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Damaso Alonso

Este largo poema de Dámaso Alonso describe la contemplación del poeta de un río llamado Carlos y sus reflexiones sobre la vida, la muerte, la tristeza y el paso del tiempo. A través de varias secciones, el poeta intenta descubrir el significado y la identidad del río, preguntándole por qué fluye y por qué se le llama Carlos. Finalmente, el poeta se da cuenta de que ha pasado mucho tiempo en su contemplación, sintiendo una profunda tristeza al no poder comprender plenamente los misterios de la vida y la muerte.

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Damaso Alonso

Este largo poema de Dámaso Alonso describe la contemplación del poeta de un río llamado Carlos y sus reflexiones sobre la vida, la muerte, la tristeza y el paso del tiempo. A través de varias secciones, el poeta intenta descubrir el significado y la identidad del río, preguntándole por qué fluye y por qué se le llama Carlos. Finalmente, el poeta se da cuenta de que ha pasado mucho tiempo en su contemplación, sintiendo una profunda tristeza al no poder comprender plenamente los misterios de la vida y la muerte.

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DAMASO ALONSO A un ro le llaman Carlos

Yo me sent en la orilla; quera preguntarte, preguntarme tu secreto; convencerme de que los ros resbalan hacia un anhelo y viven; y que cada uno nace y muere distinto (lo mismo que a ti te llaman Carlos). Quera preguntarte, mi alma quera preguntarte por qu anhelas, hacia qu resbalas, para qu vives. Dmelo, ro, y dime, di, por qu te llaman Carlos. Ah, loco, yo, loco, quera saber qu eras, quin eras (genero, especie...) y qu eran, qu significaban fluir, fluido, fluente; qu instante era tu instante cul de tus mil reflejos, t; reflejo absoluto yo quera indagar el ltimo recinto de tu vida tu unicidad, esa alma de agua nica, por la que te conocen por Carlos. Carlos es una tristeza, muy mansa y gris, que fluye entre edificios nobles, a Minerva sagrados y entre hangares que anuncios y consignas coronan. Y el ro fluye y fluye, indiferente. A veces, suburbana, verde, una sonrisilla de hierba se distiende, pegada a la ribera. Yo me he sentado all, sobre la hierba quemada del invierno para pensar por qu los ros siempre anhelan futuro, como t lento y gris. Y para preguntarte por qu te llaman Carlos. Y tu fluas, fluas, sin cesar, indiferente y no escuchabas a tu amante exttico que te miraba preguntndote como miramos a nuestra primera enamorada para saber si le fluye un alma por los ojos, y si en su sima el mundo ser todo luz blanca o si acaso su sonrer es slo eso: una boca amarga que besa. As te preguntaba: como le preguntamos a Dios en la sombra de los quince aos, entre fiebres oscuras y los das -qu verano- tan lentos. Yo quera que me revelaras el secreto de la vida y de tu vida, y por qu te llamaban Carlos.

Yo no s por qu me he puesto tan triste, contemplando el fluir de este ro... Un ro es agua, lgrimas: mas no s quin las llora. El ro Carlos es una tristeza gris, mas no s quin la llora. Pero s que la tristeza es gris y fluye. Porque slo fluye en el mundo la tristeza. Todo lo que fluye es lgrimas. Todo lo que fluye es tristeza, y no sabemos de dnde viene la tristeza. Como yo no s quin te llora, ro Carlos, como yo no s por qu eres una tristeza ni por qu te llaman Carlos. Era bien de maana cuando yo me he sentado a contemplar el misterio fluyente de este ro, y he pasado muchas horas preguntndome, preguntndote. Preguntando a este ro, gris lo mismo que un dios; preguntndome, como se le pregunta a un dios triste: qu buscan los ros? qu es un ro? Dime, dime qu eres, qu buscas, ro, y por qu te llaman Carlos. Y ahora me fluye dentro una tristeza, un ro de tristeza gris, con lentos puentes grises, como estructuras funerales grises. Tengo fro en el alma y en los pies. Y el sol se pone. Ha debido pasar mucho tiempo. Ha debido pasar el tiempo lento, lento, minutos, siglos, eras. Ha debido pasar toda la pena del mundo, como un tiempo lentsimo. Han debido pasar todas las lgrimas del mundo, como un ro indiferente. Ha debido pasar mucho tiempo, amigos mos, mucho tiempo desde que yo me sent aqu en la orilla, a orillas de esta tristeza, de este ro al que le llamaban Dmaso, digo, Carlos.

Ah, yo quiero vivir...


Ah, yo quiero vivir dentro del orden general de tu mundo. Necesito vivir entre los hombres. Veo un rbol: sus brazos ya en angustia o ya en delicia lnguida proclaman su verdad: su alma de rbol se expresa, irreductiblemente nica. Pero el hombre que pasa junto a m el hombre moderno con sus radios, con sus quinielas, con sus pelculas sonoras con sus automviles de suntuosa hojalata o con sus tristes vitaminas, mudo tras su etiqueta que dice comunismo o democracia dice, con apagados ojos y un alma de ceniza que es?, quin es? Es una mancha gris, un monstruo gris? Monstruo gris, gris profundo, profundamente oculta sus amores, sus odios, gris en su casa, gris en su juego, en su trabajo, gris, hombre gris, de gris alma. Yo quiero, necesito, mirarle all a la hondura de los ojos, conocerle, arrancarle su careta de cemento, buscarle por detrs de sus tristes rutinas. Por debajo de sus frmulas de lorito real (Pase usted! Tanto gusto!), aventarle sus tumbas de ceniza huracanarle su cloroformo diario. Un da llegar en que lo gris se rompa, y tus bandos resuenen arcanglicos, oh gran Dios. Dime, Dios mo, que tu amor refulge detrs de la ceniza. Dame ojos que penetren tras lo gris la verdad de las almas, la hermosa desnudez de tu imagen: el hombre.

Calle del arrabal


Se me qued en lo hondo una visin tan clara, que tengo que entornar los ojos cuando intento recordarla. A un lado, hay un calvero de solares en frente, estn las casas alineadas porque esperan que de un momento a otro la Primavera pasar. Las sbanas, an goteantes, penden de todas las ventanas, el viento juega con el sol en ellas y ellas ren del juego y de la gracia. Y hay las nias bonitas que se peinan al aire 1ibre. Cantan los chicos de una escuela la leccin. Las once dan. Por el arroyo pasa un viejo cojitranco que empuja su carrito de naranjas.

Cancioncilla
Otros querrn mausoleos donde cuelguen los trofeos, donde nadie ha de llorar, y yo no los quiero, no (que lo digo en un cantar) porque yo morir quisiera en el viento, como la gente de mar en el mar. Me podran enterrar en la ancha fosa del viento. Oh, qu dulce descansar ir sepultado en el viento como un capitn del viento como un capitn del mar, muerto en medio de la mar.

De profundis
Si vais por la carrera del arrabal, apartaos, no os inficione mi pestilencia. El dedo de mi Dios me ha sealado: odre de putrefaccin quiso que fuera este mi cuerpo, y una ramera de solicitaciones mi alma, no una ramera fastuosa de las que hacen languidecer de amor al prncipe, sobre el cabezo del valle, en el palacete de verano, sino una loba del arrabal, acoceada por los trajinantes, que ya ha olvidado las palabras de amor, y slo puede pedir unas monedas de cobre en la cantonada. Yo soy la piltrafa que el tablejero arroja al perro del mendigo, y el perro del mendigo arroja al muladar. Pero desde la mina de las maldades, desde el pozo de la miseria, mi corazn se ha levantado hasta mi Dios, y le ha dicho: Oh Seor, t que has hecho tambin la podredumbre, mrame, yo soy el orujo exprimido en el ao de la mala cosecha, yo soy el excremento del can sarnoso, el zapato sin suela en el carnero del camposanto, yo soy el montoncito de estircol a medio hacer, que nadie compra, y donde casi ni escarban las gallinas. Pero te amo, pero te amo frenticamente. Djame, djame fermentar en tu amor, deja que me pudra hasta la entraa, que se me aniquilen hasta las ltimas briznas de mi ser, para que un da sea mantillo de tus huertos!

Hombre y Dios
Hombre es amor. Hombre es un haz, un centro donde se anuda el mundo. Si Hombre falla otra vez el vaco y la batalla del primer caos y el Dios que grita Entro! Hombre es amor, y Dios habita dentro de ese pecho y profundo, en l se acalla; con esos ojos fisga, tras la valla, su creacin, atnitos de encuentro. Amor-Hombre, total rijo sistema yo (mi Universo). Oh Dios, no me aniquiles t, flor inmensa que en mi insomnio creces! Yo soy tu centro para ti, tu tema de hondo rumiar, tu estancia y tus pensiles. Si me deshago, t desapareces.

Libertad
Qu hermosa eres, libertad. No hay nada que te contraste. Qu? Dadme tormento. Ms brilla y en ms puro firmamento libertad en tormento acrisolada. Que no grite? Mordaza hay preparada? Venid: amordazad mi pensamiento. Grito no es vibracin de ondas al viento: grito es conciencia de hombre sublevada. Qu hermosa eres, libertad. Dios mismo te vio lucir, ante el primer abismo sobre su pecho, solitaria estrella. Una chispita del volcn ardiente tom en su mano. Y te prendi en mi frente, libre llama de Dios, libertad bella...

Monstruos
Todos los das rezo esta oracin al levantarme: Oh Dios, no me atormentes ms. Dime qu significan estos espantos que me rodean. Cercado estoy de monstruos que mudamente me preguntan, igual, igual que yo les interrogo a ellos. Que tal vez te preguntan, lo mismo que yo en vano perturbo el silencio de tu invariable noche con mi desgarradora interrogacin. Bajo la penumbra de las estrellas y bajo la terrible tiniebla de la luz solar, me acechan ojos enemigos, formas grotescas me vigilan, colores hirientes lazos me estn tendiendo: son monstruos, estoy cercado de monstruos!

No me devoran. Devoran mi reposo anhelado, me hacen ser una angustia que se desarrolla a s misma, me hacen hombre, monstruo entre monstruos. No, ninguno tan horrible como este Dmaso frentico, como este amarillo ciempis que hacia ti clama con todos sus tentculos enloquecidos, como esta bestia inmediata transfundida en una angustia fluyente; no, ninguno tan monstruoso como esta alimaa que brama hacia ti, como esta desgarrada incgnita que ahora te increpa con gemidos articulados, que ahora te dice: Oh Dios, no me atormentes ms, dime qu significan estos monstruos que me rodean y este espanto ntimo que hacia ti gime en la noche.

Mujer con alcuza


A Leopoldo Panero Adnde va esa mujer, arrastrndose por la acera, ahora que ya es casi de noche, con la alcuza en la mano? Acercaos: no nos ve. Yo no s qu es ms gris, si el acero fro de sus ojos, si el gris desvado de ese chal con el que se envuelve el cuello y la cabeza, o si el paisaje desolado de su alma. Va despacio, arrastrando los pies, desgastando suela, desgastando losa, pero llevada por un terror oscuro, por una voluntad de esquivar algo horrible.

S, estamos equivocados. Esta mujer no avanza por la acera de esta ciudad, esta mujer va por un campo yerto, entre zanjas abiertas, zanjas antiguas, zanjas recientes, y tristes caballones, de humana dimensin, de tierra removida, de tierra que ya no cabe en el hoyo de donde se sac, entre abismales pozos sombros, y turbias simas sbitas, llenas de barro y agua fangosa y sudarios harapientos del color de la desesperanza. Oh s, la conozco. Esta mujer yo la conozco: ha venido en un tren, en un tren muy largo; ha viajado durante muchos das y durante muchas noches: unas veces nevaba y haca mucho fro, otras veces luca el sol y rejema el viento arbustos juveniles en los campos en donde incesantemente estallan extraas flores encendidas. Y ella ha viajado y ha viajado, mareada por el ruido de la conversacin, por el traqueteo de las ruedas y por el humo, por el olor a nicotina rancia. Oh!: noches y das, das y noches, noches y das, das y noches, y muchos, muchos das, y muchas, muchas noches. Pero el horrible tren ha ido parando en tantas estaciones diferentes, que ella no sabe con exactitud ni cmo se llamaban, ni los sitios, ni las pocas. Ella recuerda slo que en todas estaba oscuro, y que partir, al arrancar el tren ha comprendido siempre cun bestial es el topetazo de la injusticia absoluta, ha sentido siempre una tristeza que era como un ciempis monstruoso que le colgara de la mejilla, como si con el arrancar del tren le arrancaran el alma, como si con el arrancar del tren le arrancaran innumerables margaritas, blancas cual su alegra infantil en la fiesta del pueblo, como si le arrancaran los das azules, el gozo de amar a Dios y esa voluntad de minutos en sucesin que llamamos vivir.

Pero las lgubres estaciones se alejaban, y ella se asomaba frentica a las ventanillas, gritando y retorcindose, slo para ver alejarse en la infinita llanura eso, una solitaria estacin, un lugar sealado en las tres dimensiones del gran espacio csmico por una cruz bajo las estrellas. Y por fin se ha dormido, s, ha dormitado en la sombra, arrullada por un fondo de lejanas conversaciones, por gritos ahogados y empaadas risas, como de gentes que hablaran a travs de mantas bien espesas, slo rasgadas de improviso por lloros de nios que se despiertan mojados a la media noche, o por cortantes chillidos de mozas a las que en los tneles les pellizcan las nalgas, ... an mareada por el humo del tabaco. Y ha viajado noches y das, s, muchos das, y muchas noches. Siempre parando en estaciones diferentes, siempre con una ansia turbia, de bajar ella tambin, de quedarse ella tambin, ay, para siempre partir de nuevo con el alma desgarrada, para siempre dormitar de nuevo en trayectos inacabables. ...No ha sabido cmo. Su sueo era cada vez ms profundo, iban cesando, casi haban cesado por fin los ruidos a su alrededor: slo alguna vez una risa como un pual que brilla un instante en las sombras, algn cuchillo como un limn agrio que pone amarilla un momento la noche. Y luego nada. Slo la velocidad, slo el traqueteo de maderas y hierro del tren, slo el ruido del tren. Y esta mujer se ha despertado en la noche, y estaba sola, y ha mirado a su alrededor, y estaba sola, y ha buscado al revisor, a los mozos del tren, a algn empleado, a algn mendigo que viajara oculto bajo un asiento, y estaba sola,

y ha gritado en la oscuridad, y estaba sola, y ha preguntado en la oscuridad, y estaba sola, y ha preguntado quin conduca, quin mova aquel horrible tren. Y no le ha contestado nadie, porque estaba sola, porque estaba sola. Y ha seguido das y das, loca, frentica, en el enorme tren vaco, donde no va nadie, que no conduce nadie. ... Y esa es la terrible, la estpida fuerza sin pupilas, que an hace que esa mujer avance y avance por la acera, desgastando la suela de sus viejos zapatones, desgastando las losas, entre zanjas abiertas a un lado y otro, entre caballones de tierra, de dos metros de longitud, con ese tamao preciso de nuestra ternura de cuerpos humanos. Ah, por eso esa mujer avanza (en la mano, como el atributo de una semidiosa, su alcuza), abriendo con amor el aire, abrindolo con delicadeza exquisita, como si caminara surcando un trigal en granazn, s, como si fuera surcando un mar de cruces, o un bosque de cruces, o una nebulosa de cruces, de cercanas cruces, de cruces lejanas. Ella, en este crepsculo que cada vez se ensombrece ms, se inclina, va curvada como un signo de interrogacin, con la espina dorsal arqueada sobre el suelo. Es que se asoma por el marco de su propio cuerpo de madera, como si se asomara por la ventanilla de un tren, al ver alejarse la estacin annima en que se deba haber quedado? Es que le pesan, es que le cuelgan del cerebro sus recuerdos de tierra en putrefaccin, y se le tensan tirantes cables invisibles desde sus tumbas diseminadas? O es que como esos almendros que en el verano estuvieron cargados de demasiada fruta,

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conserva an en el invierno el tierno vicio, guarda an el dulce labe de la cargazn y de la compaa, en sus tristes ramas desnudas, donde ya ni se posan los pjaros?

Sueo de las dos ciervas


Oh terso claroscuro del durmiente! Derribadas las lindes, fluy el sueo. Slo el espacio. Luz y sombra, dos ciervas velocsimas, huyen hacia la hontana de aguas frescas, centro de todo. Vivir no es ms que el roce de su viento? Fuga del viento, angustia, luz y sombra: forma de todo. Y las ciervas, las ciervas incansables, flechas emparejadas hacia el hito, huyen y huyen. El rbol del espacio. (Duerme el hombre...) Al fin de cada rama hay una estrella. Noche: los siglos. Duerme y se agita con terror: comprende. Ha comprendido, y se le eriza el alma. Glido sueo! Huye el gran rbol que florece estrellas, huyen las ciervas de los pies veloces, huye la fuente. Por qu nos huyes, Dios, por qu nos huyes? Tu veste en rastro, tu cabello en cauda, dnde se anegan? Hay un hondn, bocana del espacio, negra rotura hacia la nada, donde viertes tu aliento? Ay, nunca formas llegarn a esencia, nunca ciervas a fuente fugitiva. Ay, nunca, nunca!

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Torrente de la sangre
Ceja, testuz fatal! Cmo te siento, furibundo, embestir contra mis sienes! Ciega bestia en acoso, por qu vienes Contra el dique a romper de tu aposento? Qu frenes te acucia? Ese lamento mugidor, di por qu? Por qu, si tienes mis ms dorados das en rehenes y en prenda un corazn que fue del viento? rbol de pulpa roja, arrebatado Del huracn de mi secreta mina, Por donde en sombra rompes tu camino; rbol, cual yo, torrente despeado, Ciega bestia, cual yo, Mi ngel de ruina! Oh cicln de mi propio torbellino!

Viento de noche
El viento es un can sin dueo, que lame la noche inmensa. La noche no tiene sueo. Y el hombre, entre sueos, piensa. Y el hombre suea, dormido, que el viento es un can sin dueo, que alla a sus pies tendido para lamerle el ensueo. Y aun no ha sonado la hora. La noche no tiene sueo: alerta, la veladora!

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DAMASO ALONSO 
A un río le llaman Carlos 
Yo me senté en la orilla;  
quería preguntarte, preguntarme tu secreto;  
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Yo no sé por qué me he puesto tan triste,  
contemplando el fluir de este río... 
Un río es agua, lágrimas: mas no sé qu
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Ah, yo quiero vivir... 
Ah, yo quiero vivir  
dentro del orden general  
de tu mundo.  
Necesito vivir entre los hombres
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 Calle del arrabal  
 
Se me quedó en lo hondo  
una visión tan clara,  
que tengo que entornar los ojos cuando 
intento
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De profundis 
 
Si vais por la carrera del arrabal, apartaos, no os inficione mi pestilencia. 
El dedo de mi Dios me ha
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 Libertad 
Qué hermosa eres, libertad. No hay nada  
que te contraste. ¿Qué? Dadme tormento.  
Más brilla y en más puro
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No me devoran. 
Devoran mi reposo anhelado, 
me hacen ser una angustia que se desarrolla a 
sí misma, 
me hacen hombre
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Sí, estamos equivocados. 
Esta mujer no avanza por la acera 
de esta ciudad, 
esta mujer va por un campo yerto, 
entre z
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Pero las lúgubres estaciones se alejaban, 
y ella se asomaba frenética a las ventanillas, 
gritando y retorciéndose, 
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y ha gritado en la oscuridad, 
y estaba sola, 
y ha preguntado en la oscuridad, 
y estaba sola, 
y ha preguntado 
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