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Poesía de Osvaldo Aguirre: Trabajo y Vida

El documento presenta varios poemas cortos que describen escenas rurales en Argentina. En el primer poema, se describe un paraíso natural que fue destruido por el fuego. En el segundo poema, se mencionan perros galgos en un pueblo. En el tercer poema, se habla de un auto que se acerca durante una tormenta.

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Poesía de Osvaldo Aguirre: Trabajo y Vida

El documento presenta varios poemas cortos que describen escenas rurales en Argentina. En el primer poema, se describe un paraíso natural que fue destruido por el fuego. En el segundo poema, se mencionan perros galgos en un pueblo. En el tercer poema, se habla de un auto que se acerca durante una tormenta.

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Osvaldo Aguirre

LAS VUELTAS DEL CAMINO


Presente edicin: Febrero 2013 Diseo de Portada: Mara Fernada Katz Primera edicin: Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 1992.

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Osvaldo Aguirre

LAS VUELTAS DEL CAMINO

LAS VUELTAS DEL CAMINO

A mis padres

La poesa es un camino Beatriz Vallejos

VISIN DEL PARASO Aqu te vi, en la tierra pura, en la tierra desnuda. Juan L. Ortiz

El viento, la piedra, el agua, se juntaron para desgracia: vean al paraso, ah, acostado. Sacaron las races, plidos tentculos: races, no flores. Entre que los hombres buscaron las sogas, en el lo de monturas, bolsas y herramientas, y las trenzaron, fuerte, entre que probaron,

al pedo, con el rastrojero y los chicos, a un grito, vinieron de la cocina, uno a pasitos rpidos y cortos pesaba la garrafa-, el otro como tiro, con pava, yerba y calabaza, entre que tomaron unos mates, de parados, y sacaron del galpn al massey, entre que tron y tron, sellando el suelo con el gastado dibujo de los neumticos, y salieron las races, los plidos tentculos, cay la tarde: como avergonzada, de luto, todava, las nubes lejanas. Sobre el pasto, tupido y pesado, y las ortigas que, de no esquivar,

pican peor que espinas, el hongo descubre, perlado por alguna mota de barro, su luminoso sombrero, haciendo pie en la bosta que lo abona. Relumbran en el matorral abigarrado, de perfecta acstica para el canto de escuerzos y sapos, el hongo y la flor, lila, del cardo largo, largo, flaaaco. Al paraso, bah, la lluvia le resbala. Qued partido, apartado del camino. Los perros, toreando como locos, algo maliciaron: el Cul, el Timbre, el Leal y el Qudice.

Las casuarinas anidan seguras en la tierra: afirman sus races ac y all. As la torcaza bate sus plumas contra la paja que la acoraza. Se ofrecen compaa, todas, en una danza sosa de hojas, se dan charla, en un susurro de hojas en danza. No hay viento que tumbe esa charla, ni tormenta que perturbe esa charla. El carpintero, que sabe, hace all su agujero. En una margen y otra de la huella se plantan, en hilera. Cada una vela por la otra, expira el aire que otra espera,

mir, mir... ...ah, acostado. Los perros, toreando como locos, algo maliciaron: races, no flores.

Zumban como moscas, quitando hojas, gajos y ramas, rotando en torno al tronco sacudido por espasmos: como moscas, trozando con filo ensaado esa carroa arrancada de cuajo. Migra, enloquecida, una colonia de hormigas. Zumban, en el aire descompuesto, no por la vaca que bostea y bostea, empastada quizs, o brucelosa, no por la osamenta que blanquea, pelada y lustrosa; zumban al impulso de manos curtidas, empuando el basto mango,

en torno al tronco sacudido por espasmos, envuelto en un turbio sudario de hojas, gajos y ramas.

Esa llovizna en que se desgrana la corteza acortina el paso enloquecido de las viajeras. Es de un rojo claro el lquido que cae de la botella inclinada. Emparvaron las hojas, el cajn del canario muerto, unas botas. La cubierta del For, una bata, el mantel apolillado, chala. Latas, una dentadura postiza, alpargatas mojadas. Emparvaron los gajos, las ramas del paraso despenado. Contra el spero borde

de la cajita que la contena, un dedo en la cabeza y otro en la varilla de cartn, se parte en dos la cerilla. De una botella de litro cae un lquido, no vino, y colorea de rojo las botas, el cajn, las hojas. El neumtico en llamas despide tal baranda que hace falta taparse la nariz y la boca con el pauelo o las manos: baranda de pozo ciego, de resumidero, de muerto expuesto al fuego. En comba, la mano resguarda la sbita, minscula llama de la cerilla, tercera

o cuarta. Lea de paraso: mejor fuego prende que chala o tala verde. Junto a la fogata, que crece sin cesar, es un infierno: no se puede estar.

Un sapo, salido de la zanja, detiene, no bien siente el calor, su marcha. Es un infierno que crece: mejor fuego prende que chala o tala verde. No se puede, uno, dos saltos y el sapo est, fresco, en su charco.

El viento, desmintiendo al pronstico, que impuso silencio, al ser anunciado, de un modo lento y enftico, por la radio, ha vuelto. Una pedrea de punzantes astillas, un repentino tronar de chispas, despedidas por la rama que retuerce, parte y absorbe la llama, hacen que el sapo, asustado, se quede quietito bajo la pala. El pronstico del tiempo, anunciado de un modo enftico y pausado, al cierre del noticiero para mayor suspenso, levant una polvareda de burlones, descredos

comentarios: volviendo, los confirma el viento.

La brasa, que el viento aleja del fuego y regresa. pierde, en esa idivuelta, color y cuero. No se mueve, as la iguana se da por muerta, panza arriba, tiesa. En la parra el viento roba una brizna de paja al nido del palillero, a ras del suelo barre y deshace las brasas. An descubierto, acaso queriendo despistar, el sapo se queda quieto y en fin, paf, liga un escobazo. Bueno: uno, dos saltos y est, tranquilo, en su charco,

Guarecido de la tormenta del fuego bajo la hoja de hierro, el sapo, como si nada, cierra sus ojazos. Por encima de la parva titila una lumbre de lucirnagas rojizas. Al ser retirada, de la pared de su descanso, para buscar, acaso, alguna brasa que el viento hace rodar y aleja, la pala descubre, contra el fondo del camino, donde qued el paraso, en un aparte, el verde lomo del sapo: ni se mueve.

El paraso qued partido y acostado ah, en un desvo del camino. Sacaron las races y las hojas y los gajos y las ramas; trozaron el tronco arrancado de cuajo. En una parva de trastos y basuras le dieron fuego al despenado por el viento que, contra lo anunciado, ha vuelto, o por el rayo, tras apuntar el refusilo, o por el diluvio, fugaz, de granizo. Tierra y ceniza hicieron una masa griscea y tibia, mortaja, o materia nutricia de una fuerza, por ahora,

escondida.

PUEBLO DE PERROS GALGOS

1. En el boliche de ramos generales, con altas estanteras de madera pegadas a la pared, semivacas, y varias mesas, todos fuman, mientras juegan y se conversan, provocndose, o muestran el atado, abultando el bolsillo de la camisa o junto a los vasos, a un costado del mantelito donde alzan y lanzan los naipes ah, pero no quedan, me asegura el patrn, cigarros: slo el diario, que pasa y pasa de mano en mano. Por la vereda de la sombra, una perra sigue, haciendo fiestas, la marcha del amo. Sobre las vas, donde pastan tranquilas unas vacas, olvidaron,

hace das, un convoy; torcido y polvoriento, a un lado del paso a nivel, el cartel dice todava bien claro: pare, mire, CUIDADO.

2. No bien qued, de frente a frente, el tendal de luces verdes, rojas, amarillas, azules, armada la tarima con tablones gruesos y una lona negra y rada, para el nmero de los artistas, la avenida, bah, ese tiro de tres cuadras entre la plaza de secuestros y escondidas y la playa de bolsas hombreadas y galpones con gatos de caseros, no eran, no, las mismas: a la tardecita ya, les daba vergenza salir con reposeras y sillas a la vereda, a ver el casi al paso de camionetas cargadas de chiquilines, el ir y venir de toda la familia

en auto, mientras la msica por un par de altoparlantes y las luces verdes, rojas, azules, de las bombitas, amarillas.

3. Al final, deca alguien por decir algo, no llovi nada: con la falta que hace el agua. Sali sin halo la luna llena, limpi el cielo, no llovi, en fin, nada. Y al rato, el sonido noms de los pocillos en bandeja desde la cocina, humeantes para que la vigilia, o retirados, ya fros y con restos de azcar, junto a cucharitas y ceniceros repletos de colillas y saquitos de t, el chisporroteo de la cera al arder, en enormes candelabros, medio torcidas, las velas. Al final, deca alguien por decir algo, con la falta

que hace el agua.

4. Sobre la ltima calle, va muerta, que abre una capilla desamparada en la cuadra balda y cierra, en el pleno campo de la otra punta, el cementerio, frente a una playa natural de estacionamiento, pasaron, sin nubes de polvo, acaso porque el regador en la siesta, los autos. Curiosos descubrindose y doas, chiquilines en bici, apurndose hasta una esquina, se informaban, a media voz de vbora, o miraban, miraban noms, qu novedad.

En casa

EL AUTO, AL ACERCARSE...

El auto, al acercarse, un viejo crisler, en zigzag por los pozos, mal tapados de basura y escombros, casi que frena gentileza por no llenarme de tierra o bien la rareza de ver alguien y encima, cmo se ha puesto, bajo cielo de tormenta: pienso. Toreando por los truenos o al traqueteo del motor, a la zaga y en una pata, como si rengueara, quin: el General, queriendo morder un neumtico que se le escapa. (General, qu pas, General, eh?)

Flaco y viejo, consumido, de sombrero de paja, el chofer me saluda, creo, y acelera porque la lluvia, y en el pueblo ya cierran. (Quin ser, General, eh, quin ser.)

EL AGUA, EN UN BALDE DE METAL...

El agua, en un balde de metal desde la bomba del molino, corri a impulso de la escoba por el piso de baldosas, sin tocar las sillas -que regresamos del patio, junto a los sifones y los envases de vino y cerveza, y subimos, unindolas por los respaldares, a la mesa. El mantel qued limpito, sin migas ni manchas de caf, servido en las tazas guardadas de la otra navidad, y los vasos, de vidrio y de plstico, secos y encima de los platos, en el aparador, apilados. Y entonces qu pas: en el comedor, v, de esteras

bajas por el calor, bolso al hombro, los pocos pelos parados, el kepis en la mano, el horrible uniforme desabrochado y en patas, por probar el fresquito del agua, apareci. Los perros, dormidos seguro, o memoriosos, no lo avisaron; entresueos me pareci el arranque de una estanciera en la puerta.

TRABAJOS MANUALES

Del chiquero sale a la rastra, envuelto en un tumulto de barro y polvo. Tumbado por tierra, el animal se revuelca, enfurecido: patea, patea y aumenta la presin de las manos que lo sujetan. Su propia sangre, en borbotones oscuros cuando el cuchillo que lleva, en el mango, como si fuera anillo, mis iniciales grabadas, saliendo de la faja, prende en su garganta y baja, hace del grito una tos, un ronquido.. Sin lavarme las manos, voy al comedor, donde el mate, de zapallito, chato, qued

apoyado en la azucarera, intacto, a la espera.

CUANDO NADIE LA LLAMA

Ahora se acuerda, cuando nadie la llama. No digo la vecina -sin nada que hacer, charla que te charla. El crculo que tiene la luna: para m, en cualquier momento, se larga. El molino, enloquecido, tira, eh, casi rebalsa. Y le pasa raspando si no viene, dej de joder, una piedra de aquellas. Un desastre, la nube de polvo que levanta:

se llena de tierra la casa, dejaste ropa colgada. Cuando nadie la llama: lstima.

HABLANDO DE AUTOS

Estaba para el desarmadero cuando lo compramos, regalado, dice Pelacho, sentndose sobre el capot del auto. Antes dio una vuelta comprobando, a puntapis, el estado de las cubiertas mientras explicaba, enumerando con los dedos engrasados: hubo que hacerle chapa, pintarlo, cambiar la caja, la batera -para ponerlo en categora. Leyendo, en la Corsa, una nota de Oreste, el mago, yo mismo dice, y se sealalo he preparado. A ver, a ver le digo, con cara de incrdulo,

como para tirarle la lengua y, hablando, no vea que nada entiendo de autos.

NEBLINA

Ms all de la calle de las casuarinas, recorrida en diagonal por algunas gallinas, en la orilla misma del alambrado que la corta, y campo adentro, fogatas de gramilla y rastrojos levantan una neblina celeste que borra los surcos y empapa, con dulce olor a hojas quemadas, la ropa que pusiste a secar.

A LA SIESTA

Sobre la calle ancha, donde los rboles en ronda dieron sombra y fresco a casa, a la tapera y a esa tristeza, ahora, de yuyos y cardos que nadie corta, molestadas noms por el tero que asoma su desconfianza al bebedero y, vindolo seco, protesta, levantando vuelo para perderse, con su nido ser, potrero adentro, hay tacuars mir y sobre los hilos de alambre, sin prenderse en las pas el bonito traje, que cae y se abre en la cola negra y erecta, expectantes, mir: tijeretas.

La goma bien anudada a cada cabo de la horqueta, al estirarla queda tensa como para que la piedra, con puntera y fuerza. El Leal y el Qudice ya saben, no duermas, vamos, la siesta.

EN CASA

A baldes, toda una tarde, el agua no tiene apuro en bajar: la tierra queda floja, lustrosa de charcos y el camino, sin huella, impedido la laguna, al desbordar el potrero, lo inunda: encima En casa, el da no termina ms. Quiero y no quiero, te fuiste, ancho de espaldas, oros y setenta, mezcl bien, comodines afuera; no hay nada en la radio, noms la descarga. Y el mate, amargo gracias, sigue la ronda por todas las piezas. Me acuerdo: unas botas de goma para salir, de otra vez, y buscar sapos, hacer tortas de barro: a ver.

EL ASADOR

El cuchillo, que pasa y repasa en esmril, porfiado en dar brillo al filo de la hoja, lo trajo, hace una punta de aos, un turco de paso, cuando los turcos venan en sus carros con telas, baratijas y raros tabacos. Ya el fuego va queriendo. Deja el trabajo, toma un trago, toma otro trago de vino y alzando la vista ante el graznido, que llega dbil, de la bandada en ruta hacia alguna aguada, declara: al pato le tengo, hace tiempo, ganas -y a la iguana. El Manso, todava cachorro, ladra

porque s, y trota rumbo a la puerta, como otros perros cuando los turcos venan en sus carros con telas, baratijas y raros tabacos. Levanta, con la pala de hoja ancha, la chapa que cubre la parrilla y sopla de golpe, en su cara sudada, la brisa caliente alentada por las brasas. Hace a un lado la chapa, cruza las manos sobre el mango de la pala: a la carne, dice, le falta. Vuelca en el suelo un canasto de mimbre, elige y aade al fuego dormido algo de lea. Al potrero postrado, al monte donde florecen los cardos, a la tapera, vuelve la espalda: de otro paisaje fue paisano. Cuando sirven la mesa el asador ya est tomado. Sobre la parrilla noms

cort la costilla: paaaa, no hay cosa ms rica, dice, y saborea con ojos cerrados. Pero aunque haya reparo, fuego hecho, mucho espacio, se come en la cocina, en familia, con mantel, fuente, plato.

Las vueltas del camino

En la calle de parasos amarillos, hacia el campo de avena que ya, s, verdea, tupida y pareja, se levanta, con las hojas que lleva y trae la fresca, una voz: buen da, buen da. El chorro de agua fra al surgir, descontrolado, de la canilla falseada choca contra las paredes de la pileta, salpica y se escurre, veloz, por la pileta. La estanciera qued, toda la noche, junto al molino. En el asiento

de la cabina, una campera de corderoy marrn, la boina, una linterna. En el suelo, cubierta por una lona engrasada, gruesa, la escopeta. * Inclinado sobre la pileta esquiva, ah, est fra, est fra, hasta que pone las manos bajo la canilla, llevndolas a la frente, las mejillas, el cuello, una vez, y otra; alisa y peina con los dedos empapados de gomina el pelo; en gesto de boxeo, adelanta la cara hacia el espejo que devuelve, amarilla, picada, una sonrisa. Viene aclarando el cielo

y por la banderola, llena de cagadas de palomas, con el lo de las gallinas, que baten las alas al caer de la enramada, y el canto en posta de los gallos, desperdigados a los cuatro vientos, llega, de hojas pisadas, como si resbalara en la baldosa pulida del corredor, una voz. Viene aclarando el cielo y los gallos, alborotando a las ponedoras, inician, con enrgico pico, el herido cogote encocorado, la ria de los cantos. * En la cocina, la hornalla de azul y la enorme pava

a un lado, destapada, humea Sobre la mesa, el pan abulta la bolsa y bajo un mantelito bordeado de moscas, el frasco espeso de dulce y la bombilla, tibia todava, inclinada en el mate vaco. Entorpecido por el sueo, o por los gatos que vienen, con las colas erectas, apurados, a restregarse entre sus piernas, abre una tras otra las puertas de la alacena por azcar y yerba. En una caja de curabicheras, escondidas bajo la alacena, entre manuscritas recetas de cocina, diarios y libros de cuentas, con anotacin

alguna, en lpiz y al dorso, de nombre o lugar o fecha, las fotos de comunin, de la vez en las sierras termales, el ltimo viaje para el Chrysler, herrumbre, chatarra, y el casamiento, del deseo que pases un feliz da de tu santo y la Torre de los Ingleses, de la capilla de Morante que est, en la calle ltima del pueblo, todava y el cementerio, los muertos de Pavn, de Martn Gonzlez y Ariano, subidos a la troja. Huelen, clavan las uas en el canasto de la lea, en un marlo, con fuerza; huelen, el cuchillito que no corta y el pan, las migas pegadas con dulce al mantel cuadriculado; clavan las uas, en las patas

de la mesa, en el plstico de la silla, con fuerza; porquera camine fuera fuera porquera * Bajo la mirada del General y del Qudice, que lo siguen a todas partes, quita una lona hmeda y mugrienta, alza y sopesa la escopeta olvidada en la cabina, con una campera de corderoy, la linterna, la boina negra, y apunta, encimado el cao sobre la rueda de auxilio, esquinada en la caja de la estanciera, al vaco; baja el arma, achica los ojos y al corazn que forman las hojas

amarillas, latido, digamos, de roco, apunta y disparan en un pique hasta el rbol de los nidos, con todo, torean furiosos bajo un ralent de bolillas y hojitas, como en potrero, a la zaga de vacas emputecidas, pisotean, comen los huevos emplumados, torean como ante el auto que pasa, con su cortina de polvo a la rastra: carpinteros carpinteros de mierda. Nos apebamos y los perros, en una puerta y otra, como preguntando; no hacan nada, daban vueltas en torno al auto, meando cada uno una llanta.

Todo tapera. No hay luces ni se ve el auto donde sabe verse; se han ido, parece. Al pueblo, otro cementerio. Vienen de una noche de guardia, al pie del molino uno, en la vereda de musgo del tanque australiano otro, y con fiestas y zalameos lo siguen a todas partes: bueno, bueno, quieto. * No es otra, ms limpia, fresquita, cuando se arrima con la calabaza, que golpea para asentar la yerba, mientras espera el anuncio de la pava, antes de abrir

los postigos de par en par? No es otra, cuando la luz, bueno, la besa y baldea? * s la yesca y ah! la linterna tiene

pilas nuevas? la yesca la yesca bah por m! la cantimplora est? las dos cantimploras s la ginebra estn? s la ginebra llenas? y los cigarros pero! porque all en la guantera los cigarros all

no hay nada con la campera? s todo tapera estn? eh pero haba en aquel rancho hace cunto? O bajo la boina en aquel rancho dijo el carancho haba pizarras te fijaste? voces como campanas haber

haba dijo la ta nadie nada s

no al pueblo

otro cementerio no nada nadie? * Desde su altar, techado de yuyos, una virgencita del socorro mirar pasar transportistas de ganado y cereales, linyeras, viajantes de laboratorio y comercio, tractoristas; un sulky descapotado, bandurrias reunidas en asamblea a la vera de una laguna, con las vacas que llegan, con la tarde que cae, un pibe, en cueros, que pica sobre asfalto con los talones sucios y descalzo, un petiso perezoso, arruinado.

Sin persignarse, podran cortar los yuyos mejor, no?, pone segunda y frena. No veo que venga nadie de este lado: nadie, no veo. Ser el feriado, el remate suspendido por lluvia, en fin, nada, no, nadie. All: a ver, qu es eso, cargado, de garrafas parece, no, porqueras, trastos, un Bedford, no: a ver. La palanca de cambios queda en punto muerto y las ruedas delanteras sobre el desparejo borde de asfalto, en retroceso: hay tiempo, vamos a esperar, a dejar que pase,que pase y se adelante, qu apuro hay... Entre los hombres acodados

cada uno a su ventanilla, la vista entretenida en una zorra del agua, cunto que no se vea, en el refucilo de un cuis por el camino, la radio, y eso que la batera, pasa como una pieza, una pieza, v, de tanto, unas voces de descarga, extraa, a no ser las de La hora del campo por ele erre veinticuatro. Despus de comer, levantada la mesa, o al caer la tarde, para tener un pronstico del tiempo, o en cada descanso, junto al calentador, la radio, qu alto el volumen, ocupaba el silencio de platos y cubiertos en agua caliente y detergente, o el silencio de los hombres acostados

al amparo del paraso, con papel y tabaco, o el silencio del mate en rueda hasta la entrada, sobre nubes en temporal, del sol: hablaban, si no, con los gatos, que parecen personas, o con los pjaros. La voz chillona, pero familiar, de un relator deportivo, exasperado, al parecer, por el comienzo del partido esperado, decisivo, etc., aunque pausada por la idea, la tanda comercial, la nueva idea del comentarista, despabila los nimos. Y cmo va, era una pregunta, o cmo sali, el partido. Y quin hizo los goles,

y cunto le falta, y es el primer tiempo, y estn en los vestuarios, y ahora vuelven a la cancha, y no hay cambios. * En el camino se hace, se rehace el recuerdo: un viento de quema viene, callado, de la tapera amarilla y llovida donde la huerta, orillada por caas, me imagino, zumbante de colmenas, habr sido -o las aulas y el saln de actos, ocupados hasta el techo por bolsas con semillas y las altas vigas, con bebederos de agua opaca, envenenada.

Un tufo de quema, balizas nocturnas, parvas de hojas y paja contra un vaivn de campanada subiendo, contra las palabras de andar a caballo o de recibir las visitas del domingo o de armar tramperas, con pega pega, o contra los quiero, por el mucho vino, de jugadores alucinados por tapitas de cerveza en el bar almacn, de levantadas veredas y ventanas tapiadas, por cambio de dueo, o de ramo. golpea las manos pero no hay s nadie se han ido no golpea nadie s no nada golpea nada

nadie * Una suerte de gravitacin familiar lleva no al patio de la rueda del ya tom y del ahora a quin le toca, para la discusin del estado del tiempo, no, ni al amparo de la calle de parasos, para echar una siesta o liar cigarros, no-no, al campo vecino, sembrado de historias y bolazos de lloronas que me buscan o te buscan de troperos perdidos en un banco de neblina o de difuntos levantndose con la fresca, o del viejo Rincn, que te lleva te lleva al toldo de cueros, los festines de carne chamuscada, las hogueras de mierda,

al campo de caza, desconocido, casi, como la exacta cavidad de la mano que contiene y ofrece la calabacita curada, o como el fluir entres la hojas de las sirenas, s, que las hay, o las hubo, las sirenas de la brisa. * Pasan, seguidos por jaulas de potrillos de carrera o de vacas apretadas, rumbo a los corrales de la feria y del matadero o al fardo de alfalfa, el bebedero, la sombra del haras, y dejan, sobre el poceado asfalto, con el trazo de los neumticos, un rastro de bostas endurecidas, aderezadas, dira, por el sol: puff... A la carrera

bajan de la jaula, picaneadas: se juntan en la manga, se enciman y pisan, una se para, van a romper alguna tabla. En el corral giran, giran y se reagrupan, asustadas. Los toros aparte, contra el alambre, y mirndose con ganas. Picado de curiosidad, por habrsele dado el paso cuando vena lento y lejano, el conductor retira su mano izquierda del volante y llevndola por encima de la cabina casi saluda al hombre, a los inmviles hombres de una estanciera, s, de una estanciera

frenada en el umbral de la ruta, que responde con una bocina larga, asordinada. Sin pausas, la voz atenta del espiker anunciaba a Vacca Marante y Valussi, ex back de La Paternal, Sosa, Lazzatti, el pibe de otro, y Pescia, Boy, Corcuera, Sarlanga, Severino Varela y Pin, en la cancha. En bajada, no sin trastabillar a causa de la velocidad con que quiere esquivar, al pedo, los pozos que tuercen y enderezan la huella, la estanciera cubre de polvo un cartel que por encima de pastos crecidos, en letras blancas sobre un fondo verde claro, con rayones de confusas

inscripciones, nombres, corazones flechados, dice, en su parte superior, Oratorio Morante y debajo, menos claro, Cementerio de Pavn. * Y salieron los galgos. En el campo que declinaba hacia la ondulante, nada caudalosa, caada, no se sacaron ventaja. Parecieron detenerse, bajo un escndalo de patos, antes de alcanzar el agua, en un punto perdido para la mirada. Entre los tablones, medio desclavados, de una manga, la cabeza piramidal, realzada como si casco fuera, la membrana

de la garganta, hinchada al latir: la iguana. Yo, no la vi. Dara entrada, en medio de alaridos, golpes de picana y silbidos, del potrero, arruinado por la seca nunca vista, al corral, de postes tumbados, desalambrado. Al pie, hicimos un fuego: un fuego para templar la marca, para las manos azules de roco y escarcha, para la charla, para la pava. Y le dimos las bolsas de chala, los trapos y los papeles de diario, la lea que dej la maana. Cuando se sabe cocinarla,

no como la de vaca, que se pone temprana, y salada, a las brasas y lleva hora, hora y pico, para volverla sobre la chapa, es sabrosa, y no cae pesada: chule chule chule. * Y volvieron, con la boca vaca, trotando a la par, sin parecer cansados, el General, el Cul y el Qudice. No s. Dara entrada, o apartara, para vacunar o mirar la embichada, la cada, la empastada. * Se agazapa, desliza el cuerpo entre los alambres y pasa, pienso, el maletn de sueros

y vacunas, de antibiticos y agujas. En la tierra dura y agrietada del corral, hay una vaca sola, echada, con un fardo, intacto. Ni hace falta tenerla: queda, en el aire, el olor del curabichera. Para cerrar el molino, que vuelca y se queja, para soltar los perros -all, en la subida vereda de ladrillo del tanque australiano, alumbrado por un haz azul, el Leal, que sabe, va y viene, va y viene; all, en una grasienta cucha de cemento, el Cul troza y roe unos huesos; linterna en mano, en una pelea

contra tbanos y mosquitos, l se pierde en la calle de parasos amarillos. * Disimulados con tierra y paja, en agujeros acechados por hormigas y ratas, los guardan -apenas tienen clara. No hay reclamo que valga ni pueden, tampoco tenderse, con comederos, arena o bebederos, trampas. Los pedazos de cscara de mandarina quedan por el piso como sus rastros en la quinta. Separa un gajo, lo lleva a la boca y escupe un gargajo amarillo, con semillas.

Al ser desprendida, tras una resistencia opuesta por la rama que, libre de su peso, hace vibrar las hojas quietas, la mandarina muestra, descascarada casi, y medio exprimida, el mordisco de una rata. El cuero, que pagan por bueno para bolsos, carteras o zapatos, es lo que quiero: gujale gujale. En una lomita, bajo la redondeada sombra de mandarinas, oculta por yuyos y manzanillas la ancha boca que franquea los pasadizos de su cueva, escarbados ni ac ni all, en un sitio considerado perfecto o imposible de ser anegado, igual que las hormigas,

la mulita hace entraa de la tierra y evita el peligro de ser vista. Buscan, con miradas entrenadas en mudas consultas al cielo y la tierra sembrada y barrosa, buscan hasta que la noche y no se ve, propiamente, ni a dos pasos, nada. Nublado, leve descenso de la temperatura augura la radio. Llover? Las estrellas, el rumbo del viento, la luna y su halo, los alguaciles en manga, son datos. Despus de cenar poco y en silencio, el odo alucinando

ruidos de tan atento , salimos a mirar el cielo. Cmo se ha puesto. Fumbamos. Llover? Dicen. Tanto va el agua que al final la tierra no chupa nada: la pantanera prueba una huella de charcos que llovizna en la luz de los faros: patina, vibra la carrocera, patina y se encaja. Habr que dejarlo, volverse, esperar que despeje y componga -supongamos. Sucesivas hileras desparejas de eucaliptus allanan, empinado contra la intemperie

por cazadores furtivos seguro, linyeras o catangos, un claro. Encimaron, en una pila que desemoronaba y rehaca cada descarga, unos palos. Huellas. Sbita llaneza en la maraa de pastos, crculo de ceniza. Supongamos. Descarga brtulos y atado, puntea, carpe un rato, machete en mano, el suelo enyuyado; tiende un cuero, espera, una arpillera, que amanezca: allana un claro. * La disposicin de los platos, con los cubiertos al costado, de los boles con la ensalada,

sin aderezar, y las jarras de vidrio turbio de tinto, de los sifones de soda, la cesta del pan y las gaseosas, parecan ordenarse alrededor de la fuente oval, de loza blanca y flores azules en los bordes, donde serviran, trozadas y con finas rodajas de limn, las presas del pollo asado, dando voces, en el patio chico, en las piezas, de llamado a la mesa. Vamos este cuchillo no corta Pero! quin est en el bao? habr que afilarlo vamos y yo dnde me siento? Lvense las manos servime ya voy! Vamos Por un hueco abierto entre las sucesivas filas

de eucaliptus al volante uno, el otro con la linterna para marcar el estado del terreno y la direccin correcta, entraron la estanciera. Prendi? Bajo los palos secos y finos, apartados de la pila y empalmados, para comer, espantar los terribles mosquitos, para las manos callosas y fras, para la pava, para la charla: prendi? * Es un fuego. Con la hoja mocha

del cortaplumas serrucha la etiqueta que sella la rosca de la petaca de ginebra. le har dao s no diga quiere un trago? y tendr que llevarlo s despus para sacarse hombre! el fro la noche quiere? Pasar quiere un trago? no ve s ya a la cabeza no diga ya se le sube quiere? quiere un trago? Salimos a mirar, de a uno, el cielo. Para cerrar, de paso, el molino, entrar la estanciera. Fumbamos, en silencio.

Alguien se paraba contra un paraso -la orina resbalara en la corteza, haciendo burbujas, un charco en el suelo. Los mosquitos, p, y los tbanos: cmo se ha puesto. Es un fuego. Bebe un sorbo, Tose y escupe. Bebe otro sorbo, y lagrimea, se le pone como un tomate la cara. Repasa con manos sucias el pico de la petaca y convida, la voz tomada.

Veo doble: veo, sin que corra viento, camisas, mojados overoles omb sobre una soga, enrrollados. Aj. Veo, en la batea, que pierde, se ha formado un gran charco, agua enjabonada en el mosaico. Veo casillas de chapas de zinc, con tenderos de ropa, banderas al paso de los trenes de carga: los vagones azules y el del guarda, naranja. Veo, suspendido sobre un jazmn al aletear, al picaflor. Lo vi. el cielo est estrellado estrellado salimos

todo el cielo a mirar est estrellado y nada es un fuego difcil de viento que llueva fumbamos s no creo el cielo no que no llueva es un fuego difcil no que no llueva Brilla, en el suelo, la petaca vaca. Una por una, en las cenizas, se apaga la conversacin de las llamas. Hasta maana.

NOTA Campanada subiendo es un verso tomado de Cartas para que la alegra, de Arnaldo Calveyra. Otra frase del mismo libro resuena poco despus, las palabras de arar o de moler el maz, o de ir al pueblo. Una suerte de gravitacin familiar est tomado de Historia de la eternidad, de Jorge Luis Borges (Emec, 1984, p. 38); los toldos de cueros de caballo, las hogueras de estircol, los nes de carne chamuscada o de vsceras crudas mencionadas en Historia del guerrero y la cautiva, tambin de Borges (en El aleph, Emec, 1986, p. 51) aparecen enseguida levemente reelaborados. Tambin hay una alusin a unos versos de Casa allanada, de Alberto Szpunberg (Diario de Poesa nmero 2): El mate/ conoce la exacta cavidad de esa/ mano

AGUIRRE, OSVALDO
Buenos Aires, 1964

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