Andreas Faber Kaiser La Isla Secreta
Andreas Faber Kaiser La Isla Secreta
Andreas FABER-KAISER
La isla m agica de Pohnpei y el secreto de Nan Matol Debajo de la isla de Pohnpei, en el oceano Pac co, se esconde una p agina secreta de la historia de la Humanidad. Por esta raz on, los iniciados de la hermandad de los tsamoro le dan a su isla justamente este nombre: Sobre el secreto . Un lugar que le sigue ocultando al extra no gran parte, precisamente, de sus conocimientos secretos. El u nico que ha trascendido m as all a de sus l mites, sigue sin estar resuelto: frente a sus costas se asientan las ruinas de la enigm atica ciudad acu atica de Nan Matol, constru da nadie sabe cu ando ni por qui en con gigantescos bloques de basalto sobre 91 islotes articiales. Invadida por la jungla y los manglares, contin ua siendo para los nativos una ciudad prohibida, que de acuerdo con su tradici on acecha con la muerte a quien osa permanecer en ella despu es de la ca da del Sol. En este enclave de las Carolinas orientales, en la Micronesia, averigu e sobre el terreno cuanto all se esconde. Acumulando vivencias en la jungla de los montes y en los manglares de las aguas litorales, conviviendo con los transmisores del conocimiento de la isla, he ido recomponiendo el rompecabezas de la desaante historia de Pohnpei descubierta por navegantes espa noles en el siglo XVI que mantiene a muerte un solo principio: no revelar jam as todo lo que alberga. En 1939 hab a aparecido en la Prensa alemana una curiosa noticia: armaba esta que submarinistas japoneses hab an efectuado inmersiones en la isla carolina de Ponape (la antigua Pohnpei) y hab an sacado del lecho del mar trozos de platino. Pero no de alguna formaci on natural recubierta de coral, sino de un tesoro submarino. Noticias posteriores armaban que en la costa oriental de Pohnpei se hallaban diseminadas en una amplia area misteriosas construcciones cubiertas por la jungla: un sistema de canales, muros cicl opeos, ruinas de forticaciones, ruinas de palacios...
Rumbo al enigma
Pohnpei se presentaba como un reto fascinante. Pero quedaba una sola duda: se trataba de comentarios fantasiosos de gente avida de sensacionalismo? Para despejarla, val a la pena estar volando, como lo est abamos haciendo Miquel Amat y yo, en pos del Sol. All la gente no va . Que esto no lo hac a nadie, que la gente se iba, pues. . . a Hawaii o a las Fidji, pero all no: All se comen a la gente , me dec a un ocial de inmigraci on en el aeropuerto neoyorquino John F. Kennedy. Mal informado estaba el funcionario yanqui sobre las actuales preferencias culnarias de los pohnpeyanos, pero menos a un sab an en las agencias de viaje de la otra costa americana: Y eso d onde cae? Es la primera vez que lo oigo , me conesa un veterano empleado de la Western Airlines en Los Angeles. En eso, parec a evidente que el inquisidor de New York hab a tenido raz on: a Pohnpei la gente no iba. Ya en pleno Pac co, a mitad de camino entre Los Angeles y Pohnpei, con m as de 15.000 km de vuelo a las espaldas desde nuestra partida de Barcelona y con todav a algo m as de 4.200 km de sobrevuelo del oceano Pac co por delante, tampoco hab an o do hablar nunca de Pohnpei. Ni 2
siquiera el experimentado taxista hawaiiano que nos llev o del aeropuerto de Honolulu a la playa de Waikiki. Unicamente el gerente del restaurante Tahitian Lanai en Waikiki supo aportar algo concreto; conoc a Pohnpei: que si lo nuestro era el masoquismo, que fu eramos all . Pero que el Pac co ofrec a mil rincones para visitar antes que este.
El noveno aterrizaje
Al d a siguiente nos esperaba por n nuestro noveno y denitivo aterrizaje desde que partimos de Barcelona. El volante correo del Pac co nos hab a llevado de Honolulu al atol on de Johnston, de all al de Majuro, y de este a la base de missiles de Kwajalein. Despu es de haber estado sobrevolando y aterrizando en atolones que eran supercies des erticas y absolutamente planas que a duras penas rebasaban en alg un metro el nivel del mar, el espect aculo que hora y media m as tarde se ofreci o a nuestros ojos a la izquierda del avi on, cuando surgimos por debajo de la capa de nubes, fue realmente impresionante: una l ugubre mole de monta nas totalmente cubierta de espesa jungla de un pegajoso color verde oscuro, aparec a envuelta en sus c uspides m as elevadas por neblinas y nubarrones blancos, grises, pesados. Sobrevolamos los arrecifes de coral del extremo norte de la isla, e inmediatamente surgi o un poco m as a la izquierda el islote sobre el que se extiende el campo de aterrizaje de Pohnpei. Aterrizaje huelga decirlo sin ayudas de tierra: a ojo.
vuelta a pie para la primera toma de contacto con el nuevo entorno. La oscuridad, total. Solamente la tenue luz de alguna vela o quinqu e en las caba nas cercanas. Sin previo aviso rompi o a llover bastante torrencialmente, a lo cual no tardar amos a acostumbrarnos. De la oscuridad surgi o una gura igual de oscura que nos invit o por se nas a seguirla. Nos ofreci o cobijo en la cercana caba na de reuni on de los hombres del lugar. Estaba ocupada por unos quince individuos que nos fueron estudiando en silencio, mientras dos de ellos se alternaban en hacernos preguntas concretas sobre nuestra estancia en Pohnpei: qu e hab amos venido a hacer aqu , cu ando hab amos llegado, qu e lugares pens abamos visitar, y algo que parec a interesarles especialmente cu ando volv amos a abandonar la isla. Intent e ganar tiempo con respuestas evasivas hasta que par o de llover. Continuamos nuestro solitario deambular de exploraci on nocturna del terreno, cuando un silencioso movimiento oscuro a mi espalda coincidi o con una pregunta: Me das fuego? Volv a a ser el mismo individuo que nos hab a invitado a la caba na de los hombres, ahora acompa nado de uno de nuestros interrogadores: A d onde os dirig s por este camino? Estaba claro que, al igual que en el Kim de Rudyard Kipling, tambi en la noche de Pohnpei iba a estar llena de ojos. . .
El viaje de No e
Ahora bien, las caracter sticas de la nave-canoa, con alimentos y plantas parta sembrar en el pa s nuevo, el hallazgo de una roca de tierra rme sobre la cual establecer un nuevo n ucleo humano, la indicaci on de la cercan a de la 5
nueva tierra por parte de un animal aqu es un pulpo, la equiparan a la nave-arca de No e que navega igualmente en busca de la nueva tierra. Y en la misma c abala ling u stica de quienes construyen bajo el signo del gallo, No e es la radical de No elle, la natividad, el nacimiento. Con lo que seguimos en la constante 9 indicada en el relato primo de Pohnpei: en 9 ciclos (=meses) se forma (=nace) el ser humano. Y como no pod a ser menos exactamente cada 9 meses se reun an en Salapwuk en cuyas espesuras se conserva la roca original de la isla, aquella que sirvi o para su nacimiento, el principal lugar de culto de Pohnpei, todos los iniciados, para unas celebraciones a las cuales estaba vedada la asistencia a todo extra no.
La aventura de la b usqueda
D as antes le hab a preguntado a Masao uno de los iniciados de la isla por el signicado del nombre Salapwuk: All hay una roca. Cuando la veas, sabr as por qu e se llama Salapwuk , me contest o escuetamente, para advertirme a rengl on seguido: Si logras subir con los contactos adecuados a las monta nas, los celadores del lugar te mostrar an algo si creen que eres merecedor de ello; pero jam as te permitir an acceder a las cosas secretas que all hay. Pronto tendr a que darle la raz on. Tras el largo ascenso hacia las caba nas de Pernis Washndon el celador visible (que no m aximo) de los selv aticos montes de Kiti la primera condici on que este me impuso fue el mutuo silencio sobre lo que all hablar amos,
compromiso que por supuesto no voy a romper, por lo cual solamente reejar e aqu parte de aquello que no ata ne al mismo. Despu es de lo cual comprobar a que los distintos vig as de la jungla monta nosa estaban informados de nuestra presencia. Entrada ya la noche, acudieron una serie de hombres, con alguno de los cuales nos hab amos cruzado ya en nuestro camino de ascenso. Pero otros acudieron de zonas a un m as altas. En un momento nos vimos acosados por primero tres, e inmediatamente dos m as, en total cinco de aquellos guardianes de Salapwuk que, machete en mano y a dos palmos de nosotros que est abamos hombro con hombro intentando captar aquella situaci on impon an la prudencia por encima de cualquier otra reacci on. Tuvimos el segundo justo para conrmarnos mutuamente que aquello se sal a de lo normal y pod a derivar en algo feo si d abamos un paso en falso, cuando comenzaron a someterme alternativamente los cinco a un severo interrogatorio acerca del motivo aut entico de nuestra presencia en Salapwuk. S olo al cabo de un buen rato de esfuerzos por no perder parte del terreno tan pacientemente ganado, logr e restarle gravedad a la tensi on que evidentemente se hab a creado. Miquel y yo nos turnamos para dormir aquella noche tan fascinantemente intrigante como inc omoda y al d a siguiente nos internamos desarmados en las espesuras de la parte superior de Salapwuk, guiados por lugare nos armados, circunstancia que nos impidi o adoptar una postura de fuerza cuando se repiti o un grave episodio de tensi on entre ellos y nosotros. Un comentario m as y os pueden matar aqu mismo , nos avis o la bonita Carmelida, que nos hac a de int erprete y que la v spera, advertida por Pernis Washndon de que guardara silencio sobre el contenido de nuestra conversaci on, coment o: Si estuviera loca, hablar a. Los guardianes cumplieron perfectamente su cometido, puesto que regresamos despu es de un d a de caminata a pie descalzo por la jungla, sin haber visto el enclave que yo buscaba. El lugar en el que, en epocas pasadas, cuando se produc a alguna sequ a an omala, los chamanes invocaban la llegada de la lluvia, que no tardaba en presentarse, despu es de haber clavado el sacerdote una vara en una abertura del terreno. Era exactamente la historia que ocho a nos antes me hab a contado el superior del santuario de Aishmuqam, en la antigua ruta de los mercaderes que desde el Afganist an se dirig an a la capital de Cachemira, Srinagar. Guardaban all el bast on de Musa (Mois es), que solamente se usaba en aquel extremo norte no de la India para invocar la llegada de la lluvia, o el n de una epidemia, siempre con inmediato resultado positivo.
juntas las ruinas de Nan Matol y un cuenco de coco conteniendo el sakau. Nosotros tomamos nuestro primer trago en el marco de un festivo agasajo del que nos hizo objeto una familia que ocupaba el peque no islote de Takaieu, en los arrecifes que rodean a la isla central de Pohnpei. El ritual ancestral que seguimos para tomar la bebida de la conexi on celeste fue el siguiente: en primer lugar, durante el d a fuimos recogiendo ra ces de sakau (kawa-kawa, cuyo nombre bot anico es piper methysticum). Al anochece, fuimos disponiendo hojas de banana debajo de una gran piedra plana, de hecho una plancha de piedra. La cantidad de hojas de palma depende siempre del mayor o menor rango del personaje principal que asiste a la ceremonia. Inmediatamente despu es lavamos cuidadosamente con agua las ra ces y la plancha de piedra, hasta dejarla completamente limpia. Mientras esto hac amos en el interior de la amplia caba na, en el exterior otros lugare nos se encargaron simult aneamente de arrancar largas tiras de corteza de hibisco. Inmediatamente comenz o el ritual de ir machacando con piedras las ra ces de sakau, dispuestas sobre la plancha de piedra. Esta plancha de basalto tiene un sonido met alico al golpearla con las piedras que sirven para machacar las ra ces de sakau, y los ociantes comenzaron por golpearla para se nalar el inicio de la ceremonia en s . Cuando las ra ces ya estuvieron pr acticamente trituradas en cuyo proceso intervinieron seis ociantes sentados alredededor de la piedra-base, se hizo perceptible el ritmo del repiqueteo de las piedras. Este ritmo, aplicado al un sono por todos los que est an machacando las ra ces, depende a su vez tambi en del rango de la persona principal presente en la ceremonia, siendo el ritmo nal id entico al que se percibe escuchando el tamborcillo de mano de cualquier ociante en cualquier lamaser a del area himalaya. Cuando ya estuvo completamente triturada la ra z de sakau, la salpicamos con agua fresca, al igual que las tiras de corteza de hibisco. Inmediatamente nuestros antriones pasaron a amasar las ra ces trituradas con agua, mientras otros ya hab an dispuesto la corteza en un extremo de la piedra de sakau, para irla rellenando con la masa de ra ces. Esta fue envuelta liada completamente en la corteza, hasta formar un largo y grueso canuto que luego uno de ellos fue exprimiendo con lentitud y fuerza para que el jugo resultante se escurriera en un cuenco de coco. Nos lo tendieron para iniciar la ingesti on, tras lo cual lo fuimos ofreciendo a cada uno de los presentes, como es costumbre entre ellos. Es un jugo espeso, marr on, amargo y refrescante, que tiene la ventaja de no contener las bras de la yuca masticada por las mujeres de la tribu, que inger con la chicha durante mi convivencia con los j varos del curso alto del r o Santiago, en la selva ecuatoriana. Lo que ingerimos aqu , en Pohnpei, es una droga adormecedora, la ka10
wa na, cuyos efectos se comienzan a advertir en una insensibilizaci on de los labios y de la punta de la lengua. Es un principio activo modicador del sistema nervioso, que produce la par alisis de las bras centr pedas. El abuso de su ingesta puede conducir nalmente a una caquexia mortal. De todas formas, esto no se da entre los habitantes de Pohnpei, que saben dosicarse perfectamente su raci on diaria de sakau. Precisamente porque no toman el sakau por drogadicci on, sino porque constituye para ellos ancestralmente un veh culo de comunicaci on sagrado. De comunicaci on con seres superiores. Vayamos pues a la comunicaci on celeste de los antiguos habitantes de esta peque na isla m as peque na que, por ejemplo, Ibiza.
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no son como la gente de antes, son distintos, ya que aqu ellos pose an poderes m agicos y eran fuertes. Un curioso invento lo constituyen los sacos voladores que aparecen en alg un que otro relato de los tiempos antiguos de la isla. Se trataba de veh culos volantes de gran movilidad con capacidad para un solo tripulante. Incluso quedan narraciones que reeren combates entre varios de estos sacos voladores. En relaci on con este tema, le pregunt e a Masao si antiguamente hab an existido en la isla hombres voladores. Hombres volantes? No. No volaban propiamente, sino que penetraban en grandes p ajaros, pronunciaban palabras m agicas, el p ajaro se alzaba y volaba con ellos dentro. Construyeron p ajaros voladores con arboles.
deb a erigirse en un lugar que fuera a la vez mar y tierra: el arrecife coral fero que rodea a la isla.
Transporte a ereo
Cuando regresamos de la jungla de Salapwuk, nos instalamos pues en el min usculo y paradis aco islote de Joy Island (antiguamente Nahnningi, el pedazo de tierra pescado del fondo del mar , o sea un trozo del para so, puesto que eso es para los pohnpeyanos el fondo del mar). En el islote s olo viv a Nahzy Susumu. Con el, con nuestra compa nera, gu a e int erprete Carmelida Gargina, con los grandes cangrejos cocoteros, dos perros y algunos cerdos, con las rayas y con las cr as y alg un que otro padre de tibur on y con la desdichada morena que pesc o Carmelida a golpe limpio de mi machete para cocerla luego a un medio viva en las brasas de nuestra hoguera, compartimos las inolvidables y solitarias noches de este m agico arrecife coral fero del Pac co. M agico?: Absolutamente m agico. De d a, bamos a visitar desde all las cercanas ruinas de Nan Matol: 91 islotes articiales constru dos sobre el arrecife, a base de la superposici on unica en el mundo de enormes columnas de basalto. Analizamos todas las posibilidades que pod an ofrecerse de transportar estas columnas desde la cantera que se hallaba al norte de la
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isla, hasta el enclave en que hab an sido apiladas en Nan Matol. Por tierra, imposible, dado que la espesa jungla que cubr a toda la isla, y los intrincados manglares que se extend an a lo largo de la costa, hac an imposible el transporte de estos enormes bloques de piedra. Cab a la posibilidad de un transporte por mar, a lo largo del arrecife. Miquel Amat, experto navegante, me coment o sin embargo que la u nica posibilidad habr a sido, en epoca tan lejana, el sujetar cada columna de piedra debajo de una enorme balsa, para evitar que esta zozobrara y se hundiera. Pero entonces, c omo habr an podido salvar la barrera coral fera con la que habr an topado? El transporte era a todas luces imposible. Excepto para los iniciados, aquellos privilegiados isle nos que conoc an la historia aut entica de su tierra. A la luz de la hoguera, en noche de plenilunio, un descendiente de tsamoro me con o que para ellos no es ning un secreto el que Olosipe y Olosaupa, los dos hermanos constructores, estaban dotados de un extraordinario poder m agico: Convocaron a todas las piedras para que vinieran por s solas y formaran las imponentes construcciones. Olosipe y Olosaupa llamaron a las piedras que estaban en Sokehs. Estas oyeron su llamada m agica y acudieron volando junto a los dos hermanos. Por procedimientos m agicos estos ordenaron a cada uno de los grandes bloques de piedra que ocupara su sitio correspondiente en las construcciones. Tal es la forma en que se construy o Nan Matol. Quien se sonr a ante mi ingenuidad, recuerde las palabras del jefe hopi White Bear, cuando explica sin tener ni la m as remota idea de lo que cuentan los transmisores del conocimiento en Pohnpei que exactamente este corte y tranporte de enormes bloques de piedra es lo que los katchinas seres que dominaban el secreto del vuelo ense naron a los antepasados de los indios hopi, hoy asentados en Arizona, y que por su parte arman proceder del Pac co. Es m as: vimos que en la relaci on solar de todo el simbolismo construccional y de emplazamiento del santuario del rey del Sol Nanisounsap el edicio principal, Nan Tauas, ocupaba el v ertice m as oriental, o sea dirigido al Sol naciente. Pues bien, Tauas signica en lenguaje hopi exactamente esto mismo: Sol.
Ocultos quedan sus aut enticos misterios. O su aut entico misterio. Aqu el que est a impl cito en el propio nombre de Pohnpei: Sobre el secreto . Tuve que desandar la selva monte arriba para que en lo alto del reino de Kiti, en Salapwuk, uno de los principales celadores del secreto me dijera que la isla que est abamos pisando no era m as que el tap on puesto encima de un gran secreto que se escond a debajo, raz on y origen de la sociedad secreta que all funcionaba. Tuve que cruzar luego los manglares y navegar hasta Nahnningi, y por ende explorar las ya devastadas ruinas de la ciudad prohibida de Nan Matol, para ir arranc andoles a algunos nativos iniciados la confesi on de que Nan Matol no es m as que una se nal en forma de desaante ciudad que indica que frente a su muralla externa, all donde moran los tiburones, se esconde bajo las aguas otra ciudad de construcci on much simo m as antigua. Sendas expediciones australiana, norteamericana y japonesa conrman que all , a nueve metros de profundidad, descubrieron los v ertices superiores de diez columnas verticales de 20 metros de altura cada una. Nadie explica lo que ha encontrado agua abajo de estas diez columnas submarinas, de una cultura absolutamente distinta a la de los constructores de Nan Matol: estos dispusieron la totalidad de los bloques de basalto en forma horizontal, mientras que las mencionadas columnas submarinas se hallan todas en posici on vertical. Pero eso es solamente el principio de lo que all se esconde. Quedan para el recuerdo m as reciente los sarc ofagos de platino extra dos de all entre las dos guerras mundiales por los buzos japoneses. Y para el m as remoto, las luces vistas en este punto del mar por los instructores y constructores Olosipe y Olosaupa, que supieron as en d onde deb an erigirle un santuario a la anguila sagrada. El motivo de este art culo ahora, al cabo de siete a nos de haber visitado la isla, no es otro que el de remozar la memoria y dejar constancia de este misterio para las generaciones futuras, para las que Pohnpei no ser a m as que una diminuta isla en el Pac co, invadida por el moderno turismo motorizado japon es. Les deb a este homenaje a los Sau Rakim de Pohn Pei, que supieron desaparecer sin haber narrado m as que una parte de su saber, testimoniando as su pertenencia a la universal comunidad de iniciados. El buen amigo, periodista, viajero, buscador y aventurero catal an Jorge Juan S anchez Garc a, que visit o Pohnpei en el mes de octubre de 1990, me comunica que desde mi estancia en la isla muri o el celador de Salapwuk, Pernis Washndon, y se suicid o el joven y solitario Nahzy Susumu, que registraba el paso de cualquier extranjero a Nan Matol. La sociedad secreta de los tsamoro no traiciona sus principios. Andreas FABER-KAISER, 1991 15