El ensayista que no quera citar y otras historias
1 Aquel ensayista siempre critic el exceso de citas textuales. Deca que si los escritores cobraran por las citas no se preocuparan por vender libros. Tambin deca que apenas era necesario que un libro o un ensayo empezaran por un epgrafe para que l le negara incluso una lectura superficial. Por ello repudiaba las tesis universitarias, ese estero para las transcripciones, para la letra pequea que siempre desembocaba en una referencia al pie de pgina. Eso pensaba este ensayista, antes de que un autoritario gobierno de derecha ordenara quemar todas las novelas, libros de cuentos, poesa y teatro de este pas. Antes de que en ese mundo devastado, la literatura slo pudiera reconstruirse a travs de las citas textuales de las tesis universitarias. 2 Fue durante la fiesta de un Congreso de Letras cuando un ensayista tuvo la revelacin que le hizo cambiar su vida. Entre el humo de cigarrillos, discusiones semiticas y una mujer ebria que a lo lejos bailaba concluy que de no ser por el ansia de sexo ocasional y por Juan Rulfo, no tendra nada en comn con esas personas. El sbito ruido de conversaciones inconexas le hizo cuestionarse si en verdad tena algo que platicar con ellos. La chica ms atractiva de la fiesta casi lo abofete cuando confundi a Subirats con Saborit, pero eso no los hizo siquiera un poco enemigos. Entonces pens que Jonathan Franzen tena razn cuando dijo: La primera leccin que ensea la lectura es a estar solo. Cmo diablos hablar de literatura en estas circunstancias?, pens, qu hacer cuando de las 40 ponencias de un Congreso, 39 haban hablado de libros que l nunca haba ledo? Mientras recordaba los extensos ttulos con que los estudiantes apelaban a la objetividad, pens que despus de todo ellos s tenan un territorio en comn: la teora literaria. Ante el universo en expansin de autores y obras, de libros imprescindibles que se publicaban cada hora, siempre estaban Genette y aquel muchacho Bajtin para rescatarlos. 3 Los textos de cierto ensayista, divertidos anlisis de la realidad inmediata, le haban asegurado una singular fama de peatn inteligente. Llenos de descripciones irnicas y precisas, sus artculos conformaban una suerte de gua
para perderse en la ciudad, sa a la que l llam la urbe perfecta para resignarse a vivir. Sus lectores pensaban en l como el paseante sagaz, que escudriaba las esquinas en busca de un portento. Nada ms alejado de la realidad. El flneur es un fingidor, pens alguna vez este ensayista que nunca supo dar instrucciones a los transentes perdidos y que en realidad vagaba slo porque pasear daba el suficiente tiempo para ensimismarse. 4 Qu decir de un libro?, se pregunt un joven ensayista que se haba titulado en Letras, sin hacer tesis. Por qu la gente siempre espera que podamos decir algo despus del punto final de una obra?, por qu nadie acepta que a veces te quedas sin palabras, saboreando ese silencio de la ltima pgina, como si terminara un concierto y fuera tuya la nica butaca? Siempre habr la necesidad de matizar la opinin, ordenar argumentos, fijar desaciertos y no simplemente disfrutar el estupor, el desgano, acumulando el necesario impulso para regresar al mundo? Qu difcil disertar sobre un libro, deca. Desde pequeos aprendimos las obligaciones de no quedarnos callados, como al final de la clase donde todos los alumnos nos golpebamos con el codo para ver quin era el primer idiota que le preguntaba al maestro. Los libros merecen a veces tan pocos comentarios como el mundo donde es posible leerlos. 5 Alguna vez o la historia de un ensayista que no mencionaba autores. Le pareca obsceno hacer libros sobre Mann, Rulfo o Turgueniev, antecediendo frmulas como Una lectura de o Un acercamiento crtico a. Le pareca deshonesto aprovechar esos nombres clebres para hacer un poco ms visible el nombre propio en el estante. Siempre habr algn tipo, deca, que buscando a Lowry nos encuentre a nosotros. Y eso le repugnaba. Le pareca todava ms obsceno que los malditos libros de anlisis fueran ms costosos que los libros que les haban dado origen y por mucho tiempo recomend a sus discpulos no cometer esas indecencias. Pasaron los aos y este agudo ensayista alcanz la fama y la notoriedad en el nico gnero donde pudo prescindir de todos los nombres: el aforismo. No gan premio alguno, pero s algo mucho ms valioso: los elogios de sus contemporneos, quienes hablaron maravillas de su obra dispersa pero nunca se animaron a organizarla, quizs demasiado preocupados por sus propios libros. En la agona proclam unas clebres palabras: luz, ms luz, pero la muerte le impidi completar la frase: ms luz sobre mis obras. 6
Cierto ensayista pensaba que en un futuro no muy lejano, las editoriales slo publicaran antologas, ese territorio natural para un gnero tan poco popular como el ensayo. Despus de recibir sus tres ejemplares por concepto de derechos de autor, el ensayista dijo: El futuro est en las compilaciones; es una de esas cosas que presintieron quienes ms saben de negocios: los piratas y los porngrafos. La falta de un libro que pudiera llamar autnticamente suyo, le incomodaba, pero no haba hallado otra forma de supervivencia que aceptar cualquier invitacin a ser antologado. Antes mis estados de nimo dependan de las mujeres; ahora dependen de los antologadores, afirmaba en sus horas romnticas. Las respuestas siempre se demoraban y las publicaciones tambin; de tal manera que al ensayista se le vea ansioso todo el tiempo. Incluso, cuando reciba el libro se decepcionaba de sobremanera: tanto si los dems escritores eran mejores que l, como si no lo eran. Pertenecer a una compilacin es como ser invitado a una orga, deca; : no sabes quin demonios estar tu lado. Cada antologa lo ubicaba en alguna parcela de la literatura mexicana; para algunos crticos era parte de la Generacin Poetas del Psicotrpico y para otros de los Novsimos escritores de la Repblica Mexicana. Ser antologado era recibir una etiqueta; quizs mucho mejor que andar desetiquetado por la vida, coment. Pasaron los aos y el ensayista nunca public un libro individual. Me siento como los bajistas de las bandas de rock que transitan de disco en disco y de grupo en grupo, mientras son los otros quienes se vuelven solistas, escribi en su diario (cuyos fragmentos aparecieron de manera pstuma en el libro Desconocidos diaristas del sur de Mxico). 7 Ya se sabe que despus de leer un libro, el ensayista tiene deseos incontrolables por escribir. As lo hizo cierto ensayista, quien pens que sera bueno enunciar los derechos del autor de ensayos, del mismo modo que Daniel Pennac haba expuesto los del lector comn en su libro Como una novela. Despus de pensarlo un poco, enumer unos cuantos: el derecho a tener grupies (al principio slo permisible para los poetas); el derecho a no explicar sus propios escritos (sobre todo en los debates que seguan a las lecturas pblicas, porque diablos, era discpulo de Montaigne, no de Cicern!); el derecho a no escribir sobre pedido (ese vicio que emparentaba al ensayo con las tareas escolares, algo que no suceda con tanta frecuencia con los poemas y las narraciones); el derecho a escribir solamente ensayos (y no hacer del ensayo la actividad ancilar del poeta o del narrador); el derecho a que el ensayo sea considerado literatura incluso cuando no trate sobre literatura (un error comn en las convocatorias); el derecho a hablar de un autor tambin en los trminos de la propia ignorancia; el derecho a escribir cosas intiles
(expropiar esa potestad a la poesa y la novela) y por ltimo, el derecho a estar equivocado. Eso haba pensado este ensayista, hasta que otro ensayista (ms preparado y con ms libros en su haber) lo detuvo en la puerta de cierta fundacin de letras. Si quieres tener todos esos derechos, olvdate del ensayo y dedcate a los blogs, le dijo en un tono ms o menos admonitorio.