus de la muerte de su esposo, cuando ya en la tarde desfalleciente brazos extraos le arrancaban al hijo amado, sinti que sus pies se afirmaban en tierra y vivi el rancho fuerte y capaz de aguantar a las ms furiosas tempestades, asentado en el barro que amasaron las manos laboriosas de l y de ella misma; mir la majadita de cabras que pastaba en un alto; mir el carro dormido bajo el algarrobo, la tropillita de mula; y vi por vez primera en forma clara a los hijos de sus entraas, esas criaturas tan queridas por l; y un galopar furibundo de nuevos pensamientos pas como un hurac n por su cerebro se sinti cambiada de inmediato, fuerte, invencible y como elevada a una torre inalcanzable que le permita ver todo con serenidad y nitidez. Y ese nio que ya se le iba en brazos ajenos, qued a su lado y se amamant en su pecho, que es decir un troje propio, en espiga labrada y segada en propia tierra; y, desde entonces, a todos los dems los sinti ms suyos y en su amor materno, que como un fuego le funda las claudicaciones, encontr fuerzas para la accin y carriles luminosos se abrieron donde antes espantaban las brumas. Ahora, aunque siempre llora y siente en su rancho negros aleteos de tristeza, se siente feliz y fuerte para la diaria lucha. Cuida una vez ms de que sus hijos estn bien tapados, dice su acostumbrada oracin y luego sopla la vela. En la noche todo duerme, menos la acequita que en los raigones del sauce sigue repitiendo su sonoro murmullo. Mientras la hija mayor atiende en el rancho a los pequeos, ella y su muchacho, el ms grande, aran y siembran la tierra prdiga; las usutas trazan su caminito de ida y vuelta entre los surcos y la reja reluciente, bajo la mano firme de ella, ms brilla mientras ms se gasta; y ese varn que ve por los ojos de la madre, no titubea ni claudica jams y van sembrando y cosechando de potrero en potrero; nada duerme; el carro baja de las quebradas crujiendo el peso de las ramas astilladas y la majada se reproduce y alcanza para cubrir las necesidades diarias; los trojes se hinchan y las pilcas y el alambrado avanzan. Dios bendice la tierra! La madre ha cubierto su debilidad ingnita, su dolor siempre renovado, con una coraza de trabajo noble e hidalgo. Y nadie ya logra hacerla descansar: -Mama, dende maana yo y el Quencho hemos diarar y sembrar solos. Y ella dice: -Y yo podra estarme aqu en el rancho escarmenando lana? No, mhijo. Dende quen mi frente asent el sol y en mi dolor una esperanza viv paesto: paustedes y pala tierra! Y a la vuelta cotidiana, el atardecer, speras las menos terrosas, regocijando la mirada en los predios palpitantes y floridos en la sierra que se gana en el alma y la embelesa, se acercan al rancho y reciben el cario de los pequeos que esperan:

-Mamita, mamita! y ella les besa y les entrega los frutos maduros o el pichoncito o el nido solicitado. Y cada da que pasa acrece un punto ms su esperanza en el crecimiento de sus hijos y en la heredada aspiracin que los alienta. Ha ganado el rancho en hermosura y lo cubren las plantas y lo alegran con su trino incansable los mejores cantores serranos; las aguas de la acequia se arremolinan en los gruesos raigones de los viejos sauces y pasan cantando hacia el bajo. Arrancan de esta heredad caminos hacia todos los rumbos y por ellos va y viene el producto del trabajo honrado. La viejecita de canas muy blancas tiene lleno de paz y serenidad el corazn. Las manos, antes firmes en la mancera y en la rienda, hoy parecen de seda y ms se afinan y abrillantan en el silencioso manejo del huso y de la suave lana. La mirada antes brillante y decidida, hoy tiene un velo de dulce mansedumbre. En el valle, en esa quietud que hoy la embriaga, supo el precio de la vida y conoci el gusto de poder pagarlo con esfuerzo propio: amor, trabajo y constancia. Ahora slo espera morir y comprueba con ntima satisfaccin que nada debe a nadie, que sus hijos son lo que representan merced a ella y que todos la quieren y la respetan; ve, al fin, coronada su obra y le place mirar esos senderos que en maanas y atardeceres ahondan sus nietecitos que, a galope tendido en sus bien enjaezados petizos, llegan a saludarla, a pedir su bendicin y a escuchar sus cuentos: Y el nico punto en que no debe intervenir la abuela en misin conciliatoria, es en aquel que elige al cuento de la madre pobre que no quiso dar a ninguno de sus hijos como el mejor de todos los que sus labios cuentan.

*** FIN ***

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