GRIAL
GRIAL
A. A. ATTANASIO
El amor es un sufrimiento innato Le Chapelin, El Libro del Amor Verdadero (ca. 1190)
PREFACIO
Puesto que empezamos con nada -una hoja de papel en blanco- y terminamos con algo objetivo -un libro-, nuestra semilla es la dialctica misma, el venerable yin/yang, afirmacin bajo negacin. Cuando nos miramos a nosotros mismos, vemos vida bajo muerte. Cuando buscamos la salvacin, podemos hallarla slo bajo la perdidin. No hay justicia sin pecado. Esta alta tensin dialctica hace que todo sea simblico: todo apunta a algo ms. Todo es secreta hierofana, porque todo es aparentemente trivial. Y por esta va de opuestos, hallamos nuestra mejor semilla en lo que es ambivalente y accidental. Vivimos siempre en nuestra imaginacin, y la locura es la penumbrosa comprensin de la ficcin de nuestra identidad. La penumbrosa comprensin de que todo es imaginacin. Una vez hemos iluminado esa penumbra, la locura se convierte simplemente en historia y, cuando obramos en ella, la historia acaba por ser nuestra participacin consciente en las complejas negociaciones entre carne y fantasa...
Grita y grita un cro. Entre las caas, una vieja se incorpora, rehilando, de donde est
doblada, su corazn repentinamente grande en la pequea jaula de su pecho. El crepsculo ha corrido las cortinas del pantano y los ojos redondos de la anciana, aunque se esfuerzan, no ven ningn nio en el caaveral ni en la hierba alta, tan slo la niebla, que entre los rboles esbeltos repta. Su corazn crece y crece, en expectacin de un fantasma. El chillido angustiado del cro retorna. La mirada de la vieja lo persigue hasta la cima de la orilla de la cinaga, donde una luna nimbada asoma entre las gavillas reunidas al margen del camino. Lentamente, la forma de un conejo en su trampa de mimbre se destaca contra la oscuridad. Uno de los hombres, negro contra el crepsculo, se agacha para cobrar su pieza. El henchido corazn de la anciana se deshace en un suspiro. Sacude su cabeza gris y se endereza, hundidas las piernas en el cieno del pantano. Ms all de las gavillas de heno cosechadas este Junio, destinadas como forraje a los establos del seor, brillan encarminadas las colinas en la ltima luz del da ms largo. Habr ya hogueras ardiendo en el baluarte para las danzas del solsticio, piensa, aunque an faltan dos das para la gran celebracin. La fiesta de la natividad de Juan el Bautista exige abundancia de ancas de rana y caracoles para los festejos del castillo. Pero antes de doblarse de nuevo a su cosecha, vislumbra un movimiento lejano. Sombras parpadean a lo largo del camino de las brillantes colinas. Quin cabalgar por esas sendas escarpadas tan tarde?, se pregunta en voz alta. Y galopando tan rpido, como si el mismo Satn les pisase los talones. Deben de conocer muy bien estos pagos para marchar con tanta prisa y tanta imprudencia en la luz declinante. Grue la sombra encorvada de otro labriego junto a la anciana, sin molestarse en mirar. El asedio de Guy, murmura alzando una rana gruesa del agua negra y echndola diestro al cesto. Algo que anda mal o que anda bien. Oiremos de qu se trata por la maana. Tras haber asegurado su cesta de ranas en la rama de un aliso, donde perros y cerdos no puedan alcanzarla, y haberla cubierto de ortiga para que no la arruinen los gatos, la anciana se demora an en el exterior de su choza para contemplar las estrellas estivales, encendindose sobre los negros montes. La villa, que queda al este, ms all del bosquecillo de alisos y olmos viejos, ya ha hecho sonar el cuerno potente que ordena extinguir los fuegos. En haces esponjosos de berro ligados con sarmiento, mete los caracoles que debern ser entregados al castillo por la maana y los echa en la cesta con las ranas. Esta noche slo dormir despus de haber colocado el manojo ante la puerta, para impedir que las pesadillas pasen bajo el dintel. Bien sabe ella que no soportan los espritus las plantas acuticas. sta es una precaucin especial para las noches de luna llena, aunque cada noche es peligrosa: siendo como es un agujero en un montn de estircol, su tugurio atrae a los ms malignos de los espectros.
En la profundidad de la noche despierta a la anciana el espasmo de un trueno. Incorporndose en su yacija, ve abrirse la puerta de golpe y la luz de la luna colmando el vano. Aferra con una mano el crucifijo colgado en la pared, y con la otra el garrote que yace a su lado, sobre la paja del lecho. Vasta y ominosa crece una sombra hasta cubrir el umbral. As pues los villanos han venido a tomar su vida; no les ha bastado con enfangarla en este muladar durante diez aos. Han venido finalmente para yugularla tambin. La vieja mujer alza bien alto el garrote. Ven, canalla, que te parta el crneo para que te llene la luna la cabeza. Tranquila, mujer, dice, rauca, la voz de un hombre. Soy Erec Rhiwlas, el hijo del jefe Howel. No he venido a hacerte dao. Bajando su clava, la anciana contempla la silueta en el umbral, el erizado perfil de una barba, la gruesa piel de la capa del intruso. No acostumbran los Invasores a dejarse crecer la barba y ninguno de ellos, aparte de los ms nobles, portara una capa semejante. Erec el de Howel?, susurra escptica. Erec el Bravo, el que asol los establos de Guy todo este invierno y se le llev el ganado? Yo soy, responde la voz grave, aunque un poco ms alto ahora, con este nuevo chichn en la cabeza. Tienes un felpudo traicionero ante tu puerta. Mis caracoles, grue la vieja mujer, conteniendo la respiracin. Trabajar para los Invasores bien puede ser un crimen a los ojos del hijo de un jefe. Aunque sin duda ste sabe ya que lo hace. Qu otro motivo la empujara a vivir en el muladar de la aldea? Caracoles son? Se escurren bajo los pies como anguilas. Vamos abuela, muestra un poco de caridad galesa e invita al hijo de Howel a entrar en tu estercolero. Ayudndose con el garrote, la anciana se levanta de su camastro. El rstico crucifijo hecho de dos palos ligados con camo tiembla en su mano, y lo deja, con el garrote, en un banco desvencijado. Alisa las arrugas de los andrajos que le sirven de ropa interior, recoge el manojo de berro, percibe los caracoles intactos en sus fuertes corazas, y hace pasar al hombre alto. Entra pues. Encender un fuego y te preparar unas gachas de bellota. Erec se inclina para penetrar en la minscula cabaa y el tufo fecal del recinto le hiere la raz del olfato. A la luz de la luna fluyente a travs de la puerta abierta, distingue las formas tristes de un banco tambaleante, una silla coja, el catre de paja, y un tosco hogar: slo tres piedras juntas ante un agujero en la pared de estircol, que hace las veces de humero. Ven abuela. Creo que es mejor que hablemos fuera, bajo los astros. As que t eres Dwn de Margam. Erec estudia a la vieja; sus ojos negros y redondos parpadean. Sabe el joven que la mujer no puede creer que l est all, ante ella... el hijo de un jefe aventurndose sin escolta tan cerca del baluarte de los Invasores. Pero no est tan solo. Un hombre de su clan monta guardia, oculto entre los negros rboles. No es leve el peligro que en tierra enemiga amenaza a un combatiente en una noche lunada como sta, pero l es paciente y no flaquea. Esta mujer de los campos no ha visto nunca todava la fiera estampa de un guerrero gals, y l le permite examinarlo a la luz reveladora de la luna. 6
Ciertamente, posee l incuestionables marcas de nobleza: barba barcina, corva nariz batalladora, frente regia, y los ojos profundos de un Guerrero Cmbrico; no el porte refinado o los rasgos imperiosos de la desbarbada aristocracia normanda, pero s la gil compostura de un caudillo: una figura sin cincelar, mas soberbia. Lustrosa piel de castor le cubre sus anchos hombros; cuero encarnado, marrn bajo la luz de plata, faja su cintura y sus canillas, y una espada corta le cuelga a la cadera, con empuadura de cuerna bruida, ennegrecida del uso. Dwn de Margam... Habla ella quedamente. sa soy yo, aunque no he visto Margam desde que era una nia. Por qu partiste de all? Ella parpadea de nuevo, preguntndose qu le importa eso al hijo de un jefe. Se agita el gallinero de mimbre con las aves inquietas por estas voces nocturnas. Ms all, entre los rboles, el caballo gris-perla del guerrero resplandece trmulo como un parche de niebla. Su sola, gloriosa presencia basta para convencer a la mujer de la identidad de Erec. Mi padre era un taeog, un siervo de la gleba, y yo era la ms pequea de sus vstagos. Me vendi con siete aos a un conde. Bernard Valaise. Dwn lo contempla ansiosamente, y aade con una conviccin tan fiera como puede mostrar: Si has venido a tomar mi vida por ayudar a los Invasores, no me resistir. Soy demasiado vieja. La muerte sera un don. No estoy aqu para vengarme, dice Erec suavemente. Tu padre te vendi a los Invasores. Eso es ya un castigo bastante. Entonces, perdona que te pregunte, a qu has venido? A qu importunar a una vieja que vive en un estercolero? Hubo un tiempo en que viviste en el castillo. Qu hacas all? Era doncella, responde atenta a ahogar el orgullo en su voz. Durante muchos aos, fui la doncella privada de la hija del conde. Y qu se hizo de esa hija del conde? sa es una historia larga y cansina, protesta la anciana. Resmela entonces y cuntala con viveza, y despus te dir qu me trae aqu. Lo observa ella suspicaz a la luz de la luna, preguntndose qu quiere realmente; luego se limpia la paja pegada al sayal que se ha puesto sobre los harapos de dormir. De acuerdo. Ailena era su nombre. Vivi sus nueve primeros aos al otro lado del Canal, en el Prigord, donde su madre posea vastos dominios en comn con sus hermanos. Fue al morir la madre de Ailena, cuando Bernard Valaise, que posea ttulo pero no tierras, lleg aqu con su hija en busca de fortuna. Reclamando tierra galesa, la interrumpe Erec agriamente. Para los Invasores somos brbaros y nuestro pas, territorio salvaje, feliz de dejarse domar por su grano. Y fija su vista en la brisa, que citarea en las ramas de los rboles. Sea, contina. Bernard reclam nuestra tierra, erigi su castillo, y te compr para que fueses la doncella de su hija. Por qu? Por qu una muchacha galesa? Bernard quera que estos montes fuesen su hogar, repone Dwn. Insisti en que su hija hablase la lengua de sus vasallos. 7
Y t le enseaste nuestra lengua y nuestras costumbres. Dwn afirma queda, mansamente, sus pequeos ojos oscuros nublndose con el recuerdo. S. Fuimos compaeras desde la infancia. Yo... la serv durante cuarenta y nueve aos. Y endereza la espalda. El arzobispo Baldwin lleg aqu predicando la Cruzada y tu seora parti a Tierra Santa, para ganar la paz de su alma en la vida eterna. No es as? Diez aos hace de ello ya. Pero no parti por voluntad propia. Fue obligada. Por su hijo, Guy Lanfranc. Exiliada por su propio hijo? Erec resopla, asombrado y desdeoso ante la rudeza de los normandos. Dwn engalla la cabeza. Pero dime, por qu se preocupara de pronto Erec el Bravo por conocer esta vieja historia? Ah, abuela, en honor de la verdad quiere conocerla Howel, mi padre; me ha enviado a averiguar todo lo que pueda de Ailena Valaise. Cristo nos bendiga, por qu? Ailena era una anciana cuando parti, corvados y porosos sus huesos. A estas alturas, habr hallado ya el camino hacia el reposo eterno de su alma. Parece que no es as, Dwn de Margam. Una sonrisa se abre en la densa barba del guerrero. Los espas de mi padre acaban de traer noticias de Brecon. La baronesa ha retornado de Tierra Santa. Ayer mismo cruz el Usk, en Trefarg, y esta noche acampa en su orilla septentrional. Nuestros espas creen que llegar a su castillo al medioda. Plido a la luz de la luna, el rostro de la anciana pierde toda expresin. Durante varios minutos, contempla a Erec con sus ojos redondos, oscuros, sospechando crueldad, temiendo desprecio en el vulto ancho y velloso. Se est riendo de m... y luego me matar por haber traicionado a mi propio pueblo. He servido a los Invasores toda mi vida, y ahora con mi vida debo pagar por ello. Pero el gals le devuelve una mirada llena de benevolente intensidad, divertido casi ante el pasmo de la mujer. Cuando retoma la palabra, surge su voz con cadencia calmfera: Anciana, no pienses que quiera daarte. La baronesa, cuando gobern este dominio, fue generosa con nuestro pueblo. Fue ella quien abri el paso a las tribus cuando herbajebamos nuestros ganados por los prados de la ribera. Nos dio productos del castillo en trueque por nuestras reses. Incluso enviaba a los jefes regalos cada ao. Pero su hijo... La expresin de Erec se endurece, se achican sus ojos formando dos hendijas de desprecio. En su ausencia, Guy Lanfranc no slo nos ha negado el paso: ha construido una fortificacin junto al ro para extender sus dominios, y desde all ha atacado nuestros campamentos. Aduares enteros han sido quemados y la gente dispersada en los bosques, para vivir como bestias. Y muchos de los que no huyeron a tiempo fueron asesinados, tronchados por flecha y espada. Familias que no queran abandonar sus ganados han sido exterminadas, mujeres y nios. Se tuerce su rostro con odio ponzooso, y sorbe un suspiro hondo antes de poder volver a hablar calmadamente. Howel quiere saber si el retorno de la baronesa serenar al prfido de su hijo. Yo he venido a averiguarlo.
Dwn yace en su camastro de paja, demasiado excitada para dormir. Sus ojos vagan en la oscuridad remontando el tiempo, hasta la vieja encorvada que fue sacada del castillo diez aos atrs, hirviendo de rabia digna y silenciosa. No llores por m, Dwn, haba dicho Ailena la ltima vez que hablaron, mientras los caballeros de Guy la sujetaban a la litera que se la llevara del castillo. Ya estoy de camino hacia aqu. Lgrimas brotan ardientes en los ojos de Dwn al ver aquel rostro arruinado prometiendo retornar. La doncella haba estado segura de que antes de un ao el crneo de su seora sera el palacio de un escarabajo. Su rabia la ha mantenido viva, se convence Dwn, mirando la oscuridad y viendo el rostro de la baronesa, arrugado, plido como un lamparn fungoso en el rbol artrtico de su cuerpo. Su rabia la trae de nuevo a casa para morir. Late fuerte el corazn de Dwn contra su pecho al pensar en la furia que habr sostenido a la baronesa todos estos aos. Ailena Valaise no fue siempre una vieja bruja avinagrada, recuerda Dwn, pero rabia... rabia la tuvo desde los primeros tiempos. Aun cuando era nia, cuando Dwn, que haba aprendido el occitano en el dominio normando donde su padre serva, vio por primera vez a Ailena, la muchacha de oscura melena y hoyuelo en la barbilla era huraa. Ailena senta haber abandonado los valles soleados y cultivados del Prigord por las tierras salvajes y montaosas de Gales. El nico gozo que expresaba en aquellos primeros aos de su larga infelicidad era la risa que estallaba en ella cada vez que soltaba los pequeos pjaros que el conde haba atrapado para sus halcones. Eran esos grajos de patas rojas peculiares de Gales, y verlos huir de sus jaulas abiertas era un deleite que embelleca a Ailena. Es que han de cazarse grajos galeses para alimentar halcones normandos?, dijo una vez, y la servidumbre nativa que el conde conservaba en su dominio lo repiti veces bastantes como para que la terca muchacha normanda se ganase el mote gals de Sierva de los Pjaros. Dwn cierra sus ojos. Estos recuerdos, punzantes como incisiones, hieren su corazn y se consuela pensando, Sea quien sea la que retorne, sea quien sea la tarasca que aparezca maana, no ser la Sierva de los Pjaros. La vieja amiga muri, pedazo a pedazo, aos antes de que el vicioso de su hijo la echase. La humedad destil hasta sus huesos e hinch sus junturas, el fro endureci su mdula, y el viento negro que estremece las estrellas extingui el ltimo calor de su corazn mucho tiempo atrs. Sea quien sea la que retorne no ser ella, admite Dwn, y se encoruja en la oscuridad que todava le resta. Despertando lentamente, Dwn ve la primera luz en haces sesgados a travs de las tablas que sirven de postigos a sus redondas ventanas. Es un sueo?, pregunta y se sienta de modo que las hebras de luz gris tocan su rostro sooliento y prenden el mbar de sus ojos. Las tablas, cruzadas sobre las troneras en la gruesa pared de estircol, impiden que los gatos se cuelen por la noche. Cada maana, cuando las retira, uno o dos gatos entran para comerse los pequeos ratones y alimaas que se han escurrido por la noche bajo la puerta. Pero esta maana espanta al vido gato, ms vida ella de sacar su cabeza cana por el pequeo agujero y buscar con la mirada el caballo gris. 9
Parpadea estpidamente. El caballo ha partido, pero hay un hombre en cuclillas junto al riachuelo, bebiendo agua con la mano, un hombre alto, robusto, con una barba castaa estriada de naranja sobre los labios y en las comisuras de la boca. Lleva el cabello cortado al estilo del pas, como un paje, pero le faltan la capa de piel de castor y las polainas de cuero rojo, y ciertamente no porta espada. En su lugar, viste un sayo basto de color sucio y un cinturn de camo. Sus pantalones son tambin de humilde pao, anchos, desaliados y embutidos torpemente en toscas botas pesadas. Hasta tal punto transform anoche la luz de la luna a este villano que lo hizo parecer un prncipe guerrero? Dnde est tu magnfico caballo?, le grita Dwn desde su agujero. Erec se lleva un dedo a los labios y seala los alisos con un gesto. All, gusaneando a travs de la boira matutina, estn los esculidos cerdos de la aldea, seis ejemplares de torva mirada que hozan junto al riachuelo en busca de alimentos. El porquero no andar lejos de aqu. Erec cruza la corriente de una zancada, dispersando los gatos salvajes ocultos en los matojos de menta. A la luz del da, su semblante es ms duro, ms belicoso, y el plido surco de una cicatriz letal destella a travs del puente de su nariz corva. Ojos verde-avellano se clavan en los de la anciana y retienen su mirada firmemente. No me veas ms como el hijo de Howel. Por ahora soy slo Erec, un primo lejano tuyo de las montaas, un curtidor que viene a vender sus pieles. Mira sobre su hombro y, en la mata junto al gallinero donde se sentaron anoche, Dwn descubre un hatillo de pieles. Dnde est tu estupendo caballo? Y tu espada, y tu capa? Han partido de vuelta a las montaas, con mi escolta. Erec pestaea astutamente. Recoge tus ranas y tus caracoles, abuela. No hay tiempo que perder si queremos ver con nuestros propios ojos el retorno de tu baronesa. Mientras caminan entre el vaporoso cortinaje de la yedra derramada de olmos y alisos, en direccin hacia la aldea, Erec dice, Hblame de Ailena Valaise. Yo era slo un muchacho cuando parti para Tierra Santa. Todo el dolor de mi vida empez en aquel tiempo, pues fue entonces cuando Guy Lanfranc dio comienzo a sus correras criminales y su maestro de armas, Roger Billancourt, decidi exterminar nuestro ganado en lugar de conducirlo al castillo. Poda sacrificar ms del que poda llevarse, y ello era tan eficaz como asesinar a la gente, pues nos mataba de hambre. Roger Billancourt..., Dwn tuerce el gesto. Es un hombre impo y prfido. Fue maestro de armas del padre de Guy tambin. Fue idea suya tomar nuestro castillo con malas artes siendo Ailena una muchacha cuyo luto por su padre no haba terminado an. Quince tena cuando el conde Bernard muri de anginas; quince cuando Gilbert Lanfranc la marid por la espada... La mencin de la espada hace que Erec mire pensativamente alrededor la frondosa maleza, buscando formas ocultas en el bosquecillo de alisos, filtrado del oro de los dardeantes rayos del sol. Pero estn solos, avanzando a travs de prpuras lisimaquias y de exuberantes, hirsutas cabelleras de adelfillas y escorzoneras. Debi de aprender bien la crueldad de Gilbert y de Roger para que su hijo la exiliase en su ancianidad. Bah! El exabrupto de Dwn asusta a un reyezuelo en la oscura orilla de la corriente, y 10
pasa volando, difuminado en el aire, gorjeando en el domo radiante. Ailena era huraa, pero nunca fue cruel. Su hijo la odia porque cree que asesin a su padre. Pero Gilbert se mat a s mismo a fuerza de beber. Estaba siempre borracho. Y eso lo volva brutal. Golpeaba a Ailena sin piedad, incluso cuando estaba embarazada. Perdi todas sus criaturas a causa de las palizas; todas menos dos, Guy y su hermana Clare, uno para el tormento de cada uno de sus progenitores. Clare odiaba a su padre por maltratar a Ailena, pero el joven Guy quera al bruto y jugaba constantemente con l. Con tres aos, el nio ya montaba en la grupa del caballo de Gilbert, y con cuatro iba de cetrera. Eran una pareja famosa en el castillo y los alrededores, montando siempre juntos. Guy tena seis cuando su padre fue arrojado del caballo, ni ms ni menos que en el patio principal del castillo, mientras se peleaba a gritos con su mujer. Guy creera siempre que Ailena excit el caballo a propsito y mat a Gilbert. Se detienen bajo a un abedul argnteo, junto a una presa en el riachuelo que haba hecho alzarse la corriente en jibas centelleantes de agua verde. Estabas t all? S. Lo vi todo. Una de sus tpicas rias. l estaba ebrio y vociferaba denostando el juego favorito de la baronesa, la corte de amor que sostena en el palais con su hija Clare y las doncellas. Ailena dio una patada en el suelo con frustracin. El caballo se encabrit, y Gilbert, borracho y aturdido, vol por los aires, se estrell de cabeza contra el pavimento, justo delante de Guy, y no volvi a levantarse. Erec asiente en silencio, captando finalmente el negro razonar del alma asesina de Guy. Y desde entonces Ailena gobern sin otro dueo... pero con una vbora por hijo? Treinta aos mantuvo en el nido a esa vbora sin ser mordida por ella, dice Dwn, y abre camino a travs de un vergel natural de cerezas silvestres, camuesos y endrinos. Hubo tiempo entonces para los trovadores, para los mimos y prestidigitadores y las cortes de amor. Hubo mucho tiempo entonces para consentirse todos los caprichos, pues ella no cometi el error de casarse otra vez. Cortes de amor? Dwn se lleva la mano a la boca y cloquea. Un pcaro juego que Ailena aprendi en el Prigord. Las mujeres reinan en las cortes de amor y establecen normas para los hombres. Y las normas de las mujeres pueden llegar a ser muy estrictas. Erec siente desde hace tiempo una secreta fascinacin por las mujeres normandas, a las que slo ha visto desde lejos. Con sus largas melenas y cuellos esbeltos, esas criaturas altas y arrogantes son muy diferentes de las recias, pelicortas mujeres de las montaas. Quiere saber ms acerca de ellas, quiere que esta criada que las sirvi le instruya en sus pasiones y debilidades. Pero a travs de los rayos de sol, oblicuos entre los rboles, se hacen visibles los techos de paja de la aldea, y Erec se impone silencio, dobla la cabeza bajo el peso de sus pieles y se convierte en un simple curtidor de los montes. Asomndose majestuosamente por encima de la calina matinal, el Castillo Lanfranc se erige sobre el ro Llan. Rauda y honda, precipitada desde las tierras altas, la corriente demarca a la fortaleza por tres sitios, como un dogal. Para Erec, que ha visto desde lejos el sorprendente 11
babel de almenas, bastiones y torres albarranas, el pardo y masivo alczar le ha parecido siempre un juguete. Ahora, en el puente de peaje, donde est lo bastante cerca como para contemplar la severa construccin con sus parches de moho y de yedra y sus mechones de hierba salvaje, el vasto baluarte se alza imponente como un acantilado, desafiante y formidable. Muy por encima de las palizadas, de los bastiones y puestos de vigilancia, se eleva la torre del homenaje, la inmensa torre maestra, en cuya cima tremola ociosamente la bandera negra y verde del barn Guy Lanfranc. Una ojeada al Grifo de Lanfranc, el len con cabeza de guila y garras belicosas, basta para hacer que Erec baje los ojos. El guardin del puente asiente quedo y sooliento al ver a Dwn. Es ms viejo aun que la mujer y recuerda cuando ella viva en el castillo, recuerda cuando llegaba tronando a travs del puente montada en su palafrn rojizo detrs de la baronesa y su negro bridn. Slo mira brevemente a su fornido compaero, encorvado bajo el rollo de sus pieles, y no requiere ninguna explicacin. El resto de los villanos, con sus gansos para la fiesta de la natividad de San Juan Bautista y acarreando las gavillas de heno primaveral para los establos del seor, estn demasiado ocupados y cansados para fijarse en un tipo bajado de las montaas a vender sus pieles. Ms all del puente, el camino pasa ante el enorme jardn de la derecha que, en la niebla ardaleante, se funde con los huertos y los bosques de caza. A la izquierda est el campo de maniobras, un terreno extenso salpicado por unos pocos cobertizos para el ganado y una barraca para el pastor. El camino describe un arco, cruza los campos de ejercicios y alcanza la barbacana, la primera obra defensiva de la fortaleza, una palizada de estacas y pilotes afilados, demasiado altos para ser escalados. El guardin de la barbacana ha abierto ya el pesado portal de madera y los villanos entran libremente. Todo son rostros familiares y el portero, sentado en un asiento elevado y con las piernas apoyadas en el travesao de la puerta abierta, apenas da muestras de percibirlos. Con gesto perezoso, detiene a Erec. Dwn rpidamente -demasiado rpidamente en opinin de Erec- se adelanta y suelta la convenida historia. Los ojos pitaosos del hombre estudian al gals y a sus cueros. Son pieles de alce y de nutria, a todas luces valiosas, y les franquea el paso. Pasada la barbacana, el camino atraviesa otro campo abierto, la liza, donde un serjant y un escudero trabajan a un fogoso corcel. A cada lado de la liza, el terreno desciende, escarpado y rocoso, hasta las quebradas orillas del Llan. Justo delante, un foso cie la colosal muralla. Varios pajes, con el agua hasta la cintura, cazan ranas para las cocinas. El puente levadizo est echado, la verja del rastrillo alzada, y los villanos se amontonan contra las enormes puertas de roble. Los portales estn guarnecidos con metal y no han sido descerrados, pero un postigo en una de las hojas, apenas lo bastante alto para un caballo, admite a la gente de la aldea de dos en dos. Antes de que Dwn y Erec lo crucen, la anciana lanza una mirada furtiva hacia una tronera en el bastin junto al rastrillo. El guarda principal vigila desde all, y ella espera que no se fije especialmente en su primo montas. Pero la esperanza de Dwn se enfra en cuanto cruzan el umbral hacia el patio del castillo y el serjant emerge de la puerta del bastin para llamarlos. Habla occitano, y Erec, aunque no entiende las palabras, sabe lo que est preguntando. Deja el fardo a sus pies de modo que, en caso 12
necesario, pueda empujar al robusto personaje, abrirse camino a travs de la puerta y arriesgarse en la liza vigilada por los arqueros. El serjant, vestido de cota de malla y almete, es rudo y mantiene una mano en la empuadura de su espada. No le gusta la mirada de este gals, pues es ms corpudo que la mayora y, aunque viste de forma rstica, hay algo arrogante en su persona. Se yergue con demasiada tiesura y su ademn es decidido, ligeramente ladeado, como el de un hombre entrenado a combatir con la espada. Hablar francs?, le pregunta el serjant en un rudimentario gals y cachea los flancos de Erec en busca de armas. Erec agita la cabeza, muestra sus pieles y seala las montaas. El serjant desenvaina la espada y taja la cuerda de camo que cie el fardo. Las pieles se desenrollan. Seguro de que no hay armas ocultas entre los cueros, el serjant cintarea las botas de Erec con la hoja de la espada sin que resuenen cuchillos y repasa con el acero las piernas del curtidor, de abajo arriba, por fuera y por dentro. Con seca indiferencia le indica el normando entonces que recoja sus pieles y entre. Conoce Dwn el camino por las estradas ms all de la plaza y es capaz de mostrar a Erec, una vez apartados de los villanos y mercadantes que la colman, los establos con sus techos de paja y su larga fila de pesebres, donde ms de tres docenas de caballos mascan su forraje matutino. Almiares y pilones de estircol estorban el camino entre los establos y los corrales, y perros, cerdos y gallinas buscan entre ellos, libremente, su alimento. Al lado de los establos hay destartaladas pero espaciosas estructuras de madera, los barracones de los mercenarios que Guy ha reclutado como ayuda en su asedio al castillo de un barn vecino. Erec se alegra de apartarse de all apresuradamente, sin el menor deseo de rozarse con los mismos hombres que el rey de los Invasores ha utilizado a menudo para asesinar a buenos galeses. Dwn le gua junto al ruidoso taller de un carpintero y el repicar de una forja, donde un maestro armero est fabricando pernos de ballesta y puntas de lanza. Pasan junto a obradores de zapateros, cereros, hilanderos, caldereros, vidrieros y sastres. Desde las callejuelas entre los talleres y los largos almacenes, atisban nuevos cobertizos, vivos con estridentes chillidos. Son las halconeras del barn, donde el falconero mayor est colgando tiras de carne. Ms all de unas vacas que estn siendo ordeadas y del orneo de unos burros sobrecargados de tejas y lea, Dwn y Erec se hacen camino entre los gremiales, tocados con gorras rojas, y sus aprendices, que marchan con la cabeza descubierta. Nadie ms parece enterado del retorno de la baronesa, y cada uno se dedica a lo suyo, como cualquier otro da. Un cierto gento con sacos sobre los hombros se ha reunido ante un edificio circular al que corona una alta chimenea; es el horno principal del seor, donde todos los villanos traen su harina para transformarla en pan. Dwn detiene a Erec all para poder observar la capilla adyacente, una incongruente construccin de elegantes pinculos de piedra negra y esculturas de santos. Detrs hay otro foso y una masiva muralla con torres que protegen el recinto interior. El puente levadizo est bajado, 13
alzado el rastrillo, y Erec contempla con visible fascinacin el vasto patio interior y el palais, un edificio de piedra en forma de L con pinculos exquisitamente labrados, grandes ventanas ojivales y techo a dos aguas de tejas rojas. Alzndose sobre el palais, en el otro extremo del castillo, divisa la torre del homenaje, la gran fortificacin circular que apoca todas las otras torres. Una horca hay en su cima para colgar enemigos y un mstil en el que vuela el Grifo negro sobre un campo de sinople. Clarinea la trompeta de la torre del portal. La gente apiada delante de la plaza se esparce dejando franco el camino, cuando los escuderos se precipitan desde los barracones y los establos. Se abren las puertas pesadamente; cinco jinetes con la cabeza descubierta y vistiendo completa armadura atruenan el puente levadizo, emergen a la plaza y desmontan. Erec reconoce enseguida al barn, Guy Lanfranc, aunque nunca lo ha visto desde una distancia tan escasa. Ni alto ni de complexin poderosa, el rostro quijarudo de Lanfranc -con una nica arruga cruzndole la frente y sus densas cejas negras unidas sobre una nariz chata- irradia, sin embargo, un carisma imperioso y brutal. Peina hacia atrs, austeramente, su larga y espesa cabellera azabache, en un moo al estilo militar. Y su cutis, oscuro como oleosa nuez, resplandece de tensin cuando grita sus rdenes a los escuderos para que le quiten la armadura y le traigan un corcel fresco con el que cabalgar hasta el palais. Erec identifica tambin al maestro de armas de Guy y lo avizora bien mientras ste pasa en su camino hacia el herrero, cubierto por su mellada y rasgada armadura. Roger Billancourt lleva el pelo gris muy corto, prximo a su crneo cuadrado y de las sienes borrado por una vida entera bajo el yelmo. Su rostro curtido, afeado por viejas cicatrices que rompen en parches su barba erizada, recibe ceudo a todo aquel que busca su mirada de acero. Dwn seala con el rostro a un membrudo caballero junto al barn y susurra, se del bigote bretn es William Morcar. El vulto de Morcar est esculpido como una excrecencia de la piedra del castillo, con un bigote pajizo que le cae por debajo del mentn. La mirada de la vieja sirvienta se fija en un caballero anguloso con el rostro suave de un clrigo. El alto y calvo es Harold Almquist. Los ojos de Erec se apartan del endeble Almquist, en cuya testa lustrosa brilla el sudor sobre una corona de pelo crespo y anaranjado. Para el gals, carece del aspecto de un guerrero. Pero el hombre que est detrs de l s lo posee: un arquero de anchos hombros, con su arma colgada en bandolera. Es de apariencia felina, desbarbadas y huecas las mejillas, sin cejas sobre su mirada verde, de ojos muy separados. Su pelo, corto en la nuca, es tan rubio que parece blanco como tiza a la luz del sol. se es Denis Hezetre, el amigo de infancia del barn. l y Guy se aventuraron juntos por Irlanda cuando se hicieron hombres y no pudieron continuar bajo el gobierno de la baronesa. Parece mucho ms joven de lo que es y se le rinde admiracin entre las mujeres, aunque nunca ha tomado esposa ni corteja a ninguna dama. Acaso prefiera que lo monten. No lo creo. Cuando estaban en Irlanda, Guy le salv la vida, pero a costa de una herida 14
en la ingle que le hizo perder su pequeo gusanito. As como Guy se priv a s mismo del amor de las mujeres por salvar a su amigo, Denis jur entonces renunciar a ese mismo amor. Ha vivido tan clibe como un monje desde aquel tiempo. Erec y Dwn se sientan en la moldura de piedra que bordea la capilla, con el sol en los ojos. Ello beneficia a la anciana, cuyos hmedos huesos reciben calor, y que ha ganado tres peniques de plata con la venta de las pieles de Erec. En cuanto el sol los descubri, as les ocurri tambin con los gremiales. El zapatero y el sastre han enviado ya sus aprendices a examinar los cueros, y Erec se complace en ofrecer a la vieja el dinero que le han pagado. Se sienta ella con las manos abiertas en el regazo, el rostro ajado vuelto al cielo, los ojos cerrados, tostndose con los clidos rayos del sol. El excitado estallido de una trompeta pone a Erec en pie. El trompetero funde en un floreo la alarma, anunciando la llegada de un dignatario. Dwn aferra el brazo de Erec y se incorpora. Es ella! Ha vuelto! La gente de la plaza, que visiblemente no espera a ningn alto personaje ahora que el seor est en el castillo, pausa en sus tareas y comparte miradas y murmullos asombrados. Guy ha guardado bien el secreto, observa Erec tomando a Dwn de la mano y conducindola hacia los portales fronteros. Quiz no lo sepa. Lo sabe. Por qu habra retornado, si no, del ardor de su asedio? Recibi el mensaje ayer a ltima hora, en el camino principal. Ah, cierto, recuerda Dwn: los jinetes galopando por las sendas escarpadas de la colina, ayer al crepsculo. Ailena ha obrado sabiamente guardando el secreto de su retorno. La traicin no es algo impropio de su hijo. Y sin embargo, no puedo comprender la razn de su vuelta. No tendr fuerza para competir con la ira de su hijo. A menos, abuela, que haya venido para enfrentarlo con la fuerza ms inconmovible de todas. Dwn se detiene, y el rostro se le contrae cuando la repentina y acerba verdad de estas palabras la atraviesa como un viento fro. Sin duda, has razonado bien, bravo Erec. Como cadver vuelve Ailena. Guy Lanfranc carga a travs de la puerta del recinto interior sobre su caballo de combate, velado el rostro por una ceuda expresin. No cree que Madre se atreva a volver, ni siquiera como cadver. Sospecha que no se trata sino de uno de los engaos de sus enemigos, inocuo para l. La bandera que ha hecho izar a sus hombres en la torre maestra ordena al portero exterior hacer descender el rastrillo. No ser l engatusado por ningn caballo de Troya. Los caballeros de Guy se renen con l en el portal frontero. Roger Billancourt, cubierta su cabeza gris por la cofia de malla, desmonta y recibe informes del guardin de la puerta. La partida es pequea, repite para los otros. Tres mulas de carga y un carro de bueyes en que tremola el Cisne. 15
Qu truco es ste?, murmura Guy. Roger camina hasta la puerta y mira a travs de un ventanillo. Llevan dos bestias extraas. Y dos caballeros montados. Pero el carro es demasiado pequeo para ms de media docena de hombres. Alzad el rastrillo, clama Guy impaciente. Abrid bien las puertas. No ha de amedrentarme ms el espectro de mi madre. Acabemos con esto de una vez. Nuestro asedio nos aguarda. Tan pronto como se abre la puerta, Guy se lanza hacia delante inclinndose para no golpearse la cabeza con el rastrillo que se eleva. Cruzado el puente levadizo, clava las riendas y su cuerpo se agita hacia atrs y hacia delante con el inquieto caracoleo del caballo, mientras l trata de comprender el espectculo que se aproxima. All, en el camino que se extiende a sus pies, aguarda un carruaje cubierto por una lona de piel y tirado por dos bueyes, blasonado el estandarte por una cabeza de Cisne, enmascarada de negro, majestuosamente inclinada. Sostiene las riendas un enano de abigarradas ropas, en cuyo hombro encorvado se sienta un mono vestido como un escudero. Detrs del enano, un judo de tnica rojo-vino mormojea plegarias; su barba boscosa y los largos rizos grises de sus sienes se agitan mientras l se balancea atrs y adelante. A un lado del carruaje, dos camellos bactrianos ricamente enjaezados, con riendas escarlata y borlas plateadas, contemplan a la asombrada muchedumbre de la puerta con impasible arrogancia. Encimado en uno de ellos hay un caballero alto, de barba blonda, tocado con turbante y vestido con ropas amplias. Cruzado en su regazo, reposa un sable curvo, ataujiados su empuadura y el talabarte con oro. Una daga mameluca resplandece en su cintura, y del arco de la silla pende un carcaj con jabalinas de cuatro pies de largas. Alrededor de su cuello, una maciza banda dorada cautiva el sol. Al otro lado del carro, un esplendoroso semental blanco de esbeltas patas porta a un caballero descubierto, vestido enteramente de negro salvo por una cruz pat, que cubre su corazn de escarlata. Tras l, tres mulas pesadamente cargadas mordisquean la hierba de la orilla del camino. Salud, castillo Valaise!, clama el enano en una lengua de oc sembrada de inflexiones italianas. Tu seora ha vuelto! Malhaya!, grita Guy en respuesta. ste es el castillo Lanfranc y ninguna seora lo gobierna. Los caballeros cruzan el puente y se sitan al lado de Guy, examinando este circo extrao y murmurando entre ellos. Detrs, los villanos que colman la puerta cuchichean excitados a la vista del estandarte de la baronesa y de las raras criaturas. Y al otro lado del ro, la gente de la aldea se ha reunido para mirar. Soy Guy Lanfranc, conde de Epynt, barn de este castillo. Declarad qu os trae aqu. El enano se pone en pie mientras trepa el mono a su cabeza y seala con un gesto la bandera del Cisne. Esto es lo que nos trae aqu. No reconoces la ensea del verdadero amo de este dominio? Abrid camino a la baronesa Ailena Valaise! El enano chasquea las riendas y los bueyes se mueven pesadamente hacia delante. 16
Alto!, brama Guy. Deteneos y daos a conocer! El carruaje frena carrasqueando. En la puerta, los serjants apartan rudamente a los villanos para abrir camino a una gruesa dama vestida con un pelisson de la mejor tela de Flandes y orlado de piel; la acompaa un hombre de crneo largo, piel cetrina y aspecto presumido: Gerald Chalandon y su esposa Clare avanzan presurosos a travs de la turba. Merde!, grue Guy veladamente al ver a su hermana y a su marido. Retenlos, Harold. Esto huele extrao. Harold Almquist, calvo y desgarbado, desmonta y corre a contener la ansiosa pareja. Clare ya est llamando, Madre? Madre, mustrate. Guy apremia a Roger Billancourt y William Morcar. Registrad el carro. Inmediatamente, el jinete del camello se mueve para cortar su avance; algo dice en una lengua extranjera. El caballero negro trota hasta su flanco y habla en un francs elegante con cadencia del sur, Noble seor, bravos caballeros, querida dama y buena gente de Epynt, aqu dentro est en verdad la baronesa Ailena Valaise. Ha viajado desde la lejana Jerusaln bajo nuestra custodia. Yo soy Gianni Rieti, cannico reglar de la Orden del Santo Sepulcro. A mi derecha est Falan Askersund, un caballero sueco que ha servido en Tierra Santa, pero que perdi su fe en la Iglesia y ofreci su alma a Mahoma y el dios sarraceno. Es el esclavo de la baronesa, un regalo del califa musulmn. Y nosotros somos sus caballeros, que hemos jurado proteger su honor y guardarla de todo mal, por vuestro rey, su altsima majestad Ricardo Corazn de Len, y por su Santidad, nuestro Santo Padre de Roma, el Papa Celestino III. A travs de nosotros, ellos os envan sus parabienes y extienden su justa voluntad. Tiene la lengua ms lubricada que el culo de un caracol, le susurra a Guy Denis Hezetre. Mostrad a la baronesa, que pueda ser reconocida, ordena Guy. El negro caballero introduce la mano en una bolsa sujeta a la silla y extrae, con ademn exagerado, dos sobres de pergamino. Aqu estn los documentos del rey Ricardo y de nuestro Santo Padre, ambos debidamente autentificados con sellos oficiales. Confo en que los hallaris legtimos y vinculantes. Gianni Rieti avanza con un caracoleo de su corcel, ligero como una llama, y tiende con elegancia los pergaminos a Roger Billancourt. Guy recibe los documentos y los mira slo brevemente. Parecen autnticos y se los pasa, brusco, a Denis. Esto no es ms que pergamino. Podran ser falsificaciones, dice despreciativo. Mostradnos a la baronesa o daos media vuelta y largaos. No puedo acceder a eso, repone Rieti con sincero pesar. Permitir que la baronesa se revele fuera de su propio castillo sera una gran indignidad para nosotros. Ella se mostrar slo cruzado el umbral. Pura imbecilidad, ladra Guy. Si la vieja perra est ah dentro, que salga y se muestre. No tengo tiempo para juegos. El caballero italiano retrocede con indignacin. Vuestra falta de respeto por vuestra 17
madre me ofende y deshonra las enseanzas de nuestra fe. Falsarios!, grita Roger Billancourt, la mano a la espada. No les dejes entrar en el castillo, le dice a Guy. Mtalos aqu mismo. Gianni Rieti sonre serenamente ante el guerrero airado, gesticulando con vaguedad hacia el cielo. Vuestro rey y nuestro Santo Padre se vern dolorosamente insatisfechos, si asesinis a sus emisarios. Y torna su hermosa sonrisa hacia Guy. Sin duda, estimado seor, perderais vuestra barona... y acaso vuestra cabeza tambin. Dejad que madre entre!, exclama Clare desde el lugar en el puente donde la han detenido Harold y Gerald. Su rostro tenso se contrae con rabioso resentimiento hacia su hermano, y corre hacia el carruaje hasta que la refrena Harold. Qu dao pueden hacernos?, le susurra Denis a Guy. Son demasiado pocos para desafiarnos, sean los que sean los que oculten en el carro. Guy hace rechinar los dientes, se da la vuelta y retorna al castillo. Denis y William conducen el carro de la baronesa a travs del puente, flanqueado por los camellos. Roger les sigue, su mano an en la espada. Clare suplica a Gerald y a Harold que la dejen aproximarse al carruaje, pero ellos la llevan tenazmente de vuelta a la plaza. All, sus servidores la rodean para protegerla de la excitada muchedumbre. Es madre, suspira acaloradamente, con conviccin. Es su forma de hacer las cosas. Nunca cedi una pulgada ante Guy. Erec y Dwn empujan para acercarse al espacio que Guy ha despejado escaramuzando con el caballo en un amplio crculo. Los masivos hombros del gals abren cua en la curiosa turba. Cuando alcanzan la primera fila, coloca a la anciana ante l para que nada pueda obstruirle la vista. Ahogados suspiros de miedo crepitan en toda la plaza cuando los camellos acceden a ella, con el jinete enturbantado mirando impasible adelante. El carro, rechinante y maltratado por el viaje, es vulgar, apenas un vehculo adecuado para un pasajero noble; y ciertamente, son el cochero enano y su negro mono, encaramado ahora a su hombro y saludando a la asamblea, los que despiertan los ms excitados murmullos. Con la cabeza combada, el cuerpo balancendose con el traqueteo atrs y adelante, el judo murmujea plegarias. Las mulas avanzan pesadas; tras ellas cabalga el jinete italiano, regio y precipitando su bridn blanco. Con su pelo rizado y endrino, y su barba y bigote elegantemente recortados, es la viva imagen del caballero extranjero; cuando sonre a la multitud, levanta espontneos vtores. Gentes de Valaise!, exclama Gianni Rieti, centelleantes sus ojos oscuros de gozo. Os traigo nuevas portentosas! Vuestra seora ha vuelto... mas no como parti. Ha sido obrado un milagro. Tanto el caballero musulmn Falan Askersund -y seala al jinete del turbante- como yo mismo, y otros muchos, contemplamos el prodigio con nuestros propios ojos, y hemos hecho este largo camino desde Tierra Santa con la baronesa, por la gracia de Dios y con la aprobacin de nuestro Santo Padre, para rendir testimonio de la gloria de nuestro Salvador. Buena gente, bendecida por la fe y el temor del Seor, contemplad a vuestra baronesa, Ailena Valaise! 18
El enano tira de una cuerda y la lona de piel del carruaje se desprende revelando a una joven sentada en un banco tapizado. Bajo una melena oscura y undosa que se derrama sobre sus hombros en crepusculares destellos rojizos, la mujer observa a los reunidos con la intensidad del lunor en su rostro. Sus grandes ojos ebrneos son crculos de claridad buscando el reconocimiento de su gente. Mantiene la cabeza alzada sobre el largo, frgil cuello, mostrando sus pmulos soberbios, una nariz longa y patricia, y una boca en la que el pequeo labio inferior y el carnoso bezo superior dibujan una decidida confianza en s misma. Al verla, los recuerdos de Dwn saltan atrs a travs de los aos, tan violentos que una sensacin de cada engaa a sus piernas y la empuja tambaleante a los brazos de Erec. Impostora!, ruge Guy. Perplejos alaridos se mezclan con airadas quejas. Maese Pornic, el abad local, un hombre de rostro macerado y plateada tonsura, cubierto por una capa de basta estamea negra, se escurre entre la muchedumbre para situarse al lado de Guy. Esto es blasfemia! Sacad a esta falsaria desvergonzada inmediatamente de aqu! La joven del carruaje se incorpora y alza su mano izquierda. Soy Ailena Valaise, dice con una voz sorprendentemente ronca para una mujer tan esbelta. Porto el sello de mi padre, tal como lo llevaba el da de San Fandulfo, hace casi diez aos, cuando dej el castillo para unirme a la Cruzada. La turba se apretuja hacia el carro. Precipitndose delante de ellos para contenerlos, Guy se detiene ante la joven mujer. Te crees que estamos locos?, le chilla, la saliva saltndole de la boca. Diestramente, el camello que porta a Falan Askersund se desliza hacia atrs separando a Guy del carruaje. Asustado por el olor y la apariencia del camello, el corcel de Guy se aparta engrifndose nervioso. Ha sido obrado un milagro!, clama Gianni Rieti y seala los documentos de pergamino an en la mano de Denis. Nuestro mismsimo Santo Padre ha autenticado este portento. Tenemos su sello. Por favor, gentil caballero, leed su proclama en voz alta. Denis, aturdido por la semejanza de esta mujer con la vieja baronesa de sus recuerdos de infancia, abre el documento papal y lee ante la multitud: Celestino Papa a todos los creyentes: otorgamos la bendicin de nuestro Seor y Salvador Jesucristo a todos vosotros y os ordenamos obediencia a esta acta de la Iglesia escrita por nuestra mano. En testimonio de la verdad de la milagrosa intervencin de nuestro Salvador y en nombre de la autoridad apostlica que nos inviste, reconocemos a Ailena Valaise como el glorificado recipiente de la gracia de Dios por medio de la manifestacin del Sagrado Cliz, del que ella ha bebido y por el cual la juventud ha sido restaurada en ella, sana y santificada y digna de ser restablecida en su ttulo de baronesa de Epynt, donde, por nuestra voluntad, recuperar con pleno derecho su lugar como legado del Rey de Inglaterra, con todos los poderes y deberes que ello comporte. Dado en Letrn, el da de la fiesta de Santa Ana, en el sptimo ao de nuestro 19
pontificado. Denis, alto en su silla, alza el documento abierto para que todos puedan ver la prpura escritura y el sello ureo. Es cierto, esto porta la estampa del anillo papal, dice y lo sostiene ante maese Pornic, cuyos ojos se ensanchan como los de una jaca asustada. Gritos de asombro y clamores de salvacin taladran a la multitud. No son pocos los que se persignan y caen de hinojos. Premiosa, la baronesa les hace levantarse. No es a m a quien tenis que adorar, proclama, pero su voz se pierde en el frenes creciente del estupor. Denis saca su espada y le tiende su empuadura, declarndole fidelidad. Varios serjants lo imitan. El resto de los caballeros se vuelve hacia Guy, que mira, sombro y hostil, a la joven erguida ante l. Erec alza a Dwn sobre la turba estremecida para librarla de la opresin, y la sacude gentilmente hasta que sus sentidos retornan. Dispone los brazos de la mujer alrededor de su robusto cuello y contempla, sobre las cabezas del populacho, a la muchacha del carruaje. Es realmente la baronesa?, pregunta Erec lo bastante fuerte como para hacer or su voz sobre el tumulto. Eso dira yo, responde vacilante Dwn, pero mis ojos son viejos. Debo acercarme ms... para estar segura. Unos serjants avanzan a travs de la turbamulta armados de largas baquetas, abriendo camino para Clare, Gerald y Harold. Pero Erec desplaza a la anciana hasta sentrsela sobre los hombros y arremete a travs de la horda para seguir la estela de la compaa. Un serjant le cierra el paso con una vara cruzada, y Erec grita con todo el poder de su voz, Seigneur Gerald! Gerald y Clare se tornan. El rostro de Clare est ungido en lgrimas, enrojecidos sus ojos salvajes. Pero Gerald, cetrino, parece hoscamente sobrio. Al ver a la vieja criada, revive sbitamente, sus ojos centellean de astucia, y palmea el hombro del serjant indicndole que los deje pasar. Es tu ama?, le pregunta Gerald a la vieja. Dwn se siente extraamente radiante y ardorosa. En cualquier momento, se dice a s misma, de sus ojos, de sus odos y boca brotarn rayos de luz. En vano se esfuerza por contener su fascinacin, por contemplar a esta joven y no ver la semejanza. Pero la semejanza se hace ms y ms vvida cuanto ms se aproxima a ella. Un miedo lancinante la muerde cuando se da cuenta de que en cuestin de segundos estarn cara a cara. Portada por el corpulento gals, se siente como si hubiese cado del mundo a la eternidad, escapando de algn modo al destino y grandeza de la muerte. Gerald le dirige una mirada severa. Ni una palabra hasta que no te hable. Si es tu seora, te reconocer. Clare, que se ha adelantado entre tanto, ha alcanzado ya el carruaje y trepa a l ayudada por los serjants. La muchedumbre se sume en silencio para or el saludo de la milagrosa baronesa a su hija. La baronesa toma las manos de Clare, y Clare, tembloroso el rostro grueso, balbucea al borde del desmayo. 20
Dios te bendiga, querida ma, se deja or la baronesa, su rostro lvido ardiente de pronto como una llama. Mi nia, mi nia querida, mi Clare. Djame que te estreche contra mi corazn. Ven a tu madre. No tengas miedo. Nuestro Seor me ha tocado con Su gracia. Con un hondo sollozo, Clare se arroja en los brazos de la joven dama y ambas se tambalean a punto de caer del carro, hasta que el jinete del camello, alerta, las sostiene. Gerald separa a las dos mujeres. Clare se sienta pesadamente en el banco del carruaje alzando en sollozos los hombros y con sus ojos lquidos fijos en la joven baronesa. A una seal de Gerald, la anciana es subida al carro. De nuevo clava en la vetusta mujer una mirada hosca, y Dwn permanece quieta, estremecida por glidas rfagas de temor reverente y aun terror. La joven mujer mira a la mujer temblorosa, tierna como una madona. Toma las manos tremolantes de la vieja en sus propias manos clidas y, aun antes de que hable, se desvanece toda duda del alma de Dwn. El trazo cincelado de sus cejas oscuras, la curva de su quijada, blonda como el polen, el tenue hoyuelo del mentn... observa ella estos rasgos bien grabados en su memoria con ojos ms y ms grandes y el peso de un nuevo temor: que todas sus titubeantes plegarias hayan sido odas en el silencio de Dios. Me reconoces, Dwn?, pregunta la joven baronesa en un gals alhajado con el acento de su lengua madre. En verdad soy yo, la Sierva de los Pjaros. Las manos de Dwn se arrancan de las de su amiga perdida como de un fuego, y se cubre la boca abierta y perpleja. Estalla un grito, y tras l lgrimas de turbacin. La baronesa envuelve a la anciana en su abrazo y acaricia su cabeza gris. Te has dejado crecer el pelo. Pero ste es lo nico que no ha cambiado. Has sufrido en mi ausencia. Mi querida Dwn. Dnde estn tus finas vestimentas? Y por qu hueles a pocilga de este modo? No importa, mi queridsima Ailena, suspira Dwn en el hombro de la baronesa. No importa en absoluto ahora que has vuelto. Chilla Guy: Esto es farsa! Ailena lo mira destellante y se separa de su vieja amiga. No es farsa, Guy... sino la portentosa voluntad del Buen Dios. Desde luego, esperaba que dudases, hijo mo; t nunca has tenido ni un grano de fe. Roger Billancourt azuza a su caballo a travs de la asamblea repentinamente alborotada hasta colocarse al lado de Guy. Por amor de Dios, no la desafes aqu. Aprtala primero de la canalla. Te veo murmujear tus artimaas, Roger Billancourt, exclama fuerte la baronesa. Fue tu idea, acaso no?, librarte de m lanzndome sin un penique a la peregrinacin. Qu lcido. Y Guy, pobre tonto, no puede evitar hacerte caso. Engalla soberbiamente la cabeza. Hermanos aqu reunidos, vengo a deciros que he llevado a cabo mi peregrinacin y que el Salvador ha respondido a mis plegarias, tal como mi hijo podra ver si no le cegase la maldad. Ahora es a l a quien corresponde ir a Tierra Santa y pedir el perdn de nuestro Seor. La muchedumbre enmudece ante el desafo. Ailena sostiene su mirada trabada en duelo con Roger durante un largo, enconado instante, antes de volver los ojos hacia la multitud. Rodeados de guardias, estn los miembros de la familia que se han precipitado desde el palais. 21
Observndola con fra perplejidad hay dos mujeres de elegantes vestiduras, una de cabellera color gengibre y pecosa la otra, con trenzas rojas como piel de zorro. Ailena sonre y cabecea. Hellene y Leora -llama por sus nombres a las hijas de Clare-, no me reconocis? Nunca me habis visto sin mis arrugas. Ailena contempla sorprendida a los vstagos que rodean a las mujeres. Reconozco al hijo de William, Thierry, dice descubriendo a un fornido muchacho con el porte arrogante del heredero y el empaque en la quijada de un matn. No eras ms que una criatura cuando part. Debes de tener quince ahora. Y tu gemela... dnde est Madelon? Una esbelta muchacha de lficos bucles dorados y el rostro de un duende travieso surge desde detrs de su madre Hellene. Corts, depone, Bienvenida a casa, arrire-grandmre. Ailena le sonre generosamente; seala entonces a un rufo zagal de nariz respingona. Y t, por supuesto, eres el ms joven de los hermanos, Hugues. Eras un cachorro de dos veranos cuando te vi por ltima vez. Y mira ahora... Tienes el tamao de tu padre. Deja que su mirada abstrada vague hasta William Morcar, montado en su corcel y examinndola mientras se acaricia su bigote pajizo. Y son todas stas tuyas y de Harold, Leora?, pregunta Ailena a la mujer de cabello rojo-zorro indicando el hato de nias pulidas pero inquietas arrediladas en torno a ella. Son todas demasiado jvenes para que yo las conozca. Leora resplandece orgullosa. La mayor naci el ao siguiente a tu partida, grandmre. Y palmea cada una de sus cabezas, Joyce, Gilberta, Blythe y Effie. Ailena suspira. Ha pasado tanto tiempo. Escudria la multitud y frunce el ceo. Y mi nico nieto? Se torna hacia Clare. Dnde est tu hijo Thomas? Est en la abada, responde Clare a travs de sus lgrimas gozosas. Est estudiando las Escrituras, preparndose para el sacerdocio. Muchas cosas han cambiado, dice, y mira a Guy, cuyo rostro se obstina en una mueca de desazn. Muchas son nuevas. Encara el recinto interior. Denis, ruega al nico caballero que le ha ofrecido su espada, y ste se endereza en la silla a la mencin de su nombre. Condceme al palais, donde limpiar de mis botas el polvo de Jerusaln. Cuando Denis, obediente, empieza a abrir camino hacia el recinto interior y los camellos se colocan a la cabeza, la baronesa ordena a Dwn sentarse junto a Clare. Enfrenta entonces al hombre tras ella. Gerald, no te quedes ah espantando moscas como un lelo. Tu mujer necesita de ti en la afliccin de su dicha. Es que has olvidado toda la cortesa que un da profesaste? Gerald cierra la boca e inclina la cabeza. Aleccionado, se sienta, manso, junto a Clare. Ailena se afirma aferrando el mstil que sostena la lona y, cuando el enano chasquea las riendas y los bueyes avanzan traqueteantes, como siguiendo la cadencia de las plegarias del judo, la baronesa sonre benigna a la muchedumbre de la plaza y agita su mano. Erec observa el rodar del carro sin apartar sus ojos de la baronesa hasta que desaparece ms all de la capilla. Su ausencia deja en torno a l un abejoneo de quietud, como una pausa en el viento. Y aunque la gente barbulla excitada alrededor, ecos distantes son sus voces. Ha visto y 22
odo a la mismsima baronesa! Ha sido testigo de sus palabras a la anciana y ha escuchado, en su propia lengua, cmo empleaba ella su nombre secreto: Sierva de los Pjaros. En la marea humana recibe codazos y empellones, pero los golpes pasan a travs de l, como si se hubiese transformado en espritu. Deriva hacia los portales exteriores, introverso, estudiando su memoria reciente de la joven baronesa, viendo de nuevo sus calmos ojos negros, su nariz longa como la de una estatua romana en las viejas termas de Caermathon, y el pronunciado labio superior, que aun cuando sonre la hace parecer como si estuviese a punto de gritar. Empujado por la masa, logra salir del castillo, maravillndose... Habla nuestra lengua. El sonido de su voz arenosa prosigue en la mente de Erec, aligerando su paso, como si flores brotasen bajo sus pies mientras camina, como en el mito de Owen. Es el demonio, el demonio encarnado!, clama maese Pornic y su denuncia repica, estridente, en los sillares y el maderaje del palais. Clare se alza de la pesada silla de madera donde se haba derrumbado por la impresin, oscuro de furia el rostro. Os atrevis a calumniar a mi madre?, le responde a gritos, rechinando su voz en las vigas. Gerald posa una mano calmfera en su brazo y cloquea suavizando los nimos, Todos estamos aturdidos. Es un milagro, afirma Denis Hezetre desde su rincn, apoyado en la pared, la mirada vacua. Hemos sido testigos de un milagro. Guy Lanfranc, que preside una masiva mesa de madera, pasea sus ojos de halcn entre el resto de los caballeros sentados frente a l. Roger Billancourt evidencia su ira, pero los dems estn sencillamente estupefactos. Tanto Harold Almquist como William Morcar observan envarados sus manos cruzadas sobre la mesa, sin saber qu pensar o sentir. Estn los documentos, sugiere Gerald dbilmente. Falsificaciones!, restalla Roger. No lo creo, dice Denis y se acerca a la mesa desplegando los pergaminos. sta es una cdula autntica. Se inclina sobre la mesa, donde ha extendido los documentos y lee en voz alta: Ricardo, Rey de los ingleses, a todos sus hombres fieles: salud. Ordenamos e imponemos que, pues nos rends lealtad y os amis a vosotros mismos y a todo lo que es vuestro, garanticis a Ailena Valaise, hija del conde Bernard, viuda de Gilbert Lanfranc, libre paso a travs de mi reino hasta su dominio de Epynt en la frontera de Gales, donde es instituida por Nos autoridad principal y legado. Testigo yo mismo, en Levante, en el quinto da de Junio. El sello es igual al de los otros documentos que hemos recibido del rey. Daos cuenta, claro est, de que si desafiamos esta cdula, estamos desafiando al monarca. Guy aporrea la mesa con el puo. Imposible! Yo soy el seor de este feudo y dominio! Clare se mofa de l. Sbete por las paredes, querido. Eso impresionar sin duda al rey. Crees acaso que Ricardo ha olvidado tu apoyo a la rebelin de su insolente hermano Juan, mientras l estaba en Tierra Santa? 23
Guy se incorpora a medias de su asiento, oscuro el ceo. Me he sometido a pagar a los hombres del rey la multa por mi alianza con Juan. Juan Sin Tierra, loco, se encona Clare. No tiene ms autoridad ni dominio que los que trat de robarle a su hermano. Y ahora te ves obligado a saquear el feudo de Branden Neufmarch para pagar la multa. No creo que madre vaya a aprobarlo, hermano. No es madre. El rey y el papa dicen que lo es, persiste Clare vehemente. Maese Pornic golpea la mesa con un nudillo imponiendo silencio. No es cuestin de otorgar demasiada importancia a estos documentos. Celestino rindi su alma en Enero. Nuestro nuevo Santo Padre Inocencio sin duda revocar esta autorizacin. Al fin y al cabo, Celestino estaba en sus noventa cuando redact el acta. Escribir de inmediato a nuestro nuevo Santo Padre sobre esta materia. Se vuelve hacia el soturno barn. Insisto Guy en que me dejes a m esta pesquisa. Esa mujer proclama que se ha obrado un milagro. Pone su alma en peligro con tan extravagante pretexto. Clare contempla al abad con ojos como hendijas. Vos, un hijo de la Iglesia, dudis que Dios pueda obrar milagros? Os atrevis a proscribir la voluntad de Dios? Maese Pornic aprieta sus dedos huesudos y baja reverentemente el rostro, tensos sus severos labios color hgado. Yo nunca dudara del poder de Dios para obrar milagros. Pero Satn est lleno de embustes. No debemos prejuzgar las apariencias. Perfectamente, concluye Clare. Hasta que se pruebe lo contrario, aceptaremos que el documento del Santo Padre es vlido y que mi madre ha retornado de Tierra Santa, restaurada en su juventud, sana y santificada, tal como reza el decreto papal. Un servidor aparece en el arco de la puerta y anuncia que la baronesa exige la presencia de todos los miembros de la casa en el saln principal. Clare, mirando a su hermano con un destello triunfal, deja la estancia de inmediato con Gerald; el resto de los caballeros se demora, fijos los ojos en Guy. Guy se levanta con lentitud, pulsante la quijada. No hagamos esperar a madre. Los dedos de Dwn parecen tubrculos contra la exquisita tela de su camisa. A pesar del bao caliente que acaba de tomar, la suciedad an persiste incrustada en las finas grietas de sus manos nudosas. Dos veces hubo de ser vaciada y rellenada la larga baera de madera, y aun as no est completamente limpia. Pero la leja custica del jabn y la enorme cantidad de ptalos de lila han extinguido, casi, el tufo a estircol. Dwn observa en el espejo cmo las criadas de Clare le traen un pelisson, un manto ligero de seda azul exquisitamente orlado de piel blanca. La baronesa, visible en el otro extremo de la habitacin, sale ahora mismo del bao. No pueden percibirse ya los lunares y pequeas cicatrices que Dwn recuerda en la desnudez de su seora; una constelacin diferente de pecas y marcas disea la hermosura de su cuerpo, consecuencia, le ha explicado a Clare la baronesa, del milagro que ha remozado su juventud. Una enagua de cardado algodn es alzada sobre la cabeza de Dwn y cae deslizndose 24
suavemente sobre carne habituada a fibras bastas. Acaricia ella el terso material, y se aturden las yemas de sus dedos. Las sirvientas la ayudan a ponerse un brial azur -una fina tnica talar-, cuidando de ajustar bien las largas mangas colgantes y el cinturn de seda entorchada para que el conjunto sea cmodo y esttico. Sobre ste, el manto, areo y ornado de piel. Mientras otra sirvienta le peina y le trenza el cabello, Dwn observa a su seora, desnuda frente al espejo de cuerpo entero. Temblorosas, indecisas criadas la secan. Resplandece azul como la leche o el invierno, tenso el vientre como el de una nia, redondos sus pechos como pequeas liebres, rosados los pezones no maculados an por la preez. Visible bajo una mata de rizado y fino cabello, que es casi una niebla de humo oscuro, la ciruela silvestre de su sexo. Es apenas una mujer, y an puede verse la nia en los huesos afilados de sus codos y en sus muslos angostos. Vibra Dwn por dentro con la ansiedad de interrogar a su vieja amiga, de or por fin cmo lleg a ella Dios. Pero observa el semblante soador de su ama, la forma en que vagan de una cosa a otra sus ojos, distrados, y se contiene. Sierva de los Pjaros, dice Dwn en gals esperando sacarla de sus ensoaciones, eres bella. El Seor te ha hecho hermosa otra vez. Ailena le sonre en el espejo, respondindole con una risa apenas devanada, Y t te has hecho sabia como la castaa. Dwn sonre, recordando este dilogo entre ellas desde que eran muchachas y un jardinero gals les ense a aceptar cumplidos a su floreciente hermosura. Dile a los viejos que son sabios como castaas y no te lo reprocharn, pues la castaa sabe cmo sobrevivir a la sequa y su cscara se abre como un ojo en otoo, cuando la tierra viste su ms florida hermosura. Hablad en francs para que pueda entenderos, protesta, frvola, Clare, sintiendo como si se hubiera despertado dentro de un sueo. Es ella misma quien porta los ropajes que su madre vestir, y los deja cuidadosamente en un colgador detrs del espejo. Cuando yo era una nia, siempre estabais parloteando en gals para que padre no os entendiera. Eso slo aventaba su rabia, rememora la baronesa. Prohibi el gals en el castillo y aun en la villa... pero lo desafiamos. Y te llevaste los golpes de ese desafo, le recuerda Dwn. Tanto tiempo ya. Clare ofrece a su madre una camisa del ropero de su hija Leora, temerosa ante la joven mujer. Dmelo todo, madre. Dwn y yo queremos or el milagro. Ailena acaricia la fina urdimbre de la camisa y dice con calma en la voz, Ms tarde. Os dir todo lo que me ha cambiado ms tarde. Mira a su hija y a su doncella en el espejo, sus ojos abruptamente crispados. Pero ahora quiero or de vosotras... quiero or todo lo que ha ocurrido desde que part. Clare se fija en la penetrante mirada de Ailena. El color le rezuma de pronto del rostro cuando el milagro acontecido vuelve a hacerse consciente en ella: aqu est el cuerpo que le dio vida, su arcilla modelada de nuevo por la misma mano de Dios en una figura esbelta como el lirio. Sus piernas claudican y, derrumbndose en el suelo, aprieta el rostro contra las rodillas de su madre y llora como un cro. 25
Ya no hay trovadores, solloza Clare amargamente. Ya no hay msica. No desde que te fuiste. Guy se mofa de las chansons. Slo le gustan los acrbatas. Y la guerra, aade Dwn. Ama la guerra. Oh, madre, ha habido tanto exterminio. Cada primavera estraga las tribus galesas y retorna... Sus lgrimas la atragantan y busca con un hondo suspiro el aliento para continuar. Retorna con sus orejas. La mirada de Ailena se relaja otra vez y sus ojos parpadean soolientos. Dwn hace una seal a las criadas para que traigan una silla y le viste la camisa mientras la baronesa se sienta. Clare, desapercibida de la abstraccin de su madre, contina: Y ahora ataca a su propia raza. Ha alquilado mercenarios de Hereford para sitiar el castillo de Branden Neufmarch. Todo a causa de su deuda con el rey, por apartidarse con el conde Juan. Y los soldados son tan brutos. Intimidan a nuestros gremiales, corrompen a sus hijas y saquean nuestra villa. En territorio gals, los villanos han partido casi todos, han huido de vuelta a los montes. La joven baronesa se lleva una mano al rostro; cuando la aparta, de nuevo est alerta y le brilla la mirada. Todo ir bien, promete carmenando la cabeza de su hija. Todo, todo, ir bien. Dwn se adelanta para trenzar el pelo de su seora y se maravilla de los filamentos oro-rojo entre los mechones oscuros, destellos que no ha visto en dcadas. Tienes la bandera con mi figura herldica?, pregunta Ailena. Guy ha destruido todo lo que ha encontrado, responde Clare. Pero yo tengo una guardada en mi arcn. Haz que me la traigan. Arriaremos el Grifo e izaremos el Cisne. Clare se muerde el nudillo. La torre maestra est vigilada por los serjants de Guy. Protegen el mstil con sus vidas. Entonces las perdern, dice la baronesa dulcemente. Las contraventanas del gran saln han sido abiertas de par en par a la poderosa luz veraniega. Con premura, se han colgado de las paredes los ms finos tapices de cendal y por los suelos enlosados se han esparcido juncos y flores, rosas y menta, que crujen fragante, suavemente bajo los pies de la asamblea. Toda la casa se ha reunido entre los brillantes rectngulos solares: la familia de la baronesa ocupando los asientos tapizados, y los criados tras ella en los bancos de madera. Guy y Roger se niegan a sentarse; permanecen enhiestos, las piernas separadas, los brazos cruzados de un modo truculento, al pie del estrado, a la cabeza de la cmara. En el estrado, los cojines bordados con la figura del Grifo han desaparecido del gran sitial de roble labrado para ser substituidos por almohadones rojos. En l, opulenta, vestida con seda blanca y armio, las largas trenzas de su cabello entrelazadas con cintas y coronada por una diadema floral de oro, se sienta Ailena Valaise, flanqueada por sus caballeros, Dwn y el anciano judo. El enano y su mono aguardan en una alcoba detrs del saln, donde slo los serjants de los barracones pueden verlos. 26
No me he sentado aqu desde hace diez aos, empieza la baronesa con una voz lo bastante poderosa para llenar la cmara. Muchos de los ms jvenes no me habis visto nunca. Otros han cambiado poco. Mira, insinuante, a Roger y a Guy. Familia, os he reunido aqu para que podis afrontarme antes de que nos sentemos a la mesa. S que mi presencia y mi aspecto os confunden, en especial -y cabecea hacia su hijo- a aquellos que esperaron no volver a verme nunca ms. Despus de nuestra comida en unin, os contar con detalle los acontecimientos verdaderamente portentosos que han tenido lugar desde que ocup este sitial por ltima vez. De momento, baste el presentarme a vosotros de nuevo y declarar el motivo de mi retorno tal como nuestro Salvador me ha ordenado hacerlo. Maese Pornic, sentado en la primera fila, se yergue, encorvado su cuerpo marchito de toda una vida orando de hinojos. Lady, hemos de entender que habis hablado con el Hijo de Dios? Ciertamente, Nuestro Seor Jess se ha dignado dirigirse a m, declara Ailena con voz firme. Y me ha ordenado retornar y regir este territorio como un verdadero dominio cristiano... un reino que l mismo pudiese reconocer si caminase por la tierra otra vez. Maese Pornic suelta un bufido de incredulidad a travs de sus oscuros labios y se sienta sacudiendo su cabeza plateada, cubrindose el rostro con sus manos sarmentosas. Puesto que parece que el buen abad descree, contina Ailena, nombro aqu y ahora al cannigo Gianni Rieti prroco nuestro. Gianni se incorpora, ataviado con una sobrepelliz blanca que luce la cruz carmes sobre el corazn y una puntiaguda espada al costado con empuadura alhajada de perlas. Su apariencia entre militar y monstica, inspira murmullos en los bancos postreros; los sirvientes no han visto nunca todava a un sacerdote guerrero. El cannigo Rieti es un verdadero padre en Cristo, le asegura Ailena al grupo murmurante. Por qu no usa tonsura entonces?, interroga maese Pornic. Con vuestra venia, solicita Gianni a la baronesa y se inclina a su asentimiento. Soy miembro consagrado de la Orden del Santo Sepulcro, informa a la asamblea. Por juramento nos hemos comprometido a luchar contra los sarracenos hasta que Jerusaln sea devuelto a gobierno cristiano. De que nuestro Seor Jess detestaba la violencia somos perfectamente conscientes. Sin embargo, hemos escogido luchar y morir por la espada para mayor gloria de la Iglesia. A fin de distinguir los marciales esfuerzos de nuestra hermandad en aras de la fe de los objetivos plenamente religiosos y eruditos de otras rdenes cristianas, renunciamos a la tonsura y hemos sido as exceptuados por nuestro Santo Padre el Papa. Gianni se sienta y Ailena indica a Falan Askersund que se ponga en pie. El sueco, vestido como un musulmn, la cabeza enturbantada de blanco, pantalones abombachados de color marrn y calzado de cuero verde con puntas vueltas hacia el empeine, se adelanta clavando unos ojos fros en la multitud. Su blusa blanca sin mangas expone unos brazos de largos msculos tostados, atezados casi, por el sol de Palestina; contra ellos, el blondo vello de su piel cintila como el oro. Tambin su rostro es oscuro como el de un moro y su barba, corta y rubia, reluce con destello blanco-ceniza. 27
Falan Askersund no habla francs ni gals, explica Ailena. Pero no es necesario que hablemos con l. Se halla en permanente plegaria con su dios, al cual cree el dios nico, Allah, y... Ha traicionado su fe por la de los paganos!, interrumpe maese Pornic. S, as ha sido, admite Ailena. Ahora es un musulmn devoto. Pero tambin es mi esclavo. Veis la banda de oro en torno a su cuello, que es el smbolo de su servidumbre? En ella reza la escritura arbiga que l es de mi propiedad, un presente del califa que supo del milagro obrado en m por nuestro Salvador. Los paganos no tienen fe en nuestro Salvador, protesta maese Pornic. Por qu habra de regalaros un sarraceno con un esclavo? Su libro santo, el Qorn, ve en Jess a un profeta de Dios, contesta Ailena paciente. Que Dios obrase un milagro a travs de uno de sus profetas les resulta obviamente ms creble a los paganos que a vos, maese. Esto es pura mofa!, estalla Guy. Maese Pornic le dirige una mirada severa, pero l contina, Esta mujer no es mi madre. No tolerar ms este engao. Agrios murmullos recorren la sala; maese Pornic se levanta y se acerca a Roger Billancourt. Hazle callar, ordena. Esto es una cuestin religiosa. Si se maneja con brusquedad, se derramar sangre. Roger toma del brazo a su barn y se inclina para susurrar, Vas a hacer de ella una mrtir y de ti mismo un Judas? Debe quedar desacreditada antes de que la ataquemos. Clmate. Deja que el abad trate con ella. Si vuestro caballero musulmn es un esclavo, pregunta maese Pornic apuntando a la cimitarra que cuelga al costado de Falan, por qu porta armas? Incluso un santo varn como vos mismo admitir que ste es un mundo traicionero, responde Ailena. El califa ha ordenado a Falan que me proteja y por ello, nicamente, lo conservo junto a m. Su espada es demasiado delgada para hacer algo ms que espantar perros, resuella Roger, y los serjants al fondo de la sala dan eco a su irrisin. Rpidamente, Ailena murmura una orden gutural en rabe y seala su propio cuello. El sable curvo enciende el aire como un relmpago, silbando junto a la garganta de la baronesa. Un destello, y el arma est otra vez en su vaina. Ailena alza la mano y toma un rizo de su cabello y un pedazo de cinta que la hoja ha cortado limpiamente. Anuda la cinta al mechn y se lo arroja a Guy. Un recuerdo de tu madre, hijo mo. Y que esto te sirva de advertencia: ninguna espada cristiana podra tajar con tanta precisin. La baronesa hace un gesto a Falan para que torne a su asiento y pide al judo que se adelante. Si no hay ms interrupciones, podemos continuar. Familia, ste es David Tibbon, un judo que he tomado a mi servicio para que me ensee la lengua que nuestro Seor y Salvador habl mientras habit entre nosotros. Es mi intencin vivir tan prxima a los hbitos y costumbres de nuestro Seor como sea posible. E invito a todos los miembros de mi familia que quieran estudiar con este devoto maestro bblico a unirse a mi intento. 28
Guy se carcajea sonoramente. Mi madre nunca fue una mujer religiosa. Durante la misa haca punto, y coma carne hasta hartarse los Viernes y los das de Cuaresma. Fornicaba adlteramente con Drew Neufmarch y no hablaba con los sacerdotes, a quienes consideraba parsitos, como no fuera para escarnecerlos... aunque haca todo esto a espaldas del buen maese Pornic. Pero para nosotros, que sufrimos su presencia, no era un secreto: desde el tiempo en que Dios ahog la vida de su padre en su propio vmito, viva sin fe. Por qu esperas que creamos que Dios obrara un milagro por ella? Sin duda, Guy, le sonre la baronesa indulgente, son los descredos los ms necesitados de milagros. Todo lo que dices de m es cierto, pero es slo mi pasado. Mi alma ha sido remozada con mi carne. Tal como Jess perdon a la prostituta en la fuente, as me ha perdonado a m y me ha ordenado seguir adelante y no pecar ms. Madre, la apostrofa Clare, llama a nuestro Salvador, que nos d una seal para que sepan los incrdulos que ests en el favor de Dios. Clare querida, eso no est a mi alcance. No soy una santa. No tengo poderes milagrosos. Dios me ha devuelto la juventud, pero no me ha conferido poderes sobrenaturales. Soy una mujer completamente natural y no permitir que se me adore o se me trate como a mujer santa. Si sois realmente la baronesa Valaise, tal como lo aseguris, la desafa Roger, recordaris el bridn que vuestro marido montaba la primera vez que vino a este castillo conmigo a su lado. La mirada de Ailena se endurece. As que he de dar ms pruebas. Cabecea tristemente. Era de esperar de alguien que siempre crey que la Iglesia existe slo para los nios, los dbiles y los moribundos. Est bien, Roger Billancourt, es tu memoria la que el tiempo ha daado. Gilbert no montaba un bridn la primera vez que vino al castillo de mi padre. No posea un caballo tan caro. Era rico en coraje y ferocidad, pero no en bienes... ni materiales ni espirituales. Hasta que se cas conmigo y adquiri la riqueza que mi padre haba ganado con esfuerzo, mont un mero palafrn, una jaca marrn de pecho estrecho y rostro ancho. Su nombre era Dlai, Demora, pues no era veloz. Los viejos servidores y serjants que conocieron a Gilbert Lanfranc murmuran y hacen gestos de aprobacin, y Roger se aparta con el ceo turbado. La asamblea calla cuando maese Pornic se pone en pie otra vez. Cmo podis asegurarnos que habis sido devuelta a vuestra juventud por nuestro Buen Dios y no por Satn? Traera Satn un documento del Papa y a un sacerdote de Tierra Santa? Thierry Morcar, azuzado por su padre William, llama la atencin de su bisabuela. Arrire-grandmre... Ailena percibe al joven de rostro cuadrado cuyos ojos pequeos la observan framente. La dureza de tu mirada me perturba, Thierry. Pero no me sorprende que dudes de m, puesto que eras demasiado joven para conocerme bien. Has sido armado ya caballero? Lo he sido, arrire-grandmre, responde orgulloso. Mi padre me dio el espaldarazo en primavera. He sido bien entrenado en las habilidades del combate por mi padre y los caballeros de este castillo. Y de ellos he aprendido muchas maas, muchos trucos con los cuales engaar a 29
los hombres a rendir sus vidas. Todo esto ha debilitado mi fe en las cosas visibles, y tanto ms en las invisibles. Vuelve la vista hacia su padre en busca de confianza y el caballero del bigote asiente con la cabeza invitndolo a continuar. Disclpame pues, arrire-grandmre, por interrogarte a fin de fortalecer mi fe. Di el nombre del sacerdote que me bautiz. Eso fue hace mucho tiempo, Thierry. Mi arrire-grandmre lo recordara. S, lo hara y, de hecho, debera... El rostro de Ailena lividece aun ms y sus ojos parecen sobrecogidos. Fue en una poca de mucho sufrimiento. Vivimos slo en el fuego. T y tu gemela Madelon nacisteis en el invierno del ochenta y tres, cuando las nevascas mantuvieron a nuestro maese Pornic encerrado en su abada. Habramos esperado el fin de los temporales para bautizaros, pero el clera azot la villa y amenaz el castillo. Vivamos en verdad en un tiempo de fuego. Vivimos slo en el fuego. Pero entonces lo conocimos. Vuestra madre amada, Hellene, ardi en l mientras nacisteis. Un viejo cura de Brecon irrumpi en plena tormenta y os bautiz a ambos, para que vuestras almas quedasen limpias del pecado de Adn en el caso de que el clera se os llevase. No lo hizo pero, d Dios reposo a su alma, el clera se lo llev a l aquel mismo invierno. Su nombre era padre Aimery. Ailena se pone en pie y la asamblea se levanta con ella. Vivimos slo en el fuego, consumidos o purificados por l. En cualquier caso ardemos. Nuestra sangre arde. Sentimos en nuestra carne el ardor. Esta purificacin nuestra dura toda la vida... este fuego que es el amor de Dios, este fuego intolerable que nos consume. sta es la muerte de fuego, que es la vida de fuego. David Tibbon se ha acercado por detrs a la baronesa. Pone una mano nudosa en su hombro, y ella lo mira, sorprendida. Esta inquisicin aburre, dice. Reanudemos en la mesa nuestra pltica. Sonre desde el estrado a Guy y a Roger. As podis afilar vuestras preguntas mientras los dems quitamos punta a nuestro apetito. En el comedor, el enano se aproxima al judo. Mientras la baronesa y el resto de los nobles se refrescan en sus habitaciones antes del banquete, el enano ha estado pavonendose entre las mesas largas y estrechas, observando a los criados extender los manteles y doblar las servilletas. El mono se ha arrojado varias veces bajo las ondulantes telas antes de que pudieran ser puestas, haciendo retroceder y chillar a los sirvientes. Ta-Toh!, grita el enano, y el mono vuela de nuevo a su hombro abrigndose con una servilleta. Esta noche, por fin, comeremos bien, le dice el enano al judo. David Tibbon, en tnica verde oscuro y manto rojizo, ocupa un banco junto a la entrada desde la breve alocucin de la baronesa en el saln principal. La entrada, una puerta en arco orientada al sur y abierta al jardn, deja pasar una corriente de luz, cantos de aves y florales fragancias, y David ha estado aqu leyendo el libro encuadernado en piel y dormitando mientras los servidores le preparan una cmara en el palais. A la luz del sol, sobre todo, tiene la apariencia de un patriarca bblico, con su piel coricea y sus ojos intensamente sombros. Su larga barba gris 30
est farpada, ligeramente rizados los mechones que cuelgan de sus sienes, y cubre su cabeza con un pequeo bonete de terciopelo negro. Yo no comer bien, Ummu, le responde al enano en un occitano lento y pensativo, hasta que halle para comer un lugar donde haya un solo Dios. Ummu apoya su codo en la rodilla de David y asienta en su mano la bulbosa cabeza para contemplar las esculturas de los santos en la piedra labrada entre las ventanas de ojiva. Idlatras, coincide el enano. Pero no piensan en ello. No ven ninguna contradiccin en que haya un Dios con tres partes. Tienen una mente para las contradicciones que desconcierta a sus enemigos. No dejes que perturbe tu apetito, hijo de Abraham. Para eso ya habr multitud de platos de cerdo humeando bajo tus narices. El enano ladra una risa que sobresalta a su mono, y ambos cabriolan a travs del comedor para molestar al criado que ahora coloca los vasos, los cuchillos, las cucharas. David agita su anciana cabeza compungido y torna su mirada al jardn. Le duelen de leer los ojos y se alegra de expandir su vista entre las inquietas mariposas y las rayolas mbar de abejas. Bajo una prgola de rosas, perfilada contra los rayos anchos y dorados del sol de la tarde, un grupo de nios lo contempla. l menea su barba juguetonamente y los cros se dispersan, excepto una, que se acerca a l trepidante. Es la ms joven, una nia blonda con ojos grises, asombrados, vestida con un pequeo traje de tafetn y piel. Eres un judo?, pregunta. S. Soy David Tibbon. Quin eres t? Blythe Almquist. Yo soy cristiana. Por qu mataste a Jess? David pone su mano sobre la cabeza de la pequea nia y sonre con tristeza. Yo no mat a Jess. S, lo hiciste. Los judos mataron a Jess. Maese Pornic nos lo ha dicho as. Pero no es verdad, mi nia. Jess era un judo. Por qu mataramos a uno de los nuestros? Fueron los romanos los que mataron a Jess. Jess era un judo? Pues claro. Pero maese Pornic nos dice que Jess es el hijo de Dios. Entonces el hijo de Dios es un judo. La nodriza, aturullada, entra del jardn y, viendo a Blythe de pie bajo el brazo del judo, se la lleva ansiosamente. Vamos, Blythe, hay que vestirte para la cena. Pero estoy hablando con David Tibbon. Es un judo... y dice que Jess tambin es un judo. La nodriza dirige a David una negra mirada y apremia a la criatura. David pinza la carne lasa entre sus ojos y vuelve su atencin al enano, que ha armado a su mono con una cuchara y se est batiendo con l sobre una de las mesas. El mayordomo los aparta. Est colocando pequeos platos con sal en el centro de las mesas. David contempla los blancos montoncitos y recuerda los aos en que la nica sal que conoca estaba en sus ojos. Guy y Roger forman corro con sus serjants en los portales del recinto interior cuando uno 31
de los hombres se sobresalta y seala la torre maestra. En la cima de la poderosa fortificacin, el Grifo est siendo arriado. Ojos de Dios!, grita Guy. Salta sobre el corcel ms cercano y cruza la corte a todo galope. Cuando alcanza la torre, El Cisne blanco sobre campo azur vuela en el aire. Se arroja de su caballo y agarra al serjant en la entrada del baluarte. Por qu ests vivo?, berrea al hombre estremecindole y lo arroja contra el muro de piedra. Me mov para sacar la espada, milord, barbotea el serjant, pero el muslim, el muslim sueco, cort mi talabarte de un tajo limpio antes de que mi mano lograse alcanzar la empuadura. Y muestra a su seor la tira de cuero sajada. Y el resto?, interroga Guy furiosamente. El resto fue movido por la razn, repone desde la obscuridad interior de la puerta una voz salpicada de acento extranjero. Gianni Rieti emerge. Soy el emisario del papa. Tengo el poder de condenar las almas. Qu razonable por parte de vuestros hombres el no querer morir por una espada musulmana habiendo perdido la gracia. Desde la partida de Ailena para Tierra Santa, Clare ha ocupado el espacioso dormitorio de la baronesa, pero ahora insiste en devolvrselo a su madre. Entre las bolsas de lona del equipaje de Ailena juguetean las criaturas, frescas de su retozar en el jardn, brillantes sus largas guedejas con los capullos enguirnaldados. Ailena est sentada en una silla junto a la ventana, ungida de sol, admirando las femellas de su familia. La ms joven, Effie, de tres aos, juega con las cintas de su pelo y permanece satisfecha en el regazo de su bisabuela. Su hija Clare supervisa alegre a los servidores mientras stos deshacen el equipaje; sus nietas Hellene y Leora y su bisnieta Madelon estn posadas en el borde de la plataforma del gran lecho endoselado que est siendo ventilado, descorridas las cortinas y levantadas las sbanas. Dwn contempla la escena desde una silla tras Ailena, arrobada por el enebriante buqu de las lilas y la caricia sedea de sus finas ropas. Calmaos, nias, las urge Ailena. Tengo regalos de Tierra Santa para cada una de vosotras, pero debis recibirlos como jvenes damas. Los juegos desembocan en un abrupto final y las muchachas se colocan ante la baronesa en orden de edad. Joyce, Gilberta, Blythe y Effie, repite Ailena los nombres aprendidos, tocando afectuosa a cada una el mentn. Sois las ms jvenes, nacidas despus de mi partida del castillo, as que vuestros regalos sern los primeros. A su lado, apoyado en un banco empavesado por la lona que lo haba cubierto, hay un cofre taraceado de negro, plata e irisado abaln. De l, extrae cuatro bestias pequeas, minuciosamente labradas: un dromedario, un cocodrilo, un elefante y un len. Estas notables y extraas criaturas, que por cierto existen -yo las he visto todas-, han sido labradas por los sarracenos en marfil, el colmillo del behemoth. Las nias, Effie incluida, acarician con las yemas de sus dedos las mgicas figuritas con asombro reverente. Madelon, en mi ausencia te has convertido en una hermosa mujer, dice Ailena 32
pidindole que se adelante y regalndola con un ciclatn de tejido argnteo, rielante como la luz de la luna. Seda damasquina, la ms fina de todo Bizancio. Mientras Madelon se contempla en el espejo, extasiada con la elegante tnica contra su cuerpo menudo, distribuye Ailena el resto de los regalos: perfumes -esencias de bergamota y mirra- para Hellene y Leora; frascos de agua de jazmn y blsamo de Gilead para Dwn y las ms apreciadas de las siervas; pastillas de incienso de linloe y calambac para la abada y la capilla; cinturones de cuero azul intrincadamente repujados para los mozos, Thierry y Hugues; para los caballeros, borlas rabes de audaces colores con las que enjaezar las bridas; una curva daga mameluca con empuadura de perlas y vaina engastada de gemas, que dar a Guy; y para Clare, un collar de oro. Se apian las mujeres admirando los regalos y Ailena vuelve a sentarse, satisfecha del mareo de su fascinacin. Un movimiento exterior le llama la atencin y se torna para ver a Guy galopando fuera de s a travs de la corte. Una sardnica sonrisa toca sus labios. Guy ha urgido a sus caballeros a reunirse en un cuarto trasero de los barracones. Repantigados en los toscos asientos del cuarto vaco, Roger, William y Harold, nerviosos y taciturnos, aguardan que empiece. Denis, avisado por un paje mientras realizaba prcticas de tiro con arco detrs de los establos, es el ltimo en entrar. Su mano derecha est an fajada de cuero. Despus de saludar a los otros con un gesto de su cabeza, se sienta a horcajadas en un banco frente a Guy, que permanece en pie vuelto de espaldas, mirando a travs de una ventana cuadrada. Los ojos del barn estn clavados en la torre maestra, donde vuela el estandarte del Cisne. Si todos estos aos he estado equivocado y Dios no es slo un invento de la desesperacin de la gente, piensa, si la Creacin es tan perversa como la presentan los padres de la Iglesia y esta joven cosa es realmente madre remozada por un milagro, entonces Dios no es mejor que el Diablo, pues tan cierto es que ella mat a padre como que Clytemnestra asesin a Agamenn. No me someter a ella! Y le duele de determinacin su puo apretado. La mandar de vuelta al Diablo! Y si es una impostora -como debe de ser pues dnde est Dios cuando los mrtires son sacrificados y los peregrinos mueren?-, si es una impostora enviada por madre para derrocarme, entonces la har conocer al Diablo! Cuando se torna para enfrentar a sus caballeros, la nica, honda arruga de su frente es negra. El Grifo ha sido arriado, dice, y su voz suena extraamente blanda y angustiada. La perra lleva aqu horas slo, y nuestra bandera ya ha sido arriada. Tenamos que haberlos matado en la liza, ya os lo dije, grue Roger agitando implacable su cabeza gris, veterana en costurones. No deberamos haberlos dejado entrar nunca. Pero estn dentro, restalla Guy, y de nuestro castillo han hecho el suyo. Nuestro santo varn, maese Pornic, ha sido desplazado ya por ese cannigo de lengua untuosa. Mirad el ajetreo de los servidores en el palais preparando habitaciones para un judo y un musulmn! E incluso las 33
cocinas son un hervidero, apresurando nuestra fiesta de San Juan para honrar a la perra. Tu madre no es una perra, interviene, timorato, Denis. Por cierto, es sa mi madre? Todos la hemos observado con atencin, replica Denis. No le falta ni uno solo de sus rasgos caractersticos. Incluso su porte y su voz son como los recordamos. Y respondi a todas las preguntas que le expusimos. Pero lo ms decisivo de todo es que ha actuado con la determinacin y el privilegio que siempre la acompaaron. Slo tu madre habra osado arriar el Grifo. Denis mira ansioso la concurrencia. Piensa alguno de otro modo? Hay aqu alguien que haya percibido en ella algo distinto de la mismsima semblanza de la baronesa? La baronesa sali de aqu vieja y achacosa, dice Roger. Yo afirmo que sta no es la misma mujer. Tu incredulidad te ciega, repone Denis. Habla como una loca, dice Roger. Ya la osteis en el saln, retoricando sobre el fuego. Es una loca que se cree la baronesa. Quin no hablara de ese modo, si se hubiese obrado un milagro en l?, insiste Denis. Ha sido renovada por su fe. Debemos responder a ella con la misma fe. Fe!, grita Guy. Voy a perder todo lo que es mo por... por una mera palabra? Fe! Hombres... mi fe ha estado siempre en mi espada. Por ella hemos ganado tierras que mi madre fue demasiado dcil para reclamar. Perderemos ahora todo aquello por lo que hemos luchado en aras de la fe? Esta mujer es una impostora. En esto est puesta mi fe. Qu decs vosotros, William... Harold?, inquiere Denis. La habis odo hablar. La habis visto moverse. No es la baronesa? Harold pasa una mano sobre la calva y pecosa bveda de su cabeza y asiente. Es en verdad la transformacin ms maravillosa de la que he sido nunca testigo. Slo la mano de Dios ha podido hacerlo. Es un milagro. Qu otra cosa podra ser? William se encoge de hombros y emite provisionales murmullos. Habla, William, insiste Denis. La reconoces t? No estoy habituado a los milagros, responde William hesitante. No los he visto nunca antes de ahora y jams esper verlos. Es la baronesa?, le apremia Denis. William estira sus mostachos. Debo pensar en ello, Denis. Lleva muy poco entre nosotros. Qu se hace con Neufmarch?, pregunta Roger. Nuestros zapadores han minado ya casi su cortina de muralla. Los hombres de Hereford esperan nuestra vuelta para culminar el asalto. Debemos retornar de inmediato. S, afirma Guy. Neufmarch est a punto de ser desbullado como una ostra. Tomaremos su castillo y el Grifo volar de nuevo con la luz del da. William, interroga Roger, ests con nosotros? William asiente y contempla a Harold. Es justo y propio que acabemos lo que hemos empezado, repone Harold. 34
Denis afronta las miradas expectantes de los otros caballeros; luego se torna hacia Guy con ojos duros. Guy, nuestra obediencia pertenece a tu madre ahora. Debemos exponerle a ella la cuestin del asedio. La boca de Guy se abre en una silente, incrdula risa. Denis, madre fue la calientalechos del padre de Neufmarch. No ser ella quien bendiga nuestro saqueo del castillo de su hijo. Entonces pagaremos a los hombres de Hereford y los despediremos. Pagarles?, explota Guy. Con qu? Habremos de saquear nuestro propio castillo? La baronesa debe ser informada. Oh, estoy seguro de que estar siendo bien informada por mi hermana Clare, dice Guy torvamente y se sienta en el banco junto a Denis. La dureza de su semblante se suaviza. Hemos enfrentado ms de un enemigo y hemos apechugado juntos ms de un periodo tormentoso, t y yo. No me vuelvas la espalda ahora, Denis. Denis encara la mirada implorante de Guy con abierta sinceridad. Nunca te volver la espalda, Guy. Ni siquiera la muerte me apartar de ti... mientras t no te apartes de lo que es justo. Es el rey lo que temes? Eso no te apart de m cuando nos unimos a los hombres del conde Juan. Asolamos entonces a los mayorazgos de Gloucester como camaradas. Cierto, he desafiado contigo al rey. Pero... Denis aparta la vista. No est en m desafiar a Dios. Guy tuerce el gesto. Dios est en las alturas. Debo recordrtelo. No se inclin para salvar a tu familia de la muerte escarlata que hizo de ti un hurfano. Pero mi padre te recibi aqu, te hall una buena familia noble y te libr de tu destino de villano. Dios se preocupa poco de los peregrinos que mueren a cientos en su camino a Tierra Santa. Y, sin embargo, vamos a creer que Dios obr por mi madre un milagro, que jams exhal una plegaria sentida en toda su vida adulta? Voy a negar lo que ven mis ojos? Dios, por la razn divina que sea, ha obrado un milagro. Guy dirige una mirada confusa a Roger, que le responde con un destello de enojo. Voy a desenmascarar a esta impostora, jura Guy y aferra a Denis por los hombros. Debo hacerlo. Porque no voy a perderte, Denis. Una trompeta convoca la casa a la fiesta de bienvenida. Clare y Gerald actan de anfitriones e inician su tarea acompaando a maese Pornic al lavatorio ante la puerta de entrada, una mesa parada con jarros y jofainas de agua. Hondamente ofendido con su substitucin como eclesistico principal del castillo por un desconocido canonje, maese Pornic tena el propsito de retornar a su abada esta noche, pero Clare le ha convencido de quedarse. Y ahora, con autntica humildad cristiana, se prepara a lavarse las manos para la cena, aunque viste una agria expresin. Dos acicalados pajes se inclinan ante el sacerdote: uno sostiene un jarro sobre una pequea jofaina y vierte agua diestramente sobre los dedos del santo varn. Enseguida los seca el segundo paje con una toalla. Tras el clrigo, son Ailena y Dwn las que se hacen lavar las manos 35
antes de ser conducidas a los asientos de honor bajo el dosel, en la mesa alta. Siguen los huspedes: el cannigo Rieti, Falan, Guy y Roger, los caballeros y sus familias, y los gremiales y mercadantes ms ricos del castillo ocupan sus asientos. Son admitidos entonces los principales servidores y serjants del castillo, que se sientan alrededor de las tablas colocadas sobre caballetes en la parte trasera del saln. El enano y el judo son situados en un rincn distante. Cuando todo el mundo est en su lugar, Rieti bendice la reunin y hacen su entrada los grandes platos. Llega en primer lugar una pierna de ciervo y, mientras Gerald la trincha y las muchachas de la nobleza sirven cada plato para ser compartido entre dos, Ailena se inclina hacia Clare. Quiero que David Tibbon se siente aqu, en la mesa alta. Madre, ese hombre es un judo! Leora dice que ha estado llenando los odos de Blythe con tonteras. Que Jess era judo y cosas parecidas. La mirada de Ailena se clava en ella fra. Trae a David a la mesa alta. Clare permanece con la boca abierta. Madre, nadie compartir un plato con l. David compartir mi plato. Clare no oculta su dolor cuando llama a un sirviente y le susurra la orden de la baronesa. Haba querido compartir el plato de su madre, pero ahora se une a Gerald desplazando a Dwn. El cannigo Rieti percibe el problema y hace una seal a su enano para que se le acerque. Ellos dos compartirn un plato y Dwn podr ocupar el lugar del canonje con Falan Askersund. Cuando el judo y el enano ascienden a la mesa alta, un silencio cae sobre todo el saln y un escandalizado murmurio abejonea entre los circunstantes. Pero entonces hace su aparicin la cabeza del jabal en salsa de hierbas, seguida de un cisne relleno, las alas extendidas y un doblado, dcil cuello, y el inters de la asamblea cambia de objeto. Discretamente, Guy hace una sea a uno de sus escuderos; salta ste del lugar que ocupa en su mesa y desaparece en el jardn. Un instante despus, retorna con un sooliento perro jabalinero. Al gesto de Guy, el escudero conduce el cansino alano a la mesa alta. Es ste Halegrin, mi favorito?, pregunta Ailena al ver al animal. Rpidamente, escoge un pedazo exquisito de venado y se lo arroja. Todava ests en este mundo?, le habla con mimo mientras el perro masca la carne. Como el fiel Argos vienes, a saludar a Ulises, maltratado por sus viajes. Clare dirige una mirada a su hermano, bien alto el mentn, despreciativa ante su intento de desacreditar a Ailena con el aoso animal. Denis cautiva tambin la atencin de Guy y sacude tristemente la cabeza. Llegan perniles de cerdo y Ailena indica a los sirvientes que los depositen en las mesas bajas. No comer la carne que nuestro Salvador mismo rechaz, declara en voz alta. El ceo de maese Pornic se ahonda. Los Padres de la Iglesia aclararon ya tiempo atrs que no debemos confundir el linaje terrenal de nuestro Seor a travs de Mara y hasta el Rey David con su misin celestial, que viene del Padre. La Iglesia reconoce al Mesas, culminacin de la tradicin juda. As, no estamos obligados a obedecer la ley hebrea, sino slo la ley celeste, que nicamente la Iglesia est en condiciones de discernir. 36
Oh, por favor, maese Pornic, suspira Clare. No discutamos cuestiones religiosas en esta fiesta. Celebremos, en cambio, el retorno salvo y milagroso de mi madre. sta iba a ser una fiesta por San Juan el Bautista, recuerda maese Pornic, cido, a su anfitriona. Pero para eso faltan dos das an, repone Clare. Los cocineros se han esforzado mucho en tener preparada a tiempo esta comida para festejar a mi madre en el da de su llegada. Ailena posa una mano suave en el brazo de su hija. Vengo de Tierra Santa. Inquietudes espirituales colman mi mente tanto como mi corazn. Pero tiene razn Clare. Habr tiempo ms adelante para la discusin de nuestras almas. Fortalezcamos primero los cuerpos. Los cocineros y sirvientes, conturbados por la milagrosa transformacin de la baronesa, se han superado a s mismos, y la procesin desde las cocinas parece interminable: ternera cocida, conejo y cerceta rustidos, chochaperdiz y agachadiza en salsa de cebolla, cordero en azafrn, empanadas de cerdo, ancas de rana en acedera y romero, caracoles con avellanas fritas, pastas de venado, cremas calientes, gelatinas de garza y de grulla, jaleas frutales y, del bagaje que la baronesa ha trado de Jerusaln, higos y dtiles, todos ellos baados en hipocrs -vino con especias- y serat -suero de mantequilla hervido con ajo y cebolla-. Mientras los perros se disputan trozos de comida bajo las mesas y los malabaristas interrumpen su cena para hacer juegos de mano con humeantes manzanas rustidas, corre la risa, y entre la gente ms joven hay garzonera y payasadas. William y Harold festejan lozanos con sus familias, y Denis dirige a los jactanciosos serjants en sus brindis por la baronesa con cada nuevo plato. Incluso maese Pornic, infundido de buena voluntad despus de su segunda copa de hipocrs, se re del rostro grasiento de Ummu, cuyo mono Ta-Toh salta de mesa en mesa trayendo pedazos escogidos, y a veces incluso los cuchillos de los platos de otros comensales, para cebar a su dueo. Todo el mundo est alegre, a excepcin de Guy y Roger. Toman de su comida sombros, esperando el retorno del mensajero que han enviado al cerco. Entran los cocineros trayendo el gran plato final, un inmenso pastel en forma de cisne con el cuello dorado y plumas hialinas de miel encristalada, blanqueadas con harina y dispuestas como si estuviese vivo y nadase. La asamblea aplaude a los cocineros, que presentan a la baronesa el cuchillo. Entre expectantes murmullos, Ailena se levanta y abre el pastel de un tajo. Docenas de hortelanas salen revoloteando y atraviesan el gran saln, pero las salidas estn cubiertas por los halconeros, que, arteros, descapirotan a sus halcones. En una confusin de plumas y estridentes chillidos, los halcones matan a las pequeas aves en el aire, sobre las mesas, ante los clamores exaltados de la asamblea. Durante la algarada para recuperar los halcones, irrumpe en la sala un paje. Se apresura hacia Guy y Roger, y les susurra las noticias que han estado esperando or: la excavacin bajo la muralla del castillo de Neufmarch se ha completado esta noche. Los pilares de madera que apuntalan la mina han sido untados ya con sebo y, en cuanto se reciba la orden de Guy, sern encendidos. Las defensas del baluarte se colapsarn. Al instante, Guy y su maestro de armas se levantan para partir e indican a sus caballeros y serjants que se les unan en el jardn. Pero Ailena hace una seal a Falan y a Gianni en el extremo 37
de la mesa, y ambos caballeros se plantan ante las escaleras del estrado. Dejad paso!, exige Guy; pero Falan se mantiene firme y ecunime, su mano atezada en la empuadura del sable. A dnde vais tan pronto?, inquiere dulcemente la baronesa. Despus de los pasteles y confites nos retiraremos al jardn. Es una hermosa noche de verano. Bajo las estrellas oiris mi historia. Es portentosa, y no podis perdrosla. Hemos sido llamados, dice Guy secamente, encarando a la baronesa con un gesto arrogante. Al castillo de Neufmarch? Ailena mueve la cabeza. Clare me ha hablado de vuestro cerco. Pero no hay necesidad de atenderlo ahora. Lo estoy desconvocando. Qu?!, estalla Roger Billancourt con voz tan potente que incluso el festivo alboroto enmudece. No osaris! No tenis autoridad para hacerlo! Oso, ciertamente. Por la autoridad que me han conferido el rey y el papa, y por derecho de mi propio nacimiento. ste es el castillo de mi padre y mo. Ninguna guerra saldr de estos muros sin mi orden expresa. El cerco a Neufmarch est alzado. He enviado ya los mensajeros. Las mquinas de guerra sern retiradas. Guy clava en ella un destello criminal, el labio superior alzado con una insinuacin del colmillo, antes de girar en redondo y apartar a Falan. Indicndole que le deje pasar, Ailena contempla tranquila cmo Guy y Roger cruzan a grandes pasos la estanza. Se detienen ante Denis, William y Harold, pero los caballeros no se mueven, y slo Denis enfrenta sus ojos ardientes antes de que abandonen la sala. Por mi madre, la baronesa Ailena Valaise!, se alza Clare sbitamente presentando su copa. En respuesta, se levantan las copas, vtores resuenan en el gran saln y su eco recorre el palacio. Diminutas ranas cantan en el foso y pulsan las lucirnagas entre los rboles y emparrados del jardin interior de la corte. Toda la casa se ha reunido en el espacioso pensil, menos los porteros, los centinelas de la torre, y Guy y Roger, que se han perdido galopando en la noche. Maese Pornic, Clare y Gerald comparten el asiento de honor en un banco de mrmol con cojines, bajo los largos dedos de un sauce. Los nios ms pequeos se han acomodado en una colcha extendida sobre las races. Hugues se sienta en la horcadura del rbol. Thierry y Madelon comparten un banco pequeo de piedra tallado como un hongo. El resto se sienta en el suelo o en sillas tradas del saln. Forman todos un gran crculo alrededor del cenador situado en el centro del jardn y cubierto de rosas, donde la baronesa ocupa una silla de alto espaldar. Brilla tras ella una lmpara de aceite colgada de un elevado trpode. Como sabis part de aqu el da de San Fandulfo, en el ao de nuestro Seor de mil ciento ochenta y ocho, cinco das despus de San Miguel, el Domingo anterior a mi quincuagsimo octavo otoo en este mundo. No poda caminar ms de doce pasos sin caerme, hasta tal punto estaban doblados mis huesos y debilitados mis msculos. Mis portadores, 38
peregrinos todos ellos, monjes y mercaderes de San David, marchaban trabajosamente a travs del polvo y el ardor del fin del verano, llevndome a Newport, desde donde navegamos a Normanda. Partir de aqu, del castillo erigido por mi propio padre, expulsada por mi hijo, haca de m una mujer amargada. Me habra gustado que Guy escuchase mi narracin esta noche, porque le dira que hizo bien arrojndome a los caminos sin un penique. Yo era una mujer huraa, agriada por los malos tratos de mi esposo Gilbert muchos aos antes y jams recobrada. El viaje me instruy en el dolor de la carne, y fue ste un digno rival de la congoja de mi alma. Fue un terrorfico peregrinar... mas a m me san el sufrimiento. No relatar esta noche todas las dificultades que soport en el largo viaje hacia el sur... los bandidos, las tormentas, o tribus malignas en los bosques oscuros que comen carne humana. De todo ello, y slo por la Gracia de Dios, logr escapar viva, aunque rara vez ilesa. Muchos terrores contempl. Muchas buenas almas perecieron ante mis ojos. Hay historias bastantes de esos primeros aos de mis viajes para ocupar muchas otras noches. Pero sta, os contar la ms prodigiosa de todas ellas, mi encuentro con el Preste Juan en su extrao reino al este de las tierras de Babel y Teman. All donde un da toc a la tierra el Paraso, llegu agobiada por mis pecados, a travs de mucha agona e innumerables pruebas, y fui recibida en un dominio cuyas maravillas dudara aun hoy, si no hubiera sido enteramente transformada por ellas. Pero mis palabras son slo nebulosos espejos, descoloridos por los sueos, vuestros y mos. Lo que ahora os cuento viene de los bordes de la tierra, donde se quiebran los espejos y la razn es la prima pobre de la verdad. Mi historia volver a poner las piezas en orden. Pero he aprendido que stas encajan mejor en silencio. Partidos de Esmirna, en nuestro trayecto a Samos por las fragosidades caprinas de speros montes, mis portadores, tres monjes de la abada islandesa de Hlar con los que slo poda hablar en el parco latn que conoca, perdieron el camino en una rabiosa tormenta. Hallamos abrigo en la gruta de una montaa. Fuimos asaltados all por unos gitanos bigardos que adoran a la luna y que nos habran sacrificado a su deidad. Mis portadores me llevaron a una hondura mayor de la caverna, y tratamos de ocultarnos en la oscuridad. Pero los gitanos quemaron matojos de ortigas en la boca de la cueva, intentando atraernos adonde aguardaban las puntas afiladas de sus cuchillos largos. Sofocados por los humos mefticos, nos retiramos al fondo de la gruta, prefiriendo morir ahogados que ser mutilados en vida. Pero lo que a un tiempo nos sorprendi y alivi fue que la cueva no terminaba en un paramento rocoso, sino que se entraaba ms y ms profundamente en el monte. Mis portadores tenan en su equipaje linternas de aceite con las que acostumbraban a leer las Sagradas Escrituras de noche. Gracias al plido resplandor de estas lmparas, comprendimos que nuestra gruta no era sino el portal a un enorme ddalo de cavernas. Y cada cmara abovedada se abra a otra. En ocasiones el camino se volva tan estrecho como la palma de la mano de un hombre, cayendo a ambos lados a negras simas insondables. All me vea obligada a andar por m misma, 39
pues ningn portador habra logrado mantener el equilibrio con mi peso en los hombros. Las piedras desplazadas a nuestro paso se precipitaban silenciosas, sin tocar fondo en aquel abismo impenetrable. Acres humos sulfurosos ofendan nuestro olfato, y los monjes teman que estuvisemos adentrndonos en la guarida de Satn. Durante muchos das vagamos as, sobre finos puentes a veces, otras por vastos campos subterrneos y bosques de ptreas columnatas que sostenan sobre nosotros la tierra. Bebamos el agua que descenda en finos arroyuelos por las paredes de roca y nos alimentbamos del liquen y los hongos, pequeos como granos de arena, que crecan profusamente entre las grietas. Hora tras hora rezaban los monjes por nuestra salvacin, y al final fueron respondidas sus plegarias: apareci una estrella en la distancia y a medida que nos acercamos fue hacindose ms y ms grande. La estrella se convirti en un sol. Nos aproximamos con las manos cubrindonos los ojos, mirando a travs de los huesos de nuestros dedos, hasta que alcanzamos la boca de la cueva. Cegados por la luminosidad del da, hicimos a gatas gran parte del recorrido final de nuestro oscuro viaje, antes de poder ver otra vez. Cuando retorn la vista, habamos perdido la fe en nuestros ojos, pues nos era imposible creer lo que veamos. Haba ante nosotros prados majestuosos y pequeos valles de brillantes floraciones, amenas arboledas, de robles, de cedros... y all donde mirsemos, bestias fabulosas: elefantes y camellos recorran con centauros los campos. En los oscuros portales del bosque, divisamos tigres y stiros y faunos. Y cerca de all, un ro borbollaba con cocodrilos perezosos en los mdanos y lamias que remontaban la corriente. De pronto, soldados emergieron del bosque y los monjes los saludaron. Eran hombres morenos cubiertos de armaduras topacio, con largas melenas veteadas de crepsculo y ojos verdes como cobre oxidado. Al principio no entendamos su lengua, pero nos hicieron beber del ro cercano y pudimos as llegar a comprendernos unos a otros. Nos informaron entonces de que estbamos en el reino del Rey Juan, el Preste. El ro del que habamos bebido, dijeron, brotaba de un manantial en el Paraso del que Adn fuera expulsado, a slo tres das de donde nos hallbamos. Pero viajar all era intil, pues un crculo de fuego afortalaba el Jardn. En lugar de ello, los soldados del rey nos escoltaron al palacio de su monarca. Este viaje exigi varios das, durante los cuales contemplamos muchos milagros. Principal entre ellos fue un mar sin agua, una inmensa expansin de dunas undosas con olas y mareas en la que pescamos peces de escamas doradas, cuya sangre era tinte prpura, pero de carne sabrosa. Desde montaas nivosas descenda un ro de piedras, castaeteando y tronando al desembocar en el mar arenoso. Los guijarros que caan en tierra resplandecan en la oscuridad como ascuas y, cuanto ms los mirabas, ms poderosa se tornaba la vista. Adems, a lo largo de la orilla correteaban hormigas grandes como perros, y las gentes que vivan en las proximidades las empleaban para excavar en busca de oro el suelo. El palacio del Preste Juan emerga del lienzo de un acantilado, tallado en zafiro. Fuimos recibidos en los ureos portales por un augusto monarca que vesta de carmes y portaba una corona engastada de gemas; camos ante l de hinojos. Pero l nos alz y nos inform de que, 40
aunque l era ciertamente rey de Samarcanda, serva al Preste Juan como portero. Nuestro asombro se multiplic cuando supimos que el chambeln de palacio y el cocinero e incluso el caballerizo eran todos ellos reyes. El mismo Preste Juan nos salud en una elevada terraza desde donde pudimos ver toda la extensin de su reino: de las alturas donde las llamas circundan el Paraso, hasta los lejanos declives donde persisten las ruinas de Babilonia y de la torre de Babel. El monarca de este imperio fabuloso no se vesta con grandes galas; se ataviaba slo con la ms simple de las sotanas, del color de la tierra cruda. Era el hombre ms humilde que hubiera visto yo nunca y declinaba cualquier ttulo que no fuera el de preste, pues era un autntico servidor de nuestro Seor Jesucristo. Los das que permanec en este reino constituyen otra historia, que preservar para una nueva noche como sta. Baste decir que fuimos muy honrados y que pasamos largas horas en conversacin con el buen y humilde preste. Haba en su reino gentes de todas las razas, pero ninguno era pobre. No moraban ladrones ni mentirosos en sus dominios, pues slo el bien poda encontrar el camino hasta este lugar. Pero yo... yo nunca he sido buena en realidad, le confes; y l me sonri de la forma ms dulce posible. Me dijo entonces que no era yo quien haba hallado el camino a su reino: los tres monjes de Hlar me haban portado no tanto sobre sus hombros como en su gracia. Y por ello yo no poda permanecer. Despus de una hospitalaria estancia para recuperarme del arduo viaje que me haba llevado hasta all, se me pidi humilde pero firmemente que partiera. Un centauro me transportara a los lmites del dominio. Los monjes que haban llegado all conmigo se ofrecieron para acompaarme, pero me opuse con voluntad adamante; eran personas benvolas que no merecan perder las bondades de aquel reino superlativo. Decid partir yo sola, por la noche, cuando los monjes durmieran, pues eran seres tan excelentes que habran venido de todos modos. Mientras renqueaba a travs del palacio en mi camino hacia las puertas, donde me aguardaba el centauro, el Preste Juan se me apareci para despedirme. El buen rey me anunci que por aquel acto libre de egosmo haba empezado a ganarme el retorno a la gracia de Dios. Me instig a continuar mi peregrinacin a Tierra Santa y, una vez all, a consagrarme a la plegaria y el ayuno. Me acompa entonces hasta el centauro y me bendijo mientras parta montada en l. El centauro galop a una velocidad tremenda y yo tuve que agarrarme fieramente a su melena y cerrar los ojos contra el viento lancinante. Fui zarandeada durante largo tiempo, hasta que al fin me desmay. Cuando recuper el conocimiento, me hallaba tendida en un campo de caa de azcar, junto al istmo de Tiro. Estaba sucia y mojada, llagas moteaban mi cuerpo, y haba perdido la mayor parte de mi pelo, abrasado por vientos arenosos. Los Hospitalarios me encontraron all y me llevaron a Tiro, donde lograron revivirme. Aun antes de que pudiese caminar otra vez comenc mis devociones. Lo que haba acontecido en el reino del Preste Juan, me pareca nada ms que un sueo. Cont mi historia a los Hospitalarios. Algunos creyeron que yo haba hallado en verdad el dominio sagrado del 41
rey-sacerdote, pues muchos haban odo hablar de este santo lugar. Pero otros trataron de convencerme de que el Seor me haba enviado un sueo con el que borrar los sufrimientos de mi ardua, larga peregrinacin. Dej de preocuparme de si el Preste Juan era real o una ensoacin, aunque para m era tan verdadero como la carne. El tormento de mi viaje haba purgado mi alma de egosmo. Yo era entonces una anciana con un breve lapso ante m antes de que el alma dejase mi cuerpo. Me determin a redimir mi vida por la plegaria, suplicando al Seor que tuviese misericordia por la creacin toda, pues todo lo que vive sufre. Y eso es algo que yo haba visto del modo ms franco. Sin un penique en mis vagabundeos, sin la comodidad o la proteccin de mi rango, yo haba aprendido verdadera humildad. Cuando nuestro rey Ricardo liber Acre, me traslad all para estar ms prxima a Jerusaln, que segua en manos de los sarracenos. Pas todos mis das en plegaria, ayunando un da de cada dos y ofreciendo lo que me quedaba de mis achacosas energas para cuidar las heridas de los soldados cristianos. Fue entonces cuando nuestro rey redact la cdula invitndome a retornar a mi barona y gobernar en su nombre, afirmando que haba sido instigado a ello en un sueo. Humildemente acept la cdula -uno no rechaza a los reyes- y no pens en ello ms. En Septiembre de 1192, cuatro aos despus del comienzo de mi peregrinaje, el rey Ricardo gan el derecho de que los romeros entrasen en Tierra Santa y yo fui de inmediato. Durante los cinco aos siguientes recorr el pas dedicando cada da a orar en los lugares donde nuestro Salvador vivi y rez. En el Monte Sin, donde la antigua Jerusaln fue destruida por Nabucodonosor en tiempos del profeta Jeremas, rec en una iglesia que posee una cmara detrs del altar donde Cristo lav los pies de sus discpulos. Fue all donde o la voz del Preste Juan decirme: Retorna a Jerusaln y bebe de la Copa. Yo haba ayunado todo aquel da y estaba dbil del severo dolor de mis aos, de modo que hice tanto caso de la voz como del crujir de mis huesos. March al da siguiente hasta el pie de la montaa, hasta la alberca de Siloam, donde Jess abri los ojos del ciego. All, mientras caa a los sueos despus de un largo da de adorar la gracia del Seor, vi una copa de plata flotando en el verdor del aire. Me despert de golpe, y ya haba desaparecido... pero record la voz del da previo. Al alba me alcanzaron noticias de una terrible batalla en el sur, donde muchos soldados cristianos, heridos y moribundos, haban sido abandonados. Fui all tan rpido como me lo permiti mi aoso cuerpo y encontr a muchos hombres cristianos esparcidos por los campos que rodean Beln. Ayud pues a los Hospitalarios, que haban llegado conmigo a aquel lugar, y despus de un esforzado da de atender a los cados yac para descansar. Aquella noche, o la voz de un muchacho decir, Padre, contempla el fuego y la madera... pero el cordero dnde est? Por la maana, un soldado a quien haba prestado ayuda me inform de que yacamos en el lugar donde desmont Abraham, que haba tomado a su hijo Isaac como ofrenda sacrificial y al que orden acarrear lea. Supe entonces que mi muerte estaba prxima, pues yo crea que la copa de la que haba de beber era la copa de mi vida, y que la disposicin de Abraham a sacrificar su 42
hijo por Dios predeca la disposicin de Dios a sacrificar Su hijo por el hombre. Tambin yo, como todas esas vidas, era un sacrificio, y me apresur a retornar a Jerusaln a fin de prepararme para la muerte. Unas noches ms tarde, me sobrecogieron escalofros de muerte. Ped ser transportada al Santo Sepulcro, para morir cerca de donde nuestro Seor fue resucitado. Los Hospitalarios accedieron y fui llevada en una litera al Sepulcro. La hora era tarda y no haba nadie all a excepcin de los que haban portado mi litera y un freire de la Orden del Santo Sepulcro, que vena a administrarme los ritos postreros de la extremauncin. El freire est ahora entre vosotros... Gianni Rieti. Despus del rito oficiado por el cannigo Rieti, me sacudi un espasmo. Un sobrenatural fuego verde brot del Sepulcro y brill un resplandor. De esa luz cegadora emergi, slo para mis ojos, la figura de nuestro Seor Jess... y me habl con una voz que era la del Preste Juan, y comprend que los dos eran uno. Jess me dijo, Hija, has merecido el favor de nuestro Padre al apartarte del mal y abrazar el bien. Ahora es la voluntad del Padre que vuelvas al lugar de donde has venido y vivas en el mundo como yo viv. Retorna a tu dominio y rige a tu gente como verdadera cristiana. Pero soy vieja, protest. Es hora de morir. No, criatura. No eres vieja. Tus pecados son viejos. Pero tu gracia es joven y necesita vivir en el mundo. Bebe de mi copa y tendrs la fuerza para retornar a tu gente. Bebe y vive en el mundo como yo viv; bebe y adora a Dios como yo Lo ador en la tierra. Ve y deshaz los errores de tu carne. Una copa apareci sobre mi cabeza envuelta en un incienso de tal aroma que pareca reunir todas las especias del mundo. Comprend al instante que se trataba de la misma copa en la que Jess bebi durante la ltima Cena. Tom en mis manos el cliz y beb un licor de fro fuego. Inmediatamente me rode una nube de incienso celestial... y cuando escamp, yo haba sido devuelta a mi juventud y me mostr al cannigo Rieti y al resto de los monjes tal como me veis ahora. Los monjes me condujeron sin tardanza ante el Gran Maestre de los Templarios, que vive cerca de all, en la Torre de Salomn. Se maravill del milagro y sin duda habra descredo de l, si el freire y los monjes no hubiesen prestado testimonio de lo que haban visto sus propios ojos. Toda aquella noche permanecimos de hinojos, en plegaria y contemplacin. Todos los que haban estado all as como el Gran Maestre oraron conmigo. Y por la maana fue decidido que deba cumplir la orden de nuestro Padre, el mismo Creador, transmitida por medio de Su hijo Jess. Hall a un erudito bblico, David Tibbon, que est aqu entre vosotros, y comenc aquel mismo da a aprender el lenguaje y las costumbres de nuestro Seor Jesucristo, para poder vivir como l en el mundo y adorar a Dios como l lo ador. Recib dones mundanos del Gran Maestre y de aturdidos cruzados que me haban conocido anciana y me vean joven ahora. Pero los rechac todos a excepcin de las pocas cosas que he trado como regalos para los miembros de mi casa. Incluso el califa local, que gobierna 43
Jerusaln en nombre de su seor, Saladino, me regal con mi esclavo, el sueco muslim, Falan Askersund. Lo acept porque de otro modo habra insultado a un infiel que mostraba un destello de fe en nuestro Seor. Al cabo de tres das, empec mi viaje de retorno con David Tibbon, el cannigo Rieti, mi esclavo y el resto de los monjes y Hospitalarios que haban sido testigos del milagro. En Roma, el Santo Padre, al que mi llegada le haba sido anunciada en una visin, me bendijo, y ambos nos unimos en una plegaria rezada de hinojos. Por su insistencia y con su propia mano, fue escrito el documento que declara su fe en mi milagro. Sin ms demora, segu mi viaje al da siguiente... pero, a pesar de todas las oraciones y bendiciones del Santo Padre, nuestro barco naufrag en una tormenta. Todos los monjes y Hospitalarios que me acompaaban perecieron y slo nos libramos el freire Rieti y su enano, Falan Askersund, David Tibbon y yo misma. Salvamos nuestro equipaje del desastre y, despus de orar por todos aquellos a los que Dios, en Su Misterio, haba llamado, continuamos nuestra andanza. Ahora estoy aqu, turbada por todas las muertes que he contemplado, espantada de que la vida viva slo por lo que muere, y humillada ante el hecho de que, por voluntad de Dios, una vez vivida la totalidad de nuestros destinos hayamos perdido ms de lo que nos fue donado. Guy Lanfranc y Roger Billancourt parten a caballo del castillo de Valaise, bajo la inmensa luna maculada. Carece de nubes el cielo, el aire es plata y ellos galopan inexorables a travs de la estrada principal de la villa. Pronto alcanzan el bosque, marchando a un trote rpido sobre la antigua va romana que asciende a los montes. Las estrellas titilan como metales preciosos en el negro del dosel del bosque. Amortajado por la oscuridad, Roger piensa, Si los brbaros andan cerca, esto ser un infierno. Dos jinetes solos en la noche tenebrosa del bosque bajo un cielo claro seran blancos ideales para los galeses, que aman la emboscada. Guy no piensa en nada. Slo furia colma su pecho y rezuma en su cerebro, dejndolo entumecido tras sus ojos. La luna avanza lenta entre los rotos del ramaje mientras los caballeros se apresuran por las curvas y meandros de las sendas montesas. Por fin, de la noche gnea brotan sbitas cintilaciones: los fuegos de los campamentos ante el Castillo Neufmarch. El mismo castillo est en penumbras, a excepcin del anillo de teas en el pinculo de la torre principal, donde el estandarte de Neufmarch ondea a la brisa de la noche sobre los cuerpos de tres atacantes capturados y colgados. El ejrcito sitiador ha encendido numerosas hogueras en el lado opuesto del castillo, desde donde han excavado secretamente una mina bajo las murallas exterior e interior. Las mquinas de guerra, iluminadas desde abajo por los fuegos, se alzan imponentes contra el cielo nocturno. El plan consiste en distraer a los defensores con estos poderosos artefactos blicos, que los agresores se han dedicado a construir durante las ltimas semanas, mientras los zapadores preparan bajo tierra el verdadero asalto. Guy y Roger se detienen ante la empalizada de estacas endurecidas al fuego, que ha sido erigida para prevenir salidas y partidas de socorro. La guardia los reconoce y la puerta se abre. 44
Una vez dentro, cabalgan hacia la mayor de las hogueras, donde la bandera del Grifo tremola izada a un elevado mstil. Cuando desmontan se ven confrontados por un capitn de vastos hombros, larga crencha y furente rostro de halcn. Su rictus revela la prdida de varios dientes. Te ha puesto el bozal tu mam, eh? Y en el ltimo momento, por lo dems. La madriguera completa, los maderos untados... Habramos hundido esas murallas al alba. Guy observa el campo ms all del capitn y ve el equipo de asedio recogido en montones, muchas piezas envueltas ya en lonas y preparadas para el desacantonamiento. Qu es esto? Volvemos a Hereford por la maana, responde el capitn. Lleg orden a la cada de la tarde. El Grifo abatido. El Cisne vuela de nuevo. Falso!, restalla Guy. Voto a Dios, lo es? Mi batidor ha visto el Cisne sobre vuestro castillo. La baronesa ha vuelto. El cerco ha sido levantado. No le prestis odos, grue Guy. El seor del castillo soy yo. A la sombra de los fuegos, los ojos del capitn brillan malvolamente regocijados. Un seor que no puede hacer ondear su estandarte? No, a fe ma, no. La baronesa ha vuelto. Su mensajero declara que viene como legado del rey. Y nosotros no osaremos desafiar al rey, pues sea como sea habremos de retornar a Hereford. Y all su voluntad tiene ms acero que aqu en la frontera. No os pagaremos un solo penique de plata, declara Roger. Vuestras alforjas partirn bien ligeras como no acabis con esto. Oh, ya se nos ha pagado, replica el capitn disfrutando las ironas de la situacin. Cuando Branden Neufmarch se enter del retorno de la baronesa, nos envi plata bastante para recompensar a todos nuestros hombres. La verdad sea dicha, incluso lleg a ofrecernos triplicar la cantidad si volvamos nuestra fuerza contra el castillo Valaise. Guy y Roger empuan sus espadas y miran alrededor temiendo traicin. Reposad vuestras manos, re el capitn. Tememos el acero del rey ms de lo que codiciamos el oro de Neufmarch. Vuestras vidas estn a salvo. Aunque acaso no tardis en preferir que hubiese sido de otro modo. La multa del rey todava est por pagar y ahora no tenis a ningn vecino que vaya a hacerlo por vosotros. Me atrevera a decir que, hacia finales del verano, Branden Neufmarch os ver sin tierra. De barn a vagabundo. Como en una cancin trovadoresca, no? El brazo de Guy se dispara para agarrar al insolente mercenario, pero Roger lo contiene. No lo suelta hasta que est a caballo. Con tanta dignidad como pueden mostrar todava, parten ante la implacable, sardnica sonrisa del capitn; pero una vez cruzan la palizada y quedan expuestos a un ataque vengativo por parte de los hombres de Neufmarch, se lanzan a un galope que levanta tras ellos una nube plata de polvo lunar. Antes de cerrar la puerta del dormitorio que ha ofrendado a su madre, Clare se detiene un 45
ltimo instante para mirar dentro de l. La baronesa yace en el lecho sobre su espalda, su lvido rostro encendido an en las sombras. La historia que ha contado en el jardn ha tocado a todos con un embeleso que slo el silencio poda contener. Nadie pudo decir una palabra, cuando hubo terminado. Dej el jardn entonces como una aparicin y, cuando se hubo ido, cada uno -caballeros, sirvientes, nios- permaneci sentado y mudo, contemplando el espacio que la baronesa ocupara. Clare fue la primera en levantarse, para seguir a su madre; despus lo hizo Dwn y el resto de las criadas. Ailena haba parecido dormida mientras la desnudaban las sirvientas y le ponan el camisn: sus ojos casi cerrados, flcidos los brazos. Slo lleg a decir: Cuidad de que David Tibbon est cmodo. Clare, hazlo por m. Entonces se dej acostar y su respiracin se suaviz. Observndola ahora, Clare ve una nia con el rostro como un pedazo de luna. Su madre se ha convertido en una nia. Y este pensamiento hace que su corazn aletee como un pjaro en la jaula de su pecho. Cierra la puerta; casi tropieza con las largas zancas del sueco musulmn y necesita ambas manos para no dejar caer su lmpara de aceite. l yace en el pasillo, con un tarugo por almohada y slo una fina colcha entre su cuerpo y la dureza de las losas. Se ha quitado el turbante y el oro de su pelo largo se le derrama sobre el pecho. En su regazo descansa el curvo sable, sobre la empuadura su mano. Al contemplar el cielo de sus ojos, Clare siente estremecerse con sorpresa sus entraas. Barbotea una disculpa, pero l no dice nada. Antes, cuando los arcones de su madre fueron llevados al dormitorio, lo descubri haciendo palanca en la cerradura del cuarto con un fuerte cuchillo para soltar la aldaba. Cuando se lo dijo a su madre, la joven mujer sonri y dijo, Ha jurado a Allah que no sera separado de m hasta haber agotado el vnculo de su esclavitud. De camino al saln, encuentra la cmara que ha sido preparada para el judo. La puerta est bien abierta y lo ve de pie junto a la ventana, las manos extendidas ante l, la parte superior del cuerpo balancendose adelante y atrs en plegaria. Clare se aleja quedamente. Pasada la esquina, vislumbra una sombra precipitndose por una de las puertas. Un momento despus, la figura achaparrada del enano con un camisn de nio anadea a su encuentro. Seora Chalandon, la saluda con una inclinacin profunda, os doy las gracias por este exquisito atavo de dormir. Vuestra criada me dijo que era todo lo que poda encontrar para mi talla. Entiendo que este atuendo visti a vuestro nieto una vez y, antes de l, a vuestro hermano, el buen barn Guy. Vuestras gracias no se merecen, amable seor, responde con embarazoso aturdimiento, molesta de que su criada haya dado una prenda til a tan repulsiva criatura. Perdonad... puede que no conozcis mi nombre. Soy Ummu. Se inclina de nuevo, hace un chasquido con la lengua y su mono sale cabriolando al saln, imitando su reverencia. Y ste es Ta-Toh. Consideradnos vuestros humildes servidores. Clare sonre incmoda. Son las habitaciones de vuestro gusto? No podran ser mejores, graciosa dama, repone Ummu y se acerca aun ms al amarillo resplandor de la lmpara de aceite. Mi seor el cannigo estar muy complacido de reposar aqu 46
su cabeza despus de tantos meses con la tierra desnuda por almohada. En este momento est hablando con el pater en la capilla; de no ser as, l mismo os habra bendecido clidamente. La baronesa, confo, estar durmiendo... S. La voz de Clare carraspea y debe aclarar su garganta de la ansiedad que la posee para hablar de forma audible. Le he devuelto el dormitorio que era suyo cuando viva aqu. Su relato en el jardn fue hechizante, no lo creis? Los grandes ojos del enano resplandecen en la aceitosa luz. Sabis, yo estaba con el cannigo en el Sepulcro cuando apareci el Grial. Descendi de una nube luminosa, tal como dijo la baronesa. Pero ella se mostr demasiado modesta al no hablar de los ngeles, cuyos enjambres revoloteaban en torno suyo como chispas de sol, trazando en el aire signos hebreos... los nombres de Dios. Clare retrocede apartndose del pequeo hombre de rostro oscuro cuyos grandes ojos arden, abrasadores y vigilantes. Le falla la voz, y hace un gesto de buenas noches. Con un grito agudo, el mono le trepa por la pierna hasta el brazo extendido, su visaje primordial chillando con demoniaco gozo. Un alarido brota de las entraas de Clare; se vuelve de forma tan repentina que se da de bruces contra la pared y derrama aceite. La llama chisporrotea y la oscuridad se estrecha alrededor. Ta-Toh!, grita el enano furioso, y tratando de devolver la confianza a Clare, crey que vuestra mano extendida era una seal. El mono vuela de nuevo al suelo y Clare se retira en los brazos de sus alarmadas sirvientas, que han acudido a sus gritos corriendo. Falan aparece tambin, la cimitarra desnuda en la mano. Pero se aparta para dejar pasar a las criadas, que forman un corrillo alrededor de su seora mientras la sostienen. Alza el enano los hombros y mima al nervioso mono. El rostro severo de Falan se distiende, su sonrisa cintila, y envaina la cimitarra. El cuerpo arail de maese Pornic se levanta del lugar ante el altar donde ha estado orando de rodillas con el cannigo Rieti. Gianni Rieti se persigna y se levanta tambin. La capilla est slo iluminada por unos pocos cirios y la luz de la luna en el rosetn, y los clrigos son poco ms que sombras el uno para el otro. Le hablar a la baronesa para que os mantenga como prroco, dice Gianni con generosidad. Habiendo conocido demasiados eclesisticos mundanos, est hondamente impresionado por la simplicidad y la fe del anciano sacerdote. Este hombre pequeo con su basta sotana parece ms un labriego que un cura y a Gianni le recuerda los gentiles frailes que lo criaron. Vos estis mejor dotado para atender este rebao que yo, un extranjero. Mi lugar est en la abada. Ir all. Maese Pornic mira resignado de abajo arriba al hombre que le gana en altura. Ha cambiado ella la misa? El judo lee del Pentateuco, en hebreo. l lo llama la Ley. La Ley que Jess conoci. Y el pan y vino? S, los mantiene. Yo bendigo el pan y el vino, y luego los compartimos. 47
Incluso el judo? No, el judo no. El declara su fe en Dios, pero afirma que el Mesas no ha llegado. Cuando ve retraerse al viejo sacerdote, Gianni se apresura a aadir: No debis pensar que haya nada sacrlego en la ceremonia. Celebramos como Jess mismo lo hizo. Pero nuestro Seor y Salvador transmiti la autoridad a Pedro, que fund la Iglesia, protesta el abad. Como cristianos estamos unidos a Dios por la Iglesia y por nuestro culto en la Iglesia. Esta mujer transgrede las enseanzas de los apstoles. Jess mismo le ha hablado, padre. Ha bebido del Grial, tal como Jess y sus discpulos lo hicieron. Slo vuestro testimonio me da la fuerza para creer en la historia de esta joven, dice maese Pornic lasamente, descendiendo del altar y sentndose en el primer banco. Indica al cannigo que se siente a su lado. Visteis aparecer el Grial en el Sepulcro, hijo mo? S, padre, lo vi, responde Gianni y se sienta lo bastante cerca como para ver el rostro del santo varn en la blanda tenebrosidad que los envuelve. Os confesar que no era digno de ser testigo de un milagro semejante. Soy un hombre mundano. Sois un sacerdote. Fueron mis deseos los que me arrastraron al sacerdocio, padre... para escapar de la ira de hombres que me despreciaban. Fuisteis forzado al sacerdocio? Por mi lujuria, padre. He sido siempre lascivo, desde la pubertad. Y las mujeres... Gianni sacude triste la cabeza. Las mujeres se han visto siempre atradas hacia m. Nunca pude resistirme a ellas. En mi Turn natal, los hombres de esas mujeres queran castrarme. Los frailes son los nicos padres que he conocido. Cuando los problemas amenazaron mi vida, retorn a ellos. Ellos organizaron mi ordenacin, pero esto no apag mi lujuria. Maese Pornic abate el rostro ante esta pecadora admisin, de modo que slo el halo argnteo de su tonsura sea visible en la oscuridad. En un susurro, pregunta, Profanasteis vuestros votos? S, padre... muchas veces. Mi penitencia fue ir a Tierra Santa para luchar por la reconquista del Sepulcro. Sin embargo, aun all segu los impulsos de mi lujuria en lugar de la Cruz. Haba muchas mujeres bellas en los palazzi del Reino Latino, y me deseaban... as como yo a ellas. Fui mucho ms discreto de lo que lo fuera en Turn, pero Dios vio cada una de mis amorosas devociones. Me un a doncellas y princesas, jvenes novias y mujeres que eran viudas ms de una vez. Y todo ello con tan fra compostura espiritual que se hubiera dicho que Dios me haba puesto en el mundo sin cosa mejor que hacer. Maese Pornic alza el rostro con los ojos chispeantes de un animal espantado. Es una bendicin para vos! Dios os ha dado una lascivia tan viva para que sea vuestra Cruz. Vuestra lujuria debe crucificaros! En tormento debis pender de los clavos de vuestro deseo. Habis de sufrir los dolores y convulsiones de vuestra pasin animal, noche y da, sin tocar carne de mujer, ni en acto ni en pensamiento, ni poner las manos sobre vos mismo. Debis colgar en los rabiosos ardores del deseo hasta enloquecer. Esa locura es Satn en vos! Cuando enfrentis al Maligno, os 48
torturar. Pero si perseveris, si aceptis vuestra angustia de lascivia como una adoracin a Dios, la locura acabar por pasar... y en su lugar poseeris una corona de irradiante esplendor, aqu... Y aprieta la mano cncava contra su pecho. Luz que fluye, vuelta tras vuelta, una luz fluyente de infinita gracia y belleza. Gianni Rieti contempla intensamente en la oscuridad la sabia faz que ha vertido su calma sobre l y que lo contempla a su vez, ms intensa aun, como un astuto demonio. No pens que semejantes cosas fueran posibles, admite. Pero entonces fui llamado al Sepulcro, tarde una noche, para administrar el vitico. Con franqueza, me toc a m porque aconteci que llegu tarde a la capilla de una cita nocturna y no haba nadie ms despierto. Descend al Sepulcro con la Eucarista y encontr all una mujer vieja y debilitada, casi muerta, yaciendo sobre una litera en la cripta. Estaba rodeada de Hospitalarios y Templarios, que haban realizado ya los ltimos ritos sin el beneficio de la uncin o la Eucarista. Yo saba que para estar all, en la misma cripta, deba de ser algn personaje importante, pero no saba quin era. Cuando le di el vitico, apenas pudo tragarlo y casi se ahog. De hecho, su respiracin ces y yo pens que su alma haba partido. Pero entonces despert estremecindose y grit. En ese instante, la cripta pareci sumirse en llamas y una poderosa trompeta tron. Mis ojos quedaron cegados, mis odos ensordecieron. Cuando pude volver a ver otra vez, la anciana estaba de pie y haba sobre ella una nube en descenso. Camos de hinojos, todos nosotros clamando como un solo ser. La anciana recibi el Grial y bebi de l, tal como nos cont esta noche, bebi de l... y fue transformada. Visteis vos a nuestro Salvador? No. Vi slo el Grial y lenguas de fuego danzando en el aire ante ella. Despus ces. El Grial se haba ido. Las llamas y la nube luminosa haban desaparecido. Y ella era joven. Llor. Todos lloramos. Yo no era digno de contemplar semejante milagro, de sentir el calor de la Presencia, de oler la fragancia del cielo. No, yo no era digno. Por qu me escogi el Seor? Maese Pornic observa atentamente al joven cannigo y, aun en las sombras, ve la sinceridad en su rostro. Con una expresin de profunda tristeza, posa una mano estrecha en la mejilla de Gianni, y su toque es esplendoroso. Gianni se atiesa mientras la mano cae. He cambiado, padre. El milagro me ha cambiado. Me posee la lujuria de siempre. Horror de horrores... he llegado incluso a desear a la baronesa. Pero he encerrado en el corazn mis deseos. No volver a pecar. He aprendido a temer al Seor. El temor del Seor es el comienzo de la sabidura, cita el viejo cura de los Evangelios. Padre, sois en verdad un hombre santo. Habis visto un milagro alguna vez? En la tenue luz, los huesudos rasgos del rostro de maese Pornic parecen resplandecer. S, he visto muchos milagros, dice, lentamente. Y, si lo deseis, os mostrar uno, el ms grande de todos. Venid conmigo a la cima del monte y permaneced all conmigo bajo la cpula de las estrellas. Y pronto entonces, si podis soportar la oscuridad el tiempo necesario, veris elevarse el sol. Dwn observa a la dormida baronesa. La anciana est demasiado excitada para dormir en la yacija que le ha sido preparada a los pies del gran lecho. Durante horas ha estado sentada en el 49
borde del amplio colchn de plumas, contemplando a la joven mujer, su respiracin, sus ojos salvajemente inquietos bajo los prpados cerrados. Sierva de los Pjaros, murmura. Has vuelto. Dios te ha enviado de vuelta a nosotros, Sierva de los Pjaros. Cuando la presencia del milagro se le hace imposible de soportar, Dwn se levanta del lecho, camina hasta la puerta y la abre. Falan Askersund yace en el umbral, sus ojos vigilantes cintilando en la oscuridad. Dwn pasa a su lado, y l no se inmuta. Encuentra por el corredor el camino hasta unas escaleras que conoce bien, que aun ciega conocera. No hay nadie en el gran saln ni en ninguna de las cmaras menores por las que pasa mientras se dirige a las puertas principales del palais. Las abre silenciosamente, e inmensas estrellas azules y una luna hinchada la contemplan desde las alturas vagar por las losas pulidas del recinto interior. Aunque no la reconoce, el guardin interior de las puertas la deja pasar: viste ella un brial de seda y, a todas luces, proviene del palais. La plaza est casi vaca. Un perro solitario surge de una calleja entre los talleres. Los centinelas en los parapetos no le prestan atencin. En el portal exterior, el guarda, viejo bastante para saber quin es la mujer, le pregunta dnde va. Dwn alza la mano, nudosa como races gruesas, y el hombre abre las puertas. El largo paseo a travs de los campos de ejercicio, la puerta de la barbacana y la senda del vasto jardn es hermoso bajo el bao del resplandor lunar. En el puente de peaje, alza de nuevo sus manos sarmentosas y el centinela la deja pasar sin una palabra. La aldea est dormida. Los gatos corretean entre las casas achaparradas cazando ratas. Nadie ve a la anciana en su tnica de seda caminar por la calle mugrienta. Sobre el bosquecillo de alisos y olmos viejos al final de la villa revolotean los murcilagos, manchas imprecisas trazando crculos contra el plido lunor. Por fin, Dwn llega al estercolero y se detiene un largo rato ante l, mirando tiernamente su masa voluptuosa. Las pequeas ventanas redondas son ojos negros. La torcida puerta de madera blanqueada se abre con un gemido, y ella entra en la acre oscuridad. Entre los contornos familiares halla el camino hasta el pequeo lar y se arrodilla all. Extiende en las sombras la mano y apua el crucifijo de palos atados. Posando la cruz en el hogar, arranca una chispa a la yesca que lleva. Los ojos de Dwn parpadean cuando el crucifijo cautiva el fuego y todas las formas tortuosas de su choza saltan a sus ojos. En el sbito fulgor, ve ella de nuevo la inconmensurable ancianidad de sus manos retortijadas y la delicada filigrana de la ropa en sus muecas. Luego el resplandor empieza a desmayar, mientras la cruz se deshace en cenizas. La terrible incongruencia de los dedos deformados y la blanca seda la sobrecoge, y casi ha perdido la oportunidad de lanzar su plegaria con la luz de la llama. Mientras el resplandor desmaya entre las paredes de estircol y paja, ruega ella ferviente que la luz de lo ms sagrado que posee pueda portar su mensaje a Dios, Gracias, Seor. Gracias por devolvrmela... la Sierva de los Pjaros.
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Haba cierta traicin en los colores de la estacin. Los broncneos robles y los arces
febriles se introvertan volviendo las espaldas al mundo. Los ojos marrones de las castaas espiaban entre las hojas podridas sobre el suelo esponjoso, vellosos y soolientos los prpados, conociendo lo por venir. Eclosiones de asters malva y junquillos salvajes fulgan intensamente en los prados herbosos, donde se ocultaban las vboras, y araas del tamao de guijarros colgaban sus telas. En un rbol partido por el rayo borbollaban hongos brillantes como ascuas y la madera muerta se arrugaba en agallas ponzoosas. A lo lejos, en los valles nivosos de los Pirineos, intumescencias prpura de trueno descendan con aquella tormenta vespertina. Pero por ahora, la maana era azul y vivaz. Una muchacha llamada Raquel, que conoca todos los peligros que los colores significaban, estaba sentada, calmosa, en su secreto otero. Tena doce aos de edad y una serenidad que le brindaba el conocimiento del territorio donde haba crecido, a travs de la infancia. Pronto sera una mujer. Sus hermanas mayores le haban explicado los misterios el invierno anterior y, cuando en primavera empezaron en su cuerpo los extraos cambios que habran de completarla, no se alarm. No como una de las muchachas con las que jugaba en la villa, que crey que su primera sangre era el castigo de Dios por perderse la misa. Raquel saboreaba su tiempo en el alcor. Aqu se realizaba su culto. Aqu, entre grosellas negras y rosadas cambroneras, senta la presencia de Dios ms intensamente que en el templo o entre los rollos sagrados de su abuelo. Cuando padre la encontr, soadora, sentada detrs de los cobertizos para los carromatos y de los carros vacos de heno, una corona de hortensias en el pelo y dedaleras ensortijando sus brazos, la ri por perder el tiempo y la llam pantesta. Desde entonces, adoraba la creacin slo en su lugar secreto. A medida que haba ido creciendo, haban disminuido las oportunidades de subir aqu. Tena ms responsabilidades en la familia, primero ayudando a sus hermanas mayores, que se encargaban con madre del mantenimiento de la casa, y ms tarde deberes exclusivamente suyos. Su ocupacin consista, como el pasado verano, en vigilar a las criadas que lavaban la ropa de la casa y las prendas de vestir. Era sta una tarea fcil: las lavanderas eran una pea jovial que cantaban mientras hervan las ropas sucias y alzaban los humeantes atavos a los fregaderos, donde los estregaban con cepillos de fuertes cerdas. No necesitaban en absoluto que se las vigilase, pero madre insista en que todas sus hijas conocieran los trabajos de la casa. Y a las lavanderas no les molestaba su compaa, pues era una criatura juguetona y, al mismo tiempo, siempre dispuesta a ensuciarse las manos. A madre le disgustaba este desenfado en las muchachas: cuidarse de una casa de forma que los hombres no se vieran nunca agobiados por ninguna preocupacin, aparte de su propio trabajo, era vital para el bienestar de la familia, y madre quera que sus hijas fueran buenas esposas. Pero Raquel era la menor de las hijas, y en los ltimos tiempos madre estaba absorta con 52
la boda de la mayor, prxima ya, que se realizara en primavera. Despus de ella, madre tendra ms tiempo para atender a la instruccin de las menores, y Raquel saba que sta era una de sus ltimas visitas al cerro. Este lugar elevado era secreto incluso para sus curiosos hermanos, que haban explorado todas las tierras de este dominio, pero que gozaban ms de sus juegos en los cauces de los ros y los campos. Para escapar de ellos y de sus entrometidas hermanas, Raquel haba explorado tiempo atrs las colinas cubiertas de mostaza salvaje y se haba escurrido a travs de densos setos para hallar este sitio. Con los aos, haba llegado a descubrir las secas torrenteras talladas por la lluvia en serpenteantes caminos entre juncias verdeazules y arbustos espinosos de ramas argnteas y minsculas flores blancas. Slo ella conoca estas trochas secretas que, libres de obstculos, conducan a la cresta del cerro. All, escarabajeados con yedra y hierba cana, haba grandes bloques erosionados de una antigua construccin, labrados con faunos y serenos rostros callados. Estas piedras cadas eran los restos de un altar romano, que se haba alzado aqu un millar de aos atrs. Cuando las encontr por primera vez, pas horas y horas sentada, da tras da, estudiando los misteriosos silencios de aquellos rostros deliciosos y de los alegres faunos, que fueron sagrados para otra era. El dulce y moribundo fetor de la vegetacin del cerro deba haber sido as de denso ya mucho tiempo atrs, cuando estos relieves eran difanos y la fe en sus imgenes estaba viva. Qu extrao le pareca a ella entonces que tales glorias pudiesen morir. Mantenindose de pie sobre el altar cado, Raquel poda ver la vasta expansin de los terrenos de su familia, desde las vias en las terrazas erizadas de cipreses hasta los huertos junto al meandro marrn del ro Garona. La imponente mansin donde viva, con su alto tejado puntiagudo, centelleaba visitada de pjaros en un crculo de rielantes lamos temblones. Minsculas figuras azules en empinadas colinas, altas sobre los techos de paja de la villa, blandan oscilantes guadaas. Ms abajo echaban largas gavillas a curarse al sol y, ms abajo aun, las pequeas figuras se llevaban las gavillas en carromatos tirados por burros. En los huertos, los campesinos iban y venan entre los rboles, cosechando las manzanas y las peras para la sidra. Oleadas de perfume ascendan la colina y Raquel inspiraba profundamente su alegre soledad.
Bordeaux, Otoo 1187 Aparecieron primero en el mercado, atrados por las fragancias de los nsperos en los puestos de fruta. Las voces apasionadas de mercaderes y compradores se apagaron al verlos. Sus rostros parecan chamuscados y sus piernas las vestan pantalones de sangre seca. Su carne colgaba como harapos de sus huesos, lustrosa y abierta donde el acero mordiera. Descalzos, envueltos en los jirones de sus banderas, sin armas ni caballos, a sus casas volvan de los desiertos, pegados uno a otro, apoyados en lanzas rotas, trmulos los dedos en su ansia de 53
comida, flcidas las bocas, babeantes y abiertas, mudos en su sufrimiento. Tras un silencio de turbacin, la gente reconoci las desfiguradas estampas de su parentela. Eran stos hombres que el ao anterior haban tomado la Cruz y partido a Tierra Santa. Gritos descarnados recorrieron el mercado. Las madres chillaron los nombres de sus hijos ausentes, y las cscaras humanas que haban retornado agitaron sus cabezas y lloraron lgrimas negras. Hattin, dijo la boca desgarrada. Murieron todos en Hattin. Las cabezas se abatieron de vergenza, los cruzados sobrevivientes escucharon al nico al que quedaban fuerzas para hablar. Detrs de los ojos aosos, sabios en su dolor, maleados por la memoria, se molde a s misma la historia, y la boca rota tante las palabras. La gente del pueblo haba llevado los soldados a la taberna ms prxima y les daban pan mojado en vino, que resultaba blando en sus canceradas bocas. Hattin?, pregunt uno de los mercaderes. Esa aldea cerca de Jerusaln? Es un valle... en el desierto. Marchamos hacia all en Julio para enfrentar a los sarracenos. En Julio marchamos... El tortuoso recuerdo no poda cuajar en palabras y l vio otra vez el horizonte sin rboles, las cimas de las dunas trmulas como los tejados de los hornos. En la rabia de la locura, otro de los supervivientes ri devanando un sonido que no era ms que un ptrido sollozo. En Julio! El ejrcito ms grande que... marchando para luchar contra los sarracenos en los malditos ardores infernales de Julio! Cuando el calor nos tena destrozados, descendieron de las dunas... descendieron... bramando... La furia en sus rostros ennegrecidos les enmudeci y permanecieron inmviles, la vista fija, alucinada a travs de su entumecimiento, exhaustos por todo aquello que eran incapaces de decir. En un silencio como de escena soada, la turba march a la iglesia de San Seurin, donde los judos se ocultaban. El obispo mismo los recibi en los escalones solemnemente ataviado. Volved a vuestras casas, orden. Dadnos a los asesinos de Cristo y nos iremos!, grit una voz desde la turba silenciosa, y murmullos de asentimiento se levantaron recorriendo la multitud. Volved a vuestras casas de inmediato!, replic el obispo. El rey Enrique y nuestro Santo Padre han prohibido que se dae a los judos. Quin pagar por Hattin?, grit alguien. Slo sangre puede responder a la sangre! Llevad vuestra rabia a Jerusaln!, clam el obispo. Id a Tierra Santa y recuperad de los sarracenos la morada de Cristo! A una seal del eclesistico, los cascos de los caballos ecoaron en el enguijarrado de la calle y soldados de la fortaleza avanzaron lentamente hacia la turba apartndola de all. Llamas se elevaron aquella noche de las casas de los judos, no slo en la ciudad, sino tambin en las villas entre los montes bajos de Larmont, por la parte del Garona. La rabia de 54
Hattin marchaba hacia el sur, trazando con fuego su camino de retorno a Tierra Santa. Raquel saba con quin se casara. Los acuerdos se haban realizado aos atrs con una familia de comerciantes de una villa cercana. Eran tan ricos como su propia familia, y era gente instruida. El padre del chico, concretamente, no era mercader sino rab, un amigo del famoso primo de su abuelo, Jud, el renombrado mdico y lingista de Lunel. Raquel haba coincidido con aquella familia varias veces en diversos festivales, y no eran muy distintos de su propia familia. Sentada en los viejos sillares de la cima del otero, Raquel pasaba ms tiempo ltimamente preguntndose cmo sera la vida matrimonial. Desde luego, casada sera feliz. Siempre se esforzaba en ser feliz. Su abuelo, el hombre ms sabio que conociera, a menudo deca que la felicidad era nuestro don a Dios. Alz la mirada hacia las distantes faldas de los Pirineos, donde su abuelo tena su barraca. Tiempo atrs, cuando ella era una nia pequea, el abuelo era el patriarca que rega el dominio. Luego, un da, esa responsabilidad recay sobre su padre, y el abuelo se dej crecer la barba y se hizo construir una pequea casa, alta en el flanco de la montaa donde, ms cercano a Dios, podra estudiar la Tor y la Biblia. Raquel distingua la blanca choza del abuelo en la ladera mbar de la montaa ms cercana. Cmo poda uno vivir entre flores de polemonio y el gamo etreo y no ser santo? Pronto bajara l, para pasar el invierno en la casa grande con su familia y compartir toda la sabidura absorbida durante su retiro estival. Qu dira el abuelo sobre el amor, se preguntaba Raquel mientras remova con su zapato de tela las ramas vellosas de un matojo muerto entre las ruinas. Un vaho marrn de esporas brot de unos hongos arracimados, dejando en la brisa lnguida una estela de denso aroma. Raquel haba odo a los trovadores cantar al amor verdadero en la feria anual. En estos ltimos das, era todo lo que haba sido capaz de pensar en sus visitas a su lugar secreto. Qu se sentira estando enamorada? Qu hombre podra inspirar tan poderosa pasin en ella? Ninguno de los amigos de sus hermanos lo haca, ni tampoco el hijo del rab al que estaba prometida, aunque no le caba duda de que sera un buen marido. Madre y hermanas se haban redo de sus inquisiciones sobre el romance, y su padre le haba asegurado que tales ideas eran una locura de los gentiles, impropias de ella como hija de Abraham. Desde la villa ascendi el clangor de las campanas repicando en los valles. Raquel trep a la cima del montn de sillares para mirar hacia abajo, a la amodorrada villa. Hoy no era Domingo, as que el sonido lquido de las campanas no anunciaba el culto, ni una boda. Quizs alguien haba muerto. Una vez, con aquella amiga campesina que crea su primera sangre una maldicin de Dios, haba visitado la iglesia de la villa. All de pie, en las sombras incensadas, contemplando los cuerpos largos y estrechos de los santos, era ella una infractora. O estaba el pensamiento de Dios aqu tambin? sta era otra pregunta para el abuelo, pero no se haba atrevido a exponrsela. Raquel percibi que los campesinos de las colinas y los huertos haban detenido sus labores. Haba algo fuera de sitio... y con esta constatacin record Raquel que la campana de la 55
iglesia serva tambin para anunciar fuegos y bandidos. Ningn humo mancillaba la maana azul y su corazn se angusti con la continua advertencia de su madre de que nunca jugase lejos de la casa grande... juglares y gitanos bigardos robaban a menudo nios y los desfiguraban para exponerlos como fenmenos en las ferias. No haba peligro a la vista. Las colinas muelles brillaban serenamente, oliendo a menta salvaje y a heno cortado. Las nubes avanzaban vaporosas y las mariposas volitaban en el aire. Sin embargo, el taido delirante de la campana era un escalofro en la profundidad de su pecho. Una luna pulposa colgaba en el cielo diurno, y Raquel la percibi cuando emprendi su camino colina abajo, hacia la aldea. Entre los tallos marchitos y las hojas cerosas de clices florales muertos, paus para contemplarla. Qu serenidad la de aquel rostro vaporoso en el verdeazul del cielo. Bajo aquella benigna mirada nada realmente serio poda malbaratarse all abajo. Ahora, oa la conmocin de la aldea incrustada en el clangor de la campana, y le sonaba como un festival. Los cristianos tenan ms festivales de los que poda recordar... fiestas, las llamaban, para honrar a los santos. Habitualmente eran celebradas en ciudades ms grandes, y Raquel oa hablar de ellas cuando los braceros volvan tambalendose a los huertos, en general hediendo a vino. Lunel celebraba slo un santo con grandes jolgorios, la fiesta de Pentecosts, el sptimo Domingo despus de Pascua, que conmemoraba el descenso del espritu de Dios en forma de lenguas de fuego a los discpulos del Mesas. se era el da de la feria anual de la villa, cuando llegaban buhoneros de toda la Gascua para vender sus gneros en compaa de troveros y juglares. Para su familia, esta fiesta era Shabuoth, que celebraba la revelacin de los Diez Mandamientos en el Monte Sina. Raquel atisb mujeres sacando el cuerpo por las ventanas y otras en las puertas golpeando cacerolas, pero dnde estaban los juglares de abigarradas ropas? En lugar de ellos, la gente corra frentica por la calle, portando algunos de ellos teas en pleno da. Se detuvo abruptamente en un declive cubierto de cincoenrama, sobre un terreno de gavillas uniformemente ligadas y apiladas. Plaga!, comprendi. Haba ledo acerca de las plagas en la Biblia y haba odo hablar al abuelo de la muerte escarlata, que haba acabado con tanta gente en las ciudades del norte que tuvieron que apilar los cuerpos en grandes montones y sepultarlos en una sola fosa. Eso ocurri haca ya muchos aos, cuando el abuelo era ms joven que ella ahora. Podra ser que ese terrible mal visitase ahora Lunel? Una pequea figura se escabull entre las gavillas, luego corri tan rpido como pudo montaa arriba, directamente hacia Raquel. Reconoci el rostro tiznado y atemorizado esforzndose en alcanzarla. Era su amiga de la villa, la que pensaba que Dios la haba castigado con la feminidad por perderse la misa. Raquel, Raquel!, exhal cayendo casi de hinojos. Vena en tu busca! Qu ocurre?, sostuvo Raquel a su amiga. A qu viene ese clamor en la villa? Estn asesinando a los judos! 56
Raquel abri la boca, incrdula. Es un tropel de cruzados del norte, le explic su amiga aferrndola, salvajes los ojos. Van a Tierra Santa para vengar a los cristianos que cayeron en Hattin, a manos de Saladino, el terrible caudillo sarraceno. Raquel no entenda. Haba odo hablar de las Cruzadas. Algunos de los hombres de la aldea haban tomado la Cruz y haban partido a Jerusaln para arrebatar el sepulcro de Jess a los turcos, y las tierras haban perdido varios buenos trabajadores. Pero Hattin... Saladino... no conoca ella estos nombres. La turba de cruzados est matando a los judos all donde los encuentra, solloz su amiga. O a los hombres hablar de ello. Han asesinado ya a los judos de Blaye, Agenais y Auch! He visto a los hombres del norte con las manos ensangrentadas hasta el codo. Ests segura? Haba de creer a esta ingenua que imaginaba la menstruacin una maldicin divina? Raquel! Estn asaltando nuestra villa al grito de asesinos de Cristo! Ya han quemado la casa de tu primo Jud y lo han arrastrado a l, a su mujer y a sus hijos cogidos del pelo por las calles. Los llevaban a la iglesia para bautizarlos, pero l les escupa y estoy segura de que lo matarn. Raquel, debes avisar a tu familia! Grandes los ojos, Raquel mir ms all de su amiga hacia la aldea. Columnas de humo haban empezado a elevarse del concurrido centro de la villa, donde vivan sus primos. Muchas de las gentes que colmaban furiosas las calles blandan antorchas, y varios sostenan cruces sobre las cabezas. El horror la taladr cuando reconoci la verdad de lo que su amiga le deca. Raquel gir en redondo y corri con todas sus fuerzas monte arriba. El camino ms corto a casa era directamente sobre el cerro y luego abajo, a travs de los caminos secretos de los setos. Cuando alcanz la cresta del otero, un sudor fro y pegajoso le empapaba la camisa y el corazn le azotaba los odos. Lanz la cabeza atrs para tomar aliento y vio de nuevo la luna diurna, semejante a un cisne durmiente. Subida a las piedras del altar, Raquel mir hacia el valle aterrorizada al ver el humo ascender al cielo. Arda el grano amontonado. Tropeles hormigueantes de hombres con banderas corran por los huertos y los campos, destrozando los carros de la cosecha y echando sus teas a los rboles frutales. Por un largo instante, permaneci transfija, incapaz de creer a sus ojos. Entonces vio los tropeles de hombres converger en la casa grande, y el horror la zamarre. No poda permanecer all y simplemente mirar. Tena que estar con su familia. Cuando salt de las piedras descabaladas y se desliz por las escarpadas sendas de las torrenteras que descendan violentas a travs de la espesura de los setos, pens frenticamente qu hacer. Podra hallar un camino a travs de la furiosa turbamulta? Si pudiera, si lograra hallar un camino hasta su padre y su madre, estaba segura de que ellos sabran qu hacer. Desde la altura, la desbocada canalla haba sido una nube de minsculas figuras. Pero a medida que descenda hacia el camino cubierto de rodadas que conduca a la villa, vio a los hombres de rostros torvos, ceudos, con ms claridad. Eran extranjeros, mugrientos por la marcha furiosa, agitando toscas banderas con cruces y corderos pintarrajeados en ellas. Muchos vestan 57
inmundas blusas grises con cruces marrones listadas, y con un sobresalto Raquel comprendi que haban sido repasadas con sangre. Un grupo de estos hombres, cantando un himno cristiano con estridentes y airadas voces, avanzaba a grandes pasos por el camino que ella llevaba, y apenas tuvo tiempo de chapuzarse en los setos cuando aqullos pasaron bulliciosos. Se acercaron lo bastante como para dejarle ver sus calzones manchados de barro endurecido y sus gruesas manos. Arrastraban algo tras ellos, y al principio sus piernas impidieron a la muchacha ver lo que era. Raquel decidi que no quera mirar lo que arrastraban, pero en aquel instante las cargas se les escaparon de las manos. A escasos palmos de donde se hallaba, los cadveres sanguinolentos de su to Joshua y de sus dos hijos adolescentes, con ojos enloquecidos, vacos, miraban a travs de ella. Les haban arrancado las ropas y ella contemplaba con glido desmayo los primeros hombres desnudos que haba visto en toda su vida. Donde deberan haber estado los genitales, haba slo fibra mutilada; un carmn de carnicero les baaba los cuerpos y de sus bocas surgan cosas extraas semejantes a salchichas. La comprensin de lo que vea cuaj en un grito que brot de sus entraas, atravesndola y estremecindola. El momento en que el alarido surgi de ella como un vmito, qued paralizada, con helado terror trabndole los msculos. Pero los asesinos, entregados a sus cnticos vehementes, no la haban odo. Raquel se arrastr a travs del seto hasta un angosto camino de mulas que corra paralelo a la senda principal y trat de levantarse, pero sus piernas, incapaces de tensin, no la sostenan y la dejaban caer una y otra vez al suelo. Rept por el camino hasta que sinti retornar la fuerza de sus piernas y pudo ponerse en pie. Tambalendose a lo largo de las hileras de los setos, alcanz el borde del huerto de manzanas. Su rostro ceniciento, moteado de gotas de sudor, se volva a un lado y a otro buscando un camino franco entre los verdes portales y las sombras de los rboles. Los fuegos que la chusma haba tratado de encender all se haban extinguido, desanimados por el humus aguanoso y los jugosos frutos. Trastabill, tropezando en las races y resbalando en las manzanas podridas. Cuando los cruzados aparecieron, se agazap tras rboles nudosos desendose invisible, y percibi la fragante sabia ambarina que rezumaba de las grietas de los troncos. La mayor parte de la canalla se haba alejado del huerto. Algunos se haban ido por los escarpados senderos de las terrazas, para saquear las vias. Otros haban encontrado el depsito con los barriles de vino y estaban bandose jubilosamente en l. Aun otros muchos marchaban cantando por el camino de Lunel. Como por un milagro, el acceso a la casa grande estaba libre. Detrs de los carros descabalados y destrozados, yacan varias mulas de costado con las patas tiesas. Raquel se apresur a dejar atrs estas tristes bestias, corri sobre la hierba color mostaza de la orilla del camino, cruz el terreno cubierto por el rielante rastrojo del heno y ascendi a la casa por el sendero de pequeos guijarros blancos. El fuego que los amotinados haban prendido en el techo de paja del sector de los sirvientes haba cado al interior y se haba extinguido. Ninguno de los sirvientes, criadas o braceros estaba a la vista. La misma casa grande pareca vaca, los postigos estaban cerrados. 58
Rode el edificio espiando furtivamente la aparicin de nuevos cruzados. La entrada de servicio estaba cerrada, trabada la puerta y parapetada. Se encendi en ella la esperanza de que su familia hubiese logrado mantener la chusma a raya y estuviese viva en el interior; pronunci sus nombre contra la puerta tan alto como os, pero nadie responda. Se arrastr hacia un lado y trat de forzar uno de los postigos, pero estaban firmemente asegurados. No queriendo exponerse por el lado de la casa que miraba al viedo, adonde haba ido la turba, volvi a la entrada de servicio y tir de los postigos que cerraban las ventanas de la cocina. Una tabla se desprendi de pronto en sus manos con un fuerte crujido y ella se qued inmvil, temblando de miedo, buscando con la mirada aqu y all un lugar donde esconderse. Segundos pasaron, pero nadie vino corriendo y ella puso toda su atencin en la apertura que haba hecho en la ventana de la cocina. Al escurrirse por el angosto agujero, Raquel casi cay de espaldas en la pila del fregadero. Haba nabos en la pila, inmersos en agua. Junto a ellos, en la tabla de cortar, otros muchos, blancos y mondos, reposaban en el nido de sus pieles. El cuchillo yaca en el suelo cubierto de paja. Los cocineros haba huido apresurados. Mam?, llam Raquel pasando de la cocina al comedor. Pap? No lleg respuesta, y nadie haba a la vista. Se los haba llevado la canalla como hicieran con to Joshua y sus chicos? Este pensamiento la hizo respirar rpidamente otra vez. Se precipit de cuarto en cuarto, gritando los nombres de sus hermanos y hermanas. La puerta del dormitorio de sus padres estaba ligeramente abierta. Mam? Pap?, llam con suavidad cuando not un olor peculiar fluyendo en rfagas pegajosas del cuarto. Cruz el umbral, y retrocedi entonces tambalendose con la fuerza del horror. Sus ojos sintieron una fsica pualada de dolor y sus piernas perdieron toda sensibilidad. All, ante ella, su madre yaca boca arriba en el gran lecho endoselado, rojas las sbanas bajo sus hombros. Una inmensa mueca roja le torca la quijada y, acostadas a ambos lados, las hermanas de Raquel, con las cabezas hacia atrs, mostraban la carne abierta y escarlata de sus cuellos yugulados. La Biblia familiar, abierta a sus pies. Raquel se estrell contra el jambaje de la puerta al intentar huir. Fue entonces cuando vio a sus hermanos, sentados en el suelo, las espaldas apoyadas en la pared, abatidas las cabezas, brillantes velos de sangre empapndoles las camisas y sangre cuajada en sus regazos. Padre yaca de costado a sus pies, un cuchillo incrustado en su rota garganta y la mano aferrando an el mango. Pnico y desesperacin se condensaron en su pecho. Se arrastr fuera de la habitacin, con el hrrido hedor de la sangre pegado a la raz de su olfato. En el pasillo, desmay. Un fuego fro le ascenda y descenda el cuerpo en espirales y ella se sacudi varias veces, convulsa, mientras el terror manchaba su alma con aquellas imgenes para siempre. Oy pasos, los sinti a travs del suelo. Estaban volviendo! Como un animal, salt sobre sus pies, todos sus sentidos despiertos y atentos. Las voces se aproximaron, rientes voces. Los mat l..., un barullo de carcajadas lleg desde la escalera principal. El judo encerr a su 59
familia en el dormitorio y les cort la garganta. Los mat a todos, temeroso de que los bautizsemos. Tenis que verlo. Raquel huy de las risas, alcanz las escaleras de servicio, descendi queda los gimientes peldaos y se escurri a travs de la cocina. En el comedor de servicio se detuvo, paralizada dentro de la pesadilla. El dormitorio de sus padres estaba justo encima de ella, y senta la presin de sus muertes sobre su propio ser, forzando el aire fuera de sus pulmones. No! Agit la cabeza violentamente. Risa borbollaba en el piso de arriba y pasos pesados patullaban las tablas del suelo. No! Hubo de obligarse a respirar. Oprimi las palmas de sus manos contra sus ojos tan fuertemente que su cabeza se encendi con una radiacin brillante como la sangre. En la cocina, la escalera de servicio cruji y las pisadas descendieron ruidosas. Mat a su mujer y a sus hijos con su propio cuchillo!, dijo una voz densa. Judo loco! Raquel empez a temblar. Ahora la encontraran. Ahora le cortaran la garganta y ella estara de nuevo con Mam y Pap, con sus hermanas y hermanos. No! Se sacudi la parlisis e irrumpi en el comedor, en la gran sala. La puerta principal haba sido forzada y colgaba de un gozne, mientras el blanco maderamen de la jamba rota resplandeca a la luz del sol. Raquel se arroj al da radiante sin pensar en lanzar primero una mirada. Una figura estaba de rodillas en la era y la nia se detuvo como si se hubiese estrellado contra una pared. Era uno de los jardineros y se inclinaba sobre un viejo caballo cuyo vientre haba sido abierto de un tajo. Cuando la vio, se puso en pie y la llam con urgencia. Detrs de Raquel, las risas y fuertes pisadas tronaban en el comedor. Ella corri escalones abajo hasta los brazos del jardinero. Nia, te matarn! Mir aterrorizada sobre sus hombros; el jardinero barri con los ojos la era, arriba y abajo, pero no hall nada lo bastante grande en el espacio abierto para ocultar a la muchacha. El jardinero se inclin y sac con ambas manos la masa viscosa, azul de las entraas del caballo. Ensanch el largo desgarrn. Aqu, carraspe. Has de esconderte aqu. Ser slo por un instante. De prisa... o ser demasiado tarde! Raquel obedeci antes aun de pararse a pensarlo. Slo cuando se hubo embutido en aquel interior caliente y hmedo, y el pegajoso icor le ba el cuello y el rostro, temi lo que estaba haciendo. El ftido fluido destilaba en sus narices y ella se atragant, convencida de que se ahogara en la bilis del caballo. Presion con el rostro hacia delante liberndolo de las vsceras envolventes, tosi y pudo respirar otra vez, superficialmente, a travs del vientre abierto. El jardinero empuj el amasijo de resbaladizas entraas contra el caballo para ocultar el rostro de la criatura y se inclin sobre ella, lamentando la prdida de una bestia demasiado vieja para ser hurtada. En el gomoso calor, llor Raquel, bien cerrados los ojos para defenderlos de los jugos abrasadores y dolientes las prietas mandbulas con estremecidos sollozos. Ya puedes salir. La voz del jardinero son fuerte, asegurando a Raquel que la turba ya no estaba a la vista. 60
Aun as, ella no se movi. El viscoso interior que la contena se haba enfriado y solidificado. Su abrazo se haba hecho confortable y ella podra haberse dormido. No estaba segura. Quizs ahora soaba. Sus prpados, pegados por la gelatina reseca, no se abran. Sal, joven ama. Movi el rostro, tanteando su vigilia, y sinti los rigentes tejidos tirar de sus mejillas. Deba de estar despierta, razon. Pero qu era esa nube carmes que vea? En su interior estaba el rostro muscular de su padre y su mano roja apuando el cuchillo contra su garganta desgarrada. Y all estaba Mam, yaciendo en la cama con sus hijas al lado... los rojos tubos de sus gargantas abiertas brillando mortecinos y cintilando. Eran sus voces las que oa crepitar? Algo estaban cantando, pero ella no poda orlas con claridad. Los rostros de sus hermanos hacan ruidos tambin, inclinados hacia delante, bajas las cabezas en plegaria. Se han ido ya. Ests a salvo. Los rostros de to Joshua y sus hijos, con ojos desorbitados, estaban tambin en la nube gnea, embutidos los sangrientos jirones de sus penes en sus bocas. Al tratar de descerrajar sus prpados pegados para dejar de ver el horror, sinti como si estuviese arrancando fuego a las tinieblas, y grit, grit... pero no hubo ningn sonido. El jardinero estir para abrirla la carne elstica del caballo muerto y alcanz a la muchacha entre las vsceras escurridizas. Ella se desliz en un resplandor de sangre y fluido oleoso, con el cuerpo cubierto de azules membranas y el rostro salpicado de negros cuajos. La nia yaci en el suelo encorujada en la misma postura que la ocultara el vientre de la bestia. Yaca quieta como una cosa que hubiese nacido muerta. Levntate, la anim el jardinero. Ests a salvo. Los cruzados se han ido. Pero ella no se movi. Apiadndose de la muchacha, el jardinero la alz en sus brazos, la port a travs de la era y abajo, por el camino de guijarros blancos, hasta el agua delante de los establos. Todos los buenos caballos haban sido robados y las cuadras estaban chamuscadas por los pequeos fuegos encendidos en los almiares. Pero la madera estaba hmeda de las lluvias de otoo y las llamas no haban hecho mucho dao. Meti a la nia en el agua y ella se sorprendi como un beb. Sostenindola por el cuello con una mano, us la otra para mojarle el rostro y limpiarle las mucosidades de los ojos. Cuando stos se abrieron, parpadeantes, ella alz la vista y pareci mirar a travs de l. La puso en pie en el abrevadero, pero sus piernas se tambalearon y tuvo que sacarla y sentarla en el borde. Empapadas, sus ropas se pegaban a los contornos de su cuerpo. El jardinero retrocedi, conmocionado por la visin. Ests fuera de peligro ahora, dijo. Vamos a la casa a buscar ropas secas? La muchacha no respondi. Pareca casi ciega y l pas la mano una y otra vez ante su rostro. Ella parpade, pero no le dirigi la mirada. Quizs sea mejor quitarte estas ropas sucias, dijo y empez a desabotonarle la camisa. Ella no se resisti y sus dedos temblaron cuando empez a tirar de los botones. l le haba 61
salvado la vida, razon mientras le quitaba la ropa hmeda y desnudaba sus pequeos pechos. Los dems estaban muertos, pero l le haba salvado la vida... y ahora, por lo menos, inspeccionara lo que haba salvado. Entonces el aire surgi expelido de sus pulmones mientras l caa de hinojos ante la nia medio desnuda, con las manos en sus espinillas para intentar sostenerse. Su rostro sobresaltado se torn con violencia, para ver a un hombre de barba gris como el hierro con la horca de remover estircol en sus prietos puos. Amo!, el jardinero boque y se puso en pie, y el estrecho rectngulo del dolor pulsaba en su espalda mientras el susto se desvaneca. He salvado su vida. Alabado sea Dios! Vuestra nieta no ha cado en sus manos. Los campesinos que trabajaban en los campos y los sirvientes que huyeran de la casa grande cuando la turba de cruzados atac volvieron de sus escondites al ver al Viejo Amo emerger del bosque. Haba odo l el clamor de la campana de la iglesia y visto el humo de las gavillas quemadas desde su barraca en el monte, y se haba precipitado ladera abajo. Al ver el almacn saqueado, los animales muertos, el sector de servicio arrasado, haba sentido un helor en sus huesos. Recordaba haber odo, cuando muchacho, de la matanza de judos en Worms y cmo ochocientos de ellos fueron martirizados con la Shema en los labios. Los sirvientes, lamentndose con las amargas nuevas del mal que haba cado sobre la finca y sus propietarios, se arremolinaron en torno al Viejo Amo cuando ste surgi del bosquecillo bao el viedo. Los peores miedos del Viejo Amo tomaban la forma de balbuceos y murmurios en el aire alrededor, y l bram exigiendo silencio. Los campesinos se acobardaron y los sirvientes cubrieron sus rostros de dolor. En la casa grande el anciano busc el dormitorio principal y lo golpe la escena sangrienta. Con una mano sobre los ojos, recit la Shema, la confesin de su fe religiosa, y luego dej de rodillas el cuarto de su ruina. Cegado de angustia, sali trastabillando de la casa y vag como ebrio hasta que lleg a los establos, donde su nieta Raquel estaba siendo desvestida. Despus de golpear al jardinero furiosamente con la horca, el anciano arroj a un lado la herramienta y cubri la desnudez de su nieta. Ella parpade, como si no le reconociera. Vino del interior de la casa?, le pregunt al jardinero. El servidor asinti y explic cmo la haba ocultado de la canalla en el vientre del caballo muerto. El Viejo Amo incorpor gentilmente a Raquel y la ayud a mantener el equilibrio. La lluvia vespertina haba descendido de las montaas en cmulos preados de trueno como inmensas torres prpura, y l condujo la nia al huerto y a la proteccin del alpende del jardinero. Cuando grandes chorros de lluvia fra empezaron a caer, dos criadas llegaron de la casa grande con toallas y ropa seca. Mientras las criadas vestan a Raquel, el Viejo Amo retorn a la casa con el jardinero y varios de los campesinos. A una orden del anciano, dejaron caer sus hachas sobre el mueblaje haciendo lea de l. El anciano ley largos pasajes de la Biblia familiar y encendi montones de 62
madera en todos los cuartos de la planta inferior del edificio. La llamarada que rugi por los pasillos y las escaleras consumi la casa, indiferente a los largos velos de lluvia que venan barriendo desde las montaas. Desde su santuario en el cobertizo del jardinero, el Viejo Amo y su nieta contemplaron las lenguas de fuego brotando por ventanas y puertas. Cuando el tejado se hundi en un vrtex de cenizas y ascuas llameantes, el anciano baj la cabeza y or an otra vez. Raquel miraba fijamente, los ojos penetrantemente clavados en el objeto de su visin: los muertos amortajados con fuego.
Gvaudan, Invierno 1187 Cadveres haba amontonados en la nieve, las puntas de sus narices, sus labios, sus mejillas, desaparecidas, devoradas por las ratas, los ojos hurtados por los cuervos. l no se molest ms en leer pasajes enteros por los muertos. Haba habido demasiados en las ltimas trece semanas de su viaje. En las afueras de cada aldea era siempre lo mismo: cadveres apilados en el bosque para alimentar a las bestias. Al principio haba tratado incluso de enterrarlos. Pero eran demasiados. Luego se limit a leerles pasajes apropiados para los muertos sobre sus cuerpos exanges. Pero a medida que el clima se hizo ms fro y ms esculida su nieta, dej de haber tiempo para ello. Despus de la prdida de la casa grande, con todas las monedas de oro y cosas de valor que robaron los cruzados, el Viejo Amo se llev consigo a Raquel a la montaa para vivir con l en su choza. Pero ms cruzados llegaron al sur y, cuando supieron que haba judos en el prado alto, fueron en su busca. Raquel y el anciano escaparon de noche, en direccin al este, a Muret, donde l conoca a un hombre santo. Tena la esperanza de que ste pudiese romper el hechizo de silencio que enmudeca a Raquel desde el horror. Pero en las afueras de Muret, la cada de las hojas del otoo cubra cadveres mutilados, y no haba dnde encontrar al hombre santo. El anciano se cort la barba y us el hacha que traa consigo desde la finca para trabajar como leador en las aldeas del bosque, ganando lo justo para comprar pan duro y queso rancio. Permanecer en un lugar demasiado tiempo era peligroso. En todas partes, acechaban pandillas fanticas de cruzados, saqueando sinagogas, asesinando judos. La bolsa de viaje del anciano contena el rollo de la Ley copiado por su propia mano, la Biblia que le diera su abuelo y las vestimentas borladas con la cinta azul. Si aun la sospecha de que este vagabundo y su linda nieta fueran infieles habra supuesto su condena, qu decir de estos objetos de su fe. Vivan as en chozas de ramas entreveradas, en colinas boscosas, tiritando junto a fuegos al aire libre, mascando races y cortezas de rbol cuando no haba pan. Ocasionalmente, el anciano lograba cazar una ardilla o una rata. La muchacha coma cualquier cosa que l le presentase, y l se senta agradecido a veces y apenado otras de que fuera as. Sin duda estara mejor muerta, pero l no tena fuerzas para ser un mrtir. Incluso cortar madera y helarse de fro con las nieves era ms fcil que hacer lo que su hijo haba hecho. Iremos al sur, le dijo el anciano a Raquel, a las grandes ciudades, Nimes, Avignon, Marsella. No se habrn atrevido a saquear las sinagogas all. Los obispos las habrn protegido y 63
hallaremos un lugar entre los nuestros. Raquel no responda. Sin embargo, el anciano le hablaba como si entendiese, y estaba seguro de que as era. Los obispos han protegido las sinagogas porque nos necesitan. Sus leyes cristianas les prohben prestarse dinero unos a otros con inters... y ninguno de ellos es lo bastante cristiano para hacerlo sin inters. Ja! As que, ves?, su propia codicia nos protege. Nos necesitan, necesitan que les prestemos dinero para financiar sus guerras. Todos los reyes de Europa nos honran y nos protegen. Es slo la canalla la que nos aborrece, pues envidian la prosperidad que hemos ganado con la sangre de nuestro exilio. Raquel escuchaba atentamente, y oa a su abuelo como si su voz le llegase a travs del agua. Tambin su rostro lo vea encendido por un resplandor adiamantado, como si l la contemplase a travs del rielar del agua. Algo espantoso le ocurra. Ella lo saba. Pero no saba qu era, y ninguna palabra se le ofreca para explicar nada, slo un silencio vibrante como la presin del agua contra sus odos. El anciano se entristeca al ver la perplejidad de Raquel. La vida ser buena otra vez, le prometa. Ya vers. Eres joven. Te encontraremos un marido, un buen marido. Tendrs nios y conocers la alegra otra vez. Y eso... l apretaba la mano glida de su nieta, Eso estar bien. Pues la felicidad es nuestro deber para con Dios. El Viejo Amo continu hablndole a Raquel mientras vagaban por las aldeas. Le cont lo que saba de los lugares que visitaban, por qu estaban emplazados donde estaban, qu personajes famosos haban vivido all. Cant las canciones de la muchacha y le relat las historias que le gustaran cuando era una cra pequea, sobre su propia infancia y sobre sus abuelos, cualquier cosa menos el terror que haban debido soportar. La nia pareca escuchar, pero la melancola resplandeca en su rostro aun en la oscuridad... y nunca hablaba. Raquel oa en realidad a su abuelo. La voz resonante del anciano era un consuelo para ella, y lo agradeca. Pero, de algn modo, no lo entenda. Por qu le hablaba en otra lengua? Quera decirle que le hablase en occitano o incluso en hebreo, que ella conoca bastante bien de escuchar las lecciones de sus hermanos. Pero su propia voz estaba tan lejos, y ella se senta siempre tan cansada y fra. El mero hecho de estar despierta, de caminar y escuchar, de soportar los calambres en su estmago y los dolores lancinantes cuando desapareca en los arbustos para vaciar sus entraas, exiga ya todas sus fuerzas. Otras voces recorran los lodientos caminos. Se dejaban entender ms fcilmente. Eran las plegarias de sus hermanos, murmujeadas tan slo porque sus cabezas estaban gachas. Por la noche, ella alzaba la vista hacia los astros azules y sus ojos le dolan, le dolan de ver flores tan bellas pero tan lejanas.
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Las ramas negras de los rboles frutales parecan lanosas con los capullos blancos, y el zorzal trinaba potente desde el bosque. La baronesa estaba sentada en su litera y el viento, manso, rizaba el baldaqun que la asombraba y el grin que le protega el cuello. Odiaba el aire en su cuello porque le agarrotaba los msculos y haca que le doliese volver la cabeza. En los ltimos tiempos, haba debido volver muchas veces la cabeza y mirar sobre sus hombros si sus caballeros todava estaban con ella. Ailena inhalaba profundamente la fragancia del aire que, segn el mdico de Hereford, le aliviara el dolor de las articulaciones. Haca ahora dos aos que beba sus febrfugos para apagar el ardiente dolor de sus huesos y que escuchaba, paciente, sus discursos sobre los humores corporales, esperando llegar a entender algo mejor las punzadas desgarradoras que haban hecho de caminar algo casi imposible. Las lecciones del mdico acerca del hgado como asiento del honor, y del bazo como pedestal de la risa, le sonaban a la baronesa tan insubstanciales como los mormojeos de maese Pornic sobre Dios y su descenso en forma de pjaro blanco para bendecirse a S mismo convertido en Su propio hijo. Aun as, dos veces al da ella beba las pcimas del mdico, hechas de hgado de sapo pulverizado mixturado con sangre de carnero y orina de braco. Levantaba las manos y las haca girar ante sus ojos, sorprendida del modo en que se torcan sus dedos, de sus ngulos extraos, de los nudillos abotargados y redondos como agallas de roble. Parecan sus manos aplastados cangrejos de mar. Ningn bebedizo de pip de perro iba a sanar estos huesos desventurados. Ves a la familia?, le pregunt a su compaera. Dwn, sentada en una silla junto a la litera endoselada, alz la vista de su bordado. Hellene est paseando los gemelos en el jardn y Leora est con ellos. Y su pretendiente? Dnde est Harold? Lo vi hace un rato con William. Me parece que han salido a cabalgar; a cazar, creo. Con Guy, murmur la baronesa oscuramente. Mis caballeros deberan estar a mi lado. En especial Harold. Quiere la mano de Leora, as que por qu no est cortejndome como hizo todo el ao pasado? Dwn volvi la vista a su bordado. La baronesa alz su espejo de mano para ver a sus espaldas sin tener que soportar el dolor de tornar la cabeza. En efecto, William Morcar, que antes siempre haba estado a mano, dispuesto a satisfacerle cualquier antojo, no apareca por ninguna parte. Harold Almquist, que an necesitaba su bendicin para ocupar su puesto en la casa como marido de Leora, tambin se haba ido. Ambos eran caballeros sin tierras que, sin su consentimiento, tendran que buscar empleo en cualquier parte. En el pasado, siempre se haban mostrado solcitos con ella, pero ltimamente pasaban ms de su tiempo con Guy. La muda de su lealtad habla ms fuerte que mi espejo, dijo Ailena y mir el rostro aoso en la superficie pulida. La vista de su vulto ajado tena algo de fungoso, como una excrecencia plida y corrugada en un rbol. Dej el espejo en su regazo y oprimi sus nudillos hinchados contra los ojos. Estn tramando algo contra m, Dwn. No se atreven, la consol su vieja amiga. A los ojos de Dios y del rey, t eres la 65
verdadera seora. Ah, pero a los ojos de los hombres, no soy ms que una mujer vieja y encorvada. Furiosa, cerr los puos, y el dolor fue como si tratase de doblegar el hierro.
Languedoc, Otoo 1188 El anciano observ a Raquel atentamente. Hoy era el aniversario de la masacre de Lunel. Durante un ao haban vagado por el pas, sobreviviendo a duras penas. En primavera, l haba encontrado trabajo en los viedos para tareas que conoca bien: podar e injertar. Pero con la muchacha, no poda permanecer mucho tiempo en ninguna parte. Su feminidad floreciente atraa a los hombres, que se tornaban muy inquisitivos respecto a su porte aristocrtico, su aire melanclico y su silencio, que no se haban mitigado con el paso de las estaciones. En las ciudades, donde haban esperado hallar prsperas sinagogas y no encontraron sino destripadas ruinas, hombres de la ms baja condicin se les acercaron e inquirieron sobre ella. A veces su silente, triste mirada bastaba para alejarlos; otras, slo serva para intrigarlos ms y el anciano tena que disuadirlos con cuentos de una maldicin, o enfermedad, o locura, o cualquier otra cosa que les infundiese temor. La belleza de Raquel resplandeca a pesar de las durezas de aquella vida con el cielo por todo techo. Aunque ste no era sino su decimotercer otoo y haba pasado todo un ao viviendo en la maleza, alimentndose de bellotas, hayucos y sopa de ortigas, se haba hecho ms alta, ms augusta y ms definitivas sus formas. Las ropas infantiles que salvaran de la finca no ocultaban ya su cuerpo vvido, la plenitud de sus pechos o sus largas piernas. l la vesta con su capa, pero su mera apariencia constitua un desafo para la virilidad de cualquier paisano. Para ganarse una comida, el anciano y su nieta haban limpiado de manzanas cadas el pequeo y soleado vergel de un labrador. La fruta parda y marchita haba sido acumulada en dos grandes montones que el labrador cubrira con zarzas y cuya pulpa fragante esparcira por el huerto llegada la primavera. Durante la tarea, el anciano haba tenido un ojo puesto en Raquel, buscando en ella signos de que supiese lo que significaba aquella fecha, qu haba ocurrido un ao atrs cerca, precisamente, de su propio manzanal. Al final del da, Raquel estaba sentada en el tronco hueco de un sauce, comiendo el pan negro y la cuajada con que el labrador les pagara. Su cabello oscuro, crespo y denso se derramaba sobre el cuello de la pesada capa que la cubra y ella se lo apart del rostro cuando el viento arreci y salt las cercas y terraplenes que baaba el crepsculo. Cuntas veces haba tratado el hombre de cortarle aquellas guedejas rebeldes para hacerla parecer menos bella; pero cuando el cuchillo se le acercaba, ella se apartaba arisca y sus ojos ardan como palos. Ella recordaba, en efecto.... Nunca olvidara ella. l lo saba: para la nia cada da era el aniversario.
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Castillo Valaise, Otoo 1188 La baronesa supo, por el semblante de su hijo, que ste haba hallado el modo de derrotarla. Una hilaridad borbollante daba a sus ojos un resplandor caprino y un barniz travieso a su rostro atezado cuando aqul hizo su entrada en el gran saln del palais. De inmediato, ella busc a sus propios hombres con la mirada y los vio en su puesto: William y Harold a sus costados en el estrado y los soldados de Neufmarch, despreocupados, a sus espaldas, charlando jovialmente entre ellos. Nadie detuvo a Guy en la puerta o pareci siquiera notar su presencia, pero para Ailena su caminar decidido y las estras angostas de sus ojos eran advertencias. Hizo seal a los soldados de la puerta de que lo detuvieran, pero stos no la percibieron. No estaban acostumbrados a vigilar cada uno de sus gestos, alertas como halcones. Durante treinta aos haba administrado ella su dominio por medio de rdenes directas, no furtivos signos de sus manos, y se arrepenta ahora de no haber exigido de sus guardias ms atencin. Los gremiales del castillo, sus aprendices y familias, y los villanos, colmaban el gran saln el da de San Fandulfo para la bendicin de sus hermandades por el santo varn local, maese Pornic. ste era el da tambin en que los mercadantes pagaban el impuesto anual por las tiendas que posean en la plaza del castillo. Todo el que gozaba de cierta prominencia en Valaise se haba reunido hoy aqu y aguardaba que fuera dada la orden para el comienzo de la ceremonia con la alocucin de la baronesa. Varios mercaderes se inclinaron al ver a Guy e intentaron atraerlo a sus conversaciones, pero ste los hizo a un lado y continu su marcha sin apartar su mirada jovial del estrado. A la baronesa no le gust la sonrisa burlona y satisfecha en el oscuro rostro de su hijo. Es que nadie ms la vea? Qu otra cosa poda pintar en l aquella mueca tan vivaz y maliciosa sino su perdicin? Ailena mir a William Morcar, pero ste evit sus ojos, haciendo ver que observaba una insignificante disputa entre las mujeres de dos mercaderes en la primera fila. Esto le bast a la baronesa para saber que su situacin era grave. Pero el pnico la estrangul y el corazn bati fuerte su pecho cuando volvi la vista hacia Harold Almquist, que haba maridado a su nieta apenas dos meses atrs, y tambin ste apart los ojos. El ingrato! Qu se haba hecho de sus juramentos de fidelidad? Frentica, la baronesa se volvi hacia los soldados de Neufmarch, en la parte posterior del saln, tratando de que al menos uno la mirase. stos siempre haban constituido una amenaza suficiente para desanimar cualquier intento de expulsarla de sus dominios por parte de su hijo o del acerbo maestro de armas de su esposo muerto, Roger Billancourt. Pero aqullos se haban olvidado de la amenaza, se apiaban en la puerta del saln riendo, como aves grrulas que no comprenden que han sido cazadas ya. En el arco de la puerta, la baronesa atisb el crneo cuadrado de Roger Billancourt y tras l la hermosa cabellera de Denis Hezetre, y a algunos hombres armados con jabalinas. El terrible momento de su derrota haba llegado... y justo aqu, ahora, delante de toda la comunidad que su 67
padre reuniera y que ella haba mantenido durante todos estos aos. Hizo una seal al heraldo al pie del estrado, y ste ta una nota exultante en su trompeta que silenci el saln. Antes de que Ailena pudiese hablar, Guy salt al estrado y clam: En nombre de mi querida madre, la baronesa Ailena Valaise, me complace anunciaros a todos vosotros que la seora se encuentra profundamente conmovida desde la visita a nuestro dominio gals del arzobispo Baldwin la pasada primavera y que, tras mucha consideracin, ha decidido escuchar su llamada y tomar la Cruz. La baronesa partir hoy mismo en peregrinacin a Tierra Santa para vivir all el resto de sus das en devocin y plegaria, consagrada a Nuestro Seor y Salvador Jesucristo. Un murmullo de asombro recorri la asamblea y Guy alz ambas manos pidiendo silencio. Tras l, la baronesa habra querido levantarse, desdecir su absurda manifestacin, pero el impacto era tal que senta de gelatina las piernas. Cmo se atreva l a exiliarla, a la autntica seora de este dominio? Su rabia se desbord al instante siguiente, cuando vio entrar a Roger Billancourt con los hombres de los barracones, que haba armado con jabalinas. Rpidamente rodearon a los soldados de Neufmarch y los sacaron del saln como a un rebao. En este momento, continu Guy cuando las voces estupefactas remitieron, un grupo de peregrinos de San David aguarda en la liza con una litera para transportar a mi madre en su sagrado romeraje. Para emular la simplicidad de la humilde vida de nuestro Seor durante Su permanencia en la tierra, la baronesa abandonar aqu todas sus posesiones materiales y partir de este lugar rica slo en la fe. Ailena incorpor con esfuerzo su encorvada figura, inflamada por este tratamiento cruel, pero Guy se torn y enfrent con una sonrisa helada su ceo oscuro y su tensa quijada. No hace falta que te levantes, madre. Lo he preparado todo para que se te lleven a cuestas. La baronesa se sent y sus ojos colricos recorrieron la asamblea en busca de aliados, pero slo hall rostros pasmados y los hombres de Roger abrindose camino entre la multitud con una litera sobre los hombros. Slo maese Pornic pareca ofendido, pero Denis Hezetre se le haba acercado y estaba hablndole premioso. Hemos pensado en todo, madre, dijo Guy a travs de su mueca insolente, inclinndose hacia ella hasta casi rozar su largo perfil con su propia nariz chata. Eres vieja. Los caballeros tienen miedo de que, si esperamos hasta que nuestro Buen Dios se te lleve, Neufmarch tenga tiempo de hacer suyo este castillo. Ahora, puedes partir o bien con dignidad, como una santa mujer peregrina, honrada por la Iglesia y por su gente, o bien ruidosamente y sin elegancia. Pero sea como sea, madre querida, t te vas. La boca arrugada de Ailena sonri con irnico desdn. Tu odio nunca pudo alcanzarme. Venganza es lo que quieres por la muerte de tu padre. Pero no la tendrs a menos que me asesines. Reza una plegaria por m en el Sepulcro, repuso Guy mientras haca una seal a los portadores de la litera, y su sonrisa de exultante amargura se transform en un visaje cruel. Volver, gimi ella. A menos que me mates ahora, levantar un ejrcito y volver para recuperar lo que es mo. 68
No lo creo, madre. Con sus propias manos, alz a la baronesa y se sorprendi de lo poco que pesaba ya. Su vieja compaera Dwn, que lo haba contemplado todo indefensa desde detrs del sitial, grit alarmada e intent detenerlo. William Morcar la cogi por los hombros y se la llev. Ailena no forceje ni grit cuando los portadores de la litera se la llevaron delante de la estupefacta asamblea. Se sent tiesamente, erecta de indignacin, mirando el estrado que le haba sido usurpado. Y su hijo la contempl jovial, esperando orla aullar con furia en cualquier instante. Pero el nico signo de mortificacin que vio en ella fue el negro resplandor de sus ojos estrangulados. Los peregrinos vestan bastas ropas y muchos se haban rapado la cabeza. Portaban largas estacas coronadas por palmas atadas en forma de cruz. Cuando recibieron a la baronesa en la plaza, la vitorearon con po regocijo y dieron gracias a Dios por tan noble compaera para tan largo viaje. Al principio, portaron su litera alegremente sobre los hombros. Pero al final del da, cuando ella se haba negado a unirse a sus salmos y cnticos y a sus frecuentes plegarias en los emplazamientos de los numerosos santuarios del camino, cambiaron de actitud hacia ella. Slo la caridad cristiana les indujo a ofrecerle uno de los mantos que les sobraban aquella noche, cuando el fro descendi de las ventosas estrellas. Ailena tirit y se mordi los dolientes nudillos. Rabia virulenta le retorca el estmago y apenas poda tragar el pan de bellota que los peregrinos compartan con ella. La maana siguiente, los palmeros acordaron que caminase la milla que los separaba del prximo santuario, como una forma de penitencia. Esto la enfureci; sin embargo, a pesar de las punzadas que torturaban sus articulaciones, trastabill toda aquella milla bajo la mirada maliciosa del corpudo serjant que su hijo, prudentemente, enviara con ella como escolta. Tres das ms tarde, con el cuerpo retortijado de dolor y sus finas ropas mugrientas, Ailena alcanz la orilla septentrional del Usk. All, en una capilla cltica que posea una pequea espadaa, haba ocultado un cofre con monedas de oro varios aos antes, despus de que Roger Billancourt hubiese logrado casi echarla de su propio castillo. Un portero leal y unos cuantos soldados de Neufmarch le ahorraron aquella indignidad, pero desde aquel da se preocup de tener fondos escondidos fuera del castillo por si llegaban a exiliarla algn da. La mayor parte del dinero la envi al otro lado del Canal, como prstamos sin inters a sus primos del Prigord. Sus joyas ancestrales las ocult en un nicho de la cripta de su marido, sardnicamente complacida de convertir el cadver en el guardin de su fortuna. Y a diversas capillas locales tribut pequeas estatuas cuyos pedestales de madera contenan cajones secretos en los que ella ocultara monedas de oro. En la capilla cltica junto al Usk, Ailena fingi remordimiento por su egosmo y prolong sus plegarias, en aquella oscuridad rota slo por las velas parpadeantes, cuando los dems se hubieron ido. El membrudo serjant, impaciente por la cena, la dej acabar sola sus Ave Maras. En cuanto ste se hubo ido, ella recogi su oro, desliz las bolsas en los pliegues de sus ropas y humildemente se uni al resto. 69
Con dos de aquellas monedas de oro, Ailena pag a un barquero de cuello toruno para que transportase a los peregrinos a la otra orilla del Usk y se asegurase de que el serjant no llegara vivo. Durante el cruce del ro, la balsa se vio fuertemente zarandeada por la corriente, el barquero perdi su equilibrio, se agarr desesperado del serjant y ambos cayeron al agua. Slo el barquero emergi. Ailena se arrodill con los dems y en voz alta rog por el alma del serjant.
Arles, Invierno 1188 El Rdano, gris como hierro fro, arpeaba en los lechos de arena y grava, cantando con las voces suaves, guturales de los muertos. Como siempre, los muertos cantaban soturnos las canciones hebreas de los das santos. Raquel no entenda la mayor parte de las palabras, pero saba que sus cantos eran sobre el amor de Dios y la historia de su pueblo. Las hinchadas vocales se difuminaban all entre los juncos y bajo el menudo orvallo. Raquel, sal del agua, la llam su abuelo. l estaba sentado junto a la yema de luz de un pequeo fuego ambarino, en un rincn lleno de telaraas de la tumba de un comerciante. Vivan aqu, en el antiguo cementerio de Arles, donde ruinas romanas yacan esparcidas entre los berros y los juncos de las orillas del ro. La lluvia est cayendo ms fuerte. Ven aqu y sintate conmigo. Raquel dio la espalda a la cancin del ro y trep por lechos de piedra y altos tallos de hierba. Se sent junto a su abuelo en el fro peldao de la cripta y dej la vista vagar sobre las lpidas inclinadas, cubiertas de yedra y de vid. Le dola el estmago y, sin los cnticos de los muertos para distraerla, el hambre se volva punzante. Come esto, dijo el abuelo tendindole una corteza cerosa de queso que haba ganado el da anterior cavando una tumba. Haba pensado en compartirlo con ella, pero al verla oprimirse el estmago con las manos prefiri que se lo comiese todo. Raquel mir la corteza de queso en la mano de su abuelo. La tom, mordisque un extremo y le devolvi el resto a l. Quera decirle que se lo comiera. l estaba cansado de cavar todo el da. Le pareca descarnado y deseaba que se dejase crecer la barba otra vez. Pero su voz no poda brotar de aquel lejano lugar en su interior. El anciano toc la tiznada mejilla de la muchacha con su mano callosa, dura como corteza vieja. Hemos compartido todo hasta ahora, mi nia. Yo me comer esto. Pero t debes hablarme. Debes decirme aunque slo sea una palabra. Raquel contempl su expresin suplicante con el arrebol de dolor encendindole el rostro. Comprendi lo que l deca, aunque lo haba odo a travs de brazas y brazas de profundidad. Quera hablarle, decirle siquiera Come... Su boca se abri, pero la palabra no llegaba. En su lugar, el silencio vibrante la oprima ms y ms, y su rostro se cerr. El abuelo le palme el hombro con cario, tom el queso que le ofreca y lo masc desconsoladamente. 70
Arles, Primavera 1189 Ocasionalmente, algunas personas visitaban a sus muertos en este cementerio junto a la orilla del ro, pero en general el amplio espacio de lpidas, panteones y cruces de piedra estaba vaco. Unos pocos vagabundos merodeaban entre los tmulos, refugiados, como ellos mismos, que teman menos a los espritus y las miasmas que la curiosidad de la gente del pueblo. Pero el hacha del anciano los mantena a distancia. El sentido comn tanto como el dolor de los msculos extenuados, y el mareo de ensalmos que llegaba con los relmpagos plateados de las alas de los ngeles al cortar el aire, y las estrellas fugaces, le decan al anciano que no podra vivir mucho tiempo ms cavando agujeros todo el da y comiendo restos. Sin embargo, se negaba a permitir que la nia se ensuciase con el lodo de las tumbas y dejaba que trenzase sombreros con la hierba de la ribera. El encorvado guardin del cementerio, que pagaba al anciano con pan mohoso y queso rancio por las fosas que cavaba, les daba una corteza extra por los sombreros. Dios de Israel, suplicaba el hombre cada da, cada hora, Creador del mundo, quebranta mi cuerpo miserable pero salva a mi nieta. Devulvela a su pueblo, a un buen marido, y que en ella pueda cumplirse la promesa que le diste a Abraham para que conozca la plenitud por los hijos. Una vez se aventur por la abigarrada ciudad con su nieta arrebujada en su capa, la cabeza cubierta, buscando a otros como ellos. De preguntas casuales a las viejas mujeres del mercado, coligi que los judos haban sido expulsados de la Ciudad Libre de Arles en otoo del 87, tras la cada de Jerusaln en manos infieles. Las sinagogas, algunas de doscientos aos de edad, haban sido demolidas y sus piedras incorporadas a los nobles claustros y portales de la catedral de Saint Trophime. As, el anciano retorn al cementerio, agradecido cuando menos de que hubiese trabajo para l. Por las tardes, lea pasajes de la Biblia en voz alta para su nieta. Como sus manos estaban habitualmente demasiado rgidas para pasar las pginas, la muchacha sostena el libro sagrado a la luz del fuego y le segua silenciosamente. Al ser nia, nunca haba aprendido a leer hebreo, pero seguir los movimientos de la negra ua del hombre entre las letras le serva para empezar a conocerlo. De vez en cuando, para sorpresa del abuelo y suya propia, incluso trataba de pronunciar algunas frases en voz alta. Esto impresionaba al anciano y le daba fuerza. Dentro de su dolor, estaba despierta y viva, y coma no slo los restos que ganaban con su trabajo sino tambin el pbulo del espritu. Por la noche, alzando sus ojos ms all de los chillidos de los murcilagos, hallaba solaz en las titilantes estrellas.
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Raquel estaba sentada en el suelo, cerca de su abuelo mientras l cavaba fosas, y trenzaba sombreros y adornaba sus alas con flores silvestres. l trabajaba lentamente, pausando con frecuencia bajo el sol ardoroso para levantar el sombrero de hierba que le hiciera la muchacha y secarse la frente. A menudo, despus de estos das arduos, caa dormido de inmediato tras compartir su cena de sopa de ajo y bayas, demasiado cansado para leer siquiera de la Biblia. Con el sol demorndose sobre los quebrados parapetos de las ruinas, Raquel vagaba por los espacios solitarios junto al ro, recogiendo las bayas de los arbustos que crecan entre las criptas. No lejos del fosar, entre sauces de ro y lamos temblones, se hallaban las basas de antiguos pilares y las piscinas de los baos romanos que manchaban las algas. Con la puesta del sol, cuando sus largos rayos brotaban en abanico del horizonte, los rostros erosionados de las piedras contemplaban a la muchacha serenamente. Y la paz que conociera en su colina secreta de Lunel ascenda desde su alma brillante, como una burbuja de plata a travs de las glidas, opresivas profundidades de su horror. La baronesa alz su mano retorcida con sus castigados dedos para protegerse del fulgor del sol poniente, y se sent ms tiesa en la litera. A una seal, los portadores la bajaron al suelo y el caballero que haba contratado para protegerla se le acerc y cubri su vista. Ella lo apart airada y bizque contra el rojo resplandor. Algo ms adelante, al final de una avenida de castaos, las ruinas de unos baos romanos contenan por un instante, entre sus espacios abovedados y arcos, el sol, hinchado, trmulo y vaporoso. Ailena haba llegado aqu empujada por el rumor local de que, al crepsculo, las aguas untuosas de los baos aliviaban el ardiente dolor de las articulaciones. El tormento de sus huesos deformados haba empeorado con las dificultades de su viaje al sur y estaba ansiosa de cualquier clase de remedio. Una mujer se ergua all, silueteada contra el gneo cielo. La vista de su porte regio y de su perfil absorto asalt a la baronesa con extraos y sbitos recuerdos, y se alz sobre sus rodillas, ignorando el incisivo dolor, para ver ms claramente la sombra ante ella. El sorprendido caballero a su costado la tom del brazo y la ayud a ponerse en pie. Resplandores de membranza la atravesaron mientras contemplaba a la joven alta, envuelta en el halo de su pelo suelto. Quin es? Una descastada, milady. No. Mrala bien. Viste harapos. La baronesa extendi su mano torcida hacia la sombra y su rostro ajado qued del todo inerte, aturdido ante las brillantes promesas que el tiempo ocultaba en aquella forma oscura. Cuando la sombra cay sobre l, el anciano estaba doblado sobre su pala, metido en la oscura tierra hasta los hombros y lamentando aquella piedra empotrada. Supo al instante que se trataba de una sombra de perdicin, pues portaba espada. Inclinando su sombrero hacia atrs, mir a aquel extranjero coronado por el sol. 72
Es tu hija?, inquiri la sombra. El anciano volvi la vista hacia Raquel, sentada al borde del fosal, con las manos enredadas en la cinta de hierba que haba estado trenzando y el rostro impasible bajo el sombrero de anchas alas. Mi nieta, se aventur. Hablaba tan raras veces que su voz son extraa. Sal de aqu. El anciano apoy su pala contra la pared de tierra y obedeci. Gate del agujero y, cuando se puso en pie, se vio confrontado por un caballero de rostro torvo, vestido con una tnica corta y ligera de color marrn como sangre antigua, y un cinturn de cuero amarillo alrededor de su cintura del que pendan una daga y una espada ancha. Recoge tus cosas, trae a tu nieta y ven conmigo. Dnde hemos de ir?, inquiri el anciano, y el hosco caballero le apremi con un gesto de su mentn. Raquel se levant cuando la llam su abuelo y, tras recoger la deshilachada bolsa de viaje que contena sus escasas ropas, el rollo de la Ley y la Biblia, siguieron al desconocido. No tenan ms remedio que seguirle, aunque por un momento David se sinti lo bastante hastiado como para pensar en desafiar al caballero y aceptar como propia la tumba que haba cavado. Slo su preocupacin por Raquel le hizo someterse. El hombre los condujo fuera del cementerio, a la avenida de castaos que llevaba directamente al centro de Arles. Un carro con un conductor sooliento les esperaba en la puerta del campo santo. Cerca de all, el corcovado guardin del lugar, sentado a la sombra de un negro ciprs, los observaba con su sonrisa desdentada. El caballero les orden subir al vehculo. Dnde nos llevis?, inquiri el anciano con precaucin. El caballero les volvi la espalda sin responder y camin hasta un corcel atado a la sombra de un castao. El carro rod por la ancha va romana, pas las ruinas de los baos y cruz una puerta en la muralla almenada de la ciudad que se abra a las estrechas y serpenteantes calles de Arles. Como en todas las villas y ciudades, la calle corra entre dos sucios canales donde los habitantes vertan sus residuos y desechos. Con el calor del verano, el hedor hera narices y ojos. Raquel y el anciano, acostumbrados al aire libre de los arrabales de la ciudad, sintieron nuseas. Las casas de yeso y madera, y los talleres de frontis abierto con signos grandes, llamativos, que sobresalan del dintel, cesaron y la calle se ensanch en una avenida. Aparecieron edificios de piedra ante los que se alzaban rboles antiguos y chapodados. Delante de una de estas casas de piedra, con un pequeo jardn delantero, se detuvo el carro y el caballero les orden salir. Cruzaron la puerta de hierro de un arco que tena por clave una cabeza de len y siguieron un camino curvo de losas azules hasta una puerta de madera, grande y reforzada con hierro. El caballero les condujo a travs de sta tambin y, por una estrada enguijarrada que viboreaba entre setos florecidos, alcanzaron un pequeo portal lateral disimulado por arbustos frondosos. Una sirvienta elegantemente ataviada con una tnica bordada y el cabello bien trenzado los recibi en el interior penumbroso de la casa, y el caballero desapareci. A travs de pasillos oscuros de piedra mohosa, la criada los condujo a una cmara abovedada con las paredes 73
ennegrecidas por el humo de una chimenea vasta. Abri los postigos de madera de las altas ventanas y la cuchillante luz del sol revel sobre el hogar venerables trofeos cinegticos: cornamentas, la cabeza de un oso, poderosos colmillos de jabal, y una panoplia de armas de caza usadas por generaciones antiguas. El anciano contempl a su nieta con aprensin. sta era la primera casa espaciosa en que haban entrado desde aquel monstruoso da, casi dos aos atrs, en que su propia casa grande se convirti en la pira de la familia. Raquel se haba detenido ante una maciza silla y acariciaba ausente su elegante espaldar mientras lo observaba todo con curiosidad, pero sin inquietud. Sois mis huspedes, dijo desde la puerta una voz ronca, rota. Por favor, seor, sentaos. Joven amiga, venid. Dos sirvientes entraron a una vetusta mujer en una silla de viaje. Colocaron el asiento junto a la ventana, en una plataforma especial para l, y partieron. Tocada con un grin y vestida con brillantes ropajes esmeralda festoneados con flores de seda, la anciana pareca un noble personaje. Con una mano cuyos huesos la enfermedad haba retorcido hasta convertir casi en un puo, indic a David que se sentase en la silla almohadillada y a Raquel que se acercase. No tengas miedo, nia. Ven aqu. Raquel mir ansiosamente a su abuelo. Obedceme!, dijo la dama secamente. Raquel se sobresalt y se acerc a la airada mujer. Ponte aqu, a la luz. Date la vuelta. Los ojos oscuros de la dama la examinaron, radiantes de fascinacin. Se levant con esfuerzo, aties dolorosamente la espalda y coje hasta Raquel. Sus manos como garfios tomaron el rostro de la muchacha y lo inclinaron hacia atrs, a la luz del sol. Escap de ella una satisfecha exhalacin . De dnde eres, nia? Raquel mir tmida a su abuelo desde la esquina del ojo. Respndeme! De dnde eres? Lunel, dijo el anciano. La dama lo mir hosca. Es muda la chica? No ha hablado durante dos aos... desde que perdi a su familia. Entonces puede hablar. La dama cabece con satisfaccin y asi el cabello de Raquel con sus dedos entortijados, estudiando la textura de los mechones negros y los rojos filamentos al sol. Gascua. Estis muy lejos de all. Dime, muchacha, por qu habis venido a Arles? Venerable seora, comenz el abuelo, nosotros... Silencio! Quiero or hablar a la muchacha. Tienes una lengua en la cabeza, nia. sala. Cmo te llamas? Raquel miraba timoratamente a la dama, buscando en su interior la voz y hallando slo un silencio vibrante de miedo. La dama pellizc las mejillas de Raquel con las fieras tenazas de sus dedos y en el fondo de sus ojos clav una mirada dura, enfrentando el miedo all. Me hablars cuando me dirija a ti. Oir tu voz ahora. Cmo te llamas? La boca de Raquel se abri y labor, pero no dio de s ningn sonido. Sus ojos se 74
agrandaron, inquietos por la ira que vea en el rostro de la anciana. Hblame, descastada!, le grit la mujer. Habla o har que te arranquen la lengua! El anciano salt de su asiento y se coloc al costado de su nieta. Deteneos, os lo suplico. Por qu le estis haciendo esto? Quin sois? Callad y volved a sentaros, orden la dama. No, mi seora. El abuelo fulguraba. Aunque no parezcamos sino peones, no somos palurdos que puedan ser zarandeados por vuestras preguntas y sometidos de este modo. Debo sacarlo de aqu?, inquiri severa una voz desde la puerta. El anciano mir desafiante al caballero. No, respondi la dama ms tranquila. Te llamar si te necesito. Encar al anciano con una mirada fra. Decidme el nombre de esta muchacha y la razn de que haya enmudecido. Su nombre es Raquel. Yo soy su abuelo, David Tibbon, un terrateniente de Lunel. La dama le ofreci su mano. Ayudadme a volver a mi silla, David Tibbon. Mis huesos son demasiado dbiles para estar mucho rato de pie y presiento que vuestra historia es larga. David obedeci y torn luego a colocarse junto a su nieta. Por qu nos habis trado aqu? Os lo dir despus de haber odo vuestra historia. Por favor, sentaos y decidme cmo un terrateniente de Lunel lleg a cavar tumbas en Arles. David y Raquel se sentaron, y el anciano empez a hablar. Raquel oa sus palabras desde muy lejos al principio, como si llegasen burbujeando a travs del agua, pero a medida que la historia se aproximaba al horror, las palabras repicaron con ms y ms fuerza. Sus odos ardieron con la vibracin de la voz honda del abuelo y su corazn se hizo sentir con golpes gneos, dolorosos, bajo la clavcula. Cuando el hombre describi lo que haba sido de su familia, la nia los vio otra vez; los vio no como los vea en el aterrorizado y paralizante recuerdo de sus muertes, sino de un modo distinto. El relato lastimoso de su abuelo, con toda aquella atrocidad y prdidas terribles vertidas en palabras, apual su silencio con daga de vida e hizo estallar la fra opresin que encadenara su voz. En un borbotn de rabia incrustada en dolor, un grito crudo, negro, gneo desgarr la garganta de Raquel, y cay hacia delante, hipando, encorujada en el suelo en medio de sus lgrimas convulsas. Raquel llor durante horas. La dama hizo que sus servidores la portasen a un lecho, donde yaci estremecida por sollozos, drenando el ocano de dolor que haba ahogado su alma dos aos atrs. Mientras lloraba, su abuelo estaba sentado junto a ella, llorando con ella, aferrando su mano y llamndola suavemente de vuelta al mundo. Poco a poco, los tristes espasmos pasaron, el oleaje del llanto refluy, y la muchacha se sumergi en un sueo infrangible. David fue deslizndose hasta yacer a su lado y dormit, vencidos por el agotamiento la curiosidad y el temor frente a aquella gran casa y su entortijada seora. La dama permaneci sentada en la cmara abovedada de los trofeos de caza, mirando por 75
la ventana con ojos introversos, sonriendo para s misma. Las lgrimas de Raquel la complacan grandemente. Donde haba dolor, haba sentir... y el sentir poda ser modelado. A pesar del terror sufrido, la muchacha no estaba muerta por dentro y ello significaba esperanza de una nueva vida. Inundaba la habitacin el resplandor mbar de la luz vespertina cuando Raquel despert. Las densas profundidades que la enclaustraran se haban diluido hasta no ser ms que estratos de horizontes lquidos. Se senta ms ligera, ms vibrante, limpia. Cuando se levant, sus miembros se movieron libremente, como si hubieran cado de ellos los grilletes del abatimiento que arrastr a travs de Francia. Slo el estmago le dola, pero era la hueca protesta del hambre, no el negro e indigestible metal del sufrimiento que haba morado en su vientre todos estos meses. De l se haba librado llorndolo. O de la mayor parte. A una mayor hondura, haba an un resto horrendo, pero pareca ms soportable ahora. Pura sorpresa resplandeca en ella: era esto lo nico que haba necesitado todo el tiempo, simplemente escuchar el horror en palabras que lo definieran como maldad, que hicieran real su experiencia atroz, situndola fuera de ella y en el pasado? Mir alrededor, el cuarto extrao, el amplio lecho donde dorma su abuelo, los gruesos paneles de las contraventanas, los frescos de una batalla adornando las paredes de yeso. Abuelo, llam a David quedamente, y por un brillante y vital instante se sinti mareada con la libertad de su propia voz. Perdi el contacto con las cosas por ese solo, precario destello y sinti las profundidades abrirse bajo ella otra vez. Se sent veloz al borde del lecho y la luz dorada de la estancia le devolvi su recin hallada claridad. Abuelo, despierta. Tenemos que descubrir por qu estamos aqu. David parpade, se sent, frot sus ojos desmenuzando el sueo con sus toscas manos. So que me hablabas. Raquel sonri; al verla, el anciano dej caer las manos en su regazo. Dios me ha devuelto la voz, abuelo. Yo... puedo hablar otra vez. David aferr sus hombros, examin su rostro y no fue capaz de hallar en l aquel ausente y sooliento resplandor. Un milagro! Un milagro, s, dijo ella con una sonrisa triste, notando su voz en la raz de sus dientes, oyendo su eco a travs de los horizontes de muerte, all lejos, dentro de s. David y Raquel retornaron al saln de la gran chimenea y los trofeos de caza y hallaron a la dama sentada an donde la dejaran, con sus manos retorcidas cruzadas en el regazo. Raquel se dirigi a ella cortsmente, con un hilo de voz titubeante, Vuestra amabilidad... al traernos aqu... ha despejado mi corazn de mucha tristeza. Os lo agradezco... por m misma y por mi abuelo. La dama movi la cabeza, apreciativa, y una mueca satisfecha curv sus labios severos. Habis sufrido ambos de un modo terrible sin merecerlo. Pero ahora que habis reposado, querra veros con un aspecto ms galante. Hizo sonar una campana sujeta a su silla y sus servidores aparecieron. Ved que mis huspedes sean baados, vestidos y bien alimentados. Despus, hacedlos volver aqu. David alz sus manos ennegrecidas e inclin su cabeza con humildad. Gran seora, 76
habis odo ya nuestra historia. Sabis de qu forma tan terrible hemos venido a menos. Qu posible servicio podran rendiros dos infortunados como nosotros? Lo sabris despus de que os haya visto bien vestidos y sin esas expresiones famlicas en vuestras caras. Id, hablaremos de nuevo al anochecer. Seora... por favor, dijo Raquel, mareada, embravecida por su nueva libertad. No sabemos ni siquiera vuestro nombre... Para que podamos dar gracias a Dios por vuestra munificencia, aadi David. Soy la baronesa Ailena Valaise, repuso la dama observndola con ojos semiabiertos, tratando de ver a Raquel sin los surcos sucios del llanto en el rostro. No puedo contaros mi historia, pues no ha sido escrita an. Soy lo que no puedo decir. Os digo slo esto: os he trado aqu, a mi casa, porque eres t, mi querida Raquel, quien debe ayudarme a decir lo que soy. La baronesa estaba sentada con los ojos cerrados, el rostro alzado al sol, sintiendo el calor calar hasta sus huesos. El viaje desde Gales haba sido una ordala, pero ahora Raquel la redima de todo el sufrimiento. Qu irnico que fuese juda! Eso slo enriqueca el sarcasmo de la estrategia que haba estado concibiendo desde la tarde anterior, cuando espi a la muchacha entre las ruinas de los baos. Toda la noche haba yacido despierta, asombrada de su propio asombro. No era una ilusin: la joven tena exactamente la misma apariencia que ella misma cuarenta y cinco aos antes. Durante la noche, cuando empezaron a ocurrrsele las posibilidades que le ofreca este espectro de su infancia, se pregunt si la muchacha no se parecera slo a un vago recuerdo de s misma durante su ltimo ao de felicidad, antes de la muerte de su padre. Pero hoy, despus de examinar a la nia a la luz del da, haba visto la verdad: Raquel posea las mismas lneas, la misma complexin, el mismo cabello y porte que ella misma tuviera. Haba sabido al instante, la noche anterior, que esta joven no era una campesina, que su porte no era el de una trabajadora del campo. Y reconoci de inmediato que los rasgos de Raquel provenan de Aquitania, muy cerca del Prigord donde Ailena naciera. La larga nariz recta, el labio superior protuberante, el hoyuelo en el mentn... estas caractersticas eran comunes all. Pero la combinacin de las mismas en la proporcin exacta de su propia figura juvenil era poco menos que milagroso. El rostro apergaminado de la baronesa se frunci feliz al pensar en Dios ayudando a su venganza. Desde que su hijo la expuls del castillo haba estado planeando retornar. En un primer momento, pens en reclutar mercenarios y cercar su propio castillo. Pero sus huesos se haban inflamado ms y ms con cada accidentado da de viaje y el coste de semejante campaa sera sin duda su vida. Decidi despus que el dinero enviado durante aos a sus primos del Prigord en anticipacin del exilio a manos de sus enemigos deba ser mandado al rey. ste necesitaba oro para sus aventuras. A cambio, le pedira que reclamase el Castillo Valaise para s mismo por derecho de herencia real, como si se tratase de bienes mostrencos. Eso dejara a Guy tan desposedo y sin tierras como su padre lo haba estado antes de casarse con ella por la fuerza. Pero ahora tena un plan ms satisfactorio y siniestro. El mismo Dios que haba matado a su padre y que la haba sometido a un marido cruel le entregaba ahora esta verdadera gemela de 77
su pasado. La justicia que rezumaba esto, la esplndida ingenuidad de todo ello, la hacan mostrar sus dientes al sol por vez primera en aos. Raquel estaba sentada en la mesa del comedor, acariciando con sus dedos la delicada urdimbre del corpio que le haban dado a vestir junto con una exquisita tnica azul y un suave calzado. Lgrimas acristalaban los ojos de su abuelo al verla gozar otra vez ropas que, en das ms felices, haba dado por supuestas. Pero se tragaba aquellas lgrimas. No quera que ella le viese sufrir por las prdidas, temiendo que esto le inspirase de nuevo su propio sufrimiento. Ya se haban lamentado bastante. Fuesen los que fuesen los motivos de la baronesa, la dicha que haba proporcionado a Raquel era la respuesta a las interminables plegarias del anciano. Sobre la mesa estaban los restos de su comida: pan tan fresco que humeaba al ser quebrado, conejo en salsa de uva y guisantes con mantequilla y cebolla. Y un vino colmaba copas talladas como cabezas de pjaros, que David reconoci como el ms fino, de las vias de Saint Pourcain en Auvernia. El bao fragante, la buena comida y el vino acabaron de fundir el entumecimiento de Raquel, y mir a su abuelo con un brillo en los ojos que el hombre no haba visto desde el horror. Vestido con la fresca tnica verde que cea un cinturn marrn, el anciano tena casi la misma apariencia que ella recordaba de otros tiempos. La barba estaba afeitada, pero el vino haba distendido la fatiga y preocupacin que turbaran sus facciones, y la muchacha reconoca en l al benigno patriarca de su infancia. Reposaba la Biblia en la mesa, donde David la haba colocado tras leer un salmo de gratitud. Raquel la abri y ley en voz alta: Isaac habl a Abraham, su padre, y le dijo, Mira, padre, aqu estn la madera y el fuego para el sacrificio... pero dnde est el cordero? David pos su mano sobre la de Raquel. S, nieta, dnde est el cordero? La baronesa nos ha lavado, nos ha vestido, nos ha cebado. Qu sacrificio tiene en mente? Deberamos huir? Raquel mir a la puerta que conduca a la cocina. El caballero no est a la vista y los criados no nos detendrn. A dnde iramos, mi nia? Y aunque no nos persiguiesen... slo la miseria nos aguarda ah fuera. Sea el que sea el sacrificio que esa noble dama quiera de nosotros no ser ms grande que el que ya hemos ofrecido al Seor. Seris mos por el resto de mi vida, les anunci la baronesa a David y a Raquel cuando se sentaron frente a ella en el saln, bajo los trofeos de caza. El crepsculo purpuraba las altas ventanas y los pjaros gorjeaban sus cantos all abajo, en el jardn que la tarde refrescaba. A cambio de obedecerme, tendris la mejor comida, la mejor ropa y el mejor techo protector. No volveris a sufrir persecucin por vuestra fe. Y, cuando yo muera, heredaris un cofre con joyas tan valiosas que os asegurarn el bienestar para el resto de vuestras vidas. David inclin su cabeza humildemente. Baronesa, qu servicio nos pagis tan generosamente? El rostro arrogante de Ailena se inclin hacia atrs. Obediencia absoluta y completa durante el resto de mi vida. 78
Somos judos devotos... No os pedir que matis ni que robis. Tampoco quedar comprometida la castidad de Raquel. No se os exigirn nunca labores serviles ni trabajos duros. Pero, cuantos aos me queden de vida, os conduciris como yo os lo mande. La frente de David se arrug pensativa. Y qu es lo que nos ordenis? Voy a disponerlo todo para que viajis por mar a Tierra Santa... a Tiro, la nica ciudad que an conservan las fuerzas cristianas. Portaris cartas mas que os permitirn adquirir all una casa igual a sta en categora. En ella, me esperaris. David y Raquel cambiaron miradas sorprendidas. En el silencio, cantos de aves ecoaron en la oscura estancia. Baronesa, dijo David finalmente, el viaje a Tierra Santa es una aventura peligrosa. Los ojos de la baronesa parecieron cintilar en las sombras. Es vuestra vida en el osario menos peligrosa? Ailena estaba sentada sola en la negrura, contemplando a travs de la ventana el polvo de estrellas. Por primera vez desde aquel da cruel, nueve meses atrs, en que fue derrocada, forcejeaba su mente con algo ms que rabia. Estrategias se ramificaban como rayos en la humosa oscuridad de su cerebro, y cada radiante horcadura encenda profundidades nuevas, donde relmpagos menores centelleaban revelando todos aquellos minsculos detalles que deberan ser atendidos para el xito de su gran plan. Por un momento, la complejidad de su idea la aturdi. Tantas y tantas cosas deban hacerse... y habra tiempo? La muerte morda ya sus huesos. Y esto era lo que ms la enfureca: que su hijo -tan odiosamente como ella le tratara a l por los pecados de su padre- hubiese logrado expulsarla en sus ltimos das. El dominio habra sido suyo en cualquier caso; slo tena que soportar un poco ms la malicia de su madre. Pero ahora que haba sido humillada... ahora deba vivir, ahora deba desafiar los afilados dientes de rata que mordan sus tendones y vivir para forjar una venganza duradera. Con esta determinacin, se relaj Ailena. En la estanza penumbrosa, una paz de abuela compuso las arrugas de su rostro anciano. Sus ojos alertas titilaron con luz de estrella cuando imagin las minuciosas labores de su revancha.
Mar Mediterrneo, Verano 1189 Dios me est castigando por nuestro engao, se lament David y se aferr a las cuerdas sedeas de su litera. A travs de la ventanuca del corredor, el sol rielaba en la espuma del mar brezante. Peces voladores saltaban sobre las ondas centelleantes con sus alas translcidas y rojas togas de sargazos pasaban a la deriva. David yaca sobre su espalda, la boca indolente y abierta, rolantes los ojos en la cabeza. Raquel lo confortaba con una esponja hmeda. El zarandeo del barco no la perturbaba. 79
Abuelo, intenta dormir otra vez. Quizs el mar est ms calmado cuando te despiertes. David irgui el cuerpo y se sent con la cabeza en sus manos. Basta de sueo. Siento como si estuviera asfixindome. Aydame a ir a cubierta, Raquel. Quizs el viento disipe estas nuseas. Raquel solt las cuerdas satinadas de la litera y tom el brazo de su abuelo mientras ste descenda del lecho. Juntos caminaron trastabillando por la elegante y espaciosa cabina, y a travs de la puerta. Raquel cerr el camarote y sigui a David por la escalerilla hasta cubierta. No haba desaparecido an la orla de su vestido por la trampilla, cuando dos hombres descalzos, cubiertos con calzones deshilachados, emergieron del sollado, desde el que se llegaba a la vasta bodega del buque y a los bancos de los remeros. Los dos hombres, ambos remeros, haban estado turnndose en la vigilancia del camarote, esperando el momento en que pudiese estar vaco. Uno de los remeros era apergaminado y sarmentoso, con nariz grande y grandes orejas; el otro era oscuro, atezado por el sol, con un bigote herboso y dientes de cabro. Vigila la escalera, dijo el de piel arrugada entrando en la cabina y yendo directamente hacia el cofre bajo la litera. Y dejar que ratees lo mejor t solo?, dijo el de piel tiznada y lo sigui. Dentro y fuera, como el cuchillo del carnicero. Date prisa. No estarn mucho en esa movida cubierta. El cofre que saqueaban contena slo ropa femenina, ninguna de las gemas o monedas que estaban seguros de encontrar en tan augusto camarote. S ordenado, idiota, dijo el apergaminado cuando empezaron a remeter los vestidos, o sabrn enseguida que les han robado. Y no lo sabrn cuando les falte el oro?, se mof el del bigote y se apresur hacia otro cofre en el lado opuesto de la cabina. Quin es el idiota? En el segundo cofre haba slo ropa y un fajo de cartas. Los hombres buscaron bajo la alfombra y en el almohadillado de las sillas. Aqu est el pjaro, susurr el moreno levantando el colchn de plumas de una de las literas y mostrando una bolsa de cuero repujado. Desat las tirillas de cuero que la cerraban, apart la solapa y sac un rollo y un libro encuadernado en piel curtida marrn. Los ladrones desplegaron el rollo, abrieron el libro, y bizquearon ante las flamgeras letras negras. Es latn?, pregunt el del bigote. No. Latn no. Esto ha de ser aljama pagana. Turco? Me da en la nariz que este par son raros para nobles. No, idiota, ser hebreo. Lo he visto en sus templos, adonde se llevan los nios cristianos para beberse su sangre. El capitn tiene que saberlo. En cubierta, David se inclinaba sobre la barandilla junto con otros doce peregrinos. Raquel se mantena detrs de l, con una mano calmfera en su espalda, viendo a los petreles atravesar las largas, lentas olas. A ambos lados de la pareja, sendos sacerdotes vestidos con sus sotanas negras se inclinaban sobre la barandilla tambin gimiendo, y David sonrea para s mismo. Quizs su malestar era una bendicin al fin y al cabo: el Cuerpo de Dios estaba bien guardado para que no acabase flotando en vmito, y David y su nieta estaban a salvo por ahora de 80
la ignominia de verse obligados a compartir el sacramento de los gentiles. Agua salpic de pronto su nuca y l alz su turbada cabeza para ver a otro sacerdote que bendeca a los mareados peregrinos con agua bendita. Detrs del sacerdote, en la cubierta superior, se ergua el capitn con sus oficiales y dos torvos marineros. Los ojos de David se agrandaron cuando vio que estaban examinando el rollo de la Ley de su camarote. Abuelo, algo anda mal?, le pregunt Raquel cuando el hombre se apart bruscamente de la barandilla. No digas nada, Raquel, murmuje, empezando su mente a cuajar soluciones. Sgueme y no digas nada. David se movi tan rpido como le permitan sus inseguras piernas y subi las escaleras hasta la cubierta superior. Capitn, cmo ha llegado este rollo a vuestras manos? Respondedme de inmediato! El capitn, un hombre menudo vestido con un chaleco negro de mando y gorra roja de terciopelo alz una ceja suspicaz. Esto es escritura hebrea. Ha sido hallado en vuestro camarote por estos dos remeros. Qu estaban haciendo all?, inquiri David sin disimular la alarma en su rostro y su voz. Pasbamos adelante, repuso el apergaminado. La puerta andaba abierta y nosotros vemos este rollo y el libro sobre la cama. Nos import poco, pero el vaivn del barco va y tira esto al suelo. En cuanti que se abre, y nosotros que catamos el trazo pagano, lo habemos trado aqu. Mentiroso!, grit David. Este rollo y este libro estaban bien seguros bajo mi colchn. No negis entonces que sean vuestros?, interrog el capitn. Qu hacen primos de la baronesa Ailena Valaise con escritos judos? Portarlos a Tierra Santa!, respondi ardorosamente David. Sois judos entonces!, exclam el capitn, Vais a hacer que todos nosotros quedemos malditos a los ojos de Dios! Ciertamente que os vais a condenar, coincidi David, pero no porque seamos judos, que no lo somos. Tal como la baronesa misma os inform, somos primos suyos. Pero..., dud, y mir fieramente a Raquel. Somos tambin enviados de... del arzobispo. Fue l quien nos eligi para esta peligrosa misin, que hubiramos preferido culminar en secreto, sin riesgo para nadie ms que para nosotros mismos. Qu es esta retrica?, exigi el capitn. Lo que tenis en las manos es un talismn judo dotado con una maldicin pagana que destruye a aquellos que se ven expuestos a ella por mucho tiempo. Los judos -malditos sean sus ojos- han estado sirvindose de esto generacin tras generacin para sembrar la discordia entre los reinos cristianos. El arzobispo se hizo con ello durante el saqueo de las sinagogas francesas que sigui a la cada de Jerusaln. A nosotros se nos ha encargado llevarlo a Tierra Santa, donde los caballeros Templarios lo utilizarn contra los sarracenos. El capitn lo pleg agriamente y se lo pas a su oficial. Arrojadlo al mar. 81
No!, exclam David. No... eso slo pondra en peligro la nave. El talismn debe ser llevado directamente a nuestro enemigo, sobre el que actuar la maldicin para gloria de Cristo. Y tom el rollo del oficial, que apresuradamente se lo rindi. Nadie ms debe saber esto. Permitid que el riesgo recaiga enteramente sobre m y sobre esta santa mujer. Gesticul sealando a Raquel y sta inclin con solemnidad la cabeza. La bendicin del arzobispo est sobre nosotros y nos protege. El capitn retrocedi cautelosamente y alz una mano para tapar su rostro del rollo hebreo. Apartadlo de mi vista. Como algn dao llegue a amenazar a este barco, lo quemar yo mismo. Destellaron sus ojos al mirar a los remeros. Llevoslos de aqu de inmediato. Dejarn el barco maana por la maana en Sicilia. David invit a Raquel a precederle escaleras abajo y ocult el rollo en su pecho, cantando en voz inaudible una plegaria de accin de gracias al Dios nico. Tu treta ha sido magnfica, le susurr Raquel jubilosa cuando estuvieron solos en el camarote. La historia ha salvado la Tor y nuestras vidas. David escondi cuidadosamente el rollo y la Biblia, y se derrumb luego en la litera con el brazo sobre los ojos. No cont ninguna historia, se lament. Fue el malestar hablando a travs de m. Raquel asinti compasiva y le palme el hombro. Fue as, nieta!, insisti vibrante David, lanzando un ojo desde debajo del brazo. Por supuesto, abuelo, se ri de l la muchacha. Yo no mentira en cuanto a mi fe..., aadi David enftico, mirndola fijamente antes de volver a cubrir sus ojos y gemir. Yo no osara decir semejantes mentiras blasfemas sobre la Ley. Le di la voz a mi malestar... y mi malestar nos salv. David insisti en que Raquel no tornase a cubierta. El capitn dispuso que se les llevase comida y agua al camarote y David, gruendo de nusea, goz del consuelo que ella le proporcionaba. Pero cuando l se desliz a un sueo hondo, ella se sent en la galera, en la parte trasera del camarote, y abri las ventanas. Raquel amaba el mar. El viento undoso, con su fragancia salada, colmaba de luz todos los espacios de sus pulmones e infunda en sus miembros fuerza viva. Bajo sus dedos, vagabundos por el roble del alfizar, brillaban minerales marinos con los mismos matices irisados que ella vea en el rocin de las olas. Pero ms que cualquier otra cosa, amaba esa sensacin envolvente del vuelo del barco, cuando la proa hachaba los lomos del agua y el mar levantaba tan alto la popa que a ella le pareca estar volando. Entonces la onda de proa se abra hacia los lados con un rugir impetuoso y el barco cabeceaba adentrndose en el seno del mar. ste era el nico barco que conociera, y haba aprendido todo lo posible de l en los muelles de Arles antes de la partida. Reciba el nombre de usciere y era uno de los transportes ms grandes del mundo; treinta pasos de eslora tena, ocho de babor a estribor, dos mstiles y dos cubiertas completas. En las amuras, haba sendos ojos grandes, toscamente pintados, y en la popa plana una cabeza de caballo. En el puerto, Raquel haba visto bajar las gigantescas rampas de 82
popa y subir por ellas caballos al sollado. A menudo durante el viaje los oa relinchar, tan infelices como su abuelo con el vuelo sobre los mares. Los ruidos del viaje fascinaban a Raquel. El crujir de las cuadernas, el chasquear y silbar de las jarcias, el toser de las olas... todo le hablaba del misterio, de aquellas cosas que no podan ser conocidas pero de las que poda hablarse en el protolenguaje del mar y del viento. Slo cuando los peregrinos empezaron a cantar y sus himnos dolorosos se elevaron para caer entre los cuarzos cintilantes de la brisa del ocano, el hueco rugir de la proa cortante son siniestro. Trompetas de muerte mugieron en las olas rotas. Toda felicidad que pudiese habitar en la tierra huy al silencio azul, y todos los estratos del sonido, pletricos de un habla fantasmal, se estremecieron, se helaron en su cabeza. Y de pronto, ella estaba otra vez en los tneles oscuros de los robledales, entumecida bajo los rayos gneos y helados de la nieve que caa entre el ramaje, doliente el estmago, heridos los ojos, y sus lgrimas congeladas incrustadas en ellos por la imagen cruel de su familia muerta. Raquel cerr las ventanas a las alabanzas de los peregrinos, cantadas a su dios de amor. Las manos en los odos, se arrastr hasta su litera, devan un imposible sollozo y yaci all, escuchando el silencio formado en su sangre por el llanto de los caballos.
Roma, Otoo 1189 Ailena estaba sentada, quieta en la cruz de su dolor. Cada movimiento despertaba minsculos fuegos que abrasaban sus huesos. Para mitigar el torturante zarandeo de su cuerpo durante sus viajes, se haca ligar sus junturas con tensas vendas y ello la obligaba a una posicin rgida, erecta, con brazos y piernas inflexiblemente estirados. Pero ahora le picaba la nariz y rascrsela le costara un instante secular de dolor. Para distraerse del picor, concentr su mente en la ciudad ms all de la ventana y medit en todo lo que sta significaba. La baronesa se hallaba en un pequeo fortn de la Torre delle Milizie, prxima al mercado de Trajano. Las fortalezas se acolmillaban contra la lnea del horizonte, eclipsando los antiguos edificios que mucho tiempo atrs sobrevivieran a su propia inutilidad. Ahora, bandas rivales de estas fortalezas vagaban por las serpenteantes calles y callejones de esta ciudad tensa y sombra, e irrumpan en mercados y piazzas. La Curia, que representaba el poder poltico del papa, luchaba por el dominio unida a la Repblica, constituida por los aristcratas romanos. Y la comuna, una poderosa coalicin de gremiales y granjeros arrendatarios, desafiaban al papa y los nobles. Casi cada da, estallaban revueltas en las montunas avenidas y partisanos de todos los grupos resultaban apaleados o apualados, o eran colgados de los esculidos rboles que brotaban en la mayor parte de las esquinas. Ailena haba venido a esta torturada ciudad a cumplir con un pequeo pero importante aspecto de la estrategia. Aunque lograse sobrevivir en su viaje a Tiro, aunque viviese lo bastante para preparar a Raquel, para convertirla en Ailena Valaise, para hacerla conocer todo lo que ella misma conoca, incluso aunque lograse artistar un milagro adecuado para explicar la recuperacin 83
de su juventud... aun si se cumpliesen todos estos requisitos, necesitara la validacin de una autoridad superior. Y por eso haba venido a Roma, para comprar la bendicin del papa. Que la bendicin del Santo Padre poda conseguirse con dinero era algo que Ailena haba aprendido de su propio padre, cuya familia haba ganado ttulo y tierras por apoyar a la casa de Frangipani contra los Pierleoni en su rivalidad por el papado. Por desgracia, el actual Vicario de Cristo perteneca a la familia rival, y Ailena lo haba dispuesto todo para entrevistarse con un cardenal poderoso que tena influencia en el papa. Giacinto Bobo-Orsini tena ochenta y tres aos: una menuda y lnguida rana con ojos bulbosos y sarmentosos dedos. Entr en la estancia derrochando energa, ondulante el haldeo de sus ropas escarlata que casi ocultaban de la vista a su secretario, un sacerdote joven, rubio, escrupulosamente vestido de sotana negra y blanca sobrepelliz. El rictus de la baronesa fue una mscara pintada, y se comi su dolor cuando se forz a s misma a arrodillarse ante el cardenal y besar su anillo. Sus servidores la ayudaron a retornar a la silla y le limpiaron el plido sudor de su ajada frente y sus trmulos labios. Bobo-Orsini se sent en un gran sitial, con su secretario al lado traduciendo al latn el occitano de la baronesa. Eminencia, me hallo de viaje a Tierra Santa, donde, a mi avanzada edad, sin duda acabar por rendir mi alma al Seor. Por ello, teniendo ya poca necesidad de mis posesiones temporales, estoy ofreciendo mi riqueza a aquellas personas de este mundo que mejor uso puedan hacer de ella. Ailena tom una caja incrustada de perlas de uno de sus servidores y la abri, mostrando una esmeralda oblonga y tres rubes grandes como avellanas. Haba gastado la mitad de su fortuna en estas joyas, decidida a provocar una impresin en la Curia que persistiera hasta que necesitase su ayuda. S que vuestra Eminencia es muy querido de nuestro Santo Padre. S que luchis diariamente contra los poderes seculares para lograr que la influencia de nuestro Santo Padre no se vea disminuida en este mundo. Deseo ofreceros estas pocas e insignificantes naderas que poseo para apoyar vuestros esfuerzos en nombre del Santo Padre... y para que me recordis en caso de que necesite vuestro consejo durante el tiempo que me quede en este mundo. Bobo-Orsini acept la caja engastada de perlas con una sonrisa lgubre y, sin mirar siquiera las gemas, pas el regalo a su secretario. Con seguridad vuestra peregrinacin ganar en favor a los ojos de Dios, tradujo el secretario, y el Prncipe de la Iglesia se levant y abandon vivaz la estancia. A solas con sus servidores, Ailena sinti su decepcin estallar como una burbuja en su corazn. El cardenal era ms viejo que ella misma y, fuera cual fuera su influencia, dejara probablemente esta vida antes de que la baronesa alcanzase Tiro. La haba engaado su ira? Era su impa peregrinacin la ltima burla de Dios en su vida? Hizo una seal a sus portadores para que se la llevasen de aquel fuerte. No perdera otro da en Roma. sta era la ciudad de la derrota, y se disputaban los chacales su cadver desde haca mil aos. Partira de inmediato para Tierra Santa, donde una vez se lograra la victoria de la vida sobre la muerte... y donde ella repetira ahora esa victoria. 84
Tiro, Otoo 1189 La ciudad se extenda como una mano abierta sobre el mar, unida slo por la mueca, una isla a la que se llegaba por un brazo de tierra tan estrecho que poda ser fcilmente defendida por los ballesteros de las barcazas cristianas. Los profundos fosos y las defensas poderosas satisficieron a David, pues el largo viaje lo haba debilitado y quera descansar sin que lo turbase el miedo. Con las cartas de la baronesa en la mano, fueron recibidos en la fortaleza de inmediato por el comandante de la villa, Conrad, el marqus de Montferrat. Complacido porque de la baronesa se prometa oro y una alcabala sobre las tierras que aqulla pretenda comprar y cultivar en la zona, instal a los Tibbon en un espacioso palazzo, que se alzaba en una terraza poblada de palmeras y con vistas al verde mar. David busc la sinagoga de la ciudad y hall un edificio pequeo de piedra negra, calzado entre el dique martimo y las rocas monolticas que estribaban la ladera donde se asentaba la terraza. El estrecho edificio estaba tan apartado, que ninguna calle llegaba hasta l y era accesible slo por barco o a travs de una precaria vereda en el dique martimo. No les falt bravura a David y Raquel para hacer este camino, y el anciano bes el umbral del templo en gratitud por su salvacin, alabando a Dios por haberlos librado de las turbas carniceras de cruzados. Raquel escuch su plegaria de accin de gracias en silencio, hasta que no pudo seguir soportndolo. Y qu de tus hijos y nietos, de mis padres y hermanas y hermanos?, lo desafi Raquel histricamente cuando l la invit a cruzar el umbral. Dios los dej morir. A to Joshua y sus hijos tambin. Murieron horribles muertes, y Dios no los salv. Cmo puedes darle gracias? Los devotos del templo cubrieron sus rostros y se alejaron. Dios crea la calamidad tanto como la bienaventuranza, le dijo David calmoso. As lo dice Isaas: Hago la paz y creo el mal: Yo el Seor hago todas estas cosas. No dar las gracias a un dios semejante. Raquel se apart, y dej la vista vagar sobre el agua esmeralda, que derivaba hacia un azul oscuro bajo los altos cmulos matinales. David detuvo con un gesto al rabino, que haba emergido ceudo por la perturbacin, y sigui a su nieta. Mira el pas. Y le mostr con la mano las colinas azafrn de aquella costa salpicada de verdes esplendorosos. sta es la tierra que Dios ha dado a nuestro pueblo. Nos ha bendecido trayndonos de vuelta aqu. Raquel dirigi a su abuelo una oscura, sesgada mirada; luego seal la arrogante torre de Gibeleth, que emerga de la boira marina coronando una fortaleza invisible all lejos en el sur. Esta tierra no es nuestra. Pertenece a sarracenos y cristianos. Si ste es nuestro pas, por qu lo poseen los infieles? Por qu dej Dios que los descredos asesinasen a mi familia? Por qu? Por qu? David sacudi la cabeza. Deber interrogar la arcilla a Aquel que la modela? Raquel no dijo nada. Sus palabras haban abierto unas erizadas tenebrosidades en su interior. Era esto la ira de Dios? La frufruante actividad de las frondas en la terraza sobre ella la 85
colmaba de voces odas a medias... la risa sibilante de sus hermanas. No! No escuchara de nuevo a los muertos. Con violenta claridad animal, volvi su vista hacia abajo, a los blancos salientes de roca calcrea batidos por el mar, recorridos por negros cangrejos. David se mes los cortados rizos de sus sienes y se alej de all. Slo Dios poda recuperarla de donde ella haba ido. Volvi a la sinagoga y se uni a su gente en la alabanza al Creador. Despus de haberles contado su historia, ellos le aconsejaron dejar Tiro antes de que llegase la baronesa. Le hablaron de los numerosos asentamientos judos a lo largo y ancho de la tierra prometida, y le urgieron a huir all con su nieta antes de que la gentil los hallase de nuevo y los sometiese a su voluntad. Pero David haba dado su palabra. La baronesa los haba sacado de su abyecta pobreza y les haba prometido que su funcin no sera servil y que Raquel no sera molestada. No rompera l su palabra. Ms tarde, en el camino a casa por la estrecha vereda sobre el dique, David se torci el tobillo y estuvo a punto de precipitarse a la clida corriente. Coje un corto trecho hasta un banco de arena abigarrado de esqueletos coralferos y viejas conchas, mientras Raquel buscaba un palo que pudiera servirle de muleta. Torn con una estaca pulida que arrojara a la costa el mar y le ayud a incorporarse. Cuando sus ojos se encontraron, l enfrent la burlona franqueza de su mirada encogiendo los hombros. A veces Dios se oculta... y entonces tropezamos con l. Suspir. Y a menudo nos rompe el cuello. Hemos de confiar en que Dios sabe lo que est haciendo.
Tiro, Invierno 1189 Cada noche, Raquel se despertaba cuando las nubes del ocano batan los montes y la lluvia tamboreaba en el tejado, barra los palmerales. Yaca entonces inhalando la frescura del aire limpio, que aflua por las ventanas lotiformes del palazzo y undulaba las cortinas difanas. En los sonidos de la lluvia que goteaba del tejado y se precipitaba por los canales de la calle, voces murmullaban en hebreo. Los muertos pululaban en la malva evanescencia de la noche y la rodeaban mientras ella flotaba bajo la colcha adamascada, con los brazos sobre el pecho como si fuera uno ms de ellos. Cuando intentaba entender qu decan, todo empezaba a hundirse de nuevo. Cuanto ms empeo pona en escucharlos, ms se olvidaba de quin era. Qu decan? Nunca y siempre. Cada noche, llegaba a convencerse que aqullos rezaban por un tiempo y un lugar en los que ser escuchados, y atenda con ahnco a sus voces en las toses de la lluvia. Nunca y siempre. Y entonces la lluvia pasaba, se helaba la atmsfera tonante y a travs de las ventanas vea mechones de tormenta flotando entre las flgidas y crepitantes estrellas. Las voces partan. Contemplando la rueda de los astros girar en la oscura noche tempestuosa, se dejaba llevar por el sueo otra vez.
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Las campanas de las iglesias le hablaban al alba. Raquel se despert a los aromticos humos que ascendan de las tabernas de los marineros a lo largo de la lnea de mar bajo la terraza del palazzo. Picantes rfagas de sepia, tripas amoragadas, y pichn y calamar asados invadieron su dormitorio con las primeras luces, acompaados por los gritos de los pescadores que recogan sus redes. David estaba despierto ya y en el jardn, las manos abiertas ante l y alabando al Creador que hilaba un nuevo da. Tambin los criados haban dado comienzo a sus actividades; preparaban sus fragantes ts y molan las semillas de ssamo para la pasta de higos que cada maana servan con dtiles y ciruelas de invierno. La baronesa no llegara hasta la primavera. Los grandes transportes no cruzaran hasta esas fechas el mar y ella pasara el invierno en Sicilia. Varios barcos pequeos haban desafiado la estacin y trado cartas de ella. Llegaban stas siempre por la mano del mismo mensajero, un hombre alto, calvo, vestido con un caftn color vino. Con el velludo rostro alerta de un mono, llamaba en rabe desde la puerta de hierro y los criados se apresuraban desde donde se hallasen en el palazzo. Las cartas llevaban el sello impreso de la baronesa y el lacre del marqus, que las recibiera, y venan siempre acompaadas de una bolsa de bezants, las finas monedas de oro que distribuan como pago entre los servidores. Las cartas constituan garantas para el marqus de las intenciones de la baronesa y eran tambin informes del desarrollo de la situacin poltica en Sicilia. All, Tancredo, un miserable dspota, se las daba de rey, y la baronesa estaba utilizando sus recursos para su derrocamiento por el nuevo monarca ingls, Ricardo Corazn de Len. Las cartas no traan mayores indicaciones para los Tibbon que aguardar su llegada en primavera. La imaginacin de David se haba agotado intentando conjeturar lo que la baronesa quera de ellos. Despus del desayuno, iba cada da a la sinagoga -y lo haca en barca, no por el precario sendero- para orar y conferenciar con las cabezas de la comunidad juda. Los judos orientales, liderados por rab Ephraim, al que todos llamaban el Egipcio y que era incapaz de penetrar lo que una baronesa normanda poda querer de aquellos dos judos, acabaron por convencer a David de buscar el consejo de la comunidad juda europea, que haba establecido asentamientos en las afueras de la fortaleza de Tiro. Durante los meses de invierno los sarracenos se desbandaron, retornaron a sus mujeres e hijos en Mesopotamia y en Egipto, y mengu el peligro de ambular por la regin. Los Tibbon dejaron la ciudad a lomos de pollino con un grupo de peregrinos que se haba propuesto visitar los santos lugares locales. Pasaron por campos murmullantes de caas de azcar y por negros campos espolvoreados por el verde de los brotes tempranos de la cebada invernal. Gaviotas volitaron en las alturas hasta que el paisaje se hizo ptreo y el camino se convirti en un arroyo de polvo entre rocas alimonadas. Aqu y all sarmentosos algarrobos coronaban colinas bajas y una casa de piedra enjalbegada resplandeca bajo el chorro del sol de Levante. Junto a estructuras de madera para extraer el agua de profundos manantiales, crecan amodorradas palmeras y reptaban los tallos jade de las calabaceras; un campo alomado llameaba de verde, patullado por los bueyes, y un 87
granjero de rostro atezado contemplaba a los peregrinos bajo el capuz de su blanca tnica, sonriendo, mostrndoles sus encas azules, entretenido con el avance polvoriento de aquellos extraos. Luego el terreno se hizo roca y arena de nuevo, y brill como estao. En una aldea de abigarradas casas achaparradas que se alzaba en una ladera de polvo color len y cantos como perlas, los Tibbon hallaron la comunidad de judos europeos que les recomendara Ephraim el Egipcio y fueron clidamente recibidos. El Rosh ha-Qahal -el Cabeza de la comunidad- rab Hiyya, un hombre de pelo lanoso, les present a un granjero robusto de cuerpo de bronce, Benjamn de Tudela, y a un pequeo tejedor de cutis ceroso, rab Meir de Carcasona. Sus mujeres y sus hijas abrazaron a Raquel y la hicieron sentar, junto con su abuelo, sobre un colchn de carrizo bajo una aparrada higuera, donde les fue servido pan cimo, olivas y pequeas naranjas rojas. Despus de or su historia, el Rosh ha-Qahal cabece sabiamente. Compraris vuestra libertad, decidi. Pagaris a la baronesa normanda todo el coste de las ropas que os ha dado, del transporte en el usciere, la comida, el abrigo protector durante vuestro tiempo en el palazzo, los sirvientes, y una generosa compensacin por la ruptura de vuestro compromiso. As seris libres y, ambos, vendris a vivir entre nosotros. Mir al granjero grande y broncneo. Cunto ser eso, Benjamn? Benjamn escarabaje cifras con sus dedos en el polvo ocre, dijo, Unos ciento veinte bezants por el coste total y la mitad de ello para una prdiga compensacin... en total, unos ciento ochenta bezants. Bien, asinti el Rosh ha-Qahal. Pagaris a la baronesa doscientos bezants y seris libres. Doscientos bezants, desesper David. No tengo uno siquiera. El Rosh ha-Qahal descart su preocupacin con un gesto de su mano ennegrecida. Eso es slo oro. Te lo dejaremos. Rab Meir dio una palmada con sus manos cerosas. Est hecho. Har una colecta en la comunidad despus de la cosecha de invierno. Tendris esa suma en vuestras manos antes del retorno de la baronesa. Pero cmo podr yo devolveros ese dinero? Soy un hombre viejo. Tu experiencia nos lo compensar, repuso el Rosh ha-Qahal. Tu conocimiento de vias y huertos enriquecer a la comunidad muy por encima de lo que te prestemos. No pienses ms en ello. Ahora a comer. Y despus que haya cantos y danza. Durante todo el resto del da, los Tibbon fueron recibidos por una familia tras otra; cada una escuch de nuevo su historia y cont la propia, mientras los dems se sentaban en el amarillor de los campos y en los vergeles de la ladera, entre olivos como humo argnteo. David resplandeca de gozo y Raquel penda entre el miedo y el deseo, anhelando el afecto de las familias derramado sobre ellos y temiendo sin embargo el vaco que estas gentes ensanchaban en ella. Las jvenes se parecan tanto a sus hermanas... tanto a sus hermanos los muchachos... Risa y dicha llegaban slo hasta este punto, para verse al borde de la negra sima de la memoria. La comunidad percibi la reserva de la muchacha e interrog a su abuelo. Se duele porque vio a los 88
mrtires, explic l. Creo incluso que todava los ve. A la puesta del sol, Raquel fue sola a un campo despejado para hallar la expansin que se corresponda con el vaco abierto en ella. Vastas octavas de violeta y de ndigo abovedaban el cielo, y panoramas estelares ardan magnficos sobre las oscuras fallas de arena y los viejos montes. La tristeza desarrolla su propio cuerpo, sabes?, una voz melanclica dijo tras ella. Se volvi para ver al Rosh ha-Qahal, cuyos rizos lanudos brillaban como los perfiles de una nube. Ve con sus propios ojos, oye con sus propios odos. Debes vivir con este otro cuerpo, Raquel. Pertenece a Dios con tanta certeza como Le pertenece tu carne. Pero no debes dejar que este cuerpo de tristeza viva por ti. El Cabeza de la Comunidad se retir tan silenciosamente como llegara. Raquel contempl el ltimo y vertiginoso resplandor del da desvanecerse en la cpula del cielo, y retorn luego a la aldea a dormir. Horas despus despert y sali de la casa aromada por el humo de la madera al hondo desierto estremecido. Humeaba su aliento luminosamente. Mir al oeste y vio, a lo lejos, las gigantes intumescencias de las nubes emborronando la luz de estrellas, descargando sobre Tiro sus lluvias en su camino a las montaas. Lejos, oh lejos, los muertos susurraban, Nunca y siempre.
Tiro, Primavera 1190 El Rosh ha-Qahal y el resto de la comunidad queran que los Tibbon permaneciesen con ellos, pero David insisti en volver a Tiro para esperar a la baronesa en el palazzo tal como haba prometido. Pasaba la mayor parte de su tiempo en la sinagoga y, ocasionalmente, atendiendo a rab Meir o a Benjamn de Tudela en el palazzo cuando visitaban la ciudad. Se dej crecer la barba y los rizos de las sienes, y se hizo activo en la comunidad juda, contribuyendo incluso a la correspondencia con el afamado Maimnides, que viva por aquel entonces en el Cairo y que mantena una fluida comunicacin epistolar con los judos de Tiro. David lleg a dirigirle estas palabras: Es porque vivs en este lugar que Dios nos asegura aun hoy un Redentor. Raquel pasaba su vida en el palazzo como podra hacerlo una vetusta mujer, contemplando el mar mezcolar sus pigmentos, deambulando por el jardn entre las flores misteriosas de los cactus, las negras perlas-luna de los pimenteros, las sombras violeta de los setos de jazmn, o sencillamente siguiendo los pasos de las sirvientas, mujeres morenas de largas trenzas untuosas, que descalzas de cuarto en cuarto limpiaban el polvo amelocotonado de repisas y arcones. Su abuelo, a veces, se la llevaba con los sirvientes al sol plomizo del mercado. All, bajo palmas entrecruzadas y brillantes domos, contra paredes enjalbegadas que se haban desportillado aqu y all hasta dejar parches color ostra, los puestos ofrecan hortalizas primaverales, centelleante pescado, animales vivos, huevos de aves marinas, rollos de seda y bayeta, y todo ello bajo la mirada halconada de hombres atezados, con tiza bajo cada ojo y las cabezas 89
enturbantadas. A la vuelta de una de estas excursiones, el velloso mensajero con el caftn color vino los esperaba en el palazzo con una carta de la baronesa. En ella, Ailena les ordenaba dejar el palazzo con los sirvientes y esperar fuera de Tiro hasta que ella les mandase aviso. David y Raquel retornaron al asentamiento judo y vivieron all varias semanas antes de que el mensajero los buscase de nuevo y se llevase consigo a David a la ciudad antes del anochecer. En el patio que dominaba el jardn, la baronesa lo esperaba, ms consumida y apergaminada a la luz de las lmparas de aceite de lo que l poda recordar. Las formalidades por parte de ella fueron pocas y directamente le inform de cmo, habiendo sido exiliada por su hijo, pretenda preparar a Raquel para hacer lo que ella misma no podra hacer: retornar a Gales e imponer venganza. David la escuch con un candor mentecato en los ojos, creyendo a sus odos apenas. Lo que peds es imposible, dijo, Raquel an no es siquiera una mujer. Cuyo parecido con la que yo fui a su edad es absoluto. Con el entrenamiento adecuado, llegar a conocer todo lo que yo conozco y nadie dudar de que sea yo misma. La mirada de David se agrand cuando percibi la locura del plan de la baronesa. Si ella declarase que es vos, la mataran por impostora... o bruja. Una mueca fra destell en el rostro de la baronesa. La belleza de mi estrategia la proteger. Mirad, David, los convencer a todos de que he recuperado la juventud no por arte de brujera, sino por la gracia de Dios... un milagro santo. David retrocedi tambalendose, como si hubiera recibido un puetazo. Alz ambas manos, las palmas hacia fuera, para protegerse el vulto. No puede ser, no con mi nieta. Eso sera una blasfemia a los ojos de Dios. Los ojos de la baronesa se estrecharon, letales. Vos y la muchacha estis a mi cargo. Haris lo que yo diga. No insultar a Dios. No a vuestro Dios, loco. Al dios cristiano. Ella declarar que ha recuperado la juventud por medio del Mesas, de Jess, que para vosotros es un falso mesas. Qu blasfemia hay ah? Nadie lo creer. Matarn a mi nieta. Vos jurasteis que ella no sera importunada. Y no lo ser. He pensado en todo. Tomar todas las precauciones para la ejecucin de mi plan. No permitir que fracase. Raquel retornar a Gales como Ailena Valaise, baronesa de Epynt. Pero por qu? La voz de David se alz medrosa. Con qu fin toda esta artimaa? Para usurpar el lugar del usurpador!, fustig la baronesa. Quiero que se cumpla mi venganza, aunque tenga que forzarla desde la tumba! David baj la cabeza, incapaz de arrostar el odio de su mirada. Meti la mano en un pliegue de su ropa, extrajo una bolsa pesada con oro y la depuso en un taburete ante ella. Aqu hay doscientos bezants, dijo. Es la compensacin por el dinero que habis gastado en m y en mi nieta. No queremos tener nada que ver con vuestra venganza. La baronesa mir la bolsa fieramente; luego la tom en su mano entortijada y se la arroj 90
a David. No! Y el estridor de su grit despert all abajo en el dique su eco. El dinero no puede comprar lo que yo quiero. Ella aprender lo que es ser yo. Y volver y acabar mi historia tal como yo habra querido que se contase. O acabar aqu su historia. David se levant y dej caer la bolsa en la silla donde haba estado sentado. Los gritos potentes de la baronesa lo apedrearon mientras l se alejaba precipitadamente del palazzo. Con las puertas de la ciudad cerradas para la noche, David aguard la maana en casa de un conocido judo. El recuerdo de la ira de la baronesa lo mantuvo despierto hasta el alba. Cuando sta lleg, alquil un pollino y dej la ciudad presuroso. Por el camino, varios jinetes en cota de malla y grebas le adelantaron con galope marcial, y l sigui la estela polvorienta de sus caballos hasta el mismo asentamiento judo. Cuando David alcanz la falda de la montaa, ya haban llegado los caballeros normandos contratados por la baronesa y estaban pisoteando los campos, hachando las ramas de los rboles frutales y espantando a los rebaos por los montes. Uno de ellos lo salud, y le arroj la bolsa de bezants a los pies. Maana volveremos a arrasar la aldea, le amenaz; luego hizo una seal a sus hombres y volvieron grupas para marchar a Tiro. Los ancianos de la aldea estaban furiosos. Benjamn de Tudela se prepar para cabalgar a las villas cercanas a fin de levantar hombres bastantes con los que defenderse de los normandos. Pero David no estaba dispuesto a permitirlo. Devolvi la bolsa del oro y, con cabeza avergonzada, se hurt a sus protestas. A la maana siguiente, mientras Raquel le urga a cumplir las exigencias de la baronesa, l le puso un dedo macizo en los labios. Hemos dado nuestra palabra... eso basta, dijo lasamente. En una carta que dej al Rosh ha-Qahal, se excusaba ante cada una de las familias por los daos que los caballeros causaran en sus propiedades. Y con su nieta a lomos del asno, retornaron ambos a Tiro. La baronesa senta la garganta ampollada de sus gritos. Su furia por el rechazo de David ante su plan casi la haba matado. Renqueando tras l, vociferando amenazas, estuvo a punto de romperse el cuello en las escaleras de piedra que conducan del patio a la salida del jardn, por donde l huyera. Gracias a Dios, los sirvientes, alarmados por sus rugidas imprecaciones, haban llegado veloces y la detuvieron a tiempo. Aquella noche, con el pulso latindole furioso bajo la quijada, haba departido con el mensajero de barba cerdosa, que tomara a su servicio por mediacin del marqus para vigilar a los Tibbon, y haba tenido noticias de la comunidad juda. Ailena haba agotado casi su fortuna, un dinero que podra haber gastado levantando un ejrcito de mercenarios en Francia. En lugar de ello, el dinero le haba servido para lograr reconocimiento en la Curia, para la sumisin de Tancredo a Ricardo Corazn de Len en Sicilia y para la compra de dos granjas cuyas rentas le permitiran pagar sus gastos cotidianos. Despus de todo este esfuerzo no estaba dispuesta a dejar que Raquel se le escurriera. Bajo una corona de dardos solares radiando a travs de las palmeras del jardn, recibi la baronesa a Raquel y a David. La baronesa mir triunfalmente al anciano, que se amohin en un 91
banco de piedra junto a las pas de un gran cactus. Luego contempl a Raquel, sentada en una silla frente a ella, y su sonrisa fue generosa al ver de nuevo el parecido de la muchacha con su propia juventud. Le explic las lneas mximas de su estrategia, hablndole gentil y confidencialmente, aunque con una voz todava spera del berrinche de la noche previa. He concebido incluso el milagro que me transformar en ti, le dijo Ailena. Bebers del Santo Grial. Raquel dirigi una mirada a su abuelo y ste abri las palmas de sus manos mostrando su ignorancia. No conocis el Grial?, pregunt, incrdula, Ailena; luego, frotndose la barbilla: Desde luego... sois judos. Qu habis de saber vosotros de las supersticiones cristianas! Bien, sta os entretendr. Es absolutamente encantadora. Las arrugas atelaraadas en torno a los ojos de la baronesa se oscurecieron con regocijo malicioso. El Grial es el cliz del que Jess bebi y que pas a sus discpulos, durante la fiesta de Pascua, dicindoles, Bebed porque sta es mi sangre. Y al da siguiente fue crucificado y, tal como fuera predicho, Jos de Arimatea us ese mismo cliz para recoger la sangre del Salvador que vertan sus heridas. Con el tiempo, el Grial se perdi. Pero, de cuando en cuando, se les aparece a los que creen en l... y, segn la leyenda, los que beben de l recuperan la juventud. Ailena sonri de un modo escalofriante. Yo beber del Grial. La muchacha de quince aos recibi la idea de la baronesa con un suave cabeceo de asentimiento, que al mismo tiempo sorprendi y alivi a la baronesa. Qu, si no somos credos?, intervino David. Yo ser creda, porque Raquel hablar como yo misma. Y en Gales la leyenda del Grial es famosa. All la gente cree que Jos de Arimatea llev el Grial a su pagano pas con la nueva de la resurreccin. Creen que San Jos port el Grial a sus tierras salvajes, donde un gran guerrero, Uther Pendragn, que expuls a los romanos de Gales, fund a su alrededor la Tabla Redonda en recuerdo de la ltima Cena. Mucha gente declara haber visto la Santa Copa, para ellos es perfectamente real. Qu le ocurri al Grial?, pregunt Raquel. El rostro enrugado de Ailena se ilumin, agradablemente sorprendida por el inters de la muchacha. Se perdi. Vers, en la Tabla Redonda haba un asiento vaco, el Asiento Peligroso, que nadie poda ocupar sin peligro de muerte a menos que hubiese respondido a la pregunta, A quin sirve el Grial? Tras la muerte de Uther, su orgulloso hijo Arturo se sent en l. No tena la menor idea de a quin serva el Grial. Pensaba que todo el reino le serva a l: su mujer era su pasin, sus caballeros eran su fuerza, su tierra era su sustento, y el Grial era un mero emblema de su autoridad. Poco despus result gravemente herido batallando a las tribus paganas. Cuando fue llevado de vuelta a su castillo, haba desaparecido el Grial. La herida de Arturo no habra de sanar y mientras yaca moribundo, su mujer lo abandon, sus caballeros perdieron la fe y su reino se marchit no quedando de l ms que tierra balda. Perdi todo. Slo unos pocos de sus caballeros recordaron la gloria de su padre Uther y emprendieron la demanda del Grial. Lo hallaron?, quiso saber Raquel intrigada. 92
Ailena sonri ante su pueril inters. Uno lo logr. Pero eso es otra historia. A quin sirve el Grial?, presion Raquel. Al rey del Grial, por supuesto. Raquel pareca confusa. Quin es pues? Fue Arturo. Pero l fue gravemente herido por ocupar el Asiento Peligroso. Ailena dirigi una mirada suspicaz a la muchacha. Porque l crey que todo en el pas le serva. No comprendi que tierra y rey son uno. Los ojos de Raquel pasearon su hialino resplandor mientras ponderaba la historia. Gobernar es servir, explic David. Contempl a Ailena y suspir. Si enviis mi nieta de vuelta a vuestro dominio como baronesa, tendr que servir a vuestra gente. Majaderas. Mi plan es mucho ms simple. Retornaris el tiempo justo para derrocar a mi hijo. Recogeris luego las joyas que os he prometido e iris a donde mejor os plazca. David frunci un ceo oscuro, pero Raquel slo movi, afirmativa, la cabeza. Habiendo visto el horror, habiendo portado consigo aquella visin durante dos aos, Raquel poda ser informada pero no sorprendida. As que ahora aprendera a ser baronesa. Si ello complaca a esta impedida y vieja mujer que los haba sacado de su penuria y desesperacin, quin era ella para objetar nada? A juzgar por su rostro cadavrico, a la baronesa le quedaba poco tiempo en este mundo. Por qu no contentarla y disfrutar los privilegios del palazzo? Ailena, complacida por la pronta aquiescencia de Raquel, permiti finalmente que la fatiga de su viaje por mar la reclamase, bes su mejilla, y le indic que se retirara. Cuando Raquel y David hubieron retrocedido hasta el borde del jardn, la baronesa exclam, Alto. La muchacha volvi, una lila su figura en la luminosidad de su ropa plida entre las yedras umbrosas y las palmas susurrantes. Era el hermoso fantasma del pasado de Ailena, una puerta ardiente a las inmensas vistas del futuro. La baronesa sonri y cerr los ojos.
Tiro, Verano 1190 Ailena instal a los Tibbon en el ala norte del palazzo. Cada maana se sentaba con Raquel en el jardn y le contaba algo de su vida, empezando por su infancia en el Prigord. Por la tarde, mientras reposaba, la baronesa permita que Raquel recorriese con un sirviente el blanco roquedal de la vasta playa bajo las terrazas del palazzo. David pasaba sus das en la sinagoga y, a veces, en el mercado, recogiendo noticias de la guerra entre cristianos y sarracenos. Aquel verano, el gran caudillo musulmn Saladino se hallaba intensamente comprometido con la defensa de Acre, la siguiente gran ciudad al sur de Tiro. En Julio, Enrique de Champagne haba desembarcado con diez mil hombres y un gran nmeros de caballeros, nobles y sacerdotes guerreros. En cuanto hubo montado sus ingenios blicos, las fuerzas de Saladino los destruyeron utilizando un pegajoso, abrasivo y explosivo asfalto llamado fuego griego, inventado por un joven metalista de Damasco. Los cristianos no haban visto nunca nada semejante, y ello apoc sus tradicionales intentos de invadir Acre. Dejndose llevar por la 93
frustracin, Enrique cometi el fatal error de mandar sus fuerzas frontalmente contra los defensores. El da de la fiesta de San Jaime, a finales de Julio, cayeron seis mil cristianos y entre ellos mujeres cubiertas de armadura que se haban batido bravamente junto a los caballeros. Lo que destil de esta sangrienta batalla aneg el corazn de Raquel y slo pudo restablecer su equilibrio paseando en la playa bajo el sol poderoso y el viento emplumado por las hebras de la espuma del mar. Slo entonces, despus de sentarse en rocas encostradas con parches rojos de algas coralinas y contemplar el horizonte entre plata y purpreo, poda volverse y afrontar lo que los rabes llamaban el beso de espinas, las torres y muros almenados de la ciudad. El relato de las mujeres cristianas vestidas de armadura que murieran entre los caballeros ancor el pensamiento de Raquel en su propio destino. El mundo era cruel para todos, no para ella sola. Y la propia historia de la baronesa, tan llena de dolor, confirmaba esta oscura verdad. Da tras da escuchaba Raquel crueles relaciones de lo que le ocurri a Ailena tras la muerte de su padre. Tena la misma edad que Raquel cuando fue obligada a casarse con un bruto que se gozaba pegndola. Comprendiendo la precaria belleza de la vida por primera vez, Raquel se dio cuenta de que la felicidad que tanto ella como la baronesa haban disfrutado de nias era un don extrao. De Dios, como crea el abuelo... o de nadie, como aseguraba la baronesa, el don de la belleza de la vida no duraba mucho y, si uno intentaba aferrarlo cuando haba pasado su tiempo, esa belleza se oscureca en un dolor que distraa el corazn de todo lo que quedaba por vivir an.
Tiro, Otoo 1190 Baldwin, Arzobispo de Canterbury, y Hubert Walter, Obispo de Salisbury, alcanzaron Tiro en Septiembre con noticias de que los reyes de Inglaterra y Francia estaban de camino a Tierra Santa. Los prelados portaban un breve pero agradecido reconocimiento a la baronesa por su apoyo financiero a los partidarios sicilianos de Ricardo. Con esta pieza pequea pero vital de su estrategia en su sitio, Ailena afront la preparacin de Raquel con ms celo. La muchacha se asemejaba ms y ms a su propia personalidad juvenil con cada estacin, a medida que floreca como mujer, pero el horror del que fuera testigo la acosaba todava con embelesos que la precipitaban a estados lgubres o de distraccin. Ailena se desesperaba intentando transmitir todos los nimios detalles de su vida a una pupila tan soadora, y por un tiempo se torn brusca con la nia. Fue entonces cuando oy hablar a una de sus refinadas doncellas de un mago persa que poda dormir a la gente con el solo pase de su mano y convencerlos con un susurro al odo de que eran monos o camellos. Ailena sali de inmediato en busca de este mago con Raquel. La calidez del Levante haba penetrado en sus huesos y la haba aliviado del miserable dolor que pudriera su vida, pero lo que la sostena era el trabajo que su venganza exiga. Ansiosa por encontrar al mago que poda ayudarla, era capaz de caminar los viboreantes 94
laberintos de las calles por s misma, guiada por su doncella a travs de apretados callejones de casas piojosas y estrechas de roca iluminadas por dbiles candiles parpadeantes. Un sucio camino serpenteaba entre los destartalados edificios, cruzaba una puerta de piedra y arribaba a una poco elegante choza de madera que se apoyaba en un talud de tierra rojiza. El interior estaba en penumbras, pero a su llegada fue abierto un tragaluz de juncos entretejidos y una flecha plata de luz diurna mostr unas sillas de mimbre, un suelo de tierra aplanada y una pared trasera que era el sucio talud. El hombre que las salud vesta una capa de leopardo sobre un cuerpo nervudo de piel endrina. Bajo un tocado rojo oscuro, su rostro austero miraba impasible y sus ojos brillantes, gateados, helaban todo lo que fijaba la vista en ellos. El soldado franco que la baronesa haba contratado para que las acompaara solt una maldicin cuando vio al pagano y Ailena le orden esperar en el exterior. Se present en el rabe titubeante que aprendiera de sus servidores y sigui en l hasta que el mago, divertido, le respondi en un extico pero fluido occitano, Soy Karm Abu Selim. Por qu os sorprende que hable vuestra lengua? Vuestra gente ha ocupado este pas durante ms de un siglo. Yo he robado de sus almas las pesadillas y les he dado el sueo. Yo he instilado rabia obediente en sus brazos para que pudiesen luchar sin miedo. Y, cuando retornaban a m, yo dilua sus crueles recuerdos de la guerra, como astros vanecientes, para que el sol de un nuevo da se alzase en sus pechos. Conmigo, anhelo y dolor pueden ser obligados al silencio, y las voces de los ngeles orse bien altas. Yo conozco el camino a travs de las tortuosas cavernas del corazn. Yo conozco el lugar donde hallar las posibilidades que el cielo ha derramado en torno a nosotros. Cmo puedo ayudaros?
Tiro, Invierno 1190 David continu desafiando a la baronesa en secreto. En Noviembre, cuando Baldwin, el aoso Arzobispo de Canterbury, muri y Conrad de Montferrat retorn del cerco de Acre con una esposa robada a otro noble, David aprovech el duelo y el escndalo de la ciudad para ausentarse de ella y realizar una visita a los santos lugares locales. La baronesa, ocupada en sus propias intrigas con los nobles de la ciudad y en indoctrinar a Raquel, no lo ech de menos. El ejrcito de Saladino se haba dispersado ya para el invierno y el verdadero peligro en el pas no era ahora la guerra, sino la hambruna. Las feroces batallas de la ltima estacin haban destruido numerosos campos y granjas, y mucha gente se vio reducida a tener que matar sus caballos y mulas para alimentarse. David viaj a pie hasta la aldea juda de la montaa donde viva el Rosh ha-Qahal, y le pidi ayuda en la bsqueda de un marido para Raquel. Debe estar dispuesto a huir lejos, insisti David; a Egipto, donde la baronesa no ser capaz de encontrarnos. El Rosh ha-Qahal, complacido de que David hubiese hallado el coraje para desafiar a la baronesa, emprendi la pesquisa del marido apropiado. Al cabo de unos pocos das, present a David un joven de pelo rizado, intensa palor, ojos oscuros de penetrante lucidez y una boca ancha 95
y candorosa. Su nombre era Daniel Hezekyah, un carpintero que haba aprendido el oficio de su padre y su abuelo. Pero eran textos, no tableros, lo que encenda su pasin; y por las noches estudiaba con rab Meir esperando convertirse en rabino l mismo. David volvi a Tiro con Daniel y su padre para poder mostrarles a Raquel. Conocan la historia de David y estaban bien dispuestos a romper con la tradicin, viajando para entrevistarse con la futura novia, porque sus virtudes haban sido gloriadas por el Rosh ha-Qahal. No les decepcion. Raquel se encontr con ellos en la sinagoga, vestida con las galas sedeas que la baronesa le proporcionara y la sangre del corazn en la cara ante la perspectiva de ser novia. Daniel hubo de forzar su voz para hablarle: la avidez del amor se abri tan plenamente en l que apenas qued espacio en sus pulmones para el aire. David capt la mirada del padre del joven y recibi su gesto de cabeza complacido. Despus de las formalidades de la presentacin, Raquel y Daniel pasearon junto al mar, con la mayor parte de la congregacin siguindolos a una distancia respetuosa. l devan largas sentencias eruditas para hablar de sus vidas, comparndolas a un pedazo de madera que deba trabajarse siguiendo las vetas, las cuales eran la oscura estriacin de las penas que ella haba debido soportar; ahora, pues, se haca necesaria su huida a Egipto. La compasiva ternura de la voz del joven la convenci para hablarle del vaco que su tristeza haba cavado en ella y de las voces de los muertos cuyo eco se propagaba all, su cntico Nunca y siempre. Daniel podra haber sabido entonces que su amor estaba condenado. Pero tena fe en el poder curativo de la fuerza clida y fluida que brotaba en su pecho con la proximidad de la muchacha. Cuando parti con su padre, prometi que habra boda en primavera y que inmediatamente despus se iran a Egipto en busca de su felicidad.
Tiro, Primavera 1191 La hambruna invernal haba actuado en favor de la baronesa. Mientras los campos alrededor de Acre haban quedado arrasados por la guerra, los campos y granjas que ella posea junto a Tiro gozaron de opulentas cosechas y Ailena pudo vender cada saco de sus cereales por cien piezas de oro, cada huevo por seis peniques de plata, y la venta de su pequeo hato de ganado mayor le proporcion ms dinero del que poseyera antes de partir de Roma. Incluso despus de pagar las alcabalas que deba al marqus poda considerarse una mujer rica. Las continuas lluvias invernales le haban calado de humedad los huesos y de dolor el cuerpo, pero su creciente riqueza y la profunda eficacia de Karm Abu Selim en el entrenamiento de Raquel le aliviaban el sufrimiento. Haba trado el mago persa al palazzo y le haba dado sus propios sirvientes y apartamento. Cada maana y cada tarde, ste sumerga a Raquel en un trance y ella permaneca sentada, bien abiertos los ojos, no slo escuchando la historia de la vida de la baronesa sino experimentndola con todos sus sentidos. Karm Abu Selim recreaba magistralmente sensaciones con perfumes, texturas y efectos sonoros, que acopiaba de una multitud de improvisados instrumentos. Poco a poco, toda la vida recordada de Ailena Valaise 96
fue vivida de nuevo en la mente de Raquel. Ailena, hondamente complacida con el progreso de la muchacha, dedic con alegra su atencin a incrementar sus riquezas y no se percat de que Raquel, entre sesin y sesin, pasaba menos tiempo a la orilla del mar y ms en la sinagoga. All estaban urdindose en detalle secretos arreglos para la boda y la huida a Egipto. Se enviaban cartas para trabar contactos en las comunidades judas de Alejandra y el Cairo, y varios miembros de la familia del novio, contrariados por la falta de dote de la novia y por la exigencia de un desplazamiento tan enorme, deban ser molificados. Para Pascua todo estaba en orden. Daniel y Raquel se haban encontrado en diversas ocasiones, y su afecto mutuo se haba hecho ardiente. Pero durante el ritual del Pesah, cuando el rab tir hacia atrs de la cabeza del cordero pascual y le cort el cuello, Raquel cay en el vaco de su abierta herida. El chorro de sangre derramndose en la copa sacrificial dren su fuerza con la del cordero y sus sentidos se columpiaron al borde del delirio. Karm Abu Selim haba implantado en su mente la imagen del Grial; cada vez que quera intensificar los recuerdos de la baronesa, le bastaba con imaginar el Sagrado Cliz y las membranzas que el mago le diera brotaban en ella. Pero ahora, viendo al cliz ceremonial recibir la sangre, fue testigo en su mente otra vez de la escena cruel de su familia yugulada: todos los recuerdos de Ailena se esparcieron como el humo en una rfaga de viento. En el colapso de sus sentidos, Raquel se vio precipitada a un fro cavernoso, una inmensa oscuridad glida sin ms calor que el que poda darle la sangre del cordero. Castaetearon sus huesos con el temblor: un terror incandescente la atraves como un relmpago cuando comprendi que mora. Su garganta haba sido tajada; toda vida se verta huyendo de ella. Un helor monstruoso estruj su corazn y ella oy, en la distancia pero cada vez ms fuerte, el sonido pulsante de un terrible destino aproximndose, inevitable, final. Manos de hierro la aferraron, desgarrndola... sacudindola, despertndola, mientras la vista prenda de nuevo en los globos abotargados de sus ojos. Percibi el semblante turbado de David prximo a ella y oy el lgubre sonido pulsante de su propia voz gritando una vez y otra, Nunca y siempre! Haba sufrido un colapso, y su abuelo estaba agachado sobre ella agitndola, tratando de devolverle la consciencia. Sobre su hombro, vislumbr los atemorizados visajes de la congregacin rodeando el rostro de Daniel Hezekyah, plido, horrorizado e inconsolablemente torturado. Daniel Hezekyah esper en la sinagoga que Raquel retornase a la orilla del mar. Quera hablarle de nuevo antes de dejar Tiro, decirle cara a cara que la amaba an sin importarle su locura. Quin, habiendo sido testigo de semejante horror, no habra enloquecido? Esper tres das para disculparse por haber permitido que su padre lo contuviera, cuando ella se desplom durante el ritual del Pesah, asustado como los dems por aquel virulento dybbuk que la posea. Pero ms tarde, cuando David ya haba arrebujado en su capa a su nieta y la haba portado de vuelta, tambaleante, al palazzo de los gentiles, Daniel se dio cuenta de que era mayor su amor por ella que su temor por cualquier dybbuk. As, permaneci en la sinagoga cuando su padre 97
retorn a la aldea. Esper, junto a la gran ventana del templo, verla pasear de nuevo hacia el mar, como tanto le gustara. Daniel quera decirle que la amaba en cuerpo y alma, que la sima de su alma era la sima de todo su pueblo desde la Dispora, y que no era un defecto estar loco en un mundo loco. l no poda maridarla. La Ley lo prohiba... pues tal como estaba escrito en Deuteronomio 28,28 aquellos que no obedecan los mandamientos del Seor, eran golpeados por l con locura y pasmo de corazn. Cul haba sido la falta de Raquel era algo que l no poda decir. Aunque otros pensaban que haba sido castigada con la locura por servir a una gentil, l no lo crea. Quizs la razn fuese algn crimen ancestral por el que ella deba responder. Fuera cual fuese el crimen, l no poda quebrantar la Ley y casarse con ella, pero nadie podra impedir que la amase. Al cuarto da, Daniel fue al palazzo y pregunt en la puerta por ella, pero el sirviente asegur que tal persona no viva en la casa. Retorn a la sinagoga y esper otra semana; dos veces ms volvi al palazzo y dos veces volvi a ser rechazado. Por fin, vag solo junto a la orilla del mar, all donde ambos juntos pasearan. Escribi su nombre en la arena, pero acosado por un remordimiento incipiente y tenaz retorn a su aldea. Raquel no volvi a la sinagoga ni a la playa nunca ms. Tras su colapso y humillacin ante su propia gente, quera olvidarse a s misma y todo el dolor de su pasado. Karm Abu Selim hall en ella una devota ms ansiosa de su magia y fue capaz de precipitarla a trances tan profundos que, aun despus de despertar, la muchacha deambulaba aturdida durante media maana creyndose Ailena Valaise, desconcertada al hallarse en un jardn de vias y azufaifo, alfncigos y melocotoneros, con el aire salino del mar mancillado por el polvo del desierto. David se mortificaba ante Dios, cubra con cenizas su cabeza y ayunaba hasta que su visin se anubarraba y no poda continuar sus plegarias de pie. El mago persa le dio una bolita de opio y lo condujo hasta el trono de Dios, donde lenguas de fuego lo fustigaron y purgaron de sus transgresiones. Cuando se recobr, una duda pueril pareca arroparle el cuerpo y una resignacin insondable brillaba debajo de su pelo de plata. Desde entonces, dej de conspirar para apartar a su nieta de la influencia de la baronesa. Y cuando sus amigos de la sinagoga le preguntaban por Raquel, su invariable respuesta era como un canto: Todo lo que es es voluntad de Dios.
Acre, Verano 1191 El 12 de Julio, Ricardo Plantagenet, el Corazn de Len, captur Acre, masacrando a dos mil quinientos sarracenos tras haberse stos rendido y haberles asegurado aqul que no habra represalias. Cuando la baronesa se traslad all en Agosto para invertir fuertemente antes de que se vendiesen todas las propiedades dignas de consideracin, el campo donde haba tenido lugar la carnicera centelleaba con pilas de huesos humanos blanqueados, y por los montes estaban desparramados los restos de las hrridas orgas de las aves carroeras y los chacales. La escena indispuso a Raquel y Karm Abu Selim la hipnotiz con un golpe suave en el 98
centro de su frente. Contempla este campo de lirios, enton, y ella vio lo que l deca. Qu radiantes brillan al sol. Ailena Valaise conoci la dicha en Acre. Se instal en una gran casa seorial de la calle de los Tres Magos, cerca de los domos azules de la mezquita central, convertida en el palacio de la ciudad. All se mezcl con la realeza, ganando su favor con generosos regalos. El rey Ricardo, complacido por su apoyo financiero en Sicilia, renov por propia mano su nombramiento como baronesa de Epynt. Ailena exult al enterarse por el rey de que, en Pascua de aquel mismo ao, el monarca haba sido casado en Sicilia por el nuevo papa, Celestino III, nacido Giacinto Bobo-Orsini. Cartas ocasionales de su hija Clare informaban a Ailena del desptico gobierno de su hijo en su dominio. Pero no tena prisas ahora por llevar a cabo su venganza. La angustia de sus huesos entortijados haba sido puesta a raya por el clima seco tanto como por los encantamientos y medicinas del mago persa. Y Acre le ofreca nuevas oportunidades de expandir su fortuna. Posea un horno en la ciudad que le rentaba cerca de doscientos bezants al ao y compr en la provincia Kfar Hananya, una villa dotada de vergeles y campos extensos. Adquiri tambin dos jardines cercanos donde poda encontrarse privadamente con Raquel porque, ahora que Ailena se haba convertido en la favorita local de la realeza y los caballeros, no poda dejarse ver con la mujer que haba destinado a ocupar su puesto. Raquel y David vivan en Kfar Hananya con sus propios sirvientes. David pasaba su tiempo supervisando el cuidado de los rboles frutales de la baronesa y orando en el templo, donde deca a todos los curiosos que su nieta estaba prometida ya. Cada da, Raquel cabalgaba a travs de un valle ptreo de agujas de arenisca roja y por un yermo de cantos rosados, salpicado de maleza y donde las mariposas flotaban entre flores del desierto. Nadie aparte de algunos campesinos vea ella cuando llegaba al pequeo oasis de Quasur el Atash, la Fortaleza del Sediento. All se encontraba con Ailena y Karm Abu Selim, y continuaba su trance educativo. A veces Raquel se demoraba en el oasis todo el da, despus de que la baronesa hubiese acabado de relatar un nuevo episodio de su historia con la ayuda de las artes mgicas del taumaturgo. La muchacha reviva entonces en su memoria todo lo que haba aprendido de aquel fro y distante pas de Gales imaginando, entre las rocas rojas de basalto, los verdes montes y acantilados donde ella era baronesa. Al anochecer, cabalgando de vuelta a Kfar Hananya, con los cascos de su corcel repicando en el suelo pedregoso y el cielo ardiendo de estrellas, Raquel meditaba en todos los pequeos detalles de su nueva vida: el nombre de su perro jabalinero favorito, la disposicin de los cuartos en su castillo e incluso las numerosas brutalidades que su marido le infligiera, siendo este dolor y esta rabia de sus recuerdos heredados una parte viva del mundo interior que ella consigo portaba.
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Tan pronto como el rey Ricardo gan el derecho de que los peregrinos entrasen en Jerusaln, Ailena traslad a David y Raquel a un asentamiento judo en el barrio sirio de la Ciudad Santa. Vivan sencillamente, con sus criados, en una casa de piedra de varias plantas en la esquina que formaban las calles Jehosaphat y Espaola. David continuaba inmerso en su vida devota, apaciguando sus onerosos presentimientos con plegarias, y Raquel prosegua su instruccin con Ailena en un jardn murado detrs de la capilla de Saint Elye. Ahora que Raquel conoca los rasgos principales de la vida de la baronesa, tena que aprender gals as como la caligrafa de Ailena. Pero estas disciplinas resultaban fciles comparadas con el entrenamiento necesario para superar sus dciles hbitos y asumir el ptreo, voluntarioso temperamento de la baronesa. En trance, practicaba las maneras hostiles que exigira su final confrontacin con Guy Lanfranc y los caballeros de la frontera. Estos hombres entienden una sola cosa, susurr Ailena a la mesmerizada muchacha. Poder. El poder para afirmar tu voluntad es el poder para restringir la libertad, infligir dolor, matar. El poder no es tu derecho o tu privilegio. El poder pertenece a aquellos que pueden gobernarlo. Y el secreto de su gobierno es voz y porte.... y, sobre todo, astucia. Con la baronesa y el mago persa, Raquel sala a menudo al desierto y pasaba interminables horas mandando a las rocas y el viento, endureciendo su voz hasta el temple del hierro con su indignacin por la insolencia del sol y la audacia de las nubes. Aprendi a permanecer firme y brava ante los gritos leoninos del mago y los insultos degradantes de la baronesa, mirndoles de arriba abajo desafiante. Al anochecer, de vuelta en el palazzo, sorbiendo el fresco sharbat mentolado, Ailena la instrua en la filosofa del lobo. Necesitas la manada, y sin embargo debes mantenerte aparte, sola. T eres el lder. Si muestras el menor signo de debilidad, se te comern. El rostro huesudo de Ailena temblaba con rabia remembrada. Lo juro. Muestra debilidad y sers devorada. Pero el seor y la tierra son uno, record a la baronesa Raquel. Quien gobierna debe servir. El labio superior de la anciana se torci despreciativo. Eso es un cuento de hadas. En el mundo real, gobierna la espada... y slo sirve al poder. Aprende bien la leccin! Incluso con la ayuda de Karm Abu Selim, estas dificultosas tareas requeran arduos esfuerzos. Raquel se perda en ellos. Empez a hablar gals casi continuamente y, para exasperacin de su abuelo, comenz a comportarse con arrogancia imperial. David temi por su alma y enfrent a la baronesa en los gastados peldaos de Saint Elye: Lo que estis haciendo ofende a Dios. El soldado franco que escoltaba a la baronesa por sus numerosas propiedades hizo ademn de querer agarrar al impertinente judo, pero Ailena lo detuvo y le orden esperarla en la puerta exterior de la capilla, donde no pudiera orlos. David, le dijo amablemente y se sent en los peldaos templados por el sol. Qu ocurri con vuestra fe de que todo lo que es es voluntad de Dios? Lo que estis haciendo ofende a Dios, repiti. Mi nieta cree que es una baronesa. El rostro arrugado de Ailena se frunci en una satisfecha sonrisa. Es la baronesa. Cuando 100
yo muera ocupar mi sitio. Es Raquel Tibbon. Tiene su propia alma. No puede portar la vuestra. Lo que estis haciendo ofende a Dios. La sonrisa de Ailena resbal de su rostro. No hay Dios, David. No pongis esa cara. Habis estado ciego todo el tiempo de vuestra permanencia aqu? Los sarracenos y los cristianos han estado matndose por sus dioses hace ahora ms de cien aos. Y los judos, el Pueblo Elegido, ha sido entretanto aplastado. Dnde est Dios en toda esta sangra? Satisfecho de s en los cielos, quizs. Pero aqu abajo, David, aqu abajo en el sufrimiento, en este osario que es la vida, no hay Dios. Ella le ofreci su mano. Ahora ayudadme a levantar. La misa est a punto de dar comienzo. Hay tantos pequeos detalles que tengo que ingeniar, y la iglesia es el nico lugar donde puedo pensar con claridad... la msica es tan reconfortante.
Jerusaln, Primavera 1197 Pasaron los aos. Con cada estacin Ailena menguaba un poco, y su gozo ante la proximidad de satisfacer su ira pareca arder con brillo cada vez mayor, a medida que contemplaba a Raquel convertirse en una alta mujer de belleza imperiosa. Diariamente compartan ellas el trance del mago persa, viendo como una sola su dominio en los montes del Gales septentrional. Y, cuando no se hallaban bajo su embeleso, hablaban, en una mezcla de gals y occitano, de sus percepciones y sentimientos con mayor intimidad que madre e hija. Para apaciguar a su abuelo y conseguir que bendijese el esfuerzo al que se haba entregado con toda el alma, Raquel lea con l la Ley en sus momentos libres. Le aseguraba que, cuando la baronesa muriese, recogeran el tesoro que les tena prometidos y retornaran a Kfar Hananya para vivir como judos devotos. Pero a medida que el da se acercaba y la baronesa se debilitaba ms all de la ayuda de las pociones del mago, el sueo de Raquel era burlado por pesadillas. Una y otra vez soaba con el cordero pascual, su garganta yugulada, la sangre brotando de las venas cortadas... y siempre eran los ojos de su madre los que la miraban desde detrs del rostro espantado de la bestia. sta es la ltima vez que hablaremos, dijo Ailena cuando Raquel apareci junto a su lecho en la casa adusta que la baronesa haba alquilado detrs de Saint Elye. Durante varios das, Ailena haba estado demasiado dbil para caminar y haba debido completar las disposiciones finales de su plan vengativo a travs de Karm Abu Selim. Todo est en su sitio, querida Raquel. Todo en su sitio. Raquel aferr la mano consumida y huesosa de la mujer, lustrosos los ojos de lgrimas. Todo ser como lo has previsto, milady. La anciana asinti y cerr sus ojos. Por un largo rato permaneci perfectamente quieta, sorbiendo aire menudo a travs de sus labios resecos, incapaz de una inspiracin plena por el dolor que la oprima. Raquel mir a Karm Abu Selim, que estaba sentado en una esquina del 101
lecho. ste sacudi la cabeza. Recuerda, carraspe la baronesa. La fortuna que poseo aqu pertenece a los Templarios. Les he enviado ya un testamento que recibirn esta noche. Aqu no te queda nada. Debes retornar a Gales, a la cripta de Gilbert. Eso es tuyo. Se endurecieron sus ojos en el rostro consumido. Recuerda lo que se pide de ti. Derroca a mi hijo, tal como te he indicado! sa es la nica forma de satisfacer mi espritu. Derrcalo! Jade y alz un dedo para indicar que no haba terminado. Algo ms antes de que huyas de Gales con las gemas que te habrs ganado... algo ms que debes cumplir para contentar a mi espritu. Mi hija Clare me escribe que su hijo Thomas tiene veleidades de ser cura. Detenlo. Ningn nieto mo servir a la Iglesia. Que Dios encuentre sus psicofantes donde quiera, pero no en mi sangre. Has entendido? Raquel le apret la mano. No temas, Sierva de los Pjaros, dijo en gals. Todo lo que has planeado se cumplir. Ailena sonri apagndose. Alz su mano libre y la abri, doliente, revelando en su poder el anillo verde y oro con su sello. En el ltimo instante, coge el anillo. Mi alma vendr con l. Raquel se estremeci en la oscuridad del angosto corredor de piedra. Delante, a la luz glauca de un candelero, poda distinguir las sombras furtivas de los magos mesopotmicos que haba contratado Karm Abu Selim. Sus susurros sonaban como arenas goteantes. Presion con su espalda la dura pared de roca, necesitando su solidez para calmarse. Slo unos pocos pasos ms all estaba la escalera que conduca desde este tnel al Santo Sepulcro, donde los gentiles crean que el mesas se haba alzado de entre los muertos. Dese que David hubiera podido estar aqu con ella, pero l deba esperarla en la casa de ambos en la calle Jehosaphat. Estaba totalmente a solas ahora... a solas con el lapso de vida y de memorias vivas que la baronesa y el mago le haban legado. Aunque el calor del tnel la sofocaba, un fro hmedo haca rorar su cuerpo. Tena miedo de cometer un error cuando le llegase el momento de subir la escalera y ocupar el puesto de la baronesa. La gruta sobre ella estaba colmada de Hospitalarios, fanticos sacerdotes guerreros que la cortaran en pedazos si sospechasen la blasfemia en el sagrado lugar. Poda or el abejoneo de sus plegarias mientras administraban los ltimos ritos a Ailena y el acto irreversible se acercaba. Las sombras en las profundidades del tnel se agitaron y negras figuras aparecieron, hombres en ropajes sable, las cabezas cubiertas y los rostros tiznados. Portaban teas apagadas, bolsas y viales, y pasaron rozndola pero sin mirarla. Una sombra se detuvo delante de ella y alz un cliz que cintil en la luz penumbrosa. El Sangreal, murmur la sombra, y ella reconoci la voz de Karm Abu Selim. sta es la imagen de tu nueva vida. Contmplalo en la oscuridad tras tus ojos cada vez que debas beber de los recuerdos que te he dado. sta es tu nueva vida. Gir el cliz dorado ante ella y su hechura espejeante reflej el rostro temeroso de Raquel. Cuando ests arriba en la cripta, continu el mago, y esto venga a ti surgiendo del humo, bebe de l. La pocin es suave e inofensiva. Cuando hayas terminado, djalo partir. Y si alguno de los caballeros se acerca, djalo ir rpidamente. Has entendido? Raquel asinti y el mago le toc con el dedo el entrecejo. Serena. Fuerte. Eres la frente 102
de una leona. Una clida radiacin despej la fra humedad de su carne y un suspiro que la muchacha enclaustrara en su pecho escap por las fosas nasales. Karm Abu Selim tom la mano de Raquel y la gui hasta el pie de la escalera, donde los candelabros tean el aire de una luz como papel y de un prpura aroma de incienso. Espera aqu. Cuando te llame te elevars como una burbuja desde el fondo del mar. Y ascendi la escalera, una rfaga de humo negro. Raquel aferr la lisa madera del escaln que tena delante y alz la vista hacia el oscuro agujero adonde deba subir. Un destello fugaz de luz de plata llen de agujas su cerebro y estuvo a punto de desmayarse. Gritos de asombro sonaron sobre ella y, a travs de su vista doliente, percibi olas de humo luminoso. Ven ya, Raquel, la llam la voz de Karm Abu Selim. El corazn de Raquel se amedrent, y suplic un instante de respiro para aclarar su vista y concentrar sus fuerzas. Rpido!, sise el mago. Con un esfuerzo doloroso, Raquel trep la escalera y se hall envuelta en una nube. Hombres en vestimentas color bano recorran el espacio tocando con sus teas trpodes que sustentaban pebeteros con un polvo amarillo. El polvo prenda en brillantes fumaradas espirales que abrasaban su aliento con su penetrante acerbidad. Msica mutilada cencerreaba a travs de las cortinas de humo, tiples fericos y ecos de carillones flotando sobre el poder de un rugir profundo. Karm Abu Selim tom a Raquel por los hombros y le dio la vuelta para encararla a la gruta. Iluminados por antorchas fijas en soportes de hierro, una docena de hombres en blancos ropajes, algunos de ellos encapuchados, retrocedan tambalendose hacia la pared trasera y los escalones de piedra, con las bocas abiertas como peces. Desde la pequea cmara de piedra donde ella se hallaba poda verlos sin ser vista. Y stos, en terror y exaltacin, contemplaban el espacio inundado del humo serpenteante, a tres pasos de Raquel, donde la baronesa se incorporara y de hinojos extendiera las manos para recibir un cliz de oro que en el aire flotaba ante ella. Desde el oscuro rincn que le permita aquella perspectiva ventajosa, Raquel atisb los hilos de seda negra de los que el cliz estaba suspendido. Los hombres de negro que haba en la pequea cmara delante de ella tocaron entonces con sus teas los cuellos de viales que haban colocado en nichos de la pared. Flamas brotaron de los viales para disolverse en brillantes pavesas aventadas cuyas rfagas volaron sobre Ailena. Raquel jade, no por el holocausto de centelleantes vapores, sino por el quebrantamiento brutal de sus huesos que Ailena estara sufriendo para aguantarse sobre las rodillas. Destellos cegadores le hirieron la vista, forzando a Raquel a apartar los ojos. Una figura desdibujada empa su mirada parpadeante y Raquel vislumbr una sombra negra agarrar a Ailena, llevrsela de la litera... hacia donde ella estaba. Cuando la anciana pas precipitadamente junto a la muchacha en brazos de la sombra, Raquel la atisb, vio sus abotargados ojos sin vida, la boca flcida con un hilillo negro de tinta babeando de ella. No tinta... veneno, comprendi Raquel cuando ella misma fue agarrada y empujada hacia 103
delante. Sinti algo duro llegar a su mano. El anillo. Se lo desliz en el dedo obedeciendo a las horas de hipntica preparacin con Ailena. Y entonces, el cliz de oro estuvo en sus manos. Se lo llev a los labios, temerosa de beber, asustada del veneno. La densa humareda escamp; desde el rabillo del ojo vio los caballeros de rodillas, reducidos a pura estupefaccin. Bebi del cliz y un fresco sharbat alivi su garganta reseca. Cuando solt la copa, sta salt tan rpido de entre las yemas de sus dedos que pareci desvanecerse delante de sus ojos. La extraa msica ces abruptamente. Raquel volvi la vista hacia la pequea cmara en busca de Karm Abu Selim, pero l y todas sus sombras haban desaparecido. Los trpodes, los pebeteros, las teas y viales, todo haba desaparecido, todo se haba desvanecido en un instante, como si slo lo hubiera imaginado all. Incluso el agujero por el que trepara haba quedado, de algn modo, sellado. Estaba sola. Con el corazn batiendo tan furioso que le dola el pecho, Raquel torn el rostro hacia los caballeros, mientras las ltimas fumaradas mgicas se deshacan en torno a ella. Raquel cay de hinojos y enton en voz alta las plegarias cristianas que la baronesa le enseara. Una pequea sombra se desliz por la gruta y salt a la litera tras ella. Le falt el aire, vacil su plegaria, cuando se dio cuenta de que era un mono vestido como un escudero, con una pequea tnica marrn ceida por un cinturn amarillo. Un clamor ofendido surgi del grupo de caballeros, muchos de los cuales haban empezado a orar en altas voces fervientes con ella. Un enano con el rostro de un duende, la cabeza plana y triangular como la de una serpiente, anade sobre la litera y el mono salt a su hombro, agarrando su pelo negro y rizado con una mano mientras con la otra haca el signo de la cruz en el aire. Los caballeros se adelantaron murmurando protestas, mientras el enano se escurra por una parte y por otra y miraba bajo la litera, escudriaba en los nichos y cmaras, gustaba el aire con su larga lengua prpura y mostraba sus obvias sospechas. Uno de los Hospitalarios lo agarr por el cinturn y se lo llev como un paquete a travs de la cripta, hasta los peldaos de piedra. Un hombre alto, de barba blonda, con un tocado blanco y un sable curvo en la cintura -el nico hombre armado en el sepulcro- puso en el hombro del enano un zapato con la punta vuelta hacia el empeine y le forz a sentarse. El resto de los Hospitalarios se haba postrado ante la mujer. sta acab su plegaria y alz la vista hacia las sombras de las antorchas que en el techo se retorcan. Hgase la voluntad del Seor, enton en latn. Los Hospitalarios la miraban fijamente, arrasados sus rostros por las lgrimas. Dos de ellos se dirigieron a la mujer en un latn farfullante, tocando la orla de su vestido y sacudidos por violentos sollozos. No os entiendo, dijo Raquel, su voz astillndose al filo del significado con la sed que los vapores, cuyos efluvios an especiaban el aire, dejaran en ella. Hablo slo occitano y gals. Por favor... Apart las manos callosas de los caballeros de sus ropas. No me adoris. 104
Un hombre de negro con una cruz carmes de trazo extrao en el pecho se arrodill junto a ella, con su pelo desmaado en los ojos y lgrimas arroyando sus mejillas afeitadas, brillando como roco en su barba recortada. Yo hablo lengua de oc, carraspe. Su rostro era de una hermosura extravagante, casi malvola. Soy Gianni Rieti. Me recordis? Pnico fulgur en Raquel, pues nunca lo haba visto antes de ahora y no poda recordar que la baronesa le hubiese hablado nunca de l. Fui yo quien os administr el vitico. Vitico... dinero para el viaje. A Raquel le vino a la memoria que as llamaban los cristianos al pan sagrado que reciba el moribundo. ste era el sacerdote que haba administrado los ltimos ritos a Ailena. Estuve con vos en el umbral de la muerte, dijo Gianni Rieti. La luz me hizo retroceder y me ceg. Aun ahora me duelen los ojos del resplandor de la gloria celestial. Bienaventurada mujer, decidnos... qu visteis en la luz? Raquel tuvo un suspiro de gratitud por aquel preludio y dijo las palabras que traa memorizadas: Vi a nuestro Seor Jesucristo. Al mencionar este nombre, todas las cabezas se inclinaron. l ha remozado mi juventud... pero no como santa, sino como pecadora. He sido rejuvenecida para reparar mis pecados. No soy quin para ser adorada. No soy digna de ello. Y nadie..., puso nfasis en sus palabras mirando a cada uno de los rostros apasionados que la contemplaban, tal como fuera instruida a hacer. Nadie debe hablar de este milagro, del que habis sido testigos por eleccin de Dios. Hasta aqu, su abrasada garganta habl exactamente como la baronesa se lo haba impuesto. Pero el obispo y el rey, dijo Gianni Rieti despus de traducir su mensaje al resto de los caballeros. Indudablemente ellos deben saberlo! Se trata de un evento demasiado glorioso para mantenerlo en secreto. El mundo entero tiene que compartir vuestra dicha. Sois la prueba viviente del amor y el poder de Dios. Raquel movi la cabeza y puso su mano en la cruz carmes sobre la ropa negra del sacerdote. Esa prueba viviente est aqu o no est en ninguna parte, improvis. Ahora, por favor, llevadme a la Torre de Salomn, ante el Gran Maestre de los Templarios. l es el ejecutor de mis ltimas voluntades. Debe saber que han ocurrido algunos cambios. David Tibbon aguard junto a la ventana, en su casa de la esquina de Jehosaphat con la Espaola. ste era, l lo saba, su ltimo da en la Ciudad Santa, la ciudad de los muros que, ebrios, se inclinaban sobre los gritos y el clangor de los aguadores por las calles lodientas y penumbrosas, el mugir abocinado de los camellos, la voz brillante de los almudanos y los gritos del gozo y de la miseria humanos trascendiendo los balcones cerrados. Inhal profundamente los olores de especia y de pescado, del polvo de los adobes y la madera de sndalo, y mir a los nios all abajo, correteando, algunos con marcas de viruela en el rostro y todos ellos, no se le ocultaba, con el pelo lleno de garrapatas. Una vez, tres o cuatro aos atrs, haba visto un asno desde esta ventana derrumbarse en la 105
calle exhausto. Como era muy pesado para arrastrarlo hasta la carnicera, hombres enturbantados llegaron con hachas y empezaron a cortarlo en pedazos all mismo, an vivo. Sus rebuznos campanearon, y el animal contempl con ojos espantados, enloquecidos, cmo le hachaban las patas, cmo le tajaban las ancas, igual que si fueran los miembros de un rbol. David haba observado todo esto con tan macabra fascinacin que no percibi la llegada de Raquel, a su lado ahora y transfija. Durante muchos das despus de aquello, todo el tiempo que la calle permaneci oscura con la sangre del asno, Raquel no comi ni dijo palabra. Ni siquiera el mago de rostro apanterado pudo hacer nada por ella. Cuando por fin volvi a hablar, le dijo a David, Yo muero con todo lo que muere. Voy con ello. Ahora la baronesa estaba muerta. Se ira Raquel con ella? No... eso no puede ocurrir. Su entrenamiento con la vetusta mujer y con el mago haba sido tan profundo y minucioso, y haba durado tantos aos ms de los que David habra imaginado, que ahora estaba seguro de que ella lo llevara adelante. El plan ira adelante. Durante mucho tiempo ellos ni siquiera tendran que pensar. El plan pensara por ellos. Justo ahora, con la tmpera del alba tintando el cielo de los colores del limn y la sanda, Raquel estaba completando su larga vigilia nocturna con el aturdido Gran Maestre de los Templarios. La baronesa haba sido astuta haciendo llegar al Gran Maestre sus ltimas voluntades antes de morir. El testamento legaba a los Templarios todas sus extensas propiedades en Tierra Santa. Si las hubiera dejado intactas, Raquel y l habran carecido de incentivo para partir de all y ejecutar su venganza. Pero ahora, estaban tan pobres como cuando Ailena los sac del negro cieno del cementerio de Arles. El tesoro que les haba prometido era un cofre oculto de gemas en alguna cripta de los montes profundos y salvajes de Gales. David movi su cabeza tristemente, pensando en el largo viaje y los terribles peligros que tenan por delante. Abajo, una pequea criatura bramaba en el puesto del carnicero mientras ste le sacaba las entraas. Contempl una bandada de palomas escalar el cielo, ms all de los minaretes hacia los primeros rayos, y oy al muecn cantar el Ebed: La perfeccin de Dios alabo, el Por Siempre Existente. Falan Askersund haba llegado a Tierra Santa quince aos antes, como escudero de un caballero sueco que se haba negado a destruir el viejo santuario de los dolos por su propia mano y haba sido exiliado en penitencia a Jerusaln. Falan tena slo doce cuando lleg, once cuando parti de Bjrk, la Isla de los Abedules, donde su propia familia fuera forzada a punta de espada a adorar la cruz. Fue capturado en batalla dos aos ms tarde y llevado a Damasco, la ciudad que los rabes llamaban La Novia de la Tierra, el Jardn del Mundo. Incluso el primer da que la vio desde la carreta, con el miedo royndole el corazn mientras las cadenas le ludan los tobillos dejndolos en carne viva, la am: Damasco era tan hermosa como el paraso que l haba imaginado siempre, el inmenso llano de Ghuta esmeraldado de jardines y vergeles de naranja y cidra y jazmn. Y elevndose en medio de estas arboledas fragantes, en un babel de arroyos borbollantes, estaban las puertas romanas de pulida arenisca roja, el mar amarillo de las casas de 106
arcilla, el bosque de minaretes y el gran domo dorado de la Mezquita Omeya. Durante dos aos, Falan vivi como muchacho de harn de uno de los visires del sultn, ponindole pomadas en las nalgas y dndole placer con sus manos y su boca. Por su complacencia, fue tratado gentilmente y mor en los patios umbros y en los cuartos exquisitamente pintados y labrados del palacio del visir. Aprendi el rabe, ley el Qorn y se sinti en lo hondo conmovido por su simple pero profunda sabidura, accesible a todos como el agua clara de la Corriente de Oro, que flua por una red de canales cuidadosamente proyectada a todas las calles, incluso hasta las casas ms pobres. A los diecisis, se haba hecho demasiado mayor para el harn y el visir le ofreci la libertad. Pero Falan no quera retornar a la brbara sociedad de los cristianos, que patullaban al pobre, forzaban a la gente a adorar a los tres dioses y a sus interminables iconos, y se mofaban de las enseanzas de su propio profeta matndose unos a otros. El amor de Falan por el Islam resplandeca como una lmpara en su pecho, despejando todas las oscuridades de la duda sobre la vida y la muerte que le haban acosado desde que abandonara Bjrk. Falan pidi al visir que midiese su fe con la espada que le haba trado a este pas, y el visir lo envi a los generales. Esto era en 1187, cuando Saladino lanz al vuelo la campana de la jihad, una guerra santa de exterminio contra toda la plaga cristiana. Falan aprendi las habilidades del guerrero en batalla, y, siendo extranjero, su lealtad fue puesta a prueba constantemente en las primeras filas contra los caballeros e infantes cristianos. Luch como un valiente en Hattin, donde treinta mil cristianos cayeron por la espada musulmana en el mismo Monte de las Beatitudes, en el que el Mesas ense a los hombres la bienaventuranza de la paz. Grit, No hay ms dios que Dios!, ante los muros de Jerusaln y llor al ver los miles de esclavos musulmanes liberados de la rapacidad y la tirana de sus amos cristianos. Combati en Toron, Beirut y Ascaln, y llor de nuevo por la clemencia y la ecunime justicia que Saladino imparti a los guerreros cristianos que asesinaran a tantos de los fieles. Con la paz de Ramla en Septiembre de 1192 la Guerra Santa qued terminada y toda la Palestina al oeste del Jordn que haba sido cristiana cinco aos atrs pas a manos musulmanas, a excepcin de una estrecha franja costera entre Tiro y Jaffa. Cuando Saladino muri de fiebre seis meses ms tarde, Falan retorn a Damasco e hizo duelo todo un ao. Despus, peregrin a la Meca y a su vuelta se sumergi en la noble simplicidad y el austero sacrificio de s propios del Islam. Se cas y tuvo hijos, pero Allah se los llev con las fiebres que barrieron Damasco en verano de 1196. Desde aquel tiempo, no tuvo corazn para residir en el Jardn del Mundo. Fue a Jerusaln a estudiar en la Casa de Dios. Falan sirvi al emir de Jerusaln como emisario con los cristianos alemanes y daneses, cuyas lenguas hablaba. Fue asignado al servicio que vigilaba el cumplimiento de la promesa de proteccin que diera Saladino a los peregrinos cristianos que manaban a Jerusaln para ver el lugar donde muri su Seor. A veces, tena que poner a raya a rudos soldados sarracenos, hambrientos de venganza. Algunos de su propio bando dudaban de su lealtad porque defenda a los politestas y, aunque el mismo emir le haba encomendado esta misin, Falan se determin a demostrar a todos que l slo serva a Allah. 107
Cuando el emir busc un guerrero para ayudar a llevar a cabo una estratagema que una baronesa cristiana concibiera contra su propia raza, Falan se ofreci voluntario. Escoltara a la falsa baronesa de vuelta a su reino en el mismo corazn de la cristiandad y retornara tras instalarla entre los infieles, ilesa su devocin al Islam. Tiempo despus, de pie sobre el puente de la gran nave que lo portaba sobre el mar en su camino al glido dominio de sus enemigos, se doli de pena al ver Tierra Santa sumida en el sol bermejo del alba, horizontes de nubes rayadas de aurora sobre las torres y agujas de Acre. La suave brisa portaba la dulce podredumbre de los olores del mercado, pescado, capullos y el fuerte y polvoriento aroma del desierto. Junto a l estaba la joven Ailena Valaise, que haba jurado proteger con su propia vida. Era una mujer de nariz longa, de belleza soturna, anilina, con una tez de solitud que haba visto antes en los rostros de los hurfanos de guerra. Sus ojos candidos miraban con bravura a la costa retirarse y Falan se preguntaba qu pensara la mujer... Y se dio cuenta slo entonces el musulmn, y con un sobresalto, de qu modo tan implacable, a partir de ahora, su supervivencia dependa de interpretar el silencio que lo rodeaba. Raquel oy a David gruir de mareo, bajo cubierta, en su litera, pero lo ignor por un momento para llenarse de una ltima vista de Levante. Contempl el campo fundir sus pocos rboles erizados con la costa, la costa con la abigarrada ciudad, la ciudad con las colinas, y todo ello con la sombra prpura de las montaas. El silente desierto con su racimo de grises fortificaciones se extenda lnguidamente ante ella mientras el barco arfaba y coleaba, y los remeros lo volvan a favor del viento. Tiro estaba all, al norte, y la lnea de la costa se prolongaba ms all de la ciudad, tan lejos como su vista alcanzaba. Qu pequeo pareca el mundo desde aqu. Toda la creacin es un jardn, pens. Tierra Santa no es sino la orilla arenosa de un jardn de bosques y pastizales. La nave hall el poderoso viento, se hincharon las velas y la proa sise a travs del mar de berilo. Tenues hebras de espuma fustigaron el rostro de Raquel y ella mir al norte, hacia los horizontes oscuros de su destino. Dios no nos expuls del Jardn despus de todo, comprendi ella silenciosamente. Nos exili en el Jardn y lo hizo tan salvaje como nosotros mismos... un jardn de tierra salvaje.
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rbol de Heridas
El Grial es el manantial de la vida, la matriz, el vaso que contiene la promesa de inmortalidad, el receptculo donde tiene lugar el ciclo constante de muerte y renacimiento.
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La puerta del camarote se abri de golpe y Falan Askersund se irgui en el umbral. Cogi a Raquel por los brazos, la levant y se fue con ella trastabillando del inestable camarote. David los sigui por la escalerilla hasta la cubierta, barrida por la lluvia. Negras garras de roca emergieron de pronto de las nieblas atorbellinadas, un paisaje ciclpeo de olas rompientes y viento bramante. Diversos los Hospitalarios estaban en el castillo de proa, las espadas desenvainadas y las empuaduras alzadas contra la tormenta, protegiendo la nave del mal con las cruces que defendieran Tierra Santa. Indiferente a ellos, el negro mar se levantaba en olas como torres para caer sobre el barco. Falan, diestramente, aferr uno de los postes de la barandilla y sujet a Raquel con fuerza contra su propio costado mientras el agua espumosa pasaba sobre ellos barriendo el buque. Boqueando y chapaleando, los Hospitalarios volaron delante de ellos y se desvanecieron luego por la borda. David haba sido arrojado de nuevo al corredor inferior y emergi empapado, buscando desesperadamente a su nieta. Los Hospitalarios aparecieron a un lado del barco, sacudidos en el atroz canal hasta que una ola monstruosa los estrell contra las rocas. Otro tumbo inmenso golpe de costado a la nave sumergiendo la cubierta, y la corriente sorbi a David. Los gritos de Raquel aletearon, huecos, en la lluvia fustigadora. Con un rugido y un estremecimiento atormentados, la quilla golpe el arrecife; las cuadernas de roble se desgarraron y la cubierta bascul mareada cuando penetraron las aguas el casco. Algunos hombres haban arriado un bote, esperando cabalgar el maelstrom hasta la orilla. Pero antes de que todos hubieran podido alcanzarlo, se volc de un lado y la corriente lo arroj contra las rocas, dejando de l slo astillas y cuerpos volando. Raquel se agarr a Falan. Sobre su hombro, divis otra ola alzndose titnica sobre el barco y grit para advertirle. El viento aullante barri su alarido y al instante siguiente la vaga inmensa los embisti. Como mano de gigante, los elev muy por encima del buque. Y el mar hambriento los recibi. De nuevo se despierta Raquel sudada y estremecida. La luz del alba colma la alta ventana ojival, el ro Llan centellea tras ella, rielando como un cinto de flgidas escamas de serpiente. Recuerda dnde est. Milagrosamente, el naufragio no la mat. Recuper los sentidos en brazos de Falan, arrojada a la orilla con Gianni Rieti y su enano y su mono. Ms tarde, hallaron a David flotando sobre su espalda cerca de la orilla, todava vivo. Pero nadie ms se salv. La ira de Dios se los haba llevado a todos... preservndola a ella y a unos pocos ms para mayores tormentos. Sentada en el lecho, Raquel puede ver an en su mente los restos del naufragio firmemente encallados en las negras rocas y, entre ellos pululantes, los pescadores locales, ansiosos de raque. Si no hubiera sido por Falan, le habran cortado el cuello por su anillo de oro. Con ayuda de Gianni Rieti, hallaron en la bodega del barco el semental rabe y dos de los seis camellos todava vivos, y los llevaron a tierra junto con las arcas de Raquel. David habra querido despedir a los dos caballeros sobrevivientes, llevarse el pequeo tesoro en los cofres y empezar una nueva vida en Provenza. Pero demasiados haban muerto para 111
traerlos hasta aqu y Raquel senta comenzar de nuevo las voces con inagotable implacabilidad. Tena miedo de los espritus de los ahogados, miedo de que se unieran a los espectros de su familia para atormentarla el resto de sus das. La ms acuciante era la voz de la baronesa: despus de siete aos de instruccin, Ailena no se rendira. Se adhera al alma de Raquel, inflamndola del celo de cumplir su parte en aquel negocio y reclamar su tesoro. Y aun David tuvo que admitir finalmente que su nieta saba ms cmo ser una baronesa que cmo ser ella misma. As, con gran renuencia, se someti al acto audaz, postrero de su ignorado destino. Con cautela, Raquel se levanta del lecho, se arrodilla delante del mayor de los arcones y oprime su rostro contra la labrada cubierta antes de abrirlo. Dentro estn los vestidos de seda y damasco comprados por la baronesa en Levante. Guarda aqu tambin el rollo de la Ley y la Biblia del abuelo, junto al documento papal y al acta regia. Ahora que la mayora de los presentes han sido distribuidos, todo lo que queda es un regalo envuelto en terciopelo para Guy y cinco vasijas de arcilla roja endurecida. Las vasijas oblongas son el ltimo regalo de la baronesa a Raquel: granadas, bombas de mano del tamao de garrafas de vino compradas a los sarracenos. Estn llenas del misterioso fuego griego, y esperan ser prendidas por los muones inflamables de las mechas, que tapan sus cortos cuellos. La baronesa las consider un regalo til para los alquimistas de la corte del rey, si llegara a presentarse la ocasin. Raquel saca su presente para Guy, una daga turca seljuk con empuadura de marfil entorchada de oro, una curva hoja azul del ms fino acero damasquino y una vaina de piel de cocodrilo engastada de rubes. La desenvuelve y la sostiene en la mano, sintindola pesadamente viva. Por qu un regalo tan hermoso y letal para alguien que te odia y al que odias?, haba preguntado Raquel a la baronesa. La anciana mujer haba estado cerca de la muerte entonces; era incapaz de levantarse del lecho y la piel se le pegaba al crneo, pero ri vivazmente ante la ingenua pregunta de Raquel. Deberas saberlo a estas alturas. Ya casi eres yo. Raquel, acariciando la fina empuadura tal como lo hace ahora, respondi, Te ech sin un penique y t retornas con un regalo principesco. Un gesto cristiano. S, respondi aqulla satisfecha. Sus prpados cerrados estaban arrugados como cscaras de nuez. Ha de saber que le amo. l es, al fin y al cabo, mi nico hijo. Cmo puedo hacerle verdadero dao, si l no cree que le quiero? Raquel posa el cuchillo de nuevo en el cofre, asustada del odio que recuerda. Se levanta y contempla alrededor el dormitorio que, hasta ahora, ha existido slo en imgenes tejidas por la baronesa. El cuarto parece ms pequeo, los frescos pintados en las paredes ms apagados de lo que previera. Oprime las yemas de los dedos contra el fresco de la caza del venado, en la pared opuesta a la cama. Se nota hmedo el estuco y el aire huele ms a mustio de lo que ella habra imaginado. En los palazzos de Levante, las habitaciones estaban continuamente cargadas de un incienso dulce y del aroma floral de los jardines circundantes. El moho mancha el aire aqu. 112
Deslizando una mano sobre la repisa de piedra, camina Raquel toda la anchura de la cmara. El espacio es tan amplio como dijera la baronesa, pero la sensacin es de un mayor confinamiento. Parpadea y se estremece con el pensamiento de que sta es la realidad de sus aos de sueo. Desde la destruccin de su familia, ha vivido simplemente como observadora, contemplando el mundo como si ste fuera un desierto espejismo, aceptando obediente los trances de Karm Abu Selim. Pero ahora esos sueos se han hecho reales. Ahora debe actuar. Y esto la asusta. Ayer, la actuacin estuvo tan bien escenificada que no tuvo ni que pensar siquiera. Pero hoy... qu har cuando los dems le pregunten, cundo deban tomarse decisiones? Un escalofro de pnico la recorre hasta las vsceras; se sienta en el lecho y conjura el dorado cliz. Al instante, vvido, aparece l en su mente, saturndola de alivio. El sortilegio de Karm Abu Selim acta todava. An puede huir de Raquel bebiendo de esta copa mgica. Los recuerdos de la baronesa y su mismo espritu rezuman en ella. A travs de la imagen del vaso ureo, puede morir como Raquel y renacer como Ailena, ella sola, por siempre y por siempre. Dwn retorna al alba de sus plegarias de accin de gracias ante el altar de su vieja casa, en el estercolero. Se encuentra a Falan Askersund en el corredor, camino del escusado. Quedamente, abre la puerta, esperando que su seora est an dormida, y halla a Raquel sentada al borde del lecho, con ojos de ensueo fijos en la nada. Una de las arcas est abierta y, posada sobre los vestidos, hay una daga de malfico aspecto, una obra de tan intrincada belleza que slo los hijos del Diablo podran haberla forjado. Con un suave golpe de nudillos, entra. Perdname, mi seora, por no estar aqu cuando despertaste. Raquel mira alrededor como un animal asustado, buscando en el rostro de la vieja algn signo de haber sido descubierta. Cuando ve que la anciana mujer la contempla gentilmente, se levanta, conjura el espritu de la baronesa y presenta la daga. Para Guy. La aceptar? Dwn se muestra cauta, pero no toca el satnico instrumento. Es en verdad hermosa, a su terrible manera. Lo seducir. Pero est rabioso con tu retorno. Le hiciste dao cuando arriaste el Grifo para izar el Cisne. El milagro de tu transformacin no lo conmueve. La anciana sirvienta se acerca al cofre abierto y mira en l. Sus ojos se agrandan al ver las delicadas ropas y, con una exhalacin de puro gozo, se arrodilla para tocarlas. Qu har Guy?, pregunta Raquel. Sin duda reunir los hombres que ha trado de Hereford. No se quedar sentado, eso es seguro. Raquel se arrodilla al lado de la anciana y aferra su brazo flaco, tenso. Sus facciones se han hecho frgiles de miedo, patticamente jvenes, delicadas como escarchado cristal. Dwn, estoy asustada. Una expresin sorprendida revuela sobre el rostro ajado de Dwn. Toma en las suyas la mano de la joven, frota los suaves nudillos con sus dedos bastos. Sierva de los Pjaros, t has cambiado. Tu corazn ha cambiado con tu carne. Has visto el Grial! No tienes por qu temer nunca ms, milady. Raquel cierra los ojos. Por supuesto. No temo por mi alma. Pero el milagro me ha 113
cambiado... y tengo miedo de haber perdido el espritu de gobernar. Pero nuestro Salvador te ha enviado para regir en Su nombre. El rostro de Dwn tiembla de perplejidad. T viste a nuestro Seor. Cmo puedes volver a temer nada? La anciana traza el perfil de Raquel con la trmula yema de un dedo, brillando de temor sus ojos mbar. Eres una criatura de nuevo. Tienes la cara de una nia. Recuerdo muy bien cundo tuviste esta cara por ltima vez. Pero haba en ella ms amargura entonces de la que hay ahora. Te has despojado de mucha ira, dulce seora, con los aos que te has quitado. Toca su propio rostro erosionado. Recuerdas cmo era yo? Raquel pestaea. El oscuro brote de pelo en el mentn de la anciana era el signo que la baronesa le haba enseado a identificar, en caso de que la vieja sirvienta estuviese viva an. Pero no puede hacer emerger ningn recuerdo de la juventud de Dwn. Agita la cabeza. Lo siento, amiga ma. Miro atrs con demasiada ansiedad. Y no puedo apartar mis ojos del da de hoy y de maana. La preocupacin en la mirada de Raquel turba a la vieja. La baronesa nunca admiti tener miedo, ni siquiera cuando su marido la golpeaba hasta casi matarla. Dwn contempla hondo en su rostro, tratando de leer qu calamidad prev su amiga. Incmoda y perpleja, suelta entonces la mano suave y vuelve tmidamente la atencin al contenido del cofre. Ensame qu vestidos has trado de Oriente. Las dos mujeres estn entretenidas en el esplendoroso guardarropa cuando aparece Guy en el vano de la puerta, su moo deshecho, su lacio pelo negro conformando un semblante furioso. Toda la noche ha permanecido sentado en el hueco de la escalera, esperando que Falan abandonase su puesto... largo tiempo para cebar su rabia por haber perdido a sus mercenarios de Hereford. Vestido con la misma cota verde que portaba durante la fiesta, la noche anterior, irrumpe en el dormitorio. El Grifo bordado en su pecho se ve difuminado por el polvo del camino. Cmo has llegado a poseer el anillo de mi madre?, exige. Dwn grue una imprecacin galesa por la intrusin y cubre el desabill de su seora con una capa azul de brocado. Raquel se envuelve en la capa y aparta gentilmente a la doncella con un gesto tranquilizador. Querido, querido Guy... hijo mo... Consigue una sonrisa fra, aunque su pulso es un fragor en sus odos. ste es mi anillo. Y alza su mano para mostrar la verde calcedonia con el relieve de una V de marfil. Mentirosa! Raquel alza el mentn y lucha para afirmar la voz: Tu falta de fe te hace un parco servicio, Guy. Guy cruza la cmara a grandes zancadas y se acerca mucho a Raquel, percibiendo su miedo. Hay un tremor en el labio cimero, una asustada alarma en su mirada. T no eres Ailena. No eres ni siquiera una buena copia. Encarando la sonrisa sarcstica y despreciativa de Guy -su nariz chata y su frente atezada y fruncida le hacen parecer un murcilago-, Raquel piensa, ste es el mismo bruto que vino a cientos a Lunel a matar a mi familia. El fro que tiembla en ella cristaliza en un fuego glido. De 114
pronto, ha dejado de actuar. La baronesa ha partido y ella es Raquel, observndolo a travs de su alma saqueada y furiosa. Cuando habla, su voz tiene filo de hierro: Sal de mi cuarto. Sal de aqu en este mismo instante. La boca de Guy se ensancha en una mueca cruel y su certeza de que esta joven estremecida es una impostora se afianza ahora. Madre se habra limitado a abofetearlo. Quin eres? Cmo consigui mi madre hacerte venir aqu y derrochar tu vida en este risible ardid? Aos de resistir los gritos de la baronesa y del mago durante su entrenamiento en el desierto hacen que Raquel afirme la quijada. Desafiante, acerca su rostro al de l hasta gustar casi la amargura de su aliento, ve los filamentos de sangre enmaraados en el blanco de sus ojos. No has cambiado ni una pizca, Guy. Esperaba que te volvieras ms gentil con la experiencia y los aos. Por qu te asquea de este modo que tu madre est de vuelta? Mi madre! El rostro de Guy se contorsiona de mofa. Es que llevo gorra y cascabeles? Parezco lo bastante loco como para creer que seas mi madre? Falsaria! Dios -si es que hay un Dios- permite incluso a los santos sufrir y morir en guerras y hambrunas. Por qu habra de salvar a mi madre, que nunca fue buena ms que para s misma? Dwn restalla, Eres t quien se atreve a apelar a Dios? T, que has asesinado a los dueos legtimos de este pas? Calla la boca, anciana, o seguirs los pasos de esos dueos legtimos. Raquel extiende un brazo para retener a su sirvienta. Dios me ha salvado para rehacer el mal que he hecho. Rehacerlo cmo? Qu vas a hacer? Lo sabrs cuando se lo comunique al resto de los caballeros en el palais. Ve con ellos y esprame all. Incapaz de contenerse, Guy avanza imperioso. Con sbita furia, agarra la capa de la mujer con su mano izquierda y la retuerce hasta tensarla contra su garganta. Juro que o me lo dices ahora o no volvers a hablar! Raquel se zafa de las garras de Guy. Una aguja de ira se le clava en el corazn. La voz de la baronesa se alza espontnea en ella. El cerco al castillo de Neufmarch est desconvocado! se es mi decreto. Y, querido hijo, pagars reparaciones. Nunca! Venas prpura laten en las sienes de Guy cuando desnuda su daga. Dwn le aferra el brazo del arma, pero l la arroja a un lado. Ella retorna para abalanzarse contra el hombre furioso, pero Raquel la contiene. Aprtate, Dwn. Guy no apualar a su propia madre. Raquel retrocede cautelosa, mirndole fijamente a los ojos. No soy acaso la misma mujer que te cur las heridas despus de tu primera reyerta? S... lo recuerdas, Guy? Cuntos tenas entonces? Catorce, creo, aquel verano; el verano en que amaste a Anne Gilford, la hija del zapatero. Luchaste con tres hombres adultos por su honor, los heriste a todos y aceptaste sus tajos sin llorar. Pero cunto lloraste cuando Anne se fue con el hijo del molinero en busca de fortuna a Gloucester! Te brec en mis brazos entonces, como a un recin nacido. El brazo de Guy que blande el cuchillo se hiela; dirige una mirada intensa a esta mujer, viendo entonces -o slo lo imagina?- las hermosas facciones que temiera y venerara de nio, 115
incluso cuando lleg a odiarla por haber traicionado a su padre. Es ella realmente? De pronto, un relmpago de seda blanca le golpea el brazo armado y le hace perder el equilibrio. Detrs de l se yergue Falan Askersund, con su pelo blondo cado en una larga crencha sobre su hombro y su turbante desovillado, tenso entre su mano y el brazo capturado. Con un simple giro, la tela chasquea y el rizo amonedado que sujeta la mueca de Guy se deshace. Severo, el caballero musulmn se hace a un lado, la mano en la vaina de su arma, y con un gesto de su cabeza ordena a Guy salir. Con una mirada belicosa a Raquel, Guy abandona solemne la cmara, mascando su ira. Falan parte tambin y cierra tras l la puerta. En el tenso silencio que sigue, la anciana aferra a su Sierva de los Pjaros, temerosa de lo que est por venir. David porta su tira de cuero ritual en el brazo izquierdo, la pequea caja de cuero en la frente y est en medio de sus plegarias cuando oye el golpe en su puerta. Quin est ah?, pregunta nerviosamente y se prepara a guardar la filacteria; luego se contiene. Aunque el rango de su nieta como baronesa ha supuesto para l proteccin frente a los gentiles desde que dejaron Jerusaln diez meses atrs, el viejo hbito del miedo ha hecho nido en sus huesos. Muchas veces ha orado pensando en esto y siempre ha obtenido la misma respuesta: el pez que salta fuera del agua es pez muerto. Es verdad; l pertenece a su gente, no a este lugar, una fortaleza gentil en las tierras salvajes septentrionales, con su nieta hacindose pasar por quien no es. Cmo odia todo esto... pero est extraamente orgulloso de ella. Aunque casi se desliz al trance durante el interrogatorio de ayer en el palais, Raquel ha estado convincente en su representacin. Rab, soy yo, llama la voz de Raquel a travs de la puerta, y l abre. Alta parece e imponente con sus vestiduras deslumbrantes de cendal blanco bordadas de oro y perlas, y el pelo recogido en finas trenzas anilladas sobre la cabeza, sosteniendo la diadema de oro. Podemos entrar? David se aparta, las dos mujeres pasan y van directamente a la ventana, donde el rollo yace desplegado sobre el ancho alfizar de piedra. Falan Askersund, que las ha acompaado, cierra la puerta y espera en el exterior. Dwn se acosta a Raquel y no disimula su incomodidad en presencia del barbudo judo con su atavo religioso. En toda su vida, nunca ha visto a nadie que no sea cristiano. Inquiere en gals, Qu son esas tiras de cuero en su brazo y su cabeza? Tefilin se las llama, responde Raquel. Dentro, contienen la Sagrada Escritura y se llevan como recordatorio de Dios, excepto el Shabat, que es por s mismo un recordatorio. El chal de oracin que viste se llama tallit. Las borlas rememoran los mandamientos dados a Moiss. Hablas como si fueses ya una juda, milady. Jess era un judo, Dwn; ste es el camino que ha tomado mi fe tambin. Y sta ser la fe de este castillo mientras yo est aqu. El nuestro ser el culto que nuestro Salvador profes. Dwn contrae sus labios ajados y sacude la cabeza. Maese Pornic hallar poca alegra en ello. Maese Pornic ya no es nuestro prroco, dice Raquel definitiva, contemplando el rollo 116
abierto. Gianni Rieti ministrar este castillo por ahora. Ha estado estudiando con rab Tibbon desde Jerusaln. Dwn cloquea maliciosamente. Ahora creo que est estudiando con maese Pornic. Cuando volva al castillo con las primeras luces los atisb juntos en la cima del Alto de Merln, inmersos en plegaria. David y Raquel cambian nerviosas miradas. Hablar de esto en el gran saln hoy mismo, dice Raquel. sa es la razn por la que estamos aqu, rab. Hoy os presentar formalmente durante mi toma de posesin en el saln principal. Estos primeros das sern difciles, pues tantos como descreyeron de nuestro Seor en su tiempo descreern sin duda de m. Estis siempre en mis plegarias, responde David con sinceridad; pero aade, contemplndola penetrantemente, Aunque quizs sera mejor que no impusieseis a esta gente la fe original de rab Yeshua tan pronto. Dejad que conserven su propio culto y conservad el vuestro vos. Eso es sabio, rab, coincide Dwn con cierto alivio. As ser en el dominio, dice Raquel determinada. Pero en este castillo, donde yo moro, comeremos y adoraremos a Dios como lo hizo nuestro Seor Jesucristo. Comer como nuestro Seor?, repite Dwn con un eco hueco y se tira de los pelillos del lunar de su mentn. Los porquerizos del castillo se maravillarn de estas nuevas. Y los cocineros se maravillarn de nuestro nuevo desdeo del cisne, la garza y la liebre... y basta de carne con salsas cremosas. Instruiris a los cocineros, rab? Preferira hacerlo en vuestra presencia, milady, responde David dirigindole una mirada elocuente. Entonces vamos a ver a los cocineros, dice Raquel. Pero primero, rab, dirigidnos en la plegaria tal como Jess -o como vos lo llamis, Yeshua- habra orado. David asiente. Cuando Dwn se arrodilla, l la levanta con gentileza. Amiga ma, Yeshua rezaba de pie, con las manos abiertas a Dios para recibir su bendicin. Hagmoslo as nosotros tambin. Y as oran, y la voz de David brota de l en el lenguaje de sus ancestros, orgullosa por la fuerza de su nieta, potente en su esperanza de vida, y viva con el esplendor de Dios que fue, es y siempre ser. Raquel pide un momento a solas con el rab y, cuando Dwn los deja, se agarra a su brazo y dice con un susurro ardoroso: Abuelo, ha tratado de matarme! Quin, Raquel? El barn. l sabe que no soy su madre. Sus ojos muestran desespero. Nunca lo convencer. Aunque alarmado por el pnico en la expresin de Raquel, David mantiene en calma su rostro. La atrae a s. No tenemos por qu convencerlo. Las joyas que nos prometi la baronesa nos estn esperando. Slo hay que recuperarlas pronto y dejar este lugar. 117
Raquel respira profundamente del calor del cuerpo de su abuelo y se tranquiliza. S. Ir a la abada a por nuestro tesoro cuanto antes. Volveremos a Jerusaln y estaremos all para el Pesah. David se aparta para mirarla al rostro. Durante el poco tiempo que estemos aqu, no debemos dar mucha importancia al culto tal como Yeshua lo realiz. Deja que los gentiles tengan su cerdo. Raquel menea la cabeza y el miedo de su rostro se desvanece. No, abuelo. Mi padre -tu hijo- sacrific toda la familia por su fe. Me habra sacrificado a m tambin, si yo hubiese estado all. He abandonado todo lo dems para representar este papel, pero no abandonar nuestra fe. David posa una mano gentil en su mejilla. Comprendo. Se inclina hacia ella; la mira, solcito. Pero debes ser cautelosa. Tienes razones para estar asustada, y el miedo te hace vulnerable a los terrores del pasado. Cuando habitas en esos terrores, dices cosas turbadoras. Qu fue lo que dijiste en el gran saln acerca del fuego? Aquello no son como si hablase la baronesa. Raquel le mira con ojos vacuos. No s. El joven caballero Thierry me hizo pensar en fiebres y muertes, y las palabras sencillamente vinieron a m. Debes vigilar estas cosas, le advierte David. El mago persa no cur tu dolor. Se limit a ocultarlo... y cuando ste halla tu voz, habla desde Raquel, no desde la baronesa. Un fuerte estallido de trompetas convoca la asamblea en el saln principal. Los juncos y ptalos del suelo han sido reemplazados por flores frescas y los altos arcos de las ventanas estn abiertos a los dardos del sol, los gorjeos de las aves y las brisas estivales. Guy Lanfranc y Roger Billancourt se han sentado en sus lugares mucho antes de la llamada del heraldo, molestos y ceudos mientras vean a los servidores cambiar los adornos con la ensea del Grifo por otros repujados con el smbolo de la baronesa. Cuando Clare y Gerald, con sus hijos y sus nietos, toman asiento en las sillas almohadilladas de la primera fila, el resto de los moradores del castillo se dispone en los lugares libres tras ellos; luego los gremiales y sus familias; y despus, los villanos del castillo en los bancos traseros. El enano Ummu y su pariente simio Ta-Toh causan un excitado alboroto cuando irrumpen en la sala con una cabriola obligando a un airado serjant a alzar contra ellos su vara. Al pie del estrado, Gianni Rieti ocupa un asiento con cojines que mira a la asamblea, entre el adusto maese Pornic y rab Tibbon, que luce su barba y su chal. Graves, contemplan cmo Raquel entra por la parte posterior del saln, escoltada por Dwn y Falan Askersund, y perciben el arrobado embeleso en los rostros de los villanos cuando la mujer, con un gesto de su cabeza, les saluda a ellos y a los viejos servidores, los asistentes, las criadas y gremiales que la baronesa conoca antes de su peregrinacin. Gerald Chalandon, como senescal del castillo, saluda a Raquel en la soleada cabecera del saln, inclina una rodilla y besa el anillo con el sello de la baronesa. Su gran crneo cetrino brilla como mbar en su cerco de pelo argnteo, pero es su recia mujer, Clare, la que ms beatficamente resplandece al contemplar a su joven madre. 118
Raquel rinde cortesa a los santos varones antes de ascender al estrado y ocupar el sitial endoselado. Tras ella, en una silla, se sienta Dwn; Falan lo hace algo ms atrs, robado a la vista por las grandes banderas de los cisnes briscados con hilo de plata. La constelacin de rostros que la miran fijamente hace estremecerse a Raquel. Estos extraos -exceptuando al ojizaino Guy, a su maestro de armas y a su abad, con la cabeza baja en plegaria- la miran con boquiabierta reverencia, como si fuera algn icono sagrado. Querra que esta ceremonia hubiese acabado, pero no se atreve a revelar su ansiedad. A una seal de Gerald, el heraldo hace sonar su trompeta y la sala enmudece. Queris a Ailena Valaise, recientemente tornada de Tierra Santa en forma bendita, como vuestra actual e indiscutida baronesa y soberana? Gritos de Fiat! se alzan de la asamblea de caballeros, aunque Guy y Roger permanecen callados, ominosos. Todos aquellos de noble linaje dispuestos a servir a la baronesa Ailena Valaise con su lealtad y con sus vidas que se adelanten y rindan homenaje, requiere Gerald con voz fuerte. Denis Hezetre se levanta y se detiene ante Guy. T deberas guiarnos en esta ocasin, como nos has guiado en todas las dems, dice quedamente. Guy le contempla con un resplandor oscuro en los ojos. Besar antes las nalgas del Demonio. Denis no dirige siquiera una mirada a Roger. Sube los peldaos del estrado, hinca una rodilla ante Raquel y besa su anillo. Es seguido despus por Harold Almquist, William Morcar y su hijo Thierry, que pausa primero delante de Guy y recibe su consentimiento. Cuando han terminado, se colocan a la derecha del sitial y encaran la asamblea. stos son mis caballeros, dice Raquel con voz potente. Su fuerza la sorprende, pues ella tiembla al ver a estos guerreros francos cuya estirpe destruy la casa de su infancia. Para poder seguir, debe conjurar el Grial y contemplar su lustre ureo. Sabe entonces lo que debe decir. Mira, abajo, a Guy. Me honran con sus vidas. Por qu me ha negado mi propio hijo este honor? Guy se incorpora, las manos en las caderas. Yo no reconozco tu derecho a gobernar este dominio, dice con acritud, y murmurios ansiosos recorren la multitud. El papa y el rey reconocen su derecho, proclama Clare furiosa, sealando los atriles en el estrado donde reposan los dos documentos de pergamino. Contempla. Estn ah para que todo el mundo los lea. Guy responde al ataque de su hermana con irona despreciativa. Querida hermana, quizs no lo hayas odo, pero el papa que firm este breve est muerto. Callad, ambos dos, se interpone maese Pornic abruptamente. Celestino rindi su alma en Enero. Es nuestra intencin que el nuevo Santo Padre, Inocencio Tercero, estudie el documento y confirme que tal milagro pudo haber acontecido a una persona tan mundana como la baronesa. Mi madre no era ms mundana que Saulo antes de convertirse en Pablo, o el publicano que se hizo discpulo de Jess, protesta Clare. No estn todos los pecadores sujetos a la gracia a travs de la penitencia, maese? 119
Celestino Tercero tena noventa y dos aos cuando firm este documento, aade maese Pornic pacientemente. El nuevo Santo Padre tiene la sensibilidad de un hombre ms joven y debe revisar el acta. Y yo digo que la edad del papa no supone ninguna diferencia, persiste Clare. El Santo Padre es infalible. Lady Chalandon dice verdad, asevera Gianni. La autoridad del Santo Padre nunca puede ser impugnada. Guy ignora al cannigo y se inclina ante el santo varn. Gracias, maese. Vuestras reservas son suficientes para m. Por lo dems, el mes pasado, el rey cambi oficialmente su sello. Malchiel, el portador del sello real, se ahog delante de Limassol en su viaje a Levante. Cuando su cuerpo fue arrojado a la orilla, un paisano hall el sello en el cadver y el rey hubo de volvrselo a comprar. Conozco la historia porque tuve que pagar gravosos derechos por usar el nuevo sello. El cual, aade Clare sardnica, fue empleado para decorar la multa por tu apoyo rebelde a Juan Sin Tierra contra su hermano, nuestro buen rey Ricardo. Cuando pitidos y risotadas resuenan en el saln respondidos por groseros desafos de los serjants de Guy, Raquel siente vibrar en ella la presencia de la baronesa, apilando palabras que crecen hasta oprimirle los pulmones. Hijos, llama de pronto desde el estrado. Silencio! Soy la legtima seora de este dominio y mi gobierno ha sido y ser otra vez confirmado por el nuevo papa y por el rey. Entretanto, no estoy dispuesta a seguir oyendo debates sobre mi condicin. Debo fe y lealtad a mis caballeros y a mi gente como ellos me la deben a m. Mira, artera, a Guy y a su maestro de armas. Y para ese fin, yo, aqu mismo, declaro que el cerco al Castillo de Neufmarch queda concluido. Las filas traseras, que acaban de entrar en conocimiento de ello ahora mismo, estallan en gritos de desconcierto y decepcin: Sangre de Dios!... Injusticia!... Esa presa es nuestra! A una seal de Raquel, otro fragor de trompeta silencia a la multitud. Guy, se dirige Raquel al adusto barn, que todava est erguido. Como no ests dispuesto a rendirme homenaje, no puedo asumir tus deudas. Pagars por el dao infligido a Neufmarch; pagars la suma exacta que apruebe el seor atacado por ti. De nuevo reverbera la sala con los clamores de sorpresa y las speras risas de las filas postreras, provocando aun otro estridor de trompeta. Tambin cesarn las hostilidades contra los galeses, contina Raquel. Las tierras que les han sido arrebatadas en mi ausencia les sern devueltas en el acto y las fortificaciones erigidas all sern entregadas a los jefes locales. En respuesta a los estallidos de incredulidad que siguen a sus palabras, Raquel mira sobre su hombro a Dwn y caza la secreta sonrisa de la anciana. La baronesa alza su mano y la sala enmudece al instante para escuchar cul ser su prximo decreto. Hoy, los cerdos sern sacados del castillo para ser distribuidos con equidad entre los habitantes de la aldea. Cerdo, cisne y liebre dejarn desde ahora de ser preparados o cocinados en el castillo. Asimismo ocurrir con ranas, caracoles y todo pez que carezca de aletas 120
y escamas. Aquellos que quieran comer de estos alimentos, que nuestro Seor y Salvador consider impuros, podrn hacerlo en la aldea. los cocineros sern instruidos por rab Tibbon en los mtodos de preparacin alimenticia que nuestro mismo Seor respet. Raquel contempla todo el gran saln con la sola emocin del poder. Ha experimentado algo profundo en su cambio. El fro estremecimiento que al principio sintiera al enfrentar esta muchedumbre de normandos se ha convertido en un reverbero clido. El espritu de la baronesa se somete a ella en expansin de lucidez. Ya no teme a estos cristianos: los gobierna. Una sonrisa exultante tremola en sus labios al ver la confusin en el rostro redondo de Clare, la rabia ftil en la prieta frente de Guy y el temor baando las filas de gentes que la contemplan y que se someten a cada una de sus palabras. Y ah, entre ellos, est el abuelo David, ansioso, dirigindole una mirada sesgada desde su abatida cabeza como invitndola a concluir la asamblea. Maana, dice, y la sala inmediatamente enmudece, salpicada slo por el trino de los reyezuelos. Maana, dejar el castillo para visitar mi dominio y para buscar en la plegaria consejo, en la Abada de la Trinidad. Susurros reverberan en el saln silencioso. Guy gira sobre sus talones y, con el maestro de armas trotando a su lado como su sombra, abandona a grandes pasos la cmara. Raquel medita detenerlo; pero el solo hecho de saber que puede hacerlo es bastante. Despus de la accesin de Raquel a la barona de Epynt, su abuelo lee de la Tor palabras de bendicin para la asamblea antes de que Gerald despida la reunin. Cuida de no hacer alianza con los habitantes del pas donde vas a entrar porque sera un lazo para ti..., entona David del trigesimocuarto captulo del xodo cuando la alborotada muchedumbre empieza a empujar hacia el estrado. Mientras los villanos extienden sus manos delirantes para tocar a esta mujer que ha bebido del Santo Grial, los gremiales, apoplticos de indignacin, embisten pidiendo compensacin por los fondos y bienes que han invertido, y perdido ahora, en el cerco al Castillo de Neufmarch. Empiezan los puetazos en el gran saln. Sobre esta cacofona, Raquel se yergue en el estrado sorprendida por la violenta reaccin de la multitud. Su sentido de mando se evapora y se halla de pronto frgil y perdida. El bullicio la confunde y no sabe dnde concentrar su atencin. Pestaeando a la luz blanca-azcar del sol matutino, busca desesperadamente el rostro de su abuelo en la airada turbamulta. Con creciente pnico, contempla cmo la multitud se traga a su abuelo y lo hace desaparecer y, por un momento, siente de nuevo todo el estupor del horror que sufri once aos atrs, viendo indefensa una turba similar destruir su casa. El ruido de colmena que emerge de la masa se hace ms y ms fuerte, ms urgente e implacable, y la empuja al borde del precipicio de s misma... al borde de caer y ser devorada por la masa de caras rojas que pelean airadas por alcanzarla. No hay lugar adonde ir, no hay dnde esconderse. El poder que disfrutara un momento antes la ha eternizado en el centro de este mosaico de rostros inflamados. Con tmida suavidad habla a la turba tempestuosa: Buena gente, yo no puedo devolver los viejos prstamos. Debis entenderlo. Yo... he sido renovada, transfigurada. Otra razn labra nuestro destino y nos ata a la lucha que nos divide. Entendis? Debis entender... 121
Su voz se diluye y un pnico incontenible serpentea en ella, atravesndola. En plena desesperacin, se deja caer en el sitial y se esfuerza en ver el cliz ureo, beber hondo de la presencia de la baronesa. Pero gritos rabiosos la golpean con demasiada fiereza para que pueda concentrarse en nada. Su atencin se desdibuja, se nubla en ceguera, y una inminente locura estrangula su cuello. De pronto, manos gentiles la toman por los hombros y se la llevan del hervor de la canalla. Madre, ests bien? El rostro preocupado de Clare la mira colmando su creciente vaco con su carnosa presencia. Raquel asiente, frota sus sienes delibrndolas del entumecimiento. Dnde est el abuelo?, pregunta. Clare le devuelve una mirada confundida. El rab... dnde est? Maese Pornic lo ha llamado, contesta Clare y la anima a levantarse. Vamos, madre. Dejemos esta chusma vocinglera. Mercaderes!, re sardnica y hace una seal a Gerald para que venga a ayudarla. El dinero es su alma, fra y sucia. Raquel acepta con gratitud el brazo que le ofrece Gerald. Toda su fuerza ha desaparecido, dejndola hueca. Cierra los ojos y de nuevo invoca el Grial. Ahora aparece, brillante como un pedazo de sol tras sus prpados, y su angustia mengua, aunque no desaparece totalmente. Ha estado demasiado cerca de perderlo todo: se da cuenta con glida claridad que es demasiado frgil para continuar con esto. Y sin embargo... cmo cesar ahora? Debo representar este papel an un poco ms. Seguir. Debo hacerlo. Decidme, rab, es Jess el Mesas?, pregunta maese Pornic. Est sentado en una silla maciza en cuyo alto espaldar hay labrado un cordero que porta un bculo. Encarndolo, en una silla cuyo espaldar representa las cabezas del toro, el guila, el len y el ngel de la visin de Ezequiel, est sentado David, con el rollo de la Ley en su regazo. Estn en el bside, detrs del altar, donde la luz de las vidrieras quebranta el oscuro-afliccin de la capilla en gneos fragmentos. Gianni Rieti permanece en pie, cruzados sobre el pecho los brazos y apoyndose en la parte posterior del altar. Debe el hombre hacerse dioses que no lo son?, responde David. Por qu hacis de Jess un dios? Citis a los profetas?, evala maese Pornic al hombre frente a l con desapasionada frialdad. No previ Isaas el profeta la llegada del Mesas? He citado a Jeremas, captulo diecisis, versculo veinte. En cuanto a Isaas, escribe, Y los hijos del extranjero que aman el nombre del Seor, incluso a ellos los llevar yo a mi montaa sagrada. Contemplando la calma oscuridad en los ojos penetrantes del hombre ajado, pendulan las emociones de David del miedo al respeto, y de ste al miedo otra vez. El nombre del Seor es Jesucristo, dice maese Pornic con ternura grande. Creis vos que Jess es Cristo el Salvador, el Ungido, el Mesas profetizado por vuestro pueblo? No hay ningn Jess en la Biblia de los judos. Maese Pornic cierra los ojos y sacude la cabeza. A los suyos vino, cita del primer 122
captulo de Juan, y los suyos no lo recibieron. Sin duda, maese, interviene Gianni Rieti, no llamasteis al rab para interrogarle sobre su fe. La baronesa ha buscado su ayuda para aprender la lengua y las costumbres de nuestro Salvador porque l es un erudito judo. El rostro del santo varn se condensa brutalmente. l bendijo a la asamblea! Sus dedos tiemblan. Este... hombre, que no tiene fe en nuestro Salvador, bendijo una asamblea de cristianos. Qu burla es sta de los sufrimientos de nuestro Seor? Bendije la congregacin como lo hara un rab, responde David, sintiendo un viento fro a travs de su pecho, incluso el rab que vos adoris. Yo adoro al Hijo de Dios!, chilla maese Pornic, y rebota estrepitosa la voz en las tenebrosas alturas. Al ver la alarma en la faz del judo, la furia pasa, y el abad levanta una mano desvada para pinzar el entrecejo. Perdonadme. Se incorpora y trastabilla como si hubiera sido golpeado. sta es mi gente, mi rebao. Mueve la mano apartando este pensamiento. Su rostro macerado posee la serena ferocidad de un guila. El milagro del Grial -el milagro que ha transformado la baronesa de mujer retorcida, acibarada y aosa en la joven hermosa que gobierna Epynt hoy- no despierta en vos la fe de que Jess es ciertamente el Mesas? La boca de David se abre y cuelga, flcida, como una ratonera en el bosque de su barba. El rab no conoci a la baronesa antes del milagro, repone Gianni por l. Y t, hijo mo? Gianni sacude la cabeza. Era una mujer totalmente atea, recuerda maese Pornic con una voz ms calma. Fue la muerte de su padre, Bernard, el primer conde de Epynt, lo que pudri su fe. l mismo haba sido un hombre religioso. Lo conoc bien... hace ya tantos aos. El cansancio adelgaza su voz. Hicimos juntos la peregrinacin a San David. Amaba a los galeses, su fiereza y su msica, y no tom ms tierra de ellos que la que requeran sus cosechas. Son cristianos como nosotros, deca. Adoremos juntos. Y construy esta capilla tanto para s como para ellos, aunque ellos dejaron de venir cuando l muri. El Seor se lo llev con unas fiebres. Y su hija, nuestra baronesa, perdi la fe con l. David se acaricia la barba y mira, triste, a Gianni Rieti. Sin duda, vos mantendrais la fe en vuestro Dios, inquiere maese Pornic, si l os asolase como hizo con Job. David inclina la cabeza. Hace once aos, perd toda mi familia en manos de las turbas de cruzados... mis dos hijos y sus familias... Y as Dios prueba vuestra fe, afirma el abad. Es una prueba?, pregunta David mirando hacia arriba, fustigado. No lo creo. Nosotros nos probamos a nosotros mismos porque sabemos del bien y el mal. Pero el Seor es bien y mal. No. Maese Pornic rechaza este pensamiento con ademn agitado. Satn es el mal y Dios lo ha arrojado al abismo. Sin embargo, quin cre a Satn?, pregunta David. Y el abismo... quin lo cre? Y la viruela y la sequa y toda forma de calamidad, de dnde surgieron? Vienen de lo Alto. 123
En absoluto, dice el abad. Vienen de Satn para probar nuestras almas y apartarnos de la gracia de Dios. David se encoge de hombros. Tal es vuestra fe. La ma me dice que Jehovah es ms de lo que podemos conocer. En la oscuridad, en el sufrimiento, en la debilidad humana... tambin aqu est l. Quines somos nosotros para pedirle cuentas? Y sin embargo, debemos pedrselas, pues sa es la fuerza que l nos ha dado. Dudar y cuestionar, eso debemos. Y, cuando hemos alcanzado el lmite de nuestro poder de cuestionar, seguimos siendo lo que somos. Pues nunca somos ms de lo que somos. Nunca somos ms que lo que l ha hecho de nosotros. Las delgadas cejas de maese Pornic ascienden y descienden lentas mientras medita en estas cosas. Yo vi el Grial, salta Gianni. Vi a la baronesa, vieja y enferma, beber de l y ser transformada. Su carne ajada cay, sus huesos torcidos se enderezaron y fue rejuvenecida. Lo vi con mis propios ojos. Pensad en esto, le dice maese Pornic a David. Los milagros abren el camino hacia la fe. Creis vos en este milagro?, le pregunta David. Maese Pornic mueve su rostro doliente hacia la luz refractada de las vidrieras y mira a David con ojos de un rojo azote. El camino se abri para m mucho tiempo atrs, Rabino. Yo hall a Jess en una brizna de hierba. Y ahora creo slo en los milagros que ven mis ojos. Guy Lanfranc se sienta a una mesa sencilla, una mera tabla sobre caballetes, en una cmara de bveda claustral detrs del gran saln. Cuando era un muchacho, a menudo vino aqu para ver a su padre prepararse antes de sus algaras contra las tribus. Lo que recuerda mejor son los olores: el del vinagre que limpiaba la cota de malla, el sudor de caballo adherido al cuero amizclado de los guantes y botas, y el mejor de todos, el solemne aroma del aceite de linaza con que los pajes lubricaban las articulaciones de la armadura. Hasta este da no puede dejar de sentir una nostalgia tenaz, una excitacin pueril, estremecedora, cada vez que huele su curtida fragancia. Y en cuanto a la armadura de su padre, Guy la habra guardado en este lugar, si no hubiera dispuesto de ella Ailena, muy poco ceremoniosamente, el da en que aqul muri. Ahora, son sus propias grebas, yelmo, coraza, cota de malla y almete los que cuelgan en los tablones contra la pared, donde un da estuvieron los de su padre. Recordando cuntas veces en el pasado ha venido aqu a ceirse estos arreos para sus innumerables correras, siente una oleada de confianza nacida de su experiencia batalladora. No debe olvidar, se reprocha s s mismo, que ha triunfado en demasiadas batallas para preocuparse por la amenaza de una mera mujer. Qu ests soando?, inquiere Roger Billancourt entrando a grandes pasos en la cmara. Guy sonre plidamente a su mentor. Me estaba preguntando que habra hecho padre en mi lugar. El maestro de guerra suelta una risa spera por la nariz. Para empezar, nunca habra dejado entrar en el castillo a la ramera. 124
Eso fue un disparate, no crees? No tiene sentido dolerse de lo que no se puede cambiar. Roger se apoya en la pared junto a la ventana, frota su corta barba cerdosa y considera al barn. Tiene el acero de su padre, piensa, pero no el filo. Es lo bastante fuerte para resistir, de acuerdo, pero no lo bastante tajante para decisiones rpidas... ni agudo para trascender sus estados de nimo. No pongas esa cara tan melanclica. Tus caballeros estarn aqu en un instante. Deben verte en actitud de mando, o los perders a manos de la Imitadora. Es una impostora, verdad, Roger? Roger abate la quijada. An lo dudas? Guy se pinza el labio inferior, luego alza las manos. En su dormitorio, cuando me enfrent a ella, habl de mi infancia y de Anne Gilford... Tu madre la inspir, dice Roger con terminante certeza. Estoy seguro de que esto lo ha organizado la vieja tarasca. Huele a sus ardides. S... tiene que ser as. Pero, en resumidas cuentas, la cre... cre que era verdaderamente madre. Se re de s mismo y mira con cario las paredes alrededor, donde cuelgan escudos y lanzas cruzadas. Durante los diez aos que siguieron a la muerte de padre, vine aqu cada da y contempl estas armas imaginando la venganza que de madre obtendra cuando creciese. No fui consciente de lo fuerte que ella era entonces... no pens que tendra que esperar hasta verla vieja y dbil para que sus caballeros se reunieran en torno a m y yo pudiese derrocarla. Pens que podra, sencillamente, cortarle la cabeza y acabar de una vez, ni ms ni menos. Aqullos fueron aos largos, coincide Roger. Si yo no le hubiese resultado til ayudndola a defender la Marca contra otros seores de esta frontera sin ley, habra sido ella quien cortase mi cabeza... qu duda cabe. Se endereza. Tus hombres estn llegando. Muestra nimo. Los caballeros William, Harold y Denis entran y saludan a Guy con un gesto de cabeza; luego a Roger. El barn se yergue; su rostro se afirma en el gesto de una serpiente, en su sonrisa implacable y sin dicha. Quin es esta perra que Ailena ha enviado a hostigarme, esta perra que pretende ser mi madre? Quin es esta perra a la que habis rendido homenaje? Responded! Pasea su mirada de ojos como hendijas entre sus caballeros, inclinndose hacia delante, los brazos tensos, tiesos, los puos apretados contra la tabla que ha soportado las banderas del estrado. Roger Billancourt est tras l, las manos en la cintura, su cabeza gris y cuadrada engallada y beligerante. William Morcar se mesa el matoso bigote, el codo sobre una mano, el brazo a travs del pecho, inclinndose hacia atrs sobre una pata de la silla, mirando la estrecha ventana. Harold Almquist se apoya en la puerta, su calva cabeza abatida, estudiando la punta de su bota. Slo Denis Hezetre enfrenta la mirada dura de Guy desde su asiento en el otro extremo de la tabla, con sus manos cuadradas posadas planas ante l. Y qu, si en verdad fuera tu madre? Qu, si Dios ha obrado un milagro en ella? Entonces su lugar es un convento, responde Guy tajante. Su padre, Bernard, tu abuelo, labr este dominio a partir de tierra salvaje, le recuerda Denis. Durante treinta aos gobern por s sola desde este castillo, antes de que la 125
despachsemos a su peregrinacin. Tiene derecho de sangre, Guy... y es bien capaz. Guy contempla a Roger Billancourt con la boca abierta, incrdulo, preguntndose qu anda mal con su amigo, y el viejo maestro de armas dirige a Denis una mueca de reproche. Cuando Guy vuelve a encarar a Denis, su mirada es burlona. As que la crees? Crees que esta gatita es mi madre? Qu otra podra ser?, sostiene Denis. Hubo testigos del milagro, murmura Harold. Slo dos sobrevivieron al viaje hasta aqu, dice Guy, uno con un enano a su sombra y el otro un traidor musulmn. El mismo papa autoriz..., ofrece Harold tentativamente. Bah!, le corta Guy. Estaba l all, quizs? Yo digo que fue comprado. Por las barbas de Dios, Guy, protesta Denis, la vieja sirvienta Dwn la reconoce. Por las pelotas de Dios! Lo que la tarasca reconoce es una oportunidad de servirse a s misma y a su gente. Ya oste a la impostora. Quiere dar nuestro territorio a los galeses! Pero eso es ni ms ni menos lo que hara Ailena Valaise, protesta Denis. Creci con un gran amor por ellos, heredado de su padre, no es as? Denis... Guy mira implorante a su amigo. Ests conmigo? Si t ests con la razn, yo estoy contigo. Ha sido siempre as. Pero, en verdad, no veo que tengas ninguna razn en todo esto. Dios ha obrado un milagro! Puedes estar tan falto de fe como para negar a tu propia madre? Dios Todopoderoso nos la ha devuelto para su mayor gloria! Guy bufa airado pero, aunque lanza al resto miradas centelleantes, experimenta un escrpulo de incertidumbre. Con quin estis los dems? Conmigo o con la Imitadora? El punto es controvertido, se aventura William Morcar. En su momento apoyamos al conde Juan. Ahora Ricardo es de nuevo rey. A menos que satisfagamos la multa por nuestros servicios a Juan, este dominio pasar a los hombres del monarca. As es... Roger habla por primera vez y mira de soslayo, astutamente, a los caballeros. Pero la multa no hay que pagarla hasta Santa Margarita. Tenemos todava un mes. Si la impostora puede ser desacreditada rpidamente, habr tiempo an de aplastar a Neufmarch y coger la plata con que pagar al rey. Las tropas de Hereford se han ido, establece Harold. El cerco est alzado. No romperemos esa nuez esta estacin. Entonces debemos ser raudos, insiste Roger. Debemos despachar a esta gata artera cuanto antes. Y si no es una impostora?, pregunta Denis. Si es verdaderamente la madre de Guy, la mismsima baronesa Ailena Valaise? Que decida Dios, pues, dice Roger ponindose al lado de Guy. Hay un torneo anunciado para celebrar nuestra victoria sobre Neufmarch. Este torneo se celebrar, en cambio, en honor de la baronesa y con motivo de su retorno. Anunciemos una assise de bataille y desafiemos la autoridad de la impostora en el campo de las armas. Yo vencer al sacerdote 126
guerrero italiano y que Guy se las vea con el sueco. Acabaremos con este fraude enseguida. Denis se opone sacudiendo la cabeza. Semejante assise no puede otorgar derecho de gobierno, si la carta de privilegio viene validada por el papa y el rey. Ambos pergaminos son cuestionables, responde Guy rpidamente. Por lo menos esto qued claro en la asamblea. Si vencemos a sus caballeros, los gremiales me aceptarn como barn. Han invertido mucho en el asedio para abandonarme ahora. Y no necesitamos saquear Neufmarch, aade Roger. Puede que la mera amenaza sea suficiente para inspirarle a pagar la multa por nosotros. Guy asiente, satisfecho. Observa a Denis. No te alzars contra m en ese torneo? No. He rendido homenaje a la baronesa y la defender de cualquier amenaza con mi vida. Pero no ser su campen en juegos que el papa ha declarado ilegales. Denis se incorpora y se inclina sobre la tabla. El torneo no tiene autoridad en la corte del rey. Es slo un juego, Guy, un simulacro de batalla. La fina sonrisa de Guy se estira recta hacia atrs, una mueca de vbora. Un simulacro de batalla para derrocar a un simulacro de baronesa. Te o decir poco, le espeta Roger Billancourt a William Morcar. Se hallan en una antecmara estrecha y sin ventanas donde los tapices reposan enrollados en estantes de madera. Reluctante, William ha permitido que el hombre lo traiga aqu, sabiendo que el guerrero patizambo y de barbas de hierro lo requiere para una labor diablica. Tiene miedo del viejo guerrero, pues en batalla ha sacrificado a menudo hombres para ganar pequeas victorias. Y a William le asustan los sacrificios que el maestro de armas pueda pedir ahora que Ailena ha retornado para amenazarle. Guy no necesita de m palabras vacas. Roger posa su fuerte puo de nudillos cuadrados en el pecho de William. Tu corazn es un guila, William. Grita slo cuando est hambriento. Qu diablura hay en el tuyo, Roger? Diablura? Roger agita su ajada cabeza. Ninguna. Slo lealtad hacia nuestro barn, que es el to de tu mujer Hellene, as como el to abuelo y protector de tu hijo Thierry. Roger, no me atosigues con lealtades que conozco muy bien y que he probado una y otra vez en el campo de batalla. Entonces por qu has rendido homenaje a la gata? Qu sortilegio te gan para sus filas? Sortilegio... ninguno. La propia mano de Dios, que nos la ha devuelto. La mano de Dios... o la del Diablo? Slo los sacerdotes ven la diferencia. El aire se oscurece con la sonrisa del maestro de armas, y William se arrepiente de hablarle con ira. Por Dios o por el Diablo, la gata se sienta en el sitial del estado y t le has jurado fidelidad. Esto no puede cambiarse. As que... qu haremos con tu hijo Thierry? La ira de William se hincha otra vez. No quiero el nombre de mi hijo en tu boca. 127
Roger acerca ms su rostro. Un ojo es ms grande que el otro: el del lado de la cabeza donde, aos antes, en servicio del padre de Guy, una maza le golpe el crneo. Su mirada descompensada posee una demente intensidad. Thierry, dice en voz burlona y aflautada. Thierry iba a heredar el reino cuando su to abuelo retornase a Dios o el Diablo. Pero ahora... Mueve sus labios con cruel deliberacin. No lo entiendes? Thierry no heredar nada. La gata es apenas mayor que l y le sobrevivir a l y a sus vstagos porque es la gata del Diablo. Entonces, tal es la voluntad de Dios o del Diablo, murmura William lacnico. Quieres que tu hijo viva sin tierras, que vague de aqu para all como Gilbert y yo lo hicimos, luchando para cualquiera que nos diera una comida? Quieres que se case con la sobrina de cualquier legado, como t, y que tenga sobre s el techo de otro y la ley de otro a quien servir? Piensa, hombre! l podra ser su propia ley en su propio castillo! Dios o el Diablo se lo han dado. El mismo Dios-Diablo que cercen la virilidad de Guy se la ha dado a l! Es a Thomas a quien corresponde ser cabeza del linaje, dice William dbilmente. El hijo de Clare?, sisea Roger a travs de sus dientes pardos. Thomas es un Chalandon y, como su padre Gerald, es una flor, todo delicadeza y fragancia. Su lugar esta justamente en la abada, estudiando los viejos textos para que pueda ser un cura y hacer sus estpidas distinciones entre las obras de Dios y las del Diablo. Su sitio en este mundo lo ha abandonado ya. El sitial de estado pertenece a Thierry. El Dios-Diablo se lo ha dado a l. Pero, Roger, hace falta que te lo recuerde... Thierry ha rendido ya homenaje a la baronesa. Slo con el consentimiento de Guy. Guy ama a Thierry como a su propio hijo; sin duda alcanzas a ver que ha estado entrenndole para gobernar desde que era un nio. Yo s que no le negara nada. Por eso le consinti servir a la Imitadora. Por qu permitir que el exilio lo afecte a l tambin? Si nosotros fallamos, al menos que l no sufra. William se mesa reflexivamente el bigote. Aunque aborrece la crueldad del maestro de armas en la lid, no puede negar la verdad de lo que dice. Dios o el Diablo han dado a algunos hombres el poder de alzarse de sus miserias y labrar sus vidas. l aprendi esto pronto, como hijo de un mercenario; su padre haba muerto en batalla y el hijo careca de las oportunidades dadas por Dios. Si no hubiera sido por Hellene, William habra vivido una vida sin norte. Qu es lo que hay que hacer?, pregunta cansinamente. Roger retrocede y se frota el erizado mentn. Dos cosas. Y Guy no ha de saber nada de ellas, pues stos son actos que hacemos para l, no por l. Espera a recibir el gesto garante de William. Primero, una alianza con Branden Neufmarch. Alianza? Hace dos das estbamos dispuestos a saquear su castillo. Pero hoy la Imitadora ocupa el sitial de estado. Ya la oste rendir nuestros territorios perifricos y sus fortificaciones a los brbaros. Eso supone un peligro para todos los barones de la Marca, incluido Branden Neufmarch. El rostro cicatrizado de Roger se frunce en una mueca unilateral. El viejo guerrero Howel Rhiwlas y el loco de su hijo Erec el Bravo han estado trabando nuevas alianzas entre las tribus. Los galeses son desmaados pero fieros y, con todos ellos bandeando juntos de este modo, cualquier seor de la Marca estar lgicamente alarmado. 128
Branden se aliar con nosotros pensando en proteger sus intereses. Incluso le prometeremos algunos de los territorios que podamos recuperar, para azuzarlo con la codicia tanto como con el miedo. A cambio, tendremos la ventaja de sus tropas, en caso de que debamos marchar contra la Imitadora o cualquiera en este castillo que trate de defenderla. Atacar nuestro propio castillo y a nuestros caballeros?, susurra William con horror. S, debemos estar preparados para esa eventualidad. Pero si hacemos bien la segunda de las cosas que hay que hacer, no necesitaremos la primera. Asesinato, dice, sombro, William. Si la asesinamos, no necesitaremos a los hombres de Branden para luchar contra los nuestros. Roger permite a la ms imperceptible de las sonrisas rozar sus labios agrietados. Al principio era la palabra, eh? Al comienzo de cada empresa, debemos elegir cuidadosamente el nombre que le aplicaremos. Asesinato es una palabra nefanda, William. Escoge otra vez. William baja la cabeza. Accidente, entonces. Roger sonre y oprime con el puo el pecho de William. El guila grita en tu pecho ahora, amigo mo. Los accidentes son cosas de Dios; las conspiraciones, del Diablo. A Dios o el Diablo se les atribuye el mrito de haber trado aqu a la gata... que se lleven tambin la culpa por lo que pueda pasarle. Las mujeres estn sentadas en bancos de piedra en el jardn del palais mientras las muchachas, Joyce y Gilberta, juguetean en la prgola de rosas y las nias, Blythe y Effie, retozan entre las dedaleras, compartiendo pastas. Raquel alza la mirada ms all del resplandor de las hojas y de los muros del castillo, a las nubes azules en el silencio alto. Ser otro es al mismo tiempo ms fcil y ms difcil de lo que haba imaginado. Los momentos de bienestar son fciles: disfrutar los capullos de las rosas bajo esas masas montaosas de nubes le resulta natural. Pero fingir que se preocupa de estos extraos es difcil. Atender a las voces bulliciosas de las mujeres y responderles del modo que ellas esperan requiere todo su entrenamiento. Madre, la reclama insistentemente Clare. Tendremos corte, como cuando yo tena la edad de Madelon? Raquel desprende su mirada de la masa de nubes y encara a Madelon, la hija quinceaera de Hellene. Magra como un muchacho, de pelo rizado y blondo, con pestaas rosadas y un pequeo lunar vivaz bajo su labio inferior, es la gemela de Thierry; pero, de algn modo, le faltan las oscuras facciones y la adusta complexin del chico. Grandmre me ha hablado de la corte, dice Madelon con un hlito petulante de voz, pero el to la prohibi. La corte de amor... Raquel siente un clido hormigueo a ambos lados del cuello, al esforzarse en recordar las explcitas instrucciones de la baronesa sobre la naturaleza y los fines del beau ideal. Grandmre, te ests poniendo colorada!, exclama Leora, y todas las mujeres ren. Soy demasiado vieja para dirigir la corte, protesta mansamente Raquel y mira de soslayo a Dwn buscando apoyo, pero la vieja sirvienta le sonre alevosa. 129
Al revs, madre, eres demasiado joven para no hacerlo. Clare lidera a las dems en otro estallido de risa. Ahora, dinos, volvers a amar otra vez? Raquel mira sus manos, los blancos nudillos de sus puos cerrados. Qu respondera la baronesa? Para amar al estilo corts, una mujer debe gobernar. Hay caballeros, incluso aqu en la Marca, que caeran de hinojos para ser gobernados por ti, dice Clare. Pero para gobernar adecuadamente, aade rpida Raquel, uno debe servir. Debo hallar un hombre lo bastante sabio y gentil como para merecer que se le sirva, antes de esperar gobernarlo con mi amor. Tendrs que buscar a fondo en la Marca, para encontrar tan extraa criatura, cloquea Dwn. Tengamos corte otra vez, madre, presiona Clare. Dwn tiene razn. Desde que partiste ha habido slo justas y caza, dados y halcones, aburrimiento slo y pelea de gallos, charlas de establo y planes de guerra. El resto de las mujeres la apoyan suplicantes y Raquel las silencia con un gesto de asentimiento. Tendremos corte de amor... pero slo si hay suficientes hombres para atenderla. Adems de tu Gerald, Clare, quin entre esta canalla de soldados sabra cmo conducirse en la corte? Tu caballero italiano sabra, dice Leora, y enreda un dedo sugerente entre sus rojos rizos. Apunta sus ojos hacia el arco de la puerta del gran saln, por donde Gianni Rieti pasa ahora en su camino a la capilla. Llmalo, grandmre. Veamos si requiere instruccin. Hellene encuentra la coquetera de su hermana Leora trivial ms all de todo lo soportable y sus palabras sobre el amor corts, pura tontera. Su William le reprochara estar aqu sentada sin mostrar objecin, pero las formalidades son vitales para Hellene y, mientras la baronesa consienta tales costumbres, ella tambin las asumir. Pero incluir en esto a un padre de la Iglesia es un sinsentido; a ello, objeta: Es un sacerdote. Un sacerdote-caballero, replica Leora, y ms galante de lo que un sacerdote debera serlo. Aliviada de que el centro de atencin se desve de ella, Raquel hace una seal a Falan, que est sentado cerca de all, bajo un arce rojo, con el sable en su regazo. Gianni Rieti es sorprendido por la mano de Falan, admonitoria sobre su hombro. Ha estado inmerso en sus pensamientos, contemplando sus responsabilidades hacia la Iglesia y hacia Dios. Despus de presenciar el milagro de la transformacin de la baronesa por el Santo Grial, el poder de Dios le haba parecido evidente y servirle, un sendero recto. l seguira y obedecera a la baronesa, objeto del milagroso amor de Dios. Pero ahora el macerado y mstico abad, tan descontento con la devocin de la baronesa en la fe ancestral de Cristo, le ha perturbado. Tiene que reflexionar a fondo este tema, y no le gusta pensar en tan superbas cuestiones. Cuando Raquel se lo presenta a Clare, a sus hijas Hellene y Leora, y a las hijas de stas, la adolescente Madelon y las nias Joyce, Gilberta, Blythe y la pequea Effie, l saluda cordialmente a cada una, pero es en Madelon donde su vista se demora. No puede evitar observar, 130
casi a pesar de s mismo, la curva elegante de su cuello, la marca gitana bajo su boca peligrosa, la cada solemne de sus ojos plidos, que hace su belleza enigmtica. Cuando su atencin resulta abruptamente apartada de Madelon al preguntarle Clare si sabe algo de las cortes de amor, l declara su ignorancia. Recuerda haber odo hablar de ciertas frivolidades que acontecan en la corte de Poitiers, donde las mujeres se proclamaban reinas de los hombres. Apenas puede creer que un juego tan trivial haya penetrado hasta estas profundidades de las tierras salvajes. Clare explica, Empez hace treinta aos, padre Rieti, ms o menos por las fechas en que me cas con Gerald. Fue l quien trajo consigo la idea del Limousin. Recuerdas cmo escandaliz a los viejos caballeros?, pregunta Raquel oyendo la risa de la baronesa cuando le habl por primera vez de este ancdota, especialmente cuando les dijo que la caballera haba empezado aqu en Gales cientos de aos atrs, en la corte del Rey Arturo, en Caerleon junto al Usk. Despus de esto, aquellos caballeros con tufo de establos se tiraron de cabeza a las baeras para purgar los olores de las jauras y los caminos. Clare estalla en estridentes carcajadas. Luego, para mostrar al canonje su finura, aade, La caballera fue concebida en realidad por la condesa de Champagne, llamada Mara, la hija mayor de Luis Capeto y Leonor de Aquitania. Tena un clrigo llamado Andr el Capelln, y lo puso a traducir Arte de Amar y Remedio de Amor, de Ovidio. Conocis estas obras, padre? Por supuesto, milady. Ars Amatoria y Remedia Amoris ironizan sobre los ilcitos amoros romanos fingiendo tomrselos en serio. Un fingimiento, cierto, contina Raquel. Un fingimiento al que Andr le dio la vuelta. En su Libro de Amor, el hombre no es seor, no emplea su arte para seducir las mujeres a su placer; por el contrario, el hombre es la propiedad, el mero objeto de la mujer. Y las cortes de amor?, inquiere Gianni, sintiendo los ojos de Madelon sobre l y osando dirigirle una blanca sonrisa. Una asamblea de hombres donde las mujeres gobiernan, responde Raquel. En las cortes de amor, las mujeres ponen las reglas, las reglas de la caballera. Asistiris a nuestra corte de amor?, pregunta Madelon audaz, sintiendo su corazn aletear ligero cuando la mirada oscura, llana de Gianni se entretiene en ella. S..., responde y vuelve sus ojos hermosos hacia Raquel. Pero slo si la baronesa define el amor para m. El desafo hace a Raquel inclinar hacia atrs la cabeza, y contempla graves nubes encimando el cielo. La respuesta llega fcilmente, pues a la baronesa le encantaba rerse del amor: El amor mortal, querido caballero, es como lamer miel de las espinas. Denis Hezetre flota como un panel broncneo de luz solar en el vano oscuro del arco del gran saln, a la orilla del jardn. Tras cautivar el ojo de Raquel, se inclina y la invita con una seal a apartarse del resto atolondrado de mujeres. Raquel pide excusas. Clare se levanta tambin y enva sus hijas a sus tareas: la puntillosa Hellene a supervisar la labor de los sirvientes y la pecosa Leora a dirigir las lecciones cotidianas de los nios. Clare misma visitar las cocinas, probar la 131
comida del da y ablandar al indignado personal, cuyos talentos se han visto limitados por las restricciones dietticas de la baronesa. Gianni Rieti se inclina cuando las mujeres se dispersan y parte en busca de su enano y compaero Ummu. El pequeo hombre, con su falta de respeto por todas las religiones, se deleitar escuchando la confrontacin entre el abad y el rabino, piensa Rieti sonriendo para s mismo. Ninguno de esos dos santos varones presenci el milagro del Grial y por eso dudan ambos de su veracidad. Pero Ummu estaba al lado de Gianni cuando apareci el Sagrado Cliz; vio la anciana moribunda transformada en una doncella nbil... y, sin embargo, su desprecio de todo lo espiritual le hizo dudar de sus propios ojos. Qu portento es ese enano, se sonre Gianni a s mismo, divertido y complacido por la compaa de alguien tan monstruosamente devoto de la tierra. Padre. Gianni mira sobre su hombro y ve a Madelon de pie bajo un emparrado de flores azucares, un dedo de sol en sus rizos dorados. Ha olvidado a propsito una cinta de pelo en el banco de piedra, para poder volver apresuradamente all sin despertar las sospechas de su madre. Mirndole sin pudor, con una mezcla de desafo y malicia, Madelon dice, en una exhalacin, Encontradme en el jardn exterior junto a los sauces, despus de la bendicin del agua, para que podamos hablar sin impedimento. Luego, con una risilla traviesa y sofocada, se da la vuelta y desaparece. Gianni parpadea. Se ha enterado hace poco por maese Pornic de que los villanos se renen tradicionalmente en la capilla este da del mes para la misa del medioda y la consagracin del agua, ceremonias que l se ve obligado a celebrar ahora que la baronesa ha apartado al abad de los servicios del castillo. Gianni pasa ambas manos a travs de su oscura melena, aturdido, sabiendo bien lo que quiere la nia mujer. Esta misa, su primera en el castillo, que haba de ser simple y pura y en la cual haba de realizar el sacramento de la Eucarista con la intachable pureza y sinceridad anmicas que la ocasin merece, adquiere ahora resonancias ms profundas: comprende que sus plegarias sern tanto por su propia alma como por las nimas de su nuevo rebao. Denis Hezetre lleva a Raquel al gran saln, a un rincn apartado de los sirvientes, que estn levantando los bancos cados y recogiendo los junquillos y la menta aplastados. Falan vigila desde la puerta mientras ambos se sientan frente a frente, en la argntea fluorescencia oblonga que cae de una alta ventana. Por un momento, al contemplar a esta joven mujer de fra piel de luna, a quien recuerda slo como anciana carne marchita, moteada de vasos sanguneos rotos, a Denis le falta el aire. Vuestro hijo planea derrocaros, milady. Ella le observa con ojos ambiguos, vibrantes de miedo e interrogacin. Nunca ha visto l semejante mirada en los ojos de la vieja baronesa, que eran siempre soturnos, pero astutos y maliciosos. As lo esperaba. Conoces su estrategia? Una assise de bataille. 132
Eso es ilegal. Un destello de asombro turba su rostro blondo. No necesito recordaros que a Guy nunca le ha importado de ley, sino slo el poder. Pero obedecer esta ley. No aceptar semejante assise. Por qu debera arriesgar lo que ya es mo? l desafiar a vuestros caballeros en el torneo que tendr lugar en vuestro honor. Entonces se cancelar el torneo. El papa no los ve con buenos ojos, en cualquier caso. Si a los hombres les sobra ferocidad batalladora, que no la derrochen en justas cuando hay sarracenos an que desafiar en Tierra Santa. Este torneo se anunci ya llegada la primavera en toda la Marca, milady. Hay barones de camino hacia aqu. Pero, ms importante aun, hay que tener en cuenta a los gremiales, muchos de los cuales invirtieron fuertemente en el cerco que habis desconvocado. No estn complacidos y ven el torneo como una forma alternativa de recuperar sus prdidas. Si se lo negis, vuestra posicin ser todava ms insegura. Con una sonrisa lacrimal, Raquel dice dubitativa, Me atrevera a decir, Denis, que en otros tiempos no tenas que pensar todas estas cosas por m. Desde Tierra Santa, he perdido la cabeza para la estrategia. Denis la contempla curioso; el candor de la mujer resulta inesperado. La estrategia es lo nico que os har conservar el sitial de estado mientras vuestro hijo sea un enemigo, dice l, gentilmente. Hay algo adems de la estrategia que puede ayudarme, algo mejor aun, amable Denis: la fe. Conoc bien su poder en Jerusaln. Denis inclina la cabeza. Habis sido glorificada por Dios. l defender vuestro derecho a gobernar. Raquel asiente con la cabeza, ausente. El tiempo es mi nica defensa. El tiempo que exija reivindicar el tesoro que he ganado y huir de este nido de vboras. Habis cambiado ms de lo que yo podra decir, milady. De verdad, no sois la misma baronesa que rigi este dominio durante treinta aos. La gentileza que reconozco ahora en vos mal le sirve a un seor de la frontera. Aunque creo que Dios est con vos, yo... yo temo por vos. Los ojos de Raquel se agudizan. Entonces, quizs debera retornar a Tierra Santa y dejar este dominio a su sucesor natural, replica ansiosamente. Dile esto a Guy, as dormir mejor. Los inocentes son locos, cobardes los sabios... as cantan los viejos bardos galeses. Raquel sonre. Una loca si me quedo, una cobarde si me voy. Si piensas tan mal de m, por qu besaste mi anillo? Denis contempla de cerca la mujer de dulces labios cuyos oscuros ojos claros parecen tan turbados como los de una vidente. Tiene Guy razn?, se pregunta. Es esta mujer su madre en verdad? O es que tanto la ha transformado el Grial que se ha convertido en impostora incluso para s misma? Devocin es todo lo que he conocido, milady. Cierto, tu devocin hacia Guy es famosa, incluso cuando de muchachos l abusaba de ti. Porque tu padrastro era mi maestro de armas Guy lo odiaba... odiaba a todos los hombres 133
prximos a m tras la muerte de Gilbert. Era un muchacho corrompido y belicoso, mi hijo, y todava lo es. Yo vi entonces que no podra resistir el impulso de golpearte porque sa era, simplemente, la nica manera en que poda herir a tu padre. Sin embargo, me parece recordar que, cuando se fue a Irlanda en busca de aventura, en su decimosptimo verano, t te fuiste con l. Esa devocin... nunca se ha cansado? La repentina mencin de aquel verano toma a Denis por sorpresa. Nunca, tartamudea. Todava soy el amigo de Guy. Lo ser siempre. Y no ha habido todava una mujer que conquistase tu devocin? Vos, milady. Raquel se inclina hacia atrs, sola de pronto en sus hombros y codos, en las articulaciones de sus dedos y rodillas, sola y sin el dolor que debiera haber all. nicamente la vieja baronesa tiene derecho a esta lealtad y, de pronto, Raquel se siente falsa. Recuerda a Ailena dicindole, El arquero, Denis Hezetre, con su rostro infantil... mi hijo hizo algo ms que golpearlo cuando eran muchachos, abus de l como de una aldeana y descarg en l su lascivia. Los encontr una vez en un pajar detrs de los establos. Guy nunca pareci ms prfido que mientras tena al pobre chico debajo. Pero Denis, el pobre loco, crea que era amor y lo ha amado siempre desde entonces... aunque la verga que lo dom fue cercenada en Irlanda. Me declaro indigna, Denis, confiesa Raquel. Tienes razn... ya no soy la mujer que fui una vez. No podr volver a serlo jams. Tu devocin hacia m te pondr en peligrosos aprietos con Guy. Ten precaucin. El espacio entre los ojos de Denis, brillante como polen, se crispa. Yo... yo quiero deciros que s que vuestro hijo no me ha querido nunca como yo le amo. Pausa, muerde su labio superior; Raquel, viendo su afliccin, deseara que no dijera nada ms. Como hombre joven, tuve locas esperanzas, aparentes gozos que eran ilusiones. Desde Irlanda, hace ya de eso una vida, mi corazn ha estado seco. Su vista cae sobre sus manos unidas. Tras aquella prdida, desapareci toda esperanza de ganar su amor como yo lo quera. Slo ahora, con vuestro retorno... al veros tan maravillosamente cambiada por la mano de Dios... La mira resplandeciente. Slo ahora he sentido verdadero gozo. Porque ahora s que hay algo intemporal en nosotros. Algo que es merecedor de homenaje. Aun si no sois ni la mitad de soberana que fuisteis, mirndoos s que esta devocin me devolver el amor de algn modo. Era tan sincero, abuelo, dice Raquel con una voz vacilante. Est sentada en un faldistorio junto a la tronera de la habitacin de David. Tuve que morderme la lengua para no vomitar toda la verdad. David mira a Raquel, su rostro barbado pintado de pronto por el asombro y un miedo creciente. Tu corazn ha de ser una muralla, Raquel. No debes sentir piedad por ellos. O estamos perdidos. Raquel se lleva la mano al rostro y llora. Ven en m la mano de Dios. Abuelo, estoy blasfemando contra el Seor? No, mi nia. En todo caso, ests exaltndolo a los ojos de estos politestas. Ahora su fe 134
despierta. David se le acerca y acaricia reconfortante su pelo. Y pronto estaremos lejos de aqu, nieta. Maana recuperaremos las joyas, que son nuestro justo sueldo por el largo servicio a la baronesa, y partiremos. Volveremos a Kfar Hananya y viviremos como el Seor quiere que lo hagamos. Nunca retornaremos. Y la gente de este lugar se quedar maravillada por un milagro que creer de Dios. Gianni Rieti deja con los villanos la capilla y camina con ellos a travs de la puerta exterior del castillo y de la calle de acceso hasta el puente. Estn contentos con l, porque la ingenuidad con la que celebr la misa dio al aire que lo envolva un resplandor de santidad. En el puente, bendice a los ltimos de ellos, que oprimen sus frascos de arcilla con el agua bendita contra sus pechos y parten cantando un himno de jbilo. Ms all de la calle de acceso estn los extensos jardines y vergeles donde Ummu ya lo espera. El enano lo saluda desde los barbados avellanos. Durante la misa, Gianni se ha convencido de que volver al castillo inmediatamente. Pero ahora, el recuerdo de la esbelta, blonda nia con su lunar gitano bajo el labio lo llama tentador a los rboles. Es se que veo un paso vacilante?, se mofa Ummu. O es slo que vuestro lastre de semilla ahorrada os hace ms lento el caminar? La castidad es el compromiso que he asumido, protervo enano. Por ms que lo reprenda, est contento de ver a su enano, pues el pequeo hombre a menudo le proporciona buen consejo, aunque su ingenio es sarcstico. Cunto tiempo hace que sois casto ahora, padre? Cerca de diez meses, dira. Sin duda incluso los ngeles estn asombrados. Ah, pero vuestros sueos deben de ser ciertamente pecaminosos. Tan perversos que no alcanzo a vislumbrarlo. Magnficos rivales de vuestras proezas. Tristemente verdad, mun. Me despierto afiebrado cada noche, excitado como un colegial. Pero he vivido como maese Pornic me instruy. Guardo la lascivia dentro de m, aunque quema, Ummu, quema como un fuego desbocado. Un autntico San Antonio! Pero no es un sueo lo que os aguarda entre los sauces. La has visto? Mientras vos transformabais agua clara en agua clara, he estado observndola, as es. Camina arriba y abajo, incansable... y sola. Su caballo est atado a la sombra de un rbol, no lejos de ella pero tampoco a la vista, donde su criada de confianza mantiene vigilante el ojo. Sin duda a causa de la madre de la joven casquivana... Hellene, cuyo nombre es pura irona con ese ojo ptreo como Medusa. No tendra ninguna razn para preocuparse, si supiera lo que ocurre, dice Gianni. Slo pretendo hablar con la muchacha. Hablad todo lo que queris, padre. Estoy seguro de que las respuestas de la lady os complacern ms de lo que pensis. A travs de los avellanos, Gianni divisa el hirsuto saucedal. Trata de estar tanto tiempo vigilando por m como vigilndome a m, por favor, suplica. 135
As lo har... si vos, cuando menos, prometis hacer algo digno de ser espiado. He estado muy aburrido estos ltimos diez meses. Dnde est Ta-Toh? En los cerezos, sospecho. Mantenlo cerca. No quiero que asuste a la muchacha o los caballos. Gianni Rieti sacude las arrugas de su tnica negra y avanza hacia los sauces. Madelon se tensa cuando lo ve aparecer, pero su serena sonrisa y flagrante reverencia la tranquilizan. Me llamasteis aqu, dulce seora, y estoy contento de acudir. Me honris, padre. No estaba segura de ser digna de vuestra atencin. Vuestro encanto es digno de mucho ms que lo que yo puedo ofreceros. En la luz moteada, partes de l brillan ms vvidamente: la limpia lnea de su mandbula con su barba finamente recortada, los suaves bucles de su pelo endrino, la fulgurante energa compacta en su ojo. Os lo ruego, no me llamis padre. No vine aqu como sacerdote. Ella contempla su afilado acero, el arma de empuadura de nice que ha portado en cada misa celebrada desde que realiz sus votos para liberar el Santo Sepulcro. Estis aqu como caballero, entonces? Gianni mira hacia abajo, a sus botas, avergonzado. Estoy aqu como lo que soy. Madelon se acerca ms a l y posa una mano en la cruz escarlata sobre su corazn. Pasearis conmigo y me hablaris de vos y de las maravillosas tierras por las que habis viajado? Gianni separa las cortinas del sauce y ascienden la ladera encespada de una colina hacia unos olmos venerables, hablando de las Cruzadas, que empezaron cuando estos rboles eran meros pimpollos, hace ms de un siglo. Ms all de los olmos, parterres de flores adornan los campos entre los rboles frutales, y los campesinos se encorvan aqu y all entre extensiones de lirios, calndulas, amapolas, narcisos y flores de acanto. Madelon inquiere cmo un hombre tan sorprendente lleg a ser sacerdote y l le cuenta la historia de su hurfana infancia entre los frailes, demorndose particularmente en los pecadillos que le obligaron a ordenarse. Si conoce la verdad de mi persona, de mi lascivia, se proteger de m, razona, y mis votos no se rompern. Describe sus amoros con descarnado detalle, interpretando como repulsa la plida expresin de la muchacha y sus ojos bien abiertos. Simn el Corcovado, el jorobado jardinero, ignora a la pareja cuando pasa cerca de l y se aplica, asiduo, a sus injertos, maridando pera y ciruela, membrillo y melocotn, levantando la vista slo una vez cuando un diablejo malcarado en ropas de escudero se escabulle entre los rboles seguido por un mono que viste de forma llamativa. En un herbazal exuberante de lechuga, brezos y hierbabuena, Gianni completa su srdida historia con un minucioso recuento de sus correras en Jerusaln. Una vez acabado, se inclina ante la boquiabierta doncella y se da la vuelta para alejarse, orgulloso y reconciliado. Pero Madelon no est tan alarmada como sorprendida; aqu, en su propio castillo, entre los toscos guerreros y rudos pajes que prestan ms atencin a la carne equina que a las mujeres, hay un hermoso caballero que conoce los misterios del romance, que puede satisfacer su inquieta 136
curiosidad por los enigmas del amor e iniciarla en su feminidad, antes de que su madre consiga casarla con algn conde rico y cascarrabias. El que este encantador caballero fuese un sacerdote le haba parecido una insuperable dificultad... hasta que oy su historia y comprendi que no haba sido llamado por Dios, sino que se haba hecho cura por error. Toma su brazo y lo conduce alrededor de un denso seto hacia el extremo asilvestrado del jardn, donde crecen enredadas madreselvas y oxiacanta, lejos de la vista de los labriegos. Cmo habis sufrido, susurra, acercndose a l. Dios no os quiere como sacerdote, no lo veis? sa es la razn de que os escogiese para estar en el Sepulcro la noche del milagro de mi bisabuela. Dios quera traeros aqu, a m, para ser curado de vuestro sufrimiento. La boca de Gianni flaquea. Yo... Yo no pens... Cmo podras haberlo hecho, pobre loco, vctima de vuestras pasiones? Habis estado guiado por el engao y el error toda vuestra vida, asiduo de la lujuria pero sin conocer el amor. Ahora podis ser curado, aqu en mis brazos. Podis apartar la espada y la cruz. Las necesitaris como proteccin ah fuera. Pero aqu, conmigo, estis seguro por fin. Podis ser vos mismo ahora. Podis ser mo. Gianni lucha por no jadear. Soy... un sacerdote! De nombre quizs, pero en espritu sois un hombre del mundo, con todos los deseos que eso conlleva. Vuestra historia me lo ha dicho. Le mira ansiosamente. Soy demasiado audaz? Quizs no me encontris hermosa? La boca de Gianni labora sin producir sonido antes de espetar, Sois muy hermosa. No puedo esperar que me salvis de mi destino, dice ella con los ojos bajos. Infaliblemente habr de casarme con algn noble insoportable y de mala digestin. Pero antes de eso, antes de pasar el resto de mis das conociendo slo los rituales del amor, quisiera que vos me mostraseis la pasin del amor. Se muerde el nudillo y lo mira con ojos asustados. Soy demasiado audaz. Debis de pensar que carezco de virtud. Pero no es as, Gianni. Puedo llamarte Gianni? T eres el primer hombre que ha despertado en m la esperanza de un romance. El chillido atiplado de una mujer penetra el seto. Madelon asoma la cabeza por la esquina del muro vegetal y, cuando vuelve a mirar a Gianni, su rostro arde. Mi ta Leora viene a coger flores con los nios. No deben vernos juntos todava. Te har llamar cuando podamos volver a estar solos otra vez. Madelon le besa el rostro y parte con un suave correr. Al cabo de un instante, Ummu llega anadeando desde el seto, mordindose el nudillo para no estallar en carcajadas, y Ta-Toh salta a los brazos de Gianni para besar su mejilla plida. Un bho ulula, misteriosamente, desde un ciprs al medioda, y Dwn, que est en el jardn exterior recogiendo flores para el dormitorio de su seora, se endereza, alarmada por el mal presagio. Blythe, la pequea cuya labor de punto supervisa la anciana, no lo percibe; con la lengua asomndole por la comisura de la boca, da una puntada tras otra con atencin fiera. Dwn se vuelve para llamarla de su labor, cuando una sombra se agita bajo el ciprs y susurra su nombre. 137
Erec Rhiwlas hace una sea a la anciana. Se sienta al otro lado del rbol, sobre su rollo de pieles, vestido an