0% encontró este documento útil (0 votos)
37 vistas6 páginas

Vivir

Cargado por

Julio Gomez
Derechos de autor
© Attribution Non-Commercial (BY-NC)
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como TXT, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
37 vistas6 páginas

Vivir

Cargado por

Julio Gomez
Derechos de autor
© Attribution Non-Commercial (BY-NC)
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como TXT, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotogr afas, actividad que debera

ensearse tempranamente a los nios, pues exige disciplina, educacin esttica, buen ojo y dedos seguros. No se trata de estar acechando la men tira como cualquier reporter, y atrapar la estpida silueta del personajn que sale del nmero 10 de Downing Street, pero de todas maneras cuando se anda con la cmara hay como el deber de estar atento, de no perder ese brusco y delicioso rebote de un rayo de sol en una vieja piedra, o la carrera trenzas al aire de una chiquil la que vuelve con un pan o una botella de leche. Michel saba que el fotgrafo opera siempre como una permutacin de su manera personal de ver el mundo por otra que l a cmara le impone insidiosa (ahora pasa una gran nube casi negra), pero no descon fiaba, sabedor de que le bastaba salir sin la Contax para recuperar el tono dist rado, la visin sin encuadre, la luz sin diafragma ni 1/25O. Ahora mismo (qu palabra , ahora, qu estpida mentira) poda quedarme sentado en el pretil sobre el ro, mirando pasar las pinazas negras y rojas, sin que se me ocurriera pensar fotogrficamente las escenas, nada ms que dejndome ir en el dejarse ir de las cosas, corriendo inmv il con el tiempo. Y ya no soplaba viento. Despus segu por el Quai de Bourbon hasta llegar a la punta de la isla, donde la nti ma placita (ntima por pequea y no por recatada, pues da todo el pecho al ro y al ci elo) me gusta y me regusta. No haba ms que una pareja y, claro, palomas; quiz algun a de las que ahora pasan por lo que estoy viendo. De un salto me instal en el par apeto y me dej envolver y atar por el sol, dndole la cara, las orejas, las dos man os (guard los guantes en el bolsillo). No tena ganas de sacar fotos, y encend un ci garrillo por hacer algo; creo que en el momento en que acercaba el fsforo al taba co vi por primera vez al muchachito. Lo que haba tomado por una pareja se pareca mucho ms a un chico con su madre, aunqu e al mismo tiempo me daba cuenta de que no era un chico con su madre, de que era una pareja en el sentido que damos siempre a las parejas cuando las vemos apoya das en los parapetos o abrazadas en los bancos de las plazas. Como no tena nada q ue hacer me sobraba tiempo para preguntarme por qu el muchachito estaba tan nervi oso, tan como un potrillo o una liebre, metiendo las manos en los bolsillos, sac ando en seguida una y despus la otra, pasndose los dedos por el pelo, cambiando de postura, y sobre todo por qu tena miedo, pues eso se lo adivinaba en cada gesto, un miedo sofocado por la vergenza, un impulso de echarse atrs que se adverta como s i su cuerpo es tuviera al borde de la huida, con tenindose en un ltimo y lastimoso decoro. Tan claro era todo eso, ah a cinco metros-y estbamos solos contra el parapeto, en la punta de la isla-, que al principio el miedo del chico no me dej ver bien a la mujer rubia. Ahora, pensndolo, la veo mucho mejor en ese primer momento en que l e le la cara (de golpe haba girado como una veleta de cobre, y los ojos, los ojos estaban ah), cuando comprend vagamente lo que poda estar ocurrindole al chico y me d ije que vala la pena quedarse y mirar (el viento se llevaba las palabras, los ape nas murmullos). Creo que s mirar, si es que algo s, y que todo mirar rezuma falsed ad, porque es lo que nos arroja ms afuera de nosotros mismos, sin la menor garanta , en tanto que oler, o (pero Michel se bifurca fcilmente , no hay que dejarlo que declame a gusto). De todas maneras, si de antemano se prev la probable falsedad, mirar se vuelve posible; basta quiz elegir bien entre el mirar y lo mirado, desn udar a las cosas de tanta ropa ajena. Y. claro, todo esto es ms bien difcil. Del chico recuerdo la imagen antes que el verdadero cuerpo (esto se entender desp us), mientras que ahora estoy seguro que de la mujer recuerdo mucho mejor su cuer po que su imagen. Era delgada y esbelta, dos palabras injustas para decir lo que era, y vesta un abrigo de piel casi negro, casi largo, casi hermoso. Todo el vie nto de esa maana (ahora soplaba apenas, y no haca fro) le haba pasado por el pelo ru bio que recortaba su cara blanca y sombra-dos palabras injustas-y dejaba al mundo de pie y horriblemente solo delante de sus ojos negros, sus ojos que caan sobre las cosas como dos guilas, dos saltos al vaco, dos rfagas de fango verde. No descri bo nada, trato ms bien de entender. Y he dicho dos rfagas de fango verde.

Seamos justos, el chico estaba bastante bien vestido y llevaba unos guantes amar illos que yo hubiera jurado que eran de su hermano mayor, studiante de derecho o ciencias sociales; era gracioso ver los dedos de los guantes saliendo del bolsi llo de la chaqueta. Largo rato no le vi la cara, apenas un perfil nada tonto- pja ro azorado, ngel de Fra Filippo, arroz con leche-y una espalda de adolescente que quiere hacer judo y que se ha peleado un par de veces por una idea o una herman a. Al filo de los catorce, quiz de los quince, se le adivinaba vestido y alimenta do por sus padres, pero sin un centavo en el bolsillo, teniendo que deliberar co n los camaradas antes de decidirse por un caf, un coac, un atado de cigarrillos. A ndara por las calles pensando en las condiscpulas, en lo bueno que sera ir al cine y ver la ltima pelcula, o comprar novelas o corbatas o botellas de licor con etiqu etas verdes y blancas. En su casa (su casa sera respetable, sera almuerzo a las do ce y paisajes romnticos en las paredes, con un oscuro recibimiento y un paragero d e caoba al lado de la puerta) llovera despacio el tiempo de estudiar, de ser la e speranza de mam, de parecerse a pap, de escribir a la ta de Avignon. Por eso tanta calle, todo el ro para l (pero sin un centavo) y la ciudad misteriosa de los quinc e aos, con sus signos en las puertas, sus gatos estremecedores, el cartucho de pa pas fritas a treinta francos, la revista pornogrfica doblada en cuatro, la soleda d como un vaco en los bolsillos, los encuentros felices, el fervor por tanta cosa incomprendida pero iluminada por un amor total, por la disponibilidad parecida al viento y a las calles. Esta biografa era la del chico y la de cualquier chico, pero a ste lo vea ahora ais lado, vuelto nico por la presencia de la mujer rubia que segua hablndole. (Me cansa insistir, pero acaban de pasar dos largas nubes desflecadas. Pienso que aquella maana no mir ni una sola vez el cielo, porque tan pronto present lo que pasaba con el chico y la mujer no pude ms que mirarlos y esperar, mirarlos y...). Resumiend o, el chico estaba inquieto y se poda adivinar sin mucho trabajo lo que acababa d e ocurrir pocos minutos antes, a lo sumo media hora. El chico haba llegado hasta la punta de la isla, vio a la mujer y la encontr admirable. La mujer esperaba eso porque estaba ah para esperar eso, o quiz el chico lleg antes y ella lo vio desde un balcn o desde un auto, y sali a su encuentro, provocando el dilogo con cualquier cosa, segura desde el comienzo de que l iba a tenerle miedo y a querer escaparse , y que naturalmente se quedara, engallado y hosco, fingiendo la veterana y el pla cer de la aventura. El resto era fcil porque estaba ocurriendo a cinco metros de m y cualquiera hubiese podido medir las etapas del juego, la esgrima irrisoria; s u mayor encanto no era su presente, sino la previsin del desenlace. El muchacho a cabara por pretextar una cita, una obligacin cualquiera, y se alejara tropezando y confundido, queriendo caminar con desenvoltura, desnudo bajo la mirada burlona q ue lo seguira hasta el final. o bien se quedara, fascinado o simplemente incapaz d e tomar la iniciativa, y la mujer empezara a acariciarle la cara, a despeinarlo, hablndole ya sin voz, y de pronto lo tomara del brazo para llevrselo, a menos que l, con una desazn que quiz empezara a teir el deseo, el riesgo de la aventura, se ani mase a pasarle el brazo por la cintura y a besarla. Todo esto poda ocurrir, pero an no ocurra, y perversamente Michel esperaba, sentado en el pretil, aprontando ca si sin darse cuenta la cmara para sacar una foto pintoresca en un rincn de la isla con una pareja nada comn hablando y mirndose. descarga software de facturacion fiscal gratis Datahouse Company Curioso que la escena (la nada, casi: dos que estn ah, desigualmente jvenes) tuvier a como un aura inquietante. Pens que eso lo pona yo, y que mi foto, si la sacaba, restituira las cosas a su tonta verdad. Me hubiera gustado saber qu pensaba el hom bre del sombrero gris sentado al volante del auto detenido en el muelle que llev a a la pasarela, y que lea el diario o dorma. Acababa de descubrirlo porque la gen te dentro de un auto detenido casi desaparece , se pierde en esa msera jaula priv ada de la belleza que le dan el movimiento y el peligro. Y sin embargo el auto h aba estado ah todo el tiempo, formando parte (o deformando esa parte) de la isla. Un auto: como decir un farol de alumbrado, un banco de plaza. Nunca el viento, l a luz del sol, esas materias siempre nuevas para la piel y los ojos, y tambin el chico y la mujer, nicos, puestos ah para alterar la isla, para mostrrmela de otra m

anera. En fin, bien poda suceder que tambin el hombre del diario estuviera atento a lo que pasaba y sintiera como yo ese regusto maligno de toda expectativa. Ahor a la mujer haba girado suavemente hasta poner al muchachito entre ella y el parap eto, los vea casi de perfil y l era ms alto, pero no mucho ms alto, y sin embargo el la lo sobraba, pareca como cernida sobre l (su risa, de repente, un ltigo de plumas ), aplastndolo con slo estar ah, sonrer, pasear una mano por el aire. Por qu esperar m ? Con un diafragma diecisis, con un encuadre donde no entrara el horrible auto ne gro, pero s ese rbol, necesario para quebrar un espacio demasiado gris... Levant la cmara, fing estudiar un enfoque que no los inclua, y me qued al acecho, seg uro de que atrapara por fin el gesto revelador, la expresin que todo lo resume, la vida que el movimiento acompasa pero que una imagen rgida destruye al seccionar el tiempo, si no elegimos la imperceptible fraccin esencial. No tuve que esperar mucho. La mujer avanzaba en su tarea de maniatar suavemente al chico, de quitarl e fibra a fibra sus ltimos restos de libertad, en una lentsima tortura deliciosa. Imagin los finales posibles (ahora asoma una pequea nube espumosa, casi sola en el cielo), prev la llegada a la casa (un piso bajo probablemente, que ella saturara de almohadones y de gatos) y sospech el azoramiento del chico y su decisin desespe rada de disimularlo y de dejarse llevar fingiendo que nada le era nuevo. Cerrand o los ojos, si es que los cerr, puse en orden la escena, los besos burlones, la m ujer rechazando con dulzura las manos que pretenderan desnudarla como en las nove las, en una cama que tendra un edredn lila, y obligndolo en cambio a dejarse quitar la ropa, verdaderamente madre e hijo bajo una luz amarilla de opalinas, y todo acabara como siempre, quiz, pero quiz todo fuera de otro modo, y la iniciacin del ad olescente no pasara, no la dejaran pasar, de un largo proemio donde las torpezas , las caricias exasperantes, la carrera de las manos se resolviera quin sabe en q u, en un placer por separado y solitario, en una petulante negativa mezclada con el arte de fatigar y desconcertar tanta inocencia lastimada. Poda ser as, poda muy bien ser as; aquella mujer no buscaba un amante en el chico, y a la vez se lo adu eaba para un fin imposible de entender si no lo imaginaba como un juego cruel, de seo de desear sin satisfaccin, de excitarse para algn otro, alguien que de ninguna manera poda ser ese chico. Michel es culpable de literatura, de fabricaciones irreales. Nada le gusta ms que imaginar excepciones, individuos fuera de la especie, monstruos no siempre repu gnantes. Pero esa mujer invitaba a la invencin, dando quiz las claves suficientes para acertar con la verdad. Antes de que se fuera, y ahora que llenara mi recuerd o durante muchos das, porque soy propenso a la rumia, decid no perder un momento ms . Met todo en el visor (con el rbol, el pretil, el sol de las once) y tom la foto. A tiempo para comprender que los dos se haban dado cuenta y que me estaban mirand o, el chico sorprendido y como interrogante, pero ella irritada, resueltamente h ostiles su cuerpo y su cara que se saban robados, ignominiosamente presos en una pequea imagen qumica. Lo podra contar con mucho detalle, pero no vale la pena. La mujer habl de que nadi e tena derecho a tomar una foto sin permiso, y exigi que le entregara el rollo de pelcula. Todo esto con una voz seca y clara, de buen acento de Pars, que iba subie ndo de color y de tono a cada frase. Por mi parte se me importaba muy poco darle o no el rollo de pelcula, pero cualquiera que me conozca sabe que las cosas hay que pedrmelas por las buenas. El resultado es que me limit a formular la opinin de que la fotografa no slo no est prohibida en los lugares pblicos, sino que cuenta con el ms decidido favor oficial y privado. Y mientras se lo deca gozaba socarronamen te de cmo el chico se replegaba, se iba quedando atrs-con slo no moverse-y de golpe (pareca casi increble) se volva y echaba a correr, creyendo el pobre que caminaba y en realidad huyendo a la carrera, pasando al lado del auto, perdindose como un hilo de la Virgen en el aire de la maana. Pero los hilos de la Virgen se llaman tambin babas del diablo, y Michel tuvo que aguantar minuciosas imprecaciones, orse llamar entrometido e imbcil, mientras se e smeraba deliberadamente en sonrer y declinar, con simples movimientos de cabeza,

tanto envo barato. Cuando empezaba a cansarme, o golpear la portezuela de un auto. El hombre del sombrero gris estaba ah, mirndonos. Slo entonces comprend que jugaba un papel en la comedia. Empez a caminar hacia nosotros, llevando en la mano el diario que haba pretendido leer. De lo que mejor me acuerdo es de la mueca que le ladeaba la boca, le cubra la cara de arrugas, algo cambiaba de lugar y forma porque la boca le temblaba y la mueca iba de un lado a otro de los labios como una cosa independiente y viva, ajena a la voluntad. Pero todo el resto era fijo, payaso enharinado u hombre si n sangre, con la piel apagada y seca, los ojos metidos en lo hondo y los agujero s de la nariz negros y visibles, ms negros que las cejas o el pelo o la corbata n egra. Caminaba cautelosamente, como si el pavimento le lastimara los pies; le vi zapatos de charol, de suela tan delgada que deba acusar cada aspereza de la call e. No s por qu me haba bajado del pretil, no s bien por qu decid no darles la foto, ne garme a esa exigencia en la que adivinaba miedo y cobarda. El payaso y la mujer s e consultaban en silencio: hacamos un perfecto tringulo insoportable, algo que tena que romperse con un chasquido. Me les re en la cara y ech a andar, supongo que un poco ms despacio que el chico. A la altura de las primeras casas, del lado de la pasarela de hierro, me volv a mirarlos. No se movan, pero el hombre haba dejado ca er el diario; me pareci que la mujer, de espaldas al parapeto, paseaba las manos por la piedra, con el clsico y absurdo gesto del acosado que busca la salida. Lo que sigue ocurri aqu, casi ahora mismo, en una habitacin de un quinto piso. Pasa ron varios das antes de que Michel revelara las fotos del domingo; sus tomas de l a Conserjera y de la Sainte&endash;Chapelle eran lo que deban ser. Encontr dos o tr es enfoques de prueba ya olvidados, una mala tentativa de atrapar un gato asombr osamente encaramado en el techo de un mingitorio callejero, y tambin la foto de l a mujer rubia y el adolescente. El negativo era tan bueno que prepar una ampliacin ; la ampliacin era tan buena que hizo otra mucho ms grande, casi como un afiche. N o se le ocurri (ahora se lo pregunta y se lo pregunta) que slo las fotos de la Con serjera merecan tanto trabajo. De toda la serie, la instantnea en la punta de la is la era la nica que le interesaba; fij la ampliacin en una pared del cuarto, y el pr imer da estuvo un rato mirndola y acordndose, en esa operacin comparativa y melanclic a del recuerdo frente a la perdida realidad; recuerdo petrificado, como toda fot o, donde nada faltaba, ni siquiera y sobre todo la nada, verdadera fijadora de l a escena. Estaba la mujer, estaba el chico, rgido el rbol sobre sus cabezas, el ci elo tan fijo como las piedras del parapeto, nubes y piedras confundidas en una s ola materia inseparable (ahora pasa una con bordes afilados, corre como en una c abeza de tormenta). Los dos primeros das acept lo que haba hecho, desde la foto en s hasta la ampliacin en la pared, y no me pregunt siquiera por qu interrumpa a cada r ato la traduccin del tratado de Jos Norberto Allende para reencontrar la cara de l a mujer, las manchas oscuras en el pretil. La primera sorpresa fue estpida; nunca se me haba ocurrido pensar que cuando miramos una foto de frente, los ojos repit en exactamente .la posicin y la visin del objetivo; son esas cosas que se dan por sentadas y que a nadie se le ocurre considerar. Desde mi silla, con la mquina de escribir por delante, miraba la foto ah a tres metros, y entonces se me ocurri que me haba instalado exactamente. en el punto de mira del objetivo. Estaba muy bien as; sin duda era la manera ms perfecta de apreciar una foto, aunque la visin en di agonal pudiera tener sus encantos y aun sus descubrimientos. Cada tantos minutos , por ejemplo cuando no encontraba la manera de decir en buen francs lo que Jos Al berto Allende deca en tan buen espaol, alzaba los ojos y miraba la foto; a veces m e atraa la mujer, a veces el chico, a veces el pavimento donde una hoja seca se h aba situado admirablemente para valorizar un sector lateral. Entonces descansaba un rato de mi trabajo, y me inclua otra vez con gusto en aquella maana que empapab a la foto, recordaba irnicamente la imagen colrica de la mujer reclamndome la fotog rafa, la fuga ridcula y pattica del chico, la entrada en escena del hombre de la ca ra blanca. En el fondo estaba satisfecho de m mismo; mi partida no haba sido demas iado brillante, pues si a los franceses les ha sido dado el don de la pronta res puesta, no vea bien por qu haba optado por irme sin una acabada demostracin de privi legios, prerrogativas y derechos ciudadanos. Lo importante, lo verdaderamente im

portante era haber ayudado al chico a escapar a tiempo (esto en caso de que mis teoras fueran exactas, lo que no estaba suficientemente probado, pero la fuga en s pareca demostrarlo). De puro entrometido le haba dado oportunidad de aprovechar a l fin su miedo para algo til; ahora estara arrepentido, menoscabado, sintindose poc o hombre. Mejor era eso que la compaa de una mujer capaz de mirar como lo miraban en la isla; Michel es puritano a ratos, cree que no se debe corromper por la fue rza. En el fondo, aquella foto haba sido una buena accin.

No por buena accin la miraba entre prrafo y prrafo de mi trabajo. En ese momento no saba por qu la miraba, por qu haba fijado la ampliacin en la pared; quiz ocurra as co todos los actos fatales, y sea sa la condicin de su cumplimiento. Creo que el tem blor casi furtivo de las hojas del rbol no me alarm, que segu una frase empezada y la termin redonda. Las costumbres son como grandes herbarios, al fin y al cabo un a ampliacin de ochenta por sesenta se parece a una pantalla donde proyectan cine, donde en la punta de una isla una mujer habla con un chico y un rbol agita unas hojas secas sobre sus cabezas. Pero las manos ya eran demasiado. Acababa de escribir: Donc, la seconde cl rside d ans la nature intrinsque des difficults que les socits-y vi la mano de la mujer que empezaba a cerrarse despacio, dedo por dedo. De m no qued nada, una frase en francs que jams habr de terminarse, una mquina de escribir que cae al suelo, una silla qu e chirra y tiembla, una niebla. El chico haba agachado la cabeza, como los boxeado res cuando no pueden ms y esperan el golpe de desgracia; se haba alzado el cuello del sobretodo, pareca ms que nunca un prisionero, la perfecta vctima que ayuda a la catstrofe. Ahora la mujer le hablaba al odo, y la mano se abra otra vez para posar se en su mejilla, acariciarla y acariciarla, quemndola sin prisa. El chico estaba menos azorado que receloso, una o dos veces atisb por sobre el hombro de la muje r y ella segua hablando, explicando algo que lo haca mirar a cada momento hacia la zona donde Michel saba muy bien que estaba el auto con el hombre del sombrero gr is, cuidadosamente descartado en la fotografa pero reflejndose en los ojos del chi co y (cmo dudarlo ahora) en las palabras de la mujer, en las manos de la mujer, e n la presencia vicaria de la mujer. Cuando vi venir al hombre, detenerse cerca d e ellos y mirarlos, las manos en los bolsillos y un aire entre hastiado y exigen te, patrn que va a silbar a su perro despus de los retozos en la plaza, comprend, s i eso era comprender, lo que tena que pasar, lo que tena que haber pasado, lo que hubiera tenido que pasar en ese momento, entre esa gente, ah donde yo haba llegado a trastrocar un orden, inocentemente inmiscuido en eso que no haba pasado pero q ue ahora iba a pasar, ahora se iba a cumplir. Y lo que entonces haba imaginado er a mucho menos horrible que la realidad, esa mujer que no estaba ah por ella misma , no acariciaba ni propona ni alentaba para su placer, para llevarse al ngel despe inado y jugar con su terror y su gracia deseosa. El verdadero amo esperaba, sonr iendo petulante, seguro ya de la obra; no era el primero que mandaba a una mujer a la vanguardia, a traerle los prisioneros maniatados con flores. El resto sera tan simple, el auto, una casa cualquiera, las bebidas, las lminas excitantes, las lgrimas demasiado tarde, el despertar en el infierno. Y yo no poda hacer nada, es ta vez no poda hacer absolutamente nada. Mi fuerza haba sido una fotografa, sa, ah, d onde se vengaban de m mostrndome sin disimulo lo que iba a suceder. La foto haba si do tomada, el tiempo haba corrido; estbamos tan lejos unos de otros, la corrupcin s eguramente consumada, las lgrimas vertidas, y el resto conjetura y tristeza. De p ronto el orden se inverta, ellos estaban vivos, movindose, decidan y eran decididos , iban a su futuro; y yo desde este lado, prisionero de otro tiempo, de una habi tacin en un quinto piso, de no saber quines eran esa mujer y ese hombre y ese nio, de ser nada ms que la lente de mi cmara, algo rgido, incapaz de intervencin. Me tira ban a la cara la burla ms horrible, la de decidir frente a mi impotencia, la de q ue el chico mirara otra vez al payaso enharinado y yo comprendiera que iba a ace ptar, que la propuesta contena dinero o engao, y que no poda gritarle que huyera, o simplemente facilitarle otra vez el camino con una nueva foto, una pequea y casi humilde intervencin que desbaratara el andamiaje de baba y de perfume. Todo iba a resolverse all mismo, en ese instante; haba como un inmenso silencio que no tena nada que ver con el silencio fsico. Aquello se tenda, se armaba. Creo que grit, que

grit terriblemente, y que en ese mismo segundo supe que empezaba a acercarme, di ez centmetros, un paso, otro paso, el rbol giraba cadenciosamente sus ramas en pri mer plano, una mancha del pretil sala del cuadro, la cara de la mujer, vuelta hac ia m como sorprendida, iba creciendo, y entonces gir un poco, quiero decir que la cmara gir un poco, y sin perder de vista a la mujer empez a acercarse al hombre que me miraba con los agujeros negros que tena en el sitio de los ojos, entre sorpre ndido y rabioso miraba queriendo clavarme en el aire, y en ese instante alcanc a ver como un gran pjaro fuera de foco que pasaba de un solo vuelo delante de la im agen, y me apoy en la pared de mi cuarto y fui feliz porque el chico acababa de e scaparse, lo vea corriendo, otra vez en foco, huyendo con todo el pelo al viento, aprendiendo por fin a volar sobre la isla, a llegar a la pasarela, a volverse a la ciudad. Por segunda vez se les iba, por segunda vez yo lo ayudaba a escapars e, lo devolva a su paraso precario. Jadeando me qued frente a ellos; no haba necesid ad de avanzar ms, el juego estaba jugado. De la mujer se vea apenas un hombro y al go de pelo, brutalmente cortado por el cuadro de la imagen; pero de frente estab a el hombre, entreabierta la boca donde vea temblar una lengua negra, y levantaba lentamente las manos, acercndolas al primer plano, un instante an en perfecto foc o, y despus todo l un bulto que borraba la isla, el rbol, y yo cerr los ojos y no qu ise mirar ms, y me tap la cara y romp a llorar como un idiota. Ahora pasa una gran nube blanca, como todos estos das, todo este tiempo incontabl e. Lo que queda por decir es siempre una nube, dos nubes, o largas horas de ciel o perfectamente limpio, rectngulo pursimo clavado con alfileres en la pared de mi cuarto. Fue lo que vi al abrir los ojos y secrmelos con los dedos: el cielo limpi o, y despus una nube que entraba por la izquierda, paseaba lentamente su gracia y se perda por la derecha. Y luego otra, y a veces en cambio todo se pone gris, to do es una enorme nube, y de pronto restallan las salpicaduras de la lluvia, larg o rato se ve llover sobre la imagen, como un llanto al revs, y poco a poco el cua dro se aclara, quiz sale el sol, y otra vez entran las nubes, de a dos, de a tres . Y las palomas, a veces, y uno que otro gorrin.

También podría gustarte