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Encuentro de Deseos y Sensaciones

Este documento presenta una fantasía erótica entre dos personas que se encuentran durante una visita a una casa para alquilar. La interacción se vuelve cada vez más íntima y sexualmente cargada a medida que avanza, con besos apasionados y contacto físico creciente entre los personajes.

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Xavier Adsuara
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Encuentro de Deseos y Sensaciones

Este documento presenta una fantasía erótica entre dos personas que se encuentran durante una visita a una casa para alquilar. La interacción se vuelve cada vez más íntima y sexualmente cargada a medida que avanza, con besos apasionados y contacto físico creciente entre los personajes.

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Encuentro

Intentmonos sentirnos. Acostmonos el uno junto al otro y abracmonos, salvando los miles de kilmetros que nos separan. Si te parece bien, lo primero es acordar el momento exacto de nuestra cita. El mircoles a tus seis de la tarde que es la medianoche ma? Entonces, un poco antes, preparemos el encuentro: limpiemos los dormitorios, luz de velas, quememos incienso. Quiz una msica suave, apenas audible. Ahora, desnudos, echmonos sobre la cama, boca arriba, con los ojos cerrados. Ponemos las manos sobre el cuarto chakra; la derecha sobre el pecho, la izquierda sobre la derecha, los dedos de cada mano unidos. Nos relajamos concentrndonos en la respiracin. No pensamos en nada, que las mentes vayan donde quieran, que se abran para que yo entre en la tuya y t en la ma. Vale, es la hora de la cita. Pensamos el uno en el otro, nos llamamos intensamente. De pronto, estoy acostado a tu lado en tu cama y t ests acostada en la ma. Y ambos, sin movernos, notamos el peso del otro sobre el colchn. Sentimos tambin, muy tenue, su calor, sus latidos. As un ratito: quietos, sintindonos. Nos saludamos. Susrrame las palabras que desees; yo har los mismos. Omos nuestras voces, ecos sonoros en el silencio. Extendamos ya una de nuestras manos separndola del pecho. La ma ser la izquierda, la derecha la tuya. Las manos se encuentran, nuestros dedos se entrelazan. Concentrmonos en los dedos para notar el tacto de esos otros que, desde tan lejos, nos los tocan. Yo apretando mis dedos y sintiendo los tuyos y t lo mismo.

Grate ahora sobre tu lado derecho; yo hago lo mismo, sobre mi lado izquierdo. Nos estamos mirando sin abrir los ojos, no hace falta. Dejo que mi mirada se hunda en tus preciosos ojos. Sonremos mientras nuestras miradas repasan nuestras caras: te brillan los ojos y entreabres los labios; seguro que yo estoy haciendo lo mismo. Seguimos con los dedos entrelazados, y ahora los otros brazos dejan nuestros respectivos pechos y se extienden hacia el otro. Alarga tu brazo y tcame la espalda; sintela en las yemas de tus dedos, luego apoya la palma de la mano. Nos acercamos ms el uno al otro, nos movemos apenas un poquito, serpenteando sobre la cama. Mi brazo derecho abarca todo el ancho de tu torso y acaricio muy despacio el alto de tu espalda. Nos soltamos las manos y acariciamos muy despacio la cara del otro. Sigamos el captulo 7 de Rayuela: Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujndola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar ... Dibujo tu boca con la yema del dedo ndice izquierdo; luego te perfilo los ojos, luego jugueteo con los lbulos de tus orejas. Durante esa exploracin de mi mano izquierda, los dedos de la derecha, pasito a pasito, subirn hasta el cuello, hundindose por debajo de tus rizos rubios. Y deditos que pasarn a ser mano acariciando el cuello Qu estars haciendo t mientras tanto? Tras un ratito acaricindonos la cara, te la sostengo con una mano en cada mejilla y quiero que, entonces, tus brazos me rodeen el cuello. Volvemos a Cortzar y nos miramos, de cerca nos miramos, cada vez ms de cerca, nos miramos cada vez ms de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre s, se superponen y nuestras respiraciones se confunden (notas mi aliento en tu boca y yo el tuyo en la ma). Y entonces, nuestras bocas se encuentran tibiamente, nos mordemos con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en el recinto oscuro de nuestras bocas hasta ahora desconocidas, saboreando un aire hmedo y pesado que va y viene con un perfume viejo y un silencio.

Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura ... Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra m como una luna en el agua. Y ahora, con mi boca llena de la tuya (y a la inversa), te abrazo y aprieto mi cuerpo al tuyo. Quiero notar tu calor en mi piel, siento tu carne que acoge la ma y me dejo ir, relajado, a las sensaciones de tu cuerpo. Resbalo mi cara por tu cuello y te beso suave debajo de la oreja y te susurro lo que te puedes imaginar. Y nos dejamos ir. Abrimos despacio los ojos y sonremos al que se ha ido, despus de habernos sentido mutuamente. Dos mentes y energas sincronizadas que logran algo ms que una mera ilusin.

5 de marzo de 2006

Fantasa ertica

Has llegado a mi casa. Tocas el timbre y te abro. S, habamos quedado a esta hora, ya me haban advertido desde la inmobiliaria. Disculpa que la casa est desordenada; pasa, te la enseo. Eres una mujer atractiva. Expresin simptica, media melena castaa y rizada, ojos grandes, con mirada de asombro y un punto pcaro en el fondo. Me gusta mucho tu cuerpo y la ropa con que lo envuelves. Botas negras, falda gris que se abre lateralmente en ambas piernas y se prolonga en un peto con tirantes, bajo ste una camiseta negra moldeada por dos pechos "muy bien puestos". En el umbral, me miras un momento que se me hace largo. Tus ojos se hunden en los mos y creo entender frases distintas al saludo anodino de tu voz. El sonido de tu voz, sin embargo, recubre esa mirada breve. Noto una descarga de erotismo, siento por un momento un mareo extrao. Me esfuerzo en volver al presente mientras me aparto para que pases. Cuando lo haces, te miro el culo e intuyo que te ests dando cuenta; intuyo tambin que sonres. Caminamos por el pasillo. Vas delante como si ya conocieras la casa. Ignoras la cocina y sigues hacia el fondo. Tu mano se posa en el picaporte de la puerta del dormitorio principal. Nueva mirada taladra mis ojos, ahora interrogativa. Es el dormitorio; ya, puedo?; claro, adelante. Sonres y abres; te sigo y noto el desasosiego de la excitacin, el pene me presiona la entrepierna. Rodeas despacio la cama, repasas sus bordes con un dedo y luego, despacio, lo llevas a tus labios entreabiertos. Es slo un instante, pero en ese instante tus ojos vuelven a clavarme y veo en ellos una profundidad misteriosa.

De golpe te sientas en la cama, casi te dejas caer pero, pese a lo inesperado del movimiento, parece a cmara lenta. En un momento congelado veo tu culo rebotar en el colchn, tus botas separndose del suelo y volviendo a apoyarse, tus piernas abrindose y la falda gris deslizndose hacia arriba, las rodillas temblando. Vaya, dices, es cmoda. Vendes tambin los muebles? Pienso que no quiero venderte la casa, pienso que no quieres comprarla. Tus ojos me marean, la ereccin es casi dolorosa, trato de sobreponerme: s, los muebles van incluidos; quieres ver la sala? Tiene unas vistas estupendas. Te levantas despacio y vienes hacia m, me rozas al cruzarte y s que ests sonriendo. Te cojo la mano, noto una sacudida, aprieto un momento y la suelto. Sigues caminando y doblas por el pasillo; llegas a la sala y con absoluta seguridad te sientas en el sof. La espalda recta y las piernas juntas; me miras desafiante, esperando. Me acerco a ti. Estoy de pie junto a ti, casi pegado. Siento en mis piernas el calor de tu cuerpo. Nos miramos callados; son segundos inflados de tiempo. Comienzo a doblar las rodillas para sentarme a tu lado y t abres la boca; parece que vas a hablar. Me siento; lo hago en silencio, mientras te miro, mientras t me miras. Sin dejar de mirarte coloco las manos en tus hombros; tus ojos se dilatan pero tus labios apuntan una sonrisa. Tu mirada, como toda tu postura, es serena y profunda, pero a la vez me llama en un silencio estruendoso. Oigo tu voz: yo vengo a ver la casa. Desde los hombros empujo tu espalda hasta el respaldo del sof. Mi cuerpo se inclina hacia el tuyo, mi boca se acerca a la tuya, nuestros alientos se mezclan, nuestros ojos siguen bucendose mutuamente, ajenos y protagonistas a la vez. Calla, te digo. Te beso. Mi boca se abre sobre la tuya y siento tu aliento que me invade. Es un beso ansioso y profundo. Tus ojos se cierran y tu cabeza cae hacia atrs. Imagino que todo lo que flua desde tus ojos me est entrando desde tu boca. Cierro yo tambin mis ojos y concentro mi atencin en ese aliento denso y sabroso, tan pleno de sabores, de sensaciones. Ese aliento tuyo (o es la mezcla de los dos?) va recorriendo mi cuerpo, insuflando mis clulas, erizndome desde dentro.

Ese aliento tuyo va despertando una a una todas mis terminaciones nerviosas, va cargando de placer cada uno de mis poros, va excitando con mgica electricidad mis nervios. Tus brazos, que colgaban, se mueven; tus manos empujan levemente mi pecho, insinuando un rechazo, el amago de apartarme. Pero tu boca sigue absorbindome e insuflndome. Mis manos cogen tus muecas; las aprieto y abro tus brazos, separndolos de mi pecho. Abres los ojos, sorpresa en tu mirada, pero no hay reproche. Llevo tus brazos por encima de tu cabeza y sigo apretando tus muecas. Con esfuerzo me obligo a separar mi boca de la tuya, alejo mi cara, te miro. As que queras ver la casa, te digo, mentirosa, t lo que quieres es follar. A mis palabras sigue una convulsin de tu cuerpo, arqueas de golpe la cadera, intentas desasir tus muecas. Presiono mis brazos venciendo hacia atrs los tuyos, encajo mi ingle sobre la tuya, te dejo notar mi peso. Entreabres los labios y en los ojos brilla, ms intensa aun, esa mirada magntica, de profundidad marina. Siento el deseo estallando en mi cabeza, mi boca se precipita a sumergirse en la tuya. Muerdes la parte de dentro de mi labio inferior y noto el sabor de mi sangre. Aprieto con furia mi boca y mi lengua empuja hacia el fondo la tuya. Siento la succin de tu garganta que busca aire y encuentra mi aliento clido y pesado; la nariz se te dilata y tus ojos se agrandan. Tu cuerpo, todo tu cuerpo, vibra electrizado, desde cada uno de tus poros parecieran surgir descargas de deseo transformado en energa. Esa energa va a confluir en tu ingle que presiona la ma. A travs de tu ropa noto tu coo colocndose contra el tronco de mi polla y empujando. Es una presin intensa ... y elctrica. Junto tus manos y las sujeto con la ma izquierda. Mi mano derecha, liberada, baja uno de los tirantes y se posa sobre una teta. La aprieto, la sopeso, la repaso, la moldeo, la acaricio, la estrujo, la pellizco. Cada movimiento de mi mano es respondido con un nuevo impulso de tu ingle, con una nueva aspiracin de tu boca. De pronto, sin que yo lo decida, mi mano se cierra sobre el cuello de tu camiseta negra y tira hacia arriba, subindotela sobre la cara, pasndotela a lo

largo de los brazos, arrancndotela del cuerpo. En un momento te veo desnuda bajo el peto, las tetas al aire, hermossimas; tu piel enrojecida, brillante, vibrante ... Arqueas hacia atrs la cabeza y mi boca, separada de la tuya, se lanza sobre tu cuello. Lo saboreo despacio: beso suavemente la zona central y luego voy esparciendo los besos con lengetazos a cmara lenta: cada lengetazo es un desperezar la lengua despacio, estirarla hasta que el mximo de su superficie contacte con tu piel, dejarla pegada en cada posicin durante un instante eterno y a la vez sin ruptura temporal con el siguiente, que cada papila se adhiera como ventosa a uno de tus poros ... Ahora la lengua se esconde y los labios pellizcan un lateral de tu cuello, pinzando trocitos de piel y soltndolos para pinzar otro al lado. Y entre la piel encuentro el cartlago, y los labios se entreabren y son los dientes los que muerden, apenas un cachito, apenas un pinchazo. Pero se enrojece ese trocito de piel y tu cuerpo se revuelve de golpe. Y con ese golpe convulso liberas tus muecas prisioneras y coges con fuerza mi cabeza para apretarla entre tus tetas. Y yo entonces te sujeto tambin tu cabeza e inhalo con fuerza el aroma profundo de tus pechos, mientras mi boca encuentra uno de tus pezones. Chupo, succiono, jugueteo con la lengua, lo envuelvo con la boca abierta hasta que me duele, vuelvo a chupar, ya ms despacio, de mil maneras. Y mientras atiendo a ese pezn orgulloso obedeciendo la presin de tu mano en mi cabeza, la otra mano tuya comienza distrada a pasear por mi espalda, tus dedos sobrevuelan, apenas acarician, mis vrtebras, dan saltos hacia las costillas, esbozan crculos sobre los riones. Y cada caricia sutil es una descarga de placer que me recorre todo y acaba en la polla, cada vez ms dura, cada vez ms tensa. No aguanto ms. Vamos a la cama, te digo, pero no contestas. Me separo de ti y te miro, tus ojos estn velados por esa expresin enigmtica pero siguen siendo mares profundos que me imantan. Te veo la cara y me parece que te cambia, que eres t y no eres, me cuesta enfocarte. Tus labios entreabiertos, las ventanas de tu nariz dilatadas, tus mejillas enrojecidas; es el rostro bellsimo de una diosa. Tus brazos se cuelgan de mi cuello y quieren atraerme de nuevo; al mismo tiempo, tus piernas se enroscan en torno a mi cadera y tu coo se

oprime ms aun en torno a mi polla. No me dejo caer de nuevo; lo que hago es enderezar mi espalda y agarrarte por lo hombros. No s cmo no pierdo el equilibrio, pero en un instante estoy de pie contigo enroscada a mi cuerpo. Ha sido tan rpido que quiz no te lo esperabas. Abres las piernas y, sujetndote a mis hombros, las dejas caer hasta apoyarte en el suelo. Me miras insultante y te das la vuelta, como si fueras a irte. Te sujeto por el cuello con una mano y noto de nuevo la energa de tu cuerpo. Djame, dices, me voy. Dnde crees que vas, puta? Te empujo despacio pero firmemente hacia adelante y tus manos se extienden para apoyarse en el respaldo del sof a la vez que empujas tu culo hacia mi polla. Mis dos manos, rpidas, bajan tu ropa que cae al suelo entre tus piernas, tiran de tus bragas hasta debajo de las rodillas. No s cmo, al mismo tiempo, mis pantalones y calzoncillo tambin han cado, mi polla est empujando entre tus nalgas. Mueves el culo de arriba abajo, enseando el camino, jugando con mi polla, aprovechndola para que roce los labios de tu coo, para que frote el botn erecto de tu cltoris. Yo apenas me muevo, mi polla se deja llevar por tus movimientos y apenas le aporto breves impulsos. Siento que es tuya, que eres t quien sabe lo que ha de hacer con ella; mis manos, entre tanto, se cierran sobre tus tetas, mis brazos aprietan tu cuerpo. De pronto, con un golpe de caderas, tu vagina, como una boca, se cierra sobre mi polla y la succiona. Empujo sintiendo una ligera resistencia, el frotamiento de unas paredes estrechas que van abrindose. El placer es inmenso; quiero llegar hasta el fondo, dondequiera que est. Y llego; siento que he llegado, que estoy muy adentro tuyo. Que no slo es mi polla la que est adentro, sino todo yo, como si a travs de mi polla se estuviera pasando lo que llevo dentro, como si estuvieras chupndome y robndome, vaciando mi envoltorio. Pero ese vaciarme es placer intenssimo; y me aprieto con todas mis fuerzas a ti, oprimiendo mis caderas, estrechando mi abrazo, hundiendo mi boca en tu cuello. Desde esa posicin de apretada soldadura, inicias un vaivn desde el interior de tu coo. Siento como mi polla es exprimida y ex-

pandida, succionada y amasada, bombeada hacia adelante y hacia atrs. Sin pensarlo siquiera, mi cuerpo reacciona movindose a tu comps, como si fusemos una misma mquina, un mismo organismo sincronizado. Los vaivenes son cada vez ms intensos, cada vez ms rpidos, cada vez ms largos. Llevamos ya un rato largo apretados y follando (el tiempo pasa con otra medida); mi polla sale y entra con la seguridad de quien conoce el camino de siempre, tu dedo frota tu cltoris, tu cuello danza despacio bajo mi boca, tu corazn (y el mo) palpita profundo bajo mis manos. Y hay una explosin, un derramarse ambos dentro, sin que podamos discernir quin es quin. Noto las contracciones de tu coo en mi polla mientras se convulsiona. Oigo mi grito sordo mezclado con un jadeo tuyo y me parecen ajenos. Siento todo mi cuerpo que se disuelve, que piezas de dentro se rompen en aicos, que mis piernas apenas me sostienen. Y el placer, que ha llegado hasta el nivel de lo insoportable, empieza a desparramarse como si fuera agua que se desliza desde la cabeza a los pies, dejndote mojado y limpio, cansado y satisfecho ... Muy despacio nos separamos. Me dejo caer en el sof, el culo desnudo, la polla flccida y goteante. Te miro sin entenderte, sin entender lo que ha pasado, sin todava ser capaz de asumir la intensidad de las sensaciones que he vivido. T, en cambio, sigues de pie, apoyada contra el respaldo del sof. Tambin muy despacio te enderezas y luego te acuclillas. Te subes las bragas y el vestido, te ajustas la camiseta, te alisas el pelo ... Luego me miras; es la misma mirada larga y profunda del primer saludo. Creo que no me interesa tu casa, dices. Y acto seguido caminas hacia la puerta. Yo, sentado, veo como te vas.

24 de abril de 2006

Un amigo

Yo tena sueo cuando empez a escribir, as que no me acuerdo bien. Escriba con bolgrafo rojo y a cada rato (cada diecisiete segundos, me dijo) se ola los dedos ndice y pulgar de la mano izquierda. Trataba de sistematizar sus dudas (ya hace tantos aos?), pero record que al da siguiente deba asistir a la clase de las ocho. Sigui, no obstante, escribiendo, a pesar de mis bostezos, a pesar de su nada. El que la tinta roja sea ms fluida que la negra redundar en una literatura ms espontnea, ms directa? No tena nada que decir y para hacerlo llevaba escritas apenas diecisiete lneas; con eso no iba a ninguna parte. Nos conocimos en el colegio; es decir, de toda la vida. l quera ya entonces ser escritor y yo siempre tena sueo. Compartimos un profesor noruego y sordo; asistimos a un seminario de anlisis literario impartido por un tipo medio chalado que explicaba teoras combinatorias aplicadas a la sintaxis; putebamos cuanto podamos al cura que enseaba griego por las maanas y nos confesaba por las tardes (direccin espiritual obligatoria). Son recuerdos de la poca en la que el coche del almirante vol en el barrio de Salamanca. En los recreos de las once jugbamos frontn a mano desnuda contra la pared trasera del gimnasio. Una de esas maanas no vino a jugar. Entr en los vestuarios y arrambl con todos los rollos de papel higinico. Luego fue a la capilla del colegio y se dedic a lanzarlos contra las imgenes beatas, los cursis vitrales que daban a la sacrista, la lmpara de cristalitos y velas que colgaba sobre el altar. La capilla qued hecha un desastre: papel higinico por todos lados y trocitos de cristales de colores, de cermicas esmaltadas, de objetos varios de difcil identificacin. El sacrilegio se atribuy a la crisis adolescente y el castigo qued atenuado por la fama de su padre.

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Una de esas tardes, mi amigo vino a visitarme con dos chicas. Una era pelirroja, pecosa y expresin risuea. La otra tena aparato dental y no mostraba ningn inters por la literatura. Cuando se convenci de ello, mi amigo enred la lengua entre los hierros. Yo me fui con la pelirroja; era ms bonita y pensaba estudiar arquitectura. La tarde y la noche pasaron rpidas y la otra chica le prometi a mi amigo que se quitara el aparato. Cuando cumpl quince aos mi amigo se enfad conmigo en el transcurso de la borrachera celebratoria. Pens que era estpido y que no aguantaba el trago. Gritamos obscenidades y maldiciones en plena calle y corrimos ms de una vez perseguidos ya no recuerdo por quienes. La ltima vez que lo vi estbamos en un bao despidiendo la cerveza; nosotros no nos despedimos. Mi amigo era rencoroso: no volvi a hablarme y as acabamos el colegio. S que estudi literatura y, al mismo tiempo, se hizo un experto en jazz (su tesis doctoral relacionaba ambos mundos; investigaba en la potica literaria de esa msica). Lo encontrara muchos aos ms tarde, cuando ya no ramos adolescentes. Pero esa es otra historia.

(revisin de un relato de hace 28 aos)

20 de junio de 2006

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Lgica paradjica (una historieta absurda)

Los amantes de Teruel (tonta ella, tonto l) notaban que la rutina iba filtrndose en su amor. Diego, preocupado de que ese cncer silencioso acabara con el romance que llenaba sus vidas, decide sorprender a Isabel. - Amor mo -le dice- a partir de ahora dejar de acudir a tu alcoba siempre el mismo da; lo har cuando menos te lo esperes, de modo que la ansiedad de tu incertidumbre multiplique la emocin de nuestros encuentros. - Pero Diego -objeta Isabel- habrs siempre de venir a las 3 de la tarde, que sabes que es la hora en que mi celoso padre disfruta de su siesta. - Verdad dices, tesoro, pero no sabrs en cual da de la semana aparecer. - Nunca podr ser ni sbado ni domingo, mi bienintencionado galn, porque los fines de semana vuelve a casa mi hermano, ms celoso aun que mi padre. - De acuerdo palomita -admite l, un poco a regaadientes- pero te mantendr intrigada durante los cinco das laborables. - Vendrs acaso slo un da? -pregunta Isabel. - As es, ngel mo, para que la larga ausencia avive nuestra hoguera. - Entonces, cario, no podrs sorprenderme -contesta la bella. Repara en que ese da no podr ser el viernes, porque si no has venido antes, te estara esperando. Pero tampoco vale que sea el jueves

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ya que, no habiendo venido antes, yo sabr que has de llegar pues el viernes t sabes que no puedes sorprenderme. Y claro, vida ma, por idntica induccin no puedes sorprenderme el mircoles, pues estara segura de tu llegada al saber que t sabes que no puedes sorprenderme en los dos das siguientes. E imagino que no hace falta que te explique que no cabe la sorpresa el martes, porque ... - No, no hace falta -interrumpe amoscado el joven-. Vive Dios que no logro entender lo que os ensean hoy en da a las muchachas de buena familia! Una nube negra oscureci por vez primera la plcida atmsfera del amor mutuo. Y Diego no fue a visitarla ningn da porque, sin entenderlo del todo, se convenci de que no podra sorprenderla. As que acept el reto del noble padre de su enamorada y, para poder desposarla, march de Teruel a obtener fortuna. Lo logr pero cuando volvi ya era tarde. E Isabel, por paradjica, se cas con quien no deba.

22 de agosto de 2006

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El Enfado y la Tristeza

Hoy me han contado un cuento. Me lo han contado porque vena a cuento de un incidente reciente. Y me ha gustado el cuento. As que voy a contar un cuento. rase una vez un pas donde habitaban las emociones. Eran muchsimas y muy diversas, pero no es en este cuento donde hemos de censarlas. Fijmonos slo en dos de ellas: el Enfado y la Tristeza. Porque el cuento se refiere a un da en que estas dos emociones se separaron de sus paisanas para dar un paseo por el bosque. Pasearon, pasearon y llegaron a un lago precioso, de aguas calmas y transparentes en las que flotaban nenfares brillantes y nadaban pececillos de colores. El Enfado y la Tristeza quedaron extasiados ante la belleza del lugar y pensaron a la vez en lo agradable que sera baarse en esas aguas. Entonces, de comn acuerdo, se desnudaron, dejaron sus ropas al pie de uno de los gruesos troncos de los frondosos rboles que rodeaban el lago, y corrieron jubilosos hasta la orilla, dando esos saltitos vibrantes tan caractersticos de las emociones. El agua estaba templada y burbujeaba juguetona en torno a nuestros dos amigos. Era una maravilla. Pero, como todo el mundo sabe, el Enfado siempre va con prisas, as que, enseguida, se impacient y decidi irse corriendo a otra parte. La Tristeza, en cambio, es una emocin que cuando llega gusta de permanecer largo rato y por eso se qued lnguida en el agua, dejndose acariciar por los nenfares sedosos y los pececillos de escamas irisadas.

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Pero hasta la Tristeza, al final, debe irse. Cuando sali del agua y lleg hasta el grueso tronco del frondoso rbol, se dio cuenta de que el Enfado, se haba vestido con sus ropas. Este Enfado, se dijo, ya ha vuelto a equivocarse, si no fuera tan apresurado ... Qu se le va a hacer! Y la Tristeza se visti con las ropas del Enfado. Por eso, y aqu viene la moraleja, si alguna vez te encuentras con el Enfado, fjate bien, no vaya a ser que sea la Tristeza con sus ropas. Y tampoco confundas con la Tristeza al Enfado vestido como ella.

4 de septiembre de 2006

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Teora de juegos

Imaginemos las relaciones humanas desde la ptica de la teora de juegos. Por ejemplo, midamos la interactuacin de dos personas en trminos de la ayuda que una le da a la otra (o que se dan ambas mutuamente). Aunque naturalmente es difcil de valorar y, si se puede, cada caso sera distinto, como primera aproximacin supongamos que hay dos situaciones: que una persona (A) le hace un favor a la otra (B) o que no se hacen ningn favor; no vamos a considerar de momento que se hagan dao. El hacer un favor a otro digamos que, por trmino medio, tiene un coste de 1 unidad para el que lo hace y un beneficio de 2 unidades para el que lo recibe; por supuesto el no hacer nada tiene coste 0 y beneficio 0. Parece lgica una escala de valores como la anterior (insisto, por trmino medio). Ayudar a alguien tiene que ser peor para el que ayuda que no hacer nada (le supone un esfuerzo, un gasto) pero, al mismo tiempo, ese coste debe ser menor que el beneficio que recibe el destinatario de la ayuda. Pues bien, si una persona ayuda a otra diremos que es benfico; si, en cambio, no ayuda (esperando recibir ayuda sin dar nada a cambio) le llamaremos abusn. Ntese que es indiferente que en una relacin la interaccin se produzca en los dos sentidos o en uno solo; lo nico importante es que, dadas dos personas A y B haya entre ellas el total de interacciones de cada sentido sea ms o menos equilibrado. En una doble interaccin entre dos benficos la valoracin es como sigue: A ayuda a B, lo que supone 1 unidad de coste al primero y 2 de beneficio al segundo. B ayuda a A y salen los mismos valores al revs. Resultado final: tanto A como B tienen 1 unidad de beneficio neto (ambos han salido ganando de la cooperacin). Adems, el beneficio conjunto ha aumentado en 2 unidades; podramos decir que la cooperacin aumenta el bienestar social (vaya descubrimiento!)

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Ahora veamos qu pasa cuando se relacionan un benfico y un abusn. A ayuda a B, pero B no hace nada; resultado: A se queda con 1 unidad de coste (-1) mientras que B tiene 2 unidades de beneficio. A est peor que antes, mientras que B est el doble de mejor que si hubiera devuelto el favor. Socialmente tambin aumenta el bienestar, pero slo en una unidad (la mitad que antes). Es decir, aumenta el bienestar global (menos de lo que podra de haber cooperado), pero ms aumenta el bienestar del abusn (obviamente a costa del malestar del benfico). El ltimo supuesto es la relacin entre dos abusones. Obviamente no pasa nada: A no ayuda a B y B no ayuda a A; balance 0. Desde el punto de vista conjunto es la peor solucin. Hay que suponer que una persona no es benfica o abusona de forma constante. Puede que en su naturaleza predomine una u otra actitud, pero a medida que va viendo los resultados de sus interacciones parece razonable que cambie o no en funcin de stos. As, los abusones, en principio, no tienen motivos para cambiar. Si se encuentran con benficos salen mejor no devolviendo los favores que hacindolo. En cambio, la tendencia de un benfico, despus de haber experimentado una relacin con un abusn, ser a comportarse como tal en su prxima relacin (al menos, evitemos costes, se dira). La dinmica de las relaciones evolucionara pues de modo que iran desapareciendo los comportamientos benficos y todos se volveran abusones. Resultado a largo plazo: balance 0, tanto para los individuos como para el bienestar social. Ahora bien, esta situacin no sera estable a largo plazo. Los abusones, a medida que no recibieran nada, empezaran a aorar los viejos tiempos en los que obtenan 2 unidades de beneficio de cada relacin con un benfico. Hay que pensar que se daran cuenta de que los benficos han desaparecido por culpa de su comportamiento abusivo. As que, incluso por egosmo, podra convenirles empezar a ser benficos a ver si logran que los otros se comporten as. Tambin hay que pensar que un grupo humano, en su conjunto, no puede sobrevivir desde la autonoma de sus individuos (eso es lo que significa el balance 0), lo cual obliga a la cooperacin.

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Por tanto, la dinmica del comportamiento de los individuos evolucionara como un resorte, buscando el punto de equilibrio: aumentan los abusones y disminuyen los benficos hasta que se invierte la tendencia. En teora de juegos, la "estrategia" ms estable a largo plazo es la el comportamiento del toma y daca. Es decir, uno se comporta abusiva o benficamente segn se comporte el otro. En una situacin de homogeneidad relativa en la relacin costes / beneficios (algo imposible en la prctica), se supone que este comportamiento tiende al aumento de los benficos y a la reduccin de los abusones, con la consiguiente optimizacin del bienestar social. Pero incluso en ese modelo "ideal", sigue presente la tentacin individual al comportamiento abusivo que siempre aparecer cuando un individuo calcule, egostamente, que puede resultar beneficiado sin que la reduccin de bienestar social redunde directamente sobre l. Y esa tentacin (es fcil deducirlo) aumentar a medida que el grupo sea mayor y mayor la proporcin de personas benficas. Y no hay que olvidar, adems, que todo lo dicho vale en el supuesto (tambin ideal, por desgracia) de que los individuos tienen libertad para adoptar el comportamiento que prefieran. Pero, si un individuo (o grupo social) tiene la capacidad (la fuerza) de imponer su comportamiento abusivo impidiendo a los benficos que lo adopten, es obvio (la puetera naturaleza humana) que lo har. Squense las conclusiones pertinentes (conste que no estoy hablando expresamente de la poltica internacional de los Estados Unidos). Bueno, con este rollo pretenda una introduccin para aplicar la teora de juegos a las relaciones reales entre las personas, incluso a las de pareja. Pero dejmoslo para otro momento.

8 de septiembre de 2006

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Amor y teora de juegos

Hay quien piensa que en una relacin amorosa es el que ama el que obtiene beneficio amando (no le supone coste), mientras que el amado slo recibe beneficio en el caso de que sea tambin amante; en ese caso, adems, el beneficio es incalculable. La verdad es que esa opinin se aproxima mucho a lo que yo intua sobre las relaciones amorosas. Voy a hacer el ejercicio de modelizarlas en el esquema de la teora de juegos, aunque ello exija mayores complicaciones. Tomemos pues el amor como la "sustancia" de la relacin entre dos personas A y B. Segn la opinin antes dicha (que comparto), si A ama a B es A quien est beneficindose, porque creo que el amor, cuando sale de uno (porque ests lleno de l) te aumenta tu felicidad interior (lo contrario que ocurre con el rencor). Como tenemos que dar valores, digamos que A "obtiene" 2 unidades positivas. Digo 2 porque creo que B, aunque no haya pedido nada, algo positivo recibe, si bien de menor cuanta que el beneficio de A; as que pongamos que B obtiene 1 unidad. Por tanto, en una relacin en que slo uno de los dos ama, ambos salen beneficiados (ms el que ama que el que es amado). Creo que puede defenderse que el amor, incluso aunque no sea correspondido, aumenta el bienestar social. Y qu pasa si A y B se aman mutuamente? Entonces los beneficios de recibir el amor del que uno ama son incalculables. Es decir, que para ser capaz de "maximizar" los efectos benficos de quien te ama has de amarlo. Como el modelo no admite valores incalculables, supongamos que en una relacin de amor mutuo A, amando a B, gana 2 unidades y B gana 3; y B, amando a A gana 2 unidades y A gana 3. As que, cada uno obtiene del amor mutuo 5 unidades (2 de uno mismo y 3 recibidas) y el bienestar social pasa a valer 10 unidades. Espectacular incremento respecto a una relacin de amor no

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correspondido! Conclusin: ammonos todos mutuamente y el mundo elevar desmesuradamente su nivel de felicidad. Tal como lo he modelizado, lo bueno del amor respecto a otras relaciones humanas no romnticas, es que nunca hay costes; es decir, toda relacin amorosa supone un aumento del bienestar, tanto para el amante, el amado y la humanidad en su conjunto. En teora pues, los seres humanos deberamos tender a amar, y a amar cada vez ms. Pero eso no ocurre siempre (ni siquiera con la frecuencia adecuada, dira yo). Por qu? En primer lugar, pienso yo, porque el comportamiento amoroso no es algo que se pueda adoptar voluntariamente. Creo que todos sabemos que cuando amamos nos estamos beneficiando (y, si adems nos aman ... como jugar al pker y ganar), pero no podemos decidir amar as, por las buenas. Sin embargo, no creo que el que amemos o no dependa fundamentalmente de la persona que encontremos para amar. Vamos a ver, no digo que sea indiferente, que cualquiera pueda ser el amado. No, de lo que cada vez estoy ms convencido es de que uno ama (o est en condiciones de amar) en funcin de su estado emocional propio, que depende ms de uno mismo que del otro. Con lo que llego a otra opinin que tambin comparto: que el amor es algo ms que intentar que el otro est pendiente de nosotros, es llevar a alguien en el corazn independientemente de que ese alguien te lleve a ti en el suyo; y que el amor no tiene limite de sujetos: se puede amar a tantas personas como capacidad de amar uno tenga. La conclusin a mi juicio sera que hay que buscar el amor dentro de uno mismo (alimentarlo) y eso har que las relaciones con los otros sean de amor y, consecuentemente, aumentaremos nuestra felicidad, la del otro y la del conjunto de la humanidad (qu maravilla! Me est saliendo un texto new age a tope; debera soltar alguna bestialidad a modo de anticlmax). Tambin, volviendo al tema de por qu las relaciones amorosas no son tan frecuentes como debieran, podramos suponer que el amor es un rango dentro de la emotividad hacia el otro. Es decir, lo que hay es una relacin afectiva, afectividad. Si esa afectividad est

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entre unos determinados valores convenimos en llamarla amor; en otro rango la llamamos amistad, simpata, etc; luego podra denominarse indiferencia, despus tirria, al final rencor u odio a muerte. Si fuera as, tendramos que complicar mucho el modelo de medida de las relaciones entre A y B y, desde luego, apareceran valores negativos, tanto para cada uno de los individuos como globalmente. En un modelo sobre las relaciones afectivas (en el que el amor fuera slo una situacin particular, una medida de la "sustancia" que fluye en uno u otro sentido en la relacin entre dos personas), podra comprobarse fcilmente cmo el amor del amante se va transformando como consecuencia de la reaccin del amado. Es decir, que A ama a B pero, si B es indiferente a A, poco a poco A va dejando de amar a B. Y si B, no slo es indiferente a A, sino que ama a C (y A se entera), el amor de A cambia de signo (rencor) sin pasar por los estados intermedios. En fin, que necesitaramos un ordenador con bastante capacidad de clculo para simular los comportamientos afectivos. Y mucho me temo, que todos estos modelos tenderan poco a poco a resultados muy similares al anterior tan simple de los benficos y abusones. Es decir, que es fcil intuir que en las relaciones amorosas (o afectivas, para ser ms amplio) tambin se propicia el amante/amado abusn que, a su vez, contamina a los amantes/amados benficos hacindoles que, en el futuro, tiendan a comportamientos tambin abusones. Claro que podra decirse que un amor que depende de la reaccin del amado no es un verdadero amor. Y estoy de acuerdo. Pero entonces, hemos de convenir que usamos el trmino amor para abarcar otros sentimientos (no tan puros, desde luego). O, lo que viene a ser lo mismo, que pocas personas saben amar con ese amor.

9 de septiembre de 2006

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Juegos de suma cero? No, gracias

Hace unos 20 aos, Robert Axelrod, un profesor de ciencias polticas de Michigan, plante un concurso de estrategias (programas de ordenador) para jugar al Dilema del Prisionero. Este es el juego cannico de altruismo / egosmo, que modeliza cualquier interaccin (no necesariamente entre humanos) cuyas caractersticas bsicas sean que ganas ms si eres egosta y el otro altruista, que la cooperacin mutua es mejor que el egosmo de ambos y que el egosmo de ambos es mejor que la situacin del altruista cuando el otro es egosta. Si se piensa un poco, se ver que estas reglas son aplicables a muchas situaciones de la vida real. Pues bien, en una partida nica del Dilema del Prisionero (o en varias, siempre que los jugadores conozcan cuntas van a ser), ambos jugadores tendern a ser egostas (o abusones, en mi anterior terminologa). Sin embargo, lo que Axelrod comprob a partir de simulaciones informticas, es que si el nmero de partidas es indeterminado, las estrategias que mejor funcionan (y, por tanto, las que tienden a ser estables) son las que l llamaba amables (las que empiezan cooperando y solo desertan como repuesta a un comportamiento abusivo) y clementes (las que tienden a olvidar antiguas ofensas, sin perjuicio de que respondan a las recientes). De otra parte, si suponemos que las estrategias van evolucionando como resultado de su mayor o menor xito (digamos que las que menos xito tienen se van abandonando), se tendera a una estabilidad basada en la casi continua cooperacin. Hay algunos factores ms que intervienen (y que distorsionan esta tan idlica evolucin), siendo quizs el ms relevante la distribucin inicial de estrategias en la poblacin de que se trate. No es lo mismo (para la evolucin futura) que se parta de una poblacin en la que predominan comportamientos amables y clementes que de otra en una situacin contraria. Pero tampoco vamos aqu a profundizar demasiado.

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Sin embargo, hay un detalle muy importante que no he mencionado y es que el Dilema del Prisionero (como las interacciones reales susceptibles de modelizarse mediante el mismo) es un juego de suma NO cero. Un juego de suma cero es todo aqul en el que mi ganancia es igual a tu prdida. As son la mayora de los que solemos llamar juegos (las competiciones deportivas, por ejemplo). Los juegos de suma cero son enormemente excitantes (presumo que ms para la mentalidad masculina que para la femenina), hasta el punto de que intuyo que tendemos a plantearnos muchas de las interacciones reales como si respondieran a las caractersticas de este tipo de juegos. Estos juegos, adems de la competitividad, estimulan la envidia que, a nuestros efectos, puede entenderse como que ganar ms que el otro sea ms importante que la ganancia propia en trminos absolutos. Me contaron hace un tiempo que en varias negociaciones sindicales se haba comprobado que los trabajadores daban ms importancia al diferencial de su aumento de sueldo respecto al de otros que a la cuanta del aumento en s. Llevndolo a la caricatura (aunque no tanto), parece que ser que un empleado tipo prefera que a l y su colega les aumentaran un 10% el sueldo antes que un aumento del 20% a l y del 30% a su colega. Nunca hemos estado en situaciones en las que preferimos perder siempre que el otro pierda ms o, al menos, no gane ms que nosotros? Lo que se me antoja muy llamativo, es que muchas de las situaciones de la vida real se pueden llevar tanto a juegos de suma cero como a juegos de suma no cero. Obviamente, lo ms razonable sera procurar en cada caso convertir una interaccin personal en un juego de suma no cero y, consecuentemente, apostar por un comportamiento cooperativo. Sin embargo, pareciera que tenemos un diablillo envidioso dentro que nos hace preferir el modelo competitivo de la suma cero. Y tampoco creo que es que seamos envidiosos o rencorosos de entrada (aunque muchas veces sean estos sentimientos la respuesta espontnea al dolor recibido, por ejemplo), sino que con frecuencia a ese modelo nos va llevando una especie de desconfianza preventiva: de entrada, yo no me muestro generoso y espero a ver que haces t ... Al final, acabamos peleando para que ninguno obtenga ni un pice ms que el otro.

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Por supuesto, las relaciones afectivas son (deberan ser) juegos de suma no cero; incluso pienso que deberan ser de suma positiva, como ya elucubr en mi anterior texto. Alguien me ha dicho, por ejemplo, que ha vivido relaciones amorosas en las que ha dado x y ha recibido una cantidad mayor que x; que entonces ha intentado dar ms de x, pero ha vuelto a recibir ms de lo que daba; y as sucesivamente. Pues me parece fantstico (evidentemente estamos ante un juego de suma no cero, sino crecientemente positiva) salvo que ... Salvo que ese dar y recibir (difcil identificar el signo de los intercambios en una relacin amorosa) se empiece a percibir por alguna de las partes (o por las dos) como una competicin y, por tanto, se entienda que debe equilibrarse. Me parece lgico que, en ese caso, el que se siente abrumado por recibir ms de lo que da se retire y deje la relacin. Alguna vez me han comentado que cortamos las relaciones porque no nos compensa la forma (cantidad y calidad) en que se estn dando las transacciones. Por supuesto que es as (salvo que seamos masoquistas o estpidos); pero la cuestin estriba en identificar por qu no nos compensa. Y as puede no compensarnos porque creemos dar ms de lo que recibimos o tambin por lo contrario. De todas maneras, sin que necesariamente afirme que es imposible modelizar las relaciones amorosas mediante la Teora de Juegos, s pienso que el modelo tendra que ser mucho ms complejo que el mero esquema didctico planteado aqu. Y uno de los temas que ms habra que discutir es sobre el dar y el recibir y su traduccin en unidades de valor; porque sigo pensando (intuyendo, ms bien) que gana ms quien da; o para expresar algo mejor lo que quiero decir: que una de las mayores ganancias que se reciben de una relacin amorosa (y una de las motivaciones para vivirla) es el que te posibilita dar amor, mucho ms que el recibirlo.

11 de septiembre de 2006

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Lima

Me acabo de levantar desesperado de no poder conciliar el sueo. En la cama me venan montn de ideas a la cabeza, visitantes intempestivas ajenas a mi voluntad. Entre ellas, recuerdos de Lima, ciudad en la que habit entre el 75 y el 81. S porqu vienen ahora estos recuerdos: hay un algo que los convoca y hay una disposicin de nimo. El convocante: el libro que actualmente leo; la disposicin de nimo: la provocada por ejercicios vespertinos de evocacin. El caso es que el autor a quien leo alude a una Lima de mediados de los aos 50 y la describe en un retrato sin concesiones que me record algo que escrib yo sobre la ciudad de un cuarto de siglo despus. As que me levanto y rebusco entre papeles viejos. He tardado casi media hora en encontrarlos. Un texto escrito la noche de San Juan de 1983. Llevaba unos dos aos en Madrid, tena casi 24 y todava aoraba la ciudad y los amigos peruanos. Lo releo y me sigue gustando. Son palabras duras, vomitadas de golpe, sin pensar. Ah va:

Parturienta de abortos mal paridos, prostituta vieja disfrazada con caretas de mentiras, maquillajes ya podridos y oropeles arrugados; te falta el fuego que hara vida tus agua, tierra y aire separados. Lima de cielo anegado que no sabes llover, Lima sin florecer en desierto mojado, Lima que engaas y matas, Lima que no ves. Oye, inmenso estercolero de carroas: alimentas depravados y corruptos que construyen con tu fango mausoleos, monumentos dicen ellos- al buen gusto. Lima, nia educada para agradar al que toque: buenos modales, coqueteos y charlas para salones huecos. Siempre te vistes de virgen y te han violado mil veces.

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Pero a pesar de que ya huelen tus entraas descompuestas, de que hay grietas y cicatrices visibles en tu cuerpo, de que tu sonrisa ensea las costras de tus muertos, de que es de tontos escuchar tus tonteras ... A pesar de ello y de ms que se me olvida, sigues seduciendo, Lima ma.

9 de octubre de 2006

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Fantasas de infidelidades y asombros personales

El otro da, en un bar, mantuve una conversacin con una amiga que me dej asombrado por muchos motivos. Cuento de lo que hablamos y luego explico los motivos de mi asombro. Al principio de la conversacin, tangencialmente, hicimos algunos comentarios sobre lecturas. Yo le dije que en esos momentos estaba leyendo La danza de la realidad, de Alejandro Jodorowsky; ella lo conoca, haba ledo algn libro suyo. Nada ms ... Pasamos a otros temas. Un rato ms tarde, cuando ya nos bamos a ir, la conversacin haba derivado hacia las relaciones de pareja. Entonces, de repente, me pregunt si recordaba una pequea historieta que Jodorowsky contaba en el libro que yo haba citado, como un ejemplo de las tcnicas que usa en la prctica de lo que llama psicomagia. Se trata de la historia de una mujer que estaba obsesionada con el deseo de tener amantes pero, por un alto aprecio a la fidelidad a su marido, se contena. Jodorowsky le propuso que llevara su fantasa a la prctica pero con la anuencia de su marido. Transcribo las instrucciones que le dio: Primero debes confesarle a tu esposo estas pulsiones y convencerlo de que colabore contigo. l alquilar un cuarto de hotel. Luego te llamar, imitando otra voz, para darte cita all. Cuando llegues a la habitacin, l te estar esperando disfrazado de otro, ya sea con bigote, barba o cabellera postiza, y actuando con gestos nunca empleados. Sin decir una palabra debis hacer el amor. El partir antes. T llegars de regreso al hogar, donde tu marido, habiendo recuperado su personalidad, estar esperndote. Debe preguntarte: De dnde vienes? y t responderle con una mentira: Vengo del dentista. Este acto debe repetirse varias veces, disfrazndose tu marido cada vez de una persona diferente.

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Pues bien, una vez que le confirm que s me acordaba, esta amiga ma me dijo que ella tena la misma obsesin que la mujer del libro y que, al leer este pasaje, se decidi a poner tambin en prctica los consejos del autor. Por lo que me cont, lo ms duro fue atreverse a hablar con su marido; estuvo varios das sin decidirse, lo que le iba provocando un estado de ansiedad cada vez ms insoportable. Finalmente, aprovechando una tarde en que ambos haban bebido ms de la cuenta y se haban montado una pequea fiestecita ertica, le explic sus deseos. Por lo visto, le sorprendi la receptividad de l, parece ser que le encant la idea. En fin, el caso es que han llevado la fantasa a la prctica en tres ocasiones, siguiendo siempre las instrucciones de Jodorowky. En todos los casos han recreado escrupulosamente la ambientacin de clandestinidad que requiere la vivencia de una infidelidad autntica (ahorro varios detalles que me cont) y en todos los casos, al volverse a encontrarse en su vivienda, han eludido totalmente referirse a las aventuras. En esos encuentros mi amiga ha disfrutado sexualmente como no recordaba haberlo hecho nunca. Ha hecho cosas que, ni con su marido (en el papel de tal) ni con ningn otro, haba hecho nunca y ha sentido que dejaba fluir deseos que ni siquiera ella era consciente de sentir. Adems, lo que ms le haba sorprendido es que en esas situaciones notaba que a su marido le ocurra algo muy similar. Lo que pasa es que no lo han hablado. Es ms, sus relaciones sexuales fieles siguen siendo como eran antes de las infidelidades; segn sus propias palabras, como una sopa de pollo sosa frente a una vichyssoise. Naturalmente, le pregunt que por qu no incorporaban ese tan satisfactoria sexualidad a su comportamiento conyugal; la respuesta fue que le daba miedo (y crea que tambin a su marido) que en ese caso se perdiera la magia. Me dijo que, aunque en su parte consciente saba que con quin se acostaba era con su marida, mientras viva esos encuentros una parte de ella estaba convencida de vivir una infidelidad; y esa parte de ella llegaba en momentos a acallar a la consciente casi por completo. Ella piensa que los sentimientos revueltos de vergenza, impudicia, culpabilidad, miedo, que le embargan ya desde que se viste para ir al hotel en el que le espera su amante son justamente el ingrediente afrodisaco fundamental que le permite obtener tanto placer.

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Y ahora los motivos de mi asombro. El primero sobre la historia en s. Al margen de su mayor o menor rareza, no deja de ser curioso comprobar cmo en muchas personas la trangresin de los esquemas que tenemos interiorizados respecto al sexo es un potente afrodisaco. Supongo que la represin de deseos sucios (entindase el adjetivo como sntesis de todas aquellas pulsiones erticas que interiorizamos como no lcitas) hace que adquieran esa fuerza. Lo que me pregunto es si no es posible mantener ese erotismo asumiendo la licitud de esos deseos. O dicho de otra forma, si ni siquiera en lo ms ntimo sintiramos que estamos transgrediendo, seguiramos erotizndonos tanto? El segundo motivo tiene que ver con el hecho de que esta amiga me contara esta historia. Supongo que buena parte del porqu se encuentra en que tena la necesidad de compartirlo con alguien y siente que no puede hacerlo con el directamente implicado. Pero quiero creer (porque me ha ocurrido repetidamente en los ltimos meses) que tiene tambin algo que ver conmigo; como si yo le ofreciera un recipiente adecuado para descargar sus pensamientos y emociones. Y esto me asombra porque antes de mi crisis rara vez me ocurra. As que me da la impresin (lo digo a modo de hiptesis todava sin corroborar) de que ese proceso de ruptura interior en el que estoy, adems de mis desconciertos, parece que tiene como otro de sus efectos dotarme de una mayor accesibilidad a la intimidad de los dems. Pues qu bien. Y el tercer motivo (hay ms, pero ya quiero acabar) es la magia de las casualidades. Justamente leyendo ese libro es que tengo esa conversacin con una amiga que, en realidad, tampoco lo es tanto. Desde luego, a Jodorowsky le encantara la ancdota. Y ahora que lo pienso, tambin a Paul Auster, uno de mis escritores favoritos.

11 de octubre de 2006

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Amar y necesidad de ser amado

Cada vez me voy convenciendo ms de que las claves de la felicidad personal (o de la serenidad o de la paz o llmese como se quiera) estn en nuestro propio interior. Neurolgicamente as es y, aunque todava no se sepa demasiado, no admite excesiva discusin que la felicidad se corresponde con determinados estados cerebrales, con determinadas situaciones bioqumicas. En todo caso, carezco de formacin suficiente para embarcarme en esas digresiones. De otra parte, tambin cada vez me voy convenciendo ms de que un estado de felicidad personal va unido a lo que calificar (de forma conscientemente ambigua) de buenos sentimientos y, entre ellos, el amor. No s qu va antes (qu es causa de qu), si la felicidad o el amor. Intuyo no obstante que debe haber una especie de relacin circular entre ambos, de retroalimentacin, que diran algunos. Si vas logrando ser feliz (o aumentar tu grado de felicidad) vas siendo capaz de amar ms y mejor; pero tambin aumentas tu grado de felicidad a medida que vas aprendiendo a amar ms y mejor. Para m -es ya preciso sealarlo- amar es simple y llanamente querer el bien del amado (y, obviamente, sentir y actuar bajo esa premisa). No creo que haya distintos tipos de amor (aunque s distintas intensidades en la vivencia del sentimiento); lo que hay, eso s, son distintos sentimientos o emociones aadidos al amor que, segn cules sean, hacen que hablemos (errneamente, creo yo) de tipos distintos de amor. Seguramente (como el otro da me deca una amiga) el amor ms puro, el ms carente de aadidos, sea el que se siente por los hijos. Queremos su bien, sin que ese sentimiento venga condicionado por otros aditamentos y, con mucha frecuencia, lo queremos por encima y a pesar del nuestro propio.

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El amor en una relacin de pareja (entindase tambin en su ms ambigua y amplia acepcin) suele venir, desde luego, con muchos aditamentos. Y esos sentimientos parsitos los tenemos tan interiorizados en nuestra percepcin del amor que demasiado a menudo los confundimos con ste. Por ejemplo, la posesin, la exclusividad. Yo slo puedo amar (con el "amor de pareja") a una persona y -corolario lgico- esa persona debe amarme a m y slo a m. A partir de ah, por tradicionales (y biolgicos) encadenamientos entre amor y sexo, se llega a la frmula prctica (aunque algo burda) de que slo puedo tener relaciones sexuales con mi pareja y (ms importante todava) ella slo puede acostarse conmigo. Pero esto es slo una faceta (la ms llamativa) del asunto. Intuyo que la mayora de esos aditamentos tan involucrados en nuestras "penas de amor" tienen menos que ver con el amor que con nuestra necesidad de ser amados. Mi ex-mujer me escribi que hasta que plante la separacin no haba sido consciente de sus necesidades afectivas, que ahora saba que necesitaba ser amada de una determinada forma y yo no poda amarla como ella necesitaba. No deca que hubiese dejado de amarme; pero, evidentemente, sus necesidades de ser amada (no cubiertas por mi amor) eran mayores que su amor hacia m, al menos en lo que se refiere a seguir juntos. Me da la impresin de que muy frecuentemente el amor que sentimos acompasa su evolucin a nuestra necesidad de amor. Supongo que casi todos, en la medida en que distamos bastante de la santidad, para poder dar salida (y hacer crecer) a nuestro amor a otro, tenemos que recibir el amor del otro (o, al menos, creernos que lo recibimos); no me resulta verosmil una relacin en que uno ama a quien no le ama. Sin embargo, me da la impresin de que, con demasiada frecuencia, pesan ms en nuestra afectividad los aditamentos derivados de la necesidad de amor que el puro y simple amor, hasta el punto de que "ensuciamos" ste. No estoy para nada seguro de lo que trato de explicar, slo puedo decir que es en esta lnea en la que van mis planteamientos y en la que trato de moverme afectivamente. Me pregunto por qu no intentar poner el acento en sentir amor hacia el otro (o los otros) sin hacerlo depender (o condicionar) de nuestras necesidades de ser

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amados. No hablo, por supuesto, de amor en abstracto, de esa especie de caridad universal que las ms de las veces es una excusa hipcrita carente de chicha emocional verdadera. Hablo de atrevernos a dejar que fluya el sentimiento amoroso hacia alguien (cuando ese alguien te lo provoque, claro) por el simple placer de amar, de hacer crecer en ti mismo ese sentimiento tan ligado a la felicidad. Y, a la vez, no esperar que ese alguien a quien amas te ame, procurar (no s muy bien cmo) reducir tus necesidades de ser amado. Tengo el plpito de que al fomentar el amar desvinculado de nuestras necesidades de ser amado (y, a la vez, reduciendo estas necesidades) uno avanza hacia la felicidad. Tambin de que lo normal es que en esa lnea de crecimiento uno reciba amor, regalo que siempre es una maravilla, incluso aunque furamos capaces de no hacer depender nuestra felicidad (ni nuestra capacidad de amor) de ello (es decir: redujramos nuestra necesidad). Pienso, adems, que por ah se puede llegar a relaciones afectivas (me resisto a llamarlas de pareja) mucho ms sanas y constructivas para la felicidad mutua de los implicados. Pero los plpitos anteriores los tengo para m; ni idea de si valen para otros. Supongo que cada uno tiene que mirar dentro de s, a ser posible sin engaarse y sin miedo a desmontar las referencias que se ha ido (o le han ido) construyendo sobre cmo son las cosas, sobre cmo es el amor, sobre cmo son las relaciones. Hablo slo por m. Aun as, he hablado con muchas personas sobre este asunto. En la mayora de ellas he percibido la estrechsima vinculacin entre el amor que sienten y sus necesidades de ser amadas. En muchas, adems, he notado que les parece superflua la distincin entre lo que llamo amor y sus aditamentos. Tengo la impresin de que casi siempre el amor surge de la necesidad de ser amados e intuyo que ese es mal camino. Y compruebo que genera crculos viciosos que se repiten hasta la saciedad, sin que los propios afectados vean lo que a m me parece que es el nudo gordiano. Hay una idea muy repetida y que vendra a ser que el dolor del desamor (cuando se ha dejado de amar) se cura cuando te vuelves a enamorar. No s ... Es verdad, ciertamente; pero pienso que se est hablando de necesidad de amor y de amor en un mismo lote y no me convence.

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En lo que a m respecta, tengo la sensacin de que mi ruptura de pareja, con sus efectos de cataclismo interior, ha hecho que se me disparen las ganas de amar y, curiosamente, que se me amortige mi necesidad de ser amado. Asisto con cierto desconcierto al desbordamiento de emociones que deba tener reprimidas y descubro, con sorpresa, que lo que llamaba al principio "sentimientos buenos" hacen que me sienta ms cercano a ese estado indefinible que llamamos felicidad (y que, de momento, prefiero calificar como serenidad). Esos sentimientos salen de m y encuentran (sin que los est buscando) destinatarios. Naturalmente, no todos son das de vino y rosas. Siguen ah dolores y ansiedades, cosas que hay que sacar, muchos pasos que hay que dar. Y ojal que el amor que pueda dar (sea de la calidad que sea, y que me hace sentirme bueno sintindolo) valga para hacer bien a quien lo recibe, pero tambin que no le sea necesario, porque su felicidad (la de cada uno de nosotros) no depende de lo que nos viene de fuera (aunque, muchas veces por miedo, nos guste crernoslo).

23 de octubre de 2006

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Learning from Laura

Viernes pasado hacia las siete y media de la tarde. Ejerciendo de to, llego a recoger a mi sobrina de 9 aos al Conservatorio. La princesita, tras hacerse esperar, se acomoda, segura y majestuosa, en el asiento trasero del coche. Viste al chico que ha salido corriendo justo antes que yo? Pregunta. No me di cuenta, por qu? Se llama Iaki y me gusta, me informa con suficiencia. Ah, es un compaero del Conservatorio? S, est en la misma clase que yo, pero es nuevo. Laura por supuesto- ya es mayor. El renacuajillo que ha salido corriendo antes que ella (s le haba visto) es un chico, como ella es una chica. De hecho, alude con frecuencia a esos tiempos remotos en que ella era pequea y no le gustaban los chicos. Claro, razona, entonces era una nia y ellos eran unos nios. Pero ya es mayor; por lo menos es mayor desde finales del curso pasado (hacia las fechas de su primera comunin) porque por esas fechas tuvo su primer novio, un compaero del cole. Y este verano parece ser que tuvo dos novios ms, uno en el cole de vacaciones y otro en Denia. Pues nada, voy yo e ingenuamente le pregunto si le ha dicho al chico que le gusta. Con tono entre escandalizado y despectivo me contesta que vaya tonteras digo, que no es ella quien debe decir nada. A continuacin me explica, con la paciencia que hay que dedicar a un lerdo, que es el chico quien debe decirle a la chica que le gusta. Con todos sus novios ha sido as y a este respecto hay plena unanimidad entre todas las amigas. Adems aade- no tena que habrtelo dicho, porque t no puedes entenderlo ya que eres chico. Para tirarle de la lengua (no quiero que se rompa esa confianza me ha brindado), le digo que eso de que son los chicos quienes han de dar el primer paso ya no es as, que eso era antes pero ya no ... Eso ya lo s, me dice, era as cuando las nicas que trabajaban eran las chicas. No, al revs, quienes trabajaban eran los chicos, pretendo corregirle. Me refiero a quienes trabajaban en la casa, me aclara con ligera indignacin. Ah ... Vale, pero entonces, ahora que ya no es as,

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las chicas ya pueden declararse a los chicos. Silencio; evidentemente la pequeaja siente que ha cado en una trampa, pero no est dispuesta a aceptar mi conclusin. No ser que te da vergenza? Claro que me da vergenza, pero no es por eso que no lo hago, porque si quisiera lo hara. Pero, Laura, y si a Iaki tambin le gustas pero no se atreve a decirte nada porque tambin le da vergenza? Los dos perderis la posibilidad de divertiros juntos; no te parece que es un poco tonto? Jo, no te voy a decir nada, porque no me entiendes. Y tema zanjado: no soy interlocutor vlido, pese a lo cual deb sembrar alguna duda en su cabecita, porque me inform que consultara la cuestin con sus hermanas mayores y con su mejor amiga. Todava hubo algunos coletazos residuales, pero ya en plan ms abstracto, casi filosfico. Ella solita lleg a relacionar la vergenza y el miedo, en tanto ambos son monstruos que llevamos dentro y nos impiden hacer lo que queremos, incluso las cosas buenas. Pero, aunque parecidos, esos dos monstruos tambin eran muy diferentes porque la primera es roja y el segundo es blanco. Yo no estaba muy de acuerdo; a m me pareca que la vergenza es verde y el miedo es negro. Entonces Laura me explic que estaba equivocado porque el rojo y el blanco son los colores que adoptaba su cara cuando senta cada una de las respectivas emociones. Es verdad, le dije, pero eso es porque el monstruo del miedo, al crecer dentro de ti, te chupa el color negro y tu cara se queda blanca; y lo mismo hace la vergenza que al chuparte el verde te deja la cara roja. Sorpresa: pese a sus aires de suficiencia, parece que la explicacin improvisada de la complementariedad cromtica le impresion y, al menos, admiti la posibilidad de que yo tuviera razn. Al fin y al cabo (debi pensar sin siquiera ser consciente de que eso era lo que pensaba) le complazco dndole la razn en esta chuminada terica, y a cambio me deja en paz con mis asuntos reales respecto a Iaki. Y uno se queda pensando si ser verdad que han cambiado mucho las cosas y en cmo, desde tan pequeitas, se van perfilando modos de ser, de pensar, de sentir ...
24 de octubre de 2006

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Antes de dormirme

Es mientras convoco al sueo; el breve rato nocturno en que mi cuerpo inicia la relajacin del abandono y la mente activa va, poco a poco, liberando los mandos. Pensamientos que no son tales sino imgenes enlazadas en narracin surrealista, un extrao viaje en el que me dejo embarcar sin voluntad de entender, sin ni siquiera intentar dirigirlo. Sensaciones difusas y confusas, voces sin sonido que pronuncian las partes oscuras de mi cuerpo. Percibo (o as me parece) mi sangre fluyendo, mis vsceras en plpitos convulsos ... Msica entrecortada que envuelve ideas raras e inconexas, destellos vvidos pero tan breves que apenas mi atencin, aletargada, es capaz de fijarlos. Son slo momentos, todos con cuentagotas, dosis homeopticas de miedo, ansiedad, aceptacin serena, comprensin luminosa. Y la intuicin sutil y brevsima de que la cortina va a descorrerse. Pero entonces me duermo. Dormir sin sueos ni despertares, ser en fecha que ya no es lejana, ser en la noche o en la maana, y no s si aqu o junto a otros mares. Querra irme con la mente calma, desenredados los malentendidos, perdonado por aquellos que he herido y sin ms ansiedades en mi alma. Antes de que el silencio me lo impida busco pronunciar las voces precisas que desvelen la verdad de mi vida; mas todo corre demasiado aprisa y no alcanzo ms que a ver desvada a la parca murindose de risa.

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Habran sido las once de hoy domingo a la maana. Estara quieto, inmvil de un deceso an reciente. Apagados los sentidos, sus huellas en la mente. Tiempo de trmite, mudanza esperada. Las slabas de mi nombre rebotando en las paredes. Los pasos de ella como ecos acolchados, su mirada picotea ese mi cuerpo malhadado, clida humedad en el rostro (sigue caliente). Veo con los ojos cerrados, oigo desde dentro, siento sabores y olores que slo son pensamiento. Habra estado inmerso en un sonoro silencio, anegado en luz y colores en los que soy envuelto. Vienen todos a verme ... despedida o encuentro? Hablan las pupilas, no se mueven los miembros. Azulean sombras claras alumbrando senderos. Y nada tiene importancia hasta que se repita el cuento.

19 de noviembre de 2006

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Lali y Lolo .... (y Tato)

Lali viva con Lolo. Lali quera mucho a Lolo y Lolo tambin quera mucho a Lali. Pero Lolo no saba o no poda ensearle a Lali su amor. Lolo, adems, estaba enfermo, muy enfermo. Y la enfermedad encerraba ms a Lolo en s mismo, por ms que Lali pugnaba por que se abriera. Al final, despus de tres aos juntos, Lali senta que no poda seguir con Lolo y se lo dijo. Lolo se fue. Luego, poco despus, Lali le pidi que volviera, pero Lolo crey que, en su estado, era mejor seguir solo. As que, aunque la quera, prefiri mantener cerrados sus sentimientos, pasar solo su enfermedad. Lali pas unos meses muy triste. La tristeza, no obstante, fue poco a poco mitigndose y Lali pens que era mejor que se hubieran separado. Entonces conoci a Tato y enseguida se quisieron. Ambos queran, en esos momentos de sus vidas, aprender a dejar salir sus sentimientos. As que Lali descubri en Tato cosas que no viva con Lolo y Tato, por su parte, encontr en Lali alguien que le permita, le propiciaba, dar los pasos que necesitaba. Lali y Tato siguen juntos desde entonces. No viven en pareja, pero se ven con frecuencia, salen y se divierten, viajan y van al cine, hablan (a veces discuten) y ren, se quieren el uno al otro procurando no encorsetar sus sentimientos con etiquetas o comportamientos preestablecidos. Yo creo que Lali y Tato estn a gusto juntos y, sobre todo, estn ayudndose mutuamente a ser mejores, a crecer cada uno entre dudas y titubeos. Y un ao despus de la separacin, Lolo ingresa en un hospital, muy grave. Lali cree que va a morir y va a su lado. Lolo, con medias palabras, le dice (sin decir) que la quiere, le da a entender que cree

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haberse equivocado. Lali sabe que no siente igual que hace un ao, pero calla porque tiene miedo de hacerle dao; querra que muriera sintindose acompaado. Tras casi un mes internado, con pruebas y ms pruebas, a Lolo le dan el alta. Puede que todava haya una esperanza; puede que lo que se descart hace dos aos sea posible. Lolo habr de ir a otra ciudad a someterse a una operacin importante y si todo va bien ... Lolo, tras esta estancia y tras esta noticia, est ilusionado, con ganas de vivir, de poder dejar salir sus sentimientos como antes no lo hizo. Y Lali est esperanzada y alegre porque -ojal- todo puede ir bien y Lolo cambiar la muerte por un nacimiento. Pero, a la vez, tiene miedo y dudas de conversaciones que pueden ser inminentes. Y no sabe qu es lo correcto. Tato, mientras tanto, no quiere influirla. Quiere que sea ella quien decida, desde la honestidad consigo mismo y desde el amor hacia Lalo. Pero es difcil saber dnde se equilibra el fiel de esa balanza. Tato tambin querra no ser un factor en esa ecuacin; que la decisin de Lali no viniera condicionada por l, sino por sus sentimientos hacia Lalo. Aunque Tato sabe que por ms que queramos dejar libres a quienes amamos ... Siempre la teora es ms fcil.

24 de noviembre de 2006

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Certezas contradictorias

Entonces, .... , tom conciencia de dos cosas: primero, de que no podra vivir sin ella, y, luego, de que se equivocaba, de que s, de que sin duda podra vivir sin ella. No supo cul de estas dos certezas le result ms dolorosa (Jorge Volpi en la pgina 69 de No ser la Tierra). Dos certezas contradictorias que asaltan frecuentemente a quien finaliza una relacin. Sobre todo, si el fin le viene impuesto por la otra persona, si uno no se lo espera porque est asentado en la seguridad abrigadora de una estabilidad cotidiana que, de pronto, te desmoronan. Se trata en ambos casos de certezas? S, porque uno siente que ambos enunciados son ciertos a la vez y lo siente con certidumbre. Y, sin embargo, son proposiciones contradictorias, no pueden ser ambas verdad. De lo cual debe concluirse que nuestra mente (nuestra mente emocional?) es capaz de escapar de las reglas de la lgica. Quizs puedan compadecerse sentimientos y lgica; quizs las dos proposiciones puedan ser ciertas si el yo que es sujeto en ambas se desdobla. Hay un yo, el que en gran medida est construido desde la relacin que acaba, que no puede seguir viviendo sin ella; pero hay otro yo, el agazapado y presto a crecer, que sabe que s puede, que incluso necesita salir de la relacin para adquirir su plena naturaleza. En esta hiptesis explicativa un yo muere para que nazca otro. Y ese yo actual sabe que no podr vivir sin ella, y por eso ha de morir; pero ese mismo yo actual sabe tambin que, una vez muerto, habr otro yo distinto que seguir viviendo, sin duda.

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Ambas certezas resultan dolorosas. Fcil entenderlo respecto a la primera: perderla es que el yo actual muera; el dolor de todo final, de dejar de ser. Pero, y en el caso de la segunda? Slo se me ocurre que es el dolor del miedo a lo que todava no es, al nuevo yo que habremos de construir. Hace varios aos, con motivo de una crisis de pareja, le dije a mi ex-mujer que dejndome me matara. Por supuesto exageraba, pero no tanto en trminos metafricos. Aos despus me dej y sent las dos certezas que ahora descubro en una novela. Quizs, sin embargo, las muerte y nacimiento de los dos yoes sucesivos no sea algo instantneo, sino un proceso de transicin que lleva su tiempo. Pero, en mi caso al menos, es (est siendo) as. De cualquier modo, hay dolores fecundos; y los dos que he comentado deberan serlo. Quiero decir, vivir esos dolores y encontrar en ellos las fuerzas para el cambio, para la muerte y el nacimiento, para el re-nacimiento. Joder, qu cursi!

19 de diciembre de 2006

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Don't shoot your gun (elogio de la contencin)

Me gusta cargar el arma; cargarla despacio, poco a poco. Cuando se hace despacio, cuando uno se demora largo rato en ese juego paciente y meticuloso, se acumulan tantas sensaciones placenteras como en ninguna otra actividad. Estoy vivo, contento. La mente acallada, fuera preocupaciones, remansado el incesante flujo de los pensamientos, paz. Y al mismo tiempo me siento lleno de energa, potente. Como si la energa inmensa que guarda la pistola cargada me inundase; o mejor: como si yo me convirtiera en esa energa y la concentrase en el arma. Naturalmente, tengo ganas de disparar; y a veces disparo. Est muy bien disparar y mejor cuanto ms se involucra uno en el acto, cuanto ms se consigue que el acto repentino del disparo se disocie en una sucesin encadenada de sensaciones conscientes. Apuntar cuidadosamente, percibir la cilndrica rigidez del can que ansa encauzar la salida del proyectil, notar sus infinitsimas vibraciones al ajustar su eje hacia el blanco, sentir como si can y objetivo se fundiesen en un solo ente, anticipando el disparo, vivir la explosin del arma en todo el cuerpo, convertirse uno en la bala que vuela e impacta y, con el impacto, se disgrega en minsculas partculas, las mismas en que yo me disuelvo. Pero antes de disparar conviene entretenerse largamente en los rituales deliciosos de cargar el arma. Porque una de las races del placer est en las ganas de disparar, as que, si uno dispara, finaliza ese proceso de incremento progresivo del placer. Por eso, cuando las ganas de disparar me parecen inaguantables, me obligo a descargar el revlver: abro el tambor y lo hago rodar, sin fijarme en las balas, disfrutando tambin de ese lnguido estiramiento de la energa del

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arma que me recorre todo el cuerpo. Y ese placer relajado no disminuye -al contrario- mi excitacin de saberme cargado. Son momentos en los que todo mi cuerpo se diluye para luego volver a generar una mayor energa en el arma concentrada. Lo maravilloso, por supuesto, es jugar a este juego con otra persona; dejar que sea ella quien te cargue el arma. Y el no va ms es alcanzar con alguien la complicidad ntima en la que se es capaz de alargar casi infinitamente el proceso. Porque entonces pueden abrirse puertas mgicas al placer compartido, a la confusin disolvente de ambas energas. En esas situaciones el arma se carga hasta lmites que uno no la crea capaz de alcanzar, porque la potencia que llega a acumular proviene de dos fuentes. En esas ocasiones no s si el arma que crea ma lo es, porque se ha convertido (as la siento) en algo comn, en un canal por el que fluyen mezcladas nuestras dos almas. Usar bien el arma, aprovechar al mximo el placer que es capaz de producirnos, requiere -como todo- un aprendizaje. Una de las primeras lecciones es que el mayor placer que te proporciona un arma no es dispararla. Eso a m me cost entenderlo. Cuando era joven porque me gustaba cargar y disparar rpida y frecuentemente; al fin y al cabo -pensaba- para eso es una pistola. Luego fui aprendiendo (me fueron enseando) a entretenerme con las distintas formas de cargar el arma, pero siempre buscando mejores y ms satisfactorios disparos. A medida que me haca mayor, empec a notar dificultades para cargar el arma as como menos capacidad de disparo. Adems, por circunstancias que no viene al caso relatar ahora, fui perdiendo inters en el arma, reduciendo su uso a ejercicios ocasionales de carga y descarga, ms casi por las exigencias de mantenimiento. Slo recientemente he descubierto que no se trata de disparar (aunque dispare) sino de compartir, lo ms intensamente posible, el juego de cargarla. Ms que en cualquier otro aprendizaje, tener la suerte de hallar un buen maestro es fundamental. En este caso -obvio es decirlo- el maestro es tambin el compaero del juego y adems quien, a su vez, ha de aprender de ti. Se trata pues de un aprendizaje compartido, como compartida es toda la experiencia; y tanto ms intensa cuanto ms compartida. Lo estimulante es que pareciera un juego

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que no tiene fin, que siempre se renueva, que continuamente permite descubrir nuevas formas de cargar y descargar las armas. Claro, hace falta confianza mutua, sentirse a gusto el uno con el otro, no tener miedo a abandonarse (al contrario: propiciarlo). Me parece que no hay por qu negar a esos sentimientos el ttulo de amor. Pero, llammoslo como queramos, lo cierto es que este uso de las armas posibilita alcanzar estados de conciencia plenos de paz y felicidad. Y, cambiando de tema, quiero aclarar que no me gustan nada las armas de fuego.

7 de enero de 2007

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Histeria femenina, orgasmos teraputicos y vibradores

Esta tarde, en el libro que estoy leyendo, descubr que la palabra histeria viene del griego hyster, que significa tero. Parece ser que, desde la Edad Media (o quizs antes), se denominaba histeria a las crisis nerviosas femeninas, atribuyendo su causa a desarreglos uterinos (por cierto, en el tero radicaban muchos de los espritus malignos que convertan a la mujer en un ser diablico). En la actual psiquiatra, la histeria es un trastorno de conversin, llamado as porque el paciente convierte un conflicto psicolgico en trastornos fsicos (por ejemplo inmovilidades parciales, incapacidades sensoriales). Obviamente, no es algo exclusivo de las mujeres, pero s es cierto que los sntomas que la caracterizaban se daban muy mayoritariamente en mujeres. En fin, lo que me llam la atencin es que en el siglo XIX la histeria femenina se convirti en un trastorno muy frecuente, sobre todo entre las mujeres de cierta posicin socioeconmica; ms en concreto, en Inglaterra, en plena poca victoriana. Hay que tener en cuenta que el XIX britnico corresponde al apogeo del puritanismo sexual y tambin al nacimiento de los ideales romnticos (si bien castos) en las relaciones matrimoniales. Es decir, se buscaba una mayor intimidad y confianza entre los cnyuges (fomentada por los primeros balbuceos de las ideas feministas) pero, al mismo tiempo, excluyendo de ese amor romntico que se estaba "inventando" sus componentes sexuales. El amor es sublime y el sexo sucio: cunto de esta afirmacin sigue anclada en muchos de los subconscientes actuales (y en algunos conscientes). Tambin por esos tiempos la sociedad biempensante se convenci de que, frente a las ideas medievales sobre la mujer, sta era intrnsecamente pura, carente de deseos sexuales (tambin esto ha llegado hasta muchos subconscientes actuales). No se crea que estas ideas eran meras excusas hipcritas;

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ciertamente la mayora de los hombres y mujeres de las clases pudientes (quienes, al cabo, establecen las ideologas dominantes que poco a poco van filtrndose al conjunto de la sociedad) lo crean honestamente. Imagino que el conflicto entre un convencimiento "ideolgico" y unas pulsiones fsicas se traducira en el incremento de crisis histricas entre las damas victorianas. Y es que en la ltima dcada del XIX lleg a hablarse de epidemia ante la exagerada abundancia de casos. Era, por supuesto, una enfermedad de clase alta, con lo cual cabe suponer (creo recordar una escena alusiva en una novela inglesa de la poca) que hasta poda considerarse "chic" o, cuando menos, perfectamente aceptable. Pero lo fantstico era el tratamiento mdico a estas seoras: se les masajeaba el cltoris hasta que se corran, momento en que alcanzaban un estado de relax desapareciendo los sntomas histricos ... hasta la prxima, claro. De ms est comentar que ese "orgasmo" no se consideraba propio del sexo (ni, por tanto, sucio) y de ms tambin que con sus maridos no deban ni intuirlo. De hecho, en coherencia con la "pureza femenina", parece que a los hombres no les haca mucha gracia que la mujer gozara ms que moderadamente (hay varios testimonios de hombres indignados cuando eso ocurra). Contemporneamente los mdicos ms avanzados (Freud entre ellos) se interesaban por la histeria y planteaban otros tratamientos. As que supongo que el "masaje ertico" como terapia socialmente admisible ira cayendo en desuso. Lstima. Est claro que si hoy una mujer (o un hombre) fuera a un profesional a que le alivie su tensin sexual con un adecuado masaje, difcilmente puede luego contarlo en una reunin social; y, en el otro lado, el que actualmente hace esa actividad no goza del mismo prestigio que podra tener un mdico en su exclusiva consulta de una elegante calle londinense. Pero bueno, tambin cabe pensar que ese "descubrimiento" del orgasmo teraputico pudo haber sido un paso en la posterior crisis de la "mujer anglica"; estoy pensando en los felices 20 (y sus desenfrenos sexuales) ... aunque luego vendran los oscuros 30 y el pacatismo postblico hasta el despertar de los 60 (pero eso es situarnos ya muy cerca).

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As que volvamos a los masajes teraputicos. Parece ser que para los ilustres doctores era un trabajo pesado. Hagamos un esfuerzo de imaginacin para recrear las correspondientes escenas (procurando situarnos en la poca y no carcajearnos). As que en 1869, el mdico norteamericano George Taylor invent el vibrador como herramienta teraputica para masajear la pelvis de manera fcil e higinica. Pero era muy aparatoso y adems iba a vapor por lo que fue rpidamente sustituido en las consultas por el que a principios de los 80 dise el mdico ingls Joseph Mortimer Granville, que iba con batera y resulta muy similar a los actuales. Por cierto, parece que este hombre no recomendaba su uso para el masaje genital femenino sino para la musculatura masculina; pero no le hicieron ni caso. El caso es que el invento tuvo un xito tremendo, tanto es as que se considera que es el quinto utensilio domstico en electrificarse (antes fueron la mquina de coser, el ventilador, la tetera y la tostadora). Los vibradores, en la ltima dcada del XIX y las dos primeras del XX se anunciaban y vendan de forma absolutamente pblica y respetable, ya que se trataba de objetos teraputicos (y lo siguen siendo, qu duda cabe). Luego es sabido que la excusa teraputica dej de ser polticamente correcta y los vibradores han pasado a otros mbitos, con sus pocas de objeto prohibido (como curiosidad: sigue estando prohibida su venta en los estados de Alabama, Georgia y Texas). Y nada ms ... Da qu pensar cmo pensbamos y actubamos hace poco ms de un siglo. Y tambin cunto de esa "ideologa" sigue perviviendo en nuestros das. O no?

24 de enero de 2007

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Lilith

Como es sabido, Dios cre al hombre en el sexto da de la creacin, hacindole dueo de la tierra y de todo lo que sta contena. Adn empez a dar nombre a los animales, que es forma primigenia de tomar posesin. Los animales desfilaban ante Adn sometindosele, siempre en parejas de macho y hembra. Adn, en su unicidad, sinti celos de ellos y, tras intentar sin suficiente xito de explorar las posibilidades de acoplamiento con la mayora de las hembras animales, rog a Dios que le diera una compaera. Dios entonces form a Lilith. Y lo hizo de la misma manera que haba hecho con Adan, es decir, modelndola a partir del polvo terrenal e insuflndole la vida. El caso es que, una vez juntos, la relacin de pareja no fue demasiado bien, ya que Lilith no result lo sumisa que Adn deseaba. Los mosqueos eran especialmente importantes a la hora del triqui-triqui, porque Adn se empeaba en montarse sobre ella y Lilith se negaba; la chica opinaba que, al estar hecha de la misma materia que el hombre, era su igual y no deba estar debajo. El Adn del mito no deba gustar mucho de la negociacin ni tampoco tendra ganas de experimentar nuevas posturas, as que, aprovechando que era ms fuerte que su compaera, la forz a ponerse debajo y santas pascuas. Lilith, indignada, se rebel, tanto contra Adn como contra Dios a quien deba considerar bastante parcial en favor de su compaero (y no le faltaba razn). As que revel en voz alta el nombre mgico de Dios (Dios es el innombrable en la religin juda) y, aprovechando sus poderes mgicos, se escap volando de Adn. Adn se qued muy jodido: su juguete se le haba escapado y volva a estar solo. En vez de ir a buscarla y pedirle perdn (algo que no encajara con la lnea ideolgica del mito), llam a Dios y le reclam

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que interviniera. Dios (para eso estamos) envi tres ngeles a buscarla y stos la encontraron junto al Mar Rojo, una regin plagadita de demonios lascivos. All estaba la Lilith retozando como loca con los demonios, beneficindose diariamente a ms de un centenar (parece un poco exagerado, pero ...). Y adems, se dedicaba a parir hijitos, que se llaman Lilim y que han seguido existiendo durante toda la historia. Los tres ngeles la amenazaron de muerte si no volva, pero ella, tras explicarles que careca de sentido que despus de su estancia en el Mar Rojo volviera a vivir como Adn en plan sumisa ama de casa, les devolvi la pelota con otra amenaza: si la mataban, sus descendientes asesinaran a los hijos varones de los hombres por toda la eternidad. La circuncisin juda est relacionada con esta amenaza: con tal ritual se protege a los bebs del poder de Lilith mediante la invocacin de los tres ngeles que pactaron con ella. As que Adn se tuvo que fastidiar, al menos hasta que Dios le hizo a Eva. Esta vez, escarmentado, la form a partir de la costilla del hombre, para que estuviera sometida a l y no le saliera respondona. El mito, tal como lo he resumido, no est en la Biblia. De hecho, al hablar de la creacin hay dos versiones ligeramente diferentes en Gnesis 1 y 2. En Gen 1, 26-27 dice que Dios cre al hombre macho y hembra, pareciendo que los hizo a la vez, ambos a su imagen y semejanza, ambos para mandar sobre toda la tierra. En Gen 2,18-25 se cuenta la creacin de Eva a partir de la costilla de Adn. Y cuando Adn despierta de su sueo y conoce a Eva dice: sta vez s que es hueso de mis huesos y carne de mi carne ... Parece que hubiera habido una vez anterior en la que la compaera no era hueso de sus huesos y carne de su carne. El caso es que parece que de estas divergencias nace el mito de Lilith. Cuando digo que el mito no est en la Biblia me refiero a que no aparece contado como un relato; sin embargo, s aparecen menciones a Lilith, as como a diversos demonios que son parientes suyos; lo que pasa, es que slo con la Biblia no se puede entender de dnde salen. En el Talmud tampoco hay una narracin del mito, pero el nombre de Lilith es el de los demonios hembras, y se usa profusamente. En todo caso, la historia forma parte de la mitologa juda y

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puede encontrarse en el libro de Robert Graves sobre los mitos hebreos (creo que lo escribi en colaboracin; no lo tengo a mano). De otra parte, hay quien sostiene que ese mito no est incluido en ninguna fuente hebrea ni en la tradicin rabnica, sino que tiene su origen en la literatura mstica juda, concretamente, en el "Alfabeto de Ben Sira" del siglo X, de donde pasa al Zohar y a otros textos de la tradicin hebrea. Parece que este libro es una especie de reinvencin de historias bblicas, tratando a los personajes sagrados de forma irreverente y blasfema. No se conoce su autor ni tampoco las motivaciones que tuvo al escribirlo. En cualquier caso, fue aceptado por bastantes comunidades judas, especialmente centroeuropeas, lo que explicara la gran profusin entre ellos de amuletos anti-Lilith para proteger a los recin nacidos. Por cierto, esta Lilith de origen medieval proviene, a su vez, de un demonio femenino (un scubo) del panten sumerio-babilnico. De cualquier modo, la historieta de Lilith tal como la he contado ha sido muy divulgada, especialmente en el mundo occidental y se asocia en esos trminos con la cultura religiosa juda y, especialmente, como explicacin de la actitud profundamente antifeminista de las doctrinas rabnicas. Como siempre, la veracidad no es muy relevante en cuanto al xito de pblico; y Lilith ha tenido su cuota propia (smbolo feminista, vampirismo, magia, etc). Estamos en el mundo de la magia y de la poesa tan sugerente en s mismo que excusa obsesionarse con rigores eruditos.

4 de febrero de 2007

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Empezar a practicar desde pequeitas

Hoy he almorzado con una amiga que es madre de una nia y un nio, de tres y casi dos aos respectivamente. Hablbamos de la prdida o degradacin de los vnculos en una pareja, comparando vivencias propias (ella est en trance de separacin); de ah pasamos a la desaparicin (definitiva, temporal?) de la atraccin sexual; luego directamente a temas de sexo. En esta materia la conversacin fue derivando hacia las diferencias en la bsqueda-obtencin del placer (del orgasmo) entre los hombres y las mujeres, conviniendo que, probablemente, las cosas deban ser bastante distintas segn las edades (por cierto, mi amiga media la treintena; significativamente ms joven que yo, vamos). Ella sostiene que toda mujer, salvo que no conozca su cuerpo (que no se masturbe), ha de saber guiar la relacin sexual para obtener el mximo placer. Y as, al referirnos a la masturbacin femenina, me ha contado cmo su hija, desde hace unos seis meses, se ha convertido en una asidua practicante. Parece ser que el descubrimiento fue debido al roce del arns del asiento infantil del coche. A partir de ah, todos los das, especialmente antes de dormirse, se hace su pajita con la mayor naturalidad del mundo. Por supuesto en esto de la naturalidad mucho han tenido que ver sus padres. Parece ser que los primeros das la nia estaba entusiasmada con su descubrimiento y, en cuanto no tena las manos ocupadas, se dedicaba al asunto. Lo haca delante de quien fuese, lo que enseguida supuso que la abuela se "escandalizara" y le dijera que eso no se haca. Entonces, los padres hubieron de explicarle que eso no era nada malo pero que mejor no hacerlo delante de otras personas que no fueran ellos.

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El caso es que, con el pasar de los das, ha empezado a integrar la prctica en su cotidianeidad y a ir enriquecindola. Le gusta masturbarse cuando han acabado los jaleos del da y no hay "obligaciones" por delante. As, poco antes de que sea el momento de "nios a la cama", la muchachita se acurruca con sus padres y les va pidiendo que le hagan cariitos, especificando con absoluta precisin dnde y cmo quiere cada caricia. Para su madre, est clarsimo que lo que hace es irse calentando, recrearse con los preliminares tan importantes en una relacin sexual adulta. Luego es llevada a la cama y sigue los jueguecitos con alguno de los padres, hasta un momento en que ella misma le dice al progenitor de turno: vyate ya! La fase final de la masturbacin, consistente en el frotamiento y presin de la mano completa (no el dedo) sobre el cltoris la prefiere hacer a solas. Parece ser que, segn las consultas peditricas, el descubrimiento de la autoprovocacin del placer sexual a tan temprana edad no es algo anmalo. Tambin parece que lo ms frecuente es que la aficin se le pase en poco tiempo, para volver a recuperarla en la preadolescencia. Yo no tengo ni idea, porque nunca he sido nia ni supe nada de esta parte de la vida de mis hermanas ni he tenido hijas. Quizs por esta ignorancia personal, no ha dejado de sorprenderme lo que me ha contado mi amiga, quien est segura de que su hija, cuando le toque, ser una mujer que sabr disfrutar de las relaciones sexuales. As sea.

13 de febrero de 2007

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En el mar dormido me asalta tu recuerdo

Los acordes silenciosos del violn del horizonte engaaban mis recuerdos, los volvan vaporosos. Apenas quedaba tiempo, apenas quedaba nada. Pero bastaba ese lapso de bruma de la maana ante las aguas dormidas, ante el mar que enamoraba, para hablarte callado, para hundirme en tu mirada, para besarte los labios, para tocarte la cara. Las estrellas ya dorman, tus ojos lagrimeaban. No eras t, sino tu sombra, destellos de pasado liberando con el sueo, el deseo de tus labios. Apenas quedaba tiempo, apenas quedaba nada. Y el beso qued borrado al callarse el silencio, al traer las olas viento, al volver el color al aire, al recuperar su trono el tiempo ... Y al mar le llor porque te olvidaba, amor. Se haba acabado el tiempo, ya no quedaba nada. Tus mil aicos fundidos en el rojo de sus rayos, el sol matando mi sueo en la cubierta de un barco.

13 de febrero de 2007

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Recordando prdidas

Hoy me he topado con un escrito de alguien mayor que yo que rememoraba su militancia poltica y cmo la haba abandonado tras la victoria electoral socialista de 1982. Describa este hombre el ambiente festivo de la tarde noche madrilea del 28 de octubre. Era jueves (por qu las elecciones generales en jueves?) y Madrid, efectivamente, fue una fiesta hasta altas horas de la noche. Yo estuve esa noche celebrando la victoria en la Plaza Mayor y en varios otros sitios del centro de la capital (incluyendo un acercamiento al Palace) en compaa de una chica de cuyo nombre no logro acordarme. Recuerdo perfectamente cmo era mi vida en aquella poca, tambin "veo" (aunque algo borrosamente) el rostro y la figura de aquella chica, s de qu la conoca, guardo las imgenes de los momentos que vivimos juntos durante los tres meses siguientes; pero no recuerdo su nombre. Este olvido me molesta, me deja una sensacin incmoda y tambin inquietante. Como si a partir de ese agujerito se fuera a ir descosiendo el tejido completo y el recuerdo se desvanezca. Y claro, cunto ms me esfuerzo menos me viene su nombre a la cabeza. Hace un rato llam al amigo que en esa poca me acompaaba con mucha frecuencia. Tampoco l se acuerda del nombre de aquella chica (en cierto aspecto: menos mal). Ella trabajaba como auxiliar administrativa en un estudio de tres arquitectos afiliados haca pocos aos al PSOE (con la descarada intencin de chupar del poder que ya se vea venir). Viva en el Puente de Vallecas, se defina "socialista de cuatro generaciones" (su abuelo haba muerto en la guerra defendiendo Madrid) y miraba con cierta condescendencia irnica a sus jefes. Tendra entonces ms o menos la misma edad que yo, 23 aos, pero no era, ni mucho menos, tan cra como yo.

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Y quin era yo? Un chaval con la carrera recin terminada y que seis meses antes, a travs de una amiga, haba entrado a colaborar con ese estudio de arquitectos en la redaccin del plan general de urbanismo de un municipio del rea metropolitana madrilea. Era una poca en que se reivindicaba el urbanismo desde la izquierda; de hecho, pese a que todava gobernaba la UCD y todava no estaba finalizado el montaje autonmico del Estado, el casi generalizado pacto de comunistas y socialistas haba permitido que la mayora de los municipios espaoles fueran de izquierda. Y desde los ayuntamientos, muchas veces espoleados por pujantes asociaciones de vecinos (en las que desde el franquismo se haban infiltrado "peligrosos profesionales rojos"), se empez a hacer de verdad poltica urbanstica (todava faltaba mucho para las Marbellas). En esos das de octubre yo estaba aprendiendo a superar el dolor de una ruptura. Una novia que haba durado lo que un embarazo y que me haba dejado porque crey que le tocaba uno de verdad (yo me entiendo). El nombre de esa chica s lo recuerdo, como tambin recuerdo las historias surrealistas que viv mientras estuvimos juntos e incluso aos despus. En esos das de octubre lo nico que poda hacer para no ahogarme en el sufrimiento del enamoramiento no correspondido (qu estpido e infantil era entonces) era volcarme en el curre y en el momento poltico que se viva (vena el "cambio"). Y lgicamente, en el refugio de aquel estudio, la compaa ms atractiva era aquella chica cuyo nombre no recuerdo. Fue ella la que me sugiri que saliramos juntos esa tarde y nos furamos al centro a vivir "en directo" los resultados. Lo pasamos de maravilla; nos fuimos emborrachando progresivamente, tanto de vinos como del alborozo de tantos y tantos. Bailamos y cantamos a voz en grito, nos abrazamos con desconocidos, nos sentimos (pocas veces me he sentido as) parte de un grupo, del pueblo, de un conjunto de seres humanos fraternalmente unidos. Aunque suene tonto: nos sentamos felices de una felicidad que era comn, no individual. Era ya muy tarde cuando cogimos en Cibeles un autobs nocturno. No hablamos nada, simplemente nos subimos juntos y nos sentamos en la ltima fila. Ya nos habamos abrazado varias veces durante las horas previas, pero haban sido abrazos celebratorios. Aho-

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ra nos buscamos las bocas y nos besamos apretndonos cuerpo contra cuerpo; as hasta bajarnos en la parada ms cercana a su casa, subir a una segunda planta, entrar en una vivienda pequea, de un solo dormitorio y dejarnos caer, todava abrazados, sobre la cama. Al da siguiente llegamos tarde a currar, muertos de sueo y yo sin haberme mudado de ropa. Salimos juntos durante unos tres meses; bamos al cine o a pasear y de copas por la zona de Huertas y solamos acabar en su casa (yo todava viva con mis padres: me ira unos meses despus), aunque rara vez me quedaba toda la noche. Nunca estuve enamorado de ella e imagino que ella tampoco de m. Pero me parece que nos tuvimos cario, que en esa poca cada uno necesitaba del otro lo que obtena: sexo muy tierno (as recuerdo esos polvos) y no demasiado ambicioso, compaa serena, ausencia de riesgos emotivos ... Los primeros das del 83, en compaa de otra pareja amiga, pasamos unos das en una casa que su familia tena en un pueblo semiabandonado de la provincia de Guadalajara, cerca de la central nuclear. Pocas veces he pasado ms fro que entonces, especialmente cuando nos metamos en las heladas camas, por ms que intentramos calentarlas con ladrillos puestos previamente en la chimenea. Lo pasamos muy bien y, sin embargo, creo que ambos notbamos que esa estancia invernal era una especie de cierre. Al volver a Madrid, poco a poco fuimos dejando de quedar, sin necesidad de darnos explicaciones. Al final de enero dej el estudio de aquellos arquitectos y, lgicamente, dej de verla. Poco tiempo despus entr Ana en mi vida y esa ya es otra historia (de las fuertes). Esta chica fue un regalo oportuno en mi vida, un intermedio dulce entre dos mujeres con las que las relaciones fueron intensas. Nos juntamos gracias a Felipe (quin nos iba a decir entonces ...?) y a nuestras circunstancias. No nos hicimos daos pero espero que s nos diramos mutuamente cosas buenas. Y sin embargo, no me acuerdo de su nombre. Se acordar ella del mo?

15 de febrero de 2007

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Nmeros perfectos

Buscando hace un rato en mi biblioteca un libro que s que tengo pero que quiere seguir oculto, me encontr con uno de Martin Gardner dedicado, como infinidad de los suyos, a la matemtica divulgativa o recreativa. He estado hojendolo unos minutos y he vuelto a leer las historias de los nmeros perfectos, que ya en su da me sorprendieron y divirtieron. Aclarar slo que un nmero perfecto es un entero igual a la suma de sus divisores propios (excluyendo l mismo). Los tres primeros nmeros perfectos son 6 (=1+2+3), 28 (=1+2+4+7+14) y 496 (=1+2+4+8+16+31+62+124+248). La bsqueda de los nmeros perfectos es un ejemplo particular de esa capacidad mgica de las matemticas para intrigarnos, y que se vincula con multitud de movidas esotricas. Hay toda una rama de las matemticas, la teora de nmeros, que se dedica a estudiar las propiedades de los nmeros y, segn cuenten con tales o tales otras propiedades, los nmeros se denominan de determinadas maneras. Es como si la infinita poblacin de los nmeros se agrupara en distintas familias (o segn el oficio en el que trabajan, o la ciudad en la que viven, etc). As, los aspticos nmeros resultan estar llenos de caractersticas diferenciales, como si cada uno tuviera una personalidad muy definida y, por tanto, nos dijera algo propio (y ya nos metemos en la numerologa esotrica). Es sabido que una distincin elemental separa a los nmeros primos de los restantes. Ser primo es una nota de aristocracia, me parece a m, aunque tampoco lo ms de lo ms, no vayamos a exagerar. El club de los primos es obviamente infinito, lo que pasa es que a medida que los nmeros van siendo mayores es cada vez ms difcil identificar nuevos miembros. Lo curioso es a muchsima gente le resulta apasionante encontrar nuevos nmeros primos (como cualquier nuevo nmero con cualquier otra propiedad). No es otra cosa que la obsesin por batir records (y como en muchas otras cosas, los gringos son los ms apasionados en esto).

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En 1642, un monje franciscano francs llamado Marin Mersenne "invent" una categora especial en el club de los primos; as, los "primos de Mersenne" son aristcratas entre los aristcratas. Un primo de Mersenne es un nmero primo que va justo antes que una potencia de 2; los bajitos se ven enseguida: el 3 que va justo antes de la segunda potencia de 2, el 7 que va justo antes de la tercera potencia, el 31 que va justo antes de la quinta potencia, el 127 que va justo antes de la sptima potencia... Como es fcil entender, los primos de Mersenne se van haciendo enormes enseguida (no se sabe si hay un nmero infinito de ellos). Es ms, los mayores primos de Mersenne son los que lideran el ranking de los primos. As que, a efectos de lograr records en ese ranking, lo mejor es encontrar nuevos primos de Mersenne. De hecho, hay un proyecto de "computacin compartida" que funciona por internet coordinando unos 70.000 ordenadores en paralelo. Uno de los equipos participantes, dirigido por profesores de la Universidad de Missouri, descubrieron el cuadragsimo cuarto primo de Mersenne en septiembre pasado (el mismo equipo haba descubierto el 43 a finales de 2005). Este nmero contiene 9.808.358 cifras (para hacerse una idea: si lo imprimisemos requeriramos unas 2.800 pginas A4 todas llenas de cifras). As que es un primo impresionantemente grande (un cacho primo, vaya), pero no lo suficiente; si hubiera alcanzado los diez millones de dgitos, la Electronic Frontier Foundation habra pagado un premio de 100.000 dlares. Hgamos un parntesis: Qu es la Electronic Frontier Foundation? Pues segn se definen ellos mismos es un grupo sin nimo de lucro formado por personas apasionadas (abogados, tecnlogos, voluntarios y visionarios) que trabajan para proteger nuestros derechos digitales. Con esta presentacin no tengo claro si darles las gracias o acojonarme. En fin, ya procurar enterarme de algo ms sobre estos seores (me ha picado la curiosidad). Por cierto, conjeturo que lo de premiar a quienes encuentren primos cada vez ms grandes debe tener que ver con las utilidades criptogrficas de estos nmeros y por ah nos vamos relacionando con los temas de la proteccin en Internet y afines. Lo dicho: no s a qu carta quedarme.

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En fin, el caso es que los primos de Mersenne tienen mucho que ver con los nmeros perfectos. Euler demostr que los nmeros perfectos se "generan" como el producto de un primo de Mersenne por la potencia de 2 anterior (supongo que no lo he dicho bien, pero es complicado poner la frmula y, adems, seguro que no interesa a casi nadie). En la prctica, esto quiere decir que, dado un primo de Mersenne tenemos inmediatamente un nmero perfecto (por ejemplo, si el segundo nmero de Mersenne que es el 7 (anterior a la tercera potencia de 2) se multiplica por la anterior potencia de 2 (que es 4) el resultado es 28 que es justamente el segundo nmero perfecto. As que es fcil deducir que se conocen 44 nmero perfectos y que el cuadragsimo cuarto es el producto del ltimo mersenne descubierto por 2 elevado a 232.582.656. El resultado no puedo calcularlo con mi modesto ordenador (que alguien trate de pedirle a Excel que calcule una potencia de 2 grandecita), pero he estimado que debe andar por algo ms de los 140 millones de dgitos; o sea, que para imprimirlo necesitaramos ms de 40.000 pginas: menudo libraco con todas sus pginas llenas de cifras! Bueno, pues para no resultar casi tan aburrido como sera ese libraco, voy a lo de la simbologa de los nmeros perfectos, que es lo que me vino a la memoria cuando reencontr los textos de Gardner. Y para ello hay que remontarse a Pitgoras que es el primero que parece referirse a estos nmeros. A todo esto, hay quienes piensan que Pitgoras no fue una persona, sino una escuela o un grupo de seis iniciados (6 es el primer nmero perfecto). Lo cierto es que Pitgoras crea que los nmeros mostraban los secretos de la naturaleza, de la realidad; as que el hombre estaba obsesionado e hizo de la numerologa una especie de disciplina litrgico-religiosa, en la que slo admita a ciertos iniciados. El nmero perfecto era perfecto para estos chicos porque era la suma exacta de todas sus posibles partes (que eso son los divisores propios). Intuyo que los nmeros perfectos debi descubrirse como una sublimacin de los triangulares, los que son la suma de una serie consecutiva de nmeros naturales empezando siempre desde el 1 (por ejemplo, el 15 que es igual a 1+2+3+4+5). Los nmeros triangulares son muy bonitos (forman tringulos equilteros como las quin-

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ce bolas del billar americano al empezar una partida); ahora, hay que imaginar el orgasmo de Pitgoras cuando descubri que algunos de esos triangulares no solo se formaban sumando consecutivamente los primeros naturales sino que eran tambin la suma de sus partes (porque todos los perfectos son triangulares). Comprendo que le parecieran perfectos. Pitgoras no conoci ms que los cuatro primeros nmeros perfectos: 6, 28, 496 y 8.128 (el quinto, 33.550.336, lo descubri en 1536 Hudalrichus Regius), as que le tena que parecer un club bastante selecto (y de hecho lo sigue siendo). Para indagar en los significados de estos nmeros (como de cualesquiera otros) hay que meterse en escabrosos terrenos en los que se han sembrado muchas teoras de las que han florecido muchas disciplinas esotricas. La admiracin por la "perfeccin" de estos nmeros dio lugar desde la antigedad a explicaciones divinas. As, en el mbito judeocristiano llam la atencin que Dios hubiera creado la tierra en seis das. Por qu en ese tiempo pudiendo haber empleado cualquier otro? Pues porque, siendo el 6 un nmero perfecto, as quiso Dios expresar la perfeccin de su obra, del universo (esto lo dice San Agustn en "La Ciudad de Dios"; poz vale). Y, por supuesto, el 28 representara la "perfeccin" de la circunvalacin lunar. Sin embargo, no he encontrado los perfectos significados de 496 y de 8.128, los otros dos nmeros que se conocan. Y habra que ver a estos exgetas buscando significados a los siguientes nmeros perfectos (seguro que las encontraran).

17 de febrero de 2007

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Cmo satisfacer a una mujer

Debes acariciarla, lamerla, lengetearla cosquillosamente, pellizcarla suavemente, respirarle su aliento, terciopelarle la piel, agujerearle con soplidos cada poro, comerle los labios, saborearla, beberla a sorbitos, derretir sus durezas, masajearla, absorber sus jugos, besarla de mil y una maneras, abrazarla hasta sentirla dentro y viceversa, frotarla, llenar con tu mirada la suya, dibujar con las yemas de tus dedos sus rasgos, aletearle el aura, abrir todas sus oquedades y saber cmo cerrarlas, montarla y ser montado, ensalivarla toda, untarla, mordisquearla ... Debes tambin susurrarla, acurrucarla y acurrucarte, coquetearla, alabarla, mimarla, cantarle (salvo que desafines, ay), encantarla, hablarle en silencio, no contrariarla, felicitarla y apoyarla, decirle que la quieres con gestos y palabras, decirle que la quieres con la mirada, ronronear a su lado y acoger sus ronroneos, adorarla sin remilgos, admirarla ... Por supuesto has de animarla, aplacarla, complacerla, estimularla, consolarla, excitarla, protegerla, entretenerla, intrigarla (pero no demasiado), entenderla (o hacer ver que lo intentas), aceptarla, halagarla, consentirle, echarle en falta, no agobiarla ... Y pese a ello, tambin, a veces y sin pasarse, tienes que ordenarle, discutirle, enfadarte, encelarla, racionalizarla, fastidiarla, resistirla, irritarla, encenderla, enervarla, retarla, apretarla, prevalecer, desintoxicarla, ignorarla ... Claro que, enseguida, habrs de suplicarle perdn, arrastrarte, congraciarte, complacerla, sacrificarte, asistirla, implorarle su amor, ayudarle, entregarte, darle la seguridad de que eres suyo, rebajarte, prometerle enmiendas absolutas, culparte, abandonar todo por ella, jurarle que nada tiene sentido sin ella ...

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Y darle de comer en la boca, llevarla a sitios bellos y entretenidos, fascinarla, vestirla, baarla con jabones aromticos y esencias florales, hidratarle la piel, humedecerla y secarla, perfumarla, cepillarle el cabello, depilarla, encender velas antes de que llegue, dedicarle las msicas ms dulces, comprarle bombones de nuevos sabores, regalarle flores ... Y no dejes de telefonearla, ni de recordar las fechas sacras, ni de atender lo que dice, aunque sea sin palabras; anticpate a sus deseos y aprende de sus miradas, calma sus ansiedades, valora sus preocupaciones sin osar solucionarlas, aflgete con sus aflicciones y que te alegren sus regocijos, confa en ella y reglale confianza, corresponde sus detalles, haz que se eleve hasta el cielo, engatsala hasta el sueo, que se sienta respetada ... En fin, idoltrala y rndele culto de diosa (de religin estrictamente monotesta), renovando siempre los ritos de tu amor; as pues, asmbrala, deslmbrala, mala. Lee todos los libros que explican cmo enamorar a una mujer y practica sus consejos como si los hubieras inventado. Y cuando creas que has llegado ... vuelve a empezar y repite todo de nuevo. -------------------Este texto no es ms que la manipulacin personal de otro que me ha llegado por correo electrnico. Tras leerlo (y hacerme gracia, la suficiente para ponerme a jugar con l), me he acordado del chiste en el que un "pequeo saltamontes" preguntaba a su maestro budista del correspondiente monasterio tibetano qu haba que hacer para satisfacer a una mujer. El monje soltaba un largusimo discurso enumerando los doscientos mil mandamientos que haban de cumplirse para alcanzar tan difcil objetivo hasta que el muchacho se levantaba desesperado para marcharse. El sabio le advierte que todava no ha acabado y el aprendiz le contesta que da igual, que ya ha entendido el atractivo de la homosexualidad.

26 de febrero de 2007

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Si aciertas, pierdes 8.000 euros

Esta primera semanita tras la escapada carnavalera ha sido de lo ms agobiante en el curre; el viernes, por fin, pude dejar cerrados los temas pendientes (no todos, pero s los urgentes) y me dediqu por la tarde a perder gozosamente el tiempo. Botado en el sof de la sala estuve hojeando revistas y zapeando. As ca en un concurso de Cuatro llamado Money Money (afortunadamente lo cog casi acabando). Me pareci de un estilo bastante chabacano y muy alejado del que yo crea que pretenda seguir este canal; tampoco es que lo vea mucho (salvo House) pero supona que rechazaban esos excesos cutres de las mejores pocas telecinqueras. El presentador me pareci penoso, el concursante que me toc ms todava, los bailarines un recurso gratuito de mal gusto, la mecnica absurda y trivializadora de la cultura ... Bueno, no sigo. La ancdota vino cuando al capullo concursante que iba de simptico le toca como ltima pregunta quin fue la esposa de Lus XIV y responde que Mara Antonieta. Y ... tachn tachn ... es correcta. El to se entusiasma y no es para menos porque se va con 9.000 euros en vez de los 1.000 que le habran correspondido si hubiera fallado. Aclara el chico que no estaba seguro pero que fue lo primero que le vino en mente y lo mejor es responder lo primero que se te ocurre porque, si te pones a pensar, te entran las dudas. Y tiene razn, porque a m tambin fue lo primero que me vino a la cabeza, lo que pasa es que comet el error de pensar un instante y darme cuenta de que Mara Antonieta fue la esposa de Lus XVI; hay unos cien aos de diferencia entre la poca grandiosa del Rey Sol y la convulsa de la revolucin francesa que guillotinara al rey y a la reina.

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Es decir que si yo hubiera estado concursando (eventualidad que no soy capaz de imaginarme) habra perdido, porque no habra contestado Mara Antonieta y, lamentablemente, no me habra acordado de Mara Teresa de Austria. Aunque imagino que si me hubiera acordado, me habra salido el resultado incorrecto y a ver qu habra hecho. No me veo discutindole al sonriente presentador que mi respuesta era correcta mientras los bailarines se meneaban entusiasmados. A fin de cuentas, el que se equivoc no fue el concursante sino los que escribieron la pregunta, porque lo que est claro es que la respuesta que queran era Mara Antonieta (gracias a Sofa Coppola es tema de actualidad); total, un errorcillo con el palito del ordinal del Lus francs: XIV por XVI. Mara Teresa de Austria era la menor de los siete hijos (seis nias y un nio) que tuvo Isabel de Borbn, la primera esposa de Felipe IV de Espaa y fue la nica de todos sus hermanos que lleg a la edad adulta (muri a los casi 44 aos). Mara Teresa y Lus XIV eran doblemente primos hermanos: el padre de una y la madre del otro eran hermanos (hijos de Felipe III de Espaa) y la madre de una y el padre del otro tambin (hijos de Enrique IV de Francia, el primer Borbn). Ya se sabe que entre las casas reales hay consanguinidad a tope, pero este matrimonio puede que haya sido uno de los de menos biodiversidad gentica. Esto me recuerda que quiz (habra que hacer el clculo de porcentaje de genes compartidos) pudo haber sido superado si, por esos mismos aos, Felipe IV hubiera cedido a la pretensin de su hijo ilegtimo Don Juan Jos de Austria de casarse con la hija mayor de su segundo matrimonio, la infanta Margarita: habran sido hermanos por parte de padre. Por cierto, este Don Juan Jos era hijo de la famosa actriz La Calderona y, aunque ahora no me apetece comprobarlo, me da la impresin de que ella es de quien est enamorado Alatriste en la ficcin de Prez Reverte (papel que en la pelcula encarna Ariadna Gil; me encanta esa mujer). Y ms por cierto, la infanta Margarita es la que retrata Velzquez como personaje central de Las Meninas. Pero ya digo que lo de casarse entre primos (y entre dobleprimos) no era obstculo en las monarquas absolutas del XVII y ms cuando as convena a las polticas dinsticas. El caso es que la

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boda de Mara Teresa con Lus, ambos sin haber cumplido an los 22 aos (Lus era apenas 5 das mayor que la infanta espaola), es una de las clusulas del Tratado de los Pirineos, con el que se acordaba la paz entre Espaa y Francia, tras la derrota de la primera en la batalla de las Dunas o de Dunkerke (junio de 1658). Se dice que esta batalla (y el consiguiente Tratado) marcan oficialmente el fin de la hegemona militar y poltica de Espaa en Europa. Los famosos Tercios ya no daban ms de s. Por cierto, la de Dunkerke no es la batalla en la que muere Alatriste sino la de Rocroi, acaecida 15 aos antes; digamos que la decadencia del poder espaol ya vena arrastrndose a lo largo de todo el XVII. Pero a lo que iba: adems de la boda real, en ese Tratado se estipula el paso a la monarqua francesa, junto a varios territorios en Flandes e Italia, del Roselln, el Conflent, el Vallespir y una parte de la Cerdaa, lo que ahora se llama la Catalunya Nord y que en esa poca perteneca a la corona de Aragn (o al estado federal catalano-aragons, si se quieren usar trminos actuales para siglos pasados, como hacen algunos) desde los tiempos, al menos, de Jaime II de Mallorca (siglo XIV). Resulta irnico, porque una de las excusas que llev a la guerra abierta entre las monarquas hispana y gala fue el apoyo de Lus XIII a la sublevacin catalana de 1640 (la dels segadors ); apoyo pedido, por otra parte, por los lderes catalanes. El resultado final: Francia vencedora "traiciona" a sus ingenuos aliados catalanes que vuelven al redil de la monarqua hispana algo "amputadillos" pero, al menos, sin perder su "autonoma" nacional; eso ocurrira medio siglo despus con el primer Borbn "espaol" que aplicara aqu la poltica centralizadora que tan efectivamente haban impuesto en Francia sus antecesores dinsticos. Estoy hablando -claro est- de la guerra de sucesin espaola que marc el fin de los Habsburgo y la entrada de los Borbones (de los que seguimos disfrutando). Y qu tiene que ver esto con Mara Teresa de Austria que cuarenta aos antes se haba casado con el rey Sol? Pues que de su vientre nacieron (o al menos se reforzaron) los derechos franceses a la corona espaola. De eso ya eran muy conscientes todos cuando se acord el matrimonio real en el islotito de Los Faisanes en mitad del ro Bidasoa; y como las potencias europeas no estaban dispuestas a aceptar que Espaa y Francia estuvie-

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ran bajo una misma corona, la boda llevaba consigo la renuncia de Mara Teresa a sus derechos sucesorios. Pero, a cambio, Espaa haba de pagar la dote de la infanta y no lo hizo, lo que sirvi de excusa a Luis XIV para reclamar los derechos en la persona de su bisnieto Felipe (futuro Felipe V de Espaa). En todo esto, como es natural, Mara Teresa debi pintar muy poco, salvo el importante detalle de ser la paridora. Porque parir, pari; y eso que Lus tena amantes por un tubo (y tambin ellas fueron fecundadas por los espermatozoides borbnicos). En 11 aos (entre sus 23 y 34) Mara Teresa dio a luz seis hijos y slo el mayor, Lus, le sobrevivi (tampoco dur mucho, pero s lo suficiente para continuar la lnea sucesoria). La pobre no debi ser muy feliz; parece ser que estuvo apartadita en sus habitaciones versallescas y cuentan que lo llev con "santa resignacin". Imagino que no deba ser muy cmodo, ni para ella ni para el Rey, participar en los asuntos de estado cuando el objetivo principal de la poltica exterior francesa era la hostilidad a la monarqua espaola de su hermanito menor y los planes para meter mano en sus posesiones. Recurdese que durante el reinado de Carlos II todos los monarcas europeos tenan bastante claro que a su muerte habra que repartirse el imperio. Bsicamente, quienes protagonizaban la lucha por la hegemona europea en los finales del XVII eran Francia y Austria (el imperio), pero ya por entonces empezaba a contar Inglaterra. Desde "siempre" los franceses consideraban que el Flandes espaol deba pasar a su soberana (haba, la verdad, bastantes argumentos para apoyar esta tesis frente al dominio espaol). Al casarse con Mara Teresa, Lus XIV justifica las repetidas agresiones a territorios flamencos como reclamacin de los derechos de su esposa (supongo que ella no tena ni voz ni voto respecto a sus "derechos"). As, durante varios aos, se da la paradoja de que los holandeses, acojonados con la posibilidad de tener a la expansionista Francia de vecina, se alan con los odiados espaoles para defender Flandes. Pero la cosa cambia cuando en 1689 Guillermo de Orange, el Estatder de los Pases Bajos, recibi la corona britnica del Parlamento de Westminster. Como gobernante de Holanda y Gran Bretaa, Guillermo entiende que tiene mucho que decir en cuanto al futuro reparto de las posesiones espaolas a la

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muerte sin descendencia de Carlos II (prevista a esas alturas por casi todos). Y as, acuerda en 1698 con Luis XIV un tratado secreto de Particin, admitiendo el reparto entre Francia y el Imperio de las posesiones europeas espaolas a cambio de garantas para la seguridad fronteriza holandesa y del comercio angloholands; la otra cosa que "consigue" el de Orange es que el futuro rey de Espaa fuera Jos Fernando de Baviera (o sea: ni un Borbn ni un Habsburgo) que mantendra Amrica y Espaa, salvo la provincia de Guipzcoa, que pasara a Francia. Aunque el acuerdo era secreto se enter todo el mundo (suele pasar); los espaoles se indignaron (traicin holandesa), pero en el fondo me da que tampoco habra habido excesiva oposicin (lo cual no quiere decir que se hubiese evitado la posterior guerra); tampoco creo que el emperador se hubiera opuesto demasiado. De hecho, Carlos nombr al de Baviera como heredero, aunque tampoco hizo pblico ese testamento. Pero no vali de nada, porque Jos Fernando la palm a principios de 1699 (de varicela!) y qued claro que en cuanto muriera el rey espaol (poco ms de un ao despus) austriacos, franceses e ingleses (toda Europa, en suma) se enzarzaran en una larga guerra por la sucesin que, en el fondo, era para reestructurar el mapa poltico del continente y los equilibrios de poder. El Tratado de Utrecht al finalizar la guerra vino a consolidar el desmembramiento de las posesiones espaolas en Europa (aun qued el sur de Italia). Signific la irrupcin clara de Inglaterra como protagonista en las decisiones continentales. Francia no sali tan bien parada como podra haber deseado el rey Sol ya que, como su dinasta se haba quedado con Espaa, apenas le dieron territorios. As que los tericos derechos de su esposa (la pobre, muerta ya desde haca bastante tiempo) quedaron en nada y el Flandes espaol pas al imperio austraco. Posteriormente sera francs y finalmente lograra independizarse (1830) conformando (ms o menos) la actual Blgica. Teniendo en cuenta que ya a mediados del siglo XVII cualquiera habra podido ver que era cuestin de poco tiempo que Espaa perdiera ese dominio, ms le habra valido al gobierno de Carlos II aceptar la oferta de Lus XIV de devolver la "Catalua Norte" a cambio de Flandes.

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En fin, que la historia es un lo de azares y tiros por la culata, lo que me lleva a dudar sobre los profetas a toro pasado que hablan de la inevitabilidad de los acontecimientos. Por ejemplo, si Lus XIV no se hubiera casado con la sosa de Mara Teresa es ms que probable que hoy en Espaa no reinaran los Borbones, si el Jos Fernando de Baviera no hubiera cogido la varicela a lo mejor Guipzcoa sera francesa (y qu estaran diciendo los de Batasuna?). Esta ltima hiptesis me afecta porque nac en San Sebastin, as que yo sera francs (oh la la). Aunque lo ms probable es que mi padre nunca habra ido en el 58 a Donostia y por tanto no habra conocido a mi madre; ergo los dos conjuntos de genes que me dieron origen no habran tenido ocasin de conocerse. Claro, que no hace falta recurrir a los llamados personajes histricos para ser conscientes de la altsima improbabilidad de nuestras propias existencias. Vamos, qu entre todas las posibilidades que pudieron ser y no fueron, es un tremendo milagro que estemos aqu. Y no sigo por ah porque esa misma improbabilidad es la que lleva a los creyentes a rechazar la existencia por azar de todo, empezando por el universo. Bajando ms a ras del suelo, si el viernes no hubiera estado zapeando y sin ganas de hacer nada productivo, no habra visto el concursillo ese, ni me habran entrado ganas de ponerme a buscar sobre la pobre Mara Teresa de Austria, ni habra obviamente escrito este rollazo. Porque lo cierto es que pensaba escribir sobre un asunto bastante ms personal, pero debe ser que necesito madurar ms mis ideas en ese tema y, mientras tanto, me entretengo con otras cosas.

4 de marzo de 2007

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Ludovico (presentacin)

Ludovico tiene fobia a las vaginas. Una fobia tremenda, incontrolable. Que qu es eso de fobia a las vaginas? Pues que no las soporta, que no puede ni verlas y mucho menos olerlas, tocarlas (o sentirse tocado por ellas). Bueno, y no digamos gustarlas, saborearlas, lamerlas ... Ya slo pensar en una vagina le crea una sensacin indefinible de malestar general, amagos de mareo, nerviosismo. Pero bueno, le es fcil evitar estos sntomas porque Ludovico rechaza de forma casi automtica cualquier atisbo de pensamiento que enlace con el objeto de su peculiar fobia. Claro que a veces, con demasiada frecuencia para su gusto, lo escucha en conversaciones con amigos. Ciertamente, en casi todas las ocasiones, con otros nombres que todava agreden ms la sensibilidad de Ludovico. Porque el trmino vagina, con esa sonoridad ms bien neutra pese a la aspereza de la slaba intermedia, le resultaba, dentro de lo que cabe, aceptable. Pero or coos, almejas, rajas, chochos (o chuchas o conchas como dicen sus compaeros sudamericanos) y dems vulgaridades le ponen de los nervios, seguramente por la descarga visual que producen. Cuando esto ocurre, Ludovico salta como un poseso, reclamando airado el silencio, hasta el punto de haberse ganado fama entre quienes le tratan de persona puritana y extremadamente puntillosa en asuntos de sexo. Nada ms lejos de la realidad, sin embargo. Porque Ludovico, si no un obseso, es desde luego una persona de gran sexualidad, un hombre muy erotizado. Desde muy joven Ludovico se descubri como una persona de fuertes impulsos sexuales, y todava ahora, en torno a los cuarenta (ao ms o menos), la atraccin por las mujeres se mantiene intacta. Y no es una pulsin tranquila, sino manifestada en oleadas violentas de deseo, un da s y otro tambin, y varias veces cada da. Vamos, que el depsito de la lujuria lo tiene rebosante, presto a inflamarse ante la chispa de cualquier hembra (porque casi todas, dice Ludovico, estn buensimas).

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Le gustan pues las mujeres, y mucho. Ahora, le gustan por piezas. Quiero decir que el objeto de su arrebatado deseo no es un cuerpo femenino en su conjunto, sino partes concretas. Su excitacin reside en cada una de estas partes en s mismas, descontextualizadas de las otras. Una mujer es para l una coleccin andante de excitadores de su sexualidad y el que estn ensamblados entre s en un determinado orden le resulta casi del todo indiferente. Me cont una vez que era como si pudiera atribuir a cada parte de un cuerpo una nota, expresada en unidades de excitacin sexual que le provocaba. La "nota" de una hembra concreta era, por tanto, la suma exacta de las notas de sus partes. Por ejemplo, si unas tetas le ponan a cien, su excitacin no variaba (ni para ms ni para menos) por la relacin que tuvieran con la cintura de su propietaria. Conviene aclarar que esta enfermiza (porque no me cabe duda de que se trata de una patologa) sexualidad de Ludovico no se extiende a otros aspectos de sus relaciones con las mujeres. En concreto, l ve a una mujer como un ser humano en su integridad, en su conjunto. Aprecia global e interrelacionadamente todas las caractersticas de su personalidad, incluyendo las estticas. Y las emociones que ante una mujer siente (especialmente el enamoramiento) dependen de esa percepcin de conjunto. La excepcin es la atraccin sexual. He calificado de patolgica esta sexualidad y he ahora de decir que el propio Ludovico as lo admite. De hecho, ha consultado su caso con varios psiclogos y psiquiatras, buscando terapias que corrijan su anormalidad. Pero poco ha avanzado. Piensa Ludovico que su excitabilidad est totalmente divorciada del resto de sus reacciones emocionales, como si fuera algo aparte. Es ms, no funcionan bien simultneamente. Por eso, cuando Ludovico, siguiendo los consejos de algn terapeuta, ha procurado "combinar" en una relacin sexual el sentimiento amoroso y la lujuria, una de las dos se resenta. No es que no pueda tener sexo con una mujer a la que ama, pero cuando est follando no la est amando, no est embargado por esos sentimientos arrobados y tiernos. Y cuando el amor hacia una mujer se apodera de l, cuando siente esa "unin ntima de las almas" (as lo define l), no nota el mnimo atisbo de atraccin sexual.

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Quedamos pues en que Ludovico tiene una sexualidad disociada y fragmentaria. No todos los "fragmentos" que le excitan son iguales o, mejor dicho, tienen la misma potencia estimulatoria. Desde luego, el primer puesto, con diferencia, se lo llevan los culos. Pero prcticamente todas las partes del cuerpo de la mujer son capaces de generarle excitacin. Unas orejas, especialmente los lbulos; labios, sobre todo los de apariencia carnosa; las reas laterales de un cuello; un ombligo, en particular esos que parecen mal anudados; las rodillas, ms cuanto ms redondeadas; los pies (puede pasarse un rato largo describiendo algunos que le hayan impactado); los pechos, grandes, algo cados, en forma de "peras jugosas" como gusta describirlos ... En fin, que no hay apenas parte del cuerpo femenino que no sea objeto de su admiracin, de la que no sea capaz de extraer estmulos inagotables. La excepcin es -ya lo he dicho- la vagina. As que una hembra (suele usar este trmino para referirse a la mujer como objeto de sus deseos sexuales) es, para l, un agregado de partes maravillosas (unas ms que otras) entre las que se incluye, desgraciadamente, una que le repugna. No obstante, a pesar de que todas vienen con vagina de serie, Ludovico ha entrenado una notable habilidad para abstraer su existencia, por el simple mecanismo de concentrar su atencin en aquellos otros elementos tan cargados de erotismo. Podra decirse que Ludovico hace el amor, real o imaginariamente, con partes concretas y nunca con la mujer en su totalidad. Y no se crea que exagero demasiado, porque ms de una vez me ha narrado el goce sentido con la chica de aquellas muecas tan excitantes, o cmo oli, lami, absorbi, acarici durante largusimo tiempo el lunar que una pelirroja posea en la columna, justo donde se iniciaba la curva del culo. Un to tan raro, pensarn todos, poca vida sexual debe tener. Cualquiera dudara de que, con tales anomalas, pueda encontrar mujeres reales dispuestas a acostarse con l. Sin embargo, por extrao que parezca, Ludovico ha follado siempre regular y frecuentemente. Ha tenido parejas estables (incluso ha estado casado durante diez aos) y ligues ocasionales; tambin hubo una poca en la que recurra con cierta asiduidad a las prostitutas. Cmo logra aparearse

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se explica conocindole, sabiendo que cuenta con numerosas cualidades que le hacen atractivo, adems de haber desarrollado una estrategia personal para disimular primero y hacer entender despus sus inclinaciones y fobias. Como ya llevo bastante escrito sobre este individuo voy a dejarlo aqu. De momento, porque me quedan bastantes cosas que contar, la mayora relacionadas (obviamente) con su vida sexual. Qu cmo conozco todo esto? Pues porque, no me pregunten la razn, Ludovico me considera su mejor amigo, el nico (son sus palabras) en quien puede confiar. No es que me sienta muy cmodo con sus confidencias pues el descubrir sus manas y enterarme de muchos detalles ntimos a veces me ha dejado algo desasosegado. Te haces una idea de un tipo que te cae bien (insisto en que tiene muchas cualidades atractivas) y poco a poco te va desvelando facetas suyas que te descolocan. No se podra haber ahorrado las confidencias? Pero en fin, tambin esas anomalas las va uno poco a poco encajando y aceptando. No por eso va a dejar de ser un buen tipo, o es que no somos acaso todos un poco rarillos?

11 de marzo de 2007

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Ludovico en el burdel

Tendra diecisis aos, diecisiete a lo sumo; lo que es seguro es que aun estaba en el instituto. Ludovico era todava virgen. Haba salido con algunas chicas, claro, e incluso haba culminado diversas fases de esa guerra de posiciones librada a travs de sucesivas batallas en espacios angostos y con tiempos escasos. Los objetivos eran siempre los mismos, aunque cambiara la geografa de los cuerpos; pero lo que variaba era el paisaje indiferente a los ojos de un adolescente ajeno a los detalles. As, en esos meses de agitaciones blicas, haban sido sometidos labios y lenguas, lbulos y cuellos. Pese a espordicas resistencias, se haban conquistado los feraces territorios de los pechos, que tanto tiempo de exploracin pedan. Pero no se haban derribado todava las trincheras de los cuarteles centrales; las audaces incursiones ms all de la cintura se topaban con rechazos contundentes. As que, esa noche inicitica, Ludovico desconoca casi todo de la vagina. La idea fue de Clodoveo, el mayor de los cuatro amigos que esa noche de viernes despotricaban solidariamente contra el portero de discoteca que les haba negado el acceso. Clodoveo repeta curso y ejerca sobre sus condiscpulos el tentador magnetismo del chico malo que se ha atrevido a desvelar los misterios prohibidos. Tambin haba ido ya de putas, harto como estaba (eso deca) de los estriles forcejeos con las cras frgidas del instituto. Conoca un local perfecto para ellos; al final del recorrido del 14, en un polgono industrial de las afueras; vamos pall. Los chavales, cada uno de ellos, dudaron; miles de prevenciones les vinieron a la mente. Pero esas dudas no pueden exteriorizarse; tres voces viriles afirmaron con entusiasmo.

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Un viaje en autobs hasta los confines de la ciudad; un trecho a pie por calles mal urbanizadas y peor iluminadas. Caminaban en silencio, agobiados por el silencio mayor de la noche desconocida. Camiones inmensos aparcados junto a naves de siluetas tenebrosas. Al doblar una esquina, la luz desvada de unos tubos de nen mal adosados a la fachada de una edificacin baja con puerta de garaje y dos ventanas enrejadas. Ah es, dice Clodoveo, y sus palabras aplacan ansiedades. Entran a una sala apenumbrada, con sillas y mesas dispersas hacia las paredes, una barra en el otro lado y, en el centro, una tarima sobre la que dos parejas bailan casi inmviles. Suenan los Bee Gees; Ludovico nunca lo olvidar, pero es irrelevante. Una mujer se le acerca. Le alcanza primero el olor fuertemente dulzn de su perfume, siente un tentculo gaseoso que por la nariz le penetra hasta enroscarse en su cerebro, oprimindolo y marendole. Ludovico se nota ido, atontado, falto de referencias cuando, casi sin aviso, ve frente a s, muy cerca, labios y ojos de ella junto a los suyos, a esa mujer extraa. Busca a sus amigos, a modo de asidero mental, como si pidiera tiempo muerto; pero no los ve. La mujer hunde en los suyos la mirada oscura de sus ojos negros, grandes y profundos. Maquillaje exagerado que hace caricatura cada uno de los rasgos de esa rostro chocante. Labios rojos muy rojos, de lasciva protuberancia, que se entreabren para que asome una lengua que amenaza. La mujer echa sus brazos al cuello de Ludovico y aprieta su cara contra la del chico. Ludovico nota entonces cmo, desde los labios sobre su mentn, el cuerpo femenino se va progresivamente adhiriendo al suyo, a modo de una cremallera que se cierra. Las tetas, inmensos almohadones esfricos, se desparraman presionando sobre su pecho, la barriga de ella busca aplanarse sobre la suya, las ingles parecen atornillarse, los muslos que se pegan al interior de los suyos ... La mujer es de estatura pequea pero de formas desmesuradas; entre sus brazos, junto a su cuerpo, siente Ludovico todos y cada uno de sus objetivos militares expuestos en procaz exuberancia, sin apenas paisaje neutro que los circunde. Las desproporciones anatmicas anulan cualquier discurso que no sea el del sexo; slo eso, has venido a follar, sin misterios ni prembulos, slo eso.

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Estn balancendose en la pista de baile. Ludovico no sabe cmo ese ser amorfo del que ahora es parte se ha desplazado hasta la tarima central. Sus manos aprietan las nalgas carnosas de la mujer (me llamo Yoli susurra en su oreja; sus palabras le mojan la piel). Yoli le acaricia tenue el dorso del cuello; son como descargas continuadas que bajan por su columna electrizndole para acabar concentradas en la polla. La polla dura, extendida ms all de sus lmites normales, a punto de reventar, presionando y presionada por, hacia, desde, contra la vagina ignota. Yoli es carne para follar y, sobre todo, es una vagina que le grita a l, una vagina que le llama. Creo que este muchachito necesita que la Yoli se ocupe de l. Y el ser amorfo de cuatro piernas se desplaza bamboleante hacia una puerta al fondo de la sala. Un hueco discreto que se abre a la oscuridad de un patio trasero y all otras puertas, cinco o seis, cada una de un color vivo. Llegan hasta la puerta amarilla y entonces Yoli se separa, se desprende del cuerpo de Ludovico como si abriera la misma cremallera que antes cerr. Abre la puerta y hace pasar al chico a la vez que le dice: son quinientas, djalas sobre la mesita. Ludovico tarda un momento en reaccionar; claro, la pasta. Le parece caro, pero no sabe qu va a hacer; saca el billete, lo deja, se queda quieto mirando en derredor, reconociendo el cuartucho. Paredes empapeladas, un par de cuadros con motivos tpicos, un bid, un lavabo y un espejo en una equina, una cama que ocupa casi toda la superficie de la habitacin. Desde la colcha floreada, la Yoli sonre al muchacho con expresin divertida. A qu esperas? Te desnudas o no? Quieres lavarte antes? Ludovico la observa: formas exageradas expuestas, toda ella es lascivia que provoca avaricia de lujuria que es casi gula. El chaval se acerca hacia la cama mientras se afloja los botones de la camisa; se la quita antes de llegar junto a la mujer. Yoli se endereza; djame a m; el cinturn se afloja, el tejano resbala hasta las rodillas; la verga tumefacta es liberada del slip. Yoli la sostiene con ambas manos, la acaricia con suaves roces de las yemas de los dedos, la sopesa pensativa, con la constante sonrisa divertida. Ludovico mira desde arriba; la vista es un sueo acolchado en el que se van amoldando sus sensaciones. Ve las tetas inmensas que quieren salirse del top ceido y

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escaso; ve la boca entreabierta de abultados labios rojos que se acerca a su polla y la engulle; ve los cabellos largos que ocultan sus genitales. Y todo lo que ve enmarca y se confunde con lo que siente, con el placer convulso y debilitante que le invade, que le conquista clula a clula, rendicin total de su cuerpo. Entonces la Yoli se endereza, cesa la succin apenas iniciada. chate en la cama y espera, ahora vengo. Ludovico termina de desnudarse y se extiende boca arriba, los brazos ligeramente abiertos, los ojos cerrados. Su cuerpo, a la vez relajado y expectante, anticipando las descargas de placer que han de convulsionarlo, que han de ensearle las reglas que intuye pero aun no conoce. Oye el rumor apagado del agua del bid, oye los zapatos de tacn infinito que caen al suelo, oye el rasgueante deslizar del vestido, oye el crujir carrasposo del somier cuando se sube Yoli. Oye todo eso y siente calor y nervios, pero no ve; mantiene cerrados los ojos, concentrado en tantas sensaciones intensas que quiere digerir, atesorar. Y nota entonces que la mujer se agacha junto a su cara, cada rodilla hincada junto a cada oreja del chico; nota un perfume acre e intenso que le repele y le atrae a la vez. En ese momento, la voz de Yoli, autoritaria: Chupa. Ludovico abre los ojos y ve ante l, pegada a su cara, una inmensa vagina abierta. Sabe que es una vagina y, no obstante, lo que ve es un monstruo amenazante, pliegues carnosos que aletean frente a sus ojos, desvelando una llaga sonrosada y de negritud profunda; Ludovico querra lamer, pero siente asco, un asco tremendo ante lo que se le antoja una ventosa agresiva que le succionar la lengua, que se la arrancar de cuajo y con ella arrastrar sus vsceras, engullndolas hasta el interior de ese ser diablico que habita entre las piernas de esta mujer. Ya ha olvidado ese cuerpo de carnes tentadoras; ahora slo puede sentir terror y asco, ansiedad por librarse, por escapar de ah. Yoli, ajena a esas angustias, le toma la cabeza con ambas manos, para acercrsela a la vulva. En ese instante, una tremenda arcada golpea al chaval; el vmito explota sin aviso, salpicando todo. La mujer grita y se aparta, Ludovico grita y se aparta, la puerta se abre y ms gritos ...

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Poco rato despus Ludovico est en la calle, esperando el autobs. No ver a sus amigos hasta el da siguiente, cuando se contarn sus respectivas aventuras, sus viriles y exitosos bautizos coitales. Tambin Ludovico narrar su experiencia, mintiendo como los otros y evitando, eso s, los detalles ms grficos. Tiene miedo de evocar la imagen de ese monstruo castrador recin descubierto. A partir de ahora, habr de aprender a dominar su fobia; en ese camino rozar el virtuosismo.

6 de septiembre de 2007

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Nio o nia?

En el almuerzo de ayer un amiga nos contaba ancdotas de su cursillo prematrimonial. La mayora divertidas, mxime cuando el cura se aventuraba en los procelosos mares de las relaciones sexuales intentando, desde una aparente progresa, la difcil armona entre el goce permisible y la concepcin que debe seguir siendo, para los catlicos, la primera finalidad. La contracepcin, por lo visto, slo es vlida (y siempre como mal menor) con mtodos naturales; parece, no obstante, que segn el grado de progresa de cada cursillista, el concepto natural se concreta en un abanico ms o menos amplio de opciones. La Iglesia gusta mucho de lo natural (aunque segn qu cosas) y adems es capaz de desarrollar toda una teora detallada en cuanto al grado de naturalidad de determinadas tcnicas, tanto contraceptivas como las contrarias. Me vienen al recuerdo los trabes mentales que, hace ya varios aos, sufri mi hermana para recurrir a tcnicas de reproduccin asistida. En su caso, el mximo admisible fue la inseminacin artificial, nunca la estimulacin hormonal ni los FIV, ya que congelar embriones (y no digamos que nunca lleguen a implantarse) vendra a ser algo similar a un aborto anunciado. En su cursillo, no obstante, mi amiga aprendi algunas cosas que desconoca (y gracias a ella, ayer yo tambin). As, resulta que uno de los paladines de la defensa de la vida humana previa al nacimiento (desde el mismo momento de la fusin del vulo y el espermatozoide) era un tal doctor Landrum Shettles. Este tipo, del cul no haba odo hablar en mi vida, resulta haber sido uno de los pioneros de la fertilizacin in vitro, si bien apenas tuvo xito en sus intentos. Fue un mdico e investigador estadounidense (1909-2003) que, por lo que cuentan en las webs que he encontrado, deba estar como una chota (dejmoslo en excntrico), lo que no obsta para que su vida sea digna de una pelcula (de hecho, es uno de los protagonistas del documental Test Tube Babies disponible en la Red). Pero adems, este seor resulta ser famoso por su mtodo para seleccionar el sexo del futuro beb, que explic a principios de los 70 en su libro Your babys sex. Now you can choose (editado en espaol en 1990).

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El mtodo lo desarroll a partir de los estudios que public un tal F. Utenberger en 1932 informando de la incidencia de la acidez de la vagina durante el coito en el sexo del futuro beb. Este hecho (lo es cientficamente?) requiere la presuncin de que hay diferencias relevantes a efectos reproductivos entre los espermatozoides X (femeninos) y los Y (msculinos); estos ltimos seran ms pequeos y ligeros que los X y sobreviviran mejor en un medio alcalino. Como la acidez de la vagina vara a lo largo del ciclo, el momento de la cpula resultara fundamental para tener un hijo de uno u otro sexo. Mi amiga ya slo se acordaba de que, segn el sexo que se quisiera, haba que mantener las relaciones justo durante la ovulacin (nio) o unos das antes (nia); despertada mi curiosidad, compruebo que en internet hay varias pginas en las que se explica la mecnica a seguir bastante detalladamente (sta, por ejemplo). Por supuesto, Shettles no garantizaba la infabilidad de su mtodo, pero s afirmaba que usndolo correctamente el porcentaje de varones concebidos se situaba en el 80%, y el de hembras en el 70%. No est mal. Ayer, cuando mi amiga nos cont esta teora, todos los presentes nos la tomamos a chacota. A m, que hubiera diferencias fsicoqumicas significativas entre los espermatozoides slo por el cromosoma sexual, me pareca absurdo. Sin embargo, en el rato que he estado investigando, me encuentro con bastantes datos que apuntan a que s las hay. Me entero por ejemplo de que se han desarrollado diversos mtodos para separar, en una muestra seminal, los espermatozoides X de los Y aprovechando tales diferencias. Aunque, en estos momentos disto mucho de conocer y menos entender la naturaleza de estas diferencias, he de reconocer que mis risas burlonas de ayer pudieran haber sido prematuras (ya se sabe: la ignorancia es audaz; o tambin: esto me pasa por no haber asistido a ningn cursillo prematrimonial). Porque si, efectivamente, tales diferencias existen (si estn cientficamente corroboradas y explicadas) entonces no me cuesta admitir que el momento del coito (el grado de acidez de la vagina) incide en el sexo del posible embrin. Y lo anterior me lleva a la famosa discusin tica sobre la predeterminacin del sexo. Porque, segn he odo, la Iglesia en principio se opone a que la misma se emplee en las tcnicas de reproduccin

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asistida. Entre parntesis: la predeterminacin del sexo slo es posible con tcnicas que la Iglesia no admite, as que, a lo mejor, la oposicin no es a decidir el sexo, sino a hacerlo por medios ticamente inadmisible; tampoco es que me preocupe la coherencia de la Iglesia; adems, puede que est totalmente equivocado sobre la doctrina al respecto. Pero sea como sea, me suena que uno de los argumentos era contra el hecho en s de violentar la naturaleza tratando de obtener uno u otro sexo. Y ahora me entero de que en los cursillos prematrimoniales catlicos se explica cmo hacerlo (al menos, aumentar significativamente las probabilidades) con mtodos caseros (eso s, hay que ser riguroso) y desde luego ms baratos. Es sabido que en muchsimas sociedades se prefieren sobremanera nios a nias y que, ante la imposibilidad de predeterminar el sexo, hay abundantes abandonos o infanticidios de nias. De otra parte, he ledo que desde que se averigua el sexo durante el embarazo, los abortos selectivos (si el feto es hembra) han aumentado considerablemente. En la India, por ejemplo, el porcentaje de abortos de fetos hembras sobre el total rozaba el 100%, lo que llev a algunos Estados de ese enorme pas a prohibir la determinacin del sexo prenatal (no s si tal norma seguir en vigor y, en caso afirmativo, dudo mucho de su eficacia real). Si el mtodo Shettles se popularizara (suponiendo que sea eficaz, que tiene sus detractores) sera curioso descubrir que en China y sociedades similares el 80% de los neonatos fueran varones. A ver qu pasaba entonces. Para acabar no me resisto a citar otros mtodos para tener hijos varones. Son ms tradicionales (la tendencia a preferir machitos lleva ya muchos siglos) y no precisamente cientficos; pero hay que reconocer que resultan ms originales y divertidos. Ah van: ingerir comidas cidas, copular con las botas puestas (no slo morir), colgando los pantalones en la parte derecha de la cama, situarse en el lado derecho, frente al viento del norte o la mejor de todas- atarse el testculo izquierdo. Y yo que, en su momento, quise una nia.

21 de marzo de 2007

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La narracin de nuestro pasado

El que controla el pasado, controla el futuro; y el que controla el presente, controla el pasado. Esta frase es de 1984, obra de George Orwell, en la que, recin salidos de la segunda guerra (all por 1948), el autor britnico describa un nuevo "mundo feliz" basado en el absoluto control de los ciudadanos por el Estado (el Gran Hermano). El corolario elemental de las anteriores premisas es, obviamente, que quien controla el presente, controla el futuro. Y, como propuesta de actuacin, resultara que para controlar el futuro se debe, desde el presente, controlar el pasado. Pero, qu es, en este contexto orwelliano, controlar? Pues lograr que, entre las infinitas posibilidades del devenir, sucedan unas y no otras; es decir, mandar sobre la dinmica de los acontecimientos (de aqullos relacionados con el objeto del control). El pasado, sin embargo, ha pasado. Cmo cabe controlar aquello cuya existencia, por acabada, ya no es dinmica, ya no permite otras posibilidades que las que efectivamente fueron? Naturalmente, no se controla el pasado, sino la imagen del mismo en el presente. Lo que se controla, individual y colectivamente, es la "narracin" del pasado. Por tanto, para controlar el futuro hemos de controlar cmo nos contamos el pasado. O dando un pasito ms: hemos de contarnos el pasado de la forma en que sus efectos resulten ms eficaces para que el futuro sea como queremos, para controlarlo. Cmo es posible que nuestra imagen del pasado pueda condicionar tanto el devenir futuro? No me cuestiono sobre la relacin causa-efecto del pasado en el futuro, aunque confieso que me fascinan tantas elucubraciones que, desde diversos mbitos, sugieren quiebras en la idea racionalista de la continuidad y unicidad temporal. Lo que me llama la atencin es el que, efectivamente, lo que

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creamos que ha sido nuestro pasado condiciona (en distintos grados) nuestro futuro. Parece, adems, que ese condicionamiento es tanto mayor cuanto el devenir de los acontecimientos ms obedece a nuestras propias acciones. Y tambin es tanto mayor cuanto ms interiorizada tengamos nuestra idea de lo que ha sido el pasado (cuanto ms seguros estamos de la veracidad de su narracin). Intuyo que la explicacin mucho tiene que ver con que la conciencia de nuestra propia identidad sea fundamentalmente narrativa y con que los elementos que forman esa narrativa provengan siempre del pasado. Somos lo que nosotros mismos nos contamos que somos, dando continuidad coherente a nuestra historia personal. En la medida en que actuamos desde lo que somos, cuando el devenir futuro se nos abre en opciones posibles, la que elijamos vendr muy condicionada por nuestra personal (subjetiva) interpretacin de nuestro pasado. Lo relevante pues a la escala individual (y me temo que tambin a la colectiva) no es tanto el pasado "real" (suponiendo que exista unvocamente) sino cmo nos lo hemos contado. Al hilo de estos desvaros, me acuerdo ahora del captulo de House que emitieron el martes pasado. Un tipo est enamorado hasta el tutano de una compaera, pero no puede hacrselo ver porque ella va a casarse con su hermano. La represin de tan inmenso amor le genera unos problemas cardacos tan graves que irremisiblemente va a morir. La solucin? Se le aplican sesiones de electroskock que le borran sus recuerdos, entre ellos, el de estar enamorado; de esta forma su corazn se estabiliza y salva la vida. La sorpresa es que la mujer que ama no iba a casarse con su hermano (ni siquiera salan); debido a un problema orgnico (otro distinto que House y sus muchachos no haban detectado) el hombre se haba "construido" recuerdos falsos (que los otros se amaban e incluso -imagino- que l estaba enamorado). El caso es que l era lo que era (un hombre enamorado) como resultado de su personal narracin de su propio pasado, aunque ese pasado no hubiera existido. Supongo que en psiquiatra este tipo de disfunciones de la mente entran bajo la rbrica de la esquizofrenia. Viene aqu a propsito un entretenido libro (El hombre que confundi a su mujer con un sombrero) en el que el neurlogo Oliver Sacks cuenta los historiales m-

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dicos de pacientes que tienen perdidos o alterados sus recuerdos. Sin llegar al caso de los trastornos diagnosticados clnicamente, podramos admitir que todos, aunque sea moderadamente, distorsionamos nuestros recuerdos. En cierta forma, reinventar nuestro pasado quiz sea una actividad intrnseca de nuestra conciencia, quiz sea inevitable en el proceso vital de construirnos la propia identidad. Aunque as fuera, tampoco pasa nada, me parece, mientras nuestro cuento del pasado (propio y ajeno) nos sea funcional. Y a estos efectos, medir la funcionalidad por el grado de contribucin a nuestra felicidad. Claro que, en mi opinin, es recomendable (buena muestra de salud mental) mantener un cierto distanciamiento escptico entre el pasado subjetivo (el que nos contamos) por muy personal que sea y el que de hecho sucedi. Como de ste, lamentablemente, nunca podremos estar seguros (ya puestos, ni siquiera de su propia existencia), el mejor hbito mental a mi modo de ver sera asumir sin angustias la endeble condicin (en trminos de veracidad absoluta) de nuestros propios convencimientos (que, por tanto, dejaran de serlo) y, consiguientemente, admitir la posibilidad (tambin en trminos de veracidad) de otros distintos. Se me ocurre que, paradjicamente, asumir una inevitable esquizofrenia intrnseca puede vacunarnos contra sus manifestaciones patolgicas. No estoy proponiendo, desde luego, que renunciemos a narrarnos nuestro pasado (el propio y el que, no sindolo directamente, tambin integramos en el cuento personal) al asumir su carcter "ilusorio". Entre otras cosas, porque, de ser posible (que no lo es), ello nos despojara de nuestra conciencia individual, convirtindonos en peleles pasmados o, a lo mejor, en personajes como el Zelig de Woody Allen. Al contrario, narrmonos nuestro pasado en los trminos ms funcionales posibles; es decir, como medio y requisito para buscar nuestra felicidad. A lo mejor, en la escala de lo individual, es la bsqueda de la felicidad el criterio que debera guiar nuestra capacidad, desde el presente, de controlar nuestro pasado para controlar nuestro futuro. Aunque yo no usara, por sus connotaciones, el verbo controlar, dejmoslo estar para enlazar adecuadamente con la frase orwelliana que motiva este texto. En todo caso, me vale, como til metodologa

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de desarrollo personal, una adecuada combinacin de escepticismo y bsqueda de nuestra felicidad, en el proceso narrativo de nuestra identidad. Al final, creo que bien dosificados (desde luego, no dispongo de la receta) ambos elementos son imprescindibles para que el futuro nos sea propicio. Porque, a m al menos, me resultara muy difcil ser feliz cerrando el paso a tantas dudas para evitar resquicios en las convicciones con las que he construido mi narracin personal. Y dudo que, salvo en personas de muy elementales circuitos neuronales, puedan mantenerse esas actitudes ntimas sin que, de alguna forma, la mente nos pase factura a travs de crisis psicolgicas. Y acabo salindome brevemente del mbito de lo individual para apuntar que pienso que mucho de lo aqu dicho tiene aplicacin respecto a lo colectivo. E igual que hay comportamientos individuales esquizofrnicos, los hay de grupos sociales; y del mismo modo que es bueno el escepticismo ntimo, tambin lo es el social, por ms que los obispos clamen indignados contra lo que ellos llaman relativismo moral. As, el pasado colectivo se integra en cada uno de nuestros pasados personales y, por tanto, forma parte de cada una de nuestras identidades individuales (no creo para nada en la llamada identidad colectiva, al menos no como entidad autnoma). Y a este respecto s que resulta pertinente el verbo controlar de Orwell. Inventemos nuestro pasado para controlar nuestro futuro (por supuesto, el nosotros de la frase no somos todos). Supongo que se intuye por dnde van los tiros, pero ya me he enrollado demasiado.

25 de marzo de 2007

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Burbujas personales

Me cuenta una amiga que, durante un paseo, se dedic a mirar directamente a los ojos a todos aquellos hombres que se cruzaban en su camino. Naturalmente hubo diversas reacciones pero la mayora de los tos eludieron su mirada. Es que mirar directa y mantenidamente a los ojos es interpelar al otro, meterse sin pedir permiso en su espacio privativo. Por eso desconcierta y, al estar desconcertado, el mirado reacciona de las formas ms sorprendentes. Ya s que, al fin y al cabo, es una convencin; pero es una convencin bastante arraigada que tiene que ver con los lmites psicolgicos (culturalmente compartidos) entre lo pblico y lo privado. Hay un anuncio televisivo reciente (de Catalana de Occidente, una compaa de seguros) en que las personas aparecen caminando dentro de unas burbujas. Pues burbujas parecidas son las que hacemos que nos envuelvan para delimitar nuestro entorno de privacidad. La amplitud de la burbuja se va ajustando segn la situacin y la confianza con quien interrelacionemos en cada caso. Adems (y sobre esto hay varios estudios antropolgicos) es variable culturalmente. Por ejemplo, a situaciones iguales, es sabido que la distancia de conversacin entre los rabes es bastante inferior a la nuestra; o sea, sus burbujas de privacidad son menores. En las conversaciones entre dos o ms personas se detecta claramente este asunto. Se me ocurre que, para que dos personas mantengan un dilogo fluido y cmodo, la distancia entre ambos tiene que ser tal que ninguno invada la burbuja del otro (no demasiado cerca) pero que entre ambas burbujas tampoco haya muya separacin. Como, incluso en un mismo mbito cultural, las dimensiones de las burbujas no son iguales, es notorio que, al iniciarse toda conversacin (pienso en las que ocurren de pie) se producen unos titubeantes movimientos de ajuste de posiciones hasta alcanzar el equilibrio derivado de un pacto inconsciente entre los participantes.

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Sera divertido filmar un nmero grande de estas situaciones (seguro que ya lo han hecho) y obtener mediciones de las burbujas y los factores que inciden en las mismas. Por supuesto, convendra limitarse a los factores subjetivos y excluir aquellos otros que, por motivos muy poco psicolgicos, pueden explicar el aumento de las distancias interpersonales (cun molesta resulta la halitosis). Las miradas directas son como rayos que atraviesan sin pedir permiso nuestras burbujas y contra las que no cabe, como en los inicios de una conversacin, ajustes de tanteo previo. Las dos reacciones que creo ms frecuentes son ambas de rechazo a esa entrada descarada en nuestro espacio de privacidad. La primera es eludir la mirada, con lo cual se aparta al invasor de nuestra burbuja (porque el espacio de privacidad slo es invadido en la medida en que uno reconoce la invasin); es la solucin del tmido, pero tambin la ms cmoda, la que evita complicaciones. Otra reaccin es enfrentarse agresivamente a la mirada descarada, ya sea con otra mirada directa y huraa, ya sea con gestos o palabras explcitas de reconvencin. Hace poco, por ejemplo, me ocurri que me qued mirando a un tipo (en realidad, la vista se me cay sobre l, porque estaba algo abstrado; lo miraba sin verlo) y se me acerc enfurruado y me dijo, de malos modos, que si quera que me regalase una foto suya. Tambin me parece que se relaciona con esto de los espacios privados (subjetivos) el asunto de los contactos fsicos, desde besos, abrazos, apretones de manos, etc. Aqu adems aparecen las connotaciones sexuales, lo cual distorsiona el anlisis. Pero, en todo caso, lo cierto es que muchsima gente se siente incmoda ante saludos que superan lmites no explcitos de afectividad. Si que se te acerquen demasiado o que te miren directamente implica quebrar nuestra burbuja privada, no digamos si alguien te saluda con un ostentoso abrazo. Yo dira que mi burbuja es grandecita (tampoco exageradamente grande, no vaya usted a creer). Lo digo porque con cierta frecuencia tiendo a separarme un poquito de quienes me hablan demasiado cerca, no estoy del todo cmodo en espacios pequeos (ascensores, por ejemplo), evito las miradas directas (como agente y como paciente) y me siento algo incmodo con los contactos fsicos. Soy

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consciente de que ser as es el resultado de una educacin y un ambiente cultural determinados, unidos a una cierta torpeza en mi expresin emocional. Incluso me atrevera a decir que ambos factores, mi personalidad y mi educacin, se han autoalimentado el uno al otro, reforzndose mutuamente. Adems, me doy cuenta de que en ocasiones proyecto hacia los dems, aunque no sea de forma intencionada, avisos sobre el tamao de mi burbuja que se perciben como seales de rechazo hacia los que amagan con reducirla. No se crea que estoy encantado de ser as; al contrario, me gustara sentirme cmodo conversando en distancias cortas o abrazando (y siendo abrazado) a (por) alguien estimado cuando nos encontramos. La experiencia que cuenta mi amiga, por ejemplo, me produce una sana envidia y la interpreto como una invitacin a abrirse a los dems, en absoluto agredirlos. Por qu no podramos pasear por las calles propiciando el contacto (y, por ende, la comunicacin por muy liviana que sea) con quienes nos cruzamos, mediante invitaciones cordiales, bienintencionadas? Sera divertido y, desde luego, enriquecedor. Entre tanto, me contento con pequeas batallitas personales (con algunas victorias discretas) en un afn de ir suavizando y reduciendo mi burbuja. -------------------Acabado ayer el texto anterior lo escrib ayer me qued pensando que el tema me sonaba a viejas lecturas que no poda identificar. Me he puesto a buscar en internet y eureka! Un libro de Edward T. Hall (La dimensin oculta) publicado en 1966. Compruebo en la web del ISBN que en espaol lo public el Instituto de Estudios de Administracin Local (IEAL) en 1973. Este Instituto, ya desaparecido, era en los 70 uno de los pocos que en Espaa publicaba libros de urbanismo y sociologa. Todava conservo varios de su coleccin Nuevo Urbanismo, comprados y ledos en mis primeros aos de universidad (75-76). Entre ellos pose (aunque ya no lo tengo) el citado de Hall. Ms de 30 aos! Se dice pronto. Edward T. Hall es (porque sigue vivo con ms de 90 aos) un antroplogo estadounidense que estudi el uso y la percepcin que el ser humano hace de su espacio fsico, acuando un trmino especfi-

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co, Proxmica, para esa disciplina. Algo de lo que le con menos de veinte aos debi de quedrseme en algn rincn polvoriento de mi cerebro para ser evocado estos das. Y ahora, aunque vagamente, me acuerdo de discusiones en los primeros talleres de proyectos sobre la aplicacin de esas teoras al diseo de los espacios habitables. Hasta ganas me han dado de volver a leer el libro, pero la edicin espaola est agotada; no obstante, en Internet se encuentran varias webs que resumen los aspectos ms importantes de la Proxmica (por cierto, de ese trmino no me acordaba en absoluto).

27 de marzo de 2007

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Duros a cuatro pesetas

Ahora tenemos el euro, as que habr que actualizar el dicho, aunque no se me ocurre cmo; quiz euros a ochenta cntimos? Estoy leyendo la ltima novela de Almudena Grandes; en la pgina 267 se cuenta que uno de los personajes, en el Madrid asediado de febrero del 39, compraba duros de plata a siete pesetas. Confiaba en que la peseta perdera su valor y que la plata de la moneda de duro valdra en breve ms de las cinco pesetas nominales. En la Barcelona de principios del XX, Santiago Rusiol mont un tenderete en la plaza de Catalua ofreciendo duros a cuatro pesetas. Segn la ancdota, no vendi ni uno (y as gano la apuesta porque eso era lo que l haba dicho que iba a ocurrir); parece que los transentes desconfiaban, pensaban que se trataba de moneda falsa, que haba algn tipo de engao, lo que fuera. No estoy seguro de si la expresin nadie da duros a cuatro pesetas se impuso a partir de la excentricidad de Rusiol o, por el contrario, sta fue motivada por la existencia previa del dicho; me inclino ms por la segunda opcin. En tal caso, Rusiol lo nico que hizo fue corroborar cuan profundamente instalada estaba esa creencia en los cerebros barceloneses. Nadie da duros a cuatro pesetas, por lo tanto, si alguien dice que lo hace, es mentira, ni te molestes en comprobarlo. El personaje de Almudena Grandes hizo algo muy parecido (aunque sea ficcin, quiero suponer que esos actos pudieron efectivamente ocurrir en aquellos aos) y en la novela tiene xito. Acaso son (eran) los madrileos menos desconfiados que los catalanes? O quizs se deba a que el margen de ganancia que ofrece el personaje de ficcin (40%) es mayor que el que propona Rusiol (25%)? Algo

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puede haber por ah, porque es sabido que un estafador tiene tantas ms probabilidades de xito cuanto ms exagerado (y por tanto increble) es el beneficio (ilusorio) que ofrece. Yo, la verdad, tambin creo que nadie da duros a cuatro pesetas. Y esa creencia me lleva a descartar, sin apenas perder tiempo en echar algo ms que un vistazo rpido, los mltiples anuncios de formas de negocio o enriquecimiento rpidas y fciles. Y las pocas veces que no lo he hecho as lo nico que he sacado en claro es que el dicho se cumpla y que, probablemente, era yo el que estaba pagando un duro a cambio de cuatro pesetas (eso cuando llegaban a cuatro). Ahora bien, la frasecita me la creo en materias pecuniarias, evaluables econmicamente. No en muchos otros aspectos de la vida en los que, con harta frecuencia, te encuentres que te dan duros por cuatro pesetas (o por nada) o que eres t mismo quien lo hace. La explicacin radica en que no se trata de duros ni de pesetas. O que, cuando nos empeamos en valorar esos intercambios, las unidades de medida son subjetivas; por lo que lo que para ti es un duro para m puede ser una peseta. O que, aunque coincidiramos en la cuantificacin de los valores, el ejercicio resulta intil porque no estamos haciendo negocios y, a lo mejor, cuantos ms duros doy ms estoy ganando. -------------------PS: Por cierto, he buscado en la Red referencias a esos duros de plata y no las he encontrado (he dedicado poco tiempo). Sin embargo, compruebo que en 1933 la Repblica emiti monedas de una peseta en plata; posteriormente, en 1937, se emitieron en bronce (las populares "rubias").

4 de abril de 2007

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Recuerdos de emociones viejas

Esta maana he ido a la clnica de Madrid en la que vivimos la primera etapa del cncer de mama de mi ex: diagnstico, primera mastectoma, consultas varias al onclogo, primera tanda de quimio. Durante el primer semestre de 2004 esta clnica fue casi un segundo domicilio (para mi ex casi un primero). As que esta maana me han venido los recuerdos de hace tres aos y por algunos instantes, mientras caminaba hacia all desde la casa de mi hermana, repitiendo el itinerario entonces cotidiano, me he sentido la misma persona de hace tres aos. Qu senta entonces? Muchas cosas mezcladas que, seguramente, no dej que se desenvolvieran, que pospuse para que no interfirieran con la accin necesaria, tomar las riendas, dar los pasos procedentes. No quera sentir, aunque senta y mucho. No quera prestar atencin a mis sentimientos y mucho menos dejar que afloraran. Pensaba entonces (y todava lo sigo pensando aunque ahora admito muchas dudas) que lo que haba de hacer era mostrarme confiado y optimista, ofrecerle una seguridad en que todo iba a resolverse satisfactoriamente. Pero senta y senta mucho; y ha tenido que pasar toda esa angustiosa etapa, y luego la crisis y ruptura de nuestra pareja, para que yo mismo me reconociera lo mucho que estaba sintiendo, lo mucho que sufr, me emocion, me preocup ... durante esos meses. Esos sentimientos alteraron mi metabolismo cotidiano: acumul stress, no dorma seguido, adelgac ... Pero no encontraron vas de escape, de reconocimiento, ni siquiera ante m mismo. Salvo excepciones puntuales, algunas aunque muy escasas. Ahora me acuerdo de cuando, tras la primera operacin, la trajeron de vuelta a la habitacin, todava no del todo despertada de la anestesia, con una sonrisa un poco

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enajenada, pareciendo tan frgil .... Tuve que ir al cuarto de bao para que no me viese llorar, porque me rompa todo por dentro y no fui capaz -esa vez- de evitar que la emocin se exteriorizase. Ms o menos un ao despus, cuando ella me dijo que no quera seguir conmigo, que "todas las clulas de su cuerpo me rechazaban", uno de sus reproches fue que se sinti muy sola durante el cncer, que ella tuvo mucho miedo y no se sinti acompaada por m. Obviamente, ni siquiera en esos momentos en que buscaba vestirme de enemigo acumulando argumentos para separarse, lleg a acusarme de no haber hecho todo lo que deba en el plano objetivo, de las acciones. As que est claro que se refera a una soledad emocional, a que yo no haba sabido transmitirle mis emociones, no haba sabido cobijar las suyas. Por eso, es bastante probable que lo que yo crea entonces que era lo correcto no lo fuera tanto. Es probable que no supiera transmitirle equilibradamente seguridad y amor. A estas alturas, por supuesto, no me preocupa demasiado ni me crea para nada sentimiento de culpa. He reflexionado mucho sobre esa etapa durante los meses que siguieron a nuestra ruptura y s que hay muchos ms factores. Al final, de todo ello se aprende y -espero- se sale mejor persona. En todo caso, lo cierto es que esta maana he recuperado emociones de hace tres aos.

16 de abril de 2007

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El reloj mgico

En una de mis fantasas infantiles posea un reloj mgico. Era un reloj de esfera grande, protegida por una tapa metlica que, liberando un resorte, se abra hacia arriba. Entonces poda verse, tras el cristal ligeramente abombado, una nica aguja que giraba incansable al ritmo constante y montono con que yo imaginaba que discurra el tiempo. En el punto sur de la esfera, opuesto a la bisagra que engarzaba la tapa, se dispona una ventanita como la que en los relojes normales indica la fecha; pero en sta se contabilizaban las vueltas transcurridas desde el inicio. Qu inicio? Con el egocentrismo propio de la niez, el inicio era mi nacimiento. Porque se supona que el reloj me haba sido entregado por algn mago benfico en atencin a los altos designios que me esperaban. Recuerdo que la aguja completaba cada vuelta ms o menos en un minuto; lo cual no es de extraar, ya que en mi escasa imaginacin la asimilaba con la segundera de los relojes que conoca. Por aquel entonces yo deba andar entre los ocho y nueve aos, lo que sumara en torno a cuatro millones y medio de vueltecitas de la aguja; ciertamente, no me haba explicado cmo cabra en una ventanita tan pequea una cifra de siete dgitos. El reloj, adems, tena en su punto oriental la clsica ruedecita que, en los relojes normales, vale para darles cuerda (en extincin), rectificar la hora o la fecha, etc. Pero en el mo era el mando mediante el cual controlaba sus efectos mgicos. Bastaba para activarlos con tirar de ella hacia afuera; en ese exacto momento el fluir del tiempo se detena, toda la actividad, todo lo que se moviera, quedaba quieto parado hasta que se volviera a apretar el botn llevndolo a su posicin inicial. Pero, atencin, el nico que no quedaba afectado era, por supuesto, yo mismo, el elegido de los dioses. Aunque para no caer en el embeleso general, no poda soltar el reloj mgico.

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Me resulta curiosa esa condicin que, en mi propia fantasa, yo mismo me impona. Sospecho que me pareca justo imponerme un elemento de riesgo que compensara algo mi gran suerte, que me obligara a ser cuidadoso en mis actos, so pena de no slo perder las inmensas ventajas de la posesin de tan maravilloso objeto, sino quedar atrapado en la parlisis universal con la catastrfica consecuencia de que sta se volvera eterna pues, quin empujara la ruedecita para que la aguja se moviera de nuevo? Supongo adems que necesitaba ese "factor de riesgo" como ingrediente creativo de las mltiples aventuras que desarrollaba en torno a la magia del reloj. Porque (hace falta decirlo?) viva muchas peripecias imaginarias y, en varias de ellas, aparecan malvados personajes que, envidiosos de mi pertenencia, trataban de arrebatrmela. Pero no se trata ahora de evocar ninguna de esas historietas; quiz algn da me anime a convertirlas en cuentos para nios. Baste ahora con la descripcin del reloj mgico y de sus efectos. Y en ese aspecto hay que aadir que, dado que corra el riesgo de que el reloj se me escapara de las manos, lo dot de un cordn fino de hilos trenzados que siempre llevaba anudado a mi cinturn. Habra podido concebir un reloj de mueca pero no, se trataba de un reloj de bolsillo, copiado de una pelcula en blanco y negro que vi en la tele y que no logro identificar pese a que recuerdo escenas sueltas (entre ellas las de una estacin brumosa de clara apariencia victoriana en la que un viejo barbudo con levita sacaba "mi" reloj de su bolsillo para comprobar si el tren se estaba demorando). En fin, volvamos a los efectos mgicos. No slo lograba detener el tiempo del universo, sino tambin modificar, a ms o a menos, la velocidad con que transcurra. La verdad, no recuerdo que nunca acelerara la aguja (es decir, no recuerdo ninguna aventura imaginaria sucedida desde esa hiptesis), pero s que tal posibilidad exista. Ambas opciones se activaban una vez que se haba parado la aguja; entonces haba que tirar un poquito ms de la ruedecita mgica hasta llevarla a una segunda posicin y desde ah moverla hacia un lado o hacia otro segn se quisiera acelerar o ralentizar la velocidad del tiempo; el grado de variacin de la velocidad dependa de cuanto se moviera la ruedecita. Hechos tales ajustes, se volva a empujar sta

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hasta su posicin inicial y la aguja (y el tiempo) volva a moverse a la velocidad deseada. Por supuesto, la velocidad "correcta" siempre poda recuperarse sin errores pues la ruedecita tena una muesca en el punto justo para facilitar su ajuste. Como cualquiera adivina, yo manipulaba el transcurrir del tiempo (lo detena o lo ralentizaba) para poder hacer cosas que, al ritmo normal, me resultaban imposibles o muy difciles. Haca de todo, desde chiquilladas caprichosas hasta verdaderos actos benficos que la humanidad me agradecera eternamente si no fuera porque jams haban de enterarse (a veces, esa obligacin de guardar el secreto, me escoca un poco). Supongo que esta fantasa ma (que alternaba con muchas otras tambin de naturaleza mgica) no tiene nada de original y habr sido compartida por muchos otros nios. Si ahora, a mi edad, la rememoro es porque he pasado toda la tarde tratando de organizarme una estrategia que me permita, en poco ms de una semana til, ponerme al da con la cantidad de tareas que de pronto me han cado encima. Y, tras encontrar tres o cuatro truquillos para maximizar la relacin entre esfuerzo y resultados y, si hay suerte, salir razonablemente airoso de lo que me espera, en vez de ponerme manos a la obra, decido postergarlo hasta maana y escribir esta chiquillada. Porque, desde luego, me vendra muy bien que me dejaran el reloj imaginario de mi infancia. -------------------PS: Mi reloj mgico tena tambin otra propiedad: podas adelantar las cifras de la ventanilla inferior hasta su lmite ltimo, hasta sealar el nmero mximo de vueltas que haba de dar la aguja. Obviamente ese nmero marcaba el final de mi vida. He de decir que nunca me atrev, ni siquiera imaginariamente, a descubrir ese lmite. Pero el que dotara a mi reloj de esa posibilidad me recuerda mi obsesin infantil por la muerte y cmo la necesidad de controlar las derivas angustiosas de mi cerebro han seguramente modelado mi manera de pensar (y de ser).

24 de abril de 2007

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Cuntos Agapitos hay por ah?

Cuando se leen historias de tiempos de guerra es inevitable preguntarse por qu tantos individuos fueron capaces de comportarse como lo hicieron. Pareciera que desaparecen de muchas conciencias, quiz de la mayora en ciertos tiempos y lugares, los ms elementales componentes de los que solemos llamar humanidad. Qu habramos hecho cada uno de nosotros, qu habra hecho yo, si hubiese tenido la desgracia de vivir momentos as? Esta pregunta hay que hacrsela as, en primera persona, antes de atreverse a juzgar; y, por supuesto, hay que hacrsela desde la inmersin, lo ms profunda posible, en el conocimiento del tiempo evocado. Los alemanes, tras la derrota del 45, se vieron enfrentados a la barbarie del nazismo y a la incmoda (y dolorosa, quiero creer) acusacin de los hechos a sus conciencias. Karl Jaspers, en su obra La Cuestin de la Culpabilidad Alemana (1946), fue el filsofo que ms profundiz en esta materia, proponiendo hasta cuatro clases de culpabilidad: la criminal, la poltica, la moral y la metafsica. Esta ltima se produce cuando se rompen los vnculos humanos que nos permiten identificar al Otro, reconocerlo como parte de la misma humanidad a la que pertenecemos. Para que esto ocurra se requiere un clima agobiante de degeneracin moral colectiva, lo suficientemente presionante para acallar e incluso anular la conciencia individual. Uno se abandona en el seno de lo colectivo y puede seguir sintindose "buena persona". Estoy aludiendo a la banalidad del mal acuada por Hanna Arendt al reflexionar sobre el nazismo al hilo del juicio a Eichmann. Me parece importante tener en cuenta, cuando se vuelven las vistas hacia periodos ominosos, lo que esta autora deca de Eichmann: que era "... normal, tanto ms cuanto que no constitua una excepcin en el rgimen nazi. Sin embargo, en las circunstancias imperantes en el Tercer Reich, tan slo los seres excepcionales podan reaccionar "normalmente".

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En Espaa tuvimos la Guerra Civil y una muy dura posguerra. Yo no viv esos tiempos que me fueron contados, en mi poca escolar, desde la perspectiva maniquea de quienes vencieron, narracin casi mitolgica del caudillo providencial que salva a la Espaa "eterna" de las atrocidades criminales de los satnicos rojos. Las cosas, naturalmente, no fueron as, pero ... cmo fueron? Todava hoy, a setenta aos de distancia, es difcil el conocimiento de esos tiempos porque parece casi inevitable que las emociones y (lo que es peor) los intereses manipuladores se opongan al intento. Sin embargo, ms all del cmputo de atrocidades y de la fra relacin de "hechos", cuando uno lee relatos sobre esos aos se queda con la sensacin de que abundaban malas, muy malas, personas. O quiz no eran ms de las que siempre hay pero, por diversas causas, adquirieron un protagonismo tal que les permiti convertir casi en norma sus atrocidades y contribuir a que el odio pasara a ser un sentimiento omnipresente. Aprovecho para narrar a vuelapluma la historia de uno de esos "malos bichos", descubierta recientemente en un libro de Francisco Espinosa (Contra el Olvido, 2006). Se trata de Agapito Garca Atadell, un militante socialista que en el 36, tras el golpe militar, queda al frente de una de las famosas "checas" de la capital y se dedic durante tres meses a detener, registrar y asesinar a centenares de personas, aprovechando, de paso, para robar dinero, joyas y otros bienes con los que logr amasar una fortuna considerable. Este "angelito", ya muy famoso en el Madrid sitiado y tambin entre los rebeldes, decide escapar cuando advierte que las cosas pueden ponrsele feas. Viaja en noviembre del 36 hasta Marsella, donde toma un barco para Cuba; sin embargo, parece ser que la noticia de su embarque llega hasta Luis Buuel que estaba en Pars, quien la transmite al embajador espaol. El caso es que, a travs de una embajada neutral, las autoridades republicanas lo ponen en conocimiento de las franquistas, con la intencin de que lo detengan porque el barco haba de tocar puertos de la zona "nacional". El barco, efectivamente, atraca en La Palma el 24 de noviembre. Parece ser que en el barco viajaba un falangista (un tal Ricord Viv) que estaba encargado por los rebeldes de identificar a Agapito. La verdad, los detalles de esta parte de la historia suscitan varias dudas en la obra de Espinosa; por ejemplo, no me resulta lgico que el barco suba hasta Vigo viniendo

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desde Marsella para luego dar la vuelta en direccin a Canarias (Espinosa insina que en Vigo accedi al barco el falangista al servicio del gobierno de Franco). Como fuera, el caso es que Agapito, que no deba tener un pelo de tonto, se oli lo que le esperaba en La Palma e identific a Ricord Viv, al cual soborn. As, cuando el buque atrac en la Isla Bonita, el falangista coge e identifica a otro pasajero, uno de Bilbao que iba a Cuba a reunirse con su mujer. Sin embargo, el capitn del barco saba que Garca Atadell era el que era, con lo cual las autoridades franquistas detuvieron a ambos y, a los pocos das, los mandaron a la prisin provincial de Sevilla. All se pasaron unos mesecitos hasta que, un poco por casualidad, el vasco logr hacer valer su verdadera identidad y ser liberado. Entonces Agapito cambi de tctica y confes su "currculum profesional" ofreciendo anlogos servicios en la retaguardia rebelde. Pero no tuvo suerte; en julio del 37 un consejo de guerra le conden a garrote vil, sentencia que se ejecut el 15 de ese mes. Por cierto, nunca apareci la maleta cargada de dinero que llevaba este individuo y con la cual pretenda tener bien cubierto su futuro. Resulta bastante obvio que el tal Agapito era un bicho malo, de repugnante catadura moral; tambin lo es que su capacidad efectiva de hacer el mal se la brindaron unas circunstancias concretas, que aprovech para intentar beneficiarse impunemente lo ms posible sin -imagino- ningn cargo de conciencia. Vuelvo a mi anterior pregunta: haba en esos aos una extraordinaria abundancia de tales malvados especimenes? O, por el contrario, son tiempos y circunstancias como aqullas las que hacen que estos elementos adquieran sus nefastos protagonismos? Tiendo a inclinarme ms por la segunda opcin, la cual, en el fondo, es mucho ms preocupante. Porque quizs todos tengamos Agapitos agazapados dentro nuestro, dispuestos a dominar nuestro comportamiento cuando el entorno les sea favorable. Porque el afloramiento de los Agapitos puede que dependa en gran medida del clima tico que nos rodee. Porque ese clima es extremadamente sensible a las excitaciones externas, las ms de las veces provocadas irresponsablemente por quienes juegan al maniqueismo simplista y simplificador, por quienes gustan tanto de juzgar y condenar.

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PS: Unos meses despus de escribir este texto, en julio de 2007, viaj a La Palma para asistir a un congreso. Con uno de sus tantos caprichos, de los que no ceso de asombrarme, el azar me sent en una cena junto a un profesor de historia instituto que, entre otras cosas, llevaba un tiempo investigando el asunto de las maletas de Agapito (porque no era una, sino varias). Me dijo este hombre que esas maletas desaparecieron en la Isla de La Palma, adecuadamente repartido su contenido (joyas, diamantes, libras y dlares) entre los jerarcas fascistas de entonces, algunos de los cuales arreglaron mucho sus incipientes negocios. Parece ser que aun corren por La Palma jugosos comentarios y algunos chismes sobre el destino de esas maletas. Lo cierto es que de un expolio hecho por un rojo se aprovecharon los azules, que jams devolvieron nada, pese a haber sido reconocidas algunas joyas procedentes de ese botn por el Marqus de La Eliseda en su obligada estancia en 1943 en Santa Cruz de La Palma, desterrado por Franco por pedirle, entre otros, la reposicin de la monarqua. En cuanto al buque en cuestin, el profesor palmero me asegur que los datos del libro que haba ledo eran errneos. Se llamaba Mexique y no vena de Marsella sino del Puerto de Saint Nazaire, en el departamento del Loira (as el trayecto s es lgico). Fonde en el puerto de Santa Cruz de La Palma el 24 de Noviembre de 1936, e inmediatamente fue asaltado por milicias de Accin Ciudadana y de Falange, ya que los jerarcas palmeros estaban advertidos desde Vigo de la posible presencia del nefasto Atadell. Fueron estas milicias las que se apoderaron de Agapito y de sus acompaantes, as como, por supuesto de las maletas, que se esfumaron, aunque algo se sabe en La Palma del destino de su contenido.

1 de mayo de 2007

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Esquinazo veraniego a la vieja dama

Desde muy cro tuve conciencia de mi muerte (hay precocidades que son muy poco recomendables). Dice Freud que, en el fondo (en el subconsciente), nadie cree de verdad en su propia muerte o, si se prefiere, todos nos negamos a aceptarla y mucho menos cuando recin estamos empezando a vivir. As que yo, un chaval de apenas ocho aos, me vea asaltado con demasiada frecuencia por pensamientos angustiosos que expresaban el conflicto irresoluble entre mi puta y lcida conciencia advirtindome que iba a morir y mi inconsciente acojonado negndose a asumirlo. Durante esos ratos, que se prolongaron hasta bien entrada la adolescencia, llegaba a sentirme paralizado por una especie de miedo ontolgico ... en fin, algo horrible cuyo regusto an soy capaz de evocar (aunque no me apetece nada). De hecho, siempre he pensado que muchas notas de mi carcter, especialmente las referidas a mi manera de enfocar el pensamiento y a mis personales formas de introspeccin, son hijas de esas crisis, resultado de un entrenamiento mental desarrollado como reaccin defensiva para salir de esa losa psicolgica ntima. Es que, o reaccionaba o me pasmaba. No s si es frecuente o no, pero ciertamente mi enfrentamiento con la muerte fue antes por va conceptual que prctica; quiero decir que estas metafsicas angustias infantiles no haban sido originadas por ninguna experiencia de muertes reales (al menos que yo recuerde; puede que haya sufrido algn trauma fetal). Pero enseguida hube de vivir unas cuentas visitas de la vieja dama, empeada quizs en hacerme ver su cercana proximidad, al margen de elucubraciones tericas. Lo cierto es que a lo largo de mi vida me he encontrado en varias situaciones en que habra podido morir. En algunas tuve la absoluta seguridad de que la palmaba y, curiosamente, no sent ningn miedo, sino una absoluta serenidad. Pasado el trance descubra que segua vivo y entonces volva de inmediato mi visceral rechazo a la muerte. Esas experiencias (obviamente breves pero muy intensas) me han hecho pensar que mi miedo a la muerte est muy relaciona-

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do con la negacin profunda de la misma, con la terquedad de mi subconsciente (cmo el de todos?) a aceptarla; sin embargo, cuando la realidad de la muerte se me impone vivencialmente con tal potencia presencial que hasta a mi subconsciente no le queda ms remedio que aceptarla, entonces mi comportamiento ntimo ha sido bastante digno. Entre mis encuentros con la parca ha habido algunos que no han llegado a ser tales por muy poco. De stos uno se entera una vez pasados o interrumpidos y siempre se te queda cara de tonto. Narrar un ejemplo, creo que el primero cronolgicamente, que me vino a la memoria el pasado fin de semana a raz de las tierras que visitaba y el libro que lea. Fue en el verano de 1969; mis padres nos llevaron a todos a pasar una quincena a Almera. De esas vacaciones se conserva una foto en blanco y negro de los seis hermanos que es una de las oficiales de nuestra familia. La foto es, efectivamente, de buena factura; parece que el fotgrafo era uno reconocido de un grupo de artistas de los ltimos 60 que vivan en Almera. De hecho, mi padre haba organizado el viaje porque tena asuntos que tratar con estos seores y por eso pas bastantes tardes reunido con ellos en un caf bastante conocido de la ciudad. En fin, el caso es que aqul debi ser un verano anmalo ya que la salida de Madrid no tuvo como destino el Donosti familiar (la casa de mis abuelos en el barrio de Gros) sino una ciudad del sur a orillas de un mar hasta entonces nunca catado. Vagamente recuerdo que hice amistad con un grupo de nios, creo que hijos de algunas parejas amigas de mis padres. Formamos una pandillita efmera (aunque en esas edades el tiempo va mucho ms lento) que jugaba en la playa y queramos estar siempre juntos y, sobre todo, alejados de los mayores. En mi diluido recuerdo, la mayora de los chavales eran mayores que yo; tan solo me parece acordarme de una nia que andara en torno a mis diez aos y con la que estaba siempre muy a gusto. Seguramente era la hermana pequea de alguna de esas familias. Yo, en cambio, soy el mayor de mis hermanos; eso quizs explica que ninguno de ellos formara parte de esa pandilla (norma habitual en mi infancia: casi nunca compart juegos con mis hermanos).

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Un da uno de esos padres anunci una excursin a alguna localidad prxima. No logro acordarme de cul era el destino, pero mantengo vvida la ilusin que me haca, las muchas ganas de que me dejaran ir. Sorpresivamente (porque eran bastante cabrones desde mi ptica infantil), mis padres dieron su permiso. La tarde anterior bulla de nervios; mi amiguita y yo, los benjamines del grupo, hicimos largos apartes para planear nuestras actividades y anticipar lo divertido que bamos a pasarlo. Me acost pensando que no podra dormirme de la impaciencia de que llegara la siguiente jornada. Pero al da siguiente no quise ir a la excursin. No voy a decir que tuviera ningn sueo premonitorio ni nada de eso. Tampoco recuerdo que hubiese ocurrido algo concreto; el caso es que me despert sin ganas, es ms con una sensacin extraa de desagrado al pensar en el viaje que unas horas antes tanto me apeteca. No obstante tena asumido que deba ir porque as lo habamos acordado; no era capaz de desviarme de lo que haba que hacer, losa pesadsima impuesta por la educacin paterna. Por tanto, me levant, me prepar y desayun silencioso y desanimado, esperando que pasaran a recogerme con el coche para llevarme a una excursin que inexplicablemente no me apeteca nada. Antes de que llegara nadie, sin embargo, me llam mi padre. Esa noche, mi hermana pequea se haba puesto enferma con mucha fiebre. Haban de llevarla al mdico y mi padre me preguntaba, casi como si fuera un hombrecito, si estara dispuesto a renunciar a la excursin que tanto me apeteca para quedarme en la casa a cargo de mis hermanos. Fue curioso ese comportamiento porque no iba para nada con su carcter autoritario. Slo acierto a explicrmelo suponiendo que estaban convencidos de que me haca una enorme ilusin el viajito y preferan invocar suavemente a mi responsabilidad antes que ejercer la imposicin. Vamos, que me lo puso en bandeja porque, con un cinismo tambin precoz, pude lucirme fingiendo que renunciaba dolorosamente a la excursin para cuidar de mis amados hermanitos. As, cuando llegaron a buscarme, mi padre explic a su amigo la situacin y partieron sin m.

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Pas el da sin nada especial que recuerde hasta la hora de la cena. De esa escena s me acuerdo: todos, menos mi hermana menor que dorma en el cuarto de mis padres, sentados alrededor de una mesa con un mantel de plstico en la habitacin principal de una casa alquilada de paredes encaladas; una tele en blanco y negro encendida. Suena el timbre y abre mi padre; vemos en el umbral a otro de los amigos del grupo que habla en voz baja durante un rato; mi padre, de pronto, le abraza; se despiden y se va sin haber llegado a entrar a la sala. Qu ha pasado? pregunt mi madre. Han tenido un accidente, contest mi padre, su mirada extraa, desconcertadafija en m. Han muerto. Murieron el adulto y tres nios, entre ellos la chiquilla con la que tan a gusto estaba; se salvaron otros dos. No me acuerdo de nada ms, qu pas el resto de esos das almerienses. A veces, incluso, dudo si el que he contado es un recuerdo inventado.

16 de mayo de 2007

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Estructuras ideolgicas

Cada ser humano se va construyendo a lo largo de su vida su propia "ideologa". Uso a propsito esta palabra para recuperar su verdadera acepcin ("conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona") por ms que haya sido en los ltimos tiempos confinada al reduccionismo de la poltica. Nuestra personal ideologa nos permite "coordinar" nuestras vidas; tiene, por tanto, una funcin prctica. Para m esa funcionalidad de la ideologa (desde la ntima a la colectiva) obedece al peculiar diseo de la mente humana. Necesitamos explicarnos las cosas, narrrnoslas, procesarlas, encajarlas en marcos de referencia. Por lo mismo, es una exigencia de la comunicabilidad, con los dems y con nosotros mismos. Para poder comunicarse se requiere una dosis previa de "predecibilidad". Cuando interacciono con otro espero inconscientemente que se mueva dentro de los mrgenes de lo que es predecible, de lo que, en suma, es coherente con mi esquema ideolgico. Naturalmente, ese encajar, dar coherencia, no tiene por objeto slo la realidad exterior, sino tambin la propia; interactuamos, nos comunicamos, con nosotros mismos. Sentimos emociones, por ejemplo, que nos explicamos y "justificamos" ideolgicamente. De hecho, en mi opinin, la mayora de nuestras ideologas ntimas se van "reafirmando" a partir de nuestros sentimientos, de modo que los "legitiman", permitindonos la suficiente tranquilidad interior. Digamos (hay varios refranes al respecto) que uno tiende a pensar como siente; o, si se prefiere, solemos cambiar antes de pensamientos que de sentimientos. Pero, no nos engaemos, nuestras ideologas son -siguiendo a Dawkins- "memes" previos al ejercicio libre de nuestro raciocinio.

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En estos momentos no me parece demasiado relevante discutir si son genticos o culturales (probablemente ambas cosas), porque lo cierto es que, desde muy pequeos (antes desde luego de que tengamos "uso de razn") contamos ya con una estructura ideolgica bastante firme que (es la funcin de toda estructura) nos aguanta y da estabilidad psicolgica. Imagino (no soy psiclogo) que la mayora de las "patologas mentales" se pueden referir como fallas de la estructura ideolgica personal. Qu pasa cuando la estructura ideolgica de un adulto pensante no responde del todo bien a las solicitaciones externas (incluyendo entre ellas sus propias emociones)? Pues que estamos ante una crisis personal. La respuesta depende de la rigidez de la estructura, de la intensidad de la solicitacin (hasta qu punto la tambalea) y de las propias cualidades del sujeto (entre ellas su honestidad intelectual). Hay personas con ideologas muy flexibles, incluso mltiples e incoherentes entre s, capaces, por tanto, de "encajar" casi todo. Esto puede parecer una ventaja pero me da la impresin de que no es posible hasta cualquier lmite, salvo que uno sea o muy tonto o carezca de esa necesidad ntima de "ideologizarse", lo que viene a equivaler a estar bastante "deshumanizado". Lo normal es que haya ciertas partes de esa estructura ideolgica que no sean capaces de "resistir" ciertas solicitaciones sin derrumbarse; cules? Obviamente, las que estn ms en la base de nuestra intimidad, de lo que somos (o nos contamos que somos), de lo que ms nos importa. Son esas partes de las estructuras ideolgicas las que ms me interesan. Esas que, si se derrumban, significan un cambio profundo de cada uno, que equivalen, metafricamente, a una especie de muerte de quien hasta ese momento eras. Por definicin, esas estructuras son tremendamente resistentes y uno de los factores de su resistencia es que intentamos a toda costa protegerlas de las agresiones externas, incluyendo entre ellas las de nuestra propia inteligencia crtica. Y es natural esa defensa instintiva, porque supongo que todos, aunque no nos lo hagamos explcito, nos damos cuenta de que si se nos resquebrajan esas estructuras ideolgicas profundas nos quedamos sin apoyo: vrtigo (y miedo, claro).

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De todas maneras, no se trata de demoler por demoler; no se vaya a entender que es eso lo que propugno (hay quien de ello me ha acusado). Al fin y al cabo, todos necesitamos esas estructuras. El problema surge cuando no nos funcionan, sea cual sea la naturaleza de la disfuncionalidad. En mi experiencia personal relativamente reciente el agente, la bomba destructora, ha venido de fuera, removiendo brutalmente en su primera onda expansiva las calmadas (y represadas) aguas de mis sentimientos y emociones. Nada original, ciertamente, porque no paro de conocer casos similares, con cargas explosivas de ms o menos intensidad. Estas bombas devastan el mbito emocional, pero la hierba siempre vuelve a crecer, ms rpida o ms lentamente. Pero no estoy hablando de ese mbito, del dolor y la convalecencia, sino de los efectos de "lo que a uno le ha pasado" sobre su estructura ideolgica ntima. Y ah aparece el ejercicio honesto de la inteligencia al que antes me refera. O no: porque cabe (y es lo que ms he visto) aferrarse a la integridad de la propia ideologa, negndose a poner en crisis las convicciones ntimas en base a las cuales interpretamos y gestionamos nuestras vidas (incluyendo esas crisis emocionales, como en mi caso personal). O por el contrario, puedo teorizar (aunque me cuesta imaginar que sea posible en la prctica), sustituir la ideologa previa por otra que encaje con lo vivido, como reaccin directa a ello pero sin cuestionamiento racional verdadero de las convicciones anteriores (y, por tanto, tampoco de las nuevas). Por ejercicio honesto entiendo afrontar un autoexamen y cuestionamiento de las convicciones personales que, an sabiendo que viene motivado por un agente externo, lo trasciende. Se trata, en el fondo, de acometer el ms fundamental reto del ser humano (dira que la ms profunda exigencia tica de cada una de nuestras vidas): conocernos. En ese camino, las trampas ms insidiosas son las que nosotros mismos nos colocamos; y, de stas, harto frecuentes son las derivadas del apego a nuestras estructuras ideolgicas profundas, las que se nos han ido incrustando en el sistema lmbico. Si nos empeamos en cuestionarlas desde nuestra inteligencia (preguntndonos por qu, que siempre es la pregunta filosfica clave) solemos darnos respuestas elusivas o caer muy habitualmente en

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la argumentacin circular. Por ejemplo, cuando dialogo sobre estos asuntos, oigo a menudo expresiones concluyentes del tipo "porque es as", "todos necesitamos ...", etc. El refugio del dogma, de eso las iglesias saben un rato. Si tienes la suerte de que tu pepito grillo particular no es demasiado puetero (y, adems, la vida no se empea en poner en entredicho tus convicciones), el dogma cumple adecuadamente su funcin anestsica ante las diversas angustias del alma. No obstante, a veces a algunos, les sale un pepito grillo que no se conforma con puertas cerradas, por ms que "as hayan estado siempre". Entonces puede que algunos pilares, vigas, cimientos de nuestra estructura ideolgica ntima dejen de parecernos tan firmes, que incluso los empecemos a ver bastante errneos. De hecho, el primer esfuerzo es empezar a ver esos elementos estructurales porque una de nuestras tcticas instintivas para defenderlos es envolverlos en bruma. Por eso es necesario despejar la bruma, distinguir los distintos elementos unos de otros, estudiarlos, entender sus comportamientos, etc; y en esta labor juega un papel fundamental el lenguaje, la bsqueda de la precisin terminolgica. Me desvo, pero es que me conviene darme a m mismo unas mnimas ideas generales antes de hablar de cosas ms concretas que tengo en mente. Vuelvo pues: cuando se da el caso de que algunos de nuestros "elemento estructurales" dejan de sernos "crebles" surge una crisis ntima, profunda porque afecta a nuestras convicciones y, por tanto, revoluciona aspectos que tocan a lo que realmente somos. Estas crisis, las verdaderamente transformadoras, son las catarsis. De lo que no se desprende, necesariamente, que seamos capaces siempre de transformarnos de verdad. A lo mejor, an estando convencidos de la invalidez de alguno de nuestros viejos elementos estructurales, no podemos (o no queremos) asumir todas sus consecuencias. Porque esas consecuencias afectan a todo lo que somos y, por supuestos, a nuestros sentimientos. Pienso (s que muchos disentiran) que sentimos como sentimos debido a nuestra ideologa profunda, esa que llevamos incrustada. Pero esos sentimientos, que son ms fuertes que las ideas, se ocupan de reforzar aqulla para seguir existiendo, justificando su existencia.

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Dejar de tener por vlidos algunos de esos elementos ideolgicos no conlleva automticamente, ni mucho menos, que se disuelvan los sentimientos que de los mismos derivaban. Pero abre un proceso de transformacin de stos. Gestionar ese proceso es tarea personal, muy dependiente de la honestidad intelectual y de la estabilidad psicolgica de cada uno. Para m se trata de que nuestra racionalidad y nuestra emotividad vayan pactando cotidianamente. Poquito a poco, pero, al final, creo (o quiero creer) que uno va sintiendo como piensa, alcanzando (o acercndose) al conocimiento de lo que es y, necesariamente, transformndose en consecuencia. En fin, necesitara mucho ms tiempo y espacio para desarrollar estas ideas, a las que, adems, no les estoy dedicando la reflexin que merecen. Pero aunque sea slo a modo de apuntes casi espontneos, me sirven para insinuar por donde van mis tiros.

20 de mayo de 2007

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El azar y la necesidad

Almorzaba este lunes pasado con un compaero del trabajo unos diez aos mayor que yo. Es barcelons, pero lleva en esta isla muchsimos aos. Aunque le conozco desde hace bastante tiempo saba poco de su vida personal; por ejemplo, desconoca por qu vino a vivir aqu. A partir de preguntrselo, empez a contarme su vida: vino a hacer las milicias universitarias, conoci en su primer fin de semana de permiso a la que sera su mujer, entr a trabajar en el estudio de un arquitecto local ... Una serie de hechos tremendamente casuales que fueron engarzando sus das hasta acumular casi cuarenta aos. Su narracin me hizo notar -y as se lo dije- las pocas veces en que el devenir de nuestras vidas es consecuencia directa de decisiones propias. Pocas veces? En mi caso ninguna, me contest. A m todo me ha venido dado, nunca he elegido. Muy exagerada me pareci esa opinin, pero no dej de llamarme la atencin, por ms que el tono de la charla no requiriese de ningn rigor, que en trminos generales mi amigo estaba bastante convencido de su opinin. No dira yo lo mismo repasando mi vida; pero, desde luego, mucho menos afirmara que he sido hacedor consciente de mi biografa. Como mximo, puedo entresacar de ella contadas ocasiones en las que tuve la oportunidad de elegir y adems lo hice. Nuestras vidas, como toda la dinmica temporal de la realidad, seran pues resultado del azar y la necesidad, plagiando el ttulo del famoso ensayo de Jacques Monod (me impresion mucho ese libro en una lectura adolescente; me gustara encontrarlo y releerlo). Esas fuerzas impersonales seran los motores de nuestras vidas, guindolas por vas que se nos van mostrando a medida que las transitamos. Y en la prctica poco depende de nuestra voluntad tomar una u otra

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va, sea porque ni nos damos cuenta de que estamos ante un cambio de agujas, sea porque es ms fcil dejarse llevar. Si es as, poco contenido real tienen expresiones tales como "ser dueos de nuestra vida" o "ser libres". Ser libres, por ejemplo, se suele asociar con la capacidad de decidir. Claro que, para poder decidir, tienen que darse al menos dos condiciones: que haya opciones reales y que uno sea consciente de ellas. En contra de lo que opina mi amigo, creo que siempre, en cada momento de nuestra vida, se nos presentan opciones. Lo que suele pasar es que no las vemos; o mejor, no les prestamos atencin y, de hacerlo, suele ser fugazmente, sin plantearnos ejercer nuestra capacidad decisoria. Sencillamente, dejamos que la rutina o agentes externos nos impongan nuestra actuacin (o nuestra "no actuacin"), en clara abdicacin de nuestra voluntad libre. Claro que tener que ejercer la libertad en cada momento sera agotador y llegaramos a absurdos patolgicos que, de tanto querer decidir nuestra vida, la vaciaramos de contenido. As que supongo que la voluntad, concibindola como el conductor del tren de nuestra vida, mantiene durante la mayor parte del trayecto el piloto automtico (azar y necesidad) y reserva la toma de decisiones ante las que considera encrucijadas. Me refiero a esos momentos en que se nos plantean las "grandes" decisiones: qu carrera estudio, si me caso o no con fulanito/a, si me mudo o no, si acepto este trabajo ... La mayora de ellas son decisiones muy importantes en parte porque su valor ha sido socializado (incluso ritualizado) tras una larga experiencia histrica. Sin duda lo son, desde una ptica social, y tambin para la historia propia de cada uno, aunque no sea ms porque estas "grandes decisiones" crean el marco que condiciona muchas de las opciones que se nos van a presentar en el futuro. Aunque no creo que de forma absoluta, s es verdad que condicionan la misma posibilidad (o imposibilidad) de determinadas opciones as como nuestro comportamiento ante ellas (lo que decidamos). Habiendo "decidido" (y conseguido), como es mi caso, ser funcionario en esta isla, es muy poco probable que se me presenten ciertas opciones y, de otra parte, mi actitud ante las que vengan estar muy condicionada por estas circunstancias.

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Me surgen, no obstante, dos dudas a este respecto. Primera: aun admitiendo su importancia, sobre todo restrictiva, ya que limitan y condicionan nuestros futuros, estas "grandes decisiones" son realmente las ms importantes de nuestra vida? No se nos presentan acaso muchas opciones que, quizs por no anunciarse con la alharaca de las otras (y no estar "previstas" en nuestro entorno social), dejamos pasar y, a lo mejor, ponen en juego cuestiones ms fundamentales? Intuyo que s. De hecho, mientras escribo tengo la impresin de que algo as es lo que me ha estado pasando con muchsima frecuencia durante los ltimos veinte aos. Respecto a esas "grandes decisiones" me hago una segunda pregunta: en qu medida las decidimos? Porque la mayora de ellas, al menos en mi caso, las tomamos con una tremenda falta de conocimiento. Este desconocimiento no slo es objetivo (carecemos de la informacin mnimamente necesaria) sino, sobre todo, subjetivo, porque muchas las asumimos en edades en que no estamos para nada preparados. De otra parte, apenas tenemos opciones reales, de modo que lo que "elegimos" es casi lo que hay (y gracias; pinsese, por ejemplo, en el mbito laboral). En mi colegio haba un profesor de filosofa que repeta que el ser humano hace lo que puede y, entre lo que puede, lo que debe. O sea, suponiendo que pudiera hacer ms de una cosa (lo que para mi profesor ya era poco habitual), tampoco le quedaba apenas margen de libertad porque haba de escoger lo que deba (naturalmente, segn unos imperativos sociales claros). Soy consciente de que el "sentido del deber" lo tengo muy arraigado, fruto de una educacin de una poca determinada (padres, colegio, entorno). Quiero creer que he logrado despojarme de la mayor parte de esos "imperativos morales" bastante hipcritas y, sobre todo, ajenos. Pero de lo que no me he desprendido (ni tampoco pienso de momento que me convenga hacerlo) es de ese sentido, ms abstracto, de la responsabilidad tica. Naturalmente, en esa cajonera que me fueron construyendo en mi infancia guardo ahora otros valores, ahora s mucho ms mos. Como sea, el caso es que me temo que suscribo la frase de aquel profesor antiptico: se hace lo que se puede y, entre lo que se puede, lo que se debe. Lo que no comparto (o no quiero compartir) es que el margen de libertad no

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exista; en la mayora de los casos, pienso, se puede elegir entre varias opciones posibles y ticamente vlidas. Incluso dira que el criterio de "seleccin tica" (personal, claro) es el que ms llena de libertad la decisin. Quizs, dndole la vuelta al discurso, uno de los imperativos ticos fundamentales sera el obligarse a ejercer lo ms posible la libertad personal, lo que exigira, antes de nada, estar atento a identificar el abanico de opciones que se nos abre cotidianamente. Es ms que probable que tal "cambio de chip", que no es otra cosa que la voluntad consciente de aduearnos de nuestras vidas, nos permitiera vivir "ms" y, por ende, ser "ms"; y que cada uno llene de contenido a su manera el adverbio. No ha sido esta mi actitud durante la mayor parte de mi vida adulta (a partir de finalizar la universidad). Pienso ahora que durante los ms de diecisis aos de mi relacin de pareja adolec de una especie de ceguera rutinaria, mantuve casi todo el rato el piloto automtico. Desde luego, casi nada ejerc mi libertad en lo que a las "grandes decisiones" se refiere (pongamos la de vivir juntos y la de separarnos, por irnos a los hitos inicial y final). Pero incluso cuando hube de corregir el piloto automtico de la rutina, las ms de las veces fue ella quien me oblig a decidir; seguramente, si no hubiera sido as, habra seguido dejando que operara el azar y la necesidad. Es curioso que, habiendo sido tan poco capaz de ejercer mi libertad decisoria por propia iniciativa respecto a mi propia vida, me haya tocado influir sobre unas cuantas personas para animarlas a que ellas la ejerzan. Cuantas veces predicamos nuestras carencias. Pues nada, lo dicho, que esto de la libertad personal ... Hay lo que hay, pero es bastante ms de lo que creemos y se trata de aprovecharlo. Dejo aqu esta desordenada retahla de confusiones para ejercer uno de esos actos tan oficialmente representados como paradigma de la libertad, pese a su escaso contenido real (pero no nulo, cuidado). Elegir lo menos malo (y en mi marco tengo muy claro cul es la opcin concreta); los resultados, esta noche.

27 de mayo de 2007

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Viandante

Esta maana me he despertado con la palabra viandante centelleando en mi cerebro a modo de rtulo fluorescente que se apagaba y encenda con fra luminosidad de nen. No s a cuento de qu, qu estara soando para amanecer con ese trmino. Viandante es quien viaja a pie; la etimologa es bastante obvia: el que anda por la va. Andar y va, ambos, del latn. Andar viene de ambulare, que se traduce como pasear; andar, en espaol, es desplazarse dando pasos; el paso es el movimiento alternativo de los pies. Es decir, todo el rato lo mismo: moverse a pie. En latn hay dos verbos muy similares: ambulare y deambulare; ambos con sus equivalentes castellanos. Ambular existe en el DRAE como sinnimo de andar, si bien no creo haberlo odo nunca. Eso s, da origen a palabras ms usuales, como ambulante, ambulancia, y a algunas otras que desconoca como ambulativo (dcese de la persona a quien le gusta cambiar frecuentemente de morada). En todo caso, andar resulta de una evolucin (degeneracin?) romance de ambulare. No es el caso de deambulare que encuentra su acomodo directo en nuestra lengua. El significado de deambular, en todo caso, cubre slo una parte del ms amplio de andar; deambula quien anda (ambula) sin rumbo preciso. No s si entre los dos trminos latinos originarios exista esta misma diferencia semntica (estoy consultando diccionarios de internet muy elementales). Si as fuera, me pregunto si hay alguna correlacin entre la especificidad semntica de un trmino y la complejidad de su evolucin etimolgica. Desde mi ignorancia se me ocurre la hiptesis de que cuanto ms acotado es el significado de una palabra en el idioma originario (latn, en este caso) menor evolucin (o distorsin) morfolgica sufre al incorporarse al lenguaje

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derivado. Parece razonable que las palabras de uso ms frecuente al referirse a conceptos genricos sean ms susceptibles a cambios, tanto por distorsiones en el habla como por influencias externas. Sea como sea, hay una forma precisa de desplazarse a pie que merece vocablos propios en nuestra lengua y es la de ir sin direccin determinada. Deambular, vagar, errar, pasear ... En realidad, cada uno de ellos cuenta con un matiz semntico propio, implcito en su etimologa, aunque lamentablemente el uso actual tienda a descuidarlos. Por ejemplo, errar parece connotar un modo de deambular equivocado, mientras que el ir sin rumbo de quien pasea sera debido al placer, a la distraccin ociosa. En cambio, cules palabras expresan la accin de desplazarse con rumbo fijo? La ms inmediata es ir. Uno va siempre a un sitio. Lo que pasa es que ir no implica que el movimiento sea a pie. Dirigirse, encaminarse, llegarse ... otros verbos (por cierto, todos reflexivos) que tambin aluden a un desplazamiento con direccin predeterminada. Me quedo con encaminarse, familiar cercano de caminar. Parece que camino llega al latn desde el celta, quizs prestado de los habitantes de Iberia (cuestin a investigar). Caminar es, desde luego, andar por una va; por tanto, siguiendo el rumbo que sta determina. Etimolgicamente pues quien camina no deambulara y quien se encamina estara movindose a pie con una direccin precisa. Asunto resuelto, si no fuese porque caminar se ha inflado semnticamente y, casi casi, se ha convertido en sinnimo de andar; de tal modo que no nos suena incongruente decir que hemos estado caminando sin rumbo. Pero, aunque se pueda caminar fuera del camino, siempre hay que hacerlo a pie, salvo metafricamente (este coche no camina). Encaminarse, en cambio, ha mantenido el sentido de direccionalidad pero ha perdido su origen peatonal. As que, de momento, no se me ocurre ningn trmino que signifique inequvocamente andar con un rumbo fijo. Y vuelvo a mi palabra soada: viandante. Etimolgicamente debera ser un sinnimo casi exacto de caminante: quien se desplaza a pie por un camino o por una va. Compruebo en el DRAE que, efectivamente, ambos significan los mismo, pero ese significado comn prescinde del soporte fsico (la va, el camino) que les da origen y, un

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pasito ms evolutivo, prescinde tambin de la acepcin de direccionalidad. As que tanto el viandante como el caminante pueden deambular o andar con un destino preciso. Los matices diferenciales no estn ah, sino ms bien (en mi opinin) en cmo caracterizamos a la persona destinataria del trmino. Para m, caminante sera simplemente quien camina, sindolo mientras hace la accin y, por tanto, dejndolo de ser; se es caminante por temporadas. Viandante, en cambio, me suena ms a algo ms permanente, ms vinculado a la esencia del sujeto que a su estado coyuntural, como una forma de vida. De hecho, la tercera acepcin del DRAE es algo as (persona que pasa la mayor parte del tiempo por los caminos, vagabundo). Al margen del diccionario (o mejor, dentro de los flexibles lmites del diccionario), cada uno colorea las palabras con sus propios matices significantes. As, para m, viandante se va ms hacia vagabundo que hacia caminante y, por tanto, ms hacia andar errante que hacia una meta. Curioso que la segunda acepcin de vagabundo sea descaradamente peyorativa (holgazn u ocioso que anda de un lugar a otro, sin tener oficio ni domicilio determinado), revelando la poca consideracin que socialmente siempre han tenido quienes carecan de metas o no dirigan sus actos por caminos definidos. Negarse a transitar las vas establecidas siempre ha sido muy perturbador para la estabilidad social, mucho ms que abrir nuevos caminos. En fin, despus de este divertimento con las palabras, me quedo preguntndome si el breve residuo de mi sueo nocturno est relacionado con mi situacin vital, con mis dudas y desconciertos sobre caminos trillados que no me convencen, necesidad de fijarme rumbos, miedos a asumir el vagabundeo ... qu se yo. O a lo mejor, simplemente, me vino a la mente esa palabra porque la o en algn momento reciente sin retenerla en la consciencia. Da igual la explicacin; me ha servido para pasar un rato jugando con el diccionario, entretenido descubriendo asociaciones absurdas. Por ejemplo, de viandante pas a vianda que no tiene nada que ver (viene del francs), y de ella a enterarme que ha existido un oficio (ujier de vianda) cuyo trabajo consista en acompaar el cubierto y copa desde la panetera y cava, y despus la comida desde la cocina.
30 de mayo de 2007

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Ira

Acabo de leer un artculo que me ha llevado a pensar en una de las que eran las notas ms llamativas de mi carcter: la ira. Estoy hablando -para que quede claro- de esa emocin de indignacin, rabia, furia, rechazo ... (adanse ms) que nos invade completamente, desplazando a las restantes y haciendo de nuestro interior un campo de batalla, una vorgine cruenta. En mi caso, la ira me sobrevena de golpe, bastaban detonantes nimios; y, llegada la emocin, casi inmediatamente y casi siempre la expresaba hacia afuera con un desagradable y estentreo comportamiento. No creo que mi ira se debiera a que tenga un carcter violento, sino ms bien al que considero, probablemente, mi peor defecto: la impaciencia. De hecho, nunca mis explosiones airadas conllevaron actos de violencia fsica, salvo una nica vez, a los doce o trece aos. Fue una pelea escolar en la que me dej llevar por la rabia absoluta y me encontr encima de otro chaval golpendole la cabeza contra el suelo. Pero de pronto, enseguida, me vino como un pasmo de pnico ante lo que estaba haciendo y escap. El shock que sent al descubrir lo que poda ser capaz de hacer a otra persona fue tan fuerte, tan ntimo, que imagino que defini desde entonces una barrera a la que nunca volv a acercarme. No haba en mis explosiones de ira violencia fsica, pero s verbal y gestual. Sobrepasaba con creces cualesquiera lmites de los comportamientos aceptables, del respeto mnimo que se debe al otro (a la "vctima" de mi enfado). Haba una exagerada desproporcin entre los motivos del cabreo y mi reaccin; adems, esa desproporcin tenda a incrementarse con el tiempo, como sntoma de que mi ira iba ganando terreno entre mis emociones, bastndole cualquier chorrada para aduearse de ellas y expresarse victoriosa en mi (vergon-

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zoso) comportamiento. Como es usual, ese demonio interior se senta tanto ms cmodo cuanto ms en confianza estaba, con la dolorosa consecuencia de que son las personas amadas quienes ms han de sufrir sus efectos. La ira suele ser cobarde y esa cobarda es suicida, al ofender a lo que a uno ms le importa. Mis ataques eran explosivos (ya lo he dicho) pero breves. El cabreo se expresaba hacia afuera prcticamente desde que me embargaba por dentro y, una vez manifestado, desapareca. Nunca he "rumiado" silenciosamente mis sentimientos negativos, dejando que me fueran envenenando por dentro, que fueran creciendo y retorcindose en variantes complejas. Digamos que la olla en la que se cocinan mis emociones no tena tapa, de modo que en cuanto apareca el hervor la ira se desbordaba, cruda y simple. No era como muchas otras personas que he conocido cuyas emociones se van cocinando lenta y largamente, sin sntomas externos visibles, hasta que la tapa revienta con efectos devastadores y de mucha mayor complejidad que los mos. Al ser yo as, y al haberme "habituado", me costaba valorar adecuadamente el verdadero alcance negativo de mi comportamiento sobre los dems. Por ms que me lo hicieran notar, tenda a restarle importancia y, como un idiota, me sorprenda cuando comprobaba que un incidente que haba pasado sin dejar en mis emociones ninguna huella haba sedimentado dosis de dolor y rencor en quienes lo haban sufrido. Por supuesto, la persona que ms sufra mis cabreos era mi mujer. Gracias a ella, al darme cuenta de lo mucho que la hera, empec a tomarme en serio la necesidad de atajar esos comportamientos mos. Seguramente, el punto crtico de inflexin se produjo en el verano de 1993 (llevbamos unos cuatro aos de relacin), tras una escena muy desagradable que le mont en la playa, delante de una pareja amiga (y de los baistas que por all andaban); me pas muchos pueblos y le hice mucho dao. En los das posteriores hablamos mucho y le promet, con la sinceridad de un verdadero convencimiento, de que iba a esforzarme para cambiar. Y me tom muy en serio ese esfuerzo. No podra hacer la crnica de ese proceso. Baste decir que, en una primera etapa, consisti sobre todo en avivar la atencin hacia

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mis reacciones conductuales, reprimindolas lo antes posible. Naturalmente, mis mecanismos habituales seguan funcionando: la ira me embargaba por dentro y se me disparaba el grito, el gesto agresivo, etc. Se trataba de impedirlo y tragarme el cabreo. A veces se me escapaban algunas manifestaciones; a medida que iba mejorando mi eficacia represora, la expresin de mi ira cambiaba de forma, pasando de actos agresivos a meramente malhumorados. Poco a poco, se suavizaba mi comportamiento, aparentemente me iba volviendo menos irascible. Esa mejora, era slo aparente? Ciertamente, mi vigilancia consciente tena por objeto las manifestaciones "hacia afuera" de mi ira. En ningn momento me plante (quizs por no saber cmo) modificar la propia emocin, sino slo sus efectos visibles. As que la ira me segua embargando por dentro, aunque cada vez fuera menos notoria al exterior. Ahora bien, y aqu viene algo que a m me ha sorprendido, a medida que aumentaba mi xito represor iba notando que la intensidad interior de la ira disminua. Como si, al no poder expresarse, la emocin fuera disminuyendo, adecuando su cuanta a la de los actos que originaba. En mi caso, por tanto, la represin de la ira no deriv a su concentracin y/o acumulacin interna, sino a su progresiva desactivacin. Como resultado, lgicamente, de esto que me iba sucediendo, cada vez me era menos difcil reprimir mis manifestaciones airadas. Por un lado porque haba ido "automatizando" mis mecanismos represores, cada vez ms eficaces. Por otro, porque los estmulos de la ira interior eran cada vez ms dbiles. Desde el incidente descrito de la playa no hubo ninguno de similar magnitud, y dira que en los dos aos siguientes las escenas de esa naturaleza se fueron haciendo cada vez menos frecuentes y tambin menos graves. Honestamente, en los siguientes y ltimos diez aos de mi vida de pareja no recuerdo que se repitieran. An as (hago un parntesis) el dao estaba hecho, como si mis cabreos pasados hubieran quedado depositados en el nimo de mi mujer a modo de bombas de efectos retardados. Cuando nos separamos, se quej de mi carcter airado, rememorando varias escenas, todas ellas de ms de una dcada de antigedad.

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No es que meditara demasiado sobre los presuntos cambios "interiores" de mi carcter. Durante los ltimos aos, sin prestar apenas reflexin al asunto, imagino que pensara que haba logrado controlar bastante satisfactoriamente mi carcter airado, aunque ste siguiera ah. Sin embargo, har unos seis meses, viv una situacin que, de alguna manera, me revel que los cambios haban sido ms profundos. Una compaera de trabajo se indign bastante injustamente conmigo, tratndome muy ofensivamente. Cuando sali de mi despacho (mandndome a la mierda y dando un portazo), me descubr absolutamente sereno, sin el menor atisbo de ira, cuando puedo asegurar que si eso hubiera ocurrido hace diez aos, la indignacin me habra dominado (y probablemente le habra obsequiado con una de mis terribles reacciones). Ahora, por el contrario, me daba cuenta de que comprenda los mecanismos que a mi amiga se le haban disparado y se me despertaban sentimientos tranquilos (tampoco voy a decir que de amor benfico, pero para nada negativos). Me sorprendi tanto no sentir por dentro ira (no ya no manifestarla) que a partir de entonces, estoy un poco en actitud de observarme, a ver si es que aparece. Y no, esa ira antigua no la he vuelto a sentir, aunque haya vivido diversas situaciones que antao me la habran despertado. Mentira si dijera que la echo en falta. Hay quienes dicen que los que son elementos constitutivos de la personalidad no cambian nunca, por ms que se controlen sus efectos ms negativos. Si eso es verdad, va a resultar que, por muy llamativa que fuera en mi carcter, la ira no era intrnseca a mi personalidad. O a lo mejor s se puede cambiar; o a lo peor no he cambiado de verdad de verdad, y ah sigue la ira dormida pero no muerta. Al fin y al cabo, no dejan de ser disquisiciones tericas que, a este respecto y de momento, no me importan demasiado. No estoy especialmente orgulloso de demasiadas cosas; una de ellas es, sin embargo, el haber mejorado radicalmente este aspecto de mi carcter.

6 de junio de 2007

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Orgullo

La mayora de los trminos que se refieren a cualidades psicolgicas de las personas cubren campos semnticos amplios y ambiguos. Adems de la imprecisin intrnseca del lenguaje comn (no estoy hablando de las acepciones mucho ms restringidas de los lenguajes tcnicos), en este caso la ambigedad corre pareja con la fluidez del concepto; cmo delimitar un sentimiento, una emocin, un rasgo del carcter? Menos explicable es ya que, en su gran mayora, estos trminos generen tanta susceptibilidad. Digamos que el significado que cada uno le da est muy teido por factores valorativos propios. Como consecuencia de esa carga emocional, los procesos de comunicacin pierden bastante eficacia si aparecen estos trminos. Entiendo en este contexto que una comunicacin ser tanto ms eficaz cuanta mayor equivalencia haya entre lo que quiere transmitir el emisor y lo que entiende el receptor. La aparicin de trminos sensibles en los mensajes no slo genera distorsiones comunicativas que alteran la neutralidad perceptiva de los interlocutores, sino tambin aumenta la probabilidad, siempre presente, de que cada uno atribuya al mismo trmino significados distintos. Viene el pedante rollo anterior a cuento del trmino orgullo, que recientemente sali en una conversacin grupal propiciando un maremagnum de opiniones que, al margen de sorprendentes apasionamientos, me mostr que lo que para cada uno significaba el orgullo era muy distinto. Ciertamente, habramos podido convenir un mnimo comn denominador semntico; lo que pasa es que, para alcanzar tal consenso, habramos tenido que despojar a la palabra de tantas cosas que, al final, de poco servira. Claro que a prcticamente nadie le interesaba convenir un uso preciso del trmino, sino precipitarse a valorar la bondad o maldad de las personalidades orgullosas. Lo divertido es que intua que dos valoraciones radicalmente enfrentadas (para uno el orgullo era algo malo, para otro algo bueno)

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a lo mejor respondan a dos conceptos distintos expresados con el mismo trmino; a lo mejor, si ambos interlocutores hubieran entendido a qu llamaba orgullo cada uno de ellos, habra resultado que no estaban tan en desacuerdo. Lo cual me lleva a algo de lo que, desde hace mucho tiempo, estoy bastante convencido. Que en multitud de ocasiones la gente no quiere comunicarse, sino fingir que lo hace, para en esa especie de juego, exhibir su posicin. Desde luego, es en los debates polticos donde ms se aprecia este circo surrealista, ya que adquiere tintes caricaturescos. Pero creo que este fenmeno se produce con harta frecuencia en casi todos los mbitos, hasta en los momentos ms ntimos. Prueba de esto es que suele repatearnos ponernos de acuerdo sobre lo que estamos hablando, asegurarnos de que entendemos igual (o suficientemente igual) los trminos. En el fondo, no nos interesa demasiado saber lo que piensan o sienten los dems; no nos interesa demasiado comunicarnos. Ahora mismo vengo de una reunin que, como tantas otras, ha sido sintomtica de lo que estoy contando. Se trataba de conciliar las posiciones encontradas de dos Administraciones Pblicas en relacin a la proteccin de los edificios histricos de la ciudad. A m me tocaba el papel de mediador y lo que pretenda era sobre todo obligarles a concretar los aspectos de disenso. Tarea dificilsima, porque ambas partes lo que queran era soltar sus respectivos discursos, muy en plan de declaraciones de principios, y justificar, en trminos absolutamente genricos, su oposicin a lo que la otra parte defenda. Cuando, cumpliendo mi funcin, empec a obligarles a ir punto a punto (sin irse por las ramas), a concretar exactamente lo que defendan (en plan fiscal de pelcula americana: diga s o no), a identificar explcitamente los aspectos aparentemente conflictivos ... pues result que tampoco haba tanto enfrentamiento como pareca. As que, en teora, gracias a la direccin que impuse a la reunin, sta result fructfera, alcanzndose una relacin explcita de temas consensuados. Sin embargo, ninguna de las personas que asistieron me lo va a agradecer; al contrario, habran preferido que yo no hubiera estado y no haber llegado a ningn acuerdo, pero que les hubiesen dejado cacarear sus ampulosas banalidades.

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Tiene esto, en mi opinin, mucho que ver con el orgullo, al menos con la acepcin con la que yo me traduzco esta palabra. Si miramos en el DRAE, la circularidad inevitable de sus definiciones (no puede ser de otra forma), trae a colacin muchos otros trminos emparentados: vanidad, soberbia, altanera, altivez, presuncin, arrogancia, altanera ... En el debate al que antes me refera, como dije, hubo muchas opiniones respecto a lo que cada uno entenda por orgullo y, sobre todo, a la valoracin que le otorgaban como cualidad buena o mala. Por supuesto, es cmodo decir que, como en todo, la bondad o maldad depender de las dosis en que esta cualidad se manifieste en una personalidad. Vale; pero tengo muchos ms ejemplos de los daos que hacen las actitudes orgullosas. As que permtaseme tenerle un poco de mana.

6 de junio de 2007

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Una aguja en el pajar

El azar es sorprendente, cuesta no admitir que la magia exista. Dejmoslo en coincidencias, pero no por ello menos curiosas. Y atrayentes, al menos para m. Auster hace de ellas uno de los cimientos de su literatura, que tanto me gusta. En la maana de ayer buscaba en internet informacin sobre un tema del curre. No s muy bien cmo (misterios de Google) llego a una pgina en alemn sobre la historia de la familia Hachez, los fundadores en Bremen de esa famosa marca de chocolate. Yo, ni papa de alemn y, adems, a primera vista no pareca que hubiese ninguna relacin entre esa web y lo que buscaba. Iba pues a cerrarla cuando, a pie de pgina, veo el nombre y apellido de un antigua amiga ma: Gudrun. La conoc hacia mediados de los 80 en Madrid. Era novieta de un amigo, Alfonso, con quien compart piso un ao. Este amigo haba vivido unos aos en Alemania y all la haba conocido. No mantenan ninguna relacin formal, pero Gudrun, que viva en Bremen, vino un par de veces a nuestra casa y se acostaba con Alfonso. En mi ltimo ao madrileo nos hizo otra visita; esta vez con una amiga, Ingrid, que viva por entonces en Granada. Ambas eran un encanto, unos aos mayores que nosotros (superaban los treinta). Por esos das haba decidido aceptar la oferta laboral que me trajo a esta isla. En la ltima noche -se iban al da siguiente- les invit a visitarme en Tenerife. Recuerdo que Gudrun, que no hablaba apenas espaol, me mir dulcemente y me dijo que le encantara. La verdad que la chica me gustaba un montn, tanto su fsico como su carcter (que simplemente intua porque la comunicacin entre nosotros era una prueba de obstculos); pero estaba con Alfonso, as que ...

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Por entonces sala con una preciosa morenita conquense que estudiaba cuarto de psicologa en la Autnoma de Madrid. Esther ha sido una de las mujeres que ms me ha enseado, de la que ms aprend. Lo ms impactante de ella era su absoluta franqueza, tanta que poda confundirse con dureza emocional. Cuando me propusieron irme a vivir a Canarias, me anim a aceptar y, al mismo tiempo, rest importancia a nuestra relacin, situndola en su justa realidad sin ningn dramatismo. No creo que ninguno de los dos estuviramos enamorados y, desde luego, ambos tenamos claro que en esos momentos nuestras prioridades eran otras. Aun as, con la forma en que Esther condujo nuestra separacin quiso seguramente hacerme un ltimo regalo. Aunque no fue el ltimo porque, ante mi insistencia, acept venir conmigo a Roma esas navidades, cuando ya llevaba meses aburridsimo en una urbanizacin turstica del sur tinerfeo. Pero vuelvo a Gudrun. Esas mismas navidades, a travs de mi amigo Alfonso, me entero de que le gustara venir a visitarme, acompaada de su hermana. Me dio muchsima rabia, porque me apeteca mucho verla, pasar con ella unos das, pero ya haba organizado la escapada a Roma. La llam por telfono y en un ingls macarrnico (ni ella ni yo lo hablbamos bien) le expliqu mis planes y le insist en que, pese a ello, se viniera con su hermana, que les dejaba mi casa a su disposicin (un chaletito de dos dormitorios en primera lnea con una terraza frente a La Gomera desde la que se disfrutaban espectaculares puestas de sol). As que se vinieron a pasar una semanita, si bien cuando ya yo me haba ido. Tambin vino otro amigo madrileo quien, por cierto, se enroll con Sabina, la hermana. Llegu a Tenerife de mis vacaciones romanas (y de mi despedida definitiva de Esther) en uno de los antiguos vuelos nocturnos. Muy de madrugada (hacia las cinco o seis) entr en mi casa. En el primer dormitorio atisb los cuerpos dormidos de mi amigo y Sabina (sorpresa relativa); en el del fondo, el mo, estaba Gudrun que abri los ojos al orme, me sonri y me invit a meterme en la cama. Sin palabras nos acurrucamos muy juntitos y as estuvimos un ratillo acaricindonos y besndonos, ambos muertos de cansancio, disfrutando de un placer tierno, almohadillado en un sopor dulce. No pens en nada, simplemente me dej llevar a ese estado de felicidad sin pre-

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guntas, desde el que fuimos cayendo suavemente en el sueo. Despertamos abrazados hacia las once. Desayuno los cuatro juntos y casi, sin tiempo para contarse nada, ponerse en marcha porque las dos alemanas salan ya para Bremen. Un beso sutil de despedida y yo con una sensacin inquietante de irrealidad. Al verano siguiente fui a visitarla. Fue mi primer viaje a Alemania y tambin estuvo lleno de azares sorprendentes. En el vuelo de Madrid a Frankfurt conoc a una chica rubia que me cont una historia rocambolesca cuya resea no tiene ahora cabida. Iba a Berln (el muro aun no haba cado) y, sin embargo, me tropec con ella en Bremen una semana despus; decidi acompaarme en el tren de vuelta y estuvo conmigo dos das en Frankfurt. Pero esa es otro extrao cuento, plagado de misterios surrealistas que nunca llegu a desentraar. Lo cierto es que ese viaje, motivado por unas caricias entre el sueo y la vigilia, tuvo tambin mucho de onrico. De hecho, mientras lo evoco, me vuelve esa sensacin de irrealidad, de acontecimientos desgajados de la cadena de sucesos de mi historia personal, al modo de los que vivimos en sueos. Aun as, guardo con relativa fidelidad mis impresiones del primer da paseando por Frankfurt, lo mucho que me impresion la rehabilitacin del ncleo antiguo, lo mucho que me gust la ribera del Meno con los fantsticos museos que all se disponan (especialmente el de Meier). Pas una semanita en Bremen, en casa de las dos hermanas. Con absoluta normalidad, Gudrun me aloj en su cama y me dedic las noches, salvo un par de ellas que durmi en la casa de un amigo. Desde luego, yo no era capaz de procesar demasiado esa situacin, pero tampoco me molest en tratar de entenderla. Me ensearon la ciudad, me presentaron a varios amigos (entre ellos el "especial" de Gudrun), me llevaron a beber cerveza y or msica, pasamos una tarde en su huerto en una isla del Weser ... (Esa isla fluvial el Ayuntamiento la ha dividido en parcelas que alquila para que los ciudadanos cultiven con mucho esfuerzo y cario unas hortalizas bastante esculidas; me sorprendi muy favorablemente esa iniciativa municipal). Mis relaciones amorosas con Gudrun fueron, durante esas noches, casi tan etreas como la nica de Tenerife. Aun as -y perdneseme el exabrupto- me dejaron algn bichito de hbitat genital

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que involuntariamente pas posteriormente a otras amigas. Qu inconsciente era uno en la veintena, antes de los tiempos del sida. Durante los meses siguientes mantuve espordicos intercambios epistolares con Gudrun. Un par de aos despus volv a Alemania, esta vez con mi ex. Pasamos un da en Bremen, alojados en la casa de las dos hermanas, pero obviamente la situacin era distinta, tanto la ma como la de ella, pues entonces mantena una relacin bastante ms tradicional con un alemn calvo, de gafitas a lo Lennon y perilla rubia. Y, salvo error u omisin, no creo haber tenido ms contactos. Alguna vez, bastantes aos despus, he tratado de indagar sobre su vida, sin resultado alguno. Hasta ayer, cuando de la forma ms inusitada aparece la aguja en el pajar infinito de internet. Y este hallazgo casual (que nunca habra aparecido de haber sido intencionado) me ha trado su recuerdo, tan dulce y suave como los momentos que compart con ella.

23 de junio de 2007

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El Santo del da

A partir de ste, me gustara escribir una serie de artculos inspirados en el riqusimo Santoral de nuestra Unam, Sanctam, Catholicam et Apostolicam Ecclesiam. Como enseaba el catecismo de mi poca escolar, los Santos son, junto con los ngeles, nuestros mediadores e intercesores y deben ser objeto de nuestra veneracin porque fueron templos vivos de Dios. Conocer la vida de los Santos es uno de los ms eficaces remedios de que disponemos para prevenir las tentaciones y evitar el pecado. De hecho, la verdadera finalidad de las canonizaciones eclesisticas no es otra que presentarnos modelos de conducta, ejemplos a seguir posibles desde nuestra pobre humana naturaleza. La Iglesia conmemora cada da varios Santos, porque benditos sean muchos ms hay que jornadas tiene el ao. Lamentablemente, la costumbre entraable de consultar el santoral est hoy da casi extinguida. Tampoco son habituales esas lecturas piadosas de vidas ejemplares que, por muy simplonas que fueran, casi al estilo Readers digest, nos aportaban ancdotas de saludable moralidad, amn de tiernas emociones infantiles. Recuerdo mi ansiedad por Teresita escapando de su casa abulense para convertir infieles, mi santa ira al descubrir la impa depravacin de Nern con aquellos mrtires de los primeros tiempos, y as tantas y tantas Creo pues que, en esta poca de relativismo moral que hemos de sobrellevar, bien ha de estar recuperar viejas devociones o, cuando menos, aportar breves pinceladas de esos congneres que con sus vidas supieron mostrar a sus contemporneos y a los que hemos llegado despus la luz de la Verdad. Para ello, por ms que carezca de toda originalidad, qu mejor que aprovechar el Santo del da para trazar la correspondiente semblanza. Aprovecho los recursos de la

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maravillosa Red (tan frecuentemente empleada para actos de sulfuroso hedor) y buceo en varias pginas a tal fin. Cierto es que no me queda del todo claro cul es el Santoral oficial, pues encuentro muchas divergencias; perdnenseme los involuntarios errores en que pueda incurrir (procurar, poco a poco, mejorar en esta tarea). Hoy, tres de julio, conmemoramos las santas vidas de Toms Apstol, Raymundo Gayrard, Len II papa, Jacinto, Heliodoro obispo, Trifn y otros doce mrtires de Alejandra, Eulogio y otros mrtires de Constantinopla, Ireneo y Mustiola, Marco y Mucio, tambin mrtires y Dato obispo. Once personajes para un solo da (y eso sin contar a los mrtires annimos que acompaaron a dos de ellos): hay donde escoger. Y hoy escojo a Toms, porque creo que es su ejemplo el que ahora puede resultarnos ms provechoso. No voy a extenderme en la glosa, baste consultar alguna pgina al efecto. Resaltar, eso s, que alguna tradicin lo supone arquitecto y por ello el gremio al que pertenezco lo ha erigido en su Patrn. Ciertamente, es usual en su iconografa hacerle portador de una escuadra, pero creo ms verosmil que fuera un pescador de familia humilde que, junto a otros compaeros, oy la llamada de Jess y, abandonndolo todo, le sigui. Era, en todo caso, un hombre fornido, valiente, impetuoso (nada polticamente correcto, diramos hoy) y de tremenda fidelidad a Nuestro Seor. Es l quien arenga a los apstoles para acompaar a Cristo a Betania cuando Lzaro muere, para defenderlo de los ms que probables apedreamientos y, si era preciso, morir junto a l. Con este carcter no ha de costarnos entender el dursimo golpe que tuvo que sufrir por la Pasin y Crucifixin; debi de quedar en un estado de total abatimiento. Seguramente por eso no se encontraba con sus compaeros en la primera aparicin de Jess; y tambin me parece muy humana su famosa incredulidad cuando stos se lo contaron. Pero puede (y as debemos creerlo) que no se tratara tanto de falta de fe como de una protesta airada del hijo dolido por no haber visto al Padre, una amorosa exigencia al divino amigo para que volviera a visitarle. Y Jess lo hace, ofrecindole las heridas de sus manos y su costado para que las palpase. Intentemos concebir la turbacin emocionada del Santo, tratemos de vivir esa escena: Toms cayendo de rodillas, el rostro anegado en lgrimas de

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alegra, mientras, entrecortadamente, musita la bellsima frmula que hasta hoy nos ha llegado: Seor Mo y Dios Mo. Qu acertadamente proclam San Gregorio, uno de los Padres de la Iglesia, que la incredulidad de Toms ha sido ms beneficiosa para nuestra Fe que la fe de los apstoles que fcilmente creyeron. La tradicin nos cuenta que Toms march hacia Oriente para apostolizar a los partos, medas y persas; incluso se le hace llegar hasta la India, tras atravesar Pakistn y el Tbet. Muri martirizado en Calamina, ciudad indostnica de ignota localizacin, en la fecha de hoy del ao 72. Mucho podemos aprender de este hombre humilde y santo, ajeno a vanidades y componendas. Confo que estas breves lneas despierten algn corazn dormido y basten para animar a profundizar en el estudio de su ejemplo. Aprovecho para felicitar a los Tomases que puedan leerme, siempre, claro est, que su cristiano bautizo no obedezca a la advocacin de otros venerables homnimos, sea el Doctor Anglico de Aquino (1226-1274) o Santo Toms Moro (1478-1535), cuyo honesto y valiente enfrentamiento al impdico y hereje Enrique VIII le cost ser decapitado. Es importante saber que con nuestros nombres nos pone la Iglesia bajo la proteccin de tan eficaces intercesores. Merece pues la pena conocerlos y venerarlos, incluso ahora en que se olvidan estas prcticas y abundan vocativos paganos cuando no simplemente balades. Qu lejos ha quedado esa tradicin de bautizar al infante con el nombre del santo del da (yo mismo porto, como segundo, el que se conmemora en mi onomstica). No tengo apenas tiempo para ms. Sin embargo, no quiero acabar sin recordar a San Raimundo, impulsor decidido de la construccin de la baslica tolosana de San Sernn y, por ello, otro de los que se invoca como patrono de los arquitectos. Muerto santamente el tres de julio de 1118, desde su tumba fue hacedor de numerosos milagros, llegando a aplacar una cruenta epidemia. Pareciera que el da de hoy santifica la arquitectura. Lstima que Gaud, devoto catlico y autor, como San Raimundo, de otra de las grandes obras sacras de la cristiandad, muriera algunos das antes de esta fecha.
3 de julio de 2007

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Conversaciones teolgicas (I)

Te casas por la Iglesia, bautizas a tus hijos Pero no vas a misa, reniegas de los curas. Qu entiendes t por ser cristiana? Qu tiene que ver? Soy cristiana, catlica, pero no creo en la Iglesia. Mujer, algo tiene que ver. Uno es catlico porque pertenece a la Iglesia Catlica. No, no estoy de acuerdo. Uno es catlico, bueno dejmoslo en cristiano, porque cree en Cristo. Y yo creo en Cristo, pero no en la Iglesia. Es ms, creo que la Iglesia ha traicionado el mensaje de Cristo. Bueno, no s Quizs traicionado sea muy fuerte y, adems, la Iglesia es muy amplia. Pero, desde luego, no me siento para nada a gusto con el comportamiento de la Iglesia, no siento que transmitan correctamente el mensaje cristiano. Ya, vale. Eres cristiana porque crees en Cristo. Pero, qu es lo que crees exactamente? Cmo que qu es lo que creo? Pues que Jess ha sido una persona excepcional, que vino al mundo a salvarnos y que nos ha dejado una doctrina ticamente insuperable. Bueno, t sabes que la historicidad de Jess no es un hecho absolutamente probado. Hay quienes ponen en duda que realmente existiera o, mejor dicho, que el Jess que nos ha llegado fuera un hombre concreto, uno solo. En esa poca, en Palestina, haba abundantes predicadores, eran tiempos revueltos Me ests diciendo que t no crees que Jess haya vivido realmente?

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No, para nada. Yo s creo que Cristo realmente vivi. Admito que hay muchas lagunas histricas e incluso varias contradicciones respecto a lo que nos han enseado desde pequeos. Pero soy cristiano, lo sabes, as que cmo no iba a creer en que realmente haba vivido entre los hombres. Vale to, me habas descolocado. Y a que contradicciones te refieres? Bah, tampoco son importantes, ni siquiera estoy convencido de que sean ciertas. Por ejemplo, nos han contado que Jess naci en Beln y que Mara y Jos fueron all porque esa aldea era la del linaje de David, al cual Jos perteneca, y en ella deban empadronarse por un decreto del emperador Augusto. Pero parece que, durante el reinado de Herodes (ya sabes, el de la matanza de los inocentes) no se decreto ningn censo en Palestina. Bueno, y qu ms da que naciera o no en Beln? O que sus padres estuvieran all por cualquier otra razn? Nada, o casi nada. Desde luego no cambia nada fundamental. Pero cuestiona la fiabilidad de los evangelios y eso siempre regocija a los escpticos. Claro que, despus de todo, es perfectamente normal que en detalles accesorios los evangelios puedan desviarse de los hechos histricos; ten en cuenta que todos fueron escrito mucho despus de la muerte de Jess y sus autores ni siquiera le conocieron. De hecho, sobre este tema de Beln, Mateo y Lucas dan dos versiones contradictorias entre s. La verdad, no entiendo qu necesidad hay de comerse el coco con esos detalles. Estoy contigo en que no afectan para nada ni a la verdad histrica de Jess ni a la validez y santidad de su mensaje. S, yo pienso lo mismo pero tampoco es que los detalles carezcan de importancia. Se supone que si eres cristiana querrs conocer lo ms posible a Jess. Antes has dicho que crees en Cristo y tambin que la Iglesia ha desvirtuado su mensaje. Pero, qu sabes de Cristo? Y cmo sabes su mensaje, si no es a travs de la Iglesia? Ests empezando a hacerme sentir incmoda. En parte, tengo que reconocerte que s poco de Jess y, desde luego, su mensaje (o,

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al menos, lo que yo creo que es su mensaje) lo he conocido a travs de la Iglesia. Pero, por otra parte, siento dentro de m la verdad de su mensaje y mi fe en l. Lo que acabas de decir me parece muy interesante y pienso que es algo comn en una gran mayora de los cristianos actuales. No hace falta conocer demasiado ni a Jess ni su mensaje para saberse cristiano, para creer en l, para seguir su doctrina como la mejor para nuestra salvacin. Sabes? Pareciera que ests ironizando y te advierto que te lo he dicho de corazn. No, en absoluto; perdname si te he dado esa impresin. Creo sinceramente que eres honesta, de alma limpia, y que tu va de acceso a Cristo es la ms profunda. Crees en l, efectivamente, con el corazn. Crees en su mensaje de santidad porque ese mensaje, en el fondo, lo reconoces en tu propio interior como algo salvfico, necesario, que da sentido y paz a tu vida. Aunque a lo mejor no seas capaz de darte cuenta, es ese espritu cristiano que llevas dentro el que te hace capaz, con buena fe, de discernir los posibles errores y desviaciones de la Iglesia. En el fondo, no te sorprendas, te envidio. Que me envidias? Qu dices? S, porque yo no he sido agraciado con una fe como la tuya. Necesito llenarla de contenidos precisos, saber qu es lo que creo. Y ah vienen los problemas, porque cada uno de esos contenidos me obliga a cuestionarme cosas, y no me es tan fcil como a ti descartar lo accesorio y quedarme con lo fundamental. No me resulta sencillo saber con suficiente concrecin qu es lo que creo. Por eso empec preguntndote qu entendas por ser cristiano. Pero, to, tan complejo es el cristianismo para no aclararse sobre el contenido de lo que uno cree? Pufff, muchsimo. Si te apetece podramos ir repasando enunciados simples, cada uno de ellos expresin de un contenido concreto de las creencias cristianas. Obviamente, casi todos ellos los conocers desde el colegio, pero seguro que, como la mayora de los cris-

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tianos, ni te has parado a plantearte si crees en uno u otro de esos enunciados. No, la verdad es que no me he parado a hacerlo; ya te he dicho que no siento que sea necesario. Claro, y te he entendido. Pero a m no me vale. Porque, aunque creo como t en Cristo, me cuesta creer en muchos de los enunciados que constituyen, se supone, nuestra fe. Es ms, si te he de ser sincero, hay muchos que no puedo crermelos, por ms que lo intento. As que no me queda ms remedio que hacer un pacto entre mi inteligencia y mi corazn. Ms que un pacto, yo dira que lo que haces es dictar una orden de alejamiento a tu inteligencia. No te ofendas, eh. Un poco s, tienes razn. Pero es que no puedo, mejor, no quiero debilitar mi fe en Cristo. Perdona, pero me parece que exageras. Me has reconocido antes que lo importante radica en el corazn; ah est tu fe. Qu ms da que tu inteligencia no trague unos cuantos dogmas impuestos por la Iglesia? La esencia de Cristo y su mensaje es independiente de los detalles, la mayor parte de ellos inventados por los telogos, a veces con fines no demasiado honestos. No es tan sencillo. Djame que haga de abogado del diablo. Imagnate que vamos repasando todos los enunciados a los que antes me refera y uno a uno vamos concluyendo que no nos los creemos. Si no creemos en nada de lo que constituye el contenido de la fe cristiana, podemos acaso considerarnos cristianos? Vuelves a exagerar. Eso no es as, no podemos no creer en ninguno de esos enunciados. Pero, incluso en el absurdo supuesto que planteas, yo seguira creyendo desde mi corazn que el mensaje de Cristo es el camino de mi salvacin. S? No te preguntaras si ese mensaje no es algo que t misma te has ido construyendo? Algo que has acomodado a tus necesidades de paz interior, a modo de un analgsico anmico, y lo llamas cristianismo slo porque te has educado en nuestra religin?

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Coo, empiezas a hablar como el tpico ateo militante. Me recuerdas el libro de Dawkins que te coment. De todas maneras, ya te he reconocido que s poco de Cristo y de su mensaje. Ya puesta ampliar mi confesin: tengo muy olvidados esos que t denominas los contenidos de nuestra creencia cristiana. Y creo que no me vendra mal repasarlos. Qu? Nos animamos? Claro, pero antes late otro porrito.

11 de julio de 2007

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Conversaciones teolgicas (II)

Dios ama a los hombres y ese Amor se hace Acto, como se narra a lo largo de todo el Antiguo Testamento. Este actuar amoroso de Dios se demuestra dramtica y excepcionalmente al encarnarse y entregar su vida humana para, con su muerte, dar nueva vida al hombre, rescatar a la humanidad doliente y extraviada. Cristo en la Cruz es la imagen ms tremenda del Amor de Dios.

Este es un resumen del prrafo 12 de Deus Caritas Est, la primera Encclica de Benedicto XVI. Puede valernos para empezar. Si te parece, enunciemos las diversas afirmaciones que aqu aparecen. Primera: Dios se hace hombre y ese hombre es Jess. Estars de acuerdo en que podemos considerar que esta frase es fundamental en nuestra Fe? S, desde luego que es un tema fundamental. De distintas formas, la idea se repite en un montn de oraciones o ritos cristianos. Creo en Jesucristo, su nico hijo, nuestro seor, que fue concebido por obra y gracia del Espritu Santo ...,Seor Mo Jesucristo, Dios y Hombre verdadero ..., El ngel del Seor anunci a Mara y concibi por obra y gracia del Espritu Santo ..." Ya veo, ests puesta. Y sabrs que en las otras dos grandes religiones del Libro no se da esto. Ni en el judasmo ni en el islam se cree que Dios se haya nunca hecho hombre. Por tanto, este primer enunciado (Jess es Dios) puede entenderse como una nota diferencial y especfica de la creencia cristiana. Juan Pablo II (Carta Tertio millennio adveniente) lo deca contundentemente: esta verdad es "el punto esencial por el que el cristianismo se diferencia de otras religiones. En el cristianismo no es solamente el hombre quien busca a Dios, sino que es Dios en Persona quien viene al hombre.

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Vale, entonces tenemos que contestarnos si creemos que Jess es Dios, no es as? Espera, no tan rpido. Antes me gustara desmenuzar un poquillo el significado de ese enunciado, para que podamos estar algo ms seguros de que sabemos qu es lo que creemos o dejamos de creer. Pero pospongmoslo un poquillo y, de momento, sigamos enunciando las afirmaciones del prrafo de la encclica papal. Djame la segunda a m. Sera algo as como: Dios se hizo hombre para salvar a los hombres. La Redencin, s. Sin duda ntimamente unido a lo anterior y lo que permite la ruptura doctrinal con el judasmo. Porque el Dios judo, que tambin es el nuestro, tena muy presentes a los hombres y actuaba sobre ellos a cada rato. Pero, para los judos, Dios nunca se plantea hacerse hombre para, sacrificndose por nosotros, redimirnos. No s casi nada del judasmo, pero esto me plantea una duda. Que los judos no consideraban que la humanidad necesitara ser redimida? Por ah van los tiros, aunque es bastante ms complejo. Quedmonos de momento con la idea de que la humanidad necesitaba, para ser perdonada, el sacrificio por ella del propio Dios. Lo que nos enlaza con otro dogma cristiano: el del pecado original. Eso s me lo s. Adn y Eva desobedecieron a Dios y, como consecuencia de esa ofensa, la naturaleza humana perdi parte de su dignidad primigenia. Todos nacemos con ese pecado original que nos borra el bautismo. Ya s que suena a catecismo de nio chico, pero pienso que puede contarse de un modo algo ms adulto. T misma. Vamos a ver. No creo que Adn y Eva cometiesen ningn pecado original que se trasmitiera a toda la humanidad: En primer lugar, porque no creo que Adn y Eva hayan existido; no soy creacionista y admito la evolucin natural. Pero justamente por eso, por ser la especie humana el culmen evolutivo de la Creacin divina, estaba falta de algo, esa dignidad primigenia que se simboliza en el Gnesis con

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los dos primeros padres felices y desnudos, a imagen y semejanza de Dios, en el Paraso. O sea, que entonces no ha habido pecado original. Con esas teoras te habran quemado por hereje. E, incluso hoy en da, me da que no te las aceptara casi ningn telogo. No necesariamente niego el pecado original. Es ms, si me apuras, lo admito. Lo admito porque la humanidad tena que ser culpable de algo gordo para necesitar ser redimida, ya que Jess vino para redimirnos. Pero es que no veo incompatibilidad esencial entre las evidencias cientficas de la evolucin y la Biblia, siempre claro estque hagamos una lectura simblica de sta. Eso de la lectura simblica ... S ms de uno que no te la permitira. Pero, vale, cuntame tu interpretacin simblica. La evolucin es un proceso biolgico que se produce en el tiempo, a lo largo de varios millones de aos, no es cierto? S claro. Ahora bien, Dios es atemporal; para l todo es presente. Es como si existiera en un universo paralelo que no se cruza con el nuestro, pero desde el que es capaz de intervenir. Dios, de otra parte, es amor y el ser humano es la expresin de su amor. Lo crea por amor, a su imagen y semejanza y, por lo tanto pleno de toda dignidad. Pero, atencin, lo crea en su universo atemporal. O sea viene a crear a los Adn y Eva bblicos, antes de que empiece el universo en el que vivimos. No tiene sentido decir antes; los crea en el universo divino, donde no hay tiempo. Y en ese universo el ser humano se rebela contra Dios, comete, efectivamente, el pecado original bblico. Ya te he pillado. Entonces Dios (aunque no tiene sentido decir entonces) pone en marcha el caldo primigenio en el que confusas reacciones qumicas dan origen a la vida para ir evolucionando hasta llegar, en este Universo temporal, al ser humano.

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Pues s. Al ser humano hecho a semejanza de Dios, pero incapaz de tener en s mismo, en tanto producto de la evolucin natural, esa dignidad divina que ha perdido por el pecado original cometido en el Universo atemporal. Un poco barroca la teora. No te parece? No, no me lo parece tanto. Es slo una hiptesis, llena de puntos dbiles, lo s. Pero me basta para entender el mensaje bsico: no hay necesariamente una contradiccin esencial entre la creacin divina del hombre y la evolucin natural; incluso me atrevera a decir que tampoco la hay entre la cada metafsica de la humanidad y la antropologa cientfica. Hay quienes piensan que el cerebro humano tiene neurolgicamente la necesidad de Dios. En esta teora tuya, esa necesidad natural podra entenderse como algo que Dios nos ha puesto, que ha ido evolucionando en el ADN a medida que apareca la conciencia, para que Le busquemos. Como si fuera un recuerdo difuso de lo que ramos antes del pecado original? Un anhelo de recuperar la dignidad divina que tuvimos? S, algo as. Tampoco lo he pensado mucho; como te dije, no suelo pararme a reflexionar sobre estas cosas. Me basta con intuir que no hay necesariamente contradiccin entre mi Fe y los hechos que ciertamente conocemos mediante el progreso cientfico. Aunque tus explicaciones se salgan descaradamente del marco de referencia cientfico. Porque has de reconocer que eso del Universo atemporal no deja de ser un salto en el vaco. En todo caso, aunque tenga un tufillo a trampa dialctica, dejmoslo estar; ya habr tiempo de volver sobre tus ideas. Pero, a modo de resumen, vendras a decir que s hubo un pecado original y como resultado del mismo, en este universo que conocemos, el hombre resultado de la evolucin es una especie doliente y extraviada. Y para salir de ese estado necesitaba ser redimida por el mismo Dios, hacindose hombre y sacrificndose por nosotros. Pues s, creo que lo has resumido bastante bien.

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De acuerdo, entonces, a partir del texto del Papa, podemos enunciar una serie de enunciados concatenados que ambos aceptamos que conforman la expresin de creencias fundamentales de nuestra Fe. Bstenos de momento con enunciarlos; ya habr tiempo luego para discutirlos e incluso interpretarlos ms en detalle, desarrollando, por ejemplo, tus teoras de los universos paralelos. Muy bien; di esos enunciados. Ah van: 1. Existe un Ser eterno que llamamos Dios. 2. Dios ha creado el Universo (en tu teora, los Universos). 3. Nuestra especie, el ser humano, ha sido creada a su imagen y semejanza. 4. El ser humano, a resultas de un pecado primigenio, perdi esa dignidad divina. 5. El sentido de nuestras vidas es recuperar esa dignidad de modo que podamos volver a ser eternamente como fuimos creados. 6. La dignidad divina que habamos perdido con el pecado original, sin embargo, no poda ser recuperada slo por nuestros medios; requera que, como en la creacin, nos volviese a ser concedida por Dios. 7. Ese algo que nos faltaba para, a travs de nuestros medios alcanzar la dignidad divina, slo nos poda ser concedido a travs del sacrificio del propio Dios. 8. Como Dios siempre se ha preocupado por nosotros y nos ama, decide hacer ese sacrificio en un momento histrico preciso de nuestro Universo. 9. Ese sacrificio divino se manifiesta en su encarnacin, vida entre los hombres, pasin, muerte y resurreccin. Vaya, en principio slo habamos dicho dos enunciados: Jess es Dios hecho hombre y Dios se hizo hombre para redimirnos.

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En realidad, siguen siendo esos mismos dos, pero algo ms desmenuzados. Imagino que estars de acuerdo en que lo nico que he hecho es hacer explcitas creencias que van necesariamente implcitas con las dos primeras. De tal forma que podramos convenir en que las nueve frases, todas ellas, forman parte del contenido fundamental de la fe cristiana. S, creo que podemos convenirlo. Pues mi tesis es que muchos que se consideran cristianos (yo dira que la mayora) no cree en el fondo de su alma en algunos de estos enunciados, si bien lo que hacen es simplemente no planterselo. Y esos, para ti, no seran cristianos? Prefiero no pronunciarme. Lo que me parece claro es que tendran que enunciar, de modo anlogo a como lo hemos hecho, sus creencias; es la nica forma que conozco de poder comparar unas con otras y convenir en qu es lo que llamamos ser cristiano. Ten en cuenta que, estas dos creencias que hemos considerados fundamentales, no eran universalmente comunes entre los primeros cristianos. El contenido especfico de la fe cristiana, te guste o no, ha sido elaborado a lo largo de los siglos por la Iglesia. S, la Iglesia ha ido estableciendo los dogmas. Hay muchsimos ms que estos dos que hemos considerados fundamentales. Por supuesto; pero ni estos dos lo han sido siempre. Ni que Jess era Dios, ni que hubiera venido a perdonarnos nada. Y quienes no crean en estos dos enunciados tambin se llamaban a s mismos cristianos. Ests queriendo decir que se puede ser cristiano sin creer en estos dos dogmas tan bsicos? No lo s. Sin embargo, s tengo la impresin de que hay muchas personas que se consideran cristianas, sindoles irrelevantes estos dogmas. Les basta con creer que Jess fue un hombre excepcionalmente bueno y sabio que nos trajo un mensaje de perfeccin, dndonos con su propia vida un ejemplo para las nuestras. Eso s, ese

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mensaje dado por un hombre expresa, para ellos, el plan de Dios y, por tanto, da sentido prctico a sus creencias trascendentes. Te entiendo. En el fondo no creo que yo misma est muy lejos de ese planteamiento. Como te dije antes, me basta para ser cristiana con creer en lo que acabas de decir. Lo que pasa es que planteamientos as llevan a una especie de religin laica que muy poco tiene que ver con las iglesias cristianas. De hecho, es lo que est ocurriendo entre tanta gente cuando dicen, como t, que creen en Cristo pero no en la Iglesia. Aun as, se mantiene la Iglesia (las iglesias), pero este es otro tema. S, es otro tema que prefiero no tratar por el momento; no valdra ms que para enredarnos. Adems, me vas a tener que excusar que he de ir a recoger a los nios.

14 de julio de 2007

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Medea

Me llamo Medea. Soy una mujer de treinta y ocho aos. Vivo en Espaa, en Andaluca, pero soy californiana, de una pequea ciudad costera al sur de Los ngeles. Estoy casada con Jasn, madrileo de poco ms de cuarenta, profesional de xito, ejecutivo agresivo a cargo de la direccin de la filial para Espaa y Portugal de una importante multinacional norteamericana. Durante los ltimos quince aos Jasn ha sido el eje de mi vida, quien la llenaba de sentido, a quien se la dedicaba plenamente, en cuerpo y alma. He estado (sigo estndolo?) ciega, absorbente, intensa, perdidamente enamorada de l. Y ahora Jasn quiere divorciarse. Hay otra mujer, claro; si no, para qu? Mi marido nunca me ha amado o, al menos, nunca ha sentido hacia m desgarros viscerales siquiera cercanos a los de mi pasin. Creo haberlo sabido desde el principio y he podido verificarlo hasta la saciedad en todos estos aos. Aun as, siempre, desde aquellos encuentros iniciales en la UCLA, Jasn fue encantador conmigo: atento, amable, carioso. Enseguida me hizo sentir especial, nica, deseada, admirada; desde muy pronto logr eclipsar en mi mente a todos los otros (y eran muchos), apartarme de mi ambiente familiar, de las conocidas y seguras referencias de las buena familias republicanas del sur del Estado. Cmo me haca el amor! No era virgen, desde luego, pero no fue hasta estar con l que descubr el placer infinito del sexo. Y as ha seguido siendo durante todo nuestro matrimonio; cada encuentro sexual, por ms que se fueran espaciando, era para m una ceremonia casi mstica, de abandono y disolucin, de orgasmos mgicos que me transportaban fuera de m, que me fundan con lo eterno. Por cursi que resulte, nuestro lecho conyugal es, para m, el templo de un

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amor sagrado, el escenario de mi sacrificio, de mi entrega absoluta a l. Pero, pese a mi fatal esclavitud enamorada, ni siquiera en esos gloriosos momentos dejaba de intuir que Jasn no senta lo mismo. Hay otra mujer, claro; pero s que no la ama o, al menos, no la ama en la misma medida que no me amado nunca a m. Pero le conviene, como tambin yo le convine; la ha elegido como me eligi a m cuando era un joven licenciado que viaj a los Estados Unidos para seguir un mster en administracin de empresas. Jasn jams ha sentido el amor pasional del que hablo, jams ha vivido la entrega voluntaria al otro, ese deseo funesto de fundirse con el amado. No lo ha sentido porque, seguramente, no puede, no est en su naturaleza. Acaso puede algn hombre sentir as? No he conocido ninguno; en cambio s de algunas mujeres, tampoco demasiadas pero quizs sea porque nos d vergenza hablar de ello, que han vivido arrebatos como los mos. Sin embargo, ninguna ha mantenido un enamoramiento tan feroz y desequilibrado durante tantos aos. Por qu he sido maldita con esta pasin? La nueva se llama Glauca y es la nica hija del presidente de uno de los ms importantes bancos espaoles. Conozco a este seor desde hace tiempo: un sevillano elegante, cauto, soberbio, astuto. Ambos matrimonios hemos coincidido en numerosas fiestas de esta ciudad engreda, reuniones en palacios barrocos en donde ellos exhiben displicentes su poder tejido de sobrentendidos ambiguos y donde ellas exhiben lo mismo, pero con ms matices y ms sedas. S hace tiempo que mi marido y l, Creonte, urden una audaz operacin financiera que, de salir bien, independizar la empresa de Jasn de su matriz yanqui bajo los auspicios del banco espaol. Se trata de una partida arriesgada que viene requiriendo complejos y sutiles preparativos que hasta ahora apenas nadie conoce. El sigilo es imprescindible antes de dar el golpe, as como tambin la complicidad, onerosamente obtenida, de hombres clave de aqu y all. Cuando se descargue el hachazo, ste ser fulminante y terrible; habr vctimas, entre ellas, incluso, algunos que en su momento encumbraron a Jasn. Pero nada de eso preocupa a mi marido; slo la vanidad del poder y el dinero, ahora como entonces.

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Glauca est enamorada. Si no la odiara como la odio, hasta podra compadecerme de ella. Apenas veintisis aos, melena rubia rizada, cara de nia con mirada pcara, delgada y flexible, sin la exuberancia de mis formas (que la edad ha mejorado) pero con un aura de sexualidad inquietante, de esas que imantan a los hombres. Hace apenas un ao volvi a la casa paterna, despus de sus estudios universitarios de Historia y un semestre excavando en algn paraje desrtico del cercano oriente. El regreso de su hija querida, la menor tras tres hermanos, rejuveneci a Creonte. Fiesta por todo lo grande en el palacio de la familia, los jardines aterrazados sobre el ro vestidos de guirnaldas multicolores, manjares y vinos exquisitos, la orquesta del conservatorio primero y una banda de rock despus, con la graciosa actuacin de uno de los ms famosos tenores de este pas entre medias (estaba invitado), despliegue de fuegos a los postres Estaban todos los que son en esta sociedad hipcrita y no pocos venidos de fuera; al fin y al cabo, uno de los reyes congregaba a la corte; presentaba a su princesa. Esa noche, en mi presencia, Glauca y Jasn se conocieron. Nos present su padre; ramos, dijo, el matrimonio ms querido entre sus amigos. Minti; Jasn es su amigo muy querido (y su cmplice), pero a m no me traga. Quizs las cosas habran podido ser distintas si hace diez aos, al poco de conocernos, me hubiese acostado con l. En cierto modo, eso era lo que se esperaba de m, y con el reflexivo impersonal genrico incluyo al propio Jasn. Su carrera, todava no del todo consolidada, se habra impulsado gracias a una relacin oficialmente clandestina con el primer titiritero de esta ciudad. Fue la primera vez que no supe adivinar los deseos no dichos de mi marido; yo, que tantas veces antes me haba adelantado a ellos, despreciando toda moral. Hubo de ser la venda de mi amor la que no me dej intuir lo que Jasn esperaba de m, aun sin declarrselo ni a s mismo. Cmo podra haber imaginado que a quien tanto yo amaba le complacera que me acostase con Creonte? Y he de advertir, para que no haya equvocos, que por ms que me hubiese dolido, de saberlo, de habrmelo dicho, de haber entendido que con ello satisfaca al hombre de mi vida, sin dudarlo habra accedido a la lujuria de Creonte. Que, por otra parte, tampoco era lujuria, sino vanidad de

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macho, vaco afn de dominio que actualizaba con diplomacias contemporneas el viejo derecho de pernada. El caso es que no me acost con el gran financiero y una barrera invisible qued erigida entre nosotros; o, mejor, entre yo misma y esa sociedad toda, incluyendo en ella a mi marido. Jasn fue integrndose cada vez ms en ese mundo, hacindose parte suyo y, naturalmente, siendo aceptado como un igual. Aparentemente, esa integracin de mi marido conllevaba la ma propia; pero, rasgadas las apariencias, yo saba que mi puesto era prestado, que en el fondo no se me admita. Y no creo que ese rechazo secreto que slo asomaba en miradas desprevenidas hubiese podido evitarlo acostndome con Creonte. Pienso que en m se desprecia a la extranjera, a la extraa que puede poner en peligro no s bien qu tesoros locales. Sin embargo, no le ocurre as a Agameda, mi compaera del instituto, la que siempre me emulaba y envidiaba, la que, poco despus de yo casarme, lo hizo con otro espaol y en pos mo vino hasta esta ciudad, tras convencer a su marido de que le pidiera un empleo a Jasn, la que se dice mi amiga ms ntima y persigue ser mi sombra, llena de un odio hacia m hecho de fascinacin. Agameda me muestra cmo es aceptada y querida en esta sociedad provinciana; me explica, con razn, que el secreto es humillarse, renegar de lo que ramos, alabarles su vanidad. Agameda me aconseja que siga su ejemplo pero no es porque quiera mi felicidad sino porque ansa resquebrajarme, vencer en su interior a la que nunca alcanz. Vanos esfuerzos los suyos: s quien soy y estoy orgullosa de serlo. Me estoy desviando de mi relato. Y es que todo se entremezcla; se superponen en mi mente los remotos recuerdos americanos y los recientes de estas ltimas fechas. Escribo para entenderlos, y as conjurarlos; tambin porque me hierve la sangre, porque mi amor por Jasn se ha tornado en odio mortal. No uso el adjetivo gratuitamente. He de traer la muerte a Jasn y a todo lo que valora porque con su traicin infame l mata lo que daba sentido a mi vida. Pero necesito pensar, necesito para ello calmarme. Por eso escribo. Escribiendo hago visibles las simetras entre las dos etapas cruciales de mi vida: los acontecimientos de California encuentran en estos tiempos su imagen especular. Fueron aqullos terribles, criminales; y

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criminales y terribles habrn de ser los presentes. He de seguir escribiendo; revivir la escena del primer encuentro con Glauca, confrontarla con aquella cena en la playa de Santa Mnica. Tan distintas en la forma, tan iguales en el fondo. Y ms cosas, tantas cosas ms Pero ahora he de descansar unas horas. Quisiera encontrar el consuelo del llanto, pero el odio me ha secado las lgrimas.

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Jasn

No, no se lo ha tomado nada bien. De todas formas era lo que esperaba; Medea es excesivamente pasional, le encanta llevar las cosas a los extremos. Te acuerdas cuando, al poco de conocerla, me comentaste que te pareca una mujer muy intensa? No sabes cunto, te respond. No lo sabes t ni lo sabe nadie; esa imagen de mujer fuerte, activa, entusiasta no es ms que la pequea punta que emerge del inmenso iceberg de su carcter apasionado. Y, amigo mo, la pasin agota; no se puede vivir continuamente en la pasin. Especialmente si uno mismo o, mejor dicho, la relacin que uno vive, es el objeto nico de la pasin. Todo haba de pivotar sobre nuestro amor y eso no hay amor que lo resista. Acaso no se mueren las plantas por exceso de riego? No te lo puedes imaginar: quince aos sin aflojar! En fin, que la he traicionado; eso lo ms suave. Porque me ha dicho de todo, de los insultos ms zafios hasta algunos francamente simpticos, heredados de su aya mexicana, todo un personaje que la cuid desde nia y vino con nosotros desde California. No creas que me afectan, ya estoy bastante curtido; pero quera hacerme dao, buscaba ensuciar las cosas que ms valoro, degradarme a mis propios ojos. Te aseguro que se equivoca de tctica. Actuando as lo nico que logra es que me cierre a futuros entendimientos. Pero, por doloroso que sea, prefiero tal comportamiento al que t habas previsto. Me habra resultado tremendamente incmodo que se derrumbara, que mediante chantajes emocionales intentara que siguiera con ella. Yo no habra cedido, eso lo tengo claro. Pero, si te soy sincero, es ms que probable que se me hubieran complicado las cosas, que se hubieran alargado los plazos. Seguramente, me habra dado un tiempo para irle haciendo aceptar la separacin. Mira: si uno lo tiene claro, lo mejor es que sea lo ms de golpe posible; as

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que, bienvenida sea toda la mierda que quiera echarme si vale para aligerar los trmites. No obstante, confo en que tras estas tormentas de improperios vaya imponindose la calma. Tendremos que resolver muchos aspectos prcticos y Medea es una mujer inteligente, por ms que la pierda su carcter apasionado. Adems la quiero; cmo no voy a querer a la mujer con la que he vivido quince aos, con la que he compartido una etapa fundamental de mi vida, la que ha servido para llegar a donde ahora estoy? Lo que ms me gustara es que no tuviera que desaparecer de mi vida, que furamos capaces ambos de transformar nuestra relacin en algo satisfactorio. A los dos nos queda mucho camino. Ya no habremos de recorrerlo juntos, pero no tenemos que hacerlo como enemigos, ni siquiera como ajenos que se ignoran mutuamente. Qu soy un ingenuo? Quizs. No te voy a engaar diciendo que seamos capaces de lograrlo, porque es una empresa difcil, y ms con Medea, a quien estos planteamientos ni se le pasan por la cabeza. Pero djame que deje un espacio a esa confianza. Sabes? Una de sus acusaciones fue que yo no la amaba. Por supuesto, a esa conclusin llegaba por contraste con lo mucho que ella siempre me ha amado. Qu coo sabr ella de amor! Perdona pero es que me cabrea esa cantinela tan repetida de las mujeres apasionadas. Qu no la amaba como ella me ama a m? Vale. Pero es que no creo que su amor sea mejor que el mo; es ms, tiendo a pensar que su amor, lo que ella llama amor, no es ms que la enfermiza fijacin de su adiccin emocional. No me ama a m, me utiliza como cebo para su pasin devoradora. Acaso le preocupa de verdad lo que a m me preocupa? Acaso quiere de verdad que yo sea feliz? Te respondo: no. O mejor, quiere que yo sea feliz de una nica manera: con su amor, con nuestro amor. Que nos estemos mirando el ombligo hasta la eternidad, alimentando esa especie de monstruo pasional que lleva dentro, que no haya nada ms; o que lo que haya de ms slo sirva como lea para nuestra hoguera. Coo, ya estaba harto, ya me quem bastante. Al principio, cuando nos conocimos, no era as. O yo pens que no era as; a estas alturas empiezo a tener mis dudas. Me enamor de una chica preciosa que se ilusionaba con mis proyectos, que compar-

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ta mis ambiciones. Cunto me ayud en esos dos aos americanos; y tambin luego, en Madrid, fue un apoyo fundamental en el enfrentamiento con mi to. Esos primeros tiempos de lucha, de tragedias, nos unieron mucho. T conociste a mi to Pelias, sabes la horrible forma en que muri, de mis conflictos con l, antes y despus de Estados Unidos. Pero no menos dramtica, lo sabes, es la historia de la familia de Medea y ms trgico si cabe el desenlace: asesinado su hermano mayor, Apsirto, y Eetes, su padre, uno de los hombres ms influyentes de California, recluido en un sanatorio tras perder la razn. Son todas esas vivencias compartidas, experimentadas, juntos, en nuestras propias carnes. Estbamos ah, recuerdas? Cmo crees que lo soportamos? Porque, en medio de la desgracia, luchbamos unidos por un proyecto comn, por construir nuestro futuro. Gracias a ello, lo que fueron sucesos terribles se convirtieron en escalones de nuestro ascenso. Te parecer duro, inhumano si quieres, pero estoy orgulloso de cmo supere esos escollos, como fui capaz de vencer a las adversidades, cuales dragones mitolgicos. Y Medea estaba a mi lado, en el mismo empeo. Cmo no amarla, entonces y ahora, cuando el amor tena un sentido que lo haca trascendente, cuando nuestro proyecto de vida llenaba al amor de sentido? Ayer Medea, en su furia, se empe en ensuciar esos recuerdos que dan sentido a mi amor. Ella lo haba hecho todo por m, yo sin ella no habra sido capaz de lograr nada. Y ahora la traicionaba. Ella me amaba y lo que hizo, lo que hicimos juntos, lo hizo por m; no comparta en el fondo mis ilusiones, eso fue lo que me dej entrever. Como si, desde el principio, hubiese actuado para convertirme en su deudor, para poseerme, apropiarse de m, mediante una tenaza de compromiso. He de reconocerte que con esas insinuaciones s logr hacerme dao, aunque me niego a creerlas del todo. Porque, si fuera verdad, si fuera verdad completa, he estado engaado. En ese caso, habra sido yo el utilizado. Justo lo contrario de lo que me acusa: de que me aprovech de ella sin llegar nunca a amarla de veras. Sin embargo la amo, la he amado todos estos aos, a pesar de que ella no ha sabido, no ha querido entender mi amor. Sobre todo, no ha sabido o no ha querido que nuestro amor sirviera para andar un camino comn, que fuera una fuerza creadora y vivificadora. Su

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malsana pasin slo nos ha conducido a un opresivo ahogamiento. As no podamos seguir; al menos, yo no poda. Tampoco creo que para ella fuera buena su actitud: esa soberbia despectiva hacia todo, ese rechazo y desinters por las que eran nuestras ilusiones. No pienses que no he peleado para enderezar nuestra relacin, pero todos mis esfuerzos han sido intiles. Ya haca tiempo que estaba convencido de que haba que acabar. Por mi bien, s, pero tambin por el suyo. Puede que no me creas, pero me separo de Medea porque la amo; o, si prefieres, la mejor prueba de amor que en nuestra situacin puedo darle es separarme de ella. Glauca? S, lo s. Bueno, tampoco soy un santo, as que no voy a negarte que es un factor importante en la ecuacin. Adems, no ests en condiciones de juzgar sobre las decisiones de conveniencia: recuerda cmo te casaste con Agameda; desde esa poca compartimos secretos poco honrosos. Pero la entrada en juego de Glauca no cambia el fondo del asunto, no hace distinto lo que siento respecto a Medea y cmo viva nuestra relacin. Por ms que te admita a ti no tiene sentido intentar engaarte que esta chica ha aparecido como un regalo divino, el ingrediente preciso para que muchas cosas recuperen su sentido. Justamente por eso, por ser una oportunidad preciosa, lo es tanto para m como para posibilitar lo mejor para Medea tras nuestra separacin. S que parece retorcido y no me siento capaz de explicrtelo bien; creme no obstante que casarme con Glauca, como har, es resultado tambin de mi amor por Medea. No, claro que no. Ni a Medea ni a Glauca les he contado esto. Crees acaso que se puede siquiera insinuar? Si amas a una mujer no puedes ser absolutamente sincero; eso slo conduce a malentendidos y recelos. Justamente porque las amo he de actuar por su bien sin atender sus deseos. Muy especialmente con Medea; he de ser muy cauto con ella. Como te he dicho, esperar que pase la tormenta, que recupere la cordura y, entonces, estar ah, reconducirla hacia lo que ms le conviene; lo que ms nos conviene a ambos. Para ello habrs de ayudarme; necesitaremos la complicidad de Agameda. Pero ya hablaremos con ms calma en otro momento. Creonte se acerca.
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Mat Medea a sus hijos?

Sin duda, Medea es uno de los ms terribles personajes de la mitologa griega, una figura anti-heroica, hacedora y portadora del mal, demonaca. No es casualidad que no sea griega sino brbara, de la lejana y extraa Clquida, el fin oriental del mundo conocido. Medea se convierte as en la personificacin de los desastres funestos a que conducen las pasiones excesivas que, para los griegos, no son propias de los humanos, sino de los dioses. Por si el mensaje no quedara suficientemente claro, Eurpides lo pone explcitamente en la boca de la vieja nodriza, al comienzo de su famosa tragedia. El tema de esta tragedia es sobradamente conocido. La obra transcurre en Corinto, ciudad en la que Jasn y Medea, con sus hijos, han encontrado refugio tras ser expulsados de Yolcos, en Tesalia. A travs de los dilogos, Eurpides recuerda a sus espectadores la historia previa que han compartido Jasn y Medea, atribuyendo a sta el principal papel criminal para ayudar a su marido a obtener el vellocino de oro, primero, y el trono de Yolcos, despus. Pese a esa ntima complicidad, Jasn va a traicionarla, casndose con Glauca, la hija de Creonte, rey de Corinto. Medea, ultrajada, enloquece de odio y orgullo y, con astucia, lleva a cabo su terrible venganza. A travs de unas prendas envenenadas mata a Glauca y a su padre y luego, con la espada, asesina a sus dos hijos, privando as a Jasn de la continuidad de su linaje. Ahora bien, hasta qu punto Eurpides se limita a dramatizar una historia previa o innova el mito incorporando nuevos elementos? Medea, como todas las obras de la edad de oro del teatro griego, fue escrita para concursar en los certmenes dramticos de Atenas (parece que en el del ao 431 aC obtuvo el tercer puesto, triste resultado si tenemos en cuenta que se presentaban tan solo tres autores).

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Hay que pensar que, para esos aos, las fiestas denominadas Grandes Dionisias, por ejemplo, eran un acontecimiento importantsimo, no slo para la ciudad sino para toda Grecia; Atenas reciba a numerosos visitantes, tanto ciudadanos comunes como altos cargos de otras polis. En ese contexto, la repercusin de las representaciones era tremenda, significando mucho ms que el mero entretenimiento. Hay que recordar que hablamos del siglo de Pericles, el impulsor del apogeo ateniense y quien, no inocentemente, favoreci y consolid el teatro (el propio Pericles hizo su entrada en la vida pblica financiando, para su presentacin en las Dionisias, Los Persas, la obra de Esquilo). Las piezas dramticas perseguan objetivos de educacin poltica (o de propaganda, si se prefiere), justificando, a partir de episodios mitolgicos bien conocidos por la ciudadana, los valores que el gobierno (o el privado que financiaba la produccin) quera fomentar. No es impensable que, a medida que la repercusin de estas fiestas teatrales fue afectando a toda la Hlade, otras ciudades quisieran financiar la representacin en Atenas de obras que rindieran homenaje a sus propios pasados mticos. Robert Graves, en Los Mitos Griegos, afirma que fueron los corintios quienes, enfurecidos por el asesinato de Creonte y Glauca, se apoderaron de los hijos de Jasn y Medea y los mataron apedrendolos. Posteriormente, representantes de esta ciudad pagaron quince talentos de plata a Eurpides para que modificara la historia e hiciera recaer el crimen sobre la clquide. Graves cita a Apolodoro, Pausanias, Eliano y Filstrato en apoyo de la versin de que la lapidacin se produjo en una colina en la que se eriga un templo a Hera; en ese templo fueron enterrados los nios por orden del orculo de Delfos. A partir de entonces, como expiacin del crimen, siete nios y siete nias corintios con las cabezas rapadas haban de pasar un ao en el templo. Si bien los autores citados que imputan el crimen a los corintios son todos posteriores a Eurpides (entre los siglos II aC y II dC), sus relatos aparecen en obras descriptivas, lo que hara pensar que recogieron la tradicin de la poca, sin tener, como pudo ser el caso del dramaturgo, intenciones concretas sobre sus lectores. En apoyo de esta tesis llama la atencin que entre los grandes fijadores literarios de la mitologa griega anteriores a Eurpides, si bien aparece en varias ocasiones el personaje de Medea, no se encuentran

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referencias al parricidio (aunque s a los asesinatos previos a su llegada a Corinto, as como al posterior intento de envenenamiento de Teseo en la corte de Egeo). De otra parte, cuntos hijos tuvieron Jasn y Medea? Tampoco se sabe con certeza. Graves habla de siete: una chica, Eriopis, y los varones Medeo, Mrmero, Tsalo, Alcmenes, Tsandro y Argos. En la versin que imputa el crimen a los corintios, Eriopis y Medeo escaparon de la muerte; este ltimo (tambin llamado Polixeno) gobern posteriormente el pas de Media. Quienes piensan que fue Medea la asesina, dicen que mat directamente a dos (tal como cuenta Eurpides) y que otros tres perecieron en el incendio del palacio provocado por ella; se salvaran pues otros dos: Tsalo que lleg luego a reinar en Yolcos y dio su nombre a la regin (Tesalia) y Feres que continu la tradicin envenenadora de su madre. As que no tengo nada claro ni cuntos hijos tenan Jasn y Medea, ni tampoco si sta los asesin. Aun a riesgo de desviarme de Eurpides, me inclino por absolver a Medea del crimen, lo que, por otra parte, hace ms fcil actualizar el relato mitolgico. Ciertamente ha habido madres parricidas en todas las pocas, pero resulta poco creble que una dama de la alta sociedad andaluza (segn mi ejercicio de los posts anteriores) asesine a sus hijos en venganza contra su marido. De todas maneras, habr que matar al menos a un par de chiquillos si se quiere mantener el tono trgico o quizs pueda encontrarse alguna metfora al crimen que no sea tan brutal. Exonerar a Medea de la muerte de sus hijos (aunque sea por falta de pruebas suficientes) no la hace en absoluto un angelito. Respecto al resto de sus crmenes no parece que haya divergencias en las diversas fuentes que recogen la mitologa griega. O sea, que era un bicho peligroso, del que haba que cuidarse muy mucho. Seguramente, siendo como era, no le debi costar mucho a Eurpides sumar a sus virtudes la del parricidio de sus hijos (ya lo haba cometido con su hermano). Pero creo que, sobre todo, ayud el que fuera extranjera, ajena a la cultura y los valores de los griegos. Imagino que, entonces como ahora, deba haber abundantes dosis de xenofobia en las polis de Hlade y, ms que en ninguna, en la altanera Atenas. Ahora bien, tampoco tengo del todo claro que Medea fuera clquide

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de pura cepa; segn Robert Graves (otra vez) su padre Eetes haba sido el rey legtimo de Corinto y cuando Jasn y Medea llegan a esa ciudad, ella reclama el trono para su marido. En esta versin (cuyas fuentes no he verificado), Creonte es el rey de Tebas Nuevo lo. Y qu ms dar todo esto si, al fin y al cabo, la mitologa no es verdad? Pues tengo que disentir. Estos mitos conformaron durante muchos siglos un sistema cosmognico coherente y complejo (vaya que si era complejo!) que era verdad para griegos y latinos, al menos en un sentido pragmtico del trmino verdad (no voy a explicar a qu me refiero porque me enrollara demasiado). Y ese sistema mitolgico ha imbuido la civilizacin cristiana e influido mucho en la conformacin de nuestra tica. Pero, sobre todo, la mitologa es verdad en cuanto a creacin de arquetipos psicolgicos, como prueba la pervivencia de los caracteres de sus personajes a lo largo de la literatura occidental (y de la propia historia). Y, en ltima instancia, porque me apeteca recuperar viejas aficiones, la que, sin duda, es mi razn primordial.

22 de julio de 2007

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Anacoretas en la tele

Pocos conocen una de las actividades a las que dedico parte de mi tiempo libre; en los ratos ociosos creo originales ideas que luego vendo con xito a los productores de concursos televisivos. Lo que empez como divertimento es hoy un filn sorprendentemente lucrativo. Quin me iba a decir, en mis modestos inicios, que las absurdas locuras que se me ocurran a modo de terapia para el estrs iban a ser la fuente de mi ms que excesivo patrimonio actual. Y es que, cunto ms disparatada sea la ocurrencia, ms entusiasma a esos ejecutivos mentecatos pendientes de los ndices de audiencia. Naturalmente, uso un pseudnimo, ya que me avergonzara muchsimo que mis colegas profesionales llegasen a descubrir que estoy detrs de deleznables programas en los que concursantes semianalfabetos se angustian en esfuerzos ridculos. No me atrevo a mencionar ttulos de concursos que se han desarrollado a partir de alguna idea ma; incluso aqu creo que debo mantener un cierto prestigio de talla cultural por ms que, lamentablemente, el ejercicio intelectual no sea, en esta sociedad frvola, tan rentable como merece. Aun as, por muy degradado que llegue el producto a la caja tonta, he de reivindicar una mnima calidad en sus orgenes, he de proclamar que el hlito primigenio, la inspiracin motora, deriva de inquietudes y buceos en ms nobles materias. Bien es verdad que, a lo peor, con esta defensa agravo mis culpas, confesando ingenuamente cmo prostituyo lo sagrado en el lodazal pestilente del circo meditico. Sea, pero ello no obsta para que, a medida que mi fama se extiende en ese mundo de yuppies, me reclamen con mayor frecuencia nuevas ideas y, consecuentemente, haya de estrujar cada vez ms mi frtil creatividad. En fin, que algn trabajo me va costando. Dije antes que creo originales ideas y exager ms de la cuenta. Las ideas, como la energa, ni se crean ni se destruyen, como mucho se transforman. En gran medida, todo se reduce a un ejercicio de ars combinatoria, procurando que los elementos de partida sean lo ms heterogneos entre s, a fin de propiciar contrastes chocantes que

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la experiencia lo demuestra generan notables rditos comerciales. Adems, es sabido que plagiar de muchas fuentes no es tal (investigacin, me parece que lo llaman) y, en todo caso, el riesgo de mostrar ese pecado se minimiza sobremanera si los elementos a combinar son lo suficientemente poco conocidos por el pblico medio o por la crtica periodstica (algo, por otra parte, poco difcil). En fin, van estas excusas no pedidas para sugerir hacia dnde apunto en la bsqueda de ideas. Ahora mismo, por ejemplo, estoy dndole vueltas a un posible guin basado en el anacoretismo sirio. Como algunos sabrn, en la provincia romana de Siria, durante los siglos IV, V y VI, hubo una espectacular explosin de monjes cristianos, con protagonistas famossimos en su poca por hazaas ascticas que, hoy en da, figuraran en el Guinnes . Adems, visto desde nuestra poca, pareciera que entre ellos hubiera habido una suerte de competencia, a ver a quien se le ocurra la forma de misticismo ms original. Dar algunas pinceladas para que pueda comprobarse que no exagero. Haba un grupo de monjes que se condenaban a la statio o inmovilizacin absoluta; se trataba de estar siempre de pie. Obviamente, para lograrlo, haban de recurrir a ayudas, tales como colgarse por los sobacos, atarse a un rbol, construirse una celda tan estrecha que no pudieran perder la verticalidad. Pues as, estos estacionarios se pasaban aos y aos, orando y siendo admirados en su santidad por los devotos cristianos de los alrededores. Otros se denominaban dendritas porque vivan en rboles. De estos, algunos se construan cabaas, pero para m que tal recurso debera haberlos descalificado. Mayor mrito tenan los que se aposentaban sobre simples ramas, a riesgo (como les sucedi a varios) de darse de batacazos contra el suelo. Esta modalidad de anacoretismo, sin embargo, creo que la voy a descartar porque ya se aprovech de ella Italo Calvino para su Barn rampante. Ms interesantes para mis fines resultan los dementes por Cristo, quienes, durante el da, se paseaban por los pueblos hacindose pasar por posedos demonacos o retrasados mentales, mientras que, por la noche, se dedicaban a la oracin. Era una manera de practicar,

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hasta el desprecio por s mismos, la evanglica virtud de la humildad. Como es natural, la santidad de estos ascetas no sola serles reconocida en vida; por el contrario, con sus actuaciones se ganaban continuos insultos y hasta palizas de sus contemporneos. Tampoco estn nada mal los bosko, unos ascetas de costumbres salvajes que vivan a la intemperie movindose a cuatro patas y paciendo hierba. Todo, por supuesto, para mayor gloria de Dios. No podemos olvidar a los que, gracias a su fundador San Simen, son los ms famosos de todos: los estilitas, que se pasaban la vida encaramados en lo alto de una columna tambin (como los estacionarios) en una inmovilidad casi absoluta. Para acabar con estos pocos ejemplos (no se piense que la lista es exhaustiva) citar a los hipetros, que eran unos monjes que vivan a la intemperie buscando exponerse a las condiciones ms rigurosas del clima. En estos das, por ejemplo, un hipetro se habra puesto a las tres de la tarde bajo el sol, soportando por amor a Cristo los ms de 40 que estamos padeciendo. Un rasgo comn de todas estos anacoretas era su gusto por la exhibicin pblica, lo que los enlaza directamente con los mecanismos psicolgicos de los concursantes televisivos; as que, como puede verse, tampoco hemos cambiado tanto en 1600 aos. Por supuesto, en su poca fueron muy famosos; es decir, sus proezas absurdas atraan espectadores. Tampoco en ese aspecto la humanidad ha evolucionado mucho. Por tanto, creo que hay materia. Slo se trata ahora de buscar algunos otros elementos para hacer la combinacin algo ms compleja y, por supuesto, adaptar las prcticas del protocristianismo a los tiempos modernos (no creo que haga falta mucho). Por supuesto, habr que dar con un tono que no hiera susceptibilidades religiosas (spase que muchos de estos ascetas son miembros del santoral catlico), aunque no descarto introducir algunos rasgos de espiritualidad new age, en plan homenaje actualizado a las elevadas motivaciones de aquellos sirios. Pues nada, a seguir dndole vueltas. No se me negar que la idea promete.
30 de julio de 2007

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De los muertos no se habla mal

Por motivos de trabajo, me surgi la oportunidad de hacer un viaje relmpago a mi ciudad natal. Llegu ayer a primera hora de la maana con unos compaeros y directamente nos metimos en las oficinas de un edificio muy moderno (lo ltimo de lo ltimo en tecnologa, oye), donde dos personas muy agradables nos explicaron detalladamente todo cuanto queramos saber. Tras cuatro horas de reunin, un taxi hasta el pueblo en el que est el aeropuerto; comemos una merluza deliciosa, bebemos abundante sidra y nos despedimos. Mis compaeros vuelan de vuelta pero yo aprovecho para pasar veinticuatro horas ms por estas latitudes norteas y lluviosas. Paseo entre turistas franceses frente a la baha urbana ms bella de este pas. Me gusta sentir el aire hmedo de mar y lluvia; no evoco recuerdos concretos, pero s hay una sensacin vaga de pertenencia mutua, una identificacin subconsciente. Llego a la casa de mi ta, la hermana menor de mi madre; poco despus, ella, dos primas y yo estamos repasando una carpeta llena de papeles viejo de mi abuelo materno. Hay cosas curiosas, retazos de pasajes de su vida y de la de sus allegados, en lenguajes sobrecargados de tonos melodramticos y giros ya anacrnicos. Algunas historietas me son conocidas; en cambio, otras, la mayora, no. De pronto voy descubriendo caras nuevas de un abuelo a quien quise mucho. Esta maana pretendo sacar fotocopias a varios de esos papeles, para leerlos en mi casa con ms calma. Por ejemplo, ayer me enter de la historia del suegro de mi abuelo, el padre de mi abuela Lola, mi bisabuelo Andrs. Este seor naci en 1860, en una familia acomodada asturiana; tuvo cuatro hijos, un varn y tres nias, la menor, mi abuela. Su mujer muri en el parto

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de mi abuela, en enero de 1904. Poco despus, Guadalupe, la mayor, se cas y la nueva pareja se mud de Gijn a Oviedo, llevando consigo al padre y a las dos nias. Ya para entonces, parece que Andrs haba dilapidado su patrimonio y la familia estaba en la ruina. Aos antes haba inventado un contador para el abastecimiento de agua, cuya patente le produca buenas rentas. Sin embargo hasta esa patente hubo de venderla para afrontar sus cuantiosas deudas: mi bisabuelo era jugador. Instalado en Oviedo y mantenido por su yerno, vivi cuarenta aos ms asistiendo cotidianamente al Casino, siempre de punta en blanco. Se presentaba por las maanas ante su hijo poltico y, extendindole la mano, le espetaba: "no slo de pan vive el hombre" y, obtenida su "asignacin", a hacer vida social. Mi abuela (nunca lo supe) lo odiaba, hasta el punto de que no asisti a su funeral. Encuentro en esta carpeta de papeles viejos recortes de peridicos ovetenses de la poca. Una necrolgica de media columna lo elogia abundantemente: "persona de muy buenas relaciones en nuestra ciudad como se patentiz con ocasin del traslado de sus restos", "fervorosamente cristiano, el finado am y vivi siempre para los suyos, dando ejemplos uno y otro da de las nobles palpitaciones de su corazn y de sus buenos sentimientos", "no han cesado de llegar testimonios de psame, lo que prueba que ha sido muy sentida la prdida de tan bondadoso caballero" ... De los muertos slo se puede hablar bien, ya se sabe. O no hablar en absoluto, como ocurri en nuestra familia respecto a este bisabuelo mo, hasta cuyo nombre ignoraba. De la rama asturiana de mi familia no s apenas nada, no conozco a ninguno de los primos segundos que he de tener. Tengo vagos recuerdos de los tos (de mi madre) Juan y Lupe, los de Oviedo, justamente quienes cargaron tantos aos con mi bisabuelo. Su hija Lolita, una seora que anda ahora por los 85 aos, s ha estado ms relacionada con mi familia; pese a ser bastante mayor que mi madre, siempre mantuvieron relaciones cariosas. Ayer mi ta, que naci ya muerto mi bisabuelo, me contaba que su madre apenas lo mencion durante su infancia y que cree que, desde que se cas y sali de Asturias, no volvi nunca a visitarlo ni le dej que l conociera a sus nietas (aunque esto habr de preguntrselo a mi madre, la mayor).

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En fin, historias de familia. Esta que apunto, en todo caso, slo aparece tangencialmente entre los papeles viejos de la carpeta de mi abuelo en forma de esquelas amarillentas. Hay otras ms jugosas protagonizadas por mi abuelo que gustaba de escribir sus recuerdos: la muerte de su padre y el traslado de la familia a Bilbao, sus milicias en Africa, sus "aventuras" para salir de Oviedo los primeros das de la guerra y poder reunirse con su mujer y su hijita de tres aos (mi madre) ... Ya ir repasando estos papeles con calma. Pero ahora, en cuanto estn listas mis primas, a dar una vuelta por "mi" ciudad"..

7 de agosto de 2007

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Catlogo personal de comportamientos urbanos que anegan mi corazn de ternura

Individuo que, buscando aparcamiento, tiene la fortuna de encontrar un amplio hueco en una fila abarrotada. En vez de pegarse al de delante o al de detrs, dejando espacio suficiente para que estacione otro coche, se plantifica en el medio. Menos maniobrar para salir luego, imagino que piensa. He de reconocer que este comportamiento me resulta beneficioso desde que conduzco un Smart. Parejita de la mano (qu bonito es el amor) parada en una escalera mecnica. Sustityase parejita por grupo de amigos o cualquier otro nmero de personas que, yendo juntas, impiden el paso a quienes suben andando. Es que la gente no tiene paciencia, qu ganas de correr, por qu no se quedarn quietitos en su peldao y dejarn tranquilamente que la escalera les lleve a la siguiente planta? Cruce entre calles con semforo; el carril de la derecha tiene el semforo verde para girar en ese sentido. En ese carril, sin embargo, se detiene un coche que va a seguir recto, obligando a los que quieren girar a que esperen hasta que se ponga en verde el semforo. A veces este comportamiento no es intencionado; muchas otras s. Hay mtodos para verificarlo. Conductor amante de la msica (los gneros predominantes son el reggaeton y el hip-hop, aunque admito que puedo equivocarme dados mis escasos conocimientos al respecto) que generosamente quiere compartirla con sus conciudadanos. Para ello circula con las ventanillas abiertas y el sonido al mximo volumen, preferentemente a partir de medianoche. Persona que presiona simultneamente los dos botones de llamada de un ascensor pblico, de forma que detiene tanto al que va bajando como al que va subiendo. Cuando el primero en abrir sus puertas es el que va en el sentido contrario al que le interesa, suele preguntar a sus ocupantes sube? (o baja?) y obtener como

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respuesta: no, baja (o no, sube). Todava no he odo que nadie le diga al simptico algo como si no hubieras tocado el botn de bajada (o de subida), no nos habras parado intilmente, gilipollas. Conductores que estn convencidos (la mayora) de que en la ciudad los coches tienen prioridad sobre el peatn. Hay muchos comportamientos con los que manifiestan esta creencia. Por ejemplo, el emocionante reto de miradas entre el peatn que pretende cruzar un paso de cebra y el automovilista que est llegando ah. Otro: aparcar sobre la acera estrechando el ya de por s generalmente estrecho espacio para la circulacin peatonal (cmo me aclaman las mams con sus carritos). Chaval con ansias de expresar su arte con pintadas murales. Las muestras suelen ser pictogramas caligrficos o textos de cruda poesa vanguardista (por supuesto, en el neolenguaje msm). Las superficies preferidas, fachadas bien pintadas o puertas de garaje tales como la del edificio donde habito. Excluyo de esta entrada de mi catlogo a los grafiteros dotados de habilidad artstica cuyas obras mejoran notablemente paredes ciegas y medianeras vistas. Transente que bota al pavimento desechos de cualquier naturaleza, ignorante de la funcin de las papeleras o demasiado impaciente para esperar hasta encontrar una. La culpa, obviamente, es del Ayuntamiento que apenas pone papeleras ... Con lo divertido que es quemarlas! Slo he citado ocho elementos de mi catlogo; hay ms, no quepa duda, pero no se trata de aburrir. Todos estos comportamientos tienen en comn el acendrado espritu solidario de sus protagonistas, ese admirable pensar en los dems, asumiendo como propio el imperativo moral kantiano: acta de forma que tu actuar pueda ser una norma universal. Se comprender, pues, que observndolos me embargue la emocin, la alegra profunda de que estos seres humanos sean mis conciudadanos. Gracias a estos modelos de conducta somos quienes somos ("basta de historia y de cuentos"), culmen ejemplar de la civilidad.
13 de agosto de 2007

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Antonino Jaramillo

Me llamo Antonino Jaramillo y acabo de matar a mi mujer. Como frase inicial no est mal, cumple su cometido: impactar al lector, forzarle a seguir leyendo. Pero, claro, es un recurso fcil, nada original. Me imagino que sern centenares las novelas que empiezan con estas o muy parecidas palabras. Adems, pensndolo mejor, este comienzo ms que literario suena a confesin oral, la del tpico asesino domstico que llama a la polica inmediatamente perpetrado su crimen. Escribes en Google acabo de matar a mi mujer, as, entre comillas, y en 0,39 segundos te ofrece aproximadamente 1.130 webs en las que aparece esta frase y la gran mayora se corresponde, efectivamente, con declaraciones reales de crnica negra. Qu vulgar! Pero, de otra parte, qu, sino algo vulgar, puede provenir de m? Me llamo Antonino Jaramillo, Nino para los colegas; hay que joderse con el nombre y con el apodo! Desde luego no me ha ayudado nada a cimentar mi autoestima. Antonino! Por qu no Antonio? Por qu ese diminutivo ridculo? Son preguntas retricas, pero las respuestas son todava ms deprimentes. Me llamo Antonino en recuerdo del hermano menor de mi madre, enfermo de poliomielitis y muerto con apenas doce aos. Su corta vida fue dolor y tristeza para mi familia materna como si Antonino Salgado hubiese venido al mundo slo para amargar a todos, incluyendo a los que aun no habamos nacido. Parezco poco compasivo? Pues lo parezco porque es verdad, porque no siento sino rencor hacia ese Antonino de cuyo recuerdo provengo, porque estoy hasta los mismsimos de respirar este aire hipcrita de santurronera resignada, de tristeza metafsica, de opresivo aplanamiento. Adems, ya finjo ms que suficiente ante mis familiares; djenme que aqu me desahogue un poco.

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Si fuera justo, no obstante, debiera enfocar el odio hacia mi madre, la principal responsable de mi vulgar mediocridad; pero no se odia a una madre. Mi madre se llamaba Loli hasta sus trece aos, hasta el momento en que su hermanito menor manifest la enfermedad y ella decidi consagrar su vida a cuidarle y, sobre todo, a compartir su sufrimiento. A partir de entonces pas a ser Dolores, con todas sus letras, sin admitir variacin alguna. Muerto Antonino, hizo que Juan, mi padre, fuera su novio y, dos aos despus, su marido. Mi padre era y sigui siendo un calzonazos y, adems, otra vctima de mi madre. Lo primero que le hizo, al poco de casarse, fue cambiarle el nombre; de Juan a secas pas a ser Juan Crisstomo, as, completito, bien silabeado. Es verdad que ese era su nombre oficial, pero hasta que mi madre no lo aire no lo saba nadie, ni siquiera creo que mis abuelos se acordasen. Mira que es mucho ms difcil decir Juan Crisstomo que Juan, a que s? Pues oye, pleno al quince; bast que mi madre empezara a llamarle as delante de todo el mundo con tenaz insistencia para que el Juan se olvidara en un plis plas. El director del banco, por ejemplo, acogi el nuevo apelativo de su empleado inmediatamente despus de contestar una llamada telefnica y or a mi madre declamar (s, porque no habla, declama con voz de tragedia griega): por favor, sera usted tan amable de ponerme con mi marido don Juan Crisstomo Jaramillo? En el trabajo, en el bar, en el club, en todos sitios mi padre pas a ser en apenas unos das el portador de un nuevo nombre que, parece que todos coincidan, le sentaba mucho mejor que el antiguo. Esto lleg a decrselo su compaero de domin una tarde en el club, con tan poco tino que, por ms que se empeaba en cnicos argumentos sobre la personalidad que le confera el vocativo esdrjulo, no poda evitar que se notase que estaba a punto de estallar en carcajadas de absoluto cachondeo. Yo creo que a mi madre le gust lo de Crisstomo porque le evocaba cristianismo arcaico, martirios, santos sacrificios. Me da que nunca debi enterarse de que Crisstomo significa boca de oro y fue el apelativo que, por su gran elocuencia, le dieron a ese Juan que en el siglo IV lleg a obispo de Constantinopla. Elocuente mi padre? Ja! Si el pobre cabrn no abra apenas la boca, ni siquiera para defenderse. l mismo, poco antes de morir, me cont con voz resigna-

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da la pattica escena de un almuerzo en casa de sus padres, dos o tres meses despus de la boda. Ya para entonces el Juan estaba en franco proceso de extincin, pero el virus destructivo no haba prendido en la casa de los Jaramillo. As que mi madre, esa tarde, decidi coger el toro por los cuernos y forzar lo que no ocurra espontneamente. En un momento, como sin darle importancia, se dirigi a su suegra y le dijo que preferiramos que a mi marido, a partir de ahora, le llamarais Juan Crisstomo; as, su nombre completo; coincidiris en que le sienta mucho mejor. Notad como, en la misma frase, mi madre declaraba que el deseo era mutuo (mentira cochina) y que el marido era suyo (ya no el hijo de sus padres); as es doa Dolores Salgado de Jaramillo. Su suegra, sin embargo, pasado el eterno instante de estupor, mir a su hijo, al calzonazos de su Juanito, y le pregunt si a l le pareca bien (a ti te parece bien, Juan, enfatizando el pronombre de segunda persona singular y el nombre familiar). Pero fue un pobre desafo a la nuera; mi padre contest que s, que crean (ambos) que ese nombre le sentaba mejor. Y desde entonces, ni sus padres volvieron a llamarle Juan. Si mi padre no fue capaz de defenderse a s mismo, cmo habra podido evitar mi Antonino? Antonino Jaramillo, para colmo dos diminutivos seguidos. Si uno se apellida Jaramillo, al hijo se le ha de poner delante un nombre contundente; Ramn Jaramillo, por ejemplo, nunca Antonino, por Dios. De ms estara contar mis vanos intentos, al inicio de mi etapa escolar, de presentarme como Antonio ante los compaeros; poco necesit mi madre para abortarlos. Y as crec, como el mediocre Antonino Jaramillo que era y sigo siendo, al que nadie haca caso, salvo como blanco de ocasionales pullas. As dej de ser un nio y consegu (no s bien cmo) ir a estudiar a la universidad, en la capital de mi provincia. Pero all tampoco pude ser Antonio y segu siendo Antonino, aunque mi madre ya no estuviera al quite. La novedad de esos aos fue el Nino, que se le ocurri a un gracioso de la facultad y no precisamente con intenciones amistosas. Nino Jaramillo, el perfecto pardillo; ste era el pareado con el que me identificaban, la clave para sacarme de mi habitual invisibilidad en las escasas conversaciones en las que se me mencionaba: ... lleg Nino Jaramillo -Quin? S, hombre, el perfecto pardillo.

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Por supuesto si ni amigos tena imaginaos mi xito con las mujeres. Ni una rosca me coma. Hasta que conoc a Trini y me enamor. Cmo no iba a enamorarme de alguien tan dulce, alguien que me vea, que no me consideraba el pardillo mediocre que hasta yo saba que era? Trini adems era bellsima; su belleza mezclaba rasgos anglicos y formas diablicas, una cara de serena armona y un cuerpo voluptuoso que excitaba los deseos ms salvajes. Por qu, entonces, amndonos como nos ambamos, la he matado? Podra pintaros un cuadro de violencia domstica, la descripcin minuciosa de ese deslizamiento peligroso e imperceptible en que va poco a poco dejndose ir la vida conyugal. Os hablara de cmo ni el amor ms grande resiste las mltiples excusas cotidianas del hasto, de cmo hasta lo sagrado se vuelve irrelevante y profanarlo deja de revelrsenos sacrlego. Intentara justificar los primeros golpes como explosiones incontroladas de la tensin que soportaba, protestas airadas a la continua humillacin que viva en mi trabajo, al insuficiente apoyo que encontraba en Trini. Tendras as una historia conocida de malos tratos, tan cutre como son todas y, al mismo tiempo, tan tranquilizadora para vuestras hipcritas conciencias porque os permite mantener las distancias condenatorias. Qu hay que entender de un pobre diablo cobarde que agrede a su mujer? Pues lo siento, no hubo violencia domstica, nunca dej de considerarla el amor de mi vida, lo ms sagrado y caro de mi existencia. Puedo a cambio inventaros una historia de celos, pintar un crimen pasional, a ser posible con ribetes de tragedia clsica. La he matado porque me traicionaba, porque era ella quien profanaba nuestro amor sagrado. A lo mejor, si me afano lo suficiente, lograra que muchos (hombres, sobre todo) justificaran mi acto porque en su atvico interior sentiran la complicidad necesaria. Pero tampoco es verdad; Trini no me engaaba porque no haba nada sobre lo que mentir. La he matado entonces para ser fiel al destino intrnseco de mi propia mediocre naturaleza? Haba acaso yo, cual Judas, de destruir a quien me redima? Confieso que me agrada esta explicacin mstica, seguramente porque me exime de culpa en tanto me arrebata mi responsabilidad. Y no slo de este crimen horrendo, sino de

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todos los actos de mi vida, de mi propia personalidad. Slo soy una vctima, puedo dejar de atormentarme. Lo que pasa es que, aunque quiero creer que hay algo de verdad en el anterior prrafo, tampoco vale del todo para aclarar lo ocurrido. Empec diciendo que haba matado a mi mujer, pero ya advert que slo pretenda un inicio epatante, retener vuestra atencin. Se trataba de un recurso literario o, si lo prefers porque no os gusten las florituras, de una simple mentira. Yo, Antonino Jaramillo, estoy soltero (quin querra casarse conmigo?) y, por tanto, no he podido matar a mi mujer. Pero entonces, diris, has matado a una que no es tu mujer o no has matado a nadie y simplemente te ests cachondeando? Y sa que has matado, si lo has hecho, es Trini? Y, si es Trini, por qu las has matado? No es fcil responder ninguna de esas preguntas y, adems, tampoco estoy seguro de querer hacerlo; ya lo meditar. Las cosas con mucha frecuencia no son lo que parecen, eso s os lo puedo asegurar. Entre tanto, pensad lo que os d la gana; al fin y al cabo no me conocis y mejor es que as sea. Prefiero caeros mal, incluso que me odiis, a seguir invisible a vuestros ojos. Hasta otra.

17 de agosto de 2007

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El Loco Tito

Alfredo y Jaime pasean por las calles de Miraflores. Es por la maana, casi hacia el medioda; calculo que sera febrero, un da de verano limeo con el cielo inusitadamente despejado. Jaime y Alfredo son dos chicos espaoles de diecisis aos; apenas llevan unos meses en Per. Todava no controlan este nuevo mundo, esta ciudad inmensa y pequea a la vez, tan distinta del Madrid del franquismo agnico en el que vivan. Su condicin de extranjeros es patente, incluso antes de que el cerrado acento castellano les delate. Pero ellos pasean ajenos e ingenuos, contentos de sentirse libres, casi adultos, con afanes descubridores. Han tomado unos refrescos en el valo Gutirrez y luego siguen bajando por la avenida Santa Cruz en direccin a la costa acantilada. Al llegar a la avenida Mariscal La Mar, Alfredo sugiere visitar a Mauco, un reciente amigo peruano. Su casa creo que es por ah, dice sealando hacia la derecha. Pero la casa no aparece o aparece mil veces repetida entre muchas edificaciones de dos o tres plantas, de modesta arquitectura racionalista. Es difcil perderse con la referencia del mar tan cercano y, sin embargo, de pronto los dos chicos no saben bien dnde estn. Se ven a mitad de cuadra, en una calle desierta, por la que apenas pasan coches y mucho menos peatones ... y a unos metros, sentado en el poyo que delimita el jardn delantero de una de esas casitas de la acera de enfrente, un hombre les mira. Eh, flaquitos, les grita a la vez que mueve los brazos para que se le acerquen. Vamos, dice Jaime, as le preguntamos por la direccin de Mauco. Es un cholo cuadradote, con tejanos y una camiseta ajustada, gafas de sol tipo rayban, pelo muy negro engominado. Qu pas patitas? Andan perdidos? Enseguida les ha cachado y ms en cuanto Alfredo habla. Qu son? Espaoles? Y a la respuesta afirmativa: Qu lindo! De la Madre Patria. Y comienza a interesarse por los chavales; que qu hacen en Per, que si van a quedarse mucho tiempo, que por dnde viven ... Habla y habla, tanto que los chicos apenas son capaces de seguirle con parcos monoslabos, sin atreverse a preguntarle por la direccin del amigo. De pronto, sin

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previo aviso, se levanta y de frente a ambos les pasa a cada uno un brazo por el hombro. No se me asusten, compadres, protesta ante los instintivos sobresaltos de los muchachos, que soy su pata, soy buena gente. Les tengo que pedir un favorcito. Les cuenta entonces que su hembrita vive ah mismo, en la quinta a la que se accede por la serventa lateral de esa casa. Efectivamente, los chavales se dan cuenta de que frente a ellos se abre un callejn hacia el interior de la manzana; se trata de una quinta, una serie de edificaciones en hilera, una tras otra, de las que slo la primera da a la va pblica. Miren, ah, en la ltima puerta, es la casa de mi enamorada, pero es que no puedo tocarle porque sus viejos me odian, no quieren que salga conmigo. Por qu? Pregunta de buena fe Alfredo, que empieza a perder las reservas ante ese cholo tan locuaz. Y bueno, es que he estado en Lurigancho, ya saben, la crcel. Pero fue por culpa de una pendejada que me hicieron. Yo soy buena gente, pregunten no ms por ah por el Loco Tito, todos me respetan. Vayan pues, toquen a la puerta de la casa de mi hembrita y si les abre ella le dicen que estoy ac fuera, que salga; si les abre el viejo conchasumadre, pues se quitan no ms, le dicen que se equivocaron. Alfredo y Jaime se miran, no saben qu hacer. Buscando una excusa, Alfredo se remanga la camisa para mirar el reloj ostensiblemente; el gesto llama la atencin del Loco Tito. Qu paja tu reloj! Djame que lo vea. Alfredo, cortado, le acerca la mueca. No pues compadre, scatelo, djame que lo vea de cerca, yo entiendo de relojes, sabes? Tensin; los muchachos dudan: decirle, bueno lo sentimos, estamos apurados y darse la vuelta a paso rpido? Alfredo deja caer lentamente el brazo, pero antes de que hable el Loco dispara: Ya pues, no se fan de Tito? No sean cojudos, flaquitos; si quisiera atracarles, qu me costara? Y ante el asombro de los chicos saca una navaja descomunal, la muestra sonriente y la vuelve a guardar. No, el Loco Tito no es un pendejo, no les quiero hacer dao. Slo les he pedido que me ayuden, que avisen a mi hembrita. Pensaba que eran buena gente, espaoles de la madre patria; pero si no se fan, vyanse pues. Pero no se van. Entre el estupor y el miedo, ganas de demostrarse que afrontan las cosas. Vale, dice Jaime, perdona es que no te conocemos. Gracias patita, eres un buen tipo, a que t s que me enseas

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tu reloj? Desconcertado Jaime se lo muestra; no es tan bueno como el de Alfredo, pero ... Tito le hace un gesto y Jaime se lo saca y se lo entrega. El cholo lo observa, lo manosea, ceo fruncido, pensativo. No est mal, dice devolvindoselo, pero creo que es mejor el del otro flaco, el que no se atreve a dejrmelo. Picado, Alfredo, ahora s, se lo pasa. De nuevo los mismos gestos pero esta vez no hace el ademn de devolverlo sino que pregunta Y, pues? Van a avisar a mi enamorada? S, dice Alfredo, me das el reloj? Claro flaquito, toma ... pero, espera, mejor djamelo as mido lo que tardan. Ya te fas de m, verdad? Alfredo mira a Jaime, derrotado. Sin palabras entran por al callejn pero, a medio camino dan la vuelta: somos gilipollas, el to ya se ha largado con mi reloj, coo que es un rolex . Pues no, el Loco Tito sigue ah, tranquilo, mirando el reloj que se ha ajustado en su mueca derecha. Ya regresan? Qu pas? No, es que ... cul era la puerta? Ah, la ltima, es amarilla. Oye flaco, estas letritas de aqu son el calendario, verdad? Se acercan y entonces, con la mayor naturalidad, el Loco le dice a Jaime. Djame tambin el tuyo, quiero mostrarles una cosa. Maldiciendo para s, Jaime se lo pasa (Alfredo siente un consuelo interior, ya no es el nico). El Loco se lo ata en la otra mueca y pomposamente alza ambos brazos hacia el cielo y los acerca entre s. Esto me lo ense un colega muy rayado en la crcel; si uno se concentra puedes sincronizar los segunderos de dos relojes. Fjense. Baja los brazos y ensea las esferas; para nada, cada aguja va por su lado. Pone cara triste, luego pensativa, luego sonre. Se necesita ms tiempo y fuerza mental. Vayan a avisar a mi hembrita, ya vern cuando vuelvan cmo los he sincronizado. Los chavales entran de nuevo al callejn y, ahora s, caminan hasta el fondo. Hay, efectivamente, una puerta amarilla; tocan el timbre; esperan; no se oye nada; golpean la madera, nada tampoco ... Se abre la puerta de al lado y asoma una seora. A quin buscan? Ah no vive nadie. Se miran entre ellos y ambos a la vez empiezan a correr hacia la calle: el Loco Tito no est. Gilipollas, gilipollas, gilipollas ... Somos gilipollas. Alfredo aade: de esto ni una palabra a nadie. Hoy, pasados ms de treinta aos, ya se puede confesar.
30 de agosto de 2007

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Atrabiliario

El sbado, curioseando en una librera, vi, en edicin de bolsillo, dos novelas de Csar Aira: Canto Castrato (1984) y Las noches de Flores (2003). No haba ledo nada de este escritor argentino nacido en 1949 y, sin embargo, me haba topado numerosas veces con referencias suyas. Era uno de esos autores cuyo nombre se te aloja en algn rinconcillo del cerebro, a la espera de que le dediques tu atencin. Pues la ocasin ha llegado; en esta semanita septembrera me leer esas dos novelas y descubrir si me gusta o no cmo escribe. Apenas llevo los primeros cuatro captulos de la primera citada y, de momento, la lectura se hace agradable: sin ningn esfuerzo me ha sumergido en los paisajes napolitanos del siglo XVIII, en un argumento de melomanas opersticas y pasiones por las voces celestiales dei castrati. Ya veremos; lo que est claro es que, si me gusta, tengo materia disponible pues el seor Aira tiene obra abundante. En el segundo captulo de esta novela me encuentro una de esas palabras poco frecuentes que, aunque leda anteriormente, uno no est seguro de dominar completamente su significado: atrabiliario. Indago sobre ste y, ya de paso, me pongo un ratito a elucubrar, excusa suficiente para escribir un rato. Dice el DRAE que atrabiliario es alguien de genio destemplado y violento. La frase de Aira en que aparece este vocablo es: ... no puedo sino detenerme como usted en lo atrabiliario de la belleza del mundo. Cuesta entender a cuento de qu viene el adjetivo en esta frase. La palabreja me parece fonticamente fea, amn de bastante trabalengera. Atrabiliario es, estrictamente hablando, lo perteneciente o relativo a la atrabilis. Y atrabilis significa exactamente lo que sus dos palabras latinas constitutivas: bilis negra. As que una persona atrabiliaria sera alguien en cuya personalidad predominara la bilis negra, uno de los cuatro humores principales del organismo de acuerdo a las viejas doctrinas de Hipcrates y Galeno.

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La Teora de los cuatro humores sostena que la salud consista en mantener el equilibrio entre los cuatro lquidos corporales, cada uno de ellos vinculado a los cuatro elementos cosmognicos: La sangre, asociada al hgado y vinculada al elemento aire; el temperamento sanguneo era optimista, animoso. La flema, en el pulmn y el cerebro, vinculada al elemento agua; el temperamento flemtico es calmado e indiferente. La bilis amarilla, de la vescula biliar y vinculada al fuego, generadora de temperamentos colricos. La bilis negra (la atrabilis), en el bazo, vinculada a la tierra; el carcter es el melanclico (abatido, somnoliento, irritable). A la vista del origen del palabro, la definicin del DRAE no parece la ms adecuada; los genios destemplados parecen obedecer ms a los desbordamientos de la bilis amarilla por lo que, entonces, en vez de atrabiliario podra ser mejor flavabiliario, para ajustarse fielmente a la etimologa latina. Por cierto, siguiendo con los entretenimientos etimolgicos, atrabilis, en latn, significa exactamente lo mismo que melancola, en griego ('melan khol'). Desde esta otra perspectiva, ya s se entiende bien la frase de Aira porque, efectivamente, el personaje, mirando el paisaje de la Campania, senta su espritu hundindose poco a poco en una inexplicable melancola. Compruebo, tras una bsqueda en Internet, que en la mayora de los contextos en los que la he encontrado, el significado de atrabiliario casa mejor con la tristeza y el pesimismo que con la ira violenta. Sigamos mareando la perdiz: la Escuela de Escritores de Madrid y la Escola d'Escriptura del Ateneo Barcelons han propuesto la iniciativa Apadrina una palabra en peligro de extincin". En el breve periodo de tres semanas (desde el 30 de marzo hasta el 21 de abril de 2007) 21.632 personas de 69 pases diferentes apadrinaron algo ms de siete mil palabras castellanas. Atrabiliario es una de esas palabras, aunque slo tenga un solitario voto. Tiene su gracia leer las palabras propuestas; la verdad, muchas de ellas tampoco es que me parezcan en peligro de extincin; mucho me temo que las que realmente lo estn no son ni siquiera advertidas.

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Sin embargo, atrabiliario no es un vocablo tan inusual. Lo leo esta maana en la novela de Aira y me pongo a juguetear con la palabra, pensando vanidosamente que soy muy original. Pero, a travs de San Google, voy descubriendo a otros tempo-dilapidadores que, antes que yo, han recurrido a la misma excusa para publicar sus desvaros en Internet. As, en el mbito de los blogs encuentro, por ejemplo, dos chicas muy graciosas que desbarran con las etimologas, alguien que gusta hablar de s mismo en tercera persona y que ofrece las claves para sobrevivir a la vida moderna, un rebelde que dice escribir un libro de arena (los borgianos son legin) ... Curioso tambin descubrir quienes, en Internet, son adornados con este calificativo. Por ejemplo, si repasamos la pila de artculos que ha provocado la reciente muerte de Paco Umbral, en muchos de ellos hablan de su carcter atrabiliario. Pero es que va a ser que lo del carcter atrabiliario es denominador comn de los escritores, ya que descubro que se lo atribuyen, entre bastantes ms, a Unamuno, Cela, Po Baroja. Ser que para ser escritor hay que estar en malhumor constante o cultivar el nimo melanclico. Pero no puedo acabar sin referirme al ms ilustre espacio ocupado por nuestra palabrita; aparece en el ttulo de una de las ms famosas obras del gran Jean-Baptiste Poquelin, ms conocido por Molire: El misntropo o el atrabiliario enamorado (Le Misanthrope ou l'Atrabilaire amoureux, 1666). Molire usa atrabiliario como sinnimo de misntropo; as pues, para el francs, una persona atrabiliara sera quien, por su humor ttrico, manifiesta aversin al trato humano. Esta acepcin enlaza mejor con la etimologa original: alguien hosco, antiptico, pero no tanto a causa de un carcter violento y destemplado sino ms por pesimismo existencial. Bueno, tampoco es que me haya aclarado mucho; a lo mejor es que tampoco tiene mucho sentido deslindar demasiado el significado de la palabreja. Despus de todo, ambos temperamentos biliosos (los amarillos y los negros) tienen amplias zonas comunes y eso seguramente explica la deriva semntica del trmino. Pero ya he dicho bastantes sandeces.
10 de septiembre de 2007

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Para que no te aburras

Cuesta entender que podamos aburrirnos cuando la vida, el mundo, el espacio y el tiempo estn tan colmados de sorpresas. Pensemos slo por un instante en la actividad cerebral del ser humano a lo largo de su existencia; parmonos a elucubrar sobre la cantidad de productos de esa actividad: pensamientos, sentimientos, emociones, ideas ... Prescindamos de esos cientos de miles de aos durante los cuales se fue formando la especie humana y fijmonos slo en los ltimos ocho mil, a partir de la agricultura y el sedentarismo; desde entonces hasta ahora han vivido en este planeta ms de cien mil millones de personas. Es verdad que hasta hace relativamente muy poco la esperanza de vida de los humanos era mnima y, de otra parte, la mayora de quienes sobrevivan hasta edades adultas llevaban vidas miserables, poco aptas para crear productos mentales dignos de inters. Pero da igual; aunque contemos slo a partir de mediados del diecinueve, resulta que han pasado por este planeta unos cuarenta y cinco mil millones de personas (ms de seis mil siguen vivos). Imaginemos todos esos cerebros como una mente nica, la mente fragmentaria (pero an as, en cierta manera, nica) de nuestra especie en los ltimos ciento cincuenta aos; una mente colectiva con multitud de neuronas (unas 4.500 trillones: nadie es capaz de concebir esta cantidad) y todava muchsimas ms sinapsis activndose electroqumicamente sin parar: produciendo! Esos productos son voltiles, efmeros, ya lo s. Y sin embargo, en su incorporeidad esencial son tan materiales, tan reales, tan preados de consecuencias ... y, sobre todo, tan provocadores de inters. Porque ciertamente, especie vanidosa y autocompaciente donde las haya, a los humanos lo que ms nos gusta es mirarnos el ombligo, lo que ms nos entretiene es lo que nosotros mismos hacemos, lo que ms nos preocupa son esos productos mentales. Pensamos (entindase como referencia genrica a la actividad cerebral) sobre nuestros

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propios pensamientos, los de nuestra mente colectiva. Y en la medida en que persistimos en esa labor que llamamos intelectual (y a la cual, no s si muy merecidamente, conferimos ttulo de nobleza) ms contribuimos a hacer grande esa mente nica colectiva, ms descubrimos (autoconciencia lo llaman) que somos parte de ella, que ms all de la biologa del individuo hay sinapsis extracorpraeas y, desde luego, transtemporales. Pero dejmonos de pretenciosas pseudofilosofas baratas y eludamos las resbaladizas pendientes de los misticismos. Porque todo lo anterior no tena otro objeto que introducir el objeto de este artculo, pese a mis tendencias a irme por las ramas y desenrollar los rollos. Claro que sa es otra forma de divertirse y tiene mucho que ver con lo que estoy diciendo. Empiezas por cualquier cosa y te vas liando en un viaje de etapas inusitadas, cada una cargada de divertidas sorpresas. Y, en estos das, esos viajes son tremendamente fciles gracias a Internet. Ya s que todos lo sabemos, pero me atrevo a dudar que seamos realmente conscientes de la maravilla de este inmenso archivo virtual en el que, aunque slo sea una infinitsima parte del inconmensurable total, podemos encontrar tantsimas muestras de esos productos de la mente humana. Como, por ejemplo, la que procedo a contar (por fin, pesado). Parece ser que en 1914 un tal Socrates Scholfield, registro en el U.S. Patent Office con el nmero 1.087.186 un aparato de su invencin consistente en dos hlices de lata dispuestas de manera tal que, girando lentamente cada una en torno a la otra (?), demuestran la existencia de Dios. Leo la noticia, ms o menos como la transcribo en el blog recin descubierto de Wakefield (que me temo que ha sido abandonado) y, como es natural, me deja epatado. En realidad se trata de una referencia al libro La sinagoga de los iconoclastas, escrito en 1972 por Juan Rodolfo Wilcock y publicado en Anagrama (aqu puede leerse una resea de la obra). Este Wilcock (de quien hasta hace unos momentos nada saba: cunto ms aprendo, ms inmensa es mi ignorancia) fue un escritor nacido en Buenos Aires en 1919 que, instalado en Roma con 39 aos, public sus ms importantes obras en italiano; muri en Velletri en 1978.

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Abro parntesis en prrafo aparte. Velletri es una ciudad media (unos 50.000 habitantes) en el Lazio, al sur de Roma, antigua capital de los oscos, en plena rea etrusca. De aqu provino la gens Octavia, cuyo ms famoso hijo fue Augusto, el primer emperador romano. En julio de hace un ao pas en esta ciudad las ltimas horas de un da que, siguiendo la Va Apia, nos haba llevado a Castelgandolfo y al lago Albano. Era la primera jornada de diez que pasamos recorriendo el Lazio, huyendo de una Roma sucia, abrasadora y llena de turistas. Esa tarde, en Velletri, callejeamos por un centro storico no demasiado atractivo (para el promedio italiano) y cenamos un extrao plato de pasta en una especie de patio de comunidad abierto hacia la calle. Luego tardamos en encontrar el coche y si lo logramos fue gracias a una foto que habamos sacado de la Torre del Trivio (nos situamos en la misma posicin y recordamos el trecho que habamos andado). Esa noche dormimos en una preciosa casa de campo. Fin del recuerdo personal convertido en parntesis). Este Wilcock (su apellido casi significa polla salvaje) debi de ser un tipo singular. Compruebo que, como imaginaba, fue amiguete de Borges y frecuent su crculo bonaerense (con Adolfo Bioy y Silvina Ocampo) en la dcada de los cincuenta (con Silvina escribi, en 1956, una pieza teatral en verso: Los traidores ). Esa dcada fue de las ms fecundas y abiertas en la literatura argentina; muchos intelectuales viajaban a Europa, a Pars, sobre todo. Me entero de jaranas y carcajadas parisienses de Wilcock con muchos compatriotas, entre ellos cmo no Julio Cortzar. Pese a su pertenencia a ese ambiente, Wilcock rompe brutalmente con la Argentina, hasta incluso con el idioma, instalndose en Italia. Antes de irse parece que decidi retirar sus libros de las libreras en una voluntad explcita de ser olvidado; el Wilcock italiano que fue a partir de entonces quiso ser otro. Aun as, su escritura parece que sigui pagando las deudas de los orgenes, especialmente Borges y Kafka. Leo en otro estupendo blog que esta Sinagoga de los iconoclastas es heredera de las Vidas imaginarias de Marcel Schwob, que tanto apreciara Borges para continuarlas en su Historia Universal de la infamia. Tampoco he ledo a Schwob, pero s mucho de Borges. Con estas referencias no poda sino desconfiar de la veracidad de los relatos de Wilcock y, especialmente, de la historia de Socrates Scholfield.

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Sin embargo, Socrates Scholfield existi. Compruebo en Internet que en 1872, un tal Socrates Scholfield patent en Canad una mquina para liar cigarros. En 1875 consta, con el nmero 160.721 de la U.S. Patent Office, un aparato neumtico alimentador de hojas, tambin a nombre de Socrates Scholfield. Descubro otra patente norteamericana (nmero 97.817, probablemente de 1869), esta vez una especie de taladro rotatorio, a nombre del mismo SS, en la que consta que el tal seor es de Providence (Rhode Island). Justamente en Providence, unos aos despus (en 1907), Socrates Scholfield public a su costa un libro de 76 pginas titulado The doctrine of mechaniscalism (la doctrina del mecanicismo?). Este libro, que comienza con un tributo a Zoroastro y Confucio, est escaneado y colgado en internet; me lo he bajado y algn da de estos tratar de leerlo. Ya sobre la mquina demostradora de la existencia divina slo he encontrado (sin contar al propio Wilcock) una referencia indirecta en una nota a pie de pgina en un libro de Martin Gardner que trata de los errores y falacias en el nombre de la ciencia; hablando sobre la Diantica alude a la famosa patente de 1914 (nmero 1.087.186) de las dos hlices interconectadas. No son muchos datos, pero s parecen los suficientes para pensar que en los ltimos aos del siglo XIX y primeros del pasado debi vivir en la costa este norteamericana un tipo excntrico de aficiones cientficas que derivara en su edad madura hacia pretensiones teolgicas. Desde luego, tengo que conseguirme el libro de Wilcock (parece que ltimamente se me aparecen escritores argentinos) y enterarme algo ms de esta historia. Porque me duele admitir que no logro imaginar cmo se puede relacionar la existencia de Dios con el movimiento giratorio de dos hlices interconectadas. No s; imagino que se impulsaran las dos hlices para que iniciaran sus movimientos entrelazados y mientras los usuarios del aparatito lo estaran observando. Finalizados los movimientos rotatorios (o quizs antes) ocurrira algo que llevara al entendimiento de los observadores el convencimiento racional de que Dios existe. Qu? Cmo? Imagnense cuntas dudas y angustias existenciales resueltas. No logro entender por qu no se ha popularizado el aparatito. Ya puestos, podra seguramente perfeccionarse, desarrollar, a partir de sus

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principios bsicos de funcionamiento, distintos prototipos, acomodados para resolver sobre la existencia o inexistencia de otras entidades. Por ejemplo: demostrar la existencia de la vida eterna, de seres extraterrestres inteligentes, etc. No sigo porque se me vienen a la cabeza demasiadas realidades de dudosa existencia. Desde luego, a mi modesto entender, la historia tiene chicha, hay materia para entretenerse investigando. Me resulta extrao no haber encontrado algn dibujo o cualquier otra informacin algo ms especfica en Internet. Acaso, por muy absurda y ridcula que sea, la iniciativa de construir un aparato para demostrar la existencia de Dios no merece que alguien la estudie y difunda? Yo creo que s. En todo caso (y cierro enlazando con el comienzo, que es una tcnica no por repetida menos bonita), esta historia es un buen ejemplo de cunto pueden sorprendernos los productos de la mente humana. As que: cmo es posible que nos aburramos?

13 de septiembre de 2007

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Pronombres personales

Nombrar es deslindar, individualizar el uno autnomo despegndolo del todo amorfo. Pero slo se puede identificar por contraste con el resto. El resto es lo otro; ergo, todo es lo otro. As que yo, para ser yo, debo escapar del todo. En el todo indistinto no soy; o sea, que siendo todo, no soy nada. Me reconozco individuo contra el fondo de la masa. Tambin a ti te nombro para saberte alguien. Llamndote t refuerzo tu yo. A veces necesitamos que nos digan t para sabernos yo. Quizs no estoy seguro el yo slo puede adquirirse tras el t. Si as fuera, mi individualidad me es regalada por tu reconocimiento. T fuiste mi madre que, en un segundo parto, me dotaste de individualidad antes siquiera de yo mismo imaginrmela. Slo arrancado del todo puedo ser yo; construyo mi forma desde el magma difuso de la globalidad, que alojando todas las formas no presenta ninguna. Ejercicio exigente de soledad: slo se es cuando se es solo. Esa soledad es la esencia del ser que soy, del yo; y no puede ser de otro modo- es una soledad de materia escasa, frgil y leve. Insoportable levedad del ser? No, no es insoportable, aunque lo parezca a veces, quizs con demasiada frecuencia. La tentacin siempre est ah: volver al magma, desindividualizarme. Una de las opciones: renunciar al yo, disolverlo en el t (y tu t en mi yo); he ah la tentacin del amor. La aniquilacin exttica del orgasmo; tal es la prueba existencial, cuando se conoce, cuando se ha vivido. En esos instantes asimos fugazmente los misterios que alimentan las angustias cotidianas. Pero, en el fondo, ms todava nos espanta la disolucin amorosa; quizs adivinemos que no es mera anestesia.

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No nos atrevemos a jugar de rdagos: nadar y guardar la ropa y, a ser posible, sin mojarnos el culo. Miedo a la libertad radicalmente exigente del yo, pnico a la entrega generosa. Sin embargo, no son sino las dos caras de la misma apuesta, en absoluto dicotomas divergentes. Frente a la disolucin heroica, el adocenado difuminarse; es la opcin del nosotros. El miedo a la soledad, a la insoportable soledad, se mitiga haciendo un yo de nosotros. Un yo de construccin mimtica, hecho de tpicos grupales de probadas propiedades analgsicas. No es fusin porque no hay verdadero yo y, por tanto, el encuentro no genera la energa explosiva y renovadora de la unin amorosa. Es (ya lo he dicho) difuminarse: dejarse engullir por la masa asesina a cambio de creerse en paz con un yo que no es sino un prstamo barato. Entonces hablaremos de destinos que nos trascienden y, por ejemplo, de derechos de los pueblos. Esas renuncias bastardas del yo individual a favor del falso yo colectivo implican tambin actos separadores, necesarios para la identificacin del nosotros. Nos reconocemos nosotros por contraste, contra el fondo en el que estn ellos. Y as nosotros, con la alteracin mnima de una letra, revela su significado oculto, pero trgicamente verdadero: no a otros. Slo solos podemos ser nosotros y recuperar el necesario significado del pronombre. Slo solo puedo ser yo y, entonces, amarte. Slo cuando sepa ser yo (yo solo) podr, quizs, aprender a dejar de ser y devolver al todo lo que le debo.

14 de septiembre de 2007

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El carn de identidad chipuno (escenas chipunas)

La idea, consejera, es empezar de una vez por todas a traducir nuestros principios ideolgicos en actos de gobierno. Te entiendo, Aquilino, y no vayas a pensar que me disgusta la iniciativa. Pero no s si ahora, a principios de la legislatura, con un gobierno que no es mayoritario, sea el mejor momento, si es polticamente conveniente. Se trata de plantearlo inteligentemente, de modo tal que los del Partido Moralista, por ms que sean una organizacin estatal, no puedan oponerse abiertamente. He pensado enfocarlo como una mera medida administrativa, para facilitar la gestin de los servicios de nuestra competencia. Cmo que los servicios de nuestra competencia? Constitucionalmente estamos obligados a dar esos servicios a todo el que resida en Chipunia, sea o no chipuno. As que, cmo ibas a justificar la conveniencia de un carn de identidad chipuno? Pues justamente mediante argumentos de eficiencia, al margen de cualquier alusin a la chipuneidad de los residentes. En la exposicin de motivos del decreto se dir que, para una mejor gestin pblica, hay que montar una base de datos centralizada de los habitantes de Chipunia. Oficialmente hay que mantener que es una mera medida tcnica; adems, para evitar crticas polticas, se plantear con carcter experimental y, desde luego, voluntario. Me parece, Aquilino, un uso peligroso del cinismo y del doble lenguaje que podra volverse en contra nuestra.

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Te equivocas, consejera. Todos los chipunos entendern perfectamente que actuamos coherentemente con nuestros principios, pero respetando el cors que nos impone el colonialismo cascaterrano. El acto en s mismo se inscribe plenamente dentro de la legalidad y, al mismo tiempo, es una de las pocas opciones de que disponemos para posibilitar que los chipunos expresen su voluntad identitaria. Sin duda, a nuestros simpatizantes les agradar esta especie de guio ideolgico; pero, no crees que encone a quienes no son nacionalistas, incluso a quienes pueden mantenerse ms o menos neutros en este debate? Pienso que no, siempre que mantengamos desde el gobierno la naturaleza tcnica de la medida. Por supuesto, el partido y los medios afines pueden (yo dira que conviene que lo hagan) resaltar las connotaciones nacionalistas del Decreto y alimentar el debate social. Pero, ante ste, el Gobierno, sin renegar de su posicin nacionalista, mantendr un mensaje lo ms neutro posible, insistiendo en que es poco ms que un ensayo que no obliga a nadie. De todos modos, no puedes negarme que ests deseando que la aprobacin del Decreto suscite un buen revuelo social. Por supuesto que no te lo voy a negar; de hecho, implcitamente he empezado reconocindotelo. Nunca te he engaado ni voy a hacerlo, consejera. Mi misin, t lo sabes, es colaborar a que este Gobierno desarrolle la identidad y la soberana chipuna. Imagino que no tengo que justificarme ante ti, cuando se supone que compartimos ideologa. No te cuestiono tus planteamientos ideolgicos. Simplemente, te advierto que debemos ser conscientes de que la consecucin de la soberana chipuna es un proceso largo y peligroso. Ahora controlamos el Gobierno, pero no podemos arriesgarnos a perderlo con frivolidades separatistas. Claro que no; pero tampoco caigamos en el error opuesto que sera fundirnos con cualquiera de los otros partidos. Nuestra fuerza poltica radica en ser los voceros de la chipuneidad, exagerando la nuestra en sentido positivo y, en el negativo, desmereciendo la de los

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rivales por vendidos al centralismo de Cascaterra. No me interesa nada discutir si el Gobierno debe ser un instrumento del nacionalismo o el nacionalismo un instrumento para mantener el poder desde el Gobierno; para m ambos factores estn en una relacin circular causa-efecto, reforzndose mutuamente. Por eso, lo que tengo claro es que lo peor que podemos hacer, lo que ms pone en riesgo nuestra propia supervivencia poltica, es renunciar a alimentar el debate nacionalista. Pero voy ms all: no se trata de generar un debate abierto, sino de dirigirlo hacia nuestras posiciones, de consolidar como cimientos slidos nuestros principios ideolgicos. Te reconozco que sabes cmo desperezarme; cuando una est con la cotidianeidad de la gestin poltica es bueno que personas como t te recuerden para qu estamos aqu. Vamos pues a trabajar tu idea: daremos a luz, por Decreto, el carn de identidad chipuno. Algn da quizs se hable de este acto como uno de los pasos para alcanzar nuestra plena soberana. No te quepa duda, consejera. Esta es una medida minscula, pero con una tremenda carga simblica. Qu vamos a hacer? Sencillamente, dar a los chipunos la oportunidad de declararse libremente chipunos. Un primer paso que, justamente por su carcter voluntario, ser enormemente significativo para empezar a definir quienes formamos el pueblo chipuno. Pero cualquiera puede obtener el carn, sea nacionalista o no ... Ya, pero solicitarlo equivaldr a una declaracin voluntaria de pertenencia a Chipunia, a una manifestacin espontnea de lealtad patritica. Fjate cmo, en las conversaciones del ao pasado para la reforma del Estatuto, las autoridades centrales de Cascaterra se negaron en redondo a admitir cualquier medida que mnimamente insinuara una definicin autonomista de la chipuneidad. Con esa actitud miope, nuestros opresores contribuyen decisivamente a nuestra unidad nacional. Ningn chipuno, da igual su ideologa, desconocer el carcter reivindicativo del carn (por muy simblico que sea), de modo tal que slo lo pedirn quienes quieran subrayar la chipuna como su identidad primigenia.

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Si, la verdad es que la intransigencia del Estado nos ampla el margen de maniobra sin necesidad de mostrar ninguna cara radical. En efecto, piensa que quien posea el carn no necesariamente niega ser cascaterrano (de hecho, jurdicamente, seguir siendo tan cascaterrano como antes), pero s supedita su vinculacin con Cascaterra a su lealtad bsica hacia Chipunia. Digamos, por usar las distinciones tan del gusto de los socilogos, que tendrn el carn quienes se sientan ante todo chipunos, tanto los que adems (y en segundo lugar) se siente cascaterranos como los que no se sienten cascaterranos en absoluto. En cambio, quienes se sientan cascaterranos y adems (en segundo lugar) chipunos no pedirn el carn o lo rechazarn cuando se les ofrece. Cmo que cundo se les ofrezca? Bueno, estoy pensando en una segunda fase. Ya tendremos ocasin de hablar de ella, a la vista de cmo se vayan sucediendo los acontecimientos. Ten en cuenta que lo de medida experimental es cierto en todos los sentidos. Estamos dando los primeros pasos de un trayecto cuyo camino para nada est trazado, aunque sepamos adnde queremos llegar; as que habr que desbrozar el sendero a medida que lo andamos. De momento, si te parece, revisemos un poco ms en detalle el texto del Decreto.

17 de septiembre de 2007

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Escndalo parlamentario (escenas chipunas)

Silvia Silva - SAN TRIFN DEL RO, Chipunia.

En la tarde de ayer, el Parlamento de Chipunia vivi una de las sesiones ms alborotadas de esta legislatura. La algaraba la inici el diputado Benoit Ot, del MACHO (Movimiento para la Autodeterminacin de CHipunia Oriental), quien pregunt a la Consejera de Educacin y Cultura si era cierto que su departamento haba financiado un estudio en el que se afirmaba que las rubias eran ms tontas que las restantes mujeres. Tratndose de hacer or en medio de un ensordecedor gritero, la Consejera, Roco Pututuchea, visiblemente indignada, acus a Benoit de estar recurriendo a la ms ruin demagogia y aprovecharse de una nfima conclusin provisional para desprestigiar un proyecto de investigacin de hondo calado y ambiciosas metas, aplaudido en la comunidad universitaria internacional como paradigma excelso de interdisciplinariedad rigurosa. Alexis Cachango, el siempre controvertido diputado del PMC (Partido Moralista de Cascaterra), interrumpi desde su escao exclamando: la puetera ecologista aquella era rubia; ahora lo entiendo todo, en clara alusin al famoso contencioso del escote encebollado. Hace dos meses, Cachango, en su calidad de alcalde de Valleocos, justific la recalificacin como suelo urbanizable de una importante finca agrcola del municipio debido a la inviabilidad econmica de los tradicionales cultivos de la cebolla casposa, variedad autctona chipuna. Para expresar su disconformidad, Raiza Clajan, concejala de la triple V (Vanguardia Verde de Valleocos), se levant de su asiento y, proclamando que la recalificacin era una clara agresin contra la biodiversidad agrcola chipuna, deposit en la mesa del alcalde una cesta llena de cebollas casposas. En ese momento Cachango tom una cebolla y, aprovechando la inclinacin de la concejala, se la introdujo por el escote al mismo tiempo que, con sonrisa traviesa, daba por finalizada la rueda de prensa. El acto tuvo inmediata repercusin en los medios de comunicacin tanto chipu-

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nos como cascaterranos y gener airadas reacciones desde muy diversos mbitos. El propio PMC se vio obligado a censurar la actuacin de Cachango, si bien minimizndola como ancdota irrelevante aunque de escaso gusto. Sin embargo, segn ha podido saber este peridico de fuentes solventes, este ltimo ejemplo del comportamiento habitual del alcalde de Valleocos puede haber colmado la paciencia de la Junta directiva del PMC que, pese al indudable tirn de Cachango en su municipio (gracias a una descarada poltica populista que bordea la Ley en mltiples ocasiones), comienza a plantearse aplicarle sanciones disciplinarias. Es pues comprensible que con estos antecedentes la exclamacin de Cachango ayer en el Parlamento no sentara nada bien a sus correligionarios y obligara a la portavoz del PMC, Mezquina Chascarrillo a pedir la palabra para, con exquisita educacin, requerir a la Consejera Pututuchea que explicase el alcance del citado proyecto de investigacin y desmintiese categricamente que el Gobierno chipuno financiara con dinero pblico estudios de marcado carcter sexista y discriminitario. La Consejera, agradeci el tono elegante de Chascarrillo y pidi que fuera Aquilino Jambn, asesor gubernamental, quien desde la tribuna ilustrase a sus seoras sobre el citado proyecto. Conviene recordar que Aquilino Jambn, que no ocupa ningn cargo oficial, es uno de los ms destacados idelogos del PICHi (Partido Identitario Chipuno), actualmente en el Gobierno. La calmada cortesa parlamentaria que pareca haberse recuperado tras la intervencin de la diputada del PMC volvi a quebrarse cuando, mientras la Consejera bajaba del la tribuna, una voz annima ironiz: qu van a decir estas dos, si ambas son rubias? Por unos minutos, el hemiciclo retumb con carcajadas, silbidos, insultos y pataleos sobre los que trataban de imponerse los llamamientos al orden del presidente del Parlamento. Aquilino Jambn inform que el proyecto al que se estaban refiriendo era una ambiciosa investigacin sobre los rasgos fenotpicos de la poblacin chipuna, que se planteaba con metodologa y tcnicas absolutamente vanguardistas. Se trata, dijo el asesor, de alcanzar el mejor y ms amplio conocimiento sobre nosotros mismos y poder definir los rasgos que nos caracterizan como pueblo, para lo cual se

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ha reunido un equipo de investigadores de altsimo prestigio provenientes de muy diversas disciplinas (genetistas, conductistas, socilogos, historiadores, mdicos, antroplogos ...). De momento se est desarrollando la que llam fase previa o experiencia piloto. En esta fase, se ha acotado una muestra estadsticamente significativa de la poblacin chipuna y se han obtenido los valores de trescientos veintiocho rasgos fenotpicos; mediante procesos estadsticos computerizados se han establecido todas las combinaciones posibles entre tales factores, segregndolos adems mediante los datos de control habituales en cualquier anlisis sociolgico (sexo, edad, lugar de nacimiento y de residencia, etc), a fin de identificar las posibles correlaciones entre ellos. A este respecto Jambn aclar que aparecen correlaciones significativas cuando la presencia simultnea de cualesquiera dos o ms factores se produce en porcentajes significativamente distintos de los que cabra esperar del azar. Fue a estas alturas de su discurso, cuando Jambn se refiri al caso de las rubias. Tres de los rasgos fenotpicos cuyos valores se haban recogido eran el sexo, el cociente intelectual y el color del pelo. Si se representa la distribucin de los valores del cociente intelectual en la poblacin que se ha tomado como muestra, el grfico adquiere la forma conocida como campana de Gauss: pocos elementos en los valores extremos de la escala (es decir, pocos con CI muy alto y con CI muy bajo) y cada vez ms a medida que vamos hacia los valores medios del CI. Si la misma grfica la hiciramos no respecto a toda la poblacin muestreada sino slo sobre las mujeres rubias, cabra esperar una distribucin similar. Sin embargo, y aunque no de modo absolutamente exagerado, se obtiene una distribucin bipolar que no presenta el mximo de casos en los valores medios del CI sino que los concentra en dos grupos: uno con valores algo inferiores a la media y otro algo superiores. Dicho en otra palabras, los datos parecen aventurar que existe una correlacin entre la inteligencia y el color del pelo de las mujeres chipunas, pero desde luego es una correlacin compleja que no puede simplificarse con el tpico de que las rubias sean ms tontas. En todo caso, Jambn quiso dejar claro que esta correlacin, que tild de aparente y provisoria, no era ms que una de las muchas que se estaban poniendo de manifiesto en los trabajos de investigacin y que habra que confirmar ampliando la muestra y

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depurando la medicin de los factores fenotpicos. Adems, dijo, el verdadero reto no estaba tanto en identificar las correlaciones sino en explicarlas cientficamente, lo que habra de abordarse en posteriores fases del proyecto. Durante la extensa disertacin del asesor del PICHi (que en esta crnica hemos procurado resumir) no cesaron de escucharse murmullos y observarse diversas reacciones entre los miembros de la Cmara. Merece la pena resear los evidentes sntomas de malestar entre los ocupantes del banco azul; los miembros del Gobierno, y especialmente la Consejera Pututuchea, estaban bastante incmodos con las explicaciones de Jambn. Entre los diputados del FLiPa (Federacin Libertaria y Pacifista), marca chipuna del partido socialista cascaterrano, se vean caras de asombro e indignacin. Los dos nicos representantes del MACHO, Benoit Ot y Evelio Aylln no cesaron de carcajearse e intercambiar comentarios sardnicos. En los escaos del PMC la mayora de los gestos eran de aburrimiento, aunque tres o cuatro de ellos, sobre todo Mezquina Chascarrillo, la portavoz, tomaban notas frenticamente. Las expresiones desconcertadas de los parlamentarios del PICHi, por ltimo, mostraban claramente que el partido que apoyaba al Gobierno no conoca el proyecto de investigacin que estaba explicndoles uno de sus idelogos y que tampoco tenan ni idea de cmo reaccionar. Ahmed Pi de la Rosa, portavoz del FLiPa, pregunt a Jambn las razones por las cuales no se haba informado al Parlamento sobre este Proyecto. El representante del PICHi contest que, dada la naturaleza extremadamente sensible de estos asuntos, se haba entendido ms conveniente llevar a cabo la experiencia piloto con discrecin y, a la vista de sus resultados, dar a conocer el Proyecto antes de acometer las fases siguientes. Al hilo de esta respuesta, Pi de la Rosa ironiz sobre la prudencia del Gobierno, calificando la iniciativa de intento pattico de legitimar ideologas trasnochadas de pestilente hedor racista. Estas palabras indignaron sobremanera a Jambn, quien rojo de ira (hasta el punto de que se temi que estaba al borde del infarto), grit al diputado socialista que no le admita esas acusaciones; que l, como todo chipuno bien nacido, se preocupaba lcitamente por conocer la identidad de su pueblo; y que Pi de la Rosa,

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como el resto de parlamentarios de partidos estatalistas, por fin se quitaba la careta y enseaba sus verdaderos intereses colonialistas y opresores. A partir de ese momento se impuso un gritero maysculo, que impidi escuchar lo que parecieron graves insultos entre Jambn y Pi, a los que se sumaron luego muchos otros. Ante la impotencia del presidente para devolver la calma al hemiciclo, varios diputados abandonaron sus escaos con aspavientos exagerados. La consejera Pututuchea se acerc hasta la tribuna de oradores y empez a hablar a un auditorio enardecido, pero fue inmediatamente silenciada al grito de Rubia, cllate! Cuando pareca que los acontecimientos seguiran degenerando hasta causar daos irreparables al prestigio de la principal institucin de la democracia chipuna, el presidente activ la alarma acstica recientemente instalada. Una agudsima sirena atron los odos de los diputados, paralizndoles de inmediato. En un ejemplar silencio, todos volvieron a sentarse en sus escaos. Controlada la situacin, el presidente de la Cmara apag la alarma y con voz grave dio por finalizada la sesin anunciando que la misma continuara el prximo martes. Debido a los graves acontecimientos que se han producido esta tarde, aadi, convoco inmediatamente en mi despacho a los portavoces de los grupos parlamentarios. La sala se desaloj rpida y silenciosamente. Al cierre de esta edicin se desconoce lo hablado en la Junta de Portavoces y ningn partido poltico ha querido hacer declaraciones.

5 de octubre de 2007

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Hedonia Park (escenas chipunas)

Hace ya unos aos, ante el exceso de la oferta y la consiguiente degradacin de la misma, las autoridades chipunas acordaron la que se dio en llamar moratoria turstica. Mediante una Ley, el Parlamento chipuno suspendi sine die la autorizacin de nuevos establecimientos tursticos alojativos. Naturalmente, la Ley prevea algunas excepciones que sera prolijo detallar; citemos, no obstante, una de ellas: se pueden admitir nuevos hoteles de caractersticas singulares tales que supongan una excepcional cualificacin de la oferta. Ante una iniciativa empresarial de este tipo, el Gobierno chipuno debe pronunciarse favorablemente (tras la valoracin discrecional del grado de singularidad y de cualificacin de la misma) y luego es el Parlamento el que debe dar la autorizacin. Largo y burocrticamente complejo, el procedimiento est pensado para desanimar a los incautos, aunque con suficientes atajos para los amiguetes. En las ltimas semanas, los ms altos cargos del PICHi (Partido Identitario Chipuno, actualmente en el Poder) andan revolucionados y desconcertados ante la propuesta del conocido empresario lituano Amando Kalinas, solicitando acogerse al procedimiento excepcional de la moratoria turstica. Conviene aclarar que Kalinas, pese a su origen forneo, es una de las personalidades ms influyentes en Chipunia, donde cuenta con varios negocios en los sectores del transporte, comercio y recreacin. Kalinas, como hbil empresario, ha sabido llevarse bien con casi todas las fuerzas vivas chipunas, pero no es ningn secreto su mayor simpata hacia los polticos nacionalistas; en no pocos foros, siempre entre susurros, suelen comentarse este o aquel "intercambio de favores" entre el lituano y algn prcer del PICHi (o incluso del MACHO, el Movimiento para la Autodeterminacin de CHipunia Oriental).

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Cabra esperar pues una actitud claramente favorable de los cargos directivos de la Consejera de Turismo en la admisin a trmite de la solicitud de Kalinas y ms todava cuando puede defenderse desde la objetividad que el complejo turstico que pretende erigir el lituano sera ciertamente novedoso y generara una indiscutible cualificacin y diversificacin de la montona oferta recreativa de la Regin. Sin embargo, a los dirigentes del PICHi la iniciativa se les asemeja a una papa hirviendo que no poda llegar en peor momento. Las relaciones con sus socios de Gobierno, los del PMC (Partido Moralista de Cascaterra) sufren aun los coletazos del contencioso del escote encebollado; para colmo, tras el escndalo parlamentario de hace unas semanas, no parece ste el mejor momento para plantear temas escabrosos a las ticas tradicionales, susceptibles obviamente de convertirse en proclamas demaggicas con el consiguiente desgaste poltico. Tngase en cuenta, y no es dato a despreciar, que en apenas unos meses vienen las elecciones generales cascaterranas. Amando Kalinas propone edificar un complejo turstico temtico en un emplazamiento absolutamente singular y paradisaco en la costa chipuna. Se trata de una enorme finca de su propiedad de unas 500 hectreas, de las que el 95% corresponden a fuertes laderas rebosantes de vegetacin y acantilados rocosos que se precipitan hacia el mar. Entre esta orografa hostil, la erosin del viento y las aguas (la del mar y la de un barranco estacional que cae por la ladera), han creado una suave plataforma, desnuda de vegetacin, que se extiende arenosa hasta el mar. En este rido solar, escondido entre gea y flora excesivas, pretende el lituano disponer el hotel y sus servicios. Para acceder al mismo, habr de construir un pequeo embarcadero en el que atraquen las motoras que, como los autocares de otros hoteles, enlazarn el establecimiento con San Trifn del Ro, capital de Chipunia, apenas a veinte minutos de navegacin. La actividad temtica del hotel, entendindola como una especializacin del "turismo de salud", es el Placer; el nombre del resort, poco original por exigencias de marketing, es Hedonia Park. En la Memoria presentada en la Consejera de Turismo, el primer captulo justifica exhaustivamente cmo la verdadera y ms profunda motivacin de todo ser humano es la bsqueda del placer, reco-

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rriendo a lo largo de unas cuantas pginas la evolucin del hedonismo en la historia de la filosofa. Enseguida se pasa a desarrollar una sistemtica de los placeres, estableciendo las clsicas (y no tan clsicas) categoras y aportando las descripciones pertinentes. A partir de esa base terica, se acota que la temtica del hotel se centra en los tres tipos del placer que algunos filsofos han dado en llamar inferiores y que son el esttico, el fsico y el ldico. El Hedonia Park tendr por objeto brindar a sus clientes el disfrute ldico del placer fsico en un entorno en el que prime la belleza. Quien vaya al resort, lo har con la voluntad de "mimar" sus sentidos, de dedicar todos y cada uno de los momentos de su estancia a "darse gusto", a sentir placer. El proyecto se propone convertirse en referente internacional de quienes no slo buscan sentir placer, sino que pretenden aprender, profundizar e intensificar sus capacidades hedonistas. Naturalmente, y aqu esta el meollo del malestar de los polticos del PICHi, el sexo ocupa un lugar central entre las actividades que dan contenido a la oferta del Hedonia Park. En un lenguaje que, en trminos de correccin poltica, resulta inadmisible por lo explcito se describen detalladamente los servicios sexuales que estarn disponibles, recorriendo la escala completa de la sofisticacin ertica. Justamente esa desvergonzada nominacin de los elementos constitutivos de las prcticas sexuales que se ofrecern es uno de los rasgos que ms ha escandalizado a los lectores de la Memoria del proyecto. Esta actitud iconoclasta es, sin embargo, reivindicada por Kalinas como una de las notas distintivas de la iniciativa; se trata, dice, de adoptar ante el sexo una actitud adulta y madura, la misma que sin ningn rubor ejercemos, por ejemplo, respecto a nuestra gula. Probamos sabores nuevos, ensayamos combinaciones ms o menos atrevidas de manjares, reiteramos gustos conocidos ... Y para todo ello, no nos cortamos de llamar a las cosas por su nombre. As pues, por qu habra de ser distinto el placer de la carne? Por qu, como si de encargar una pizza se tratase, no habramos de especificar que queremos un beso negro acompaado de masturbacin peneana o detallar la indumentaria y guin que debe adoptar el/la partenaire que nos va a brindar la fantasa deseada?

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Como puede imaginarse, el hotel se dirige a una demanda de clase media alta, personas de cierto nivel cultural y, por supuesto, libres o aligerados de prejuicios tradicionales. En el estudio de marketing se prev que el "paquete" ms vendido corresponder a estancias de fin de semana de parejas de mediana edad. Tres das dedicados exclusivamente a abrirse al placer, hacindolo de forma compartida, puede ser la panacea para muchas crisis matrimoniales debidas a la abulia y el desamor. Kalinas es consciente de que el placer no puede administrarse en dosis excesivas, por lo que no cuenta con estancias largas, sino concentradas. Esta "aparente" debilidad (frente a los ratios habituales en el turismo chipuno) calcula compensarla sobradamente gracias a una intensa rotacin de la clientela y, sobre todo, a su fidelizacin; el empresario cuenta con que los clientes repetirn. La Consejera de Turismo, Crucifixin Estupin, una mujer proveniente del feminismo radical de las juventudes del PICHi, defendi ardorosamente la propuesta de Kalinas en el comit central del partido, convocado el martes a puertas cerradas para tratar este asunto. En contra de la iniciativa se pronunci, tambin con verbo encendido, el respetado idelogo del nacionalismo chipuno, Aquilino Jambn, quien llevado de su apasionamiento lleg a gritar dramticamente que morira antes que permitir la sacrlega profanacin de convertir suelo chipuno en un lupanar. Apagados los fuegos fatuos de las proclamas incendiarias, las voces de los dirigentes ms pragmticos fueron encauzando el debate hacia conclusiones fructferas. Al final, tal y como pretenda (y tal como sola ocurrir), el presidente del PICHi, Ubaldo Pachulero, fue designado para mantener una reunin privada con Amando Kalinas y alcanzar un acuerdo que sera planteado al Comit del Partido para su ratificacin. Pachulero abandon la sede del Partido moderadamente satisfecho. Haba logrado el objetivo de desactivar las posiciones ms exaltadas, tiles de cara al exterior pero incmodas en el cotidiano quehacer del gobierno. Mentalmente se apunt comentarle a Kalinas que tranquilizase a Cruci: no convena que la que era la amante secreta del lituano mostrara su parcialidad tan descarnadamente. En cuanto a Jambn ... Su exceso de celo nacionalista estaba empezando a tocar demasiados cojones y eso no era del todo bueno para los

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negocios; quiz un tiempito en la nevera, un cargo oficial algo alejado de la actualidad chipuna... Pero, en todo caso, lo que le haba quedado claro es que mantena su autoridad y que el Partido aceptara lo que l les dijera. Traducido al caso que nos ocupa: el PICHi aprobar, aunque aun no lo sepa, la autorizacin del Hedonia Park. Que el Hedonia Park se va a hacer est claro desde mucho antes de que Kalinas presentara el proyecto en la Consejera de Turismo. Se iba a hacer antes de saberse bien qu era lo que se iba a hacer, en aquellos das de hace cuatro aos en que Pachulero, todava un simple diputado del PICHi pero ya con notables influencias en el Partido, intermedi en la compra de los terrenos por Kalinas. Apenas nadie se percat de que, tras haber pasado a propiedad del lituano, una parte significativa de la finca (los suelos ms llanos a pie de costa), fue excluida del mbito de la Ley de Espacios Naturales Protegidos que estaba tramitndose en el Parlamento chipuno. Fueron Kalinas y Pachulero quienes impulsaron la Ley de la Moratoria, uniendo sus fuerzas para descabalgar a los dos o tres principales enemigos comunes: empresarios inmobiliarios del PMC, competidores polticos de uno y econmicos del otro. De hecho, la idea de aprovechar la excepcionalidad para autorizar un hotel dedicado al sexo se le ocurri al propio Ubaldo. Quien lo conozca, pensar que la ocurrencia cuadra con tan libidinoso personaje; sin negar su desmedida lujuria, no se piense que sta le ciega. La arriesgada y maquiavlica intencin del ambicioso presidente del PICHi es aprovechar el escndalo moral del Hotel para exacerbar los enfrentamientos ideolgicos entre el FLiPA y el PMC y, de esa forma, arramblar para el PICHi los rditos electorales del pragmatismo moderado. Acurrucado en el coche oficial, Pachulero da vueltas a la estrategia que debe ultimar con su socio. El jefe de los servicios jurdicos de la Consejera ha emitido ya informe favorable a la solicitud del lituano; casualmente (bueno, no tan casualmente) este hombre es cuado de Ahmed Pi de la Rosa, portavoz parlamentario del FLiPA. Por supuesto, la tramitacin del expediente administrativo ha sido calificado de secreta, pero a Ubaldo le consta que, a travs de su cuado jurdico, Pi de la Rosa conoce su existencia y est a la expectativa de la decisin del Gobierno. Pues bien, se trata de picarle lo suficiente

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para que sean los del FLiPA quienes saquen el tema a la luz y reclamen su aprobacin, enfrentndose al PMC, mientras el PICHi adopta una respetuosa (y cnica) actitud legalista. De momento se harn llegar filtraciones al jefe jurdico de que la Consejera piensa denegar la autorizacin. Mientras se esperan acontecimientos, no har dao alguna donacin de Kalinas al FLiPA. Y, desde luego, nadie debe asociar al lituano con Pachulero. Como hasta ahora.

1 de noviembre de 2007

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Rancheras

Llevo unos das escuchando rancheras. Canciones, la gran mayora, compuestas en las dcadas centrales del siglo pasado y cantadas hoy todava y no slo por mexicanos, y no slo en crculos localistas. La estructura meldica de este gnero popular es sencilla, sin demasiadas complicaciones; en la instrumentacin el predominio arrogante de las trompetas destacndose sobre guitarrones y violines (muy mariachi, vamos). Lo singular no est ah, sino en las letras y en la forma de cantarlas. El castellano de Mxico me parece una de las formas ms bonitas de recrear nuestro idioma. No slo por las palabras, con esa sonoridad tan vibrante y cargada de reminiscencias de nuestro siglo de oro, sino especialmente por esos giros tan suyos de la sintaxis. Cuando leo textos mexicanos es frecuente que se me hagan audibles, enroscndoseme con la musicalidad de su acento. Textos de amor, de amor exagerado y desgraciado, que hay que cantar volcando toda la pasin hiperblica en la voz. No se puede cantar Es intil dejar de quererte / ya no puedo vivir sin tu amor / no me digas que voy a perderte /no me quieras matar corazn sin la voz desgarrada; Y cmo, sino como tiene que ser, se puede decir a quien te ha roto el corazn No volver / te lo juro por Dios que me mira, / te lo digo llorando de rabia: / no volver? Msica popular, nacida tras la Revolucin y que fue creciendo hasta convertirse en el gnero ms representativo de lo mexicano, tanto dentro como fuera. Recurdense las grandes figuras, muchas a caballo entre la cancin y el cine hollywoodiense: Jorge Negrete, Pedro Infante, Aceves Meja, Juan Gabriel, Lola Beltrn y, por su-

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puesto, Jos Alfredo Jimnez, el Rey. A mis padres les encantaban las rancheras; esas melodas, esas letras y esas voces me retrotraen a mis aos de niez, me despiertan recuerdos vagos que me cuesta delinear (estamos hablando de los sesenta). Hubo una guitarra en mi casa que firm Chavela (haba pasado una noche con mis padres y otros amigos en el Distrito Federal), haba algunos LPs dedicados por esos artistas mticos (estoy seguro de uno de Aceves Meja y casi apostara que tambin del propio Jos Alfredo), y en el cutre pick-up Phillips (que tenamos prohibido tocar), las noches en que en mi casa haba reuniones de adultos, sonaban mayoritariamente msicas mexicanas. Quizs por eso, por lo mucho que a mis padres les gustaba, en cuanto llegu a la adolescencia fue sta una de las msicas rechazadas. Pero esas letras desgarradas, mal que me pesara, se me haban ya colado y encostrado. No volvera a escucharlas voluntariamente durante muchos aos (ms de veinte, seguro) y, sin embargo, seran varias, muchas las veces, durante ese periodo, en que lo mismo me sorprendera tarareando si te dicen que me vieron muy borracho / orgullosamente diles que es por ti ..., con dinero y sin dinero / hago siempre lo que quiero / y mi palabra es la ley ... o alguna ms. Si ahora me pongo a pensar, debi ser har unos diez aos cuando me reconcili con las rancheras, reconociendo El ltimo trago de Jos Alfredo en la voz de Calamaro con Los Rodrguez. Las rancheras expresan una concepcin del amor, de la vida, de los sentimientos que se sita en el extremo opuesto de lo que pienso y siento. Las rancheras son apologa de las pasiones autodestructivas, del machismo ms descarnado, de la irracionalidad religiosa y blasfema a la vez. El cantante convoca a nuestras emociones ms viscerales, buscando engancharse al sentimiento violento, lleno de vida, fortsimamente adictivo. Ese amor totalitario que todo lo justifica, que todo lo llena, que todo lo puede; por ms que con frecuencia se acabe y entonces todo se acabe y nada importe, salvo buscar la muerte. Toma exageracin, chute desaforado de endorfinas durante los minutos que dura la cancin. Supongo que letras as (y voces, y msicas y formas de cantar) slo pueden ser mexicanas, un pas que a veces ms me parece un es-

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tado de nimo (exacerbado, desde luego) en el que todo es posible, en el que los lmites no interesan. Fuerza de la pasin que tanto atrae, por ms que yo crea que no es por ah el camino. No obstante, de vez en cuando, no creo que sea malo volcarse en el desparrame. Y, si no, escuchese la letra de "Pa todo el ao" y apidense del pobre abandonado para quien de hoy en adelante ya el amor no le interesa porque sabe que de ese golpe no va a levantarse y, aunque no lo quisiera, va a morirse de amor.

20 de septiembre de 2007

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... Y yo con estos pelos

Cada vez tengo ms pelo en la espalda, paradojas ridculas de hacerse mayor (no dir viejo); uno que siempre ha sido lampio y, de unos aos a esta parte, van aparecindole pelos en los sitios ms absurdos y menos convenientes bajo cualquier esttica. Apenas queda pelo en la cabeza, pero asoman cerdas alambrinas por las fosas nasales; entre los escasos pelillos del pecho me descubro largos y rgidos invasores albinos ... Y no sigo. Me vienen a la cabeza recuerdos de mis trece, catorce y quince aos, en plena revolucin hormonal y ansioso por una piel ms pilosa, como la de algunos compaeros del cole que exhiban orgullosos las piernas peludas e incluso empezaban a fardar de bigotillo. Yo nada; rubito con cara de nio, apenas aparentando los trece, catorce, quince aos. Quinto de bachiller fue en el curso 73-74. En mi colegio tena fama de responsable, por la simple razn (supongo) de que sacaba muy buenas notas. Era un colegio del Opus, obsesionado por la pureza sexual de sus alumnos. Qu mal lo pas ese curso! Todos los das pecando mortalmente y acojonndome con mi destino infernal porque, por ms que me confesara, era consciente de la inutilidad de mis propsitos de enmienda. Aunque hubieron de pasar dos o tres aitos ms, mi crisis religiosa empez a cimentarse desde la represin sexual opusina. Ese fue el curso de las pellas (se sigue diciendo as?). Aprovechando mi fama me montaba unas excusas perfectas ante los profesores para escaparme; excusas que, a diferencia de lo que ocurra con otros compaeros, no requeran la confirmacin paterna. La mayora de las veces, bien solo o con mi amigo Jos, el plan era igual: el P24 hasta la calle Bravo Murillo, dos pelculas de reestre-

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no en alguno de los varios cines de sesin continua que en esa calle haba, acabando entera una bolsa de pipas de las grandes, luego vuelta con el mismo autobs. Precio total 24 pesetas; en esa poca no se poda ni columbrar el euro. A veces, bajaba en Plaza de Castilla y tomaba el metro hasta la Gran Va. Valdeacederas, Tetun, Estrecho, Alvarado, Cuatro Caminos, Rios Rosas, Iglesia, Bilbao (entre medias de las dos ltimas la estacin abandonada de Chamber, donde una vez cre ver, en el breve intervalo que el tren la atravesaba, a dos fantasmales personas de pieles muy blancas bailando desnudas), Tribunal, Jos Antonio. S, porque la estacin de metro era Avenida Jos Antonio, aunque as nunca llamramos a la Gran Va. Esa lista de estaciones (como otro tramo de la lnea 4) lo tengo grabado desde la infancia. El metro de Madrid, entonces, era otra cosa. Los cines de la Gran Va eran de estreno; ms caros y daban una sola pelcula. Pero recuerdo haber ido all a ver alguna de Carmen Sevilla, en aquellos remotos inicios pseudo-erticos. Por supuesto, eran para mayores de dieciocho. Me acuerdo de viajar con una bolsa en la que llevaba una chaqueta y camisa, meterme en los baos de Galeras Preciados de Callao y cambiarme de ropa, adems de ensombrecerme con lpiz de ojos (robado a mi madre) mi bigote inexistente y ponerme unas gafas oscuras de gruesa montura de concha. Intentos patticos de parecer mayor que seguro que no engaaran a nadie, pese a lo cual algn portero me dej pasar (tambin otras veces me robotaron tras haberme gastado las pelas en la entrada). Pero la sensacin de ridculo y la vergenza quedaban compensadas con la visin (pocos minutos) de Carmen Sevilla en sujetador. Compruebo que andara entonces por los cuarenta y tres aos y, para el chaval que yo era, estaba buensima. Cmo se habra marchitado mi erotismo si a la imagen de esa mujer estupenda se le hubiera superpuesto la seora que en los noventa presentaba el Telecupn y hablaba de sus ovejitas; pero claro, faltaban todava veinte aos. Mira que eran malas esas pelculas de lo que se llam el destape. Justo los ltimos aos de Franco (y los primeros tras su muerte, antes de la aparicin de las salas X, pero entonces yo no viva en Espaa). La excusa era aquello de las exigencias del guin. Me viene

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ahora a la cabeza una actriz que, a diferencia de doa Carmen, tuvo su nico esplendor durante esos aos: Nadiuska. En esos aos creamos que era rusa (por el nombre) y compruebo ahora en Wikipedia que provena de Alemania; repaso sus ttulos (25 pelis entre el 72 y el 78; no est nada mal) y me suena que vi dos o tres. Por supuesto no me acuerdo de ninguna; s recuerdo, en cambio, que la Nadiuska estaba estupenda y que se exhiba bastante ms que las espaolas contemporneas. Pero, volviendo al tema, por ms que los cambios hormonales me tuvieran en ebullicin casi constante, poco pelo me sala; de nada sirvi que empezase a afeitarme bastante antes de necesitarlo. Aos despus, en cuanto pude, me dej barba; pero ya era universitario y tena ms de dieciocho aos. Y ni siquiera entonces vaya a pensarse que la barba era una gran cosa: larga s, porque los pelos crecan, pero poco espesa; resultado: bastante desaliada y nada imponente. Me reconciliara con mi naturaleza lampia ya metido en la treintena, y para entonces la cuestin ya no sera no tener demasiado pelo en cara, pecho y piernas, sino que el de la cabeza comenzaba a ralear. Pues esa etapa, la del otoo en las cumbres, parece que ha pasado y ahora toca el florecer de las estepas yermas, con lo bonitas que estaban lisitas y pelonas. Y s, es verdad, cada vez tengo ms pelo en la espalda.

22 de septiembre de 2007

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Quiero aprender mexicano

Hace un par de das descubr el blog del Chukustako, un mexicano que escribe desgarrando el idioma. Me encanta el castellano de Mxico y este blog es un buen ejemplo; baste uno cualquiera de sus relatos, apenas 1800 palabras y qu abundancia de giros, vocablos, imgenes, sorpresas. Va un breve listado: polvosa, graffs, otrora, camelln, fren, crayn, sonar el claxon (transitivo), farolazo, enrebozada, me la deben, correrme (no, en ese sentido no), chingar, ponme atencin, pesero, comezn, gan, pinche, pedo, romper la madre, gabacho Espectacular, verdad? Cuando leo textos como los del Chukustako siento latir las palabras, siento que el idioma vive; y eso, lo confieso, me emociona. Cada vez me siento menos enraizado a lealtades nacionales; incluso hay momentos en que, ante tantas abyectas rimbombancias demaggicas (sin ir ms lejos, el discurso pepero sobre Espaa), me tientan apostasas patricidas. Sin embargo, reconozco que con el lenguaje, con mi lengua, no puedo dejar de sentir relaciones de pertenencia. Y, ya desde hace tiempo, los paisajes ms bellos de esta patria de voces y palabras los encuentro al otro lado del Atlntico (muy especialmente en Mxico). Hay por supuesto excepciones, pero cunto necesitamos inyecciones de vitalidad en el castellano de Espaa. Cambiando de tema, quin saba que claxon proviene de una marca comercial estadounidense, Klaxon? El claxon, dispositivo elctrico, fue inventado a principios del XX por un socio de Edison, un tal Miller Reese Hutchison. En 1908, una compaa de New Jersey compr los derechos para fabricar y comercializar la bocina elctrica y la bautiz con un nombre tomado de la palabra griega para chillar. Lo divertido es que Miller Reese Hutchison, antes del claxon, haba inventado el audfono elctrico; dicen las malas lenguas que el claxon vino para aumentar el nmero de demandantes de su audfono (resulta creble).

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Salgo a dar el paseo vespertino a la perra (s, he vuelto a cambiar de tema) y me sorprende una farola altsima, tan alta que la esfera de luz blanca muy brillante pareca la luna llena en un cielo despejado Y tanto que lo pareca. As que estamos en luna llena, pues eso va a explicar varias cosas. Cuando esas ciertas cosas suceden, se me ocurre la estpida idea de excusarme por ser hombre y, adems, tener ya una edad. O sea, que las hormonas (y no slo) no piden guerra, sino paz. No lo s, a lo mejor no siento tanto cmo pide la luna llena. Me defender elogiando la calidad frente a la cantidad? Perdneseme el parntesis crptico. Vuelvo al relato del Chukustako que he enlazado. No lo has ledo todava? Pues hazlo, es mucho mejor que seguir leyendo estos desbarres. Ya lo has ledo? Vale, suponiendo que seas espaol, no te ha llamado la atencin que Fede le diga a Vernica de irse al gabacho? El gabacho, para los mexicanos, son los USA; eso se deduce fcil. Lo haba odo ya en una cancin de Lila Downs, pero me da que no es sta acepcin muy aeja. Por ah me suena haber ledo que en Mxico gabacho ha venido a sustituir a gringo a medida que este ltimo trmino ha ido diluyendo su valor despectivo (un amigo mexicano se quejaba de esa prdida expresiva: si ya hasta los gringos se autodenominan as). En todo caso, es casi seguro que el gabacho mexicano proviene del nuestro, de notable antigedad y hoy casi en desuso. Me entero de que Covarrubias ya describe el trmino a principios del XVII. Los gavachos (con v) son los provenientes de unos pueblos que confinan con la provincia de Narbona (el DRAE dice de las faldas de los Pirineos; bueno, ms o menos) que, debido a la miseria de su tierra, vienen a Espaa a ocuparse de servicios bajos y viles. Los franceses de inmigrantes cutres en la Espaa del Siglo de Oro? Qu vueltas da la historia! Es fcilmente explicable, con este origen y el cario que siempre hemos tenido a nuestros vecinos del norte, que el vocablo se generalizara para referirse peyorativamente a los franchutes. Aventuro (a lo mejor desbarro) que el trmino fuera puesto en boga en el Mxico de mediados del XIX durante el gobierno de Maximiliano I, impuesto por los franceses. Supongo que, durante esos pocos aos, habra bastantes ciudadanos franceses en Mxico y tngase en cuenta que el pas era independiente desde haca poco ms de 40 aos; no me extraara, pues, que viejos espaoles rescataran la palabra

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gabacho para referirse a esos franceses y que, a lo mejor, el significado se ampliara para abarcar a cualesquiera extranjeros de lengua distinta. En todo caso, apostara a que en el propio Mxico era una palabra en desuso hasta hace poco. Dejo un rato de escribir para leer un correo electrnico que me enternece. Me quedo un ratito pensando que ser feliz no debera ser tan complicado; debera bastar con dejar que nos lleguen tantas cosas buenas, con saber calmar el nimo. Con el poco tiempo que tenemos, mira que malgastarlo encochinndonos. Pero, stas son siempre tareas que a cada uno le competen. De todas las palabras que he anotado del relato chukustakeo, dos me eran absolutamente desconocidas; no las haba odo nunca y ni siquiera se me ocurra por dnde podan ir los tiros. Una es fren y otra camelln; ambas en el DRAE (qu fcil). La primera es gas o lquido no inflamable que contiene flor, empleado especialmente como refrigerante. Segn la maravillosa Wikipedia, Fren es el nombre comercial de unos clorofluorocarbonos de la compaa DuPont (la multinacional qumica ms famosa del mundo) usados principalmente como refrigerantes; los clorofluorocarbonos (CFC) han sido prohibidos por el protocolo de Montreal porque agrandan el agujero de la capa de ozono y contribuyen al calentamiento global (uy, qu miedo). Ahora bien, en el texto, Federico saca de la mochila el tubo de gas fren; deduje que era algn tipo de linterna para iluminarse mientras forzaba el candado del portn. Pero no encuentro ninguna referencia sobre aplicaciones lumnicas del fren. Usarn en Mxico fren por nen? Quizs deba seguir leyendo sobre el fren, pero la ingeniera qumica me resulta especialmente rida y, la verdad, no me pone demasiado. La otra palabra, camelln, me ha gustado ms. Es un mexicanismo, lo que me absuelve de ignorancia, que en este caso sera dolosa pues el trmino pertenece a mi mbito profesional. El camelln es el trozo, a veces ajardinado, que divide las dos calzadas de una avenida (el camelln del Chukustako presenta un estado lamentable). Busco imgenes de camellones en el Google mexicano y s, viene a ser lo que me imaginaba a partir de la definicin del DRAE: el paseo central de una avenida, el bulevar, la rambla, etc. Ya estoy en mejores

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condiciones para ofrecer mis servicios profesionales en Mxico. El ms famoso es el camelln del Paseo de la Reforma en el DF. Por cierto, este Paseo, una de las avenidas principales de la capital mexicana, fue mandado trazar por Maximiliano I para unir la ciudad con el castillo de Chapultepec, que eligi como su residencia. Llevo un rato paseando con el Google Earth a lo largo del Paseo de la Reforma y viendo las fotos subidas a Panoramio. Coo, quiero ir a Mxico. Y ya vale, pero antes, una chorrada final: Chapultepec, palabra de origen nhuatl, significa cerro del chapuln; y chapuln significa saltamontes. Cmo es posible no enamorarse del castellano que se habla en Mxico? As que el Chapuln Colorado Hasta aqu. Muy estructurado no me ha quedado este texto, me temo.

26 de septiembre de 2007

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Amor pasional

En la tica de Spinoza, lo bueno es lo que expande nuestra capacidad de actuar y lo malo, por el contrario, todo aquello que la limita, la disminuye. Esa capacidad de actuar parece emparentarse con la idea de libertad personal (por ms que la libertad, en Spinoza ...). Las pasiones son, por definicin, fuerzas que nos arrebatan, que nos dominan. Cuanto ms apasionado vive un hombre menos libre es, menor es su capacidad de actuar. As pues, en los trminos spinozianos, las pasiones son malas. Yo aadira que cuanto ms apasionado vive un hombre menos es l mismo. Quizs por eso, tambin en planteamientos filosficos centrados en el conocimiento (y crecimiento) personal, las pasiones son malas (el budismo, por ejemplo). Por cierto, pasin pertenece al mismo campo semntico que pasividad, que padecer ... Y no es casual, porque efectivamente, cuando la pasin se apodera de nosotros pasamos a padecerla, a ser sujetos pasivos de esas fuerzas tempestuosas. No somos los dueos de nosotros mismos, hemos perdido (o visto muy sensiblemente limitada) nuestra capacidad de actuar, de dominar nuestros actos. Somos (recurramos al cursi lenguaje de la telenovela, herencia de la novela victoriana) juguetes de la pasin, plumas en el vendaval de los sentimientos, una barquita desarbolada en un mar embravecido ... Pero, qu es la pasin? De todas las acepciones que da el DRAE nos quedamos con la quinta, sexta y sptima: perturbacin o afecto desordenado del nimo, inclinacin o preferencia muy vivas de alguien a otra persona, y apetito o aficin vehemente a algo. La acepcin sexta parece apuntar hacia la pasin especficamente amorosa, hacia el amor pasional. Quizs sea esta modalidad la ms interesante, porque es la que mejor prensa tiene y, por tanto, ms chocante

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resultara defender que el amor pasional, como cualquier pasin, es algo malo. Qu entiendo yo por la pasin amorosa? Pues ese estado de nimo por el cual lo que ms deseas (casi lo nico) es estar con la persona que amas y que esa persona te ame tambin a ti y tambin que lo que ms desee sea estar contigo. Esos deseos son tan intensos que absorben casi toda nuestra capacidad racional de modo que, efectivamente, estamos dominados por la pasin. Esta pasin amorosa suele llamarse tambin estar enamorado. No creo que, honestamente, pueda discutirse que la pasin amorosa es algo malo, si aceptamos como malo todo aquello que no nos hace progresar en un mayor crecimiento personal, en un mayor conocimiento de nosotros mismos, en una transformacin hacia mejor de nuestros caracteres. Sin embargo, lo que para m, desde la serenidad, est clarsimo, es negado, desde la vehemencia, por una aplastante mayora de personas (y si la estadstica se hace entre las mujeres, casi unanimidad). El enamoramiento, dicen tantos, es algo maravilloso. Por qu? Porque sientes intensamente, porque las endorfinas se te disparan. Parece que los humanos (todos?) tenemos una cierta adiccin emocional; no queremos tanto ser libres como someternos a la dependencia del sentimiento. Ansiamos que nos posea el Amor tirano del cual se quejaba (con la boca chica) Gngora: Amadores desdichados / que segus milicia tal, / decidme qu buena gua / podis de un ciego sacar, / de un pjaro qu firmeza, / qu esperanza de un rapaz, / que galardn de un desnudo, / de un tirano, qu piedad? De los defensores de la pasin amorosa oigo argumentos que me recuerdan los de drogadictos alabando las sustancias de las que dependen, sin querer ver (o admitir) que confunden la realidad con lo que, desde sus carencias, quisieran que fuera. As, a veces he sostenido, en dilogos de sordos, que el amor pasional no es verdadero amor, pues no es un sentimiento que se proyecta hacia el bien del otro sino, por el contrario, busca primordialmente cubrir la propia necesidad de ser amado, calmar la ansiedad de nuestra intrnseca soledad. El amor de verdad (lo que para m es el amor de verdad, aclaro) es otra cosa; es, por cursi que parezca, un sentimiento que nace y crece con la bondad y, por tanto, cultivarlo s que creo que es

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un camino adecuado para el desarrollo personal, para progresar en la felicidad y en el conocimiento. Ahora bien, de lo que estoy hablando muy poquito tiene que ver con ese amor pasional tan celebrado y sacralizado en nuestra cultura, hasta el punto que los esquemas del romanticismo (que, por cierto, no tiene mucho ms de ciento cincuenta aos) los tenemos bien metidos en el cerebro. El amor del que hablo no sabe de posesiones (ni, por tanto, de celos), no exige ni necesita nada sino simplemente ofrece ... La pena es que la mayora de quienes pudieran leer esto pensaran: s, s, muy bonito; pero eso son chorradas, amar as no es posible y, en todo caso, alguien que ame as no ama de verdad. Pues muy bien.

2 de octubre de 2007

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Almas y mariposas

Me entero el otro da de que en griego clsico !"#$ (psych = psique) significa, adems de alma (como es sobradamente conocido), mariposa. La Wiki da la siguiente explicacin: psych es la sustantivacin del verbo !"#% que significa soplar; por tanto, en su origen etimolgico, el alma es el soplo o hlito que se escapa del hombre al morir. Bien, valga esta asociacin semntica entre el alma y el soplo; ahora que tambin signifique mariposa porque, segn Homero (?) la psique sale de la boca del muerto volando como una mariposa Como que no me termina de cuadrar. Sin embargo, se non vero, ben trovato; porque el caso es que me viene el recuerdo del mito de los amores entre la bellsima Psique y Eros. Como es sabido, Eros, el enamorador, se enamora de la princesa Psique y, en vez de castigarla como queran las ansias vengativas de Afrodita, su madre, la hace su mujer. Ocurren varias incidencias muy en el rocambolesco estilo de la mitologa griega, pero hay final feliz: Psique es perdonada y, tras beber de manos de Zeus la ambrosa de los Dioses, pasa a ser la esposa inmortal de Eros. Y yo me pregunto, por qu Psique se llama as? Acaso el mito pretende decirnos que la bsqueda del Amor es el mayor afn del Alma? Si as fuera, habra diversas recetas derivadas de la narracin mtica. Una, por ejemplo, que el alma alcanza la inmortalidad a travs del amor; o, al menos, que sea como sea, es inmortal. Por supuesto, como corolario o premisa previa, lo que parece que es inmortal (ms indubitablemente que el alma) es el propio amor: inmortal y divino. Otra, que el alma alcanza la plenitud viviendo en (con) el amor pero, al mismo tiempo, sin conocerlo del todo; en el mito, la curiosidad de Psique que le lleva a alumbrar a Eros para, contra sus deseos, descubrirle a su vista es la causa inicial de sus inmediatas desgracias. De esa escena tambin podramos deducir, en plan algo pesimista, que el destino del alma es perder el amor cuando se ha conocido y pasarse la vida buscndolo para obtenerlo finalmente en la eternidad?

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En todo caso, resulta bastante claro que el nombre propio de la princesa mitolgica es posterior a la acepcin de psych como alma; por eso, aunque no me interesa demasiado elucubrar con los significados mitolgicos, no parece aventurado suponer que la narracin ilustra ideas de los griegos sobre el alma, el amor, la eternidad Pero, dnde estn las mariposas? Pues encuentro por ah, en distintas versiones, la noticia de que los griegos crean que ciertas mariposas que revoloteaban agitadamente en torno a la luz en las noches de verano no eran sino almas que haban recientemente abandonado cuerpos y que buscaban, como Psique, el amor perdido; o sea, la eternidad. Bonito, verdad? Pero no logro confirmarlo en ninguna fuente fiable. En cambio s disponemos de numerosos ejemplos, desde tiempos bastante antiguos, de representaciones artsticas de Psique con alas de mariposa a la espalda. Baste una escultura en mrmol del siglo primero o segundo antes de Cristo o un mosaico del siglo I o II dC proveniente de Zeugma en Turqua. He encontrado una pgina maravillosa que, justamente, recopila mogolln de imgenes de Eros y Psique. Repasndolas puede comprobarse que no siempre se ha representado a la muchacha con alitas de mariposa; aprecio que los renacentistas prescinden del aditamento dorsal, quizs para recalcar la naturaleza humana de Psique. En todo caso, ms adelante vuelven a recuperarse las alas, siendo a mi juicio la muestra ms lograda en este sentido (no estoy refirindome a la calidad artstica) el leo de Bouguereau de 1895 en el que Eros asciende en el aire llevando abrazada a Psique con cara de arrobamiento entre orgsmico y cursi, melena rubia y rizada a lo Lady Godiva y alitas de mariposa meramente testimoniales (como mucho le serviran para abanicarse). En fin, es curioso repasar tantos y tantos ejemplos del mito visto por el Arte. Sin mayores profundizaciones creo que podemos confirmar que s, que haba desde pocas clsicas una asociacin entre las almas y las mariposas. En apoyo de esta vinculacin semntica, hallo diversas referencias a que Aristteles, en su libro Historia de los animales (mediados del siglo IV aC), habla de las mariposas con el trmino psycha. No obstante, de los datos que obtengo, me quedan dos dudas: primera si

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el trmino anmico alude a todas la mariposas o a un determinado grupo de ellas; segunda, si ste era el nombre comn genrico o responda a un uso metafrico, por ms generalizado que estuviese. A favor de este ltimo supuesto me inclina el que (leo) Aristteles dice que se les llama as (a las mariposas). Puedo suponer, entonces, que en algn momento de la evolucin de la lengua griega, pongamos en la poca homrica (hacia el siglo VIII), se llamara al alma psyche y a la mariposa con otro trmino. A medida que la asociacin mitolgica entre los lepidpteros y el alma va afianzndose, podra haberse producido una traslacin al lenguaje que, en tiempos de Aristteles, estara ms o menos consolidada, incluso desplazando a la palabra originaria que designara a la mariposa. Pero no encuentro ninguna pista sobre cul podra ser esa palabra griega especfica para mariposa, anterior a su vinculacin anmica. A lo mejor voy muy desencaminado y esa vinculacin entre el alma y la mariposa se dio, entre los griegos, desde los albores de su lenguaje (y, por tanto, de su cultura). Resulta que la mariposa es un animalito de fecunda simbologa en casi todas las culturas y resulta tambin que entre sus muchos significados abunda el de representar el alma. Descubro que hay un artculo de Daniel Grustn, miembro fundador de la Sociedad Entomolgica Aragonesa, publicado en el vigsimo Boletn de esta sociedad (1997) que trata sobre las creencias mticas y religiosas relacionadas con las mariposas. No puedo conseguir este artculo, pero picoteando por aqu y all, selecciono varios datos que confirman que la asociacin alma-mariposa se repite con suficiente frecuencia en diversos mbitos culturales distantes en el espacio (y el tiempo), tanta como para estar tentado de creer en el inconsciente colectivo de Jung. As, para los mayas, la mariposa simboliza el alma, pero tambin el amor (curioso, verdad?) y el movimiento, el fuego, las flores ... Asociaciones equivalentes se daban en varias culturas de los cinco continentes, as que ... aceptamos la explicacin mtica sobre el origen del trmino griego para mariposa? Pues vale, si nos hace felices; pero tambin podramos mantener cierta dosis de escepticismo, porque, si buceamos en las ambiguas aguas de los simbolismos arcaicos, la mariposa no es el nico animal

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que representa al alma y, de otra parte, la mariposa no slo simboliza al alma. A propsito de esto ltimo, dejo para otro momento el catlogo (necesariamente incompleto) de los significados simblicos (y no tanto) de la mariposa. De otra parte, llama la atencin que en ninguna lengua occidental moderna, tan deudoras todas del griego clsico, el trmino mariposa se enrace con psych. Es que ni en griego moderno, idioma que denomina &'()*+,-'. (petaludas) a la mariposa. Suena a la palabra castellana ptalo y es que ptalo viene del griego y en griego se dice tal cual (&/()*+); ergo, los griegos modernos denominan a la mariposa tambin a partir de una traslacin semntica, pero no proviniendo del alma, sino de las flores, a cuyos ptalos se asemejan las alas de estos insectos. Quizs menos mgico, pero no deja de ser potico ... o he de decir cursi? Tampoco deja de ser curioso que los trminos con que en cada idioma se llama a las mariposas carezcan aparentemente de relacin unos con otros. En latn se dice papilio (sustantivo de la tercera declinacin) y las nicas lenguas romances que descubro que han seguido su ejemplo son el francs (papillon) y el cataln (papallona). En italiano es farfalla, que parece que resulta de sucesivos cruces entre varias palabras, una de ellas la originaria latina; siguiendo ese tortuoso devenir semntico intuyo que las mariposas italianas se asocian al palpitar (batir) de las alas y stas, quizs, a las hojas de una planta larga y mvil (la frfara). En portugus se dice borboleta, de sonido muy parecido a su equivalente gallega, volvoreta; sta ltima (tambin la portuguesa?) proviene del volvere latino, una de cuyas acepciones en dar volteretas. Tiene su lgica que el nombre del bichito derive de su tan caracterstico revolotear. En ingls a la mariposa (butterfly) la llaman mosca de la mantequilla o mejor mantequilla que vuela; a qu obedece esta composicin? En alemn es schemetterling que, segn leo por ah, tiene que ver con cantar, resonar (ni se me ocurre aventurar por dnde han encontrado la relacin los germanos). Acabo este breve repaso constatando que mariposa en nahuatl se deca papalotl, de la que deriva papalote que es como llaman en Mxico a la cometa que vuelan los nios; intrigante lo parecida que resulta a su equivalente latina.

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Ante tanta heterogeneidad, llama la atencin que todos los trminos de las lenguas actuales sean derivados semnticos; como si la mariposa no tuviera nombre propio sino que lo adoptara por referencia a diversas realidades a las que se asemeja (o as se les antoj a quienes en su momento la bautizaran). En nuestra lengua, dice el DRAE, se trata de palabra compuesta mediante la suma del apcope de Mara y la segunda persona del singular del imperativo de posar. Este origen viene avalado por Corominas que lo remonta a una frmula usada en canciones y juegos infantiles presente tambin en el sardo y algunos dialectos franceses. As, imagino que los nios medievales, al ver a una mariposa, cantaran a corro cancioncillas en las que ordenaran al lepidptero que dejara de revolotear y se posase; pero ... por qu la llamaran Mari? Descubro, sin embargo, otra explicacin que me convence ms y que parece que es la que propuso Covarrubias en su Tesoro (1611): mariposa vendra por deformacin del latn male pausat porque se assienta mal en la luz de la candela donde se quema. As que en qu quedamos? Quiz no estara mal volver a llamar almas a las mariposas y as maravillarnos ante esas danzas multicolores que abundan en primavera: qu bellas las almas revoloteando! diramos. Y quin sabe, a lo mejor s que son almas en frentica bsqueda Slo faltara que pesaran 21 gramos; pero no, el rango de peso desde las mariposas ms diminutas hasta las ms grandes vara entre 3 miligramos y 3 gramos. Si Francis Crack tena razn, entonces las mariposas no son almas; o quizs cada alma se fragmente en muchas mariposas. Lo consultar con alguna psicloga amiga; no en vano su titulacin le acredita ser conocedora de las mariposas. En fin, dejmoslo ya. Tengo el vicio (confesable) de que cuando algo, cualquier tontera, me aviva la atencin (lo que ocurre con frecuencia) me disparato en un torbellino de asociaciones que me van enlazando de una cosa a otra, en un incesante revoloteo; s, como una mariposa. Naturalmente, la red es el medio ideal para que este vicio se haga crnico. Enredado puede pasar uno horas y das; topndose a cada rato con hallazgos inesperados, sorpresas gozosas, espirales que a la vez se cierran y se abren. La mariposa resulta, sin

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duda, una buena metfora, no ya slo del alma (y de tantas otras cosas), sino de esta estrecha interconectividad que es una de las ms llamativas caractersticas de nuestra realidad y, al menos para m, fuente inagotable de asombro y diversin. Se me ocurre que la hiptesis de los seis grados de separacin planteada respecto a las personas cabe perfectamente generalizarla para todos los seres, todos los entes, actuales o no, materiales o no, reales o no (aunque reales siempre seran, por definicin ontolgica). Uno empieza con la mariposa y puede llegar a cualquier cosa en muy poquitos pasos. Este texto me ha quedado largo y no contiene ms que una mnima parte de las cosas que me han ido llamando la atencin en mis volteretas de dos tardes. S, ya s, pareciera obligado referirse al efecto mariposa; pues no, no me apetece. -------------------PS: Me pongo a publicar estas chorradillas y, al buscar los enlaces, descubro que la Sociedad Entomolgica Aragonesa permite la descarga en PDF de la mayora de sus boletines, entre ellos el vigsimo, donde se contiene el artculo citado de Daniel Grustn (quien, por cierto, resulta ser una de las mximas autoridades espaolas en lepidpteros). Me pongo a leerlo.

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El premio

El hombre la miraba con mirada tierna que llegaba despacio, pesada como lo son las que trae el sueo. Llevaban ya un rato sentados en esa terraza su novio y ella; y el hombre, cundo haba llegado? Mario colg el telfono. Otra vez discusin con Tessa, por qu no podran convivir civilizadamente? La bebita le haba pedido el cuaderno de los cuentos. Ah mismo lo tena, tapa dura con hojas de cartulina, cada una acuarelada con aventuras de la tortuguita. Pero no poda pasar por la casa de su ex, perdera el avin. Paola sonrea radiante, sentada entre sus dos madres. El secretario del jurado, un gordo de escandalosos bigotes mexicanos, lee el acta del premio. Ella conoce las palabras porque hace apenas una hora se las han consultado. En un momento habr de salir a escena. Quera tomarse un refresco antes de dejar la ciudad donde haba nacido su padre. Eligi una terraza de sombrillas anaranjadas a los pies de ese gran cubo oblicuo de vidrio que tanto le habra gustado a Mario. Se sent a una mesa; enfrente el mar violento y el monte verde a la derecha. Los mir con los ojos cerrados para dejar que se le metieran bien adentro; los mir oyndolos, olindolos, sintindolos, mientras cerraba los odos al parloteo incesante de Ral. Esa tarde cumpla dieciocho aos. Haba sido Tessa la que quiso separarse. l haba aceptado todo lo que ella fue pidiendo: le dej la casa, la custodia de la nia, no discuti la pensin. No quera que su relacin se agriara, deseaba poder seguir vindola, hablando con ella, compartiendo ideas y experiencias. Pero, sobre todo, Mario ansiaba, necesitaba, poder estar con su hija, ese bichito vivaz que le tena ciegamente enamorado.

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Cuando el secretario bigotudo nombr el libro premiado, a modo de seal para que comenzasen los aplausos, la pantalla gigante del fondo se inund con los colores de la que, entre todas las que le haba hecho su padre, era la pintura favorita de Paola: la tortuguita suspendida sobre el acantilado, agarrada a lo que apenas era un tierno brote vegetal; el mar rugiendo a sus pies contra afiladas rocas, el monte, alfombrado de un prado de verde, a su espalda. Ral quera que se quedase con l en Pars, que se matriculase en Bellas Artes. La quera a su lado, disponible, mientras l acababa su licenciatura en ingeniera. Y luego volveran a Buenos Aires, ya casi casados, pensaba Paola, preada quiz. Ral deca que la amaba y probablemente era cierto. Y sin embargo cmo poda hacerlo si apenas la conoca, si ni siquiera pareca querer conocerla? Hagamos una cosa, le haba dicho Mario; despus de dejarme en el aeropuerto, Carla se acerca por el colegio y le entrega a Paola el cuaderno de la tortuguita. Pero Tessa se niega a que esa mujer tenga contacto con su hija. Est bien, concede, dile a Paola que me llevo el cuaderno conmigo, que har algn dibujo nuevo y que, en cuanto regrese, paso por la casa para drselo. Tres horas despus, sobrevolando la cordillera, Mario mira las pinturas y evoca la carita pecosa de su nia. Paola se levant, las caricias de sus madres en la espalda, en el brazo. Camin hacia el estrado, subi despacio los tres o cuatro escalones, se gir frente al pblico apoyando las manos en el atril, mir hacia el fondo. Iba a hablar: muchas gracias, quera decir, quera que fuese la voz de la tortuguita que ella haba sido la que hablase a esas personas, la que les contase los sueos de una nia de siete aos acunada por un padre borroso. Iba a hablar cuando sinti la mirada tierna y pesada que llegaba desde el fondo de la sala. Sentado en la ltima fila, un hombre la miraba. No me ests escuchando La queja de Ral se abri paso entre sus pensamientos de mar y monte. Perdona, me haba abstrado; me emociona saberme aqu, en la ciudad de mi padre. Lo s, Paola, pero debemos irnos; nos esperan como poco ocho horas de viaje y no querra llegar a Pars a las tantas. Paola le mira y piensa que no le

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entiende; mejor, que no se entienden. Ral se levanta; va al bao y a pagar. Entonces fue cuando not la mirada, gira la cabeza, ve al hombre, ambos sonren. Mario pens que tena que haberle dejado el cuaderno a Carla para que se lo hubiese hecho llegar a su hija. Slo poda pensar que era importante que Paola guardase sus dibujos, la historia de la tortuguita aventurera. Las sacudidas eran cada vez ms fuertes y Mario apretaba el cuaderno contra su pecho. Y entonces, justo antes del final, supo que l mismo tendra ocasin de entregarle el cuaderno. La nia de siete aos, de pronto, reconoci a ese hombre del fondo de la sala que se levantaba y sala al pasillo y caminaba despacio hacia el estrado. Paola no poda hablar, slo mirar silenciosa, consciente de que sus ojos se anegaban de lgrimas dulces. La nia de siete aos brincaba ilusionada mientras Paola asociaba esa figura algo encorvada al hombre que cinco aos antes le haba entregado el cuaderno en una terraza frente al Cantbrico. Sonriendo el hombre se ha levantado y ha llegado junto a su mesa. Toma, le dice, y deposita junto a ella un bulto envuelto en papel de regalo. Paola calla y le mira; quiere preguntarle quin es pero, al mismo tiempo, siente que debe saberlo, que lo sabe aunque no recuerde donde ha escondido ese conocimiento. Te has convertido en una mujer preciosa, dice el hombre y una suave caricia, casi un aleteo, le eriza la cabeza. Paola cierra los ojos y busca por dentro. Cuando los abre, slo Ral est a su lado. Tessa y Carla se conocieron al da siguiente. A partir de ah, las mil gestiones dolorosas que llenaron esos das frenticos las fueron acercando. Pareci como si la presencia de Mario hubiese impedido lo que su ausencia propiciaba. Tessa y Carla lloraron abrazadas y en el amor de ambas albergaron a Paola. El pblico, emocionado con la emocin de Paola, aplaude. El hombre est subiendo al estrado y la voz del secretario bigotudo anuncia que el presidente de la Fundacin, don Mario Panciutti, entregar el premio. El hombre se acerca a ella y Paola le abraza, se aprieta a su cuerpo dejando que la nia de siete aos vuelva a sentir-

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se acunada. El hombre, don Mario Panciutti (qu es ese Panciutti?), susurra palabras ininteligibles a su oreja. Te quiero, le dice ella. Ral parti a Pars sin ella, enfadado y confuso. Paola pas aun tres das ms en esa ciudad lluviosa, dejndose mojar por las olas de un mar que le hablaba aunque ella no entendiese el mensaje. Ral no haba visto a ningn hombre en la terraza; tampoco, cuando abri los ojos, haba ningn paquete sobre la mesa. Sin embargo, una semana despus, al deshacer la maleta en su casa bonaerense, entre camisetas y pantalones apareci el cuaderno de Mario, los cuentos ilustrados de la tortuguita aventurera. El accidente fue un golpe terrible en todo el pas. No hubo supervivientes; doscientos cuarenta muertos. Apenas pudieron recuperarse partes de cadveres, dispersos en la selva salvaje que cubre las faldas de la cordillera. En el mausoleo que la familia de Tessa posee en La Recoleta se grab el nombre de Mario, pero all no reposan sus restos. Paola, desde sus siete aos, imaginaba que ese brote al que se agarraba la tortuguita se haba roto y entonces Mario o la tortuguita o ella misma haban cado hacia las rocas del mar. Pero era una cada mgica, eterna levitacin de una hoja que nunca llegaba al suelo. Ms tarde, en el cctel bullicioso, Paola y sus dos madres pudieron hablar con don Mario Panciutti, un seor de origen italiano, tan agradable y tan en nada parecido al otro Mario. Pero Paola saba que su padre la haba abrazado y que aos antes, en la ciudad de la que sali de nio, le haba devuelto su cuaderno. Mientras rea feliz y notaba como poco a poco se iba achispando, comprenda que podra vivir y seguir cayendo eternamente hacia un mar embravecido.

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Los dibujos de Syd Barrett

Todo comenz por un malentendido De qu otro modo poda ponerse en marcha tamao disparate? Yo estaba sin plata. S, de nuevo. En esos das no era nada tampoco tan raro. Es ms, que el dinero entrara y saliera formaba parte de un principio tico que todos asumamos. Luego, pero muy luego, aos despus, me enterara de que no todos fueron tan zonzos. De hecho, me consta que algunos de aquellos, cuando me mentan, me dicen el cojudo. Ya no soy el flaco o no slo el flaco, como entonces ... Se me ocurri ir a lo del polaco; la covachuela, lo llamaban otros. Viva all no ms, a la vuelta del auditorio. Un tipo de greas rojas, llamativas pero escasas, que siempre asomaba encorvado tras el mostrador de su tienda de compra-venta. Pens que algo me dara por los dibujos con crayolas con los que Goncho, Maruca y yo habamos testificado nuestro primer viaje con peyote. Claro que el valor sentimental habra que condimentarlo con otros argumentos para que se revalorizasen. Dos das despus habra de salir cagando leches, huyendo del barrio, de la ciudad, del pas. Primero cruzar hasta Chile y de ah todo tieso hacia el norte, bien arrimadito a la costanera pacfica. Esa fue mi odisea, que me dara para cimentar la leyenda revolucionaria que necesitaba, por mucho que tambin fuera una leyenda cojuda. Quiero decir que tambin sub muchos tramos en motocicleta, como el Che, y sin embargo no llegu a Cuba porque me hicieron dar la vuelta en la frontera entre Ecuador y Colombia y as cruzar el continente por la parte de las nalgas, selvticas y tropicales; para esos das ya no rememoraba a Guevara sino al loco del Lope de Aguirre.

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Bicho malo nunca muere, pero eso lo s ahora, pasados cuarenta aos, y no cuando era un cro, un jovenzuelo arrogante de apenas veintids, y descontaba las pocas cuadras que mediaban entre nuestro apartamento y lo del polaco, adornando mentalmente la autora de los originales. Lo que puedo asegurar es que los dibujos eran curiosos, le hablaban a uno, tenan mensaje, pues. Los tres pensbamos que aportbamos algo valioso para renovar la expresin pictrica. O sea, que no pensaba desprenderme definitivamente de los dibujos, sino empearlos para recuperarlos en poco tiempo, cuando mis viejos me mandasen el cheque de inicio de mes. Pero la plata la necesitaba ya mismito porque si no el Negro me iba a rajar. A ese s que ya no le entraban ms historias y menos mal que no se haba enterado an de lo mo con su hermana. Magaly se llamaba, menudo nombrecito. Ni siquiera es que estuviera muy buena, pero llevaba un pastel de primera que le afanamos a su hermano. Fue toda una tarde dndole la vara, historia tras historia, soy famoso por mi labia, y la piba colgadita, rendidita de amor y enganchada a mis mentiras. Una tarde de lenguas (palabras y besos) y la noche fumando pastel y cachando, toda ella. Parece que le propuse fugarnos, aunque no lo recuerdo. Era febrero del 68; lo s porque aun conservo el pasaporte con el cuo del control aduanero de Las Cuevas, en la antigua ruta 7, por la que fui desde Mendoza a Santiago de Chile antes de que existiera el tnel del Cristo Redentor. Estbamos para empezar nuestro ltimo curso de econmicas, pero por aquel entonces los estudios apenas nos preocupaban; era nuestra etapa psicodlica, la de nuestros viajes interiores y la msica de Pink Floyd. Un ao antes el Goncho haba regresado entusiasmado de su viaje por Europa, todo un mesecito pendejeando. Haba estado en Londres y asistido a la inauguracin del UFO club de Tottenham Court Road . A su vuelta, su entusiasmo nos dejaba fros; no sabamos quienes eran los Pink Floyd y mucho menos esos otros locos ingleses como los Soft Machine, Arthur Brown o los Tomorrow. Pinsese que los Beatles todava no haban publicado el Sgt. Pepper's . Pero los rollitos del Goncho cobraran otra dimensin desde el momento en que apareci el Piper at the Gates of Dawn y nos revolucion como una revelacin mstica.

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Obviamente, haber estado donde y cuando todo empez y haber conocido a Syd Barrett fueron credenciales ms que suficientes para que el Goncho se erigiera en el lder de nuestro grupo. Las ancdotas de sus das londinenses, fueran o no verdad, alimentaban nuestra mitologa no tan privada, porque se convirti en una especie de marca de tribu que nos afamaba en el barrio. Saber que el polaco saba de nuestra amistad (siempre hay que fanfarronear un tanto) con el genio de los Pink Floyd fue la chispa que dio origen al gran embolado. Ya he dicho que los dibujos tenan su cosa, por qu entonces no podra haberlos pintado el mismo Syd Barrett con nuestro amigo Goncho? La cosa fue que se la enchuf al polaco y hasta le consegu la plata en dlares. Cincuenta papeles, recuerdo, con las justas alcanzaba para saldar la deuda con el Negro y eso si no se enteraba del palo que, con mi ayuda, le haba dado su hermana. Pero yo era muy poco previsor en aquellos tiempos y no haca sino dejar cabos sueltos. No merece la pena explicar demasiado. El caso es que Magaly descubri que exista Maruca y sac las consecuencias correctas: no quedaba yo muy bien parado y las pibas de su clase no soportan verse humilladas. Y encima me demor en ir a llevarle la plata al Negro; a lo mejor, si hubiese llegado antes que su hermana ... Pero no es que llegara tarde, es que no fui, porque de los cincuenta billetes ms de la mitad se fueron en un pastel cargadito que me fum esa noche con la Maruca. Cuando, resacosos hasta el culo, despertamos por la tarde del otro da, me acord de mi compromiso con el Negro y, durante un rato, tuve miedo. Fue el rato que tard en llegar al apartamento, entrar y descubrir a Goncho muerto en el piso de la sala, con las tripas desparramadas en un charco de sangre negra. No quise ni pensar, ni llorar, ni nada. Agarr una mochila que llen con cuatro cosas y sal cagando leches. Toda la noche deambulando acojonado por el centro y hacia las seis de la maana me met en el autocar que haca el trayecto hasta Santiago. No saba entonces -ni me preocupaba de saber- que pasaran cuarenta aos hasta que volviera a mi pas; tampoco saba -ni me preocupaba de saber- que los falsos dibujos de Syd Barrett seran los causantes de mi vuelta.
29 de octubre de 2007

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Trfico

Una esquina acristalada en la octava planta; debajo, tres semforos. Una lnea de colores cambiantes discurre por Guzmn el Bueno mientras, diagonal y transversalmente, dos filas de coches esperan. Rojo un semforo, verde los otros dos: los colores se congelan y la diagonal se mueve con los coches de Cea Bermdez. Ambas lneas se acercan cruzndose casi paralelas para recuperar el ngulo inicial al desenvolverse. Los que bajan desde Islas Filipinas han dibujado una curva en el cruce y, durante un minuto, se forma una Y intermitente. Ahora un rojo ms: slo la diagonal tiene paso libre y la Y cambia su figura. Guzmn el Bueno y Cea Bermdez aguardan mientras sus prolongaciones son salpicadas por una hilera que abre en dos brazos su eje diagonal. De nuevo cambio de luces y vuelve la lnea recta, y luego una Y, y luego la otra ... Desde arriba, tras la ventana, los tres dibujos se suceden en recreacin interminable. Las distancias entre las pequeas cajitas es la justa para que el ojo de Mara hilvane la continuidad de un diseo a trazos, las curvas exactas, las detenciones suaves, difuminando el ritmo visual de un acto que prepara el comienzo del siguiente. Sobre esta repeticin eterna de los mismos dibujos en precisa sucesin, la arbitrariedad del tiempo engarza las distintas variaciones: los colores y formas de los coches, las cambiantes velocidades, los tonos del cielo, la esponjosidad del aire ... Son las notas improvisadas sobre la montona meloda visual de los semforos. Un autobs rojo perseguido por dos vespas (azul y blanca), tres coches iguales en paralelismos perfectos, una ambulancia zigzagueando con destellos y sirenas ... Contrastes, coincidencias, analogas: miles de relaciones entre actores mecnicos obedientes al orden prefigurado que da sentido a sus danzas.

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Desde la ventana esquinada de la octava planta se puede seguir la sucesin interminable, se pueden descubrir relaciones concretas, efmeros intentos de acotar lo excesivamente abstracto. Por breves momentos se intuyen combinaciones significativas de colores, de distancias, de formas. Pero el sentido siempre se escapa y el espectador renuncia al esfuerzo para volver a percibir, como nica constante, el dibujo eterno vaciado de sus notas constitutivas. A ese ballet se regresa siempre para apropiarnos momentneamente de los actos aislados que en su interior se suceden. Slo abandonndonos a lo indiferenciado podemos poseer las individualidades que enseguida perdemos porque quedan absorbidas, enlazadas, en el ritmo nico del que son matices armnicos, reflejos evanescentes. En ese recodo de vidrio, como en tantas ocasiones, Mara esconde su cuerpo. Durante un rato dirige su atencin a ese bosquejo montonamente voluble, buscando encadenarse a sus ritmos. Entonces nada de ella se mueve, salvo los dedos sobre el cristal; la cabeza ladeada, en suave flexin la cintura, los ojos fijos ... Una figura tensa, concentrada ajustadamente en su propia silueta, absorta. En esos momentos el mirar de Mara traza renglones a sus pensamientos. Un parpadeo de pronto, o el guio brillante de una breve torsin de tobillo, o algo que avisa en silencio, casi sin avisar: la voluntad se ha dormido y la conciencia de Mara cae en una mecedora de imgenes. Entonces comienzan a volar los primeros recuerdos, a desarroparse las reflexiones. Recostada en el fluido de colores al que su atencin la sujeta, Mara se diluye en impresiones. Una sonrisa de su padre alzndola contra s; Fran en silenciosa caricia sobre su cuello y una mirada triste flota entre ambos. No hay sentimientos, slo recuerdos vacos de sonido, escenas mudas que se suceden al ritmo de tres semforos. Fran muriendo en vez de su padre, el sol derritiendo su cuerpo en la arena de una playa en la que juegan tres nias, ese seor es mi padre? Rojo, verde, verde, rojo ... Los recuerdos son tambin sucesiones mecnicas e insensibles en repeticin inacabable. Los recuerdos fluyen desde y hacia Mara, al ritmo inagotable de los tres semforos, combinndose entre ellos y recrendose en caprichosas variaciones. No hay tiempo ni sonido; slo imgenes pasendose ante una Mara que es testigo ajeno de sus propios recuerdos.

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Poco a poco, difusamente, aparece un cosquilleo de ansiedad que empapa a Mara toda. Lo siente sin molestias, sin apreciarlo casi o quizs reconocindolo cotidiano. La envuelve un desasosiego que no quiso quedarse con su padre o con Fran y que los confunde a ambos, tan lejanos. Mara casi nunca acoge esta ansiedad que se suele disfrazar luego de desconfianza o de egosmo o de tristeza. La lleva desde hace mucho, desde antes de la memoria de sus recuerdos. Est en el tinte oscuro de algunos ratos felices y tambin en el olvido de viejos sentimientos, en el letargo de imaginados sufrires que no llegaron a existir. Cuando la ansiedad diluye los recuerdos, cuando los coches vuelven a ser trfico aburrido, cuando la vieja zozobra impone de nuevo su orden irrevocable, carente de imgenes, Mara deja la ventana esquinada de esa octava planta y vuelve a su habitacin. -------------------As fue durante tres aos, cuatro quiz. Pero una vez el cosquilleo de la ansiedad no devino en desasosiego domesticado. Esa vez los recuerdos (su padre, Fran) aceleraron su sucesin rompiendo el ritmo ordenado de los semforos y Mara sinti que le araaban el alma y que ese dolor era real y no iba a acabar nunca. Esa tarde, de la que han pasado ya casi dos dcadas, Mara abri la ventana y, durante un largo rato, en el cruce de tres calles madrileas el trfico ces su montona danza.

3 de noviembre de 2007

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Receta para cocinar pastel de sueo de muertos (I)

La mayor dificultad estriba en conseguir suficiente sueo de muertos, la necrosomnia en la jerga ya olvidada de los nigromantes. Naturalmente, el sitio idneo para recolectarla es un cementerio; pero no cualquiera. Desaconsejo fervientemente los cementerios urbanos, esos que han quedado inmersos en tramas apretadas de calles y edificios. El bullicio ciudadano, la vorgine de sonidos, olores y actividad, contamina irremediablemente la necrosomnia. No es que los muertos dejen de emitirla pero, apenas toca el aire, sus molculas se rompen entre las vibraciones caticas que la metrpolis genera. Y no se crea que esos cementerios nrdicos, convertidos en parques de barrios residenciales, con su apariencia de remansos de paz, son excepciones. Vale que sus atmsferas no estn tan saturadas pero en las mismas titilan juguetonas las risas de los nios, el ms eficaz disolvente para el sueo de los muertos. Por eso, lo mejor es buscar un cementerio rural, de esos cercados con piedras sin tallar, al exterior de la poblacin. Aunque no es imprescindible, recomiendo los situados en cotas altas, si puede ser por encima de los mil ochocientos metros; el aire fresco y limpio es el ms adecuado para recolectar la necrosomnia en su mayor pureza. Tambin, sobra decirlo, debe ser un cementerio de tumbas; apenas se consigue necrosomnia de los nichos o de los mausoleos. Fosas cavadas en tierra alfombrada de yerba, atades de madera, ausencia de metales y hormign: stas son las condiciones ptimas. Por ltimo, el cundo: de noche, por supuesto. Evtese el exceso de humedad y los ambientes brumosos. No es que la necrosomnia se corrompa, pero estaremos inflando artificiosamente el volumen de la colecta y ser fcil que luego, al preparar la receta, erremos con las cantidades de los ingredientes. En cuanto a si debe haber luna o estrellas,

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se ha escrito mucho, pero en mi opinin no son sino mitologas. Yo, negando la tradicin, prefiero que la noche sea lo ms oscura posible; ni la luna ni las estrellas afectan en nada la calidad o cantidad de la necrosomnia pero cuanto ms clara sea la noche menos distinguiris el flujo etreo del sueo de los muertos. Antes de la noche N tenis que haber cumplido varios requisitos, haber culminado una minuciosa investigacin de campo. No hace falta mucho para saber si un cementerio es adecuado para la recogida de necrosomnia; s conviene, en cambio, demorarse en prevenciones de seguridad. Los lugareos no suelen aceptar que desconocidos celebren extraos ritos nocturnos en sus cementerios. Aunque no se le dio casi publicidad, seguro que alguno recuerda a los dos chicos apedreados hasta la muerte porque fueron sorprendidos, segn palabras del viejo vigilante del cementerio, robando las almas de los difuntos. As que sed discretos en vuestras expediciones. Gabriela y yo solemos organizar las recogidas como das de descanso. La ltima vez, por ejemplo, elegimos un hotelito rural en un valle pirenaico de la provincia de Huesca. Pasamos un largo puente de relajantes paseos, deliciosas comidas y casuales visitas a los tres cementerios de la comarca, aprendindonos sus rutinas. La ltima noche, hacia las dos de la madrugada, salimos de la habitacin sin ser vistos con nuestra sbana de lino blanco y nuestros frascos de fino cristal, saltamos sin esfuerzo el murete falto de piedras y pasamos tres largas horas cubriendo pacientemente las ms tumbas posibles de ese pequeo camposanto oscense. Luego, vuelta al hotel, recoger las bolsas de viaje (engrosadas con ocho frascos de necrosomnia), pagar la cuenta en recepcin y adis muy buenas. Me olvidaba de hablar sobre el pao con el que se recoge la necrosomnia. De entrada hay que aclarar que tampoco es que sea imprescindible; de hecho, hay quienes introducen directamente el sueo de los muertos en los frascos de cristal. Depende del tiempo de que dispongas y de la cantidad de fluido que necesites. Llenar un frasco de un litro, ms o menos el tamao habitual, situndolo boca abajo sobre una tumba y removiendo su interior cada cierto rato con una cucharilla de plata para que la necrosomnia se apelmace hacia el fondo, es una tarea que se hace eterna. Claro que si slo se necesitan

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unas pocas onzas, como es el caso en la preparacin de ciertos aromas, ste ser el procedimiento correcto con el que se garantiza la mejor calidad del fluido. Pero estoy escribiendo la receta del pastel de sueo de muertos para cuatro personas y, lo adelanto ya, necesitamos mucha necrosomnia, al menos cuatro frascos. De ah la conveniencia de una sbana, cuanto ms amplia mejor. Se ha de cubrir con ella la mayor parte de la tumba, aproximadamente a metro y medio sobre sta, la distancia que asciende el fluido cuando alcanza el estado ideal de desperezamiento de sus molculas. Por entendernos (no creo que sea pertinente dar aqu demasiadas explicaciones ni guardar un excesivo rigor cientfico) imaginemos que la necrosomnia, al salir del cadver, est muy apretada y que se comienza a esponjar desde que toca el aire exterior. De otra parte, la altura de metro y medio es adecuada para dos personas sosteniendo una sbana cada una a un lado de la fosa. La tela ha de ser de un tejido natural y absorbente. Esto ya va en gustos; a m, desde luego, las que mejor resultado me han dado han sido las de lino, pero Gabriela, en cambio, las prefiere de algodn crudo. En todo caso, evtense las sedas o rasos, cualquier tejido de los que llamo resbalosos porque, sobre sus superficies, eso es justamente lo que hace el fluido. Y, sin discusin, de color blanco. El proceso de recoleccin no tiene mucha ciencia. Dos personas extienden la sbana sobre la tumba y la mantienen un buen rato para que se vaya empapando de la necrosomnia. Cunto tiempo? La prctica os dir cundo alcanzis ese instante mgico en que la tela tiene la cantidad de fluido tal que, si siguierais cargndola, la necrosomnia empezara a caerse o a perder su densidad equilibrada. En ese momento comenzad a caminar para descubrir la tumba y, ya fuera de ella, doblar la sbana formando un rollo estrecho y largo. Ahora hay que trasvasar el fluido de la tela al frasco. Antiguamente se haca a mano, retorciendo y estrujando los paos enrollados. Ahora, por suerte, disponemos de embudos adecuados a esta tarea: se mete el pitorro en el frasco con el extremo de la sbana encajado y toda la tela restante en la cazuela; entonces se tapa con un mbolo y se empieza con los movimientos de presin. Es un ejercicio cansado que conviene repetir varias veces y, aun as, nunca lograremos tras-

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vasar toda la necrosomnia de la sbana. Segn mi experiencia, con una sbana de metro y medio de largo por un metro de ancho (las que yo utilizo) podemos llenar entre un tercio y la mitad de un frasco. As que, para llenar cuatro frascos necesitaremos un promedio de diez extensiones de sbana; cada extensin y trasvase se llevan un mnimo de quince minutos, por lo que calclese que la recolecta requiere de al menos dos horas y media de trabajo efectivo. Queda un ltimo extremo que aclarar antes de pasar a la receta propiamente dicha; se trata de la calidad de la necrosomnia. Obviamente no es toda igual, no todos los cadveres producen un mismo tipo de sueo. Hay quien opina que es improcedente hablar de calidad al referirse al sueo de muertos; estoy de acuerdo pero ello no obsta para que haya ciertos tipos de necrosomnia ms adecuados que otros para preparar el pastel. En todo caso, nos metemos en terreno conflictivo, demasiado proclive al debate y, lo que es peor, a que muchas susceptibilidades se sientan heridas. No voy a entrar en discusiones; dir simplemente cul es la que a m me parece ms recomendable en esta receta. Quien quiera, una vez que gane maestra con la prctica, que se ponga a experimentar variaciones. As avanza la ciencia y tambin, por supuesto, la gastronoma. Pero, lo advierto, no me hago responsable de los efectos que las alteraciones de mi receta puedan producir en los consumidores del pastel. Pues bien, la necrosomnia que recomiendo es la de tonos violceos o lilas y, por el contrario, desaconsejo las amarillentas o anaranjadas. En otro momento, si viene al caso, os contar a qu se deben los distintos colores as como las diferencias en sus efectos. Tambin podra explicaros, pero no ahora, la relacin del color del fluido con el tiempo que lleva enterrado el cadver e incluso con la personalidad del difunto. En fin, buscad las tumbas de las que emanen fluidos violceos. Los que todava no hayis desarrollado la "visin atenta" (no pensis que hay nada de espiritista en ello) puede que, al principio, no logris ver las sutiles corrientes de necrosomnia ascendiendo desde las fosas, ms densas abajo y diluyndose a medida que ganan altura. Como ya he dicho, procurad ir al cementerio en noches oscuras y, como truco utilsimo, dotaos de esas gafas de visin tridimensional que cada cierto tiempo se ponen de moda. Eso

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s, tened en cuenta que mirando a travs de ellas se os distorsionarn un poco los colores y el lila que os recomiendo lo veris ms oscuro, cercano al ndigo. Pues nada, que me he enrollado demasiado con las explicaciones sobre la recogida de la necrosomnia y ni siquiera he empezado con la receta del pastel propiamente dicha. Vamos a dejarlo aqu pero no os preocupis que prometo continuar en breve.

10 de noviembre de 2007

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Receta para cocinar pastel de sueo de muertos (II)

Acopiada suficiente necrosomnia, estamos en disposicin de preparar el pastel de sueo de muertos. Sabed, eso s, que entre la recogida y el consumo no deben pasar ms de tres das; a partir de ese plazo la necrosomnia comienza su proceso de corrupcin adquiriendo un sabor repugnantemente intenso. Hay que advertir que la caducidad tiende a acelerarse en climas hmedos y clidos. Qu pasa si se come pastel con el sueo de muertos pasado de fecha? Difcil es que ocurra, porque el sabor, como he dicho, echa para atrs enseguida. No obstante, s de algunos que aun as tragaron unos cuantos bocados, confiados en obtener sus benficos efectos, y hubieron de pasar una semana a dieta desintoxicante con agudos retortijones, cataratas de heces y sudores fros, amn de una debilidad generalizada; para colmo, las noches se pueblan de pesadillas alucingenas, tampoco nada agradables. La necrosomnia se degrada al contacto con cualquier forma de materia o de energa, as que es imposible su conservacin por mucho tiempo. No obstante, hay algunos mtodos de almacenamiento que permiten retrasar su caducidad. Os contar algunos trucos; sin embargo, procurad en la medida de lo posible preparar y consumir el pastel antes de los tres das cannicos y, en todo caso, por ms escrupulosos que hayis sido en su conservacin, jams despus de una semana. Hecha la advertencia, empiezo por el recipiente que, como creo haber ya dicho, debe ser de vidrio de buena calidad y cuanto ms fino mejor. Por qu? Tiene que ver con la geometra tetradrica que ordena los tomos de silicio, pero dudo que podis entenderlo sin desempolvar vuestros manuales de qumica. El caso es que cuanto ms transparente y fino sea el cristal menos tentadas se sienten las molculas del sueo a despertarse, no s si me segus.

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Desde hace ya algunos aos, una fbrica de las afueras de Barcelona me provee de unos frascos bastante decentes de vidrio transparente soplado artesanalmente. En realidad se trata de un decantador para vinos pero es que, salvo que uno se disee envases ad hoc (y no es ninguna tontera) es lo mejor que he encontrado. En cada recipiente caben tres cuartos de litros, pero yo no meto ms de medio que comprimo hacia la base fondona obturando el cuello con plstico aislante, de ese con el que se protegen objetos frgiles, el que viene lleno de burbujitas tan divertidas de presionar hasta que explotan. Para la conservacin lo ms importante es, claro est, la iluminacin. No hay que ser muy lince para deducirlo. Recordad que la necrosomnia es el sueo de los muertos, literalmente, sin metfora ninguna. Y los muertos, como los vivos, suean ms y mejor cuanto ms oscuro est su entorno. Hemos atrapado los sueos fluyentes de unos muertos, materia extremadamente vivaz que, contrariando su naturaleza, hemos de intentar calmar, adormecer, valga la paradoja. Por eso, luz, mucha luz. Yo me he hecho un bal de vidrio, casi un atad, en cuyos ocho ngulos hay encajada una bombilla de doscientos vatios. Imaginaos: mil seiscientos vatios de luz blanca de brillante nen inundando un prisma de poco ms de medio metro cbico. El deslumbramiento es brutal, apenas puede mirarse ni con las ms oscuras gafas de sol. A propsito de mi maleta de necrosomnia, como la llamo, me viene el recuerdo de una ancdota divertida que tal vez os apetezca conocer. Acababan de entregarme la urna y los dos estbamos ansiosos por estrenarla. Ese mismo fin de semana, sin apenas planificarlo, decidimos ir de recoleccin a la comarca de Los Ancares. As que metimos la urna gigante en la parte de atrs de nuestra vieja furgoneta volkswagen (la que le toc a Gabriela cuando se separ de su novio gringo, hippie trasnochado que arrastraba la frustracin de haber sido demasiado cro en los primeros sesenta) y arrancamos en direccin noroeste. El viernes dormimos en Ponferrada y el sbado tempranito iniciamos nuestro recorrido por los cementerios de Los Ancares leoneses. La jornada se nos dio bien y antes de que cayera la tarde tenamos decidido el camposanto que asaltaramos. Nos llegamos a un camping en la pequea localidad de Candn y ah mismo,

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en una estupenda casa de comidas, cenamos caldo y trucha adems de aprovisionarnos de fruta para la expedicin nocturna (hay que probar las manzanas reinetas de la zona: celestiales). Hacia la medianoche salimos del camping con todo el instrumental. Tras poco ms de dos horas en el cementerio (no queramos tentar la suerte y nos conformamos con poca cantidad) tenamos cuatro frascos de necrosomnia que colocamos en el interior de mi maleta nueva, en la trasera de la furgona. Arrancamos y nos ponemos en marcha, ya con la urna iluminada (chupa la energa del propio motor). De lo que no nos percatbamos mientras conducamos era del haz vertical de luz blanca que se proyectaba hacia el exterior por el ventanuco cenital de la furgoneta. La carretera que llevaba hacia el camping discurra por un valle, siguiendo el curso de un riachuelo de montaa. Parece que desde varias casas de las laderas avistaron una fantasmagrica columna lumnica que se mova hacia el pueblo; parece que los paisanos se alarmaron y alguien avis a la guardia civil, sugiriendo invasiones extraterrestres. Como las fuerzas del orden no son numerosas por esos lares, nos dio tiempo de llegar, aparcar fuera del camping, salir de la furgoneta dejando el motor encendido (no queramos apagar la luz y slo bamos a echar un par de horitas de sueo) y meternos en los sacos dentro de nuestra tienda. Como una hora ms tarde, un zafarrancho de sirenas, focos y luces nos despert obligndonos a salir de la tienda. Asombrados, al igual que los otros diez o doce clientes, nos encontramos con un helicptero posado en el centro del recinto, las hlices girando y seis soldados con metralletas apuntndonos. En eso, una voz deformada por alguna burda megafona, reclam que si el propietario del vehculo volkswagen matrcula tal y tal estaba aqu que se identificase. Del asombro pasamos al acojone; di un paso al frente e inmediatamente tres milicos me apuntaron. De modo reflejo levant las manos y balbuce que era yo el propietario del vehculo. Siga con las manos levantadas y acompenos. Bueno, al final salimos del lo. Les convenc, a pesar de sus actitudes entre suspicaces y cabreadas, de que la maleta era un prototipo de incubadora requerida por laboratorios de investigacin biolgica para trabajos de campo. Justamente estbamos haciendo un simula-

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cro de su funcionalidad, verificando el consumo y otros indicadores; por eso la habamos dejado encendida. En cuanto a los frascos de cristal del interior estaban vacos, eran simples simulaciones de las probetas que en su momento albergara la urna. Por supuesto, quisieron comprobar la vaciedad de los envases y me obligaron a abrirlos a punta de metralleta y mantenindose a cinco metros de distancia; imagino que temeran que hubiese algn gas letal invisible. Con rabia contenida hube de dejar escapar mi reciente necrosomnia, abriendo y sacudiendo uno a uno todos los frascos. El guardia civil ms joven, apenas poco ms de un adolescente, crey ver algo violceo que sala de los recipientes. Ser una ilusin ptica, le dije, y los dems se burlaron del pobre chaval. En fin, el estreno de la maleta qued en un rapapolvo (dense cuenta de la que han montado, hay que ser ms cuidadoso, hombre) y en la prdida de todo el sueo de muertos recolectado. Pero en las siguientes expediciones, ya escarmentados y aprendidos, demostr sobradamente su utilidad. Pero volvamos a los trucos para la conservacin de la necrosomnia y evitemos las digresiones que a m me pierden. Destacaba la importancia de iluminar lo ms intensa y continuadamente posible el fluido a fin de paralizar (ms bien, ralentizar) la actividad onrica que es su esencia. A esa misma finalidad tambin se contribuye menendolo moderadamente, impidiendo el reposo de las molculas de necrosomnia. Ahora bien: agitacin moderada, no vayamos a pasarnos. Porque si el fluido se somete a sacudidas fuertes precipitamos reacciones de fisin molecular que no corrompen la necrosomnia sino que alteran radicalmente su naturaleza. Alguien de los que me lee ha odo hablar de la kayrostina? Era la sustancia mgica que Dionisos ofreca a sus bacantes para experimentar la infinitud del instante, la fusin eterna que desvela todos los misterios. No os voy a asegurar que las reacciones atmicas de la necrosomnia debidas a movimientos bruscos y continuados conviertan a sta en kayrostina, entre otras razones porque no se conoce a ciencia cierta la composicin de esa sustancia mitolgica. Pero, creedme: por ah van los tiros. Lo que pasa es que ste es un campo sembrado de minas que, en el marco de un simple manual culinario, no conviene transitar. Baste advertir que no han de sacudirse violentamente los recipientes que contengan el sueo de muertos y que, si se tiene la sospecha de que

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han sido sometidos a tales vaivenes, lo mejor es renunciar a preparar el pastel porque su consumo puede ser peligroso. Suaves movimientos pues, con un ritmo repetitivo y cansino. Obviamente, lo mejor es disponer de algn motor que se ocupe de la tarea. En mi urna lumnica, adems de los ocho focos, dispuse dos barras cilndricas a media altura y paralelas al eje mayor del prisma. Cada una de estas barras tiene soldadas cuatro pares de anillas con dimetros ajustable a los cuellos de los frascos de necrosomnia y ambas, gracias a un motorcillo, recorren un cuarto de giro alterno, como si la aguja de un reloj estuviera movindose sin parar de las nueve a las doce y vuelta de las doce a las nueve. A los curiosos o interesados en imitarme (no me molestara en absoluto) les informo que la velocidad es de un segundo para girar los noventa grados, por lo que van ciento y pico veces ms lentas que los antiguos LPs de vinilo. No s si con la descripcin anterior se imagina mi urna funcionando; puede que sea vanidad de creador, pero admito que disfruto viendo el pausado vaivn de mis frascos con necrosomnia inmersos en luz cegadora. Hay un ltimo truco que conviene poner en prctica para la mejor conservacin del sueo de muertos y es sumergir los recipientes en aceite de oliva. Tengo un colega nrdico (como imaginareis, los aficionados a estas gastronomas solemos frecuentarnos) que sostiene que el aceite de girasol cumple igualmente su funcin. En trminos estrictos no puedo quitarle la razn, porque ciertamente las diferencias de viscosidad no son relevantes para disturbar la homeostasis necrosmnica. Pero no hemos de olvidar que la inmersin oleica conlleva necesariamente aportaciones subliminales al aroma del sueo de muertos. Quizs un profano no sea luego capaz de distinguirlas en el sabor del pastel pero yo, qu queris, tengo un sagaz paladar mediterrneo. Por tanto, aceite de oliva, lo menos refinado posible. Si no fuera porque ya me he extendido demasiado os contara mi proceso de seleccin de los aceites ms idneos. Como en todo, lo bueno es caro; imagino que os iris haciendo una idea de que un pastel no sale barato, ni en dinero ni en esfuerzos. Pero merece la pena esmerarse en los detalles. En lo relativo al aceite tengo la fortuna de ser buen

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amigo de Marga, en cuyos olivares almerienses cosecha magnficos caldos (esta palabra est reservada slo a los vinos?), parte de los cuales me son gentilmente donados. Si Marga supiera que apenas me queda para aliar ensaladas; si alguna vez viese mi maleta de necrosomnia balanceando frascos de vidrio inmersos en su aceite resplandeciente de luz ... En fin; a medida que escribo me voy dando cuenta de que me dejo demasiadas cosas en el tintero. No he explicado, por ejemplo, cmo contribuye el aceite a ralentizar la corrupcin de la necrosomnia. Pero, despus de todo, tampoco creo que os interese demasiado; supongo que estaris impacientes por que os facilite la receta del pastel de sueo de muertos. Ciertamente eso es lo que me han pedido y a eso es a lo que me he comprometido. Pero parece que no termino de concretar. Bueno, paro aqu pero la prometo para la siguiente entrega.

12 de noviembre de 2007

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Receta para cocinar pastel de sueo de muertos (III)

Hombre fiel a mis compromisos, como soy, estaba dispuesto a que esta tercera entrega explicase, ya de una vez, lo ms didcticamente posible, el procedimiento exacto para la confeccin del pastel de sueo de muertos; vamos, que iba a dar la dichosa receta. Pero, aunque me acusan de misntropo, siempre estoy atento a complacer a mis lectores y no poda desor las voces que requieren que detalle los efectos de la ingestin de la necrosomnia. El propio director de esta revista, abrumado ante la ingente avalancha de cartas recibidas, ha insistido en lo mismo. Como quiz algunos sepan y algunos otros sospechen, no estoy en situacin de negarle ningn deseo a tan ilustre personaje (qDg). Por estos motivos, abramos un parntesis previo a la receta para describir los efectos de la ingesta del pastel. Pero antes me gustara dejar sentada mi sorpresa ante tan grande y generalizada ignorancia pblica. Ya saba, naturalmente, que no somos demasiados quienes conocemos los vastos arcanos relacionados con la necrosomnia y, por tanto, pocos estamos capacitados para trajinar con el sueo de muertos y, por ejemplo, preparar el pastel al que estoy dedicando estos artculos. Pero eso es una cosa y otra muy distinta ignorar los efectos, al menos en trminos generales, de la sustancia; y no digamos, como he descubierto a travs de las mentadas "cartas al director", que haya gente (y no uno o dos, sino multitud) que desconozcan incluso la propia existencia de la necrosomnia. A mi modo de ver, sta no es una ignorancia inocente sino culposa, que me obliga a denunciar la irresponsable y pacata actitud de la sociedad en su conjunto hacia nuestros muertos. No querer saber nada de ellos, invisibilizar la actividad post-mortem de forma que no haga ni siquiera falta negarla. Y, mientras se oculta la realidad de los cadveres soantes, se acepta un culto fantasioso e hipcrita a los

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muertos convertidos en recuerdos dulcificados de los que suelen apropiarse las correspondientes dogmticas religiosas. Resulta (en estos das me he enterado) que quienes atendemos los sueos de los muertos adolecemos de patologas morbosas, somos bichos raros de gustos macabros. Pues vale, para qu molestarse en combatir contra la estulticia que cuenta entre sus filas a los ms poderosos. Bsteme esta apartada tribuna para certificar mi decepcin sazonada de rabia. Dicho lo cual, pensando en esos ignorantes de buena voluntad, vayamos al grano. Pues bien, la necrosomnia es una sustancia psicotrpica (habr que empezar a ser un poquillo preciso en el lenguaje); es decir, introducida en nuestro organismo acta sobre el sistema nervioso central provocando cambios significativos en la percepcin y, sobre todo, en el estado de conciencia. Es pues la necrosomnia una droga? Aqu caben dos respuestas y que cada uno elija la que ms le guste. Si nos atenemos a una definicin amplia de droga, es evidente que s lo es, ya que altera el funcionamiento habitual de nuestras mentes. Claro que tambin el caf y el chocolate, por ejemplo, seran drogas. En la acepcin ms restringida del trmino, la que sirve para agrupar un amplio y heterogneo conjunto de sustancias con una misma etiqueta ominosa, el sueo de muertos no sera una droga por la sencilla razn de que no aparece en ninguna de las listas que confeccionan las distintas agencias gubernamentales (empezando por la DEA). Por tanto, que respiren esos de mis lectores que recelan de transgresiones: no hay norma ninguna, ni en el nuestro ni en otro pas, que penalice la produccin, trfico o consumo de necrosomnia; es ms, podis apostar cualquier cosa a que ni uno solo de los grandes jerarcas de la cruzada antidroga tiene la ms remota idea sobre la existencia del sueo de muertos. Hemos dicho que la necrosomnia altera nuestro estado de conciencia. Supongo que los ms sabris que los dos estados de conciencia normales son la vigilia y el sueo (del que, a su vez, cabe distinguir el sueo lento y el sueo REM, pero no nos perdamos en los detalles). Estos dos estados de conciencia funcionan como compartimentos estancos entre s (por ms que haya multitud de efmeros puentes) hasta el punto que no es demasiado exagerado afirmar que

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durante nuestra vida vivimos dos vidas alternas, con vnculos misteriosos entre ellas. La vida que llamamos consciente, la de la vigilia, pese a sus interrupciones onricas, la creemos dotada de continuidad e incluso (qu ingenuidad la nuestra) de sentido. Nuestra conciencia, a modo del angelote que se le apareci a San Agustn, se esfuerza cada despertar en volver a contarse (a contarnos) un yo coherente y encajarlos en una sucesin histrica de circunstancias. Ese anhelo de coherencia obliga a negar los fantasmas de nuestros caos, a erigir diques que contengan las tempestuosas fuerzas de lo irracional de los lados oscuros de nuestras almas. Algunos (menos de los que se piensa) logran la eficacia que creemos xito en esta tarea de "control mental". Somos mayora, sin embargo, quienes, en uno o varios momentos de nuestras vidas, asistimos desolados a maremotos que desde el mbito inefable del yo inundan de ansiedades nuestras conciencias. Es entonces lcito recurrir a la farmacologa "admitida", al catlogo de "drogas buenas" a disposicin de los terapeutas de la salud mental. En el mejor de los casos esa "little help from my friends" permitir ocluir esos ductos que vienen desde las peligrosas antpodas del alma. Cuando no, estaremos ante lo que se denomina una alteracin patolgica de conciencia que en no pocas ocasiones conduce a la destruccin. La necrosomnia altera nuestro estado de conciencia porque, simplemente, rompe la separacin entre lo consciente y lo onrico, integrando los dos mbitos en una nica y armnica unidad. Es casi imposible explicarlo sin recurrir a metforas pero, por otro lado, las metforas son intrnsecamente falsas. El que he llamado lado oscuro de nuestra alma deja de estar al otro lado; mejor dicho, dejan de haber dos lados. Esos componentes onricos de nuestros yoes se funden con los conscientes, sin agredirlos (como ocurre en las crisis psicolgicas que nos son tan habituales) sino fundindose para completarse, para hacerse uno. Cuando la necrosomnia que hemos consumido nos hace efecto, de pronto, "vemos" nuestras almas; de pronto, nos descubrimos a nosotros mismos. As es como a m me gusta sintetizar el efecto del sueo de muertos. Pero, cuidado: no vaya a pensarse que eso es todo. Cuando digo que vemos nuestras almas no se piense en algo que se hace desde fuera; ese "ver" es en realidad "ser" y un ser que s merece el trmino en toda su intensi-

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dad ontolgica. Realmente, si me apuran, slo cuando alcanzamos esa fusin de los estados de conciencia somos, porque en otra situacin apenas somos a medias y alternadamente. Y dir algo ms, aunque no me siento demasiado cmodo explicndoos estas cosas: cuando llegamos a este ser completo hemos roto las barreras con los restantes entes, porque el ser es uno. De esta guisa, no os sorprenderis si os digo que no slo vemos nuestras almas sino las de todos los seres que nos acompaan en la experiencia. Si esos seres con los que estamos (con los que nos fundimos pero no confundimos, pese a la congruencia etimolgica) son, como nosotros, personas que han ingerido la necrosomnia, la experiencia compartida de sabernos veedores de sus almas a la vez que ellos lo son de la nuestra, de sabernos parte de sus almas a la vez que ellos lo son de la nuestra, crea un vnculo de paz y amor que subsiste a la desaparicin de los efectos. Como, tambin, subsisten muchas otras cosas de la experiencia. En fin, espero que el prrafo anterior baste para que os hagis una idea de los efectos de la necrosomnia. De ms est decir que nada de lo que yo os cuente puede ni por asomo haceros concebir qu se siente en una experiencia necrosmnica; a quien de verdad quiera saberlo no le queda otra que ingerir el sueo de muertos. Ingestin que, conviene aclararlo, no necesariamente tiene que ser mediante un pastel. Hay muchas otras formas para introducir la "droga" en nuestro organismo y conseguir que "altere nuestras conciencias"; simplemente, metabolizarla a travs de la digestin es seguramente el modo ms compensado de hacerlo. Efectos mucho ms suaves, aunque no por ello menos interesantes y satisfactorios, se producen cuando olemos perfume de necrosomnia o cuando nos damos un bao en agua caliente de sueo de muertos. Si, por el contrario, se quieren intensificar los efectos, tanto temporal como psicolgicamente, la opcin ms eficaz es inyectar la necrosomnia directamente en la vena. En este caso, hemos de diluirla en suero fisiolgico (o cualquier otro lquido inocuo) ya que la naturaleza etrea del sueo de muertos imposibilita su trasvase directo en el fluido sanguneo. Ahora bien, la inyeccin necrosmnica no es un juego de nios y desde luego no debe llevarse a cabo si no es por personas con previas experiencias en la ingestin del sueo de muertos y, adems, con la supervisin de un experto, los que llamamos chamanes.

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Viene ahora a colacin mencionar siquiera brevemente a los acompaantes. Ingerir necrosomnia debe ser, por lo general, una experiencia compartida. El motivo es obvio: la fusin de los yoes conlleva con tremenda potencia expansiva el tropismo hacia el ser nico. Por ms que suene cursi (lo reconozco) esas fuerzas expansivas de la conciencia alterada son las que en nuestro lenguaje habitual solemos llamar amor. Si ingieres necrosomnia con alguien a quien amas los tropismos se retroalimentan (feedback) mutuamente, producindose unos efectos sinrgicos que dejan posos teraputicos indelebles en nuestras almas, mucho despus de acabada la experiencia. La comprensin del yo deriva en la comprensin del otro y, as, salimos renovados y reafirmados en sabidura y amor. Consumir el sueo de muertos con quien amas es descubrir cmo se besan las almas. Unos ltimos apuntes prcticos sobre los efectos, referidos a los que se producen tras la ingestin del pastel de sueo de muertos; lo que a continuacin digo no es vlido para el consumo de necrosomnia a travs de otros mtodos. Aado: supongo que se ingiere la dosis normal, aproximadamente un trozo de pastel del tamao de una magdalena. Cunto se tarda en notar los efectos? Normalmente una media hora, dependiendo de la densidad de la necrosomnia utilizada y del peso corporal del sujeto. Qu sntomas fsicos se sienten? Al principio se empieza notando un pequeo mareo, algo parecido (no exactamente igual) al de una ligera borrachera. Es recomendable, por eso, mantenerse sentado, cmodo y relajado. Algunos (no es mi caso) sienten en los momentos iniciales un cosquilleo epidrmico que les corre por todo el cuerpo; en mi opinin es ms fruto de los nervios por la experiencia que van a vivir que efecto atribuible directamente al sueo de muertos. En todo caso, cuando realmente alcanzamos la alteracin de conciencia, desaparecen todos los sntomas fsicos porque dejamos de sentir el cuerpo. Podramos decir que hemos dejado de ser nuestros cuerpos porque somos todo. Para no liarnos, convengamos en que es una experiencia enteramente mental, carente de sensaciones fsicas (al menos tal como solemos entenderlas).

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Cunto dura la experiencia? Por trmino medio, un par de horas. Claro que esa es la medida temporal que dar un reloj situado fuera del entorno afectado por la fusin ontolgica. El tiempo vivencial de los protagonistas es, a la vez, un instante y una eternidad. Pero tampoco esto podra explicarlo con palabras y aun as dar un dato cierto: si llevis un reloj en la mueca al vivir un experiencia necrosmnica, cuando pasada la misma lo consultis, marcar las doce en punto y estar parado. Cmo se "sale" de la experiencia? Pues de forma muy parecida a como se sale de una anestesia, pero sin ninguna de sus sensaciones desagradables. Poco a poco vas notando que "recuperas" la sensibilidad corporal en la misma medida en que "pierdes" la unidad de tu alma. Poco a poco vas dejando de ser todo para pasar a ser (si cabe usar el verbo ser) una parte. Eso s, la experiencia no te deja ninguna secuela fsica; mentales y anmicas, muchas. Con cunta frecuencia se puede consumir necrosomnia? La respuesta no es sencilla ni uniforme; contestarla exige explicar la vinculacin entre la necrosomnia y el propio proceso de crecimiento personal que cada uno de nosotros asuma. Consumir necrosomnia no es un acto gratuito; abrir una puerta al lado oscuro que nos hace otear por un instante eterno la misteriosa armona del caos tiene consecuencias irreversibles sobre nuestro actuar futuro. El sueo de muertos, a partir de entonces, ser un recurso ms, junto a otros, en el camino personal que cada uno debe transitar. Como comprenderis, poco ms puedo decir al respecto en un breve artculo. Pues nada, espero que lo contado satisfaga la curiosidad de los lectores de esta revista. A lo mejor os interesa saber por qu los sueos de los muertos tienen esta maravillosa propiedad de alterar nuestras conciencias. Tiene que ver, justamente, con el desequilibrio que en vida el difunto fue creando entre los dos estados de conciencia. Pero no puedo enrollarme ahora con esto. Pasemos de una vez a dar la receta del pastel. Eso ser, claro est, en el siguiente artculo.

19 de noviembre de 2007

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Receta para cocinar pastel de sueo de muertos (IV)

No quera que este numero de la revista se publicase sin la ansiada receta. Para que veis que me lo tomo en serio, para que os deis cuenta de cunto os respeto y procuro agradaros, sabed que pretenda conseguir unos frascos de necrosomnia y cocinar el pastel apuntando al tiempo fieles notas de todos los pasos. Pensaba tomar las correspondientes fotografas de cada etapa de la preparacin, que ilustraran y serviran de valiosa ayuda a quienes de vosotros os animarais a emularme. Fantaseaba con que el artculo, cuando se publicase, resultase una obra maestra de pedagoga culinaria y, a la vez, una presentacin rigurosa, en lenguaje actual, de los pliegos amarillentos del XVIII que conservo en mi biblioteca. Sin duda, elucubraba yo, la difusin de la receta equivaldra al lanzamiento de una piedra en las tranquilas aguas de un estanque; todo habra de revolverse, empezando por la asfixiante monotona que es mi vida en estos ltimos meses. Con tan buenas intenciones telefone a Gabriela para pedirle que me trajese a la Residencia mis preciados pergaminos para acometer su transcripcin. Haba pensado tambin que los dos juntos solicitsemos al Director el permiso y los medios para una expedicin recolectora de necrosomnia; confiaba en las dotes persuasivas de mi amiga, mxime cuando no me haba pasado desapercibida la atraccin que hacia ella denotaba nuestro ilustre Fabin Weacock. Pero, inexplicablemente, nadie contest a las muchas llamadas que hice a mi domicilio. Aclaro a mis lectores que cuando me traslad (o me trasladaron, como prefiris) a este Centro, encomend a Gaby la custodia de mi casa y de los distintos bienes que en ella guardo. Saba que la chica se haba mudado all, por eso era extrao que no cogiera el telfono. Obviamente me preocup y, tras bastante insistencia, logr que me llevaran hasta mi vivienda.

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Vivo en una casona rural de gruesos muros de piedra a las afueras de un pequeo pueblo al sur de Madrid. Cuando llegamos, la cancela que separa el escaso jardn de la calle estaba entornada, pero no se apreciaba ningn signo de actividad en el interior de la vivienda. Toqu el timbre y esper; nada. Golpe el portn con la pesada y estruendosa aldaba y esper; nada. Rode el edificio intentando atisbar a travs de las cortinas corridas; nada. Slo entonces me decid a abrir la puerta principal con mi propia llave; intua ya qu poda haber pasado. La vivienda estaba en silencio, las luces apagadas, las cosas ni ordenadas ni desordenadas; pareca que quienes all vivieran podan volver en cualquier momento. Pas al gran saln que he convertido en mi biblioteca. Evitando que mis acompaantes se percataran de lo que examinaba, comprob enseguida que los legajos de la necrosomnia no estaban en su sitio. No me extra. Gaby tena mis ms severas instrucciones de que nunca dejara la casa sola con esos papeles dentro. Si haba hecho lo que imaginaba, los legajos estaran custodiados por Waldo, el extravagante enano que ella sola presentar como primo suyo. Pero eso slo lo saba yo, y as deba seguir siendo. No era por curiosidad inocente que los empleados del ambicioso Weacock repasaban los volmenes de mis estanteras. Baj al stano, donde tengo instalado mi laboratorio. Como esperaba, sobre la gran mesa central vi varios recipientes con restos de soluciones de nitrato de plata, de hidrxido potsico, amonaco ... Hacia un extremo de la tabla, dos de mis decantadores de vidrio destapados, vacos de todo resto de necrosomnia. No hacan falta ms datos, pero tambin estaba el gran espejo con su marco rococ de madera embadurnada en dorado, ese del que hace ya unos cuantos aos Gabriela se prend un domingo maanero en el Rastro y que yo le regal advirtindole, con gestos misteriosos, que sera el vehculo de muchas sorpresas (por aqul tiempo Gaby todava ignoraba tantas cosas). Me acerqu al espejo y, distradamente, lo enderec lo suficiente para echar un breve vistazo a su dorso; en efecto, el azogue era nuevo, la pelcula de plata se delataba resplandeciente. Supongo que algunos de mis lectores habrn intuido qu haba pasado, al menos en parte. No hacen falta muchos conocimientos de qumica aplicada para deducir que Gabriela haba azogado el espejo

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con un nuevo plateado. Quien ignor estos saberes elementales puede sin apenas esfuerzo consultarlos en la red. Dir simplemente que, desde mediados del siglo XIX, los espejos se fabrican cubriendo los reversos de lminas de vidrios con soluciones de plata metlica reducidas qumicamente a partir de sales argnteas (nitrato, en mi caso). Antes se hacan recubrindolos con una amalgama de mercurio y estao. Si durante la preparacin de la amalgama mercuriana se aportaba una determinada dosis de necrosomnia, el espejo adquira unas muy especiales propiedades. Tales proporciones y procedimientos figuran detallados en mis pergaminos; mrito mo ha sido, tras varias pruebas, adaptarlos para el plateado de espejos. Hay que tener en cuenta que la especulacin (entindase este vocablo como fabricacin de espejos) con plata es mucho ms cmoda que con mercurio. Los conjuros antiguos hemos de adaptarlos a las nuevas tecnologas sin que por ello pierdan su eficacia. Pero bueno, me diris, qu especial propiedad tiene un espejo azogado con necrosomnia? Pues que se convierte en una "puerta" que, atravesndola, da acceso a la dimensin onrica universal. Recordis Alicia a travs del espejo? Dejadme que os transcriba un prrafo del primer captulo: "Ay, gatito, qu bonito sera si pudiramos penetrar en la casa del espejo! Estoy segura de que ha de tener la mar de cosas bellas! Juguemos a que existe alguna manera de atravesar el espejo; juguemos a que el cristal se hace blando como si fuera una gasa de forma que pudiramos pasar a travs. Pero, cmo?! Si parece que se est empaando ahora mismo y convirtindose en una especie de niebla! Apuesto a que ahora me sera muy fcil pasar a travs! Mientras deca esto, Alicia se encontr con que estaba encaramada sobre la repisa de la chimenea, aunque no poda acordarse de cmo haba llegado hasta ah. Y en efecto, el cristal del espejo se estaba disolviendo, deshacindose entre las manos de Alicia, como si fuera una bruma plateada y brillante". Muchos os acordaris de cmo contina el cuento; Alicia se introduce en un mundo onrico, lleno de smbolos psicoanalticos, en el cual la nia vive aventuras muy emparentadas con las de la primera obra (en el Pas de las Maravillas). Lewis Carroll, por supuesto,

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era un chamn, uno de los mayores expertos de su poca en todo lo relacionado con la necrosomnia. Sus recreaciones a modo de cuento infantil de los mundos onricos proceden directamente de sus propias experiencias. Naturalmente, no hay que entender que este relato es verdico en trminos de realidad fsica; el vidrio del espejo no pasa de un estado slido a otro gaseoso, ni el cuerpo de la persona atraviesa materialmente nada. Sin embargo, la descripcin que Carroll hace es rigurosamente verdad en cuanto a experiencia subjetiva. Ciertamente, cuando habiendo ingerido necrosomnia nos situamos ante un espejo as tratado y afirmamos la voluntad de atravesarlo, sentimos exactamente que su superficie se convierte en una bruma y que nuestro cuerpo la cruza. En un instante uno se ve en otro mundo en el que es capaz de sentirse fsicamente. En nuestra dimensin material, no obstante, el cuerpo queda desvanecido ante el espejo mgico, a la espera de que el alma regrese y vuelva a insuflarle la vida. Ahora bien, el cuerpo de Gaby no estaba a este lado del espejo. En teora caban tres explicaciones: o mi amiga no haba pasado al otro lado del espejo, o lo haba hecho pero ya haba regresado, o segua todava dentro y alguien haba retirado su cuerpo inerme de all. Conociendo a Gabriela, me era indudable que haba atravesado el espejo; no se habra tomado la molestia de preparar la solucin de plata para no usarla, salvo por algn improbable impedimento de ltimo minuto. Tampoco, sabiendo como era, pareca que hubiese vuelto y salido de la casa dejando el laboratorio como estaba. As que, me inclinaba por pensar que todava segua al otro lado del espejo y que alguien haba retirado su cuerpo. Esta hiptesis se desdoblaba en dos opciones: el cuerpo haba sido retirado con o sin su consentimiento. Y a este interrogante no me vea capaz de responder con la suficiente certeza. A estas alturas he de confesaros que yo saba desde unos cuantos das antes que Gabriela iba a atravesar el espejo. En su anterior visita al Centro ella misma me lo haba comentado; pensaba que poda ser una buena opcin para solucionar nuestro problema. Yo, la verdad, no lo tena tan claro y adems su iniciativa me generaba inquietud. Aunque ella considerara mis recelos infundados, lo cierto es que

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no terminaba de confiar en Waldo y, al fin y al cabo, su participacin era indispensable. Trat pues de que abandonara la idea, pero fue intil. Desde esa tarde no haba vuelto a tener noticias suyas as que, cuando la telefone sin xito, sospech que haba cruzado el umbral y tem que algo hubiera fallado. Cuando luego, frente al espejo de mi laboratorio, la ausencia de su cuerpo fue un silencio atronador, el miedo empez a anegar mis clulas. Mis temores tenan motivos. No es que sea necesario que el cuerpo fsico est junto al espejo para que el cuerpo anmico, al salir del otro lado, se introduzca realmente en aqul. Las referencias a las leyes de la dinmica tienen un mero valor metafrico. En estricto sentido, la mente (el alma, si se quiere) est donde siempre, nunca se ha ido de la cavidad craneal. El cerebro, por decirlo de algn modo, se ha desconectado de los sensores que lo comunican con el mundo real y toda su actividad neuronal est vibrando en frecuencias onricas, percibiendo otra dimensin de la realidad y siendo capaz de alcanzar interacciones en ella. Ahora bien, mientras casi todas las neuronas estn inmersas en esa danza mgica de la percepcin onrica, quedan siempre unas pocas que guardan, a modo de mecanismo reseteador de seguridad, unas referencias a la otra realidad. Tales referencias son, de hecho, muy similares a la metfora del alma que entra y sale del cuerpo. Digamos que esas neuronas posibilitan el cambio de estado mental fijando la espacialidad del cuerpo inerme; la posicin real de ste se convierte en una especie de ancla que evita la deriva excesiva de la actividad onrica y posibilita el regreso. Por eso, cuando una persona no encuentra su cuerpo donde se supone que ha de estar, puede producirse un shock neuronal con consecuencias imprevisibles para su funcionamiento cerebral. Este riesgo es tanto mayor cuanto menos experiencia tenga el sujeto en atravesar el espejo. Esta era la tercera vez que Gaby haca tal viaje y la primera en que cruzaba sola. Por otro lado, siendo optimista, caba la posibilidad de que mi amiga hubiese acordado con el enano que llevase su cuerpo a otro lugar; bastaba con que antes de la entrada en la dimensin onrica ella supiese dnde iba a estar para que el trnsito a la conciencia del mundo real no presentase mayor dificultad que un despertar co-

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rriente. Pero en esos momentos lo nico que tena claro es que haba de localizar a Waldo y, en mi particular situacin, eso me exiga pedir ayuda (y permiso) a Fabin Weacock. Por supuesto, me daba perfecta y dolorosa cuenta de que el precio de esa ayuda (y permiso) sera darle informacin que habra preferido guardar para m. Ped pues a mis dos acompaantes que volvisemos urgentemente al Centro porque la situacin era grave y necesitaba hablar con el director. As lo hicimos y, en cuanto llegamos, Weacock me recibi. Fue una conversacin larga en la que, como haba previsto, mi interlocutor no se conform con evasivas. Al final, entre ambos habamos trazado un plan de accin, cuyo primer movimiento es esta misma noche, dentro de apenas un par de horas. He dedicado este tiempo de espera, adems de a intentar calmar mis nervios, a redactar estos prrafos para publicarlos en la revista. S que voy a confundir a mis lectores, pero es que ahora no puedo explicar mucho ms y tampoco ese es el objeto de este artculo. Pretendo simplemente justificar la ausencia, un nmero ms, de la receta del pastel de sueo de muertos. En estos momentos carezco de los papeles en los que est escrita y hay asuntos ms urgentes que atender. Como podis comprobar, las utilidades de la necrosomnia no se limitan a la gastronoma.

28 de noviembre de 2007

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Fragmentos de conversaciones

No s, Paco, creo que Weacock se est pasando. La revista, ms que de una Asociacin cientfica, empieza a parecer de un crculo esotrico. Vamos, no es para tanto. Te dir que este asunto del sueo de los muertos me recuerda mucho a la teoras de Jung. En mi opinin, Weacock no est sino ensayando un nuevo acercamiento hacia las personalidades esquizoides. Suponiendo que as fuera, no me convence su estilo. Dos conferencias en el Colegio, muy cargadas de referencias eruditas y, al mismo tiempo, tremendamente ambiguas. Entre medias el rechazo, que sigue manteniendo, a que conozcamos a su paciente; se ha atrevido a darle largas al mismsimo Amedeo Pazzoli. Y ahora esta serie de cuentitos fantsticos ... Raro si es, para qu negrtelo. Pero dmosle todava un plazo de gracia; tengo el plpito de que algo bueno sacaremos todos de este asunto. A Pazzoli ya lo calmar la semana que viene, cuando nos veamos en Lugano; desde luego, no hay que perder los fondos de los suizos. Por el bien de todos, espero que aciertes; nos estamos jugando demasiado. Lamento no ser tan optimista como t. Yo, fjate lo que te digo, cada vez me convenzo ms de que no hay tal paciente, que Weacock se est carcajeando de nosotros, probablemente para ocultar alguna movida que no acierto a imaginar pero que, de fijo, no es nada buena. Santos, te tienes que hacer mirar esos brotes paranoicos. Venga, que es una broma. En todo caso, deja que yo me ocupe y t rel-

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jate un poco. O mejor: trata de localizar al graciosillo de las cartas al director. S, ese que firma como Aquilino Fuencarral. Weacock cree que tras esas cartas pueden estar los de la Agrupacin Gestltica y ah s habra motivos para preocuparnos. T crees? Si son una panda de inocentes; no me trago que puedan estar al tanto de lo que se est cociendo. No tan inocentes, al menos alguno no lo es tanto. Me consta que Marc Caspers se ha reunido con Pazzoli la semana pasada. Ese viejo cabrn ... Qu mierda pretende? No lo s, pero en estos momentos es cuando menos nos conviene que los de la Gestltica decidan practicar su alemn oxidado con viajecitos a Suiza. Y hay algo de lo que deberas haberte percatado si hubieses prestado ms atencin a los que llamas cuentecitos fantsticos de la revista. Te acuerdas de aquel escndalo en el que se vi envuelto Caspers hace ya varios aos? Vagamente, algo relacionado con su hijo, un chico retrasado o monstruoso, no estoy seguro. Ni retrasado ni monstruoso; tienes una memoria muy barroca. Era, es, un enano y se llama Waldo. Ahora dime: No te parece importante evitar cualquier cabo suelto? Localzame quin est detrs de ese Aquilino Fuencarral. --------------------

Mi amor, este jueves cruzo. Pero Gaby, es peligroso. T apenas tienes prctica. Esperemos un poco, ya casi tengo convencido a Weacock. La prxima semana, con el gancho del pastel, pienso pedirle que me deje ir a casa, a prepararlo en el laboratorio; esa ser la ocasin: cruzaremos juntos. Y aumentar tanto el riesgo? No, cario. Hemos ya apostado demasiado para cagarla llegando tarde. Voy a cruzar el jueves. Te lo estoy diciendo, no pidindote permiso. Por una vez vas a tener que conformarte con mi decisin, no tienes alternativa.

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E imagino, princesita obcecada, que le confiars tu cuerpo al enano ese ... Celoso de Waldo? Cielo, no te rebajes tanto. Ojal fueran slo celos. No me fo de l; recuerda quin es su padre. No le conviene traicionarme. Desea con todas sus fuerzas traspasar el umbral y se lo he prometido. Por eso estoy segura de que se esforzar en que todo vaya bien. Vale, no voy a discutrtelo ms pero, a cambio, acepta lo que voy a proponerte; quiero que tengamos otra opcin, un plan B si lo prefieres. Qu quieres? Dile a Waldo que, en vez de permanecer en casa protegiendo tu viaje, lleve tu cuerpo al almacn de la calle Ornitorrinco. Las llaves las guardo en la quinta gaveta del secreter; son las del llavero que me regalaste hace unos meses, ese de broma que te gust tanto. En el local hay dos espejos azogados con necrosomnia; que uno lo desplace a su casa y luego se encierre con tu cuerpo en el almacn. Hay un dormitorio perfectamente amueblado para ese stiro repugnante. No te pases. Pero, para qu todo eso? El jueves conseguir que Weacock me deje ir a mi casa, con la excusa de preparar el pastel. Me temo que me pondr dos vigilantes; es demasiado pronto para que confe en m, necesitaba una semana ms para ganrmelo. En cualquier caso, comprobar que has cruzado y se lo contar a Weacock, hacindole ver que ests en peligro t y, sobre todo, el manuscrito. Apuntar las culpas hacia Waldo Caspers; estoy seguro de que con slo or el apellido conseguir poner nervioso al ilustre doctor, lo bastante para que no recele demasiado y me d la necesaria libertad de accin. Libertad de accin?

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S, la suficiente para que me permita ir a la casa del enano; la suficiente para que pueda escabullirme al bao, que es donde Waldo habr colocado el espejo. Y entonces cruzars ... Qu lindo eres! S, nos encontraremos al otro lado ms o menos a las seis horas de que t hayas pasado. Ese es el tiempo de que dispondr Waldo para organizarlo todo. Por ah no habr problemas. Pero, mi amor, tu cuerpo ... qu pasar con tu cuerpo? Tenemos que seguir apostando, preciosa. Pero es un riesgo pequeo; diez a uno a que Weacock lo trae de vuelta al Centro. Por otra parte, creo que sabr volver aun ignorando el paradero preciso de mi yo material. Y, en ltima instancia, si logramos el pleno tampoco sera grave renunciar a mi cuerpo. Ya sabes a lo que me refiero ... S, pero es que me cuesta tanto imaginarlo; es tan maravilloso que me da miedo crermelo.

11 de diciembre de 2007

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Habla Gabriela al otro lado del espejo

Cuando cruc, me vi en una sala de blanca inmensidad. Seis planos didricos, superficies nveas brillantemente pulidas, cada una cruelmente sujeta por cuatro lneas aceradas, aristas en las que el blanco planar se intensificaba en luz hiriente. Mir en mi derredor y nada vi, salvo el color blanco de la nada. El aire que no haba empez a remolinearme en una espiral cnica cuyo eje horadaba mi mdula. Fui girada sobre m misma rindiendo los ojos al estupor de la desorientacin. Ya no haba espejo y enseguida no supe qu eran paredes, qu suelo y qu techo. Las aristas de luz vibraban y se tornaban curvas, desgarrndose de los planos que ataban. Y as, lneas, planos y espacio escapaban de la geometra rgida y me envolvan transfigurndome. Yo era el espacio que me contena y entonces empec a escuchar los cantos. Eran millones de voces superpuestas en los miles de idiomas de los muertos. Pese al guirigay de sonidos mi alma se meca tranquila entre ellos, identificndolos en el no tiempo y uno a uno sintindolos. Paseaba oyendo, oliendo, tocando y viendo las voces con sus caras y aromas, sus brumas de sueos. Me enredaba y desenredaba en mltiples recuerdos y as, acento tras acento, o el spero rasgueo de la slabas osetias que refrescaron mi cara con los aires del Cucaso. Salud a un hombre joven, de ojos azules profundos y tristes, cuya mirada evocaba una larga estirpe desde los sanguinarios escitas. Supe enseguida que l haba de ser quien me confesara el secreto, quien me recordara lo que el ngel ocult al sellarme los labios. Entonces, callaron todas las voces, se detuvo el revoloteo incesante. Quise acercarme al joven escita pero estall en aicos acristalados el silencio inaudito. De pronto estaba sola en una nave hipstila reverberada con ecos sordos. Los aleteos de un ave a mi espalda me alertaron; una gran rapaz en rpido vuelo pas sobre m, dejando

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caer dos largas plumas. Asindolas, deje que me arrastraran tras ella y sent mi cuerpo, vestido con tnica blanca, convertirse en mvil areo entre columnas de mrmol. Volaba y volaba y volaba, jaleada por los murmullos sordos e ininteligibles, hasta que el espacio se abri a un cielo infinito y callaron los rumores y apareci el color y la msica, plena de notas mojadas. Estaba en un prado, una inmensa llanura de yerba verde, una alfombra hmeda, mullida en la que mis pies descalzos se hundan. El ave haba desaparecido; tambin las plumas. Ante mi, slo verde y azul en dos bandas horizontales, lmpidas, que dividan mi panorama. Empec a andar sin referencias, dejando que esa msica absoluta me guiase. Anduve un tiempo que se me haca eterno, por ms que supiese que no transcurra. Sin embargo, senta en mi cuerpo la retrospeccin orgnica. Caminaba con la mirada alineada en el horizonte mientras mis clulas deshacan hacia atrs su desarrollo y as fui joven, nia, embrin y me descubr luego una anciana, una mujer madura, otra joven, otra nia, otro embrin y de nuevo anciana, mujer, nia, embrin y as una y otra vez, cada vez ms rpido, mientras el paisaje mutaba y, despacio, se iba salpicando de detalles, desperezando sus topografas la llanura, estarcindose de nubes el cielo. No s cuantas generaciones haba recorrido, ni s siquiera si fueron todas en una misma dimensin vital, cuando divis a lo lejos los primeros arbolillos de un bosque otoal. Para entonces, la meloda transitaba en arpegios cada vez ms sombros como iban tornndose los colores del prado y del cielo. El azul se oscureca y nubes deshilachadas aparecieron como latigazos caprichosos. Aceler mis pasos. Llegu al bosque cuando la luz del aire se haba tornado del color del fuego. Me di cuenta, sin apenas asombro, de que mis pies flotaban sobre un mar de hojas secas y de que la materia de mi cuerpo se hallaba en un estado a medio camino entre lo slido y lo gaseoso. Era una especie de ectoplasma gelatinoso, de apariencia cambiante. Mi rostro (s, poda vrmelo) eran mil rostros en etreas superposiciones sucesivas y mi piel vibraba dibujando fractales en el aura. El bosque era un hayedo, muy igual y tambin muy distinto de aqul en el que me revelaste tu secreto. Las hojas infinitas tean con todos

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los colores del otoo acordes de violines largamente sostenidos. Llegada al centro del bosque, la ansiedad me atenaz. De pronto la msica haba cesado, el aire se aquiet pesado, la sinfona vegetal se atenu hacia un gris rojizo. Los troncos desnudos se llenaron de ojos que me miraban. Son los ojos azules del joven escita que se multiplican y empiezan a sangrar fluidos negros que, resinas viscosas, resbalan por las cortezas de las hayas y corren formando ros radiales hacia m, haciendo un charco negro de lquido denso y fro en el que me hundo; aunque no s si soy yo la que caigo por el sumidero oscuro o, por el contrario, es esa sustancia la que se convierte en columna mercuriana y me penetra por la vagina, invadindome, llenndome. Y entonces, justo cuando estoy a punto de sentir en el paladar el sabor acre del miedo lquido, o tu voz gritando mi nombre. Cada slaba de mi nombre por tu voz multiplicada se hizo un eslabn de una cadena de terciopelo y esa cadena se enrosc con cien vueltas alrededor de mi cuerpo para de golpe, como si fuera jalada por una voluntad omnipotente, alzarme por encima de los rboles y catapultarme vertiginosamente hacia los espacios celestes. Vol otra vez, pero ahora sin rapaz que me guiara ni plumas en las manos, y no haba columnas a mis flancos. Cruzaba un cielo casi negro y casi mudo y, a pesar de ser una rfaga apresurada, perciba que de mi cuerpo iba cayendo el negro miedo lquido, igual que el agua de una esponja. A medida que la ansiedad me abandonaba, el cielo iba tomando color y el aire dejndome or su tenue msica. Ya me senta totalmente liviana cuando apareci un sol inaugural en el firmamento rojo y justo delante, enfrentado a mi mirada, este castillo en el que estamos. De pronto mi vuelo era el flotar de una pelusa, una suave cada hacia los matorrales al pie de las murallas. Me enderec y atraves el prtico de piedra y aqu, en este patio central, t me esperabas sonriendo. Y ahora dime t, amor mo, cmo has llegado?

18 de diciembre de 2007

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Diarios de Fabin Weacock (nota previa del editor)

Acontecimientos recientes El presente volumen es la transcripcin de las pginas manuscritas que pudieron recuperarse de los cuatro cuadernos que Fabin Weacock guardaba en el escritorio de su despacho de director del Centro de Salud Mental Vega del Jarama, integrado en la red sanitaria pblica de la Comunidad Autnoma. Como es sobradamente conocido, dicho centro sanitario qued asolado por el devastador incendio de la pasada nochebuena. El da veinticuatro, hacia media tarde, una llamada annima alert de la colocacin de varios dispositivos incendiarios, requiriendo la pronta desocupacin del inmueble. Agentes de defensa civil y del servicio antiterrorista, pese a rastrear con las ms modernas tcnicas todo el edificio, no pudieron detectar nada; sin embargo, a instancias del propio Weacock, se opt por el desalojo de pacientes y personal sanitario, tarea que fue culminada poco antes de las nueve de la noche. El viejo casern qued pues vaco, as como los frondosos jardines que lo rodean; la parcela, acordonada en todo su permetro por las fuerzas de seguridad. Hacia medianoche, en breves segundos, varias explosiones seguidas, rematadas por una traca final tremendamente sonora, dieron paso a una espectacular llamarada que brotaba salvaje hacia el cielo rasgando el lucernario del patio central; otras ms pequeas, como ramas de un mismo rbol gneo, asomaban por las varias ventanas de ambas plantas. Las labores de extincin fueron largas y penosas; estaba alto el sol cuando se dieron por acabadas. Del elegante edificio fin de siecle quedaba poco ms que un esqueleto de hierros y ladrillos; paredes carbonizadas, ventanas sin cristales, los faldones de las cubiertas hundidos en su mayor parte ...

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Fue entonces, cuando las autoridades sanitarias recuperaron el control, que se constat la desaparicin de Weacock. La jefa de enfermeras result ser la ltima persona que lo haba visto, cuando juntos dieron una ltima ronda de inspeccin por el Centro, ms o menos hacia las nueve y media de la noche. Algo despus, sobre las diez, con apenas un par de minutos entre ambos, Weacock haba grabado dos mensajes en sendos contestadores telefnicos. El primero, en el de la consulta del doctor Francisco Aiza, presidente de la Asociacin Espaola de Psiquiatra; el segundo, en el de la sede barcelonesa de la Agrupacin Gestltica Europea. En ambos deca lo mismo: "Soy Fabin y esto es una despedida; as que ajo y agua, y a olvidarse de m, hijos de puta". Ambas llamadas fueron realizadas desde un mvil que no volvi a usarse. Pasado el incidente se comprob que faltaba tambin uno de los pacientes del Centro, cuya identificacin no ha sido facilitada hasta la fecha por la autoridad judicial. No obstante, se sabe que ese paciente era un extrao personaje, de cierta categora, a quien el director le conceda no pocas prebendas. Se dice, por ejemplo, que pocos das antes del incendio este paciente, acompaado por dos enfermeros, haba salido del Centro para gestiones particulares; de hecho, nadie estaba seguro de haberlo visto de regreso. La publicacin de los cuadernos de Weacock no ha estado exenta de avatares. El incuestionable prestigio del profesor, reconocido como una de las mayores autoridades en las patologas esquizoides y un polemista controvertido que estaba aportando nuevos enfoques a la psicologa de la conciencia, era motivo ms que suficiente para que varias editoriales se interesasen, al certificarse su desaparicin y encontrarse los cuadernos, en su publicacin. Sin embargo, tanto el doctor Aiza de la AEP, como el seor Marc Caspers de la AGE, se opusieron insistente y aparatosamente a que los cuadernos viesen la luz, argumentando la conveniencia de que fueran previamente estudiados y expurgados por sus respectivas instituciones. Cada uno alegaba presuntas relaciones de colaboracin cientfica con Weacock, llevadas a cabo con intensa afinidad; sin embargo, no aportaron ninguna prueba convincente al respecto, mxime cuando ellos dos eran justamente los receptores de los insultantes mensajes telefnicos. Finalmente nuestra editorial, en la que Weacock ha publica-

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do el grueso de su importante obra, obtuvo autorizacin judicial para disponer de los cuadernos y darlos a conocer al pblico interesado.

Breves apuntes biogrficos Fabin Weacock tena 49 aos en el momento de su desaparicin. Nacido en Mendoza (Argentina), con apenas ocho aos perdi a sus padres en un accidente de trfico. Una Fundacin benfica juda radicada en Florida (USA) se ocup desde entonces de su tutela, de acuerdo a disposiciones testamentarias de Deborah, la madre. Muy poco conocemos de los antecedentes familiares de Weacock, que l procuraba ocultar, cuando no envolver en sombras de misterio. Sabemos, eso s, que su padre era un ingeniero de origen britnico que trabajaba para una compaa ferroviaria en el norte de la Argentina. Archibald Weacock haba conocido a Deborah durante la estancia de la joven en Mendoza. Debbie era una joven cubana, se deca que de una muy buena familia de la isla, terratenientes del tabaco; tambin se deca que viajaba por el continente para mantenerse apartada de la convulsa situacin cubana. Fuera verdad o no (otras versiones refieren que la chica era hija ilegtima de un gangster judo que controlaba los casinos de La Habana), parece cierto que Debbie, de veintids aos, y Archibald, de cuarenta, se conocieron y enamoraron en la fiesta de ao nuevo de 1958. El amor fue algo ms que platnico y para San Valentn el ingls dej claro que saba cul era su deber de caballero. As que, en los ltimos das del verano austral se celebr la boda y a finales de agosto del 58 naci un nio. Se le llam Fabin porque tal era el nombre de quien fue su padrino, un mulato enjuto que hablaba con miradas silenciosas y que acompaaba a Deborah en su viaje. Fue este Fabin quien, ocho aos despus, sin explicaciones, embarc con el pequeo Weacock en un avin a Miami. Tampoco tenemos muchos datos del Fabin nio y adolescente. Parece que vivi en diversas ciudades de la costa atlntica estadounidense, siempre en barrios residenciales perifricos y asistiendo a selectos colegios privados. Era un chico extremadamente inquieto pero tambin muy inteligente; con slo diecisiete aos, ya graduado en biologa, aprob el examen de admisin de Medicina con la mejor

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nota de su promocin y entr en la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore. Desde los primeros cursos, Weacock manifest sus preferencias por la psiquiatra y, especialmente, por las corrientes ms crticas provenientes del psicoanlisis. El propio Weacock, aos ms tarde, confesara que la lectura en esos aos del libro de Thomas Szasz, El mito de la enfermedad mental (1961), le impresionara profundamente; tanto que en el tercer curso decidi trasladarse a la Universidad de Siracusa (NY) y convertirse en alumno del clebre psiquiatra de origen hngaro. Al ao siguiente, sin embargo, cruz el pas para matricularse en la Universidad de California en Santa Cruz con la intencin de asistir a las clases de Gregory Bateson, cuyos enfoques semiticos sobre la esquizofrenia y sus planteamientos holsticos le interesaban sobremanera. Fabian Weacock tena veinte aos recin cumplidos cuando se instala en California. Probablemente no llegara a asistir a las clases universitarias de Bateson quien, en ese ao 1978, abandona la universidad para pasar los dos ltimos aos de su vida dirigiendo cursos nada convencionales en el Instituto Esalen. Con casi total seguridad, Weacock seguira al anciano profesor a esa extravagante institucin, en la que se combinaban charlataneras vacuas de una balbuceante new age con intuiciones geniales de tantos notables que por all pasaron. Es posible que contemplando los mgicos atardeceres sobre un pacfico embravecido contra los acantilados del Big Sur, naceran muchas de las ideas que Weacock luego habra de desarrollar. Tambin all, en la costa californiana, conoci a Thala, una mexicana veinteaera peleada con su millonaria familia del DF y refugiada en Esalen gracias a la generosa asignacin de su abuela. Cinco aos vive Weacock en California; suponemos que curs varias disciplinas, completando la licenciatura en medicina y llegando a trabajar en el Mental Research Institute de Palo Alto. En 1981 nace su hija Sarah y pocos meses despus contrae matrimonio con Thala. El periodo californiano toca a su fin en enero de 1983. En esa fecha, Weacock, Thala y Sarah viajan a Miami convocados por la Fundacin que, hasta entonces, le prodigaba un ms que generoso sustento econmico. Parece ser que la estancia en Florida tuvo por objeto una especie de liquidacin financiera, acabando a partir de enton-

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ces la vinculacin entre Weacock y la misteriosa institucin juda. Aos despus, con motivo de la tan aireada disputa con los laboratorios Novartis de Basilea a propsito de los inhibidores de serotonina en el tratamiento de la esquizofrenia, se public en algunos peridicos de pases centroeuropeos que la fortuna de Weacock (parte de la cual estaba invertida, justamente, en la industria farmacutica suiza) tena su origen en la herencia del multimillonario mafioso Meyer Lansky, precisamente muerto en Miami en enero de 1983. Preguntado al respecto, Weacock eludi cualquier explicacin, limitndose a afirmar que, de acuerdo al testamento de su madre, haba de acceder al control de su patrimonio al cumplir los veinticuatro aos. En 1985 Weacock y su familia fijan su residencia en Madrid. Antes haban pasado poco ms de un ao en Mxico DF, tiempo en el que Thala se reconcili con sus padres. Durante su estancia mexicana, avalado por su suegro, un importante industrial muy relacionado con el sector biotecnolgico californiano, Fabin estrecha contactos con importantes personajes del mundo financiero y acadmico, rumorendose que ingresa en distintos crculos ms o menos restringidos y ms o menos esotricos. En esa misma lnea, se afirma que su desplazamiento a Madrid obedeca a oscuros designios de algn tipo de conspiracin secreta. Como fuera, lo cierto es que al poco tiempo de su llegada el nombre de Weacock adquiere notoriedad en los ambientes psiquitricos y desde entonces ha sido referencia inevitable no slo en el campo de la salud mental sino en muy diversas reas de la vida cultural y social espaola. Estos ltimos veintidos aos espaoles habran sido la vida feliz de un profesional de xito si la tragedia no la hubiese rasgado con un zarpazo cruel y repetido. En el verano de 1987, Thala y Sarah, de 28 y 6 aos respectivamente, mueren en el acto en un brutal choque contra un camin en la autopista de La Corua. El golpe cambia radicalmente el modo de ser de Weacock; deja de ser una persona alegre y extrovertida para convertirse en un hombre hurao, de exacerbado sentido crtico. Abandona su recientemente ganada ctedra en la Universidad Autnoma y se encierra durante dos aos en su casa de la colonia de El Viso, dedicado a la lectura y a la investigacin. Ya en los noventa, tras la publicacin de su controvertido ensa-

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yo Contra casi todos (fobias psiquitricas argumentadas), vuelve a la vida pblica, afianzando su fama de sabio erudito, contertulio incmodo, profesional riguroso, polemista acerbo y misgino insolidario. A pesar de haber siempre negado cualquier concesin a la correccin poltica (y mucho menos adulado a los poderosos), sus incuestionables cualidades profesionales le granjearon los apoyos suficientes para ocupar cargos relevantes en el sistema de salud, como el que desempeaba en el momento de su desaparicin.

Los cuadernos Est bastante claro que en los cuadernos que ahora presentamos Weacock verta, no muy ordenadamente, sus ideas sobre la esencia de la realidad y de cmo la percibimos, con vistas a una publicacin de naturaleza divulgativa. Es fcil colegir que la escritura de cada una de las entradas corresponde a una reflexin a partir de la lectura de alguno de los autores principales en este debate; en cierto modo, no sera muy errneo afirmar que el ensayo que estas notas esbozan podra haber sido una continuacin y profundizacin de su polmica obra Contra casi todos. Muchos de los autores que entonces eran objeto de sus refutaciones crticas (Jung, Laing, Lacan, Bion, Schneider, Reich, Jaspers, Foucault, Szasz, Bateson ...) son revisitados; pero aparecen nuevos, escasos los provenientes de la psiquiatra/psicologa y, en cambio, abundantes los pensadores de otros humanismos, especialmente filsofos y antroplogos. Entre las novedades sobresalen personajes iconoclastas y, sobre todo, materias que tienen poco encaje en los curricula acadmicos y que suelen agruparse bajo la ambigua etiqueta de esoterismos. No es nuestra intencin pontificar sobre las tesis de Weacock, mxime cuando los propios cuadernos no van ms all de sealar rutas que estn muy lejos de ser precisas. Aun as, no creemos errar en demasa, si apuntamos que sus indagaciones desarrollan la identidad esencial entre realidad e informacin. Somos slo informacin; tal es el ncleo subyacente a la materia, a la energa. Weacock parte de la trinidad lacaniana (lo real, lo imaginario y lo simblico) para admitirla slo a efectos didcticos, pero negndola como herramien-

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ta de conocimiento. De hecho, sostiene, el discernir entre los tres niveles, en vez de ser una nota de salud mental, representa la ms profunda limitacin del humano y, por ende, su trgica condena existencial. La esquizofrenia aparece, bajo esta ptica, gracias a su confusin decodificadora, como una de las vas de escape de nuestra condicin maldita. Aunque no es la nica, ni siquiera la ms adecuada, debido a las crisis orgnicas y vitales que conlleva, ha sido a partir del estudio de estos pacientes, parece insinuar Weacock en algunos pasajes, y de su correlacin con diversas experiencias antropolgicas, que se le han abierto otras posibilidades de conocimiento. En este sentido, las notas que en el cuaderno cuarto dedica a las principales obras de Mircea Eliade son sorprendentes y obligarn, sin duda, a una revisin crtica de las tesis clsicas del sabio rumano. Ciertamente, cuesta negar la ilacin que propone entre el mito y el sueo, ms all de la barrera de la muerte, as como resulta de lgica necesidad la existencia, aunque solo fuera terica a modo de una constante fsica, del decodificador (o codificador, si se prefiere) universal y atemporal, la sustancia a la que Weacock bautiza con el curioso trmino de necrosomnia. No sigamos elucubrando y dejemos a los interesados que lean libres de prejuicios las pginas que siguen. Estamos seguros, en todo caso, de que las revolucionarias tesis, que ms que sostenerse se apuntan, han de convertirse en material fecundsimo de prximos debates, revisiones acadmicas, desarrollos cientficos, creaciones filosficas. Pero antes de cerrar la introduccin conviene aclarar algunos extremos sobre esta publicacin. En primer lugar, como el lector comprobar, el volumen que tiene en sus manos est dividido en cuatro partes, correspondiendo a cada uno de los cuatro cuadernos recuperados. El orden de cada parte de este libro coincide con el orden sucesivo de las pginas del cuaderno de que se trate, que presumimos cronolgico (cuando Weacock marca la fecha de lo escrito, se ha dejado constancia de sta). Sin embargo, parece que nuestro autor escriba en los cuatro cuadernos simultnea, alternativa o aleatoriamente; por tanto, es difcil asegurar las relaciones temporales entre pginas de dos cuadernos distintos. Parece lgico pensar que Weacock dedicaba cada cuaderno a unos propsitos especficos, pero las hiptesis al respecto preferimos dejarlas al lector. Otra adverten-

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cia importante es que varias pginas de casi todos los cuadernos estaban muy deterioradas por el fuego, resultando ilegibles; tal circunstancia se hace notar pertinentemente en la presente edicin. Por ltimo debemos decir que hay suficientes motivos para pensar que estos cuadernos no eran, en absoluto, el nico material, ni siquiera el ms relevante, que Weacock estaba produciendo acerca de sus preocupaciones intelectuales. Tenemos casi la certidumbre de que Weacock desapareci llevndose ingente cantidad de informacin sobre los asuntos de que tratan los cuadernos. Descartado que la presencia de los cuadernos en el despacho del Centro se debiera a un olvido, la pregunta es obvia (aconsejamos que se mantenga en la mente durante la lectura de las siguientes pginas) : Qu pretenda Weacock dejando que se conociera el contenido de los cuadernos?

25 de diciembre de 2007

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Una entrada de los Diarios de Fabin Weacock

Presentamos las ltimas pginas del cuaderno amarillo, correspondientes a una entrada que Weacock debi escribir hacia mediados de diciembre de 2007. Son cuatro hojas manuscritas a ambas caras que, si bien daadas por el incendio, han podido ser transcritas en su mayor parte, con la excepcin de la cara posterior de la tercera hoja y la parte superior de la cuarta; estas interrupciones se indican adecuadamente en el texto siguiente. (Nota del Editor).

Nuestra dimensin no es sino una de las infinitas danzas brownianas posibles y, por ende, reales. Llammoslas universos paralelos o como se quiera; al fin y al cabo, carecemos de nombres. Y, sin embargo, he de recurrir a las palabras; no tanto para que otros me entiendan como para atisbar yo mismo mis intuiciones que intentan desvelar los misterios. Habr de usar metforas, a pesar de sus engaosas trampas. Seamos pues cuidadosos y no les demos ms crdito del que merecen. Las partculas que somos este universo, la masa y la energa de un nico todo repartido en casi infinitas (pero no) partculas movientes. Con ese movimiento creamos el espaciotiempo. Imagino nuestro universo espaciotemporal como un tubo que se va generando en geometra hiperblica, dibujando una trayectoria catica, retorcidamente aleatoria. Pero hay otros universos movindose e interaccionando con el nuestro. Supongamos un cruce de las trayectorias de dos de estos sistemas de danzas csmicas y supongamos que una partcula de uno pasa a otro ...

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En cierto modo, puede ayudar el famoso experimento del gato de Schrdinger. Por supuesto que el gato est vivo y muerto a la vez, slo que en dos universos distintos. Entonces, la partcula alfa radiactiva es la que abre la puerta a la dimensin paralela de la probabilidad cuntica. No, por supuesto que no ... Pero en el experimento del genial austriaco funciona como muleta mnemotcnica: bstenos retener que existen vasos comunicantes. Qu pobres me resultan todas las metforas que se me ocurren! No, no hacen falta reacciones nucleares ni nada por el estilo. Es cuestin slo (slo?) de saber ver, seguir, el cdigo informtico de cada universo. Algo as como cambiar nuestro sistema operativo a otro lenguaje. En la ms microscpica escala somos slo informacin, secuencias binarias de partculas y antipartculas; esas secuencias son nuestras danzas cosmognicas. Saber ver ... Ha habido muchos que han salido de nuestro universo, que han interactuado en otro en diversos grados. Desde mis primeros aos de clnica, en California, comprend que no pocas esquizofrenias parecan responder a (aparentes) errores en el "sistema operativo" del paciente; como si su software se desconectase, ms o menos radicalmente, de nuestro universo. Esos errores, en contrapartida, parecan dotar a los enfermos de vas de acceso a otras realidades. Pero hay algunos esquizofrnicos singulares. No estn aquejados de ninguna patologa; por eso es un error someterlos a las terapias habituales, intentar privarlos de sus dotes. Son personas con cerebros capaces de funcionar en ms de un sistema operativo y, lo que es fundamental, capaces de alternar voluntariamente entre sistemas operativos. Es como si supieran encontrar los puntos de interseccin entre las trayectorias caticas de los universos en los que se mueven, para pasar de uno a otro, como si cruzaran umbrales mgicos. Maravilla que alguien pueda encontrar esas puertas. Uno piensa que la infinitud combinatoria de las posibilidades ha de generar universos siempre divergentes. Y quizs sea as pero, al mismo tiempo (tiene sentido hablar de tiempo?) no dejen de estar siempre lo suficientemente cercanos (qu quiere decir cercana o alejamiento en este contexto?) o, al menos, abundantemente intercomunicados.

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Recuerdo ahora aquel curso sobre geometra fractal y las muchas ideas que me sugiri; aunque siempre se me escapaba su comprensin ntima. La curva de Koch, por ejemplo. Imaginemos cada iteracin como la trayectoria de un universo que va desde A a B y supongamos que el segmento recto inicial es un fragmento de la de nuestro universo y cada iteracin simboliza otro distinto. Se me ocurri entonces que cada segmento es un evento, un algo, constitutivo de la realidad, de cualquier realidad. Sera ms bien un algo percibido. Entonces (es otra hiptesis) las distintas fases iterativas corresponderan a sucesivamente superiores estados de conciencia. En la iteracin 0 (nuestro universo) percibimos un evento, pero basta una iteracin para que la curva de Koch genere cuatro, siempre entre A y B. Y pasaramos a otro estado de conciencia y somos capaces de percibir 16; y luego 64 y 256 y 1.024 y 4.096 ... Hay lmite? Matemticamente no lo hay, es perderse en el infinito. Sin embargo, estamos todo el rato ah cerquita, apenas alejados de la trayectoria original ms del vrtice del primer tringulo. Tan cerca y tan lejos ... Pero tiene que haber un lmite porque no cabe la divisin infinitesimal; las realidades se componen de partculas discretas en sus escalas ms mnimas. En todo caso, que no se pueda seguir hasta el infinito no impide asombrarse de la inmensidad de esta combinatoria csmica: estamos tan lejos de las dimensiones cunticas. A efectos prcticos, por tanto, el nmero de otros universos (o los niveles de complejidad de los estados de conciencia, si se prefiere) es como si fuera infinito. Hay otro aspecto que anoto. A medida que profundizamos en la complejidad de la realidad, que nos adentramos en universos ms ricos en el nmero de los eventos percibidos, van perdiendo consistencia las leyes de la fsica. Entramos cada vez ms en los dominios del caos y el error estadstico se va imponiendo. Las cosas (perdneseme el sustantivo) empiezan a desvelar su verdadero comportamiento browniano, cuando somos capaces de verlas en sus componentes. --------------------

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... pese a las reticencias tanto de la corriente oficial de la psiquiatra espaola como de los locos ambiciosos de la gestltica de Barcelona. X afirma, no obstante, que slo accediendo a esos estados de conciencia superiores cabe establecer una mediacin teraputica con los esquizofrnicos. Al mismo tiempo me explica los riesgos que, en el fondo, no son sino los de los propios enfermos: ser incapaz de encontrar las puertas, de cambiar de software a voluntad. Entran aqu en juego las sustancias y esto nos lleva a adentrarnos en la historia de las investigaciones esotricas, desde Eleusis hasta nuestros das. X, por supuesto, dispone de su propia sustancia psicotrpica; la llama el sueo de muertos e incluso, en un alarde de pedantera filolgica, la ha bautizado como necrosomnia. Sorprende que alguien de formacin cientfica tan slida, crea ciegamente en la eficacia objetiva de algo que dudo que no sea sino nada. ste, como otros muchos rasgos de la personalidad de X, hacen que me cuestione continuamente el tratamiento que debo aplicarle. Pero, al margen de mis dudas profesionales, lo cierto es que mis conversaciones con X me estn resultando enormemente productivas. De pronto, muchas de las teoras dispersas que he ido estudiando durante los ltimos veinticinco aos empiezan a encajar unas con otras. De otra parte, no puedo evitar un cosquilleo inquieto cuando pienso en las posibilidades de vivir las otras vidas no vividas (las que me arrebataron), por ms que procuro resistirme a tan tentadores seducciones. Adems, no termino de fiarme de X; presiento que para l no dejo de ser un pen en un juego que no alcanzo a ver pero que intuyo siniestro. Ya es tarde. Procurar maana poner por escrito lo que X me ha contado sobre los cambios de realidad tras la ingestin de un pastel de sueo de muertos en relacin con algunas de mis viejas intuiciones sobre universos paralelos.

5 de enero de 2007

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El sexo es sucio

En 1928, en una villa cerca de Florencia y enfermo de tuberculosis, David Herbert Lawrence escribi El Amante de Lady Chatterley. La novela se public en ediciones privadas en Florencia y en Pars y fue desde sus inicios motivo de escndalo. Lawrence siempre neg las acusaciones de porngrafo y escribi dos ensayos especficos (Pornografa y Obscenidad y A propsito del amante de Lady Chatterley) para explicar que la visin pornogrfica del sexo deriva de una concepcin enfermiza. En Inglaterra la novela se public expurgada de sus pasajes ms escabrosos, hasta que en 1960, Penguin Books decidi publicar el texto ntegro (para entonces, Lawrence llevaba treinta aos muerto). Un ao antes, en 1959, el Parlamento Britnico haba aprobado la Ley sobre Publicaciones Obscenas que, modificando la anterior de 1857, salvaba de la censura por pornografa aquellas obras de mrito literario. Pese a ello, la fiscala llev a juicio la obra, consciente de que el caso haba de sentar jurisprudencia sobre la pornografa. El veredicto del Tribunal fue no culpable y supuso no solo que a partir de entonces la novela se publicase libremente (y haya pasado a considerarse una obra importante de la literatura del siglo XX) sino una notable apertura en los criterios de la censura oficial. Se estaban iniciando los 60, y este hecho tiene su importancia en lo que se dio en llamar la revolucin sexual. En su defensa, Lawrence sostena que, a partir de cierto momento (en concreto en Inglaterra, desde el renacimiento y como consecuencia de las epidemias de sfilis), se perdi una relacin natural e inocente con el sexo, pasando a considerarlo algo sucio y revistindolo de tabes. No me convence para nada la explicacin histrica de Lawrence (por ms que hable de una actitud sana ante el sexo

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previa al reinado de Isabel I, remitiendo a la alegre y franca literatura de Chaucer); sin embargo, s coincido en que, efectivamente, vemos el sexo como algo sucio en s mismo. Ciertamente, mucho hemos avanzado desde la moral represiva victoriana, prolongada en Espaa hasta hace relativamente poco. Se han ido removiendo las prescripciones legales (por decirlo de alguna forma) respecto a la suciedad del sexo, pero no creo que se pueda negar seriamente que estamos muy lejos de haber limpiado nuestra concepcin sobre el sexo. Los tabes vinculados a la sexualidad los llevamos (al menos yo) muy en lo profundo de nuestra personalidad (en el inconsciente freudiano?) y por ms que los rechazamos desde el anlisis racional, ah siguen, incidiendo notablemente en nuestros comportamientos. El tab es algo que no es lcito mencionar. Los tabes son prohibiciones de las que no se habla porque sacarlas a la luz nos avergenza. Los tabes, adems, son sociales, son asumidos como tales por la sociedad en su conjunto, por ms que individualmente haya quienes no los consideren tales. Ciertamente, si nos comparamos con los das del juicio a la novela de Lawrence, el sexo es ahora menos tab que entonces. Habr quien piense, engaado por la abundancia de su exhibicin, que ha perdido ya tal condicin. Pero no es as. Hablamos mucho de sexo, s, pero "desde fuera", sin implicarnos personalmente, sin atrevernos a considerarlo algo normal. El sexo, la actividad sexual, no es simplemente lo que es en s misma, sino que es, adems, una complejsima sarta de implicaciones psicolgicas que tocan los recovecos oscuros de nuestra intimidad. Si no considerramos que el sexo es algo sucio, no nos costara hablar sobre cmo lo practicamos, los aspectos que nos sorprenden o molestan, las eventuales disfunciones ... Tampoco, si no lo considerramos sucio, habramos estigmatizado el placer sexual ni a los profesionales que lo procuran. Para m, el ms contundente argumento sobre esta apreciacin pecaminosa del sexo, es la necesidad (ideolgica) de redimirlo con el amor. Hacer el amor (que no follar) con alguien a quien amas, dignifica el sexo, lo eleva desde la inmundicia de su naturaleza. En cambio, follar, entendindolo como buscar slo el placer sexual, es un acto vil (aunque ya no lo condenemos), que en cierto modo nos de-

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grada. La excusa del amor no hace a mi juicio mucho bien, ni al sexo ni al amor. Lo cual no implica negarle al sexo su tremenda capacidad de propiciar comunicaciones afectivas entre las personas; o sea: que hay, sin duda, relaciones entre amor y sexo (de reforzamiento positivo mutuo). Pero, a veces, no ser capaces de asumir el sexo al margen del amor, como acto carnal en s mismo, es engrosar el tab oculto, alimentar nuestras vergenzas necesarias. Porque ... son necesarios los tabes, las vergenzas? Si liberramos al sexo de todo tab, si furamos capaces de asumirlo con la ms absoluta naturalidad y vivirlo, por ende, con plena libertad, no perdera acaso potencia la sexualidad? Hay muchos que piensan que debe preservarse el silencio de lo ilcito, que justamente el que sintamos el sexo como algo "sucio" es parte muy importante de su fuerza excitadora. Si as fuera, la transgresin del tab, como reclamaba el pobre D.H. Lawrence, quiz en vez de liberarnos nos aguara nuestra sexualidad. A tal conclusin parecen apuntar quienes de esto saben, cuando hablan, por ejemplo, de la funcin de las fantasas sexuales. A esta conclusin podemos haber llegado muchos, cuando nos atrevemos a desenmascarar las propias y, a veces, sorprendernos a nosotros mismos. Sera pues necesario seguir considerando el sexo como algo sucio para, transgrediendo el tab, excitarnos. De lo cual parecera que tenemos algn mecanismo mental que hace que nos excite la transgresin. No lo s, pero no termino de querer crermelo. Prefiero pensar que es un condicionamiento ideolgico, implantado ya hasta en lo profundo del inconsciente, resultado de muchos aos de deformacin cultural, de "ensuciados" de cerebro. Quiero pensar que si furamos capaces de limpiar de verdad el sexo, de asumirlo con la inocencia primigenia que reclamaba Lawrence, no por ello sera menos gozosa su prctica. En todo caso, esa es una meta para muy futuras generaciones. Yo ya estoy ensuciado; lo ms que puedo hacer es sacar esas suciedades al plano consciente para intentar desarticularlas (aunque sepa que nunca podr alcanzar el xito).

1 de diciembre de 2007

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Sergei Gennadiyevich Nechayev

Si alguien puede ser considerado el "inventor" del revolucionario, ese es Sergei Nechaev, nacido en Ivanovo en 1847 y muerto en 1882 en la Fortaleza de Pedro y Pablo (San Petersburgo) hace maana 125 aos. Robert Payne, en su clsica biografa de Lenin, le llama "el precursor" y dice de l que, aunque antes, y especialmente durante todo el siglo XIX, ya hubo varios que instaron la destruccin violenta de la sociedad entera, fue el primero que no la plante como un ensueo, el primero que descarnadamente asegur que poda hacerse. Nechaev defini la figura del revolucionario y, por lo que se sabe de su vida, parece que ciertamente fue fiel a su propio catecismo. Tanto es as que, estando ya en prisin y ante las dudas de la Nardnaia Volia (grupo terrorista estrechamente ligado a l) entre intentar liberarle o matar al Zar, les ordena que acometan el crimen (como efectivamente hicieron el 13 de marzo de 1881). El ascenso al trono de Alejandro III, mucho ms enrgico que su padre, supuso el drstico endurecimiento de las condiciones carcelarias de Nechaev, descubiertas sus relaciones con los magnicidas. El ltimo ao y medio de su vida lo pas en condiciones de aislamiento absoluto, alimentado a pan y agua y privado de luz; enferm de hidropesa, tuberculosis y escorbuto y fue cayendo en un progresivo enloquecimiento, atacado por recurrentes alucinaciones. Este hombre terrible muri solo, en silencio, con apenas treinta y cinco aos. Qu es la Revolucin? Para Nechaev (y a partir de l para tantas otros del siglo XX) es la destruccin total del orden social para conseguir la emancipacin y felicidad de las masas (punto 22 del Catecismo Revolucionario). En qu momento el joven Nechaev (y tantos otros despus) llega a la conclusin de que quiere consagrar su vida a liberar a los oprimidos y que para ello no hay otro camino que el de la violencia destructiva? Seguramente mamara los oprobios de la

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primera industrializacin en Ivanovo, ciudad de "ruidosos telares y obreros mal pagados". Luego, con diecinueve aos, instalado en San Petersburgo, se integrara en el activismo radical estudiantil muy influido por Bakunin. En dos o tres aos, ese muchacho mostr la personalidad del lder, form un movimiento revolucionario (no tan importante como temi la polica zarista) y adquiri un tremendo ascendiente sobre varios jvenes. Cunto habra de vanidad o de soberbia en esos afanes revolucionarios? La pregunta, por supuesto, vale para todos los que en la Historia han seguido su ejemplo (conocindolo o no). A finales de 1869 Nechaiev asesina a Ivan Ivanov, un compaero de su Asociacin revolucionaria. El chico se haba negado a obedecer una orden suya (colocar un pasqun en la pared del comedor universitario), por lo que, en una Junta y a instancias de Nechaev, se le conden a muerte por traicin. Lo mataron en un parque de Mosc, hundiendo su cadver, atado con piedras, en un lago. Cuando se descubri el cuerpo, la polica, poco a poco, fue desvelando la existencia de la asociacin revolucionaria y de diversas conspiraciones. Hubo muchos detenidos, pero entre ellos no estaba Nechaev; inmediatamente despus del asesinato huy de Rusia y vivi varios aos en Francia, Inglaterra y Suiza. Durante el exilio conoci y trat a Bakunin y a Herzen, y de ambos trat de sacar provecho con malas artes. Para entonces haba pasado a ser considerado una grave amenaza por los poderes rusos. Las investigaciones policiales sacaron a la luz diversos documentos y, entre ellos, el denominado Catecismo Revolucionario, que convenci al Zar y a sus ministros de que se enfrentaban a alguien que mereca ser tenido en cuenta. No se le quiso dar tregua y el 14 de agosto de 1872 la polica zarista lo detiene en un restaurante de Zurich. El Gobierno suizo, informado de que se le acusaba de asesinato, permiti la extradicin. Abro un parntesis para recordar que fue el crimen de Ivanov y su vinculacin a las conspiraciones revolucionarias y terroristas lo que motiv a Fidor Dostoyevski a escribir su obra Los Demonios. Me entero que Dostoyevski estaba en Dresde y que la publica en 1872; probablemente antes de conocer la detencin de Nechaev y, en todo caso, antes de saber el resultado de su juicio. En la novela, Ver-

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jovenski es el trasunto del revolucionario real. Apenas me acuerdo de ese personaje (algo ms, en cambio, de las angustias de Stavroguin, el protagonista); habr de releerla. Dostoyevski muri casi dos aos antes que Nechaev; aunque intuyera los abismos oscuros que podran abrir los revolucionarios no lleg a conocerlos (ni siquiera vivi el asesinato del Zar). Cierro parntesis. Creo que la lectura del Catecismo Revolucionario es sumamente instructiva; recomiendo encarecidamente que se lea detenidamente y se medite sobre cada uno de los puntos, se reflexione sobre el "programa moral" (o amoral, si se prefiere) que prescribe. Y no se descarte frvolamente porque esos mandamientos han sido interiorizados "honestamente" y respetados y cumplidos lealmente por muchas personas durante los ltimos cien aos. Por supuesto, los primeros fueron los bolcheviques, los que abrieron la caja de Pandora; a partir de ellos ... la intemerata. Merece la pena -repito- meditar sobre el Mal individual justificado por el Bien colectivo. Ser revolucionario, tal como lo define Nechaev, es ser una mala persona. No es la nica cara del Mal, pero es, sin duda, una de ellas. Cmo pueden todava hoy tener buena prensa los revolucionarios? Es irnico cmo el marketing (una de las ms descarnadas expresiones de la sociedad que la Revolucin pretende destrozar) ha edulcorado a los revolucionarios (pinsese en el Che) para su consumo romntico. Pero es mentira; la verdad es la del Catecismo.

2 de diciembre de 2007

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Orgasmos feraces y argumentos falaces

Hay orgasmos y orgasmos, vaya esta obviedad de entrada. Decan Bruckner y Finkielkraut en 1977 que el deseo del hombre que copula es lograr el abandono para alcanzar el xtasis femenino del placer sin tregua, en una prdida incondicional de su propio ser. Pero ellos hablaban de la continuidad cuasi-eterna de la excitacin y s, s a lo que se refieren, pero no es de ese orgasmo del que quiero hablar. Y sin embargo hay similitudes, parentescos tan estrechos que a veces precisarlos exige inventarnos un lenguaje. As que, cmo estar seguros de entendernos? Todos los hombres son mortales; Scrates es un hombre; ergo, Scrates es mortal. Barbara, Celarent, Darii, Ferio ... Quin se acuerda de los modos vlidos de los silogismos? Si las dos premisas son verdad, la conclusin necesariamente lo es. Por supuesto, hay que cumplir ciertas reglas; de las 64 posibles combinaciones en cuanto a la estructura formal de los tres juicios, slo diecinueve son correctas. Las errneas son falacias lgicas, algunas populares y con su propio nombre. Falacias lgicas, eso da para un buen rato de diversin, pero ahora no es el momento. Quiero hablar del orgasmo que es placer de abandono pero sin excitacin. Sera estrictamente el estado tras el orgasmo, el postorgasmo. Y sin embargo, llamarle post no le hace justicia; primero porque sigue siendo un xtasis (otro estado de conciencia), segundo porque no todos los despus alcanzan este grado. La cuestin (siempre la misma) es encontrar las palabras, la forma de expresarlo. Quiz la idea clave sea que es el placer separado del cuerpo, un placer desprendido de sus races sensoriales, aunque sean ellas las que lo hayan trado.

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Un silogismo sencillo: la primera premisa plantea la equivalencia entre dos categoras generales (A=B); la segunda, la pertenencia de un caso particular a la categora general que es el trmino medio (x!B); la conclusin, correcta, es que el caso particular se incluye en la primera categora general. Asisto con frecuencia a debates cuya decisin final puede entenderse como una conclusin similar a la descrita. Para legitimar su adopcin como si fuera una inferencia lgicamente necesaria, quienes la proponen (normalmente un jurdico) suelen explayarse en la argumentacin de la premisa mayor, la terica, y dar por sentada la menor. La eficacia de la falacia (qu gracia!) descansa tanto en el rechazo mayoritario a las discusiones abstractas como en el agotamiento mental con el que los participantes llegan a la discusin de la segunda premisa. Antes del orgasmo habra sido como ir subiendo el volumen de la excitabilidad de cada uno de los receptores sensoriales, cada una de las terminaciones nerviosas de nuestra piel que llevan los datos del placer a nuestras neuronas. De esa guisa, no slo amplificaramos nuestra sensibilidad hacia los estmulos placenteros, detectando la ms mnimas cargas de goce, sino que iramos abotargando la recepcin de cualesquiera otros tipos de sensaciones. Ha de intentar alargarse ese tiempo, el de la excitabilidad; han de buscarse y forzarse los lmites sensoriales, estirar casi hasta el desagarro las fibras de nuestra sensibilidad ertica. Es imprescindible el abandono, perder el control consciente para dejar solo ser al cuerpo: ser slo materia sintiente ... hasta que la sensacin (el placer) explote explotndonos. El ejemplo ms reciente lo viv hace pocos das; una reunin de una veintena de personas, cada una representando a alguna institucin. El asunto era si se daba luz verde a la iniciativa municipal, contraria al plan insular, de urbanizar unos terrenos. Larga argumentacin terica sobre el alcance competencial de dicho plan insular; un monlogo ledo con voz montona por el jurista estrella de la Direccin General de Urbanismo. La premisa mayor del silogismo era, a su vez, conclusin de complejos encadenamientos de textos legales y jurisprudenciales (hasta del Constitucional) sin que en ningn momento hubiera la mnima referencia a los terrenos concretos. Acabada la lectura, nadie se atrevi a discutir que A=B, pese a que en la

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argumentacin haba yo detectado ms de un salto en el vaco (pero no era un tema de mi isla, as que deba callarme). Hasta los asistentes ms tenaces haban ido rindindose al aburrimiento y desconectando en algn momento del discurso. As que la segunda premisa se acept, sin prestar apenas atencin. Ciertamente, si la premisa mayor era verdad (con la erudicin que se haba empleado para establecerla), ms habra de serlo la menor. Por tanto, la prohibicin de urbanizar del Plan Insular se haba de entender como una recomendacin no vinculante y se aceptaba la iniciativa municipal. A otro asunto. Cuando el placer explota (nos explota) vaca de sensibilidad todo nuestro cuerpo, porque todos los rganos sensoriales estaban excitados en la percepcin ertica y slo en ella. Entonces es como si todo lo que furamos (todo lo que sentimos que somos, al menos) fuera el placer ... Y el placer no es corpreo, por ms que salga del cuerpo, dejndolo vaci al salir, disolvindolo. Ha sido ya la explosin y la excitacin se ha ido, pero tambin se ha ido todo estmulo sensorial, se ha ido el cuerpo. Es ese periodo de absoluto abandono sin percepcin corprea lo que quiero seguir llamando orgasmo. No somos cuerpo, somos placer intenssimo sin soporte orgnico; somos, sobre todo, paz. A otro asunto, s, pero la premisa menor era falsa, deslegitimizando la conclusin, mas a quin le importa la lgica. Ese mismo da, otro ejemplo parecido: una sentencia judicial que declaraba ilegal lo que haba establecido un Plan Z sobre unos terrenos Y. Se trae a colacin para discutir una determinacin igual del Plan R sobre otros terrenos K. El carcter ilegal de Z sobre Y se ampla a R sobre K; ciertamente es la misma determinacin (clasificar terrenos como suelo urbanizable), pero para nada se trata de los mismos supuestos. Aunque, de nuevo, qu ms da. Estar sintiendo que no se tiene cuerpo (no sintindolo en absoluto) y que, por tanto, se es algo inmaterial. Esa inmaterialidad es puro placer, prorrogado del placer orgsmico y ahora suspendido, pareciera que eternamente. Cuesta describir con palabras la naturaleza de ese goce, quiz porque cuesta asociar paz, vaciedad, disolucin a placer, intensidad, alegra. En ese rato (cuya duracin temporal se

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constata una vez ha acabado) se siente que se entiende, que se alcanzan las verdades sin necesidad de silogismos. Son periodos feraces porque ese fluido incorpreo que uno es parece contactar, mezclarse, con otros que bullen en torno: ideas, sentimientos, imgenes ... cabe acaso clasificarlos? En cambio, de las reuniones institucionales que pretenden sustentar en la lgica las decisiones urbansticas saldra uno sintindose estafado si no fuera porque son ya demasiados aos. No son los argumentos para buscar la verdad, sino para enmascararla y, as, justificar intereses. A eso se le llama vestir el santo, por ms que los vestidos sean todos como el traje del emperador. Y, como en el cuento, cunta importancia se da a callar sobre las desnudeces, por obvias que sean. A eso se le llama guardar las formas. Pasado un tiempo (cunto?), uno va recuperando la sensibilidad corporal y, maldita sea, redescubrindose material. Y nuestra esencia mgica, fluida, desaparece como lo hace la niebla. Te queda la sonrisa tonta de la felicidad, mientras notas los achaques del cuerpo (ya no se es joven) e intentas en vano apresar las huidizas ideas, imgenes, sentimientos que te visitaron. Habrs de volver a manejarte con los argumentos respetando las reglas de la lgica, aunque no valgan para muchas cosas y se falseen para las que habran de valer. Pero en ese juego seguiremos, hasta que seamos muertos que suean.

8 de diciembre de 2007

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Decidi morir sin avisarme

Supuse que ella, mi ex-mujer, tendra los papeles del coche y por eso la llam. Mientras tecleaba el nmero de su mvil pens que haca mucho que no saba casi de ella. El nmero marcado est apagado o fuera de cobertura y en el fijo de casa saltaba el contestador. Llam entonces a mi hijo, tambin haca mucho, y fueron largos y muchos pitidos hasta que contest. Voz seria: estoy con mama en el cementerio, ha venido a morir. No quiso explicarme nada por el mvil, salvo darme la direccin del lugar. Cmo que a morir? Como una letana, la pregunta me martilleaba incesante mientras conduca en direccin norte, hacia un pueblo de la sierra. Una recada en la enfermedad? El cncer de nuevo? Llegu casi sin darme cuenta, como en sueos. Un edificio austero, campo de reposo, creo que deca en el rtulo sobre el umbral. Lo atraves y me vi en un espacio amplio, suelo de mrmol claro, paredes desnudas, salvo por algunas puertas. Por una de ellas apareci Ral, mi hijo. Me ve casi como si no me reconociera. Nos acercamos el uno al otro, despacio, pareciera que dudamos, que no sabemos qu hacer. Tiene los ojos muy hundidos, la mirada acuosa y seria. Dnde est? Ya ha pasado, ya no puedes verla. Quiero despedirme de ella, le digo. Ven, a lo mejor, todava ... Atravesamos la puerta por la que haba entrado y aparecemos en un claustro enorme, cada lado mide por lo menos cien metros. Todo es de piedra: grandes losas de piedra en el pavimento, gruesos muros de piedra a ambos lados de su permetro: uno, el exterior, ciego y jalonado slo por austeros machones; el otro, roto en arcadas de medio punto, tapiadas en todos sus vanos con cristales traslcidos.

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Ral me toma de la mano y me arrastra hacia uno de los arcos. Distingo, en la parte baja del cristal, a la altura de la boca, un crculo horadado. Silvia, digo, ests ah? Pasan unos segundos y ella habla, su voz parece sorprendida y a la vez tranquila. Esto es muy bonito, Jorge, tendras que haberlo visto. Bueno, podrs verlo a partir de maana; te va a gustar, ya vers. Silvia, pero ... por qu ests aqu? Sal, ven conmigo, hablemos. Ya no puedo hablar, Jorge, pero no te preocupes, aqu estar bien. Para siempre. Intento que mi mirada atraviese el cristal y me desvele lo que hay al otro lado, creo adivinar sombras que se mueven. Ral me sujeta por los hombros y, lenta y firmemente, me va separando de esa pared de vidrio. Vmonos, me dice, djala. Camino sonmbulo, como borracho. Al abrir la puerta que accede al vestbulo me parece ver que se cuelan dos osos pardos en el claustro. No entiendo nada, pero Ral camina sin inmutarse. Si quieres acompaarme a la oficina ... Hay que firmar algunos papeles, pagar, concretar los detalles finales. Me cuenta que Silvia ha querido ser enterrada en el jardn interior al cual abraza el claustro. Morir tras un par de horas de somnolencia opicea, de felicidad provocada con los frmacos precisos. Ha sido, efectivamente, una recidiva. Tres meses ltimos de sufrimientos, cada vez mayores. Slo Ral lo supo porque ella as lo quiso. Pero ya antes de los dolores, antes de las primeras, de nuevo, malas analticas, Silvia haba decidido pedir ayuda a la Fundacin. Quera ser la duea de su muerte, eso me dijo Ral que deca. A m no me quiso decir nada o quiz esperaba que apareciese para averiguarlo. Ral, obviamente, nada saba. Los hijos lo ignoran casi todo de los amores y desamores de los padres. Como fuera, yo no haba ido en mucho tiempo. Ahora caminaba por un sendero de gravilla con un dolor metlico e intenso; senta que se me rompan miles de clulas y quera llorar, pero no poda. Senta que habra de pagar y que habra de aprender a hacerlo. Y acert a vislumbrar la inmensidad de lo que nos haba faltado por decirnos, empezando por los papeles del coche.
9 de diciembre de 2007

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Historia verdadera de amor, desamor y sexo (I)

La historia que pretendo contar es, efectivamente, verdadera, por ms que mi narracin contendr algunas variaciones mentirosillas, requisitos obligados de una mnima cautela. Creo que es una historia interesante en s misma, que merece la pena contar. Pero a su inters narrativo propio se suma lo sorprendente que resulta cuando se conoce a los protagonistas: un matrimonio de clase media acomodada, aparentemente bastante convencional y a quien ninguno de sus amigos asociaramos para nada con transgresiones sexuales. Hay por ltimo un tercer factor que, a mis ojos, otorga relevancia a esta historia; se trata de que yo haya sido confidente escogido por ambos protagonistas (todava no salgo de mi asombro). Vamos all. Poco antes del verano, un buen amigo, llammosle Zenn, me telefone para invitarme a almorzar. Llevbamos un tiempo largo sin vernos, pese a que en los primeros meses tras mi separacin fue el nico hombre (mujeres hubo varias) con quien habl con bastante franqueza de lo que nos haba ocurrido, de mis sentimientos. Aclaro que, aunque l acept entonces su papel de interlocutor, no le sent demasiado cmodo asistiendo a mi desnudamiento emocional; de hecho, apenas pas de los lmites de la "correccin emptica" (espero que se me entienda), siendo bastante incapaz de abrirme su intimidad. Tampoco me extra mucho; que dos varones sean capaces de mantener "relaciones ntimas", que se cuenten lo que de verdad sienten, ms all de las tpicas poses masculinas, es muy poco frecuente. Pese a todo, esos ejercicios de nudismo emotivo asimtrico debieron calar en l ms de lo que percib porque, dos aos despus, cuando necesit hablar con alguien fue a m a quien llam.

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La comida transcurri hablando de trivialidades, si bien se haca cada vez ms notorio el nerviosismo de Zenn. En cuanto nos sirvieron los cafs, de golpe y a borbotones, me espet: "Laia quiere separarse y estoy destrozado". Laia, su mujer, es una chica que suele mantenerse en segundo plano, tmida, tranquila, de trato muy agradable, de las que transmiten serenidad. Quienes la conocemos, siempre hemos pensado que es bastante conservadora en sus planteamientos, de ideas firmes y defensora de las vidas ordenadas, muy ajustadas a los "como debe ser" ms convencionales; si hay algo que no ofrece discusin es que Laia aborrece llamar la atencin, dar que hablar. En cuanto a sus sentimientos hacia Zenn, nadie haba jams detectado cualquier fisura en un amor matrimonial "correcto", seguramente carente de pasiones (Laia no aparentaba ser amiga de stas) pero satisfactorio. Estar casada con Zenn, pensbamos todos, se tena que acercar mucho a los ideales de Laia, sin necesidad de meter el amor en la ecuacin (lo cual no quiere decir que no lo hubiera). Respecto a Zenn imaginbamos sentimientos anlogos, quizs sazonados con ciertas dosis de desapego chulesco, propios de un tipo con bastante xito profesional y social que, a diferencia de su mujer, gustaba aprovechar. Se rumoreaban algunas aventurillas pasadas de Zenn con conocidas, la mayora casadas, que flotaban ambiguas como ingredientes vaporosos de su prestigio. Por eso me sorprendi enterarme tanto de que era Laia la que quera separarse como de que a Zenn le resultara tan dolorosa esa expectativa. Dej ver mi asombro y call para que me contara. El caso es que Zenn llevaba un tiempo fantaseando con mantener relaciones homosexuales. Durante unos meses se haba dedicado a navegar por webs gays, descubriendo con emociones encontradas que se excitaba, en especial con jvenes depilados y musculosos. Empez a masturbarse frente a la pantalla, al principio con muchsima vergenza. Poco a poco, sus fantasas homosexuales empezaron a convertirse casi en una obsesin, hasta el punto que casi todas las noches, antes de acostarse, se encerraba en el cuarto del ordenador y dedicaba un buen rato al onanismo gay. No tard en conseguirse algunas pelculas (ya se sabe que las imgenes en movimiento ponen ms que las estticas) y alcanzar un estado en que su sensibilidad

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ertica iba derivando hacia un estado de ansiedad (aqu vendra a cuento la tan manida locucin de "tensin sexual no resuelta"). Como es fcil imaginar, mientras escuchaba lo que Zenn me contaba mis sentimientos borboteaban en una confusin magmtica. Por un lado estaba alucinando del asombro; jams se me habra ocurrido que mi amigo pudiese tener pulsiones homosexuales. De otra parte, he de reconocer que me notaba claramente incmodo; como he dicho, poca prctica tenemos los hombres en mostrarnos mutuamente la intimidad, pero mucha menos cuando de lo que se habla es justamente de lo ms escabroso de todo en los cdigos implcitos de la masculinidad. Pero tambin es verdad que, sobre mi asombro alucinado y mi incomodidad, prevalecan la curiosidad (morbosa?) y, sobre todo, la sensacin de que mi amigo necesitaba que le oyese, que le comprendiese, que le hiciese sentir que estaba ah, a su lado. Zenn, por supuesto, se percat enseguida de ese maremagnum de emociones que me generaban sus palabras. Interrumpi su relato para aclararme que l haba sido el primer sorprendido y avergonzado (por ms que se admita la homosexualidad intelectualmente, pesan mucho la educacin en esos cdigos masculinos). Me insisti en que, si bien las fantasas homosexuales eran las predominantes en su imaginario ertico, seguan excitndole las mujeres. Pensaba que probablemente lo que le pasaba responda a una cierta crisis propia de la edad (tiene cuarenta y cinco), bsqueda de nuevas experiencias para combatir el paso del tiempo, la monotona. Se explay mucho en este tipo de especulaciones, sin duda con la intencin de darme tiempo a que digiriera la sorpresa y para saber si yo estaba dispuesto a seguir escuchando, si admita tan radical streap-tease de su intimidad, con las consecuencias que habra de implicar. Le agradec sin palabras esa especie de tiempo muerto y, con algunas frases que no debieron ser demasiado acertadas, di mi conformidad a la continuacin del relato. El caso es que durante esos meses de solitario erotismo internutico, Laia empez a sospechar. Tampoco era necesario ser muy lista. Su marido se pasaba ratos largos en el ordenador y cuando iba a la cama estaba siempre con tanto sueo que prcticamente se dorma

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en el acto (antes del acto, para ser ms exactos). En todo caso, segn me dijo, haca ya tiempo que prcticamente nunca follaban entre semana, as que no tena motivos para pensar que sus pocas ganas fueran notadas por su mujer. Me aadi que, adems, que haba sido ella quien haba ido reduciendo la vida sexual; en los ltimos dos aos, slo mantenan relaciones a iniciativa de l y siempre despus de mucho insistir y "currrselo". Zenn, sin embargo, segua deseando a su mujer y no estaba nada a gusto con la situacin entre ambos. De hecho, haba pensado varias veces proponerle que se enfrentaran a la apata de su vida sexual. Lo haba ido retrasando porque se le haca incmodo tocar el tema y saba que a ella todava ms; luego empez con sus "vicios homosexuales" (tales fueron sus palabras) y dej correr el asunto. A las preguntas de su mujer sobre qu haca tanto tiempo al ordenador, Zenon responda con evasivas, o se refera a navegaciones genricas por la red, curioseando sobre sus mltiples intereses. Laia le soltaba algunos comentarios irnicos sobre su repentina aficin a internet y no insista, de modo que mi amigo pens que no deba preocuparse. Adems, si yo soy bastante torpe informticamente, me dijo, no puedes imaginarte cuanto ms lo es Laia, as que ni se me ocurri imaginar que sera capaz de revisarme el ordenador y sacar algo en claro sobre mis actividades. Y, sin embargo, eso fue exactamente lo que pas.

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Historia verdadera de amor, desamor y sexo (II)

Nota previa: Opto en esta segunda parte por escribir en primera persona, rememorando lo que Zenn me iba diciendo en esa conversacin primera que casi fue un monlogo. De esta forma eludo las exigencias del estilo indirecto y creo que el texto resulta menos pesado (al menos es menos engorroso de escribir). Eso fue exactamente lo que pas, que Laia investig en mi ordenador y revis el historial de internet y encontr mi carpeta con fotos y videos gays y tambin una lista hecha en excel con nombres y telfonos de chicos que ofrecan sus servicios erticos. Pequ de ingenuo, sin duda, y tambin de minusvalorar a mi mujer. Luego ella misma se vanagloriara de lo hbil que haba sido, de cmo, asesorada por un compaero de trabajo, haba descubierto mis vergonzosos secretos en apenas una maana. Me lo dijo como si me lo echara en cara, como si no contenta con llamarme degenerado quisiera engrosar el insulto calificndome de tonto. Es curioso, no ya que no sintiese la ms mnima necesidad de excusarse por la descarada intromisin perpetrada en mi intimidad, sino que a m tampoco se me pasara por la imaginacin sentirme ofendido por lo que haba hecho. Mientras Laia me montaba una descomunal y pattica bronca yo me senta vergonzosamente culpable, asuma que ella tena todo el derecho a sentirse dolida porque yo haba actuado mal, le haba hecho un dao que no mereca. Te digo esto para que entiendas cul era mi estado emocional; porque ese estado de inferioridad derivado de interiorizar mi culpabilidad de forma espontnea, casi con naturalidad, y encima exagerarla hasta dimensiones tremendas ha condicionado mi posterior evolucin y todava hoy, dos meses despus de la tarde de nuestra primera bronca, no lo he superado completamente.

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Pero me he adelantado; antes de que Laia me descubriera pas algo importante. Te he dicho que pas unos meses alimentando fantasas homosexuales que remataba cada noche con pajas frente a la pantalla. Pero poco a poco fui plantendome convertir la fantasa en realidad; para ser ms precisos, hacer realidad mi fantasa (follar con un to) se convirti a su vez en otra fantasa cuya eficacia excitatoria era mayor cuanto ms visos de probabilidad le iba otorgando. Descubr las pginas de contactos y en ellas los servicios sexuales ofrecidos por chicos. Empec a hacer una seleccin y apuntando los que ms me atraan. No me limit a los que trabajaban aqu; sabes que viajo bastante por el curre, as que poda pensar en tener mi aventura inicitica en varias ciudades; es ms, casi prefera que fuera lejos de mi entorno. As, mis sesiones masturbatorias pasaron a un grado cualitativo distinto o, al menos, de esa forma lo percib. Ya no fantaseaba con meras imgenes, sino con tos reales con quienes poda concertar una cita y poner en prctica lo que de momento era una fantasa. Y, como te he dicho, por tonto que parezca, esa connotacin me pona muchsimo y, a la vez, me generaba mucho nerviosismo. De pronto, a mi edad, me venan olvidadas sensaciones adolescentes de lujuria y nervios de mis primeros encuentros con pibas. De otra parte, no s si porque el sexo, como cualquier obsesin, requiere ir aumentando sus dosis o por mi propio carcter, me dedicaba a retarme a m mismo, a ponerme pequeas pruebas cuyo ejercicio fuera pintando de ms realidad mis fantasas. Era obvio que tena que llamar a estos chicos; escuchar sus voces, plantearles lo que quera, tantear las sensaciones que me vendran al orles. Pero me pona nerviossimo slo de imaginarlo, con lo cual empec a pensar que por mucho que fantaseara jams me atrevera a concertar una cita (si ni siquiera era capaz de telefonear). A uno que daba su email le escrib. Le dije que era un hombre de mediana edad, heterosexual, pero con ganas de tener una primera relacin homosexual; que estaba muy nervioso y que necesitaba alguien con experiencia que tomase el control del encuentro y que si l me poda decir cmo me atendera. Era un mensaje pattico; como si me excusara no se sabe bien de qu y pidiendo tampoco quedaba claro qu (en el fondo, lo que deseaba era recibir algo que, a la vez, me calmase y me excitase). Me contest lacnico: "sin problema; telefoname y hablamos".

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En fin, para no extenderme mucho ms te dir que me atrev a telefonear. Llam a varios, al principio tmidamente pero poco a poco fui cogiendo soltura. La verdad es que la mayora de ellos eran muy agradables y se esforzaban en tranquilizarme (no slo se me notaba el nerviosismo, es que adems lo declaraba de entrada, as como que sera mi primera vez) y decirme que sera una experiencia muy satisfactoria, que se trataba simplemente de darnos placer mutuamente, bla bla bla. Tambin preguntaba cosas prcticas, como por dnde estaban, si vendran a mi hotel y, por supuesto, las tarifas. Por cierto, no son baratos, al menos no lo son los que ms me llamaban la atencin, los de cuerpos musculados de gimnasio. Me despeda dicindole que haba de pensarlo y apuntaba los datos obtenidos en mi excel; luego, la foto del chico con el que acababa de hablar resultaba bastante ms real. Finalmente me obligu a mi mismo a dar el paso definitivo. Tena que ir a ver a uno de estos tipos y tener sexo con l, aunque slo fuera por dar por cerrada la etapa de fantasas obsesivas. Aprovech un viaje de trabajo a Madrid y esa primera noche, cuando los colegas nos separamos, llam desde mi hotel a un argentino con quien ya haba hablado. Atenda por la glorieta de Bilbao y qued en pasarme hacia las once de la noche. Antes haba quedado a cenar con Mara, la hermana pequea de Laia que vive en Madrid. Fue una cena espantosa debido a mis nervios, tanto que Mara se dio cuenta de que algo me pasaba. Para colmo, Mara es igualita a Laia cuando era universitaria, cuando la conoc y empezamos a salir. No s, pero eso tuvo que influir en que se me cruzaran ms los cables. Fuera por lo que fuera, hacia las once menos cuarto suba desde Coln hacia Bilbao con un acojone tremendo, adems de ansiedad, sentido de culpa, qu s yo cuantas confusas emociones ms. A la altura de Alonso Martnez pill un taxi y me fui al hotel. Hacia las once y media me llam el "puto" y me ech la bronca con acento argentino por haberle dado plantn. Pattico, me senta fatal. Necesitaba a Laia y slo pensar en ella me produca una sensacin tremenda de vergenza y ganas de llorar. La llam no obstante, pero no estaba nada comunicativa; aun as, me hizo bien orla.

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El fracaso sumaba vergenza a la vergenza que ya senta, pero esta nueva no era en absoluto ergena. Sentirse un cobarde acojonado no es precisamente afrodisaco y, de hecho, estuve una semana entera apartado del ordenador vespertino. Pero volv y con la vuelta me dije que no poda no atreverme. No quise darme plazos dilatorios, as que opt por concertar una cita con un chico brasileo de esta misma ciudad; cuerpo no tan espectacular como el de argentino de Madrid, pero de trato amabilsimo. Adems tena una ventaja: ofreca darme un masaje y que, segn me fuera relajando, pasara lo que tuviera que pasar, sin agobios. Un sbado por la maana le dije a Laia que iba al club y fui para la casa de Filipe, que as se llamaba. Era un edificio en la zona nueva, de buena calidad. Sub hasta su planta y me abri la puerta de un apartamento pequeo pero con bastante buen gusto. Tendra unos treinta y pocos aos, no los veinticinco que declaraba en su anuncio; pero mejor, no me apeteca demasiado joven. Ms alto y ms fuerte que yo, en cuanto entr me dio un leve abrazo con una acogedora sonrisa. Pasa, me dijo, quieres tomar algo? Le dije que no y entonces me agarr los hombros y los presion. Ests tenso, ven, pasa al dormitorio, vamos a relajarte. Ahora tendra que contarte lo que pas; creo que sera bueno para m describirte lo que ocurri, hasta con detalles. Pero no s si ser capaz ... Y tampoco s si t quieres escucharlo, si estoy abusando demasiado de tu amistad; si contndote todo esto te estoy haciendo tambin dao a ti. Me cuesta hasta mirarte a los ojos, te habrs dado cuenta. Porque yo s me he dado cuenta de que a ti tambin te cuesta mirarme. As que, mejor paro un ratito y hablas t; y pedimos dos copas ms que creo que ambos las necesitamos.

10 de enero de 2007

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Historia verdadera de amor, desamor y sexo (III)

Cuando Zenn call, me di cuenta de que, como haba dicho, llevaba un rato sin mirarle, eludiendo el contacto visual. No me gust ver que as me comportaba; me pareci que estaba siendo cobarde, que no era capaz de ponerme a su altura. Como bien deca mi amigo, al exponerme esas intimidades suyas me estaba violentando. Y en ese momento me percat de que me senta violento porque, para asumir lo que me contaba en el nivel de empata necesario, haba de alguna manera de interiorizarlo, de hacer mas esas sensaciones, esos sentimientos de Zenn. No es que yo tuviera que sentir similares deseos homosexuales, pero s tendra que admitirlos como propios de mi naturaleza, dando un contenido no meramente retrico al verso de Terencio: Homo sum, humani nihil a me alienum puto. Estar a la altura de Zenn, responder a lo que implcitamente me peda abrindome su intimidad, me exiga pues ser capaz de entender, aceptar y no juzgar, y todo eso no era posible sin remover prejuicios y revolver aguas profundas y oscuras de mi interior. Mi problema (lo que originaba mi incomodidad) no radicaba en el plano racional, sino en capas inconscientes y, por eso, con mucha mayor incidencia sobre las emociones. Justamente, sacar a la luz consciente esos prejuicios generadores de tantas emociones confusas y desagradables (asco, miedo, vergenza, culpa) era el primer e imprescindible paso para superarlos. As que, al darme cuenta de lo que me estaba pasando, sent vergenza y, a la vez, admiracin hacia Zenn que, con su forma de hacrmelo notar, me daba una nueva leccin de valenta y delicadeza. Levant la vista y le mir. Sonre. Tienes razn, le dije, no es que me ests haciendo dao, pero s es verdad que me est costando escucharte, asimilar lo que me cuentas. Pero, creo que, igual que

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dices que sera bueno para ti contrmelo, por motivos anlogos ha de ser bueno para m escucharte. Me has pedido permiso, gesto que te agradezco. Lo tienes. Yo voy a pedir un gin-tonic, t qu quieres? Con la segunda ronda de copas sobre la mesa, Zenn prosigui su relato. Filipe le hizo pasar una habitacin pequea en la que haba una cama individual pegada a la pared; el ambiente no era excesivamente ertico, ms bien algo cutre. Quieres que empecemos con el masaje? S, dijo mi amigo, que en esos momentos no senta ninguna excitacin ertica. Se desnud, dejndose el calzoncillo, y se ech de espaldas en la cama. Filipe empez a desentumecerle los msculos de los hombros y la parte superior de la espalda; lo haca bien, un masaje "deportivo" bastante profesional. En esa poca Zenn estaba bastante estresado, lo que le repercuta en sobrecargas musculares (de eso yo s mucho); as que agradeci mucho el masaje y se abandon a las tan satisfactorias sensaciones de los msculos doloridos. Sensaciones muy agradables, sin duda, pero sin un pice de excitacin sexual. Casi se estaba olvidando de para qu estaba ah, cuando sinti que Filipe le bajaba el calzoncillo y acariciaba el culo. Mi primera reaccin fue de alarma, me dijo, e inmediatamente me sorprend de sorprenderme; la verdad es que no me apeteca pero decid que no iba a negarme a probarlo. As que se dej quitar el calzoncillo y se gir ligeramente para descubrir que Filipe se haba desnudado y tena una buena ereccin. Te gusto? Le pregunt el brasileo; y mi amigo, reconociendo que ese cuerpo podra haberle excitado en el ordenador de su casa, comprob que en esos momentos slo le produca una sensacin de ridculo. Lo curioso para mi amigo fue que l s pareca gustarle a Filipe o, si no, el chico era un estupendo profesional que se esforzaba en excitarle y demostraba (finga?) grandes deseos de follarle. No voy a entrar en detalles (aunque Zenn me cont bastantes). Baste decir que mi amigo se esforz en experimentar lo que con tanto morbo haba fantaseado. Al principio no me apeteca pero tampoco senta rechazo, me dijo, pero a medida que Filipe intentaba "profundizar" en la prctica sexual, la apata fue tornndose en resistencia; una resistencia que provena no de la mente consciente, sino del cuerpo, de las emociones, qu s yo. Empez pues a intensificrsele

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una sensacin de malestar y agobio, por lo que le dijo a Filipe que lo dejara, que no funcionaba, probablemente no estara preparado. El chico, muy comprensivo, le rest importancia y se ofreci a seguir con el masaje. Pasaron as unos veinte minutos muy "decentes": Filipe descontracturando la espalda de Zenn, ste abandonndose al placer fsico del masaje, y ambos conversando con toda naturalidad sobre la vida y experiencias del brasileo (mi amigo tena curiosidad por saber las caractersticas de las personas que requeran estos servicios y a Filipe le encantaba hablar). Luego, Zenn se visti, pag y se fue. Volviendo a su casa, mi amigo se notaba confuso y tranquilo, a la vez. De una parte, estaba contento consigo mismo por haberse atrevido a hacer algo que tanto miedo le daba. De otra parte, no terminaba de entender por qu, lo que como fantasa tanta excitacin le produca, al ser una realidad le haba producido primero indiferencia y luego rechazo. Pens que a lo mejor haba sido el ambiente poco ergeno; el hecho de pagar que le restaba espontaneidad, lo que para l era importante; sus propios prejuicios que haban podido ms que sus deseos, paralizando la libido ... Tambin pens que a lo mejor la fantasa haba sido desarrollada por su mente al margen de su verdadera sexualidad, casi como una acrobacia derivada de su monotona y carencias erticas. No lo tena entonces nada claro, pero el descubrimiento de esa confusin fue, en s mismo, revelador de algo en lo que hasta entonces no haba reparado: su sexualidad (la de todos?) era compleja y llena de potencialidades. Y por esas fechas llevaba demasiado tiempo prescindiendo de ella, aletargndola. Conduciendo de vuelta a su casa, tras su primera y fallida experiencia homosexual, Zenn decidi que no quera renunciar a su vida sexual. Y en esa decisin, Zenn quera contar con Laia. Mi amigo lleg a su casa pues con la idea de que tena que afrontar con Laia la situacin de sequa sexual de su matrimonio, tena que forzarse y forzarla a poner delante de ellos, a sacar a la luz, las decepciones y frustraciones que haban ido acumulando y que perciba como flores pudrindose en una habitacin cerrada; renovar las flores y airear la estancia. A medida que se acercaba a su domicilio iba entusiasmndose, sintiendo que quera a su mujer, que la desea-

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ba, que ansiaba recuperar con ella antiguas emociones. Pens desviarse para comprarle flores, pero no lo hizo. Cuando entr a la casa, Laia estaba en el dormitorio, las persianas bajadas. Le dijo que le dola la cabeza y que no quera comer. Zenn la not enfadada y, de golpe, se le fueron las ganas de estar a su lado. Entonces no lo saba, pero ya su mujer haba descubierto casi todo lo que el ordenador permita descubrir. Una semana despus, sin que Zenn hubiera tenido ocasin de poner en prctica sus buenas intenciones, se escenificara la ruptura.

17 de enero de 2007

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Historia verdadera de amor, desamor y sexo (IV)

La escena de la ruptura ocurri un mircoles por la tarde, cuatro das despus del encuentro con Filipe. Los das anteriores, pese a sus buenos propsitos de buscar la forma de reconstruir su relacin, Zenn se haba visto con una Laia distante y hosca, aunque no abiertamente agresiva; fue pues, dejando pasar el tiempo a la espera de una oportunidad adecuada para plantear el dilogo. Pero no hubo ocasin. El mircoles, nada ms abrir la puerta de su vivienda, Laia desde el sof de la sala le dijo que quera que se fuese de casa inmediatamente, que ya no poda seguir viviendo con l. No es difcil imaginar la sorpresa y el desconcierto de mi amigo; enseguida detect un timbre de odio en la voz de su mujer y no supo reconocer la mirada que le clavaba. Sent, me dijo, como si estuviera ante otra persona; no era ya Laia cabreada, era una mujer desconocida que tena su cuerpo, su apariencia. Zenn dej su maletn y, balbuceando preguntas, empez a caminar hacia Laia. Antes de que llegara a su lado, ella le conmin a detenerse: no te me acerques, no quiero que me toques, ni siquiera sentirte cerca; quiero que recojas tus cosas y que te vayas. Mi amigo amag un par ms de aproximaciones, pero el rechazo fue violentsimo, absolutamente cortante y agresivo. Se dio cuenta de que no iba a lograr que la mujer que l conoca y amaba asomase mnimamente por algn resquicio de esa gorgona inesperada. Vale, concedi, me voy, ya hablaremos en otro momento. Pero, al menos, dime qu he hecho, qu te pasa. Entonces Laia aadi desprecio al odio de su mirada (Zenn me dijo que nunca antes haba visto tanta expresividad en su mujer) y le escupi: Me has engaado, traicionado, de la peor forma posible. Eres un degenerado y me produces asco. Y me has hecho dao, mucho dao.

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Zenn comprendi que su mujer saba (cunto y qu todava eran incgnitas), que el descubrimiento le haba sacudido tremendamente y que reaccionaba cerrndose ms en s misma y rechazndole con odio, con repugnancia. Pero, al mismo tiempo que imaginaba y entenda los sentimientos de Laia, le embarg una intensa vergenza y sensacin de derrumbamiento completo. Sent, me dijo, como si mil microscpicos leadores en el interior de mi cuerpo golpearan a la vez con sus hachas mis huesos, arterias, nervios y me llegara un dolor infinito acompaado del abatimiento de todo mi ser al quebrarse todos sus soportes. Las piernas se le doblaron y hubo de apoyarse en la pared, el rostro se le enrojeci intensamente, un mareo le nublo la vista y zarande su equilibrio, una nusea acre le aneg la boca, not la zarpa de la angustia oprimindole el estmago. No supo qu decir, qu hacer: el golpe lo haba noqueado. Apenas con un susurro repiti me voy y tambalendose dio la vuelta y sali de su casa. Casi sonmbulo baj hasta el garaje, arranc el coche y calleje sin rumbo durante casi una hora. Conduca de forma automtica, sin reconocer por donde pasaba, como si estuviese en una ciudad desconocida. Poco a poco, la opresin y el martilleo del pecho fueron amortigundose y comenz a percibir el entorno. Se asombr al descubrir que estaba cerca de su trabajo, parado en un semforo a un hotel recientemente inaugurado. Aparc y tom una habitacin y en ese momento, en la pregunta muda que dibujaban los rasgos del recepcionista, se dio cuenta de que ni siquiera llevaba una muda, tan solo el maletn con los papeles del curre. Eran las ocho de la noche. Subi a la habitacin, se desnud y se tumb en la cama. Crea que no podra dormir y, sin embargo, en unos instantes cay en un sueo profundo. Durmi de un tirn hasta las diez de la maana. Catorce horas seguidas! No se lo poda creer, jams haba dormido tanto seguido. Se levant aturdido, con el cuerpo a la vez descansado y dolorido y la mente confusa. La angustia, si no desaparecido, por lo menos haba disminuido notablemente. Ese da no fue a trabajar. Se acerc a un Corte Ingls y compr algo de ropa, artculos de higiene y unos libros. Confirm en el hotel que estara unos das y volvi a encerrarse en la habitacin. All estuvo leyendo, viendo la tele, dormitando de cuando en cuando. Sin

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fijarse en la hora, en dos ocasiones pidi comida al servicio de habitaciones. Dejaba pasar el tiempo y en lo nico que pona empeo era en no pensar. El mvil se le haba quedado sin batera y le gust sentir que nadie poda localizarle. Hacia las tantas apag las luces y se durmi. Esta segunda noche fue ms corta, las seis horas habituales. Eran las nueve de la maana de un viernes. Desde su cuarto, Zenn telefone al trabajo y habl con Loli, su compaera de despacho. El da anterior, por la tarde, Laia haba llamado preguntando si saban dnde estaba. Qu ha pasado, quiso saber su amiga. Tenemos problemas, ya te contar; si Laia vuelve a llamar, prefiero que no le digas que has hablado conmigo. De acuerdo, pero ... Cmo ests? Dnde? Necesitas algo? No te preocupes, Loli, estoy bien; confuso, pero bien. Hoy tampoco ir por ah, necesito tiempo para pensar. Supongo que nos veremos el lunes. Pas el viernes de forma muy parecida al jueves. La variacin fue que, de rato en rato, interrumpa lo que estuviera haciendo y escriba algunas ideas en las hojas blancas con membrete del hotel. Eran rfagas de pensamientos inconexos, retazos de una especie de brain storming semiconsciente que, de forma involuntaria, bulla en su cabeza. No llam a Laia, pero la idea de que habra de hacerlo centelleaba en su mente como un anuncio luminoso. Esa noche, antes de acostarse, se sent a poner por escrito un guin de tareas; la mayor parte estaba dedicada a anticipar su prxima conversacin con Laia. El sbado, hacia media maana, telefone a su mujer. Zenn adivin en la voz de Laia nerviosismo, preocupacin, miedo, pero tambin rabia y rencor, aunque ms atenuados que cuando le ech de casa. Debemos hablar, Laia; s claro, en tono extraamente sumiso, cuando quieras. Te parece que vaya para all? S, te espero. En una hora, mi amigo estaba delante de la puerta de su casa. Iba a abrir con su llave pero se vet el gesto y toc el timbre. Y tu llave? Pregunt Laia al abrir. Me echaste, recuerdas? Ella call y apart sutilmente la cara abortando un posible inicio de beso. Pasaron a la sala. Zenn se senta relativamente tranquilo y comprob que ahora era su mujer la que pareca asustada. Bien, le dijo l, dime lo que sabes de m, lo que tanto te ha dolido y luego te contar yo. Ella intent que fuera l quien hablara primero, pero mi amigo se mantuvo firme. Entonces

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Laia comenz a contarle sus sospechas, cmo haba indagado en su ordenador, cmo haba descubierto las imgenes y videos homosexuales, los nombres y telfonos de contactos gays; le dijo que al principio no entenda nada, no quera entenderlo, pero que poco a poco haba ido asumiendo que su marido era homosexual. De pronto, la pobreza de su vida sexual se le antoj debida a que a Zenn le gustaran los hombres, olvidando que haba sido ella la cada vez ms aptica; de pronto, sus insatisfacciones soterradas, que ni ella misma tenia claras, se las explic por la homosexualidad de su cnyuge. Y segn todas estas ideas iban confusa y desordenadamente impresionando sus pensamientos, le creca una sensacin dolorosa de rabia hacia Zenn y de autocompasin; se senta -esto se lo repiti muchas veces- engaada, injusta e inmerecidamente engaada. Zenn trat de explicarle que no crea ser homosexual, que lo que haba Laia descubierto eran los materiales de una fantasa que no se haba atrevido a compartir con ella. Le dijo que l la amaba, que la deseaba, que nunca haban dejado de gustarle las mujeres y ninguna menos que ella. Le habl de cmo su vida de pareja se haba ido degradando y de la necesidad de redescubrirse, de desnudarse el uno con la otra y ser mutuamente honestos. En un ingenuo intento de probar sus afirmaciones le cont su experiencia con Filipe y cmo la misma le haba convencido de que tenan que enfrentarse ambos con su relacin, vivificarla. Laia le escuch aparentemente calmada. Cuando su marido hizo una pausa, volvi a hablar para decirle que no quera seguir oyndole porque lo que le contaba le haca mucho dao. Yo no puedo entender eso, Zenn. Y, quizs por no poder entenderlo, no puedo creerlo. Es verdad que nuestra relacin de pareja no viva sus mejores momentos, pero ahora siento que todo era mentira, que no estaba con quien yo crea estar. Siento que todo en lo que consista mi vida se ha hecho aicos y que el culpable de ese destrozo eres t. Siento, te lo tengo que decir, mucha rabia hacia ti; y tambin asco. Es la repugnancia de sentir algo asqueroso que te lo estn metiendo en el interior y, como eres t quien me lo est metiendo, ese asco hacia ti y hacia m misma me genera ms rabia. Laia hablaba casi llorando y Zenn no dud que lo que deca era lo que de verdad senta. No haba nada que hacer, salvo acordar las

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mnimas cuestiones prcticas de una separacin ineludible e inmediata. Mi amigo le propuso volver al da siguiente y, en ausencia de ella, recoger algunas cosas. Vamos a dejar que pase el tiempo, Laia, los dos necesitamos pensar, hablar con personas que nos ayuden, esperar a que estos sentimientos tan fuertes y dolorosos se debiliten. Quiero que sepas que te quiero, pero tambin que entiendo cmo te sientes. Has de ser t, cuando lo consideres conveniente, quien diga lo que hemos de hacer. Entretanto, concdeme no tomar ninguna decisin irrevocable. Dejemos estar las cosas, no nos agredamos y ya veremos. Laia le oa asintiendo con la cabeza gacha, el cuerpo encogido, como si estuviera sin fuerzas. Zenn call y dud un rato; finalmente, se levant y sali. Al da siguiente, en efecto, Zenn fue a la casa y recogi en una maleta su ropa y algunos libros. Antes de salir dej su llave sobre la consola del vestbulo. El lunes, en el trabajo, sin apenas entrar en detalles, le explic a Loli que su matrimonio estaba en una crisis, que haban acordado separarse temporalmente para pensar. Su compaera, buena amiga, le ofreci un pequeo apartamento de su propiedad que estaba vaco en esas fechas. Esa misma tarde se mud y empez su nueva vida en soledad y tristeza. Haban pasado dos semanas, me dijo en esa primera conversacin. Se haba hecho ya tarde y yo tena cosas que hacer. Nos despedimos quedando en vernos con ms frecuencia. Y as ha sido durante estos ltimos seis meses; hemos salido con frecuencia, los dos solos para hablar y, en contadas ocasiones, con otra gente. De forma que he podido presenciar en situacin privilegiada la evolucin del estado de nimo de Zenn as como de sus ideas y sentimientos. Dos o tres semanas despus de la conversacin que he narrado (era el mes de julio), me telefone Laia. Quera que quedsemos para conversar.

23 de enero de 2007

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Historia verdadera de amor, desamor y sexo (V)

Pues s, sera agosto cuando me telefone Laia. Aclaro ahora que conozco a Laia antes que a Zenn. Hacia mediados de los ochenta, durante una breve temporada, ella y yo salimos juntos; una historia efmera sin apenas apasionamientos, cuyo final, ms que una ruptura, fue un acuerdo sobreentendido. As que, aunque ya no como novietes, seguimos coincidiendo con frecuencia y compartiendo amigos y ocios. De hecho fue acompandome que asisti a la fiesta que para inaugurar su nuevo piso daba un amigo mo. Era un piso grande compartido entre tres; uno de ellos era Zenn. Por medio de mi amigo yo haba conocido a Zenn unos meses antes, pero para entonces poco lo haba tratado. En esa fiesta Zenn y Laia se conocieron e intuyo que a ella le gust. En todo caso, no pas nada significativo, pero s es verdad que, a partir de entonces, fueron ms frecuentes las salidas en grupo en las que estaba Zenn; y, a muchas de ellas, Laia se apuntaba. En ese tiempo, cada vez yo trababa ms relacin con Zenn y, a la vez, aflojaba mis lazos con Laia. Como un ao despus de la fiesta del piso me mud de ciudad e inevitablemente se trunc la cotidianeidad de nuestras relaciones. Pero, en cambio, la amistad de Laia y Zenn se fue estrechando y pas a convertirse en otra cosa. Aun as, transcurri un largo tiempo antes de que se enrollaran y otro tanto hasta que decidieron casarse. Zenn es economista y ya lo era entonces; Laia estudiaba arquitectura o ms bien prolongaba un impasse que debera haber cortado hace mucho. De hecho, el anuncio de boda se complementaba con el de su retirada oficial de la universidad (para todos los amigos era evidente que nunca acabara la carrera). Como ya he contado, pens entonces que era mucho ms Laia que Zenn quien quera el matrimonio, pero tampoco le di muchas vueltas al asunto.

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Se casaron en el 95 y la boda fue un acontecimiento. Nos reunimos un buen nmero de viejos amigos, decididos a pasarlo bien. Entre todos habamos copado un hotel rural en el que, a modo de concentracin, pasamos un intenso fin de semana. En un momento de esas dos largas jornadas (no recuerdo si antes o despus de la ceremonia), Laia hizo un aparte conmigo y, bastante borracha, declar que me quera mucho y que esperaba poder contar siempre conmigo. Me comport como exigen las convenciones etlicas y no le di mayor importancia al desborde emocional tan propio de las circunstancias. Curiosamente, en nuestra primera conversacin del verano pasado, ella rememor esas palabras. He querido anteponer estos prrafos para que se entienda cmo era mi relacin con Laia. Ciertamente era anterior a la que tena con Zenn y, desde luego, haba sido ms ntima. Sin embargo, durante los ltimos aos, casi nunca haba estado a solas con ella y, en cambio, haba ido estrechando la amistad con su marido. Creo que me llam, en primer lugar, porque saba que Zenn haba hablado conmigo; pero tambin porque necesitaba abrirse a alguien y sinti que poda apelar a la intimidad y cario que hubo entre nosotros (y que, , aunque aletargados, quiero pensar que no haban desaparecido). Hechas estas aclaraciones paso a relatar, procurando no divagar demasiado, lo que me cont. El descubrimiento de las actividades secretas de Zenn supuso un shock para Laia. Me dijo que se sinti brutalmente sacudida y durante un tiempo no poda ni siquiera pensar con un mnimo de serenidad. La invadieron emociones negativas muy fuertes, tanto que apenas le dejaban espacio para nada ms y, desde luego, no para cualquier atisbo de autoanlisis. Se senta asqueada, humillada, engaada ... Pero, sobre todo, senta mucha rabia y unas ganas tremendas de hacer dao a su marido, de vengarse. En ese estado emocional se produjo la escena de la expulsin del domicilio. Luego, con la marcha de Zenn y los tres das que pas sin dar noticias de su paradero, le sobrevino una sensacin de abandono, de prdida de fuerzas, de desconsuelo. As, abatida, recibi a mi amigo y tenindolo delante comprob el dolor que le produca, su incapacidad para enfrentarse a lo que haba ocurrido entre ellos. Trat de mantener el

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tipo, me dijo, no llorar. En todo caso, pensaba que se comport de la nica forma que en ese momento poda y estaba razonablemente orgullosa de no haber cedido a la rabia. Tambin agradeca la reaccin de su marido. Los das siguientes pasaron para ella en incesantes vaivenes entre la rabia con sus emociones anexas y el desconsuelo. Cay en un estado de nervios que no creo exagerado calificar (por lo que me cont) de patolgico. Hubo de tramitar la baja laboral y recurrir a pastillas que la aletargaban pero no le quitaban una angustia que, cada vez ms, le iba calando los huesos. Como a las dos semanas de la marcha de Zenn, empez a martillearle obsesivamente la idea fija de que tena que hacer algo que rompiera esa especie de aniquilamiento interno. No era nada que se le ocurriera como resultado de un proceso racional porque no poda pensar, no era capaz (as me dijo) de hilar dos argumentos seguidos. Simplemente una voz obsesiva le repeta que tena que hacer algo, alguna barbaridad, para forzar la ruptura de su tristeza. Y lo que se le ocurri a Laia fue emular a Zenn. Decidi (si es que es procedente usar este verbo para designar su actividad mental) contactar con un puto para que la follara. Conocindola, me pareci evidente (y ella pensaba ms o menos lo mismo) que pretenda un acto simblicamente iconoclasta; quera demoler sus concepciones morales sobre la sexualidad (absolutamente convencionales) o, al menos, someterlas a un shock violento. Por supuesto, no saba con qu finalidad, qu sacara de ello. No obstante, intua vagamente que algo as poda generar la revulsin catrtica que crea necesitar. Asumida esta sorpresa, para m ya no lo fue el que la eleccin recayera en Filipe, el mismo que haba atendido a su marido. Laia me dijo que, en realidad, casi ni llegaron a ser dos decisiones distintas. Que el puto haba de ser Filipe se le impuso como una evidencia. Pensaba que estara inconscientemente cediendo a sus sentimientos de rabia, buscando una venganza contra su marido; pero tambin le pareca una especie de acto de justicia que le confera cierta legitimacin moral. Por ltimo, aadi, cuando me hice explcita a m misma la decisin que casi me haba embargado de forma subconsciente, pens, no s hasta qu punto honestamente, que acostarme

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con el mismo hombre con quien Zenn se haba acostado poda ayudarme a entender a mi marido. A diferencia de Zenn, Laia no se anduvo con remilgos, dudas o miedos para llevar a la prctica su idea. Quiz, pienso yo, porque no fuera una fantasa que le obsesionara, sino una decisin nacida de la angustia, un extrao grito de auxilio hacia s misma. El caso es que llam a Filipe (haba hecho una copia de los archivos de su marido y dispona de su Excel con los contactos) y concert un encuentro (el brasileo, por lo visto, ofreca sus servicios sin discriminar por sexos: un chico polticamente correcto). La verdad, me dijo, no me esperaba que fuera tan caro: cobraba cien euros la hora. El dato me sorprendi (aunque no le dije nada) porque a Zenn slo le haba cobrado sesenta (va a ser que s que discriminaba en razn de sexo). Laia lleg al apartamento de Filipe muy tranquila, como si lo que estaba haciendo no fuera con ella. Me senta, me dijo, separada de mi cuerpo, una sensacin muy parecida a la que haba vivido aos antes cuando, durante las constantes manipulaciones que sufr en un tratamiento de fertilidad, logr la disociacin entre mente y cuerpo, de forma que lo que le hacan a ste casi llegaba a no afectarme. Con esa actitud salud al brasileo y le dijo que quera que le hiciera todo cuanto supiese, sin lmites; que intentara darle una experiencia del sexo lo ms intensa posible. Pero que no le pidiera a ella que pusiese nada de su parte. T eres el profesional, remach. Filipe sonri y, mirndola a los ojos, le tom la cara con ambas manos. No temas, le dijo, te complacer. Slo te pido que, aunque no pongas nada de tu parte, tampoco pongas nada en contra: abandnate. Acto seguido, Laia se dej desnudar y llevar a la cama. Filipe entorn las persianas y encendi unas velas aromticas. Enseguida, muy despacio, empez un suave masaje, sus manos apenas aleteando, con algn lquido untuoso. Y sigui y sigui y sigui, lenta e insistentemente, recorriendo el cuerpo de Laia y haciendo que a ella le pareciese que lo estaba creando, que estaba abrindole clulas sensoriales que desconoca poseer. Esa tarde, Laia no me cont en detalle la experiencia porque me dijo que la haba escrito y que, a lo mejor, se atreva a dejrmela leer

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(lo hizo). As que, dado que este texto pretende ser una crnica ajustada a lo que pas, me abstendr de momento de contar ms sobre la sesin de sexo. Baste decir que fue larga y absolutamente maravillosa. Durante casi dos horas Filipe se entreg a fondo a demostrar su profesionalidad a esa cliente altiva. Y la cliente perdi toda altivez. Laia se derriti, por primera vez, en orgasmos encadenados. Y, llegados a este punto, Laia me explic que nunca antes (ni siquiera conmigo, por si mi vanidad me hubiera hecho creer otra cosa) haba tenido un orgasmo. Me cont la primera etapa sexual de su matrimonio, con la ilusin del enamoramiento. Me habl de la frustracin de su maternidad (ni siquiera los tres aos de tratamiento valieron para lograrlo) y de cmo repercuti en su actitud hacia los placeres del cuerpo. Me explic como, imperceptiblemente, haba ido abotargndose su libido, creciendo en ella una confusa aversin hacia la sexualidad. Hablaba desordenadamente, como si ella misma buscase las palabras justas sin xito. En varios momentos se interrumpi emocionada, llorosa ... Yo casi no dije nada, apenas las frases necesarias para animarla a seguir, para darle el imprescindible consuelo de estar a su lado. Pensaba en lo diferentes que haban sido las experiencias de mis dos amigos; catrticas ambas, pero en muy distinto sentido y con muy distinto alcance. La de Laia mucho ms radical, sin duda. Estuvimos varias horas juntos y luego la llev a su casa. Supe que estaba iniciando una nueva etapa y que necesitaba tiempo. Al despedirse, me pidi que nada de eso le contase a Zenn. Quedamos en volver a vernos; necesitaba que la ayudase, me dijo.

30 de enero de 2007

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Erotismo ( propos de Bataille)

El ser es uno; as que el ser es todo, continuidad indiferenciada. Somos, cada uno, seres individuales? Tengamos existencia real o sea nuestra individualidad un espejismo, en ella creemos. Nosotros, los humanos, nos concebimos separados (desgajados?) del magma ontolgico nico. Basta con que lo creamos para erigir toda la filosofa (y la religin). Si alcanzamos categora de ser individual, lo es por discontinuidad del ser nico. La discontinuidad entre los seres es su condicin sine qua non; pero tambin la otra cara de la moneda: unicidad continua y/o diversidad diferenciada. Nos hacemos unos despegndonos del todo amorfo, deslindndonos mediante un nombre que nos identifica, que nos diferencia del resto. El yo slo es cuando es solo. La formacin del ser individual es, en s misma, un acto de violencia. Violencia estril, al cabo, porque apenas somos espejismos transitorios de esencia individual, irremisiblemente condenados a ser el ser eterno. Hay quien lo llama Dios; de ser as, un Dios indiferenciado y esttico. La reproduccin del ser individual es el vano intento discontinuo de perpetuar la discontinuidad. Sin embargo, tenemos en nuestra naturaleza la nostalgia de la continuidad perdida, la tentacin del regreso al magma indiferenciado. Es una ansiedad confusa hacia la desindividualizacin, el abandono del esfuerzo violento para mantener la continuidad. Por supuesto, estas pulsiones se resuelven definitivamente con la muerte. Qu otra cosa es si no?

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Pero hay otra va: el erotismo (Bataille dixit). Toda experiencia ertica tiene en su fin alcanzar al ser en lo ms ntimo, disolver nuestra individualidad en la continuidad de lo absoluto. Claro que es una disolucin relativa, porque seguimos vivos tras ella y, sobre todo, seremos conscientes de haberla vivido. De ah la relacin desde siempre entre erotismo y muerte (Eros y Tnatos), pero tambin la identidad radical entre erotismo y religin. Hablo, claro est, de la mstica religiosa. La religin sera la tercera forma, el tercer nivel, del erotismo: el erotismo sagrado, despus del erotismo de los cuerpos, despus del erotismo de los corazones. No todo acto sexual es erotismo y cada vez pareciera que menos lo son. Y no obstante es el sexo una de las ms fiables vas hacia la fusin con el ser nico. La pasin amorosa, por ejemplo, busca en el acto sexual un imposible: la fusin eterna con el amado, mera ilusin (etapa) de la nostalgia metafsica. Es imposible porque llevar la pasin a sus irremediables consecuencias exige la muerte. Por eso, si el erotismo no deviene en muerte (bstenos con la petite mort) habr de ser un pacto entre la permanencia (por ms que efmera) de nuestra individualidad discontinua y la tentacin de eternidad. Momentos de xtasis puntuales en los que asimos fugazmente los misterios que alimentan las angustias cotidianas, aniquilaciones transitorias de nuestros yoes (tu yo y el mo disolvindose juntos). Pero es difcil sostener el equilibrio de este pacto. Intuyo los riesgos de progresar en demasa por el erotismo; uno no regresa indemne de inmersiones en el ser. Quiz por eso, por miedo, huyamos de la verdadera experiencia ertica. Y, sin embargo ...

29 de enero de 2007

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Los dos hermanos

Apenas vio el bulto acurrucado, antes siquiera de que sus ojos delinearan el menudo cuerpo, el sobresalto de su corazn le bast para reconocerlo. Se inclin hacia el nio: Omar primero dubitativamente musitado pero enseguida firme Omar, soy yo, Aziz. La cabeza se gir hacia l, los enormes ojos negros, encendidos de pronto con el brillo que tanto am. Aziz, eres t, qu alegra; tena miedo, tanto miedo. Se arrodill junto a l y lo abraz. Quiso envolverlo con su cuerpo, darle su vida, su fuerza. Era su hermano pequeo otra vez, cinco aos despus. Se apret fuerte y sinti que se le volva a romper el pecho. Fueron sollozos sordos, pero las lgrimas resbalaron por la cara de su hermano humedeciendo sus besos. No saba por qu estaba en esa calle extraa, ni de qu ciudad se trataba, ni cundo o cmo haba llegado a ella. La gente caminaba hacia arriba y hacia abajo con prisa; muchos, al cruzarse, se miraban inquisitivos, pero slo algunos parecan reconocerse y se detenan un rato a saludarse. La calle estaba llena de recodos, ngulos a los que se abran umbrales rotos. Era como si se hubiera extirpado la ra principal de la Medina, desgajndola del resto de la trama en que se inserta. Un viejo de barba poblada le detuvo con una mano en el hombro. No me recuerdas Aziz? Vio los ojos verdes y tristes de su madre y de pronto reconoci a su abuelo Ahmed. Pero, qu est pasando? Si hace ya ms de cinco aos. Aziz nunca haba querido de verdad a su abuelo. No llor la noche de su muerte; nunca se lo dijo en voz alta, pero que por fin desapareciera esa voz autoritaria siempre presente lo sinti como una liberacin. En cambio Omar lo adoraba y l amaba a ese pequeajo de doce aos, su ngel, lo llamaba, el que representaba todo lo bueno

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que senta, el que con su mirada serena y alegre impeda que se le desbordase tanta rabia que iba acumulando. Esa noche quiso ser l quien diese la noticia a Omar, quien estuviese a su lado para aliviarle, para protegerle del dolor. Y ahora, en este lugar extrao, era a l a quien volva a dolerle el recuerdo del nio aullando, echando a correr hacia el ro ... Aziz, he visto al abuelo Ahmed; me he cruzado con l, ms abajo, en esta misma calle. Corr a abrazarlo llorando todava de la tristeza de lo que me acababas de decir. Abu, Abu, ests vivo, por qu me ha engaado Aziz? l me apret como t lo ests haciendo y me acarici el pelo y me bes las mejillas. Yo cerraba los ojos y me senta feliz aunque segua llorando y el abuelo no hablaba, pero yo segua acusndote de mentiroso y deca que iba a dejar de quererte porque eras malo, y as un rato largo y al final Abu habl y me dijo que t no mentiste y que estaba muerto. Yo no lo quise creer porque se mova y hablaba, pero me mir y su mirada era verdad. Entonces me di cuenta y me asust porque me abrazaba un muerto y corr hacia arriba. Aziz ya lo saba porque Ahmed se lo haba dicho, aunque a l no le haca falta. El abuelo le haba sealado el paradero de Omar. Aydale a que entienda, le dijo. l ya era un hombre, no un nio de doce aos asustadizo, no un viejo beato. Pero aquella noche era un joven rabioso de diecisis que no alcanz a detener a su hermano pequeo cuando corri hacia el puente colgante, cables de acero y maderos desencajados suspendidos diez metros sobre el ro. Slo pudo ver a su ngel trastabillando, ver el tropezn convertirse en voltereta y luego cada. Un grito mudo que no pudo impedir que el cuerpo amado reventase contra las piedras, que las aguas nveas del Atlas se tieran de sangre. Esa noche, el dolor explot la rabia y Aziz, sin ver a nadie, huy de la pequea aldea de casas de adobe para no volver nunca ms. Pasara los siguientes cinco aos primero en Marrakech, luego en Casablanca. La rabia le impuls a seguir, a hacerse un hombre que no cree en los falsos consuelos de la Fe, que rechaza los cuentos religiosos. Ahora, sin embargo, vea a su abuelo y vea a su hermano, muertos ambos la misma aciaga noche, ya tan lejana. Pero l no cree

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en muertos que penan, as que ha de estar alucinando o quiz slo soando. Mas, aunque sea mentira (que es mentira, se dice), qu hermoso es sentir al hermano en los brazos, qu dulce imaginar que puedes ayudarle. A que entienda, haba dicho Ahmed; slo si as le hago feliz, piensa l. No tienes que tener miedo, Omar, estoy contigo. Vamos, levantmonos y caminemos como hacen todos. Es un juego, Omar, como si fuera un laberinto, buscar la salida de esta calle. Pero me parece que no hay salida, hermano. Todos van arriba y abajo sin descanso. No, pequeo, s la hay. Pero aparece cuando entiendes la clave, cuando descubres el sentido. Entonces se abre alguno de estos recodos ciegos y todo es felicidad. Y segn hablaba, Aziz se deca que tambin l, antes de poner fin a estos ltimos cinco aos con una nueva huida, habra debido preguntarse por su clave, por su sentido. Pero ahora ya era tarde y, adems, lo que importaba era tranquilizar a su hermano, conseguir antes de despertarse la despedida feliz que no tuvo. Ya Omar y l caminaban abrazados y el pequeo lo miraba feliz y le peda que se quedase con l, que no se fuera. Aziz contest que no se ira hasta que acabase el juego, aunque hiciera cinco aos que se haba marchado, aunque esa misma tarde se hubiese embarcado con tantos ms en esa vieja patera. Iba a seguir hablando cuando not la asfixia fra, hmeda y salada en los pulmones inundados.

10 de febrero de 2007

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Se puede educar al cerebro para ser feliz?

Es complicado definir la felicidad, pero creo que casi todos coincidiramos en que se trata de un estado mental relacionado con las emociones. Digamos, mantenindonos en este terreno tan impreciso, que uno es feliz cuando las emociones que siente son de las que solemos llamar positivas. Durante esos estados anmicos uno se siente a gusto, en paz consigo mismo, gratificado placenteramente ... Como es sabido, las emociones son actividad cerebral de respuesta ante ciertos estmulos, posibilitando la adaptacin orgnica necesaria para la accin. El miedo infantil, por ejemplo, tiene una clara justificacin evolutiva en la necesidad de proteccin de la cra indefensa. El porqu tenemos emociones siempre se busca en factores evolutivos, pero el entorno que dio origen a una determinada arquitectura de nuestro sistema nervioso (incluido el neocrtex) ya no es el mismo. De otra parte, los condicionantes culturales, a mi modo de ver, han venido amplificando sobremanera nuestras emociones. Tengo la impresin de que, en gran proporcin, sentimos las emociones que nos han "enseado" que debemos sentir segn cada situacin externa. Sea as o no, de lo que parecen cada vez ms convencidos los neurlogos es de que el cerebro es capaz de modificar su actividad emocional. Desde hace ms de un siglo est acuado el trmino "plasticidad cerebral" que se refiere a la capacidad del cerebro para producir cambios estructurales y funcionales de s mismo (a fin, por ejemplo, de minimizar los efectos de lesiones). La intuicin de Ramn y Cajal de que los cambios observables en el comportamiento tendran un sustrato anatmico empez a demostrarse acertada en la segunda mitad del siglo XX. De forma "automtica" el cerebro es pues capaz de reestructurarse y modificar la "actividad mental".

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Obviamente, estos mecanismos operan tambin con la generacin de emociones que, al fin y al cabo, son especficos procesos bioqumicos. Sin entrar en detalles (porque me lo dada mi falta de formacin), lo que me parece sacar en claro es que un cerebro "sano" tiene la capacidad anatmica de automodificar su actividad. Otra cuestin es si podemos "conscientemente" aprovecharnos de esa capacidad para cambiar nuestra actividad mental. Si as fuera, podramos "educar" a nuestro cerebro para que generara emociones positivas y evitara las negativas y, de ese modo, ser lo ms felices posible durante el mayor tiempo posible. Por supuesto, desde tiempos inmemoriales hasta hoy han existido quienes estn convencidos de ello. Por su parte, los neurlogos, cada vez ms, si bien con las obvias reservas que exige la investigacin cientfica, parecen dar cada vez ms la razn a esas tesis. Hace un par de aos le un par de libros de Antonio Damasio que me dieron bastantes temas que pensar. Recientemente, me he enterado de una investigacin de un tal Richard J. Davidson, director del Laboratorio de Neurologa de la universidad de Wisconsin-Madison, encaminada a detectar las diferencias neurolgicas de la actividad cerebral en funcin de los comportamientos y pensamientos "conscientes" de los individuos. En esa misma lnea, este psiquiatra, ha "medido" el grado de felicidad en una muestra amplia de sujetos. Sus investigaciones parecen sugerir (lase con todas las cautelas que se quieran) que quienes "conscientemente" se esfuerzan en tener pensamientos y emociones positivas aprovechan, efectivamente, la plasticidad de sus cerebros de modo que stos se modifican. Haciendo una burda metfora, es como si forzramos a ejercitar unos msculos (las partes del cerebro encargadas de producir emociones positivas) y abandonramos otros (las que se dedican a las negativas), de forma tal que no slo los primeros se fortalecen y los segundos se debilitan, sino que incluso estos ltimos pasan a ocuparse de actividades (positivas) que antes no llevaban a cabo. Por supuesto, no es del todo correcto hablar de "partes" del cerebro, aunque Davidson ha detectado que, cuanto ms feliz es uno, ms intensa es la actividad elctrica del lado izquierdo de los lbulos frontales en detrimento de la del lado derecho.

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No me ha sorprendido mucho que, entre las diversas tcnicas que se han "ensayado" en este tipo de investigaciones para inducir cambios en el sentido de la felicidad, destaquen las de la meditacin, tal como la ensean la filosofas orientales, en especial los budistas. Meditar consiste bsicamente en concentrar la atencin en el presente, en el interior de uno mismo, evitando el continuo runrun de la alocada actividad cerebral que genera nuestra propia ansiedad. En mi opinin, es dificilsimo progresar en estas tcnicas, pero he podido atisbar que son un camino hacia la paz interior. Sin necesidad de ponerme mstico orientalista, s me parece pertinente sealar las contradicciones "de fondo" entre una voluntad consciente de educar a nuestro cerebro para ser feliz y los "valores" intrnsecos a nuestro modo de vida. Lo cierto es que tenemos muy hondamente adheridos por nuestra educacin (y reforzados continuamente de forma ms o menos subliminal) unos valores cuya consecucin, a mi juicio, son incompatibles con acercarnos a una felicidad suficientemente estable. Por poner slo un ejemplo sobre el que ltimamente me ha dado por pensar, el ansia vanidosa de reconocimiento es uno de los rasgos que dudo mucho que conduzca al crecimiento personal (entendiendo ste como el camino hacia la felicidad) y, sin embargo, qu importante es para tantas personas. Estas personas, en mi opinin, difcilmente llegarn a ser felices; y, me temo, que la mayora de ellas simplemente no querran serlo a ese precio (peor para ellas). Naturalmente, el proceso al que me refiero tiene mucho que ver (como ya dijo el Buda) con la progresiva supresin de las necesidades; algo tambin bastante incompatible en una sociedad basada en la generacin continua de necesidades y en la identificacin (perversa) de felicidad con satisfaccin de las mismas. Pero no me voy a meter por ah, salvo para sealar que el aprender a desprendernos de tantas necesidades inanes pasa tambin por una voluntad consciente para propiciar el cambio neurolgico. De ms est decir que no soy nadie para dar consejos, por ms que estos asuntos de los que tan confusamente hablo tengan mucho que ver con mis propias y titubeantes tentativas vitales. Desconozco, por tanto, las recetas prcticas (si las hay) para propiciar que nuestro

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cerebro funcione positivamente y nos haga ser felices. Aun as, se me ocurren algunas que intento practicar (no con la constancia con que debiera). Por ejemplo, sonrer; aunque uno no est de humor para ello. En contra del refrn, el hbito s hace al monje; si nos empeamos en sonrer se atenan las emociones negativas. Las expresiones faciales son resultado "automtico" de las emociones generadas en el neocrtex; puede que si ante una emocin de tristeza el neocrtex se encuentra con una sonrisa, se descoloque y vaya suprimiendo la emocin. Una chorrada? Quiz no tanto. Doy otro ejemplo que tiene que ver con la autoestima y la dependencia y del que estuve hablando ayer con una amiga. Es frecuente que personas a las que queremos nos "defrauden" comportndose en situaciones concretas como no esperaramos que lo hicieran desde nuestros esquemas. Se quejaba mi amiga de un amigo comn, al que ella (y yo) quiere y, por tanto, le gusta ejercer un comportamiento afectivo con l. Sin embargo, este hombre, que lleva una vida laboral intenssima, siempre sin tiempo para nada, parece que slo se acuerda de ella (y de m) cuando la necesita. Me deca mi amiga que se siente tonta, utilizada y que eso le duele, lo cual obviamente es bastante comprensible. Yo le sugera que cabe otra manera de verlo y es la de que este amigo comn nos quiere pero slo tiene ocasin de ejercer su afectividad hacia nosotros cuando en su ajetreo continuo nos "necesita". l vive as y esa es su forma (por muy limitada que nos parezca) de expresar su afectividad. Lo mejor es aceptarle y disfrutarle en esos momentos. En realidad, no tiene ninguna importancia cul es la hiptesis ms verdica, suponiendo que hubiera alguna forma de saberlo. Lo relevante es lo que se cuente mi amiga (y yo) a s misma. Porque su pensamiento (que es el ms "normal" y coherente con los valores que nos han impregnado) para lo nico que vale es para que se sienta mal; equivale a ejercitar los "msculos" cerebrales generadores de emociones negativas. La hiptesis que le suger, en cambio, refuerza el cario que siente hacia esa persona, una emocin positiva que propicia la adaptacin cerebral hacia la felicidad. Por supuesto, esforzarse en pensar lo que digo exige hacer odos sordos a nuestro pepito grillo puetero cuando nos diga: "t lo que

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eres es un ingenuo; no ves que se est aprovechando de ti; vas a quedar como un tonto". Y a m qu me importa que se aprovechen de m, si lo que quiero es poder expresarle mi afectividad. En el fondo, esos pensamientos negativos nacen de nuestras propias inseguridades, de la necesidad de que nos quieran y del simtrico miedo a querer si no estamos seguros de los sentimientos del otro. Dependencias, al cabo, que nos impiden darnos cuenta de que la felicidad, la posibilidad de la felicidad, est en nosotros, no en lo que recibamos de los dems (dentro, obviamente, de unos lmites que en los que normalmente estamos). Bueno, me he enrollado demasiado para no decir ms que tpicos. Cunto me cuesta desarrollar las ideas que me bullen cuando me meto en sembrados emocionales. Acabo con una cita que he ledo atribuida a Aristteles: "la felicidad es un hbito". Y eso que el griego no saba nada de neurologa.

20 de febrero de 2007

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Desbarrando sobre la evolucin de las palabras

La analoga ente el lenguaje y la biologa es tentacin difcil de esquivar. Contemplar los fonemas, las palabras, las frases y pensar en clulas, rganos y organismos casi es un automatismo. Ver cmo estos componentes del lenguaje interactan diacrnica y sincrnicamente despierta, a poco que se tenga una mnima sensibilidad, embelesos parecidos a los que genera la observacin de la Vida. Bucear en la etimologa se me asemeja a rastrear en la evolucin de las especies y, ciertamente, la lingstica fue radicalmente transformada a raz de los postulados evolucionistas de las ciencias naturales. Un mecanismo adaptativo frecuente en la evolucin de las palabras es, por ejemplo, el de la eufona. Eufona, del griego, significa buen sonido (cacofona justamente lo contrario). As, muchos de los cambios que sufren las palabras a lo largo del tiempo (provenientes de un idioma madre o en el seno del propio) se deben a que, en su forma evolucionada, suenan mejor. Podramos diferenciar los que responden a una facilitacin del habla pero, en el fondo, no son acaso lo mismo? Porque, normalmente, una palabra nos sonar mejor cuanto menos difcil sea de pronunciar. En todo caso, lo que me interesa destacar es que la eufona funciona adaptativamente ya que una palabra que suena mejor, que se pronuncia ms cmodamente, parece mejor dotada para la supervivencia en el ecosistema de los hablantes. En los manuales de etimologa se sistematizan las distintas alteraciones de letras por motivos eufnicos, tales como la conmutacin (por ejemplo la o que muda en e en el vocablo latino fronte), la trasposicin (viuda desde vidua), la adicin (bstenos la vocal inicial aadida a tantos trminos latinos que comienzan por s lquida: escorpin desde scorpione), y la supresin (la i de amabile desaparece, como la d de credere). Lo curioso es que los mecanismos eufnicos,

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como otros que operan en la evolucin de las palabras, pueden invertir su sentido y as, por ejemplo, una supresin previa anularse posteriormente con una adicin (ejemplo es la palabra donde que se acort hasta do, la forma ms habitual en los siglos XVIII y XIX, para recuperarse nuevamente el trmino largo). Probablemente, entre las evoluciones conmutativas de las palabras castellanas, la ms popular es la que cambiaba las efes por haches (o deberamos considerar esta alteracin entre las supresiones toda vez que la h es muda? nooooo). Todos sabemos que hasta no hace mucho (incluso en el siglo de oro) todava eran abundantes los vocablos que mantenan la antigua f de sus ancestros latinos (fazer, fermoso, fierro, etc). No s si el enmudecimiento de la f se explica por mecanismos eufnicos (a m, por ejemplo, me gusta ms fierro, como se dice en algunos pases americanos); lo cierto es que este salto evolutivo afect a muchas especies pero no siempre se aplic sobre todos los diversos gneros que las componan, de modo que algunas palabras siguieron su evolucin sin sustituir la f primigenia por la h. La especie ms fecunda a este respecto la conforman la multitud de palabras derivadas del venerable facere latino; a bote pronto, tenderamos a pensar que la f del primer romance fue abolida sin remedio y las especies con ese genotipo se extinguieron; si meditamos un momento contabilizaremos, no obstante, una plyade de derivados del facere original que han mantenido la f en el castellano actual (afectar, confeccionar, beneficio, efectuar, fechora, infeccin, perfecto, y muchas ms). Ese salto evolutivo aplicado parcialmente sobre un conjunto de trminos con la misma raz y, consecuentemente, estrecho parentesco semntico, posibilita divergencias evolutivas formales que, a su vez, suelen reforzarse con progresivas diferenciaciones semnticas. Y aqu vendra a cuento el obsoleto debate entre forma y funcin que, en las burdas analogas con que me estoy entreteniendo, planteara simplistamente con el dilema del huevo y la gallina. Tiendo a pensar que, en la mayora de los casos, son las formas existentes (las palabras como composiciones concretas de fonemas) las que van ampliando sus significados con los requerimientos del uso. Me parece que son menos abundantes los neologismos, palabras creadas expre-

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samente para dar nombre a conceptos nuevos, a travs de tcnicas que recuerdan las propias de la ingeniera gentica. Pero podra ocurrir con cierta frecuencia que la excesiva inflacin semntica de algn trmino fuera un incentivo ms para propiciar su evolucin morfolgica, dando origen a dos o ms palabras derivadas, cada una con significados ms especficos. Sin embargo, intuyo que lo ms habitual haya sido que la propia evolucin formal, al ampliar el catlogo de palabras, permitiera que uso de los hablantes matizara los significados, como ocurre con especies de antepasados comunes que evolucionan en ecosistemas diferentes. Se me ocurri escribir sobre este asunto curioseando con la palabra horma (molde con que se fabrica o forma algo). No es difcil descubrir que proviene de la palabra latina forma (a su vez derivada por trasposicin de letras de la griega morph), exactamente igual a la castellana. Pareciera que este grupo de palabras emparentadas resisti bien al enmudecimiento tardomedieval de las efes; quizs las ms notables entre las afectadas sean las relacionadas con la palabra hermoso (que, pese a sus aparentes distancias semnticas, comparte el mismo origen). Horma, en cambio, se me antoja un caso singular porque es la aplicacin simple del salto evolutivo comentado dando a luz un trmino con un significado muy especfico frente al mucho ms amplio contenido semntico de la palabra madre, que continua existiendo con bastante ms fecundidad y abundancia que su derivada. Para colmo, el gen de la h se ha mostrado en este ejemplo algo recesivo ya que, debido seguramente a la progresiva degradacin de los oficios, el vocablo horma va poco a poco cayendo en el desuso. Quin guarda ya sus zapatos, por ejemplo, embutindoles las correspondientes hormas como antao hacan las familias pudientes? Pero, a partir de mi curioseo sobre las hormas, descubro un fenmeno evolutivo de nuestra lengua que desconoca y que me asombra. Tenemos la tendencia a pensar que las transformaciones de las palabras, las que nos aclaran los diccionarios etimolgicos, se manifiestan formalmente en sus grafas, olvidando los cambios en la pronunciacin de las mismas. Pues resulta que la pronunciacin de las letras tambin ha sufrido transformaciones importantes (y no me

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estoy refiriendo a las variaciones geogrficas que apreciamos hoy en el espaol hablado). Si, por ejemplo, leyramos en voz alta los siguientes versos del principio del Cantar del Mio Cid (poema que es un magnfico ejemplo para maravillarse ante la evolucin de nuestra lengua en estos ochocientos aos)
Mio id Ruy Diaz por Burgos entraba, En su compaa, sesaenta pendones; exienlo ver mugieres y varones: Burgueses y burguesas por las finiestras son Plorando de los ojos, tanto habian el dolor! De las sus bocas todos decian una razon: Dios que buen vasallo! Si hobiese buen Seor!

es probable que a un oyente del siglo XIII le costara entendernos. Los sonidos de la z, x, j y g (y seguro que tambin otros) eran distintos de la pronunciacin actual. De hecho, segn leo, pese a que para esa poca ya podan considerarse claramente diferenciadas las lenguas romances, haba mucha ms homogeneidad fontica entre ellas. La z sonaba mucho ms suave (rechinante y no ceceosa, dicen por ah), la x era ms o menos similar a la ch del francs (en chateau, por ejemplo); la j se deca igual que en cataln (Jordi). Est aceptado que la evolucin de estos fonemas hacia una pronunciacin bastante ms dura (que, a mi juicio, es uno de los ms notables rasgos diferenciadores del castellano frente a las restantes lenguas romances) es debida a la influencia rabe. Pero lo curioso es que la mudanza fontica no arraig hasta bien avanzado el XVI, en torno a un siglo despus de que el pobre Boabdil hiciera entre lloros las maletas. Como si el propiciador del salto evolutivo (en este caso afectando a la pronunciacin) hubiese permanecido inactivo durante bastante tiempo para mostrar sus efectos cuando pareca que ya no haba motivo. Desde la generalizacin del cambio fontico (ya en el XVII) pas todava algn tiempo hasta que se produjeran, como efecto cascada, algunos cambios en la grafa de las palabras. Los hubo en los dos sentidos posibles: palabras que mantuvieron la letra cambiando su pronunciacin y palabras que cambiaron la letra para adecuarla a la nueva pronunciacin. Fantaseo sobre esos tiempos (apenas distantes en la historia) de grafas y pronuncias indecisas y me figura una ba-

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talla entre la x y la j en la que la primera, pobrecita ma (albergo motivos personales para tenerle cario), fue absolutamente derrotada. Cuntas slabas con la suave x de musicalidad provenzal fueron transmutadas brutalmente por el sonido de la j (comprese por ejemplo el dexar medieval con el dejar de la actualidad). De poco hubo de valerle a la frgil aspa reclamar, a modo de agravio comparativo, que los antiguos fonemas con j no eran sustituidos por elles (y as diramos ollos como pronunciaba el Cid y han seguido haciendo los portugueses); la j se impuso con su fuerte voluntad expansiva, admitiendo escasas concesiones (que tienden a desaparecer como arcasmos) que mantienen el signo pero con el sonido de la vencedora (Mxico, por ejemplo). Y hasta aqu este entretenimiento etimolgico. Que me disculpen bilogos y lingistas por el atrevimiento de un lego, pero se trata de pasar el rato.

28 de febrero de 2007

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Autmatas medievales

Toms de Aquino, quien por cierto no naci en Aquino, de lo cual me enter hace un par de veranos cuando, recorriendo el Lazio en un Fiat Panda de alquiler, llegamos a ese pueblo de la provincia de Frosinone, justo en el momento en que se celebraba una boda en la preciosa iglesia romnica de Santa Mara della Libera y nos dijeron que "aqu no" (lo siento, no lo he podido resistir), sino que haba sido en Roccasecca, un pueblo aun ms pequeo, apenas distante diez kilmetros pero al que, como no nos pillaba en nuestra zigzagueante ruta (ni vena recomendado en nuestra gua), pasamos de ir, de lo cual, tras ver fotos del mismo, ahora me arrepiento (pero agua pasada no mueve molinos) porque parece bastante ms bonito que Aquino, por ms que de ste tome su nombre el condado medieval, aunque el castillo de los condes, los padres de Toms, estaba (y sigue estando) en Roccasecca, en la cima del monte Asprano (553 metros de altura), dominando la antigua va Casilina, que los romanos trazaron por la llanura del Liri, ro que discurre a las faldas de los Apeninos centrales; y no es casualidad que dominara ese territorio porque con tal objeto lo haban construido los monjes benedictinos de la famosa Abada de Montecassino (ah s estuvimos, pero llegamos tarde y no nos dejaron entrar) a fin de protegerse de quienes venan del norte all por el ao mil (un poco antes, para ser exactos) pues hay que recordar que eran aquellos tiempos convulsos de broncas continuadas entre el Imperio y el Papado (y no slo, que apenas cuarenta aos antes, los moros haban destruido el monasterio) ... Pero a lo que iba. Resulta que Toms, con veintipocos aos, lleg a Colonia para estudiar con Alberto Magno. Si, pensando en un chaval de veinte aos, imaginramos que todava apenas habra vivido, meteramos la pata hasta el fondo. Con slo cinco aos sus amantes

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paps, el conde Landolfo V y la condesa Teodora de Caraccioli, le ingresaron en la cercana e importantsima abada de Montecassino, con la cual -como ya he comentado- guardaban estrechas relaciones de dependencia feudal; por cierto, el abad era el to de Tomasn as que todo iba quedando en familia. El nio demostr enseguida ser un prodigio que aprenda todo lo que le echaban y, segn cuenta la hagiografa, tena aun tiempo para preguntarse sobre Dios. Ah habra seguido si no se hubiera metido la poltica por medio ya que, en 1239, el emperador Federico II decidi desalojar el monasterio cabreado con los monjes que haban apoyado al Papa Gregorio IX. La bronca entre el Papa y el Emperador tena su origen en que Federico haba accedido al cargo apoyado por el Vaticano, bien es verdad que como mal menor, pues al que en realidad apoyaba Inocencio III, uno de los papas que ms ha intervenido en poltica (y el ranking est disputado), era a Otn de Brunswick a quien lleg a coronar pero luego va y le sale rana, con lo cual se enfadan. Qu por qu se enfadan? Pues creo que porque el Papa quera que el nuevo emperador le concediese la soberana feudal sobre Sicilia, donde curiosamente reinaba Federico, a la sazn de 17 aitos y tutelado por el propio pontfice. Como Otn se neg (y encima se puso a conquistar tierras italianas), pues el Papa le ech encima a Felipe II de Francia, quien en 1214 lo derrot en Bouvines y, ya se sabe, emperador derrotado, emperador destronado. As que en 1220 Federico es coronado emperador en Roma y, listo l, sigue manteniendo el reino de Sicilia; lstima que el intrigante y ambicioso de Inocencio hubiera muerto unos aitos antes, porque el resultado fue que los Estados de San Pedro se vieron atenazados desde el sur y desde el norte por tierras imperiales. Para esas fechas, Federico, ya ms madurito, deba tener bastante claro que no se iba a dejar mangonear por el vicario de Cristo. Diez aos antes, con slo diecisis aos, haba tenido que aceptar las presiones de su tutor Inocencio y casarse con una mujer que le doblaba la edad, Constanza, viuda del rey de Hungra e hija de Alfonso II el Casto (tan casto no sera) de Aragn y Sancha, la hermana de Pedro II de Castilla. Muerta ya Constanza sera l quien elegira nueva consorte, Yolanda de Jerusaln, lo que no gusta nada al entonces Papa, el ya nombrado Gregorio IX. El caso es que desde el Vaticano se

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emprende una campaa acusando al emperador de mltiples pecados e imponindole como penitencia hacer la Cruzada a Tierra Santa. Federico remolonea y el Papa le excomulga y le califica de Anticristo. Finalmente Federico se decide a partir hacia Oriente, obteniendo xitos insospechados (casi ms con diplomacia que con guerra) y coronndose rey de Jerusaln. El Papa est que trina y cada vez le tiene ms rabia: declara que esa no es una guerra santa porque el emperador est excomulgado y, aprovechando su ausencia, decide invadir Sicilia aliado con los lombardos. Federico regresa apresurado, derrota a las fuerzas pontificias y firma la paz con el Papa. Pero la paz no durara mucho y Gregorio vuelve a excomulgar al emperador y convoca un Concilio en Roma con la intencin de forzar su deposicin. Pero el Papa, que andaba por los noventa y ocho aos (vaya con los viejos rencorosos) por fin se muere en 1241 y el Concilio no llega a celebrarse. Pues en estas trifulcas ltimas fue que los benedictinos de Montecassino apoyaron al Papa y fueron castigados con el cierre temporal de la abada, lo que a nuestro amigo Toms le signific la vuelta al castillo de Roccasecca, con mam y las hermanas (el Conde haba muerto). Ya s que me he alargado metindome con la historia del Papado y el Imperio en esos tiempos, la poca de los gelfos contra los gibelinos o, lo que es lo mismo, los hinchas de la dinasta bvara (los Welfen) contra la casa de Sajonia (los Hohenstaufen), pero es que hay que mostrar el tiempo en el que viva Toms. Y eso que no es de Toms de quien quiero hablar o, ms bien, slo iba a contar una ancdota suya en relacin con Alberto Magno, pero es que empiezo a enrollarme y ya dudo que sea capaz de llegar a ese puerto. Porque, claro, desde que Toms debe abandonar Montecassino hasta que llega Colonia transcurre una dcada larga llena de aventuras, cuya narracin me cuesta mucho omitir. Es relevante, en todo caso, contar que Toms fue enviado a seguir sus estudios en la universidad de Npoles, fundada pocos aos antes por Federico II para competir con la de Bolonia. Los estudios teolgicos estaban muy influidos por los dominicos, orden fundada por el burgals Domingo de Guzmn haca poco ms de dos dcadas; eran pues estos frailes unos recin llegados, sobre todo en comparacin con los ilustres benedictinos, sin duda la Orden ms importante durante lo que se llevaba de Edad

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Media (tambin estaban, entre otros, los franciscanos que siempre me han cado muy bien pero que en esta historia no tienen papel ninguno) pero, quizs por eso, tenan un entusiasmo predicador que enseguida les hizo ganar adeptos; adems, en esos inicios, gracias a la incorporacin de muy buenas cabezas y a su vocacin estudiosa, ganaron merecida fama de doctos. Lstima que tan prometedores inicios quedaran enseguida vinculados a la Inquisicin, pero esa es otra historia. El caso es que el joven Toms qued encandilado con la joven Orden de Predicadores y con 18 aos decidi ingresar en ella con gran disgusto de su madre (recurdese que el destino del chico deba ser la abada de Montecassino como pieza clave en la estrategia feudal familiar). Teodora monta en clera y se empea en secuestrar a su propio hijo mientras los monjes dominicos en ocultarlo, llevndolo de Npoles a Roma y de ah a Bolonia, pero la madre pide ayuda a sus contactos en el ejrcito imperial quienes finalmente lo apresan y le llevan al castillo de Roccasecca, donde lo mantienen retenido unos cuantos meses presionndole para que cambie de opinin (entre las presiones el propio Toms cont que le tentaron mandndole a su habitacin una prostituta para que le sedujera; por supuesto, resisti la tentacin y, no contento con ello, hizo inmediatamente voto de castidad perpetua). En fin, sea porque sus familiares cedieron a la terquedad del muchacho (sus compaeros le llamaban el buey) o porque se escap descolgndose con una cuerda desde la ventana de su prisin, como narran algunas biografas pas (con poca credibilidad, me parece a m), el joven dominico qued libre de su familia para a partir de entonces vivir su vocacin. Era 1245 y Toms, con veinte aos, fue a Pars, la ms importante universidad de la poca. Y all se top con otra de las grandes luminarias intelectuales de la poca: Alberto Magno. Cuando se encontraron, Alberto rondaba la cuarentena y llevaba algo ms de veinte aos en la Orden de los Predicadores. Era ya uno de los sabios ms respetados de la poca, por lo que es lcito suponer que los mandamases de los dominicos quisiesen poner a la joven promesa italiana bajo la tutela pedaggica de su ms importante estrella. Como fuera, lo que parece indiscutible es que, pese a la ti-

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midez silenciosa del de Aquino que le haca parecer retrasado a los ojos de sus compaeros, Alberto lo cal enseguida y advirti que los mugidos de ese buey mudo algn da llenaran el mundo. En cuanto a Toms, qued encantado con el nuevo profesor quien fue seguramente el que le inocul el inters por Aristteles que tan fecundo le resultara para la confeccin, veinte aos despus, de su famossima Summa Theologiae. As que Toms se qued con Alberto durante siete aos; los tres primeros en Pars y los cuatro siguientes en Colonia, a donde le acompa como segundo profesor del recin creado Studium Generale. Aunque disto muchsimo de conocerlos en profundidad, tengo la impresin de que Alberto y Toms eran de caracteres y aficiones bastante distintos. Ambos hijos de condes y ambos dominicos dedicados al estudio y la enseanza, reacios los dos a ocupar cargos de poder (aunque no siempre pudieron evitarlos). Pero al italiano le atraa ms la teologa pura, preocupado desde nio por indagar en la esencia de Dios, y a ese objeto puso conocimientos y raciocinio (si bien, a medida que se avejentaba, iba renunciando a la va racional y cayendo cada vez con ms frecuencia en xtasis contemplativos); al suabo, en cambio, le interesaban sobremanera las cosas de este mundo: la fsica, las ciencias naturales, la astronoma. De hecho, una de las aficiones de este hombre de la que me he enterado hace poco, era la de los autmatas. Cabe suponer que ese inters provendra de sus lecturas griegas y latinas; Aristteles, en sus Problemas de Mecnica (300 aC), describe el prototipo de ruedas dentadas enlazadas para trasmitir movimiento y de Hern de Alejandra, en los albores de nuestra era, se dice que fabric numerosos ingenios mecnicos con ruedas movidas por el vapor de agua y, entre ellos, varios autmatas. Pero, si hemos de hacer caso a Jnger (El libro de Arena, 1957), no es hasta la oscura frontera del primer milenio que las ruedas dentadas se aplican a la medicin y control del tiempo; el filsofo alemn sostiene que el invento del reloj mecnico cambia la naturaleza del tiempo (que pasa de ser fluido y telrico a discreto y rtmico) y permite, como consecuencia inevitable, el desarrollo de las mquinas, en el verdadero sentido de la palabra.

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Se atribuye a Gerberto de Aurillac, luego Papa con el nombre de Silvestre II, la invencin del reloj mecnico. Fue este hombre una de las grandes fuerzas creadoras que ha dado nuestra especie, otro de esos que caus estupor entre sus contemporneos, mezcla superlativa de admiracin y miedo, porque diablicas pensaban muchos que tenan que ser sus artes. Personaje fustico que merecera ser ms conocido y que -cmo no- tambin construy autmatas. Por cierto, en su juventud vivi tres aos en el monasterio de Santa Mara de Ripoll (Gerona) que atesoraba en su biblioteca muchsimos conocimientos del Califato cordobs; quiero pensar que de estos temas mucho aprendera del saber rabe que era mucho ms avanzado que el europeo, como dej patente Al-Jazari en su "libro del conocimiento de los ingeniosos mecanismos" (1260) en el que recopilaba abundantes mecanismos de los siglos anteriores. Pero al grano, no creo errar demasiado si considero a Alberto Magno hijo intelectual de Gerberto, como del mismo linaje resultara, a mi juicio, el enigmtico y genial Leonardo. Ya voy llegando a lo que quera (menos mal) que es contar que dicen las crnicas (y conste que no es que me lo crea del todo, ma se non vero, ben trovato) que Alberto haba fabricado, despus de largusimos aos de trabajo, un autmata androide -el primero de que se tiene noticia- que era capaz de andar, abra la puerta del monasterio, avisaba si haba llegado alguien, entretena a los visitantes, se ocupaba de tareas caseras... Parece que Toms ignoraba su existencia pues forma parte de la leyenda que un da, al ir a visitar al maestro, le abri la puerta el conocido "hombre de hierro" y, tras el susto de rdago inicial, arrambl a bastonazos contra el engendro infernal hasta destruirlo. Divertida escena que puede simbolizar tantas cosas (y mejor me callo), entre otras la santa indignacin ante las mquinas que acabaran por deshumanizarnos (esta viene a ser la tesis de Jnger). Claro que, ms compasivos, podemos imaginar que lo que haca Toms era proteger a su maestro de acusaciones inquisitoriales por presuntos pactos diablicos. Ciertamente, Alberto hubo de soportarlas pero, por fortuna, nunca llegaron demasiado lejos. De hecho, este alemn del sur, muri con casi ochenta aos, sobreviviendo a Toms, que era casi un cuarto de siglo ms joven. Por eso la acusacin que se hace al de Aquino de haber destruido a la

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muerte de Alberto otro autmata suyo, una cabeza parlante que contestaba preguntas, ya no es que sea inverosmil sino simplemente imposible. La historia de los autmatas dara mucho juego durante los siglos posteriores hasta llegar al gran Houdini, pero de eso no voy de momento a ocuparme. Srvame decir para acabar cunto me habra gustado ver la escena entre Alberto y Toms cuando el primero hubiese descubierto a su androide destrozado; tengo que buscar tacos en latn. Ah, me olvidaba, Santo Toms fue canonizado poco ms de medio siglo despus de su muerte; Alberto Magno hubo de esperar a 1931.

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Una de mis muchas virtudes

No es que sea la que ms estimo, aclaro, pero s es muy apreciada por algunas amigas ntimas que suelen insistirme (cariosamente, eso s) para que la ejerza con ms frecuencia. Que cul es? Pues resulta que dispongo de una lengua extremadamente singular; adems, aprovechando sus cualidades innatas, a base de entrenamiento constante, he adquirido con ella una habilidad superlativa, aunque decirlo suene excesivamente presuntuoso. En primer lugar habis de saber que mi lengua es muy larga, amn de sorprendentemente elstica. No piense nadie que una lengua as afea el rostro o el aspecto de su poseedor; a m (y a mucha gente) no me parece que sea un rgano poco esttico, pero en todo caso est guardadita en la boca y, salvo que yo quiera exhibirla, de las fugaces visiones en las situaciones cotidianas (conversando, comiendo, etc) nadie es capaz de detectar ninguna anomala diferencial. De ah la sorpresa cuando, por el motivo que sea, la dejo asomar hacia afuera descolgndola flccida hasta cubrirme todo el mentn. Y cuando paso a estirarla en ejercicio de vanidad infantil, proyectndola al frente ligeramente acanalada, mostrando un perfil inverosmil que a ms de una (y de uno) le provoca extraos desasosiegos. Y qu decir de su acrobtica flexibilidad? Soy capaz de doblarla y redoblarla, enrollarla y desenrollarla, tirabuzonearla, espiralizarla, abombarla, ondularla y cuantas combinaciones queris imaginar. Mi lengua es un ilimitado contorsionista que ejecuta las ms prodigiosas danzas, fantasas de vuelos etreos, pese al ancla insobornable de la raz farngea. Tambin es veloz, de movimientos tan raudos que escapan al control de la vista; aunque pueden ser, si quiero, lentos y cadenciosos. Por ltimo, es un rgano fuerte, poderoso. Mis diecisiete msculos linguales corresponden, proporcionalmente, a los bceps de un sansn.

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Descubr muy nio que gozaba de una lengua superdotada. De forma instintiva empec a usarla en acciones poco habituales, como si el propio rgano, consciente de sus potencias, quisiera hacerse valer, demostrarme su utilidad. Pero tambin desde muy pequeo empec a darme cuenta de mezcla de malestar y repugnancia que a bastantes personas le producan mis movimientos, por ms que para m resultasen naturales. Hube pues de reprimir las salidas de la guarida, prohibir a mi ansiosa danzarina exhibir sus dotes. Para compensarla, obedeciendo a una fuerte necesidad interior, dedicaba horas a ejercitarla en la soledad de mi habitacin. Frente a un espejo, yo era entrenador, director y pblico, siempre entretenido con los espectculos de mi lengua, da a da ms audaces, ms complejos. Habilidades as, no obstante, no pueden mantenerse secretas. Llamadlo vanidad, pero el adolescente que fui quiso probar las empalagosas dulzuras de los aplausos y la tentacin derrot a la tmida prudencia. Los primeros testigos fueron amigos ntimos y enseguida -no sabis cmo se corri la voz- todos queran presenciar mis numeritos. Invent infinidad: el del helicptero, la lengua rgida hacia el frente que gira a velocidad creciente hasta convertirse en un aspa en frentica revolucin; el pellizco sorpresa, una chica colocada frente a m y, en un abrir y cerrar de ojos, mi lengua saltaba hacia afuera y prensaba por un instante la punta de su nariz para inmediatamente volver a ocultarse en la boca cerrada; los malabares con pequeas bolitas (con tres a la vez logr hacerlo) que mantena botando simultneamente; hasta algunos trucos de magia en los que escamoteaba misteriosamente un pequeo objeto para hacerlo aparecer sobre la superficie de la lengua que parsimoniosamente desenrollaba ante el atnito dueo. No voy a extenderme con estos divertimentos vacuos. Baste deciros que no necesit muchos aos para comprender que la genialidad, del tipo que sea, es un arma de doble filo y siempre acaba hirindote. La misma popularidad que uno persigue se convierte en obstculo infranqueable para llegar a los dems, para ser amado. Ms todava cuando una virtud como la que poseo facilita a los pobres de espritu (qu aplastante mayora son!) calificarla de monstruosa para disfrazar sus patticas envidias. As que pronto, apenas acabado el bachi-

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llerato y aprovechando la mudanza a una ciudad distinta para mis estudios universitarios, opt por ocultar mis habilidades linguales. Que me conociesen y amasen por mis muchas otras virtudes, decid. Desde entonces, slo ha habido inocentes y espordicos juegos para entretener a mis sobrinitos y a algn que otro chiquitn, procurando evitar miradas adultas. No creis que mi carnosa amiga ha perdido por ello ocasiones para ejercer sus habilidades. Encontr pronto otros teatros mucho ms satisfactorios, escenarios de pieles sedosas, topografas de bellsimos relieves en las que mi lengua se aventuraba animada por vrtigos y emociones que las exhibiciones circenses nunca le aportaron. Las papilas entraban en accin, revelndose como extraordinarias recolectoras de las ms sutiles y variadas sensaciones placenteras. Sabores, olores, texturas de mltiples matices iban siendo extrados en las prolijas exploraciones de mi lengua por todos los accidentes de esas geografas femeninas. Sensaciones inagotables que mi excitado cerebro apenas poda procesar, desbordado por las urgencias de esos goces excelsos. Madurar, entre otras muchas cosas, significa entender que el placer mayor est en la postergacin. Uno va aprendiendo a convertir el agua que bebe en fuente que mana (quin dijo que el placer no era reciclable?), de modo que el goce no se consume sino que genera ms, en espiral infinita que tiende hacia disoluciones del ser, fusiones metafsicas en las que atisbamos los misterios que por nuestra naturaleza nos son vedados. Mi lengua, casi con autonoma, fue el primero de mis rganos que supo evolucionar hacia deleites morosos, gracias sin duda a la abundancia desmesurada de sus potencialidades sensitivas que invitan a la experimentacin curiosa de sus inagotables combinatorias. Los sensores superdotados de mis papilas, adems, multiplicaban su intensidad receptiva gracias a los ejercicios contorsionistas de su carnoso soporte. Borrachera de sensaciones que, poco a poco, mi lengua supo transformar en largas catas de los nctares ms deliciosos. Por supuesto, el placer ertico se nutre tambin del que a su vez uno provoca y, a este respecto, mi lengua queda infinitamente ms colmada con el entusiasmo de una nica receptora de sus proezas (que a la vez es escenario) que con el aplauso de los asombrados

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pblicos de mi adolescencia. No llega a cansarme, por ms que haya sido tantsimas veces escenificado, el derramamiento orgsmico, el momento en que mi lengua se anega en jugos y aromas caudalosos: mi cabeza hundida entre sus muslos, cada mano en una nalga, empujndolas hacia arriba y hacia fuera, la lengua extendida, manto majestuoso que cubre desde el ano, flor abierta a mi saliva, hasta la montaa mgica que emerge erecta, desnuda de su capuchn. Cuntas afinidades han descubierto los cltoris con mi vrtice lingual (son almas gemelas!), esa puntita extrema que afino hasta mudarla en bastoncito revoloteador, docto intrprete de los idiomas nerviosos de aqullos, que sabe traducir sus mudas demandas en toquecitos, succiones, empujones y tirones, roces de mariposas, remolinos centrfugos, incisiones agudas, plpitos convulsos ... Es frecuente que sienta, tanta es la ntima conexin, que los nervios de mis papilas se han entrelazado con los que llegan a los genitales de mi compaera de placeres, y que sus sensaciones y las mas son indistinguibles, una sola e inmensa vorgine de electricidades que hacen levitar nuestros cuerpos. As, cuando ella, abandonada a los espasmos ms salvajes, que la yerguen y ondulan tanto que apenas puedo dominarla, me precipito como buceador en ese mar tempestuoso, apretando mi cabeza y hundiendo mi lengua hasta las ms oscuras profundidades para alcanzar el cliz que todo lo sacia. Y no es ste el final, porque podra no haberlo si no nos esclavizasen las tiranas de las horas, como tampoco es el principio. He descrito, con mis pobres palabras, slo uno de los cuadros de una obra mucho ms amplia y abierta siempre a nuevas versiones. En los cuerpos de mujer ha encontrado mi lengua el escenario perfecto para desarrollar sus cualidades, para transgredir los que iba creyendo sus lmites sin serlos. E inventando constantemente nuevos actos, diversificando sin cesar sus movimientos, sta, que no es ms que una entre mis muchas virtudes, contribuye a la felicidad de nuestra especie. Por cierto, me llamo David y el nmero de mi mvil es el 696 969 696 (capica en todas las dimensiones).

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Llegar la tormenta

Ayer, mientras almorzaba en un bar con una amiga, escuch de fondo la inconfundible meloda de "A Hard Rain's A-Gonna Fall" de Bob Dylan y la inconfundible voz de Amaral cantando en castellano. Se trataba de un video musical del tema que este duo ha sacado recientemente para que sea el himno de la Expo de Zaragoza. Me entero de que el propio Dylan cedi a la Expo los derechos para usar la que es una de sus ms mticas canciones y que pidi expresamente a la organizacin que fuera Amaral, con quienes comparti escenario durante su gira espaola de 2004, los encargados de versionarla en castellano. El resultado es Llegar la Tormenta que, en mi opinin, no est mal. Desde luego, no arriesgan nada con la meloda, por ms que el sonido (los arreglos) nos resulte ms actual que la versin original del LP Freewheelin' de 1963! Los riesgos los han asumido con las letras y no creo que, salvo por puristas demasiado pijoteros, quepa hacerles reproches. Han declarado que tuvieron muchas dificultades en la adaptacin, porque buscaban que la cancin resultase creble y sonase natural en nuestro idioma. Han reducido bastante el nmero de versos e incluso han combinado entre s varios de ellos, aligerando el machaconeo repetitivo (intencionado) de la composicin original que en castellano y en la actualidad habra perdido la fuerza significante del ingls de los sesenta. Pero las imgenes poticas dylanianas estn ah, con ms de un afortunado hallazgo traductor. Por poner alguna pega dir que no me convence ni me gusta el ttulo, que creo que se lo han sacado de la manga sin necesidad. Pero, salvo ese detalle (que tiene su importancia), he de felicitarles; se nota que lo han currado y el producto es ms que digno. Parece que ahora tiene que dar su opinin el venerable; qu dir?

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Por cierto, esta versin de Hard Rain es la primera que oigo en castellano (no as en ingls) y eso que, como modesto dylaniano que soy, procuro estar al tanto de las que se hacen de sus canciones en nuestro idioma. Hay en Internet una web en la que se informa de las grabaciones de las canciones de Dylan y ah he descubierto que en 2005 Gerard Quintana y Jordi Batista la versionaron en cataln (Una gran pluja molt aviat caur) y que en 2007 lo hizo en castellano JM Baule, otro cataln. Esta ltima puede orse en su pgina de myspaces, mucho ms ajustada en sonido y, sobre todo, en las letras (canta todos los versos de la original aun con ligeros cambios). Cul de ambas versiones gusta ms? Aclaro que no conoca a este Baule y he pasado un buen rato curioseando sobre l. Ha adaptado al castellano y cantado un buen nmero de canciones de Dylan, procurando en general mantenerse bastante fiel a las originales (lo que no suele "funcionar" demasiado bien al odo). A Hard Rain's A-Gonna Fall, compuesta en septiembre de 1962 en el Greenwich neoyorkino, fue hija del terror a la (as se crea) inminente guerra nuclear. Eran los das de la famosa "crisis de los misiles". Los americanos haban descubierto que los soviticos estaban desplegando misiles nucleares en Cuba y la administracin Kennedy haba movilizado al pas. Kruschev amenaz que cualquier intento de agresin a la isla caribea desencadenara una guerra nuclear. Fue un pulso angustioso que, como es sabido, se resolvi el 28 de octubre con el anuncio sovitico de que desmantelaran sus bases cubanas. A los que no vivimos aquello (ramos muy cros y adems estbamos muy lejos) nos resulta muy difcil imaginar el miedo de esas gentes. Ese miedo era el que mova los dedos de ese chaval de 21 aos, tecleando frentico sobre una destartalada mquina de escribir versos apocalpticos, teidos con ese tono admonitorio de los profetas bblicos; versos, cada uno de ellos, que Dylan imaginaba como el comienzo de una de tantas canciones que senta que no iba a poder escribir, porque el tiempo se iba a acabar cuando cayera esa fuerte y definitiva lluvia. Merece la pena intentar revivir en nosotros las sensaciones de esa poca de las que somos herederos, esforzarnos por interiorizarlas, tratar de ponernos en su lugar. Bullan entonces en Estados Unidos

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muchas inquietudes (por ejemplo, y no es la menor, la lucha por los derechos civiles) y en gran medida eran los jvenes quienes estaban protagonizndolas. Fue probablemente el momento cuando con mayor intensidad una generacin se rebel contra el "estado de las cosas", que ms unnimemente se exhibi el rechazo al orden social que se les daba. Y el miedo, la sensacin de que todo se iba a la mierda, fue uno de los motores de esa especie de estado de nimo colectivo. Aunque creo que esa movilizacin generacional fue, globalmente valorada, bsicamente destructiva (quera destruir ms que construir), no se puede negar que esas energas se cristalizaron en numerosas muestras de creatividad. Cuenta Dylan que, nada ms acabar la cancin que brotaba casi como si tuviera vida propia y ganas de nacer, sali inmediatamente a la calle para ir al Gaslight, un local donde actuaba, porque senta la imperiosa necesidad de cantarla. Dicen las crnicas que la cancin entusiasm inmediatamente a casi todos los que la escuchaban y en esos das de agravamiento progresivo de la peor crisis de la guerra fra se convirti espontneamente en una especie de referencia emocional colectiva. En mayo de 1963 aparecera el segundo disco de Dylan (Freewheelin') que marc, ya definitivamente, la apoteosis del cantante. Muchos aos despus, en 2007, Dylan es requerido por algn organizador de la Expo de Zaragoza para contribuir a su promocin. Supongo que casi todos habrn visto el anuncio en el que el cantante se presenta y dice estar orgulloso de participar en "esta misin" para conseguir que haya agua limpia y segura para todo el mundo. El tema musical del spot es justamente una nueva versin de A Hard Rain, grabada para la ocasin. El video "largo" est montado con imgenes de diversas pocas del cantante (predominando las que corresponden a la gira de la Rolling Thunder Revue de 1975-76, bastante despus de la poca en que compuso la cancin) y, sobre ellas, va apareciendo un mensaje que viene a decir que, si en su origen la cancin fue un himno contra la amenaza nuclear, ahora lo ms importante es el agua ... Me pregunto a quin se le ocurrira elegir precisamente esta cancin como tema musical de la Expo y me pregunto tambin si tendra la intencin de evocar el miedo al desastre de aquella poca, reconvertido ahora hacia otra amenaza. Si as fuera, dira que es una pretensin ilusa. Por otra parte, son situaciones tan

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distintas ... Al final, lo cierto es que la publicidad actual, que todo, incluyendo las iniciativas ms loables, lo edulcora y artificializa, no es capaz de reproducir ni por asomo los sentimientos originales por ms que reutilice los smbolos que en su momento los expresaron. Ms bien lo que hace disolverles su carga significante y banalizarlos como otro producto ms de consumo (que, tampoco nos engaemos, lo fue desde el principio; ser quiz slo cuestin de grado). Todo lo cual no quita que sea agradable el revival y que me guste la versin de Amaral, no vaya a parecer yo ms viejo cascarrabias de lo que soy.

26 de marzo de 2007

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La plaza de Sigenza

La plaza es, por antonomasia, el espacio de lo colectivo. Si la ciudad es (o fue?) la ms excelsa construccin de la especie humana, la plaza concentra en su acotada dimensin la esencia de aqulla, tanto funcional como simblicamente. Recintos a los que confluan estrechas y tortuosas calles de unos tiempos peligrosos, las plazas medievales eran los escasos espacios en los que los caseros abigarrados se abran, dejaban el hueco suficiente para las actividades comunitarias y entre ellas la del mercado era la de mayor trascendencia. Siendo el miedo uno de los principales factores que explica tantos elementos de las tramas de esas ciudades (emplazamientos, murallas, tipos edificatorios), las plazas representan las siempre presentes ansias de libertad, de dignidad de los ciudadanos asustados. Por eso la madurez de cualquier ciudad medieval, el progresivo crecimiento de la seguridad, tanto objetiva como psicolgica (confianza en s misma, orgullo identitario), pueda seguirse a travs de las continuadas intervenciones urbansticas sobre sus plazas. Por supuesto, justamente por ello, la plaza es tambin el escenario ms explcito del Poder. Sigenza, asentada en el valle del alto Henares, ocupa un emplazamiento desde el que domina el territorio circundante. En su punto ms alto se erige el castillo medieval (Parador de Turismo), donde antes hubo un alczar musulmn, antes visigodo, antes romano y antes celtbero. Desde el punto alto del castillo baja la calle Mayor hasta la vega. Si bien no puedo asegurarlo, estoy bastante convencido de que ese eje tensado entre sus dos puntos extremos, actualmente el Castillo y la Catedral, fue siempre (al menos desde la Hispania romana) el elemento vertebrador de la ciudad. En cualquier caso, s lo es desde el inicio de la actual Sigenza, cuando en 1123 Bernardo de Agen, obispo guerrero de origen aquitano, conquista la ciudad para la corona castellana. As, durante el siglo XII se van constru-

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yendo Catedral y Castillo (la residencia del obispo, a la vez seor feudal) y consolidando el casero a lo largo de la calle mayor, desde la cual las distintas traveseras van configurando la apretada trama medieval con sus barrios "tnicos" (cristianos, moros y judos). Es curioso, sin embargo, que la maravillosa Catedral quedara durante tres siglos separada del ncleo urbano. La trama va abrindose desde el Castillo con calles en abanico contra pendiente que se completan con las traveseras ms o menos a nivel. De stas, la inferior (llamada justamente la Travesaa baja) era el corazn de la Judera. A principios del siglo XV, una medida segregacionista contra los judos del monarca Juan II, trae como consecuencia el crecimiento de la ciudad hacia la Catedral. Hasta entonces, el mercado semanal se celebraba ente la Puerta de Hierro, en una pequea plaza junto a la parroquia de San Vicente que se haba quedado pequea. El desplazamiento de los judos supuso pues, no solo la ampliacin de la extensin urbana, sino, apropindose el Cabildo de sus antiguos inmuebles, una de las primeras intervenciones sobre la trama de la ciudad que hoy llamaramos de "renovacin urbana". En la confluencia entre la Travesaa alta y la actual calle de Torrecilla se demolieron edificios y se configur una nueva plaza, flanqueada por casas sobre soportales con tiendas y talleres; era la nueva Plaza Mayor, en la que se ubic la alcalda (hoy, la Plazuela de la Crcel). Pero fue el famossimo Cardenal Mendoza (llamado el tercer Rey en tiempos de los Catlicos) quien aborda las ms importantes reformas, marcando el trnsito de la ciudad medieval a la renacentista. En 1487, tras su visita a la ciudad, ordena derribar la cerca que la separaba de la Catedral y hacer casas aportaladas frente a su fachada sur. Las obras se retrasan pero poco a poco se va conformando la Plaza hasta 1494, ao de la cuarta y ltima visita del Cardenal a Sigenza. Por entonces, ordena que se traslade a la misma el mercado semanal de la ciudad, lo que genera las quejas del Concejo que quera mantenerlo en la Plaza Nueva, ms pequea pero ubicada en el centro urbano. Sin embargo, gracias a sus gestiones en la Corte, el Cabildo (los eclesisticos) se llevaron el gato al agua, logrando convertir la Catedral y su Plaza en el nuevo polo del desarrollo econmico seguntino. Muerto ya el Cardenal, se llevaron a cabo las obras

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para completar los soportales de la Plaza, as como la construccin de los segundos pisos de las casas. En 1529 las casas de la fachada sur (la enfrentada a la Catedral) se quemaron y el Cabildo decidi ampliar casi al doble de su superficie la plaza, prolongando por el este los soportales existentes y reedificando sobre una antigua casa la residencia de los deanes, que es el actual Ayuntamiento. Hacia finales de los treinta del siglo XVI la Plaza, en la configuracin con la que la podemos disfrutar actualmente, se encontraba acabada. La plaza seguntina responde en su concepcin a los principios urbansticos del renacimiento italiano en acertadsima adaptacin a las tradiciones constructivas castellanas. El cardenal Mendoza fue el gran mecenas que propici la entrada en Castilla del estilo renacentista (en la propia Sigenza se deben a su impulso el atrio de la Catedral y la Universidad). En la apariencia formal de esta plaza, sin embargo, parece que tuvo singular influencia el siguiente Obispo de la ciudad, Bernardino de Carvajal (individuo cuya vida da para un thriller), que haba antes embajador de los Reyes Catlicos en Roma. Durante su estancia en la sede papal Bramante estaba construyendo el templete de San Pietro in Montorio, a costa de los monarcas espaoles para conmemorar la toma de Granada. El eclesistico conoci al arquitecto cinquecentista y debi entusiasmarse con sus obras. Tanto que parece que, de vuelta en Castilla, expres su voluntad de que la plaza seguntina se asemejase a la Ducal de la ciudad lombarda de Vigevano, erigida a finales del siglo XV por el arquitecto italiano. Y todo el rollo anterior vena a cuento porque, tras unos veinticinco aos, he vuelto esta pasada Semana Santa a Sigenza y, no s si tanto como entonces, pero me he vuelto a quedar admirado con esa Plaza; bueno, me he quedado enamorado de todo el casco antiguo, de la calle Mayor y de sus travesaas, de su excepcional Catedral, hasta del Castillo pese los inevitables falsetes de su restauracin turstica. Pero la Plaza me ha dejado anonadado; es un manual absolutamente perfecto de buen urbanismo que, desgraciadamente, pone en triste evidencia nuestras actuales impotencias. Estudiar esta plaza (y tantas otras) cuntas lecciones podra darnos.
29 de marzo de 2007

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La herencia de los Papas

Desde la consolidacin del cristianismo triunfante (pongamos unos tres siglos despus de Constantino) se erigi como ideologa dominante que el poder humano proviene de Dios; de tal forma, toda autoridad terrenal slo era legtima en tanto cristiana. Este asunto de las relaciones entre el poder terrenal y Dios fue una fuente caudalossima de elucubraciones intelectuales; las mejores cabezas de la cristiandad (tanto en Oriente como en Occidente) se enzarzaban en prolijas argumentaciones, llenas de sutiles matices teolgicos, que hoy nos parecen rebuscadas e intiles naderas. Sin embargo, por ms que hubiera algn ingenuo y bienintencionado pensador, en la mayora de los casos, como siempre ha ocurrido, estos doctores de la Iglesia saban bien lo que estaba en juego en cada momento; la teologa, al fin y al cabo, resultaba ser la ms eficaz justificacin de la poltica y, en concreto, la nica vlida del Poder. Probablemente, el primer antecedente de la infinidad de ejemplos que surgiran durante la Edad Media puede ser el documento conocido como la Donacin de Constantino (Donatio Constantini) presentado por el Papa Esteban II al rey franco Pipino en los aos cincuenta del siglo VIII. Por aquellas fechas, la situacin del Papado era bastante poco prometedora. De un lado, las relaciones con el Imperio (no se olvide que el emperador estaba en Constantinopla) iban cada vez peor; los basileos bizantinos se oponan violentamente a la veneracin de las imgenes que, en cambio, gustaba mucho a los pontfices romanos. Desde luego, sta no era sino una excusa para enmascarar ansias de poder, pero a Len III Isurico (715-741) le bastaron para quitarle a Roma el dominio del sur de Italia (Sicilia y Calabria) as como de los Balcanes. Por otra parte, los reyes lombardos, cuya capital estaba en Pava (en la actual Lombarda, que por eso se llama as) tenan ganas de ampliar sus dominios hacia el sur

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de la pennsula italiana. De hecho, se aprovecharon de la hostilidad de los bizantinos para proclamarse defensores del Papa y, con ese pretexto, adems de conquistar el Exarcado de Rvena (del imperio de Oriente), tomar bastantes ciudades que estaban bajo jurisdiccin romana. Al Papado, entre dos fuegos, se le presentaban perspectivas poco halageas. En esa situacin, Gregorio III (731-741) se dedic a ganar tiempo y, finalmente, tomo una decisin que sera fundamental para la historia de Europa: da la espalda al Imperio de Oriente (que era el legtimo heredero del romano) y busca apoyo en los francos, acudiendo a Carlos Martel, el que dara origen a la dinasta carolingia. De momento no es sino el inicio de una nueva lnea poltica, sin que ocurra nada concreto. Mueren Gregorio (el Papa), Carlos (el franco), Len (el bizantino) y Luitprando (el lombardo). En el reino franco el poder recae en Pipino el Breve, pero no es el rey, ya que este ttulo le corresponde, por "derecho divino" a los herederos legtimos de la dinasta merovingia. El rey es Childerico III, mero monigote controlado por Pipino, que necesita una legitimacin sacra para sustituirlo en el trono. Es curioso enterarse de que al pobre Childerico no le apoyaba nadie, ni los nobles ni los eclesisticos; sin embargo, era impensable deponerlo (lo que apenas habra tenido obstculos objetivos), tanta era la fuerza de la legitimidad cristiana. Dos emisarios de Pipino, ambos clrigos naturalmente, fueron pues a Roma a preguntarle al Papa Zacaras (sucesor de Gregorio) si estaba bien que fuese rey quien no tena poder real; el Papa, cuco l, dice que eso est muy mal porque el rey debe ser quien ejerza el poder. Con la autorizacin, ms o menos tcita, de Zacaras, Pipino tarda slo unos meses en deponer a Childerico III, al cual rapan (la melena era signo de poder entre los francos) y lo envan a un monasterio. Luego, con apoyo de todos los grandes del reino, es coronado por el delegado Papal, el arzobispo Bonifacio (llamado el apstol de Alemania). Muerto Zacaras, el nuevo rey lombardo decide romper la inestable calma y ocupa la pentpolis italiana (territorio adritico) y llega a sitiar Roma. El nuevo Papa, Esteban II, abandona desesperadamente Italia y se llega hasta la residencia real franca de Ponthion, en el corazn de la Borgoa, para pedir ayuda a Pipino. En esa reunin (a

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la que asisti el futuro Carlomagno, por entonces un nio de siete aos), Pipino se compromete a devolver al Papa los territorios que le ha arrebatado el lombardo. Ciertamente, el rey franco est en deuda con el Papado, pero eso no basta para explicar su compromiso (que habra de cumplir con eficacia). Esteban convence a Pipino de que esos territorios son "jurdicamente" propiedad de la Iglesia romana. Estamos ante el acto de legitimacin fundacional de los Estados Pontificios y es aqu donde entra en juego el documento al que antes me refer, la Donatio Constantini. En el citado documento Constantino hace profesin de su fe cristiana y, tras una serie de agradecimientos y elogios al Papado, le concede su propio poder como emperador, as como la posesin de extensos territorios. Est ms que demostrado que es una falsificacin, hecha por los colaboradores de Esteban a partir de tradiciones ms o menos difusas (lo que hoy llamaramos leyendas urbanas) que provenan de la poca del Papa Silvestre (314-335). Pero no hay por qu sorprenderse, ya que la Edad Media fue profusa en falsificaciones (no slo documentales, pinsese en las reliquias), con distintos grados de descaro, desde la pequeas correcciones hasta las invenciones ms imaginativas. Hay que decir (para poner coto a los malpensados) que los falsificadores eclesisticos actuaban de buena fe; se trataba de mentir en la forma para mostrar la verdad de fondo; ya se sabe que Dios escribe recto en reglones torcidos. Adems, en aquellos tiempos nadie se pona muy pejiguero con exigencias de rigor metodolgico (en realidad, la Iglesia no ha sido nunca muy pejiguera a este respecto). Lo que parece cierto es que el Papa y sus muchachos estaban honestamente convencidos de ser los verdaderos herederos de la legitimidad imperial romana, mxime cuando el emperador se haba radicado en Oriente, abandonando Roma. Si tal era la Verdad (fortalecida adems por una visin que se ha dado en llamar monismo hierocrtico), qu importancia tiene que se prepare un documento que Constantino debi haber elaborado cuatrocientos y pico aos antes? Creyera del todo o no en la autenticidad de ese texto, a Pipino le interesaba avalar sus consecuencias, porque de tal forma su coronacin por el Papa adquira la ms alta legitimacin, la que proviene de

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un soberano terrenal que, a su vez, es vicario en la Tierra del Creador, fuente de todo poder. A la Iglesia, en cambio, no le convena demasiado descansar sus derechos de soberana (directa sobre lo que seran a partir de entonces los Estados Pontificios e indirecta sobre todo Occidente) en un acto tan propio del Derecho humano como una donacin; habran preferido, sin duda, que bastara con las argumentaciones de tipo hierocrtico (a partir de la famosa metfora de Cristo entregando las llaves a Pedro). Pero las sutilezas teolgicas eran demasiado cultas para convencer a los poco sofisticados reyes germanos quienes, en cambio, entendan mucho mejor explicaciones basadas en las herencias patrimoniales. En cada momento hay que escoger los argumentos ms adecuados a los fines y, desde luego, no tener ningn reparo en posteriormente reinterpretarlos (donde dije digo, digo Diego) o relegarlos al rincn oscuro, sustituyndolos por otros ms pertinentes, incluso aunque contradigan a los anteriores; adems, nunca se sabe cuando puede convenir resucitar tesis obsoletas. En todo ello es la Iglesia Catlica, sin ninguna duda, la ms experimentada maestra. A corto plazo, en todo caso, la Donatio Constantini cumpli su funcin. Esteban consagra a Pipino y legitima definitivamente la nueva lnea dinstica carolingia, de la cual derivara el Imperio que durara (con enormes variaciones en cuanto a su mbito territorial) hasta la I Guerra Mundial. Y Pipino reconquista para el Papa las Marcas y la Romaa que, junto al Ducado de Roma, se conforman como los Estado Pontificios. A medio plazo, el Papado empezar a sentirse coaccionado por la dependencia excesiva en lo temporal hacia el Emperador. Para ir consolidando su autonoma (y acrecentando su poder material), adems de las ineludibles estrategias de realpolitik (bsicamente jugar con todas las monarquas europeas sin comprometerse con ninguna), los doctores de la Iglesia al servicio de Roma iran desarrollando la teora del poder nico (monismo) con subordinacin del temporal al espiritual (hierocrtico), que llegara a su mxima expresin con la Bula Unam Sanctam de Bonifacio VIII a principios del XIV. Para entonces la Donacin de Constantino ya se haba relegado a los archivos pontificios (oficialmente nunca se ha declarado falsa) y ni se mencionaba por innecesaria.

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El monismo hierocrtico, en tanto ideologa oficial, correra una suerte similar, incluso con menor duracin temporal. Pero prefiero referirme a esos planteamientos en un prximo texto; adelanto, no obstante, que las argumentaciones contaron con mucha mayor enjundia teolgica porque tambin el Papado se jugaba mucho por esas fechas. Nuevamente logr salir airoso (el Cisma de Occidente, culminacin del largusimo enfrentamiento entre gelfos y gibelinos) y los pontfices iniciaran el Renacimiento con una orgullosa confianza en su poder, lo que les posibilitara exhibir los comportamientos ms corruptos de toda la historia de la Iglesia. En esos aos, a caballo entre los siglos XV y XVI, volveran a desempolvarse las tesis hierocrticas para resolver un tema que nos toca muy de cerca: el reparto de Amrica entre castellanos y portugueses. Quien las sac a colacin fue, ni ms ni menos, que Bernardino de Carvajal, el obispo de Sigenza que cit en un escrito anterior por su influencia en el estilo renacentista italianizado de la maravillosa plaza de esa ciudad. Pues de esa historia quera hablar, pero es que uno se retrotrae y no llega. Pero ya lo har algn da.

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La Iglesia y la bsqueda de la Verdad

El 18 de noviembre de 1893, Len XIII publica la encclica Providentissimus Deus, en la que sentaba la posicin catlica "oficial" en relacin al estudio de las Sagradas Escrituras. El Papa escribe esa Carta impulsado, segn sus propias palabras, "no solamente a desear que esta preciosa fuente de la revelacin catlica est abierta con la mayor seguridad y amplitud para la utilidad del pueblo cristiano, sino tambin a no tolerar que sea enturbiada, en ninguna de sus partes, ya por aquellos a quienes mueve una audacia impa y que atacan abiertamente a la Sagrada Escritura, ya por los que suscitan a cada paso novedades engaosas e imprudentes". En sus primeros prrafos exhorta a los catlicos a estudiar diligentemente las Escrituras, porque en ningn otro sitio se encontrarn mejores enseanzas sobre Dios ni ms tiles ayudas para nuestra salvacin. Tantos nimos en ese sentido (citando predominantemente sentencias de los Padres de la Iglesia premedievales) contrastan con el recelo tradicional de la jerarqua eclesistica justamente ante los fieles que queran estudiar la Biblia (recordemos que ste es uno de los puntos que motiva la Reforma de Lutero). En mi opinin, tampoco creo que en estos ciento y pico ltimos aos las cosas hayan cambiado mucho en el fondo. Por ms que se enuncien doctrinas ms digeribles en trminos tericos, la prctica de la Iglesia en cuanto al acercamiento de los catlicos a sus textos sagrados sigue estando caracterizada por la prevencin y el obstruccionismo. La Encclica se redact para enfrentarse a los racionalistas, que eran "los enemigos que tenemos enfrente". "Ellos niegan, en efecto, toda divina revelacin o inspiracin; niegan la Sagrada Escritura; proclaman que todas estas cosas no son sino invenciones y artificios de los hombres; miran a los libros santos, no como el relato fiel de acontecimientos reales, sino como fbulas ineptas y falsas histo-

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rias. ... Presentan este cmulo de errores, con los que creen poder anonadar a la sacrosanta verdad de los libros divinos, como veredictos inapelables de una nueva ciencia libre". Esta motivacin lleva al Papa a dar una serie de consejos para que se estudien las Escrituras profundamente, a fin de poder desmontar los sofismas de los adversarios. Ahora bien, el Santo Padre nos explica que las palabras de los textos sagrados ocultan "gran nmero de verdades que sobrepujan en mucho la fuerza y la penetracin de la razn humana, como son los divinos misterios y otras muchas cosas que con ellos se relacionan: su sentido es a veces ms amplio y ms recndito de lo que parece expresar la letra e indican las reglas de la hermenutica; adems, su sentido literal oculta en s mismo otros significados que sirven unas veces para ilustrar los dogmas y otras para inculcar preceptos de vida; por lo cual no puede negarse que los libros sagrados se hallan envueltos en cierta oscuridad religiosa, de manera que nadie puede sin gua penetrar en ellos. Dios lo ha querido as (sta es la opinin de los Santos Padres) para que los hombres los estudien con ms atencin y cuidado, para que las verdades ms penosamente adquiridas penetren ms profundamente en su corazn y para que ellos comprendan sobre todo que Dios ha dado a la Iglesia las Escrituras a fin de que la tengan por gua y maestra en la lectura e interpretacin de sus palabras ". A partir de esta premisa, expone el Papa cmo quiere que sea la actitud de quienes estudian la Biblia. Todo estudio debe conducir a llevar al convencimiento de la verdad de las interpretaciones que hayan sido declaradas por los autores sagrados y por la Iglesia. Porque, "siendo el mismo Dios el autor de los libros santos y de la doctrina que la Iglesia tiene en depsito, no puede suceder que proceda de una legtima interpretacin de aqullos un sentido que discrepe en alguna manera de sta. De donde resulta que se debe rechazar como insensata y falsa toda explicacin que ponga a los autores sagrados en contradiccin entre s o que sea opuesta a la enseanza de la Iglesia". Para lograr esta finalidad, no slo han de estudiarse las Escrituras, sino tambin las ciencias profanas, a fin de poder mostrar la falsedad de cualquier afirmacin sobre la contradiccin de stas con las creencias cristianas.

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La lnea argumental, en suma, se repite hasta la saciedad a lo largo del texto y refleja la actitud de la Iglesia ante el conocimiento: ste slo tiene sentido (y es verdadero) en tanto coincide, explica y corrobora la Fe. La argumentacin es, por supuesto, dogmtica: dado que lo que creemos es verdad, todo aquello que lo contradiga es falso. Adems muestra el profundo rechazo de la Iglesia, ms all de retricas diplomticas, a la ms noble potencia del ser humano, que es la bsqueda del conocimiento, gracias a la cual se han desarrollado las ciencias y vivimos y somos mejores (espero) que en tiempos pasados. Ciertamente, la Iglesia ha mantenido siempre una postura "defensiva" frente al progreso intelectual y, aunque no ha logrado impedirlo, ella ha sido a mi juicio su ms importante obstculo, gracias al empleo, diablica y conscientemente astuto (nunca ha de subestimarse), de sus poderossimos y muy diversos medios. Se me dir que la encclica a la que me estoy refiriendo es agua pasada que no refleja la actual manera en que la Iglesia entiende la labor intelectual. No es as. Ntese, de entrada, que estamos hablando de un texto que, aunque nos parezca de tiempos remotos dados los colosales cambios que ha experimentado la humanidad en la ltima centuria, es bastante reciente en la concepcin temporal de la Iglesia; no hay, ni mucho menos, discontinuidad intelectual entre el pensamiento de Len XIII y la manera profunda de entender el mundo de las actuales jerarquas eclesisticas. Esa encclica fue "revisada" cincuenta aos despus por la Divino Afflante Spiritu de Po XII (el Papa que ha sido objeto de un enconado debate sobre su papel en el Holocausto nazi), redactada para "confirmar e inculcar todo cuanto Nuestro Predecesor sabiamente estableci y lo que sus Sucesores aadieron para reforzar y perfeccionar la obra; y, de otra, ensear lo que al presente parecen exigir los tiempos, para ms y ms animar a todos los hijos de la Iglesia, que a estos estudios se dedican, en esta labor tan necesaria como laudable". Con estilo ms "moderno", Po XII se limita a actualizar el mismo mensaje: los trabajos intelectuales del catlico deben servir "no slo para rebatir lo que opongan los adversarios, sino tambin para intentar una solucin que concuerde fielmente con la doctrina de la Iglesia y principalmente con lo que ella ensea acerca de la absoluta inmunidad de todo error en las Sagradas Escrituras, y que satisfaga

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tambin debidamente a las conclusiones ciertas de las disciplinas profanas". El tercer hito importante en lo que se refiere a la doctrina oficial de la Iglesia sobre el estudio de las Sagradas Escrituras (y, en general, sobre el trabajo intelectual) lo protagoniza el actual Papa, en 1993, cuando era Presidente de la Pontificia Comisin Bblica. Ese ao se celebraba el centenario de la encclica Providentissimus Deus , ocasin piripintada para que el Cardenal Ratzinger le presentara al Papa el documento ttulado "La interpretacin de la Biblia en la Iglesia". Este texto sigue sosteniendo, aunque ciertamente de forma mucho ms matizada, que el estudio e interpretacin de las Escritura tiene como lmites los que cuestionen su verdad salvfica; para evitar desviaciones en esos trabajos intelectuales hay que mantenerse en la "corriente de la tradicin viva" y ponerse "bajo la gua del Magisterio eclesial". Como el propio Ratzinger afirma, se mantienen los principios fundamentales ya expuestos por Len XIII. En mi opinin, la Iglesia "oficial" de 1993 (o de 2008, si me apuras) piensa, en cuanto a las relaciones entre Fe y Razn, de forma muy similar a cmo lo haca en 1893 o en 1943. Ciertamente, el actual Benedicto XVI posee ms finura dialctica que sus predecesores y eso le permite disimular planteamientos previos claramente errneos y alcanzar una aparente conciliacin entre la dogmtica y los fines y mtodos de la investigacin cientfica. La gran aportacin intelectual de Ratzinger a este respecto es la tesis de los dos campos de conocimiento que, aunque interrelacionados, tienen cada uno sus propias legitimidades internas. Se desarrolla una hbil crtica epistemolgica a la propia validez del racionalismo como mtodo para conocer la realidad; dice el entonces Cardenal que "si se presenta una explicacin puramente materialista de la realidad como la nica expresin posible de la racionalidad, entonces se entiende incorrectamente la racionalidad misma". Para apoyar esta suerte de "relativismo cientfico" (el moral no le gusta tanto, desde luego), no vacila en recurrir al principio de incertidumbre de Heisenberg, en un salto injustificado (dudo mucho que sepa mucho de Fsica) descaradamente fuera de contexto. Y, a partir de ah, ya puede concluir que la fe y la razn pueden ser compatibles

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y enunciar el nuevo programa intelectual de los catlicos: "Se trata de ver qu puede la razn, y por qu la fe puede ser razonable y la razn puede estar abierta a la fe". En el fondo, aunque ya no pueda decirse en voz alta, se sigue creyendo lo mismo: si algo va contra la fe, es falso, toda vez que la fe es verdadera. No soy suficientemente ducho para sumergirme en los sutiles argumentos con que se ha ido (y todava se est) construyendo esta tesis que permite a la Iglesia aguantar dignamente a quienes califican a muchas de las creencias catlicas de supersticiosas. Desde mis carencias, estoy dispuesto a admitirla en el plano terico. No obstante, como siempre ocurre (no slo en el mbito de la Iglesia), elaborada la argumentacin ms o menos defendible viene su aplicacin simplificadora para justificar la "inatacabilidad" de determinadas creencias. Porque el problema es que no est nada claro cules de la plyade de creencias catlicas son fundamentales para la fe y cuales, en cambio, pueden ser sometidas a crtica cientfica. Como para la mayora de las autoridades eclesisticas lo son casi todas, nos encontramos con que, en la prctica, tanta finura intelectual vuelve a valer slo para obstaculizar (al menos entre los catlicos) el desarrollo intelectual. Pero, claro, esto es una opinin. Naturalmente, las "verdades" cientficas (siempre provisionales, a diferencia de las inmutables que nos ha regalado la Providencia) acaban imponindose, por ms que, todava hoy, la Iglesia siga empeada en obstaculizarlas. Pero no importa. Cuando ya es absolutamente insostenible cualquier afirmacin previa, la Iglesia, con su antiqusima y maquiavlica inteligencia, reajustar su discurso para contarnos como todo sigue encajando. Calculo que no falta mucho tiempo (espero que sea en este siglo) para que los Papas admitan explcitamente la evolucin, por ejemplo. Pero no desesperemos, que los tiempos de la Iglesia son ms pausados, lo que, por cierto, viene muy bien para ir construyendo las nuevas "interpretaciones conciliadoras" e ir dejando poco a poco que las antiguas se vayan olvidando, sin necesidad de desautorizarlas. Porque, no lo olvidemos, la Verdad proviene de Dios y su custodia ha sido confiada a la Iglesia.
5 de abril de 2007

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Las hordas de la noche

Las hordas llegaron de noche, envueltas en bruma. Acaso eran la bruma, la bruma ms espesa. Noche brumosa sin luna, oscuridad vaca. Llegaron sin ser vistas ni odas, las hordas, de noche. El poblado dorma sus ltimos sueos. Acaso del sueo vinieron, las hordas. Acaso su feroz tarea acaeci en los campos yermos de all, el otro lado. Muerte sin sangre, ni gritos, ni consecuencias. Fmures descarnados asomaran entre las sbanas, rbitas huecas arrojando sus miradas a los techos, cadveres rasgados por las zarpas. Lo vimos todo, sin ojos y sin tiempo; y mientras tanto, siempre el silencio. ramos pocos y soberbios. Habamos olvidado las reglas de ellos, los legtimos dueos. Lleg la luz del alba y nos levantamos, ya muertos. Espectros de cuerpos desgarrados, muecas macabras por rostros. Luego pasaron los das, meses y aos. Vinieron forasteros y se quedaron, porque no nos distinguieron. De los vientres exanges de nuestras hembras nacieron nios condenados, pero ignoraron su naturaleza porque se la ocultamos. Y sin embargo ... El hbito anestesia la consciencia, induce el sopor sin sueos: no hay tragedia. Pero yo he vivido muerto y sin amnesias, maldita lucidez de los recuerdos. Balbuceo jaculatorias inventadas en idiomas que no existen. Las hordas, las hordas, tartamudeo con la voz del miedo y luego la jerga me invade, abundante de consonantes velares, ininteligible hasta para m, por ms que intuya su mensaje funesto. No asustes a los cros, abuelo, me dicen quienes se aferran al silencio. Pero de la bruma del silencio naci el horror, y yo lo sigo viendo. No es recordarlo la mayor de mis tragedias, sino saber que se acerca la fecha de cumplir el pacto. No falta mucho para que la bruma vuelva y yo sea parte de ella.

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Llegaremos de noche, otra vez, infinitas repeticiones. Desgarraremos las carnes de ilusiones para mostrar el sinsentido absurdo de la muerte, vaciaremos las cuencas oculares de mis hermanos para ensearles a ver sin ojos, desecaremos los lquidos de sus cuerpos para ahogarles en el polvo eterno que sofoca. Y s, sabemos, que no valdr de nada, pues el miedo a la verdad mantiene ah la raya. Percibo el olor acre de la bruma, los tiempos estn prximos a cruzarse. No he tenido suerte desde entonces pero para qu lamentarse. Matar viviendo una nueva muerte. Envueltos de bruma, llegaremos de nuevo, las hordas de la noche.

16 de abril de 2007

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Refugio de canallas o basura combustible?

Encuentro en una web una estupenda recopilacin de citas sobre nacionalismo/patriotismo. Los dos primeros apotegmas, sin embargo, son ligeras variaciones de una misma idea que ya haba ledo varias veces y que llevaba tiempo con dudas sobre su autora. En esa pgina se atribuye a Ambrose Bierce, de su obra Diccionario del Diablo (1911), lo de que la patria es el ltimo refugio de los canallas. A Samuel Johnson, en cambio, le correspondera haber dicho que el patriotismo es el ltimo recurso del bribn, citado en la tan loada biografa que escribi el excntrico James Boswell. No he ledo ninguna de esas dos obras. De hecho, llevo ya varios aos con la Vida del Doctor Johnson apuntada en un rincn del cerebro con la etiqueta de libros pendientes. De Ambrose Bierce me dieron ganas de conocer algo tras enterarme de su existencia con la lectura de Gringo Viejo, la ficcin de Carlos Fuentes. Ayer mismo se me reavivaron esas viejas intenciones al volver a ver, esta vez en la tele, la peli hecha a partir del relato del escritor mexicano, con Gregory Peck y Jane Fonda. La cosa es que no terminaba de cuadrarme un parecido tan acusado en ambas frases. Pareciera que Ambrose Bierce se hubiese limitado, nada ms, a cambiar los tres sustantivos de la frase por vocablos cercanos. Si as era, ms que una nueva sentencia, debera considerarse una mera reinterpretacin, quizs la adaptacin del ingls britnico al norteamericano de dos siglos despus). Los dos libros referidos pueden conseguirse en Internet; el del norteamericano, Diccionario del Diablo, en castellano; el de britnico, Vida del Doctor Johnson, parece que slo en ingls. Previamente, en la entrada sobre Samuel Johnson de la Wikiquote en ingls descubro la cita en su idioma (patriotism is the last refuge of a scoun-

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drel) y, lo ms importante, verifico que efectivamente proviene de la biografa de Boswell. Voy a la versin online (en ingls) de dicho libro y, en efecto, en el segundo volumen, Boswell nos cuenta que el viernes 7 de abril de 1775, cen con Johnson y varios amigos y durante la conversacin sali el tema del patriotismo; fue entonces cuando Johnson, en voz alta y firme, profiri el famoso apotegma. Por aquellos aos Johnson estaba bastante volcado en el activismo poltico. Justamente en 1774, meses antes de la reunin a que se refiere su bigrafo, haba publicado El Patriota. Intuyo que las ideas de esa obra bulliran en su cabeza al exclamar su lapidaria frase. Sin embargo, en El Patriota no condena tan tajantemente el patriotismo; de hecho, lo presenta como una virtud ("un patriota es aqul cuya conducta pblica est presidida por un nico motivo: el amor a su pas ... el inters pblico"). En trminos similares lo haba definido en su ms famosa obra (A Dictionary of the English Language, 1755). Sin embargo, en la dcada de los setenta (si no antes), el nfasis de Johnson se dirige a denunciar los comportamientos miserables amparados con la excusa del patriotismo. Es significativo que El Patriota dedique su mayor extensin a condenar a esos que se apuntan a la lista de los patriotas, que tienen la apariencia externa de patriotas sin sus cualidades constitutivas y que brillan como las monedas falsas. Ciertamente, Boswell matiza que, con su iconoclasta expresin, Johnson no se refera a un amor honesto y generoso por nuestro pas, sino a aqullos que, "en todas las pocas y lugares, han usado el manto del patriotismo para arropar sus propios intereses". Esos seran pues, para Johnson, los canallas. Pero lo que me parece interesante es descubrir cmo los matices, que siempre se olvidan, suavizan mucho el impacto de la cita. Habra sido ms fiel a su pensamiento, si Johnson hubiese dicho, por ejemplo: los canallas gustan de refugiarse en el patriotismo. Claro que la frase habra perdido fuerza y no olvidemos que Johnson era tremendamente consciente de la eficacia del estilo panfletario (y tena grandes dotes para ello). Ambrose Bierce conoca la frase de Boswell, pero tengo la impresin de que no suficientemente su pensamiento acerca de este tema. De hecho, en la entrada de su Diccionario del Diablo correspondien-

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te a patriotismo dice que el doctor Johnson, en su clebre diccionario, lo define como el ltimo recurso del pillo. Pero no es en su diccionario (una obra eminentemente lexicogrfica) donde el britnico expresa esa idea, as que Bierce deba estar escribiendo de (mala) memoria. Tampoco, en sentido estricto, puede decirse que con esa frase Johnson pretendiera definir el patriotismo. Pero Bierce es un periodista visceral y, pienso, le interesaban ms los aguafuertes que los claroscuros. As que toma su vago recuerdo de una antigua lectura del libro de Boswell, pasa de matices, y lo convierte en trampoln para aportar su nuevo apotegma. Porque, segn leo en el Diccionario del Diablo disponible en internet, la frase de Bierce es distinta de la que se cita en la web que he consultado y, efectivamente, no se parece tanto a la original de Johnson o de Boswell? Bierce dice que el patriotismo es basura combustible dispuesta a arder para iluminar el nombre de cualquier ambicioso (combustible rubbish read to the torch of any one ambitious to illuminate his name). Emparentada semnticamente con la de su antecesor, sin duda, pero a mi juicio bastante ms radical. Dudo que Bierce estuviera dispuesto a admitir que puede haber un patriotismo virtuoso, cuando de entrada lo califica de basura. Y hasta aqu. Me haba quedado con las ganas de aclararme en cuanto a las citas de Johnson y Bierce. Ahora me queda leer despacio los dos libros originales. Y, ya puestos, aprovechar para abrir la discusin: con cul de las dos citas sobre el patriotismo estara cada uno ms conforme?

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Querras conocer la fecha de tu muerte? (I)

Querras conocer la fecha de tu muerte? Esa pregunta rompi su silencio ensimismado; as, a bocajarro, con una mirada muy triste. Haba despertado una hora antes. Me lo advirti, sin abrir los ojos, apretndome la mano que tena sobre las suyas. Yo llevaba ms de tres horas junto a su cama, apenas sin levantarme de la silla, observando en ese cuerpo narcotizado cada uno de sus casi imperceptibles movimientos. Lo escrutaba obsesivamente, buscando alguna clave que explicara el intento de suicidio de mi ex marido. Era sbado, hacia el medioda. Sbado 16 de mayo de 2015, para ser exactos. El da anterior, el viernes 15 de mayo de 2015, seran las nueve de la noche, llegaba reventada y sola al apartamento de Nerviano; ese mes me tocaba la sede de Miln. Tir el bolso en el sof de la sala y me encerr en el bao; casi al instante son el mvil. En el visor una llamada perdida y luego un nombre, Rdiger ... Rdiger? Tard un poco en recordar: el compaero bvaro de Alberto en el laboratorio de Basilea. Lo conoca muy poco, de los primeros das de Alberto en Suiza; cuarenta y pico, alto y flaco, muy feo y muy hablador, aunque costaba entender su sucio alemn del sur y la cosa no mejoraba demasiado con su ingls. Si Rdiger me llamaba, algo le haba pasado a Alberto. Puls el botn de devolver llamada e inmediatamente la voz de Rdiger. Clara, es Alberto, muy grave, en el Hospital Universitario, deberas venir ... Qu ha pasado, Rdiger (maldito acento bvaro)? No me lo quera decir, rodeos titubeantes, pero al fin: barbitricos, muchos, estaba en coma, haba sido en el propio laboratorio, l se haba ido a la hora de almorzar, los viernes no trabajan por la tarde, pero haba vuelto a las cuatro, quera revisar unos resultados, casua-

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lidades, y ah estaba Alberto, echado boca arriba sobre la mesa de reuniones, con la bata puesta pero sin zapatos. No puede ser Rdiger, no puede ser. Pero era, y colgu y sin fijarme en lo que haca llen la maleta pequea y baj al stano y arranqu el coche y lo enfil hacia la autostrada de los Lagos. No necesitaba activar el navegador GPS: todo recto hasta Basilea; eso s, cruzando los Alpes y Suiza entera. Casi hacia medianoche entraba en Suiza. La breve detencin en la frontera me oblig a tomar conciencia de m misma, de lo que estaba haciendo. Vena actuando con todos mis movimientos guiados por un piloto automtico, sin intervencin de mi voluntad y mucho menos de mis pensamientos que parecan dormidos. Pero entonces, de pronto, sent dolor en todo el cuerpo. Cruc la frontera y entr en Chiasso, un pueblito anodino y callado de casas unifamiliares. Calleje a marcha lenta hasta toparme con un bar abierto en la estacin. Slo dos hombres sentados a una mesa y una camarera negra inmensamente gorda. Cog una tarrina de plstico que encerraba una ensalada nada apetitosa y ped un caf muy cargado. Cuando me lo llev a la mesa, la gorda, en un italiano ceceante, me pregunt si buscaba hotel. No, he de seguir viaje, le dije. Bueno, respondi, quiz sea lo mejor; hay que hacer lo debido, aunque sea intil. Qu quiere decir? Disculpe, no pretend molestarla, y se fue tras la barra. El rato que pas all, mientras coma, senta su mirada fija en m. Los dos hombres, de improviso, empezaron a discutir a gritos en ruso. No entenda nada y not que la ansiedad me oprima. Me levant y sal. Lugano, Lucerna y otras poblaciones de toponimias italianas primero y alemanas despus; todos entrevistos como mosaicos de luces indiferentes desde la autopista y a velocidad constante. No iba rpido, el aire fresco de la primavera alpina me mantena despejada, recordaba a Alberto, nuestros veintitrs aos de vida en comn. Nos separamos porque no podamos vivir juntos; demasiadas diferencias en nuestros anhelos de incompatible coexistencia. Y, sin embargo, cada uno saba que no quera vivir con nadie que no fuera el otro. Evoqu los intentos tmidos de un arreglo cuando decidi aceptar la oferta de Basilea; pensamos en Lugano, a medio camino entre Miln y su nuevo laboratorio. Fue mi orgullo el que trunc una opcin de

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consenso? La duda me agobiaba mientras conduca; me incomodaba cuestionar mi "versin oficial"; necesitaba sostener ante m misma que Alberto no cumpli su parte, que me segua debiendo algo. Casi eran las cinco de la madrugada cuando llegu al Hospital Universitario de Basilea. En la recepcin haba un sobre a mi nombre; era una nota de Rdiger: que lo llamase. Antes quise ver a mi ex marido, pero no lo permitan. Pregunt por el mdico responsable, pero no estaba. Senta la rabia, una garra espinosa que me apretaba y rajaba las vsceras. Era un dolor que sala hacia afuera, agresivo, pero que, al mismo tiempo, tapaba al otro, ms hondo y sordo. La rabia me mantena activa, el otro me hubiese apabullado, embotado en el agotamiento. Sin darme cuenta empec a gritar; quera ver a mi marido (ya no era ex). Sin darme cuenta aparecieron dos agentes de seguridad interna; seora, por favor, debe retirarse. Sin darme cuenta, flanqueada entre ellos, levitaba (o era yo quien caminaba?) hacia el aparcamiento. Necesita que la acompaemos a algn lugar? La voz del chico (era muy joven) sonaba amable, casi cariosa. No, gracias, disculpen. Sabemos que hace lo que tiene que hacer; no debe preocuparse, seora; adems no gana nada, es intil. Perdn, no entiendo. Pero ya se haban ido y ah estaba yo, de pi junto a mi coche, sola frente a un edificio en el que yaca Alberto, mientras el amanecer se insinuaba tmidamente. Como la otra vez, Rdiger contest al telfono casi de inmediato. Ven a mi casa, me dijo, as podrs descansar; hasta las nueve no dejan entrar a nadie. Me gust que usara el imperativo, que eligiera frases cortas, inequvocas, que no me diera margen para decidir. Mi cuerpo necesitaba rdenes simples y directas. Pero mi voluntad pareca haberse derrumbado y mi capacidad de raciocinio se deshaca. Conduciendo hacia la casa de Rdiger no lograba entender las instrucciones del navegador y me cost unos cuantos errores absurdos llegar. Era un chalet precioso, muy al estilo Meier, de volmenes limpios, sin apenas concesiones. Adems, pegado al ro; seguro que esa era la mejor zona residencial de Basilea, pens. Rdiger me abri, de nuevo inmediatamente, todo lo hace en el acto, este hombre? En el mismo umbral me abraz, sin saludarme siquiera. Mi cuerpo amag con tensarse; mi reaccin instintiva ya

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absolutamente interiorizada. Pero al cerrarse esos huesudos brazos sobre mi espalda y apretarme hacia l ms estrechamente de lo convencionalmente adecuado, slo dese abandonarme, disolverme en ese alemn que tan poco conoca. Fue un rato largo, largo y extrao. Fue l quien, despacio y en silencio, afloj su abrazo y empez a separarme, casi a cmara lenta, con minucioso cuidado, como si manipulara una fragilsima porcelana (no andaba errado: tal era yo en ese momento). Tranquila, Clara, todo va a salir bien. La vida de Alberto no corre ya peligro; esperan que despierte del coma de un momento a otro. Pero, Por qu, Rdiger? Sabes por qu ha intentado suicidarse? No, no lo s; aunque han ocurrido cosas raras en estos ltimos meses y tu ex marido ha estado raro. Te lo contar, pero no ahora. Ests agotada y debes descansar un rato. Querrs que Alberto te vea guapa cuando despierte, a que s? Me conduce hacia dentro de la casa, una sala de doble altura y enorme cristalera hacia el ro. Dos hombres se levantan a nuestra entrada, ambos sesentones, cabezas canosas, delgados, trajeados de marca. Seora Carducci, mi apellido de casada declamado a dos voces, suaves y profundas, acentos neutros. Rdiger me presenta. Los dos son altos mandamases de los laboratorios; qu hacen aqu? Imaginamos que estar agotada, seora Carducci; el doctor Carducci est fuera de peligro, ya se lo habr dicho el doctor Bauer. S, me lo ha dicho, quiz debera descansar un rato, si ustedes me disculpan. Por supuesto, seora; no obstante, cuando est descansada, cuando su marido se encuentre mejor y lo haya visto, nos encantara poder conversar con usted sobre l. Naturalmente, siempre que no le moleste. Estar algunos das en Basilea? Rdiger me rescata de ese educado pero insistente interrogatorio a dos voces que parece una sola, me hace atravesar sus palabras que apenas llego a procesar dirigindome hacia un lateral de la sala, unos escalones que bajan hasta una puerta roja, un umbral escondido, protegido de no se qu amenazas intuidas. Rdiger abre la puerta y asoma un dormitorio, la cama bien hecha, las persianas entornadas. Vuelve a abrazarme bajo el dintel y ahora soy yo la que, sin pensarlo, aprieto todo mi cuerpo contra el suyo. Noto sus manos acariciando mi espalda, bajando despacio

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hasta mis nalgas. Me aprieto ms, empujo mi sexo hacia el suyo, siento que quiero meterme dentro de l, refugiarme, olvidarme, abandonarme. Acustate conmigo, Rdiger. No s si lo he dicho en voz alta o slo lo he pensado. Pero es lo que necesito, descansar abrazada a ese hombre flaco y feo, a quien casi no conozco. Entramos despacio en el dormitorio y, a cada paso, noto que Rdiger va desabrazndome. De pronto est separado de m, sus manos en mis hombros, una mirada triste y a la vez divertida. Descansa un rato, Clara, te despierto en un par de horas. Me besa suavemente en los labios y se va. Cierra la puerta roja.

3 de mayo de 2007

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Querras conocer la fecha de tu muerte? (II)

Alberto, Alberto, qu te ha pasado? l me mira, rayos son sus miradas, atraviesan mis ojos e incendian mi crneo. Habla despacio, como si las palabras le araasen la garganta: Clara, puede saberse. Est escrito, recuerdas? Y si yo s leerlo ... Entonces calla y veo el miedo, velo gris que asemeja el sueo. Le pesan los prpados, mas sus puos me atenazan las manos. Sigue ahora un susurro asustado: No es exactamente informacin gentica; al menos no en la forma en que vamos descodificndola. Sera algo as como un metacdigo, un complejo sistema criptogrfico de referencias cruzadas que relaciona adeenes de individuos distintos, sin que siquiera las especies sean barrera. Estoy simplificando, Clara, recurriendo a las metforas que tanto sabes que odio. Cmo decrtelo, si no? Imagina que no furamos ms que piezas de un inmenso organismo vivo y que la vida de ese ente que es todo nuestro universo fuera representar una historia ya escrita, un guin minucioso y totalitario. No puedo asegurar que esa vida, esa infinita combinacin de acciones, sea necesariamente nica, que haya de serlo desde el inicio. Porque, si as fuera, no habra tiempo ni vida. Puede pues que cada uno de nosotros, cada una de nuestras clulas, cada tomo del todo disponga de cierto margen de libertad; puede que se trate de un guin abierto. Mas s a ciencia cierta que todas las agrupaciones celulares que nos llamamos individuos llevamos inscrita la fecha de caducidad. La muerte tiene apuntada su cita desde el principio y es siempre puntual. Rdiger haba estado contndome de las investigaciones de mi ex marido. Dorm unas tres horas a golpe de pesadillas y despertares, pero bastaron para calmar la angustia dolorosa. Aleteos de sol me cosquilleaban y abr los ojos; el alemn, a contraluz, pareca observarme sonriendo. Buenos das, Clara, acabo de hablar con el Hospi-

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tal; Alberto est mucho mejor; creen que en unas horas despertar. Un caf con leche y cruasanes crujientes en la cocina. Ni rastro de los dos hombres; les ped que se fueran, me dijo. Fue como si se diera permiso para hablar y empez con voz queda, en un ingls tono y espaciado, revisando cada palabra antes de pronunciarla. Ya sabes que tu marido es una de las mayores autoridades en la investigacin gentica de las apptosis, la muerte programada de las clulas. De hecho, nuestros laboratorios le contrataron para que se centrara en ciertos procesos degenerativos celulares que estn asociados a determinados cdigos genticos; aparecen, la mayora, a partir de edades avanzadas. Los primeros meses, Alberto hizo progresos extraordinarios, tantos que los directivos estaban entusiasmados y le concedieron aumentos de presupuesto nunca vistos. Empezamos a ensayar algunas manipulaciones genticas en plantas y animales de laboratorio, con resultados sorprendentes, enormemente esperanzadores. Yo mismo, que desde el principio me volqu en su trabajo, estaba exultante; pensaba que en pocos aos revolucionaramos los tratamientos de la vejez. Si no la inmortalidad, pareca que podramos ser capaces de facilitar prrrogas cada vez ms amplias a nuestros organismos. Tras los desbordantes xitos empezaron a llegar reveses inexplicables. Era como si la muerte deshiciese nuestros arreglos. Los nuevos genes provocaban alteraciones no previstas en otros de modo que, con precisiones casi matemticas, devenan los mismos efectos en los individuos manipulados. Pensamos en la denostada hiptesis de aquel viejo profesor de tu marido, Garca Carrasco, te acuerdas? Sostena que todas las instrucciones genticas estaban rgidamente vinculadas entre s, de modo que cambiar alguna produca irremisiblemente un "error de sistema". Por supuesto, casi nadie le hizo caso; las pruebas de que estaba equivocado se acumulaban a medida que progresaban las terapias gnicas. Pero Alberto empez a preguntarse si no habra relaciones ms complejas, ms ocultas, si quieres. Una vez, sin apenas mayores explicaciones, me coment que dudaba de la autonoma funcional de cada programa gentico; el individuo no es el lmite, fueron sus palabras finales.

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Pero eso fue ya en este ltimo ao, cuando haba cambiado. Cambi el carcter: se volvi hosco, solitario, malhumorado; pasaba demasiado tiempo en el laboratorio, se saltaba los protocolos, no dejaba constancia de sus notas y no quera comentar sus investigaciones con nadie. Cambi a la vez el objeto de sus trabajos, aunque ninguno habramos podido concretar cul era. En todo caso, lo que es incuestionablemente cierto es que dej de dar resultados y, naturalmente, la empresa se preocup. No obstante, su gran prestigio hizo que le concedieran un periodo de gracia ms que amplio antes de llamarle al orden. Har un mes le citaron los jefazos y slo s que esa reunin no satisfizo a nadie. Tu marido saba que se la estaba jugando, Clara, que no le quedaba mucho tiempo antes de ser expulsado, incluso desprestigiado profesionalmente. Aun as, nada cambi ni en su comportamiento ni en su actitud. No le importaba, as que no est ah la razn de su intento de suicidio. Sin embargo, s pienso que esa razn se encuentre en lo que haya podido descubrir; o quiz en lo que l crea que ha descubierto que, para el caso, viene a ser lo mismo. Pero eso slo Alberto lo sabe. Alberto lloraba en silencio, las lgrimas resbalaban mientras sus manos apretaban ms y ms las mas, tanto que el dolor se empezaba a hacer insoportable. Me acost a su lado, casi sobre su cuerpo tembloroso. Nos abrazamos y sent que tambin yo lloraba sin sonidos, y ambos nos bebamos las lgrimas del otro. No tendra que ser as, dijo, y era la voz de un nio asustado. Le acarici la cara, el pelo, le bes en los ojos y en los labios: no tengas miedo. Pero he dejado demasiadas pistas, balbuci, cmo no tenerlo? Poco a poco, los sollozos cesaron y volvi el letargo a su cuerpo cansado. Despus, tras un rato largo, quise hacerle la pregunta que me quemaba. Me contest sin necesidad de que la enunciase: S, Clara, s la fecha de mi muerte; faltan aun varios aos. Y el suicidio? Fue para rebelarte, para ejercer tu libertad soberbia? Era un experimento llevado al lmite, quiz tambin un grito desesperado. Siempre tenemos la duda y, sin embargo, mientras me dorma so que habra de despertar y tambin que t estaras aqu, a mi lado. Estoy ahora en Nerviano. Dentro de poco ha de llegar el de la inmobiliaria que se ocupar de vender el apartamento. Esta maana

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firm el finiquito. Las maletas estn hechas, el billete de avin comprado. No s dnde est Alberto, pero s el lugar en que he de esperarlo. Cmo podrs vivir los aos que sabes que te quedan? Exprimindolos, me dijo, y me gustara tanto que fueran contigo. Y yo? Conoces la fecha de mi muerte? No, mi amor, podra saberla, pero no quiero, ni quiero que t la sepas. Esta noche me ir de aqu, antes de que me obliguen a hablar. Ellos ya lo sospechan; ansan los secretos del destino, pero esa ansiedad forma tambin parte del guin ya escrito. El cadver de Rdiger apareci una semana despus en el Rhin (pobre Rdiger, haba dicho Alberto). l ya haba desaparecido, tambin yo me haba marchado de Basilea. No habl con los ejecutivos de los laboratorios suizos, tampoco le dije casi nada a Rdiger. Por supuesto, no creo en lo que me cont mi marido, no creo en un destino escrito ni en una muerte que acude en fechas prefijadas. Pero s creo que Alberto lo cree, y eso me basta. Pues, aunque me niegue a aceptar su teora, intuyo que est en la base de un juego siniestro de poder y ambicin. Quiero alejarme de esa partida en la cual soy un pen frgil y prescindible. Est o no escrita mi fecha, deseo que no sea pronto, que no llegue antes de reunirme con Alberto. Pero un coche ha aparcado frente a mi casa y, desde la ventana, veo que bajan dos hombres con trajes grises que no parecen de ninguna inmobiliaria.

8 de mayo de 2007

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Crossroads, by Robert Johnson

Era agosto del 28; tena diecisiete. Casi dos meses en las carreteras desde que sal del condado de Copiah, Mississippi. Un negro pobre y con miedo suba el ro, las tierras del Delta. Willie Brown vive en Drew, apenas ya cincuenta kilmetros. La noche anterior vi dos negros colgados de un rbol. Multitud de blancos. Los haban sacado de la crcel del condado para lincharlos sin juicio, me dijeron. Los blancos me gritaron: no queremos negros cuando el sol se pone. Sal por patas. Yo slo quiero tocar blues. Estoy a las afueras de Rosedale, he caminado por la Highway 1. Las praderas pantanosas descienden hasta el Mississippi. Un armadillo se esconde entre los matojos. Busco la West Highway 8, hacia Pace. Quiz all encuentre techo para esta noche. Llegu al cruce y ca de rodillas. Ten compasin, Seor, rogu; apidate del pobre Bob, por favor. Hice seas a los autos que pasaban, pero ninguno par. Soy un negro invisible: nadie quera saber nada de m. Ay, el sol est ponindose, la oscuridad va a pillarme aqu. Uno puede correr, correr y correr; eso dice Willie Brown. Estoy cansado y tengo miedo. Negro, lrgate de aqu o tus pies dejarn de tocar el suelo, dos granjeros amenazan desde una camioneta vieja. Corro hacia el ro pero tropiezo y caigo sobre el pasto amarillento. Seor, grito, y la oscuridad ya me ha invadido. Qu quieres, Robert Johnson? La voz retruena y levanta un fuerte viento. Pero no haba nadie. Y otra vez: Qu quieres, Robert Johnson? Seor, Seor, slvame, salva a este pobre negro. No soy Dios, dijo la voz, dime qu quieres. Las aguas pantanosas hedan, el viento haba cesado, la oscuridad silenciaba el tiempo. Tocars el blues, Robert Johnson, sers un maestro del blues, recordado siempre. Es eso lo que quieres, Robert Johnson? La noche era clida pero senta hielo por dentro. Y, sin embargo, el miedo haba desaparecido.

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Me enderec y mir pero nada vea, slo oscuridad. S, dije, eso es lo que quiero. Pagars el precio? No necesit que me dijera cul; slo quise saber el plazo. Sern diez aos, respondi. Pagar, susurr, Dios no atiende a los negros. Entonces un golpe seco me arroj hasta la carretera, mi cabeza golpe el asfalto. Un hilo de sangre man de mi frente y traz signos rojos que brillaron un instante para enseguida volatilizarse. Hoy se cumplen los diez aos. Ahora estoy tambin en un cruce de carreteras, a las afueras de Greenwood. De vuelta en Mississippi, pero he viajado mucho desde que era un chaval asustado. He tocado la guitarra como nadie lo haba hecho hasta ahora. Tambin he grabado mis canciones: ese es mi legado, por el que siempre me recordarn, como me dijo la voz aquella noche. No s si el precio era demasiado caro, pero es lo que hay. Miro hacia la ventana y los reflejos de las luces me parecen dibujar una sonrisa irnica contra el negro de la noche. Levanto mi vaso whiski y brindo hacia la oscuridad. -------------------Este texto recrea torpemente la leyenda de Robert Johnson y su pacto con el diablo en un cruce de carreteras. El cuarto prrafo es una traduccin libre de Crossroads, la cancin de Johnson que supuestamente evoca el momento que narro. Si bien he procurado ser verosmil en fechas y lugares, lo cierto es que hay diversas versiones de casi todo; as que he optado por las que ms me gustaban. Hay muchos que opinan que Johnson es el bluesman ms importante de la historia; pero eso va en gustos. Lo cierto es que, tras su muerte, no fue casi conocido hasta que en 1961 Columbia reedit sus viejas canciones (King of the Delta Blues Singers). Y su xito llegara (creo) antes en Inglaterra que en los USA, gracias a los grandes del rock britnico, quienes lo reivindicaron como una de sus referencias fundamentales. Estoy hablando de Alexis Korner y John Mayall, primero, y luego los Rolling, Jimmy Page, Eric Clapton, Mike Fleetwood y un largusimo etctera.

11 de mayo de 2007

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