La Biblioteca n6 PDF
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N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
NDICE
Editorial
Conversaciones
Roger Chartier: Hay una tendencia a transformar todos los textos en bancos de
datos. Por Horacio Gonzlez, Diego Tatin, Mara Pia Lpez y Sebastin Scolnik
Ricardo Piglia: Las bibliotecas no slo acumulan libros, modifican el modo de
leer. Por Horacio Gonzlez y Sebastin Scolnik
Daniel Link: El libro sigue siendo ms poderoso y ms inclusivo. Por Mara
Pia Lpez y Sebastin Scolnik
La pregunta por la lectura y el lenguaje
Naturaleza, humanidad, cultura. Por No Jitrik
Heidegger y la tcnica. Por Jos Pablo Feinmann
Imaginarios, lecturas, prcticas. Por Alejandro Kaufman
Polticas de la escritura y memoria de las palabras. Por Mara De Pauli
Lecturas versus nuevas tecnologas? Por Mempo Giardinelli
Intermezzo
El rostro de la medusa. Exuberancia y copiosidad del cuerpo pornogrfico. Por
Christian Ferrer
La tcnica como dilema losco
La tcnica y el tiempo. Progreso, aceleracin, intensificacin. Por Flavia Costa
Variaciones sobre el objeto tcnico. Por Margarita Martnez
De tcnicas y humanismos. Por Pablo Esteban Rodrguez
Tecnologas y tcnicas de la globalizacin en Zygmunt Bauman. Por Rubn H. Ros
Mediamutacin. Cultura de los medios y crisis de los valores humanistas. Por
Franco Berardi (Bifo)
Lecturas argentinas
Un polglota ciego en la habitacin del monstruo. Conjeturas sobre Borges y la
poltica. Por Diego Tatin
Jos Mara Ramos Meja, el historiador y sus lecturas. Por Fernando J. Devoto
Pedro de Angelis. Por Hebe Clementi
Encrucijadas de los modos de lectura y rumbos de las escrituras crticas. Por
Adrin Cangi
La literatura santafecina y el ro. Por Roberto Retamoso
Nota a Los penltimos das. Por Diego Poggiese
Dialctica y semiologa
El cuerpo, el lenguaje, la escritura y el hipertexto. Por Juan Samaja
Groussaquianas
Paul Groussac, crtico cultural (y literario) en La Biblioteca. Por Eduardo Romano
Groussac: Calandria y otros anticipos. Por Marta Elena Groussac
II Encuentro de Bibliotecas Nacionales del Mercosur
Las colecciones de la Biblioteca Nacional de Venezuela. Por Arstides Medina Rubio
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La coleccin de carteles de la Biblioteca Nacional de Cuba. Por Elades Acosta Matos
Poltica digital en bibliotecas nacionales: el caso chileno. Por Ximena Cruzat
Amuntegui
El nuevo concepto de Biblioteca Nacional. Por Alfonso Quintero
La Comisin Nacional Protectora de Bibliotecas Populares en Argentina. Por
Mara del Carmen Bianchi
La prensa peridica y la formacin de la sociedad argentina en la primera mitad
del siglo XIX. Por Daniel Campione
Los catlogos en lnea de acceso pblico en entorno web: la situacin en el
Mercosur. Por Elsa Barber
La perspectiva Groussac. Por Horacio Gonzlez
Labor bibliotecolgica
Bibliotecas perdidas. Por Andrs Rivera y David Vias
Un documento fundante: sentencia conscatoria de Moreno y Saavedra. Por Jos
Mara Gutirrez
Las colecciones del Tesoro. Por Mara Etchepareborda
Archivo de Manuscritos. Por Vera de la Fuente y Ana Guerra
Puiggrs, cuando fue Rodolfo del Plata. Por Mario Tesler
Por la fuerza del trabajo. Fototeca Benito Panunzi - Biblioteca Nacional
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Editorial
Los que pasaban y la seorita B. Fernndez
Cuando haba que ir a la calle Mxico, la Biblioteca Nacional estaba cerca. O pareca estar
cerca. Ofrecida a los que pasaban. Cierta vez, Carlos Pellegrini entr en la Biblioteca para discutir
con Groussac un discurso que deba dar por la noche. Se trataba de pulir los ltimos detalles para
un banquete con sus amigos polticos. Era el ao 1901, 1902? Para ingresar, haba que atravesar
aquellos ficheros del vestbulo, esos elegantes armarios de largos cajones empotrados, con cartones
de esbelta caligrafa, que actualmente se hallan en la seccin referencias del edificio de la calle
Agero. Son los que consultar Csar Tiempo en 1935 cuando entre tantas serias cuestiones, le
reproche tambin a Martnez Zuvira ciertas ausencias en el catlogo, como la del cuentista ruso
Andreiev, autor que puede consultarse ahora.
En 1931, el escritor nacionalista Ernesto Palacio escribe su sugestivo Catilina, libro que dice
ver surgir de una revelacin y que es una crtica despechada a los golpistas del ao anterior. En su
prlogo a la segunda edicin, leemos: Yo estaba condenado a la inaccin y a la conspiracin. Encerrado
en una biblioteca, cuando todo mi ser me peda guerra, la tarea de rehacer el episodio catilinario fue para
m una forma de liberarme, una vlvula de escape, una compensacin psicolgica. Varios meses de trabajo
febril, en la Biblioteca Nacional... La Biblioteca Nacional aparece aqu como un lugar palpitante, una
encrucijada entre la agitacin poltica y el retiro del escritor a su gabinete inspirado.
En 1940 Ezequiel Martnez Estrada escribe La cabeza de Goliat, y en uno de sus comentarios
observa el busto de mrmol de Moreno, que presida la antigua sala llamada Mariano Moreno del
edificio de la calle Mxico al busto se lo puede ver ahora en la sala del mismo nombre, en el 5 piso
del nuevo edificio. Cul era el comentario? Que si era cierto que ese busto concentraba cierta energa
nacional reparadora, sera muy posible que en esos tiempos que corran, entonces se lo pudiese ver
como si estuviera puesto de cabeza. Hoy, la sala de lectura de la antigua localizacin de la Biblioteca,
rodeada de altas estanteras vacas rebautizada Alberto Williams, permanece muda. No se pueden
retirar las estanteras desnudas ni llenarlas de otra cosa que no sean libros. Acaso es buena idea que
la Biblioteca Nacional considere ese local como su reconstruida seccin en el centro de la ciudad,
retornando a l, invocando el recuerdo de Borges y Groussac, recreando aquella sala de lectura y
consulta, frontera y destacamento avanzado de la biblioteca hacia otras envolturas de tiempo. Envo
de actualidad hacia su historia lejana. Ese vaco que podra ser reconstruido es imperativo cultural
que nada cuesta emprender ahora. Otras bibliotecas nacionales del mundo as lo hicieron cuando se
mudaron, dejando detrs un activo resto suyo.
En 1955 Borges es nombrado director de la Biblioteca Nacional. En el maledicente y per-
verso libro titulado Borges, de Bioy Casares pero que tambin es un libro extraordinario, se lee
una nota correspondiente al 17 de enero de aquel ao. Escribe un irnico Bioy: Borges me cuenta
que Manucho Mujica Linez, apareci en su coche oficial, con secretario, llevando una caja con una
etiqueta en letras doradas que declaraban: Biblioteca Nacional, Manuscritos de Escritores Argentinos,
seleccionados y donados por Manuel Mujica Linez, Buenos Aires, 1956. Contiene la caja manuscritos
de todos nosotros y de otros talentos como Girri y Murena. Por carta y verbalmente, Manucho
insisti en que convena que los diarios comentaran la donacin, para que otros lo imiten y haya ms
donaciones. Borges: qu le importarn las otras donaciones, lo que quiere es que se hable de l. Esta
anotacin revela un ejercicio agresivo de banalizacin y sospecha degradatoria sobre las intenciones
edificantes. Pero seala los movimientos culturales de ese tiempo movedizo, en el que el mundo
cultural rodeaba la confirmacin de Borges en la direccin de la Biblioteca. Esos manuscritos ha
pasado ms de medio siglo, se hallan hoy en la Sala del Tesoro, en el 3 piso del edificio construido
por Testa y Bullrich sobre la ex residencia presidencial.
A propsito de aquella vieja residencia, su ltimo ocupante escribir en 1956, en Del poder al
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exilio: Buenos Aires estaba todava adormecida y despoblada. Las casas se vean apenas en la luz
incierta del amanecer. Llova siempre; era una noche ventosa; el agua que caa sacuda los rboles del
parque con la violencia de la tempestad. Un desacostumbrado Pern escribe estos prrafos sobre los
rboles del parque que l vera por ltima vez. Una extraa melancola retiene esa prosa, que pasa
muy rpido por una inesperada zona de incipientes metforas. Borges, menos lrico, haba escrito
las picas lluvias de septiembre. Eran las mismas lluvias. La relacin de la Biblioteca Nacional con
la ex residencia presidencial sigue viva aunque quedan apenas algunos cimientos de la vieja mansin
y una parte no demolida por la calle Austria. La ltima manifestacin de estos lazos en el tiempo es
la historieta El atajo: la batalla de la Biblioteca Nacional, con guin de Juan Sasturain y dibujos de
Solano Lpez, que le agrega un gran un episodio apcrifo a El Eternauta.
En 1985 el historiador Tulio Halpern Donghi escribe en el prlogo de Jos Hernndez y sus
mundos que en 1984 la intercesin del profesor Gregorio Weinberg, director en ese momento de la
Biblioteca Nacional, anticipada por los buenos oficios de la seorita B. Fernndez, me abri acceso a
volmenes de la coleccin de La Tribuna retirados de la consulta al pblico (a la espera de una res-
tauracin cuyo costo la Biblioteca no puede afrontar) debido al deterioro que han sufrido ya. Hoy,
una de las salas le lectura lleva el nombre de Weinberg y los ejemplares de La Tribuna no fue poco
el tiempo que pas estn en restauracin.
Este es apenas uno de los recorridos de la historia de la escritura y la lectura en la Biblioteca
Nacional. Una historia que est escrita en libros, memorias y documentos dispersos. La Biblioteca es
tambin un personaje de la literatura nacional. Si en todo pas hay una historia de su memoria lectora,
esta historia suele coincidir con la de su establecimiento mayor bibliotecario. Lo que l guarda no
son slo libros, diarios, fotos. Guarda una memoria de lo que como espacio arquitectnico significa
en el interior del corazn literario del pas. Por una extraa pasin intelectual, quedan las huellas de
la Biblioteca como ente fsico, como inmueble y como escena de un breviario profano, en el cuerpo
de una parte importante de lo escrito en el pas. Ricardo Piglia suele decir que no concurra a la
Biblioteca, pero saber que ella exista en algo poda resguardar o sostener toda la literatura argentina
efectivamente escrita. En la repblica del silencio, deca Sartre, saber que haba un lejano puado de
partisanos mal armados y sin posibilidades a la vista, a todos los haca ms libres.
Es as que la historia nacional, en una parte no fcil de explicar, es la historia de todos los
actos patrimoniales y escriturales que la Biblioteca ha amparado. Actos que luego aparecen como
testimonio del estado de sus materiales, de la respiracin de sus salas, del nombre de sus antiguos
empleados. Qu sera de esa seorita B. Fernndez que menciona Halpern? No conocemos su des-
tino. Ella puede ser un arquetipo, la sucinta evocacin de simpata hacia un augur desvanecido en la
memoria bibliotecaria. Algo obliga al investigador a declarar un dbito hacia esos que parecen pasillos
apticos y mudos mostradores que sin embargo no se hallan escasos de profesionalidad y filantropa.
Con ella se pone algo de sosiego a la comprensible desesperacin de los lectores por encontrar los
ansiados documentos dormidos.
Muchas veces suele pensarse que una Biblioteca Nacional es un centro de documentacin
o una oficina de servicios a otras instituciones pblicas o a los medios de comunicacin. Todo eso
debe serlo, pero si no fuera ms que eso, tampoco dara adecuadamente esos servicios. Si no se con-
sidera que cada texto dej recuerdos de lectura s, una obvia historia de su consulta, que se puede
comprobar por cualquier va interna estadstica, y que todo lo que se atesora en silencio, aunque sea
una vez podr ser aquilatado, se parecer a esos personajes nativos que se encuentran en los relatos
de los ms importantes antroplogos del siglo veinte. Un investigador hace su pregunta clave, y los
hombres autctonos les repiten una leccin sobre su tribu que previamente fue aprendida de otros
imaginativos antroplogos. As, una Biblioteca Nacional convertida en un museo preservacionista
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o en un mero servicio documentalista, corre el riesgo de hablar con lo que previamente un hbito
petrificado de investigacin ya habra puesto en ella.
La preservacin, la documentacin, los sostenes automatizados y los procedimientos de agregacin
o expurgo de materiales, slo pueden rendir su cometido exhaustivamente, si encuentran en su camino
el nombre verdadero que justifique su necesario dispositivo tcnico, el que hunda su raz en las ms
remotas historias bibliotecarias y en los mtodos de catalogacin que sin duda fueron contemporneos
de los iniciticos rasgos del pensamiento abstracto, de la operatividad laboral sobre la naturaleza y del
pensamiento sobre el espacio y el tiempo, que son evidentes ficciones colectivas del origen del pensar.
Ese nombre es el del libro completo cuyo encuentro, lectura y consideracin crtica debera
llevar a otro libro de esa misma ndole, sosteniendo tanto la cadena de lecturas pedaggicas como de
lecturas de descubrimiento. Las dos se retroalimentan hasta dar con lo an inexistente, la pieza que
obtenga en el interior de la Biblioteca la interpretacin nueva. As, la Biblioteca es de algn modo
una Fbrica fbrica inmaterial que agrega conceptos de ordenamiento y circulacin a lo ya fabrica-
do pero en la que conviven los smbolos con un trabajo serial sin taylorismo, es decir, una serialidad
mecnica pero no en la consideracin del acto laboral en s mismo, que es trabajo colectivo libre,
emancipado. La puntuacin cultural constituye la caracterstica que enhebra la cadena laboral, de
modo que clasifica y libera. Es decir, cada pieza est en una serie y a la vez es nica.
Se dir que para todo esto no es necesario contar la historia de los que pasaban de Pellegrini
a la consulta de La Tribuna ni sera adecuado suponer que es importante la historia que va de la
calle Mxico a la calle Agero. Pero quien as dijera se sumara a una interpretacin meramente
panptica de la requisitoria de documentacin, un mercado de objetos que yacen laboriosamente
pero que ya estn interpretados de antemano.
Ciertos conceptos de bsqueda llevan a encontrar en las cosas lo que previamente pone-
mos en ellas. As, ideas como las que a veces se invocan mentando una supuesta sociedad del
conocimiento, conducen a la ilusin pedaggica de un mundo plano sobre el cual decimos que
interrogamos pero ya lo sabemos todo. Es que conceptos como se, parten del error fundamental
de borrar de un plumazo los procesos histricos que hacen del conocimiento un conflicto nece-
sario y no una sociedad que diluye las diferencias entre informacin y cultura, con una indolente
metafsica de la transparencia. Los modelos de investigacin entonces se resumirn en estudios
de recepcin o en excavaciones genealgicas gobernadas por un archivismo de iluminacin uni-
forme, mero fetichismo sin profundidades ni vacos.
Sin una historia de la lectura, pues, no puede haber polticas bibliotecarias nacionales y pblicas.
Y una historia de la lectura es la presencia del lector arcaico en el lector contemporneo. Todo lector
funda su actualidad en los lectores cancelados que alberga su conciencia. De esto, la sociedad del
conocimiento, ente raso y montono, mera superficie lunar de signos estticos, nada sabe. Esta afir-
macin supone un debate largo. Es un debate que se verifica de modo excepcional en las bibliotecas
nacionales. Para ellas, es una discusin radical, decisiva. Es que estn en peligro.
El concepto de nacional en ellas est en discusin bajo la presin de las redes telemticas y la
formacin de ncleos de oferta cultural concentrados en informaciones globalizadas tratadas como neo-
mercancas de un mercado de intercambios abstractos, precisamente la sociedad de la informacin y
otros sofismas parecidos, que toman la forma de un entramado mercantil de simbologas. Todo ello se
complementa con la construccin del lector remoto necesario personaje a ser repensado desde el lector
real y no a la inversa que descuidadamente elaborado como concepto, puede tornar inanes las gran-
des fortificaciones bibliotecarias, que seran mausoleos cuidados por sacerdotes togados, interdicciones
reglamentarias en mano. Mausoleos sin gente, sin murmullo en los pasillos, sin avizoramiento de libros
o imgenes, todo sometido a un preservacionismo talmdico. Nada de seorita B. Fernndez.
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Por eso mismo, tambin el concepto de biblioteca puede desaparecer as como el de bibliote-
cario, sustituido por el de oficial documentalista o trabajador de la informacin.
Los peligros son as conocidos. Conocemos cmo sera la adecuada herencia de la decisiva revo-
lucin digital, que debe ser recibida en trminos de una vigorosa recreacin de la experiencia real,
tanto existencial como lectural y de lenguaje. No hay creacin civilizatoria sin que se articulen en un
punto esencial a ser descubierto, los planos de la prctica experiencial real entre ellas, la lectura,
con sus planos metafricos y de reemplazo por niveles tcnicos que amplan la imaginacin pblica.
Se habla de TICs. Qu concepto es se? Es como si en los tiempos de la nueva historia francesa la
que se denomin de la historia de las mentalidades se hubiera hablado de hisment, menthist o algo
parecido. Una mutacin tcnica que se establezca en su grado de verdad adecuado en un momento
de la historia humana, no precisa cristalizaciones o momificaciones del lenguaje, pues esa es precisa-
mente la forma de poder e incautacin holgazanamente asociada a todo descubrimiento, lo que hace
del logos de la tcnica una forma de dominio y de descuido del lenguaje colectivo, cuando su destino
es otro. Es el destino de una teckn que preserve los lenguajes heredados, fortalecindose en ellos.
Una tecnologa a la escala del proyecto humano, no es una hiptesis de secuestro, dominacin y
de sustitucin de legados ya probados. Ciertamente, trae palabras nuevas, necesarias y creadoras, pero
en dilogo con el acervo disponible. Ni los preserva monsticamente para convertirlos en lingotes
retirados del uso pblico, ni propone la superioridad de una lengua cosificada sobre la experiencia
real conversativa. Esta ltima es la experiencia que debe sostener realmente los cambios en direccin
a una cultura social crecientemente eximida de los poderes inertes y de las prcticas de burocracias
curialescas. Tales poderes inmediatamente se consideran depositarios de las novedades cuyo destino
es otro: no el de disecar el lenguaje sino el de recrear las potencias del conocimiento humano. No una
sociedad del conocimiento que a cambio de una extensin hacia la supuesta infinitud del saber, lo
cauciona en las reglas de un nuevo disciplinamiento.
Ahora, la Biblioteca Nacional no est en el centro histrico de la ciudad, pero es continuidad
de aquella anterior figura urbanstica y arquitectnica. No es que haya perdido cercana. Pero debe
crear una proximidad nueva, que es el vnculo con lo que en ella se haya producido en materia
de smbolos culturales del acervo universal. Nuevas menciones a las seoritas B. Fernndez la
historia del buen servicio de la Biblioteca Nacional que debern sobrevenir, al amparo de la
recreacin del lenguaje bibliotecario a la altura de la poca y de su propia historia conceptual. Las
Bibliotecas Nacionales pueden desaparecer, parafraseando a Charly Garca. Pero los amigos del barrio
podemos colaborar para reintegrarlas dignamente a la vita activa si su milenaria historia como
lengua profesional y creacin de las naciones modernas, se mide en condiciones de igualdad con
los lenguajes de las lenguas artificiales, como Google y otros.
No es toda la obra de Borges un intento de enlazar las lenguas arcaicas con las lenguas artificia-
les? Es ms bibliotecolgica la lengua borgeana incluso en el sentido efectivamente tecnolgico
que muchos intentos de crear una nueva lengua LTI, una nueva lengua del tercer imperio
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, lengua
que pierde sus races cognoscitivas en nombre de conceptos meramente de dominio. Las bibliotecas
nacionales del mundo son el gora de este interesante debate: o bien recreacin de tcnicas de cono-
cimiento con base en filologas del gran legado o bien sper artificialismo de esas lenguas que con sus
maravillosas realizaciones no evitan muchas veces poner en peligro el legado.
NOTA
1. Vctor Klemperer, LTI, carnets d un philologue, [Leipzig, 1975]; citado por Barbara Cassin, Google-moi, la deuxime mission de
lAmerique. Albin Michel, 2006.
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A pesar de que las virtudes creadoras de las lenguas artificiales son muchas, no escasean las opor-
tunidades por las que en vez de triunfar el altruismo cientfico del que potencialmente son portado-
ras se prefiere cobrar el subido precio de unificar con desnutridos axiomas pedaggicos el lenguaje
de la humanidad. Es posible evitar ese destino. La atenta seorita B. Fernndez, personaje de la
historia de la lectura en la Biblioteca Nacional, interlocutora de los que pasaban, lo va a agradecer.
Direccin de la Biblioteca Nacional
Un nuevo campo de reflexin cultural reclama la actividad de
historiadores, novelistas y crticos. Se trata de la ocurrencia de
grandes mutaciones en las prcticas de la escritura y la lectura a
partir de la aparicin de los procedimientos electrnicos que, en
esos dos aspectos, vienen a sustituir realidades milenarias. No es
que en el pasado escasearan las reflexiones sobre el papel del lec-
tor y las transformaciones en el orden de los medios tcnicos de
escritura. Basta recordar, apenas en la historia cultural argen-
tina, los notables trabajos de Macedonio Fernndez en torno a
las operaciones de lectura, y de Jorge Luis Borges definiendo la
paradoja del escritor que se jactaba no de sus escritos sino de
lo que haba ledo. Pero la epopeya del sujeto lector ahora est
frente a un soporte nuevo, y esto exige que la propia idea de
soporte sea interrogada. Como dice Roger Chartier, una historia
exige del apartar la ilusin de equivalencias que introduce la
nocin de soporte, pues hay historia precisamente porque no
se puede dar como homogneo, secuencial o lineal el derrotero
del cdex, el libro y de los medios electrnicos. Investigar esa
grieta novedosa y a la vez estremecedora presupone casi trazar
nuevos captulos de la historia del sujeto y de cierta manera,
tambin en lo que en pocas no tan lejanas se distingui con el
concepto de prcticas tericas. El profesor Chartier ha dado
Conversaciones
contribuciones esenciales a este tema, dando un giro relevante al
legado de la historiografa francesa clsica. Por su lado, Ricardo
Piglia ha excavado permanentemente en la facultad imaginaria
y constructora del arte de leer, haciendo de este gesto del ser
situado en el mundo una manifestacin callada de las trage-
dias del crtico como del hombre social presa de un sueo o una
utopa. Por otro camino, Piglia llega tambin a la conclusin de
que el examen ms dramtico que puede hacerse de la cultura
contempornea, proviene de una historia de la lectura donde el
lector es a la vez el fantasma desdoblado de un historiador, de
un memorista y de un militante poltico. En sus novelas Piglia
ha puesto frente al abismo esta idea de que el mundo es aptico
y ser el lector quin lo redima. A la vez, Daniel Link, en su
experiencia de crtico literario y novelista, ha dado razn al
desafo que se dirige hacia el arte de la escritura con la aparicin
de nuevos emblemas tcnicos que la sitan en otras nociones de
espacio y de tiempo. En sus escritos, Link interroga estos fen-
menos que a la vez que amenazan la escritura, le proporcionan
nuevas posibilidades de realizacin. Estamos otra vez ante el
final de un mundo clsico y el retorno de sus modernos.
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Entrevista
Roger Chartier: Hay una
tendencia a transformar todos los
textos en bancos de datos
Por Horacio Gonzlez, Diego Tatin, Mara Pia Lpez y Sebastin Scolnik
Roger Chartier nos visit una maana solea-
da en la Biblioteca. Rpidamente comenz
a conversar con un tono pausado, sutil. Los
problemas y conceptos se iban encadenando
unos tras otros sin extraviarse de su rigor
expositivo, trazando una historia de la cultu-
ra de larga duracin: desde los dilemas del
cdice hasta la revolucin digital en ciernes.
Un recorrido tramado de reenvos, paradojas
e incertidumbres, que desecha los diagnsti-
cos simples respecto a la lectura, las formas
de preservacin de la produccin escrita y las
tensiones que se derivan de las transformacio-
nes actuales. La movilidad de los textos, las
polticas de autora, el rol de las bibliotecas
nacionales, y el anlisis de los perodos cultu-
rales a partir de la materialidad de sus modos
de escritura, llevan a Chartier a plantear el
desafo de la simultaneidad, en una conviven-
cia sin garantas, entre los distintos medios
expresivos. Una experiencia que pueda ir del
libro con sus rituales y procedimientos, y su
espacialidad topogrfica hasta la lectura en
pantalla con su carcter fragmentario cuya
clasificacin enciclopdica retoma los enig-
mas borgeanos, an irresueltos.
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Conversaciones
La Biblioteca: Me parecera impor-
tante comenzar por un rasgo de la
historia de la escritura que quiz pa-
rezca un poco irrelevante sin serlo.
Me reero a la cuestin del tipo de
papel que se usaba en los diarios y
los problemas que eso plantea, tan-
to para la preservacin como para el
lector contemporneo.
Roger Chartier: Hay dos aspectos,
uno de los cuales es muy particular
y tcnico. A partir de la segunda
mitad del siglo XIX y en el siglo XX,
hasta la Segunda Guerra Mundial, la
fabricacin del papel utiliz un grado
de acidificacin muy fuerte, lo que
explica que esos diarios y revistas sean
los ms frgiles de toda la historia
del libro. Una Biblia del siglo XV
o un panfleto del siglo XVIII van a
resistir ms que los diarios impresos
en la segunda mitad del siglo XIX y
comienzos del XX. Esa es una cuestin
fundamental para todas las bibliotecas
en todo el mundo: encontrar los pro-
cedimientos que permitan salvar estos
libros y diarios, impresos sobre un
papel tan vulnerable. Ms all de este
punto particular, se plantea la cues-
tin de la relacin que puede existir
entre los objetos originales, algunas
veces muy frgiles, y diversos tipos de
reproducciones, la microfilmacin y la
digitalizacin. Este es un planteamien-
to que se da en todas las bibliotecas:
hasta qu punto se debe comunicar a
los lectores a partir de estas formas de
sustitucin, qu hacer con los obje-
tos originales y cmo conservarlos.
Esta es una cuestin de equilibrio y
negociacin porque me parece muy
grave la idea que cuando un libro es
transformado, por las enormes posi-
bilidades que brinda la digitalizacin,
haya una nica forma de consulta;
la consulta digital. Hasta tal punto
llega esta idea, que algunas bibliote-
cas, incluso la British Library, haban
vendido sus colecciones de diarios
americanos del siglo XIX, consideran-
do que los procesos de microfilmacin
y digitalizacin se convertan en una
buena oportunidad para vaciar los
anaqueles de las bibliotecas. Esto me
parece un error enorme, porque un
libro o un diario es ms que los textos
que son publicados en este objeto. El
libro tiene una serie de formas mate-
riales y dispositivos grficos, desde
el formato hasta la coexistencia en la
misma pgina de diversos textos que,
si queremos conservar la comprensin
de la manera en que fueron ledos por
los lectores de aquellas pocas, es fun-
damental que sea posible la consulta
del texto en su materialidad original
o sucesiva. Un ejemplo de esto puede
ser una novela del siglo XIX. Siempre
es posible leerla en una versin digita-
lizada. Pero si esa novela fue publicada
por entregas en los diarios o en libros
para los gabinetes de lectura, cada vez
que cambi la materialidad de esta
novela, cada vez cambi la relacin de
los lectores con este texto.
Esta es la cuestin central: pensar que
un libro es ms que el texto que abar-
ca y, como consecuencia de esto, no
pensar una simple equivalencia entre
esos soportes. Hay que desarrollar una
poltica de preservacin que permita la
lectura del texto fuera de la biblioteca
y que limite la consulta de los objetos
ms frgiles, pero al mismo tiempo, las
bibliotecas, particularmente las nacio-
nales o patrimoniales, deben pensar
que su tarea fundamental es permitir el
acceso a los textos a partir de todas las
formas impresas o inclusive manuscri-
tas en que estos materiales fueron pro-
ducidos. Es un desafo, porque requiere
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Conversaciones
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dinero, competencia y organizacin,
pero es una tarea fundamental. Es la
razn por la que pienso que cuanto
ms avanzamos en los textos digitali-
zados, ms se exige esta funcin para
las bibliotecas patrimoniales. Algunas
veces se ha pensado que alguna de estas
funciones poda eliminarse. Es la razn
por la cual me parece que hay que plan-
tear una cuestin
ms amplia en
relacin con el
papel que hace
a ciertos diarios,
libros y revistas
muy vulnerables.
Se trata de la rela-
cin de los textos
en su identidad
desmaterializada;
siempre es posi-
ble decir que Don
Quijote existe ms
all de todas sus
formas encarna-
das pero, al mismo tiempo, los lectores
siempre han comprado el Don Quijote
en una forma material especfica de
publicacin que contribuy a la vez a la
construccin del sentido y a la memo-
ria de la obra. En un ensayo reciente,
tomo la contradiccin de estas dos
perspectivas frente a una misma reali-
dad. Se trata de dos textos de Borges.
En una conferencia dice: he pensado
escribir una historia del libro, pero
inmediatamente aade: no me intere-
san los libros como objetos materiales.
Lo que le interesa es la valorizacin del
libro en distintas sociedades, y las obras
fundamentales que han construido un
patrimonio cannico de la literatura
mundial. Es decir, una relacin con el
libro desmaterializada que hace hinca-
pi en los textos, en las obras. Mientras
que en un fragmento de la biografa de
Borges que edit Thomas di Giovanni,
su traductor al ingls, dice que haba
encontrado un Don Quijote editado por
el editor francs Garnier que para l era
el verdadero Quijote, con sus grabados
y sus notas al pie de pgina. Como si
en esta segunda relacin con el texto,
la importancia de su encarnacin, en
una edicin que no era necesariamente
ni la mejor, ni la ms exacta, revelaba
el momento del encuentro con un
lector, todava joven, que consideraba
que el verdadero Quijote no era el de
Cervantes ni el de Pierre Menard, sino
el Quijote de los Garnier.
LB: Volviendo a la cuestin del
original del texto, hay una muy
conocida foto de Walter Benjamin
en la Biblioteca Nacional de Francia
con un archivo circular, donde est
manipulando un conjunto de fichas.
Inspirado en esa foto, usted dira
que hay una prdida del aura en el
actual manejo de las bibliotecas en
relacin a las tcnicas de sustitucin
de las formas empricas de la civili-
zacin del libro? Es ese un estadio
civilizatorio que hay que atravesar
de una manera adecuada y crtica?
RC: Evidentemente Walter Benjamin
habra respondido que s a su pre-
gunta (risas). Para l, la reproduccin
mecnica de las imgenes y de las
palabras vivas destrua este aura que
supone un original mtico y, en cier-
to sentido, investido por un peso de
sacralidad. Al mismo tiempo, en un
ensayo muy famoso, demostraba que
la reproduccin mecnica que destrua
el aura, permita con ellas nuevas rela-
ciones. Se vean en la reproduccin
cosas que no se vean en el original.
Indudablemente debemos considerar
por qu hay esta mitificacin del
Para m, lo importante es cmo
una obra, un conjunto de pala-
bras que ha atravesado los siglos,
fue encarnada sucesivamente en
formas materiales que tienen sus
lgicas, que producen sus efec-
tos, y que no solamente los crti-
cos literarios y los historiadores
de las ideas deben ser conscientes
de esto, sino tambin los ciu-
dadanos pueden pensar que las
formas mltiples de la escritura y
la publicacin son algo que debe
ser comprendido.
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N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
Conversaciones
manuscrito, de la obra original. Es
algo que pertenece a nuestra sociedad.
No soy filsofo y no puedo explicarlo
totalmente, pero hay un peso de valo-
rizacin de esta idea de lo original,
de aquello que surge de una primera
vez, del texto fundador. Se pierde esta
dimensin cuando hay una multipli-
cacin por la reproduccin.
Para m, lo importante es cmo una
obra, un conjunto de palabras que ha
atravesado los siglos, fue encarnada
sucesivamente en formas materiales
que tienen sus lgicas, que producen
sus efectos, y que no solamente los
crticos literarios y los historiadores de
las ideas deben ser conscientes de esto,
sino tambin los ciudadanos pueden
pensar que las formas mltiples de la
escritura y la publicacin son algo que
debe ser comprendido. De ah el papel
que una biblioteca puede desempe-
ar en mostrar las diversas formas de
encarnacin de la palabra escrita. Esto
es algo que tambin permite a veces
establecer un diagnstico ms agudo
sobre el presente, porque se multiplica
la literatura sobre la revolucin digital.
Como si ahora, finalmente, una forma
de sobrevivencia de la cultura impresa
se vinculara con la multiplicacin
de los ensayos y artculos impresos a
propsito de su fin declarado (risas).
Pero, muchas veces, estos discursos son
totalmente equivocados. Por ejemplo,
cuando se compara la revolucin digi-
tal con la invencin de la imprenta.
Porque si bien es cierto que hay algo
comparable, ya que se trata de dos tc-
nicas de reproduccin y transmisin
de los textos, Gutenberg no invent
la forma libresca en la cual los textos
impresos fueron difundidos. Semejante
forma se remite a una organizacin de
lo escrito que nace en el siglo II, III y
IV de la era cristiana con la aparicin
del cdice. Es decir, el texto se dis-
tribuye en un objeto organizado por
cuadernos, hojas, pginas, con una
portada, ndices, notas que permiten
todos los gestos que se vinculan con la
cultura escrita: hojear, escribir mien-
tras se lee. Todo esto no depende de
ninguna manera de la invencin de
Gutenberg, sino que depende de un
modo de publicacin de los textos, que
era aquel inventado en los primeros
siglos de la cultura cristiana en rup-
tura con los rollos de escritura de los
Antiguos. La revolucin digital es en
este sentido ms prxima a la revolu-
cin del cdice, porque transforma no
slo las tcnicas de reproduccin de
los textos sino tambin la distribucin
de un texto sobre su soporte. Leer un
texto frente a una pantalla, no corres-
ponde ni a los gestos, ni a las opera-
ciones intelectuales propias del libro
impreso. All es donde se ve que la
historia de larga duracin de la cultura
escrita ayuda a situar ms precisamente
diagnsticos sobre lo que realmente
est desafiado en el presente.
Lo que debemos hacer, me parece, es
conservar, describir y analizar todas las
formas sucesivas o simultneas en que
una obra dada ha sido comunicada a los
lectores. Y, de una a otra, las variacio-
nes pueden ser puramente materiales,
o puede tratarse de una materialidad
que no tenga que ver con el objeto sino
con el texto, ortografa, puntuacin,
divisin del texto. Hay un abanico
de transformaciones que van desde
la forma material del objeto hasta la
forma de inscripcin del texto.
Benjamin nos es muy til para pensar
en cmo se fue construyendo este aura
de lo original, pero al mismo tiempo, y
ms humildemente como historiador,
socilogo o crtico literario, debemos
seguir el camino que permite recons-
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LA BIBLIOTECA
Conversaciones
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truir la movilidad del texto y de sus
sentidos. Cmo van cambiando la lite-
ralidad de la obra, las formas materiales
de su publicacin y de inscripcin, los
horizontes de expectativas, las cate-
goras estticas e intelectuales de las
diversas comunidades de lectores. As
podemos construir una aproximacin
ms densa, ms rica de la cultura escri-
ta, tanto para las obras ms cannicas
como para los textos ms humildes.
LB: Me qued pensando en las prc-
ticas que trae consigo el libro im-
preso, los gestos, hojear un texto,
pasar las pginas y buscar en el n-
dice Cmo pensar las prcticas que
vienen de la mano de la lectura en
pantalla? Qu tipo de lector y qu
prcticas de lectura signica esa re-
volucin digital?
RC: Esta imagen de hojear un libro
me parece muy ilustrativa de lo que
estoy tratando de decir. Para hojear
un libro se supone que hay hojas. Es
decir, no se puede hojear un rollo
de la antigedad, pues haba un
despliegue continuo de la obra, lo
que haca imposible la prctica de
escribir leyendo pues las dos manos
son movilizadas por el objeto y la
aparicin del texto en columnas, que
hace aparecer fragmentos frente a la
mirada, no permite el acto de hojear.
No se hojea, para utilizar el viejo
vocabulario, un texto electrnico por
una simple razn: no tiene pginas,
sino ajustes textuales siempre mviles,
singulares y efmeros compuestos por
el lector (salvo si el texto est total-
mente cerrado). Pero si es abierto, lo
que aparece en la pantalla no tiene
nada que ver con una pgina de libro
impreso, sino que su naturaleza es de
ajuste textual mvil. En consecuen-
cia, lo primero que debemos pensar
es que no hay una nueva tcnica
que se pueda apropiar con antiguos
gestos. Hasta ahora, los diagnsticos
sobre la lectura sobre la superficie
iluminada de la computadora, se diri-
gen en dos direcciones. Por un lado,
se trata de una lectura discontinua
y segmentada, que por las mismas
caractersticas de la tecnologa puede
pasar de fragmento en fragmento,
incluso proveniente de distintas fuen-
tes sobre un mismo soporte, como
es el caso de la website, una revista
electrnica o el correo electrnico, lo
que constituye una novedad radical.
Antiguamente, la cultura escrita se
defina por la separacin de objetos
diferentes pertenecientes a gneros
distintos. Aqu, estos ajustes frente
a la mirada del lector, tienen fuen-
tes mltiples que se componen, en
tanto extractos yuxtapuestos, frente
a la mirada del lector. Esto no quiere
decir que la lectura del libro impreso
no sea fragmentada: nadie est obli-
gado a leer un texto desde la primera
pgina hasta la ltima y nuestras
prcticas ms habituales se apoderan
del texto hojendolo o extrayendo
de l pasajes particulares. No es aqu
donde existe la ruptura. Ella existe
en relacin con la materialidad del
objeto, dado que en un texto impre-
so, la forma material impone a la
vez la identidad textual que abarca;
hay una inmediata percepcin de la
coherencia de la obra a partir de su
forma material. Esta percepcin de la
totalidad no aparece cuando se selec-
ciona un extracto en el formato digi-
tal. Esta es una primera diferencia.
En el caso de una revista o un diario
impreso, puede producirse la lectu-
ra de un fragmento particular, sin
embargo se da una contextualizacin
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N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
Conversaciones
a partir de la co-presencia de muchos
otros tipos de textos, como anuncios
publicitarios, fotos y editoriales. En
este caso, la contextualizacin del
fragmento se hace en relacin a otros
textos que pertenecen al mismo obje-
to impreso. El diario digital se lee de
una manera totalmente diferente, a
partir de un orden temtico, enci-
clopdico. A partir de ese momento,
se puede leer un texto ignorando los
otros textos que fueron publicados
para la misma revista o diario, ese
mismo da. En el mundo digital hay
una tendencia a transformar todos
los textos en bancos de datos, de los
cuales se extraen fragmentos sin que
se remitan a la lgica de la totalidad
a la cual esos segmentos pertenecen.
Son dos diferencias fundamentales; la
diferencia que se liga con la relacin
extracto-totalidad, percibida inme-
diatamente en los objetos impresos y
no percibida en la textualidad digital,
y en segundo lugar la modalidad de la
contextualizacin. Una contextuali-
zacin que es topogrfica, espacial en
la superficie de una pgina, mientras
que en el formato digital es puramen-
te lgica, enciclopdica y temtica.
Esto crea dos tipos de relaciones con
un mismo texto. No se trata de
elegir entre un soporte u otro, sino
que, si este diagnstico es verdadero,
hay que pensar en la conservacin y
uso de todas las formas de inscripcin
de los textos. El formato digital, hasta
ahora, presenta una ambigedad. Por
un lado hay textos digitalizados que
tienen una existencia previa en for-
mas diferentes, y por otro, los textos
que son compuestos directamente
sobre la pantalla y para su uso exclu-
sivamente digital. Esto plantea otras
cuestiones en relacin al archivo, la
catalogacin y la descripcin. Son
problemas que preocupan, evidente-
mente, tanto a los archivos como a
las bibliotecas.
Esto tambin plantea temas para ana-
lizar la genealoga de los textos, algo
tan caro a la cultura francesa, en la que
una novela empieza con un borrador
en una servilleta, hasta su impresin
pasando por todos sus estados pre-
vios. Cmo se
puede asir esto en
un objeto en el
que borrar es el
mismo acto que
el escribir? Esta es
una cuestin para
los autores, pero
tambin para la
crtica literaria y ms all tambin
para los lectores. El problema de los
archivos digitales, desde los privados
a los pblicos, es algo que preocupa a
los historiadores. La novedad no es tan
extraordinaria porque, por ejemplo,
esta forma de archivo en la que se con-
servaban todas las huellas de un texto
a partir de sus distintas etapas, es algo
que comienza a existir a finales del siglo
XVIII y comienzos del XIX. Existe la
crtica gentica de Balzac, Flaubert o
Zola, pero no hay crtica gentica de
Shakespeare o Cervantes. De modo
que tambin hay una temporalidad
de una metodologa que parece apli-
cable de manera universal. Tambin
podemos pensar en los archivos que
faltan a partir de que fue inventado el
telfono. Hay una parte inmensa de las
comunicaciones que han abandonado
la forma escrita y que presentan una
imposibilidad de acceso para los his-
toriadores. Entonces, si bien la nove-
dad no es radical, se acenta para el
caso digital, en el que la capacidad de
memorizacin de un aparato supone la
operacin de un borrar perpetuo.
En el mundo digital hay una
tendencia a transformar todos
los textos en bancos de datos,
de los cuales se extraen frag-
mentos sin que se remitan a la
lgica de la totalidad a la cual
esos segmentos pertenecen.
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LB: Hay dos formas anecdticas pero
muy sugestivas de la lectura, que tam-
bin quiero llevarlas a un artculo que
le en su libro (Escribir las prcticas,
2006) respecto a su amigo Marin y la
idea de abuso que hay en relacin a
la expresin la lectura para signi-
car todo tipo de interpretacin. Una
de esas ancdotas es la referencia de
Althusser, en su libro de memorias,
sobre la lectura con sacacorchos. El
libro permita poner guradamente
un sacacorchos y leer slo lo que se
extraa con l. Y la otra ancdota re-
ere a un fragmento de Borges, sobre
un libro que slo se abre en la pgina
20 por defectos de fabricacin, lo que
obliga al lector a obedecer esa anoma-
la, a no ser que quiera rebelarse y co-
menzar por otra pgina (risas).
RC: Se dice que Borges nunca ley
un libro enteramente, salvo, quiz, la
Enciclopedia Britnica, que sera la
figura al revs del lector que no tiene
el genio del bibliotecario ciego de la
calle Mxico. En general se lee de una
manera fragmentaria las enciclopedias.
La novela fue un gnero que se cre
suponiendo la lectura continua, desde
la primera pgina hasta la ltima. La
consecuencia de esto se ve en la discu-
sin sobre el mundo contemporneo.
Este tipo de lectura que intent descri-
bir como segmentada y contextualiza-
da de una manera lgica y no topogr-
fica, conviene perfectamente para las
enciclopedias que pueden ser ledas
de manera discontinua y que, del lado
del editor, pueden ser actualizadas y
recompuestas permanentemente. Por
el contrario, por lo menos en Francia,
las editoras que intentaron abrir un
espacio para la novela o el ensayo
filosfico en forma electrnica, han
fracasado o desaparecieron. Es decir,
que el tipo de lectura implcita en un
gnero, se traslada en el mundo digital
para favorecer cierto tipo de edicin y
dificultar otros. Los lectores son plas-
mados por una historia de muy larga
duracin en sus expectativas y hbitos
de lectura que no estn modificados
inmediatamente por el hecho de que
una nueva tcnica es inventada.
Respecto al otro ejemplo, espero que
Althusser haya ledo a Marx de un
modo diferente al procedimiento
para abrir botellas (risas). Para leer El
Capital estaba fundado en un tipo de
lectura que no se ajusta a la descrip-
cin. Siempre se debe pensar que la
gente que habla de sus lecturas dice
cosas muy diferentes de sus prcticas,
porque hablar de ellas es tambin
una postura, una representacin de s
mismo para los otros o para s mismo.
En los ltimos aos se han acumulado
gneros biogrficos y autobiogrficos
donde se habla de las propias lecturas.
Eso es muy interesante, pero no como
indicacin de las prcticas reales. No
quiere decir que la gente mienta, aun-
que algunas veces s (risas). En general
esto se produce porque el recuerdo,
la memoria o, inconscientemente, la
voluntad de construir una imagen
de s mismo se aleja de las prcticas
ms cotidianas, o de su aspecto gris.
No me acuerdo a qu texto se refera
Althusser en esta percepcin...
LB: Me parece que se refiere a El
capital...
RC: Entonces esto puede deberse a la
doble dimensin de su lectura. Una
dimensin en la cual hay una compren-
sin de la obra en su totalidad, que es
la nica manera de lograr mostrar sus
articulaciones lgicas y la construccin
de una demostracin; y, al mismo
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Conversaciones
tiempo, focalizarse en ciertos pasajes
que pueden ser considerados clave para
la comprensin de esta totalidad. Me
parece que es esta tensin la que gua
la prctica filosfica de Althusser. Yo
segu una vez un curso suyo sobre
Feuerbach y estaban presentes estos
dos elementos. Era algo cartesiano, la
voluntad de mostrar en una obra de
gran envergadura cmo se organizaba
el orden de las razones, lo que supona
la lectura de la arquitectura de la obra,
como lo indicaba la tradicin estruc-
turalista. No haba tanta diferencia
entre un historiador reaccionario de la
filosofa como Martial Gueroult y la
prctica de Althusser. El primero con
Spinoza, y el segundo con Marx. Pero,
al mismo tiempo que se descifraba esta
arquitectura, como lo hace Althusser
con El Capital, exista la posibilidad de
extraer estos momentos claves en los
que se condensa la obra. A travs de
esos fragmentos se produce una entra-
da a la totalidad de la obra. El nivel
de agudeza filosfica en un texto, no
es una constante que va de sentencia
en sentencia. Althusser, incluso, no
slo haca estas dos entradas, sino que
produca una tercera forma de abordar
las obras: la matriz de su anlisis que la
confrontaba con otras perspectivas no
slo estructuralistas, sino con la historia
de la epistemologa francesa, para esta-
blecer lneas de ruptura.
Todo esto es muy importante, porque
las prcticas de lectura suelen ser califi-
cadas de determinada manera, por ejem-
plo hay historiadores que decan que
las lecturas previas al siglo XVIII eran
intensivas, mientras que las posteriores
eran extensivas. En estas afirmaciones,
se reduce el paradigma de lectura a una
sola dimensin. Pero hay pocos lectores
que son unvocos. Los lectores huma-
nistas del siglo XVI eran intensivos por-
que intentaban comparar los fragmentos
textuales, pero al mismo tiempo eran
lectores extensivos porque buscaban
acumular lecturas. De la misma manera,
los supuestos lectores extensivos del siglo
XVIII, perodo en que se leen peri-
dicos, libelos, panfletos y novelas, los
lectores de estas
ltimas, desde
Richardson hasta
Goethe, son lecto-
res particularmen-
te intensivos que
conocen los textos
de memoria, que
entran en la fic-
cin y son pene-
trados por ella.
La indicacin de
Althusser sugiere
que hay distintos
estilos de lectura
del mismo indivi-
duo frente al mismo texto, que pueden
ser simultneos o sucesivos, y que siem-
pre debemos descifrar cuidadosamente.
Esa es la razn por la que el diagnstico
de la lectura frente a la pantalla es dema-
siado simplificador. Si bien hay un tipo
de lectura discontinua y fragmentaria,
puede coexistir con otro tipo de lectura.
Tambin la fragmentacin de textos del
siglo XVI o XVII en ediciones electrni-
cas permite hacer lo que nunca se poda
hacer en las ediciones impresas: com-
parar un verso de una obra en todas las
ediciones digitalizadas existentes. En este
sentido, es una lectura fragmentada pero
particularmente intensiva, erudita y filo-
lgica. Esta es la razn por la que la filo-
loga es la disciplina que ha multiplicado
ms velozmente la reproduccin digital
de las obras clsicas. Son ajustes textuales
que permiten convocar, frente a la mira-
da del lector fillogo, el mismo pasaje en
una multiplicidad de ediciones.
La indicacin de Althusser
sugiere que hay distintos esti-
los de lectura del mismo indi-
viduo frente al mismo texto,
que pueden ser simultneos o
sucesivos, y que siempre debe-
mos descifrar cuidadosamente.
Esa es la razn por la que el
diagnstico de la lectura fren-
te a la pantalla es demasiado
simplificador. Si bien hay un
tipo de lectura discontinua y
fragmentaria, puede coexistir
con otro tipo de lectura.
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Conversaciones
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LB: Recin le mencion a Marin, por-
que usted evidentemente le hace un
homenaje, aunque no declare el tipo
de gnero en que puede inscribirse su
texto, respecto a cunta ampliacin
resiste el concepto de lectura.
RC: S, quera comentarlo, porque
Marin no es tan conocido como
los otros intelectuales franceses que
trabajo en ese libro, Foucault y de
Certeau. En la obra de Marin hay dos
o tres cosas fundamentales. Una que
se remite a la observacin que usted
haca sobre la diferencia que existe
entre el uso metafrico de la palabra
lectura, cuando lo que es la lectura de
un texto escrito que supone un cierto
proceder se aplica metafricamente a
la lectura de una imagen de un cua-
dro. Marin era a la vez un historiador
de los textos en la tradicin de Pascal,
y un historiador de las obras de arte,
en este caso de la pintura francesa
del siglo XVII. Para Marin haba una
diferencia semitica entre lo que era
la lgica del texto, que supone un
cierto orden de la lectura y cmo se
ingresa de distintas maneras, sin seguir
un orden lineal, en un cuadro. Era
un aporte til, en la medida en que
muchos libros se llamaban leer la
ciudad, leer las imgenes, algo que
metafricamente se puede aceptar si
no se olvida que son procedimientos
de desciframiento heterogneos.
El segundo elemento en la obra de
Marin es la doble definicin de la repre-
sentacin. Por un lado, una representa-
cin representa algo, y la dimensin
transitiva de la representacin inme-
diatamente plantea toda una serie de
problemas en torno a la distancia entre
la representacin y lo representado. Y,
al mismo tiempo, como historiador de
la cultura y de los textos, aada que
una representacin est representando
algo. All se abre el espacio para el
estudio de toda una serie de dispositi-
vos que la representacin maneja para
mostrarse representando, como en el
cuadro de Magritte Ceci nest pas
une pipe. La dimensin transitiva est
dada por la distancia entre la repre-
sentacin y el objeto representado. La
dimensin reflexiva es esta caractersti-
ca de la representacin que se muestra
representando algo. Marin siempre ha
jugado con esta doble dimensin de
la palabra representacin, tanto para
sus estudios sobre la representacin
pictrica, como tambin para la repre-
sentacin poltica. Uno de sus trabajos
fundamentales es sobre el retrato del
rey (Le portrait du Roi, 1981). Se trata
de cmo se deja ver el soberano cuando
est ausente. Esto entrecruzaba de una
manera muy compleja la matriz que se
daba en el siglo XVII, de una teora de
la representacin, la Eucarista. Esa es la
razn por la que, para Marin, los textos
fundamentales eran los de Port-Royal
(Lgica, 1662) que, a su vez, proponen
una teora de la representacin y, al
mismo tiempo, definen una espirituali-
dad centrada en la Eucarista.
El tercer elemento se liga con los ante-
riores. Es lo que para Marin es el juego
de la representacin como poder y del
poder como representacin. Esto abra
el espacio para pensar cmo diversas
formas de poder poltico o social, se
ejercen no necesariamente a travs del
uso de la fuerza bruta, originaria de su
establecimiento, sino a travs de un
funcionamiento simblico que maneja
el poder de las representaciones para
producir adhesin, obediencia y respe-
to. En este sentido, los conceptos de
Marin fueron parecidos a los conceptos
de violencia o dominacin simblica
de Bourdieu. De hecho eran amigos
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desde sus aos de estudios en la cole
Normale Suprieure. Esta perspectiva
abre un campo inmenso: el de los estu-
dios de todas las formas de violencia y
dominacin que no movilizan la fuerza
fsica, pero movilizan la fuerza de la
representacin. Esto fue muy impor-
tante para los historiadores, porque en
el caso de la dominacin masculina o
colonial, se haban estudiado las formas
de violencia en el sentido inmediato de
la palabra, control de las tierras y los
cuerpos. Pero tambin se debe pensar en
todos los mecanismos que ejercen una
dominacin simblica que dispone de
una violencia de reserva que no siempre
se maneja, pero que funciona desde que
el dispositivo de representacin produce
la adhesin, hasta su quiebre.
Para m, la obra de Marin desgracia-
damente pienso que no hay un solo
libro de l traducido al castellano tiene
esta importancia: el doble sentido de la
representacin, el juego de la representa-
cin del poder y el poder de la represen-
tacin y esta perspectiva que reconoce
las diferencias semiticas de las diversas
formas de produccin del sentido, fren-
te a un texto o a una imagen.
LB: Quisiera hacerle una pregunta,
en referencia a lo que se vena con-
versando anteriormente, a la relacin
entre el libro y el espacio, y a la prdi-
da de ella con el soporte informtico.
Pensaba, quiz, que esto es comn
entre el cdigo y el libro. Ha habido
siempre, sea en la cultura hermtica
o en los lsofos rabes hasta Benja-
min, gente que caminaba hacia ciu-
dades muy lejanas a buscar un libro,
un texto oculto, perdido o que falta-
ba y que deba ser encontrado. Ac
mismo, durante la dictadura militar,
se enterraron bibliotecas enteras. La
pregunta es por la diferencia entre lo
completo e incompleto de la cultura
respecto a una cultura donde esta re-
lacin con el espacio y lo incompleto
se pierde. En alguno de sus textos ha-
bla de esta relacin respecto a la bi-
blioteca, lo nito y lo innito de ella.
Este cambio de soporte impactara la
cultura en este tipo de prcticas y lo
que de ella se ha pensado, no?
RC: S, como usted lo dice, hay una
ansiedad de la prdida, de lo que falta,
y que puede remitirse a ciertos fenme-
nos. Unas veces la desaparicin de los
textos y otras la censura y la destruccin.
Es la consecuencia frente a la volun-
tad de un poder
tirnico o por la
propia prdida de
los textos. Adems
de esta ansiedad
por lo que falta,
se puede pensar
en la necesidad de
bsqueda de los
manuscritos en la
Edad Media, en
la construccin de colecciones identi-
ficadas como bibliotecas universales y
tambin en ciertos gneros, como las
recopilaciones y antologas. En defini-
tiva se trata de una profunda ansiedad
por la prdida. Pero hay tambin otra
ansiedad que es la del exceso, de un
mundo textual o libresco indomable,
en el cual la proliferacin, finalmente,
se transforma en un obstculo para el
conocimiento o el saber. Por un lado,
entonces, la ansiedad por la prdida de
la memoria, y al mismo tiempo, la figu-
ra de Funes el memorioso. Si la memo-
ria es absoluta, significa una parlisis.
Como indica Borges, la memoria de
Funes no es un obstculo para el apren-
dizaje, pero lo que impide es el proceso
de la abstraccin, del razonamiento. La
En definitiva se trata de una
profunda ansiedad por la pr-
dida. Pero hay tambin otra
ansiedad que es la del exceso,
de un mundo textual o libresco
indomable, en el cual la proli-
feracin, finalmente, se trans-
forma en un obstculo para el
conocimiento o el saber.
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LA BIBLIOTECA
Conversaciones
20
segunda ansiedad, del exceso, del des-
orden del discurso condujo a diversas
operaciones: desde los catlogos hasta las
antologas de extractos o lugares comu-
nes. Todos estos dispositivos llevaron,
en el siglo XVI y XVII, a la invencin
del soporte en el que la escritura era
posible borrarla y no slo acumular.
Esto era ms difcil con la tinta y el per-
gamino, o la tinta y el papel. El librillo
de memoria que Cardenio abandon
en la Sierra Morena, es exactamente
este tipo de objeto. Un cuadernillo con
hojas que tenan una pelcula hecha de
goma y barniz que
permita borrar y
escribir de nuevo.
Todo esto nos
conduce al
mundo contem-
porneo, porque
quiz estas dos
ansiedades han
adquirido una
forma paroxstica:
la ansiedad de la
prdida explica por qu siempre busca-
mos una prtesis para nuestra memoria
lo que define a una computadora es
su cantidad de memoria. Pero, frente
a ello, tambin est el diagnstico del
exceso de textos, de la imposibilidad de
entrar en una selva textual, que puede
ser exuberante y sin orden descifrable.
Padecemos la ausencia de la organiza-
cin de esta proliferacin textual. Si el
olvido era la condicin de la memoria,
el borrar era la condicin de la escri-
tura. Esta tensin es esencial, recorre
los momentos histricos y encarna en
diversos tipos de instituciones o de
prcticas. Tal contradiccin no se liga
exclusivamente a los momentos en los
que borrar es una forma de ejercicio
de un poder tirnico que borra las
huellas de los acontecimientos, y por
tanto, las vctimas de aquel evento.
Evidentemente en contra de esta forma
de desaparicin forzada, con formas
extremas en las dictaduras de Amrica
Latina del siglo XX, o a mitad del siglo
XVII cuando Luis XIV pidi la destruc-
cin de todos los archivos del Parlement
de Pars que se referan a episodios en
que haba vacilado el poder monrqui-
co. Esta idea de destruir los archivos
para destruir los rastros del pasado
tiene una constante, en algunos casos
de una forma extrema. Paralelamente
a la destruccin de los documentos,
se practic tambin la destruccin de
los libros, de sus autores, editores y
lectores desde la Inquisicin hasta las
dictaduras militares. En estos casos, se
trata de reconstruir ese pasado a travs
de la recuperacin de los documentos
o de los testimonios de los testigos.
Pero estas situaciones dramticas no
deben ocultar la posibilidad de pensar
configuraciones menos extremas de la
relacin entre el temor de la prdida y
el temor del exceso, la ansiedad frente
a la prdida y la inquietud frente al
exceso. Cuando utilic la palabra selva,
es porque en el siglo XVI muchas de
esas recopilaciones o antologas que
deberan ayudar al lector, utilizaban
las palabras de la botnica, selva en el
caso del desorden, o jardn como una
metfora de la armona. En el mundo
digital, pienso que las dos ansiedades
han adquirido una forma particular-
mente aguda.
LB: El mundo digital, amenaza el
entusiasmo del hallazgo? Recuerdo
que Pancho Aric deca que ya no
haba ms libros que encontrar. l
iba por las ciudades buscando libros
y deca: Hemos arribado a un mun-
do en que no hay libros que buscar
ni libros que encontrar. Esa idea de
Pese a sus dificultades, resisten
las libreras tanto de libros
antiguos como contempor-
neos donde siempre persiste
la posibilidad de este tipo de
emocin que es el descubri-
miento de un libro desconoci-
do y que representa algo fun-
damental para su comprador,
ahora transformado en lector.
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N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
Conversaciones
investigacin conceptual, que presu-
pone una investigacin detectivesca,
en un mundo de soporte virtual se-
gn l no hay hallazgos.
RC: Pero, encontrar un libro que no
se busca, encontrarlo por casualidad A
qu tipo de encuentros se refiere Aric?
LB: A todo tipo de encuentros, tan-
to al hallazgo fortuito, como al libro
que estaba buscando hace diez aos
y que alguien le sealaba un lugar
donde recordaba haberlo visto. Esa
temporalidad de la bsqueda es
desplazada por la emergencia de las
nuevas tecnologas...
RC: Puede ser que los instrumentos
que reducen el poder del misterio de
la bsqueda ahora sean ms podero-
sos. A travs de la website se pueden
identificar rpidamente los libros que
se buscan. Pero, anteriormente, los
catlogos de las bibliotecas y de los
libreros, tambin eran instrumentos
que limitaban esos misterios. No me
parece que desde este punto de vista
haya una dificultad absoluta. Pese a sus
dificultades, resisten las libreras tanto
de libros antiguos como contempor-
neos donde siempre persiste la posibi-
lidad de este tipo de emocin que es el
descubrimiento de un libro desconoci-
do y que representa algo fundamental
para su comprador, ahora transforma-
do en lector. Se podra decir lo mismo
de las bibliotecas, ms visiblemente
cuando ellas tienen un acceso libre a
los depsitos. Hay una clasificacin en
la cual estn juntos todos los libros que
pertenecen a un campo del saber, y
aqu se encuentran libros que el lector
no buscaba o ignoraba. Ms difcil es
en las libreras argentinas o europeas
en las cuales todava subsiste la imagen
de Benjamin hojeando las fichas. Es
decir que, en general, se encuentra el
libro que se busca. El placer extremo
del encuentro es encontrar el libro que
no se buscaba o se desconoca. En las
bibliotecas es ms difcil cuando no son
organizadas como las bibliotecas de las
universidades de Estados Unidos. Esta
es una experiencia que hice trabajando
sobre Molire, cuando encontr libros
antiguos cuya existencia desconoca.
Eso sucedi porque estaban clasifica-
dos en la subdivisin de Literatura,
Teatro, Francia, Siglo XVII, Molire
(risas). Ocurre lo mismo cuando se
lee un peridico electrnico: Poltica,
Relaciones Internacionales, Francia,
etc. Es decir que el placer que surge del
descubrimiento salvaje, supone como
condicin de posibilidad un orden
enciclopdico y temtico muy rgido.
Es diferente a los tesoros labernticos
de algunas libreras donde se descu-
bren libros en un cierto desorden acu-
mulativo (risas). Yo creo que todo esto
remite a ciertas experiencias afectivas
que se ubican dentro del paradigma
del acceso a la cultura escrita. Eviden-
temente los instrumentos cambian y
este nuevo instrumento promete un
cierto tipo de descubrimiento.
LB: Volviendo al problema que us-
ted mencionaba, respecto a la con-
versin de todos los textos en bases
de datos. Hay un artculo suyo que
habla sobre la muerte y transgura-
cin del lector. Esta idea de bases
de datos, no signica la muerte y
transguracin del investigador? Me
reero al conjunto de relaciones que
trazaba un investigador en la selva
a la que Ud. haca mencin, orienta-
das por un conjunto de motivaciones
que tambin se enfrentan al azar. Si
las bases de datos estn regidas por
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LA BIBLIOTECA
Conversaciones
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los motores de bsqueda digitales
se eliminara esa prctica en la que
conviven el deseo y el azar?
RC: Esto es verdad. Es un problema que
se plantea, por ejemplo, en la discusin
de Google versus las bibliotecas euro-
peas. Es decir, si pensamos en este tipo
de buscadores digitales, hay una jerar-
qua respecto a las indicaciones sobre
qu websites aparecen como prioritarios
en la bsqueda. Y esto se corresponde
con diversas lgi-
cas, econmicas y
lingsticas. Otro
problema surge
de la forma de
aparicin de los
textos: la discri-
minacin entre
informaciones o
saberes controla-
dos en el sentido
cientfico y los
errores, las falsifi-
caciones y las fan-
tasas, es mucho
ms difcil que en
el mundo de la
cultura impresa. Un lector que no est
preparado, recibe todos estos elementos
como si tuvieran una equivalencia en
relacin con su autenticidad. Hay un
periodista francs que busc la palabra
Sho o Holocausto y lo que prime-
ro aparece son sitios de negacionistas.
Mientras que si la misma operacin se
hace en el mundo impreso, las revis-
tas negacionistas existen pero apenas
pueden conseguirse en unas libreras
de extrema derecha. Incluso, en ciertos
pases como Francia, estn prohibidas.
Ah se ve el desequilibrio. No slo se
trata de una lgica econmica y lin-
gstica que asegura la dominacin del
ingls en el website, sino tambin de
una cuestin epistemolgica en cuanto
a los criterios que permiten estable-
cer la verdad de un enunciado. En el
mundo de la cultura impresa, estos
criterios se ligan con la naturaleza de la
publicacin, el tipo de casa editoriales,
los gneros textuales. No digo que en
el mundo digital es imposible recons-
truir estos criterios de discriminacin,
pero es mucho ms difcil. Estoy de
acuerdo con esta idea de que cuando
la investigacin se liga con un motor
de bsqueda puede presentar riesgos
importantes. Al mismo tiempo, lo que
matiza todo lo que discutimos sobre
este mundo digital es que por ahora,
no s en el futuro, somos herederos
de tres formas de la cultura escrita: la
escritura de mano, que define todava
hoy un espacio de lectura y escritura;
los textos impresos que, pese a las
dificultades de edicin y distribucin,
siguen estando vigentes al punto en que
nunca se han publicado tantos libros
como ahora; y por ltimo el mundo
digital. Para m el desafo del presente
consta en la articulacin de esas tres
formas de produccin, comunicacin y
apropiacin de lo escrito. Si existen los
riesgos que hemos enumerado, se debe
recordar a la escuela, las bibliotecas y
los medios de comunicacin, que los
recursos de los que disponemos hoy
en da son mltiples. Es posible salir
del mundo digital y acudir a las otras
dos formas en las que la presencia de lo
escrito est asegurada. Esta me parece
la tarea fundamental para no caer en
los discursos apocalpticos que piensan
que el mundo digital es el fin de la
historia, de la lectura, del libro y de
los textos; pero tambin para evitar los
discursos de un profetismo ciego que
pensaba que la sustitucin universal era
necesaria y posible. Me acuerdo de un
congreso de la Asociacin de Editores,
Al mismo tiempo, lo que mati-
za todo lo que discutimos sobre
este mundo digital es que por
ahora, no s en el futuro, somos
herederos de tres formas de
la cultura escrita: la escritura
de mano, que define todava
hoy un espacio de lectura y
escritura; los textos impresos
que, pese a las dificultades de
edicin y distribucin, siguen
estando vigentes al punto en
que nunca se han publicado
tantos libros como ahora; y
por ltimo el mundo digital.
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LA BIBLIOTECA
Conversaciones
en Buenos Aires en el ao 2000 con la
gente de Microsoft que vena con sus
power points a decretar la fecha de
desaparicin del ltimo libro y el lti-
mo diario impreso. Los editores esta-
ban totalmente aterrorizados por esta
perspectiva. Pero trataremos de decir
que no era tan inmediata esta desapa-
ricin (risas). Hay tambin el discurso
inverso al apocalptico, el discurso de
un utopismo de una prometida Edad
de Oro. En el medio de estos discursos
est la realidad que consiste en la difcil
articulacin entre las diferentes formas
de lo escrito. Puede ser una coexistencia
pacfica o conflictiva, una organizacin
de apoyo recproco o una competencia.
Comparto el diagnstico y la inquietud,
pero pienso que hay que ubicarlo den-
tro de la totalidad de la cultura escrita.
Todava podemos limitar los efectos
negativos de lo que hemos descripto.
LB: Me gustara mencionar el nom-
bre de Ricardo Piglia en relacin a
la presencia de la gura del lector en
ciertas novelas y el modo en que l
alude a esta tradicin en la gura de
Macedonio Fernndez.
RC: Conozco el libro El ltimo lector
de Piglia, parte de su obra y tambin
conozco a Piglia quien es un querido
amigo (risas). Es muy interesante por-
que se trata de una figura que es parte
de la herencia argentina. No solamen-
te Borges, sino tambin Macedonio
Fernndez. Se trata de un escritor de
ficcin que est muy preocupado por
la relacin entre autor, texto y lector.
Algo que no necesariamente es una
preocupacin de todos los escritores.
Hay una conciencia muy aguda, una
dimensin reflexiva de este tipo de pro-
duccin literaria, que al mismo tiempo
construye ensayos reflexivos sobre la
escritura y la lectura. Se podra decir
que la obra de Borges es una obra sobre
lectura y escritura, independientemen-
te de sus temas y fbulas. Lo que siem-
pre me ha llamado la atencin en esta
tradicin, particularmente en Piglia, es
que en su propia obra plantea la cues-
tin de la apropiacin de la escritura y
la lectura, dedicndose a identificar de
qu manera los lectores, las lecturas y
los libros son elementos que movilizan
la escritura para producir determinados
efectos estticos. Yo me he inspirado
en esta perspectiva para mi ltimo
libro Inscribir y Borrar donde, en el
perodo que ms conozco, entre el siglo
XVI y XVIII, la misma presencia, den-
tro de la obra, de la lectura, el libro,
los cdigos y las normas de la cultura
escrita, permite construir reflexiones
filosficas, efectos satricos y poticos.
Es la razn por la cual he tomado como
ejemplo, a partir de estas preguntas,
dos momentos de Don Quijote.
El primero, bien conocido, es cuando
el Quijote visita una imprenta, en la
segunda parte, captulo sesenta y dos.
Qu significaba para Cervantes intro-
ducir en la ficcin el lugar donde los
libros son impresos, incluso su propio
libro? En este anlisis se ve cmo se
trata de un dispositivo de las magias
parciales del Quijote de los que hablaba
Borges. Es decir que, para disolver la
frontera entre el mundo del texto y del
lector, la estrategia de Cervantes era
movilizar la experiencia diaria y coti-
diana del lector y ubicar dentro de la
obra una visita al taller donde es produ-
cido el libro que el lector est leyendo.
Incluso, Cervantes ubic dentro de este
espacio una discusin con un traductor
a propsito de cmo se publican los
libros, y una descripcin tcnica de las
operaciones que los componedores, los
prensistas y correctores estn haciendo
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LA BIBLIOTECA
Conversaciones
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en el taller. Este episodio me parece fun-
damental para comprender la relacin
de Cervantes con la cultura escrita de su
poca. Al mismo tiempo, sera un prra-
fo que se podra aadir al diagnstico
de Auerbach a propsito de la literatura
castellana del Siglo de Oro caracterizada
como poetizacin de lo cotidiano.
El otro momento es sobre el significado
del librillo de memoria de Cardenio
que ha abandonado en una maleta en
la Sierra Morena donde Don Quijote
la encuentra. Escribe sobre l una carta
para Dulcinea y una carta de cambio
para Sancho que ha perdido su asno,
donde promete retribuirlo. La crtica
tradicional, y menos an las traduccio-
nes, nunca se han enterado de lo que
era este librillo de memorias. Se trata,
como dijimos antes, de un cuadernillo
embetunado barnizado que permite
borrar y escribir sin tinta ni pluma. Era
una tecnologa de escritura que permita
evitar la tirana del tintero, el cuchillo,
la pluma y la arena, que eran los ins-
trumentos necesarios para escribir nor-
malmente. En los captulos de la Sierra
Morena, que empiezan con el librillo
de memoria, el tema fundamental era
la relacin entre el libro y la memo-
Roger Chartier, por
Juan Martn Casalla
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N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
Conversaciones
ria. Cuando Sancho dice que no tiene
memoria y que no se acuerda ni siquiera
de su propio nombre, pero al mismo
tiempo se convierte en una especie de
Sancho el memorioso, porque siempre
habla a partir de refranes, cuentos, con-
sejas que ha memorizado: una memoria
sin libros entonces. Tambin existe una
memoria que es totalmente libresca,
porque los recuerdos de Quijote no son
suyos, sino de los caballeros andantes
que convoca para interpretar lo que le
sucede. Entre estas dos formas est el
librillo de memoria que es a la vez la
metfora material de la necesidad de
la transcripcin y de la obligacin del
borrar. Es el objeto que encarna ms
claramente lo que hemos dicho de con-
servar y destruir, fijar y borrar. Se con-
frontan as una memoria sin escritura, la
literatura como memoria y la memoria
efmera del librillo. Esto puede dar otra
clave de interpretacin de estos captulos
del Quijote, para encontrar otra magia
parcial. Cervantes tematiza a travs de
la narracin este problema fundamental
de su tiempo, la relacin entre los dos
temores del olvido y del exceso.
No solamente es el lector el que est
presente en el texto, sino la materiali-
dad de las prcticas de la cultura escrita.
En referencia a la presencia del lector
en la obra a lo Piglia, haba dedi-
cado uno de los ensayos al texto que
Diderot public despus de la muerte
de Richardson. Es un texto muy inte-
resante por lo que hemos discutido:
estn las prcticas de lectura en la
escritura misma? Esto empez con la
revolucin de la novela, con Pamela o la
virtud recompensada y Clarisa, la histo-
ria de una joven dama de Richardson. A
travs de la construccin de este lector
ideal dentro del texto de Diderot, es
posible discutir un tema historiogrfi-
co. La revolucin de la lectura, en tanto
prctica extensiva, est desmentida por
estos ejemplos en donde se lee la novela
como se lea en la tradicin protestante
la Biblia. La novela era leda, conocida
y citada. Aqu es posible contribuir con
un matiz muy fuerte a esa tesis sosteni-
da por muchos historiadores. Al mismo
tiempo, se trata de un modo de entrar
en la literatura misma, porque este
lector que construye Richardson, y al
cual responde Diderot, es un lector que
moviliza toda la afectividad, algo con-
denado por la esttica clsica: la identi-
ficacin entre el texto y el lector, fuente
de olvido del mundo exterior, era con-
siderada como una forma de alienacin.
Con la novela del siglo XVIII cambian
los criterios principales de evaluacin
de una obra. Ella adquiere segn esta
perspectiva toda su fuerza cuando
produce en el lector la prdida de toda
frontera entre su mundo y el del texto
y, por tanto, cuando produce un efecto
corporal: llantos, gritos, sollozos. La
definicin de la fuerza esttica se liga
con la construccin del lector implcito,
que es un lector identificado con los
personajes de la ficcin y que ha incor-
porado su mundo, lo que le permite
reconocer a los buenos y los malos
de acuerdo con su propia experiencia
personal, mientras est movilizado los
recuerdos de su lectura en lo ms pro-
fundo de su ser.
Yo comparto la perspectiva de
Macedonio Fernndez y de Piglia. Hay
una movilizacin dentro de un relato
de ficcin de la cultura escrita de su
tiempo y, por otro lado, una relacin
reflexiva sobre lo que es escribir lite-
ratura, las condiciones materiales e
intelectuales de produccin del efecto
esttico. Se abre un campo en el que
la distincin entre crtica literaria e
historia cultural desaparece, en el cual
el estudio morfolgico de los textos y
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LA BIBLIOTECA
Conversaciones
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el estudio esttico de las formas est
ligado, lo que no significa reducir la
ficcin a un estatuto documental. Se
trata de comprender, cada vez, cmo
la escritura de ficcin se apropia del
mundo material para producir efectos
literarios. Es una forma de pensar que
la ficcin se escribe a partir del recono-
cimiento de las prcticas, de los obje-
tos y los discursos del mundo social.
Cuando algunos historiadores de la
literatura dicen que esto es una forma
de reduccin materialista o sociolgica,
les opongo una frase de Borges en un
prlogo de Macbeth: la conciencia de
que no acabaremos nunca de descifrar
el misterio esttico no se opone al
examen de los hechos que lo hicieron
posible. Se trata del reconocimiento
de los hechos, sabiendo que ninguno
encierra el misterio de la obra. Pero
es una necesidad acercarse al misterio
a travs de este trabajo histrico y
analtico. Esta idea, me parece, est
en la posicin crtica de los autores de
ficcin que usted ha citado.
LB: Esta discusin nos lleva al nom-
bre de Groussac, en su interpreta-
cin sobre el falso Quijote. Es un
episodio al que el propio Piglia le ha
sacado cierto partido en su novela
Respiracin Artificial y que, da la
impresin, es lo que dio lugar a la
irona de Borges en Pierre Menard...
RC: Qu es el verdadero Quijote en
oposicin a los falsos? Hay una dife-
rencia con el misterioso Avellaneda,
porque Don Quijote nunca qued
identificado claramente pero que per-
teneca al medio cultural y esttico de
Lope de Vega que odiaba a Cervantes.
Es un texto de 1614, en un momen-
to en que no hay nada que se puede
reconocer como propiedad literaria,
copyright o derecho de autor. En s
mismo, es muy normal esta continua-
cin apcrifa. Todos los grandes textos
del Siglo de Oro, incluso anteriores e
l, fueron dotados de una continuidad
por un autor que no era el original.
Es el caso del Lazarillo de Tormes, con
su segunda parte, pero tambin el de
Guzmn de Alfarache, donde hay una
continuacin publicada antes de la
versin de Mateo Alemn, y ocurre
lo mismo con las novelas pastoriles
como la Diana de Montemayor. En
consecuencia, es ms o menos normal
que exista un tipo de escritura que
aprovecha una intriga, una serie de
personajes, para publicar una conti-
nuacin antes de una posible segunda
parte escrita por el autor, sacando
ventaja del xito de la primera. No
podemos juzgar esta prctica esttica
con criterios totalmente anacrnicos
para el tiempo. Lo que hace la fuerza
particular de la continuacin apcrifa
de Avellaneda, es que se ubica, en
cierto sentido, en un campo literario
muy dividido y muy agresivo entre,
por un lado, el genio lego Cervantes
y, por otro, los doctos letrados del
mundo de Lope de Vega. No s si
recuerdan el prlogo de Avellaneda
que es muy crtico y agresivo contra
Cervantes, se trata de una burla cruel
del autor. No es solamente un texto
normal, que se aprovecha del texto ya
presente para producir una continua-
cin, sino que es un texto que se cons-
truye con una fuerza polmica contra
Cervantes mismo. Pero la respuesta de
Cervantes no se organiza alrededor de
un pleito denunciando el plagio. Era
imposible, no tena ningn sentido.
La invencin genial, aunque no es
el primero en hacerlo, era introducir
en su propia continuacin mltiples
referencias, a partir del captulo 59, de
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N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
Conversaciones
la continuacin de Avellaneda. Pero,
esta vez, ridiculizada, con este pasaje
de los diablos que juegan a la pelota
con libros que destruyen, y entre ellos
est la continuacin de Avellaneda.
Uno de los dos libros que se com-
ponen en los talleres de Barcelona es
la continuacin de Avellaneda, hasta
que uno de los personajes inventados
por el propio Avellaneda es encon-
trado en el camino y Don Quijote le
lleva frente a un escribano para que
declare que el Don Quijote que haba
conocido no era el verdadero, sino
que el verdico lo acababa de encon-
trar en ese momento (risas). Esto era
obra de alguien absolutamente genial,
pero que ya lo haba hecho en 1604
Mateo Alemn en la segunda parte
del Guzmn de Alfarache, introducien-
do en este caso al autor mismo de la
continuacin apcrifa, clasificndolo
como un sujeto totalmente loco que
va a suicidarse hundindose en un
ro. Pero esto no tiene la gracia de las
invenciones mltiples de Cervantes.
Antes de los principios legales y estti-
cos que rigen nuestro mundo literario,
ocurre algo que funciona como una
burla, una irona, una polmica litera-
ria. En el caso de Pierre Menard pienso
que el objetivo es diferente. Creo que se
debe a cmo Borges anticip la teora
de la recepcin, en la que el sentido de
un texto cambia no porque haya cam-
biado un texto, sino porque el mundo
ha cambiado. Lo que quera demostrar
Borges es que la movilidad del sentido
de la obra no se liga necesariamente
a la movilidad del texto porque, en
este caso, se trata de la recomposicin
idntica del texto de Cervantes pero
cuando todos los sentidos que el autor
propuso originalmente se han inverti-
do. La misma frase sobre la historia que
pareca un lugar comn en el tiempo
de Cervantes, luego aparece como una
invencin filosfica genial, en el tiempo
del historicismo del siglo XIX. El obje-
tivo de Borges es mostrar esto, los libros
cambian porque el mundo cambia y
no porque los textos se modifiquen.
Hay otro texto, la conferencia sobre el
libro, donde dice que podemos cono-
cer la literatura de un tiempo sabiendo
cmo fue leda. Toma un ejemplo
paralelo que es la noche oscura de
la Eneida, que en
cierto momento
significaba el cla-
roscuro, y que en
otro significaba
la noche negra.
Borges pensaba
que sabra cmo
sera la literatura
del ao 2000 si
se supiera cmo
iba a ser ledo
su propio texto.
Hay una obse-
sin sobre la idea
de movilidad del
sentido que es externa al texto litera-
rio, pero de la que ste depende y que
define las categoras de su apropiacin.
Me parece que se puede hacer toda esta
galera de los falsos Quijotes, pero en
cada momento se corresponden con un
horizonte intelectual, conceptual y jur-
dico, a partir del cual adquieren senti-
dos diferentes las parodias y los juegos
irnicos con el texto cervantino.
Avellaneda y Pierre Menard pueden
ubicarse en esta larga duracin cro-
nolgica. Slo en la poca de Pierre
Menard poda pensarse en una acu-
sacin como la de plagio. Para que
se defina que hay plagio, se debe
definir previamente que el autor es
propietario de su obra. En segundo
lugar, se debe definir que es posible
De ah la distincin que podra
aparecer entre la comunicacin
electrnica, donde no hay pro-
piedad y donde los textos no
pertenecen a nadie, sino que
nos pertenecen a todos para
que cada uno pueda apropiarse
de ellos; y la edicin electrnica
que supone, de una manera u
otra, que se ha fijado el texto,
no solamente como un objeto
comercial, sino tambin como
condicin para que un autor
sea reconocible como tal.
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LA BIBLIOTECA
Conversaciones
28
reconocer una obra como idntica
a s misma, cualquiera sea su forma
material. Son dos condiciones que no
existan en el siglo XVI y XVII, y que
abren todo el campo de los pleitos
por plagio en el mundo del siglo XX,
pero tambin nos introducen en el
problema de la propiedad intelectual
en el mundo digital. Es una cuestin
realmente apasionante, porque reco-
nocer que el autor es propietario de
la obra, es reconocer que es posible la
estabilidad de la obra. Es paradjico
porque la obra puede estar publicada
en distintos tipos de ediciones, y, sin
embargo, puede ser la misma cuando
se transforma en una pelcula o en
un programa de televisin Qu es
este misterio de una obra que siempre
es idntica a s misma y que cambia
siempre su forma material? De ah el
espacio de los pleitos. Es la estruc-
tura narrativa de la historia, que fue
objeto de algunos litigios reciente-
mente?, es la escritura misma, los
sentimientos, el estilo como se deca
en el siglo XVIII en Inglaterra lo
que estabiliza una obra? Variables son
los criterios que estabilizan lo que,
por definicin, es mvil.
El segundo problema referente al
mundo digital es un poco diferente,
porque la discusin sobre la propie-
dad intelectual se hace fundamental-
mente con las pelculas o la msica
ms que con los textos escritos. La
cuestin no es simplemente el plagio,
sino estabilizar el texto de mane-
ra que sea reconocible la propiedad
sobre la obra. Pero, si estamos frente
al mundo digital, tal como lo hemos
conocido y disfrutado hasta ahora,
con textos mviles y abiertos, no
hay estabilizacin posible. Porque no
solamente es el texto el que cambia
de forma, sino que es el lector mismo
quien se introduce en el texto. Los
ajustes textuales de los que hablaba
antes, se transforman y se aplican a
las obras mismas. La propiedad sera
sobre un campo que cambiara de
forma, de permetros, de ubicacin,
y en el cual otros ingresan para aa-
dir un pedazo de tierra ms. Esa es
la enorme dificultad por la que las
editoriales han buscado crear nuevos
dispositivos o securities para esta-
bilizar el texto, para que sea un per-
metro reconocible, pero que es total-
mente contradictoria con los placeres
del mundo digital: movilidad, aper-
tura, maleabilidad y flexibilidad. De
ah la distincin que podra aparecer
entre la comunicacin electrnica,
donde no hay propiedad y donde los
textos no pertenecen a nadie, sino
que nos pertenecen a todos para que
cada uno pueda apropiarse de ellos;
y la edicin electrnica que supone,
de una manera u otra, que se ha
fijado el texto, no solamente como
un objeto comercial, sino tambin
como condicin para que un autor
sea reconocible como tal. Esa es la
contradiccin que afrontan muchos
autores de ficcin. Por un lado apro-
vechan la nueva tecnologa para tener
blogs, websites, en los cuales pre-
sentan documentos que acompaan
su creacin esttica. Pero, al mismo
tiempo, cuando quieren publicar, es
decir, cuando quieren que un texto
sea reconocible como su obra, lo
editan en forma impresa. Esta es la
modalidad contempornea del pro-
blema, que no es tanto la cuestin
del plagio, sino la de determinar qu
es lo que permite decir que un texto
es una obra suficientemente estable
para que pueda estar asignada a un
nombre propio que posibilita una
reivindicacin de propiedad.
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Entrevista
Ricardo Piglia: Las bibliotecas
no slo acumulan libros,
modifican el modo de leer
Por Horacio Gonzlez y Sebastin Scolnik
Ricardo Piglia es quien, quiz con ms persis-
tencia, ha pensado la presencia del lector en
la obra. Una teora del lector, el ltimo lector
quiz l mismo, que aparece dejando mar-
cas en la escritura. En este dilogo que se pro-
dujo a partir de su visita a la Biblioteca, Piglia
analiza las variaciones tcnicas como profun-
dos virajes en las prcticas de lectura que, sin
embargo, no han logrado alterar su condicin
fundamental: la lectura sigue consistiendo
en una secuencia lineal de desciframiento
que va de un signo a otro, pese al carcter
fragmentario que asume en la metrpoli. Un
lector salteado que, al decir de Macedonio
Fernndez, se ve sometido a la interrupcin
como momento inherente a la lectura y que
debe asumir tal situacin en tensin con la
utopa lectora: su solitaria concrecin.
De este modo, y a pesar de las invocacio-
nes temticas recurrentes, el despliegue
tecnolgico incrementa la velocidad de
circulacin y acceso a los textos, operando
cambios en las formas de sociabilidad que
rodean la lectura, pero no en la lectura
misma que conserva para s la invencin
de sus propias escenas singulares.
31
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LA BIBLIOTECA
Conversaciones
La Biblioteca: Desde hace tiempo se
est desarrollando una discusin, y
la Biblioteca Nacional es un espacio
natural para ella, pues se encuen-
tra especialmente afectada por las
modificaciones tcnicas en curso:
nos referimos al debate acerca de
cul es la relacin de la lectura con
las nuevas tecnologas; si se trata de
un vnculo virtuoso o de la desapari-
cin de la figura del lector moderno,
si es necesario repensar la relacin
y el lugar social de la lectura en la
vida contempornea. En estas dis-
cusiones hay lamentos y euforias,
desmedidos en ambos casos.
Ricardo Piglia: Bueno, tratemos de
no tener una posicin centrista, no?
(risas). Siempre hay lamentos y eufo-
rias. Lo primero que tendramos que
decir, es que hay muchos historiadores
de la cultura trabajando este tema.
Hay que pensar sobre todo en Roger
Chartier que ha reflexionado sobre la
cuestin del cambio en los soportes
de la lectura, desde los papiros, los
rollos y los libros hasta la lectura en
la pantalla. Chartier ha insistido en
la importancia de la materialidad del
formato en la discusin sobre la cons-
truccin del sentido y en la historia de
la lectura. Hay que situar el problema
en la larga duracin. Qu es lo que
persiste de las formas de leer y qu es
lo que se ha transformado? Yo tiendo
a pensar que el modo de leer desde la
perspectiva que a m me interesaba en
el libro (El ltimo lector, 2005) no ha
variado. Leer ha sido siempre pasar de
un signo al otro. Puede haber cruces,
cortes y virajes en la linealidad, pero
la construccin del sentido, el modo
de descifrar los signos al leer, no ha
cambiado. Es una prctica de largu-
sima duracin. Desde luego la lectura
supone el aislamiento, el lector es un
sujeto que est descifrando una serie
de signos y est solo en eso. Lo que
cambia es la escena en la que se lee,
y la actitud. No slo el formato en
que leemos los textos cambia y por lo
tanto la posicin del cuerpo, sino tam-
bin el tipo de
atencin. Yo he
construido una
especie de mode-
lo histrico, un
poco en broma,
con dos posicio-
nes. La primera,
que podramos
llamar la pose
Kafka, es el
modelo del lector
que se encierra y
se asla y no quie-
re ser interrum-
pido. La ambi-
cin de Kafka de
encerrarse en un
stano y que le dejaran la comida en la
puerta, para poder caminar un poco,
pero no ver a nadie y estar aislado. O
la metfora que los medios usan siem-
pre: qu libro se llevara usted a una
isla desierta? La lectura perfecta y per-
sonal estara asociada con el aislamien-
to y el punto extremo sera estar solo
en una isla con un solo libro. Es una
imagen que persiste, la del lector que
est concentrado, aislado. Poe teoriz
ese modo de leer con su potica de la
forma breve: La Filosofa de la compo-
sin es una teora de la lectura. Hay
que escribir un texto cuya extensin
dependa de la capacidad de sostener
la atencin, un texto que no se pueda
dejar y que se pueda leer de un tirn,
en un tiempo prefijado. El sentido
depende de la concentracin que a su
vez depende de un tiempo fijo y de la
Puede haber cruces, cortes y
virajes en la linealidad, pero
la construccin del sentido, el
modo de descifrar los signos al
leer, no ha cambiado. Es una
prctica de largusima duracin.
Desde luego la lectura supone
el aislamiento, el lector es un
sujeto que est descifrando una
serie de signos y est solo en eso.
Lo que cambia es la escena en la
que se lee, y la actitud. No slo
el formato en que leemos los
textos cambia y por lo tanto la
posicin del cuerpo, sino tam-
bin el tipo de atencin.
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
Conversaciones
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continuidad. En ese marco, la inte-
rrupcin aparece como un fantasma
que recorre la historia de la lectura.
Podemos seguir esa historia con cier-
tas situaciones donde la interrupcin
aparece ficcionalizada, muchas veces
como una amenaza Est el relato de
Cortzar, el bello relato Continuidad
de los parques, sobre la lectura de
una novela. La lectura interrumpida
supone distintos tipos de situaciones:
una es la interrupcin propiamente
dicha alguien que entra e interrum-
pe, otra es el paso del libro a lo real,
y la inversa, lo real que irrumpe en el
momento de la lectura.
LB: Una especie de Robinsonada
interrumpida...
RP: Claro. Los desarrollos tcnicos
y la complejidad de la experiencia
han ido generando otra figura que
yo asocio con Joyce, para ponerle un
sujeto, y por el tipo de potica de la
escritura que supone. El modelo no es
la isla, sino la ciudad, la dispersin, la
proliferacin de los signos. La lectura
no es lineal, el que lee se desva, est
en una red, el tiempo est fragmenta-
do y es mltiple. Uno podra asociar
esta posicin con el movimiento en
la ciudad, donde todo parece suce-
der al mismo tiempo. Por lo tanto el
lector no funciona como aquel que
est aislado o en cualquier escena de
aislamiento que se pueda construir,
sino que el lector est conectado a una
red y eso la literatura ya lo empez a
mostrar mucho antes de que aparez-
can las formas contemporneas. Hoy
es habitual que un lector est leyendo
un libro y a la vez tiene prendida la
TV, est atento a los e-mails, habla
por telfono, escucha msica. La per-
cepcin distrada. Podramos recordar
la nocin del lector salteado de
Macedonio. Un lector que se hace
cargo de la interrupcin, de todo lo
que interfiere y lo incorpora a la lec-
tura. Entra y sale, se dispersa, se con-
centra, se va. Y desde luego la prosa de
Joyce o la de Macedonio estn ligadas
a ese tipo de lectura que no es lineal, o
en todo caso infiere la posibilidad de
una lectura discontinua.
Otra posibilidad es hacer una historia
de la tcnica que acompaa y sostiene
la lectura y la modifica. Por ejemplo,
podramos hacer una historia de la
luz, de la iluminacin. El invento del
vidrio que hace posible las ventanas;
el paso de las velas a la luz de gas, a
las lmparas. La posibilidad de leer
de noche. Esa sera una manera de
hacer una historia de la tcnica en
relacin con la lectura. Desde luego,
las bibliotecas, estn ligadas a ese
tipo de historia, un lugar construido
para leer, donde los libros se orde-
nan, se acumulan, hay un recorrido,
un movimiento mas fsico, hay que
moverse por ese espacio, los pasillos,
las galeras, los estantes; se puede ir de
un libro a otro. Las bibliotecas no slo
acumulan libros, modifican el modo
de leer. Producen un efecto paradojal,
que es tpico de las grandes bibliote-
cas, siempre habr un libro que no
hemos ledo, la contradiccin entre
el libro que estoy leyendo y todos los
otros libros que estn ah disponibles
y que nunca podremos llegar a leer.
Lo que no se puede leer, lo que falta,
acompaa a la lectura, forma parte de
la experiencia misma. Son cuestiones
ligadas a la lectura como posibilidad y
estn conectadas con el debate actual
sobre qu sucede con la lectura en la
red, con las conexiones mltiples, la
superposicin y la acumulacin, el
paso de un texto a otro. La literatura
33
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
Conversaciones
ya haba intentado dar cuenta de la
posibilidad de las lecturas mltiples,
simultaneas, sucesivas. Borges ha dado
el paso de la imagen de la biblioteca
como espacio de saturacin y de lectu-
ra sucesiva, a la invencin de una ima-
gen que se acerca a la experiencia de
la lectura simultnea y a la web. Eso
est en El aleph, desde luego, un
modelo de simultaneidad, de visin
instantnea, todo el universo concen-
trado en un punto. La clave, creo, es
que se mantiene la relacin personal,
aislada, se trata de una visin privada
que se abre a todos los signos pero el
sujeto sigue solo ah frente a esa pan-
talla microscpica. Con esto quiero
decir que las novedades son siempre
novedades, desde luego, porque en el
contexto en que funcionan tienen un
sentido propio, pero uno podra esta-
blecer una arqueologa de todas estas
imgenes y figuras que hoy se discuten
a partir de las nuevas tecnologas.
LB: Aqu s se podra pensar una
variacin, en trminos de veloci-
dad y cantidad, de imgenes que
proliferan? Esas imgenes amena-
zan los procedimientos de lectura
modernos? Se podra pensar en el
paso del lector salteado que, pese
a su errancia, an mantiene su con-
dicin de lector, a una gura ms
propia de la dispersin?
RP: La velocidad, la instantaneidad,
tiene que ver con el material, con los
signos: llegan ms rpido, estn ms
cerca; pero la velocidad de la lectura
sigue siendo la misma, con pocas varia-
ciones. Depende de la materialidad, del
cuerpo, de la mirada, es muy personal,
tiene un ritmo subjetivo, como la respi-
racin (los cambios de ritmo suponen a
veces cierta patologa, cierta alteracin:
la lentitud del asma en Proust, en
Lezama, en Saer; el jadeo acelerado en
Celine, en Kerouac, en Lamborghini).
La lectura veloz fue una especie de
chiste idiota, lo que se ha acelerado es
la posibilidad de acceso a los textos y
a los signos, pero no la lectura misma.
La instantaneidad de la percepcin est
ligada a la imagen, no al desciframien-
to de los signos. Obviamente no es
lo mismo ver una
imagen que leer
un texto. Hay un
cambio de ritmo.
Se pueden inter-
calar y entreverar
palabras e imge-
nes, pero habr
siempre una dis-
tancia que bsi-
camente es tem-
poral. Godard ha
trabajado mucho sobre esta diferencia,
siempre hay algo para leer en sus fil-
mes y esos textos son una especie de
fundido a negro, marcan un cambio
de ritmo. Lo mismo podramos decir
de la experiencia de los subttulos de
las pelculas, tambin se va al cine a
leer (Y dicen que el subtitulado fue
un invento argentino de los aos 30,
cuando apareci el sonoro!). Qu pasa
ah?; O en las historietas? Cuando se
dice que una imagen vale mas que mil
palabras se quiere decir que la imagen
llega ms rpido, la captacin es ins-
tantnea, la percepcin tiene la misma
velocidad que la imagen. Mientras que
leer un texto de cien palabras o de mil
palabras, cualquier texto que sea, tiene
otro tiempo. Hay una lentitud de la
lectura, digamos as, un tiempo para
captar el sentido, difcil de cambiar. Los
modos actuales de abreviar y usar letras
que concentran palabras, tpico en los
e-mails y en los mensajes de texto, una
La velocidad, la instantaneidad,
tiene que ver con el material, con
los signos: llegan ms rpido,
estn ms cerca; pero la veloci-
dad de la lectura sigue siendo la
misma, con pocas variaciones.
Depende de la materialidad, del
cuerpo, de la mirada, es muy
personal, tiene un ritmo subjeti-
vo, como la respiracin (...)
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LA BIBLIOTECA
Conversaciones
34
suerte de taquigrafa personal, son un
intento de acelerar el desciframiento,
porque la lectura es siempre ms lenta
que la circulacin de los textos. Para
acelerar se tiende al criptograma, a la
seal. Recordemos que Alan Turing
que est en el origen de la ciberntica,
empez como criptgrafo y descifrador
de mensajes codificados durante la
Segunda Guerra. Y hoy todos estamos
en una escena de criptgrafos, sujetos
inciertos que descifran y protegen la
lectura con los passwords. En realidad
para acelerar la lectura habra que susti-
tuir las letras por nmeros para que los
mensajes se pudieran leer ms rpido,
pero eso nunca puede funcionar; el
lenguaje es insustituible, no se puede
inventar, todo esperanto es cmico; la
compresin universal e instantnea no
funciona. El lenguaje tiene su propia
temporalidad; ms bien habra que
decir que es el lenguaje quien define
nuestra experiencia de la temporalidad,
no slo porque la tematiza en los tiem-
pos de verbo, sino porque el lenguaje
impone su propio ritmo. En todo
caso, la poesa es la que ha llegado mas
lejos en los cambios de velocidad en el
lenguaje, acelerar la comprensin de
sentidos mltiples con pocas palabras.
Y el lmite ser siempre el hermetis-
mo, el idiolecto. Podramos pensar en
Mallarm o en Haroldo do Campos o
en Oliverio Girondo, para definir un
uso cyber de la lengua.
En definitiva, insistira en los cambios
mnimos que ha sufrido la actividad
del que lee; los signos nos siguen
viniendo uno tras otro y hay que
entrar en ese recorrido lineal. Despus
los podemos alterar, podemos inter-
calar un texto en otro pero siempre
habr un movimiento lineal, difcil
de acelerar y de alterar. Quizs otro
ejemplo de la relacin entre tiempo
de lectura y movimiento, sea la lectu-
ra en un viaje. Tambin aqu se trata
de una historia de la tcnica que ha
sido por lo dems muy tematizada
por la literatura: leer en movimiento,
la lectura como viaje, la lectura aso-
ciada con una temporalidad alterada.
Laurence Sterne en Tristam Shandy
dice que lectura de su novela reprodu-
ce el ritmo de un carruaje que sufre las
sacudidas y los saltos del camino. Hay
muchas escenas de lectura en las nove-
las de Conrad y de Melville, la lectura
como navegacin. Y est esa situacin
extraordinaria en Gravity Rainbow de
Pynchon, en la que en un submarino
durante la Segunda Guerra los mari-
nos citan el Martn Fierro y se ponen
discutir las hiptesis de Lugones sobre
el poema de Hernndez. Y desde luego
est la gran tradicin de la lectura en
los trenes, una relacin con ritmos
diversos entre lo que se est leyendo
y la realidad que est pasando a una
velocidad definida.
LB: Sin embargo, pareciera ser que,
en trminos de velocidades, hay
algo del mundo conectivo-digital
que descompensa la relacin entre
la letra impresa y la conciencia.
Esos tiempos de pausa, de elabora-
cin y soledad aparecen desborda-
dos por la proliferacin de signos
ininterrumpidos que nos llegan de
la mano del mundo digital.
RP: S. Con la precaucin de decir
que ese vrtigo, digamos, muy atrac-
tivo, de proliferacin de informacin
produce, paradjicamente, cierta
pausa; el sujeto detiene el flujo, debe
seguir descifrando un signo atrs de
otro. Es decir, puede llegar la cantidad
de informacin que sea, pero siempre
vamos a tener que descifrarla median-
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N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
Conversaciones
te un movimiento cuya velocidad no
depende de la mquina. Podramos
decir que Joyce en el Finnegans Wake
fue el primero que intent modificar
el modo y la velocidad de la lectura,
a partir de la acumulacin delirante
de sentidos mltiples en cada palabra.
El Finnengans es el intento de lograr
la simultaneidad absoluta. Cada frase
del libro remite a todas las lenguas y
a todas las referencias y abre todos los
sentidos posibles. El lector de ese libro
enfrenta la dispersin y simultaneidad
en cada pgina. Implica una suerte de
lector futuro que debe ser polglota,
manejar todas las lenguas. Y debe ser
un insomne porque ya sabemos que no
toda vigilia es la de los ojos abiertos.
Por eso siempre me pareci extraordi-
nario que el primer libro que se com-
pr en Amazon, fuera el Finnengans
Wake. El primer lector que entr en
la red para buscar un libro (fin de la
librera como espacio real) pidi la
novela de Joyce. El Finnengans es el
libro de esta era, parece hecho para
este escenario de lectura.
LB: Y cul es tu experiencia con los
nuevos medios?
RP: Bsicamente he visto todo el pro-
ceso de desarrollo de la tecnologa de
un modo muy directo porque estoy
enseando en Princeton desde hace
veinte aos y ah los avances han sido
extraordinarios. El acceso al conoci-
miento en estos aos ha cambiado
muchsimo y los medios tcnicos for-
man parte de los cursos mismos. Y
desde luego los estudiantes estn muy
integrados a los nuevos medios. Los
modos de ensear han ido cambiando.
Ya no se trata tanto de informar sobre
campos especficos de investigacin,
sino de seleccionar las rutas de lectura,
cules son los textos que se leen en
grupo y de qu modo se leen, cmo se
procesa el acceso inmediato a la infor-
macin. Los seminarios y los cursos
tienen un site propio, donde circulan
los textos y al que los estudiantes
estn conectados. Y la pgina, claro, se
llama Blackboard, un pizarrn virtual,
donde todos pueden entrar con una
clave. Por mi parte sigo enseando,
por decirlo as, modos de leer. Con
esto, lo que quiero decir una vez ms,
es que los medios tcnicos avanzan a
una velocidad notable antes que nada
en la dimensin de la circulacin.
Recordaba hace un tiempo una anc-
dota que cuenta W.H. Hudson, en
All lejos y hace tiempo, sobre cmo
circulaban los libros en el campo a
mediados del siglo XIX: nos llegaba
una novela, cuenta Hudson, y despus
de leerla se la pasbamos al vecino
que viva en una estancia que estaba a
quince leguas, a caballo, y ese le pasaba
la novela a otro y ese a otro y la novela
se iba alejando cada vez ms, de una
estancia a otra. Ese movimiento, lo
que se tarda en llegar a lo que se quiere
leer, es lo que se aceler notablemen-
te. Y ese cambio en la circulacin ha
producido cambios en la sociabilidad,
digamos as. Y eso desde luego que
tiene efectos culturales. Yo me acuer-
do cuando iba al correo todas las tar-
des a despachar las cartas. Caminaba
seis o siete cuadras hasta la oficina del
correo, charlaba con el que reciba las
cartas, me iba a tomar un caf al bar
de Talcahuano y Corrientes y despus
me daba una vuelta por los quioscos
de libros de la Plaza Lavalle. Tenemos
el e-mail ahora no? Estamos en pleno
proceso de desmaterializacin, como
decan Masotta y Jacoby en los aos
60. Ahora uno puede hacer todo eso
por ejemplo comprar libros usados
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
Conversaciones
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en la web sin moverse de la computa-
dora, salvo el caf, que uno se lo tiene
que ir a hacer a la cocina.
LB: Esto supone que esa sociabili-
dad que cambi lo hizo slo a tra-
vs de la aceleracin de los flujos
de circulacin. Pero qu sucede
con la escritura? Ella se vio modi-
ficada tambin por los dispositivos
tcnicos actuales?
RP: No s si cambia el tipo de escritu-
ra. Desde luego han cambiado las con-
diciones de produccin. Hay mayor
difusin de lo que se escribe y se lee,
el acceso es mucho ms libre, hay una
especie de anarquismo primitivo. Se
puede difundir sin problema lo que se
quiera. No hay casi mediacin y eso es
extraordinario. Pero en la escritura, en
la narracin, no veo que estas modi-
ficaciones tcnicas hayan producido
grandes cambios. Estn los blogs, cada
uno puede tener su pgina, su boletn
personal. Podemos llamarlo anarquis-
mo, porque no hay intervencin del
Estado, es un espacio sin fronteras,
donde todo circula y se intercambia.
Pero tiene algo primitivo, tambin,
porque en general lo que se escribe es
muy ingenuo, todos parecen escrito-
res naif, quiz por el propio medio,
por la bsqueda, un poco indiscrimi-
nada y medio desesperada, de lectores
que tiene el que escribe un blog, las
formas que usan para atraer a la red a
los que andan sueltos. Miles de escri-
tores a la pesca de lectores. Todo es
gratis, adems. Lo que se ve ms claro
son las tcticas para llamar la aten-
cin, el mtodo suele ser el escndalo,
una especie de versin privada del
periodismo amarillo. Una mezcla de
chisme, calumnia y confesin, cierta
confianza excesiva en el decir directo,
se ve demasiado la demanda, o en
todo caso la ilusin de que alguien se
detenga ah a leer. Yo mismo tengo un
blog y una pgina web pero la firmo
con pseudnimo, porque me interesa
la experiencia misma y quiero ver qu
pasa y qu circula. No me interesa
que lo lean por el nombre del autor.
La verdad es que me divierto mucho.
En mi prxima novela, voy a poner la
direccin de la pgina y del blog. No
los textos que estn escritos ah, slo
el dato de quien los ha escrito, voy a
usar la novela para que el que quiera
pueda entrar a ver.
En definitiva, me parece que en la lite-
ratura, lo que se ve es una presencia,
digamos as, temtica de las nuevas
tcnicas; pero no veo cambios en los
modos de narrar. El que ha llegado
ms lejos en esa lnea ha sido William
Gibson, que es un gran novelista que
trabaja con los mundos virtuales y el
cyber. Pero no veo que la estructura
de la narracin propiamente dicha
se haya alterado radicalmente. Hay
intervenciones interesantes de algu-
nos novelistas argentinos jvenes, que
estn trabajando con esos elementos;
Daniel Link por ejemplo, pero me
parece que son cambios de contenido;
en vez de telegramas o de cartas se
narra la circulacin de los e-mails.
LB: Antes se las llamaba novelas
epistolares, pero desde Chordelos de
Laclos hasta el mail, habra que ver
cul fue la evolucin del gnero.
RP: S, y al mismo tiempo hay algunos
usos interesantes del lenguaje. Jvenes
escritores que estn muy atentos a
los cambios en los usos sociales, a lo
que est pasando con los lenguajes
sociales, para construir su propia voz.
Me parece que eso viene de Joyce, de
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N 6 | Primavera 2007
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Puig. Es decir, no hay estilo personal,
o en todo caso el estilo se construye a
partir de los lenguajes sociales, de lo
que sucede en la calle, en la web, en
la circulacin social. Uno puede leer a
Cucurto y ver de qu modo los inmi-
grantes sudamericanos y coreanos
estn presentes en la cultura argen-
tina actual y como se transforman
los registros del lenguaje. Tambin
algunos autores estn trabajando con
cierta grafa que viene de los medios
tcnicos, la rapidez de la escritura
ha generado una especie de nueva
taquigrafa, una forma condensada
de reproducir por escrito el lenguaje.
La ltima novela de Alejandro Lpez
trabaja por ah. Se tiende al ideogra-
ma casi. Se abrevian las palabras para
que los mensajes estn a la altura de la
velocidad y la inmediatez del medio.
Una suerte de telegrama cifrado. Una
sintaxis tipo Tarzn, a menudo sin
puntuacin, sin maysculas. Y tam-
bin cierto anglicismo tcnico, ligado
al uso de un ingls bsico, que no es
el ingls que se habla sino el del soft-
ware. Y a la vez est todo ese campo
interesante de los errores, los lapsus,
los acentos y las ees que faltan, los
signos que se traban. Son intentos de
convertir esos usos alterados del len-
guaje en estilo literario. Suena como
una especie de Puig psictico.
LB: Pasar todo Proust a mensaje de
texto, eso s no sera recomendable...
RP: (risas) Supongo que no... Con
esto lo que quiero decir es que sin
duda las nuevas tecnologas estn pre-
sentes all donde siempre han estado
presentes en la literatura, que es en los
efectos que tienen en los lenguajes, en
el uso social del lenguaje.
LB: En tu libro hay una escena muy
interesante, el episodio de la apari-
cin de la mquina de escribir en
Kafka como una alteracin de la
forma de escritura. Un instrumento
de escritura mecnica que aparece
separando la escritura del propio
cuerpo y de la respiracin de los
rganos, convirtiendo en escritura
burocrtica lo que hasta entonces
era una escritura personal, manus-
crita, como prolongacin del pro-
pio cuerpo. Y con ello, el pasaje del
escritor al autor como gura pbli-
ca. Es una imagen muy linda sobre
Ricardo Piglia, por
Mariano Lamota
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
Conversaciones
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el tipo de alteraciones que las inno-
vaciones tcnicas van introducien-
do en las formas de escritura, del
lenguaje, del habla, etc. En el men-
saje de texto de los telfonos celula-
res las palabras se reducen, se sim-
plican, una letra representa una
palabra. Parece darse un fenmeno
semejante al de Kafka: una opera-
cin sobre el lenguaje que produce
otra relacin con la palabra...
RP: Bueno, escribir en definitiva sigue
siendo poner una palabra despus de
otra, una frase despus de otra. El
fraseo es la msica de la literatura. Lo
que cambia me parece es la nocin
de borrador, de lo que es legible en
sentido estricto, la letra personal que
a veces slo quien la escribe la puede
leer y de qu modo como se deca
antes se puede pasar el borrador
en limpio. La mquina de escribir
se invent para pasar en limpio los
manuscritos antes de mandarlos a la
imprenta. Pero rpidamente se convir-
ti en una forma de escritura directa,
no slo de copia, se empez a escribir
directamente en la mquina. Cambi
la posicin del cuerpo al escribir, se
perdi la inmediatez fsica de la letra,
el sonido que acompaaba la escri-
tura tambin cambi. La velocidad
material de la escritura fue, tcnica-
mente, cada vez mayor. En definitiva
la cuestin sigue siendo qu tipo de
relacin tiene el que escribe con lo
ya escrito, con lo que est escribien-
do. La mquina mecnica tena una
particularidad, digamos, si uno lea lo
que haba escrito y correga a mano
la pgina, tachaba, escriba arriba, en
los mrgenes, pona flechas con frases
escritas al costado, entonces, al final
de esa lectura, tena que volver a pasar
todo a mquina; de hecho se volva
a escribir el mismo texto de nuevo
varias veces para que la copia quedara
legible. Incluso se usaba una forma de
collage, porque si se quera cambiar
de lugar un fragmento, se lo cortaba
y se lo pegaba en otra pgina para no
tener que volver a copiarlo. El desa-
rrollo del collage est muy ligado a la
invencin de la mquina de escribir,
dicho sea de paso. Y me parece que
con la computadora esa inmediatez se
acentu, se puede corregir mientras se
escribe, se pude cortar y pegar en otro
lado directamente. En la pantalla se
tiene la impresin de estar escribiendo
un texto definitivo, sin errores, porque
la pgina ya parece diagramada, Cada
vez se imprime menos en papel para
leer lo que se escribe. Los textos se
escriben en la pantalla y se envan a
otra pantalla donde son ledos. Esa es
la tcnica del blog. El criterio de pgi-
na provisional en la que pueden hacer-
se modificaciones, se ha transformado.
Nos acercamos cada vez ms al mode-
lo de la pgina impresa. Todo parece
ms definitivo. Uno se da cuenta ense-
guida sobre todo en los blogs de que
los que escriben en la computadora
estn muy entusiasmados con su prosa
porque la ven ordenada en la pantalla,
con sus mrgenes y su espacios unifor-
mes y sus cambios de letra. No se tiene
ya la sensacin de precariedad, que
deriva de la escritura a mano y de las
sucesivas copias. Todo se ha conden-
sado en una sola operacin y se ha ace-
lerado. Incluso la chance de la lectura
de las pruebas de imprenta, con todas
las correcciones que se podan hacer
al ver el texto ordenado. Me acuerdo
que cuando publiqu Nombre falso, en
1975, en Siglo XXI, me cobraron las
correcciones que hice en las primeras
pruebas de pgina. Tuve que pagarle
a Pancho Aric la mitad del anticipo
39
N 6 | Primavera 2007
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Conversaciones
que me haban dado! Se pona eso
en los contratos. Ahora estamos de
movida en la primera de pgina. La
nocin de error cambi, ya no es
material, palabras ilegibles o tachadu-
ras. Tambin la ilusin de velocidad
de la prosa, escribir rpido, lo que
Kerouac buscaba en On the road con
el mtico rollo de papel interminable,
una bobina que le permita escribir a
mquina sin detenerse para cambiar la
hoja. Eso ahora lo puede hacer cual-
quiera. Desde luego, como siempre,
las tcnicas no se anulan, se super-
ponen, Saer escribi todos sus libros
a mano, Gnter Grass, por lo que
vi, sigue escribiendo en una Olivetti
porttil. Uno puede, claro, pasar de
una forma material de escritura a otra.
Pero en sntesis, lo que quiero decir
en relacin con la tcnica, con los
instrumentos tcnicos de escritura,
es que lo que cambia es la nocin de
borrador, de legibilidad, el pasaje de
una versin a otra.
LB: Bueno, podemos acudir a la
imagen de borrador de Proust, por
ejemplo, con todos los agregados
que contena. En la computadora
todo ese movimiento del agregado
no estara representado...
RP: Exacto. El tiempo de ajuste del texto
propio se ha concentrado. Tambin la
tendencia a leer en la pantalla y no en el
papel, son todas cuestiones que hacen
al trabajo de cada uno. Claro que se
ha ganado una mayor velocidad en la
resolucin del texto.
LB: La facilidad del corte y pegue es
una facilidad que tambin tiene un
cierto costo, en el sentido de gene-
rar ms dificultades en el escritor
a la hora de reconocer y verificar
las dificultades de la escritura con
sus distintas capas. Esto tambin
tiene que ver con la discusin de la
expresin soporte que encubre la
laboriosidad de la escritura en una
suerte de facilidad universal, en el
pasaje de una tecnologa a otra.
RP: La literatura no es simplemente
la materialidad del signo escrito en
un soporte determinado, sino un uso
particular de la palabra. Y para m lo
que est cambiando en relacin con
la literatura es justamente la nocin
de propiedad y de uso. La relacin
entre produccin social y apropia-
cin privada. Me parece que esa faci-
lidad de bajar textos y copiarlos, de
usar lo ya escrito, usando el copy and
paste, est produciendo un cambio en
las relaciones de propiedad en lite-
ratura. Como si
todo lo que se ha
escrito estuviera
al mismo tiem-
po en la panta-
lla, a disposicin
del que escribe.
Me parece que
se ha reactuali-
zado la cuestin
de quin es el
autor o de qu
es ser un autor,
la pregunta de
Macedonio, no?
El cambio bsico
en la discusin
esttica a partir del acceso al mundo
de Internet est en los modos de
apropiacin. Los modos de apropia-
cin estn en cuestin. O mejor, el
desarrollo de los medios de produc-
cin est poniendo en cuestin a las
relaciones de produccin culturales.
Ni siquiera hace falta tener una com-
Para m lo que est cambiando
en relacin con la literatura es
justamente la nocin de pro-
piedad y de uso. La relacin
entre produccin social y apro-
piacin privada. Me parece que
esa facilidad de bajar textos y
copiarlos, de usar lo ya escrito,
usando el copy and paste, est
produciendo un cambio en las
relaciones de propiedad en lite-
ratura. Como si todo lo que se
ha escrito estuviera al mismo
tiempo en la pantalla, a dispo-
sicin del que escribe.
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
Conversaciones
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putadora, uno puede ir a un cyber
caf y entrar en la red y bajar textos
y escribir: hay una ilusin de circula-
cin sin Estado y sin ley. El anarquis-
mo del que hablaba antes. Me parece
lo mejor y lo ms novedoso que tiene
el mundo de las nuevas tecnologas.
El capitalismo lo ha generado, pero
no sabe muy
bien cmo con-
trolar el circui-
to. Casi no hay
censura y es muy
difcil controlar
la propiedad.
Ese es el contex-
to, me parece, de
algunos debates
que ha habido
ltimamente en
la Argentina.
La discusin
sobre el plagio y
sobre el uso de
las citas. Porque tambin las citas
cambiaron de funcin en el nuevo
formato y algunos siguen vindolas
a la antigua, como puro objeto de
ostentacin. Pero cualquiera, conec-
tado con Google, puede hoy hacer
alarde de erudicin. En definitiva se
discuten los modos de escribir una
lectura, en sentido literal. Y el plagio
y la cita siguen marcando los lmi-
tes de los modos de apropiacin en
la literatura. Hay una doble enun-
ciacin, encubierta o exhibida, un
discurso doble, yo digo que otro
dice, o yo digo en el lugar del otro
lo que l dice; me instalo ah como
si yo fuera l. Un ejemplo clarsimo
de esto es la traduccin, un tipo de
apropiacin muy particular; yo leo
la prosa de Mandelstam escrita por
Clarence Brown que es su mejor
traductor (ya que no leo ruso). Pero
el traductor, qu es lo que escribe?
Se apropia de todo el texto, lo vuelve
a escribir completo, pero no es el
autor. Cervantes, en el Quijote, tra-
baja con eso y lo mismo hace Borges
en Pierre Menard. Es el mismo texto
pero no es el mismo texto. Entre
el plagio y la cita, hay una serie de
formas intermedias de apropiacin,
que habra que analizar, como la tra-
duccin, la falsificacin, el apcrifo,
el pastiche. Modos de reproduccin
y de apropiacin. El procedimiento
es el mismo, una voz se superpone a
otra anterior, hay un juego de doble
enunciacin. El discurso indirecto
libre, que es una forma concentrada
de ese procedimiento, slo fue posi-
ble cuando se invent la imprenta y
se pudo distinguir una voz dentro de
otra sin recurrir al discurso directo.
Pasolini y Bajtin trabajaron sobre esa
cuestin. Imposible usar el discurso
indirecto libre en un relato oral. Ah
tenemos un ejemplo de un cambio en
el modo de apropiacin, que es resul-
tado de un adelanto tcnico.
Hoy parece que se hubiera disuelto
toda distancia entre reproduccin
y apropiacin. Hay una ilusin de
simultaneidad, un cruce continuo
entre textos propios y ajenos. La
tcnica produce un movimiento de
unificacin, de escritura nica, con-
tinua, no personal, casi mecnica,
ligada al cut and copy and paste, y a
la masa de textos que circulan; pone
en juego la cuestin de qu quiere
decir enunciar. Para volver otra vez
a la tradicin, eso ya lo haba hecho
Burroughs con su teora del cut-up;
empez a trabajar en eso en los aos
cincuenta. Pero ahora esa tcnica se
ha expandido de un modo increble.
Me parece que se abre una discusin
muy marxista sobre las relaciones
Hoy parece que se hubiera
disuelto toda distancia entre
reproduccin y apropiacin.
Hay una ilusin de simultanei-
dad, un cruce continuo entre
textos propios y ajenos. La
tcnica produce un movimien-
to de unificacin, de escritura
nica, continua, no personal,
casi mecnica, ligada al cut
and copy and paste, y a la masa
de textos que circulan; pone
en juego la cuestin de qu
quiere decir enunciar.
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Conversaciones
entre modos de produccin y pro-
piedad, entre arte y capitalismo. Hay
una serie de cuestiones en juego acer-
ca de cmo funciona la propiedad
en la cultura. Ya sabemos que en el
lenguaje no hay propiedad privada.
Cualquiera puede usar el lenguaje
pero no debe imaginar que las pala-
bras son suyas o que nadie puede
volver a usarlas despus. Entonces,
es en el paso a la propiedad donde
se definen los usos privados del
lenguajes. Uso las palabras que usan
todos como si durante un momento
fueran mas, pero despus las dejo
correr. Sin embargo, en la literatura
se supone que se fijan, se asocian y se
valorizan por quien las usa. Me pare-
ce que ah s podramos decir que
estos nuevos modos tcnicos estn
produciendo un cambio.
LB: No aparece todava una teo-
ra crtica de suficiente envergadu-
ra como para justificar los casos
que directamente son considerados
como apropiacin indebida. Por el
momento la teora esttica no sus-
tituye al Cdigo Penal (risas). No
sustituye lo que Borges pens, un
poco en serio, un poco en broma,
sobre el tema.
RP: S, habra que construir una teo-
ra de los modos de apropiacin en
literatura. Pero de qu propiedad se
trata?. La literatura no se superpone
con el Cdigo Penal, en todo caso lo
tematiza. De hecho la literatura est
en tensin temtica y prcticamen-
te con el mundo de la ley. En muchos
casos se ocupa de eso. As empieza la
Iliada no?, la furia de Aquiles. La
literatura pone en cuestin el rgi-
men de control jurdico, ha estado
siempre en tensin con la censura
que es una de las formas legisladas
de control. En todo caso el discurso
jurdico se ha aplicado de distinta
forma en distintos momentos a una
prctica cuya legitimidad ha sido juz-
gada tambin de distinta manera en
cada poca. Ya sabemos, para hablar
slo de los tiempos modernos, que
los escritores ms importantes han
sido siempre llevados a los tribunales:
Baudelaire, Flaubert, Wilde, Joyce,
Pound, Brecht, Burroughs Nabokov,
Brodsky, Pasolini, Bernhard. Hay
una disputa continua entre la litera-
tura y la ley. Por otro lado, sabemos
cunto le debe la verdad juridica a
la nocin literaria de ficcin. Pero
parece que hoy el problema se ha
centrado en las relaciones de pro-
piedad. Hay algo en peligro. No se
trata slo de la moral social. Las pre-
guntas parecen ser otras. De quin
es la obra? Cul es la nocin de
uso? El desarrollo tcnico se enfrenta
siempre con las relaciones jurdicas,
que son bsicamente, relaciones de
propiedad. Marx se dedic a estu-
diar eso no? El desarrollo de las
fuerzas productivas, deca, encuentra
un obstculo en la relaciones de pro-
duccin. Seguir siendo as?. Por eso
me divierte mucho ese debate que se
arm sobre el plagio de una novela
que para mejor se llama Nada y que
gener una reaccin en el mundo
acadmico, bastante paradjica, por-
que en general los universitarios son
muy estrictos respecto a la propiedad
de sus ideas; en general no las tienen,
pero las defienden como nadie. En
el mundo acadmico, la propiedad
de las ideas es uno de los campos de
lucha ms intensos, y los sistemas de
referencia forman parte de los proto-
colos ms firmes pero cuando se trata
de la literatura son muy liberales.
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Conversaciones
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LB: Las personas que se inscriben en
esos sistemas de referencia pertene-
cen ms a un campo de defensa, me
parece, donde cada vez hay menos
expectativas creativas en el sentido
clsico y, al mismo tiempo, mayor
proteccin de la propiedad de las
citas, del tipo de excavacin que
hay que hacer en ciertos textos, de
la proteccin que tiene que haber
en las computadoras para que no
te roben la informacin... Desde el
punto de vista de la propiedad, cada
vez ms la situacin se parece a un
tipo de capitalismo primitivo...
RP: Acumulacin primitiva por un
lado y anarquismo por el otro. Yo
tengo la sensacin, por momentos, de
que el universo de la web no funciona
igual que la sociedad: la circulacin es
ms libre, las intervenciones persona-
les son ms abiertas, la posibilidad de
entrar con informacin propia, con
datos propios, est ms socializada,
y tambin el acceso a la informacion
y al saber, que antes estaba limita-
do; pero no se termina de ver cmo
todo eso est ligado a la propiedad.
Todo parece gratis. No parecen regir
ah criterios que s rigen en otros
mbitos, por ejemplo, la censura casi
no existe. Algunos piensan que esa
ilusin de libertad y de circulacin
abierta esconde un rgimen de con-
trol y vigilancia, que en verdad lo que
hacen es acumular archivos persona-
les, el perfil de los consumidores, sus
opciones polticas...
LB: Pero volviendo un poco al epi-
sodio Kafka y el tipo de separacin
que opera esa transformacin de la
mquina respecto al propio cuerpo
escribiente, la conectividad digital
en ciernes, produce nuevamente una
vuelta de tuerca sobre esa prdida
primera? Hay una mayor separacin
de la escritura de la propia experien-
cia corporal? Se estn produciendo,
a partir de la virtualizacin, nuevas
modalidades de ser inditas?
RP: S, de acuerdo. La nocin de expe-
riencia est de nuevo en discusin. Por
supuesto no hay que confundirla con
la informacin. La experiencia es la
forma en la que un sujeto le da senti-
do a lo que le sucede. La informacin
no implica la experiencia, ms bien
es su opuesto, y da el sentido por
hecho. John Berger en Modos de ver
ha planteado muy bien la cuestin:
cuanto menos ha aprendido uno por
experiencia, ms crdulo es, deca
Berger. La creencia es lo que est en
juego. El hacer creer. Se sustituye la
inexperiencia con la informacin. Y se
vive bajo la amenaza de no estar infor-
mado, no estar al tanto, no estar al da.
Pero qu quiere decir estar desinfor-
mado? Todos estamos desinformados
y la web ampla pero tambin resuelve
imaginariamente esa sensacin con la
acumulacin explosiva de informacion
dispersa y disponible. Por eso la clave,
para m, es la narracin. El narrador
trata de convertir lo que ha sucedido
en experiencia. Hay una tensin entre
narracin e informacin, que la web
hace todava mas compleja.
LB: S, hoy parece estar plantendo-
se una reduccin de la narracin a
informacin...
RP: Claro, pero la narracin siempre
ha tratado de construir la experien-
cia, es decir, construir un campo
de sentido que est ligado al sujeto
mismo. La tensin entre informacin
y narracin es bsica en las discusin
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Conversaciones
sobre la novela y se ha convertido en el
gran problema tcnico de la narracin
desde Henry James para ac. Cmo
manejar la informacin en un relato,
el tema sobre el cual gira el debate
de las poticas de la narracin. Todo
la cuestin de la intriga y del suspen-
so pasa por ah. Lo que Hitchcock
llamaba el McGuffin. El ncleo de
informacin que le interesa a los per-
sonajes y al narrador no necesita ser
aclarado. En ese sentido no importa
la informacin. Y toda la cuestin del
enigma y del secreto se juega ah. Hay
un elemento de informacin interno
al relato que es necesario manejar y
est el modo en que la narracin cifra
la informacin. Si yo quiero localizar
una novela en Buenos Aires, qu tipo
de informacin tengo que dar para que
se sepa que estoy en Buenos Aires.
LB: Esta sera una forma de debatir
realmente con los medios de infor-
macin. Pongo tu propia literatura,
por ejemplo, vos cuids que la infor-
macin en la narracin aparezca
muchas veces como encubierta o
disfrazada en formas periodsticas
o memorandums... y eso qu sig-
nificara? Un modo de trabajar con
la narracin, que logra convertir
en ficcin un conjunto de textos
moldeados por la habitualidad de la
informacin diaria. Y eso no es posi-
ble en lo que se llama la sociedad de
la informacin o del conocimiento,
porque se da por resuelto que esa ya
es la manera natural de escribir. Ese,
creo que es un enigma para la litera-
tura, a no ser que la literatura vuelva
a abrirlo y lo considere apenas uno
ms entre los modos de ficcin.
RP: Claro... Hay un aspiracin al sen-
tido que se cierra.
LB: Por ejemplo, hay una agua-
fuerte de Roberto Arlt donde est el
teniente que lee un libro pacifista,
Sin novedad en el Frente de Erich
Mara Remarque, y baja en Once.
Arlt est sentado enfrente... El lector
del asiento de enfrente est vestido
de teniente y eleva la vista hacia
arriba y se va como absorto pen-
sando en que tiene que hacer algo:
el teniente ley un libro pacifista y
queda absorto. Dnde se consigue
ese material moral, efecto inmediato
de la lectura?Cmo se elabora ese
esquema de lectura, donde uno lee
algo y enseguida nace un dilema?
RP: Eso es lo que llamamos, de una
manera muy precaria, la relacin con
la experiencia que, me parece, forma
parte de los modos de leer y de la tra-
dicin de la narracin. En el modelo
del Quijote, el sujeto lee una narra-
cin y trata de vivirla, la incorpora
a su experiencia buscando el sentido
que siempre es incierto pero que, en
el caso de la informacin, est dado
de antemano. Para decirlo con una
frase de Len Rozitchner: dan la rea-
lidad bajo su forma juzgada. Mientras
la literatura da a juzgar, la narracin
pone en juego la construccin del
sentido. Entonces, ah es donde yo
veo que la narracin est tratando de
lidiar con todo este tipo de contexto,
del mismo modo en que ha lidia-
do antes... No es que ahora estamos
metidos en una cuestin que antes no
exista. Me parece que la aspiracin a
una significacin que nunca se termi-
na de cristalizar, y supone una relacin
del sujeto con su propia experiencia,
es el elemento que persiste, con ms
razn ahora, en un mundo ms bien
agobiado por una circulacin un poco
delirante de sentidos dados.
N 6 | Primavera 2007
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Conversaciones
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LB: En relacin a una refuta-
cin del tiempo. Vos decas que
hay una secuencia probablemente
lineal en la lectura, que da lugar
a una idea del tiempo interesante.
Borges tuvo que aceptar que por
esa va no poda refutar el tiempo si
haba lectura. Pero en los mensajes
de texto se intenta de verdad, ah
s parece haber una refutacin del
tiempo. Se acercan ms a esa idea
esos chicos con los telefonitos que
Borges, me parece...
RP: La instantaneidad.
LB: S, una instantaneidad que
Borges la sospecha, pero que la
abandona ante la fatalidad del len-
guaje lineal no?
RP: As es. La
lectura define
un modo lineal
de construccin
del sentido, que
tiene un tiem-
po propio. Y la
otra cuestin
que tenemos que
considerar, en
relacin con lo
que vos decs, es
el modo en que
esos instrumen-
tos o medios son
creados antes que
sus propios con-
tenidos. Aparece
primero el medio y despus empieza
a exigir un material para que pueda
funcionar. Al revs de lo que uno
puede imaginar, no existe primero lo
que es necesario transmitir y despus
encontramos el medio. Aparece pri-
mero el modo de circulacin y luego
se ve qu se puede producir para que
circule por ah. El medio produce sus
propios materiales. Ah hay algo que
liga los nuevos avances tcnicos con
otras experiencias anteriores como la
fotografa o la radio. Brecht dice algo
muy interesante sobre esto, en un
ensayo de 1928 sobre la radio. Existe
el medio pero no se sabe an qu
contenido ponerle, todava no se sabe
qu hacer con eso. Me parece que en
este plano tampoco sabemos lo que se
puede a hacer, no est definido...
LB: Claro, en la televisin y en todos
esos lugares, hay personajes llama-
dos gerentes de contenidos (risas)
que, suponiendo que existen todos
los recipientes tcnicos, ellos tienen
que hacer, ni ms ni menos, la fcil
tarea de crear los contenidos...
RP: Exactamente. Es como si exis-
tieran unos canales que se van desa-
rrollando con su propia lgica, que
es una lgica que a priori no se
termina de asimilar con la lgica del
capital, salvo que se lo piense en el
sentido del capitalismo primitivo
no?: ya todos los mercados territo-
riales han sido dominados, entonces
ahora construimos un tipo nuevo de
mercado mundial, all arriba, en el
cyber espacio, sin fronteras, con leyes
inciertas; una nueva forma de hacer
circular informaciones, mercancas,
palabras, imgenes, sonidos. Me
parece que las intervenciones, diga-
mos, ilegales hacen ver con ms cla-
ridad las caractersticas de los nuevos
medios. Toda la discusin sobre
bajar msica o pelculas o bajar tex-
tos. En todo caso la ley no termina
de alcanzarlos. Los usos van mas
rpido. A m me pas una cosa muy
divertida que me ayud a vislumbrar
Al revs de lo que uno puede
imaginar, no existe primero
lo que es necesario transmi-
tir y despus encontramos el
medio. Aparece primero el
modo de circulacin y luego se
ve qu se puede producir para
que circule por ah. El medio
produce sus propios materia-
les. Ah hay algo que liga los
nuevos avances tcnicos con
otras experiencias anteriores
como la fotografa o la radio.
Brecht dice algo muy intere-
sante sobre esto, en un ensayo
de 1928 sobre la radio.
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el asunto. Hace un par de aos me
llamaron de la universidad porque
alguien, un hacker, haba entrado en
mi direccin electrnica; entonces
tuve que ir al Computer Center de la
universidad, y en una oficina haba
un muchacho, un experto que asoci
inmediatamente con mi manera
arcaica de ver el mundo con un
detective. Era un joven negro, con
unos anteojitos redondos, el crneo
rapado, muy tranquilo, muy disten-
dido, pareca el nieto de un detective
de Chester Himes, y empez a ras-
trear al hacker en mi computadora.
Era una semana de vacaciones, no
haba clases, estaba seguro de que el
hacker era un estudiante avanzado
de matemtica o de fsica que estaba
jugando un poco y quera conseguir
gratis algn pasaje de avin o entrar
en alguna cuenta de banco y mover
un poco de plata; no se poda saber
pero, para eso, primero tena que
instalarse en una direccin electr-
nica legal, digamos, y desde esa base
filtrarse en la red y entrar en otros
sitios, el aeropuerto de Newark o el
centro de reserva de localidades de
un estadio, algo as. El hacker haba
inventado una frmula para abrir los
passwords, un sistema de clculos
con nmeros y letras. Y el detective,
digamos, lo persegua y le cambiaba
el cdigo; pero el hacker volva a
descifrar la clave. Incluso el detec-
tive deca que muy probablemente
el hacker se estaba moviendo de un
lugar a otro, con una porttil, para
no ser localizado. El cyber-Marlowe
lo persegua y me iba diciendo se
fue de la zona, cambi de lugar...
Era como una novela policial del
espacio no?, el detective sin mover-
se de la computadora, persegua al
hacker por la red.
LB: Y lo encontraron? (risas)
RP: Estuvo como una hora, hasta
que pudo neutralizarlo, pero nunca se
supo quin era. Por lo menos me libe-
r a m de la presencia de un doble en
mi propio correo electrnico...
LB: Estaba pensando justamente
en tu libro, cuando describs la -
gura del detective, como una gura
marginal, que va por los costados y
que puede comprender lo por venir
en funcin de una sensibilidad que
proviene de habitar los mrgenes.
Y ahora tenemos este tipo de perso-
najes informticos que ya no estn
en los mrgenes sino que estn en el
centro y en el corazn mismo del sis-
tema... El detective informtico se-
ra una pieza clave de la produccin
capitalista contempornea.
RP: Bueno, hoy le en el diario que el
ejrcito popular chino entr en el siste-
ma de computadoras del Pentgono...
Qu tal? La larga marcha de Mao,
acelerada, desmaterializada. Los jve-
nes tcnicos del ejrcito chino lan-
zaron una especie de invasin infor-
mtica en el interior del Pentgono.
Ese es el universo que narra muy bien
William Gibson. Novelas policiales
en el mundo virtual, con el pesquisa
y el falsificador que navegan en la
red. Estamos en el jardn de senderos
que se bifurcan. Este ao hicieron
una reedicin de homenaje al pri-
mer libro de Borges que se public
en ingls, Labyrinths, que fue muy
bien traducido por James Irby en los
cincuenta, fue el libro de Borges que
los escritores norteamericanos leyeron
en su momento, y ahora al reeditar-
lo, porque se cumplieron cincuenta
aos, le pidieron el prlogo a William
N 6 | Primavera 2007
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Gibson. Un modo de reconocer la
continuidad entre Borges y el cyber,
entre los modos de narrar que usaba
Borges y el mundo virtual. El detective
es un modelo de lector de signos, de
ndices diversos, un lector en riesgo,
que se mueve descifrando redes. Para
contarles otra historia. Me acuerdo de
una noche en San Francisco, fuimos
a visitar a un detective privado. Una
amiga lo haba contratado aos antes
para que localizara a su madre, que
la haba dado en adopcin. En los
Estados Unidos al entregar un hijo en
adopcin la madre puede pedir que su
identidad se mantenga en secreto. No
hay manera legal de averiguar la iden-
tidad. Entonces esta amiga contrat
un detective para que le encontrara a
su madre. Y el detective la encontr y
le dijo quin era y dnde viva, pero al
final la muchacha no se anim a ir a
verla, pero qued amiga del detective.
Entonces una tarde fuimos a visitarlo,
viva en la calle Pine, en el barrio de
las novelas de Hammett, y su oficina
estaba llena de computadoras, tena
seis o siete, conectadas entre s y con
distintas redes y ya estaba trabajando
con la web 2.0. Investigaba sin mover-
se de la computadora. O sea que el
detective, igual que Dupin, sigue sien-
do bsicamente un lector. El mtodo
de desciframiento de signos y de cons-
truccin del sentido que est implcito
en la lectura de libros fue el modelo
bsico del saber del investigador de los
enigmas sociales... Como si el lector
funcionara tambin como un modelo
del intelectual que va a la vida pblica
con sus modos de descifrar los signos
y los indicios. Y eso no me parece que
haya cambiado, ms all de los forma-
tos de lectura. Porque la lectura me
parece que siempre plantea un enigma,
siempre hay un punto hermtico.
LB: S, es la cuestin del hermeneu-
ta. Esto vuelve a traer una nueva
actualidad a viejas ciencias como la
retrica, la hermenutica... Respecto
al rol del hermeneuta, digamos, para
Borges exiga un azar y una incerti-
dumbre ligada al tipo de descifra-
miento y a su relacin con el signo
Hoy sigue siendo as esa relacin
con el azar y la incertidumbre, en el
entorno del mundo tecnolgico, o
ms bien ese contexto trae consigo
una fuerte carga de determinacin
con el propio signo?
RP: Quizs. Me parece que sigue
vigente la distincin que Chartier esta-
blece entre el texto y el modo de leer.
El texto no implica ni decide la forma
en que puede ser ledo. En esa deriva
se juega la experiencia de la lectura,
cuando uno la analiza, en situaciones
especficas, inmediatamente deja de
ser una prctica neutra. En realidad,
la lectura encierra siempre una situa-
cin de riesgo. El primer riesgo es el
de perder el sentido; por eso el tema
de la locura est tan asociado a la
lectura. Perder el sentido en sentido
literal. Creer demasiado en ese sentido
ledo es el otro riesgo que aparece muy
narrado en la literatura. Y la otra cues-
tin que me parece que siempre apare-
ce, es contra qu lucha el que lee, en
tensin con qu contexto est el que
lee. Y qu quiere decir leer mal.
LB: Es interesante, pues tanto los
triunfos como los fracasos de las
revoluciones solan ser atribuidos a
una situacin en que se lea mal un
texto, o se lea un texto equivocado
para la ingeniera revolucionaria...
RP: S, y me parece interesante plan-
tear algo que sobrevuela esta conversa-
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N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
Conversaciones
cin. Debray est haciendo una espe-
cie de reconstruccin de la influencia
de los medios en la historia, una
periodizacin a partir de los cambios
tcnicos, los medios definen el cambio
de poca. Y en un artculo que public
hace poco en la New Left Review dice,
entre otras cosas, que el socialismo est
ligado a la cultura del libro. Parece una
hiptesis interesante, al menos histri-
camente. Porque es evidente que las
grandes tradiciones del marxismo, del
socialismo, han estado siempre ligadas
al mundo de la letra escrita, al libro, a
los peridicos, a la lectura. Y la actua-
lidad de los problemas que estamos
discutiendo, me parece que est ligada
tambin a la presencia y a la posibi-
lidad del socialismo, si asociamos un
concepto a otro...
48
Entrevista
Daniel Link: El libro sigue siendo
ms poderoso y ms inclusivo
Por Mara Pia Lpez y Sebastin Scolnik
Daniel Link ha experimentado, tanto en su
escritura como en la construccin de un espa-
cio comunicativo-digital, la relacin entre las
alteraciones tcnicas y sus efectos en el campo
social y poltico. En sus textos aparece de
forma novedosa una trama que va de la ficcin
a la crtica, impregnada por los modos en que
las tecnologas afectan las dimensiones coti-
dianas de la ciudad. Sus afirmaciones en esta
charla buscan pensar una complejidad que no
se deja reducir en los trminos pesimismo y
optimismo, valorando lo interesante y sinies-
tro a la vez que presenta el devenir tcnico.
Link advierte la presencia de una potencia
de lectura indita en la red digital que posibi-
lita la intervencin inmediata del lector. Sin
embargo, no deja de contrapesar sus efectos
democratizadores con la forma en que estas
invenciones se pliegan a la reproduccin capi-
talista, su lgica empresarial y propietaria. No
se trata de posiciones excluyentes: la amabili-
dad del libro que sustenta un tipo de uso que
no se puede dar en la pantalla, se compone
con recorrido que se abre a partir de la consti-
tucin de la comunidad de lectores que con-
forman los blogs para conformar un espacio
libertario que es necesario resguardar de sus
banalidades y sus declinaciones mercantiles.
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N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
Conversaciones
La Biblioteca: El tema que anima
este nmero de la revista expresa una
preocupacin creciente: la compleja
relacin entre lectura y tecnologa.
Este problema ha sido bastante dis-
cutido en los ltimos tiempos donde
se han formado campos de adheren-
tes y detractores pero, independien-
temente de ello, para las bibliotecas
reaparece una y otra vez como pre-
gunta inquieta. Nos interesa mucho
tu percepcin por varias razones.
Por un lado, por tu experiencia en
los suplementos culturales que de
algn modo registran para bien o
para mal los modos de lectura de
cada poca; y por otro, porque en tus
novelas das cuenta del tipo de modi-
ficaciones que sufre la sociabilidad
ante la presencia de innovaciones
tcnicas que alteran las rutinas...
Daniel Link: A ver, por dnde empezar.
LB: En la reciente discusin surgi-
da a partir de la novela de Sergio Di
Nucci Bolivia construcciones apa-
reci el problema del autor, pero yo
empezara por otro lugar antes de
llegar all: la condicin del lector.
Vos penss que hay un nuevo lector,
con el desarrollo de nuevas tecnolo-
gas comunicacionales? Qu lector
imagins cuando ests escribiendo?
DL: Bsicamente lo que puedo expo-
ner son suposiciones, porque es difcil
hablar de algo que est sucediendo
de manera magmtica y amorfa, que
puede tener esta direccin o puede
tener otra. Pero en trminos de supo-
siciones, pienso que las modificacio-
nes tcnicas producen modificaciones
en otros rdenes y registros, en lo pol-
tico, en lo social, y esto afecta tanto al
autor como al lector.
Yo creo que, por un lado, hay una
potencia de la lectura. Esto lo he sos-
tenido en mis libros: me parece que
la cultura electrnica, en contra de
lo que parecera a primera vista, no
es tan audiovisual como los medios
masivos sino que es ms letrada; las
claves, los comandos, los nombres
de usuario, hay
toda una serie de
dispositivos que,
me parece, tienen
ms que ver con
la letra escrita, lo
que genera una
recuperacin de
un campo que en
algn momento
se imagin como
crtico. De todos
modos, obvia-
mente, esto suce-
de para los lec-
tores que estn
entrenados en la
lectura digital.
A m no me gusta usar mucho las
categoras como hipertexto, porque
me parece que son palabras un poco
huecas y que en algn punto dicen lo
mismo que se poda decir antes con
palabras menos sofisticadas. Pero en
todo caso, la gente entrenada en los
nuevos textos, que estn organizados
de acuerdo con rupturas y saltos, van
necesariamente a desarrollar compe-
tencias distintas a las de los lectores
lineales, como por ejemplo los lecto-
res de la novela En busca del tiempo
perdido. Me parece que muchas veces
lo que pasa es que esa lectura frag-
mentaria es al mismo tiempo una
lectura por la misma condicin de
las nuevas tecnologas, de Internet,
de la comunicacin on line, que le
permite al lector una intervencin
Yo creo que, por un lado, hay
una potencia de la lectura. Esto
lo he sostenido en mis libros: me
parece que la cultura electrni-
ca, en contra de lo que parece-
ra a primera vista, no es tan
audiovisual como los medios
masivos sino que es ms letra-
da; las claves, los comandos,
los nombres de usuario, hay
toda una serie de dispositivos
que, me parece, tienen ms que
ver con la letra escrita, lo que
genera una recuperacin de un
campo que en algn momento
se imagin como crtico.
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
Conversaciones
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inmediata y directa, muchas veces
reflexiva y otras salvaje. Tiene sus pro
y sus contra. Como escritor de ensa-
yos, de notas, incluso como periodista
que publica algo en la red, no tengo
ganas de andar complicndome la vida
contestando cosas que me parece que
no merecen respuesta. Tampoco me
parece mal que la gente las ponga...
Es complejo, pero lo que s podra
decir, es que esta idea de la lectura
ms fragmentaria
es una lectura ms
salvaje, de inter-
vencin inmedia-
ta. En general, la
gente que puede
llegar a leer las
cosas que publi-
co por Internet es
gente que tiene
un cierto inters
por el campo de
las humanidades,
de lo social pero, a
veces, suele pasar que dije alguna hueva-
da sobre algn programa de televisin y
recibo insultos de todo el mundo, inclu-
so tres aos despus del momento en
que lo dije. Es algo atractivo, al mismo
tiempo que irreflexivo, porque la gente
responde a veces desde lo emotivo.
Yo no soy pesimista en cuanto a las
nuevas tecnologas, pero tampoco soy
optimista. Cada cosa tiene su costado
interesante y tambin su costado sinies-
tro, y eso te obliga a pensar, a ver qu
encontrar de bueno en esto y desarro-
llarlo y ver qu hay de malo para tratar
de que no se desarrolle, de corregirlo...
En general, tengo la idea por lo menos
hasta ahora que las nuevas tecnologas
tienen ms cosas positivas que negati-
vas. Pese a que me parezca un univer-
so siniestro tambin, puesto que es un
mundo ligado a la inversin y al capital.
Pasan un montn de cosas en torno a
las nuevas tecnologas que obligan a
tener cierto cuidado. Pero hasta ahora,
lo que observo es eso: me parece demo-
cratizador en algn aspecto, en ciertas
operaciones que tienen que ver con la
lectura, con el poder sobre el sentido.
No s si la metfora es vlida porque no
la pens nunca, pero en algn sentido
tienen la inmediatez de lo que sucede
en lo espectacular, en el teatro: uno
escribe un texto, una novela o un en-
sayo, lo publica, sale en algn lado y a
lo mejor alguien lo lee y te lo comenta,
pero en cambio cuando se trata de estos
otros medios, enseguida se lee y se co-
menta, con razn o sin razn, a veces de
una manera agobiante...
LB: Algunos piensan que las nuevas
generaciones han perdido el hbito
de la lectura a partir de la emergen-
cia del mundo conectivo-digital
y con esa prdida lo que se dara
sera una suerte de crisis de la idea
misma de democracia que supona
un lector moderno, una relacin es-
pecca con la conciencia. Un mun-
do proliferante de signos en la red,
como el que vivimos actualmente,
amenazara ese tipo de relacin en-
tre conciencia, libros, democracia,
conversacin, y con ello, las sensibi-
lidades modernas...
DL: Me parece completamente incier-
to eso. Basta pensar que el nazismo
fue pre-televisivo. Antes de la cultura
de masas, con la cultura del libro, de
Heidegger, de la alta losofa alemana,
sucedieron las peores catstrofes de la
humanidad. De modo que, primero,
no me parece que la cultura del libro
haya sido democrtica per se: hubo im-
perios, esclavitud, todo el perodo co-
lonial en Amrica Latina, Roca... eso
Que la gente lea menos por-
que tiene Internet es tambin
un lugar comn que no est
nada demostrado. De hecho,
en general, la competencia se
establece antes entre el tiempo
de conexin a Internet versus
tiempo frente al televisor: la
gente que pasa mucho tiempo
en Internet no es que dej de
leer para eso, sino que dej de
estar frente a la televisin.
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N 6 | Primavera 2007
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Conversaciones
no estaba ligado a la cultura del libro?
Me parece que hay que cuestionar un
poco el carcter democratizador de la
cultura libresca. Es cierto que la esco-
larizacin en pases como el nuestro
ha signicado mucho para varias ge-
neraciones de personas, gente uno
mismo que carece de respaldo que no
sea lo que pudo leer en la escuela o ver
en la televisin. Porque la televisin te
puede no ensear nada pero tambin
te puede partir la cabeza. Y si te parte
bien la cabeza, en el momento exacto y
en la direccin exacta, no es poco. Eso
en cuanto a la cultura letrada.
Luego, que la gente lea menos porque
tiene Internet es tambin un lugar co-
mn que no est nada demostrado. De
hecho, en general, la competencia se
establece antes entre el tiempo de co-
nexin a Internet versus tiempo frente
al televisor: la gente que pasa mucho
tiempo en Internet no es que dej de
leer para eso, sino que dej de estar
frente a la televisin. Y en ese punto yo
aplaudo. O que mira televisin de otra
manera: gente que navega por Internet
y que en lugar de ver a Tinelli entero,
va viendo los pedacitos que suben a
YouTube, y entonces en quince minu-
tos liquida la pesadilla que es Bailando
por un sueo. Eso es una ganancia.
Y en tercer trmino, siempre se trata de
contenidos, me parece, porque la gen-
te puede haber ledo mucho y siempre
basura. Basura en el sentido poltico e
ideolgico. Hay teoras expresadas en
los libros que no son para nada demo-
cratizantes. Con lo cual, volvemos a lo
de antes. Me importa a lo que la gente
puede acceder, y es cierto que en In-
ternet pods acceder a cualquier cosa.
Esta es la ventaja que yo le encuentro
con respecto a los medios masivos de
comunicacin, que tienen una oferta
extremadamente dirigida de la cual no
pods zafar. Basta que tenga acceso a
Internet, puedo acceder a cualquier
programa, cualquier libro, etc. Enton-
ces, con que una sociedad tenga asegu-
rada la conectividad del conjunto y
de las escuelas, como se plante veinte
aos atrs pero que nunca se pudo ha-
cer porque los radicales se robaron la
plata. Si eso se hubiese cumplido, el
carcter democrtico de la tecnologa
estara satisfecho y no sera patrimonio
solamente de las personas que pueden
tener banda ancha en su casa.
LB: El problema surge con los cri-
terios de legitimacin de las obras;
porque uno est acostumbrado, al
menos en nuestra generacin, a que
el libro pase por sistemas valorativos
determinados, por campos interpre-
tativos... En esto que decs, que en
Internet aparece cualquier cosa, tan-
to democrtica como antidemocr-
tica, se estn instaurando criterios
de legitimacin que todava no sa-
bemos en qu consisten.
DL: S, lo que importa es efectiva-
mente alfabetizar no tanto en trmi-
nos de uso de las tecnologas, porque
eso no requiere gran criterio, sino en
trminos precisamente de la discrimi-
nacin: que la persona sepa navegar,
sepa leer, sepa comprender que lo que
est leyendo merece mayor o menor
respeto, ah es donde me parece que
se debe intervenir institucionalmente
para generar una cierta desconanza
crtica. Una relacin acrtica con los
contenidos que uno puede encontrar
en la red es una relacin boba.
De todos modos no quisiera que se
sospechara que desprecio al libro
como objeto, porque publico libros
y porque me parece que el libro sigue
siendo ms dctil como herramienta
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LA BIBLIOTECA
Conversaciones
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de conocimiento que la tecnologa,
precisamente por su operabilidad. Yo
tengo un libro y lo llevo a todos lados
y leo mientras tengo luz de da o una
vela, mientras que para la lectura digi-
tal necesits una conexin a Internet,
electricidad, etc. No tiene transpor-
tabilidad. Al libro, me parece, no hay
con qu darle. El nico problema es el
de su almacenamiento y ah me parece
que hay que establecer criterios sobre
qu se publica y qu no, porque sino
ya no se van a poder almacenar, y apa-
rece todo el tema de los recursos no
renovables y todo lo que ya sabemos.
LB: Pero lo ves como una diferen-
cia de soportes nada ms? Pensaba
en Monserrat y el pasaje de la escri-
tura de libro a la del blog, es slo un
cambio de soporte?
DL: No, yo creo que no. Monserrat
fue escrito y pensado como una nove-
la desde el comienzo. Y publicada de
acuerdo con un mtodo que para mi
signicaba investigar el folletn Cmo
era publicar un
folletn, de entre-
ga semanal? Por
supuesto que no
lo poda hacer,
pero mi idea era
sa: una novela
por entrega para
ver cmo funcio-
naba. Y suceda
que ah se daba
un pequeo dis-
turbio en relacin con lo verdadero y
con lo ccional. Suceda que muchos
amigos me llamaban por telfono des-
pus de leer que la gata tena un pro-
blema... me decan: le en tu blog que
estaba mal tu gata.... Bueno, no hay
que creer todo lo que se lee, les deca.
Lo interesante era lo que pasaba en el
momento; la gente iba leyendo y crea
que era todo cierto.
No es slo una diferencia de soportes.
Es una diferencia tambin en esos tr-
minos: qu se lee como verdadero, qu
como ccional, cul es el alcance que
puede tener una publicacin, qu gus-
ta ms y qu no... a la gente no le gusta
tener ensayos largos, no le gusta que
uno exponga teoras, cosas abstractas,
le gusta ms la cosa cotidiana. Y yo
entiendo eso, porque en algn senti-
do hay una cuestin de prdida: existe
la idea de que uno puede leer todo, lo
que escribe cualquiera; que no hay di-
ferencia entre lo privado y lo pblico,
todo eso da algn vrtigo. De modo
que, en ese sentido, la gente, el pbli-
co, los lectores, necesitan aferrarse a
algo concreto. Puede ser verdadero o
no pero que sea concreto.
La ventaja que le veo al libro, entonces,
es la amabilidad se deja transportar, se
deja leer, subrayar; se teje una relacin
que no se da con las pantallas. Para m
el libro sigue siendo la mejor compaa,
pero lo otro me resulta fascinante. Hay
muchas cosas detestables, claro, el libro
electrnico por algo no funciona, el ar-
chivo PDF es detestable, etc.
LB: Pero, me da la sensacin de
que vos ests usando el libro, el
formato libro, tambin para pen-
sar formas comunicacionales de
otro mundo cultural. Lo que hicis-
te en los aos 90 con el contesta-
dor telefnico o con las conversa-
ciones, me parece que tena algo de
eso, que consista en poner en un
formato muy clsico de la moder-
nidad, aquel en que se ha pensado
su cultura, en dilogo con otras co-
sas que siempre fueron vistas como
ajenas, hasta incompatibles.
Para m el periodismo ha muer-
to desde que existe Internet. No
tiene ningn sentido ejercer cr-
tica periodstica en un medio,
salvo para ganarse un sueldo,
si pods hacerlo desde Internet.
Eso es claro, pero no es as con la
literatura. El libro sigue siendo
ms poderoso y ms inclusivo.
Ah el libro no es competencia.
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DL: Quizs soy demasiado viejo para
comprender las cosas de otro modo.
Para m el periodismo ha muerto des-
de que existe Internet. No tiene ningn
sentido ejercer crtica periodstica en un
medio, salvo para ganarse un sueldo, si
pods hacerlo desde Internet. Eso es
claro, pero no es as con la literatura. El
libro sigue siendo ms poderoso y ms
inclusivo. Ah el libro no es competen-
cia. Salvo, s, en tiempos de lectura, de
alfabetizacin, que son trminos estric-
tamente pedaggicos.
En el momento en que tuve un contes-
tador me interes reexionar sobre la
forma contestador esos aparatos ne-
gros cuadrados y grandes que hoy los
jvenes no conocen, y que grababan
los mensajes en cintas. El libro puede
contener eso... no se me ocurre otro
formato, tal vez el cine, pero el cine
me parece una porquera, el cine mu-
ri. Si comparamos cine y literatura, la
literatura, pobrecita, ha sido abofetea-
da mil veces y, sin embargo, sigue ah.
Deleuze deca: el cine muere por su
mediocridad cuantitativa. Puede ha-
ber una pelcula interesante, pero hay
tres millones que son basura, basura
peligrosa, fascista, cnica e indigna.
Yo soy bastante tolerante, convivo con
personas que no son letradas, por lo
tanto estoy acostumbrado a consumir
chatarra y no me molesta, pero hay
puntos en donde me pongo riguro-
samente como comisario y digo: no,
ac Tinelli no se ve, no quiero que mis
gatas escuchen a Tinelli; y con el cine
me pasa tambin eso.
LB: Parece que los libros hubieran
sido tambin conscados por una
forma de circulacin, de creacin de
mercados culturales, en la cual los
suplementos culturales juegan un
rol decisivo a la hora de promover
cierto tipo de lecturas. Es como si
la voracidad mercantil, alimentada
por la velocidad, tambin hubiese
acaparado la tradicin de la lectura,
generando modas y estereotipos, in-
cluso respecto a las lecturas crticas.
DL: Respecto a los suplementos cultu-
rales y el periodismo cultural, me pa-
rece que este es un momento bastante
bajo en Argentina... De todos modos,
ah tambin debemos separar las aguas.
Porque una cosa es un libro, un proceso
esttico, una manera de pensar la lite-
ratura y el arte, asociado con intereses
polticos y corporativos de los medios,
y otra cosa es cuando eso viene asociado
con el inters que pueda llegar a tener
en una comunidad imaginada de lecto-
res de blog, por ejemplo.
En mi caso particular, Monserrat fue el
libro que menos crticas tuvo en los me-
dios de comunicacin... qued restrin-
gido en un universo, el del blog. A m
no me molesta porque el libro encuen-
tra ah su horizonte, su modo de ser le-
do. Como texto de contratapa le puse la
frase de un chico que me haba escrito
una vez al blog criticando una cosa que
yo deca y que me pareci interesante.
Es decir, todo esto no tiene la misma
agenda que la de los medios, que es una
agenda horripilante, sobre todo por lo
aburrida; no tiene debate alguno.
El tema con Di Nucci es distinto, apa-
reci en Internet y mucho despus se
le ocurri a Radar hacer unas notas, y
despus a otra revista, pero mucho des-
pus... Si tens un suplemento de cul-
tura, hacelo en el momento. Ms que
autores y procesos de escritura, lo que
se promueven son las agendas editoria-
les y sus catlogos. Ni siquiera se pro-
mueve el catlogo de Elosa Cartonera.
Estn sujetados a las normas imperiales
de la lectura. Eso lo conozco bastan-
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LA BIBLIOTECA
Conversaciones
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te. Esto uno lo puede recorrer con un
poco de irona, de malhumor o puede
hacerse el tarado, pero me parece que
es un problema que nadie quiere resol-
ver, sobre todo si se trata de un diario
tan respetable como La Nacin, que
termin en ADN. ADN?! Qu es
eso del cdigo gentico? Un siglo de
discusin de teora antropolgica sobre
las relaciones entre naturaleza y cultu-
ra se resuelve en una reunin de cinco
minutos en la que una seora propone
semejante dislate! Optaron por una es-
pecie de sntesis absurda. Es muy raro y
difcil de entender. Porque uno puede
tener una posicin anticapitalista, pero
los medios no pueden tenerla. Pero s
deploro a la literatura que responde a
las agendas de los suplementos o de los
grandes grupos, como tambin deploro
las agendas del snobismo, la respuesta
impuesta por alguna norma que viene
desde afuera de lo que puede llegar a
ser la propia experiencia. En ese punto,
no es exactamente igual cmo funcio-
na un medio masivo que los nuevos
medios electrnicos.
LB: Es como si los medios llegaran
ms tarde que el resto a tematizar
algo, como si fueran hacia cosas que
ya estn armando los prestigios ya
adquiridos. Por un lado, puede ser
por la presin de las lgicas corpo-
rativas, pero por otro, me parece,
tambin por desconocimiento o
falta de preguntas.
DL: Insisto, no podra hablar de los
medios en el mundo o de Amrica La-
tina, pero, yendo a los medios de la ciu-
dad, para m hay una cosa en Buenos
Aires que es muy irritante: la ilusin de
que Buenos Aires puede generar aristo-
cracia. Ahora bien, generar aristocracia
signica generar polticas de saln. La
poltica de saln hace que uno no pue-
da hablar de nada, porque si digo que
el libro de tal no me gust, no me van a
invitar ms a la esta. Yo por lo general
trato de hacer crticas puntuales. Leo tal
libro, y si es de un amigo mo le digo
qu me gust y qu no, y luego hago
pblico eso mismo. Me parece muy es-
tril la idea de que est todo bien y de
que nadie se pelea con nadie.
Y por qu no se puede sostener una
discusin pblica? Si todo el mundo
piensa en contra ma, el que va a que-
dar mal soy yo, que no tengo un parti-
do o un ejrcito que deenda mis po-
siciones. Me parece que en los debates
intelectuales ocurre que uno sale solo
y lo que dice, cuando tiene el valor de
hacerlo, lo dice riesgosamente.
LB: Las corrientes que plantean la
existencia de la red global como un
instrumento democratizador y libe-
rador, cuestionan mucho la idea de
autor. Como si Internet viniera a
socavar los fundamentos mismos de
la forma en la que el autor estuvo li-
gado a la propiedad intelectual. Los
debates que se dieron en el ltimo
tiempo, dara la sensacin, estaran
atravesados por esa discusin: la de-
fensa de la propiedad intelectual y
del autor, por un lado, o por el cues-
tionamiento a esa idea.
DL: No s hasta qu punto vamos a
poder salir del empastamiento de esa
discusin. El otro da estaba buscan-
do un texto de Borges porque necesi-
taba una cita, siempre que uno quiere
parecer serio comienza una ponencia
con una cita de Borges (risas), y me
puse a ver en Internet: no hay nada
de Borges, nada... Y vi que una seora
escribi en una pgina que haba pedi-
do autorizacin a Kodama y a Emec
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para poder publicar una, Las alarmas
del Dr. Amrico Castro de Borges, y
se la haban negado, incluso la haba
llamado el abogado de Kodama para
decirle que de ninguna manera se le
ocurriera Cmo se le puede ocurrir a
alguien pedir autorizacin para subir
algo a Internet?
Lo del autor puede ser una moda
foucaultiana, post estructuralista, ha-
bra que analizarlo; una idea, en todo
caso, esttica. Pero la cuestin jurdica,
asociada a la gura del autor como due-
o de las palabras, de las frases, es insos-
tenible, es una idea muy miserable...
El problema es que la propiedad de
las letras est asociada con la pro-
piedad de la informacin, las pa-
tentes medicinales, a los programas
tecnolgicos y, en ltima instancia,
ah es donde te das cuenta de que la
cuestin es grave... La idea de que la
soja y los cereales pueden estar pa-
tentados, y que la persona a la cual
le cae una semilla de soja transgnica
de Cargill tiene que quemar su co-
secha porque le pertenece a Cargill
es espantosa... Esas cosas, equivalen
a cobrar por la felicidad.
Pero volviendo al aspecto literario del
asunto, est la idea de que uno cree
que puede aduearse de palabras. Y
en cuanto a las palabras, en algunos
casos, yo s puedo reconocer esto lo
dije yo y me lo afanaron, pero yo, a
quin se lo rob? Porque seguro se lo
rob a alguien, quiz no estoy segu-
ro, pero tampoco puedo garantizar no
haberlo robado. Hay que ser cuidado-
sos, con las ideas, con los conceptos,
hay que poner notas al pie en la me-
dida en que uno puede. Pero a veces
uno no se da cuenta, o uno se olvida.
Pero me parece irritante la obsesin
por la propiedad. Si me puedo volver
millonario con lo que escribo, pinto,
con la msica que hago, lo entende-
ra un poco ms. Pero la verdad que si
me pierdo de vender cinco libros... y
bueno, circul ms, la gente se enter.
La idea de copyleft est bien... Las edi-
toriales patentan el diseo, patentan
cosas absurdas, la tipografa... En este
mbito se expresan delirios de propie-
dad que en otras reas s son cuestio-
nes ms graves, importantes, como el
rea de las patentes medicinales.
Los lmites de la circulacin han des-
aparecido por completo, como lo de-
muestran las fotos de las torturas en
Irak. Hay un componente libertario
que forma parte de la lgica de Inter-
Daniel Link, por
Sebastin Freire
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LA BIBLIOTECA
Conversaciones
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net. Tal vez se acabe ese componente,
pero ah es donde hay que intervenir
para defender eso y que no se bloqueen
esas posibilidades.
LB: El caso de Google es bastante pa-
radjico, porque sera un ejemplo en
el que la tecnologa libre, digamos,
tiene una declinacin comercial: po-
ner al servicio de la corporacin el
software libre disponible...
DL: Creo que la discusin pasa por
eso, por el deseo de las corporaciones
de eliminar lo que es el software libre,
o los programas de cdigo abierto, en
funcin de que, precisamente, eso su-
pone el libre uso y la libre disponibili-
dad de los programas, del software, en
n, de todo aquello que forma parte
del abc de la cultura digital.
Lo que en todo caso hace a la grande-
za de Google y todos los programas
que funcionan con Google que ya
son como ciento cuarenta tiene que
ver con la facilidad de manejo, por-
que el problema siempre ser la di-
cultad de los sistemas operativos... En
ese punto soy un ignorante, pero creo
que es ah donde hay que luchar en
contra de Windows, en el caso de las
PC, y optar por Linux que es un siste-
ma operativo de fuente abierta com-
pletamente libre, en el sentido de que
uno puede redisearlo en funcin de
sus propias necesidades, hacerlo an-
dar como uno quiere... Aspiro, por
lo general, a que las nuevas genera-
ciones, que suelen tener una agilidad
neurolgica, o algo as que nosotros
no tenemos, puedan hacerlo.
LB: En las bibliotecas de Unin Eu-
ropea parece que empieza a regir
una legislacin en donde se cobra
un euro por cada consulta...
DL: Bueno, eso existe tambin en mu-
chas bibliotecas norteamericanas, y en
revistas tambin. Es una especie de pa-
ranoia, un deseo de poder. Porque na-
die dice cul es el problema: dicen que
si la gente no paga por lo que se baja,
las compaas quiebran. Pero si les va
mal, que se dediquen a otra cosa! Si
yo tengo una carnicera y me va mal,
me pongo otro negocio. Siempre pon-
go como ejemplo a los tracantes de
esclavos. Me imagino a los negreros,
en su momento, defendiendo la escla-
vitud porque si no sus compaas iban
a quebrar! Es lo mismo.
La idea de autor tiene un costado
desagradable, como una cosa faran-
dulera. En n. Como deca el maes-
tro Foucault, para poner un poco de
teora a esta entrevista que est muy
chata (risas): donde hay poder hay
resistencia y, por tanto, donde hay
resistencia hay poder. Y lo interesan-
te es eso, ah donde hay una resisten-
cia es porque ah se est ejerciendo
alguna forma de poder; si a la gente
se le ocurre resistir es por algo. Hay
por un lado, un deseo fascista, para-
noico: el de las corporaciones; y por
otro lado, est el deseo democratiza-
dor y libertario de la gente.
Odio la pornografa, la detesto en
trminos de la conguracin ideo-
lgica que de eso se puede deducir,
aunque no creo que porque alguien
se abstenga de consumirla est libre
de esas conguraciones. No creo que
una persona que vea imgenes porno-
grcas se convierta necesariamente
en una peor persona que alguien que
no las ve. Cuando alguien quiere em-
pezar por ese lado es porque en reali-
dad lo que le importa es controlar el
ujo de la informacin: el acceso a las
bibliotecas, el acceso a las revistas y
cosas por el estilo.
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LA BIBLIOTECA
Conversaciones
LB: Recin nombrabas el deseo de las
corporaciones y el deseo libertario
de los usuarios o consumidores,
en qu lugar penss las polticas p-
blicas en esta nueva conguracin?
DL: Es complicado. Porque nosotros
tenemos una imagen, dira althusse-
riana, del Estado que nalmente es
clasista. Pero, esa imagen, signica
que tambin podemos ocupar ese
aparato y coparlo... El Estado debe
garantizar la democratizacin y hacer
una lista sobre qu es lo que garan-
tiza la democratizacin. Lo que pasa
es que cuando se discuten estas cosas
siempre se llaman a expertos de rea:
si se discute la ciudad se llama a los
arquitectos... pero ideas sobre la ciu-
dad las puede tener cualquiera. En ese
punto me parece que una poltica es-
tatal, una poltica de cultura, debera
tener algunas variables decididas de
antemano. Como la Argentina es un
pas que sale de una crisis para mar-
char hacia otra, ahora estamos con-
tentos de que la gente no muera de
hambre. Pero resta plantear, ms all
de las discusiones de saln, verdade-
ros ejes de debate.
Las paralelas historias de la
lectura, el lenguaje y las tec-
nologas permiten escribir la
historia de un largo ciclo cul-
tural. En ella, es tan impor-
tante el momento en que, en remotos monasterios, se pas de la
lectura en voz alta a la lectura silenciosa, como el momento en
que el conocimiento se vio ligado a las mismas frmulas de acu-
mulacin, registro y valorizacin que caracterizan la existencia
del capitalismo. Es sabido que desde hace mucho tiempo diversas
corrientes de pensamiento sugieren que en el terreno de los sm-
bolos y de la imaginacin se producen actos que redundan en las
lgicas de diferenciacin y dominio propias de las economas pro-
ductivas, que realizaron la revolucin moderna. El camino para
juzgar este enorme acontecimiento afect e invit a la reflexin
filosfica, literaria y ensaystica a pensarlo bajo el desafo de tra-
tar aquello que se pona en peligro del acervo humano, y aquello
que haba que hacer para salvarlo. De ah surge el dilema en
torno al humanismo, sea para afirmarlo en la situacin clsica
de la preservacin de una continuidad del hombre como medi-
da de todas las cosas o de un desmantelamiento del sujeto o del
autor, o del lector que siente las bases de una nueva crtica. En
una conocida versin, sta lo sera en la procura de un mbito
profundo de encuentro con las prcticas sumergidas del ser, no
sin el sacrificio de las capas de historicidad progresista sucum-
bidas en nombre de una autenticidad finalmente develada del
La pregunta por
la lectura y
el lenguaje
pensamiento. La inevitable ambigedad de esta situacin est
ligada durante toda la segunda mitad del siglo XX al nombre de
Martin Heidegger y la discusin que introduce su obra en todos
los ambientes culturales, discusin que an no cesa. El lector de
La Biblioteca tiene aqu una evidencia de los distintos puntos
de vista en los que puede considerarse el tema del automatismo
tcnico y los distintos mundos de conciencia del sujeto clsico.
Para Jos Pablo Feinmann es necesario advertir sobre el camino
emprendido por un antihumanismo radical que funda un criti-
cismo sin sujeto; para No Jitrik el acervo de la innovacin tc-
nica debe estar alerta frente a la creacin de poderes corporativos
expropiatorios de la subjetividad cabal; para Mempo Giardinelli
las prcticas de lectura mantienen un poder restituyente en el
seno mismo de las vastas modernizaciones tecnolgicas y la vuel-
can a un destino democratizador; para Alejandro Kaufman es
posible sealar la realidad de las bibliotecas nacionales como sede
inesperada pero inevitable de esta misma discusin que reelabo-
rara la idea misma de cultura del libro, y para Mara De Pauli
es necesario adentrarse en el debate sobre las consecuencias que
trae el capitalismo cognitivo en los usos del lenguaje y en toda
prctica que lo incluya, que an con perspectivas renovadoras,
pueda verse conculcada por los manuales de procedimientos
que, sin intervencin de una herencia crtica, desglosaran la
accin humana para adecuarla a una gestin del trabajo que lo
desnutra de su raz creadora, al mismo tiempo que destituya el
lenguaje de sus legados activos.
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Naturaleza, humanidad, cultura
Por No Jitrik
Las innovaciones tecnolgicas contempor-
neas modican la relacin entre lo posible
y lo pensable. Tal es el dilema que advierte
No Jitrik recorriendo los distintos umbrales
tcnicos, cuyas resonancias en el campo cul-
tural no cesaron de producir, una y otra vez,
conictos en torno a formas de poder que
dichas novedades traan consigo. Desde lo
inmediatamente humano, el descubrimien-
to del lenguaje, el tiempo y la existencia del
Otro, hasta la invencin de los formatos di-
gitales, las formas de existencia colectiva se
vieron tensionadas por estos cambios. Una
alteracin que abandona tanto el carcter
mgico del pensamiento primitivo, como el
mecanicismo humano derivado de las cien-
cias de la modernidad. Una mutacin que
no reconoce fronteras y cuya tonalidad in-
cierta es procesada bajo el signo de una ima-
ginacin ilimitada, capaz de plegarse a los
intereses corporativos transnacionales que
trastocan las sensibilidades del presente.
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N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
Cuando los seres humanos (cul
habr sido el primero? pero si hubo
un primero de inmediato debe haber
habido seguidores) lograron pararse
sobre sus pies, lo que se llama la
posicin erecta, desafiando las leyes
de la gravedad y de la animalidad,
descubrieron casi simultneamente
tres cosas muy tiles para ellos: los
otros, el lenguaje y el tiempo.
Los otros permitan la asociacin y,
por lo tanto, la proteccin respecto de
otros otros, tambin asociados, que
podan ser amenazantes, quitarles el
fuego, el agua, las mujeres, el alimen-
to, etctera, en otras palabras hicieron
germinar la semilla de la cultura: se
dira, entonces, que la cultura comien-
za ligada a la necesidad de proteccin
y as sigue hasta hoy, la cultura prote-
ge. El lenguaje les dio la posibilidad
de comunicarse, por cierto, pero tam-
bin de pedir, de narrar y, por fin, de
entenderse o entender en qu mundo
estaban parados, en otras palabras
pudieron concebir formas para la cul-
tura porque empezaron a entender,
igualmente, el lenguaje de mucho de
lo que los rodeaba, la selva, el desierto,
la montaa, el mar, los animales, los
crujidos de la noche y el canto de los
pjaros al amanecer. La percepcin
del tiempo les concedi la facultad
de diferenciar entre la noche y el da,
de ver el desgaste de las cosas y las
personas y, en definitiva, de advertir
que la muerte estaba al final de todo
lo que los otros y el lenguaje les otor-
gaban; comprendieron que no haba
eternidad y, al mismo tiempo, que la
deseaban, en vano por supuesto.
Observaron, probablemente, ya en
este orden de la temporalidad, que el
sol sala y se pona y que, adems, no
cesaba en esa tarea, si hay algo que es
regular es la salida del sol y su ocaso;
muy pronto debieron advertir que los
sucederes de los das se organizaban
un poco haba ayer, haba hoy, haba
maana lo que les permiti advertir,
con gran perspicacia, que los das no
eran todos iguales; a veces haba que
abrigarse, a veces desnudarse, de pron-
to les salan hojas a los rboles y luego
se caan: a alguien se le debe haber
ocurrido medir esas variantes o alti-
bajos como para prever algn aconte-
cimiento, favorable o nefasto; naci,
as, la idea del reloj, no de golpe por
supuesto, deben haber transcurrido
milenios antes de que se abriera paso
esa brillante idea. Ese da, junto con
el reloj, naci, es una osada decirlo,
la percepcin aunque el reloj fuera un
simple gotear de la arena o un trazado
en una piedra que permita discernir
unidades de tiempo, eso que llamamos
desde hace milenios las horas.
Un da, difcil es determinar cul,
alguien pens que enrollando una
cinta de metal
que se desen-
rollara limita-
da por cierto
engranaje se
podra medir
el tiempo con
ms exacti-
tud: naci la
t e c nol og a,
aunque sin
ese nombre
y, con ella, el
reloj moder-
no cuyas formas se fueron perfeccio-
nando hasta los mgicos que mane-
jamos ahora. La tecnologa, por va
de la mecnica, se haba puesto en
escena y su producto cambi costum-
bres, incorpor un objeto nuevo, en
suma transform la cultura. Gener
tambin un poder?
La percepcin del tiempo
les concedi la facultad de
diferenciar entre la noche y
el da, de ver el desgaste de
las cosas y las personas y, en
definitiva, de advertir que la
muerte estaba al final de todo
lo que los otros y el lenguaje
les otorgaban; comprendieron
que no haba eternidad y, al
mismo tiempo, que la desea-
ban, en vano por supuesto.
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LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
62
Poco a poco, los seres humanos crearon
la representacin: con barro hicieron
figuras semejantes a las de ellos mis-
mos y, por consecuencia, les naci la
similitud pero, como tambin exista
el movimiento, relacionaron los dos
principios y se propusieron construir
objetos parecidos a ellos pero no iner-
tes; la mecnica,
cuyos alcances ya
haban compren-
dido y aceptado
cuando concibie-
ron y aceptaron la
rueda, les ayud,
y tambin los
nios que que-
ran tener jugue-
tes comprensibles
pero movedizos.
La tecnologa, de
este modo, fue altrustica en su naci-
miento, ayud a dar un poco de alegra
a los seres humanos, al mismo tiempo
que podan entender lo que podan
esperar al cabo de cada unidad de tiem-
po, medible y cuantificable; se entrete-
nan, mejoraban su existencia mediante
objetos que salan de sus manos y
que ayudaban en diversos rdenes de
la vida, comer mejor, tener mejores
techos, ropa ms abrigada, transporte
por fin, ms adecuado para huir o ata-
car, por no mencionar los instrumentos
de defensa y de labranza.
La conclusin es obvia: la cultura, en
trminos antropolgicos, se fue conso-
lidando hasta el punto que, al poseer
todos esos medios bsicos para la vida,
los seres humanos pudieron catego-
rizar, conceptualizar, simbolizar, en
suma acercarse a dimensiones que
trascendan lo rudamente inmediato.
Lo cual quizs no les alegr pero, sea
como fuere, eso no les impidi seguir-
las buscando infatigablemente.
Sobre esta red y estas posibilidades los
comportamientos adquieren su sen-
tido y generan normas y tradiciones
que van ordenando y singularizando
a las sociedades. La cultura sera, por
lo tanto, la suma de comportamientos
posibles en todos los rdenes de la vida
social, un ancho campo que se modifi-
ca permanentemente y recibe los ms
variados estmulos. Sobre la ganada
capacidad de simbolizar empiezan el
arte, que es representacin, alteridad,
lenguaje y suspensin del tiempo, y la
religin, que rene alteridad, lenguaje
y tiempo, porque considera lo otro, se
expresa y genera la esperanza de vencer
al tiempo mediante un improbable, y
nada tecnolgico, ms all.
Pero hay que hacer una aclaracin: la
mano, que serva inicialmente slo para
agarrar o para defenderse instintivamen-
te, despert de su rudeza, descubri sus
posibilidades y, por consecuencia, se
hizo hbil pero para lo inmediato, para
satisfacer la necesidad, para manejar la
materia que, poco a poco, fue siendo
mltiples materias; la mano abri el
camino a la artesana de una vez para
siempre; el ser humano logr, entonces,
un hacer cada vez ms rico y en esa
instancia, sin darse cuenta, descubri
el imaginario como fuente que provea
de las preguntas que empezaron a pre-
sentarse a raudales; capaz de responder
mediante acciones, hall ese magnfico
complemento de la comunicacin, y
de la lucha contra el tiempo, que fue
la escritura: sin la mano la escritura no
habra sido posible, ni que decirlo.
El imaginario no se qued tranquilo y
bastante ms tarde se le despert una
inquietud: as como haba sido con el
reloj y la rueda y la rueca, no sera
posible crear mecanismos para realizar
funciones o tareas que la mano por s
sola no poda ejecutar?
Sobre la ganada capacidad de
simbolizar empiezan el arte,
que es representacin, alte-
ridad, lenguaje y suspensin
del tiempo, y la religin, que
rene alteridad, lenguaje y
tiempo, porque considera lo
otro, se expresa y genera la
esperanza de vencer al tiempo
mediante un improbable, y
nada tecnolgico, ms all.
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La pregunta por la lectura y el lenguaje
En el siglo XIV o XV la magia provea
de esas soluciones; de ah sale el Golem,
ser de barro creado para servir, que se
pone en movimiento cuando ciertas
palabras son pronunciadas, pero poco
despus alguien como Leonardo da
Vinci se pone a inventar aparatos de
lo ms variados, aplicando conoci-
mientos que todava no son cient-
ficos y que actan sobre embriones
de imgenes y permiten pensar no
slo en volar, lo ms sabido, como los
pjaros, sino tambin en muchas otras
cosas ms. Leonardo no fue el nico:
el modesto pero heroico Bernardo de
Balbuena, en un poema pico escrito
a comienzos del siglo XVII, concibe,
ayudado por un benvolo mago de fic-
cin, un aparato que hace un viaje por
aire desde Europa a Amrica pasando
por todo el mundo conocido; Alonso
de Ercilla, en la Araucana, imagina
lo mismo. Eso es ya, en una etapa
superior a la del reloj, la tentacin o
el deseo o la ilusin de la tecnologa,
aunque no lleve ese nombre: lograr
objetos que desempeen funciones
que ni el cuerpo ni sus manos podran
llegar a desempear. Es de extraar
que poco despus brote la idea de
un ser mecnico que, por ejemplo,
juegue al ajedrez? Es claro que el
primer jugador mecnico de ajedrez
fue una farsa que enga por un
momento a un monarca ingenuo pero
la idea qued y poco a poco el mundo
empez a poblarse de autmatas que
hacan cosas; eso es ya la protorrob-
tica como una dimensin que se abri
a mltiples fantasas muy temprano, a
mediados del siglo XVIII, y no par
hasta ser, precisamente, robtica.
Sin que este relato pretenda ser una
historia de la tecnologa, de alguna
manera lo insina: debe haber tomado
forma a los saltos, a medida que la
relacin entre conocimiento cientfi-
co que proporciona fundamentos e
imaginario pisaba ms firme; esas for-
mas pensemos noms en las potencia-
lidades del vapor fueron modificando
la cultura aunque ms no fuera porque
favorecan la comunicacin: si en la
Edad Media dos aldeas a cinco kil-
metros de distancia una de otra tenan
dialectos diferentes y se ignoraban,
con los caminos, con el tren posterior-
mente, con el correo, con los restantes
adelantos, empezaron a vincularse y
necesitaron, por comenzar, un idioma
comn, no es preciso sealar la rela-
cin que tiene la lengua con la cultura;
luego modos de vida, mtodos de
elaboracin aprendidos o informados,
es tan vertiginoso el razonamiento que
no parece posible llevarlo a cabo.
A partir del siglo XV la tecnologa
progresa geomtricamente y si en sus
comienzos el capitalismo europeo tena
como fundamento el intercambio y
la promesa portuaria Marco Polo
encarna las dos vertientes, luego la
descubre con alborozo, sostenido por
las triunfantes doctrinas fisiocrticas,
que permiten relacionar riqueza como
objetivo con dominio gradual y trans-
formacin de la naturaleza en bienes y
dinero, naturalmente con explotacin
del hombre por el hombre.
Aunque este aprovechamiento de la
tecnologa, en el servicio que en aquel
momento presta y que no terminar
nunca de prestar, complementario
del que presta a la guerra y necesida-
des concomitantes (transporte, salud,
comunicacin) transforma la cultura,
tiene antecedentes que sera fastidioso
recordar. Con dos, de la mayor impor-
tancia, basta; el primero es la inven-
cin de la brjula; el segundo es la de
la imprenta, en 1450; si aquella per-
mite orientarse en el ancho mar sta
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La pregunta por la lectura y el lenguaje
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modifica el lenguaje, que es el medio
hmedo por el que navega la cultura,
porque una cosa es la escritura manual
y la oralidad y otra es la reproduccin
que obliga a fijar, a determinar: es
casual que pocas dcadas despus,
al oscuro Antonio de Nebrija se le
haya ocurrido redactar y publicar una
gramtica de la lengua espaola que
ayud, indirectamente, a consolidar
el poder de la monarqua espaola
y le permiti dominar lingstica y
fsicamente los nuevos territorios des-
cubiertos y conquistados? Situacin
semejante puede haberse producido
cuando aparece la computacin, en
cuanto a modificacin de lenguajes,
tanto que, adems de incidir en la
lengua natural, crea nuevos lenguajes
que realimentan la tecnologa y abren
a posibilidades de todo orden, cient-
ficas, vinculadas con la vida cotidiana,
mdicas, que cubren en efecto todo el
espectro cultural que parece indiscer-
nible de la cultura en la que vivimos.
En un principio la relacin no era
clara y tardara en clarificarse; por eso,
las respuestas que da esa embrionaria
dimensin propusieron estructuras
fantsticas, que tienen que ver ms
con la literatura que con la realidad,
sueos que tardarn en materializar-
se. Sin embargo, en una escala menor
y domstica, las invenciones asom-
bran pero sus sorprendentes alcances
no son muy aceptados. En una escena
de la pelcula de Jacques Feyder, La
kermesse hroique, al ocupante espa-
ol de Flandes le acercan, en una
comida, un estuche que contiene un
utensilio desconocido para los fla-
mencos; es un tenedor con el cual el
personaje pincha un trozo de carne,
lo acerca y, antes de engullirlo, lo
toma con la mano y se lo mete en la
boca, en medio de la admiracin de
los restantes comensales lugareos,
desconocedores de las ms recientes
invenciones: el humilde tenedor, que
prolonga las funciones de la mano,
tambin la imita y ah est la ocu-
rrencia e incide en los cambios de los
modos de comer, cambia, en suma,
una forma cultural tan importante,
como que el universo gastronmico
ha avanzado hasta terminar por tener
su axiologa y su lenguaje, todo ello
indicativo de una estamentacin cuya
retrica define un estado cultural: si
el comer es natural, los modos de
hacerlo no lo son y para ejecutarlos
las invenciones son continuas, los
aparatos proliferan, se generan ince-
santemente en misteriosos lugares en
A
l
e
j
a
n
d
r
o
T
r
u
a
n
t
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La pregunta por la lectura y el lenguaje
los que empeosos tecnlogos estn
actuando un saber cuyos resultados
nos educan o nos dominan.
Hay experiencias reveladoras, adems
de las observaciones sociolgicas, de
la incidencia tecnolgica en la cultura
en general y en determinados campos
en particular. Si, por ejemplo, se
puede componer msica mediante
programas de computacin o ejecutar
diseos que previamente dependan
del exclusivo talento del artista, en
literatura se puede ver que algo seme-
jante ocurre. Cuando la computacin
apenas comenzaba, las procesadoras
de textos recin llegadas imponan
normas que los escritores deban res-
petar en la presentacin de sus origi-
nales, lo cual incida indudablemente
en la escritura entendida como proce-
so complejo que tiene manifestacin
fsica; de ah en adelante haba que
escribir ya no mirando el papel en
blanco y la mano que intenta arran-
carle su secreto que eso es la escri-
tura consciente de s misma sino
un teclado y una pantalla cuyo vaco
parpadeante exige del ojo otro orden
de introspeccin. Para dar una idea
de lo que estas nuevas condiciones de
escritura podan acarrear es suficiente
sealar que las frases largas comen-
zaban a estar bajo sospecha y que
los captulos de un texto no podan
exceder determinados lmites porque,
de lo contrario, la mquina podra
enloquecer y devorar todo lo escrito.
Quin no se ha visto constreido
por semejante amenaza?
Pero algo semejante haba ocurrido
con la mquina de escribir y, sin
duda, cuando naci la imprenta para
la cual, al menos, como condicionan-
te, haba que trazar previamente sig-
nos en el papel de manera clara, para
que el tipgrafo pudiera hacer su tra-
bajo con menos prdida de tiempo
y, en consecuencia, con mayor ren-
tabilidad para sostener la mquina
y lo que poda producir. Cada uno
de esos episodios tuvo consecuencias
para la cultura letrada y, por conse-
cuencia, para el imaginario humano
en general: escribir de otra manera,
por ms espontneamente que se
llegue a hacerlo, determina las lectu-
ras de las cuales sale la materia que
alimenta el saber de una sociedad as
como el inconsciente de los que la
integran. Pero tambin, en recono-
cimiento al poder de tal imaginario,
hay que sea-
lar que dichos
avances siempre
fueron admiti-
dos, al princi-
pio quizs a la
fuerza, y pronto
t rans f ormados
en beneficio de
los poderes crea-
dores del ser
humano, hasta
el punto que
esas tecnologas
fueron naturali-
zadas y nadie ya
piensa que la imprenta es limitativa,
que la mquina de escribir condicio-
na, que la computadora empobrece.
As, pues, la tecnologa se extralimita,
se estira, ningn sueo permanece para
ella en su cpsula; es como si sus prac-
ticantes, sensibles a los descubrimien-
tos de la ciencia, hubieran llegado a la
misma conclusin que Nietzsche pero
sin la connotacin religiosa o antirreli-
giosa que, en su desesperacin, le dio:
Dios ha muerto, todo es posible,
pudo ser reformulada del siguiente
modo: la tecnologa existe, todo es
posible. Un pensamiento como se
(...) la tecnologa se extralimita,
se estira, ningn sueo per-
manece para ella en su cpsu-
la; es como si sus practicantes,
sensibles a los descubrimientos
de la ciencia, hubieran llega-
do a la misma conclusin que
Nietzsche pero sin la connota-
cin religiosa o antirreligiosa
que, en su desesperacin, le
dio: Dios ha muerto, todo es
posible, pudo ser reformulada
del siguiente modo: la tecno-
loga existe, todo es posible.
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LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
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cruza fronteras y, dotado de ese poder,
deja de ser el Golem primitivo para
procesarse a s mismo en torno a la
pregunta por qu no.
No es ninguna novedad reconocer
que la tecnologa est frreamente
instalada en la cultura contempor-
nea; es ms, ninguna sociedad que
pretenda estar al margen de ella
podra afrontar la brutal compe-
tencia que caracteriza la economa,
la poltica y las guerras del mundo
moderno. Est apoyada desde luego
en la ciencia y en principio est
ligada a la necesidad pero va mucho
ms all: se ha convertido en modo
de vida y, por lo tanto, en ideologa,
hasta tal punto que quien se nie-
gue a ella corre el riesgo de quedar
aplastado o devorado por una his-
toria que camina a paso de gigante,
cada da con nuevas creaciones, tan
imprescindibles como, a veces, inne-
cesarias pero que estn en la base de
una estructura econmica imbatible,
pero no porque no tenga fallas y no
sea reemplazable sino porque est
instalada en el inconsciente aun de
quienes la combaten. Quin puede
vivir ahora sin la informtica, quin
puede prescindir de los extraordi-
narios avances de la ciruga, quin
piensa en trminos de formas cultu-
rales fuera de lo que proporcionan
los centros de poder, en los que la
tecnologa es ms fuerte que la cien-
cia y, ni que decir, del arte?
Lo que llamamos modernidad, o pos-
modernidad si se quiere, se aprovech
de la proliferacin tecnolgica que fue
cubriendo todos los campos del que-
hacer social y humano, hasta generar
una especie de filosofa que rechaza las
unidades y proclama, para sustituirlas,
el concepto de cuerpo fragmentado,
cuya realidad es evidente en la medi-
cina y su cada vez mayor especializa-
cin: la parte convoca a y desarrolla
un saber que necesita verificarse en los
aparatos cada vez ms sofisticados que
son los que proporcionan, si logran
hacerlo o aproximndose cada vez
ms a la meta, la verdad de esa parte.
Sin la tecnologa la especializacin no
sera posible y el diagnstico impen-
sable; con ella, el especialista se aleja
de la especializacin vecina y, natu-
ralmente, del cuerpo entero, del ser
humano en su totalidad.
Si bien los extraordinarios avances
tecnolgicos podran ayudar a ciertas
sociedades a salir del primitivismo y
del riesgo de la extincin por falta de
defensas y a mejorar sus condiciones
de vida, traman una malla inexpug-
nable que determina valores, ordena
comportamientos, remodela volun-
tades, crea los equvocos ms angus-
tiosos respecto no slo de la relacin
entre humanidad y naturaleza sino la
desesperante verificacin de un futu-
ro determinado por secretos poseedo-
res de los recursos para generar ins-
trumentos que ausentan cada vez ms
lo que de humano tiene el planeta. Y
como esto al mismo tiempo acumula
capital dando origen al gran hecho
histrico de nuestra poca, las enor-
mes, annimas y misteriosas empre-
sas transnacionales, que lo ordenan
todo y poseen la tecnologa que ade-
ms producen, desde nuestros gustos
hasta nuestros sueos, la reflexin no
puede ser de ningn modo simplista,
lleva a una perplejidad que a unos
desarma y a otros rebela.
68
Heidegger y la tcnica
(*)
Por Jos Pablo Feinmann
Cuando hablamos de la tcnica hay un nom-
bre ineludible: Martn Heidegger. El autor
de Ser y Tiempo despliega una ontologa en
la que el tecnocapitalismo lleva al olvido
del ser. Jos Pablo Feinmann desarrolla los
distintos estadios, interrumpidos por su pro-
longado silencio, en los que el filsofo alemn
desliza un viraje respecto a sus pasos inicia-
les: de una antropologa existencial hacia un
desplazamiento del sujeto como centro de la
historia, el sujeto moderno que emerge de la
formulacin cartesiana por el conocimiento
como fundamento de la existencia. La tcnica
como el campo en el que se realiza el dominio
del ser ah sobre el ente, y que lleva a la devas-
tacin conquistadora de la tierra y el mundo
a travs de su objetualizacin. El viraje hacia
el antihumanismo heideggeriano, fundado
en un pesimismo respecto al automatismo
tcnico y su racionalidad capitalista, es sea-
lado por Feinmann, como causa del sombro
silencio frente al sometimiento del hombre
que denunciaban Marx y Sartre.
Un antihumanismo que se encuentra presente
en Nietzsche y es prolongado en las corrientes
post-estructuralistas que segn el autor en
el capitalismo tardo se acoplan a las formas
de sujecin del mercado como modo de vin-
culacin de las existencias diversas.
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N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
Durante la segunda mitad de la dcada
del 30, Heidegger habr de dictar una
serie de seminarios sobre Nietzsche.
Estos textos fueron editados por la
Editorial Destino y son dos tomos de
no sorprendente riqueza. Para expli-
citar el viraje (xiuii) de Heidegger
habremos de partir de uno de sus par-
grafos. Es el que Heidegger titula EL
DOMINIO DEL SUJETO EN LA POCA MODER-
NA. Puedo anticipar para saber hacia
dnde vamos el carcter fundamental
que tendr el Viia;i heideggeriano.
Hay una salida de lo que me animar a
llamar el uuxaxisxo de SER Y TIEMPO.
El hombre ya no es el que abre la
problemtica del ser preguntndose por
l. Recordemos que, en SER Y TIEMPO,
era de la naturaleza del Dasein de donde
se parta para encontrar la naturaleza
del ser. Heidegger deja incompleta su
obra de 1927. En la CARTA SOBRE EL
HUMANISMO, de veinte aos despus, dir
que hizo tal cosa por insuficiencia de
lenguaje. En verdad, creo que se trata
de una sorpresa que se llev el Maestro
de Alemania: haba hecho un texto
humanista, haba colocado al hombre
en la centralidad, haba mantenido el
dualismo tpico de las filosofas de la
modernidad (sujeto-objeto) en el dua-
lismo Dasein/entes distintos del Dasein.
(Tal le reprocha la espaola Cristina
Lafont, lder del giro lingstico.) En
suma, Heidegger no habra superado las
filosofas trascendentales del sujeto. No
habra superado a la conciencia fenome-
nolgica husserliana cuya caracterstica
central es la de una conciencia que, al
ser conciencia de mundo, establece una
relacin constituyente entre esa con-
ciencia y el mundo. Heidegger habra
permanecido en las redes del neokantis-
mo husserliano. Voy a decirlo: todo eso
que tanto me gusta a m de SER Y TIEMPO
(que sea una antropologa existenciaria,
una apertura del ser que se produce
oisoi el hombre) a Heidegger lo llena
de espanto, suspende la obra y empieza
a buscar por otro lado. Ese otro lado
lo llama viraje y tiene una vctima.
O, al menos, un ente definitivamente
lateralizado del pensar sobre el ser: el
hombre. Cmo, entonces, no habra
de volverse Heidegger contra el primero
que centraliz al hombre en la modali-
dad de lo subjetivo, Descartes?
Ese trabajo se traza de un modo impecable
en el pargrafo que indicbamos del texto
sobre Nietzsche.
Tambin lo hace
Heidegger en
Caxixos oi nos-
qui (en LA POCA
DE LA IMAGEN DEL
MUNDO) y en los
pasajes finales del
texto La iiasi oi
Niirzscui Dios
ua xuiiro. Y
luego en cualquier
otra parte donde
sea necesario, ya
que Heidegger no
se molestaba por repetirse. Nos concen-
tramos, pues, en el trabajo sobre Descartes
y la subjetividad moderna. Veamos cmo
el hombre oivioa ai sii y se transforma
en axo oii ixri. Aqu, en este domino
que el Dasein ejerce sobre los entes, surge
el tema de la tcnica.
Nos preguntamos (se pregunta
Heidegger): cmo se llega a una posi-
cin acentuada del sujeto? De dnde
surge este dominio de lo subjetivo que
gua toda colectividad humana y toda
comprensin del mundo en la poca
moderna? (Heidegger, NIETZSCHE,
Editorial Destino, Barcelona, 2000,
p. 118). Apareci esa palabra mal-
dita por toda la filosofa crecida a la
sombra de Heidegger y en el aborre-
En suma, Heidegger no habra
superado las filosofas tras-
cendentales del sujeto. No
habra superado a la concien-
cia fenomenolgica husserlia-
na cuya caracterstica central
es la de una conciencia que,
al ser conciencia de mundo,
establece una relacin consti-
tuyente entre esa conciencia y
el mundo. Heidegger habra
permanecido en las redes del
neokantismo husserliano.
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LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
70
cimiento de Sartre desde mediados
de los sesenta: su;iro. El pasmo de
Heidegger, al suspender SER Y TIEMPO,
era el de haberse deslizado a una filo-
sofa trascendental, a una filosofa del
sujeto: si el Dasein abra la posibilidad
de la ontologa del ser a partir de su
propia ontologa, no era SER Y TIEMPO
una filosofa del sujeto? Aqu est el
Maestro de Alemania dispuesto a sub-
sanar esas pestilencias humanistas de
su opus magnum. Contina diciendo
que, hasta Descartes, todo ente, en
la medida en que es un ente, es com-
prendido como
s u n - i i c r u x.
sun-iicrux es
la traduccin
e interpreta-
cin latina del
uiioxiixixox
griego y significa
lo que subyace y
est a la base (...).
Con Descartes y desde Descartes, el
hombre, el yo humano, se convierte
en la metafsica de manera predo-
minante en sujeto. Cmo llega el
hombre al papel de autntico suje-
to? (Ibid., p. 119). Heidegger, muy
atinadamente, va a ver en todo este
proceso el proceso de surgimiento
del tecnocapitalismo. Heidegger va a
ver en la consolidacin del sujeto de
la modernidad la consolidacin del
sujeto del tecnocapitalismo, no es
casual que los franceses de izquierda
adoptaran con tanto esmero a este
Heidegger, no al de SER Y TIEMPO.
Sigamos con esa pregunta: cxo
iiica ii uoxnii ai iaiii oi aurix-
rico su;iro: 1) Porque se libera de
las ataduras de la teologa medieval; 2)
Porque se libera de Dios y se pone a s
mismo en la centralidad de la accin
histrica. Esto es, para el hombre,
su iiniirao. Sigue Heidegger: Si
decimos, por ejemplo, radicalizando,
que la nueva libertad consiste en que
el hombre se da la ley a s mismo, elige
lo que es vinculante y se vincula a ello,
hablamos ya en el lenguaje de Kant y
acertamos, sin embargo, con lo esen-
cial del comienzo de la poca moder-
na, que conquista su figura histrica
propia con una posicin metafsica
fundamental para la que la libertad se
torna esencial de un modo peculiar
(Ibid., p. 120). Cierto: este hombre de
la modernidad, a partir de s, se destina
a someter lo ente. Heidegger explicita
que esa libertad del sujeto moderno
radica en la liberacin de la creencia
en la revelacin (Ibid., p. 120). Es el
hombre el que ahora pone lo que es
necesario y vinculante. Detengmonos
en lo vinculante. Para la espesa Edad
Media lo vinculante era Dios. Dios
vinculaba todo lo existente. Est
claro que si tiene que existir algo as
como lo que es, o todo lo que es,
o el mundo, cierta entidad tiene
que vincular eso que est desperdi-
gado por todas partes. Antes, lo que
vinculaba la infinita maravilla de lo
diverso era Dios. Ahora, a partir de la
Modernidad, ser el hombre. Muerto
el hombre, luego de la CARTA SOBRE
EL HUMANISMO y los posestructuralistas,
los posmodernos y el fin de la Guerra
Fra, ser el mercado.
Sigue Heidegger: el hombre se vuelve
seor de las propias determinaciones
esenciales de la humanidad (Ibid.,
p. 121). Se libera de una certeza de
salvacin de tipo revelado y asume
una certeza en la que el hombre
pueda estar, por s mismo, seguro de
su determinacin y de su tarea (Ibid.,
p. 121) Se produce, as (y atencin
a esto), el aseguramiento de todas
las capacidades de la humanidad en
Heidegger va a ver en la con-
solidacin del sujeto de la
modernidad la consolidacin
del sujeto del tecnocapitalis-
mo, no es casual que los france-
ses de izquierda adoptaran con
tanto esmero a este Heidegger,
no al de SER Y TIEMPO.
71
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
direccin del incondicionado dominio
de toda la tierra (Ibid., p. 121). Qu
era la viioao en Qu es eso de filosofa?
Qu relacin estableca el hombre
entre l y el ser del ente para establecer
la viioao? La viioao jams poda
surgir como apropiacin de lo ente. La
verdad a la que la filosofa est acos-
tumbrada (desde la poca moderna)
es la verdad como aoaiquario. La
adecuacin entre un sujeto que consti-
tuye y un objeto que es constituido. La
aoicuacix de ambos es la viioao.
En Herclito y en Parmnides, nos
haba dicho Heidegger, la viioao sur-
ga de un estado de abierto. El hombre
se abra a los entes. Y el ser (que no era
ninguno de los entes, pero estaba en
todos ellos, iluminndolos) responda
a ese genuino, autntico, propio, esta-
do de abierto y se des-ocultaba As,
la viioao era aiiruiia. La verdad era
ois-ocuiraxiixro. La actitud pre-
socrtica era de asombro ante lo ente.
Este asombro permita una entrega
que, lejos de toda dominacin, era de
apertura; esta apertura, a su vez, per-
mita el des-ocultamiento de lo ente.
Esto suena a viejas historias acerca de
un momento en que la plenitud se
daba sobre la tierra, y los hombres y el
ser no andaban demasiado desenten-
didos. No en vano Heidegger pondr
en Grecia el linaje de la Alemania nazi.
Imaginemos al hombre capitalista (que
el sujeto cartesiano expresa) en estado
de abierto ante lo ente esperando el
des-ocultamiento del ser. En efecto,
Heidegger tiene razn: el hombre del
tecnocapitalismo ha olvidado al ser.
Ni siquiera creo que lo haya olvidado.
Creo que el homo capitalista jams
pens en el ser. No bien Descartes
puso la ciiriruoo en el sujeto, el
capitalismo supo que el ser era l y
todo lo ente deba sometrsele. Incluso,
y sobre todo, los entes no-capitalistas,
los hombres que deban trabajar para
el capital, que eran entes degradados.
Este aspecto (el de la expoliacin, el
del sometimiento de millones de entes
humanos a los seores del ente y
de la mercanca
capital) permane-
ce en sombras en
Heidegger. Les
dej esas turbie-
dades a los comu-
nistas. Ya las
haba enunciado
Marx, a quien consideraba el ms
grande de los hegelianos. Pero impor-
ta sealar esto para tanto izquierdista
que abraz a Heidegger para librarse
de Marx: del capitalismo, Heidegger
habr de criticar la devastacin de
la tierra, la conquista de lo ente y el
olvido del ser. De la lucha de clases,
la expoliacin, el colonialismo y mil
miserias ms, silencio. Salvo cuando
empez a hablar el lenguaje del Tercer
Reich y vio en los ejrcitos alemanes
potencias ontolgicas.
Hay, en SER Y TIEMPO, una ontologa
existenciaria. Porque (para niix y
para xai) es el hombre el que abre
el mundo. No hay mundo sin
Dasein que se eyecte en l, que sea
posible en l. Todas esas posibili-
dades colisionan. Ningn Dasein es
posible en la modalidad en que otro
lo es. Este mundo que el Dasein
abre est sostenido por su estado
de yecto. Pero el Dasein cae en
el mundo de lo inautntico. Es el
mundo del sistema de produccin
capitalista, que es el que Heidegger
conoca por medio de la Repblica
de Weimar. Ese sistema se consolid
en la poca moderna con la conquis-
ta de la periferia y se expres, en la
filosofa, con el sujeto cartesiano, que
En efecto, Heidegger tiene
razn: el hombre del tecnoca-
pitalismo ha olvidado al ser. Ni
siquiera creo que lo haya olvi-
dado. Creo que el homo capita-
lista jams pens en el ser.
N 6 | Primavera 2007
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La pregunta por la lectura y el lenguaje
72
entreg al capitalismo la subjetividad
vinculante; ya que el capitalismo,
en tanto sistema globalizador, es un
sistema vinculante. Qu es lo que
vincula? Qu es, en el capitalismo,
lo vinculante? La subjetividad del
sujeto moderno o la mercanca? El
lenguaje? El len-
guaje tambin
vincula, pero hay
oixasiaoos len-
guajes y el idio-
ma de la mercan-
ca es uno solo:
el de la compra
y el de la venta.
Parodiando un
ttulo de Peter
Sloterdijk (VENIR
AL MUNDO, VENIR
AL LENGUAJE), hay que decir: venir al
mundo, venir a la mercanca. Venir
al mundo, venir al sujeto. Venir al
mundo, venir a la historia, la lucha
de clases, la explotacin. Venir al
mundo, venir a los conflictos. Venir
al mundo, venir a las infinitas praxis
diferenciadas de los sujetos histricos.
Porque esto es el Ser: el Ser es la tota-
lidad en constante destotalizacin de
las praxis diferenciadas de todos los
sujetos en medio de una historia no
lineal, no teleolgica, dialctica sin
sntesis-desenlace, sin conciliacin
terciaria, sin aufhebung, abierta, y,
hoy, con marcadas tendencias (de no
necesaria realizacin) apocalpticas.
Slo quiero sealar que Heidegger en
su crtica al tecnocapitalismo hay esfe-
ras que deja por completo intocadas.
Y que, no casualmente, son aquellas
de las que suele hacerse cargo el mar-
xismo. Que, como sabemos, siempre
inquiet mucho y mal a Heidegger.
(No slo el marxismo se hace cargo
de estos temas. No hay por qu, hoy,
ser marxista para ver las desigual-
dades escandalosas que padece y ha
padecido este planeta.) En cuanto a la
anticipacin de una tesis, es nece-
sariamente una actitud equivocada o
tal vez marque desde ya un horizonte
problemtico hacia el que nos dirigi-
mos? Como sea, no habr una tesis.
Posiblemente haya algunas certezas y
muchas preguntas.
Continuamos desarrollando los temas
del Niirzscui. Estamos, como siem-
pre en Heidegger, en medio de un
texto de gran riqueza. Su anlisis
del acoxricixiixro Descartes es el
mejor que se haya hecho en filosofa.
Estamos, pues, en el pargrafo titu-
lado Ei ooxixio oii su;iro ix ia
iioca xooiixa. Hay una metafsica
de esta poca. Esa metafsica es la
que Descartes instala como metaf-
sica del sujeto. Metafsica vale aqu
como fundamento de todo lo ente.
Volveremos varias veces sobre este
punto. Su tarea (la de Descartes, JPF)
fue la de iuxoai ii iuxoaxixro
xiraisico iaia ia iiniiacix oii
uoxnii uacia ia xuiva iiniirao
ix cuaxro auroiicisiacix sicuia
oi s xisxa (Ibid., p. 123. Resaltado
de Heidegger). Hay un formidable
trabajo de Sartre que se llama LA
LIBERTAD CARTESIANA. Su clebre frase
final muy cartesiana, segn el anlisis
de Heidegger- dice: La libertad es el
fundamento del ser. Notable la pre-
cisin de Heidegger en torno a la rela-
cin cociro-iiniirao. El cogito es,
en efecto, el fundamento metafsico
de la liberacin del hombre. Antes de
Descartes el hombre estaba sometido a
orio ente metafsico: Dios. Descartes
lo libera de esa sujecin, que no radi-
caba en s mismo, sino que era ajena,
superior, extra-humana, y deposita
el fundamento en el cogito. orio,
Porque esto es el Ser: el Ser es
la totalidad en constante des-
totalizacin de las praxis dife-
renciadas de todos los sujetos
en medio de una historia no
lineal, no teleolgica, dialctica
sin sntesis-desenlace, sin conci-
liacin terciaria, sin aufhebung,
abierta, y, hoy, con marcadas
tendencias (de no necesaria
realizacin) apocalpticas.
73
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
ahora, habr de validarse en tanto
se refiera al cogito. (cociro: pensar.
cocirario: pensamiento, reflexin,
meditacin.) Ahora, sigue Heidegger,
hay una nueva forma de la deter-
minacin de la esencia de la verdad
(Ibid., p. 124). Con Descartes, la
viioao se transforma en ciiriza. Es
verdadero aquello que es ciiiro para
el hombre. En el concepto de coci-
rario (sigue H.) el acento est puesto
siempre en que el re-presentar lleva lo
re-presentado hacia el que representa;
que de este modo ste, ix cuaxro
representa, emplaza (sriiir) en cada
caso a lo re-presentado, lo hace rendir
cuenta, es decir, lo detiene y lo fija
para s, lo toma en posesin, lo pone
en seguro. Para qu? Para el ulterior
re-presentar, que es querido en todas
partes como un poner en seguro y
busca fijar el ente como algo asegura-
do (Ibid., p. 128). Esto, Heidegger,
como ya veremos, lo desarrolla ms
explcitamente en un trabajo al que
llama LA POCA DE LA IMAGEN DEL
MUNDO. Pero aqu tiene que ser claro,
y lo es, en lo que dice.
Los entes son en la modalidad de la
iiisixcia. Son lo a los ojos. Esta
presencia del ente tiene que com-
parecer, ahora, ante el fundamento
(nuevo) que se ha instalado desde el
concepto de cocirario. La presen-
cia de lo ente es ahora a los
ojos del cociro. (No a los ojos
del Dasein. El Dasein se defina por
su ec-sistencialidad, por su estado-de-
yecto, xuxca ioi su sun;irivioao.
Es muy importante tener esto claro
para advertir el enorme cambio que
se ha producido. Ei uoxnii, para
Heidegger, ser, a partir de aqu, el
hombre de la subjetividad, que es, en
el mismo surgimiento, el hombre del
uuxaxisxo.) En este sentido, como
lo entese deduce del cogito, lo ente
es una ii-iiisixracix del cogito.
Y el cogito, al manipular al ente, se
lo re-presenta a s mismo. El cogito
pone al ente ante s mismo. Este es el
concepto de re-presentacin: llevar lo
re-presentado hacia el que re-presenta.
El ente ante el cogito. El cogito, as, se
asegura lo ente, lo pone sobre seguro,
se lo apropia. Al ser el mundo ixacix
del hombre, al ser una representacin
del cogito, una, digamos, proyeccin
de la subjetividad, que, en tanto sub-
jetividad, lo fundamenta, el mundo
se le re-presenta al cogito (al hombre)
como algo que ste is. Todo re-pre-
sentar humano (escribe, notablemen-
te, Heidegger) es un representar-se
(Ibid., p. 128). Para dominarlo, el
hombre tiene que hacer del mundo
su ixacix. Sigue Heidegger: Puesto
que en todo representar es al hombre
re-presentante a quien se remite lo
re-presentado de ese re-presentar, el
hombre representante se ha copre-
sentado en todo representar no con
posterioridad sino de antemano, en la
medida en que l, el ii-presentante,
lleva en cada caso ante s a lo re-
presentado (Ibid., p. 129. Destacado
de Heidegger). Estamos, con el sujeto
de la modernidad, en un mundo com-
pletamente uuxaxo. La conciencia
humana es autoconciencia. De esta
autoconciencia se deduce todo el uni-
verso de lo ntico. Hay, aqu tambin
(aunque no lo dice en estos pasajes
Heidegger), una oiiiiixcia oxroi-
cica. Si, en SER Y TIEMPO, la oiiiiix-
cia oxroicica era la de sii y ixri,
aqu, con el sujeto de la modernidad,
la oiiiiixcia oxroicica sera la
de cociro y ixri. Perteneciendo, al
cogito, la tarea de fundar el mundo
de lo ente en tanto representacin e
imagen suya. El s xisxo del hom-
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
74
bre (escribe H.) es esencialmente lo
que subyace como fundamento. El s
xisxo es sun-iicrux (Ibid., p. 129).
Este sun-iicrux es el su;iro. El suje-
to es el que establece, ahora, la esencia
de la verdad. La
verdad es ciiri-
ruoo. La verdad
es aquello que el
sujeto establece
como verdade-
ro. Y desde que
el sujeto pone al
ente ante s, re-
presentndo(si)
lo, la viioao
surgir de la aoi-
cuacix entre
lo que el sujeto piensa del ente y lo
que el ente is. iiio ii ixri is
io qui ii su;iro oisioxi oi ii.
Qu ser entonces la viioao? Escribe
Heidegger: La re-presentacin se
pone aqu ella misma en su propio
espacio esencial y pone a ste como
xioioa oi ia isixcia oii sii \ oi
ia isixcia oi ia viioao. Puesto que
verdad quiere decir ahora el estar segu-
ro de la remisin, es decir, ciiriza,
y puesto que ser significa representa-
tividad en el sentido de esta certeza,
el uoxnii, con su papel en el repre-
sentar que pone as el fundamento, se
convierte en el su;iro ixixixri. En
el mbito del dominio de este suniic-
rux, el ixs ya no es ixs ciiarux,
es ixs ciiarux: ixounirarux: viii
cocirarux: cocirario (Ibid., p.
138). Veamos esto: verdad significa
ahora la certeza de la remisin del
ente al cogito (hombre). Ser signi-
fica que, en el sentido de la ciiriza
entendida como viioao del hombre,
lo ente se re-presenta adecuadamente.
El ens (ser, objeto, cosa) ya no es
ens creatum. Dios ha muerto. Es,
como vimos, con Descartes que Dios
muere. Porque, aqu, con l, con el
su;iro oi ia xooiixioao, el hom-
bre rechaza ser un ens creatum y se
pone a s mismo como fundamento.
Desde dnde? Desde el cogito. Desde
el sujeto. Desde la viioao coxo cii-
riouxnii, coxo ciiriza (ciiriru-
oo). La ciiriruoo reemplaza a la ver-
dad revelada del Dios cristiano. Esto
quiere decir (escribe H.): rooo ixri
xo uuxaxo si coxviiiri ix on;i-
ro iaia isri su;iro (Ibid., p. 140.
Destacado mo). El hombre, ahora, en
tanto su;iro, se consagra a dominar al
ente. La verdad, insistamos, es aoai-
quario: aoaiquario ixriiiicrus ir
iii. El hombre se asicuia para s la
totalidad de lo ente (de lo que es).
Todo ente es remitido al sujeto y es re-
presentado al sujeto. (La presencia
se re-presenta para el sujeto.)
El mtodo adquiere ahora un peso
metafsico que est por as decirlo
en la esencia de la subjetividad. (...)
Mtodo es ahora el pro-ceder ase-
gurador y conquistador frente al ente
para ponerlo en seguro como objeto
para el sujeto (...). La relacin con el
ente es el avasallante pro-ceder hacia
la conquista y dominio del mundo.
El hombre le da al ente la medida
en cuanto determina desde s y en
referencia a s lo que es lcito que
valga como ente. Dar la medida es
arrogarse la medida por medio de la
cual el hombre, en cuanto suniicrux,
queda fundado como centro del ente
en su totalidad (Ibid., pp. 141/142).
Importa el anlisis del xirooo. No
olvidar, aqu, que el primer paso de
la filosofa de Descartes es presentarse
como xirooo. Qu sera el xiro-
oo? El xirooo son las instrucciones
tcnicas para apoderarse y dominar
los entes. Qu es esta subjetividad
Esto, que Heidegger llamar
tecnocapitalismo, no haba
escapado al anlisis del fetiche
de la mercanca en Marx. El
mundo es un mundo encan-
tado. Ese encantamiento lo
produce el vrtigo de las mer-
cancas. Las mercancas son
objetos, cosas, entes. Las mer-
cancas se independizan de los
hombres y los cosifican.
75
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La pregunta por la lectura y el lenguaje
dominadora? Sigamos viendo. Esta
subjetividad dominadora se lanza, ni
ms ni menos, que al ooxixio oii
xuxoo. La relacin con el ente es el
avasallante pro-ceder hacia la conquis-
ta y el dominio del mundo. El hom-
bre le da al ente la medida en cuanto
determina desde s y en referencia a s
lo que es lcito que valga como ente.
Dar la medida es arrogarse la medida
por medio de la cual el hombre, en
cuanto suniicrux, queda fundado
como centro del ente en su totalidad
(Ibid., p. 142). Qu instal Descartes
con esa ixocixri frase pienso, luego
existo? Instal el domino del hombre,
en tanto subjetividad, por sobre todo
lo ente. Esto, que Heidegger llamar
tecnocapitalismo, no haba escapado
al anlisis del fetiche de la mercanca
en Marx. El mundo es un mundo
encantado. Ese encantamiento lo
produce el vrtigo de las mercancas.
Las mercancas son objetos, cosas,
entes. Las mercancas se independizan
de los hombres y los cosifican.
Heidegger hablar de existencias. Es
lo que el hombre extrae de la natura-
leza, violndola, y almacena para cons-
truir el mundo de la tcnica en tanto
existencias. Aqu, el peligro es supre-
mo. Citemos: ... el hombre, dentro de
los lmites de lo no objetual, es ya slo
el solicitador de existencias, entonces
el hombre anda al borde de despear-
se, de precipitarse all donde l mismo
va a ser tomado slo como existencia
(Heidegger, La iiicuxra ioi ia ric-
xica en CONFERENCIAS Y ARTCULOS,
Ediciones del Serbal, Barcelona, 2001,
p. 25). Este entregarse a la voluntad
de dominio en tanto voluntad de
dominar y poseer la tierra transfor-
mndose en amo del ente es el punto
exacto en que el hombre, para siem-
pre, ha olvidado al Ser. Aquello que
empez como subjetividad fundante
en Descartes confluye en voluntad de
dominio en el hombre de la moder-
nidad, entregado a la voracidad de la
tcnica. En el reportaje pstumo de
DER SPIEGEL (que Heidegger exigi se
publicara luego de su muerte, que ocu-
rrir en mayo de 1976, en uno de los
momentos ms desdichados para nues-
tro pas) el maestro de Alemania dir:
Todo funciona, esto es precisamente
lo inquietante, que funciona y que el
funcionamiento nos arrastra siempre
a un mayor funcionamiento y que la
tcnica arranca y desarraiga de la tierra
cada vez ms a los hombres. La frase
todo funciona tiene simetras con la
sociedad disciplinaria de Foucault,
en la que todo funciona pero para
que el poder someta al hombre.
Nosotros, desde la periferia del Saber,
desde la periferia de la poltica, debe-
mos decir que no-todo-funciona.
Que la gente muere de hambre,
no por exceso de tcnica sino por
carencia de ella. Aqu, con doloro-
sa frecuencia, xaoa iuxcioxa. Ni
tampoco tenemos los beneficios de la
sociedad disciplinaria foucaultiana.
Foucault, al menos, propondr, algo
tardamente, contraconductas para
enfrentar al poder. Pero Heidegger
no. Heidegger invitar al claro del
bosque, ese lugar en que entre el
hombre y el Ser acontece una pro-
piacin a la que llama iiiicxis.
Pero ste ya no es nuestro tema.
(*) Algunos prrafos del siguiente traba-
jo han sido tomados y ofrecidos como
adelanto de nuestro libro LA FILOSOFA
Y EL BARRO DE LA HISTORIA: Del sujeto
cartesiano al sujeto absoluto comuni-
cacional, que publicar prximamente
Editorial Planeta.
76
Imaginarios, lecturas, prcticas
Por Alejandro Kaufman
La vertiginosidad que nos ofrece el mundo
analgico, en constante transformacin,
genera una incierta sensacin cuyo vaco,
a menudo suele llenarse con estriles opo-
siciones. En ellas recaen frecuentemen-
te las discusiones intelectuales, observa
Alejandro Kaufman, como modo de res-
ponder a la perplejidad que surge de los
desacoples entre medios e ideas, reflexin
y temporalidad acelerada, atencin y disi-
pacin de las ideas. Tal es el caso de
la oposicin entre tecnologa y cultura,
dimensiones que slo en la imaginacin
intelectual pueden estar separadas, aunque
siempre exista una tensin entre ellas. Si
todo libro es digital en su proceso pro-
ductivo, Kaufman imagina las bibliotecas
nacionales como sitios privilegiados para
decidir el sentido del servicio que ofrecen,
las transformaciones y los destinos de los
objetos que las constituyen y para reela-
borar el significado mismo de la palabra
patrimonio, tan cara a sus historias, como
forma de iniciar un camino exploratorio
para redescubrir sus lugares en la sorpren-
dente vida contempornea.
77
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
1
Un rasgo apreciable de algunas de
nuestras ltimas polmicas sobre la
relacin entre tecnologa y cultura,
maniestamente orientadas a discutir
sobre procesos de modernizacin, es el
carcter muy poco moderno de las dis-
cusiones mismas. En cuanto a algunos
de los tpicos y conclusiones. Porque
las modalidades ltimamente siguen el
ritmo de los correos electrnicos y los
blogs. Usamos vehculos de vanguar-
dia para razonar como amotinados.
Si Platn consideraba que la letra escri-
ta no era conable custodio de nuestras
palabras verdaderas, qu podra decirse
de las temporalidades marcadas por el
vrtigo y la furia que imponen los nuevos
intercambios digitales. Admitamos que
un cotejo semejante puede estar superado
por la secular literatura escrita. No obs-
tante, la frentica claudicacin hacia con-
versaciones digitales que deberan suscitar
prevenciones por su escasa compatibilidad
no ya con la reexin sino con la mera
sensatez resulta algo ms preocupante. La
lgica del linchamiento, de la destitucin
del interlocutor y de la urgencia pnica
frente a la vida cotidiana no es un asunto
intencional, ni solamente vinculado con
la enunciacin de una moralidad, sino so-
bre todo, relacionado con la extrema in-
adecuacin entre medios e ideas, entre re-
exin y temporalidad, entre la atencin
enfocada que demanda el examen de un
problema y la deslumbrante disipacin
con que nos desafan las pantallas.
Algunos de nuestros debates son animis-
tas, otros remiten a las ordalas medievales.
Muchos de esos debates son polmicas
moralistas sobre las acciones que llevan a
cabo individuos destacados por su presti-
gio, trayectoria cultural o, lisa y llanamente,
designacin en cargos de responsabilidad
pblica. Quien ocupa un cargo se convier-
te por ello en destinatario de un procedi-
miento sacricial. El funcionario pblico,
poltico es una gura destinada a expiar
el sufrimiento colectivo por los sueos no
realizados de la Argentina prometida.
La colisin entre tecnologa y cultura
se produce ltimamente entre noso-
tros como un choque entre los apetitos
mgicos de la muchedumbre y la im-
potencia taumatrgica del ociante,
condenado entonces a los destinos ms
viles. Al ociante se le exigen promesas
con indiferencia
desprecio hacia
toda conexin con
las condiciones de
posibilidad mate-
rial de realizacin.
Al ociante se le
exige que mienta
para despus re-
clamarle porque
no cumpli con lo
prometido. El ociante en la Argentina
de hoy en da no puede ser modesto ni
realista, tiene que presentar ilusiones
no importa lo desmesuradas o insen-
satas que sean y aliarse al linchamien-
to de aquel a quien se opone o sucede.
Lo habr de sustituir, y en breve lapso
pasar a convertirse en el objeto de un
nuevo ofrecimiento sacricial destina-
do a aliviar por unos instantes los pa-
decimientos colectivos que el resenti-
miento exige peridicamente. Nuestros
medios de comunicacin hegemnicos
no han dejado de ser en estos ltimos
aos otra cosa que los sostenedores de
la liturgia de este ritual: sealan a los
culpables de todos los males argentinos,
y los empujan a la hoguera, al escrache
o a la simple deposicin. La cultura po-
ltica argentina se ha convertido ltima-
mente en una ordala espectacular, en
el espectculo de una ordala, en el que
se arroja al fuego a todos aquellos que
Nuestros medios de comunica-
cin hegemnicos no han deja-
do de ser en estos ltimos aos
otra cosa que los sostenedores
de la liturgia de este ritual: se-
alan a los culpables de todos
los males argentinos, y los em-
pujan a la hoguera, al escrache
o a la simple deposicin.
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
78
hasta haca unos momentos eran escu-
chados con aparente expectativa.
Es necesaria la elaboracin de estos relatos
dominantes para establecer el marco y el
contexto en el que se desenvuelve la discu-
sin actual sobre la relacin entre tecnolo-
ga y cultura. Nuestros lazos colectivos, en
estas ltimas dcadas, transitan una crisis
de profundidad y gravedad inauditas,
escasamente asimilables y comprensibles
para otros colectivos sociales. Los recursos
adecuados para describir y enfrentar esta
crisis han sido devastados por el propio
devenir de la crisis. El temporal hundi el
barco, se perdieron los botes de salvamen-
to, pero tambin la memoria de lo que era
navegar en condiciones seguras.
2
No nos concierne aqu discutir en for-
ma necesariamente propositiva los pro-
yectos o mtodos adecuados para pro-
gresar. Lo que nos interesa es abordar
nuestros lenguajes y relatos compar-
tidos para sealar la ndole de lo que
caracterizamos como problemas. Insis-
tencias y omisiones, empantanamiento
en devenires frustrantes y destructivos,
complacencia con modalidades colecti-
vas degradantes y disgregatorias, extra-
vo y marcha en crculos sin destino.
Primero. Tecnologa y cultura no se con-
traponen ni se complementan porque no
son dos cosas separadas. Quienes arman
de modo voluntarista la complementa-
riedad entre estas dos nociones no hacen
ms que conrmar su desencuentro con-
ceptual. Tecnologa y cultura conforman
una sola matriz, en la que se imbrican dos
instancias cuyas genealogas son efectiva-
mente diversas en algunos aspectos. No
obstante, los historiadores de la cultura
y la tecnologa hace rato que proyectan
hacia el pasado histrico la inteleccin
contempornea que identica a estas dos
nociones en una. No arribamos a una
indiferenciacin entre ellas sino a una di-
nmica que oscila entre la contrariedad y
la sntesis, sin que se pierdan las tensio-
nes originarias entre ambas, pero sin que
una se pueda oponer a la otra como si
estuvieran separadas.
Segundo. Modernidad y contramoderni-
dad no se dirimen como supuestamente
lo hacan en pocas pretritas. La ubicui-
dad de lo moderno es irreductible. Las ac-
ciones contramodernas no operan tanto
por contrariedad, como sobrepasando lo
moderno. El emblema actual de la con-
tramodernidad reside en el uso de avio-
nes de pasajeros de lnea desviados contra
blancos de bombardeo por secuestrado-
res-pilotos-suicidas, que fungen como ce-
rebros misilsticos de artefactos aptos para
producir una inmensa destruccin. Todo
ello adems con un costo muy bajo,
desproporcionado en relacin con la in-
versin y el riesgo con lo cual se acen-
ta la provocacin hasta el paroxismo.
Este emblema opera en la relacin entre
tecnologa y cultura como un paradigma
de las modalidades con que el conicto se
desenvuelve en la interseccin inescindi-
ble entre esas dos nociones.
Tercero. Consideremos el libro en la
poca de su reproductibilidad tcnica.
No hay tal cosa como una divergencia
entre la lectura y la contemplacin de
imgenes, o entre el papel y la pantalla.
Una dicotoma semejante no solamen-
te es estril, es del todo falaz. El libro es
digital y no hay libro que no sea digital
desde que se ha generalizado la informa-
tizacin de la composicin tipogrca.
En la poca de la imprenta mecnica,
la condicin material de la existencia de
un libro radicaba en la relacin existente
entre los tipos metlicos y la impresin
en el papel. El libro no tena existencia
de otro modo que sobre ese sustento
79
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
material. Era redactado por el mismo
procedimiento, mediante la mquina
de escribir que sucedi a la manuscrip-
cin, y la imprenta se limitaba a copiar
el texto originariamente asentado en el
papel, con la adicin de un formato es-
pecial llamado libro. Desde hace varios
aos, el libro llega a su existencia en
forma digital, en el disco rgido de una
computadora. El procedimiento de re-
produccin es primordialmente digital.
Cuando el texto se destina a la impre-
sin en papel se realiza una accin que
mucho nos complace, la edicin de li-
bros. Pero los libros en tanto que textos
reproducidos y difundidos no deben su
existencia textual a su produccin y cir-
culacin en papel, sino a su inscripcin
digital. Desde que existe la condicin di-
gital de los libros, stos ya no pueden ser
destruidos mediante el fuego. La quema
de libros no resulta ecaz para eliminar
un texto de la existencia material: habra
que garantizar el borrado de cualquier
registro digital de ese texto. Si alguien
guardaba o esconda una copia en papel
de un texto, por ejemplo bajo tierra, a la
ecacia del gesto de resistencia se le opo-
na la destruccin fsica del nmero de
ejemplares editados de ese texto. Ahora,
si se quisiera ocultar un texto, no se lo
enterrara, sino que se lo mantendra en
las redes informticas codicado o en-
criptado, o se lo hara circular en forma
viral. La eventual destruccin de un tex-
to se rige en la actualidad por los cdigos
de la reproduccin viral y la defensa an-
tiviral, y por las reglas de la criptografa.
No acontece ms en el mundo anal-
gico. Los libros en papel son recursos
tiles para la circulacin de los textos y
objetos maravillosos cuya tradicin est
plenamente vigente en relacin al acto
de la lectura, pero no son determinantes
para la existencia de los textos. Hay que
insistir en ello: la existencia de los textos
ya no depende ms del papel, sino de los
registros digitales. El dominio del papel
como condicin de existencia slo sigue
vigente para los libros de la era tipogr-
ca que an no han sido digitalizados.
Una vez integrados a las redes digitales
su valor slo es de museo. La biblioclas-
tia ya no necesita recurrir al fuego, ni la
memoria encarnada es llamada a comba-
tirla. El campo de batalla se ha traslada-
do a otro escenario.
2
Si en el debate entre tecnologa y cultura
se pone en cuestin el libro editado en
papel como si fuera el mismo libro que
el que exista en la era predigital, la discu-
sin deviene entre inocua y absurda. La
digitalizacin est presente en el proceso
de produccin del libro, desde su escri-
tura y concepcin hasta su reproduccin
y edicin. El libro en papel es una forma
alternativa, por feliz y maravillosa que
nos parezca, pero no exclusiva ni deter-
minante para la existencia del texto.
Cuando se debate sobre la digitaliza-
cin de los libros, se hace referencia a
los libros del pasado, a los efectos de que
puedan ser tan accesibles como poten-
cialmente lo son
los libros actuales.
Hay que repe-
tirlo? Los libros
actuales nacen
digitales. Si sus
versiones virtuales
no son accesibles
es por razones
ajenas a sus con-
diciones de exis-
tencia aunque
no por ello menos
determinantes de
sus condiciones de produccin (por
ejemplo, los derechos de autor y las pre-
rrogativas de las casas editoriales). Ms
temprano que tarde, estas circunstancias
habrn de cambiar de un modo u otro.
El dominio del papel como
condicin de existencia slo
sigue vigente para los libros de
la era tipogrca que an no
han sido digitalizados. Una vez
integrados a las redes digitales
su valor slo es de museo. La
biblioclastia ya no necesita re-
currir al fuego, ni la memoria
encarnada es llamada a com-
batirla. El campo de batalla se
ha trasladado a otro escenario.
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
80
En ese sentido, una biblioteca como la na-
cional cumple funciones diferentes segn
se trate de libros actuales o del pasado. La
ampliacin del patrimonio tiene un sen-
tido muy diferente si se trata de adquirir
libros de la era predigital que si se trata de
considerar los libros de la era digital. La
nocin misma de patrimonio adopta un
nuevo signicado para este segundo gru-
po (que crece en forma exponencial y que
cuantitativamente ya es mucho mayor
que todo lo publicado en la era predigi-
tal). En la actualidad la funcin patrimo-
nial, en el sentido de la preservacin de los
textos, est escindida de la que concierne
a la edicin en papel como acontecimien-
to esttico e industrial. Podramos imagi-
nar una biblioteca museo, que albergara
libros de la era predigital, diferenciada o
complementada no por ello menos in-
tegrada por una biblioteca postidigital,
cuyas determinaciones dieren de mane-
ra inconmensurable de la primera.
3
Las grandes bibliotecas nacionales des-
empean en el mundo actual una mi-
sin cuyos trminos se han ampliado.
Alejandro Kaufman, por
Juan Rearte.
81
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
No se limitan a prestar un servicio sino
a denir cul es el sentido y la razn de
ese servicio, as como la naturaleza y las
transformaciones de los objetos que insti-
tuyen: los libros/los textos. En la actuali-
dad una biblioteca nacional no es slo un
repositorio cultivado y silenciosamente
eciente destinado a albergar la bibliogra-
fa que dene una identidad colectiva. Es
tambin el espacio privilegiado en el que
tiene lugar una exploracin, una indaga-
cin y nalmente una decisin poltico
cultural sobre el libro y sus destinos. El
historiador, a la fecha, no es el paradigma
del sujeto crtico en condiciones de de-
nir el carcter de la biblioteca nacional. A
la fecha, porque los historiadores que se
estn formando hoy en da en un mundo
digital ya se constituyen con ideas muy
diferentes de lo que es un documento, un
archivo, una prueba. En la actualidad los
documentos tambin se producen desde
su origen en forma digital, y las relaciones
entre las bases materiales de la historiogra-
fa y la temporalidad estn transformn-
dose tambin de manera inconmensura-
ble con pocas pretritas.
Consideremos el caso de los diarios: des-
de hace varios aos la edicin de cada da
se suma a un archivo digital en red. Cada
vez ms, las noticias del da de la fecha
estn vinculadas con las noticias de das
anteriores. Tendencialmente el diario
se est convirtiendo en un archivo que
se actualiza en forma permanente, a un
ritmo que ya no es el del da, sino el de
la hora o incluso el minuto. Los diarios
tambin estn deniendo el destino de
la relacin entre tecnologa y cultura, as
como la condicin de existencia del libro.
Es sabido que la convergencia multime-
ditica conduce a un encuentro entre to-
das las modalidades posibles: no se trata
slo del libro o del diario, sino tambin
de los registros audiovisuales. Estas trans-
formaciones, frente a los cuales somos
usuarios cotidianos, sin embargo parecen
no estar presentes en nuestros debates.
Las fronteras entre los saberes calicados
y los discursos periodsticos estn siendo
desaadas por una multiplicidad de in-
tervenciones tecnolgicas, mediticas y
temporales. Ignorar este problema slo
promueve la generalizacin de la barbarie.
Asla el saber acadmico de sus nutrien-
tes sociales y abandona a su suerte a los
discursos mediticos. La brutalizacin tan
denostada como sealada respecto de la
televisin no es ajena a este abandono.
4
La consideracin erudita o reexiva de
estos problemas de la que por suerte
disfrutamos en forma privilegiada gracias
a algunas voces excepcionales parece
ser inaudible en el medio de la algaraba
acusatoria. Se exhibe una serie de premi-
sas unvocas, no problemticas, como si
se tratara de la prestacin de un servicio
estndar, codicado y sin expectativas
de complejidad. Tambin resulta falaz el
modelo del servicio estndar. Antes que
adoptar una posicin arbitraria en un
debate maniqueo es necesario urgente
e indispensable denir los trminos del
debate en sus condiciones tecnolgico
culturales, para recin despus encon-
trarse en situacin de denir las proble-
mticas polticas de la responsabilidad.
3
Tecnologa y cultura estn intrnseca-
mente entrelazadas. En ingls un trmino
usual para construir una frase alusiva es
embed. Por ejemplo: on technology em-
bedded in culture and society. Decir que
la tecnologa est incrustada en la cultura
y la sociedad es una metfora forzada en
castellano. En nuestra lengua el trmino
viene de un antiguo uso esttico, relacio-
nado con la arquitectura, que remite al
signicado de ornamento (siglo XVIII
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
82
y XIX). En ingls proliferan en la misma
poca los ejemplos procedentes de la cien-
cia, que emplean el trmino para denir
relaciones entre distintas cosas, fenmenos
naturales, fsiles, campos disciplinarios,
aparte del signicado como ornamento.
La ciencia y la tcnica son acontecimien-
tos traducidos al castellano, no concebi-
dos originariamente en nuestra lengua.
Diramos que estn embedded en ingls,
pero incrustadas en el espaol. La condi-
cin de embedded naturaliza la instalacin
de algo en un medio o ambiente extraos
con los cuales se produce una relacin de
solidaridad, de hospitalidad en un lecho.
La lectura es una prctica embedded en so-
ciedades ilustradas. En las sociedades he-
rederas de la contrarreforma, la lectura se
incrusta
5
en las prcticas, porque primero
debi estar especialmente autorizada, lue-
go devino ornamento. Entre nosotros, la
lectura es algo que debera hacerse por ra-
zones morales, no algo que ocurre como
una costumbre, un hbito sobre el que
no es necesario interrogarse con sorpre-
sa. Desde luego, la lectura es la prctica
en cuyo destino se dilucida la suerte de la
relacin entre tecnologa y cultura. Si la
lectura desempea un papel ornamental,
el mejor desenlace de tal prctica podr
convivir con la prolca y brillante lite-
ratura castellana, pero no con la relacin
entre tecnologa y cultura. No es que tal
relacin carezca de desgarradores con-
ictos en otras partes, pero pareciera que
entre nosotros el conicto ni siquiera se
registra como tal.
En todo caso las referencias procedentes
de la historia cultural slo aportan indi-
cios sobre las condiciones de posibilidad
del actual estado de cosas. No es objeto de
estas lneas abundar en ello, sino llamar la
atencin sobre el devenir moral del con-
junto de las problemticas de la relacin
entre tecnologa y cultura en la Argentina
de las ltimas dcadas. La expectativa de
que la tecnologa es algo que se puede
comprar hecho a proveedores externos,
una idea que conduce a la frustracin
colectiva en una perspectiva temporal,
es sin embargo predominante en nuestra
cultura. Los bienes educativos y culturales
tienen nalidades prcticas ornamentales
para el imaginario colectivo.
Es por ello que pareciera que pocos pue-
den hablar ms de cinco minutos de la
ciencia y la tcnica en la Argentina sin
mencionar al mdico santoral tecnocien-
tco nacional prodigado por la fundacin
Nobel, sin advertir el carcter denegatorio
de esa obsesin de ejemplaridad. Es el tipo
de ejemplaridad que se esgrime cuando se
ha renunciado de antemano a poblar en
forma multitudinaria el estamento de los
cientcos y tcnicos, y slo se permanece
en el terreno restringido de los ejemplares
y las supuestas grandezas pasadas. Habra
que desaar a quienes se presentan en
pblico a hablar sobre el conocimiento y
sus aventuras a que se prohban volunta-
riamente mencionar a los premios Nobel,
para ver si emergen en la conversacin los
miles y miles de argentinos expulsados
hacia fuera y hacia adentro durante aos,
como si solamente un evento extraordi-
nario de suceso prestigioso fuera el marco
propicio para producir sentido.
4
Forma contempornea de lo sublime,
que no se trata meramente de revelar:
la ecacia de la tecnologa radica en su
invisibilidad. Podemos ejercer acciones
impensables en otras pocas porque la
tecnologa nos exime de pensar en ellas.
Si pensramos haramos el trabajo que
los dispositivos tcnicos hacen por no-
sotros. El desenvolvimiento de la inteli-
gencia aplicada a los objetos nos los acer-
ca en cuanto a la realizacin de nuestros
83
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
deseos, pero nos los aleja en cuanto al
devenir concreto de su desempeo.
El misterio en que se sumen los objetos
de la vida cotidiana no es metafsico sino
esttico. Consiste en el velo que se tiende
sobre cmo ocurren los acontecimientos
en su intimidad. Es necesario el desco-
nocimiento de los mecanismos efectivos
imbricados en los dispositivos modernos
para que los podamos usar. Aunque co-
nozcamos intelectualmente cmo funcio-
nan, ese conocimiento opera como una
religin, como una creencia sobre la ex-
plicacin de porqu ocurren tantos pro-
digios. En las prcticas que ejercemos con
y sobre los objetos, lo que sepamos sobre
su funcionamiento es necesariamente ol-
vidado en el transcurso de nuestras ope-
raciones con y sobre ellos. De esta ma-
nera, acontece un misterio prctico, una
elusin que no termina de ser asimilable
para la cosmovisin del sujeto.
Nos vemos impelidos a ignorar los me-
canismos de los dispositivos que guan
nuestros das de un modo diferente en
esencia a la ignorancia que tenan los an-
tiguos sobre el mundo fsico en relacin
con el conocimiento que ahora tenemos
sobre la gravedad o sobre el clima, pero
similar en cuanto a la desconexin en-
tre las acciones humanas y los aconteci-
mientos del mundo circundante. En esta
discrepancia podra residir la dbil resis-
tencia de la que somos capaces contra la
emergencia de creencias mgico-mtico-
religiosas de nuevo tipo que sustituyen a
una inteleccin ilustrada sobre nuestras
acciones y su relacin con el entorno.
Si entre nosotros proliferan vindicaciones
y ordalas, en otras partes tambin apa-
recen, aunque con otras vinculaciones
genealgicas con las tradiciones. En otras
partes releen con crueldad y violencia sus
libros sagrados, nosotros recurrimos a la
dbil memoria residual de las antiguas
culturas agrarias que dejamos atrs hace
generaciones, no sin la mediacin de si-
glos de contrarreforma.
Tal proliferacin de prcticas y creencias
contrailustradas no resulta un problema
fcilmente confrontable a golpes de ilu-
minismo extrado de los viejos manua-
les. Ingenuamente credo aquel en la
anglica potencia del lenguaje, cuando
todava se albergaban semejantes es-
peranzas. Hoy, cuando no podemos
menos que ser escpticos acerca de las
capacidades de un lenguaje del conoci-
miento que oriente la accin colectiva,
es cuando tambin slo vislumbramos la
poltica como horizonte posible de una
resistencia que recurra antes a la sensatez
que a la fantasa, en un mundo incierto
y siempre sorprendente.
NOTAS
1. Ensayista, docente UBA/UNQ, miembro del directorio de EUDEBA.
2. Los museos han adquirido un nuevo signicado en el mundo de la era digital, referido a lo viviente, uido,
espectacular. El desprecio del museo como radicacin de una objetualidad cristalizada y muerta es actualmente
una idea completamente anacrnica, aunque muy vigente en las creencias colectivas.
3. Bibliotecas nacionales como las de Francia y Gran Bretaa postulan diversas posiciones y discursos al respec-
to. En especial la francesa, cuyo patrimonio no est compuesto por libros sino por documentos asentados
en diversos soportes (papel, digital, audiovisual). Lo que podra parecer un gesto manierista en realidad es una
fuerte apuesta cultural y poltica, no por ello menos discutible, aunque de ineludible consideracin.
4. Se producen dos gestos antagnicos pero simtricos. O la cultura abandona a los medios (para denostarlos
desde afuera) o reclama la mediatizacin del propio campo y de la educacin, lo cual a veces invierte la direc-
cin del proceso de barbarizacin, porque impone en la cultura y en la escuela condiciones disgregatorias.
5. Las cuatro acepciones de la RAE para incrustar comprenden la nocin de dureza o violencia. El trmino ingls se tra-
duce tambin de otras formas, como embeber, pero en cualquiera de las variantes la idea de que tecnologa y cultura
mantienen, pueden o deberan mantener una relacin convivencial no se nos hace parte del sentido comn.
84
Polticas de la escritura y
memoria de las palabras
Por Mara De Pauli (*)
En las ltimas dcadas del siglo XX, el capi-
talismo mundial asumi una transforma-
cin radical respecto a sus formas produc-
tivas, econmicas y de organizacin social.
La flexibilizacin y automatizacin de los
procesos de trabajo, la descentralizacin de
la produccin, los nuevos modos de ges-
tin, la cooperacin horizontal de sus fases
laborales y la subjetividad y el saber como
claves para la innovacin y reproduccin
mercantil, expresan el nivel de ruptura de
la modalidad presente respecto al esque-
ma fordista. El capitalismo cognitivo
encuentra su fuente de valorizacin en la
explotacin intensiva del trabajo inmate-
rial, nos dice Mara De Pauli. Una forma
de gobierno sobre los medios culturales y
educativos que se consolida a travs de una
serie de procedimientos: la colonizacin del
lenguaje a travs del encasillamiento y cate-
gorizacin del saber y la estandarizacin
de los vocabularios bajo el imperio de una
homogeneizacin que somete las palabras
a parmetros internacionales. Un nuevo
lenguaje rector que, sin una mediacin
crtica de sus procedimientos, vuelve ocio-
sa la posibilidad de tomar la palabra para
intentar revitalizar sus sentidos.
85
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
Las ltimas dcadas del siglo XX fue-
ron escenario de la expansin mundial
especialmente en el ncleo central
de los pases capitalistas avanzados,
liderados por [Link]., Alemania y
Japn de nuevas formas de organiza-
cin del trabajo tendientes a sustituir
la produccin en escala, tpica de la
industria fordista y taylorista que
prevaleci en la gran industria a lo
largo del siglo, por nuevas formas de
organizacin de los procesos produc-
tivos, que recogiendo y readaptando la
experiencia que despus de la Segunda
Guerra Mundial pusiera en marcha
la empresa Toyota en Japn, dieron
lugar a un nuevo modelo de pro-
duccin denominado especializacin
flexibleque confiere mayor dinamis-
mo al proceso productivo.
Facilitado por el gran salto tecno-
lgico en el campo de la robtica
y la microelectrnica, este proceso
fue impulsado por la necesidad de
aumentar la productividad y compe-
titividad de las empresas.
La especializacin flexible articula el
enorme desarrollo tecnolgico infor-
macional, con una desconcentracin
productiva basada en la existencia de
empresas pequeas y medianas que,
estrechamente vinculadas a la deman-
da y a las exigencias individualizadas
del consumidor, priorizan lo que es
central en su especialidad, se focali-
zan, y transfieren a terceros gran
parte de lo que antes se produca en
el mismo espacio. A su vez, la intro-
duccin de nuevas tcnicas de gestin,
apoyadas en la toma de decisiones
en funcin del procesamiento de la
informacin y la comunicacin, pro-
mueven una estructura ms horizontal
en el proceso productivo, que requiere
del saber hacer, de la iniciativa y del
compromiso de los propios trabajado-
res, que en equipos de trabajo coope-
rativo, se hacen cargo del control de
calidad de sus productos.
La implementacin de esta relacin
ms estrecha entre la esfera subjetiva
y la esfera objetiva del trabajo, lejos
de recuperar su
carcter creativo
y liberador, como
pronosticaban sus
mulos
2
, permiti
al capital apro-
piarse del saber y
del hacer del tra-
bajo con mayor
intensidad, por
lo que trajo apa-
rejada, junto al
crecimiento sig-
nificativo del des-
empleo estructu-
ral y de la pre-
cariedad laboral a
escala global, una
mayor exigencia
de calificacin del trabajo con una
mayor descalificacin del trabajador
3
.
Al mismo tiempo, las necesidades
reproductivas y expansionistas, inhe-
rentes a la lgica del capital, facilitadas
ahora por una mayor interpenetracin
de la ciencia y la tcnica en los procesos
productivos, aceleraron la depreciacin
del valor de uso de las mercancas,
reduciendo enormemente el ciclo de
vida til de los productos y tambin de
los conocimientos inscriptos en ellos.
La innovacin permanente agudiz
as, ms que nunca, su dialctica oscura,
en una destruccin permanente del
valor de uso de lo producido que rpi-
damente se vuelve obsoleto y descar-
table, por lo que, ms que satisfacer el
deseo individualizado del consumidor,
provoca en l un desmesurado apetito
por la novedad, siempre insatisfecho,
La implementacin de esta
relacin ms estrecha entre
la esfera subjetiva y la esfera
objetiva del trabajo, lejos de
recuperar su carcter creativo y
liberador, como pronosticaban
sus mulos, permiti al capi-
tal apropiarse del saber y del
hacer del trabajo con mayor
intensidad, por lo que trajo
aparejada, junto al crecimien-
to significativo del desempleo
estructural y de la precariedad
laboral a escala global, una
mayor exigencia de calificacin
del trabajo con una mayor des-
calificacin del trabajador.
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
86
pero que satisface, y bastante bien, el
ansia devoradora de un capitalismo
ms tempranero que tardo.
Es consustancial a este nuevo capitalismo
cognitivo
4
una lgica del valor basada en
la difusin del saber y la produccin del
conocimiento que hoy disciplina y colo-
niza la enseanza, la produccin cultural,
la innovacin tecnolgica y tambin la
industria del entretenimiento.
Las reformas educativas argentinas, cuyo
diseo y puesta en marcha comienza
en la dcada de los aos noventa y
contina en la actualidad, surgieron
legitimadas en la posibilidad y opor-
tunidad de sellar una nueva alianza
entre empresa, mercado y educacin;
un nuevo pacto educativo
5
con las
nuevas formas de
la produccin.
Es que, las refor-
mas de los siste-
mas educativos,
constituyeron un
objetivo estrat-
gico central en la
construccin de
la Nueva socie-
dad global de la
i nf or maci n,
un proyecto trasnacional de divisin
del trabajo intelectual y cultural , de
organizacin social y econmica, y
de transformacin de las formas con-
vencionales de socializacin y conoci-
miento, mediado por los operadores
internacionales de las telecomunica-
ciones y concentrado en torno a los
intereses del capital, en esta etapa, no
slo de especializacin flexible sino
tambin de acumulacin flexible de
ganancias para el capital.
La revolucin de los sistemas de media-
cin cultural representan una transfor-
macin sustancial en las formas de
gobierno y dominio del capital en esta
etapa. Es definitorio, en este nuevo
modelo de mediacin, la explotacin
intensiva de la produccin inmaterial
utilizada como eje de articulacin y
organizacin del desarrollo social.
En esta nueva mediatizacin del cono-
cimiento y la cultura, la espacializa-
cin del tiempo favorecida por la red
telemtica y las transformaciones edu-
cativas posibilitadas por las Nuevas
Tecnologas de la Informacin y de la
Comunicacin (NTIC), han intensifi-
cado la liberacin, en los procesos de
comunicacin humana, de las coor-
denadas espacio temporales locales, y
con ello han favorecido la ruptura de
los lmites internos y externos de la
ciudad y los territorios, as como de
lo pblico y lo privado, instituyendo
nuevas pautas culturales de organiza-
cin y socializacin.
Los avances en la construccin de una
telepolis, diseada por las nuevas
posibilidades tecnolgicas de ingenie-
ra social informacional, nos colocan
frente a la necesidad terico- prctica
de analizar y valorar, en la Economa
poltica de la comunicacin de las
actuales polticas pblicas en educacin
y cultura, las polticas de la palabra y la
memoria que las sustentan. Ya que el
potencial tecnolgico puesto al servicio
de las industrias de mediacin cultural y
educativas, puede prefigurar un mode-
lo social liberador, de las opresiones de
las tradiciones y del dominio ejercido
por los controles polticos, econmi-
cos y burocrticos del Estado nacional
moderno, pero tambin, la imposicin
de un nuevo sistema panptico, basado en
un rgimen de regulacin y control social
difuso, tecnocrtico y totalitariamente
articulado (Sierra Caballero, 2006,
p.131), a travs del que se estara insti-
tuyendo una nueva ortodoxia global de
la palabra y la memoria.
Es consustancial a este nuevo
capitalismo cognitivo una
lgica del valor basada en la
difusin del saber y la pro-
duccin del conocimiento
que hoy disciplina y coloniza
la enseanza, la produccin
cultural, la innovacin tec-
nolgica y tambin la indus-
tria del entretenimiento.
87
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
Es sugestivo, al respecto, el modo en
que Walter Ong
6
concibe la escritura
como una poderosa tecnologa capaz
de moldear el pensamiento y hasta la
expresin oral. Este autor cuyo escri-
to es bibliografa de referencia obligada
en todos los documentos curriculares
ministeriales para las reas de comuni-
cacin, expresin oral y escrita, lengua
y literatura, de los distintos niveles de
la educacin en Argentina postula la
existencia de una diferencia sustancial
entre la oralidad primaria, propia
de las culturas sin escritura o de aque-
llas que no han extendido su uso,
y la oralidad secundaria, producto
de las culturas actuales con un alto
desarrollo tecnolgico, en las que una
determinada oralidad necesita de la
escritura para existir, como es el caso
de la televisin, radio y telefona.
Segn Walter Ong, moldes mentales
diferentes configuran a cada una de
estas oralidades, y los cambios evoluti-
vos del hombre, que van de la magia a
la ciencia, de la conciencia prelgica
a la razn, pueden explicarse como
efectos producidos por el pasaje de la
oralidad a formas distintas de la escri-
tura y sus repercusiones en aqulla.
Precisamente por eso, la escritura es
segn el autor, esa poderosa tecnolo-
ga capaz de moldear el pensamiento
y la expresin oral, oralidad que, a
partir de su influencia, no surgira del
inconsciente como el habla, sino que
sera subsidiaria de la escritura.
Las caractersticas que destaca, cuando
describe el pensamiento y la expresin
de la oralidad primaria, caractersticas
funcionales a la apoyatura mnemotc-
nica imprescindible en la conservacin
de las culturas orales, son la prolifera-
cin de frmulas tradicionales como
los refranes, la narracin que acude a
la pragmtica del contexto, la carga
excesiva de eptetos, la redundancia, los
matices agonsticos en la comunicacin
y la excesiva dependencia y cercana del
pensamiento con las situaciones existen-
ciales. Esto hace que los elementos con
los que trabaja este tipo de pensamiento,
subraya el autor, no sean entidades
simples sino grupos de entidades,
tal como hermosa princesa , fuerte
roble, soldado valiente en lugar de
princesa, roble o soldado, simplemente.
A continuacin nos seala que en el len-
guaje de la denuncia poltica de algunas
culturas de pases en va de desarrollo
y escasa incorporacin de la tecnologa
de la escritura en sus procesos de socia-
lizacin, tambin es frecuente el uso de
Lenguaje estandarizado,
por Axel Russo
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
88
lugares comunes tales como enemigo
del pueblo o capitalistas traficantes de
guerras... que parecen estpidos a las
personas muy instruidas, (y) constituyen
elementos formularios esenciales de las hue-
llas de los procesos orales de pensamiento
(Ong, Walter, 1993, p. 45).
Por el contrario, la escritura y la orali-
dad producida por ella, propician dos
distancias fundamentales para la cons-
titucin de la abstraccin analtica ,
separa el saber del lugar donde los
hombres luchan y aparta al que sabe
de lo sabido, y con ello avanza hacia
el objetivismo y evita el agonismo.
La escritura resultara as, al evitar el
agonismo y la cercana del pensamiento
con cualquier territorio humano espec-
fico, una tcnica de suma eficacia para
controlar las pasiones y evitar los con-
flictos, demasiado frecuentes en las cul-
turas con fuerte presencia de la oralidad
primaria, como lo son buena parte de
las sociedades latinoamericanas, cuyas
culturas lamenta el autor, tienden a
la comunicacin
y el intercambio
directo y no a
la introspeccin
que propicia la
escritura. De all
la importancia
de una escritura,
libre de contex-
tos situacionales,
que permitira
reestructurar la
conciencia, en el proceso de interiori-
zacin de un lenguaje sin posibilidad
de pasiones ni agonismo.
No basta decir con Nietzsche
7
que la
mera posibilidad de un lenguaje tal
hiela la sangre, es menester avanzar
en una nueva crtica de la econo-
ma poltica de la comunicacin y la
memoria , y sta no puede soslayar,
ni dejar de resignificar, el concepto de
fetichismo de la mercanca que Marx
despliega en El Capital
8
.
Este concepto de origen antropolgico
es utilizado por Marx para dar cuenta de
aquello en lo que ha devenido el sujeto
moderno, una pura subjetividad aislada
y vaca, como efecto de un modo de
produccin en el que el producto del
trabajo humano adopta la forma mer-
canca, y su valor, que se realiza como
valor de cambio, autonomizado de su
productor, le es ajeno y se le enfrenta.
Enfrentamiento entre trabajo y capital,
que alcanza su mximo antagonismo
cuando, en su apariencia fantasmag-
rica, la mercanca asume las cualidades
del productor, al tiempo que ste, ena-
jenado de su esencia propia, adquiere las
determinaciones de una cosa. Un sujeto
que inscribe su identidad social en las
cosas que produce pero las desconoce
como producidas, que se subjetiva en el
objeto al tiempo que se objetiviza como
sujeto, sujeto que es resultado de una
dialctica histrica que realiza, por un
lado, su paulatina emancipacin respec-
to de la naturaleza y de las condiciones
primitivas de produccin, y por el otro,
la prdida de su objetivacin y de la
posesin de sus condiciones naturales
y sociales de existencia. La forma mer-
canca, propia del intercambio capita-
lista, precisamente es la que consuma el
momento ms radical de este proceso,
y ello en tanto transforma el trabajo
humano concreto en trabajo humano
abstracto, subsumiendo de manera cre-
ciente el valor de uso del trabajo y sus
productos, en valor de cambio del tra-
bajo y sus productos, trocados, de este
modo, en mercancas.
El proyecto de construccin de la nueva
Sociedad global de la informacin y
la comunicacin, mencionado anterior-
mente, tuvo como eje, en las dos ltimas
Sin una adecuada crtica a
este desplazamiento paulatino
del conocimiento y la memo-
ria social, por la cultura del
archivo, es probable que un
nuevo fetichismo de la inteli-
gencia artificial logre que un
da sea ocioso, ridculo, o sin
sentido, pretender un decir o
querer tomar la palabra.
89
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
dcadas del siglo XX, en Norteamrica, en
Europa y en Amrica Latina, la liberaliza-
cin, descentralizacin y desregulacin de
los sistemas nacionales de comunicacin
y educacin, as como el desplazamien-
to de los resortes del poder cultural
y educativo, de los Estados nacionales,
a los medios y corporaciones globales,
constituidas de ese modo, en las nuevas
empresas culturales y educativas.
Dado el lugar fundamental que en
esta etapa adoptan los lenguajes, en
la doble funcin de colonizar las con-
ciencias y de organizar y mediar la
produccin, distribucin y circulacin
de los conocimientos, es consustan-
cial, para este proyecto, la bsqueda
de dominio formal de las produccio-
nes cientficas y culturales, de all el
encasillamiento del conocimiento a
travs de categoras y descriptores que
lo operacionalizan, de criterios e indi-
cadores estandarizados que lo alistan
para ser sometido al control de cali-
dad de diversas clases de comisiones
de evaluadores y expertos, y una vez
que yace all, descarnado, conocimien-
to humano abstracto, es reintegrado
nuevamente en el sistema cognitivo,
pero esta vez, como lenguaje rector.
Sin una adecuada crtica a este despla-
zamiento paulatino del conocimiento
y la memoria social, por la cultura del
archivo, es probable que un nuevo
fetichismo de la inteligencia artificial,
logre que un da sea ocioso, ridculo,
o sin sentido, pretender un decir o
querer tomar la palabra.
(*) Escuela de Filosofa. Facultad de
Humanidades y Artes. U.N.R.
NOTAS
1. Este artculo desarrolla, en lo esencial, las ideas contenidas en la ponencia Cognicin como mercanca y
nuevo fetichismo presentada en el II Congreso Internacional Extraordinario de Filosofa , desarrollado en San
Juan, del 9 al 12 de julio de 2007.
2. Sabel y Piore (1984) citado por Antunes, Ricardo en Adis al trabajo?, Coleccin Herramientas, Buenos Aires (1999).
3. Esta conclusin est fundamentada, a travs del anlisis de una amplia documentacin, por Ricardo Antu-
nes, en Los sentidos del trabajo, Coleccin Herramientas, Buenos Aires (2005).
4. El trmino capitalismo cognitivo lo propone Francisco Sierra Caballero, tambin Nueva Sociedad Glo-
bal de la Informacin y Economa Poltica de la Comunicacin, en Polticas de Comunicacin y Educacin.
Crtica y desarrollo de la Sociedad del Conocimiento, Gedisa, Barcelona (2006).
5. Tedesco, Juan Carlos, El nuevo pacto educativo. Educacin, Competitividad y Ciudadana en la Sociedad Moderna,
Anaya, Madrid (1995), y Educar en la sociedad del conocimiento, Fondo de Cultura Econmica, Buenos Aires (2005).
6. Ong, Walter J. Oralidad y Escritura .Tecnologas de la palabra, Fondo de Cultura Econmica, Buenos Aires, (1993).
7. Nietzsche, F. , La Filosofa en la poca Trgica de los Griegos , edicin Los libros de Orfeo. A propsito de la
losofa de Parmnides, dice Nietzsche : ... nadie hace impunemente abstracciones tan terribles, como lo que
es y lo que no es; la sangre se hiela cuando se las toca (p. 38).
8. Marx, Karl El Capital, Tomo I, Libro primero, Seccin primera, Captulo I, La Mercanca, B-4 El carc-
ter fetichista de la mercanca y su secreto, Siglo XXI editores, Mxico, 1991.
Cuerpo exible,
por Axel Russo
90
Lecturas versus nuevas tecnologas?
Por Mempo Giardinelli (*)
Pocas personas han sido tan persistentes
en el fomento de la lectura como Mempo
Giardinelli. Su vocacin lectora lo llev a
construir una voz crtica de las formas cultu-
rales ligadas a los grandes medios de comuni-
cacin, desaprensivas de los hbitos de lectu-
ra. No se trata, en este caso, de una condena
de la modernizacin tecnolgica. Ella ofrece
consigo la posibilidad de democratizacin del
acceso a los bienes patrimoniales universales,
una conexin y una vinculacin que permi-
tira, de no existir las inequidades presentes,
la participacin plural en las manifestaciones
culturales a escala planetaria. No es que no
exista tensin entre las redes tecnolgicas y
las prcticas de lectura. Esta relacin podra
ser pensada virtuosamente sino estuviramos
ante la presencia de un uso mercantil liga-
do a los poderes de la poca. La historia de
la humanidad es la historia de la lectura, es
decir, de la literatura advierte Giardinelli y,
por tanto, ellas no van a perecer por el hecho
de que ciertos formatos, como el libro, cedan
paso a otros nuevos que los rehacen englo-
bndolos y ofreciendo inditas posibilidades.
Se trata, en suma, de asumir los desafos
actuales venciendo el temor y la desidia con
que el mundo adulto enfrenta el problema.
91
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
La pregunta ms frecuente que enfrenta
cualquier promotor de la lectura es: qu
hacer con los chicos que pasan cada vez
ms tiempo ante la computadora, todo el
da chateando o jugando en red? Cmo
ponerles lmites y hacer que lean?
Esta pregunta, en boca de padres y
docentes de todo el pas, muestra lo
desconcertados, alarmados o venci-
dos que se sienten frente a las llama-
das nuevas tecnologas.
Se aprecia en ellos una impotencia
generalizada frente a las infinitas posi-
bilidades de Internet y de la computa-
cin en general. La facilidad y natura-
lidad con que los chicos de hoy usan
el chat, los videojuegos, los mensajes
de texto y todo ese mundo de avances
cibernticos suele resultar por comple-
to atemorizante para los mayores.
Y es comprensible que as sea. Aunque
algunos podemos recordar que es
aproximadamente la misma pregun-
ta que se nos haca hace un par de
dcadas, cuando los chicos se pasaban
todo el tiempo ante el televisor, el
fenmeno actual es mucho ms fuerte
e imprevisible, mucho menos conoci-
do en sus intersticios y posibilidades
(cuya infinitud atemoriza de por s),
y por ende menos manejable. De ah
que estas llamadas nuevas tecnolo-
gas producen mayor impotencia en
los adultos que la observada hace unos
aos cuando la preocupacin se reduca
(escojo el verbo con toda intencin) a
los efectos negativos de la teleadiccin.
Esa impotencia asusta, desde luego,
porque los chicos estn todo el da
metidos en eso que no controlamos.
Y como todo lo que se ignora suele
producir temor, sucede que muchos
padres y maestros se dejan llevar por
fobias inconducentes, prohibiciones
neurticas y otras actitudes negativas, o
bien como me parece est siendo cada
vez ms comn en nuestra sociedad
por una peligrosa permisividad derivada
de cierta especie de comodsimo estado
de resignacin. El cual, dicho sea con
toda franqueza, hay que denunciar.
De manera que vayamos por partes
y empecemos por descartar la idea
simplificadora de que los chicos de
hoy han dejado de leer porque ven
televisin, como
se deca hace una
dcada, o porque
estn cautivos
de Internet y de
los videojuegos,
como se preco-
niza ahora. Eso
no es verdad. No
toda la verdad,
por lo menos.
Sin dudas la psi-
ma televisin que
somete a nuestra sociedad, y la tecno-
loga fascinante de los juegos virtuales,
ejercen una muy fuerte influencia en
los chicos, claro que s, pero ya sabe-
mos que si ellos no leen no dejar de
repetirlo es en primer lugar porque
sus padres y sus maestros tampoco. Y
despus s: es indudable la responsabi-
lidad no de las tecnologas pero s de los
responsables, que en la Argentina son el
poder poltico y comunicacional, cuya
miopa cultural y capacidad de vulgari-
zacin son tan grandes como groseras.
Pero condenar todo lo anterior no es
suficiente, no alcanza ni corrige nada,
ni mucho menos mitiga la angustia
de padres y madres cuando ven que
sus hijos estn como dominados por
mquinas y tecnologas cuyas conse-
cuencias ignoran y temen.
Por lo tanto, en primer lugar me gustara
sealar una actitud no del todo acertada
por parte de la sociedad, que en esta
materia ha sido vctima, cierto, pero
De manera que vayamos por
partes y empecemos por des-
cartar la idea simplificadora
de que los chicos de hoy han
dejado de leer porque ven
televisin, como se deca hace
una dcada, o porque estn
cautivos de Internet y de los
videojuegos, como se preconi-
za ahora. Eso no es verdad. No
toda la verdad, por lo menos.
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
92
tambin tiene alguna responsabilidad por
su casi nica coherencia: la de casi nunca
reaccionar frente a lo que la perjudica, o
hacerlo casi siempre tarde y mal. El resul-
tado est a la vista: somos una sociedad
que se degrad velozmente en slo un par
de generaciones. Y esto abarca los ms
diversos aspectos: desde la poltica a la
educacin, desde la economa a la comu-
nicacin, desde la salud a la lectura.
Por lo menos desde que la cada de la
bipolaridad Este-Oeste mat tantas
utopas, desde que un psimo actor
de cine devino estadista y comenz
el reinado de la peor dirigencia en el
mayor imperio planetario, y desde
que se instalaron ideas retrgradas
como que la Historia se terminaba y el
Mercado era el nuevo Dios absoluto e
incuestionable, el siglo XXI comenz
como escenario de la mayor contradic-
cin jams vivida por la humanidad:
la revolucin tecnolgica ms extraor-
dinaria de la Historia, por un lado, y
por el otro la ms grande crisis social,
cultural y ambiental en treinta siglos.
En ese contexto, nos encontramos sin
saber qu hacer
frente a una revo-
lucin que deja
chiquita a la de
Gutenberg y
torna minsculas
las anticipaciones
de Julio Verne: el
universo al alcan-
ce de la mano; el
conocimiento concentrado en puntos
de luz que titilan en una pantalla; las
vas virtuales de transmisin del saber
renovndose minuto a minuto; el libro
convertido en un objeto inmaterial; y los
textos, que histricamente fueron perga-
minos, rollos, cdices y luego el amistoso
libro impreso que determin la evolucin
del saber humano, ahora son una cosa
imprecisable, movediza e inaprehensible
a la que llaman hipertexto, o texto virtual.
O sea intangible, inexistente, porque lo
que es virtual no es concreto, pero tam-
poco es una abstraccin.
La textualidad electrnica no es ms
que otro domicilio para la lectura. Es
una nueva residencia para los textos, un
lugar diferente para la escritura, y tcni-
camente se lo llama soporte. Que es
el apoyo o sostn, o punto, sitio o cosa
capaz de sostener algo, como dice el
Pequeo Larousse, que en materia infor-
mtica define al soporte como: Medio
material, tarjeta perforada, disco, cinta
magntica, etc., capaz de recibir una
informacin, transmitirla o conservarla
y, despus, restituirla a peticin.
1
Este soporte es capaz de albergar todo el
conocimiento humano, tal como lo hizo
hasta ahora el libro impreso y encuader-
nado que conocemos. Slo que ahora el
espacio necesario se reduce fantstica-
mente y, por ejemplo, toda una inmen-
sa biblioteca llena de libros colmando
estanteras de pared a techo, puede caber
en un espacio invisible o virtual, o sea
que tiene existencia aparente o poten-
cial pero no real o efectiva (p. 1.040).
Y no una biblioteca sino decenas, miles,
todas las bibliotecas del mundo.
A todo eso lo podemos consultar en
la pantalla de cualquier ordenador (o
computadora), en nuestra casa o donde
sea, porque todas las letras, imgenes y
sonidos, de todos los libros y discos del
planeta, todos pueden estar all, medi-
dos en los llamados bit (en ingls, byte)
que son la unidad mnima de medida
de contenido de informacin (p. 157).
De hecho, estamos hablando del nuevo
domicilio de la ms grande biblioteca
universal. La suma de todas ellas pero a
la vez distinta y mejor, porque permite
concentrar y encontrar el conocimiento
y el saber en un solo soporte o lugar.
Las llamadas nuevas tecnologas
representan la ms grande opor-
tunidad y posibilidad multipli-
cadora del saber, capaz de facili-
tar hasta el infinito la conexin,
los vnculos, la asociacin de las
ideas y la divulgacin democr-
tica del conocimiento.
93
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
Quin puede negar que esto es una
maravilla?
Aunque es claro que es, sin dudas, una
maravilla conflictiva como sucede
con toda nueva tecnologa porque
plantea un montn de problemas:
polticos, tcnicos, econmicos, cul-
turales, morales, jurdicos y muchos
ms. El libro de Gutenberg tambin lo
hizo en su momento, y aqu estamos.
Las llamadas nuevas tecnologas representan
la ms grande oportunidad y posibilidad
multiplicadora del saber, capaz de facilitar
hasta el infinito la conexin, los vnculos,
la asociacin de las ideas y la divulgacin
democrtica del conocimiento. De ah que
el cuestionamiento a ellas (incluyendo a
la telefona celular, la televisin de alta
definicin y una cantidad de soportes
que a cada rato son descritos para nuestro
asombro en los medios) debe hacer-
se con conocimiento y sin prejuicios.
Especialmente porque se trata de lo que
leen y miran nuestros hijos.
Pero nuestros hijos tambin nos vieron
leer y no leer, actuar y paralizarnos,
hablar y hacer silencio, y se criaron
poco ms o menos viendo el mundo
a travs de lo que mostraban los llama-
dos medios masivos de comunicacin
(radio, prensa escrita y especialmente la
televisin, esta ltima sobrada de con-
tenidos y discursos deleznables).
Es evidente que en casi todos nuestros
pases la tele salvo excepciones es retr-
grada, ultraconservadora, autoritaria,
sexista y discriminatoria. Y la sociedad no
parece tan preocupada por ello, ni por la
cautividad de sus hijos frente a ella. De
hecho hay televisores en el 96,6% de los
hogares argentinos (y la mitad del 3,4%
de los que no tienen TV en su casa dice
que es por falta de recursos).
2
Y no se crea
que hay un aparato o dos, no, el equipa-
miento casero promedio en la Argentina
es de 2,4 televisores por hogar.
3
Por eso los argentinos ven tele un
promedio de 3,4 horas diarias, lo que
quiere decir que la TV sigue siendo
el principal consumo cultural de los
argentinos, concluye el informe ofi-
cial de consumos culturales.
Por su parte, una encuesta del dia-
rio La Razn
4
realizada entre 10.714
votantes, mostr que el 58,1 % de las
personas (presumiblemente todas de
la Ciudad de Buenos Aires) mira tele-
visin entre dos y cuatro horas diarias,
y el 9,5% mira ms de cinco horas. En
contrario, slo el 8,5% dice no mirar
televisin, mientras que el 23,9% mira
una hora o menos cada da.
Por supuesto, decir lo anterior tampoco
significa acusar a los inventores de la
televisin, ni a una tecnologa, ni mucho
menos a quienes la disfrutan. No se trata
de acusaciones, sino de reconocer que las
causas de la mala calidad son de gestin
y son polticas, econmicas, publicitarias,
sociales y culturales. El desenfreno comer-
cial, el mal gusto, la incapacidad estatal
de controlar, junto con la idiota apologa
de lo ordinario y lo vulgar, se combinan
a diario para deslucir el lenguaje de
nuestro pueblo, proponer el ocio impro-
ductivo, desviar la atencin de proble-
mas importantes
5
, resaltar nimiedades y,
entre muchsimos otros resultados nega-
tivos, hacer que el entretenimiento sea
un modo de parlisis social a la par del
extravo de las tradiciones lectoras.
De manera que no tiene sentido sata-
nizar a la televisin, pues los medios
masivos de comunicacin no son ni
buenos ni malos. Son las falsificaciones,
el consumismo exacerbado y neurtico
y el falso democratismo lo que est des-
palabrando a la sociedad argentina. El
problema es humano, no tecnolgico.
Y con Internet y las nuevas tecnologas
sucede exactamente igual.
Hace veinte aos, en la revista Puro
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
94
Cuento sostenamos que la computacin
no era enemiga de la lectura y la escritu-
ra, porque era absolutamente imposible
acceder a esa tecnologa desde el analfa-
betismo. Eran todava los albores infor-
mticos, Internet no exista y muchos
buscbamos establecer ms all de la
dictadura quines eran, y dnde esta-
ban, los enemigos de la lectura.
Pero tambin nos pareca que aquellos
primeros ordenadores (como se los
llamaba en Espaa) estaban obligados
a ser un recurso ventajoso, un com-
plemento idneo, un aliado poderoso
para la escritura, el libro y la lectura.
Permitan trabajar con rapidez y eco-
noma, por lo menos.
Enseguida eso trajo la fascinacin por
el llamado hipertexto, al que vea-
mos como una especie de texto infi-
nito, capaz de pasar por encima de la
linealidad de la lectura tradicional, a
la que incluye, engloba y resemantiza.
El hipertexto permite ir y venir por las
ideas, admite mltiples lecturas a la vez,
facilita reacomodar modos y estilos,
rehace las texturas, y en fin, es como
un permiso para la libre circulacin
textual. Una maravilla, desde luego.
A partir de entonces, todo se dispar.
Y el cada vez ms fcil acceso a los tex-
tos trajo su fabulosa democratizacin.
Internet permite ahora que cualquier
lector, desde cualquier lugar del plane-
ta, pueda llegar casi a cualquier libro,
est donde est. Es como realizar el
sueo de tener la Biblioteca Nacional,
la del Congreso de Estados Unidos
y todas las bibliotecas nacionales del
mundo juntas, al alcance de nuestra
Mempo Giardinelli,
por Juan Rearte.
95
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
mano y en nuestro propio escritorio.
Dice Pablo Mancini, un joven docente
de varias universidades argentinas que
trabaja en produccin de contenidos y
proyectos especiales para el portal educ.
ar del Ministerio de Educacin, Ciencia
y Tecnologa: El mundo ya no parece
el que conocamos: lo estamos trans-
formando. La historia de los medios
de comunicacin muestra con creces
el reordenamiento social que produce
la aparicin de un medio: se alteran
notablemente la percepcin del tiempo
y del espacio. Este nuevo medio no fue
el fin de la razn, como pregonaban los
crculos intelectuales apocalpticos (...)
Millones de personas escriben a diario
sobre ciberculturas, sobre las transfor-
maciones tecno-culturales y sobre la
complejidad que incluye internet en
nuestras vidas, en nuestras prcticas
ms cotidianas. Pero tambin millones
de personas, desde sus hogares, desde
cibercafs, desde locutorios, telecentros,
escuelas, universidades y bibliotecas tie-
nen videoconferencias con otras perso-
nas, que a veces estn a slo un par de
cuadras pero que a menudo estn a un
ocano de distancia. Porque una charla
por chat con una cmara es la natura-
lizacin, la apropiacin cotidiana de
tecnologas que otrora eran sper sofisti-
cadas y estaban en manos de pocos.
6
Claro que todava hay muchsimos
excluidos (Ms de 1.000 millones de
personas en todo el mundo siguen sin
tener acceso a servicios bsicos de teleco-
municaciones y 800.000 comunidades
no tienen conexin a redes globales de
voz y datos, sigue Mancini), pero esto
tambin puede cambiar en cualquier
momento porque la misma Internet
muta constante y rpidamente: segn
un artculo del diario norteamericano
USA Today del 16 de abril de 1998, el
uso de Internet se duplicaba cada 100
das.
7
No alcanzo a imaginar cmo ser
ahora, ms de ocho aos despus, pero
por lo menos se sabe que en 2006 se
envan 60.000 millones de e-mails por
da, lo que prcticamente duplica el
total diario promedio de 2002.
8
Ahora bien, el diversificado uso del
correo electrnico, que es til para prc-
ticamente todo (trabajar, comprar, ven-
der, ensear, amar, odiar y mil etcteras)
es fabuloso y se basa precisamente en lo
que nos interesa en este texto: todo eso se
escribe cada da y cada da se lee.
Y en la web sucede, noms, que todos los
textos del mundo estn all. Y decirlo no
es exagerado: no ha de faltar mucho para
que todo lo que se escribi en la Historia,
en todo el decurso de la Humanidad, ter-
mine de ser transferido a formas electr-
nicas. Esto garantizar la universalizacin
ms democrtica del patrimonio biblio-
grfico que nadie haya imaginado jams.
Exactamente lo que Jorge Luis Borges
llam una extravagante felicidad
9
, idea
que fascin al especialista en historia del
libro y la lectura de la Escuela de Altos
Estudios en Ciencias Sociales de Pars,
Roger Chartier, y que es compartible,
desde luego, aunque advirtiendo que esa
felicidad no deja de entraar riesgos.
Riesgos? S, porque sucede que si todos
los textos de la historia de la humani-
dad estn ah, es obvia la pregunta:
quin los subi? Y enseguida: los
copi exactamente como son? Qu
seguridad tenemos? Se trata verdade-
ramente de los textos originales?
El lmite de la cuestin deviene tico,
lo que implica aceptar el riesgo de que
los textos puedan haber sido modifi-
cados, manipulados electrnicamente.
As como hace quince siglos pasamos
del cdice al libro manuscrito, y hace
cinco siglos de ste al libro impreso
(ambos cuerpos slidos, materias con
formato y sucesin lgica y seriada de
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
96
hojas y pginas) ahora el libro electr-
nico obliga a leer en una pantalla de
puntos luminosos imperceptibles. Y la
verdad es que sta s es una revolucin
mayor que la de Gutenberg como
postula Chartier, porque estamos en
presencia de un cambio tremendamente
inquietante y capaz de modificar no slo
el pensamiento sino incluso el modo de
pensar de ahora en
adelante. Cuando
Gutenberg inven-
t la imprenta
de tipos mviles
prensables, que
permita la repro-
duccin infinita
de los textos y la
produccin de
libros en serie, la
lectura oral en voz
alta que requera el
cdice manuscrito
dio paso a la lectu-
ra silenciosa, visual e ntima que hemos
conocido y amado en estos ltimos
siglos, y tambin abri el camino a la
propiedad privada de los libros.
El texto electrnico, ahora, va ms all
y revoluciona incluso la organizacin
del texto y su estructura, el acceso a l y
hasta la redaccin, que puede pasar a ser
colectiva, o modificada arbitrariamente,
o bien adecuada a y por cada lector.
Ahora bien, esa textualidad virtual,
inmaterial, llamada hipertexto, necesita
quien la lea. Porque si no se la lee, no existe.
Ni siquiera desaparece; es que si no se la
visita y lee, en realidad nunca existi. O
sea que el hipertexto requiere lectores. Y
no es poca cosa decirlo: obsrvese que en
todos los casos estamos ante textos que habr
que leer. Salvo en el caso de la televisin,
las nuevas tecnologas exigen lectores:
la computacin, la navegacin virtual,
el chat y hasta los videojuegos requieren
leer. De hecho, en la ciberntica moderna
se habla incluso de lectores de discos.
Sabemos y afirmamos que la lectura es y
ser siempre el mejor modo de acceder al
conocimiento. Aunque est domiciliado
en una pantalla. Esto debera ser tranqui-
lizador frente a ciertas visiones apocalp-
ticas que circulan, aunque nada se agota
con tal afirmacin. Pero es un hecho que
el ser humano, para su crecimiento inte-
lectual, seguir necesitando siempre de la
lectura. Aun frente al ordenador hay que
leer, y no existe otro modo de produccin
textual que la escritura.
Si lo que ha cambiado es el lugar, la
residencia en la que mora el texto, como
sucede en la vida, en toda mudanza de
casa se producen cambios. Pero segui-
mos durmiendo en camas y comiendo
en mesas, e igualmente estamos acos-
tumbrados a encontrar todos los textos
en libros, revistas y peridicos. Pero el
resultado de esta mudanza es que ahora
los tenemos en una pantalla de puntos
y de manera muchsimo ms veloz y
asequible y barata. No es fantstico?
Por qu sentir temor? Admitamos el
vrtigo que produce, de acuerdo, pero
inmediatamente aprovechemos la opor-
tunidad. Y la reflexin sobre los modos
de representacin, produccin y circula-
cin ciberntica de los textos es eso: una
oportunidad que es mejor comprender,
aceptar y utilizar en nuestro beneficio.
Que eso seduce y atemoriza? Puede
ser, pero tambin ofrece posibilidades
ilimitadas y es, de hecho, un futuro que
ya tenemos encima vuelto presente. Y
si condiciona a nuestros hijos, como en
efecto vemos que lo hace, pues razn de
ms para entenderla.
Todos los avances tecnolgicos son revo-
lucionarios, y a las revoluciones siempre es
mejor comprenderlas que rechazarlas.
Y adems bien podemos confiar en esto:
la lectura no ha muerto ni morir con
Sabemos y afirmamos que la
lectura es y ser siempre el
mejor modo de acceder al cono-
cimiento. Aunque est domi-
ciliado en una pantalla. Esto
debera ser tranquilizador fren-
te a ciertas visiones apocalpti-
cas que circulan, aunque nada
se agota con tal afirmacin.
Pero es un hecho que el ser
humano, para su crecimiento
intelectual, seguir necesitan-
do siempre de la lectura.
97
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
ninguna tecnologa. Dejemos que algu-
nos escpticos y apocalpticos auguren la
muerte del libro, quin sabe si tendrn
razn. Pero separemos una vez ms:
aun si asistiramos a la muerte del libro
material, el viejo y querido volumen de
pasta de papel, encuadernado y ateso-
rado en nuestras bibliotecas de madera,
aun si eso sucediese la lectura no morir
jams. La historia de la humanidad es
y seguir siendo la historia de la lectura,
es decir la historia de la literatura. Y
los viejos, convencionales y entraables
libros que se ajan y amarillean con los
aos, tal como los conocemos y quere-
mos hasta hoy, seguirn siendo fuente y
domicilio del saber original, y el mejor
testimonio de los logros de la Especie.
Ray Bradbury lo supo cincuenta aos
antes que todos nosotros.
De manera que he aqu la primera con-
clusin aliviadora: la lectura no va a morir,
y mucho menos la va a matar Internet.
Y una segunda: aunque acaso desapare-
cieran los libros, la lectura seguir viva.
Por eso lo que verdaderamente necesi-
tamos, como sociedad, es lectura. Libros
tambin, pero sobre todo lectura.
En tercer lugar, si hoy se lee menos y se
conversa menos, y si nuestros chicos (y
muchos grandes tambin) que navegan
en las redes infinitas de Internet despus
parecen autistas, reconcentrados, no es
por culpa del exceso de los hipertextos.
En todo caso, seamos conscientes de que
cuando uno ha pasado varias horas en la
web acaba mareado de tanto leer!
Esto tambin nos recuerda que la tecnolo-
ga digital depende, ante todo, de la lectura.
Y ste es un elemento clave: un analfa-
beto, o quien no tenga prctica de lecto-
escritura, no tendr jams posibilidad de
acceder a Internet. La lectura de textos,
impresos o electrnicos, es insustituible
y en este sentido puede decirse que la
computacin ha instalado, de hecho, una
nueva forma de instruccin pblica, lo
que es evidente incluso en los pases ms
atrasados. Como dice Alberto Manguel:
Hemos inventado unos pocos objetos
casi perfectos a lo largo de la historia.
El libro, como la rueda, el cuchillo o la
puerta, no va a desaparecer nunca. Lo
podemos cambiar un poco cada tanto
pero siempre estar con nosotros.
10
Eco
tiene la misma idea: Los libros siguen
siendo los mejores compaeros de nau-
fragio (...) son de esa clase de instrumen-
tos que, una vez inventados, no pudieron
ser mejorados, simplemente porque son
buenos. Como el martillo, el cuchillo, la
cuchara o la tijera.
11
Como se ve, la mayor preocupacin de
ambos expertos, y de casi todos los espe-
cialistas, es por la suerte del libro. Con
el mayor respeto, no es exactamente la
ma. Libro y lectura no son lo mismo.
Y esto es algo que debemos explicar a los
docentes y padres que preguntan casi a
coro: Qu hacemos frente a Internet?
Mi respuesta es que lo primero y mejor
que podemos hacer es aprender nosotros
mismos a usarla, para poder acompaar
a nuestros hijos en ese proceso de des-
cubrimiento. A la vez, preguntarnos a
nosotros mismos qu hacemos y qu no
hacemos para que los chicos sepan defen-
derse mejor, tengan criterio y disfruten la
tecnologa sabiendo poner lmites. Y para
todo eso se trata de leer, nosotros y los
chicos; no hay otra alternativa. Lectura.
Libros o no libros, pero leer.
Por eso la cuestin est en los padres,
una vez ms. Y en los docentes, en
tanto fungen como padres sustitutos
durante varias horas al da. Hay dema-
siadas personas que creen que la no lec-
tura, hoy, se debe a la televisin y sobre
todo ltimamente a la difusin de los
juegos en red. Muchos padres estn
preocupados por los juegos de guerra y
de matar, por esa ldica violencia que
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
98
apasiona a millones de chicos y chicas
como los que vemos en los cybers.
No digo que los cybers no sean noci-
vos, en el sentido de que inutilizan
el tiempo libre de los chicos y les
quitan tiempo para otras actividades.
Tampoco digo que para un espritu
juvenil sea inocuo el estar practican-
do formas de muerte durante horas
cada da. S digo, en cambio, que el
problema principal no est en los
cyber ni en los
juegos, sino en
la comodidad de
los padres, en el
abandono de la
responsabilidad
de ensear.
Pero esas personas
no parecen darse
cuenta de que las
causas no estn en
lo que demonizan,
sino en lo que no
hicieron. Ninguna
persona naci
sabiendo atarse los
cordones de los
zapatos. Es tarea de los paps ensearles
pacientemente la necesidad, la utilidad y
los modos de atrselos. Igual sucede con
la lectura, y por supuesto con los valores y
principios. No se los trae de nacimiento.
Los aprendemos. Pero para aprender hace
falta que alguien nos los ensee. Se trata de
transmitir valores desde el hogar, y un
valor principal es aprender a distinguir
entre realidad y ficcin. Y entre juego y
trabajo, o entre verdad y mentira.
De todos modos es cierto que en la
sociedad contempornea la sociedad
informtica, como se la llama se da la
paradoja de que se conversa menos, se
discute poco y no se alienta el debate
enriquecedor. Y si encima se impone un
discurso nico, s que podemos estar en
problemas. Pero una vez ms eso no ser
culpa de las nuevas tecnologas sino de los
usos atrofiantes de ellas. Y a eso debemos
resistirnos, incluso dentro de Internet.
He ah otra de sus maravillas: esta tecno-
loga nos permite discutir sus virtudes y
defectos mientras la usamos. Podemos
reflexionar, cuestionar y advertir lo que
sucede a medida que sucede. Y adems,
nos podemos valer de esa red en paralelo
al telfono celular, el automvil, la gra-
badora, el ordenador, el disco compacto
y el DVD. Que son, todas, tecnologas
modernas y utilsimas, a nuestro entero
servicio. Si es que podemos pagarlo,
desde luego. Porque sera idiota una
idealizacin de este medio sin advertir
que, todava, est fuera del alcance de la
gran mayora de la poblacin.
La citada encuesta del Sistema Nacional
de Consumos Culturales dice que slo
uno de cada tres argentinos posee com-
putadora en el hogar (el 66,2% del total
de encuestados dijo que no tiene), por-
centaje que est obviamente asociado al
nivel socioeconmico de los entrevista-
dos. As, el 90% de las personas de nivel
socioeconmico alto tiene computadora
en la casa. Pero en los niveles medios baja
al 67,5% y en las clases bajas desciende
a slo el 13,5%. En todos los casos, la
mitad de los que tienen ordenador en
casa acceden a internet todos los das
o casi todos los das, mientras los que
no lo tienen, se conectan de 1 a 3 veces
por semana desde lugares pblicos. Los
jvenes y los residentes en el interior del
pas son los que se conectan con ms
frecuencia. Y la mayora de usuarios se
da, como es fcil comprobar, entre los
jvenes de 12 a 17 aos, y luego los que
tienen entre 35 y 49 aos.
12
Pero ms all de eso que de todos modos
se democratiza velozmente por el auge
De todos modos es cierto que
en la sociedad contempor-
nea la sociedad informtica,
como se la llama se da la
paradoja de que se conversa
menos, se discute poco y no se
alienta el debate enriquecedor.
Y si encima se impone un dis-
curso nico, s que podemos
estar en problemas. Pero una
vez ms eso no ser culpa de
las nuevas tecnologas sino de
los usos atrofiantes de ellas.
Y a eso debemos resistirnos,
incluso dentro de Internet.
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N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La pregunta por la lectura y el lenguaje
fenomenal de cybercafs y otras tiendas
en las que se puede acceder a redes a muy
bajo costo, no se puede negar que si esta
nueva tecnologa nos da la oportunidad
de pensarla y discutirla mientras se produ-
ce, es que se trata de una revolucin muy
peculiar y generosa. Recordemos noms
que Gutenberg ni siquiera haba paten-
tado su invento cuando ya toda Europa
estaba plagada de imprentas y nacan las
censuras modernas, pero hubo que esperar
cuatro siglos para que se desarrollara la
reflexin sobre esa tecnologa.
(*) Mempo Giardinelli naci y vive en
Resistencia, Chaco, Argentina. Es escritor
y periodista, y como docente fue profesor
titular en la Universidad Iberoamericana,
de Mxico; en la Universidad Nacional
de La Plata. Desde hace ms de vein-
te aos ensea en la Universidad de
Virginia, Estados Unidos.
Es Doctor Honoris Causa por la
Universidad de Poitiers, Francia.
Su obra literaria ha sido traducida a
veinte idiomas y ha recibido numero-
sos galardones literarios, todos fuera
de la Argentina, entre ellos el Premio
Rmulo Gallegos 1993.
Es autor de novelas, libros de cuentos
y ensayos, y escribe regularmente en
diarios y revistas de todo el mundo.
Entre sus ttulos ms conocidos: La
revolucin en bicicleta, Luna caliente,
El cielo con las manos, Santo oficio
de la memoria y Final de novela en
Patagonia. Su ltimo libro es: Volver a
leer. Propuestas para ser una nacin de
lectores (Edhasa, 2006).
Exiliado en Mxico entre 1976 y 1984,
a su regreso fund y dirigi la revista
Puro Cuento.
En 1996 don su biblioteca personal
para la creacin de una fundacin, con
sede en el Chaco, dedicada al fomento
del libro y la lectura. Esta fundacin
desarrolla y sostiene diversos progra-
mas culturales, educativos y solidarios.
NOTAS
1. El Pequeo Larousse Ilustrado, Ediciones Larousse, Buenos Aires, 2005, p. 941. Todas las definiciones que
siguen son tomadas de este mismo Diccionario, con indicacin de pgina entre parntesis.
2. Sistema Nacional de Consumos Culturales (SNCC), Secretara de Medios de Comunicacin de la Jefatura de
Gabinete. Presidencia de la Nacin. Datos de Agosto de 2005: [Link]
3. Segn datos de 1999, en los Estados Unidos el 58% de los hogares tienen televisores incluso en la cocina. Jim
Trelease no vacila en calificar de torpes a los padres de familia que los ponen. Aunque no he podido encontrar
datos equivalentes de nuestro pas, no me extraara que en la Argentina esa torpeza sea igual o mayor.
4. Realizada por la consultora DAlessio-Irol. La Razn del 10 de noviembre de 2005.
5. La influencia de este medio es formidable: la encuesta de la SNCC dice que el 84.9% de los argentinos se
informa a travs de los noticieros de televisin.
6. Pablo Mancini, Da Internacional de Internet, en Cultura Digital, portal de [Link]: [Link]
ar/sociedad-informacion/archives/cat_cultura_digital.php.
7. Jim Trelease, La lectura en voz alta, Celarg, Bogot, 2005, p. 270.
8. Basados en informes de la Agencia Reuters, diversos medios encontrables en Internet destacan esta informa-
cin, que significa prcticamente doblar la cantidad registrada en 2002, cuando se enviaron 31.000 millones. En:
Interlink Headline News N 2818, del 18 de Octubre de 2002: [Link]
9. Esta felicidad extravagante de la que habla Borges no es prometida por las bibliotecas sin muros, e incluso
carentes de lugar, que sern sin duda las del futuro. Roger Chartier en: Del cdice a la pantalla: trayectorias
de lo escrito. En revista Quimera N 150, septiembre de 1996.
10. Leer es una forma de saber que no estamos muertos. Entrevista por Oscar Ral Cardoso. Diario Clarn.
1 de agosto de 1999.
11. En la 9 publicacin del Programa de Promocin de la Lectura Volver a Leer, Crdoba, 2004.
12. Sistema Nacional de Consumos Culturales (SNCC).
Quiz se pueda decir que una sombra persigue al arte, a la misma
historia del arte. Sobreentendiendo que el arte es una exploracin
de lo que est cerrado para el decir comn, la sombra que lo
persigue es un decir absoluto que promete develacin y goce. Nos
apremia preguntndonos si estamos aptos para asistir a la cada
de los velos. Critica al arte por demorar su ofrecimiento revelador
y acta acelerado. Muestra con decisin la llegada a las ltimas
recmaras. Es la sombra que persigue al arte; la pornografa. No
hay cmo resolver esa pareja mal planteada. Muchas veces el afn
del censor se detiene adverso ante el cuerpo de la doncella salida
de la imaginacin pictrica de todas las pocas. El erotismo, como
todo pensamiento que nunca encuentra enteramente su objeto,
reclama ser uno ms en el partido del arte. Cuando se siente, con
razn, perseguido por el magistrado antojadizo, exhibe su mejor
argumento Por qu no atacan a la pornografa? Por qu son las
majas desnudas el objeto de la censura, y no la indefinible opcin
del retratista de la physis pornogrfica? Es legtima la queja del
artista prohibido frente a la del autor de cromos realistas del gra-
fismo obsceno, directo. Pero pasa por alto que la pornografa es una
escala de la representacin que se sita por debajo de un horizonte
de comprensin de la mirada jurdica, estatal o aun artstica. La
pornografa es lo no censurable, lo que se pide como argucia de
Intermezzo
exhibicin cruda, cercana a la realidad del anatomista impdico,
del lbrico cultor del nombre final de las cosas, sin desliz, cober-
tura o metfora. Simplemente escatolgico. Ahora bien, en este
escrito, Christian Ferrer se enfrenta a la radical ambigedad de la
cuestin artstica frente al alma de la pornografa. En un ejercicio
de escritura totalmente asistido por el aforismo, el sabor alegrico y
la rara concisin de inesperadas sntesis, Ferrer elabora una moral
literaria para situar el fenmeno pornogrfico ante la razn crtica
del arte. La porno-grafa (es decir, la descripcin pura de lo obsce-
no) lucha en la escritura para volver a ponerse como arte. El difcil
partido que se juega en esta nbil frontera, pertenece al acervo de
la poesa, del ensayo y de las catalogaciones. Se busca la pregunta
por el arte, siguiendo su rastro. No hay muchas formas de hacerlo
que reconstruir en palabras la aparatosidad pornogrfica, que es
el descubrimiento de la imagen absoluta. Buscaba la verdad y se
encontraba en la trmula nitidez de lo falso, absoluto. En lo cate-
grico de un mirar sin sujeto. La lectura de esta original crtica a
la pornografa escrita por Ferrer, permite dar otra sugestiva visin
de todo aquello que la pornografa critica.
102
El rostro de la medusa
Exuberancia y copiosidad del
cuerpo pornogrfico
Por Christian Ferrer
Un conjunto de observaciones, cuidadosa-
mente cultivadas, componen este singular
ensayo. Christian Ferrer se propone pensar
la pornografa como el resultado parad-
jico, tanto de las luchas por la liberacin
sexual, como de los planteos feministas que
nacen en la dcada del 60: la pornografa
como modulacin del cuerpo producido
por el cruce entre las nuevas tecnologas
y la movilizacin de los flujos libidinales
derivados de la revolucin sexual. Un
despliegue energtico cuya condicin es
su funcionalidad con las formas mercan-
tiles que regulan la vida contempornea,
a travs de las tcnicas de gobierno de las
poblaciones, la medicalizacin de la vida y
la modelizacin corporal. Una manipula-
cin, cuya expresin se multiplica a partir
de la proliferacin de los nuevos medios
tcnicos, y que abstrae el cuerpo de sus
condiciones concretas de existencia. As, el
erotismo pierde su condicin deseante para
devenir reproduccin de imgenes mecni-
cas de los cuerpos confiscados de su propia
imaginacin afectiva.
103
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
Intermezzo
Quien remonte el viaje evolutivo rea-
lizado por la especie humana hasta
hoy llegar a las puertas del Paraso.
Para desandar ese camino sera im-
prescindible demorarse en cada uno
de los breves y urgentes acontecimien-
tos con que los antecesores, dueos
de su voluntad o sin quererlo, dieron
gestacin a nuestra existencia. Son los
momentos animales de la vida hu-
mana. El celo, el cortejo, la captura,
el forzamiento, la lucha, la entrega,
el desprendimiento, el grito, la gula
uterina al n satisfecha, el inicio de la
germinacin. Una pizca de lumbre en
la panza. Toda preez remite a una
anterior y as sucesivamente. Hemos
dependido, para existir, de la excita-
cin y el anhelo de parientes desco-
nocidos cuyo linaje comenz con el
primero de todos los ombligos. La su-
pervivencia posterior al nacimiento es
lucha y cada persona persigue triunfos
y trofeos. Pero al mirar hacia el origen
vemos que cada uno de los hombres y
mujeres que durante siglos engendra-
ron vidas anteriores a las nuestras de-
bieron ovillarse, abrazarse a s mismos
en forma de valo, a n de ser expe-
lidos al mundo. As de pequea es la
puerta que fuera forzada nueve meses
antes y que haba garantizado cobijo
y nutricin, al inevitable costo de an-
helar amparo carnal perenne una vez
que se ha puesto un pie, y lanzado un
gemido, en la intemperie.
I
Cabezas de serpiente coronaban, a
modo de cabellera, el rostro de la
Medusa, cuya mirada poda petrifi-
car en seco al hombre necio que se
atreviera a sostenerla, e incluso al ms
valiente. Eso crean los griegos en la
antigedad. Y aunque jams nadie
volvi triunfante de ese duelo desigual
todos los hombres buscan abrirse paso
hacia la imantada guarida de la medu-
sa, velada por la seda o el algodn.
II
Donde la monogamia falla la porno-
grafa prospera, puesto que el contrato
social que ella propone a sus audiencias
es el del harn, no el del hogar. Sin los
medios masivos de comunicacin esa
pulseada hubiera quedado indecisa. As
fue hasta hace algunas dcadas, pero el
maridaje de la revolucin sexual y el
desenfado meditico dio a luz al cuerpo
pornogrfico. Es una cra de la poca.
III
El radio de accin de las polticas
de la vida incumbe a los millones
que nacen, trajinan y sucumben con
cada nuevo da, y a los que se admi-
nistran raciones ponderadas de dolor
y de salud. Por el contrario, hasta su
revelacin pblica, no hace ms de
veinte o treinta aos, la pornografa
era un asunto clandestino, oscu-
ro y pecaminoso. A ella se acceda
no sin dificultad y vergenza. Hoy,
la televisin codificada e Internet
favorecen su diseminacin. Un salto
tecnolgico acoplado a un flujo de
libido largamente contenido, y todo
eso en apenas un cuarto de siglo.
Pero la innovacin tcnica no es la
causa de la ubicua y prolfica pre-
sencia de la imagen pornogrfica.
La causalidad tecnolgica es coadyu-
vante, no originaria, y acta ms
bien en tiempo diferido. Fue, en la
dcada de 1960, el reclamo juvenil
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
Intermezzo
104
del derecho al placer tan slo por
haber sido trados a la Tierra la causa
motora de la posterior exposicin de
la pornografa a la luz pblica. Un
gnero audiovisual cuyo nico fin es
potenciar la lujuria encontr un alia-
do en la permisividad paternalista en
cuestiones de atrevimiento sexual, en
tanto y en cuanto la movilizacin de
las energas afectivas de la poblacin
desemboque en rutinas combinables
con la mercanca. No es tan sor-
prendente, entonces, que el centro
de gravedad de la pornografa sea la
carne femenina para contento y solaz
del punto de vista masculino: resulta
ser un efecto lateral, no querido y no
pensado, de las luchas por la emanci-
pacin social de la mujer del ltimo
medio siglo. Por otra parte, la escena
pornogrfica es el ltimo refugio que
le resta al hombre donde manipular
hembras a gusto y placer.
IV
En numerosas civilizaciones anti-
guas, en especial en la cuenca del
Mediterrneo, se desarroll la cos-
tumbre de la prostitucin sagrada.
Ritualmente, las mujeres ofrecan sus
cuerpos a los hombres de la ciudad en
cierto momento de sus vidas. Era una
ceremonia de paso y existan diosas
especficas que alentaban la entrega
de la mitad de la poblacin a la otra
mitad, segn la coaccin ancestral al
intercambio de mujeres. En la por-
nografa se puede atisbar, an activo,
un resto de aquel paganismo. Las
innumerables situaciones y posiciones
representadas resultan ser fotogramas
evocatorios de aquella entrega ritual,
pero revelados en laboratorios instala-
dos por el orden patriarcal.
V
La invencin del traje de bao de dos
piezas supuso un paso adelante en la
fragmentacin del cuerpo femeni-
no, en su atomizacin. Tambin los
atolones se componen de mltiples
partes separadas, como el as llamado
Bikini, en la Micronesia, que moti-
v el apodo. La pronta extensin de
su uso no fue otra cosa que un acto
tolerable de strip-tease en pblico
luego multiplicado en todas las cos-
tas arenosas del mundo. La censura
perda una batalla, ya previamente
escenificada en burlesques. La pro-
gresiva desnudez femenina principi
hace cien aos poca en la cual se
instalaron mquinas de peep-shows
en las zonas comerciales de la ciu-
dad con los tobillos y el escote, y al
fin se difundi hacia los hombros, la
espalda y el abdomen. En las playas,
un bretel horizontal era ahora el soli-
tario custodio del pudor. Al comien-
zo, no muchas mujeres descartaron
el traje de bao enterizo: hacerlo
implicaba arrancarse ms de un velo.
Pero los tringulos simtricos pronto
fueron aceptados por nuevas cama-
das generacionales cuyas expectativas
exhibicionistas remedaban las poses
de las admiradas estrellas de cine,
que por su parte ya venan propa-
gando la exposicin de zonas de la
piel antes inaccesibles a la inspeccin
visual. Eran chicas de tapa cuyo
destino final era la decoracin de
cuartos de adolescentes o de paredes
de vulcaneras. Quizs el tab mayor
que fue necesario dejar atrs concer-
niera al ombligo, origen del mundo,
cuya hondura anticipa la durmiente
penumbra de la vulva. Es su maqueta
a escala, su antesala tambin, y su
ltima estribacin.
105
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
Intermezzo
VI
Aunque grandilocuente como un bon-
si y monotemtico como un cclope,
el cuerno de la abundancia no da
frutos sino en presencia de su musa
inspiradora.
VII
La ley, la aversin y la vergenza dan
la medida de la desnudez humana,
pero no la de todas sus proporciones.
El arte puede dar cuenta del esplendor
de un cuerpo, pero es raro que no
exponga tambin sus incomodidades
y sus heridas. La imagen pornogrfi-
ca es, en cambio, idlica, atemporal.
En ella el tiempo no deja mancha ni
marchita. Otras visiones provienen de
la resaca abandonada por los sueos,
de lo susurrado en el confesionario
o de lo informado luego de una pri-
mera noche de todas las noches: son
relatos parciales de experiencias reme-
moradas como entre sombras. Slo el
tacto registra los estremecimientos del
pudor, y del impudor, sin los prejui-
cios que acarrea la vista. La precisin
tctil es ciega y torpe, como lo es tam-
bin el homenaje que la pornografa
brinda a la belleza femenina.
VIII
A mitad del siglo XX el erotismo posi-
ble concerna a mujeres un poco sueltas
de cuerpo, de estilo moderno, y en
el rincn opuesto al vulnerador de la
voluntad femenina a fuerza de arsenal
lingstico. El cazador era viril y pro-
tector; la presa, tierna y dadivosa; y el
lenguaje del cortejo amoroso ya estaba
siendo liberado de constreimientos
diplomticos. El aspecto esmirriado
era, por entonces, confesin de enfer-
medad y miseria, de modo que la
silueta femenina resultaba ser ms
pulposa, el ideal de pgina central de
revista para hombres. Pronto llega-
ra la as llamada revolucin sexual,
que dio variados frutos: se potenci
el feminismo, se resucit el discurso
del amor libre de raigambre anar-
quista y se promovi la sinceridad
relacional a rango de ideal en tanto
se execraba la hipocresa matrimonial
de las generaciones anteriores. No
obstante, el espiral se mordi la cola:
la apariencia corporal devino nueva-
mente en mercanca, en seuelo, en
arma de fuego. Mujeres adiestradas
por medio del capital simblico de
que las dot un par de generaciones
de padres comer-
ciantes o profe-
sionales, pero
que ya no pue-
den garantizarles
una posicin
social, una pos-
tura, venden
entonces la apos-
tura de un modo
socialmente aceptable. De all que las
industrias de la carne se dediquen a
compensar las desgracias del cuerpo
imperfecto y que la sexologa haya
devenido en psicoterapia y en aseso-
ra. Disfunciones mayores ya pasan al
campo de la farmacopea. Y as como el
proyecto genoma humano pretende
llegar hasta el ltimo e infinitesimal
tomo de clula del organismo, tam-
bin la pornografa aspira a transpa-
rentar todos los detalles de la piel. En
ambos casos, se oferta una ilusin de
felicidad: el gen de la gordura encon-
trado y reducido, la disfuncin erctil
al fin derrotada.
El arte puede dar cuenta del
esplendor de un cuerpo, pero
es raro que no exponga tam-
bin sus incomodidades y sus
heridas. La imagen porno-
grfica es, en cambio, idlica,
atemporal. En ella, el tiempo
no deja mancha ni marchita.
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
Intermezzo
106
IX
La explotacin del cuerpo de la mu-
jer. La consigna es cierta considerada
en general, pero se vuelve incierta a me-
dida que se extiende y ramica a travs
de las nervaduras grupales hasta dete-
nerse en los casos particulares. Los hilos
que anudan deseo y poltica suelen ser
de distinta extensin, color y grosor, sin
contar las hilachas ocultas. En el gnero
pornogrco el placer es unidireccio-
nal se conjuga en masculino pero es
inevitable que el cristal de las fantasas
erticas personales est facetado, aun a
contrapelo, por el mundo tal cual ha
sido hasta el momento. Por otra par-
te, el desconocimiento del mecanismo
afectivo de la sexualidad femenina es el
antecedente de la mirada masculina en
la degustacin de pornografa. En ese
mundo el hombre es autrquico, como
lo sera un solipsista que fuera elevado
al rango de jefe de la horda.
X
El consumo de pornografa no es
precondicin necesaria de su adop-
Ilustrado por
Juan Rearte
107
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
Intermezzo
cin pblica. En general se responde
a su llamado porque se ha olfateado
su almizcle en el aire de los tiempos.
El gnero emite su furor genital para
todos y para nadie, en forma radial,
y para mesmerizacin de hombres y
mujeres fuera de toda sospecha: el
strip-tease se vuelve numerito obligado
de las reuniones de ex-alumnos de
escuelas secundarias y el baile de cao
sustituye al juego de poner la cola al
chancho en las fiestas de los geritricos
y la confesin de los delitos del pene
y la vagina se trompetea en el horario
central de la programacin televisiva
antes que en confesionarios por hora
y en el tiempo que lleva dejar acha-
roladas la cocina y el saln comedor
las amas de casa ensayan y actualizan
acrobacias e histrionismos de cabaret.
Todo esto es inocuo, apenas un grano
de pimienta arrojado sobre el ajuar de
bodas. El glamour del vicio es recono-
cible, s, pero est inmunizado contra
eventuales intrusiones del mal.
XI
La meca del cine promueve el divis-
mo, en tanto la industria pornogr-
ca lo hace con la categora simtri-
ca de pornostar, y asimismo con la
ms prolca de actriz pornogrca,
a secas, que es similar a la guracin
en el reparto actoral y afn a los n-
meros vivos de los bares de desnudis-
tas, hasta desembocar en un caudal
innumerable de maniques animados
en poses diversas que se corresponden
con los elencos de extras de un lme
o, llegado el caso, con las performan-
ces conyugales atesoradas en formato
de video. Pero son tantos, y tan va-
riados, los cuerpos expuestos que casi
toda mujer podra encontrar a su do-
ble en alguno de los escaques de este
tablado barroco. Que esas mujeres
exuberantes hayan pasado antes por
el quirfano es una verdad que no las
impugna, pues tambin las estrellas
mismas conesan haberse recostado
alguna vez en ese lecho de Procusto. Y
para no decir una palabra de menos,
tambin lo han hecho, por pura voca-
cin, cientos de miles, quizs millones
ya, de congneres femeninas.
XII
No es el dormitorio, en particular
el lecho nupcial, el lugar exclusivo
donde la pornografa anima a sus
fantasmas. Y an cuando el lbrego
stano o el altillo angelical convoquen
figuras erticas a la imaginacin, qui-
zs la mirada del porngrafo cupiese
mejor en el ojo de la cerradura. Espera
la bienvenida.
XIII
La ingesta de pornografa suscita la
evocacin de escenarios personales pre-
vios y significativos, fenmeno que
concierne menos al psiclogo que al
orculo. El teatro de sombras de la
memoria arrastra consigo el eco de lo
dicho y lo escuchado, haya sido gorjeo
o rugido, por cuanto el odo fue, en
aquellas circunstancias, testigo y archi-
vo a la vez. Si la sonoridad fuera esen-
cial a la rememoracin, entonces todo
ruido, por ms leve o breve, habra
sido pertinente: el tintineo de copas,
la risa, el frufr de la ropa, la batahola
de msculos y encastres, el festejo. De
igual manera, en el gnero pornogrfi-
co, incluso el murmullo y la vibracin
y los decibeles de los gemidos canoros
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adquieren personalidad y cuerpo por
s mismos. Pero si se prescinde de la
onda acstica, entonces lo importante
es el ritmo. En un mundo silente, se
privilegia la alternancia tanto como
los intervalos, y tambin los pulsos,
compases y acentuaciones de los movi-
mientos corporales. Es la plenitud de
la pantomima. Y si el paso del tiempo
logra que en la reminiscencia se intensi-
fique la silueta de la llama antes que su
calor ya disipado, en el ahora del acto
pornogrfico la cintica de movimiento
perpetuo se impone por sobre la vocin-
glera al tiempo que los espectadores
son transformados en estatuas de sal.
XIV
Los ya anacrnicos desnudos en blan-
co y negro eran las figuritas difciles
de la educacin sexual de los varones
de otros tiempos, previa a su desflora-
miento. Bastaba
la visin de una
sola fotografa
y un castillo de
naipes de consis-
tencia opicea se
desplegaba en la
imaginacin del
adolescente, y
en la del adulto
tambin. Eran el
brete ssamo, la postal del paraso al
fin lmpida y correctamente enfocada.
La subsiguiente leccin de anatoma
quedaba a cargo de prostitutas: eran
santas profanas. Pero la direccin ins-
tructiva de la pornografa actual se
orienta menos hacia la imagen demo-
naca de la temporada en el infierno
que hacia el catlogo ordenado de pla-
ceres, al menos los de inters masculi-
no. La exposicin de la piel es asumida
ya no por mujeres de la calle sino por
las novias posibles de todo hombre que
proyecte fundar un hogar modelo.
XV
Cien aos atrs, muy pocos, fuera del
esposo, tenan acceso legtimo al ms
angosto de todos los abismos. Slo
mdicos, parteras y clientes de burdel.
Pero la restriccin de la vista se acompa-
aba de la inevitable compulsin a ver.
As tambin Orfeo quiso contemplar el
rostro amado de Eurdice antes de ser
ella reenviada al otro mundo. Courbet
se adelant en mucho a su tiempo
cuando pint El origen del mundo, la
imagen detallada del secreto femenino
en primer plano, y quizs con ello dio
fin a una de las bsquedas de la pintura.
En el siglo XIX, su exposicin pblica
hubiera hecho evidente el punto de
apoyo de los traumas burgueses. Pero
hoy las volutas del pubis son accesibles:
el cine pornogrfico las volvi su sello
de calidad pero ya antes haban sido
mostradas, y para todo pblico, en
ocasin de la primera transmisin tele-
visiva en vivo de un alumbramiento,
all por la dcada de 1970, y tambin
se ha recurrido a ellas aunque parezca
imposible en carteles publicitarios.
Del mismo modo, el hbito ya habi-
tual de documentar el nacimiento de
un hijo en la sala de partos del hospital
encuentra su inmediata genealoga en
el plano-detalle con que comienzan, y
acaban, las pelculas pornogrficas.
XVI
La costumbre de muchas parejas de
filmarse a s mismas en posiciones
comprometidas no supone solamente
La cuestin del pudor, en un
caso y en el otro, nunca dej
de estar en la mira de los
espectadores, y en la de los
censores, y por lo tanto la his-
toria del cinematgrafo resul-
ta ser un registro documental
y en tiempo real de la progre-
siva desnudez femenina.
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un ejercicio de narcisismo obsceno
permitido y fomentado por los modos
tecnolgicos actuales de la cosecha y
el acopio de imgenes. Ni souvenir
ni registro ni eventual afrodisaco: es
el influjo de la pornografa sobre los
camaradas de alcoba que activa en ellos
la voluntad de mimesis. Pretenden ser,
para la cmara impvida, la pareja
sustituta de una actuacin original fil-
mada en escenarios de cartn piedra.
Hacen, por vocacin, lo que los otros
proceden a hacer en forma profesio-
nal: son su parodia incompetente.
XVII
El despliegue de la industria porno-
grfica est remedando, a escala, el
nacimiento y auge del sptimo arte
en las antiguas barracas de madera de
Hollywood. La cuestin del pudor,
en un caso y en el otro, nunca dej de
estar en la mira de los espectadores, y
en la de los censores, y por lo tanto
la historia del cinematgrafo resul-
ta ser un registro documental y en
tiempo real de la progresiva desnudez
femenina. El strip-tease se elev del
local de mala fama al palacio de cine,
y aunque pasaran dcadas antes de
que a esa danza de los siete velos se
le permitiera desvestir legtimamente
el origen del mundo, las actrices
siempre estuvieron destinadas a ser
desnudistas. En la poca heroica
de los grandes estudios los elencos
femeninos eran reclutados a la salida
del teatro, el vaudeville y el cabaret,
sin excluir al circo. Inmediatamente
llegaran las aspirantes, muchas de
ellas en fuga del tedio de pueblo
chico, y no pocas pagaron el acceso a
los escenarios de filmacin con libras
de carne. De igual manera, la indus-
tria pornogrfica recoge mujeres en
discotecas, en bares del camino o
en producciones flmicas caseras de
nulo presupuesto y nimo de farsa.
Algunas vienen huyendo de una vida
de miseria, otras tantas de la trata de
blancas, no faltan las que se ilusionan
con hallar el vellocino de oro, e inclu-
so ms de una visita ese infierno a
modo de plataforma estratgica apta
para trascender hacia escenarios ms
honorables o bien hacia un matrimo-
nio conveniente y de buen tono. Es
inevitable que el sistema de estrellato
de esta industria, parodia del star
system de Hollywood, sumada a su
creciente aceptacin pblica, termine
por atraer a princesas de los subur-
bios, a exhibicionistas vocacionales, y
a novias y esposas osadas. Esta exhibi-
cin de carne faenada no es deseme-
jante a la mostrada en los concursos
de belleza nacionales e internaciona-
les, en los cuales participan mujeres
producidas en gimnasios, en clni-
cas dietticas y en quirfanos.
XVIII
La pornografa deja correr el lenguaje
de la intimidad, que hasta el momen-
to haba sido traducido para el gran
pblico por la literatura sicalptica o
de soltero, el folletn sensualista,
la retrica festiva del teatro de revista
o por telenovelas y pelculas apenas
subidas de tono. Ese idioma estaba
interdicto en pblico porque emana-
ba no tanto del fuelle labial como de
vsceras crepitantes. As sucede cuan-
do las cuerdas vocales son pellizcadas
durante su mxima tensin. Es pro-
bable que Adn y Eva se trataran con
cortesa parecida en un tiempo per-
fecto e irrecuperable: si esas palabras
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briosas no fueron proferidas espon-
tneamente, entonces esos primeros
enamorados debieron aprenderlas de
los nicos seres que los observaban y
acompaaban sin juzgarlos, los ani-
males, sus semejantes.
XIX
La boca sonriente es omnipresente
en la pornografa, como si fuera el
pozo sin fondo de una mujer fatal
o bien la invitacin a un mundo
idlico en el cual la felicidad es una
obligacin compartida. Los labios
eluden el bostezo tanto como sobre-
pasan la sonrisa, que de por s ya es
un ndice de aceptacin. Una vez
tragado el pudor, el grado de abertu-
ra bucal desplaza a los dems rasgos
faciales y se transforma en centro de
gravedad, se dira en ombligo del
cuerpo. El lenguaje, ladeado hacia el
secreteo, el ronroneo o el balbuceo,
da rienda suelta a las zonas trridas
del diccionario. Un babel de lenguas
que progresan al
ritmo del embate
o al de la liba-
cin, por cuanto
el habla ntima
no tiene porqu
corresponderse
con un lenguaje
cvico. La incitacin riente ha sido
entrenada por la falsa sonrisa de la
publicidad, de la animacin televisi-
va, de la atencin al pblico y de
la comedia de la seduccin; y todas
imitan la mueca de la mueca infla-
ble. De all que la actriz pornogrfica
entone una vez ms la vieja cancin
de las sirenas que antecede a todo
naufragio: en la garganta del diablo
se eclipsan todos los hombres.
XX
La soledad, a toda edad, se desvive por
compaa. Pero la virgen a la que re-
zan los solitarios es una diosa hind de
ocho brazos.
XXI
Muchos son los tonos con que puede
ser dicho un nombre de mujer y tam-
bin muchas las acentuaciones que
pueden acompaarlo y asimismo
numerosos los arrastres y dejos de la
diccin que enfatizan o trastocan los
sentidos de un nombrar, e incluso no
escasean apcopes y sobrenombres que
no dejan impoluto al capricho del len-
guaje que desde siempre es el portavoz
de s mismo. Adems, la aceleracin y
desaceleracin en el decir sus nombres
necesariamente modifican la actitud
y el resuello, y al fin hasta las tonadas
regionales cuentan. Pero as como los
nombres nos hacen evocar a personas,
tambin lo hacen con las circunstancias
sensoriales que nos engarzaron a ellas.
La pornografa, que habla en todas las
lenguas, permite la exploracin acstica
de voces que se resisten a ser proferidas
del todo. En otras pocas eso era tarea
de la glosomancia.
XXII
Presentadas en sociedad, las actrices
pornogrficas carecen, sin embargo, de
nombre. Tambin annimas son las
mujeres desconocidas que nos resultan
inmediatamente adorables o deseables,
sin que sepamos cmo llamarlas. Dada
la opcin a un nombre de fantasa,
la X, simtrica como un mandala y
llamativa como un cartel que advirtiera
La repugnancia queda con-
cernida, pero tambin el
incesante anhelo de placer,
que siempre parece introdu-
cirse en la quietud corporal a
la manera de los intrusos.
111
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la cercana de un tab, es la letra del
alfabeto que mejor se adecua al gnero.
Equis de xenn, un elemento que exis-
te en el aire en muy escasa proporcin.
Las mujeres-espa disponen de doble y
hasta de triple documento de identifi-
cacin; las mujeres de la calle optan
por un alias que disfraza el santo y sea
de origen; al fin, en la pornografa, se
eligen sobrenombres que se vuelven, a
veces, marcas registradas an cuando
por lo general sean el chador de la iden-
tidad. En verdad, muchos de los apo-
dos a que recurren las mujeres develan
un doble fondo un bajo fondo y no
son pocas las que resguardan un seud-
nimo cuidadosamente ocultado a los
vnculos cercanos. Muy probablemente
un nombre de guerra, puesto que la
carne masculina es, en las pelculas por-
nogrficas, un objeto a destruir.
XXIII
Es la joven inocente o la mujer de
mundo o la cautiva o la ninfmana,
son los ogros de los cuentos de infan-
cia, es la esclava del amor de las leyen-
das orientales, son los adoradores de la
diosa de la fertilidad, es la sirena aislada
en medio de la tripulacin, son cefal-
podos desplazndose en desorden, es la
soldadera de todas las guerras, son pira-
tas de un solo ojo, es la novia mancilla-
da por sus pretendientes, son suicidas
en potencia, es una guillotina de hojas
labiales, son un tropel, es una estatua
mvil, son juguetes de madera que
mienten por su genital, es la chica de
sus sueos descompuesta en esquirlas
afrodisacas que les incendian el nimo
y la sangre, son monarcas derrocados
luego de agitarse como entre pesadillas.
Los seres de este mundo parecen haber
escapado de una saturnal o de un pan-
demonio, o ms bien del ruedo donde
la bestia y su matador ponen nueva-
mente en accin a la vieja teora de la
lucha de los sexos, esta vez en versin
simptica y con final empatado.
XXIV
La repugnancia queda concernida,
pero tambin el incesante anhelo de
placer, que siempre parece introducir-
se en la quietud corporal a la manera
de los intrusos. Algunos confirman
su rechazo hacia los poderes del sexo
y otros dejan crecer la curiosidad por
la parte de animalidad del cuerpo
humano. En ambos casos, se teme o
se ansa la revelacin del doblez repri-
mido de cada poca. Es por eso que su
proliferacin actual no es consecuencia
nica de los avances en la libertad de
expresin sino tambin de la voluntad
general de echar un vistazo al harn de
Lucifer. Quizs los eclesisticos que la
acusan de promover el libertinaje y los
bienintencionados que le atribuyen el
rol de clase de anatoma para adoles-
centes estn ms cerca de la verdad. Y
por cierto, el cuarteamiento del cuer-
po en rganos removibles e injertables
como resultado de los adelantos en la
tcnica del transplante de rganos o
de la ciruga esttica se corresponde
con la fragmentacin cinematogrfica
de la piel en zonas significativas. Ya
en los procesos laborales modernos el
cuerpo haba sido descompuesto en
unidades tiles.
XXV
Las pelculas pornogrficas son siempre
segundas partes. Y son, a fin de cuen-
tas, estticas en su incesante ajetreo. Se
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112
parecen a las naturalezas muertas que
cuelgan de las paredes de los museos,
slo que los genitales y los adminculos
erticos sustituyen a las frutas y al vino
embotellado, y la pantalla de televisin
o de computadora a las salas de expo-
sicin, donde tambin suelen exhibirse
desnudos. Lo que en un lado se
degusta lentamente, a la manera de los
connaisseurs, en el otro se deglute en
tiempo de fast-forward, como si ste
fuera un mtodo amateur de lectura
veloz para fotogramas.
XXVI
Es, sin tapujos, la exposicin de la
piel y los genitales, aun cuando nada
lmpido se extraiga de la imagen
en el espejo salvo su deformacin.
Eso no remite al grotesco ni a la
representacin de la lujuria, sino al
garabato o a la pintura inconclusa,
incapaces ambos de capturar todas
las dimensiones posibles del cuerpo,
comenzando por el asombro ante
la entrega y siguiendo por el reco-
nocimiento estremecido de la carne
efmera. Prima la comedia sobre el
idilio, la audicin sobre el carnaval,
la farsa sobre el juego y el baile de
disfraces sobre la noche de bodas
perenne. Consumado el desvestido, la
desnudez no decepciona pero obnu-
bila, como si una obstinada hoja de
parra brotara incesantemente sobre
el prpado oval repetido de mujer a
mujer. El desnudo, en la escultura,
nos despierta el anhelo de caricia y
de consuelo, en tanto la pornografa
incentiva, en sus audiencias, instin-
tos venatorios y afn de manoseo y
manipulacin. Pero los ojos no son
rganos del tacto, sino de la admira-
cin y del espanto.
XXVII
Lo diurno y lo nocturno condicio-
nan la visin de rostros y cuerpos.
La piel, sometida a la penumbra o al
encandilamiento, queda en estado de
empaamiento. Slo atisbos y planos
nicos cegadores. Foco dirigido, cla-
ro de luna o luz de trasnoche: la ima-
gen se vuelve negativo fotogrco, o
bien dobladillo. Los ambientes se di-
fuminan hasta la alucinacin, hasta
devenir hologramas, en cuyo centro
los rasgos faciales y los frutos de la
pasin, tanto cncavos como con-
vexos, refulgen como apariciones,
o como metamorfosis. Las variacio-
nes en la iluminacin dejan entrever
mscaras distintas: con luz atenuada
son fantasmales; con la luz a pleno,
semblantes de rehn o halos de re-
cin confesada. Al enmascaramiento
lumnico se superpone la mascarada,
puesto que no hay pornografa sin
disfraz y sin cosmtica. El afeite es
requisito del ocio: el rouge, el ru-
bor y la pasta oscura encubren a la
vez que conceden brillo, espesor y
carcter al rostro femenino, prisma
donde la vista ja acaba descompo-
nindose en delirio ocular. Realzada,
ms bien enjaezada, la cara se eleva
al estatuto de icono. El arte de ma-
quillar, aprendido en la niez o en la
adolescencia mediante la atenta ob-
servacin de los rituales de la madre
o de otras mujeres experimentadas
acumula el anhelo y el ansia de cien-
tos y cientos de antepasados femeni-
nos de todos los tiempos, y as hasta
llegar a la mujer primognita en el
Paraso y al sencillo follaje que di-
simulaba su ardor, y que en aquella
poca feliz y pretrita resultaba ser
frontera de la honestidad y zagun
de la tentacin.
113
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LA BIBLIOTECA
Intermezzo
XXVIII
No es improbable que incluso las
obscenidades mayores de esta poca
sean vistas en el futuro como porno-
grafa cndida, tal como nosotros lo
hacemos con las viejas fotografas de
inicios del siglo XX que mostraban
mujeres rellenitas y con boquita
tipo corazn, y que ya no abarrotan
las bateas de los porno-shops sino las de
los anticuarios. As tambin Babilonia
rememoraba a Sodoma y Gomorra
tanto como al Jardn del Edn, cuyo
paradero sigue siendo desconocido
hasta el da de hoy.
XXIX
El rostro iluminado de Cristo, las fac-
ciones resplandecientes de la estrella
de cine, los rasgos faciales femeninos
enfatizados por el maquillaje, los ges-
tos de buena voluntad emitidos por
las actrices pornogrficas: santidad,
divismo, simulacin y entrega. Mara
Magdalena, Afrodita, Cupido y Eros
los alumbran, no menos que a la son-
risa de la madre reciente.
XXX
Luego de muchos aos y aos y aos
apenas queda en pie una parva de
huesos. La emocin a flor de piel, el
corazn abierto en canal, la sangre a
punto de hervir la luz, el amor, la
desesperacin ya se han desvanecido
de toda memoria. Por ms que la cala-
vera gima y balbucee, no hay recipro-
cidad posible. Por dos veces la carne
y el alma abandonaron el cuerpo del
hombre, unidas en el soplo de semen
enamorado arrojado al horno de fuego
y en un breve chisporroteo de fsforo
seo reluciendo para nadie en algn
cementerio. Al primer abandono se le
dice encarnarse en entraa de mujer;
al ltimo, fuego fatuo. As dan la
bienvenida la especie y la eternidad.
Una y otra vez descubrimos
en nuestro lenguaje la tcnica. No slo porque empleamos esa
palabra continuamente, con distintos pesos y consecuencias, sino
porque el propio lenguaje, y en un extremo, el propio cuerpo, fue
afectado por la ansiedad filosfica de vrselo tambin como una
tecnologa. La ancestral teckn fue as recorriendo el impe-
tuoso rumbo por el cual se aloja con una gravitacin especial
en nuestra vida, adosada a nuestras formas de habla como una
estaca imprescindible y provocativa. Cada vez que pronuncia-
mos sentimos que jugamos nuestra entrega o nuestra eximicin
ante una poderosa fuerza que ni podemos abandonar ni debemos
resignarnos a que no sea pensada. Apreciaciones tiles aunque
superficiales repartieron el inters del tema entre los amigos de la
tecnologa y los que la resistan con un mohn humanista. Pero
lo propiamente humano es siempre demasiado humano por la
gravidez con que aparece ante la ltima frontera de la experien-
cia. Las tecnologas son experiencia comprimida, metaforizada,
cristalizada. El cristal de la experiencia es la tcnica. Ella inter-
viene frente al tiempo, al espacio y la sensibilidad como un ser
ahorrativo y compacto. Ahorra movimientos, suprime antiguas
percepciones frente al objeto y suspende enigmas filosficos con la
confianza de un conocimiento que por fin se realiza en su trans-
parencia absoluta. Frente a la reorganizacin del conocimiento
La tcnica como
dilema filosfico
humano por el peso de la tcnica, se pudo hablar de tecnologas
de la informacin en el sentido de una premisa civilizatoria o
de tecnologas del yo en el sentido de un cuidado profundo que
define una servidumbre o un acceso a la autorreflexin. Pero una
sutil percepcin ya imposible de separar del sentido profundo de
la poca, indica que son ciertos los pronsticos que le otorgan a
la mquina a la cosa, a la mercanca, al cmputo abstracto
de gestos cuyo nacimiento emprico se diluye en las tinieblas del
tiempo la facultad de reponer una antropologa completa de
la existencia. El viejo humanismo vacila en aceptarlo y desea
reponer un perdido equilibrio renacentista. La crtica a la racio-
nalidad instrumental que redescubri el siglo XX fue el ltimo
canto de ese humanismo que quiso devolver la razn a sus fuen-
tes vitales y experienciales. El tema no puede quedar sometido a
esquematismos ni abjuraciones. Ninguna energa sorprendente y
nueva surge en vano. Pero los viejos ideales que desean apartar
de lo humano las fuentes de la alienacin, tampoco han perdido
vigencia. La filosofa no es ajena a estas disyuntivas, sino que
es el alma de las nuevas interrogaciones, no porque le guste la
novedad, sino porque es lo nico que puede torcer el triste desti-
no de una civilizacin que ya no pueda pensar las obras, con lo
maravillosas que sean, que ha forjado su imaginacin tcnica.
Los artculos de esta seccin de la revista as lo hacen pensar.
116
La tcnica y el tiempo
Progreso, aceleracin, intensificacin
Por Flavia Costa
La nocin de tiempo compartida por la
modernidad portaba la ilusin de que las
sociedades desplegaran sus potencias racio-
nales y tcnicas en pos de una creacin ince-
sante, capaz de arrasar conflictos y proble-
mas. La invencin tecnolgica contempor-
nea abre una nueva situacin, tanto respecto
de aquella ilusin como del estado mayori-
tario de sus crticas. Flavia Costa recorre
los pensamientos sobre aquello que abre la
poca, no necesariamente pensado al calor
de los acontecimientos, sino esas imgenes
que el pasado arroja como iluminaciones
para el presente. As, Weber y Arendt pue-
den ser ledos en esta interrogacin sobre
el destino de lo humano en momentos de
esplendor del sistema tcnico. El ensayo,
que trata sobre la existencia de un tiempo
de lo humano, preserva la compleja apues-
ta de sostener una nocin a la altura de la
historia pensada en su indeterminacin,
eludiendo nostalgias y festejos.
117
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La tcnica como dilema filosfico
La reflexin acerca de la percepcin
del tiempo en la llamada era de la
tcnica (que es tambin, en buena
medida, la era de la comunicacin)
es rica en interpretaciones, muchas
veces contrastantes y, por momentos,
aparentemente contradictorias.
A lo largo del siglo XX, la tcnica y la
comunicacin contemporneas han sido
vistas como concretizaciones materiales
de un modo de ser y aprehender el
mundo que, desde sus primeras mani-
festaciones en la modernidad clsica,
ha pretendido realizar una expansin
autocreativa progresiva e incesante de
la humanidad, con el horizonte de un
futuro in-finito e in-finalizable. La tarea
del hombre se ha vivenciado como
despliegue de una potencia apropiadora
de lo existente como recurso a explotar
y como campo de experimentacin.
En el interior de esta perspectiva, las
diferencias entre culturas se han ledo
como diferencias temporales, como si
las culturas no occidentales habitaran
en estadios previos que deberan supe-
rar hasta alcanzar el estadio ms alto,
representado por el Occidente indus-
trializado. En este sentido, la dimensin
del futuro aparece como la privilegiada,
en la medida en que el pasado es un
ya no en el mejor de los casos, una
memoria de la especie o de la cultura
que se percibe como causa o condicin
de posibilidad de la situacin actual,
cuya significacin est ya agotada, aca-
bada, resuelta en la condicin presente;
y en el peor, como resto, residuo, super-
vivencia que habra que abandonar lo
antes posible y la condicin presente
es en cada momento un no todava,
un estado a perfeccionar, que requiere
ajustes y correcciones permanentes.
Entre las perspectivas crticas de este
relato del progreso, se ha observado sin
embargo en este mismo modo de ser la
manifestacin de una voluntad de cap-
turar o neutralizar el futuro; es decir:
una voluntad que se despliega, no a tra-
vs de una apertura, sino de un cierre, a
travs de una proyeccin-programacin
que busca circunscribir lo que advendr
(sus dosis de azar, de indeterminacin)
a una idea o diseo previo (diseo que,
por ejemplo, si atendemos a la matriz
eugensica que subyace al proyecto de
las bio-tecnologas, es un programa
de mejoramien-
to de la especie
sobre las bases del
modelo occiden-
tal). La dimensin
dominante aqu
es la del pasado:
el presente que
habitamos es el
resultado de una
serie de decisiones
que por su alcan-
ce (por su impor-
tancia cuanti-
cualitativa, por
su desarrollo
industrial, por su
penetracin en cada una de las esferas
de la existencia) nos parecen extre-
madamente difciles de alterar, en la
medida en que, o bien desconocemos
su funcionamiento,
1
o bien nos han
sido legados manuales de instrucciones
suficientemente detallados y restricti-
vos que nos limitamos a aplicar en esca-
la planetaria (en general, ambas cosas a
la vez). Las creencias acerca de que el
futuro ya lleg o que nos encontramos
ante el fin de la historia apuntan
a subrayar en este sentido, no tanto
(o no slo) la capacidad del presente
omnvoro para opacar las persistencias
del pasado y las sorpresas que pueda
deparar el futuro, menos an la poten-
cia de un futuro que se abalanza sobre
La tarea del hombre se ha
vivenciado como despliegue
de una potencia apropiadora
de lo existente como recurso
a explotar y como campo de
experimentacin. En el interior
de esta perspectiva, las diferen-
cias entre culturas se han ledo
como diferencias temporales,
como si las culturas no occi-
dentales habitaran en estadios
previos que deberan supe-
rar hasta alcanzar el estadio
ms alto, representado por el
Occidente industrializado.
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La tcnica como dilema filosfico
118
el presente, sino sobre todo las dificul-
tades del presente y del futuro para vr-
selas con un pasado que ha dejado de
constituirse como legado a considerar
2
y en cambio se nos revela como destino
ya ordenado que simplemente aplica-
mos; como deca Bergson, se siente
que se elige y se quiere, pero se elige
algo impuesto y se quiere algo inevita-
ble. No se trata aqu, no obstante, del
anacronismo forzoso y sistemtico de la
memoria (que captura lo real presente
como un pasado, en la medida en que
cuando algo se hace real, se refleja en
la memoria hacia atrs como potencial,
como habiendo sido desde siempre posi-
ble, y por lo tanto hace que el hecho
actual pertenezca al pasado en cuanto
a la forma y al presente en cuanto a la
materia),
3
ni tampoco necesariamente
de falso recono-
cimiento (el ana-
cronismo contra-
rio, que bloquea
la dimensin de
lo virtual o poten-
cial, en lugar de
potenciarla, en
la medida en
que la desplaza
y la superpone
a lo real como
ya habiendo sido
actual, como en
el caso del dj
vu).
4
Se tratara,
ms bien, de un
programa de
falso reconocimiento, que se propone
tcnicamente hacer del presente y del
futuro el cumplimiento de un (plan)
pasado inescapable.
Por ltimo, las tecnologas que han posi-
bilitado la transmisin de informacin
en tiempo real (la toma directa de los
medios audiovisuales, pero tambin la
conexin instantnea de las redes infor-
mticas, que es la condicin tecnolgica
de posibilidad de los mercados financie-
ros y de las transformaciones del proceso
de produccin en la etapa posfordista:
just-in-time, tercerizacin, stock cero)
llevaron a diversos autores a considerar
que la experiencia contempornea del
tiempo es la de un continuum, un
presente permanente, un tiempo sin
relacin con el tiempo histrico que
aplana las dimensiones del pasado y
el futuro. Este presente continuo est
plagado de historias y noticias, profecas
y pronsticos, pletrico de aconteci-
mientos anunciados o referidos, pero la
experiencia del tiempo es la de un ago-
tamiento por aceleracin: un falso-da
inacabable que, al anular las trayectorias
gracias a la transmisin de informacin
a la velocidad de la luz, pone en suspen-
so el tiempo eliminando distancias, vol-
viendo instantneos los desplazamientos
y provocando fuertes descontextualiza-
ciones. Esta primaca del tiempo real
por sobre el espacio real divide el
mundo entre una zona ultraveloz, donde
todo llega sin espera, donde la inme-
diatez y lo simultneo parecen diluir las
distancias, y otra zona lenta, pobre, en
la que se vive en un tiempo diferido,
entre promesas y postergaciones que no
responden a vnculos causales, a cadenas
de causas y efectos, sino que la esperanza
reside en la conexin, el enganche,
la posibilidad de pegar una.
Proyeccin hacia un futuro in-finito
e in-finalizable; tirana del pasa-
do concebido y percibido como pro-
grama; experiencia de un presente
continuo y permanente. La idea es
plantear aqu algunas observaciones
acerca de estas tres interpretaciones
sobre el modo de concebir y habi-
tar la dimensin del tiempo en la
modernidad tecnolgica.
Esta primaca del tiempo
real por sobre el espacio
real divide el mundo entre
una zona ultraveloz, donde
todo llega sin espera, donde
la inmediatez y lo simultneo
parecen diluir las distancias,
y otra zona lenta, pobre, en
la que se vive en un tiempo
diferido, entre promesas y pos-
tergaciones que no responden
a vnculos causales, a cade-
nas de causas y efectos, sino
que la esperanza reside en la
conexin, el enganche, la
posibilidad de pegar una.
119
N 6 | Primavera 2007
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La tcnica como dilema filosfico
La tcnica como entrada en el tiempo
Subyacen a este trabajo tres ideas que
no desarrollar, pero creo importante
referir. La primera es la tesis que, sobre
la base de la antropologa de Leroi-
Gourhan, desarrolla Bernard Stiegler
en El tiempo y la tcnica
5
, segn la cual
lo propiamente humano es la tcnica
como cuestin o dimensin del tiempo.
La tcnica es comprendida por l como
un proceso de exteriorizacin donde
se fijan gestos, prcticas, pensamientos
en la materia orgnica e inorgnica,
donde la vida contina por medios
diferentes de la vida (la vida organiza
lo inorgnico y de esa manera se orga-
niza a s misma; los programas tcnico-
culturales se superponen a, y toman
el relevo de, los programas genticos;
o tambin, el programa tcnico recu-
bre el programa natural o cosmolgico).
Los objetos tcnicos entre los que se
incluyen, como contaba el Prometeo de
Esquilo, el nmero y el gramma son
concretizaciones de gestos que articulan
la vida con lo no vivo, donde la tc-
nica se revela como naturaleza (phsis)
diferida y diferente. La invencin del
hombre afirma Stiegler es la tcnica,
como objeto y como sujeto: la tcnica
inventando al hombre y el hombre
inventado a la tcnica. Ahora bien,
este mutuo origen de la tcnica y del
hombre coincide con la cada en el
tiempo; es la entrada en la anticipacin
y la reflexividad, proceso simultneo de
exteriorizacin e interiorizacin en el
que el hombre, exteriorizndose tecnol-
gicamente, es inventado en tanto interior
por ese mismo movimiento. Lo que
dice Stiegler es que interior (hombre) y
exterior (tcnica-mundo) se constituyen
en el acto que inventa al uno y al otro
a la vez, se inventan el uno en el otro, y
sin embargo, esa doble constitucin se
presenta como oposicin y se vive como
sucesin, como tiempo. Su tesis, al
fin, es que esa ilusin de sucesin est
arraigada en la melancola prometeica,
es decir, en la anticipacin de la muerte,
donde la facticidad del ya-ah que es el
utillaje significa el fin para quien viene
al mundo. Sintticamente: si la tcnica
(toda tcnica) es hominizacin y entrada
en el tiempo, lo
que intentaremos
formular aqu es
la pregunta por
ciertos rasgos de
la temporalidad
propia de la tc-
nica moderna y
posmoderna
6
,
incluido el modo
en que sta est
siendo procesada
por y articulada
con las culturas y
sociedades.
La segunda idea
es la suposicin
de que todo intento de totalizar (uni-
versalizar) la experiencia contempor-
nea del tiempo conducir a tensiones
irreductibles, en la medida en que la
modernidad tecnolgica es, ella misma,
un experimento en curso acerca de entre
otras cosas la cuestin del tiempo.
Desde el punto de vista de la tradicin
de Occidente, un intento de proyectar
y realizar horizontalmente, sobre la
lnea del tiempo histrico, la relacin
vertical (salvfica) entre los espacios
del Cielo y de la Tierra, entre las dos
dimensiones de la trascendencia y la
inmanencia (la tesis de la modernidad
como secularizacin-temporalizacin,
en la lnea de Marramao). Un intento
de conquistar la dimensin del tiempo
una vez alcanzada la conquista del espa-
cio terrestre (la tesis de la modernidad
La invencin del hombre afir-
ma Stiegler es la tcnica, como
objeto y como sujeto: la tcni-
ca inventando al hombre y el
hombre inventado a la tcnica.
Ahora bien, este mutuo origen
de la tcnica y del hombre coin-
cide con la cada en el tiempo;
es la entrada en la anticipacin
y la reflexividad, proceso simul-
tneo de exteriorizacin e inte-
riorizacin en el que el hombre,
exteriorizndose tecnolgicamen-
te, es inventado en tanto interior
por ese mismo movimiento.
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La tcnica como dilema filosfico
120
tecnolgica como proceso de mun-
dializacin explotacin, expansin y
conquista del espacio exterior, mapeo,
medicalizacin y rediseo de los indi-
viduos y las poblaciones explotacin,
expansin y conquista del espacio inte-
rior y aceleracin o desaceleracin
de procesos explotacin, expansin y
conquista del tiempo). Y sobre todo,
porque ese intento de unificacin repe-
tira la pretensin fallida, pero no por
eso abandonada de cierto pensamien-
to acerca de las cuestiones humanas
que busca un principio unificador para
experiencias siempre diferentes (aun-
que no por eso sin relacin entre s);
pensamiento que, ante el hecho moral
de la unidad (igualdad) de la humani-
dad, cree necesario encontrar hechos
biolgicos que lo confirmen y/o princi-
pios unificadores que den cuenta de la
historia del desarrollo de lo mismo.
7
La tercera es una idea, por ahora
provisoria, segn la cual la moderni-
dad tecnolgica provoca, en relacin
estrecha aunque no excluyente con las
desigualdades que promueven tanto
el sistema internacional de Estados en
competencia como la tendencia tcni-
ca en convergencia con el mercado de
la informacin, y en el marco de las
dificultades crecientes para una sn-
tesis entre sistema tcnico y sistemas
socioculturales, una doble crisis por
debilitamiento y por hipertrofia de la
dimensin histrico-temporal.
Progreso, secularizacin y el fin del
fin de los tiempos
Bien miradas, las tres experiencias
del tiempo recin mencionadas no se
excluyen entre s, sino que son solida-
rias. En principio, una de ellas pare-
ciera haber sido dominante desde los
inicios de la modernidad y persisti
bastante ms all: la nocin de pro-
greso, es decir de un futuro que ya no
se corresponde con el tan esperado
como postergado fin del mundo,
que haba sancionado un tiempo est-
tico que se viva y se poda conocer
como tradicin y predecir como pro-
feca. El progreso, en cambio, consagra
un tiempo que viene hacia nosotros en
movimiento acelerado y cuyo carcter
es esencialmente desconocido.
Ya Weber, en La ciencia como profe-
sin, reconoca en esta experiencia del
progreso el eje de un cisma epocal,
que segn l haba sido magistral-
mente planteado en la obra de Leon
Tolstoi. Para Weber, todas las preocu-
paciones de la obra del escritor ruso
giran en torno de la pregunta de si
la muerte es un fenmeno que tiene o
no sentido. Y la respuesta de Tolstoi
es que para el hombre civilizado no
lo tiene. Y por cierto que no dice
Weber, pues...
la vida civilizada del individuo, inmer-
sa en el progreso, en lo infinito, segn
su propio significado inmanente, no
debera tener fin. En efecto, existe siem-
pre un progreso ulterior para quien est
dentro de l: nadie que muere alcanza
las alturas que se encuentran en el infi-
nito. Abraham, al igual que cualquier
campesino de la antigedad, muri
viejo y colmado por la vida, dado que
se encontraba en el crculo orgnico de la
existencia; porque conforme a su sentido
inherente, al final de sus das haba
ya recibido cuanto sta poda ofrecer,
y no le quedaba ningn enigma que
quisiera resolver; as, poda considerarse
satisfecho. Pero al hombre civilizado,
inmerso en un mundo que se enriquece
continuamente con saberes, diferentes
ideas y nuevos problemas, puede llegar a
121
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La tcnica como dilema filosfico
estar cansado de la vida, pero nunca
colmado por ella. En efecto, de lo que
la vida del espritu produce de nuevo
puede tomar slo una mnima parte, y
siempre algo pasajero, no definitivo. Por
esta razn la muerte resulta para l un
hecho sin sentido. Y puesto que la muer-
te carece de sentido, tampoco lo tiene la
vida civilizada como tal.
8
En Futuro pasado,
9
Reinhart Koselleck
sita los orgenes de esta transforma-
cin en la confluencia de varios factores
histricos: por un lado, en 1648, la paz
de Westfalia dej claro que las san-
grientas guerras de religin no haban
iniciado el juicio final, sino que ms
bien haban separado la historia sagra-
da de las historias humana y natural,
dejando a los Estados europeos la cus-
todia de la paz. Desde ese momento,
la paz y la unidad de religin no son la
misma cosa; y el fin del mundo es un
dato que concierne ms a los astrno-
mos y matemticos que a la Iglesia o al
Sacro Imperio Romano. Este proceso
estaba preparado haca mucho, afirma
Koselleck: ya antes del siglo XV haba
comenzado a aplazarse el esperado fin
del mundo (Nicols de Cusa lo cal-
cul para comienzos del siglo XVIII,
Melanchton, el discpulo de Lutero,
para el ao 2000 despus de Cristo); el
resurgimiento de la astrologa contribu-
y tambin a esta postergacin, ya que
los clculos desplazaron las esperanzas
escatolgicas hacia un futuro cada vez
ms lejano y si nos atenemos a las
Centurias de Nostradamus, significati-
vamente publicadas en 1555, el ao de
la paz de Augsburgo repleto de acon-
tecimientos. La profeca fue dejando
paso al pronstico racional, vinculado
a la situacin poltica y a los hechos de
este mundo. Aun as, los pronsticos
polticos de los siglos XVII y XVIII
se formulaban sobre la base de un
nmero de fuerzas polticas limitado a
la cantidad de prncipes, por lo que la
historia, dice Koselleck, era compara-
tivamente esttica y se poda aplicar a la
poltica la afirmacin de Leibniz de que
todo el mundo futuro cabe y est perfec-
tamente preforma-
do en el presente.
Pero lo que para
este autor dio el
giro definitivo a
la percepcin del
futuro fue la filo-
sofa de la histo-
ria, una mezcla,
propia del siglo
XVIII; entre pronstico racional del
futuro y esperanza. Contra la movi-
lidad esttica del pronstico poltico,
cuyo diagnstico introduce el pasado
en el futuro y lo limita, la idea de
progreso despliega un futuro que est
ms all del tiempo y la experiencia
naturales, que ya no es pronosticable ni
mucho menos tradicional. El del futu-
ro es un tiempo acelerado...
que priva al presente de la posibilidad de
ser experimentado como presente y se esca-
pa hacia el futuro en el que el presente,
vivido como inexperimentable, ha de ser
alcanzado por la filosofa de la historia.
Con otras palabras, la aceleracin del
tiempo en el pasado una categora esca-
tolgica se convierte en el siglo XVIII en
una obligacin de planificacin tempo-
ral, aun antes de que la tcnica abriera
completamente el espacio de experiencia
adecuado a la aceleracin.
10
Aquello a lo que la cita de Koselleck
nos enfrenta es la pregunta acerca de
cul fue el papel de la tcnica, una
vez dada esta preparacin histrico-
cultural, en relacin con nuestra per-
Contra la movilidad esttica del
pronstico poltico, cuyo diagns-
tico introduce el pasado en el futu-
ro y lo limita, la idea de progreso
despliega un futuro que est ms
all del tiempo y la experiencia
naturales, que ya no es pronostica-
ble ni mucho menos tradicional.
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La tcnica como dilema filosfico
cepcin del tiempo; qu aportaron
las nuevas tecnologas a este horizonte
del progreso y cmo lo afectaron.
Autores muy diferentes entre s, entre
ellos el propio Koselleck, pero tam-
bin pensadores de la tcnica como
Virilio y Stiegler, han analizado la
especificidad del complejo tcnico
moderno como la capacidad para ace-
lerar procesos, intensificar los ritmos
de la produccin y de la productivi-
dad, agilizar el traslado de materias
y datos. La cuestin de la tcnica
contempornea, la presin tcnica,
tiene que ver para ellos fundamental-
mente con la velocidad. La especfica
desorientacin de nuestra poca, dice
Stiegler, se debe en gran parte a la
velocidad que el desarrollo tcnico ha
ido adquiriendo desde la revolucin
industrial y que no deja de aumen-
tar, ahondando dramticamente el
retraso entre sistema tcnico y orga-
nizaciones sociales como si, al parecer
imposible la negociacin, tuviera que
consumarse la separacin.
11
Ahora bien: si el rasgo que define la
desorientacin contempornea es la
velocidad acelerada de la invencin
tcnica, esta aceleracin ha sido a su vez
motorizada por el complejo econmico
industrial capitalista, que toma como
desafo el dominio de la informacin
por medio de la velocidad. Dicho de
otra manera: desde el siglo XIX el
imperativo econmico ha tomado la
iniciativa de hacer de las tcnicas (de
los diversos conjuntos de memorias
externalizadas, de los procedimientos
de acondicionamiento de los territorios
y por lo tanto de las desterritorializa-
ciones) una industria. En la base de
este imperativo estn tanto el clculo
de beneficios a partir de un capital
hipermvil como la nocin de infor-
macin, devenida episteme dominante
en Occidente a partir de mediados
del siglo pasado. Segn Stiegler, la
revolucin termodinmica impuso una
movilizacin de un capital rpidamen-
te descontextualizable: para ello fue
necesario establecer una red de sedes
burstiles como infraestructura de
informacin. Este
imperativo eco-
nmico reempla-
za al imperativo
poltico, y enton-
ces la memoria,
la tradicin, el
pasado ya no son
patrimonio sino
fondo de comer-
cio [...] y su lgica
es la del clculo.
En un plano
general, es decir,
en el de una rela-
cin a nivel de
la humanidad entre sistemas tcnicos
y sistemas socioculturales, la velocidad
es diferencia de fuerzas: Velocidad
afirma Stiegler expresa la prueba
y el acto de un potencial constituido
por la negociacin de tendencias. En
la desorientacin originaria, esta dife-
rencia de fuerzas como potencial es
la diferencia de ritmos entre ser vivo
humano y ser inorgnico organizado
(tcnico) y el desfase engendrado por
el avance estructural de la tcnica, en
su diferenciacin, respecto del ser vivo
que ella constituye y diferencia a la
vez.
12
Pero cuando el principal dina-
mizador de la aceleracin del avance
estructural de la tcnica es la puesta de
la informacin en el lugar de materia
prima y mercanca, ya no se trata de esa
desorientacin originaria sino de una
desorientacin de segundo orden, en
tanto que lo tcnico y lo humano
son concebidos como informacin, y
En la convergencia del desa-
rrollo de las nuevas tendencias
tcnicas (las abiertas por las
bio-tecnologas, la informtica
y los medios de comunica-
cin) y el complejo econmi-
co industrial se produce una
industrializacin de la memo-
ria y de la informacin, su
conversin es stock informati-
vo y en mercanca, donde las
nuevas sntesis estn orienta-
das por el imperativo econ-
mico de rentabilidad.
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La tcnica como dilema filosfico
124
su elaboracin-transmisin-recepcin
en tiempo real est orientada a la ren-
tabilidad calculable (por ejemplo, a la
expansin de audiencias y, a la vez, a la
distribucin inequitativa de la informa-
cin, ya que el valor de la informacin
est dado por el hecho de que algunos
posean determinadas informaciones
antes que otros). Esto afecta dos ncleos
duros de las experiencias individuales y
colectivas acerca
del tiempo: por
un lado la posi-
bilidad de selec-
cionar y trans-
mitir (y olvidar,
desechar, ocultar)
ciertas memo-
rias, que queda
en gran medida
en manos de las
industrias de los
medios de comunicacin encargadas de
seleccionar y co-producir lo que se per-
cibe, registra y almacena como acon-
tecimiento
13
; y por otro, la estructura
misma del acontecimiento (en el senti-
do de lo por venir indeterminado) que
se intenta anticipar, tanto por medio de
ese tratamiento de los datos y hechos
en tiempo real como por medio de
la manipulacin de la informacin
gentica, que organiza la relacin entre
lo vivo y lo no vivo segn criterios de
beneficio a corto plazo.
14
Tiempo real y produccin calcu-
lada de memorias
En la convergencia del desarrollo de las
nuevas tendencias tcnicas (las abiertas
por las bio-tecnologas, la informtica y
los medios de comunicacin) y el com-
plejo econmico industrial se produce
una industrializacin de la memoria
y de la informacin, su conversin
es stock informativo y en mercanca,
donde las nuevas sntesis estn orien-
tadas por el imperativo econmico de
rentabilidad. La anticipacin industrial
suspende la temporalidad y la espe-
cialidad propias de la sntesis anterior
entre sistemas tcnicos y sistemas socio-
culturales, que anclaba en un mode-
lo de calendario-reloj sincronizado y
territorios a distancia. En trminos de
espacio (de control y experiencia del
espacio), el poder del hecho tecnolgi-
co emancipado del territorio produce
las condiciones de posibilidad de lo
que se ha llamado la crisis del Estado:
la dificultad de los Estados nacionales
para vrselas con industrias transnacio-
nales de produccin y difusin de las
informaciones y de las memorias que se
desligan del arraigo territorial y ponen
en crisis el sentimiento de pertenencia
a una comunidad anclada en el territo-
rio, el idioma y el nacimiento.
En trminos de experiencia del tiem-
po, la apertura del sistema tcnico se
cierra en virtud de las necesidades
del complejo econmico industrial de
calcular beneficios. Esta convergen-
cia entraa sin embargo una curiosa
ambivalencia, incluso una apora, que
Stiegler advierte con precisin. Por
un lado, y de manera muy general, los
criterios de seleccin en la memoria se
hacen posibles por la tendencia tcnica,
lo cual implica una fuerte relacin con
lo indeterminado engendrado por las
posibilidades de la tendencia tcnica
nueva que inviste el mundoambiente
del hombre. Ahora, cuando la seleccin
se hace industrial, integra un enor-
me equipo dirigido por una finalidad
de clculo econmico que, por esto
mismo, consiste en primer lugar en un
intento de disolver lo indeterminado.
En la era industrial de la memo-
ria, las redes cotidianas y per-
manentes en las que estamos
inmersos son verdaderas indus-
trias del presente: cada infor-
macin (periodstica, industrial
o burstil) supera y desactiva la
anterior, en la medida en que
el valor de la informacin est
unido al tiempo de difusin.
125
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La tcnica como dilema filosfico
Pero debido a que esta industrializa-
cin se realiza por medio del desarrollo
acelerado de identidades que, al tener
lugar, reinventan al hombre, semejante
disolucin no es posible.
Si ese tiempo desde siempre abier-
to por la tcnica como exterioriza-
cin (como espacio-temporalizacin)
se cierra al paso que se despliegan
los programas tcnicos, esto se debe
sobre todo a su integracin o su con-
vergencia con el complejo industrial,
que lo somete al clculo de beneficios,
y tambin a su convergencia con el
sistema poltico mundial de Estados
en competencia (en crisis pero toda-
va operante, aunque sea a nivel de
coaliciones como el G7, la OMC o la
OTAN), donde ciertas sociedades e
industrias coordinan u organizan los
posibles planes. En esta combinacin,
la tendencia tcnica es (todava) aque-
llo que permanece indeterminado: no
comprendemos an (al menos no del
todo) qu significa eso (con lo) que se
programa; desconocemos el rumbo
de la tendencia, ms all de enten-
der que se trata de un movimiento
de complejizacin del sistema terr-
queo en su conjunto.
En este plano, la programacin del
futuro en el sentido de una occiden-
talizacin del mundo (que implica
el descarte o abandono del resto
del mundo) o, con ms plausibilidad,
como pasaje a Occidente (segn
la frmula de Marramao), que siem-
pre es tensin y mutua afeccin de
Occidente con esos restos del mundo
en el camino de una complejizacin
general (donde la humanidad es un
elemento ms, fundamental pero no
nico), puede parecer incluso una
idea aliviadora: deseable o no, existe
un plan (y para algunos se tratar de
integrarse o acceder a l, acaso con
la misma resignacin con la que se
aspira a acceder al desarrollo: como
si la contemporaneidad de lo no con-
temporneo fuera una falla, y no un
rasgo propio del complejo econmico
industrial capitalista).
Si, como en algn momento pens
Lyotard,
15
la especie humana est
embargada por la necesidad de tener
que evacuar el sistema solar dentro de
4.500 millones de aos; si el xodo
se programa desde ya; si la nica
posibilidad de xito que tiene es que
la especie se adapte a la complejidad
que desafa; y si por ltimo en caso
de que este xodo se realice, lo que
habr preservado no ser la especie
misma sino la mnada ms completa
que era en potencia, parecera que
este programa, en definitiva, es tam-
bin salvfico; y que de lo que se
trata polticamente es de seguir pro-
cesando la complejizacin ms all
de la especie y pensar la mismidad en
trminos de la Tierra.
Industrias del presente
No me detengo aqu en el problema
(crucial) acerca de quin/qu parte de
la humanidad se concibe a s misma
como esa humanidad en general
que forma parte de lo terrqueo.
Por ahora me interesa subrayar, ante
la comprensible preocupacin acerca
de esta programacin del futuro, que
la voluntad tecnocientfica e indus-
trial de un plan puede estar operando
socialmente en un sentido tranqui-
lizador (no muy diferente, por otra
parte, de la tranquilidad que poda
suscitar la idea de la existencia de
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La tcnica como dilema filosfico
126
un plan divino, que en sus versiones
simplificadas implicaba la divisin del
mundo entre salvados y condenados,
la privatizacin de la posibilidad de
salvar la propia alma y la existencia
de una voluntad superior y externa al
hombre capaz de arbitrar una milagro-
sa salvacin general, incluso entre los
pecadores). Identificar esta dimensin
de alivio, de deseo y de promesa, que
se corresponde
con los temores
que provocan
tanto la enor-
me capacidad de
destruccin de
la tcnica actual
como su indeter-
minacin consti-
tutiva, permite al
menos entrever
otra dimensin
de la cuestin
del programa:
la necesidad de
estabilizacin frente a una indeter-
minacin que se vive como ausencia
de sentido (individual y colectivo) y,
al mismo tiempo, como amenaza de
accidente general para la especie.
Esta necesidad de estabilizacin, como
vimos, ser al mismo tiempo cum-
plida y traicionada por el programa
tecnocientfico industrial, y esto por
dos razones: en primer lugar porque a
pesar de los intentos de captura, o pre-
cisamente por ellos, su cumplimiento
acelera y acenta la indeterminacin
de la tendencia tcnica (entrada en
el tiempo, apertura y complejizacin
en el sentido de aquella mnada ms
completa de la que hablaba Lyotard).
Y en segundo lugar, porque en el plano
de la experiencia, la programacin del
futuro tecnoindustrial neutraliza el
futuro desrealizando y multiplicando
(o hipertrofiando) el presente.
En la era industrial de la memoria, las
redes cotidianas y permanentes en las
que estamos inmersos son verdaderas
industrias del presente: cada informa-
cin (periodstica, industrial o bur-
stil) supera y desactiva la anterior,
en la medida en que el valor de la
informacin est unido al tiempo de
difusin. La conjuncin entre el efecto
de real (de presencia, donde coinciden
temporalmente el acontecimiento y
el acto de la toma) de la toma directa
y el tiempo real de la transmisin
(la velocidad de los desplazamientos)
inauguran una nueva experiencia social
e individual del tiempo: un tiempo
mundial, como lo llama Virilio,
16
que
es tiempo saturado. Tiempo-lmite en
el borde de su accidente: sobresatura-
cin de informacin, atascamientos del
trnsito, multioferta de canales de radio
y televisin, expansin de virus infor-
mticos, cracks burstiles acelerados
por su televisacin en directo. La acele-
racin, que a la vez desplaza y mantiene
el elemento salvifico, se transforma
ahora en potencial catstrofe. De all
la contradiccin implcita en la posibi-
lidad de direccionar esa aceleracin:
parece dar alivio ante la capacidad de
autodestruccin, pero es un alivio que
pretende curar con aquello mismo que
produce el malestar.
Intensificacin de la vida
Cabra pensar que las dificultades,
pero tambin las capacidades, colecti-
vas e individuales para la sntesis con
este nuevo sistema tcnico que se ha
modelizado segn la lgica industrial-
econmica de la mercanca, abrieron
Cabra pensar que las dificul-
tades, pero tambin las capaci-
dades, colectivas e individuales
para la sntesis con este nuevo
sistema tcnico que se ha mode-
lizado segn la lgica industrial-
econmica de la mercanca,
abrieron otro modo de relacin
con el tiempo que sobreimprime
a la aceleracin una necesidad
de intensificacin: aprovecha-
miento mximo de la vida,
del tiempo de vida.
127
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La tcnica como dilema filosfico
otro modo de relacin con el tiempo
que sobreimprime a la aceleracin una
necesidad de intensificacin: apro-
vechamiento mximo de la vida,
del tiempo de vida. La sensacin
de no tener tiempo, la ansiedad
porque el tiempo falta o transcurre
demasiado rpido es la otra cara del
sinsentido que adquiere, para la pro-
pia vida, un programa de aceleracin
cuya meta es inalcanzable (excepto en
trminos de una humanidad en su
conjunto que, se vuelve cada vez ms
evidente, ya no ser en su conjunto
sino seleccionada tcnicamente y
adems, en sentido estricto, ya no ser
tampoco humanidad sino mnada
ms completa) y en el lmite de su
accidente. No es casual, en este sen-
tido, que haya sido el sistema de las
artes (un subsistema tcnico de alta
complejidad que la nocin tradicional
de esttica no alcanza a abarcar com-
pletamente) el que a comienzos del
siglo XX se abocara a la exploracin
de un presente intensivo, simultneo
y mltiple, en oposicin al tiempo
lineal, continuo y homogneo.
La bsqueda de una intensificacin
del tiempo podra pensarse como un
repliegue del tiempo en el sentido de
una interiorizacin que tambin es
propia de la operacin secular: si la
secularizacin se constituy como un
intento de proyectar y realizar hori-
zontalmente, sobre el tiempo histri-
co, la relacin vertical, escatolgica,
entre mundo celeste y mundo terre-
nal, la intensificacin del tiempo vital
se propone interiorizar y realizar sobre
el eje de la propia existencia biolgica
el mximo disfrute-usufructo de los
sentidos, la exploracin-explotacin
de estados de conciencia, el aprove-
chamiento del tiempo vital que ya no
se asimila a adquirir experiencia sino
a hacer experimento aquello que
en la perspectiva del progreso en una
relacin horizontal, sobre la lnea
del tiempo. La tensin-aceleracin
hacia el futuro se interioriza como
tensin-intensificacin sobre el yo.
En La condicin humana, Hannah
Arendt haba sealado esa tendencia
como otra clave del impulso secula-
rizador. La secularizacin, al separar
Iglesia y Estado,
religin y polti-
ca, implic una
vuelta a la pri-
mitiva actitud
cristiana: Dad
al Csar lo que
es del Csar y a
Dios lo que es de
Dios. Es decir,
para Arendt no
se trataba funda-
mentalmente de
una desaparicin
de la fe en la tras-
cendencia, sino ms bien una vuelta a
la diferenciacin de esferas (lo mun-
dano por un lado, lo espiritual por el
otro) propias de la poca antigua. Y
una proyeccin del hombre, no tanto
hacia el mundo sino primordialmente
hacia su interior: individualismo, pre-
ocupacin sobre s. Dice Arendt:
Aunque admitamos que la edad Moderna
comenz con un imprevisto e inexplicable
eclipse de la trascendencia, de la fe en
un ms all, de eso no se sigue en modo
alguno que esta prdida haya arrojado
a los hombres al mundo. Al contrario:
la evidencia histrica demuestra que los
hombres modernos no fueron proyectados
hacia el mundo sino hacia s mismos.
17
Esa vuelta sobre el yo, en el marco del
Esa vuelta sobre el yo, en el
marco del actual sistema tecno-
industrial, se manifiesta entre
otras cosas como necesidad de
hacer ms intensa la experiencia
del (poco) tiempo de vida: esti-
rar el tiempo, aprovecharlo al
mximo, no necesariamente
para fines tiles, sino para hacer
de la propia vida el experimento
ms intenso posible, en el que
puedan caber la mayor canti-
dad de acontecimientos.
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LA BIBLIOTECA
La tcnica como dilema filosfico
128
actual sistema tecno-industrial, se mani-
fiesta entre otras cosas como necesidad
de hacer ms intensa la experiencia
del (poco) tiempo de vida: estirar el
tiempo, aprovecharlo al mximo, no
necesariamente para fines tiles, sino
para hacer de la propia vida el experi-
mento ms intenso posible, en el que
puedan caber la mayor cantidad de
acontecimientos. De all (no slo de
all, pero al menos tambin de all) la
compulsin a capturar lo existente como
museo viviente, de all la precocidad
apabullante de las modas retro: vivimos
lo todava actual como un ya pasado a
conservar y admirar, no tanto, o no slo,
por la dinmica de fugacidad y obso-
lescencia planificada con la que se (re)
producen las mercancas, sino tambin
porque, en el marco de flujos perma-
nentes de instanteidad calculada, es gra-
cias a la capacidad de plegar el presente
sobre s mismo que se adquiere, aunque
sea de manera vicaria, la sensacin de un
relieve histrico de la propia existencia.
Para terminar, sintetizar algunas de
las ideas expuestas hasta aqu:
El horizonte de expectativa abier- 1)
to por la percepcin progresiva
y progresista del tiempo, aunque
todava extendida en trminos de
sensibilidad general de la poca
(persiste sobre todo en la creencia
habitual acerca de que la ciencia
y la tcnica resolvern los proble-
mas que ellas mismas generan),
se choca con la dificultad para
comprender la dinmica propia del
sistema tcnico como sistema que
est en relacin co-constituyente
con el sistema sociocultural, por lo
que toda nueva tcnica inaugura
tambin un nuevo hombre.
La idea de captura del tiempo es 2)
legible, en parte, como resistencia
del sistema cultural a aceptar las
nuevas condiciones que impone
el sistema tcnico en su propio
despliegue: resistencia a tratar con
lo inorgnico organizado en su
estadio actual. Al mismo tiempo,
la posibilidad de programar es sn-
toma de un alivio epocal frente a la
incertidumbre a que esos conjun-
tos tcnico-humanos nos enfren-
tan. Tal como aqu intent sealar,
sin embargo, el principal operador
de la programacin y el clculo en
relacin con estas nuevas tecno-
logas es la industrializacin y la
conversin de la informacin en
mercanca cuyo valor se corres-
ponde con la velocidad de difusin
en el tiempo y el espacio. Este
particular intento de apropiacin
del tiempo y de la informacin
abre nuevos problemas: el siste-
ma tecnoeconmico tiene reglas y
accidentes propios, distintos de los
del sistema tcnico. Y es con ellos
(y no tanto con los peligros de la
convergencia entre el hombre y la
tcnica) con los que debe medirse
una poltica de la informacin que
est a la altura de la poca.
Me gustara por ltimo proponer 3)
una interpretacin complementa-
ria acerca de la nocin de pre-
sente permanente, que atraviesa
la cuestin de la percepcin del
tiempo propia de las tecnologas
del tiempo real. La hiptesis aqu
es que el debilitamiento del tiem-
po histrico se produce tambin
por el modo en que el conflicto
con el sistema tcnico y el sistema
tecnoeconmico es procesado en
trminos individuales y colectivos
de la propia existencia. Queda
por verse, en cada caso, si estas
estrategias pueden leerse como
129
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LA BIBLIOTECA
La tcnica como dilema filosfico
respuesta, resistencia o al menos
intento de separacin de los ritmos
humanos respecto de los ritmos y
programas de los sistemas tecnoin-
dustriales, o si cabe pensarlas slo
como acomodaciones. Queda por
verse tambin si ser posible, y de
qu modo, liberar a la informacin
de su carcter de mercanca.
NOTAS
1. Cabe pensar en las tecnologas informticas pero no slo en ellas: tambin en las diversas mquinas
burocrticas y la dependencia que supone la inmersin de usuarios en entornos o programas prediseados
que desconocen o, por lo menos, no dominan, como paradigma de todas aquellas relaciones cotidianas que
adquieren paulatinamente la forma de una interaccin con cajas negras.
2. Ya no se trata, sin embargo, de ese legado que se presenta como destino ordenado por la tradicin (aunque
el malestar frente a las limitaciones que impone la programacin tcnica contempornea tiene semejanzas con
el que experimentaron los modernos frente a las limitaciones del marco mtico y ritual tradicional), sino ms
bien de una significativa conversin de la tarea emancipatoria, expansiva del hombre moderno, tal como
la concibieron la filosofa y la ciencia de la poca, en el cumplimiento de un programa que busca neutralizar
la contingencia: esa indefinicin que precisamente era el vaco o blanco que deba salvaguardarse para dar
lugar al desafo de un proceso de complejizacin y libertad.
3. Henri Bergson (1908), Le souvenir du prsent et la fausse reconnaissance, en Lnergie Spirituelle, Paris,
P.U.F. 1919 (trad. cast.: El recuerdo del presente y el falso reconocimiento, en La energa espiritual, Madrid,
Espasa Calpe, 1982), citado en Paolo Virno (1999), El recuerdo del presente, Buenos Aires, Paids, 2003, p. 25.
4. Para un anlisis detallado aunque con un horizonte diferente del que esbozamos aqu de este problema,
ver Virno, El recuerdo del presente, op. cit.
5. Bernard Stiegler (1994, 1996, 2001), El tiempo y la tcnica, 3 volmenes, Hondarribia, Hiru, 2002, 2004.
6. Si la tcnica moderna es la de la revolucin industrial, el desarrollo de los transportes, la electrificacin
y urbanizacin del planeta, tenemos en mente aqu cuando decimos posmoderna a tres acontecimientos
tcnicos decisivos de nuestra poca: las bio-tecnologas, la telemtica (informtica en un sentido amplio y tele-
comunicaciones) y la inteligencia artificial (desarrollo de las ciencias de la computacin hacia la generacin
de mquinas capaces de aprender de sus propios errores y la as llamada computacin cuntica).
7. Para una crtica de esta perspectiva en la disciplina histrica, ver Marcelo Campagno e Ignacio Lewcowicz
(1998), La historia sin objeto y derivas posteriores, Buenos Aires, Tinta Limn, 2007.
8. Max Weber (1917), El poltico y el cientfico, Buenos Aires, Prometeo, 2003, p. 19.
9. Reinhart Koselleck (1979), Futuro pasado, Barcelona, Paids, 1993.
10. Koselleck, Futuro pasado, obra citada, p. 37.
11. Stiegler, El tiempo y la tcnica, obra citada, volumen 2, p. 10.
12. Stiegler, El tiempo y la tcnica, obra citada, volumen 2, p. 21. Esta tensin provoca un aumento, en general,
de la movilidad, donde las estrategias locales bien pueden consistir en disminuciones de velocidad, incluso
en cuasi inmovilidades.
13. Con la consiguiente desorientacin que implica no saber exactamente qu es lo que merecera ser registra-
do; qu es lo que amerita la memoria o el olvido.
14. La necesidad de acelerar el tiempo en el que se obtienen los beneficios es uno de los efectos aparentemente
paradojales de la tendencia del sistema tcnico-industrial, ya que el incremento en la velocidad en que se rea-
lizan los procesos tcnicos (en muchos casos, por fuera de la capacidad de control de agentes humanos) trae
aparejados sistemas ms abiertos pero ms inestables y por ende un incremento en los riesgos de accidente. La
necesidad de anticiparse a esos riesgos difciles de calcular, la sensacin de urgencia, llevar a acelerar an ms
el proceso y esto provoca a su vez nuevos riesgos, nuevos incalculables.
15. Jean-Francois Lyotard (1988), El tiempo, hoy, en Lo inhumano. Charlas sobre el tiempo, Buenos Aires,
Manantial, 1998. p. 71.
16. Ver en especial de Paul Virilio El arte del motor (1993), Buenos Aires, Manantial, 1996, La velocidad de
liberacin (1995), Buenos Aires, Manantial, 1997, y La bomba informtica (1998), Madrid, Ctedra, 1999.
17. Hannah Arendt (1958), La condicin humana, Barcelona, Paids, 1974, p. 282.
130
Variaciones sobre el objeto tcnico
Por Margarita Martnez
Margarita Martnez, recuperando las
reflexiones de Peter Sloterdijk y Gilbert
Simondon, afirma la necesidad de confi-
gurar un nuevo objeto del pensamiento:
el del complejo hombre-mquina. Si la
tensin entre uno y otro polo fue produc-
tiva literaria y filosficamente, si fue piedra
de toque de hechos estticos y de alarmas
polticas, hoy es claro que la persistencia
de su formulacin como acontecimientos
opuestos y ajenos mutuamente es, antes que
nada, un obstculo o una manifestacin de
pereza. Los temores a una nueva opresin
administrada por el saber y el control de la
biotecnologa, provienen de la escasa com-
prensin de la imbricacin ms profunda y
ya realizada entre hombre y tcnica. Lejos
de poder oponer una vida de atributos
naturales al dominio maqunico, se hace
manifiesto como ensaya Martnez que la
vida ya es hecho tcnico, ya es hecho pues-
to al cuidado o al servicio de la tcnica. El
pasaje por una comprensin ms radical de
esa imbricacin que no cesa de hacer mutar
lo humano, sera menos una adopcin acr-
tica de los procesos en curso que la interpe-
lacin de sus rasgos liberadores.
131
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La tcnica como dilema filosfico
Los hombres imprimen, a travs de sus
objetos, seales en el mundo: afinidades
en la materia y reciprocidades en las for-
mas evocan personajes y modos de vivir.
Se borda en la imaginacin una subje-
tividad abierta en el afuera del mismo
modo que en el acto se apuntalan las pre-
moniciones. Los objetos producto de las
tcnicas desbordan el mundo cotidiano
y conciben otros mundos donde se des-
pliegan el rol y el instrumento, la accin
y el atributo. Aunque no se trata de un
acto absolutamente personal; la imagina-
cin tcnica no es concebible allende la
imaginacin poltica, as como tampoco
el hombre, en su imaginacin, se concibe
fuera de esos otros hombres, a los que
convierte en testigo de su accin e inter-
pretador de sus potencias. El mundo de
los objetos tcnicos que gravita en torno
de cada uno es mediacin, smbolo y
proyeccin legible como lnea de fuga
en la cultura, en trminos generales, y
como eleccin que convoca diferentes
temporalidades, en trminos individua-
les, porque los objetos que rodean a
cada uno remiten a distintos tiempos,
y porque en su uso se detecta un cierto
vnculo con la poca. Hace aproximada-
mente medio siglo, Gilbert Simondon
reclamaba una toma de conciencia del
sentido de los objetos tcnicos que fuera
correlativa de una toma de posicin
de la cultura occidental respecto de sus
tcnicas
1
. La necesidad era doble, ya que
provena, por un lado, de la creciente
sensacin (humana) de ajenidad frente a
los productos de la tcnica; por el otro,
obedeca a la presin de una construc-
cin apocalptica que haca del hombre
un sometido por su modo tcnico de
ser. Si para pensar el objeto tcnico se
trabajaba sobre la nocin aristotlica de
tekn, o sus torsiones contemporneas,
se contemplaba una cscara conceptual
sobre la que se lamentaba la clausura de
una cosmovisin la griega: el objeto es
trado a la presencia, y la prdida de un
mundo, el natural, dejado como muestra
de un pasado buclico en el que el hom-
bre habitaba la tierra en concordancia
con otras tantas variaciones en el orden
de lo sagrado manifestadas en ese mundo
natural. Las diferentes genealogas del
mundo tcnico
construidas por la
historia de la cul-
tura lo mostraban
como un comple-
mento funcional
que daba vueltas
de tuerca en fun-
cin de su mayor
complejidad. Lo
que se dejaba de
lado, entretanto,
era un problema
ms amplio: el del
juego entre la per-
manencia y la variacin de diferentes
formas tcnicas a lo largo de la historia,
y la idea de hombre expresada en el
conjunto tcnico correspondiente a cada
poca. De este desfasaje entre el orden
del pensamiento y el orden de la realidad
provena la mayor de las alienaciones: la
del hombre por el hombre.
Abrir el mundo
La consideracin de la tekn que ope-
raba dentro del mundo griego presenta
varias vertientes ricas en consecuencias
para una reflexin filosfica en torno
de los objetos tcnicos. Hasta el perodo
clsico es permanente la presencia del
fondo mtico que haca de Prometeo
un hroe de doble valencia, eolio-jnica
por un lado y beocio-locria por el otro,
y por lo tanto, que construa a la tcnica
como concepto asociado a la figura del
El mundo de los objetos tc-
nicos que gravita en torno de
cada uno es mediacin, smbo-
lo y proyeccin legible como
lnea de fuga en la cultura,
en trminos generales, y como
eleccin que convoca diferen-
tes temporalidades, en trmi-
nos individuales, porque los
objetos que rodean a cada uno
remiten a distintos tiempos, y
porque en su uso se detecta un
cierto vnculo con la poca.
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La tcnica como dilema filosfico
132
dios del fuego (hogar de todas las teknai)
y a la del titn rebelado contra Zeus
2
.
El advenimiento del logos socrtico es
contemporneo a la aparicin del para-
digma semntico ligado a la mimesis
(siglo V a. C.) Los teknits son entonces
imitadores condenados por el Scrates
platnico al destierro de la Repblica
ideal. Aristteles, en el mismo momento
en que se refina el
vocabulario liga-
do a la represen-
tacin, concibe a
la tcnica no slo
como un escaln
en la jerarqua
del conocimiento
(aquel que distin-
gue a lo humano
de lo animal porque involucra la razn
verdadera) sino tambin como acto
(propiamente humano) que hace adve-
nir al mundo algo que no tiene que
estar en l ni por naturaleza, ni por
necesidad. En el siglo XX Heidegger
opone tekn poitica a tcnica provo-
cante invocando las cuatro causas que
eran, para Aristteles, co-responsables
de dicho advenimiento del objeto al
mundo: la material, la formal, la eficien-
te, y la final. Al ser la formal una sntesis
entre la forma concreta del objeto reali-
zado y el eidos al modo platnico (por
la doble valencia del trmino en lengua
griega, forma pero tambin idea), se
haca del proceso tcnico tanto una
plasmacin en lo sensible como una
proyeccin mental propia del proce-
so inventivo humano. De este modo
se configura la nocin heideggeriana
de tcnica provocante: se mantiene el
aspecto material y proyectivo, pero se
lica la causa eficiente y predomina la
causa final. La causa eficiente, el teknits,
dejaba en el mundo antiguo una huella
subjetiva en el objeto producido, y por
lo tanto se abra al legado de un mundo
semntico encarnado en el objeto como
cristalizacin de la cultura. Es en este
sentido que Hannah Arendt observa
que una cultura forja tradicin a partir
de los objetos que son producto del tra-
bajo, como huella individualizada de un
proceso colectivo pasado por las manos
(literales) del teknits. El objeto tcnico
se convierte en un producto complejo
que rene en su forma un modo cultural
de ver el mundo y una proyeccin (tam-
bin humana) respecto de una modi-
ficacin de ese mismo mundo a travs
del propio objeto. Esta modificacin
otorga, en algunas culturas, el carcter
de intermediador a su conjunto tcnico
medium de las fuerzas divinas en su
accin sobre el mundo, as como al
mismo hombre singular se le asigna
el carcter de medium, por propiedad
transitiva, en un proceso de apertura
del mundo a los hombres. Si la tcnica
poda mediar, era porque el mundo, o
la naturaleza, estaban investidos de un
carcter sagrado, en ltima instancia
ligado a lo verdadero, que requera un
complejo proceso de ritos como pauta
del descenso de lo sagrado a lo profano.
Ni se contempla la verdad a los ojos, ni
se aborda la naturaleza desvalido de un
conjunto de ritos que son otras tantas
circunstancias tcnicas: as son los ritos
y mitologas de los mineros recuperados
por Mircea Eliade, y presentados en
Herreros y alquimistas.
Si se trata de la elaboracin de una nueva
genealoga del objeto tcnico que se
pregunte por lo que hay de humano en
la tcnica, son necesarias dos preguntas:
en sentido filosfico, cul es la metamor-
fosis radical de las tcnicas entre aquel
mundo antiguo y el moderno que supere
la idea de una mera complejizacin; en
sentido histrico, cules son aquellos
rasgos del objeto tcnico que se han
El objeto tcnico se convierte
en un producto complejo que
rene en su forma un modo
cultural de ver el mundo y una
proyeccin (tambin huma-
na) respecto de una modifi-
cacin de ese mismo mundo a
travs del propio objeto.
133
N 6 | Primavera 2007
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La tcnica como dilema filosfico
ligado (a travs de la historia cultural)
a una supuesta esencia de lo humano,
en las diversas genealogas construidas
por cada poca de su tcnica, y que se
activaran bajo el aspecto del prejuicio.
Como observa Simondon, la necesidad
de una toma de conciencia respecto
del sentido de los objetos tcnicos es
consecuencia, primero, de una toma de
posicin de la cultura europea occidental
respecto de las tcnicas, porque la cul-
tura se ha constituido como sistema de
defensa frente a ellas y, lo que es ms,
esta defensa se presenta como la defensa
del hombre.
3
La pregunta entonces a
formular, como seala Simondon, es
qu tipo de oposicin se erigi entre la
cultura y la tcnica, entre el hombre y la
mquina, como para que el objeto tcni-
co sea visto, en el mundo humano, como
el extranjero o como el extranjero en
el cual est encerrado lo humano, desco-
nocido, materializado, vuelto servil, pero
mientras sigue siendo, sin embargo, lo
humano.
4
Qu prejuicios se ocultan
en este pliegue del objeto tcnico que,
al quedar expuestos en la operatoria de
la tcnica con la vida, estallan como la
invocacin imperiosa de una tica que
debera asumir los lmites en la relacin
hombre-mquina? O ms bien, cuntos
de estos prejuicios aparecen en la cruzada
del viejo humanismo contra el actual
mundo de la tcnica? Parte de la opa-
cidad de la respuesta yace en el vnculo
ambiguo entre lo humano y la mquina:
la negacin de aquel aspecto humano de
la mquina o bien, y de modo conco-
mitante, el rechazo de lo maqunico en
el hombre. As oscilar el objeto tcnico
entre enemigo y compaa, entre atribu-
to de la propia esencia subjetiva y yugo
cotidiano, hecho especialmente visible
en el mbito del trabajo.
Se han construido diferentes genealogas
en torno de los objetos tcnicos desde el
punto de vista de la historia de los arte-
factos. En algunos casos, se considera la
escala de produccin como un rasgo de
la tcnica propio, aunque no exclusivo,
de la modernidad. Lewis Mumford ya
haba observado que ciertas construccio-
nes familiares a lo maqunico son propias
de construcciones polticas centralizadas
y burocrticas. En otros casos, las genea-
logas atienden al tipo de alimentacin
para el funcionamiento de los objetos
tcnicos (la fuerza humana, las fuerzas
naturales, los procesos termodinmicos,
los electrnicos, etctera). Se ha consi-
derado tambin la evolucin formal de
los objetos (tendiente en apariencia a
una mayor complejizacin), o el desa-
rrollo de meca-
nismos de auto-
matismo. Murray
Bookchin, por
ejemplo, incorpo-
ra el aspecto de
la imaginacin
inventiva de cada
poca, que al des-
fasarse respecto
de la imaginacin
poltica habilita un
desacoplamiento
entre la posibili-
dad y la accin en
el marco de una profunda imbricacin
entre formas tcnicas y formas polticas:
el ejemplo paradigmtico es el Imperio
Romano, con su escasa innovacin
tcnica lo largo de siglos de historia y su
revolucin en el marco de las tcnicas
polticas, bajo la fundacin del derecho
imperial
5
. Exclusivamente en el nivel
histrico, es recurrente el contrapunto
terico entre una conceptualizacin ya
desvanecida de tcnica antigua (tekn)
en donde no se manifiesta una separa-
cin hombre/mundo (ni en el sentido
de una desanimizacin de la naturaleza,
La pregunta entonces a formu-
lar, como seala Simondon, es
qu tipo de oposicin se erigi
entre la cultura y la tcnica,
entre el hombre y la mquina,
como para que el objeto tcnico
sea visto, en el mundo humano,
como el extranjero o como
el extranjero en el cual est
encerrado lo humano, descono-
cido, materializado, vuelto ser-
vil, pero mientras sigue siendo,
sin embargo, lo humano.
N 6 | Primavera 2007
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La tcnica como dilema filosfico
134
ni en el sentido de un yo que se forje y
se presente como activador de las fuerzas
dormidas en el mundo) y una tcnica
moderna. En este contrapunto, y en el
caso especfico de la antigedad griega,
la tcnica estara en su estadio inicial
indiferenciada del arte, en tanto que
la inexistencia de un yo dara como
resultado sujetos que producen para la
cultura y no para su nombre o el merca-
do (y este hecho no excluye la existencia
de un mercado, a escala reducida, donde
se produce la circulacin de los objetos
producto de la tekn). En sntesis, en
estas conceptualizaciones se retoma casi
con exclusividad el planteo aristotlico
segn el cual la tekn es un escaln
intermedio en una jerarqua del cono-
cimiento (planteo de Metafsica) y en el
que los productos de la tekn advienen al
mundo por que-
hacer humano, ni
por naturaleza, ni
por necesidad, as
como obedecen a
un modo de ser
racional poitico
productivo y
no prctico (tica
a Nicmaco).
La tcnica (o el
arte) se reconstru-
ye, apelando a la
tekn, como la construccin plenamen-
te humana de un mundo de objetos.
Considerando la cuestin de este modo,
el hombre puebla el mundo de objetos
tcnicos, y estos objetos tcnicos cons-
tituyen su horizonte de sentido; son
cmulos portadores de significaciones
que se legan de generacin en genera-
cin porque tienen una vida que excede
a la del sujeto productor. No slo esto:
los objetos tcnicos premodernos son
concebidos, segn el planteo aristotli-
co de las cuatro causas, y segn ciertas
genealogas, como fruto de una coope-
racin entre hombre y materia dentro
de otro vnculo hombre-naturaleza, en
el marco de una sociedad orgnica.
Todo objeto tcnico, por ser de factura
humana, es capaz de explicar un mundo,
se coloca en un horizonte de sentido que
lo excede porque trasciende la vida del
sujeto productor. El objeto tcnico pro-
duce y transmite significaciones y como
tal es vocero de una visin de mundo
propia de cada civilizacin. A la vez, el
objeto tcnico premoderno es vocero de
una subjetividad especfica, annima y
por eso mismo colectiva.
Existen otras genealogas que se cifran
en la forma. La mentalidad inventiva
y retroalimentadora que parece carac-
terizar a la tcnica moderna no parece
extenderse a todos los tipos de objetos
tcnicos en el mbito de lo formal.
Algunos artefactos productos de la tekn
no han variado demasiado desde la anti-
gedad a nuestros das. La invencin
tcnica no supo, no pudo o no quiso
encontrar innovaciones en la forma.
Algunos ejemplos de ello son los obje-
tos de la antigedad griega, egipcia,
maya, recuperados y exhibidos en la
vitrina occidental, que poca diferen-
cia muestran respecto de sus correlatos
contemporneos. Este grupo de objetos
incluye gran cantidad de enseres de uso
cotidiano y domstico: sillas, elementos
de cocina, joyas de diverso tipo, etctera.
Las variaciones formales, si las hubiera,
no parecen alcanzar la esencia del objeto
tcnico. Pero entonces la pregunta pare-
ce ser: qu es esta esencia? Se relaciona
con la funcin? Son inescindibles forma
y funcin del objeto tcnico?
Es preciso entonces pasar al segundo
nivel, el filosfico. Aqu observamos que
la produccin tcnica moderna opera
un desplazamiento de las cuatro causas
mencionadas por Aristteles. La tcnica
Todo objeto tcnico, por ser
de factura humana, es capaz
de explicar un mundo, se
coloca en un horizonte de
sentido que lo excede porque
trasciende la vida del sujeto
productor. El objeto tcnico
produce y transmite signifi-
caciones y como tal es vocero
de una visin de mundo pro-
pia de cada civilizacin.
135
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La tcnica como dilema filosfico
moderna manifiesta un desequilibrio que
da preeminencia a la causa final y desdi-
buja la causa eficiente: en el trabajo en
serie, el hombre singular, en gran nme-
ro de casos, ya no tiene contacto con el
objeto en su fase final de produccin. La
causa eficiente se encuentra operando en
modo ms colectivo an, si se quiere.
Pero hay un detalle adicional: no es esta
la razn por la cual el hombre no deja su
huella subjetiva en el objeto producido,
sino que se lo impide la intervencin de
las propias mquinas, objetos tcnicos
per se, en el proceso de produccin.
Con respecto a la preeminencia de la
causa final, el objeto tcnico, si no tiene
un para qu preciso, no adviene al
mundo. De este modo, grandes esferas
de la produccin tcnica se desplazan
desde el mbito de lo utilitario al espacio
de lo ornamental, y por lo tanto son
homologadas a lo intil (la arquitec-
tura ofrece un vasto campo de ejem-
plos). En el caso de los objetos antiguos
mencionados como ejemplo, podramos
decir que la pulsera, o la regadera, o el
peine, o la vasija pueden ser los mismos,
pero respecto de la tcnica moderna
tenemos conciencia de que no ha sido el
hombre con sus manos el que los ha
producido, sino la mquina. Conocer la
proveniencia de factura del objeto cam-
bia nuestra posicin subjetiva respecto
de l, ms all de cualquier equivalencia
formal; la intervencin de la mquina
en el proceso productivo es uno de los
introductores de ajenidad en la relacin
entre el hombre y sus productos tcni-
cos. Dice Simondon sobre este punto
que la cultura moderna engendra dos
actitudes contradictorias respecto de sus
objetos tcnicos: por un lado los ve como
puros ensamblajes de materia desprovis-
tos de significacin (es decir que ya no
puede, en ellos, leer cultura); por el otro,
los supone tambin animados por inten-
ciones hostiles para con el creador, lo
que implica que puedan ser un peligro
permanente de agresin o insurreccin
6
(esto es: como si algo ajeno hubiera
intervenido para hacer del producto tc-
nico algo hostil para con el hombre). Por
eso iguales objetos tcnicos no son idn-
ticos si sabemos su proveniencia: unos
parecen amables
o inocentes expre-
siones de un tipo
cultural, los otros
son producto del
automatismo de la
mquina, y por lo
tanto extranjeros
en el mundo de
los hombres.
El prejuicio que
se esconde como
fundamento de
la ajenidad, observa Simondon, es el
de continuar considerando al hombre
como portador de herramientas. La
tcnica premoderna pareca definirlo de
este modo: el hombre se rodeaba de arte-
factos que prolongaban o maximizaban
sus capacidades biolgicas, y estableca
en algunos casos relaciones simbiticas
muy fuertes en el marco del proceso
productivo. El tallador y su cuchillo, el
agricultor y su azada, por ejemplo. El
hombre, por medio de su instrumento,
despertaba formas dormidas o agaza-
padas en la materia, y el utensilio era
una prolongacin de su persona. De
este modo Ortega y Gasset presenta al
mundo tcnico como una prolongacin
o aumento de capacidades biolgicas,
al punto de hacrsele necesario, dado
el carcter simblico del hombre, tanto
o ms que el mundo de objetos corres-
pondiente a necesidades biolgicas. El
hombre, dice Ortega, es el nico animal
capaz de sentir como superfluo lo nece-
sario, y como necesario lo superfluo o,
La tcnica moderna manifiesta
un desequilibrio que da pre-
eminencia a la causa final y
desdibuja la causa eficiente: en
el trabajo en serie, el hombre
singular, en gran nmero de
casos, ya no tiene contacto con
el objeto en su fase final de pro-
duccin. La causa eficiente se
encuentra operando en modo
ms colectivo an, si se quiere.
N 6 | Primavera 2007
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La tcnica como dilema filosfico
136
en otros trminos, el nico capaz de
subordinar una necesidad biolgica a
otra necesidad de orden simblico.
Pero se puede considerar al objeto tc-
nico como simplemente un utensilio,
aunque as lo fuera en apariencia, y
la produccin tcnica moderna como
el proceso que complejiza el utensilio,
hasta emanciparlo de la mano humana
a travs del automatismo de la mqui-
na? Es este prejuicio de considerar al
hombre como mero portador de herra-
mientas, base de las genealogas men-
cionadas, lo que engendra todo el arco
discursivo que recalca la necesidad de
que la mquina est siempre al servicio
del hombre como si tuviera que reco-
brar aquel carcter de utensilio frente al
cual se habra rebelado? Volviendo a
una de las cartas semnticas que ofrece
la modernidad para pensar el mundo
humano la dialctica amo-esclavo,
la pugna que reaparece una y otra vez
en los discursos modernos implica la
posibilidad de reducir el mundo maqu-
nico a la esclavitud para asegurar toda
imposibilidad de rebelin. Existe una
salvedad a realizar, como observa agu-
damente Simondon: considerar la rela-
cin hombre-objeto tcnico como el
vnculo amo-esclavo es negar lo que hay
de humano en la mquina, o bien es
aceptar que hay una parte de lo huma-
no (de los humanos) que merece ser
dejada en condicin servil. Solamente
as podemos pensar mquina y hombres
enfrentados y concebir la resolucin del
conflicto como un triunfo del orden de
la dominacin. Muy por el contrario,
dice Simondon: lejos de ser el vigilante
de una tropa de esclavos, el hombre es el
organizador permanente de una sociedad
de objetos tcnicos que tienen necesidad
de l como los msicos tienen necesidad
del director de orquesta.
7
La diferencia,
entonces, entre la tcnica premoderna
A
x
e
l
R
u
s
s
o
137
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La tcnica como dilema filosfico
y la moderna, aquello que permite la
construccin de otra genealoga, tiene
entonces ms que ver con considerar el
vnculo hombre-producto tcnico no
como algo binario (y pasible del enfren-
tamiento entre sus polos), sino triple: el
hombre, la mquina, el medio tcnico
entre ambos. Y al aparecer el medium,
tambien se hace evidente lo sagrado, y
no la simple complejizacin que hace
del hombre el ms hbil teknits.
Herramientas-utensilios
y sistemas tcnicos
La revolucin industrial deja en evidencia
el anacronismo, en la misma moderni-
dad, de la idea de hombre como portador
de herramientas. Aparece por primera vez
una nueva industria completa: la de fabri-
cacin de mquinas.
8
No slo aparece,
sino que esas mquinas son, por primera
vez en la historia tcnica, mquinas por-
tadoras de herramientas. El hombre tiene
miedo de su creacin tcnica porque
siente que la mquina rivaliza con l en
el plano de la funcin, a pesar de que la
funcin humana no sea, o tal vez no haya
sido nunca, la de ser mero portador de
instrumentos. As el individuo tcnico,
para Simondon, se convierte en adversa-
rio del hombre, y todo esto de la mano de
una nocin de progreso que se convierte
en violacin de la naturaleza y en captura
de energas. ste es el planteo conteni-
do en la tcnica moderna definida por
Heidegger, que opone la tekn poitica a
la moderna por ser esta ltima provocan-
te, porque interpela a la naturaleza como
reserva de energa acumulada a la espera
de ser acumulada, explotada y agotada.
Heidegger consideraba que con la emer-
gencia de la fsica moderna se consumaba
el proceso de desanimizacin del mundo,
y la conversin de la naturaleza a recurso
se daba de la mano de la aparicin de
la interpelacin, convocante tanto del
hombre como del mundo. El planteo
heideggeriano postulaba la oposicin
hombre-naturaleza: el velo de la tcnica
provocante era el discurso del dominio
absoluto, y por ende de la conversin de
la naturaleza en elemento tcnico. Ahora
bien, para Simondon, cualquier genea-
loga de los objetos tcnicos debe buscar
una esencia de la tcnica que s ser algo
tcnico, a diferencia de lo que plantea
Heidegger que se debe encontrar en
aquello que permanece estable a travs
de un linaje evolutivo; hay que volver a
una concepcin triple hombre-mquina-
medio tcnico en la historizacin de las
tcnicas, y considerar:
que el primer carcter del objeto tc-
nico es su artificialidad, que reside en
que el hombre debe intervenir para
protegerlo del mundo natural. El
objeto tcnico tiene un estatuto apar-
te de existencia, no importa si provie-
ne del mundo natural o del mundo
humano (ejemplos claros de esto son
la flor de invernadero, o el corazn a
la espera del transplante, como bien
cuenta, a partir de su propia expe-
riencia de transplantado, Jean-Luc
Nancy en El intruso
9
). Artificializado
es sinnimo de tecnificado, porque el
mundo del artificio es el mundo de
la tcnica. La artificializacin, para
Simondon, es un proceso de abstrac-
cin en que una serie de funciones se
abren en otro conjunto de funciones
ahora independientes vinculadas sola-
mente por los cuidados humanos.
Las tcnicas antiguas tambin proce-
dan por medio de la artificializacin:
desde la domesticacin de animales al
cuidado agrcola, el hombre extrae a
un ser vivo de su medio natural para
hacer depender su sobrevida de su
propia intervencin. Este punto de
N 6 | Primavera 2007
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La tcnica como dilema filosfico
138
vista aclara aquel linaje evolutivo
de las tcnicas que tiende a tomar
con cada vez mayor regularidad pro-
ductos naturales para convertirlos
en objetos tcnicos y que, de modo
inverso, tiende a considerar que los
objetos primitivamente artificiales
tienen el deber de asemejarse cada
vez ms al objeto
natural. Se tratara,
exclusivamente, de
una ampliacin de
los campos dentro
de los cuales opera
el hacer tcnico
humano; en snte-
sis, del crecimien-
to de aquello que
media entre natu-
raleza y hombre, del mundo tcnico.
que el segundo carcter a tener en
cuenta es la tendencia cada vez mayor
del objeto tcnico a construir siste-
mas, aspecto tambin detectable en
las genealogas habituales respecto de
los objetos tcnicos. Peter Sloterdijk,
por ejemplo, seala al Renacimiento
como un hito en la historia tc-
nica occidental. Mientras algunos
hombres se lanzaban a la conquis-
ta de nuevos mundos y emigraban
del continente europeo, otra enor-
me cantidad de hombres consumaba
la ms inmensa emigracin inmvil
acontecida en la historia humana: la
migracin al mundo del artificio.
10
Esta ltima es condicin inequvoca
de la individualizacin de los seres
tcnicos. Por qu? Porque comienza
a constituirse ese medio tcnico que
excede el mbito de la polis, un medio
a la vez tcnico y natural, que regula
los vnculos hombre-naturaleza. Pero
lo importante de este tercer espacio
es que adems, en l, el ser tcnico se
condiciona a s mismo en su funcio-
namiento. Lo importante es la apa-
ricin de una imaginacin creadora
que pueda relacionar elementos que
materialmente constituirn un objeto
tcnico pero que se encuentran dis-
persos, sin medio asociado antes de la
aparicin del objeto. Un ejemplo es la
imaginacin creadora de Leonardo da
Vinci, que en sus intentos por disear
un planeador ya era capaz de conside-
rar la resistencia del aire en las alas. Lo
que puede concebir Leonardo antes
de que exista el objeto es la existencia
de un tercer medio tcnicogeogr-
fico, fundamental, para Simondon,
en la existencia de la locomotora,
cuyo motor est exigido al mximo
en el arranque y en el frenado, en
las pendientes, cuando la nieve o el
viento frene su avance aumentando
el rozamiento, por ejemplo, en las
ruedas. Se trata entonces aqu de un
condicionamiento del presente por el
porvenir, por lo que todava no es
11
,
por la interpelacin de la naturaleza
al objeto tcnico en pleno funcio-
namiento. Es decir que el hombre
ya no podr verse frente a frente
con ese objeto tcnico sin tener en
cuenta el espacio en que dicho objeto
desempear sus funciones, y ya no
ser solamente operador, sino que
ser tambin regulador. Desde que
aparece el tercer medio, el hombre ya
no ser de hecho portador de herra-
mientas: el Renacimiento supone la
emergencia de los sistemas tcnicos
compuestos a veces por dos mqui-
nas de estructura independiente, pero
cuya otra parte se encuentra cada una
en la otra. El texto de Simondon es
abundante en ejemplos: de nada sirve
la consola de grabacin en una sala
sin los paneles acsticos, de modo
que ambas partes se vuelven intiles
una sin la otra. La fbrica moderna
Mientras algunos hombres se
lanzaban a la conquista de nue-
vos mundos y emigraban del
continente europeo, otra enor-
me cantidad de hombres con-
sumaba la ms inmensa emi-
gracin inmvil acontecida en
la historia humana: la migra-
cin al mundo del artificio.
139
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La tcnica como dilema filosfico
ofrece otro ejemplo: el funcionamien-
to de las mquinas exige una luz
especial cuya onda no acople con el
ritmo regular de sus movimientos;
sin el sistema de luces, esas mquinas
seran imposibles de operar, o la causa
de los accidentes que fueron la leccin
de la tcnica fabril. La electricidad es
para Simondon el hito fundamental
en esta genealoga, no porque permita
la aparicin de nuevas mquinas ms
complejas, sino porque los nuevos
individuos electrotcnicos se integran
fcilmente en conjuntos de produc-
cin, de reparticin y de utilizacin
de la energa elctrica cuya estructura
difiere mucho de la de las concentra-
ciones previas de la era termodinmi-
ca (correspondientes, tal vez, con la
etapa paleotcnica de la que hablaba
Mumford
12
). A tal punto llegara esta
integracin en sistemas tcnicos que,
observa Simondon, el rol que juegan
los ferrocarriles en la concentracin
termodinmica es reemplazado por
el que juegan las lneas de alta tensin
de interconexin en el conjunto de
electricidad industrial
13
: porque la
electricidad sortea la geografa a travs
de los cables, habilita la descentrali-
zacin industrial, y por eso mismo
constituye un sistema tcnico con
el automvil, ms independizado de
la geografa que el tren. Un soporte
material sigue siendo necesario (el
cable, la ruta) pero la potencia trans-
mitida es mucho ms eficaz para la
activacin de sistemas tcnicos a dis-
tancia. Simondon no hace referencia,
por razones obvias de ndole crono-
lgica, a la integracin en sistemas
tcnicos permitida por los actuales
dispositivos informticos. El presente
activa una nueva etapa que avanza un
paso ms respecto de la emancipacin
de los espacios y de los cuerpos. En
las sociedades de control que defina
Gilles Deleuze, las mquinas del ter-
cer tipo apuntaban a una integracin
digital, omnipresente y operante en
tiempo real. Abolicin del espacio
y del tiempo, y primaca cada vez
mayor del mundo del artificio, que
bajo el epteto de virtual se concibe
como amenazando la dimensin de
lo real: integracin, por lo tanto, en
espacios de tercer tipo.
Tcnica y artificio en la
era biotecnolgica
Indagar en la esencia del objeto tcnico es
una posibilidad de salida de ciertas para-
dojas abiertas por determinados aconteci-
mientos tcnicos extremadamente recien-
tes, especficamente aquellos ligados con
las biotecnologas y con el cuestiona-
miento de la nocin de vida. A partir de
la artificializacin y la tendencia a cons-
truir sistemas que Simondon denomina
concretizacin se consagra, a partir
del Renacimiento y la Modernidad, un
tercer dominio mediador entre el huma-
no y el natural, el tcnicogeogrfico, cuya
existencia poda quedar oculta bajo la
concepcin del hombre como portador
de herramientas. De hecho, no hay que
esperar a que recientes biotecnologas
dejen en absoluta evidencia la fusin
naturaleza-hombre: ese paradigma de
violacin y conquista de la naturaleza,
que la mayor parte de los autores sealan
como propios de la tcnica moderna, es
paralelo a otros procesos de ndole previa,
e incluso anteriores a su cristalizacin
en la era post-industrial. Lo que quizs
ha ocurrido, como observa Umberto
Galimberti, es la consagracin definitiva
de la tcnica como medioambiente del
hombre
14
. En la esfera de este medio-
ambiente tcnico, la fusin hombre-m-
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La tcnica como dilema filosfico
140
quina exige la construccin de nuevos
valores. Pensar la tcnica contempornea
con valores modernos, dice Galimberti, o
pre-modernos, dira Simondon, es eludir
la cuestin fundamental. Si slo pensa-
mos en las mquinas bajo la lgica amo-
esclavo, como uno de los emergentes del
mundo categorial moderno, no podemos
abordar el dina-
mismo propio de
los objetos tcni-
cos, que es similar
al dinamismo del
pensamiento tc-
nico. Y existe una
gran cercana entre
vida y pensamien-
to tcnico, porque
el pensamiento
tcnico, y esto es
lo que se olvida en
los prejuicios mar-
cadamente anti-
tcnicos, proviene
de la vida. El objeto tcnico individua-
lizado es un objeto que fue inventado,
es decir, producido, por un juego de
causalidad recurrente entre vida y pensa-
miento en el hombre.
15
As se explican
las recientemente descubiertas interac-
ciones entre el mundo de lo vivo y el
mundo de la mquina, para Simondon:
los esquemas mentales operan unos sobre
otros durante la invencin, y actan
unos sobre otros en el funcionamiento
material, y el producto tcnico no es ms
que su cristalizacin. Por eso existe una
segunda cercana entre el dinamismo del
pensamiento tcnico y el dinamismo del
funcionamiento de los objetos tcnicos.
La unidad del medio asociado del objeto
tcnico este medio tcnicogeogrfico
tena, para Simondon, su anlogo en la
unidad de lo viviente; lo viviente es un
ser individual que lleva consigo su medio
asociado. Por eso lo viviente acta desde
siempre condicionndose a s mismo,
metamorfosendose, a fin de inventar, si
no lo posee, su propio medio ambiente.
El oxgeno, gas venenoso para las prime-
ras formas vivas sobre el planeta, termina
siendo sustancia vital. As ocurre con lo
humano en lo maqunico: esta capacidad
de condicionarse a s mismo, que est en
el principio de lo vivo, se presenta otra
vez, para Simondon, en la capacidad
de producir objetos que se condicionan
ellos mismos. Un captulo aparte sera la
consideracin de la nocin de informa-
cin y la aparicin en el dominio de lo
biolgico de la idea de cdigo, un paso
ms en la bsqueda de una gramtica de
comprensin entre el lenguaje de lo vivo
y el lenguaje de las mquinas de factura
humana. A la bsqueda de ese cdigo,
de ese lenguaje comn, se abocan las
ciencias exactas y biolgicas desde hace
varias dcadas. Las biotecnologas acti-
van entonces una panoplia de prejuicios
antitcnicos cifradas en el horror de que
una mquina y un cuerpo vivo se com-
prendan ms all de la conciencia, en
un lenguaje que le sera desconocido al
comn de los usuarios de la mquina y
que sera propio de una lite de forma-
cin tcnica que pasara a tener el control
de los cuerpos y en ltima instancia el
control de las conciencias. Esas mismas
masas que operan con dicho prejuicio no
dan sin embargo el paso que las pudie-
ra llevar a intentar comprender, sino
dominar, ese lenguaje desde un punto de
vista ideolgico y conceptual, intento que
llevara, al menos, al cuestionamiento de
la idea de amo y esclavo que le es correla-
tiva. De hecho, el parentesco enorme que
se descubre a partir del descubrimiento
de la nocin de informacin entre vida y
pensamiento tcnico estaba contenido en
la constitucin de los sistemas tcnicos
modernos; el hombre, como coordi-
nador de los conjuntos tcnicos es un
Las biotecnologas activan
entonces una panoplia de pre-
juicios antitcnicos cifradas en
el horror de que una mquina
y un cuerpo vivo se compren-
dan ms all de la concien-
cia, en un lenguaje que le
sera desconocido al comn
de los usuarios de la mqui-
na y que sera propio de una
lite de formacin tcnica que
pasara a tener el control de los
cuerpos y en ltima instancia
el control de las conciencias.
141
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La tcnica como dilema filosfico
elemento ms en la constitucin de los
sistemas tcnicos. El hombre no slo
est fusionado con la tcnica cuando
tiene inserto un chip en la retina, o un
marcapasos en el corazn. Esta fusiona-
do con la tcnica, o es tcnica, cuando
consume un frmaco sintetizado a partir
de sustancias vegetales, o cuando prodiga
cuidados en un invernadero, o cuando
extrae un corazn natural para trans-
plantarlo a un cuerpo que lo necesita. Ese
corazn ya es un objeto tcnico, desde
el momento en que ha sido extrado del
cuerpo viviente y sometido a condicio-
nes especiales de cuidado y preservacin.
Siguiendo a Simondon, el malestar de la
cultura frente a sus objetos tcnicos no
reside entonces nicamente en la sepa-
racin de las esferas del arte y la tcnica,
o de la cultura y la tcnica, sino que
procede del desconocimiento, por parte
de la mayor parte de los hombres, de la
esencia del objeto tcnico, al que se juzga
en funcin de su complejidad o utilidad,
despreciando todo conocimiento de sus
mecanismos; esto lo desplaza, adems,
a una zona de misterio frente al cual la
actitud del hombre linda con la como-
didad de esperar que los portadores de
saber (tcnico) resuelvan y operen; claro
est que en caso de necesidad individual,
la panoplia de prejuicios se desactiva.
Conocer la esencia del objeto tcnico
implica pensar qu hay en lo humano
artificializado, pero tambin qu hay de
humano en lo maqunico. La profunda
revisin de los valores que asignamos a los
hombres y a las mquinas debe contem-
plar, entonces, a un nuevo tipo de objeto
tcnico, con todo el horror que el trmi-
no objeto pueda suscitar en nosotros, y es
el constituido por el complejo hombre-
mquina. Hacerlo no implica necesaria-
mente objetivar al hombre sino entrar
en lo que Peter Sloterdijk denominaba
homeotecnologa, una forma de operati-
vidad no-dominante caracterizada por
la cooperacin
16
.
NOTAS
1. Introduccin, en Du mode dexistence des objets techniques (1958). Edicin consultada: Pars, Aubier, 1989.
2. Es el desarrollo que realiza Jean-Pierre Vernant, partiendo de los trabajos de Ulrich von Wilamowitz y
de Louis Schan. Vase El trabajo y el pensamiento tcnico, en Mito y pensamiento en la Grecia antigua.
Barcelona, Ariel, 1993. pp. 242-301.
3. En Gilbert Simondon, op. cit., p. 9.
4. Ibidem.
5. Vase Murray Bookchin, Dos imgenes de la tecnologa y La matriz social de la tecnologa, en Ecologa
de la libertad. Madrid, Nossa y Jara, 1999.
6. Gilbert Simondon, op. cit., p. 11.
7. Ibidem.
8. Hans Jonas, Por qu la tcnica moderna es objeto de la filosofa? y Por qu la tcnica moderna es objeto de
la tica?, en Tcnica, tica y medicina. Sobre la prctica del principio de responsabilidad. Barcelona, Paids, 1997.
9. Jean-Luc Nancy, El intruso. Buenos Aires, Amorrortu, 2006.
10. Peter Sloterdijk, Essai dintoxication volontaire, suivi de Lheure du crime et le temps de luvre dart.
Pars, Hachette, 2001.
11. Gilbert Simondon, op. cit., p. 57.
12. Lewis Mumford, Tcnica y civilizacin. Madrid, Alianza, 1982.
13. Gilbert Simondon, op. cit., p. 68.
14. Umberto Galimberti, Psich y Techn. Revista Artefacto. Pensamientos sobre la tcnica, N 4. Buenos
Aires, edicin independiente, 2001.
15. Gilbert Simondon, op. cit., p. 60.
16. Peter Sloterdijk, El hombre operable. Notas sobre el estado tico de la tecnologa gnica. Revista Arte-
facto. Pensamientos sobre la tcnica, N 4. Buenos Aires, edicin independiente, 2001.
142
De tcnicas y humanismos
Por Pablo Esteban Rodrguez
Por qu y de qu modo se ha constitui-
do un pensamiento sobre la tcnica, ms
all de la autonomizacin de las esferas
vitales y a propsito de su contraposicin
con lo humano? Cul es el subsuelo de
invenciones materiales y de acontecimien-
tos filosficos que lo ha permitido? Pablo
Rodrguez se detiene en tres episodios en
los que se engarzan la preocupacin inte-
lectual y el desarrollo de los sistemas ciber-
nticos. El primero de ellos lleva el nombre
de Heidegger y trata la perseverancia en la
pregunta por el Ser. El segundo episodio es
situado bajo un nombre menos conocido
que el del filsofo alemn: el de Gilbert
Simondon, y de su idea de un humanismo
que debe inscribirse en los acordes de cada
poca y traducir las efectivas creaciones
tambin tcnicas del hombre. Y el lti-
mo es el que, entre Foucault y Sloterdijk,
interroga el fin del hombre. El enlace de
estos momentos es reflexin sobre la con-
temporaneidad pero tambin apuesta a un
humanismo a la altura de nuestra existen-
cia, despojado de lamentos y nostalgias.
143
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La tcnica como dilema filosfico
I
Pensar acerca de la tcnica, delimitar un
campo de reflexin sobre las tecnologas,
son cuestiones tan recientes como ese
siglo que hemos dejado atrs hace muy
poco. Muchas otras ramas del arte y
del pensamiento se haban constituido
en esferas independientes ya en el siglo
previo, a partir de una serie de derivacio-
nes vertiginosas. La ciencia y la filosofa
recin comienzan a divorciarse en el siglo
XVIII; de la filosofa se desprender defi-
nitivamente la literatura y, en general,
la esttica como forma de pensamiento
sobre el arte, har lo propio hacia prin-
cipios del siglo XIX; a fin de siglo, de
esa filosofa ya recortada florecern las
ciencias sociales y humanas. El siglo
XX se inaugura con una red extensa de
pensamientos propios acerca de la natu-
raleza, el arte, la sociedad, el ser humano,
etctera. Cmo es, entonces, que en
el seno de todas estas disposiciones, de
estas esferas cada vez ms autnomas y
complejas, pudieron constituirse como
objeto la tcnica y la tecnologa, cuestio-
nes que, a primera vista, recorren trans-
versalmente todas esas figuras?
Una respuesta posible dira que el ritmo
de estas derivaciones fue tan rpido
como el de las revoluciones tcnicas.
En menos de 250 aos se multipli-
caron los medios de transporte con
el tren, el automvil, el avin y los
viajes fuera de la Tierra; en la transmi-
sin de signos a distancia se crearon
los medios masivos de comunicacin
(radio, televisin), adems del telgrafo,
el telfono, Internet y todas sus variantes
porttiles (laptops, telfonos celulares);
nacieron artes de indudable vocacin
tcnica como la fotografa y la cinema-
tografa; se edificaron sistemas tcnicos
que rodearon con sus mallas cerradas al
mundo entero, como la electricidad y, a
partir de ella, los sistemas digitales. Hoy
la Tierra tiene en los satlites a millones
de espejos que orbitan alrededor de su
superficie llevando y trayendo ondas,
ensanchando frecuencias. Los hogares
se pueblan de artefactos y los cuerpos se
transforman en piezas tan maleables que
parecen hechos de plastilina. Los seres
humanos se preocupan por la salud de
todos, hombres, animales, vegetales, el
planeta entero, cuando hace dos siglos
la medicina era poco menos que una
prctica colateral a los servicios fnebres.
Como si todo esto fuera poco, debemos
considerar que la Revolucin Industrial
lleva poco ms de 200 aos de existen-
cia. Se trata de una secuencia demasiado
imponente como para no preguntarse
qu furia la anima.
El pensamiento sobre la tcnica emerge
a partir de esta respuesta, pero conviene
aclarar que esto slo puede ocurrir a
condicin de agrupar todas estas trans-
formaciones bajo el rtulo de tcnica
o de tecnologa y de oponerle algo
que se llama hombre, ya que de lo
contrario no se podra distinguir la con-
dicin humana de sus creaciones. La
antigua Grecia fue prdiga en mitos
sobre la tcnica, como el de Prometeo,
y el Renacimiento se esforz, sobre todo
en Italia y en los Pases Bajos, en siste-
matizar un conjunto de invenciones a
partir de la conjuncin de una teora
y una prctica que sern luego lo que
hoy llamamos ciencia y tcnica. Pero
en aquellos casos la tcnica no era un
tipo de realidad como la que retrata la
secuencia de los dos ltimos siglos: tcni-
ca, por ejemplo, no se distingua de arte,
ni industria de esttica. Tcnica refera
simplemente a un modo particular de
hacer que pertenece al hombre. Ahora
bien, cuando el hombre hace tanto,
cuando se rodea de semejante modo de
sus creaciones, parece inevitable inqui-
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La tcnica como dilema filosfico
144
rir sobre el lmite del hombre consigo
mismo y respecto de sus invenciones.
Todo pensamiento sobre la tcnica supo-
ne un tipo de humanismo que debe su
existencia a la coincidencia temporal de
una construccin conceptual hombre,
unos saberes cada vez ms especficos y
unas tcnicas cada vez ms desarrolladas.
Cunto ms progresan saberes y hace-
res, ms acuciante
se vuelve la pre-
gunta por el hom-
bre que los hace
evolucionar, y es
as como el pro-
blema del huma-
nismo volvi en el
siglo XX a estar
en juego como en
la Antigedad gre-
corromana y cris-
tiana o como en
el Renacimiento.
En trminos muy
generales, este
pensamiento par-
ti del supuesto de
que el hombre haba llegado demasiado
lejos con la avalancha tecnolgica que
hemos mencionado y que es necesario
hacer una evaluacin del proceso com-
pleto que lo trajo hasta aqu. Todo lo
que no es humano fue achacado a la
tcnica, que se deslig del hombre de
quien depende, y las tonalidades de las
reflexiones dependieron de optimismos
y pesimismos respecto de este salto.
Desde los cambios en la organizacin
del trabajo hasta la informatizacin de la
sociedad, desde los campos de concen-
tracin hasta la globalizacin, pasando
por las biotecnologas y los medios masi-
vos de comunicacin, todo fue colocado
sobre el tamiz de la tcnica.
En segundo trmino, el siglo XX ha
visto la emergencia de un saber parti-
cular que pone en relieve el problema
de la tcnica. Este saber, procedente de
la ciberntica y la teora de los sistemas,
postula que existe una identidad entre
el animal, el hombre y la mquina; que
muchas de las cuestiones que considera-
mos ntimamente humanas pueden ser
reproducidas artificialmente; que existe
un principio material en el universo que
hasta ahora no ha sido explorado, que es
la informacin; que es posible edificar
un megasaber, una gran ciencia del
todo universal, en la cual la distincin
entre hombre y mquina y entre natura-
leza y artificio, se desvanece. La cuestin
es que, a diferencia de la reflexin sobre
la tcnica, y ms all de las tensiones
internas derivadas de semejantes axio-
mas, este saber se extiende capilarmente
en todo el mundo en la forma de lo
cotidiano: una computadora es la mate-
rializacin de la metfora del cerebro
artificial; un estudio gentico es la reali-
zacin de la idea de informacin en bio-
loga; la prdida de puestos de trabajo
en las fbricas de las llamadas industrias
pesadas se origina en la robotizacin
de las cadenas de produccin, al ser
el robot aquel cerebro artificial nuevo
unido a viejos sistemas mecnicos. El
suelo del problema de la tcnica en el
siglo XX est construido sobre estos dos
cimientos: la preocupacin intelectual
y la nueva oleada ciberntico-sistmica.
Vamos entonces a recorrer tres episodios
donde se ponen en juego el punto de
cruce entre ambos para abrir el paso a
otra nocin de tcnica y de hombre.
II
El primer episodio es el pensamiento de
Martin Heidegger
1
. El siglo XX asiste
con l al primer intento agudo de que-
brar la alianza entre filosofa de la tcnica
Todo lo que no es humano fue
achacado a la tcnica, que se
deslig del hombre de quien
depende, y las tonalidades de
las reflexiones dependieron de
optimismos y pesimismos res-
pecto de este salto. Desde los
cambios en la organizacin
del trabajo hasta la informa-
tizacin de la sociedad, desde
los campos de concentracin
hasta la globalizacin, pasan-
do por las biotecnologas y
los medios masivos de comu-
nicacin, todo fue colocado
sobre el tamiz de la tcnica.
145
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La tcnica como dilema filosfico
y humanismo, nico modo de compren-
der el ser tcnico del hombre por fuera
de la evaluacin moral optimista o pesi-
mista. Para Heidegger, es necesario echar
un vistazo a los humanismos que han
imperado en Occidente desde la antigua
Grecia. Por un lado podemos distinguir
el humanismo propio de la poca greco-
rromana y ms tarde del Renacimiento.
Este humanismo asume que el hombre
es el resultado de la destilacin de una
esencia arrancada a lo que la existencia
animal tiene de brbaro. El hombre ante
todo es aquel animal que se distingue del
animal a secas por su carcter racional.
Por otro lado existen los humanismos
cristiano, marxista y existencialista, en
donde el hombre es el proyecto de
un mundo nuevo donde alcanzar su
realizacin como tal, pero no en tanto
que animal racional, sino como con-
quista de su propia humanidad. Que la
humanidad como dominio de la razn,
y por ende racionalidad de un ser vivo
particular como es el hombre, implica
a todos los humanismos por igual, es
algo de lo que Heidegger no duda. Sin
embargo, en el cristianismo, en el pensa-
miento de Hegel y de Marx, la conquista
de la razn en un mundo plenamente
humano tambin supone realizarse a
travs del trabajo como transformacin
de la naturaleza. El ser humano, como
viviente, slo logra su humanidad con el
sudor de su frente, la fatiga de su cuerpo
y las ampollas de sus manos.
Heidegger pone entre parntesis estos
principios y muy en especial el del tra-
bajo, para poder pensar el hombre fuera
de los humanismos occidentales. Y all
encuentra la presencia imponente de
la tcnica. Aunque Heidegger declare
en la Carta sobre el humanismo que hay
que dejar de preguntarse por la esencia
del hombre en el sentido habitual del
trmino esencia (fundamento o deter-
minacin ltima o primera), l tiene una
definicin posible: el hombre es el pas-
tor del Ser. El hombre ha sido aquello
que accedi a preguntarse por el ser y,
desde los tiempos de los presocrticos,
aquello que ha olvidado que poda hacer
esa pregunta. El hombre de los humanis-
mos obtura el espacio del hombre como
pastor del Ser. Parafraseando a Sigmund
Freud, que escribi que donde est el
Ello, debe advenir el yo, podramos afir-
mar que para Heidegger all donde est
el hombre, debe advenir el Ser. En este
sentido, la tcnica es uno de los modos
posibles de ese olvido de la pregunta por
el Ser, o directamente del olvido del Ser,
y es por lo tanto un rostro posible del
humanismo. Cualquier definicin que
vincule ntimamente al hombre con la
tcnica se aloja dentro de este olvido.
Preguntar qu es el hombre y qu es la
tcnica slo es posible a condicin de
permanecer cerca de la pregunta por el
Ser. Y desde esta pregunta el hombre
aparece como aquel ser vivo, racional
y dotado de lenguaje, que estima a la
naturaleza como un stock de energa a
liberar, algo que se hizo evidente a partir
del Renacimiento. El hombre es alguien
dispuesto a provocar a la naturaleza para
extraerle sus secretos, como predicaba
Francis Bacon, un ser de accin y no de
contemplacin y asombro (como en el
caso de que se pregunte por el Ser). El
hombre domina el mundo. El trabajo
es una de las formas de esa dominacin,
y de ninguna manera puede predicarse
una liberacin que no sera otra cosa
que el carcter extremo de esa domina-
cin. As, razona Heidegger, si el siglo
XX atestigua todas las transformaciones
que hemos mencionado al comienzo, si
muestra a un hombre encajonado entre
los peligros desatados por la energa
atmica y la tecnificacin extrema que
supone la ciberntica, no se trata de una
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La tcnica como dilema filosfico
146
deshumanizacin, sino del resultado
obvio de la imagen de la humanidad
como conquista de la naturaleza en un
doble sentido: primero, en tanto cons-
titucin de una relacin sujeto-amo
versus naturaleza-esclava; y segundo,
dentro del mismo hombre, en tanto
dominio de lo natural en l (la anima-
lidad) por medio de la constitucin del
sujeto moderno (la racionalidad). La
pregunta por la tcnica se transforma en
la pregunta por el hombre, y sta en la
pregunta por el Ser.
Frente a quienes se rasgan las vestiduras
por la tecnifica-
cin de la huma-
nidad, Heidegger
seala que ella est
contenida en el
proyecto mismo
del humanismo.
Pero quienes se
escandalizan tie-
nen al menos un motivo vlido para
hacerlo. El hombre del humanismo,
el hombre que se pavonea como seor
del mundo, ya no puede reconocerse
en aquello que ha dominado y corre el
riesgo de ser sobrepasado por esas mis-
mas fuerzas que ha desatado. Dicho de
otro modo: el hombre quizs ya no est
ms a la altura de la tcnica moderna.
Y, hay que decirlo, esto s preocupa a
Heidegger. Ahora bien, en la medida
en que se trata del destino del hombre
moderno, de su propio proyecto, no
debemos esperar de l una accin ten-
diente a enfrentar este problema. En
el peligro est la salvacin; Slo un
dios puede salvarnos: estas frases de
Heidegger expresan hasta qu punto no
cabe imaginar nada bueno ni malo de
la situacin actual, sino simplemente su
concrecin final, y en ese momento, si el
planeta sigue existiendo, quizs emerja
luminoso el tan olvidado Ser.
III
El segundo episodio es desplegado por el
filsofo francs Gilbert Simondon
2
. Para
Simondon, la cultura occidental, parti-
cularmente la intelectualidad, ha creado
un prejuicio intil frente a la tcnica que
le impide reconocer en los artefactos la
realidad humana que los ha creado. Esa
distancia que observa Heidegger entre el
hombre y la tcnica, ms all de que est
originada en una crtica al humanismo y
su pretensin de conquista del mundo,
no hace ms que extender este prejuicio.
Toda tecnofilia o tecnofobia proceden
de esta matriz; una celebra que el hom-
bre est en condiciones de superarse en
la mquina, mientras la otra pretende
hacernos tomar conciencia del modo en
que nos hemos enajenado.
La tcnica es simplemente el conjunto
de las acciones en las que los hombres
exteriorizan algunas de sus caractersticas
consideradas esenciales, dice Simondon.
De all que cada poca tenga el huma-
nismo que le corresponde. El problema
del humanismo del siglo XX, encargado
de interpretar la avalancha tecnolgica,
es que se maneja con nociones propias
de una poca anterior. Podemos decir
que durante los ltimos 250 aos el
hombre procedi a exteriorizar espec-
tacularmente algunas de sus facetas: la
comunicacin en el sentido de trans-
misin de signos a travs de los medios
masivos e interactivos, la transformacin
de la materia a travs de las mqui-
nas termodinmicas, la organizacin de
artefactos alrededor de sistemas tec-
nolgicos autnomos. El humanismo
que afirma la distancia entre hombre
y tcnica slo reconoce en el hombre
a un portador de herramientas. No
puede admitir que las facultades de
expresin sean transferidas a lo artificial.
Tampoco puede aceptar que el hombre
El hombre domina el mundo.
El trabajo es una de las for-
mas de esa dominacin, y de
ninguna manera puede pre-
dicarse una liberacin que no
sera otra cosa que el carcter
extremo de esa dominacin.
147
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La tcnica como dilema filosfico
mismo haya creado ensambles materia-
les que son, ellos mismos, portadores
de herramientas. Y mucho menos le
puede parecer normal que haya sistemas
tcnicos que se relacionen entre s sin
mediacin humana pues, segn l, slo
el propio cuerpo del hombre podra
conectar estos sistemas. Si Simondon
fue un agudo intrprete de la cibernti-
ca, si le otorg un estatus filosfico sin
igual, fue porque encontr all la enun-
ciacin explcita del fin de la mayora de
los humanismos que conocemos.
La identidad que establece la ciberntica
entre animal, hombre y mquina echa
por tierra la figura del animal racional
que griegos, romanos y renacentistas nos
legaron. Esto quiere decir que esa razn,
antes ntimamente humana, puede estar
distribuida en las invenciones tecnolgi-
cas de los hombres, y de hecho es ese el
caso de los experimentos cibernticos y
sistmicos por crear mquinas lgicas
algo que data de los tiempos de Leibniz
y Descartes, que desembocan en las
computadoras y los procesadores infor-
mticos. Sin la mediacin de la razn, el
hombre de todos modos no ser un sim-
ple animal, ya que el propio animal, y en
general la vida entera, pasa a ser inter-
pretada en trminos de informacin.
Qu puede significar para la imagen del
hombre el hecho de ser genticamente
muy parecido a una bacteria, a la mosca
Simondon-Rodrguez,
por Juan Rearte
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La tcnica como dilema filosfico
148
de la fruta o a la oveja Dolly? Qu
consecuencias tiene para esta imagen la
equivalencia informacional que ni la teo-
ra de la evolucin, con la equiparacin
entre el simio y el hombre, pudo llevar
tan lejos? La vida es informacin, dice la
corriente principal de la biologa mole-
cular, y como tal la informacin permite
el intercambio entre especies animales,
humanas y seres artificiales.
La otra vertiente de los humanismos
definidos por Heidegger tambin resul-
ta afectada. En primer lugar, el trabajo
como transformacin de la naturaleza
deja de ser la esencia del hombre por
la sencilla razn de que el hombre
ha logrado exteriorizar completamente
esa funcin. La competencia entre el
hombre y la mquina y la alienacin
resultante, analizada hasta sus lti-
mas consecuencias por Marx, es para
Simondon un fenmeno del siglo XIX.
Es probable que esa alienacin est
tomando otros carices an ms inquie-
tantes, pero entonces debemos, una vez
ms, descartar el portar herramientas
como algo especficamente humano.
En segundo lugar, la realizacin del
hombre como un proyecto y su huma-
nismo aliado deja de tener asidero
cuando la ciberntica y la teora de los
sistemas comienzan a suponer que en la
vida, as como en el artificio, hay obje-
tos dotados de un proyecto, segn la
expresin del bilogo francs Jacques
Monod
3
. Aqu Simondon sostiene que
se nos ha liberado del prestigio incon-
dicional de la idea de finalidad
4
. Esto
no quiere decir que el proyecto del
hombre sea el mismo que el de la
materia, en principio, sino que hay que
definir lo que es proyecto y finalidad
por fuera de una secuencia ordenada
por un objetivo, para que pueda seguir
teniendo un rostro humano.
Desde la perspectiva que nos ofrece
Simondon, Heidegger parece haber sido
muy fino y determinante en lo que tiene
que ver con el humanismo, pero no ha
sabido ser tan preciso respecto de la tc-
nica; de hecho, es probable que ambos se
complementen, exactamente all donde
se desanuda el nexo entre humanismo y
tcnica en la modernidad, para abrir el
camino a otro pensamiento. Heidegger
estimaba que el reino de la tcnica
moderna, y la caducidad del hombre en
su seno, era la realizacin ms acabada
de la metafsica occidental, esa metafsica
que se erigi a partir del olvido de la pre-
gunta por el Ser. Simondon, en cambio,
cree ms atinado hacer una ontologa de
la tcnica que slo en ltima instancia
encuentre al hombre, de manera que
los humanismos pasibles de una genea-
loga no son slo, como en Heidegger,
los originados en religiones, filosofas y
polticas, sino fundamentalmente aque-
llos que fueron definiendo al hombre en
relacin con la actividad que realizaba en
el mundo y que, efectivamente, lo dife-
rencia de cualquier otra existencia en este
mundo: la tcnica. Entonces podramos
decir que la tecnificacin que desde hace
dos siglos domina el mundo humano
representa una suerte de culminacin
de la metafsica que se manifiesta en el
paso de los elementos y los individuos
a los conjuntos tcnicos. Los elementos
tcnicos eran aquellos que necesitaban
del cuerpo humano para completarse
como seres tcnicos; los individuos tc-
nicos estaban formados por elementos
y por cuerpos; en cambio, los conjuntos
tcnicos estn articulados de tal modo
que el cuerpo humano no necesita com-
pletar la actividad
5
. El humanismo de los
siglos XIX y XX no puede aceptar que el
hombre sea desbancado como individuo
tcnico e interpreta esta situacin como
una deshumanizacin alienante. Ahora
bien, la cuestin es, segn Simondon,
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La tcnica como dilema filosfico
plantear la posibilidad de un humanis-
mo que est a la altura de los saberes y
las prcticas que el hombre mismo lleva
a cabo en este mundo y no en la teora
de las ideas de los intelectuales esclareci-
dos. Si nos desembarazamos de los viejos
humanismos, el hombre seguir siendo
el director de orquesta de una sociedad
de objetos tcnicos
6
, aunque ya no sea el
hombre de los humanismos.
IV
Podr el hombre borrarse como en
los lmites del mar un rostro de arena
7
?
Como Simondon, Michel Foucault se
hace esta pregunta por lo humano a
partir de las condiciones histricas que
permiten la aparicin del hombre y de
la tcnica. Foucault encuentra en el siglo
XIX y en saberes recientes y aparente-
mente distantes lo que Heidegger ya
haba establecido en la genealoga de los
humanismos comenzando por los anti-
guos griegos. Efectivamente, el hombre
se define por la vida, por el trabajo y por
el lenguaje. El hombre es un ser que vive,
y que adems de vivir habla; un ser que
vive y habla y que adems trabaja. Este
hombre no aparece en las elucubraciones
de los filsofos sino en los hospitales, las
crceles, las fbricas, los cuarteles, los psi-
quitricos. Y si estas elucubraciones pue-
den estar articuladas con los hospitales o
las crceles, es porque media una episte-
me, una sutil composicin de saberes que
pueden o no ser ciencias, pero que recorta
un campo de lo que es posible ver, decir y
pensar en una poca. El humanismo del
siglo XIX, el de la episteme moderna, se
respira en una celda, un aula o una sala de
mquinas, so pretexto de buscar convertir
a esos seres en hombres: seres a la vez
vivientes, parlantes y trabajadores.
En este tercer episodio del vnculo entre
el hombre y la tcnica en el siglo XX,
Foucault sienta las bases de un nuevo haz
de pensamientos que completan de algn
modo la aventura en la que se embarca-
ron Heidegger y Simondon. El propio
Heidegger, a pesar de rechazar trmi-
nos como inhumano o deshumano,
identificaba a la
ciberntica como
uno de los mayo-
res peligros de los
que quiz brota-
ra la salvacin,
en la medida en
que tecnificaban la
vida y el lenguaje.
Si el habla es la casa del Ser, como reza
otra de las grandes afirmaciones heideg-
gerianas, es porque cumple un doble rol:
por un lado, es aquello que los humanis-
mos han trazado a lo largo de la historia,
pero por el otro es aquello que permite
levantar las barreras del hombre para
dejar advenir al Ser. No parece ser casual
que Foucault, influido por Heidegger,
haya confiado el abandono definitivo del
humanismo al estallido del lenguaje que
comienza en el siglo XIX en la literatura
y en la filosofa. Y tampoco es casual que
Gilles Deleuze afirme que Foucault no
pudo notar que era en el mundo de la
vida y del trabajo donde ms palpable
se haca el abandono del hombre. La
cuestin es colocar esa lupa tan precisa ya
no en las disposiciones del siglo XIX sino
en las del siglo XX. Y all se prolonga el
segundo episodio, pues lo que Foucault
parece heredar de Heidegger es lo que
Deleuze recoge de Simondon.
Ha sido necesario que la biologa se
transforme en biologa molecular, o que
la vida dispersada se agrupe en el cdigo
gentico. Ha sido necesario que el trabajo
dispersado se agrupe o reagrupe en las
mquinas de tercer tipo, cibernticas e
informticas [...] El hombre tiende a libe-
Si nos desembarazamos de los
viejos humanismos, el hom-
bre seguir siendo el direc-
tor de orquesta de una socie-
dad de objetos tcnicos
6
,
aunque ya no sea el hombre
de los humanismos.
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LA BIBLIOTECA
La tcnica como dilema filosfico
150
rar en l la vida, el trabajo y el lenguaje
8
.
Deleuze no duda en escribir que estamos
ante una versin indita del superhombre
imaginado por Nietzsche, un compuesto
nuevo donde el hombre entra en relacin
con fuerzas que antes pertenecan a su
interior. Este liberar en l del hombre
podra marcar su superacin, pero no en
un sentido dialctico, sino como posibi-
lidad de pensar una figura humana por
fuera de los humanismos histricos
9
. Se
trata de atisbar, como deca Simondon,
el humanismo propio para una poca
que ya no define al hombre por la vida,
el trabajo y el lenguaje
10
.
Otra versin posible es hablar de lo in-
humano. Para Jean-Franois Lyotard,
por ejemplo, la tcnica en el siglo XX,
estructurada a partir de la ciberntica y
la teora de los sistemas, es inhumana (tal
como apuntaba Heidegger), en la medi-
da en que externaliza todo aquello que
se supona ms ntimamente humano
(como deca Simondon). Cabra pre-
guntarse acerca de un nuevo humanismo
que hable de lo inhumano; qu ocurrira
si los humanos, en el sentido del huma-
nismo, estuvieran obligados a llegar a ser
inhumanos, o si lo propio del hombre
fuera estar habitado por lo inhumano
11
.
Una tercera variante es hablar de lo pos-
humano, aquello que viene despus de
lo humano pero cuya denicin positiva
an desconocemos. En esa senda se en-
cuentra el alemn Peter Sloterdijk, quien,
en una clebre conferencia sobre la Carta
sobre el humanismo de Heidegger, estima
que entramos una poca cuyas bases son
poshumansticas
12
.
Llegados a este punto, parece sensato
poner un coto a los prejos que pueden
adosarse a lo humano e imaginar qu
ser del hombre y de la tcnica cuando
las evidencias de esta transformacin
producida en el siglo XX, y que todos
presentimos diariamente en un sinfn
de actividades, estn a la vista de quie-
nes piensan el hombre. Por lo pron-
to, como cierre de este tercer episodio
y ensayo de apertura a otros ms que
vendrn, podemos anotar que:
si la vida puede ser reproducida arti-
ficialmente, o intercambiada entre
seres vivientes y artificiales, es que
la vida no es algo humano o que lo
que se ha llamado vida no es vida.
si el pensamiento, como secuencias
lgicas, puede ser reproducido arti-
ficialmente, es que el pensamiento
no es algo humano o que lo ms
ntimo y humano del pensamiento
no reside en las secuencias lgicas.
si el trabajo como transformacin
de la naturaleza puede ser realizado
enteramente por una mquina, es
que el trabajo no es lo que por siglos
entendimos o, ms bien, que el tra-
bajo no es la esencia del hombre.
si el lenguaje como cdigo y trans-
misin puede ser delegado a apa-
ratos tcnicos, es que, o bien el
lenguaje tampoco es lo propio del
hombre, o bien el lenguaje como
cdigo y transmisin no es algo
demasiado humano.
En todos los casos, los humanismos im-
perantes no tendran ms motivos para
escandalizarse ante cada avance tcnico,
pues la ley implcita de estas conjeturas
sera la siguiente: todo aquello que pue-
de ser reproducido articialmente no es
del orden de lo humano, y por lo tanto
no habra nada deshumanizador que
sea moralmente reprochable si el hom-
bre se embarca a hacerlo. Quizs esta
falta de escndalo haga desaparecer a
estos humanismos, que viven de la que-
ja. Y quizs, si miramos qu hombre se
relaciona hoy con qu tcnica, quede
allanado el camino de una existencia
sin humanismo o de un humanismo a
la altura de nuestra existencia.
151
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La tcnica como dilema filosfico
NOTAS
1. Vamos a referirnos a los siguientes textos de su autora: Carta sobre el humanismo (en Heidegger y Sartre,
Jean-Paul, Sobre el humanismo, Buenos Aires, Sur, 1960), La pregunta por la tcnica (en Ciencia y tcnica,
Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1983), Serenidad (Barcelona, Ediciones del Serbal, 2002) y Len-
guaje de tradicin y lenguaje tcnico (en revista Artefacto. Pensamientos sobre la tcnica, N 1, Buenos Aires,
CBC-UBA, diciembre de 1996).
2. Simondon (1924-1989) ha escrito una obra fundamental para comprender la losofa de la tcnica contem-
pornea, a la cual vamos a referirnos aqu: Du mode dexistence des objets techniques (Paris, Aubier, 1989),que
ser publicada prximamente por la editorial Prometeo. El pensamiento de Gilbert Simondon es uno de los
ms fecundos y todava no demasiado explorados de la actualidad. Para un anlisis de las lneas posibles que se
pueden trazar entre Simondon y Heidegger, ver Jean-Yves Chateau, Technophobie et optimisme technologi-
que modernes et contemporains, seguido de La question de lvaluation de la technique, en [Link]., Gilbert
Simondon. Une pense de lindividuation et de la technique, Paris, Albin Michel, 1994.
3. Jacques Monod, El azar y la necesidad. Ensayo sobre la losofa natural de la biologa moderna, Barcelona,
Tusquets, 1993.
4. Simondon, [Link]., p. 104.
5. La obra de Lewis Mumford, uno de los epicentros del pensamiento sobre la tcnica del siglo XX, haca
una clasificacin parecida cuando hablaba del paso de la herramienta, dependiente en la actividad tcnica
del cuerpo humano, a la mquina-herramienta, menos dependiente, y de all a la mquina, que organiza una
clausura sobre s misma respecto de ese cuerpo a travs de la automatizacin de la actividad. Ver Preparacin
cultural, en Tcnica y civilizacin, Madrid, Alianza, 1982.
6. Lejos de ser el vigilante de una tropa de esclavos, el hombre es el organizador permanente de una
sociedad de objetos tcnicos que tienen necesidad de l como los msicos tienen necesidad del director
de orquesta. El director de orquesta solamente puede dirigir a los msicos por el hecho de que toca como
ellos, tan intensamente como todos ellos, el fragmento ejecutado; los modera o los apura, pero se ve igual
de moderado o apurado que ellos; de hecho, a travs de l, el grupo de msicos modera y apura a cada inte-
grante, y el director es para cada uno de ellos la forma en movimiento y actual del grupo mientras existe; es
el intrprete mutuo de todos en relacin con todos. Del mismo modo, el hombre tiene como funcin ser el
coordinador e inventor permanente de las mquinas que estn alrededor de l. Est entre las mquinas que
operan con l (Simondon, [Link]., pp. 11-12).
7. Michel Foucault, Las palabras y las cosas. Una arqueologa de las ciencias humanas, Siglo XXI, Mxico, 1997, p. 375.
8. Foucault, Buenos Aires, Paids, 2005, p. 169.
9. Se trata de una radicalizacin del hecho nietzscheano de la muerte de Dios que arrastra consigo la del
hombre. Y el sujeto de este nuevo discurso, aunque ya no hay sujeto, no es el hombre o Dios, todava menos
el hombre en el lugar de Dios. Es esta singularidad libre, annima y nmada que recorre tanto los hombres
como las plantas y los animales independientemente de las materias de su individuacin y de las formas de su
personalidad; superhombre no quiere decir otra cosa, el tipo superior de todo lo que existe. Extrao discurso que
renovara a losofa, y que nalmente trata el sentido no como predicado, como propiedad, sino como aconte-
cimiento (Deleuze, De las singularidades, en Lgica del sentido, Buenos Aires, Paids, 2005, p. 123).
10. Aqu es necesario aclarar que son precisamente caractersticas del lenguaje tal como fuera entronizado du-
rante el siglo XX por el estructuralismo, por el giro lingstico, por la hermenutica las que operan como
denominador comn en el continente ciberntico-epistmico: informacin est ligada a cdigo, transmisin,
expresin, ya sea en la biologa molecular o en las telecomunicaciones, en la proxmica o en la informtica, en
la terapia sistmica o en las neurociencias. Es obvio que estas nociones no agotan el problema del lenguaje, pero
es de este modo como opera respecto de la cuestin de la tcnica que queremos tratar.
11. Lo inhumano. Charlas sobre el tiempo, Buenos Aires, Manantial, 1998, p. 10.
12. Peter Sloterdijk, Reglas para el parque humano, en Pensamiento de los Connes N 8. Buenos Aires, Dio-
tima, 2000. Esta conferencia gener una gran polmica con Jrgen Habermas en torno de las consecuencias de
la ingeniera gentica en el destino de la humanidad. Sloterdijk, como Deleuze, retomaba ciertos tpicos nietzs-
cheanos, como el del superhombre o los procesos de domesticacin y cra de seres humanos, algo intolerable a
los odos de humanistas clsicos. En cierta forma, Habermas y Sloterdijk cristalizaron los episodios que hemos
recorrido aqu en una escena de carcter dramtico entre viejos y nuevos humanismos. El lsofo espaol Flix
Duque ha realizado un anlisis detallado de esta escena en Sloterdijk o la libertad por la tecnologa (En torno
al humanismo. Heidegger, Gadamer, Sloterdijk, Madrid, Tecnos, 2002).
152
Tecnologas y tcnicas de la
globalizacin en Zygmunt Bauman
Por Rubn H. Ros
Zygmunt Bauman ha organizado y difundi-
do algunas de las imgenes ms extendidas
para pensar la globalizacin: sus libros han
salido del crculo de los expertos, interpe-
lando a pblicos ms ampliados. En qu
planos del pensamiento pueden leerse sus
difundidos anlisis sobre la modernidad
lquida? Rubn Ros se aboca a la tarea de
situarlo en dilogo y debate con la inter-
pretacin heideggeriana, con las crticas
foucaultianas y con la perspectiva marxista
de la enajenacin. En un recorrido preciso
y erudito por su obra, Bauman es tratado
como un intelectual moderno que, como
muchos de sus antecesores, sita el feti-
chismo de la mercanca como clave de una
comprensin general. Para Ruben Ros,
una nueva atencin sobre las tesis de los
Manuscritos econmico-filosficos de Marx
permite situar la tcnica en relacin al tra-
bajo humano. El trabajo hace extraos, a la
vez, la naturaleza, el cuerpo y la potencia
humana: la vida, lejos de ser algo amena-
zado por la instrumentalidad tcnica es
aquello que ya enajenado produce nuevas
coerciones. En este recorrido por Bauman
se plantean, as, dilemas que lo atraviesan
pero que requieren la imbricacin con
poderosas filosofas anteriores.
153
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La tcnica como dilema filosfico
Quiz Martin Heidegger, que sola
equivocarse mucho, se equivoc al res-
tarle importancia a la determinacin
del sistema social y econmico de la
civilizacin planetaria tecno-cientfica
que vislumbraba en El final de la filo-
sofa y la tarea del pensar, a comienzos
de los 60. Se sabe que Heidegger
rechazaba la interpretacin antropol-
gica de la tcnica concebida como un
instrumento neutro, un medio para
fines. Incluso, quiz La pregunta por la
tcnica est orientada contra el mate-
rialismo histrico o cierto marxismo;
como en ese texto Heidegger piensa
la esencia de la tcnica, todo el
universo humanista del sujeto/obje-
to implica la tcnica como dominio
de los entes. El trabajo mismo ya
es instrumental, tcnico, mediacin
entre el hombre y la naturaleza.
El sistema industrial como complejo
de mquinas (automatizacin de la
herramienta) deviene directamente de
esta posicin del trabajo. Desde luego
que a Heidegger le preocupaba ms la
suerte del mundo aprehendido por la
tcnica y el lenguaje fsico-matemtico
que la explotacin econmica de los
hombres por medio del plusvalor. En
todo caso, para l, algo as se hace
posible cuando los hombres han sido
capturados como cualquier ente por
la tcnica provocante de la natura-
leza. Suponiendo que la explotacin
econmica cese en un orden socialista,
el problema heideggereano de la tc-
nica como instrumento para los fines
del hombre se mantiene. El asunto de
fondo para l, como lo enfatiza en la
entrevista del Spieguel, es la tcnica pla-
netaria, la civilizacin tecno-cientfica y
no el orden social que lo acompaa.
Por el momento, el anlisis de Zygmunt
Bauman de la modernidad lquida
resuena en el cielo turbulento de la era
de la globalizacin como una asfixiante
correccin poltica al enfoque heide-
ggreano de la tcnica. Buena parte de
la inspiracin de Bauman, al menos
desde tica posmoderna (1995), tiene
como fuente el horizonte tico abierto
por Emmanuel Levinas, cuyo amor
por la justicia y la alteridad se trans-
mite a Bauman
sin reservas; otra
parte, y quiz de
fondo, arraiga
en la vieja tica
socialista y liberal
con sus grandes
estandartes de
libertad, igualdad
y fraternidad. Se
comprende que el
orden (o el des-
orden, ms bien)
del capitalismo global, para este pen-
sador ya octogenario formado en las
ideas de Gramsci y seducido por el
giro posmoderno, conforma la ms
gigantesca aventura de destruccin cul-
tural y humana jams emprendida. La
globalizacin prolonga el despotismo
de la economa de mercado hasta los
confines del planeta, cerrndose hacia
el Otro y sometindolo al dolor y la
penuria, la marginacin y la humilla-
cin, la miseria y la esclavitud; es decir,
todo aquello que la sensibilidad filos-
fica y sociolgica de Bauman rechaza
con horror y malestar. En suma, se
trata de la voz de un intelectual moder-
no sin ilusiones respecto de la moder-
nidad pero tampoco de la sociedad
de consumo, la cual no sera ms que
el sistema del fetiche de la mercanca
ascendido a modelo globalizador.
El problema de Bauman se refiere al
rumbo tico y poltico que han tomado
las sociedades occidentales a partir de
la cada del Estado de Bienestar y del
La globalizacin prolonga el
despotismo de la economa de
mercado hasta los confines del
planeta, cerrndose hacia el
Otro y sometindolo al dolor
y la penuria, la marginacin y
la humillacin, la miseria y la
esclavitud; es decir, todo aque-
llo que la sensibilidad filos-
fica y sociolgica de Bauman
rechaza con horror y malestar.
N 6 | Primavera 2007
LA BIBLIOTECA
La tcnica como dilema filosfico
154
colectivismo sovitico, si bien muchos
elementos de la barbarie globalizadora
ya se hallaban en el racionalismo uni-
versalista moderno. En La hermenutica
y las ciencias sociales (1978), Bauman
rompe con el estatuto cientfico de las
ciencias sociales y los principios ilus-
trados de stas formalizados en Marx,
Weber, Mannheim, Talcott Parsons,
entre otros
desde una pers-
pectiva de herme-
neuta (del griego
hermenut i ks ,
expl i caci n,
interpretacin)
iniciado en la fini-
tud radical com-
prensiva del cir-
culo hermenuti-
co de Heidegger
y las ideas en consonancia de Dilthey.
De esa poca proviene, al parecer, su
admiracin por la obra de Borges, y por
el relato La busca de Averroes (en El
Aleph), que a su juicio postula la impo-
sibilidad de rebasar el ser-en-el-mundo
y hace estallar la oposicin lgica entre
consenso y verdad. En ese texto de
Bauman ya irrumpe en germen la tica
de la alteridad posterior y la relacin
tensa y ambigua que mantiene con el
legado moderno, aunque sin resignar
algunas afinidades; por ejemplo, con
el historicismo de Marx. En realidad,
la globalizacin se le aparece como la
misma modernidad en su fase posmo-
derna en sus trminos lquida.
1. Modernos, posmodernos y globales
Ese concepto de modernidad lqui-
da, en todo caso, constituye el aporte
de Bauman para la dilucidacin del
complejo global y lo obtiene luego de
una inmersin en las aguas desencan-
tadas del pensamiento posmoderno.
En ese sentido, Legisladores e intrpre-
tes (1987) arroja una mirada furiosa y
reprobatoria sobre el proyecto moder-
no (en gran medida un proyecto de
dominacin tecnolgica del ente, al
decir de Heidegger) y sus guardabos-
ques convertidos en constructores de
culturas de jardn contra el fondo
arrasado de culturas silvestres. La
figura prnceps de la modernidad sera
el intelectual legislador, en contra-
posicin con el intrprete como
hroe posmoderno; el primero inves-
tido de la autoridad de la Razn lleva
en sus hombros la organizacin del
mundo por medio de la educacin y
la cultura. La modernidad se presen-
ta como una especie de partido del
orden que se autoasigna el diseo
racional de la totalidad antropolgica
y del ente desde la luz implacable de las
ideas y, por lo tanto, del conocimiento
como poder algo que, por otro lado,
ya se perfilaba en Platn. Este legis-
lador ilustrado del mundo comienza
a decaer no bien Marx, Nietzsche y
Freud lanzan sus dardos envenenados
sobre el yo cogitante y la concien-
cia autotransparente del racionalismo.
El intrprete posmoderno, y en esto
Rorty tiene el lugar de abanderado
para Bauman, por decir lo menos,
culmina el proceso moderno hacia su
propia inmolacin en el fuego del des-
plazamiento perpetuo de los lmites
mundanos, pero no est ms all del
estigma de la modernidad. Bauman,
como Habermas, entiende que sta
incluye la posmodernidad como una
revisin de sus propios fundamentos,
aunque a diferencia de aquel encuen-
tra que el proyecto moderno es nece-
sariamente inconcluso y, quiz ms
todava, indeterminado.
La modernidad se presenta
como una especie de partido
del orden que se autoasig-
na el diseo racional de la
totalidad antropolgica y del
ente desde la luz implacable
de las ideas y, por lo tanto,
del conocimiento como poder
algo que, por otro lado, ya se
perfilaba en Platn.
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N 6 | Primavera 2007
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La tcnica como dilema filosfico
Si el fin de los metarrelatos de
Lyotard supone un nuevo relato, hay
que admitir con Bauman (segn dice
en La ambivalencia de la modernidad,
2001) y con el mismo Lyotard, por
otro lado, que no se puede ser moder-
no sin ser primero posmoderno. El
proyecto de la modernidad cultural ha
fracasado, segn Legisladores e intr-
pretes, no tanto por sus respuestas e
ideales crticos y ticos, sino porque
tom una direccin equivocada con
la implantacin de la razn instru-
mental (la esencia de la tcnica para
Max Horkheimer) y la racionalizacin
social que fragmentaron la sociedad,
creando las condiciones para que la
economa de mercado la integrara
bajo los hechizos de la mercanca y
el consumismo. Esto no significa que
el potencial crtico de la modernidad
haya sido sepultado definitivamente
bajo los horrores y las delicias merca-
dotcnicas de la globalizacin. La tica
de la alteridad de Bauman, que sigue
una estrategia hermenutica, precisa-
mente quiere evitar la universalidad de
la verdad racional y legislativa que ha
caracterizado el lado oscuro de la inte-
ligencia moderna. Reponer o redimir
la modernidad, de este modo, supone
como obstculo insalvable la globali-
zacin del capital trasnacionalizado,
cuyas actuaciones planetarias y locales
rebasan el estado-nacin o lo someten
al vasallaje y atomizan la sociedad en
individuos individualizados dedi-
cados por entero al mbito privado
en desmedro del pblico. Por esto
Bauman cree, al igual que Castoriadis,
a quien suele citar con frecuencia,
que aquello que distingue la situacin
contempornea de la modernidad es
la prdida del cuestionamiento de s
misma; rasgo ste, por decir as, que
define a la cultura moderna.
En La globalizacin (1998), Bauman
vuelca toda su pasin tica y crtica
sobre las premisas y consecuencias
nefastas de los procesos globales sig-
nados por la degradacin y la margi-
nacin social. El eje de la hegemona
del capitalismo global se sostiene en
que mientras ste es extraterritorial y
mvil, el estado-nacin y las sociedades
son locales e inmviles. La desterrito-
rializacin del capital se habra llevado
a cabo luego de lo que Bauman llama
la Gran Guerra de Independencia
del Espacio, durante la cual los cen-
tros de poder y decisin abandonaron
tcnica y tecnolgicamente las restric-
ciones territoriales y el compromiso
con la comunidad. Ms que al fin de
la historia asistiramos al fin de la
geografa, en palabras de Virilio, por
efecto de la velocidad instantnea de
las telecomunicaciones y cuyos recur-
sos tecnolgicos en manos de los capi-
talistas globaliza-
dos favorecen la
emergencia y el
encapsulamien-
to de una elite
mvil extraterri-
torial. El poder
global, como si
obedeciera a una
espiritualizacin
hegeliana de la
tierra, es etreo e
incorpreo, flo-
tante y ciberespa-
cial, aunque las reterritorializaciones
se hacen sentir tanto en las economas
locales (sobre todo en las que aban-
dona a su suerte, despus de expo-
liarlas) como en las tecnofortalezas de
seguridad mxima de la elite global.
Paralelamente, el territorio para los
locales tiende a transformarse en una
prisin, un espacio hostil donde el
El poder global, como si obe-
deciera a una espiritualiza-
cin hegeliana de la tierra, es
etreo e incorpreo, flotante
y ciberespacial, aunque las
reterritorializaciones se hacen
sentir tanto en las economas
locales (sobre todo en las que
abandona a su suerte, despus
de expoliarlas) como en las
tecnofortalezas de seguridad
mxima de la elite global.
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La tcnica como dilema filosfico
156
viejo Nomos de la tierra al que Carl
Schmitt consideraba isomorfo a la
soberana del Estado moderno ha
dejado paso a multitudes de parias
urbanos y excluidos.
La vigilancia panptica descripta por
Foucault ha caducado, segn Bauman,
reemplazada por otro dispositivo: el
Sinptico, en el
cual ya no unos
pocos observan a
muchos sino a la
inversa. El sinop-
tismo correspon-
de a las relaciones
de poder globa-
les expresadas en
los medios de
comuni caci n
de masas, en
especial telepti-
cos; a diferencia
del Panptico,
el Sinptico no
obliga u oprime
sino seduce a
vigilar a unos
pocos rigurosamente seleccionados,
tanto local como globalmente, pero
siempre prima la relacin del local
que observa al global en el xtasis de
la sociedad de consumo. En ltima
instancia, la globalizacin neutraliza
en su espiral de extraterritorializacin
(total en el capital financiero, casi total
en el comercial y muy desarrollado en
la industria) no slo las identidades
nacionales forjadas por el legislador
moderno, sino tambin otro de los
grandes inventos de la modernidad: el
estado-nacin. Bauman afirma que, en
rigor, ste ha sido expropiado por la
piratera del capitalismo trasnacional
en camino a una nueva estratificacin
de distribucin de la riqueza que hiela
la sangre un slo dato sobre esto:
segn la ONU, los ingresos de los pri-
meros 358 multimillonarios globales
(Bill Gates, entre otros) equivalen a los
de aquellas 2.300 millones de personas
ms pobres que configuran el 45% de
la humanidad. En otras palabras, las
causas de la pobreza local son globales.
En consecuencia, es en los problemas
de seguridad internos (y fronterizos)
generados por los desechos humanos
y excluidos de la burbuja extraterri-
torial de la globalizacin donde sta
o mejor: los portavoces y gures
locales requiere y promueve el poder
de polica del estado-nacin e, incluso,
la criminalizacin de la pobreza. En el
confinamiento local, esta doctrina de
la Ley y el Orden tiene mucho xito
ya que el miedo y la incertidumbre
reinan en los sombros basureros de la
globalizacin. La crcel, como se sabe,
forma parte de los mecanismos de pro-
duccin social de crimen.
La atmsfera enrarecida y aterrorizante
de la dimensin local del poder global,
segn el Bauman de En busca de la
poltica (1999), se sintetiza con exacti-
tud en la palabra alemana Unsicherheit:
inseguridad, incertidumbre, des-
proteccin. Lo cual hace, desde luego,
que los individuos individualizados y
autoreferenciales, los ciudadanos deve-
nidos consumidores en alza o defec-
tuosos, sean incapaces de concebir una
solucin colectiva para lo que expe-
rimentan como una amenaza para la
propia integridad fsica y la propiedad
privada. La sociedad contempornea de
individuos de la modernidad social, que
de acuerdo a Hobbes surge del miedo
generalizado de los unos por los otros,
responde al Unsicherheit con el reclamo
masivo de ms y mejor seguridad. El
aumento de sta, como ha ocurrido en
casi todas las grandes urbes occidentales
durante el auge del neoliberalismo bajo
La apata poltica y el con-
formismo respecto del estado
de cosas, que la economa de
mercado aprovecha para arti-
cular a la red social en torno a
la mercanca y el afn de lucro
y consumo como proyecto de
vida [...], se vincula con el fra-
caso y la corrupcin de las uto-
pas modernas y los metarre-
latos y, tambin, con el retiro
del estado-nacin desbordado
por las fuerzas globales y la
pasividad interesada del libe-
ralismo poltico que considera
a la globalizacin un determi-
nismo cuasiteolgico.
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N 6 | Primavera 2007
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La tcnica como dilema filosfico
la invocacin (explcita o implcita) de
la tolerancia cero, para Bauman no ha
eliminado la angustia y el miedo sino ha
conducido a un recrudecimiento de la
soledad de los individuos, de la descon-
fianza y la suspicacia mutua, dividiendo
y fragmentando an ms una sociedad
fragmentada de por s. La apata poltica
y el conformismo respecto del estado
de cosas, que la economa de mercado
aprovecha para articular a la red social
en torno a la mercanca y el afn de
lucro y consumo como proyecto de
vida (fenmeno, dicho de paso, que
jams hubiera imaginado Sartre ni tam-
poco Weber), se vincula con el fracaso
y la corrupcin de las utopas modernas
y los metarrelatos y, tambin, con el
retiro del estado-nacin desbordado por
las fuerzas globales y la pasividad intere-
sada del liberalismo poltico que consi-
dera a la globalizacin un determinismo
cuasiteolgico. Bauman piensa que, por
el contrario, falta (y acaso nunca estuvo)
un espacio pblico y privado a la vez
el gora que conecte la libertad indi-
vidual con la responsabilidad pblica y
donde lo privado se traduzca en temas
pblicos y a la inversa.
2. Los individuos lquidos
En la posmodernidad (o modernidad
lquida) lo privado ha colonizado
lo pblico, la libertad individual ha
avasallado y vaciado de contenido la
vida colectiva. La sociedad de consumo
posmoderna ya no es ms un sistema
de productores sino de consumido-
res; o, en otras palabras, sobre todo
produce individuos individualizados
que asumen su lugar en el banquete
del consumismo medido segn la
aproximacin a los esplendores de la
elite global mvil como la propia y
nica responsabilidad, el fruto dulce
o amargo de su autodeterminacin y
autoafirmacin como individuos libres
y autnomos; esto no quiere decir que
todos o la mayora de los individuos
cuenten con recursos aptos para cum-
plir con ese individualismo narcisista
y solitario del consumo y la autorrea-
lizacin. Por el contrario, la libertad
de eleccin que sostiene la resolucin
biogrfica de problemas sociales (y
morales), para Bauman est atravesa-
da de ilusin y esclavitud, en cuanto
cualquier eleccin de estos individuos
enajenados del Otro o bien se efecta
dentro del imaginario social (al decir
de Castoriadis) del consumo o bien
en relacin a opciones preformadas y
sobredeterminadas de antemano por la
invasin de lo privado sobre el espacio
pblico. El individualismo posmoder-
no, como una ingenua mosca captura-
da en la telaraa de lo social, pretende
gestionarse individualmente prescin-
diendo de factores que dependen de lo
colectivo. El consumismo es un estilo
de vida y, como tal, humilla y denigra a
todos aquellos que han quedado expul-
sados de los patrones y circuitos del
consumidor por motivos no sociales (lo
que sera verdad) sino individuales.
Mientras que Bauman propone que
la libertad individual genuina se con-
sigue y se mantiene colectivamente,
la sociedad de consumo posmoderna
se dirige hacia la privatizacin de las
condiciones que aseguran y garantizan
el ejercicio de aquella; al hacerlo salta
por encima justamente de los males
sociales que llevaron al callejn sin
salida de la inseguridad y el miedo.
En ausencia de un gora, de un espa-
cio pblico-privado, que permitira la
alquimia de transformar lo privado
en pblico, los problemas privados se
exhiben en los talk shows de las pan-
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La tcnica como dilema filosfico
158
tallas televisivas globales, inundando
la esfera pblica de la comunicacin
masiva de miserias intimas y dra-
mas domsticos. El espacio pblico-
privado que formula Bauman ataca
el moldeado subjetivo individualista
de la sociedad de consumo envuelta
en el marasmo del Unsicherheit y el
estado-nacin como mdium de los
poderes globales y principal escollo
para la justicia social. En cierto modo,
la apata poltica se difunde en la
medida que las instituciones pol-
ticas creadas por la modernidad se
encuentran tambin penetradas por
lo privado y se muestran impotentes
de ofrecer programas alternativos a los
impuestos por los poderes globales.
El gora representara ese puente o
nexo entre lo pblico y lo privado de
manera que las desdichas individuales
se traduzcan en soluciones colectivas
y las desgracias sociales en preocu-
paciones y ocupaciones individuales.
Sin embargo, tanto porque los anti-
guos espacios pblicos-privados han
cado en la insignificancia o funcionan
como parques temticos, el gora no
ejerce ningn inters sobre esta socie-
dad de los individuos.
En Modernidad lquida (2000),
Bauman propone que el individualis-
mo de la sociedad de consumo piedra
basal de la globalizacin comienza
cuando se disuelven todas las limita-
ciones y autolimitaciones de la liber-
tad individual de elegir y actuar que
hasta ese momento eran frenadas por
algunas tcnicas antiindividualizado-
ras de la modernidad slida. sta, si
bien lo propio de lo moderno sera su
fluidez y poder de licuefaccin, com-
prende el perodo del final del feuda-
lismo hasta los tiempos posmodernos
(o posindustriales) ya estrictamente
lquidos. Como dira Marx, todo lo
slido se disuelve en el aire (por lo que
quiz hasta se podra pensar, acaso,
en una modernidad gaseiforme) ni
bien el espritu moderno emprende
la disipacin del orden del Ancien
Rgime para instaurar el propio de
acuerdo al clculo y la planificacin
tcnico-racional. La disolucin de
los slidos, en realidad, consiste en la
liberacin radical de todo lastre tico
o domstico, religioso o comunitario,
poltico o cultural, de la actividad
econmica. En adelante el nexo real
que une a los miembros de la sociedad
moderna ser el dinero, dejndola sin
ninguno de los viejos slidos (ya
bastante erosionados, si se sigue a De
Tocqueville) a merced de las leyes de
la economa y la razn instrumental.
Este nuevo orden de la modernidad
slida, como la denomina Bauman,
fundaba su solidez en la estructura
econmica y en la rigidez de sus arte-
factos y tecnologas de produccin
que dominaban la vida humana en
su totalidad. A medida que se eman-
cipaba la economa de cualquier ata-
dura, la libertad individual le sigui
los pasos, volviendo an ms rgido
y obturado el orden de los subsiste-
mas de la base econmica. El endu-
recimiento y la falta de opciones de
stos aumentaran en correlacin con
la desregulacin y la liberalizacin, la
flexibilizacin y la liberacin de los
mercados, la fluidez de los capitales y
la disminucin de los impuestos.
En la modernidad lquida en la
posmodernidad lo que se disuelve
son los lazos entre los individuos y la
sociedad, entre las elecciones indivi-
duales y las colectivas, entre los pro-
yectos de vida y los proyectos polticos
y sociales. La fase pospanptica en la
que habra ingresado el poder extrate-
rritorial de la globalizacin, ms bara-
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N 6 | Primavera 2007
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La tcnica como dilema filosfico
ta y liviana que las anteriores instala-
ciones y tcnicas panpticas circuns-
criptas al territorio, revela a Bauman
que llega a su final el compromiso
fordista entre trabajo y capital, entre
empleadores y empleados, entre indus-
triales y obreros. No se tratara ya de
conquistar nuevos territorios sino de
derrumbar todas las barreras que blo-
quean el flujo mundial de los poderes
globales si bien la ocupacin militar
de Irak por parte de EEUU desmiente
o relativiza esta tesis de Bauman, salvo
que represente el ltimo coletazo de
la modernidad slida por medio
de un pesado estado-nacin todava
imperial o una drstica y cruenta rete-
rritorializacin del capitalismo extra-
territorial en busca de botines locales
de valor global. Hasta cierto punto,
la visin del mundo contemporneo
de Bauman se asemeja a la de Negri y
a la de Deleuze y Guattari, haciendo
una superposicin entre imperio y
mquina abstracta, ya que como en
ellos en el esquema global/local el
poder se hace invisible y ubicuo; una
elite global mvil que gobierna como
amos ausentes fluyendo virtual o
realmente en todo el planeta. La des-
integracin del tejido social resultara
de esa huida y descompromiso con
el destino local y territorial de los
globales celestes que para fluir en su
orbitacin mundial deben eliminar
todo control y traba, toda frontera o
estado-nacin en rebelda, toda trama
social demasiado densa.
La modernidad lquida es, para
decirlo de una vez, un montn de
fragmentos a la deriva. El incremento
de la libertad individual ha trado apa-
rejado la impotencia y la obsolescencia
(como cualquier otra mercanca pos-
moderna efmera) de la teora crtica
y de las distopas tecnocrticas al
estilo de Orwell o Huxley que alerta-
ban sobre los peligros totalitarios de la
modernidad slida y la homogenei-
zacin de los individuos despojados
de su autonoma y de su capacidad de
autoafirmarse como diferencia. Todo
eso, en el anlisis de Bauman, pertene-
ce al pasado; los dilemas y denuncias
de Marcuse o de Adorno han perdido
vigencia y, an peor, ya no inquieta
a ninguno de los individuos libres
que han soltado amarras de cualquier
nexo con las presiones burocrticas y
panpticas del sistema de poder del
capitalismo territorial. En la sociedad
de consumo compuesta de indivi-
duos individualizados, lo pblico,
que encarnaba el monstruoso estado-
nacin en su poca de hierro, ya no
subyuga lo privado, sino a la inversa.
Pero, a pesar de que slo se permite
que florezcan todos los lenguajes y
prcticas que tienen como finalidad
elevar los objetivos privados y los
cuerpos individuales a rango superior
(en clave hedo-
nista, para el Bell
de Las contradic-
ciones culturales
del capitalismo),
Bauman distin-
gue una enorme
distancia entre ser
individuo de jure
y serlo de facto; la
misma que exis-
te, en una pala-
bra, entre tener y ser. Esta brecha
excede la autogestin individual de la
biografa propia y slo se podra zanjar
en el campo poltico, en el gora, el
espacio pblico-privado en el cual se
alcanzan soluciones pblicas para los
problemas privados. En el pasaje de
consumidor a ciudadano el individuo
de jure preludia su condicin de facto,
La desintegracin del tejido
social resultara de esa huida y
descompromiso con el destino
local y territorial de los globa-
les celestes que para fluir en
su orbitacin mundial deben
eliminar todo control y traba,
toda frontera o estado-nacin
en rebelda, toda trama social
demasiado densa.
N 6 | Primavera 2007
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La tcnica como dilema filosfico
160
la sustitucin de la libertad negativa
por la positiva, al vencer los mol-
des individualizadores que desligan
su autonoma de la que la sociedad
obtiene en su conjunto.
La defensa de la autoconstitucin del
individuo frente a las grandes mqui-
nas sociales del racionalismo de la
modernidad slida, como se aprecia
por ejemplo en la lectura que hace
Marcuse de los Manuscritos econmico-
filosficos de Marx, es innegable, pero
hay que preguntarse si esto no juega a
favor del individuo de facto ms que
del de jure. En todo caso, Bauman
no se detiene a examinar las posibili-
dades latentes en la teora crtica, a la
que juzga un poco anarquista, ante la
urgencia de renovar el horizonte de la
emancipacin y combatir crticamen-
te la cooptacin de lo pblico por lo
privado. En el tecnocapitalismo fluido
y globalizado las normas se han vuelto
laxas y borrosas,
y la planifica-
cin racional y la
razn instrumen-
tal habran des-
aparecido tras las
velocidades lum-
nicas y la huida
hacia los parasos
secretos de la elite
global. Segn Bauman, aquella frase
de Margaret Thatcher no existe la
sociedad o la otra de Peter Drucker
la sociedad ya no salva declaran el
fin de las tcnicas de ingeniera social
de la modernidad pesada (y todo el
constructivismo local) y el nacimiento
oficial del capitalismo light, leve como
el aleteo de esa mariposa que en el otro
extremo del mundo tiene como efecto
un cataclismo. En el mismo sentido,
el principio de placer que Freud pona
bajo el yugo del principio de realidad,
ha ido desprendindose de la necesi-
dad que rega ste ltimo para entre-
garse con fruicin al deseo y luego
al anhelo del consumo masivo que
provee la variedad y la identidad
individual del consumidor. La vida en
la modernidad lquida se parecera
cada vez ms a la vida televisada, y si
no carece de gracia; esto por contami-
nacin del sinoptismo global.
3. La pesadilla ciberpunk
La ciudad paradigmtica de los glo-
bales, en la cual se evitan los efluvios
y miasmas de los desechos locales,
correspondera a la que el arquitecto
britnico George Hazeldon constru-
ye cerca de Ciudad del Cabo, cuyo
criterio primordial se aboca a lograr
el aislamiento perfecto de sus habi-
tantes del resto de la humanidad. La
ciudad de Hazeldon, Heritage Park,
se alza sobre 500 acres y bsicamente
consiste en una versin tecnolgica
de la ciudad medieval amurallada y
protegida por observatorios de guar-
dias armados, fosos, puentes levadizos,
vigilancia electrnica y cercos electri-
ficados; su propsito superior sera la
realizacin de la seguridad mxima
que ningn sistema local de cerrojos y
precintos alcanzara con igual eficacia.
En cierto modo, Heritage Park hace
realidad el sueo (inconfesable quiz)
de las capas medias altas y bajas sobre
las que descansa la exterritorialidad
presurizada de la elite global, del que
se vislumbran cierto plido destello
en los hoteles internacionales o los
shopping. En stos se est, como indi-
ca Bauman, en otra parte son los
no-lugares que ya investig Aug, en
donde se consumen las sensaciones de
la mercanca en una autotransparen-
En el tecnocapitalismo fluido y
globalizado las normas se han
vuelto laxas y borrosas, y la pla-
nificacin racional y la razn
instrumental habran desapare-
cido tras las velocidades lumni-
cas y la huida hacia los parasos
secretos de la elite global.
161
N 6 | Primavera 2007
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La tcnica como dilema filosfico
cia purificada y segura entre iguales.
A la invisibilidad de los globales, los
espacios vacos de sentido de los
templos del consumo le agregan la
invisibilidad de la suciedad y la escoria
local, en una tercera modalidad a las
que descubri Lvi-Strauss (la antro-
pomica y la antropofgica, vomitar
y devorar) para tratar lo intratable
de la alteridad del Otro. Mientras ms
crece y se difunde la uniformidad de
los individuos individualizados, y
ms fluidos y frgiles son los vnculos
sociales, ms se despierta el miedo ante
los extraos y desconocidos; sobre este
horror al Otro se montaran las polti-
cas segregacionistas y de pureza tnica
(y de clase, adems) que recorren la
modernidad lquida.
En contraste con las antiguas cultu-
ras, la era de la globalizacin fluida
abomina de lo eterno y duradero y
rinde culto (o cultiva) a lo efmero y
transitorio, a la mortalidad del cuer-
po sacralizado ltimo reducto de la
seguridad por innumerables tcni-
cas de ortopedia y longevismo que
la sociedad disciplinaria de Foucault
jams imagin. La vigilancia ahora se
ejercera en el lmite entre el cuerpo
y el mundo exterior, prestando suma
atencin a los orificios y las superficies
de contacto. La gratificacin de la
satisfaccin instantnea, leve y ligera
como el aire acondicionado y fugaz
como las noticias que caducan ni bien
se emiten, evita cualquier consecuen-
cia ulterior y se prefiere a la duracin y
a lo slido, de la misma manera que el
gigantismo industrial y las tecnocracias
territoriales (lentas y pesadas) se debi-
litan en su podero ante los telfonos
celulares y las computadoras porttiles
de los globales desterritorializados en
red comunicacional. Como ya han
sealado Debord y Virilio, viviramos
en un permanente presente, sin pasa-
do ni futuro. La experiencia de esta
cultura de lo fluido y la instantanei-
dad, en la que el capital trasnacional
se disemina por todas partes y por nin-
guna, para Bauman se asemeja a la de
los pasajeros de un avin que en pleno
vuelo descubren que no hay nadie en
la cabina del piloto. La idea de progre-
so no se ha esfumado sino, tambin, se
ha desregulado y privatizado; ahora el
que progresa es el individuo, siempre
y cuando pueda controlar un presente
laboral plagado de contratos breves e
inciertamente renovables. Las nuevas
imgenes fsicas del universo cola-
boran poco con esto a decir verdad,
ya que si antes Dios no jugaba a los
dados (como deca Einstein) ahora los
dados juegan con Dios; la teora del
caos y de las catstrofes, la mecnica
cuntica y otras entidades aleatorias
como el principio de incertidumbre,
implican un altsimo grado de indeter-
minacin y casualidad en los procesos
del mundo. Por esto, al tornarse el
futuro un laberinto, el azar y la sorpre-
sa derrotaran a la Razn.
La incertidumbre de la modernidad
posmoderna, por otro lado, eleva la
presin individualizora; y en buena
medida, a trasluz del empleo precario
y flexibilizado, nadie sabe qu destino
le aguarda. El trabajo, que la moder-
nidad slida estimaba como fuente de
riqueza, ya no ocupa el centro de la
produccin, sencillamente porque sta
ya no coordina el beneficio capitalista
en la economa de mercado. Bauman
sostiene que la principal fuente de
ganancias son las ideas, las cuales se
producen slo una vez, y no los obje-
tos materiales que se reproducen en
conformidad con las primeras y en
funcin de los consumidores reales
o potenciales, con respecto a quienes
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LA BIBLIOTECA
La tcnica como dilema filosfico
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A
x
e
l
R
u
s
s
o
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La tcnica como dilema filosfico
la fuerza de trabajo o el nmero de
trabajadores contratados es un aspecto
secundario. La tica protestante del
trabajo en los trminos de Weber,
como ya lo adelant Bell a mediados
de los 70, se desmorona poco a poco
en confrontacin con la esttica del
consumo que promete satisfaccin
inmediata (al menos desde la inven-
cin de las tarjetas de crdito) en vez
de la postergacin indefinida de la
gratificacin del consumo. Pero sta,
en opinin de Bauman, se parece
mucho al pharmakon de Derrida, en
cuanto es una droga que cura y enve-
nena a la vez y que por esto mismo
debe suministrarse en pequeas dosis,
de tal modo que nunca se alcance
una gratificacin plena sino siempre
un nivel gratificante que no termina
nunca de gratificar. La incertidumbre
y la inseguridad que emanan de la
precarizacin del empleo, adems, se
agravan cada vez con cada innovacin
tecnolgica. El desempleo estructural
ensea, sin sombra de duda, que en la
sociedad de consumo globalizada todo
es desechable la sociedad-kleenex
de Lipovetsky, los seres humanos
incluidos, y que por lo tanto lo razo-
nable (ya no lo racional) consiste en
gratificarse con lo que se pueda y aqu
y ahora es decir, no future, la profti-
ca consigna punk.
El estado-nacin que sobrevive a la
accin disolvente de los globales, para
colmo, ya no llama a sacrificar la vida
individual en su desacreditado nombre.
De acuerdo con Hobsbawn, citado por
Bauman, a menos que un Estado nacio-
nal tenga petrleo, es muy fcil y barato
comprar al gobierno de turno, separarlo
de la nacin e integrarlo bajo el rol de
gendarme a la globalizacin lquida.
El estado-nacin se cava su propia
tumba al plegarse a las fuerzas globales
que regimentan la economa de merca-
do mundial, abandonando la movi-
lizacin de las naciones, para legiti-
marse; en cuanto aquel, por definicin,
est confinado al territorio, carece de
medios eficaces para detener y controlar
el libre juego fluido y ultraveloz del tec-
nocapitalismo extraterritorializado. Por
eso, desde el punto de vista de Bauman,
la globalizacin es sobre todo un desafo
tico planetario que convoca a crear las
instituciones (un
derecho interna-
cional, insista el
ltimo Derrida)
capaces de obtu-
rar los canales
de expansin de
las fuerzas glo-
bales y someter-
las a supervisin
poltica y tica.
O, dicho de otro
modo, no existen
soluciones locales
a problemas glo-
bales. En esta tarea crtica, los enemigos
de Bauman son los partidarios de la
Endlosung (solucin final), los pan-
glossianos (de Pangloss, el leibnizia-
no personaje del Cndido de Voltaire,
quien cree que vive en el mejor de
los mundos posibles) como Fukuyama,
cuya tesis acerca del fin de la historia
si bien en la versin edulcorada del
neoliberalismo, hay que decirlo quiere
culminar el devenir histrico en una
sociedad injusta y humillante para la
mayora como si se tratara de la glorifi-
cacin de la humanidad.
4. Una utopa sin topos
En La sociedad sitiada (2002), una
de sus obras ms logradas, Bauman
El estado-nacin se cava su
propia tumba al plegarse a las
fuerzas globales que regimen-
tan la economa de mercado
mundial, abandonando la
movilizacin de las nacio-
nes, para legitimarse; en cuan-
to aquel, por definicin, est
confinado al territorio, carece
de medios eficaces para detener
y controlar el libre juego fluido
y ultraveloz del tecnocapitalis-
mo extraterritorializado.
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La tcnica como dilema filosfico
164
entiende que en los tiempos pospa-
npticos no hay forma de control
social ms eficiente que la incertidum-
bre y la inseguridad que azota a las
sociedades de la modernidad lquida;
pero, adems, no se han extinguido
los medios slidos de mantener a
los excluidos y parias aislados a cierta
distancia. Lo transitorio y frgil de los
vnculos sociales y humanos (las rela-
ciones amorosas, por ejemplo) parece
ser la mejor opcin en un mundo
fluido e inestable a velocidad creciente
que exige a los individuos individua-
lizados un mximo de flexibilidad y
de adaptacin. Con todo, mientras
stos cada vez ms amplifican sus
libertades, ms impotente se vuelve
la sociedad como bien comn o
espacio pblico en ausencia de un
gora que rena los intereses privados
con los colectivos, con el resultado de
la prdida de autonoma tanto de los
individuos como de la sociedad, por
igual incapaces de cambiar nada del
estado de las cosas. Ms bien sucede a
la inversa. El impacto mundial de pro-
gramas televisivos como Big Brother
o The Weakest Link (El eslabn ms
dbil, una competencia de equipos
por dinero donde se eliminan uno a
uno a todos los compaeros) se debera
a que simplemente en ellos se celebra,
por medio de un rito de laboratorio
massmeditico, la desechabilidad de
los seres humanos tal y como ocurre
en lo real; estos juegos de exclusin
premian al que sobrevive a costa de
dejar de lado cualquier otro valor que
no sea ganar. El mensaje es claro: no
hay opcin para los individuos que no
sea triunfar en la competencia de todos
contra todos en el fondo, una parodia
de retorno al estado de naturaleza
hobbesiano (si alguna vez no fue otra
cosa) en trminos slo econmicos.
El espacio nmada de los negocios glo-
bales se encuentra as casi completamen-
te fuera de coordenadas tico-legales,
y del alcance institucional del estado-
nacin y sus principios democrticos.
La abolicin de impuestos y vallas al
libre comercio de la iniciativa econ-
mica del capital global, que afecta a
zonas enteras del planeta, bastaran para
imponer el dominio que en otras pocas
slo se lograba comprando empresas
nacionales o por acciones militares de
ocupacin territorial. La precariedad de
los circuitos econmicos locales no slo
sera el factor decisivo para disuadir de
cualquier resistencia al poder global,
como indica Bordieu, sino la clusu-
la de garanta para que los inversores
reterritorialicen el capital orbital con
expectativas absolutas de ganancia. La
globalizacin slo existe, a juicio de
Bauman, a condicin del quiebre y el
vaciamiento de la soberana del estado-
nacin; en realidad, por poco que se
piense, no podra ser de otra manera en
que el capital globalizado fluye irrestric-
tamente imponindose como sistema de
incertidumbre mundial. Con todo, para
Bauman, el ataque terrorista sobre el
Word Trade Center muestra a las claras
que ya nadie, ni la potencia tecnolgi-
ca y militar ms poderosa y rica de la
tierra, est en posicin de desvincularse
del resto del mundo. A la extraterrito-
rialidad del capitalismo global, por lo
tanto, lo acompaa como su sombra la
inseguridad como problema extraterri-
torial que difcilmente se resuelva (como
proclama la administracin Bush) por
medios territoriales. Los atentados terro-
ristas del fundamentalismo islmico le
deberan mucho a la inseguridad pro-
vocada por el mismo flujo del capital
global, cuya ley lquida requiere de
espacios virtuales y reales desregulados y
exentos de intervencin poltica o legal.
165
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La tcnica como dilema filosfico
La inseguridad global, que slo en
segunda instancia se expresa como
inseguridad personal, se hara por
completo posible en un espacio glo-
balizado que se caracteriza por una
estructura de frontera. En ste ya no
cuenta la delimitacin del terreno
o del territorio, sino la velocidad y
la astucia de los movimientos es
una guerra de fronteras, donde las
batallas y ocupaciones territoriales
no asegura la victoria definitiva, ya
que los enemigos son extraterritoria-
les y tan flexibles y flotantes como
sea necesario. Los terroristas estaran
tan interesados como aquellos que
los combaten en mantener el desor-
den mundial generado por el flujo
del capitalismo global; esa sera una
de las ms importantes razones que
imposibilitan ganar la guerra contra
el terrorismo, ya que los adversarios
comparten el inters de conservar el
espacio de frontera de la globalizacin.
Sin una poltica global que sujete a los
estados-nacin y al capital trasnacio-
nal bajo el imperio de una ley univer-
sal, los terrorismos de cualquier signo
(estatal o no) se encuentran con las
condiciones ptimas para desplazarse
y propagarse en una tierra de nadie
cuyas fronteras se han volatilizado.
Al decir de Baudrillard parafrasean-
do a Clausewitz, la guerra declara-
da por el bloque anglonorteamerica-
no al terrorismo es la continuacin
por otros medios de la ausencia de
poltica global o tambin, inclu-
so quiz, recordando a Foucault, la
no-poltica como continuacin de la
guerra econmica introducida por el
poder de los globales a escala mundial.
Bauman, en cualquier caso, cree que la
coalicin antiterrorista ha contribuido
ms todava a la anarqua y al caos de
la frontera planetaria, y tambin a for-
talecer la doctrina posmoderna (spen-
ceriana, a decir verdad) del individuo
contra la sociedad.
En otros trminos: se acabaron, en
la era de la globalizacin, las estatuas
de la libertad que saludan a las masas
oprimidas y empobrecidas al llegar a
la tierra prometida de la modernidad.
Si la Declaracin de la Independencia
de los EE. UU. estableci en el siglo
XVIII que la felicidad era un derecho
universal, hoy aquella promesa aplazada
incesantemente para el porvenir est
en duda; el optimismo del progreso ya
no se asocia con el telos de la libertad
y el bienestar humano, sino con un
automatismo tecnicista sin propsito
que gira sobre s mismo. Para Bauman,
parece muy improbable que el desenca-
denamiento del proceso tecnolgico se
detenga en algn punto, una vez reali-
zada su finalidad, simplemente porque
no tiene ninguna sino slo su propia
autogeneracin sin fin. El progreso tec-
nolgico (y esto
lo ha adivinado,
pese a su propia
ideologa, Stephen
Hawking) no
soluciona todos
los problemas;
por el contrario,
los multiplica, y
en primer lugar
los creados por las
mismas tecnolo-
gas que llevan en
s mismas sus propios desastres. Ms
todava: la hiptesis del Armagedn,
la cual postula que en cierto grado de
su desarrollo una civilizacin tecnol-
gica se autodestruye, alerta acerca de
lo nico que detendra la evolucin sin
finalidad de la tecnologa. Lo mismo
sucedera con el consumo que ha deja-
do atrs la relacin de medios a fines
La felicidad del consumidor
lquido-moderno o mejor: el
olvido de ella se alcanzara
por el placer instantneo de
obtener sensaciones del objeto
y no por la posesin de l; el
valor de uso se ha subsumido
en su valor de gratificacin,
aunque ya se adelantara algo
de ello en el acto de comprar
como promesa de placer.
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La tcnica como dilema filosfico
166
para constituirse como su propia finali-
dad sin fin, en un remedo de la esttica
kantiana pero sin nada sublime. El sis-
tema econmico del consumo funciona
a base de reducir el tiempo entre el uso
del objeto y su conversin en basura; en
el extremo, se producen ya como sta
de entrada, con lo que a mayor desa-
rrollo de la economa consumista, ms
desechos y no slo de cosas.
La felicidad del consumidor lquido-
moderno o mejor: el olvido de ella
se alcanzara por el placer instantneo
de obtener sensaciones del objeto y no
por la posesin de l; el valor de uso se
ha subsumido en su valor de gratifica-
cin, aunque ya se adelantara algo de
ello en el acto de comprar como pro-
mesa de placer. El consumidor no cesa
nunca de recomenzar en la bsqueda y
el consumo (una actividad totalmente
destructiva) de nuevas experiencias
sensoriales. Hacia la primera dcada
del siglo XXI, segn datos de Attali
que recoge Bauman, habr a cada
instante ms de 2.000 millones de
televisores encendidos a la vez en todo
el mundo, de modo que no se sabr
del todo en que difiere ste de su
imagen televisada bajo los cdigos de
captura de lo real de la economa de
mercado. Los televidentes globales de
la sociedad de individuos estn unidos
por su aislamiento y soledad, por el
egocentrismo que se refugia en el con-
sumo o el entretenimiento estanda-
rizado antes que por el acercamiento
a los otros que padecen los mismos
problemas personales que ellos. La
televisin sera un agente primordial
para metamorfosear lo exterior en
interior, los problemas sociales en dra-
mas subjetivos, lo poltico en secuen-
cias biogrficas. El gora que Bauman
propicia (quiz ingenuamente) como
renacimiento de la poltica, traza, en
cambio, un espacio pblico-privado
de traduccin continua y doble de los
asuntos privados en pblicos, de los
intereses colectivos en derechos y obli-
gaciones individuales, y para el cual la
televisin como promotora de pol-
ticas de vida en vez de sociales (con
todos sus dolos telepticos confun-
didos con lderes de opinin o de la
buena vida individual) no comporta
ms que un obstculo insalvable.
En la modernidad lquida, los
medios de comunicacin de masas
suspenden el mundo en una serie de
acontecimientos inconexos y discon-
tinuos tan contingentes como nebulo-
sos, cuya funcin consistira en hacer
del ciudadano parte de un pblico
difuso que presencia el espacio pbli-
co (o lo queda de l) como un con-
sumidor de eventos reales y ya no
como actor social. Al menos, desde
la terminal de las redes comunicacio-
nales, el consumidor puede sentirse
bajo proteccin ante la incertidumbre
global, pero como dice Bauman hay
cierta afinidad entre hacer el maly
no resistirse a l. En la medida
que todos somos espectadores locales
y globales, el espectculo mundial
del sufrimiento y la desdicha de la
mayora de la humanidad, si es que
no optamos por la insensibilidad (una
posibilidad nada desdeable, por otro
lado), nos obliga a expiar culpas y
a justificarnos de algn modo, pese
a que cada uno se sienta del todo
inocente de la barbarie globalizado-
ra. Como afirma Petrska Clarkson,
citada por Bauman, la inocencia no es
excusa para abrazar la inaccin ante el
dolor humano. El prlogo de Sartre a
Los condenados de la tierra de Fanon
ya puso en debate, en otra poca, la
cuestin de la responsabilidad tica
del espectador de monstruosidades; en
167
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La tcnica como dilema filosfico
todo caso, quiz sin la indiferencia del
pblico, muchas de las atrocidades
contemporneas se hubieran evita-
do o no habran llegado demasiado
lejos. Bauman piensa, en efecto, que
sobre el espectador pesa la culpa por
omisin, de la cual ningn veredicto
legal lo exime, y la infraccin a la
incondicionalidad de la responsabili-
dad humana ante el Otro que apren-
di de Levinas. La teleciudad tiene
como consecuencia el aflojamiento de
la capacidad de discriminacin y, al
fin, el adormecimiento.
De modo similar a los comienzos de la
modernidad, el capitalismo global (es
decir, una red supranacional de capital,
saber y capital de saber) ha impuesto
sobre los hombres el nexo del dinero
como prcticamente el nico de modo
de enlace social, ms all del radio de
accin y la legalidad del estado-nacin
y de toda mesura tica. La elite global
mvil no responde ms que a las reglas
de la economa de mercado mundiali-
zada, desatando fuerzas econmicas que
pueblan la tierra de hambre y desechos
humanos. Los estallidos de antiglobali-
zacin, que se suceden peridicamente
en todas partes del planeta y sobre todo
en los enclaves locales de la extraterri-
torialidad de los poderes globales, pare-
cen la nica alternativa posible ante la
pasividad y el silencio de la sociedad de
los individuos. A diferencia de los cons-
tructores de la modernidad slida, la
elite global lquida no tiene ninguna
misin histrica ni cultural que cum-
plir, ni le interesa convencer a las masas
ni a sus ejecutores tcnicos de nada, ni
menos an administrar o gobernar el
nuevo orden mundial. Se tratara de
una utopa sin topos, sin territorio, que
ha agotado el mundo, sellado cualquier
acceso a un afuera; o, como afir-
ma Bauman en Identidad (2005), un
mundo sin valores que pretende durar
eternamente. La disfuncin mxima,
segn esto, de la economa capitalista
globalizada a travs de la domina-
cin poltica, militar y tecnolgica de
Occidente a nivel mundial, se con-
centra en la produccin planetaria de
desechos humanos ya no en la explo-
tacin que denunciara Marx en el siglo
XIX a travs del plusvalor, sino en la
exclusin progresiva de amplias masas
de indigentes y miserables a los que se
les niega cualquier identidad. Ellos son
la clase inferior de la globalizacin.
5. Biopoder y enajenacin
Bauman observa que estos parias pla-
netarios, que emergen hasta en las
grandes metrpolis globalizadas, for-
man el ejrcito de los que han sido
despojados de su bios y degradados en
zo, en conformidad con las categoras
que toma del Agamben de El poder
soberano y la nuda
vida. No obs-
tante, Bauman
no desarrolla lo
suficiente el con-
cepto de biopo-
der que extrae de
Agamben ms
que de Foucault,
lo cual hubie-
ra completado
su diagnstico no slo acerca de los
residuos humanos generados por el
vuelo rasante de los poderes globales,
sino en especial la comprensin del
estado-nacin y sus dificultades para
torcer la violencia y la impunidad de
las reterritorializaciones de aquellos.
Para Agamben, las palabras griegas
bios y zo designan dos modos de vida:
el ltimo, el simple hecho de vivir
El umbral de modernidad
biolgica, que marca el naci-
miento del biopoder, se pro-
duce cuando la especie y el
individuo como simple cuerpo
viviente, como zo, se sita bajo
el objetivo de las estrategias
y tcnicas polticas del poder
soberano del estado-nacin.
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La tcnica como dilema filosfico
168
(comn a dioses, hombres y anima-
les), y el primero, la forma o manera
de vivir propia de un individuo o un
grupo. El umbral de modernidad
biolgica, que marca el nacimiento
del biopoder, se produce cuando la
especie y el individuo como simple
cuerpo viviente, como zo, se sita
bajo el objetivo de las estrategias y
tcnicas polticas del poder sobera-
no del estado-nacin. El biopoder,
por consiguiente, lleva adelante una
animalizacin del hombre (una sin-
gularidad, segn el Agamben de La
comunidad que viene), una reduccin
a mera vida biolgica, a nuda vida;
es decir, a zoologa.
La historia del biopoder, en el estudio
de Agamben, comienza con el homo
sacer romano el primer paradigma del
espacio poltico de Occidente cuya
doble naturaleza de sagrado y maldi-
to se incluye en el orden jurdico bajo
la figura de la exclusin. Este esquema
de exclusin inclusiva est a la base del
concepto de poder soberano elaborado
por Schmitt, ya que como afirma en La
dictadura o Teologa poltica, soberano
es aquel que decide sobre el estado de
excepcin. El Estado moderno pre-
cisamente se funda, como dictadura
revolucionaria, sobre la relacin de
excepcin, la inclusin que excluye,
en tanto estructura poltico-jurdica
originaria que localiza y fija el Nomos
de la tierra. En otras palabras, la ley
soberana presupone lo no jurdico
(el caos), incluyendo a la vida como
una excepcin en el derecho que se
suspende normativamente se aplica
desaplicndose para sostenerse en
cuanto ley. Con el Estado moderno
del biopoder, que convierte el estado
de excepcin (economa de guerra,
estado de sitio, conmocin interna,
etc.) en regla, al decir de Benjamin,
irrumpe la tendencia a la indiferen-
ciacin de la exclusin y la inclusin
de zo y bios que mantena separados
el viejo poder soberano en la figura
de la exclusin inclusiva, hasta que la
zo se pone como bos, la nuda vida
como forma de vida; la democracia, en
este sentido, es el bos de la zo. En el
pensamiento de Agamben, el estado
de excepcin (que la administracin
Bush extiende al planeta) define el
concepto lmite de la doctrina del
Estado y del derecho, en cuanto limi-
ta con la propia vida y la incluye-
excluye como zo. El estado-nacin,
por lo tanto, arraiga en el corazn de
la modernidad biolgica desde el
mismo momento que coloca como
objeto de sus tcnicas polticas a la
mera vida, a la zo biolgica.
Bauman conoce estas tesis de
Agamben, pero corta el hilo de la
delgada lnea que separa la inclusin
de la exclusin en la que se apresa
a la nuda vida del estado de excep-
cin y del poder soberano del Estado
moderno. La coincidencia de la zo
con el espacio poltico del estado-
nacin, para l, en tanto prctica del
biopoder, no tiene vigencia en la era
de la globalizacin. Del mismo modo
que el estado-nacin cede sus funcio-
nes econmicas y socio-culturales a
las fuerzas globales de la economa de
mercado desregulada, tambin lo hara
con las tcnicas anatomopolticas y
biopolticas descriptas por Foucault.
Los desechos humanos planetarios
(emigrantes, refugiados, mendigos,
desocupados, etc.) seran la nuda vida
la zo generada por el capitalismo
global de la modernidad lquida,
y en relacin con lo cual el estado-
nacin slo presta el servicio de guar-
din de la ley. Esto significara que
los globales por s mismos y sin ayuda
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La tcnica como dilema filosfico
del poder soberano deciden acerca del
estado de excepcin, lo que parece
bastante difcil de aceptar. En tanto
no existe un superestado universal de
la elite global, el estado-nacin como
biopoder necesariamente sigue fun-
cionando como productor concreto
de nuda vida y el nico agente capaz
de la fuerza de ley necesaria para
hacer respetar las banderas sombras
del estado de excepcin, como lo
demuestra sin ir ms lejos la adminis-
tracin Bush en su asalto planetario.
La complicidad del estado-nacin con
el saqueo global posibilita el sosteni-
miento de las tcnicas de la moderni-
dad biolgica, y ya no para sustentar
su poder soberano, sino para atarlo
al carro del vencedor globalizado del
viejo Nomos de la tierra.
No obstante, recurriendo al Marx
de los Manuscritos, aquel a quien
Heidegger quiz ha intentado refutar
y Bauman no presta atencin, en el
concepto de trabajo enajenado se ofre-
cera la clave del carcter instrumental
de la tcnica y la destruccin de la
tierra; esto en tanto lo que define al
trabajo enajenado es que convierte
al trabajo como actividad vital del
hombre con la cual se construye a s
mismo (y de este modo al mundo) en
un medio de sobrevivencia. El trabajo
como produccin histrica de la vida
propia del hombre, la vida productiva
misma, aquello que distingue al hom-
bre del animal, al transformarse en
un medio de subsistencia por efecto
del incremento de apropiacin de la
naturaleza (sta deja de ofrecer vve-
res inmediatos), se vuelve externa al
trabajador; la vida productiva misma
aparece slo como medio de vida lo
animal se convierte en lo humano y lo
humano en animal. El trabajo enaje-
nado se revela slo como un medio,
puro instrumento exterior, ajeno al
trabajador, para satisfacer necesidades
(artificiales o no) fuera del trabajo. Si
la actividad productiva misma con-
siste en la enajenacin de la actividad
vital humana, los instrumentos de la
produccin la tcnica, la tecnologa
entonces tambin se han enajenado.
Por consiguiente, el trabajo como
medio para fines de satisfaccin de
la vida individual hace de la natura-
leza algo exterior al hombre (cuando
para Marx aquella supone el cuerpo
inorgnico de ste), hace extrao al
hombre su propio cuerpo. De todo
ello, la propiedad privada resulta la
consecuencia inexorable, la realizacin
del trabajo enajenado, de la relacin
externa del trabajador con el trabajo,
con la naturaleza y consigo mismo y,
a la vez, tambin, el medio por el cual
el trabajo se enajena, por el cual se
actualiza la enajenacin.
El trabajo enajenado, para Marx, dela-
ta la vida enajenada de la vida, la
vida que se toma a s misma como
medio de vida. El trabajo enajenado,
en cuanto medio exterior al hombre,
organizara el mundo de la instrumen-
talidad tcnica con el fin de dominar
la naturaleza a favor del rgimen de
propiedad privada. Del mismo modo
que el trabajador se relaciona con el
producto del trabajo como un objeto
ajeno que lo domina, el hombre lo
hace con la tcnica como un sistema
tecnolgico tecnicista que lo domi-
na, hasta el punto de ponerlo como
objeto. El carcter de medio para fines
de la tcnica no nacera (al menos
directamente) de la interpretacin
antropolgica del mundo, como quie-
re Heidegger, sino de la enajenacin
del trabajo como la actividad misma
de la vida del hombre. Simplemente el
mundo se ha deshumanizado.
170
Mediamutacin
Cultura de los medios y crisis de
los valores humanistas
(*)
Por Franco Berardi (Bifo)
Franco Berardi pertenece a lo que, a menu-
do con cierta inmediatez, se conoce como
la tradicin autonomista italiana. Una
experiencia obrera y estudiantil que, junto
a la imaginacin intelectual de sus anima-
dores, logr componer una original expe-
riencia de pensamiento cuyos enunciados
dieron cuenta de las transformaciones pro-
ductivas y subjetivas del capitalismo pos-
fordista. Un aporte singular que invitaba a
pensar tales innovaciones como la respues-
ta invertida con que los poderes asumen la
radicalidad de las luchas.
Berardi se ocupa de trabajar sobre los efectos
que las nuevas tecnologas mediticas ope-
ran en la subjetividad: desde la dimensin
poltica hasta sus implicancias afectivas. En
este artculo ofrece una mirada sugestiva so-
bre cmo pensar la vida de las jvenes gene-
raciones cuyo vnculo con el mundo, pero
tambin entre ellas, adopta las formas di-
gitales-conectivas. El problema de la trans-
misin generacional segn el autor no se
resuelve con un retorno a la imagen de la
cultura letrada del humanismo moderno,
sino plantendose el desafo de recuperar su
sensibilidad y experiencias creativas.
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La tcnica como dilema filosfico
Desde los primeros desarrollos de la
radiodifusin y el cine, el pensamiento
crtico ha tenido una postura ambiva-
lente frente a los medios elctricos. En
los aos de entreguerras, Benjamin y
Adorno dibujan las dos sensibilidades
diferentes de la intelectualidad crtica
ante la difusin de los medios de comu-
nicacin de masas. Benjamin intuye que
la reproduccin tcnica de los mensajes
crea condiciones completamente nue-
vas de percepcin esttica y de comu-
nicacin, mientras que Adorno ve en
la comunicacin de masas un declive
del aura artstica y cultural. En los aos
que siguieron a 1968, Enzensberger y
Baudrillard replantearon el problema.
Enzensberger vio en los medios de
comunicacin elctricos la posibilidad
de ampliar los contenidos tradicionales
del pensamiento progresista, mientras
que Baudrillard, en un ensayo de 1973
titulado Rquiem por los media,
1
reconoce la ruptura radical que los nue-
vos medios producen en el terreno de
las estrategias comunicativas y la crisis
de los contenidos tradicionales de la
tradicin humanista y progresista.
Lo cierto es que las tecnologas de la
comunicacin han trastocado el con-
texto antropolgico del pensamiento
crtico y han suspendido los paradigmas
fundamentales del humanismo moder-
no. Fue Marshall McLuhan quien ya
en los aos sesenta deshizo la ilusin
crtico-humanista de poder someter a
las tecnologas de la comunicacin al
gobierno racional y progresista de la
democracia, del derecho y de la lgica.
Tambin Gilbert Simondon describi
la formacin de un ser tcnico relati-
vamente independiente que aparece al
lado del ser vivo. Ese ser tcnico est
adquiriendo una especie de autonoma
operativa frente a la consciencia huma-
na: el sistema inorgnico de las redes
tcnicas se infiltra en la esfera orgnica
del organismo biolgico y social y se
hace con sus riendas. McLuhan, por su
parte, sostuvo que cuando a la tecnolo-
ga alfabtica le sucede la electrnica y,
en consecuencia, a lo secuencial le suce-
de lo simultneo, las formas de comu-
nicacin discursiva dejan paso a formas
de comunicacin
configuracional
y el pensamien-
to mtico tiende
a prevalecer sobre
el pensamiento
lgico-crtico.
Esto explica que
durante los lti-
mos decenios del siglo XX la cultura
poltica de la izquierda se ha mostrado
incapaz de hablar el lenguaje de los
medios y ha quedado as al margen de
la gran transformacin que ha llevado
a los medios elctricos al centro de
la comunicacin social. La izquierda
poltica se form en los valores del
pensamiento crtico y ha mantenido en
el centro de su panorama intelectual el
valor dialgico de la democracia. Pero
los valores del dilogo y la democracia
estn perdiendo consistencia porque
la mente colectiva ya no funciona de
acuerdo con las reglas de la seleccin
crtica, que predominaron mientras el
ambiente meditico estuvo dominado
por la tecnologa alfabtica. La mente
colectiva funciona ahora de acuerdo
con normas de acumulacin configu-
racional. El dilogo ya no es eficaz y
la democracia se convierte en un mito
y se ejerce como rito, pero ya no es el
lugar de la libre elaboracin del discur-
so comn. El discurso comn es pro-
ducido por los medios, que delimitan
el campo de lo visible y lo invisible y
establecen los formatos de la organiza-
cin narrativa de la sociedad.
Lo cierto es que las tecnolo-
gas de la comunicacin han
trastocado el contexto antro-
polgico del pensamiento
crtico y han suspendido los
paradigmas fundamentales
del humanismo moderno.
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La tcnica como dilema filosfico
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El pensamiento crtico y la izquierda
poltica siguen estructurando su comu-
nicacin por medio de actos dialcti-
cos, discursivos, que aspiran a obtener
un consenso racional y crtico. Pero la
escena imaginaria est dominada por
configuraciones mitolgicas. Las mito-
logas de pertenencia ocupan el campo
de la comunica-
cin social y de la
identidad colec-
tiva. La derecha,
indiferente a los
valores de la cr-
tica y de la demo-
cracia, ha sabido
ir al encuentro de
la mitologizacin
del campo social
y del paso de la esfera discursiva a la
esfera imaginaria. Por eso ha sabido
captar las ventajas de la mediatizacin
de la comunicacin social.
El pensamiento crtico de raz huma-
nista e inspiracin progresista se halla
ante una alternativa dolorosa: o bien
verse definitivamente marginado de la
cultura de masas por las formas emer-
gentes de imaginario neomtico, o bien
adoptar modos de funcionamiento que
contradicen los valores humanistas. El
pensamiento crtico se ve as obligado
a elegir entre una posicin implci-
tamente conservadora y en declive y
una posicin de subordinacin a los
modelos culturales que se afirman en
la infosfera hiperveloz formada por
los medios. Y, en efecto, como nos
muestra la experiencia de los ltimos
veinte aos, el pensamiento crtico
polticamente progresista se ha visto en
una situacin que conduce a la derrota,
frente a la exuberancia agresiva de la
cultura neomtica de la derecha y al
desencadenamiento de formas cultura-
les identitarias que se remiten a valores
de pertenencia agresiva ms que a los
valores dialgicos universalistas.
El pensamiento humanista denuncia
los peligros a los que la mutacin
meditica expone a la democracia y a
la libertad de pensamiento, pero corre
el riesgo de quedar en una situacin
poltica y cultural irrelevante frente a
la potencia de las agencias de comu-
nicacin global. Las grandes empresas
capaces de influir directamente sobre
las formas de vida, de lenguaje y de
imaginacin suprimen las premisas
del pensamiento crtico y las capaci-
dades cognitivas mismas que hacan
posible el ejercicio del pensamiento
libre, de la eleccin libre y, por tanto,
de la vida democrtica tal como la ha
conocido la modernidad.
El amplio movimiento de resistencia
creativa y de informacin indepen-
diente que ha tomado el nombre de
activismo meditico es un intento de
superar este callejn sin salida filos-
fico, cultural y poltico en el que ha
acabado la izquierda. Trata de rede-
finir la relacin entre vida cotidiana
e infosfera, por medio de la creacin
de redes de comunicacin indepen-
diente, pero tambin por medio de
la creacin de escenarios mitolgicos
alternativos. La tarea estratgica del
activismo meditico es mantener acti-
vas, durante la mutacin posthumana,
las capacidades cognitivas, creativas ti-
cas y estticas cuya supervivencia est
amenazada por las formas que dicha
mutacin impone al organismo bioso-
cial. No se trata de mantener con vida
al ser humano pretecnolgico, sino de
traspasar a Anthropos 2.0 la empata, la
solidaridad, la colaboracin no com-
petitiva, la creatividad y, sobre todo,
la sensualidad. La tarea estratgica del
activismo meditico es salvar la capaci-
dad sensible planetaria de la glaciacin
El pensamiento humanista
denuncia los peligros a los que
la mutacin meditica expone a
la democracia y a la libertad de
pensamiento, pero corre el ries-
go de quedar en una situacin
poltica y cultural irrelevante
frente a la potencia de las agen-
cias de comunicacin global.
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de los automatismos tecnolingsticos
y de la congestin de los automatismos
psictico-identitarios.
La catstrofe temporal de Virilio
Podremos tener alguna vez una demo-
cracia del tiempo real, de la inmediatez
y de la ubicuidad? No lo creo, y quienes
se empean en decir que es posible no me
parecen demasiado serios.
2
La transformacin producida por las
tecnologas de la aceleracin absoluta
(es decir, del tiempo real) conlleva una
crisis de los fundamentos antropolgi-
cos en los que se form y ha podido
florecer (siempre con cierta fragilidad)
la democracia. La virtualizacin del
intercambio entre hablantes, la escisin
entre comunicacin y corporeidad, la
desterritorializacin de las fuentes de
informacin son procesos que disgre-
gan las comunidades urbanas en las
formas que hemos conocido desde el
Renacimiento. No slo est en cuestin
la democracia, sino la nocin misma de
universalidad humana.
En la virtualizacin, la presencia del
cuerpo del otro se vuelve superflua,
cuando no incmoda y molesta. No
queda tiempo para ocuparse de la pre-
sencia del otro. Desde el punto de vista
econmico, el otro debe aparecer como
informacin, como virtualidad y, por
tanto, debe ser elaborado con rapidez y
evacuado en su materialidad.
Acabamos por amar lo lejano y por odiar
lo cercano porque ste ltimo est pre-
sente, porque huele, porque hace ruido,
porque molesta, a diferencia de lo lejano
que se puede hacer desaparecer con el
zapping... Estar ms cerca de quien est
lejos que de quien est a nuestro lado es
un fenmeno de disolucin poltica de la
especie humana. La prdida del propio
cuerpo comporta la prdida del cuerpo
de los dems, en beneficio de una especie
de espectralidad de lo lejano.
3
La difusin de las tecnologas electr-
nicas ha ocasionado, para Virilio, una
catstrofe de la democracia y de la
propia condicin urbana. Una cats-
trofe que alcanza y suprime la percep-
cin misma de la temporalidad.
El tiempo real corre el riesgo de hacernos
perder el pasado y el futuro en favor de
una presentificacin que supone una
amputacin del volumen del tiempo. El
tiempo es volumen. No es slo un espacio
tiempo en el sentido de la relatividad.
Es volumen y profundidad del sentido y
el advenimiento de un tiempo mundial
nico que liquide la multiplicidad de
tiempos locales es una prdida considera-
ble de la geografa y de la historia.
4
La catstrofe temporal se produce
sobre todo en el plano cognitivo.
Es consecuencia de un colapso en
la relacin entre
la velocidad de
la infosfera y los
tiempos de ela-
boracin racional
y emotiva.
El problema de la
velocidad es cen-
tral en el pensa-
miento de Virilio
desde que, en
1977 en Vitesse et
politique,
5
mos-
trase cmo la velocidad de los trans-
portes ha transformado los eventos
blicos y polticos de la modernidad.
Pero en la poca moderna los trans-
portes mecnicos tenan un efecto de
aceleracin relativa y aumentaban la
potencia de un sujeto (por ejemplo,
el ejrcito alemn) frente a otro sujeto
(por ejemplo, el ejrcito francs) sin
destruir el terreno mismo de la con-
En la virtualizacin, la presen-
cia del cuerpo del otro se vuelve
superflua, cuando no incmo-
da y molesta. No queda tiempo
para ocuparse de la presencia
del otro. Desde el punto de
vista econmico, el otro debe
aparecer como informacin,
como virtualidad y, por tanto,
debe ser elaborado con rapidez
y evacuado en su materialidad.
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frontacin. El elemento decisivo no
es ya hoy la aceleracin mecnica del
transporte, sino la velocidad absoluta
en el campo de la informacin. Con el
rgimen de la velocidad absoluta, que
se materializa en las tecnologas elec-
trnicas de la informacin y la trans-
misin en tiempo real, algo decisivo
se rompe en la trama misma de la rea-
lidad, en la posibilidad de produccin
del acontecimiento y, sobre todo, en
la relacin entre consciencia y proceso
real. Como consecuencia de su ingo-
bernable veloci-
dad, los automa-
tismos tcnicos
se vuelven inde-
pendientes de la
voluntad y de la
accin humana.
La complejidad
de los sistemas
tcnicos en red
es consecuencia
de la velocidad.
Cuando habla-
mos de comple-
jidad hablamos
de la relacin entre la velocidad del
despliegue de los fenmenos y de las
informaciones y la velocidad de la
elaboracin cognitiva.
La aceleracin hace que las formas de
conciencia humana en su relacin con
el tiempo de la infosfera se colapsen.
La aceleracin absoluta de la infosfera
recorta drsticamente los tiempos que
seran necesarios para la elaboracin
racional de una informacin, para
traducir las reacciones inmediatas por
medio de la verbalizacin y, sobre
todo, para una elaboracin emocional
de los estmulos que proceden del
entorno, de los cuerpos-signo que nos
rodean. Esta es la leccin que sacamos
del anlisis de Virilio.
Virilio prefiere a la nocin kantiana
de tiempo una perspectiva fenomeno-
lgica, pulsional, cuyas referencias se
encuentran en Bergson y Husserl. El
tiempo no es una condicin epistmica
trascendental, sino un modo de lo sen-
sible, una duracin de la consciencia.
A la frase de Descartes que sostiene que
la mente es una cosa que piensa, Bergson
responde que la mente es una cosa que
dura... Es nuestra duracin la que pien-
sa, la primera produccin de la conscien-
cia es su propia velocidad en su distancia
temporal. La velocidad sera entonces
idea causal, idea que precede a la idea.
6
Si pensamos la relacin entre tiempo
e infosfera desde una perspectiva feno-
menolgica, intencional y duracional,
podemos preguntarnos qu le pasa al
tiempo. Esta pregunta significa: qu le
sucede a nuestro organismo perceptivo
y consciente? El organismo consciente
est en el tiempo, pero el tiempo tam-
bin est en el organismo consciente.
La aceleracin infinita del tiempo real
recorta los tiempos de la actividad
mental hasta la dislexia, hasta el pnico.
El organismo consciente reacciona ante
esta situacin aferrndose a automatis-
mos psquicos tecnolgicos y sociales
que sustituyen a la eleccin consciente.
No hay ya posibilidad de elegir porque
todo se desarrolla deprisa, porque la
atencin en el tiempo est saturada.
La aceleracin produce un salto antro-
polgico, psquico y lingstico. En
qu condiciones se produce ese salto?
Las tecnologas de la mente no son
propiedad comn de todos los seres
humanos, sino propiedad privada de
unos pocos grupos econmicos mun-
diales extremadamente poderosos.
Estos grupos se han vuelto capaces
de canalizar la atencin, el comporta-
miento, las expectativas, las elecciones
de consumo y las elecciones polticas.
La aceleracin infinita del
tiempo real recorta los tiempos
de la actividad mental hasta
la dislexia, hasta el pnico. El
organismo consciente reaccio-
na ante esta situacin aferrn-
dose a automatismos psquicos
tecnolgicos y sociales que sus-
tituyen a la eleccin conscien-
te. No hay ya posibilidad de
elegir porque todo se desarro-
lla deprisa, porque la atencin
en el tiempo est saturada.
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Poder y mutacin son dos procesos
que se entrelazan, porque la mutacin
cognitiva construye un sistema espec-
fico de sujecin de la mente colectiva.
Sobre ese modo de sujecin se cons-
truye el poder en nuestro tiempo.
La principal cuestin que plantea el
activismo meditico es esta: es posible
desligar la mutacin producida por
la tecnologa de los dispositivos eco-
nmicos, polticos y militares que se
construyen como formas de poder?
Activismo meditico y mutacin
La mutacin cognitiva producida por
la aceleracin de la infosfera y el domi-
nio econmico y poltico de las grandes
empresas mediticas globales son dos
cosas distintas, aunque se entremezclan
en la realidad del imaginario social.
El activismo meditico tiene que saber
abarcar ambos planos y actuar de modo
diferente en cada uno de ellos. Debe
rechazar y sabotear el dominio de las
grandes empresas sobre los medios, y
utilizar todos los instrumentos posibles
para subvertirlo. Pero no cabe pensar
resistirse a la mutacin antropolgica
que han puesto en marcha las tecnolo-
gas de la comunicacin. Hay que des-
ligar dominio y mutacin. El dominio
debe ser erosionado, confrontado y elu-
dido. La mutacin debe ser atravesada,
recibida y elaborada.
El propio trmino activismo mediti-
co es contradictorio. Los medios son
instrumentos que colocan a quienes
los usan en una situacin de pasividad.
Cmo puede ser activo quien usa los
instrumentos de la mediacin y la
pasividad? En esta contradiccin halla
el activismo meditico su problema
terico y su energa prctica.
Por ejemplo, durante los aos noventa
se desarroll un proceso de amplia par-
ticipacin que permiti la creacin de
Internet. Se expresaron grandes ener-
gas creativas en los planos tecnol-
gico, esttico
y filosfico.
En ese pro-
ceso hemos
visto emerger
las potencia-
lidades inno-
vadoras del
paradigma de
c onc a t e na -
cin social paritaria que encarna la
red. Pero al mismo tiempo, Internet es
el dispositivo fundamental de la muta-
cin, el factor principal de mediatiza-
cin del lenguaje y de la vida humana.
El activismo meditico vive en esta
ambigedad: es parte de la mutacin
posthumana pero trata de desviarla, de
impedir que con ella se pierda lo que
hace digna y placentera la vida huma-
na y lo que hace creativo el lenguaje.
En los ltimos quince aos han coexis-
tido dos discursos sobre la innovacin
tecnodigital y sobre sus efectos sociales.
El primero es el de los apologistas de
la evolucin tecnodigital. En nombre
de una especie de panlogismo digital,
Pierre Levy ha construido una teora
de la inteligencia colectiva de potencia
ilimitada y capaz de autogobernarse.
Desde un punto de vista msticoho-
lista, Kevin Kelly ha desarrollado una
teora de la mente global interconec-
tada que progresivamente incorpora
elementos orgnicos e inorgnicos, y
con ello crea una potencia de clculo
y de interpretacin superiores a la de
la mente individual.
El segundo discurso es el de la resistencia
antidigital, fundada en valores humanis-
tas o sociales, en el que se sitan autores
como Pierre Bourdieu o Paul Virilio.
El activismo meditico vive
en esta ambigedad: es parte
de la mutacin posthumana
pero trata de desviarla, de
impedir que con ella se pierda
lo que hace digna y placentera
la vida humana y lo que hace
creativo el lengua