1 CAPTULO II SACERDOTES PARA LA VIDA DEL MUNDO (ESPIRITUALIDAD DE LA MISIN) Por este motivo te exhorto a que reavives el don
que reside en ti por la imposicin de mis manos. Porque Dios no nos ha dado un espritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de discernimiento. No te avergences, pues, de dar testimonio de nuestro Seor ni de que yo contine preso por su causa, sino que soporta conmigo los sufrimientos por el evangelio con la fortaleza de Dios (2 Tim 1-8). Ahora, despus de ahondar en los elementos de identidad sacerdotal, en concreto en la madurez sacerdotal, buscamos dar paso a las actitudes espirituales y pastorales de los que son testigos del Evangelio en la actual coyuntura eclesial y social. Encontramos diseadas estas actitudes en la misma Palabra de Dios. Vamos a recogerlas cuidadosamente. Nos orienta, nos conforta, nos consuela sobremanera. Aplicarla a nuestra actual situacin es altamente saludable y necesario. 1. Una espiritualidad de la confianza, no del optimismo He sido constituido heraldo, apstol y maestro del Evangelio. Esta es la razn de mis sufrimientos; pero yo no me avergenzo, pues s en quin he puesto mi confianza y estoy persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el ltimo da el encargo que me dio (2 Tim 1, 11-12). La radiografa del presente y las perspectivas del futuro no invitan al optimismo. Ms bien encierran el riesgo de sumir a muchos en el pesimismo. El pesimismo desconfiado y su efecto ms directo: el miedo, es un componente anmico importante en muchos creyentes y algunos pastores. Somos conscientes que la confianza es una estructura vital constitutiva del ser humano. Sin embargo, en tiempos de cambio acelerado y de altos riesgos, la confianza se debilita y se recrudece la desconfianza y el miedo. La necesidad de amarrar el futuro y de programarlo rigurosamente se vuelve, hoy, algo incluso compulsivo. Los ministros de la Palabra no tenemos ninguna garanta para afirmar que las cosas irn mejor dentro de 25 de 40 aos. Pero s tenemos la confianza para ahondar en esta poca presente, nuestra confianza est en la incesante voluntad salvfica de Dios y en entregar en sus manos, domesticando nuestros miedos, el presente y el futuro de nuestra fe, de la Iglesia y de nuestra sociedad. El amor irrevocable de Dios Padre, la fuerza vital de la resurreccin del Seor y la actividad incesante del Espritu en la historia, en la comunidad cristiana y en cada uno de nosotros constituyen un cimiento slido para confiar a la
2 misericordia de Dios nuestro pasado y a su providencia nuestro futuro individual y colectivo. Eso s: es preciso que estas convicciones teolgicas estn impregnadas de una autntica experiencia creyente que las haga connaturales a nuestro espritu. El reclamo pascual del Seor Resucitado: No tengan miedo (Mt 28, 5), tantas veces repetido por Juan Pablo II, tiene una actualidad indudable en la comunidad eclesial. Que la confianza sea tan viva que venza al miedo es una gracia del Espritu que hemos de suplicar ardientemente para la Iglesia. El Salmo 71, entre otros muchos, nos brinda palabras para esta splica: A ti, Seor, me acojo, s para m roca de cobijo y fortaleza protectora..., en tus manos encomiendo mi espritu..., yo confo en el Seor..., mi destino est en tus manos..., t me mostraste tu amor en el momento del peligro. Sean fuertes y cobren nimo los que confan en el Seor. 2. Una espiritualidad hiperactividad nerviosa del hacer sosegado, no de la
Tena Marta una hermana llamada Mara que, sentada a los pies del Seor, escuchaba su palabra. Marta, en cambio, estaba atareada con los muchos quehaceres del servicio. Entonces Marta se acerc a Jess y le dijo: Seor, no te importa que mi hermana me deje sola en la tarea? Dile que me ayude. Pero el Seor le contest: Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas, cuando en realidad una sola es necesaria. Mara ha escogido la mejor parte y nadie se la quitar (Lc 10, 39-42). La conciencia viva y prctica de que la Palabra hace silenciosamente su camino por su propia virtualidad incluso mientras sus servidores duermen (cfr. Mt 13, 25), debera ir curndonos de una fiebre que afecta a muchos en la Iglesia: la hiper-responsabilidad. En el fondo, el hiper-responsable no acaba de creerse que quien salva es Dios y solo Dios. Su tentacin espontnea es aquella que el humor francs atribuye a las relaciones de De Gaulle con Jesucristo: Sagrado Corazn de Jess, confa en m. La hiper-responsabilidad conduce directamente a la hiperactividad. sta origina ansiedad. La ansiedad pastoral puede volvrsenos crnica. Nos pone nerviosos a nosotros y a nuestros colaboradores. Nos quita la paz para orar y para escuchar a la gente. Nos va haciendo ms sensibles a los proyectos que a las personas. Nos torna ms reacios a delegar responsabilidades y a confiar en aquellos que las asumen. La hiperresponsabilidad es la patologa de los responsables. Jess no actu as. No tuvo en su vida pblica la pretensin de curar a todos los enfermos, de convertir a todos los pecadores, de reformar todas las estructuras religiosas y cvicas de Israel. Fue realizando por doquier acciones significativas y propulsoras del Reino que l
3 anunciaba y personificaba. Se limit a sembrar seales crebles de esperanza, de amor, de misericordia. Rechaz el celo indiscreto y violento de los discpulos que queran arrasar a los samaritanos endurecidos. Reprendi la ansiedad con la que Marta se afanaba en su tarea: Si el Seor mismo no lo hizo todo, por qu (algunos) ministros de la Iglesia creemos tener que hacerlo todo? La conducta apostlica de Jess, asimilada y traducida a la nuestra, inducir en nosotros un estilo de vida, de predicacin, de testimonio, de apostolado ms sereno, impregnado de esa alegra que tantas veces falta en los servidores pastorales en exceso ocupados. Nuestro trabajo pastoral perder seguramente en cantidad, pero cobrar una calidad mayor y una capacidad de centrarnos en aquello que estamos haciendo y en aquellos a los que estamos escuchando y acompaando. Hemos de procurar un ritmo de trabajo que resulte humana y evanglicamente higinico. La experiencia nos dice que una alta porcin de los presbteros puede clasificarse entre hiperocupados e infraocupados. Ciertamente algo peor que el ritmo nervioso de los primeros es la falta de ritmo de los segundos. 3. Una espiritualidad de la fidelidad, no del xito Escribe el ngel de la iglesia de Esmirna: esto dice el primero y el ltimo, el que estuvo muerto y retorn a la vida. Conozco las calumnias de quienes se dicen judos y solamente son una sinagoga de Satans. Que no te acobarden los sufrimientos que te esperan... S fiel hasta la muerte y yo te dar la corona de la vida (Ap 2, 8-10). Jess, en su ministerio, no fue en absoluto ajeno a esta experiencia. La ceguera y la dureza de corazn de muchos le afect. Marcos recoge grficamente este impacto: Mirndolos con indignacin y apenado por la dureza de su corazn, dijo al hombre: extiende la mano. l la extendi y su mano qued restablecida (Mc 3, 5). Tambin Lucas lo registra: Ellos (los maestros de la ley y los fariseos), llenos de rabia, discutan qu podran hacer contra Jess (Lc 6, 11). Exegetas muy competentes sostienen que, sobre todo en la ltima fase de su vida pblica, la consciencia humana de Jess fue comprendiendo cada vez con mayor intensidad experiencial que el Padre le peda fidelidad y no xito inmediato. La soledad creciente, el enfriamiento de los suyos, el enconamiento de sus enemigos y, sobre todo, la experiencia de la Pasin fueron decisivas. El autor de la carta a los Hebreos nos dir que aunque era Hijo aprendi sufriendo lo que cuesta obedecer (Heb 5, 8). Pablo es, junto a Jess, otro testigo excepcional. Predica a un Cristo crucificado que es escndalo para los judos y locura para los paganos (1 Co 1, 23). Recibe en Atenas un portazo ms o menos educado. Como apstol, es consciente de que aparece como necio..., dbil..., despreciado de todos (1 Co 4, 9-13). Nos acosan por todas
4 partes, pero no estamos abatidos; nos encontramos en apuros, pero no desesperados; somos perseguidos, pero no quedamos a merced del peligro; nos derriban, pero no llegan a rematarnos. Por todas partes vamos llevando en el cuerpo la muerte de Jess para que la vida de Jess se manifieste en su cuerpo (2 Co 4, 8-10). No son estas las palabras de un triunfador que va de xito en xito, sino de aquel que se aferra a la fidelidad a Dios. Nos conforta e ilumina en nuestra situacin la actitud bsica de Jess y del Apstol. Porque tambin nosotros experimentamos la dificultad de acompaar a nuestros conciudadanos en el trnsito de la indeferencia al inters, del inters a la interpelacin personal, de la interpelacin a la fe, de la fe a la conversin, de la conversin a la madurez cristiana. Hemos de sembrar mucho para recoger poco. Hemos de pedir la gracia y el gozo de la fidelidad en tiempos de escasa fecundidad. Nos sentimos retratados en las palabras de Simn Pedro: Hemos estado toda la noche trabajando sin pescar nada; pero, puesto que t lo dices, echar las redes (Lc 5, 5). En una actitud pastoral que camina hacia la madurez espiritual, una sana y deseable gradacin nos conduce sucesivamente de la expectativa del xito a la bsqueda de la fecundidad, y, de sta, a la fidelidad. El xito no es uno de los nombres de Dios (M. Buber). La fidelidad es el amor que resiste el desgaste del tiempo (Rovira Belloso). 4. Una espiritualidad responsable, pero no culpabilista Busquen ante todo el Reino de Dios y lo que es propio de l y Dios les dar todo lo dems. No anden preocupados por el da de maana, que el maana traer su propia preocupacin. A cada da le basta su propio afn. Estas palabras de Jess (Mt 6, 33-34) resumen lo que debe y no debe ser nuestro afn de testigos de la Palabra. No podemos cruzarnos de brazos ante lo que podemos hacer. Vivir y testificar el Evangelio no slo es importante, sino lo ms importante. La frivolidad o la pereza son pecado en toda vida cristiana. La responsabilidad y la seriedad son postulados irrecusables del mensajero del Evangelio. Jess es categrico cuando llama a sus discpulos al seguimiento y al apostolado (Lc 9, 57-62; Mt 9, 9). El Reino que es preciso anunciar y construir es el tesoro por el que merece la pena vender todo y la perla ms preciosa es la fe, en orden a la salvacin (cfr. Mt 13, 4446). Declararse a favor de Jess o negarle es, en los Sinpticos, decisivo y decisorio para la salvacin (cfr. Lc 12, 8-9). Pero es sobre todo en el Evangelio de Juan donde se expresa con ms vigor la importancia salvfica de definirse ante Jess mediante la fe en l: Tanto am Dios al mundo que entreg a su Hijo nico, para que todo el que crea en l
5 no perezca, sino que tenga vida eterna. Dios no envi a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de l. El que cree en l no ser condenado; por el contrario, el que no cree en l, ya est condenado por no haber credo en el Hijo nico de Dios (Jn 3, 16-18). Pablo muestra igualmente la responsabilidad del apstol en su enrgica expresin: Anunciar el evangelio no es para m un motivo de gloria; es una obligacin que tengo y, pobre de m si no anunciara el evangelio! (1 Co 9, 16). Desde esta actitud responsable, hemos de asumir, con todo, que no somos responsables del bien que no podemos hacer ni del mal que no podemos evitar. En consecuencia hemos de eludir el culpabilismo, que consiste en atribuir a causas morales de las que somos responsables la situacin de la fe, de la comunidad eclesial y las actitudes que ante ambas adoptan corrientes sociales dominantes. El culpabilismo es, pues, una versin del moralismo, que simplifica la realidad reducindola a su dimensin moral, innegable pero parcial. La realidad es mucho ms compleja. Existe hoy un acuerdo entre los analistas al atribuir principalmente a factores sociales y culturales la precaria situacin religiosa de Occidente. Naturalmente que sta no es ajena ni mucho menos al desfallecimiento y a los errores de la comunidad de fe y de sus pastores. Pero los factores culturales y sociales son hoy tan poderosos que configuran el modo de pensar, de sentir, de valorar y de comportarse de una inmensa muchedumbre de conciudadanos y afectan tambin, en una medida nada desdeable, a muchos creyentes. El moderado sentimiento de culpa es saludable. El culpabilismo es peligroso. Produce un sentimiento de tristeza que nos paraliza. Genera un sentimiento de amargura que nos quita el sosiego y nos hace obsesivamente proyectivos para culpar a los dems. 5. Una espiritualidad de la paciencia, no de la prisa As pues, esperen con paciencia la venida del Seor. Vean cmo el labrador aguarda el fruto precioso de la tierra esperando con paciencia las lluvias tempranas y tardas. Pues ustedes, lo mismo: tengan paciencia y buen nimo... Tomen como ejemplo de constancia y sufrimiento a los profetas que hablaron en nombre del Seor. No en vano proclamamos dichosos a los que han dado ejemplo de paciencia (St 5,7-11). Observadores registran una diferencia entre la atmsfera que se respiraba en los aos 60 y la que hoy respiramos. En los aos 60 resultara ser la realidad social ms humanizable y las fuerzas que operaban en su seno tenan un mejor potencial transformador. Hoy, la regeneracin de la sociedad y de la Iglesia encuentran resistencias ms fuertes y los recursos resultaran ms dbiles y escasos.
6 Sea cual fuere el fundamento de esta apreciacin, es cierto que la realidad social se resiste tenazmente a una transformacin autnticamente humana y que la realidad eclesial experimenta grandes dificultades para una verdadera conversin pastoral. Detengmonos por un momento en la realidad eclesial: Es sintomtico el miedo que produce lo desconocido en responsables y comunidades, la resistencia de muchos presbteros para asumir nuevos desafos y responsabilidades, la mentalidad de tantos creyentes que se sienten destinatarios de servicios y no servidores, el apego ancestral a ciertas formas de vida religiosa anquilosadas, el impacto desmoralizador que produce en nuestras comunidades la crtica dura de los Medios de Comunicacin, el descrdito creciente de la Jerarqua eclesial, etc son algunos indicadores de las debilidades del sujeto eclesial para abordar una renovacin y abrirse a una conversin. El Nuevo Testamento nos recomienda una actitud espiritual muy apta para asumir nuestra situacin presente: Una paciencia activa. Tambin nosotros... libermonos de todo impedimento y corramos con constancia en la carrera que se abre ante nosotros, fijos los ojos en Jess, autor y perfeccionador de la fe, el cual, animando por el gozo que le esperaba, soport sin acobardarse la cruz y ahora est sentado a la derecha del trono de Dios (Hb 12, 1-2). Y en otro lugar: El Seor enderece sus corazones hacia el amor de Dios y hacia la paciencia de Cristo (2 Teo 3, 5). Moltmann ha descrito los componentes principales de esta actitud. El primero es la resistencia, que consiste en una posicin vital crtica ante una realidad que, aunque positiva en unos aspectos, contiene graves elementos de corrupcin, inercia, injusticia e insolidaridad. El segundo es la decisin de abordar la tarea del cambio moral requerido. El tercero es la capacidad de arrostrar el sufrimiento inherente a esta tarea regeneradora y renovadora. El cuarto es el ritmo acompasado a la dificultad. Las parbolas llamadas de la paciencia de Dios (Del trigo y la cizaa, la higuera estril, la del hijo prdigo), contienen el mismo mensaje: si Dios espera tanto, qu derecho tenemos a impacientarnos? La prisa pastoral no respeta ni el tiempo de Dios ni los procesos humanos. Muchas veces en vez de acelerar, retarda el advenimiento de lo que se busca. Provoca maduraciones artificiales y frgiles que se desploman ante la dificultad. 6. Una espiritualidad de la sintona, no de la distancia Atenienses: ... el Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en l y es Seor del cielo y de la tierra, no habita en templos construidos por mano de hombre... En realidad no est lejos de cada uno de nosotros, ya que en l vivimos, nos movemos y existimos. As lo han dicho algunos de sus poetas: somos de su linaje (Hch 17, 22-29). Dios, siempre prximo a los humanos, se hizo definitivamente cercano en
7 Jesucristo. La Palabra se hizo carne y habit entre nosotros y hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo nico del Padre, lleno de gracia y de verdad (Jn 1, 14). Dios ha querido compartir desde dentro la dignidad y la servidumbre de ser hombre. La comunidad cristiana est llamada a prolongar en la historia esta cercana del Seor a la humanidad. La Iglesia es amiga de la humanidad. No debe, por tanto, mantener una reserva distante y recelosa, sino una profunda empata con la sociedad. 7. Una espiritualidad de la alegra, no de la tristeza Se le acercaron entonces los discpulos de Juan y le preguntaron: por qu nosotros y los fariseos ayunamos y tus discpulos no ayunan? Jess les contest: es que pueden estar tristes los amigos del novio mientras l est con ellos? Llegar un da en que les quitarn al novio; entonces ayunarn (Mt 9, 14-15). Los tiempos son recios. Producen en muchos cristianos, sinceramente incorporados a la pastoral, un cierto estado de abatimiento y de tristeza. Parece que nos han arrebatado al novio. La nostalgia de lo que fue y nunca volver habita en el corazn de esta tristeza. Hoy est bastante extendido entre los cristianos un sentimiento de decadencia, un temor a quedar reducidos, en un futuro no lejano, a un residuo insignificante; un miedo a que la sociedad pueda quedar privada con el tiempo de ese signo humanizante y divinizante que es la Iglesia. Conocemos a catequistas desanimados porque intuyen que sus desvelos por sembrar la Palabra son contrarrestados por otros factores familiares, escolares y culturales que influyen la mente y el corazn de sus catequizados. Muchos sacerdotes comentan con tristeza la dificultad creciente de encontrar colaboradores pastorales que releven a los veteranos. Muchos cristianos lamentan que parecen estar ms profundamente divididos por la poltica que unidos por la misma fe. En el nimo vital de las predomina hoy el sndrome de un atardecer sobre la esperanza de un amanecer. Y sin embargo, nos seguimos encontrando con grupos que, percibiendo y padeciendo las mismas dificultades, viven su fe y su compromiso cristiano en alegra y paz. No son menos lcidos, ms ingenuos ni ms idealistas que los dems. Eso s: cultivan la escucha y el acercamiento a la Palabra, la oracin comunitaria sosegada, las sesiones de formacin, la convivencia y la fiesta, la mutua ayuda. Aunque la fe se debilita en nuestro entorno, nada ni nadie puede arrancarnos la alegra de creer, de haber puesto nuestra confianza en Jesucristo, de quererle con el corazn, de sentir su presencia junto a nosotros, de sabernos habitados por su Espritu, de vernos congregados en torno a su Palabra y Eucarista, de sintonizar con los necesitados y gozar ayudndoles.
8 La alegra nacida del encuentro con el Resucitado, es la caracterstica ms englobante de la pascua, origen de la misin eclesial y del ministerio apostlico. Es testimoniada en casi todos los anuncios pascuales de los evangelios (Mt 28,8; Lc 24,32.42; Jn 20,20). La alegra es una caracterstica de las comunidades cristianas del Nuevo Testamento. No puede faltar en ninguna genuina espiritualidad cristiana, sea cual sea nuestra situacin. En ocasiones extraordinarias ser exultante. En otras, serena paz y contento interior. En el sufrimiento, consolacin. En la oscuridad, instinto interior de adhesin al Seor. Es compatible con el sufrimiento. Lo contrario de la alegra es la tristeza, no el sufrimiento. El cristiano conoce y padece la tristeza, pero su panorama habitual es la alegra. La alegra no es un bien escaso en los seguidores de Jess. Conviene, sin embargo, determinar todava mejor el contenido de esta alegra. No debe confundirse con la jovialidad, que es un rasgo temperamental. La alegra cristiana consiste sobre todo en vivir centrado, identificado con su misin. Comporta el sentirse bien dentro de la propia piel. Entraa una capacidad para ver, incluso en momentos difciles, el lado bueno de la realidad. Lleva un talante poco compatible al desaliento. 8. Una espiritualidad ms sanante que denunciadora. Un samaritano que iba de viaje, al llegar junto a l y verlo, sinti lstima. Se acerc y le vend las heridas, despus de habrselas curado con aceite y vino; luego lo mont en su cabalgadura, lo llev al mesn y cuid de l. Al da siguiente, sacando dos denarios, se les dio al mesonero, diciendo: Cuida de l y lo que gastes de ms, te lo pagar a la vuelta (Lc 10, 33-35). Testificar la Palabra de Dios comporta necesariamente una actitud de denuncia. Pero el anuncio es ms medular que la denuncia. La Buena Nueva es, ante todo, anuncio. La pedagoga positiva es ms coherente y eficiente para mover el corazn humano. La buena experiencia humana y cristiana muestra tambin los lados sombros y dbiles del hombre y la mujer adultos. Hemos de reconocer con alegra que el mundo que Dios quiere es un mundo adulto, pero hemos de aceptar y promover la concreta adultez de las personas sin proteccionismos ni paternalismos. No debemos de tragarnos el mito del hombre y la mujer adultos que quiere vendernos una antropologa superficial que ignora nuestra contingencia y caducidad y promueve toda una cultura de la satisfaccin, que pretende ocultar nuestras heridas e insatisfacciones. En nuestra profunda verdad somos ms precarios y desvalidos de lo que parecemos.
9 Somos una comunidad adulta, pero de heridos. Llevamos todos las heridas de la condicin humana y de las vicisitudes de nuestra historia: la enfermedad, la muerte, el desamor de aquellos a quienes amamos, la divisin, la angustia por los hijos que tuercen el sendero, la precariedad laboral, el conflicto social, el terrorismo. En esta comunidad de heridos hay muchos que estn ms heridos: los inmigrantes, las vctimas, los amenazados, los delincuentes que atestan todas nuestras crceles, los familiares de los presos, las mujeres maltratadas, los siniestrados laborales, los enfermos psicticos o neurticos, las personas fracasadas. Una humanidad as necesita ms compasin que condena. Jess dice a Nicodemo: Dios no envi a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de l (Jn 3, 17). Hoy el ejercicio de la misericordia es primordial. La Iglesia ha recibido el encargo de prolongar en la historia la misin de Jess, el buen Samaritano. Sus heridas nos han curado (1Pe 2, 24). Los cristianos participamos, al mismo tiempo, de las heridas de los humanos y de la misin sanante de Jess. Hemos recibido no slo el encargo de: vayan y anuncien (Mt, 10, 7), y de vayan y bauticen (Jn 1, 33), tambin el de vayan y sanen (Lc 9, 2). Podemos sanar, como Jess, incluso a travs de nuestras propias heridas. Podemos poner en ellas el aceite y el vino de nuestra compaa, de nuestra escucha, de nuestra palabra. Seamos ms compasivos que crticos. Ms misericordiosos que censores. 9. Una espiritualidad que, sin olvidar la precisin doctrinal, cuide la experiencia. Pienso que nada vale la pena si se compara con el conocimiento de Cristo Jess, mi Seor. Por l he sacrificado todas las cosas y todo lo tengo por estircol con tal de ganar a Cristo y vivir unido a l con una salvacin que no procede de la ley, sino de la fe en Cristo, una salvacin que viene de Dios a travs de la fe. De esta manera conocer a Cristo y experimentar el poder de su resurreccin y compartir sus padecimientos y morir su muerte, a ver si alcanzo as la resurreccin de entre los muertos. La teologa del Espritu Santo nos revela que uno de sus efectos en la comunidad y en cada creyente consiste en ayudarnos a interiorizar la persona y el mensaje de Jess. Solo el Espritu conoce la profundidad de Dios (1 Cor 2, 13). l nos comunica el sabor de Dios y la afinidad para con los valores de su Reino. l hace que sintamos la oracin como algo familiar, la pobreza como algo connatural, la entrega a los pobres como algo vital, el celibato como algo precioso. No es preciso romper ninguna lanza sobre la importancia de la pureza doctrinal, sobre todo en tiempos en los que un relativismo desmedido, alrgico a las slidas convicciones, amenaza con disolver la verdad cristiana, como nos viene recordando en repetidas
10 ocasiones Benedicto XVI. Lejos de someter la verdad al relativismo, este rasgo pretende asentar la bsqueda de la verdad en un cimiento experiencial. La fenomenologa nos ha demostrado con rigor cientfico que una religin, antes de ser un conjunto de creencias, un cdigo moral compartido, un culto comunitario, un entramado institucional, es fe viva, es decir, tocada por la experiencia. Es ella lo que sostiene en torno a s la constelacin de creencias, de prcticas, de ritos y de estructuras y cohesiona a la comunidad que los comparte. Cuando la fe viva, ungida por la experiencia, desfallece, los dems componentes se disgregan y se adulteran. La experiencia de la fe hace que las verdades del mensaje cristiano resuenen dentro y, sin perder su dimensin paradjica para la mente humana, resultan familiares al creyente. La experiencia de la fe hace que los practicantes sintonicen con los smbolos de la liturgia y entrevean en ellos el Misterio Central del cristianismo. La experiencia de la fe engrasa nuestro comportamiento para que no se convierta en un deber puro y duro, al final extenuante. La experiencia de la fe nos permite encontrar a Dios no solo en el culto y la oracin, sino en todas las reas de nuestra vida. La centralidad de la experiencia se torna aun mas necesaria cuando llegamos a la conviccin de que es ella el dficit ms originario de nuestras comunidades. A la crisis de Dios slo responderemos con la pasin por Dios (Metz). 10. Una espiritualidad que aprenda y ensee a orar Han recibido un Espritu que los hace hijos adoptivos y les permite clamar Abba, es decir, Padre... Asimismo, el Espritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, pues nosotros no sabemos orar como es debido y es el mismo Espritu el que intercede por nosotros con gemidos inefables. Por su parte, Dios, que examina los corazones, conoce el sentir de ese Espritu, que intercede por los creyentes, segn su voluntad (Rm 8, 15. 26-27). La espiritualidad es un panorama ms amplio que la oracin. Pero sta es una pieza decisiva dentro de aquella. Es en s misma una actividad teologal de primera magnitud, un ejercicio de la fe, de la esperanza y del amor. Es adems un espacio necesario para la interiorizacin y, en consecuencia, para la experiencia creyente. La oracin hace que Dios se nos vuelva real no un ser intermedio entre la realidad y la imaginacin. Es un componente privilegiado para discernir, muchas veces entre sombras, lo que Dios Padre pide de nosotros. Sin la oracin, el cristiano languidece y el apstol desiste. Aprender a orar e iniciar a la oracin es un valor de primera necesidad. Existe una pedagoga de la oracin cristiana que se despliega en mltiples pedagogas particulares. Pero es necesaria esta pedagoga. No porque la oracin sea una tcnica a dominar. Convertirla en tcnica equivale a inclinarse hacia la magia. Pero todo
11 lo importante (amar, educar, asumir la sexualidad, comunicarse, aguantar) se aprende. Los sacerdotes venimos insistiendo secularmente en la trascendencia de la oracin. No con la misma dedicacin iniciamos ni enseamos a iniciar a la oracin personal, comunitaria y litrgica mediante una adecuada pedagoga en la que la catequesis sobre la oracin se combina sabiamente con la prctica de la misma. Nuestras comunidades cristianas conocen la oracin vocal y practican la oracin de emergencia en momentos especiales. Nosotros mismos, no deberamos ejercitarnos ms en ese amplio mundo de la oracin? Hay una manera de orar que Pablo deja entrever en sus Cartas y es muy apropiada en nuestra condicin de pastores. El escriturista Lyonnet la recogi en un artculo admirable de la revista Christus: la oracin apostlica. Pablo da muestras de esta forma pastoral de oracin sobre todo en los primeros versculos de la mayora de sus cartas. Es una forma de orar ligada a la actividad apostlica y alimentada desde ella. Prepara y acompaa nuestros trabajos pastorales e incluso los releva cuando sta no es posible. Sus dos grandes resortes, son el deseo ante las necesidades y carencias y el gozo ante las realizaciones y los frutos. Del deseo brota la oracin de peticin; del gozo la accin de gracias.