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Fiesta de Pascua en Santiago 1900

El documento describe una escena de la noche de Navidad en Santiago de Chile a comienzos del siglo XX. Un grupo de jóvenes de la alta sociedad disfrutan de las festividades en la Avenida de las Delicias, comprando flores, juguetes y comida. Un joven llamado Angel Heredia se les une y demuestra sus habilidades ganando un juego. Se presenta a Gabriela Sandoval, con quien parece haber un interés romántico previo.

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Fiesta de Pascua en Santiago 1900

El documento describe una escena de la noche de Navidad en Santiago de Chile a comienzos del siglo XX. Un grupo de jóvenes de la alta sociedad disfrutan de las festividades en la Avenida de las Delicias, comprando flores, juguetes y comida. Un joven llamado Angel Heredia se les une y demuestra sus habilidades ganando un juego. Se presenta a Gabriela Sandoval, con quien parece haber un interés romántico previo.

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CASA GRANDE

VIDA Y SOMBRA
A1 fin hombre nacido De niujer flaca, d e miserias Ileno, A breve m d a como flor traino, De todo bien y de descanso ajeno, Que como sontbra vana, Huye d l a tarde y nace B l a maiiana.
DON

FRA~VCISCO DE QUEVEDO -VILLEGAS. 1

Li6i-o de fob

3
uida en Chile

KS PROPIEDAD DEI, AUTOR.


, -

P R I M E R A PARTE
SOXATA DE PRIMAVERB

I
Alegre, como pocas veces, llena de animaci6n y de bulla, se presentaba la fiesta de Pascua del afio de gracia de 190. . . en la muy leal ;y pacifica ciudad de Santiago, un tanto sacudida de su apatia colonial en la noclie clisica de regocijo de las viejas ciudades espaiiolas . Corrian 10s coches haciendo saltar las piedras . Los tranvias, completamente llenos, con gente de pie sobre las plataformas, parecian ani110s luminosos de colosal serpiente, asomada ti la calle del Estado . D e todas las arterias de la ciudad afluian rios de gente hacia la grande Avenida de las Delicias, cugos irboles eleraban sus copas sobre el paseo, en el cual destaca5an sus manclias blancas 10s m&rmoles de las esttituas. Y como en Cliile coincide la Noche Bueiia con la primavera que concluye y el verano que comienza, se deslizaban bocanadas de aire tibio bajo el dose1 de verdura esuberante de

-810s arboles. L a alegria de vivir sacude el alriia con soplo radiante de sensaciones nuevas, de aspiraciones inf ormes, abiertas como capullos en esos momentos en que la saria circula bajo la vieja corteza de 10s &boles. El rio de geiite Iaumentaba hasta formar mgsa compacta en la Alameda, frente A San Francisco. A lo lejos se divisaba las copas de 10s olmos envueltas en nubes de polvo luminoso y se oia inmenso clamor de muchedumbre, cantos en las imperiales de 10s tranvias, gritos de rendedores ambulantes : -i Horchata bien heliia! -iClaveles y albahaca pB la nifia retaca!. . Aumentaban el desconcer tado clamoreo muchachos pregonando sus peri6dicos ; un cor0 de estudiantes agarrados del brazo entonando L a Mascotta ; gritos de chicos en bandadas, como pAjaros, 6 de nideras que 10s llamaban a1 orden; ese rumor de alegria eterna de 10s veinte afios. Y por cima de todo, 10s bronces de una banda de m k i c a militar rasgaban el aire con 10s compases de Tanhauser, dilatando sus notas graves entre chiilidos agudos de vendedoras que pregonaban su mercaderia en esa noche en que un costado entero de las Delicias parece inmensa feria de frutas, flores, hollitas de las monjas, tiendas de juguetes, salas de refresco, ventas de todo jhnero . Cada tenduclio, adornado con banderolas, galiardetes, faroles cliinescos, linternas, flecos de papeles de colores, rarnas de drboles, manojos de albahaca, fiores, tiene su sello especial de alegria sencilla y campestre, de improvisacibn riistica, como si la ciudatl, de repente, se transformara en campo con 10s varios olores silvestres de las civilizaciones primitivas, en medio de las cuales se destacara sGbita la nota ele

gante y la silueta esbelta de alguna dama de gran tono confundida con estudiantillos, nifieras, sirvientes, hombres del pueblo, modestos empleados, en el regocijo universal de la Noche Ruena. -iClaveles y albahaca pg la nifia retaca!. . . Y sigue su curso interrumpido el i-io desbordado de la muchedumbre bajo 10s altos olmos 37 las ramas cargadas de farolillos chinescos, entre la fila de tiendas riisticas, cubiertas de piriimides de frutas olorosas, de brews, de duraznos pelados, damascos, melonci110s de olor. Las tiendas de hollitas de las monjas, fiprillas de bai-ro cocido, braceros, caballitos, ovej as primorosamente pintadas con colores vivos p dorados tonos, atraen grupos de chicos. iQu6 bien huelen esos ramos de claveles p de albahacas! Talvez no piensa lo mismo el pobye estudiantillo que evtruja su bolsa para comprarlo A su novia, h quien acaba de ofreckrselo una florista . L a muchedumbre sigue anhelante, sudorosa ,apretados unos con otros, avanzando lentamente, cambiando saludos, llamhdose 6 voces 10s unos 6 10s otros, en la confusicin democritica de esta noclie excepcional. Poi* sima de todo vibran 10s cobves de la fanfarra militar . . . &ora suenan taeando A revienta bombo el can-cbn de la Gran Duq~iesa~. .. Seria cosa de 13s once de la noche cuando se detuvo un LVis-h-vis,tirado por magnifico tronco de hackneys, frente a1 6ralo de San Martin, en la Alameda. El lacapo abri6 rhpidamente la portezuela por la cual se desliz6 fina pierna cubierta con media de seda negra, un piecesito encerrado en zapatilla de charol y una mano pequebisima que alzaba la falda de seda clara. Luego, A la luz de 10s faroles nikelados, se dibuj6 el contorno de primorosa criatura que pare-

cia de porcelana de Sajonia. E n pos de ksta, otra hermosisima joiTen, alta de cuerpo, de lineas esbel tas y mbrbidas, cabellos rubios y expresiva fisonomia descend% lentamente. D e u n salto se dej6 caer la tercera, pues, habia observado cierto grupo de pie junto Q 10s &-boles. Apenas abandonawn el carruaj e, acompafiadas de unos caballeros, dirigikronse, en grupo, ii unirse con la masa formidable que en esos instantes invadia el paseo. Todas charlaban ii u n tiempo, con la voz Clara ~7 fresca de 10s veinte afios, y esa instintira sensaci6n de las alegrias de la vida, propias de aquellos para quienes no existen contratiempos ni durezas, ni amarguras, sino el camino llano y c6modo del lujo, de todos 10s lialagos de la riqueza y de la posici6n social. El gi-upo de j6venes y nifias se introdujo de lleno en la muchedumbre del paseo, en la cual se divertian p mesclaban camareras, obreros, comerciantes de menor cuantia, empleados modestos, gente de clase media, militares y campesinos de manta. Kn tan revuelt a confusi6n, sin embargo, sabian conservar el porte de gran tom, el perfume aristocr6tic0, el n6-sk-que refinado 6 inimitable que constituye la fuerza y la esencia de las clases socjales superiores-esencia tan perdurable y poderosa que no lian sido parte Q horrarla ni las sangrientas sacudidas de la revoluci6n francesa, ni las guerras civiles, ni el avance de la democricia, ni las invaciones omnipotentes del dinero . Dos 6 tres j6venes se acercaron Q ellas sombrero en mano y despuks de saludarlas, continuaron en marcha con el grupo . Dirigibronse alegremente & la parte de las ventas situadas frente Q la calle del Peumo e detenian junto Q cada puesto, comprando de cuanto veian: flores, ollitas de las monjas, chocolates, fru-

- I1 tas, toda suerte de baratijas, con algazara. charlas y exclamaciones varias . Julio Menendez, adquiri6 una gran mufieca rubia, con traje y sombrero de gaza, que pus0 en brazos de Pepita Alvareda, como regalo de Noche-Bbena, especialmente enviado por 10s Reyes Magos-el novio de Pepita se llamaba entonces Baltazar. Se resolvi6 de comlin acuerdo, bautizar la mufieca en casa de las Sandoval, una vez terminada la Misa del Gallo. -Deseo, Pepita, que usted imite ti esta mnfieca en la constancia. Fijese usted. P a r a que varie, en algo, es menester moverle brazos y cuello, sin lo c u d se queda siempre fija, cualidad que ti usted le falta. Adem& la mufieca es discreta p habla poco, -Ciillese ; usted es digno de figurar en el Circo en compaiiia de 10s elefantes sabios de la Princesa de Mairena.-replic6 Pepita con el ligero ceceo hahitual en ella. El grupo sigui6 poi- la corriente, liasta dar con una tienda en la cual, por unos cuartos se arrojaba pelotas A la boca de leones de e a r t h , y se tiraba con flechas a1 blanco. -Dkj eme arrojar una, A la boca de esa fiera . . . dijo Magda: en la nariz se parece A illenendez. -i Callate, Nagda, interrumpi6 su liermana Gabriela . &lira, no seas tan incliscreta . . -Bueno, hija, bueno. replic6 la otra. E n torno de aquel brillante grupo se habia tormado un oacio. L a multitud admiraba 10s trajes elegantes y 10s sombreros de paja adornados de plumas por algun modisto parisiense p las fisonomias exangizes, pAlidas y ankmicas en pos de una larga temporada de bailes de invierno; la distinci6n de movimientos de aquel grupo f emenino. Los j 6venes, con sombreros

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de paja y smocking, encendido el cigarro habano, arrojaban pelotas B la boca de 10s leones sin dar en el blanco. En ese instante acababa de abandonar su victoria un apuesto muchacho de hasta veinticinco afios de edad, alto de cuerpo, de musculatura vig-orosa, ojos negros, cabello ligeramente crespo, tez morena y sonrisa abierta y franca. NotAbase algo lento y como calculado en su andar, B la manera de 10s animales felinos, en tanto que su pupila, B ratos dejaba caer fulgores f osforescentes, produciendo en el Animo extrafia impresi6n de fuerza mezclada con languidez, de energia aterciopelada, de audacia tiniida, de algo encubierto y velado. El mozo rompici por entre la multitud repartiendo codazos y empujones, sin considevaci6n alguna, ni dbrsele un ardite las protestas de las victimas, como si en 61 revivieran 10s impulsos de antiguos conquistadores 6 encomenderos nbuelos suyos, por instinto atbvico. Acerc6se a1 grupo que tiraba las pelotas b la boca de 10s leones y lo salud6 con ligera sonrisa. --Ustecles sirven para maldita de Dios la cosa. . . les dijo . . . Y cogikndo el canasto lleno de pelotas, las arrojd con hahilidad y tjno pasomoso, una por una, ii la boca de 10s leones, sin perder un solo tiro. Otro tanto him con las flechas en el blanco. El grupo le aplaudi6. Entonces el joven, en voz baja, pidi6 el duedo de la venta una botella de champagne. Y se inclin6 respetuosamente, solicitando ser presentado B las j6venes que le recihieron con el franco shake-hand usado en nuestra sociedad de buen tono.

- I3 ill saludar B la hermosa joven rubia, baj6 la vista ligeramente ruborizado, en tanto que ella palidecia. -Angel Heredia. -Gabriela Sandoval. . . > > Era que desde hacia tiempo se conocian, sin saber sus nombres . i Acaso esistia entre ambos alg6n flirt, 6 como tan expresivamente se dice entre nosotros, un pololeo, recordando el zumbar in6til del insecto que se acerca 6 se aleja, haciendo resonar en el racio leve rumor de alas que nada significa? S a d i e hubiera podido afirmarlo con visos de verdad. La primera vez que ella le habia divisado, lo recordaba perf ectamente, Iiabia sido con motiro de una fiesta solemne, la de su primera comuni6n. A pesar de sus doce afios tenia cuerpo alto y esbelto, excesivamente crecido para ser tan niiia. Sus hermosos cabellos rubios le caian en largas trenzas. El brillo intenso de sus ojos negros contrastaba con aquel hermoso color rubio de Venecia, propio de las virgenes del Tiziano. Gabriela avanz6 con paso trkmulo hasta la verja de hierro, en donde recibi6 la comuni6n de mano del sefior Arzobispo, en el encantador y min6sculo templo de las Monjas. Y luego, cuando volvia ii su asiento, con el cirio de luz pajiza y trkmula en la mano, y el alma transportada ti las regiones misticas, en donde habitaba con sus contemplaciones 6 menudo, sinti6 que su vista se iba, sin saber ella c6mo, en fuerza de sugesti6n extraiia, B uno de 10s rincones en donde se agrupaban 10s j6venes parientes de las heroinas de la fiesta. Alli diris6 su primo, y mAs lejos, ii u n hermoso joven, alto, de cabellera crespa, grandes o j os negros, cuya miradrt ejercia sobre ella irresistible poder de atrace& en tanto que por sus labios vagaba sonrisa levemente sard6nica. Era una fisonomia perturbadora y enig-

- 14 inhtica, en la cual, ii ratos, dominaba sello melanc6lico de profunda tristeza, que atraia, p B ratos, mueca ir6nica de crueldad premeditada, de frialdad agresiva, que alejaba. Todo eso lo sinti6 Gabriela desde el primer instante en que se clavaron snbre ella aque110s ojos desconoeidos como 10s del lialc6n sobre su presa. i L e gustaba? ile era, poi- acaso, antip&tico? No hubiera podido decirlo. Solo recordaba el haber recibido impresi6n extraiia . N o podia separar sus ojos de 10s ojos de aquel joren. Luego, se habia reprocliado B si misma semejante distracci6n en liora tan solemne. A su entender, habia revestido las proporciones de pecado la mirada profana dada por ella, con delectacih casi amorosa, en el propio instante en que acababa de recibir el cuerpo de su divino Redentor con la liostia consagrada. Y la ola de arrepentimiento, de amargura, de disgusto para consigo misma, habia tomado proporciones desmedidas en el alma de la niiia, liasta ser de todo punto insoportable. Se cuey6 perdida, las puertas del cielo cerradas para ella. Y mientras el mundo giraba en su cabeza, pr6xima a1 desvanecimiento, por las emociones del dia, el estado nervioso y el dolor agudo de sus escr~pulos de sus y imaginaciones, un suspiro ronco, 6 manera de gemido, la hizo volver la cabeza. Pudo contemplar, entonces, un especticulo extraiio: el joren aquell se inclinaba, con la frente a1 suelo, extendidos 10s brazos como si su a h a entera se prosternara en supremo anonadamiento ante la infinita belleza y poderio de Dios. Era, el suyo, a1 parecer, espiritu mistico, de aquellos &res aislados, superiores y solitarios que nacen y viven para el amor divino; naturalezas hechas para contemplaci6n y ensuefio en que el s6r parece corno suprimido y desvanecido Iiasta confundirse en el

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Amado, como Santa Teresa. Transcurrieron algunos afios de esta escena inolridable, sin que volriese A ver a1 joren. Habia salido del colegio, tenia ya dicinueve cumplidos, y cuarido se presentaba en 10s primeros bailes, mui-niullos de admiraci6n acogian su explkndida y opulenta belleza nibia, su esbelto y espigado ciierpo, su mirar suavisinio, y aquella SU encantadora expresi6n de bondacl y de grar-e prudencia irnpresa en su boca de labios un tanto gruesos y entreabiertos . Los j6venes la asedixron, llenando su cartera de baile, hasta disputarse la initad de 10s paseos, y giros de bostbn, de T w - s t e p 6 de Washington - Post. Mahia sido marcha triunfal la s u p , er, la rida miind a m . Rica, de hermosura explkndida, de raza distinguida, Gabriel a Sandoid y Mvarez pertenecia : i una familia antigua, ilustre en tiempo de la Colonia, La sociedad chilena se compone de oligarquia mezclada con plutocracia, en la cual gobiernan unas cuantas familias de antiguo abolengo unidas & otras tie gran fortuna, trasmitihdose, de padres A hijos, junto con las haciendas, el espiritu de 10s antiguos encomenderos 6 sefiores de horca y cuchillo que dominaron a1 pais durante la conquista y la Colonia come sefiores soberanos. Gabriela, junto con el sentimiento instintivo de superioridad social, templado por si1 bondad p sit modestia ingknitas, liabia recibido educaei6n refinada, hablaha franc& como parisiense, era mlisica, y tenia hAbitos de lujo de princesa, que todo lo pide sin avevicsuar nunca precios. Todo eso contribuia. desde el rl primer momento, .A sus 6xitos iniiiidanos . Ea rodeaba una eorte de admiradores, en la cual figuraban mrichss aveiituveros de frac, ii pesca de dote, algunos escelentes partidos y grandes apellidos, de figura y condi-

- 16 ciones medjocres, infinitas de esas nulidades elegantes que ocultan en 10s giros de vals todo el vacio de sii existencia y de su persona. Gabriela se manifestaba igual con todos. El bostezo, encubierto detris del abanico, la mirada fria 6 indiferente, ponian tkrmino S las pretenciones de m&s de uno de sus p l a n e s . De vuelta 6 casa, tanto su madre dofia Benigna Alvarez como su hermana Magda la interrogaban inhtilmente sohre sus impresiones . . Mientras 37agdalena 6 H a g d a , como le decian sus amigas intimas, cliarlaha como cotorra, decia futilezas con su media lengua de andaluza y lanzatba las mayores enormidades con gracia inconciente, a1 parecer, Gabriela callaba p sonreia. Jiuchas veces, de vuelta del Teatro 6 de baile, habia contemplado, en honda meditaci6n, el desfile del Santiago nocturno envuelto en girones de neblina que humedecian las aceras de asfalto 6 de ladrillo de composicicin, arrastrlindose por las calles, trepindose A las altas cornizas de edificios de luj o, envolviendo f aroles del alambrado phblico, cercando de un nimbo 10s fccos elkctricoz;. Su alma, tambikn, tenia algo del tono difuso de las gasas de neblina; se buscaba Si si misma sin encontrarse. E n 10s salories esperaba tambi6n un hombre que no parecia y que ella misma ignoraba quien f uese . Durante el afio liltimo, se paseaba una tarde por el Parque Cousido en el vis-a-vis r e c i h Ilegado de Europa, cuando su carr~iaje cruz6 con cierta viese toria muy bien puesta, arrastrada por tronco de raza. Vi6 pasar una hermosa y elegante chiquilla vestida de obsciim, acompafiacla de un joven de grandes oios negros p cabellera levemente rizada, cnmo en las retratos de Lord Byron, con la misma tristeza melan-

- I7 c6lica y fatal que atrae ti las mtijeres de manera inrencible. Era el mismo joven, dirisado en el dia de su primera comuni6n, con la expresicin apasionada y mistica de entonces . i C6mo no le habia encontrado en baile ni en fiesta alguna, aqui, en Santiago, en donde es tan f&il cruzarse en la vida mundana? La manera de presentarse, el aire, el corte de su traje y de su persona, le daban inmediatamente puesto en la sociedad santiaguina y en circulos de moda . iPor qut. n6 le conocia ni siquiera de nombre? Acaso estaba de luto y comenzaba, apenas, SII vuelta 6 la ricla mundana, conio lo indicaban a1 parecer, el color de sii traje y algo de su fisonomia, un no-sk-quk. Desde entonces no habia vuelto 6 verle. Miraba dentro de si, en sus recuerdos, ejercitando examen de coneiencia . Cierto era que habia experimentado irnpresi6n estrafia, pero bien diversa del amor, segh'n se lo pintaban imaginaciones y romances. rues, sefior, iti quk decir una cosa por otra? E n suma, el ,joven le habia gustado, pero loourtindose poco & poco de sus rcciierdos como las olas del mar sacuden p aplanan ] a s Fiuellas del caminante. Poi- otra parte, la caracteristica de Gabriela eran tranqnilidad permanente de espiritu, eqnilibrio de sus facultades p de su temperamento, algo ficil de sefialar con la divisa de pam multa. Aqni habian parado sus reflexiones esa vez . Ahora, en la Noche Buena, acahaba de conocerle de modo imprevisto y cuando menos lo pensaba, coii 10s afios transcurridos. No era ya el mistico, el piadoso mucliacho que suspiraba en la capilla, ni el Byron elegante y melanc6lico vestido de luto que cruzaba su camino, sino joven animado y vivo, de extraordinaria babilidad para el sport, de musculatura vigorosa y

- 18 extremado brio. Notaba patente contraste entre este y 10s demis elegantes, un tanto afeminados, acaso demasiado prendidos y consagrados a1 culto de sus propias personas. En las mujeres, del punto de partida de atlmiraci6n de todo esfuerzo fisico, p rompiendo por todo g h e r o de consideraciones de orden intelectual, se llega en la mamria de 10s casos i presentir el ideal en la fuerza, en eltorso de un hkrcules, en la osadia de Guillei-mo Tell, p el mismo don Juan, acaso no hubiera sido el don J u a n de la leyenda, A no ser por el valor temerario y el turbulento espiritu . con que arriesgaba su T-ida todo instante. Del detalle, talvez nimio, de sensaci6n informe, acaso iba 6 depender el futuro de esa joven, tan hermosa p elegante, la mis hella del gnipo aristocr&tico de moda.

- Quedan ustedes invitados para dentro de una hora en casa... a1 bautizo de la muiieca dijo Magdit con su voz Clara. Bebieron alegremente una copa de champagne y siguieron, en seguida, por la corriente humana que inradia la Alameda, entre 10s chicos armados de globos y juguetes, con cajas en los brazos, haciendo sonar sus chicharras 6 cornetas. 316s all&, sirrientas, padres de familia, niiias elegantes, gente ancinima, medio-pelo, hoinhres del pueblo, soldados y viej as, sombreros de copa revueltos con quarapones de huaso, olor de albaliaca y de yerba-buena, de fruta, chillidos de rnujeres del pueblo: todo se barajaba en el torbellino de las fiestas populares, en las cuales se mezclan 10s encontrados apetitos y deseos, desde el humilde vendedor del pueblo, dispuesto ii contentarsc

- 19 con unos cuantos pesos de ganancia, hasta la sirvienta que come debajo de 10s Arboles su docena de brevas, comprada con la gratificacih especial dada en la casa, y el nido que toca la corneta por h e i r el regalo. El polvo levantado por la gran corriente humana tomaba tono dorado y luminoso, al fulgor de 10s millares de farolillos encendidos en las ventas. Los bronces de la banda de mfisica militar entonaban la Marcha Nupcial de Mendelson, tan oids en fiestas de matrimonio. --i Oyen ustedes la mhsica? interrog6 blagda . E s la marcha nupeial. . . iY qui. contenta vB B quedar Rlanuelita cuando escuche una marcha nupcial que no sea tocada especialmente para otra. Aper estuvo en casa y Javier, mi primo, la sujet6 para darla un beso, con lo cual se pus0 ella como un quique. Deja no m&s, hijita, la dije, y haste la desentendida. . . que es el primer beso que te dan. . . --i CAllate, Magda ! murmur6 Gabriela en tono de carifiosa reconvenci6n. No habias de tardar mucho en salir con alguna de tus barbaridades. Ponte candado en la boca.. . Los j bvenes, entre tanto, celebraban estrepitosamente la jenialidad de la nifia. Conocian B Manuelita y no ignoraban 10s deseos locos de casarse de la pobre muchacha, deseos no compartidos por ninguno de 103 miembros del sex0 feo y fuerte, A pesar de 10s esfuerzos y de la actividad gastada infitilmente por ella en sus tentativas matrimoniales. Los demds, con la i alegria ligera de 10s veinte afios, hicieron cor0 . Magda y luego, inconscientemente, unos por decir una gracia, otros celebrdndola, pusieron A Manuelita de or0 y azul. No juzgaban, ni ellos ni ellas, que tan ligeras bromas, lanzadas como zaetas y por 17ia de

- 20 diversicin social, decidian el porvenir de una nifia, formando en torno sup0 esa atm6sfera levemente ridicula y desprestijiadora que aleja 10s pretendientes y mata, sin sangre, destruyendo tantas y tantas esperanzas legitimas . Estaban contenos y no dejaron locura por hacer Javier Aguirre cogi6 media docena de ollitas de las monjas, de vistosos colores y todas perfumadas, arrojBndolas B la multitud. e hicieron aiiicos, en medio de miradas furibundas de aquellos B quienes caian en la cabeza . IT coni0 la vendedora, vieja de cabeza atada con pafiuelo de yerbas, se sulfurase, la di6 un billete de diez pesos, con lo cual ,a buena ! mujer, encantada, le pas6 muchisimps ollitas qiie Aguirre iba repartiendo A todos 10s chicos que pasaban. -Javier Aguirre es loco dijo P e p B Gabriela. Y luego refiri6 si1 aventura hitima. El joven acercBndose con disimulo it u n earmaje del servicio nocturno del Club, y despuks de cerciorarse de que e1 cochero se encontraba clorniido, liabia desenganchado 10s caballos. Luego, abriendo la portezuela con estrkpito, despertb a1 cocliero, remeci6ndole de u n hombro:-Te doy diez pesos si me llevas volando B la estacibn, le dijo . El auriga, recojiendo las riendas,, propin6 media docena de feroces huascasos B sus bestias, que echaron B correr, dejando el coche parado y a1 cochero estupefacto, en medio de las carcajadar de 10s que presenciaban el hecho descle la puerta del Club. Era un tipo raro. El grupo, detenikndose en las tiendas, moviendo 10s farolillos con 10s bastones, comprando fruta que arroj aban 10s mucliachos disimuladamente B las cabezas de 10s paseantes furiosos, re~olvi6ndolotodo,

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seguia su m a r c h triunf a1 . Javier Aguirre inventabd nuevas locuras, Nagda decia disparates, Angel H e redia 10s celebraba, mientras Gabriela Sandoval amonestaba sonriendo & I l a g d a . LL -iY est0 llamari divertirse? preguntaba, indignado, A Gabriela, el joven Emilio Sanders, recien Ilegado de Europa. Si es cosa verd,zderamente salvaje. Miren ustedes este olor & . . . esta hedionder de.. . -Albahaca agreg6 Pepita rikndose . -Ad es, de albahaca y otras yerbas riisticas ; est0 es insoportable. Y tanta gente cursi, tan mal vestida! agreg6 el joveii Sanders. Eso no se vi. en P a ris-. Cuando me acuerdo del Moziiin-Rouge 6 del Palais de Glace, me dan ganas de volverme a Europa en el pr6ximo vapor. iAh!. . . S i . . . Esos si que son trajes 10s que se ponen esas damns y i qu6 brillantes! y jqu6 pieles! SeFior mio, las que gastan. . . -i Sabe que me haria gracia ver mujeres con pieles en irerano? interrumpi6 Pepita . +Ah! n6. . jAh! n6. . . Usted me confz~7zde... agreg6 Sanders. Yo no hablo de la hight-life, de la crenze, fi la cual usted pertenece, sino de la rnasa en general. Mire listed que el poncho de 10s campesinos es atroz. -En cambio, el jipi-japa no les ha parecido tail mal A 10s europeos, puesto que es su gran moda, interrumpi6 Leopoldo Ruiz que era, a1 rei& de Aguirre, uno de esos patriotas furibundos que todo lo encuentran bueno . i E n d6nde ha visto usted u n paseo como el anta Lucia? agreg6 en tono triunfal. AI. Tays, el inspector de Paseos P6blicos de Buenos Aires, dice que no hay nada superior en el mundo.
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-Lo que es B mi solo me gustan 10s cerros en el campo replic6 Sanders. E n la ciudad prefier:) el confort, la vista de las bellas y las toiZettes confeccionadas por Paquin 6 por Laferrihre. ;Ah!.. si. . . . esta ciudad es insoportable con sus pavimentos horribles que lo hacen B uno remecerse en el carruaje. NO digo nada de estas fiestas populares en que uno anda revuelto con todo el mundo. iQu6 falta de distincibn! iQu6 ordinaria y vulgar es la gente! M e gusta decididamente mhs la del Palais de Glace 6 la que uno v6 pasar en el coin del Caf6 de la Paix. . . iAh!. . . s i . . . Con esto, Sanders se ajust6 el mon6culo en el ojo izquierdo . E n ese instante volvia el grupo, dando vuelta poila avenida central de las Delicias, a1 6 ~ a l o San de Martin. La estatua, rodeada de farolillos de colorer, parecia u n hguila gigantesca ya pr6xima h tomar el vuelo . La multitud se dividia en dos enormes corrientes a1 llegar ii ella, perdihdose el mar de cabezas en una masa ii cuyo extremo se apidaban las luces de faroles nikelados de americanos y carruajes de lujo . A1 enfrentar Zi San Rorja se oia inmenso ruido de cantos y tamboreos en guitarra, con acompafiamiento de harpa. Alli principiaban las chinganas 6 sea las tiendas 6 casitas porthtiles, con divisiones de tela, cubiertas de banderas y gallardetes nacionales 6 iluminadas por faroles chinescos, festones de hojas de yedra y papeles de colores picados, en las cuales se bailaba . Los j6venes vacilaron en seguir adelante, pues no querian llevar 6 las nifias h esa parte, exclusivamente compuesta de gente del pueblo y de borrachos. Pero ellas insistian. iQuh nos puede pasar? i Acaso no oamos acompadadas por ustedes ? Gabriela se pus0 un tanto seria. No daria ni un paso mhs,

- 23 por ningliri motivo; aquello no le parecia correct0 . Su cefio ligeramente fruncido, sus labios apretados, revelaban el temperamento decidido y firme, que no cede, i pesar de su dulzura. i Ihagda no le hizo caso; en compafiia de Pepita y de cuatro j6venes se aproxim6 B la primera de 12s tiendas, dando vuelta por la parte de-atrbs, junto B 10s coches; alli, desde un [Link] del t e h , se podia divisar el movimiento de la Zamacueca . Los galanes, con pafiuelo alzado, hacikndolo girai- sobre sus cabezas, 6 borneindolo suauemente, avanzaban 6 rei trocedian i ligeros saltos en el taco 6 en la punta de 10s pi&, mientras la dama seguia el compis de la mfisiea moviendo ligeramente el cuei-Po, la cabeza echada atr&sy girando en ciertos versos de la zamacueca. El movimiento es unas veces l h q u i d o y voluptuoso, otras sentimental y triste, pero siempre animado y lleno de viveza. Es como el poema de cortejo silvestre, en el cual se pintaran las fases de 10s amores primitivos . El tamboreo en guitarra y el acompafiamiento grave y melanc6lico del harpa, contrastan, aumentando, en ciertas ocasiones, el entusiasmo hasta el frenesi con 10s palmoteos acompasados de 10s espectadores y Jas f recuentes libaciones que interrumDen el baile. -iAro! jAro! dijo fia Pancha Alfaro. . . exclama un mocet6n rollizo, pasando enorme mso 6 potriZo de ponche en leche B 10s danzantes. L a gracia Z consiste en liacerlo bajar B lo menos un dedo, sir1 resollar . E n cuanto acaba de beber la pal-eja, el enorme vas0 comienza i circular de mano en mano y de boca en boca, i la redoncla. D e todas partes salian fnertes olores i pescado frito v empanadas, guisos favoritos del pueblo en

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las cenas de Pascua, niezclados con 10s de albahacrt y flores silvestres . Gritos salvajes de ebrios, voces chillonas 6 enronquecidas de cantadoras, ecos de harpa y guitarra, clamoreo de vendedores llamando B su clientela, todo subia con fundido con estrkpito, a1 ciial se unian llamados lejanos y gritos infor-mes. n4agda sinti6 qve su hermana la cogia del hrazo, apartiindola del escondite desde el cual presenciabn el baile . Mientras la una, movida de infantil curiosidad, se entretenia con el especticulo de la zamacueca, B la cual tantas veces se habia asomado, de nifia, en las fiestas de 10s inquilinos en el fundo de su padre, la otra no podia tolerarlo como contrario A lo intimo de su refina-da naturaleza . L o plebeyo, la repugnaba, la heria, producihdole escozores insoportables. Semej antes movimientos nerviosos, tales manifestaciones de voluntad, sorprendian en temperamento, comc) el suvo, a1 parecer aygtico y frio de rubia, p i e s poseia una de esas naturalezas estreclias y felices en las cuales no existe el gknero en que se cortan las faltas. Y luego, recordando el modo de ser de su hermana Gabriela murmur6 B su oido: Eso no es de buen tono.. .,> E n el acto 10s-del grupo volrieron, en sentido inverso, hacia el 6valo de San JFartin. Las tres 36venes marchaban adelante, acompafiadas de su primo Fklix Alvareda p de Emilio Sanders. Leopoldo Ruiz iba furioso porque no liabian querido asomarse francamente B la c a r p en donde se bailxba zamacueca: c< -A mi no me agradan esos fruncimientos. Soy chileno p cnstizo como ninguno, partidario de las einpanadas de horno, del arrollado, de las humitas, del huachalomo salpi-eso, de la zamacueca y del canto con harpa y guitarra y tamboreo por lo fino y horchata

- 23 L

con malicia. Ni poi- nada me iria Q Europa, ni mucho menos 8 Paris, para rolver con un vidrio en el ojo, como el joven Sanders. y encontrindolo todo malo liasta la cazuela de axe, y exponikndome i que i 10s rotos me digan, c6mo A 4, sefialhndome las polainas: Patroncito, mire que las medias se le han queido . . . i Dbnde, en j a m i s de 10s jamases, ha risto la gracia de Dios palniitos que se comparen con 10s que van poi- delante? Los cuerpos de las encantadoras creaturas, vestidas de claro, se diseiiaban elegantes, modelados por la mano que recojia el vestido para evitar el polro, dibnj8ndose la morbidez de las caderas en el traje delicioso. Encantaban con sus guantes largos y s~ manos finas, 10s corskes cortados por artista. sombreros adorables; con 10s nudos de cintas y 10s encajes, la fantasia en el gesto 37 el ritmo en el andar, el rumor de sedas, las mil naderias que constitupen el atractivo de las mujeres elegantes que a6n sin ser hei-mosas saben embellecerse con la plenitud de una sonrisa, con el crujido de seda, con la animaci6n de la fisonomia, con la viveza discreta de 10s gestos A1 llegar 8 10s coclies se detuvieron, formando grupo desordenado. - Van B ser las doce, dijo Magda; VL-imonos oir la misa del Gallo 6 Santo Domingo. D e ahi pasaremos icasa, B donde quedan ustedes invitados i una fiesta de gknero nuevo: a1 i bautismo de la mufieca. Habra sorpresas. Y dirii gihdose especialmente , Heredia: Contamos con usted agreg6. Sin m6s, subieron B 10s carruajes. Los j6renes se treparon a1 autom6ril de Julio Alenendez que pasaba por el primer0 de 10s chauf f e u m de Santiago. La iglesia de Santo Domiiigo alzaba sus torres de

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- 26 piedra hacia el cielo estrellado y limpido-uno de esos eielos de oerano en el cual palpitan las estrellas con fulgor casi li6medo Gran resplandor rojizo brotaba de sus puertas, en las intensidades de la noche. Los altares, cuaj ados de cirios y de Aores, centelleaban con el fulgor alegre de las fiestas de Noclie Bhena. L a multitud entraba y salia, en masa compacta, por 10s anchos portones, preparindose la famosa misa del Gallo. Los acentos graves del 6rgano dejaban caer torrentes de armonia por las anchas naves del templo, sobre 10s corazones de 10s humildes, para quienes constituyen esas fiestas el tesoro de la vida. Los j6venes esperaban en la puerta la llegada de sus amigas que habian pasado B casa en busca de mantillas, piies la costumbre santiaguina desautoriza la entrada A 10s templos con sombrero. Pepita, Gabriela y Afagda cruzaron devotamente, poi- entre la muchedumbre. liasta su reclinatorio despuhs de persignarse con agua bendita. k cuando principi6 la misa. a1 bnjar sus ojos fascinados por 10s resplandores luminosos del altar mayor, sinti6 Gabriela como atracci6n inroluntaria que desviara su vista. DetrAs del pilar, signAndose devotamente, se arrodillaba, en ese instante, Angel Heredia. Experiment6 la joven, con esto, algo de confusi6n. JIBSde una vez habia pensado en meterse de monja, sin contar para nada su belleza, ni su fortuna, ni sus iixitos mundanos. E r a un rerivir en su alma de sentimientos misticos, de apasionadas y fervorosas adoraciones. E r a un crecer y desarrollarse en su imaginaci6n 10s escrfipulos de f altas no cometidas, de laceraciones de pensainientos . Sollozaba sobre desfallecimientos que no eran sin0 la expresi6n informe

- 27 de 10s anhelos de 10s veinte afios. Y sollozaba para sentir luego alivio, pensando con el mistico: si ha prendido en tu alma la llama de la contricci6n, llora y dudete de tu culpa y juntamente al6grate de ese dolor p g6zate que ha dado espacio de penitencia. El 6rgano resonaba por el dilatado hueco de las naves, con sones alegres p nuevos, A la renida del Hijo de Dios. Gabriela sinti6 dentro de si regocijo inesperado . Los ojos negros, junto a1 pilar, la atraian y fascinaban como 10s del halc6n & la avecilla. Esto la sorprendi6. iEse jouen?. . . jser& que el mundo me llama? iser& que Dios me lo indica? Y [Link] en su alma, sin renunciar & la raz6n, ni dejarse llevar de 10s nuevos sentimientos . Deseaba formar silencio en el entendimiento para escuchar las voces que vienen de Dios. Ad es, dice Pascal, como se cierra 10s postigos, 6 la caida del crepilsciilo A fin de que la luz de la limpara brille mas. . . Y 10s ojos negros la atraian nuevamente . Terminada la misa, entre rumores de campanas y estallidos de cohetes y voladores, A lo lejos, salieron apresuradamente las j 6venes, antes de verse envuettas en apretura. E n la puerta se a c e d A ellas Manuelita Vasquez, SII parienta, d&ndoles muchos abrazos y sonoros besos . -< < Linda, preciosa, encantadora, poi- fin te encuentro decia & Gabriela . Unos j6venes ingleses: recien llegados, asegiiran que no han visto en el mundo creatura comparable & t i . He pasado cinco 6 seis veces i tu casa sin encontrarte . Mi mamd est&un poco resfriada. iQu6 bonito es el traje que llevas! Es encargado & Europa, con toda segwidad. iPodrias prestarmelo para sacarle molde ? A prop6sit0, dime d6nde vive la Filomena, la costurera de la calle Ra-

- 28 mirez que se ha mudado. iSabes que la Elena acaba. de separarse de su marido? Dicen que le pegaba p la tenia con 10s brazos azules de moretones. Ifiren iquk hombre, Seiior, quk hombre ! iY d6nde piensan pasar ustedes el TTerano? ise van a1 fundo 6 ti Vifia del Mar? Manuelita dej6 caer este chaparr6n de p r e p n t a s y de observaciones sin dar tieinpo B la rkplica; todo s elo preguntaba y respondia sola, mem2deando abrazos, grititos, esageraciones, superlatiros y disminutivos. Su cwra redonda brillaba de satisfaccihn, con grandes ojos de carnero inm6des JT la hoca sonriente, balanceBndose de un pie a1 otro, y meciendo su cuerpo bien alimentado y maciso . Experimentaba la satis. facci6n de mostrarse 6 10s ojos de la gente, en compafiia de las tres m6s hermosas y elegantes j6venes de nuestra sociedad, en escena de fainiliaridad intima 17 phblica. Perteneciente A huena familia que habia venido ti rrienos por dirersos percances de fortuna, no se resignaba B la pkrdida del palco y del coche, asikndose de sus primas y parientes ricas COQ la extraordinaria tenacidad de 10s ntiufragos B la tabla. Asi conseguia invitaciones, asistia ti fiestas, se trepaba a1 mejor asiento de un victoria y a1 primer0 de 10s de palco en la Opera, ponihdose, de paso, las boas y 10s sombreros 6 las capas recien extrenadas poi. sus primas, cogikndolas a1 pasar sohre las c6modas, sin consentimiento de sus duefios. Gahriela, con esto, se reia, sin protestar; Magda, en carnhio, echaba la casa abajo . -Es una intrusa insoportable decia . Es capaz de quitarle su capa ti la Virgen en la procesi6n del Carmen. Esto pa no se p e d e aguantai.. Hay que levantarle 10s vestidos p darle. . . palmadas. . . B st

- 29 ponia tartamuda de c6lera. E n cambio le hacia las bromas del siglo ti cada instante. No bien se hubieron acercado 6, la reja del templo, cuando Rlanuelita divis6 el grupo de j6venes que venia ti su encuentro, ya comprendi6, con su inteligencia rtipida, y su malicia que se preparaba alguna fiestecilla improvisada en casa de las Sandoval; reconocia el Vis-h-vis de estas, el Victoria de Albareda, y el autom6ril de Sanders. LiAh, picaras! i c o n que cena tenemos . . . i Hahr6, pavo tambikn? Llitvenme siquiera en el autom6vi1, j7a que vivimos B una cuadra de t u casa. Y sin decir m&s,la muchaclia, moviendo ti un lado y otro su cuerpecillo regordete, con paso deeidido p firme se abalanz6 a1 autom6vi1, abri6 la portezuelx y se arrellan6 en el fondo. Magda sigui6 trBs de ella. -LD6nde te 14s i meter? Eso no es correcto, le dijo Gabriela 6, media VOZ. No puedo dejar sola ti la novia, repuso Magda . LL -i Quit noria ? -iI\To sahen ustedes que Manuelita se casa? i Con quikn? preguntaron todos 10s j6venes en coro, adirinando una picardia . cc --Con un caballero ilustre, c o n . . . don Pedro de Valdivia, agreg.6 Magda sentindose junto ; Mai nuelita. Y mientras ksta se sulfiiraba, sali6 el autom6vil hecho un infierno, haciendo resonar la bocina y arrojando bocanadas de humo de petr6leo. Minutos despuks, la comitira se detenia B la puerta de Sandoral, en la calle de la Compafiia. Era una casa construida cuarenta afios atr&s. por el arquitecto Wilman, siguiendo, por indicaciones del propietario y en rirtud de la rutina, el antiguo sistema de patio andaluz importado por 10s primeros conquistadores.

- 30 Presentaba f achada imponente, de grandes ventanas con rejas de liierro en forma de lanzas. El vestibulo estaba enlozado con mhmol. asi como el patio. Dos estatuas de bronce, obscuras, sostenian faroles de gas que iluminaban el techo artesonado p todo blanco del vestibulo. A1 frente, A la entrada del corredor, otras dos estatuas gemelas, arroj aban su luz hasta las grandes galerias vidriadas del segundo patio. Grupos de zicas, de palmeras y de hambiies daban a1 primer patio el aspecto de colosal jardin de forma irregular p caprichosa. Jiinto con apretar el b o t h elkctrico de la campanilla, abri6 la mampara el viejo portero de fisonomia enteramente afeitada y de cabeza blanca. El jardin presentaba magnifico aspecto. Siguiendo las riipidas indicaciones de Magda y mientras oian misa, habiase colgado infinidad de farolillos chinescos de las ramas de las palmeras p de 10s bambiles, de 10s techos de 10s corredores, de 10s alambres del tel6n que daba sombra a1 patio. Las puertas se Iiallaban abiertas p las habitaciones Q media luz. Sentiase el lujo discreto de pesados cortinajes; de luz reflejada en grandes espejos biselados de cuerpo entero de mnebles de estilo Luis X V tallados, de las piches; revelado en lavatorios de plaqu6 colocados sobre planchas de miirmol: en 10s [Link] de las cortinillas; en el perfume caracteristico p uniforme de las habitaciones; en las mesillas de laca blanca llenas de litiles de marfil, cepillos y frascos de baccarat; en 10s Aoreros japoneses por 10s cuales se arqueaban, colgando, 10s manojos d t : rosas; en la cubierta fresca de la 6ltima novela; en el cortador de Carey cincelado, en la pequefia lamparilla de plata esmaltada, con pantalla de encajes de Inglaterra . . Los detalles exquisitos de refinamiento.;

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y de lujo de aquella explhdida casa pasaban desapercibidos si 10s ojos de 10s profanos que solo esperimentaban la sensaci6n imponente de algo desconocido y misterioso, atributo de un culto extrafio, de idolo. La comitira penetr6 si la casa con algazara y risas . Marchaban 6 la cabeza Jkagda y Pepita, seguidas de Gabriela, de Nanuela y de 10s jbvenes, dirigikndose a1 pequeiio sal6n de la izquierda. Alli sentado sobre c6modo sill6n voltaire se encontraba don Leonidas Sandoval y Guzman, padre de las jbvenes, con laa piernas enrueltas en fina manta de vicufia, u n cigarrillo en la mano y la Revista de Ambos Mulzdos en la otra. L a cabeza eiiteramente blanca, 10s ojos expresivos, la sonrisa benkvola, la barba cuidadosamente recortada, le daban ese aire que atribuian ii 10s antiguos senadores romanos, mezcla de majestad y de f amiliaridad : imponia . -Adelante, caballeros, les dij o ; espero disculpen si mis achaques y el reumatismo A la pierna, me impiden recibirlos como yo quisiera . Pero estsin ustedes en su casa. Adelante. Eos j6renes penetraron a1 saloncito, amueblado : i usanza de 1840, +oca en que habian sido traidos de Paris 10s pesados cortinajes de brocato de seda y 10s macizos y grandes sofsies de caoba tallada. Alto espejo subia de la chimenea a1 techo. Ida mesa de boule, con incrustaicones de bronce y Carey, era verdaderamente rejia y de carsicter, asi como la pieza de centro, de porcelana de Sevres, traida hacia medio siglo. L a s paredes, tapizadas de seda verde obscura, estaban adornadas solamente por dos cuadros: un paisaje de Corot y un retrato del oidor de la Real Audiencia de Lima, don RTufiode Sandoval, atribuido B Goya, lo que no era de extrafiar, dada su admirable

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factura. E n ese retrato de abuelo se notaba el labio grueso y la nariz aguilefia caracteristicas de la familia, tan pronunciadamente sefialadas en don Leonidas, y la misma fealdad, llena de aristocrtitica distinci6n. El tapiz de la salita era de Aubuss6n y de una sola pieza. Dos 6 tres vasos, llenos de flores, colocados sobre pedestales cuadrados de laca blanca, daban & la habitaci6n su nota fresca, rompiendo 1;i solemnidad y el estiramiento que naturalmente se imponian . Gabriela penetr6 con paso y aire propio de mujeres que conocen una habitaci6n, seguida de 10s jbvenes, que saludaron & doda Benigna, madre de las Sandoval, y & doda Sabina, hermana de don Leonidas y madre de Pepita Alvareda. Se hizo la presentaci6n de Angel Heredia, 6 quien acogi6 don Leonidas con mirada penetrante y escrutadora B a1 par que con su sonrisa friamente cortks . Alagda arroj6 sus guantes blancos sobre la bandeja de plaquk cargada de tarjetas, se transport6 d e x n salto a1 sal6n xrecino J abriendo el piano de Erarcl se pus0 A tocar, sin sentarse, la marclia de Sambre et Illeuse, muy de moda en aquellos dias. Lo hago para alentarle3la confianza dijo en su tono habitual y para que le pierdan el miedo A mi pap&.. . iPobrecito! tan bueno y tan suave, pero con una cam que asusta, como yo se lo digo muchas veces. . Y ponikndose de otro salto en el saloncillo di6 & su padre un beso en la frente, ilumintindolo con rayo de luz carifiosa. E r a la nida mimada y regalona. Gabriela, liabitualmente seria, no tenia 10s atrevimientos, ni se permitia las licencias de Illagdalena que todo lo creia licito . E n un instante 10s j6venes se aduefiaron del gran

- 33 s a l h , profusamente iluminado . E l resplandor de luz elkctrica parecia multiplicarse en inmensos espejos que cubrian las paredes, con mil reverberaciones . Grandes vasos de china, llenos de flores frescas se alzaban junto ii 10s biombos cubiertos de fantiisticos dragones. U n alto jarr6n de porcelana de Chartelotenburg, de tono blanco y or0 decoraba la esquina. Junto & largo piano de cola, una palmera estendia sus finas y largas ramas. Pepita se pus0 a1 piano ; tocaba sin mirar, volviendo la cabeza a1 joven Sanders y sonriendo, con Ia melancolia de la mazurka de Godard en Ias pupilas. Seguia levemente el comp&s con las ondulaciones VIbrantes de su busto, sefialando el ritmo con el talle, como esbozando la melodia. Sanders se coloc6 cerca del piano, sentiindose en el brazo de una silla. Sobre otra, se hallaba Gabriela. Angel Heredia se fui: acercando & ella lentamente. < -Hace Sa muclios afios que yo la conocia. dijo, con voz de timbre mettilico, un tanto lenta. c< -i Si?.. .7 7 -Su recuerdo estii unido a1 de la primera c o muni6n de mi hermana Marta. Creo que usted era una nifiita rubia y adorable que llamaba mucho la atenci6n. . . y . . . perd6neme. . . que parecia un suefiio de Murillo . -i Marta? Si, recuerdo, respond% Gabriela con voz algo turbada, en ese tono especial que toman las mujeres cuando desean agradar ti un hombre. Marta Heredia.. . era una chiquilla encantadora. . . iY qui: es de ella? pregunt6 con inter&. cc -Ha muerto . -iAh!. . . no 10 sabia.. .
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Hubo subita pausa durante la cual se oyeron caer, como perlas, unas notas de la mazurka de Godard. P o r distracci6n involuntaria, Angel dirigia su mirada hacia la sombra de la cabecita de Pepa que se movin sobre el papel de niusica, A impulso de las iTelas del piano. -Disphseme usted si renuevo un recuerdo para usted tan doloroso, dijole Gabriela B media voz. (< -A1 contrario, se lo agradezco, pues el recuerdo de 10s carifios santos nos eleva y nos consuela, hacikiidonos B nuestros propios ojos mejores de lo que so1110~~~.

Gabriela a1 oir estas palabras experiment6 regocijo intimo y delicioso, exquisito placer de sentir su alma palpitando a1 unisono con otra alma en 10s mismos sentimientos delicados y nobles. Era que ignoraba la sugesti6n poderosa 6 inconsciente ejercida sobre nosotros, aun 6 pesar nuestro, por circunstancias exteriores, la noclie, 10s nervios, la temperatura, el calor de otra alrna, 10s sonidos mel6dicos de un piano, las armoriias y tonalidades quemantes de la voz hiimana; ignoraba las f alsificaciones inconscientes del sentimiento que no viene de adentro p es despertado por de f uera . Ambos callaban. Pepita continuaba la melodia de Godard con niovimientos tiernos p jestos apasionzdos . Las luces del piano proyectaban reflejos sobre sus cabellos negros 9 arrancaban destellos luminosos de sus aros de brillantes. E1 gran clavel rojo prendido sobre su pecho se estremecia junto con las notas que desgranaban en cascada sentimental terminadti en uno de esos pianos en que la mlisica se suspende, quedando pendiente la hltima nota, pronto fundida como en suspiro harm6nico.

- 35 Gabriela baj aba la vista ; a1 levantarla, cruzhndola con la mirada ardiente de Angel Heredia, su suertn se hallaba decidida por el rayo luminoso y fulminante de esos ojos, por la rhfaga de milsica de God a d , por el enerramierito especial de aquella nochc, acaso poi- el perfume de heliotropo del pafiuelo, poi* lo imprevisto, por lo desconocido, por mil pequedas circunstancias exteriores . Y su coraz6n palpitaha henchido de algo nuevo, como si escuchara ese verbo divino, esa palabra revelada que llenaba el alma de 10s primeros creyentes de la historia del cristianismo . AIoinentos despuks, se abria de par en par la puerta del comedor y aparecia Javier Aguirre vestido con tohallas, h guisa de sobre-pelliz de cum, p c a p pluvial arreglada con un pafiuelo de tern6 de dofia Bcnigns; Fklis Alvareda le llevaba la punta de la c a p en cardcter de monaguillo. Magda traia en fuente de plata la mufieca regalada en el paseo y E d i o Sanders la ayudaba, como padrino, con toda la gravedad del caso. Lleghronse a1 centro del saldn, en donde la concurrencia se agrup6 en torno de la muiieca . -Te bautizo y doy por nomhre para t u corta rida terrestre, 10s de I l a g d a , Josefina, Victoria, Ema, y Emilia, en recuerdo lde tu niadrina, la sedorita Xagda Sandoval y tu padrino don Emilio Sanders, quien Dios bendiga y conceda suficiente pacienckt para vivir en Chile. . . <c -Con semejante madrina . . . C U V ~ suns &ire. . . contest6 Sanders. Arroj6se unas gotitas de champagne sobre la c a beza de la mufieca, gravemente sostenida por 10s padrinos en la fuente bautismal, y sin m6s, el joven Aguirre vaci6 el resto de la copa sobre la cabeza de
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- 36 Sanders que pus0 el grito en el cielo. Y con grande algazara pasaron 10s j6venes B la mesa de la cena. Malliibanse en aquella edad dichosa, a6n no liuniillada por la vida, en la cual, lo presente, se ilumina con esperanzas y destellos de lux de lo futuro.

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Las casas nuevas de la hacienda Romeral de C u lipeumo se encuentran situadas en lo alto de unz colina, son de construcci6n moderna, de un solo piso, pero levantadas sobre t e r r a p l h con subterriineo ; de elevados y espaciosos techos, grandes ventanas, anchos corredores p pilares por 10s cuales trepan enredaderas de madreselva, de campanillas p de yedra, f ormando verdaderos muros artificiales que cubren la parte baja de la casa con tapiz de verdura. Las liabitaciones son espaciosas, todas de piso encerado p cubierto con tapices en el centro; el salcin y comedor tienen p c q u c e t , z6calo de madera p techo con artesonados de madera estilo Jacobo I T , imitaci6n de antiguo . Presentan una elegante y confortable instalaci6n & la moderna, con limparas de gas acetileno, sala de billares y explkndida capilla, monuinentalmente decorada, con techos estucados y vidrios de colores ?T liasta u n harmonium-pianola que se tocaba 10s domingos durante el servicio religioso . A un costado de la casa deslizfibase el rio con liilos de agua en verano, transformados en mar du-

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rante 10s inviernos 6 en la kpoca de 10s deshielos, como todos 10s rios de Chile; lleno de canales y de bocatomas y de turnos y de comuneros que se llevabari peleando todo el aiio, salvo 10s propietarios felices de primeras aguas. A la izquierda, ti no considerable distancia, estaban las casas viejas del fundo, de techos bajos, cubiertos de teja, y corredsres enladriIla-. dos a1 ras del suelo, con yentanas de hierro, anclios portones y gruesas niurallas de adobe. Servian ahora para administracibn, lecheria 7 uno de sus costados de bodega de vinos . Asi, con la prudencia econ6mica de la gente de campo, nada se echaba en sac0 roto. El paisaje, desde las Casas Nuevas, era admirable: a1 costado se deslizaba por su enorme hopa el rio; en el fondo, la Cordillera de 10s Andes con altos v acerados picos, todavia cubiertos de veladuras de nieve, y otras fajas de montaiias azdadas, recortadar las unas encima de las otras en las lejanias dibfanas. A1 pie de las casas se desarrollaban las avenidas y jardines del parque, de altos hrboles a1 estilo ingles, con prados verdes en 10s cuales surgian pinos, abetos, araucarias, palmeras, pltitanos de anchas hojas brillantes, un hermoso grupo de pataguas p de boldos primitivos que forrnaban tupido bosque, enlazado con quilas y plantas par&sitas. Desde la entrada del parque, cerrado por reja de madera blanca, hasta las puertas del fundo, corria espaciosa avenida de &lamos de Carolina. E n el fondo se divisaba el techo vidriado del Conservatorio que brillaba al sol como bracero de fuego. Las avenidas del jardin estaban cuidadosamente ciibiertas de concha. Sentiase, a1 mer la tarde, arnbiente de frescura, con solo mirar Is estrella jiratoria colocada a1 estremo de una manguera, que arrojaba lluvia de rocio sobre el prado.

39 Rifagas cargadas de olor A magnolia 6 , floripondio i


pasaban erivueltas en perfumes de rosa. Erase alegria del vivir, voz de la naturaleza en las tardes de verano, en la kpoca en que comienzan las trillas p Iran ri las msiquinas 10s carros cargados de doradas mieses . Don Leonidas contemplaba con secreta melancolia ese espect&culo,paseindose por uno de 10s corredores de la casa, apoyado en su bast6n, con la cabeza cubierta con gorra de jockey, echada sobre 10s homtros su anclia manta de viciifia, Pareciale que ya SII vida se hallaba pr6xima a1 final de la jornada; su sol, tambikn, iba h ponerse para siempre. L e seria preciso abaiidonar honores, fortuna, y goces conquistados con tan rudo 6 infatigable batallar, en pos de cincuenta afios de faenas campestres, mezclados con aventuras politicas, en el momento en que su familia se encontraba grande 1 7 las muchachas quiz& pr6simas A casarse. Era don Leonidas uno de 10s curiosos tipos caracteristicos de nuestra tierra chilena y de las viejas tradicioiies que 10s han criado, mezcla de energia J- (le astucia, de espiritu aventurero y disimulado, sir) cultura intelectual . Perteneciente A familia que habia desempefiado puestos de honor durante la colonia y en la patria rieja, tenia el orgullo feroz de 10s antiguos c?zco?tzendems 17 conquistadores espa8oles, convencido como estaba de que su extirpe descendia del Rep don Pelatyo 6 poco inenos; si hubiera nacido en Francia, habria mirado con desdkn A 10s Morinorency. Su familia, desde su llegada ri Chile, liacia dos s i g h , se habia entregado A la agricultura, poseyendo inmensas estensiones de dominios territoriales en 10s cuales el inqziilino era considerado como el sierro de la Edad Media, y el patr6n impartia sus 6rdenes con

- 40 autoridad soberana i: inapelable, en forma desp6tica, tratando de aprovechar hasta las utilidades m6s infimas, J estrujando el cinco del pe6n forastero 6 el latiguillo de la carreta y 10s rastrojos de la siembra. D e aqui resultabaii ciertos caractilres especiales de orgull0 personal p de dureza, transmitidos de jeneraci6n en jeneracibn, d la par que un dejo de malicia propio de casi todos nuestros hombres de campo, entre quienes la mala f6 llega B formar algo como segunda naturaleza, con el arte de esplotar al pr6jimo, Despuks de recibir la educaci6n un tanto rudimentaria dada en Chile durante medio siglo, don Leonidas fui: enviado a1 extranjero, en donde viaj6 durante alg6n tiempo, en compafiia de un eclesi6stico. D e vuelta B Chile, cansado ya de rodar tierras, y con el prestigio que procuraba entonces cada viaje ii Enropa, se cas6 con doiia Benigna Alvai-ez, quien, si n6 brillaba por su hermosura, le llevaba por lo menos fortuna cuantiosa. Y a era tiempo de matrimonio, pues don Leonidas tenia sus ribetes de calavera gastado. Con esto, p entregBndose de lleno A trabajos de campo, hablando poco y opinando menos, cobr6 reputacih de Iiombre reposado p frio, 57 hasta las condiciones fisicas del personaje grave. No tardaron miiclio en llegarle honores p fortuna politica . Hicikronle diputado, votaba constantemente con la maporia p s e p i a como articulos de f4 las opiniones y caprichos del Presidente de la Repliblica, de quien dependian entonces la lluria y el buen tiempo. Habl6 dos 6 tres veces pidiendo se protejiera la industria nacional, ereindose el impuesto a1 gaiiatdo argentino, pues, para 61, todo el fin de la politica consistia en servir d sus propios intereses personales, sea por medio de gavelas que 10s favoreciesen, sea trabaj ando por la construccicin de

- 41 un ferrocarril, puente 6 camino carretero en su prorincis, sea pidiendo la creaci6n de algiin destino p6blico inutil para (-1Arselo B parientes qiie liubiesen venido B menos. En cambio, para 10s hombres de gobierno era don Leonidas amigo inmejorable; A pesar de ser honibre personalmente honrado, votaba sill mcilaci6n 10s poderes m6s vergonzosameiite falsificados por 10s amigos del Gabinete, y tomaba la defensa del Blinistro con motivo de negocios harto enredados y turbios Con estos antecedeiites, fisonomia simphtica, acentuada por grandes bigotes, aire *rave y reposado. andar tranquilo, tono discreto, y m. cierta reputaci6n de fortuna, lleg6 pronto A sentarse en sill6n Jlinisterial, lo que no era poco en aquellos tiempos del tabaco en que 10s RIinisterios duraban varios afios y n6 meses como ahora. E l caballero, cuya edad frisaria con 10s sesenta 9 cinco afios, se paseaba, apoyado en su bastbn, con el paso lento que le daba importancia en la vida piihlica, acentuado ahora por el reumatismo . Conteniplaba el paisaje, mascando pastillas para el pecbo, cuando vi6 salir 6 su hija Gabriela, y la hizo con la rnano seiia ca rifiosa para que lo aguardara. --Espkrate hijita, no m6s. N i r a que B 10s viejos les gusta mucho andar acompafiados, sobre todo con chiquillas. Uno se remoza, asi, como si sacudiera de encima el peso de 10s afios que se llevan las ilusiones p nos dejan el reumatismo .>, ( --.C6mo se siente, papsi? le pregiint6 la joven 6 con ese tono solicit0 y yegal6n si la vez, de 10s nifios qiie desean alguna cosa y se yreparan el camino para conseguirla. j Ha dormido bien si1 siesta? i Se ! fu6 e la siitica? contemplaba con inter& el rostro de piel amarillenta 1- arrugada de su p a c k ii quien 10s

- 42 grandes bigotes y la cabellera cana daban aspect0 de senador del Imperio. iSe le han quitado 10s dolores ? Don Leonidas t w o gesto desalentado :-i Ay ! n6. . . muy a1 contrario. . . En el fondo esperimentaba placer cada vez que tenia ocasi6p de hablar de sus dolencias 37 acliaques, exajerbndolos iin poco, y complacihdose en describirlos con todo g h e r o de minuciosidades p detalles . Jlira, aqui el homhro me ha dolido algo, y bastante me ha molestado la parte inferior de la rodilla. . . siento una punfaan en el costado que no me deja. . . suele hacerme ver estrellas. . . pero ahora me siento mejor. Tengo la pierna m& desprendida. . . -Vamos si dar u n paseo por el parque le dijo, apopindose en el brazo de su hija, con el orgullo paternal de sentirla tan Iierniosa, y acaso pensando en el cuadro que ainbos formarian, rnirados desde 10s corredores poi- alguno de 10s inritados. No estaria mal que ecliAramos un pbrrafo, Gabriela . Sus pasos crugian por las avenidas cubiertas del blanco polvo de la concha. jNo tienes nada nuevo que contarme? le pregunt6 en tono malicioso. -Nada, pap& contest6le Gabriela, cubrihdose involuntariamente de rubor, a1 sentir el peso de la mirada interrogadora de s11 padre. << --Es infitil que lo niegues, porque tt5 no sabes mentir. . . ya ves coin0 la cara te desmiente agregy6 el caballero. iQui, no has oido la cancibn?
Pieiisan 10s enamorados en esto, no pieiisan bieii ereen que iiadie 10s mil-a, y todo el mnnrlo 10s 14.
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A mi no se me escapan estas cosas, hijita, que m&s sabe el diablo por viejo que por diablo. Desde la pri mera noche que vino B casa el jovencito, ya comprendi que andaban moros en la costa. P B ti no te disgusta i eh? picarilla, agreg6 jovialmente . Y luego, despuks de una pausa, dijo en tono melanc6lico : LL -Para eso, no m&s,cria uno sus hijas, y las regalonea, para que llegue cualquier mozalbete y se las robe. . . Contempldbala con el rabillo del o j o y el coraz6n palpitante. Las mlis encontradas sensaciones asaltaban 6 la joven: temor de que su padre no recibiera bien B su pretendiente, el de que la hallara demasiado joven para pensar en matrimonio, mil ideas diversas. Asi es que cuando le 0 ~ 7 hablar en tono ligero, sinti6 6 que la quitaban peso enorme de encima. Se consideraba salvada, y respir6 con la amplitud feliz del que acaba de cruzar grave peligro. Don Leonidas iba siguiendo las diversas impresiones en el rostro de su hija, y para eso, percisamente, habian iniciado su conversaci6n en tal forma. Ahora Fa no le cabia pisca de duda: Gabriela debia estar enamorada de aquel joven . Una nube prefiada de preocupaciones cruz6 por sobre sus ojos . L -iCrees que yo te quiero? itienes fi: absoluta en mi carifio? pregunt6, de repente, B su hija, detenikndose junto 6 una mata de claveles. --Si, pap&... -Entonces, dkjame que te liable con franqueza, con el coraz6n en la mano, como pintaban en las caricaturas del Charivari A don Pancho I l a r i n . . . La joven se sonri6 a1 ver la salida de su padre, B quien miraba con profundo respeto, casi endiosBndoYo .

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-Vamos i cuentas, agreg6 el caballero. Tli no i conoces el mundo, hija mia, ni sabes 10 que es la exisexistencia, ni 10s resortes que mueven & 10s persona jes de la comedia Iiumana llaniada vida social. A ti te parece io m&s sencillo del mundo que nn hombre corteje B una nifia, que se amen, se casen y sean fe lices. Crees ti pie juntillas en la sinceridad de sentimientos, en la bondad de 10s hombres y en la virtud de las rnujeres. Eso les pasa, a1 comenzar la vida, A 10s s&es honrados y llanos como t<i, hasta que ilega el instante en que el vel0 se come de 10s ojos, y se ilora con lsigrimas de sangre 10s errores, y a del todo irreparables, de una jmrentud tan inqiiieta como despreocupada. P lo peor es que, cuando comienzan i ver claro, ya 10s males no tienen remedio, dentro i de la defectuosa organizacih de la sociedad en que vivimos encadenados poi* preocupaciones . Mira, hij a, es mentira que seamos libres: otros se encargan de darnos corte para 10s trajes y sus colores, con rnodas y hasta formas de sombreros. No sera esta la que nos agrade sino la impuesta por lo demzis. Tlas ideas que kbrigamos son recibidas de cjertos libros de cole gio 6 impuestas por la familia, por amigos, por gente que nos rodea. El modo de considerar las ciiestiones p6blicas nos lo dan todas las mafianas impreso en diarios ; les reglas de conducta generales, nuestros m&sgraves intereses, y Iiasta nuestros sentimientos se rigen por el que dirin i P qu6 papel desempcfia la libertad en todo esto? Absolutamente ninguno . Pero noto que me voy alejando de mi puiito de partida. Estdbamos tratando de 10s j6venes del dia, me parece. Para ustedes, en general, todos son iguales; se entiende, en el trato social del niundo en que ustedes viven, pues fuera de 10s j d v e m s de bcrile y de sociedad,

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el resto no existe para ustedes. Asi, 10s dependientes de tienda, fi 10s ojos de ustedes, son simples maiiiquies, unos muebles fi 10s cuales se regatea el precio de las mercaderias, y no cuentan, no son hombres, como no lo son 10s sirvientes, ni el mayordomo, ni 10s llaveros del fundo ni el medio pelo. Si ustedes consideran fi 10s j6venes de sociedad como iguales, en cuanto visitan 10s mismos salones y e s t h emparentados 6 relacionados con las mismas familias, luego principian fi establecer pequefias dif erencias entre ellos, seg6n el temperamento, las inclinaciones 6 ]as necesidades de cada c u d . A unas les gustan 10s buenos-mozos, esas son las sentimentales; 6 otras, 10s ricos y adinerados, esas son las prhcticas. Todas desearian que su novio fuese de gran familia, rico y buen mozo, condiciones que hacen recordar las del buey Apis, entre 10s Egipcios, con escarabajo, ell la lengua, en la frente, las patas blancas y 10s pelos de la cola, dobles. . . Per0 en la vida este animalillo no se encuentra, y de existir, como no puede casarse con todas, qujere ci una princesa rusa. . . como Florencio, aquel aniigo mio que se cas6 en Paris, formando el circulo de mozos elegantes conocido con el nornbre de 10s Floros . Aqui le interrumpi6 el acceso de tos, sac6 su paiiuelo, y continu6 de esta manera, clavando 10s OJOS perspicaces en su hija . CL -Bueno. . . Las que no se enamoran, 6 mcis bien, las que se casan con u n hombre por dinero, no siempre lo hacen conscientemente y de manera cruda . Las seduce la elegancia del joven, la manera de presentarse, sus coches, su reputaci6n de generoso, etc. Ni tampoco suelen soplarle buenos vientos, pues m6s de una ccmozco ahora viviendo en la miseria, pues el rico,

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en malas especulaciones y en derroches ha perdido toda su fortuna. El capitulo del lujo abre pesada y ancha breclia en la vida santiaguina . A pesar de todo, y dejando ctilculos Q un lado, la que suele llevar la peor parte es la nifia de temperamento sentimental, la que se enamora de 10s buenos mozos. A1 pronunciar estas palabras, don Leonidas mir6 6 su hija de soslayo, notando que palidecia ligeramente, y luego continu6 de esta manera: Las cliiquillas sentimentales se enamoran frecuentemente de hombres de hermosa apariencia fisica, dej6ndose arrastrar por exterioridades, sin conocer antecedentes de familia, ni carticter, ni vida, ni d e r personal, ni cosa alguna del joven. Y dentro del ctilculo de probalidades, esos factores, descuidados poi- ellas, deciden la felicidad 6 la desgracia de su vida . Si u n joven tiene padres 6 abuelos alcoh6licos 6 tuberculosos; si su temperamento es disipado y ardiente; si alguno de sus tios 6 parientes es loco; si existe en la familia alguna mezcla no muy risible de cursileria, como dicen 10s espafioles, todo eso influye en la vida, y trae, casi siempre, desgracia en el hogar. D e aqui la oposici6n de 10s padres ti ciertos matrimonios, llamada tirania por 10s hijos, B quienes nunca faltan c6mplices 6 encubridores en familias amigas que les sirven de terceros, hacikndoles, buen tercio . Lo mQs comiin es hallar en las fiestas u n jovencito elegantemente vestido, de conversacih agradable, Q menudo brillante, de exterioridades atrayentes que sabe presentarse en buen coche, propio 6 ajeno, en el Parque de Santiago, 6 en sill6n de teatro, con orquidea en el hojal p guantes blancos. No le falta desplante, conoce el arte del empuje 6 de la pecha hasta colocarse en primera fila. Habla a1 revez y a1

- 47 derecho de todas las cuestiones, de hombres, de cosas, de letras y de politica, sin entenderlas, por cierto; lo critica todo, sin que deje de ser pasto de su maledicencia la honra de las mujeres, ni la integridad de 10s hombres. A 61 le constan 10s escindalos . Si puede meter en la conversaci6n alguna gracia, no vacila en burlarse del sahio, del escritor 6 del politico B quienes mira con el m6s profundo menosprecio. E s capaz de burlarse de su padre. hTo cree en cosa alguna, B pesar de que, si le conviene, suele ponerse esclavina en proceciones. Est& careado hasta la mkdula, como diente viejo, por depravaci6n, por c&!culo, por deseo de surgir, de alcanzar honores y fortuna sin recurrir a1 trabajo; por brutal p egoista anhelo de 10s partisitos sociales que se aferran ti vestidos de mLijerer, ti la mesa de 10s ricos, a1 sal6n de 10s poderosos. Siempre cuidan sus personitas: no se les veri en la filas del ejkrcitos en las horas de peligro, indiferentes como son A 10s triunfos 6 B las desgracias de la patria. Fero no descuidar6n el mejor puesto cuando se trate del reparto del botin, sacando entonces qarras de cernicalo . Esos peehadores insolentes y buenos mozos, disimulados y astutos, cazadores de dotes, enamorados de rida fBcil, de buena meza, de cop" llena v de la mujer del pr6jimo, esos aspirantes ti mano de nida rica y ti vida ociosa forrrian legibn, son tan innumerables como las estrellas del cielo y como las arenas del mar : ." . Otro acceso de tos interrumpi6 a1 viejo que no recordaba el haher hablado tan largo en 10s anales de su vida. Gabriela, intensamente pilida. lo escuchaba en silencio . S u brazo tiritaba ligeramente como imdo notarlo su padre, y un morimiento de ltistima le hizo detenerse en sus obsei-vaciones que pisoteahan

- 48 tantas y tantas ideas juveniles, produciendo trastorno completo en el concept0 del mundo por ella forniado. S6lo que si las palabras de don Leonidas podian alterar las ideas de su hi,ja, no eran parte ti variar sus sentimientos, pues, seglln la profunda frase de un fil6sof0, el corazcin tiene razones que el entendiniiento ignora . Luego, virando rSipidamente, para borrar la impresi6n exesiva que temia producir, afiadiii el caballero: Felizmente hay u n corto nfimero de hombres que Si mi me gusta ; 10s de combate, 10s que se agarran mano si mano con la vida, sin pararse en barras y luchan contra todas las dificultades, la pobreza, la indiferencia de 10s mis, el egoismo general, el desprecio de 10s afortunados, el eterno d e s d h de 10s que hall nacido mSis arriba y se consideran semi-dioses por el hecho de criarse en cuna dorada. Esos que dan p reciben golpes sin pedir cuartel, y que sizben B iuerza de talento, de estudio, de constancia p de trahajo me agradan , mi en extremo; esos que u8n con 10s pani talones remendados y zapatos de doble zuela, tiritando de frio, ti sus clases de medicina; esos que se levantan con el alba ti estudiar y que suefian con redimir el mundo y con poner alglin dia s u patria fL la cabeza del continente, mientras golpean, una contra otra, sus manos azuladas por el frio, esos me son simpjticos. Pero la vida es lucha feroz en que 10s hombres se muerden y se arrancan trozos de c a n e ii dentelladas. El que surje, se levanta ya gastado, coloreando en sangre, con el brazo roto, viejo en plena juventud. E n el camino, a1 rer cerradas las puertas de la alta sociedad, se ha casado con alguna mujer li quien arrastrarsi mAs tarde como hala de caii6n atada a1 pie, olvidando, en las horas de fortuna jr de honores, ti la com-

- 49 pafiera de 10s tiempos dificiles que le sigue corno 10s remordimientos de su pobreza p de sus amarguras . Esta especie de hombres no ser&la que t6 encuentres en el camino, y si la hallaras, acaso tu madre y todo la familia te moviera guerra, pues nosotros no aceptamos sin0 B 10s bien nacidos, 10s adinerados, Q rencedores, n6 A 10s que pueden vencer ; Q 10s de cuna dorada, B 10s que juntan halagos de juventud y de dinero a1 prestijio de nombre lieredado y formado clesde antaiio. E n este bols6n de loteria meten ustedes la mano A ciegas. . . Don Leonidas seguia caminando lentamente, haciendo crujir el camino de conchas, apoyado en el brazo de Gabriela que inclinaba su cabeza pensativa. l2n rapo de sol, A travks de las ramas de 10s Brboles, T-enia ri juguetear con su cabellera rubia, ondeada seg6n el peinado de moda. Por 1as ramas saltaba, cantando, un jilguero p en la tarde luminosa dilatdribase la paz de 10s campos, la feliz tranqiiiliclad tan apacible del caer de la tarde. Los jardines, recien regados, arrojaban bocanadas de olor ; resedti y de i ese otro tan exquisito de la tierra h6meda. -KO puedo aceptar, pap&,todo lo que usted dice. contestble, con su voz ligeramente extremecida, Gahriela. Bien comprerido que debo inclinarme ante su conocirniento del niundo y su esperiencia de la vida, yo que la comienzo apenas, per0 no creo que el niundo sen tan malo, ni que viva empefiado en esa luclia tan feroz ; yo, por lo menos, no la veo . Suele suceder que cuando se recibe desengados, uno se pone 6 dudar de todo, y generaliza, corno el inglks que a1 desembarcar en Francia se ha116 con hotelera de mal humor y de cabellera roja, con la cual apunt6 en su libro: Todas las fondistas francesas tienen el pelo colorado

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y mal jenio . i Araso porque en su vida le han tocado ingratos 6 malos amigos cree usted que 10s clemris hombres lo Sean? j A d6nde iriamos b parar si las nifiaa ctapos padres tuviesen fortuna creyesen que 10s j6renes se les acercaban por dinero? Y a no nos q u d a r i a sino el convento, la soledad, el alejarnos de un rnundo lleno de corrupci6n p de ba3eza. Rfiichas de mis amigas se han casado 6 tienen siis novios p iviven felices, 6 pesar de q i i e no yoseen fortnna. Y o no puedo weer que el dinero sea en este miindo una maldicih; por el contrario, sirre para soportar las horas dificiles, las dificultades materiales de 10s primeros tiempos . No crea listed que yo he dejado de ver en bailes p fiestas esos t i p s de cazadores de dote, de que habla usted; no son tan dificiles de deseiahrir, alin para 10s olfatos mbs juveniles. Crkame que esiste en IRS mujeres inn sesto sentido de adivinacibn, para saber cuando se acerca si ellas el hombre verdaderamente digno de si1 carifio y de su respeto. Hay u n latir apresurado del pecho, se experiinenta sorpresa, ailgustia deliciosa, una zozobra r a m clue parecen decirnos: kse que se acewa es el elegido de t u c o r a z h ; &e, quien te liar6 feliz por todos 10s dias de la vida, y sin el cual sentirias el racio eterno; con 6l puedes pasar pobrezas, enfermedades, soledades, amarguras, p, sin embargo, la vida Serb color de rosa. Su voz, su andar, su figura, te parecerhn ilnicas; es el liombre. Y cuando se aleje quedarin vibrando siis palabras en tin oido, p hasta recordarks el acento con que te dijo tal 6 cual frase de esas que s61o 61 sahe decir. Bastar6 una sola de sus miradas, cargadas de Auido magn6tico y de poder inisterioso para que la volimtad se doblegue, vencida, ante la dulzura irresistible de la sliplica. A mi me parece que las mujeres, cuando

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aman, experimentan algo parecido . . . i Soy demasiado expansiva? i Acaso franca en extremo? -i Pobre Gabriela mia !interrurnpide, con voz queda, el caballero, mirtindola de hito en hito, con la ternura de 10s padres, cuando leen el porrenir de sus hijos como en libro abierto. jQuiera Dios que me engafie! Per0 me parece que est& destinada ti ser victima eterna de la rida. Eres tan confiada como sincera y lo que domina en tu alma es el coraz6n puro y de nifio, que por no conipreiider ni la soinbra del pasado, est$ pronto ii ser victima de explotaciones sentimentales que n6 por sei- las mtis disimuladas son las menos peligrosas. A ti t e engafiaria un nifio chico ; nada comprendes aun de ,las cornedias inconscientes del sentimiento, insinuadas 6 avivadas por intereses, poi* egoismo 6 espiritu de lucro, por las niil formas repugnantes del ctilculo. Vis ti entregar tu coraz6n a1 primer hombre que te dirija una mirada ardiente con la misma facilidad con que el cordero entrega su blanca lana. iPero qu6 ram es que 6, ti t e engafien si la mayor parte de 10s &res Jiumanos viren perturbados, corriendo perpktuamente trAs de quimeras, en pos de so~[Link] luego nadie se conoce, ni existe armonia entre 6stos tres valores: lo que somos en realidad de verdad, lo que nosotros creenzos ser en nuestro fuero interno, y lo que el n ~ i ~ i z d o jeixga que somos . E n seguida viene la imaginaci6n p todo 10 abulta, y todo lo transforma, convirtiendo hechos insignificantes en montafias, sea cretindonos desgracias inminentes que no vi enen, sea poniendo en nuestras manos, como prbximas, la riqueza, el peder, la felicidad que nunca llegan. La imaginaci6n hace que el mundo viva fuera de la vida real, corriendo tr&s de la Sombra, esa imagen, ese

reflejo fascinador que si todos nos engafia, ya lo creamos poder, ya riqueza, ya dicha, ya el amor p que no es sino forma de la aanidad Iiumana . . . simplemente la Sombra, que s61o llegamos si conocer cuando ya es tarde. La humanidad, como D o n Quijote, muere cuerda despuks de haber vivido loca. . . Padre 6 hija no se niiraban; a l p como una opresi6n les distanciaba . E n ese instante se oyeron 10s cascabeles del break resonando en el camino. E r a n como las seis de la tarde, hora en que todos 10s habitantes y alojados se reunian en 10s corredores de la casa para aguardar la llegada del correo que traia diarios y correspondencia de Santiago, momentos ansiosamente esperados en la mon6tona vida campestre. E n cuanto se avistaba el coche tocibase una campana, para avisar la hora de las cartas y la de prepararse para la comid5 . Gabriela se encontraha poseida de singular impaciencia en esta ocasicin; esperaba la llegada de Angel Heredia, que debia pasar algunos dim en el fundo vecino de doiia Carmen Quezada y habia prometido quedarse, de paso, unos dias en el don Leonidas Sandoval. La conversaci6n con su padre le habia producido impresi6n dolorosa y, cosa extrafia, en vez de aceptar 10s cosej os paternales con el agradecimiento que se debe B todo carifio desinteresado, sentia surgir en su alma sorda irritaci6n liacia don Leonidas, el sentimiento de hostilidad y de encono de 10s jugadores en contra de 10s [Link] de lo que trae la mala fortuna, algo asi como desgarramiento de su carifio de hija. U n a fibra. desconocida se irritaba y se erguia, como vibora-en ese corazcin de bondaden contra de su padre. Hasta su cutiz amarillento y

- 53 arrugado parecia revestir ti sus ojos tinte repulsivo. R i f a g a de odio, algo que abominaba y le causaba horror 6 ella misma, parecia surgir en la tersa p1acidi.z de su alma. El rumor de cascabeles, pa prbximos, borr6 las diversas y encontradas sensaciones que la tironeaban . Corri6 apresuradamente juntarse en el verandah con illagda, Pepa Alvareda, ManueIita Vasquez, Leopoldo Ruiz, Javier Aguirre, [Link] Alrareda p un grupo numeroso de personas que veraneaban en las espaciosas casas del fundo. i Vendrti? i N o vendri? se preguntaba su coraz6n palpitante, p delicioso sentimiento de ansiedad la inyadia toda entera. [Link] Alvareda y Javier la embromaban murmurtindole cuchufletas al oido: iA qui. viene una encomienda de Santiago para usted? le decia Ruiz, con su tono de hnaso. No me parece tan malita. i A quk no me la vende? i P o r quk se pone tan colorada. . . sino le gusta lo deja, no m&s. Va ti t&er dos trabajos, el primer0 el de enojarse, y despu6s el de desenojarse . Wrenla como se rie sola. A1 hombre, dkjenlo, y & la mujer, d6jenla. . . Entretanto, llegaban rumores de pasos y ruido de choque de bolas de la pieza del billar, A cuya puerta solia asomarse, con el taco en la mano, un caballero de cincuenta y seis afios ni&s6 menos, de ojos pardos p chicos, barba nazarena, rubia en otro tiempo, ahora sembrada de hilos de plata, labios delgados, contraidos en sonrisa entre amable y picaresca de viejo vividor con resabios de sdtiro. Tenia el cigarro puro encendido, en la mano, 9 de cuando en cuando lo chupaba voluptuosamente, ariwj ando con lentitud y saboreindolas, bocanadas de humo que todavia olf ateaba con su gran nariz, como que era hombre de explotar las cosas agradables hasta sacarles el jugo,
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- 34 seglin decia. T& de 61 apareci6 la figura britinica i del joven Sanders, con 10s bigotes afeitados y el mon6culo en el ojo; queria asomarse B la llegada del correo, y porfiaba por salir, en tanto que el otro forcejeaba por retenerlo. i Quit no vamos B las ochenta carambolas? Usted suspende el juego cuando solo me faltan doce y le llero ventaja . --Ad serh, don Jacinto, pero deseo ver el correo, y B 10s que llegan. Ale rindo, agreg6 pasando B don Jacinto Pefialver u n gran cigai-ro habano enruelto en papeles de plata, envite del juego. El caballero lo coji6 a1 vuelo, como temiendo se le escapara, lo di6 ruelta entre sus dedos, y cerciorindose de que era u n Hoyo de Monterrey, lo coloc6 en su bolsillo: EstB bien, joren, le dijo, eso si que es de hombre. . . fumar estos cigarros y darlos B 10s amigos, ahora que, so pretest0 de crisis le ofrecen B uno Verdugos que realmente lo ejecutan y victiman. Se conoce que usted es el tipo del gentleman; quien fuma y ofrece cigarros habanos de ese fuste, cuenta de fijo entre sus abuelos algrin conde 6 marquks. Usted contribuye, joven, B la realizaci6n de mi teoria favorita. . . yo vivo sobre el pais. . . Despuks de pronunciar estas palabras con buen humor corriente, don Jacinto Pedalver abandon6 la sala de billares, la cabeza erguida y echada hacia atrBs, dando lentos pasos con ligero balance0 6 derecha y ti izquierda, habitual en 61. U n saludo caridoso parti6 del vestibulo, donde se agrupaban algunos de 10s veraneantes, a1 pie de mesas y sillones de mimbre americano, de formas redondeadas : Ahi viene el Senador Peiialver . E s e que Ilamaban, en la intimidad, sus amigos Senador, era uno de 10s personajes mris caractersticos de la sociedad santiaguina . Como

- 55 61 misnio deck soy tan indispensable en las casas de buen tono corm 10s manteles en la mesa. . . c <me tratan bien en todas partes porque soy llano, afable, corriente, s6 divertir : las mujeres y reirme de 10s i siziticos. . . soy un elemento social y vivo sobre e7 pais. . . Era el Senador Pefialver un personaje simpitico, interesante, y en extremo curioso, producto de civilizaciones jcivenes, como la nuestra, en contact0 con viej os priiicipios y preocripaciones aristocrtiticas del antiguo r6gimen. P o r familia, pertenecia Pefialver ii una de antiguo g honroso aholengo, cuyo prestijio se habia mantenido intacto por varias generaciones, durante las cuales ocuparon sus miembros posici6n espectable en la sociedad chilena 9 en la administracibn pliblica . E r a , con todo, aventurero sin profesi6n, ni fortuna, ni medios conocidos de existencia, ni recursos de alguna especie. Cuando joven se habia distinguido por su extraordinario y fino olfato en materia de negocios. Habia descubierto, en el extranjero, minerales de cobre, de estafio y de carb6n cuya importancia era considerable, trayendo esos negocios, todos ellos de primer orden, para ser colocados en el pais. Otros, mbs listos 6 menos excrupulosos, supieron organizarlos llevtindose la parte del le6n y dej indole simplemente las raspaduras, en forma de cien 6 doscientos mil pesos, que el Senador Pefialvev babia tirado por la Trentana, sin contarlos, en uno de sus viajes ti Europa, acostnmbrado 6 tratarse de igual b igual con 10s j6venes in& elegantec J m8s ricos del circiilo de 10s Floros. E n cuanto se le agotaron las municiones volvi6 ti Chile en busca del vi1 metal, pero sin deseo algimo de conseguirlo por medio del traba J o deprimente del barretero , pues un Pefialver se Iiuloiera envilecido

- 56 trabajando, cosa de gente para poco mks 6 nienos. El colmo del arte consistia, 6 su entender, en dame buena rida, en cortejar mujeres hermosas, comer en buena mesa p en conipafiia de la mejor gente, y beber champagne y fumar buenos cigarros sin gastar un ckntimo y sin trabajo, ejerciendo el ocio con la dignidad de jentilhombre con derecho de llave, u s 0 y servidumbre como 10s grandes de Espada. Don Jacinto, el Senador Peiialver era, sin embargo, aventurero con el m4s profundo p acendrado sentimiento de dignidad personal; sabia poner 6 rapa ti 10s indiscretos y darse el mejor y mtis c6modo lugar en todas partes. j, C6mo vivia, cu6les eran siis recursos? L a gente mwlias reces se lo habia preguntado, sin alcanzar ni asomos de respuesta. L o m6s atinado era lo que habia dicho un dia Magda, con su habitual precipitacibn y ceceo andaluz : Ese es un AIisterioque el mundo para siempre ignorar6. . . L o cierto es que no daba sablazos, no pedia prestado, ni jugaba en el Club, ni cometia el miis leve acto de indelicadeza . Tampoeo desempefiaba puesto p{iblico, ni privado. Y o 1-ealizo el ideal de la economia politica, solia esclamar con su voz agradable de baritono cantante, vivo 10 mejor posible p con el minimum de esfuerzo . . . vivo sobre el pais. D e inteligencia fina, penetrante y muy Clara, de profundo conocimiento del mundo de la sociedad cliilena, de maneras aristocrtiticas 6 insinuantes, aunque cortantes B veces, poseia el arte de ser bien quisto de todos, sin adular p sin rebajarse como 10s parBsitos de casa grande. Era hombre de suficiente perspicacia para poder decir i en ciertas ocasiones: admiro i 10s hombres de talentn pues yo, con solo dos 6 tres ideas, he conseguido vivir hasta el presente?. .
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- 57 E n esos instantes se detenia el break frente B la puerta de entrada. El huaso de manta y espuelas que acompafiaba siempre a1 carruaje, recibia de manos del cochero un necessaire de pie1 de cocodrilo con fund& tabaco, dos maletas de cuero de chancho inglesas, sacos de noche p paquetes de mantas con hebillaj e nikelado . A1 mismo tiempo descendian cuatro jbvenes, entre bienvenidas de 10s del grupo del p h tico y saludos de 10s de abajo. Ahi viene Polo Sanchez con Paco Velarde p Angel Heredia. . . exclam6 Javier Aguirre. Ahora si que vamos Q divertirnos . . . lo menos que hark con ellos serQecharlos A la laguna. . . Y luego, cuando hubieron aranaado con sus maletines hasta el pie de la escalera, a. donde salia B recibirlos Magda con ligereza de ardilla, el joven Aguirre pus0 las manos Q guisa de enibizdo, gritindoles : iVivan 10s novios ! iVivQaa. . . Y luego hizo con las manos una imitaci6n bastante exacta del ruido de 10s voladores que tiran en 10s campos en 10s r casorios campestres . . . sh . . . pum. . . pum. . . El joven Aguirre, como primo de las nifias, podia permitirse esas y otras bromas. E n cambio, el pobre Paco, antiguo cortejante desgraciado de Magda, se pus0 colorado hasta las orejas, dirigi6 Q Javier miradas furibundas 9 viendo las risas concluy6 por reirse Q su turno, aunque de mala gana. No tard6 en formarse grupo abstante animado, entre 10s recien llegados p 10s veraneantes que 10s acosaban Q preguntas . Sobre mesillas de mimbre se hallaban estendidos 10s diarios de Santiago, la Ilustracidn Prancesa, Foeminn, L a Mode, L a Agricultura Prdctica otras revistas recien llegadas junto Q un paquete de correspondencia, que todos hojeaban rhpidamente . El Senador Peiialver, con 10s anteojos calados recorria

- 38

la prensa oyendo a1 mismo tiempo la conversaci6n. << -iQui. se dice de nuevo? -Que el Jfinisterio cae. . . -i C6mo, si tieiie mayoria en ambas CAmaras? pregunt6 don Leonidas para hacerlos hablar . -Lo lian derribado sus amigos, contest6 el recien llegado, haciendo el vacio en torno suyo: han pasado diez dias seguidos sin darle nlamero para las sesiones del Congreso, y 10s Presupuestos no se aprueban,
-Un Xiaistedo mhs QQLGimporta a1 mundo?

Exclam6 el Senador Peiialver, parodiando 6, Espronceda, pero sin soltar su diario. Joven ,eso es tan viejo como el andar pie. Son de ordinario 10s amigos 10s que nos hacen las peores jugadas. Los amigos nos meten en sociedades ganaderas sin ganados y sin tierras 6 en salitreras sin salitre; ellos se llevavi las acciones liberadas 9 nos dejan hoyos y clavos; 10s amigos nos hacen afianzarlos . . . -Me gusta esa nzeidforn poi- lo ~alienteinterrumpi6 Taco mirando a1 Senador con malicia . -i Joven, confiese usted ! . . . i qui. no corren, por ahi, algunos papelitos en que usted aparece de afian,, zado? Pero no se asuste, yo no le pediria la fianzrt . . . agreg6 el Senador con insolencia ir6nica. El joven "Paca" que .ganaba unos cuantos pesos mensuales como secretario de Sociedad An6nima se corri6 por segunda vez; pocas ganas le quedaron de meterse en otra ocasi6n con el Senador. . L< -Y en sociedad ique se dice? -j IJf! Viiia del Mar esth que se arde. Opiparas
t i

- 59 comidas, cenas ti lo Petronio, grandes fiestas. . . todo es grande, hasta el baccarh. . . Algunas secoras j6venes, signiendo la moda de Monte-Carlo, t a m b i h juegan. La sefiora Brandsen acaba de ganarse una acci6n del Sindicato Unido que vale cuatro mil pesos. U n salitrero rico, el sefior Laraquete, ha encontrado manera de gastar doscientos mil pesos en la temporada . Tiene cuatro autom6viles piiestos para pasear B sus amigas.. . p pierde todas las noches dinero en suma fuerte y habilita ti 10s que no lo tienen. El champagne corre como el agua. Los corchos saltando a1 teclio forman fnego graneado, como el de 10s antiguos soldados civicos en Dieciocho . -Nada miis dirertido, agreg6 Polo, que la representacibn de Circo en el G m n Hotel de Vifia. Repetiase la parodia del Frank Brown, dnrante la exhibici6n de elefantes sabios por la princesa de Blairena. Tito Diaz, sentado en un cochecillo de haby, hacia de elef ante chico ; Antonio Belmar, empuj aba el pequefio vehiculo con la cabeza, como elefante mayor y la sefiora de Prikles, alziindose un tanto el vestido, con la mano izquierda, hacia sonar la fusta con la derecha, exactamente como -la princesa de Jlairena en el Circo, dindoles voces en franc&. El supuesto elefantillo bramaba m7L. . . con voz fiierte y cavernosa, estremeciendo 10s vidrios del sal6n. E n esto llega la sefiora de Tito y le apea de una oreja.. . Escuchiibase con profunda atenci6n la cuenta detallada de fiestas, escBndalos y chismografia de Viiia del Mar, en aquellos dias en, que todos se creian millonarios 6 pr6ximos ti serlo. D o n Leonidas se agarraba la cabeza ii dos manos. iY pensar que no ha existido en el mundo sociedad mhs seria que &a,

- Go ni donde las mujeres fuesen mis virtuosas ni 10s hombres inis honorables! El mundo se est&corrompiendo . La sed de fortuna improrisada 10s ha ruelto locos. L e parecia ver b la sefiora Brandsen, A esa hermosa dama de perfil griego, coqueteando con el joven b quien habian dado en esos dias el sobrenomln-e de Petronio por el lujo de sus fiestas, y arrojando montones de billetes a1 tapete verde. . . todo b vista y paciencia de su marido que s61o vivia pensando en,. sport y en carreras. . . -ATo se asuste, don Leonidas, en algo habiamos de progresar, dijo el joven Sanders. E n MonteCarlo he visto nifias elegantes que perdian miles y miles de francos en las mesas de juego, sin manifestar la menor emoci6n. Eso es muy chic. . . es el dernier cri . . . dejarse pelar fumando un maryland alegremente. Ustedes saben que en Europa todas las mujeres elegantes fuman . I All ! . . . si. . . i Ah !. . . si!. . . -iAcaso en Chile no fuman desde 10s tiempos de 6auco las niujeres ? interrumpi6 Leopoldo Ruiz . Mire, amigo, fia Peta, la llavera de casa, cuando yo era huaim se llevaba fumando no mbs, 6 la orilla del bracero todo el dia, y con el cigarro detris de la oreja cuando la llamaba mi mam&; usaba cigarrillos de hoja que ella misma hacia. Y no dejaba de fumar ni cuando preparaba las compotas de durazno que sabia hacer de recliupete. Y en vihdola le decia yo: iHasta cu&ndo fumari, fia PetaEjelo no mhs, que me decia, pb que no crie mafia. . . e n de que nosotros 10s pobres no tenemos otro engafio . . . D e que ahora fumen t a m b i h las sefioritas no me asombra, pues, con 10s afios mil vuelven las aguas por d6 solian ir .

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La campanilla, en esos instantes, sefialaba hora de comer. Dirigikronse hacia el implio comedor de las casas, con asientos para treinta personas, pues en rerano solia juntarse una colonia p don Leonidas recibia con largiieza propia de caballeros antiguos. L a comida era sencilla, rhstica, pero en abundancia; 10s rinos bastante buenos, habia quesos, conservas, patkde foie, caviar, brie. Servianse varios platos la vez, en fuentes de plata, y cada cual elegia lo que juzgaba conveniente . Los convidados se habian sentado sin orden ni etiqueta . Gabriela conversaba animadamente con Sanders, secino suyo. Sentiase feliz; su mirada, d hurtadillas, se dirigia a1 rinc6n en donde se habia sentado Angel Heredia, y solia cambiar con 61 uno de esos destellos ripidos p dulces que llenan de feli cidad el alma de 10s j6venes. El Senador Pefialver, situado junto si ella, no tard6 en comprender el manejo sentimental de su amiga. Con el olfato mundano que era su condici6n caracteristica, crey6 ver que el joven no realizaba el ideal de 10s padres, de otra manera acaso le hubieran dado colocacih distinta . Era visitante tolerado, nada mds. En cambio, ti ella le agradaba vjsiblemente . L a muchacha tiene cardcter, pens6 entre si, esto puede llevar sus visos de serio, d pesar de que A 10s padres no les gusta. Y si tomo actitud de neutralidad benkvola para con ella tendrin que agradeckrmelo forzosamente . E s necesario saber hacerse &til sin gastar dinero. Era esta una de las mdximas favoritas que ponia en prdctica el senador Pefisilver. Sin mds ni msis, dirigikndose B Gabriela, hizo elogios de Angel, d quien pint6 corn0 dechado de perfecciones . La joven lo escuchaba con visible complacencia. Desde hacia u n mes, sin saber ella c6mo ni por q y k , habia notado que comenzaban

- 62 h dirigirla bromas en que figuraba Heredia; no les daba importancia, y sonreia . Ahora ya era otra cosa, las bromas se precisaban cada vez miis, como si sus amigas, 10s caballeros. la sociedad entera se liiciera c6mplice, asocidndose 6 sus inclinaciones nacientes, empuj indolas, con simvidad primero, luego de manera irresistible, dicihdole B cada paso: ese es el hombre que te conviene, el que realiza tu ideal y corresponde B la opini6n imperante en salones, en corrillos, en clubs. Sentia como si una conjuraci6n universal, agradable, puesto que correspondia i sus inclinaciones secretas, le fuera seiialando suavemente el camino de su vida, y empujhndola, sin sentirlo, hacia ese joven. Y luego, terminada la comida, mientras 10s hombres fumaban en 10s corredores, bebiendo copitas de cofiac y de whisliy and soda, las niuchachas se amontonaron en iin rincbn, baj o las enredaderas, echadas atrhs en las c6modas sillas americanas de mimbre, 6 en silletas de lona semejantes A las que se usan en las cuhiertas de 10s vapores. T,a luna llena iluminaba el parque inundhdolo en claridades encantadoras, dando al cielo entonaciones de zafiro y 6 las hojas de 10s nisperos color profundo y brillante, para deslizar luego sus haces luminosos como cascadas de monedas de plata sobre el agua del rfo. L a paz de 10s campos subia con chillidos de ranas, i-umoues de gi-illos, ladridos de perros lejanos, alglin perdido galopar de caballo. Gabriela, en su sillbn, sentia como fundirse la naturaleza entera en ansia de ternura, en impulso inconsciente de amar y ser amada, en oleaje eterno de movimientos inconscientes de la especie . Varios j6venes se acercaron d ellas, con alboroto, embroman-

- 63 do, p arrojaiido bocanadas de humo, con esa alegria enteramente animal que sigue 6 buena comida .-A que no adivinan lo que estamos pensando? preguntdes Jlanuelita, esforzandose en dar B sus palabras acento amable. --So crea que en materia de adivinanzas soy tan malito contest6 Ruiz, paslindose la mano por la barba nazarena . Y luego agreg6 : ii que ustedes uo me adivinan las mias, a ver. . . En blanco paiio naci, en rerde me cultiri:. . . tantas fueron mis desgracias . . . que en amarillo quedi:. . . --SO doy. . . --Ni y o . . . -Ni y o . . . -Ekes, la naranja, contest6 Ruiz con tono triunfal. A rer, adivinenme esta otra: Fui la plaza, compr6 un negrito . . . y en llegando se pus0 coloradito . . . . jNo dan todavia?. . . Pues, el carh6n. . . -Yo tambikn conozco una muy bonita, exclam6 Gabriela, es. . . una fuente de avellanas. . . que en el dia se recoge. . . y en la noche se desparrama. . . >, iqui. ser&?3liren usted a1 cielo. iQU6 linda est6 la noche! ipues, qui. ven ustedes arriba?. . . jno dan?. . . p i e s Ins estrellas. El joven Sanders se liabia acercado con su mon6culo que 110 se quitaba iii para dorniir, y luego, por no quedarse atrhs: All&va otra adivinanza: Tengo una tia, que tiene una hermana, que no es tia mia. . . i,qui: serd? jse les-perdi6 la lengua? jest6n mudos?... Pues. . . m mctdre. i -Yo crei q u e . . . q u e . . . era su mon6culo.. .le dijo Dlagda . << -3% a la plaza. . . compri: una bella. . . -colvi 6 casa.. . llort. con ella.. . E s la cebolla.
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- 64 El antiguo juego de adivinanzas que tanto entretuvo ti nuestras abuelas, todavia se perpetuaba en corredores de haciendas, para matar el tiempo. Ruiz eximio en la materia, era todo u n hombre de campo, aficionado ti topeaduras, A rodeos, ti correr vacas, bueno para la zamacueca y capaz de resistir tres dias en fiesta: u n huaso hecho y derecho. L e di6 en un tiempo lejano, por cortejar A Gabriela, de quien se habia enamorado perdidamente, aunque sin kxito alguno. Magda, muy nifia entonces, se dirertia ti costa suya, escondikndose debajo de 10s sofaes, y cuando el joven se hallaba de visita en la casa, en medio de reuni6n numerosa, comenzaba A sentir alfilerazos 6 pellizcos terribles en las piernas. <( -i Qu6 tiene, Marcos 2-preguntAbale Misea Benigna, a1 verle hacer gestos desesperados . --Nacla, sefiora,contestaba el pobre joven mientras Magda p su primo Javier, escondidos debajo de 10s muebles, casi reventaban de risa. El joven lo soportaba todo, en homenaje A su pasi6n por Gabriela que permanecia insensible ti carid0 tan ciego como rustico. El joven Ruiz, despuks de doblar la hoja sohre sus amores desgraciados, seguia visitando la casa y tomando las cosas con buen humor. E n el fondo conservaba una de esas heridas que se cicatrizan lentamente, y mantenia oculto pero latente el fuego de su amor poi- la hermosisirna nifia de cabellos rubios y de ojos pardos. E n vano habia querido olvidarla, borrarla de su memoria : siempre surgia vencedora. P a1 ver acercarse A ella su nuevo rival, comprendi6, desde el primer instante, qui: A ese le estaba destinada la felicidad infinita de ser querido por Gabriela. Pufialada aguda le heria, con esa doble vista, que nunca engafia, de 10s enamorados .

- 6.5

Y sin embargo, & su juicio, Angel no era digno de mujer para 61 tan admirable. Habiale conocido de nifio, en el colegio, donde cursaron humanidades juntos. E s cierto que el joven IIeredia pertenecia. por familia, B una de las miis antiguas y distinguidas de Santiago; la fortuna de su padres, seglin se decia, era considerable. Pero en su carricter, en su manera de ser tenia algo raro, cosas incoherentes que no le agradaban . Gozaba de prestigio entre 10s Padres J e x i t a s por exaltaciones misticas, por composiciones en verso A Santa Teresa AI triunfo de Dios y del altar. Pero ese mistico que solia ir ti la capilla B rezar las Ave BZarias en cruz, tenia temporadas de calaveradas terribles, de sensualismo desenfrenado 17 extrafio, corn0 si padeciera lesi6n nerviosa en su organismo entero. Angel stifria, junto con eso, accesos de c6lera frenktica, no vacilando en arrancar varillas de fierro a1 catre para cargar sobre sus compaiieros. Todo eso y muchdniiis, recordaba Ruiz de su aiitiguo condiscipulo Angel Heredia, A quien hallaba ahora lenzado de lleno en 10s altos circulos santiaguinos. Y a1 mismo tiempo sentia que Gabriela lo arnaba . U n impulso de orgullo le impedia contar 10s recuerdos que acutlian en trope1 A su memoria. Todos pensarian que eran- invenciones de su propia fantasia, nacidas de su despecho. D e j 6 rodar la bola, sintiendo la agoilia intima del que v k resbalar & la mujer amada por la pendiente, sin poderla detener; del que ama 17 no es correspondido; del que no puede mostrar su alma a1 demudo y Te marcliitarse y desaparecer su m&s deliT cada ternuras colno arboles olvidados, que nadie toea, han de sentir la caida iniitil de sus doradas frutas. E n el sa16n se habian sentado zi la mesa de poZker doiia Renigna, don Leonidas, el senador Pefialver.
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- Mi Paco Velartle y T-arios j6renes. Rumor de fichas, baraje de naipes, voces de juego cortahan & cada instante la conrersaci6n medianamente animada, p e s todos pensahan en sus cartas y en adivinar las de 10s adversarios. Paco repartia las ciiico cartas cl&sicas. -. . . Hbro con dos cliipes. . . . dijo uno. Hasta peso. . . que Sean dos. . . me retiro. . . iCartas? -Deme dos -; Contento ! -Eso hiiele a b h f f ... Si, agregi.6 el senailor. E s un J6uen bastante simphtico. D e p a n familia. Su abuelo era rico y su padre est&poderoso ... pero es mezquino como linaso riejo, y tan duro de entrafias que eeria capaz de t S y i t : ~ i ~itn g.:*ano,It. iljgo a1 gallo lc de la Pasion. El niuchacho parece niui caballuo, es lhstinia que tenga tantos hermanos p que 511 w i i u l padre goce de salud tan robusta. iQuiiln habla?... chipe y peso ... otro miis... reo... itres cartas? yo tengo flushs gano. Venga a& ese pozo. --i Caballeros, ponerse! Blguien falta . -Es Jlenendez, con seguridad; amipo EO se haga el tonto ... L< --En, dos, tres.. . tin, dos, t r e s . . . un, clos, tres ... Este j6ven era hermano ?e aquella chiqirilla tan linda, de Marta Heredia, muerta el afio pasado. Acaba de llegar de Europa. E s bastante educado v correcto. . . Un, dos. . . un, dos. . . un, dos ... . ahro con chipe. < -Yo entro, por ser tan barato ... deiime cinco cartas . << -A mi, dos. L -Una.. . -; Contento ! -Es b l u f f . . . . . Anjel es buen mozo. Tiene paLL
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recido notable con si1 abuela, tan cklelnre por su belleza, aquella seiiora a quien el coronel don Tomas de Figueroa salud6 tan soberbiamente pori la espada, momentos antes de morir, en 1810. . , . . . icu&ntas cartas? tres. . . . Ud. dos.. . . y o . . . , una. << --Voi peso. . . . -IJ16veselo. . . que me voi. Angel, sin sospechar que se ocuparan de su persona en la mesa de poker, se diriji6. con paso lento, a la sala de billares, en donde Magda, coz el cigarrill0 turco encendicio en 10s labios, hacia carambolas con arte de profesional, jugmdo en compatdia de Julio Menhdez, de Sanders y de Pepita Alvareda. Dos anchas bantias himinosas salian de las puertas a1 jardin; el rumor de choque de bolas. de pasos menudos, de enaguas de seda, se mezclaba a1 de risas cristalinas de rnujeres y roces roncas de Iiombres. El j6ren fuinaba cigarro p r o , apoyado en la haranda. bajo las enredaderas, cuando rici un cuerpo elegante y fino y sintici r&faga perfumada, a1 pasar. Era Gabriela que, sin ~ e r l o acababa de apoyarse en la puerta, recojien, do su TTestido que 13errnitia ver la delgada garganta de su pierna cubierta con media de seda negra, cuya, suavidwl opaca resaltaba con el brillo de siis zapatillas de cliarol. El color albo de su trage de punto de hlanda. se destacaba, junto 6 la sombia, como deste110 castaineiite luminoso. Los reflejos produeIan en I R S onrlulaciones de SIIS cabellos rulnios como nimbo de gloria que desceiidia en niechas locas y sueltas sobre su cuello transparente y puro-de una pureza que liiihiera permitido \-el- el movimiento de la sangre. Sns ojos negros TT gyandes tenian la dulzura del terciopelo; contemplarlos, despues de vel- la finura de su alto cuello, producia la impresicin de sentirlos agran-

- 68 dados, algo corno sensacion de agonia duke y misteriosa, de una roliiptuosidad no probada. -j Q L I ~ hace TTd. aqui, tan solo? pregunt6 al j h e n , a1 rerlo. L< --Nada.. . contemplaba la noche, primero, y a Ud. . . en sequida. L a noche es tan hermosa. H e +to, a lo lejos, unas nubes que corrian con la movilidad encantadnra de sonrisa de [Link]; p, arriba, muchas esti-ellas, de esas cuyos nomhres no conozco, pues en el colegio me ensefiaron muchos latines y uersos de memoria, en rez de mostrarme la noesia viva de la natiiraleza, >r de ensefiarme esos nombres del espacio. Francamente, me sentia conmorido, con la necesidad de estar solo. . . -j, Entonces he venido a interrumpirle ? -iihh! desde que Ud. lleg6 todo ha desaparecido, 4 en el cielo y en el espacio. . . Angel hablaba con hermosa voz llena, de entonaciones de cobre, en tono I<rieo,asi como hablan 10s tenores de 6pera J 10s prirneros galanes. Pero la jciven le escuchaba emocionada, sobrecojida poi- [Link],je nuevo para ella, por frases anasionadas, pronunciadas por hombre de figura hermosa v raronil. Bajo el smocking suelto se notaba, en el iciren, la imsculatura vipornsa JT fuerte de hombre de sp9rt; tras de la camisa blanca sentiase pecho de bronce, natvaleza viril y sana, en contraste con mucliachs afeminados ;v huasos incultos v rlisticos que la habian perseguido. Gabriela escuchaba en silencio, palpitante el Corazon, 10s labios secos y ardientes, tiritando, en un desfallecimiento de su sei-, con sensacih de suprema dulzura, sintihndose, crephdose adoradst, sin que se lo dijeran, con el amoi*respetuoso de 10s hidalgos de la E d a d Media. Y esto lo sentia a1 travez de lenguage

- 6g de poeta, lleno de misterioso encanto. 1 llegaba a ' parecerle que JYX primera vez, en la histor;%del universo, tin hombre hablaba de estrellas y de noche a una mujei-, rereliindole misterios de santa poesia, de castos amores. N o habia tenido tiempo de analizar el sentimiento algo artificial, el lirismo hechizo, con reminiscencias de novela, del hablar de aquel j h e n , c u p imajinacion se exaltaba con el sonitlo de su propia TWZ, a1 rumor de siis propias ideas. Era que las imvr-esiones de Angel sufrian la influencia del medio, la sensacion de lujo ? de abundancia de la casa, el bienestar de la rida, 10s detalles elegantes, los refinamientos de cultura, de huena sociedad y de tono. y, junto con esto. un i-apor emhriagante de sensualismo, el mxreo de la belleza de la plenitud de forrnas de una j6ren, de la morliidez de sus contornos, de actitudes inoeenternelite provocadoms, el ardor de f u e p de 10s \reinticinco afios, exaltado en la poesia de tibia noche de i-erano, a1 calor de sus propias palabras p a1 sonido de si1 TTOZ que sentia extrada, [Link]!a por primera vez. Gabriela bajaba la vista, [Link] vor estremeciniientos imperceptibles ;Angel sentia 1a cabeza acalorada, los ojos quemantes y 10s i a i h secos. Ann no se habian tocado la punta de !os dedos, ni se habian diclio que se amaban, pero ic6mo ?o sentian en 10s misterios de la noche, en el titilala de las estreUas, en el soplo de resedh que subia del parque, y en el sileiicio, en el si!encio profundo en el cual sus COrxzoneS palpitaban!

De mafiana, inuchos de 10s veraneantes se habian reunido en el hall, en donde tomaban tazas de car6 con leche tinos, copas de co his icy and soda otros. Don Leonidas y el senador Pefialver bebian grandes vasos de leche espumosa, recien traida de las vacas, a pequedos sorbos, salioreando al mismo t i e n i p la espuma I\ el aire fresco de la mafiana, el olor delicioso de tierra h h e d a , de flores J yerbas. -:A la leclieria, se Iia dicho! esclam6 Ifagda, sipikndole inmediatamente Sanders, Lzopoldo Ruiz, Julio IBPenhdez. Poo, Pancho, el j h e n Heredia y Pepita A l ~ ~ e d que acababan de levantarse. Los a, demas hacian cada c u d lo que juzgaba conreniente, coma era regla de la casa: entera y absoluta independencia, salvo a Ias horas de almuerzo, lunch y comida, en que se tocaba. la campana. El grupo de j6venes penetr6 R Ias caqas riejas del fundo, pasando junto al escritorio del mayordomo y del cmtador. E n el fondo del p a n patio habia enormes ,galpones con t e c h de zinc; alli se lechaba mas de ioscientas cincuenta racas todas las mafianas,
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desde las cuairo. Por todas partes se reia niiijeres con la cabeza cubierta por pafiuelos de lana encarimdos, celestes, zmarillos tabaco, sentadas en pisitos de paja, sacando leche que caia en 10s baldes v cubos de metal, llerados inmediatamente a 10s dep6si tos y enfiiaderar. Nujido constante de racas y terneros cortaba el aire, junto con gritos de vaqueros que llegaban a caballo, con sombrero de pila de anchas alas y mantas de colores ristosos, liaciendo sonar las espuelas. A lo lejos se veia el grupo de micas, Fa lechadas, que volvian a1 potrero, arriadas por un huaso, entre nubes de 11011-o, cameras p saltos de terneros y el trote suave de cahallos sobre el suelo cubierto de hostas de animales. Por eima de una ccjrca d e mnias de espino se alzaban cabezas de terneros que mugian, llamando a sus madres, y iistas les contestaban de lejos. La brisa fresca traia rifagas de menta y her gamota. Un peon, armado de pala, cantaba, a1 estremo del corral, coil voz ronca p destemplada: -Si tii t e mis y me ejas. . . No me podr6 conlcolar . . . En el centro del patio, dos mec6nicos se orupaban en limpiar y aceitar el gran motor que alzaba su caja negra, junto N la trilladora. L a s miquinas y motores liar1 desterrado, desde Iiace Fa mudios afios, a las aritiguas y pintorescas trillas con yeguas. E l grupo de j6venes iba de aeii para all&,sin dame punto de reposo, profiriendo gritos, caireoseando y areriguando todo. -i C u h t a s fanegas de trigo r a n a cosechar este ago? preguntaba Angel a1 mayordomo que iba con ellosr-En los potrei*os del alto, respondia 6ste meneando la cabeza y sacando sus cuentas entre dientes, por lo menos diez mil. . . . y catorce mil en el bajo. E n el potrerito del TiTr6hoI le Iia entrado polvillo a1 trigo. . .

- 7 A cadu iiistaiite se veia llegar peones, carretas que eiiiraban o salian liaciendo chirrear sus ruedas. inquilines, sirrientes, nifios, muj eres. Oian gritos, llamados de tin corral a oti-0, ir y venir incesante, carrevas tic animales. E n un cafion de piezas bajas de las casas a n t ih. a s se habian instalado las ni6quinws de la w mantequilleria. -Alii estaban 10s enornies estmques de leclie; las enfriaderas; las descremadoras, las batidoras, movidas por poleas, mediante fuerzas liidriulieas de turbiria tornadas del canal. Los j6venes recorrian distint-os departamentos, limpios como patena, viendo funcionar las m6quinas y fabricar la niantequilla, rendida toda de antemano a una de las casas comerciales de Valparaiso. Era delicioso ver 10s grandes pelotones de mantequilla tan fresca, recien cuajada, apetitosa. . . I presenciar, a lo lbjos, el desfiie T de las vacas mestizas de raza liolandesa, de grandes manchas blaiicas I\ negras, ciieriios chiquitos, loino parejo, gordas, el pelo todo lustroso, el andar lento y pesado. Revueltos con ellas iban 10s terneros, t&n gordos p crecidos que parecian casi el doble de 10s terneros brutos. << -Las vacas holandesas y las Durham constituyen la aristocracia, algo asi conio el sefiorio del ganado vacuno. . . la c h n e . . . decia Sanders, asi como 10s l~nckizeys 10s caballos cabalieros p sefiores. son j , Y creen lids. que 10s misnios aniiiiales no entienden esas cosas? No tienen Uds. mas que fijarse en la actitud de 10s caballos de lujo, en el Parque de Santiago, y ver el rlesprecio con que parecen mirar a 10s caballos de alquiler . -Francamente, con perd6n de don Emilio, yo no eutiendo el lenguaje de bestias, repuso lxuiz. Nunca he podido adivinar lo que piensan 10s bueyes.

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SGlo entiendo que no les divierte inuclio aquello de tirar las carretas o andar dias de dias tincidos al arado, tira que tira, si seiior.. . Tim carretero.. . . agreg6 entonando una caiici6n en b o p en las parrandas de campo. -En casa, en Santiago, tenemos uii lor0 que no s6lo habla cuanto quiere, dijo Jlagds, sin0 que liasta sdivina el pensamiento: el loro de ! Tato, !a cocinea ra. S o hace mas que acercarse la Manuelita cuando Fa le grita, con entusiasmo: Nifia! quieres casarte! j a . . . j a . . . j a . . . ! Tli qiiieres casarte. . . -LL~Varnos &IS a ver ese loro? agreg6 [Link] 10s i-lguirre. Puede que nos case y liariaiiios tfin linda pareja . . .> > --F6.. . f 6 . . . f 6 . . . - jQu6 mas t e quisieras? Un jciren coiiio yo, a qiiien lo persiguen las suegras, seria hillante pat-tido. ;hTote parece? contest6 Aguirre. 0 0 s grandes mastines daneses s? acexaiori moviendo la cola: Alii vienen el Kaiser y D i a n a . . son perros insoportales que s610 se ocupan en pcrseguir. gallinas. E l calor arreciaha por instantes. Tolvieron a1 parque poi* el gran portalon de las casas riejas. Alli estaha don IJeoni&ts, en cornpafiia del cura de la ~?nrroquia vecina, de Pefiahrer, Angel Hereclia, Felix AlTareda y otros aficionados a1 sport, sentados en sillas de paja, a la sornbra de 10s antic,runs corredoiw, miranclo el paseo matinal de los caballos de fina sangre que pasaban al trote, llerados por sirrientes, del cabestro, a traves de anclias avenidas que daban vuelta a1 ])ai-que. Este potro tostado dorado que viene alii es Sun-hemi, hi i o de I,ndy Pahiceln por ilnbiccodoI I O S O I , el potro de Cousifio. iQu6 linda caheza tiene y
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qui: caello! y qui: manos! Cuidado qiie es de m u c h acci6n. . . . . . ,>


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Uii inonmito despues desfilaba otro Iiermoso caballo, delgado, de cabeza pequeiia, lsrgas patas nerviosas, alaz&n, marchando un poco de lado, cubierto de c a p gris. Ese es Choco, si no ando errado.. . . dijo Eeopoldo Ruiz, es hijo de Pick-pocliet 7 de By-m-hy. Ha costado quince mil nacionales en Buenos &res. iQui: bien rehueno el caballito, s~fior!. . . cada vez que lo veo me dan ganas de parar las patas p n arriba. . . de giisto, conio que me ha, heclio ganar en las carreras la mar de plata el afio pasado.. . A yews partia e? imllirno.. . y se iba, sefior, asi no m&, desiiaeito, despacito, conlo quien no quiere la cosa. ~iastn toniarse ICS p a l m . . . p luego aparecia de puntero. A la segurida ruclta ganaba como por seis cuerpes. LTna brisa ajitnha Ias hojas de los &-boles cuando se e&aron todos a andar por las arenidas del narque. A juzgar p r lo que habian heclio y visto era de ci*eer ape liubieran sonado las diez; pero en el carripo se madruga; y eran, a penAs, las nueve de la maiiana. Oiase, entre las ramas de un g r u p de arellanos y de boldos, el grito estridente de la rcira y de cuando en cuando, el cantito del zorzal que, s e p i i la gente del pueblo, cants constmtemente : Tres chnuclzas ,I/ >> UIZ diex. . . tres cha?cchas y tin diez. . . Mas all& el lejano hullicio de las Toicas. Era como un concierto matinal de pajaritos en el cua1 llerahan e! contrabajo las abejas y moscardones con su incesrtnte zurnbido. Rocanadas de aire caliente azotaban el rostro, en tanto aue en las leimias se contemplaba la rihraci6n de Trapores luminosos que se alzaban de la tierra, all& entre alamedas lejanas . A1 estrenio del potrero, una
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casa de inquilinos coronada por tej as oscurecidas por el tiempo, se inclinaba como desplonihdose, con la p e r ta desvencijada. U n cardend mostraba su peclio colorado sobre una cerca viva, dando saltitos. El aire traia sensaciones de frescura perfuniada, de la parte del parque regada en esos instantes por 10s jard'meros, J- olores de resedfi y de rosa, cuyas manchas blancas o sonrosadas parecian surjir en pequedos grupos. Frente a las casas, temblaban levemente las hojas de palmeras, washingtonias, y en algunos prados verdes y o b s c ~ r o s dibujados en circulo, se alzaba la copa , elegante de 10s pinos insignes, riipidamente crecidos en forma de erinolinas dei segundo Imperio. Rrillaban a lo lkjos, como incendio, las uidrieras de zonservatorio heridas por rayos de sol, y 10s jcivenes iban en tlesordenado grupo, andando, (rozando de la deliciosa 9 tranquilidad de la maiiana, parandose a ver una planta nueva, o s6bitamente detenidos a1 dirisar, en 10s cIaro4 de hrboles, coino se rnostraban agriipadas las cams de la aldea a1 tkrmino del plano inclinado del parque. . . eran casucas con techos de tejas, y varios ranchos de tot o m , de donde partian Iwniitos azides perdihdose en el cielo allii niui [Link], a1 estremo de un potrero de rastrojos amarillentos, en donde pacian, echados, unos animales, 1-acas de manchas blancas y negras, de la leclieria, terneros p bueyes, Angel caniinaba lentamente, junto a Gabriela, restida con seiicillo trage de piqui., de maiiana, y la cabeza con ini sombrero de paja de anchas alas. El c6tis fresco. la mirada luminosa y hunieda, cabellos rubios acomotlados ados manos, decualquier modo. dabanimyresibn deliciosa de flor hurnana, silvestre, caida a 10s campos desde el cielo. Angel sentia en si las perturhaciolies arrobadoras del deseo, el palpitar del comzon y la

- 76 circuiacion acelerada de la sangre en las renas cuando la iiiiagiiiaci6n se desborda en apetitos a 10s veinte ados. Era como drisia infinita de cojerla entre sus brazos y de besarla frenkticamente, con fiehre, y de liacerla suya, de trasmitirla su propia sangre y sus sentimientos, y sus ilusiones y su skr todo. Algo ardiente y duro palpitaba en su pupila, en aquella su mirada tlominadora que lastimaba en ciertos iristantes o quemaha como placa de acero candente a la cual acerciramos la mano. Una sonrisa,-esa sonrisa enigmdtica que no se acertaba a comprender si era de terriura o era de crueldad o de ironia-vagaba por sus labios. Gabrieia no lo miraba, pero lo vela, le sentia 6 pesar supo, se dejaba fascinar delicjosarrienie . T a , en su alma, durante la ausencia de un nies, se habiari cristalizado las impresiones de las primeras entrevistas con Angel; ya se habia familiarizado su recuerdo con las palabras del jbven, incrustindolas mas y mas en su a h a , presenttindole a cacla instante la inikgen fuerte y viril del hombre que liabia renido, por primera vez, a pronunciar en sus nidos, sin decirlas, esas frases de amor que despiertan en almas de muj eres recuerdos nuevos . Habian llegado a1 estremo del parque, a1 comenzar del bosqne antiguo en donde 10s maitenes, siempre verdes, se juntan con arrayanes y sauces-mimbres, de liojas plateadas y largas. Boldos de copa 1-edonda y oscura, sndulaban su frondoso raniage y luego, mas all& robles altisimos, de antigna data, de tiempo primitivo, se alzalnaii enormes entre matorrales de quilas silvestres. Llam&base camino delas quilas, pues el se podia recorrer cuadras enteras bajando por la quebrada, entre matas de qiiilas que se unian en lo alto, formando como closel. Alatas de helechos crecian en-

tre las rocas en aquel rinc6n apacible y tenebroso, en

donde el agua se filtraba lentamente, deslizhdose hasta formar axroyo en el fondo de la quebrada. Algunas Aorecillas silvestres de color rojizo y otras blancas, matizaban la alfombra de verdura y de gramined que cubria el suelo. El canto de las r c m s sonaba lkjos, estridente, misterioso, corn0 un eco, J- el tumbar moncitono de abejas producia en el Animo la impyesion de esos coros de miijeres rexando rosario, en tono inoncitono de una misma nota prolongada de modo interminable. Las parejas se habian deslizado por entre 10s matorrales del bosque, saltando, a1 llegar a1 hilo de agua de 10s arroyos, agachindose en donde las quilas se confundian, llam6ndose 10s unos a 10s otros; las mujei-es con chillidos stibitos, 10s hombres coh deseos de meterles miedo. i Ah ! esto es delicioso ! . . i Cuidado, Jlagda, con la culebra . . . . ,, --iquk culebra? iAh! esa es. . . iPor Dies!"--"Si, yo la he visto y es una sierpe de siete cabezas, no mas. . . agreg6 Ruiz. Hubo risas, cameras, gritos despavoridos. Y Angel, en la penumbra, estrechaba la mano de Gabriela, diciitndole apasionadamente : < Aqui yo quisiera vivir. . . y morirme, cerca de TJd., sintihdola junto a mi coraz6n ya pr6ximo a estallar. E n la osciiridad del bosque no aparece el cielo. . . ni lo necesito, porque lo llero dentro del coraz6n y es Ud.; es Ud. la tinica miijer que puedo amar; la linica cuya im6gen conservo, COMO en u n relicario, en mi peclio, desde la infancia, encantada como si me la hubiera enviado la Madre de Dios en 10s instantes en que coniulgaba por primera vez mi Iiermana que ha muerto y que nos contempla desde el cielo. A h ! quisiera morir, Gabriela, sintikndome amado por U d . . . Y sus ?rases apasionadas agolpaban la sangre a1
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coraz6n de Gabriela que esperimentaba como el desfallecimiento infiiiito de una diclia sin liinites. Ambos callaron. En el silencio del bosque s61o se oia el cantar de 10s p6jaros en las frondosidades del ramage y el grito de la rccm que resonaba con melodia, mas apasionada, mas incitaiite, mas uoluptuosa, entersniente nueva. iAh! &&ti.. . Gabrie-la. . . . . id6nde esthn U d s ? . . . . G a . . . brie.. . l a a . . . > > resonaba una voz ii lo lkjos . La j6ven ech6 a comer, levanthndose el vestido a media pierna para no dejarlo enredado entre las zarzas. Angel contemplaba con embriaguez de sensualismo aquella fina pierna, cubierta por la media negra, que liuia en la espesura, corriendo 9 dando saltos con la lijereza de niAa de diez afios, hiyendo acaso corn0 las gacelas p afiadiendo 10s encantos de tiinidez pudorosa li esos otms presentidos y sofiados.

Asi pasarori varios dias, divirtihdose ios j6venes lo m6s que podian, y gozando, contodo, deindependencia absoluta cada cual. Unas veces corrian a caballo, envueltos en nubes de poIvo, por caminos polvorientos, entre altas alamedas, a1 parecer interminables ; otras cruzahan, A trarez del fundo, por espaciosos potreros cubiertos de animales, o por campos en 10s cuales ondulahan las mieses amarillas tan altas y lozanas que casi tapaban 10s caballos. Era preciso desli! zarse, en fila, por e costado de las cercas, para llegar a1 potrero en donde funcionaba la mgcpina trilladora. d cada instante aparecian carretas cubiertas de mieses, r6pidamente vaciadas fi la d q u i n a , cerca de l cual crecia por instantes el monton de trigo rua bio, formando un cerro que B su turno pasaria por ni6yuinns arneadoras que lo limpian y dejan en Dunto . de ensacarlo. Bajo la enramada contigua a1 motor se liallaba de pi6 el mayordomo, con el gzrnrapdn eeliado at&, fumando un c i p r r o de hoja. Criijian (olorosamente las carretas cargadas, pesadainente arrastradas por bueyes. Y B lo l k j o s , entre luz rever-

- 80 beraiite de sol aue heria la vista quemando el suelo, veian a1 estremo-(le1gran potrero, segado en parte, la fila de segadoras que aranxaba lentamente, iznas mujeres atando gavillas, inquilinos en rriangas de camisa, con la cabeza atada con pafiuelos de algodbn A cuadros. Era una delicia el meterse por 10s potreros alfalfados que se regaban, y sentir las pisadas del cahallc en la tierra blanda y h6meda, mientras las partes de pradera con a p a parecian trozos de espejo arrojados a1 suelo. Olores de menta y de polea subian en rBfagas de aire fresco, mientras la vista se perdia por inniensos potreros que terrninaban, a lo lkjos, en alamedas tan regiilai-es como casilleros de a j edrez. Sew tiase la plenitud del silencio y de la soledad del campo, turbada tan s610 por el chillido de aves que cruzaban el cielo-con la rnancha negra de un jofe-6 la canci6n moncitona, entonada B media voz por el pecin regador que andaha con la pala a1 hombro, haciendo taco en las acequias, limpiando y despeiando & otras. Leopoldo Ruiz marchaba ri la cabeza de la comitiva, lamentando que se hubieran ya perdido antiguos usos de otro tiempo, del Chile ri-istico y campestre de hxcia cuarenta xfios, con sus trillas 6 yegua. y fiestits en que circulaba de rnano en rnano el vaso de chacoli. mientras en la enramada se perdia de vista la iente hailando zamacueca . IAS yequa9 entre tanto, trJlaban en camera loca, aaiixadas aaor ~ T ~ ~ S Oaiie Iss S corrian de atris. A auello caiisaba delicioso v6Ttivo: Era mas entretenido m e correr en v ~ n a s ,6 alae tomar parte en rodeo, P de much0 m h o s peliqro. Eso si que no nodia meterse en aquellas andimas uno que no fuera bien de B caballo. A veces solian ir por la tarde la orilla del mar,

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f aldeando unos cerros cubiertos de rnatorrale3, con abundancia de espinos y de boldos, de matag de palqui, de verdes .y olorosos culenes. El camino, en parte, era formado por vereda angosta, d orillas de la quebrada, con despeiiadero en el fondo. 1,anzsibase por alii la comitiva, con Magda A la cabeza, seguida por Sanders, Ruiz, F6lix Alvareda, Pel3a, su herniano, y el resto. Iban 6 galope tendido, A-riesgo de hacerse pedazos rodando por la pendiente, si le fallaba la pata L tin caballo, p marchaban como si tal cosa, pesar de las amonestxciones de Gabriela que 10s s e p i a ii pesar supo. E r a de contemplarla, con la &mazona de pafio azul ceiiida a1 cuerTo, moclelAndolo, alta la frente, huasca levantada, segura sobre su silla, la rienda firme y la postura elegante, el busto echado atrLs, las narices abiertas y 10s cadejos de cabello rubios tendidos por el viento. Habia en ella algo lijeramente viril y delicado d un misrno tiempo, que producia en Angel perturbacion profunda, rAfagas de uoluptuosidad, en SU naturaleza en la cual se rnezclaban idealidades exaltadas 6 hist6ricas de misticismo con 10s refinamientos de sensualismo enf ermizo v depravado. El amoi-, en Angel, habia tornado la forma de obsecih del deseo, de ardor afiehradn de todos los sentidos. Sn vista se embriagaba en 10s eolores p en las lineas, p s u imaginaci6n obraba en el sentido de nerturhaciones enfermizas. Pero eso In iqnoraba Gabriela, a d corno 10 ignoraba el mundo que ni siquiera toma en quenta casos de locura 6 lesiones nerviosas, trasrnitidas frecuentemente en ia familk por lepes at6ricas. E s que en el criterio social domina, de modo absolute 7 sin contrapeso, particularmente en pueblos de raza latina y de ori,jen espafial, la creencia en la

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libertad del criterio y de la acci6n humana, sin lams ativicos de esos que ligan a1 hombre B lo pasado, con abuelos y parientes, por lazos misteriosos y ocultos. Y semejante manera de concebir a1 honibre como unidad enteramente aislada y libre, y el amor, corno sentimiento meraniente espiritual y de orij en divino relijioso, derirado de tradiciones del Paraiso, es la manera uniforme de pensar en todas nuestras mujeres chilenas, porque es la idea que reciben con la educaci6n y la leche de siis madres; porqiie es el sentimiento desarrollado en ellas j ~ n t o con ueremonias y creencias religiosas, entre nubes de inci~nso,en la penumbra niisteriosa, del templo, en las lioras en que el a h a se contempla ti si misms, buscando ea rejiones de ensuefio la realizacih de aspiraeiones inconscientes de la espeeie. Gabriela atravesaba pm esa m e pa faz de ran amor que en un tiempo quiso conperti& en morija, arrojhndola 6 10s abisnios desconociclos del claustro, y ape ahora le sefialatbn u:i hombre dicikndole: es 61. . . . . . es 61. . . tu espiritu lo hahia sofiado y ahora io encuentras. E s un Izombre. . . es distinto de e m s s h e s afeminados que te dabail el brazo en salones, que te hacian h i l a r rwtill6n, 6 que te acompafiaban en el toro-steps, con pasos rima dos coquetamente roluptuosos. Este me ama con todas las fibras de su skr, y ser& capaz de protejerrne p de abrime Daso en el caniino de la vida, eomo sefioi-, y como duke y adorado amiqo. Esa hakiidcid entemmente fisica. . . esa musculatura riqorosa que disefia el biceps debaio del srnotkinE, es la fuerza de! protector y del amante. Todo eso lo sentia Gabriela de manera oculta, sin formidaslo en forma d a r a T precisa. sino vercihido instintiva v confusamente. a1 travez de mirada ardorosa, y de entonaciones rnet6li1 7

- 83 en la voz del j6ren que se suavizaba con espresi6n suinisa y penetraiite a1 dirijirse B ella. En algun'as partes era preciso detener el paso de las cabalgaduras. E1 rio se diiataba estenso y azul, verdoso a trechos y lijeramente rizado poi- el viento. Un islote de piedras blanqueaba, reververando, a1 sol. E n la ribera reverdeaban las manclias de totora sobre el fondo amarillento de laderas cubiertas de rastroj os, poi- las cuales aparecian diminut3s 10s cuerpos de animaies. C'erca de la playa alz6base el edificio gris de una bodega, con 10s techos de teja envejecida por el tienipo, +juntosi un grupo de eucaliptus. Larga lenglia de arena cerraba el horizonte, como faja, entre ias palideces azuladas del cielo,-todo luminoso-y el agua vercle del rio que pasaba del glauco a1 color nilo, hasta confundirse casi con la f a j a de arena, para un o j o que no fuera ejercitado en contemylar aquellas regiones. L o s caballos volvieron luego a tomar el galope, en el &nsiade todos por acercarse a1 mar, A 10s acantilados de ia costa, en donde iban & quebrar las lineas blancas y espumosas de las olas en perp6tuo morimiento. Habia una parte en que anclia grieta, honda razgadura del terreno, partia la falda, ahriendo el abisnio cortado A pico. Vn puentecillo de madera unia la tierra firnie; por alii pasaron 10s caballos de A uno en fondo, lentamente y con precauciones. Angel se habia quedado air&. LTnasroces le Uaniaban. Se acere6 si todo galope y en vez de tomar POI- el puente, a1 llegar junto B 61, recoji6 las riendas y peg6 un salto enorine, desalado, audaz. Las mujeres no habian podido contener gritos de espanto, y manifestaron su descontento inientras el j 6ren se acercaba sonriente. << -Vd. est6 loco, jbven, no hay para quk romperse
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la crisma por mer0 gusto, le dijo el senador Pefialver, dirijikndole una de esas miradas riipidas 6 investigadoras con que solia calar A fondo un personage. Era que acababa de columbrar un razgo de vanidad satknica, de intenso deseo de causar admiracion, de sorprender, de colocarse por encima de todos, en aquel j6ven de apariencia indecisa 6 liinguida, de mirada un tanto dura s de enigmhtica sonrisa. Acerc6se a Gabriela y le diriji6 una mirada aguda, corno queriendo penetrar en su interior y leer todo lo que alli pasaba. El rostro de la j6ven estaba todaria verde. Semtinse, en sus pupilas, un resto de agonia intensa, de temor no disimulado. Angel la contemp16 leyendo en su alma y gozando, corno si esa forma del dolor laumano fuese, para 61, una especie nueva de voluptuosidad y de placer. Era que su alma encerraba unos misterios a h desconocidos para 61 mismo y ni siquiera sospechados de 10s otros. Verdaderamente, amigo, crei que Ud. se habia ruelto loco, a1 dar aquel salto, le repetia aquella noche el senador, alojado en la misma pieza. ES que 6 mi me agradan esas emociones desconocidas y fuertes, eontest6le Angel, a1 mismo tiempo que abria su necessnire de pie1 de cocodrilo, sacando la bateria de frascos de crista1 con tapas de plata y monogramas de oro. jhTo sabe Ud. que uno de mis abuelos fu6 gran jugador? agreg6 pasando A Pedalver una caja de cigarros Iiabanos. i Fuma? y luego, destapando un gran frasco forrado en cuei-0. Este cofiac es de primera. El senador observaba 10s detalles elegantes del maletin, en silencio. Coji6 el frasco, ech6 un largo trago, pus0 10s ojos en blanco y agreg6 con la sonrisa beata que guardaba para las cosas de beber 6 de co-

- 83 mer, cuando eran de su gusto: Con Ud, jbven, no hai q u i h pegue. Seria capaz de convertirse en el Cid canipeador, sino lo quisieran las niiias. Si yo tuviera treintaafios p su figura, crkame, j6ren, no responderia de las virtudes conyugales de muchas matronas chilenas. L a audacia es gran condici6n; es precis0 atreverse. . . el mundo es de 10s mdaces. LJIe entiende? Ya vit que le devuelvo en consejos SII trago de cofiac. Los consejos de un hombre de mundo valen mucha plata. Ud va bien, pero. . , calma, no se precipite; vaya despacio poi- las piedras, que no todos 10s dias se encuentra uno con chiquillas bonitas, c u j o padre tiene mill6n y medio, p s61o dos hijas, lo que es un divisor hastante aceptable. . . Pero este cofiac entona, j6ven; es un cofiac que levanta el espiritu, agreg6 Befialver ponikndose la camisa de dormir p echindose 6 la cama. Entre tanto, Angel trataba en vano de conciliar el suefio, sacudido por dirersos recuerdos de ese dia. 1 se pus0 ii examinarse fL si mismo, tratando de ana lizar sus impresiones con curiosidad precipitada j r angustiosa, pues compendia que jugaba en esos instantes una partida estremadamente gralre, en que su porvenir iba en el envite. iAmaba de veras fL Gabriela? Eso no podia dudarlo ni por u n segundo ; tampoco queria ponerlo en duda. AlAs, iera ese amoi- tranquilo y suave del que busca la compafiera de su vida, la madre de sus liijos, la paz p el descanso del hogar? 0 era el amor apasionado p tempestuoso del deseo, del amor, de impetus incontenibles de la Carrie? ~ X enO traba, tambien, poi- algo, el inter&? Y su conciencia, en ese mar de preguntas, parecia contestarle inclin6ndose i lo dtimo.

- 86 Si esa j6ven tan hermosa fuera pobre, pensaba entre si, t h no t e acercarias h ella, no pensarias en ella; acaso no te hubieras dignado buscarla, ni perseguirla como lo haces, ni hubieras dado el salto mortal p desatentado de hoy dia. E s que tu querias impresionarla, sohrecogerla por 10s sentidos y por la imaginaci6n conjuntamente; es que todo, en el foiido de tu skr, es vanidad, ciega 6 inagotable niina de vanidad, y vas buscar en el dep6sito de tus defectos las virtudes sociales que t e sirvan para conquistar rnu,jeres. Perteneces A una antigua y gran familia-de d6nde has sacado la base de orgullo y dureza de tu caricter; tu padre tiene fortuna, pero no la heredarhs sin0 tarde. 3Iientras tanto, dehes contentarte con la fianza que te dA para un arriendo poco lucrativo. Llevas lxibitos de 16jo incrustados en tu sitr. Alii est& ese maletin con frascos 1- utiles de plata, y tus camisetas y calzoncillos de seda, que cofitemplaba Pefialver con mirada irbnica, y el palt6 de pieles que usas en invierno, y las interminables cuentas del sastre p del camisero p de cincuenta mAs, sin contar los caballos de raza, ni las apuestas, ni lo de Gage. Todo eso es, en ti, forma de vanidad y de impotencia para la vida, pues no tienes en ti la madera ruda de que se f abrican 10s luchadores, sin6 el sindalo perf umado de las cajas chinas de pafiuelos. Con tu figura y tu nornbre, p t u posici6n indiseutible, no eres sin6 par&sitosocial, uno de esos que necesitan salvarse con el matrimonio de sus incapacidades orginicas para la lucha de la vida. Y a1 pensar de este modo, a1 leer en su espiritu el anilisis cruel de su situaci6n social, Angel Heredia sentia, en si, como una desgarradura de su orgullo contra la cual protestaba en movimientos de remelta
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- 8;. ciega 6 instintira. Ah! n6, la amo, porque Gabriela es la mujer mAs adorable que lie podido encontrar en mi camino. porque su hermosura hace vibrar mi a h a y nii cuerpo en un extremecimieiito de todo el skr, en la ebriedad eompleta del alma. . Pero la TWZ cruel que lo Iiacia analizarse, le contestaba ir6nicamente: Ah! ni), n6, n6. . . deja el alma tranquila, no se trata de ella. . . 1 ese espiritn en el cual las corrientes misticas p sensuales se alternaban, sentia en SIL interior el desgsrramiento de las grandes agonias, despreci6ndose hondamente A si mismo. . . Ladridos de perros llegaban lejanos A tvarez del silencio de 10s campos T; junto con esto, a l p nuevo, el rirnaor de una cascada que se dejaha caer a1 rio por 10s flancos de 10s cei-ros. Entre sus imaginaciones, pi-oducianle sensaci6n desagradxble p fria las sibanas de hiIo recien puestas, p le molestaban 10s ronquidos desiguales, acompafiados de resoplidos, que daba Pefialver, durmiendo i pierna suelta, con la sai tisf acci6n de quien acababa de qanarse veintisiete pesos cincuentr, a1 polkei-. P o r fin el j6ven pudo conciliar el suedo. u n suefio entrecortado en el cual daba galopes desateatados en unos caballos min6sculos, saltando abisrnos T; dejgndose caei- nor precivicios, corriendo detrhs de Gabiaiela que le escapaba siempre. Y asi llegaba i u n pais de jipantes r de pigmeos, 6 la vez, en donde, con un cuchilllo de mesa 61 se entretenia .en decapitar A esos hombres cliiquitos. gozando con las estrafias contorciories de terroide 10s &res minhculos un placer nuevo y desconocido, a l p estrafio 6 ignorado de los hombres. . . E n t r e tanto, u n sol subterrkneo SP a l z s h rojizo sobre el azul negro del cielo, con majestrd solitaria. como el sol de 10s dias polares, haciendo brillar las cirrias cu-

- KH biertas de niere y las estalactitas de hielo que cubrian la tierra. Angel despert6 sobresaltado, sintihdose en plena. oscuridad; sudor frio bafiaba sus sienes, y le ~ s a l t 6 . de shbito, el temor horrible de volverse loco, de perder el juicio como su abuelo. A I & luego, el roncaiacornpasado de Pedalver, y el rumor lejano del torrente le tranquilizaron y se durmi6 como un nido.

V
El hacendado cliileno de antigua cepa salue conservar algo de las tradiciones f eudales, manteniendo con sus inquilinos relaciones de patronato que si bien recuerdan las del sefior de Iiorca y cuchillo, tienen a1 mismo tiempo su aspecto patriarcal. Don Leonidas mandaba llamar m6dico aI fuiido, y su miijer 6 Iiijas visitaban 8 10s enfeumos, 1levBiidoles remedios p +eres y de cuanclo en cuando algun engafiito que 10s pobres devolvian i SII manera, con altivex araucana, regalindoles pollos. JHantenia una escuela, ; daba de cuando en cuando carreras p comilonas en que se mataba su par de corderos, sus gallinas, destaphdose un barril. de mosto. Aquella noclie, don Eeonidas habia ofrecido gran fiesta ti todos 10s inquilinos y pobres de la vecindad, que llenaban el parque, de cuyos tirboles se habia colgado multitud de faroles y de luces. Antorehas de bengala, de colores diversos, le daban aspeeto fantistico. E n el vestibulo funcionaba el cinemat6grafq proyectando sus cuadros sobre una gran tela Inlanca. L a gente del pueblo contemplaba aquello maravilla-

da, crevhdolo cosa de brujeria, por lo cual se santiguaba apresuradarnente. Ben lzaiga, hij ita, tlecia una vieja, con estas funcius de aparecios. . . -&To se le dk n&a, comadre, respondia otra, que s6m 10s patrones vestios de farza que saltan pzl otro lao. . . Durante 10s entreactos, una banda de mandolinos ;v guitarras, en la cual figuraban Magda, Pepita, Gabriela, P ~ c o Fklix Alvareda, el Cornendador, coy mo le llamaban, toe6 el Pasa-calk de ,rPol~res y T-arias marchas y piesas de Granados. - . ~ Q L I ~ dice el amigo Sanders? iC6mo ancla est0 con Paris? le interpel6 Javier Aguirre. -hTo se p e d e negar que es una fiesta deliciosa . .. verdaderamente. . . paternal y de familia. . . COMO las que suelen dar en 10s ci%nteazc;z.. . pero no me di. r Ud. que 10s caminos, en Chile, son infernales, A me habria sido imposible traer mi a u t o . . . 13ai-a rolverme Santiago. Sanders pronunciaba otd. . . 6 la francesa. coni0 abreviatura de automciril. L a muItitud liormigueaba por el parque ; niuchas mujeres se liabian colocado en el cksperl, en cuclillas, acompafiadas de sus nifios, con pedazos de pan er: m a mano y presas de pol10 fiambre, en ! otra. Mult;tud a de gritos-, exclamaciones y jestos de sorpresa saludaban la aparici6n de cada escena. Gahriela, acornpafiada de Angel, ue Iiabia w i t a d o en banco rustico, cerca de una glorieta. Sentiase ~i siblemente preocupada ; una sombra de melancolia la bafiaba, como penumbra dolorosa que parecia afinar su nariz, y la linea tan pura del 6valo de su rostro. Su color, de ordinario phlido, liabia tomado la nitidez transparente del nAcar, con Iijeras veladuvas de sombra en torno de sus ojos agrandados poi* el peso

- 91 de una preocupacion moral. E l j6i-en le hablaba ti media voz: << -2lafiana temprano me alejar6 de aqui, en donde lie pasado unos dias que no se borrardn de mi memoria mientras viva, asi como no se podrzi borrar de mi alma la Soche-Buena del bautizo de la mufieca. Y luego, por asociacih de ideas, Angel agreg6 lijeramente : . . . i Esta Magda tiene iinas ocurrencias ttin divertidas! I\ cuando se jiinta con Javier son impagables. . . i Q e k buena parej a liubieran hecho ! -Asi es. . . pero papi no ha querido. Ella tam,b i m ha tenido su contratiempo, esclam6 Gabriela COIP ioz dolorosa. Hubo una pausa durante la cual lati6 con fuerza el coraz6n de Angel, al oir ese tcimbien que le quedaba resonando en 10s oidos corno un presentimiento. j Qu6 significaba esa palabra? Euego su p ad i- t tambien se oponia ti otro sentimiento. . . P mientras sentia el hielo de duda cruel, como aguja que punceteara su alma, se form6gravesilencio...El aire tihio traia el Kdenlc, cantado por Caruzzo en el grain6fono. Las iintas apasionadas del canto correspondian a1 tlesgarramiento interior que comenzaba S sacudirle. . . S u ensuefio se desranecia ; el episodio sentim5ntal tocaba su t6,Tmino. -iQui. tiene, Angel? iDios mio! iQ116 le pasa? j P o r qu6 esti asi. . << -2Iafiana me irk. . . creo que serd para siempre. A mi tambien se me ha escapado el Ideal, ese ideal sofiado por tantos afios I\ que creia encontrar ahora en TTd. -; Por quk drida de mi? Por qiik? murmur6 Gabriela.
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- 9 Angel guard6 silencio, y agreg6 despues de u n instante, con turbaci6n: L< --Esciicheme.. . he sido toda mi vida hombre desgraciado p sin hogar. Mi madre muri6 liace muchos afios, siendo yo nifio, y no puede TTd. calcular el vacio y la tristeza de una easa donde la madre falta. Conservo de ella recuerdo, casi borrado, que rueive B mi memoria cuando contemplo las pinturas ittzlianas de la Xtlter Dolorosrc, con la misma expresicin de silencio angustioso, de sensibilidad dolorida y enf errniza. X o habia sido felia aquella santa. A veces se encerraba B Ilorar, 37 nosotros, como nifiios, la acornpadhbamos sin saber por qu6. Ud. no piiede figurarse, Gabriela, con qui. fuerza de idolatria nos amabanuestra madre. T,as preocupaciones, las terniiras de su alma iban B nosotros en efusi6n completa ; era uno de esos s h e s cupa bondad se desborda en carifios, en entonaciones suaves, que besan con la mirada. Se murici. . . . . p desde entcinces para mi se acabaron las ternuras, 10s arrullos, las delicadexas que necesita el nifio. Enti-6 8 la vida ruda y casi militar del internado. j c6mo envidiaba yo 10s carifios, las palabras P afectuosas, los regalillos, las bagatelas, las preocupaciones al parecer iiiniias de las niadres de mis cornpaiieros! Desde nifio senti vacio el coraz6n. Gsbriela 1% que brillaban 16grimas en 10s oios de Angel, y movida de ternura y sintiendo que las 16grimas tambien subian ii sus propios ojos, en la comunidad de 10s santos dolores que forman 6 veces el amor sincero, coji6 s u mmo, apretkndola silenciosamente. - Tenia ,tainbien, una hermana, menor qiw yo, pero que me adoraba. i Protejela, cliidala mucho, Angel, me habia dieho mi madre en SLI lecho de mueri

- 93 te. . . P yo la adoraba. E r a tan buena como bonita ... Las impresiones de ent6nces me ~welven, atropellbndose de tal modo que Ud. dispensar6 lo deshilvanado de mi lenguage. Ikecuerdo que una Aoehe-Buena, mi hermanita, cuyo cuarto se hallaha contiguo a1 mio, se me present6 en camisa y con 10s pi& desnudos. Mi madre est& llorando, me dijo, vamos B consolarla ... IT fuimos. L a santa sefiora, en efecto, Iloraba desesperadamente, arrodillada en su reclinatorio. Nos acercamos b ella; abn me parece ver b mi liermanita con sus o,jos g r a d e s tan suares y sus brasitos abos echados a1 cuello de nuestra madre. S o Iloue, que es Noche Ruena, s todos se alegran con el nachiento del Sefioy, con 10s Reves Maqos, y con 10s burritos.. . I,as Eigrinias de mi madre se convirtieron en sonrisa. Fuk b un ropero de cedro, i la pieza vecina, y volvi6 trayendo 10s juguetes que nos mandaban 10s Reyes Magos: una mufieca de ojos azules, para mi hermanita. un tambor para mi. Rabiamos crecido qnerikndonos especialmente entre todos nuestros hermanos, saliamos B nasear juntos, ella me hacis caso en cuanto le decia. Dios lo quiso. . . . Xai-ta, muri6. Est6 risto que yo he de perder siemyre todos ios carifios de mi vida, Iiasta 10s miis santos, Iiasta OS mis puros. Ese anhelo de amar y sei* amados que todos sienten, incluso las fieras, no ha sido hecho para mi. . . . Luego, despues de una pama dolorosa, turbada por el estrkpito de la fiesta y el estallido de cohetes en cliispas de colores, prosigui6 Angel: Toda la tarde, por s u actitud conmigo, en algo que no me explico, ni s6 ccimo, por cosxs que flotan en la atmcisferaque yo presiento--p creo en 10s presentimientos porque el corazcin siiele avisarnos-me parece ver el fin
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- 94 de ese romance, para mi tan hermoso, de ese ideal para mi tan completo. illgo nos separa , . . Los Z O ~ ~ O Z Ode Gahriela interrumpieron su frase, S dej h d o l a sin concluir ; salian desesperados, repentinos, cortados poi- hip0 nervioso, mientras mordia si1 paiiuelo entre 10s dientes, con el adi6s B la vida y a1 ensnedo, de esos qiie suelen asaltar el Animo de 10s condenados B muerte, de 10s tisicos en dtiino qrado. de 10s que aman y conteinplan en relieve ignorados explendores en el momento de perclerlos. -Mi padre.. . n o . . . no quiere.. . me lo ha dicho. Que no le hablen m&, nnnca m &d~ mi matrimo~ nio con U d . . . antes muerta. . . antes rnonja. . .> > U n a estrella luminosa giraba en el centro del parque, arrojando h uno y otro lads, g a d l a s de chispas que centelleaban en las oscuridades de la nocbe. Llegaba olor & p6lvora, ,junto con grandes claninres del pueblo y gritos de entusiasmo. E n el oscuro rincbn, junto A la [Link] i4stica, disonaban en aquel conjunto de alegria, 10s zollozos ahora apagados, casi en sordina, de Gabriel%.El 1-0stro de Angel se liabia desencajudo, sefia38ndose en torno de sus ojos anloratado circulo. S e hahian hinchado las venas de su frente y su boca, de tono Tiolaceo, se contraia con sonrisa ale0 sardhica, peculiar en 61. Experinient6, primero, sentimiento de estupor. KO hvbiera figmado n m c a la oposise si6n de las padres de Gabriela. Si huhiem creido lionrar & la m&s pintada, dirijikndos B ella. . . Vamos B rer ;por qui. se oponian? pensaba entre si. Cuanto fi familia, no podia ser, pues contaba entre scs ubnelos h un conde de Vil!a-Rosa, uno de 10s personages mAs ilustres y authticos del siqlo XVTPT. S o sabia qui. pudiera decirse de si1 persona. Los s~iyos, hermasus

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nos, goaaban en societlad de perf ecta consideraci6n I\ de todo gknero de preeminencias. jQu6 se habia figurado este sefior?. . . T luego le asalt6 la idea de la cliismopafia santiaguina. de lo que se diria a1 saber que Angel Heredia, enamorado de Gabriela Sandoval, habia siclo rechnxndo por sus padres. Comcia, por csperiencia propia. esa chismograf ia, el come, T+ y dile de 10s salones, de 10s clubs, de 10s coi-rillos, de 10s teatros, de ]as conversaciones pimentadas B la liora del cafi. y de 10s cigarros; saliia c6mo se transforman y aderezan las noticias a1 sabor de cada cual, para cansai- sensacih, impresionando B 10s denitis con detalles I\ salzas nuevas que agrega la fantasia I\ con pequefias perrersidades inconscientes afiadidas por algiinos, para ser ingeniosos, elevadas a1 cubo por 10s imbkciles que las trasmiten. Conocia ese placer tan especial, de algimos, en arrojar manchas de lodo ti la probidad de 10s Eiombi*es, gotas de veneno L;, la rirtud de !as mi,jeres,--algo corno un coinplemento clelicioso del chasse-cafk-de donde resdta, a1 postre, que t6n s61o el coinentador es lionrado - tiene consideray ble superioridad iiioral sobre la Rente. Sabia la obra de ranidad convertitla en aguij 6n de maledieencia. ;Q& no habia oido decir en las diseccjones de mesas del club i sa16nZ. . . 1 todo ro!aha con rapidez de increible. Hacia a p h i s irn mes que conocia B Gabriela, y >-a le embromahaii corno fi novio; 10s amigos le tomahan la mano para mirarle si tenia argolla. . . las amigas le sonreian y le hahlahan con otru voz, con entonaciones que le sonaban a1 oido de modo distinto. ;Dios mio! qui. se iria ti decir B Santiago a1 saherse la ruptiira de su noriazgo en ciernes! . . . Sensaci6n de vmidad herida, aguda corno el contacto de un escalpelo, roz6 primeramente su piel; en seguida vino la

- g(i explosi6n del hombre, el extallido del deseo irrealizado y a1 parecer inutil, que le hincaba el diente en plena carne, hacikndole sentir las perf ecciones adorables, la morbidez de lineas, lo lleno de las formas, el color aterciopelado de 10s oJos de Gabriela, preiiados de misterios, voluptuosos 5; humedos, las flexibilidades de su talle. Se exajeraba a si mismo el valor de todo eso, dhndolo por unico, por irreemplazable. h e g o , en sus visiones de imaginaci6n romhtica, trarisf ormaba 10s impulsos secretos 6 inconscientes del sensualismo, en ideal destrozado p sentia por si una inmensa, una amarga cornpasion. L a t e n s i b nerviosa era pa demasiado fuerte y rompi6 & llorar, sin cuidarse de la gente que pasaba, de sus aniigos que piidieran sorprenderlo. El sentimiento se deshortlaba por sobre la vanidad. Gabriela sinti6, ii la vez, que la iiiradia una inmensa ternura, piedad ilimitada a1 ver 6 ese hombre, tan fuerte, deshecho en llanto. Se pus0 de pik, enlaaaron sus brazos y en la sornbra-se dieron esa noche el primer beso, beso de arnargura, beso de agonia, pero ardiente p palpitante como una concentraci6n de sus amores. Y luego, echaron & correr, cada uno por su lado, despidikndose hasta siempre. . . . . . Los voladores cruzaban por el cielo desci-ihiendo su trayectoria luminosa, para estallar en chispas de colores, como granadas de bpalo, esmeraldas y TUbies . L a gente del pueblo, el inquilinage, las rnujeres y 10s niiios 10s recibian con vivas p exclamaciones de placer. El cinernatdgrafo comenzaba las escenas de una caceria en Africa; el entusiasmo del pueblo rapaba en delirio a1 ver & un bocr, corriendo B galope tendido y con el lazo en la mano.
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VI
Gritadera ensordecedora atronaba el espacio junto si la laguna. iQu6 habia pasado? La gente, movida de curiosidad natural, y llevada del ejemplo, se agolpaba en la parte mbs visible del circulo de espectadores, hecho una leonera. No pudiendo alcanzar con la vista, algunos se abrian paso 6 fuerza de codos. E l espect&culo de cinemat6grafo p concierto era dado desde el vestibulo, convertido en proscenio mediante el oportuno empleo de telones. L a parte m6s selecta, junto con muchos invitados de varias haciendas vecinas y hukspedes de don Leonidas, habia tomado colocacicin en bancas y sillas traidas de todas !as habitaciones de la casa. Una concurrencia heterogknea, en que se veian sombreros elegantes de santiaguinas y trages extraoi-dinarios p vistosos, como el de la sefiora del Alcalde de Quilantren, ocupaba en nilnaero de ciiicuenta personas, m6s 6 miinos, aquella parte destinada A lo mbs lucido. Las sillas se esten&an, en varias filas, hasta llegar a1 borde del estanque del parque. Naturalmente, se habia dado A las sefioras 10s m6s ccimodos asientos, reserrando B lo mas
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- g8 selecto las hltiinas sillas, en las cuales se encontraban don Leonidas, un sefior G u z m h , el Alcalde de Quilantren, el senador Peiialver, Leopoldo Ruiz, Sanders, Julio Menendez, Polo, SBnchez, el cura de la Yarroquia, y muclios otros caballeros. No habian pasatlo desapercibidos para Pefialveiciertos coloquios misteriosos realizados durante el dia entre N a g d a y su primo Jarier Aguirre, acompafiados de idas p venidas bastante disimuladas. Mal que les pese, Irabr6 de averiguar de qu6 se trata, decia para su capote el senador ya bastante escamado con las bromas continuas p tradicionales en la familia de Sandoval. Nabia que andarse con tino, pues Magda era loca. Contibase en 10s estrados santiguinos que un dia presentaron en la casa, con cierta solemnidad, un pretendiente ri la mano de Gabriela, precedido de muchos titulos, recomendaciones y campanillas, pero que A pesar de todo no les caia bien. El sal6n estaba lleno [Link], las mesas con vasos de Aores; circulaban platillos de helados. El galrin se acerca A la nida, vestido irreprochablemente de frac, todos le sonrien p Javier Aguirre, que hacia de introductor, le ofrece una silla, el j6ven se sienta y . . . . catapl6n. . . . . chinchin. . . . se viene a1 suelo en cobl. pafiia de la mesa vecina JT de u n par de vasos coil flores que derramaron su liquido sobre el vestido nue1 7 0 de una sefiora. La silla estaba preparada y las patas sueltas. Una carcajada universal acab6 con el pretendiente y el noviazgo. Eos invitados A comer soliari encontrase A la salida dela casa,en pleno invierno, con las mangas de 10s abrigos apretadas.-P6ngase C d . el palt6, no se vaya A resfriar, decides J l a g d a con suaw sonrisa. Los inf elices forcej eaban en vano, echando 10s bofes; las mangas habian sido pegadas

- 99 en la mitad, con hilo negro. P no habia mis que reirse. E r a conocido el caso de u n Ministi-o de Estadc ti quien Javier Aguii-re habia rellenado si1 sombrero con corcho, y como no le cabia, convenci6le de que se le habia hinchado la cabeza, obligSndole A 11arnar mkdico por telkfono. Todo eso lo sabia Pefialver, por lo cual se pus0 activamente en campafia, no tardando en descubrir el misterio Sandoval, mediante la pro. mesa solemne de cooperar S su obra. Entre Magda y Aguirre habian preparado cuidadosamente anillos a1 pi6 de la laguna, haciendo pasar por ellos una cuerda, atada con disimulo ii 10s barrotes superiores de una silla, de manera que desde un extremo pudieran tirarla de golpe al suelo. Aguirre y Pefialver ofrecerian con amabilidad la silla, como asiento de honor a1 3 6ven Sanders, insistiendo BIagda en colocarlo entre la sedora del Alcalde y el senador, dejBndole, de ese modo, en la imposibilidad de ne;;iztiva. Durante la primera parte de la funci6n tod:, habin pasado sin inconveniente, mas a1 llegar al punto en que echaban A correr 10s caballos de 10s bows en la caceria del cineniat6graf0, Aguirre di6 la sefial, un roto forzudo tir6 de la cuerda y el j6ven Sanders, perdiendo de slibito el equilibria, se fu6 de espaldas ti la laguna con silla y todo. L o peor del caso, y lo imprevisto para 10s aiitores de la burla, fu6 que la vietima, ecliando manotadas, naturales en tales casos, coji6 con una mano el sombrero de la sefiora de! Alcalde de Quilontren p con la otra el chaquet de Pefialver, recien sacado del concho del ba61. 3 f B s . como no fuera suficiente la resistencia de Ambos 05jetos para impedir si1 caida, se fu6 de espaldas A la laguna, Ilerando en una mano un manojo de plumas

- IO0 de todos colores y de rosas avtificiales de sombrero, ii guisa de trofeo, y en la otra la persona del senador que tambien fu6 ii sumirse B la laguna. Alborot6se el cotarro, la sedora del Alcalde pus0 el grito en el cielo: Bien me decian, exclamaba con sus recelos suspicaces de provinciana, y cierto retintin, bien me decian, que para venir B casa de 10s Sandovales tenia uno que bandearse bien. 3liren si nti como me ha puesto el sombrero este ariechucho . . . Alarmiibase don Leonidas, entre enojPdo y risuefiio ; dofia Renigna se rein B carcajadas; las sobrinas del cura daban grititos, parecihdoles de buen tono la timidez ;k l administrador lleg6 ccmiendo ;lPoloy Paco Velarde aumentaban el tumulto. Y cuando todo aque110 parecia una leonera, sali6 por un lado Pefialver, rengueando, y por el otvo Sanders con cara de fuuia, chorreando el agua por todas partes. Para colmo, el j6ven Aguirre les di6 la rnano, ayudindoles 6 salir del estanque, en medio de carcajadas estrepitosns de Magda. -Senador de la Repliblica, Y o corro a salvarti, corn0 Manrique en I Trocatore. ;Honor y prez del Z m i s alto cuerpo lejislativo! tii que dietas leyes a1 pais, te ves convertido &ora en imigen del Dios Neptuno, Dios de las aguas, chorreando el agua por todas partes, como una isla ambulante . . . . i P tii, ilustre Sanders, j6ven 6 inmaculado espejo de elegancia, con tu pechera blanca empapada y t u smorilcing, comertido en regadera pareces una m o x a en leche. Y luego, apretiindose con una mano la barriga y apiintando con la otra a1 rostro de Sanders, agreg6 el endiablado Aguirre : -i Oh! el nion6culo!. . . . ha salido atornillado a1 ojo, despues del bafio en la laguna, sosteni6ndose con

- IO1 la energia del jeneral Mac-Mahon en la Torre Mala lioff. . . dice: J y suis, j y reste. iQu6 les parece 8 Uds. este j6ren elegante? iQu6 le falta &ora para telescopio ? Efectivamente, Sanders se habia dado una zambullida poi- el agua y salia con el mon6cnlo puesto . . . Pefialrer, no sabia qu6 bacerse, y reia con n i r e de mundo, tratando de salvar lo m h o s mal posi1)lc de su papel de burlador burlado, que Afagda le cvhaba cn cara c o n gestos. E n cambio, Sanders que ern loTen correcto, >7 perfecto gentleman, no cabk en ai de cblera, comprendiendo la burla. Sali6 sin decir palabra, mis, apenas hubo divisado 8 Javier Aguirre, distraido, cuando se lam6 en contra de 61. E bromis1 ta quizo esquivame echando A correr, m& con tan poca fortuna que Sanders lo alcanz6 en mitad del parque, propinidole una bofetada que le hizo dar tres vueltas por el pasto, y sino se lo quitan 10s JemAs amigos que en ese instante Ilegaban, diem bizena cuenta de 61. Con est0 se le espant6 el enojo tan ripidamente corno le habia venido, pues era mucliacho noblote y de buenas entrafias, incapaz de resentimientos. Qui70 In suerte que a1 volver de una aoenida, no bien se hubo a p a r t d o algun trecho de alli, viniera topar de manos B boca con Jlagda. Qued6 confusa y trat6 de tomarlo en hroma. -jSeri posible, Magda, que Ud. trate de ese n i ~ : !6~10s amigos? dijole Sanders en tono de reconvenaiGn carifiosa, pues no tenia zn pelo de leso y bien comprendia el orisen p los autores de In broma. -jQuk culpa tengo yo de cpe 7Jd. se hzya caido? -So creia fuera capaz de burlarse, de ese inodo, tle 111 amigo que tanto afecto le profesa. . . . K1 j6 I

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-+.enbajaba el tono u n poco ronco de su voz, con entonaci6n particular de queja y de carifio, de la cual 61 mismo se sinti6 estraiiado. AIagda se turb6 proEundamente, mtis que poi* las palabras, por el acento. . . Y sonri6, con sonrisa franca p abierta, sonrisa ealurosa, distinta del gesto burl6n habitual en ella. -Perd6neme. . . ha sido una nifieria. Seamos buenos amigos, agreg6 alar@ndole si1 manecita. Sanders, Si su turno, espenment6 una turbaci6n m e w , inespevada, timidez que lo cogia de repente I\ que por pvimera vez, como relAmpaqo, calent6 su coraz6n con la idea de querer B Magda. Vna queja, un encuentro slibito, leres inflesiones de voz, habian decidido el porvenir de Ambos. Seria cosa de media noclie cuando 10s inritarlos se retiraron del parque, despues de terminada la fiesta. Recibi6 entonces, la nifia, el golpe de gracia. Don Leonidas, 6 quien sacaba el hulto desde hacia una hora, la sorprendi6 en el vestibulo y presa de c6lera sorda, con la palabra trkmula de ira. le dijo Si media voz: 50sk bien si eres tonta 6 si eres loca, 3lagda; con tus disparates de esta noclie la sefiora del Alcalde de kerquenco se ha ido corno furia. Esto significa, poino quien no dice nada, una comuna perdida, quiz& la elecci6n de diputado en la lucha prdximr,. . . . -Pero, pap&.. . . yo no s6. . ., -ho hai pero que valga. . . exclam6 don Leonidas en el colmo de la esasperaci6n. Parecia xvolado, corno f amiliarmente se dice. Los invitados j6venes habian tornado el camino de las casas viejas, en donde se encuentra el departamento de aloj ados, en forma enteramente independiente. Erase un cafi6n de piezas comunicadas entre si, pero con puertas independientes a1 patio. T,as habitacio-

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nes tenian todas, colgaduras de cretona, lechos confortables, alfornbras nueTras, catres ingleses pintados de laqu6 blanco y lavatorios del mismo estilo, mezcla de sencillez y de comodidad, B un tiempo. No Iiabian trascurrido diez minutos cuando un par de golpes, en cada puerta, advertia ii 10s hukspedes la llegada de Jarier Aguirre en compafiiia de Julio Menendez. Penimos h pedirles nos liagan la honra de acompafiarnos 6 u G manif estacidn, les decian. Ir a1 ver que ni torcian todos el gesto, como temiendo las manifestaciones de Javier : Nota. Agregaba kste : se trata de un asunto s6rio y con apadables sorpresas. D e Uds. atentos y seguros servidores que sus manos besan : fii-mado: Jaiiuario Aguirre p Julio Menendez. como afianzador de nzancomun et i solidum. Esta n carta, recitada de viva voz, era repetida en la paerta de cada cuarto. Minutos despues se habrian las puertas de comunicaci6n y una concurrencia numerosa y selecta invadia la pieza de Jlenendez. Habia todo gknero de trages: unos, en camiza de dormir y zapatillas; otros en calzoncillos y camizeta, el de rnjs all& enmelto en su shbana de baiio, 10s nnds elegantes en camisa de dia, de color, y zapatos. A medida que entraban fueron sentiindose en las camas, sofhes, mesas 6 en el suelo, hasta una docena de j6\renes, entre ellos Pacq Velarde, Polo SBnchez, Sanders, Julio Menendez, el Comendador Albareda, y Ange! Heredia, presididos por el senador Pefialver. Ap6nas les vi6 reunidos, Javier se diriji6 h una de las camas, trataiido de alzar la colcha. Sordo murmullo de indignaci6n en la asamblea se lerant6, aplacado h e g o poi- un gesto de Julio: Avete pacenza, miei signori, pues B Nenendez le daba por hablar italiano cuando estaba contento.

- 104 Javier sac5 debajo de la cama una gran canasta, liena de paquetes, que iban A manos de Julio y de ahi A la mesa. Fueron saliendo revueltos: media torta de alfajor. . . iDe la Antonia Tapia. . . grit6 Ruiz con entusiasmo. . . dos gallinas fiambres . . . huevos duros.. . lengua.. . jam6n.. . u n trozo de huachalomo salpreso . . . dos botellas. de rino blanco y rarias de cerveza. . . queso mantecoso. . . mucho piin de grasa. . . un tarro de pate de foie-gms. Cada vitualla era saludado con una exclamaci6n entusiasta. A1 divisar la caja de Pat6 de foie, Leoyoldo Ruiz palmote6 el hombre de Sanders: A1 fin y a1 cabo, compafiero, le dijo, con estos argumentos concluiremos por hablar frances. Y sin m6s ni m&s se distribuyeron 10s viveres y comenzaron si: tarea con reposo y en silencio. El uno metia el diente & una pierna de gallina, asegurada con la mano; el otro deroraba u n pedazo de lengua; este empinaba el codo, apuntando a1 teclio el fondo de la botella de vino hlanco; a q u 4 destapaba un tan-ro de conserva; quien hacia saltar como un balazo, el corclio de una botella de Apolinaris, p todos reian, y tcdos hablaban, y todos comian p gritaban A un tiempo, ap6nas se hubo satisfecho el apetito. -i Eso es de hombre! exclamaba Ruiz sefialando el canasto. -Perdono ci tutti, como CBrlos V, decia Sanders golpeando el hombro de Jarier. Veo que vuelves por tu honor, lawindolo en cerveza. Jluclio te ser6 perdonado, porque nos has traido mucho. ESQ que te si guardo en la mente un pequeiio saldo insipificante, cosa de poca monta. . . -Diga, compaiiero, con franqueza, le interrumpi6 Ruiz, iqu6 tal gusto tiene el agwa del estanque?

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.A mi se me figura que ha de ser bien rebuena para un c6lico. Bid. se encuentra curado de antemano, en salud . . . . -CBllate huaso bruto. . . lo que tli necesitas es reeibir un baiio de civilizaci6n en cualquier parte. . . contest6le Sanders. P o r h i c a respuesta el interpelado le dispai-6 con un pan, y como 6ste se agachara, el proyectil fui. A dar en un ojo de Paco que ya no volvi6 ii ver claro en toda la noche. -Esta, sefiores, dijo con voz estent6rea Javier, es la cena de la despedida y de la reconciliaci6n con el amigo Sanders que cual segundo hloises, se ha salvado de las aguas junto con una silla de paja . . . Todos liablaban S un tiempo, cansados de comer y de beber; 10s rostros estaban encendidos, las miradas brillantes i. iluminadas. Impulsos slibitos de alegi-ia les calentaban la sangre. Julio quit6 10s comestibles de la mesa, y tendiendo sobre ella su manta de viaje, propuso una manito de bacnrci. . . . Luego salieron 10s naipes y Ivs putiados (le lilletes. Alenkndez tallaba iinos doscientos pesos. Sefiores, se prohihe paradas de mAs de cinco pesos ... ponerse ... j carta ?... si. . . contento. . . vaca . . . perdi . . . vamos pagando ii 10s dos lados. . . Ponerse. . . sin picarse. .. &mhos lados se tienden.. . chica.. . grande.. . p yo siempre con vaca. . . estoy destinado a dueiio de lecheria. . . pero asi la vida es un soplo, sefiores . . . Angel jugaha furiosamente, pero con aparente calma. i Copo la banca!-Aceptado.-Chica. . . vae a . . .- nllenkndez le pas6 todo su dinero cedihdole inmediataniente el puesto. < <No pongo limite. i Cinco pesos ii la derecha ! esclamaba Pefinlver.
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iCien 6 la izquierda! Yo tom0 las cartas, agreg6 X e n h d e x calentindose. Unos furnaban, renegahan otros de su suerte, lamentgndose 10s perdidosos; todos metian riiido, salvo Angel, si medida que subia 6 sus cabezas congestionadas la pasi6n del juego, la m6s dominante y ciega. El j6ven tallaba lentamente, con labios apretados, frialdad grande y br.u,jdenndo lentamente las cartas. Asi, entre broma y brorna, llegaron basta pasadas las dos de la mafiana, cuando un gran estrkpito, seguido de gritos en la pieza vecina, les hizo acudir i ella. &-a que Sanders, con gran disirnuls, habia preparado el catre de Javiei- Agiirre de modo que apknas 6ste se hnbo acostado cuando el colch6n se vino a1 suelo con gran estrkpito de tablillas de madera. El j6ven Sanders, escondido en un r i n c h , salt6 Ii&cia la taza de lavatorio llena de a p a , dejindola caer sobre su victima, tendida en el suelo. Esta pus0 el grit0 pidiendo SOC~IIO, acudiendo entcinces 1\9enkndez quien, armado de la almoliada de la cama se arroj6 sobre Sanders. Aguirre, vikndose libre, coji6 u n zapato, disparjndole 6 guisa de proyectil en contra de su agresor, per0 con tal mala suerte que le asest6 el golpe i Flores que se asomaba. Con esto la batalla se hizo jenepal, dindose unos si otros con las almohadas, con las tohallas, barajando 10s golpes con las sillas. en tanto que Polo7armado de un sif6n de agua de Seltz, disDaraha el chorro si guisa de metralla, sobre 10s ojos de 10s asaltantes, hacikndoles huir despavoridos. Para eolmo, un mandoble apag6 la vela, con lo cual trataron todos de escapar 6 un tiempo de la pieza, rodando por el suelo confundidos p enredados entre pisotones, yritos, juramentos y reniegos, pufiadas y almohadazos .

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-Que haya paz y concordia entre 10s Principes cristianos, dijo el senador aparecihdose con vela encendida. P a todos estaban cansados y se fueron B acostar, acompaiiados de la risa de Ruiz que no se acababa nunca. - Estos j6venes ignoran el tesoro que poseen, esa joya de 10s veinte aiios, decia Peiialver i media voz, apagando la luz. Esa es la edad de las alegrias y de las ilusiones, cuando el porvenir se muestra de color de rosa. Todo es lijero, hasta el aire que se respira, todo es despreocupaci6n y burla y motivo de entretenimiento. Ahi estLn Polo y Pato que juegan ri pares 6 nones con 10s numeros de 10s tranvias en la esquina de Don Benito. 316s all&Heredia, enamorado de Gabriela, 3- Sanders metido en el sport, Menhdez en el juego, todos alegres, contentos y felices, dejando rodar la vicla con la despreocupaci6n con que Rueliingam miraba rodar sus perlas. iQu6n me diera volver L 10s veinte aiios con sus sueiios de santa poesia, de infinita dicha, de nobles ilusiones! Todo aparecc hermoso y grande, lo mismo que contemplado afios m&s tarde se nos muestra pequeiio y mezquino. A10s veinte afios, uno se le sube ri las barbas i todo el mundo y se le mete espuela, no mLs. No hai fortaleza inespugnable, como se pueda subir i ella en ixn j u mentillo cargado de oro. D e maldita de Dios la cosy1. sirven 10s consejos & 10s veinte afios, ni la experiencia de otros, s610 se busca lo que trae placeres y prccura diversiones. Afm no estamos enterados ent6nce 7 del fondo egoista y utilitario de la vida, del choqu de intereses, de la puja de ambiciones, de la indiferencia de nuestros amigos, del egoism0 de aqnello; por quienes & veces nos sacrificamos, de la importanciq enorme del dinero en las sociedades en via de formcL<

- I08 ci6n, del d e s d h por la cultura del esidritu. A h no hemos sentido el peso del brazo del adrenedizo y del recikn llegado sobre 10s hombres de coraz6n y de afectos, de tradiciones de familia h la antigiia usanza. Poco h poco vhn niostrjndose 10s desengaiios lentamente. M h s la juventud, con la alegria inconsciente de 10s veinte afios se derrocha en el bullicio como el champagne se deshace en espuma. ,%fin no se conoce aquel aburrimiento que, seg6n decia una dama del siglo XVIII, es propio de toda persona bien nacida; ni estamos condenados a$in verse reflejar dentro de nosotros las cosas con monotonia desesperante . Pefialver experimentaba la nostaljia de 10s veinte afios, el desconsuelo de que su espiritu j6ven no estuviera en consorcio con su cuerpo, el recuerdo cariBoso de bnenas horas desvanecidas, t h bien expresado por la voz portuguesa de Saudades. Y sentia el dejo amargo de una situaci6n social de eterno equilibrio, situaci6n forzada en que se encuentran siempre 10s hombres sin foi-tuna obligados h mantenerse en roce con la sociedad de buen tono, con hombres de posici6n y de dinero, sin poseer ellos ni una ni otra cosa. iWantenerse de manera decorosa, para su orgu110, sin rechazar intempestiva y tercamente lo que viene del poderoso y sin humillarse para conseguirlo ; no mostrarse nunca en condiciones equivocas ni deprimentes, aprovechando a1 mismo tiempo la alegria del vivir, la buena mesa, el palco, el carruaje del amigo, el cigarro habano; ser, en el fondo, un parhsito, aparentado que se hace honor B la persona en cuya compafiia uno se muestra. Pagarlo todo en moneda de buen tono, con la tarjeta 6 el regalito enviado oportunamente en 10s dias de santo, el pequeiio servicio prestad0 h tiempo, la atenci6n constante, la palabra dis-

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creta, de actitud dignamente jovial, el espiritu de sociedad convertido en arte consumado viviendo sobre el pais. Todo eso habia en el hondo suspiro de Pefialver al acostarse,-de ese pobre Pefialver, B quien sus amigos liabian dado el apodo ir6nico de Senador .

SEGUNDA PARTE
AL CAER DE LAS HOJAS

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Los relojes hahian dado, unos en pos de otros, las diez de la noche, con el sonido melanc6lico de las viej as campanas santiaguinas. La ciudad, iluminadas las calles centrales por grandes focos, presentaba el aspecto solitario y triste de ciudad muerta, en aquella noche de invierno en que 10s girones de neblina se arrastraban por 10s jardines del Congreso, entre pinos y palmeras, para envolver, luego, en la Plazuela, monumentos y columnas de bronce. Los focos parecian rodeados de nimbos de luz. D e cuando en cuando, la campana del tranvia elkctrico arrojeba su chillido metilico en las diversas calles del crucero de Bandera con Catedral y Compafiiia. Algfin faro1 rojo de carruaje nocturno desaparecia de la puerta del Club de la Uni6n.

- I11 Los girones de neblina envolvian, tambien, la Plaza de Armas en denso velo razgado por i*amasde palmeras, dentelladas y osci1ras. El piso htimedo, todo enladrillado, brillaba, dejando resbalar suaves reflejos de luz fi 10s ojos de un j6ven que caminaba r8pidamente con el cuello del gabin levantado p el paso caracteristico, arrastrado 8 derecha y B izquierda, con el balanceo propio de cuantos lleraban en sus venas sangre de Sandoval. Era Javier Aguirre; a1 llegar A la esquina de la Plaza con Estado, se detuvo u n momento. En esos instantes salia la concurrencia de la segunda funci6n del Teatro Santiago. Sus anchas puertas arrojaban esos grupos compactos y negros que salen como enjambre del recinto iluminado, precipitindose poi. una p otra acera, como dos culebras interminables que se deslizan junto B la casa roja de piedra, de 10s antiguos Condes de la Conquista, y cruzan el Portal Mac-Clure. Javier Aguirre se habia detenido, perplejo, en el crucero de la calle del Estado con la Plaza. Eos girones de neblina, m h o s densos en aquella parte, se razgaban, permitiendo contemplar, en la penumbra de 10s focos el6ctricos, las torres de San Agustin y las aceras ensancliadas de la calle, poi*las cuales quebraba sus rayos la luz; m&s all&10s faroles pajizos de u n Bar y la luz roja de la Botica de turno. U n coclie pasaba lentamente como pidiendo pasageros. E l j6ven hizo gesto para llamarle, m8s cambiando shbitamente de idea, le dej6 pasar. E s p e rimentaba sensaci6n nerviosa de impaciencia. Acababa de acudir B casa del doctor Roildieu, sin hallarlo, y se dirijia en busca de otro mkdico, rnis en el momento de silbar el coclie, a1 ver la columna de gente que salia del Teatro, cambi6 de idea. Acaso entre la muchediambre que salia pudiera encontrar, sin0 a1 c&

- I12 lebre mkdico franc&, B un facultativo cualquiera, pues el cas0 apuraba.-Adi6s, Javier dij ole, de paso, un personaje de aventajada talla, maciso, de ancha barba semi-eanosa, con ese tono entre familiar y caridoso, de 10s que tienen costumbre de eneontrar ti una persona en salones. iDetkngase! Doctor, le buscaba. . . contest6 el j6ven con aplomo. Acababa de toparse casualmente con el Doctor Mor&n. V&monos ligero, agregci, que mi tio Leoniclas se nos v i . . . -i C6mo asi? -Acaba de clarle el tercer ataque y se encuentra, como dicen Uds. 10s mirdicos, en estado comatoso, sin conocimiento alguno, parece muerto. Tiene el rostro livido, de color que d& miedo, y esti flaco, Aaco. Gnicamente con huesos y pellejo. Tiene manchas amoratadas. . . Y el j6ven Aguirre enumeraha detalles con palabra ficil y cierta complacencia de manifestar experiencia de enf ermedades 17 materias mirdicas. -3lalo. . . malo. . . i Canastos ! murmuraba Mortin, pastindose la mano poi- la barba. iPobres chiqnillas! agreg6 refirikndose 6 las nifias Sandoval. Lo adoraban, sobre todo Gabriela, B pesar de que Magda, como menor, era la m&s regalona. M o r h experimentaba complacencia a1 manif estar relaciones de intimidad con esa familia distinguida ; cierto aireciI10 de vanidad satisfecha, la satisfaccicin de sentirse como parte integrante 6 complemento del circulo en boga. Habia conseguido levantarse de una posici6n oscura y modesta A otra espectable, sin ayuda ni protecci6n de parientes, y lo que es m& extraordinario, sin talentos profesionales de ninguna especie, i fuerza de amabilidades y de tacto, sacando A bailar i feas en las fiestas, acompafiando mam&es, buscando abri-

- I13 gos, siempre fino, siempre sonriente. Ahora, pa dado su pequefia clientela, pues en la lucha por la alta sociedad, hasta existen personajes y familias que consultan y llaman ti un facultativo por ser el mkdico de las Sandoval. En ese tejido de vanidades 6 intereses, de apetitos y concupiscencias, en que todos se empujan y golpean, por subir, poi- medrar, por abrirse brecha en la vida mundanatoda vanidad y vacio-existen factores, que 6 primera vista no aparecen, pero que desempefian el p p e l de pequefio k invisible tornillo en m8quina complicada. Eso era el Doctor MorLn. Habia tornado el paso de Javier Aguirre, deslizindose rtipidamente por calles desiertas, cruzando la de Compafiia, hasta llegar A casa de Sandoval. El gran edificio, con ventanas cerradas y oscuras, tenia aspecto triste, B pesar de liallarse pintado de blanco, el color de rnoda. El Alcalde habia mandado cubrir con arena el piso de aquella cuadra de Compafiia, conociendo el estado de suma gravedad del ilustre enfei-mo. A la pnerta estacionaban tres coches: el americano de risita y otros dos para 10s mandados, pues ii cada momento necesitaban acudir 6 la botica en busca de bolsas con oxuij eno. L a hoja de la mampara, de vidrios opacos, se hallaba entreahierta. U n rep6rter de diario, ILpiz en mano, tomaha apuntes bajo la hornha central del vestibulo de m&rmol, copihdolos del 6ltirno holetin dictado por el mkdico de cabecera; un sirviente, de frac y de corbata blanca, el rostro afeitado k impsihle, con esa insolencia peculiar en sirrientes de casa grande, esperaba 6 corta distancia. Apknas resonaron pasos de recikn llegados, se oy6 carrerita femenina y rumor de faldas recogidas. E r a

B conocer en salones, tenia

- 111; 34agda, con un pafiuelo de lana tejida echado sobve la cabeza y con lsigrimas en 10s ojos . . . iA1 fin, tin [Link], dijo . . . crei que no llegaria jam&. . . i C6mo le 176, Doctor?. . . mi papsi est&muy grave. . . se muere. . . - C6mo vi, pues. . . tranquilisese. . . calrna . . calm a . . . Esto pasar8.. . si no es para tanto. JIAs de uno he visto yo volver del horde de la sepultura j 7 enterrar si otros lnuenos y sanos como si vendieran salud. No se aflija, nlagda. iY su mamh? y Gabriela? -Desesperadas.. . M a m i en cama, y todas andamos con la cabeza perdida. -ATaturalmente. Vamos si ver a1 enfermo. Y 1\for&nse quit6 lentamente guantes y abrigo con esa calma profesional que desespera en ciertos instantes. La s61a presencia del m6dico rnejora y tranquiliza : i la gente de la casa dijo en tono sentencioso 8 Savier Aguirre. E n el escritorio, sobre sillones bajos de cuero, se hallaba una docena de personas, entre ellas dos 6 tres politicos, jefes de partido, el gerente de un Baiieo del cual era conseje;*o el sedor Sandoval, y varios caballeros viejos, amigos de la familia, con sus calyas relucientes y su tos asmhtica. E n la pieza vecina estaba el Presidente de la Rephblica, acompafiado de dos 6 tres personas y de un cl6rigo, el sedor Corl-ea, uno de esos sacerdotes hombres de mundo, persona de agradable trato y maneras finas. El senador Peiialver, de pi6, con ojos enrojecidos, sin hablar palabra, se fumaba en silencio un cigarro puro. Sentia pena profunda, no tanto poisu amigo don Leonidas, A quien queria y n6 poco, cuanto por su propia persona. Con don Leonidas se iba algo de su pasado, era como si fuesen 6 enterrar
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un pedazo de su existencia, 10s recuerdos y aventuras de niuchacho, las pellejerias de antafio, 10s esplendores de otro tiempo durante el cual Pedalver habia desempefiado papel autkntico de gran sedor y de millonario iai! por desgracia demasiado corto. Se apiadaba Pedalver de si mismo, a1 ver c6mo se iban, uno B uno, 10s campafieros que habian hecho juntos la jornada de la vida, 10s que visitaron unas mismas casas de tono, y se presentaban a1 teatro y B 10s bailes en alegre circulo. Y a iban quedando mui pocos de 10s que fueron B la inolvidable fiesta de Meigs, 6 a1 gran baile de la Presidencia de Pbrez, de 10s que paseaban por Paris en victoria B la Daumond en compafiiia de Florencio Blanco, el buen mozo clAsico del Segundo Imperio. i T e acuerdas Cucho? dijo B uno de 10s sefiores de cabellera blanca, repitikndole en voz alta sus reminiscencias. Leonidas figuraba ent6nces con nosotros.. .,, U n suspiro ahogado se escapaba de su pecho de viejo vividor. . . El pobre se nos v&.. . me ha dicho Boildieu que ya no hai esperanza. . . si no de mantenerlo. H o i estuvo de visita el Arzobispo y Leonidas no lo conoci6. . ., Pefialver clav6 la vista en la alfombra, dando puchadas B su cigarro puro. E n esos instantes cruzaba el vestibiilo Justin0 Vanard, uno de 10s intimos de la casa, con su pasito corto en s6n de baile. E r a pequefio de estatura, de grandes bigotes negros levantados, o jos herrnosos, profunda p tupida cabellera color ala de cuervo y usaba peinado aplastado que daba 5 su cabeza tono relamido. Andaba siempre con la cabeza echada atrds y el cuerpo erguido, como esforzhdose en elevar su estatura. Su edad seria de 35 ri 50 afios, es decir iadefinids, pues no tenia edad. Vanard, como Pefialver, figuraba entre 10s indispensables en toda casa de buen tono. D e

- 116 trato simpzitico J- culto, habia leido su poco de literatura j 7 publicado traducciones y algunas poesias, amkn de revistas de bailes 9 de salones, con lo cual junto con darse infulas de literato, era solicitado por las damas con pequeiias amabilidades 6 coqueterias, esperando llegar S las eteriiidades de la fama social en recortes de peri6dicos. E n extremo servicial, se desvivia por escribir cartas de presentaci6n para el gknero humano, solicitando, para una misma persona, un dia la plaza de astr6nomo y otra la Sede un tiempo vacante del Arzobispado de Santiago. Iba y venia, dBndose vueltas y revueltas, como si tratara de practicar el morimiento perpktuo, siempre alegre, conversador, B veces chstico, buen muchacho ; cliciendo galanterias A mujeres, palmoteando d 10s hombres, con sonrisas discretas A 10s poderosos y apretones de mano i 10s modestos y pequefios. Amigo de las personas de talento, las admiraba hasta en sus fragilidades y sus vicios. A partidas nobles y desinteresadas unia pequefieces y vaiiidades increibles. L a nota dominante de su carActer era el exhibicionismo, la mania de figurar, achaque modern0 en estas sociedades j 6venes, y enteramente desconocido hasta 10s tiltirnos afios. Vanard se moria por aparecer en casamientos, en fiestas, en comisiones de kerrnesses o de conciertos de caridad, en bailes, en comidas, en reparticiones de premios, en revistas de bomberos y en funerales, zi 10s cuales jam& faltaba. Contibase que habia dado el siguiente consejo d un amigo j6ven: El secreto del kxito en el mundo consiste en aprenderse de memoria, para el caso, un discurso de pksame y otro de felicitaei6n. Pasaba, una tarde, frente a1 Club un suntuoso convoy fsnebre, seguido de infinidad de coches. iQuikn serd el muerto? preguntsi-

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banse unos a otros 10s socios parados en la puerta. Nadie lo sabia. "-Debt d e ser Vanztivd, dijo uno, porque es la primera vez que no lo veo figurar de acompaliante en un entierro. Vanard se las valia para 10s pequeiios serricios, las amabilidades oportunas, para traer el abrigo de las seiioras, el palet6 de 10s ancianos, para descubrir un carruaje entre quinientos, y de esta manera, poquito & poco, se habia f ormado su posici6n mundana t&n conf ortable como sblida, con asiento fijo en las mejores mesas, su lugar en 10s palcos, hacikndose indispensable en comidas 37 fiestas. Apitnas hub0 entrado Vanard, con su pasito corto y r&pido, cuando di6 tres golpes en 10s cristales de la pieza de Gabriela, quien sali6 apresuradamente a1 patio. Toma chiquilla, le dijo, pashdole un paquetito. Aqui esth la receta, y en el paquetito las agujas para inyecciones. . .. Me ha costado miis trabajo encontrar esa botica que ii Rlenelao a1 raptor de Elena. Santiago, como ciudad, se parece h esos palt6es vueltos del revez, en 10s cuales nada parece en su sitio. i Y c6mo sigue t u pap&?Miitntras Vanard pasaba el pafiuelo por su frente empapada en sudor, la nifia le dada las gracias. S u padre seguia lo mismo, es decir, mui grave. S610 en ese instante acababa de aparecer un m6dico . . . Morhn. . . A1 oir este nombre, Vanard, conocido por sus opiniones avakzadas de libre-pensador, hizo la sefial de la crux. Lo que es yo. . . no lo llamaria ni para curar las yeguas de un coche. . . ni para resfriado. E n casa de las Wanda, solamente lo llaman cuando se enferman 10s sirvientes. E n fin. . . estaba escrito. . . Sin m&sni m&s, Bmbos se encaminaron a1 segundo patio, llevando la j6ven 10s remedios en la mano. E n

- 118 esto se abri6 la puerta del escritorio, saliendo Pedalver A reunirse con ellos, con su peculiar paso balanceado. Habia sentido, desde su asiento, la llegada de Vanard, su murmullo si media 1 7 0 2 y acudia 61, B su turno, en parte por curiosidad, en parte porque no le agradaban 10s r i d e s en las intimidades y afectos de la casa. E r a ese uno de 10s motivos por 10s cuales no profesaba simpatia si Vanard, que conocia 6 las nihas desde chicas y si sus padres de solteros, gozando 10s ixsos y prerrogativas de 10s duefios, de mandar 10s sirvientes, de pedir copas de cofiac con Apollinaris y de meterse de rond6n hasta el fondo de la casa. E r a aquklla una riralidad e6mica, invisible para el mundo, ap6nas perceptible para 10s intimos 6 parientes como el j6ven Javier, que gozaba con ello de manera inmoderada. Asi lleparoii a1 saloncito de costura del segundo patio, una de esas piezas intimas conocidas por 10s franceses con el nombre de boudoir, amueblada toda ella con inuebles del prinier Imperio, conservados en la familia de Sandoval por espacio de setenta afios. A pesar de 10s esfuerzos de las j6venes por desterrar10s como poco elegantes, dofia Renigna se mantenia firme p fie1 con ellos. Todas las casas en donde esiste enfermo grave, presentan el mismo aspecto. Las conversaciones en voz baja, el andar en puntillas, 10s rostros adustos, de 10s cuales parece desterrada la alegria, trocada en jesto uniforme p convencional, p la tensi6n nerviosa en la cual el chirrido de un puerta, una frase mas alta, cualquier cosa, produce vibraci6n desagradable. Figurhbanse todos, por especie de arreqlo convencional y ticito, que con semejantes medidas obtendrianlamejoria delenfermo. D e ese modo, habian-

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se acostumbrado, sin notarlo, 6 una vida de jestos artificiales dentro de 10s cuales se ocultaba la indiferencia en unos, escasa pena de otros, la preocupaci6n en (30s 6 tres. Con todo, seguia la existencia diaria su curso acostumbrado, mandhbase por dinero a1 Banco, la Tato preparaba la lista de la plaza, discutiendo con la patrona 10s guisos del dia siguiente, encargos de vinos 6 de conserras 6 10s almacenes 6 de pasto aprensado para 10s caballos. D6base nuejas de la conducta del coehero, pediase el anticipo de un sirviente, licencia para el otvo p s e p i a n su curso las pequeiias preocupaciones de la r i d a cuotidiana. Ya la Rafaela estaba insoportable de ensimisrnada y respondona, seghn afivmaba la Tato, de pi6, mhs con el tono irnperativo y familiar de sirvienta antigua que forma parte de la familia. E n el saloncito solian oirse unos suspiros ahogados, y, de cuando en cuando, algunos bostezos. Encoiitrlibase lleno de seiioras, de la familia unas, amigas de intimidad las otras, parientes pobres el resto. Era ese alud que se descarga, como 8 voz de consigna, en dias de santo y de enfermedades graves. Las mujeres cu- , chucheaban en voz baja, conversando unas del d t i m o sermon del Padre >Itis, otras de numas modas de lnviei-no. Ilos sombreros se usarian anchos p caidos corno platos vueltos, a1 estilo chino; la de mtis all& encomiaba lo barato que rendian las cosas en la tienda de Riesen. . . el par de guantes cuatro pesos cincuenta, ahora que piden poi* todo un ojo de la cara, por el mal estado del cambio. E n resnmidas cuentas, ya no se podia virir en Chile, donde cobran iJesGs! por un huero fresco treinta centavos. Alguien entr6 sin que lo notauan, a1 saloncillo, habia saludado y se habip sentado sin que lo vieran. E r a

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un sefior de sesenta y einco afios, de ojos azules, uno de 10s cuales parecia de vidrio, cabellera cana cortada a1 rape, bigotes gruesos, chaquet cubierto de caspa y esa traza decaida de ciertos hombres cuando la vida 10s maltrata y vienen ti mknos. Era don Pablo Sandoral, hermano de don Leonidas. Pregunt6 por la salud del enfermo, contesttironle, hubo lijero silencio.. y sigui6 la charla de rnujeres ti media voz, hablando tsdas ti un tiempo. E n esos instantes cruzaba por el saloncillo el doctor Boildieu, seguido de Justino Vanard. Las sefioras bajaron el tono con respeto, inclintindose ti su paso. D e repente not6se agitaci6n prolongada entre ellas, algunas se pusieron de pi&,adelant&ndose ti la puerta con ojos bajos y sonrisa en 10s labios. Era el cl&go, el sefior Correa que entraba con andar lento, fisonomia de nark fina y labios delgados, penetrantes 10s ojos, rnandibulas un tanto salidas y frente de marfil uiejo, aire aristocrtitico ligero fruncimiento en las cejas que le daba sello especial. Constantemente criizaban sirvientes con teteras de agua hirviendo, remedios p cosas necesarias en esas emergencias ; hahian recomendado que atravesaran poi- las piezas del fondo, m&spreferian pasar por el costurero para darse importancia. Poco B poco, I\ ti medida que aranzaba la noche, la gente se retiraha, quedando ttin s610 uno que otro intimo. Se habian alejado 10s que iban poi- cumplir y se arrellanaban en softies 10s demgs, que iban por costnmbre, 57 por curiosidad, 6 por ese hiibito peculiar que arrastra ti cierta gente ti casa fie moribundos, por mtis indiferentes que les sean en vida. Don P a blo, con la csbeza echada atr6s en el sof&, roncaba tranquilamente, sin que las seiioras se atreviesen ti despertarlo.

Poco despues de las doce, abri6se violentamente la puerta y apareci6 el porte maciso del Doctor 110rBn, esforzhndose en dar aspecto grave A su figura pliicida. Cruz6 la pieza rhpidamente y lleg6 hasta el comedor ; alli conversaban Vanard con el senador. -Don Leonidas dejarii fortuna. . . -Era de que n o . . . B lo m h o s su par de milloncejos, quiz& tres . . . Era hombre rumboso. -Ah! si, era rumboso 9 gran sedor . . . las chiquillas quedarBn bien aviadas. Descontando la mitad de gananciales, les tocarA por lo m h o s . . . En esto iban, cuando el Doctor JlorBn se acerc6 A ellos dicikndoles dos palabras a1 oido. Ambos enmudecieron. Pefialver, poquito B poco, larg6 hasta sus tres suspiros ahogados. Vanard, con voz emocibnada, aprovech6 la ocasi6n de pronunciar un par de frases que tenia preparadas a1 efecto. << -. . . Mai que comunicarlo A la sefiora. . . -y B las nifias. . . se fui. sin decir i Jeshs!. . . le fa116 el COZ-az6n, sefior. . . y eso qiie el Doctor Roildieu le tenia el pulso y yo le habia hecho pa seis inyecciones . . . iPobre nlagda que lo queria tanto! Y m i d Benigna. . . 9 Gabriela. . . E s una gran pkrdida para el pais. -Era hombre de Estado eminente, lleno de tacto, un diplomitico. . . Y de cariicter siiave . . . era una dama agreg6 Vanard. Trivia constantemente preoeupado de sus deberes civicos. Recnerdo que lialljndose de jefe de Gabinete, me m a d 6 llamar und vez dicihdome : Mira, cadete, parece que hai dificaltades en la primera Compafiia de Bomberos; busca manera de arreglarlas; recukrdales B 10s amigos que no es posible menoscabal- su prestigio tan bien ganaclo. Se acordaba del Cuerpo en 10s momentos m&s dificiles para el 1tinisterio ~ L o s dioses se \Tiin, seiio-

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res!. . . agreg6 Vanard imestigando el efecto que producian sus palabras en el rostro de sus interlocutores. El de Peiialver quedaba impasible. Mor8n le a dmiraba. E1 Doctor encendi6 un cigarrillo, para ganar tiempo. Este es el instante mas fregndo. . . respondi6. Recuerdo que cuando se me muri6 de sobre-parto la sefiora de Bi!rez, en la semana pasada, no sabia c6mo decirselo a1 niarido.. . . E n cualquier otro instante, el espiritu ir6nico de Vanard hubiera tornado nota. Ahora sentia atm6sf era de plomo ; era sensacicin desagradable 6 indefinible. Perdia tin amigo influyente I\ de p a n posicicin, dispiiesto i servirlo, carifioso, atento. Experimentaba el i vacio de algo de lo cual no se daba esplicaci6n justa. Habia comido tantas veces en aquella mesa hospitalaria. A fuerza de tratarlo y de oirlo, llegaha ii considerar corn0 propio el &xito politico y social de don Leonidas, de cuya posiicih 61 recibia coin0 un reflejo-casi como ese prestigio desbordado de 10s caudillos politicos A sus yernos y hermanos por insignificantes que Sean, algo que se presiente en su actitud, en su andar, en siis conversaciones. Peiialver sac6 el pafiuelo, se restreg6 10s ojos, hizo tin movimiento de hombros y diSo con voz entera: Yo me encaraari! de la Benigna. . . que se ociipe de las nifias Varnard.. . . Los tres se separaron. E n la casa reinaba gran silencio. producido en unos por el suefio, ii esas horas avanzadas de la noche, en otros por el enervamiento derivado de largas y agitadas enfermedades en que se terne de un momento 6 otro el desenlace. Y apesar de que todos lo esperaban, vino & sorprenderlos. Creian en algo imprevisto y Salvador. E n el saloncito se produjo, primero, mo-

- 123 vimiento de sobre salto, seguido de viva ajitacih. Luego se abri6 una puerta, y mise& Benigna la atraves6 corriendo, con el pelo suelto, A medio vestir. E n seguida unos gritos agudos: Ai!. . . . Ai!. . . . iSefior ! . . . Dios mio! . . . Y luego chillidos, seguidos corno de &tei-tores : . . . . Pap$!. . . i Mi papi!. . . Y todas las mujeres se precipitaron de golpe, atropell&ndose, & las habitaciones del difunto, abriendo la puerta de par en par. Entre gritos, cuchucheos, [Link], violento abrir y cerrarse de puertas: cameras de sirvientes, llantos, toses y catarros, oiase mon6tona la voz del presbitero Correa, entonando en alta voz, breviario en mano, las preces de 10s muertos. Era esplosi6n violenta, destensibn j e n e i d de nerrios, amarga roluptuosidad de l&grimas y de gritos en las mujeres; el anhelo de concluir de una vez con una situaci6n deseperante. Gabriela, envuelta en reboso de lana de color, lloraba con dolor infatigable p sin cesar renaciente. E n ese instante se 01\76 el repiqueteo de la campanilla del telkfono: 816. . . a16. . . icon quikn hablo?. . . Era Josi., el sirviente de mesa, que comunicaba 6 los diarios de la mafiana la muerte de don Leonidas.

El port6n de calle cerrado, 10s corredores y patios silenciosos dahan A la casa de Sandoval aspeeto melanc6lico de claustro. Estacionaban & la pueyta coclies de lujo, tirados poi- troncos de sangre, indicando la presencia de visitas. E n el cuarto de Magda, en efecto, liabianse reuiiido media docena de amigas intimas. Largos stores Mkdieis, de color crema con encajes de fantasia sobre tu1 bordado, con incrustaciones de motivos Cluny, caian sobre las rarillas de bronce de cortinitas llamadas por 10s franceses brise-bise, heclias de g h e r o bordado y encaje milanks, basando la espaciosa pieza en penumbra triste, a p h a s interrumpida por luces aceradas de espejos. El peinador veiase cubierto de frascos de crista1 de roc8 llenos de aguas JT esencias, de aparatos iiikelados y encrespadores, bigudines, cajas de instrumentos de acero con mango de n6car para ufias, pulverieadores, escobillas de todos tamados, con mangos de carei y monogramas de plata. Como deseomunales insectos, sobresalian las cabezas de tin juego de alfileres de sombrero, da-

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inasquinadas en oro sohre fondo negro, clavadas en almohadilla. 39agda tenia 10s ojos enrojecidos de llorar y sus miradas, reposadas por la luz tranquila de la pieza, caian sobre 10s instrumentos y frascos de la mesa, sorprendihdose de hallarlos como 10s dem&s dias y de verlo todo en su sitio. Sentia el mismo andar apacible de vida corriente, aun en medio de su desgracia que, segun temia, vendria B trastornavlo todo. T,a mtrchacha con el pelo suelto, envuelta en rebono de lana, se hallaba recostada sobre su lecho. Julia Ferntindez, Marta Liniers, Laura O p n g ~ h e n , Pepa Alvareda, Olga, casi todas las intimas, se liahian apoderado del canapi. de seda perla, p de los sillones Luis XIT,asi como de infinidad de sillas y tahiiretes traidos de las piezas vecinas. Unas estaban de manti), enviieltas en sus pliegues trasparentes ; otras, C O ~ Julia, llevaban mantilla en la cabeza. H a Q blaban, a1 principio, S media voz. Pepita trat6 detalladamente de la ceremonia fiinebre. Jamas se habiu T-isto entierro mSs concurrido en Santiago. La Tglesia de Santo Domingo estaba de bote en bote, no h a b k d6nde meter tan alfiler. L a orquesta era rnagnifica; Paoli, el tenor de la Qpera, habia cantado el 33iserere. Alli estaba todo Santiago. Enurnel-6. una por una, las personas de ella conocidas. Sus amigas agregaron, cada cual, tin nombre, sin olviriarse de siis pololos y de sus amigas. Fulana de tal, no estaba en la Iglesia; mengana, tampoco; las nifias tenia11 cuiclado de subrayar ciertas ausencias. iY q d de coclies ! Iii,jita. . . aquello no se acababa nunca. E r a n madras de cuadras. Habia m&sque en el entierro del Presidente Eidzuriz. Jfagda esctrchaba, clavados 10s o ios en el techo, sin movimiento algimo : inuohantariamente experimentaba cierta complacencia, como

- 126 cosquilleo de vanidad, a1 oir nombres de tantas personas conocidas. A1 escuchar el de Paoli, se acorcl6 del teatro y del traje p i s perla que llevaba una noche en que ese tenor cantaba Otello; aquel vestido habia tenido kxito fabuloso; para mks sefia, todos 10s anteojos se clavaban en su palco, sintiendo sobre si ]as admiraciones de 10s hombres y las murmuraciones de las mujeres. Otra nifia, recikn llegada, interrumpi6 la charla con frases de condolencia. Era desgracia irreparable, algo inmenso, una de esas cosas en que no cabe mis consuelo que pensar en Dios 7 poner 10s ojos en la Virgen. E n estos casos, hijita, es preciso compadecer B 10s que se quedan y envidiar 8 10s que se d n . . . Hubo murmullo de aprobaci6n, entre Ins amigas, y luego, instantes de silencio. Manuelita Viisquez los aprovecli6 para quitar la palabra ii Pepa. L o que A ella le habia parecido imponente y grandioso, en la ceremonia, habia sido el momento en que sacaron el ata6d del templo, rodeiindolo con 10s estandartes del Cuerpo de Bomberos, del cual habia sido Superintendente. U n a sentia escalofrios. . . algo inesplicable, pero que apretaba el coraz6n como con tenazas. iY qu6 de coronas, Santo Dios! Se habia necesitado carro especial para conduciidas. . . j,Y saben 1Jds. c d de todas era la m&s hermosa? Una ci*uz de rioletas con oi-qiiideas blancas; en mi vida he visto cosa de mejor gusto. . . A oir estas palabras, Pepita Alvareda se i n c h 6 1 a1 oido de Gabriela, dicihdole en TOZ baja : Esa cruz. que llevaba mi tarjeta, ha sido enviada por Angel, que me pidi6 premiso para hacerlo. N o queria que fuera en su nombre. i K a s visto u n coraz6n mbs bien puesto? iBobre ! . . . 6 caballero no se la gana nadie . . ,
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Gabriela, eriruelta la cabeza en un chal, habia eseuchado aquella cliarla con la indiferennia con que lo recihia todo, por temperamento, y por hibito, mBs a1 oir las palabras de Pepita, sinti6 que le palpitaba el coraz6n violentamente, coji6 su mano en la penumbra, y la apret6. Si tenia viva j 7 palpitante la herida de aquel caribo, el primer0 ; si comprendia que ,jam& nadie, ni nada podria separarla de Angel B quien amaba. Habia roto con 61, por su padre a quien no queria contrariar, pero no por eso podia dejar de quererlo. El sirviente golpe6 la puerta, anunciando que 10s sefiores Pefialver y Vanard querian hahlar una palabra con las sedoritas. Anda til, le dijo Magda y Gabriela sali6. L a conversaci6ntomaha otro giro. Laura Oyang6ren con la autoridad de ser una de las j6venes mejor. vestidas en Santiago, se pus0 6 disertar sobre el luto de moda y describi6, muy por menudo, el traje recibido recientemente de Paris por una prima s u p , sin perclonar el velillo punteado de felpilla sobre tul del sombrero; ni 10s entredoses de imitaci6n malla del, restido. A las muchachas se les venia el agua ti la boca en las descripciones de los trajes. Magda escuchaba en silencio ; sus miradas cayeron sobre la purita de sus zapatos de cabi-itilla que salian de entre las enaguas bordadas y su melancolia se temp16 en sensaci6n de complacencia a1 sentirse elegante. Nanuelita, siguiendo el morimiento de su mirnda, se fij6 en el pii., y luego, co,ji&ndoloen la mano, exclam6 con el tono meloso, halagador que toman 6 veces las mujeres: Hike visto una patita mis linda? iEl pi6 de la Cenicienta? -De una Cenicienta calzada por Galoyer, de

- I28 Paris, lo que no es gracia, intei-rumpib Magda. Todavia me queda coni0 bolsa, agreg6, y dej Sndose llevai*por irnpulso natural de su carBcter, hizo un movimiento riipido, disparhdo la zapatilla que se di6 varias vueltas en el aire, Bntes de caer en medio de las amigas que le daban el pksame. Pepita se la tir6 con presteza, cojikndola a1 vuelo la muchacha, que se cal26 tranquilamente. La puerta se abria en ese instante para dar paso ri Susana Pearsbn: Hijita. . . . no puedes figurarte cudn sinceramente 10s de casa te Iian acompafiado en tu pena. 31i madre me encarga te diga que te l l ~ en a el coraz6n. . . . . Debemos compadecernos de 10s que se queclan. . . no de 10s que se win.

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Habian trascurrido algunos meses desde la muerte de don Leonidas. La casa recobraba el aspect0 de otros tiempos, B travez de variaciones un tanto convencionales del momento. La sefiora no salia i parte i alguna, salvo las idas si misa, todas las rnafianas, cubierta con mant6n que le tapaba 10s ojos. Ausentes 10s amigos, cerrada la puerta, habianse recojido en silencio doloroso, en medio del cual, todo recordaba s a1 ausente. Los anteojos abandonados sobre I chimenea, la revista doblada en la psijina que 61 leia; una especie de hundimiento del sill6n de cuero, por liaberse vencido resortes con la acci6n de 10s alios: todo hablaba del difunto y aparecia como engrandecido, i manera de reliquia inapreciable, en 10s primei 1'0s instantes. Y ante el asiento vacio de la mesa, hahian experimentado todos, hasta la lijera Magda, esa angustia de las separaciones eternas. 316s el rodar de la vida, hace que se desgasten y envejescan, ropas y sentimientos, con el uso. El dolor causado poi- la muerte del padre liabia tomado, en cada uno de 10s habitantes de la casa di5

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- 130 verso aspecto. Aliseti Benigna, con tendeiicias de muj er elegante, habiase rodeado de amigas escoj idas que la acompafiaban en su duelo mundano; tenia frecuentes consultas y discusiones con el arquitecto encargado del monuniento en el Cementerio, discutiendo arquei-ias, puntos, relieves y miirmoles, empleando en 10s detalles del mausoleo no poco espacio. Las Sociedades de Heneficencia de que era socia la llamaban ti su seno. Magda, ocupada en llevar diariamente flores a1 Cementerio, a1 sepulcro de sus abuelos, en donde se hallaba el caddver de su padre, lo habia tornado ti tarea dolorosa, m6s luego las visitas se fueron espaciando, p e s habia llegado el momento de ocuparse en trajes de luto, con la llegada de sombreros, tocas y restidos negros encargados ti Paris. El sentimiento que le atenaceaba las entrafias en 10s prirneros instantes, habiase convertido en uno de esos aires en sei-dina, algo difusos, que flotaii por la atm6sfera. ;Qui. di&ntres! c6mo les decia dofia Ctirmen Quezada, con tanta razbn, no podian echarse ellas ti muertas, era menester vivir con 10s vivos, a1 fin y a1 cabo, dando su lugar B necesidades del vestuario asi como 6, las de comida. Si no iqui. diria la geiite? L a familia de don Leonitlas debia mantenerse en sociedad confoime B su rango. E n Gabriela el sentimiento habia sido mds profundo que en su madre y en su hermana. Su pena era mknos exnansiva. Veianla vagar por casa, con dientes apretados, niui pklida, aire apacible, jestos firmes atin cuando lentos, el talle redondo y lleno en su traje tan triste de lanilla negra, sin adornos de ninguna especie, con lo cual se realzaba todavia la opulencia de sm cabellos rubios. Circulaba sin ruido, ocupada en fnenas de casa, haciendo limpiar cristales p pisos, en las mill-

tiples tareas del servicio, pues la vieja Tato se encontraba enferma y ella lo dirijia todo. in ruido hacia limpiar los salones, sacando sillas y inuebles, haciendo rodar el piano de Chickering, sacudir cortinas, rsbrir puertas, hafiando de luz esas habitaciones dilafadas B las cuales la oscuridad y el polvo daban tono de tristeza a1 parecer invencible. h i e g o , cuaiido 10s accesos de penas y de sollozos acometian 6 su madre, en 10s primeros tiempos, ahi estaba siempre Gabriela, tranquila p firnie, con sonrisa pglida, y actitud consoladora. E n t r e tanto, allti en su interior, padeeia el vacio irreparable de la eterna ausencia ; acostumbrada B leer diarios p piginas de libro ti su padre, todas las noches, acornpafitindole j eneralmente en sus paseos, su sensibilidad enfermiza habia sufrido, m6s que nadie acaso, la ausencia de ese carifio seguro y fiierte. Desde que habia encerrado su amor en el fondo del pecho, como se echa cenizas sobre las brazas, cuhrikndolas, en obedecimiento B 6rdenes de don Leonidas, que se oponia a1 matrimonio, habia sentido Gabriela, por uno de esos fen6menos psicol6jicos, aumentado el carido S su padre con toda la intensidad del sacrificio. . Dejaba caer toda entera su ternura, santa v piadosamente sobre el pecho de su padre, sobre el hacha que la Iieria. Luego, cizando a1 caer de la tarde, viendo llas rentanas abiertas, Iiabia penetrado A la pieza donde habia muerto, a1 ver las filas de frascos de remedio en las mesas; una silla donde B 61 le agradaba sentarse, empujada h6cia el rinc6n apresuradamente ; la jeringuita de inpecciones rodada a1 pi6 del catre, sinti6 revivir 10s Iiorrores de la enfermedad, junto con las sorpresai p 10s anonadamientos de la muerte. Gahriela, esa noche, liabia sollozado, alli, s61a entre cuatro paredes, sin que nadie lo supiese .

- 132 Algunos meses habian trascurrido y la casa de Sandoval tomaba lentamente su aspecto antiguo, abandonando el de monasterio sefiorial traido por su luto reciente. Si bien el port6n se mantenia cerrado, con s610 u n postigo abierto, en cambio el coche de casa y 10s de visitas le daban ya ma's aspeeto de uida. Luego, en 10s anchos corredores se oia el canto incesante y alegi-e de canarios que RZagda habia hecho colgar, y que enviaban sus claros repiqueteos envueltos en r&fagas de olor A planta p A flores. L a primavera renacia. En la galeria del segundo patio, existia, tambien, otro jardin. Alli, sobre sofiies de mimhre y sillones de brazos redondeados y c6modos, solia recibir B las visitas de confianza dofia Benigna. B a j o el corredDr., en suave penumbra, sentibase la sefiora, atrayente a h , ri pesar de sus largos afios, t&n agitadamente Ilevados. Sin sei* bonita habia sido una de las danias interesantes de su tiempo. Cabeza fina, la nariz aguilefia, hermoso perfil, B pesar de ojos pequefios y grises : mostraba fisonomia distinguida. Uniase a' est0 andar elegante y porte airoso; pocas nxijeres sabian ser t i n amables como ella, cuando trataba de agradar; POseia ciertas inflexiones llenas p agradables a1 oido que daban inter& ti cosas acaso insignificantes 6 vulgares, dichas por otra persona. Sin ser mujer de talento superior, poseia el arte mundano de exponer las cosas, de referir sucesos, de insinuar escindalos de sociedad en tkrminos diseretos. Adem& se adaptaba admirablemente a1 espiritu de sus interlocutores. Con 10s unos hablaba de labores agricolas, de negocios con 10s de m&sall& de politica en ocasiones. Kadie se Ins valia, como ella, para manifestar d e s d h 6 desprecio, llegado el momento. Carecia de gracia natural en sus maneras un tanto frionas, mhs poseia un conjunto de

- 133 condiciones sociales que ayudaron poderosamente S formar la posicicin politica de su marido. IC1 tacto, la ductilidad para tratar A la jente, la justa apreciaci6n de valores mundanos, era el punto en que marido p mtij er se armonizaban p se completaban admirablemente. Luego las niias crecieron, hici6ronse m u j eres y fud menester presentarlas en sociedad; comenz6 ent6nces para la sefiora, j6ven todavia, el sup1;cio de sobrerivir S esos encantos que le habian procurado tantos triunfos de sal6n. Y a no eran posibles 10s coqueteos, el lij ero flirt, miradas intencionadas, placeres innumerables que habian sembrado su existencia v endiosado su vanidad. Un mundo distinto, actitiid Eetraida, indiferente, venian S sorprenderla bosiezando detris de su abanico en noches de baile. Comenzaba el papel de madre, eterno zarandeo de fiesta en fiesta, para sacar niiias cup0 traje era necesario preparar cuidadosamente. Bofia Renigna, coma casi todas las mujeres chilenas, habia llegado S 10s cincuenta y chco afios sin educaci6n de ninguna especie; apdnas si sabia un poco, mui poco de aritmktica, algo de franc& JT rudimentos aprendidos en 10s colegios del Saprado Corazhn, en donde se ocupaban en materias religiosas. Sus lecturas eran escasas, de lo c u d resultaba un con junto de preocupaciones v de consejas caseras: creia en la ciencia de 10s mkdicos homebpatas, en la fatalidad del nlimero trece y el anuncio mortal de 10s chunchos. Sus hijas habiin crecido libremente, como Dios les daba i entender, haciendo Rlagda todo g h e ro de locuras celebradas ruidosamente por la familia. Asi llegaron A convencerse de que 10s Sandoval tenian privilegio para burlas, por pesadas que fuesen, y cada uno de ellos derecho de hacer cuanto pasara por su mente. El fondo de dofia Benigna lo constituia

- 134 egoisnio i n g h i o . Contentibase con tener A sus hijas T-estidas conio figurines, inclinindolas a1 lujo, abri6ntToles cuentas en las tiendas, B pesar del mal jesto que en ocasiones ponia don Leonidas a1 r e r SII creeido monto. Creia s i t fortuiia ilimitada ; en wanto B lo de las cuentas, allA se arreglaria ello. Dinevo te sobrarh y vida te faltar,i era uno de siis axionias faxioritos, cuando llegaban si discutirse ccn don Leonidas esas cuestiones cortadas por i7;Ci.d Renigna con esta frase clecicirra: S o quiero que sigamos hablando de eso.. ., acompafiadas de gritito agudo y de jesto nervioso que provocaba en el caballero c6lera profunda. D e tal carticter provenian la naturaleza, ediicacibn y hhbitos, de las dos jbvenes, y en 61 se amoldaha su intelijencia de la vida. Ahora, sentacla en el s o f i de miinbre del segiinclo patio, dofia Benigna se sentia [Link] la muerte de don Leonidas, no hacia m&s que hablai- de 61 con toclo el mundo, eiiumerando siis virtudes, cabezs, bon,lad, su mucbo tacto social yprudencia. Habian desapareciclo, con la muerte, las pequefias dificultacles 9 cuestioiies m e solian agriar el matrimonio. Aliora, en la lejania-de la tuinba, shlo aparecia el recuerclo de hondades del pobre caballero i quien dofia Benigna habia procurado iiiiichos malos ratos en vida. El sen ador Iefialrer la escuchaba, a h t i e n d o con la cnbeza B cuanto ella decia, por costumbre, y convenCido, ademis, de que era la mejor manera de entenderse con ella, pues no le agradaban contradicciones. E n ese i:istaiite cruzaba Gahriela el corredor. -Se ha fijado en Gahriela? pregunt6le Pedalver. Asi es, no deja de preocuparme lo delgada que se ha puesto la nifia. j Q d seri, sefior? Las chaquetas de hito, r e c i h liechas, le quedan sumamente anchas.
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- 133 Va pareciehdo esqueleto. H e llegado B tenier que se encontrara tisica; la liice examinar por el Uoctor Boildieu, quien me asewn-6 estaba perfectarnente sa-? iia. Lleg6 a creel- qne f uese otra cosa. .. . dijo la sefiora, completantlo su idea con rapida mirada de intelijencia. << -iLbsi, no miis, es, agreg-6 laccinicameute Pefialver. Y despues de una pausa, aclar6 el pensamiento comiin. A mi me parece que Gabriela tiene carifio profundo poi- Angel Heredia. Esta c h i q d l a sieiite niucl~o tiene demasiado corazh, sefiora. Q u i h sahe y qui: idea se le ha metido en la cabexa; lo cierto es que se ha llegado i forjar ilusioiies . . . coin0 en 10s Amani tes de Ternel. Pernianecerh firme por los siglos de 10s siglos. Gabriela necesita casarse . . . -i N o es asi? contest6 misea Benigna, satisfecha de que las ideas del Senador correspondiesen a siis deseos intimos. Lo misnio creo yo: que debe casame. A Leonidas no le gustaba el j6ven Heredia, no porque tuviera nada en contra s u p , sino por antecedentes de s u padre. . . -i Pero es de gran familia, . . agreg6 Pefialver, que d a h extraordinaria importancia ii 10s pergarninos. --Pa lo si.. . . )-a lo si:. . . eso no quita que el padre fuera hombre raro.. . Leonidas decia que esas cosas se lieredan. . . y no si: qui: de atavismo. . . en fin, ideas, ideas. . . nada miis, agreg6 la sefiora con supino desdi:n . Pefialver, pasinclose la mano por su barba entrecana, la mir6 rhpidameiite. Habia comprendido que clofia Benigna, dada como todas las damas de Santiago, i preocupaciones de familia, intimamente imi buida en sentimientos de nobleza, no miraria ccin maL

- 136 10s ojos el matrimonio de Gabriela con Angel Heredia. E n un dos poi. tres concibi6 el proyecto de arreglar las cosas, revistikndose en la casa del prestijio que le procurase intervenci6n tan importante en asuntos domkstieos. Ya su resoluci6n estaba tomada; 61 serviria de mediador plistico. E n seguida, para dar mayor mkrito i su obra: << -Per0 no crea, Benigna, que sea t i n ficil arreglarlo. Se trata de familia sumamente suceptible y orgullosa. H a i que tratarlos con tiento. E n ese instante llegaba Vanard, imponikndose de la conversaci6n. Se mordi6 10s labios, a1 ver la actitud de Pefialver que en ese instante se acercaba ti Gabriela. El tambien estaba dispuesto y acaso no le seria dificil arreglar las cosas.. . P o r otra parte, era intimo de Angel, 6 quien veia diariamente en el Club. Charlariin. Se hallaba seguro de que el j6ven estaba enamorado de Gabriela, pues donde fuego hubo, cenizas quedan, agreg6 en tono sentenciero. ET^ todo caso, pasaria la mano con suavidad, i la vanidad lierida por una negativa inexplicable. Bien comprenderi, termin6, cuando yo %elas expljque, las jenialidades de don Leonidas, sobre todo en 10s Gltimos tiempos, cuando su car&cterse encontraba profundamente agriado por la enfermedad que le llev6, a1 poco tiempo . Dofia Benigna le escuchaba con agrado, pues deseaba convencerse de que tanto Pefialser como Vanard juzgaban cosa ficil concertar un matrimonio que halagaba si1 vanidad, poi. tratarse de familia eonocida y rica. Encontraba razonables todos 10s argumentos que reducian zi polro la antigua oposici6n de don Leonidas. Con todo, una nube de inquietud cruz6 por su frente. iGabriela era tan rara y profesaba
Y)

- I37 verdadero culto it cuanto de su padre venia! No sabia c6mo entenderla, acaso fuera capaz de resistir sus insinuaciones. Vanard, tocante si este punto la tranquiliz6: No tenga Ud. cuidado, sefiora; ya verit su cara en cuanto sepa lo hablado. Las nifias de estos tiempos saben griego y latin. . . agreg6 con risita maliciosa y taimada, con la cual solia terminar sus frases. Tres dias despues bajaban de un coche, it la entrada de la Quinta Normal, Peiialver y Angel Heredia, a1 pi6 de la hermosa avenida de castafios de la puerta de Catedral. E l espiritu, sohrecogido por la tensicin nerviosa de la vida de ciudad, se dilata, por el ancho y despejado liorizonte del prado artificial; cerca del lago, se eleva entre 10s itrboles, en la densidad de la verdura, con notas varias y armoniosas. illli se alzan 10s altos y flexibles troncos de castafio, delgados y finos como talies de mujer, y desde lo alto de,jan caer sus ramas, como brazos desfallecidos, en tono mits oscuro y m&s intenso que el de sus copas. Y luego, a1 travez de las ramas, se recibe la sensaci6n de todas Ias tonalidades posibles del verde, con armonias de colores orquestados. A trechos aparecian 10s prados de c6sped verde nilo, iluminados por rayos de sol poniente en claridad desmayada y casta. U n grupo de palmeras salia, de paso, con sus tallos flexiles, sus hojas, como abanicos de plumas extremecidas por brisa ap6nas perceptible ; la brisa, luego, se acentuaba y era como un concierto universal de hojas en 10s Brboles, alzada si manera de crescendo en una sinfonia de la naturaleza conmovida por la primavera y por la sitvia oculta que circula por el universo entero. El pito autom6tico de una bicicleta rompia el silencio, y luego se deslizaba d o z -

- 138 mente el biciclista, con la cabeza p el busto inclinado sobre SII aparato frtig!l. Dos nifios, seguidos de la sirvienta, criimban, corrieiido, el puente rhstico. El senador Peiialrer se detnvo, tin momento, frente alchalet plomo que alza sus pisos entre 10s &-holesque parecen abrazarse, juntindose en lo alto de la facliada y cifi6iidola de verdura. En el silencio se oia claro el canto de unos pajaritos. El senador se pas6 la mano por la barba, jesto familiar en 61, cuando tenia preocupaciones, introcliiciendo el pulgar en el bolsillo del chaleco, niovimiento con el ciial completaba a u t o i d ticamente su actitud. La cosa no era para m h o s ; tenia cierto recelo de caer en ridiculo. Vanard iiabia conversado coii Angel en el Club de la Unicin, insinu6ndole la idea de presentarse en casa de Gabriela C insistiendo una y otra vez en el profundo amor que la nilia le tenia, en las perturbaciones sufridas por don Eeonidas durante su enfermedad, y en el caI-ido y simpatia que todos le profesaban en la casa. Angel, despues de escucharle coii frialdad, se neg6 redondamente 6 dar ese paso, rouiindole no le volviera A toh car el punto. El negocio iba a1 agua. E n la noche, a1 llegar de risita B casa de Sandoval, le habian contado el fracaso diplomitico de Vanard y 10s detalles crudos de la entrerista. Gabriela se hallaba tiin impresionada que se liabia encerrado en s u cuai-to. E n si1 interior, Pelialrer, hahia esperimentado cierta satisfaccih de ver fracasar al presunto diploniBtico, a1 c0rr.e-ue-p dile de la casa. A sui rival mundano, prometiendo arred a r las cosas. Luego, con cierta mafia, dici cita ii las a. nifias en la Quinta Normal, enteramerte sola en esa kpoca, & donde podian ir 6 pesar de su luto. P sin decirle palahm de esto, c o n d 6 a1 j6ven Heredia ii fomar una copa. haciendo destapai- tin frasco de

- 1sy cliampagne. El cigarro puro de primera no venia mal. Pefialrer se abria coiiio granada, recordando el axioma de su amigo el cklebre Isidoro: Una buena copa y un excelente cigarro son 10s mejores auxiliares del politico. T luego, con esa placidez agradable del champagne, entre bocanada y bocanada de hum-0, propuso un paseo por la Quinta, como idea sujerida de repente. Era tan agradable andar entre 10s &boles, enteraniente solos; eii el Parque 57 en el Santa Lucia hallarian demasiada j ente ; conocia la predilecci6n natural de Angel por 10s paseos solitarios. El j6ven acept6 aquella invitaci6n improrisada. Ahora se encontraba de buen humor, el cigarro Iiabia resultado, por casualidad, excelente. Y asi, paso S paso, mirando el con-er de los nifios, parhndose A colitemplar un irbol de flores moradas, como lluvia de amatistas, perder la mirada en 10s coiios redondeados del San Crist6ba1, en las crestas encaperuzaclas en nieve de las Cordilleras, sentian esa placidez especial del espiritu dilatado en la lejania. Yor las avenidas desiertas corrian chicos liaciendo roclav sus ruedas con palos ; s610 se dirisaba un carruaje. Ambos caminaban en silencio, arreglindose Angel a1 paso lento de su amigo. Hondas nielancolias subian del paisaje S sus almas, inquietindolas, imponi6ndoles el cansancio de la vida por diversas razoiies. Para Peiialuer, todo creptisculo era siempre impresionante, rinikiidole ti la imagina. ci6n su juventud s a ida, su existencia desvencijada de aventurero de alto bordo y sin fortuna, el alejamiento del pasado irreparable, esa nocicin de algo que liubiese podido ser y que no era, la comparaci6n entre su estado actual y el de otros aniigos llegados ri la meta, ricos, magnates del poder y de la fortuna, rodeados de hijos, llenos de prestigio, con la aureola

- I40 de brillmte posici6n social, mientras 61, Jacinto Pefialver, B pesar de ser miembro de grnn familia, v de tenev mucho mtis talento, per0 mucho mis, que la mayor parte de sus compaiieros, se habia quedado pobre y desmedrado. La sensaci6n de amargura y desconsuelo se transformaba en sabor acre de la boca.. . . Y ademis tenia, para colmo, 10s reumatismos que lo echaban de repente B la cama de solter6n abandonado. Su vista distraida vag6 por la laguna, en cuyas aguas plomizas iban B quebrarse rayos de sol poniente, en muchos trozos de fuego.. . El tambien habia sido amado en su vida; m i s de una mujer habia caido con su arte y su savoir-faire. A1 llegar i este punto se enton6 el pecho. 3 l i s le habia pasado con las mujeres lo mismo que con las minas por 61 descubiertas: las habia dejado explotar por otros como imbkcil; ni siquiera habia sabido aprovechar el cuarto de hora en que soplaba la fortuna para arreglarse buen matrimonio, &lido, conveniente, con mujer que le llevara siquiera la comida, cuando 61 ponia el almuerzo. Si yo me hubiera casado con rica, talvez seria Presidente de la RepGblica, pensaba, pasindose la mano por la barba. Habia conocido A casi todos nuestros politicos y estadistas, y sabia 10s puntos que calzaban; eran pobres diablos, ignorantes como carpas, sin talento alguno, que callaban aparentando malicia, mBs en realidad porque nada tenian que decir. iQu6 habia sido su amigo Leonidas? U n figur6n de grandes bigotes y buena presencia.. . equilibrado, sano, de honradez intachable, incapaz de grandes concepciones; uno de esos hombres que s610 vienen ti ver 10s sucesos a1 mucho tiempo despues de realixados y cuando 10s pregonana por las calles 10s vendedores de peri6dicos. D u rante medio siplo, su amigo se habia ocupado en cor-

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tejar y adular B Presidentes; ahora visitaba i 10s jefes de partido, capeaba siempre las situaciones difid e s , reservaba sus opiniones, tenia, para todos, la benevolencia vacia de 10s que han sido Ministros muchas veces. I ese figur6n egoista, helado, insignifi cante, endiosado por la suerte, representante digno de la oligarquia agricola que manda este pais: ese personaje lo habia sido todo en Chile. A u n veia 10s estandartes sobre su fkretro, las miisicas militares, el cuerpo de Ej6rcito haciendo 10s honores funebres, toda la sociedad acudiendo en millares de earruaj es de 1ujo ; a h escuchaba 10s discursos en que se pregonaba el gran talento, el patriotismo, la imparcialidad politica de don Leonidas y sus constantes servicios prestados a1 pais. . . ha desaparecido del escenario politico u n eminente repiiblico, sefiores, u n gran economists". . . ieconomista, 61, Leonidas? Vamos, en Chile todos se creen economistas y hombres publieos en cuanto llegan B engordar media docena de vacas en un potrero alfalfado. !Y qu6 respeto manifiestan esos imb6ciles por el dinero! Si es cosa de morirse de risa ! Esos estadistas que, segiin asegura Marcial, ap6nas si llegan A estadisticos . . . . Y Pefialver, con su tranco lento y desigual caminaba, en silencio, junto con Angel Heredia, igualmente embebido en meditaciones pero de otro g6nero. Acaso una fuerza de telepatia lo habia inclinado A sus recuerdos; veialos surgir con Gabriela, como si cogiera flores en donde se balancean 10s talles de 10s lirios, dilathdose poi- todas partes el cielo claro y lejano hasta formar comoun fondo de gloria mistica, en el cual la aparici6n se mostraba tan casta que ap6nas si tocaba la tierra con sus pasos lijeros. El jbuen, con la fuerza de imaginaci6n de 10s treinta afios, re-

- I42 vivia las escenas inolvidables del campo, en compafiia de Gabriela, y experimentaba la sensacih de algo inconcluso, necesidad de proseguir su romance, de tenerla entre sus brazos, timida, extremecida, desfallecikndose, palpitando, como la habia ya sentido. Su temperamento, sanguineo, de hombre de accibn, hacia surjir 10s deseos con fuerza pasmosa, y el deseo era, en 61, como principio de la acci6n. Pero su vanidad se revelaba con fuerza; hablaba su soberbia: 61, rechazado por don Leonidas en virtud de razones ignoradas y en todo cas0 absurdas, no podia volver decorosamente ti esa casa, ni su propia familia habria de consentirlo nunca. E r a la muralla de vanidad que se alzaba, infranqueable, entre su carifio y ella; era el sentimiento de tradiciones de familia, tan fuerte en 10s suyos, herido por el viejo Sandoval. iUn Heredia rechazado cOmo si se tratara de cualquier pelagatos, sin miramiento alguno, sin dar razones, porque si. . Luego, las murmuraciones y 10s chismes sociales; 10s comentarios de portal, de Club y de s a h , en 10s cuales habian echado ti rodar las especies m&s absurdas; la chismografia m&sinsolente 9 estiipida. Elra necesario doblar la Iioja, no pensar m&sen ella, olvidarla y mirar B otra parte. E n ese instante 10s amigos, orillando la laguna, se encaminahan a1 palacio del Muse0 clue estendia su mancha blanca entre pinos, mgs, a1 llegar ti un grupo de Brboles se toparon, de manos B boca, con el grupo de Magda y Gabriela Sandoval, acompafiadas por Sanders; estaban vestidas de negro con trages sencillos, de esos que d&n,por si sblos, nota de s6bria distinci6n. Angel apret6 el brazo de Pefialver, empujtindole para que siguieran de largo, pero 6ste sin hacerle caso, dijo entre si: Vamos ti Roma por todo, acer-

- 143 candose tranquil0 ti las j6venes. Gabriela palidecia, como si la sangre la abandonara de golpe; seciibase la garganta : no hubiera podido materialmente hablar . A p h a s si t w o fuerzas para estender su mano 5 Pefialver. T stis ojos se desviaban, sin atreverse i mirar, pero sintiendo su mirada. Angel, poi- el contrario, habia recibido como una llamarada de fuego en el rostro, y quiso contemplar el grupo, con el prop6sito de manifestarles que ya nada sentia, sipiendo indiferente poi- camino distinto, para no encontrame con ellos, dada su ruptura. Pero sus o-jos se detuvieron en Gabriela y la contempl6, de una sola miuada, en todos sus detalles mmo desnudindola : evidenternente habia enflaqiiecido. El busto se mantenia lleno, sin embargo, 3; su talle esbelto, su admirable peclio, recordaban las esttituas griegas de Hebe y su clntura parecia tan delgada que u n nifio la hubiera podido encerrar entre sus manos. Como el banco sobre el cual estaba era bajo y su cuerpo delgado y alto, estendia sus piernas de soslapo, enrediindolas una con otra en el tobillo. -El vestido cefiia sus formas, dibujando con claridad las perfecciones de sus lineas, la morbidez incitante del contorno, algo sdido y fino, apretado y suave como las sensaciones que produce la carnadura del durazno fresco. Ti sus ojos aterciopelados emerjian en forma de almendra, de largas pestadas, junto 5 la palidez azulada y transparente de sus ojeras, con espresi6n timida, pura v deliciosamente casta, infinitamente desconsolada. Ent6nces not6 Angel que sus prop6sitos decaian, sus bios desmapaban en ahan dono cornpleto de la volirntad, d&ndose por vencido ante el triunfo inesplicable de unas fuerzas irrestibles de deseo que no se conocia, ni janids habia sentido hasta ent6nces con semejaiite violencia. Olvid6 sus pro-

- 144 p6sitos de vanidad herida, el orgullo de la familia pisoteado, el enojo probable de hermanos y herrnanas, seguido de frases JT acaso de actos desagradables para 61 j7 de situaci6n talvez falsa: todo se borraba. como a1 paso de una esponja en su cabeza ardiente. Avan26 con lentitud. -Angel, ic6mo est&? iQu6 era de su vida? le dijo Magda. Aciirq~iese, m&s,6 nosotras, sin miedo alno gun0 ; yo no muerdo . . . Peiialver sonri6, pas&ndose la mano poi- la barba gris con jesto de superioridad. Sanders se habia puesto de pi6, mikntras Angel, en silencio, apretaba la mano de Gabriela. HiciQonle hueco en el banco. El j6ven sentia, con sorpresa, que todo se restablecia A lo antiguo, como si nada hubiera nasado, despues del saludo, sin necesidad de explicaciones. Presentia que las quejas 6 alusiones a1 pasado hubieran disonado extrafiamente. Los demis titubearon para disipar la turbacibn, pusikronse & cliai*lar ti u n tiempo. Frente B ellos jugaban dos chieos a1 DicivoZo con torpeza de principiantes. Magda les arrebat6 el jugiiete p eomenz6, con incomparable destreza, & manejar 10s palillos que subian y bajaban, Iiaciendo girar la ruedecilla de madera. ArrojBbala & grande altura y la cogia nuevamente entre 10s hilos. L o s chicos la contemplaban maravillados. Sanders, cogiendo otro par de palillos, recibici el Didzlolo, deuoluikndolo & su compafieros. -i Saben Vds. c6mo llamaria yo este cuadro pl&stico? pregunt6 Magda. Pues, 10s amores de dos acr6batas . Luego echaron & andar or la avenida del jardin zool6jic0, a1 costado del edificio del Museo. Detuvi&

- 145 ronse junto B la jaula de 10s monos que saltaban con chillidos. <L -A@ te escojeremos marido, Magda, Ie dijo Pefialver en tono de broma. En tal caso, lo prefiero B casarme con Ud., aunque le parezca raro7, replied le ella, sin miramiento alguno. P siguieron en direccidn a1 campo, en busca de horizontes despejados. El cielo de palidez indecisa, como en aurora, se tefiia de fajas violiiceas, anaranjadas y opalinas en el horizonte Jejano. TTn perfil de iglesia oriental, hicia el norte, hizo recordar , Sani ders las hermosas cGpulas de templos griegos en Rusia, y las lineas de Santa Sofia de Constantinopla. -Pierda criidado, Iiijito, le murmur6 &fag& d oido. RTo lo llevar6 , Tizrqiiia ciiando nos casemos; i no me giistan las costumbres del pajs. Marido con muchas miztjeres, malo. . . E n fin. . . si fuera mujer con muchos maridos . . . . pase. . . Hablaba rBpidamente, atropelliindose, diciendo cuanto le pasaba por la cabeza-por su hermosa cabecita sin sese de chiquilla regalona, para quien el ideal consistia en divertirse, en restirse como figurin, y en llesar cetro de moda en circulos elegantes de casadas j6venes en 10s cuales en breve figuraria. Seguian, en gi-upos, i lo largo del carnino polvoriento, bordeado de acacias, en charla amena. Gabriela sentia deiitro de si nlacidez infinita, la tranquilidad deliciosa de s u espii-itu, en pos de contrariedades. Todo lo veia transformado; jam& liabia contemplado crep6sculo parecido, en el ccsal, la tranquilidad de la naturaleza, la paz de la tarde, la h z crepuscular, el reposo de 10s iirboles, el brillo de estrellas m e apuntaban en el horizonte pavecian diIataci6n de s u alma, de su estado interior. Angel se en-

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contraba en absoliita comunidad de espiritu con ella ; tambien sentia, deiitro de si, las mismas impresiones producidas por caiisas sernejantes. Era como esos l a p s , cuando la superficie est& tranquila, sin riento que la altere. ni tempestades, ni agitaciones: sobre las aguas convertidas en espej os se retratan niontafias, &boles, el caseria de las riberas. Las miradas de Angel se perdian en el horizonte; Gabriela contemplaha de soslayo el cuerpo Ajil y inaravillosamente heclio de su amigo, en el cual la fuerza parecia resorte ocnlto, en vez de exliibiuse en mhculos enormes. Ambos se comprendian mhtuamente, sin mirarse, dada In tensi&- de sus nervios producida por emisas diversas. Rabian tomado un niismo ritmo en el paso, una cadeiicia comtm en el andar y, de shbito, sus miradas que vagaban por el horizonte se cruzaron, fundihndose en una sola rnirada, t i n acariciadora, que casi parecia beso. El c a i ~ u a j e ,que 10s seguia, acababa de encender sus faroles nilielados. Se hacia tarde, acen&ase la hora de comida. E n casa talrez la mam& se hallaria inquieta, pues nunca habian nielto B esas horas de six nitseo cuoticliano. Magda, por su parte, creia qne no le importaria cosa maiwr, pues tambien h b i a sido j6ven. . . 37 buena moza. J I B S de una vez, agreg-6, le dije ti mi pobre papti: Leonidas, anuesto gne manid, ciisndo jiiven, te hizo pasar mds cle un mal cuarto de liora. . . Cd21ate. loca me contestaha el pohrecito. IT s6hito c n z 6 por s i i s ojos una nuhe de de tristeza, recordando a1 muerto. 1,iiego se despirlieron. Hasta niafiana, diiole Gabriela, y Anqel contest6 : << Hasta mafiana con es? voz que tomahx en eiertos instantes rihracicin rnethlica de cohre. Sanders 10s him subir B six automciril. Pefialver

- 147 experimentah sincera satisf accibn, pues acababa de alcanzar triunfo completo. Primero, el fracas0 de Vanard liabia demostrado que la recoiiciliaci6n no era cosa tan f&cilcomo les habia parecido; en seguida, su pltin se habia realizado a1 pi6 de la letra. F o r telkfono habia indicado ti Magda que fuesen la Quinta. L o demis liabia pasado lo mejor posible. Efecbuada la reconciliaci6n, el matrimonio era Iieclio y, sin duds, motiro de satisfaccih para las dos familias. L a de Angel figuraba entre las de pergaminos autknticos de notoriedad reconocida; su padre tenia fortuna y sus hermanos y hermanas habian alcanzado posici6n por medio de matrimonios ventajosos; de la de Sandoval, no era preciso liablar, pues era una de las familias elegantes y de tono. La cosa progresaba, si, sefior, progresaba, gracias a1 tacto mundano desplegado por 61, por el senador, con lo cual qiiedaba eoniprobado lo que dijo ti la hora de comida, a1 partir un ala de pollo: E n el mundo, es necesario ser &til 6 agradable. Compendia, el corrido niundano, la necesidad de dame lugar d i d o , considerado y querido en casa como la de Sandoval, para lo cual no liai m6s que dos niedios: 6 fomentar 10s placeres 6 servir 10s intereses de 10s grandes. Cuando mucliacho habia calavereado en compafiia de 10s j6venes elegantes p adinerados de su tieinpo; ahora componia matriinonios, como clijo 6 Sanders, usando una palabra empleada por 10s cdifiadores 6 cirujanos campestres que arreglaii 10s Iiuesos quebrados. El antom6vi1 comenzaba 6 funcionar, con ripido t e f - t e f ; luego desapareci6 por las avenidas, liaciendo resonar SII sirena, y dejando en pos de si una nube de humo de bencina. La proyecci6n luminosa de sus focos se perdi6 en las sombras a1 volver de una calk de &boles.

IV
Angel se paseaba nerrioso por el escritorio de su casa de la calle de Aliumada, en moderno edificio de tres pisos. En el primero habia dos salas, comedor y escritorio, de regulares dimensiones, elegantemente decoradas y amuebladas con gusto stibio y severo. L a 6ltima pieza, empapelada de rojo, tenia guarda mui ancha, de arte nuevo, en la parte superior, y friso de madera de Zaqd blanco en la inferior. Gruesa alfombra de Smirna cubria el centro del parquet, bien mantenido. Una ldmpara elkctrica, retorcia sus rosas de bronce en ampolletas de vidrio. Cerca de la puertaventana, el escritorio americano .de cortina, abierto, mostraba un pufiado de papeles en desbrden, arrojados alli de cualquier modo, con visible disgusto, por mano nerviosa. Los sillones de cuero, bajos y c6modos, se agrupaban en torno del sofd de Maple, mueble tan c6modo que daba ganas de hundirse en 61 con s610 verlo. Estaban colgados de las paredes varios grabados y aguas fuertes con mdrcos blancos, suspendidos de largos cordones. Sobre el mueble guardapapeles se alzaba hermoso bustodemkmol de Carram,

- I49 sobre pi6 de 6nix; era una cabeza de mujer con estrella en la frente y placa de bronce en la cual estaba escrita la palabra: NzuY. Los stores, alzados ri medias, dejaban penetrar la penumbra macilenta y gris de dia de invierno, sobre aquel interior elegante y confortable y caer hacez de luz, reflejados en lineas brillantes sobre el 1,iso de parquet encerado. Encima de , pequefia mesa un gran florero de cristal, de -?ha base y copa fiiia corno de embudo invertido, prwuraba el perfume acre de u n atado de crisantemos de color de lila. Ese gabinete daba indicios del carricter, de las condiciones y del estado de alma de su duefio, pues si el medio moldea la personalidad, ksta, B su turno, se refleja y refluye sobre el medio por lei de reacci6n inconsciente. Alli no habia u n s610 li5r0, salvo un tom0 de la Imitacidn de Cristo, beredado de su madre y conservado como recuerdo, obra de piedad miindana empastada con lujo. No le agradaban ni libros ni lecturas, pues jamris 10s habia visto en casa de su padre, hombre de campo Q la antigua usanza, donde eran considerados como cosas infitiles, obras de poesia sin utilidad prfictica. Repetiase alli frecuentemente este concepto, ti manera de indiscutible axioma: Suerte te d6 Dios, hijo, que el saber de nada vale, afiadihdose historias de mtichos sabios y escritores muertos en la miseria, despues de haber pasado su vida desdefiados. S61o existia, entre ellos, el respeto 6 te6logos y ri hornhues de sotana, hnicos representantes ri sus ojos, del valer inteleetual g moral. Era como una tradici6n del siglo X V I heredada y trasmitida de padres Q liijos poi- espacio de varias jeneraciones, junto con la sangre de conquistadores que circulaba por sus venas. Urgueteando el pasado de la familia, s610 se encontraba en ella dignatarios, Oidores, capi-

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tanes jenerales de Espafia, soldados, hombres de guerra, agricultores ricos. E n ellos predominaba instinto de aecibn, temperameiito sanguineo, caricter resuelto y violento corno en ayuel Don Jaime Silm de Meredia, cuyo retrato de mirada bravia y de barba hirsuta estaba colgado en niarco redondo y pequefio ; un liistoriador ha referido la liistorja de su duelo en plena plaza pCblica, en mitad del dia, con don Rodnlfo Lisperguer en 1625. Colgados de las paredes del escritorio se veitt u n par de floretes, con inAscxras y guantes, j r debajo de la silla, un par de guantes de box; en 10s rincones, rifles de precisi6n 9 pistolas de tiro. Eran indicios de s'u afici6n entusiasta por 10s ejercicios corporales, por cuanto d& juego 7 campo de acci6n ii 10s m6sculos y permite mooimiento &pido en la sangre, ci~culaci6nacelerada que d& salida i las violencias naturales del carhcter. EIabia, tambien, fotografias de caballos, una de Pnlstrcff, otrsl de Po?nponette, de Larzcero despues de ganaclo el premio de la Copa, y un liermoso grabado de T7ictm*g, nieto del cklebre Gladiator y rencedor igualmente del Derby, posteriormeiite vendido en cieii mil dollars h Estados Uaidos. Tenia10 en mucho, por haberle sido enviado por Lord Donemore, su aiitiguo coiidiscipulo de Eat&, en donde Angel Iiahia passdo tres alios. Por iiltimo, colgada junto a1 retrato de si1 propio padre, veiase la liuasca usada por el jiiiete Zarala el dia en que ganh la Copa con la yegua 8Zim piu, de propiedad de Hereclia. I T con remezclados cuerdos de sport que hablaban de su pasicin por la carrera, el esfuerzo, la violencia, mostriibanse cuadros de profundo sensualismo, como retrato de Mad X, por Roldini, en que parecia una figura de ojos empapados en languidez voluptuosa y ardiente, lab& que-

- I51 mantes y cuerpo fino y nervioso de parisiense vestida ii la ultima moda, en tal forma, que Antes parecia clesvestida. Otros grabados galantes del sigh XTIII, insinuaban, como detalles, las inclinaciones y secretas cornplacemias de espiritu de Angel. Hasta la estAtua de La Noche, con 10s ojos entornados, la csheza ecliada atrhs, la cabellera suelta, parecia revelar el secreto de una einbriaguex de sensaciones ardientes v de nspiraciones no saciadas. E n medio de aquella atmGsera de sport y de sensualismo, en que hasta las comodidades de 10s sillones Maple, de suaves resortes, v 10s encages de las cortinillas bi-ke-hise, el Aguila cincelada con pi6 de h i s del aplastador de papel, el cuclii!lo damasquinado corta-papel, todos 10s detalles, revelaban el sibaritismo refinado de un temperamento sensual y violento B la vez, de hombre de fuerzs p de placeres, de vividor impuIsivo j 7 en&jico. S61o una cosa llamaba la atencih, por aparente disonancia con aquel medio: era el gran crucifijo de cobre, sobre cruz de madera sencilla, de mui antigua fecha, A juzgar poi- la vetustez de la madera y por ciertas impel-fecciones de ej ecuci6n ; la cabeea J los pi& del Cristo el-an desproporcionados con el cuerpo. Se encontraba, s e g h tradiciones, desde hacia trescientos afios en la familia; SII inadre tenia su reclinatorio colocado a1 pi6 de ese Cristo. ii quien ofrecia sus angustias, 10s agudos padeciniieiitos morales de una r i d a sacrificada y dolorosa de calvario. E n el alma de Angel existia, tambien, por un razgo de atav i s m ~ ,s i 1 veta mistica. exaltaciones relijiosas de ensnefio que le sobrecojian de repente, luchando con siis tendencias sensuales, venci6ndolas, 6 camhiindose con ellas en un estado nervioso de sensihilidacl suma, en el cual se alteraban las grandes depresiones

- I52 inorales con las exaltaciones incontenibles de 10s temperamentos impulsivos. P a r a comprender la generaci6n del drama que debia conmover tan profundamente & la sociedad santiaguina en una noche de invierno: para penetrar en esos misterios hasta hoi no conocidos, es precis0 desnudar Ias almas, estudiar hasta 10s antecedentes fisiol6jicos y hereditarios que prepararon lentamente la catLstrofe. Angel era uno de 10s tipos mAs jenuinos de un estado social enteramente chileno, hijo de su kpoca y de si1 rnedio, heredero delas preocupaciones y del modo de s6r de una familia en la cual, como en otras midias, aim se conserva casi intact0 p palpitante el a h a de la colonia, sus preocupaciones aristocrgticas, su estiramiento, su espiritu derrochador y oi-gulloso, su antipatia por el esfuerzo continuado y modesto del trabajo rudo, su d e s d h de ciertos oficios y de ciertas clases, su fanatismo unido al horror de la cultura cientifica; si esto suelen rnezclarse las mBs nobles cualidades, jenerosidad sin tasa, vavalor edrjico, espiritu de sacrificio en las angustias nacionales. Esta sociedad, respetuosa de sus tradiciones, se ha visto desbordada, de repente, por la improvisaci6n de fortunas en salitre y mineria, mikntras ella, en parte, se empobrecia con especulaciones de Rolsa desgraciadas. H a nacido, de a&, un espiritu de inquietud, de inestabilidad neuviosa, de conmoci6n jeneral, en el cual reaccionan 8 veces fuertemente 10s atavismos de raza. L a familia de Angel Heredia, figuraba entre las mbs conocidas de Santiago. Aauel don Jaime Silva Q de Heredia, C ~ ~ V retrato, en hAbito de caballero de Calatrava, estaba colgado en una esquina, habia sido hijo segund6n de noble familia espafiola, llegado

--.I53 en busca de fortuna y de gloria & las guerras de Arauco, en las cuales, segun dicen Iiistoriadores, derroch6 m&s sangre y m&s cliiiero Espsfia que en la conquista del resto de America. A1 cabo de algunos afios de continuo batallar y recibir heridas, se cas6 en Concepci6n con dama de la ent6nces ilustre familia de Lisperguer. Esta sefiora heredaba de su padre, afios m&s tarde, una enconzie?zcld, es decir un verdadel.0 Estado de dos mil cuadras de estensibn, con sus mil habitantes indijenas, & quienes el Encomendero debia tratar como & hijos, instrupkndolos en la doctrina cristiana, preocup6ndose de convertirles y darles misiones cat6licas, m6s aprovechando a1 mismo tienipo su trabajo en lavaderos de oro, en niinas y labores agricolas, sin darles m& salario que el p i n y la exigua comida. Con esa institucibn, de carjcter medioeval, se daba i la familia criolla chilena base feudal y aristocrAtica, trasmitida de j eneraci6n en jeneraci6n. E n 10s primeros dias del siglo XIX, por 10s albores de la Independencia, ya semejante instituci6n habia desaparecido, pero se mantenian las antiguas familias en posesi6n de haciendas, vinculos y mayorazgos, trasmitiendo & sus poseedores el lxibito del mando autoritario, el despotism0 del pronietario territorial hasta quien no alcanzaban ni la acci6n de las autoridades, ni la justicia. El inquiline, labriego radicado en la tierra continuibale reconociendo de patr6n 6 sefior, ligado & 61 por vinculos especiales 6 de familia, y tomaba, inconscientemente, el pliegue de la servidumbre en su alma. Asi se habia trasmitido entre 10s Heredjas, de padres & hijos, un car6cter dominante, imperioso, duro para con 10s demis, lleno de intransijencias. A1 separarse de la metr6poli la colonia cliilena, don Alvaro de Heredia, recien sali-

- 154 do tleh Colegio de h-ohes de lladrid, figuraba ya entre 10s G u a d i a s de Corps, pasaiido B formar en las filas del EjQcito Espafiol que derrottiba d 10s Franceses en la cklebre batalla de Bailen. l a auerte lo trajo de oficial del Rejimiento de Talavera, con el cual se batia en contra de 10s patriotas durante la campafia que [Link] con el desastre de Rancagua y la p6rdida de la Patria Vieja. L o s Heredia formaban entonces en filas realistas y eran partitlarios faniiticos 6 incondkionales del Rei don Fernando 1711. E n Santiago, durante la reconquista, se cas6 don Alvaro con una bellisiina j6ven de la familia de Benavente, entonces proscrita y en desgracia. Vencidas las armas espafiolas en Chacabuco Maipo, el comandante Heredia pasaba, con grado de cormel, B pelear en el Ej6rcito mandado por el General Vald6s en el AltoPer~,sefial~ndose, desde ese instante, en el grupo de jefes que clebia desenipefiar tan importisimo papel en la historia de Espaiia con el noinbre de los Ayacuchos, por haberse batido ber6icarnente defendiendo su bandera en el Alto de las Sierras. Heredia se radic6 en la Peninsula, pero dos de sus hijos volvieron B Chile para adminictrar funclos de familia p ateiider intereses comunes. Don Antonio, el segundo, se radic6 definitivamente en Chile, m i h tras el mayor, un solter6n aventurero, figuraba en la inadre patria con el titulo de Conde de Valgracia, otorgado su padre en premio de stis servicios. Angel era nieto de don Antonio Heredia, el de la rama chilena. L a familia, despues de la Revoluci6n de la Independencia, habia virido eiiterarnente alejada de la politica, saliendo s6lainente de sus casillas para apoyar el Gobierno autoritario de Portales, en torno del cual OHigginistas y Realistas f ormaron con 10s

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demtis elementos conservadores el antiguo partido Peluc6n. 1 s i era reaccionaria la familia Heredia por sus tracliciones politicas, lo era m u c h m&s por sus convicciones p pr6cticas religiosas, por 1as continuas misiones que daba en sus haciendas, por el rosario que rezaba todos 10s dias en familia, por su asistencia i procesiones, retiros y festiridatles religiosas. i Retraidos poi- temperamento y por orgullo, habian tornado cierto sello aclusto y grave, acentuado mtis a h en aquella casa en la c u d se llevaba existencia conventual, sin alegrias, ni fiestas. P o r eso las nifias liabian considerado el matrimonio, con cualquiera, conio liberaci6n del despotismo del padre y del hielo de la casa, de aquella mesa en que no se hablaba sino en voz baja. Esto no obstante, gozaba la familia, en la sociedad chilena, de considerable prestigio, tanto por sus antecedentes como por su fortunz, apesar de !os ruinores que circulaban respecto de don Rafael Heredia, de sus celos, de sus manias, j 7 de la rida terrible dada ti su santa mtijer. Adusto, retraido, como todos 10s suyos, vivia encerrado, tan 16jos de la existencia mundadn como de las agitaciones de la politica militante. Circulaban, respecto de 61, rumores ad:Tersos. Pero todos 6stos eran diceres, cuentos murmiiratlos sotto-voce, por tratarse de familia pudiente. Angel era el prodiicto de todas esas jeneraciones; conserraba el espiritu de acci6n de su antigua linea de viejos soldados, I\ no p d i e n d o hallarle einpleo en nnestra .[Link] mon6tona y sin guerras como las de aiitafio, pues era demasiado nido al estallar la del Pacific~, buscaha espansiones en el sport, las cacerias de liuaiiacos en la Cordillera p e j ercios fisicos uiolentos, con 10s cuales no lograba satisfacer ]as necesidades de si1 temperamento sanguineo. Como lo indicaban

- 133 diversos detalles de sus habitaciones, era, a1 aiismo tiempo, sensual, hombre de exijencias fisicas irresistibles casi en ciertos momentos, para qtiien la rida guarda embriagueses rnisteriosas v ardientes-no razonadas ni medidas ;-ern de esos hombres en quienes el deseo reviste forma aguda, casi dolorosa. Ai%dase B esto extrafio razgo at&vico,agravado por lesi6n nerviosa heredada del alcoholismo de su abuelo, y se explicarh el hecho de periodos shbitos de misticismo exaltado, en 10s cuales se creia covertido en criminal, exajerando sus deslices de juventud, transf orrnados por su imaginaci6n en montataas de sombra, p lloraba tambien las faltas de su padre p de 10s suyos. Poniase cilicios, se encerraba en nn retiro de ejercieios espirituales, perdia el apetito y el suefio. Su neur6sis le hacia ver apariciones, en pleno dia, not&ndose despierto, corno 10s halucinados. E n esos instantes creia ver 6 tocar B su madre, 6 B su hermana, con plena conciencia del mundo exterior que le rodeaba. Tambi6n recordaba el fantasma de im viejo santo desconocido . Era el alma de Angel un mundo de contradicciones, de caractkres nobles 17 viriles, de tendencias. sensuales 6 vulgares, de aspiraciones .jenerosas nnidas B desfallecimientos increibles de la voluntad. El carhcter desp6tico y altanero de toda su raza que trat a B los demzis corno el encomendero 6 sus indios, sin respeto B la rida humana, sin la comprensih de 13s miserias, dolores p padecimientos de 10s humildes, se mezclaba en 61 con una hondisima Treta de ternura que se conmovia hasta las ltigrimas criando tonaba en su camino con desgracia desnuda p sangrando. Como la mayor parte de 10s hombres de presa y de accidn, carecia de la flexibilidad ondeante del di-

- 157 plonibtico, del tacto fino que permite anticiparse B las dificultades y resolverlas orillBndolas. Angel no habia experimentado, hasta entbnces, dificultades en la lucha poi- la vida, en clioque de voluntacles, de intereses 6 de ambiciones. Desde la oposici6n de don Leonidas, ocasionada, antes que poiantipatias 6 i-azones positivas, por rencor de antiuuo 9 disgiisto de intereses con su padre, bahia visto como el camino se despejaba, sin violencias para su amor propio ni menoscabo de su orgullo. Se habia casado con Gabriela, sin ruido, por luto de familia, casi a1 mismo tiempo que Alagda con Emilio Sanders. iC6mo surgian B siis ojos esos dim, t h lejanos, perdidos en la noclie de 10s tiempos, apesar de -que s610 cuatro afios habian trascurrido de ent6nces acB! U n sentimiento de melancolia invencible se aduefiaba de su alma recordando 10s primeros afios del matrimonio, la satisfacci6n tan completa de sus sueiios, la realizaci6n de sus ideales de ternura. ihfm le parecia'ver la lnz de una limpara de parafina cayendo sobre el rostro pilido de Gabriela, durante la comida, mikntras 61 contemplaba deliciosamente sorprendido, la seriedad con que asumia, de golpe, su papel de duefio de casa, sirri6nclole un plato de sopa humeant e v sacando el manojo de llaves de si1 cintura para encargar B la despensa algo olvidado. Surgian en su memoria 10s largos paseos B pik, poi- el campo, en esos dias de luna de miel, contemplando 10s irholes de invierno, desnudos de hojas; con la sensaci6n de lorisa helada, tiritaba debajo de su palt6 de pieles, Gabriela, apretadas las nutrias contra el ciierpo d&ndole sensacih deliciosa de alorigo. Hasta el ladrido de 10s perros, esos"amigos y compafieros de 10s pobres, salihdole a1 encuentro, le hacian sonreir dulcemente

- 158 cuando miraba h&cia atr&s. Esistia entre timbos la mris absoluta comunidad de alma, la fiisi6n de todos 10s sentimientos en un mismo modo de mirar la rida. Y si algo rudo, cortante se escapaba de 10s labios de Angel, luego se staarisaha y tamisaba con la. voz cristalina y tranqiiila de Gabriela, de donde resultaha concierto en el pensar p sentir de Ambos, fundido en dulzura infinita, en la misma apacihle tranqiiilidad de la atmbsfera, en el alegre cantar de los canarios en sus jaulas de 10s corredores. Cermndo 10s prirpados, alin creia i'er el uostro intensamente phlido de la nifia, tin poco enfernia de anemia, sus 030s negros aureolados por larguisimas pestadas erespas y circiiidos de ojeras cirdenas. El tono rojo y vivo de sus lahios ponia como linea de sangre sobre 1%alhiara de su rostro 7 (le siis dientes menudos. U n detalle que a6n recordaba, era el ver casi ocultos 10s 16hiilos de sus orejas, tan peqiiefias, tras las ondulaciones del peinado de moda. . . Y luego aquellos di'latadoa paseos en Dog-cmt, ri la hora del crephciilo, en la paz melanc6lica de 10s campos, mikntras ella manej aba el carruajito. . . Se hallaba eso miii lkjos, suniido en 6poca tan lejana como la de ciertos recuerdos palpitantes de su infancia. Si evocaba involuntariamente esos recuerdos era porque sentia, deiitro de' si, la necesidad dolorosa p punzante de consolarse en ellos (le lo presente. Cuando miraba lo pasado p luego inuestigaba su propia alma, sorprendiase de haber podido engadarse tanto, 61, que ya se tenia entcinces de persona corrida, y de no haber contemplado sino la superficie de 10s camet&es y de la uida; por eso, a1 compai-ar la Gabriela de ahora con la de entcinces, la amargura de un pasado irreparableinente niiierto le acosaba. I ,as ilusio-

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iles de su vida liabiaii itlo cayendo, una por UT,, coL % nio las liojas de 10s &boles, primero mustias. luego marcliitas, despues arrastradas por el viento que las arremolinaba, Ileviindolas sabe Dios B d6nde. 9 por 'i estrafia incoherencia y contradicci6ii de su a h a , se coniplacia, A veces, evocando el recuerdo de aquellos dias y de aquella Gabriela, con la aniarga volcrptuosidad, p el sentimiento de recuerdo entristecido de quien lialla en el fondo de un caj6n, a1 rayar en la vejez, el retrato ya olvidado de sus veinte afios. A esto se aliadia, en 61, un lento desencanto, una transformaci6n desesperante realizada B su propia vista, y el sentimiento de su impotencia absoluta para irnpedir las fatales niudanzas de la vida. E s a obsesibn de sus ensueiios y de sus recuerdos de entbnces, se apartaba, m6s y mzis, de la realidad del dia, eiecutindose, en s u alma, la operaci6n inversa de aquella tan grAficaniente deiiominada por Stendhal la cristalizaci6n de 10s amores. El hombre vi: B una rntijer, la recuerda, la compara, se complace en ella, la envuelve en ensuefios y en ilusiones hasta cubrirla por completo, como esas capas de escarclia ii 10s esqueletos de 10s drboles en inxTierno: alii est& la cristalizacibn del anior. Ya, en Angel, habia desaparecido 12 cristalizaci6n ideal de Gabriela y habia comenzado 6 verla de modo distiiito, por aspecto contrario, y corno nuestras cualidades tienen por orijen, inuchas veces, alBlin def ecto, asi como nuestras virtudes alghn vieio 6 algfin racio fisiol6jic0, principi6 el j6ven B notar en el carlicter de Gabriela infinidad de pequefios detalles que le parecieron revelaciones dolorosas de otra niujer no sospechada, de otra Gabriela desconocida. A1 notarlo ella, con su instinto fino de mujer, esperiment6, 6 su turno, reacciones de rebeldia, veladas por la man-

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sedumbre natural de su carhcter, pero que, dada esa misma mansedumbre, parecieron mAs odiosas 4 insoportables a1 mariclo, hasta producir, entre Ambos, la terrible semilla del silencio. i Cutindo habia comenzado el desacuerdo, el desnivel moralZ Angel lo iynoraba; recordaba, solamente, una sensacibn fisica de disgusto a1 verla, por primera vez, cor1 el pelo preparado para peinarse con lij eras envolturas de peluqueria. Habia tenido ent6nces la sensaci6n Clara, perf ectamente definida, de que sus peinados, sus elegmcias, sus composturas, no eran para 61 sola y exclusivamente, sino para todo el mundo; mis, a h , y lo que era pavticularmente desagradable, eran arreglos y creaciones de belleza artificial preparadas para 10s demtis, h quienes se presentaba como la actriz en escena, mikntras para 6.1 se guardaban 10s bastidores. Por una dolorosa asociaci6n de ideas, recordaba, tambiitn, haber asistido muclias veces a1 camarin de una actriz, h quien pagaba, contemplhndola mikntras se ponia colorete y se vestia para entrar en escen2: este recuerdo, revivido cada vez que hallaba h Gabriela en sus preparativos, lc causaba una repulsi6n intolerable. Y , sin embargo, eontinuaba amhndola, pero se sorprendia de no sentir ya mhs exaltaciones de cariiio, extremos de amor como en 10s primeros tiempos, en 10s cuales, como sefialaban 10s griegos, se siente la relaci6n intima y agonizante entre el amor y la nluerte. Ademtis, la misma tranquilidad constante, y el tono apacible y regcilar del carhcter de Gabriela daban i su amor el tinte de igualdad y monotonia de i lago perpktuamente en calma. No era eso lo que habia sofiado, no era eso lo que necesitaba su naturaleza ardiente y profunda k intimamente sensual: era cosa diversa. E n las intimidades conyugales comen-

- 161 zaban ti diseiiiarse, entre ellos, 10s desacuerdos fisio16jicos irreductibles de dos temperamentos que no tenian punto de contacto, de dos imaginaciones que marchaban, cada cud, por camino distinto, movidas por comprensi6n diversa de la existencia y del matrimonio. Gabriela, con la ingenuidad de sentimientos virginales no empaiiados poi- las impurezas de la vida, no acertaba ti comprenderlas, ni sospechaba el arte de mantener vivas las ansiedades del temperamento sensual de su marido, todo sangre, m6sculos jr vibraciones. Tampoco acertaba ti mantener el prestigio misterioso atribuido por la imaginaci6n A ciertos do detalles de existencia, de trajes, de formalidades intimas : era d emasiado familiar, demasiado sencilla, acaso despreocupada en el interior ;no sabia recuperarse ti si misma, ni colocarse, como de etiqueta, en presencia de su marido, deslizarse entre sus dedos como Anguila, retraerse sAbia y calculadamente para avalorar, en momento dado, pequedas concesiones. Ese arte supremo de ciertas mujeres que han vivido no podia tenerlo ella que no habia vivido, ni cahia en su temperamento extremadamente sincero y abierto ; sus rirtudes solian producir el efecto repulsivo de 10s vicios, asi como en ciertos temperamentos el vicio es principio de virtud y de felicidad. P o r cima de todo, en niedio del brillo de la existencia mundana de ese matrimonio elegante y jbven, habian nacido 10s desacuerdos fundamentales y secretos, siempre ignorados poi. el mundo, surjidos del laboratorio de sus temperamentos, y del desarrollo natural de dos maneras antag6nicas de sentir y de concebir la vida, con su lenta formaci6n de sentimientos y de ideas que no pueden unirse. Gabriela, en su total desconocimiento del mundo, creia con sinceridad, a1 casarse, en la eternidad de unos mismos sentimientos, en la perpetua6

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ci6n de esos estatlos de alma tBn dukes de 10s primeros impulsos de su amor, t h ciegos como arrebatadores. iQuk podria separarnos? iqu6 cosa destruir 6 modificar la felicidad perpktua de nuestro matrimonio? Ambos nos queremos con idolatria; Angel es para mi el m&s liermoso p noble de 10s hombres; francamente, s6 que piiedo inspirar grandes cariiios, se decia. Habia sentido tantas veces, en bailes 37 fiestas, miradas ansiosas de hombres, llenas de admiraci6n respetuosa y rendida, miradas que confieren el cetro. Tenemos f ortuna, comodidacles, posici6n social. nada nos falta. Creia en la eternidad de sus amores. Pero luego habia comenxado B vislumbrar, por instinto femenino, la llegada de estado nuero, de una situaci6n no sospechada, p quiz0 evitarla entregfilidose de manera mBs sumisa, mBs incondicional B 10s caprichos y fantasias de Angel. Habia acabado por cortejar y buscar i su familia, A sus hermanos y B sus tias, con i el anhelo secret0 de provocar en ellos esos cariiios y alabanzas perpktuas que sujestionan A u n hombre. Acaso creia recojer de ese modo 10s desperdicios del carifio de su esposo, como ciertos propietarios construyen acequias en sus prados para recojer 10s derrames de sus fundos y utilizar hasta 10s restos de sus aguas. Pero todo era en vano. S610 conseguia Gabriela despertar dentro de si, con la sensaci6n de la esterilidad de sus esfuerzos, esa lei de reacci6n moral que lleva B la mujer, B extremos de sentimiento con mayor rapidez que a1 hombre. Ella, por su parte, iba experimentando. uno por uno, 10s misnios fen6menos morales que pasaban por el a h a de su niarido ; sus miradas de intensa agonia habian recibido el contact0 helado de esas otras miradas que sentia ya hostiles, ya indiferentes, ya glaciales. Habianse multiplicado 10s pequefios desacuerdos

- 163 de dos ternperamentos que no podian entenderse, de dos educaciones encaminadas por distintos rumbos, de dos maneras diversas de sentir la rida, I\ el silencio iba capendo entre ellos como caen las sombras a1 crepfisculo, cada vez mas espesas, convertidas en tinieblas que separan 10s edificios y 10s skres con mumlla inrisihle, intangible, impalpable, orijinhndose pavor misterioso, sin saberse si est6n cerca 6 Ejos, ni si ramos B estrellarnos, ni en qu6 direcci6n marchamos. E s el estado de alma en que ha desaparecido totalmente el acuerdo; en que cada palabra, cada jesto, cada eco de la voz del uno suena conio falso y vacio h 10s ojos del otro, hirikndole, machachdole, molesthndole con sucesih refinada de pequefias antipatias que han nacido sin saberse c6mo y que luego surjen, arrastradas las unas por las otras, ante la sujesti6n de la vox hiriente, del eco, del jesto desalentado, de la fisonomia nerviosamente contraida. Ese hombre y esa mujer atados por la cadena de matrimonio eterno, de situaci6n legal que la sociedad les ha creado, remachtindola como hierros de galeote, se hallaban en cireulo de hierro imposible de romper p comenzaban h dame vuelta en sitiiaci6n cuya angustia crecia por momentos, h medida que cada uno iba leyendo en la conciencia del otro. poi- a p e 1 htibit0 de intimidad creado en el matrimonio, en rirtud del cual llega un instante en que Ambos se descubren ideas y sentimientos sin necesidad de usar palabras, con s d o mirarse. . . Y corno ya se habian examinado A si mismos, ci-eian ver en el otro esa lenta cristalizacicin del 6dio que se iba formando y cubriendo sus almas, de igual modo que la nieve 10s pinos y robles de la montafia, en capas finisimas, impalpables 6 imperceptihles casi, pero de acci6n lenta p segura.

V
Angel Weredia se habia sentido arrastrado a1 matrimonio por pasi6n tdn sincera corno profunda hdcia Gabriela. Ai&, a h cuaido 61 no lo hubiera notado con percepci6n Clara, existian para su matrimonio otros a j entes, otros impiilsos, otras fuerzas emanadas de la conformaci6n misma de la sociedad cliilena y de las ideas dominantes en el medio arnbiente y nacidas de niiestra estriictura social. El viejo espiritii de la colonia, todavia latente en la alta sociedad chilena, arroja d 10s j6venes casi enteramente desarmados en las corrientes de la vida. Ll_eran nombre c u p prestijio p valor aristocrktico se empefia en exajerarles su propia familia. ensefihdoles d considerar como denigrantes casi todas las formas de la actividad humana, en el comercio p en el trabajo: cuando mds, se les entrega d las Unirersidades, para que o b t e n p n , entre fiesta p fiesta, de la tertulia a1 cotillh, un diploma de doctor en medicina 6 de abogado, p, con esto, se les aiitoriza para lanzarse en busca de [Link]. d formarse el hogar. Por otra parte, como no existe la n o t e

- 165 como base del matrimonio, la nifia vive del flirt, aguza todas sus cualidades de iniciativa y de disimnlac h i , transformando el amor en sport, en caceria matrimonial en la cual s610 muestra 10s aspectos atrayentes y agradables de su car&ter, exliibikndose ti sus lioras, como la actriz en escena, con jestos, actitudes y entonaciones de voz, en ocasiones enteramente artificiales, pero transformadas en segunda naturaleza : no dti, no puede dar nunca imtigen sincera de si misma. Poi- su parte, el j6ven de sociedad, lanzado sin camera, ni oficio, ni beneficio, a1 centro de 10s salones, armado Gnicamente de traje elegante, de su juventud y de nombre conocido, se arroja al torbellino del n l s , del waslington-post, del tow-steps, en pos de una mujer bonita y pobre que no se casaria con 61 6 de otra elegantisima que con las opulencias de su lujo le traiga sensaciones de f ortuna. Invariablemente buscari el jbven, en la mayoria de 10s casos, la atm6sfer.a de lujo y de riqueaa que le permita mantener en la vida su hogar dentro del mngo social correspondiente ti su medio y Zi su cuna; cerrarA 10s ojos voluntariamente A imperceptibles sintonla s de carlicter que de otro modo liubieran iluminado su conciencia y abierto sus ojos a1 futuro, dzindole ti conocer el alma y el temperamento de su compafiera. Todo se confabula para producir el error 6 el engafio en la formaci6n del futuro matrimonio, hasta la complicidad de 10s padres en disimular defectx, enf ermedades y vicios de naturalezas dej eneradas, 6 en mostrarlas en atm6sfera de ostentaci6n falsa, de aparato y de lujo eiimero que s610 tienen la superficie exterior, la corteza de la fortuna aparentada. Las nifias se presentariin con lujo. asititico, en salones npa-

- 166 ratosos, cubiertos de Aores y de luces, entre rumores de orquesta, con palco en la Opera, coche puesto con troncos de caballos fina sangre, sombreros y trajes encargados poi. docenas. . . La gran casa y la hacienda se encuentran hipotecadas, 10s dividendos no se [Link] desde liace ados y el lujo es de similor, como ciertas joyas de fascinadoras apariencias, exhibidas sobre el fondo peligroso de terciopelo azul, hermosas A la vista, pero sin peso alguno para quien las toea, lijeramente cubiertas por bafio de oro. Algo de eso habia sucedido en el cas0 de Angel Heredia. S u padre tenia fortuna, pero muchos hijos y su avaricia pasaba de castafio oscuro, cas0 frecuente entre 10s hombres que viven exclusivamente consagrados a1 campo. Eso no obstante, refluia sobre el j6ren el prestigio de una fortuna desconocida y exaj erada en sociedad, por esa tendencia natural, sedalada en el proberbio: de dineros y bondacles, la mitad de las mitades. Afiadiase 6 esto su esbelta figura, porte arrogante, la conciencia de nornbye ilustre, y se comprenderA la atm6sfera que le acompadara en sociedad, las atenciones de madres, la sonrisa de hijas, el placer visible con que eran recibidas sus insiiiuaciones y su nornbre en las carteritas de baile a1 sere nerriosamente inscritas en la tarjeta de una nifia de moda. Gabriela habia. representado para 61 una de las eiicarnaciones m6s completas de la s6rie de aspiraciones, confusas unas. precisas otras, agitadas en su alma. P o r su belleza fina y distinguida, de tono discretamente aristocrsitico, por su elegancia de b u m gusto, por siis refinamientos. realizaba el ensuefio que Angel se liabia formado de la compafiera de su vida. Agregtibase Si esto como adivinacih fisica de secretos encantos, de adoraciones infinitas, de eternas y

- r67 proiongadas caricias, arclientes unas veces, sutjles y refinadas otras, que Angel se forjaba dentro de si, secretamente, sin precisarlas, ni siquiera f orniularlas, por aspiraci6n inconsciente de su temperainento sensual. Luego, en su voz cuistalina, en cierto mirar melancdico, en inflexiories de su cuerpo y cadencias de su paso, creia percibir Angel esa misnia nota r o m h tica y sentimental, coruespondiente B otra de !as fases de su propio temperamento, & otro de 10s estudos frecuentes de su alma. Ademis, el medio lo empujaba B elejir su compafiera, primer0 con rumores, luego con sonrisas, preguntas indiscretas, bromas frecuentes de 10s amigos y de la jente que le indieahan & Gabriela conio esposa natural y conveniente, hablhndole de la f'ortuna y posiei6n de la familia Sandoval, de simpatia visible en la j6veii. Seria niatrimonio heclio por Inano de monja. . . ni atin cuando le hubieran buscndo novia con cabito de vela. . . El mundo, la sociedad, el medio ambiente, las ideas recibidas 10s habian empujado al uno en hraxos del otro. . . Pasados 10s ptrimeros ardores de pasi611, llerada a1 extremo por impulsos naturales, liabia tlescendido Angel de golpe & las realidades ordinaries y idmares h de la rida corriente, con su mBquina d e riegocios y complicaciones de intereses, lucha de apetitas, de f ortuna, de ambiciones. de rango. IIubiera querido mantenerse aislado del bullicio, en compafiia de Gabriela, tratando de prolongatr el idilio en dontle se sentia de tal manera feliz p sin nuevas aspiraciones, en la realizaci6n de sus ensuefios m&s larga p Iiondamente acariciados ; pero la corriente lo arrastraba mui & pesar suyo. Era menester ocuphrse en la3 particiones de don Lconidas; su concudado Emilio San-

- 168 ders, marido de Magda, le habia pedido, con insistencia, una y otra vez, que fuera 5 10s comparendos, pues se trataba de intereses que no podian quedar abandonados y 61, por su parte, no querja tomar sobre si exclusivamente el peso de la lucha. Y como Angel abriera 10s ojos sorpi-endido, Sanders, ajustBndose el mon6culo, le habia referido, con voz cobriza y acento extrangero, tan preciso, detalles de una s6rie de incidentes de familia y de luclias de intereses algo desagradables. Hacia ya tres meses B que se habia iniciado el juicio de partici6n en el estudio del conocido abogado y hombre p6blico don Abelardo Mascayano, antiguo amigo de don Leonidas. No habian tardado en ponerse de punta 10s intereses encoiitrados de 10s herederos de manera acaso no sospechada poi- ellos mismos. Don Pablo Sandoval tenia le representaci6n de dofia Benigna, por lo cual asistia B 10s comparendos, sin faltar B uno s610; en todas 1as discusiones terciaba con su voz Bgria, comencido como estaba de su propia honradez y de que todos 10s demhs eran pillos y codiciosos. L a cabellera blanca, cortada a1 rape, el ojo de mirada fija, como de vidrio, la leoita cubierta de manchas y de caspa de don Pablo, le dahan carBcter bravio, acentuado mlis cuando aqitaba su cuello de toro, corto y ancho I\ elewba el diapas6n de su voz con exclamaciones iracundas. El le daria lecciones a1 lucero del alba, y no se dejaria robar por nadie ilo entendian bien? y estaba dispuesto h no gastar contemplaciones, ni arrumacos ni con Cristo Padre. Pues, sefior, 6 somos 6 no somos, eran sus exclamaciones favoritas, acompafiadas de pufietazos en la mesa que tenia h mano. Manifestaba siempre celo agresivo 6 intransijente en defensa de 10s intereses de tiofia Benigna y de algunos legatarios,

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entre otros de un ijo natural c3 don Leonidas, B quien representaba. Angel asisti6, tambien, B 10s comparendos, arrastrado B pesar suyo por Sanders que echaba 10s ojos B todas partes en busca de ausilio. Si las cosas seguian el camino que Ilevaban, casi toda la fortuna seria entregada B dofia Benigna, B quien se habia adjudicado, casi B huevo, el fundo principal, 10s muebles de la casa de Santiago, algunas acciones de salitres de gran porvenir. A6n recordaba el j h e n , con sensaci6n desagradable, sus asistencias h comparendos, las pretenciones de don Pablo Sandoval, sostenidas B fuerza de manotones y de gritos desentonados que le herian 10s timpanos; la lucha con 10s legatarios quienes, utilizando c k s u l a s oscuras del textamento querian entrar B saeo en 10s bienes del difunto. E r a un eterno discutir, sin convencerse, con 10s Bnimos irritados, la codicia en las almas, el brillo de ira en 10s ojos y en 10s ademanes descompasados. Todos qiierian sacar mds dinero del que les correspondia, tratando de abusar de la jenerosidad de Sanders, cuyo car6cter de botarate conocian y la ausencia de Angel. Ahora la lucha se hacia mbs Bsyera, despiadada, sin cuartel. Don Pablo pretendia quedarse A huevo con una mina trabajada poi- 61 en compafiia con don Leonidas, se la dejaron. 316s debia ciertas cuentas. Angel pidi6 el exdmen detallado de ellas, notando que habia partidas duplicadas. Esto exasper6 B don Pablo, sttcBndole de quicio, con lo cual profiri6 fi-ases desagradables y alusione:, insolentes que le fueron duramente contestadas por el j6ren. El caballero se levant6, coji6 el sombrero, y sali6 dando un portazo. E n t r e tanto el compromisario llamaba B la calnia, propoiiiendo solucioiies amistosas

- 170 y extra-legales, tie abogado sociable que desea yuetlar

en buenos t6rminos con todos. dquella noche coniia el j6ren en casa de su suegra. Parecia sentir nuevamente el peso de aquella atm6sfera cargada y tlesagradable, la terquedad d e rnisei Benigna, que no le daba la cara, aquella insolencia niuda de don PaFlo que prescindia de la presencia de Angel como si fuera mueble, y IiablaBa con la boca llena, mascando dos carrillos, limpi6,ndose 10s dedos sucios en el mantel, con falta de cidtura que sorprendia en un miembro de la faniilia Sandoral. d prop6sito de todo, y hasta traidas de 10s cabellos, arrojaba frases y alusiones a1 apetito desenfrenado de h e r o de 10s j6venes del dia. Ahora 10s muchachos son mal criados, a1 revez de lo que pasaba en mi tiempo. Cualquier mequetrefe se le sube 6 las barbas 6 un hombre de afios p de respeto, sin miramiento alguno. Y liablaba sin parar, en el mismo tono, con el o j o de ridrio clavado en el techo, mientras miseri Renigna fruncia 10s labios. Bien comprendia, en esos momentos, Angel, que el qiejo le habia hecho creer B la sefiora que 61 combatia sus intereses ardorosamente defendidos por don Pablo, por lo cual 6ste acababa de tener r6cio clioque. E n cada frase, en la manera de ofrecer guisos, de serrir 10s uinos, en el silencio, en 10s jestos, en lo que no se decia, notaba el j6ven sentimientos de sorda hostilidad en contra suya, atm6sf era pesada y desagradable, con sabor acre de 6pio, algo que le rechazaba JT le condenaba, con el ericono irritado de intereses heridos, con la filria del perro a1 cual le tocan SU plato. Aquello le iwodu jo, de silbito, sensaci6n intolerable de malestar fisico, de nbuseas morales, de indignaci6n pr6xima Zi debordame ante la injusticia. Tenia ganas de gri-

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tarles, alii mismo, que Li 61 no le importaban nada las pretensiones de su suegra, exajeradas y espuestas en forma irritante por don Pablo; que se lo llevasen todo, hasta el ultimo peso, que 61 no se emporcsba en miserias. Pero lo que niovia su exasperaci6n hasta el ultimo extremo, era la actitud retraida de Gabriela, sus miradas apesqdumbradas y descontentas, desviando la vista, como para desaprobar faltas de pudor en materias de dinero. Todo eso, y mucho m&s, ley6 Angel, como un libro, en la actitud de su mujer, acostumbrado como estaba & verla sentir, sin palabras, en las familiaridades intimas de la esis teiicia inatrimonial. Su s6r todo entero se extremecia en ondas apasionadas de ha, de la cual surjia desprecio en contra de don Pablo, indignacih en contra de mis& Benigna, 6dio, 6dio intenso y profundo hasta la exajeracibn, en contra de Gabriela, en virtiid de aquella lei de psicojia por la cual mikntras m&s se ha amado & una mujer mtis cerca se est& de odiarla. Ahora hasta la curva ligera de la nariz de la j6ven, en otro tiempo signo de distincibn & sus ojos, le parecia imperiosa, testaruda, como si se hubiera abultado transf ormiindose ; las cej as pobladas ahondaban el cefio, con perfiles duros; la redondez algo llena de su barba y la plegadura suave de si1 boca, Antes signo abierto de bondad, le parecian sintomas de estrechez inTTencible de criterio, incapaz de cornprender las cosas mhs elementales. iAcaso ]as discusions del dia, moderadas y correctas de s~ parte, no habian sido provocadas por la defensa de 10s derechos cornunes 6 las dos hermanas, dentro de las prescripsiones del dia, moderadas y correctas de su parte, no ella misma le condenaba. . . Aquella mtiscara de mujer, adorada ciegamente meses Antes, le producia

- 152 una especie de crispacibn nerviosa casi insufrible en ciertos momentos, a1 oir acentos de su voz que le parecian venir de otra persona. Es que no era la misma voz antigua, velada suavemente en las horas de ternura y Clara, vibrante, cuando referia 10s incidentes ordinarios de la vida social. E s que seiitia el jbven la mudanza total de todo en torno suyo, asi personas como cosas; ya no tenia su suegra sonrisas, peqneiias atenciones constantes, frases amables, las palabras insinuantes de la 6poca del noviazgo, ni tampoco Gabriela guardaba la misma actitud, ni el mismo tono. Sentia, el j h e n , poi-instinto finisimo de percepcion, que si todo continuaba siendo lo mismo, en apariencia, en el fondo todo era ya diverso. IT alma experimensu taba la melancolia indecible, no formillada ni concretada, de 10s hondos vacios del alma, de la aridez de una landa desierta y arenosa, de la tristeza intima de &rbol cuyas hoj as amarillentas y resecas ruedan por 10s caminos. Per0 no todo era caras de vinagre en aquelln casa. Magda, con su astucia natural J? cierto instinto ladino, le halagaba B m6s no poder, pues su marido le habia referido la escena del comparendo, y Ambos querian mantener 6 toda costa el fuego sacro. D e manera que en la mesa de mise6 Benigna se encontraban 10s m&sopuestos intereses ya en lucha abierta, disimulados unos, hostiles y mostrhndose 10s dientes, otros. Vanard comprendi6 la s i t u a d n , por lo cual, con su tacto de hombre culto, llev6 la conversacih B otro terreno. Se hablaba de nueva crisis Ministerial : caia el Gabinete de coalici6n, por exijir uno de 10s grupos un puesto en 10s ferrocarriles para uno de 10s suyos que se encontraba sin destino. Habiase orijinado cuesti6n de partido y el Directorio recuperaba su

- 173 libertad de acci6n con lo cual el Ministerio quedaba sin mayoria en el Congreso. Estos politicos, agregaba Vanard, viven como 10s acrbbatas, colgados de trapecios por 10s pi&, haciendo Gobierno con pruehas de equilibrio. U n porteria es cuesti6n de Estado. Conozco Presidentes de Partido que andan con 10s bolsillos llenos de candidatos para 10s diversos empleos, con listas de personajes que solicitan destinos en el Observatorio Astron6mico, 6 si no se 10s dtin, nn Obispado, pues se sienten con aptitud para todo. Estamos como en Portugal, en donde se ha creado un empleo de Dama cuidadora dos gatos do Balacio. El buen humor volvia 10s espiritus. Don Pablo se habia hecho servir el Chambertin en copa de agiia y lo bebia A grandes tragos, apuntando a1 teeho su ojo huero, con visible complacencia. Su rostro se encendia con 10s vinos p 10s buenos platos, especialmente con uno de croquetas sobre tostadas de caviar. Pefialver, & su turno, junto con meter diente A una pierna de yollo se lo habia metido & la cr6nica niundana. Se hablaba mucho de la quiebra de Morrisson Fibmer, el marido de Julia F e r n h d e z . Pobre nifia! y c6mo la compadecian todos, con grandes aspavientos, pero con una complacencia visible. Ella, t&n acostumbrada a1 liijo, con la vida social llerada por tantos afios en su casa, y coches tkn hien puestos, p pareja de fina sangre que importaba diez mil pesos, precio hasta ent6nces nunca visto ni pagado, era dificil pudiera conformarse. Morrisson se habia metido grueso en sociedades a n h i m a s de reciente creaci6n yla baja de 10s papeles le arruinaba. Pero qu6 quieren Uds. ! exclamaba levanttindose el bigote Vanard, si se han formado sociedades ganaderas cupos tinicos animales son las vacas hechas por Morrisson a1 juepo

- 174 de bacarat . . . --No sea mala lengua . . . !Fobre Julia! no bai nada mhs terrible que pasar de una posici6n como la suya, de lujo, B la pobreza . . . excIamaban 10s demhs, de comiin acuerdo, sintiendo en el f ondo satisfacci6n que completaba el bouqzket del Chablis. Las miij eres enumeraron sus trajes, recibidos todos de Eui-opa, y rnised Renigna. refiri6 an&dotas de la madre de Julia, habl6 del alboroto causad0 por su entrada a1 sal6n de la Filarmhica en el gran bade dado en honor del Presidcnte Errrizuriz, llevado al poder por el Partido Conservador. Una conocida sefiora, a1 cojer el brazo del fesiejado, le habia dicho: Federico iqui: 0101- es ese? mhs nie parece de azufre que de incieriso. . . Dos afios despiies, gobernaba con Radicales. D o n Pablo Sandoval tambi6n liabia estado, y recordaba unos platos mui ricos, unos guisos particulares que habia probado en la cena.. . ciertas perdices en escabeche, que con s610 mencionarlas se le liacia agua la boca. . . y la lengua ajamonada, de chuparse 10s dedos.. . imos alfajores de la Antonina Tapia, de esos que no se hacen ahora en parte alguna, rellenos con huevo molle. . . Y o fui ii la mesa con la Transitito Cereceda, y para m8s sefia, se llev6 en el pafiuelo un atadito con tres chirim o p s grandes, seis lhcumas, plitanos p dukes de madame Gazeau.. . easi se me caia la cara de verguenza ti la salida, p e s , por politica, tenia qiiL varle el atado. . . todos pensaban que era mio . . . fues i,no crerhn que u n futre dijo S mi lado, fuerte, para que todos le oyeran: Eche, sefior, a1 atado el faistin del centro iqueria que me llevara la piece-montee! ... La conversaci6n tomaba giro pacific0 p se dirisaba la oliva de la paz en una comida t i n desagradahlemente comenzada; La copa de Chartreuse 6 de Cu0-

- 173 racao, la taza de excelen-te caf6, el puro Celestial de Fartagas, acababan de disipar 10s 6ltimos restos de mal humor en la mhquina humana, juguete constante de acciones 17 reacciones.

VI
X i s en medio deaquellos continuos roces, de escenas ti reces insignificmtes, de enojos A menudo hmotivados, de pequefios incidentes de existencia diaria, frecuentes en todos 10s matrimonios, se notaba el sediment0 particular que iban dejando, pues, en el f ondo, se agravaban por disidencias fundamentales 6 irreductibles, sentidas poi- Angel y Gabriela de un modo confuso y no precisado, pero no por eso m6nos efectiro y skrio. Solian, A veces, producirse reacciones, entre ellos, pues la ola de sentirniento, como la del mar. ohedece ti fen6menos de mareas, sube y baja, avanza 6 retrocedc. Habia momentos de calma en 10s cuales si la antigm pasi6n no revivia, por lo mknos, 10s 6dios parecian muertos 6 sepultados bajo capa de cenizas. Gabriela experimentaba el ascendiente de la belleza viril de Angel y jiraba en torno, suyo. fascinada amedrentada, atraidapor suj esti6n de susojos. 1'61 veia surjir en Gdwiela esa misma antigua nzirada buena,

- I77 sin rebeldias, de sus ojos mansos, dispuestos B sacrificios. Las asperezas y roces con misei Benigria se suavizaban y desaparecian, pues, como el j6ven comprendia perfectamente, aquello no provenia de sentimientos dafiados y perversos, sin0 de flaquezas p achaques mui humanos. E n ciertas ocasiones hasta di6 pasos que tendian A la reconciliaci6n completa. Ofreci6 gran comida en honor de su tio don Bttltazar Heredia, nombrado 37inistro en Viena. Angel, con su perspicacia natural, comprendia, sin embargo, que esa gran comida era como desahogo de vanidad y estaba destinada no B honrar A un tio suyo, poi- el hecho de serlo, sino A manifestar A la sociedad entera las buenas y estreclias relaciones que la ligaban i u n Ministro Diplomitico. Leia en el alma de la sefiora esa comez6n de figurar, de hacer hablar de si, achaque obligado de la jente en sociedades nuevas, sobre todo cuando se puede exhibir grandes salones -y una existencia de lujo. Angel era vanidoso, como 10s de su familia, por atavismo; sin embargo sentia, en 10s demiis, las esplosiones de vanidad como notas disonantes p desagradables. E n esas alternativas de excitaciones, depresiones y calmas, liabian trascurrido varios afios. n o s nifios, una rnujercita y u n hombre, trajeroii su alegria bendita i ese hogar disgregado, que tendia ti la division, en donde todo bullia, como un mal ferrnento de pasiones disolventes y ardorosas. Tla alegria de 10s nifios, sus gritos, la preocupacih ddorosa y punzante de sus enf'ermedades, el placer ruidoso de sus carreras, de sus gracias inf antiles, tracsf ormaron de s5bito la casa. i Ah! sin ellos la tempestad hubiera estallado, de fijo, en aquel pobse hogar azotado en

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direcciones encontradas corno el casco de buque n h f rago. Eas primeras palabras y 10s primeros pasitos, el juguete recibido con gritos y luego quebrado, el zapatito roto, las palabritas carifiosas 6 inintelijibles, pronunciaclas con media lengiaa, el beso, 10s bracitos que se estienden, hacian olvidar A Gabriela rnuchas amarguras y lleraban la paz, una calnia delicivsa p pura, a1 corazcin de Angel, como si le abriesen iiuevos horizontes ensefiAndole esa para 61 desconocida virtud del sacrificio propio, de la humillaci6n para dicha de 10s hijos, criados con 1Sgrimas p fortalecidos con 10s padecimientos ocixltos de 10s padres, para quienes son como la prolongaci6n del alma en el futuro. jQu6 goce infinito y siempre nyevo encontraba en sus nifios Angel! Habia segujdo, uno por uno, siis progresos, iniciados con la primera mirada, en que y a le conocian, con la primera risa, y 10s pucheros cuando se asustaban de todo. Luego, en tener entre sus brazos fuertes aquella piernecita de ryinfieco, delgaducha, blanda p tierna, con patita que cabia en un dedal, p la cabeza de cabellos rubios de fina peluza, y unos ojazos asustados, ora expresivos, ora risuedos, ora quejumbrosos comr si se hundieran a1 peso de ufias penas inui grandes. Experimentaba gozo intimo a1 penetrar a1 cuarto de Pepe, y contemplar su camita de bronce, con reja de grandes bamotes, y el cesto forrado en seda y encajes donde se hallaban l-as escobillas, y polvos de Houbig puntas, pafios doblaclos y preparados p 10s h redondos con esos finos bordados y recortes y vslieres en 10s cuales tanto se complace el 6cio de las madres. Hasta consideraba como amigo el monigote de goma, embatlnmado en colores vistosos y el perrito de ma-

- 179 dera lanudo y cojo, arrimados A la cbmoda, junto 4 la lAmpara de noclie y ti un zapatito de punta g.?stada y rota ... por 61. Las mediecitas mojadas y las esponj a s y el polichinela vestido de azul y rojo, con platillos en las manos, colocados a1 pi6 de una estampa de la Virgen, sobre un velador, le llenaban la cabexa de pensamientos hondos y tiernos. Angel ere; vel-, a resucitados, y evocados, unos vagos recuerdos de su propia infancia, el arrullo carifioso de la madre, sus carifios apasionados, sus cantos, la impresi6n d e algo pasado y lejano; pero dulce, mui dulce, en contraste con la realidad presente. Suave ternura le inundaba, emocionindole liasta las Itigrimas, con deseos intimos, aspiraciones incontenibles h6cia otra ternura que lo amparase en el rudo vaiveia de la lucha por la vida, pues, en el hombre sentia revivir algo del nifio que no habia muerto. P mientras contemplaba la respiraci6n regular y el rostro apacible de su chiquitin, daba suspiros de aliogo sintiendo qine algo faltaba en aquella su rida incompleta. Cuintas veces habia visto ii Gabriela, exclusivamente preocupada del cuidado y atencicin de 10s nifios, estrecharlos en sus brazos y besarlos con f6ria, conio buscando en ellos algo que no encontraba. en otra parte, m&s,en presencia de 61, permanecia lielada, sin impulsos de corazbn, sin uno de esos arrebatos que arrojan, de shbito, una en brazos de otra. 6 dos personas que se quieren. !Ah! si ella liubiera comprendido, enthnces, lo que pasaba en el coraz6n de Angel, la nerviosa aspiraci6n de su alma; si liubiera penetrado el secret0 de su sonrisa enigmitica de hastio JT desaliento; si hubiera roto, con un impulso esponttineo, la superficie de silencio glacialmente estendida entre dos almas, acaso hubieran podido ser felices,

- 180 per0 la soberbia en el j6ven, y acaso la timidez invencible en su esposa, mantenian el equivoco entre Ambos. Y la conciencia de ni6tua desconfianza, de dos almas en diverso tono, sin posibilidades de entenderse, hondainente clavadas en el silencio pesado del desacuerdo que no se espresa, pero que se adivina y se palpa, llegaba A producir en ellos, exacerbada, .una sensaci6n intolerable que, cuando se cruzaban, por acaso, sus miradas, les ponia en las pupilas destellos crueles. !Ah! por desgracia solamente en un punto, A intervalos, sentian producirse el acuerdo t i n anhelado poi- sus almas, y era en el dolor. . . Las dos 6 tres veces en que 10s cliicos se enfermaron de cuidado . . . . en una ocasi6n en que Nena estuvo con pnlmonia infecciosa y el mhdico temi6 la muerte. Durante las noches de insomnio de la situaci6n desesperada, sinti6 Angel, a1 travez de sus propias Isgrimas, piedad profunda, inmensa conmiseraci6n por Gebriela, echada sobre su divAn, zollozando con estert6reos de agonia, entre palabras entrecortadas y tiernas en las cuales aparecia el nomhre de su hija. Y cuando ella le habia dicho desesperadamente : -i Angel ! !Angel ! . . . la nifia se muere. . . habia sentido, dentro de si, revolverse las entrafias, un nudo oprimirle su garganta, y sinsia infinita de tenerla entre sus brazos, de besarla, pidihndole olvidaran el pasado para hacer vida nueva. P no habia encontrado palabras que correspondieran B la inmensa angustia de ella, ni A la infinita ternura suya. Pero ino habria disonado un beso sobre su frente en aquellos supremos instantes? El peligro habia pasado. L a enfermedad de Irenita, de Nene, iba cediendo lentamente, vencida por la fuerza natural. P a todos respiraban en la casa.

- 181 U n dia, volviendo h ella, vi6 Angel un cup6 desconocido, de m6dico. Junto a1 lecho de la niiiita se encontraba un sefior flaco, de espaldas hundidas, y como jorobadas, la cara acliatada, unos ojos perdidos en las cuencas, el hablar cavernom. Examinaba h la nifia. -El Doctor Serines . . . murmur6 Gabriela. E r a un m6dico fracasado que, para surgir, se habia convertido en home6pata. Este sujeto, asistia cuidadosamente A todits las procesiones, con vela y exclavina, y hacia ostentaci6n extrepitosa de prhcticas religiosas de indole completarnente comercial, con el exclusivo prop6sito de atraerse clientela y obtener recomendaciones Asi, poco ti poco, aparentando convicciones que no tenia y buscando el amparo 9 recomendaci6n de clkrigos, consigui6 Serines un pequefio peculio con el cual especulaba en holsa, en donde habia dejado reputaci6n algo averiada. Todo est0 lo habia contado Angel ti Gabriela, en dias anteriores en que se habia mencionado su nombre, por recomendaciones del clkrigo Correa. Angel habia manifestado la mtis viva repulsi6n por semejante personaje, h quien consideraba como esplotador homeoptitico-religioso; ahora le encontraba instalado en su casa, precisamente cuando 10s mkdicos habian declarado ti la PITene en plena convalescencia. Sinti6 que una rtifaga de sangre azotaba su rostro llentindole de ira. h a t 6 mui secamente a1 facultativo, acornpafitindole en segiiida hasta el ivestibulo, para darle gracias y rogarle no volviera ti la casa, en donde consideraba innecesaria su presencia. Tres dias m&s tarde, Angel se encontraba nueva-

- 182 mente con Seyines en la pieza de su nifiita. Esta vez no vacil6 en echarle, poco menos que B empujones . El homebpata, hablantlo niuy ligero y sombrero en mano, se escurrii), IlamAndole a la tranquilidad y A la calina. Entre tanto Angel descarg6 toda su ira con Gabriela. &To era posible llamar 6 un asno semejante, para conipronieter la salud de la nida, esponikndola quiz& 6 la muerte. Gabriela se disculpaha diciendo que el miidico se habia presentado s610, poi- indicaciones del seiior Correa, y que Iiabia vuelto de puro intruso. Pero Angel no le creia. . . Ambos levantaban el tono. La voz de Angel se alzaba ronca y furiosa, miitntras la de Gabriela tomaba d i a p a s h agudo, hiriendo 10s timpanos y provocando la irritaci6n creciente del j h e n . Luego, Ambos, uno en 110s de otro, perdieron la calma. 1,as recriminaciones se sucedian, enumerando quej as m6tuas, complacikndose, el uno y la otra, en agravar lo pasado, exajerando 10s yerros ajenos. Luego se echaron en rostro cosas intimas, hasta.10 mAs reservado, hasta lo mAs secreto. L a fisonomia exangue de Gabriela servia de marco y de contraste a1 fulgor de sus ojos que miraban Q su marido cara A cara, en tono de desafio y de audacia, mikntras sus manos se agitahan febrilmente y sin cesar, siguiendo 10s movimientos de sus frases entrecortaclas que se atropellaban unas A otras, sin &den ni concierto. Un cadejo de pelo se le habia deslizado hasta 10s ojos, p lo apartaba con jesto maquinal p violento. Angel la contemplaba estupef acto, encontrhndose con una mujer nueva, desconocida, en pleno desbrden histkrico, sin freno que sujetara esa lengua por donde salian B borbotones frases desagradables, conceptos

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hirientes para todo el mundo, sub-entendidos y alusiones ofensivas para 61 y liasta para 10s suyos . Sobrecojiale uil movimiento de estupor profundo. i C6mo ! i era esa la Gabriela que 4 habia amado tanto, que habia idolatrado ciegamente? LEra esa la que le parecia el ideal de su vida? Oh! U n sabor amargo p de congoja le suhia de 10s iiitestinos si su boca y,a quemante. . . La cabeza le ardia, batiale aceleraciamente el pulso y luego, ti su turno, sinti6 el contajio moral de la misma exaltaci6n que le arrastraba, sin poderse contener, 6 pesar suyo p como en virtud de fuerza mayor. El tambien experimentaha la necesidad de ajustav cuentas. No podia consentir en que su mujer hablase de la avaricia de su padre. . ni de su afici6n A la bebida. iL e prohibia tocarlo ! ientendia bien? iSe lo prohibia! Y s i pronunciaha nuevamente su nombre . . . le taparia la boca. . . P Angel, con 10s ojos inyectados en sangre, 10s lahios c&rdenos p temblorosos, la miraba como queriendo aplastarla. P a no mediaba, como Antes, entre ellos, la superficie de silencio, el desierto Arid0 y sin br6jula. E r a la acci6n ciega y tlesbordada del tranque roto, que todo lo ai-ram, dejando tras de si ruinas, cadheres y niontones de cieno. Gabriela rornpi6 A Ilorar, con sollozos entrecorta(10s 6 hipos de sufrimiento. Angel sufri6 ent6nces la reacci6n moral que sigue necesariamente Q la conciencia de u n exceso en la accihn, y sinti6 verguenza, una vergiienza profunda, y pena, una pena mui honda, nacida del desprecio siibito de si misnio p de la conmiseraci6n del dolor humano p de la deloilidad femenina dejados caer, gota ti gota, en las 16-

- 184 grimas de la j6ven, en esas horas de angustias sin palabras y sin fondo. Rein6 entre Qnibos un instante de silencio anmus , tioso. De slibito, Gabriela se pus0 de pi6, toco el timbre elkctrico, enjug6 las ILgrimas, se compuso el peinado frente a1 gran espejo bicelado de cuerpo entero y dijo h la six-viente que abria la puerta: Has bajar las maletas. . . Angel le hizo una seda muda para que saliera, p arrojhdose 10s pi& de Gabriela le pidi6 perd6n. H e tenido la culpa. . . con mi exaltaci6n he perdido la calma. . . . he tenido la culpa.. . pero te quiero.. . te quiero.. . -Y yo tambikn. . . exclamaba ella, en slibito af&n de sacrificio.

VI1
El sal6n de Olga Stinchez se hallaba preparatfo para el five-ocloclc-tea de 10s jueves. Era,, el elejido uno de 10s dias c6modos para sus amigas, quienes, ti la ida a1 Parque, detenian sus victorias ti la puerta de la sefiorial mansicin de las Delicias, situada entre las calles de Nataniel y de San Ignacrio, en punto ckntrico. Sobre mesita rodeada de tazas de porcelana japonesa de estrafios dibujos azlil p rosa, encontrhbase lista la gran tetera de plaqui. con l h p a r a de alcohol, en la cual se preparaba el samovar, como decia, empleando la palabra rusa, con el prurito de extrangerismo de nuestro mundo de tono, ttin aficionado A refrescar sus aires en la colonia cosmopolita de Paris. Las paredes, tapizadas con riquisimo papel Luis XV, de listas de plata y verde nilo, en admirable imitaci6n de razo de seda, casi desaparecian cubiertas por grabados con mBrcos de Iaca blanca y asuntos de Fragonard y de Wattean, acuarelas de Villegas y

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Pratlilia, un cuadro de Urjell, platos de porcelana, entre !os cua~es algunos de mkrito, rrarias de Ias enornies peinetas llaniadas de teja, de carei, con fantiisticas cincela duras y tlibu jos, de esas nsadas por las abuelas del siglo XVIII. Tla cajuela de madera tallada, indicaba pasi6n naeiente por ob3 etos antiguos. E n el rine6n hahia tambien vitrina de madera de rosa incrustada y ciircelados bronces, detrds de ciiyos cristales, redondeados y salientes, se ocultaban objetos de niarfil ; abanicos de cabritilla pintada, con estrecho pais y ancho varillaje del tiempo de Gopa y de Maria Iluisa; monitos de porcelana de Sajoilia; tazas de &res eon marca de fhbrica y la especial del servicio del Rey; pocillos espafioles, dorados p u r dentro; viej a loza de Talavera; porcelanas de Capo-di-Jl'onti y una tacita lejitima con relieves de dariza griega, de Kegwood, que d i a por todos 10s objetos alli encerrados en obedecimiento ii 10s preceptos siempre tir&iiicos de la moda que xonsejaba la vuelta & lo antiguo, con el famoso grito de Gabriel d'Anunzio: Ritorniamo a' lo aiztico . . Olga SBncliez era esclava de la moda. D e cuerpo delgado y esbelto, fisonomia fina y risnefia, con leve lunarcil!o sobre el labio superior y un hoyuelo que se le formaha en la barba a1 sonreir, mostraba, sobre clelgado y alto cuello flexible, fisonomia gi-aciosa, en la cual se armonizaba la mirada de unos ojos pequefios pero rivos con soni-isa picante y aeento anrlalnz. H i j a de padres ricos, casada, sin saber c6mo, con j6ren de gran f amilia, regalona, capricnosa, mimada, habia paseado por Europa, IlenSndose de amistades espafiolas en Biarritz, en c u p s bailes se presentaba con una corte de aspirantes su mano, que era pequefia, p a su dote que creian grande. Se despertcj un

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buen dia casada, por casualidad, y result6, tarnlien por casualidad, niuj er irreprochable, A pesar de que no ardia en su pecho la llama casta y duke de 10s amores conpueales. Con todo vivia f eliz, consagrada S la h i c a aspiraci6n de su existencia, al supremo p decidido prop6sito de ser miijer de tono. El wundo llenaba su cabecita de vizada cabellera negra; preceptos sociales, modas, diceres de sociedad, visitas p comidas, idas A las tiendas de lujo, donde la modista p el sastre, consumian lo mejor de su existencia constituvendo, para ella, 10s rerdaderos preceptos del decilogo. Si bien cumplia tihiamente con los de la Iglesia, asistiendo A la misa de huen to720 10s tlomingos, respetaba mucho mSs, infinitamente m6s, en su fuero interno, 10s sacrosantos preceptos de la moda yv sus admiradas tiranias. Ya de muchacha, en el colegio de Madame Dewal, Antes de que le pusieran preceptoras en casa, llamaba la atencicin, entre sus compaiieras, por su lujo, y cuando alguna se presentaba en s6n de conipetencia, Olguita, con 10s moriniientos vivarachos y graciosos que la caracterizaban, s o h recojerles el vestido para ver bordados y encajes de enaguas: era esa una prueba t i n ruda coni0 temihle para las elegclntes de pega. Andando el tiempo, cuando la muchacha crecia esbelta yv graciosa, un caballero famoso por su orgullo de familia y cierta sefiora de avanzada edad, pero de considerable posici6n en la sociedad chilena, pensando en asegurar el porvenir de sus v&staooscon la suculenta dote, la invitaban A ? porfia, rodeandola p eiivoluiitndola con la amistad de sus hijas, sobrinas 6 nietas. k e p t 6 con placer las invitaciones 6 bailes y recliaz6 i 10s pretendientes, i atin cuando manteniiindolos con insinuaciones JT sonrisas hasta el momento en que vino S estallar como

- I88 bomba, entre ellos, la noticia de su inesperado matrimonio. Pero no se habia casado con el j6ven, sino con la familia. Era todo un complicado c&lculo de posici6n social, combinado astntamente por sus padres y aceptado ripidamente por ella, sin grandes vacilaciones, sin desconsolacloras luchas, sin reticencias de corazbn, pero sin entusiasmo loco, ni delirios apasionados, con la cordura de muchazha reflexiva y habilidosa, ri pesar de sus locuras aparentes.-Ne caso con ese, como con otro cualquiera : habia dicho 6 su intima p buena amiga Jlagda, y junto con pronunciar estas palabras hahia girado sobre un tal&, alzando el otro pi&,con 1-estido p todo, mayor altura que el clown del circo, pues tenia mararillosa flexibilidad en 10s m6sculos de las piernas.--Celn ua san dire. . . habia observado Jlagda, por comentario hnico, en t r a t h d o s e de marido. lo mismo dh iino que otro. . . E n t r e parkntesis, el franc& de Xagda era lenguaj e especialisimo, pues se componia de media docena de frases que manejaba con gran desparpajo :J mncho recargo de acento. Ca ud Sans dire. . . Zen voulez vous des hommards?. . . chic epatant. . . merci, mon cher . . . A senador Befialver le llamaba : L e 1 pere la Tictoire. A Vanard, cuando contaba cuentos de doble sentido, haciale callar diciendo : Tais-toi, uieim cochon. A esto, sobre poco m&s 6 m h o s , y cierta lectura de novelas francesas, reduciase no solamente el franc& de Xayda, sino tambikn el de casi todas las casadas elegantes de su circulo, salvedad hecha de 10s ap6strofes & Pefialver y i Vanarrl, de propiedad exclusiva y rigurosa de la j6ven. El franc& de Olga era un poco m&sextenso y eompleto, pero s u educaci6n igualmente superficial y primitiva. ComY,

- 189 poniase el circulo de amigas 6 la ban& de Magda de media docena de muchachas de fortuna, restidas lujosamente, alegres, bulliciosas, provistas de niaridos mBs 6 m h o s insignificantes p dados a1 sport, carrereros empedernidos, con el a!ma pendiente en un hilo de la salud de Lancero. . . de. Paquerstte 6 de otro animal de esos. Reunianse en el rinc6n de las gallinas finas del Club Hipico, en donde se jucian unas B otras 10s trajes, rodeadas de un grupo de viridores con quienes formaban especie de Club al aire libre en 10s domingos de camera, comentando siicesos del dia, rumores, eschndalos, noticias de sensaci6n y de bulto, comadrerias, enredos, chisrnes, encargos 8 Europa, dineros de fulano, trajes de mengana en la d t i m a comida, enredos de sutana con el de mtis all&. AcercAbanse B ellas las sefioras del Cuerpo DiplomBtico, y se iban todos juntos a1 paddock 6 lucir sus trajes, B tomar el lunch y la copa de champagne ofrecida por Sanders, p desfilaban contentas, como pavos reales, el sentir sobre si miralas de envidia 6 murmuraciones secretas de otras muj eres, igualmente sefioras, 6 iqualmente elegantes, que les sacaban el cuero en forma de insidiosos y finos pelambres B la vez que se las comian B caridos p B besos en donde las encontraban. Despues de hacer colocar por la s h i e n t e en un rinc6n la mesilla cargada de bandej as con snndroichs de pate-de foi, tortitas de manjar blanco, galletas p petits fours ; cuando hubo descargado el pulverizador con su esencia favorita de Enigma. sume p penetrante, Olga SBnchez alz6 lentamente el store y abri6 las puertas-ventanas de nurnerosos y peqiiefios vidrios estilo Luis XV, ponihdose de codos a1 balc6n. A sus pi& se estendia la supevficie unida y suave

- 190 del asfalto Trinidad, regado con mangueras ti esa hora. L a torre de San Francisco surgia lkjos, medio oculta entre ramas de tirboles del paseo desnudas de hojas. Troncos oscuros de esqueletos de Brboles se alineaban en la hermosa yu ancha avenida central, encubriendo m&rmoles de esttituas, entre las cuales surgian el verde oscuro y la espada levantada del jeneral OHiggins sobre su caballo de guerra. A cada momento cruzaba por 10s rieles de acero un tranria elkctrico debajo de 10s Brboles, B gran velocidad, haciendo resonar el timbre sonoro de sus campanas. Victorias, vis-ti-vis, americanos, carruajitos lijeros, coches de hajo de toda especie, arrastrados 10s unos por caballos de raza, 10s otros por troncos robustos del pais, pasaban con gran velocidad, distinguikndose el trote de 10s hackneys que dejaba atrhs B 10s demris carruajes. P o r la calk de Bandera y frente Bl edificio monumental de la Universidad, comenzaba B deslizarse, B cada momento m6s nutrido, el torrente del paseo de la tarde en la primavera naciente, dicefiada con brotes de tirholes B fines de agosto. Ese lujo extremo de carruajes, t&n bien puestos como en ciudades europeas, dB nota caracteristica A las tardes santiaguinas, con el estrkpito creciente, cliasquear de fustas, rumoi* sordo JT continuo de trote, metilico de cascabeles y cadenas, 6 el silencioso deslizarse, corn0 fantasmas, de carruajes con yantas de goma, y cocheros rijidos con altos cuellos, la librea apopada en el claro sohretodo colgado en el pescante. Es marejada continua y rgpida, de perpktuo movimiento, en la cual se deslizan trajes elegaiites de sedoras, de entonaciones discretas, y sombreros con grandes plumas, nota Clara de guantes, actitudes demasiado abandonadas p flojas en unos, demasiado rijidas enaotros,

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naturales y sueltas en 10s m h o s . E l sol, ya cerca del ocaso, iluminaba con su luz el deslizarse del torrerite de coches en no interrumpida masa, desde la calle de illiumada liasta la del Ejkrcito. Vidrieras de casas. a1 reflej arle, despedian rojizos fulgores de incendio, all&mui lkjos, en la Arenida. Riifagas de aire frio y sutil de finales de invierno azotaban el rostro de Olga, inclinada sobre la verja de liierro de graciosa combadura Luis XV. De tarde en tarde movia lijeramente la cabeza para contestar el saludo de alghn sombrero de hombre 6 el gracioso jesto de alguna amiga-y su vista se ililataba, como sumerjikndose en el mar de coches, en su rodar incesante en ese dia de paseo, bajo el cielo claro,--y se perdia en la sensaci6n gloriosa del sol moribundo, iniindando la grm avenida de palacios en polro de or0 que bafiaba la ciudad hasta el pi6 de las altas Cordilleras, cubiertas d e nieve y tefiidas en rosa. A 10s pocos momentos se detenia, de golpe, un cupi., y el lacayo abria ! portezuela. Olga le habia a reconocido de Ikjos, con divisar 10s caballos: era e1 de Marta Liniers de Vidal. Desde lo alto parecia a6n mis fina y esbelta la figura de si1 amiga, inclinada en ese instante para day una &den a1 cochero; hab'la en sus grandes ojos azules, en la contracci6n de sus labios delgados p en la dilataci6n de las ventanillas de su nariz, recta, destellos de ca&cter enkrjico y resuelto. A1 verla, Olga record6 ]as historias que circulaban en sociedad respecto de ella; referiase que habia ganado cuatro mil pesos en una noche de baccarat, durante el l'lltimo verano de Vifia. Cas; todas las sefioras de Santiago liabian puesto el gritc, en el cielo. iQu6 barbaridad! E n sociedad como la nuestra, hasta ese momento clemasiado circunspecta p reserm-

- 19 da, en la cual las mujeres de tono mantenian tradiciones de moralidad severa, acaso en extremo tirante, no se comprendia el desborde traido por el despilfarro de unos cuantos salitreros que se entretenian en arrojar a1 tapete verde pufiados de billetes de Eanco. iAh! cuando se les tocaba el punto B las sefioras viejas, era cuento de nunca acabar. Tanibien se decia, Sotto-Doce, que la j6ven sefiora Liniers poseia coraz6n de manteca, demasiado blando, y que en esos instantes.. . vamos se divertia con Emilio Sanders, el marido de 3lagdalena Sandoval. iPero quk no se dice, santo Di6sZ pensaba Olga entre si. Y luego, casi todo resulta mentira, chismografia, envidia de unos, maledicencia en otros. A1 fin y a1 cabo iquikn sabe!. . . E n esos instantes el sirviente, de frac y de corbata blanca, abria la puerta del sal6n para dar entrada 6 Marta Liniers que penetr6 con paso largo y victorioso, dejando tras de si una riifaga de esencia de fifuguet. Las dos j6venes se abrazaron y besaron con muestras exajeradas de cariiio, como si hubierm pasad0 un afio sin verse. Dirijikronse m6tuamente piropos y cambiaron zalamerias, metiendo en la conversaci6n mucha miel, con entonacionrs en f alsete, superlativos, exajeraciones y una risita medio himada con que Olga concluia siis frases. -iPor qui: no habias venido? Ni el polvo se te divisa. . . hace como un siglo que no llegas B esta casa, 8 pesar de que no tienes otra amiga como YO. -Ad es, no m6s. Per0 te dirk francamente, no salgo 8 parte alguna. . . ni siquiera fui A la cnmida 5de Magda Sandoval. H e tenido tanto que sufrir 1 1 timamente, cgn enredos j r chismes en la ternporada de Vifia. . . No hai infamia ni mentira que no inven-

- 193 ten, como que no les cuesta esfuerzo. P en cuanto ven que una recibe sus cuatro trapitos de Europa, y se 10s pone y 10s muestra, como es natural, ya levantan las calumnias mds atroces. . . ,, << - Eso mismo decia yo h Nina Oyanghren, exclam6 con fervor Olga Sdnchez; en estos tiempos no h i que creerle si nadie ni lo que reza. Yero no debias impresionarte de ese modo, hija; si todas te conocen demasiado, y nadie puede figurarse por un instante ... vamos. . , que.. . Estoi cierta de que ninguna de tus amigas habrh dudado ni por un segundo. . . .-Per0 estoi tsin escamada, hijita. . . contest6 Jlarta-clavando en el techo unos ojos llenos de candor, como para poner a1 cielo de testiFo de si] inocencia-tdn sumamente escamada, que si me acusan de haberme robado la torre de la Catedral.. . ya no vuelro si misa por temor de que lo mean. . . Y las dos amigas se miraban con sonrisitas carifiosas, abandonando s a Olga la cara de protesta indignada en contra de la vi1 calumnia, mi6ntras sn amiga le cojia la mano. E n ese instante se detenia si la puerta otra victoria. iQuii.n seri? preguntaba con la mirada Olga d Marta, de pi6 junto h la ventana. -Es Julia Fernindez. . . . ,, contest6 la otra. Viene en una victoria, con caballos preciosos y puesta como si fuera de Rotschild. . . . iqu6 no habia quebrado el marido?. . . j,no remataron el fundo? -Xe parece, hijita, que d las fortunas santiaguinas suele pasarles, como h 10s hoyos, que mi6ntras mfis tierra les quitan, mds grandes quedan. . . Julia entr6, d su turno, con largo paso de Diana cazadora, recojiendo la falda de un sencillo vestido de p f i o OSCUIO con su pequeiia mano enguantada de
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blanco. Era, siempre la hermosa mujer que tanto ruido habia metido en salones, de soltera. Pero sus formas se habian llenado. ATo tenia ya las lineas indecisas y virginales, excesivamente delgadas que enloquecieron si si1 primo Antonio; sus contornos erari mbrbidos, sin dejar de ser esbeltos. Pero 10s razgos de su fisonomia se habian acentuado en espresi6n de dureza imperiosa. Todavia circulaba en sociedad, entre ankcdotas de otro tiempo, la historia de ese hombre que habia querido suicidarse por ella, y si pesar de que 10s aiios trascurrian, dej ando huellas, Julia mantenia su prestigio mundano. Seg6n la dura frase del senador Peiialver: E r a que vivia sobre sus laureles. E n cuanto hubo entrado, repitikronse 10s abrazos y 10s besos en Ambas mejillas, con extremos yisibles de carifio, como si todas se qiiisieran entradablemente y la recikn llegada fuera la mejor entre sus amigas. Marta, como quien no quiere la cosa, pero con intenci6n visible para Olga, no cesaba de ponderar el magnifico palt6 de nutria que llevaba puesto la recikn llegada p que realmente valia un dineral, pues era de lo m&sfino. E n seguida eloji6 el sombrero y el vestido de Julia. Esta di6 gracias, y respondid si sus amigas proporcionhndoles detalles de hechuras p precios de modista, con la mayor sangre fria, pues no se le ocultaban las intenciones de las otras. Nanteniase altiva, sonriente, desdeiiosa ; bier1 podia su marido arruinarse, pero ella sabria mantenerse, hasta el bltimo, imponikndose, como 10s gladiadores romanos a1 caer. Y despues de charlar un rato de modas p del vestido de fulana en el teatro y de mengana en la co-

mida de Alyareda, Olga se diriji6 ti la mesita lijera donde hervia la tetera de plaquk bajo la llama azlil de lanparilla de alcohol. ATina Oyangliren entraba en compafiia de una de las damas del Cuerpo Diplomtitico, de la baronesa de Strinberg, sefiora gorda, bastante mal vestida, de voz gruesa y masculina, pero ya cklebre por cierto ingenio, un tanto desenvuelto, para dar estocados ti fondo. L a duefio de casa les ofreci6 tk. L a baronesa preferia una copa de oporto con biscochos. -Riltis rale llegar ti tiempo que ser convidada, dijo con tono rtipido, Nina Oyanghren. Hubo risitas, cuchucheos, rumores de dientes femeninos como de ratas que roen un pastel. Pefialver entraba junto con Berzson, secretario de la IJegaci6n Sueca, Vanard y poco despuks Velarde con 10s bigotes rubios retorcidos y leyantados ti lo Kaiser. El senador arrastraba ya un poco las piernas con sus sesenta y tantos afios, a h cuando, seg6n 61, s610 tenia treinta y pic0 . . . p e s habia perdido la cuenta, por no ser muy fuerte en matem&ticas. . . Vanard con su cabecita cubierta de negra cabellera, ojos razgados y simptiticos y sonrisa peculiar, sent6se junto ti la baronesa. E r a uno de esos hombres que no muestran edad. iCutintos afios tenia? Eso figuraba en el cattilogo de misterios sociales. Todo el mundo le conocia p 61 ti todos tuteaba, recordando ti 10s papties y tambikn , 10s alouelos. Riletido entre 10s i jbvenes, no disonaba, parecia uno de ellos, con la particularidad de que el color de sus cabellos y sus dientes eran lejitimos, ti diferencia de Carlitos Ribeiro, que se tefiiia el pel0 y usaba dientes postizos, por lo cual Vanard le llamaba: el venerable j6ven. . .
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-iC6mo est& Ud., sefiora baronesa?, pregunt6 si la de Strinberg. <L --Bien, mui bien, lo mejor posible en este pais encantador. . .: contest6 con suave ironia, en franc&, la diplomhtica. Las sefioras, unas de pik, sentadas otras, conversaban si un tiempo. Hubo instantes de silencio general. T se 0176 clara la voz de Pefialver dirijihdose B la baronesa : -Me disculpari Ud. sefiora, le pregunte si es autkntica la historia de la tarjeta B Manuelita. Las damas cambiaron, entre si, sonrisas mudas. E r a que, s e g h lo p6blico p notorio, Manuelita Vhsquez andaba enamorada, con mala fortuna, del se5or Stevens, gerente del Banco Amei-icano, c u p padre acaba de f allecer. -iDe qu6 tarjeta se trata? prepint6 la diplombtica, manifestando la mayor estrafieza. iDe alguna invitaci6n i comer 2 --i Ah! n6, sefiora, replie6 el senador con grande aplomo. Se dice que Ud., a1 saber la noticia de la muerte del padre de Stevens, comunicada por cable, man& tarjeta de pksame i la sefiorita Manuela Vasquez, con estas palabras: Je regrctte beaucoup la la m,ort du pere, Iindifference d u fils, et labssnnce a1 Saint-Esprit . . . (Deploro la muerte del padre, 2 la indiferencia del hijo, y la ausencia del Espiritu Santo) . L a baronesa, con vox viril, protest6 5rivamente de tal suposicicin. < -Uds. 10s jdvenes, son per~ersos. . dijo en . castellano, con deplorable pronunciaci6n, volvi6ndase ti Vanard. -i Oh ! qu6 agradable calumnia, uespondi6 kste.

1:):

Las seiioras no podian conterierse m6s, con el cuento de la tarjeta, conociendo como conocian las aspiraciones vehemerites a1 matrimonio de nf anuelita Vasquez. E n ese instante, poi- extrada coincidencia, abri6se la puerta y entr6 precisamente Xanuelita. Su hermano Jmier, la acompahba, niostrhndose, aiin m6s flaco y mAs alto de lo que era, dentro de su larga levita de Yoole. Hubo movimiento de espectaci6n jeneral entre todas las sefioras, deseosas de ver la entrevista y la actitud de Ambas. Calculaban que la j6ven estaria que trinaba con el cruel epigrama. Yero dici pruehas de profundo tacto mundano. Habia entrado con paso natural m6s, a1 divisar B la baronesa, diriji6se rectamente a ella imitando [Link] el paso de la diplomsitica y le hizo un saludo de corte, parodiando, en tono satirico, 10s movimientos pesados de la baronesa -y lo hacia de cuerpo preserite y delante de la propia victima, valikndose de extraordinario poder cle mimica p d6n especial de parodia. Era dificil ponerla en ridiculo con finiira y gracia; la 36ven lo habia conseguido. Ambas se abrmai-on, se besayon y se sonrieron, como las mejores amigas de este m i d o en el cual es lei obligada la disimulacicin constante de 10s verdaderos sentimientos. Fisonomias, maneras atentas, j estos mesui-ados encubren 10s sentimientos reales, intereses que separan, 6dios intensos, rivalidades f eroces, emulaciones de envidia, apeti tos de Iujo, desbordes de pasi6n, amores sensuales 6 interesados, sacrificios de amor propio, amarguras de situaciones eqiiivocas orijinadas en pobrezas que nadie sospecha y en miserias increibles y desconocidas de 10s maridos 6 de 10s padres. L o principal estriba en representar la comethia del buen tono, de p a n mundo,

- 198 de riqueza sin que nadie se entere del fondo efectivo, ni revuelva las borras del tonel. Y las mas de las veces consiguen engafiarse unos B otros, en punto i sentimientos reides, con afectos finjidos y sinceridades afectuosas de similor y amores de Chicago, casi todo falso, guardando 10s reales y efectivos para dejarlos mer, como una flecha, entre media docena de alabanzas. Y se crean situaciones artificiales p riquezas que no existen, para casar h las hijas, 6 adelantarse ti si mismos en la vida, siempre con yrop6sitos deliberados de engaiio. Los dos salones de Olga, en ese instante, se encontraban llenos, p e s tenia concurrencia miis nuiiierosa que la acostumbrada en sus dias. Julia, sentandose a1 piano, habia tocado 10s primeros compaces del towsteps, el alegre baile americano. Los jbvenes, despues de arrimar B la pared la mesita con porcelanas y floreros, bailaban alegremente : alli estaba Antonio Vidal, con cara afeitada al estilo americano, bailando mui tiezo, y el secretario de Noruega, con peiriado 6 lo Cleo de Merode, achatado el pel0 y mui relamido, con sus actitudes de buen mozo profesional, enamorad0 de si mismo, y mui arrimado, a la vez, 6 una viuda. -Preciosa fiesta, sefiora. . . . preciosa . . . decia 6, la duefia de casa que pasaba. Entre tanto el j6ven Sanders, apoyado en un biombo, en rinc6n discreto, conversaba con Xarta Liniers en vox haja. 1 la charla debia ser animada, como si mtituamente se hicieran recriminaciones, pues el mon6culo aquel que habia salido intact0 6 ine6lume del bafio involuntario del estanque de Pudahuen, en el fundo de Sandoval, casi se habia caido del cjo de Sanders, en el sal6n de Olga. P o r el tono y las acti-

- I99 tudes parecian de vuelta, mAs nadie reparaba en ello, pues hubiera sido la m&s absoluta falta de discieci6n y de tacto mundano el darse por enterado 6 hacer alusiones indiscretas. Hasta pasaban d su lado, como si ellos no existieran, sin mirarlos, esas parejas ya cansadas de bailar. D e ordinario, en 10s five-o-clock de Olga j a m i s se bailaba, y era escasa la concurrencia masculina. L a animaci6n considerable en ese dia, permitia exclamar, con Sanders: Ca bat son plein. . . Estaba la cosa en su punto. nilagda p Gabriela, entraban, seguras de si mismas, despreocupadas, convencidas de que sin ellas no cabia recepci6n de buen tono; y asi era la verdad. Leiase en su mirada segura, en el cefio altanero de Gabriela, en la cabecita levantada y la boca siempre fruncida de Magda, salvo cuando sonreia de modo espansiro y abierto para saludar con mirada hlimeda 6 picante de sus ojos negros. Produjeron, en el sal&, la impresidn acostumbrada, pues daban la nota necesaria de buen gusto. Existen siempre, en la sociedad santiaguina, mujeres sin las cuales no se concibe reuniones; cuando ellas faltan, la duefio de casa parece contrariada; ndtase la ausencia de algo como de sal en la comida 6 el azficar en el caf6, esencia1 para el gusto. cuando se presentan, unas estudian en ellas, las variaciones y notas de la moda, otras ciertos detalles y ankcdotas de vida social. Las r e c i h llegadas A lzl vida mundana, las casadas j6venes que se inician, solicitan el abrigo de su ala protectora y quieren realzarse hasta con 10s reflejos pdlidos del prestigio mundano de astros autorizados por la fama y encumbrados en la vida social de 10s peri6dicos. L a baronesa de Strinberg les pus0 el Impertinente de largo mango de carei, mientras se besahan

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con Olga Stinchez. Nina Opanghren detallaba el corte, 10s vuelos, adornos, en cajes p entredoses de sus vestidos, y las combinaciones de colores p 1as plumas, cintas p nudos de sus sombreros, quedando en aptitud de describirlos, con todos sus puntos y comas, en sus visitas & otras amigas, exactamente y con la misma perfecci6ii del chic parisiense y de L a Mode. A1 mismo tiempo, como por encanto, aparecia en la puerta el mon6culo de Sanders, yuien charlaha animadamente con Pefialver, empefiado en sostener su teoi-ia favorita de que la poligamia era lei unirersal de la creaci6n y el matrimonio el bluff m&s injenioso, el engafio, la estafa mtis lidbil hecha por las mujeres iL 10s hombres. Poi*eso, 61 no se habia casado; jam& lo bhfeaban en el juego de polkar. Vanard se acercaba en ese instante A las Sandoval, salud&ndolas f amiliarmente, con s u sonrisa amable, extremada en pliblico para la mise e n sctne, con el prop6sito liribil y calculado de realzarse 6 10s ojos de otras mujeres que lo observaban y ante p i e nes, con esto, aumentaria de valor en la fkria de ranidades mimdanas. Gabriela tom6 asiento, en un sill&, a1 lado del sofacito Luis XV ocupaclo casi enterainente por la s6lida y aventajada gordura de la baronesa. Comenzaron hablando del tiempo revuelto, p luego cambiaron cumplidos. L a Ministra de Suecia eloji6 su buen gusto en materia de trajes; desde su llegada A Clde, liabiale llamado la a t e n c i h como verdadera parisi ense. Tales superficialidades insulsas tenian para las mujeres importancia capital, pues, muchas veces del corte 6 del color de un traje podia depencler fidelidad de 10s maridos en el matrimonio. La extianFera sostenia y desarrollaba su t&s con vivo ingenio,

- 201p Gabriela discutia en correct0 franc&. I4a blaron, luego, de la Opera. L a baronesa se moria por la mGsica de Bizet; Carmen era su 6pera favorita. . . Yamour est enfant cle Boheme. . . . p d a jamais i conu des Zois. . . i Cufin verdadero es eso, sefiora ! decia A Gabriela con una de sus sonrisas estrafias y punzantes. Hasta entre 10s bastidores del teatro se deslizan 10s picarescos hijos de Bohemia. . . Y Gabriela, junto con estas palabras, un tanto sibilinas, sentia sobre si la mirada de la diplomdtica, aguda p ohservadora. Esto le causaba cierto malestar que no se explicabs, uno 6 manera de sobitsalto como el que nos sobrecoje a1 disefiiarse peligro descomcido y no remoto, alzado, de siibito. Ilagda, sentada en el rincbn, hacia saltar lijeramente la p i n t a de su pi6, finamente calzado, mihitras escucliaba las frases insinuantes de un diplonifitico, m6s afamado todavia por sus aventuras galantes que por sus maniobras p protoco1os. El caballero, j6ven todavia, de barba riibia, ojos brillantes, sonrisa fina y maneras de mandano, era seglin el decir de un peri6dico, tfin elegante como el Principe de Sagfin. Mabia cruzado por el escenario politico, dando pruebas de talento, a6n ciiando no tuviera bases de estudio d i d o , en lo cual se parecia 6 todos los dem& hombres p6blicos chilenos para quienes el saber es un bagaje inlitil y liasta e r l ocasiones peligroso. Poseia, pues, como 2ecia Vanard, la suficiente ignorancia para hablar de todo con aplomo. Adem6s tenia condiciones brillantes de homhre de iiiundo, por lo cual era la politica para 61 un simple sport sin mayor importancia p s610 d i a en manto le procuraba distinciones 6 podia servirle de pedestal para otras empresas. Tiriclor de profesih,

- 202 entendido como nadie en materias de men&, creia, con fk ciega, en la diplomacia de trufas y champagne de la cual ban sacado en ocasiones tanta fuerza y omnipotencia politica algunos Presidentes. La gran flaquem de su rida era su invencible inclinaci6n ai bello sem, consagrada en aventuras, sino mui repetidas, b lo m h o s bastante estrepitosas. D e sus vicios, envidiados de mucIios7 nacia precisamente su popularidad entre las mujeres. E n esos dias habia comenzado Si cortejar h Magda que parecia bastante satisfecha de arrastrar en su skquito h todo un Ministro Diplomhtico. Y a se habia disefiado en la j6ven sefiora de Sanders el invencible prurito de publicidad b toda costa, de estr6pito, de ruido lujoso con visos de escgndalo y aspect0 de flirt descarado. N o sin raz6n, a1 hablar de ella, la baronesa Strinberg recordaba la frase de Voltaire h prop6sito de la Academia Francesa: Dama tbn discreta, apacible y moderada que nunca ha dado que hablar de si. El diplombtico de la barba rubia, C6sar Eldaayen, sonreia jugando con sus guantes p i s perla, mikntras Magda, con la riveza acostumbrada y un tanto insolente, le decia: -Mire como viene, agachando la cola. . . ese perro judio de mi marido. . . Quiere hacerme creer que no pololeaba con Marta Liniers ... Para lo que me importa.. . Ahora si que comprendo la gracia del cuento alembn. i L o conoce? iRTol pues escfichelo, y tom6 el acento de un aleman que hnblaba espafiol : < < iJ a ! ji a! ij a ! . . . . Pegro Nayers tiegne amorres cong mi mujerr.. . y yo lo s k . . , i j a ! jja! i ja! i ja!!! . . . pegro yo0 tengo amogres cong 1%mixjerg suya.. . . y el no lo sabe.. . . i j a ! i j a ! ! i j a ! ! !
j ja!!!!.

..

9 )

Gabriela pas6 junto b ellos dirijiendo b su hertnana

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una mirada &ria, cargada de reproches, estoicainente recihida por ksta. Bien sabia que el asunto, en Nagda, no pasaba de flirt, pero eso la disgustaba profundamente, dentro de la rijidez de stis principios rnorales y la frialdad de su temperamento de linf&tica malavenido con las historias de amor, con las averituras y con 10s escindalos. Y para manifestar de modo claro su desaprobacibn, pas6 junto si su hermana, sin mirarla, hasta el sal6n vecino, sentindose pr6xima a1 piano en el cual tocaba en ese instante Manuelita, con la maestria p el dominio absoluto de la tkcnica tan comunes en la socjedad santiaguina, Les Danses du N ~ r d de Grieg. A su espalda quedaba un asiento, , y el biombo medio las ocultaba del resto del salhn. i Cu&n melanccilicamente iban despertando recuerdos p sensaciones dormidas en el alma de Gabriela!. . . Notas, a1 desgranarse, extraiios acordes, iban trayendo consigo frases excuchadas en dias mAs felices, cuando el amor le parecia eterno; ent6nces sus miradas se doblaban, como vencidas, bajo el peso de las htimedas miradas de Angel, y de shbitos destellos ardientes que penetraban hasta el fondo de su alma, inpregnada de sentimientos delicados, de ternuras intimas y de tristeza melanc6lica. i Quk recuerdos aqtiellos ! Un crujir de enaguas de seda, cortando su ensuefio, le advirti6 que t r i s del biombo chino de flores y dragones de or0 acahaba de sentarse una dama. Luego lleg6 liasta ella otra voz de hombre, algo ronca y las contestaciones claras 17 methlicas de Marta Liniers, seguidas de risita frecuente en ella. Hablaban de trivialidades: S e casa Isabel Gonzglez. . . . i D e veras?. . . p con q u i h ? . . . -Con Elias Thonson.. . el matrimonio acaba de concertarse en 10s hafios de

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Cauquhes . . . --KO sabia que las aguas fileran t;in eficaces. . . . para el niatrimonio. . . . h e g o silencio y cuchuclieo, despues del cual Gahriela oy6 pronunciadas ti media voz, estas palabras: 1~ sido el esctindalo atroz, en el Teati-o Municipal. . . fighrese que Angel Heredia di6 de trompones a1 segundo Alcalde en la sala de espera de artistas. jQ~1i. barbaridad! Parece que la cosa habia principiado en el camarin de la Biondi Campanelli, cuando &a se preparaba para el segundo acto de Z a d . . . L a voz de Marta Liniers pedia detalles. L a ~ o z gruesa continuaha detrhs del bionibo: Pero no se haga la que viene bajando de las cliacras. . . 3farta ... si todo Santiago conoce las liistorias de Angel con la Biondi Campanelli. Ha gastado dinerales con ella. L e ha pagado diez y oclio mil pesos de cuentas de hotel. . . y joyas. . . . irio se ha fijado ITd. en el collar de perlas de la Biondi en nlanon?. . . i no lo emuentra parecido ti ese que le robaron ti Gabriela hace clos meses, de una manera misteriosa, y que tanto ha dado que hacer 6 la secci6n de pesquizas? Y la voz ronca seguia y seguia ensartando infamias, agregando detalles cada vez mtis precisos y ahrumadores, que caiwn ti manera de martillazos sobre la cabeza de Gabriela, inni6vil detrhs del biombo, sentacla en la lijera silla Luis S V , cuyo frijil respaliio crujia como si fuera ti romperse. El golpe liabia siclo f eroz, y completamente inesperado. Zumb6hanle 10s oidos con rumores de campanillas; el poder de risi6n la abandonaba riipidaniente, m i h t r a s sudor helado ;v copioso le empapaba las sieiies, aumentando la sensaci6n de frio, como si fuera ti desvanecerse. Mannela seguia tocando el piano, mis, a1 lemntar la vista, lo interrumpi6 de sribito: acababa de ver el rostro de

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Gabriela, psilido, invadido por ojeras ciirdenas que se agrandaban 6 medida que la luz de la pupila se desex1-anecia. . . iQu6 tienes? liija! iQu6 tienes? cuchar esa voz, Gabriela t u r o extremecimientos y reaccion6 sobre si. hlanuelita, rjpidamente, empap6 su paiiuelo en agua de Aorero p lo puso, un segundo, sobre la frente de su prima, echtindole aire con la pieza de mlisica. Crei que te ibas A desmayar. . . . iquieres un vas0 de agua?. . . u n poco de oporto? La j6ven no queria el agiia, preferia el oporto. L o primer0 habria llamado inmediatamente la atencibn, lo segundo pasaria desapercibido, y lo principal, para ella, era no llamar la atencih, no ofrecerse en espectjculo h 10s demhs, para que se dieran el refinado y diabdico placer de relatar su indisposicih subita, refirihdola sabe Dios ii qu6 motivos. Sobre su naturaleza de rnujer triunfaba su instinto mundano de las conveniencias, el temor tiriinico del qu6 dirBn, el vespeto instintivo de las reglas de buen tono, raz6n suprema y suprema lei para mujeres de su categoria. La moda, el tono, y no hai mtis que hablar. Blihtras bebia su copita de oporto, Gabriela ataha cabos entre la conversacih que acababa de oir y las frases enigmsiticas de la baronesa, claras y precisas ahoua. Todo el mundo conocia el eschndalo dado por su marido entre bastidores p sus amores con mujeres de teatro. El orgullo profundo de 10s Sandoval subia ti su cabeza en rtifagas incontenibles; ahora 3staba ro<ja, enardecida, casi sofocada h la idea de que su nombre anduviera en boca de ias jentes. I n dignacih inmensa la extremecia por entero ; hubiera querido encontrarse a solas con el miserable que pisoteaba su nombre y SIX dignidad de mujer para escupirle la cara, para echarle puiiados de lodo a1 rostro,

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d manos llenas, con las injurias mds d e s para 61, para 10s suyos, para su casa entera. Revolveria ese fango f6tido con sus manos de esposa burlada, teniendo el noble orgullo de sentirse pura y limpia, mui por encima de aquel A quien despreciaba. E n ese instante, por primera vez en su vida, Gabriela esperinientaba la sensaci6n agradable y positiva de ser uirtuosa. Y junto con esto subia d su coraz6n inmensa pena, desgarramiento interior inesperado, un mar de amargura y de hieles, sintihdose completamente sola p casi abandonada en la vida. . . Su madre, clawda en el lecho por una cruel enfermedad; su hermana, lanzada en la vida mundana, sin pensar en otva cosa que en divertirse y pr6xima d partir d Europa; su padre 1 muerto hacia cuatro aiios. . . ' su marido, de quien la separaban ya tantas y tantas cosas a1ejdndol:t cada vez m i s de su coraz6n y de su vida, cortaba uno por uno esos t6nues 6 invisibles hilos morales de 10s cuales penden las felicidades tiel hogar, lanzkndose de lleno en la vida libre y rompiendo con todo respeto humano para exhibirse, en pleno teatro, en amores con una cantante, y ddndose de trompadas por ella.. . . L a indignaci6n le volvia las fuerzas para no mostrar su flaqueza dando lugar d comentarios que, junto con su nombre, trajeran d todos 10s labios esa historia nauseabunda. A est0 sucedia dolor agudo ; hondo grito del ave herida en el ala, quejido del corder0 a1 sentir el acero en sus entrafias; derrumbe total de todas sus esperanzas de posible reconciliaci6n en el hogar unido y tranquilo. L a pobre j6vei1, q-Je despues de tantas desinteligencias intimas creia completaniente disipado su carifio, convertidos en 6dio en desprecio la admiraci6n apasionada p el amor insensato que la llevaron a1 matrimonio, experimentaba sentimiento de

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estupor, de sorpresa abrumada 6 inesplicable a1 sentir, en el fondo de su conciencia, como brotaban en su alma todos estos sentimientos nuevos y esta emoci6n extraordinaria que indudablemente poseian rakes de . amor, acaso de recuerdos sensuales 6 sentimentales no borrados completamente, pues la mujer, aunque lo desee, no podri jam&, arrojar enteramente de si el sello del hombre que ha queridoyqueha sido su duefio. Gabriela experiment6 impulsos ciegos de huir ; sentia esas palpitaciones enloquecidas del coraz6n en el pecho que convierten la impaciencia en suplicio casi intolerable para temperamentos nerviosos. Luego, acudia su espiritu la duda, comn Gltima tabla de salvaci6n para el naufragio de su vida y de su nombre; no era posible que Angel, caballeibo despues de todo, por sus antecedentes de familia, y con noinbre que respetar, se hubiera exhibido en t i n horrible escindalo. E r a que ella, dulce, i n g h u a , delicada de alma con ese su cuerpo alto y fuerte, no podia tolerar la sensaci6n de inmensa repugnancia, de n&usea intima, tLn completa y t&n profunda que todo Io emporcaha con su lodo fktido: era algo que tomaba fuerza y cuerpo fisico en raz6n de su misma intensidad moral. Involuntariamente surgia el pasado, con sus recuerdos de amor, el primer ensueiio, el paseo ti la quebracla, las primeras palpitaciones de corazbn, el beso inolvidable de la ruptura, su idilio matrimonial, lleno de promesas, 10s paseos solitarios con el alma henchida de felicidad t&n exquitamente dulce. . . haberle idolatrado con amor t i n noble, t&n p r o y tgn lejitimo, para verle rodar, i10s ojos de todo Santiago en aquel chiquero. . . Gabriela, mirando en si, no podia perdoaarse el derroclie de su vida y el de si1 sQ, ni a h lo sentido en ese propio instante para con ese hombre.. .

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ESP hombre era la palabra que sintetizaba la niieva situaci6n moral creada por unas cuantas frases oidas momentos Antes, por sorpresa. Y luego sinti6, en si, la reacci6n completa de niujer de tono, que Antes de mostrar en piiblico SUS miserias, pobrezas, 6 desencantos prefiere morir sin exhibiciones intimas. Cuando Magda, advertida B media voz por Manuelita del accidente de su hermana, se apsreci6 en el s a h , encontr6 B Gabriela sentada a1 piano ejecutando, con admirable maestria, 10s compases briliantes de la Gavotta de Paderewsliy. El Secretario de Suecia, elegante, buen mozo y A su propio entender irresistible, le murmiiraba galanterias A granel-escuchadas por la j 6ven sonriendo, con 10s ojos entornados, el busto echado atrsis y las plumas del sombrero levemente extremecidas : estttba heroica, sin que nadie, entre 10s supos, lo supiera. Minutos despues abandonaba la casa en compafiiia de Magda que hablaba A borbotones con sus acompafiantes que la siguieron hasta la puerta del cup&.Despidi6s-,, c m una 6ltima so~irisa,d-. !os j L i teiies, I i i i z S t i tras el aalet de pi& encendia 10s faroles nikelados, pues wrraba la noche. Y a1 sentirse rodar con el suave movimiento de las flantas de goma, entre las tinieblas que caian, se arroj6 zollozando en brazos de si1 hermana. No le quedaba pa en el munds mAs carifio . . . p el de Sus hijos que no podian comprenderla. Era sed de ternura, tinsia de amor que la sobrecojian con la destensi6n de sus iiervios, reaccionando en libre expansi6n de todo su skr, compriniido por las ligaduras mundanas. Murmur6 8 su hermana, con palabras entrecortadas p sollozos, lo que acababa de oir junto a1 biombo. Y Magda, la li,jera, la loca, la casquirana, se ech6 ta1nbii.n llorar, sintiendo anu-

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dada su garganta y el coraz6n henchido de cariiio. . . eran t i n solas. . . eran las unicas liermanas. . con la madre enferma, no tenian mbs en el niundo. . . Los focos elkctricos brillaban en el p s e o desierto de las Delicias, entre bboles desnudos, junto A marmoles blancos de esthtuas, frente A la Universidad, p mbs lkjos, cerca de San Francisco. E1 torrente de carruajes, de vuelta de la estaci6n central de ferrocarriles, se deslizaba en masa negra y no interrumpida, eon estrkpito sordo, sobre el cual se destacaba el campanilleo methlico de 10s tranrias elkctricos. Vanriid, que salia de la casa de Olga en compafiia de Polo SAnchez, se detuvo un instante, quiz0 cmzar la calle, mis, no pudiendo, yor verla obstruida, sigui6 de largo su camino. 3likntras encendia el cigarro puro, oy-6 que Stinchez le decia con mucha gana: -C6mo hicikramos Obispo b Heredia ! -i Para qui., hombre? ,, -Para besarle la esposa. . .

FIN DEL P R I M E R T O M 0

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