GENERAL | por Alerta 360 Internacional
Psicologa del terrorista
Por Andrs Silva Haro Pensar el terrorismo es un acto complejo. Es demasiado riesgoso escribir sobre la psicologa del terrorismo con cierta perspectiva y sin caer bajo sospecha de frivolidad intelectual. Mucha gente vive sus das presa de temor a la violencia terrorista; otros pasan de la indiferencia al escepticismo y otros, como no, se alinean desde las trincheras que justifican las acciones terroristas, cuando no lo apoyan abiertamente. El terrorismo, para todos, es un tema de apasionante inters. La espectacularidad de su accin, la amenaza permanente y el anonimato e imprevisibilidad de sus operaciones lo convierten en una amalgama con propiedades magnticas. Pensar el terrorismo Una multitud de factores enmaraa la labor de los analistas y especialistas. Y a esto se suman las diferencias de perspectivas de cada una de las especialidades. Por si fuera poco se pretende, adems, explicar el terrorismo con la frmula ms mecnica posible: se suea con un enunciado universal o una suerte de manual de uso que responda al pedido ms urgente del pblico, lderes y fuerzas de seguridad: simplicidad. Ante esta problemtica ingresan triunfales los idelogos y comentaristas de masas, siempre dispuestos a lanzar ideas simples y populares sobre las cosas. En este caso, el perfil del terrorismo suele ser una simplificacin pasmosa que debe tranquilizar al ciudadano medio y justificar medidas burocrtico/polticas para mantener bajo control la amenaza. El problema de fondo Pienso que ante el desafo los intelectuales no podemos quedar atrs. Un aporte desde el pensamiento debe entregar elementos de trabajo para los especialistas. Sin embargo, pensar en la postmodernidad es an ms complejo. En tiempos donde la tolerancia se ha convertido en una de las virtudes cardinales, el terrorismo debera ser el paradigma del rechazo cultural. No es el terrorismo, para estos efectos, el paroxismo de la intolerancia? Las condiciones son claras: las grandes mayoras rechazan la imposicin de normas religiosas, rdenes de partidos polticos o declogos culturales. Los seguidores de las grandes religiones se erigen primero en tolerantes antes que en ortodoxos, relegando a estos ltimos a una posicin incmoda y culturalmente repudiada. Las obligaciones emanadas de cualquier autoridad devienen en movilizaciones masivas en defensa de la libertad y la pluralidad. La tolerancia del Iluminismo transmut en un valor individualista centrado en actitudes sexuales, religiosas, polticas y educativas. Es un consenso curioso: porque la misma tolerancia no puede ser unnime sino plural. Pero este valor liberal entraa su propia destruccin. A fuerza de permitirlo todo no se apega a nada ms que al no apego. As, la cultura de la tolerancia implica la prdida de los sistemas cargados de sentido. Asistimos a una cada del sentido y, por
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consecuencia, a una cultura sin sentido, a la deriva y con inevitables choques y contradicciones llevadas hasta la indiferencia o, en su reaccin, a una militancia emocionada hasta la exaltacin. No es, como se aprecia, un fenmeno originado por una conciencia de deber hacia los dems, sino un derivado de la descalificacin de los grandes proyectos culturales que excluye per se a los enfrentamientos religiosos, polticos o ideolgicos. Es una cultura de la autorrealizacin eventualmente compartida. En poltica significar una redefinicin hacia un gerenciamiento colectivo no excluyente y socialmente eficiente. Todos dentro, cultura del bienestar y rechazo a las posturas autoritarias. En religin se traducir en valores compartidos, en ausencia de imposiciones y, por sobretodo, en la omisin de todo inters de conversin. Su accin: humanista y tolerante. La estructura religiosa se des-autoriza para devenir en un modelo fluido y pluralista que permita la bsqueda individual del bienestar religioso dentro del marco de la denominacin particular. Ms conciencia iluminada y menos direccin de almas. Es la consagracin del yo en el nico altar religioso tolerable. Uno que no alerta a la buena conciencia tolerante. En proyectos colectivos se convertir en un tipo de activismo militante emocional y radical que, sin embargo, permite en su seno todas las expresiones, orgenes e intereses posibles. En definitiva, se trata de priorizar el yo, no sobre la consigna voltaireana de una libertad que termina en la del prjimo, sino nacida de la indiferencia hacia el otro traducida en el respeto hacia las diferencias. Una nueva perspectiva No se trata de relativismo moral como acusan tantos. La cultura contempornea tiene un vigoroso acento en el valor de la libertad privada. La prueba est en que el menor roce a este meta-valor es enrgicamente rechazado. Y con esto, todo proyecto colectivo fundado sobre imposiciones ideolgicas. No se explica de otro modo el furor anti-sectas que vio nacer el siglo XXI y que hoy decae por la indiferencia con excepcin de titulares de los mass media clamando contra los escndalos de la intolerancia particularmente religiosa. Es la hora del ascenso del irracionalismo y del pensamiento mgico. Si nadie es dueo de la verdad, luego, todos poseen la suya. El nico lmite es la propiedad personal: bienes, vida y libertad. Si la defensa propia es el valor ms tolerado dentro de los actos violentos, la defensa colectiva contra generalizaciones colectivas ser intolerable. Es la primaca de lo relativo sobre lo absoluto, del individuo sobre la idea. Si se aligeran los juicios morales, ticos e ideolgicos y se redefinen los permisos y restricciones, en contraparte se endurecen las medidas de proteccin de la tolerancia. Si emergen actos vandlicos de intolerancia, las movilizaciones sern masivas. Es la hora del populismo, meditico y colectivo. En este contexto el terrorismo hace su ingreso: ms que una prdida de valores, decamos, es una prdida de sentido. No es un todo vale radical sino una equivalencia de interpretaciones que hacen repugnante toda violencia, autoridad y
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sectarismo. Se reivindica el derecho a hacerlo todo, decirlo todo, negarlo todo hasta deslegitimarlo todo en nombre de hacerlo todo legtimo menos lo intolerable. En esta escalada de incertidumbre y prdida de referencias, no es impredecible el surgimiento de una reaccin de malestar in crescendo radicalizada hacia el polo opuesto. La tolerancia hacia actitudes xenfobas es un buen ejemplo de la intolerancia consentida. Pero emerge una segunda intolerancia. Una que alimentada por la deslegitimacin de las referencias, dogmas y autoridades, desconoce toda autoridad fuera de s hasta fundirse con una determinada conciencia colectiva que absorbe su libertad de conciencia. En la bsqueda de una identidad perdida en el naufragio de los sentidos, surge este fundamentalismo novedoso que une la sumisin al dogma junto a la sumisin al colectivo. En su interpretacin particular se niega la autonoma con la fuerza con que se condena al hedonismo moderno. El dogma y la sumisin al colectivo se aceptan con el delirio mstico de quien recibe la revelacin de un lder sectario hasta anular el uso de la razn y la libertad bajo la forma de la esclavitud voluntaria. Un vistazo por los movimientos engendrados bajo el ala de la llamada Nueva Era nos revela el modelo prototpico previo al surgir del fundamentalismo. La bsqueda de la vivencia de lo sagrado que caracteriz al movimiento pre-hippie ser la bsqueda de sentido trascendente en el caos postmoderno. Este fundamentalismo particular tiene una segunda caracterstica notable: siempre es marginal. Es el barrio conflictivo de la gran ciudad indiferente y a salvo de la zona de riesgo. El problema para la postmodenidad aparece cuando lo marginal cruza la frontera e ingresa a la zona segura. Es una incomodidad, no un peligro. La cultura entera es impermeable a los anhelos reformistas de los extremos. Y por su propia naturaleza, la tolerancia sera muy incmoda si no permitiese la pluralidad superficial que consiente nolen volens la diversidad para certificar su identidad tolerante. En tanto, los extremos conmueven pero no operan los cambios emanados de los mandatos particulares que les dan forma y vida. Es comprensible, por tanto, la urgencia de construir una suerte de retrato robot de la amenaza. Uno que idealmente se imprima en las cajas de leche y se fije en postes y muros, al modo de los avisos policacos sobre delincuentes buscados. Un retrato, idealmente, universal que permita a la poblacin detectar la amenaza en caso de verificar la descripcin del delincuente. Pero en esto los guardianes de la seguridad han fracasado y los delincuentes han burlado las vallas policiales conmocionando el corazn de la sociedad. Y esto inquieta. Cmo construir un perfil del terrorista Permtanme esbozar un modelo de interpretacin (siguiendo como marco de referencia los aportes de Pichon-Rivire al modelo vincular) para perfilar la psicologa del terrorista. Para esto, realizaremos un acercamiento puramente psicolgico. No nacemos emocionalmente neutrales: la primera forma de vincularnos con el mundo es emocional. Nacemos, por as decir, con un agujero emocional que esperamos saciar y
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alcanzar la plenitud. A veces lo logramos y por instantes somos plenos. Pronto perdemos ese contacto y retornamos a nuestra carencia vital. Uno de los descubrimientos ms apasionantes de la psicologa moderna es la influencia de los sentimientos en nuestro pensamiento. En efecto, en un aparataje psicolgico mucho ms complejo, podemos decir que los sentimientos configuran nuestra percepcin de la realidad. Sobre esta realidad censurada y exaltada, pensamos y determinamos acciones que a su vez modifican el entorno y por consecuencia nuestros sentimientos y pensamientos. Fijemos esta idea para ingresar al modelo. Quiero centrar la atencin del lector en dos aspectos en juego: el terrorista y el poder. Para el poder, el terrorista es muchos tipos de terrorista segn la forma de vincularse con ste. Del mismo modo, para el terrorista, el poder es muchos tipos de poder. Todo depender de la forma de vincularse entre ambos. En definitiva, hablamos en uno y otro caso, del Deseo. La forma de desear y lo que desean, ser lo que defina la relacin llamada terrorismo. Desarrollemos el concepto. El terrorista desea el poder. Se encuentra en una posicin de carencia y procura satisfacerla. El poder se convierte en aquello que satisfar adecuadamente su deseo. Con esto quiero descartar como primera motivacin las que superficialmente se aprecian: protagonismo, trascendencia ideolgica/religiosa, aceptacin de sus pares, traumas infantiles no resueltos, perversiones, frustraciones no resueltas, etc. En una primera evaluacin (emprica) de su carencia, el terrorista busca satisfacer una necesidad bsica para cumplir adecuadamente los fines de sus motivaciones ideolgicas. Se encuentra a s mismo frente a una amplia gama de satisfactores similares ya que existen diversas formas establecidas de accin social en su campo (poltica, religin, activismo social, etc.) y en otros considerados competencia o enemigos donde las caractersticas de cada cual actuarn como guas para la decisin de accin. Para sus fines, el terrorista podra cumplir sus metas a travs de los tipos de influencia y accin ya existentes en el estado de cosas que enfrenta. El liderazgo partidista en un sistema democrtico con fines electorales hasta acceder a una posicin determinante por un perodo determinado, el liderazgo espiritual en un sistema de libertad religiosa con crecientes reas de influencia y grados de adhesin o el liderazgo social en un sistema de propaganda y compromiso colectivo, no aparecen como vas satisfactorias frente a su carencia reconocida. En este punto de decisin, el terrorista crea una imagen sobre l y el poder (satisfactor) en el momento de accin. Es decir, la terrorista podr experimentar en su mente el cmo se ver accediendo al poder que ms satisface su carencia y cmo ser visto por su circulo social. Esto es as tanto con el terrorista particular como con el colectivo terrorista. Experimentan diversas imgenes de s y de la mirada de su colectivo. En otras palabras, un acercamiento profundo - aunque complejo - al terrorismo requiere comprender y explicar el comportamiento terrorista en funcin de cmo intenta relacionarse con el tipo de poder al que aspira.
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Esta perspectiva nos permite interpretar el doble modelo del terrorismo moderno: individual y colectivo. Y tambin, sus acciones basadas tanto en la espectacularidad como en la eficiencia tcnica de una guerra bistur. Siguiendo la lgica que venimos desarrollando, si el terrorista experimenta mltiples imgenes de s segn el tipo de poder al que accede y la mirada de su colectivo, podemos sostener que su accin definitiva depende de cmo se constituye el sujeto desde un otro. Posibilitar la distincin - y explicacin de la seleccin de vas adoptadas por el terrorismo es posible gracias a vnculos puros fundamentales que permiten comprender el ncleo bsico que determina la preferencia del terrorista. Qu valores, qu ideologas predominantes conforman las formas de vincularse con el poder en el terrorista? Trazaremos imaginariamente una lnea divisoria. De un lado encontramos valores y sistemas ideolgicos orientados hacia la emocionalidad. Del otro encontramos los relacionados con aspectos racionales. En un primer cuadrante colocaremos el aspecto mejor estudiado del terrorismo: el grupo. El sentimiento comunitario otorga al terrorista un sentido de pertenencia. Las motivaciones integradas dentro de este vnculo se enrazan con las tradiciones, las lealtades, la continuidad, la bsqueda de consensos, etc. Es, an en grupos revolucionarios, una posicin eminentemente sentimental y conservadora. Un terrorista de clase comunitaria se tipifica como un romntico idealista de gustos clsicos. En el segundo cuadrante es totalmente opuesto al anterior. Encontrndose bajo el rea racional, los criterios para vincularse con el poder son, por as decir, tcnicos. A diferencia del cuadrante anterior, los criterios no son sentimentales ni apegados a tradiciones. La prioridad es la eficiencia de las acciones orientadas a un fin especfico. La causa que congrega a este grupo es la visin racionalista de la realidad, y desde all el sentido de practicidad. Prima lo funcional. Un terrorista de clase funcional se tipifica como un especialista en tcnicas de guerra que coordina acciones precisas y plenamente justificadas en funcin al logro, a cualquier costo. En un tercer cuadrante ubicaremos, dentro del rea no emocional, los criterios orientados por la bsqueda de prestigio o status al acceder al poder. Aqu el sentimiento comunitario otorga al terrorista un sentido de identidad. Su pensamiento se da en una organizacin jerarquizada por lo simblico. Priman los criterios de estatus, esttica, prestigio, etc. Este vinculo primordialmente simbolista ofrece un modelo de terrorista idealista, de grandes discursos y profundamente jerarquizado. Finalmente, en el cuarto cuadrante ubicaremos todos los criterios vinculados con el cuidado de los dems. El sentimiento comunitario en este caso se relaciona con la proteccin. Se congregarn aqu vnculos tales como seguridad, afecto, nutricin, salud, etc. Este conjunto vincular ofrece un prototipo de terrorista menos tcnico y con un fuerte sentido popular, de redencin y proteccin de masas. Es, probablemente, uno de los ms abundantes en sus causas. Cada uno de estos modelos no es excluyente. Cada forma de asociacin puede vincularse al poder con dos, tres o los cuatro cuadrantes ubicados en distintos planos de importancia tanto en el momento como con el paso del tiempo. El modelo propuesto nos permite traducir e interpretar la base motivacional del terrorismo, tenga ste las caractersticas que tenga. Considerando lo anterior hemos
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propuesto este modelo sin intentar clasificar segn la estructura formal, mtodos de accin, etc. Del mismo modo, debe ser considerada la posibilidad de que un mismo ncleo terrorista se proyecte a la sociedad y a sus pares desde cualquiera de estos cuadrantes en funcin de sus intereses y posibilidades. Es ms, la comprensin de este modelo permite la reorientacin permanente de las acciones y reacciones, teniendo en cuenta que no siempre podr captar el inters - en el pblico - reclamando atributos de los cuatro cuadrantes o bien, deber responder a las necesidades de vnculos combinatorios, siendo vlido en estos casos tener en cuenta los valores considerados en los vnculos que integran la combinacin. Siguiendo con el ejemplo de los productos certificados, los mismos pueden resultar atractivos, tanto para aquellas personas que encuadran dentro del cuadrante de cuidado y proteccin como los del cuadrante del prestigio. Ms all de lo expresado en el presente ensayo, nuestra propuesta pretende romper los paradigmas clsicos que existen en torno a la temtica como, por ejemplo, que los terroristas padecen de alguna enfermedad mental o que obedecen a mviles econmicos, que pertenecen a estructuras jerarquizadas o que forzosamente operan en redes. O incluso que slo desde una ciencia pueden ser comprendidos. El aporte de los intelectuales es urgente. Es momento de aportar argumentos slidos y sustento cientfico para pensar y justificar las ideas en un mundo postmoderno. Lamentablemente y pese a la profusin de material publicado, las evidencias indican que la actividad de opinin, anlisis y estudio del terrorismo no es todo lo profesional que debera ser. Que sirva este trabajo para crear conciencia en quienes toman decisiones y definen el futuro de las sociedades, marcando lmites en torno a la viabilidad analtica de los estudios desde el punto de vista social. Por muchos aos hemos asistido a panfletos ideolgicos decorados como estudios donde bajo mil pretextos se disfrazan defensas y apoyos al terrorismo con la excusa de anlisis geopolticos, antropolgicos, religiosos o sociales. Hoy en da la realidad sobrepas tales ficciones y el terrorismo est sentado en la sala de visitas, preparndose para tomar el caf con los comensales antes de volar la habitacin. El terrorismo como modelo de gobierno al estilo propuesto por Niccol dei Machiavelli (1469 - 1527) ha dado paso a un terrorismo postmodernista, complejo e inquietante. Pero no por ello imposible de comprender ni de enfrentar.
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