Carlo Maria Martini - Estoy Llamado A La Puerta
Carlo Maria Martini - Estoy Llamado A La Puerta
p p c
PREMISA
Perdn, no tengo tiempo Esta carta pastoral es el fruto de una previa decisin ma muy sencilla: la de tener tiempo de escribirla. Tambin tu lectura de estas lneas, querida lectora y querido lector, es el fruto de una decisin: Quiero tener un rato para leer una parte al menos de esta carta. Los dos estamos unidos por una decisin pequea, pero significativa: tener tiempo para algo que nos parece importante, yo para escribirte y t para leerme. Decisin pequea y, sin embargo, difcil, pues todos o casi todos tenemos muchas cosas que hacer. Por eso decimos que no tenemos tiempo y nos sentimos apremiados por el curso de los das, molestos por los plazos que se nos echan encima y estn a punto de desbordarnos. Muchas veces nos disculpamos ante cosas que consideramos que deberamos hacer como acompaar a una persona que est sola, escribir una carta de felicitacin a un amigo, acoger a un necesitado con esta expresin: Perdn, no tengo tiempo. Tal vez pocos de nosotros imaginan que una experiencia tan cotidiana y, frecuentemente, tan desalentadora oculta un gran tesoro: el de nuestra llamada a disfrutar de un tiempo no desgastado por el ritmo inexorable del cronmetro, sino cargado de una plenitud que no desengaa; un tiempo de verdad, en exclusiva para 5
Traduccin: Rafael Prez Real Diseo de cubierta: Estudio SM Edizioni Piemme Via del Carmine, 5 15033 Csale Monferrato (AL) Italia PPC S.A. Editorial y Distribuidora Enrique Jardiel Poncela, 4
28016 Madrid
ISBN: 84-288-1123-7 Depsito legal: M-3736-1994 Fotocomposicin: Grafilia, S.L Impreso en Espaa / Printed n Spain Imprenta SM C/ Joaqun Turina, 39 28044 Madrid
nosotros y los dems; un tiempo que podemos pasar con alborozo, armona, entusiasmo, frescura y paz. Mi carta quiere abrirte la puerta al descubrimiento gozoso de un tiempo nuevo y real que ha entrado ya, o quiere entrar, en tu vida. Qu clase de tiempo? Cmo nos penetra y sana de nuestras neurosis y de la angustia del paso de los das? Por qu no nos hemos fijado hasta ahora en este don esplndido y esta fantstica posibilidad? De qu modo la acogida de ese don cambia nuestra vida? Esta carta quiere responder a algunas preguntas como stas. Espero que no tengas que decir despus de haber ledo las primeras lneas: Perdn, no me queda tiempo para seguir leyendo, sino que sabrs reservarme algn retazo de tiempo que te permita escuchar la bonita noticia que quiero darte.
INTRODUCCIN
Estoy llamando a la puerta. Maraa tha: Ven, Seor! Con esta carta me ha ocurrido lo mismo que con las otras, que he dudado mucho tiempo sobre su ttulo. He barajado muchos, o me los han sugerido a decenas. Cada uno tena sus ventajas o su sutileza, pero al final no me convenca y segua buscando. Finalmente, cuando casi me haba decidido por el grito misterioso de Maraa tha, Ven, Seor!, opt por la afirmacin Estoy llamando a la puerta. Lo hice as porque esa frase constituye la premisa de la invocacin Ven, Seor!. T que ests realmente a la puerta, t que ests llamando como amigo para entrar, decdete, ven! No quiero hacerte esperar ms, te he reconocido, voy a abrirte con alegra! Debemos explicar el significado de estos dos ttulos. 1. En primer lugar, una explicacin de Maraa tha! Es una palabra aramea (la lengua hablada por Jess) que significa Ven, Seor!. Se trata de un grito surgido del corazn de los primeros discpulos que el propio san Pablo conserv en su diccin original, aunque l escriba en griego. En la primera carta a los cristianos de Corinto, el Apstol concluye con estas palabras escritas con su puo y letra (generalmente dictaba las cartas a un secretario): Este saludo final es de mi puo y letra: Pablo. Si alguno no ama al Seor, sea maldito. Maraa tha! Ven, Seor! Que la gracia de Je-
sus, el Seor, est con vosotros. Os amo a todos vosotros en Cristo Jess (1 Cor 16,21-22). La carta est escrita en el ao 57 d.C, pero la frase se remonta al comienzo del cristianismo. Es la invocacin ms antigua que conocemos de la comunidad cristiana. Con esas mismas palabras, pero en lengua griega, concluye el Nuevo Testamento: Ven, Seor Jess! (Ap 22,20). Todas estas invocaciones (cf. tambin Ap 22,17: El Espritu y la Esposa dicen: Ven!) expresan el anhelo del hombre por un acontecimiento resolutivo que venga a sanar o rescatar su vida en un tiempo cargado de amargura, de angustia y de soledad. Es el anhelo por la venida del tiempo de Dios al tiempo del hombre. 2. Vendr ese tiempo? Est viniendo? Y cmo vivir mientras tanto? Interviene la afirmacin que he elegido como ttulo definitivo de la carta: Estoy llamando a a puerta. Es una cita recogida de la ltima de las siete cartas a las iglesias con las que se abre el Apocalipsis: Mira que estoy llamando a la puerta. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entrar en su casa y cenar con l y l conmigo (Ap 3,20). Es una expresin de incomparable densidad en la que ecos del Antiguo Testamento (por ejemplo Is 20,5) se unen a reminiscencias de palabras de Jess (cf. Jn 14,23; Le 22,29-30) para indicar la certeza de su venida, el carcter misterioso de la misma, la vibracin de la espera, la alegra del encuentro inminente, la felicidad que ste traer consigo para siempre. El conjunto de estos sentimientos caracteriza la actitud a la que el Nuevo Testamento se refiere con frecuencia: la vigilancia. Es el modo de situarse una Iglesia que no vive abstrada sobre s misma ni slo sobre su presente, sino sobre su Seor y lo que l prepara para el futuro de la humanidad. Con la imagen del Seor que est llamando a la puerta (veremos posteriormente que se trata de una 8
imagen polivalente y sugiere una amplia gama de significados), voy a concluir el ciclo de los programas pastorales de estos aos, dedicados respectivamente a la educacin (1987-1990), a la comunicacin (1990-1992) y ahora a la vigilancia. Por qu vigilar? La ltima enseanza de Jess, segn el evangelio de san Lucas, es una exhortacin a vigilar: Velad, pues, y orad en todo tiempo, para que os libris de todo lo que ha de venir y podis presentaros sin temor ante el Hijo del hombre (Le 21,36). Ese mismo discurso termina as en la versin de san Marcos: Cuidado! Estad alerta, porque no sabis cundo llegar el momento... As que velad... Lo que a vosotros os digo, lo digo a todos: Velad! (Me 13,33-37; cf. Mt 24, 42-51; 25,1-13). Y antes de su prendimiento, Jess exhorta a los discpulos dicindoles: Quedaos aqu y velad... Simn, duermes? No has podido velar ni siquiera una hora? Velad y orad para que podis hacer frente a la prueba (Me 14,34.37-38; cf. Mt 26,38.40-41). La exhortacin a vigilar, a estar alerta, a tener cuidado la recuerdan los apstoles y los discpulos en numerosas ocasiones: Cuidad de vosotros mismos y de todo el rebao... Estad alerta y acordaos de que durante tres aos, noche y da, no me cans de amonestar con lgrimas a cada uno de vosotros (Hch 20,28.31). Velad, permaneced firmes en la fe; sed hombres, sed fuertes (1 Cor 16,13). Vivid con sobriedad y estad alerta. El diablo, vuestro enemigo, ronda como len rugiente buscando a quien devorar (1 Pe 5,8). Se trata de una vigilancia sobre s mismo (cf. 2 Jn 8), sobre la propia conducta (cf. Ef 5,15) y sobre el ministerio recibido (cf Col 4,17). 9
La vigilancia que recomienda el Nuevo Testamento se refiere a todo el hombre espritu, alma y cuerpo (cf. 1 Tes 5,23) y afecta a todas las esferas relacinales de la persona: la relacin consigo mismo, con las cosas, con los dems y con Dios. Los Padres del desierto se hacen eco de las exhortaciones neotestamentarias: Slo tenemos necesidad de un espritu vigilante, dice Abba Poemen. Y san Basilio, el gran padre de la Iglesia, contemporneo de san Ambrosio, termina sus Reglas mora/es preguntndose: Qu es propio del cristiano? Vigilar cada da y cada hora para estar preparado a cumplir perfectamente lo que agrada a Dios, sabiendo que el Seor viene en la hora menos pensada. Afirma en una homila: No bastara el da entero si comenzara a exponer toda la importancia del mandato: Cuidado contigo mismo, s vigilante. Vigilar, por tanto, no es una actitud marginal de la vida cristiana, sino que resume la tensin caracterstica hacia el futuro de Dios al articularla con la atencin y cuidado por el momento presente. La vigilancia resulta especialmente actual en tiempos de crisis o de extravo, es decir, cuando la falta de perspectivas histricas, unida a cierta abundancia de bienes materiales, amenaza con adormecer la conciencia en el disfrute egosta de lo que se posee y se olvida la seriedad de la hora y la necesidad de opciones valientes y austeras. Pues bien, ese tiempo de crisis es el nuestro! Mientras nos preparamos a celebrar el segundo milenio del nacimiento de Cristo, la exhortacin a vigilar se repite en los discursos de Juan Pablo II ya a partir de su primera encclica, dada la importancia de este tiempo de vsperas del ao 2000 (cf. Redemptor hominis, n. 1). Vigilar viene a ser la sntesis de todo el ciclo de los programas pastorales diocesanos comenzados en 1980 10
con La dimensin contemplativa de la vida \ pues los resume a todos al colocarlos en su ambiente, que es el de la vida eterna y divina que se nos ha dado en Cristo y que desembocar en la plenitud del encuentro cara a cara con el Padre en el Espritu Santo para un tiempo sin fin. Mi carta trata el tema de la esperanza 2, pero no para decir melanclicamente: Hoy hay poca esperanza, o para exhortar retricamente a tener ms esperanza, sino para invitar a abrir el corazn a la espera vigilante del Seor Jess, que irresistiblemente viene y nos inunda desde ahora con una esperanza slida y luminosa. Muchas tristezas de los cristianos y numerosas angustias que roen los corazones de bastante gente provienen de la incapacidad de vigilar en vibrante espera de ese gran don y de ese gozoso encuentro. Debemos aprender a reconocer en nuestro tiempo cotidiano los signos de la venida de Jess resucitado. La vigilancia en el Nuevo Testamento no es una simple actitud tica hecha de atencin, cuidado y sobriedad; es ms bien una vigilancia movida por la espera de la vuelta del Seor Jess* por la espera de la irrupcin definitiva de la vida eterna y del Reino en la existencia de cada uno de nosotros y en toda la historia. Vigilar es una tensin interior, fruto de la esperanza cristiana orientada al futuro de Dios.
' Cf. La dimensin contemplativa de la vida (1980); En el principio era la Palabra (1981); Atraer a todos hacia a m (1982); Salida de Emas (1983); Hacerse prjimo (1985); Dios educa a su pueblo (1987); Itinerarios educativos (1988); Educar todava (1989); Effat, brete (1990); La orla del manto (1991). Cf. tambin los apartados 7 y 8 del captulo III de esta carta. 2 Tngase presente la tercera de las preguntas que Kant pone al final de su Crtica de la razn pura, que l considera que definen al hombre. Son stas: 1. Qu puedo conocer? 2. Qu debo hacer? 3. Qu puedo esperar? Kant empalma la tercera pregunta con la tensin religiosa del hombre.
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Evidentemente, no podemos considerar en estas pginas los horizontes ilimitados que la esperanza cristiana abre o evoca. Bastar con inspirarnos en ella para ilustrar la tensin espiritual y moral que tantsima importancia tiene hoy. La carta comprende cuatro captulos: En el primero se examina nuestra incapacidad para reconocer los signos del Seor que llega. Esa incapacidad se resume en esa frase tan caracterstica de nuestra vida cotidiana: No tengo tiempo, entendida como signo de la neurosis tpica de una sociedad que ignora el valor verdadero y el sentido del tiempo, y se deja llevar por el torbellino de la prisa y la angustia. El segundo captulo anuncia lo contrario: Dios tiene tiempo para el hombre!. Nos ofrece el don de su tiempo, es decir, de su modo de ser, de su vida, que inunda nuestro tiempo de gozo y expectacin, y est llamando a la puerta precisamente para brindarnos ese don. El tercer captulo describe la tica de una comunidad que est pendiente de la puerta para abrir al Seor, que ha acogido el anuncio del tiempo de Dios que cambia los tiempos del hombre. El cuarto captulo presenta algunos itinerarios de la vigilancia: signos, tiempos y momentos en los que la esperanza cristiana transfigura el presente y lo rescata del ansia y la frustracin para abrirlo a una esperanza de eternidad. Podemos titular cada uno de los cuatro captulos con una de las invocaciones del Padre nuestro, la oracin cristiana ms antigua, del mismo Jess, y que puede considerarse la oracin del cristiano que vigila. Con la expresin lbranos del mal pedimos que se nos libre de ese mal oscuro que es en el fondo el miedo de la muerte (I). Santificado sea tu nombre es la accin de
gracias y el jbilo por el tiempo de Dios dado al hombre (II). Venga a nosotros tu Reino connota la espiritualidad del cristiano que vigila y ora a la espera del Seor que viene (III). Danos hoy nuestro pan de cada da es la peticin humilde de los signos e instrumentos (IV) que nos permitan perseverar vigilantes aun cuando la noche es larga 3 y parezca que el Seor tarda en venir (cf. Mt 25,5).
3 Cf Liturgia ambrosiana de las Horas, Lucernario de los Viernes de la III semana. Tambin es significativo al respecto el estribillo aunque es de noches del Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe, de San Juan de la Cruz.
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Captulo primero
NO TENGO TIEMPO Decimos y escuchamos tan a menudo la frase no tengo tiempo, que nos parece el reflejo de una experiencia comn. Percibimos de manera aguda la desproporcin entre el tiempo que tenemos y las cada vez ms numerosas oportunidades a nuestra disposicin, juntamente con los mltiples plazos, urgencias y esperas que nos atosigan. Sin embargo, se aplacara nuestra inquietud si pudiramos prolongar ilimitadamente nuestro tiempo, si pudiramos disponer, como tal vez podemos desear, de un da de cuarenta y ocho horas en vez de veinticuatro? Claro que conseguiramos hacer ms cosas (por lo menos eso creemos). Pero es eso lo que necesitamos? Creo que no. La ansiedad que nos atrapa al pensar en el paso del tiempo no depende del nmero de horas de que disponemos. Lo que nos acosa e inquieta no es la falta de tiempo en cuanto tal, ni la multitud de compromisos que parecen pesar sobre nosotros, o la complejidad de los problemas que debemos resolver. Ms bien es la percepcin del hecho de que el sentido de nuestra existencia depende estrictamente del tiempo. Nos damos cuenta en algn momento como si una punzada nos alcanzara el alma de que nuestra vida consiste exactamente en tener tiempo, y que no tenerlo significa morir.
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Por otra parte, nada de lo bueno que conseguimos realizar u obtener logra detener el tiempo o retenerlo de forma estable y definitiva en nuestra vida. Apenas conseguido, todo debe hacer frente de nuevo al tiempo que pasa, con sus incgnitas y el declive que lo acompaa. Por consiguiente, es el tiempo mismo con su paso inexorable, con su mudo lenguaje de finitud y con su implacable marcha hacia el final el que genera angustia y necesidad de huida. El tiempo que fluye resuena en nosotros como una revelacin continua de nuestra condicin de seres limitados y encaminados sin piedad ni escapatoria hacia la muerte. En el fondo, de esto es de lo que tenemos miedo y de lo que nos defendemos a toda costa. Por dos caminos tratamos de eludir el problema del final inevitable del tiempo y de conjurar la imagen de la muerte que asoma en cada anhelo, grande o pequeo, de la vida. Son la ostentacin de nuestro dominio sobre el tiempo y la obsesin de evitar a toda costa su dominio sobre nosotros. Un historiador contemporneo llega, mediante un amplio estudio del tema, a esta constatacin: la marginacin progresiva de la muerte en las modernas sociedades industriales4. Una verdadera prohibicin de la muerte se ha impuesto en nuestros pases, donde la medicacin de la enfermedad y de la vejez, con el consiguiente secuestro de los pacientes y los ancianos hacia los mrgenes del tiempo socialmente compartido, lleva cada vez ms a considerar las situaciones lmite como extraas a las condiciones de la vida ordinaria.
Este fenmeno de conjuro del final es ms vasto de lo que parece. En las pginas siguientes quiero ayudar a desenmascarar esta operacin de cosmtica de la muerte que es, a la postre, una autntica perversin del significado del tiempo, pues nos hace vivir una ilusin peligrosa, nos aleja de la comprensin autntica de nosotros mismos y del nico modo que tenemos de poseer realmente nuestra existencia.
1.
4 P. ARIES, Storia della morte in Occidente dal Medioevo ai giorni nostri, Miln 1978; L'uomo e la morte dal Medioevo a oggi, Bar 1980
La semilla que cay entre cardos se refiere a los que... se ven atrapados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida (Le 8,14). Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas (Le 10,41). Las palabras de Jess son el eco de una experiencia universal, que es la del deseo de exprimir el presente hasta el mximo, la de la obsesin por aprovechar todos los instantes y recursos del tiempo de que se dispone para exaltar la importancia de lo que se es y de lo que se tiene. El tiempo es oro, dice un proverbio, y hay que espabilarse para que rinda al mximo. El proverbio latino correspondiente es el carpe diem: atrapa el instante fugaz! Coged de vuestra alegre primavera/el dulce fruto, antes que el tiempo airado/cubra de nieve la hermosa cumbre. Total, que si el tiempo pasa, persigmoslo sin tregua para disponer de l lo ms que podamos. Si nos acucia, hagmosle frente con mpetu para sacar de l todas las satisfacciones posibles antes de que nos derrote. Si nos roba la energa, sepamos prevenirnos con astucia llenndolo de bienes y comodidades sin perder 17
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un solo instante. Son incontables los modos de llenar el tiempo con la ilusin de que lo poseemos. En primer lugar, el dinero. Si el tiempo es oro, dinero, la acumulacin de dinero y la libertad de gastarlo me persuaden de que soy dueo del tiempo, del mo y del de los dems. Y puedo llegar a pensar que mi tiempo vale mucho nicamente porque supone mucho dinero, o que el tiempo de los dems vale poco nicamente porque yo puedo comprarlo para mi provecho. Tambin la ambicin de poder, entendido como exaltacin de la fuerza, del xito, de los buenos resultados en todos los campos de la vida, es un modo engaoso de poseer el tiempo. El poder, por ejemplo el poltico, buscado como fin en s mismo, como embriaguez de la propia potencia y del propio dominio sobre el otro, genera la impresin de poder durar a despecho del tiempo y prolonga la fantasa de impedir su desgaste sin que nos atropelle. A su vez, la espasmdica bsqueda de placer en todas sus formas tiende a neutralizar el tiempo, es un desafo a su caducidad. Llenar el da y la noche de excitaciones, concentrarse quisquillosamente en el esmero del propio placer corporal, del bienestar fsico y psquico, significa agarrarse a la vida biolgica pensando que el tiempo de su disfrute es todo el bien de que podemos disponer. Hacer ostentacin de riqueza, poder, seguridad, salud y activismo son expedientes para conjurar la angustia del tiempo que se nos escurre de las manos. Hablaba de una cosmtica de la muerte precisamente porque tratamos de embellecer la extincin del tiempo, que es smbolo de la muerte, exaltndonos con el consumo de bienes ilusoriamente duraderos. El conjuro funciona como un truco pensado para prolongar nuestra partida con la muerte. A pesar de todo, sabemos que la 18
partida no podr durar infinitamente y que la muerte jugar la ltima carta. Ser posible que bajo esta verdad, que alimenta nuestra angustia, se esconda tambin otra verdad capaz de liberarnos? Cabe pensar que en el afn que nos empuja a recorrer caminos ilusorios haya una provocacin saludable que deberamos valientemente poner sobre la mesa? Con otras palabras, estamos tan seguros de que la muerte es, bajo todos los aspectos, el final del tiempo?
2.
Procurad que vuestros corazones no se emboten por el exceso de comida, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, porque entonces ese da caer de improviso sobre vosotros. Ese da ser como una trampa en la que caern atrapados todos los habitantes de la tierra (Le 21,34 ss). En la orilla opuesta a la ilusin que pretende poseer el tiempo, se encuentra la melancola de quien percibe su fluir como un hecho inevitable contra el que de nada vale luchar y ms vale ahogarse en la evasin. Las dos actitudes resistencia y evasin estn perfectamente ensambladas: puede decirse que la segunda es consecuencia de la primera cuando se hace clara la ilusin del tener y del hacer. En realidad, de algn modo pasamos de una a otra forma de sentir porque no podemos afirmarnos establemente en ninguna de las dos. Ni la misma desesperacin puede durar indefinidamente, pues impone al hombre cierta decisin de salir de ella; la presin a la que le somete le obliga efectivamente a tambalearse. De qu modo se puede evitar realmente la deses19
peracin? La forma trgica es optar por la muerte. El tiempo y su opresin se neutralizan del modo ms radical con la anticipacin drstica del final. Se trata de una opcin que no suele asumir, menos mal, la forma directa e inmediata del suicidio, sino que se presenta con formas ms engaosas y no menos trgicas: las de una vida fundamentalmente apagada. Una vida que sobrevive cronolgicamente a su fin, de alguna manera anticipado y anunciado. Pienso en la droga real y verdadera, y en un cierto tipo de vida drogada, en la que el hombre busca, en la esclavitud, algo que le evite el esfuerzo de pensar y de querer, una compensacin a la incapacidad para proyectar su futuro. Esta bsqueda de xitos tan humillantes y dramticos, desgraciadamente es homognea con la difusa y sutil legitimacin ideolgica del hedonismo contemporneo que adorna el sometimiento al estmulo del placer con los valores de la emancipacin y de la conquista de uno mismo. Estar disponible a cualquier experiencia, juzgndola exclusivamente en atencin a las sensaciones ms o menos intensas que de ella se derivan, tal vez para demostrarse a uno mismo y a los dems un despreocupado dominio del tiempo; atreverse hasta el lmite por el discutible honor de transgresiones que hacen que nos sintamos muy especiales. En esta bsqueda, que induce en realidad a dejarse devorar pasivamente por la ilusin de una eterna adolescencia, est el signo de una desesperada huida del tiempo. Ingenua estrategia la de la evasin, en la que el hombre se abandona del todo al consumo posiblemente irresponsable del tiempo, a travs del cual trata de pasar como en una especie de placentero aturdimiento que haga insensibles a lo feo y penoso. As se neutraliza el peso del tiempo sobre el que estamos obligados a reflexionar, a decidir y a ser responsables: el tiempo de la formacin perso20
nal, de la convivencia familiar, de la aplicacin al trabajo y del vnculo social, tiempos inevitablemente afectados por la rutina y la banalidad, por el riesgo y el cansancio, por el error y la culpa, por una serie de tensiones y sufrimientos muy difciles de soportar y a los que preferimos no mirar a la cara. Est claro que es intenso el impulso a esquivar el tiempo que transcurre. Radicada en la esfera ms profunda de nuestra conciencia, la angustia del final surge en los lugares ms imprevistos, hasta en lo ntimo de la conciencia religiosamente orientada. Se suscita incluso la sospecha de que algunas formas de las llamadas nuevas religiosidades estn objetivamente en concomitancia con la huida intensa de la libertad que se describe como tpica de nuestro tiempo. Se trata de formas que suelen caracterizarse por la exaltacin experimentalista de la religin, lo que anima a dar prioridad a su uso excitante y anestsico. Frecuentemente estn relacionadas con una precipitada aceleracin escatolgica de la historia, lo que libera a sus adeptos de toda responsabilidad ante la vida presente. En realidad no hay un verdadero ejercicio de la vigilancia, es decir, de la capacidad de aceptar la provocacin del tiempo, que induce al hombre al riesgo de la libertad. A Dios no se le encuentra en la huida de la libertad o en la obsesin del final, ni tampoco al hombre.
3.
Hay otro modo de hacer frente al problema. Entre la ilusin de poseer el tiempo y la desesperacin por su menoscabo, se encuentra una actitud completamente distinta, evocada por el trmino vigilar. Vigilar significa en primer lugar velar, estar despiertos, permanecer alerta. La Imagen ms inmediata es la 21
de quien no deja que le sorprenda el sueo cuando el peligro amenaza, o un hecho extraordinario y emocionante est a punto de suceder. Vigilar significa atender con amor a alguien, guardar cuidadosamente algo que vale mucho, defender valores importantes que son delicados y frgiles. Vigilar, en cualquier caso, exige estar atentos, ser perspicaces, estar despiertos para entender lo que acontece, ser agudos para intuir la direccin de los acontecimientos y estar preparados para hacer frente a la emergencia. Estar despiertos, por consiguiente, estar atentos, tener cuidado y vigilar. Vigila la esposa que espera al esposo, la madre que espera al hijo lejano, el centinela que escruta en la profundidad de la noche; vigila el enfermero junto al enfermo, el monje en la oracin nocturna; vigilan los hombres y las mujeres que estn preparados para recoger las seales de ayuda de sus amigos en peligro, de sus hermanos en el dolor, de su prjimo en dificultades; vigila la comunidad de los creyentes que reacciona con rapidez a la tibieza y al cansancio que la alejan del amor de los comienzos. Vigila una sociedad civil que advierte con prontitud los signos de su degradacin, que se yergue contra la corrupcin desbordante, que combate el desinters por el bien comn, que no se resigna al abandono de sus instituciones pblicas y a la casualidad de los ritmos vitales que significan siempre el triunfo de los prepotentes y los astutos. Vigilar es la capacidad de volver a encontrar el tiempo necesario para tener cuidado de la calidad no meramente clnica y comercial de la vida, el tiempo para aprender a reconocer el significado de nuestras emociones, impulsos y tensiones, para no removerlas con prisa excesiva anestesiando el posible disgusto que nos traen, lo que esteriliza la profundidad de la experiencia en la que podran introducirnos. La costumbre 22
del consumo superficial de sentimientos nos vuelve frgiles. Atribuir a la accidental inmediatez de las emociones una funcin decisiva para nuestra identificacin y nuestra conducta (yo ahora me siento as, me comporto as, decido as), nos expone al grave riesgo de conceder a la presin de las circunstancias un poder absoluto sobre nuestro destino. Si no estamos vigilantes, sern nuestros reflejos condicionados y no nuestro yo quienes decidan por nosotros. sta es una labor incompatible con la dignidad del hombre y curiosamente contradictoria en relacin con la celosa defensa de la libertad individual, que tan claramente distingue a nuestra cultura. De la esterilidad de las emociones y de la ilusin a la que nos expone una vida sentimental sin discernimiento, nos protege el cuidado vigilante del tiempo vivido. Podemos decir, sin embargo, que todas las formas de vigilancia, que ejemplifican las cualidades esenciales de la misma, son momentos peculiares de la gran vigilancia que es la existencia humana ante el tiempo definitivo que llega: el tiempo de la vida eterna con Dios, que es como la gran fiesta de la vida, a la que est destinado cualquier hombre que viene a este mundo, en espera de ser formalmente invitado a ella apenas sea capaz de decidir por s solo. Expresin de la dimensin vigilante del tiempo vivido es la espera cristiana del Seor que viene: en el fluir del tiempo, para rescatar el deseo del hombre y restituirlo a su libertad; al final del tiempo, para sellar el tiempo de la espera y la esperanza recproca de una comunin irrevocable. Vigilar es, por consiguiente, disponibilidad para cultivar, sin esconder la emocin que antes o despus brota en cualquier hombre, el presentimiento de una profundidad de la vida y del tiempo, de los gestos y de las cosas, del cuerpo y del alma, que resuena en nues23
tra conciencia como una promesa. Una verdad del tiempo vivido que no nos proyecta simplemente ms all, lejos de los trabajos y los das que acompasan los ritmos de nuestra vida cotidiana, sino que recorre su trama con un precioso hilo de delicados estremecimientos y fulgurantes intuiciones. Es verdad que muchos acontecimientos llaman a mi puerta, que se me pide que tenga tiempo para muchas cosas y se me ofrece que lo comparta o lo ceda de mltiples maneras. En el tiempo de nuestra existencia alguien llama siempre a nuestra puerta; en momentos decisivos, esta llamada nos parece enigmtica y annima. Los hombres hablan de la suerte que llama a la puerta, y, con ms frecuencia, del destino. En cualquier caso, y para todos, se trata del final del tiempo y de la muerte, que tal vez acepta un ltimo desafo a una partida de ajedrez como en la conocida pelcula de Bergman, pero que al final, de ningn modo espera que se la invite a entrar en nuestra casa. Pero si permanezco vigilante y trato de tener despiertos los sentidos y el espritu frente a todo lo que el tiempo mueve cerca de mi casa, podr reconocer en los golpes que suenan en mi puerta la voz del Seor y distinguir el tono amistoso que pide entrar a cada instante. La angustia del futuro y de la muerte suavizar as su ahogo mortal y la zozobra del presente se disipar en la emocionante tensin de la espera. La soledad en la que terminamos por encontrarnos puede ser vencida si llegamos a saber que hay alguien llamando a la puerta de nuestro tiempo en actitud amiga. Si aprendemos a escuchar, su voz vence al miedo y rompe el aislamiento. Ya no soy entonces prisionero del tiempo ni rehn de un destino annimo que envuelve a las cosas con paso efmero a travs de la caducidad. Alguien llama a mi puerta para compartir su tiempo conmigo y dar a m tiempo una dignidad y una 24
perspectiva que no se me habra ocurrido esperar. Si aprendo a cultivar la espera y a vivir el tiempo abandonado en la afectuosa contemplacin del Seor como hace la Esposa y en la escucha activa del Espritu, que despierta a los miembros entorpecidos de la sombra de la muerte, puedo hacer bastante ms que sobrevivir al miedo y hacer frente a la angustia. Puedo vigilar sobre cuanto tengo de ms hermoso, custodiando los valores que he aprendido ya a apreciar y enriqueciendo los talentos que se me han confiado. En la perspectiva del Seor que viene, el tiempo se dilata, se recompone en la paz y asume cualidades y perspectivas que reconcilian los afectos del corazn con la sabidura de las cosas. La experiencia del tiempo no se desliza ya por la superficie de los sentidos hasta caer en la melancola del espritu, porque se convierte en experiencia sabrosa y profunda de la vida presente, que es ciertamente vida mortal, pero no destinada a la muerte. Es una vida que el propio tiempo conduce hacia la vida de Dios, la misma de la que vive el Hijo que se hizo hombre para siempre; que conduce hacia la vida del Espritu que guarda celosamente para nosotros los afectos y los efectos del amor con vistas a la resurreccin de la carne. Hablaremos ms en concreto de esto en el prximo captulo.
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Captulo segundo
Si somos cristianos practicantes, estamos acostumbrados a ir a la iglesia. Sabemos que Dios nos convoca en su casa para orar, escuchar su Palabra y celebrar la Eucarista. Pero todos debemos acostumbrarnos, y no slo los practicantes, a la idea de que el Seor viene tambin a nuestra casa, viene a llamar a la puerta de nuestra vida, viene a buscarnos a los sitios y en los tiempos de nuestra existencia cotidiana, viene a ofrecernos, o a fortalecer, un vnculo de amistad. Debemos aprender a empalmar estos dos aspectos: nosotros nos presentamos en la casa del Seor para que l nos escuche, pero antes el Seor se presenta en nuestra casa para que lo acojamos en los lugares de nuestra existencia. La llamada del Seor a nuestra puerta tiene un significado an mayor: quiere hacernos partcipes de su tiempo, de su vida y de su eternidad. En este segundo captulo de la carta estamos invitados a reflexionar sobre este hecho extraordinario: Dios tiene tiempo para nosotros, llama a nuestra puerta para invitarnos a entrar en su tiempo y en su ser. Todo lo que podemos decir sobre la vigilancia cristiana y sobre nuestra capacidad de conjurar la muerte para vivir en 27
plenitud la vida, se funda en el don que Dios nos hace de su tiempo, de su amor y de su intimidad. Partiremos de una afirmacin bblica: Dios vigila el tiempo del hombre. Luego contemplaremos el origen de todo esto en el misterio de la Trinidad, veremos sus consecuencias para algunas actitudes de fondo, recordaremos brevemente los momentos conductores segn los cuales se acompasan en la tradicin las realidades ltimas: muerte, juicio, infierno y paraso, y qu esperanzas son posibles para el futuro de la condicin humana aqu en la tierra. Terminaremos diciendo algo sobre la relacin entre nosotros y las realidades invisibles en la oracin.
y futuro abierto a Dios en cada instante. El tiempo refleja la dimanacin, la venida y el futuro del Amor eterno.
2.
1.
l
El Seor guarda tus idas y venidas, ahora y por siempre (Sal 121,8). El Dios de la Biblia cuida el tiempo del hombre y vigila sobre nosotros a lo largo del acontecer humano: Y como vel sobre ellos para arrancar y arrasar, para derribar y destruir y para acarrear calamidades, as velar sobre ellos para edificar y plantar (Jr 31,28). Cada fragmento del tiempo es custodiado y vigilado por la fidelidad de su amor. La vigilancia de Dios sobre el tiempo y su presencia como centinela del mismo le da una dignidad y un valor incalculable. El tiempo del hombre es el sptimo da de Dios, del que el relato de la creacin dice que es santo: Bendijo Dios el da sptimo y lo consagr (Gn 2,3). Es el tiempo del Padre que vigila a la espera de que vuelva el hijo que se march (cf. Le 15,20) para que no se sienta definitivamente perdido! El tiempo entonces no es espacio vaco o lugar neutro, sino participacin en la vida divina, dimanacin de Dios, venida de Dios 28
Con la encarnacin, el Hijo de Dios, enviado por el Padre, hace suyo el tiempo de los hombres hasta llegar a desear su compaa: Siento una tristeza mortal; quedaos aqu y velad conmigo (Mt 26,38). De este modo, Jess conoce nuestra angustia y nuestra situacin ante la muerte: Comenz a sentir tristeza y angustia (Mt 26,37). La resurreccin de Jess y la efusin del Espritu asientan en nuestro tiempo la victoria sobre la muerte: Y si el Espritu de Dios que resucit a Jess de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucit a Jess de entre los muertos har revivir vuestros cuerpos mortales por medio de ese Espritu Santo que habita en vosotros (Rm 8,11). La misin del Hijo y la del Espritu revelan la profundidad de la relacin entre el Dios vivo y el tiempo de los hombres. El tiempo viene de la Trinidad y se crea con la creacin del mundo; se desarrolla en el seno de la Trinidad, pues todo lo que existe, existe en Dios, en el que vivimos, nos movemos y existimos; est destinado a la gloria de la Trinidad cuando todo se someta al Hijo y ste se someta al Padre para que Dios sea todo en todas las cosas (cf. Cor 15,28). Vivir seriamente el tiempo es, pues, vivir en la Trinidad, y tratar de evadirse del tiempo es huir del seno divino que nos acoge. El cristianismo no es la religin de la salvacin desde el tiempo y desde la historia, sino del tiempo y de la historia.
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3.
Llamados a tener tiempo para Dios: Lzaro, sal fuera! (Jn 11,43)
4.
Llamados a tener tiempo para Dios: las doce horas luminosas (cf. Jn 11,43)
El reconocimiento de Dios como Seor de la propia vida equivale a resurgir a una vida nueva, a acceder a una existencia autntica. Cuando todava dudaba sobre el ttulo que deba poner a esta carta, uno de los que ms me atraan se refera al relato de la resurreccin de Lzaro (cf. Jn 11,1-44). Pensaba en la expresin Sal fuera de la prisin del tiempo!, para indicar que quien escucha la voz de Jess, deja que le despierten del sueo mortal de la ilusin de poseer el tiempo y de la desesperacin que nos empuja a evadirnos de l. La ilusin y la desesperacin cierran nuestra vida a la accin de Dios. Tenemos necesidad de que nos liberen del aislamiento, de la prisin. Lzaro, sal fuera! (Jn 11,43) es el grito que el Seor hace or en el tiempo para liberarnos no slo de la cadena de la muerte, sino tambin de la del tiempo vivido en la ilusin y la frustracin. Quien se deja resucitar, como Lzaro, por el Dios que se le acerca y llora sobre su criatura manifestndole su gran amor (cf. Jn 11,33-36), vive la experiencia de la liberacin de la falta de sentido, de la angustia de un tiempo cerrado al horizonte de la eternidad. La vigilancia que se le pide al cristiano consiste en vivir los das en el horizonte del Dios que vino, que viene y que vendr. Referir a l la propia vida, reconocer en l el ltimo sentido y la ltima patria que da valor y sabor a todas las opciones y pasos en el tiempo, significa responder con amor al amor con el que Dios nos ha amado y tiene tiempo para nosotros. Decir a alguien: Lzaro, sal fuera!, significa ofrecerle la alegra y la paz de saborear el presente como la hora de la venida del Seor, como espera de su vuelta para tomarnos consigo en la gloria. 30
Al presentar el episodio de la resurreccin de Lzaro, el evangelista recuerda una palabra misteriosa de Jess que quiere animar a sus discpulos a hacer frente al peligro superando el miedo de subir con l a Jerusaln: No es cierto que el da tiene doce horas? Cualquiera puede caminar durante el da sin miedo a tropezar, porque la luz de este mundo ilumina su camino. En cambio, si uno anda de noche, tropieza porque le falta la luz (Jn 11,9-10). El Seor conoce la ambigedad oculta en el tiempo del hombre: est en nuestras manos la eleccin de vivir en la luz o en las tinieblas. Vigilar es decidir caminar en las horas luminosas del da creyendo en quien nos dice: Yo soy la luz del mundo. El que me siga no caminar a oscuras, sino que tendr la luz de la vida (Jn 8,12). Vigilar es seguir a Jess, elegir lo que l eligi, amar lo que am, conformar la propia vida con el modelo de la suya. Vigilar es tener la percepcin de vivir cada instante del tiempo en el horizonte del amor con el que Dios nos ama en Jess y con el que quiere que nosotros le amemos en l y con l.
5.
La esperanza
Las doce horas del da (cf. Jn 11,9) se viven plenamente a la luz cuando se viven en la esperanza. La esperanza no es slo la perspectiva de un bien futuro arduo, aunque posible de conseguir; es la anticipacin de las cosas futuras prometidas y dadas por el Seor, que ha tenido tiempo para el hombre?; es el terreno de un adviento en el que el maana de Dios viene a tomar 31
un cuerpo en el presente de los hombres. Es la hermana ms pequea, como dice Pguy, que coge de la mano y gua hacia la meta a las dos mayores: la fe y la caridad 5. El presente se abre en la esperanza al horizonte de la eternidad y la eternidad viene a plantar sus tiendas en el presente. Gracias a la esperanza, el tiempo cuantificado (que nunca nos basta, que siempre es poco) se convierte en tiempo cualificado, en hora de la gracia, en tiempo favorable, en presente de la salvacin, en momento saboreando en paz. La esperanza es la condicin filial (ser hijos del Padre celestial en Jess, que es el culmen de la vida cristiana) vivida con perspectiva de futuro, pues ahora somos ya hijos de Dios, y an no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a l, porque lo veremos tal cual es (1 Jn 3,2). Y la vigilancia es la actitud de quien tiene una esperanza firme, no permitiendo que sea acechada su condicin de hijo, manteniendo la tensin del deseo de ver el rostro del Padre y defendindola de decaer en el presente o de dejarse atrapar por las banalidades cotidianas. El ya s, acogido con fe y vivido en el amor, se proyecta hacia el todava no de la promesa gracias a la esperanza. Por eso la esperanza es la otra cara de la vigilancia, la marcha consciente, libre y decidida hacia a Aquel que, habiendo venido una vez, sigue viniendo
6.
5 El pueblo cristiano ve slo las dos hermanas mayores, la de la derecha y la de la izquierda, y casi nunca ve la que est en medio. (...) En medio, entre las dos hermanas mayores, la esperanza da la impresin de dejarse arrastrar como una nia que no tiene fuerza para caminar, pero en realidad es ella quien hace que las otras dos caminen. Y la que las arrastra, la que hace caminar al mundo entero, arrastrndolo. Las dos mayores caminan slo gracias a la pequea (Ch Pguy, La porche du mystre de la deuxime vertu. en Oeuvres poetiques completes, Pars 1957, 539-540).
El Dios que hizo suyos el tiempo y la muerte, nos dio su vida en el tiempo y para la eternidad. La Pascua del Seor revela la solidaridad del Dios viviente con nuestra condicin de moradores del tiempo y al mismo tiempo nos da la garanta de estar llamados a convertirnos en los moradores de la eternidad. En la resurreccin de Cristo se nos promete la vida, igual que en su muerte se nos asegura la proximidad fiel de Dios al dolor y la muerte. La Pascua es el acontecimiento divino en el que se nos revela y promete el destino del tiempo hacia su feliz cumplimiento en la comunin con Dios. El espacio temporal que hay entre la ascensin y la vuelta de Jess en la gloria, aparece as como el despliegue del misterio pascual en todas las vicisitudes humanas. En el sufrimiento y la muerte, que caracterizan todava nuestra historia, se hace presente el sufrimiento de la Cruz, para que la vida del Resucitado sea probada anticipadamente por quien recorre con Cristo su xodo pascual. Toda la vida del cristiano es una peregrinacin continua de muerte y resurreccin vividas con Cristo y en Cristo en el Espritu, incluso llevando a Cristo en nosotros, esperanza de la gloria. Vigilar es aceptar el continuo morir y resucitar como una ley de la vida cristiana. Las condiciones de la vigilancia evanglica no son, por tanto, el estancamiento o la nostalgia, sino la perenne novedad de vida y la alianza celebrada siempre de nuevo con el Seor Jess que vino y que viene. A la luz del acontecimiento pascual se comprende entonces el pleno significado cristiano de la muerte f33
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sica, ltima vicisitud visible de nuestra existencia. La muerte es un acontecimiento pascual marcado al mismo tiempo por el abandono y la comunin con el Crucificado y Resucitado. Como Jess, abandonado en la Cruz, cada moribundo experimenta la soledad del instante supremo y su laceracin dolorosa. Morimos solos! Sin embargo, como Jess, quien muere en Dios sabe que le acogen los brazos del Padre, quien colma en el Espritu el abismo de la distancia y hace que germine la eterna comunin de la vida. Por eso la muerte es para la gran tradicin cristiana el dies natalis, da del nacimiento en Dios y de la salida del seno oscuro de la Trinidad creadora y redentora para contemplar sin velos el rostro de Dios, en unin con el Hijo, en el vnculo del Espritu Santo.
7.
Todo lo que sigue a la muerte la fe lo lee a la luz del acontecimiento pascual de Jess. El juicio es el encuentro con l, que es quien alcanza a la persona con su mirada penetrante y creadora y la lleva al pleno conocimiento de la verdad sobre s misma ante la verdad eterna de Dios. Su vigilante anticipacin se verifica en la confrontacin de la conciencia con la Palabra, en la celebracin del sacramento, especialmente el de la reconciliacin; en el encuentro con el hermano necesitado de ayuda. El infierno es la condicin insoportablemente dolorosa de la separacin de Cristo, de la exclusin eterna del dilogo con el amor divino. Trgica posibilidad, pero necesaria si se quiere tomar en serio la libertad que Dios ha dado al hombre de aceptarlo o rechazarlo. El infierno, en cuanto posibilidad radical, evidencia la dignidad suprema de la vida humana, el sumo valor de la 34
vigilancia y lo trgico del mal. Precisamente por esto y en todo esto, se hace evidente el amor de Dios que, crendonos sin nosotros, no nos salvar sin nosotros. l, que nos am cuando todava ramos pecadores, estar lejos de nosotros slo si nos obstinamos en mantenernos separados del l. El purgatorio es el espacio de vigilancia extendido misericordiosa y misteriosamente en el tiempo despus de la muerte. Es una participacin en la pasin de Cristo para la ltima purificacin que nos permitir entrar con l en la gloria. La fe en el Dios que ha hecho suya nuestra historia es el verdadero fundamento de creer en una historia posible todava despus de la muerte para quien no creci cuando poda y deba en el conocimiento de Jess. La anticipacin de ese espacio es el tiempo dedicado al cuidado de la delicadeza del espritu que se nutre de sobriedad, de desapego, de honestidad intelectual, de frecuentes exmenes de conciencia, de transparencia del corazn, de unificacin de la vida bajo la direccin de la sabidura evanglica, as como de la ascesis y de la purificacin necesarias para sentirnos fuertes ante la tentacin. Es desatarnos de la inercia de nuestras culpas y liberarnos de la opacidad de nuestros malos hbitos. El paraso es estar eternamente con el Seor en la bienaventuranza eterna del amor sin fin: Hoy estars conmigo en el paraso (Le 23,43). La palabra del Crucificado al ladrn arrepentido es la revelacin de lo que es el paraso: estar con Cristo, vivir eternamente en Ll el dilogo de amor con el Padre en el Espritu Santo. I sta relacin con el Seor, de una riqueza que no podemos imaginar, es el principio esencial, el fundamento mismo de cualquier felicidad existencial. La vigilancia :;e ejercita en la anticipacin del gozo del encuentro con el Seor y en la alegra de la comunin fraterna vivida con todos los que comparten el mismo deseo. 35
La figura de esta anticipacin es tan profunda y delicada que nos hace comprender la importancia de la vida contemplativa, aunque lo fundamental de la anticipacin pertenece a cualquier vida de fe, llamada a convertirse en experiencia vivida confidencialmente con el Seor y confiando en su tierna solicitud. La espiritualidad del Cantar de los Cantares as lo ensea una tradicin espiritual constante y siempre renovada del cristianismo es, por tanto, una dimensin vital de nuestra relacin cotidiana con Dios. Es el tiempo del enamoramiento, destinado a consumarse en la exuberancia del amor, que debe atenderse, guardarse y embellecerse en la intimidad de un dilogo que llega a las fibras ms sensibles de nuestro corazn. Finalmente, a la luz de la resurreccin de Jess, podemos intuir algo de lo que ser la resurreccin de la carne. En ella, estar con Cristo se extender hasta el abrazo de la plenitud de la persona y la totalidad de la experiencia humana incluso en su dimensin corporal, del mismo modo que la resurreccin del Crucificado en la carne llev a la vida eterna la carne de nuestro cuerpo mortal, asumida como propia por el hijo de Dios. La anticipacin vigilante de la resurreccin final est en cualquier belleza, en cualquier alegra, en cualquier profundidad jubilosa que alcanza tambin al cuerpo y a las cosas, conducidas a su propio destino, que es el de las obras del amor. No olvidemos que el cristianismo, con altibajos, ha librado una dura batalla para rechazar el impulso que quiere llevar al desprecio del cuerpo y de la materia en favor de una exaltacin mal entendida del alma y del espritu. La exaltacin del espritu mediante el desprecio del cuerpo, como la exaltacin del cuerpo mediante el desprecio del espritu, son, de hecho, la semilla maligna de una divisin del hombre que la gracia anima a combatir y vencer. La vigilancia consiste en el ejercicio 36
cotidiano de los sentidos espirituales, es decir, de los mismos sentimientos que tuvo Jess en fomentar la sabidura evanglica que unifica la experiencia y nos permite apreciar los lazos finos y profundos entre cuerpo y el espritu. De este modo, podemos cuidar ya desde ahora, a la espera de que se realice la promesa de la resurreccin de la carne, el placer de la libertad del cuerpo de todo lo que es falso y obtuso, sucio y vulgar, vido y violento. La fe en la resurreccin final nos ayuda, por tanto, a valorar y amar el tiempo presente y la tierra. La vigilancia cristiana, iluminada por el horizonte definitivo, no es una huida del mundo, sino la capacidad de vivir la fidelidad a la tierra y al tiempo presente, siendo fieles al cielo y al mundo que vendr. A la luz de la Pascua, los novsimos muerte, juicio, infierno, purgatorio, paraso y resurreccin final de la carne son formas de estar con Cristo, que se promete y se da al morador del tiempo, y se configura segn la relacin que se establece, con la vigilancia o el rechazo, entre cualquier persona humana y el Seor Jess.
8.
La esperanza cristiana corre tambin el riesgo de una doble reduccin: o slo a la de las expectativas celestiales de la otra vida, o (al menos como concentracin psicolgica) a los anticipos terrenales (el Reino de Dios est ya del todo presente aqu!), como en el caso de algunos postulados de la teologa poltica. En la prctica, difcilmente evitamos uno de los dos extremos, pues somos limitados y nos resulta difcil abarcar a la vez todo el horizonte del hombre. Debemos equilibrar constantemente nuestro pensamiento y nuestro lenguaje para comprender la unidad que mantiene una junto a 37
la otra las esperanzas terrenales de las que la Biblia habla con frecuencia con las invisibles y definitivas, que son las que dan su sabor a todo lo dems. No hay oposicin entre ambas, y si es comprensible alguna oscilacin en la intensidad de la esperanza de los cristianos (unas veces ms sobre la otra vida, otras ms sobre los bienes mesinicos de sta como anticipo del mundo futuro), nunca podemos permitir la falta de esperanza, la resignacin amarga y el escepticismo. Hemos hablado anteriormente de lo que esperamos en la muerte y despus de ella. Detengmonos un poco sobre lo que esperamos en la vida terrenal para cada uno de nosotros y para la colectividad humana. Esperamos para nosotros ya desde ahora lo que se expresa en el Evangelio y en las Cartas apostlicas: jbilo por la filiacin divina (cf. Jn 3,1-2), seguridad de estar en las manos de un Padre bueno (cf. 1 Pe 1,3 ss; 1,17-21), justicia, paz y alegra en el Espritu Santo (cf. Rm 14,17), consuelo interior (cf. 2 Cor 1,3-7), expresiones todas ellas de la frase cien veces ms en el tiempo presente (cf. Me 10,28-30), que slo puede intuir y gustar quien lo deja todo decididamente para seguir a Jess pobre y crucificado. Esperamos para todos nosotros lo que es objeto de la oracin que nos ense Jess: el pan para hoy, el perdn, que nos defienda de la tentacin y nos libre del mal. Tratar de expresar, a partir de la esperanza eterna, las esperanzas temporales de la colectividad humana6. 1. Siguiendo a Jess y confiando totalmente en l, podemos esperar en primer lugar que se realice de ma-
6 Ct. M. KEHL, Eschatologie, Wrzburg 1986, 216-220. Una presentacin sinttica de las esperanzas histricas del cristiano se tiene en la Constitucin conciliar Gaudium et spes, especialmente en los nn. 9.10.11.26.
era positiva la historia humana con la totalidad de su mbito cultural y natural. Podemos esperar que se conseguir una armona definitiva de las realidades humanas, sociales y naturales, en la plenitud del Reino de Dios. 2. El Reino de Dios se realiza en parte ya en la tierra, por todos los sitios en los que, gracias al Espritu de Cristo, aparecen signos de conversin a la paz, a la justicia y a la comunin. En esos sitios, la fuerza destructora del pecado, de la guerra y de la injusticia se encuentran con una reaccin ofensiva, la pobreza se suaviza, el sufrimiento encuentra consuelo, la enemistad se reconcilia y la naturaleza hace las paces con el hombre. Cada pequea seal social de este tipo y cada encuentro de hermanos y hermanas que se realiza con la victoria del don sobre el clculo es una degustacin del Reino definitivo y puede esperarse como don de Dios. 3. La formacin de una red de estas realizaciones del Reino de Dios ahora y su cristalizacin en alianza por toda la tierra, en constante combate contra el mal y contra la degradacin, es lo mximo que podemos esperar para nuestra historia. Ya as, requiere todo nuestro esfuerzo, constante vigilancia, un gran espritu de sacrificio y una confianza invencible en las energas del Reino. Y es que el rebosamiento de la injusticia, la bsqueda desenfrenada de las propias comodidades, las peleas y enemistades y la explotacin salvaje de la naturaleza amenazan continuamente con sumergir los mbitos de la esperanza. 4. La Iglesia, como comunidad de quienes profesan explcitamente su esperanza en la llegada del Reino, es la comunidad en la que, desde ahora y de manera privilegiada, se pueden y deben realizar algunos signos de la presencia de la paz y de la justicia del Reino. Es algo que puede y debe verificarse no slo en el mbito 39
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de la comunidad (cf. Hch 2,42-47; 4,32-35), sino como irradiacin y fuerza transformadora hacia fuera, como es en el caso de la Iglesia, que une razas, naciones y clases sociales en un modelo de unidad universal, y que trabaja con todas las personas de buena voluntad por un futuro en la tierra que sea ms digno del hombre. En este cuadro se sita la doctrina social de la Iglesia, entendida como una moral social que proyecta para todos los hombres (y no slo para los creyentes) ideales histricos concretos. El cristiano no puede contentarse con principios religiosos. Debe entrar en la historia, hacerle frente en su complejidad y promover todas las realizaciones posibles de los valores evanglicos y humanos de la libertad y la justicia (Educar para la legalidad, Nota pastoral de la comisin eclesial Justicia y Paz, octubre 1991, n. 5). 5. Cada uno de nuestros esfuerzos autnticos, en las direcciones que acabamos de indicar, es consciente del hecho de que la fuerza del pecado y la injusticia est siempre en accin y se opone continuamente a los ideales del bien. Por consiguiente, no esperemos, como objeto de la esperanza teologal, el momento en que las fuerzas del mal sean definitivamente vencidas en la tierra (cf. Mt 13,24-30.36.43.47-50), ni cabe excluir que la malicia de los hombres pueda precipitar a la historia a una catstrofe del mundo humano y de lo que le rodea. Estamos en actitud de lucha perenne y no obstante tenemos la seguridad de que la fuerza del Espritu no nos faltar nunca; de que nadie que invoque con fe el nombre del Seor sucumbir a la tentacin; de que la Iglesia se mantendr hasta el ltimo momento de la prueba como refugio seguro de cuantos confen en ella. 6. Sabemos que las fuerzas del mal y de la injusticia no conseguirn destruir lo que ha sido construido por la gracia del Espritu de amor. Hasta en los momentos ms oscuros, como en el de la muerte de Jess, el 40
amor y el perdn de los justos vencen el odio y abren de par en par los horizontes de la vida. 7. Nuestras esperanzas para esta vida, por consiguiente, pueden en gran parte permanecer ocultas a los ojos de la historia y ser claramente perceptibles slo a los ojos de la fe y de la esperanza. Quien tiene esos ojos, lucha con amor por la justicia, por la paz, por una mayor igualdad de la humanidad, por el equilibrio de la naturaleza; se compromete en utopas realistas, como la de la visin de una nueva humanidad propuesta en la enseanza social de la Iglesia, y trabaja, aun con sus lmites, por la afirmacin de los valores del Reino, seguro de que permanecern eternamente y de que son un anticipo de la plenitud que, confiados y seguros, esperamos slo de Dios. Sobre esta base es posible construir una tica realista de la esperanza, lo que veremos en el prximo captulo.
9.
La conversacin celestial
Jacques Maritain, en una conferencia que dio en Tolosa a los Pequeos Hermanos de Charles de Foucauld en 1962, describi con sencillez y profundidad la relacin tierna y misteriosa que nos une a cada uno con los miembros de la Iglesia que nos han precedido en el Reino Eterno. Recuerda que quienes estn ante Dios no dejan de interesarse acerca de las realidades por las que se afanaron en la vida terrenal y que ahora contemplan a la luz de Dios. Con ellos (padres, familiares, amigos, santos protectores, sacerdotes que nos precedieron en el ministerio) podemos ponernos en contacto y confiarles lo que nos preocupa y les preo41
Y lu conversacin ms tierna e incesante debe establecerse con la Virgen Mara, Reina del mundo, Madre de la Iglesia y de todos los hombres, y sobre todo con Jesucristo, Redentor de la humanidad. La oracin es, pues, la expresin primera y principal de la vigilancia y de la esperanza cristiana. Ningn programa pastoral sobre la vigilancia tendr eficacia si no se amasa con la experiencia de oracin que constituye el banco de prueba cotidiano y el horno encendido de purificacin de la esperanza. Quien ora constante e intensamente sabe qu es la vigilancia y hasta en la prueba ve que brota en l una esperanza que no falla (cf. Rm 5,2-5). Por tanto, si queremos llegar a una percepcin real, y no puramente terica, de lo que he explicado en las pginas precedentes, debemos escuchar las exhortaciones apremiantes de Jess y de los apstoles: Es necesario orar siempre sin desanimarse (Le 18,1); Velad y orad, para que podis hacer frente a la prueba (Mt 26,41); Perseverad en la oracin con espritu vigilante y agradecido (Col 4,2).
Captulo tercero
Cf. J. MARITAIN, A propos de l'Eglise du del Reflexin del 28 de mayo de 1962 a los Pequeos Hermanos de JOMI:; de Tolosa.
Despus de la reflexin antropolgica (captulo primero: No tengo tiempo) y teolgica (captulo segundo: Estoy llamando a la puerta: Dios tiene tiempo para el hombre), paso a la reflexin tica: Qu significa vivir el tiempo presente con la esperanza en el Seor que viene? De qu modo la mirada dirigida a la eternidad da contenido y vigor a las actitudes y opciones que adopta el hombre en el presente? La respuesta se articular en distintas fases. En primer lugar, hablar de la exigencia decisiva y principal que se deriva de la mirada puesta en el futuro de Dios, es decir, del discernimiento, que es la capacidad de distinguir las cosas esenciales de las accesorias, las ltimas de las penltimas, las que pasan y las que se mantienen; y no para despreciar los bienes accesorios, ni los penltimos o los que pasan, sino para tener un criterio de valor que permita acogerlos y vivirlos en su plenitud relativa, en su verdadera belleza y en su bondad autntica. Luego nos preguntaremos qu actitud espiritual permanente caracteriza y sostiene la capacidad de leer las cosas penltimas a la luz de las ltimas: es la de una espiritualidad con connotaciones de la alegra de una expectacin trepidante del Reino y no me altera /la 43
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larga espera 8, una espiritualidad de las bienaventuranzas a las se prepara uno mediante un sano ejercicio asctico. Examinaremos tambin algunos grandes desafos cultura/es y civiles de la vigilancia en nuestro tiempo, en los que pueda emparejarse la fidelidad al presente con la fidelidad al mundo que debe venir. Finalmente nos preguntaremos sobre la Iglesia como lugar por excelencia en el que se espera la venida del Seor. De qu manera afecta la vigilancia a la vida del pueblo de Dios y es estmulo a una continua conversin y reforma?
1.
Fijndonos en el misterio pascual como estatuto de la vigilancia cristiana, se podra decir que, desde la perspectiva moral, la esperanza de la resurreccin es la muerte y resurreccin de las esperanzas humanas. Esta esperanza demuestra la miopa de todo lo que es inferior a Dios y funda al mismo tiempo el valor de todo gesto de amor autntico. En esta luz, los temas decisivos del nacer y el morir adquieren su significado ms profundo: nacer es ser llamados a un destino de eternidad que a nadie es lcito manipular o pretender interrumpir, y morir es ir al encuentro de la realizacin de ese destino, con toda la dignidad del ejercicio de la libertad que se nos da, para agradar a Dios y santificar su Nombre en la alegra y el dolor, en la vida y en la muerte 9.
Vivir a la espera de la vuelta del Seor no es una huida de la historia; es vivir con mayor plenitud todava la historia en el horizonte de su destino final. La actitud evanglica de la vigilancia funda as una tica del discernimiento: quien espera al Seor se sabe llamado a vivir responsablemente cada acto en la presencia de su Dios y comprende que el valor supremo de cualquier opcin moral est en el esfuerzo de agradar a Dios y santificar su Nombre con el cumplimiento de su voluntad. Dios, como horizonte ltimo y patria verdadera, se convierte en el criterio de la decisin moral. El discernimiento de lo que es penltimo en relacin con lo que es ltimo y definitivo, se ofrece como la forma concreta con que se ejercita la responsabilidad tica.
2.
Quien espera, por creer en la promesa de Dios revelada en Pascua, el da del Seor y trata de vivir en el horizonte de la esperanza que no decepciona, siente el gozo de saberse amado, arropado y guardado por la Trinidad santa. Como las vrgenes sabias de la parbola (cf. Mt 25,1-13), espera al Esposo abasteciendo el aceite de la esperanza y de la fe con el alimento slido de la Palabra, del Pan de vida y del Espritu Santo que se nos entrega en la Palabra y el Pan. Vivir la espiritualidad de la espera es vivir la dimensin contemplativa con el convencimiento profundo de
9 La Reunin de las Iglesias de Lombarda 1992-1993, que tratar el tema Nacer y morir hoy estudiar especialmente estos aspectos de la existencia humana.
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la primaca absoluta de Dios sobre la vida y la historia. De ah que la actitud espiritual de la vigilancia sea una referencia continua al Seor que viene de la propia vida y del acontecer humano, a la luz de la fe que nos hace caminar como peregrinos hacia la patria (cf. Heb 11) y nos permite orientar hacia ella todos nuestros actos. La orientacin total del corazn hacia Dios colma a la persona de la alegra y la paz propias de quien vive las bienaventuranzas (cf. Mt 5,1-11; Le 6,20-23). La persona no experimenta, evidentemente, la bienaventuranza de quien siente que ha llegado, sino la bienaventuranza humilde y confiada de quien, en la pobreza y el sufrimiento, en la mansedumbre y la sed de justicia, en la limpieza de corazn y en el establecimiento de relaciones pacficas, sabe que le sostiene el amor del Seor que vino, viene y vendr el ltimo da. La espiritualidad de la espera exige, por tanto, pobreza de corazn para estar abiertos a las sorpresas de Dios, atencin perseverante a su Palabra y su silencio para dejarnos guiar por l; docilidad y solidaridad con los compaeros de viaje y testigos de la fe que Dios pone a nuestro lado en el camino hacia la meta prometida. La vigilancia alimenta el sentido de la Iglesia en compaa de la fe y esperanza con todos los que caminan con nosotros hacia la Jerusaln celestial.
3.
Vivid con sobriedad y estad alerta. El diablo, vuestro enemigo, ronda como len rugiente buscando a quien devorar (1 Pe 5,8-9). Todos los martes leemos en completas, en la Liturgia de las Horas, esta amonestacin que nos introduce en el aspecto asctico de la vigilancia. Vamos a tratar de comprenderla a partir del desor46
den que expresa la afirmacin No tengo tiempo. No tengo tiempo de pensar en el tiempo de Dios porque el tiempo es mo, como es ma la vida, la naturaleza, las cosas, el dinero, Dios mismo. Todo es mo! Yo soy el amo y lo uso y gasto todo a mi antojo. Si Dios no sirve para escuchar mis ganas de disfrute, para satisfacer mis exigencias, para hacer los milagros que me traen xitos, triunfo, prestigio y poder, qu sentido tiene su existencia? Slo tengo tiempo para pensar en m reino, porque quin me garantiza que exista el llamado Reino de Dios, a cuya consecucin debera dedicar tiempo y vigilancia? Estas preguntas inspiran la cultura y la conducta de una sociedad secularizada que ha relegado a Dios entre las cosas que se usan o se dejan de usar. Se trata de preguntas y pensamientos que pueden muy bien calificarse como seducciones de Satans. En el rito de las promesas bautismales que se renuevan todos los aos en la Vigilia Pascual se encuentra esta pregunta: Renuncias a Satans, a sus obras y a sus seducciones?. Si la vigilancia cristiana trata de preparar da tras da el encuentro con el Seor que viene, exige tambin una atencin sabia a cuanto puede apartarnos de ese ideal, especialmente a las seducciones que, ms insidiosas que las tentaciones comunes, vienen a ser fuertes atracciones que ocultan el engao. Podemos resumirlas en el instinto del placer, de la posesin, del prestigio y del poder (cf. 1 Jn 2,16; cf. tambin Mt 4,1-11; Me 1,12-13; Le 4,1-13). El placer, perseguido como fin en s mismo y sin ms regla que la de gozar cuanto ms mejor; la riqueza, acumulada, poseda y gozada con avidez; la ambicin y la soberbia, siempre a la caza del aplauso, el prestigio y el xito, como premisas que garantizan el poder para someter a los dems y manipularlos para mi uso y abuso. Estas actitudes culturales y de comportamiento ni si47
quiera son extraas a cierta conducta religiosa, a devociones y oblaciones, pues se puede llegar a actuar como si Dios, la Virgen y los Santos existieran para dar satisfaccin a nuestras exigencias. No pensemos que las atracciones son tpicas de cierta clase de personas, pues cada uno de nosotros est expuesto a ellas. Estamos llamados a vigilar para dominarlas, de tal modo que, libres con la libertad de los hijos de Dios, podamos elegir darle nuestro tiempo a Aquel que nos dedica su tiempo eterno para realizar nuestra vida segn su proyecto y madurarla en el encuentro con Jess, el Seor. La vigilancia se ejerce en los distintos modos de renuncia, tanto a lo ilcito como con la discrecin debida a algo que de por s es lcito. Es til acostumbrarse a pequeas renuncias al cigarrillo, a los dulces, a la bebida, a la televisin, a largas y superficiales conversaciones telefnicas, a lecturas frivolas, a gastos superfluos en la comida y el vestido, etc. Una ascesis como sta ayuda tambin al sistema nervioso, unifica la mente y ayuda al recogimiento en la oracin.
4.
Por qu la vigilancia, es decir, la expectacin trepidante del Seor que viene, genera una tica de la responsabilidad en relacin con las cosas de esta tierra, especialmente en relacin con los problemas y los compromisos de la vida social y poltica? Porque la percepcin de que el Amor de Dios, ntimamente presente en cada cosa, universalmente activo en la creacin y luminosamente transparente en todos los valores, est prximo a manifestarse en mi vida y en mi historia, me libera del miedo a disgustar o del ansia de agradar a los dems, de la obsesin por su 48
aplauso, del espejismo de un xito mundano basado en el poder o el dinero. Se trata, en mi corazn, de una libertad sobre el deleite de las cosas de la tierra que procede de la presencia anticipada, en la esperanza y la espera, de la fruicin plena y definitiva de la bondad y belleza de Dios. La nueva audacia que recobra la vida gracias a la mirada dirigida a la eternidad, desliga de los embarazos de las convenciones, permite una mirada y una accin libres en relacin con los bienes, las instituciones y la misma convencin social. Y quien tiene responsabilidades polticas no ser esclavo de esa convencin social, sino que ser un ministro, es decir, un servidor prudente que se preocupa del bien de todos. La vigilancia a la espera del futuro libera el corazn de la servidumbre del instante (del xito, del dinero y de la fama) y permite vivir el presente respetando al otro. Es una mentalidad ms que una serie de comportamientos concretos; es una actitud de responsabilidad y atencin por las cosas pblicas. Cabe preguntarse de qu modo un desinters habitual por el bien comn desanima a los ciudadanos y a los responsables de las cosas pblicas. Tambin podemos preguntarnos cmo es posible sustraerse a la deriva del inters egosta y de la faccin que llevan a la disgregacin en el tejido poltico y social cuando la formacin del consenso es sistemticamente perseguida a travs de una viscosidad de arreglos clientelares o presiones de carcter corporativo. Nos encontraramos hoy tan amargados e indignados por las numerosas situaciones desagradables que ofuscan nuestra vida poltica y administrativa si hubiramos sido algo ms vigilantes, si hubiramos alzado la mirada para dilatar los horizontes ms all de las comodidades o el inters inmediato? 49
5.
En primer lugar, en el interior de los partidos. Pienso en los honrados, en los transparentes y difanos en su vida, y no obstante desvinculados de la realidad. Pienso en otra clase de honrados, la de los que no hacen nada ilcito pero tampoco se preguntan cmo puede mantenerse su partido o corriente. Me vienen tambin a la mente los honrados que giran la cabeza hacia otra parte cuando sucede algo, como si los asuntos de la gestin prctica de la poltica no fuera con ellos. Y qu decir de quien tiene todas las cartas para animarse y participar, pero por miedo a mancharse las manos se escabulle y rechaza responsabilidades pblicas? Lo mismo se puede decir en el caso de los dirigentes pblicos y de la burocracia. Quien trabaja para el Estado, las instituciones locales y los servicios sanitarios y sociales, recibe pocos incentivos, tiene remuneraciones bajas por prestaciones no siempre cualificadas y con escaso control. Pero vigilar significa cambiar de rumbo incluso en relacin con lo pblico, comprometerse para que el Estado ponga calidad en las estructuras que no la tienen. No es moral dejar improductivos sectores enteros. Una burocracia ms responsabilizada y profesionalmente estimada viene a ser como el primer ojo que vigila a ciertos polticos que tienden a utilizar y explotar lo pblico. Estoy seguro de que una recuperacin moral slo es posible si parte de todos e implica a cada uno. En la vigilancia estn tambin comprendidos los medios de comunicacin social, los peridicos y los servicios informativos de redes radiotelevisivas. El ao pasado ya habl en La orla del manto de la responsabilidad de los periodistas en relacin con la vida poltica. Me pregunto hoy, despus del escndalo del cobro de 50
comisiones ilegales, qu parte afecta a la informacin. No me refiero a la emergencia, cuando estallan los casos judiciales donde es fcil intensificar el tono, sino al momento en que se apagan los grandes reflectores mientras sera necesario tener encendida la pequea lmpara de la conciencia crtica. A este respecto, resulta fundamental una educacin permanente del uso crtico y responsable de los mass media. Vigilante debe ser la galaxia representada por el mundo asociativo, por las organizaciones culturales, por los promotores de congresos, mesas redondas y estudios sofisticados. Crear cultura no es limitarse a una operacin de documentacin o comentario. Toda iniciativa debera estar animada por un intenso sentido de los valores, por perspectivas de vuelo amplio y sentido profundo de la dignidad del hombre y de su trascendencia. La vigilancia sobre lo civil compromete tambin, y en primera persona, a la Iglesia. Los episcopados se han manifestado varias veces sobre estos temas, en algunos casos con documentos fuertes y profticos. Sin embargo, la vigilancia no debe dejarse de forma preponderante a las altas expresiones de la jerarqua. Debe convertirse en praxis cotidiana de las parroquias, de los grupos y movimientos. Es una tensin que de ningn modo puede sufrir lentitudes o aceptar compromisos. En la vigilancia cobra relieve especial la ampla gama de los servicios de la persona, los que se refieren a las pobrezas invisibles o sumergidas, llamadas del cuarto mundo. Este fenmeno se verifica en casi todos los pases europeos, donde algunas categoras de personas, adems de vivir en condiciones de gravsima penuria fsica y psquica, han perdido la legitimacin de sujetos de derecho porque no estn garantizadas con una proteccin jurdica y social. Cito como ejemplo: 51
los sin techo o pordioseros; los inmigrantes y nmadas, especialmente los clandestinos; los enfermos mentales, cuyo sufrimiento psquico no puede ajustarse a los cnones clsicos de la intervencin clnica o teraputica; los ancianos no autosuficientes y/o crnicos que a menudo no tienen garantizado ni siquiera el derecho del cuidado de su salud y la dignidad de la vida cotidiana; los toxicmanos con patologas de comportamiento o psiquitricas; los enfermos de sida, especialmente en fase avanzada, aislados y abandonados. Estas pobrezas, junto a las ms tradicionales, evidencian un denominador comn: la falta de relacin. Invocamos para ellas una proximidad enteramente nueva, que no pide una multiplicacin repetitiva de servicios tradicionales, sino que evoca un hacerse cargo no delegable y que slo una atenta vigilancia puede suscitar. 6. Por una pedagoga de la vigilancia
Se perfila hoy un gran desafo del que dependen los destinos prximamente venideros de nuestro pas. Es necesario crear una cultura de la vigilancia capaz de contrarrestar la cultura de la protesta, de la impotencia, de la desilusin, de la depresin, de la resaca, de la autoconsolacin y del cerramiento en s mismos con doble llave. El interrogante que debe movilizarnos de alguna manera se puede formular as: Cmo recuperar una pedagoga de la vigilancia dilatada? Se dijo aos atrs que era preciso pasar de un tiempo de derechos a otro 52
de deberes. Ahora es el momento de la responsabilidad; lo cual significa, por ejemplo, y bajo el aspecto civil que ahora nos interesa, ser activos, sin esperar que el Estado o los dems se muevan, buscando informacin y haciendo valer razonablemente las propias instancias. Hace dos aos, y valga como ejemplo, se promulg una ley que tal vez conocen pocos y an menos ponen en prctica. Sin embargo se trata, despus de tantas palabras, de una autntica revolucin aunque pequea: establece las nuevas normas en materia de procedimiento administrativo y de derecho de acceso a los documentos administrativos. Los despachos pblicos deberan dejar de ser lugares que hay que temer o reverenciar, o centros de poder donde conseguir favores. Est claro que la libertad exige esfuerzo y debe conquistarse cotidianamente. El tiempo de las responsabilidades implica an ms directamente a las llamadas nuevas subjetividades sociales (cf. Centesimus annus, n. 49). Junto a la citada ley de procedimiento administrativo tenemos la normativa sobre las autonomas locales, que, con estatutos y reglamentos, ofrece amplias posibilidades de participacin a la gente de un territorio en la vida y el bien comn. Tambin el voluntariado y las cooperativas sociales estn hoy reconocidas como nuevos sujetos sociales, dotados de autonoma estatutaria y funcional, de especificidad y originalidad para la intervencin. Las leyes reconocen y valoran la funcin constructora e insustituible de la promocin, la actuacin y la gestin del bien comn. Es misin de la vigilancia el impulso solcito para que estos espacios (adems de los tradicionales del Estado y del mercado) no se queden desiertos. Ellos, ms que otros, pueden describir y detallar una convivencia fraterna, no de condominio, fundada no 53
slo ni especialmente en ser socios, sino especialmente en ser prximos. Nuestras Escuelas Diocesanas de formacin al compromiso sociopoltico deben conseguir cada vez ms una actuacin prctica de la pedagoga de la vigilancia.
7.
Una persona vigilante siente que se dispara dentro de ella una exigencia tica. Esto vale especialmente para la tica profesional. Si queremos recalificar las profesiones a la luz de la vigilancia, tenemos que recuperar el valor profundo del trmino profesin. En el mbito religioso se habla de profesar en referencia a la fe para significar el testimonio pblico del propio credo en Jess. Actualmente este trmino se toma casi exclusivamente en su acepcin laica: profesin es trabajo, oficio, tarea social. Pero a raz de la palabra sigue siendo la misma profiteri, y su fondo autntico son los valores sealados en el captulo segundo, Dios tiene tiempo para el hombre. El descubrimiento de la raz de la profesin puede provocar un modo eficaz de atender al bien comn. El cambio de tendencia en torno al clima pesado de lamentos y resignacin, protesta y rabia, es volver a realizar bien el propio trabajo, recuperando la relacin de sentido entre destrezas, preparacin y utilidad social de lo que hace una persona, y volviendo a encontrar el horizonte en el que la utilidad social se mide especialmente con respecto a un bien comn slido y duradero. La instancia tica es individual y subjetiva, pero responde a un ethos colectivo. Las categoras, las asociaciones y las jerarquas profesionales deben reescribirse y redisearse teniendo en cuenta un ethos colectivo 54
que corresponda a un proyecto de hombre y de humanidad autnticos, donde los propios asociados descubran la situacin y el significado del trabajo. Si no, de nada vale lamentarse, pues siendo impotentes ante un sistema que no se comparte o nos supera, nos mantenemos firmes en las defensas corporativas. Por qu un empresario debe rebelarse a la peticin de pagar una comisin ilegal? Por qu un periodista debe arrancarse del conformismo? Por qu un enfermero debe tratar bien a los pacientes incmodos y molestos? Por qu estas y otras actitudes deben ser la regla y no el herosmo de alguien? La respuesta es sencilla: porque el trabajo es el testimonio de una llamada, es la profesin pblica de la funcin de crecimiento colectivo que tiene como trasfondo una visin de humanidad y de futuro capaz de desplegar energas morales imprevisibles. No debemos olvidar que la profesionalidad es lo que puede acompasarnos con el resto de Europa, por encima de a abundante retrica desplegada en estos ltimos tiempos de acercamiento a la unidad continental. Es difcil hacer desaparecer como por encanto lugares comunes y realidades concretas relacionados con la fama de la poca credibilidad internacional de nuestro pas. Sin embargo, es posible el encuentro en la profesionalidad al Oeste y al Este, al Norte y al Sur. No quiero terminar sin aludir a otros dos aspectos de la vigilancia: el familiar y el de la escuela. Son aspectos distintos porque distintos son sus mbitos. Sin embargo, mltiples complementariedades tienen que ver con la difcil tarea de ser padres y tener que estar detrs de una ctedra enseando. Recuerdo a este respecto lo que dijimos en el trienio pastoral educar (1987-1990).
55
8.
Confirma en la fe y en la caridad a tu Iglesia, peregrina en la tierra. As dice la Plegaria eucarstica III refirindose a la realidad peregrinante de la Iglesia en marcha hacia el Reino de Dios. La vigilancia es una virtud tpica del peregrino: atencin al elegir el camino, preocupacin por no retrasarse, prontitud para continuar despus de las paradas, mirada interior de cara a la meta. La carta a los Hebreos, en el captulo 11, recuerda a los grandes peregrinos del Invisible, desde Abel a Ens, a No, a Abraham, que obediente a la llamada divina sali hacia una tierra que iba a recibir en posesin (v. 8); a Moiss, quien por la fe abandon Egipto, sin miedo al furor del rey, y se mantuvo tan firme como si estuviera viendo al Dios invisible (v. 27). La Iglesia es el conjunto de todos estos peregrinos y debe caracterizarse por las virtudes de soltura, desprendimiento, prontitud en recuperarse, en convertirse y reformarse, propias todas ellas del peregrino. Queridos, como a peregrinos lejos an de su hogar os exhorto a que hagis frente a los apetitos desordenados que os acosan, dice san Pedro (1 Pe 2,11) recordando las consecuencias ascticas de saberse en camino hacia la patria. La actitud interior y exterior de conversin y reforma constantes no significa desprecio de las formas tradicionales del comportamiento eclesistico o de las populares y sencillas de la vida de los fieles. Reforma no quiere decir contraposicin entre quien la promuve y la experimenta, entre quien se da el aire de reformador y la persona o institucin que se considera debe ser reformada. Al contrario, es consonancia de unos y otros en desear a un mismo Seor: El Espritu y la Esposa 56
dicen: 'Ven!'. Diga tambin el que escucha: 'Ven'! (Ap 22,17). El grito de todos es el anhelo comn con el que nos ayudamos y nos reconocemos transentes dbiles y pecadores, llenos de nostalgia del rostro del Seor, deseosos de tender hacia l con ms pureza y verdad. Si cada uno de nosotros alcanza sentimientos de peregrino cristiano, de quien vigila a la espera del Esposo, ser ms fcil y ms gozosa la tarea de caminar juntos en continua conversin y con alegra. Para vivir esas actitudes no hay nada tan eficaz como la liturgia. Est llena, especialmente en la celebracin eucarstica, de alusiones escatolgicas, de estmulos a mirar hacia la patria celestial, de deseos de eternidad. Orando con atencin y devocin (y con las debidas pausas!) y meditando los textos litrgicos, conseguiremos la actitud adecuada de los peregrinos que cada da reemprenden la marcha haca la meta. La dimensin de la espera vigilante, por lo dems, est inscrita en la propia naturaleza de la liturgia: Cada uno de los ritos vive de memoria y se alimenta de esperanza, anuncio del acontecimiento del que brota la salvacin y profeca que anticipa su cumplimiento... Mientras espera y ora, la Iglesia sabe que su espera no se frustrar y que su oracin no ser en vano 10.
10 Celebrare n spirto e venta: sussidio teologico-pastorale per la formazione litrgica, Roma 1992. nn. 30 y 7.
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Captulo cuarto
ITINERARIOS DE LA VIGILANCIA
El cuarto y ltimo captulo quiere ofrecer alguna conclusin prctica, derivada de las reflexiones precedentes, para la vida de nuestras comunidades. Se trata de una parte aplicativa que pretende ayudar a las parroquias, los grupos, las comunidades y las diversas instituciones eclesiales al hallazgo de algunas lneas operativas, entre muchas otras, que introduzcan en el devenir de cada da los grandes temas evocados en relacin con la esperanza cristiana, de las cosas ltimas, de la vigilancia. Pero las aplicaciones prcticas son slo pequeas seales de una importante intuicin de fondo que debe colorear nuestra vida: caminamos hacia un futuro cierto, grande, que est ms all de cuanto vemos o imaginamos, un futuro que es Dios mismo, Jess resucitado en la plenitud de su Cuerpo, el Reino, la Jerusaln celestial. Esta visin grabada en el corazn por la virtud teologal de la esperanza, contemplada y deseada con ardor y confianza constituye lo fundamental de cuanto he dicho anteriormente y el punto de referencia sobre el que debemos verificar cada uno de nuestros pensamientos, planes y acciones pastorales. Entre las orientaciones prcticas, siento la urgencia de subrayar tres mensajes. El primero es volver a leer los programas pastorales 59
publicados desde 1980 hasta hoy. A la luz de la vigilancia y de la vida eterna, puede comprenderse mejor su mensaje especfico, tanto en su aspecto orgnico como en su validez permanente. El segundo es la atencin que nos deben merecer algunos signos providenciales que en nuestra Iglesia nos exhortan a la vigilancia y nos ayudan a estar despiertos a la espera del Seor que viene. El tercero lo constituyen una serie de encuentros en los que ser posible, a lo largo del ao pastoral 19921993, mantener vigilantes nuestra mente y nuestro corazn ante las cosas ltimas.
el bienestar material, el mito de la produccin y la mana de las comodidades. Precisamente por esto el Seor le dirige una llamada tierna y urgente. Es la misma llamada que se dirige vigorosamente a nuestra comunidad en este final del siglo xx. A) Estoy llamando a la puerta (Ap 3,20): reconocer la primaca de Dios
1.
Repasando el ndice analtico que acompaa el conjunto de los programas pastorales publicado con motivo de mi primer decenio episcopal en Miln 11, no he encontrado entre las numerosas voces el trmino vigilar o alguno de sus sinnimos. Ser entonces nuevo el tema de la vigilancia en nuestro camino pastoral? Tengo que decir que no! En el recorrido de estos aos puede encontrarse el hilo de la esperanza teologal que estimula nuestra vigilancia en espera del Seor. Lo veremos refirindonos a estas palabras del Apocalipsis: Mira que estoy llamando a la puerta. S alguno oye m voz y abre la puerta, entrar en su casa y cenar con l y l conmigo (Ap 3,20). Estas palabras son dirigidas a la comunidad de Laodicea, que vive una fase de cansancio porque considera adquirida de una vez para siempre la fe. Es una comunidad que se deja llevar por
Estoy a la puerta expresa plsticamente una dimensin de la vida cristiana que ha sido decisiva en nuestro camino pastoral: la dimensin contemplativa de la vida. Antes de cualquier palabra o gesto, antes incluso de nuestra espera vigilante, est Alguien que se acerca constantemente a la trama de los das y al que el creyente espera con corazn vigilante y en actitud contemplativa. Desde la primera carta pastoral (1980) he venido pidiendo insistentemente a todos que reconozcan con admiracin adoradora la primaca de Dios. Al proponer a nuestra iglesia ambrosiana y a nuestra gente, tan justamente orgullosa de sus realizaciones y proyectada hacia sus compromisos creativos, el descubrimiento de la actitud contemplativa, me urga afirmar, al comienzo de mi episcopado, la frase Yo soy el Seor tu Dios, que est en el origen de nuestra experiencia religiosa. Como se le pide al piadoso israelita, exhortaba a los fieles a repetir la antigua aclamacin: Escucha, Israel, el Seor es nuestro Dios, el Seor es uno... (Dt 6,4 ss). Pero quien reconoce la primaca de Dios no puede dejar de ser vigilante. Hoy, despus de los cinco programas pastorales 1980-1987 y despus de los aos dedicados a la educacin (1987-1990) y a la comunicacin (1990-1992), nos centramos en la vigilancia, no por el gusto de cambiar de pgina, sino para volver al 61
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estilo contemplativo del que habamos partido. Estilo contemplativo y vigilancia se dan la mano con el silencio, pues slo en silencio podemos descubrir Quin est llamando a la puerta. Escriba en mi primera carta: El hombre nuevo, como el Seor Jess que al alba suba en solitario a las cimas de los montes (cf. Me 1,3; Le 4,42; 6,12; 9,28), aspira a disponer en exclusiva para s de algn espacio libre de alborotos alienantes, en el que sea posible aplicar el odo y percibir algn atisbo de la fiesta eterna y de la voz del Padre. Todos nos sentimos agredidos exteriormente por un tropel de palabras, sonidos y clamores que ensordecen nuestro da e incluso nuestra noche. A todos nos asedia interiormente un parloteo mundano que nos distrae y despista con mil futilidades (La dimensin contemplativa de la vida). Martin Heidegger, gran filsofo contemporneo, ha escrito que el silencio es la condicin esencial de quien escucha y, por tanto, de quien vigila: A lo largo de una conversacin, quien calla puede "dar a entender algo", es decir, promover la comprensin ms autnticamente que quien no deja de hablar... Pero callar no significa ser mudo... Slo un discurso verdadero hace posible el silencio autntico. Para poder callar, el hombre debe tener algo que contar, es decir, debe disponer de una apertura de s mismo dilatada y autntica. En este caso, el silencio revela y hace que calle la "chachara" '2. Y en la misma carta de La dimensin contemplativa de la vida recordaba una expresin de Clemente Rebora sobre su conversin: La Palabra call mis parrafadas.
B)
12
Para el creyente, vigilar no es simple expectacin de acontecimientos tal vez catastrficos: es esperar a Alguien. Vigilan las diez vrgenes en espera del Esposo (cf. Mt 25,1-13), vigilan los siervos en espera del amo y para ahuyentar la llegada del ladrn (cf Le 12,27-39), vigila el amigo con odo atento a percibir la seal del que est en la puerta y llama (cf. Le 11,5-8; Ap 3,20). Vigilamos porque nuestra vida espera al Seor, porque Dios ha llenado con su palabra el vaco que nos espanta y tratamos de colmar con el ruido. En Jess, Dios no slo se ha puesto en comunicacin con el hombre, sino que se ha comunicado. Dios no est solamente presente en l, sino que es una nica cosa con l. l es, por consiguiente, la palabra total y definitiva (En el principio era la Palabra). En los aos anteriores nos hemos dejado inspirar continuamente, a partir de la segunda carta pastoral (1981), por esta contundente afirmacin del Vaticano II: Desconocer la Escritura es desconocer a Cristo. Acudan los fieles de buena gana al texto mismo: en la liturgia, tan llena del lenguaje de Dios; en la lectura espiritual... Pero recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompaar la oracin para que se realice el dilogo de Dios con el hombre, pues a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras (Dei Verbum, n. 25). Cada vez me convenzo ms de que una educacin a la escucha del Maestro interior pasa por el ejercicio de la lectio divina, de la meditacin orante sobre la palabra de Dios, y no me cansar de repetir que es uno de los instrumentos principales con los que Dios quiere salvar al mundo occidental de la ruina moral que le amenaza a causa de la indiferencia y el miedo a creer. La lectio 63
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divina es el antdoto que Dios ofrece en nuestro tiempo para que superemos el consumismo y el secularismo, y esto favorece el crecimiento de una interioridad sin la cual el cristianismo no superar el desafo del tercer milenio. Pienso que ningn cristiano con un mnimo de cultura y con deseos de hacer un serio recorrido interior puede llegar a decir que no tiene tiempo para leer la Escritura. No lo tendr para leer el peridico, para ver la televisin, para saborear un aperitivo o para seguir las competiciones deportivas, pero s encontrar algunos minutos (al principio diez son suficientes) para dedicarlos a la lectio divina por la noche antes de acostarse, por la maana antes de comenzar el trabajo, en alguna breve pausa a media jornada. Si se aseguran estos tres momentos y se les une entre s con el hilo rojo de la memoria orante del Evangelio del da o del domingo siguiente, se descubrir lo importantes que son para alimentar el espritu. Lo que se pretende con las Escuelas de la Palabra promovidas estos aos es ensear a practicar la lectio divina, ensear a colocarse personalmente ante el texto para orar. Aprender a vivir de la Palabra, a estar en la Palabra, significa aprender a vivir con alegra, con satisfaccin y sorpresa el encuentro con la palabra de Dios escrita, que se convierte luego en encuentro con ese Jess que me est llamando y al que trato de responder. Por eso las Escuelas de la Palabra y cualquier otra forma de lectura orante de la Biblia son un ejercicio de vigilancia, de atencin a Aquel que llama, de apertura del corazn para que pueda encontrar all acogida. C) Cenar con l (Ap 3,20): celebrar la Eucarista a la espera del Seor
venida. Pero esta dimensin de la celebracin eucarstica no est viva en la conciencia cristiana. Prevalecen en ella otros aspectos: memorial de la cruz, convite fraterno y presencia viva del Resucitado. Sin embargo, en los textos eucarsticos del Nuevo Testamento se insiste en la perspectiva escatolgica: Os digo que ya no volver a beber del fruto de la vid hasta el da en que lo beba con vosotros, nuevo, en el Reino de mi Padre (Mt 26,30). Y Pablo recuerda que siempre que comis de este pan y bebis de este cliz, anunciis la muerte del Seor hasta que venga (1 Cor 11,26). En la carta Atraer a todos hacia m (1982), la Eucarista, entendida como centro de la comunidad y de su misin (segn el ttulo del Congreso Eucarstico Nacional de 1983), ha suscitado en nuestro camino pastoral un dinamismo misionero y caritativo. Ahora, la llamada evanglica a la vigilancia puede ayudarnos a hacer de la celebracin eucarstica el lugar decisivo de una comunidad que no tiene su morada definitiva en la tierra, sino que sale en busca del Seor que viene. Dos son, por lo menos, los rasgos caractersticos de una Iglesia que vive la Eucarista vigilando en la espera: 1. El primero es el de ser una Iglesia cada vez ms en funcin de Jess, vuelta nicamente hacia l. Es sugestiva a este respecto la imagen astronmica a la que se referan los antiguos autores cristianos: la relacin entre Cristo y la Iglesia es anloga a la del sol y la luna. La luna recibe toda su luz del sol, y la Iglesia debe transmitir slo la luz de Cristo. Es Cristo la salvacin de todos los hombres, y no es casual que en la celebracin eucarstica, a la aclamacin ste es el misterio de nuestra fe, respondamos anunciando a Cristo muerto, resucitado y esperado. La Iglesia est totalmente relacionada con Jess, es su subalterna. En lo ntimo de la Eucarista, por consiguiente, cada pala65
Cada vez que los discpulos anuncian en la Eucarista la muerte y la resurreccin del Seor, esperan su 64
bra, cada gesto y cada proyecto pastoral de nuestras comunidades debera verificarse a la luz de esta pregunta esencial: Cmo y en qu medida esta palabra, este gesto y este proyecto nos relacionan con el Seor que esperamos? 2. El segundo rasgo de una Iglesia que celebra la Eucarista en la espera, es el de vivir la tensin entre Iglesia y Reino: la Iglesia es el comienzo del Reino, todava no en plenitud. Por eso debemos comprometernos por una teologa de la gloria y al mismo tiempo de la debilidad de la Iglesia. La primera, la de la gloria, est dominada por la certeza de que no vivimos en un tiempo vaco e irrelevante, pues la Iglesia, habitada por el Espritu de Jess, es signo y primicia del Reino. La segunda, la de la debilidad, nos advierte que todava no se ha realizado del todo, que sigue tendiendo hacia el Reino. De ah procede su necesidad constante de reforma y de conversin. Segn el Vaticano II, la Iglesia, aun siendo santa, es imperfecta, necesitada de purificacin, y por eso nunca descuida la penitencia, nunca cesa de renovarse (Lumen gentium, n. 8). El camino ecumnico hacia la unidad plena no puede entenderse entonces como simple retorno de los otros a la Iglesia tal y como ahora se presenta. Ese camino comporta siempre el esfuerzo individual de una conversin que nos haga ms fieles al nico Seor y Maestro. Por eso la Iglesia catlica, sin perder la certeza de ser un sacramento, un signo o un instrumento de la ntima unin con Dios, ha entrado irreversiblemente por el camino ecumnico, como ha puesto de relieve varias veces Juan Pablo II. Una Iglesia vigilante, plasmada por la Eucarista vitico hasta la vuelta del Seor, est en permanente es66
tado de reforma, de purificacin y renovacin. Est herida por las divisiones y pecados de sus miembros 13. Con excepcin de Mara, la Iglesia tiene en su rostro manchas y arrugas y sus hijos estn obligados a luchar contra el pecado y a renovarse continuamente. D) "Bien, criado bueno y fiel (Mt 25,21): hacer fructificar lo que se nos ha confiado
Si el estilo de la vigilancia en los tres primeros programas pastorales se manifiesta sobre todo en una intensa apertura a Cristo y en una orientacin hacia l, que vuelve, en los programas sucesivos se expresa con el compromiso de cuidar lo que se nos ha confiado. En las parbolas de la vigilancia, al mismo tiempo que se nos invita a estar despiertos, atentos a la vuelta del Seor, se nos invita tambin a vigilar la casa, a hacer fructificar los talentos, a proveer de aceite las lmparas, a practicar las obras de misericordia y a cuidar os dones de Dios. El primer don que hay que cuidar es la palabra de la fe, que debe conservarse y transmitirse en toda su integridad y fuerza. Llama la atencin que Pablo, al acercarse la muerte, recomiende urgentemente a su discpulo la misin de tener como norma las palabras saludables (2 Tim 2,2). Estas ltimas exhortaciones del Apstol, afligidas e imperativas ten como norma, hazte fuerte, recuerda, aprtate de ellos, permanece fiel, te ruego encarecidamente (cf. 2 Tim, 1,14; 2,1.8.14; 3,5.14; 4,1) valen para todos los discpulos del Seor a quienes se les confa el depsito de la fe, que deben guardar y transmitir. El compromiso misio-
13 Cf. Congregacin para la Doctrina de la Fe, Carta sobre algunos aspectos de la Iglesia entendida como comunin, Roma 1992.
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ero propuesto en Salida hacia Emas (1983) tiene aqu su fuente. E) "Seor, cundo te vimos hambriento...? (Mt 25,37 ss)
El fruto maduro de la vida cristiana es la caridad. La carta Hacerse prximo (1984), como conclusin de los cinco primeros programas, puede leerse ahora a la luz del camino de la Iglesia de los aos noventa. Frecuentemente se les ha echado en cara a los cristianos que hayan tenido los ojos vueltos al cielo de tal manera que olvidaran la tierra y sus necesidades. Desgraciadamente, la acusacin de alienacin ha dificultado el dilogo entre la Iglesia y el mundo del trabajo. Apoyndose en Marx, se ha considerado que la religin, precisamente en cuanto horizonte escatolgico tensin hacia el ms all, era culpable de no favorecer la justicia y la promocin humana en la tierra. Por eso, no pocos cristianos han tratado en estos ltimos aos de impugnar esta acusacin de alienacin con un compromiso radical de liberacin. Incluso hasta ha habido alguno que ha sentido la tentacin de olvidar las cosas ltimas por considerar que eran tan urgentes e importantes las penltimas (pan, casa, trabajo), que haba que atenderlas antes que a las ltimas. El testimonio evanglico de la caridad debe ser un banco de prueba decisivo de nuestra opcin preferencial por los pobres y de nuestra fe. Considero necesarias tres cosas para vivir la caridad sin caer en formas alienantes y sin que nos haga errar el exceso evanglico de la caridad. 1. Un talante cristiano de laicidad Es importante actuar partiendo de valores cristianos, pero tratando de llegar a gestos que, sin perder en 68
nada su mordiente evanglico, alcancen al hombre en los valores profundos previos a cualquier confesionalidad y comunes a todos los hombres. Hay que manifestar de forma concreta la carga de humanizacin enraizada en la fe en Cristo. Esa carga tiene un origen que no podemos negar sin negarnos a nosotros mismos y sin presumir de algo que no es nuestro (cf. 1 Cor 4,7). Como es puro don de Dios, estamos llamados a comunicarla a todos los hombres a travs de distintos modos y formas culturales. 2. La promocin de las evidencias ticas a partir de la fe
El talante de laicidad se expresa por medio de la promocin de las evidencias ticas, de los valores de fondo en los que hay que basar un consenso de pueblo para las grandes opciones de vida, de solidaridad y de fraternidad. Cuanto ms preparada est la comunidad cristiana a asumir responsabilidades y talantes de vida coherentes con el Evangelio, consiguientemente cargados de fuerza integradora y persuasiva sobre los problemas de la vida humana, mayor ser la eficacia de su oferta de un servicio para la reconstruccin de la comunidad sobre temas ticos. Sin ellos no dispondremos de referencias que nos sirvan para impedir que los procesos econmicos y las nuevas formas de poder puestas a disposicin del progreso cientfico nos lleven a resultados catastrficos. Con otras palabras, la centralidad de la tica comporta que el corazn sea el lugar decisivo de la libertad y del sentido. El corazn nuevo convoca valores universales que se dan entre todos los hombres: la conciencia, la libertad, la bsqueda, el dilogo, la responsabilidad, etc. La fe cristiana no anula ni desfigura ese patrimonio nativo, sino que lo ennoblece y desvela 69
con mayor plenitud. Y entonces es posible un intercambio de reflexiones y de compromisos con cualquier persona que desea sinceramente la verdad, la justicia y la fraternidad. 3. La conciencia "del ms de la caridad Al discpulo del Evangelio se le llama tambin a conservar la diferencia, es decir, a saber manifestar la excelencia de la caridad evanglica, su fuerza escatolgica y no slo su dimensin histrico-social. Recuerdo que en una ocasin dije a los obreros de una industria, preocupados por la grave crisis de empleo, que mi presencia entre ellos era en nombre del Evangelio. Por consiguiente, no para ofrecer una solucin inmediata a los problemas tcnicos cuyo planteamiento correcto corresponde a las distintas realidades sociales implicadas, sino para ser voz del Evangelio. Nos preguntamos: De qu modo se articula este ser voz del Evangelio? Ya he sealado el valor laico de la caridad cristiana, pero debemos mantener su fuerza y originalidad. Precisamente porque procede del misterio, la caridad de la Iglesia es capaz de ofrecer a los programas humanos la direccin, el horizonte, la reserva de energas y la contestacin crtica cuando sea necesario. Para que esta contribucin no resulte superficial o abstracta, se requiere la mediacin inteligente de competencias y habilidades, tcnicas y polticas, ordenadas a plasmar las estructuras de una sociedad compleja, convencidos de sus mltiples interdependencias. En el plano institucional, la diferencia peculiar de la fe se traduce en una participacin solidaria de los cristianos y al mismo tiempo en un excedente de ideales de vida en relacin con la justicia puramente legal, que es indicio y anticipo de 70
relaciones humanas ticamente ms densas y abiertas a un horizonte trascendental. En los aos de la furia nazi, Dietrich Bonhoeffer, pastor evanglico encarcelado y asesinado por oponerse al rgimen, escriba: Slo quien grita por los Hebreos tiene derecho a cantar el gregoriano. Que equivale a decir que, sin un compromiso valiente por la justicia, hasta el culto y la alabanza a Dios terminan en alienacin. La palabra provocadora de Bonhoeffer vale tambin en sentido inverso: precisamente porque el creyente canta su alabanza a Dios, es libre y capaz de gritar en defensa de los ms dbiles. ste es el desafo de la vigilancia cristiana: una comunidad a la espera del Seor, vuelta hacia l da y noche como un centinela, es una comunidad tan libre y pobre que es capaz de convertirse en la voz de los pequeos y los pobres, voz de su hambre de pan y de justicia, de su necesidad de una Palabra que no pasa. F) El fruto en la accin: educar y caminar En esta misma perspectiva, es decir, con el nfasis que provoca este talante de la vigilancia, es til volver a leer lo escrito para el trienio dedicado a la educacin y para el bienio de la comunicacin. El trabajo educativo y comunicativo, cuando se hace con la mirada en Aquel que debe venir, el Seor, est al amparo de una tentacin que padres y educadores conocen muy bien: la tentacin de no saber amar lo suficiente la libertad del otro, hasta el punto de volverse poco a poco intiles. Don Lorenzo Milani, que fue un educador exigente, escribi que el fin ltimo de cualquier trabajo educativo es tratar de que los hijos crezcan ms que nosotros, tanto que lleguen a superarnos. Slo as la vida del maestro se realiza y hay progreso en el mundo. 71
Hay dos figuras en el Nuevo Testamento que expresan mejor que otras esta cualidad de un autntico trabajo educativo y comunicativo: Juan Bautista y Mara de Nazaret, capaces los dos de remitirse al nico Maestro. Yo no soy el Mesas, sino que he sido enviado como un precursor... l debe ser cada vez ms importante; yo, en cambio, menos (Jn 3,28-30). Y la ltima palabra de Mara que nos transmiten los evangelios es casi su testamento: Haced lo que l os diga (Jn 2,5). Si nuestras comunidades, y en ellas los educadores y comunicadores, se fijan en Quien viene, tendrn un corazn vigilante y sabrn siempre y slo remitir al seguimiento del nico Seor. Acaso no es verdad que la tarea educativa y comunicativa se ve a veces comprometida por una concentracin obsesiva en la figura del educador o del comunicador, en sus dotes carismticas, en su leadership, en su capacidad para sugestionar, induciendo fenmenos de mimetismo y de dependencia? Es un tonto, dice un proverbio, quien se detiene a mirar el dedo en vez del lugar al que apunta. He aludido con brevedad a los ltimos programas pastorales porque espero que se recuerden. En cualquier caso, confo a las Escuelas de Formacin de Operadores Pastorales la tarea del recorrido de estos senderos y la demostracin de su coherencia con el mensaje de la Escritura, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y est preparado para hacer el bien (2 Tim 3,16).
El itinerario de la vigilancia no es nuevo en la Iglesia. Fue ya recorrido por aquellos a quienes el Seor hizo caminar antes que nosotros por sus senderos. Por eso debemos mirarnos alrededor y reconocer los signos de la vigilancia, las estacas sealizadoras puestas en los caminos de la Iglesia para que recordemos siempre que estamos en marcha hacia la plenitud del Reino. Voy a recordar algunas de esas seales: la vida consagrada, los gestos y los tiempos de la gratuidad, y algunos momentos litrgicos especialmente significativos para vigilar. A) La vida consagrada
2.
La vigilancia-espera, que califica a la vida cristiana, encuentra efectivamente en la vida consagrada una expresin eminente. Aun teniendo en cuenta la variedad de sus actuaciones histricas y la multiplicidad de las motivaciones inmediatas, la consagracin por medio de la profesin de los consejos evanglicos tiene entre sus motivos fundamentales y ms profundos el de la espera del Seor. En esa tensin la'vida consagrada debe entenderse como una actitud emblemtica de la existencia cristiana, y por consiguiente comn a cualquier estado de vida elegido en el Seor. Ninguna forma de vida cristiana, ni siquiera la ms comprometida en lo temporal, puede renunciar a expresar la espera vigilante de lo escatolgico, de igual modo que ninguna forma de vida cristiana, por muy contemplativa que sea, puede sustraerse al vnculo de la fraternidad eclesial y a algn intercambio operativo de la necesidad humana de solidaridad. No obstante, el estado de vida consagrada, por su propia estructura exterior de decidida renuncia a la familia, a la posesin de bienes y a una carrera autnoma, es por s misma un signo escatolgico, un signo 73
As dice el Seor: Situaos en los caminos y mirad, informaos de los senderos tradicionales, de cul es el buen camino y seguidlo. As hallaris reposo (Jr 6,16). 72
de lo que ser la vida eterna: inmersin en el dilogo de amor trinitario, contemplacin esttica del rostro de Dios, disfrute de una vida buena y feliz con todas las criaturas iluminadas por la presencia del Seor. Segn la doctrina del Vaticano II, el estado de vida consagrada cumple la funcin de manifestar ante todos los fieles que los bienes celestiales se hallan ya presentes en este mundo y testimonia que la vida nueva y eterna, conquistada por la redencin de Cristo, prefigura la futura resurreccin y la gloria del Reino Celestial (Lumen gentium, n. 44). Quienes abrazan animosamente la vida consagrada, deben encarnar a la Iglesia en cuanto peregrina y ansiosa de abandonarse en el radicalismo de las bienaventuranzas. Cada uno se convierte en signo proftico en la medida en que con toda su vida proclama a Alguien que viene. Los consagrados estn llamados, por tanto, a vigilar sobre el don de su especfica vocacin, confiados totalmente en el Seor y en favor de todos. Es providencial que el programa sobre la vigilancia preceda inmediatamente al tiempo de la preparacin y la celebracin del Snodo de los Obispos de 1994 sobre el tema La vida consagrada y su misin en la Iglesia y en el mundo. Al mismo tiempo que doy las gracias a los religiosos que viven en la dicesis de Miln, en institutos religiosos y en institutos seglares, en la contemplacin o en las obras de caridad, les invito a contrastar su programa de vida y a hacer que sea an ms claro su excepcional testimonio a los ojos de todo el pueblo de Dios. No tienen que faltar, por parte de las dems realidades diocesanas, atencin fraterna y apoyo sincero. Deseo que se d mayor relieve a la Jornada diocesana de la Consagracin religiosa en cada Zona, en los decanatos y las parroquias. Tambin recuerdo que recien74
temente me dirig por la radio a todas las religiosas de la dicesis para hablarles de la relacin entre consagracin y vigilancia, teniendo como ejemplo a la Virgen de la Anunciacin. Porque Mara, que recibe el anuncio del ngel, lleva consigo toda la esperanza de los patriarcas y de los profetas, toda la expectacin del pueblo, y el anhelo y deseo del rostro de Dios expresado en los Salmos. Su s es el sello de su esperanza. Ella expresa la esperanza de la Iglesia, el deseo vivo de la humanidad por la venida definitiva de Cristo, el ansia de los cristianos por manifestar la gloria de Dios, su verdad, su justicia y su Reino en el mundo. La esperanza de Mara se ha convertido en la espera amorosa y vigilante de todas las personas que, siguiendo su ejemplo, se consagran totalmente al misterio del Amor. Y conclua con una oracin que quiero repetir, y la dedico no slo a los hombres y mujeres que optan por los consejos evanglicos de pobreza, castidad y obediencia segn las diversas formas reconocidas por la Iglesia, sino a todos los que en el celibato por el Reino profesan la primaca del mundo futuro: Virgen de la Anunciacin, te pedimos que nos ayudes a ser felices en la esperanza; ensanos a vigilar el corazn, danos el amor solcito de la esposa, la perseverancia en la espera, la fortaleza en la cruz. Dilata nuestro espritu para que ante la expectacin del encuentro definitivo tengamos la fuerza de renunciar al bien de una familia propia para anticipar en nosotros y los dems la tierna e ntima familiaridad con Dios. 75
Consigenos, Madre, la alegra de gritar con toda nuestra vida: 'Ven, Seor Jess', ven, Seor resucitado, ven en tu da sin ocaso para mostrarnos por fin y para siempre tu rostro! B) Tiempos y gestos de la gratuidad: el voluntariado
El documento del Consejo Presbiteral dedicado a la vigilancia recordaba que la existencia que hay que vivir en la vigilancia hay que vivirla haciendo fructificar los talentos recibidos (Mt 25,14-30), y de manera ms precisa y definitiva reconociendo y atendiendo al Seor en sus hermanos ms pequeos (Mt 25,31 ss). Los gestos de solidaridad son, por tanto, el fruto maduro de la vigilancia. El tiempo no es ya slo contrato, es decir, un intercambio con beneficios equivalentes o con dinero, sino don. Es el tiempo del encuentro con el lmite y el sufrimiento, el tiempo de la paciencia y la mutua ayuda, el tramo para confrontarse con el rostro del hermano y la hermana ms dbiles sin defendernos con algo ya previsto. El voluntariado exige hoy, sin embargo, una formacin especfica tambin. Que yo me abra, salga de casa y ofrezca comprensin valen si acepto prepararme para la misin que quiero realizar. Asisitir a un enfermo de SIDA, por ejemplo, no es lo mismo que ensear a jugar a los nios o visitar a un anciano enfermo. La formacin debe tener en cuenta especialmente las afinidades electivas entre el sujeto que se ofrece como voluntario y el servicio para el que se ofrece. No todos son aptos para cualquier clase de voluntariado. Hay que tener la paciencia necesaria para reconocer las propias actitudes de carcter, las motivaciones, la 76
capacidad de resistencia y la predisposicin para implicarse. El primer regalo autntico de los voluntarios es entregarse como uno es realmente, no slo teniendo en cuenta el entusiasmo o lo que cree uno ser, lo que cree que puede dar y lo que quiere dar. El segundo regalo es la humildad para aceptar que quien es ms experto que nosotros nos indique las tareas para las que mostramos ms idoneidad. Por eso invito a las comunidades cristianas a dar importancia a la formacin de base y a aprovechar las iniciativas de Caritas diocesana y de las caritas parroquiales, con la invitacin a crearlas donde no las haya. Existe tambin una pedagoga del voluntariado que deben desarrollar las parroquias y decanatos. Adems del conocimiento de las tcnicas para escuchar, acercarse, acoger y ayudar, se precisa una indagacin que tienda a unificar las prestaciones voluntarias con la perspectiva de un sentido en las que deben basarse. Esa perspectiva se seala en el captulo segundo de la carta, en el que se reflexiona sobre la teologa de la vigilancia: la filantropa es un talento importante, pero la caridad es otra cosa, pues tiene su raz en la fe y la esperanza y procede de Dios amor, que tiene tiempo para el hombre y hace significativo para el cristiano el tiempo gratuito. La ltima etapa de la formacin se refiere al sector en el que se desenvuelve el voluntariado midindose con sus problemas, con las personas y con las dificultades externas, pero tambin con las que se pueden presentar inesperadamente dentro de nosotros. Cuanto ms crece el desafo, ms complejas son nuestras reacciones: frustraciones, depresiones, derrotas y sentidos de impotencia que nunca hubiramos imaginado soportar. Pienso en quienes se dedican a seguir a los enfermos de SIDA viendo en ello la metfora del espritu 77
voluntario y, al mismo tiempo, de las energas necesarias en la lnea de la esperanza teologal, El enfermo de SIDA es incurable, por lo menos hasta ahora, y supone una paradoja para la medicina, nacida para curar, y una provocacin para el voluntario que ordinariamente despliega sus energas con el deseo de cambiar la situacin. En esta clase de asistencia y en muchas otras (basta pensar en los enfermos mentales, ancianos crnicos, toxicmanos que vuelven a caer), la realidad objetiva presente no puede ser cambiada. Un posible cambio nicamente se da en el corazn, con el constante aguante de un desaire en el plano de los resultados concretos, la aceptacin del propio lmite y el abandono en la plenitud de vida que Dios dar en su Reino a los pobres (cf. Le 6,20). C) Algunos tiempos litrgicos especialmente significativos La decisin de la Iglesia de comenzar el ao litrgico con el tiempo de Adviento nace de una sabidura pedaggica antigua y profunda. La iniciativa de Dios de visitar a su pueblo y de establecer su morada entre nosotros exige al discpulo un corazn preparado para vigilar. A lo largo de las seis semanas que, segn la tradicin de la iglesia ambrosiana, preparan la Navidad, la liturgia ofrece senderos sugestivos para educarnos a esperar al Seor y acogerlo gozosamente. Sugiero que se utilicen las lecturas de las misas dominicales para subrayar el tema de la vigilancia a la espera del Seor. Pero el momento ms significativo de la liturgia en el que se nos educa a la vigilancia es sin duda la Vigilia Pascual. El Consejo Diocesano de Pastoral aprob a este respecto una mocin que dice: Es necesario que 78
la pastoral haga hincapi en el sentido y el valor de la Vigilia Pascual, la primera de todas las vigilancias, y que sobre este paradigma la comunidad cristiana manifieste, con la participacin autntica en los sagrados misterios, la espera del Seor que viene. El documento del Consejo Presbiteral aade que es preciso recuperar tanto el sentido de la Vigilia Pascual como el de las distintas vigilias que se celebran en la liturgia. Tal sentido no puede consistir ciertamente en instituir y celebrar una espera disociada de la establecida en la misma vida cristiana, sino en sostener y expresar eficazmente esa espera. Celbrese, pues, la Vigilia Pascual como signo de toda una comunidad que vigila y espera, escogiendo bien el horario, favoreciendo un intenso clima de oracin, viviendo la tensin con Cristo el Seor, conforme al ritmo de los grandes smbolos cristolgicos que se encuentran en el centro de las cuatro partes de que se compone (luz, Palabra, agua, pan y vino). Es el centro y la fuente de todos los misterios del Seor celebrados en la liturgia. Tenemos que encontrar, a partir del descubrimiento de la Vigilia Pascual, el gusto de las vigilias como momentos fuertes de oracin en unin con la oracin de Jess en el huerto de los olivos, con sus oraciones nocturnas durante la vida pblica, con las vigilias de los monjes y los religiosos de los claustros, con todos los que velan en los tumos de trabajo, en los hospitales o con sufrimientos de pesados insomnios y angustias solitarias (recordemos a los presos, a los encarcelados, a los secuestrados y a los que no tienen perspectivas para el maana). Jess estar en agona hasta el final del mundo, deca Pascal, lo estar en el sufrimiento de todos los hombres, y la Iglesia se hace compaera vigilante en la agona de sus hijos. No es necesario que la vigilia tenga siempre un ca79
rcter penitencial. En algunas vigilias, como la de Pentecosts, se festeja el don del Espritu Santo y la entrega gozosa de la fe. Pero todas las vigilias se distinguen por cierto espritu de sacrificio, de sobriedad, de perseverancia en la oracin prolongada y de atencin a los sufrimientos del mundo. Animo a las comunidades parroquiales, y especialmente a los grupos juveniles, a repasar su calendario de vigilias, especialmente en los tiempos fuertes, tratando de ver qu se puede hacer para enriquecer a todos los que con buena voluntad participan en estos momentos que purifican y enriquecen el espritu. Habr que tener tambin presente la oportunidad de esos momentos para la preparacin y el ejercicio del sacramento de la reconciliacin, as como para la penitencia voluntaria. En cuanto al domingo, que tiene en el centro la celebracin eucarstica, debe mantener su insistencia original de espera vigilante. Se trata de un momento fundamental de la vida de la comunidad para el que es necesaria mucha atencin pastoral. Considero que siguen siendo actuales e incisivas algunas expresiones de la nota pastoral El da del Seor, de la CEI, publicada en 1984: En su preciso significado cristiano, el domingo es especialmente el primer da de la semana, el una sabbatorum, el da en que Dios recomienza su obra creadora. Es tambin el da del descanso, degustacin previa y prenda del descanso verdadero, ltimo y eterno; el da sin fin, despus del cual no habr un nuevo da: el octavo, el ltimo, el definitivo. El da en que el trabajo cede definitivamente su sitio a la contemplacin, el llanto al gozo, la lucha a la paz. No coartada a la pereza, sino proyecto y esperanza para dar sentido e intrepidez al compromiso de anticipar ya en el presente lo que se contempla y espera como futuro. El cristiano no es un ingenuo, no se 80
engaa creyendo que puede hacer de la tierra un paraso. El cristiano no suea, sino que acta. Y mientras contempla un ideal que sabe que es irrealizable en el presente, no deja de afanarse para que la realidad se parezca a ese ideal. Pero deja para otro da la suerte de introducirlo en aquel mundo, en aquella vida tanto tiempo contemplada, preparada y esperada (n. 20). Recuerdo tambin el carcter importante de vigilia que tiene nuestro tiempo al que alude constantemente el Papa: la llegada del ao 2000, que pide a toda la humanidad, y especialmente a la Iglesia, el compromiso de una nueva evangelizacin, para poder presentar al Seor un pueblo reconciliado en la memoria de su venida a Beln en la espera de su venida en la gloria.
3.
Me parece til recordar tres compromisos especiales que pueden ayudarnos a recordar la vigilancia. A) El cuidado de los enfermos y de los ancianos en dificultad
Estamos llamados a examinarnos, como individuos y como comunidades parroquiales o grupos, sobre las atenciones que debemos a grupos de personas que deben soportar con fatiga el transcurso de su vida, de alguna enfermedad, o la angustia de la muerte. Qu aspectos hemos descuidado y qu iniciativas pueden relanzarse? Cmo conseguir que los enfermos vivan el sacramento de la uncin con los sentimientos de fe y esperanza que pide la catequesis? La enfermedad es una gran llamada a reflexionar sobre los destinos ltimos de la existencia humana. Cuando estamos bien no pensamos en ello, pero la prdida 81
de la salud cambia los proyectos a los que nos llevan el bienestar y el consumismo, y de pronto nos vemos frente a problemas nuevos y a menudo angustiosos. Tenemos para tantos interrogantes como asaltan al enfermo una respuesta adecuada, tempestiva y confortante? Sealo al respecto dos pistas educativas: una para la pastoral juvenil y otra para la pastoral de la sanidad. Si educar a los jvenes de hoy significa ayudarles a tomar decisiones de vida contra corriente, juntamente con la perspectiva de la consagracin radical a Dios por el Reino, incluso en el mbito sanitario, tenemos tambin la de privilegiar, en igualdad de aptitudes, las profesiones de intensa carga humana. Las escuelas de enfermera dirigidas por personal religioso son de mucha utilidad para preparar a las personas a responder a las preguntas importantes de los enfermos. Los ancianos, la tercera y la cuarta edad, ser o volverse anciano, interpelan los tiempos y lugares de la vigilancia. En primer lugar, porque la vejez, en su doble conversin en ancianidad (crece el nmero de los viejos) y en longevidad (crece el tiempo de vida de los viejos), es un lugar y un tiempo censurado, conjurado, alejado del sentir comn y del colectivo imaginario. En la misma neutralizacin del lenguaje (se dice anciano y no viejo) deja de aparecer un tiempo de vida. Hasta sucede que los servicios para los ancianos se convierten en lugares de olvido de s por lo inaceptable de este tiempo del que se elimina cualquier excedente de sentido, lo nico capaz de hacer vivir esa transicin. Hay un triple recorrido de la vigilancia que cabe confiar a una comunidad cristiana que vigila: Recorrido cultural. Restituir dignidad a la vejez como tiempo de vida, concediendo la palabra a la vida de los 82
ancianos, dando voz a su memoria, promoviendo momentos culturales y comunicativos. Recorrido estructural. Buscar en los lugares habituales de la vida y la convivencia las mejores condiciones para el anciano, formando familia con l cuando falta la natural o de origen, mantenindole en su casa, derribando las barreras arquitectnicas, facilitando con oportunas informaciones el acceso a servicios de prevencin, sociales, sanitarios, asistenciales, creando espacios fsicos, afectivos y sociales cuando su situacin est ms expuesta al riesgo del abandono y la soledad. Recorrido funcional. Acompaar a la tercera y la cuarta edad con todas las formas de solidaridad familiares primarias y secundarias y con servicios pblicos o privados de atencin social para que estas personas se sientan vivas. Vigilar para que est garantizada la tutela de la salud en los ambulatorios, en las casas y en las residencias, y para que se pongan en marcha todos los servicios sociales necesarios. La vigilancia de la comunidad cristiana debe seguir promoviendo todas las formas de proximidad: la asistencia, como acompaamiento para acceder a los servicios; la asistencia previsora, social, sanitaria y legal; la asistencia domstica y a domicilio (de enfermera, habilitadora, rehabilitadora, integradora); la asistencia durante el internamiento hospitalario (sobre todo en los casos de soledad y especial gravedad); la asistencia y colaboracin en la hospitalizacin a domicilio; la asistencia y el cuidado, el apoyo y la ayuda en todas sus formas de no autosuficiencia fsica y psquica; 83
la asistencia y la compaa durante la enfermedad larga o terminal (especialmente en casa); la acogida familiar de ancianos solos; los modos imprevistos e imprevisibles de intervencin personal y familiar que eviten la institucionalizacin del anciano; la proximidad vivida y testimoniada del individuo, de la familia y de la comunidad en las situaciones de internamiento de la persona anciana; la proximidad a las situaciones lmite en las que sucede que el anciano enfermo o incurable se convierte en incurable para la sociedad. La genialidad cristiana protege a la tercera y la cuarta edad para que sea un tiempo vivo y no muerto, protegido y no expuesto, de sensatez y no de desesperacin. B) La atencin educativa de los adolescentes
aos) y los que comienzan a proyectar sus derroteros al comienzo del BUP o del COU. Sabiendo que la preocupacin por uno es seal de la preocupacin por todos, trataremos de armonizar los pasos por las distintas etapas con las que se articula el itinerario juvenil hacia una opcin de fe personal, convencida y madura. La profesin de fe de los adolescentes de 14 aos. Estos muchachos que se preparan a la profesin de fe asumiendo por vez primera, y de forma pblica, la responsabilidad del tiempo de su vida con vistas a la eternidad, viven una edad fascinante y difcil. Por tanto, no debe faltarles una atencin especial de la comunidad cristiana adulta. Se ha hecho mucho en la dicesis a este respecto, pero queda mucho por hacer para que sea potencialmente accesible a todos los confirmados un itinerario formativo. Me gustara saber, por ejemplo, cmo se ha utilizado el folleto Hay aqu un muchacho? Qu se puede hacer para llevar a la prctica lo sugerido en Educar todava, donde se dice que hay que asignar a cada chico y a cada chica de la confirmacin un educador que lo acompae hacia la profesin de fe? El camino educativo de los adolescentes de 15-17 aos. Estos muchachos atraviesan un momento esplndido y delicado que, en el contexto de nuestra cultura y de una sociedad fragmentada y carente de valores compartidos, a menudo resulta fatigoso. Conscientes de su desorientacin, tratemos de comprometernos en mantener su generosidad educndoles al don de s mismos. Invito a las familias, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a los educadores y educadoras a desplegar valientemente sus mejores capacidades educativas en trabajos en grupo y a valorar las iniciativas formati85
Hemos dicho que la vigilancia es un talante de vida responsable que sabe atender a cualquier persona. Por consiguiente, no puede faltar en el bienio dedicado a la vigilancia una atencin especfica a muchachos y jvenes, prosiguiendo el esfuerzo emprendido en anteriores programas pastorales. Pido a la pastoral juvenil y a todas las instituciones que trabajan entre los jvenes que sigan elaborando el proyecto educativo, de tal forma que tenga en cuenta las distintas edades y situaciones de los jvenes y los gue a recorrer caminos vocacionales autnticos. En el bienio sobre la comunicacin hicimos hincapi en los jvenes de 18-19 aos y en el modo de recibir de los adultos la fe que debe transmitirse. Tratemos de ampliar el compromiso teniendo en cuenta especialmente la accin educativa con los adolescentes, es decir, con los que se preparan a la profesin de fe (14 84
vas que se proponen aqu y all a los educadores de los grupos parroquiales. C) Vigilar sobre la comunicacin
ayudar al espectador en el anlisis del lenguaje especfico televisivo, como reuniendo a varias familias en una especie de grupo de visin para discutir sobre un programa determinado, una forma de actuar ms humilde pero muy til.
Quiero tambin llamar la atencin brevemente sobre el tema de la comunicacin a travs de los medios de comunicacin social, que fue objeto de la carta pastoral del ao pasado y que deseara se convirtiera en atencin pastoral normal (cf. tambin Aetatis novae, nn. 17 y 20, y Redemptoris missio, n. 37). Se trata de un tema sobre el que debemos vigilar concretamente. Con este fin, invito en primer lugar a los sacerdotes y educadores a tener mucho cuidado y mucha atencin para tratar de descubrir personas competentes que trabajen en el difcil campo de los medios de comunicacin. Tambin invito a todos los centros educativos (seminarios, pastoral juvenil, colegios, comunidades parroquiales, etctera) a buscar itinerarios especficos que formen en el tema de la comunicacin y de los mass media. Exhorto asimismo a los consejos pastorales parroquiales a usar los semanarios diocesanos como instrumentos de trabajo para vigilar sobre la sintona de la accin pastoral local con la de toda la dicesis. En el cuadro ms amplio de los instrumentos de comunicacin de inspiracin cristiana del mbito nacional, cabe recordar el diario catlico Avvenire. Cualquier cristiano que quiera ser protagonista y vigilante en la compleja realidad de hoy, debe sentirse estimulado a usar, y no slo espisdicamente, este peridico. Todos debemos sentirnos comprometidos en el crecimiento y valoracin de ese instrumento. Otro servicio concreto que se podra ofrecer es el de la educacin del lenguaje televisivo con la prctica del teleforum, tanto por medio de expertos que puedan 86
Conclusin. El prximo ao de la vigilancia: el Snodo diocesano Recuerdo, como conclusin, que a este primer ao pastoral dedicado a la vigilancia, en el que pido especialmente una reflexin de fondo sobre el tema y su importancia en la vida cristiana, seguir otro ao en el que nos dedicaremos especficamente al compromiso que aparece ya en el horizonte desde hace algn tiempo: el XLVII Snodo diocesano. Nos estimulan a l, por una parte, las normas de la Iglesia y, por otra, la necesidad de determinar la situacin pastoral despus de los programas anuales que han marcado el ritmo de nuestro camino y piden ahora una ordenacin sinttica capaz de presentar el rostro de nuestra Iglesia en los umbrales del ao 2000. Vendr a ser, por tanto, una realizacin prctica ms completa de la vigilancia. A lo largo del ao se irn dando las orientaciones oportunas para la preparacin del Snodo, que debe ser especialmente un acontecimiento espiritual, una mirada de confianza hacia el futuro a la espera de la vuelta del Seor. As concluir el ciclo de los programas pastorales con la invocacin que une al Espritu y la Esposa: Ven, Seor Jess!.
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De las cosas ltimas no tenemos una experiencia directa. Hablamos de ellas por medio de smbolos, parbolas y proyecciones que parten de nuestra vivencia de la fe y de nuestra experiencia, conscientes de no saber decir adecuadamente lo que las palabras de la fe nos hacen intuir. Ante realidades que nos superan y al mismo tiempo nos urgen, el lenguaje ms evocativo y que ms se introduce en las realidades inefables es el lenguaje de la oracin. No slo la oracin como palabras humanas dirigidas a Dios (pues cada uno de los vocablos estn en ese caso gravados con la hipoteca de la analoga y de la ley del smbolo), sino la oracin como vuelo del corazn, llevado por el Espritu hacia las cosas de Dios. Para estimular ese ejercicio, ofrezco una muestra amplia de textos para orar con ellos: catorce esbozos o rasgos, o bien catorce estaciones de una via lucis o va aeternitatis que pueden recorrerse seguidas o de forma alterna, decidindose por una o por otra segn la orientacin del espritu. Slo son un ejemplo o un trampoln para lanzarse a un encuentro a corazn abierto con el Dios de la promesa eterna, para que nos haga gustar en algo lo inefable y nos encante con las reali-
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dades que nos estn solicitando ya y que un da contemplaremos sin ningn velo. La propuesta tiene forma de oracin-examen de conciencia sobre el tiempo y sobre las distintas vicisitudes que nos hacen pasar de nuestro tiempo al tiempo sin tiempo. Fruto de la oracin ser vivir con amor y paz el breve tiempo de la tierra. 3.
desde el primer instante, pura la intencin que expresa e indefectible el vnculo y la promesa que la acompaan. El don se renueva en cada instante del tiempo, y con l la certeza de que, aunque todos me abandonen, por lo menos me buscas t, soy muy importante al menos para ti.
1.
La filiacin
Padre, s que mi tiempo es hermoso a tus ojos porque soy hijo tuyo. Un hijo buscado con amor, tiernamente concebido y pensado desde un tiempo inmemorial, dado a luz y llamado por su nombre con jbilo festivo. Un hijo muy atentamente seguido, aun habiendo sido confiado a otras manos solcitas. Un hijo buscado en todos sus abandonos, hasta cuando pudo perderse por propia iniciativa. Un hijo generosamente abandonado a su libertad y a la responsabilidad que le hacen ser hombre o mujer.
La tentacin y el pecado
Dios mo, bien sabes que a menudo los acontecimientos del tiempo nos separan de ti. Acontecimientos a veces difciles, al lmite de mis capacidades de querer y entender. Cuando la dureza de lo que acontece me turba, cuando tu aparente distancia me hiere y me vaca, entonces me abandonan las fuerzas y la esperanza se debilita hasta llegar a faltarme. En esos momentos soy muy dbil y fcil a la tentacin. La tentacin de ceder a la angustia del tiempo que se me escapa, cuando la imagen de un final que se cierne inexorable prevalece sobre la de la conclusin que se acerca. En lugar de enfrentarla y vencerla, siento la tentacin de ahuyentar la angustia con un cuidado obsesivo de mi cuerpo, huyendo de la pobreza y la enfermedad del otro, aturdidos los sentidos y endurecido el corazn. Nada veo ya detrs de mi nacimiento, nada decisivo en la vida y tampoco descubro nada ms all de mi muerte.
2.
La eleccin
Padre, s que el tiempo que me das es un don sincero y que se convierte a todos los efectos en mi tiempo. Rasgo pequeo, pero indeleble e irrepetible, de una existencia personal que atraviesa la vida del mundo T la reconoces entre mil con tu mirada infinitamente lmpida y profunda. Por ms pequea, dbil y endeble que sea la lnea del tiempo que mi huella recorre, es slido e indestructible el valor de su signo
4.
El resentimiento Dios mo, bien sabes que esta angustia depende tambin del temor
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de perder el bien que he recibido y tal vez donado. Lo grave de mi descarro casi siempre se debe a la pecha de que t no tengas tiempo para m, de que en modo alguno haya un tiempo infinito al que ansie acogerme. Todo esto me deja incierto sobre el tiempo que ahora dedicas y dudoso al final sobre la calidad del don recibido. El resentimiento, agazapado a mi puerta, oscurece los signos de tu bendicin y de tu promesa. Hasta me siento amenazado y perseguido por la mirada que me diriges. La perspectiva de tu venida se une a la imagen de la desventura, y te oigo llamar a mi puerta con los golpes duros y graves de la muerte anunciada. 5. Reconozco mi culpa Seor y Dios mo, bien sabes que entonces, desconfiando de ti, comienzo a malgastar el tiempo que me das en lo que vale menos que el amor autntico y dura menos que la vida. Mi tiempo es entonces frentico y vaco, me vuelvo avaro del tiempo que me das para otros y malgasto el tiempo que encuentras para m. Mi mirada se vuelve pequea y egosta, fra y calculadora. Aun cuando resisto, tal vez por ser un vil, a los golpes ms graves, hago ms pesado el tiempo de la vida humana con la mezquindad premeditada de mi forma de sentir, y hasta incluso de creer, de esperar y de amar. Las opciones, entonces, las regula la conveniencia y no el descubrimiento de tu entrega. Y dejan amplio espacio a esa cuota de arrogancia, de arrivismo y de hipocresa que permiten que exprima al tiempo que se me da todo el bienestar de que soy capaz.
g.
6.
Arrepentimiento
Dios mo, sabes lo dbil y poco preparado que estoy para usar bien el tiempo. No te fes mucho de mi resistencia a la tentacin, no me dejes mucho tiempo expuesto a la prueba. Porque yo quiero sinceramente bendecir tu nombre, deseo realmente entrar en tu Reino, estoy seguro de que tu voluntad es el cumplimiento de mi bien. Creo de todo corazn que t conservas las cosas buenas para las que consigo encontrar tiempo, con el fin de que no se pierdan. Y que ests dispuesto a disculparme por el tiempo que he perdido en el instante en que consigo vencer el miedo y confesar mi culpa. Cuando te dedico el tiempo que me confas, y lo arriesgo para ir en socorro de la carencia de mi hermano, s que el tiempo se enriquece hasta cien veces, ya desde ahora, con lo que mucho se me perdona. Y cuando por fin reconozco la estupidez de mi culpa y me vuelvo arrepentido hacia ti, Padre, no encuentro ni sombra de tu resentimiento, y s la tenacidad de tu fidelidad. Descubro que mi tiempo perdido fue para m el tiempo de la espera y el tiempo inesperadamente encontrado es de pronto el tiempo de la fiesta.
7.
La justicia de Dios
Seor, es verdad que el Evangelio de la justicia de Dios es mi apoyo y mi consuelo.
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Mi incredulidad teme tu juicio, pero la fe que me das con tu amor diluye en la esperanza cualquier angustia de mi alma. La certeza de que slo t tienes la ltima palabra sobre las inclinaciones verdaderas de mi corazn, me conforta. La limpidez de tu mirada me tranquiliza, la comprensin de tu mente me asegura, la humanidad de tu modo de compartir me da la paz. Es hermoso pensar que en el fondo de esta parbola de Iniciacin a la vida eterna que me has destinado, tu mirada infalible y segura har fermentar la conciencia hasta su verdad infinita haciendo que nos sea accesible en cualquier direccin y permitiendo que entendamos y apreciemos el valor de todos los gestos, palabras, smbolos, afectos y vnculos.
con perfecto dominio sobre la libertad de las cosas y la absoluta diferencia del bien y del mal. As la dignidad de la existencia que nos has dado se conserva intacta y la obsesin del prejuicio humano de una debilidad sin remedio est lejos para siempre. Nadie est condenado a su propia debilidad, ni a nadie le premia la astucia de su prevaricacin, como sucede entre los hombres.
9.
Purgatorio
8.
El juicio
Verdaderamente, Seor, tu juicio nos libera del peso de cualquier malentendido insuperable, de cualquier consideracin parcial, de cualquier perspectiva limitada. Nadie, ni siquiera las personas que ms nos han amado, puede reconciliarnos totalmente con la verdad de nuestro corazn. Tampoco a las personas que ms amamos podemos nosotros asegurarles la alegra de una comprensin perfecta, de una estima total. Pero la seal luminosa de tu amor es el gesto que brinda a nuestra entrada en el tiempo infinito de la vida la forma de la eleccin, quitndonos tambin el peso insoportable de tener que pro nunciarnos
T sabes, Seor y Padre mo, que quiero abandonar en ti mi vida y mi muerte, como Jess. Porque t eres la pureza absoluta, la luz que ilumina los rincones ms oscuros de mi corazn, los rincones que no se abren a ti con la vigilancia, que siguen estando prisioneros del tiempo y de la frustracin. As, despus de la muerte, todava me dars algn otro tiempo misterioso distinto del terreno para realizar en m, plenamente, el nombre nuevo que me diste desde siempre, la condicin de hijo, la nica que me permitir llamarte mirndote a los ojos Padre. Voy en paz al encuentro con este tiempo de purificacin, sin angustia, sabiendo que me amas, con el nico deseo de presentarme a ti con el vestido blanco de bodas. Voy al encuentro con alivio porque me libra de la obsesin de una perfeccin absoluta, abandonndome yo mismo y lo poco que he hecho y lo mucho que dej de hacer en tu amor purificador.
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10.
Infierno
Realmente, Seor mo, no me resulta posible pensar en ninguna razn vlida para rechazar tu Evangelio. No consigo ver un tiempo ms perdido que el que empleo para resistirme a l. Las seales de su Verdad son sencillas, transparentes, al alcance de todos: los ciegos ven, ios cojos caminan, se libera a los prisioneros, se redimen los pecadores, se les anuncia a los pobres la buena noticia. No puedo imaginarme a nadie que se sienta desilusionado, por muy herida, equivocada y marginal que pueda aparecer su vida a sus propios ojos. A no ser que exista un ser humano que, hasta el ltimo momento, se resista con violencia ante la idea de que t tengas tambin un tiempo para otro a quien l no ama, que se oponga con rabia a la posibilidad de tener que compartir los bienes de la vida con aquellos a quienes t llamas a la existencia, que considere que no hay salvacin en ti ni redencin ni perdn. A no ser que un hombre o una mujer no quieran en modo alguno dejarse persuadir ante el cuadro de tu Hijo, inocente y muerto, y encuentren en ello motivo de desafo al Espritu Santo contra toda posibilidad de demostrar en algn sitio y en algn tiempo la diferencia radical entre el bien y el mal. Perspectiva terrible, por encima de todas, porque en la conciencia que se deje plasmar con ese pecado todo resquicio se cierra y todo tiempo est perdido. Me doy cuenta de que hay algo terrible en las consecuencias de esa intolerancia e incredulidad. Sin embargo, cada da advierto los signos dramticos
de esta perversa espiral: en la avidez que requisa los bienes de la tierra, abusa del poder y la riqueza y condena de muchos modos a los dems a la muerte con razones que son un pretexto. Razones y pretextos que saca, para justificarse, de donde sea: de la historia y de la ciencia, de la poltica y de la economa, de las filosofas y de las religiones. Razones y pretextos que sirven, como las piedras de las tumbas, para cerrar el corazn dentro de un sepulcro de soledad. Seor, que no quede yo confundido eternamente! Yo s, Dios mo, que fu justicia es e) principio mismo de la diferencia radical entre el bien y el mal y que su firme custodia es proteccin y rescate de todo amor herido, de toda debilidad engaada. Tu tiempo, Seor, es el tiempo en que la diferencia entre el bien y mal, lo santo y lo obsceno, lo bello y lo horrendo, se afirma en favor del hombre. En cambio, cualquier tiempo dedicado a negarte es extrao a tu justicia y a la realizacin de nuestro deseo. Est destinado a ser, en el espritu y en la carne, un tiempo duramente herido por un deseo abrasador que queda lejos de su cumplimiento. En l est infinitamente representada y repetida la propia figura de la muerte que nos asusta, la que las Escrituras llaman segunda muerte. Es el tiempo de una existencia infinitamente perdida que a nadie cabe desear. Lbranos, Seor, de la segunda muerte!
11.
La esperanza
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resistiendo toda sabidura falsa, toda prevaricacin de las potencias. S que tu solicita inspiracin nos convence de la esperanza y tu energa esplndida nos levanta de cualquier postracin. Mi corazn se alboroza pensando que la dignidad del hombre y la belleza del mundo son objeto de tu obstinada fidelidad y de tu cuidado inagotable. Confo en la fuerza de tu proteccin y con temor y temblor espero en el poder de tu rescate para el tiempo del hombre y de la mujer. He aprendido de ti que un tiempo libre del mal y protegido del maligno se hace accesible para cada uno slo por el amor y la fidelidad que lo acompaa. La cualidad de la vida que ah se nos abre la decide la apertura del corazn a tu sabidura. S que ese tiempo est cerca, que est aqu. Ya ahora nos apremia afectuosamente en la contemplacin de tus signos: en el regocijo que acompaa a cualquier derrota del mal, en la firmeza que vence a la prevaricacin, en la ternura que se inclina a cualquier debilidad. En la experiencia del Hijo crucificado que se repite para todos aquellos que son perseguidos a causa de la justicia y en la certeza del Resucitado que se transmite por obra de los discpulos que edifican la Iglesia, encuentro una confirmacin decisiva. La multiplicacin del mal no tiene futuro, la mediocridad interesada no tiene esperanza de poder prolongar su supervivencia a costa de los puros de corazn, de los creadores de paz, de los apasionados por la justicia; y con ella, todo egosmo religioso cerrado en su propio privilegio, todo clculo poltico cerrado en el propio dominio. Todo esto debe consumarse en el fuego de la ira de Dios, en la incandescente pureza del amor crucificado de Jess.
Yo s, Seor, que el pueblo de las bienaventuranzas y la hilera de los testimonios fieles se vern finalmente resarcidos del tiempo de las lgrimas, y t sers todo en todos, en la plenitud del Reino.
12.
La muerte corporal
Reconozco, Seor, que la duracin de mi condicin mortal est gravada con la separacin maligna que se produce en la incredulidad entre nuestro tiempo y el tuyo. Y s que esta separacin se refleja en la angustia con que transcurre el tiempo que cada uno de nosotros trata de tener para s mismo. La melancola del tiempo inexorablemente pasado es hija de la incredulidad y madre de la desesperacin. La muerte se presenta entonces y slo entonces como una demostracin de la inutilidad del tiempo del amor. Los golpes con los que el dolor llama a la puerta de casa se convierten en signos de un destino implacable que asigna a la muerte la ltima palabra. La nostalgia del tiempo perdido se transforma en una enfermedad que hace crnica la prdida de cualquier sentido del tiempo.
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Pero si yo, Seor, aplico el odo y aprendo a discernir los signos de los tiempos, oigo claramente las seales de tu confortante presencia en mi puerta. Y cuando te abro y te acojo como husped cautivador en mi casa, el tiempo que pasamos juntos me da seguridad. En tu mesa comparto contigo el pan de la ternura y de la fuerza,
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el vino de la alegra y del sacrificio, la palabra de la sabidura y de la promesa, la oracin de la accin de gracias y del abandono en las manos del Padre. Y vuelvo a la tarea de la vida con indestructible paz. El tiempo pasado contigo, comiendo o bebiendo, es un tiempo arrancado a la muerte. Ahora, aunque quien llame sea ella, s que sers t quien entre: ha terminado el tiempo de la muerte. Tenemos todo el tiempo que queramos para explorar danzando las huellas iridiscentes de la Sabidura de los purificados. E infinitas miradas de entendimiento para saborear su belleza.
NDICE
PREMISA:
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INTRODUCCIN
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La vuelta de Cristo
Jess, t que viniste al mundo naciendo de la Virgen Mara, t que a cada instante vienes a mi vida y a la vida de cada hombre y de cada mujer, t que llamars amorosamente a mi puerta tambin en el momento de la muerte, un da volvers para dar por terminado este tiempo que estamos llamados a vivir como precioso don de Dios, anticipo y preludio de la bendicin eterna. Haz que podamos desear el da de tu vuelta, cuando la finitud de la creacin deje el sitio a nuevos cielos y nueva tierra y estemos todos juntos en la bienaventuranza infinita de la Trinidad santa. Por siempre. Amn. Miln, 6 de agosto de 1992 Fiesta de la Transfiguracin del Seor
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La resistencia a ultranza: desafiar el tiempo con la ostentacin del tener y el hacer La evasin resignada: anestesiar el tiempo con el culto de la negligencia y de la transgresin Vigilar: estar atentos y tener cuidado ...
DIOS TIENE
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Dios vigila el tiempo del hombre y se preocupa de l 2. Dios viene en nuestro tiempo 3. Llamados a tener tiempo para Dios: Lzaro, sal fuera! (Jn 11,43) 4. Llamados a tener tiempo para Dios: las doce horas luminosas (cf. Jn 11,43) ....
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5. La esperanza 6. Vida y muerte a la luz de Cristo y de su Pascua 7. Los otros novsimos a la luz de la Pascua 8. Qu podemos esperar para esta tierra? 9. La conversacin celestial
VIVIR EL TIEMPO PRESENTE A LA ESPERA DE SU VENIDA
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Bien, criado bueno y fiel (Mt 25,21): hacer fructificar lo que se nos ha confiado E) Seor, cundo te vimos hambriento...? (Mt 25,37 ss) F) El fruto en la accin: educar y caminar 2. Los signos de la vigilancia A) La vida consagrada B) Tiempos y gestos de gratuidad: el voluntariado C) Algunos tiempos litrgicos especialmente significativos 3. Tres realizaciones diocesanas de la vigilancia A) El cuidado de los enfermos y los ancianos en dificultad B) La atencin educativa de los adolescentes C) Vigilar sobre la comunicacin
ORACIN-EXAMEN DE CONCIENCIA SOBRE EL TIEMPO ..
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Discernir lo ltimo y lo penltimo: una tica de la vigilancia Vivir los das ferales con corazn de fiesta: la espiritualidad de la espera .... Por una asctica de la vigilancia Una tica de la responsabilidad Algunos mbitos de la vigilancia Por una pedagoga de la vigilancia La responsabilidad de las profesiones La Iglesia, pueblo de los peregrinos de Dios: la constante reforma y su alimentacin en la liturgia
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ITINERARIOS DE LA VIGILANCIA
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El tema de la vigilancia en los programas pastorales precedentes A) Estoy llamando a la puerta (Ap 3,20): reconocer la primaca de Dios B) Si alguno abre la puerta (Ap 3,20): acoger la Palabra que viene C) Cenar con l (Ap 3,20): celebrar la Eucarista a la espera del Seor
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