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CEPC
CENTRODE ESTUDIOS POLTICOS Y CONSTITUCIONALES
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Madrid enero/junio
2012
ISSN: 1575-0361
DOSSIER
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ESTUDIOS
JESS ASTIGARRAGA George Grenville en la Ilustracin espaola MARA SIERRA Poltica, romanticismo y masculinidad JUAN AVILS FARR Terrorismo anarquista y terrorismo yihad TOMS MARTNEZ VARA y JOS LUIS RAMOS GOROSTIZA El anti-industrialismo del catolicismo espaol NGELES GONZLEZ FERNNDEZ Los empresarios y la huelga, 1958-1978
ESTUDIOS
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RECENSIONES
CONSEJO DE REDACCIN
DIRECTOR Jos lvarez Junco (Universidad Complutense de Madrid) VOCALES Carmen Lpez Alonso (Universidad Complutense de Madrid) Fernando del Rey Reguillo (Universidad Complutense de Madrid) Fernando Vallespn Oa (Universidad Autnoma de Madrid) Isabel Prez-Villanueva Tovar (Universidad Nacional de Educacin a Distancia, UNED) Jordi Gracia Garca (Universidad de Barcelona) Miguel Martorell Linares (Universidad Nacional de Educacin a Distancia, UNED) Marta Lorente Sariena (Universidad Autnoma de Madrid) Santos Juli Daz (Universidad Nacional de Educacin a Distancia, UNED) SECRETARIO Diego Palacios Cerezales (Universidad Complutense de Madrid)
CONSEJO ASESOR
Hans Ulrich Gumbrecht (Universidad de Stanford, Estados Unidos) Javier Garciadiego Dantn (Colegio de Mxico, Mxico) Jos Murilo de Carvalho (Universidad Federal de Rio de Janeiro, Brasil) Miguel Artola (Universidad Autnoma de Madrid, Espaa) Miriam Halpern Pereira (ISCTE, Lisboa, Portugal) Noem Goldman (Universidad de Buenos Aires, Argentina) Richard Overy (Universidad de Exeter, Reino Unido)
La revista Historia y Polticanaci en 1999. Es una publicacin semestral con revisin por pares, fruto de la iniciativa de los departamentos de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Polticos, de la UCM, e Historia Social y del Pensamiento, de la UNED, ambos vinculados a facultades de Ciencias Polticas y Sociologa. Desde el ao 2007 codirige y edita la revista el Centro de Estudios Poticos y Constitucionales. Si quiere saber ms sobre Historia y Poltica visite la pgina web: http://recyt.fecyt.es/index.php/Hyp
El Centro de Estudios Polticos y Constitucionales y la revista Historia y Poltica no se identifican necesariamente con los juicios de los autores cuyos trabajos se publican.
Historia y Poltica ha sido seleccionada para su cobertura en los servicios de alerta y bsqueda de informacin sobre productos de Thomson Reuters. A partir del n. 19 (2008) se encuentra indexada y resumida en el Social Sciences Citation Index, en el Social Scisearch, en el Arts and Humanities Citation Index y en el Journal Citation Reports/Social Sciences Edition. Historia y Poltica has been selected for coverage in Thomson Reuters products and custom information services. Beginning with n 19 (2008), it is indexed and abstracted in the Social Sciences Citation Index, the Social Scisearch, the Arts and Humanities Citation Index and the Journal Citation Reports/Social Sciences Edition.
La Fundacin Espaola para la Ciencia y la Tecnologa (FECYT) ha otorgado a la Revista Historia y Poltica el certicado de Revista Excelente para el periodo de 20 de mayo de 2011 a 20 de mayo de 2013. The Spanish Foundation for Science and Technology (FECYT) has granted the journal Historia y Poltica its certicate of Excellence for the period from 20thMay 2011 until 20thMay 2013.
Historia y Poltica
Ideas, procesos y movimientos sociales
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enero/junio
2012
CENTRODEESTUDIOSPOLTICOSYCONSTITUCIONALES
Plaza de la Marina Espaola, 9 - 28071 Madrid
DIRECCIN, REDACCIN Y SECRETARA Departamento de Historia Social y del Pensamiento Poltico de la Facultad de Ciencias Polticas y Sociologa de la Universidad Nacional de Educacin a Distancia; Senda de Rey, 28040 Madrid. Departamento de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Polticos de la Facultad de Ciencias Polticas de la Universidad Complutense de Madrid; Campus de Somosaguas, 28223 Madrid; fax: 91 394 28 57; correo electrnico: [email protected]. INTERCAMBIO CON OTRAS REVISTAS Servicio de Canje. Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid; Ciudad Universitaria, 28040 Madrid; tfno.: 91 3946970, fax: 91 3946926, correo electrnico: [email protected]. Los artculos publicados en Historia y Poltica se encuentran resumidos en los ndices del ISI-Thomson-Reuters; adems, Historia y Poltica est indizada en Historical Abstracts y America: History and Life, cumple con los 33 criterios de calidad Latindex y est clasificada en el EHRI de la European Science Foundation con la categora B. Finalmente la revista se somente a controles externos para mejorar su proceso de produccin y alcanzar los mximos estndares de calidad cientfica espaoles e internacionales. Catlogo general de publicaciones oficiales http:// www.060.es Suscripciones, venta directa y pedidos por correo de nmeros sueltos: CENTRO DE ESTUDIOS POLTICOS Y CONSTITUCIONALES PRECIOS AO 2012 SUSCRIPCIONES
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ZIRA BOX: Presentacin: Ms que un programa, un modo de ser . . . . . 13-25 ISMAEL SAz: Franco, caudillo fascista? Sobre las sucesivas y contradictorias concepciones falangistas del caudillaje franquista . . . . . . 27-50 NICOLS SESMA LAnDRIn: La dialctica de los puos y de las pistolas: una aproximacin a la formacin de la idea de Estado en el fascismo espaol (1931-1945) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 51-82 MIGUEL MARTORELL LInARES: La razn en las palabras de Jos Antonio. Pensamiento y accin poltica de los jvenes economistas de Falange en los aos 50 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 83-111 TOnI MORAnT I ARIO: Para influir en la vida del Estado futuro: discurso y prctica falangista sobre el papel de la mujer y la feminidad, 1933-1945 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 113-141 ZIRA BOX: La mirada sobre Madrid: anticasticismo y castellanismo en el discurso falangista radical de la inmediata posguerra . . . . . . . . 143-166
ESTUDIOS
JESS ASTIGARRAGA: La finalidad poltica de las traducciones econmicas. George Grenville en la Ilustracin espaola . . . . . . . . . . . . . . MARA SIERRA: Poltica, romanticismo y masculinidad: Tassara (18171875) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . JUAn AVILS FARR: Terrorismo anarquista y terrorismo yihad: un anlisis comparativo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . TOMS MARTnEz VARA y JOS LUIS RAMOS GOROSTIzA: El matizado anti-industrialismo del catolicismo social espaol, 1880-1936 . . . . nGELES GOnzLEz FERnnDEz: Los empresarios y la huelga entre la estabilizacin y la democracia, 1958-1978 . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
RECENSIONES
ARCHIE BROWn: The Rise and Fall of Communism, por Nigel Townson 311-314 CARLOS GARRIGA (Coord.): Historia y Constitucin. Trayectos del constitucionalismo hispano, por Noelia Adnez . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 314-320 7
Miguel Martorell Linares: Jos Snchez Guerra. Un hombre de honor (1859-1935), por Javier Moreno Luzn . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 320-322 Stphane Giocanti: Charles Maurras. El caos y el orden, por Luis Arranz Notario . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 322-328
STUDIES
Jess Astigarraga: The political purpose of political economys translations. George Grenville in the spanish Enlightenment . . . . . Mara Sierra: Politics, romanticism and masculinity: Tassara (18171875) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Juan Avils Farr: Anarchist and jihadi terrorism: a comparative analysis . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Toms Martnez Vara and Jos Luis Ramos Gorostiza: The moderate anti-industrialism of the spanish social catholicism, 1880-1936 . ngeles Gonzlez Fernndez: The businessmen and strikes from stabilization to democracy, 1958-1978 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 169-201 203-226 227-249 251-279 281-307
REVIEWS
Archie Brown: The Rise and Fall of Communism, by Nigel Townson 311-314 Carlos Garriga (Coord.): Historia y Constitucin. Trayectos del constitucionalismo hispano, by Noelia Adnez . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 314-320 Miguel Martorell Linares: Jos Snchez Guerra. Un hombre de honor (1859-1935), by Javier Moreno Luzn . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 320-322 9
Stphane Giocanti: Charles Maurras. El caos y el orden, by Luis Arranz Notario . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 322-328
CONTRIBUTORS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 329-332
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nueva fe. No obstante prosegua el lder italiano, con el paso de los aos el fascismo haba logrado elaborar un cuerpo doctrinal. Primero, a travs de sus violentas negaciones, dejando claro contra qu y por encima de qu se levantaba el movimiento; segundo, a travs de teoras constructivas, incorporadas a lo largo de la dcada de los 20 gracias a las leyes e instituciones del rgimen. El resultado era que, con diez aos de existencia, ya nadie poda acusar al fascismo de no estar claramente definido, ni de adolecer de un cuerpo doctrinal bsico(3). La pregunta quedaba en el aire, lista para hacer reflexionar a los historiadores y politlogos posteriores interesados en comprender lo que algunos autores han considerado el invento poltico ms importante del siglo XX: existi una ideologa del fascismo? Tuvieron esos movimientos, centrados en la accin poltica y definidos a travs de sus contrarios, un sustrato ideolgico digno de pasar por el bistur analtico del especialista? El interrogante inauguraba un artculo de Emilio Gentile de hace ms de treinta aos, una pregunta que, en no poca medida, ha seguido siendo objeto de debate y discusin(4). Mucho ms recientemente, otro historiador de primera fila, en este caso, el americano Robert Paxton, planteaba de nuevo la cuestin preguntndose si el fascismo poda ser considerado como un ismo ms equiparable a esos otros movimientos que atravesaron la modernidad europea equiparable, por ejemplo, al liberalismo, al conservadurismo o al socialismo. Las prevenciones que mostraba Paxton a la hora de establecer equivalencias residan en que estos ltimos ismos se haban gestado en una poca diferente de la del fascismo. Porque mientras este ltimo era una invencin nueva creada en pleno apogeo de la poltica de masas, los primeros haban nacido cuando la poltica todava era asunto de caballeros y cuando an se apoyaba en sistemas filosficos y en pensadores sistemticos. Cul era, entonces, la especificidad del fascismo? Para Paxton, la funcin primordial contenida en los programas y las doctrinas sustentadoras de estos latecomers: el apelar, por encima de cualquier otra cosa, a la movilizacin y a los sentimientos de sus adeptos a base de consignas breves, claras y perfectamente adaptables a las diversas necesidades de los movimientos que las abanderaban(5). Que las propuestas totalitarias que surgan en Italia o Alemania durante los aos de entreguerras eran inventos novedosos y que esta novedad afectaba, tambin, a la manera de articular y establecer sus ideas ya fue visto por buena parte de los testigos de la poca. Algunos destacaron su radical negacin liberal y sus apelaciones a la comunin de sus seguidores, sus gustos por los ritos y su capacidad para enaltecer a lderes o naciones en lo que consideraron una nueva religin(6). Otros se dejaron estremecer ante el peligro que resida en esa nue(3) MUSSOlINI (1935): 15-31. (4) GENTIlE (1974): 93. (5) PaXTON (2005): 25. (6) Observaciones de este tipo realizadas por testigos, en GENTIlE (2001): 52 y ss., BURlEIgH (2005): 18, 23 y ss., y BOX (2006): 198 y ss.
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va forma de hacer poltica a base de una efectista y sofisticada estetizacin de la misma, como en el conocido caso de Walter Benjamin, que incida en la terrorfica paradoja de que la humanidad pudiera ser conducida a su propia destruccin vivindola como una experiencia de goce esttico(7). Hubo, tambin, quienes, desde su condicin acadmica, ratificaron la inconsistencia de unos movimientos que bsicamente se fundaban sobre un desmesurado culto al lder y el seguimiento acrtico de unas cuantas consignas casi mgicas, como hicieron Franz Neumann, Hans Kohn o Sigmund Neumann dentro de la primera hornada de politlogos centrados en el fenmeno totalitario(8). En cualquier caso, el punto comn de todos ellos se hallaba en destacar la capacidad esttica del fascismo, su intencin movilizadora y su concepcin de la poltica como espectculo de masas. El fascinante fascismo, como lo resumi Sunsan Sontag en un breve ensayo a propsito de la deslumbrante obra de Leni Riefenstahl(9).
La historiografa posterior ha recogido las disquisiciones de aquellos testigos asumiendo que entender el fascismo implica comprar un billete que inicia un viaje hacia la emocin. Si es ineludible tomar en consideracin el peculiar estilo poltico de los movimientos que convulsionaron el siglo XX, tambin lo es entender que estos fueron, principalmente, accin y movilizacin. Qu ocurre, entonces, con las ideas? Algunas conclusiones son ya lugares comunes aceptados por el conjunto de los especialistas. Por ejemplo, la ya mencionada definicin del fascismo a travs de sus contrarios, caracterstica que le vali la denominacin de antimovimiento por parte de Juan Jos Linz a principios de los aos 70 o, de forma mucho ms reciente, de antiideologa, por parte de Emilio Gentile(10). Tambin es una idea asentada que, en el fascismo, pensamiento y accin estuvieron profundamente unidos una ideologa pragmtica, de nuevo en palabras de Gentile, o la inextricable (y desconcertante) relacin entre ideologa y accin, en argumentacin de Aristotle Kallis (11). Para entender, por tanto, el fascismo en toda su complejidad no solo habra que analizar lo que dijeron aquellos que participaron en estos movimientos sino, tambin, lo que hicieron(12). La duda no reside, entonces, en si el fascismo tuvo o no ideas capaces de encarnarse en regmenes, instituciones y polticas concretas, porque resulta claro que, efectivamente, las tuvo. La pregunta es, ms bien, si estas ideas que se plasmaron en sintticos y combativos programas, que se airearon en inflamados discursos, y que se lanzaron como armas a travs de sofisticados aparatos de propaganda pueden ser estudiadas de forma aislada de cara a establecer conclusiones sobre los rasgos definitorios de la ideologa fascista o si,
(7) BENJamIN (2010). (8) NEUmaNN (1944), NEUmaNN (1942), KOHN (1937). Una visin de conjunto, en TRaVERSO (2001). (9) SONTag (1974): 87-124. (10) LINZ (1976). GENTIlE (2004): 88. (11) GENTIlE (2004): 88, KallIS (2000): 5-9. (12) PaXTON (2005).
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por el contrario, estas tienen que analizarse dentro de una perspectiva ms amplia. Esta ltima opinin es la que ha subrayado repetidamente Gentile, llamando la atencin sobre la imposibilidad de cercar la dimensin ideolgica y sobre la necesidad de ponerla en relacin como nica forma de entender lo que realmente fueron estos movimientos con la dimensin organizativa y la dimensin institucional. Porque las ideas a travs de las cuales el fascismo expres sus principios, sus valores y sus fines no se podran disociar, ni de las instituciones y estructuras en las que se encarnaron, ni de su peculiar forma asociativa, de sus mtodos de lucha o del estilo de vida que propugn(13). Ah residira la peculiaridad de fascismo, y de ah se derivaran las reticencias que mostraba Paxton a la hora de aadirlo al saco de los ismos, esos otros movimientos que, orquestndose a travs de textos, pensadores y reflexiones, recorrieron la Europa de los dos siglos pasados.
No obstante, que el fascismo ha tenido una peculiar relacin con sus ideas y su doctrina sustancialmente distinta de la de otras corrientes polticas no ofrece discusin, ni siquiera entre aquellos historiadores que insisten en no olvidar el componente ideolgico a la hora de establecer definiciones. Cuando Zeev Sternhell reivindicaba en los aos 70 la importancia de tomar en serio la ideologa del fascismo una ideologa que defina como marco conceptual de referencia capaz de proporcionar criterios de eleccin y decisin, ya destacaba que, en este caso, esta iba particularmente ligada a la accin concreta (14). Tambin Roger Griffin y Roger Eatwell por nombrar dos de los nombres ms conocidos de esta vertiente que incide en la ideologa como clave del anlisis planteaban en sus definiciones las peculiaridades intrnsecas a la realidad que estudiaban. El primero, autor de la conocida explicacin del fascismo como una ideologa poltica estructurada alrededor del ncleo mtico palingensico y desarrollado como una forma de ultranacionalismo populista, persista en la ideologa como factor distintivo, pero insistiendo en la traza pragmtica que tendra su definicin: su intencin no sera tanto establecer una explicacin verdadera o falsa del fenmeno fascista, como el proporcionar una herramienta til para el anlisis del mismo. En este sentido, el historiador britnico reconoca que su propuesta era un tipo ideal, una gua para la interpretacin particular de los fascismos. Porque, en la realidad, la ideologa fascista no tuvo ni la consistencia, ni la homogeneidad, que su sinttica definicin le otorgaba. Tampoco se le olvidaba a Griffin reconocer que el fascismo se haba declarado seguidor de una forma de hacer poltica que tena ms que ver con el sentimiento colectivo que con la cuidadosa elaboracin de ideas, ni que la autntica fuerza de la ideologa fascista haba residido en asunciones mticas y en su intencin de movilizar afectivamente a las masas(15). Por su parte, Roger Eatwell parta igualmente
(13) GENTIlE (2004): 77-78; 87-89. (14) STERNHEll (1976). (15) GRIFFIN (1991): caps. 1 y 2. Tambin, GRIFFIN (2002): 21-43.
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de la defensa del factor ideolgico por considerar que la nica manera de entender la atraccin que suscitaron estos movimientos sera dando importancia a las ideas que conformaron su ncleo doctrinal. Y porque, detrs del estilo poltico fascista, se podra encontrar un cuerpo de ideas susceptible de identificarse y de poder relacionarse con otras corrientes de pensamiento de las que haba bebido. Ideologa, por tanto, s; pero una ideologa que el propio Eatwell defina como sincrtica elaborada a base de tomar cosas de un lado y de otro, conformndose como una tercera va y escurridiza, difcil de aprehender debido a su propia volatilidad(16).
Sea como fuere, las dudas son pocas: se prioricen unos u otros elementos a la hora de realizar el anlisis, parece claro que, efectivamente, uno de los atributos diferenciadores del fenmeno fascista fue la peculiar relacin que tuvo con su doctrina. Una relacin particular que habra propiciado programas y propuestas despreocupadamente fluidos e intercambiables; heterogneos y no siempre coherentes; y, en muchos casos, ms fcilmente traducibles a la accin concreta que al desarrollo intelectual(17). Tiene sentido, entonces, plantear un dossier que pretende incidir en el pensamiento poltico del fascismo espaol?
Los cinco textos que componen este nmero de Historia y Poltica bucean en diferentes nociones relacionadas, en ltima instancia, con la concepcin poltica del falangismo de las dos primeras dcadas del rgimen franquista. Todos ellos se han propuesto indagar cmo se desarrollaron determinadas ideas dentro del discurso falangista. Sin embargo, no se olvidan y aqu reside la clave de muchas de las peculiaridades antes expuestas. En primer lugar, el texto de Ismael Saz nos ofrece un exhaustivo trabajo sobre el concepto falangista de caudillaje dentro de la dictadura franquista. El ttulo contiene ya las pistas esenciales: las sucesivas y contradictorias teorizaciones que los intelectuales del partido hicieron al respecto. Contradictorias, incluso, dentro de una misma persona, pues el concepto de caudillaje como todos los conceptos polticos estuvo a merced de las necesidades del rgimen y de los cambios experimentados en los contextos polticos nacional e internacional. Nicols Sesma, centrado en la construccin terica de la idea de Estado y en las teorizaciones sobre la organizacin estatal, es igualmente claro a la hora de poner lmites a su propuesta: recogiendo parte del debate internacional sobre el tema, incide en la dificultad de definir con claridad los conceptos de una ideologa que tan poca premura mostr por establecer una doctrina y que repetidamente se volc en la praxis poltica antes que en la teora. Es precisamente por esto ltimo por lo que apuesta Miguel Martorell: por vincular pensamiento y accin. A partir de su anlisis de la batalla ideolgica que se libr en torno a la reforma del sistema tributario, su texto tambin trabaja sobre las pugnas en torno a la traduccin concreta de los diferentes ideales econmicos en polticas especfi(16) EaTWEll (1996). Igualmente, EaTWEll (1992). (17) PaXTON (2005).
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cas. Por su parte, el texto de Zira Box vuelve a ser un ejemplo de la ambigedad, imprecisin y vaguedad de algunos de los conceptos utilizados como arma arrojadiza dentro del discurso falangista. Centrado, en este caso, en la crtica anticasticista lanzada contra Madrid para contraponer una definicin esencialista y castellanista de la nacin, el anlisis deja claro la pluralidad de ideas que se asociaron con el trmino, su carcter polismico y el escaso esfuerzo que se hizo por definirlo. Finalmente, Toni Morant asume la literatura ms actual sobre historia de gnero para plantear una situacin preada de ambivalencias, de aparentes contradicciones y de discursos intercambiables con respecto a qu signific ser mujer falangista para el partido. El resultado de su trabajo muestra cmo las fascistas espaolas se reapropiaron de retricas y cmo asumieron ciertos roles al tiempo que renegociaron otros. En definitiva, Morant dilucida todos los claroscuros implcitos en la elaboracin de un discurso falangista sobre qu supusieron la feminidad y la condicin femenina.
Tiene sentido, como se preguntaba ms arriba, realizar un monogrfico de revista dedicado al pensamiento poltico falangista? La respuesta es s. Una afirmacin que se hace segura cuando se examina cmo todos los textos que lo componen no han pasado por alto ni la imprecisin de muchos de los conceptos estudiados, ni las ambigedades que los recorrieron; tampoco la labilidad que mostraron en funcin de lo que el proyecto falangista requiriese. Porque los conceptos que recorren estos cinco textos estuvieron subordinados a una accin y a un objetivo muy preciso: erigir en Espaa un Estado totalitario que estuviese en sintona con otros fascismos europeos. Nuevamente, tras las ideas, lata con fuerza la intencin de poner en marcha aquel proyecto. El EXTRaO CaSO DEl FaSCISmO ESPaOl Se acaba de apuntar que los cinco artculos que componen este nmero de Historia y Poltica no pierden de vista las peculiaridades ms bsicas del fenmeno fascista. Tampoco lo hacen con respecto a las especificidades de ese fascismo extrao que fue el espaol. Extrao porque, como ya seal Stanley Payne en su conocido trabajo, Falange tuvo algunas peculiaridades con respecto a sus homlogos europeos. En primer lugar, fue la organizacin poltica ms longeva de las de este tipo: metamorfoseada de FE a FET, sobrevivi de forma activa durante cuatro dcadas vinculada al poder. En segundo lugar, esta longevidad result ser inversamente proporcional a su fuerza original porque, como es sabido, Falange Espaola haba fracasado en su intento de movilizar a las masas durante los aos republicanos, acaparando un porcentaje insignificante de votos que la situaron a gran distancia, no ya slo del caso italiano o alemn, sino de otros tantos fascismos del continente. Sin embargo, aquel partido que naca y se asentaba con tan mal pronstico de futuro se gener por utilizar la expresin de Ismael Saz gracias a otro acontecimiento que nadie haba pre18
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visto: una guerra larga que movilizara al pas durante tres sangrientos aos(18). A partir de ese momento y esta sera una tercera peculiaridad, el falangismo dejara de ser independiente para convertirse en variable dependiente; dependiente, principalmente, de la dictadura que la absorbi: el rgimen capitaneado por Franco, un Movimiento en el que tambin se daban cita otros sectores ideolgicos muy alejados del fascismo original. A travs de su inclusin dentro de la dictadura, el partido qued subordinado y edulcorado; en otras palabras, se sincretiz forzosamente con elementos que venan de la derecha reaccionaria y conservadora, integrada tambin en el nuevo conglomerado franquista. FE se mud en FET, y Falange, aunque continu siendo predominante, ces de caminar sola para hacerlo junto al carlismo de la Comunin. Como dira al poco tiempo de su creacin el conde Rodezno, aquella unificacin no iba a tener remedio, marcando una parte importante de los problemas que subyaceran al rgimen y sus dinmicas. Finalmente, un cuarto elemento que determin el rumbo del fascismo espaol fue su dbil liderazgo, ocasionado, fundamentalmente, por la muerte de los principales lderes y fundadores durante la guerra. Como consecuencia, el partido qued descabezado, a merced de jefes locales y provinciales que ni estaban bien preparados en muchos de los casos, ni tenan el carisma de otros lderes fascistas(19). El fascismo revolucionario result imposible. La observancia de Falange de esa resultante mayor que fue el rgimen franquista imposibilit que la dictadura naciente fuese ms all de un proceso de fascistizacin, un proceso que, aparte de ser corto en el tiempo, ni siquiera en el momento de mayor esplendor del falangismo, entre 1937 y 1941, lleg a ser completo(20). Los autores de estos cinco artculos parten de esta idea, pero han optado por bucear dentro del discurso puramente falangista sin perder por ello de vista las extraas especificidades de este fascismo de trayectoria desigual. Todos tienen en cuenta la cronologa, cmo las ideas que se estudian fueron cambiando al comps de la suerte que corri Falange dentro del rgimen. Porque las mudanzas en las sucesivas coyunturas polticas afectaron, asimismo, a los diferentes contenidos y usos que se dieron a cada uno de los aspectos estudiados. Tambin reposa en el conjunto de artculos el regusto amargo con el que se sald la intentona totalitaria de Falange, el hecho de que tras la crisis interna de mayo de 1941, y el posterior desenlace de los acontecimientos europeos, el fascismo conociese un repliegue en favor de sus contrincantes polticos, defensores de un proyecto nacional de perfil catlico, contrarrevolucionario y tradicional. Fracaso, por tanto, como horizonte de aquellos aos, un contexto de auge y cada que est presente, sobre todo, en los anlisis de Ismael Saz, Toni Morant, Nicols Sesma y Zira Box; pero tambin nuevos mrgenes de actuacin para Falange, nuevas primaveras
(18) SaZ (2004): 158. (19) PaYNE (1997). THOmS (2011): especialmente, cap. 4. (20) Una precisin conceptual, en KallIS (2003): 219-250.
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para el proyecto fascista que, como analiza el texto de Miguel Martorell, supusieron que el ave fnix pudiese reanudar otra vez el vuelo(21). A este respecto, el artculo de Martorell es el nico que avanza en el tiempo para situarse en ese momento de resurgimiento del falangismo que fueron los aos 50. Un momento en el que se retomaron algunas de las batallas libradas durante la guerra y la inmediata posguerra para volver a echar el pulso por conseguir afianzar la posicin dentro del rgimen. En los turbulentos aos de estas dos ofensivas falangistas por controlar buena parte del poder de la dictadura la llevada a cabo en 1941 y la ocurrida en 1956-57 estn contextualizados los textos de este dossier(22). En ltimo trmino, cabe destacar otra particularidad del caso espaol que no ha sido pasada por alto en los artculos que componen este ejemplar de Historia y Poltica. Se trata, en este caso, de las consecuencias derivadas del liderazgo fallido e inconcluso que tuvo Falange. A este respecto, la corta vida del fascismo espaol como partido independiente los escasos tres aos que mediaron desde su fundacin, en octubre de 1933, hasta el estallido de la guerra, en julio de 1936, unida a la prematura muerte de sus fundadores y lderes, hizo que muchos conceptos e ideas polticas estuvieran todava inmaduros llegado el momento de utilizarlos. As, a la ya inherente imprecisin que ha solido caracterizar a la ideologa fascista, se sum, en el caso concreto de Espaa, la brevedad de la experiencia y la inicial carencia de figuras relevantes entre sus filas. La guerra empez, el Movimiento Nacional se cre y lleg la hora de comenzar a definir la Nueva Espaa que se forjara tras la vivencia blica. Fue entonces cuando los tericos y polticos falangistas emprendieron la labor de dotar a determinados conceptos clave apenas esbozados con anterioridad por los fundadores, y en ningn caso desarrollados en su totalidad de contenido jurdico y poltico de cara a fundamentar una posible legislacin de un rgimen que se ambicionaba fascista. A lo largo de las siguientes pginas, la improvisacin y la justificacin ad hoc de algunos de los significados que se adjudicaron a los conceptos aqu trabajados estarn presentes, de una forma u otra, en los anlisis de los cinco autores. A VUElTaS CON la FalaNgE Ya se ha argumentado que reflexionar sobre el pensamiento poltico falangista requiere no perder de vista determinadas consideraciones como las asumidas por los trabajos que aqu se presentan. No obstante, se podra proseguir con una mirada crtica y preguntarse si a estas alturas en las que tanto se ha escrito
(21) La expresin, en SaZ (2003): cap. 4. (22) SaZ (2007): 137-163. Para las consecuencias de la primera crisis, THOmS (2001); las consecuencias de la segunda, en el arranque del libro de HISPN IglESIaS DE USSEl (2006).
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sobre el franquismo y el falangismo, volver a pensar sobre la Falange puede desembocar en la obtencin de algn fruto original. Y es que, desde que se inaugurara a mediados de los aos 80 el renovado inters acadmico por el estudio del fascismo espaol, este no ha dejado de germinar en diferentes mbitos historiogrficos. Lo ha hecho en la multiplicacin de historias generales sobre FE-FET, retomando el testigo de aquellos pioneros norteamericanos que fueron Stanley Payne y Herbert R. Southworth. Lo ha hecho, tambin, en el apartado de las biografas que, a pesar de contar todava con carencias palmarias, s ha dado obras de referencia sobre algunos de los principales nombres del falangismo. Hay igualmente buena literatura o, al menos, monografas de peso sobre las diferentes secciones de lo que fue el partido nico; basta pensar en los trabajos sobre el Frente de Juventudes, la Seccin Femenina o Auxilio social para corroborar esta impresin. Asimismo, el desarrollo de los anlisis de las Falanges locales y provinciales ha permitido que, cada vez ms, se pueda contar con nuevas piezas de cara a elaborar un puzzle ms amplio (23). Merece la pena, entonces, continuar dando vueltas a lo que fue la Falange?
Como coordinadora de este nmero de Historia y Poltica estoy plenamente convencida del valor y de la originalidad de los textos que lo componen. El primero de ellos, realizado por Ismael Saz, retoma uno de los temas recurrentes de los anlisis sobre el periodo el concepto de Caudillaje para ofrecer una nueva lectura sobre el mismo. Es cierto que, en los ltimos aos, han proliferado trabajos monogrficos sobre el liderazgo de Franco que han partido de intereses similares a los desarrollados para los casos de Hitler o Mussolini, esto es, trabajos centrados en aquella gracia de Dios que ampar a la figura del Caudillo, y en el proceso de la construccin y difusin de su carisma. Es suficiente aludir a las recientes monografas de Francisco Sevillano Calero o de Laura Zenobi para percibir que, con mayor o menor fortuna, la figura de Franco ha ido ms all de sus aspectos biogrficos para ser analizado a travs de la naturaleza de la jefatura que ostent(24). Tomando en consideracin unos y otros trabajos, Ismael Saz no pretende ni incidir en lo primero aspectos de la vida del general, ni en lo segundo la construccin carismtica del Caudillo. Su objetivo es dar una vuelta de tuerca para centrarse, de manera exclusiva, en la idea de caudillaje que elaboraron los tericos falangistas, proponindose dilucidar qu signific este trmino; cmo, cundo y por qu se transform; y de qu manera se plasm en los trabajos del ms conocido de todos ellos, Francisco Javier Conde. Porque la argumentacin de Conde sostiene Saz ni fue siempre la misma, ni sirvi para legitimar siempre idnticos fines, estando a merced de las circunstancias cambiantes del rgimen y de las necesidades de un partido, y de una dictadura, que de ningn modo fueron iguales segn se modificaron las coyunturas.
(23) Se ha seguido el estado de la cuestin de THOmS (2008): 293-318. (24) ZENOBI (2011); SEVIllaNO CalERO (2010).
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Nicols Sesma, experto en los aspectos ms tericos del falangismo de posguerra a travs de sus estudios sobre el Instituto de Estudios Polticos, acomete en esta ocasin la tarea de ofrecer al lector cul fue la nocin de Estado que manej el primer falangismo, abarcando desde el periodo fundacional de Jos Antonio, Ledesma Ramos y Onsimo Redondo, hasta el final de la II Guerra Mundial. Se trata, por tanto, de un texto original que aborda un aspecto tan crucial el modelo de organizacin estatal y el tipo ideal de Estado sostenido por Falange como carente de estudio sistemtico. Porque, a pesar de que en funcin de su naturaleza fascista Falange esgrimi hasta la saciedad su intencin de erigir un Estado totalitario que funcionase como un instrumento al servicio de la patria, no ha sido objeto preferente de reflexin historiogrfica el desentraar qu signific, cmo se articul y cmo se dot de contenido jurdico a esta idea tan central. A estudiar un aspecto escasamente conocido se dedica, tambin, el texto de Miguel Martorell. En este caso, el punto de partida es la pugna ideolgica sostenida en la primera mitad de los aos 50 en torno a la necesaria reforma del sistema tributario, y sus sucesivas traducciones a la elaboracin de polticas econmicas. Partiendo de este contexto, Martorell explora el programa econmico que, frente a propuestas de corte liberal, elaboraron para la Falange el grupo de jvenes economistas que ocuparon la seccin de economa del diario Arriba y cules fueron sus lneas maestras. La mirada se vuelve, entonces, hasta el pensamiento joseantoniano reconocido ideario del que aquellos hombres decan beber, para recuperar propuestas radicales de reforma agraria, de afianzamiento de la intervencin del Estado en la economa o de la apuesta por una distribucin de la renta ms equitativa que retomase el ideal falangista de justicia social. Lo interesante de la argumentacin de Martorell, no obstante, va ms all. Porque, utilizando el anlisis de este programa econmico del fascismo espaol y su oposicin a otro tipo de propuestas, se ratifica un proceso ms amplio del franquismo y de la suerte vivida por Falange dentro de l: la progresiva espiral que protagoniz el partido durante el inicio de los 50 tras el previo fracaso de 1941, de cara a hacerse con amplios mrgenes de poder y con el control del Estado. A travs, por tanto, de un argumento poco conocido, el inters del texto yace en su capacidad para profundizar en un periodo, y un proceso, esenciales para entender lo que fue la dictadura
El discurso falangista sobre el papel de la mujer alcanza manifestaciones nuevas en manos de Toni Morant. No estamos ante un texto sobre Seccin Femenina, sino ante un trabajo que rastrea la concepcin sobre los roles de gnero y la feminidad que manej el fascismo espaol. As, frente a la abundante y atractiva literatura que existe sobre la organizacin falangista de mujeres, el mrito de Morant es recuperar debates y preguntas que articulan la actual historiografa internacional sobre gnero y fascismo para repensar el caso espaol. En este sentido, y siempre desde la ambigedad inherente a este discurso, se cuestionan los lmites de la clsica asuncin de la mujer en los mrgenes de la esfera pblica la esposa y madre ejemplar de la que hablaba P. Meldini
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para hacer ms complejo el anlisis y recuperar aquellas intuiciones que desarroll Victoria di Grazia en su estudio sobre mujeres y fascismo: junto al nfasis en el destino biolgico de la mujer como madre, tambin es cierto que el fascismo introdujo a la mujer en la esfera pblica, aclam su papel nacionalizador y las responsabilidades de sus funciones, y cre organizaciones de masas en las que se pudieron poner en prctica algunos comportamientos emancipadores(25). En definitiva, la vala de Morant es trasladar a la historiografa espaola preguntas e interrogantes en sintona con otros casos europeos(26). Finalmente, Zira Box repiensa sobre una cuestin amplia, la idea de nacin dentro del discurso falangista, a partir de un argumento escasamente desarrollado hasta el momento: la crtica anticasticista que el partido lanz sobre la ciudad de Madrid. La capital se convierte, as, en una metfora del conjunto del pas, pudiendo seguir, de la mano de lo que signific aquel concepto tan ambivalente, el trazado del ideal de nacin: bsicamente, una nacin representada en la sobriedad y rectitud condensadas en Castilla. En este caso, la originalidad del texto se halla en la llave de entrada elegida por la autora la crtica anticasticista vertida sobre la ciudad en lo que constituye uno de los escasos trabajos al respecto. Nuevamente, un acceso poco transitado se troca en el objeto de atencin de cara a incidir y a subrayar aspectos ms amplios y generales del falangismo. Para terminar estas pginas de presentacin, y desde la confesada satisfaccin de haber podido realizar este trabajo, solo me resta hacer dos agradecimientos. El primero, al consejo de redaccin de Historia y Poltica, que ha pensado que seguir reflexionando sobre el fascismo espaol poda merecer la pena; y el segundo, a los autores Ismael Saz, Nicols Sesma, Miguel Martorell y Toni Morant por los textos que han elaborado. Zira Box BIBlIOgRaFa
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(25) DI GRaZIa (1992). (26) Algunas de estas preguntas en clave comparada, en GUERRa (1999).
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FRANCO, CAUDILLO FASCISTA? SOBRE LAS SUCESIVAS Y CONTRADICTORIAS CONCEPCIONES FALANGISTAS DEL CAUDILLAJE FRANQUISTA
Universidad de Valencia [email protected] (Recepcin: 14/06/2011; Revisin: 16/07/2011; Aceptacin: 25/10/2011; Publicacin: 20/03/2012)
1. DE LOS CAUdILLOS2. AL CAUdILLO.3. QU CAUdILLO?4. CAUdILLO dEL PUEBLO Y dE LA FALANGE.5. TIEMPOS dE REfLUJO.6. AdIS AL CAUdILLAJE? 7. EPLOGO Y CONCLUSIONES.8. BIBLIOGRAfA
RESUMEN
ISMAEL SAZ
Tras una primera aproximacin a la pluralidad de significados del trmino caudillo con anterioridad a la guerra civil espaola, el texto hace un rpido seguimiento del posterior pasaje de la pluralidad de los caudillos, con minscula, a la singularidad, El caudillo, y el modo en que, a partir de ah, las diversas conceptualizaciones falangistas se desarrollan en tanto que manifestaciones esenciales de un proyecto poltico confrontado con otros alternativos. Sobre todo, se subraya que no hubo una concepcin franquista del caudillaje de Franco, ni tampoco una concepcin falangista del mismo, sino varias, cambiantes y contradictorias. En este sentido, se incide especialmente en la figura de Francisco Javier Conde, considerado generalmente el teorizador par excellence del caudillaje franquista, que ni fue el nico falangista en hacerlo, ni lo hizo siempre del mismo modo. Palabras clave: Falange; Fascismo; Franquismo; Caudillaje.
Historia y Poltica ISSN: 1575-0361, nm. 27, Madrid, enero-junio (2012), pgs. 27-50
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ISMAEL SAZ
FRANCO, FASCIST CAUDILLO? CONSECUTIVE AND CONTRADICTORY FALANGIST CONCEPTIONS ABOUT FRANCOIST CAUDILLAJE
ABStRACt
Following an initial approach to the multiple meanings of the term caudillo before the Spanish Civil War, the text is a quick review of the subsequent change from the plurality of caudillos, with miniscule to the singularity, The caudillo, and how, thereafter, the various Falangists conceptualizations were developed as essential manifestations of a political project confronted with other alternative ones. Above all, it is stressed that there wasnt a single Francoist conception of Francos caudillaje, nor a Falangist one, but many, changing and contradictory conceptions. In this regard, the text places considerable emphasis on the figure of Francisco Javier Conde, generally considered the theorist par excellence of Francos caudillaje, who neither was the sole Falangist in doing it, nor even he did it always the same way. Key words: Falange; Fascism; Francoism; Caudillaje.
*** El presente trabajo, conviene aclararlo desde el principio, no se ocupa de la biografa de Franco, ni del mito de Franco, de su construccin o difusin, de su dimensin simblica, de su funcin legitimadora, de su eventual erosin o del modo en que ha podido sobrevivir, o no, a la desaparicin fsica del dictador y su rgimen, aspectos todos ellos sobre los que disponemos ya de excelentes trabajos(1). Lo que nos proponemos es fundamentalmente analizar el caudillaje franquista desde una perspectiva centrada en la nocin misma de Caudillo y en sus cambiantes y sucesivas dimensiones polticas, relacionadas, esto es, con el lugar de la figura del caudillo en el proceso de construccin de su rgimen, y ello en el marco de los distintos proyectos polticos que coexistieron y compitieron en su seno. A partir de aqu, nos centraremos en la evolucin del pensamiento falangista al respecto. Primero, porque el principio del caudillaje, tal y como se despliega histricamente en el periodo de entreguerras, es esencialmente un principio fascista; y, segundo, porque es en el discurso falangista so (1) No se puede dejar de mencionar en primer trmino, desde la perspectiva biogrfica, aunque va mucha ms all de esto, tocando muchos de los aspectos mencionados, la que en nuestra opinin constituye la biografa por excelencia de Franco, la de PAUL PREStON (1994). Debe researse igualmente el pionero trabajo sobre el mito de Franco de REIG TAPIA (1995), o el ms reciente, relacionado con la construccin del mito de LAURA ZENOBI (2011). A resear tambin, el igualmente reciente trabajo de FRANCISCO SEVILLANO (2010) articulado en torno a la dimensin carismtica del Caudillo por la gracia de Dios. Sobre las dimensiones simblicas del mito del Caudillo, BOX (2010): 317-341. Para la posterior suerte de un caudillo casi olvidado, MORAdIELLOS (2002).
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bre el caudillaje donde, como se ver, se producen las ms profundas y radicales mutaciones. Desde esta perspectiva, el anlisis de los distintos y sucesivos significados que se atribuyen a la nocin de Caudillo, permitir iluminar algunos problemas fundamentales sobre la evolucin del componente fascista falangista del rgimen y, por ende, sobre la del rgimen mismo, sobre sus proyectos de institucionalizacin y hasta sobre su naturaleza misma(2). A tal fin, realizaremos una primera aproximacin a la pluralidad de significados del trmino mismo de caudillo con anterioridad a la guerra civil espaola, para hacer un rpido seguimiento posterior del pasaje de la pluralidad de los caudillos, en plural y con minscula, a la singularidad, El caudillo, y el modo en que, a partir de ah, las diversas conceptualizaciones falangistas se desarrollan en tanto que manifestaciones esenciales de un proyecto poltico confrontado con otros alternativos.
Sobre todo, se intentar demostrar a lo largo de estas pginas que en realidad no hubo una concepcin franquista del caudillaje franquista(3), ni tampoco una concepcin falangista del mismo, sino varias, cambiantes y contradictorias. Incluso en una misma persona. En este sentido, se incidir especialmente en la figura de Francisco Javier Conde, considerado generalmente el teorizador par excellence del caudillaje franquista, que ni fue el nico falangista en hacerlo ni, como se ver, lo hizo siempre del mismo modo(4). 1.
dE LOS CAUdILLOS
Como es sabido, el trmino Caudillo proviene del latn capitellus y designaba al hombre que encabezaba y diriga a tropas armadas. Esta denominacin fue aplicada probablemente por los romanos para referirse a los jefes de los grupos resistentes a su penetracin en la pennsula ibrica. En la Edad Media se designaba como caudillos a los jefes guerreros cuyo paradigma sera el Cid, aunque tambin poda referirse a los jefes polticos de los reinos musulmanes. Ya en el siglo XIX, los trminos caudillo y caudillismo se generalizan, especialmente en Amrica Latina, donde remiten en un primer momento a jefes militares regionales del periodo que sigui a las guerras de independencia latinoamericanas y, pronto, a los hombres fuertes de las nuevas repblicas en la primera mitad del siglo XIX (5). Posteriormente, los trminos caudillo, caudillismo y caudillaje se aplicarn en un sentido mucho ms amplio para definir una tenden(2) Aunque, obviamente, no entraremos en el debate acerca de la naturaleza del franquismo, ms all, claro es, de cuanto se relaciona con la dimensin caudillista del rgimen. (3) Aspecto, este, bien sealado por ZENOBI (2011): 100. (4) Puede verse una muestra, aunque no es en modo alguno la nica, de este tratamiento cronolgicamente indiferenciado de la obra de Conde en LPEz GARCA (1996): 94-112. (5) LYNCH (1993).
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cia frecuente de la poltica en este subcontinente, caracterizada por liderazgos fuertes y rasgos populistas(6). Se debe a Max Weber la primera y ms influyente reflexin conceptual al considerar al caudillo como el eje central de uno de los tres tipos puros de dominacin legtima, el carismtico. Para Weber(7), este tipo de dominacin se basa en la virtud de devocin afectiva a la persona del seor y a sus dotes sobrenaturales (carisma), especialmente a sus facultades mgicas, revelaciones o herosmo, poder intelectual u oratorio. El caudillo es, en este sentido, el que manda y al que se obedece a causa de sus cualidades excepcionales, y no en virtud de su posicin estatuida o de su dignidad tradicional. En la dominacin carismtica, autoritaria y dominadora, prima el elemento irracional, y el caudillo precisa de un acreditamiento como seor por la gracia de Dios, por medio de milagros, xitos y prosperidad del squito y de los sbditos. Consecuentemente, la dominacin carismtica vendr definida como una relacin social especficamente extraordinaria y puramente personal. En la Espaa del siglo XIX el trmino caudillo se emple en ocasiones para designar a jefes de partidos o facciones parlamentarias. Ya en el siglo XX, la nocin aparece claramente ligada a un tipo de populismo republicano, cuyo mximo exponente es Alejandro Lerroux, basado en el liderazgo carismtico de un caudillo capaz de encabezar y guiar al pueblo hacia la victoria(8). En los aos veinte, entre los primeros observadores espaoles de la Italia fascista empez a deslizarse con frecuencia el trmino caudillo para referirse bien a Mussolini, bien a los ras provinciales del fascismo, si bien esta no era todava la nota dominante y se presentase como un atributo ms y no el decisivo del liderazgo mussoliniano. Significativamente, por entonces, en Espaa y en relacin a Espaa, la referencia dominante en la literatura poltica era la del cirujano de hierro de Costa, por ms que se pudiera llegar a apreciar en l aspectos de un nuevo caudillismo(9). Durante la II Repblica el trmino asume una connotacin negativa, peyorativa, especialmente entre los partidos de la izquierda republicana y obrera(10). Tampoco es frecuente su uso entre los partidos de la derecha, aunque la idea de caudillo tienda a vincularse, cada vez ms, con el fenmeno fascista. As, Onsimo Redondo abogar por la figura de un caudillo popular y Jos Antonio Primo de Rivera rodeaba la figura de caudillo fascista de una serie de caractersticas personales algo de profeta, una cierta dosis de fe, de salud, de entusiasmo y de clera de las que deca carecer personalmente(11). Sin embargo, ms all de la utilizacin ocasional del trmino, los partidos de la
(6) (7) (8) (9) (10) (11) MOSCOSO (1990): 55-57. WEBER (1964): II, 711-716. LVAREz JUNCO (1990): 432 y ss; id. (1988). Al respecto, PELOILLE (2006). GARCA SANtOS (1980): 101-102; REBOLLO (1978): 79. PRIMO dE RIVERA, Jos Antonio (1971): 50.
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derecha buscaron otros vocablos a la hora de intentar apropiarse de algunos de los ritos del fascismo. De este modo, el Duce, Duce, Duce italiano encontrar su correlato en el Jefe, Jefe, Jefe aplicado al dirigente de la CEDA, Gil Robles. Fue, paradjicamente, el lder socialista Indalecio Prieto, en la crispada primavera de 1936, el primero en asociar la figura del general Franco con la del eventual caudillo de una posible sublevacin: Franco, por su juventud, por sus dotes, por la red de sus amistades en el ejrcito, es hombre que, en un momento dado, puede acaudillar con el mximo de posibilidades () un movimiento de este gnero(12). El inicio de la guerra no supondra un inmediato cambio en la utilizacin, a veces indiscriminada, a veces indeterminada, del trmino caudillo. Ms bien al contrario, algunas de las utilizaciones del trmino reflejaban la pluralidad de las fuerzas que apoyaban a los rebeldes tanto como la diversidad de sus objetivos. As, por parte carlista se proyectaran sobre la figura de Fal Conde todos los atributos de la personalidad de un Caudillo, y el culto a esa misma personalidad no desapareci siquiera en los momentos sucesivos al exilio impuesto por Franco (13). Por parte falangista, se haba hablado ya de Onsimo Redondo como el caudillo de Castilla y, aunque sin identificarlo con el trmino de caudillo, tambin se divulgaban, incluso en obvias comparaciones con Mussolini, las grandes cualidades de liderazgo de Manuel Hedilla de aire de Csar campesino y gran conductor de pueblos, hablara Vctor de la Serna(14). Pero, en otro plano, este especficamente militar, tambin se poda hablar todava sin problemas de dos caudillos, Mola y Franco. Lo que vale la pena subrayarlo no dejaba de ser una relativa simplificacin de la primera, y obviamente tradicional, referencia en guerra del propio Franco al trmino caudillo. Aquella que hizo el 25 de julio en una de sus alocuciones desde radio Tetun cuando recomendaba a militares y profesionales del Ejrcito y Cuerpos armados, la fe del cruzado, la firmeza del caudillo(15). 2. AL CAUdILLO As pues, a la vigilia del nombramiento de Franco como Generalsimo de los ejrcitos, Jefe del Gobierno y Jefe del Estado, la polisemia e indeterminacin en el uso del trmino caudillo segua siendo la nota dominante. Todo cam(12) PRIEtO (1975): 257. (13) ZENOBI (2011): 295; BLINKHORN (1979): 385-386. (14) Id., 290-291 (15) ARRARS (1940): vol. III, t. 10, 84-85. Vale la pena constatar, para evitar anticipaciones precipitadas respecto de lo que estaba por venir, que Franco utiliza en varias ocasiones en esta alocucin el trmino Cruzada, pero que lo hace en todo momento en trminos de cruzada patritica, sin referencias religiosas. Por ejemplo: Espaa! Espaa! Este es el grito que, desgarrando fibras de nuestro corazn, nos une en la Cruzada. Ibd.
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biara, sin embargo, a partir de dicho momento, autntico punto de partida en la construccin del mito de el Caudillo. Desde entonces se generalizarn las referencias a un Caudillo acompaado ya en lo sucesivo de toda serie de atributos y personificacin misma de la causa nacional: Por el caudillo y por Dios; Por Dios y por Espaa. Con el ejrcito, con el Caudillo Franco(16). Franco aparece ya como el nuevo y gran Cruzado, el nuevo Cid(17), como el hombre de la providencia, el general victorioso, el salvador de Espaa, el estadista excepcional, el conductor y gua de los espaoles(18). La evidente carencia de cualidades oratorias con que se asocia frecuentemente el carisma, incluso su voz atiplada, no fue obstculo para que sus panegiristas le encontraran virtudes alternativas. As, Manuel Machado vea en el Caudillo de la nueva Reconquista al hombre que sabe vencer y sonrer(19). Y en el mismo sentido aunque las referencias al respecto podan multiplicarse Gimnez Caballero vea en la sonrisa de Franco el equivalente de la mirada y la forma de emproar la mandbula de Mussolini, y del aire entre marcial y popular, entre doctoral y solemne de Hitler. La figura de Franco, por el contrario, tendra algo de ternura paternal y maternal a la vez(20).
Tras asumir en abril de 1937 la Jefatura del partido nico, FET de las JONS, cuya unificacin haba decretado l mismo, las connotaciones de Caudillo popular y fascista, de Caudillo de Falange, se multiplicaron. El lema Una Patria, un Estado, un Caudillo, traduccin del nazi Ein Volk, ein Reich, ein Fhrer sera omnipresente en la prensa, especialmente en la falangista, con el objeto, precisamente, de recalcar esta significacin. Como lo sera la inequvoca voluntad de comparacin-homologacin con las figuras de Hitler y Mussolini. Lo haba hecho ya respecto de este ltimo, Milln Astray a primeros de octubre de 1936, cuando, todava no fijado el mito del Caudillo, hablaba de Franco como enviado de Dios como Conductor para liberacin y engrandecimiento de Espaa(21). Tres meses ms tarde, el mismo Milln Astray hablaba ya claramente de los tres caudillos, con la contribucin a cada uno de ellos de su ttulo especfico: Mussolini: el Duce. Franco: el Caudillo de Espaa. Hitler: Fhrer de Alemania(22). Una orden del 27 de septiembre de 1937 estableca el da 1 de octubre como da del Caudillo, en conmemoracin de su ascenso por Gracia de Dios y verdadera voluntad de Espaa a la Jefatura del Estado(23). De las celebra-
(16) DI FEBO (2004): 64. (17) PREStON (1994): 239, 13-14. (18) REIG TAPIA (1995): 78. (19) MAINER (2002/2003): 39. (20) GIMNEz CABALLERO (1938): 23-24. (21) Citado en SEVILLANO (2010): 39-40. (22) Id., 57-58 (23) Orden de la Presidencia de la Junta Tcnica del Estado, BOE, 28 de septiembre de 1937. Ntese que sta es la primera referencia oficial al caudillaje de Franco por la gracia de Dios.
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ciones de la victoria, en mayo de 1939, Franco saldra consagrado como Caudillo, por El pueblo, el ejrcito y la Iglesia(24). Meses ms tarde, los artculos 47 y 49 de los estatutos de FET de las JONS lo definan como supremo Caudillo del Movimiento, personificacin de todos los valores y todos los honores del mismo, responsable slo ante Dios y ante la Historia. Caudillo por la gracia de Dios y Caudillo del Movimiento, y, desde la perspectiva falangista, Caudillo (cabeza) del pretendido rgimen totalitario. Como escriba el inefable Gimnez Caballero, siempre dispuesto a echar su cuarto de espadas a mayor gloria de la tendencia dominante: Porque fascismo, nazismo, falangismo, son regmenes totalitarios en cuanto que todos las masas jerarquizadas se subsumen en UNO. Que esto significan etimolgicamente CAUDILLO (Cabeza), DUCE (Conductor), FHRER (Guiador). Y que todos los puntos de toda doctrina totalitaria no son ms que corolarios de ese primordial: el del Mando nico(25). 3. qU CAUdILLO? El mito del Caudillo y el culto del Caudillo salan as plenamente establecidos al trmino de la contienda militar. Como Caudillo, Franco reuna todas las legitimidades. Era Caudillo por la gracia de Dios; Caudillo del ejrcito victorioso; Caudillo popular y Caudillo de Falange. Incluso poda presentarse a s mismo como el Caudillo de todos, pretendiendo rodearse de un halo de imparcialidad por encima de parcialidades banderizas(26). Ms all de la construccin del mito, sin embargo, la figura del Caudillo se converta en la clave del arco del rgimen que se estaba construyendo y, en este sentido, su significacin poda variar, como anticipbamos, en funcin de los distintos proyectos que confluan y rivalizaban en el interior del nuevo Estado. Nadie ignoraba que, por el modo en que se iba asentando el mito y por sus inequvocos referentes externos, la figura del Caudillo cobraba una clara significacin fascista, pero as como unos, los sectores no fascistas, trataron de negociar ese significado para integrarlo en su propio discurso no fascista generalmente monrquico, los falangistas intentaran inicialmente hacer de l la clave del arco de su proyecto poltico. Vale la pena prestar atencin a los primeros porque, entre otras cosas, ello permitir percibir ms claramente la especificidad del discurso falangista.
(24) Arriba, 21 de mayo de 1939. La consagracin por la Iglesia vendra dada por el acto de ofrenda de la espada en accin de gracias por la providencia del Seor con las armas espaolas, celebrado en la iglesia de Santa Brbara de Madrid. La idea de la triple consagracin de la Iglesia, del ejrcito y del pueblo vena subrayada en el editorial de esa misma fecha del diario citado, Sobre el pavs. (25) GIMNEz CABALLERO (1938): 13-14. (26) FRANCO (1939b): 314
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Desde el tradicionalismo, en particular, se poda abogar en tiempos del proceso de unificacin por una perfecta coexistencia entre la figura del rey y la de un Caudillo, equiparada ya al Fhrer o al Duce. As lo el expresaba el Catedrtico de la Universidad de Salamanca, Wenceslao Gonzlez, que se cuidaba bien de remarcar que la figura central habra de ser la del rey, quedando la del caudillo como una especie de supercualificado ayudante: Espaa querra que mandase uno solo, querra un buen rey, en cuya sucesin perpetuar el mando, sin interregnos, y a su lado,
como miembro cualificado de la Comunidad Nacional y salido de su propia entraa, un Duce, un Fhrer, un Caudillo, que inspeccione, modere y comparta la egregia tarea, y sea para el Rey un coadyuvante en el levantamiento de la carga sin dejar de ser, al mismo tiempo, un Promotor de actividades e iniciativas de Gobierno, un Moderador en la apreciacin crtica de las oportunidades y de los medios, y un Fiscal implacable en las desviaciones o abusos del Poder. Todo en nombre de la Comunidad Nacional que all le ponga, no en concepto de representante con carta blanca e ilimitacin en su personal arbitrio, sino como exponente y miembro vivo y activo de ella en misin de enlace autorizado para funciones interventoras positivas, de toda amplitud(27).
Desde el rea de los monrquicos de Accin Espaola todos los ditirambos a la figura del Caudillo encerraban un claro proyecto de restauracin monrquica. Para Jos Pemartn, Franco era el glorioso Caudillo, representante de la Providencia, caballero de leyenda, espada evanglica vencedora del mal, salvador de Espaa, la civilizacin europea y la Cristiandad(28). El poder del Caudillo no poda ser interino porque era el Poder total que hace la Historia, el hacedor de la futura historia de Espaa(29). Era por esta va, sin embargo, por donde se establecan los lmites. Y aunque Pemartn pareca asumir que caudillaje e institucin monrquica se completaban y ensamblaban en forma definitiva en Espaa, lo haca solo para aadir que la segunda era ms estable, menos condicionada por la sensacin de participacin que siempre arrastra el Caudillaje. De modo que si el Caudillo hace la historia, la Monarqua es la Historia. El primero era el devenir, la segunda, el ser. Vale la pena reproducir en extenso la argumentacin de Pemartn, presentada con frecuencia como una contribucin ms, y sin ms, en la construccin del mito del Caudillo:
Ambas formas de Monarquismo Caudillaje e Institucin se completan, se ensamblan, en una superacin histrica definitiva. Y no es, naturalmente, que pretendamos disminuir la importancia esencial del Caudillaje; al contrario. El Caudillaje, y ms especialmente el de nuestro Glorioso
(27) GONzLEz OLIVEROS (1937): 202-203. Sobre el modo de integrar el mito del Caudillo en el carlismo ms posibilista representado por el conde de Rodezno, vase BOX (2010): 155. (28) PEMARtN (1938): 89, 112 y 414. (29) Id., 112.
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Caudillo Franco, es el modo de Monarquismo circunstancial que por su cometido salvador, providencial, insuperable, revista la mayor grandeza. En una poca de tremenda Crisis, encarnada en la Voluntad de Dios, salva a un pas Espaa, a una civilizacin Europa y a la misma Obra de Dios en la Tierra La Cristiandad. Y esta hazaa definitiva debe perdurar en la Historia, en los Siglos. Pero, por eso mismo, por esa grandeza histrica, aureola de claridad mstica, que vemos en el General Franco, como homenaje fervoroso a la altura de su misin y a la pureza de su persona, a un Caballero de Leyenda, de valor militar, de desinters personal y de integridad de vida, que hacen de l para todos los espaoles, un elegido de Dios, romperamos nuestra pluma antes de por vil adulacin poltica circunstancial traicionar la esencia de nuestro pensamiento. La sinceridad es el honor de lo intelectual; y a un caballero legendario, invicto y sin tacha, debemos, antes de todo, el homenaje de nuestro honor. Y esta sinceridad intelectual nos hace distinguir clara y terminantemente entre el distinto contenido histrico, de ambos modos de Monarquismo, que se complementan ineludiblemente el uno al otro. El Caudillo hace la Historia, la Monarqua es la Historia. El primero tiene un contenido primordial definido en lo concreto de una gran Crisis. La segunda, una carga y servicio especficos a lo largo de la Historia. El primero es la intensidad, la segunda, la duracin. El Caudillo se hace a s mismo, pero con la masa El Caudillo es siempre hasta cierto punto, el Camarada de todos los acaudillados. Pero no vamos a insistir sobre la parte negativa, inevitable en todo Caudillaje, sobre el hecho de que un Caudillo tiene que estar dando continuamente el do de pecho, de que una nota falsa, un desacierto, exponga ms que ninguna otra forma de gobierno, al desfavor. Ni tampoco insistiremos sobre la dificultad de la sucesin, en el caso desgraciado de su falta sbita. Descartando todas estas preocupaciones, es sobre la parte positiva, que queremos insistir. Es que hay necesariamente un momento, en el que, el matiz Caudillaje ha de dar paso al matiz Institucin; cuando la unitariedad general provocada por el entusiasmo y la unin intensiva, pero inestable, de todos, ha de pasar a la estructura orgnica y jerarquizada de una sociedad constituida. En pocas palabras, si el Caudillaje, el Movimiento, participan del impulso, de la intensidad histrica del Devenir, la Institucin Monrquica contiene la perfeccin orgnica actual del Ser. Por eso hay que prever, en la evolucin histrica, el paso del Devenir al Ser; la informacin de la Materia impulsiva, enrgica, heracliteana, del Movimiento, por una Forma sustancial histrica, ordenada, jerarquizada, aristotlica: la Monarqua Tradicional(30). (Cursivas en el original).
Toda una teora, todo un programa el de Accin Espaola que vena oportunamente rematado por una previsin de lo que habra de ser la evolucin del Caudillaje en el Nuevo Estado: Franco habra de ser, sucesivamente, Caudillo, Caudillo-Canciller y Canciller; esto ltimo ya en un tercer periodo, postfascista e histrico, con la Monarqua ya restaurada(31). El poder total del Caudillo deba traducirse, en fin, en el glorioso papel de Hacedor de
(30) Id., 89-90. (31) Id., 415 y ss.
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Reyes(32). La figura fascista del Caudillo quedaba as integrada en un discurso que terminaba por conducirla a su propia desaparicin. 4.
CAUdILLO dEL PUEBLO Y dE LA
FALANGE
Desde el punto de vista falangista, esta limitacin, cronolgica y funcional del Caudillaje careca de sentido. Lo haba fijado ya Fernndez Cuesta, Secretario General del partido unificado en un discurso pronunciado en Valladolid el 18 de julio de 1938(33). Lo que se desarrollaba en Espaa era una revolucin que entraaba una nueva concepcin del Estado:
Y esta revolucin exige al frente de ella la figura, no del lder del partido democrtico, ni de un jefe de Gobierno, ni siquiera la del dictador vulgar y conocido, sino la figura de un Caudillo; es decir, el Jefe carismtico, el hombre sealado por el dedo de la Providencia para salvar a su pueblo; figura, ms que jurdica, histrica y filosfica, que escapa de los lmites de la ciencia poltica para entrar en el hroe de Carlysle (sic) o en el del superhombre de Nietzsche. Es, sencillamente, la idea que mueve a todo el proceso revolucionario, gestador del nuevo rgimen, y es, en Espaa, Francisco Franco.
Jefe carismtico y sin lmites. El Caudillo como institucin central y, sobre todo, definitiva del nuevo rgimen. Esta era la lnea que iban a batir y teorizar ntidamente los falangistas hasta entrado 1941. Es lo que hara Legaz y Lacambra, cuando en la mejor lnea de sacralizacin de la poltica propia de las religiones polticas, consegua conferir al poder carismtico una dimensin comparable al papel del Supremo Pontfice en la Iglesia catlica. En efecto, para Legaz, era la unidad que se daba en la jefatura del partido-Iglesia (FET de las JONS) y en la del Estado lo que constitua la esencia del rgimen(34). El Caudillo como Jefe del Partido era la mxima autoridad y ostentaba el poder carismtico de crear dogma inapelablemente. Siendo su autoridad superior a la del Consejo Nacional del Movimiento, por una parte, y del Consejo de Ministros, por otra, su poder poda compararse con el que detentaba en la Iglesia el Supremo Pontfice(35). Para Juan Beneyto, el Caudillo era la persona enviada por la Providencia para formar la comunidad nacional espaola, el conductor y artfice de
(32) Aunque para ello hubiera de rebajarlo, poco ms o menos, a la condicin de un caudillo medieval: Ciertamente, el Caudillo no puede ser un Poder interino, porque es el Poder total que hace la Historia. Pero sanos permitido para finalizar esta exposicin leal y sincera de nuestros ideales desear para el Generalsimo Franco aquel glorioso apelativo medioeval que se dio al guerrero Earl of Warrick en la feudal Inglaterra; en nuestro caso infinitamente ms grande y glorioso por la dimensin universalista de la Empresa: Un Hacedor de Reyes. Id., 113. (33) FERNNdEz CUEStA (1951): 111-121. (34) LEGAz (1940): 177-178. (35) Id., 188-189.
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Espaa(36). Identificada as su figura ya claramente con Espaa, su papel en la comunidad popular que l mismo habra forjado se defina en la ms estricta semejanza con el principio nazi del caudillaje: El Caudillo no puede configurarse como antes se describa un rgano estatal. No es un miembro de la comunidad, ni siquiera el ms alto miembro, sino su cabeza. Y puesto que en la mejor lgica fascista, la comunidad popular era la nica fuente de derecho, su cabeza no poda ser ya sino el nico legislador: no hay ms que una fuente del Derecho: la comunidad popular, el pueblo hecho unidad y jerarqua, la sangre y la tierra, y un solo legislador: el Caudillo, cabeza y raz de la Patria(37).
Se defina as una institucionalizacin de la figura del Caudillo que, como haba precisado el propio Beneyto junto con Costa Serrano, apareca como substancia medular del nuevo derecho poltico(38). Sin establecer demasiados distingos con los otros regmenes totalitarios, la figura del caudillaje se separaba de cualquier precedente histrico y, aunque menos, del bonapartismo o de la teora del hroe de Carlyle, para hacer residir la novedad radical en la suprema sntesis de Estado y partido(39). Segn estos autores, la concepcin del Caudillo es una sntesis de la razn y la necesidad ideal. No es solo fuerza, sino espritu; constituye una nueva tcnica y es la encarnacin del alma y hasta de la fisonoma nacional; supone la consecuencia natural y necesidad orgnica de un rgimen unitario, jerrquico y total; y su contextura es tpica y plenamente revolucionaria(40). El Caudillo era el vrtice de la Jerarqua, expresin del mando nico en el Partido, que a su vez, tiende a encauzar la vida del Pueblo. El Caudillo sera, en fin, concepto total y, como acumulador de las funciones histricas, legislador, juez, ejecutor supremo y Jefe del Partido. Penetra toda la vida social y poltica(41). Dentro de esta concepcin, como decimos plenamente fascista, se recurra a un terico nazi, Gottfried Neesse, para contraponer la figura positiva del squito a la del sbdito, con lo que se anatematizaba cualquier semejanza entre la figura de Caudillo y las de dspota, tirano o dictador(42). Se poda subrayar as la existencia de una conexin ntima entre Caudillo, squito y pueblo, como una integracin de los viejos principios de monarqua, aristocracia y democracia que se resolva como una unidad de mando en un ambiente nacional y popular(43). Y cuando de sealar lo que haba de especfico en el caudillaje espaol se trataba, apenas si se iba ms all de la alusin a la existencia de una
(36) BENEYtO (1940): 108. (37) Id., 144-145. (38) COStA y BENEYtO (1939): 148 (39) Id., 151-152. Sobre las semejanzas, ms que diferencias, del caudillaje espaol respecto de los otros caudillos de la era fascista, puede verse tambin BENEYtO (1939): 151-157. (40) COStA y BENEYtO (1939): 153. (41) Ibid. (42) Cfr., NEESSE (1938) (43) COStA y BENEYtO (1939): 154.
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vieja y poderosa tradicin nacional de la jefatura jerarquizada y de la reafirmacin del principio de unin carismtica que exclua cualquier tipo de limitacin de la autoridad del Caudillo(44).
Podra decirse a la luz de lo visto hasta ahora que en la publicstica falangista la figura del Caudillo se haba ido totalizando dentro de un esquema que tenda a subrayar la profunda unidad de la comunidad popular espaola(45); pero de una comunidad entendida jerrquicamente, en la que el pueblo era estructurado por el partido, bajo la direccin de un Caudillo cada vez ms asemejado a los de los otros Estados totalitarios. Se afirmaba as la figura de un Caudillo fuente de todo poder, de todo derecho, legislador e institucin central y definitiva del rgimen. Con las victorias alemanas, el caudillo-espejo, lo fue cada vez ms Hitler(46). Eran los tiempos en que algunos de los fascistas espaoles soaban, y an crean, que el mundo haba entrado en una nueva poca, la totalitaria (47). La identidad caudillo-partido-pueblo pareca, en fin, una realidad a la vuelta de la esquina. Con estas premisas y en funcin de las propias contradicciones internas del rgimen, los fascistas espaoles consideraron que haba llegado el momento de hacer realidad estas esencias de los nuevos estados totalitarios; y sobre estas bases lanzaron la ofensiva del invierno-primavera de 1941(48). Pero fracasaron, y de este fracaso emanaran nuevos problemas, nuevas reformulaciones. 6.
tIEMPOS dE REfLUJO
Tras la crisis de mayo de 1941, que marca, en efecto, la derrota ideolgica del revolucionarismo falangista y la reafirmacin del carcter puramente espaol y catlico del Movimiento, el concepto de caudillaje sufrir tambin una importante inflexin(49). Ser Francisco Javier Conde quien asumir en 1942 la tarea de elaborar una teora del caudillaje que se alejara en algunos aspectos fundamentales de las anteriores formulaciones falangistas, para desarrollar otros aspectos ms acordes con las nuevas derivas ideolgicas del rgimen y, en particular, las de una Falange, la de Arrese y Girn, que pareca nacional-catolizarse a marchas forzadas. En este sentido, debe subrayarse, como anticipbamos, que la
(44) Id., 157. (45) La expresin comunidad popular es de los propios Costa y Beneyto, y denota el progresivo deslizamiento de lo nacional a lo popular en el proceso de radicalizacin falangista. Nos hemos ocupado de ello en SAz (2003): 290-297. (46) Por ejemplo, JOS ANtONIO MARAVALL, El sentido actual de la victoria, Arriba, 18 de agosto de 1940; (editorial), El hombre y su estilo, Arriba, 21 de julio de 1940. (47) JOS ANtONIO MARAVALL, El totalitarismo, rgimen europeo, Arriba, 26 de junio de 1940. (48) THOMS (2001): 264-276; SAz (2003): 290-308. (49) Id., 309 y ss.
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teora del caudillaje de Conde no solo no es la nica teorizacin falangista al respecto, sino que tampoco es la primera; ni ser, como veremos, la ltima(50). Ciertamente, en su Espejo del Caudillaje(51), retomar, para reformularlas, algunas de las nociones que ya hemos visto en otros escritos falangistas, e incluso algunos de los planteamientos que haba destilado ya en su no menos clebre Idea nacionalsindicalista de nacin(52). Pero hay desde el principio una nota distintiva que no cabe despreciar, cual es la voluntad de situar la cuestin del caudillaje como el elemento crucial para discernir lo que en el acontecer poltico espaol presente es acontecer comn europeo y lo que ese acontecer propiamente nuestro tiene de singular. Se tratara de desvelar, en su perfil concreto, el sistema del derecho poltico espaol proyectado sobre otros sistemas aparentemente similares(53). Y si esta era la primera razn que justificaba la razn del tema, la segunda no era menos jugosa: se trataba de escoger aquellas cuestiones capitales que mejor autoricen el coloquio sabroso y fecundo con el gran pensamiento hispano(54). Dicho de otro modo, el objeto fundamental era el de diferenciarse de las potencias fascistas reafirmando el puro carcter espaol del caudillaje franquista. Con estas premisas no es fcil deslindar si lo que pretenda Conde era teorizar y legitimar el caudillaje franquista, legitimar a la Falange de Arrese o, lo que es ms probable, ambas cosas a la vez. Hay una parte del desarrollo de la tesis de Conde que no resulta especialmente novedosa respecto de cuanto se haba escrito anteriormente. As, para nuestro autor acaudillar era mandar legtimamente, mandar personalmente y mandar carismticamente. Esta ltima legitimidad, la del tipo carismtico, lo alejara de cualquier carcter transitorio, tal como una dictadura, fuera esta comisaria (identificada con Estado de Excepcin) o soberana (identificada con cesarismos de legitimidad democrtica). As, lo que define al caudillaje ser el predominio del principio de legitimidad carismtica sobre cualquier otro. Era ese principio el que otorgaba legitimidad a quien, elegido por Dios, instauraba un nuevo orden constitucional desde la identidad ltima entre el caudillo y los acaudillados(55). A partir de aqu, y haciendo acopio una vez ms de nociones weberianas, Conde va a dar un paso ms para encontrar la presencia, en principio subalterna,
(50) Importantes referencias en torno a la trayectoria de Francisco Javier Conde en, SESMA (2009): 86 y ss. (51) Aparecido inicialmente en Arriba, como El Caudillo. Doctrina del Caudillaje, en sucesivas entregas a partir del 4 de febrero de 1942, fue publicado como libro ese mismo ao por la Vicesecretara de Educacin Popular con el ttulo, Contribucin a la doctrina del caudillaje, y recogido, ya como Espejo del caudillaje, en la obra de 1973 por la que citamos. (52) Publicada con este ttulo en Arriba en sucesivas entregas a partir del 21 de septiembre de 1939, la obra terminara recogida como La idea espaola actual de nacin en la ya citada recopilacin de 1973. Lgicamente, estos cambios en las titulaciones que no son los nicos introducen una dificultad aadida en la interpretacin de la obra de este autor. (53) CONdE (1973): 367-368. (54) Ibd. (55) CONdE (1973): 380-381.
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absorbida por el elemento carismtico, pero presencia al fin, de los otros elementos de caudillaje, el racional y el tradicional. Dispuesto a reinterpretar cuanto fuera til al desarrollo de su argumentacin, Conde consideraba que el elemento racional estaba presente en el mando militar, en cuanto est llamado a asegurar el cumplimiento de la funcin poltica en el interior y en el exterior. En lo relativo al elemento tradicional, no dudaba en proyectar como un acto de singular relieve jurdico constitucional, a la consagracin de Franco como Caudillo en la ceremonia, antes citada, de la Iglesia de Santa Brbara(56). Vale la pena reproducir el modo en que Conde describe esta tradicionalizacin del carisma y la importancia que le confiere:
Es el punto en que el carisma se objetiva, se tradicionaliza, pasa de un titular humano concreto a una institucin. El hlito trascendente, este es el signifiado profundo del acto, se transfiere de la persona al oficio. Surge as el caudillaje como institucin De las dos vertientes que puede el carisma tomar al hacerse ejercicio cotidiano, la razn y la tradicin, la primera lleva al cesarismo plebiscitario; la segunda al caudillaje propiamente dicho. El primero exige el recurso constante al plebiscito como principio de legitimacin del mando. El segundo entraa el engarce del mando carismtico en la tradicin: se convierte este en instancia suprema que actualiza de modo histricamente concreto la tradicin viva de su pueblo, en intrprete genuino de su tradicin.
Se podra establecer as, en la medida en que el carisma se objetiva, que la legitimidad del caudillaje franquista empezara a derivar resueltamente hacia los polos racional y tradicional. Pero esta deriva significaba tambin, podamos aadir, que el caudillaje franquista se iba desprendiendo, en el planteamiento de Conde, de sus rasgos ms populistas, en la misma medida en que el partido que ya no era iglesia, aunque s estaba con la Iglesia y el pueblo cedan terreno en beneficio del ejrcito, la tradicin y la Iglesia. No es de extraar que, puestos en este terreno, se subrayasen las diferencias, ahora esenciales, con los casos italiano y alemn(57). Por una parte, por-
(56) Id., 383. No sabemos hasta qu punto esta teorizacin de Conde del acto de Santa Brbara fue clave, o no, para la sucesiva extrapolacin del mismo. Pero s sabemos, a partir de la consulta de la prensa del momento, que, si eso fue as, la mayor parte de los protagonistas y testigos del momento parecieron no enterarse de tan importante y decisiva trascendencia. (57) No es que Conde hubiese dejado de sealar la existencia de diferencias dos aos antes, cuando escriba sobre La idea nacionalsindicalista de nacin, pero, para entonces, la idea espaola y la idea italiana de nacin, por ejemplo, representaban dos formas diferentes de conseguir un mismo objetivo: liberar a la idea de nacin de sus ingredientes primitivos, esto es, democrticos. Claro que el mismo Conde se encargara ms delante de agrandar retrospectivamente esas diferencias haciendo desaparecer en la reproduccin, ya como La idea espaola actual de nacin, de un prrafo de la original Idea nacionalsindicalista de nacin, el que reproducimos en cursiva: Las consecuencias que de tal definicin (fascista de la nacin) se derivan son la omnipotencia de la colectividad y la absoluta carencia de derechos del individuo. La idea de nacin no descansa ya sobre el principio de soberana del pueblo. Al despojarse del lastre democrtico liberal, la idea de nacin est en condiciones de hacer frente a la compleja problemtica con-
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que la quiebra con el sistema liberal anterior haba sido mucho ms radical en el caso espaol que en los otros, lo que daba a aquel un mayor predominio del elemento carismtico y una menor vigencia del principio democrtico racional(58). Por otra, porque el substrato metafsico en que se basaba el caudillaje espaol no era el del espritu del pueblo como en los otros casos, sino la idea de destino. De este modo, la autoridad del Caudillo vendra a descansar en la identidad de destino del que acaudilla y de los acaudillados. Y el Caudillo no sera el punto extremo de irrupcin del verdadero espritu del pueblo, sino el intrprete de la tradicin, el custodio supremo, soberano actualizador de la comunidad de valores que integra la tradicin espaola. Su tarea sera, as, la de adivinador, de revelador, de profeta(59). Con Conde, en suma, el Caudillaje espaol perda, a la vez, sus rasgos fascistas y populistas. O, lo que es lo mismo, iba alejndose de aquella concepcin fascista del caudillaje que haca de l, como cabeza de la comunidad popular y jefe del partido y del Estado, fuente de todo derecho, creador del dogma, legislador sin lmites. Pero Conde no era tanto, como se ha visto, el idelogo que influye y anticipa, cuanto el intelectual que teoriza y legitima lo que ya est sucediendo. En este sentido, expresara la magnitud del cambio experimentado por el rgimen y la propia Falange a raz de la crisis de mayo de 1941, en lo que podra llamarse su primera desfascistizacin. Como lo expresara tambin un Fernndez Cuesta que ya vea, en 1944, toda una serie de lmites al ejercicio del caudillaje, aquellos que no asomaban por ningn lado en su discurso, ya comentado, de 1938:
Pero, adems, ha de tenerse en cuenta tambin que el carcter personal del Caudillaje no implica absolutismo poltico. El absolutismo debe cargar su acento, no en el nmero de personas que ejercen el poder, sino en cmo lo ejercen. Es decir, si existen o no lmites y derechos previos que respetar. Hay poder ms omnmodo que el de las democracias antiguas griegas o romanas, el de una convencin o el del soviet? El Caudillaje, institucin esencialmente humana y cristiana, est sometido, como todos los poderes de la tierra, a la Ley nacional, reflejo de la divina, y se complementa mediante una serie de consejos, organismos asesores que le proporcionan el auxilio de la experiencia y conocimientos polticos, administrativos, de sus componentes(60).
tempornea. La primaca de la decisin poltica y del mando aseguran la conjuncin del principio de legitimidad nacional y de la estructura autoritaria del mando. Frente al atomismo individualista, el principio de la nacin como comunidad jerarquizada, capaz de anegar los antagonismos de clase en la superior unidad nacional. Por camino diferente, el nacionalsindicalismo libera tambin a la idea de nacin de sus ataduras democrticas. CONdE (1973): 343 y referencia citada en nota n. 48. (58) Id., 387. (59) Id., 390-391. (60) El Caudillaje en la teora y prctica del Movimiento, El Espaol, 30 de septiembre de 1944. Recogido en FERNNdEz CUEStA (1951): 229-232.
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6. AdIS AL CAUdILLAJE? El fin de la Segunda Guerra Mundial dio paso a lo que bien podramos llamar el segundo impulso desfascistizador de la dictadura y de la propia Falange. Se trataba de intentar la salvacin del rgimen a base, entre otras cosas, de negar que ni este ni su partido nico tenan, ni haban tenido nunca, nada que ver ideolgica y polticamente con los fascismos derrotados. Conviene subrayar, con todo, que este segundo impulso no vena de la nada, que iba a enlazar, eso s para radicalizarlo y llevarlo ms lejos, con aquel primer impulso, debido a dinmicas internas, que hemos visto en el apartado anterior. En este sentido, Francisco Javier Conde volvera a ejercer de excelente teorizador-legitimador de las nuevas dinmicas; y para ello no tena sino que volver a reformular casi a retorcer algunos de sus planteamientos anteriores. Fundamental desde este punto de vista es su libro representacin poltica y rgimen espaol, publicado, precisamente, en el crucial ao de 1945(61). En lo que aqu nos interesa, el libro gira en torno a la problemtica de la representacin y de las distintas formas en que histricamente se haba afrontado. No es posible seguir aqu toda la argumentacin de Conde, aunque s subrayar lo que constituye, a la vez, su conclusin al respecto y el punto de partida para toda su construccin posterior. Planteando el problema de la representacin, en primer trmino, para, tras seguir el correspondiente despliegue histrico del problema, deslegitimar abiertamente el principio fascista de representacin. Lastrada esta ltima concepcin de organicismo romntico biologista, entraa(ra) el aniquilamiento de la representacin. Como sera igualmente inconciliable con la representacin, la idea romntica del espritu del pueblo en el modo en que fue recogida por el propio fascismo(62). Si esto pasaba con el fascismo, peor an sera el caso del nacionalsocialismo, y aqu era el mismo principio del caudillaje nazi el que se pona en la picota. Este, en efecto, no habra
vacilado en sustituir la doctrina de la representacin por el principio de identidad entendido en forma casi biolgica. La base de sustentacin terica es tambin la doctrina medio romntica, medio neohegeliana, del espritu del pueblo. El Fhrer no es propiamente representante del pueblo de la voluntad, sino que esa voluntad est en el presente efectivamente La relacin entre el Fhrer y el pueblo no es de representacin sino de identidad.
Una excelente caracterizacin del fhrerprinzip, la misma con la que se haban ensoado los falangistas que veamos ms arriba hasta 1941, pero que ahora quedaba lapidariamente condenada: El principio de la representacin queda as barrido del mundo poltico(63).
(61) CONdE (1945). (62) Id., 43. (63) Id., 44.
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Enlazando, por otra parte con la nocin de crisis de la conciencia moderna, parece deducirse de la exposicin, presentada como algo as como el nervio del problema de la representacin, ninguna de las respuestas que se habran dado, ni la liberal, ni la marxista, ni la contrarrevolucionaria, ni la fascista habran resultado satisfactorias, ni en trminos generales, ni mucho menos en Espaa. Tambin por este lado la crtica de la solucin fascista encontraba un lugar esencial en la argumentacin; para diferenciarse de ella y para mejor definir en relacin con ella la respuesta espaola. As, buena parte de la seduccin del fascismo descansara en sus apelaciones a la fuerza, el instinto, a la sangre y al entusiasmo, y, tambin, en el vitalismo y la revuelta contra el intelecto. Y por este camino se podan llegar a sealar las similitudes entre fascismo y bolchevismo: la idea fascista, como su contraria bolchevique, se nutre en todas estas fuentes irracionalistas(64). Claro que, ya puestos, se poda llegar a enlazar tambin al fascismo con Maquiavelo: El irracionalismo fascista es, en realidad, como postrera resonancia del racionalismo maquiavlico, aunque de signo inverso(65).
Por supuesto, todo este despliegue histrico-terico estaba encaminada a subrayar la singularidad, y bondad, de la respuesta espaola. Una respuesta que, al parecer, se haba ido incubando en una generacin, culminada en Jos Antonio Primo de Rivera, capaz de percibir los lmites de todas las otras soluciones: Una a una, las diferentes soluciones marxista, liberal, democrtica, contrarrevolucionaria, fascista, aparecan a los ojos de aquella generacin espaola como visiones parciales, como simplificaciones de la realidad(66). Una generacin capaz tambin de buscar un nuevo horizonte espiritual. Dnde? Pues, sencillamente, en la recristianizacin de todos los contenidos y valores que el mundo moderno ha secularizado, en la apelacin a los espaoles para que asciendan hacia lo alto en sentido profundamente cristiano(67). Sentadas estas bases, Conde poda acometer el problema de la respuesta espaola al problema del mando y la representacin, enunciados como el despliegue del mando poltico espaol hacia un modo cristianamente racional de autoridad y representacin (68). Y es aqu, en un antolgico y prodigioso juego de observaciones y reflexiones de todo tipo, histricas, filosficas, jurdicas y sociolgicas, donde Conde alcanzar la cuadratura del crculo; que no sera otra que hacer desaparecer el caudillaje franquista. O, mejor, reducirlo a una etapa y solo una etapa, adems ya superada, del mando poltico espaol.
Porque, en efecto, todo habra sido un despliegue del mando poltico espaol desde 1936 a travs de tres etapas. La primera, la de la guerra civil, se
(64) (65) (66) (67) (68) Id., 86-87. Id., 97. Id., 89. Id., 91-92. Id., 103.
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caracterizara por un proceso de concentracin de poder propia del estado de guerra(69). La segunda, comprendida entre 1939 y 1942 sera la del Caudillaje. El Caudillo habra sido en esa etapa capitn de la revolucin nacional, hroe de la tradicin, arquetipo de los valores tradicionales y vencedor de la guerra. No hay mucho de nuevo en la argumentacin acerca de esta etapa respecto de anteriores elaboraciones, salvo en la misteriosa desaparicin del carisma en su lugar se habla ahora de devocin extraordinaria a la ejemplaridad y al temple heroico del titular del mando(70), o en la bsqueda de atisbos de racionalidad, dentro de un ncleo de creencias an no racional, en un modo cristiano de racionalidad (71). Con todo, esa forma de autoridad no dejaba de responder a una situacin excepcional y era, por ello, altamente inestable(72).
De ah, el paso a la siguiente etapa (desde 1942) que se habra caracterizado por mantener abiertas las dos posibilidades de despliegue del Caudillaje: la de la tradicin y la de la razn. La primera vendr dada por el Fuero de los Espaoles (1945) al abrir la posibilidad de la Sucesin y el entronque con la Monarqua. La segunda, por ese mismo Fuero verdadera racionalizacin del poder poltico en sentido genuinamente cristiano (73), y por la Ley de Cortes (1942) que, aun dejando a salvo la prerrogativa del Jefe del Estado para dictar leyes, introduca un rgano con capacidad para la preparacin y elaboracin de leyes(74). Finalmente, la Ley de Referndum (1945) habra terminado por dotar a la racionalizacin de formas democrticas(75). El caudillaje terminaba como tal, para resolverse en contenidos tradicionales (monrquicos y cristianos) y racionales (Leyes fundamentales y formas democrticas). No es posible desconocer la importancia de esta desaparicin del caudillaje franquista, sobre todo si se tiene en cuenta el papel de teorizador-legitimador que Conde haba venido a jugar respecto de los cambios ya producidos en la
(69) No es posible, ni necesario, seguir aqu al detalle la argumentacin de Conde sobre esta etapa. Aunque s vale la pena constatar hasta qu punto nuestro autor estaba dispuesto a forzar cuanto se le pusiese a tiro: ni siquiera ese poder extraordinario, excepcional del tiempo de la guerra, habra sido una dictadura. Sobre todo, porque habra contado con la asistencia fervorosa de la nacin, una asistencia revolucionaria, plasmada en la invocacin a la Revolucin Nacional. Pero se tratara otra vez, de una revolucin distinta y mejor que cualquier otra, alejada de la mentalidad romntica inconciliable con la idea de revolucin, adems, claro, de la marxista y, de nuevo, de la fascista: La accin revolucionaria a la espaola no es accin violenta, omnicreadora y omniliberadora, al modo marxista o a la manera fascista; pero s un hacer inteligente y regenerador (Id., 116-120). En suma, la guerra significaba la revolucin, la integracin y sntesis de lo mejor de la historia espaola y, todo merced a una conciencia revolucionaria basada en el sentido cristiano y en la idea de misin, misin cristiana, ante Dios (Ibd.). Cursivas mas (ISC). (70) Id., 112. (71) Id., 124. (72) Id., 125-126. (73) Id., 137. (74) Id., 129. (75) Id., 142.
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dinmica del rgimen. De hecho, la sorprendente similitud entre los enunciados de Conde en este ltimo trabajo y los postulados de Jos Pemartn antes reproducidos en extenso, vienen a confirmar que toda posibilidad de institucionalizacin de la figura del Caudillo haba desaparecido ya claramente a la altura de 1945, y eso, es claro, en favor de otra institucionalizacin, la monrquica; por ms que hubieran de pasar ms de dos dcadas hasta que esta se materializase definitivamente. 7.
EPLOGO Y CONCLUSIONES
Con todo, la desaparicin desde 1945 de los esfuerzos de conceptualizacin del caudillaje franquista por parte falangista no signific el fin del mito del Caudillo. Desprovisto, las ms de las veces, de sus connotaciones fascistas y populistas, la figura de Franco como Caudillo de Espaa por la gracia de Dios se configur como la expresin cannica oficial. Y as qued fijada a travs de las monedas que se acuaron con ese lema desde 1947, monumentos, plazas y edificios pblicos. Sin embargo, en el plan de la cotidianidad poltica oficial, la denominacin fue relativamente desplazada en beneficio de otras como Su Excelencia el Jefe del Estado o Su Excelencia el Generalsimo. El nombre de Franco en s mismo cubri ese mismo espacio: los escritos y discursos de Franco, recogidos al principio en ttulos como Palabras del Caudillo(76), o Mensaje del Caudillo a los espaoles(77) (1939), lo fueron posteriormente como Discursos y mensajes del Jefe del Estado (78), o El pensamiento poltico de Franco(79). Era el reflejo del amortiguamiento de algunos de los elementos del primitivo caudillaje en beneficio de otras de las facetas que el rgimen quera exaltar en el marco de una legitimidad de ejercicio que pretendi fijar la atencin en sus logros la paz y el desarrollismo econmico, fundamentalmente. Los intentos de acompaar esta imagen del Caudillo como icono del bienestar con la de un Franco ntimo, familiar, abuelo y bonachn(80), encajaban mejor con trminos como Jefe de Estado o Generalsimo que con el de Caudillo, condicin retrica y legitimadora a la que, no obstante, no renunci nunca. Por ello, esta ltima nocin sigui utilizndose como una ms entre las distintas denominaciones. Para los falangistas, caudillo de Espaa por la gracia de Dios, o caudillo del Movimiento, seguira siendo hasta el final, o eso pretendan, su caudillo. La centralidad de la figura de Franco en la dictadura ha conducido a algunos autores a caracterizar el rgimen como caudillista, subrayando as que el Cau(76) (77) (78) (79) (80) FRANCO (1939 y 1943). FRANCO (1939a). FRANCO (1955, 1960, 1964, 1968, 1971). FRANCO (1975). SNCHEz BIOSCA (2002-2003).
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dillo fue la institucin capital de rgimen y la ausencia de cualquier tipo de control de quien fue hasta el final responsable solo ante Dios y ante la Historia (81). Sin embargo, aunque otros estudiosos han llamado tambin la atencin sobre esos rasgos caudillistas, no han hecho de esta caracterstica el ncleo esencial de caracterizacin del rgimen(82), han preferido la nocin de bonapartismo (83), o han querido subrayar simplemente la identificacin entre la persona y su mito(84). La mayora de los historiadores coinciden en sealar, en cualquier caso, que el Caudillaje franquista estuvo lejos de los rasgos populistas propios de los fascistas(85). No es nuestra intencin, como decamos al principio, entrar aqu en los problemas relativos a la caracterizacin del rgimen, a la naturaleza del franquismo; pero s querramos subrayar a ttulo conclusivo algunas cuestiones. Y la primera de ellas es que no se puede hablar, en nuestra opinin, de caudillaje, sin ms, para toda la poca franquista. Por el contrario, la nocin misma de caudillo adopt significados diversos, a veces encontrados y casi siempre cambiantes a lo largo de la dictadura. En este marco cambiante, destaca la existencia inicial de dos concepciones fuertes del caudillaje, la proveniente de Accin Espaola, aqu recogida a travs de Jos Pemartn, en el que el Caudillaje aparece como un medio para la futura institucionalizacin monrquica, y la falangista encaminada a la institucionalizacin de la figura misma del Caudillo. Las sucesivas reelaboraciones falangistas en los aos posteriores a 1941, pueden considerarse tambin como una radiografa del retroceso de sus propias posiciones. Sin embargo, la imposicin final de las tesis de Accin Espaola, recogidas en buena parte ya en 1945 por Francisco Javier Conde, no supuso la desaparicin del mito del Caudillo, ni que la figura del Caudillo dejase de constituir un elemento central del rgimen. Por una parte, por supuesto, desde la perspectiva legitimadora, que haca del propio Franco el ms importante factor de legitimacin del rgimen en sus sucesivas etapas. Por otra parte, en tanto que Caudillo del Movimiento, la figura de Franco poda conllevar tambin una transferencia de legitimidad hacia el Movimiento que acaudillaba, o, al menos, en ese sentido poda ser utilizado por el sector puramente falangista del Movimiento Nacional. Por supuesto que en todo esto haba un juego de contrastes, enfrentamientos internos, equilibrios y reequilibrios sucesivos, en el que las diversas perspectivas de la figura del caudillo por la gracia de Dios o caudillo del partido coexistan para ser utilizadas en una u otra direccin. Pero, a la vez, an sin estar estructuradas ya en ninguna teora fuerte del caudillaje, venan a sumar
(81) (82) (83) (84) (85) FERRANdO (1984): 54 y 66. AROStEGUI (1986): 102. REIG TAPIA (1995): 153. PREStON (1994). KERSHAW (2001): 22; GENtILE (2004): 18.
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siempre en la misma direccin: aquella que fortaleca la figura y el papel de Franco. Este era el rbitro, pero el rbitro que se beneficiaba de todos los enfoques, de todas las percepciones, de todas las retricas. No obstante, segua siendo rbitro y ello presupona la existencia de toda esa diversidad de actitudes y proyecciones. Tambin de la falangista. Ciertamente, como se ha sealado a lo largo del trabajo, la perspectiva del caudillaje, populista y fascista, se fue remitiendo a la noche de los tiempos, pero quienes un da haban defendido esta postura siguieron presentes hasta el final y mantuvieron cuanto pudieron los rescoldos de las iniciales posiciones fascistas. Lo que se fue produciendo a travs de los distintos momentos que hemos venido analizando fue, por as decirlo, una inversin en los trminos de la negociacin. Si a la altura de 1937-1941, los elementos no fascistas de la coalicin en el poder tuvieron que negociar con la figura y la idea del caudillo fascista para desdibujarla e integrarla en su propio discurso, a partir de esas fechas, y cada vez ms, fueron los falangistas los que tuvieron que negociar en un contexto en que el principio del caudillaje se evaporaba a marchas forzadas. De este modo y sin oponerse frontalmente a este desvanecimiento del caudillaje fascista, intentaron retener e integrar, en su propio beneficio, algunos de los elementos que en su momento haban contribuido a su configuracin. Al fin y al cabo, el caudillo como figura retrica, pero fundamental, para la legitimacin del rgimen, segua siendo el Caudillo del Movimiento. Es decir el suyo. Hubo mucho de Hitlerismo en la Alemania nazi, y mucho de Mussolinismo en la Italia fascista, pero hubo tanto o ms de nacionalsocialismo y de fascismo en una y otra. En Espaa, hubo ms, mucho ms de Franquismo, y menos, mucho menos, de nacionalsindicalismo. Pero menos no es lo mismo que nada y fue en ese juego en que se dirimi la evolucin del rgimen. 8.
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LA DIALCTICA DE LOS PUOS Y DE LAS PISTOLAS: UNA APROXIMACIN A LA FORMACIN DE LA IDEA DE ESTADO EN EL FASCISMO ESPAOL (1931-1945)(1)
Universidad de Columbia, Nueva York [email protected] [email protected] (Recepcin: 20/06/2011; Revisin: 26/09/2011; Aceptacin: 25/10/2011; Publicacin: 20/03/2012)
1. INTRODUCCiN.2. UNA TESiS SURGiDA DE LA ANTTESiS LiBERAL. EL NUEVO ESTADO EN EL PENSAMiENTO DE LOS FUNDADORES.3. UN PROGRAMA DE MXiMOS. DEL ESTALLiDO DE LA GUERRA CiViL A LA CRiSiS DE MAYO DE 1941.4. LA SNTESiS FRANQUiSTA.5. A MODO DE CONCLUSiN.6. BiBLiOGRAFA
RESUMEN
El presente artculo gira en torno a la formacin y evolucin de la concepcin falangista del Estado. En este sentido, analizamos el proceso de teorizacin que tuvo lugar desde la creacin de los grupos fundacionales liderados por Ramiro Ledesma Ramos, Onsimo Redondo y Jos Antonio Primo de Rivera, que sentaron las bases doctrinales del movimiento, pasando por su desarrollo durante la Guerra Civil espaola y la inmediata posguerra, que marc el punto lgido del proyecto de hegemona del partido, hasta llegar a las postrimeras de la Segunda Guerra Mundial, momento en el que distintos idelogos falangistas tuvieron que abordar la necesidad de desgajarse del tronco del totalitarismo. Del mismo modo, apuntamos su grado de homologacin con la doctrina y la trayectoria seguida por los movimientos fascista y nacionalsocialista, as como su concreta plasmacin en el ordenamiento fundamental de la dictadura franquista. Palabras clave: Espaa; siglo XX; Falange; franquismo; fascismo; teora del Estado.
(1) El presente trabajo ha sido elaborado en el marco del proyecto de investigacin HAR200805949/Hist, Cultura y memoria falangista y cambio social y poltico en Espaa, 1962-1982, financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovacin y dirigido por Miguel ngel Ruiz Carnicer. El autor disfruta en la actualidad de una estancia de movilidad posdoctoral del Ministerio de Educacin y la Fundacin Espaola para la Ciencia y la Tecnologa (2010-2012). Con mi agradecimiento por sus valiosos comentarios a Zira Box y a los evaluadores annimos de la revista.
Historia y Poltica ISSN: 1575-0361, nm. 27, Madrid, enero-junio (2012), pgs. 51-82
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THE DIALECTIC OF FISTS AND PISTOLS. A STUDY OF THE SPANISH FASCISMS NOTION OF THE STATE (1931-1945)
ABSTRACT
The article focuses on the formation and evolution of the Falangists notion of the State. In this respect, we analyse the theorization process which took place since the creation of the first Spanish groups inspired by Fascism, leaded by Ramiro Ledesma Ramos, Onsimo Redondo and Jos Antonio Primo de Rivera, who established the doctrinal roots of the movement. Then, we study its development during the Spanish Civil War and the first postwar years, period which marked the culminating point of the single partys political hegemony project. Finally, we look at the situation at the end of the Second World War, when Falangists ideologist faced up the need of moving away from the totalitarianism positions. At the same time, we point out its degree of equivalence with the doctrine and path followed by the Fascist and Nazi movements, as well as its presence in the organic laws of Francos dictatorship. Key words: Spain; 20-century; Falange; Francos regime; Fascism; Theory of the State.
***
En oposicin al Estado del liberalismo, con pretensiones de validez absoluta en el tiempo y en el espacio, a la manera de una frmula definitiva y racional, el Estado de la Falange no es un hecho, sino un hacer, no algo acabado y pleno en un momento dado, sino algo que en cada instante se va haciendo, un proceso histrico El Estado falangista, Arriba, 16 de noviembre de 1940
1.
iNTRODUCCiN
Pedro Lan Entralgo situaba el episodio a finales de los aos cuarenta. Ismael Herraiz, por entonces director del diario Arriba, recibi la visita de un periodista extranjero aficionado a las cosas de Espaa. Me quiere usted decir cmo debo entender eso de la unidad de destino en lo universal?, le pregunt el visitante. E Ismael Herraiz aada [] Yo le dije que una necesidad urgente me obligaba a salir un momento. Cuando volv, ya se le haba pasado(2). En muchos sentidos, a la hora de realizar un anlisis de cualquier concepto presente en la doctrina falangista conviene tener en cuenta la posicin de los protagonistas de la ancdota, pero siempre y cuando no perdamos igualmente de vista la adoptada por el narrador. As, por un lado, los distintos grupsculos
(2) LAN ENTRALGO (1976): 303.
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que vinieron a converger en Falange Espaola de las JONS eran apenas recin llegados a la arena poltica en el momento de desencadenarse la Guerra Civil que signific su va de acceso al poder(3), por lo que aunque beban de una serie de autores y fuentes ideolgicas y contaban con regmenes ya establecidos como referencia a nivel internacional sus fundadores estaban lejos de haber articulado una completa sistematizacin de su pensamiento y una exposicin detallada de los elementos que componan su modelo de organizacin ideal, tareas que tampoco figuraban entre sus prioridades, centradas en la accin contra los gabinetes republicanos de signo progresista y la construccin de unas seas de identidad con las que trataban de incrementar su grado de visibilidad, pero que resultaban tan evocadoras retricamente como carentes de aplicacin prctica. La abstraccin de estas formulaciones era tal que, convertidos en el ncleo central del partido nico del sistema franquista, los propios militantes falangistas eran incapaces de definir con precisin en qu se traduca su arsenal conceptual, que pareca abocado a jugar un papel de cobertura simblica para las medidas gubernamentales toda vez que se demostrara su escasa operatividad real para gestionar la nueva administracin.
Ahora bien, por otro lado, bajo el recurso satrico, la selectiva memoria de Lan Entralgo ocultaba que, hasta bien entrados los aos cincuenta, tanto l mismo como muchos otros intelectuales del partido trataron de dotar a dichas formulaciones del necesario contenido jurdico-poltico para que pudieran inspirar la elaboracin de un completo corpus legislativo con el que vertebrar un Estado nacionalsindicalista(4), maniobra fracasada en trminos absolutos pero de ninguna manera en cuanto a su persistente influencia poltico-diplomtica y su presencia en amplios mbitos socio-econmicos y de la vida cotidiana. Del mismo modo, ni la indefinicin ni la supuesta instrumentalizacin ideolgica llevada a cabo por el franquismo, as como la constatacin de ambos fenmenos, constituyeron obstculo alguno para que los falangistas colaboraran a la postre en cada iniciativa del rgimen y disfrutaran de cargos y prebendas desde el punto de vista personal y profesional, ya que, pese a lo llamativo del caso de Dionisio Ridruejo, contadas renuncias y descargos de conciencia se produjeron en vida del dictador. Si nos atenemos a la problemtica de la construccin conceptual, en numerosas ocasiones se ha sealado que el eclecticismo, la falta de coherencia y el gusto por la teorizacin a posteriori constituyen particularidades del caso espaol que ponen en cuestin la posibilidad de que el falangismo y especialmente el rgimen franquista puedan ser incluidos dentro del estudio del fascismo como fenmeno genrico. Sin embargo, lo cierto es que tales caractersticas
(3) Un anlisis de este carcter tardo y sus condicionamientos en LiNZ (2008): 4-9. (4) A propsito de la idea de nacin y del grado de confesionalidad del proyecto de nacionalizacin falangistas, vase la teorizacin llevada a cabo por Francisco Javier Conde y el propio Lan Entralgo, respectivamente, en SAZ (2003): 217-243.
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fueron moneda corriente en la prctica totalidad de movimientos polticos que pueden agruparse bajo dicha denominacin, tanto durante su periodo dentro del juego partidista, cuando acerca de la forma de su utopa final, los fascistas eran todava ms vagos que la mayora de los otros grupos revolucionarios, pues su confianza en el vitalismo y el dinamismo produca un tipo de revolucin permanente que casi por definicin no poda adoptar una forma clara y simple definitiva, como una vez alcanzadas responsabilidades ejecutivas, en especial dada la necesidad de un cierto grado de simbiosis con las elites tradicionales para configurarse como verdadera alternativa de gobierno, con lo que resulta difcil generalizar sobre los sistemas fascistas o la doctrina fascista del Estado (5), pues estructura compuesta significa tambin que los regmenes fascistas no han sido estticos(6). Es ms, an en el supuesto de que una serie de pautas programticas hubieran sido enunciadas, los dirigentes fascistas no demostraron mayor problema en sacrificarlas. En palabras de Robert O. Paxton, political successes come at the cost of the first ideological programs. Demonstrating their contempt for doctrine, successfully rooted fascist parties do not annul or amend their early programs. They simply ignore them(7).
A este respecto, aunque el movimiento fascista italiano cont desde sus primeros pasos con servicios especficamente diseados para sus intelectuales, como la Confederazione Nazionale del Lavoro Intellettuale, puesta en marcha en 1920 y desde la cual poda haberse acometido una intensa labor de teorizacin, ese mismo ao el Programa de los Fasci di Combattimento recalcaba que estos non si sentono legati a nessuna specifica forma dottrinaria e a nessun dogma tradizionale, perci si rifiutano di schematizzare e di ridurre, nei limiti angusti od artificiosi di un programma intangibile, tutte e mutevoli e multiformi correnti del pensiero e le indicazioni e le esperienze che lopera del tempo e la realt delle cose suggerisce e impone(8). As, tan slo en vsperas de la Marcha sobre Roma el partido se dot finalmente de rganos doctrinales propiamente dichos, como la revista de pensamiento Gerarchia (1922)(9), mientras que Mussolini no sinti la necesidad de exponer su ideario de forma ms sistemtica hasta diez aos despus de su entrada en el gobierno, mediante la redaccin de la entrada correspondiente a La dottrina del fascismo en la nueva Enciclopedia Italiana proyecto absorbido por el rgimen en 1925 y dirigido por Giovanni Gentile, y en ambos casos se haca especial hincapi en la armonizacin de pensamiento y accin, un presupuesto inherente a la consideracin del Estado fascista como Stato etico(10).
(5) PAYNE (1995): 18-19. (6) PAXTON (2005): 142. (7) PAXTON (1998): 14-15. (8) MUSSOLiNi (1953): 321 y ss. (9) GENTiLE (2005): 208. (10) Una visin de conjunto sobre estas iniciativas en ViTTORiA (1983) y TURi (2002), respectivamente.
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Por su parte, tambin a comienzos de 1920, el entonces Partido de los Trabajadores Alemanes presentaba pblicamente un elenco de 25 puntos puramente orientativos entre los que, junto a la crtica del rgimen parlamentario, se prevea la sustitucin del derecho romano por un nuevo derecho germnico y la implantacin de un fuerte poder central y de cmaras de tipo corporativo en cada Estado federal, pues no en vano se sealaba su carcter de programa temporal, susceptible de incorporar nuevos objetivos por decisin de sus jefes toda vez que hayan sido alcanzados los que estn enumerados, lo que no impidi que apenas seis aos ms tarde Hitler los declarara inalterables en previsin de posibles disensiones internas(11). Y es que, tal y como ha relatado Ian Kershaw, para el futuro Fhrer las ideas no tenan el menor inters como abstracciones. Para l eran importantes solo como instrumento de movilizacin [] rechazaba la idea de que se elaborase un programa poltico concreto [] su visin del mundo, al consistir solo en unos cuantos dogmas bsicos pero invariables, era compatible con ajustes tcticos a corto plazo [] era flexible, indiferente incluso, respecto a temas ideolgicos que podan obsesionar a sus seguidores [] Lo que a Hitler le importaba era en realidad el camino hacia el poder. Estaba dispuesto a sacrificar la mayora de los principios por eso(12).
Con estas consideraciones en absoluto pretendemos negar la existencia de una especfica ideologa fascista, ni tampoco reducirla a un mero sistema de negaciones (13). Antes al contrario, como ha quedado apuntado, Hitler contaba con una serie de dogmas invariables que constituan la esencia de lo que l entenda por el poder en s y a las que incluso el oportunismo quedaba supeditado, varios de ellos formulados adems en positivo como la unidad nacional, la armona social de una comunidad y otras pasiones movilizadoras que acabaron operando efectivamente dentro del partido y el Estado nazi(14), cuya fundamentacin como sistema jurdico sencillamente variaba en funcin de la dinmica poltica. En el mismo sentido, ya Juan Jos Linz adverta de que el fascismo es un movimiento anti; se define por las cosas contra las que est, pero esta anttesis debera llevar en la mente de los idelogos a una nueva sntesis que integrara elementos de los credos polticos que atacaba tan violentamente(15), la consabida tercera va(16). Segn estas premisas, el propsito del presente trabajo, que reviste necesariamente un carcter aproximativo y sinttico, es realizar un anlisis de la formacin y evolucin en el seno del movimiento falangista de la idea de Estado, entendida
(11) Programa del Nacional-Socialismo alemn: los 25 puntos de la redaccin primitiva intangible y la formulacin sistemtica de Feder (1936). EVANS (2005): 202. (12) KERSHAW (2002): 153, 176 y 260-261. (13) GUiLA TEJERiNA (1993): 189-190. (14) KERSHAW (2002): 166 y 260-261. (15) LiNZ (2008): 18 y 24. (16) A este respecto, EATWELL (1995): XIX, que define el fascismo como An ideology that strives to forge social rebirth based on a holistic-national radical Third Way.
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en sentido weberiano, es decir, como expresin de un orden administrativo y jurdico susceptible de cambio mediante medidas legales [] sistema de orden que reivindica una autoridad vinculante, no solo sobre los [] ciudadanos [] sino sobre toda accin que tenga lugar en su zona de jurisdiccin, [] una organizacin coercitiva con una base territorial en la que el uso de la fuerza slo se considera legtimo en la medida en que es permitido por el Estado o prescrito por l(17). As, realizaremos un recorrido por los distintos momentos de teorizacin falangista acerca del modelo de organizacin estatal, desde los instantes fundacionales de tiempo republicano, pasando por el periodo de la Guerra Civil y la implantacin del nuevo rgimen, hasta las postrimeras de la Segunda Guerra Mundial. A travs del estudio de las propuestas elaboradas por los autores implicados en este proceso, trataremos de determinar los fundamentos ideolgicos sobre los que se asentaba el tipo ideal de Estado para el falangismo, su genealoga intelectual, su grado de adecuacin posterior al pensamiento de los fundadores y de adaptacin a las sucesivas coyunturas polticas, as como, por ltimo, apuntar brevemente en qu medida sus postulados se vieron finalmente plasmados en el ordenamiento fundamental de la dictadura franquista. 2. UNA TESiS SURGiDA DE LA ANTTESiS LiBERAL. EL NUEVO ESTADO
EN EL PENSAMiENTO DE LOS FUNDADORES
Ya con anterioridad a la fusin tanto del grupo de La Conquista del Estado con las Juntas Castellanas de Actuacin Hispnica, fechado en octubre de 1931, como posteriormente de las resultantes Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS) con Falange Espaola, acaecida en febrero de 1934(18), cada uno de sus fundadores se haba ocupado del problema de la concepcin del Estado. Dicha cuestin, de hecho, se encontraba en el punto de partida de las reflexiones poltico-doctrinales de Ramiro Ledesma Ramos, Onsimo Redondo y Jos Antonio Primo de Rivera a las que el pionero en la introduccin del fascismo en Espaa, Ernesto Gimnez Caballero, pronto trat de incorporar la imprescindible dimensin esttica y simblica(19), si bien, en consonancia con la citada naturaleza contraconceptual de la ideologa fascista, pero tambin como expresin de una estrategia destinada a la generacin de un espacio propio y la atraccin de militancia, dicha teorizacin quedaba inicialmente planteada casi exclusivamente en trminos de crtica al modelo de Estado liberal-burgus, enunciados adems con un grado de indeterminacin y flexibilidad tal que permitieran su reinterpretacin en funcin de las circunstancias(20).
(17) WEBER (1968): 56. (18) Un anlisis del contexto poltico y los intereses personales que rodearon ambas fusiones en RODRGUEZ JiMNEZ (2000): 102-107 y 167-171. (19) GiMNEZ CABALLERO (1935). (20) LiNZ (2008): 24; PAXTON (2005): 52; PAYNE (1995): 13-16.
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De esta forma, en la antesala de las elecciones que traeran consigo la proclamacin de la Segunda Repblica, Ledesma dejaba patente su oposicin al minarquismo del sistema liberal al presentarse en sociedad de la mano de un Manifiesto poltico claramente deudor de la clebre sentencia mussoliniana referida a la omnipresencia del Estado(21), as como de la nocin del Estado total formulada unos aos atrs por Carl Schmitt en su obra El concepto de lo poltico, a la que el lector espaol tuvo precisamente acceso en aquellos momentos a travs de la Revista de Occidente(22). A este respecto, pese a que las colaboraciones de Ledesma con dicha cabecera haban concluido en diciembre de 1930, los ecos de Ortega y Gasset eran igualmente palpables en el texto, desde la dicotoma establecida entre un viejo Estado en trance de desmoronarse y el anuncio de un Estado de novedad radical, trasunto del diagnstico del filsofo sobre la vieja y nueva poltica, hasta la utilizacin de su terminologa cuando se calificaban de voz de estos tiempos, una velada alusin a su condicin de representantes en Espaa de la ideologa fascista(23). El nuevo Estado ser constructivo, creador. Suplantar a los individuos y a los grupos, y la soberana ltima residir en l, y solo en l. El nico intrprete de cuanto hay de esencias universales en un pueblo es el Estado, y dentro de este logran aquellas plenitud. Corresponde al Estado, asimismo, la realizacin de todos los valores de ndole poltica, cultural y econmica que dentro de este pueblo haya. Defendemos, por tanto, un panestatismo, un Estado que consigna todas las eficacias [] Al hablar de la supremaca del Estado se quiere decir que el Estado es el mximo valor poltico, y que el mayor crimen contra la civilidad ser el de ponerse frente al nuevo Estado. Pues la civilidad la convivencia civil es algo que el Estado, y solo l, hace posible. Nada, pues, sobre el Estado!!.
Como apuntbamos, y pese a que la dogmtica programtica que acompaaba al manifiesto hiciera fortuna como sustrato retrico del fascismo espaol, al margen de una vaga invocacin a la articulacin comarcal de Espaa y la estructuracin sindical de la economa, Ledesma apenas concretaba el diseo institucional del que bautizara como Estado nacional, e incluso la posterior incorporacin a sus presupuestos del partido nico como instrumento revolucionario y del orden corporativo como corrector de la injusticia social vino como consecuencia de su anlisis negativo del rgimen republicano, su sistema de partidos polticos y sus medidas econmicas, que a su juicio lo convertan en una barrera ineficaz frente a la amenaza del marxismo(24). Para
(21) Tutto nello Stato, niente al di fuori dello Stato, nulla contro lo Stato, consigna pronunciada por primera vez en un discurso en la Scala de Miln el 28 de octubre de 1925 y ratificada el 26 de mayo de 1927 frente a la Cmara de Diputados en el conocido como Discorso dell Ascensione, MUSSOLiNi (1937): 370. (22) SCHMiTT (1931). (23) LEDESMA RAMOS (2004): 22-28. (24) GALLEGO (2005): 253 y ss.
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En el mismo sentido, en lo que supona su vuelta al ruedo poltico tras una efmera incursin en 1931 liderando una candidatura a Cortes impulsada por antiguos colaboradores de la dictadura encabezada por su padre, el general Miguel Primo de Rivera, y ya muy imbuido de los postulados fascistas, Jos Antonio participaba en marzo de 1933 en el fallido lanzamiento de la revista El Fascio con un artculo de ttulo evocador, Orientaciones hacia un nuevo Estado, pero que se limitaba a censurar la supuesta inhibicin del sistema liberal a la hora de hacer cumplir sus propios principios filosficos, algo que en su opinin conduca irremediablemente hacia la disgregacin social y facilitaba la consolidacin del socialismo. Frente a dichos fenmenos, contrapona la idea de un Estado intermedio que rechazara por igual el modelo democrtico y el socialista, basado en un rgimen de solidaridad nacional y dotado as de un objetivo claro, una misin, la consecucin de la Unidad.
el autor del Discurso a las juventudes de Espaa, no obstante, se trataba de un procedimiento de construccin del discurso plenamente ajustado al grado de desarrollo del movimiento hispano, ocupado en el asalto al sistema democrtico, o acaso Hitler se preguntaba Ledesma no haba priorizado el combate y la agitacin por encima de los aspectos jurdicos y hasta haba incorporado a su ejecutivo a elementos ajenos al partido como paso previo al segundo objetivo: la reforma radical del rgimen econmico y financiero de Alemania [] proceder revolucionariamente a la implantacin de nuevas normas, No hizo eso mismo Mussolini los primeros dos aos de fascismo, en que no se le ocurri la equivocacin de llevar al Gobierno a los jefes de sus escuadras?(25).
Indudablemente, aunque esta atribucin de un fin concreto al aparato estatal beba de las fuentes catlicas del derecho natural, que contemplaba la existencia de una serie de categoras permanentes e inalterables de rango superior al Estado, en el caso de Jos Antonio naca de nuevo de su voluntad de ofrecer una alternativa a los planteamientos fundamentales del liberalismo democrtico, concretamente al valor del sufragio del que demostraba una comprensin interesadamente reduccionista, segn la cual esa farsa de las papeletas entradas en una urna de cristal, tena la virtud de decirnos en cada instante si Dios exista o no exista, si la verdad era la verdad o no era la verdad, si la Patria deba permanecer o si era mejor que, en un momento, se suicidase, tal y como puso de manifiesto que las palabras con las que se abra su intervencin en el acto de afirmacin espaolista que dio lugar a la fundacin de Falange se dedicaran a ese hombre nefasto, que se llamaba Juan Jacobo Rousseau. Paralelamente, esta conversin del Estado en un medio para alcanzar una meta trascendente haca posible refutar la profesin de pantesmo estatal que la derecha catlica achac desde un principio al falangismo, y que el hijo del dictador negaba, pues es divinizar al Estado lo contrario de lo que nosotros queremos. Nosotros queremos que el Estado sea siempre ins(25) LEDESMA RAMOS (2004): 338-342, 362, 377-378, 437 y 475-477.
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trumento al servicio de un destino histrico, al servicio de una misin histrica de unidad(26). Ahora bien, aunque, como veremos, dicha visin instrumental fuera utilizada ms adelante para marcar distancias con respecto a la sacralizacin de la poltica llevada a cabo en el seno de los sistemas totalitarios(27), se trataba en realidad de un intento de importacin directa de su utillaje doctrinal, pues Jos Antonio la formulaba por primera vez en un texto publicado como resultado de la audiencia que le concediera el propio Mussolini en octubre de 1933(28), en el que precisamente a propsito de la posible aplicacin universal de la experiencia fascista se preguntaba si no vale fuera de Italia la concepcin del Estado como instrumento al servicio de una misin histrica permanente?. De hecho, movido por sus convicciones cristianas reflejadas en su previsin de que el espritu religioso deba ser respetado y amparado por el nuevo Estado, si bien deba establecerse una efectiva separacin de sus respectivas funciones y para evitar agraviar a los grupos antirrepublicanos que aseguraban la financiacin de su aventura poltica, tanto en pblico como en privado el jefe falangista siempre neg la naturaleza secular del rgimen fascista, mientras en Roma se firma el Tratado de Letrn, aqu tachamos de anticatlico al fascismo [] que en Italia, despus de noventa aos de masonera liberal, ha restablecido en las escuelas el crucifijo y la enseanza religiosa. Del pas transalpino provena asimismo uno de los escasos elementos del ordenamiento estatal planteados en positivo por el falangismo fundacional, la organizacin de tipo corporativo, presente tanto en el discurso de la Comedia como en los Puntos programticos iniciales de diciembre de 1933, y que dada su condicin de expresin de las autnticas realidades vitales era contemplado, a travs de la terna de familia, municipio y sindicato, como mecanismo de representacin poltica, ordenacin territorial y modelo de reglamentacin econmica(29). A este respecto, la confianza depositada en dicha formulacin era tal que Primo de Rivera cifraba en ella las opciones del rgimen fascista de sobrevivir a su creador, una imperiosa necesidad que marcaba la conversin de toda dictadura en sistema institucional (30), puesto que, como declaraba influido sin duda por la reciente experiencia de su padre, lo que buscamos nosotros es la conquista plena y definitiva del Estado, no para unos aos, sino para siempre(31).
(26) PRiMO DE RiVERA (1976): 157-159, 189-195, 219-226 y 234-235. (27) GENTiLE (2007): 97-102. (28) GiL PECHARROMN (1996): 193-196. (29) Indudablemente, la sombra de la Organizacin Corporativa Nacional ensayada por la dictadura de Primo de Rivera que junto al ejemplo italiano beba a su vez de una cierta tradicin en el pensamiento decimonnico espaol planeaba igualmente sobre el modelo del partido falangista, cuyas filas terminaron por acoger a destacadas figuras del rgimen primorriverista. Una visin de conjunto sobre la dictadura en GONZLEZ CALLEJA (2005), para un anlisis de la misma en el marco ms amplio del nacimiento y desarrollo del fascismo en Espaa, PAYNE (1999): 23-41. (30) SCHMiTT (1999): 23-29. (31) PRiMO DE RiVERA (1976): 160 y 180-182.
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Unidad frente a la fragmentacin impuesta por el parlamentarismo democrtico, incapaz de defender efectivamente a la nacin del socialismo, y servicio a una superior norma moral en este caso identificada sin ambages con las verdades cristianas [] raz de nuestra civilizacin constituan igualmente los ejes sobre los que se asentaba la visin del Estado del tercero de los caudillos del fascismo espaol de primera hora, Onsimo Redondo, expuesta de forma difusa en varios textos inconexos antes de que su salida al exilio, como consecuencia de su participacin en la sanjurjada en agosto de 1932, le brindara la oportunidad de ensayar una mnima sistematizacin de los principios que regan su actividad poltica(32). De este modo, desde el Portugal salazarista rgimen por el que profesaba una reconocida simpata, y una vez consolidada la fusin jonsista, el de Quintanilla remiti al semanario Igualdad toda una serie de artculos en los que compona la construccin terica ms acabada que poda proporcionar una persona que expresaba su conviccin de que no es posible ni conveniente aventurar con detalle un anticipo de la estructura formal del Estado futuro, que no es al presente sino una esperanza con la categora de ideal, al tiempo que declaraba: no me siento capaz de discernir, con propsitos de magisterio, en elevadas materias constitucionales [] sera nuestro deber extendernos sobre el fundamental tema de la unidad en el Estado y por el Estado, cotejando doctrinas y manejando autores. Como no pretendemos hacer ciencia poltica, sino orientar a nuestra juventud nacionalista [] hacemos aqu punto en la enunciacin, ms que explicacin, del principio superior de nuestra religin poltica, la UNIDAD [] son ideas estas vulgares, pero son las que ms comnmente se ignoran o desprecian por la pedantera intelectual, apelacin esta ltima a retornar a los valores bsicos sin atender a consideraciones tcnicas que, adornada por la tan contradictoria como recurrente retrica antiintelectualista de los movimientos fascistas (33), remita a las consideraciones acuadas apenas unos meses antes por Gimnez Caballero en Genio de Espaa(34). As las cosas, lo verdaderamente importante era alcanzar una conquista cierta, total y definitiva del Estado, y no intentar definir su modelo organizativo, mxime cuando en una clara muestra de la persistencia en el pensamiento de Redondo de los preceptos del propagandismo catlico (35) el desprecio por la mitologa constitucional es una piedra basilar de nuestro ideario, pues contrariamente a lo establecido por el liberalismo poltico, una constitucin deba ser fruto de la experiencia, resultado y no punto de partida, con lo que aquel sistema que asegure una unidad constructiva a la accin del Estado ser bueno, y si no hay ms que uno que la asegure, solo ese ser bueno.
(32) (33) (34) (35) A modo de ejemplo, REDONDO (1954): 65-69, 223-226 y 235-237. STERNHELL (1994): 11; MOSSE (2003): 133-134. GiMNEZ CABALLERO (1939): 47. GARCA ESCUDERO (1987): 157.
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Con todo, pese a este rechazo por el culto a las frmulas, Redondo enumeraba finalmente algunos de los pilares de lo que, fuertemente influido por los escritos de Ramiro Ledesma, denominaba asimismo Estado Nacional aunque comenzara con un recorrido por aquellos aspectos que configuraban el presente Estado antinacional, con el que la lucha es, fatalmente, de eliminacin recproca: o Espaa o la anti-Espaa, marcados todos ellos por el mantra de la unidad, ya fuera poltico-territorial, formativa mediante la fidelidad a la Historia patria y exterior para el cumplimiento del destino imperial de la Raza en el mundo. En el mismo sentido, incluso terminaba enunciando una suerte de declaracin de derechos, bautizada como conjunto de prerrogativas civiles, si bien recordaba que el individuo, como la familia, tiene derechos naturales no frente al Estado [] porque este no puede jams entrar en conflicto con sus componentes [] pero s ante el Poder del Estado. Ms adelante, una vez de regreso en Espaa e impelido por su condicin de candidato a Cortes en las elecciones que dieron paso al bienio cedista, Redondo tuvo que salir al paso de las acusaciones de vaco doctrinal e intentar concretar con mayor detenimiento sus propuestas, tanto en materia econmico-financiera, resuelta con una serie de vagas alusiones agraristas, como en el mbito poltico, en el que haca su aparicin la idea de una Asamblea de Corporaciones, Municipios y pueblo destinada a suplir al parlamento y que recordaba poderosamente al ordenamiento de la Italia mussoliniana, una influencia que no por reconocida constitua, a juicio de Redondo, un modelo de validez absoluta, puesto que:
lo que se llama en esto doctrina fascista son [...] tcticas pasajeras, incongruentes como cosa fija, que el talento combativo y constructivo de Mussolini ha ido adoptando a medida de sus inspiraciones concretas y personalsimas para gobernar a Italia en los ltimos aos [] hay una estrategia revolucionaria, una nueva tctica para afrontar los problemas del Estado moderno, y hasta una tcnica poltica y social, que, en gran parte, merecen ser universales. Lo que no hay, propiamente, es una doctrina de derecho pblico, por mucho que se aparente: el fascismo cambia su trayectoria, como cambia el calendario en el curso del ao; no estamos seguros de que ni siquiera la doctrina que parece ser caracterstica y fundamental, la de la supremaca semipantesta del Estado sobre todo lo dems, sea mantenida por Mussolini hasta su muerte(36).
Indudablemente, aunque en buena medida respondan a su profesin de fe catlica, los reparos de Onsimo Redondo se encontraban plenamente justificados. Y es que, tal y como apuntbamos anteriormente, el Duce no solo se haba permitido el lujo de dilatar toda una dcada la exposicin del ideario fundamental del fascismo, sino que al hacerlo tampoco haba tenido inconveniente en hacer suyas posiciones que contradecan frontalmente su discurso originario. As, el mismo Mussolini que desde Il Popolo dItalia y en los meses previos a la Marcha sobre Roma clamaba con vehemencia que con su monstruosa m(36) REDONDO (1955): 261-387, 537-540 y 571-572.
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quina burocrtica el Estado da la sensacin del sofocamiento. El Estado era soportable para el individuo mientras se contentaba con ser soldado y polica; pero hoy el Estado lo es todo [] ese Moloch con rasgos espantosos, lo ve hoy todo, lo hace todo, lo controla todo y lo arruina todo. Cada funcin estatal es una desgracia. [] La vida humana no tiene ya secretos, no tiene intimidad, ni en lo material ni en lo espiritual; todos los rincones han sido registrados, todos los movimientos medidos, no dud en aceptar la citada teora del Estado tico desarrollada desde el neoidealismo hegeliano por Giovanni Gentile, segn la cual: el liberalismo negaba al Estado en inters del individuo particular; el fascismo reconfirma al Estado como verdadera realidad del individuo [] para el fascista, todo reside en el Estado, y nada que sea humano o espiritual existe, y tanto a menos tiene valor, fuera del Estado. En este sentido, el fascismo es totalitario, y el Estado fascista, sntesis y unidad de todos los valores, interpreta, desarrolla e incrementa toda la vida del pueblo(37). Junto al nfasis en la unidad nacional, el rechazo de la democracia liberal y la comn inspiracin, pese a todas sus contradicciones, en la doctrina emanada desde el pas transalpino, la trada de fundadores del fascismo espaol presentaba igualmente toda una serie de elementos comunes que sentaron las bases para su rpida integracin partidista. Por destacar nicamente dos de ellas, en primer lugar, y desde distintas posiciones de partida, los tres terminaron expresando su accidentalismo en cuanto a las formas de gobierno, sin duda el gran debate poltico nacional en aquellos momentos. En este sentido, la postura de Ramiro Ledesma pareca basarse en unas declaraciones recogidas por La Conquista del Estado en las que Hitler alegaba que la mejor forma del Estado ser aquella que de modo ms seguro d significacin rectora a la cabeza ms sobresaliente de la comunidad, mientras que en la eleccin de Onsimo Redondo lata su reciente militancia en el propagandismo catlico, bien aderezada con la poltica de inhibicin proclamada por Mussolini de nuevo en abierto contraste con las declaraciones programticas del fascismo fundacional en la consabida entrada de la Enciclopedia Italiana. Resultado de una evolucin bastante ms compleja, en la que se entrelazaban el recuerdo de la retirada de confianza de Alfonso XIII a su padre con sus propias necesidades de financiacin y promocin polticas inicialmente muy dependientes de los crculos monrquicos tradicionales(38), la actitud de Jos Antonio, por su parte, pas de una cierta ambivalencia a la conocida sentencia que pronunci a mediados de 1935 en la que declaraba a la corona como institucin gloriosamente fenecida(39). En segundo lugar, todos ellos reservaban un importante papel al pasado como fuente de inspiracin de su actividad poltica, pues no en vano, de la mano de
(37) MUSSOLiNi (1934): 88. (38) A este respecto, RODRGUEZ JiMNEZ (2000): 142. Una visin panormica sobre la posicin del republicanismo en la ideologa falangista en SESMA (2006). (39) LEDESMA RAMOS (2004): 54. PRiMO DE RiVERA (1976): 69 y 684. REDONDO (1955): 327-332.
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Ernesto Gimnez Caballero, consideraban tanto la conquista de Amrica como el reinado de los Reyes Catlicos como directos antecedentes del modelo de Estado totalitario. Ahora bien, dichas referencias no suponan una mera recreacin contemplativa de la historia espaola, sino que en su evocacin lata en todo momento una voluntad de utilizarlas como factores de movilizacin, de incitacin a la accin mediante una renovacin del pensamiento tradicional de poca imperial, con lo que estos autores se insertaban en el marco del nacionalismo palingensico caracterizado por Roger Griffin como uno de los componentes fundamentales de los movimientos fascistas(40). En palabras de Onsimo Redondo:
Restaurar no es traer de nuevo ninguna poltica que se fue. Ni siquiera tiene relacin esa palabra, en mi lenguaje, con la reimplantacin de magistraturas hoy desaparecidas: restaurar el Estado nacional es alumbrar de nuevo las fuentes de la legitimidad popular, para proseguir la historia de una Espaa independiente [] todos los espaoles calificados deben volver sus ojos a la tradicin [] pero para una juventud que, si se inclina a pensar con la tradicin, quiere, ante todo, actuar con el momento, el problema no est en rendir acatamiento a la idea de la restauracin hispana, que en el campo de las doctrinas gana terreno. El problema consiste en adaptar esas afirmaciones doctrinales a la actuacin de cada da con posibilidades ciertas de triunfo(41).
Consumada la fusin entre Falange Espaola y las JONS, la constante bsqueda de un espacio poltico diferenciado, en especial dada la progresiva yuxtaposicin ideolgica con la derecha catlica fascistizada, llev al partido a cuestionar la alternativa corporativista, cuya creciente identificacin con la Confederacin Espaola de Derechas Autnomas (CEDA) reduca las posibilidades de atraer adhesiones entre amplias capas de la sociedad rural y conservadora castellana, objeto preferente de su propaganda. En este sentido, Jos Antonio, tras recordar una vez ms la negativa a guiarse conforme a esquemas preestablecidos Vosotros conocis alguna cosa seria y profunda que se haya hecho alguna vez con un programa?, adverta de que mucho cuidado con eso del Estado corporativo; mucho cuidado con todas esas cosas fras que os dirn muchos procurando que nos convirtamos en un partido ms. Nosotros no satisfacemos nuestras aspiraciones configurando de otra manera el Estado. Sin embargo, lejos de inspirar una reconceptualizacin doctrinal, el epgrafe consagrado al Estado dentro de los 27 puntos programticos de noviembre de 1934, ratificaba la preferencia por un modelo totalitario de tintes corporativistas y profundamente antidemocrtico:
Nuestro Estado ser un instrumento totalitario al servicio de la integridad patria. Todos los espaoles participarn en l a travs de su funcin familiar, municipal y sindical. Nadie participar a travs de los partidos polticos. Se abolir implacable (40) Vanse las consideraciones en torno al culto a la romanit en la Italia fascista en GRiFFiN (2010): 311. (41) REDONDO (1955): 262 y 316.
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mente el sistema de los partidos polticos con todas sus consecuencias: sufragio inorgnico, representacin por bandos en lucha y Parlamento del tipo conocido(42)
3.
GUERRA CiViL A LA
El golpe de Estado de julio de 1936 y el consiguiente estallido de la Guerra Civil vinieron a modificar completamente el horizonte de expectativa de FE de las JONS, que pas de encontrarse en los mrgenes de la escena poltica a quedar situado como uno de sus actores principales(43), aunque para asumir definitivamente dicho papel hubiera de aceptar en abril de 1937 una refundacin presentada como Unificacin de la amalgama de grupos polticos que componan el bando nacionalista. Haciendo nuestro el esquema de fases enunciado por Robert O. Paxton, podra afirmarse que el conflicto represent el particular estadio de radicalizacin del fascismo espaol, una radicalizacin anticipada en el tiempo con respecto a sus homlogos talo-alemanes que permiti el acceso del movimiento falangista a las etapas de consolidacin poltica y conquista de las responsabilidades de gobierno, si bien, por su forma de desencadenarse, evolucin y de senlace, condicion igualmente las posibilidades de que los parmetros ideolgicos y organizativos falangistas expresamente ratificados como norma programtica del nuevo partido pudieran establecerse en rgimen de supremaca a la hora del ejercicio del poder(44).
As, por un lado, dado que las amenazas que hubieron de afrontar otros sistemas totalitarios haban sido ya conjuradas por la fuerza de las armas, las elites tradicionales cuya colaboracin en cualquier coalicin antidemocrtica triunfante resultaba ineludible, pero a la que las condiciones estructurales del pas otorgaban mayor importancia en el caso espaol, pronto pudieron favorecer la adopcin de un autoritarismo de tinte ms conservador, mientras que, por otro lado, el protagonismo de las fuerzas armadas y la temprana desaparicin de los lderes fundacionales del movimiento provocaron la entronizacin como lder carismtico de una figura ajena inicialmente al partido, el general Franco, que se sirvi adems del desarrollo de la contienda para concentrar en su mano un importante elenco de prerrogativas jurdico-polticas, entre ellas, la jefatura nacional de FET-JONS(45).
(42) PRiMO DE RiVERA (1976): 332-333 y 478-482. (43) KOSELLECk (1993): 336. (44) PAXTON (2005): 33. (45) En este sentido, PRESTON (1994): 226. Sobre el progresivo reforzamiento de las atribuciones del jefe carismtico, proceso inherente a los sistemas fascistas y anticipado por la Guerra Civil en el caso espaol, KERSHAW (1989): 138-140.
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No obstante, y para lo que aqu nos ocupa, los dirigentes falangistas no permanecieron de brazos cruzados, pues hasta bien entrada la posguerra lucharon por intentar poner en marcha un conjunto de proyectos en relacin con las distintas dimensiones propias de un Estado con vocacin totalitaria, tales como los mecanismos de coercin, la estructura educativa, judicial y cultural, la organizacin econmica, el encuadramiento de la poblacin y la poltica exterior, as como desarrollar un especfico modelo doctrinal que clarificara la naturaleza de las relaciones entre el partido nico y el aparato estatal, objeto de tensiones constantes por la asignacin de competencias(46).
En este sentido, ya con anterioridad a la finalizacin de la Guerra Civil, la resolucin a favor del Estado de dos aspectos tradicionalmente considerados como fundamentales para su funcionamiento normalizado, como el monopolio en el ejercicio de la violencia y la administracin de justicia, result indicativa de los lmites impuestos por las autoridades militares a las ambiciones falangistas, pero al mismo tiempo fue lo suficientemente ambigua como para preservar la opcin de recurrir al concurso del partido en dichos mbitos en caso de necesidad para la supervivencia del rgimen.
De este modo, investida de funciones policiales y represivas en la retaguardia, al tiempo que sus milicias canalizaban hacia el frente buena parte del apoyo popular a la causa nacionalista, Falange se encontr en los albores de la Guerra ante la oportunidad de articular una fuerza paramilitar con la que, eventualmente, poder hacer valer sus planteamientos polticos tal y como anhelaran sus fundadores, que ligaban su defensa de la accin directa a la existencia de unas milicias que sustituyen por s la intervencin del Estado y realizan la proteccin y defensa armada de valores superiores que la cobarda, debilidad o traicin de aquel deja a la intemperie (47), un objetivo que trat de perfilarse con la creacin de dos escuelas de formacin de cuadros en Sevilla y Salamanca, acompaadas de una cierta teorizacin general sobre el rol a jugar en el futuro por las elites del partido (48). Sin embargo, tamaa pretensin vino a chocar frontalmente con las exigencias de un ejrcito poco dispuesto a hacer la ms mnima dejacin de sus tradicionales competencias en el uso exclusivo de la fuerza armada y un dictador que no iba a admitir elementos disfuncionales al proceso de concentracin de poder(49), as como con la progresiva necesidad del propio rgimen de afirmar su legitimidad mediante la puesta en marcha de una regulacin legislativa de la represin (50), lo que no impidi la reactivacin del matonismo falangista en el marco de la Milicia del partido, la posterior Guar(46) Para una visin de conjunto de estas iniciativas, THOMS (2001): 169-276. Un anlisis de las tensiones partido-Estado en perspectiva comparada con otras dictaduras del periodo en COSTA PiNTO (2002): 147-179. (47) LEDESMA RAMOS (2004): 373. (48) MARTNEZ DE BEDOYA (1939): 68-69. (49) CHUECA (1983): 148 y 272. (50) CENARRO (2002): 77 y 84.
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dia de Franco o de forma irregular en momentos cruciales como tras la cada del rgimen de Mussolini y en vsperas de la victoria aliada(51).
En estrecha relacin con esta cuestin, la creacin en agosto de 1937 del servicio de Justicia y Derecho de FET-JONS conllev, de la mano de su delegado nacional Antonio Luna Garca, la preparacin de una verdadera revolucin judicial inspirada en el nuevo derecho nacionalsocialista, y cuya meta ltima no era otra que el establecimiento de la tutela falangista sobre una funcin estatal como la administracin de justicia. As, con un argumento de raz liberal como profundizar en el autogobierno de la magistratura, los proyectos legislativos de Luna prevean nada menos que la desaparicin del Ministerio de Justicia, sustituido en sus labores de gestin por un Tribunal Supremo cuyos miembros eran designados exclusivamente por el partido nico que se reservaba asimismo el nombramiento de los presidentes de las audiencias, situados en la cspide de un organigrama diseado conforme a la teora del caudillaje, lo que en la prctica dinamitaba el principio de independencia inherente al ordenamiento liberal, que se vea socavado igualmente tanto a nivel doctrinal, al decretarse el predominio de los intereses de la Comunidad sobre los del individuo, como desde el punto de vista procesal, al suprimirse la justicia rogada y la presuncin de inocencia. De nuevo, estos planes no llegaron a materializarse dado el rechazo del resto de familias nacionalistas y las reticencias del propio Franco a dotar al falangismo del control de semejante parcela de poder, pero tambin debido a que la separacin de poderes jams haba sido una realidad durante el periodo liberal, en un pas con una larga tradicin de jurisdicciones especiales y con un colectivo judicial de acreditado talante conservador, por lo que su fidelidad y la operatividad de las tareas represivas se encontraban aseguradas una vez se derogaran las medidas de tiempo republicano(52) y se reinstaurara la antigua estructura de la cartera de Justicia, tal y como sucedi en enero de 1938. Con todo, esta decisin no signific la marginacin falangista de los procedimientos judiciales, puesto que, a imagen y semejanza del Tribunal del Pueblo nazi (Volksgerichtshof) y el Tribunale speciale per la sicurezza dello Stato fascista, militares y miembros del partido a los que se sumaron funcionarios judiciales, autoridades locales y clero regular en el caso espaol compartieron atribuciones en los mecanismos de las Comisiones de Incautacin de Bienes y en el Tribunal Nacional de Responsabilidades Polticas, con lo que quedaban investidos de autoridad social y se convertan en copartcipes de la poltica judicial de la dictadura(53).
(51) RUiZ CARNiCER (1997): 192-194. (52) En especial la creacin del Tribunal de Garantas Constitucionales, que, pese al excesivo control parlamentario sobre su composicin, simbolizaba el indudable avance en el mbito de la separacin de poderes que tuvo lugar durante la II Repblica, ejemplificado en las sentencias del Tribunal Supremo en relacin con el proceso de ilegalizacin de Falange abierto en marzo de 1936, PAYNE (1999): 187-193. (53) LANERO TBOAS (1995): 357.
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Como hemos sealado, los sectores intelectuales falangistas trataron de desarrollar un paradigma de Estado totalitario en el que pudieran quedar enmarcadas tanto estas como otras muchas iniciativas destinadas a consolidar la ascendencia del partido, iniciativas que caminaban en paralelo a dicha teorizacin y cuyo grado de realizacin marcaba la amplitud de sus presupuestos, pero sin que en ningn momento esta construccin se concibiera como un proceso cerrado, sino antes al contrario en consonancia tanto con la progresividad que presidi la implantacin de las dictaduras fascistas como con el vitalismo caracterstico de su cosmovisin(54), sujeto a una constante revisin destinada a incrementar paulatinamente la penetracin falangista en el Estado y la sociedad civil, en especial teniendo en cuenta el favorable contexto internacional, de tal forma que la pugna por el control de los instrumentos de socializacin de masas anhelada asimismo por los sectores catlicos y tradicionalistas se convirti en la verdadera piedra de toque de la andadura inicial del rgimen franquista(55). Desaparecida la terna de fundadores en los primeros compases de la Guerra Civil, este intento de sistematizacin jurdico-doctrinal corri adems fundamentalmente a cargo de antiguos compaeros de viaje del falangismo recin estrenados como militantes circunstancia que tampoco supona una anomala con respecto a sus homlogos talo-alemanes, puesto que figuras de la talla de Giovanni Gentile y Carl Schmitt haban ingresado en sus respectivos partidos una vez alcanzaron estos el poder(56), como el jurista Juan Beneyto y los catedrticos universitarios Luis del Valle y Luis Legaz Lacambra. As, el primero de ellos entregaba a la imprenta en 1938 y 1939 sendas obras, El nuevo Estado espaol. El rgimen nacional sindicalista ante la tradicin y los sistemas totalitarios y El Partido. Estructura e historia del Derecho Pblico totalitario, con especial referencia al Rgimen Espaol, esta ltima en colaboracin con Jos Mara Costa Serrano, que tenan como propsito legitimar la trayectoria seguida por el movimiento espaol en su camino a las responsabilidades de gobierno, en especial en comparacin con lo sucedido hasta el establecimiento de los regmenes nazi y fascista, de cuyo ordenamiento totalitario aspiraba a servir ahora de agente de importacin. No en vano, Beneyto conoca de primera mano la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler merced a sus estancias como doctorando en el Real Colegio Espaol de Bolonia (1928) y pensionado de la Junta para Ampliacin de Estudios (JAE) en las universidades de Friburgo y Berln (1931-1932), fruto de la cual haba ya publicado en 1934 un elogioso estudio de divulgacin de ttulo suficientemente explcito, Nacionalsocialismo(57). En este mismo sentido, en uno y otro libro se tomaba como referencia una publicacin, aparentemente menor, de Carl Schmitt, Esta(54) (55) (56) (57) LYTTELTON (2004): 382. SAZ (2003): 267-268. TURi (1995): 316 y ss. BALAkRiSHNAN (2000): 53 y ss. BENEYTO (1934); RiVAYA (1998a): 155.
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do, Movimiento, Pueblo (Staat, Bewegung, Volk), un escrito de carcter claramente circunstancial, puesto que haba aparecido con la nica intencin de justificar la entonces reciente promulgacin por parte del Fhrer del decreto para la proteccin del Pueblo y el Estado, que implicaba la suspensin de la declaracin de libertades individuales contenida en la Constitucin de Weimar, pero que tena la peculiaridad de ser una de las escasas ocasiones en las que la argumentacin de Schmitt no parta de la crtica, sino de la construccin conceptual propiamente dicha. En virtud de la misma, el jurista defina al rgimen nazi como la articulacin de la unidad poltica en tres rdenes interrelacionados, el estructural representado por el Estado, el elemento dinmico encarnado por el movimiento situado as como gozne del sistema y rgano de reclutamiento de su elite y, finalmente, el pueblo, componente social que quedaba situado bajo la proteccin de los dos anteriores, con lo que se resolva el problema del Estado total contemporneo(58). Siempre fiel a los postulados del maestro de Plettenberg, y tras intentar dar carta de normalidad totalitaria a la Guerra Civil y a la consiguiente coyuntura afrontada por el falangismo la conquista del Poder es la fase necesaria del Partido Nacional que puede ser o no violenta, insurrectiva o no [] cuando la Revolucin no ha sido conducida por el Partido revolucionario, es preciso crear esta una vez que se conquista el Poder, Beneyto rechazaba la posibilidad de una declaracin de libertades al uso del constitucionalismo liberal, sustituida por los derechos en torno a la familia y el trabajo recogidos por el Fuero del Trabajo, sealaba al partido nico como institucin fundamental del Nuevo Estado dada su condicin de enlace entre el Estado y la Sociedad, garanta de continuidad poltica y adhesin viva del Pueblo al Estado y, por ltimo, consideraba la formacin de cuadros jerrquicos [como] la ms importante de las necesidades a que ha de dar solucin el Partido(59). Por su parte, el segoviano Luis del Valle, catedrtico de Derecho Poltico en la Universidad de Zaragoza y otro de los principales importadores de ideologa filofascista en la Espaa de la Guerra Civil, combinaba en varios trabajos perpetrados a lo largo de los primeros aos cuarenta la terminologa jurdica nazi no en vano, la edicin espaola del Programa del Nacional-Socialismo haba corrido a su cargo con toda una serie de nociones de regusto corporativo fruto de su propia cosecha en su mayor parte, enunciadas en su libro de 1936 Hacia una nueva fase histrica del Estado, tales como el Ideal Nacional y la Democracia Jerrquica, materiales con los que conformaba una proyeccin del nuevo ordenamiento administrativo que, a su juicio, deba caracterizarse por el dinamismo, al exigir el destino nacional una organizacin en perpetua vitalidad, que necesita de un Pueblo poltico en continua y permanente movilizacin, conseguida mediante el partido nico [] imbuido de la idea
(58) SCHMiTT (1935): 175-231. (59) BENEYTO (1938); BENEYTO y COSTA SERRANO (1939): 74-86 y 165-182.
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de servicio, por la que todos los nacionales se disponen a cooperar a la realizacin de las supremas misiones del Estado(60) y que, en buena lgica, reciba la denominacin de Estado direccional, si bien, tal y como poda deducirse del ttulo de su obra ms celebrada, El Estado nacionalista totalitario-autoritario, el autor rehua expresamente cualquier tipo de atadura formal, puesto que:
Debe observarse a este efecto que todas estas denominaciones son perfectamente conciliables entre s, porque denotan propiedades esenciales del nuevo tipo histrico de Estado: nacionalista, totalitario, autoritario, etc. que, como se ve, son propiedades de fondo y no puros caracteres de forma, y por ello no son conciliables con las formas clsicas, representativas, problema este de las formas de gobierno considerado como accidental y sin verdadera importancia para el nacional-socialismo alemn, siguiendo el pensamiento de Hitler, para el que lo fundamental no es la forma, sino la obra de fondo, constructora del nuevo Estado verdaderamente germnico, como para nosotros debe serlo la del Estado Hispnico(61).
Posiblemente, fue Luis Legaz Lacambra quien estuvo ms cerca de proporcionar al falangismo una completa y coherente teora del Estado, empresa para la que sin duda contaba con una formacin muy superior a la esgrimida por el resto de doctrinarios del partido, no solo en tanto catedrtico de Derecho Poltico, sino especialmente por su temprana vinculacin con el activo ncleo catlico-social de su Zaragoza natal, el magisterio de Hans Kelsen recibido en la Universidad de Viena nuevamente gracias a una pensin de la JAE (1930) y su conocimiento del decisionismo poltico schmittiano toda vez que optara por alejarse de la escuela formalista e integrarse en los crculos contrarios al normativismo, de tal forma que aunaba el manejo del repertorio conceptual de tres de las principales corrientes de pensamiento del siglo pasado. De todas ellas, ya fuera en sentido positivo o como hijo prdigo, iba a servirse a comienzos de la dcada de los cuarenta para la construccin de un modelo nacionalsindicalista que resultara homologable con los sistemas fascistas al tiempo que integraba las particularidades del caso espaol, pero especialmente de las tesis de Schmitt, al menos en una doble direccin.
En primer lugar, en cuanto a su afirmacin de que la comunidad poltica no es integrada por normas, sino por actos de voluntad, abiertamente deudora de la crtica del jurista germano a la percepcin kelseniana de la Constitucin como unidad normativa, frente a la cual contrapona un ordenamiento positivo surgido de la decisin del conjunto del pueblo convenientemente depurado de enemigos interiores acerca del modo y la forma del Estado(62). En segundo lugar, en cuanto al postulado de que el lxico poltico del siglo XX no constitua sino una versin secularizada de nociones teolgicas(63), de la
(60) (61) (62) (63) GONZLEZ PRiETO (2008): 60. DEL VALLE (1940): 253. SCHMiTT (1982): 120 y ss. SCHMiTT (2009): 54.
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que se derivaba la propia denominacin que adjudicaba al modelo falangista, un Estado-Iglesia caracterizado por su fe en la indestructible unidad de destino y la misin catlica e imperial de Espaa, credo suministrado por el partido nico base del Estado espaol nacionalsindicalista, cuyo intrprete indiscutible no era otro que el caudillo carismtico y que resultaba perfectamente compatible con su confesionalidad catlica, que todo lo impregnaba y que, aunque situada en un plano superior en el orden moral, se encontraba subordinada al aparato estatal en su concrecin institucional. De este modo, Legaz consegua adems reinventar la apelacin a la legitimidad tradicional la monarqua espaola del siglo XVi era frecuentemente interpretada como un Estado-Iglesia en tanto instrumento histrico de la tica catlica, al adaptarla a un fenmeno tan distintivo de la modernidad como la sacralizacin poltica(64).
Segn estas premisas, Legaz conceba este Estado-Iglesia como totalitario, es decir, aquel para el que ningn aspecto de la vida es indiferente, lo que conllevaba la organizacin bajo su mando de todo el conjunto de pequeas comunidades que componan la nacin, desde la empresa y el sindicato hasta la familia y el municipio, en una supracomunidad armnica, superadora tanto del sistema liberal como del proletario. No obstante, en vista de que la realidad de la Guerra Civil complicaba sobremanera la posibilidad de sustentar una argumentacin de esta naturaleza, el autor reacondicionaba sus postulados a los acontecimientos, al especificar que la conculcacin del conflicto entre clases poda producirse bien suprimiendo a uno de los elementos en lucha, bien integrando a los dos en la totalidad nacional. Con todo, esta visin colectivista y unificadora de la sociedad no implicaba el destierro de la condicin individual, puesto que, hacindose eco de la mxima joseantoniana que identificaba al hombre como portador de valores eternos, el autor abogaba por la construccin de un Humanismo totalitario cuya formulacin le serva igualmente para anticiparse a cualquier acusacin de pantesmo de Estado(65). Finalmente, respecto al papel del partido, y en una nueva aclimatacin a las especficas circunstancias de la posguerra espaola, consideraba que una vez conquistado el poder por medio de la insurreccin deba realizar plenamente esa concepcin nueva en un nuevo ordenamiento jurdico, tarea para la que Legaz consideraba fuente de derecho suficiente, en contraste con la visin liberal del texto constitucional como norma fundamental, una mera declaracin de principios como el Fuero del Trabajo, lo que no dejaba de suponer una ratifica-
(64) En este sentido, y segn la caracterizacin establecida por Emilio Gentile, podra afirmarse que el modelo de sacralizacin poltica propuesto por Legaz, que en todo caso se serva de una nocin ms neutra como la de religin civil, oscilaba entre lo sincrtico y lo efmero, al localizarse en un contexto de posguerra y de esfuerzo constituyente, GENTiLE (2001): 210-211. La idea del Estado-Iglesia durante el siglo XVi en DE LOS ROS (2007): 69. (65) LEGAZ LACAMBRA (1940a): 60, 99, 122, 143, 148-152, 163, 173-175, 198, 262. RiVAYA (1998b): 102-108. DE DiEGO (2001): 55-60.
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cin de la delegacin del poder legislativo en la suprema decisin de los detentadores del poder poltico(66).
Hombre fuerte del rgimen como ministro del Interior y figura visible del partido como presidente de su Junta Poltica si bien, en ambos casos, supeditado a la aquiescencia del general Franco, corresponda a Ramn Serrano Suer, nuevamente un advenedizo desde el punto de vista militante, articular un sistema legal que diera traduccin institucional a estas teorizaciones de los doctrinarios falangistas, en lo que deba constituir un segundo paso hacia el Estado nacionalsindicalista tras haber diseado la sustitucin de la inicial estructura campamental del bando nacionalista por una administracin central propiamente dicha. Sin embargo, el proyecto poltico de Serrano contena asimismo un innegable componente personalista (67), lo que llevaba aparejada una visin ms instrumental que finalista del papel a jugar por Falange, de tal forma que su estrategia pasaba por tratar de asegurarse un dominio directo sobre los principales resortes del Estado y, subsidiariamente, procurarse una red de organismos partidistas que le permitieran duplicar aquellas estructuras que se resistieran a su control efectivo circunstancia esta ltima que se puso especialmente de manifiesto a raz de su nombramiento como titular de una cartera tan poco permeable a nuevas influencias como la de Asuntos Exteriores, con lo que se producan constantes fluctuaciones en la atribucin de competencias, tal y como demostraron los numerosos cambios en la condicin ministerial de ciertas actividades y las modificaciones estatutarias sufridas por FET y de las JONS en julio de 1939. Con todo, Serrano termin protagonizando el que a la postre constituy el principal intento al menos hasta los aos cincuenta destinado a imponer un marco jurdico general muy cercano a los planteamientos ideales del falangismo, al impulsar desde finales de 1940 un anteproyecto de Ley de Organizacin del Estado que, entre otras medidas, adoptaba su definicin como instrumento totalitario al servicio de la integridad de la Patria y estableca que todo su poder y todos sus rganos se deben a este servicio y estn sometidos a Derecho y a los principios polticos y morales del Movimiento Nacional. En virtud de estas premisas, la norma dispona la posibilidad de designar un jefe de gobierno distinto al jefe del Estado eventualidad que responda a las ambiciones personales del cuadsimo, la creacin de dos rganos colegiados de nueva planta: un Consejo de Economa y unas Cortes que suponan una traslacin de la Cmara Corporativa de la Italia Fascista origen de las Cortes Espaolas puestas en marcha en 1942 y la potenciacin de la Junta Poltica de FET, configurada como Supremo Consejo Poltico del Rgimen y rgano colegial de enlace entre el Estado y el Movimiento(68).
(66) LEGAZ LACAMBRA (1940b): 192-198. LPEZ GARCA (1996): 135. (67) THOMS (2001): 171. (68) El texto del anteproyecto en LPEZ ROD (1990): 601-605.
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No obstante, siempre reacio a condicionar su mando a unos lmites determinados, el dictador rechaz la aprobacin del proyecto, que, por otra parte, haba despertado una gran contestacin entre el resto de grupos de la coalicin autoritaria y ni siquiera haba logrado un respaldo unnime en el seno de la citada Junta Poltica. Indudablemente, todo un anticipo de lo que iba a suceder con la ofensiva falangista de mayo de 1941, lanzada con el objetivo de conseguir todo el poder para la Falange y cuya resolucin signific por el contrario el abandono de sus pretensiones hegemnicas(69), si bien, a diferencia de la reaccin del general Antonescu respecto a la Guardia de Hierro rumana, Franco alcanz dicha resolucin no por la va del aplastamiento, sino por el reforzamiento de una de las facciones falangistas, paradjicamente, aquella menos ligada al neofalangismo serranista y que enlazaba ms directamente con el ncleo fundacional. 4.
LA SNTESiS FRANQUiSTA
Como es bien conocido, el cambio de signo en el curso de la Segunda Guerra Mundial provoc una rectificacin en el alineamiento pro-Eje del rgimen franquista, que se vio forzado a redisear su poltica exterior de manera ms acorde a las exigencias de las potencias aliadas occidentales al tiempo que, desde el punto de vista doctrinal, acometa una labor de singularizacin con el objetivo de desgajarse del tronco del totalitarismo, algo que necesariamente conllevaba la reorientacin ideolgica de FET y de las JONS, impelida a un mayor grado de identificacin con el conjunto del franquismo y a redefinir sus relaciones tanto con la doctrina fascista como con los principios liberales, cuya superacin ya no poda plantearse en trminos antitticos sino en el marco de una coherente lnea evolutiva de defensa frente a la amenaza marxista. El primero de estos ajustes qued simbolizado por el abandono de la no-beligerancia y el regreso a la neutralidad decretado por el dictador a comienzos de octubre de 1943, mientras que el segundo qued reflejado en las instrucciones remitidas en noviembre de ese mismo ao por la Delegacin Nacional de Prensa a la red de medios de comunicacin del Movimiento, que establecan la prohibicin de utilizar bajo ningn pretexto: textos, ideario o ejemplos extranjeros al referirse a las caractersticas y fundamentos polticos de nuestro Movimiento. El Estado espaol se asienta exclusivamente sobre principios, normas polticas y bases filosficas estrictamente nacionales. No se tolerar en ningn caso la comparacin de nuestro Estado con otros que pudieran parecer similares [] el fundamento de nuestro Estado ha de encontrarse siempre en los textos originales de los fundadores y en la doctrina establecida por el Caudillo(70).
(69) THOMS (2001): 264-276. (70) PAYNE (1987): 332-333.
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Con todo, aunque para los falangistas esta maniobra significaba desligarse de los regmenes que le haban servido de referencia doctrinal desde su nacimiento, en realidad resultaba perfectamente coherente no solo con su trayectoria concreta e incluso su fundamentacin legal, sino tambin, paradjicamente, con las enseanzas proyectadas desde Italia y Alemania, cuyos lderes haban tambin antepuesto en su da el mantenimiento de la coalicin autoritaria que les haba llevado al poder a la pureza ideolgica como puso de manifiesto el sacrificio de Ernst Rhm y su segunda revolucin en la noche de los Cuchillos Largos y la permisividad de Mussolini con los fiancheggiattori conservadores(71), en primer lugar, y, ya durante el conflicto mundial, sus respectivos intereses nacionales a una poltica solidaria inspirada en la idea del Nuevo Orden continental. As, el propio ordenamiento de la refundada Falange contemplaba de manera expresa la posibilidad de ajustes y realineamientos, pues no en vano el proceso de Unificacin parta de la idea de que como en otros pases de rgimen totalitario, la fuerza tradicional viene ahora en Espaa a integrarse en la fuerza nueva expresada por los Puntos programticos de 1934, pero debindose hacer constar que como el Movimiento que conducimos es precisamente esto ms que un programa, no ser cosa rgida ni exttica (sic), sino sujeto en cada caso al trabajo de revisin y mejora que la realidad aconseje(72). Del mismo modo, la interpretacin que desde las filas del primer falangismo se hiciera de los momentos de encrucijada afrontados por los sistemas nazi y fascista y su resolucin, como por ejemplo a propsito de la citada jornada de 30 de junio de 1934, anticipaba claramente esta lnea posibilista. Tal y como ha sealado Ferran Gallego, la valoracin de la noche de los cuchillos largos en la revista F.E. [] y su desprecio por los revolucionarios de las SA anuncian el sentido de obediencia a quien asegura el equilibrio del rgimen, manteniendo la relacin entre sus diversos componentes aunque sea mediante el sacrificio de los ms radicales, a uno y otro lado de la estabilidad del proceso que asegura Hitler [] para poder presentar las cosas en los trminos de una Defensa del Estado ahora que, al parecer, ya no corresponde su Conquista(73). En este sentido, resulta significativo que, en contraste con la elaboracin de su proyecto de mximos, del que como vimos se hicieron cargo militantes de nuevo cuo, las tareas de enmienda doctrinal fueran asumidas por histricos camisas viejas, investidos de mayor autoridad a la hora de imponer una relectura que consista una vez ms en un compendio de negaciones, aunque en esta ocasin acerca de su vinculacin con la doctrina fascista del pensamiento de los fundadores.
Nada menos que el nico de los oradores supervivientes del acto de la Comedia y director del Instituto de Estudios Polticos (IEP), Alfonso Garca Valdecasas,
(71) KERSHAW (2002): 490-507; PAXTON (2005): 154. (72) Texto del decreto en THOMS (1999): 337-339. (73) GALLEGO (2005): 273.
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abri el fuego con un tempranero artculo se public a finales de mayo de 1942, mucho antes del viraje oficial en el discurso del rgimen aparecido en las pginas de la Revista de Estudios Polticos y cuyo contenido es bien conocido en lneas generales. Valdecasas esgrima una concepcin del Estado sin duda deudora tanto de la visin orteguiana como de la teorizacin realizada por Max Weber autor con el que haba entrado en contacto durante su estancia, de nuevo en calidad de pensionado de la JAE, en la Universidad de Friburgo (1936), pero especialmente de Carl Schmitt, cuya utilizacin de la nocin de movilizacin total, acuada a su vez por Ernst Jnger, le facilitaba la separacin entre el concepto de Estado total, entendido como aquel para el que ningn aspecto de la sociedad resultaba indiferente, y Estado totalitario, sobre el que no abundan las ideas claras [] el trmino se maneja con tanta sobra de desembarazo como falta de conocimiento [] se designan con el nombre de Estados totalitarios todos aquellos que representan nuevas formas de organizacin distintas de la parlamentaria y que han adoptado una actitud polmica frente al Estado liberal y democrtico. A este respecto, situaba en Italia el origen del trmino y su concrecin doctrinal ms ajustada, ya que Para el Fascismo, el Estado est constituido por todo el pueblo italiano, por toda la nacin italiana, organizada en su unidad. Es decir, el Estado no es la mera organizacin de los Instrumentos de poder; es la misma organizacin jurdica de todo el pueblo italiano [] Consiguientemente, el Estado es tambin la expresin misma del orden jurdico como derecho objetivo de la sociedad. No hay derechos frente al Estado, no existen derechos subjetivos para el rgimen fascista, ni anteriores, ni exteriores, ni superiores al Estado. El nacionalsocialismo, por su parte, era situado en un plano equivalente, si bien dicho movimiento conceba el Estado en tanto que aparato destinado a salvaguardar la pureza del pueblo alemn, situado como elemento fundamental y encarnado en la figura del Fhrer, cspide del sistema poltico. Por el contrario, la esencia y la singular trayectoria histrica espaolas sealaban que, para la doctrina originaria del falangismo, la legitimidad del aparato estatal vena dada nica y exclusivamente por su puesta al servicio de valores morales universales, tal y como quedaba de manifiesto en sus categorizaciones del Estado como instrumento totalitario al servicio de la integridad de la Patria y del hombre como portador de valores eternos. En palabras de Valdecasas:
es la nuestra una concepcin instrumental del Estado. Todo Instrumento se caracteriza por ser un medio para algo, para una obra a la que con l se sirve. Ningn instrumento se justifica por s. Vale en cuanto cumple el fin a que est destinado. No es, por tanto, el Estado, para nosotros, fin en s mismo ni en s puede encontrar su justificacin [] El Estado ha de ser instrumento para salvaguardar estos sacros valores. Tales son, para nosotros, por ejemplo, la libertad, la integridad y la dignidad del hombre [] unos derechos del espritu labrados gloriosamente por una cultura dos veces milenaria, obra del cristianismo(74).
(74) GARCA VALDECASAS (1942): 5, 17-19, 25-27 y 30.
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De este modo, una frmula que apenas una dcada atrs era utilizada por Jos Antonio como directa traduccin de lo que estaba sucediendo en la Italia fascista y sobre la que se haba construido el proyecto de Ley de Organizacin del Estado de Serrano Suer, junto a otra que durante la Segunda Guerra Mundial fue presentada como base de un humanismo totalitario que poda constituir la principal aportacin espaola a la Europa del Nuevo Orden(75), servan ahora como factor de diferenciacin respecto al ordenamiento de los pases del Eje. Para ello, lgicamente, el anlisis de Valdecasas despojaba adems al ideario fascista de la que era su caracterstica primordial tal y como sealara Onsimo Redondo, su dinamismo y flexibilidad interpretativa, que posibilitaba lecturas tan cercanas a la posicin esgrimida ahora con pretensin de exclusividad por el falangismo como la realizada por el jerarca fascista Giuseppe Bottai, segn la cual la dottrina del fascismo, che non ignora n lesperienza democratica n quella socialista, concepisce lo Stato come il sistema dei dirittidoveri degli individui organizzati per raggiungere i pi alti fini etici della personalit umana(76). Con todo, la argumentacin del todava director del IEP cesado poco tiempo despus tras intentar conferir un giro monrquico a su modelo encontr una adecuada correa de transmisin en el semanario El Espaol, dirigido por otro camisa vieja como Juan Aparicio, que a lo largo de 1943 intent servirse de sus planteamientos para singularizar al rgimen franquista y desligarlo de la etiqueta totalitaria, vinculada a la guerra total [] como Espaa no participa en la guerra actual, como fue neutral en la anterior, como tiene su criterio peculiar sobre la ordenacin futura del mundo y concretamente sobre el equilibrio europeo, requiere para su poltica y para su Estado una denominacin propia, concretamente la de Estado unitario, expresin que corresponde a un afn de plenitud de trazos establecidos previamente en la doctrina falangista [] cuyos enunciados indican el rumbo abiertos a las puntualizaciones ulteriores(77). Sin embargo, pese a estos esfuerzos por presentar la redefinicin antitotalitaria falangista en el marco de una coherente lnea evolutiva con la doctrina fundacional, era tal el viraje poltico propuesto que tanto numerosas jerarquas provinciales como la propia militancia de base, en especial los jvenes universitarios encuadrados en el SEU, muchos de ellos excombatientes, no tardaron en expresar su desazn. Hacia estos ltimos estuvo precisamente dirigida la conferencia pronunciada por Raimundo Fernndez Cuesta en la recin estrenada Facultad de Ciencias Polticas y Econmicas de la Central, creada por iniciativa de la intelectualidad del partido para la formacin de la que estaba llamada a ser su segunda generacin de dirigentes, a los que en calidad de antiguo secre(75) LEGAZ LACAMBRA (1940): 140. SAZ (2003): 288-289. (76) TURi (1979): 164. (77) La singularizacin espaola, artculo de El Espaol reproducido en Arriba, 9 de junio de 1943. El Estado Unitario, Arriba, 11 de junio de 1943.
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tario general y albacea testamentario del Ausente trat de aleccionar sobre El concepto falangista del Estado(78).
En efecto, con su mediocridad habitual, pero estimulado por su experiencia como embajador en Italia en el momento del colapso del sistema fascista haciendo gala de un pragmatismo que apenas dejaba lugar a la duda, Fernndez Cuesta sala al paso de las acusaciones de que se estaba abandonando la tentativa de construir un verdadero Estado nacionalsindicalista y vena a recordar cul haba sido la posicin de partida del falangismo, as como la consiguiente deuda contrada con el general Franco, que no solo haba hecho realidad los principales objetivos de los fundadores, desmontar pieza a pieza el sistema poltico entonces existente y restablecer la unidad nacional, sino que adems los haba convocado a compartir la gestin de la victoria en un rgimen poltico vivo, gil y dinmico. Para el partido, razonaba Fernndez Cuesta, el Estado no es un sistema, un conjunto de normas jurdicas, despersonalizadas, armnica y jerrquicamente enlazadas hasta llegar a la superior, Constitucin, sino un instrumento para conseguir los citados objetivos, elevados al rango de dogmas que constituyen el nervio de su doctrina. En esta hay que distinguir lo que es sustancial, de lo que es adjetivo, lo que integra su ser, de lo que es puro trmite, y si el trmite puede cambiar sin profundo quebranto, la sustancia es intangible, so pena de fraude o de mixtificacin. Por lo tanto, mientras los ajustes no implicaran el retorno a la situacin que exista en el momento de iniciarse el Movimiento revolucionario y los falangistas mantuvieran una parte del pastel no invocamos el monopolio del patriotismo para reclamar el monopolio de los puestos, pero s el que se tengan en cuenta los servicios pasados, los presentes y nuestra resuelta voluntad de realizar los futuros no tena sentido cuestionar la identidad ideolgica y de intereses entre Falange y el rgimen franquista(79). La ltima vuelta de tuerca a este proceso de reorientacin vino directamente de la Secretara General de FET-JONS. Y es que, tras haber aprendido la leccin durante los sucesos de Salamanca, Jos Luis Arrese era probablemente el mandatario falangista ms consciente de la importancia tanto de la flexibilidad doctrinal como de la obediencia debida al dictador, lo que tampoco implicaba que a travs de ellas no tratara de incrementar la ascendencia del partido sobre el conjunto del sistema. De esta forma, si ya desde su nombramiento haba redimido su inicial rechazo a la Unificacin al desarrollar el grado de identificacin entre Falange y el titular de la jefatura nacional, con el cambio en el curso de la guerra acogi asimismo la necesidad de desmarcar al Movimiento del resto de sus hermanos gemelos del totalitarismo fascista, como los denominaba en uno de sus escritos de preguerra, si bien es cierto que haca igualmente hincapi en la singularidad que se derivaba de sus respectivas particularida(78) Importante conferencia del camarada Fernndez Cuesta en la Facultad de Ciencias Polticas y Econmicas, Arriba, 4 de mayo de 1944. RODRGUEZ JiMNEZ (2000): 438 y ss. (79) FERNNDEZ CUESTA (1944): 357, 367, 370 y 378-380.
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des nacionales (80). Articulada mediante toda una serie de intervenciones pblicas realizadas a lo largo de 1944, en marzo del ao siguiente expuso esta reinterpretacin en una breve monografa de ttulo revelador, El Estado totalitario en el pensamiento de Jos Antonio, que constitua un verdadero compendio de negaciones sin apenas formulaciones positivas, y en la que el modelo institucional preconizado por Jos Antonio era convertido nada menos que en un Estado integrador de todos los espaoles, un Estado para todos, sin partidos que nos dividan, ni distincin de grupo o de clase, puesto que era el suyo, en clara alusin al citado aforismo sobre el que se sustentaba la rectificacin, un totalitarismo que no quera decir absorcin del individuo por el Estado(81). La vertebracin legal de esta nueva lectura del legado fundacional corri a cargo de la dupla formada por el propio Arrese y por el ministro de Justicia, Eduardo Auns. Fruto de su buen entendimiento no en vano, Auns haba ocupado la cartera de Trabajo e impulsado el sistema corporativo durante la dictadura de Primo, adems de ingresar en el partido con antelacin al decreto de Unificacin, surgi un paquete de medidas que inclua la celebracin de elecciones sindicales en octubre de 1943 y la futura convocatoria de comicios locales que no lleg a producirse, expresin de los preceptos programticos falangistas que cifraban en el esquema Familia-Municipio-Sindicato los mecanismos para la participacin del pueblo en las tareas del Estado(82), pero ante todo la promulgacin de una ley relativa a los Derechos de la personalidad, concebida por el titular de Justicia como el equivalente poltico a la institucionalizacin econmico-social representada por el Fuero del Trabajo, y que termin cristalizando en el Fuero de los Espaoles.
Ms all de su complejo proceso de elaboracin, en el que no podemos detenernos con la amplitud necesaria, as como de la falsa polmica en torno a la postrera inclusin de dos artculos relativos a la libertad de expresin y de asociacin (83), nos interesa destacar aqu que la principal propiedad del que iba a convertirse en eje legislativo de la dictadura durante ms de dos dcadas concretamente, hasta la aprobacin de la Ley Orgnica del Estado en 1967 era que consegua conciliar los postulados doctrinales de falangistas y catlicos mediante el recurso al concepto tomista del bien comn y a la mxima joseantoniana del hombre como portador de valores eternos. As, el primero era asumible por el Movimiento, cuyos doctrinarios ya se haban servido de l como solucin de compromiso en alguna ocasin caso de Luis Legaz Lacambra, para quien el
(80) THOMS (2001): 279 y 329-341. (81) ARRESE (1945): 50. (82) ARRESE (1944): 19. (83) ARRESE (1982): 68-70. Muchos aos despus, el entonces secretario general del partido alegaba que su inclusin representaba una vuelta al, en trminos de Carl Schmitt, Estado jurisdiccional propio del liberalismo, pero en realidad su oposicin a los mismos se basaba en que abran la puerta a la ruptura del monopolio asociativo e informativo de los instrumentos del Movimiento. Un completo anlisis de la gestacin del Fuero en SESMA (2009): 199-206.
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Estado totalitario afirma la primaca del bien comn sobre los intereses particulares, y pone en prctica todos los medios precisos para realizar esta idea(84), puesto que permita mantener la subordinacin de los derechos individuales a los intereses de la comunidad nacional bajo ropaje catlico, mientras que la segunda resultaba igualmente conveniente para los sectores catlicos ya que posibilitaba la introduccin de medidas desestatalizadoras en materia educativa o de poltica familiar apelando nada menos que al pensamiento del fundador del partido fascista espaol. En este sentido, el Fuero de los Espaoles constitua quiz el ejemplo ms acabado de la voluntad tercerista del rgimen franquista, esto es, de su intencin de presentarse como un sistema poltico original, emplazado a medio camino entre un modelo de organizacin estatal autoritario y un ordenamiento de tipo posliberal, todo ello recubierto de una patina de confesionalidad catlica, sntesis superadora a la que se bautizara como democracia orgnica. 5.
A MODO DE CONCLUSiN
Como hemos tratado de poner de manifiesto, la concepcin falangista del Estado no se apoyaba sobre una completa y cerrada teorizacin elaborada durante su periodo fundacional, sino que se compona de una serie de indicaciones que, en consonancia con la relevancia del movimiento en el panorama poltico y con sus objetivos inmediatos, se caracterizaban por la flexibilidad interpretativa y la capacidad de adaptacin a las circunstancias, pero que eran a la vez expresin de una serie de preceptos ideolgicos esenciales, tales como el nacionalismo unitarista y palingensico, el rechazo del constitucionalismo liberal y la supresin del sistema de partidos, as como con una cierta organizacin corporativa de la economa que reflejara la construccin de un modelo original y superador de los antagonismos de clase. Tanto en la forma como en el fondo, dichas caractersticas resultaban plenamente coincidentes cuando no directamente importadas con los presupuestos doctrinales y la trayectoria del fascismo italiano y, en menor medida, el nacionalsocialismo alemn.
Con el estallido de la Guerra Civil y la progresiva configuracin de un sistema de partido nico, numerosos autores trataron de desarrollar estas formulaciones generalistas heredadas de tiempo republicano con un doble propsito. Por un lado, dotarlas del necesario contenido jurdico-poltico para que fundamentaran una legislacin que asegurara un ordenamiento del Estado de inspiracin y predominio falangistas. Por otro lado, adaptarlas a la experiencia de guerra para homologar la va falangista al poder con el camino seguido por sus aliados totalitarios. Lgicamente, ambos procesos conllevaban un importante grado de reinvencin
(84) LEGAZ LACAMBRA (1940): 122. En este sentido, la apelacin al bien comn figuraba incluso entre los 25 puntos nacionalsocialistas, el penltimo de los cuales sentenciaba que el bien comn est por encima del bien particular.
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doctrinal. Sin embargo, el origen y resultado del conflicto civil determinaba una composicin poltica marcada por el equilibrio entre los distintos integrantes del bando nacionalista y la presencia de una figura arbitral como el general Franco, lo que fren las altas expectativas falangistas aunque el partido se vio investido de suficientes prerrogativas como para certificar una notable lealtad al rgimen. El cambio en el curso de la Guerra Mundial implic una nueva readaptacin falangista destinada a separarse del tronco del totalitarismo fascista e incrementar su grado de identificacin formal con el resto de grupos de la coalicin autoritaria, lo que significaba una renuncia al reciente programa de mximos, pero resultaba coherente con la propia naturaleza accidentalista de su doctrina. De hecho, y en contraste con el protagonismo neofalangista de la etapa anterior, esta rectificacin fue llevada mayoritariamente a cabo por dirigentes supervivientes del perodo fundacional, lo que viene a desmentir en buena medida una supuesta instrumentalizacin de su ideologa por parte de la dictadura. Antes al contrario, el Estado franquista garantizaba al falangismo as como a todo el resto de fuerzas que contribuyeron a su establecimiento y lo nutrieron de personal poltico sin solucin de continuidad durante cuatro largas dcadas tanto el cumplimiento de su mnimo ideolgico como su participacin en el reparto de poder, lo que tras la precariedad y postrera ilegalizacin de tiempo republicano y el esfuerzo de la Guerra Civil resultaba ms que suficiente como recompensa. Y es que, al contrario que en el caso de la vittoria mutilata italiana y la pualada por la espalda alemana, los fascistas espaoles ya no se consideraban un movimiento de vencidos vidos de revancha, sino de vencedores. 6.
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LA RAZN EN LAS PALABRAS DE JOS ANTONIO. PENSAMIENTO Y ACCIN POLTICA DE LOS JVENES ECONOMISTAS DE FALANGE EN LOS AOS 50
Universidad Nacional de Educacin a Distancia [email protected] (Recepcin: 11/05/2011; Revisin:24/09/2011; Aceptacin: 25/10/2011; Publicacin: 20/03/2012)
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RESuMEN
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En el ao 1953 un grupo de jvenes economistas, dirigido por Juan Velarde Fuertes, se hizo con el control de la seccin de economa del diario fralangista Arriba. Desde las pginas del peridico, y desde otros medios de comunicacin en el entorno del Movimiento, articularon una campaa a favor de un nuevo modelo econmico, que ellos remitan al pensamiento de Jos Antonio Primo de Rivera, y que defenda la reforma agraria, la lucha contra los monopolios, la intervencin del Estado en la economa y la redistribucin de las rentas a travs de una reforma tributaria progresiva. Este programa dot de un contenido econmico a la ofensiva falangista de los aos cincuenta para controlar el aparato del Estado. Palabras clave: Espaa; siglo Antonio Primo de Rivera.
XX;
Historia y Poltica ISSN: 1575-0361, nm. 27, Madrid, enero-junio (2012), pgs. 83-111
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THE REASON IN JOS ANTONIOS WORDS. THE ARRIBAS TEAM AND THE SPANISH ECONOMIC POLICY IN THE 50S
ABSTRACT
In 1953 a group of young economists, led by Juan Velarde Fuertes, took control of the economy section of the Falangist newspaper Arriba. From the pages of this newspaper, and from other media in the Movimientos environment, they launched a campaign for a new economic model, which they referred to the thinking of Jos Antonio Primo de Rivera, and defended the land reform, the fight against trust, government intervention in the economy and income redistribution through progressive tax reform. This program gave an economic content to the Falange offensive in the fifties to control the state apparatus. Key words: Spain; 20-century; Falange; francoism; tax reform; Jos Antonio Primo de Rivera.
*** En el ao 1945, an antes de que acabara oficialmente la Segunda Guerra Mundial, Franco trat de eliminar del espacio pblico toda traza que pudiera vincular en exceso la imagen de su dictadura con los regmenes totalitarios derrotados. Una poltica que exiga el oscurecimiento de la Falange: aunque el entramado burocrtico del partido sigui en pie, y los falangistas preservaron varias carteras en el gobierno, la Junta Poltica pas a un segundo plano, el Consejo Nacional no volvi a ser convocado durante aos y la Secretara General no solo perdi su rango ministerial, sino que incluso qued vacante. Pero este enfriamiento cautelar comenz a resultar innecesario conforme la guerra fra revaloriz la posicin de Espaa ante Estados Unidos y las potencias del occidente europeo. En 1948, Franco design a Raimundo Fernndez Cuesta para la secretara general, que en la remodelacin de gobierno del 18 de julio de 1951 recuper la categora de ministerio. Comenzaba as lo que algunos historiadores han calificado como resurgimiento del falangismo o primavera de la Falange. Al comenzar la dcada de los cincuenta, la Falange no solo haba recuperado buena parte de las posiciones perdidas, sino que, adems, iniciaba una ofensiva para tratar de definir el perfil ideolgico e institucional del rgimen(1). Que la Falange se lanzara en los aos cincuenta a consumar la por tanto tiempo aplazada conquista del Estado no significa que los falangistas constituyeran un grupo homogneo. La acometida se despleg en diversos frentes, en distintos tiempos, y particip en ella una amalgama de grupos e individuos que
(1) Oscurecimiento, THOMS y ANDREu (1999): 55. Resurgimiento, PAYNE (1997): 610. Primavera, SAZ (2003): 387.
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no siempre defendan los mismos intereses ni compartan los ltimos objetivos, que incluso recelaban unos de otros y que a lo largo de estos aos se enfrentaron en ms de una ocasin. Es bien sabido que parte de la lucha se libr en el campo de las polticas culturales, impulsada por el ministro de Educacin Joaqun Ruiz-Gimnez, un catlico vinculado a la ACNP que incorpor al Ministerio a destacados intelectuales falangistas como Pedro Lan, Antonio Tovar o Joaqun Prez Villanueva. Entre 1951 y 1956 dicho grupo, en sintona con Dionisio Ridruejo, que no ocup ningn cargo en esta etapa, trat de ampliar la base del rgimen incorporando valores e individuos procedentes del liberalismo y de la izquierda, sin que ello implicara en ningn momento la disidencia frente a la dictadura, y enarbol un discurso que abogaba por la construccin de una conciencia nacional asentada sobre la integracin selectiva de vencedores y vencidos. Un discurso integrador y comprensivo, renovador, trufado de apelaciones de raz joseantoniana a la justicia social, que goz de amplia prdica entre jvenes falangistas universitarios, y que choc frontalmente con el discurso excluyente, reaccionario, nutrido de integrismo catlico que esgrimi otro grupo de intelectuales, buena parte de ellos vinculados al Opus Dei, herederos del espritu de Accin Espaola(2). La poltica del Ministerio de Educacin en esta etapa no siempre tuvo la aquiescencia de los burcratas que copaban los altos cargos de Falange, suspicaces ante todo movimiento aperturista que removiera la estabilidad del rgimen. No obstante, los hombres del aparato, en tanto no percibieron en ello ningn peligro, no dudaron en respaldar la estrategia de los comprensivos, ni en teir sus intervenciones pblicas de soflamas radicales que dotaban de contenido a la ofensiva falangista. Mxime cuando en 1953 lo que comenz como una batalla cultural deriv en lucha poltica, al propugnar Rafael Calvo Serer, lder del grupo de los excluyentes, la creacin de una Tercera Fuerza que asumiera las riendas del rgimen desplazando a la Falange y al viejo catolicismo poltico de la ACNP. Aquel fue el ao del Primer Congreso Nacional de Falange, el momento de rearme ante el enemigo interior y el de mayor comunin entre los integrantes de la ofensiva falangista: los intelectuales comprensivos; la vieja guardia y los burcratas; los estudiantes radicales, vinculados al SEU y movilizados por la poltica del Ministerio de Educacin; las fuerzas de choque ms reaccionarias, integradas por la Guardia de Franco y el Frente de Juventudes Una sintona circunstancial que se rompi en 1954, cuando la agitacin promovida por el Ministerio de Educacin en las aguas de la universidad alent la movilizacin poltica y amenaz con cuestionar el monopolio falangista en la representacin universitaria. La convulsin en las aulas mostr los estrechos lmites en los que se mova el envite aperturista de los comprensivos, erosion
(2) La poltica cultural del Ministerio de Educacin en estos aos, el programa de los comprensivos y su batalla con los excluyentes, en FERRARY (1993), RuIZ CARNICER (2001) y (2008), JuLI (2004).
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Fueron varios los frentes abiertos por la Falange durante estos aos. Mucho se ha escrito sobre la campaa de los intelectuales comprensivos, as como de la ltima intentona dirigida por Jos Luis Arrese en 1956. Pero la carga de la Falange tambin discurri en el mbito de las polticas econmicas. En el ao 1953 un grupo de jvenes economistas, liderado por Juan Velarde, se hizo con el control de la seccin de economa del diario Arriba. Desde las pginas del diario, pero tambin desde otras revistas econmicas vinculadas al Movimiento, como la Revista de Economa Poltica, del Instituto de Estudios Polticos, o De Economa, de la Organizacin Sindical, este grupo contribuy activamente a la elaboracin de un programa econmico para la Falange. Un programa que ellos mismos tildaban de radical, cuyas races afirmaban hallar en las palabras de Jos Antonio y cuya vocacin anticapitalista no se cansaban de proclamar. Un programa que abogaba por la reforma agraria, que apostaba por la inversin estatal, que combata los monopolios privados y que reivindicaba la redistribucin de las rentas a travs de la reforma tributaria. Un programa, en definitiva, que defenda la intervencin del Estado en la economa y recelaba de la iniciativa privada.
el control que ejerca el partido sobre la universidad, y ello provoc el choque entre la vieja guardia del aparato y el equipo de Ruiz-Gimnez. Desde 1955 la conflictividad universitaria fue in crescendo, hasta que en febrero de 1956, tras un altercado con un herido de bala, en una decisin salomnica, Franco ces a Ruiz-Gimnez y al secretario general de Falange, Fernndez Cuesta. A Fernndez Cuesta le sucedi Jos Luis de Arrese que en 1956, con el apoyo de una parte considerable de la vieja guardia, protagoniz la ltima gran tentativa de Falange para controlar el rgimen, mediante el diseo de un complejo entramado legislativo-institucional. La operacin de Arrese fracas al chocar con la oposicin expresa del resto de las familias franquistas, de la Iglesia y del propio Franco. Arrese fue relevado de la secretara general en la crisis de gobierno de 1957 y con su cese concluy la ofensiva falangista(3).
Ms all de su aportacin al discurso falangista, la campaa del grupo de Arriba deriv en una batalla poltica que se libr entre 1951 y 1956 en torno a la reforma de la contribucin sobre la renta. A comienzos de los aos cincuenta la necesidad de reformar el sistema tributario haba calado en el debate poltico-econmico. Se ha creado un estado de opinin casi unnime... que pide la reforma del sistema tributario, escriba en 1956 el economista Manuel de Torres. Un estado de opinin, prosegua, defendido en las pastorales de los prelados, en ciertos sectores de la Accin Catlica, en los acuerdos del ltimo Congreso del Movimiento y de la Organizacin Sindical, por no citar sino los casos ms desta(3) Un intento por deslindar los distintos grupos en liza dentro de la Falange en los 50, en RuIZ CARNICER (2008). Sobre la crisis estudiantil de 1954-56, y sus consecuencias, y la operacin Arrese, pueden verse ELLWOOD (1984), FERRARY (1997), PAYNE (1997), RODRIGuEZ JIMNEZ (2000), RuIZ CARNICER (2001), MORADIELLOS (2003) y JuLI (2004).
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cados. Incluso el ministro de Hacienda, Francisco Gmez del Llano, reconoca en las Cortes que algunos procuradores piensan que nuestro sistema impositivo es arcaico y representa un gravamen excesivo para las clases medias y necesitadas, y propugnan... una reforma tributaria a fondo. El sistema tributario espaol apenas haba variado en sus lneas generales desde antes de la guerra, y los pocos cambios introducidos por el ministro de Hacienda Jos Larraz en 1940 consistieron en el refuerzo de los impuestos indirectos. Tal y como argument Torres en 1956, una reforma tributaria radical hubiera sido inadecuada en la inmediata posguerra, un perodo de depresin econmica combinada con alta inflacin. Pero al comenzar los aos cincuenta la situacin del pas estaba cambiando. El gobierno de 1951 relaj en parte el intervencionismo estatal de la dcada anterior. El final del aislamiento internacional y, sobre todo, la poltica de pactos con Estados Unidos aumentaron la confianza en la economa espaola y contribuyeron a dotarla de un mayor dinamismo. Tras dos dcadas de hundimiento, en los primeros aos cincuenta comenzaron a recuperarse los niveles macroeconmicos de 1935. Y esta reactivacin econmica provoc que el sistema tributario, rgido e incapaz de captar el modesto crecimiento, se hiciera cada vez ms regresivo y ms antisocial. Por ello, apuntaba Torres, haba que reforzar la imposicin directa para evitar un grave empeoramiento en la distribucin. Aplazar la reforma podra tener efectos desfavorables sobre el proceso de recuperacin econmica, conclua, ya que el enjambre de impuestos indirectos pesa demasiado sobre los precios y puede inducir un descenso de la demanda efectiva que tendra muy graves consecuencias para el desarrollo de la produccin(4). Que hubiera consenso en torno a la necesidad de reformar el sistema tributario no significa que lo hubiera sobre la orientacin que deban tener los cambios. Y fue en este terreno en el que aconteci un duro enfrentamiento, que se tradujo en la sucesin de varios proyectos antitticos de reforma de la contribucin general sobre la renta; en el nombramiento y cese de diversos asesores del ministro de Hacienda, Francisco Gmez del Llano; en la aprobacin de una ley de reforma del tributo y en su posterior invalidacin mediante diversas normas legislativas que constituyeron, de facto, una contrarreforma. A grandes rasgos, dos fueron las distintas posturas en liza. Un grupo de economistas, liderado por Jos Mara Naharro Mora, respaldado por empresarios y entidades financieras pblicas y privadas con una notable influencia en medios polticos, apostaba por una reforma de corte liberal, argumentando que en una fase de expansin econmica la contribucin sobre la renta deba promover el desarrollo impulsando el ahorro y la inversin privada: Urge alentar la formacin de ahorro y su movilizacin total hacia tareas de inversin ms productivas, seal en 1953 la Memoria anual del Banco de Espaa. Enfrente, otro grupo liderado por
(4) Reactivacin de la economa espaola en los aos cincuenta, PRADOS DE LA ESCOSuRA, ROSS y SANZ VILLARROYA (2010). Evolucin del sistema tributario en la autarqua, COMN (2002). Incidencia de las inversiones americanas en la reactivacin econmica, CALVO GONZLEZ (2007). TORRES (1956), pp. 145-147. Gmez de Llano, en BOC, 18 de diciembre de 1951, nm. 383, p. 7024.
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Manuel de Torres, con el apoyo del equipo de economa de Arriba, pretenda que la reforma de la contribucin redujera la regresividad de un sistema tributario demasiado lastrado por el peso de los impuestos indirectos y que por ello ejerca una mayor presin sobre las rentas ms bajas; en definitiva, abogaba por una reforma que transformara dicho impuesto en un instrumento eficaz para redistribuir la riqueza. Es necesario actuar a travs del sistema de impuestos para resolver el problema de la distribucin de la renta nacional espaola, escriba Juan Velarde en 1954. Los jvenes economistas de Arriba, as como el aparato falangista entre 1953 y 1956, se volcaron en la defensa de esta propuesta y su campaa constituy un hito ms en el contexto general de la ofensiva de Falange para afianzar su posicin en el rgimen(5). En definitiva, en torno a estas dos orientaciones sobre la reforma tributaria se libr una bronca lucha que abarc todo un lustro, entre 1951 y 1956. Este artculo explica, en sus lneas generales, cmo se despleg la batalla. Pero antes aborda la gnesis del grupo de Arriba, sus principales propuestas, as como su contribucin a la poltica falangista en la dcada de los cincuenta. 1.
uN PROGRAMA ECONMICO PARA LA
FALANGE
En el ao 1952, Ismael Herraiz, director del diario Arriba rgano oficial de Falange, llam a Juan Velarde Fuertes para que colaborara en el peridico, y a partir del 6 de febrero de 1953 le encarg la direccin de la nueva Seccin de Economa. All, Velarde se rode de un equipo de jvenes economistas, la mayora de los cuales eran viejos amigos de los estudios o de sus primeros aos de formacin: Agustn Cotorruelo, Manuel Gutirrez Barqun, Juan Plaza Prieto, Enrique Fuentes Quintana, Alfredo Cerrolaza, Carlos Muoz Linares, Csar Garca-Albiana... Fuentes, Velarde, Plaza Prieto y Cerrolaza pertenecan a la primera promocin de la facultad de Ciencias Polticas y Econmicas de la Universidad Central, de 1947. Enrique Fuentes Quintana y Velarde estrecharon sus lazos como alumnos de Werner Goldschmidt en la Academia de Ciencias y Derecho de la calle Arrieta, de Madrid. Ms tarde se uni a ellos Agustn Cotorruelo, quien prepar con ambos la oposicin a tcnico comercial del Estado. Este pequeo ncleo central se ampli poco a poco, asentndose en torno al Consejo Superior Bancario, donde se vean Velarde y Fuentes Quintana, Cerrolaza, Muoz Linares, Carlos Fernndez Arias, Jos Ignacio Ramos Torres, y ms espordicamente Manuel Gutirrez Barqun, Manuel Varela Parache y Eduardo del Ro. Adems de la formacin o el trabajo, compartan espacios de ocio, como las tertulias de Molinero, La Cervecera de Correos o Teide(6).
(5) Memoria del Banco de Espaa, en Moneda y Crdito, nm. 49, 1954, p. 75. VELARDE, en NOTAS SOBRE POLTICA ECONMICA ESPAOLA (1954): 340. (6) La historia del grupo, en VELARDE (1967): 28-43; (1974): 96, 263 y ss.
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Tambin comenzaron a publicar juntos: Eduardo del Ro les abri las puertas de De Economa, la revista de la Delegacin Nacional de Sindicatos, y Jos Mara Zumalacrregui y Manuel de Torres las de Anales de Economa. Velarde, Fuentes y Plaza Prieto tambin colaboraron en la Revista de Economa Poltica, del Instituto de Estudios Polticos. Velarde, adems, haba dirigido entre 1948 y 1950 la seccin de economa de La Hora, diario del SEU, colabor en Alfrez y participara en la revista Alcal, buque insignia de la poltica comprensiva del Ministerio de Educacin. Esta fue la primera generacin espaola de profesionales formados en una facultad de ciencias econmicas que influy o particip de uno u otro modo en el diseo de las polticas econmicas, y ello queda de manifiesto en sus primeros escritos, donde demostraron un elevado dominio terico as como su conocimiento de los grandes debates econmicos internacionales. No es de extraar que muchos recibieran la influencia de Keynes. Mediados los aos cuarenta en Europa occidental y en Estados Unidos las teoras keynesianas servan de soporte para la reconstruccin posblica y sobre ellas comenzaban a asentarse las bases del estado del bienestar. La Teora General del empleo, el Inters y el Dinero, publicada en 1936, no empez a conocerse en Espaa hasta los aos cuarenta. Fue por entonces cuando el Instituto de Estudios Polticos, en cuyo entorno comenz a publicar el grupo, difundi la obra de Keynes. En la Facultad de Ciencias Polticas y Econmicas tuvieron ocasin de escuchar en marzo de 1946 a William Beveridge, el principal terico del sistema de seguridad social britnico, cuando vino a Madrid para inaugurar la ctedra de seguridad social. La influencia de Keynes tambin les lleg a travs de uno de sus principales maestros: Manuel de Torres. En 1949, Torres public su Teora de la poltica social, donde apostaba por la redistribucin de las rentas a travs de una poltica fiscal progresiva que permitiera desarrollar una amplia gama de servicios sociales. En 1951 Fuentes Quintana debata en la revista De Economa sobre los problemas de aplicacin a Espaa de la Teora General, y en 1955 Agustn Cotorruelo argumentaba en la misma obra de Keynes, desde la Revista de Poltica Econmica, la necesidad de una reforma tributaria progresiva(7).
Entre 1953 y 1954 este equipo escribi la mayora de los artculos de la seccin econmica de Arriba, pero tambin numerosos editoriales del peridico y esto ltimo dio mayor proyeccin poltica a sus ideas. Tanto en las pginas del diario, como en otras publicaciones del entorno falangista, sus integrantes defendieron un programa econmico, cuyas races emplazaban en el pensamiento de Jos Antonio, y que se articul en torno a varios puntos bsi(7) Velarde en Alcal, en RuIZ CARNICER (2001): 229. Keynes en la obra de Torres, y Fuentes Quintana en De Economa, en ZABALZA (2003). La influencia de Keynes en Espaa en los aos 40, en ALMENAR PALAu (2002). Visita de Beveridge a Espaa, en LVAREZ ROSETE (2004). Nada tiene de extrao que la obra de Keynes influyera en los economistas de Falange: la influencia keynesiana traspas por estas fechas diferentes mbitos ideolgicos; entre los conservadores britnicos, vase TOMLISON (2004); entre los republicanos norteamericanos, SARIAS (2011).
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cos: reforma agraria, lucha contra los monopolios, intervencin del Estado en la economa y primaca de la inversin estatal frente a la inversin privada, y redistribucin de la renta a travs de la poltica fiscal. Hay alguno entre vosotros que se haya asomado a las tierras de Espaa y crea que no hace falta una reforma agraria?. Con esta cita de Jos Antonio comenzaba una tribuna de Manuel Gutirrez Barqun en Arriba, del 10 de junio de 1953, que tena el expresivo ttulo de Latifundios. La experiencia espaola, argumentaba, haba demostrado que era regla general que las grandes fincas vayan acompaadas de un aprovechamiento deficiente, y como consecuencia, sostengan pocos obreros y estos con jornales bajos. Se impona la parcelacin de los latifundios, que no era idea subversiva, precisaba para calmar a los lectores ms conservadores, sino doctrina constantemente recomendada por los Pontfices. Aunque quiz el problema no estuviera tanto en el latifundio como en la tradicin absentista y despreocupada de los latifundistas. Puede que el latifundio sea necesario, pero no el latifundista, como seal Jos Antonio. En ese caso, debera darse a paso a una explotacin de tipo colectivo, de vieja tradicin en el municipio espaol, solucin perfectamente posible, conclua, porque existe una potente y extendida organizacin sindical. En cualquier caso, insista Agustn Cotorruelo, haba que resolver el problema de la dimensin ptima de la explotacin agrcola para que no se cumpliera el vaticinio de Jos Antonio de que habran de pasar como poco ciento sesenta aos para que fuera posible la reforma agraria(8). La denuncia de los grandes monopolios privados y la defensa de la inversin estatal, as como de una activa intervencin del Estado en una economa que se encontraba en vas de desarrollo, ocup buena parte de la actividad del grupo. Las industrias del carbn, electricidad, acero y cemento, con intereses comunes entre s e ntimamente ligadas al sistema bancario constituyen probablemente la ms formidable oligarqua econmico-privada con que se enfrenta la comunidad espaola, escriban Fuentes Quintana y Plaza Prieto, en la Revista de Economa Poltica, en 1952; los grupos monopolsticos de la agricultura y de la industria estn estrechamente asociados unos a otros y, adems, han conseguido asociar a sus empresas a miembros de la antigua aristocracia terrateniente, proseguan. Era la minora de espaoles, agazapada en la gran propiedad territorial, en los bancos, y en los negocios industriales, contra la que alertaba Ramiro Ledesma en la cita que encabezaba una tribuna de Fuentes y Velarde en Arriba, de agosto de 1953. La desconfianza hacia la banca, en concreto, est presente en numerosos artculos de Arriba: habr de cortarse de raz cualquier intento especulativo de nuestra banca, escriba Fuentes Quintana, en noviembre de 1953, en un artculo sobre la economa espaola y la ayuda ame(8) NOTAS SOBRE POLTICA ECONMICA ESPAOLA (1954) es una recopilacin de artculos de la seccin econmica de Arriba, escritos entre 1953 y 1954. Las citas de GuTIRREZ BARQuN, en p. 23; COTORRuELO, en p. 13.
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ricana. El Estado deba intervenir activamente en la produccin para compensar el efecto pernicioso de los monopolios privados. De ah los elogios al Instituto Nacional de Industria, tal vez la ms formidable creacin del rgimen, apuntaban Fuentes y Plaza Prieto, trascendental para el futuro de nuestra patria, remachaba Plaza en Arriba, en agosto de 1953. En Espaa es preciso que gran parte de la inversin, por ahora y por mucho tiempo, se oriente por caminos estatales, adverta Velarde en 1954.
La inversin ha de dirigirse hacia ciertas actividades pblicas obras pblicas, de saneamiento, enseanza profesional y tcnica, viviendas, etc. aunque sea en detrimento momentneo de las inversiones privadas... El ahorro que la respalde deber obtenerse preferentemente por va de los ms ricos... Es peligrossimo pretender ordenar la inversin jugando con factores tan poco seguros como las desgravaciones fiscales... En estos deleznables cimientos pretenden apoyarse ciertos grupos financieros espaoles Una vez ms, se comprende la razn de estas palabras de Jos Antonio: mucho cuidado con invocar el nombre de Espaa para defender unos cuantos negocios, como los intereses de los bancos o los dividendos de las grandes empresas.
Un ao antes, Velarde haba defendido la esencia anticapitalista de la Falange en un artculo titulado La economa espaola en unas pocas manos, publicado como editorial de Arriba el 3 de noviembre de 1953, y que gan el Premio 1 de octubre, concedido por la Secretara General del Movimiento. Desde La Conquista del Estado y las JONS, hasta la poca de los magisterios de Franco y Jos Antonio, el nacionalsindicalismo seal como uno de sus fines el de desmontar el sistema capitalista, escriba Velarde. La inmensa mayora de las actividades industriales y comerciales tienen su capital concentrado en unas pocas manos, una oligarqua econmico-financiera que se mova activamente para conseguir su provecho a costa del de sus conciudadanos. Denuncia de tinte radical que iba acompaada de una propuesta quiz algo timorata: la creacin de una comisin estatal, con poderes ejecutivos amplsimos, que investigara contabilidades, listas de accionistas y poltica de patentes, y estudiara la conducta de los grupos monopolsticos, dando publicidad a los resultados. Una comisin que aclarara hasta qu punto la maquinaria legal y administrativa espaola favoreca el desarrollo de los monopolios(9).
Por ltimo, el grupo de Arriba tambin exiga una reforma del sistema tributario que contribuyera a redistribuir la riqueza. El sistema tributario espaol era regresivo, ejerca una presin mayor sobre las rentas ms reducidas, debido al excesivo peso de la imposicin indirecta. Los impuestos que gravan el gasto, apuntaba Fuentes Quintana, en junio de 1953, recaen en su mayora sobre clases,
(9) FuENTES QuINTANA, PLAZA PRIETO (1952), pp. 53-54, 105. NOTAS SOBRE POLTICA ECONMICA ESPAOLA (1954). LEDESMA, p. 73; PLAZA PRIETO, p. 102; editorial de VELARDE, pp. 165 y ss.; FuENTES, p. 233; VELARDE (1954a): 543. VELARDE (1954b): 692. La concesin del premio, en Arriba, 20 de noviembre de 1953.
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si no modestas, s medias, que soportan con su menor bienestar los gastos del Estado. Sin justicia redistributiva no hay paz social, observaba en otro artculo, en noviembre de 1953. Adems, de regresivo, el sistema era insuficiente: El dficit presupuestario, casi crtico en los ltimos aos, no ha sido producido por lo cuantioso de los gastos, sino por lo insuficiente de los ingresos, escriba Alfredo Cerrolaza, en abril de 1954. La insuficiencia era consecuencia de la inelasticidad: los impuestos iban a la zaga del crecimiento econmico. Esto, observaba Fuentes Quintana, era debido al escaso desarrollo de la imposicin sobre la renta: los impuestos directos recaan sobre el valor de los productos, no sobre las rentas, y los impuestos sobre el producto tienden a estancarse y a crecer por debajo del desarrollo econmico. La regresividad, la inelasticidad y el anquilosamiento del sistema tributario iban parejos de una excesiva e innecesaria complejidad, que el profesor Manuel de Torres, mentor de los economistas del grupo de Arriba, calificaba como presin tributaria indirecta: el conjunto de molestias, inconvenientes y gastos que la tributacin comporta, independientemente de la cantidad que paga el contribuyente; demasiadas leyes, decretos y rdenes establecan desgravaciones, recargos y dems casusticas para cada tributo, que constituan una compleja e inextricable maraa. Por ltimo, la suma de los factores anteriores y una burocracia fiscal apegada a la rutina, catica, dbil e ineficaz, conduca a un altsimo grado de evasin y fraude: estimaba Torres que la evasin fiscal haba pasado del 40 al 75% entre 1942 y 1953. Para compensar la ocultacin, el Ministerio de Hacienda suba en exceso los tipos impositivos, y ello acentuaba la injusticia del sistema pues la carga tributaria que recaa sobre quienes realmente pagaban los impuestos era excesiva. En definitiva, el sistema tributario era injusto y regresivo; innecesariamente complejo; abra demasiados resquicios al fraude y a la ocultacin, propiciados por una Administracin fiscal poco capacitada. Por todas estas razones, mediada la dcada de los cincuenta se haba divorciado de la realidad econmica espaola y no cubra con suficiencia los gastos pblicos(10). A la altura de 1953, el grupo de economistas de Arriba gozaba de cierta influencia en el diseo de la poltica econmica falangista. Cuando Francisco Torras Huguet ascendi a la jefatura del departamento central de seminarios de Falange, Manuel Gutirrez Barqun pas a dirigir el Seminario de Estudios Econmicos y llev a Velarde con l de secretario. Los seminarios de la Falange fueron un nuevo punto de encuentro para el equipo, que desde all particip de forma decisiva en la redaccin de las directrices econmicas del I Congreso Nacional de la Falange, celebrado en octubre de 1953. El punto VII de las bases de accin pblica aprobadas en el Congreso apela a la redistribucin de las rentas a travs de la reforma tributaria y resume las posiciones del grupo en el mbito de la poltica fiscal:
(10) NOTAS SOBRE POLTICA ECONMICA ESPAOLA (1954). FuENTES QuINTANA, en pp. 233 y 386; CERROLAZA, en p. 380; TORRES (1956): 138, 148 y 152-167.
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Para esta poltica de redistribucin de la renta nacional se propugna el empleo del instrumento adecuado mediante la reforma del sistema tributario, con la disminucin de los impuestos sobre el consumo y el aumento de aquellos que gravan la renta y la sucesin.
Suyo es tambin el punto VIII que pretenda la desarticulacin de los grupos de presin, crteles, trusts y monopolios, la continuacin de la poltica de inversiones estatales y la reorganizacin de la Banca para su subordinacin a las necesidades del pueblo y la Nacin. El grupo consider como un gran xito el haber logrado emplazar sus postulados en el programa del congreso nacional: podamos ser radicales sin ser heterodoxos escribira aos despus Velarde. Es ms, convertir lo que hoy se calificara de socialismo o progresismo en la doctrina ortodoxa. Radicales, pero sin dejar por ello de ser falangistas, pues la Falange fue la nica fuerza que de algn modo atenu o disfraz el talante reaccionario del Estado instituido a partir de 1939, apuntara Csar Albiana, ya en 1969(11). Entre 1953 y 1956 los artculos de la seccin econmica de Arriba se encuadraron en la ofensiva falangista para definir el perfil institucional e ideolgico del rgimen, de la que fueron hitos el I Congreso Nacional de la Falange, de 1953, y los anteproyectos de leyes fundamentales elaborados por Jos Luis Arrese, en 1956. En este contexto, el grupo de Arriba aport un programa econmico coherente y atractivo, que daba un aire radical y renovado a una institucin excesivamente burocratizada y anquilosada, y por ello tuvo el beneplcito de los jerarcas del partido y de los ministros falangistas. Cuando el grupo se enfrent desde el diario al ministro de Hacienda Francisco Gmez de Llano por el proyecto de reforma de la contribucin sobre la renta de 1953, cont con el respaldo de Raimundo Fernndez Cuesta, ministro secretario general del Movimiento; al fin y al cabo, Gmez de Llano no era afn a la Falange y choc en ms de una ocasin con sus compaeros de gabinete falangistas. No obstante, esto tampoco significa que la relacin de los economistas de Arriba con la direccin del peridico, con los dirigentes de Falange o con el gobierno fuera siempre fcil: entre 1953 y 1954, varios artculos fueron censurados y el ministro de Informacin y Turismo, el tambin falangista a la par que nacional-catlico, Gabriel Arias Salgado, estableci un frreo marcaje sobre los economistas del diario(12).
(11) Sobre el Congreso Nacional de Falange, vase ELLWOOD (1983): 168 y ss.; FERRARY: 371-372; PAYNE (1997): 614 y ss.; RODRGuEZ JIMNEZ (2000): 488 y ss. Las conclusiones del I Congreso de Falange, en Arriba, 29 de octubre de 1953. VELARDE (1967): 34-35. ALBIANA (1969): 33. Este ltimo texto es un nmero extraordinario de la Revista de Economa Poltica, que en ms de 500 pginas, a modo de compendio, recopila todos los documentos oficiales proyectos, ante-proyectos, borradores, informes, estudios generados en el debate sobre la reforma de la Contribucin sobre la renta de 1954, as como artculos de prensa y otra documentacin diversa, entre ella los diarios de Juan Velarde correspondientes a dicha poca. (12) Respaldo de Fernndez Cuesta y marcaje de Arias Salgado, en el testimonio de Velarde, en ALBIANA (1969): 28-32.
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A pesar de que solo era partidario de ajustar el sistema tributario con algunos retoques sucesivos, huyendo de ensayos peligrosos que pudieran colocar a la Hacienda en una situacin difcil, en 1951 el ministro de Hacienda, Francisco Gmez de Llano, acept estudiar la reforma de la contribucin sobre la renta. Ahora bien, una vez adoptada esta decisin pronto surgieron dos posturas contrapuestas. Si Manuel de Torres y el grupo de Arriba abogaron por transformar la contribucin en un instrumento eficaz para redistribuir las rentas, otro grupo de economistas universitarios liderado por Jos Mara Naharro Mora, con el apoyo de empresarios y entidades financieras pblicas y privadas, sostuvo que, en una fase de expansin econmica, la contribucin sobre la renta deba promover el desarrollo impulsando el ahorro y la inversin privada. En torno a estas dos orientaciones se libr una dura lucha poltica que abarc todo un lustro, entre 1951 y 1956(13). 2.1. La opcin liberalizadora: El proyecto Naharro Mora y los incentivos al capital En su primer discurso ante las Cortes, en diciembre de 1951, Francisco Gmez de Llano argument que la poltica fiscal deba tender a procurar el ahorro. La afirmacin coincida con la orientacin que Jos Mara Naharro Mora estaba dando a la poltica fiscal del Ministerio y, ms en concreto, a la reforma de la contribucin sobre la renta. Naharro perteneca a la ltima generacin de discpulos de Antonio Flores de Lemus. En 1940 se incorpor al Instituto de Estudios Polticos y form parte de su seccin de economa, que aos despus integrara el ncleo fundacional de la Facultad de Ciencias Polticas y Econmicas. Vinculado al Banco Urquijo, comparta la preocupacin de la banca por el escaso volumen de ahorro privado destinado a la inversin, justo cuando las perspectivas abiertas por la reintegracin de Espaa a la comunidad internacional aventuraban una fase de expansin econmica. El total de la inversin en Espaa, asever al respecto la Memoria del Banco de Espaa en 1952, no alcanzaba los 15.000 millones de pesetas, frente a una renta nacional de 250.000. Resultaba, por tanto, insuficiente. La movilizacin total del ahorro hacia esas tareas de inversin parece constituir la exigencia ms destacada del momento, conclua el banco; contina siendo el problema bsico en el desarrollo econmico de la Espaa de hoy, insista la memoria del siguiente ejercicio(14).
(13) GMEZ DE LLANO, Boletn Oficial de las Cortes (BOC), 21 de diciembre de 1953, nm. 452, p. 8781. (14) GMEZ DE LLANO, BOC, 18 de diciembre de 1951, nm. 383, p. 7024. Naharro discpulo de Flores, en SNCHEZ HORMIGO (2002): 167. Vinculacin al Banco Urquijo, en ESTAP
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El Ministerio comenz a trabajar en los primeros anteproyectos de reforma de la contribucin sobre la renta tras el verano de 1951. El primer documento que elabor Naharro Mora fue un dictamen sobre la contribucin, en junio de 1952, ya como jefe del gabinete tcnico del Ministerio de Hacienda. Naharro consideraba que la contribucin sobre la renta, durante un largo periodo, deba ser un tributo dbil, casi testimonial, que complementara, pero no remplazara, los viejos impuestos directos sobre el producto. La situacin econmica del pas, argumentaba en el dictamen, estaba sometida a un proceso de transformacin potente, y en ese contexto no proceda aadir factores de perturbacin como una extensa reforma del sistema tributario. Adems, sostena que el impuesto sobre la renta atravesaba una crisis en las grandes economas occidentales, pues no resultaba un mecanismo demasiado efectivo para la lucha anticclica, tal como se pensaba todava recientemente. En definitiva, Naharro quera un impuesto sobre la renta pequeo, que no gravara en exceso el capital, que recaudara poco, que no detrajera capitales desde la iniciativa privada hacia el Estado. Su dictamen constituy el punto de partida de dos anteproyectos de ley, redactados en julio y septiembre de 1952, discutidos ambos en el Consejo de Ministros. Las discrepancias entre los ministros debieron ser notables, porque la decisin se demor y hasta el 4 mayo de 1953 el gobierno no respald el proyecto de reforma de la contribucin sobre la renta que lleg a las Cortes. El texto cont con el apoyo de los principales bancos. Tal y como asegur Pablo Garnica, ante la Junta General de Accionistas del Banco Espaol de Crdito, en abril de 1953, la poltica fiscal debe tener muy en cuenta la necesidad de dejar medios disponibles para la autofinanciacin de las empresas y para que puedan ser cubiertas sus emisiones, y, por ello, toda elevacin excesiva de la presin fiscal se traducira en menores disponibilidades en el mercado de capitales(15). Naharro pretenda que la contribucin tuviera un lugar complementario, y no central, en el sistema tributario. Por ello propona elevar el mnimo exento desde 60.000 pesetas hasta 125.000, medida que reducira el nmero de contribuyentes. Alegaba Naharro en el dictamen de junio de 1952 que de este modo se resolva un problema prctico: el aparato administrativo era demasiado pequeo en relacin al volumen de declaraciones y a la comprobacin e investigacin de las bases. La evasin fiscal era grande porque un mnimo exento bajo generaba un nmero excesivo de declaraciones que la Administracin no poda gestionar; alzando el mnimo exento disminuira el nmero de contribuyentes y, al tiempo, el fraude. La segunda gran orientacin del proyecto consista en aumentar el nmero de exenciones y desgravaciones, de modo que las rentas invertidas en capital mobiliario o industrial tuvieran un trato fiscal favorable, medida que estimaba Naharro permitira encauzar el capital
(2001): 169. Memorias del Banco de Espaa, en Moneda y Crdito, 1953, nm. 49, pp. 47-81 y Moneda y Crdito, nm. 45, 1954, pp. 52-80. (15) Primeros anteproyectos, en ALBIANA (1969): 20 y ss. NAHARRO MORA (1954). Dictamen de Naharro, en ALBIANA (1969): 61-105, citas, p. 87; GARNICA, en p. 509.
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ahorrado hacia la inversin. El prembulo del proyecto reconoca que en el texto todo eran ventajas y desgravaciones para el contribuyente; a cambio, al ofrecerlas generosamente de modo un tanto voluntarista, el gobierno esperaba la mxima colaboracin, tanto en el fiel cumplimiento de lo establecido, como en el logro de los altos fines perseguidos: unir el ahorro particular, la iniciativa privada y la gestin pblica en el esfuerzo comn de conseguir para Espaa ms riqueza y para los espaoles mejor bienestar. Se trataba, haba advertido Naharro en el dictamen, de un cambio radical en la poltica fiscal, pues en su origen la contribucin sobre la renta, aparte del propsito fiscal recaudatorio, persegua fines de carcter social, buscando una ms equitativa distribucin de la riqueza. Al margen de las razones de ndole financiera, promover el ahorro era una decisin eminentemente poltica. Y al tratarse de razones estrictamente polticas, insista, toda finalidad de justicia tributaria estaba fuera de consideracin(16). 2.2. El asalto del grupo Arriba El grupo de economistas de Arriba arremeti desde el primer momento contra el proyecto. Espaa se enfrenta hoy frente al problema de su capitalizacin escriba Fuentes Quintana el 9 de mayo de 1953, cinco das despus de la entrada del texto en las Cortes, medidas unilaterales, como exenciones tributarias a la inversin mobiliaria... pueden, desde luego, resolver el problema hoy. Quiz cmodamente. Pero siempre parcialmente y, a veces, injustamente. Un mes despus, en otro nuevo artculo, arremeta expresamente contra el proyecto:
El fruto que de la reforma cabe esperar es, pues, claro en lo que a recaudacin se refiere: la disminucin de ingresos por el impuesto sobre la renta. En cuanto al esperado efecto sobre la inversin, admitamos que ocurra, aunque la experiencia espaola al respecto no sea prometedora Esto supone reconocer, en primer trmino, que estos medios, a los que el Estado tan generosamente renuncia en beneficio de un grupo de ciudadanos privilegiados, los invertirn ms provechosamente que aquel afirmacin por dems discutible; en segundo lugar, que esta capitalizacin que tan cmodamente se les ofrece merece pagar el precio carsimo, que es no slo el de la virtual supresin del tributo, sino el de sobrecargar otros impuestos que con probabilidad se soportarn por los recargados hombros de los menos pudientes(17).
(16) Proyecto, en Archivo del Congreso de los Diputados (ACD), serie general, Comisin de Hacienda, 1023/11. Citas del dictamen, en ALBIANA (1969): 89, 103, 108. (17) Enrique Fuentes Quintana: Perspectivas actuales del mercado de capitales, Arriba, 9 de mayo de 1953 y La contribucin general sobre la renta en el sistema fiscal espaol, Arriba, 21 de junio de 1953, ambos en NOTAS SOBRE POLTICA ECONMICA ESPAOLA (1954): 293-300 y 383-388.
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Los economistas de Arriba no solo combatieron a Naharro desde el peridico. Tambin redactaron las enmiendas presentadas contra el proyecto en la Comisin de Hacienda de las Cortes, firmadas por procuradores vinculados al aparato de la Falange, como Gerardo Gavilanes, Ismael Herraiz, director de Arriba, o Toms Romojaro, vicesecretario general. Mucho trabajo en las enmiendas del proyecto de ley sobre la renta, apunt Velarde en su diario el 20 de junio de 1953. Pero ms all de las anotaciones de Velarde, es evidente la sintona entre los textos de las tribunas de Arriba y de las enmiendas falangistas, que en su mayora arremetan contra el proyecto por su falta de progresividad y por las facilidades que ofreca a la ocultacin y a la evasin fiscal. Una enmienda exiga ms firmeza en la investigacin fiscal para evitar que por medio de documentos pblicos o privados, se falseen los reales precios de venta o enajenacin y se evadan del gravamen las rentas imponibles.
Negar a los jurados fiscales la posibilidad de estimar, en conciencia, la existencia de rentas imponibles defraudadas apuntaba otra... supone legitimar conductas de ocultacin o defraudacin siempre repudiables y ms en un impuesto personal y de acusado carcter corrector de desigualdades rentsticas Con la redaccin propuesta se alientan conductas defraudadoras.
El elevado mnimo exento, se lea en otra, que exima del pago del tributo a las rentas inferiores a 125.000 pesetas y reduca considerablemente el nmero de contribuyentes, implicaba renunciar, de hecho, a la aplicacin de este impuesto de acentuado carcter social y redistributivo. Y dicho carcter social estaba en la naturaleza del tributo: Es regla general seguida en las contribuciones sobre la renta de otros pases la de que para que estos tributos puedan formar la pieza fundamental del sistema fiscal, han de tener una adecuada progresividad. Por otra parte, una baja presin fiscal podra acrecentar las altas tasas de inflacin, uno de los problemas que sufra la economa espaola:
Al facilitar la existencia de una mayor cantidad de disponibilidades monetarias a ciertas personas, lo que se lograra con la baja de los tipos nicamente supondra el facilitar las posibilidades de inflacin dentro del pas, y los nicos favorecidos acabarn siendo los elementos especuladores que se mueven dentro de nuevos medios econmicos(18).
Integraban la Comisin de Hacienda que inform el proyecto tres procuradores vinculados al Ministerio de Hacienda, a otros rganos del gobierno y a la banca: Alfredo Prados Surez, director general de Contribuciones; Jos Garca Hernndez, director general de Administracin Local, y Luis Sez de Ibarra. Este ltimo, procurador sindical por el sector de banca y exdirector general de Banco y Bolsa con Benjumea, era subgobernador del Banco de Espaa desde
(18) Diario de trabajo de Velarde, en ALBIANA (1969), p. 27 y ss; cita, p. 29. El proyecto recibi 62 enmiendas, algunas en su defensa, pero la mayora crticas. Enmiendas, en ACD, serie general, Comisin de Hacienda, 1023/11.
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1947. La comisin, por tanto, estaba en plena sintona con el ministro de Hacienda y, sobre todo, con el promotor del proyecto, Naharro Mora. Los ponentes no solo rechazaron todas las enmiendas contra el proyecto, sino que, adems, acentuaron las desgravaciones, sumando al dictamen, emitido el 24 de noviembre de 1953, nuevos gastos deducibles. En definitiva, como seal Csar Albiana, resultaba patente el signo desgravatorio de los cambios(19).
El exceso de confianza de Naharro en sus propias fuerzas a la postre resultara caro, pues es posible que en este xito aplastante, arrollador, se hallaran las races de su inmediata derrota. Los cambios introducidos en el dictamen eran de tal envergadura que el 4 de diciembre de 1953, Gabriel Arias Salgado, ministro de Informacin y Turismo, hizo pblico en un comunicado la retirada del proyecto de la Cmara, en uso de las facultades que el reglamento de las Cortes conceda al gobierno, por estimar que la Comisin de Hacienda haba aceptado enmiendas en sentido desgravatorio que desnaturalizaban el propsito de la reforma. La apuesta de Naharro haba sido excesiva, pero en el abandono del proyecto tambin debi de influir el hecho de que en este momento la Falange se hubiera fortalecido considerablemente, apenas un par de meses despus de la celebracin de su Primer Congreso Nacional, con el apoyo pblico de Franco y su condena expresa de la Tercera Fuerza propugnada por Calvo Serer y el grupo de los excluyentes. A finales de 1953, como ha escrito lvaro Ferrary, todo pareca augurar a Falange un revitalizado papel en la nueva fase en la vida del rgimen. La postergacin del proyecto de ley abundaba en esta idea, pues al tiempo que informaba sobre su retirada, Arias Salgado anunci que el Consejo de Ministros modificara el texto para mantener el postulado de justicia tributaria que deba cumplir la contribucin sobre la renta, principal reivindicacin de la Falange(20).
Aunque en un intento por contentar a los dos bandos en liza, Arias Salgado tambin advirti de que el nuevo texto habra de atender al mercado de capitales, estimulando y favoreciendo las inversiones privadas, la decisin del gobierno fue vivida por los falangistas como una victoria. Victoria que el grupo de Arriba sinti como propia: conseguimos que no viese la luz, escribira Velarde en su diario. El propio Velarde supo de primera mano, a travs de Fernndez Cuesta, ministro secretario general de la Falange, que el Consejo de Ministros haba decidido el 27 de noviembre de 1953 retirar el proyecto de las Cortes, y Arias Salgado le felicit, en una entrevista llena de consejos y cordial, por nuestras campaas. Campaa desplegada en la serie de artculos y editoriales publicados en Arriba, pero tambin a travs de numerosas gestiones ante el gobierno y los rganos del partido. Una campaa lo suficientemente virulenta como para que el propio Arias Salgado, a instancias de Gmez de
(19) Ponencia, ACD, serie general, Comisin de Hacienda, 1023/11. ALBIANA (1969), asegura que los cambios en el dictamen fueron ordenados directamente por NAHARRO, p. 21 y 37. (20) FERRARY (1993): 372. Comunicado del consejo de ministros, en ALBIANA (1969): 40.
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Llano, censurara das antes de la retirada del proyecto un editorial de Arriba redactado por los economistas del peridico(21).
Despus del 4 de diciembre de 1953, Jos Mara Naharro sigui trabajando en el Ministerio de Hacienda, tratando de salvar parte el espritu de su obra en nuevas iniciativas legales. De hecho, lleg a elaborar tres nuevos anteproyectos entre febrero y mayo de 1954. Buscando una lnea de consenso con sus detractores, el segundo asumi algunas propuestas sugeridas por las Cortes, como el gravamen sobre los incrementos de renta no justificados o la recuperacin de la valoracin de la renta mediante la evaluacin de signos externos, y lleg a ser discutido en el Consejo de Ministros. En su compendio de 1969, sin citar a los autores, Albiana consign los comentarios de algunos ministros sobre dicho anteproyecto que denotan la divisin del gobierno sobre la naturaleza que deba adoptar la reforma. Contra el gravamen sobre el incremento patrimonial no justificado arremeti uno de los ministros: el capital es miedoso aleg y si el contribuyente siente algn temor... el capital quedar oculto e inactivo, con evidente perjuicio de la economa nacional. Otro ministro, de probable adscripcin falangista, respald la medida, pues excluir ciertos capitales de la contribucin, adujo, equivaldra a establecer una amnista permanente a favor de los defraudadores ms hbiles u osados. No obstante, hubo un aspecto del nuevo proyecto que provoc el rechazo casi unnime: la estimacin por signos externos, un sistema suprimido en 1943, que asentaba la valoracin de la renta imponible sobre el gasto y el nivel de vida ostentado y que, por tanto, requera un desarrollo cualitativo de la inspeccin fiscal. Uno de los ministros consider que resultaba fcil adivinar las impopulares consecuencias de este mtodo estimativo de rentas imponibles. La generalizacin del tributo vaticinaba se conseguir a costa de una extraordinaria impopularidad, no justificada por el rendimiento del impuesto. Otro aleg que la aprobacin de este precepto significara poner en manos de los inspectores una patente intromisin en las vidas privadas de los espaoles que hara ms odioso e impopular, si cabe, este medio de investigacin utilizado por la nefasta Repblica y abolido por el actual rgimen(22). Las crticas del gobierno al anteproyecto evidenciaban la cada en desgracia de Naharro, que abandon el Ministerio de Hacienda el 22 de julio de 1954. Cada en desgracia puesta de manifiesto por el hecho de que Gmez de Llano ya llevara un tiempo trabajando con Manuel de Torres, uno de sus principales competidores. Que Gmez de Llano, sin solucin de continuidad, aceptara un relevo entre asesores que implicaba un cambio considerable en su poltica revela que, o bien sus criterios no eran muy firmes, o bien que su posicin poltica en el gobierno era lo suficientemente dbil como para no poder resistirse a la entrada en el Ministerio de un equipo que, hasta la fecha, le haba combatido duramente y que contaba con el respaldo de la Falange.
(21) Citas de Velarde y celebracin, en su diario de trabajo, ALBIANA (1969): 27 y ss. (22) ALBIANA (1969): 43-46.
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2.3. El grupo de Arriba en la Comisin Torres Acabada la guerra civil, Manuel de Torres se incorpor a la Universidad de Valencia, donde obtuvo su ctedra en 1942. Consigui el traslado a Madrid en 1944, y en 1945 ya era catedrtico de Teora Econmica en la Facultad de Ciencias Polticas y Econmicas de la Universidad Central, de la que lleg a ser decano. Durante su carrera comparti la docencia con la investigacin y con la economa poltica, ya como miembro del Consejo de Economa Nacional, ya como asesor del Ministerio de Hacienda. Torres se haba afiliado a la Falange al comenzar la guerra, al igual que buena parte de los jvenes de la Derecha Regional Valenciana, partido en el que haba militado activamente: los ritos fascistas son de derechas y en aquellos aos no nos incomodaron, explicara a Juan Velarde aos ms tarde. Pero mediados los cincuenta ya se consideraba ms conservador que falangista. Sin renegar de su pasado, afirmaba que el ser falangista ya no me corresponde, lo cual le distanciaba un tanto de sus jvenes discpulos de Arriba que a su juicio trataban de volver a la Falange socialista de Jos Antonio. Me parece su ideario muy respetable coment Torres a Velarde, pero yo tengo el mo y es un tanto diferente, aunque coincida en bastantes cosas. Discrepancias que no debilitaron los estrechos vnculos entre Torres y sus discpulos: Velarde y Fuentes Quintana salieron en ms de una ocasin en defensa de su maestro desde la tribuna de Arriba, aun a costa de poner en peligro su continuidad en el diario. Y es que las crticas de Torres a la poltica econmica no siempre eran bien recibidas en el gobierno. En octubre de 1953, por ejemplo, Fernndez Cuesta orden la redaccin de un editorial en Arriba que ridiculizara a Torres, quien haba arremetido contra la gestin econmica del gobierno en su conferencia La coordinacin de la poltica econmica espaola(23). Entre los primeros encargos que recibi Manuel de Torres del Ministerio de Hacienda figur, precisamente, la lectura crtica del anteproyecto de Naharro de mayo de 1954. Con este fin, Torres organiz una comisin que trabaj desde la Facultad de Ciencias Polticas y Econmicas. Integraban la Comisin Torres Juan Velarde y Enrique Fuentes Quintana, a los que se uni Csar Albiana, a ttulo de tcnico comisionado por el Ministerio de Hacienda. De este modo, en el informe de la Comisin Torres participaron los principales especialistas en Hacienda Pblica de la seccin econmica de Arriba. En l estn presentes muchos de los juicios e ideas del profesor Fuentes Quintana. Se advierte la participacin de quien redacta estas lneas. El profesor Velarde puso a contribucin la esplndida humanidad de sus ideales y de su inconformismo, escribira tres lustros despus Albiana, para concluir que, en suma, el informe Torres apenas fue de l. El informe persegua un claro objetivo: desplazar a Naharro
(23) Torres, en VELARDE (1974); de all referencias a Falange, p. 249. Vanse tambin COSSO y COSSO (2002), ZABALZA ARBIZu (2002), SNCHEZ LISSEN (2002), GONZLEZ GONZLEZ (2002). Fernndez Cuesta y censura, en diario de Velarde, ALBIANA (1969): 28-32.
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de la rbita del Ministerio de Hacienda, y con l a los grupos bancarios y financieros que respaldaban su poltica. Toda crtica vala con este fin, hasta el punto de que hubo notables discrepancias entre el informe de la Comisin y el pensamiento del propio Torres, expuesto en el proyecto de ley que aprobaran las Cortes meses despus. Fue un trmite de emergencia y despachado con urgencia. Sirvi para paralizar la tramitacin del anteproyecto de ley de bases de mayo de 1954, explicara Albiana. Toda prisa era poca, pues escribi Velarde en su diario el 30 de junio de 1954 corra el rumor, quiz absurdo, de que en el Banco Urquijo, al cual estaba vinculado Naharro Mora, ya estaban preparando el reglamento del anteproyecto de mayo de 1954(24).
El informe de la Comisin Torres sobre el anteproyecto de mayo de 1954 cuestion el texto en su forma y en su fondo. Mereca una crtica desfavorable en su conjunto; la confusin administrativa era considerable y la mala redaccin impeda su clara comprensin. Pero dicha ambigedad no era inocente, pues permita la detraccin de importantes deducciones. Haba una clara identidad en cuanto a su fin con el proyecto de 4 de mayo de 1953, retirado de las Cortes Espaolas. Los dos desgravaban las ganancias invertidas en valores mobiliarios y dejaban al albur del futuro reglamento la desgravacin de otras formas de inversin, lo cual supona admitir el arbitrismo en materia fiscal. Contra los principios que inspiraban el anteproyecto, el informe defenda la doctrina expuesta desde las pginas de Arriba: generalizar la contribucin sobre la renta era un mandato imperativo de imprescindible cumplimiento para mejorar nuestro futuro fiscal; si haba que igualar a los ciudadanos ante la ley, lo justo era igualar tributando. Y ni el proyecto de 1953 ni el anteproyecto de mayo de 1954 apostaban por la justicia distributiva, pues ambos pretendan disminuir la carga de tal impuesto: los dos desgravaban el capital, pero no aseguraban que despus se invirtiera en riqueza productiva. No creemos que las conveniencias de la economa nacional queden encerradas en los lindes de las Bolsas oficiales de comercio de valores mobiliarios, afirmaba rotundamente el informe(25). 2.4. Manuel de Torres y la ley de reforma de la contribucin sobre la renta En agosto de 1954, Manuel de Torres ya tena preparado un primer anteproyecto de ley, antecedente directo del proyecto que el 24 de septiembre de 1954 ratific el Consejo de Ministros y que despus fue presentado en las Cortes. Un proyecto mucho ms moderado de lo que hubiera querido el grupo de Arriba que, no obstante, se embarc a fondo en su defensa: aunque no llenaba nues(24) Albiana como comisionado de Hacienda, en ALBIANA (1969), p. 32n. Cita de Albiana, en ALBIANA (1969), pp. 22-23 y la de Velarde en el mismo texto, p. 32. (25) Informe, en ALBIANA (1969): 139-153.
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tros deseos completamente, fue saludado con cordialidad suma, escribira Velarde. La exposicin de motivos del anteproyecto justificaba la reforma en la necesidad de generalizar el impuesto e impulsar la justicia distributiva:
Si el tributo personal no alcanzase la indispensable generalizacin al menos entre quienes ofrezcan los ms altos niveles de renta y, por tanto, una mayor capacidad contributiva, podra afirmarse que todas las ventajas y metas de justicia distributiva que la teora asigna a tal clase de gravmenes no solo no existiran, sino que sus efectos seran negativos en todos los rdenes de una comunidad nacional.
El objetivo principal de Torres era extender el impuesto: por ello aument el mnimo imponible desde 60.000 a 100.000 pesetas, sacrificando los intereses del Fisco a la generalizacin del tributo. Aqu Torres coincida en parte con Naharro y discrepaba del informe que para la Comisin Torres elaboraron Albiana, Velarde y Fuentes Quintana, quienes haban censurado a Naharro por elevar el mnimo imponible; Torres lleg a afirmar, incluso, que si el proyecto hubiera sido slo suyo el mnimo imponible se habra elevado a 150.000 pesetas. Tambin quiso Torres personalizar ms el gravamen, elevando las deducciones por hijos, que pasaran de 5.000 a 10.000 pesetas, y admitiendo entre las deducciones gastos familiares extraordinarios siempre que no fueran suntuarios. Por otra parte, redujo los tipos impositivos y estableci una tarifa progresiva, que hiciese menor la presin sobre las rentas ms pequeas, en particular sobre las inferiores a 500.000 pesetas. Tambin ampli la desgravacin por rentas del trabajo, desde 25.000 hasta 100.000 pesetas. De este modo, suavizando tipos y escalas y aumentando el mnimo exento, Torres pretenda disminuir la propensin al fraude, lo que facilitara su arraigo entre los contribuyentes(26).
Buena parte de las discrepancias entre el proyecto de ley que Naharro llev a las Cortes en mayo de 1953, y el de Torres de septiembre de 1954, figuraban en los mbitos de las deducciones. Torres descart muchas de las que haba propuesto Naharro. Pero las diferencias iban ms all. Pese a que buena parte del gobierno rechazaba un sistema asociado a la nefasta Repblica, Torres recuper la estimacin de la renta por signos externos, algo con lo que ya haba transigido Naharro en sus ltimos das en Hacienda. Al Consejo de Ministros corresponda regular dicha estimacin mediante una Orden que publicara el BOE. Quienes demostraran tener altos ingresos por su elevado nivel de gastos, junto con quienes tuvieran una renta imponible superior a 100.000 pesetas, estaban obligados a declarar. El proyecto, por ltimo, ampli las facultades del Jurado Central de la Contribucin sobre la Renta, y reforz las penas cuando la infraccin no fuera causada por ignorancia o por errnea interpretacin de la ley(27).
(26) Cordialidad, en VELARDE (1967): 365-366. Citas del anteproyecto de ley, en ALBIANA (1969): 223 y ss; TORRES, en p. 25. El proyecto de ley, en BOC, 15 de diciembre de 1954, nm. 486, pp. 9482-9487. (27) El proyecto de ley, en BOC, 15 de diciembre de 1954, nm. 486, pp. 9482-9487. Estipulaba el proyecto que la renta podra estimarse a partir de los siguientes signos de renta consu-
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A diferencia de lo ocurrido en 1953 con el proyecto de Naharro, el proyecto de Torres de 1954 apenas fue discutido en la Comisin de Hacienda de las Cortes. Algunos procuradores quisieron eximir del impuesto los ingresos o rentas invertidos en la renovacin de equipos industriales, agrcolas o ganaderos, en la mejora de fincas urbanas o en el fomento de la renta nacional, en general. Otros arremetieron contra la valoracin por signos externos y contra las atribuciones del Jurado Central de la Contribucin sobre la Renta. Jos Bustamante, de la Organizacin Sindical, pidi la supresin de la estimacin por signos externos, y Gerardo Gavilanes trat de suavizarla, pero la Comisin de Hacienda hizo odos sordos de ambas propuestas. No obstante, la Comisin s admiti una enmienda de Roberto Reyes que ya avanzaba por dnde ira el desarrollo normativo de la ley: la existencia de dichos signos externos de renta gastada o consumida deca el nuevo texto- no permitir en ningn caso inquisicin sobre la vida privada o sobre el hogar de las personas en quienes tales signos se hayan apreciado. Asimismo, acept que en el Jurado Central de la Contribucin sobre la Renta hubiera dos representantes sindicales, y suaviz el rgimen de sanciones(28). 2.5. La contrarreforma Aprobada por las Cortes, la ley de reforma de la contribucin sobre la renta entr en vigor el 16 de diciembre de 1954. Pese a los cambios introducidos en el proyecto a su paso por las Cortes, Manuel de Torres qued satisfecho del resultado y colabor en su reglamento. Senta respecto a la ley, asegur Albiana, el fervor propio del autor respecto de su obra. Pero tambin tema por el futuro de una norma cuyo xito dependa, en buena medida, del comportamiento de los rganos de la Administracin tributaria. Y Torres tena una proverbial falta de confianza en la Administracin pblica, en general, y en la Administracin financiera en particular. La desconfianza, adems, era recproca. Los responsables de los servicios de recaudacin del Ministerio de Hacienda interpretaron como un ataque personal el que Torres, en la primavera de 1954, denunciara que estaba cayendo el rendimiento de la contribucin sobre la renta. La direccin general de Contribuciones e Impuestos replic, en un duro
mida: el valor en renta o alquiler de la habitacin; el nmero de automviles, coches, aeronaves, embarcaciones o caballeras de lujo, as como de servidores; el nivel de las fiestas y de las recepciones, o cualquier otra manifestacin que pudiera interpretarse como de ostentacin suntuaria. Tambin podra calcularse a travs otros signos externos como el valor de las explotaciones agrcolas, forestales, ganaderas, comerciales, industriales y otras de carcter lucrativo; la posesin de tierras, edificios, solares, minas, patentes y dems bienes muebles o inmuebles que produjeran renta a su propietario o el ejercicio de cargos directivos. (28) Comisin de Hacienda, ACD, serie general, Comisin de Hacienda, Actas taquigrficas, 3 de diciembre de 1954, 4871/35.
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escrito, que los clculos de Torres eran verdaderamente deleznables. El meritsimo servicio de inspeccin y el Registro de Rentas realizaban correctamente su trabajo, pues tenan censados a todos los rentistas profesionales; la masa de defraudadores de la contribucin estaba formada por el rentista accidental, que vive al margen del tributo, regatendole el mnimo exento, frente al que nada se poda hacer. Torres, en definitiva, haba chocado con el patriarcado del Ministerio de Hacienda; aquel patriarcado burocrtico al que todos los ministros venan rindiendo la ms completa sumisin, como describira tiempo despus Mariano Navarro Rubio. Y ello comprometa el xito de la reforma. Mxime cuando su principal esperanza era que la generalizacin del impuesto aumentara el nmero de declaraciones: queda por ver qu es lo que har la Administracin con tanta declaracin, y si est en condiciones de controlarlas, advirti al respecto el economista Enrique Rodrguez Mata(29).
Pero el problema no radicaba solo en la Administracin tributaria. Los economistas de Arriba pronto detectaron cmo el propio ministro, Gmez de Llano, una vez aprobada la reforma, volva por sus fueros y trataba de desarrollar sus primeras ideas sobre la contribucin, pervirtiendo el espritu de la ley a travs de la normativa de su desarrollo. En febrero de 1955, el Boletn Oficial del Estado public la orden que enumeraba en detalle los signos externos que permitiran valorar la renta. Velarde consideraba que eran claramente insuficientes. Baste sealar que con tres criadas, una vivienda en Serrano de 500 pesetas mensuales y dos coches de 10 c. c. se le imputan al contribuyente 105.000 pesetas de renta total el lmite exento son 100.000 pesetas, de las que podr deducir un tercio por rentas de trabajo personal y tantas veces 10.000 pesetas como hijos, escribi en un editorial del 13 de julio de 1955. El 13 de mayo de 1955 un decreto-ley aprob una amnista para los contribuyentes primerizos. Nuevas rdenes del Consejo de Ministros, del 15 de julio y del 3 de octubre de 1955, desarrollaron varias excepciones tributarias. Todo esto, apunt Albiana, exima del impuesto a ganancias producto de ciega especulacin, que constituan rendimientos estimables como renta imponible en cualquier rgimen general de un tributo personal. Las rectificaciones representaban, reconoci Albiana en 1956, la victoria de Naharro Mora y de los grupos financieros afines, y la derrota del grupo de Arriba. Si a ello se una la escasa colaboracin de la Administracin tributaria en la persecucin del fraude, la reforma estaba sentenciada(30).
(29) ALBIANA (1969): fervor y desconfianza de Torres, pp. 24-25; alegatos de la direccin general a Torres, pp. 207-217. NAVARRO RuBIO (1991): 81. RODRGuEZ MATA (1955): 92 (30) Editorial de Velarde en Arriba, 13 de julio de 1955, en VELARDE (1967): 365-366. ALBIANA (1956): 110-112 y 350. Las desgravaciones incluidas en las rdenes de julo y octubre de 1955 afectaban a la reinversin en viviendas de renta limitada, en las emisiones del Instituto de Crdito para la Reconstruccin Industrial, en RENFE, en los Institutos de colonizacin, vivienda, industria y patrimonio forestal, en valores de renta fija o variable de empresas de inters nacional, en ttulos de deuda y en otros fondos pblicos.
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Velarde expres su contrariedad en un editorial titulado Ser imposible evitar la defraudacin tributaria?, publicado el 13 de julio de 1955. Fue uno de los primeros artculos del grupo de Arriba que sealaban la responsabilidad de Gmez de Llano en el fracaso de la reforma y arremetan, directa o veladamente, contra el ministro, quien un ao despus, segn contaba Jos Luis de Arrese, lleg a pedir a Franco el cese porque se haba visto atacado incesantemente por Arriba. Arriba ha esperado bastante, comenzaba el texto de Velarde. Dispuesto a colaborar con el Ministerio de Hacienda, el diario no haba criticado la amnista de mayo de 1955, ni las normas sobre valoracin de signos externos, que consideraba excesivamente febles. Pero pese a que la ley del 16 de diciembre de 1954 era de benevolencia suma y a que la suavidad de los tipos impositivos era marcadsima, la reforma estaba fracasando: la Administracin esperaba 125.000 declaraciones como mnimo y haba recibido menos de 80.000. Y eso que el plazo para presentar las declaraciones se haba ampliado hasta el 31 de mayo de 1955. Aun as, segua Velarde, abundan los que no han presentado declaracin. Y parece ser que abundan los que han presentado declaraciones falseadas. Se trataba de malos espaoles y malos catlicos, que desde la altura de sus copiosos dividendos, sus suntuosos automviles, sus escandalosas fiestas y sus excesivos veraneos negaban ayuda al Estado. Con plena conciencia han quitado el pan al hambriento, la casa al emigrante que huye del paro en el campo, la salud al nio que precisa de aire puro y vida sana, conclua. De ah que exigiera al Ministerio de Hacienda el mayor rigor contra los defraudadores: que aplicara las sanciones que sealaba la ley de 16 de diciembre en un grado mximo; que publicara semanalmente en la prensa nacional la relacin de los defraudadores sancionados y que estudiara una modificacin del cdigo penal que incluyera entre los delitos la defraudacin en la contribucin sobre la renta(31). Lo cierto es que el fraude era la piedra de toque de la reforma. Dispuestos a combatir la evasin fiscal, los legisladores haban renunciado a la perfeccin tcnica en la construccin del impuesto. De ah que, argumentaba el profesor Fuentes Quintana, sostuvieran y ampliaran el sistema de valoracin de la renta mediante signos externos, una medida poltica arbitrista plagada de imperfecciones, que ya haba demostrado sus lmites en la gestin de los viejos impuestos liberales sobre el producto, como la contribucin industrial o la contribucin territorial, pero que confera a la Administracin tributaria numerosos recursos para combatir el fraude. Se trat de una decisin esencialmente poltica.
Y si a la poltica hay que juzgarla por el xito conclua Fuentes en 1961, cabe afirmar que la reforma de la Contribucin sobre la renta de 16 de diciembre de 1954 ha fracasado. Los hechos recaudatorios del impuesto son bien elocuen(31) VELARDE (1967): 365-366. ARRESE (1982): 86.
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tes El ambiente de defraudacin sigue siendo importante, a pesar de los arbitrios polticos introducidos en 1954(32).
La ley del 16 de diciembre de 1954 pec en exceso de voluntarista. La mera reforma legal de un tributo era insuficiente si no iba acompaada de una voluntad poltica real y de una administracin tributaria eficaz. Y no se daba ninguno de los dos casos. El gobierno no tena intencin de perseguir el fraude. No en vano, aquellos malos espaoles que segn denunciaba Velarde desde la altura de sus copiosos dividendos negaban su ayuda al Estado, eran quienes integraban buena parte de la lite poltica y econmica del Franquismo. Por otra parte, raro hubiera sido que el gobierno abordara la pesquisa de las rentas privadas cuando uno de sus ministros calific a la valoracin de la renta mediante signos externos como un terrible medio de investigacin utilizado por la nefasta Repblica. La burocracia fiscal tampoco tena voluntad ni capacidad para combatir el fraude. Para el patriarcado del Ministerio de Hacienda la reforma de la contribucin sobre la renta de 1954 era un arbitrio elaborado por economistas universitarios ajenos a la realidad de las relaciones entre el Estado y los contribuyentes. Los funcionarios del Ministerio, como explic Navarro Rubio, daban por hecho que las leyes fiscales no se aplicaban nunca... y se buscaba el modo de llegar a un punto de compromiso entre las leyes y el fraude. As haba ocurrido antes de la reforma de diciembre de 1954, y as seguira ocurriendo durante dcadas. Por ltimo, la cultura del fraude se hallaba ampliamente extendida entre la ciudadana. La escasa voluntad de la Administracin para combatir la ocultacin, la proliferacin de amnistas y moratorias, los altos tipos impositivos para sostener la recaudacin ante el elevado nivel de elusin fiscal, el efecto contagioso del propio fraude, que al no recibir respuesta de la Administracin se multiplicaba... todo ello alentaba a los contribuyentes a evadir los impuestos, pues, aun cuando fueran descubiertos no se enfrentaban a las sanciones que prescriba la ley, sino en todo caso a una negociacin sobre el monto de la deuda fiscal(33). 3.
RuPTuRA CON
ARRIBA Y DESENCANTO
En febrero de 1957, Franco reorganiz su gobierno. Jos Luis de Arrese fue cesado de la secretara general de Falange y relegado al Ministerio de Vivienda. El traslado de Arrese fue parejo al veto a sus proyectos para conferir un sesgo falangista a la institucionalizacin del rgimen y certific el fracaso final de la ofensiva que haba emprendido la Falange al comenzar la dcada. Las carteras de Hacienda y Comercio las ocuparon, respectivamente, Mariano Navarro Ru(32) El texto de 1961 en FuENTES QuINTANA (1990): 120-122. (33) VELARDE (1967): 366. Direccin General de Rentas y Patrimonios, en ALBIANA (1969): 207-217. NAVARRO RuBIO (1991): 81.
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HISTORIA Y POLTICA
bio y Alberto Ullastres, dos economistas pertenecientes al Opus Dei. Como tambin era miembro del Opus Dei Laureano Lpez Rod, secretario general tcnico de la Presidencia del gobierno. Los tres tecncratas haban sido promovidos por el hombre fuerte de la situacin, el almirante Luis Carrero Blanco. La remodelacin del gobierno constat la derrota de Falange pero ello no impidi que algunos de los integrantes del grupo de Arriba se sumaran desde el primer momento al nuevo equipo econmico, lo que revela que en la etapa poltica que se abra falangistas y tecncratas no constituyeron dos bloques estrictamente blindados y monolticos. Agustn Cotorruelo fue nombrado jefe del gabinete tcnico de la Oficina de Coordinacin y Programacin Econmica, que dependa de la Secretara General Tcnica de la Presidencia del gobierno, a cargo de Lpez Rod; Csar Albiana accedi a la Secretara General Tcnica del Ministerio de Hacienda, con Navarro Rubio; Enrique Fuentes Quintana se incorpor al equipo del Ministerio de Comercio, con Alberto Ullastres. Puede que la esencia de las medidas liberalizadoras del Plan de Estabilizacin de 1959 la poltica de sano desarrollo basada en la iniciativa privada, tal y como lo como defini Juan Sard contraviniera alguna de las ideas que haban defendido en los primeros aos cincuenta. Pero su participacin en el nuevo equipo de gobierno supuso una promocin para estos jvenes economistas y tcnicos comerciales que estaban afianzando sus carreras en la Administracin, y que se adaptaron pronto a un lenguaje, ms secularizado, que rehua las referencias a los mitos fundacionales de la dictadura y haca nfasis en conceptos como gestin, eficiencia o desarrollo(34). El cambio de gobierno signific el principio del fin de la relacin del grupo con Arriba, propiciado tambin por el cese de Ismael Herraiz en la direccin del diario, en 1956. La ruptura sobrevino en febrero de 1958, cuando Fuentes Quintana rese una conferencia de Manuel de Torres y al da siguiente, con referencia explcita a la nota de Fuentes, el peridico public una diatriba contra Torres titulada Agricultura, industria y balanza de pagos. Los miembros del grupo que an colaboraban en el peridico dimitieron. Aseguran Velarde y Albiana que para entonces ya se haban deteriorado los vnculos entre ellos y el diario. Tras el fracaso de la ofensiva falangista para definir el perfil institucional e ideolgico del rgimen, Arriba se acomod a la situacin reconcilindose con sus viejos enemigos. Cuenta Albiana que un editorial titulado La banca privada, orgullo de Espaa marc un punto de inflexin: atrs quedaban los ataques a la banca como sustentadora de los monopolios en la economa espaola; tambin el discurso radical, joseantoniano, del que haba hecho gala la tribuna econmica del diario durante unos aos. A estas alturas, apunta Velarde, ya eran considerados como un grupo de oposicin al
(34) Incorporacin de Cotorruelo, Albiana y Fuentes Quintana a los nuevos equipos econmicos, en HISPN IGLESIAS DE USSEL (2006): 34-39. Lenguaje secularizado, JuLI (2004): 395. Que no eran bloques monolticos, SESMA LANDN (2009). Sard, citado en MARTIN ACEA (2004): 233.
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MIGUEL MARTORELL
gobierno; algo cuestionable, al menos para todos los integrantes del grupo, pues varios de ellos haban adquirido importantes responsabilidades en la nueva etapa(35).
Esta ltima percepcin de Velarde y Albiana tiene que ver con el hecho de que ambos fueron los integrantes del grupo de Arriba que de un modo ms claro y evidente percibieron el cambio de rumbo como una derrota. Cuando menos as lo expresaron aos despus. A diferencia de lo ocurrido con algunos de los intelectuales falangistas que haban participado en la poltica comprensiva del Ministerio de Educacin entre 1951 y 1956, nunca se convirtieron en disidentes; si en algn momento su discurso fue radical, ellos nunca quisieron ser heterodoxos. Es raro que pasemos a la oposicin, escribira Velarde ya en 1972; nuestra vinculacin es con los que triunfaron en la guerra. Tampoco denunciaron pblicamente el reequilibrio de fuerzas ocurrido en 1957, ni la llegada de los tecncratas a los ministerios econmicos; a la postre, a lo largo de sus carreras profesionales como tcnicos del Estado participaran, de una u otra manera, en la poltica econmica abierta con el cambio de gobierno de 1957, impulsada en sus diferentes etapas por Laureano Lpez Rod. Sus reproches no fueron dirigidos contra la dictadura, ni contra el dictador, responsable ltimo en los diferentes equilibrios de poder entre las distintas familias del rgimen, sino contra el aparato institucional de la Falange, al que acusaban de traicin por haber abandonado el legado de Jos Antonio. Durante unos aos el grupo de Arriba haba suministrado al partido un discurso radical, que fue respaldado por el aparato falangista mientras result til para dotar de un programa econmico a la Falange en su ofensiva para capturar el Estado. Pero al derivar de aquel discurso una propuesta poltica real, aun cuando fuera tmidamente reformista como lo fue la reforma de la contribucin sobre la renta, los dirigentes de la Falange les retiraron su apoyo. La accin de Falange fue desviada por los intereses oligrquicos enquistados en sus cuadros operativos, apuntaba Albiana en 1969. La falta de desarrollo intelectual de la poltica econmica del Movimiento poltico fundado por Jos Antonio llev a sepultar bajo un tumulto de pesadas losas de granito retrico sus alusiones a la reforma fiscal, a la estatificacin de la banca y a la reforma agraria, haba escrito Velarde dos aos antes. El aparato oficial falangista, conclua Velarde, se limit a defender un modelo corporativo que hermanase a los sindicatos verticales con lo que se entenda como ltimo grito de la Iglesia en doctrina social: la encclica Quadragesimo anno. Y para ello haba optado por la va ms cmoda: un neoliberalismo econmico ligado a una permanencia de ciertas estructuras formales del mundo sindical(36).
(35) Cambio de lnea editorial de Arriba, en ALBIANA (1969): 33. VELARDE (1974): 258n. Abandono, en VELARDE (1967): 37. (36) VELARDE (1972): 304. ALBIANA (1969): 34. Neoliberalismo, en VELARDE (1967): 20 y 35.
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HISTORIA Y POLTICA
4.
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PARA INFLUIR EN LA VIDA DEL ESTADO FUTURO: DISCURSO Y PRCTICA FALANGISTA SOBRE EL PAPEL DE LA MUJER Y LA FEMINIDAD, 1933-1945
TONI MORANT I ARIO(1)
[email protected]
Universidad de Mnster (Alemania) (Recepcin: 04/05/2011; Revisin: 06/07/2011; Aceptacin: 25/10/2011; Publicacin: 20/03/2012)
1. EL
SeCTOR FeMeNINO COMO NCLeO INTeGRANTe De LA NACIN HISPANA: FALANGE Y fALANGISTAS DURANTE LA REPBLICA.2. LA GUERRA CIVIL: MODELOS DISCURSIVOS (Y PRCTICAS) EN CONfLICTO.3. Y DeSPUS? ALGO MS QUE SOLO HOGAR: LOS AOS DE LA INMEDIATA POSGUERRA.4. LOS LMITES (IDEOLGICOS) DE LA SUMISIN: ALGUNAS REfLEXIONES.5. BIBLIOGRAfA
RESUMEN
El anlisis de la construccin del gnero debe tener en cuenta su historicidad. Partiendo de esta premisa terica, el presente texto analiza los discursos de feminidad de Falange, a lo largo de sus doce primeros aos y en tres periodos histricos diferentes: Repblica, guerra civil y dictadura franquista. Para ello, se presta una atencin central a los efectos vividos del lenguaje poltico del partido fascista espaol en las integrantes de la Seccin Femenina y en su actuacin prctica, lo cual plantea serias dudas a un modelo explicativo centrado en la sumisin. No en vano, las falangistas intentaran reinterpretar y renegociar el discurso falangista de feminidad, adaptndolo, no solo a un contexto poltico en constante transformacin, sino tambin a las crticas lanzadas no en ltimo lugar por el flanco de la religin por determinados sectores conservadores de la Espaa franquista. Y todo ello con la ideologa de Falange como teln de fondo
(1) El autor forma parte del proyecto de investigacin De la dictadura nacionalista a la democracia de las autonomas: poltica, cultura, identidades colectivas (HAR 2011-27392), dirigido por Ismael Saz y financiado por el ministerio espaol de Ciencia e Innovacin (Secretara de Estado de Investigacin). Igualmente, deseara expresar su agradecimiento a los/as evaluadores/as annimos/as por sus comentarios y observaciones que, sin duda, han hecho profundizar la reflexin.
Historia y Poltica ISSN: 1575-0361, nm. 27, Madrid, enero-junio (2012), pgs. 113-141
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que, pese a las coincidencias tambin a nivel de gnero con dichos sectores, resalta la especificidad de su propio discurso fascista. Palabras clave: Espaa; siglo XX; Gnero; Seccin Femenina; Falange; guerra civil; franquismo.
IN ORDER TO INFLUENCE THE LIFE OF THE FUTURE STATE. FALANGIST DISCOURSE AND PRACTICE ON WOMANS ROLE AND FEMININITY, 1933-1945
ABSTRACT
The study of the construction of gender must take into account its historicity. Starting from this theoretical base this text analyzes falangist discourse on femininity through its first twelve years and three different political periods: Republic, civil war and Francos dictatorship. Therefore central attention is paid to the lived effects of the Spanish fascist party political language among the members of its Womens Section and their practical activity, all of which arises serious doubts about an explaining model centered on submission. Not without reason, women of the fascist Party would try to reinterpretate and renegotiate falangist discourse on femininity, adapting it not only to a changing political context, but also to the arising critics not least of all from the religious flank from certain conservatives sectors in Francos Spain. All this with falangist ideology as a backdrop which, in spite of all coincidences also at a gender level with those sectors, highlights the specificity of its own fascist discourse. Key words: Spain; 20th Century; Gender; Womens Section; Falange; Spanish Civil War; Francos dictatorship.
*** Resulta poco alentador el intento de averiguar, con precisin, cul era el modelo de mujer nacionalsindicalista, puesto que de ella se dijeron cosas sorprendentes, contradictorias e, incluso, ofensivas. As defina M Teresa Gallego Mndez las dificultades de enfrentarse al discurso de gnero sobre/de la Seccin Femenina (SF) de Falange(2). Puesto que el anlisis de la construccin del gnero no puede abordarse sin tener en cuenta su historicidad(3), en el caso de una organizacin como SF, cuya existencia se prolong durante cuarenta y tres aos y que atraves periodos de la historia espaola tan diferentes como la Segunda Repblica, la guerra civil y la dictadura franquista en sus diversos contextos (Guerra Mundial, aislamiento internacional y Guerra Fra) as como cambios
(2) GALLEGO MNDEZ (1983): 182. (3) ROCA I GIRONA (1996): 344; RODRGUEZ LPEZ (2004): 27.
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internos y externos, resulta, efectivamente, difcil establecer, a pesar de sus lneas de continuidad, un nico discurso inalterado (el modelo). Desde la pionera contribucin de Gallego Mndez nuestro conocimiento histrico sobre la organizacin falangista femenina ha avanzado considerablemente y en la actualidad ha dejado de ser ya aquella institucin en busca de investigador[/a](4).
Sin embargo, su historiografa sigue presentando interpretaciones diferentes en ocasiones, diametralmente opuestas del prototipo o modelo de feminidad propugnado por SF. Aunque se hayan ido introduciendo matices, siguen siendo frecuentes los anlisis que priman la sumisin, subordinacin o sometimiento de las fascistas espaolas como patrones predominantes en su interpretacin. Es innegable que, para no pocas mujeres republicanas, la derrota de la democracia en 1936-1939 fue as y signific la represin, el exilio, el silencio(5). Pero, como afirmaba Helen Graham hace ya algunos aos, there is no such thing as women in general and no such thing as their typical experience. El gnero es un factor constituyente de las restantes dimensiones de las relaciones humanas (carentes solo aparentemente de gnero) y supone, pues, una categora no ya til, sino imprescindible para el anlisis histrico. No puede, por tanto, ser usado como tampoco el resto de categoras de forma aislada hablando, en general, de mujeres, sino que atraviesa y es, a su vez, atravesada por otras identidades, polticas, culturales y/o socio-econmicas(6). La interpretacin de las mujeres de SF en trminos de sumisin ha propiciado a nivel historiogrfico como apuntaba Sofa Rodrguez su minusvaloracin o incluso desprecio poltico. En este sentido, creemos que tambin a ellas es de aplicacin lo que Inmaculada Blasco apunt para el estudio ni cronolgica, ni temticamente tan alejado de la relacin entre mujeres y catolicismo; esto es, que el recurso a la manipulacin como nico modelo explicativo y la reticencia y escepticismo a ver algo ms que sumisin en dicha relacin no solo paraliza, bloquea, el inters por profundizar en otras cuestiones, sino que adems conlleva admitir implcitamente la eficacia de los discursos de la poca y aceptar como dato verdadero la ausencia de autonoma de conciencia, pensamiento y actuacin de las mujeres(7). Al historiar el gnero o las experiencias de las mujeres, el modelo interpretativo no puede ser como ya indicaba a mediados de los aos ochenta Arlette Farge la seule dialectique de la domination et de loppression [] une seule explication, invariante et
(4) Como era todava definida a principios de los aos noventa; SNCHEZ LPEZ (1993). En este sentido, cabe destacar las aportaciones de las historiadoras que han hecho posible dicho avance como Mara-Aline Barrachina o la ya mencionada Gallego Mndez y, desde finales de los aos noventa, Inmaculada Blasco Herranz, Sofa Rodrguez Lpez o Inbal Ofer. (5) Y cualquier relato de historia del gnero o de las mujeres, incluso aquellos centrados en las denominadas mujeres de derechas, debera aun implcitamente tenerlo (tenerlas) en cuenta. (6) GRAHAM (1995b): 183 y BOCK (1988): 389. (7) Cfr. RODRGUEZ LPEZ (2004): 16, as como BLASCO HERRANZ (2003): 7-8, y (2006): 56.
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En la presente contribucin analizaremos el discurso falangista sobre la mujer y la feminidad durante la Repblica, la guerra civil y la inmediata postguerra, las tres etapas en que hemos dividido el texto. Tenemos presente como adverta tambin Farge el problema metodolgico de una historiografa que, en su gran predileccin por los discursos y los textos normativos misginos, se agota en su presentacin y repeticin, a modo de glosa denunciadora que produce un sentimiento de indignacin pero instaura un anacronismo entre el texto y quien lo lee; y que renuncia, por tanto, a se poser dautres questions sur les textes, sur les formes du discours, sur sa rception, la priodisation de ses ressemblances et de ses diffrences, sa fonction social et politique. Por ello, intentaremos leer ms all de la literalidad de los propios textos y estudiar como afirmaba Joan W. Scott, citando a Denise Riley los efectos vividos del lenguaje poltico(9): es decir, cmo y en qu contexto las fascistas espaolas utilizaban las palabras y los modelos de gnero y, al hacerlo, se apropiaban de ellos, los renegociaban (re) interpretando los lmites entre las esferas pblica y privada, culturalmente construidas y, por tanto, de lmites contingentes, sujetos a cambio. Creemos adecuado hacer una apreciacin previa. Al hablar de renegociacin de lmites entre las esferas pblica y privada y de los mecanismos utilizados por las falangistas para reinterpretar el discurso masculino dominante no pretendemos trazar desde el presente hacia el pasado uno de esos fantasy echo[es] de los que hablaba Scott(10). Las falangistas no pretendan la igualdad femenina, por lo menos no en los trminos en que nosotros/as la entendemos actualmente, y tampoco buscaban avance democrtico alguno(11). Ellas eran fascistas y, como sus compaeros de Partido, si alguna relacin tenan con la democracia liberal y los valores que esta representa era precisamente su deseo de destruirlos. Por tanto, todo lo que pretenda buscar en las falangistas trazas, precedentes, de feminismo actual o de igualdad democrtica ser interrogar a las fuentes y a sus protagonistas con un lenguaje y una interpretacin histrica anacrnicos(12). Las demcratas, las que lucharon por la democracia, eran
universelle: la suprmatie masculine. As, a lo largo de la historia y, con todos los matices que se quiera, tambin durante la guerra civil espaola y la dictadura franquista las mujeres ni han sido solo simples receptoras sumisas de los discursos dominantes, ni tampoco se han enfrentado a ellos como simples vctimas, sino que tambin se han apropiado de dichos discursos y los han reinterpretado, cuando no reelaborado(8).
(8) Cfr., respectivamente, FARGE (1986): 274, y AGUADO/RAMOS (2001): 292. Las cursivas son nuestras. (9) Cfr., respectivamente, FARGE (1984): 30-31, y SCOTT (1984): 5. (10) SCOTT (2001). (11) Como apunta Inmaculada Blasco, las falangistas no tomaban las decisiones guiadas por un horizonte de emancipacin femenina; BLASCO HERRANZ (2000): 267. (12) Como afirmaba Victoria L. Enders al referir la profunda divergencia entre algunos juicios historiogrficos y los relatos e identidades de antiguas mandos de SF a las que haba en-
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otras y estarn ausentes de estas pginas. Es aqu quiz donde acaba por justificarse la inclusin del presente texto en este monogrfico dedicado a los discursos falangistas en sus diferentes aspectos: en la inclusin voluntaria, consciente y poltica de las fascistas espaolas, de su lenguaje y de sus acciones en el proyecto totalitario de la Falange de los aos treinta y principios de los cuarenta. Otra cosa es ya que sus camaradas masculinos en el Partido nico pudieran o quisieran entenderlo en todas sus implicaciones. 1.
eL SeCTOR FeMeNINO COMO NCLeO INTeGRANTe De LA NACIN hISPANA: FALANGE Y fALANGISTAS DURANTE LA REPBLICA
Los aos del periodo de entreguerras fueron de cambio acelerado y, quiz precisamente por ello, de percepcin de inestabilidad. En la dcada de 1920 tambin Espaa, pese a su neutralidad en la Guerra Mundial, estaba sumida en una profunda crisis poltica y social, de manera que las experiencias de gnero por las que atravesaba habran sido en palabras de Mary Vincent reconocibles para los hombres y mujeres de los pases beligerantes. La sociedad liberal haba sido configurada a partir de su divisin en dos esferas culturalmente construidas, pero naturalmente argumentadas. Y, puesto que el orden y la estabilidad social existentes, segn la concepcin iusnaturalista, por voluntad divina se sustentaban sobre y dependan de una estricta divisin de gnero y esta, a su vez, en una no menos estricta jerarqua sexual, los desafos a dicha divisin, el cuestionamiento discursivo de sus lmites, eran percibidos en trminos de desorden, de inestabilidad social. No ser extrao, pues, que tambin en Espaa los sectores social y culturalmente ms conservadores pusieran un nfasis muy especial en el refuerzo de las divisiones de gnero y, ms concretamente, en la reimposicin de los roles tradicionalmente considerados como femeninos(13). Durante la dictadura de Primo de Rivera, el discurso de la domesticidad haba mantenido su predominio y la ciudadana activa sigui reservada a los hombres. Pero, al elegir el lenguaje de la nacin, la derecha no poda excluir de su apelacin a la mitad de esa misma nacin a la que afirmaba dirigirse: ya entonces las mujeres se fueron incorporando a la esfera pblica, bien como representantes simblicas del cuerpo de la Nacin (madrinas en las ceremonias patriticas), o como miembros designadas que no electas de la Asamblea Nacional primorriverista. No obstante, a partir de abril de 1931 los desafos y cuestionamientos de gnero tuvieron su traslacin concreta en el terreno simb-
trevistado: Beyond superficial political loyalties, the discussions we have heard reflect the clash of opposing world views, world views which embodied officially prescribed roles for women; cfr. ENDERS (1999): 390. (13) GRAHAM (1995a): 99ss., y VINCENT (2003): 189s.
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lico. La proclamacin de la Segunda Repblica, personificada rpidamente en aquellas jvenes con gorro frigio y escarapelas republicanas que invadan el espacio pblico es decir, que recorran las calles de la capital espaola, dio paso por mencionar solo dos ejemplos a la eleccin de diputadas en el Parlamento espaol y, posteriormente, a la disputada obtencin del sufragio femenino. Pero tambin las mujeres conservadoras se movilizaran y formaran en los partidos de derechas agrupaciones muy activas(14). En la estela de aquellas catlicas movilizadas durante la dcada anterior en la Accin Catlica de la Mujer, propugnaban esquemas tradicionales de gnero y, en consecuencia, defendan excusaban oficialmente su actividad pblica con una retrica de la excepcionalidad, con diferentes matices polticos, en tanto que nicamente transitoria, en defensa de la religin, de la familia y del mismo hogar que precisamente abandonaban para actuar polticamente(15).
En el caso de Falange Espaola, fundada en otoo de 1933, sus dirigentes prestaron en los discursos y escritos anteriores al golpe de Estado de julio de 1936 ms bien poca atencin a las mujeres, de manera que tampoco para estos aos resulta fcil establecer un discurso falangista sobre la feminidad(16). Pero ello no significa que las mujeres constituyeran un tema totalmente ignorado por los fascistas espaoles: ya en marzo de 1933, antes incluso de la fundacin de Falange, el primer y nico nmero del frustrado semanario El Fascio un proyecto comn de figuras destacadas del fascismo espaol haba dedicado un breve artculo a las mujeres en el fascismo, definidas ya en el titular como un factor importante. En l se apelaba a las espaolas en relacin con sus hogares, sus hijos y la raza, y se les recordaba su gran misin en funciones secundarias o complementarias propias de esquemas tradicionales de gnero. Sin embargo, el propio hecho de apelar directamente a ellas ya no tena tanto de tradicional, como tampoco hacerlo en tanto que la gran propagandista de las excelencias de un nuevo orden de cosas. Y, ciertamente, resulta llamativo que los propios editores de la publicacin, previendo o, ms bien, deseando la afiliacin de cientos de miles de ellas, se encargaran de subrayar la importancia de las mujeres para el fascismo espaol: No lo olviden los organizadores del movimiento(17). Unos meses despus, en el acto fundacional de Falange en el Teatro de la Comedia, Jos Antonio Primo de Rivera abogaba por un modelo de sociedad basado en unidades naturales (familia, municipio, corporacin) y en el recha(14) VINCENT (2003): 194 ss., as como BLASCO HERRANZ (2003) y (2009). Sobre la movilizacin poltica de la seccin femenina de la CEDA, vase PIERCE (2010). (15) BLASCO HERRANZ (2003): 239 ss.; VINCENT (2003): 201 y ARCE PINEDO (2006): 179s. (16) Una preocupacin ni siquiera marginal, segn JIMNEZ LOSANTOS (1982): 89. (17) Cfr. La mujer en el fascismo. Un factor importante, en: El Fascio, 16.3.1933, p. 11. Pese a que, tcnicamente, la publicacin era previa a la fundacin de Falange, sera considerada uno de los peridicos de combate en el periodo inicial del partido fascista espaol; cfr. Y. Revista para la Mujer, noviembre 1938.
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zo, por artificiales e innecesarios, de los partidos(18). La familia era para l una de las instituciones profundas y fuertes, cuyo carcter deba ser irrevocable. Se opona por tanto al divorcio, cuya aprobacin habra provocado que Espaa dejara de ser una reunin de familias. Al hablar de los subsiguientes perjuicios, el lder falangista elevaba a la familia al estatus de base para una de las empresas polticas ms caras a los falangistas, el Imperio, y afirmaba al respecto que, en los ms altos empeos histricos, no es capaz de edificar imperios quien no es capaz de dar fuego a sus naves cuando desembarca(19).
A finales de abril de 1935, tras un mitin en Don Benito, Primo de Rivera esboz someramente sus concepciones de gnero. Habl a un grupo de veinte o treinta mujeres sobre funciones varoniles y funciones femeninas. Las mujeres tenan una misin entraable e intentaba persuadirlas para que no se dejaran seducir por un feminismo que las apartaba de todo magnfico destino y las condenaba a competir intilmente en ejercicios de hombres. l se defina como no-feminista, pero vea en la galantera un intento del hombre por reducir a la mujer a un papel frvolo y decorativo y convertirla en una supuesta estpida [] tonta destinataria de piropos [] no somos ni galantes ni feministas. Por ltimo, por oposicin a unos hombres egostas, localizaba en las mujeres como resultaba tradicional desde el siglo XIX la virtud de la abnegacin (virtud sobre todo femenina), puesto que aceptaban casi siempre una vida de sumisin, de servicio, de ofrenda, y las sublimaba retricamente a un orden superior. Y, puesto que mujer y Falange compartan la abnegacin como virtud capital, estableca entre ambas una profunda afinidad que haca del partido fascista espaol aquel que mejor podran entender(20).
Por otro lado, en los meses previos al golpe de Estado algunos de sus textos denotan una lectura de la situacin espaola en clave de gnero. Primero, al referirse a un eventual triunfo del Frente Popular, Primo de Rivera apelaba a militares, religiosos y catlicos espaoles, pero en primer lugar a los padres espaoles, a cuyas hijas van a decir que el pudor es un prejuicio burgus: el peligro bolchevique sobre Espaa quedaba en su discurso ejemplificado en las supuestas amenazas a unas hijas smbolos de la nacin cuyos padres/electores tenan obligacin de proteger. Tres meses despus conminaba ya desde la crcel a sublevarse contra un movimiento en ciernes, radicalmente antiespaol, que, entre otras cosas, menosprecia la honra, al fomentar la prostitucin colectiva de las jvenes obreras en esos festejos campestres donde se cultiva todo impudor
(18) Discurso de la fundacin de Falange Espaola, 29.10.1933; en OBRAS COMPLETAS (1942): 17-28, aqu 24. (19) Discurso sobre las Cortes constituyentes, 12.11.1933, y El divorcio, 4.7.1935, en: OBRAS COMPLETAS (1942), respectivamente, 149-154 (cita en 151s.) y 1085-1086. (20) Conocida como Lo femenino y la Falange, es su referencia al tema ms extensa y citada, tanto por las propias falangistas como por la historiografa; originalmente aparecida en Arriba (2.5.1935, p. 3), y reproducida en, entre otras muchas publicaciones peridicas, el primer nmero de Y (febrero 1938), se puede encontrar tambin en OBRAS COMPLETAS (1942): 167-169.
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y socava la familia, suplantada en Rusia por el amor libre, por los comedores colectivos, por la facilidad para el divorcio y para el aborto. Como smbolo de una descomposicin poltica y social que afectaba a la familia, Primo de Rivera preguntaba retricamente a los militares: no habis odo gritar a muchachas espaolas estos das: Hijos, s; maridos, no!?(21).
Concretamente sobre las mujeres de Falange las fuentes para el periodo republicano son muy escasas, pero disponemos de dos textos programticos. En junio de 1934, al constituirse orgnicamente de forma autnoma pero dependiente como todas las dems secciones directamente del Secretario General, la SF redact su primer documento, un manifiesto a las Mujeres espaolas que no haca sino remarcar su funcin auxiliar y secundaria: su contribucin a una Espaa ms grande y ms justa no haba de consistir en la dura lucha, sino en la predicacin, en la divulgacin y en el ejemplo. A ellas se apelaba nuevamente por su funcin relacional, para alentar a unos padres, hermanos, maridos, hijos, fracasados espiritualmente(22). Seis meses despus, sus primeros estatutos hablaban ya de incorporar a Falange el sector femenino como ncleo integrante de la Nacin Hispana, con la cooperacin en la formacin de una Espaa Grande e Imperial, el estmulo en las espaolas del amor a la Patria, al Estado y a las tradiciones gloriosas [y] las sanas ideas de amor a Espaa y al Estado corporativo, y la lucha contra la Anti-Espaa como fines principales de las falangistas. En su papel de transmisora de cultura, solo la mujer poda crear una base en todo el mbito de la vida, como el ms firme sostn para el engrandecimiento del Futuro Imperio Espaol (23). En total coherencia con el carcter secular y laico y por ende, en absoluto nacionalcatlico de la Falange del periodo(24), entre tanta muestra de ultranacionalismo no se deslizaba mencin alguna a Dios o a la Religin(25). Ahora bien, la relacin entre la Falange y las mujeres durante los aos republicanos no puede quedar limitada a meras menciones por parte de los mandos masculinos, ni tampoco a sus textos programticos. Algunos breves apuntes aparecidos en publicaciones coetneas o en relatos posteriores dejan entrever una realidad ms compleja. En primer lugar, esto es as desde el origen mismo del compromiso poltico de las falangistas, que no solo no fue instigado por los mandos masculinos sino que tuvo que hacer frente a su oposicin: cuando va(21) Cfr., respectivamente, La Falange ante las elecciones de 1936 y Carta a los militares de Espaa, en OBRAS COMPLETAS (1942): 129-144, 143, y 763-769, 764. (22) Cfr. Primer manifiesto de la SF de Falange, en GALLEGO MNDEZ (1983): 212. Segn esta autora, el redactor del manifiesto habra sido el propio lder falangista; ibid., p. 26. (23) Estatutos de la Seccin Femenina de FE de las JONS, en: Y, septiembre de 1938. (24) SAZ CAMPOS (2007): 35 ss. (25) Una diferencia fundamental con las mujeres catlicas y/o de partidos de derechas, en cuya construccin de la feminidad la intensidad del vnculo mujer-religin tena un carcter fundamental; cfr. BLASCO HERRANZ (2003): 238 s.
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rias de las escasas mujeres que haban asistido como espectadoras al acto fundacional(26), pretendieron afiliarse al recin creado Partido, se encontraron con que los falangistas al principio no queran admitir mujeres. Puesto que ello les vetaba el deseado acceso al espacio poltico por la puerta principal, buscaron una alternativa y entraron a l por una lateral, afilindose, pese a no ser estudiantes, al grupo universitario de Falange, el SEU(27).
En segundo lugar, las actividades desarrolladas durante el periodo pueden ser entendidas como una prolongacin en el mbito social de funciones tpicamente femeninas: tejer, visitar presos o, incluso, repartir propaganda y recaudar fondos(28). Pero las magnficas compaeras, uniformadas, enhiestas, activas, valerosas, constantes, [que] vencen todos los das las batallas contra su propia timidez(29), hacan ms. Por un lado, en varias ocasiones algunas de ellas se dirigan en pblico a sus compaeros masculinos, como era repetidamente el caso de Rosario Pereda, jefa local de SF en Valladolid (y formidable oradora y con magnfico espritu nacional-sindicalista), o, al menos en una ocasin, de Dora Maqueda, Secretaria Nacional de SF (ms decidida y con ms facilidad de palabra que Pilar Primo de Rivera)(30). Por otro lado, y en una poca de alta conflictividad poltica y social, en la que los falangistas eran pocos y las falangistas, menos an, la Jefe Nacional realiz acompaada por sus primas y/o por Dora Maqueda numerosos viajes para inspeccionar o fundar grupos femeninos y repartir propaganda y consignas(31). Ciertamente dichos viajes no representaban una novedad absoluta(32), pero su extensin y frecuencia, as como la imagen de unas pocas mujeres viajando en coche por media Espaa sin acompaamiento masculino, constituan de todo menos algo normal para la poca. Por ltimo, las integrantes de SF cumpliran adems otra funcin ms: el transporte, la compra y, al menos en un caso, el contrabando de armas por la frontera. Como [en los mtines] a los camaradas los cacheaba la polica, tenan que ser las mujeres las que entraran y salieran con las pistolas y las porras para que as no se las pudieran quitar(33). Su relacin con las armas era ambigua:
(26) La futura Delegada Nacional lo relata en sus recuerdos en un tono que remite a un uso secularizado ya que de una causa poltica se trataba del lenguaje mstico-religioso: en el mismo momento en que habl Jos Antonio yo qued decidida a entregarme a la Falange con todas mis fuerzas; PRIMO DE RIVERA (1983): 60. (27) Donde ya haba dos afiliadas, Justina Rodrguez de Viguri y Mercedes Formica; ibid. (28) PRIMO DE RIVERA (1983): 65, as como FORMICA (1982): 146 s. y 182. (29) Como las describira el fundador de Falange durante un mitin en febrero de 1936; OBRAS COMPLETAS (1942): 144-145. (30) Arriba, 25.4.1935; citado a partir de GALLEGO MNDEZ (1983): 31. Ambas citas, de Pilar Primo de Rivera, en Y, septiembre 1938. (31) PRIMO DE RIVERA (1983): 66-68. (32) Tres aos antes un grupo de mujeres catlicas de Accin Nacional haban viajado ya en coche por la provincia de Madrid para constituir grupos locales; PIERCE (2010): 80. (33) Y, mayo de 1938; marzo 1939; octubre 1938 y diciembre 1938. Lo volveran a recordar, al igual que la entrada de armas en los mtines, siete aos ms tarde; Arriba, 29.10.1943. En
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sentan apuros [] con aquellos pistolones por debajo de los abrigos y dentro de las botas y reconocan que [n]o nos corresponda la accin, pero la argumentacin se repeta: tenamos que ayudar a cumplirla y nuestras chicas se portaron bien; e incluso las falangistas de Segovia se ponan muy contentas despreciando la prudencia que les aconsejaban sus mayores y encontraban casi emocionante buscar buenos sitios para esconder las armas (34). Y no eran solo el transporte de armas o la mera transmisin de consignas: A ltima hora [] el peso casi de lleno de la Organizacin recordaran las falangistas haba recado en ellas y eso constitua la labor ms interesante(35). Al producirse el golpe de Estado, con la mayora de los mandos masculinos en prisin o en la clandestinidad, en SF los patrones de gnero establecidos se estaban como afirma Inbal Ofer rompiendo (36). Sus actividades haban dejado de ser auxiliares y secundarias para resultar vitales a un Partido fascista que, como organizacin estructurada y coordinada, haba dejado de existir. 2.
LA GUERRA CIVIL: MODELOS DISCURSIVOS (Y PRCTICAS) EN CONfLICTO
Cuando en agosto de 1936 los frentes de batalla se fueran definiendo, ambas retaguardias tuvieron que prepararse para la guerra en una bsqueda sin precedentes de recursos, humanos y materiales. La respuesta femenina fue inmediata y desembocara en la primera movilizacin de las mujeres en una guerra total(37). Aunque en ambas zonas se apelaba a ellas segn construcciones de gnero convencionales, se hizo pronto evidente que la movilizacin inherente a una guerra moderna no iba a dejar intactos los modelos, roles y experiencias de gnero. Ello no significa siguiendo a Helen Graham que las mujeres hubieran conquistado el espacio pblico recientemente ocupado, contraviniendo as el orden social y, por tanto, tambin de gnero establecido, sino que este haba sufrido un reajuste que se pretenda temporal de sus lmites. La sublevacin haba sido una reaccin tambin en clave de gnero y, por tanto, la respuesta habra de incluir dicha clave. Ahora bien, una vez movilizadas quedaban expuestas a experiencias alternativas que podan alterar
sus memorias, la exJefe Nacional parece no querer reconocerlo cuando, al hablar de los cientos de registros en su casa, mencionaba una trampilla detrs del piano [] llena de propaganda, de fichas y muchas ms cosas; PRIMO DE RIVERA (1983): 69; la cursiva es nuestra. (34) Y, diciembre 1938; enero 1939 y marzo 1939. En cualquier caso, no todas las falangistas parecan reconocer que no les corresponda la accin: una de ellas, probablemente inconsciente [y] famosa por su espritu revolucionario, tuvo que ser reprendida por planear un asalto abortado a tiempo a la sede de la FUE; cfr. Y, diciembre de 1938. (35) Y, enero 1939. Al menos en el caso de Mlaga, cuya Jefe local, Carmen Werner, tuvo que hacerse cargo de toda Falange de la ciudad, ello debi de conllevar el mando sobre o como mnimo, la organizacin de sus compaeros masculinos; FORMICA (1982): 177 y 198. (36) OfER (2005): 663 y 665. (37) BLASCO/ILLION (2007): 181.
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el contenido de los roles tradicionales en virtud de los cuales se haba apelado a ellas(38). Tambin all donde los rebeldes triunfaron, las mujeres de las distintas opciones polticas adquirieron, ya durante los primeros das, un sbito y considerable protagonismo en el espacio pblico: como enfermeras, mecangrafas, reponiendo crucifijos en las escuelas, pero tambin practicando cacheos a nios y mujeres, como fue el caso de Zaragoza(39). Entre ellas, las falangistas parecen haber sido las ms visibles y haber atrado sobre s la mayor atencin, hasta el punto de que, al mes de la sublevacin, el monrquico y conservador ABC se sorprenda de una manifestacin en Cdiz en la que llam la atencin [] que formaban numerosas y distinguidas seoritas, entonando el himno fascista; tres semanas despus tres mil mujeres falangistas desfilaban en Zaragoza(40).
Precisamente por eso, la prensa de la zona sublevada pondra un especial nfasis en destacar que las actividades desarrolladas por las mujeres no eran sino una mera prolongacin de sus funciones tradicionales(41). As, las falangistas haban empezado, como es natural, por [] los hospitales [para] llevar a los enfermos el consuelo moral y espiritual [] con su alegra y su simpata [] un poco de luz. Pero las disputas en el seno de la coalicin autoritaria tuvieron tambin su traslacin, algo ms sutil y compleja, en el plano discursivo de los modelos de gnero. Aunque compartan muchos rasgos con las mujeres de otras orientaciones polticas de la Nueva Espaa, el seguimiento preferente de la prensa a las falangistas no dejaba de constituir un escrutinio continuo. Para referirse a las encantadoras muchachas de la Falange, las cabeceras conservadoras anteponan a sus nombres el seorita de rigor (tratando de ocultar as el carcter poltico de su funcin como falangistas), desterraban el uso de la palabra mando (por no hablar ya de camarada) o usaban cuantos ms adjetivos apolticamente inofensivos mejor(42). As, en la inauguracin de la sede local de SF en Cdiz, que dicho sea en honor a la verdad cuenta ya con un nmero de afiliadas superior a lo que poda imaginarse, el nfasis en destacar la feminidad de la decoracin de un local que no dejaba de ser poltico, pero que las seoritas falangistas gaditanas haban arreglado con el mayor gusto y con evidente mano de mujer, atravesara toda la informacin; por ltimo, se destacaba que todos los locales seran bendecidos e incluso su taller de costura entronizado al Sagrado Corazn de Jess(43). En este contexto, su importancia aceleradamente adquirida tras las primeras semanas de guerra civil(44)
(38) GRAHAM (1995a): 108-110 BLASCO HERRANZ (1999b): 56 y BLASCO/ILLION (2007): 181. (39) GRAHAM (1995a): 110; CENARRO (2006): 161; ILLION (2005): 273. (40) ABC (Sevilla), 18.8.1936. Sobre el caso de Zaragoza, ILLION (2005): 274 y 277. (41) BLASCO/ILLION (2007): 183. (42) Dos ejemplos, en ABC (Sevilla), 22.8.1936 y 9.12.1936; encantadoras, en 21.8.1936. La cursiva es nuestra. (43) ABC (Sevilla), 9.9.1936. (44) RAGUER I SUER (2001): 107.
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converta a la religin catlica en un recurso, a ojos de ABC, doblemente til en los siempre interrelacionados planos poltico y de gnero: igual serva, en el primero, para contrarrestar discursivamente las veleidades fascistas de las falangistas, que, en el segundo, como seguro ante un protagonismo femenino eventualmente excesivo. No iban faltos de razn: en la Espaa nacional, en paralelo a y en no necesaria contradiccin con el crecimiento del fervor catlico, Falange no haba dejado de ganar influencia. Sus referencias ideolgicas estaban claras Italia y Alemania y hacia ellas se dirigan en busca de ejemplo. Aprovechando el absoluto cantonalismo organizativo de la Falange de los primeros meses de guerra(45), algunas mandos de SF no vean problemas en tomar ellas mismas la iniciativa. Era el caso de Concha Herrera Murube, encargada de Prensa y Propaganda de SF en Sevilla, cuyo llamamiento pidiendo fondos para los grupos infantiles de Falange (Los hombres del maana que defienden la Religin y la Patria sern los nios que formemos y eduquemos hoy) haba publicado ABC dos meses antes, escriba ahora al secretario del Partito Nazionale Fascista pidindole informes sobre infancia, juventud italiana, educacin y maternidad, y dems funciones asignadas a los Fascii femeninos, con cuyas mandos superiores solicitaba, adems, ser puesta en contacto. Citando del himno de Falange, conclua con un lenguaje plenamente fascista: En Espaa empieza a amanecer, el entusiasmo fascista es grande. Queremos un pas como el vuestro, grandioso. Nuestro tiempo total se acerca(46). Ese tiempo total cuya llegada anunciaba la mando falangista no era sino la metfora del proyecto totalitario de Falange. La guerra haba cambiado radicalmente la naturaleza, la composicin y la finalidad de la SF: desarrollndose a partir de un reducido grupo de mujeres que auxiliaban a sus compaeros de partido, la rama femenina de Falange ansiaba ahora encuadrar en su incipiente organizacin de masas a todas las mujeres espaolas. Las falangistas eran muy conscientes de que, si bien compartan una porcin importante de rasgos con las mujeres de otras opciones polticas nacionales dentro de unos mrgenes ideolgicos cuyos lmites externos estaban innegociablemente marcados (Patria, religin, orden social), el suyo era un proyecto poltico fascista y diferente, por tanto, a los de aquellas(47). As, por ejemplo, las mujeres de Accin Catlica (muchas de las cuales compartan doble militancia con las de Accin Popular/ CEDA) se caracterizaban por la defensa de la religin y del mbito privado, de la familia; justificaban su movilizacin por intereses puramente religiosos y difundan como elemento centro una identidad femenina centrada en lo doms(45) TUSELL (2006) [1992]: 126. (46) Cfr., respectivamente, ABC (Sevilla), 22.8.1936, y carta de Herrera Murube, 30.10.1936, en: Archivio Centrale dello Stato (Roma), Ministero della Cultura Popolare, Direzione Generale dei Servizi della Propaganda, Busta 204.1. (47) Una constante en las entrevistas a antiguas mandos; ENDERS (1999) y BLASCO HERRANZ (1999): 156.
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tico (48). En cambio, las falangistas se movilizaban por razones polticas, se sentan y se decan revolucionarias, vean la guerra civil solo como un primer paso de cara a la construccin de un gran Estado que creara el Imperio, y estaban dispuestas a cumplir su parte, su misin desde el hogar en aras de ese Estado y de ese Imperio(49). De las otras mujeres les separaban divergencias profundas respecto al papel de la mujer en el futuro Estado, y como apuntaba Fernanda del Rincn hace casi tres dcadas ms all del antimarxismo y el antiliberalismo no parecan existir, especialmente con las margaritas carlistas, muchos ms puntos de confluencia importantes. Das antes de la Unificacin forzosa marcaban diferencias:
la que eche de menos ciertos tratamientos viejos, la que no sienta mpetu revolucionario, la que crea que formamos parte de Unin de Derechas y se figure que todos los que combatimos en este lado vamos a lo mismo, esas no tienen ni poco ni mucho el espritu de Falange. Y tampoco lo tiene la que le parezcan duros los colores de nuestra bandera o se asuste de la palabra camarada(50).
La organizacin de unas juventudes femeninas adquira una gran importancia para el adoctrinamiento de la poblacin; madre, esposa, hermana, maestra, era igual: la mujer era la que mejor poda conservar esos valores tradicionales de que tan orgullosos podemos estar los espaoles y las falangistas necesitaban inculcar en su corazn la idea del deber(51). La juventud femenina poda ser muy til a Espaa se afirmaba pero si esta quera tener muchachas leales, de espritu grande, con formacin personal firme, conscientes de su feminidad y de su misin en la vida tena que ayudar a la Falange a formarlas, fsica y espiritualmente, porque solo as podran realizar dignamente la gran misin de la maternidad. As hablaba Cndida Cadenas, futura Re(48) La guerra civil, interpretada por ellas como castigo, las radicalizara en su afn por restaurar la familia y la moral; BLASCO HERRANZ (2003): 239 ss., 289 ss., 295. (49) En este sentido, a pesar de compartir terrenos [] las ramas femeninas de AC primaban [] las motivaciones y los contenidos religiosos y moralizadores sobre otras componentes, mientras que la SF, si bien introduca un tinte religioso en todas sus actividades, se presentaba pblicamente como una organizacin poltica; segn BLASCO HERRANZ (1999a): 155. Eso s, ms all de los contenidos que podramos considerar netamente ideolgicos, al compartir su condicin femenina y su actuacin pblica (poltica) en un espacio considerado masculino, catlicas y falangistas tendran en comn lo que podramos considerar rasgos estructurales, como la desconfianza generada en sus respectivos compaeros de partido (o en la jerarqua catlica) o su continuo recurso a la retrica de la excepcionalidad; una vez conseguidos los objetivos inmediatos (triunfo electoral de la CEDA para las primeras, victoria en la guerra civil del bando sublevado para las segundas), unas y otras tuvieron que hacer frente a los intentos de acabar con dicha excepcionalidad; cfr., para el caso de las mujeres de Accin Popular/CEDA, BLASCO HERRANZ (2003): 242 y 245ss. (50) Mujeres nacional-sindicalistas, en: Medina, 11.4.1937; citado a partir de RINCN GARCA (1982): 58 s. En cambio, algunos estudios aparecidos en los ltimos aos priman bastante ms las semejanzas que las diferencias ideolgicas; PRADA RODRGUEZ (2008), as como ORTEGA LPEZ (2008) y (2010). (51) Arriba Espaa, 4.11.1937.
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gidora Central de Organizaciones Juveniles, quien, de vuelta de uno de los muchos viajes de estudios de SF a Alemania (algo admirable), se mostraba convencida de que las mujeres podan aprender no era todo, por tanto, natural y ser formadas: hasta entonces la mujer espaola no [haba hecho] ms, porque no se lo haban enseado, pero tena capacidad suficiente para conseguirlo. Para ello, para hacer en el futuro dignas madres y mujeres perfectas, primero [l]as madres han de entregarnos a sus hijas confiadas []. Ninguna madre puede negar a la Patria este servicio (52). La espaola del presente era diferente de las burguesas del pasado: haban desaparecido las lindas muecas, y las falangistas ya no eran seoritas intiles, sino verdaderas mujeres nacionalsindicalistas, mujeres espaolas!, segn el texto del discurso radiado de ngela Pla, futura Regidora Central de la Hermandad de la Ciudad y del Campo. El objetivo, la gran tarea, constitua una enorme responsabilidad: hacer una Espaa mejor, para lo cual haba que tener fe de Imperio. Y, como en la doctrina falangista imperio (poltica exterior) y revolucin (poltica interior) eran las dos caras de una misma moneda, esta mando falangista sentenciaba desafiante: Pese a quien pese somos revolucionarias(53). En octubre de 1937 se public el decreto que declaraba obligatorio el Servicio Social como deber nacional de todas las mujeres espaolas. Toda espaola entre diecisiete y treinta y cinco aos quedaba, por encargo del Estado, a disposicin de la Falange durante seis meses para su adoctrinamiento, en lo que se consideraba el equivalente femenino del servicio militar masculino. Mercedes Sanz Bachiller, Delegada Nacional del Auxilio Social, lo calificara de magnfico por ser mucho ms revolucionario que ningn decreto sobre la mujer que se haya hecho hasta ahora en Europa(54). Precisamente por ello, por revolucionario y por estatista-totalitario, desagradara notablemente en crculos conservadores. En un primer momento, apenas dos das despus de su publicacin, se intent una relectura que, si bien reconoca que el decreto elevaba a la mujer de la verdadera Espaa a la alta categora de combatiente, trataba de compensarlo discursivamente aludiendo a dos recursos ya clsicos: se haca por un bien superior (el excelso servicio inmediato de la Patria y del Estado) y la mujer no perda sus rasgos diferenciales (Amor y ternura, estos dos quintaesenciados sentimientos de su noble corazn). Tres das ms tarde el propio ABC rebauti(52) ABC (Sevilla), 10.12.1937. Difcilmente catlicos/as o carlistas podran aceptar sin ms esa entrega de sus hijas al Estado (a travs de la SF del Partido nico) para su formacin. Sobre los contactos con las organizaciones juveniles y femeninas nazis, vase MORANT I ARIO (2011) y (2012). (53) ABC (Sevilla), 19.11.1937; lindas muecas en: Arriba Espaa, 4.11.1937; ntese la contraposicin seoritas/mujeres. Sobre Imperio y Revolucin en la ideologa falangista, SAZ CAMPOS (2003): 290 ss. (54) Las citas del Decreto, en ABC (Sevilla), 10.10.1937. La valoracin, procedente de una carta a un grupo de falangistas de visita de estudios en Alemania, 2.11.1937, en: Archivo General de la Administracin (AGA), (03)122 CA 2067.
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zaba nada inocentemente el Servicio Social como Asistencia Social femenina y aseguraba que, al firmarlo, el glorioso Caudillo no haba pensado sino en la prestacin de aquellos auxilios y servicios para los que fue creada por Dios la mujer espaola. Ternura, cario y emocin de madre o de hermana. Entindase bien esto por los que intentan tergiversar el alcance de la disposicin(55). Sin embargo, ello tampoco debi de bastar, puesto que un mes despus el Tebib Arrumi/Ruiz Albniz intentaba sentenciar con contundencia:
No. Nuestras mujeres no tienen nada que hacer militarmente entre nosotros, como no sea lo que ya hacen y con qu noble afn y solcita abnegacin! [] ser tiles a la Patria amada, ayudar a los hombres []. No. Ni el Caudillo ni nadie quiere movilizar militarmente mujeres en nuestra Espaa. El Caudillo las quiere ver como hasta aqu: atentas a la guerra, eso s; pero para llevar misiones tutelares, misiones del ms alto y noble amor. Las quiere ver yo se lo he odo decir [] siempre afanosas, tejiendo, hilando, cosiendo, no dando reposo a la aguja para [] nuestros soldados []. Esa es nuestra milicia femenina(56).
En la zona nacional se operaba para asegurar la continuidad con un pasado idealizado, y la mujer y su rol en la sociedad se haban convertido en terreno de combate ideolgico, en espacio de conflicto discursivo. Haba que evitar a toda costa el riesgo de que las espaolas se masculinizaran uno de los grandes temores de la poca es decir, que realizaran tareas tradicionalmente consideradas masculinas (esto es, polticas) en un mbito considerado de hombres (el pblico). Ello exiga reconducir su protagonismo mal menor, pero mal al fin y al cabo a mbitos considerados femeninos y para ello haba que controlar que el activismo de las mujeres durante la guerra no pudiera conducir a formas de autonoma y protagonismo no deseado(57). Era evidente que, hasta cierto punto, la guerra permita redibujar los contornos del activismo femenino; pero solo hasta cierto punto. Las mandos superiores de SF deban ser extremadamente cuidadosas para no desafiar la masculinidad de los espacios en los que entraban, pero tambin la de quienes, atentos, las observaban (58). No ser casual que, apenas dos meses despus, en un momento adems de crisis poltica y militar (aunque la prensa lo ocultara, Teruel haba cado en manos republicanas), Pilar Primo de Rivera intentara conjurar el peligro en su discurso inaugural del II Congreso Nacional de SF:
nosotras, que salimos de nuestras casas por creer un deber ayudar a nuestros camaradas en aquella primera rebelda, no volveremos a ellas hasta que veamos orillado ese peligro de los aprovechados que ya presinti Jos Antonio. Pero una vez todo encauzado nos reintegraremos al seno de la familia, que es donde est nuestro sitio(59).
ABC (Sevilla), respectivamente, 12.10.1937 y 15.10.1937. El Diario Vasco, 12.11.1937. DI FEBO (1990): 208-209 y CENARRO (2006): 175. OfER (2005): 672 y (2009): 593. ABC (Sevilla), 16.1.1938.
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El fragmento puede ser ledo como una reafirmacin sin matices del lugar tradicional de la mujer, pero tampoco deja de constituir un intento de contemporizacin mediante un elaborado y hbil ejercicio retrico, de manual podramos decir: en primer lugar, justificaba el abandono del hogar como un deber hacia los falangistas, para luego aludir a su hermano como auctoritas protectora(60), y terminar dibujando ciertamente el regreso de la mujer a [su] sitio, pero trasladndolo hasta un impreciso horizonte temporal condicionado, adems, a la consecucin previa de un proyecto (poltico). Pero, adems, resulta interesante al respecto comprobar cmo, en su versin del discurso, ABC omita la siguiente frase de la seorita Primo de Rivera, que precisaba cul era esa funcin de la mujer: [] en el seno de la familia, que es donde est nuestro sitio, para desde all meterles bien dentro del alma a nuestros maridos y a nuestros hijos el espritu de Falange Espaola Tradicionalista y de las JONS(61). Desaparecidos buena parte de los mandos falangistas, corresponda, pues, a las mujeres de Falange la labor de adoctrinamiento de los hogares espaoles en la ideologa falangista. La Delegada Nacional recoga conscientemente el testigo de las esencias:
este espritu y esta fe que nos ha dado [la juventud de Falange] tenemos que conservarle [ ] precisamente las mujeres. Los que lo saban, los que lo entendieron, han muerto casi todos, y han muerto por eso precisamente; pero como nosotras no vamos al frente, como nosotras no morimos, nosotras estamos obligadas a hacer conocer a Espaa entera este modo de ser de la Falange, estamos obligadas a hacer llegar nuestras consignas a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos para que Espaa sea desde ahora y para siempre nacionalsindicalista(62).
En la sesin de clausura, un Raimundo Fernndez Cuesta recin canjeado alababa a la lder falangista como camarada magnfica, modelo de abnegacin, a cuyo ausente hermano l tampoco se privaba de recurrir. Pero lo haca para recordar a las mandos de SF all presentes que ellos no queran que las mujeres fueran aspirantes a cargos que solo al hombre corresponde desempear, sino que cumplis vuestro magnfico destino de mujer: en la vida, como esposa, como madres, como hijas. Pese a todas las funciones buenas, provechosas que cumplan las falangistas, el Secretario General de Falange afirmaba creer que en las horas actuales [] os corresponde otra de mayor
(60) Refirindose a otro fragmento en el mismo discurso recordara que, como siempre, apoy mis argumentos en palabras de Jos Antonio, que era lo que de verdad iba a aleccionar a las camaradas; PRIMO DE RIVERA (1983): 112. (61) Segn el texto del discurso publicado por el diario falangista de Bilbao, Hierro, recorte sin fecha (16.1.1938?), en: AGA (03)122, CA 17-99, 75/25508. Adems, esta versin, mucho ms extensa que la de ABC, reproduca con ligeras diferencias tambin la primera frase del fragmento anterior: Por eso nosotras, que salimos de nuestras casas no por afn de exhibicin, sino porque creamos un deber ayudar a nuestros camaradas []; ibid. Las cursivas en ambas citas son nuestras. (62) Cfr. Hierro, mismo recorte sin fecha.
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jerarqua, de ms rango y superior autoridad; [] sed sacerdotisas de su fuego sagrado [de Falange]en la casa y en el hogar(63). Como demuestran sus palabras, la preocupacin por el excesivo protagonismo pblico de las mujeres no era exclusiva de los sectores tradicionalmente conservadores. En cualquier caso, el comentario de ABC una semana despus ofrecera a sus lectores una tranquilizadora relectura del consejo femenino que no Consejo Nacional de SF. El que dcadas despus sera calificado por la propia Primo de Rivera como casi todo el embrin de lo que sera despus la SF(64), habra sido no un cuadro aterrador de mujeres secas o masculinas, sino la reunin de un centenar de mujeres que, ordena[da]mente, sin prisas y sin gritos, porque de stos y aun de mayores milagros es capaz nuestra Falange, habran sabido:
conservar todo el encanto femenino, []; mujeres inteligentes, tal vez intelectuales es cuestin de entenderse respecto del concepto, pero en una lnea esencialmente femenina, sin remedar a los hombres, ni sus ocupaciones ni sus tareas; sin desertar de la gran labor que por el orden natural les ha sido asignada(65).
Si, como hemos mencionado, el golpe de Estado haba surgido, tambin desde una perspectiva de gnero, de la concrecin espaola de la crisis del periodo de entreguerras y si la Nueva Espaa en construccin constitua una respuesta a todo ello tambin en dichos trminos, las diferencias y divergencias ideolgicas entre los diversos integrantes de la coalicin autoritaria no podan sino afectar dentro de unos lmites marcados por la propia ideologa a los roles de gnero. Dos das antes de la relectura de ABC, Unidad, el diario falangista de San Sebastin, haba aprovechado el anuncio de la salida de Y. Revista para la mujer nacionalsindicalista, la primera publicacin peridica de SF, para tratar el tema:
Entre las cosas necesitadas de urgente reforma, figura el refranero que se nos est quedando evidentemente anticuado. As, por ejemplo, hay un refrn que dice: La mujer honrada, la pierna quebrada y en casa, refrn que es consecuencia de los siete siglos de dominacin musulmana y que, de hecho, han puesto en desuso ya nuestras mujeres. Ahora, la mujer honrada, cuando tiene deberes que cumplir, se echa a la calle y la invade con su mpetu y llena a la perfeccin su cometido, con un entusiasmo, con una probidad y una gracia que la hara adorable si no lo fuera ya por ser mujer y por ser espaola(66).
Ejemplo de estas nuevas mujeres espaolas eran las falangistas, que invadan la calle, es decir, el espacio pblico. Pero ello solo era aceptable porque
(63) ABC (Sevilla), 25.1.1938. (64) PRIMO DE RIVERA (1983): 129. (65) Adems, como muestra mxima de su feminidad, el periodista aseguraba haber visto cmo las mandos de SF se entretenan durante descansos o en las conferencias donde solo escuchar fuera necesario, en hacer punto o devanar madejas; ABC (Sevilla), 3.2.1938. (66) mpetu y garbo de la mujer nacionalsindicalista, en: Unidad, 1.2.1938. Las cursivas son nuestras.
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condiciones sine qua non, por un lado, as se lo exiga su deber (su cometido) y, por el otro, no perdan su feminidad (la gracia, ser adorable[s]). La imbricacin entre identidad nacional, poltica, de gnero, social y hasta generacional cristalizaba en una breve ancdota. Un grupo de jvenes falangistas se acercaba a dos seoras para venderles un ejemplar de Y, pero estas se quejaban del precio: Caro? Ms caras cuestan esas revistas traducidas del francs, que ensean a ser tonta de remate o a ser frvola, lindando con alguna cosa peor. Esta ensea a ser mujer espaola y eso no tiene precio!. Sin embargo, los lmites exactos de la frontera entre masculinidad y feminidad se hacan algo ms difusos cuando el periodista deca rememorar en el pregn femenino de las vendedoras de Y de inicios de 1938 aquellos pregones viriles de los vendedores de FE o Arriba de los aos previos a la guerra; o cuando unos muchachos rehusaban comprarles un ejemplar por ser una revista de mujeres y ellas respondan: Todo lo que es de la mujer debe interesarle al hombre que es hombre(67).
Como se ve, los meses finales de 1937 y los primeros de 1938 fueron tiempos en los que se discuti mucho sobre el modelo de feminidad y los roles de gnero que de l se haban de deducir. La Espaa nacional estaba en lento proceso de consolidacin interior (el primer gobierno de Franco llegara aquel febrero), tambin en su vertiente de gnero. Por su parte, SF intentaba definir un espacio para sus difciles equilibrios. Se rechazaba la falsa, insegura y estril postura de la mujer en los ltimos siglos de una historia de Espaa, en cuyo lugar la espaola habra de ser una mezcla de lo nuevo y de lo viejo: la modernidad que traa el aire de los tiempos nuevos, los brotes ya de alas de victoria, la fe juvenil, la fuerza ante el dolor, sin perder por ello la ms pura gracia de sus virtudes tradicionales (68). Y, como ejemplo y paradigma del nuevo estilo de feminidad, Pilar Primo de Rivera, ante todo, modelo vivo de renunciamientos y de virtud, la ms suprema expresin del sacrificio, quien personificaba las ms estimadas cualidades de la mujer espaola: discrecin, bondad, inteligencia, recato y constancia(69). No obstante, ms problemticos, cuando no potencialmente transgresores podan ser otros modelos de servicio y sacrificio. Era el caso de Irene Larios (condesa de Revertera, camisa vieja y mando de la denominada Falange Femenina de 1 lnea), quien serva inmediatamente tras los frentes [d]esde principios del Movimiento cuando, abandonando su casa y sus hijos, se dedic a los soldados de Franco. [] sigue en su puesto, ejemplar y sencilla(70). En todo caso, en una Espaa nacional donde la religin catlica haba ido impregnndolo todo, reconquistando, recristianizando cada vez ms la socie(67) (68) (69) (70) Ibd. Y, febrero 1938, y Serenidad, en: Y, marzo 1938. Y, octubre 1938, y Misin de la mujer en el Nuevo Estado, en: Arco, 8.2.1938. Y, diciembre 1938; la cursiva es nuestra.
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dad, la confianza en Dios no poda estar ausente de la mujer, tampoco de la falangista. La Delegada Nacional fijaba como objetivo formar a la mujer nacionalsindicalista sin desatender nunca su obligacin religiosa. Ahora bien, una formacin que inclua un espritu religioso profundo, el amor a Dios sobre todas las cosas, s, pero nada de falsas devociones sentimentales y blandas ni de confundirse con quienes, tiradores de primeras piedras, olvidaban la propia flaqueza(71). La SF, como ya la Falange antes, tendra que cubrir su flanco ante las acusaciones de no ser catlica, y ello obligaba a estar atentas a las suspicacias. Fue el caso de la publicacin de unas fotografas de su Escuela de Educacin Fsica en Santander en las que se vea a las cursillistas de uniforme, sin mangas y con falda justo por encima de la rodilla: dos meses despus, la misma revista en una nota aseguraba que el traje mostrado no era el definitivo y que este sera conforme a las normas de la moral cristiana(72). 3. y DeSPUS? ALGO MS QUE SOLO HOGAR: LOS AOS DE LA INMEDIATA
POSGUERRA
El 1 de abril de 1939 lleg la Victoria y con ella habra de llegar, tarde o temprano, la desmovilizacin no solo de los soldados. Ya en la primavera anterior, cuando el frente republicano se haba venido abajo en Aragn, haban aparecido, negro sobre blanco, reflexiones acerca del papel de SF tras la guerra: Y despus?. De nuevo, mientras el avance franquista en Catalunya acercaba el final de la guerra y las falangistas se reunan en su III Consejo Nacional, Eugenio Montes haba retomado la cuestin para constatar a su pesar nos guste o no nos guste que, en la participacin de la mujer en la esfera pblica, iba a ser imposible un retorno simple a la existencia anterior (73). Pero tampoco era ese retorno simple lo que quera Pilar Primo de Rivera; antes al contrario. En su Mensaje de la Paz, fechado el 1 de abril, la Delegada Nacional anunciaba que el fin de la guerra no iba a suponer la desmovilizacin de SF: se haban acabado los servicios ms urgentes, s, pero empezaba la obra constructora [] una obra enorme de las mujeres de Falange. Para ello no poda faltar ahora ni una afiliada ni una sola mando, pues sera intil la guerra si, una vez acabada, volvierais a la comodidad y al descanso(74). La ms alta
(71) Organizaciones juveniles, en: Y, febrero 1938; obligacin religiosa en ABC, 11.11.1938. (72) Cfr. Y, julio y septiembre de 1938. (73) Cfr., respectivamente, Y, marzo 1938, y ABC, 19.1.1939. (74) Mensaje de la paz a la Seccin Femenina [], en: Y, abril 1939. En este sentido, todava dos aos despus les recordara durante el V Consejo: Si os hubierais alistado en otro sitio, quiz[s] os dijeran ahora: Ya habis trabajado bastante; os habis portado bien, camaradas; por lo tanto, es hora de que descansis. Eso, en definitiva, no sera ms que una posicin blanda frente a la lucha y una falta de fe en la Doctrina y en vuestra vocacin; cfr. V Consejo Nacional de la Seccin Femenina, en: Y, febrero 1941.
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mando falangista haba estado laborando para ello desde tiempo atrs: si a la semana de formarse el primer gobierno de Franco haba declarado que la mujer [] se adiestra para influir en la vida del Estado futuro(75), en el primer verano de posguerra Y publicara un artculo con el significativo ttulo de El Gobierno de las Mujeres, en donde lo ms sorprendente era no encontrarse bajo dicho ttulo como era habitual en otras publicaciones una crtica descarnada de la (in)capacidad femenina para gobernar. Antes al contrario, se haca un repaso a varios ejemplos histricos de mujeres con poder (Isabel la Catlica en primer lugar) y el encabezado avanzaba la conclusin:
Pocas veces tiene la mujer oportunidad de utilizar sus dotes de gobernante. Sin embargo, rara es la ocasin en que ha ocupado un trono que no haya sido en beneficio del pas. Bajo el mando de las Reinas la mayora de las naciones han llegado a la cumbre de su podero y prosperidad(76).
Conscientes de lo que la SF deba a la guerra, ahora que esta haba terminado haba que garantizarse un lugar. Para ello, por un lado, se buscaba como acabamos de ver legitimidad en modelos histricos de activismo femenino (y mejor si eran del glorioso pasado imperial espaol) aceptados por la sociedad del momento(77) y, por el otro, se pona el acento principalmente en la formacin de la mujer. Como era Franco quien poda decidir, en la primavera de 1939 la SF se sum al Ejrcito y a la Iglesia en sus homenajes al Caudillo y aprovech su I Concentracin Nacional para rendirle tributo (78). All, en Medina del Campo, Franco recibi el homenaje de la mujer espaola y la ofrenda de los frutos de las tierras espaolas, y all pronunci sus muy citadas palabras: Os queda [] la reconquista del hogar. Os queda formar a los nios y a las mujeres espaolas. Unos das antes, al tratar el tema de la formacin de nias y chicas, el Jefe Nacional le haba dicho a Carmen Werner, Regidora Central de juventudes femeninas: Y, sobre todo, que sean muy naturales (79). Pilar Primo prometi ampliar la labor formativa de SF para hacer a los hombres, a esos soldados que ahora regresaban al hogar, tan agradable la vida de familia que dentro de la casa encuentren todo aquello que antes les faltaba y as no tendrn que ir a buscar a la taberna o en el casino los ratos de expansin(80).
(75) Eso s, combinando siempre presencia poltica y feminidad, [l]levando ms ternura a la frialdad de las viejas instituciones polticas [] un ntimo calor de humanidad al duro mecanismo del Estado; cfr. Misin de la mujer en el Nuevo Estado, en: Arco, 8.2.1938. (76) El Gobierno de las Mujeres, en: Y, agosto 1939. (77) OfER (2005): 666. Esta autora recoge ms ejemplos de la revista Medina, en 1941; ibid., 667 ss. (78) Y no deja de ser indicativo que fuera precisamente la SF quien asumiera en aquella ocasin la representacin del que constitua el tercer pilar de la dictadura, junto a Ejrcito e Iglesia: el Partido. (79) Adems, el campamento de las falangistas no tiene sabor militar y s de un gran hogar; cfr. ABC, 27.5.1939. (80) La gran Concentracin Femenina de Medina del Campo, en: Y, junio 1939.
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Pero, en un momento en que la euforia de la Victoria aupaba a la Espaa de Franco al lado de las potencias fascistas, la labor formativa de SF no acababa ah. Las mujeres seran aleccionadas tambin sobre cmo cuidar a sus hijos (porque no tienen perdn que se mueran por ignorancia tantos nios que son siervos de Dios y futuros soldados de Espaa) y se les infundira el modo de ser falangista, para que ellas a su vez se lo transmitieran a sus hijos. El objetivo estaba claro:
a la vuelta de una generacin, por obra de ella [de la Falange], aquel nio que desde chiquitn llev puesto el uniforme, que entre sus cuentos infantiles oy la historia de la guerra y del Caudillo y la vida y la muerte de Jos Antonio, cuando llegue a mayor edad ser un hombre cabal y tendr ya metido dentro de s este estilo de nuestra Revolucin. Tan metido, que [] se pondrn de cara al mar para ver qu nuevas cosas hacer. Arriba Espaa!!(81).
La Concentracin Nacional haba tenido lugar en Medina del Campo bajo el smbolo de la Reina materna y fundadora, y all, en plena Castilla, concebirn en su espritu nuestras mujeres, las inquietudes de otro Imperio(82). A ello podan contribuir las mujeres de Falange, al menos, en dos mbitos: la poltica demogrfica y la autarqua. Por un lado, en una poca en que la grandeza de un pas se crea en su nmero de habitantes de soldados, el fomento estatal de la natalidad era primordial. En Medina Franco haba pedido mujeres sanas, fuertes e independientes y la SF se comprometa a formarlas. Ya durante la guerra civil, para justificar el encuadramiento de las juventudes femeninas se haba afirmado que la futura madre hay que formarla desde la primera infancia con el objetivo de mejorar la raza para ser tiles a una Espaa mejor(83). Ahora el nfasis por no decir, la insistencia se acentuara. En el IV Consejo Nacional de SF, Ramn Serrano Suer se haba referido precisamente a la poltica demogrfica como la palanca ms importante de un pueblo y en el siguiente Consejo de nuevo Imperio y Revolucin intrnsecamente unidos afirmaba: Los ideales de nuestro Estado falangista no tendran realizacin posible si Espaa no acometiera de verdad una seria poltica demogrfica (84). En octubre de aquel 1941, mientras las tropas del Eje avanzaban sobre Mosc y tropas espaolas llegaban al frente de Leningrado, la Delegada Nacional dio en Berln una conferencia en el marco del Encuentro Internacional de Mujeres con mandos de organizaciones femeninas fascistas y autoritarias y habl de la necesidad que tiene Espaa de aumentar el nmero de habitantes suficiente para
(81) Ibid. (82) Como se anunciaba con anterioridad; cfr. ABC, 30.4.1939. (83) Y, febrero 1938. (84) Cfr., respectivamente, ABC, 20.1.1940, e Y, febrero 1941. Adems, durante esos dos aos (1940-1941) la atencin prestada al tema aumentara, con artculos como Creced y multiplicaos, En Espaa hay un nuevo habitante y Patria en germen; cfr. Y, respectivamente, octubre 1940, as como abril y junio de 1941.
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alcanzar en muy breve plazo [] su total engrandecimiento (85). Por el otro, tambin en la autarqua, fruto de la emulacin de las polticas econmicas fascistas, la participacin de las mujeres era vital, llamadas ahora a consumir productos nacionales y a tener paciencia si la calidad de estos no era al principio equivalente a la de los extranjeros(86). La formacin de la mujer espaola era el eje que todo lo atravesaba y que, en ltima instancia, justificaba la supervivencia de SF. A partir de 1938 esta tarea formativa seguira, si bien con acentos cambiantes, la misma constante Patria-Hogar-Dios. Ya lo haba anunciado el primer editorial de Y: las falangistas no queran tener, como tantas veces lo ha sido en irritadas voces de mujeres, una voluntad de independencia, de inscisin [sic], de Robinsonismo femenino, pero tampoco de humillacin, de desentendimiento o de abandono del destino que por mitad en la Patria, en el hijo, en Dios nos corresponde(87). En unos momentos en que, segn el discurso falangista, Espaa discurra por caminos otra vez iniciales la guerra solo era la primera etapa las falangistas establecan los tres mbitos en los que ellas eran la mitad y, por tanto, no podan ser excluidas: Patria, hijo, Dios, es decir, Religin, Hogar y Patria, porque como mujeres las falangistas tenan vedadas oficial y discursivamente la poltica y como ya hicieran las catlicas de la dcada anterior sublimarla con la retrica del patriotismo pareca hacerla ms asumible para ellas y aceptable para los dems. Insistira en ello Pilar Primo de Rivera a principios de 1941, mientras Alemania pareca haberse quedado sin enemigos en el continente europeo, Falange crea estar tocando el cielo fascista y toda Europa hablaba del Nuevo Orden nazi(88). Al fijar los objetivos para el nuevo ao citaba a su hermano en trminos muy similares: la construccin de un orden nuevo tenemos que empezarla por el hombre, por el individuo. Justificaba as que la SF se esforzara por formar totalmente al individuo en tres aspectos diferentes: la formacin nacionalsindicalista, la religiosa y la preparacin domstica de la futura madre(89). Pero, pese a toda la insistencia en su importante labor formativa, en el sacrificio que supona haber tenido que abandonar el hogar, la tensin que la
(85) Cfr. Conferencia de Pilar Primo de Rivera en el Congreso Internacional de Secciones Femeninas celebrado en Alemania, en: Real Academia de la Historia, Asociacin Nueva Andadura, Serie Azul, Carpeta 24. (86) Mientras, ante la escasez de papel, las Organizaciones Juveniles de Falange, masculinas y femeninas, recogan el usado por las calles y casas del pas; cfr. Autarqua y vosotras y Papel, hace falta papel, en: Y, respectivamente, octubre 1939 y octubre 1940. (87) Y, febrero 1938. (88) La revista de SF haba explicado a sus lectoras el significado de la cada de Francia; vid. El mundo cambia, en: Y, agosto 1940. La expresin cielo fascista, en: SAZ CAMPOS (2007): 45. (89) El ao 1941, en: Y, enero 1941. Volvera a recalcarlo casi dos aos despus: la alta funcin de SF era dar a la mujer, alma de hogar, una formacin religiosa, patritica, domstica y poltica; vid. La mujer, alma de hogar, preparada por la Falange, en: Y, diciembre 1942.
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visible y uniformada presencia pblica de las mandos de Falange provocaba no habra de desaparecer. Daba igual si desde las pginas de su principal revista las falangistas criticaban con contundencia a las britnicas alistadas en las fuerzas auxiliares femeninas del Ejrcito de su pas por ir [d]isfrazadas de hombres y no constituir ms que tristes parodias de estos(90); como tambin daba igual si en el Consejo Nacional de 1941 la Delegada Nacional haba recordado a sus mandos el principio de obediencia y subordinacin absoluta a los mandos masculinos, si haba pronunciado ante ellas sus tambin muy citadas palabras sobre el tipo detestable de la oradora y su agradecimiento a Dios por habernos privado a la mayora de las mujeres del don de la palabra, o si haba conminado a la labor callada, que a las Secciones Femeninas mientras menos se las oiga y mientras se las vea menos, mejor(91).
Las suspicacias masculinas, dentro y fuera de la Falange, seguan ah. Ya lo haba dicho Eugenio Montes meses antes del final de la guerra civil en las pginas de ABC y lo repetiran l mismo y altos mandos falangistas en el primer Consejo Nacional de posguerra. El ministro secretario del Partido, Muoz Grandes, pidi a SF intensificar el espritu cristiano que es nima [] hasta desterrar por completo esas costumbres exticas que tan mal cuadran a nuestra raza; Jos Mara Alfaro se declaraba antifeminista y, aunque no partidario de excluir a la mujer de la poltica, remarcaba que no le corresponda a esta participar en ella en funciones rectoras y conductoras; el propio Montes volva a lamentar que no se pudiera dejar la exclusividad del dominio del obrar al hombre (el ideal de una sociedad), alegaba razones esenciales y fisiolgicas para negarle a la mujer la misma aptitud que el hombre en el trabajo y afirmaba que era este el que hace la historia; pero la mujer hace el hombre que hace la historia. Fracasa la mujer cuando quiere hacerla directamente (92). Cuatro meses ms tarde era el propio Dionisio Ridruejo quien, al inaugurar un ciclo de conferencias organizado por las falangistas, deca con cierta ambigedad que la Seccin Femenina no va aqu a opinar por su cuenta; cede la voz al elemento masculino, y abre este gran saln para que nuestra voz tenga mayor espacio(93). En relacin con ello se pueden constatar tambin en la evolucin de SF los dos aspectos que marcaran la evolucin de la poltica espaola en los aos posteriores: por un lado, la paulatina prdida de influencia nunca consumada del todo de Falange y su definitiva nacionalcatolizacin tras la fracasada ofensiva poltica de 1941, as como, por el otro, la consolidacin inversamente proporcional de Franco y de su caudillaje. En primer lugar, la cada vez mayor dependencia retrica respecto de la figura del Caudillo. Si la triunfal visita de Franco a Barcelona en enero de 1942 constitua la apoteosis del
(90) (91) (92) (93) Disfrazadas de hombres, en: Y, septiembre 1940. V Consejo Nacional de la Seccin Femenina, en: Y, febrero 1941. Cfr. ABC, respectivamente, 11.1.1940, 16.1.1940 y 17.1.1940. ABC, 7.5.1940.
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propio Caudillo y del nacionalcatolicismo (94), en los aos posteriores los discursos inaugurales de Pilar Primo de Rivera en los Consejos Nacionales de SF, que solan acabar con un Por Franco justo antes del Arriba Espaa! final, fueron denotando una intensificacin de dicha dependencia. As, si en 1944 se refera al dictador como nuestro seor en la tierra, al ao siguiente peda a las mandos de SF una oracin a San Fernando por Franco, porque si nos falta, no tenemos donde poner la mirada(95). El segundo de los aspectos era el reflejo del triunfo aplastante del catolicismo intransigente, ortodoxo y sin matices(96). No se trata de que hasta entonces SF no hubiera hecho referencia al e incluso dado prueba de fe de catolicismo: de hecho, al menos desde 1937 las referencias a Dios y a la religin haban sido frecuentes, no en ltimo trmino para defenderse ante las crticas. Pero en el VI Consejo, en 1942, Pilar Primo de Rivera habl ya de perfeccin catlica y reclam un sentido tambin completo profundamente catlico que lo envolviera todo: nosotros no podemos concebir a las camaradas partidas en dos mitades: falangistas por un lado y catlicas por otro, sino que entendemos estas dos cosas en una sola pieza. Al ao siguiente adverta a las mandos del riesgo de considerar a las afiliadas a SF un poco como masa, y de no ver en cada afiliada una persona []. Esto por ser anticatlico, sera tambin un entendimiento antiespaol y antifalangista de las cosas. Y en 1944 el texto publicado en Y de su discurso en el VIII Consejo, el de Guadalupe, iba acompaado en la misma pgina, por primera vez, de una Gua Litrgica y de un fragmento del Evangelio(97). Pero no eran solo los discursos anuales: al mes siguiente de la firma de los acuerdos entre Espaa y el Vaticano de junio de 1941, la revista de SF public su primer artculo en tres aos y medio dedicado especficamente al Papa o la Santa Sede (tras haber dedicado varios, por ejemplo, a la juventud japonesa), temtica que retomara ya de forma acentuada a partir de finales de 1942(98). 4.
LOS LMITES (IDEOLGICOS) DE LA SUMISIN: ALGUNAS REfLEXIONES
En octubre de 1945 Mara de Miranda, Regidora Central de Educacin Fsica de SF, llam en pblico cobarde a Fernando de Coca, militar, Jefe Provincial y Gobernador Civil de Sevilla, as como Consejero Nacional y Procurador a
(94) SAZ CAMPOS (2003): 326. (95) Cfr. los respectivos discursos en: Y, febrero 1941-1945, as como La Vanguardia Espaola y ABC, 12.1.1941; para 1940 vase ambos peridicos 11.1.1940. (96) En expresin de SAZ CAMPOS (2007): 53. (97) Cfr. Y, febrero respectivamente de 1942, 1943 y 1944. (98) Asimismo, el primer (!) artculo dedicado a Accin Catlica de la Mujer no sera publicado hasta septiembre de 1943; cfr. Y, julio 1941, noviembre de 1942, septiembre de 1943 y abril de 1944.
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Cortes, por la negativa de este a que, en una entrega de premios, se cantara el Cara al Sol y se saludara brazo en alto. Coca exigi primero por telfono y posteriormente con un informe reservado a Rodrigo Vivar Tllez, vicesecretario general del Movimiento, una medida ejemplar contra la mando de SF. Recibido el informe, Vivar traslad copia a Pilar Primo de Rivera, quien a los pocos das le contest custicamente que, si te parece bien, haba decidido amonestar pero de ninguna manera destituir a su Regidora Central, puesto que, aada, segn se desprende de los informes la razn est toda de parte de ella. Sin embargo, el Vicesecretario General debi de dudar qu hacer y prefiri guardar silencio. Despus de semanas sin obtener contestacin, Coca le insisti, recordndole que por telfono le haba dado total razn y exigiendo ahora ya la destitucin de Miranda; de lo contrario presentara su propia dimisin como Jefe Provincial y Gobernador. Ante esta situacin, a Vivar no le qued otra que comunicarle a Coca la sancin impuesta a Miranda, asegurndole adems que, con ello, queda completamente a salvo tu dignidad y la autoridad de tu jerarqua.(99). Seis aos despus Miranda an segua en su cargo(100). Este hecho resulta revelador en muchos sentidos. Que en octubre de 1945 una Regidora Central de SF insistiera, cinco meses despus de la derrota alemana en la guerra, en que en un acto se cantara el himno de Falange y se saludara brazo en alto; que, al negarse a ello el mando masculino y de superior jerarqua, no solo no cejara sino que le llamara directamente cobarde en pblico; que el mando masculino exigiera, primero, una medida ejemplar y, luego, la destitucin de la mando femenina y de inferior rango; que no obtuviera respuesta y tuviera que insistir amenazando ya con dimitir l mismo; que el Vicesecretario General del Partido dejara la decisin a una mando femenina, orgnicamente subordinada aunque Delegada Nacional; que esta no solo no destituyera a su Regidora, sino que le diera la razn (aceptando, por tanto, que una mando pudiera llamar cobarde en pblico a un mando superior); y que, por ltimo, todo un Vicesecretario General del Movimiento no pudiera sino comunicarle con un mes de retraso la decisin al realmente afectado En ningn momento a lo largo de toda esta correspondencia oficial se habla de modelos de gnero, de roles femeninos o de las cualidades que una mujer haba de tener y, sin embargo, de alguna manera las relaciones sociales de gnero, de poltica y de poder no dejan de estar presentes en todo ello. Porque de relaciones de gnero se puede hablar incluso cuando no se habla directamente de hombres y mujeres. Y, al menos en el caso que acabamos de ver, todo ello parece casar bastante poco con un modelo de sumisin o subordinacin femenina, aunque se tratara
(99) Cfr. Coca a Vivar, 24.10.1945 y 29.11.1945, Vivar a Primo de Rivera, 3.11.1945, y la respuesta de esta, 9.11.1945; y Vivar a Coca, 13.12.1945, en: AGA (9) 17-02, 51/18977. La ancdota la han tratado, al menos, BERGS (2003): 176 ss. y ZULIANI (2007): 345 ss. (100) Al igual que Coca en enero de 1949; cfr., respectivamente, La Vanguardia, 29.5.1951 y ABC, 23.1.1949.
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realmente? de un caso aislado y una de las involucradas se llamara Pilar Primo de Rivera.
El discurso falangista de gnero no se puede aislar de la propia ideologa de Falange. Ciertamente, con los grupos femeninos conservadores de la Espaa insurgente existan al igual que entre Falange y los otros partidos semejanzas y rasgos en comn, tanto a nivel terico como prctico; no por casualidad se encontraban en un mismo bando enfrentados a un enemigo irreconciliable. Pero, ms all, sus respectivos proyectos polticos presentaban aspectos divergentes cuando no contrapuestos y ello tambin tena repercusiones de gnero: el proyecto falangista era ultranacionalista y revolucionario y, si en el primer aspecto poda haber puntos en comn, en el otro, la revolucin, no. La movilizacin femenina falangista tena lugar especialmente al principio con argumentos polticos (con la nacin, una idea de nacin particular y la revolucin) y no o ms tarde, no principalmente religiosos, como en el caso de las catlicas. Como proyecto fascista la ideologa de la Falange otorgaba adems al Estado un papel preponderante. El encuadramiento femenino (la entrega de las hijas) a la organizacin del Partido y su uniformizacin, as como la prctica generalizada del deporte o las excursiones (tan criticados por la jerarqua catlica) eran, s, para formarlas como madres, pero como madres sanas que dieran hijos/soldados a la Patria para poder alcanzar la segunda gran meta falangista: el Imperio. Pero ello se haca, adems, no solo fuera de la tan loada familia sino en una organizacin estructurada con miles de mandos profesionales, formadas al efecto; unas mandos falangistas que para ello podan viajar fuera de su pas, a las naciones amigas para observar (algo admirable) lo que otras organizaciones femeninas fascistas hacan. Unas mandos, por ltimo, que eran (jvenes, solteras, trabajadoras, sin hijos, independientes, polticas) la representacin ms palpable de unas contradicciones que por mucha excepcionalidad, por muchas aseveraciones en sentido contrario seguan ah.
Resulta efectivamente complejo, como afirmaba Gallego Mndez a principios de los aos ochenta, acercarse a los modelos de gnero en la Espaa de la guerra civil y la posguerra, especialmente a los de Falange/SF. Como hemos intentado esbozar en el presente texto, la imagen de conjunto es mucho ms dinmica y presenta muchos ms matices de los que caben en el modelo de la sumisin. Hay para ello que contemplar discursos, y discursos en competencia, cuando no en conflicto, con sus renegociaciones y sus reapropiaciones. Hay que ver quin dice qu, en qu contexto y con qu palabras, porque las palabras cuentan, como cuenta tambin la ideologa tras ellas. Pero, a la hora de analizar modelos, debemos considerar tambin las prcticas y su relacin con los discursos, porque unas y otros contribuyen incluso a travs de los efectos no pretendidos originalmente a formar identidades. Porque qu significan todas las llamadas durante aos a la abnegacin, al sacrificio, al hogar o a la sumisin de las mujeres a los hombres (y de las mandos a los mandos), si luego una jerarqua de SF llama cobarde precisamente cobarde en pblico a un
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triplemente alto jerarca falangista (y militar) y, adems, su Delegada Nacional, despus de todos sus discursos de obediencia y subordinacin absoluta a los hombres, no solo la protege sino que le da, directa y explcitamente, la razn? En verdad se diferenciaban tan poco falangistas y catlicas, falangistas y tradicionalistas? Por qu entonces tanto conflicto discursivo? Realmente se trataba solo de volver al hogar? Y qu significaba volver al hogar? Muchas preguntas, s. Pero no se trata aqu de cerrar debates, sino de reflexionar sobre lo que no acaba de cuadrar. Y, adems, con la ideologa como fondo de todo. Porque, y esta es ya la ltima pregunta: qu tiene que ver en la Espaa de finales de 1945, en una simple ceremonia de reparto de trofeos deportivos, una mando de una organizacin femenina encargada en teora de formar solo madres, esposas e hijas, con un himno fascista y un brazo en alto? Pues, al parecer, mucho. 5.
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LA MIRADA SOBRE MADRID: ANTICASTICISMO Y CASTELLANISMO EN EL DISCURSO FALANGISTA RADICAL DE LA INMEDIATA POSGUERRA
Universidad Nacional de Educacin a Distancia [email protected] (Recepcin: 03/05/2011; Revisin:22/06/2011; Aceptacin: 25/10/2011; Publicacin: 20/03/2012)
1. TESIS
Y ANttESIS DE MADRID: CAStELLANISMO Y ANtICAStICISMO.2. UNA CAPItAL DE IMPERIO.3. CONCLUSIONES.4. BIbLIOGRAFA
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SNtESIS:
RESUMEN
El presente artculo explora el discurso falangista radical en torno a la crtica anticasticista que se hizo a la ciudad de Madrid. El objetivo del mismo es desentraar qu signific este polismico concepto el casticismo/anticasticismo poniendo de relieve las diferentes connotaciones que se le dieron para, a continuacin, contraponer dnde se crea hallar el antdoto para estos males casticistas. La tesis que articula el trabajo es que tras la crtica a Madrid subyaci una crtica ms amplia sobre los males que asolaban a Espaa, de la misma forma que, bajo la reivindicacin de un Madrid que respondiese a la idea castellanista, puede encontrarse parte del discurso falangista sobre la nacin. Palabras clave: casticismo; anticasticismo; falangismo radical; nacionalismo falangista.
Historia y Poltica ISSN: 1575-0361, nm. 27, Madrid, enero-junio (2012), pgs. 143-166
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THE LOOK AT MADRID: ANTICASTICISMO AND CASTELLANISMO IN THE RADICAL FALANGIST DISCOURSE OF THE IMMEDIATE POSTWAR
AbStRACt
This article explores the radical falangist discourse about the anticasticista criticism launched on the city of Madrid. The aim is to work out what was the meaning of this polysemous concept casticismo/anticasticismo highlighting the different connotation given to it. Next, what is settled down is where the antidote for the casticista deviation according to this discourse was. The thesis which articulates this paper is that beyond the criticism on Madrid lied down a wider one about the wrong that ravaged Spain. In the same sense, the idea is that under the claim of Madrid reflecting the ideal castellanista, is possible to find the falangist discourse about the nation. Key words: casticismo; anticasticismo; radical falangism; falangist nationalism.
*** En la compilacin de textos escritos entre 1937 y 1942 y agrupados bajo el ttulo de Madrid nuestro, Ernesto Gimnez Caballero condensaba una serie de metforas utilizadas para narrar la suerte y el destino de Madrid. A lo largo de los diferentes ensayos, y haciendo ostentacin de su peculiar estilo literario, el escritor falangista se dedicaba a dar cuenta de la polisemia adquirida por Madrid durante su reciente historia contempornea. En la pluma del singular autor, Madrid era mltiple: era, en un primer momento, la ciudad de los lamentos, la ciudad pecadora y extraviada, la ciudad desamparada y desolada que se trocaba, segn iba avanzando la guerra, en la ciudad perdonada y absuelta, en la ciudad rescatada, la ciudad resucitada que finalmente se converta, a partir de la victoria de abril de 1939, en la ciudad gloriosa abocada a devenir la capital imperial del Nuevo Estado. Venid pueblos de Espaa! Venid pueblos del mundo! Miradla, mi ciudad. Amarga llora en la noche profunda de su crcel. Tinieblas, cerco de fuego. Desolacin, sangre y estircol, escriba Gimnez en un blico 1937. La ciudad babilnica se arrepenta, y era entonces cuando, cual hija prdiga, se la reciba de nuevo en el seno de Espaa, destrozada y vencida, hincada de rodillas y guardando silencio, presta para su exculpacin y para transitar hacia su destino de glorias(1). Ciertamente, el apretado resumen que realizaba el escritor era retricamente efectivo: como se ve, a travs de diferentes exaltaciones, y muchas veces increpando entre exclamaciones directamente a la ciudad, el narrador situaba a Madrid en el centro del discurso. No era, sin embargo, una narracin especialmente original, sino que se insertaba dentro del habitual discurso franquista sobre la capital: protagonista de un movimiento pendular, la urbe oscilaba desde la extrema cul(1) GIMNEZ CAbALLERO (1944): 19-45.
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pabilidad y condena hasta la apotesica celebracin de su capitalidad en el Nuevo Estado. Eran las circunstancias de la guerra las que, en buena medida, imponan el ascenso y cada de la suerte de Madrid, que pasaba de ser la ciudad anhelada durante el verano y el otoo de 1936, a la ciudad traidora que permaneca en manos republicanas, para volver a ser una ciudad liberada, redimida y perdonada tras la entrada de las tropas franquista a finales de marzo de 1939. A la difusin de este mensaje contribuyeron los diferentes grupos polticos integrantes del Movimiento Nacional. Tambin Falange lo hizo, como en el caso que hemos visto, y lo hizo emplendose a fondo en sealar con el dedo acusatorio la ubicacin de las semillas del mal y el camino de rectitud que poda conducir a evitar los peligros inherentes a una ciudad que, de una forma u otra, siempre resultaba desconcertante. Una de estas vas de crtica fue el discurso anticasticista, un concepto relativamente vago y, a la par, suficientemente claro cuando se bucea en l. Un concepto, en cierto modo, comodn aplicado para criticar las negativas derivas en las que poda degenerar Madrid(2).
La intencin de estas pginas es ahondar en este discurso, escasamente estudiado e, incluso, como nos recuerda Ismael Saz, errneamente entendido por no poca parte de la historiografa, que ha tendido a subrayar acrticamente que el nacionalismo falangista fue casticista y folklorista(3). Para ello, el objetivo es desgranar los diferentes significados que se asociaron a este trmino partiendo de la idea de que, tras la crtica al casticismo madrileo, late la concepcin nacionalista elaborada por Falange. La acusacin casticista nos sirve, entonces, para contraponer las dos Espaas falangistas: aquella que arribaba a terrenos cenagosos y aquella otra con capacidad de renacer. La Espaa que tena que superarse y la Espaa que tena que construirse; en suma, el pas que ya no poda ser y el que representaba los nuevos tiempos que daban nacimiento al Nuevo Estado. Madrid y Espaa, por tanto, aparecen fluidamente intercambiables dentro del discurso estudiado: mirando a la ciudad, la capital desborda sus
(2) A pesar de la notoria deuda que el primer pensamiento falangista tuvo con Unamuno y la generacin del 98, la significacin que los fascistas espaoles dieron a este trmino en su crtica a Madrid y, por extensin, a Espaa, no sigue por completo la lnea del complejo casticismo unamuniano. Para este ltimo, el vocablo castizo derivaba de casta, que significara lo puro, lo que no se ha mezclado. Castizo vendra a ser, entonces, lo que se mantiene en su pureza sin mezcla de elementos extraos. En cierto modo, para Unamuno habra dos posibles formas de expresin del casticismo: por un lado, lo castizo histrico, que habra conducido al nefasto prejuicio de que solo el aislamiento nacional preserva ntegramente la identidad colectiva. El resultado habra sido la hipertrofia, por falta de ventilacin, de este espritu colectivo y el enquistamiento de una situacin crtica para el pas. Por otro lado, existira lo castizo eterno, aquel que ya no responda a la historia sino a la intrahistoria, conformando el verdadero sustrato espaol. En este ltimo caso, el enriquecimiento y desarrollo de lo castizo eterno se realizara abriendo el pas al exterior, oreando la patria al abrir las ventanas al campo europeo pero manteniendo, al mismo tiempo, la identidad nacional. (3) SAZ CAMPOS (2003): 245. Como subraya el autor, y como se mantiene en estas pginas, esta idea sera falsa.
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lmites para funcionar como smbolo y condensacin del conjunto de la nacin, una nacin no se puede olvidar concebida como un organismo cuya cabeza era, precisamente, la capital(4). En definitiva, la mirada sobre Madrid que tuvieron los fascistas espaoles nos aporta datos y ah reside gran parte de su importancia sobre la mirada a Espaa que, en el especfico momento de la inmediata posguerra, protagoniz este sector de vencedores en la guerra.
El ngulo que encierra este artculo es estrecho: lo es desde el punto de vista temporal, porque aqu se analizan exclusivamente los breves aos en los que pudo existir un fascismo radical, esto es, hasta 1941-1942. Lo es, igualmente, desde el punto de vista del objeto de estudio: el discurso elaborado por este mismo fascismo radical y revolucionario. Discurso, se advierte, y no tanto los actos concretos en los que este pudo desembocar porque, aunque aqu se mira al Madrid de la posguerra, no es inters de estas pginas el anlisis del diseo urbanstico de la capital tan grficamente expuesto en el plan que Pedro Bidagor elabor en 1941 ni los resultados arquitectnicos logrados(5). Tambin este texto es limitado en funcin de la lnea crtica elegida: el arma arrojadiza que supuso la acusacin casticista. Aunque no sean tratados a lo largo de las siguientes lneas, no se puede obviar, por consiguiente, que existieron, igualmente, otros sujetos centrados en criticar tambin a esa ciudad tan habitualmente odiada que fue Madrid por ejemplo, un discurso mucho ms reaccionario que el de los falangistas que recorren estas pginas(6). Tampoco se puede ignorar que, incluso dentro de la propia narrativa falangista, se desarrollaron lneas crticas alternativas con respecto a la capital, estructuradas a partir de argumentos distintos del pendular casticismoanticasticismo y centrados en la reivindicacin del campo frente a la ciudad, como en el ruralismo que abander, principalmente, Onsimo Redondo(7). Por ltimo, es obligado tener en cuenta que la larga historia del franquismo y, por ende, del falangismo, fue mucho ms all del arco temporal aqu elegido; paradjicamente, en los aos inmediatamente siguientes, buena parte de las acusaciones lanzadas por el partido contra Madrid seran vueltas contra l desde la particular inquisicin de los adversarios ideolgicos del fascismo ms radical(8).
(4) La teora funcionalista organicista protagoniz el urbanismo de la inmediata posguerra. A argumentarlo, incluyendo el papel de cabeza que le tocaba cumplir a la capital, se dedicaron algunos textos clave del momento. Por ejemplo, las Ideas generales sobre el Plan Nacional de Ordenacin y Reconstruccin, Madrid, Servicios Tcnicos de FET y de las JONS, Seccin de Arquitectura, 1939. Tambin, BIDAGOR (1939) y el famoso plan que este ltimo dise para Madrid en 1941. Igualmente, DE TERN (1978): 127-128. (5) Para esta cuestin puede verse BOX (2012): 147-177. (6) Un recorrido por el sentimiento antimadrileo desde la generacin del 98 hasta la guerra civil y el inicio del franquismo, en CAStILLO CCERES (2010). (7) Un reciente dossier de la revista Ayer est dedicado a las polticas agrarias fascistas desde una perspectiva comparada. Para nuestro inters, ver especialmente ALARES LPEZ (2011): 138-140. (8) Un desarrollo de esta secuencia, en SAZ (2003): 323. El autor ilustra la ofensiva lanzada desde el diario Arriba Espaa, catolizado y plegado a posiciones tradicionalistas tras los
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1.
A menos de dos meses del final de la guerra y en plena borrachera de triunfo tras el desfile de la Victoria en Madrid, Ramn Serrano Suer se reuna en la capital con el alcalde Alcocer y su equipo para discutir algunos proyectos de reforma de la ciudad. Las exhortaciones del ministro eran contundentes, poniendo, tal y como escriba Samuel Ros, el dedo poltico en la llaga(9). Para Serrano, haba que hacer un Madrid nuevo, no el gran Madrid material y proletario propio de los ayuntamientos republicanos y socialistas, sino un Madrid acorde con su grandeza moral y que se correspondiese con el rango que en el Nuevo Estado ocupaba la ciudad: el de ser la capital de la Espaa que resurga. Trabajen ustedes para que todos podamos acabar con la espaolera trgica del Madrid decadente y castizo, peda Serrano. No importaba que para conseguirlo hubiese que hacer desaparecer la Puerta del Sol ni el edificio de Gobernacin, caldo de cultivo de los peores grmenes polticos (10). El lastre a extirpar para lograr una capital acorde con los sueos falangistas era el casticismo, y a ello deban dedicarse los esfuerzos sin ningn tipo de contemplacin. Las declaraciones de Serrano tuvieron cierta cola. En los das inmediatamente posteriores a la publicacin de la reunin del ministro con el alcalde madrileo, el diario Arriba recoga e insista en el acierto de las aseveraciones del ministro. Decadente y castizo?, se preguntaba el rgano del partido. La afirmacin era exacta. La espaolera bufa, contrafigura de la espaolidad autntica, propia del Madrid decadente y castizo, sobrevena a Espaa cuando sta perda la fe en sus destinos. A modo de un Jano bifronte, el pas tena dos caras, la de Oriente y la de Poniente. La primera era la semilla de las peores derivas nacionales, la causa de los sedimentos que a lo largo de la historia haban conformado el casticismo madrileo. La segunda estaba representada en Castilla, dedicada a combatir ese Oriente que era forzosamente extranjero, pues no haba rastro castizo en Madrid antes de la llegada de los gitanos y de los artesanos de las Tendillas, de los Perchejes y de Triana(11). La extincin de toda esa roa madrileista que, inadaptable por naturaleza a un clima histrico de rigor, prolifera, pulula y da sus ms pestferos hervores en toda hora de disolucin estatal y nacional no deba sino ser celebrada por todo aquel que sintiese como Dios manda el Nuevo Estado. Se trataba de proscribir por peligrosas, y por espontnea repulsin y asco todas las formas del narcisismo de lo tpico, todas las variantes voluntariosas y caricaturescas de lo vernacular. El Movimiento y el nacionalsindicalismo no eran castizos, como
cambios de 1941-42, contra la generacin del 98 y el fascismo radical a travs de un ataque contra los intelectuales simbolizados por un Madrid que paradjicamente se denominaba agresivamente como castizo. (9) Samuel Ros, El soplo de Madrid, Arriba, 24 de mayo de 1939. (10) Las declaraciones de Serrano Suer estn en Arriba, 22 de mayo de 1939. (11) R. L. M., Decadente y castizo, Arriba, 23 de mayo de 1939.
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se afirmaba en otro editorial de Arriba, y as deba irse explicando a los catecmenos, tanto en la teora como en la prctica. Si para ello haba que llevar a cabo inexorables sajaduras, as se hara. Corran tiempos nuevos y las zonas tumefactas de la urbe pedan con urgencia su operacin(12) .
El cambio deba ser radical. Ya lo haba dicho Jos Antonio: lo mejor para Madrid sera prenderle fuego por los cuatro costados y colocar unos retenes de bomberos en los edificios que mereciera la pena conservar(13). Las viejas calles torcidas de la ciudad que no llevaban a ninguna parte, barnizadas de falsa poesa, seran enderezadas mirando al sol, limpiamente, para que condujeran a todas partes. Los tpicos elaborados por mentes de saldo que tanto haban perjudicado a la capital de Espaa la simpata de Madrid, la gracia de Madrid, o el casticismo de Madrid seran eliminados. La arquitectura deba encauzar la vida, y era seguro que un Madrid limpio y abierto, sin recovecos pasionales, sin casticismos ajenos sera muy pronto la capital que necesita y merece Espaa(14).
El mensaje ideolgico que subyaca a la crtica lanzada contra el Madrid castizo desde la prensa del partido no era balad; por ah se filtraba buena parte de la concepcin ultranacionalista falangista. Y es que los elementos que formaban parte del contundente discurso presentado por Falange eran, ciertamente, significativos. Porque el casticismo era un concepto relativamente resbaladizo y con ambigedades, compuesto por distintas connotaciones y variados significados, pero una idea a la que, si se le iban sumando estos diversos alcances, resultaba suficientemente clara de entender. Uno de ellos iba implcito en las declaraciones del ministro: la espaolera trgica y castiza era el fruto de los peligrosos grmenes polticos surgidos al calor del Madrid republicano y socialista, del Madrid proletario y populachero que deformaba el espritu y el alma nacional. El ministro tambin le haba puesto sitio exacto: la Puerta del Sol, smbolo de los males a destruir, cntrica plaza y privilegiado escenario de la fiesta republicana, pavimento de excepcin para la apoteosis de las masas durante los aos previos a la guerra civil(15). Lo haba narrado hiperblicamente Agustn de Fox en su descripcin de las movilizaciones republicanas, relatando cmo la multitud que invada Madrid desde la misma proclamacin de la Repblica inundaba la Puerta del Sol. Era una masa gris, sucia, gesticulante. Rostros y manos desconocidas que suban como lobos de los arrabales, de las casuchas de hojadelata; mujerzuelas de Lavapis y de Vallecas, obreros de Cuatro Caminos, estudiantes y burgueses insensatos(16). Porque la Puerta del
(12) Ni casticismo falsificado, ni casticismo autntico, Arriba, 24 de mayo de 1939. (13) La afirmacin joseantoniana la recoga el conde de Montarco, presidente de la Comisin de Informacin y Cultura del Ayuntamiento de Madrid, en un artculo titulado Hay que cambiar la fisonoma de Madrid publicado en Informaciones, 2 de febrero de 1940. (14) Hacia otro Madrid, Arriba, 24 de mayo de 1939. (15) CAStILLO CCERES (2010): 455-457. (16) DE FOX (1963): 63 y ss.
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HISTORIA Y POLTICA
Sol, elegida certeramente por el ministro como smbolo del casticismo segn apostillaba un editorial de Informaciones, el peridico dirigido por Vctor de la Serna se haba convertido en el abominable foco de maleantes en el que el marxismo circulaba desahogadamente, como en su propia casa(17). La Puerta del Sol era donde los invasores sutiles de Madrid se reunan, como argumentaba Edgar Neville desde Vrtice, el lugar de concentracin para la gente de los pueblos, que llegaba hasta la capital para dar gritos, extranjeros que no eran hijos de Madrid, por ms que la generosidad de la ciudad les hiciera pasar por lugareos(18). El politizado discurso de clase que identificaba el Madrid proletario y popular con el Madrid ideolgicamente desviado y moralmente extraviado se haca especialmente torturado en la pluma de Toms Borrs, quien describa cmo a la Puerta del Sol aflua el suburbio, madre de la miseria y el andrajo; los barrios bajos vomitaban en el centro de la capital heces turbias, pasando por all desde mujerzuelas y comadres, hasta tiznes de obreros de andamios, carreteros de faja y faca o huertanos del riego con agua de alcantarilla(19). La Puerta del Sol, por tanto, representaba la esencia castiza en uno de sus mltiples matices: el casticismo, en este caso, como sinnimo de las masas, del pueblo obrero susceptible de protagonizar los peores desvos. Pero un pueblo y una masa que, dentro del imaginario vencedor, tambin se representaban sucios y mugrientos, identificando, en este caso, la especfica filiacin poltica y la condicin de cla