18 febrero
Breviario de podredumbre
Ciertas maanas Pesar por no ser Atlas, por no poder sacudir los hombros para asistir al desplome de esta risible materia... La rabia sigue el camino inverso al de la cosmogona. Por qu misterio nos despertamos ciertas maanas con la sed de demoler el conjunto inerte y vivo? Cuando el diablo se ahoga en nuestras venas, cuando nuestras ideas sufren convulsiones, y nuestros deseos hienden la luz, los elementos se abrasan y se consumen, mientras que nuestros dedos tamizan la ceniza. Qu pesadillas hemos soportado durante la noche para levantarnos enemigos del sol? Debemos liquidarnos a nosotros mismos para acabar con el todo? Qu complicidad, qu lazos nos prolongan en una intimidad con el tiempo? La vida sera intolerable sin las fuerzas que la niegan. Dueos de una salida posible, de la idea de una huida, podramos fcilmente abolirnos y, en el colmo del delirio, expectorar este universo. ...O, si no, rezar y esperar otras maanas. (Escribir sera un acto inspido y superfluo si uno pudiese llorar a discrecin, imitar a los nios y a las mujeres presas de furor. En la materia de la que estamos amasados, en su ms profunda impureza, se encuentra un principio de amargura, que slo suavizan las lgrimas. Si cada vez que las penas nos asaltan, tuviramos la posibilidad de librarnos por el llanto, las enfermedades vagas y la poesa desapareceran. Pero una reticencia nativa, agravada por la educacin, o un funcionamiento defectuoso de las glndulas lacrimales, nos condenan al martirio de los ojos secos. Y adems, los gritos, las tempestades de reniegos, la automaceracin y las uas clavadas en la carne, con las consolaciones de un espectculo de sangre, no figuran ya entre nuestros procedimientos teraputicos. De aqu se sigue que estamos todos enfermos y que necesitaramos un Sahara cada uno para aullar a gusto, o las orillas de un mar elegaco y fogoso para mezclar a sus lamentos desencadenados nuestros lamentos ms desencadenados todava. Nuestros paroxismos exigen el marco de lo sublime caricaturesco, de lo infinito apopltico, la visin de una horca donde el firmamento sirviera de patbulo a nuestras osamentas y a los elementos.)
Los ngeles reaccionarios Es difcil formular un juicio sobre la rebelin del menos filsofo de los ngeles, sin mezclar en l simpata, asombro y reprobacin. La injusticia gobierna el universo. Todo lo que se construye, todo lo que se deshace, lleva la huella de una fragilidad inmunda, como si la materia fuese el fruto de un escndalo en el seno de la nada. Cada ser se nutre de la agona de otro ser; los instantes se precipitan como vampiros sobre la anemia del tiempo; el mundo es un receptculo de sollozos... En este matadero, cruzarse de brazos o sacar la espada son gestos igualmente vanos. Ningn soberbio desencadenamiento sabra sacudir el espacio ni ennoblecer las almas. Triunfos y fracasos se suceden segn una ley desconocida que tiene por nombre destino, nombre al que recurrimos cuando, filosficamente desguarnecidos, nuestra estancia aqu abajo o no importa dnde nos parece sin solucin y como una maldicin que debemos sufrir, irracional e inmerecida. Destino: palabra selecta en la terminologa de los vencidos... vidos de una nomenclatura para lo irremediable, buscamos un alivio en la invencin verbal, en las claridades suspendidas encima de nuestros desastres. Las palabras son caritativas: su frgil realidad nos engaa y nos consuela... Y as es como el destino, que no puede querer nada, es quien ha querido lo que nos sucede... Prendados de lo Irracional como nico modo de explicacin, le vemos cargar la balanza de nuestra suerte, en la cual no pesan sino los elementos
negativos, de la misma naturaleza. De dnde sacar el orgullo para provocar a las fuerzas que lo han decretado as y que, es ms, son irresponsables de tal decreto? Contra quin llevar la lucha y a dnde dirigir el asalto cuando la injusticia hostiga el aire de nuestros pulmones, el espacio de nuestros pensamientos, el silencio y el estupor de los astros? Nuestra rebelin est tan mal concebida como el mundo que la suscita. Cmo empearse en reparar los entuertos cuando, como Don Quijote en su lecho de muerte, hemos perdido -en el extremo de la locura, extenuadosvigor e ilusin para afrontar los caminos, los combates y las derrotas. Y cmo encontrar de nuevo la frescura del arcngel sedicioso, aquel que, todava al comienzo del tiempo, ignoraba esta sabidura pestilente en la que nuestros impulsos se ahogan? Dnde beberamos suficiente verbo y desparpajo para infamar al rebao de los otros ngeles, mientras que aqu abajo seguir a su colega es precipitarse ms bajo todava mientras que la injusticia de los hombres imita la de Dios y toda rebelin opone el alma al infinito y la rompe contra l? A los ngeles annimos -acurrucados bajo sus alas sin edad, eternamente vencedores y vencidos en Dios, insensibles a las nefastas curiosidades, soadores paralelos a los lutos terrestres- quin se atrevera a tirarles la primera piedra y, por desafo, a dividir su sueo? La rebelin, orgullo de la cada, no extrae su nobleza ms que de su inutilidad: los sufrimientos la despiertan y luego la abandonan; el frenes la exalta y la decepcin la niega... No podra tener sentido en un universo no-vlido... (En este mundo, nada est en su sitio, empezando por el mundo mismo. No hay que asombrarse entonces del espectculo de la injusticia humana. Es igualmente vano rechazar o aceptar el orden social: nos es forzoso sufrir sus cambios a mejor o a peor con un conformismo desesperado, como sufrimos el nacimiento, el amor, el clima, y la muerte. La descomposicin preside las leyes de la vida: ms cercanos a nuestro polvo que lo estn al suyo los objetos inanimados, sucumbimos ante ellos y corremos hacia nuestro destino bajo la mirada de las estrellas aparentemente indestructibles. Pero incluso ellas estallarn en un universo que slo nuestro corazn toma en serio para expiar despus con desgarramientos su falta de irona... Nadie puede corregir la injusticia de Dios y de los hombres: todo acto no es ms que un caso especial, aparentemente organizado, del Caos original. Somos arrastrados por un torbellino que se remonta a la aurora de los tiempos; y si ese torbellino ha tomado el aspecto del orden slo es para arrastrarnos mejor... ) El luto atareado Todas las verdades estn contra nosotros. Pero continuamos viviendo porque las aceptamos en s mismas, porque nos negamos a sacar las consecuencias. Dnde hay alguien que haya traducido -en su conducta- una sola conclusin de la enseanza de la astronoma, de la biologa, y que haya decidido no volver a levantarse de la cama por rebelin o por humildad frente a las distancias siderales o a los fenmenos naturales? Hubo alguna vez un orgullo vencido por la evidencia de nuestra irrealidad? Y quin fue lo bastante audaz como para no hacer nada, ya que todo acto es ridculo en lo infinito? Las ciencias prueban nuestra nada. Pero, quin ha sacado de esto la ltima leccin? Quin se ha convertido en hroe de la pereza total? Nadie se cruza de brazos: somos ms afanosos que las hormigas y las abejas. Pero si una hormiga, si una abeja -por el milagro de una idea o por una tentacin de singularidad- se aislase del hormiguero o del enjambre, si contemplase desde fuera el espectculo de sus penas, se obstinara todava en su trabajo? Slo el animal racional no ha sabido aprender nada de su filosofa: se aparta y persevera sin embargo en los mismos errores de apariencia eficaz y de realidad nula. Vista desde el exterior desde cualquier punto arquimdico, la vida -con todas sus creencias- no es posible, ni siquiera concebible. Slo se puede actuar contra la verdad. El hombre vuelve a comenzar cada da, pese a todo lo que sabe, contra todo lo que sabe. Ha llevado este equvoco hasta el vicio. La clarividencia est de luto pero -extrao contagio- incluso este luto es activo; as somos arrastrados en
un squito fnebre hasta el Juicio; as, del mismo ltimo reposo, del silencio final de la historia, hemos hecho una actividad: es el montaje escnico de la agona, la necesidad de dinamismo hasta en los estertores... (Las civilizaciones jadeantes se agotan ms rpidamente que las que se acomodan en la eternidad. China, dilatndose durante milenios en la flor de su vejez, propone el nico ejemplo a seguir; slo ella ha llegado tambin desde hace mucho a una sabidura refinada, superior a la filosofa: el taosmo supera todo lo que el espritu ha concebido en el plano del desapego. Contamos por generaciones: es la maldicin de las civilizaciones apenas seculares el haber perdido, en su cadencia precipitada, la conciencia intemporal. Segn toda evidencia estamos en el mundo para no hacer nada; pero, en lugar de arrastrar perezosamente nuestra podredumbre, exhalamos sudor y echamos los bofes en el aire ftido. La Historia entera est en estado de putrefaccin; sus relentes se desplazan hacia el futuro: hacia all corremos, aunque no sea sino por la fiebre inherente a toda descomposicin. Es demasiado tarde para que la humanidad se emancipe de la ilusin del acto, es sobre todo demasiado tarde para que se eleve a la santidad del ocio.) Equilibrio del mundo La simetra aparente de las alegras y de las penas, no emana en absoluto de su distribucin equitativa: es debida a la injusticia que golpea a ciertos individuos y los obliga as a compensar con su aplastamiento la despreocupacin de los otros. Sufrir las consecuencias de sus actos o ser preservado de ellas, tal es la suerte de los hombres. Esta discriminacin se efecta sin ningn criterio: es una fatalidad, un reparto absurdo, una seleccin caprichosa. Nadie puede escapar de la condena a la felicidad o a la desdicha, ni escapar de la sentencia nativa del tribunal funambulesco cuya decisin se extiende entre el espermatozoide y la tumba. Los hay que pagan todas sus alegras, que expan todos sus placeres, que tienen que rendir cuentas de todos sus olvidos: no sern jams deudores de un solo instante de felicidad. Mil amarguras han coronado para ellos un estremecimiento de placer como si no tuvieran derecho a las dulzuras admitidas, como si sus abandonos pusieran en peligro el equilibrio bestial del mundo... Fueron felices en medio de un paisaje?, lo lamentarn en inminentes pesares; estuvieron orgullosos de sus proyectos y de sus sueos?, se despertarn pronto, como de una utopa, corregidos por sufrimientos demasiado positivos. As hay sacrificados que pagan la inconsciencia de los otros, que expan no solamente su propia felicidad, sino tambin la de desconocidos. El equilibrio se restablece de esta manera; la proporcin de las alegras y de las penas se hace armoniosa. Si un oscuro destino universal ha decretado que t pertenecers al grupo de las vctimas, marchars a lo largo de tus das pisoteando la pizca de paraso que escondas dentro de ti, y el poco mpetu que apuntaba en tus miradas y en tus sueos se emporcar ante la impureza del tiempo, de la materia y de los hombres. Como pedestal tendrs un muladar y como tribuna unos pertrechos de tortura. No sers digno ms que de una gloria leprosa y de una corona de baba. Intentar avanzar junto a esos a quienes todo es debido, para quien todos los caminos son libres? Pero el polvo y la misma ceniza se erguirn para atajarte los escapes del tiempo y las salidas del sueo. Sea cual fuere la direccin en que te encamines, tus pasos se enlodarn, tus voces no clamarn ms que los himnos del fango y, sobre tu cabeza inclinada hacia el corazn, donde slo habita la piedad por ti mismo, pasar apenas el hlito de los bienaventurados, juguetes benditos de una irona sin nombre; y tan poco culpables como t mismo