CAPITULO 2: SOLO EN LA NOCHE
Al lado mismo de la ermita estaba la casa de los hermanos. Si se poda llamar casa a una cabaa construida de tierra apisonada y cubierta de ramas. Cinco o seis personas bastaban para llenarla. La luz entraba escasamente por una estrecha abertura hecha en la pared. El suelo era roca desnuda. Por todo mobiliario un banco de piedra y una gran cruz de nogal negra, que colgaba de la pared. En una esquina, unas piedras grandes hacan de hogar. La cabaa era a la vez cocina, refectorio y lugar de reunin. Pero los hermanos no dorman all. Sus celdas se encontraban un poco ms all, en la ladera abrupta de la montaa; estaban formadas por grutas naturales bastante profundas, a las que se llegaba por en medio de un montn de rocas. Para dar con estos agujeros de sombra en la muralla haca falta hacerse semejante a la gamuza, gil, ligera, area. Porque en algunos sitios la pendiente caa a pico sobre el barranco.
La llegada de Francisco y Len a la ermita no cambi nada la vida de los hermanos. Era una vida completamente simple. All arriba se segua la regla que Francisco haba dado no haca mucho, especialmente para las ermitas: Los que quieran vivir como religiosos en las ermitas-haba escrito Francisco-, vivirn tres o cuatro juntos a lo sumo. Dos se ocuparn de las cosas materiales y procurarn los alimentos necesarios para todos. Sern como madres y considerarn a los otros como a sus hijos. Llevarn la vida de Marta, mientras que los otros dos no harn otra cosa que rezar hasta el momento en que cambien estas funciones.
As, por turno, dos hermanos se encargaban del cuidado material de la comunidad, mientras que los otros se daban libremente a la oracin. En este sitio salvaje y escarpado, en que para ir a cualquier sitio haba que hacer subidas, difciles y bajadas en pendiente, peligrosas, el cuerpo mismo estaba sometido a una disciplina de aligeramiento y de purificacin y se hacia dcil al espritu. Para vivir esta vida de oracin era necesario tener un temperamento de juglar y de acrbata. No tener miedo de caminar con las manos ni rozarse los vestidos en la roca spera, Esta acrobacia, en el pensamiento de Francisco, era una manera de alabar a Dios y tambin una gran sabidura. El cuerpo y el alma asociados estrechamente, participaban en un solo impulso y volvan a encontrar su unidad en la paz verdadera del espritu.
Sin comodidad ni brillo, esta vida no toleraba artificios. El hombre se vela obligado a reencontrar su verdad. Se hacia sobrio de palabras y de gestos. Sus mismos sentimientos se apaciguaban y se hacan ms simples. No a fuerza de lecturas ni de repliegamiento sobre s, sino por esta santa y spera obediencia a las cosas a que obliga la pobreza cuando se acepta en todo su rigor. Era una escuela ruda. El hombre aprenda a sentir en ella de una manera nueva, mucho ms simple, mucho ms real.
Los nicos libros conocidos en la ermita eran los de , la Liturgia, el Misal y el Libro de las horas cannicas. Ms an, no habla ms que un solo ejemplar de estos libros para todos los hermanos. Pero la Palabra de Dios, que estaba escrita en ellos, encontraba aqu todo su sentido y de algn modo su frescura original. No se la forzaba o turbaba por un montn de otras lecturas. Nada ayuda a saborear ni a comprender tanto la Palabra de Salvacin como vivirla uno mismo hasta el limite. Solamente cuando uno se ha expuesto a todas las intemperies, se da cuenta verdaderamente de lo que es un techo. Y lo mismo cuando se vive lejos de todo apoyo humano y de todo lo que da habitualmente a la existencia una apariencia de solidez, se encuentra la verdad de estas palabras: Mi , roca, mi fortaleza, eres T. Porque entonces el hombre puede ver sin miedo que su existencia tiembla como el tallo frgil de una orqudea silvestre en el borde de la roca por encima del abismo. Cuando, a la calda de la tarde, reunidos en la capilla, los hermanos recitaban en Completas el versculo: Gurdanos, Seor, como a la pupila de tus ojos, saban que decan algo muy real. Todas estas frmulas teman para ellos el sabor de las cosas reales. Y no estaba Dios por un lado y la realidad por otro. Dios mismo era real, en el corazn mismo de las cosas reales.
Francisco haba probado muchas veces lo bienhechora que era esta vida de soledad. Ya haban pasado muchos das desde su llegada a la ermita. Pero esta vez la paz no volva a su alma. Por la maana, muy tempranito, oa la misa que deca el hermano Len, despus se retiraba a la soledad. All oraba largamente, y lo haca en medio de grandes angustias.
Le pareca entonces que Dios se haba alejado de l, y llegaba a preguntarse si no haba presumido de sus fuerzas. En algunos momentos recurra a la oracin de los salmos para expresar su tristeza. Has alejado de m a mis amigosdeca a Dios-. Yo soy un extranjero para mis hermanos. Mis ojos se consumen en el sufrimiento. Tiendo hacia Ti mis manos. Por qu rechazas mi alma? Por qu me escondes tu rostro? Estoy cargado de terror, estoy turbado.
Pero su plegaria se haca ms viva todava cuando recitaba este versculo: Ensame tus caminos, oh Dios, oh Eterno. En esta splica derramaba toda su alma. Expresaba con ella su deseo vehemente de conocer la voluntad de Dios sobre l. Ya no saba lo que Dios quera de l y se preguntaba con angustia qu deba hacer para serle agradable. Desde su conversin no haba cesado de tender hacia el bien. Crea que se haba dejado conducir por Dios. Y haba tropezado con el fracaso. Al seguir la pobreza y la humildad del Seor Jesucristo, no haba buscado otra cosa que la paz y el Bien. Y sobre sus pasos haba germinado la cizaa y cada vez se extenda ms.
Muchas veces su oracin se prolongaba hasta muy tarde, hasta la noche. Una tarde que estaba as rezando estall una gran tormenta. Ya haba cado la noche. Una noche pesada y oscura que se iluminaba de repente con grandes relmpagos deslumbrantes. A lo lejos el trueno grua sordamente. Poco a poco los estallidos se acercaban y en seguida la tempestad estall con toda su fuerza encima mismo de las ermitas. Cada detonacin pareca como el choque de un enorme carnero contra la montaa. Se oa primeramente en lo ms alto del cielo un ruido estridente y rpido como una tela que se desgarra de un solo golpe. Despus era como un crujido espantoso cuyo ruido estremeca toda la montaa. Pareca entonces que lo que acababa de caer del cielo continuaba su estrpito bajo tierra y se arrastraba, haciendo temblar todas las cosas.
Solo, en la noche, Francisco temblaba tambin. Pero no era con ese miedo que tienen los hombres cuando sienten su vida amenazada. Temblaba por no conocer los designios de Dios sobre l. Se preguntaba qu era lo que Dios quera de l y tema no or su voz. Esa tarde, la voz de Dios estaba en la tormenta, pero haca falta saber orla. Francisco escuchaba.
Y qu deca esa voz poderosa que bramaba en la noche entrecortada de luz? Clamaba la vanidad de todas las cosas de este mundo. Afirmaba que toda carne es como hierba de los campos, que florece por la maana y en el mismo da se seca por un viento abrasador. Y la voz volva a empezar a lo lejos el mismo tema, pero en un tono ms grave y ms sordo, en un rodar prolongado que iba a perderse detrs de las grandes montaas. Y qu deca esta voz? Que la gloria de que Dios se rodea es terrible y que nadie puede verla si primeramente no muere y no pasa a travs del agua y del fuego.
El fuego caa del cielo. Pero ahora se mezclaba el agua con el fuego. Primero gruesas gotas esparcidas, despus una lluvia a cntaros, espesa, torrencial, que cayendo sobre las rocas rebotaba y chorreaba por todas partes hasta el barranco, que reventaba de agua. Todo esto caa sobre la montaa como un inmenso bautismo. Como una invitacin a una gran purificacin. Francisco
contemplaba y escuchaba, estaba inmvil, al abrigo de una roca. No tena otra cosa que hacer que mirar y escuchar. No era momento de ir por el mundo y predicar el Evangelio a las turbas, ni tampoco de reunir a los hermanos para hablarles. No se trataba de hacer nada, sino solamente de estar all como la montaa misma, sin moverse, sin rechistar, en la noche pesada cortada por relmpagos, enteramente ocupado en recibir el agua y el fuego del cielo y en dejarse purificar. Esta voz era misteriosa y difcil de or.
La lluvia haba parado. Un viento fresco soplaba sobre la montaa. En el cielo, lejanas y plidas, las estrellas temblaban y pareca a cada instante que el viento iba a apagarlas. La noche segua oscura, muy oscura. No se distinguan las cosas. Ese rbol o aquella roca, bien conocidos, no eran ms que masas informes, que se confundan con la oscuridad. El recortarse habitual de las cosas se haba borrado y dejaba que la mirada se perdiera en un espacio oscuro y sin fondo. Es duro aceptar ese borrarse de las cosas y sostener un frente a frente con lo que parece ser la nada. Es duro permanecer despierto en medio de este vaco oscuro en que no solamente todos los seres familiares han perdido su brillo, su voz y hasta su nombre, sino en que hasta la misma presencia divina parece haber huido.
Francisco haba deseado la pobreza. Se haba desposado con ella, como deca l. En este momento de su existencia, l era pobre, dolorosamente pobre, ms all de todo lo que haba podido soar. No haca mucho, cuando se' retiraba a esta montaa, todo le hablaba de Dios y de su grandeza. Esta naturaleza salvaje le penetraba del sentimiento de la majestad divina. No tena ms que dejarse llevar por ella. Ahora era la hora del reflujo. Estaba all, oprimido, jadeante, como un pez echado fuera del agua.
ELOI LECLERC
(CONTINUARA)
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