Cuando Lautaro se muri flor Mario Delgado Aparan A quin le import? A nadie.
Tal vez fue un suceso sin importancia, aunque resulta difcil de creer. Hombre bueno, decan, hizo amigos donde quiera que fue, si bien nunca se movi de San Jos de las Caas. Slo un da de hace aos en que borrachazo y llorn, decidi juntar los huesos de sus padres muertos en lugares diferentes y esa diligencia le oblig a ir hasta Illescas, hacer los papeles municipales y correr con una caja de cenizas hasta Polanco, pueblo de ms muertos que vivos donde estaba enterrado su padre desde haca medio siglo y solo hasta ese da, en lo que la urna recin llegada hara de la soledad del nicho una cosa pasada. Aquello fue, como se dijo, la nica salida de Lautaro que as se llamaba este hombre que, como decan, hizo amigos dondequiera que fue y eso que solamente Polanco e Illescas fueron los sitios del mundo desconocido en los que estuvoapenas una maana que fue mayormente gris. Y esta vez fue Lautaro el que muri. En realidad los amigos que hizo en el mundo y que fueron incontados, no eran otros que los forasteros que por la obligacin del camino pasaban y guardaban una noche en San Jos de las Caas. Era Lautaro el nico comedido en indicar los menesteres primeros; sealaba dnde desensillar, la mejor enramada para el caballo cansado y cul el boliche de mejor yuyo para el recin llegado, con quien, promediando la madrugada y a fuerza de manipular sus nombres, las cosas de familia eran al fin todas propias. Y a la despedida, de cara al sol apenas aparecido y mirando desde el suelo al forastero montado, Lautaro acostumbraba a regalar, para el recuerdo, un palito partido por la mitad. La otra mitad se la quedaba. La manoseaba de aqu para all en los ires y venires de la maana hasta que por fin, antes de recostarse en el catre para evadir el medioda, la meta en una lata de tabaco Don Antonio, junto a otras mitades que en los das de estar como apagado, desparramaba sobre la mesa del boliche donde acostumbraba arrinconarse. All, entre largos cigarros y por all un vaso de vino, terminaba interesndose por unos ms que por otros, no por menos afecto sino por algn problema de salud o tal vez de hembras o de antiguos rencores, ya que de no proceder los otros como les haba dicho Lautaro, se les poda complicar la existencia y qu necesidad. Nadie ignoraba en San Jos de las Caas que cuando Lautaro pasaba frente a los ranchos con la latita bajo el brazo y con la gorra en la mano rumbo al boliche, era porque andaba
sismando en sus disturbios espirituales y en cuestiones de tiempos que se le iban. Si bien no deca nada cuando se encontraba con que haban ocupado la mesa del rincn, levantaba una ceja en la que apenas se trepaba la contrariedad, se atracaba la gorra hasta las orejas y se iba hasta la sombra del grandsimo omb de la entrada sur del casero, y se meta en sus cosas que ya se saba dnde estaban. Hasta que pas por San Jos de las Caas aquel caminante. Linyera sin escrpulos para unos, forastero incomprendido para Lautaro, con aquel hombre tuvo suceso una insignificancia de la que solo una lavandera crey a medias ver lo que ocurri. Hubo presentaciones y cambios de manos entre los dos hombres, pero extraamente no se vio que compartieran la medianoche de vinos y tabacos de diferentes marcas de otras veces y otros viajeros. Ni siquiera entraron al boliche y a la pasada pudo la lavandera ver a Lautaro tironeando respuestas a un hombre de poca letra, que al final, por esas extraascuestiones sin intencin de entendimiento, termin por desmentir todo lo que Lautaro tena como cierto. Igualmente, pens que aquel hombre mereca llevarse un palito, porque al fin de cuentas uno hace cosas por una razn que por fuerza tiene que existir, si no, no las hace, se dijo. Y fue eso lo que vio la lavandera. Cuando el linyera recibi el palito. Parece que se ri y escarb con l sus dientes, y despus, en momento de cerrar Lautaro la lata de tabaco Don Antonio guardando alli la primera historia falsa, se le oy decir "hasta siempre, amigo", para luego tirar el palito, cargar su maleta al hombro y desaparecer en el fondo del horizonte. Al da siguiente se muri Lautaro. En realidad a nadie le extra el hecho, porque en San Jos de las Caas todos terminaban, como si tal cosa, murindose alguna vez. De lo nico que se preocuparon, y con buen criterio, fue de enterrarlo al pie del omb de la salida y junto a l, aquella lata de tabaco con el puado de palitos que sola desparramar sobre la mesa del rincn en los das en que andaba como apagado. Uno dijo que hubiera sido justo llevar el cuerpo hasta Polanco, donde se saba que estaban los padres de Lautaro, pero otro dijo que eso era muy caro y otro no dijo nada y prefirieron resolver la situacin de la forma sencilla en que se haba presentado. Aplanaron el lugar con los pies, desbrozaron de yuyos algunas flores que crecan por s mismas y se fueron con los sombreros en la mano y hablando por hablar.
De un ao para el otro nadie recordaba ya que bajo el manzanillal en flor, hojaldrndose en torno al rbol, estaba enterrado un habitante del pueblo.
Pero sucedi que una noche sin luna, la voz que tena Lautaro los das de descanso dijo a un sooliento forastero: Pero qu linda noche, amigo! El indio, de nombre Pa, cerr los ojos, se guard algunas estrellas bajo el prpado y las consult acerca de las manzanillas que por las altas horas se animan a comentar con los hombres las pequeas bondades del sereno. Lautaro sonri por los ptalos y sinti el fresco del omb sobre su nima, que no estaba en pena ni tena castigos deparados. Viva noms, su linda muerte. As que le volvi a hablar y esta vez la manzanilla le pregunt del rumbo y de la primera idea que le hace a un indio llamado Pa, empezar a caminar por esos senderos maltrechos, buscar un pan ms duro que el de ayer y un patrn que guste de hacerle macanas a los negros. Vengo del Caraguat y no s adnde voy, la verdad es esa dijo Pa y se ech sobre el pasto, la manzanilla muy cerca de la oreja envuelta en humo de cigarro azul. Lindo es quedarse dijo Lautaro, pero el indio no supo si lo era porque naci marchando. Padre linyera tuve y madre que durmi apurada. Ser lindo, si usted dice dijo. Las estrellas titilaron dentro de los ojos cerrados y como si tal cosa, de un sueo a otro, Pa se qued sin luz, se le termin el pucho y sinti en la oreja el vaco de las personas que se quedan hablando solas. Apenas la cosquilla cuandola cabeza y la vio, arqueada con levedad, blanca, muy limpia en su centro de oro y un tallo duro, casi palito que Pa, pensando, parti en dos, y anduvo oliendo la flor hasta que se aburri y la dej comoparada en un hoyo de hormigas negras, guardando con cierto aprecio el pedazo de tallo en la tabaquera, que bien poda servirle para recordar un buensueo, en otro lugar donde los hubiera malos. Fastidiado por el relumbrn, se levant Pa a media maana emparejndose los pantalones. Mirando el sol y rezongando, limpi a manotazos el sombrero, levant la tabaquera que meti en su chaleco verde y dijo adis porque s, mirando el manzanillal. Luego, sin ser visto por nadie en San Jos de las Caas, se dio a caminar sinel apuro de siempre por aquellos caminos de nunca acabar, alejndose del omb como s all nunca hubiera estado nadie y siguieran las cosas permaneciendodonde tienen que estar cuando nadie las toca.
Mario Delgado Aparan